© Libro N°. 2977. Luna De Invierno. Koontz, Dean R.. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Winter Moon
Versión Original: © Luna De Invierno. Dean R. Koontz
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LUNA DE INVIERNO
Dean R. Koontz
Traducción
de
Silvia
Komet
Título
de la edición original: Winter Moon
Traducción
del inglés: Silvia Komet
cedida
por Plaza & Janes Editores, S. A.
Diseño:
Emil Tróger
Ilustración:
Luis Barquero
Círculo
de Lectores, S.A.
Valencia,
344, 08009 Barcelona
5795906864
Licencia
editorial para Círculo de Lectores
por
cortesía de Plaza & Janes Editores, S.A.
Está
prohibida la venta de este libro a personas que no
pertenezcan
a Círculo de Lectores.
©
1994, Dean Koontz
© de
la traducción: Silvia Komet
©
1995, Plaza & Janes Editores, S.A.
Depósito
legal: B. 16930— 1995
Fotocomposición:
gama, s.l., Barcelona
Impresión
y encuadernación: Printer industria gráfica, s.a.
N.
II, Cuatro caminos s/n, 08620 Sant Vicent dels Horts
Barcelona,
1995. Impreso en España
ISBN
84— 226— 5531— 4
ÍNDICE
PRIMERA
PARTE 5
La
ciudad del día que muere 5
SEGUNDA
PARTE 109
La
tierra de la luna de invierno 109
Para
Gerda
que
sabe unas mil razones del porqué,
con
gran amor
PRIMERA
PARTE
La
ciudad del día que muere
Playas,
surfistas, chicas de California
viento
perfumado con sueños fabulosos.
Buganvillas,
campos de naranjos.
Aparecen
las estrellas, todo resplandece.
Cambia
el tiempo. Caen las sombras.
El
viento trae un nuevo perfume de decadencia:
cocaína,
metralletas, disparos al pasar.
La
muerte es un banquero y todos pagan.
El
libro de las penas contadas
UNO
La muerte iba al volante de un Lexus verde esmeralda. Giró,
entró en la gasolinera, pasó junto a cuatro surtidores y se detuvo en una de
las dos áreas de servicio completo.
Jack McGarvey, de pie delante de la gasolinera, vio el coche
pero no al conductor. A pesar del cielo encapotado y plomizo que cubría el sol,
el Lexus, una máquina brillante y lustrosa, resplandecía como una joya. Jack no
habría podido ver con claridad al conductor aunque hubiera querido, porque
llevaba las lunetas tintadas.
Jack, un policía de treinta y dos años, con mujer e hijo y una
hipoteca cara, no abrigaba esperanzas de comprarse un coche de lujo, pero
tampoco envidiaba al propietario. A menudo recordaba que su padre solía
advertir que la envidia era una forma de robo mental. Si uno codiciaba los
bienes de otra persona, decía, también tenía que estar dispuesto a hacerse
cargo de las responsabilidades, los dolores de cabeza y los problemas que traía
consigo el dinero.
Observó el coche durante un momento y lo admiró como habría
hecho con una valiosa pintura del Museo Getty o una primera edición de cubierta
ajada de una novela de James M. Cain, sin deseos especiales de poseerlo,
deleitándose simplemente con su existencia.
En una sociedad que parecía desviarse cada vez más hacia la
anarquía, donde la fealdad y la decadencia hacían a diario nuevas incursiones,
le levantaba el ánimo cualquier cosa que le demostrara que las manos de hombres
y mujeres todavía eran capaces de producir belleza y calidad. El Lexus,
naturalmente, era de importación, diseñado y fabricado en el extranjero; sin
embargo, era el género humano en su totalidad el que parecía condenado, no sólo
los habitantes de su país, y una prueba de semejante nivel y dedicación era
conmovedora, independientemente de su procedencia.
Un empleado de uniforme gris salió deprisa de la oficina y se
acercó al coche lustroso; Jack volvió a poner toda su atención en Hassam
Arkadian.
—Mi gasolinera es una isla de limpieza en medio de un mar de
suciedad, un toque de cordura en medio del torbellino de locura —dijo Arkadian
con expresión seria, sin pensar que sonaba melodramático.
Era delgado, de unos cuarenta años, pelo negro y bigote
pulcramente recortado. Tenía las rayas de los pantalones grises de algodón
perfectamente planchadas, y la camisa y la chaqueta de trabajo, a juego,
inmaculadas.
—La carpintería de aluminio y los ladrillos están tratados con
un nuevo aislante —dijo, al tiempo que señalaba la fachada de la gasolinera con
un amplio ademán—. No hay manera de pintar encima, ni siquiera con pintura para
metales. Un material muy caro. Así que ahora, cuando esos pandilleros, esos
punkis locos y estúpidos vienen por la noche y me ensucian todas las paredes
con pintura en aerosol, a la mañana siguiente sólo tenemos que darle un
fregote.
Arkadian, con su manía por la higiene, su singular intensidad y
sus manos finas y rápidas, parecía un cirujano a punto de empezar su día en el
quirófano; pero en cambio era dueño y encargado de la gasolinera.
—¿Sabe que hay profesores que han escrito libros sobre el valor
de los graffiti? — dijo con incredulidad—. ¿El valor de los graffiti? ¡Valor!
—Lo llaman arte urbano — dijo Luther Bryson, el compañero de
Jack.
Arkadian dirigió una mirada de incredulidad al enorme poli
negro.
—¿Le parece arte lo que hacen esos punkis? — No..., a mí no
—dijo Luther.
Con su metro noventa de estatura y sus noventa y cinco kilos de
peso, a Jack le llevaba unos siete centímetros y dieciocho kilos, y quizás unos
veinte centímetros y treinta kilos a Arkadian. Aunque era buen compañero y
buena persona, su cara de granito parecía incapaz de la flexibilidad necesaria
para una sonrisa. Los ojos, profundamente hundidos en sus cuencas, eran
directos y penetrantes. «Mi feroz mirada Malcolm X», la llamaba él. Luther
Bryson, con y sin uniforme, podía intimidar a cualquiera, desde el Papa hasta
un carterista.
En aquel momento no usaba la mirada feroz, no trataba de
intimidar a Arkadian; estaba completamente de acuerdo con él.
—A mí no. Sólo decía que esos intelectuales relamidos lo llaman
así: arte urbano.
—Serán profesores, hombres y mujeres cultos, doctores en arte y
literatura —dijo el dueño de la gasolinera—, tendrán la educación que mis
padres no pudieron ofrecerme, pero son estúpidos. No hay otra palabra.
Estúpidos, estúpidos, estúpidos.
Su expresivo rostro revelaba la frustración y la ira con la que
Jack topaba cada vez con más frecuencia en la ciudad de Los Angeles.
—¿Qué clase de idiotas producen hoy en día las universidades?
Arkadian se había esforzado por convertir su negocio en algo
especial. Había cercado la gasolinera con jardineras de ladrillo en las que
crecían palmeras, azaleas cargadas de flores rojas y balsaminas rosadas y
granate. No había suciedad ni basura esparcida. El tejadillo que cubría los
surtidores estaba sostenido por columnas de ladrillo. Toda la estación de
servicio tenía un pintoresco aspecto colonial.
En Los Angeles, una gasolinera limpia y recién pintada como
aquélla habría parecido, en cualquier época, fuera de lugar, pero resultaba
especialmente extraña en la década de los noventa, en medio de la mugre que se
extendía por la ciudad como un tumor maligno.
—Vengan, vengan, miren —dijo Arkadian mientras se dirigía al
extremo sur del edificio.
—Pobre hombre, le va a dar un ataque —comentó Luther.
—Alguien debería decirle que preocuparse tanto está pasado de
moda —señaló Jack:
Un trueno amenazador vibró a través del cielo cubierto.
—El hombre del tiempo dijo que hoy no llovería —comentó Luther
mirando las nubes oscuras.
—A lo mejor no es un trueno. A lo mejor alguien voló por fin el
ayuntamiento.
—¿Lo crees? Bueno, si estaba lleno de políticos, deberíamos
tomarnos el resto del día libre, buscar un bar y celebrarlo —dijo Luther.
—Por aquí, agentes —los llamó Arkadian desde la parte sur del
edificio, cerca de donde habían aparcado el coche patrulla— . Miren esto,
quiero que vean esto. Quiero que vean mis lavabos.
—¿Sus lavabos? —dijo Luther.
Jack soltó una carcajada.
—Vaya, ¿tienes algo mejor que hacer?
—Bueno, por lo menos es mucho más seguro que perseguir gamberros
— dijo Luther siguiendo a Arkadian.
Jack echó otro vistazo al Lexus. Buena máquina. ¿Cuántos
segundos tardaría en alcanzar los cien por hora? ¿Ocho? ¿Siete? Conducir algo
así debía de ser un sueño.
El conductor había salido del coche y estaba de pie junto al
vehículo. Jack prestó poca atención al hombre, sólo vio que llevaba un traje
cruzado de Armani que le iba holgado.
El Lexus, por su parte, tenía ruedas con radios y tapacubos
cromados. El reflejo de los nubarrones cruzaba despacio el parabrisas y trazaba
dibujos misteriosos y difusos sobre el perfecto acabado verde esmeralda.
Jack suspiró y siguió a Luther al interior del taller de
reparaciones. La primera nave estaba vacía, pero en la segunda había un BMW
levantado sobre la plataforma hidráulica. Un joven asiático, vestido con un
mono de mecánico, trabajaba en el coche. Las herramientas y los repuestos
estaban colocados ordenadamente sobre la pared, del suelo al techo. Las dos
naves parecían más limpias que la cocina de un restaurante de cuatro estrellas.
En la esquina del edificio había un par de máquinas de
refrescos. Zumbaban y tintineaban como si las bebidas se fabricaran y
embotellaran dentro.
Los servicios estaban en un rincón; Arkadian abrió las puertas.
—Adelante, echen un vistazo. Quiero que vean los servicios.
Ambos tenían azulejos blancos del suelo al techo, suelo de
baldosas blancas, tocadores blancos, cubos de basura blancos y lavabos blancos,
grifería cromada, brillante, y espejos sobre los lavabos.
—Inmaculados. No hay rayas en los espejos ni manchas en la losa
de los lavabos — dijo Arkadian deprisa, con ira contenida—. Los revisamos cada
vez que los usa un cliente, los desinfectamos todos los días. Se podría comer
en estos suelos con las mismas garantías que en los platos de mi propia madre.
Luther miró a Jack por encima de la cabeza de Arkadian, sonrió y
dijo:
—Creo que yo pediré un filete y patatas asadas. ¿Y tú?
—Una ensalada nada más. Estoy tratando de bajar unos kilos.
Aunque Arkadian les hubiera prestado atención, estaba de tan mal
humor que no habría apreciado la broma.
—Los tengo cerrados y doy las llaves sólo a los clientes — dijo
al tiempo que hacía tintinear un llavero — . Un inspector municipal pasó por
aquí y me dijo que hay una nueva disposición que establece que es un lugar
público, de modo que hay que dejarlos abiertos a todo el mundo. Compren o no en
el local. —Hizo tintinear otra vez las llaves, con fuerza, más enfadado. Ni
Jack ni Luther hicieron comentarios sobre el ruido de las llaves — . Que me
multen. Pagaré la multa. Cuando los dejo abiertos, vienen todos los holgazanes,
borrachos y drogadictos que viven en la calle y en los parques. Usan mis
servicios, orinan por todo el suelo, vomitan en los lavabos. No se creerían las
cosas que hacen, asquerosidades, cosas que hasta me avergüenza mencionar.
Arkadian en realidad se había sonrojado sólo de pensar en lo que
habría podido contarles. Agitó las llaves en el aire delante de cada puerta
abierta, y Jack pensó en un brujo vudú lanzando un maleficio, en este caso para
protegerse de la chusma que quería saquear sus aseos. Tenía la cara encendida y
turbulenta como el cielo tormentoso.
—Les diré algo: Hassam Arkadian trabaja sesenta, setenta horas
por semana. Hassam Arkadian emplea a ocho personas a jornada completa. Hassam
Arkadian paga la mitad de lo que gana de impuestos, pero Hassam Arkadian no va
a pasarse la mitad de su vida limpiando vómitos porque un puñado de burócratas
le tenga más lástima a la escoria de holgazanes, borrachos y drogadictos, que a
la gente que se mata a trabajar para tener una vida decente.
Terminó su discurso de golpe, sin aliento. Dejó de agitar el
llavero. Suspiró y cerró las puertas con llave.
Jack se sentía inútil. Advirtió que Luther también estaba
incómodo. En ocasiones, todo lo que un policía podía hacer por una víctima era
asentir compasivamente y menear la cabeza asombrado y apenado a un tiempo por
lo bajo que había caído la ciudad. Era una de las peores cosas del trabajo.
Arkadian enfiló nuevamente hacia el frente de la estación de
servicio. No andaba tan deprisa como antes. Tenía los hombros hundidos y
parecía más abatido que enfadado, como si hubiera decidido, quizás
inconscientemente, darse por vencido.
Jack esperaba que no fuera así. En su vida cotidiana Hassam
luchaba para que se hiciera realidad el sueño de una existencia mejor, de un
mundo mejor. Era una de esas personas, cuyo número estaba en franca
disminución, que aún tenían el suficiente valor para resistirse a la entropía.
Los soldados de la civilización, los que peleaban en el bando de la esperanza,
ya eran demasiado pocos como para formar un buen ejército.
Jack y Luther se acomodaron el cinturón con el arma y siguieron
a Arkadian, que pasó junto a las máquinas de refrescos.
El hombre con el traje de Armani estaba delante de una de ellas
mirando el tablero de selección. Tenía aproximadamente la edad de Jack, era
alto, rubio, iba bien afeitado y con un bronceado dorado que en esta época del
año, en Los Angeles, sólo podía provenir de una lámpara de rayos ultravioleta.
En el momento en que pasaban por su lado sacó un puñado de monedas del bolsillo
del pantalón y escogió algunas.
Cerca de los surtidores, el empleado limpiaba el parabrisas del
Lexus, a pesar de que el coche, al entrar en la gasolinera, parecía recién
lavado.
Arkadian se detuvo delante de la luna que ocupaba media pared de
la oficina.
—Arte urbano... —dijo en voz baja, con tristeza, mientras Jack y
Luther se acercaban—. Sólo un tonto podría llamar a esto otra cosa que
vandalismo. Los bárbaros andan sueltos.
Últimamente los gamberros habían cambiado la pintura en aerosol
por moldes y ácido, de modo que por la noche dejaban grabados sus símbolos y
lemas en los parabrisas de los coches aparcados y en los cristales de los
comercios cuyos escaparates no estaban protegidos con persianas.
Las ventanas delanteras de la oficina de Arkadian estaban
permanentemente estropeadas por media docena de diferentes símbolos hechos por
miembros de la misma pandilla, algunos de los cuales se repetían dos y tres
veces. También habían grabado con letras de diez centímetros: SE ACERCA EL BAÑO
DE SANGRE.
A Jack estos actos antisociales le recordaban muchas veces un
suceso de la Alemania nazi sobre el que había leído en una ocasión. Antes de
que empezara la guerra, unos matones psicópatas habían recorrido las calles
durante una larga noche conocida como Kristallnacht, «La noche de los cristales
rotos»; pintaron en las paredes palabras de odio y rompieron los cristales de
las casas y los negocios de los judíos hasta que las calles brillaron como si
estuvieran pavimentadas con trozos de vidrio. A veces Jack pensaba que los
bárbaros a los que se refería Arkadian eran los nuevos fascistas, esta vez de
ambos extremos del espectro político, que no sólo odiaban a los judíos, sino a
cualquiera que tuviera interés en el orden social y la convivencia. Sus actos
vandálicos eran una Kristallnacht en cámara lenta, que duraba años en lugar de
horas.
—En las otras ventanas es peor —dijo Arkadian mientras los
llevaba al otro lado de la gasolinera.
Esa pared de la oficina tenía otra ventana, sobre la cual,
además de los símbolos de la pandilla, había un grabado en letras de imprenta
que proclamaba: ARMENIO CABEZA DE MIERDA.
Ni siquiera el insulto racial podía volver a encender la ira de
Hassam Arkadian. Miró con ojos tristes las palabras ofensivas y dijo:
—Siempre he intentado tratar bien a la gente. No soy perfecto,
no estoy libre de pecado. ¿Quién lo está? Pero he hecho todo lo posible para
ser un hombre bueno, justo, honesto... Y ahora esto.
—No creo que le sirva de consuelo —dijo Luther—, pero si
estuviera en mis manos, haría una ley que nos permitiera pillar a la escoria
que hace esto y grabarle las últimas tres palabras justo encima de los ojos:
«Cabeza de mierda». Grabárselas en la piel con ácido, como se las han grabado
en su cristal. Y que las lleven durante algunos años a ver si su actitud mejora
antes de quitárselas, quizá, con cirugía plástica.
—¿Creen que pueden coger a los que lo hicieron? —preguntó
Arkadian, aunque sin duda sabía la respuesta.
Luther sacudió la cabeza y Jack respondió:
—Ni hablar. Haremos un informe, por supuesto, pero no hay
personal suficiente para ocuparse de pequeños delitos como éste. Lo mejor sería
que instalara una persiana metálica el mismo día que le cambien los cristales,
para que estén protegidos durante la noche.
—Si no, tendrá que cambiar el cristal cada semana — añadió
Luther—, y la compañía de seguros no querrá renovarle la póliza.
—Después de la primera reclamación ya me han eliminado la
cobertura por vandalismo —dijo Hassam Arkadian— . Ahora casi lo único que cubre
la póliza son terremotos, inundaciones o incendios, esto último siempre que no
sea por disturbios.
Miraron la ventana en silencio, reflexionando sobre lo
impotentes que se sentían.
Soplaba un viento frío de marzo. Las palmeras se agitaban. Las
hojas crujían suavemente.
—Vaya, podría haber sido peor, señor Arkadian — dijo Jack por
fin— . Me refiero a que por lo menos esta parte de la ciudad, el West Side, es
bastante buena.
—Sí, ¿y no le da pena? ¿Esto le parece un buen barrio? —preguntó
Arkadian.
Jack no quería ni pensar en ello.
Luther empezó a hablar pero lo interrumpió un ruido estrepitoso
y un grito de ira que venía del frente de la gasolinera. Una violenta ráfaga de
viento hizo vibrar las lunas, mientras los tres se dirigían a toda prisa hacia
el lugar de los hechos.
A unos quince metros, el hombre del traje de Armani volvía a
patear la máquina de refrescos. Detrás, una lata de Pepsi derramaba su espumoso
contenido sobre el pavimento.
—¡Veneno! —gritó el hombre a la máquina—. ¡Maldito veneno!
¡Joder, esto es veneno puro!
Arkadian corrió hacia el cliente.
—Señor, por favor, lamento que la máquina le haya dado una
bebida equivocada.
—¡Eh!, un momento — dijo Luther, dirigiéndose tanto al dueño de
la gasolinera como al furioso desconocido.
Jack alcanzó a Arkadian delante de la puerta de la oficina y le
puso una mano en el hombro, lo detuvo y le dijo:
—Déjenos arreglar esto.
—Maldito veneno —dijo el cliente enfurecido mientras mostraba el
puño como si quisiera golpear la máquina.
—Es la máquina —les dijo Arkadian a Jack y Luther—. Siempre me
dicen que ya está arreglada, pero da Pepsi en lugar de Fanta.
Por muy mal que estuvieran las cosas en la ciudad de Los
Ángeles, a Jack le costaba creer que Arkadian estuviera acostumbrado a que la
gente perdiera los estribos cada vez que la máquina sacaba una Pepsi por
equivocación.
El cliente se apartó de la máquina y de ellos, como si fuera a
marcharse sin el Lexus. Parecía temblar de ira, pero se trataba más bien de las
ráfagas de viento que agitaban su traje holgado.
—¿Qué pasa aquí? — preguntó Luther dirigiéndose al hombre,
mientras un trueno hacía vibrar el cielo plomizo y las palmeras se sacudían
bajo los negros nubarrones.
Jack siguió a Luther antes de ver que la chaqueta del traje
cruzado, que un momento antes estaba abotonada, empezaba a ondear detrás del
rubio, agitándose como las alas de un murciélago.
Sin embargo, el enfadado cliente siguió alejándose de ellos, con
los hombros hundidos y la cabeza gacha. La tela ligera y ondulante del traje le
daba un aspecto poco humano, como de duende giboso. El hombre empezó a darse la
vuelta, y Jack no se habría sorprendido de ver el morro deformado de alguna
bestia, pero se trataba de la misma cara bronceada y afeitada de antes.
¿Para qué se había desabotonado la chaqueta aquel cabrón, si no
llevaba debajo algo que necesitaba? ¿Y qué podía llevar un sujeto enfadado e
irracional debajo de la chaqueta, de la chaqueta holgada del traje, de aquella
maldita chaqueta?
Jack avisó a Luther; pero éste también había advertido el
peligro. Su mano derecha se movió hacia el revólver que llevaba sobre la
cadera.
Pero el cabrón llevaba ventaja porque era el que había empezado.
Nadie pensó que la violencia estaba a un paso hasta que ese hombre la
desencadenó. Antes de que Luther y Jack hubieran siquiera tocado sus pistolas,
el nombre se volvió deprisa y los encaró sosteniendo un arma con ambas manos.
Los disparos de un arma automática horadaron el día. Las balas
se estrellaron contra el pecho de Luther, tumbándolo hacia atrás. Hassam
Arkadian se retorció bajo el impacto de una, dos, tres balas, y desde el suelo
empezó a gritar mientras agonizaba.
Jack se lanzó contra la puerta de cristal de la oficina. Casi
logró ponerse a cubierto antes de que un proyectil penetrara en su pierna
izquierda. Sintió como si le hubieran golpeado el muslo con una barra de
hierro, pero no se trataba de un golpe sino de una bala.
Cayó boca abajo sobre el suelo de la oficina. La puerta se cerró
detrás y un disparo la hizo añicos. Una cascada de trocitos pegajosos de
cristal templado se derramó sobre su espalda.
Un dolor intenso le recorrió el cuerpo como un sudor hirviente.
Una radio sonaba. Los viejos años dorados. Dionne Warwick
cantaba una canción sobre el mundo que necesita amor, dulce amor.
Fuera, Arkadian seguía gritando, pero no se escuchaba ni un
gemido de Luther Bryson.
Luther estaba muerto. Jack no podía pensar en ello. Muerto. No
se atrevía a pensar en ello. Muerto. No pensaría en ello.
Se oyeron más disparos.
Alguien más gritaba. Probablemente el empleado que atendía el
Lexus. No fue un grito prolongado. Se apagó rápidamente.
Arkadian también había dejado de gritar. Sollozaba e invocaba a
Jesús.
Una ráfaga de viento helado hizo vibrar las lunas y penetró por
la puerta destrozada.
El tipo de la pistola debía de estar acercándose.
DOS
Jack estaba asombrado de la cantidad de sangre que había a su
alrededor, sobre el suelo de vinilo. Un sudor pegajoso le corría por la cara;
tuvo una arcada. No podía apartar la mirada de la mancha que se expandía por
sus pantalones.
Nunca le habían disparado. El dolor era terrible, pero no tan
agudo como esperaba. Peor que el dolor era la sensación de ultraje y
vulnerabilidad, esa impresionante conciencia de la auténtica fragilidad del
cuerpo humano.
Pronto perdería el conocimiento. Una creciente oscuridad reducía
su campo visual.
Probablemente no podría apoyarse sobre la pierna izquierda, y no
tenía tiempo de intentar ponerse de pie él solo sobre la pierna derecha, y
menos en un lugar tan expuesto. Se arrastró rápidamente boca abajo a lo largo
del mostrador en forma de L, detrás del cual estaba la caja registradora de
Arkadian, dejando inevitablemente a su paso una estela de vidrios rotos y
sangre, como si fuera la piel vieja de una serpiente.
El tipo de la pistola debía de estar acercándose.
Por el ruido de los disparos y la vislumbre que había tenido del
arma, Jack supuso que se trababa de un subfusil, quizás una Micro Uzi. Las
Micro tenían menos de veinticinco centímetros de largo, con el cargador
delante, pero eran mucho más pesadas que una pistola, unos dos kilos si tenían
un solo cargador, y más si llevaban dos, unidos en ángulo recto con capacidad
para cuarenta disparos. Era como llevar un saco de azúcar colgando del hombro;
sin duda producía un dolor de cuello crónico. Era grande, pero no tanto como
para no caber en una sobaquera enorme debajo de un traje de Armani, y bien
valía el esfuerzo si el hombre tenía enemigos feroces.
Podía ser una FN P90, o quizás una British Bushman 2, pero
seguramente no se trataba de una Czech Skorpion, porque las Scorpion sólo
disparaban munición de 32 ACP. A juzgar por la fuerza de la caída de Luther,
parecía un arma de mayor potencia que una Skorpion, una Micro Uzi de nueve
milímetros. Para empezar la Uzi tenía cuarenta balas, y el hijo de puta sólo
había disparado doce tiros, dieciséis como mucho, así que le quedaban por lo
menos veinticuatro, y quizá llevaba los bolsillos llenos de cargadores de
recambio.
Rugió un trueno y el aire se llenó de lluvia contenida. El
viento gimió a través de la puerta rota y la metralleta disparó otra vez. Los
gritos de Hassam Arkadian invocando a Jesús cesaron abruptamente.
Jack se arrastró desesperadamente al otro lado del mostrador,
mientras pensaba lo impensable. Luther Bryson muerto. Arkadian muerto. El
empleado muerto. Probablemente el mecánico asiático también. Todos ellos
inútilmente muertos. El mundo se había puesto patas arriba en menos de un
minuto.
Ahora el combate era de uno contra uno, la supervivencia del más
apto, y Jack no tenía miedo a ese juego. Aunque la selección darviniana tendía
a favorecer al hombre con el arma más grande y mayor reserva de munición, el
ingenio podía vencer al calibre. Su astucia ya lo había salvado antes, y esta
vez podía volver a hacerlo.
Si se cubría las espaldas tal vez le resultase más fácil
sobrevivir. Las probabilidades estaban en su contra, pero sólo tenía que
preocuparse de sí mismo, no había nadie más. Como lo único que estaba en
peligro era su propia vida, podía concentrarse mejor, era libre de arriesgarse
a la inacción o a la temeridad, de ser un cobarde o un estúpido kamikaze, todo
dependía de lo que exigiera la ocasión.
Cuando consiguió ocultarse por completo detrás del mostrador,
descubrió que, después de todo, no podía disfrutar de la libertad que suponía
ser el único superviviente: acurrucada allí había una mujer menuda, una
atractiva morena de pelo largo. Camiseta gris, pantalones de trabajo,
calcetines blancos y zapatos negros con gruesas suelas de goma. Tendría unos
treinta y tantos, quizá cinco o seis años menos que Hassam Arkadian. Quizá se
trataba de su esposa.. No, ya no. Su viuda. Estaba sentada en el suelo con las
rodillas contra el pecho, abrazada con fuerza a las piernas, tratando de
encogerse lo máximo posible, esforzándose por hacerse invisible.
Su presencia cambió todo para Jack, lo puso en peligro y redujo
sus posibilidades de supervivencia. No podía optar por esconderse, y ahora
tampoco por la temeridad. Debía pensar bien y claramente la mejor estrategia, y
hacer lo adecuado. Era responsable de ella. Había hecho la promesa de servir y
proteger a los ciudadanos, y era lo bastante anticuado como para tomarse en
serio una promesa.
En los ojos de la mujer había una expresión de terror y
brillaban con lágrimas contenidas. A pesar del temor por su propia vida,
parecía comprender el significado del súbito silencio de Arkadian.
Jack sacó el revólver.
Servir y proteger.
Temblaba descontroladamente. La pierna izquierda le ardía, pero
el resto del cuerpo estaba helado, como si todo el calor se le escapara por la
herida.
Fuera, una ráfaga sostenida de disparos terminó en una explosión
que hizo temblar la estación de servicio, tumbó una máquina expendedora de
caramelos de la oficina y destrozó las dos ventanas sobre las que estaban
grabados los símbolos de los pandilleros. La mujer acurrucada se cubrió el
rostro con ambas manos. Jack cerró los ojos mientras una lluvia de cristales
caía detrás del mostrador.
Cuando Jack volvió a abrir los ojos, vio interminables lenguas
de luz y sombra en la oficina. El viento que entraba por la puerta destrozada
ya no era helado, sino caliente, y los fantasmas que se proyectaban sobre la
pared eran reflejos del fuego. El maníaco de la Uzi había disparado contra uno
o más surtidores de gasolina.
Jack, con cuidado, se puso de pie cogiéndose del borde del
mostrador, sin apoyar el peso sobre la pierna izquierda. Aunque su dolor seguía
pareciéndole desproporcionado para la herida, pensaba que empeoraría rápida y
repentinamente. No quería hacer nada que lo agudizase, por miedo a que un
acceso de dolor le hiciera perder el conocimiento.
De uno de los surtidores que habían explotado salían chorros de
gasolina ardiendo, que caían como lava fundida sobre el pavimento. El asfalto
derretido y ríos de fuego brillante se deslizaban hacia el tráfico de la calle.
La explosión había encendido el tejadillo que protegía los
surtidores. Las llamas avanzaban rápidamente hacia el edificio principal.
El Lexus también estaba envuelto en llamas. El lunático cabrón
había destruido su propio coche, lo que de alguna manera hacía que pareciese
aún más loco y descontrolado.
En medio de aquel infierno que segundo a segundo, a medida que
la gasolina se extendía sobre el pavimento, era más espectacular, el asesino
había desaparecido de la vista. A lo mejor había recobrado parte de su sano
juicio y había huido a pie.
Pero lo más probable era que estuviese en el taller mecánico y
tratara de llegar a ellos desde allí, en vez de entrar intrépidamente por la
puerta principal destrozada. A unos cuatro metros de Jack, una puerta de metal
pintada conectaba el taller con la oficina. Estaba cerrada.
Inclinado sobre el mostrador, cogió el revólver con las dos
manos y apuntó en dirección a la puerta, con los brazos rígidamente extendidos,
listo para mandar a aquel cabrón al infierno a la primera oportunidad. Le
temblaban las manos. Tenía tanto frío... Se esforzaba por sostener el arma con
firmeza, lo que ayudaba a controlar los temblores, aunque no completamente.
La oscuridad de su campo visual había disminuido, pero ahora
empezaba otra vez. Parpadeó furiosamente en un intento por eliminar esa
aterradora ceguera periférica como si fuera una mota de polvo; pero fue en
vano.
El aire olía a gasolina y a alquitrán caliente. Una ráfaga de
viento hizo entrar humo en la oficina, no mucho, pero lo suficiente para darle
ganas de toser. Apretó los dientes y carraspeó suavemente, porque el asesino
quizás estuviera al otro lado de la puerta, dudando y escuchando.
Sin dejar de apuntar a la puerta del taller, Jack echó un
vistazo fuera, a las tempestuosas lenguas de fuego y a las nubes de humo negro
que se arremolinaban, temeroso de equivocarse. Después de todo, el hombre
armado podía irrumpir desde las llamas, como un demonio escapado de la
perdición.
Volvió a mirar la puerta de metal pintada de azul claro, como
las aguas profundas que se ven a través de una capa de hielo cristalino.
El color le dio frío. Todo le daba frío: el repiqueteo hueco y
metálico de su corazón, el sollozo mudo de la mujer acurrucada en el suelo,
detrás de él, los trozos brillantes de vidrio roto. Hasta el rugido y el
crepitar del fuego hacían que se sintiese helado.
Las llamas habían llegado al pórtico y al frente de la estación
de servicio. El techo ya estaría ardiendo.
«Abre, hijo de puta. Ven, ven, ven.»
Otra explosión.
Jack tuvo que volverse completamente y apartar la mirada de la
puerta del taller para ver qué pasaba en la parte delantera de la gasolinera,
porque había perdido casi toda la visión periférica.
El depósito de gasolina del Lexus. El vehículo había quedado
reducido a un negro esqueleto; las lenguas de fuego habían devorado su lustrosa
pintura verde esmeralda, su fina tapicería de cuero y todos los accesorios.
La puerta azul seguía cerrada.
El revólver parecía pesar cien kilos. Le dolían los brazos. No
podía sostener el arma con firmeza. Casi ni podía sostenerla en absoluto.
Quería tumbarse y cerrar los ojos. Dormir un poco. Soñar con
praderas, flores silvestres, un cielo azul y olvidarse de la ciudad.
Al mirarse la pierna vio que estaba de pie sobre un charco de
sangre. Debía de tener una arteria herida, destrozada quizá, y empezaba a
marearse deprisa; sólo de mirar hacia abajo las náuseas arreciaron y sintió
espasmos en el vientre.
Había fuego en el techo. Se oía nítidamente, distinto del
crepitar y el rugido del incendio en la parte delantera de la gasolinera. Las
tejas salían despedidas, las vigas crujían torturadas por el calor seco y
feroz. Quedaban pocos segundos antes de que el cielo raso estallara en llamas o
cayera sobre ellos.
Jack no comprendía cómo podía tener tanto frío rodeado por el
fuego. El sudor que le corría por el rostro era como agua helada.
Aunque el techo tardara unos minutos en caer, al final, cuando
el asesino entrara, estaría muerto o demasiado débil para apretar el gatillo.
No podía seguir esperando.
Tuvo que soltar una mano del arma. Necesitaba la izquierda para
cogerse del borde de fórmica del mostrador y acercarse al extremo de éste sin
apoyar su peso sobre la pierna izquierda.
Cuando por fin llegó al extremo del mostrador, estaba demasiado
mareado para cruzar a la pata coja los tres metros que lo separaban de la
puerta azul. Tuvo que apoyar la punta del pie izquierdo para mantener el
equilibrio y hacer la mínima presión posible para tenerse en pie mientras
sorteaba la distancia.
Para su sorpresa, el dolor era soportable. En aquel momento se
dio cuenta de que le resultaba tolerable sólo porque empezaba a perder
sensibilidad en la pierna. Un hormigueo frío le recorrió la pierna desde la
cadera al tobillo. La herida ya no estaba caliente, ni tibia siquiera.
La puerta. La mano izquierda sobre el pomo le parecía tan lejana
como si la mirara por unos binoculares al revés.
El revólver se balanceaba en la mano derecha. Como una campana
enorme. El esfuerzo que le exigió levantar el arma le revolvió la tripas
repetidamente.
El asesino podía estar al otro lado, observando el pomo de la
puerta, de modo que Jack la abrió de golpe y cruzó deprisa, con el revólver
levantado delante. Tropezó y estuvo a punto de caer. Mientras movía el arma a
derecha e izquierda, el corazón le latía con tanta fuerza que le sacudía los
brazos debilitados. Pero no había ningún blanco. Como el BMW estaba levantado
sobre la plataforma hidráulica se veía todo el taller. La única persona a la
vista era el mecánico asiático, tan muerto como el cemento sobre el que estaba
tendido.
Jack se volvió hacia la puerta azul, que de ese lado era de un
negro siniestro y brillante, y vio que se había cerrado.
Dio un paso hacia delante, con la intención de abrirla, pero en
cambio cayó sobre ella.
Una oleada de humo amargo de alquitrán, arrastrada por el viento
cambiante, inundó el garaje.
Jack, tosiendo, abrió la puerta de un tirón. La oficina estaba
llena de humo, como si fuese una antecámara del infierno.
Le gritó a la mujer que saliera, pero le sorprendió comprobar
que su grito no era más que un débil jadeo.
Ella, sin embargo, ya estaba en movimiento, y, antes de que Jack
intentara llamarla otra vez, salió de la nube de humo tapándose la boca y la
nariz con una mano.
Al principio, cuando la mujer se apoyó en él, Jack pensó que
estaba buscando ayuda, una fuerza que él no podía ofrecerle, pero se dio cuenta
de que lo apremiaba para que se apoyara en ella. Él era el que había hecho la
promesa, el que había jurado servir y defender. Se sentía desconsoladamente
torpe por no poder levantarla en brazos y sacarla de allí como un héroe de
película.
Se apoyó lo mínimo posible en la mujer y giraron a la izquierda,
hacia la puerta abierta del garaje, oscurecida por el humo. Jack arrastraba la
pierna herida. Ya no sentía nada, ni dolor ni hormigueo. Un peso muerto. Los
ojos le escocían a causa del humo, los entrecerró y vio explosiones de color a
través de los párpados. Contuvo la respiración y reprimió unos deseos terribles
de vomitar. Alguien gritaba, un grito desgarrador, interminable. No, no era un
grito. Sirenas. Sirenas que se acercaban rápidamente. En aquel momento, él y la
mujer salieron al aire libre; lo detectó por un cambio en la dirección del
viento. Jadeó para tomar aire, que entró fresco y limpio en sus pulmones.
Cuando abrió los ojos, el mundo estaba borroso tras las lágrimas
que el humo le había arrancado. Parpadeó frenéticamente hasta que se le aclaró
ligeramente la vista. A causa de la sangre perdida o de la conmoción veía como
si estuviera en un túnel, como si observara al mundo a través de dos tubos de
cañón y el resto fuera una negrura compacta.
A la izquierda todo estaba en llamas: el Lexus, el tejadillo, la
gasolinera, el cuerpo de Arkadian. Luther todavía no, pero empezaban a caer
sobre él trozos de madera en llamas, que podían prender en su uniforme en
cualquier momento. La gasolina ardiendo seguía saliendo de los surtidores
acribillados a balazos y se deslizaba hacia la calle. El asfalto que rodeaba el
fuego estaba derretido y hervía. Una masa negra de humo se elevaba sobre la
ciudad fundiéndose con la negrura plomiza de las nubes tormentosas.
Alguien lanzó una maldición.
Jack se volvió hacia la derecha, apartando la mirada del
infierno, terrible pero hipnóticamente fascinante, y enfocó su menguado campo
visual sobre las máquinas expendedoras de bebidas. El asesino estaba de pie
delante de ellas, como ajeno a la destrucción que había causado, buscando
monedas para echar en la primera de las dos máquinas.
Detrás de él, había otras dos latas de Pepsi sobre el asfalto.
Tenía la Micro Uzi en la mano izquierda apuntando al suelo. Apretó con la palma
el botón del tablero de selección.
Jack apartó a la mujer débilmente.
—¡Al suelo! —susurró.
Tambaleándose, casi incapaz de mantenerse en pie, se volvió
torpemente hacia el asesino.
La lata del refresco cayó sobre la bandeja. El hombre armado se
inclinó entrecerrando los ojos y volvió a maldecir.
Aunque temblaba violentamente, Jack se esforzó por levantar el
revólver, que parecía sujeto al suelo por una cadena que le exigiera toda la
fuerza del mundo para levantarlo a una altura razonable a fin de apuntar.
El psicópata vestido con el elegante traje de Armani reaccionó
con arrogante tranquilidad, consciente de sí mismo. Se volvió, avanzó unos
pasos y levantó su arma.
Jack apretó el gatillo. Estaba tan débil que el retroceso lo
arrojó hacia atrás y le hizo perder el equilibrio.
El asesino disparó una ráfaga de seis u ocho tiros; pero Jack ya
estaba fuera de la línea de fuego cuando las balas cortaron el aire por encima
de su cabeza. Disparó una vez más, y luego otra, tirado sobre el asfalto.
Increíblemente, el tercer disparo dio de lleno en el pecho del
asesino y lo arrojó contra la máquina de bebidas. Rebotó sobre ésta y cayó de
rodillas. Estaba malherido, quizá mortal— mente herido. La camisa blanca de
seda se iba tiñendo de rojo con la misma velocidad con la que un mago cambiaría
uno de sus pañuelos; pero todavía no estaba muerto, y aún tenía la Micro Uzi.
Las sirenas sonaban cada vez más cerca. La ayuda se acercaba,
pero probablemente llegaría demasiado tarde.
El fragor de un trueno conmocionó el cielo y empezó a caer una
lluvia fría y torrencial.
Con un esfuerzo que casi le hizo perder el conocimiento, Jack se
incorporó, cogió con ambas manos el revólver todo lo fuertemente que pudo y
disparó, pero el proyectil erró el blanco. El retroceso le produjo un espasmo
muscular en los brazos. Toda la fuerza desapareció de sus manos y el arma cayó
sobre el asfalto en medio de sus piernas abiertas.
El asesino disparó dos, tres, cuatro veces. Jack sintió dos
golpes en el pecho que lo arrojaron hacia atrás. Su nuca rebotó dolorosamente
sobre el pavimento.
Trató de incorporarse nuevamente, pero sólo consiguió levantar
la cabeza, y no mucho, apenas lo suficiente para ver que el asesino había caído
boca abajo después de la última ráfaga de disparos. El disparo en el pecho
había acabado con él, aunque no lo bastante rápido.
Jack inclinó la cabeza hacia la izquierda. Aunque su vista
disminuía por momentos, vio un coche patrulla entrar a toda velocidad en la
estación de servicio y frenar violentamente.
La vista de Jack se apagó de golpe. Estaba totalmente ciego.
Se sentía tan indefenso como un bebé y se echó a llorar.
Oyó que se abrían puertas y a los policías que gritaban.
Todo había terminado.
Luther estaba muerto. Hacía casi un año que habían matado a
Tommy Fernández. Tommy, y ahora Luther. Dos buenos compañeros, dos buenos
amigos en un año. Pero todo había terminado.
Voces. Sirenas. Un ruido estrepitoso que debía de ser el
tejadillo que caía sobre los surtidores.
Los sonidos eran cada vez más débiles, como si alguien estuviera
poniéndole algodón en los oídos. El sentido del oído empezaba a desaparecer del
mismo modo que la vista.
También el resto de los sentidos. Sintió la boca seca y chasqueó
la lengua en un intento inútil de producir un poco de saliva y sentir algún
gusto, aunque fueran las emanaciones acres de la gasolina y el alquitrán
quemados. Tampoco olía nada, a pesar de que hacía sólo un instante el aire
estaba cargado de olores desagradables.
No sentía el pavimento debajo de su cuerpo ni las ráfagas de
viento ni dolor, ya no. Ni siquiera un cosquilleo. Sólo sentía frío, un frío
profundo y penetrante.
La sordera total se apoderó de él.
Aferrándose desesperadamente a la última chispa de vida de un
cuerpo que se había convertido en el receptáculo insensible de su mente, se
preguntó si alguna vez volvería a ver a Heather y a Toby. Intentó recordar sus
rostros pero no lo logró, no conseguía ver en su memoria a su mujer ni a su
hijo, dos personas a las que amaba más que a la vida misma. No poder recordar
sus ojos ni el color de su pelo lo asustó, lo aterrorizó. Sabía que temblaba de
pena, como si ellos hubieran muerto, pero no podía sentir los temblores;
lloraba pero no podía sentir las lágrimas. Se esforzó por traer a su mente las
caras hermosas de Toby y Heather, de Heather y Toby, pero su imaginación estaba
tan ciega como sus ojos. Su mundo interior no era un pozo negro sin fondo, sino
una blancura— vacía e invernal, como la visión de una tempestad de nieve, fría,
glaciar, ártica, implacable.
TRES
El resplandor de un relámpago, seguido del estallido de un
poderoso trueno, hizo vibrar las ventanas de la cocina. La tormenta no empezó
con una suave llovizna sino con un súbito chaparrón, como si las nubes fueran
estructuras huecas que pudieran abrirse como cáscaras de huevo y derramar de
golpe todo su contenido.
Heather estaba junto al mostrador, al lado de la nevera
sirviendo helado de naranja en un tazón. Se volvió y miró por la ventana que
había sobre el fregadero. La lluvia caía con tanta fuerza que casi parecía
nieve, un diluvio blanco. Las ramas del ficus benjamina del jardín trasero se
inclinaban bajo el peso de aquel río vertical y los brotes más largos tocaban
la tierra.
Se sentía aliviada de no tener que estar aquel día en la
utopista volviendo del trabajo. Los californianos no estaban acostumbrados al
mal tiempo y conducían mal bajo la lluvia; o iban demasiado despacio y tomaban
precauciones tan exageradas que colapsaban el tráfico, o circulaban de esa
manera alocada de siempre, cambiando de carril con entusiasta temeridad. Más
tarde, mucha gente vería cómo su habitual viaje de regreso de una hora se
convertía en dos horas y meta, de locura.
Después de todo, estar en paro tenía su lado bueno. Simplemente
no se había tomado la molestia de verlo. Sin duda, si lo pensaba bien,
comprendería que tenía muchas ventajas. Como por ejemplo no tener que comprar
ropa para ir i trabajo. Sólo en eso había ahorrado mucho dinero. Tampoco tenía
que preocuparse por la estabilidad del banco en e que tenían los ahorros,
porque al paso que iban, dentro demos meses no tendrían un centavo. Sólo con el
sueldo de Jack era imposible tener ahorros, puesto que desde la última crisis
financiera municipal le habían recortado la paga. Los impuestos, tanto los
estatales como los nacionales, también habían subido, de modo que se ahorraba
todo el dinero que el Gobierno le habría retenido si hubiese tenido una nómina,
para derrocharlo a su nombre. Dios mío, si lo pensaba de verdad, el que la IBM
la hubiese despedido después de diez años de trabajo no era una tragedia, ni
una crisis siquiera, sino un virtual cambio de vida para mejor.
—Déjalo ya, Heather — se dijo cerrando el envase de helado y
devolviéndolo al congelador.
Jack, el sonriente optimista, decía que no se ganaba nada viendo
sólo lo malo, y tenía razón, claro. Su carácter alegre, su personalidad genial
y su corazón adaptable le habían permitido soportar una infancia y adolescencia
espantosas que habrían hundido a mucha gente. Y últimamente su filosofía le
había servido para superar el peor año de su profesión en el departamento.
Después de trabajar casi una década juntos en las calles, Tommy Fernández y él
eran como hermanos. Aunque hacía unos once meses que habían matado a Tommy,
Jack todavía despertaba al menos una noche a la semana con pesadillas en las
que su compañero y amigo volvía a morir. Después, siempre se levantaba, iba a
la cocina a tomarse una cerveza de madrugada o a la sala a sentarse un rato
solo en la oscuridad, sin saber que Heather también había despertado a causa de
los gemidos ahogados que a él se le escapaban en sueños. Hacía meses que
Heather había comprendido que no podía decir ni hacer nada para ayudarlo; debía
dejarlo tranquilo. Cuando él salía de la habitación ella a menudo estiraba la
mano debajo de las mantas y la ponía sobre las sábanas, tibias todavía por el
calor de su cuerpo y húmedas por el sudor que la angustia le provocaba.
A pesar de todo, Jack seguía siendo un anuncio viviente del
poder del pensamiento positivo, y Heather estaba decidida a igualar su
disposición alegre y su capacidad de esperanza.
Lavó la cuchara con los restos de helado en el fregadero.
Su madre, Sally, era una quejicosa profesional, que tomaba
cualquier mala noticia como una catástrofe personal, incluso aunque el
acontecimiento que la perturbaba hubiera sucedido en la otra punta del mundo y
a personas totalmente desconocidas. Un disturbio político en Filipinas podía
provocar un desesperado monólogo de Sally respecto a los elevados precios que
le obligarían a pagar por el azúcar y por todos los productos que contuvieran
azúcar si una sangrienta guerra civil destruía los cañaverales. Una cutícula
inflamada era para ella tan grave como un brazo roto para una persona
corriente; un dolor de cabeza normal significaba sin duda una embolia
inminente, y una pequeña llaga en la boca, un síntoma seguro de un cáncer
terminal. Cualquier mala noticia haría que aquella mujer se sintiera a sus
anchas.
Once años atrás, cuando tenía veinte, Heather se había mostrado
encantada de dejar de ser una Beckerman para convertirse en una McGarvey, a
diferencia de algunas de sus amigas que en aquella época de floreciente
feminismo habían continuado usando el apellido de solteras o lo recuperaron
después añadiéndolo con un guión al de casadas. No era la primera hija de la
historia que había decidido parecerse lo menos posible a sus padres, pero le
gustaba creer que había sido extraordinariamente diligente a la hora de
quitarse de encima algunos rasgos familiares.
Mientras sacaba una cuchara del estante, cogía el tazón lleno de
helado y se dirigía a la sala, se dio cuenta de que otra de las ventajas de
estar desempleada era que no tenía necesidad de faltar al trabajo cuando Toby
estaba enfermo y no iba a la escuela, o contratar a una niñera para que cuidase
de él. Estaba allí cuando su hijo la necesitaba sin sentirse culpable como
suele ocurrir con las madres que trabajan.
Naturalmente que el seguro de salud sólo cubría el ochenta por
ciento de la visita al médico, y el lunes por la mañana, cuando había ido a la
consulta del doctor, el veinte por ciento que le tocaba pagar le había llamado
la atención como nunca. Pero ésa era la manera de pensar propia de los
Beckerman, no la de una McGarvey.
Toby estaba en pijama en un sillón de la sala, delante del
televisor, con las piernas estiradas sobre un taburete, tapado con mantas.
Miraba dibujos animados del canal por cable para niños.
Heather sabía lo que costaba la suscripción hasta el último
centavo. En octubre, cuando aún tenía trabajo, no le habrían preocupado cinco
dólares más o menos.
En la televisión, un ratoncillo perseguía a un gato, al que al
parecer había hipnotizado para que creyera que el ratón medía un metro ochenta
y tenía colmillos y unos ojos feroces.
—Exquisito helado de naranja —dijo mientras le daba el tazón y
la cuchara a Toby — , el mejor del planeta, preparado por mí, tuve que trabajar
durante horas para hacerlo.
—Gracias, mamá —dijo Toby con una amplia sonrisa sin apartar los
ojos de la pantalla.
Toby había estado en cama del domingo al martes. Se sentía tan
mal que siquiera quería ver televisión y había dormido tanto que Heather había
empezado a preocuparse, pero evidentemente dormir era lo que necesitaba. La
noche anterior, por primera vez desde el domingo, había podido tomar algo más
que líquidos sin vomitarlo y le había pedido helado de naranja. Esa mañana
había comido dos rebanadas de pan blanco tostado y ahora volvía a tomar helado.
La fiebre le había bajado, y la gripe parecía seguir su curso.
Heather se sentó en el otro sillón. En la mesa, a su lado, sobre
una bandeja de plástico, había un termo de café y una taza blanca de cerámica
con flores rojas. Destapó el termo y se llenó la taza con café de primera
calidad, aromatizado con almendra y chocolate. Disfrutó del aroma fragante
tratando de no calcular cuánto le costaba cada taza de ese capricho.
Recogió las piernas sobre el sillón, se cubrió con una manta
ligera y, mientras bebía a sorbos el café, cogió una novela de Dick Francis. La
abrió por la página marcada con un trozo de papel e intentó regresar al mundo
de las costumbres, la moral y los misterios ingleses.
A pesar de que no descuidaba nada por leer un libro, se sentía
culpable. Las tareas de la casa estaban hechas. Cuando los dos trabajaban, se
repartían las tareas domésticas, y todavía seguían haciéndolo. Cuando ella se
quedó sin trabajo, insistió en hacerse cargo de la parte de Jack, pero él se
negó. Probablemente pensaba que si dejaba que las tareas de la casa ocupasen
todo su tiempo, se deprimiría pensando que nunca volvería a encontrar otro
empleo. Jack siempre había sido tan sensible ante los sentimientos de los demás
como optimista ante sus propias posibilidades. En consecuencia, la casa estaba
limpia, la ropa lavada y la única tarea de Heather consistía en cuidar de Toby,
lo cual era muy sencillo, ya que él se comportaba muy bien. Su culpabilidad era
el resultado irracional, por no decir ineludible, de ser por naturaleza y
decisión una mujer trabajadora a quien la recesión no permitía trabajar.
Había enviado treinta y seis solicitudes de empleo a otras
tantas empresas. Ahora lo único que podía hacer era esperar. Y leer a Dick
Francis.
La música melodramática y las voces cómicas de la televisión no
la distraían. En realidad, la fragancia del café, la comodidad del sillón y el
ruido frío de la lluvia de invierno que repiqueteaba sobre el tejado, se
combinaban para alejar las preocupaciones de su mente y sumergirla en la
novela.
Toby la interrumpió al cabo de quince minutos.
—¿Mamá?
—¿Sí? — respondió ella sin levantar la vista del libro.
—¿Por qué los gatos siempre quieren matar a los ratones?
Heather marcó el libro con el pulgar y echó una mirada al
televisor: otro gato y otro ratón estaban metidos en otra bufonesca
persecución; esta vez el primero perseguía al último.
—¿Por qué no pueden hacerse amigos de los ratones, en lugar de
querer matarlos todo el tiempo? — preguntó el niño.
—Es el instinto del gato.
—Pero ¿por qué?
—Porque Dios los hizo así.
—¿Ya Dios no le gustan los ratones? — Sí, deben de gustarle,
porque también hizo a los ratones. —Entonces ¿por qué los matan los gatos? —Si
los ratones no tuvieran enemigos naturales, como los gatos, los búhos y los
coyotes, invadirían el mundo.
—¿Y por qué van a invadir el mundo?
—Porque tienen muchas crías cada vez, no un solo bebé.
—¿Y?
—Que si no tuvieran enemigos naturales habría millones y
millones de ratones comiéndose toda la comida del mundo y no quedaría nada para
los gatos ni para nosotros.
—Si Dios no quería que los ratones invadieran el mundo, ¿por qué
no los hizo para que tuvieran un solo bebé?
Los adultos siempre pierden en el juego de los «porqué»; a la
larga la secuencia de preguntas los lleva a un callejón sin salida en el que no
hay respuesta.
—Me has pillado, querido.
—Creo que es una maldad hacer que los ratones tengan muchas
crías y después hacer que los gatos las maten.
—Me temo que tendrás que discutir el problema con Dios.
—¿Cuando me vaya a la cama esta noche y rece mis oraciones?
—Sí, es el mejor momento —respondió Heather mientras volvía a
llenarse la taza de café.
—Siempre le hago preguntas a Dios, y después me quedo dormido
antes de que me responda —dijo Toby—. ¿Por qué deja que me quede dormido antes
de contestarme?
—Porque así hace Dios las cosas. Sólo te habla en sueños. Si
sabes escucharlo, cuando despiertas ya tienes la respuesta.
Estaba orgullosa de su razonamiento. No le faltaban recursos.
—Pero cuando me despierto sigo sin saber la respuesta. ¿Por qué
no la sé si me la dijo? —preguntó Toby con el ceño fruncido.
Heather tomó unos sorbos de café para ganar tiempo.
—Verás, Dios no quiere darte todas las respuestas. La razón por
la que estamos en el mundo es poder encontrar nuestras propias respuestas,
aprender y comprender por medio de nuestro propio esfuerzo.
Bien. Muy bien. Se sentía modestamente animada, como si hubiera
jugado un partido de tenis con un profesional y hubiese resistido más tiempo
del esperado.
—Los ratones no son los únicos animales a los que se persigue y
mata. Cada animal tiene otro que quiere destruirlo — comentó Toby echando un
vistazo a la televisión— . Mira, como los perros que quieren matar a los gatos.
El gato que había perseguido al ratón, ahora era perseguido por
un feroz bulldog con un collar de púas.
Toby volvió a mirar a su madre.
—¿Por qué cada animal tiene otro que quiere matarlo? — preguntó
— . ¿Los gatos invadirían el mundo sin sus enemigos naturales?
El juego de los «porqué» había llegado a otro callejón sin
salida. Claro, ella podía hablar sobre el concepto de pecado original,
explicarle que el mundo era un reino de paz y serenidad hasta que Adán y Eva
perdieron la gracia y se convirtieron en mortales. Pero parecía algo un poco
pesado para un niño de ocho años. Además, no estaba muy segura de que Toby
fuera a creer nada de todo aquello, a pesar de que a ella la habían educado con
esa explicación para el mal, la violencia y la muerte.
Afortunadamente, Toby la libró de tener que admitir que no tenía
respuesta.
—Si yo fuera Dios, haría sólo una madre, un padre y un bebé de
todas las especies. Por ejemplo, una madre perra perdiguera, un> padre y un
cachorro.
Hacía tiempo que quería un perro perdiguero, pero lo habían
estado demorando porque la casa resultaría un tanto pequeña para un perro tan
grande.
Toby continuó con la descripción del mundo que crearía.
—Nada moriría ni envejecería —dijo—, entonces el cachorro
siempre sería un cachorro, y no habría una sola especie que invadiera el mundo
y nadie tendría que matar. — Eso, por supuesto, era el paraíso que ya había
existido—. No haría ninguna abeja ni arañas ni cucarachas ni serpientes —añadió
con una expresión de asco—. No sirven para nada. Dios debía de estar de un
humor muy raro aquel día.
Heather soltó una carcajada. Quería con locura a ese niño.
—Sí, seguro que estaba de mal humor —insistió Toby volviendo a
mirar la televisión.
Se parecía tanto a Jack. Tenía los mismos hermosos ojos azul
grisáceo y un rostro abierto y franco, la misma nariz.
Pero el pelo rubio era de ella, y era un poco pequeño para su
edad, así que quizá también había heredado la complexión física de su madre más
que la de su padre. Jack era alto y fuerte; Heather medía un metro sesenta y
era delgada. Evidentemente Toby era hijo de ambos, y, a veces, como ahora, su
existencia parecía milagrosa. Era el símbolo viviente del amor que Jack y
Heather se profesaban, y si la mortalidad era el precio que había que pagar por
el milagro de la procreación, entonces el trato hecho en el Edén quizá no había
sido tan injusto como a veces parecía.
En la televisión, el gato Silvestre trataba de matar al canario
Piolín, pero, a diferencia de la vida real, el pajarillo ganaba al babeante
felino.
Sonó el teléfono.
Heather dejó el libro en el apoyabrazos del sillón, se apartó la
manta y se levantó. Toby se había comido todo el helado y de camino a la cocina
ella recogió el tazón vacío de su regazo.
El teléfono estaba en la pared, junto a la nevera. Heather dejó
el tazón sobre el mostrador y atendió.
—¿Diga?
—¿Heather?
—Sí.
—Soy Lyle Crawford.
Crawford era el capitán de la división de Jack, su jefe.
Quizá fuese porque Crawford nunca la había llamado, o tal vez
algo en su tono de voz, o tan sólo el instinto de esposa de policía, pero
Heather supo inmediatamente que había pasado algo terrible. El corazón se le
aceleró y durante un momento se le cortó la respiración. Entonces, de repente,
empezó a respirar hondo y a repetir con cada exhalación:
—No, no, no, no.
Crawford le decía algo, pero Heather no conseguía escucharlo,
como si lo que le hubiera pasado a Jack no fuera cierto mientras ella se negara
a oír el relato de hechos tan terribles.
Alguien llamó a la puerta.
Heather se volvió para mirar. Por el cristal de la puerta vio a
un hombre de uniforme, bajo la lluvia; era Louie Silverman, otro policía de la
división de Jack, un buen amigo desde hacía ocho años, quizá más. Louie, con su
cara redonda y su rebelde cabello pelirrojo. Como era amigo de la familia había
preferido llamar a la puerta trasera para que su visita no pareciese tan
formal, tan condenada y horriblemente formal, sino simplemente la de un amigo
que venía a traer algunas noticias.
Louie la llamó por su nombre, la voz amortiguada por el cristal.
Aun así era fácil advertir un tono de congoja.
—Un momento, un momento — le dijo Heather a Lyle Crawford
mientras se apartaba el auricular del oído y lo apretaba contra su pecho.
Cerró los ojos para no mirar la cara del pobre Louie —tan gris y
tensa— contra el cristal de la puerta de la cocina. Él también quería a Jack.
Pobre Louie.
Heather se mordió el labio inferior y cerró los ojos con fuerza,
mientras seguía apretando el teléfono contra su pecho y pedía la fortaleza que
iba a necesitar, rezaba por ella.
Oyó una llave en la cerradura de la puerta. Louie sabía dónde
escondían la llave en el porche.
Se abrió la puerta. Con Louie entró también el ruido de la
lluvia torrencial.
—Heather — dijo.
El ruido de la lluvia. La lluvia. El ruido frío de la lluvia
implacable.
CUATRO
La mañana de Montana era azul y despejada, perforada por las
cimas blancas de las montañas semejantes a túnicas de ángeles, adornada por
bosques verdes y por el suave contorno de praderas todavía dormidas bajo el
manto del invierno. El aire era tan puro y claro que, de no haber sido por los
accidentes del terreno, se habría podido ver hasta China.
Eduardo Fernández estaba de pie en el porche de la cabaña
mirando la colina cubierta de nieve que llegaba hasta el bosque, unos cien
metros más al este. Los pinos, blancos y amarillos, se apiñaban los unos contra
los otros y proyectaban sombras oscuras sobre el terreno, como si la noche no
terminara de escapar a pesar de la salida de un sol brillante en un firmamento
despejado.
El silencio era profundo. Eduardo vivía solo y su vecino más
cercano estaba a tres kilómetros. Corría una suave brisa y en el cielo sólo se
movían dos aves de presa —halcones, quizá— que volaban silenciosamente en
círculos.
Poco después de la una de la madrugada, hora en que, por lo
general, todo estaba sumido en el más absoluto silencio, un ruido extraño, que
cuanto más lo escuchaba más extraño le parecía, había despertado a Eduardo.
Cuando se levantó para ver de dónde procedía, le sorprendió darse cuenta de que
tenía miedo. Después de siete décadas de aceptar lo que la vida le daba, había
conseguido paz espiritual y asumir la inevitabilidad de la muerte; y hacía
mucho tiempo que no tenía miedo de nada. Sin embargo, la noche anterior,
mientras su corazón latía furiosamente y el estómago se le encogía, se había
sentido atemorizado por aquel ruido extraño.
Al contrario de muchos hombres de setenta años, Eduardo
raramente tenía dificultad para dormir ocho horas seguidas. Sus días estaban
llenos de actividad física, y por las noches disfrutaba de excelentes libros.
Toda una vida de hábitos mesurados y moderación le habían dado una vejez
saludable y feliz, sin lamentaciones ni remordimientos. Desde que Margarita
había muerto, tres años atrás, la soledad era la única maldición de su vida, y
las raras ocasiones en las que despertaba en medio de la noche, se debían a que
soñaba con su difunta esposa.
El ruido había sido menos fuerte que penetrante. Un latido que
aumentaba gradualmente como las olas que rompían contra la playa. Debajo del
latido, había un sonido amortiguado, casi subliminal, vibrante, una extraña
oscilación electrónica. No sólo lo oía, sino que sentía la vibración en los
dientes, los huesos. Los cristales de la ventana también zumbaban con el
compás. Cuando apoyó la mano en la pared, habría jurado que se sentían las
ondas de sonido retumbar por la casa, como los latidos de un corazón debajo del
enlucido.
Junto con aquel pulso, había tenido una sensación de presión,
como si escuchara a alguien o algo que luchara rítmicamente por salir de una
prisión o de romper una barrera.
Pero ¿quién?
¿O qué?
Más tarde, después de levantarse a trompicones de la cama y
ponerse unos pantalones y unos zapatos, salió al porche y vio aquella luz en el
bosque. No, tenía que ser más honesto consigo mismo. No había visto meramente
una luz en el bosque, no era tan simple como eso.
No era supersticioso. Desde joven se había preciado de su
sensatez, su sentido común y su enfoque poco sentimental de la realidad de la
vida. Los escritores cuyos libros se alineaban en su estudio tenían un estilo
liso y llano, eran hombres con una visión fría y clara y sin paciencia para la
fantasía, personas de la talla de Hemingway, Raymond Carver, Ford Madox Ford,
que veían el mundo tal como era, no como podría ser.
El fenómeno en el bosque no era algo que sus escritores
favoritos, todos ellos realistas a carta cabal, habrían puesto en sus relatos.
La luz no provenía de un objeto que en el bosque iluminaba la silueta de los
pinos, sino de los pinos mismos, moteados con un resplandor ámbar que parecía
surgir de la corteza, de las ramas, como si las raíces de los árboles hubieran
extraído agua de alguna veta contaminada con un porcentaje de radio mayor que
el de la pintura con la que en una época se cubrían las manecillas de los
relojes para ver la hora en la oscuridad.
El fenómeno se observaba en un conjunto de diez o veinte pinos.
Como un santuario brillante en lo que en una situación normal habría sido la
cerrada negrura del monte.
Sin duda la misteriosa fuente de luz también era el origen del
sonido. Cuando la primera empezó a desvanecerse, también lo hizo este último.
Un sonido cada vez más débil y una luz cada vez más tenue. La noche de marzo
había vuelto a quedar en silencio y a oscuras en el mismo instante, sin otro
sonido que la respiración del propio Eduardo, sin otra luz que la que derramaba
una plateada luna creciente sobre la iridiscente fosforescencia de los campos
cubiertos de nieve.
El suceso había durado unos siete minutos, pero había parecido
mucho más largo.
Eduardo entró en la casa y permaneció frente a la ventana para
ver qué ocurría a continuación. Al cabo de un rato, cuando todo pareció
concluir, regresó a la cama.
No pudo conciliar el sueño. Se quedó tumbado..., haciéndose
preguntas.
Todas las mañanas tomaba el desayuno con una potente radio de
onda corta sintonizada en una emisora de Chicago que transmitía noticias
internacionales las veinticuatro horas del día. La peculiar experiencia de la
noche anterior había bastado para interrumpir su ritmo de vida y cambiar sus
horarios. Esa mañana, se había comido una lata entera de pomelo en rodajas, dos
huevos con patatas fritas, cien gramos de tocino y cuatro tostadas con
mantequilla. A pesar de la edad no había perdido su buen apetito, y toda una
vida dedicada a consumir los peores alimentos para el corazón no había hecho
más que darle la constitución de un hombre veinte años más joven.
Después de comer, le gustaba demorarse con varias tazas de café
mientras escuchaba los interminables problemas del mundo. Las noticias,
infaliblemente, le confirmaban la sensatez de vivir en un lugar lejano sin
vecinos a la vista.
Esa mañana, aunque se había demorado más que lo habitual con el
café, y aunque tenía la radio encendida, cuando apartó la silla y se levantó,
no logró recordar ni una palabra de las noticias. No paró de estudiar el bosque
por la ventana que había junto a la mesa, tratando de decidir si bajar por la
colina y buscar pruebas de la enigmática visita.
Ahora, de pie en el porche, con botas de caña alta, téjanos,
jersey, una chaqueta de piel de cordero y una gorra con orejeras anudada debajo
de la barbilla, aún no había decidido qué iba a hacer.
Increíblemente, aún sentía miedo. Por extrañas que hubiesen
parecido la marea de sonido palpitante y la luminosidad de los árboles, no le
habían hecho ningún daño. Cualquier amenaza que advirtiese era completamente
subjetiva, sin duda más imaginaria que real.
Finalmente, se enfadó lo bastante consigo mismo como para romper
las cadenas del miedo. Bajó los escalones del porche y cruzó el jardín.
La transición entre el jardín y la colina estaba oculta debajo
de un manto de nieve de unos quince a veinte centímetros de espesor en algunas
partes, en tanto que en otras le llegaba hasta las rodillas. Dependía de donde
la hubiera acumulado el viento. Después de treinta años en aquella cabaña
estaba tan familiarizado con los accidentes del terreno y los cambios del
viento, que eligió la ruta más fácil sin pensárselo dos veces.
El aliento dibujaba penachos blancos de vapor. El aire recio le
produjo un rubor saludable en las mejillas. Se calmó concentrándose en los
efectos familiares de un día de invierno y disfrutando de ellos.
Llegó al pie de la colina y se detuvo allí un rato, estudiando
los mismos árboles que la noche anterior habían irradiado una luz ambarina,
brumosa, sobre el fondo negro del bosque, como imbuidos de una presencia
divina, como un dios que arde en el monte sin consumirse. Aquella mañana no
parecían más especiales que los millares de pinos que los rodeaban, si acaso un
poco más verdes.
Los ejemplares que estaban en el contorno del bosque eran más
jóvenes que los que crecían detrás, apenas tenían unos nueve o diez metros de
altura y unos veinte años. Habían crecido de semillas cuando él ya llevaba unos
diez años en la cabaña; y sentía que los conocía más íntimamente que a
cualquier persona.
El bosque siempre le había parecido una especie de catedral. Los
troncos de los grandes árboles le recordaban las columnas de granito de una
nave que se elevaban hacia lo alto para sostener la bóveda de ramas verdes. El
silencio y aquel aroma a pino eran ideales para entregarse a la meditación.
Cuando recorría los senderos profundos y serpenteantes de los ciervos, a menudo
sentía que estaba en un lugar sagrado, que no era simplemente un hombre de
carne y hueso sino un heredero de la eternidad.
Siempre se había sentido a salvo en el bosque.
Hasta ahora.
Al entrar en el mosaico de luces y sombras trazado al azar
debajo de las ramas de pino, Eduardo no vio nada fuera de lo normal. Ni los
troncos ni las ramas exhibían signos de fuego o calor, ni siquiera una corteza
chamuscada o un conjunto de agujas ennegrecido. La delgada capa de nieve debajo
de los árboles no se había derretido en ninguna parte, y las únicas huellas que
se veían eran las de los ciervos, mapaches y otros animales más pequeños.
Arrancó un trozo de corteza de un pino y la desmenuzó entre el
pulgar y el índice de su mano derecha. No había nada extraño en ella.
Penetró en el bosque y dejó atrás el lugar en el que los pinos
habían emitido su radiante esplendor durante la noche. Los árboles más viejos
tenían más de sesenta metros de altura. Las sombras eran más compactas y
oscuras que los brotes de fresno a principios de marzo y el sol tenía cada vez
menos resquicios por los que filtrarse.
El corazón le latía con fuerza y deprisa.
Aunque en el bosque no veía nada nuevo, el corazón no se
serenaba.
Tenía la boca seca. Un escalofrío le recorrió la columna.
Eduardo, fastidiado consigo mismo, se dio la vuelta hacia la
colina y siguió las huellas que había dejado sobre las manchas de nieve y sobre
la gruesa alfombra de agujas de pino. El crujido de sus pasos molestó a un búho
adormilado posado en alguna rama secreta y alta.
Sentía algo raro en el bosque, pero no podía precisar
exactamente qué; lo que lo irritaba aún más. ¿Qué demonios significaba todo
aquello? Algo extraño, sin duda.
El ulular del búho.
Pinas negras con púas sobre la nieve blanca.
Rayos de sol que penetraban por el dosel de ramas verde
grisáceas.
Nada fuera de lo normal. Todo en paz. Y, sin embargo, extraño.
Mientras regresaba hacia la linde del bosque y veía los campos
cubiertos de nieve a través de los árboles, tuvo de pronto la certeza de que no
iba a llegar a campo abierto, de que algo corría hacia él, un ser tan
indefinible como la iniquidad que había sentido a su alrededor. Empezó a
avanzar más deprisa. A cada paso que daba el miedo crecía dentro de él. El
ulular del búho parecía agriarse y convertirse en algo tan extraño como el
aullido vengativo de una pesadilla. Tropezó con una raíz que sobresalía, el corazón
le dio un vuelco; Eduardo se volvió y lanzó un grito de terror para enfrentarse
al demonio que lo perseguía.
Por supuesto, estaba solo.
Sombras y rayos de sol.
El ulular de un búho. Un sonido débil y solitario, como siempre.
Se maldijo a sí mismo y enfiló otra vez hacia la colina. Esta
vez llegó. Los árboles habían quedado atrás. Estaba a salvo.
Entonces, santo Dios, otra vez el miedo, peor que nunca, la
terrible certeza de que se acercaba... ¿qué?; de que lo alcanzaba y lo
arrastraba, de que aquel ser estaba decidido a cometer un acto infinitamente
peor que el asesinato, que tenía propósitos inhumanos y desconocidos respecto a
él, tan extraños que no llegaba a comprenderlos ni a concebirlos. Esta vez,
Eduardo se sentía en las garras de un terror tan negro y profundo, tan
irracional, que no podía reunir el valor necesario para darse la vuelta y enfrentarse
al vacío que tenía detrás, si es que realmente no había nada. Corrió hacia la
casa, que parecía una ciudadela inalcanzable, mucho más lejos que los cien
metros a que se encontraba. Avanzó a trompicones sobre la delgada capa de
nieve, corrió colina arriba, tropezó, se tambaleó mientras lanzaba gemidos
mudos de terror ciego. Todo lo racional había quedado reprimido por lo
instintivo, hasta que llegó al porche, subió los escalones a toda prisa y por
fin se dio la vuelta y gritó un «¡No!» al claro y gélido día azul de Montana.
La blancura de la nieve que cubría la colina sólo se veía
interrumpida por sus propias huellas que iban y venían del bosque.
Entró en la casa.
Cerró la puerta de golpe.
Se quedó de pie en la espaciosa cocina delante de la chimenea de
ladrillos, sin quitarse la ropa de abrigo, calentándose al amor de la lumbre,
pero incapaz de entrar en calor.
Viejo. Era un viejo. Setenta años. Un viejo que había vivido
solo demasiado tiempo, que echaba de menos con tristeza a su esposa. Si la
senilidad se había apoderado de él, ¿quién iba a notarlo? Un viejo solitario
con una mente calenturienta que imaginaba cosas.
—Idioteces —dijo al cabo de un rato.
Estaba solo, de acuerdo, pero no estaba senil.
Después de quitarse la gorra, el abrigo, los guantes y las
botas, sacó los rifles y las escopetas de caza del armario del estudio, y los
cargó.
CINCO
Mae Hong, que vivía enfrente, fue a cuidar a Toby. Su marido
también era policía, pero no de la misma división que Jack. Como los Hong no
tenían hijos, Mae podía quedarse todo el tiempo que fuera necesario mientras
Heather estaba en el hospital.
Louie Silverman y Mae permanecieron en la cocina, mientras
Heather bajaba el volumen del televisor y le explicaba a Toby lo que había
sucedido. Se sentó en un taburete, apartó las mantas, se inclinó sobre el
sillón y cogió las manitas de su hijo.
No se atrevió a contarle los detalles más terribles, en parte
porque ni ella misma los sabía, pero sobre todo porque un niño de ocho años no
podría con tanto. Por otro lado, tampoco podía engañarlo; eran familiares de un
policía y por lo tanto vivían con la reprimida expectativa de que en cualquier
momento podía suceder una tragedia como aquélla, y hasta un niño tenía la
necesidad y el derecho de saber que habían herido gravemente a su padre.
—¿Puedo ir contigo al hospital? —preguntó Toby, cogiéndole la
mano con más fuerza de la que él mismo creía.
—No, querido, por el momento lo mejor será que te quedes en
casa.
—Ya no estoy enfermo.
—Sí, todavía lo estás.
—Me siento bien.
—Pero podrías contagiar a tu padre.
—Se pondrá bien, ¿no?
Sólo podía darle una respuesta, aunque no estuviera segura de
que fuese la correcta.
—Sí, cariño, se pondrá bien.
El niño la miraba a los ojos. Quería la verdad. En aquel momento
parecía mucho mayor que la edad que tenía. Quizá los hijos de los policías
crecen más deprisa, más deprisa de lo que deberían.
—¿Estás segura? —preguntó. —Sí, lo estoy.
—¿Dó... dónde le dispararon? — En la pierna.
No era una mentira. Tenía un disparo en la pierna... y dos en el
pecho. Dios mío. ¿Qué significaba? ¿Que debían extirparle un pulmón? ¿Una bala
en el estómago? ¿En el corazón? Al menos no lo habían herido en la cabeza. A
Tommy Fernández le habían dado en la cabeza. Ni una posibilidad de sobrevivir.
Heather sintió que brotaba de su interior un sollozo de angustia
y se esforzó por reprimirlo, no se atrevía a dejarlo salir, no delante del
niño.
—Bueno, en la pierna no es muy grave —dijo Toby, pero le
temblaba el labio inferior—, ¿Y qué pasó con el malo?
—Está muerto. — ¿Papá le disparó? — Sí.
—Bien — dijo el niño, con expresión seria.
—Papá hizo lo que debía y ahora nosotros también debemos hacer
lo que debemos: ser fuertes. ¿De acuerdo?
—Sí.
Era tan pequeño. No era justo poner una carga tan grande sobre
un niño de apenas ocho años.
—Papá tiene que saber que estamos bien, que somos fuertes, así
no tendrá que preocuparse por nosotros y podrá dedicarse a curarse.
—Claro.
—Así me gusta. —Le apretó las manos—. Estoy muy orgullosa de ti,
¿sabes?
El niño bajó la mirada, avergonzado.
—Bueno... y... yo estoy muy orgulloso de papá.
—Haces bien, Toby, tu padre es un héroe.
El niño asintió pero no pudo articular palabra. Tenía el rostro
tenso de tanto reprimir el llanto.
—Pórtate bien con Mae.
—Sí.
—Volveré apenas pueda.
—¿Cuándo?
—Lo más pronto que pueda.
Toby saltó del sillón y se echó en sus brazos, tan rápida e
impetuosamente que casi tira a Heather del taburete. Ella lo abrazó con fuerza.
Toby temblaba como si tuviera escalofríos de fiebre, pero esa etapa de la
enfermedad ya había pasado hacía dos días. Heather apretó los ojos y se mordió
la lengua con tanta fuerza que casi se hace sangre. Ser fuerte, ser fuerte,
incluso si, maldita sea, nadie se merece tener que ser tan fuerte.
—Ahora debo irme — dijo Heather en voz baja.
Toby se apartó de ella. Heather le sonrió y le acarició el
cabello revuelto.
Elmer Gruñón trataba de encerrar a Bugs Bunny. Al conejo loco.
Bum bum, ban ban, pum pum, plaf plaf, vueltas y más vueltas en perpetua
persecución.
En la cocina, Heather abrazó a Mae Hong y le susurró:
—No dejes que mire los otros canales para que no vea las
noticias.
Mae asintió.
—Si se cansa de los dibujos animados, ya jugaré con él a algo.
—Los cabrones de los noticiarios siempre muestran sangre para
tener más audiencia. No quiero que vea la sangre de su padre.
La tormenta había borrado todos los colores del día. El .cielo
estaba negro como el carbón y las palmeras parecían manchas oscuras incluso a
media manzana de distancia. La lluvia agitada por el viento caía como clavos de
hierro sobre todas las superficies y de los desagües brotaba agua sucia. Louie
Silverman iba de uniforme en el coche patrulla. Había encendido la luz
destellante y la sirena para despejar la calle y de ese modo no tener que coger
la autopista.
En el asiento del pasajero, Heather, con las manos apretadas
entre los muslos y hombros encorvados, temblorosa, dijo:
—Muy bien, ahora estamos solos y Toby no nos oye, dime
claramente cómo está.
—Mal. Además de la pierna izquierda, tiene una herida en el
abdomen y otra en el pecho, a la derecha. El cabrón tenía una Micro Uzi de
nueve milímetros, así que no son disparos suaves. Jack estaba inconsciente
cuando llegamos; el personal de la ambulancia no logró que recuperara el
conocimiento.
—Y Luther, ¿ha muerto?
—Sí.
—Luther siempre había parecido...
—Fuerte como una roca.
—Sí, alguien que siempre estaría presente, como una montaña.
—¿Cuántas personas murieron? — preguntó Heather al cabo de un
rato.
—Tres. Uno de los dueños de la gasolinera, el mecánico y un
empleado. Pero la otra dueña, la señora Arkadian, se salvó gracias a Jack.
Estaban a poco más de un kilómetro del hospital cuando un
Pontiac que iba delante de ellos se negó a cederles el paso. Tenía una ruedas
enormes que levantaban el vehículo más de lo normal, inmensos parachoques y
toda la carrocería modificada. Louie esperó a que no viniera nadie en dirección
contraria y lo adelantó por la izquierda. Al pasar junto al Pontiac, Heather
vio a cuatro jóvenes con aspecto de maleantes, con el pelo estirado recogido en
una coleta, la versión moderna y afectada de los gángsters, con rostros llenos
de hostilidad y desafío.
—Jack va a ponerse bien, Heather.
El negro pavimento brillaba por la lluvia y reflejaba la luz
fría y serpenteante de los faros de los coches que venían en dirección
contraria.
—Es un hombre fuerte —añadió Louie.
—Todos lo somos —dijo ella.
Cuando a las diez y cuarto Heather llegó al Hospital General de
Westside, Jack todavía estaba en el quirófano. La recepcionista le dio el
nombre del cirujano — doctor Emil Procnow—, y le sugirió que no aguardara en el
vestíbulo principal sino en la sala de espera de la unidad de vigilancia
intensiva.
En aquella sala habían puesto en práctica las teorías sobre los
efectos psicológicos de los colores. Las paredes eran amarillo limón y las
sillas de vinilo acolchado y respaldos de acero tubular, de color anaranjado
brillante, como si una decoración lo suficientemente alegre pudiera aliviar por
completo cualquier grado de preocupación, miedo y dolor.
Heather no estaba sola en aquella sala de espera de colores
circenses. Además de Louie, había tres policías, dos de uniforme y uno de
paisano, todos ellos conocidos. La abrazaron, le dijeron que Jack se pondría
bien, le ofrecieron café, y, en general, trataron de levantarle el ánimo. Eran
los primeros de una serie de amigos y compañeros del departamento que
desfilarían por el hospital, puesto que Jack era una persona querida, y,
además, en una sociedad cada vez más violenta en la que el respeto a la ley no quedaba
muy bien en determinados círculos, los policías veían que era cada vez más
necesario que cuidasen los unos de los otros.
La espera era muy penosa y a pesar de las buenas intenciones y
la buena compañía, Heather no se sentía menos sola.
Las paredes amarillas y las sillas de color naranja chillón,
bañadas por la intensa luz fluorescente, se volvían más brillantes a cada
minuto. En lugar de tranquilizarla, aquella decoración la crispaba y la
obligaba a cerrar los ojos de vez en cuando.
A las once y cuarto, cuando Heather llevaba una hora en el
hospital y Jack una hora y media en el quirófano, los amigos que se habían
reunido allí, y que ya sumaban seis, coincidieron en pensar que tanto tiempo en
la sala de operaciones era buena señal. Si las heridas hubieran sido mortales,
decían, habría estado en el quirófano poco tiempo y las malas noticias habrían
llegado rápido.
Heather no estaba tan segura. No quería hacerse demasiadas
ilusiones, porque si después las noticias resultaban malas, la desilusión sería
peor.
La lluvia torrencial golpeaba las ventanas y se deslizaba por
los cristales. A través de la lente distorsionadora del agua, la ciudad parecía
una metrópoli surreal de formas mezcladas, sin líneas rectas ni contornos
definidos.
Llegaron algunos desconocidos con los ojos enrojecidos por el
llanto, parientes y amigos de otros pacientes, todos guardando un tenso
silencio a la espera de noticias. Algunos estaban empapados por la lluvia y
olían a lana y algodón mojados.
Heather se levantó y empezó a caminar. Miró por la ventana. Tomó
un café amargo de la máquina expendedora. Cogió un ejemplar atrasado del
Newsweek, se sentó y trató de leer un artículo sobre una estrella de Hollywood,
un nuevo símbolo sexual, pero cada vez que terminaba un párrafo, no recordaba
ni una palabra de lo leído.
A las doce y cuarto, cuando Jack ya llevaba dos horas y media en
el quirófano, todos los del grupo fingían que la falta de noticias significaba
que todo marchaba bien y que el pronóstico de Jack mejoraba con cada minuto que
los médicos pasaban con él. Sin embargo, a algunos, incluido Louie, les
resultaba difícil mirar a los ojos a Heather, y hablaban en voz baja como si
estuvieran en un funeral. La negrura de la tormenta había invadido sus voces y
sus rostros.
Heather, con los ojos clavados en el Newsweek pero sin verlo,
empezó a preguntarse qué pasaría si Jack no lograba salir con bien de aquello.
Pero eran pensamientos traicioneros, como si el solo hecho de imaginarse a Jack
sin vida contribuyera a su muerte.
No podía morir. Lo necesitaba, y también Toby.
La idea de comunicar la muerte de Jack a su hijo le produjo
náuseas. Un sudor frío le recorrió la nuca. Tuvo ganas de vomitar, de librarse
de ese café amargo.
Por fin, un hombre vestido con el uniforme verde de cirujano
entró en la sala de espera.
—¿Señora McGarvey?
Mientras las cabezas se volvían hacia ella, Heather dejó la
revista sobre el borde de la mesa y se puso de pie.
—Soy el doctor Procnow —dijo el hombre acercándose a ella.
Se trataba del cirujano que había operado a Jack. Era delgado,
de unos cuarenta años, cabello rizado moreno y unos ojos oscuros pero francos
—o así se los imaginó ella—, compasivos y sensatos.
—Su marido está en la sala de postoperatorio —continuó — ;
dentro de un rato lo trasladaremos a la unidad de vigilancia intensiva.
Jack estaba vivo.
—¿Se pondrá bien?
—Las probabilidades son buenas —respondió Procnow. Los amigos
reaccionaron con entusiasmo, pero Heather era más cauta, menos proclive al
optimismo. Las piernas le temblaron por el alivio y creyó que se desplomaría.
Procnow, como si le leyera la mente, la acompañó hasta una
silla. Cogió otra para él y se sentó frente a Heather.
—Tenía dos heridas especialmente graves —le dijo—. Una en la
pierna y otra en la parte baja del abdomen, a la derecha. Cuando llegó el
personal de auxilio había perdido mucha sangre y estaba inconsciente.
—Pero ¿se pondrá bien? — volvió a preguntar Heather, pues
advertía que el médico tenía noticias que le costaba transmitirle.
—Como ya he dicho, las probabilidades son buenas. De verdad.
Pero todavía no está fuera de peligro.
La profunda preocupación de Emil Procnow era evidente en sus
ojos y en su rostro bondadoso, y Heather no soportaba ser objeto de una
compasión tan profunda porque significaba que sobrevivir a la operación no era
el riesgo más serio al que Jack debía enfrentarse. Bajó la cabeza, incapaz de
mirar al cirujano a los ojos.
—He tenido que extirparle el riñón derecho —continuó Procnow— ,
pero por lo demás no había lesiones internas significativas. Algunos problemas
menores con los vasos sanguíneos y una herida en el colon. Pero ya hemos
limpiado la zona, suturado y puesto una sonda abdominal; además, le
suministraremos antibióticos para prevenir posibles infecciones. En cuanto a
esto no hay problema.
—Una persona puede vivir... con un riñón solo, ¿verdad?
—Sí, sin duda. Eso no afectará su calidad de vida.
Heather quería preguntarle qué otra herida había sufrido que
pudiera afectar su calidad de vida, pero no tenía el valor de hacerlo.
Los dedos del cirujano eran largos y ágiles. Sus manos parecían
delgadas pero fuertes, como las de un pianista. Se dijo a sí misma que Jack no
podía haber recibido mejor cuidado ni más tierna compasión que la que podían
ofrecer esas manos diestras.
—Ahora nos preocupan dos cosas —continuó Procnow—. Una severa
conmoción combinada con una abundante pérdida de sangre a veces puede dejar...
secuelas cerebrales.
«No, Dios, por favor, eso no», pensó Heather.
—Depende del tiempo que el cerebro haya quedado sin irrigación
sanguínea —continuó el médico—, de lo grave que haya sido la falta de
oxigenación de los tejidos.
Heather cerró los ojos.
—El electroencefalograma está bien, y si basáramos nuestro
pronóstico en eso, diría que no hay daño cerebral. Tenemos razones para ser
optimistas. Pero no lo sabremos hasta que recupere el conocimiento —concluyó
Procnow.
—¿Cuándo?
—No hay forma de saberlo. Tenemos que esperar y ver.
Quizá nunca.
Heather abrió los ojos y trató de contener las lágrimas, pero no
lo consiguió del todo. Cogió su bolso de un extremo de la mesa y lo abrió.
Mientras se sonaba la nariz y se enjugaba los ojos, el cirujano dijo:
—Hay algo más. Cuando lo visite en la UVI, verá que lo hemos
inmovilizado a la cama con correas y un corsé especial.
Heather levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Una bala o un fragmento le tocó la médula espinal. Hay
contusión, pero no vemos fractura.
—Contusión. ¿Es grave?
—Depende de si alguna estructura nerviosa ha sido lesionada.
—¿Parálisis?
—No lo sabremos hasta que vuelva en sí y podamos hacerle algunas
pruebas sencillas. Si hay parálisis, volveremos a examinarlo para buscar una
fractura. Lo importante es que la columna no se ha roto, lo cual habría sido lo
peor de todo. Si hay parálisis y encontramos una fractura, podemos poner un
corsé ortopédico y aplicar tracción a las piernas para eliminar la presión del
sacro. Una fractura se puede tratar. No es una catástrofe. Hay excelentes
posibilidades de que vuelva a ponerse de pie.
—Pero no hay garantías — dijo ella en voz baja.
El médico dudó y por fin respondió:
—Nunca las hay.
SEIS
El cubículo, uno de los ocho que había, tenía grandes ventanas
que daban al área de servicio de la unidad de vigilancia intensiva. Las
cortinas estaban descorridas para que las enfermeras pudieran vigilar al
paciente desde su puesto en el centro de la sala circular. Jack estaba
conectado a un monitor cardíaco que transmitía información continuamente a la
terminal de la mesa central, un gota a gota intravenoso le proporcionaba
glucosa y antibióticos, y un tubo de oxígeno de dos puntas penetraba por los orificios
de la nariz.
Heather estaba preparada para lo mucho que la impresionaría el
estado de Jack, pero tenía peor aspecto del que esperaba. Como estaba
inconsciente, tenía la cara relajada, pero la falta de animación no era la
única razón de su aspecto aterrador. Tenía la piel blanca como el papel y unas
profundas ojeras azules alrededor de los ojos hundidos. Cuando vio que sus
labios eran tan grises como la ceniza, una frase bíblica de resonancias
perturbadoras pasó por la mente de Heather: «Del polvo al polvo y de la ceniza
a las cenizas», como si en realidad la hubiera pronunciado en voz alta. Parecía
unos cinco o siete kilos más delgado que cuando había salido de casa por la
mañana, como si no hiciese unas pocas horas que luchaba por sobrevivir sino
toda una semana.
Se acercó a la cama y permaneció a su lado, incapaz de hablar,
pues tenía un nudo en la garganta que le impedía tragar saliva. Aunque Jack
estaba inconsciente, Heather no quería decirle nada hasta estar segura de que
podría controlarse. Había leído en alguna parte que incluso los pacientes en
estado de coma podían oír, a un nivel profundo, lo que decía la gente que
estaba a su alrededor, y que el estímulo derivado de ello podía resultar
beneficioso. No quería que Jack oyera un temblor de miedo o duda en su voz, ni
nada que lo perturbara o aumentase el miedo o la depresión que ya tenía.
En el cubículo había un silencio enervante. Habían quitado el
sonido al monitor cardíaco y sólo se veía la pantalla. El tubo de oxígeno que
penetraba por los orificios nasales hacía un siseo tan débil que ella sólo
podía oírlo cuando se inclinaba sobre él; la respiración de Jack era tan suave
que parecía la de un niño dormido. La lluvia repiqueteaba en el mundo exterior
y caía sobre la única ventana, pero pronto se convirtió en un ruido monótono
que formaba parte del silencio.
Heather quería cogerle la mano más que nada en el mundo. Pero
las tenía dentro del corsé ortopédico. El tubo de suero, probablemente
conectado a una vena del dorso de la mano, desaparecía por el puño.
Le tocó la mejilla con indecisión. Parecía fría, pero ardía de
fiebre.
—Estoy aquí, cariño —dijo al cabo de un rato.
Jack no dio señales de haberla oído. Los ojos no se movían bajo
los párpados. Los labios seguían apenas entreabiertos.
—El doctor Procnow dijo que todo había ido bien, que saldrás sin
problemas —continuó Heather—. Ya verás que lo afrontaremos juntos, no te
preocupes. ¿Te acuerdas cuando vino mi familia hace dos años a quedarse una
semana con nosotros? Vaya, eso sí que fue un desastre, mi madre no paró de
quejarse durante los siete días y mi padre se los pasó borracho y de mal humor.
En comparación, esto no es nada, ¿no te parece?
Silencio.
—Estoy aquí —añadió—. Y aquí me quedaré. No iré a ninguna parte.
Tú y yo, ¿de acuerdo?
En la pantalla del monitor cardíaco, una línea verde y luminosa
mostraba las subidas y bajadas de la actividad atrioventricular, que se
desarrollaba sin interrupción, débil pero regular. Si Jack había oído lo que
ella le había dicho, el corazón, por lo menos, no había reaccionado a sus
palabras.
En un rincón había una silla de respaldo recto. Heather la
acercó a la cama y miró a Jack a través de los barrotes de ésta.
Las visitas a la UVI estaban limitadas a diez minutos cada dos
horas, para no cansar a los pacientes ni interferir en el trabajo de las
enfermeras. Sin embargo, la jefa de enfermeras de la unidad, María Alicante,
era hija de un policía y permitió que Heather se saltara las reglas.
—Quédese con él todo el tiempo que quiera — le dijo — . Gracias
a Dios que a mi padre nunca le ocurrió nada malo. Siempre nos esperábamos algo
así, pero fue muy afortunado. Hace años que se retiró, justo cuando todo
empezaba a empeorar en la ciudad.
Más o menos cada hora, Heather salía de la UVI para pasar un
rato con los amigos de la sala de espera. Los rostros cambiaban, pero nunca
había menos de tres, y en ocasiones hasta seis o siete, hombres y mujeres,
agentes de uniforme o detectives de paisano.
También acudieron las esposas de algunos policías. En un momento
u otro, cada una de ellas había estado a punto de llorar. Se sentían
sinceramente apenadas y compartían su angustia. Pero Heather sabía que todas
ellas se alegraban de que hubiera sido Jack y no «su» marido el que hubiera
atendido la denuncia en la gasolinera de Arkadian.
Heather no las culpaba. Ella también habría vendido el alma para
que el marido de cualquiera de aquellas mujeres hubiera estado en lugar de
Jack, y habría sentido por ellas la misma pena y compasión.
El departamento era una comunidad estrechamente ligada,
especialmente en esa época de caos social, pero cada comunidad está formada por
unidades más pequeñas de familias con las mismas experiencias, necesidades,
valores y esperanzas. Independientemente de la estrecha trama del tejido de la
comunidad, cada familia se preocupaba ante todo de cuidar y proteger a los
suyos. Sin el amor intenso y excluyente de la mujer hacia el marido, del marido
hacia la mujer, de los padres hacia los hijos y de éstos hacia los padres, no
habría compasión para la gente en una comunidad mayor que su propia familia.
Junto a Jack, en el cubículo de la UVI, Heather revivió
mentalmente toda la vida en común, desde la primera cita hasta el desayuno de
aquella misma mañana, pasando por el nacimiento de Toby. Eran más de doce años;
sin embargo, parecía un período mucho más corto. A veces apoyaba la cabeza
sobre la barandilla de la cama y le hablaba, le recordaba algún momento
especial, las risas y la felicidad que habían compartido.
Poco después de las cinco, la idea repentina de que algo había
cambiado la arrancó de sus recuerdos.
Alarmada, se puso de pie y se inclinó sobre la cama para
comprobar si Jack seguía respirando. Se dio cuenta de que debía de estar bien
porque el monitor no mostraba cambios en el ritmo cardíaco.
Lo que había cambiado era el ruido de la lluvia. Había parado.
La tormenta había cesado.
Miró por la ventana empañada. La ciudad, ahora invisible,
estaría resplandeciente después de un día entero de lluvia torrencial. Siempre
le había encantado Los Ángeles después de la lluvia: gotas brillantes que caían
de las hojas de las palmeras, como si éstas exudaran piedras preciosas, calles
limpias, el aire tan claro que las lejanas montañas resurgían de la polución
habitual, todo tan fresco y limpio.
¿Le habría gustado que la ventana no estuviera empañada y así
poder ver la ciudad? Probablemente no. La ciudad, para ella, nunca volvería a
brillar, aunque la lluvia la limpiara durante cuarenta días y cuarenta noches.
En aquel momento sabía que su futuro —el de Jack, el de Toby y
el de ella misma— estaba en algún sitio lejano. Ése ya no era su hogar. Cuando
Jack se recuperara, venderían la casa y se irían a... alguna parte, a cualquier
parte, para empezar de nuevo otra vida. Había cierta tristeza en aquella
decisión, pero también le daba esperanzas.
Cuando apartó la mirada de la ventana, descubrió que los ojos de
Jack estaban abiertos y fijos en ella.
A Heather el corazón le dio un vuelco. Recordó las sombrías
palabras de Procnow. Abundante pérdida de sangre. Conmoción profunda. Secuelas
cerebrales. Daño neurológico. Temía hablar por miedo a que su respuesta fuera
confusa, torturada, sin sentido.
Jack se pasó la lengua por los labios grises y resecos.
Respiraba con dificultad.
Heather se inclinó sobre él y haciendo acopio de todo su valor,
le dijo:
—¿Cariño?
La confusión y el miedo se dibujaron en el rostro de Jack
mientras giraba ligeramente la cabeza a la derecha y a la izquierda y estudiaba
la habitación.
—¿Jack? Cariño, ¿ya has despertado?
Jack miró el monitor; parecía hipnotizado por el movimiento de
la línea verde, que trazaba unos picos más altos que antes.
A Heather el corazón le latía con tanta fuerza que se asustó. La
falta de respuesta de Jack la aterrorizaba.
—Jack, ¿estás bien? ¿Me oyes?
Lentamente volvió la cabeza hacia ella. Se pasó nuevamente la
lengua por los labios e hizo una mueca. Su voz era débil, apenas un susurro.
—Perdóname.
—¿Perdonarte? —repitió ella, sobresaltada.
—Te lo avisé. La noche en que te pedí que nos casáramos. Siempre
he sido... una especie de molestia.
La risa que escapó de los labios de Heather se parecía
peligrosamente a un sollozo. Se apoyó con tanta fuerza sobre la barandilla de
la cama que le dolió el pecho; no obstante se las arregló para besarle la
mejilla, esa mejilla pálida y febril, y luego la comisura de esa boca de labios
grises.
—Sí, pero eres mi molestia favorita — le dijo.
—Tengo sed.
—Sí, voy a buscar a la enfermera para ver si puedes beber.
María Alicante entró deprisa en la habitación, alertada por el
cambio de estado de Jack registrado en el monitor central.
—Está despierto y dice que tiene sed — le informó Heather, en
voz baja a pesar de su alegría.
—Un hombre tiene derecho a tener un poco de sed después de un
día tan duro, ¿no? —dijo María a Jack mientras se acercaba a la mesilla de
noche, sobre la que había una jarra de agua.
—Cerveza —dijo Jack.
—¿Qué cree que le hemos estado administrando por las venas
durante todo el día? —dijo María al tiempo que le daba una palmadita al tubo de
suero.
—Heineken no es.
—¡Ah!, ¿le gusta la Heineken? Pues verá, tenemos que controlar
los gastos médicos. No podemos permitirnos cerveza de importación. — Sirvió un
poco de agua en el vaso — . Aquí sólo damos Budweiser por vía intravenosa; la
toma o la deja.
—La tomo.
Abrió una cajón de la mesilla y sacó un tubo flexible de
plástico.
—El doctor Procnow ya ha regresado al hospital. Está haciendo la
ronda de la tarde —dijo María a Heather— . El doctor Delaney también acaba de
llegar. En cuanto vi el cambio en el electroencefalograma de Jack, los llamé.
Walter Delaney era el médico de la familia. Aunque el doctor
Procnow era agradable y claramente competente, Heather se sintió mejor al saber
que vería un rostro conocido en el equipo médico que trataba a Jack.
—Jack —dijo María — , no puedo levantar la cama porque tiene que
estar recto. Y no quiero que trate de levantar la cabeza solo, ¿de acuerdo? Yo
lo ayudaré a hacerlo.
María le pasó una mano por la nuca y le levantó la cabeza unos
centímetros. Con la otra, sostenía el vaso de agua. Heather se inclinó sobre la
barandilla y le puso la pajita en la boca.
—Tragos pequeños —le sugirió María—, para no ahogarse.
Con seis o siete sorbos, con una pausa para respirar entre cada
uno, tuvo bastante.
Heather estaba encantada con el modesto logro de su marido.
Aunque la capacidad de éste de tragar sin ahogarse probablemente significaba
que no había parálisis en los músculos de la garganta, ni siquiera mínima, se
dio cuenta de la profundidad del cambio sufrido en su vida: un acto tan
corriente como beber agua sin ahogarse constituía todo un triunfo. A pesar de
esa idea sombría, su alegría no disminuyó.
Siempre y cuando Jack estuviera vivo, había posibilidades de
volver a la vida que habían tenido. Había un largo camino que recorrer, a
pequeños pasos, pero al menos existía un camino, y en aquel momento era lo
único que importaba.
Mientras Emil Procnow y Walter Delaney examinaban a Jack,
Heather llamó por teléfono a su casa desde la sala de enfermeras. Primero habló
con Mae Hong y después con Toby, y les dijo que Jack se pondría bien. Sabía que
estaba presentando la realidad un poco color de rosa, pero algo de optimismo
era bueno para todos.
—¿Puedo ir a verlo? —preguntó Toby.
—Dentro de unos días, cariño.
—Estoy mucho mejor. He estado bien todo el día. Ya no estoy
enfermo.
—Eso ya lo veremos. De todos modos, tu padre necesita unos días
para recuperar la fuerza.
—Le llevaré mantequilla de cacahuetes y helado de chocolate, que
es su favorito. Seguro que en el hospital no tienen, ¿verdad?
—No, no tienen esas cosas.
—Dile que le llevaré un poco.
—De acuerdo.
—Se lo compraré con mi dinero.
—Eres un buen chico, Toby. ¿Lo sabías?
El niño bajó la voz, avergonzado.
—¿Cuándo vendrás? —preguntó.
—No lo sé, cariño. Me quedaré un rato aquí. Seguramente cuando
llegue estarás en la cama.
—¿Me traerás algo de la habitación de papá?
—¿Qué?
—Algo de su habitación, cualquier cosa. Algo que esté en su
cuarto, así sabré que hay una habitación en la que él está.
El abismo de inseguridad y miedo que revelaba la petición del
niño, era más de lo que Heather podía soportar sin perder el dominio que había
mantenido hasta el momento gracias a una voluntad de hierro. Se le encogió el
pecho y tuvo que tragar antes de animarse a responder.
—Claro, te llevaré algo.
—Si estoy durmiendo, despiértame. —De acuerdo.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, cariño. Ahora tengo que irme. Pórtate bien con
Mae.
—Estamos jugando a cartas. —No estaréis apostando, ¿no?
—Sólo galletas.
—Muy bien. No quiero que dejes sin un centavo a una buena amiga
como Mae —dijo Heather. La risa del niño le sonó a música celestial.
Para no molestar a las enfermeras, Heather se apoyó en la pared
junto a la puerta de salida de la UVI. Desde allí se veía el cubículo de Jack.
La puerta estaba cerrada y las cortinas de las grandes ventanas de observación,
corridas.
El aire de la UVI olía a antiséptico. Aunque a esas alturas ya
debía haberse acostumbrado a esos olores astringentes y metálicos, le
resultaban cada vez más desagradables y le dejaban un regusto amargo.
Cuando por fin los médicos salieron del cubículo de Jack y se
acercaron a ella, sonreían, pero Heather tuvo la inquietante sensación de que
traían malas noticias. Las sonrisas terminaban en la boca, pero en los ojos
había algo peor que pena: quizá lástima.
El doctor Walter Delaney tenía alrededor de cincuenta años y
toda la apariencia de padre sensato de una serie de televisión de principios de
los sesenta. Era un hombre apuesto de rasgos suaves y pelo castaño con las
sienes canosas. Irradiaba una tranquila autoridad, pero tenía la dulzura y
serenidad de Ozzie Nelson o Robert Young.
—¿Cómo te encuentras, Heather? —preguntó.
—En fin, hago lo que puedo —respondió ella sacudiendo la cabeza.
—¿Qué tal está Toby?
—Los niños se adaptan. Si puede ver a su padre dentro de unos
días, estará bien.
Delaney suspiró y se pasó la mano por la cara.
—Dios mío, me repugna el mundo que hemos construido. — Heather
nunca lo había visto tan enfadado — . Cuando yo era niño, la gente no se mataba
en las calles todos los días. Respetábamos a la policía, sabíamos que se
interponían entre nosotros y los criminales. ¿Cuándo ha cambiado todo eso?
Ni Heather ni Procnow tenían una respuesta.
—Parece como si me hubiera dado la vuelta — continuó Delaney— y
de repente me sorprendiera viviendo en una cloaca, en un manicomio. El mundo
está lleno de individuos que no respetan nada ni a nadie, pero nosotros sí
debemos respetarlos a ellos, tener compasión por los asesinos porque la vida
los ha tratado tan mal. —Volvió a suspirar y sacudió la cabeza—. Lo siento. Hoy
es mi día de trabajo voluntario en el hospital de niños y han ingresado a dos
pequeños cogidos en medio de un tiroteo entre bandas, uno de tres años y el
otro de seis. Criaturas, Dios mío. Y ahora Jack.
—No sé si ha oído las últimas noticias —dijo Emil Procnow—, pero
el hombre que disparó esta mañana en la estación de servicio llevaba cocaína y
polvo de ángel en los bolsillos. Si estaba bajo los efectos de ambas... vaya,
buena combinación para un psicópata.
—Una explosión nuclear en el cerebro, por el amor de Dios —dijo
Delaney asqueado.
Heather sabía que se sentían auténticamente frustrados y
enfadados, pero también sospechaba que estaban demorando las malas noticias.
—Ha vuelto en sí sin lesiones cerebrales, que era lo que usted
temía —dijo Heather dirigiéndose al cirujano.
—No hay afasia —respondió Procnow—. Puede hablar, leer,
escribir, hacer cálculos elementales mentalmente. Las facultades mentales
parecen intactas.
—Lo que significa que es poco probable que se presente ninguna
incapacidad física relacionada con lesiones neurológicas —añadió Delaney— ,
pero necesitamos al menos uno o dos días para estar completamente seguros.
Emil Procnow se pasó una mano por el cabello rizado. — Ha
recuperado el conocimiento muy bien, señora McGarvey, muy bien.
—¿Pero? — preguntó Heather. Los médicos se miraron.
—En este momento —dijo Delaney— tiene paralizadas ambas piernas.
—De cintura para abajo —añadió Procnow.
—¿Y el torso? —preguntó ella.
—Está bien — la tranquilizó Delaney— , todas las funciones
normales.
—Mañana temprano, volveremos a examinarlo para ver si hay
fractura de columna —dijo Procnow—. Si la encontramos, le pondremos un corsé de
yeso con un forro de fieltro, lo inmovilizaremos desde el cuello hasta debajo
de las nalgas y le pondremos las piernas en tracción.
—Pero ¿volverá a caminar?
—Casi con seguridad.
Heather miró a Procnow, a Delaney y luego otra vez a Procnow, a
la espera del resto de la historia.
—¿Eso es todo? —preguntó.
Los médicos volvieron a cambiar una mirada.
—Quiero saberlo.
—Va a tener que estar con un corsé entre tres y cuatro meses.
Cuando se lo quitemos, tendrá una atrofia muscular grave de cintura para abajo.
No tendrá fuerzas para andar. En realidad, su cuerpo habrá olvidado cómo
caminar; necesitará semanas de fisioterapia en un hospital de rehabilitación.
Es de las cosas más frustrantes a las que nos hemos enfrentado en nuestra vida,
se lo aseguro.
—¿Eso es todo? —preguntó Heather.
—Es más que suficiente — respondió Procnow.
—Pero habría podido ser mucho peor —les recordó ella.
Cuando Heather estuvo nuevamente a solas con Jack, bajó la
barandilla de la cama y le apartó el pelo húmedo de la frente.
—Estás muy guapa — le dijo él. La voz todavía era débil y queda.
— Mentiroso. — Guapísima.
—Estoy horrible. Jack sonrió.
—Antes de desmayarme, me pregunté si volvería a verte.
—No te librarás de mí tan fácilmente.
—Tendría que morir, ¿no?
—Ni aun así lo conseguirías. Te encontraría dondequiera que
estuvieras.
—Te quiero, Heather.
—Y yo a ti; más que a mi vida.
Se le empañó la mirada, pero estaba decidida a no llorar delante
de él. «Piensa positivamente. No pierdas los ánimos», pensó.
—Estoy tan cansado... —dijo Jack mientras parpadeaba. —Me
imagino por qué.
—He tenido un día terrible en el trabajo —dijo él con una
sonrisa.
—¿Sí? Yo pensaba que los policías no hacíais otra cosa que
sentaros en los bares, comer y recoger los sobornos de los traficantes.
—No, a veces pegamos a ciudadanos inocentes.
—Sí, eso también cansa.
Jack había cerrado los ojos.
Ella continuó acariciándole el cabello. Las manos de Jack
seguían ocultas por las mangas del corsé ortopédico. Heather deseaba
desesperadamente seguir tocándolo.
De pronto, Jack abrió los ojos y preguntó:
—¿Luther ha muerto?
Heather dudó.
—Sí.
—Lo pensaba, pero creí que a lo mejor...
—Has salvado a la mujer, a la señora Arkadian.
—Bueno, es algo.
Volvió a parpadear y cerró los ojos pesadamente.
—Descansa, cariño, es lo mejor —dijo ella.
—¿Has visto a Alma? —preguntó Jack. Se refería a Alma Bryson, la
mujer de Luther. — Todavía no, cariño. No he podido salir de aquí, ya sabes. —
Ve a verla — murmuró Jack. — Iré.
—Ahora. Yo estoy bien. Es ella la que necesita..., la que te
necesita.
—De acuerdo.
—Tan cansado... —repitió, y volvió a dormirse.
Cuando Heather salió para que Jack descansara, el grupo de
amigos que aguardaban en la sala de espera de la UVI estaba compuesto por tres
personas: dos agentes de uniforme, que ella no conocía, y Gina Tendero, la
esposa de un policía. Todos se alegraron cuando les dijo que Jack había vuelto
en sí. Heather sabía que se ocuparían de hacer circular la noticia en el
departamento. A diferencia de los médicos, comprendieron que aparentara quitar
importancia a la parálisis de su marido y al tratamiento necesario para
superarla.
—Necesito que alguien me lleve a casa —dijo Heather—. Quiero
coger el coche para ir a ver a Alma Bryson.
—Te llevaré a su casa y después a la tuya —dijo Gina—. Yo
también quiero verla.
Gina Tendero era la esposa más pintoresca de la división y quizá
de todo el Departamento de Policía de Los Ángeles. Tenía veintitrés años, pero
parecía tener catorce. Esa noche llevaba tacones de doce centímetros,
pantalones de cuero negro estrechos, un jersey rojo, una chaqueta de cuero, un
enorme medallón plateado con un retrato brillante de Elvis en el centro, y unos
pendientes de múltiples aros tan complejos, que parecían unos de esos juguetes
para que los ejecutivos se relajen mientras tratan de desarmarlos. Tenía las
uñas pintadas de rojo fosforescente, y sombra de ojos ligeramente más clara. El
pelo negro azabache era una mata de rizos que le caía sobre los hombros,
parecido a esas pelucas que siempre usaba Dolly Parton, pero con la diferencia
de que era todo suyo.
Aunque descalza medía tan sólo un metro cincuenta y siete, y
pesaba quizás unos cuarenta y siete kilos con toda la ropa puesta, Gina siempre
parecía más grande que todos los que la rodeaban. Mientras avanzaba con Heather
por el pasillo del hospital, sus pasos eran más sonoros que los de un hombre el
doble "de corpulento, y las enfermeras se volvían y censuraban
desaprobadoramente el repiqueteo de sus tacones sobre las baldosas.
—¿Estás bien, Heth? —preguntó Gina mientras se dirigían al
aparcamiento de cuatro plantas contiguo al hospital.
—Sí.
—¿De veras? —Lo superaré.
Al final del corredor, una puerta verde metálica comunicaba con
el aparcamiento, una estructura gris de cemento, helada, de techos bajos. Un
tercio de los tubos fluorescentes estaban rotos a pesar de la malla metálica
que los protegía, y las sombras entre los coches ofrecían innumerables
escondites.
Gina sacó un pequeño aerosol del bolso y apoyó el dedo índice
sobre el pulverizador.
—¿Qué es eso? —preguntó Heather. —Aerosol irritante. ¿No llevas?
— No.
—¿Dónde piensas que vives, chica..., en Disneylandia? — Quizá
debería comprarme uno —dijo Heather mientras avanzaban por la rampa de cemento
con coches aparcados a ambos lados.
—No se puede, están prohibidos. Los cabrones de los políticos
los declararon ilegales. Supongo que temen que pueda irritarle la piel a algún
jodido violador. Pídeselo a Jack o a alguno de los muchachos... Pueden
conseguirte uno.
Gina tenía un pequeño Ford azul, barato, pero con sistema de
alarma, que accionó a distancia con un mando que llevaba en el llavero. Los
faros se encendieron y apagaron, la alarma sonó un instante y las puertas se
abrieron.
Echaron un vistazo a las sombras que la rodeaban, subieron a
toda prisa y volvieron a cerrar las puertas de inmediato.
Gina pulsó el botón de arranque y dudó antes de poner en marcha
el coche.
—Heth, ya sabes, si quieres llorar sobre mi hombro, mi ropa se
seca rápido.
—Estoy bien, de verdad.
—¿Estás segura de que no tienes que reprimirte?
—Está vivo, Gina. Todo lo demás puedo soportarlo.
—¿Cuarenta años con Jack en silla de ruedas?
—Si eso es lo que tiene que pasar no me importa, siempre y
cuando pueda hablar con él, abrazarlo por la noche.
Gina la miró a los ojos durante unos segundos.
—Lo dices en serio. Sabes lo que te espera, pero eso es lo que
piensas de verdad. Siempre pensé que eras una de ésas, pero me alegra saber que
tenía razón.
—¿Una de ésas?
—Una de esas perras fuertes como el demonio —dijo Gina mientras
quitaba el freno de mano y ponía marcha atrás.
—Supongo que es un cumplido.
—Joder, un cumplido y de los buenos.
Cuando Gina pagó el aparcamiento en la cabina y salieron del
garaje, un atardecer glorioso, dorado y anaranjado, se filtraba por las nubes
hacia el oeste. A pesar de su belleza, las calles y edificios le parecieron a
Heather tan extraños como un lejano planeta. Había pasado toda su vida adulta
en Los Ángeles, pero ahora se sentía como una extranjera en una tierra
desconocida.
La casa de dos plantas de los Bryson estaba en el límite de
Burbank, en el número 777 de una calle bordeada de sicómoros. Las ramas de los
árboles dibujaban siluetas aracniformes contra el cielo. La calle estaba llena
de coches aparcados y frente al 777 se veía uno blanco y negro.
En la casa había una multitud de parientes y amigos de los
Burbank. Muchos de estos últimos eran policías, algunos de uniforme, otros de
paisano. Había negros, blancos, hispanos y asiáticos, todos en amable
camaradería, de un modo que parecía extraño que pudiese darse de puertas
afuera.
Apenas cruzó el umbral Heather se sintió como en su propia casa,
y más segura de lo que se había sentido en el mundo exterior. Mientras caminaba
en busca de Alma se detuvo a hablar brevemente con viejos amigos y conocidos;
todos le preguntaron por el estado de salud de Jack. Como nunca antes en su
vida, pensó en sí misma como un miembro más de la gran familia de la policía,
más que como californiana o ciudadana de Los Angeles. En otro tiempo no había
sido así, pero resultaba muy difícil mantener una lealtad espiritual hacia una
ciudad invadida por las drogas y la pornografía, sacudida por la violencia de
las bandas rivales, inmersa en un cinismo estilo Hollywood y controlada por
políticos tan venales y demagogos como incompetentes. Las fuerzas sociales destructivas
estaban fracturando la ciudad —y el campo— en clanes, y aunque formar parte de
la familia policial le servía de consuelo, se daba cuenta del peligro que
suponía caer en una visión de la vida que se limitase a «nosotros contra
ellos».
Alma estaba en la cocina con su hermana, Faye, y otras dos
mujeres, todas ellas ocupadas en tareas culinarias. Cortaban verdura, pelaban
fruta, rallaban queso. Alma amasaba con vigor sobre un mostrador de mármol. La
cocina estaba llena del delicioso aroma de los pasteles que se cocinaban en el
horno.
Cuando Heather tocó el hombro de Alma, ésta levantó la vista de
la masa y la miró con unos ojos vacíos como los de un maniquí. Parpadeó y se
sacudió las manos cubiertas de harina sobre el delantal.
—Heather, no tenías por qué venir... Deberías haberte quedado
con Jack.
Se abrazaron.
—Ojalá pudiera hacer algo, Alma — dijo Heather.
—Yo también, chica, ojalá.
—¿Qué es toda esta comida? —preguntó Heather cuando se
separaron.
—El funeral será mañana al mediodía. Cuanto antes pase lo peor
tanto mejor. Después del servicio vendrán muchos parientes y amigos. Hay que
darles de comer.
—Las demás pueden ocuparse de eso.
—Prefiero ayudar — dijo Alma—. ¿Qué otra cosa puedo hacer?
¿Sentarme y pensar? Eso es precisamente lo que no quiero. Si no hago algo, si
no mantengo la mente ocupada, me volveré completamente loca. Lo comprendes,
¿no? Heather asintió.
—Sí, lo comprendo.
—Me han dicho que Jack va a tener que pasar meses en el hospital
—dijo Alma—, y después empezar con la rehabilitación. Toby y tú os quedaréis
solos. ¿Estás preparada?
—Iremos a verlo todos los días. Estamos juntos en esto. —No me
refiero a eso.
—Bueno, sé que me sentiré sola, pero...
—Tampoco me refiero a eso. Ven, quiero que veas algo.
Entraron en el dormitorio principal y Alma cerró la puerta.
—A Luther siempre le preocupó que me quedara sola si a él le
pasaba algo, así que se aseguró de que supiera cuidar de mí misma.
Heather se sentó en el puf que había frente al tocador y observó
asombrada cómo Alma sacaba varias armas de diferentes escondites.
Sacó una escopeta de debajo de la cama.
—Ésta es la mejor arma de defensa doméstica que se puede tener.
Calibre doce. Lo suficientemente poderosa para abatir a cualquier cabrón
drogado que se cree Supermán. No hace falta tener muy buena puntería, basta con
disparar y la munición se expande sobre quien haga falta. — Dejó el arma sobre
la cama. Del fondo del armario sacó un rifle pesado, de aspecto terrible, una
mira telescópica y un cargador—. Un rifle de combate Heckler y Koch HK91 —
dijo—. Ya no es tan fácil comprarlos en California.
Lo dejó en la cama junto a la escopeta.
Abrió un cajón de la mesilla de noche y sacó una pistola
formidable.
—Una Browning nueve milímetros semiautomática. Hay una igual en
la otra mesilla.
—Dios mío, tienes todo un arsenal —exclamó Heather.
—Sólo diferentes armas para diferentes necesidades. Alma Bryson
medía un metro setenta de estatura, pero no era una amazona en modo alguno. Era
una mujer atractiva, esbelta, con facciones delicadas, cuello de cisne y
muñecas casi tan frágiles como las de una niña de diez años. Sus manos finas y
delicadas parecían incapaces de controlar algunas de las poderosas armas que
poseía, pero era evidente que sabía usarlas muy bien.
Heather se puso de pie y dijo:
—Puedo verme con una pistola para protegerme, incluso con una
escopeta, pero ¿con un rifle de combate?
—Es lo suficientemente preciso para dar en el blanco a una
distancia de cien metros —dijo Alma mirando el Heckler y Koch—. Dispara
munición 7,62 de la OTAN, y es tan poderosa que puede atravesar un árbol, una
pared de ladrillos y hasta un coche y darle a la persona que se esconde del
otro lado. Muy fiable. Se pueden hacer cien disparos antes de que el cañón se
caliente hasta el extremo de no poder tocarlo, y aun así no se encasquilla.
Creo que deberías tener uno, Heather. Deberías prepararte.
Heather se sentía como si anduviera detrás del conejo blanco,
como Alicia en la madriguera, y saliera a un mundo extraño, oscuro.
—¿Prepararme para qué?
El rostro amable de Alma se endureció.
—Luther lo vio venir hace años. Decía que los políticos estaban
destruyendo mil años de civilización ladrillo a ladrillo, pero sin construir
nada a cambio...
—Es verdad, pero...
—Decía que se esperaba que los policías se ocuparan de mantener
el orden cuando todo empezara a derrumbarse, pero como en aquel momento ya les
habrían echado la culpa de casi todo y los habrían puesto tantas veces en el
papel de villanos, ya nadie los respetaría lo suficiente para permitirles poner
orden.
La rabia era el refugio de su dolor. Sólo la furia podía hacer
que contuviese las lágrimas.
Aunque Heather pensaba que el método de su amiga para superar el
sufrimiento no era muy sano, no se le ocurría nada para ofrecerle a cambio.
Sentir lástima por ella no era lo adecuado. Alma y Luther llevaban dieciséis
años de casados, de entrega mutua. Como no habían podido tener hijos, estaban
especialmente unidos. Heather intuía la profundidad de su dolor. Qué mundo tan
duro. No era fácil encontrar el amor verdadero, leal y profundo, ni siquiera
una vez; dos, casi imposible. Alma seguramente sentiría que habían acabado los
mejores años de su vida; y sólo tenía treinta y ocho. Necesitaba algo más que
palabras de consuelo, algo más que un hombro sobre el que llorar. Necesitaba
algo o alguien contra quien estar furiosa: los políticos, el sistema.
Quizá su ira no fuese tan enfermiza, después de todo. Si mucha
más gente se hubiera enfadado décadas atrás, posiblemente el país no habría
llegado a un estado tan lamentable.
—¿Tienes armas? —preguntó Alma.
—Una.
—¿Cuál?
—Una pistola.
—¿Sabes usarla?
—Sí.
—Necesitas algo más que una pistola.
—No me gustan las armas, Alma.
—Lo que pasó en la gasolinera de Arkadian ya ha salido en el
telediario, y mañana estará en todos los periódicos. La gente va a saber que
Toby y tú estáis solos, gente a la que no le caen bien los polis ni sus
esposas. Hasta es probable que algún periodista tonto del culo publique tu
dirección. Tienes que estar preparada para lo que sea.
La paranoia de Alma, tan sorpresiva e inusitada, hizo que
Heather sintiera escalofríos. Aunque se estremeció al ver el brillo frío de los
ojos de su amiga, una parte de ella se preguntó si su valoración de la
situación no era más racional de lo que parecía. El solo hecho de poder tomar
en serio semejante paranoia la estremeció aún más.
—Tienes que prepararte para lo peor — dijo Alma Bryson mientras
cogía la escopeta y la hacía girar en sus manos— . No sólo está en juego tu
vida. También debes pensar en Toby.
Una mujer negra, guapa y delgada, aficionada al jazz y a la
ópera, amante de los museos, culta y refinada, agradable y cariñosa como nadie,
capaz de amansar a una bestia con su sonrisa, con una risa tan musical que
hasta los ángeles se la habrían envidiado, estaba ahí con una escopeta que
parecía absurdamente grande y malvada en las manos de alguien tan dulce y
delicado; pero se había entregado a la rabia porque la única alternativa a la
furia era la desesperación suicida. Alma era como la figura de un cartel
llamando a la revolución, no una persona real, sino un símbolo salvajemente
romántico. Heather tuvo la inquietante sensación de que no miraba simplemente a
una mujer preocupada que se esforzaba para no dejarse dominar por un dolor
amargo y una desesperación paralizadora, sino al futuro sombrío, al presagio de
una tormenta que iba a arrasar con todo.
«Destruyendo la civilización ladrillo a ladrillo —había dicho
Alma solemnemente—, pero sin construir nada a cambio.»
SIETE
Durante veinte plácidas noches, sólo las ráfagas periódicas de
viento, el ulular de un búho y el aullido distante y solitario de los lobos del
monte, perturbaron la quietud de Montana. Eduardo Fernández recuperó poco a
poco su confianza habitual y dejó de esperar cada nuevo atardecer con
silencioso terror.
Si hubiera tenido más trabajo en el que ocuparse, habría
recobrado el equilibrio más rápidamente. Pero el tiempo inclemente le impedía
llevar a cabo las tareas rutinarias de mantenimiento de la cabaña. Durante los
meses de invierno, la calefacción eléctrica y la provisión de leña para las
chimeneas le dejaban poco más que hacer que acurrucarse a esperar la primavera.
Desde que estaba allí, la propiedad había sido de explotación
agrícola. Stanley Quartermass, un rico productor cinematográfico que se había
enamorado de Montana y quería una segunda vivienda, los había contratado a él y
a Margarita hacía ya treinta y cuatro años. No había cultivos ni ganadería
comercial, la cabaña era estrictamente un refugio para recluirse.
A Quartermass le encantaban los caballos, así que había
construido un establo cómodo y cálido, a cien metros de la casa, con diez
caballerizas. Pasaba unos dos meses por año en la cabaña, en visitas de una o
dos semanas, y en ausencia del productor el trabajo de Eduardo consistía en
ocuparse de que los caballos estuvieran muy bien cuidados e hicieran mucho
ejercicio. Ésa era prácticamente toda su tarea; Margarita, por su parte, se
ocupaba de la casa.
Hasta hacía ocho años habían vivido en la casa de los guardas,
una vivienda acogedora de una sola planta y dos habitaciones. La construcción
de piedra, que daba al oeste, se alzaba a unos ochenta o noventa metros detrás
de la casa principal, rodeada de pinos, en la linde misma del bosque. Tommy,
hijo único de Eduardo y Margarita, se había criado allí hasta que, a los
dieciocho años, la vida de la ciudad había ejercido una atracción fatal sobre
él.
Al morir Stanley Quartermass en un accidente con su avión
privado, Eduardo y Margarita se sorprendieron al enterarse de que les había
dejado la propiedad y dinero suficiente para retirarse enseguida. En vida, el
productor había mantenido a cuatro ex esposas y no había tenido hijos con
ninguna de ellas, por lo que dispuso de la mayor parte de sus bienes para
recompensar generosamente a sus fieles caseros.
Eduardo y su mujer vendieron los caballos, cerraron la casa de
los guardas y se mudaron a la cabaña principal. Era extraño ser propietario,
pero la seguridad, incluso cuando llegaba tarde en la vida —o quizá
precisamente por eso — , siempre era bienvenida.
Ahora Eduardo era un viudo retirado con mucha seguridad pero con
poco trabajo para ocupar su tiempo y con ideas muy extrañas que le rondaban la
mente: árboles luminosos...
Durante el mes de marzo había ido en tres ocasiones con el Jeep
Cherokee a Eagle's Roost, el pueblo más cercano. Comió en el restaurante Jasper
porque le gustaba cómo preparaban el filete Salisbury, las patatas fritas y la
ensalada de col. Compró revistas y algunos libros en rústica en la tienda High
Plains, y comida en el único supermercado del pueblo. La cabaña estaba sólo a
veinticinco kilómetros de Eagle's Roost, de modo que si quería podía ir todos
los días, pero, por lo general, tres veces al mes era más que suficiente. Se
trataba de un pueblo pequeño, de unos tres mil o cuatro mil habitantes, pero a
pesar del aislamiento estaba lo bastante conectado con el mundo moderno para
atraer en ocasiones a un hombre tan acostumbrado a la paz rural como él.
Siempre que iba a Eagle's Roost de compras, Eduardo pensaba en
la posibilidad de parar en la oficina del sheriff del condado para informarle
del extraño ruido y las peculiares luces del bosque. Pero estaba seguro de que
el hombre lo tomaría por un viejo senil y archivaría el informe en una carpeta
con la etiqueta de CHALADOS.
Durante la tercera semana de marzo, al día siguiente de la
llegada oficial de la primavera, hubo una tormenta en la que cayeron veinte
centímetros de nieve. El invierno no iba a abandonar tan rápidamente su dominio
en las laderas orientales de las Rocosas.
Eduardo daba paseos a diario, como había hecho toda su vida,
pero no se alejaba del largo sendero que él mismo limpiaba después de cada
nevada, y se limitaba a cruzar el campo al sur de la casa y los establos.
Evitaba el bosque al este de la casa, colina abajo, pero también se mantenía
alejado del bosque norte, e incluso del bosque más alto del oeste.
Su cobardía lo irritaba, sobre todo porque era incapaz de
comprenderla. Siempre había sido un defensor de la razón y la lógica y estaba
plenamente convencido de que ninguna de las dos cosas abundaba en el mundo.
Toda su vida había despreciado a la gente que se dejaba dominar por las
emociones en detrimento de la razón. Pero ahora le fallaba la razón, y la
lógica no lograba hacerle superar la instintiva sensación de peligro que lo
obligaba a evitar los bosques y el crepúsculo perpetuo que había bajo sus ramas.
Hacia finales de marzo empezó a pensar que el fenómeno había
sido un hecho aislado sin consecuencias notables. Un acontecimiento raro pero
normal. Quizás algún tipo de perturbación electromagnética, que no significaba
una amenaza mayor que una tormenta de verano.
Él i de abril descargó los dos rifles y las dos escopetas.
Después de limpiarlos, volvió a ponerlos en el armario del estudio. Sin
embargo, ligeramente intranquilo, dejó la pistola del veintidós sobre la
mesilla de noche. No disparaba unos proyectiles terribles, pero, cargada con
balas de punta hueca, podía hacer bastante daño.
En la madrugada del 4 de abril, una débil vibración que
aumentaba y disminuía, despertó a Eduardo. Al igual que ocurriera a principios
de marzo, esa pulsación iba acompañada de una misteriosa oscilación
electrónica.
Se incorporó inmediatamente en la cama y miró en dirección a la
ventana. Hacía tres años, desde la muerte de Margarita, que no dormía en el
dormitorio principal que habían compartido y que daba al frente de la casa. Se
había trasladado temporalmente a una de las dos habitaciones del fondo, por
consiguiente la ventana daba al oeste, exactamente en dirección opuesta al
bosque en el que había detectado la extraña luz. El cielo nocturno que se veía
por la ventana era negro y profundo.
La lámpara que había sobre la mesilla de noche se encendía
tirando de una cadena. Justo antes de encenderla, Eduardo tuvo la sensación de
que había algo en la habitación, algo que sería mejor no ver. Dudó, mientras
los dedos apretaban con fuerza las cuentas de metal del interruptor. Miró
fijamente la oscuridad y el corazón empezó a latirle con la misma fuerza que si
hubiera despertado de una pesadilla en la que era perseguido por un monstruo.
Sin embargo, cuando por fin tiró de la cadenita, la luz le reveló que estaba
solo.
Cogió el reloj de la mesilla y miró la hora: faltaba exactamente
un minuto para la una y veinte.
Retiró las mantas y salió de la cama. Iba en calzoncillos
largos. Los téjanos y la camisa de franela estaban sobre un sillón, y, al lado
de éste, un par de botas. Llevaba los calcetines puestos, porque si dormía sin
ellos a menudo sentía frío en los pies.
El sonido era más fuerte que el mes anterior y hacía latir la
casa de un modo mucho más perceptible que antes. En marzo, Eduardo había
percibido cierta presión junto con el latido rítmico, que se expandía como el
sonido en una serie de ondas. Ahora la presión había aumentado drásticamente.
No sólo la percibía, sino que la sentía de un modo indescriptiblemente
diferente a la presión de aire turbulento, más bien como la marea invisible de
un mar helado que recorría su cuerpo.
Se vistió a toda prisa y cogió la pistola del veintidós de la
mesilla, la cadena del interruptor se balanceaba salvajemente y golpeaba el
metal bruñido del pie de la lámpara. Los cristales de la ventana vibraban. Los
cuadros se torcían.
Se precipitó escalera abajo hasta el vestíbulo. No tuvo
necesidad de encender la luz. Los bordes biselados de los cristales ovales de
la puerta de entrada brillaban con el reflejo del misterioso resplandor
exterior. Era mucho más brillante que la vez anterior. Los bordes descomponían
la radiación ambarina en todos los colores del espectro y proyectaban como un
prisma un arco iris azul, verde, amarillo y rojo sobre la pared opuesta y el
techo, como si fuera una iglesia con vidrieras.
En el salón, a su izquierda, no había luz alguna porque las
cortinas estaban corridas. Una colección de pisapapeles y miniaturas se
sacudían y tintineaban sobre la mesa baja junto a los sillones. Las porcelanas
vibraban sobre los estantes de cristal del aparador.
A su derecha, en el estudio cubierto de libros, la bandeja
portaplumas rebotó sobre el secante y la caja de los lápices se abrió y se
cerró al compás de las ondas de presión. El sillón del escritorio se bamboleó y
sus ruedas crujieron.
Cuando abrió la puerta, los puntos y rayas de colores
desaparecieron, se desvanecieron como si entraran en otra dimensión, y el resto
de la luz se desplazó a la pared derecha del vestíbulo, donde se fundió en un
vibrante mosaico.
El bosque estaba iluminado exactamente donde lo había estado el
mes anterior. El resplandor ámbar emanaba del mismo grupo de árboles apiñados y
del suelo debajo de ellos, como si las agujas verdes, las pinas, la corteza, la
tierra, las piedras y la nieve fueran elementos incandescentes de una lámpara
que brillaran sin consumirse. En esta ocasión la luz era más deslumbrante, al
igual que más intenso el latido y más poderosas las ondas de presión.
Se sorprendió en lo alto de la escalera del porche, pero sin
recordar que hubiera salido de la casa. Se volvió y vio que había cerrado la
puerta.
Un ruido metálico que llegaba a oleadas latía en medio de la
noche a un ritmo de unas treinta pulsaciones por minuto, pero su corazón
palpitaba a una velocidad seis veces mayor.
Eduardo sintió un deseo incontenible de volver corriendo a la
casa.
Bajó la mirada y vio la pistola en su mano. Ojalá hubiera tenido
la escopeta cargada y a mano junto a la cama.
Cuando levantó la cabeza y apartó la mirada del arma, se sobresaltó
al ver que el bosque se había acercado a él. Podía ver nítidamente los árboles
luminosos.
Entonces comprendió que era él, y no los árboles, el que se
había movido. Se volvió, miró de nuevo la casa y la vio a unos nueve o diez
metros. Había bajado la escalera del porche sin darse cuenta. Sus huellas
estaban grabadas sobre la nieve.
—¡No! —dijo, temblando.
El dilatado sonido era como una ola con resaca que lo arrastraba
inexorablemente de la seguridad de la orilla. El ululante gemido electrónico
parecía el canto de una sirena; penetraba en su cuerpo y en su mente, le
hablaba a un nivel tan profundo que parecía comprender el mensaje sin necesidad
de oír las palabras, una música en la sangre que lo atraía hacia el fuego frío
del bosque.
Su mente estaba cada vez más confusa.
En un intento por despejar su mente miró el cielo salpicado de
estrellas. Una delicada filigrana de nubes brillaba sobre la bóveda oscura
iluminada por la luz plateada de una luna en creciente.
Cerró los ojos. Hizo acopio de todas sus fuerzas para resistir
la atracción de cada nueva oleada de sonido. Pero cuando volvió a abrirlos
descubrió que su resistencia era imaginaria. Estaba más cerca que antes de los
árboles, a sólo diez metros del borde, tan cerca que el resplandor deslumbrante
que surgía de las ramas, los troncos y la tierra, le obligaba a cerrar los
ojos.
La extraña luz ámbar tenía filamentos rojos, como sangre en una
yema de huevo.
Eduardo estaba asustado, el miedo había dado paso al terror.
Luchaba contra una súbita flojedad en el vientre y la vejiga, y temblaba tan
violentamente que no se hubiera sorprendido de que le empezaran a crujir los
huesos; sin embargo el corazón ya no le palpitaba tan deprisa. Los latidos
habían disminuido drásticamente y ahora iban a la par de ritmo firme de treinta
pulsaciones por minuto que parecía surgir de cada una de las superficies
radiantes.
No podía permanecer de pie con un ritmo cardíaco tan lento, con
una irrigación cerebral tan mermada. O bien sufría una conmoción grave o bien
perdía el conocimiento. Ya no podía fiarse de su capacidad de percepción.
Quizás el latido se había acelerado e iba al ritmo de su propio corazón.
Curiosamente, no sentía el aire helado. Aunque aquella extraña
luz no emitía calor, Eduardo no tenía frío.
Tampoco sentía la tierra debajo de los pies ni la gravedad, el
peso o el cansancio muscular; parecía como si flotara.
Los aromas propios del invierno parecían haber desaparecido. El
olor de la nieve, suave y tónico, con un deje de ozono, había desaparecido; así
como el fresco perfume del bosque de pino que tenía delante y el olor ácido de
su propio sudor helado.
También había perdido el gusto. Era lo más raro de todo. Nunca
había pensado en que la gente siempre percibía una serie incesante de sabores
en la boca, aunque no comiera nada. Aquello era la insipidez total. Ni dulce ni
agrio. Ni salado ni amargo. No era ni siquiera insipidez, sino algo más fuerte:
nada. Nada1. Chasqueó la lengua, sintió la saliva, pero ningún sabor.
Todo el poder de sus sentidos parecía concentrado únicamente en
la luz fantasmagórica que surgía de los árboles y en el sonido insistente y
agobiante. Ya no sentía ese latido grave que le recorría el cuerpo en oleadas
heladas, sino que ahora el sonido surgía de dentro de él de la misma manera que
de los árboles.
De pronto se encontró en la linde del bosque, sobre un terreno
tan radiante como lava derretida. Dentro del fenómeno. Bajó la mirada y vio sus
pies como si estuvieran plantados sobre una capa de hielo, debajo de la cual
había un mar de fuego ardiente, un mar tan profundo como distantes estaban las
estrellas. Ante la dimensión de aquel abismo quiso lanzar un grito de terror,
pero de su boca no salió ni un débil susurro.
Temeroso y reticente, aunque con irresistible curiosidad,
Eduardo se miró las piernas y el cuerpo, y vio que la luz ámbar con filamentos
rojos también brotaba de él. Parecía un hombre de otro mundo, lleno de una
energía extraña, o el espíritu divino de un indio que había descendido de las
altas montañas en busca de los pueblos antiguos que en una época habían
dominado la vasta extensión de Montana: los pies negros, los crow, los sioux,
los assinboin, los cheyenne.
Levantó la mano derecha para mirársela de cerca. Tenía la piel
transparente y la carne traslúcida. Al principio vio los huesos de la mano y
los dedos, formas grises y rojas bien articuladas dentro de la sustancia ámbar
de la que parecía estar hecho. Pero a medida que miraba, los huesos también se
volvieron transparentes y Eduardo se convirtió por completo en un hombre de
cristal, sin ningún tipo de sustancia; era como una ventana a través de la cual
se podía ver un fuego sobrenatural, así como la tierra que tenía bajo sus pies,
las piedras y los árboles.
Las vibrantes ondas de sonido y el chillido electrónico surgían
de las corrientes de fuego, cada vez más insistentes. Al igual que aquella
noche de marzo, Eduardo tenía la percepción casi clarividente de que algo
luchaba por salir de una prisión, por romper una barrera.
Algo que trataba de abrir una puerta a la fuerza.
Y él estaba de pie en el vano de aquella puerta.
En el umbral.
Tenía la extraña certeza de que si esa puerta se abría mientras
él estaba allí, se desintegraría en átomos como si nunca hubiera existido. Se
convertiría en la misma puerta. Un visitante desconocido entraría a través de
él, saldría del fuego y entraría a través de él.
—Dios, ayúdame —imploró, a pesar de que no era un hombre
religioso.
Trató de moverse.
Estaba paralizado.
El fuego, dentro de su mano levantada, de todo su cuerpo, de los
árboles, las piedras y la tierra, perdía su tonalidad ambarina para volverse
cada vez más rojo, caliente, encarnado, hirviente. La maligna pulsación
aumentaba, explotaba, aumentaba, explotaba, como un latido de pistones
colosales, pistones siempre en movimiento en el motor perpetuo del
1. En español en el original. (N. de la T.)
universo, cada vez más y más fuerte. La presión iba en aumento,
su cuerpo de vidrio vibraba, frágil como el cristal, la presión se expandía,
exigía, repiqueteaba, fuego y trueno, fuego y trueno, fuegoytrueno...
La negrura.
Silencio.
Frío.
Cuando Eduardo despertó, estaba tumbado junto al bosque, a la
luz de la luna en creciente. Encima de él, los árboles se elevaban como
centinelas, oscuros e inmóviles.
Había recuperado todos sus sentidos. Percibió el olor
vigorizante de la nieve, de la densa masa de pinos, de su propio sudor y... de
su orina. Había perdido el control de su vejiga. Sintió en la boca un gusto
desagradable pero conocido: gusto a sangre. Al caer, o poseído por el terror,
debió de morderse la lengua.
Evidentemente, la puerta de la noche no se había abierto.
OCHO
Aquella misma noche, Eduardo sacó las armas del armario del
estudio y volvió a cargarlas. Las distribuyó por toda la casa, de modo que
tuviera siempre alguna al alcance de la mano.
A la mañana siguiente, 4 de abril, condujo hasta Eagle's Roost,
pero no fue a la oficina del sheriff. Aún no tenía pruebas con las que
respaldar su historia.
Se dirigió en cambio a la tienda de electrodomésticos Custer,
que estaba en un edificio de 1920, de ladrillos amarillos. La mercancía de alta
tecnología en los escaparates parecía tan anacrónica como un hombre de
Neanderthal con zapatillas de tenis. Eduardo compró un vídeo, una cámara y
media docena de cintas vírgenes.
El vendedor era un chico de pelo largo que se parecía a Mozart;
vestía botas, vaqueros, una camisa tejana bordada y un corbatín con un broche
turquesa. No paraba de hablar sobre la cantidad de funciones que tenía el
equipo, con una jerga tan peculiar que parecía otro idioma.
Eduardo sólo quería un aparato que grabara y reprodujera; nada
más. Le daba igual poder mirar un programa mientras grababa otro, ni si todos
esos malditos chismes podían prepararle la comida, hacerle la cama o la
manicura.
En la cabaña ya había un televisor en el que podían verse muchos
canales, porque antes de morir el señor Quartermass había instalado una antena
parabólica detrás de los establos. Eduardo raramente miraba la televisión,
quizás unas tres o cuatro veces al año, pero sabía que funcionaba.
Salió de la tienda y se dirigió a la biblioteca del pueblo. Se
llevó un montón de libros de Roben A. Heinlein y Arthur Clarke, además de
algunas recopilaciones de relatos de H. P. Lovecraft, Algernon Blackwood y M.
R. James.
Se sentía tan tonto como si hubiera elegido libros disparatados
con pretensiones de ensayo sobre el Abominable Hombre de las Nieves, el
monstruo del lago Ness, la Atlántida, el triángulo de las Bermudas, y la
verdadera historia del simulacro de muerte y la operación de cambio de sexo de
Elvis Presley. Esperaba que la bibliotecaria sonriera despectivamente o por lo
menos lo mirara con lástima, pero se limitó a tomar nota de los libros como si
no viera nada frívolo en sus gustos literarios.
Después de pasar por el supermercado, Eduardo volvió a la
cabaña.
Le hicieron falta dos días y más cervezas de lo normal para
conseguir conectar el sistema de vídeo. El maldito aparato tenía más botones,
mandos e indicadores electrónicos que la cabina de un avión; a veces parecía
que los fabricantes complicaban sus productos por el mero gusto de hacerlo. El
manual de instrucciones parecía escrito por un extranjero, lo que era más que
probable, ya que tanto la cámara como el vídeo eran japoneses.
—O me estoy volviendo idiota — refunfuñó en voz alta en un
ataque de frustración— , o no hay quien entienda este maldito mundo.
Probablemente las dos cosas.
El buen tiempo llegó antes de lo habitual. En aquella latitud y
altitud, abril solía ser un mes de invierno, pero ese año las temperaturas
durante el día alcanzaban los cinco grados. La nieve acumulada a lo largo de la
estación se derretía, y los arroyos gorgoteantes llenaban cada hondonada y
declive.
Las noches seguían siendo serenas.
Eduardo leyó la mayor parte de los libros que había sacado de la
biblioteca. Blackwood y especialmente James tenían un estilo demasiado afectado
para su gusto, una atmósfera pesada y poco contenida. Eran narradores de
cuentos de fantasmas y a él le costaba renunciar a su incredulidad lo
suficiente como para meterse en la historia.
Suponía que si el cielo existía, el ente desconocido que
intentaba abrir una puerta en el tejido de la noche podía ser un alma condenada
o un demonio que se esforzaba por abrirse paso para huir de ese espantoso
reino. Pero ése era el problema: no creía en la existencia del infierno, al
menos como el carnavalesco territorio del mal que pintaban las películas y los
libros baratos.
Para su sorpresa, Heinlein y Clarke le resultaron entretenidos y
de ideas provocadoras. Prefería la dureza del primero al ocasional humanismo
ingenuo del segundo, pero ambos eran buenos.
No estaba seguro de qué esperaba encontrar en los libros que lo
ayudase a comprender el fenómeno del bosque. ¿Acaso en el fondo de su mente
albergaba la absurda esperanza de que alguno de estos autores hubiera escrito
algo sobre un viejo que vivía en un lugar aislado y había entrado en contacto
con algo sobrenatural? Si era eso, entonces estaba lejos de encontrarse
reflejado en aquellas historias.
Sin embargo, lo más probable era que esa presencia que percibía
más allá del fuego fantasmal y el latido sonoro, fuera más extraterrestre que
infernal. El universo contenía un número infinito de estrellas y un número
infinito de planetas, que giraban alrededor de esas estrellas; era más que
probable que en alguno de ellos se diesen las condiciones apropiadas para
albergar alguna forma de vida. Era un hecho científico, no una fantasía.
Tal vez todo había sido producto de su imaginación, de las
arterias endurecidas que irrigaban el cerebro, una alucinación típica de la
enfermedad de Alzheimer. Le resultaba más fácil creer en esa explicación que en
los demonios o los extraterrestres.
Había comprado la cámara de vídeo más para salir de dudas que
para reunir pruebas para las autoridades. Si lograba registrar el fenómeno en
una cinta, significaría que no estaba senil y que podría seguir viviendo
solo... hasta que esa cosa abriera por fin la puerta en la noche y lo matara.
El 15 de abril Eduardo fue en coche a Eagle's Roost a comprar
leche, comida y... un discman Sony con unos auriculares de calidad.
En la tienda de electrodomésticos de Custer vendían casetes y
discos compactos. Eduardo le preguntó al chico con pinta de Mozart cuál era la
música más ruidosa que escuchaban últimamente los adolescentes.
—¿Un regalo para su nieto? —preguntó el dependiente.
Era más fácil decir que sí que explicar nada.
—Así es.
—Heavy metal.
Eduardo no sabía de qué le hablaba.
—Éste es un grupo nuevo que está teniendo mucho éxito — dijo el
joven mientras sacaba un disco de la estantería— ; se llama Wormheart1.
De regreso en la cabaña, después de guardar las compras, se
sentó a la mesa de la cocina a escuchar el disco. Puso pilas al discman, se
colocó los auriculares y pulsó el botón de reproducción. Eduardo bajó enseguida
el volumen, pues el estallido de sonido casi le rompe los tímpanos.
Escuchó durante un minuto, casi convencido de que le habían
vendido un disco fallado. Pero la claridad del sonido le demostró que lo que
oía era exactamente lo que Wormheart había querido hacer. Escuchó durante uno o
dos minutos más, a la espera de que la cacofonía se convirtiera en música, pero
se dio cuenta de que, según la definición moderna, eso era música.
Se sintió viejo.
Recordó cuando de joven magreaba a Margarita al compás de la
música de Benny Goodman, Frank Sinatra, Mel Tormé, Tommy Dorsey. ¿Se magreaba
ahora la gente joven? ¿Sabría siquiera lo que quería decir la palabra? ¿Se
acariciaban? ¿O sólo se desnudaban y se echaban directamente el uno en brazos
del otro?
Sin duda no sonaba como música de fondo para hacer el amor. A él
más bien le parecía música de fondo para un homicidio violento, o quizá para
ahogar los gritos de la víctima.
1. Literalmente, «corazón de gusano». (N. de la T.)
Se sintió antiguo.
Además de ser incapaz de oír la melodía de la música, no
comprendía por qué un grupo se ponía ese nombre: Wormheart. Los conjuntos
tenían que tener nombres como Four Freshmen, Andrews Sisters, Mills Brothers. Incluso
aceptaba nombres como Four Tops o James Brown and the Famous Flames. El querido
James Brown. ¿Pero Wormheart? Le hacía pensar en cosas asquerosas.
Bueno, no estaba muy en el ajo ni pretendía estarlo.
Probablemente ya ni se usaba la expresión «en el ajo». Seguro, y
no tenía ni idea de cómo se decía ahora.
Más viejo que las arenas de Egipto.
Escuchó la música durante otro minuto, apagó el aparato y se
quitó los auriculares.
Wormheart era exactamente lo que necesitaba.
A finales de abril, el manto del invierno se había fundido a
excepción de los montículos que disfrutaban de la protección de las sombras
durante buena parte del día, pero incluso éstos empezaban a consumirse. La
tierra húmeda ya no estaba embarrada. La hierba marrón, aplastada y marchita
por el peso de la nieve, cubría las colinas y los prados; pero al cabo de una
semana los nuevos brotes verdes de hierba iluminarían cada rincón del
melancólico paisaje.
El paseo diario de Eduardo lo llevó al otro lado de los
establos, hacia el sur, a campo abierto. A las once de la mañana, el día estaba
soleado y la temperatura llegaba casi a diez grados, con un ejército de nubes
altas y blancas que se retiraba hacia el norte. Llevaba pantalón caqui y camisa
de franela, y el calor del ejercicio lo obligó a arremangarse. Camino de
regreso visitó las tres tumbas que había al oeste de los establos.
Hasta hacía poco el estado de Montana era bastante permisivo
respecto a cementerios familiares en propiedad privada. Poco después de comprar
la cabaña, Stanley Quartermass había decidido que quería pasar allí la
eternidad, y había obtenido un permiso que le permitiría tener hasta doce
tumbas.
El cementerio estaba en una pequeña loma junto al bosque más
alto. El terreno consagrado sólo estaba delimitado por un muro de piedra de
treinta centímetros de altura y a la entrada un par de columnas de poco más de
un metro. Quartermass no había querido obstruir la vista del valle y las
montañas, como si pensara que su espíritu se sentaría sobre el sepulcro y
disfrutaría del paisaje como en Una pareja invisible, esa vieja y emotiva
película.
Sólo tres lápidas de granito ocupaban un espacio diseñado para
albergar doce. Quartermass, Tommy y Margarita.
La inscripción que había sobre la primera lápida, tal como había
dejado establecido el productor, decía: «Aquí yace Stanley Quartermass, muerto
antes de tiempo porque tuvo que trabajar con todos esos insufribles actores y
escritores...», seguida de las fechas de nacimiento y muerte. Cuando su avión
se estrelló tenía sesenta y seis años, pero si hubiera tenido quinientos,
también habría pensado que su vida había sido demasiado corta; era un hombre
que se entregaba a la existencia con gran pasión y energía.
Las lápidas de Tommy y Margarita no tenían epitafios graciosos,
sólo «amado hijo» y «amada esposa». Eduardo los echaba de menos.
Lo más duro había sido la muerte del hijo, asesinado mientras
cumplía con su deber hacía menos de un año, a la edad de treinta y dos. Eduardo
y Margarita habían disfrutado al menos de una larga vida juntos. Para un hombre
era terrible sobrevivir a su propio hijo.
A menudo deseaba que estuvieran otra vez con él, y el hecho de
que este deseo jamás se vería cumplido lo sumía en un estado de melancolía que
le costaba superar. Los anhelos de volver a ver a su mujer e hijo lo llevaban a
sentir nostalgia por el pasado y a revivir los maravillosos años que había
pasado a su lado. Esta vez, sin embargo, cuando este familiar anhelo le pasó
por la mente, se sintió inexplicablemente aterrorizado. Un escalofrío le
recorrió la columna como si ésta estuviese completamente hueca.
No le habría sorprendido encontrar a alguien asomado detrás de
él si se hubiera vuelto, pero estaba solo.
El cielo estaba completamente azul, las últimas nubes habían
desaparecido en el horizonte, hacia el norte, y el aire era más tibio que nunca
desde el último otoño. Sin embargo, el escalofrío persistía. Se bajó las mangas
y se abotonó los puños.
Cuando volvió a mirar las lápidas, su imaginación se vio
súbitamente poseída por imágenes espantosas de Tommy y Margarita. No los veía
como habían sido en vida, sino como debían de estar en los ataúdes: podridos,
llenos de gusanos, con las cuencas de los ojos vacías, los labios negros y
encogidos sobre los dientes amarillos con una mueca horrible. Empezó a temblar
enloquecidamente y tuvo la certeza de que la tierra que había delante de las
tumbas de granito se abriría, que las manos corruptas de los cadáveres
aparecerían por el hueco, escarbando frenéticamente, y después las caras, esas
caras sin ojos, se levantarían de la tierra.
Retrocedió unos pasos pero se negó a huir. Era demasiado viejo
para creer en fantasmas o muertos vivientes.
La hierba marchita y la tierra deshelada por la primavera no se
habían movido. Al cabo de un rato, dejó de esperar que se movieran.
Cuando recuperó completamente el dominio de sí mismo, se dirigió
a las pequeñas columnas de piedra y abandonó el cementerio. Durante todo el
camino sintió el deseo de volverse y mirar atrás, pero no lo hizo.
Entró en la casa por la puerta trasera y la cerró con llave,
cosa que generalmente nunca hacía.
Aunque era hora de almorzar, no tenía hambre; en su lugar abrió
una botella de Corona. Era hombre de tres cervezas al día. No se trataba de un
requisito mínimo sino de su límite habitual. Había días en los que no bebía
nada, pero últimamente, a pesar de su límite, bebía más. Algunos días, mucho
más.
Aquella tarde se sentó en el sillón de la sala y mientras
trataba de leer a Thomas Wolfe y bebía la tercera botella de Corona, tuvo la
certeza, contra su voluntad, de que la experiencia en el cementerio había sido
una premonición. Un aviso. Pero ¿un aviso de qué?
Aun cuando abril pasaba sin que el fenómeno del bosque volviera
a repetirse, Eduardo no se sentía más tranquilo sino más tenso. Todos los acontecimientos
previos habían tenido lugar en la misma fase de la luna: cuarto creciente. A
medida que la luna de abril crecía y menguaba sin nuevas perturbaciones,
Eduardo estaba cada vez más convencido de ello. Era posible que el ciclo lunar
no tuviera nada que ver con esos peculiares acontecimientos, pero sin embargo
existía un calendario que quizá permitiera preverlos.
A partir del i de mayo, en que brillaba una escuálida luna
nueva, Eduardo empezó a dormir completamente vestido. La veintidós estaba en
una pistolera de cuero encima de la mesilla de noche, y junto a ésta, el
discman con los auriculares y el disco de Wormheart puesto. Debajo de la cama,
al alcance de la mano, había una escopeta Remington del calibre doce, cargada.
La cámara de vídeo tenía pilas nuevas y una cinta virgen. Estaba preparado para
actuar deprisa.
Dormía inquieto, pero las noches transcurrían sin incidentes.
En realidad no esperaba tener problemas hasta la madrugada del 4
de mayo.
Desde luego, también era posible que el extraño espectáculo no
volviera a repetirse. De hecho, esperaba no tener que verlo otra vez. Sin
embargo, su corazón intuía lo que su mente no estaba enteramente dispuesta a
admitir: que se habían puesto en marcha sucesos significativos, que cada vez
tenían más fuerza, y que él no podía evitar jugar un papel en ellos, del mismo
modo que un condenado esposado no puede evitar el nudo corredizo o la
guillotina.
No tuvo que esperar tanto como había supuesto. La noche del 2 de
mayo se acostó temprano, pues la noche anterior había dormido poco, y, a
primeras horas del 3 de mayo lo despertaron esos siniestros latidos rítmicos.
El sonido no era más alto que en las ocasiones anteriores, pero
la presión que acompañaba cada pulsación era más poderosa que nunca. La casa se
sacudía hasta los cimientos, la mecedora que había en el rincón se movía hacia
delante y hacia atrás como si un fantasma se desahogara de una rabia
sobrehumana, y uno de los cuadros salió despedido de la pared y se estrelló
contra el suelo.
En el momento en que encendió la lámpara, retiró las mantas y
salió de la cama, Eduardo sintió que entraba en una especie de estado de trance
similar al del mes anterior. Si sucumbía, al cabo de un instante descubriría
que había salido de la casa sin tener conciencia de haberse alejado siquiera un
paso de la cama.
Cogió el discman, se puso los auriculares y apretó el botón de
reproducción. La música de Wormheart lo atacó.
Tenía la sospecha de que la frecuencia en que operaba aquel
latido sobrenatural poseía poderes hipnóticos. Si era así, se opondría al
efecto de trance bloqueando el irresistible sonido con un ruido lo
suficientemente caótico.
Subió el volumen del disco de Wormheart hasta que no oyó más el
latido grave ni la oscilación electrónica que se percibía por debajo de éste.
Sin duda sus tímpanos corrían peligro de reventarse; pero la atronadora música
de heavy metal le permitiría evitar el trance y no quedar completamente
hechizado.
Aún sentía las ondas de presión sobre él y veía su efecto en los
objetos que lo rodeaban. Sin embargo, tal como había supuesto sólo el sonido
producía una reacción hipnótica, y mientras pudiese bloquearlo, estaba a salvo.
Se enganchó el discman al cinturón, para no tener que llevarlo
en la mano, y se puso la pistolera a la cintura. Sacó la escopeta de debajo de
la cama, se la colgó al hombro, cogió la cámara y bajó a toda prisa la
escalera.
Era una noche gélida.
La luna en creciente brillaba como una cimitarra de plata.
La luz que emanaba del grupo de árboles y de la tierra del
perímetro del bosque ya no era ámbar sino de color rojo sangre.
De pie en el porche, Eduardo filmó el misterioso fenómeno.
Avanzaba y retrocedía para poder tomar una panorámica del paisaje.
A continuación bajó la escalera del porche, cruzó corriendo por
el césped marchito del jardín y se dirigió a la colina. Tenía miedo de que el
fenómeno durara menos que el mes anterior, porque la segunda aparición había
sido notablemente más corta pero mucho más intensa que la primera.
Paró varias veces para filmar durante algunos segundos desde
diferentes distancias. En el momento en que se detuvo, exhausto, a diez metros
del resplandor sobrenatural, se preguntó si la cámara podría captar algo o la
deslumbrante intensidad de la luz velaría la cinta.
El fuego, carente de calor, era terriblemente brillante y surgía
de otro lugar, otro tiempo, otra dimensión.
Sintió las ondas de presión. Ya no eran como olas que rompían
contra la playa, sino como algo duro, doloroso. Lo golpeaban con tal fuerza que
tenía que concentrarse para mantener el equilibrio.
Otra vez volvió a tener la sensación de algo que pugnaba por
romper sus ataduras, librarse de un encierro y entrar con toda su fuerza en el
mundo.
El rugido apocalíptico de Wormheart era el acompañamiento ideal
para el momento: brutal como una maza pero emocionante, atonal pero impositivo,
cánticos a la necesidad animal, una ruptura de las limitaciones humanas,
liberador. Era la música jubilosa y oscura del juicio final.
El latido y el gemido electrónico debieron de aumentar para
ponerse a la par del resplandor y las crecientes ondas de presión. Eduardo
comenzó a oírlos de nuevo y se dio cuenta de que trataban de seducirlo.
Subió el volumen de Wormheart.
Los pinos, hasta aquel momento tan quietos como árboles pintados
en el decorado de un escenario, comenzaron a agitarse aunque no hubiera viento.
El aire se llenó de agujas que volaban.
Las ondas de presión aumentaron tanto que lo empujaron hacia
atrás, lo hicieron tropezar y caer sentado. Dejó de rodar y arrojó la cámara de
vídeo a un lado.
El discman, enganchado al cinturón, empezó a vibrar contra su
cadera izquierda. El gemido de las guitarras de Wormheart creció hasta
transformarse en un agudo alarido electrónico que reemplazó a la música, tan
doloroso como si le clavaran clavos en los oídos. Eduardo se arrancó los
auriculares con un grito agónico. El aparato empezaba a echar humo sobre su
cadera. Se lo quitó de un manotazo, lo tiró al suelo y se chamuscó los dedos
con la caja de metal caliente.
El latido, regular como un metrónomo, lo rodeaba como si
estuviera a la deriva dentro del corazón palpitante de un gigante.
Eduardo resistió al impulso de entrar en la luz y convertirse en
parte de ella para siempre y se puso de pie con gran esfuerzo. Se quitó la
escopeta del hombro de una sacudida.
La luz deslumbrante lo obligaba a entrecerrar los ojos, las
ondas de presión en serie le impedían respirar, las ramas de los árboles se
agitaban, la tierra temblaba, la oscilación electrónica parecía el chirrido
agudo de una sierra de cirujano en el momento de cortar un hueso... El cielo y
la tierra latían mientras algo empujaba repetida e inexorablemente contra el
tejido de la realidad. Latía, latía...
Fuuuuu.
Un ruido parecido al que hacía un paquete de café envasado al
vacío en el momento de abrirse, pero enormemente aumentado. Un instante después
de ese único fuuuuu, un manto de silencio cayó sobre la noche y la luz
sobrenatural se desvaneció de inmediato.
Eduardo Fernández, asombrado e incrédulo bajo la luna en
creciente, miraba fijamente una esfera perfecta, absolutamente negra, que se
elevaba sobre él como una bola inmensa de una mesa de billar cósmica. Era tan
impecablemente negra que contrastaba con la negrura habitual de la noche de
mayo igual que podía hacerlo la llamarada de una explosión nuclear en el día
más soleado del verano. Era enorme, de diez metros de diámetro, y ocupaba el
espacio en el que habían estado los pinos y la tierra radiantes.
Una nave.
Por un momento Eduardo pensó que estaba viendo una nave sin
ventanas, una estructura tan lisa como una balsa de aceite. Esperó, paralizado
de terror, que apareciera un rayo de luz, que una puerta crujiera y se abriese
o que saliera una rampa.
A pesar del miedo que obnubilaba su pensamiento, se dio cuenta
enseguida de que lo que estaba viendo no era un objeto sólido. El resplandor de
la luna no se reflejaba en la superficie. La luz caía dentro como si fuera un
pozo, o un túnel pero sin ninguna pared curva dentro. Instintivamente y sin
necesidad de tocar la superficie negra y lisa, supo que la esfera no tenía peso
ni masa, pero que aun así el objeto ocupaba espacio como si se tratase de algo
sólido.
El objeto no era un objeto; no era una esfera, sino un círculo.
No tenía tres dimensiones, sino dos.
Una entrada.
Abierta.
La oscuridad que había más allá del umbral era uniforme, ni un
fulgor ni un destello ni el más leve brillo. Una negrura tan perfecta no era ni
natural ni conocida, y a Eduardo le dolían los ojos a causa del esfuerzo que
hacía para hallar dimensión y detalles allí donde no existían.
Quiso huir.
En cambio, se acercó a la entrada.
El corazón le palpitaba y la presión sanguínea, sin duda, lo
empujaba hacia una embolia. Empuñó la escopeta con una patética fe en su
eficacia, y la blandió como habría hecho un aborigen primitivo con un lanza
talismán con runas grabadas, guarnecida con colmillos de animales salvajes,
bendecida con sangre sacrificial y coronada con un mechón de pelo de hechicera.
Sin embargo, el miedo que Eduardo sentía hacia aquella puerta —y
a los territorios y entes desconocidos que podía haber más allá de ella— no era
tan debilitador como el temor que había tenido últimamente a la senilidad y a
la desconfianza en sí mismo. Mientras tuviera la posibilidad de reunir pruebas
de su experiencia, pensaba explorar tanto como sus nervios se lo permitieran.
Esperaba no tener que despertar otra mañana con la sospecha de que su cerebro
estaba reblandecido y que ya no podía fiarse de sus sentidos.
Avanzó con cautela sobre la hierba marchita, hundiendo los pies
suavemente en el terreno húmedo de rocío primaveral, alerta ante la posibilidad
de cualquier cambio en el círculo de excepcional negrura: una negrura menor,
una sombra en la oscuridad, un brillo, un indicio de movimiento, cualquier cosa
que indicara la proximidad de... un viajero. Se detuvo a un metro de esa
deslumbrante tenebrosidad, se inclinó un poco hacia delante, tan asombrado y
maravillado como un hombre en un cuento de hadas que mira por un espejo mágico,
más grande que los que jamás hubieran concebido los hermanos Grimm, uno que no
reflejaba nada, encantado o no, pero que le daba un visión fugaz de la
eternidad que le ponía los pelos de punta.
Con la escopeta en una mano, se agachó y cogió una piedra del
tamaño de un limón. La arrojó suavemente contra el círculo. Esperaba a medias
que rebotara sobre la negrura con un ruido metálico, clone, porque le resultaba
más fácil creer que miraba un objeto que la mismísima eternidad. Pero la piedra
cruzó el plano vertical de la entrada y desapareció sin emitir sonido alguno.
Se acercó más.
Para probar, extendió el cañón de la escopeta Remington por
encima del umbral. No desapareció en la penumbra, sino que la negrura se tragó
completamente la parte delantera del arma, como si alguien hubiera serrado
limpiamente el cañón a alta velocidad.
Tiró hacia atrás y el cañón de la Remington volvió a aparecer.
Parecía intacto.
Tocó el cañón de acero y la culata de madera; todo estaba como
debía estar.
Respiró hondo sin saber muy bien si era valiente o estaba loco,
levantó una mano temblorosa como si saludara a alguien y la apoyó para ver qué
sentía en el punto de transición entre este mundo y... lo que hubiera al otro
lado de la entrada. Percibió un cosquilleo en la palma y las yemas de los
dedos. Algo muy frío. Parecía como si tuviera la mano apoyada en una superficie
de agua, muy suavemente para no vencer la tensión de ésta.
Dudó.
—Tienes setenta años —masculló para sí—, ¿qué puedes perder? —
Tragó con fuerza y empujó la mano a través de la entrada. Desapareció, de la
misma manera que el cañón de la escopeta. No encontró ninguna resistencia; la
muñeca terminaba en un nítido muñón— . Dios mío —dijo en voz baja.
Cerró el puño, lo abrió, volvió a cerrarlo, pero no sabía si la
mano respondía al otro lado de la barrera de negrura. Todas las sensaciones
terminaban en el punto en que esa infernal oscuridad cortaba la muñeca.
Cuando retiró la mano de la entrada, estaba tan intacta como la
escopeta. Abrió el puño, lo cerró, volvió a abrirlo. Todo funcionaba como era
debido y volvía a tener toda su sensibilidad.
Eduardo miró la pacífica y profunda noche de mayo a su
alrededor. El bosque bordeaba el inconcebible círculo de oscuridad. La colina
se elevaba y la escarcha brillaba suavemente a la luz de la luna en cuarto
creciente. La cabaña en lo alto de la colina, con algunas ventanas a oscuras y
otras iluminadas. La cumbre de las montañas al oeste, coronadas de nieve
fosforescente contra la oscuridad de la madrugada.
La escena era demasiado precisa para tener lugar en un sueño o
ser parte del mundo alucinante de la demencia senil. Después de todo no era un
viejo tonto demente. Viejo, sí; tonto, probablemente; pero demente, no.
Volvió a fijar la atención en la entrada, y, de pronto, se
preguntó qué aspecto tendría de lado. Se imaginó un tubo largo de ébano
perfectamente opaco, que se extendía por la noche más o menos como un gasoducto
por la tundra de Alaska, en algunos casos atravesando montañas o suspendido en
el aire cuando discurría por un terreno más bajo, hasta que llegaba al nivel de
la tierra, donde continuaba recto y certero, sin curvas, directamente hacia el
espacio, un túnel hacia las estrellas.
Cuando se acercó al extremo del disco de diez metros de ancho y
miró por el lado, descubrió algo completamente diferente del tubo que había
imaginado, pero casi tan extraño como éste. Por lo que podía ver, el bosque que
bordeaba la enorme entrada estaba como siempre: la luna brillaba, los árboles
se erguían como si respondieran a la caricia de la luz plateada, y un búho
ululaba a lo lejos. La entrada no existía cuando se la miraba de lado. Su
espesor, si es que lo tenía era tan delgado como una hebra o como el filo de
una hoja de afeitar.
Rodeó el círculo y se puso detrás.
Desde allí, a ciento ochenta grados de donde antes se
encontraba, la entrada era el mismo misterioso disco de diez metros de ancho.
Por detrás, parecía que no se hubiera tragado nada del bosque, sino la colina y
la casa en lo alto. Era como una gigantesca moneda negra, delgada como el
papel, apoyada en el canto.
Se dirigió al otro extremo para observarlo por el lado opuesto.
Desde aquel ángulo no consiguió ver ni el más delgado filamento de negrura
sobrenatural contrastando con la oscuridad de la noche. Intentó palpar el borde
con la mano, pero sólo encontró aire.
De lado, la esfera sencillamente no existía... La mera idea le
produjo vértigo.
Se puso de cara al canto de la maldita cosa, se inclinó hacia la
izquierda, asomándose sobre lo que consideraba el «frente» de la entrada, y
metió la mano tan profundamente como antes.
Le sorprendió su propia intrepidez y supo que había supuesto
demasiado rápido que el fenómeno era, después de todo, inofensivo. La
curiosidad, esa vieja asesina de gatos —y de no pocos seres humanos— lo tenía
en sus garras.
Sin retirar la mano izquierda, se asomó por la derecha para ver
el «fondo» de la puerta. Los dedos no asomaban por el otro lado.
Empujó la mano más profundamente, pero seguía sin aparecer. La
entrada era delgada como una cuchilla de afeitar, pero tenía unos treinta o
cuarenta centímetros de mano y antebrazo dentro.
¿Dónde estaban?
Temblando, retiró la mano del enigma y volvió a la colina, una
vez más al «frente» de la entrada.
Se preguntó qué pasaría si cruzaba la puerta, entero, sin
ninguna atadura con el mundo conocido. ¿Qué descubriría al otro lado? ¿Podría
regresar si no le gustaba lo que encontraba?
No tenía bastante curiosidad como para dar ese paso irrevocable.
Estaba junto al círculo, haciéndose preguntas, cuando empezó a sentir poco a
poco que algo se acercaba. Antes de decidir qué hacer, la esencia pura de esa
oscuridad empezó a manar por la entrada, un océano de noche que lo absorbía
hacia un mar seco pero asfixiante.
Cuando Eduardo volvió en sí, estaba tumbado boca abajo sobre la
hierba marchita, la cabeza vuelta hacia la izquierda, en dirección a la colina
en lo alto de la cual se alzaba la cabaña.
Aún no había amanecido, pero había pasado el tiempo. La luna se
había ocultado y sin su reflejo plateado la noche estaba desolada y sombría.
Al principio se sintió confuso, pero su mente se fue aclarando
poco a poco. Recordó la entrada.
Giró hasta ponerse boca arriba, se incorporó y miró hacia el
bosque. La moneda de negrura del espesor de una cuchilla de afeitar había
desaparecido. El bosque se hallaba donde siempre había estado, inmutable.
Se arrastró hasta el lugar donde había estado la entrada,
preguntándose estúpidamente si no se habría caído y estaría tirada en el suelo,
transformada en un pozo sin fondo. Pero sencillamente no estaba.
Tembloroso y débil, aguijoneado por un dolor de cabeza tan
fuerte como si un hierro al rojo vivo le traspasara el cerebro, se puso de pie
con esfuerzo. Se tambaleaba como un borracho que despierta de una semana de
embriaguez.
Fue a trompicones hasta donde recordaba haber dejado la cámara
de vídeo.
No estaba.
Buscó en círculos concéntricos a partir del lugar donde debía
estar, hasta que tuvo la certeza de caminar por sitios en los que no había
estado. No la encontró.
La escopeta también había desaparecido, y el discman y los
auriculares.
Regresó a la cabaña a regañadientes. Preparó una cafetera de
café cargado. El exceso de cafeína podía producir problemas de próstata, pero
esa mañana no le importaba que la próstata se le hinchara como una pelota de
baloncesto. Necesitaba café.
Se sacó el cinturón con la pistolera, y lo dejó sobre la mesa de
la cocina. Apartó una silla y se sentó cerca del arma.
Se miró una y otra vez la mano izquierda, la que había metido en
la entrada, como si de repente fuera a convertirse en polvo. ¿Por qué no?
¿Acaso sería más extraordinario que todo lo que le había ocurrido?
Al alba volvió a ponerse el cinturón con la pistolera, y regresó
a los alrededores del bosque, donde reemprendió la búsqueda de la cámara, el
discman y la escopeta.
Habían desaparecido.
Podía arreglárselas sin escopeta; no era su única protección.
El discman había cumplido su cometido; ya no lo necesitaba.
Además, recordó el humo que salía del aparato y lo caliente que estaba la caja
cuando se lo desenganchó del cinturón. Probablemente estaba estropeado.
Pero deseaba desesperadamente encontrar la cámara, porque sin
ella no tenía pruebas de lo que había visto. Quizá por esa razón se la habían
llevado.
Volvió a la casa y preparó otra cafetera. ¿Para qué quería la
próstata?
Sacó del escritorio del estudio un bloc de papel amarillo tamaño
folio y un par de bolígrafos.
Se sentó a la mesa de la cocina mientras se bebía la segunda
cafetera, y empezó a llenar páginas con una caligrafía clara y firme. La
primera hoja empezaba así:
Me llamo Eduardo Fernández y he sido testigo de una serie de
acontecimientos extraños y perturbadores. No soy un buen cronista. Muchas
veces, al comenzar el año, decidí empezar un diario, pero antes de finales de
enero perdía el interés. Sin embargo, estoy bastante preocupado y necesito
describir lo que he visto y lo que pueda ver en los próximos días, así por lo
menos, si me ocurre algo, habrá alguna constancia.
Se esforzó por relatar la historia con palabras sencillas, el
mínimo de adjetivos y sin sensacionalismo. Evitó asimismo especular sobre la
índole del fenómeno o el poder que había detrás de la creación de la entrada.
En realidad, dudó si llamarla de esa manera, pero finalmente usó ese término
porque sabía, a un nivel más profundo que la lógica y el lenguaje, que
precisamente era eso: una entrada. Si moría —había que reconocerlo, si lo
mataban— antes de conseguir pruebas de esos extraños sucesos, esperaba que
quien leyera su relato quedara impresionado por la frialdad y calma de su
estilo, y no lo tomara como un delirio de un viejo demente.
Se entregó tanto a su tarea, que se le pasó la hora del almuerzo
y siguió escribiendo hasta media tarde, antes de parar para prepararse algo de
comer. Como tampoco había desayunado, tenía bastante hambre. Cortó unos trozos
de pechuga de pollo frío que le había sobrado de la noche anterior, y se hizo
unos bocadillos con queso, tomate, lechuga y mostaza. Bocadillos y cerveza eran
la comida perfecta, porque le permitían seguir escribiendo en las hojas
amarillas.
Al atardecer tenía el relato al día, que concluía con: «No creo
que vuelva a ver la entrada, porque sospecho que ya ha cumplido su objetivo.
Algo ha entrado por ahí. Ojalá supiera qué es; aunque tal vez sea mejor que no
lo sepa».
NUEVE
Un ruido despertó a Heather, un crujido suave y luego algo que
se arrastraba brevemente, de origen incierto. Se incorporó inmediatamente en la
cama, alerta.
La noche volvía a estar en silencio.
Miró el reloj. Eran las 2.10 de la madrugada.
Unos meses atrás habría atribuido su aprensión a algo que la
había asustado en sueños y no recordaba. Se habría dado la vuelta y hubiera
seguido durmiendo. Pero ya no.
Como se había quedado dormida sobre las mantas, no tenía que
apartarlas para salir de la cama.
Hacía semanas que en lugar de dormir como siempre, en camiseta y
bragas, dormía en chándal. Hasta en pijama se sentía demasiado vulnerable. El
chándal era una prenda cómoda para dormir y, además, hacía que estuviese
vestida por si sucedía algo en medio de la noche.
Como ahora.
A pesar del silencio, cogió el arma de la mesilla de noche. Era
un revólver Korth calibre treinta y ocho, hecho en Alemania por Waffenfabrik
Korth, quizás el arma más precisa del mundo, con un margen de error mínimo
inigualado por ningún otro fabricante.
Era una de las armas que había comprado, asesorada por Alma
Bryson, desde que habían disparado a Jack. Gracias a las horas pasadas en la
pista de tiro de la policía, cuando cogía el revólver era como una prolongación
natural de su mano.
El tamaño de su arsenal ahora superaba al de Alma, lo que a
veces la asombraba. Pero más sorprendente aún era que le preocupaba no estar
suficientemente bien armada para todas las eventualidades.
Pronto entrarían en vigor nuevas leyes que harían más difícil la
compra de armas de fuego. Tenía que sopesar, por un lado, la sensatez de gastar
sus limitados ingresos en armas defensivas que tal vez nunca necesitaría; y por
el otro, la posibilidad de que las peores previsiones resultaran demasiado
optimistas comparadas con la realidad.
En otro momento habría considerado su estado mental como un caso
claro de paranoia, pero los tiempos habían cambiado. Lo que en una época era
paranoia, ahora era puro realismo.
No le gustaba pensar en ello. La deprimía.
Cuando la noche quedó sospechosamente en silencio, cruzó la
habitación hacia la puerta que daba al pasillo. No necesitaba encender las
luces. Durante los últimos meses había pasado tantas noches en vela caminando
por la casa, que ahora podía ir de habitación en habitación a oscuras, tan
rápida y silenciosamente como un gato.
En la pared de su habitación estaba el tablero del sistema de
alarma que había hecho instalar una semana después de los acontecimientos de la
gasolinera de Arkadian. El monitor digital le informaba en letras verdes
luminosas que todo estaba SEGURO.
Era una alarma periférica, con contactos magnéticos en todas las
puertas y ventanas, de modo que tenía la certeza de que no era un intruso que
ya estaba dentro de la casa el que había hecho el ruido que la había
despertado. De no ser así, habría sonado una sirena y una voz autoritaria de
hombre, grabada en un microchip, habría dicho: «Esto es una violación de
domicilio. Hemos avisado a la policía. Márchese inmediatamente».
Salió descalza al pasillo de la planta superior y se dirigió al
dormitorio de Toby. Todas las noches comprobaba que su puerta y la de Toby
estuvieran abiertas, de ese modo podía oír si su hijo la llamaba.
Permaneció durante unos instantes junto a la cama del pequeño
oyendo su suave respiración. Con la luz tenue de la ciudad que entraba por las
rendijas de la persiana, apenas se veía la forma del cuerpo del niño debajo de
las mantas. Estaba profundamente dormido y no podía haber hecho el ruido que la
había despertado.
Heather regresó al pasillo. Avanzó cautelosamente y bajó la
escalera que conducía a la planta baja.
En primer lugar inspeccionó el trastero y luego la sala; por fin
se movió lentamente de ventana en ventana para comprobar cualquier cosa
sospechosa que pudiera haber fuera. La calle estaba tan tranquila que no
parecía Los Ángeles, sino un pequeño pueblo del Medio Oeste. No había nadie a
punto de hacer nada malo en el jardín delantero. Tampoco se escondía nadie por
el lado norte de la casa.
Heather empezó a pensar que, después de todo, el ruido
sospechoso podía haber sido parte de una pesadilla.
Últimamente rara vez dormía bien, pero, por lo general,
recordaba sus sueños. Casi siempre tenían que ver con la gasolinera de
Arkadian, aunque sólo había estado una vez allí, el día siguiente del tiroteo.
Sus pesadillas eran espectáculos dantescos de balas, sangre y fuego, en los que
Jack moría abrasado, y muchas veces ella y Toby estaban presentes durante el
tiroteo. Uno, o los dos, caían con Jack o se quemaban, y, en ocasiones, el
elegante rubio del traje de Armani se agachaba sobre su cuerpo acribillado a
balazos y le chupaba la sangre que le salía por las heridas. El asesino por lo
general era ciego y tenía las cuencas de los ojos vacías y en llamas. La
sonrisa dejaba a la vista unos dientes tan afilados como los colmillos de una
víbora. En una oportunidad le dijo en sueños: «Me llevo a Toby conmigo al
infierno. Le pondré una correa al pequeño bastardo y lo usaré como lazarillo».
Si las pesadillas que recordaba eran tan horrorosas, ¿cómo
serían las que su memoria bloqueaba?
Después de recorrer la sala y volver al pasillo, decidió que su
imaginación le había jugado una mala pasada. No había peligro inminente. Bajó
la Korth y la mantuvo apuntando al suelo, con el dedo en el seguro.
La silueta de alguien que pasaba por delante de la ventana de la
sala la puso nuevamente en estado de alerta. Las cortinas estaban descorridas,
pero las persianas completamente bajadas. La figura del merodeador recortada
contra la luz de la farola de la calle proyectó una sombra que traspasó el
cristal y se reflejó sobre las ondulaciones de la tela traslúcida. Fue una
sombra rápida, semejante a la de un pájaro, pero Heather no dudó que se trataba
de un hombre.
Se dirigió deprisa a la cocina; sentía las baldosas frías bajo
los pies descalzos.
Junto a la puerta que daba al garaje había otro tablero del
sistema de alarma. Pulsó el código de desactivación.
Con Jack en el hospital debido a una convalecencia
imprevisiblemente larga y un futuro económico incierto, Heather había dudado a
la hora de gastar los valiosos ahorros en una alarma contra robos. Siempre
había considerado que los sistemas de seguridad eran para las mansiones de Bel
Air y Beverly Hills, no para familias de clase media como la que ellos
formaban. Más tarde, se enteró de que seis de las dieciséis casas de la calle
ya tenían sistema de protección de alta tecnología.
En aquel momento las letras verdes del tablero digital cambiaron
de SEGURO al mensaje más inquietante de LISTA PARA ACTIVARSE.
Heather podía activar la alarma y llamar a la policía, pero si
lo hacía, aquellos cabrones huirían. Cuando llegara el coche patrulla, no
habría nadie a quien detener. Estaba casi segura de saber lo que eran —aunque
no quiénes— , y la fechoría que estaban a punto de cometer. Quería
sorprenderlos y retenerlos a punta de pistola hasta que llegara ayuda.
Descorrió silenciosamente el cerrojo de la puerta —ALARMA
DESACTIVAD A, anunciaba ahora el sistema— y entró en el garaje. Sabía que había
perdido el control. El miedo la habría hecho refrenarse. Tenía miedo, sí, pero
no era el miedo lo que hacía que el corazón le latiera deprisa y con fuerza. Su
motor era la ira. Estaba furiosa de tantas vejaciones y decidida a que los
verdugos pagaran, a pesar de los riesgos que pudiera correr.
El suelo de cemento del garaje estaba aún más frío que las
baldosas de la cocina.
Rodeó la parte trasera del coche más cercano, se detuvo entre
ambos vehículos, esperó y escuchó.
La única iluminación que había era la luz difusa y amarillenta
de las farolas de la calle que entraba por una serie de ventanucos de quince
centímetros de lado en lo alto de las puertas dobles. Las sombras profundas
parecían despreciar la luz, negándose a retirarse.
iAhí estaban! Oyó murmullos, pisadas suaves en el sendero
trasero, el del lado sur de la casa. Y por fin el silbido delator que esperaba.
Cabrones.
Heather caminó entre los dos coches hasta la puerta de una hoja
del fondo del garaje. Giró cuidadosamente el pomo para que no hiciera ruido al
abrirla. Sostuvo el pomo, tiró hacia dentro y salió al sendero detrás de la
casa.
La noche de mayo era suave. La luna llena, hacia el oeste,
estaba casi completamente oculta por una nube.
Heather sabía que se comportaba de manera irresponsable y que
debería estar protegiendo a Toby. Su actitud lo ponía en grave peligro. Además,
sabía que había perdido el control. Lo sabía y no podía evitarlo. Estaba harta.
No soportaba más. No podía parar.
A su derecha se hallaba el porche cubierto y delante el trasero,
iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba entre las nubes y
derramaba motas plateadas sobre los eucaliptos altos, los ficus más bajos y los
arbustos.
Heather estaba en el lado oeste de la casa y avanzó por el
sendero hacia el sur.
Se detuvo en la esquina y prestó atención. Como no soplaba
viento se podía oír claramente el silbido malicioso, un sonido que no hacía más
que aumentar su ira.
Murmullos de conversación. Pero no entendía las palabras.
Pisadas a hurtadillas que se dirigían deprisa al fondo de la
casa. Una risa ahogada, una risita tonta. Se lo estaban pasando en grande.
Heather avanzó con intenciones de darle un susto de muerte
porque por el ruido de las pisadas supo que estaba a punto de aparecer. Con una
sincronización perfecta, lo vio en la curva del sendero.
Le sorprendió que fuera más alto que ella. Esperaba que tuvieran
diez años, doce como mucho.
El merodeador lanzó una débil exclamación de sorpresa.
Darles un susto de muerte iba a ser bastante más difícil que si
hubieran sido más pequeños. Y ahora no podía echarse atrás. Podían tirarla al
suelo, y después...
Siguió avanzando, topó con él y lo obligó a retroceder hasta el
muro de cemento cubierto de hiedra que marcaba el límite sur de la propiedad.
Al intruso se le resbaló de las manos el aerosol de pintura, que golpeó contra
el suelo. El chico abrió la boca y respiró hondo.
Nuevas pisadas. El segundo intruso corría hacia ella.
Apretada contra el primer chico, cara a cara con él, Heather
logró ver, a pesar de la oscuridad, que tenía unos dieciséis o diecisiete años,
quizá más. Eran lo bastante mayores para saber qué estaban haciendo.
Heather le dio un rodillazo en la entrepierna y se apartó de él
al tiempo que éste caía y se retorcía sin aliento sobre el lecho de flores,
junto al muro.
El segundo chico se acercaba deprisa. No veía el arma y ella no
tuvo tiempo de detenerlo con una amenaza.
En lugar de alejarse, fue a su encuentro, apoyó todo su peso
sobre la pierna izquierda y le dio una patada en la entrepierna con la derecha.
Fue un buen golpe, no lo cogió con los dedos del pie, sino con el empeine y el
tobillo.
Pasó junto a ella, se estrelló contra el sendero y rodó sobre el
otro chico, con idénticos jadeos.
El tercero se acercaba por el sendero que conducía al frente de
la casa, pero se detuvo en seco a unos cinco metros y empezó a retroceder.
—Alto ahí — dijo Heather— . Tengo una pistola.
Aunque levantó la Korth con las dos manos, no alzó la voz. La
calma y el dominio de su tono hicieron la orden más amenazadora que si hubiera
gritado furiosa.
El chico se detuvo, pero su lenguaje gestual indicaba que quizá
no veía el arma y aún pensaba en escapar.
—Que Dios me perdone — dijo ella sin perder la calma— , pero te
voy a volar la tapa de los sesos.
Se asombró por el frío tono de odio. En realidad no le iba a
disparar, estaba segura; pero su propia voz la asustó y... la hizo dudar.
La embargaba una oscura sensación de regocijo. Los tres meses de
clases intensivas de taekwondo y defensa personal para mujeres — gratuitas para
familiares de policías, tres veces por semana en el gimnasio de la división—
habían valido la pena. El pie derecho le dolía terriblemente, quizá casi tanto
como la entrepierna al segundo chico. Tal vez se había roto un hueso, pero
aunque no hubiese fractura tendría que cojear durante una semana; pero haber
pillado a aquellos tres gamberros la hacía sentir tan bien que le alegraba
sufrir por su triunfo.
—Ven aquí —dijo — . Ven aquí ahora mismo.
El tercer chico levantó las manos. Tenía un bote de pintura en
aerosol en cada una de ellas.
—Túmbate al lado de tus compinches —le ordenó.
El chico obedeció.
La luna salió de detrás de las nubes, como un foco suave que se
enciende poco a poco en un escenario a oscuras. Heather advirtió que todos eran
adolescentes crecidos, de dieciséis a dieciocho años.
También se dio cuenta de que no encajaban con el estereotipo
corriente de los pandilleros. No eran negros ni hispanos. Eran chicos blancos.
Y tampoco parecían pobres. Uno llevaba una chaqueta de cuero buena, y otro, un
jersey de algodón con un diseño moderno y bonito.
Los gemidos y jadeos de los dos lesionados apenas perturbaba el
silencio de la noche. El enfrentamiento se había producido en relativo silencio
y con tal rapidez en el espacio de dos metros y medio entre la casa y la cerca,
que ni siquiera había despertado a los vecinos.
—¿Habéis estado antes aquí? —preguntó Heather sin dejar de
apuntarles.
Dos de ellos no habrían podido responder aunque hubieran
querido, pero el tercero tampoco abrió la boca.
—Os he preguntado si es la primera vez que venís aquí a hacer
esta mierda — dijo ella con tono agresivo.
—Maldita zorra —dijo el tercero.
Heather se dio cuenta de que aunque sólo ella llevase arma,
podía perder el control de la situación, especialmente si los dos chicos a los
que había golpeado se recuperaban antes de lo que ella esperaba. Recurrió
entonces a una mentira para convencerlos de que era algo más que la simple
esposa de un policía con pocos recursos.
—Oíd bien lo que voy a deciros, mocosos de mierda; antes de que
llegue el primer coche patrulla puedo mataros, después entrar en la casa, sacar
un par de cuchillos y ponerlos en vuestras manos. Quizá me juzguen, pero ¿qué
juez va a mandar a la cárcel a la mujer de un héroe y a la madre de un niño de
ocho años?
—No nos va a matar —dijo el tercer chico con un tono de
inseguridad en la voz después de dudar un instante.
Heather siguió hablando con una agresividad y una amargura que
no necesitaba fingir.
—¿Tan seguro estás? Durante el último año mataron a dos
compañeros de mi esposo y él mismo lleva en el hospital desde principios de
marzo; todavía tiene para semanas, meses, y Dios sabe cómo quedará, si podrá
volver a caminar o no. Yo estoy sin trabajo desde octubre, se me han acabado
casi todos los ahorros y la preocupación de que me acose escoria como vosotros
no me deja dormir. ¿No crees que me gustaría hacer daño a otro para cambiar un
poco? ¿Crees que no tengo ganas de hacerte daño, de hacerte daño de verdad?
¿Eh? ¿Eh? ¿Estás seguro, mocoso?
Dios. Estaba impresionada. No sabía que tuviera algo tan sombrío
en su interior. Sintió una náusea profunda que le subía por la garganta y se
esforzó por contenerla.
Por lo que parecía, había asustado a los tres gamberros más que
a sí misma. Tenían los ojos abiertos de par en par, aterrorizados a la luz de
la luna.
—No es... la... primera vez que venimos —masculló uno de los
chicos a los que había pateado.
—¿Cuántas veces? —Do... dos.
La casa ya había sido objeto de gamberradas en dos ocasiones:
una a finales de marzo y otra a mediados de abril.
—¿De dónde sois? — preguntó Heather con el ceño fruncido.
—De aquí — dijo el chico al que no había golpeado.
—No, de este barrio no sois.
—De Los Angeles — dijo.
—Es una ciudad grande — contestó ella.
—De Hills.
—¿De Beverly Hills?
—Sí.
—¿Los tres?
—Sí.
—¿Me estáis tomando el pelo?
—Es verdad, somos de Beverly Hills. ¿Por qué va a ser mentira?
El chico al que no había hecho daño se puso las manos en las
sienes, como si tuviera un ataque de remordimiento, aunque era mucho más
probable que tuviera un repentino dolor de cabeza. La luz de la luna se reflejó
en la brillante malla metálica del reloj de pulsera.
—¿Qué es ese reloj? — preguntó Heather.
—¿Cómo?
—¿Que de qué marca es?
—Rolex —respondió el chico.
Eso era lo que ella había pensado, aunque no pudo evitar
expresar su asombro.
—¿Un Rolex?
—No miento. Me lo regalaron para Navidad.
—Dios mío.
El chico empezó a quitárselo.
—Aquí lo tiene, quédeselo.
—Déjalo —dijo ella con tono burlón.
—No, de veras.
—¿Quién te lo ha dado?
—Mi familia. Es de oro. — Se lo había quitado y se lo ofrecía— .
No tiene diamantes, pero es todo de oro, el reloj y la pulsera.
—¿Y cuánto cuesta? ¿Quince mil pavos, veinte mil?
—Algo así — dijo uno de los chicos golpeados— . No es el modelo
más caro.
—¿Qué edad tienes? — preguntó Heather.
—Diecisiete.
—¿Todavía vas al instituto?
—Estoy en el último año. Aquí tiene, quédese con el reloj.
—¿Todavía vas a la escuela y te regalan un reloj de quince mil
dólares para Navidad?
—Es suyo.
Se puso en cuclillas delante de los chicos, negándose a aceptar
el dolor del pie derecho, y puso la Korth a la altura de la cara del tercer
chico. Los tres retrocedieron aterrorizados.
—Te volaría la cabeza, mocoso malcriado, y sin duda podría, pero
no te robaría el reloj aunque valiera un millón de dólares. ¡Póntelo!
Los eslabones de oro de la pulsera del Rolex temblaron mientras
el chico se lo ponía en la muñeca y toqueteaba nervioso el cierre.
Heather quería saber por qué tres chicos de Beverly Hills, con
todos los privilegios y ventajas que sus familias podían ofrecerles, entraban a
hurtadillas por la noche a estropear la casa de un poli que se había ganado
cada dólar con el sudor de su frente y que había estado a punto de morir
asesinado por proteger la estabilidad social que les permitía tener lo
suficiente para comer, por no hablar de relojes Rolex. ¿De dónde salía esa
crueldad, esos valores retorcidos, ese nihilismo? No se podía culpar a la pobreza.
¿Qué o quién tenía la culpa entonces?
—Enseñadme vuestras carteras — dijo ella con dureza.
Se palparon los bolsillos y sacaron las carteras. No paraban de
mirar una y otra vez la Korth; debía de parecerles un cañón.
—Sacad todo el dinero que lleváis — ordenó.
Quizás el problema con ellos era que se habían criado en medio
de las embestidas de los medios de comunicación, primero con las incesantes
predicciones de una guerra nuclear, y después, tras la caída de la Unión
Soviética, con las advertencias de la inminente catástrofe ecológica mundial.
Tal vez el incesante bombardeo electrónico de noticias tétricas y sombrías los
había convencido de que no tenían futuro. Y los chicos negros estaban en una
situación aún peor, porque además les habían dicho que no podían llegar a
ninguna parte, que el sistema estaba contra ellos, que no había justicia, sino
injusticia, y que ni siquiera valía la pena intentarlo.
A lo mejor todo eso no tenía nada que ver.
Heather no lo sabía y no estaba segura de que le importara. Nada
de lo que ella hiciera o dijera podría cambiarlos.
Cada uno de los chicos sostenía el dinero en una mano y la
cartera en la otra, a la expectativa.
Ella estaba a punto de no hacer la siguiente pregunta, pero al
fin decidió que era mejor hacerla.
—¿Alguno de vosotros tiene tarjetas de crédito?
Increíblemente, dos de ellos las tenían. Estudiantes de
instituto con tarjetas de crédito. El chico que había empujado contra la pared
tenía una American Express y una Visa. El del Rolex, una MasterCard.
Los miró fijamente y se encontró con unos ojos perturbados. La
tranquilizó la seguridad de que la mayoría de los chicos no eran como esos
tres. La mayoría se esforzaba por tratar con un mundo inmoral de una manera
moral, y terminarían por crecer y convertirse en buenas personas. Quizás
incluso uno o dos de aquellos mocosos se convertirían con el tiempo en buenas
personas. Pero ¿cuál era el porcentaje que había perdido el rumbo moral en la
actualidad, no sólo entre los adolescentes, sino en personas de cualquier edad?
¿Diez por ciento? Seguramente más. Tanta delincuencia callejera y tanto ladrón
de guante blanco, tanta mentira y engaño, codicia y envidia. ¿Veinte por
ciento? ¿Y qué porcentaje podía soportar una democracia antes de venirse abajo?
—Arrojad vuestras carteras sobre el sendero —dijo indicando un
lugar a su lado.
Los chicos hicieron lo que se les ordenaba.
—Guardaos el dinero y las tarjetas en el bolsillo. Los chicos,
perplejos, obedecieron.
—No quiero vuestro dinero. No soy una asquerosa delincuente como
vosotros.
Sostuvo la pistola con la mano derecha y recogió las carteras
con la izquierda. Empezó a caminar hacia atrás, sin hacer caso al dolor del
pie, hasta llegar a la pared del garaje.
No les hizo las preguntas que le habían rondado por la cabeza.
Las respuestas, si es que tenían alguna, iban a ser mentiras. Estaba harta de
palabrería. El mundo moderno se deslizaba sobre un lubricante de mentiras
fáciles, evasivas oleosas y autojustificaciones resbaladizas.
—Lo único que quiero son vuestros documentos —dijo Heather
levantando la mano en la que tenía las carteras— , para saber quiénes sois y
dónde encontraros. Si volvéis a molestar, aunque sólo sea pasando en coche y
escupiendo delante de mi casa, iré por vosotros, me tomaré mi tiempo y os
pillaré en el momento oportuno. —Amartilló la Korth y los chicos bajaron la
mirada inmediatamente y la posaron sobre el arma—. Tengo armas más grandes que
ésta, como munición de mayor calibre y punta hueca. Uno de esos disparos en la
pierna destroza el hueso y hay que amputar. Y con un disparo en cada pierna,
iréis el resto de la vida en silla de ruedas. A lo mejor alguno de vosotros
recibe un disparo en los huevos, así no puede traer al mundo a nadie que se le
parezca.
La luna se ocultó tras las nubes.
La noche era profunda.
Del jardín trasero llegaba el ronco croar de las ranas.
Los tres chicos la miraban fijamente; no sabían muy bien si
tenía intenciones de dejarlos marchar. Esperaban que llamara a la policía.
Eso estaba completamente descartado. Había herido a dos de
ellos. Los lesionados todavía tenían la mano en la entrepierna y hacían muecas
de dolor. Además, los había amenazado con un arma fuera de la casa. El
argumento contra ella sería que los chicos no eran una amenaza real porque no
habían entrado en la vivienda. Aunque le hubieran pintarrajeado las paredes con
graffiti odiosos y obscenos en tres ocasiones, aunque les hubieran causado daño
económico y emocional a ella y a su hijo, sabía que ser la esposa de un policía
heroico no era garantía de que no la procesaran por diversos cargos, y que al
final terminase detenida ella en lugar de los chicos.
—Fuera de aquí —ordenó.
Se pusieron de pie pero luego dudaron, como si tuviesen miedo de
que fuera a dispararles por la espalda.
—Largaos, ahora mismo.
Salieron deprisa por el sendero que bordeaba la casa, mientras
ella los seguía con la mirada para asegurarse de que se marchaban. Por el
camino no paraban de volverse para mirarla.
En el jardín de delante, Heather contempló detenidamente lo que
habían hecho en dos, o quizá tres lados de la casa. La pintura roja, amarilla y
verde manzana brillaba a la luz de las farolas de la calle. Habían dibujado sus
símbolos personales por todas partes, y los habían adornado con todas las
variedades de la palabra «joder», como sustantivo, verbo y adjetivo. Pero el
mensaje dominante era el mismo que las veces anteriores: poli asesino.
Los tres chicos — dos de ellos cojeando— llegaron a su coche, un
Infiniti negro aparcado casi a una manzana. Arrancaron haciendo chirriar los
neumáticos y dejando a su paso una nube de humo azul.
POLI ASESINO.
FABRICANTE DE VIUDAS.
FABRICANTE DE HUÉRFANOS.
Heather estaba más perturbada por la irracionalidad de los
graffiti que por el enfrentamiento con los chicos. Jack no tenía la culpa.
Había cumplido con su deber. ¿Cómo le iba a sacar una ametralladora a un
homicida maniático sin recurrir a la fuerza letal? La sensación de que la
civilización se hundía en un mar de odio irracional se apoderó de ella.
1ANSON OLIVER VIVE!
Anson Oliver era el psicópata de la Micro Uzi, un director de
cine joven y prometedor que había hecho tres películas en los últimos cuatro
años. No era de extrañar que hiciera películas iracundas sobre gente iracunda.
Después del tiroteo, Heather había visto las tres películas. Oliver manejaba
excelentemente la cámara y tenía un estilo narrativo poderoso. Algunas escenas
eran deslumbrantes. Podía haberse convertido en un genio, y, con el tiempo,
ganar oscars u otros premios. Pero en su trabajo había una inquietante
arrogancia moral, presunción y chulería, que ahora se revelaban como un signo
prematuro de problemas mucho más profundos, exacerbados por el consumo de
demasiadas drogas.
ASESINO.
Ojalá Toby no tuviera que ver cómo tildaban a su padre de
asesino. Bueno, ya lo había visto antes, un par de veces, por toda la casa.
También se lo habían dicho en la escuela, y había tenido dos peleas por ello.
Aunque había perdido las dos, sin duda haría caso omiso a su consejo de
presentar la otra mejilla, y volvería a pelearse.
Por la mañana, después de llevarlo a la escuela, cubriría los
graffiti con pintura. Probablemente, algunos vecinos la ayudarían como las
otras veces. Hacían falta muchas capas para ocultar las pintadas, porque la
casa era de color beige claro.
Aun así, se trataba de un remedio temporal, porque la pintura en
aerosol tenía un producto químico que se comía la pintura de la casa. Al cabo
de unas semanas, por lo general, los graffiti reaparecían como un espíritu que
escribiera mensajes de las almas del infierno a través de la mano de un médium.
A pesar de las pintadas por toda la casa, su ira se desvaneció.
No tenía fuerzas para alimentarla. Los últimos meses la habían dejado exhausta.
Estaba cansada, muy cansada.
Regresó a la casa cojeando, entró por la puerta trasera del
garaje y cerró con llave. También cerró con llave la puerta que conectaba el
garaje con la cocina y volvió a apretar el mando que activaba la alarma.
SEGURO.
En realidad, no siempre.
Subió a ver a Toby; seguía durmiendo profundamente.
De pie en la puerta de la habitación de su hijo, mientras lo oía
respirar, comprendió por qué el padre y la madre de Anson Oliver no habían
podido aceptar que su hijo había cometido un asesinato en masa. Había sido su
bebé, su chiquillo, su muchacho, la encarnación de las mejores cualidades de
ellos, una fuente de orgullo y esperanza, sangre de su sangre. Sentía lástima y
compasión por ellos, y rezaba para no tener que sufrir jamás un dolor
semejante, pero... ojalá se callaran y se marcharan.
Los padres de Oliver habían llevado a cabo una efectiva campaña
en los medios de comunicación para retratar a su hijo como un hombre bueno y
talentoso, incapaz de lo que se decía que había hecho. No existían pruebas de
que hubiera comprado ni registrado esa arma. Pero la Micro Uzi automática era
un arma ilegal, y Oliver sin duda la había pagado en efectivo en el mercado
negro. No era un misterio que faltaran recibos o comprobantes.
Heather salió del cuarto de Toby y se dirigió al suyo. Se sentó
en el borde de la cama y encendió la luz.
Dejó la pistola y empezó a revisar el contenido de las tres
carteras. Por el carnet de conducir, supo que uno de los chicos tenía dieciséis
y los otros dos diecisiete. Era verdad, vivían en Beverly Hills.
En una de las carteras, entre unas fotos de una adolescente
rubia, bonita, y un perro setter, Heather encontró una pega— tina de unos tres
centímetros de diámetro, que miró durante un instante antes de sacarla del
compartimiento de plástico. Era ese tipo de cosas que se venden en las
papelerías, farmacias, tiendas de discos, librerías, y con las que los chicos
adornan sus libretas escolares y muchas cosas más. Se trataba de una pegatina
autoadhesiva, de papel brillante con letras plateadas: ANSON OLIVER VIVE.
Alguien ya estaba haciendo dinero con su muerte. Asqueroso.
Asqueroso y extraño. Lo que más le indignaba era el hecho de que, al parecer,
existía un mercado para Anson Oliver como figura legendaria, quizás incluso
como mártir.
Debió suponerlo. Desde la masacre de la gasolinera los padres de
Oliver no eran las únicas personas que se dedicaban asiduamente a limpiar su
imagen.
La novia del director afirmaba que Oliver, de quien esperaba un
hijo, había dejado las drogas. Lo habían detenido dos veces por conducir bajo
los efectos de narcóticos; sin embargo, esos resbalones del pedestal eran cosa
del pasado. La novia, actriz, no sólo era bonita sino que tenía cierto aire de
fragilidad y vulnerabilidad que le aseguraban mucho tiempo en los noticiarios;
los ojos grandes y atractivos siempre parecían al borde de las lágrimas.
Varios personajes de la comunidad cinematográfica ligados al
director habían comprado páginas enteras de publicidad en The Hollywood
Repórter y en el Daily Variety para condolerse de la pérdida de un talento tan
creativo, con la observación de que sus controvertidas películas habían
irritado a mucha gente en puestos de poder, y la sugerencia de que había vivido
y muerto para y por su arte.
Se insinuaba también que la Uzi, la cocaína y el polvo de ángel
habían sido un montaje urdido por la policía. Como todo el mundo que pasaba por
delante de la gasolinera de Arkadian había escapado para ponerse a cubierto al
oír el tiroteo, nadie había visto a Anson Oliver con el arma en la mano, salvo
los que habían muerto, y Jack. La señora Arkadian no había llegado a ver al
hombre armado mientras estaba escondida en la oficina; y cuando salió a la
gasolinera con Jack, estaba casi ciega a causa del humo y el hollín que le
habían ensuciado las lentillas.
A los dos días del incidente, Heather se había visto obligada a
cambiar su número de teléfono por otro que no figurara en la guía, porque los
fans de Anson Oliver llamaban a todas horas. Muchos habían hecho acusaciones de
una siniestra conspiración en la que Jack era el brazo ejecutor.
Era una locura.
Aquel hombre no había sido más que un director de cine, no el
presidente de Estados Unidos. Los políticos, los grandes empresarios, los jefes
militares, los funcionarios policiales no temblaban aterrorizados y planeaban
asesinatos por miedo a que un director de Hollywood los abofeteara en una
película. Si fueran tan sensibles, no quedaría casi ningún director.
¿Cómo podía creer esa gente que Jack había matado a su propio
compañero, después a otros tres hombres en la estación de servicio y que por
último se había disparado tres balazos a sí mismo, a plena luz del día, donde
era muy posible que hubiera testigos? ¿Cómo era posible que hubiese arriesgado
su vida, le hubiera provocado un dolor y un sufrimiento terribles y una ardua
recuperación, sólo para que la historia de la muerte de Anson Oliver resultara
verosímil?
La respuesta, por supuesto, era que estaban convencidos de que
lo había hecho. Creían semejante absurdo.
Heather encontró la prueba en otro compartimiento de la misma
cartera. Otra pegatina, también de unos tres centímetros de diámetro, con tres
nombres en letras rojas, uno encima de otro, sobre fondo negro: ¿OSWALD, CHAP—
MAN, MCGARVEY? Sintió asco. Comparar a un director de cine perturbado que había
hecho tres películas flojas, con John Kennedy (la víctima de Oswald) o incluso
con John Lennon (la víctima de Mark Chapman) era repugnante. Pero poner a Jack
al mismo nivel que un par de infames asesinos, era una abominación.
¿OSWALD, CHAPMAN, MCGARVEY?
Lo primero que pensó fue en llamar a un abogado a la mañana
siguiente, averiguar quién estaba imprimiendo esa basura y demandarles hasta el
último centavo que tuvieran. Pero mientras miraba la odiosa pegatina, se le
ocurrió la deprimente idea de que el proveedor de esa porquería seguramente ya
se había protegido con el uso de los signos de interrogación.
¿OSWALD, CHAPMAN, MCGARVEY?
La especulación no era lo mismo que la acusación. Los signos de
interrogación lo convertían en especulación y probablemente brindaban protección
contra una demanda por difamación o libelo.
Después de todo, aún tenía fuerzas para alimentar su ira.
Recogió las tres carteras y las tiró al fondo del cajón de la mesilla de noche
junto con las pegatinas. Cerró el cajón de golpe; esperaba no haber despertado
a Toby.
Aquélla era un época en que la gran mayoría de la gente prefería
admitir la teoría de una conspiración claramente absurda que molestarse en
investigar los hechos y aceptar una verdad sencilla y observable. Al parecer
confundían la vida real con la ficción y buscaban afanosamente intrigas
bizantinas y villanos maniáticos escapados directamente de las novelas de
Ludlum. Pero la realidad casi siempre era mucho menos dramática e infinitamente
menos espectacular. Probablemente era un mecanismo de defensa, un medio a
través del cual trataban de poner orden, y descubrir un sentido, en un mundo de
alta tecnología en el que el ritmo del cambio social y tecnológico les daba
vértigo y los asustaba.
Mecanismo de defensa o no, era nauseabundo.
Y hablando de nauseabundo, había lastimado a dos de esos chicos.
Era verdad que se lo merecían, pero nunca en su vida había hecho daño a nadie.
Ahora que la rabia del momento había pasado, no sentía exactamente...
remordimiento, porque se habían ganado lo que había hecho, sino... tristeza,
porque había sido necesario. Se sentía sucia. El regocijo había desaparecido
junto con el nivel de adrenalina.
Se miró el pie derecho. Empezaba a hincharse, pero el dolor era
soportable.
—Caramba, mujer —se riñó a sí misma—, ¿quién te crees que eres,
una Tortuga Ninja?
Sacó dos Exedrinas del botiquín del cuarto de baño y se las
tragó con agua tibia.
Volvió a acostarse y apagó la luz.
No temía la oscuridad.
Lo que temía era el daño que la gente era capaz de hacerse
mutuamente a oscuras o a la luz del sol.
DIEZ
El 10 de junio no era un día para quedarse encerrado en casa. El
cielo estaba intensamente azul, la temperatura rondaba los veinticinco grados y
los prados exhibían un verde deslumbrante porque el calor del verano aún no
había quemado la hierba.
Eduardo se pasó casi toda la agradable tarde en el porche
delantero, sentado en una mecedora de nogal. En el suelo, a su lado, había una
cámara de vídeo nueva, con cinta y pilas, y junto a ella, la escopeta. Se
levantó un par de veces a buscar una botella de cerveza fresca y para ir al
lavabo. En un momento dado, cogió la cámara y dio un paseo de una media hora
por los prados de los alrededores. Pero la mayor parte del tiempo se quedó en
la mecedora..., esperando.
Aquello estaba en el bosque.
Eduardo sentía en su cuerpo que en la madrugada del 3 de mayo,
hacía ya más de cinco meses, algo había entrado por la puerta negra. Lo sabía,
lo sentía. No tenía la menor idea de lo que era ni dónde había empezado su
viaje, pero sabía que había viajado de un mundo desconocido hasta aquella noche
de Montana.
Ahora aquella cosa debía de estar oculta en algún lado. No se le
ocurría otro análisis de la situación que tuviera sentido. Estaba escondido. Si
hubiera querido darse a conocer, se habría mostrado aquella misma noche o poco
después. El bosque, vasto y denso, ofrecía un número infinito de escondrijos.
Aunque la entrada era enorme, no significaba que el viajero o la
nave — si es que había viajado en una nave— fueran también grandes. Eduardo
había estado una vez en la ciudad de Nueva York y cruzado el túnel Holland,
mucho más grande que cualquiera de los coches que por él transitaban. Cualquier
cosa que hubiera salido de esa puerta terriblemente negra podía no ser más
grande que un hombre, quizás incluso más pequeño, y esconderse casi en
cualquier parte de los valles o colinas boscosas.
En realidad, la entrada no indicaba nada acerca del viajero,
excepto que sin duda era inteligente. Detrás de algo así había una ciencia y
una ingeniería muy sofisticadas.
Eduardo había leído bastantes relatos de Heinlein y Clarke —y
otros del mismo estilo—, como para ejercitar la imaginación, y se daba cuenta
de que los orígenes del intruso podían ser muy diversos. Lo más probable era
que se tratase de un extraterrestre. Pero también podía ser de otra dimensión o
de un mundo paralelo, o incluso un ser humano que se hubiera abierto paso desde
el futuro distante.
Las posibilidades eran tan infinitas como escalofriantes y
Eduardo ya no se sentía un tonto cuando especulaba sobre ellas. También había
dejado de sentirse avergonzado cuando sacaba literatura fantástica de la
biblioteca —a pesar de que, por lo general, las portadas eran pura basura
aunque estuvieran bien dibujadas— y su apetito por ella se convirtió en
voracidad.
Se dio cuenta de que ya no tenía paciencia para leer a los
escritores realistas, sus favoritos de toda la vida. Sus obras ya no le
parecían tan realistas como antes. Vaya, ya no le parecían realistas en
absoluto. Ahora, al cabo de unas páginas de uno de esos relatos o novelas,
Eduardo tenía la nítida sensación de que reflejaban una porción demasiado
estrecha de la realidad, como si los autores miraran la vida por una rendija.
Escribían bien, sin duda, pero sólo se ocupaban de un aspecto muy parcial de la
experiencia humana en un mundo enorme y en un universo infinito.
Ahora prefería a los escritores que iban más allá de ese
horizonte, que sabían que la humanidad llegaría algún día al fin de la
infancia, que creían que el intelecto triunfaría sobre la superstición y la
ignorancia, que se atrevían a soñar.
También pensaba comprar un nuevo discman y dar a Wormheart otra
oportunidad.
Acabó su cerveza y puso la botella en el suelo del porche, junto
a la mecedora. Ojalá que lo que hubiera entrado por esa puerta fuera tan sólo
una persona del futuro distante, o por lo menos algo benigno. Pero llevaba más
de cinco semanas escondido, y ese sigilo no parecía indicio de que tuviera
buenas intenciones. Eduardo trataba de no albergar sentimientos de xenofobia, pero
su instinto le decía que había topado con algo no sólo diferente de la
humanidad, sino inherentemente hostil a ésta.
Aunque solía poner toda su atención en el bosque bajo del este,
en el lugar donde se había abierto la entrada, tampoco le gustaba mucho
aventurarse en los bosques del norte y del oeste, porque la espesura se
extendía sobre esos tres lados de la cabaña, interrumpida sólo por los prados
del sur. Aquello que había entrado en el monte bajo del este podía desplazarse,
al amparo de los árboles, a cualquiera de los brazos del bosque.
Existía la posibilidad de que el viajero hubiera decidido no
ocultarse en ningún lugar cercano, y que después de rodear los pinos al pie de
la colina occidental, se hubiera dirigido a las montañas. Quizás estaba oculto
desde hacía tiempo en algún reducto alto, en algún barranco aislado o en la
inmensidad de las montañas Rocosas, a muchos kilómetros de la cabaña.
Pero Eduardo no creía que fuera así.
A veces, cuando caminaba cerca del bosque y estudiaba las
sombras debajo de los árboles en busca de algo fuera de lo corriente, era
consciente de... una presencia. Sencillamente una presencia, inexplicable.
Aunque en esas ocasiones no veía ni oía nada fuera de lo normal, sentía que ya
no estaba solo.
Por lo tanto esperaba.
Tarde o temprano pasaría algo.
Los días en los que estaba muy impaciente, recordaba dos cosas.
La primera era que desde la muerte de Margarita se había acostumbrado a
esperar, de hecho, lo único que hacía era esperar el día en que se reuniría
otra vez con ella. La segunda era que cuando por fin sucediera algo, cuando el
viajero decidiera mostrarse de alguna manera, lo más probable sería que desease
que «aquello» hubiera seguido oculto y secreto.
Recogió la botella de cerveza vacía, se levantó para ir a buscar
otra, y vio el mapache. Estaba en el jardín, a unos ocho o diez metros del
porche, y lo miraba. No había advertido antes la presencia del animal porque
tenía la mirada perdida en los árboles que habían irradiado luz al pie de la
colina.
Los bosques y los prados estaban profusamente habitados por
animales salvajes. La aparición frecuente de ardillas, conejos, zorros,
zarigüeyas, ciervos y demás era uno de los encantos de una vida tan
profundamente rural.
Los mapaches, quizá las criaturas más aventureras e interesantes
de los alrededores, eran muy inteligentes e incluso bastante hermosos. Sin
embargo, su inteligencia y su instinto carroñero los convertía en un fastidio,
y la destreza de sus garras casi humanas les facilitaban sus destrozos. Antes
de la muerte de Stanley Quartermass, en la época en que en los establos de la
propiedad aún había caballos, los mapaches, aunque eran fundamentalmente
carnívoros, se las apañaban extraordinariamente bien para apoderarse de las
manzanas y otros alimentos ecuestres. Aunque ahora, como entonces, los cubos de
basura tenían tapas «a prueba de mapaches», estos bandidos enmascarados todavía
asaltaban de vez en cuando los contenedores, como si durante semanas hubiesen
cavilado sobre la situación en las madrigueras, y hubieran dado con una nueva
técnica que querían poner a prueba.
El ejemplar del jardín delantero era adulto, gordo y con un
pelaje brillante que parecía un poco más fino que el habitual en invierno.
Estaba sentado sobre sus patas traseras, con las garras contra el pecho y la
cabeza levantada, mirando a Eduardo. A pesar de que los mapaches vivían en
comunidad y por lo general vagaban en pareja o en grupo, no se veía ningún otro
ejemplar en el jardín ni en el prado.
También eran de costumbres nocturnas. Raramente se dejaban ver a
campo abierto a plena luz del día.
Sin caballos en los establos y con los cubos de basura bien
cerrados, hacía tiempo que Eduardo había dejado de ahuyentarlos, a no ser que
treparan al tejado por la noche. Cuando empezaban a chillar o perseguían
ratones era imposible dormir.
Eduardo se acercó a lo alto de la escalera del porche para
aprovechar la oportunidad poco común de estudiar al animal a plena luz del día
desde tan cerca.
El mapache observaba atentamente sus movimientos.
La naturaleza había maldecido a estos pillos con una piel
excepcionalmente hermosa, haciéndoles el flaco favor de convertirlos en
ejemplares valiosos para la especie humana, que estaba permanentemente inmersa
en una búsqueda narcisista de materiales con los que adornarse y embellecerse.
Este mapache en particular tenía un rabo especialmente tupido, con anillos
negros brillantes.
—¿Qué haces dando vueltas por ahí en una tarde soleada? —
preguntó Eduardo.
Los ojos de antracita del animal lo miraban con una curiosidad
casi palpable.
—Debes de tener una crisis de identidad. ¿Piensas que eres una
ardilla o algo así?
El animal se peinó con las patas delanteras el pelaje de la cara
durante aproximadamente medio minuto, después volvió a quedarse inmóvil mirando
insistentemente a Eduardo.
Los animales salvajes —incluso especies tan agresivas como los
mapaches—, raramente hacían un contacto visual tan directo como este ejemplar.
Por lo general observaban a la gente furtivamente, con el rabillo del ojo o con
miradas fugaces. Algunas personas decían que esta renuencia a encontrarse con
la mirada durante más de unos segundos era el modo que tenía el animal de
reconocer la superioridad humana, su forma de mostrar humildad, como haría un
súbdito con un rey. Otros, sin embargo, afirmaban que los animales —inocentes
criaturas de Dios— veían la mancha del pecado en los ojos de los seres humanos
y se avergonzaban de la humanidad. Eduardo tenía su propia teoría: los animales
reconocían que los hombres eran las bestias más crueles, implacables, violentas
e imprevisibles de la naturaleza, y evitaban mirarlos directamente a los ojos
por miedo y prudencia.
Excepto este mapache, que al parecer no tenía nada de miedo ni
mostraba humildad en presencia del ser humano.
—Al menos no de este penoso y viejo ser humano en particular,
¿eh?
El mapache lo observaba.
Finalmente el animal pudo menos que la sed, y Eduardo entró a
buscar otra cerveza. Los muelles de la puerta mosquitera — que había colocado
para el verano hacía apenas dos semanas— chirriaron cuando la abrió, y
volvieron a hacerlo cuando la soltó y se cerró detrás.
Pensaba que el extraño ruido asustaría al animal, que se
escabulliría, pero cuando se volvió y miró a través de la red metálica, vio que
el mapache se había acercado unos metros a la escalera del porche, directamente
delante de la puerta, para no perderlo de vista.
—Qué bicho tan simpático —dijo Eduardo.
Entró en la cocina y lo primero que hizo fue mirar el reloj que
había sobre el horno porque no llevaba el suyo. Eran las tres y veinte.
Estaba agradablemente achispado, y, por lo que parecía, iba a
seguir así hasta que se fuera a la cama. Sin embargo, no quería coger una
borrachera, de modo que decidió cenar una hora antes, a las seis en lugar de a
las siete, para tener algo de comida en el estómago. Después se llevaría un
libro a la cama y se dormiría temprano.
Estar a la— espera de que sucediera algo empezaba a crisparle
los nervios.
Sacó otra Corona de la nevera. Tenía tapón a rosca, pero él
tenía un poco de artritis en la mano. El destapador estaba en el armario, al
lado del fregadero.
Mientras destapaba la botella, echó un vistazo por la ventana
que había sobre el fregadero, y vio el mapache en el jardín de atrás, sentado
sobre las patas traseras, las garras contra el pecho, la cabeza alta. Como el
jardín se elevaba hacia el bosque occidental, el animal estaba en un sitio que
le permitía ver directamente la ventana de la cocina por encima de la
barandilla del porche trasero.
Lo miraba a él.
Eduardo se dirigió a la puerta de atrás, giró la llave y la
abrió.
El mapache cambió de lugar y se sentó en otro sitio desde el que
podía seguir observándolo.
Eduardo abrió completamente la puerta mosquitera, que hizo el
mismo chirrido que la otra, salió al porche, dudó y descendió los tres
escalones hasta el jardín.
Los ojos oscuros del animal brillaban.
Eduardo redujo la distancia que los separaba a la mitad, el
mapache se puso a cuatro patas, se dio la vuelta y se alejó correteando unos
cinco metros colina arriba. Allí se detuvo, se volvió otra vez, se sentó erecto
sobre sus cuartos traseros y volvió a mirarlo como antes.
Hasta aquel momento, Eduardo había pensado que se trataba del
mismo animal que lo había estado mirando en el jardín delantero, pero de pronto
se preguntó si, en realidad, no sería otro mapache.
Rodeó la casa rápidamente por el lado norte, dando una vuelta lo
suficientemente abierta como para no perder de vista al mapache. Llegó a un
punto desde el que podía ver la parte de delante y la de atrás y... a los dos
centinelas con sus rabos de anillos negros.
Ambos lo miraban fijamente.
Empezó a acercarse al mapache que se encontraba delante de la
casa.
Cuando estuvo lo bastante cerca, el animal se dio la vuelta y
cruzó corriendo el jardín. Se detuvo a una distancia prudencial y se sentó a
mirarlo sobre la hierba alta del prado.
—Maldición —dijo Eduardo.
Volvió al porche delantero y se sentó en la mecedora.
La espera había terminado. Al cabo de más de cinco semanas,
empezaban a suceder cosas.
Luego se dio cuenta de que había dejado la cerveza abierta junto
al fregadero de la cocina. Entró a buscarla porque ahora la necesitaba más que
nunca.
Había dejado la puerta de atrás completamente abierta, aunque la
puerta mosquitera se había cerrado sola a su paso. La cerró con llave, cogió la
cerveza, se quedó durante un momento observando al mapache de atrás por la
ventana hasta que por fin volvió al porche delantero.
El primer animal había bajado del borde de la colina y estaba
otra vez a cinco metros de la casa.
Eduardo cogió la cámara de vídeo y lo filmó durante un par de
minutos. No era nada tan asombroso como para convencer a los escépticos de que
en la madrugada del 3 de mayo se había abierto una entrada del más allá; sin
embargo, resultaba extraño que un animal nocturno posara durante tanto tiempo a
plena luz del día y mirara tan fijamente al operador de la cámara. Podría ser
la primera pequeña pieza de un mosaico de evidencias.
Eduardo dejó de filmar, se sentó en la mecedora y mientras bebía
la cerveza comenzó a mirar al mapache tal como éste lo miraba a él, esperando a
ver qué pasaba. De vez en cuando, el centinela de rabo negro se tocaba el pelo
de la cara, se rascaba detrás de las orejas o llevaba a cabo otros pequeños
gestos de aseo. Por lo demás, no pasaba nada.
A las cinco y media, Eduardo entró a prepararse la cena,
llevando consigo la botella vacía, la cámara y la escopeta. Cerró con llave la
puerta principal.
Por la ventana ovalada, vio que el mapache seguía en su puesto
de guardia.
En la mesa de la cocina, Eduardo disfrutó de una cena temprana
de rigatoni y fiambre picante con unas gruesas rebanadas de pan italiano con
mantequilla. Tenía el bloc de hojas amarillas al lado del plato, y, mientras
comía, escribía sobre los intrigantes acontecimientos de la tarde.
Casi había terminado el relato cuando un golpeteo peculiar lo
distrajo. Echó un vistazo a la cocina eléctrica y después a las dos ventanas
para ver si algo golpeaba el vidrio.
Cuando se volvió en la silla, vio a un mapache en la cocina,
detrás de él, sentado sobre los cuartos traseros, mirándolo.
Apartó la silla de la mesa y se puso rápidamente de pie.
Evidentemente el animal había entrado en la cocina por el
pasillo. Sin embargo, era un misterio cómo había conseguido entrar en la casa.
El golpeteo que había oído eran las garras del animal contra las
tablillas de roble del suelo. Eduardo volvió a oír el mismo sonido, aunque el
mapache no se movía.
De pronto, se dio cuenta de que el animal temblaba. Al principio
pensó que estaría asustado por encontrarse en la casa, que se sentiría
amenazado, arrinconado.
Eduardo retrocedió unos pasos para darle espacio.
El mapache gimió, y no era una amenaza ni una expresión de
miedo, sino la inconfundible voz del sufrimiento. Estaba dolorido, lastimado o
enfermo.
Lo primero que Eduardo pensó fue que tenía la rabia.
La pistola del veintidós estaba sobre la mesa, puesto que
últimamente siempre tenía un arma a mano. La cogió, aunque no quería matar un
mapache en la casa.
Vio que el animal tenía los ojos más saltones de lo acostumbrado
y que el pelaje debajo de éstos estaba húmedo de lágrimas. Agitaba las patas
delanteras en el aire y barría furiosamente con la cola el suelo de roble. El
mapache, ahogado, cayó de lado y empezó a retorcerse convulsivamente como si se
esforzara por respirar. De repente, empezó a manar sangre a borbotones por los
orificios del hocico y los oídos. Tras un espasmo final en el que volvió a
golpear las garras contra el suelo, se quedó inmóvil, en silencio. Muerto.
—¡Dios mío! —dijo Eduardo mientras con una mano temblorosa se
enjugaba el sudor que le cubría la frente.
El mapache muerto no parecía tan grande como los centinelas que
había visto fuera, y Eduardo no creía que se debiera únicamente porque la
muerte lo hubiera reducido. Estaba casi seguro de que se trataba de un tercer
ejemplar, quizá más joven que los otros dos, o tal vez aquéllos eran machos y
éste era una hembra.
Recordó que había dejado abierta la puerta de la cocina cuando
había ido a ver si el animal de delante y el de atrás eran el mismo. La puerta
mosquitera estaba cerrada, pero no era más que apenas un marco de madera de
pino y una red metálica. El animal podía haberla empujado lo suficiente para
meter el hocico, la cabeza y después el cuerpo, y haberse escabullido en la
casa antes de que él volviera y cerrase la puerta interior.
¿Dónde se había escondido mientras él pasaba el resto de la
tarde en la mecedora? ¿Qué había estado haciendo mientras él preparaba la cena?
Se acercó a la ventana del fregadero. Como había comido temprano
y como en verano oscurecía tarde, aún había luz, de modo que pudo ver
claramente al observador enmascarado. Estaba en el jardín trasero, sentado
sobre las patas traseras, vigilando la casa.
Eduardo esquivó el cadáver del animal que yacía en el suelo,
cruzó el vestíbulo y abrió la puerta principal para ver si el otro vigilante
seguía en su sitio. No estaba en el jardín, donde lo había dejado, sino en el
porche, a pocos centímetros de la puerta, tumbado de lado, con sangre en un
oído y en los orificios del hocico, y los ojos abiertos y vidriosos.
Eduardo levantó la vista del mapache y la fijó en el bosque al
pie de la colina. El sol que bajaba se balanceaba sobre las cumbres de las
montañas occidentales y aunque lanzaba rayos anaranjados a través de los
troncos de los árboles, éstos no lograban disipar las sombras tenaces.
Cuando regresó a la cocina y volvió a mirar por la ventana, el
mapache del jardín trasero corría frenéticamente en círculos. Salió al porche y
lo oyó aullar de dolor. Al cabo de un instante el animal se desplomó, jadeó y
se quedó inmóvil.
Eduardo miró a lo alto de la colina, más allá del animal muerto,
en dirección a los bosques que flanqueaban la casa de piedra en la que había
vivido cuando era cuidador. La oscuridad entre aquellos árboles era más
profunda que en el otro bosque, porque mientras el sol se ponía lentamente
detrás de las Rocosas, sólo iluminaba las copas más altas.
Había algo en el bosque.
Eduardo no creía que el extraño comportamiento de los mapaches
se debiera a la rabia o a otra enfermedad. Algo estaba... controlándolos. Quizá
los animales habían muerto precisamente debido al control que se ejercía sobre
ellos. O quizá la cosa del bosque los había matado adrede para demostrar el
alcance de su fuerza e impresionar a Eduardo con su poder, indicándole así que
podía destruirlo con la misma facilidad que a los mapaches.
Sintió que lo observaban, y no a través de los ojos de otros
mapaches. Las cumbres desnudas de las montañas más altas se asomaban como olas
de granito. El sol anaranjado se hundía lentamente en aquel mar de piedra.
Una oscuridad más compacta surgía bajo el follaje, pero ni el
negro más profundo de la naturaleza, pensó Eduardo, podía compararse a la
negrura del corazón del observador que se ocultaba en el bosque, si es que en
realidad tenía corazón.
Aunque estuviera convencido de que la enfermedad no había tenido
nada que ver en el comportamiento y la muerte de los mapaches, Eduardo no
estaba completamente seguro de su diagnóstico, de modo que tomó precauciones
para manipular los cuerpos. Se ató un pañuelo sobre la nariz y la boca y se
puso unos guantes de goma. No tocó los cadáveres directamente, sino que levantó
cada uno con una pala de mango corto y los echó en una bolsa de plástico
grande. Ató el extremo de cada bolsa y las puso en la caja de carga del jeep
estacionado en el garaje. Después de lavar con una manguera las manchas de
sangre del porche, restregó el suelo de la cocina con trapos y Lysol sin
diluir. Por último tiró los trapos y también los guantes en un cubo de basura,
que dejó en el porche trasero y del que se ocuparía más tarde.
También puso en el jeep un cargador de doce balas y la pistola
del veintidós. Cogió la cámara porque no sabía cuándo la necesitaría. Además,
la cinta tenía la filmación de los mapaches y no quería que desapareciera como
la de los árboles luminosos y la entrada negra. Por la misma razón se llevó el
bloc amarillo con el relato manuscrito de los últimos acontecimientos.
En el momento en que estuvo listo para irse a Eagle's Roost, el
largo crepúsculo había dado paso a la noche. No le hacía mucha gracia regresar
a una casa a oscuras, aunque nunca había sido asustadizo en esas cuestiones.
Encendió las luces de la cocina y del vestíbulo de abajo. Reflexionó un
instante y también encendió las lámparas de la sala y el estudio.
Cerró con llave, salió del garaje en marcha atrás, y pensó que
gran parte de la casa había quedado a oscuras. Volvió a entrar y encendió
algunas luces de la planta superior. Cuando puso el jeep en marcha y avanzó
unos quinientos metros por el camino que llevaba a la carretera comarcal, vio
que todas las ventanas de ambas plantas de la casa estaban iluminadas.
La inmensidad de Montana parecía más vacía que nunca. Las
diminutas luces que se veían a través de kilómetros de montañas y planicies
oscuras, intemporales, siempre estaban lejos, como a la deriva en el océano,
como luces de barcos que se alejaban inexorablemente hacia un horizonte u otro.
Aunque la luna aún no había salido, Eduardo no creía que su
resplandor convirtiera la noche en algo menos vasto ni más acogedor. La
sensación de aislamiento tenía más que ver con su paisaje interior que con la
geografía de Montana.
Era viudo, sin hijos, y probablemente durante los últimos diez
años de su vida, la edad, el destino y sus inclinaciones habían terminado por
separarlo de otras personas de su generación. Nunca había necesitado a nadie,
salvo a Margarita y a Tommy. Después de perderlos, se había resignado a vivir
los años que le quedaban como un monje, seguro de que no sucumbiría al
aburrimiento ni a la desesperación. Y había funcionado... hasta ahora. De
pronto, sintió la necesidad de tener amigos, al menos uno, y lamentó el haberse
dejado arrastrar tan tenazmente por su corazón ermitaño.
Kilómetro tras kilómetro de soledad, esperaba el característico
crujido del plástico, procedente de la caja de carga del jeep. Tenía la certeza
de que los mapaches estaban muertos, y no comprendía por qué esperaba que
revivieran y rompieran las bolsas de plástico para salir; pero así era.
Lo peor era que sabía que si los oía romper el plástico con sus
pequeñas y afiladas garras, no serian exactamente los mapaches que había metido
en las bolsas, sino que habrían cambiado, quizá por completo.
—Viejo estúpido —se dijo en voz alta tratando de avergonzarse
por unas disquisiciones tan morbosas y peculiares.
Diez kilómetros después de salir del camino, por fin encontró
algo de tráfico en la carretera comarcal. A partir de entonces, cuanto más se
acercaba a Eagle's Roost más tráfico había, aunque sin duda nadie habría
confundido la carretera con la entrada a Nueva York, o incluso a Missoula.
Cruzó todo el pueblo hasta llegar a la casa del doctor Lester
Yeats, donde éste vivía y tenía su consulta, una propiedad de dos hectáreas
donde terminaba Eagle's Roost y empezaba otra vez el campo. Yeats, el
veterinario que durante años se había ocupado de los caballos de Stanley
Quartermass, era un hombre jovial de cabello y barba blancos, que habría podido
hacer de Papá Noel de no haber sido tan delgado.
La casa era una estructura irregular de madera gris con postigos
azules y techo a dos aguas. Como también había luz en la especie de granero que
albergaba la consulta de Yeats y en los establos contiguos, en los que se
alojaban los pacientes de cuatro patas, Eduardo pasó por delante de la casa y
fue directamente hasta el final del sendero de grava.
Mientras bajaba del jeep, se abrió la puerta de la consulta,
salió un hombre y dejó la puerta entornada. Era alto y robusto, de poco más de
treinta años y tenía una buena mata de pelo castaño. Lo recibió con una sonrisa
amplia y amable.
—Buenas noches. ¿Qué lo trae por aquí?
—Vengo a ver a Lester Yeats —dijo Eduardo.
—¿Al doctor Yeats? —La sonrisa se desvaneció—. ¿Es usted un
viejo amigo o algo así?
—Cuestiones profesionales — respondió Eduardo—. Traigo unos
animales y me gustaría que les echara un vistazo. El desconocido, claramente
intrigado, dijo: —Pues verá, señor, me temo que Lester Yeats ya no ejerce.
—¿Se ha retirado?
—Ha muerto —respondió el hombre.
—¿Que Yeats ha muerto?
—Hace más de seis años.
—Lo siento mucho —dijo Eduardo, sorprendido.
No se había dado cuenta del tiempo que había transcurrido desde
la última vez que lo había visto.
Una brisa cálida agitó los alerces que rodeaban la casa.
—Me llamo Travis Poner —dijo el desconocido— , y le he comprado
la casa y la consulta a la señora Yeats, que se ha mudado a una casa más
pequeña en el pueblo.
Se dieron la mano, y Eduardo, en lugar de presentarse, dijo: —El
doctor Yeats se ocupaba de los caballos de la cabaña. — ¿De qué cabaña? — La
del señor Quartermass.
—¡Ah! — dijo Travis Poner— . Entonces usted debe de ser... el
señor Fernández, ¿no?
—Sí, disculpe, soy Ed Fernández — respondió Eduardo con la
incómoda sensación de que el veterinario había estado a punto de decir «ése del
que tanto hablan» o algo por el estilo, como si fuera el excéntrico local.
Eduardo supuso que era muy probable. Había recibido una
suculenta herencia, vivía solo, prácticamente recluido y apenas cruzaba palabra
con nadie, ni siquiera cuando se animaba a ir al pueblo a hacer alguna compra;
debía de ser un enigma de poca importancia que despertaba la curiosidad de la
gente. La sola idea le dio escalofríos.
—¿Cuántos años hace que no tiene caballos? — preguntó Potter.
—Ocho, desde que murió el señor Quartermass — respondió Eduardo.
Se dio cuenta de lo extraño que era no haber hablado con Yeats
durante ocho años y aparecer seis años después de su muerte como si sólo
hubiera pasado una semana.
Permanecieron en silencio durante un momento. La noche de junio
estaba inundada de cantos de grillos.
—Bien —dijo Potter—, ¿dónde están esos animales?
—¿Animales?
—Dijo que tenía unos animales que quería que el doctor Yeats
examina/a.
—¡Ah, sí!
—Era un buen veterinario, pero le aseguro que yo estoy a su
altura.
—No lo dudo, doctor Potter, pero éstos son animales muertos.
—¿Animales muertos? — Mapaches.
—¿Mapaches muertos? —Tres.
—¿Tres mapaches muertos?
Eduardo comprendió que si efectivamente tenía reputación de
excéntrico, aquello no haría más que confirmarlo. Estaba tan desacostumbrado a
conversar que se dio cuenta de que no iba al grano. Respiró hondo y dijo lo
necesario sin explicar la historia de la entrada oscura y otras rarezas.
—Se comportaban de un modo extraño, a plena luz del día, corrían
en círculos. Después, uno por uno, cayeron muertos. — Describió brevemente los
estertores, la sangre en el hocico y oídos — . Me preguntaba si no sería rabia.
—Usted está al pie de esas montañas —dijo Potter— ; por ahí
siempre hay un poco de rabia entre los animales salvajes. Es normal. Pero hace
tiempo que no hemos visto ningún caso. ¿Sangre en los oídos? No es síntoma de
rabia. ¿Echaban espuma por la boca?
—Que yo haya visto, no.
—¿Corrían en línea recta? —No, en círculos.
Una camioneta pasó por la autopista con música country sonando
tan fuerte en la radio que la melodía llegó hasta la propiedad de Potter.
Fuerte o no, era una canción triste.
—¿Dónde están? —preguntó el veterinario. — En el jeep, dentro de
bolsas de plástico.
—¿Lo han mordido?
—No —respondió Eduardo.
—¿Arañado? — No.
—¿Ha tenido algún tipo de contacto con los animales?
Eduardo le explicó las precauciones que había tomado: la pala,
el pañuelo, los guantes de goma.
Travis Potter levantó la cabeza, aparentemente confundido.
—¿Eso es todo?
—Creo que sí —mintió Eduardo—. Me refiero a que el
comportamiento era bastante extraño, pero creo que le he dicho todo lo
importante. No he notado ningún otro síntoma.
La mirada de Potter era directa y penetrante, y durante un
momento Eduardo consideró la posibilidad de sincerarse y contarle toda la
extraña historia, pero en cambio dijo:
—Si no es rabia, ¿no podría ser alguna plaga?
—Lo dudo —respondió Potter frunciendo el entrecejo — . Que
sangren los oídos es un síntoma muy poco común. ¿Le ha picado alguna pulga
mientras estaba cerca de ellos?
—No me pica nada.
Una brisa tibia agitó el aire. Los alerces se movieron y
asustaron a un pájaro nocturno que salió de las ramas. Voló bajo, por encima de
sus cabezas, con un graznido que los sobresaltó.
—Bien, será mejor que deje aquí esos mapaches para que les eche
un vistazo —dijo Potter.
Sacaron las tres bolsas verdes del jeep y las entraron en la
casa. La sala de espera estaba desierta; era evidente que Potter había estado
haciendo trabajos de oficina en la consulta. Pasaron por una puerta y se
dirigieron por un pasillo corto a un quirófano de azulejos blancos, y dejaron
las bolsas en el suelo, junto a una camilla de acero inoxidable.
Hacía frío en aquella habitación. Una luz blanca, fuerte, caía
sobre el acero, el vidrio y el esmalte de las superficies. Todo parecía
brillante como el hielo y la nieve.
—¿Qué va a hacer con ellos? —preguntó Eduardo. — Aquí no tengo
material para hacer la pruebas de la rabia.
Voy a extraer algunas muestras de tejido y mandarlas al
laboratorio estatal. Dentro de unos días tendré los resultados.
—¿Eso es todo?
—¿A qué se refiere?
—¿Va a abrir alguno de los animales? —preguntó Eduardo al tiempo
que tocaba una de las bolsas con la punta de la bota.
—Los guardaré en una de las cámaras y esperaré los resultados
del laboratorio. Si son negativos, entonces, sí, haré una autopsia.
—Si encuentra algo, dígamelo. Potter le echó otra mirada
penetrante.
—¿Está seguro de que no lo mordieron ni arañaron? Porque de ser
así, ante la más mínima sospecha de rabia tiene que ir a ver a un médico ahora
y empezar enseguida con el tratamiento, esta misma noche...
—No soy tonto —lo interrumpió Eduardo — . Si existiera la
posibilidad de haberme contagiado, se lo habría dicho.
Potter siguió con los ojos fijos en él.
Eduardo miró el quirófano a su alrededor y dijo:
—Realmente ha modernizado el lugar; está muy cambiado.
—Venga, quiero mostrarle algo — dijo el veterinario
acompañándolo hacia la puerta.
Eduardo lo siguió por el pasillo hasta el despacho privado.
Potter rebuscó en los cajones de un armario esmaltado y le tendió unos
folletos: uno sobre la rabia y el otro sobre la peste bubónica.
—Lea los síntomas de las dos enfermedades —indicó Potter— . Si
nota algo similar, aunque sólo sea similar, vaya a ver al médico.
—Los médicos no me gustan.
—Eso no importa. ¿Tiene médico? —Nunca lo he necesitado.
—Entonces llámeme y le buscaré uno. ¿De acuerdo? — De acuerdo.
—¿Lo hará?
—Naturalmente.
—¿Tiene teléfono en la cabaña?
—Por supuesto. ¿Quién no tiene teléfono hoy en día?
La pregunta parecía confirmar su fama de excéntrico y ermitaño.
Quizá la merecía, porque ahora que lo pensaba, hacía cinco o seis meses que no
llamaba a nadie ni recibía ninguna llamada. Dudaba que el teléfono hubiera
sonado más de tres veces durante el último año, y una de esas llamadas había
sido a un número equivocado.
Potter se acercó al escritorio, cogió una pluma y escribió el
número en un bloc conforme Eduardo se lo dictaba. Cogió otro bloc y arrancó una
hoja con la dirección de la consulta y los números de teléfono, y se la pasó.
Eduardo se guardó el papel doblado en la cartera.
—¿Cuánto le debo?
—Nada —respondió Potter—. ¿Por qué me va a pagar si no eran
suyos los mapaches? La rabia es un problema de la comunidad.
El veterinario lo acompañó hasta el jeep. La brisa agitaba los
alerces, los grillos cantaban y una rana croaba como si fuera un muerto que
tratara de hablar.
—¿Cuando haga la autopsia...? — empezó a preguntar Eduardo
mientras abría la puerta del jeep.
—¿Sí?
—¿Sólo buscará rastros de enfermedades conocidas? —Patología de
enfermedades, traumatismos.
—¿Eso es todo?
—¿Qué otra cosa voy a buscar?
Eduardo dudó, se encogió de hombros y por fin dijo: —Alguna
cosa... extraña. Otra vez esa mirada.
—Muy bien, señor —dijo Potter—, después de lo que me acaba de
decir, lo haré.
Durante todo el camino de regreso por el paisaje oscuro y
desierto, Eduardo se preguntó si había hecho bien. Por lo que veía, tenía sólo
dos alternativas, y ambas problemáticas.
Podía haberse deshecho de los mapaches sin necesidad de ir al
pueblo y esperar a ver qué pasaba después, pero en ese caso quizás hubiese
destruido pruebas importantes de que algo sobrenatural se escondía en los
bosques de Montana.
También podría haberle hablado a Travis Potter acerca de los
árboles luminosos, el latido, las ondas de presión y la entrada negra. Haberle
explicado que los mapaches lo vigilaban, y que tenía la sensación de que, en
realidad, servían de ojos al observador desconocido del bosque. Sin embargo, si
lo consideraban un viejo excéntrico y ermitaño, no lo habría tomado muy en
serio. Peor aún, en cuanto el veterinario hiciera circular la historia por ahí,
es probable que a algún funcionario joven se le metiese en la cabeza que Ed
Fernández, el pobre viejo, estaba senil o completamente loco y constituía un
peligro para sí mismo y para los demás. Con toda la compasión del mundo,
sacudiendo tristemente la cabeza y diciéndole que lo hacían por su propio bien,
lo llevarían contra su voluntad a un reconocimiento médico y a una revisión
psiquiátrica.
Le repugnaba la idea de que lo metieran en un hospital, lo
toquetearan, lo pincharan y le hablaran como si hubiera vuelto a la infancia.
Se conocía y sabía cómo reaccionaría. Se mostraría testarudo y desdeñoso, e
irritaría a sus «benefactores» hasta el extremo de obligarlos a que un juez se
hiciera cargo de sus asuntos y ordenara que lo ingresaran en un asilo o alguna
institución de ese tipo durante el resto de su vida.
Había vivido lo suficiente para ver cómo alguna gente, con las
mejores intenciones y la relamida seguridad de su propia superioridad y
sensatez, había arruinado la vida de muchas personas. Nadie repararía en la
destrucción de un viejo más, y él no tenía ni mujer ni hijos ni parientes ni
amigos que lo apoyaran para luchar contra la asesina bondad de las
instituciones.
Por lo tanto, llevar los animales muertos para que Potter les
hiciera la prueba de la rabia y la autopsia era lo máximo a lo que se había
atrevido. Su única preocupación, teniendo en cuenta la naturaleza inhumana de
la cosa que controlaba los mapaches, era haber puesto a Travis Potter en algún
tipo de peligro imprevisible.
A pesar de todo, Eduardo había dado indicios de que había algo
extraño, y Potter, al parecer, tenía cierto sentido común. El veterinario
conocía los riesgos ligados a la enfermedad. Tomaría todas las precauciones
necesarias contra cualquier tipo de contaminación, y, probablemente, también
serían efectivas contra cualquier peligro imprevisible y sobrenatural, además
de una posible infección microbiana, que representaran los cadáveres.
Mientras conducía, Eduardo observó las luces encendidas de las
casas a lo lejos. Por primera vez en su vida deseó conocer a las familias que
vivían en ellas, deseó conocer sus nombres, sus caras, sus historias y sus
esperanzas.
Se preguntó si habría algún niño sentado en un porche lejano,
siguiendo los faros del jeep que avanzaba hacia el oeste en medio de aquella
noche de junio. Un niño o una niña con la cabeza llena de planes y sueños se
preguntaría quién iba en ese vehículo detrás de esos faros, dónde vivía, cómo
era su vida.
La imagen de ese niño en medio de la noche le dio la extraña
sensación de comunidad, un sentimiento completamente inesperado de saber que
formaba parte, lo quisiera o no, de la familia de la humanidad, un clan por lo
general frustrante y pendenciero, defectuoso y confundido, pero, en ocasiones,
también noble y admirable, cuyos miembros compartían un destino común.
En opinión de Eduardo, sin embargo, aquélla era una visión tal
vez demasiado optimista y filosóficamente generosa de sus congéneres, que se
acercaba incómodamente al sentimentalismo. Aun así, le resultaba tan asombrosa
como agradable.
Estaba convencido de que aquello que había entrado por la puerta
era un enemigo de la humanidad, y el contacto fugaz que había tenido le
recordaba que toda la naturaleza era hostil. Vivíamos en un universo frío y
despreocupado, o bien porque Dios lo había hecho así como una prueba para
diferenciar las almas buenas de las malas, o sencillamente porque era así.
Ningún hombre podía sobrevivir cómodamente en la civilización sin las luchas ni
los éxitos que habían conseguido duramente sus predecesores y sus contemporáneos.
Si una nueva forma de maldad había penetrado en el mundo, algo que pudiera
superar el mal que algunos hombres y mujeres eran capaces de hacer, la
humanidad iba a necesitar desesperadamente estar más unida de lo que jamás lo
había estado en su largo y accidentado camino.
La casa apareció cuando ya había recorrido un tercio del camino
de grava que conducía a ella. Condujo colina arriba y unos sesenta u ochenta
metros antes de llegar se dio cuenta de que había algo extraño. Frenó de golpe.
Antes de partir rumbo a Eagle's Roost había encendido las luces
de todas las habitaciones. Recordaba claramente haber visto todas las ventanas
iluminadas mientras se alejaba. Hasta le había dado vergüenza su temor infantil
a regresar a una casa a oscuras.
Pues bien, ahora estaba a oscuras, negra como las entrañas de un
demonio.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, Eduardo apretó el cierre
electrónico que cerraba simultáneamente todas las puertas del jeep.
Se quedó sentado un rato mirando fijamente la cabaña. La puerta
principal estaba cerrada y todas las ventanas que veía estaban intactas. No
había nada fuera de lo normal.
Salvo que todas las luces estaban apagadas. ¿Quién las había
apagado? ¿Para qué?
Supuso que podía tratarse de un corte de suministro, pero no lo
creía. En Montana, una tempestad podía tumbar los postes del tendido eléctrico;
en invierno, las tormentas de nieve y el hielo acumulado podían causar estragos
en el suministro de energía. Pero esa noche no había habido mal tiempo, corría
una brisa muy suave y Eduardo no había visto ningún poste de electricidad
tumbado por el camino.
La casa esperaba.
No podía quedarse sentado en el coche toda la noche, y, santo
cielo, no podía irse.
Condujo lentamente durante el último tramo del camino y paró
delante del garaje. Cogió el mando a distancia y apretó el botón.
La puerta automática empezó a levantarse. Dentro del garaje para
tres vehículos se encendió la lámpara automática del techo que duraba tres
minutos; a Eduardo le bastaron para cerciorarse de que no ocurría nada malo.
Se confirmaba la teoría de que no había corte de luz.
En vez de avanzar los tres metros que lo separaban del garaje,
se quedó donde estaba. Puso el jeep en punto muerto pero no apagó el motor ni
las luces.
Cogió la escopeta, que estaba a su lado, apoyada en el asiento
del pasajero, y salió del vehículo. Dejó la puerta abierta.
No quería pensar que saldría corriendo al primer problema. Pero
si la opción era salir corriendo o morir, estaba completamente seguro de que
iba a ser más rápido que cualquier cosa que lo persiguiera.
Aunque la escopeta del calibre doce tenía sólo cinco balas, una
en la recámara y cuatro en el cargador, no le preocupaba no haber traído
munición extra. Si tenía la desgracia de encontrarse con algo a lo que no podía
abatir con cinco tiros disparados de cerca, tampoco viviría el tiempo
suficiente para volver a cargar el arma.
Fue hasta el frente de la casa, subió la escalera del porche e
intentó abrir la puerta. Estaba cerrada.
La llave de la casa se encontraba en un llavero distinto del de
las llaves del coche. Lo sacó del bolsillo de los téjanos y abrió la puerta.
De pie delante del umbral, con la escopeta en la mano derecha,
pasó la mano izquierda por la puerta entreabierta y tanteó en busca del
interruptor. Esperaba que algo saliera del vestíbulo oscuro y se arrojara sobre
él, o que le pusiera la mano encima mientras él buscaba a tientas el
interruptor.
Encendió la luz y el vestíbulo y el porche se iluminaron de
inmediato. Cruzó el umbral y avanzó unos pasos, dejando la puerta abierta a sus
espaldas.
La casa estaba en silencio. Las habitaciones a oscuras a ambos
lados del pasillo. El estudio a la izquierda, el salón a la derecha. No quería
dar la espalda a ninguna de ellas, pero por fin avanzó hacia la derecha, a
través del corredor abovedado, con la escopeta levantada delante. Cuando
encendió la luz de la sala, comprobó que allí no había nadie. Ningún intruso,
nada fuera de lo normal.
En aquel momento vio un montículo oscuro sobre los flecos
blancos de la alfombra china. Al principio pensó que eran excrementos, que un
animal había entrado en la casa y había hecho sus necesidades ahí. Pero cuando
se acercó y miró bien, advirtió que se trataba de un montoncito de tierra
húmeda con algunos brotes de hierba.
Al regresar al pasillo, observó por primera vez pequeños
terrones de tierra esparcidos sobre el lustroso suelo de roble.
Entró con mucha cautela en el estudio, en el que no había
lámpara de techo. La luz que entraba por el pasillo disipó las sombras lo
suficiente para permitirle encender la lámpara del escritorio.
Sobre el secante del escritorio y sobre el sillón encontró
terrones de barro seco.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó en voz baja.
Abrió con precaución las puertas correderas del armario del
estudio, pero ahí no había nadie escondido.
También revisó el armario del vestíbulo. Nada.
La puerta principal aún estaba abierta. No terminaba de decidir
si cerrarla o no. Por un lado prefería que estuviera abierta ya que si se veía
obligado a huir rápidamente tendría el camino libre. Por otro lado, si revisaba
la casa de punta a punta y no encontraba nada, tendría que volver, cerrar la
puerta y registrar nuevamente todas las habitaciones ante la posibilidad de que
alguien se hubiera metido sin que él lo advirtiera. Finalmente decidió cerrar
la puerta, aunque a regañadientes.
La moqueta beige de la planta superior también cubría la
escalera de roble de sólida barandilla. En el centro de los escalones
inferiores habían unos terrones de tierra seca, no muchos, pero los suficientes
para llamarle la atención.
Echó un vistazo hacia arriba.
No, primero miraría la planta baja.
En el tocador no encontró nada, como así tampoco en el armario
de la caja de la escalera, el amplio comedor, el lavadero y el cuarto de baño.
Pero en la cocina había tierra, más que en ninguna otra parte.
La cena que no había podido terminar por la intromisión del
mapache y su muerte espasmódica —los rigatoni, el fiambre y el pan con
mantequilla— estaba sobre la mesa. Había marcas de barro seco en el borde del
plato. La mesa estaba llena de terrones de tierra del tamaño de un guisante;
había también una hoja seca puntiaguda que se curvaba como un pergamino en
miniatura, y un escarabajo diminuto, muerto.
El insecto estaba de espaldas, con las seis patas extendidas.
Cuando Eduardo le dio la vuelta con el dedo, vio que el caparazón era de color
azul verdoso iridiscente.
Dos láminas de tierra aplastadas estaban pegadas al asiento de
la silla, y alrededor, sobre el suelo, había más detritos.
Delante de la nevera vio otro montón de tierra. En total no eran
más de dos cucharadas, pero también tenían unas briznas de hierba, otra hoja
marchita y una lombriz, que todavía estaba viva, pero enroscada sobre sí misma
debido a la falta de humedad.
La sensación de que algo le reptaba por la nuca y la súbita
convicción de que lo observaban, hizo que Eduardo cogiera el arma con las dos
manos y girara rápidamente, primero hacia una ventana y después hacia la otra.
Contrariamente a lo que había imaginado, no había ningún rostro pálido ni
fantasmal pegado al cristal.
Sólo la noche.
La manija cromada de la nevera estaba opaca de suciedad y
decidió no tocarla. Abrió la puerta por el borde. La comida y las bebidas
parecían intactas; todo estaba como lo había dejado.
Las puertas de ambos hornos estaban abiertas. Las cerró sin
tocar las manijas, que también tenían manchas de suciedad no identificable.
Enganchado en la puerta del horno había un jirón de tela, de
unos dos centímetros de largo por uno de ancho. Era de color azul celeste, con
una línea azul oscura, un fragmento del estampado.
Eduardo miró el trozo de tela durante lo que le pareció una eternidad.
El tiempo parecía detenido y el universo pendía inmóvil como el péndulo de un
reloj de pared estropeado. Se le heló la sangre de terror, se puso a temblar
violentamente y los dientes1 empezaron a castañetearle. El cementerio... Se
volvió otra vez hacia una ventana y luego hacia la otra, pero no había nada.
Sólo la noche. La noche. El rostro ciego, monótono y
despreocupado de la noche.
Registró la planta superior. En casi todas la habitaciones había
manchas, trozos y rastros de barro seco. Otra hoja. Otros dos escarabajos
muertos, secos como papiros antiguos. Un guijarro del tamaño de un hueso de
cereza, liso y suave.
Vio que algunos interruptores estaban sucios. Por lo tanto, fue
encendiendo la luz de las habitaciones una a una con el codo cubierto por la
manga de la camisa o con el cañón de la escopeta.
Después de registrar todas las habitaciones, empezó con los
armarios y con cualquier hueco o rincón detrás o debajo de los muebles donde
pudiera esconderse algo del tamaño de un niño de siete u ocho años. Una vez
satisfecha su curiosidad de que no había nada oculto, volvió a la escalera y
tiró de la cuerda que abría la trampilla de la buhardilla. Hizo descender la
escalera plegable adosada a la trampilla.
Las luces de la buhardilla se podían encender desde el pasillo,
por lo tanto no tuvo que subir a oscuras. Registró cada hueco sombrío debajo de
las vigas profundas y oscuras de las que pendían telarañas que parecían encajes
de hielo, con polillas enganchadas, alimento de arañas que se asomaban como
sombras de invierno, frías y negras.
Cuando volvió a la cocina, descorrió el cerrojo de la puerta que
daba a la bodega. Sólo se podía abrir y cerrar desde fuera. Era imposible que
algo hubiera bajado y cerrado desde dentro.
Por otro lado, antes de salir hacia el pueblo también había
cerrado la puerta principal y la de atrás. Era imposible que alguien hubiera
entrado, o cerrado al salir, sin una llave; y él tenía las únicas que había. A
pesar de todo, las malditas cerraduras estaban intactas. Aunque era evidente
que un intruso había entrado y vuelto a salir, su recorrido le había demostrado
que no había ninguna ventana rota ni forzada.
Bajó a la bodega y registró las dos habitaciones grandes y sin
ventanas. Estaban frías, ligeramente húmedas y desiertas.
Por el momento la casa era segura.
É era el único morador.
Salió por la puerta del frente y echó la llave. Entró el jeep al
garaje, y antes de apearse cerró la puerta con el mando a distancia.
Durante las siguientes horas, barrió y pasó la aspiradora por la
casa con tal premura e infatigable energía que más bien parecía frenético. Usó
jabón líquido, agua con mucho amoníaco y Lysol en aerosol, decidido no sólo a
limpiar cualquier superficie sucia, sino también a desinfectarla y dejarla tan
estéril como un quirófano o el laboratorio de un hospital. Sudó tanto que se le
empapó la camisa y se le pegó el pelo al cráneo. Empezaron a dolerle los
músculos del cuello, hombros y brazos por el movimiento repetitivo de fregar.
La ligera artritis que tenía en las manos se agudizó; se le enrojecieron e
inflamaron los nudillos por la fuerza con que cogía los cepillos y los trapos,
casi con la ferocidad de un maniático, pero reaccionó cogiéndolos aún con más
fuerza, hasta que el dolor lo mareó y le saltaron las lágrimas.
Eduardo sabía que no sólo procuraba desinfectar la casa, sino
limpiarse a sí mismo de algunas ideas terribles que no soportaba, que no quería
explorar de ninguna manera. Se convirtió en una máquina de limpiar, en un robot
insensato, con los cinco sentidos puestos en las tareas manuales para librarse
de pensamientos no deseados. Respiraba profundamente los vapores del amoníaco
como si pudieran desinfectarle la mente, mientras intentaba agotarse
completamente con la esperanza de poder dormir y, quizás, incluso olvidar.
A medida que limpiaba, iba tirando todas las toallas de papel,
trapos, cepillos y esponjas en una bolsa grande de plástico. Al terminar, le
hizo un nudo y la depositó en un cubo de basura, fuera. En otras
circunstancias, habría enjuagado y guardado los cepillos y esponjas para volver
a usarlos, pero esta vez no.
En lugar de sacar la bolsa desechable de papel de la aspiradora,
tiró la máquina entera a la basura. No quería pensar en el origen de esas
partículas microscópicas atrapadas ahora en los cepillos ni en el interior de
los tubos de plástico de succión, la mayor parte de ellas tan diminutas que, a
menos que desmontara el tubo y fregara cada milímetro y recoveco con lejía,
jamás estaría seguro de que hubieran desaparecido, y aun así, tendría sus
dudas.
Sacó todos los alimentos y bebidas de la nevera que el...
intruso pudiera haber tocado. Tenía que desaparecer cualquier cosa envuelta en
plástico o aluminio, aun cuando no pareciera manoseada: queso suizo, cheddar,
restos de jamón, media cebolla. También tenía que tirar los recipientes que
podían volver a cerrarse: una lata de mantequilla de medio kilo con tapa de
plástico, un bote de pepinillos, olivas, cerezas al marrasquino, mayonesa,
mostaza y muchas cosas más; así como las botellas de tapa de rosca: salsa de
soja, aliño para ensalada ketchup. Una caja abierta de uvas pasas y un envase
de leche, abierto también, fueron a parar a la basura. La sola idea de que algo
que el intruso hubiese tocado llegara a su boca, le daba náuseas y escalofríos.
Cuando terminó de limpiar la nevera, sólo quedaban algunas botellas cerradas de
refrescos y de cerveza.
A fin de cuentas estaba tratando con la contaminación. Toda
precaución era poca. Ninguna medida era exagerada.
No se trataba solamente de contaminación bacteriana. Ojalá fuera
así de sencillo. Dios mío, ojalá. Sino de contaminación espiritual. Una
oscuridad capaz de esparcirse por la tierra y penetrar profundamente en el
alma.
«Ni siquiera pienses en ello. No lo hagas. No», se dijo.
Demasiado cansado para pensar. Demasiado viejo para pensar.
Demasiado asustado.
Cogió una pequeña nevera de picnic del garaje y vació en ella
todo el hielo del congelador. Puso dentro ocho botellas de cerveza y se guardó
un destapador en el bolsillo del pantalón.
Dejó todas las luces encendidas y se llevó la pequeña nevera y
la escopeta a la habitación de arriba, en la que dormía desde hacía tres años.
Puso una cerveza y el arma al lado de la cama.
La puerta de la habitación sólo tenía un frágil pestillo. Lo
único que hacía falta para romperlo era una buena patada desde el pasillo, de
modo que colocó una silla contra la puerta y encajó el respaldo firmemente
debajo del picaporte.
«No pienses en lo que podría entrar por la puerta. Cierra la
mente. Concéntrate en la artritis, en el dolor muscular y de cuello, deja que
se borren los pensamientos.»
Tomó una ducha y se lavó con la misma perseverancia con la .que
había fregado la suciedad de la casa. Sólo cerró el grifo cuando se acabaron
todas las reservas de agua caliente.
Se vistió pero no para irse a la cama, sino con pantalón,
calcetines y una camiseta. Dejó las botas junto al lecho, al lado de la
escopeta.
Aunque tanto su reloj de pulsera como el de la mesilla de noche
coincidían en señalar las tres menos diez de la madrugada, Eduardo no tenía
sueño. Se sentó en la cama, apoyado en la cabecera sobre una pila de almohadas.
Encendió el televisor con el mando a distancia y empezó a
cambiar la aparentemente interminable cantidad de canales vía satélite que
captaba la antena parabólica que había detrás de los establos. Encontró una
película de acción: policías y traficantes de drogas, muchas persecuciones,
saltos, disparos, puñetazos, huidas en coche y explosiones. Bajó completamente
el volumen porque quería oír cualquier ruido que hubiera en la casa.
Bebió la primera cerveza mirando fijamente el televisor. No
trataba de seguir el argumento de la película, sino de dejar que su mente se
llenara del abstracto torbellino de movimientos, de la oleada brillante y
cambiante de colores, que eliminara las manchas oscuras de esos terribles
pensamientos. Esas manchas indelebles.
Algo golpeó contra la ventana que daba al oeste.
Miró las cortinas, completamente cerradas.
Otro golpecito. Parecía un guijarro sobre el cristal.
El pulso se le aceleró.
Se obligó a mirar la televisión. Movimiento. Color. Terminó la
cerveza y abrió una segunda.
Tac. Y otra vez, casi de inmediato. Tac.
Quizá se tratara de una polilla o de un escarabajo atraído por
la luz que se filtraba por las cortinas.
Podía levantarse, acercarse a la ventana, descubrir que era sólo
un escarabajo que golpeaba contra el cristal, aliviarse.
«Ni se te ocurra pensar en ello.»
Tomó un buen trago de la segunda cerveza.
Tac.
Algo, de pie en la oscuridad del jardín, miraba hacia la
ventana. Algo que sabía exactamente dónde estaba él, que quería establecer
contacto.
Pero esta vez no se trataba de un mapache.
«No, no, no.»
Esta vez no era la agradable carita de animal con esa máscara.
No tenía un pelaje hermoso y una cola de anillos negros.
Movimiento, color, cerveza.
«Quítate de encima esos pensamientos enfermizos, líbrate de la
contaminación.»
Tac.
Porque si no se deshacía de ese pensamiento monstruoso que
ensuciaba su mente, más tarde o más temprano perdería su sano juicio. Más
temprano, en realidad.
Tac.
Si se acercaba a la ventana, descorría la cortina y miraba esa
cosa del jardín, ni siquiera la locura sería un refugio. Una vez que lo hubiera
visto, una vez que lo confirmara, sólo habría una única salida: el cañón de la
escopeta en la boca y un dedo del pie en el gatillo.
Tac.
Subió el volumen con el mando a distancia. Fuerte, más fuerte.
Acabó de un largo trago la segunda cerveza. Subió el volumen aún más, hasta que
la estridente banda sonora de la violenta película empezó a sacudir la habitación.
Destapó la tercera cerveza. Eliminar todo pensamiento. Quizás al día siguiente
habría olvidado las consideraciones absurdas y enfermizas que esa noche lo
perseguían con tanta insistencia, olvidándolas o ahogándolas en una marea de
alcohol. O tal vez incluso era posible que esa misma noche muriese mientras
dormía. Apenas le importaba lo que pasara. Dio un largo trago a la tercera
cerveza, en busca de una u otra forma de olvido.
ONCE
Durante los meses de marzo, abril y mayo, Jack, que yacía dentro
de un corsé de yeso forrado de fieltro y con las piernas sujetas a menudo al
aparato de tracción, sufrió dolores, calambres, contracturas musculares, tics
nerviosos incontrolables y picores en lugares inaccesibles del cuerpo.
Soportaba estas y otras molestias con pocas quejas y le daba gracias a Dios por
estar vivo para poder abrazar de nuevo a su mujer y ver crecer a su hijo.
Las preocupaciones por su salud eran aún más numerosas que las
incomodidades. El riesgo de llagas estaba siempre presente a pesar de que le
habían colocado el corsé ortopédico con gran cuidado y las enfermeras eran
delicadas, solícitas y muy profesionales. Si una llaga se ulceraba, no era
fácil de curar y existía peligro de gangrena. Como periódicamente le ponían un
catéter, el riesgo de infección de la uretra era cada vez mayor, con la
posibilidad de que derivara en un caso más grave de cistitis. Cualquier
paciente inmovilizado durante un largo período, corría el peligro de que se
formaran coágulos que circularan por el torrente sanguíneo y se alojasen en el
corazón o el cerebro, provocando la muerte o daños cerebrales graves; aunque
tomaba medicamentos para reducir el peligro de una complicación de esta clase,
era una de las cosas que más le preocupaban.
También le preocupaban Heather y Toby, por supuesto. Estaban
solos, y era algo que lo inquietaba a pesar de que Heather, guiada por Alma
Bryson, parecía preparada para hacer frente a cualquier cosa: desde un ladrón
solitario hasta una invasión extranjera. En realidad, la idea de todas esas
armas en la casa —y el estado mental de Heather que reflejaba la necesidad de
tenerlas — lo perturbaba casi tanto como la idea de que alguien entrara en su
hogar.
El dinero lo preocupaba más que una embolia cerebral. Tenía baja
médica e ignoraba si en el futuro podría volver a trabajar. Heather estaba en
paro y el final de la recesión económica no parecía cercano. Prácticamente se
les habían acabado los ahorros. Los amigos del departamento habían abierto una
cuenta de ayuda en el Wells Fargo Bank, y las contribuciones de los policías y
del público en general sumaban en aquel momento más de veinticinco mil dólares.
Pero el seguro nunca cubría todos los gastos médicos y de rehabilitación, y
sospechaba que ni la cuenta les devolvería el modesto nivel de seguridad
económica del que disfrutaban antes del tiroteo en la gasolinera de Arkadian.
En septiembre u octubre les resultaría imposible pagar la letra de la hipoteca.
Sin embargo, era capaz de guardarse para sí todas esas
preocupaciones, en parte porque sabía que los demás tenían las suyas, algunas
de ellas incluso más graves, y en parte también porque era un optimista nato,
creía en el poder curativo de la risa y el pensamiento positivo. Aunque algunos
amigos pensaban que su reacción ante la adversidad era una locura, no podía
evitarlo. Por lo que recordaba, había nacido así. Ahí donde un pesimista veía
un vaso de vino medio vacío, él no sólo lo veía medio lleno, sino que además se
imaginaba que en la botella quedaba la mejor parte. Tenía un corsé ortopédico y
estaba temporalmente incapacitado, pero creía que era una bendición haber
escapado a la muerte o a la incapacidad permanente. Le dolía, sí, pero en el
hospital había gente que sufría más que él. Hasta que el vaso y también la
botella estuvieran vacíos, no se lamentaría de que quedara tan poco, sino que
esperaría el siguiente trago de vino.
Cuando en marzo acudió por primera vez al hospital, Toby se
asustó al ver a su padre inmovilizado; se le llenaron los ojos de lágrimas,
pero se mordió el labio, mantuvo la barbilla levantada y se esforzó por ser
valiente. Jack hizo todo lo posible por restar importancia a la gravedad de su
estado, insistió en que parecía peor de lo que en realidad estaba y luchó
desesperadamente por animar a su hijo. Finalmente, logró que el niño se riera
cuando afirmó que en realidad no estaba herido, sino que se encontraba en el
hospital como participante de un nuevo programa secreto de la policía, y que
saldría al cabo de unos meses como miembro del nuevo Cuerpo Adolescente de
Operaciones Especiales de las Tortugas Ninja.
—Sí —dijo— , es verdad. Para eso es todo este yeso; es un
caparazón de tortuga que me están implantando en la espalda. Cuando esté seco y
forrado de material blindado, los proyectiles sencillamente rebotarán.
El niño sonrió a pesar de sí mismo y se secó los ojos con la
mano.
—Qué mentiroso eres, papá. — Es verdad.
—Tú no sabes taekwondo.
—En cuanto se me seque el caparazón empezaré a tomar clases.
—Una Ninja también tiene que saber usar espadas. Espadas y todo
tipo de armas.
—Pues tendré que tomar más lecciones.
—Ese es el problema. — ¿Cuál?
—Que no eres una tortuga de verdad.
—Por supuesto que no soy una tortuga de verdad. No seas tonto.
Al departamento sólo le permiten contratar seres humanos. Nadie quiere que un
ejemplar de otra especie le ponga una multa por aparcar en zona prohibida. Así
que tenemos que hacer una imitación del Cuerpo Adolescente de Operaciones
Especiales de las Tortugas Ninja. ¿Y qué? ¿Acaso el Hombre Araña es una araña?
—En eso tienes razón.
—Claro que tengo razón.
—Pero...
—Pero ¿qué?
—Pero no eres un adolescente —dijo el niño con una risita
nerviosa. —Bueno, puedo pasar por uno.
—No, eres demasiado viejo.
—¿De veras?
—Sí, bastante viejo.
—Señor, me parece que cuando salga de esta cama vas a tener
problemas.
—Sí, pero mientras se te seca el caparazón estoy a salvo.
En la siguiente visita de Toby — Heather iba todos los días,
pero al niño sólo le permitían ir una o dos veces por semana—, Jack llevaba
atado en la cabeza un pañuelo rojo y amarillo que le había traído Heather. Las
puntas le colgaban gallardamente sobre la oreja derecha.
—Todavía están diseñando el resto del uniforme —le dijo a Toby.
Unas semanas más tarde, a mediados de abril, Heather cerró las
cortinas alrededor de la cama de Jack y le lavó parte del cuerpo y la cabeza
con una esponja húmeda para ahorrarles trabajo a las enfermeras.
—No sé si me gusta mucho que te laven otras mujeres. Me estoy
poniendo celosa —le dijo.
—Te juro que puedo explicarte dónde estuve anoche — bromeó Jack.
—No hay ni una sola enfermera en todo el hospital que no me haya
parado para decirme que eres su paciente favorito.
—Bueno, cariño, eso no significa nada. Cualquiera puede serlo.
Es fácil. Lo único que hay que hacer es no molestarlas ni reírse de sus
sombreritos.
—Así que es fácil, ¿eh? —comentó ella mientras le pasaba la
esponja por el brazo izquierdo.
—Bueno, además hay que comer toda la comida que te traen, no
armar bronca para que te den una inyección enorme de heroína sin receta médica
y no fingir jamás un ataque al corazón para llamar la atención.
—Dicen que eres muy cariñoso, valiente y divertido.
—¡Caramba! —dijo exagerando la timidez; pero estaba realmente
turbado.
—Y algunas me dijeron que tengo mucha suerte de estar casada
contigo.
—¿Las has golpeado? — He logrado dominarme.
—Has hecho bien, porque se habrían desquitado conmigo.
—Tengo mucha suerte —dijo ella.
—Y algunas de esas enfermeras son muy fuertes, probablemente
saben dar buenos golpes.
—Te quiero, Jack —dijo Heather inclinándose sobre la cama y
dándole un beso en la boca.
El beso le cortó la respiración. El pelo de Heather cayó sobre
su cara; olía a champú de limón.
—Heather —dijo Jack en voz baja mientras le acariciaba la
mejilla — . Heather, Heather —repitió como si fuera algo sagrado, no sólo un
nombre, sino una plegaria que lo sostenía, el nombre y el rostro que hacía que
sus noches fueran menos oscuras y que los días llenos de dolor pasaran más
densa.
—Tengo tanta suerte — dijo ella.
—Yo también, de haberte conocido.
—Pronto volverás a casa conmigo.
—Pronto — repitió él, aunque sabía que pasaría semanas en esa
cama y luego más semanas en la sala de rehabilitación. — Basta de noches
solitarias — dijo Heather. — Basta.
—Siempre juntos.
—Siempre —repitió Jack. Se le hizo un nudo en la garganta. Tenía
miedo de echarse a llorar. No es que tuviera vergüenza de llorar, pero pensaba
que ninguno de ellos podía darse el lujo de hacerlo. Necesitaban toda la fuerza
y la decisión de que pudiesen hacer acopio para luchar con lo que aún tenían
por delante. Tragó y murmuró— : ¿Cuando vuelva a casa...
—¿Sí?
—... y podamos acostarnos juntos de nuevo...
—¿Sí? —murmuró ella con la cara muy cerca de la de Jack. — ...
podrías hacer algo especial para mí?
—Por supuesto, tonto, dime.
—¿Podrías vestirte de enfermera? Me pone muy cachondo. Heather
parpadeó sorprendida, soltó una carcajada y le pasó la esponja por la cara.
—Burro.
—Bueno, ¿y de monja?
—Pervertido.
—¿Y de niña exploradora?
—Pero un pervertido cariñoso, valiente y divertido.
Si no hubiera tenido tan buen sentido del humor, Jack no habría
podido ser policía. La risa, a veces producto de cierto humor negro, era el
refugio que hacía posible moverse, sin mancharse, por la inmundicia y la locura
en la que se veían inmersos últimamente la mayoría de los policías.
El sentido del humor también contribuía a su recuperación y
permitía que el dolor y las preocupaciones no lo consumieran; aunque había algo
que le resultaba difícil tomarse con humor: su desamparo. Le avergonzaba que
tuvieran que ayudarlo con sus necesidades físicas elementales y le pusieran
lavativas regularmente para contrarrestar los efectos de la extremada
inmovilidad. Semana tras semana, esa falta de intimidad se volvía cada vez más
humillante.
Y lo peor de todo era estar atrapado en esa cama, dentro de ese
rígido corsé, incapaz de correr, caminar e incluso arrastrarse si se producía
alguna catástrofe súbita. De vez en cuando llegaba al convencimiento de que el
hospital desaparecería a causa de un incendio o un terremoto. Aunque sabía que
el personal estaba bien adiestrado para casos de emergencia y que no lo
abandonaría a las llamas ni bajo el peso mortal de los escombros, en ocasiones
se apoderaba de él un pánico irracional, por lo general en medio de la noche,
un terror ciego que lo atenazaba cada vez con más fuerza, hora tras hora, y que
desaparecía poco a poco sólo gracias a la razón o el agotamiento.
Hacia mediados de mayo ya sentía una admiración profunda e
ilimitada por los tetrapléjicos que no permitían que la vida les arrebatara lo
mejor de ellos. Al menos él podía usar las manos y los brazos, y ejercitarlos
apretando rítmicamente pelotas de goma y levantando pesas ligeras. Podía
rascarse la nariz si le picaba, alimentarse hasta cierto punto, sonarse. Sentía
un profundo respeto por la gente que sufría una parálisis permanente del cuello
para abajo, pero se aferraba con firmeza a los placeres de la vida y enfrentaba
el futuro con esperanza, porque sabía que él no poseía ese valor o carácter,
por mucho que lo votaran como paciente favorito de la semana, del mes o del
siglo.
Si hubiera estado privado de las piernas y las manos durante
tres meses, se habría hundido en la desesperación. Y si no hubiera sabido que
cuando comenzara el verano saldría de la cama y aprendería a caminar otra vez,
la perspectiva de una incapacidad duradera habría minado su cordura.
Por la ventana de la habitación del tercer piso, se veía poco
más que la copa de una palmera. Semana tras semana Jack se había pasado
incontables horas observando cómo se mecían las hojas con la suave brisa, cómo
se agitaban violentamente con los vientos tormentosos, el verde brillante que
tenían sobre un cielo despejado, y el verde oscuro sobre un cielo cubierto.
Algunos pájaros cruzaban ese fragmento enmarcado de cielo, y Jack se estremecía
cada vez que los veía.
Juró que cuando pudiera ponerse otra vez de pie, nunca más
volvería a quedarse indefenso. Era consciente de la arrogancia de semejante
promesa; su capacidad para cumplirla dependía de los caprichos del destino. El
hombre propone y Dios dispone. Pero respecto a este asunto no podía tomarse a
broma: nunca más volvería a quedarse indefenso. Nunca. Era una desafío a Dios:
déjame tranquilo o mátame, pero no vuelvas a ponerme en este aprieto.
La tarde del 3 de junio Jack recibía la tercera visita de Lyle
Crawford, el capitán de su división.
Crawford era un hombre inclasificable, de peso y altura
medianos, pelo castaño corto, ojos pardos, tez oscura, todo más o menos del
mismo tono. Vestía pantalones marrón oscuro, zapatos clásicos, camisa beige,
americana marrón claro, como si su mayor deseo fuera confundirse con el paisaje
e incluso lograr la invisibilidad. También llevaba un sombrero marrón, que se
quitó y sostuvo con ambas manos mientras estaba junto a la cama. Hablaba en voz
baja y tenía una sonrisa fácil, pero también tenía más condecoraciones por su
valentía que ningún otro poli en todo el departamento, y era un jefe nato, el
mejor que Jack había conocido.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Crawford.
—Mi servicio ha mejorado, pero mi revés sigue siendo flojo.
—Suelta más la raqueta.
—¿Cree que ése es mi problema?
—Sí, y que además no puedes ponerte de pie.
Jack soltó una carcajada.
—¿Qué tal van las cosas en la división, capitán?
—Nos divertimos como locos. Dos tipos entraron esta mañana en
una joyería de Westwood Boulevard, nada más abrir. Llevaban pistolas con
silenciador, dispararon al dueño y a dos empleados, y los dejaron más muertos
que a Tutankamon antes de que pudieran activar la alarma. Nadie oyó nada. Cajas
enteras de joyas; la caja fuerte estaba abierta con montones de alhajas por
valor de millones. A partir de ahí empezó el jaleo. Los dos chorizos se
pusieron a discutir sobre qué llevarse primero y si tenían tiempo de arramblar
con todo. Uno de ellos hizo un comentario sobre la mujer del otro, y se mataron
mutuamente.
—Dios mío.
—Al cabo de un rato entró un cliente y se encontró con cuatro
cadáveres y uno de los ladrones semiinconsciente despatarrado en el suelo.
Estaba tan malherido que ni siquiera pudo salir a rastras y escapar. El cliente
se quedó allí, asustado por la cantidad de sangre que había en el lugar,
paralizado por el espectáculo. El idiota herido esperó a que el cliente hiciera
algo, pero como éste estaba petrificado, le dijo: «¡Por el amor de Dios, señor,
llame una ambulancia!».
—¿Por el amor de Dios? —dijo Jack.
—Lo que has oído. Cuando llegó la ambulancia, lo primero que
pidió fue una Biblia.
Jack sacudió la cabeza.
—Me alegra saber que no toda la escoria que anda suelta por ahí
es una basura sin Dios, ¿no?
—Sí, me conmueve —dijo Crawford.
Jack era el único paciente en la habitación. Su último
compañero, un constructor de cincuenta años que había estado allí durante tres
días, había muerto el día anterior a causa de complicaciones derivadas de una
operación de vesícula.
Crawford se sentó en el borde de la cama vacía.
—Tengo buenas noticias para ti.
—Me irían bien.
—Asuntos Internos ha enviado el informe final sobre el tiroteo,
y has quedado completamente exonerado ante la junta. Es más, tanto el jefe como
la comisión van a aceptar el informe como definitivo.
—No sé por qué, pero no me vuelve loco de alegría.
—Ambos sabemos que toda la demanda para hacer una investigación
especial fue una cabronada. Pero también sabemos que... una vez que se abre la
puerta, no siempre la cierran sin dar un portazo sobre los dedos de un pobre y
jodido inocente. Así que podemos darnos por satisfechos.
—¿Han exonerado también a Luther?
—Sí, por supuesto. —Me alegro.
—He propuesto tu nombre para una condecoración —dijo Crawford— ,
y también el de Luther, con carácter póstumo. Ambas serán aprobadas.
—Gracias, capitán.
—Es un premio bien merecido.
—Los capullos de la comisión me importan un huevo, y por mí el
jodido jefe se puede ir a la mierda. Si le encuentro algún valor a las
condecoraciones sólo se debe a que fue usted quien propuso nuestros nombres.
Crawford bajó la cabeza y miró el sombrero que no paraba de
hacer girar entre sus manos.
—Te lo agradezco —dijo.
Los dos permanecieron un rato en silencio.
Jack pensaba en Luther y creía que Crawford también.
Finalmente, el capitán levantó la mirada del sombrero:
—Ahora las malas noticias — dijo.
—Siempre tiene que haber alguna.
—No es muy mala, sino irritante. ¿Has oído hablar de la película
de Anson Oliver?
—¿De cuál? Hizo tres, ¿no?
—No, no has oído hablar. Sus padres y la novia embarazada han
hecho un trato con Warner Brothers. — ¿Un trato?
—Han vendido los derechos de la historia de la vida de Anson
Oliver por un millón de dólares.
Jack se quedó mudo.
—Dicen que lo han hecho por dos razones —continuó Crawford— .
Primero, para asegurar el porvenir del futuro hijo de Oliver.
—¿Y qué pasa con el porvenir de mi hijo? — preguntó Jack,
enfadado.
Crawford inclinó la cabeza.
—Te jode, ¿no?
—¡Sí!
—¡Caramba, Jack! ¿Desde cuándo a esa clase de personas les
importan nuestros hijos?
—Nunca les han importado.
—Exactamente. Tú, yo y nuestros hijos estamos aquí para
aplaudirlos cuando hacen algo artístico o ingenioso... y para limpiarles la
mierda cuando se meten en un lío.
—No es justo —dijo Jack, y se rió de sus propias palabras, como
si algún policía con experiencia todavía esperara que la vida fuera justa, la
virtud, recompensada, y la villanía, castigada— . ¡Qué asco!
—No puedes odiarlos por eso. Son así y así es como piensan.
Nunca cambiarán. Sería como odiar el relámpago, el hielo por ser frío y el
fuego por ser caliente.
Jack suspiró, y aunque aún estaba enfadado, se dominó.
—Me ha dicho que hicieron el trato por dos razones. ¿Cuál es la
segunda?
—La película va a ser «un monumento al genio de Anson Oliver».
Eso es lo que ha dicho el padre —dijo Crawford—. «Un monumento al genio de
Anson Oliver.»
—Por el amor de Dios.
Crawford sonrió en voz baja.
—Sí, por el amor de Dios. Y la novia, la madre del futuro
heredero, dice que la película dejará la carrera y la muerte polémicas de Anson
Oliver en su debido sitio histórico.
—¿Qué sitio histórico? Hacía películas, no era el líder de
Occidente, sólo hacía películas.
Crawford se encogió de hombros.
—Bueno, supongo que cuando terminen de ponerlo en el pedestal,
se habrá convertido en un paladín de la lucha contra la droga, en un defensor
incansable de los desamparados...
—Un cristiano devoto — continuó Jack— que en un momento dado
contempló la posibilidad de dedicar su vida a alguna obra misionera...
—Hasta que la Madre Teresa le dijo que mejor hiciera
películas...
—Y que a causa de sus esfuerzos a favor de la justicia, fue
víctima de una conspiración de la CÍA, el FBI...
—La familia real británica, la hermandad internacional de
caldereros y fontaneros...
—El difunto José Stalin... —La rana Gustavo...
—Y la banda de conejos pastillómanos de Nueva Jersey —concluyó
Jack.
Se rieron porque la situación era demasiado ridícula para
reaccionar de otra manera, y porque si no se reían, admitían el poder que tenía
esa gente para hacerles daño.
—Mejor que no me pongan en esa maldita película —dijo Jack
después que sus risas se convirtieron en un acceso de tos— , porque les pondré
una jodida demanda.
—Van a cambiar tu nombre y convertirte en un poli de origen
asiático llamado Wong, diez años mayor que tú y quince centímetros más bajo,
casado con una pelirroja llamada Bertha, y no podrás reclamar ni un escupitajo.
—Pero la gente va a saber que en realidad se trata de mí.
—¿Y eso a quién le importa? Esto es Loquilandia, no lo olvides.
—Dios mío, ¿cómo pueden convertir en héroe a ese tipo?
—Hicieron héroes a Bonnie y Clyde —respondió Crawford.
—Antihéroes.
—Pues a Butch Cassidy y Sundance Kid. — Antihéroes también.
—Entonces a Jimmy Hoffa y Bugsy Siegel; comparado con ellos,
Anson Oliver es una sombra.
Aquella noche, mucho después de que Lyle Crawford se hubiese
marchado, Jack, mientras trataba de ignorar las mil molestias y dormir un poco,
no podía dejar de pensar en la película, el millón de dólares, el acoso que
Toby sufría en la escuela, los viles graffiti con los que habían cubierto su
casa, la falta de ahorros, sus pagas por invalidez, Luther en la tumba, Alma
sola con su arsenal, y Anson Oliver personificado en la pantalla por algún
joven actor de rasgos esculpidos y mirada melancólica, que irradiaba un aura de
piedad santa y nobles ideales, superada sólo por su atractivo sexual.
La sensación de desamparo que embargaba a Jack era mucho peor
que todo lo que hubiera sentido en su vida. La causa de ello, en parte, era la
claustrofobia que le producía el estar inmovilizado dentro de aquel corsé
ortopédico. Pero también porque se sentía atado a la ciudad de Los Angeles por
una casa que había bajado de precio y que en un mercado en recesión resultaba
difícil de vender, porque era un buen policía en una época en que los héroes
eran los delincuentes, y porque se sentía incapaz de ganarse la vida o
encontrar una razón de ser con cualquier otra actividad que no fuera la de ser
policía. Estaba atrapado como una rata en el laberinto de un laboratorio
gigantesco. Pero, a diferencia de la rata, ni siquiera tenía la ilusión de
libertad.
El 6 de junio le quitaron el corsé. La fractura de la columna
estaba completamente curada. Tenía plena sensibilidad en ambas piernas.
Indudablemente aprendería a caminar de nuevo.
Sin embargo, al principio no podía tenerse de pie sin la ayuda
de dos enfermeras, o de una enfermera y un andador con ruedas. Los muslos
habían perdido masa muscular. Las pantorrillas, aunque había hecho ejercicios
pasivos, también sufrían cierto grado de atrofia. Por primera vez en su vida
había echado una tripa blanda, el único lugar en el que había aumentado de
peso.
Un único paseo alrededor de la habitación, asistido por dos
enfermeras y un andador, hizo que le temblaran los músculos del estómago como
si intentara levantar unas pesas de doscientos cincuenta kilos. A pesar de
todo, fue un día de celebración. La vida continuaba. Se sentía como si hubiera
vuelto a nacer.
Se quedó de pie junto a la ventana que enmarcaba la copa de la
palmera alta, y, como por obra y gracia de un universo benigno y consciente, un
trío de gaviotas que venían de la playa de Santa Mónica aparecieron en el
cielo. Flotaron sobre una corriente de aire como tres cometas blancas durante
algo así como medio minuto, y de repente cruzaron el azul del cielo como un
ballet aéreo de libertad, antes de desaparecer rumbo al oeste. Jack observó
cómo se alejaban hasta que se le nubló la vista. Se apartó de la ventana sin
echar siquiera un vistazo a la ciudad que tenía debajo.
Heather y Toby lo visitaron aquella tarde y llevaron mantequilla
de cacahuetes Baskin Robbins y helado de chocolate. A pesar de la grasa que
tenía alrededor de la cintura, Jack no despreció la parte que le correspondía.
Aquella noche soñó con tres gaviotas que desplegaban sus
gloriosas, blancas y luminosas alas como si fuesen ángeles. Volaban
resueltamente hacia el oeste, planeaban y se sumergían, giraban y se elevaban,
pero siempre hacia el oeste, mientras él corría debajo, por los campos,
tratando de mantenerse a la par de ellas. Volvía a ser un niño, extendía los
brazos como si fueran alas, subía colinas, bajaba por laderas cubiertas de
hierba y flores silvestres que le azotaban las piernas, se imaginaba que en
cualquier momento remontaría el vuelo, libre del lastre de la gravedad, y se
elevaría en compañía de las gaviotas. De pronto llegó al final de los campos y
se encontró agitando las piernas en el aire, sobre el borde de un acantilado,
con rocas puntiagudas y afiladas debajo. Unas olas poderosas rompían contra las
rocas y salpicaban el aire, mientras él caía, caía... En aquel momento supo que
sólo era un sueño, pero cuando intentó despertar no pudo. Caía y caía, cada vez
estaba más cerca de la muerte, pero nunca llegaba. Caía y caía sobre las fauces
negras y afiladas de las rocas, sobre la garganta profunda y fría del mar
embravecido. Caía y caía...
Al cabo de cuatro días de terapia cada vez más ardua en el
Hospital General Westside, el 11 de junio lo trasladaron al Hospital de
Rehabilitación Phoenix. Aunque la fractura de la columna estaba curada, le
habían quedado algunas lesiones nerviosas. No obstante, su pronóstico era
excelente.
La habitación en la que estaba se parecía a la de un motel. En
lugar del suelo de vinilo, tenía alfombra, paredes con un empapelado a rayas
verdes y blancas, láminas bien enmarcadas de paisajes bucólicos, y cortinas
chillonas, pero alegres, en las ventanas. Las dos camas de hospital, sin
embargo, estropeaban la imagen de hotel.
La sala de fisioterapia, donde lo llevaron por primera vez en
silla de ruedas a las seis y media de la mañana del 12 de junio, estaba bien
equipada con máquinas de ejercicios. Olía más a hospital que a gimnasio, lo que
no estaba tan mal. Y como tenía cierta idea de lo que le esperaba, Jack pensó
que se parecía más a una cámara de torturas que a un gimnasio.
Su fisioterapeuta, Moshe Bloom, tenía casi treinta años, un
metro noventa de estatura y un cuerpo tan musculoso y bien formado que parecía
que se entrenara para parecerse a un tanque de guerra. Pelo rizado negro, ojos
pardos con motas doradas, y una tez oscura, bronceada por el sol de California.
Vestido con zapatillas blancas, pantalones blancos de algodón, camiseta y gorra
blancas, era una aparición brillante que afloraba a un centímetro del suelo
trayendo un mensaje de Dios, que resultó ser: «Sin dolor, no hay progreso».
—Así como lo dice no parece un consejo —comentó Jack.
—¿Qué?
—Parece una amenaza.
—Después de las primeras sesiones llorará como un niño.
—Si eso es lo que quiere, puedo llorar como un niño ahora mismo,
y nos podemos ir los dos a casa.
—Al principio le asustará el dolor.
—Ya he hecho un poco de terapia en el Hospital Westside.
—Eso es un juego de niños, nada en comparación con el infierno
por el que lo voy a hacer pasar.
—Es un gran consuelo.
Bloom encogió sus enormes hombros.
—No quiero que se haga ilusiones de que su rehabilitación será
fácil.
—Soy el modelo de hombre sin ilusiones.
—Bien. Al principio le asustará el dolor, le dará pánico, se
encogerá de terror, suplicará que lo manden a casa medio tullido en lugar de
terminar el programa...
—Vaya, me muero de ganas de empezar.
—Pero le enseñaré a odiar el dolor en vez de temerlo.
—Quizá sería mejor que me apuntara en la Universidad de
California para estudiar algo, español por ejemplo.
—Y después le enseñaré a amar el dolor, porque será un signo
claro de que está progresando.
—Necesita hacer un curso para que le recuerden cómo inspirar a
sus pacientes.
—Tendrá que inspirarse solo, McGarvey. Mi tarea consiste en
plantearle desafíos.
—Llámame Jack.
El fisioterapeuta sacudió la cabeza.
—No, para empezar, lo llamaré McGarvey y usted me llamará Bloom.
Al menos al principio, mi relación con los pacientes siempre es de
enfrentamiento. Es necesario que me odie, que tenga un objeto contra el que
dirigir su ira. Cuando llegue ese momento, le resultará más fácil odiarme si no
nos tuteamos.
—Ya lo odio.
Bloom sonrió.
—Lo hará muy bien, McGarvey.
DOCE
A partir de la noche del 10 de junio, Eduardo vivió negándolo
todo. Por primera vez en su vida no deseaba enfrentarse a la realidad, aunque
sabía que tenía que hacerlo. Para él habría sido más sano ir al lugar de la
propiedad donde hallaría — o dejaría de hallar— la prueba necesaria para
confirmar sus sospechas más temibles sobre la naturaleza del intruso que había
entrado en su casa mientras él estaba en el despacho de Travis Potter en
Eagle's Roost. Sin embargo, era el único sitio que evitaba de un modo constante.
Ni siquiera miraba hacia la loma.
Bebía demasiado y le daba igual. Había vivido durante setenta
años bajo el lema de «moderación en todo», y ese precepto sólo lo había llevado
a ese punto de soledad y horror humillantes. Ojalá la cerveza —que solía
mezclar con un buen bourbon— lo hubiera dejado todavía más atontado. Tenía una
extraña tolerancia al alcohol. Incluso cuando había bebido lo suficiente como
para que las piernas y la columna vertebral le parecieran de goma, seguía con
la mente demasiado despejada.
Se evadió en los libros y sólo leyó el género que había empezado
a gustarle recientemente: Heinlein, Clarke, Bradbury, Sturgeon, Benford,
Clement, Wyndham, Christopher, Niven, Zelazny. Se sorprendió al comprobar que
así como antes había considerado que la literatura fantástica podía llegar a
ser estimulante, ahora descubría que también podía ser narcotizante, una droga
mucho más efectiva que el alcohol y también menos perjudicial para la vejiga.
El efecto —ya fuera el de ilustrar, despertar admiración o actuar como una
anestesia intelectual y emocional— sólo dependía del lector. Naves espaciales,
máquinas del tiempo, cubículos de teletransporte, mundos alienígenas, lunas
habitadas, extraterrestres, seres mutantes, plantas inteligentes, robots,
androides, seres clónicos, ordenadores dotados de inteligencia artificial,
telepatía, flotas de guerra aeroespaciales que libran batallas en los confines
de la galaxia, el colapso del universo, el tiempo que retrocede... ¡el fin de
todas las cosas! Se perdió en la niebla de un mundo fantástico, en un futuro
que nunca iba a existir, para no tener que pensar en lo impensable.
El viajero de la entrada no hizo nada más; permaneció oculto en
el bosque y los días se sucedieron sin ninguna novedad. Eduardo no entendía por
qué había recorrido miles de millones de kilómetros o miles de años luz por el
espacio para luego proceder a la conquista de la tierra a paso de tortuga.
La esencia de algo auténticamente alienígena consistía, por
supuesto, en que sus motivaciones y acciones resultaban misteriosas e incluso
incomprensibles para los seres humanos. Quizás a aquella cosa no le interesaba
en absoluto conquistar la tierra, y su concepto del tiempo era tan diferente
del de Eduardo que para ella los días podían parecer minutos.
En las novelas de ciencia ficción había tres tipos de
alienígenas: los buenos, que en general querían ayudar a la humanidad para que
ésta alcanzara el máximo potencial de una especie inteligente, lo cual les
permitiría convivir en armonía y compartir aventuras hasta la eternidad; los
malos, que querían esclavizar a los seres humanos, alimentarse de ellos,
cultivar huevos en su interior, cazarlos como si se tratara de un deporte, o
bien erradicarlos debido a un malentendido de consecuencias trágicas o bien por
simple perversidad; y el tercer tipo de extraterrestres — y el menos habitual—
, que no eran ni buenos ni malos, pero sí tan extraños que sus intenciones y su
destino resultaban tan enigmáticos para los seres humanos como los designios de
Dios. Este tercer tipo solía hacer un gran bien a la humanidad, o causaba
grandes estragos sólo por el hecho de pasar por la tierra de camino a los
confines galácticos, igual que un autobús cuando pasa por encima de una fila de
hormigas en una autopista, sin reparar siquiera en su presencia y menos aún en
las repercusiones en la vida de seres inteligentes.
Eduardo no tenía la menor idea acerca de cuáles eran las
intenciones del observador del bosque, aunque sabía de un modo instintivo que,
en lo que a él se refería, no eran buenas. Aquello no buscaba una amistad
eterna ni compartir aventuras con él. Tampoco ignoraba su presencia, así que no
pertenecía al tercer tipo. Era extraño y malévolo, y más tarde o más temprano
iba a matarlo.
En las novelas había más extraterrestres buenos que malos. La
ciencia ficción era básicamente una literatura de esperanza. A medida que
fueron transcurriendo los cálidos días del mes de junio, la esperanza se
convirtió en un bien mucho más escaso en la cabaña y sus alrededores que en las
páginas de esos libros.
La tarde del 17 de junio, cuando Eduardo estaba sentado en la
butaca del salón con una cerveza y un libro de Walter M. Miller, sonó el
teléfono.
—Señor Fernández, no debe preocuparse —dijo Travis Potter.
—¿De veras?
—Recibí un fax del laboratorio estatal con los resultados de las
pruebas de los tejidos de los mapaches y no tenían ninguna infección.
—De algo habrán muerto —dijo Eduardo.
—Pero no de rabia. Tampoco de una epidemia. No hay indicios de
infección ni de que el contagio se haya producido por picaduras o pulgas.
—¿Les han hecho una autopsia?
—Sí señor, la hice yo mismo.
—O sea que se murieron de aburrimiento Potter vaciló.
—Lo único que vi fue una gran inflamación e hinchazón cerebral.
—Pero ¿no dijo que no había infección?
—Y no la hay. No se ve ninguna lesión, ni abscesos ni pus, tan
sólo una inflamación y una gran hinchazón.
—A lo mejor el laboratorio estatal debería analizar los tejidos
del cerebro.
—Precisamente ésa fue una de las cosas que envié. — Ya.
—Nunca había visto nada igual — dijo Potter. Eduardo permaneció
callado.
—Es muy extraño — prosiguió Potter— . ¿Vio alguno más? — ¿Más
mapaches muertos? No. Sólo esos tres. — Voy a realizar unas pruebas
toxicológicas para ver si se trata de un caso de envenenamiento. —No he
utilizado ningún veneno. — Podría tratarse de una sustancia tóxica industrial.
—¿Usted cree? Por aquí no hay fábricas.
—Pues... entonces podría tratarse de una sustancia tóxica
natural.
—Cuando los seccionó... — dijo Eduardo. — ¿Sí?
—Abrió el cráneo, vio el cerebro hinchado... — Aunque estaban
muertos, debido a la presión la sangre y la médula espinal salieron a chorros
en cuanto la sierra atravesó el cráneo.
—Una imagen muy gráfica.
—Lo siento. Pero eso explica por qué tenían los ojos
desorbitados.
—¿Y solamente cogió unas muestras de los tejidos del cerebro
o... — ¿Sí? —... o llegó a seccionar el cerebro?
—Realicé dos cerebrotomías a fondo.
—¿Les abrió el cerebro por completo? — Sí.
—¿Y no encontró nada? — Sólo eso.
—¿Nada... extraño?
La confusión que transmitía el silencio de Potter era casi
audible. Al final repuso:
—¿Qué esperaba que encontrara, señor Fernández? Eduardo no
respondió.
—¿Señor Fernández?
—¿Y qué hay de la columna vertebral? — preguntó Eduardo— .
¿Analizó la columna vertebral? ¿De arriba abajo? — Sí.
—¿Y ha encontrado alguna... adherencia? — ¿Adherencia? — dijo
Potter.
—Sí.
—¿A qué se refiere?
—Algo... parecido a un tumor quizá.
—¿A un tumor?
—Sí, un tumor o algo así.
—No, no vi nada por el estilo. En absoluto.
Eduardo alejó el auricular del oído para beber un sorbo de
cerveza.
Cuando volvió a acercarlo, oyó que Travis Potter le decía:
—¿Hay algo más que no me haya contado?
—Que yo sepa, no — mintió Eduardo.
Esta vez el veterinario permaneció callado. A lo mejor él
también estaba echando un trago de cerveza.
—Por favor, llámeme si encuentra más animales como ésos. — dijo
al fin.
—Lo haré.
—Pero no sólo mapaches.
—De acuerdo.
—Cualquier tipo de animal.
—Por supuesto.
—No los toque — dijo Potter.
—No lo haré.
—Quiero verlos en el sitio exacto en que murieron.
—Lo que usted diga. — Bueno... — Adiós, doctor.
Eduardo colgó y se dirigió al fregadero. Miró por la ventana
hacia el bosque que se hallaba en lo alto de la pendiente del jardín, al oeste
de la casa.
Se preguntó cuánto tiempo más tendría que esperar. Ya estaba
harto de tanta espera.
—Venga —le dijo al observador oculto en el bosque.
Estaba listo. Listo para el infierno, para el cielo o para la
nada eterna, lo que fuera.
No temía la muerte.
Lo que le asustaba era la manera de morir, lo que tendría que
soportar, lo que le podían hacer en los últimos minutos u horas de su vida, lo
que podía llegar a ver.
La mañana del 21 de junio, mientras desayunaba en la cocina y
escuchaba las noticias internacionales por la radio, alzó la vista y vio una
ardilla en la ventana de la pared que daba al norte. Estaba en el alféizar y lo
miraba a través del cristal. Muy quieta. Con la mirada fija. Igual que los
mapaches.
Eduardo la observó un rato y luego volvió a concentrarse en el
desayuno. Cada vez que levantaba la vista, seguía allí.
Después de lavar los platos, se acercó a la ventana, se agachó y
acercó el rostro al de la ardilla. Al animal no pareció preocuparle que lo
examinaran tan de cerca.
Eduardo golpeó el cristal con la uña, justo delante de su cara.
La ardilla ni siquiera parpadeó.
Se levantó, giró el pestillo y empezó a levantar la mitad
inferior de la ventana de guillotina.
La ardilla saltó del alféizar y corrió hacia el jardín trasero,
donde se detuvo y volvió a mirarlo fijamente.
Eduardo cerró la ventana, salió al porche y se sentó. Dos
ardillas lo estaban esperando sobre la hierba. Cuando se sentó en la mecedora
de nogal uno de los animales permaneció inmóvil, pero el otro subió la escalera
del porche y siguió observándolo desde allí.
Aquella noche, acostado en su habitación que había protegido con
una barricada, mientras intentaba dormirse, oyó a las ardillas que correteaban
por el techo y las pequeñas garras que arañaban las tablillas.
Cuando por fin se durmió, soñó con roedores.
El día siguiente, 22 de junio, las ardillas seguían allí. En las
ventanas. En el jardín. En los porches. Cuando Eduardo salió a dar un paseo, lo
siguieron a distancia.
El 23 fue igual, pero la mañana del 24 encontró una ardilla
muerta en el porche trasero. Tenía coágulos de sangre en las orejas y sangre
seca en los orificios de la nariz. Los ojos le sobresalían de las cuencas.
Encontró otras dos ardillas en el jardín y una cuarta en los escalones del
porche delantero. Todas estaban igual.
Habían sobrevivido al control durante más tiempo que los
mapaches.
Al parecer, el viajero estaba aprendiendo.
Eduardo pensó en llamar al doctor Potter, pero finalmente
decidió recoger los cuatro cadáveres y llevarlos al prado que estaba al este de
la casa. Los arrojó al suelo para que los carroñeros los encontraran y acabaran
con ellos.
También pensó en aquel niño imaginario de la casa lejana que
quizás había visto las luces del Cherokee cuando él regresaba de la consulta
del veterinario hacía dos semanas. Se dijo que contarle a Potter toda la verdad
era una deuda que tenía con aquel niño y con todos los demás niños que existían
de verdad. También debía comunicárselo a las autoridades, aunque sabía lo
frustrante y humillante que iba a resultar conseguir que le creyeran.
Pero tal vez a causa de la cerveza que seguía bebiendo de la
mañana a la noche, ya no pudo volver a sentir ese sentimiento de confraternidad
que se había apoderado de él aquella noche. Se había pasado toda la vida
evitando a la gente, y ahora, de pronto, no lograba sentirse parte de la
humanidad.
Además, todo había cambiado para él a partir del momento en que
regresó a su casa y descubrió las huellas del intruso: los terrones
desmenuzados de tierra, los escarabajos muertos, la lombriz, el trozo de tela
azul que se había quedado enganchado en la puerta del horno. Esperaba con pavor
el siguiente movimiento de aquel juego, aunque se negaba a especular sobre ello
y evitaba cualquier pensamiento prohibido que asomara en su mente torturada.
Cuando por fin tuvo lugar aquel enfrentamiento temible, le resultó imposible
compartirlo con extraños. El horror era demasiado personal y sólo él podía
presenciarlo y soportarlo.
Seguía escribiéndolo todo en su diario y anotó lo ocurrido con
las ardillas en el bloc amarillo. No tenía la voluntad ni la energía necesarias
para contar sus experiencias con tanto detalle como al principio. Escribió con
la mayor concisión posible, sin omitir los datos importantes. Aunque escribir
un diario siempre le había parecido una tarea ardua, ahora se sentía incapaz de
dejarlo.
Procuraba entender al viajero mediante la escritura. Al
viajero... y también a sí mismo.
El último día de julio decidió ir a Eagle's Roost para comprar
comida y provisiones. Considerando que ahora vivía inmerso en la sombra de lo
fantástico y lo desconocido, tenía la impresión de que cada acto mundano
—prepararse la comida, hacerse la cama por las mañanas, hacer la compra— era
una pérdida de tiempo y energía, un intento absurdo de dar un aspecto de
normalidad a una existencia que se había vuelto retorcida y extraña. Pero la
vida continuaba.
Cuando Eduardo dio marcha atrás para sacar el Cherokee del
garaje, un cuervo enorme levantó el vuelo desde la barandilla del porche y voló
por encima del capó del jeep agitando las alas. Eduardo frenó y se le caló el
motor. El pájaro se elevó hacia el cielo gris.
Más tarde, en el pueblo, cuando Eduardo salía del supermercado y
empujaba un carrito lleno de provisiones, encontró un cuervo sobre el capó del
coche. Supuso que era el mismo que lo había asustado dos horas antes.
El cuervo permaneció en el capó, observándolo a través del
parabrisas, mientras él iba a la parte de atrás del Cherokee y abría el
maletero. El cuervo no dejó de observarlo mientras él ponía las bolsas detrás
del asiento trasero. Siguió observándolo cuando llevó el carrito vacío a la
entrada del supermercado, regresó y se sentó al volante. El pájaro levantó el
vuelo justo cuando encendió el motor.
El cuervo lo siguió a lo largo de los veinticinco kilómetros del
paisaje de Montana. Eduardo podía verlo si se inclinaba hacia delante por
encima del volante y miraba por la parte superior del parabrisas o si
sencillamente miraba por la ventana lateral, según la posición que el ave
escogiera para controlarlo. A veces volaba paralela al coche, a la misma
velocidad, y otras se elevaba hasta convertirse en una mancha y casi
desaparecía entre las nubes, para luego regresar y volver a volar a su lado. Lo
acompañó hasta su casa.
Mientras Eduardo cenaba, el cuervo permanecía en el alféizar de
la ventana, en la pared que daba al norte de la cocina, en el mismo sitio donde
había visto por primera vez a la ardilla centinela. Cuando se levantó de la
mesa para abrir la ventana, el cuervo se marchó, tal como lo había hecho la
ardilla.
Dejó la ventana abierta y terminó de cenar. Entró una brisa
refrescante de los prados crepusculares. Antes de que Eduardo terminara el
último bocado, el cuervo había regresado. Permaneció junto a la ventana abierta
mientras Eduardo fregaba los platos, los secaba y los guardaba. Con sus ojos
negros seguía cada uno de los movimientos.
Eduardo cogió otra cerveza de la nevera y regresó a la mesa. Se
sentó en otra silla, más cerca del cuervo. Se hallaban tan sólo a un metro de
distancia.
—¿Qué quieres? —preguntó, sorprendido de no sentir que hacía el
ridículo por hablar con un maldito pájaro.
Por supuesto, en realidad no estaba hablando con un pájaro, sino
que se dirigía a aquello que controlaba al pájaro. Al viajero.
—¿Sólo quieres observarme? —preguntó. El pájaro seguía
mirándolo.
—¿Te gustaría comunicarte conmigo?
El pájaro alzó un ala, ocultó la cabeza debajo y se puso a
picotear las plumas para arrancarse los piojos. Tras otro sorbo de cerveza,
Eduardo prosiguió:
—¿O te gustaría controlarme igual que lo haces con estos
animales?
El cuervo se apoyaba primero en un pie y luego en otro; de
pronto se sacudió y levantó la cabeza para mirarlo con un solo ojo.
—Puedes comportarte como un pájaro todo lo que quieras, pero yo
ya sé que no lo eres, que no eres sólo eso.
El cuervo dejó de moverse.
Más allá de la ventana, el crepúsculo había cedido el paso a la
noche.
—¿Podrías controlarme? A lo mejor sólo puedes hacerlo con
criaturas limitadas, con las que poseen unos sistemas neurológicos menos
complejos.
Los negros ojos del cuervo brillaban. Tenía el pico ligeramente
abierto.
—O a lo mejor quieres aprender un poco de ecología, descubrir
nuestra flora y fauna y deducir cómo funciona todo esto, para pulir tus
habilidades, ¿eh? O tal vez pretendes descubrir la manera de llegar hasta mí.
¿Es eso?
El pájaro siguió mirándolo.
—Sé que no hay nada de ti en el pájaro, nada físico, quiero
decir. Como tampoco lo había en los mapaches. Lo sé por la autopsia. Creí que a
lo mejor habías tenido que introducir algo en el animal para controlarlo, algo
electrónico, qué sé yo, quizás algo biológico. Pensé que tal vez había varios
seres iguales a ti en el bosque, una colmena, un nido, y a lo mejor uno de
vosotros tenía que introducirse en el animal para controlarlo. Casi esperaba
que Potter hallara un cuerpo extraño en el cerebro de los mapaches, algún
maldito bicho con cien pies colgado de la espina dorsal. Una semilla, una araña
extraña, cualquier cosa. Pero tú no actúas de ese modo, ¿verdad? —Bebió un
sorbo de Corona—. ¡Ahhh...!, qué bien sabe.
Alzó la cerveza hacia el cuervo.
El animal lo contemplaba por encima de la botella.
—¿Así que eres abstemio? No paro de aprender cosas sobre ti.
Nosotros, los seres humanos, somos muy curiosos. Aprendemos rápido y sabemos
aplicar lo que aprendemos, sabemos enfrentarnos a los retos. ¿Eso no te
preocupa?
El cuervo alzó la cola y defecó.
—¿Eso fue un comentario —preguntó Eduardo— o sólo imitabas a un
pájaro?
El pico afilado se abrió y cerró, se abrió y cerró, pero no
emitió ningún sonido.
—Tienes algún modo de controlar a los pájaros desde lejos.
¿Telepatía o algo así? Con este pájaro lo has hecho desde bastante lejos. Hay
veinticinco kilómetros hasta Eagle's Roost. Bueno, a lo mejor para un pájaro
son veinte.
El cuervo no dio indicios de que el viajero se hubiera dado
cuenta de que Eduardo hacía un chiste bastante malo.
—Muy inteligente, ya sea por telepatía u otra cosa. Pero desde
luego causa estragos en la víctima, ¿verdad? Veo que vas aprendiendo, pues
estás descubriendo las limitaciones de los esclavos locales.
El cuervo picoteó en busca de más piojos.
—Y a mí, ¿has intentado controlarme? Porque si lo has hecho, no
me he dado cuenta. No he sentido que me sondearan la mente, no he visto
imágenes extrañas al cerrar los ojos, ninguna de esas cosas que se leen en los
libros.
Más picotazos.
Eduardo apuró la cerveza y se limpió la boca con la manga.
Tras acabar con los piojos, el pájaro lo miró con serenidad,
como si estuviera dispuesto a quedarse allí toda la noche y a escucharlo
hablar, si eso era lo que quería.
—Creo que estás actuando muy despacio, que estás tanteando el
terreno y experimentando. A los que nacimos aquí este mundo nos resulta muy
normal, pero quizá para ti es uno de los lugares más raros que has visto. A lo
mejor aquí no te sientes muy seguro de ti mismo.
No había iniciado la conversación con la intención de que el
cuervo le respondiera. No estaba en una maldita película de Walt Disney. Sin
embargo, el prolongado silencio del pájaro empezaba a frustrarlo y a
enfurecerlo, probablemente porque el día había transcurrido en medio de una
marea de cervezas y la furia producida por el alcohol se había apoderado de él.
—Bueno, basta ya de tantas estupideces. Empecemos de una vez.
El cuervo no hacía más que mirar.
—Ven, ven a visitarme; pero tú, no un pájaro, una ardilla o un
mapache. Ven tú. Sin disfraces. Vamos a hacerlo. Acabemos con todo esto de una
vez por todas.
El pájaro agitó las alas, desplegándolas a medias.
—Eres peor que el cuervo de Poe. Ni siquiera dices nada, sólo te
quedas allí. ¿Para qué sirves?
Seguía mirándolo.
Y el cuervo, sin aletear, sigue posado, sigue posado...
A pesar de que Poe nunca le había entusiasmado, sólo era un
escritor que había leído mientras descubría a los que admiraba de verdad,
empezó a recitar el poema al centinela con plumas infundiendo a sus palabras la
misma vehemencia del narrador perturbado creado por el poeta:
—«Y sus ojos son iguales a los de un demonio que sueña, y la luz
de la lámpara se derrama sobre él y proyecta una sombra en el suelo...»
De pronto se dio cuenta, aunque ya era demasiado tarde, de que
el pájaro, el poema y su propia mente traidora lo habían llevado a enfrentarse
a la terrible idea que había reprimido desde el 10 de junio, cuando limpiaba la
tierra y los demás rastros. En el corazón de El cuervo de Poe había una
doncella perdida, la joven Leonore, abandonada a la muerte, y un narrador que
creía de un modo morboso que Leonore había regresado de...
Eduardo cerró la puerta que conducía al final de aquel
pensamiento. Con un gruñido de rabia, tiró la botella de cerveza vacía contra
el cuervo. El pájaro y la botella desaparecieron en la oscuridad de la noche.
Se levantó de la silla y se dirigió a la ventana.
El pájaro revoloteó sobre la hierba, luego levantó el vuelo con
un aleteo furioso y se perdió en el oscuro cielo.
Eduardo cerró la ventana tan violentamente que a punto estuvo de
romper el cristal, corrió el pestillo y se llevó las manos a la cabeza, como si
quisiera arrancar esa idea tan temible que no lograba reprimir.
No supo si aquella noche el pájaro se acercó a la ventana de su
dormitorio mientras dormía o si caminó por el tejado.
No despertó hasta las doce y diez del i de julio. El resto del
día su preocupación por hacer frente a la resaca y los intentos de aliviarla le
ayudaron a no pensar en los versos morbosos de un poeta muerto hacía mucho
tiempo.
El cuervo estuvo con él ese día y los dos siguientes, desde la
mañana hasta la noche, sin cesar, aunque Eduardo procuraba ignorarlo. Se
acabaron los intercambios de miradas como con las ardillas. Se acabaron las
conversaciones de un solo interlocutor. Eduardo no se sentó en ninguno de los
porches. Cuando estaba en la casa no miraba las ventanas. Su vida, que ya de
por sí era limitada, se había vuelto todavía más restringida.
A las tres de la tarde del 4 de julio, tras sufrir un ataque de
claustrofobia por estar tanto tiempo encerrado, Eduardo planeó un itinerario y,
con la escopeta al hombro, se fue a dar un paseo. No alzó la vista hacia el
cielo, sólo miraba hacia delante. Sin embargo, en dos ocasiones vio una sombra
que se movía velozmente delante de él, y se dio cuenta de que no estaba solo.
De regreso a su casa, cuando se hallaba a tan sólo veinte
metros, el cuervo cayó en picado desde el cielo. Agitaba las alas en vano, como
si ya no supiera volar, y cayó casi con la misma gracia que una piedra desde la
misma altura. Se desplomó en el suelo y chilló, pero ya estaba muerto antes de
aterrizar.
Sin detenerse a mirarlo, Eduardo lo cogió por una punta del ala
y se lo llevó al prado para tirarlo junto a las cuatro ardillas que había
dejado el 24 de junio.
Esperaba encontrar una pila de restos, macabra, picoteada y
despedazada por los carroñeros, pero las ardillas ya no estaban allí. No le
habría sorprendido que se hubieran llevado a una o dos para devorarlas en otro
sitio. Pero los carroñeros solían despellejar los cadáveres en el mismo lugar
en que los encontraban, y dejaban por lo menos unos cuantos huesos, las patas,
trozos de piel y un cráneo totalmente roído.
El hecho de que no quedara ningún rastro de las ardillas sólo
podía significar que el viajero se las había llevado. Él o cualquiera de sus
emisarios sometidos a su maligno control.
Quizá, tras haber comprobado su poder de destrucción, el viajero
quería examinarlas para ver por qué había fracasado; con los mapaches no había
podido hacerlo porque Eduardo se los había llevado al veterinario. O a lo mejor
creía que, igual que los mapaches, eran una prueba de su presencia y prefería
dejar el menor rastro posible hasta que su posición en la Tierra estuviera bien
afianzada.
Se quedó mirando hacia el lugar donde había dejado las ardillas.
Alzó la mano que sostenía el cuervo y contempló sus ojos sin
vida. Brillaban como el ébano pulido y le sobresalían de las cuencas.
—Ven — murmuró.
Se llevó el cuervo a su casa. Pensaba utilizarlo. Tenía un plan.
El colador tenía unas anillas de acero inoxidable que sostenían
la tela metálica y se apoyaba en tres pequeñas patas de acero. Era del mismo
tamaño que un cuenco de un litro. Con él colaba la pasta siempre que preparaba
grandes cantidades para hacer ensaladas. De la anilla superior colgaban dos
asas de acero que servían para sacudir y acabar de colar la pasta humeante.
Mientras daba vueltas al colador una y otra vez con las manos,
Eduardo repasó su plan por última vez y se dispuso a ponerlo en práctica.
De pie junto al mostrador de la cocina, plegó las alas del
cuervo y lo puso dentro del colador.
Con aguja e hilo, cosió el cuervo a la tela metálica en tres
lugares distintos para que el cuerpo inerte no se cayera al inclinar el
colador.
Cuando apartó la aguja y el hilo, el pájaro movió la cabeza y se
estremeció.
Eduardo retrocedió unos pasos, atónito.
El cuervo emitió un chillido débil y trémulo.
Eduardo sabía que había muerto. Para empezar, se le había roto
el cuello. Antes tenía unos ojos tan hinchados que le colgaban de las cuencas.
Parecía que había muerto en pleno vuelo a causa de un ataque cerebral, igual
que las ardillas y los mapaches. Al caer desde una altura tan elevada y
estrellarse contra el suelo había sufrido incluso más lesiones. Estaba
completamente muerto.
Ahora, cosido a la tela metálica del colador, el pájaro
resucitado no pudo levantar la cabeza que tenía apoyada en el pecho, no porque
se lo impidieran los hilos con los que estaba atado, sino porque el cuello
seguía roto. Intentó agitar las patas y las alas destrozadas, pero le resultó
imposible debido a las lesiones que habían sufrido, no por los hilos que las
sujetaban.
Tras superar el temor y la repulsión, Eduardo apoyó la mano en
el pecho del cuervo. El corazón no le latía.
El corazón de las aves pequeñas late mucho más rápido que el de
cualquier mamífero; es como el motor de un coche de carreras. Resulta muy fácil
detectarlo porque todo el cuerpo reverbera con los latidos.
Definitivamente, el corazón del cuervo no latía, y, por lo que
Eduardo podía ver, el pájaro tampoco respiraba. Además, tenía el cuello roto.
Hubiese querido que aquello fuera una prueba de la capacidad del
viajero para resucitar a una criatura muerta, un verdadero milagro. Pero la
verdad era mucho más temible.
El cuervo estaba muerto.
Sin embargo, se movía.
Temblando de asco, Eduardo alejó la mano del pequeño cadáver
vibrante.
El viajero podía recuperar el control de un cuerpo muerto sin
necesidad de resucitar al animal. De algún modo, tenía poder tanto sobre lo
inanimado como sobre lo animado.
Eduardo deseó desesperadamente no pensar en ello.
Pero no podía. No podía evitar seguir con esa temida hipótesis.
Si no hubiese llevado los mapaches al veterinario, ¿habrían
acabado levantándose con un estremecimiento, fríos pero en movimiento, muertos
pero animados?
En el colador, la cabeza del cuervo se balanceaba debido al
cuello roto, y el pico se abría y cerraba con un ligero ruido seco.
Ahora cabía la posibilidad de que nadie se hubiera llevado a las
ardillas del prado. Quizás esos cuerpos rígidos habían respondido a la
insistente llamada del titiritero, quizá sus fríos músculos se habían
flexionado y contraído con dificultad y sus rígidas articulaciones habían
crujido al verse obligadas a moverse. Era posible incluso que aunque los
cuerpos hubieran empezado a descomponerse hubiesen levantado la cabeza con un
estremecimiento y se hubieran alejado del prado a rastras, en dirección al bosque,
a la guarida de aquello que los dirigía.
«No pienses en ello, basta ya. Piensa en otra cosa, por el amor
de Dios. Lo que sea, pero no en eso.»
Si soltaba al cuervo en el jardín, ¿empezaría a aletear y a
agitarse por el suelo con las alas rotas hasta llegar a la colina y adentrarse
en las sombras del bosque como si hiciera un peregrinaje terrible?
¿Se atrevía a seguirlo hasta el corazón de las tinieblas?
No. No si ello suponía un enfrentamiento; si tenía que
enfrentarse a aquella cosa, Eduardo quería que fuese en su territorio y no en
el extraño nido que se había construido.
De pronto se le heló la sangre cuando sospechó que el viajero
era tan alienígena que ignoraba el modo distinto en que los seres humanos
percibían la vida y la muerte y no sabía establecer la diferencia. A lo mejor
los de su especie no morían nunca. O bien morían en el sentido biológico y
luego volvían a nacer de una forma diferente a partir de sus restos
descompuestos y, por lo tanto, suponían que ocurría lo mismo con las criaturas
de este mundo. De hecho, su especie — sobre todo su relación con la muerte— era
mucho más extraña, perversa y repugnante de lo que Eduardo jamás habría sido
capaz de imaginar.
En los libros que había leído recientemente había descubierto
que en un universo infinito el número potencial de tipos de seres inteligentes
y dotados de vida también era infinito. Teóricamente, todo lo que uno puede
imaginar tiene que existir en una esfera infinita. Al referirse a la vida
extraterrestre, la palabra «alienígena» significaba lo más extraño, una rareza
envuelta en otra, algo que estaba más allá de nuestra comprensión y, quizá, más
allá de toda esperanza de que algún día se pudiera llegar a comprender.
Aunque antes ya había pensado en ello, hasta ese momento no
había tomado conciencia de que tenía las mismas posibilidades de entender al
viajero, de entenderlo de verdad, que las de un ratón de entender la
complejidad de la experiencia y la mente humanas.
El cuervo muerto se estremeció y las patas rotas se le
crisparon. De su garganta torcida surgió un sonido parecido a un graznido que
era una parodia grotesca del grito de un cuervo vivo.
Una oscuridad espiritual se apoderó de Eduardo, porque ya no
podía negar, de modo alguno, la identidad del intruso que había dejado un
rastro vil en su casa la noche del 10 de junio. Desde el principio había sabido
lo que estaba reprimiendo. Incluso cuando se había emborrachado para olvidar,
lo había sabido. Incluso cuando había simulado no saberlo, lo había sabido. Y
ahora lo sabía. Lo sabía. Santo cielo, lo sabía.
Eduardo nunca había temido la muerte.
Casi la deseaba.
Y ahora volvía a temerla. Era más que miedo. Estaba físicamente
enfermo de terror. Temblaba y sudaba.
A pesar de que el viajero no había dado señales de poder
controlar el cuerpo de un ser humano vivo, ¿qué iba a ocurrir tras su muerte?
Cogió la escopeta que estaba en la mesa y las llaves del
Cherokee y se dirigió a la puerta que daba al garaje. Debía marcharse
enseguida, no había tiempo que perder, tenía que irse lo más lejos posible. Al
cuerno con averiguar más cosas sobre el viajero. Al cuerno con provocar un
enfrentamiento. Lo que tenía que hacer era meterse en el Cherokee, apretar el
acelerador, atropellar todo lo que se interpusiera en el camino y alejarse lo
máximo posible de aquella cosa que había cruzado la entrada negra para penetrar
en la noche de Montana.
Abrió la puerta y se detuvo en el umbral entre la cocina y el
garaje. No sabía adonde ir. No tenía familia. No tenía amigos. Era demasiado
viejo para volver a empezar.
Y, aunque se marchara, el viajero iba a seguir allí, iba a
seguir aprendiendo a desenvolverse en este mundo y a realizar sus experimentos
perversos; iba a ultrajar lo sagrado y todo lo que Eduardo siempre había
querido y respetado.
No podía huir. Nunca había huido de nada; sin embargo no fue el
orgullo lo que lo detuvo cuando dio el primer paso para entrar en el garaje. Lo
que le impidió marcharse fue su noción del bien y del mal, los valores básicos
que lo habían acompañado a lo largo de toda su vida. Si les daba la espalda y
escapaba como un cobarde, nunca más iba a poder mirarse en el espejo. Estaba
viejo y solo, lo cual ya era bastante malo. Sentirse viejo, solo y, además,
corroído por el desprecio a sí mismo sería insoportable. Deseaba
desesperadamente huir de todo aquello, pero para él no existía esa posibilidad.
Dio un paso atrás, cerró la puerta del garaje y volvió a dejar
la escopeta sobre la mesa.
Sintió una desolación como la que sólo podía conocerse en el
infierno.
El cuervo muerto se agitaba e intentaba soltarse de los hilos
que lo sujetaban al colador. Eduardo había hecho unos nudos muy apretados con
un hilo grueso y el pájaro tenía los músculos y huesos demasiado lesionados
como para poder soltarse.
Ahora su plan le pareció absurdo. Era una baladronada sin
sentido, una auténtica locura. De todas formas, siguió adelante, pues prefería
actuar en lugar de esperar el final con resignación.
Salió al porche trasero y sostuvo el colador contra la puerta de
la cocina. El cuervo apresado se agitaba y arañaba. Eduardo cogió un lápiz y
señaló en la madera el lugar que correspondía a los agujeros de las asas.
Clavó dos clavos y colgó el colador.
Se veía el cuervo, que seguía forcejeando con debilidad, a
través de la tela metálica clavada a la puerta. Sin embargo, se podía descolgar
sin dificultad.
Con dos clavos en forma de U, Eduardo fijó las dos asas a la
puerta de roble. El ruido del martilleo recorrió la colina del jardín y el muro
de pinos del bosque devolvió el eco.
Si el viajero, o su emisario, quería sacar el colador y llevarse
el cuervo, tendría que retirar los clavos para soltar por lo menos una de las
asas, o bien cortar la tela metálica con tijeras para apoderarse de aquel
trofeo con plumas.
En cualquier caso, no podría llevarse el pájaro en silencio y
con rapidez. Eduardo se enteraría enseguida de que algo intentaba apoderarse
del cuervo; sobre todo porque tenía la intención de pasar toda la noche en la
cocina si era necesario.
No estaba seguro de que el viajero quisiera recuperar el cuervo
muerto. A lo mejor se equivocaba y el malogrado títere no le interesaba en
absoluto. Sin embargo, el pájaro había durado más que las ardillas, y éstas
habían durado más que los mapaches, de modo que era posible que al titiritero
le interesase examinar el cuerpo para averiguar el motivo.
Esta vez no operaría a través de una ardilla. Ni siquiera de un
mapache por muy listo que fuera. Por la manera en que Eduardo lo había
dispuesto, le haría falta más fuerza y destreza. Rezó para que fuera el viajero
en persona el que respondiera al desafío e hiciera su primera aparición. «Ven»,
pensó Eduardo. Pero si enviaba a la otra cosa, a la cosa innombrable, a la
Leonore perdida..., pues también se sentía capaz de enfrentarse a semejante
horror.
Es sorprendente lo que un ser humano puede soportar y la fuerza
que puede llegar a tener incluso a la sombra de un terror opresivo, incluso en
las garras del horror, poseído por la más oscura desesperación.
El cuervo se quedó quieto otra vez. En silencio. Muerto.
Eduardo se giró para contemplar el bosque.
«Vamos, ven de una vez, hijo de puta. Muéstrame tu rostro,
muéstrame tu horrible y apestoso rostro. Ven, arrástrate para que pueda verte.
No seas tan cobarde, maldito monstruo.»
Entró en la casa. Cerró la puerta, pero no echó la llave.
Tras cerrar las persianas para que nada ni nadie pudiera verlo
sin que él lo supiera, se sentó a la mesa de la cocina dispuesto a poner su
diario al día. Tras llenar tres páginas con su esmerada caligrafía, acabó lo
que supuso podía ser su última anotación.
Si le ocurría algo, quería que encontraran el bloc amarillo,
aunque no con demasiada facilidad. Lo metió en una gran bolsa de plástico de
cierre hermético para protegerlo de la humedad, y lo guardó en el congelador,
junto a la comida.
Empezaba a anochecer. Se acercaba la hora de la verdad. Sabía
que la cosa del bosque no iba a aparecer a plena luz del día.
Presentía que era una criatura de hábitos nocturnos, que
prefería actuar en la oscuridad.
Cogió una cerveza de la nevera. Qué demonios, era la primera que
tomaba desde hacía varias horas.
A pesar de que deseaba estar sobrio para el enfrentamiento que
le esperaba, tampoco quería estar del todo lúcido. Hay cosas a las que es más
fácil enfrentarse si se tiene la sensibilidad ligeramente adormecida.
Cuando la noche apenas había caído por el oeste y antes de que
acabara su primera cerveza, Eduardo oyó algo en el porche trasero, un ruido
sordo, luego un arañazo y otro ruido sordo. Sin duda, no se trataba del cuervo,
esos ruidos eran más fuertes. Era un sonido producido por algo que subía la
escalera de madera del porche torpemente, pero con determinación.
Eduardo se levantó y cogió la escopeta. Aunque le sudaban las
manos podía sostener el arma.
Otro ruido sordo y un arañazo arenoso.
A Eduardo el corazón le latía con la violencia de un pájaro, iba
más rápido que el del cuervo cuando estaba vivo.
El visitante —fuera cual fuere su mundo de origen, fuera cual
fuere su nombre, estuviese muerto o vivo— llegó hasta el final de la escalera y
cruzó el porche en dirección a la puerta. Ya no se oía el ruido sordo. Ahora
parecía que se arrastraba, se deslizaba o que arañaba el suelo.
Debido al tipo de cosas que había leído en los últimos meses,
Eduardo evocó en un instante una imagen tras otra de diversas criaturas
sobrenaturales capaces de producir un ruido semejante, y cada una de ellas era
más malévola que la anterior, hasta que finalmente su mente se vio invadida de
monstruos. Uno de esos monstruos no era sobrenatural, pertenecía más a Poe que
a Heinlein, a Sturgeon o a Bradbury, era más gótico que futurista y no sólo de
la tierra, sino más bien de debajo de ésta.
Se acercó más y más, hasta que por fin llegó a la puerta, que no
estaba cerrada con llave.
Silencio.
Eduardo sólo tenía que avanzar tres pasos, coger el pomo y tirar
de él para encontrarse cara a cara con el visitante. No podía moverse. Estaba
tan clavado al suelo como los árboles a las colinas que se elevaban detrás de
la casa. A pesar de que había ideado el plan que precipitó el enfrentamiento, a
pesar de que no había huido cuando había tenido la oportunidad de hacerlo y de
que se había convencido a sí mismo de que su cordura dependía del
enfrentamiento directo con ese horror, estaba paralizado y ya no estaba tan
seguro de que huir habría sido un error.
La cosa se detuvo. Estaba allí, pero inmóvil. A tan sólo unos
pocos centímetros del otro lado de la puerta.
¿Qué hacía? «Esperaba a que Eduardo diera el primer paso? ¿O miraba
el cuervo en el colador? Como el porche estaba oscuro y la luz de la cocina
apenas atravesaba las persianas, ¿vería al cuervo?
Claro que sí, seguro que podía ver en la oscuridad mejor que
cualquier maldito gato, porque la cosa pertenecía a la oscuridad.
Eduardo oía el tictac del reloj de la cocina. A pesar de que
siempre había estado allí, hacía años que no lo oía pues formaba parte del
ruido de fondo; sin embargo, esta vez lo oyó, más fuerte que nunca, igual que
el tambor que marca un ritmo lento y comedido en un funeral.
«Vamos, vamos, hazlo.» Esta vez no animaba al viajero a salir de
su escondite, sino más bien a sí mismo. «Vamos, cobarde hijo de puta, viejo
estúpido, adelante.»
Se acercó a la puerta y se puso ligeramente a un lado para
abrirla.
Para coger el pomo iba a tener que sostener la escopeta con una
sola mano; y no debía hacerlo, de ninguna manera.
El corazón le latía dolorosamente contra las costillas. Sentía
el pulso tan fuerte que temía que le estallaran las sienes.
Olió la cosa a través de la puerta cerrada. Era un olor
nauseabundo, ácido y pútrido, más asqueroso que todos los que había conocido en
su vida.
El pomo, delante de él, el pomo que no se atrevía a tocar,
redondo y pulido, amarillo y brillante, empezó a girar. Una luz centelleante,
un reflejo de los tubos fluorescentes de la cocina, cayó sobre la suave curva
del pomo mientras éste giraba lentamente. Muy lentamente. El cerrojo se salió
de la anilla produciendo un ligero chirrido debido al contacto del metal contra
el metal.
Las sienes le latían con violencia, casi le retumbaban. Se le
había hinchado el corazón en el pecho, estaba tan hinchado y le latía tan
deprisa que le oprimía los pulmones y le dificultaba la respiración.
El pomo se deslizó hacia el otro lado y la puerta siguió
cerrada. El cerrojo volvió a su lugar. El momento de la revelación se había
aplazado, quizá se le escapaba para siempre pues el visitante se retiraba...
Con un grito de angustia que lo sorprendió, Eduardo cogió el
pomo y abrió la puerta de golpe, con un movimiento violento, obligándose a sí
mismo a enfrentarse cara a cara a su peor temor. La doncella perdida, tres años
en la tumba y por fin liberada: una masa de pelo gris enredado, tieso y
enmarañado por la suciedad, las cuencas vacías, la carne atrozmente oscura y
corrupta debido a los efectos del líquido embalsamador, atisbos de huesos en
los tejidos desecados y apestosos, los labios marchitos que enseñaban los
dientes y revelaban una sonrisa amplia pero sin humor. La doncella perdida
apareció con el vestido mortuorio, andrajoso y comido por los gusanos, el
tejido azul manchado de los flujos de la descomposición. Tras haberse levantado
y regresado, ahora tendía una mano hacia él. Semejante visión no sólo llenó a
Eduardo de terror y repulsión, sino también de desesperación. ¡Dios mío! Se
hundió en un mar de fría y negra desesperación cuando vio que Margarita había
acabado así, reducida al destino innombrable de todos los seres vivos.
«Esta cosa, esta cosa sucia no es Margarita. Margarita está en
un lugar mucho mejor, en el cielo, con Dios. Tiene que haber un Dios, Margarita
se merece un Dios. Se merece algo más que esto, algo más que un final como
éste; está con Dios, está con Dios, hace tiempo que abandonó su cuerpo y está
con Dios.»
Tras el primer instante, Eduardo pensó que no le iba a ocurrir
nada, que iba a ser capaz de conservar la cordura de apuntar con la escopeta y
disparar a esa cosa repugnante, tirarla del porche, dispararle una y otra vez
hasta que no se pareciera en nada a su Margarita, hasta que sólo fuera una pila
de huesos y de restos orgánicos sin el poder de hundirlo en la desesperación.
Entonces vio que no sólo lo había venido a ver esa intermediaria
atroz, sino también el viajero; eran dos enfrentamientos en uno. El alienígena
se hallaba enroscado al cadáver y aunque colgaba de su espalda también se había
introducido por sus cavidades; estaba encima y dentro de la mujer muerta.
Parecía tener el cuerpo blando, poco adaptado a la fuerza de la gravedad. Quizá
necesitaba un soporte para poder trasladarse. Era negro y resbaladizo, con
manchas rojas, y estaba formado por una masa de apéndices retorcidos y
enmarañados que a veces parecían lisos y blandos como las serpientes y otras
puntiagudos y articulados como las patas de los cangrejos. No tenían músculos
como los anillos de las serpientes, ni caparazones como los cangrejos, sino que
eran gelatinosos. No se le veía la cabeza ni ningún orificio, no mostraba
ningún rasgo familiar que a Eduardo le indicara cuál era la parte superior y
cuál la inferior, pero sólo tuvo unos segundos para asimilar lo que veía;
apenas pudo vislumbrarlo. La visión de esos tentáculos negros y brillantes que
se introducían y salían de los orificios de la caja torácica le hizo darse
cuenta de que quedaba menos carne de la que creía en aquel cadáver de tres
años, y que el volumen de la aparición que tenía delante estaba constituido por
el visitante montado sobre los huesos. Sus apéndices enredados sobresalían por
donde antes habían estado el corazón y los pulmones, se enroscaban como
sarmientos alrededor de las clavículas y los omóplatos, alrededor de los
húmeros, los radios y los cubitos, alrededor de los fémures y las tibias,
incluso llenaban el cráneo vacío y se agitaban con frenesí detrás de las
cuencas vacías.
Era más de lo que Eduardo podía soportar, más de lo que los
libros lo habían preparado para ver; era algo más allá de lo desconocido, una
obscenidad insoportable. Se oyó a sí mismo gritar, pero no pudo detenerse, no
pudo levantar la escopeta porque el grito había acaparado todas sus fuerzas.
Aunque parecía una eternidad, sólo habían transcurrido unos
segundos desde el momento en que había abierto la puerta hasta que el corazón
se le encogió con unos espasmos mortales. A pesar de la amenaza que se retorcía
frente a él, a pesar de los pensamientos y terrores que le estallaban en la
mente, Eduardo supo que habían transcurrido exactamente cinco segundos porque
una parte de él seguía consciente del tictac del reloj y de su cadencia
funeraria. En aquel momento, un dolor desgarrador se apoderó de él, el dolor
más intenso de todos; no se debió a una agresión del viajero, sino que se
trataba de un dolor que venía de dentro y estaba acompañado de una luz blanca
que brillaba como una explosión nuclear; una blancura que eliminaba todo lo
demás, borraba al viajero de su vista y le hacía olvidar todas las
preocupaciones del mundo. Era la paz.
TRECE
Como además de la fractura de columna Jack había sufrido
lesiones neurológicas, tuvo que hacer una terapia de rehabilitación más larga
de lo que había previsto. Moshe Bloom, tal y como se lo había prometido, le
enseñó a considerar el dolor como un amigo y como una prueba de que se estaba
recuperando. A primeros de julio, tras cuatro meses de internación, el dolor
que disminuía de un modo gradual se había convertido en un compañero constante
desde hacía tanto tiempo que no sólo era un amigo, sino también un hermano.
El 17 de julio, cuando le dieron el alta en el hospital, Jack ya
podía caminar, aunque todavía necesitaba utilizar dos bastones. De hecho, usaba
los dos a la vez en contadas ocasiones, llegaba incluso a no usar ninguno, pero
sin ellos temía caerse, sobre todo cuando tenía que bajar unas escaleras.
Aunque se movía con lentitud, podía aguantarse de pie; sin embargo, debido a un
impulso nervioso errante, en ocasiones le fallaba una pierna y se le doblaba la
rodilla. Al cabo de una semana, esas sorpresas tan desagradables se volvieron
cada vez menos frecuentes. Confiaba que en agosto podría prescindir de un
bastón y, en septiembre, del otro.
Moshe Bloom — aunque era fuerte como una roca, seguía dando la
impresión de que flotaba como si anduviera sobre un cojín de aire— acompañó a
Jack hasta la salida del hospital mientras Heather sacaba el coche del
aparcamiento. El fisioterapeuta iba vestido de blanco, como siempre, pero
llevaba un gorro de punto de colores chillones.
—Acuérdese de hacer los ejercicios todos los días.
—De acuerdo.
—Incluso cuando ya no necesite los bastones.
—Lo haré.
—Los pacientes suelen abandonar los ejercicios. A veces cuando
recuperan la mayor parte de las funciones y se sienten más seguros, deciden que
ya no necesitan seguir con ellos. Pero la curación sigue su curso aunque no se
den cuenta.
—Ya.
—De pronto empiezan a tener problemas y se ven obligados a
volver al hospital para recuperar el terreno perdido — prosiguió Moshe mientras
abría la puerta para dejar pasar a Jack.
—A mí no me ocurrirá —le aseguró Jack mientras salía.
Hacía un día de verano muy caluroso.
—Tome la medicación siempre que la necesite.
—Lo haré.
—No se haga el duro.
—De acuerdo.
—Y cuando le duela tome baños calientes con sales.
Jack asintió con seriedad.
—Y le juro por Dios que me tomaré cada día la sopa de pollo.
—No pretendo hacerle de madre — dijo Moshe, y soltó una
carcajada.
—No es verdad.
—Le aseguro que no.
—Hace semanas que lo hace.
—¿De veras? Bueno, de acuerdo, era lo que pretendía. Jack se
colgó un bastón de la muñeca para darle la mano.
—Gracias, Moshe.
El fisioterapeuta le dio la mano y luego lo abrazó.
—Se ha recuperado muy bien. Estoy muy orgulloso de usted.
—Es usted un buen profesional, amigo.
Cuando Heather y Toby se acercaron con el coche, Moshe sonrió.
—Claro que soy bueno. Los judíos sabemos muy bien lo que es
sufrir.
Al principio, estar en su casa y dormir en su propia cama era
tan maravilloso que Jack no necesitaba esforzarse para recuperar el optimismo.
Sentarse en su sillón favorito, comer cuando le apetecía en lugar de acatar el
horario rígido del hospital, ayudar a Heather a preparar la cena, leerle un
cuento a Toby antes de irse a dormir, mirar la televisión después de las diez
de la noche sin necesidad de ponerse los auriculares, todo ello le procuraba
más placer que los lujos de un príncipe de Arabia Saudí.
Seguía preocupándole la situación económica de la familia, pero
en este terreno también abrigaba esperanzas. Esperaba volver a trabajar en
agosto, por lo menos a recibir una paga. Sin embargo, antes de volver a la
calle iba a tener que someterse a un riguroso examen físico y psicológico para
determinar si había sufrido algún trauma que pudiera afectar su comportamiento;
por consiguiente, sabía que iba a tener que trabajar en una oficina durante
unas cuantas semanas.
Como la recesión se prolongaba con pocos signos de recuperación
y cada iniciativa del gobierno parecía ideada sólo para eliminar más puestos de
trabajo, Heather dejó de esperar que alguien respondiera a alguna de sus
solicitudes de empleo y, mientras Jack estaba en el hospital, se había
convertido en empresaria; «Igual que Howard Hughes pero sin su locura», solía
bromear. Se dedicaba a los negocios con el nombre de McGarvey Associates. Los
diez años que había trabajado en la IBM como programadora le otorgaban cierta
credibilidad. Cuando Jack regresó a casa, Heather había firmado un contrato con
el propietario de una cadena de ocho tabernas para diseñar programas de control
de inventarios y de contabilidad. Era una de las pocas empresas que prosperaba
a pesar de la situación económica del país; su cliente vendía alcohol y un
ambiente agradable en el que beber, y ya no podía controlar sus
establecimientos cada vez más concurridos.
Las ganancias obtenidas con su primer contrato no iban a
sustituir el sueldo que había dejado de percibir desde octubre. Sin embargo,
confiaba en que el boca a boca le proporcionara más trabajo si se esmeraba con
el propietario de las tabernas.
A Jack le agradaba verla tan entusiasmada con su trabajo.
Tenía los ordenadores sobre un par de mesas plegables en el
cuarto de invitados, y el colchón y la cama estaban apoyados contra una pared.
Heather siempre había sido más feliz cuando estaba ocupada, y Jack respetaba
tanto su inteligencia y su laboriosidad que no le habría sorprendido que el
humilde despacho de McGarvey Associates creciera tanto que al final acabara
compitiendo con Microsoft.
Cuando llevaba cuatro días en su hogar, él se lo dijo y Heather
se reclinó en la silla de su despacho e hinchó el pecho de orgullo.
—Desde luego, así soy yo. Bill Gates pero sin la fama de
antipático.
—Prefiero considerarte como un Bill Gates con unas piernas
maravillosas —replicó Jack reclinado en el marco de la puerta apoyándose en un
solo bastón.
—Eres un sexista.
—Es verdad.
—Además, ¿cómo sabes que las piernas de Bill Gates no son
mejores que las mías? ¿Acaso las has visto?
—De acuerdo, retiro lo dicho. Tendría que haber dicho: «Para mí,
eres igual de antipática que Bill Gates».
—Gracias.
—De nada.
—¿De veras son maravillosas? — ¿Qué?
—Mis piernas.
—¿Acaso tienes piernas?
A pesar de que dudaba de que el boca a boca fuera a lanzar el
negocio con la rapidez necesaria para pagar las facturas y la hipoteca, Jack no
se preocupó demasiado por nada, hasta el 24 de julio, cuando ya llevaba una
semana en casa y su estado de ánimo empezó a derrumbarse. No lo hizo
lentamente, sino que se partió por la mitad y poco después se desmoronó por
completo.
No conseguía dormir sin soñar, y los sueños eran cada vez más
sangrientos. Despertaba a medianoche con un ataque de pánico, cuando llevaba
dos o tres horas dormido, y no podía volver a conciliar el sueño por muy
cansado que estuviera.
Al poco tiempo un malestar general se apoderó de él. Le parecía
que la comida había perdido sabor. No salía de la casa porque la luz le
molestaba y el calor seco de California, que siempre le había gustado tanto,
ahora le resultaba abrasador y lo ponía nervioso. A pesar de que siempre había
leído y tenía una buena biblioteca, no encontraba a ningún escritor que lo
atrajera, ni siquiera entre los que más le gustaban; los libros, por mucho que
hubiesen sido alabados por la crítica, no le entusiasmaban y a menudo tenía que
volver a leer un párrafo dos o tres veces para comprender su significado.
El 28 de julio, tan sólo once días después de terminar la
rehabilitación, el malestar se convirtió en una depresión. Ahora pensaba en el
futuro mucho más que antes y ninguna de las posibilidades que se le ocurrían le
resultaba atractiva. Así como antes había sido un nadador apasionado en el mar
del optimismo, ahora se había convertido en una criatura asustada y acurrucada
en las aguas estancadas de la desesperación.
Leía todas las noticias del periódico, pensaba demasiado en los
últimos acontecimientos y se pasaba demasiado tiempo mirando los telediarios.
Guerras, genocidios, manifestaciones, atentados terroristas, bombas, luchas
entre bandas, tiroteos, niños maltratados, asesinos en serie sueltos, robos de
coches, previsiones apocalípticas sobre la destrucción del planeta, el
asesinato de un dependiente de un supermercado por los míseros cincuenta
dólares que tenía en la caja, violaciones, apuñalamientos y estrangulamientos.
Sabía que la vida moderna era algo más que todo eso. Aún había buena voluntad y
se hacían buenas obras. Pero los medios de comunicación se concentraban en los
aspectos más lúgubres de las noticias, y, por lo tanto, Jack también. A pesar
de que intentaba no leer el periódico ni encender el televisor, los relatos de
las últimas tragedias y atentados lo atraían igual que una botella a un
alcohólico o un hipódromo a un jugador compulsivo.
La desesperación que le inspiraban las noticias lo sumía en un
estado de ánimo del que no se sentía capaz de escapar. Y era cada vez más
fuerte.
Cuando Heather mencionó por casualidad que Toby empezaría el
tercer curso al cabo de un mes, Jack comenzó a preocuparse por el tráfico de
drogas y la violencia en las escuelas de Los Angeles. Acabó convencido de que
Toby moriría asesinado, a menos de que encontrasen el modo, a pesar de los
problemas económicos, de matricularlo en una escuela privada. Convencido de que
un lugar tan tradicionalmente seguro como un aula se había vuelto tan peligroso
como un campo de batalla, llegó rápida e invariablemente a la conclusión de que
su hijo no estaría seguro en ningún sitio. Si podían matar a Toby en la
escuela, ¿por qué no en su propia calle, mientras jugaba en el jardín de su
casa? Se convirtió en un padre sobreprotector, lo que nunca había sido, y le
desagradaba perder de vista a su hijo.
El 5 de agosto, cuando sólo le faltaban dos días para volver al
trabajo y estaba a punto de reanudar una vida más normal, su estado de ánimo no
mejoró, sino todo lo contrario. Le sudaban las manos ante la idea de
presentarse en la división para que le asignaran un nuevo puesto, a pesar de
que al cabo de un mes dejaría la oficina y volvería a patrullar las calles.
Creía que había ocultado sus temores y su depresión a todo el
mundo, pero aquella noche descubrió que se había equivocado.
En la cama, después de apagar la luz, reunió el valor suficiente
para decir en la oscuridad lo que le habría avergonzado decir a plena luz:
—No volveré a la calle.
—Ya lo sé —repuso Heather desde su lado de la cama.
—No me refiero a ahora, quiero decir nunca.
—Ya lo sé, cariño —dijo ella con ternura, y tendió la mano para
coger la de él.
—¿Tan obvio es?
—Estas últimas semanas han sido muy duras.
—Lo siento.
—Era inevitable.
—Creía que iba a estar en la calle hasta que me jubilara. Nunca
he querido hacer otra cosa.
—Las cosas cambian —dijo ella.
—Ahora ya no puedo arriesgarme. He perdido la seguridad en mí
mismo. — La recuperarás.
—Quizá.
—Lo harás —insistió ella— . Pero aun así no volverás a la calle.
No puedes hacerlo. Ya has cumplido, has jugado con tu suerte todo lo que se
puede esperar de un policía. Ahora deja que los demás salven el mundo.
—Me siento...
—Ya lo sé.
—Vacío...
—Te sentirás mejor. Ya lo verás.
—Como un maldito cobarde.
—No eres cobarde. — Se acercó a él y le puso la mano en el
pecho— . Eres un hombre bueno y valiente, demasiado valiente. Si no hubieras
decidido abandonar la calle, yo lo habría hecho por ti. De un modo u otro, te
habría obligado a hacerlo, porque lo más probable es que la próxima vez yo sea
Alma Bryson, y la esposa de un compañero tuyo venga a sentarse a mi lado para
consolarme. No pienso permitirlo. En un año han asesinado a dos de tus
compañeros delante de ti, y desde el mes de enero han matado a siete policías.
A siete. No pienso perderte, Jack.
La rodeó con el brazo y la abrazó, profundamente agradecido de
haberla encontrado en un mundo tan duro y donde tantas cosas parecían depender
del azar.
Durante unos instantes él no pudo hablar; la voz le habría
salido demasiado velada por la emoción.
—Así que supongo que de ahora en adelante tendré el culo pegado
a una silla y seré un burócrata —dijo por fin.
—Te compraré una caja entera de crema para las hemorroides.
—Necesitaré una taza de café con mi nombre escrito en ella.
—Y un montón de blocs de notas que pongan «De la mesa de Jack
McGarvey».
—Me reducirán el sueldo. No me pagarán tanto como cuando estaba
en la calle.
—Ya nos apañaremos.
—¿Tú crees? No estoy tan seguro. Vamos a ir muy justos.
—Te olvidas de McGarvey Associates. Programas creativos y
flexibles, creados en función de sus necesidades. A precios razonables. Entrega
inmediata. Piernas más bonitas que las de Bill Gates.
Y aquella noche, en la oscuridad del dormitorio, parecía que al
fin y al cabo era posible volver a encontrar seguridad y felicidad en la ciudad
de Los Angeles.
Sin embargo, durante los siguientes diez días se enfrentaron a
una realidad que no les permitió mantener la antigua fantasía sobre Los
Angeles. Debido a otro recorte presupuestario redujeron un cinco por ciento el
sueldo de los policías que patrullaban las calles y un doce por ciento el de
los que trabajaban en oficinas; un sueldo que ya era inferior al que cobraba en
su antiguo puesto, ahora lo era mucho más. Al día siguiente, las estadísticas
del gobierno revelaron que la economía volvía a decaer y las cifras pusieron
tan nervioso a un cliente que estaba a punto de firmar un contrato con McGarvey
Associates que decidió no invertir en un programa informático. La inflación
había subido. Los impuestos eran cada vez más elevados. A la empresa, cargada
de deudas, le concedieron ciertas exenciones fiscales para que no quebrara, lo
que significaba que las tarifas de electricidad iban a subir. Las facturas del
agua ya habían subido, lo siguiente iba a ser el gas natural. Recibieron una
factura por una reparación del coche de seiscientos cuarenta dólares el mismo
día que la Paramount volvió a estrenar la película de Anson Oliver, que no
había tenido mucho éxito en su primer estreno, y los medios de comunicación
volvieron a interesarse por Jack y el tiroteo. Y Richie Tendero, el marido de
la extravagante e imperturbable Gina Tendero de los pantalones de cuero y el
aerosol antiviolaciones, recibió un disparo mientras se ocupaba de una denuncia
por una disputa doméstica, tras lo cual le amputaron el brazo izquierdo y tuvieron
que hacerle cirugía plástica en la cara.
El 15 de agosto, una niña de once años fue abatida en un tiroteo
entre dos bandas a una manzana de la escuela a la que Toby iba a asistir. Murió
en el acto.
A veces la vida parece tener un significado más elevado. Los
acontecimientos se desencadenan de manera extraña. Conocidos olvidados desde
hace tiempo reaparecen con noticias que nos cambian la vida. Se presenta un
extraño que pronuncia una palabra sensata que soluciona un problema que hasta
entonces parecía insoluble, o un sueño reciente se hace realidad. De pronto se
confirma la existencia de Dios.
La tarde del 18 de agosto, mientras Heather se preparaba un café
en la cocina y miraba el correo que acababa de llegar, encontró una carta de
Paul Youngblood, un abogado de Eagle's Roost, Montana. El sobre era pesado,
como si además de una carta también contuviera un documento. Según el
matasellos, la habían enviado el 6 de ese mismo mes, lo cual la llevó a
preguntarse qué ruta errante habría elegido el servicio de correos para que
tardara tanto.
Sabía que había oído hablar de Eagle's Roost, pero no se
acordaba cuándo ni dónde.
Como sentía una aversión casi universal hacia los abogados y
relacionaba toda la correspondencia que provenía de ellos con problemas, apartó
la carta y decidió dejarla para el final. Tras tirar varios folletos, vio que
las otras cuatro cartas eran facturas. Cuando por fin leyó la de Paul
Youngblood, resultó tan diferente — y sorprendente— de las noticias que
esperaba que nada más acabarla se sentó a la mesa de la cocina y volvió a
leerla desde el principio hasta el final.
Eduardo Fernández, un cliente de Youngblood, había muerto el 4 o
5 de julio. Se trataba del padre del fallecido Thomas Fernández, o Tommy,
asesinado delante de Jack, once meses antes del incidente en la gasolinera de
Hassam Arkadian. Eduardo Fernández había nombrado heredero universal a Jack
McGarvey de Los Ángeles, California. Como albacea de la herencia del señor
Fernández, Youngblood había intentado comunicárselo a Jack por teléfono pero
descubrió que su número ya no existía. La herencia incluía un seguro que cubría
el cincuenta por ciento del impuesto de sucesiones y le dejaba a Jack los
seiscientos acres de la antigua propiedad de Quartermass, la cabaña de cuatro
dormitorios jumo con todos los muebles, la casa de los encargados, las
caballerizas, las herramientas, la maquinaria y «una cantidad considerable de
dinero».
En lugar de un documento, el sobre contenía seis fotos y una
carta de una página. Con manos temblorosas, Heather las puso encima de la mesa
delante de ella formando dos filas. La cabaña era encantadora y parecía el
doble de grande que su casa. Las vistas de las montañas y el valle eran
impresionantes.
Heather nunca se había sentido embargada por sentimientos tan
contradictorios como en aquel instante.
En un momento de impotencia, llegaba la salvación, una salida de
la oscuridad, una huida de la desesperación. No tenía la menor idea acerca de
cuánto podía ser para un abogado de Montana «una cantidad considerable de
dinero», pero dedujo que sólo la cabaña, si decidían venderla, valdría lo
suficiente como para permitirles liquidar todas las deudas y pagar la hipoteca,
e incluso les sobraría dinero. Se sintió mareada y con un entusiasmo que no
había experimentado desde la infancia, cuando aún creía en los cuentos de hadas
y en los milagros.
Por otro lado, esa fortuna habría sido para Tommy Fernández si
no lo hubieran asesinado. Ese hecho oscuro e innegable estropeaba el regalo y
amortiguaba el placer que le producía.
Se quedó pensando un rato, con una mezcla de felicidad y
culpabilidad, hasta que por fin decidió que reaccionaba demasiado como una
Beckerman y muy poco como una McGarvey. Habría hecho cualquier cosa por
resucitar a Tommy Fernández, incluso si ello hubiese significado quedarse sin
la herencia, pero la cruda realidad era que Tommy estaba muerto, enterrado
desde hacía más de dieciséis meses y no se podía hacer nada por él. Muchas
veces el destino era malévolo y raramente generoso. Habría sido una estupidez
por su parte recibir un acto de generosidad tan asombroso con el entrecejo
fruncido.
Lo primero que pensó fue en llamar a Jack al trabajo. Se dirigió
al teléfono de la pared, marcó las primeras cifras y colgó.
Era de esas noticias que sólo se dan una vez en la vida. Nunca
iba a tener otra oportunidad para comunicarle algo tan maravilloso y no quería
echarlo a perder. Para empezar, deseaba verle la cara cuando se enterara de que
habían recibido una herencia.
Cogió el bloc y el lápiz que tenía al lado del teléfono y
regresó a la mesa, donde volvió a leer la carta. Escribió una lista de
preguntas para Paul Youngblood, luego volvió al teléfono y lo llamó a Eagle's
Roost.
Cuando Heather dijo, primero a la secretaria y después al
abogado, quién era, lo hizo con la voz trémula porque en el fondo temía que le
dijeran que se trataba de un error lamentable. A lo mejor alguien había
impugnado el testamento. Quizás habían encontrado un testamento posterior que
anulaba al que nombraba a Jack heredero universal. Podían ocurrir miles de
cosas.
El tráfico de la hora punta estaba peor de lo habitual. La cena
se retrasó porque Jack llegó a casa más de media hora tarde, cansado y
agobiado, pero comportándose como un hombre enamorado de su nuevo trabajo y
satisfecho con la vida que llevaba.
En cuanto Toby terminó de comer, pidió permiso para dejar la
mesa e ir a mirar su programa de televisión preferido. Heather se lo dio, pues
primero quería compartir las noticias con Jack a solas; ya se lo contarían al
niño en otro momento.
Como siempre, Jack la ayudó a recoger la mesa y a poner los
platos en el lavavajillas.
Cuando acabaron, dijo:
—Voy a dar un paseo, me apetece estirar un poco las piernas.
—¿Te duelen?
—Pequeños calambres, nada más.
Aunque Jack ya no utilizaba el bastón, a Heather le preocupaba
que no le dijera que tenía problemas musculares o de equilibrio.
—¿Seguro que te encuentras bien?
—Seguro — respondió él, y ella le dio un beso en la mejilla— .
Moshe Bloom y tú nunca podríais estar casados. Os pelearíais todo el tiempo
para ver quién tiene que hacer de madre.
—Siéntate un momento — le dijo Heather, mientras lo llevaba a la
mesa y lo animaba a que cogiera una silla — . Quiero hablar contigo.
—Si Toby necesita un aparato para los dientes, ya se lo haré yo
mismo.
—No se trata de eso.
—¿Has visto la última factura?
—Sí, claro.
—¿Para qué sirven los dientes? Los mejillones no tienen dientes
y se las arreglan perfectamente. Las ostras tampoco. Ni los gusanos. Hay muchos
animales que no tienen dientes y son la mar de felices.
—Olvídate de los dientes — dijo Heather mientras iba a coger la
carta y las fotografías de Youngblood que estaban encima de la nevera.
Le tendió el sobre y Jack lo cogió.
—¿A qué viene esa sonrisa? ¿Qué es esto? — Léela — dijo Heather.
Se sentó delante de él, con los codos apoyados en la mesa y las
manos alrededor de las mejillas, mientras lo observaba con atención e intentaba
adivinar qué leía por la expresión de su rostro. Nunca se había alegrado tanto
como cuando vio su reacción ante la noticia.
—Esto es..., pero..., qué demonios... —Jack alzó la vista y miró
fijamente a su esposa— . ¿Es verdad?
Heather rió. No reía así desde hacía mucho tiempo.
—Sí, es verdad, todas y cada una de las palabras son ciertas.
Llamé a Paul Youngblood. Me causó muy buena impresión. Además de ser el abogado
de Eduardo, también era su vecino más cercano, aunque vivía a tres kilómetros.
Me ha confirmado todo lo que dice la carta, absolutamente todo. Pregúntame
cuánto puede ser «una cantidad considerable de dinero».
Jack parpadeó estupefacto, como si las noticias hubieran sido un
instrumento contundente con el que lo hubieran golpeado.
—¿Cuánto es?
—Todavía no lo sabe con seguridad, tiene que encontrar la última
declaración de la renta, pero calcula que..., todo..., debe de sumar entre
trescientos cincuenta mil y cuatrocientos mil dólares.
Jack palideció.
—Imposible.
—Es lo que me dijo.
—¿Además de la cabaña?
—Además de la cabaña.
—Tommy me había hablado de ese lugar en Montana, me dijo que a
su padre le encantaba, pero que él lo odiaba. Decía que era aburrido, que nunca
pasaba nada, que estaba alejado de todo. Quería mucho a su padre, contaba historias
muy divertidas acerca de él, pero nunca me dijo que fuera tan rico. — Volvió a
coger la carta, que temblaba en sus manos— . ¿Y por qué el padre de Tommy me lo
dejó todo a mí?
—Esa fue una de las cosas que le pregunté a Youngblood. Me dijo
que en las cartas que escribía a su padre Tommy solía hablarle mucho de ti y le
decía lo maravilloso que eras. Hablaba de ti como si fueras un hermano. De modo
que como Tommy ya no estaba, su padre quiso que tú te quedaras con todo.
—¿Y qué opina el resto de la familia?
—No hay más familia. Jack sacudió la cabeza.
—Pero si ni siquiera conocía a... — consultó la carta— a...
Eduardo. Esto es una locura. Dios mío, quiero decir que es maravilloso, pero es
una locura. ¿Cómo puede ser que se lo haya dejado todo a una persona a la que
ni siquiera conocía?
Incapaz de seguir sentada, llena de excitación, Heather se
levantó y se dirigió a la nevera.
—Paul Youngblood me dijo que a Eduardo le gustó la idea porque
él, a su vez, lo había heredado ocho años atrás de su antiguo jefe, lo cual
también fue una sorpresa para él.
—Es increíble —dijo Jack con perplejidad.
Heather sacó una botella de champán que había escondido en el
cajón de las verduras para que él no la viera antes de darle la noticia y
supiera que había algo que celebrar.
—Según Youngblood, Eduardo pensó que si te sorprendía así...,
bueno, para él era la única manera de compensar la amabilidad de su jefe.
Cuando regresó a la mesa, Jack frunció el entrecejo al ver la
botella de champán.
—Me siento como si estuviera flotando, pero..., al mismo
tiempo...
—Tommy —dijo ella.
Jack asintió.
—No podemos hacer nada para que vuelva —dijo Heather mientras
quitaba el papel de aluminio de la botella.
—No, pero...
—A él le gustaría vernos felices.
—Sí, ya lo sé, Tommy era un tío estupendo.
—De modo que vamos a ser felices.
Jack no dijo nada.
Mientras aflojaba el alambre que cubría el corcho, Heather
prosiguió:
—Sería una estupidez si no lo fuéramos.
—Ya lo sé.
—Es un milagro, y ha ocurrido justo en el momento en que más lo
necesitábamos.
Jack se quedó mirando la botella.
—No se trata sólo de nuestro futuro — dijo Heather— , también
está el de Toby.
—Ahora ya no se quedará sin dientes.
—Es fantástico, Jack.
Por fin Jack sonreía sin reservas.
—Tienes razón, es fantástico; ahora ya no tendremos que escuchar
cómo mastica la comida con las encías.
—Incluso aunque nosotros no merezcamos tanta suerte, Toby sí que
la merece — dijo ella mientras retiraba el alambre.
—Todos la merecemos. — Jack se levantó, se acercó a un armario y
sacó un paño limpio de un cajón—. A ver, dámela. — Cogió la botella y la
envolvió con el paño— . Podría explotar.
Giró el corcho y, al sacarlo, el champán no se escapó a chorros.
Heather acercó dos copas y él las sirvió.
—Por Eduardo Fernández — brindó Heather.
—Por Tommy.
Bebieron de pie junto a la mesa y luego él besó a Heather. Tenía
la lengua dulce por el champán.
—Dios mío, querida, ¿te das cuenta de lo que significa?
Volvieron a sentarse y ella dijo:
—La próxima vez que salgamos a cenar podremos ir a un sitio
donde sirvan la comida en platos de verdad, no en recipientes de cartón.
A Jack le brillaban los ojos y Heather estaba encantada de verlo
tan feliz.
—Podremos pagar la hipoteca, todas las facturas, guardar un poco
de dinero para la universidad de Toby, incluso irnos de vacaciones; y todo eso
sólo con el dinero. Si vendemos la propiedad...
—Mira las fotos —le pidió Heather mientras las cogía y las
extendía sobre la mesa delante de él.
—Muy bonito —dijo Jack.
—Es mucho más que eso. Es espléndido. ¡Mira las montañas! Y mira
esto, mira, desde aquí, si te pones delante de la casa, ¡puedes ver hasta el
infinito!
Jack alzó la vista y la miró.
—¿Qué estoy oyendo? — No tenemos que venderla.
— —¿Por qué no?
—Siempre hemos vivido en la ciudad. — Y la odiamos.
—Llevamos aquí toda la vida.
—Ya no es lo que era, y lo sabes.
Heather se dio cuenta de que la idea le atraía y se animó
todavía más cuando vio que él empezaba a compartir su punto de vista.
—Hace tiempo que deseamos un cambio — dijo Jack— . Pero nunca me
había imaginado que el cambio podría ser tan grande.
—Mira las fotos.
—De acuerdo, de acuerdo, es fantástico. Pero ¿qué haríamos allí?
Aunque sea mucho dinero no nos bastaría para vivir hasta el final de nuestros
días. Además, somos jóvenes, no podemos vegetar, necesitamos hacer algo.
—A lo mejor podemos montar un negocio en Eagle's Roost.
—¿Qué clase de negocio?
—No lo sé. Cualquier cosa — respondió ella—. Podemos ir, ver
cómo es, y a lo mejor allí se nos ocurre algo. Y si no..., bueno, tampoco
tenemos que vivir allí para siempre. Un año o dos, y si no nos gusta, podemos
venderlo.
Jack apuró el champán y volvió a llenar las copas.
—Toby empieza la escuela dentro de dos semanas...
—En Montana también hay escuelas — dijo ella, aunque sabía que
no era eso lo que le preocupaba.
Seguro que pensaba en la niña de once años que había muerto en
el tiroteo a una manzana de la escuela de Toby.
—Tendrá un terreno de seiscientos acres para jugar, Jack.
¿Cuánto hace que quiere un perro, un perdiguero, y le decimos que la casa es
demasiado pequeña?
Mientras miraba una foto, Jack dijo:
—Hoy en el trabajo hablábamos de todos los nombres de esta
ciudad, tiene más que cualquier otra. A Nueva York sólo la llaman la Gran
Manzana. En cambio, Los Ángeles tiene muchos nombres y ya no sirve ninguno, ya
no significan nada. Por ejemplo, la Gran Naranja. Ya no hay naranjales, han
sido sustituidos por polígonos industriales, almacenes y aparcamientos. Puedes
llamarla la ciudad de Los Angeles, pero aquí ya no ocurren hechos angélicos, no
como antes, hay demasiados demonios por las calles.
—La Ciudad donde Nacen las Estrellas.
—Y de los mil jóvenes que vienen aquí a convertirse en estrellas
de cine, novecientos noventa y nueve acaban explotados, sin un centavo y
enganchados a las drogas.
—La Ciudad donde se Pone el Sol.
—Bueno, sigue poniéndose por el oeste —reconoció él mientras
cogía otra foto de Montana—. La Ciudad donde se Pone el Sol... Eso me recuerda
a los años treinta o cuarenta, la música swing, los hombres que se quitaban el
sombrero para saludarse y abrían las puertas para dejar pasar a las damas
vestidas de negro en las elegantes salas de fiestas con vistas al mar, a Bogart
y Bacall, a Gable y Lombard, a la gente bebiendo martinis mientras contemplaba
la puesta de sol. Todo eso ha desaparecido. Casi todo. Ahora podemos llamarla
la Ciudad del Día que Muere.
Calló y siguió mirando las fotografías.
Heather esperó.
Por fin, Jack levantó la vista y dijo:
—Vayámonos.
SEGUNDA PARTE
La tierra de la luna de invierno
Bajo la tenue luna de invierno por la noche fría y estrellada
desde las altas cimas nevadas
hasta las playas un grito resuena.
Desde los desiertos a los prados desde las ciudades a los
bosques grita el corazón del hombre roto buscando ayuda, saber, un plano
que le sirva para comprender su mal
bajo la tenue luna de invierno.
No logra el alba espantar la noche.
Habrá que soportar siempre el mal
bajo la fría luna de invierno entre soledades, odio y miedo
anoche, esta noche, mañana
bajo la vacua luna de invierno.
El libro de las penas contadas
CATORCE
En las épocas remotas de los dinosaurios, criaturas temibles y
poderosas como el Tymnnosaurus Rex perecieron en pozos traidores sobre los
cuales más tarde los constructores visionarios de Los Angeles construyeron
autopistas, grandes almacenes, casas, edificios, teatros, bares de topless,
restaurantes en forma de perritos calientes y de sombreros mexicanos, iglesias,
túneles de lavado y tantas cosas más. Bajo la metrópoli, esos monstruos
fosilizados yacen en un sueño eterno.
A lo largo de septiembre y octubre, Jack sintió que la ciudad
era como un pozo que lo tenía atrapado. Se sentía en la obligación de avisar a
Lyle Crawford que se marchaba con treinta días de antelación. Además, siguiendo
los consejos de la inmobiliaria, antes de poner la casa en venta la pintaron
por dentro y por fuera, cambiaron la moqueta y realizaron pequeñas
reparaciones. Cuando Jack decidió abandonar la ciudad, en su fuero interno ya
había hecho las maletas y se había marchado. Mientras seguía intentando
despegar los pies del asfalto de Los Angeles, ya tenía el corazón en las
montañas de Montana, al este de las Rocosas.
Como ya no necesitaban el dinero de la casa, le pusieron un
precio inferior al de su valor en el mercado. A pesar de la crisis, no les
costó trabajo venderla. El 28 de octubre recibieron una paga y señal de un
comprador que parecía digno de confianza y se sintieron lo suficientemente
seguros como para emprender una nueva vida y dejar la tramitación de la venta
en manos de la inmobiliaria.
El 4 de noviembre partieron hacia su nuevo hogar en un Ford
Explorer que compraron con el dinero de la herencia.
Jack insistió en salir a las seis de la mañana, empeñado en
evitar los atascos de la hora punta en su último día en la ciudad.
Sólo se llevaron unas maletas y varias cajas con objetos
personales; el resto, poco más que unos cuantos libros, lo enviaron por una
compañía de mudanzas. Paul Youngblood les había mandado más fotos en las que
vieron que la cabaña ya estaba amueblada con un estilo al que les resultaría
muy fácil adaptarse. Tal vez introdujeran algunos cambios en la tapicería, pero
la mayor parte de los muebles eran antigüedades de muy buena calidad y de gran
belleza.
Abandonaron la ciudad por la interestatal 5 y no volvieron la
vista atrás cuando atravesaron las colinas de Hollywood y se dirigieron hacia
el norte tras pasar por Burbank, San Fernando, Valencia, Castaic, los suburbios
alejados, hasta Angeles National Forest, cruzaron el lago Pirámide y el puerto
de Tejón entre la Sierra Madre y las montañas Tehachapi.
Kilómetro tras kilómetro, Jack sentía que despertaba de una
oscuridad mental y emocional. Era como un nadador al que le habían puesto unos
grilletes de hierro para hundirlo en las profundidades del océano y ahora se
liberaba y volvía a salir a la superficie, la luz y el aire.
Como Toby estaba fascinado por la extensión de los campos
cultivados que flanqueaban la autopista, Heather se puso a leer datos y cifras
en una guía de viajes. El valle de San Joaquín medía más de ochenta kilómetros
de largo y limitaba al oeste con los montes Diablo y al este con Sierra Nevada.
Aquellos miles de kilómetros cuadrados eran los más fértiles del mundo;
producían el ochenta por ciento de las verduras y melones del país, la mitad de
la fruta, almendras y muchas cosas más.
Se detuvieron en un puesto de la carretera, donde compraron una
bolsa de almendras tostadas por una cuarta parte de lo que les habría costado
en un supermercado. Jack se quedó junto al coche mientras comía las almendras y
contemplaba la vista de los campos cultivados y los huertos. Hacía un día
tranquilo y el aire estaba limpio.
En la ciudad era fácil olvidar que hay otras maneras de vivir y
otros mundos más allá de las calles repletas de gente. Era como si despertara a
un mundo real, más variado e interesante que el sueño que había confundido con
la realidad.
En busca de una nueva vida, llegaron a Reno aquella misma noche,
la siguiente a Salt Lake City y a las tres de la tarde del 6 de noviembre
arribaron a Eagle's Roost.
Una de las novelas preferidas de Jack era Matar un ruiseñor, y
Atticus Finch, el valiente abogado, se habría sentido en su salsa en el
despacho de Paul Youngblood, que se hallaba en la tercera y última planta del
único edificio de Eagle's Roost. Las persianas de madera sin duda databan de
mediados del siglo pasado. El revestimiento, las estanterías y los armarios de
caoba, encerados a mano a lo largo de varias décadas, eran lisos como el
cristal. La habitación era distinguida y tranquila, y en las estanterías había
libros de historia y filosofía además de los de derecho.
El abogado los saludó con un: «¿Qué tal, vecinos? Es un
verdadero placer conocerlos». Les estrechó la mano con un pulso firme y les
obsequió con una sonrisa tan suave como la luz del sol sobre los riscos de una
montaña.
A Paul Youngblood jamás lo habrían aceptado como abogado en Los
Angeles y hasta lo habrían echado con discreción, pero también con firmeza, si
se hubiera presentado en cualquiera de las ostentosas oficinas de las grandes
empresas situadas en Century City. Tenía unos cincuenta años, era alto,
delgado, con el pelo gris y cortado a cepillo, el rostro curtido por el sol y
las manos grandes, encallecidas y rojas por el trabajo manual. Llevaba unas
botas viejas, téjanos, una camisa blanca y un corbatín con un broche de plata
con la figura de un potro encabritado. En Los Ángeles sólo los dentistas, los
contables o los ejecutivos vestían así cuando iban a un bar country y no
lograban ocultar su verdadera naturaleza. Pero parecía que Youngblood había
nacido con esa ropa, junto a un cacto y una fogata, y que se había criado entre
caballos.
A pesar de que tenía aspecto de ser lo suficientemente duro como
para entrar en un bar de motoristas y enfrentarse a una banda de vaqueros
motorizados, hablaba con dulzura y era tan educado que Jack se dio cuenta de lo
mucho que se habían deteriorado sus modales bajo la constante erosión de la
vida en la ciudad.
Youngblood se ganó las simpatías de Toby cuando lo llamó
«chaval» y le propuso enseñarle a montar a caballo «en cuanto llegue la
primavera. Por supuesto, empezarás con un poni, y siempre y cuando tus padres
estén de acuerdo». Cuando el abogado se puso una chaqueta de ante y un sombrero
de vaquero antes de acompañarlos a conocer la cabaña, Toby se lo quedó mirando
lleno de admiración.
Siguieron el coche de Youngblood y recorrieron los veinticinco
kilómetros de campos que resultaron ser más hermosos que en las fotografías.
Dos columnas de piedra coronadas por un arco de madera señalaban la entrada a
su propiedad. En el arco, unas letras rústicas decían RANCHO QUARTER— MASS. Al
ver el cartel, salieron de la carretera comarcal y se dirigieron hacia la
colina.
—¡Vaya! ¿Y todo esto es nuestro? —preguntó Toby desde el asiento
trasero, embelesado ante la extensión de los campos y bosques. Antes de que
Jack o Heather pudieran responderle, hizo la pregunta que sin duda había
querido hacer desde hacía semanas— : ¿Podré tener un perro?
—¿Sólo un perro? —preguntó Jack. — ¿Cómo?
—Con tanta tierra podrías tener hasta una vaca como animal de
compañía.
Toby se echó a reír.
—Las vacas no son animales domésticos.
—Te equivocas —repuso Jack, procurando hablar con seriedad—. Son
unos animales domésticos bastante buenos.
—¡Anda ya! — exclamó Toby con incredulidad.
—De veras. Puedes enseñarle a ir a buscar una piedra, a
revolcarse, a pedir la comida, a dar la mano, igual que un perro... Y, además,
te da leche para el desayuno.
—Me estás tomando el pelo. Mamá, ¿habla en serio?
—El único problema —dijo Heather— es que te puede tocar una vaca
que le guste perseguir a los coches y en ese caso puede llegar a ser mucho más
molesta que un perro.
—Qué tontería — dijo el niño, y se rió a carcajadas.
—No si estás en el coche al que persigue la vaca — le aseguró
Heather.
—En ese caso puede ser terrible — coincidió Jack.
—Me quedo con el perro.
—Bueno, como tú quieras — dijo Jack.
—¿De veras? ¿Podré tener un perro?
—No veo por qué no — dijo Heather.
Toby soltó un grito de alegría.
El camino particular conducía a la casa principal y a una pradera.
El sol, en la última hora de su trayecto hacia las montañas del oeste,
iluminaba la propiedad a contraluz y la casa proyectaba una sombra violeta.
Aparcaron detrás del coche de Paul Youngblood.
Iniciaron el recorrido por el sótano. A pesar de ser subterráneo
y de no tener ventanas, era muy frío. En la primera habitación había una
lavadora, una secadora, un fregadero y armarios de madera de pino. Las esquinas
del techo estaban decoradas con telarañas y capullos de polillas. En la segunda
habitación había una caldera de calefacción eléctrica y el calentador del agua.
También había un generador eléctrico japonés, del tamaño de una
lavadora. Parecía capaz de generar suficiente energía como para alumbrar un
pueblo.
—¿Y para qué necesitamos esto? — preguntó Jack mientras señalaba
el generador.
—A veces, cuando caen tormentas muy fuertes, se corta la
electricidad durante varios días — respondió Paul Youngblood—. Como no tenemos
gas natural y el suministro del gasóleo es muy caro, estamos obligados a
depender de la electricidad para la calefacción, para cocinar, para todo. Si se
corta, tenemos las chimeneas, pero no es muy cómodo. Y Stan Quartermass era la
clase de hombre que no quería verse privado de las comodidades de la
civilización.
—Pero esto es un monstruo —exclamó Jack, a la vez que señalaba
el generador cubierto de polvo.
—Suministra electricidad a la cabaña, a la casa de los
cuidadores y a las caballerizas. Y no sólo sirve para encender unas cuantas
bombillas. Mientras haya gasolina, pueden vivir con todas las comodidades,
igual que con la red eléctrica.
—Podría ser divertido prescindir de la electricidad y pasar
algunas dificultades durante un par de días — sugirió Jack.
El abogado frunció el entrecejo y sacudió la cabeza.
—No cuando se está bajo cero y el efecto del viento hace que la
temperatura baje aún más.
—¡Huy! —dijo Heather.
Se envolvió el cuerpo con los brazos sólo de pensar en un clima
tan frío.
—Yo diría que sería algo más que «pasar algunas dificultades» —
dijo Youngblood.
Jack asintió.
—Sería más bien un suicidio. Me aseguraré de que siempre haya
una buena cantidad de gasolina.
El termostato estaba puesto a una temperatura muy baja en las
dos plantas de la casa deshabitada. Un frío gélido invadía todas las
habitaciones como trozos de hielo arrastrados por la marea. Poco a poco el frío
cedió ante la calefacción eléctrica que Paul había encendido tras la visita al
sótano y la planta baja. Pese al anorak, Heather tiritó durante todo el
recorrido.
La casa tenía personalidad y todas las comodidades, de modo que
instalarse les iba a resultar más fácil de lo que habían pensado. Como nadie
había tocado los objetos personales ni la ropa de Eduardo Fernández, tendrían
que vaciar los armarios para guardar sus cosas. Durante los cuatro meses
transcurridos desde la muerte del anciano, la casa había estado cerrada y
desatendida; una delgada capa de polvo cubría todas las superficies. Sin
embargo, como Eduardo había llevado una vida limpia y ordenada, no les costaría
mucho dejarlo todo en perfectas condiciones.
En el último dormitorio de la segunda planta, en la parte de
atrás de la casa, la luz del atardecer se filtraba por las ventanas que daban
al oeste y el aire reverberaba igual que ante la puerta abierta de un horno.
Era una luz sin calor y Heather seguía tiritando.
—¡Esto es fantástico! ¡Maravilloso! —exclamó Toby. Aunque la
habitación era el doble de grande que la que el niño tenía en Los Angeles,
Heather supo que su excitación no se debía tanto al tamaño como a la extraña
arquitectura que habría encendido la imaginación de cualquier niño. En el techo
de tres metros y medio de alto había cuatro bóvedas de arista y las sombras
proyectadas en las superficies cóncavas eran complejas e intrigantes.
—¡Qué bonito! —dijo Toby cuando vio el techo— . Es como estar
colgado de un paracaídas.
En la pared a la izquierda de la puerta había una hornacina con
una cama en su interior. Detrás del cabezal había una estantería y armarios
para poner las naves espaciales, los muñecos, los juegos y los demás objetos
que todo niño suele atesorar. Las cortinas a ambos lados de la hornacina
estaban descorridas y al cerrarlas ocultaban la cama igual que en las literas
de los trenes antiguos.
—¿Puedo quedarme con esta habitación? —preguntó Toby.
—Diría que parece hecha especialmente para ti —respondió Jack.
—¡Qué bien!
Al abrir una de las dos puertas de la habitación, Paul dijo:
—Este armario es tan grande que podría servir de habitación.
La otra puerta daba a una escalera de caracol tan estrecha como
la de un faro. Mientras descendían los cuatro, los escalones de madera
crujieron bajo sus pies.
A Heather aquella escalera le desagradó enseguida. Tal vez se
debiera a que sentía claustrofobia en un espacio tan reducido; Paul Youngblood
y Toby iban delante de ella y Jack detrás. Quizá su inquietud era fruto de la
falta de luz, pues sólo había dos bombillas colgadas del techo. La humedad y un
vago olor a podrido no contribuyeron a añadirle encanto. Como tampoco las
telarañas de las que colgaban polillas y cucarachas muertas. Fuera cual fuere
el motivo, el corazón le empezó a latir como si en lugar de bajar, estuviera
subiendo la escalera. Se sentía poseída por un extraño temor de que algo hostil
y muy extraño los esperaba abajo, igual que el terror indefinible de una
pesadilla.
El último escalón los condujo a un vestíbulo sin ventanas, en el
que Paul tuvo que abrir una de las dos puertas con una llave.
—La cocina —anunció. Nada espantoso esperaba al otro lado de la
puerta, tan sólo la habitación que Paul les había indicado— . Iremos por aquí
—dijo y se dirigió a la otra puerta que no hacía falta abrir con llave desde
dentro.
Cuando vieron que el pestillo de la cerradura estaba atascado
debido a la falta de uso, Heather pensó que no sería capaz de soportar los
pocos segundos de retraso. Estaba convencida de que algo bajaba por las
escaleras detrás de ellos, el fantasma asesino de una pesadilla. Estaba
desesperada, quería salir de inmediato de ese lugar tan estrecho.
La puerta se abrió con un crujido.
Siguieron a Paul hasta el porche trasero y se encontraron a tres
metros de la puerta que conducía a la cocina.
Heather respiró hondo para purificarse los pulmones tras haber
aspirado el aire contaminado de la escalera. Pronto desapareció el temor y los
latidos de su corazón se apaciguaron. Miró hacia el vestíbulo, donde los
escalones se curvaban hacia arriba y desaparecían en la oscuridad. Por
supuesto, no apareció ningún ser extraño y su pánico le pareció cada vez más
absurdo e inexplicable.
Jack, que no percibió el malestar de Heather, puso la mano sobre
la cabeza de su hijo y le dijo:
—Bien, Toby, si ésa va a ser tu habitación, no quiero pillarte
subiendo con una chica por las escaleras.
—¿Con una chica? — Toby estaba perplejo— . Qué asco. ¿Qué voy a
hacer yo con una chica?
—Supongo que eso es algo que ya descubrirás por tu cuenta —dijo
el abogado, divertido.
—Y demasiado pronto —añadió Jack— . Dentro de cinco años
tendremos que tapiar esas escaleras.
Heather reunió el valor suficiente para ponerse de espaldas a la
puerta cuando el abogado la cerró. Estaba atónita por lo ocurrido y se alegraba
de que nadie hubiera percibido su extraña reacción.
Eran los nervios de Los Ángeles. Aún no se había librado de la
ciudad. Estaba en el campo de Montana, donde con toda probabilidad no habría
habido un asesinato en los últimos diez años y la mayoría de la gente no
cerraba sus puertas con llave ni de día ni de noche. Sin embargo,
psicológicamente seguía bajo la sombra de la Gran Naranja, y en su
subconsciente vivía a la espera de que algo violento ocurriera de manera tan
repentina como absurda. Sólo eran los nervios de Los Ángeles.
—Más vale que les enseñe el resto de la propiedad —dijo Paul— .
Sólo nos queda media hora de luz.
Lo siguieron por la escalera del porche y subieron la colina
hasta la casa de piedra oculta entre los pinos junto a la linde del bosque.
Heather enseguida la reconoció gracias a las fotos que Paul había enviado: era
la casa de los guardas.
A medida que oscurecía, el cielo hacia el este parecía un
zafiro. Se difuminó en un azul más claro por el oeste, donde el sol se ocultaba
entre las montañas.
La temperatura había descendido. Heather caminaba con las manos
en los bolsillos del anorak y la cabeza hundida entre los hombros.
Se alegró al ver que Jack subía la colina con vigor y sin
cojear. A veces le dolía la pierna izquierda y procuraba no apoyarla, pero ese
día no. Á ella le costaba creer que tan sólo ocho meses atrás sus vidas
hubieran sufrido un cambio tan brusco, y, al parecer, irreversible. Era normal
que estuviera nerviosa. Los últimos ocho meses habían sido terribles. Pero
ahora todo iba bien, muy bien.
Nadie había cuidado el jardín trasero tras la muerte de Eduardo.
La hierba había crecido quince o veinte centímetros antes de que la aridez del
verano y el frío del otoño la hubieran marchitado y detenido su crecimiento
hasta la siguiente primavera. Crujía ligeramente bajo sus pies.
—Ed y Margarita se mudaron de esta casa cuando heredaron la
propiedad hace ocho años — les explicó Paul mientras se acercaban a la casa de
piedra— . Vendieron los muebles y tapiaron las ventanas con tablas de madera.
No creo que nadie haya entrado desde entonces. A menos que tengan intenciones
de contratar a un encargado, supongo que ustedes tampoco la utilizarán. Pero de
todas formas creo que deberían echarle un vistazo.
Unos pinos rodeaban la casa por los tres lados. El bosque era
tan espeso que la casa estaba a oscuras a pesar de que el sol aún no se había
puesto. El verdor de las gruesas ramas, envueltas en sombras negras y moradas,
daba una vista hermosa; sin embargo, aquel reino de árboles tenía un aire
misterioso que inquietaba a Heather e incluso le resultaba amenazador.
Por primera vez se preguntó qué clase de animales habitaban esos
bosques y si podían acercarse al jardín. ¿Lobos? ¿Osos? ¿Pumas? ¿Estaría Toby a
salvo en este lugar?
«Por el amor de Dios, Heather», se dijo.
Estaba pensando igual que la gente de la ciudad, que ve peligros
y amenazas por todas partes. De hecho, los animales salvajes evitan a los seres
humanos y huyen en cuanto alguien se les acerca.
«Pero ¿qué crees? —se preguntó a sí misma con sarcasmo—. ¿Que
vas a acabar parapetada en la casa, mientras una manada de osos golpea las
puertas y otra de lobos se lanza por las ventanas como en un mal telefilme
sobre una catástrofe ecológica?»
En lugar de un porche, la casa de los caseros tenía un suelo de
lajas delante de la entrada. Esperaron allí mientras Paul buscaba la llave.
La vista al norte, al este y al sur era sorprendente, incluso
mejor que la de la cabaña. Igual que en un paisaje pintado por Maxfield
Parrish, los campos y bosques se extendían por la colina en medio de una bruma
violeta y bajo un cielo de color zafiro.
No soplaba viento y el silencio era tan profundo que Heather, de
no haber sido por el tintineo de las llaves del abogado, podría haber pensado
que se había quedado sorda. Después de vivir en la ciudad, le asustaba tanta
tranquilidad.
La puerta se abrió con un crujido, como si un sello antiguo se
hubiese roto. Paul cruzó el umbral, y, tras entrar en el salón a oscuras,
intentó encender la luz.
Heather oyó varios clics, pero las luces no se encendieron.
Paul salió otra vez y dijo:
—Claro, seguro que Ed desconectó la electricidad. Voy a
conectarla. Ahora vuelvo.
Mientras el abogado desaparecía por una de las esquinas de la
casa, se quedaron delante de la puerta contemplando la penumbra. Heather se
inquietó al ver que se marchaba, aunque no supo por qué. Tal vez porque se
había ido solo.
—Cuando tenga el perro, ¿podrá dormir en mi habitación?
—preguntó Toby.
—Claro — respondió Jack— , pero no en la cama.
—¿Ah no? ¿Dónde va a dormir entonces?
—Los perros suelen conformarse con el suelo. —No es justo.
—Nunca oirás quejarse a un perro.
—Pero ¿por qué no puede dormir en la cama?
—Por las pulgas.
—Como lo cuidaré muy bien no tendrá pulgas. — Llenará las
sábanas de pelos.
—Eso no es problema, papá.
—¿Por qué? ¿Piensas afeitarlo? ¿O tener un perro calvo?
—Basta con cepillarlo cada día.
Mientras escuchaba a su marido y a su hijo, Heather observaba la
esquina de la casa, cada vez más segura de que Paul Youngblood no iba a
regresar. Iba a ocurrirle algo terrible. Algo...
El abogado regresó.
—Los interruptores estaban desconectados. Vamos.
«¿Qué demonios me ocurre? —se preguntó Heather—. Tengo que
acabar con esta maldita actitud de Los Ángeles.»
Junto a la puerta de la entrada, Paul volvió a darle al
interruptor, pero sin éxito. La luz del salón vacío seguía sin encenderse,
igual que la de fuera, junto a la puerta.
—A lo mejor ya no llega la corriente eléctrica — sugirió Jack.
El abogado sacudió la cabeza.
—Lo dudo. Es la misma conexión que la de la casa principal y las
caballerizas.
—Puede que las bombillas se hayan fundido, o que los enchufes
estén corroídos por el tiempo.
Paul frunció el ceño, se echó el sombrero hacia atrás y comenzó
a rascarse la frente.
—Ed no habría permitido que las cosas se deteriorasen — dijo — .
Estoy seguro de que ha procurado conservar todo esto por si el próximo dueño
quería utilizarlo. Él era así. Era un buen hombre. No era muy sociable, pero
era un buen hombre.
—Bueno —dijo Heather—. Ya lo veremos dentro de unos días, cuando
estemos instalados en la cabaña.
Paul salió de la casa y cerró la puerta con llave.
—Deberían llamar a un electricista para que repase la
instalación.
En lugar de regresar por donde habían venido, recorrieron el
jardín hacia los establos, que se hallaban sobre un terreno más llano y al sur
de la casa principal. Toby corrió delante de ellos, con los brazos extendidos e
imitando el sonido de un avión. Heather se volvió un par de veces para mirar la
casa de los encargados y el bosque que la rodeaba. Tenía una sensación extraña
y escalofriante en el cuello.
—Hace bastante frío para noviembre —comentó Jack. El abogado se
echó a reír.
—Me temo que esto no es el sur de California. En realidad, hoy
no ha hecho mucho frío. Es probable que esta noche la temperatura descienda a
bajo cero.
—¿Suele nevar mucho? — preguntó Jack.
—¿Hay muchos pecadores en el infierno? — respondió Paul.
—¿Cuándo caen las primeras nevadas? ¿Antes de las Navidades?
—Mucho antes, Jack. Si mañana hubiera una gran tormenta, nadie
pensaría que el invierno se ha adelantado.
—Por eso nos compramos el Explorer — dijo Heather—. Con doble
tracción. Nos servirá para pasar el invierno, ¿verdad?
—Sí, supongo que sí — dijo Paul, y se bajó el ala del sombrero.
El pequeño Toby echó a correr hacia las caballerizas antes de
que su madre pudiera decirle que no lo hiciera.
—Sin embargo —continuó Paul—, lo más seguro es que una o dos
veces al año la nieve los bloquee durante dos o tres días. En ocasiones suele
llegar hasta la mitad de la altura de la casa.
—¿Ha dicho bloqueados por la nieve? —preguntó Jack con un tono
que parecía el de un chiquillo diciendo: «¿De verdad?».
—Cuando llega una de esas ventiscas que bajan de las Rocosas,
pueden caer de sesenta a noventa centímetros de nieve en un día. Es imposible
mantener todos los caminos limpios al mismo tiempo. ¿Ha traído cadenas para el
Explorer?
—Un par de juegos —dijo Jack.
Heather se acercó rápidamente a las caballerizas deseando que su
esposo y Paul aceleraran el paso y se unieran a ella, lo cual hicieron.
No se veía a Toby por ninguna parte.
—Lo que debe conseguir, y tan pronto como pueda — continuó
Paul—, es una pala hidráulica que le sirva para remover la nieve. Aun cuando
las máquinas quitanieves mantengan las carreteras limpias, no debe olvidarse
del camino privado.
Si Toby hubiese seguido «volando» alrededor de las caballerizas
ya debería haber aparecido, se dijo Heather.
—Lex Parker, que tiene un taller mecánico en el pueblo —
continuó Paul—, puede colocar un armazón en la parte delantera de su coche y
fijar la pala quitanieves provista de brazos hidráulicos para regular la
altura. De ese modo podrá usarla en invierno y quitarla en verano, y estará
preparada para hacer frente a lo que la madre naturaleza quiera arrojar sobre
usted.
Ninguna señal de Toby.
Heather advirtió que el corazón volvía a latirle con fuerza. El
sol estaba a punto de ponerse. Si Toby..., si se perdía o..., algo..., les
costaría mucho dar con él. Tuvo que contenerse para no echarse a correr en
busca de su hijo.
—El último invierno —prosiguió Paul, que no parecía advertir la
preocupación de Heather— , nevó poco, pero eso no significa que este año sea
igual.
Cuando Heather ya estaba a punto de llamar a Toby, éste
apareció. Se acercó corriendo a ella, sonriendo y excitado.
—Mamá, me encanta este lugar, es precioso. ¿Crees que de verdad
podré tener un poni?
—Ya lo veremos —dijo Heather y tuvo que tragar saliva antes de
volver a hablar—. No vuelvas a alejarte, ¿de acuerdo? No te vayas corriendo de
ese modo.
—¿Por qué no? —Porque no.
—De acuerdo —dijo Toby.
Era un buen niño.
Heather volvió a girar la cabeza para contemplar la casa de los
encargados y el bosque. Encaramado en los picos de las montañas, el sol parecía
estremecerse igual que la yema de un huevo justo antes de disolverse alrededor
de las púas de un tenedor. Las cimas más altas estaban grises, negras y rosadas
bajo la luz del ocaso. Kilómetros de árboles descendían hacia la casa de
piedra.
Reinaban la paz y la tranquilidad.
El establo era una construcción de piedra de una sola planta y
con techo de pizarra. Las paredes laterales no tenían puertas exteriores, tan
sólo unas ventanas junto a los aleros. Al final había una puerta que Paul abrió
con facilidad y la luz se encendió en cuanto accionó el interruptor.
—Como ven —dijo el abogado cuando los invitó a entrar—, esta
propiedad pertenecía a un auténtico caballero y no a una persona que sólo
quería alardear de sus riquezas.
Más allá del umbral de hormigón, el suelo era de tierra suave y
pálida como la arena. A ambos lados del pasillo había cinco cuadras vacías y
más amplias de lo habitual. En los postes de madera, entre las cuadras, había
unos apliques de bronce que emitían una luz ámbar hacia el techo y el suelo;
eran necesarios porque las ventanas eran demasiado pequeñas para dejar pasar la
luz del sol incluso al mediodía.
—Stan Quartermass puso calefacción para el invierno y aire
acondicionado para el verano — les explicó Paul Youngblood.
Señaló las rejillas de ventilación en el techo de madera—.
Además, casi nunca olía mal, porque lo ventilaba continuamente con una bomba de
aire. Y los ventiladores están totalmente aislados para que el ruido no moleste
a los caballos.
A la izquierda, detrás de la última cuadra, estaba el cuarto
donde se guardaban las sillas de montar, las riendas y el resto de las
guarniciones. Estaba vacío, sólo había una pila empotrada del tamaño de un
abrevadero.
A la derecha y delante del cuarto de los arreos, vieron unas
arcas para almacenar la avena, las manzanas y el pienso, pero también estaban
vacías. Había varias herramientas alineadas contra la pared: una horca, dos
palas y un rastrillo.
—La alarma contra incendios —dijo Paul al tiempo que señalaba un
dispositivo que colgaba de un tizón, encima de una puerta— . Está conectada al
sistema eléctrico. De ese modo, nadie podrá cometer el error de dejar que las
baterías se agoten. También suena en la casa, de este modo Stan se aseguraba de
que la oiría.
—Por lo que se ve era un hombre que quería mucho a sus caballos
—comentó Jack.
—Desde luego, los adoraba, y Hollywood le había dado tanto
dinero que no sabía qué hacer con él. Tras su muerte, Ed hizo todo lo posible
para asegurarse de que la gente que compraba los caballos iba a tratarlos bien.
Stan era un buen hombre, muy correcto.
—Podría tener diez ponis —dijo Toby.
—Ni lo sueñes —le advirtió — . Sea cual sea el negocio que
montemos, te aseguro que no será una fábrica de estiércol.
—Bueno, sólo quería decir que hay espacio suficiente —dijo el
niño.
—Un perro, diez ponis —dijo Jack—. Te estás convirtiendo en un
granjero de verdad. ¿Y qué más? ¿Gallinas?
—Una vaca —dijo Toby— . He estado pensando en lo que has dicho
sobre las vacas y me has convencido.
—¡Qué gracioso! —exclamó Jack e intentó darle una palmada
cariñosa.
Toby la esquivó y, riendo, dijo:
—De tal palo, tal astilla. Señor Youngblood, ¿sabía que mi padre
asegura que las vacas pueden hacer los mismos trucos que los perros, como
revolcarse, hacerse el muerto y todo eso?
—Bueno —dijo el abogado acompañándolos hacia la salida—, conozco
un buey que sabe caminar sobre las patas traseras.
—¿De veras?
—Y más cosas. Sabe hacer ejercicios de matemáticas tan bien como
tú o como yo.
Lo dijo con tanta convicción que el niño se lo quedó mirando con
asombro.
—¿Quiere decir que si, por ejemplo, alguien le plantea un
problema de matemáticas, le da la respuesta golpeando con una pata en el suelo?
—Seguro que podría hacerlo. O sencillamente te diría la
respuesta.
—¿Qué?
—Ese buey sabe hablar.
—Imposible —exclamó Toby, mientras seguía a Jack y a Heather al
exterior.
—Claro que sí. Sabe hablar, bailar, conducir un coche y va a
misa cada domingo —dijo Paul tras apagar las luces — . Se llama Lester Buey y
es el dueño del restaurante Main Street Diner.
—¡Es un hombre!
—Claro que es un hombre — dijo Paul mientras cerraba la puerta—
. Nunca dije que no lo fuera.
El abogado le guiñó un ojo a Heather y en ese momento ella se
dio cuenta de lo bien que le caía aquel hombre.
—¡Ah!, es un tramposo —le dijo Toby a Paul—. Papá también es un
tramposo.
—Yo no — contestó Paul — . Sólo te dije la verdad, chaval. Tú
mismo te tendiste la trampa.
—Paul es abogado, hijo — dijo Jack— . Tienes que tener mucho
cuidado con los abogados porque de lo contrario te quedarás sin ponis y sin
vacas.
Paul se echó a reír.
—Escucha a tu padre. Es un hombre listo. Muy listo.
Sólo se veía una corteza naranja de sol que pocos segundos
después se ocultó tras los picos de las montañas. Las sombras se extendían las
unas hacia las otras. El crepúsculo azul insinuaba la oscuridad implacable de
la noche en esa extensión prácticamente deshabitada.
—Ahora no vale la pena enseñarles el cementerio privado, — dijo
Paul mientras miraba hacia una loma al final del bosque oriental.
—¿Un cementerio? — preguntó Jack con el entrecejo fruncido.
—Aquí tienen un cementerio privado — respondió el abogado— .
Tiene doce tumbas, aunque solamente se han utilizado cuatro.
Heather miró en dirección a la loma y sólo vio lo que parecía
ser un muro de piedra y un par de postes.
—¿Quién está enterrado allí? —preguntó.
—Stan Quartermass, Ed Fernández, Margarita y Tommy.
— ¿Mi compañero Tommy está enterrado aquí? —preguntó Jack.
—Es un cementerio privado — le explicó Heather. Se dijo a sí
misma que el único motivo por el que tiritaba era que cada vez hacía más frío —
. Es un poco macabro.
—En esta región no es tan extraño —la tranquilizó Paul — . Casi
todas las familias de esta zona han habitado estas tierras durantes muchas
generaciones. No sólo es su casa, también es su tierra natal, el único lugar
que quieren. Eagle's Roost no es más que un pueblo al que ir de compras. Cuando
llega el momento de escoger un lugar para descansar en paz, quieren que sea en
la tierra a la que han entregado sus vidas.
—¡No me lo puedo creer! — exclamó Toby— . ¡Vivimos en un
cementerio!
—Tampoco se trata de eso — dijo Paul—. Mis abuelos y mis padres
están enterrados en nuestra propiedad, y les aseguro que eso no tiene nada de
espeluznante. Es más bien reconfortante. Da una sensación de herencia, de
continuidad. Carolyn y yo también queremos que nos entierren allí, aunque no sé
qué decidirán nuestros hijos, pues ahora están estudiando medicina y derecho y
han iniciado una vida muy distinta de la que se lleva aquí.
—Maldita sea, ya ha pasado Halloween — dijo Toby, más para sí
mismo que a los demás.
Contempló el cementerio, inmerso en una fantasía que seguramente
tenía algo que ver con el reto de caminar por un cementerio la noche de
Halloween.
Permanecieron en silencio unos instantes.
El crepúsculo era denso, silencioso, tranquilo.
En la cima de la colina, el cementerio se tragaba la luz que se
desvanecía y atraía la noche que lo cubría como un velo y lo sumía en la
oscuridad antes que al resto de los campos que lo rodeaban.
Heather miró a Jack para ver si mostraba algún signo de que le
preocupara tener a Tommy Fernández enterrado tan cerca. Al fin y al cabo, Tommy
había muerto a su lado, once meses antes de que mataran a Luther Bryson. Con la
tumba de Tommy tan cerca, Jack no podría evitar recordar, quizá con demasiada
claridad, acontecimientos violentos que más valía guardar para siempre en las
criptas más profundas de la memoria.
Como si hubiese percibido su preocupación, Jack sonrió.
—Me alegra ver que Tommy ha encontrado la paz en un lugar tan
hermoso como éste.
Mientras regresaban a la cabaña, el abogado los invitó a cenar y
a dormir en su propia casa.
—En primer lugar, han llegado demasiado tarde para limpiar la
casa y organizaría. En segundo lugar, aquí no hay comida, salvo lo que
encuentren en el congelador. Y, por último, no deberían cocinar después de un
viaje tan largo. ¿Por qué no descansan esta noche en mi casa y regresan a
primera hora de la mañana?
Heather agradeció la invitación, no sólo por las razones
expuestas por Paul, sino también porque seguía preocupada por lo aislada que se
encontraba la casa. Había decidido que su nerviosismo no era más que la
reacción de una persona de la ciudad ante los espacios abiertos. Una ligera
reacción fóbica. Agorafobia temporal. Ya se le pasaría. Sólo necesitaba uno o
dos días —o quizás unas cuantas horas— para aclimatarse a un paisaje y un
estilo de vida totalmente nuevos. Una velada con Paul Youngblood y su mujer
podía ser el remedio perfecto.
Después de subir todos los termostatos, incluido el del sótano,
para que por la mañana la casa estuviera caliente, la cerraron con llave,
subieron al Explorer y siguieron al Bronco de Paul por la carretera comarcal.
Luego giraron hacia el este, en dirección al pueblo.
El breve crepúsculo había desaparecido tras el muro de la noche.
La luna aún no había salido. La oscuridad era tan profunda que parecía que
nunca más iba a ser desterrada, ni siquiera por la salida del sol.
El nombre de la cabaña de los Youngblood provenía del árbol que
predominaba en la propiedad. Dos focos a ambos extremos del cartel de la
entrada iluminaban unas letras verdes sobre un fondo blanco: PONDEROSA PINES y,
debajo, en letras pequeñas: Paul y Caroline Youngblood.
La cabaña del abogado era bastante más grande que la de ellos. A
ambos lados del camino de entrada había grandes complejos de caballerizas
blancas, pistas de equitación y campos vallados. Las cuadras estaban iluminadas
por el brillo nacarado de las luces de bajo voltaje. Unas vallas blancas
dividían los prados y formaban unos dibujos geométricos ligeramente
fosforescentes que desaparecían en la oscuridad y recordaban las líneas de los
jeroglíficos indescifrables en las paredes de las tumbas.
Mientras los acompañaba a la casa, Paul respondió a la pregunta
de Jack acerca de las actividades que se llevaban a cabo en su propiedad.
—En realidad, nos dedicamos a dos cosas. Criamos caballos de
carreras de un cuarto de milla, que es un deporte muy popular en todo el oeste,
desde Nuevo México hasta la frontera con Canadá. También criamos diversos tipos
de caballos de hípica; son caballos que nunca pasan de moda, la mayoría son de
pura sangre árabe. Tenemos algunos de los mejores ejemplares del país, son tan
hermosos y perfectos que sólo con verlos se te parte el corazón... O acabas
sacando la cartera, si resulta que es una raza que te obsesiona.
—¿No hay vacas? —preguntó Toby cuando llegaron al pie de la
escalera que conducía a la galería que había delante de la casa.
—Lo siento, chaval, no hay vacas —replicó el abogado— . Por aquí
hay muchos ranchos que tienen ganado, pero nosotros no. Sin embargo, tenemos
vaqueros. —Señaló un grupo de casas iluminadas a unos quinientos metros de
distancia—. Suele haber unos dieciocho vaqueros viviendo en el rancho, con sus
mujeres. Es como si tuviéramos un pueblo pequeño.
—Vaqueros... —dijo Toby con el mismo asombro que había mostrado
al hablar del cementerio privado y de la posibilidad de tener un poni. Montana
le estaba resultando un lugar tan exótico como los planetas de los tebeos y las
películas de ciencia ficción que tanto le gustaban — . Vaqueros de verdad.
Caroline salió a recibirlos y los acogió con calidez. Para ser
la madre de los hijos de Paul tenía que tener la misma edad que él, unos
cincuenta años, pero por su aspecto y actitud parecía más joven. Llevaba unos
téjanos ajustados y una camisa con bordados rojos y blancos que revelaban una
figura esbelta de una persona de treinta años. El pelo blanco —que llevaba
corto y peinado con un estilo informal— no era fino, sino más bien espeso, liso
y brillante. Tenía el cutis suave como la seda y menos arrugas que Paul.
Heather decidió que si la vida en el campo de Montana podía
hacer algo así con una mujer, sería capaz de superar cualquier aversión hacia
los espacios abiertos, la inmensidad de la noche, el aspecto tétrico de los
bosques e, incluso, la experiencia novedosa de tener cuatro cadáveres
enterrados en una esquina del jardín.
Después de cenar, Jack y Paul se quedaron a solas en el despacho
con una copa de oporto y se pusieron a mirar las fotos enmarcadas de los
caballos premiados que cubrían casi todas las paredes de madera. De pronto, el
abogado cambió de tema y se puso a hablar del Rancho Quartermass.
—Estoy seguro de que aquí seréis felices, Jack.
—Yo también lo creo.
—Es un lugar maravilloso para un niño como Toby.
—Un perro, un poni... para él es como si un sueño se volviera
realidad.
—Es una tierra hermosa.
—Y tan pacífica en comparación con Los Angeles. Por Dios, no se
puede ni comparar.
Paul hizo ademán de decir algo, vaciló, y volvió a mirar la foto
del caballo. Cuando por fin habló, Jack tuvo el presentimiento de que no era lo
que había estado a punto de decir.
—Y aunque no estemos muy cerca, Jack, espero que seamos buenos
amigos y lleguemos a conocernos bien.
—Yo también.
El abogado volvió a vacilar, mientras bebía el oporto para
disimular sus dudas.
Tras saborear el vino, Jack dijo:
—¿Ocurre algo, Paul?
—No, nada..., sólo que... ¿Por qué lo dices?
—He sido policía muchos años y tengo una especie de sexto
sentido que me avisa cuando la gente me oculta algo.
—Supongo que sí. Seguro que serás un buen hombre de negocios
cuando decidas montar algo.
—¿Entonces qué ocurre?
Paul se sentó en una esquina del escritorio, lanzó un suspiro y
dijo:
—Ni siquiera sabía si debía mencionártelo porque no quiero
preocuparte, no creo que haya motivos para ello.
—¿Sí?
—Como te he dicho, Ed Fernández murió de un infarto. Un infarto
fulminante se lo llevó con la misma rapidez que una bala en la cabeza. En la
autopsia no se encontró nada más, sólo fue un paro cardíaco.
—¿O sea que le practicaron una autopsia?
—Sí, por supuesto —respondió Paul, y bebió un trago de oporto.
Jack estaba seguro de que en Montana, al igual que en
California, no se practicaba una autopsia cada vez que moría alguien, sobre
todo cuando se trataba de una persona de la edad de Eduardo Fernández y no
había ninguna duda de que el fallecimiento se había debido a causas naturales.
Sólo la habrían hecho por unos motivos muy especiales, principalmente si
encontraban signos de violencia que indicaran que había muerto a manos de otra
persona.
—Pero has dicho que sólo sufrió un paro cardíaco y que no
encontraron ninguna herida.
—Encontraron el cuerpo de Ed en la puerta, entre la cocina y el
porche; estaba echado sobre su lado derecho y bloqueaba la puerta. Tenía una
escopeta en las manos —dijo el abogado mientras contemplaba su copa de oporto.
—Las circunstancias son lo suficientemente sospechosas como para
justificar una autopsia. Pero también podría ser que estuviera a punto de salir
a cazar —dijo Jack.
—No era temporada de caza.
—¿Pretendes decirme que aquí nadie caza furtivamente, sobre todo
cuando lo hacen en sus propias tierras?
El abogado sacudió la cabeza.
—En absoluto —dijo — . Pero Ed no cazaba. Nunca lo había hecho.
—¿Estás seguro?
—Sí. El que cazaba era Stan Quartermass y Ed heredó las
escopetas. Hay otra cosa. Además de la carga habitual, Ed había añadido otra de
repuesto. Ningún cazador en su sano juicio se pasearía con un proyectil a punto
de estallar. Si llega a resbalar y caer, podría volarse los sesos.
—Tampoco tiene mucho sentido que se paseara así por la casa.
—A menos —dijo Paul— que hubiera algo que lo amenazara.
—Como un intruso o un merodeador.
—Tal vez. Aunque en esta zona me extrañaría.
—¿Han entrado en la casa? ¿Se han llevado algo?
—Nada, en absoluto.
—¿Quién encontró el cadáver?
—Travis Potter, el veterinario de Eagle's Roost. Lo cual me
recuerda otra cosa. El 10 de junio, unas tres semanas antes de su muerte, Ed
llevó unos mapaches muertos a Travis para que los examinara.
El abogado le contó lo que Eduardo le había dicho a Potter
acerca de los mapaches y le explicó lo que Potter había descubierto.
—¿El cerebro hinchado? — dijo Jack con preocupación.
—Pero no hay señales de que hayan tenido infección o enfermedad
alguna — le aseguró Paul— — . Travis le pidió a Ed que estuviera atento por si
veía más animales que se comportaban de un modo extraño. Luego..., cuando
volvieron a hablar, el 17 de junio, Travis tuvo el presentimiento de que Ed
había visto algo más y se lo ocultaba.
—Pero ¿por qué no se lo iba a contar a Potter cuando había sido
el propio Fernández quien lo, había involucrado?
Paul se encogió de hombros.
—De todas formas, la mañana de 26 de junio, como Travis seguía
intrigado, fue al Rancho Quartermass para hablar con Ed y entonces encontró el
cadáver. Según la autopsia, había muerto entre veinticuatro y treinta y seis
horas antes.
Jack iba y venía junto a la pared en la que estaban las fotos de
los caballos mientras hacia girar lentamente la copa de oporto entre sus dedos.
—¿Qué piensas? Fernández vio un animal que se comportaba de un
modo muy extraño, un animal que hizo algo que lo asustó tanto que decidió
cargar la escopeta...
—Tal vez.
—¿Crees que puede haber salido para disparar a ese animal porque
parecía rabioso o algo así?
—Sí, eso ya lo habíamos pensado. Y quizá se puso tan nervioso
que sufrió un infarto.
Jack se acercó a la ventana y contempló las luces de las cabañas
que no lograban hacer retroceder la densa oscuridad. Apuró el oporto.
—A partir de lo que me has dicho deduzco que Fernández no era un
hombre muy excitable, no era un histérico.
—Todo lo contrario. Ed era tan excitable como la cepa de un
árbol.
Jack se giró y dijo:
—Entonces, ¿qué es lo que vio que le provocó un infarto? ¿Qué
pudo haber hecho un animal que le extrañara tanto o le resultara tan amenazador
como para que le fallara el corazón?
—Acabas de poner el dedo en la llaga — dijo el abogado — . No
tiene sentido.
—Por lo visto, estamos ante un misterio. — Es una suerte que
hayas sido detective. —No, siempre he estado patrullando las calles. —Bueno,
pues ahora las circunstancias te han convertido en detective. —Paul se levantó
— . Mira, estoy seguro de que no hay motivos para preocuparse. Sabemos que los
mapaches no estaban enfermos. Y seguro que habrá una explicación lógica sobre
lo que Ed estaba haciendo con una escopeta. Éste es un lugar pacífico. No
consigo ni imaginar qué clase de peligro pudo haber visto.
—Supongo que tienes razón —coincidió Jack.
—Sólo lo mencioné porque..., bueno, era un poco extraño. Creí
que debías saberlo por si veías algo. Y si descubres cualquier cosa, avísanos a
mí o a Travis.
Jack puso su copa junto a la de Paul encima de la mesa.
—Lo haré. Entretanto... te agradecería que no se lo mencionaras
a Heather. Hemos pasado un año muy malo en Los Angeles. Vamos a empezar una
nueva vida y no quiero estropearlo. Estamos un poco nerviosos; ahora
necesitamos ponernos a trabajar y ser positivos.
—Precisamente por eso escogí este momento para contártelo.
—Gracias, Paul.
—Y ahora no te preocupes.
—No lo haré.
—Porque estoy seguro de que no es nada. Tan sólo un misterio
más. La gente que acaba de llegar a estas tierras a veces se pone un poco
nerviosa debido a la soledad y los espacios abiertos. Espero que a ti no te
pase.
—No te preocupes —le aseguró Jack— . Después de jugar con las
balas como si fueran bolos con los locos de Los Ángeles, no creo que un mapache
sea capaz de alterarme los nervios.
QUINCE
Los primeros cuatro días en el Rancho Quartermass — desde el lunes
hasta el viernes— Heather, Jack y Toby realizaron una limpieza a fondo.
Quitaron el polvo de las paredes y la carpintería, enceraron los muebles,
pasaron la aspiradora por las alfombras y las tapicerías, lavaron todos los
platos y los enseres de cocina, empapelaron los armarios, llevaron la ropa de
Eduardo a una iglesia del pueblo para que la distribuyeran entre los
necesitados, y, en general, convirtieron la casa en su hogar.
Decidieron que no iban a matricular a Toby en la escuela hasta
la semana siguiente, así le darían tiempo para adaptarse a su nueva vida. Al
niño le encantó verse libre mientras los demás niños de su edad estaban
encerrados en las aulas.
El miércoles llegó el camión de mudanzas con el pequeño envío de
Los Angeles: el resto de la ropa, los libros, los ordenadores de Heather, los
juguetes de Toby y las demás cosas que no habían querido regalar ni vender. La
presencia de sus objetos personales dio a la casa un aspecto más hogareño.
A pesar de que en el transcurso de la semana los días se habían
vuelto más fríos y nublados, Heather se encontraba de buen humor, alegre
incluso. Ya no le acometían los ataques de ansiedad como el que tuvo cuando
Paul Youngblood les enseñó la casa el lunes; día tras día aquel episodio
paranoico se fue borrando de sus pensamientos.
Con una escoba quitó las telarañas y los insectos disecados en
la escalera de atrás, limpió los escalones con amoníaco y eliminó la humedad y
el ligero olor a podredumbre. No sintió nada extraño y le costó creer que había
tenido un miedo supersticioso la primera vez que descendió la escalera con Paul
y Toby.
Desde algunas ventanas de la segunda planta se veía el
cementerio en la loma. Tras oír la explicación de Paul acerca del apego de los
rancheros a la tierra que había dado de comer a sus familias a lo largo de
varias generaciones, ya no lo consideraba macabro. En Los Angeles y en una
familia tan poco arraigada como en la que se había criado, había tan poca
tradición y un sentimiento tan débil de pertenecer a un sitio o a algo, que ese
amor de los rancheros a su hogar no le resultaba morboso y extraño sino enternecedor
y hasta edificante.
Heather también limpió la nevera y la llenaron de comida
precocinada. Aunque el congelador estaba bastante lleno, Heather decidió dejar
el inventario de su contenido para más adelante y dedicarse a otras cosas.
Como después de tanto trabajo estaban los tres demasiado
cansados para cocinar, durante cuatro noches seguidas se fueron a Eagle's Roost
a cenar en el restaurante Main Street, cuyo dueño era el buey que sabía
conducir, resolver problemas de matemáticas y bailar, y donde servían una
comida regional de primera calidad.
Para ellos, los veinticinco kilómetros a Eagle's Roost eran
insignificantes. En el sur de California los viajes no se medían por la
distancia del recorrido sino por el tiempo que se tardaba, e incluso una rápida
excursión al supermercado a través del tráfico de la ciudad suponía media hora.
Para recorrer treinta kilómetros desde una punta de Los Angeles a la otra se
podía tardar una o dos horas, o bien una eternidad, según el tráfico y la
violencia de los conductores. Era imposible saberlo con exactitud. Sin embargo,
para ir a Eagle's Roost tardaban entre veinte y veinticinco minutos, lo cual
para ellos no era nada. Cada vez que veían las autopistas vacías no podían por
menos de maravillarse.
El viernes por la noche, como cada noche desde su llegada a
Montana, Heather se durmió enseguida. Sin embargo, por primera vez, tuvo un
sueño agitado...
Soñó que estaba en un lugar frío y más oscuro que una noche sin
luna o una habitación sin ventanas. Avanzaba a tientas, como si se hubiera
vuelto ciega, con curiosidad y, al principio, sin miedo. De hecho sonreía,
porque estaba convencida de que más allá de la oscuridad la esperaba algo
maravilloso en un lugar cálido e iluminado. Si lograba llegar encontraría un
tesoro, placer, luz, paz, alegría y trascendencia. Le aguardaban una serenidad
profunda, la desaparición del miedo, la libertad eterna, la iluminación, la
alegría, un placer más intenso que todos los que había conocido. Pero ella
seguía avanzando a ciegas por la impenetrable oscuridad, con los brazos
extendidos, equivocándose de dirección y girando de un lado al otro.
La curiosidad se convirtió en un deseo irresistible. Quería
llegar a aquello que estaba del otro lado del muro de la noche; nunca había
querido tan intensamente, más que la comida, el amor, la riqueza o la
felicidad, pues era eso y mucho más. «Encuentra la puerta, la puerta y la luz,
la maravillosa puerta, la hermosa luz, paz y alegría, libertad y placer, la
liberación de la tristeza», se decía. La transformación estaba tan cerca, tan
dolorosamente cerca... «Extiende las manos, alcánzala.» El deseo se convirtió
en una necesidad, la compulsión en una obsesión. Tenía que llegar como fuera a
aquello que la esperaba — la alegría, la paz, la libertad— y entonces se puso a
correr hacia la oscuridad, ignorando el peligro; se lanzó hacia delante,
desesperada, para encontrar el camino, la vía, la verdad, la puerta, la alegría
eterna, donde ya no temería la muerte, no temería nada, el paraíso; lo buscó
desesperadamente, y, sin embargo, se alejaba cada vez más.
Ahora oía una voz que la llamaba, extraña y muda, temible pero
atrayente, que intentaba indicarle el camino, la alegría, la paz y el fin de la
tristeza. «Sólo tienes que aceptar. Acepta.» La estaba llamando, y sólo tenía
que encontrar el camino, tocarlo y abrazarlo.
Dejó de correr. De pronto, se dio cuenta de que ya no tenía que
buscar el don pues se hallaba delante de él, en la morada de la alegría, el
palacio de la paz, el reino de la iluminación. Lo único que tenía que hacer era
dejarlo entrar, abrir una puerta en su interior y dejarlo entrar, dejarse
llevar por una alegría inimaginable, por el paraíso, rendirse al placer y a la
felicidad. Lo deseaba, lo deseaba con toda su alma, porque la vida era
demasiado dura y no tenía por qué serlo. Pero una parte obcecada de su ser —su
lado odioso y orgulloso— se resistía a recibir el don. Percibió la frustración
de aquel que deseaba concedérselo, el Dador de la oscuridad se sentía frustrado
y quizás enfadado, y entonces ella le dijo: «Lo siento, lo siento muchísimo».
Inesperadamente, el don —la alegría, la paz, el placer— cayó
sobre ella con una fuerza tremenda, con una presión brutal e implacable, hasta
que Heather sintió que la iba a aplastar. La oscuridad a su alrededor se volvió
pesada, como si se hallara atrapada en un mar profundo, aunque era más pesado y
denso que el agua, y la rodeaba y la aplastaba. «Debo someterme, es inútil
resistir, déjalo entrar, el sometimiento me traerá alegría, el paraíso, el
paraíso.» Si se negaba a someterse le acometería un dolor inimaginable, una
desesperación y una agonía que sólo podían conocerse en el infierno. De modo
que debía someterse, abrir la puerta en su interior; sentía un martilleo feroz
e irresistible que aporreaba y golpeaba: «Déjalo entrar, déjalo, déjalo.
Déjalo... entrar».
De pronto, encontró la puerta secreta en su interior, el camino
que conducía a la alegría, las puertas de la paz eterna. Cogió el pomo, lo
giró, oyó el pestillo, tiró, temblando de curiosidad. A través de la rendija
que se abrió lentamente vislumbró al Dador. Era brillante y oscuro.
Contorsionado y agudo. Un silbido triunfal. Frío en la entrada. «Cierra la
puerta, cierra la puerta, cierra la puerta...»
Heather despertó de golpe, apartó las sábanas y saltó de la cama
en un solo gesto desesperado. El corazón le latía con fuerza y casi no la
dejaba respirar.
Fue un sueño, sólo un sueño. Pero nunca había soñado algo de un
modo tan intenso.
Tal vez la cosa que esperaba del otro lado de la puerta la había
seguido a través del sueño hasta el mundo real.
Una idea absurda. Pero no lograba desprenderse de ella.
Jadeando, buscó la lámpara a tientas hasta que encontró el
interruptor. Al encenderse la luz, no vio a ninguna criatura propia de las
pesadillas. Sólo a Jack, que dormía boca abajo, con la cabeza hacia el otro
lado, y roncaba ligeramente.
Heather consiguió respirar a pesar de que el corazón le seguía
latiendo con fuerza. Estaba empapada de sudor y no podía parar de tiritar.
«Dios mío.»
Como no quería despertar a Jack, apagó la luz y se estremeció
cuando la oscuridad cayó sobre ella.
Se sentó en el borde de la cama, con la intención de esperar
hasta que se hubiera calmado; luego se pondría la bata y bajaría a leer hasta
que amaneciera. Según los números luminosos del reloj digital eran las tres y
diez de la madrugada, pero sabía que no iba a ser capaz de volver a conciliar
el sueño. De ninguna manera. Incluso era probable que la noche siguiente
tampoco pudiera dormir.
Recordó la presencia brillante y retorcida que había vislumbrado
en la entrada y el frío amargo que emanaba. Aún sentía en su interior el
contacto con ella; era un frío persistente, asqueroso. Se sentía contaminada,
sucia por dentro, allí donde nunca más podría lavarse. Decidió que necesitaba
una ducha y se levantó de la cama.
El asco pronto se convirtió en náuseas.
En el cuarto de baño oscuro, le vinieron unas arcadas que le
dejaron un sabor amargo en la boca. Tras encender la luz sólo el tiempo
necesario para encontrar el frasco de elixir bucal, se enjuagó la boca. Otra
vez en la oscuridad, se lavó la cara varias veces con agua fría.
Se sentó en el borde de la bañera y se secó el rostro con una
toalla. Mientras procuraba reponerse, intentó comprender por qué un simple
sueño podía afectarla de ese modo, pero no halló ninguna explicación.
Poco después, cuando ya se había repuesto, regresó al
dormitorio. Jack seguía roncando.
La bata estaba encima de un sillón isabelino. La cogió, salió de
la habitación y cerró la puerta tras ella. Al llegar al pasillo se puso la bata
y se ató el cinturón.
Aunque tenía intenciones de bajar para prepararse un café y
leer, se dirigió a la habitación de Toby, que estaba al final del pasillo. Por
mucho que lo intentase, no lograba aplacar el temor de la pesadilla y la
ansiedad empezó a concentrarse en su hijo.
La puerta de Toby estaba entornada y el dormitorio no estaba del
todo a oscuras. Desde que se habían instalado en la cabaña, quiso volver a
dormir con la luz encendida a pesar de que había renunciado a ello un año
antes. Heather y Jack se sorprendieron, aunque tampoco les preocupó demasiado
que el niño perdiera un poco de seguridad en sí mismo. Supusieron que en cuanto
se adaptara a su nueva vida volvería a preferir la oscuridad al brillo rojizo
de la bombilla enchufada a la pared. Toby estaba arrebujado en las sábanas y
sólo se le veía la cabeza sobre la almohada. Su respiración era tan ligera que
Heather tuvo que agacharse para oírla.
Aunque no había nada anormal en la habitación, Heather dudó
antes de salir. Una ligera aprensión seguía atenazándola.
Por fin, cuando Heather retrocedió hacia la puerta, oyó un
ligero arañazo que la detuvo. Se acercó nuevamente a la cama; Toby seguía
durmiendo plácidamente.
Sin embargo, mientras observaba a su hijo, Heather se dio cuenta
de que el ruido provenía de la escalera de atrás. Había sido como un arañazo
furtivo de algo duro, tal vez la suela de una bota que se arrastraba por un
escalón de madera. Lo reconoció porque la cámara de aire debajo de cada escalón
daba al ruido una cualidad hueca muy característica.
Súbitamente se apoderó de ella la angustia que no había sentido
cuando limpiaba la escalera, pero que la había atormentado aquel lunes mientras
acompañaba a Paul Youngblood y a Toby por ese pozo curvo. Era la convicción
paranoica de que alguien —¿o tal vez algo?— la esperaba tras la siguiente
curva. O de que bajaba tras ellos. Un enemigo poseído por una rabia extraña y
capaz de ejercer una gran violencia.
Se quedó mirando la puerta cerrada que daba a la escalera. Era
blanca, pero reflejaba el brillo rojizo de la luz, que resplandecía como si
fuese una boca de fuego.
Esperó a oír más ruidos.
Toby suspiró en sueños. Sólo fue un suspiro. Nada más.
Silencio otra vez.
Heather pensó que a lo mejor se había equivocado y sólo había
sido un ruido que venía de fuera. Quizás un pájaro nocturno que se había posado
en el tejado con un aleteo de plumas y había arañado las tablillas con sus
uñas, y a ella le había parecido que el ruido provenía de la escalera. Estaba
nerviosa por culpa de la pesadilla. Quizá no debía dar demasiado crédito a sus
sentidos. Por supuesto que deseaba creer que se había equivocado.
Se oyó otro crujido.
Esta vez no cabía duda. El ruido era menos fuerte que antes,
pero estaba segura de que provenía de la escalera. Recordó cómo habían crujido
algunas tablas la primera vez que había bajado y cómo habían gemido cuando las
limpió.
Quiso sacar a Toby de la cama y llevárselo de la habitación,
recorrer el pasillo hasta el dormitorio principal y despertar a Jack. Pero ella
nunca había huido de nada. En las crisis de los últimos ocho meses había
desarrollado una gran fuerza interior y seguridad en sí misma. A pesar del
hormigueo que sentía en el cuello, como si tuviera unas arañas peludas que
trepaban por él, se sonrojó cuando imaginó que huía como una débil damisela en
una novela romántica, aterrorizada porque sólo había oído un ruido extraño.
Por el contrario, se dirigió hacia la puerta. El pestillo estaba
echado.
Acercó el oído derecho a la rendija entre la puerta y la jamba.
Una ligera corriente de aire frío se filtraba del otro lado, pero no oyó nada.
Mientras escuchaba, pensó que a lo mejor el intruso estaba en el
rellano, a tan sólo unos centímetros de ella, y que sólo los separaba la
puerta. Podía imaginárselo allí, una figura oscura y extraña, con la cabeza
apoyada en la puerta y el oído junto a la rendija igual que ella, para
escucharla.
Tonterías. Esos arañazos y crujidos no habían sido más que los
ruidos producidos por el asentamiento de los cimientos, se dijo. Incluso las
casas antiguas seguían asentándose debido a la presión que ejercía la fuerza de
la gravedad. Ese maldito sueño la había asustado de verdad.
Toby murmuró algo ininteligible. Heather se giró para verlo. El
niño no se movió y pocos segundos después volvió a callar.
Heather retrocedió y contempló la puerta. No quería poner a Toby
en peligro, pero empezaba a sentirse más ridícula que asustada. Sólo era una
puerta. Sólo era una escalera en la parte de atrás de la casa. Sólo era una
noche como cualquier otra, una pesadilla y un nerviosismo exacerbado.
Puso una mano en el pomo y la otra en el pestillo. El latón
estaba frío bajo sus dedos.
Recordó la necesidad urgente que la había poseído en el sueño:
«Déjalo entrar, déjalo entrar, déjalo entrar».
Aquello había sido un sueño y esto era la realidad. A las
personas que no sabían distinguir lo uno de lo otro las encerraban en
habitaciones con paredes acolchadas y las atendían enfermeras con sonrisas
congeladas y voces suaves.
«Déjalo entrar.»
Descorrió el pestillo, giró el pomo y vaciló.
«Déjalo entrar.»
Exasperada consigo misma, abrió la puerta de golpe.
No había reparado en que la luz de la escalera estaría apagada.
El hueco estrecho no tenía ventanas; no le llegaba ninguna luz del exterior. La
luz rojiza del dormitorio era demasiado débil para llegar hasta el umbral. Se
hallaba ante una oscuridad absoluta, sin saber si había algo en la escalera o
en el rellano. De pronto, percibió el olor repugnante que había eliminado dos
días antes después de mucho trabajo y amoníaco, y aunque no era muy fuerte se
olía más que antes: era el vil aroma de la carne descompuesta.
Tal vez había soñado que despertaba y en realidad seguía
atrapada en la pesadilla.
Con el corazón latiéndole violentamente y casi sin poder
respirar, buscó a tientas el interruptor de la luz que estaba a un lado de la
puerta. De haber estado del otro lado era posible que no hubiese tenido el
valor de tender la mano en la oscuridad y buscarlo. No lo encontró en los dos
primeros intentos, tampoco se atrevió a apartar la mirada de la oscuridad que
tenía delante, buscó en el sitio que recordaba haberlo visto, estaba a punto de
gritar para despertar a Toby y decirle que huyera, cuando por fin encontró el
interruptor —gracias a Dios— y encendió la luz.
El rellano estaba vacío. No había nada. Por supuesto. ¿Qué iba a
haber? Los escalones se curvaban hacia abajo y se perdían de vista.
Oyó un nuevo crujido.
«¡Oh, Dios mío!», pensó.
Se acercó al rellano. No llevaba zapatillas. La madera estaba
fría y áspera bajo sus pies.
Otro crujido, más suave que el anterior.
«Son los ruidos producidos por el asentamiento de los cimientos.
Tal vez», se dijo.
Se alejó del rellano apoyando la mano izquierda en la pared.
Cada vez que descendía un escalón, aparecía otro delante de ella.
Decidió que si veía a alguien, se daría la vuelta y subiría
corriendo la escalera hasta llegar a la habitación de Toby, donde cerraría la
puerta y echaría el pestillo. Como la puerta sólo podía abrirse desde el
interior de la casa, estarían a salvo.
Abajo se oyó un clic furtivo, un ruido sordo, como si alguien
cerrara una puerta procurando no hacer ruido.
De pronto, le preocupó menos la perspectiva de un enfrentamiento
que la posibilidad de que el episodio acabara sin que ella hubiese averiguado
de qué se trataba. Como necesitaba saberlo, costara lo que costara, superó el
miedo. Bajó corriendo la escalera, haciendo el suficiente ruido como para que
se notara su presencia, recorriendo la curva de la pared hasta el vestíbulo de
abajo.
Estaba vacío.
Intentó abrir la puerta de la cocina. Estaba cerrada y se
necesitaba una llave para abrirla por ese lado. No la tenía. Se suponía que un
intruso tampoco la tendría.
La otra puerta conducía al porche trasero de la casa. El cerrojo
estaba echado. Lo descorrió, abrió la puerta y salió al porche.
Estaba vacío. Y tampoco vio a nadie corriendo por el jardín.
Además, aunque no hacía falta una llave para salir por esa puerta, el intruso
la habría necesitado para cerrarla detrás de él ya que sólo se podía cerrar con
llave por fuera.
Heather oyó el fúnebre ulular de un búho. El aire nocturno,
frío, húmedo y sin viento, se parecía más al ambiente cargado y casi fétido de
un sótano que al del campo.
Estaba sola. Pero no se sentía sola. Se sentía... observada.
—Por el amor de Dios, Heather —dijo en voz alta— . ¿Qué demonios
te ocurre?
Regresó al vestíbulo y cerró la puerta con llave. Se quedó
mirando el pestillo de latón mientras se preguntaba si su mente alterada se
había aprovechado de unos ruidos de lo más normales para imaginar una amenaza
con menos cuerpo incluso que un fantasma.
El olor a podrido persistía.
Sí, bueno, tal vez el amoníaco no había podido eliminarlo por
más de uno o dos días. Quizás había una rata muerta o cualquier otro animal
pequeño descomponiéndose dentro de la pared.
Cuando se giró hacia la escalera, pisó algo. Levantó el pie
izquierdo y miró el suelo. Un terrón de tierra seca del tamaño de una ciruela
se había desmenuzado bajo su pie descalzo.
Mientras subía a la segunda planta, vio terrones de tierra seca
en varios escalones, que no había advertido al bajar la escalera. Cuando el
miércoles la había limpiado no estaban allí. Deseaba creer que era una prueba
de la existencia del intruso. Pero lo más probable era que Toby hubiera traído
un poco de barro del jardín. Acostumbraba ser un niño muy considerado, y,
aunque limpio, tampoco había que olvidar que sólo tenía ocho años.
Heather regresó a la habitación de Toby, cerró la puerta con
llave y apagó la luz de la escalera.
Su hijo dormía plácidamente.
Se sintió ridícula y perpleja; bajó la escalera principal y se
dirigió a la cocina. Si el olor repulsivo era una señal de la presencia del
intruso, y si quedaba el más ligero rastro de ese hedor en la cocina,
significaría que tenía una llave para entrar desde la escalera de atrás. En ese
caso despertaría a Jack y le insistiría en registrar toda la casa de arriba
abajo con las escopetas cargadas.
La cocina olía a limpio. No vio ningún terrón de tierra en el
suelo.
Estaba casi decepcionada. Se resistía a creer que lo había
imaginado, pero los hechos no justificaban otra interpretación.
Fuera o no producto de su imaginación, no podía dejar de sentir
que la estaban observando. Corrió las cortinas de las ventanas.
«Contrólate —pensó — . Te faltan quince años para la menopausia,
no tienes ninguna excusa para estas alteraciones tan extrañas.»
Aunque había decidido pasar el resto de la noche leyendo, estaba
demasiado nerviosa para concentrarse en un libro. Necesitaba hacer algo.
Mientras se preparaba el café, decidió hacer un inventario del
contenido del congelador. Encontró media docena de bandejas con comida
preparada, un paquete de salchichas, dos cajas de maíz, una caja de judías
verdes, dos de zanahorias y un paquete de moras de Oregón. Eduardo Fernández no
los había abierto y podrían utilizarlos.
En otro estante, bajo una caja de wafles Eggo y medio kilo de
beicon, encontró una bolsa de plástico transparente que parecía contener un
bloc de papel amarillo. Aunque el plástico estaba opaco por la escarcha, pudo
ver las líneas escritas en la primera página.
Cuando estaba a punto de abrir la bolsa, vaciló. Si alguien
guardaba el bloc en un lugar tan extraño, significaba que había querido
esconderlo. Fernández debió de pensar que su contenido era importante y muy
personal, y Heather se sintió reacia a invadir su intimidad. Aunque ya estaba
muerto, se trataba del benefactor que había cambiado sus vidas por completo;
merecía todo su respeto y discreción.
Leyó las primeras palabras del texto —«Me llamo Eduardo
Fernández»— y tras hojear el bloc confirmó que efectivamente lo había escrito
Fernández y comprobó que se trataba de un documento bastante largo. Más de dos
terceras partes de las páginas amarillas estaban escritas a mano con una
caligrafía cuidada.
Procurando reprimir su curiosidad, Heather dejó el bloc encima
de la nevera con la intención de dárselo a Paul Youngblood la siguiente vez que
lo viera. El abogado había sido el mejor amigo de Fernández y estaba al
corriente de todos sus asuntos. Si el contenido del bloc era importante e
íntimo, Paul era la única persona que tenía derecho a leerlo.
Una vez acabado el inventario de los productos congelados, se
sirvió una taza de café, se sentó a la mesa de la cocina y se puso a hacer la
lista de la compra. Por la mañana tenían pensado ir al supermercado de Eagle's
Roost para llenar la nevera y la despensa. Quería estar preparada por si se
quedaban aislados en invierno a causa de la nieve.
Interrumpió la lista para garrapatear una nota en la que le
recordaba a Jack que tenía que ir al taller de Parker para que les instalaran
una pala quitanieves en la parte delantera del Explorer.
Al principio, mientras sorbía el café y hacía la lista, estaba
alerta por si oía algún ruido. Sin embargo, la tarea en la que se hallaba
inmersa era tan trivial que se tranquilizó; al cabo de un rato, dejó de tener
conciencia de lo extraño.
—Vete..., vete..., fuera de aquí... —susurró Toby en sueños.
Calló unos minutos y luego apartó las sábanas y se levantó. Bajo
el brillo de la lámpara, su pijama amarillo parecía manchado de sangre.
Se quedó de pie junto a la cama, balanceándose como si siguiera
el ritmo de una música que sólo él oía.
—No —dijo, sin miedo y con la voz desprovista de emoción—.
No..., no..., no...
En silencio, se acercó a la ventana y contempló la oscuridad de
la noche.
En lo alto del jardín, amparada entre los pinos en la linde del
bosque, la casa de los guardas ya no estaba oscura y vacía. En medio de la
oscuridad, una luz extraña de un azul tan puro como una llama de gas salió
disparada de la chimenea y de las rendijas entre las tablas de madera que
cubrían las ventanas.
—¡Ah! —dijo Toby.
La intensidad de la luz no era constante; a veces parpadeaba y
otras palpitaba. Por momentos incluso hasta los rayos más delgados brillaban
tanto que le dañaban la vista, pero otras veces, se volvían tan tenues que
parecían a punto de apagarse. Era una noche tan fría que hasta en los momentos
de mayor brillo no parecían emitir ningún calor.
Toby permaneció un buen rato observando.
Por fin, la luz se apagó. La casa de los guardas volvió a
sumirse en la oscuridad.
El niño regresó a la cama.
La noche siguió su curso.
DIECISEIS
El sábado amaneció soleado. Un brisa fría llegaba del noroeste y
bandadas de pájaros negros cruzaban el cielo desde las arboladas Rocosas hacia
los barrancos del este, como si huyeran de un depredador.
El hombre del tiempo de la emisora de radio de Butte —al que
Heather y Jack escuchaban mientras se duchaban y vestían— anunció nevadas hacia
el atardecer. Era, según decía, una de las primeras tormentas del año, y
caerían aproximadamente unos veinticinco centímetros.
A juzgar por el tono del informe, una nevada de veinticinco
centímetros en estos climas nórdicos no se consideraba una tormenta de nieve.
No se preveían cierres de carreteras ni zonas rurales que quedaran bloqueadas.
Aunque para el lunes por la mañana se esperaba una nueva tormenta, se trataba
de un frente más suave que el de esa tarde.
Heather, sentada en el borde de la cama mientras se ataba los
cordones de sus Nike, dijo:
—¡Eh!, tendríamos que comprar un par de trineos.
Jack, de pie delante del armario abierto, sacaba de una percha
una camisa de franela a cuadros rojos y marrones.
—Pareces una niña.
—Bueno, es mi primera nevada.
—Es verdad, no había pensado en ello.
Lo más cerca que en Los Angeles Heather había estado de la nieve
era cuando la polución disminuía lo suficiente como para que se vieran las
cumbres coronadas de blanco que servían de distante telón de fondo. No sabía
esquiar. Nunca había estado en invierno en Arrowhead ni en Big Bear, y estaba
excitada como una niña con la tormenta que se avecinaba.
—Tenemos que pedir hora en el taller de Parker para ponerle una
pala quitanieves al Explorer antes de que llegue de verdad el invierno — dijo
Heather mientras se terminaba de atar los cordones.
—Ya lo he hecho —respondió Jack—. El martes a las diez de la
mañana. — Mientras se abotonaba la camisa, se acercó a la ventana del cuarto y
miró el bosque del este y las tierras bajas del sur— . Esta vista me sigue
hipnotizando. Estoy haciendo algo, muy ocupado, y de repente levanto la vista,
miro por una ventana o desde el porche, y me quedo ahí, con la mirada perdida.
Heather se le acercó por detrás, lo abrazó y miró también el
paisaje por la ventana: los bosques, los campos y el cielo azul.
—¿Estaremos bien aquí? — preguntó al cabo de un rato.
—Estaremos fantásticamente bien. Éste es nuestro sitio. ¿No lo
sientes así?
—Sí —respondió ella tras un instante de duda.
A la luz del día, los acontecimientos de la noche anterior
parecían infinitamente menos amenazadores, producto de una imaginación
hiperactiva. Después de todo, no había visto nada, y ni siquiera sabía qué
esperaba ver. No era más que el persistente nerviosismo de la ciudad, agravado
por una pesadilla.
—Éste es nuestro sitio.
Él se volvió, la abrazó y la besó. Heather le masajeó suavemente
en círculos los músculos de la espalda, que gracias a su tabla de ejercicios
volvían a estar fuertes. Jack se sentía muy bien. Agotados por el viaje y la
mudanza, no hacían el amor desde la última noche en Los Angeles. En cuanto se
instalaran en la casa de «esa manera», la sentirían suya, y seguramente
desaparecería la extraña intranquilidad de Heather.
Jack bajó las manos, le acarició las caderas y la atrajo hacia
sí.
—¿Qué te parece si esta noche, mientras nieva...? —le dijo
mientras iba besándola suavemente en el cuello, las mejillas, los ojos y las
comisuras de la boca— . ¿Después de tomarnos una o dos copas de vino... junto
al fuego... con música romántica... mientras nos relajamos...?
—Mientras nos relajamos... —repitió ella soñadora. —Nos
acercamos...
—Hummm, nos acercamos... —Y tenemos una maravillosa...
—Una maravillosa...
—Pelea de bolas nieve.
—¡Burro! —Le dio una palmada en la mejilla — . Pondré piedras en
mis bolas de nieve.
—O a lo mejor podríamos hacer el amor.
—¿Estás seguro de que no quieres salir a hacer un muñeco de
nieve?
—Ahora que lo he pensado mejor, no.
—Termina de vestirte, listillo. Tenemos que ir de compras.
Heather encontró a Toby en la sala, vestido para empezar el día.
Estaba en el suelo, delante del televisor, mirando un programa sin volumen.
—Esta noche habrá una gran nevada — le dijo desde la arcada
esperando que la excitación del niño superara la suya, puesto que también era
su primer experiencia con un invierno blanco.
Toby no respondió.
—Iremos al pueblo a comprar un par de trineos para prepararnos
para mañana.
El niño seguía inmóvil como una piedra, con toda su atención
fija en la pantalla.
Heather, desde donde estaba, no veía qué programa lo tenía tan
atrapado.
—¿Toby? —lo llamó mientras entraba en la sala — . Querido, ¿qué
estás mirando?
El chico no se percató de su presencia hasta que ella se acercó.
—No sé lo que es.
Tenía los ojos desenfocados, como si en realidad no la viera, y
volvió a mirar la televisión.
La pantalla mostraba un flujo constante de formas cambiantes,
parecidas a esas manchas de aceite de colores, tan populares en una época. Una
sucesión ininterrumpida de matices de todos los colores primarios, brillantes y
oscuros. Formas siempre cambiantes que se fundían, serpenteaban, ondeaban, se
expandían, se difuminaban y latían en un caos amorfo e incesante, que por
momentos alcanzaba un ritmo frenético, se calmaba, volvía a acelerarse.
—¿Qué es? —preguntó Heather. Toby se encogió de hombros.
Era interesante, y bastante bonito, mirar la imagen abstracta y
curvilínea que se recomponía sin parar. Sin embargo, y aunque Heather no podía explicar
la razón, cuanto más la miraba más perturbadora se volvía. No había nada en ese
diseño inherentemente siniestro o amenazador. En realidad, se suponía que ese
fluir de formas mezcladas tenía que ser tranquilizador.
—¿Por qué has quitado el volumen?
—No lo he quitado.
Heather se agachó, cogió el mando a distancia y apretó el botón
del volumen. Lo único que se oyó fue el débil zumbido de los altavoces. Cambió
de canal y la voz de un animado comentarista deportivo estalló en la estancia.
Bajó el volumen rápidamente.
Cuando volvió al canal anterior, las formas multicolores habían
desaparecido. Unos dibujos animados llenaron la pantalla, que a juzgar por el
frenético ritmo de la acción, se acercaban a un final pirotécnico.
—Qué extraño.
—Me gustaba — dijo Toby.
Heather recorrió los otros canales con el mando, pero la extraña
imagen no volvió a aparecer. Apagó el aparato y la pantalla se quedó a oscuras.
—Bueno, de todas formas tenemos que desayunar para poder empezar
el día. Hay mucho que hacer en el pueblo. Tenemos que ir a comprar esos
trineos.
—¿A comprar qué? —preguntó el niño mientras se ponía de pie.
—¿No me has oído antes?
—Creo que no.
—¿No has oído lo de la nieve? La cara de Toby se iluminó.
—¿Va a nevar?
—Debes de tener tanta cera en los oídos que se podría hacer la
vela más grande del mundo —dijo Heather mientras se dirigía a la cocina.
Toby la siguió.
—¿Cuándo? —preguntó — . ¿Cuándo va a nevar, mamá? ¿Hoy?
—Te pondremos una mecha en cada uno de los oídos, las
encenderemos con una cerilla y podremos cenar con velas el resto de la década.
—¿Cuánta nieve habrá?
—A lo mejor encontramos caracoles muertos dentro.
—¿Sólo algunos copos de nieve o una tormenta de verdad? — O
quizá dos o tres ratones muertos.
—¿Mamá? —preguntó Toby exasperado mientras entraba en la cocina
detrás de ella.
Heather se volvió, se agachó delante del niño y le señaló la
rodilla.
—Hasta aquí, o quizá más.
—¿De veras?
—Iremos en trineo. — ¡Yupiii!
—Haremos un muñeco de nieve. — ¡Y una pelea de bolas de nieve! —
¡Eso! —lo desafió su madre. —Muy bien, papá y yo contra ti.
—¡No es justo!
El niño corrió hacia la ventana y apretó su carita contra el
cristal.
—El cielo está azul.
—Tardará un rato en nevar, te lo garantizo — dijo Heather
mientras entraba en la despensa— . ¿Quieres copos de trigo o de maíz?
—Rosquillas y leche con cacao.
—Demasiada grasa, ¿no te parece? — Pruébalo y verás. Copos de
trigo.
—Eres un encanto.
—¡Huyyy! —exclamó Toby asombrado, alejándose un paso de la
ventana— . Mamá, mira esto.
—¿Qué pasa?
—Rápido, mira ese pájaro, acaba de aterrizar justo delante de
mí.
Heather se acercó a la ventana y vio un cuervo posado al otro
lado del cristal. Tenía la cabeza levantada y los miraba con curiosidad por un
solo ojo.
—Vino a toda velocidad hacia mí, zummmm, como si fuera a
estrellarse contra el cristal. ¿Qué está haciendo?
—Probablemente buscando gusanos o bichitos.
—Yo no me parezco a un bicho.
—Quizá vio los caracoles de tus oídos —dijo Heather mientras
entraba otra vez en la despensa.
Mientras Toby la ayudaba a poner la mesa para el desayuno, el
cuervo seguía observando desde la ventana.
—Qué estúpido —comentó Toby—, cree que tenemos bichos y gusanos
aquí dentro.
—A lo mejor es muy fino y civilizado y me oyó cuando decía
«copos de maíz».
Mientras llenaban los tazones de cereal, el cuervo se quedó en
la ventana, picoteándose de vez en cuando las plumas, pero sobre todo
observándolos con un ojo negro azabache o con el otro.
Jack bajó la escalera silbando y entró en la cocina.
—Tengo tanta hambre que me comería un caballo. ¿Qué tal si
desayunamos huevos y caballo?
—¿Y huevos y cuervo? —preguntó Toby señalando al visitante.
—Es un ejemplar gordo y apetitoso, ¿no? —dijo Jack mientras se
acercaba a la ventana y se agachaba para mirar de cerca al cuervo.
—¡Mira, mamá! Papá está haciendo un campeonato de miradas con el
pájaro —dijo Toby divertido.
La cara de Jack estaba a dos centímetros de la ventana y el
cuervo lo miraba fijamente con un ojo oscuro. Heather sacó cuatro rebanadas de
pan de la bolsa, las metió en la tostadora bajó la palanca y levantó la vista
para ver si Jack y el pájaro seguían mirándose.
—Creo que va a perder papá —dijo Toby.
Jack golpeó el cristal con un dedo, pero el cuervo no se movió.
—Es un bicho intrépido — dijo.
El pájaro, con un rápido movimiento de cabeza, picoteó el
cristal con tanta fuerza que el ruido sorprendió a Jack, que retrocedió,
tropezó y perdió el equilibrio. Se cayó sentado en el suelo de la cocina. El
cuervo agitó las alas, levantó el vuelo y desapareció en el cielo.
Toby se echó a reír a carcajadas.
Jack lo persiguió a cuatro patas.
—Así que te da risa, ¿eh? Ahora verás cómo te ríes; te mostraré
la famosa tortura china de las cosquillas.
Heather también se reía.
Toby salió corriendo por la puerta del pasillo, se volvió, vio
que Jack iba detrás, y corrió hacia la otra habitación riendo y chillando de
alegría.
Jack se puso de pie y empezó a perseguir a su hijo cojeando e
imitando a un tullido.
—Pero bueno, ¿en esta casa hay un niño o dos? —exclamó Heather.
—¡Dos! —respondió Jack.
Las tostadas saltaron de la tostadora; Heather las puso en la
mesa y metió cuatro rebanadas más de pan en la tostadora.
De la parte de delante de la casa llegaban risas y chillidos de
excitación.
Heather se acercó a la ventana. El picotazo del pájaro había
sido tan fuerte, que casi esperaba ver el cristal rajado, pero estaba intacto.
En el alféizar de la ventana había una pluma negra, que la brisa agitaba con
suavidad sin llegar a elevarla.
Acercó la cara a la ventana y miró el cielo. En lo alto de la
bóveda celeste un único pájaro oscuro daba vueltas y más vueltas. Estaba
demasiado lejos como para distinguir si se trataba del cuervo o de otro pájaro.
DIECISIETE
Pararon en la tienda de artículos de deporte Mountain High y
compraron dos trineos (anchos, con esquíes planos, y acabados de madera de pino
y poliuretano), trajes de esquí y guantes para todos. Toby vio un disco
amarillo para jugar, hecho especialmente para que pareciera un platillo
volante, y también se lo compraron. En la gasolinera llenaron el depósito y
emprendieron una maratón de compras en el supermercado.
Cuando a la una y cuarto regresaron a la cabaña, sólo un tercio
del cielo seguía azul. Grandes nubarrones grises se cernían sobre las montañas,
impulsados por un intenso viento de altura, a pesar de que sobre la superficie
sólo corría una brisa suave que agitaba la hierba marchita y el follaje. La
temperatura había descendido drásticamente y el aire frío y húmedo indicaba
claramente que el hombre del tiempo había estado en lo cierto.
Toby fue directamente a su cuarto y se puso su nuevo traje de
esquí, rojo y negro, botas y guantes. Volvió a la cocina con el disco amarillo
y anunció que iba a jugar fuera y a esperar que empezase a nevar.
Heather y Jack todavía estaban sacando las compras y poniendo
las cosas en la despensa.
—Toby, cariño, aún no has almorzado.
—No tengo hambre. Me llevaré unas galletas.
Heather le puso la capucha y se la ató debajo de la barbilla.
—De acuerdo, pero no te quedes mucho tiempo fuera. Cuando tengas
frío, entra, te calientas y después vuelves a salir. No queremos que se te
congele la nariz y se te caiga.
Le retorció la nariz con suavidad. Estaba tan mono, parecía un
duendecillo.
—No tires el disco hacia la casa — le advirtió Jack— . Si rompes
una ventana no tendremos piedad contigo. Llamaremos a la policía y te mandarán
a la prisión de Montana para delincuentes insanos.
—Y no vayas al bosque —le recomendó Heather mientras le daba
unas galletas de uvas pasas.
—De acuerdo.
—Quédate en el jardín.
—Lo haré.
—Lo digo en serio. La prisión de Montana para delincuentes
insanos no tiene televisión, leche con cacao ni galletas.
A Heather le preocupaba el bosque, y esa inquietud era algo
diferente de sus irracionales ataques de paranoia. Había muchas razones para
tener cuidado con el bosque. Para empezar, animales salvajes. Y la gente de
ciudad, como ellos, podían desorientarse y perderse enseguida.
—De acuerdo, de acuerdo. ¡Joooo..., no soy un bebé!
—No — intervino Jack, que en ese momento sacaba unas latas de la
bolsa— , pero eres un bocado muy apetitoso para un oso.
—¿Hay osos en el bosque? — preguntó Toby.
—¿Hay pájaros en el cielo? ¿Y peces en el mar? — replicó Jack.
—Así que quédate en el jardín donde te vea —le recordó Heather.
Toby, mientras abría la puerta de atrás, se volvió hacia su
padre y le dijo:
—Tú también ten cuidado.
—¿Yo?
—Sí, tú. El pájaro ese podría volver y hacerte caer de culo otra
vez.
Jack hizo como si le fuera a tirar la lata de judías que tenía
en la mano, y Toby salió corriendo entre risitas. La puerta se cerró de golpe
detrás de él.
Más tarde, después de terminar de acomodar la compra, Jack fue
al estudio para ver los libros de Eduardo y buscar una novela para leer,
mientras Heather subía a la habitación de huéspedes donde había instalado su
equipo informático. Habían trasladado la cama al sótano. Las mesas plegables de
un metro noventa que habían traído en el camión de mudanzas ocupaban el espacio
en el que antes estaba la cama y formaban un área de trabajo en forma de L. Ya
había desembalado los tres ordenadores, las dos impresoras, el escáner láser y
el resto del equipo, pero aún no había tenido tiempo de conectarlo.
En aquel momento realmente no tenía nada que hacer con todo ese
material informático de alta tecnología. Pero había trabajado prácticamente
toda su vida adulta como programa— dora y no se sentía completa con todos sus
aparatos desconectados y metidos en cajas, tuviera o no algún proyecto
inmediato. Se puso a trabajar. Mientras tarareaba alegremente un vieja canción
de Elton John, conectó los monitores y las impresoras a las unidades centrales,
y el escáner a una de las impresoras y una unidad central.
Con el tiempo, ella y Jack investigarían qué posibilidades de
trabajo había y decidirían qué hacer con el resto de sus vidas. Para entonces
la compañía telefónica ya habría instalado la segunda línea y ella podría
conectar el módem. Podría usar las bases de datos para investigar dónde había
que instalar determinado negocio y qué capital era necesario para tener éxito,
así como encontrar respuesta a cientos, o miles, de otras preguntas que
influirían en sus decisiones y mejorarían las oportunidades de triunfar en lo
que decidieran emprender.
El área rural de Montana contaba con tanto acceso a la
información como Los Angeles, Manhattan o la Universidad de Oxford, lo único
que hacía falta era una línea telefónica, un módem y un par de suscripciones a
buenas bases de datos.
A las tres, después de haber trabajado durante una hora y dejar
el equipo conectado y en marcha, Heather se puso de pie y se desperezó.
Mientras estiraba los músculos de la espalda, se acercó a la ventana a ver si
los copos de nieve habían empezado a caer antes de tiempo.
El cielo de noviembre era una sombra baja y uniforme, gris
plomiza, como una enorme mampara de plástico detrás de la cual brillaba la luz
mortecina de unos tubos fluorescentes.
Supuso que se habría dado cuenta igualmente de que iba a nevar
aunque no hubiera oído el pronóstico. Era un cielo frío como el hielo.
Con esa luz débil, los bosques altos eran más grises que verdes.
El jardín de atrás, hacia el sur, y los campos con la hierba marchita, no
parecían dormidos a la espera de que llegase la primavera, sino estériles.
Aunque el paisaje fuera tan monocromo como una veta de carbón, no dejaba de ser
hermoso. Una belleza diferente de la que ofrecía la tibia caricia del sol.
Firme, sombría, de una majestuosidad reflexiva.
Vio un pequeño punto de color hacia el sur, sobre la loma del
cementerio, no lejos del bosque occidental. Un punto rojo brillante: Toby con
su nuevo traje de esquí. Estaba al otro lado del muro de piedra que servía de
cerca.
«Tendría que haberle dicho que se mantuviera lejos del
cementerio», pensó Heather con cierta aprensión. Y enseguida se preguntó qué la
intranquilizaba. ¿Por qué el cementerio le parecía más peligroso que el prado
que lo rodeaba? Ella no creía en fantasmas ni en lugares embrujados.
El niño estaba junto a las tumbas, completamente inmóvil.
Heather lo miró durante un minuto, un minuto y medio; Toby no se movió. Para un
niño de ocho años que solía tener más energía que una central nuclear, era un
período de inactividad extraordinariamente largo.
Mientras miraba, el cielo gris bajó más aún.
La tierra se oscureció ligeramente.
Toby seguía inmóvil.
El viento ártico no molestaba a Jack — en realidad, lo
estimulaba— , salvo por el hecho de que le penetraba especialmente en los
huesos del muslo y en las cicatrices de la pierna izquierda. Sin embargo, no
cojeaba mientras ascendía la colina hacia el cementerio privado.
Pasó entre las dos columnas de piedra de un metro de altura que
señalaban la entrada. Su respiración formaba nubes de vapor.
Toby estaba de pie junto a la cuarta tumba. Tenía los brazos
colgando a los lados, la cabeza gacha y miraba fijamente la lápida. El disco
amarillo estaba en el suelo, a su lado. Respiraba tan suavemente que apenas
producía una voluta fina de vapor, que se evaporaba en el momento en que la
breve exhalación se convertía en inhalación.
—¿Te ocurre algo? — preguntó Jack.
El niño no respondió.
La lápida contigua a la que Toby miraba tenía grabado el nombre
de Thomas Fernández y las fechas de nacimiento y muerte. Jack no necesitaba
mirarla para recordar el día de su muerte; estaba grabado en su memoria mucho
más profundamente que los números cincelados sobre el granito que tenía
delante.
Desde que habían llegado el martes por la mañana, después de
pasar la noche con Paul y Caroline Youngblood, Jack había estado demasiado
ocupado para visitar el cementerio privado. Es más, tampoco estaba ansioso por
ponerse delante de la tumba de Tommy, donde lo asaltarían recuerdos de sangre,
pérdidas y desesperación.
A la izquierda de la lápida de Tommy había una tumba doble con
los nombres de sus padres: Eduardo y Margarita.
Aunque habían enterrado a Eduardo hacía unos pocos meses, a
Tommy hacía un año y a Margarita hacía tres, las tres sepulturas parecían
recién cavadas. La tierra estaba removida y no había hierba sobre ellas; lo
cual resultaba extraño, porque la cuarta sepultura estaba cubierta de hierba
marchita. Suponía que los sepultureros habían tenido que remover la tumba de
Margarita para enterrar el ataúd de Eduardo junto al suyo, pero eso no era
explicación para el estado de la tumba de Tommy. Jack tomó nota mentalmente
para preguntárselo a Paul Youngblood.
La última sepultura, la única parcela con hierba, pertenecía a
Stanley Quartermass, el patrón de todos ellos. La inscripción grabada sobre la
piedra negra lo sorprendió y le arrancó una sonrisa cuando menos se lo
esperaba: «Aquí yace Stanley Quartermass, muerto antes de tiempo porque tuvo
que trabajar con todos esos insufribles actores y guionistas...».
Toby no se había movido.
—¿Te ocurre algo? — repitió Jack.
No hubo respuesta.
Jack apoyó una mano sobre el hombro del niño.
—¿Hijo?
—¿Qué hacen aquí abajo? —preguntó Toby sin apartar la mirada de
la lápida.
—¿Quiénes? ¿Dónde?
—En la tierra.
—¿Te refieres a Tommy y su familia, al señor Quartermass?
—¿Qué hacen aquí abajo?
No tenía nada de raro que un niño quisiera comprender el
misterio de la muerte. No era menos misteriosa para los adultos. Lo que a Jack
le resultaba extraño era la forma en que había hecho la pregunta.
—Bueno..., Tommy, sus padres, Stanley Quartermass..., en
realidad no están aquí.
—Sí, están aquí.
—No, aquí sólo están sus cuerpos — dijo Jack, acariciando
suavemente los hombros de su hijo.
—¿Por qué?
—Porque ya no los necesitan.
El niño permaneció en silencio, cavilando. ¿Pensaba tal vez en
lo cerca que había estado su padre de terminar bajo una lápida semejante? Quizá
ya había pasado el tiempo suficiente para que Toby pudiera enfrentarse a los
sentimientos que había reprimido.
La suave brisa que llegaba del norte empezaba a ser ligeramente
más recia.
Jack tenía las manos frías. Se las metió en el bolsillo de la
chaqueta y dijo:
—De todas formas sus cuerpos no eran ellos, no eran realmente
ellos.
La conversación dio un giro aún más extraño:
—¿Quieres decir que no eran sus cuerpos originales? ¿Que eran
títeres? — preguntó Toby.
Jack frunció el entrecejo y se arrodilló junto al niño.
—¿Títeres? Qué forma más rara de decirlo.
El niño, como si estuviera en trance, miraba fijamente la lápida
de Tommy, sin parpadear siquiera.
—¿Estás bien, Toby?
—¿Emisarios? —preguntó el niño sin mirarlo.
—¿Emisarios?
Jack parpadeó sorprendido.
—¿Eran emisarios?
—¡Vaya palabra! ¿Dónde la has aprendido?
—¿Por qué ya no necesitan sus cuerpos? —preguntó Toby en lugar
de responder.
Jack dudó y se encongió de hombros.
—Verás, hijo, ¿sabes por qué?, porque habían terminado su
trabajo en este mundo.
—¿En este mundo?
—Se han marchado. — ¿Adonde?
—Tú has ido a la escuela dominical. Sabes adonde. — No.
—Claro que lo sabes. — No.
—Se han ido al cielo. — ¿Y están ahí?
—Sí.
—¿En qué cuerpos?
Jack sacó una mano del bolsillo, la apoyó en la barbilla de su
hijo y le hizo girar el rostro para mirarlo a los ojos.
—¿Qué te pasa, Toby?
Estaban cara a cara, a pocos centímetros de distancia, sin
embargo Toby parecía mirar a lo lejos, a través de Jack, en dirección a algún
lejano horizonte.
—¿Toby?
—¿En qué cuerpos?
Jack soltó la barbilla de su hijo y le pasó la mano por delante
de la cara; ni un parpadeo. Los ojos no seguían el movimiento de la mano.
—¿En qué cuerpos? —repitió el niño con impaciencia.
A Jack el corazón empezó a latirle deprisa, mientras miraba los
ojos vacíos e inexpresivos de Toby, que ya no eran la ventana del alma, sino
espejos para mantenerlo aislado del mundo. Si era un problema psicológico, no
había dudas de su causa. Había pasado un año lo bastante traumático como para
llevar a un adulto, por no hablar de un niño, a una crisis nerviosa. Pero ¿cuál
era el detonante, por qué ahora, por qué aquí, después de tantos meses en los
que la pobre criatura se las había arreglado tan bien?
—¿En qué cuerpos? —preguntó Toby con violencia.
—Vamos —dijo Jack cogiendo la mano enguantada del chico—.
Volvamos a casa.
—¿En qué cuerpos están?
—Toby, basta.
—Tengo que saberlo. Dímelo. Dímelo.
«Dios, por favor, no permitas que suceda esto», pensó Jack.
—Escucha, ven conmigo a casa y ahí podremos...
Toby se soltó violentamente y dejó a Jack con el guante vacío.
—¿En qué cuerpos? —repitió. Tenía la carita sin expresión,
plácida como las aguas tranquilas, sin embargo sus palabras estallaban con
rabia helada. Jack tenía la terrible sensación de estar hablando con el muñeco
de un ventrílocuo que no podía combinar sus gestos rígidos con el tono de las
palabras — . ¿En qué cuerpos?
Aquello no era un ataque de nervios. Una crisis mental no surgía
tan repentinamente, sin ningún indicio previo.
—¿En qué cuerpos?
Aquél no era Toby. No era su hijo.
¡Qué absurdo! Claro que era Toby, ¿quién podía ser, si no?
Alguien que hablaba a través de él.
Qué idea tan ridícula. ¿A través de Toby?
Sin embargo, de rodillas en el cementerio, mientras miraba los
ojos de su hijo, Jack ya no veía esa expresión vacía de espejo, pese a que su
propia imagen asustada se reflejaba en los ojos de la criatura. No veía la
inocencia de un niño, ni rasgo familiar alguno, sino que percibía — o
imaginaba— otra presencia, algo al mismo tiempo menos y más que humano, una
fuerza que no llegaba a comprender, que lo espiaba desde el interior de Toby.
—¿En qué cuerpos?
Jack tenía la boca seca y la lengua pegada al paladar. Tampoco
podía tragar. Tenía más frío que lo normal para aquel gélido día. Mucho más
frío. Estaba más que helado.
Nunca había sentido algo así. Una parte cínica dentro de él
pensaba que se comportaba de forma ridícula, histérica, que se dejaba llevar
por supersticiones primitivas, simplemente porque no podía soportar la idea de
que Toby presentara un cuadro psicótico y se deslizara hacia un caos mental.
Por otro lado, precisamente la índole primitiva de esa percepción lo convencía
de que otra presencia estaba compartiendo el cuerpo de su hijo; lo sentía a un
nivel intuitivo, más profundamente que nada de lo que había sentido en su vida;
era un conocimiento más certero que los que procedían de la razón, un instinto
profunda e irrefutablemente animal. La piel le hormigueaba con las vibraciones
de un fluido inhumano, como si percibiera el olor de las glándulas de un enemigo.
Se le encogió el estómago de miedo. Empezó a sudar y un
escalofrío le recorrió la nuca. Quería ponerse de pie, coger a Toby en brazos,
correr colina abajo hacia la casa y alejarlo de la influencia de esa cosa que
lo tenía atrapado entre sus garras. ¿Un fantasma, un demonio, el espíritu de
algún indígena antiguo? No, era ridículo. Pero era algo, maldita sea. Algo.
Dudó, paralizado en parte por lo que creía ver en los ojos de su hijo, y en
parte porque temía que romper violentamente el contacto entre Toby y lo que
fuera podía, de alguna manera, hacer daño al niño, quizá mentalmente.
No tenía ningún sentido, absolutamente ningún sentido. Pero nada
de todo aquello tenía sentido, todo parecía como salido de un sueño.
Era la voz de Toby, sí, pero no con el tono y las inflexiones
habituales.
—¿En qué cuerpos están?
Jack decidió contestar. Mientras sostenía el guante de Toby,
tuvo la terrible sensación de que debía jugar aquel juego o se quedaría con un
hijo tan hueco e inerte como el guante que sostenía, la cáscara vacía de un
niño, forma sin contenido, esos queridos ojos, en blanco para siempre.
¿Qué locura era aquélla? La mente le daba vueltas como si
estuviera haciendo equilibrio al borde de un abismo. Quizás era él el que tenía
una crisis nerviosa.
—No..., no necesitan los cuerpos, campeón —dijo—. Tú lo sabes.
Nadie necesita el cuerpo en el cielo.
—Ellos son sus cuerpos —dijo Toby herméticamente—. Son sus
cuerpos.
—No, ya no. Ahora son espíritus.
—No comprendo.
—Claro que lo comprendes. Almas. Sus almas se han ido al cielo.
—Son cuerpos.
—Se han ido al cielo para estar con Dios.
—Son cuerpos.
Toby lo perforó con la mirada. En el fondo de sus ojos, sin
embargo, algo se movía como una fina voluta de humo. Jack sentía que algo lo
observaba intensamente.
—Son cuerpos. Son títeres. ¿Qué más?
Jack no sabía cómo responder.
La brisa que llegaba del lado de la colina era fría como si
hubiera barrido un glaciar antes de llegar allí.
Ese ser parecido a Toby volvió a la primera pregunta que había
hecho.
—¿Qué hacen aquí abajo?
Jack miró las tumbas, luego los ojos de Toby y decidió ser
directo. O no estaba hablando con un niño pequeño, por lo tanto no necesitaba
eufemismos, o estaba loco y toda la conversación y la presencia inhumana eran
fantasías suyas. De cualquier forma, la respuesta no importaba.
—Están muertos. — ¿Qué es muerte?
—Estas tres personas enterradas aquí están muertas. — ¿Qué es
muerte?
—Sin vida. — ¿Qué es sin vida? — Que ya no tienen vida. — ¿Qué
es vida?
—Lo contrario de muerte.
—¿Qué es muerte?
—Vacío, hueco, podrido — respondió Jack desesperado.
—Los cuerpos están.
—No estarán para siempre.
—Los cuerpos están.
—Nada dura eternamente.
—Todo dura.
—Nada.
—Todo se transforma.
—¿Se transforma en qué? — preguntó Jack.
Ya no podía seguir dando respuestas, lo invadían sus propias
dudas.
—Todo se transforma — repitió ese ser parecido a Toby. — ¿Se
transforma en qué? —insistió Jack.
—En mí. Todo se transforma en mí.
Jack se preguntó de qué demonios hablaba y si tenía más sentido
para esa cosa de lo que lo tenía para él. Hasta empezó a dudar que estuviese
despierto. Quizá se había adormilado. Tal vez estaba loco, dormido, roncando en
el sillón del estudio con un libro en el regazo. Quizá Heather nunca se había
acercado a decirle que Toby estaba en el cementerio, en cuyo caso lo único que
tenía que hacer era despertar.
La brisa parecía real. Era fría y penetrante. Y soplaba con
fuerza. Agitaba la hierba y los árboles del bosque que gemían muy suavemente.
—Suspendidos — dijo ese ser parecido a Toby.
—¿Qué?
—Un sueño diferente.
Jack echó un vistazo a las tumbas.
—No — dijo.
—Esperan.
—No.
—Los títeres esperan.
—No. Están muertos.
—Dime su secreto.
—Están muertos.
—El secreto.
—Están muertos, nada más.
—Dímelo.
—No hay nada que decir.
La expresión del niño era completamente relajada, pero tenía la
cara roja. Las venas de las sienes le latían visiblemente, como si la presión
arterial hubiera aumentado de manera desproporcionada.
—¡Dímelo!
Jack temblaba incontroladamente, cada vez más asustado por la
naturaleza críptica del diálogo, preocupado por el hecho de que no comprendía
en absoluto aquella situación, y porque temía que su ignorancia lo llevara a
decir algo incorrecto que pusiera a Toby en mayor peligro del que ya estaba.
—¡Dímelo!
Jack, abrumado por el miedo, la confusión y la frustración, lo
cogió por los hombros y miró fijamente esos ojos extraños.
—¿Quién eres?
No hubo respuesta.
—¿Qué le ha pasado a mi Toby? Hubo un largo silencio. — ¿Qué
pasa, papá?
A Jack se le erizó el pelo. Oír que esa cosa, que ese intruso
repugnante lo llamaba «papá» era la peor afrenta. — ¿Papá? — Basta.
—Papi, ¿qué te pasa?
No era Toby. No, de ninguna manera. La voz aún no tenía el tono
habitual; la cara era inexpresiva y esa forma de mirar no era normal.
—Papá, ¿qué haces?
La cosa que había tomado posesión de Toby al parecer no se había
dado cuenta de que su mascarada no había surtido efecto. Hasta ese momento
había pensado que Jack creía que hablaba con su hijo. El parásito se esmeraba
por mejorar su actuación.
—¿Qué he hecho, papá? ¿Estás enfadado conmigo? No he hecho nada,
de veras, papi.
—¿Quién eres? —preguntó Jack.
Las lágrimas asomaron a los ojos del niño. Pero detrás de las
lágrimas estaba ese algo nebuloso, ese titiritero arrogante, seguro de su
capacidad de engañar.
— ¿Dónde está Toby, hijo de puta? Dondequiera que te lo hayas
llevado, devuélvemelo.
El pelo de Jack le caía sobre los ojos. Tenía el rostro
brillante de sudor. Si alguien apareciera de repente, ese miedo exagerado le
parecería demencia. Quizá lo era. O hablaba con un espíritu maligno que se
había apoderado de su hijo, o estaba loco. ¿Cuál de las dos cosas tenía más
sentido?
—¡Dámelo...! ¡Devuélveme a mi hijo!
—Papá, me das miedo.
Ese ser parecido a Toby trataba de soltarse de él.
—Tú no eres mi hijo.
—¡Papá, por favor!
—Basta. No finjas conmigo... ¡Por el amor de Dios, a mino me
engañas!
El niño se soltó, se dio la vuelta, tropezó con la tumba de
Tommy y se apoyó contra la lápida de granito.
Jack cayó a cuatro patas por la fuerza con la que el niño se
había librado de él y dijo con violencia:
—¡Suéltalo!
El niño gritó, dio un respingo, como si algo lo sorprendiera, y
se volvió hacia Jack.
—¿Qué haces aquí, papá? —Volvía a ser la voz de Toby—. ¡Me has
asustado! ¿Por qué has entrado a escondidas en el cementerio? ¡No tiene ninguna
gracia!
Estaban tan cerca como antes, pero Jack pensó que los ojos del
niño ya no parecían extraños.
—Vaya, a escondidas y a cuatro patas en un cementerio.
El niño volvía a ser Toby, sin duda. La cosa que lo había
controlado no era tan buen actor como para ser tan convincente.
O quizás había sido Toby todo el tiempo. Jack volvía a
enfrentarse a la intranquilizadora posibilidad de locura y error.
—¿Estás bien? — le preguntó al niño mientras se ponía de
rodillas y se limpiaba las manos en los vaqueros.
—Casi me cago de miedo —respondió Toby con una risita. ¡Qué
música tan dulce y maravillosa, esa risita!
Jack se puso las manos en las caderas y entrecerró los ojos al
tiempo que intentaba dejar de temblar.
—¿Qué haces...? —Le temblaba la voz. Se aclaró la garganta— .
¿Qué haces aquí?
El niño le señaló el disco amarillo.
—El viento se llevó mi platillo volante.
—Ven —le dijo Jack, que seguía de rodillas.
Toby dudaba.
—¿Para qué?
—Ven, campeón, ven aquí.
—¿Vas a morderme el cuello? — ¿Qué?
—¿Vas a hacer como que me muerdes el cuello y asustarme otra
vez, saltar sobre mí o alguna cosa rara?
Obviamente el niño no recordaba la conversación que habían
tenido cuando estaba... poseído. Había tomado conciencia de la presencia de
Jack en el cementerio al darse la vuelta desde la lápida de granito.
Jack extendió los brazos y abrió la manos.
—No —dijo— , no voy a nacerte nada. Ven aquí.
Toby se acercó escéptico y cauto, con una cara de curiosidad
enmarcada por la capucha roja del traje de esquí.
Jack lo cogió por los hombros y lo miró a los ojos. Azul
grisáceos. Claros. No había ninguna voluta de humo debajo del color.
—¿Qué pasa? —preguntó Toby frunciendo el entrecejo. — Nada. No
pasa nada — dijo Jack, y le dio un fuerte abrazo. — ¿Papá?
—No te acuerdas, ¿no? — ¿Eh? —Mejor.
—Te late mucho el corazón —dijo Toby. — No hay problema. Estoy
bien, no pasa nada. — El que estoy asustado soy yo, tío. Te debo una. Jack
soltó a su hijo y se puso de pie. El sudor sobre su cara parecía una máscara de
hielo. Se echó el pelo hacia atrás con los dedos, se enjugó el rostro con las
manos y se las secó en el pantalón.
—Volvamos a casa a tomar un chocolate caliente.
—¿Jugamos un rato con el disco? — preguntó Toby— . Es más
divertido de a dos.
Jugar, tomar chocolate. La normalidad no sólo había vuelto, sino
que había caído como un peso de una tonelada. Jack tenía dudas de que pudiese
convencer a nadie de que hacía sólo un rato él y Toby habían estado
profundamente hundidos en el lodo de lo sobrenatural. Su propio miedo y la
sensación de estar en presencia de fuerzas misteriosas se desvanecían tan
deprisa que casi no recordaba el poder de lo que acababa de sentir. Un cielo
gris plomizo, en el que había desaparecido hasta el último trozo azul sobre el
horizonte oriental, árboles que se agitaban con la gélida brisa, hierba
marchita, sombras aterciopeladas, el disco amarillo que volaba, chocolate
caliente... El mundo entero esperaba el primer copo de nieve, y nada de aquel
día de noviembre admitía la posibilidad de fantasmas, entes incorpóreos,
posesiones, ni ningún tipo de fenómeno sobrenatural.
—¿Jugamos, papá? —preguntó Toby enarbolando el disco.
—De acuerdo; un rato nada más. Pero aquí no, no en este...
Habría sonado demasiado estúpido decir: «No en este cementerio».
Parecería uno de esos números cómicos de una vieja película de Stepin Fetchit:
mirar a ambos lados, girar los ojos, agitar los brazos y aullar: «¡No me
falléis ahora, queridos pies!».
Pero en cambio dijo:
—No tan cerca del bosque. Mejor... cerca de las caballerizas.
Toby salió del cementerio corriendo con el gran platillo volante
en la mano.
—¡Tonto el último!
Jack no echó a correr detrás del niño.
Agachó los hombros contra el viento helado, metió las manos en
los bolsillos y miró fijamente las cuatro tumbas. Volvió a llamarle la atención
el que sólo la de Quartermass estuviera lisa y cubierta de hierba. Ideas
tétricas comenzaron a rondarle por la mente. Escenas de viejas películas de
Boris Karloff. Ladrones de tumbas y necrófagos. Rituales satánicos en
cementerios a la luz de la luna. Aun teniendo en cuenta la experiencia que
acababa de vivir con Toby, sus pensamientos más siniestros parecían demasiado
bonitos para explicar por qué sólo una de las cuatro tumbas estaba intacta. A
pesar de todo, se dijo que cuando supiera la razón, sería perfectamente lógica
y no tendría nada de espantoso.
Trozos de la conversación con Toby retumbaban desordenados en su
mente:
«¿Qué hacen aquí abajo? ¿Qué es muerte? ¿Qué es vida?»
«Nada dura eternamente.»
«Todo dura.»
«Nada.»
«Todo se transforma.»
«¿Se transforma en qué?»
«En mí. Todo se transforma en mí.»
Jack intuía que tenía suficientes piezas para armar al menos una
parte de aquel rompecabezas. Pero no conseguía ver cómo encajaban las piezas. O
no quería verlo. Tal vez no quería armar las pocas piezas que poseía porque le
revelarían una pesadilla, algo que era mejor no saber. Quería saber, o creía
que quería, pero su subconsciente lo rechazaba.
Mientras levantaba la vista de la tierra removida y la posaba
sobre las tres lápidas, le llamó la atención un objeto que se agitaba sobre la
sepultura de Tommy. Era una pluma negra de unos ocho centímetros de largo,
agitada por el viento y enganchada en la grieta entre la base horizontal y la
lápida vertical de granito.
Jack echó la cabeza hacia atrás y observó intranquilo la bóveda
glaciar que se elevaba sobre él. El cielo estaba encapotado. Gris y muerto como
ceniza. Un cielo de crematorio. No obstante, todo estaba inmóvil, salvo las
grandes masas de nubes.
Se acercaba la gran tormenta.
Se volvió hacia la única abertura de la pared baja de piedra,
pasó entre las columnas y miró colina abajo, en dirección a las caballerizas.
Toby casi había llegado al edificio rectangular y alargado. El
niño se detuvo de golpe, volvió la cabeza, vio a su padre rezagado y lo saludó
con la mano. Lanzó el disco amarillo directamente al aire.
El disco se elevó, trazó un círculo hacia el sur y una corriente
de aire lo empujó. Giraba por el cielo sombrío como una nave espacial de otro
mundo.
A mucha mayor altura de la que volaba el disco, debajo de las
nubes pesadas, un pájaro solitario volaba en círculos encima del niño, como un
halcón que no perdía de vista a su presa, aunque se parecía más a un cuervo que
a un halcón. Vueltas y más vueltas. Una pieza del rompecabezas con forma de
cuervo negro que planeaba sobre una corriente de aire. Silencioso como un
merodeador, paciente y misterioso.
DIECIOCHO
Después de pedirle a Jack que viera qué hacía Toby entre las
tumbas, Heather volvió a la habitación de huéspedes en la que había instalado
los ordenadores. Observó cómo Jack subía la colina hacia el cementerio, se
quedaba junto al niño durante un minuto y después se arrodillaba. A distancia
todo parecía en orden, no había signos de problemas.
Evidentemente se había preocupado por nada. Últimamente le
ocurría a menudo.
Se sentó ante su mesa de trabajo, suspiró pensando en su exceso
de preocupación maternal y concentró su atención en los ordenadores. Revisó el
disco duro de cada uno de ellos y comprobó que todos los programas estuvieran
bien, que nada se hubiera dañado durante el traslado.
Más tarde tuvo sed y, antes de ir a la cocina a buscar una
Pepsi, se acercó a la ventana para ver qué hacían Jack y Toby. Estaban casi
fuera de su campo visual, cerca de las caballerizas, jugando con el platillo
volante.
A juzgar por la pesadez del cielo y por lo helado que estaba el
cristal de la ventana, empezaría a nevar de un momento a otro. Lo esperaba con
muchas ganas.
Quizás el cambio de tiempo la ayudase también a cambiar de humor
y a aplacar ese estado de nerviosismo que no la dejaba en paz. Viviendo en un
paisaje blanco, brillante y prístino, como de tarjeta postal con purpurina, no
iba a ser tan fácil seguir aferrada a las viejas paranoias de la vida de Los
Angeles.
En la cocina, mientras abría una lata de Pepsi y se servía un
vaso, oyó el ruido de un motor que se acercaba. Pensando que sería Paul
Youngblood que les hacía una visita cogió el bloc de hojas de encima de la
nevera y lo puso sobre el mostrador para no olvidar dárselo antes de que se
fuera. Cuando llegó al vestíbulo, abrió la puerta y salió al porche, el
vehículo se detuvo delante del garaje. No era el Bronco blanco de Paul, sino
una camioneta similar, azul metálico, grande como el Bronco, más grande que el
Explorer de ellos, pero un modelo que no conocía.
Se preguntó si en aquella región alguien tenía coches
corrientes. Naturalmente, había visto muchos coches en el pueblo y en el
aparcamiento del supermercado, pero aun así, las furgonetas y los jeeps de
doble tracción superaban ampliamente a los turismos.
Bajó la escalera y cruzó el jardín hasta el camino particular
para recibir al visitante, mientras pensaba que debía haberse puesto una
chaqueta. El aire helado le traspasaba la abrigada camisa de franela.
El hombre que salió de la camioneta tenía unos treinta años, una
buena mata de pelo castaño despeinado, facciones muy marcadas y unos ojos
pardos claros, de expresión bondadosa que contrastaba con su aspecto rudo.
El individuo cerró la puerta del vehículo y sonrió.
—Buenas tardes. Usted debe de ser la señora McGarvey, ¿verdad?
—Sí — respondió ella al tiempo que estrechaba la mano que él le
tendía.
—Travis Potter. Mucho gusto. Soy el veterinario de Eagle's
Roost. En realidad, uno de los veterinarios. Un hombre puede ir hasta el fin
del mundo, y aun allí encontrará competencia.
En la parte de atrás de la camioneta había un enorme perro
perdiguero dorado. No paraba de menear la cola peluda y los miraba alegremente
por la ventanilla.
—Es precioso, ¿no? — dijo Potter al ver que Heather lo miraba.
—Son perros muy bonitos. ¿Es de pura raza?
—De lo mejor.
Jack y Toby aparecieron doblando una esquina de la casa. Por el
vapor que salía de sus bocas, era evidente que habían venido corriendo por la
colina, al oeste del establo, donde habían estado jugando. Heather les presentó
al veterinario. Jack soltó el disco amarillo y le tendió la mano. Pero Toby
estaba tan maravillado con el perro, que olvidó sus modales y se acercó
directamente a la camioneta a mirarlo fascinado. Heather, temblando, preguntó:
—¿Doctor Potter...? —Llámame Travis, por favor.
—Travis, ¿quieres entrar a tomar un café?
—Sí, pasa y quédate un rato — dijo Jack como si hubiera vivido
en el campo toda su vida— . ¿Por qué no te quedas a cenar?
—Lo siento, no puedo — respondió Travis— , pero gracias por la
invitación. Si no os importa, os tomo la palabra, pero ahora debo visitar un
par de caballos que necesitan atención y una vaca con una pezuña infectada. Y
con esta tormenta, quiero llegar a casa lo antes posible. — Miró el reloj — .
Ya son casi las cuatro.
—Hemos oído que caerán unos veinticinco centímetros de nieve.
—Pues no habéis oído las últimas noticias. Primero habrá una
tormenta fuerte, y luego, un día o unas horas más tarde, una segunda. Caerán
unos sesenta centímetros antes de que haya acabado.
Heather se alegró de que hubieran ido a hacer la compra esa
mañana y tuvieran la despensa llena.
—En fin, la razón de mi visita es este amigo — dijo Travis
señalando el perro.
Se acercó a Toby, que permanecía junto al vehículo.
Jack cogió a Heather por los hombros para darle calor, y se
pusieron detrás del niño.
Travis apoyó dos dedos contra la ventanilla, y el perro comenzó
a lamer el cristal con entusiasmo, a dar vueltas y a menear la cola más
frenéticamente que antes.
—Es un buen amigo, muy dulce y de buen carácter, ¿verdad,
Falstaff Se llama Falstaff.
—¿De verdad? —preguntó Heather.
—Resulta difícil de creer, ¿no? Pero ahora tiene dos años y está
acostumbrado al nombre. Me enteré por Paul Youngblood que estaban buscando un
perro como Falstaff. Toby suspiró y miró a Travis boquiabierto.
—Si abres así la boca —le advirtió Travis—, se te meterá un
bicho y hará un nido. —Sonrió a Heather y a Jack— . ¿Era esto lo que tenías en
mente?
—Exactamente —respondió Jack.
—Salvo que habíamos pensado en un cachorro...
—Con Falstaff tendréis todas las satisfacciones de un buen perro
y ninguno de los problemas de un cachorro. Tiene dos años, es maduro, guardián,
se porta bien. No ensuciará la alfombra ni morderá los muebles. Pero todavía es
un perro joven, con muchos años por delante. ¿Os interesa?
Toby levantó la mirada con expresión de preocupación, como si
fuera inconcebible que le pasara algo tan maravilloso sin que sus padres lo
objetaran o se abriera la tierra y se lo tragara.
—¿Por qué no? —dijo Jack mientras Heather lo miraba.
—¿Por qué no? — dijo Heather mirando a Travis.
—¡Sí!
Toby convirtió la palabra en una expresión de éxtasis explosivo.
Fueron a la parte de atrás de la camioneta y Travis abrió la
puerta.
Falstaff saltó del vehículo y de inmediato se puso a olfatear
animadamente los pies de todos, a dar vueltas de un lado a otro, mientras les
golpeaba las piernas con el rabo, lamía las manos que intentaban acariciarlo;
era una masa peluda y alegre, de lengua tibia, hocico frío y unos ojos marrones
que derretían el corazón. Cuando se calmó, se sentó delante de Toby y levantó
una pata.
—¡Sabe dar la mano! — exclamó el niño mientras se la cogía.
—Sabe muchas cosas —dijo Travis.
—¿De dónde viene? —preguntó Jack.
—De un matrimonio del pueblo, Leona y Harris Seaquist. Han
tenido perdigueros toda la vida. Falstaff ha sido el último.
—Parece demasiado bonito para darlo.
Travis asintió.
—Es un caso triste. Hace un año, le descubrieron un cáncer a
Leona; murió hace tres meses. Y hace unas semanas, Harry sufrió una embolia,
perdió el uso del brazo izquierdo, tiene dificultades para hablar y le falla la
memoria. Ha tenido que irse a Denver a vivir con su hijo, a quien no le gustan
los perros. Harry lloró como un niño cuando se despidió de Falstaff. Le prometí
que buscaría una buena casa para el pobre animal.
Toby estaba de rodillas abrazando al perro, que a su vez le
lamía la mejilla.
—Le daremos el mejor hogar que un perro haya tenido nunca,
¿verdad, mamá? ¿Verdad, papá?
—Paul Youngblood ha sido muy amable al hablarte de nosotros,
Travis —dijo Heather.
—Bueno, se enteró de que vuestro hijo quería un perro. Esto no
es una ciudad, todo el mundo se entera de todo. Aquí tenemos demasiado tiempo
para entrometernos en la vida de los demás —dijo con una sonrisa amplia,
contagiosa.
Mientras hablaban el viento se había hecho más frío. Soplaban
ráfagas repentinas, que aplastaban la hierba, agitaban el pelo de Heather y le
daban escalofríos.
—Travis —dijo Heather—, ¿cuándo te va bien venir a cenar?
—Pues, quizás el próximo domingo.
—De acuerdo, el domingo que viene a las seis. —Se volvió hacia
Toby y le dijo— : Vamos dentro, muchachito.
—Quiero jugar con Falstaff.
—Puedes hacerte amigo de él dentro de la casa —insistió—. Aquí
fuera hace mucho frío.
—El perro tiene pelo —protestó Toby.
—Pero tú no, tontito, se te congelará la nariz y se te pondrá
negra como la de Falstaff.
A medio camino hacia la casa, el perro, que trotaba entre
Heather y Toby, se detuvo y miró a Travis Potter. El veterinario le indicó con
la mano que siguiera, y Falstaff pareció comprender que le daba permiso. Subió
la escalera con ellos y entró en el tibio vestíbulo.
Travis Potter había traído una bolsa de veinticinco kilos de
pienso para perros. La sacó de la parte de atrás del Range Rover y la puso en
el suelo, junto a la rueda trasera.
—Me imaginé que no tendrías comida para perros a mano por si
alguien aparecía con un perdiguero dorado.
Explicó qué y cuánto había que darle de comer a un perro del
tamaño de Falstaff.
—¿Cuánto te debo? —preguntó Jack.
—Nada, no me ha costado nada. Sólo le he hecho un favor al pobre
Harry.
—Gracias, es muy amable de tu parte. Pero, ¿y la comida del
perro?
—No te preocupes por eso. Durante los próximos años, va a haber
que vacunar a Falstaff y hacerle revisiones. Ya me lo pagarás con creces — dijo
con una risita maligna mientras cerraba la puerta de atrás.
Dieron la vuelta y se pusieron detrás del Rover para protegerse
del viento helado.
—Sé que Paul te ha contado en privado lo de Eduardo y los
mapaches — dijo Travis— . No quería asustar a tu mujer.
—No se asusta muy fácilmente.
—¿Se lo has dicho?
—No. Tampoco sé muy bien por qué. Salvo que... hemos tenido un
año con muchos problemas, muchos cambios. De todas formas, Paul no me contó
mucho. Sólo me dijo que los mapaches se comportaban de una manera extraña a
plena luz del día, corrían en círculos y después caían muertos.
—Creo que eso no es todo —dijo Travis. Se apoyó en el coche,
flexionó un poco las rodillas y se agachó para que el viento penetrante no le
diera en la cabeza — . Creo que Eduardo me ocultaba algo. Esos animales hacían
algo más extraño que lo que me contó.
—¿Y por qué te lo iba a ocultar?
—Es difícil decirlo. Era un viejo extraño. Quizá..., no sé,
quizá vio algo que le parecía raro de explicar, algo que pensaba que no me iba
a creer. Era un hombre muy orgulloso. No quería hablar de nada que lo
convirtiera en un hazmerreír.
—¿Y tienes alguna idea de qué se trataba?
—No.
La cabeza de Jack estaba por encima del techo del Rover; el
viento no sólo le insensibilizaba la cara sino que parecía que le arrancara la
piel capa a capa. Se apoyó en el coche, flexionó las rodillas y se agachó un
poco, tal como había hecho el veterinario. En lugar de mirarse cara a cara,
ambos observaban la colina que descendía hacia el sur.
—¿Crees, como Paul, que Eduardo vio algo relacionado con los
mapaches que le provocó el ataque al corazón? —preguntó Jack.
—¿Y que le hizo cargar la escopeta? No lo sé. Quizá. No lo
descartaría. Dos semanas antes de que muriera, hablé con él por teléfono. Una
conversación interesante. Lo llamé para darle los resultados de los análisis de
los mapaches. No se debía a ninguna enfermedad conocida...
—¿La inflamación del cerebro?
—Así es. No había una causa aparente. Quiso saber si me había
limitado a sacar muestras de tejido cerebral para los análisis o si había hecho
una disección completa.
—¿Una disección del cerebro?
—Sí. Me preguntó si había seccionado el cerebro completamente.
Parecía como si esperara que yo encontrase algo, además de la inflamación. Pero
no había encontrado nada. Entonces me preguntó si había examinado la espina
dorsal, si había algo en ella.
—¿Algo?
—Es extraño, ¿verdad? Me preguntó si había examinado toda la
columna para ver si tenían algo. Cuando le pregunté a qué se refería, me dijo
que a algo parecido a un tumor.
—¿Parecido a un tumor?
El veterinario se volvió hacia la derecha y miró directamente a
Jack, pero éste tenía la vista fija en el paisaje de Montana.
—Has pensado lo mismo que yo. Extraña manera de decirlo,
¿verdad? No un tumor, sino algo parecido a un tumor. — Travis volvió a mirar el
campo— . Le pregunté si me ocultaba algo, pero juró que no. Le dije que me
llamara inmediatamente si veía algún otro animal comportándose como esos
mapaches: ardillas, liebres, cualquier cosa, pero no me llamó. Poco más de dos
semanas después, estaba muerto.
—Tú fuiste quien lo encontró, ¿verdad?
—No contestaba al teléfono. Vine a ver si le pasaba algo. Ahí
estaba, Dios mío, tumbado de lado a lado de la puerta con la escopeta en la
mano.
—¿No había disparado?
—No. Murió de un infarto.
El viento agitaba la hierba alta del prado como si fueran olas
marrones. El campo parecía un mar sucio y ondulante.
Jack se debatía entre si contarle o no a Travis lo que acababa
de ocurrir en el cementerio. Sin embargo, le resultaba difícil describir la
experiencia. Podía contar los hechos desnudos, la extraña conversación entre él
y ese ser parecido a Toby. Pero no encontraba las palabras — quizá no había
palabras— para describir adecuadamente lo que había sentido, y eso era la
esencia del suceso. No podía explicar ni una fracción de la índole sobrenatural
del encuentro.
—¿Tienes alguna teoría? — preguntó para ganar tiempo.
—Sospecho que se trata de alguna sustancia tóxica. Sí, ya sé que
no hay exactamente montones de residuos industriales desparramados por aquí.
Pero existen ciertas toxinas naturales que pueden provocar demencia en los
animales salvajes, hacer que se comporten casi de una manera tan malditamente
peculiar como la gente. ¿Y tú qué? ¿Has visto algo raro desde que has llegado?
—En realidad, sí.
Jack se sentía aliviado de no tener que mirar al veterinario
directamente a los ojos, para no despertar sospechas.
Le contó a Travis lo del cuervo en la ventana aquella mañana, y
que luego lo había visto volar en círculos sobre ellos, mientras jugaba con
Toby.
—Es curioso. Quizás esté relacionado —dijo Travis— . Por otra
parte, tampoco es tan raro su comportamiento, ni siquiera el que haya dado ese
picotazo al cristal. Los cuervos pueden ser terriblemente atrevidos. ¿Está por
aquí todavía? Los dos se alejaron del Rover y miraron hacia arriba. El cuervo
se había marchado.
—Con este tiempo —dijo Travis—, los pájaros buscan refugio. —Se
volvió hacia Jack—. ¿Alguna otra cosa, además del cuervo?
El asunto de las sustancias tóxicas había convencido a Jack de
que sería mejor no contarle nada a Travis Potter acerca de lo del cementerio.
Se trataba de dos posturas totalmente diferentes frente al misterio: veneno
contra sucesos sobrenaturales; sustancias tóxicas contra fantasmas, demonios y
cosas que aparecían en la noche. Las pruebas del incidente del cementerio eran
de naturaleza estrictamente subjetiva, más aun que la conducta del cuervo. No
tenía nada con qué respaldar el argumento de que algo indescriptiblemente
extraño estaba sucediendo en el Rancho Quartermass, ni pruebas de que hubiera
sucedido. Era evidente que Toby no recordaba nada y no podría corroborar su
historia. Si Eduardo Fernández había visto algo extraño y se lo había ocultado
a Travis, Jack comprendía al anciano y compartía su actitud. A causa de la
inflamación cerebral que había descubierto en los mapaches, el veterinario
estaba prácticamente convencido de que había agentes fuera de lo corriente en
acción, pero probablemente no se tomaría en serio ninguna mención de espíritus,
posesiones, ni ninguna conversación en el cementerio con un ente del más allá.
«¿Alguna otra cosa, además del cuervo?», le había preguntado.
Jack sacudió la cabeza.
—No, eso es todo.
—Bueno, quizá lo que trajo a esos mapaches aquí se haya ido con
ellos. Tal vez nunca lo sepamos. La naturaleza está llena de cosas raras.
Para evitar la mirada del veterinario, Jack se levantó la manga
de la chaqueta y consultó la hora.
—Si quieres terminar tus visitas antes de que empiece a nevar,
será mejor que te marches.
—Ya sabía yo que me pillaría la nieve en el camino —dijo Travis
— . Pero me gustaría volver a casa antes de que se bloquee la carretera y el
Rover no pueda pasar.
Se estrecharon la mano.
—No lo olvides — dijo Jack— , el domingo que viene a las seis.
Si tienes alguna amiga, tráela también a cenar.
Travis sonrió.
—Con esta cara mía resulta difícil de creer, pero hay una chica
dispuesta a que la vean conmigo. Se llama Janet. —Nos alegrará conocerla —dijo
Jack.
Apartó de la camioneta la bolsa de veinticinco kilos de pienso,
y se quedó en el camino, observando cómo el veterinario daba la vuelta y se
alejaba.
Travis saludó mirando por el retrovisor.
Jack le devolvió el saludo y se quedó mirando hasta que el Rover
desapareció por la curva en lo alto de la colina, justo antes de la carretera
comarcal.
El día estaba más gris que cuando había llegado el veterinario.
No era gris ceniza, sino plomo. El cielo cada vez más pesado y las ramas negro
verdosas de los árboles parecían una muralla de piedra y cemento.
Del noroeste llegaba un viento frío y penetrante con agradable
olor a pino y el débil aroma a ozono de los puertos de alta montaña. Las ramas
que se agitaban al viento entonaban un suave lamento; la hierba del prado
conspiraba con éstas para producir un silbido de fondo. Y el alero de la casa
ululaba como las débiles protestas de búhos moribundos con las alas rotas en
abandonados territorios nocturnos.
La vista era magnífica, incluso con esa penumbra anterior a la
tormenta, y quizá tan pacífica como el día en que llegaron en coche procedentes
de Utah. En aquel momento, sin embargo, a Jack no se le ocurrió ninguno de esos
singulares y oportunos adjetivos de guía de viaje. La única palabra conveniente
era «solitario». Era el lugar más solitario que había visto en su vida,
completamente despoblado, alejado del consuelo de un vecindario y una
comunidad.
Se cargó la bolsa de pienso al hombro.
La gran tormenta se acercaba.
Entró en la casa.
Cerró con llave la puerta de entrada.
Oyó risas en la cocina y se dirigió hacia allí para ver qué
pasaba. Falstaff estaba sentado sobre las patas traseras con las manos
levantadas, mirando ansiosamente un trozo de embutido que sostenía Toby.
—Mira, papá, sabe pedir comida — dijo el niño.
El perdiguero se lamía el morro.
Toby soltó el embutido.
El perro lo cogió en el aire, se lo tragó y pidió más.
—¿No es una maravilla? —exclamó Toby.
—Una maravilla —coincidió Jack.
—Toby tiene más hambre que el perro —dijo Heather mientras
sacaba una cacerola grande del armario — . No ha almorzado y tampoco se ha
comido las galletas que le di cuando salió a jugar. ¿Qué tal si cenamos
temprano?
—Muy bien —dijo Jack mientras dejaba la bolsa de pienso en un
rincón, con la intención de buscarle un sitio en la despensa más tarde.
—¿Espaguetis? —Magnífico.
—Tenemos una barra de pan francés. ¿Tú haces la ensalada?
—Claro —dijo Jack mientras Toby le daba otro trozo de embutido a
Falstaff.
—Travis Potter parece muy agradable — comentó Heather mientras
llenaba la cacerola con agua del grifo.
—Sí, me cae bien. El domingo vendrá con su novia. Se llama
Janet.
Heather sonrió; parecía más feliz que nunca desde que habían
llegado a la cabaña.
—Nuevos amigos.
—Eso parece —dijo Jack.
Mientras sacaba apio, tomates y lechuga de la nevera, comprobó
con satisfacción que ninguna de las ventanas de la cocina daba al cementerio.
El crepúsculo prolongado y apagado estaba llegando a su fin.
Toby entró corriendo a la cocina, con el perro pisándole los talones.
—¡Nieva! —gritó sin aliento.
Heather levantó la mirada de la cacerola de agua hirviendo y se
volvió hacia la ventana que había encima del fregadero. Vio los primeros copos
que hacían remolinos en la semipenumbra. Eran enormes y mullidos. El viento se
había detenido momentáneamente y los enormes copos caían trazando espirales.
Toby se acercó deprisa a la ventana del norte. El perro lo
siguió y subió las patas delanteras al alféizar y miró también el milagro.
Jack dejó el cuchillo con el que estaba cortando tomates, y se
acercó a donde estaba su hijo. Se detuvo detrás de él y le puso las manos sobre
los hombros.
—Tu primera nevada —le dijo.
—¡Pero no la última! —respondió Toby entusiasmado.
Heather revolvió la salsa en la sartén para que no se pegara, y
se unió al resto de la familia. Pasó el brazo derecho sobre el hombro de Jack,
mientras rascaba perezosamente la cabeza de Falstaff con la mano izquierda.
Por primera vez en mucho tiempo se sentía en paz. Sin
preocupaciones económicas, instalados en la nueva casa en menos de una semana,
con Jack totalmente recuperado y sin la amenaza que representaba para Toby la
escuela y las calles de Los Ángeles. Por fin conseguía dejar atrás lo negativo
de la ciudad. Tenían un perro. Estaban haciendo nuevos amigos. Confiaba en que
los extraños ataques de ansiedad que la afligían desde su llegada a la
propiedad dejarían de perturbarla.
Había vivido tanto tiempo asustada que se había convertido en
una adicta a la ansiedad. En el campo de Montana no tenía que preocuparse de
tiroteos entre bandas, robos a mano armada en los que con frecuencia había
asesinatos accidentales, traficantes de droga que vendían crack en cada
esquina, atracos callejeros o violadores de niños que salían de las autopistas,
vigilaban los barrios residenciales en busca de una presa y después se perdían
con su víctima en el anonimato urbano. Por consiguiente, la necesidad constante
de tener miedo a «algo» había dado origen a los miedos difusos y a los enemigos
fantasmales que marcaron los primeros días en estas latitudes más pacíficas.
Ahora, todo aquello había acabado. Capítulo cerrado.
Caían batallones, ejércitos de copos de nieve húmedos y pesados
que conquistaban rápidamente el suelo oscuro, al tiempo que algún desertor
chocaba contra el cristal de la ventana y se derretía. La cocina estaba
acogedoramente tibia, fragante con el aroma a pasta y salsa de tomate. No había
nada tan reconfortante como estar en un sitio bien caldeado y cómodo mientras
las ventanas revelaban un mundo atrapado en las frígidas garras del invierno.
—Qué hermoso — dijo Heather, fascinada por la tormenta.
—¡Yupiii! — exclamó Toby— . Es nieve. Nieve de verdad.
Eran una familia. Marido, mujer, hijo y perro. Juntos y a salvo.
A partir de ese momento, Heather sólo tendría pensamientos
McGarvey; nunca más pensamientos Beckerman. Se iba a entregar al optimismo y
dejar atrás el pesimismo que era un legado de su familia y a la vez un
ponzoñoso residuo de la vida de la gran ciudad.
Al fin se sentía libre.
La vida era maravillosa.
Después de la cena, Heather decidió darse un baño para relajarse
y Toby se instaló delante del televisor con Falstaff para ver un vídeo de
Beethoven.
Jack fue directamente al estudio a revisar las armas que tenían.
Además de las que habían traído de Los Angeles — una colección que Heather
había aumentado sustancialmente después del tiroteo de la gasolinera de
Arkadian— , había una caja en un rincón con rifles de caza, una pistola del
veintidós, un revólver Cok calibre cuarenta y cinco y munición.
Jack prefirió elegir tres piezas de su propio arsenal: un
hermoso Korth calibre treinta y ocho, una pistola de repetición de doce
disparos Mossberg y una Micro Uzi como la que Anson Oliver había utilizado,
pero en este caso convertida en un arma completamente automática. Heather la
había comprado en el mercado negro. Era extraño que la esposa de un policía
hubiera tenido que comprar un arma ilegal, y más extraño aún que le hubiera
resultado tan fácil hacerlo.
Cerró la puerta del estudio y, de pie junto al escritorio, cargó
las tres armas deprisa antes de que alguien llegara. No quería que su mujer lo
viera tomar esas precauciones, porque habría tenido que explicarle por qué
sentía la necesidad de protegerse.
Hacía mucho tiempo que no se la veía tan feliz como ahora, y
Jack no quería estropearle su buen humor, a menos de que fuera absolutamente
necesario. El incidente del cementerio había sido aterrador; sin embargo,
aunque se había sentido amenazado, no había habido golpes ni nadie había
resultado herido. Temía más por Toby que por sí mismo, pero el niño estaba bien
y lo ocurrido no había dejado secuelas en él.
Pero ¿qué había ocurrido? No le apetecía tener que explicar lo
que había sentido más que lo que había visto: una presencia espectral y
enigmática, tan etérea como el viento. A medida que pasaban las horas, el
encuentro se parecía más a un sueño y menos a algo que realmente hubiera
vivido.
Cargó el Korth y lo puso a un lado del escritorio.
Podía hablar sobre los mapaches, por supuesto, aunque él
personalmente nunca los había visto y no habían hecho daño a nadie. Podía
hablar de la escopeta que Eduardo Fernández empuñaba con fuerza en el momento
de su muerte. Pero el anciano no había muerto a manos de un enemigo vulnerable
a las balas; un ataque al corazón había acabado con él. Un infarto era algo que
daba más miedo que el infierno, pero no era un enemigo al que podía derrotarse
a tiros.
Cargó la Mossberg, puso un cargador en la recámara y otro
adicional en la reserva. Eduardo había preparado sus armas de la misma manera
poco antes de su muerte...
Si ahora trataba de explicarle todo esto a Heather, sólo
conseguiría alarmarla sin motivo. A lo mejor no volvía a haber problemas. Quizá
no tuviese que enfrentarse nunca más con aquella presencia que había percibido
en el cementerio. En el transcurso de una vida, tener un episodio como aquél
significaba haber tenido más contacto con lo sobrenatural que la mayoría de la
gente. Había que esperar a ver cómo evolucionaba. Ojalá no volviera a pasar
nada. Pero si reaparecía, y si conseguía pruebas concretas del peligro,
entonces tendría que decirle a Heather que quizá, sólo quizás, el año de
desgracias aún no había terminado.
La Micro Uzi tenía dos cargadores unidos en ángulo recto, lo que
le daba una capacidad de cuarenta disparos. Su peso era tranquilizador, más de
dos kilos de muerte a la espera de servirse. Jack no se imaginaba ningún
enemigo, humano o inhumano, con el que la Uzi no pudiera.
Abrió el primer cajón de la derecha del escritorio, guardó el
Korth en él, lo cerró y salió del estudio con las otras dos armas.
Antes de pasar a hurtadillas por delante del salón, esperó hasta
que oyó a Toby reírse, entonces echó un vistazo al otro lado de la arcada. El
niño miraba la televisión al lado del perro. Jack se dirigió deprisa a la
cocina, al final del pasillo, y escondió la Uzi en la despensa, detrás de las
cajas extra de cereal que no se utilizarían por lo menos hasta al cabo de una
semana.
Arriba, en la habitación principal, se oía música suave a través
de la puerta cerrada del cuarto de baño contiguo. Heather, en la bañera, había
sintonizado una emisora que pasaba música de los años dorados. En aquel momento
sonaba Soñar de Johnny Burnnette.
Jack metió la Mossberg debajo de la cama, lo bastante lejos como
para que ella no la viera cuando cambiara las sábanas, pero lo suficientemente
cerca como para poder cogerla sin demora.
Poesía en movimiento de Johnny Tillotson. Música de una época
inocente. Jack ni siquiera había nacido cuando grabaron aquel disco. Se sentó
en el borde de la cama mientras oía la música y se sentía un poco culpable por
no compartir sus temores con Heather. Pero simplemente no quería preocuparla
innecesariamente. Había pasado por momentos muy duros. De alguna manera, el
hecho de que lo hirieran y hubiera tenido que estar en el hospital había sido
más duro para ella que para él, porque mientras él se recuperaba, ella había
tenido que cargar sola con las presiones de la vida cotidiana. Ahora necesitaba
un poco de tranquilidad.
De todas formas, probablemente no había nada de que preocuparse.
Unos pocos mapaches enfermos. Un cuervo atrevido. Una
experiencia extraña en el cementerio, material convenientemente espantoso para
el programa de televisión Misterios sin resolver, pero ni la mitad de peligroso
de lo que podía pasarle a cualquier agente de policía en su trabajo diario.
Con el tiempo, vería que cargar y esconder las armas tal vez
había sido una reacción exagerada.
Bueno, simplemente había hecho lo que se esperaba de un policía:
prepararse para servir y proteger.
En la radio del baño, Bobby Vee cantaba La noche tiene mil ojos.
Al otro lado de las ventanas del cuarto, nevaba más que antes.
Los copos, antes mullidos y húmedos, eran ahora más pequeños, abundantes y
secos. El viento volvía a soplar. Una cortina vertical de nieve ondeaba a
través de la noche negra.
Después de que su madre le hubiera dicho que no dejara que
Falstaff durmiese en la cama, después de los besos de buenas noches, después de
que su padre le hubiera dicho que el perro se quedara en el suelo, después de
que apagaran las luces y sólo dejaran encendida la pequeña bombilla roja,
después de que su madre le hubiera vuelto a decir lo de Falstaff, después de
que entornaran la puerta, y después de que pasara suficiente tiempo como para
estar seguro de que ninguno de los dos iba a volver para controlar al perro,
Toby se incorporó en la cama y dio una palmada invitadora sobre el colchón.
—Ven, Falstaff — murmuró— . Ven aquí, amigo.
El perro olfateaba la base de la puerta, en lo alto de la
escalera de atrás. Gimió suavemente, intranquilo.
—Falstaff —lo llamó Toby alzando un poco la voz—. Ven aquí,
chico, ven.
Falstaff lo miró y volvió a poner el hocico contra la rendija de
la puerta, mientras olfateaba y lloriqueaba al mismo tiempo.
—Ven aquí... Jugaremos al tren, a la nave espacial o a lo que tú
quieras —dijo tratando de engatusarlo.
De pronto, después de haber olfateado algo que le desagradaba,
el perro estornudó dos veces, y agitó la cabeza con tanta fuerza que sus largas
orejas golpearon ruidosamente y se retiró de la puerta.
—¡Falstaff! — llamó Toby con voz sibilante.
Por fin el perro se acercó lentamemente iluminado por la luz
roja... que era el mismo tipo de luz que uno se encontraba en la sala de
máquinas de una nave espacial; o alrededor de la fogata de un campamento en las
llanuras, donde la caravana se ha detenido a pasar la noche; o en un misterioso
templo de la India donde junto con Indiana Jones uno trataba de entrar sin que
los vieran unos individuos extraños que adoraban a Kali, la diosa de la muerte.
—Así me gusta, Falstaff. —Toby abrazó al perro y le dijo entre
susurros conspiradores— : Mira, estamos en una nave de guerra rebelde cerca de
la Constelación de Cáncer. Yo soy el capitán y un gran tirador. Tú eres un
extraterrestre superinteligente del planeta que gira alrededor de la estrella
Perro, además eres médium, puedes adivinar los pensamientos de los
extraterrestres malos de las otras naves que tratan de atacarnos, pero ellos no
lo saben. No lo saben. Son cangrejos que en lugar de pinzas tienen una especie
de manos, así, manos de cangrejos, cric— crac— cric— crac, y son muy malos,
malvados de verdad. Después de que su madre da a luz unos ocho o diez al mismo
tiempo, se abalanzan sobre ella y se la comen viva. ¡Se la comen viva!
¿Comprendes? Se la zampan. Se alimentan con ella. Malos como el demonio. Me
entiendes, ¿no?
Durante todo el relato Falstaff \o había mirado fijamente, y
cuando terminó, lo lamió de la barbilla a la nariz.
—Muy bien, lo comprendes. Ahora veamos si podemos exterminar a
esos malditos cangrejos del hiperespacio. Cruzaremos media galaxia y los
dejaremos reducidos a polvo. ¿Y qué es lo primero que tenemos que hacer? Sí,
eso es, ponernos los escudos antirradiaciones cósmicas para no terminar
agujereados por viajar más rápido que todas las partículas subatómicas a través
de las que pasaremos.
Toby encendió la lámpara de la cabecera de la cama.
— ¡Escudos listos! — dijo, y corrió las cortinas que rodeaban la
cama.
Inmediatamente la cama se convirtió en un cápsula encerrada que
podía ser cualquier vehículo, antiguo o del futuro, que viajara despacio como
un palanquín o más rápido que la luz, por cualquier parte del mundo o fuera de
él.
—Teniente Falstaff, (preparado? — preguntó Toby.
Antes de que empezara el juego, el perdiguero saltó de la cama,
entre las cortinas que se cerraron detrás de él.
Toby descorrió las cortinas.
—¿Qué pasa contigo?
El perro estaba en la puerta que daba a la escalera, olfateando.
—Esto podría considerarse motín, ¿sabes?
Falstaff lo miró y continuó olfateando para investigar el origen
del olor que lo fascinaba.
—Hay «cangrégidos» que tratan de matarnos y tú quieres ir a
jugar como un perro. — Toby salió de la cama y se acercó al perdiguero que
estaba junto a la puerta— . Sé que no tienes que ir a hacer pis. Papá ya te ha
llevado.
El perro volvió a gemir, hizo un ruido de disgusto, retrocedió y
gruñó.
—No hay nada, sólo algunos escalones; eso es todo. Falstaff
enseñó los dientes y bajó la cabeza como si estuviera listo para enfrentarse a
la banda de «cangrégidos» que iba a entrar por esa puerta en aquel mismo
instante, cric— crac— cric— crac, con un ojo saltón girando medio metro por
encima de sus cabezas.
—Perro tonto. Te lo mostraré — dijo Toby, y giró el pomo de la
puerta.
El perro gimió y retrocedió.
Toby abrió la puerta. La escalera estaba a oscuras. Encendió la
luz y salió al rellano.
Falstaff dudó y miró la puerta entreabierta del pasillo como si
no se atreviera a salir del cuarto.
—Eras tú el que estaba tan interesado — le recordó Toby— . Ahora
tienes que venir; te mostraré que sólo es una escalera.
Como si se sintiese avergonzado, el perro salió con el niño.
Tenía el rabo tan bajo, que la punta se le enroscaba a una de las patas
traseras.
Toby bajó tres escalones e hizo una mueca mientras crujía el
primero y luego el tercero. Si su madre y su padre estaban abajo, en la cocina,
lo pillarían y pensarían que había bajado para escabullirse a coger nieve...
¡descalzo!, y llevársela a su cuarto a ver cómo se derretía. Lo que en realidad
no era tan mala idea. Se preguntó qué gusto tendría la nieve. Tres escalones,
dos crujidos, se detuvo y miró a Falstaff, que estaba detrás de él.
—¿Y?
Falstaff, dudando, se acercó.
Bajaron juntos de puntillas por la escalera de caracol, tratando
de hacer el menor ruido posible. Bueno, en realidad era uno el que trataba de
no hacer ruido, pisando los peldaños junto a la pared donde era menos probable
que crujieran. El otro tenía patas que golpeteaban y resbalaban sobre la
madera.
—Una escalera. Escalones. ¿Lo ves? —murmuró Toby—. Sirven para
subir y bajar. Nada del otro mundo. ¿Qué pensabas que había al otro lado de la
puerta? ¿Eh? ¿El infierno de los perros?
Cada peldaño que bajaban dejaba a la vista el siguiente. Como
las paredes eran curvas, no se veía el final, sino sólo unos pocos escalones
desgastados y muchas sombras por las débiles bombillas. El final de la escalera
podía estar un par de escalones más abajo, o a lo mejor cien o quinientos, o
tal vez uno bajaba y bajaba dando vueltas noventa mil escalones y en lugar de
llegar abajo, aparecía en el centro de la tierra y encontraba dinosaurios y
ciudades perdidas.
—En el infierno de los perros —le dijo Toby a Falstaff— , el
diablo es un gato. ¿Lo sabías? Un gato enorme, muy grande, con garras como
cuchillas de afeitar...
Bajaban escalón tras escalón, poco a poco.
—El diablo gato lleva un gorro de piel de perro, un collar de
dientes de perro...
Seguían bajando en espiral.
—Y cuando juega a las canicas...
La madera crujía bajos sus pies. — ¡Usa ojos de perros! Sí, eso
es...
Falstaff gimió.
—Es un gato cruel, un gatazo malo, malo como el demonio.
Llegaron abajo, al vestíbulo. Había dos puertas.
—Cocina —murmuró Toby al tiempo que señalaba una puerta. Se
volvió hacia la otra—. Porche de atrás.
Probablemente podía abrir la puerta, escabullirse por el porche
y coger dos puñados de nieve aunque tuviera que llegar hasta el jardín, volver
a entrar y subir de nuevo al cuarto sin que su padre ni su madre se enteraran
jamás. Hacer una auténtica bola de nieve, la primera de su vida. Ver qué gusto
tenía. Cuando empezara a derretirse, la pondría en un rincón y por la mañana no
quedaría ninguna prueba, sólo agua. Si alguien la veía, podía echarle la culpa
a Falstaff.
Toby cogió el pomo de la puerta con la mano derecha y con la
izquierda, el pestillo.
El perdiguero se levantó sobre las patas traseras y se apoyó en
la pared de al lado. Cogió la muñeca del niño con la boca.
Toby reprimió un chillido de sorpresa.
Falstaff le sujetaba la muñeca con firmeza, pero sin morderlo.
No le hacía daño, sólo se la cogía mientras lo miraba a los ojos como si, de
poder hablar, hubiera querido decirle: «No, no puedes abrir esa puerta, es ir
demasiado lejos, olvídalo, ni hablar».
—¿Qué haces? —cuchicheó Toby—. Vamos.
Falstaff no lo soltaba.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo Toby mientras un hilo de
saliva le corría por la muñeca debajo de la manga del pijama.
El perdiguero apretó la mandíbula un poco más, sin hacer daño a
su amo, pero dejando bien claro que podía provocar dolor cuando quisiera.
—¿Qué? ¿Acaso mamá te paga?
Toby soltó el pomo.
El perro giró los ojos, aflojó un poco la mandíbula, pero no le
soltó la muñeca izquierda hasta que el niño apartó la mano del pestillo y la
bajó. Falstaff bajó de la pared y se quedó de nuevo a cuatro patas.
Toby miró la puerta mientras se preguntaba si podría abrirla lo
suficientemente rápido antes de que el perro volviera a levantarse y cogerle la
muñeca.
El perdiguero lo vigilaba de cerca.
Después se preguntó por qué Falstaff no lo dejaba salir. Los
perros percibían el peligro. Tal vez hubiese un oso rondando la casa, uno de
los osos que papá decía que vivían en el bosque. Los osos pueden destriparte y
arrancarte la cabeza tan deprisa que no te dan tiempo a gritar siquiera, te
mastican el cráneo como un caramelo y después se limpian los dientes con los
huesecitos de la mano. A la mañana siguiente lo único que queda es un trozo de
pijama sangriento, y, quizás, algún dedo del pie que se le pasó por alto.
Toby empezaba a asustarse.
Comprobó el pestillo para ver si estaba bien cerrado. Vio la
barra brillante metálica en su sitio. Muy bien. Estaba a salvo.
Claro, Falstaff también había tenido miedo de la puerta de
arriba; curiosidad, pero también miedo. No quería que la abriera. No quería que
bajaran. Pero no había nadie en la escalera. Por lo menos ningún oso.
Tal vez fuese un perro que se asustaba fácilmente.
—Mi padre es un héroe —murmuró Toby.
Falstaff inclinó la cabeza.
—Es un policía héroe. No le da miedo nada. Y a mí tampoco.
El perro lo miraba como si le dijera: «¿Sí? ¿Y qué?».
Toby volvió a mirar la puerta. Podía abrirla deprisa, echar una
mirada rápida, y, si había un oso en el porche, cerrarla enseguida.
—Si quisiera salir y acariciar a un oso, lo haría. Falstaff
esperaba.
—Pero es tarde. Estoy cansado. Si hay un oso fuera, tendrá que
esperar hasta mañana.
Subieron juntos hasta la habitación. Había tierra desparramada
sobre la escalera. Toby la había sentido debajo de los pies al bajar, y ahora
volvía a sentirla al subir. En el descansillo de arriba, levantó una pierna y
se sacudió primero la planta del pie izquierdo y luego la del derecho. Entró en
el cuarto, cerró la puerta y apagó la luz de la escalera.
Falstaff estaba junto a la ventana mirando el jardín trasero.
Toby se acercó.
Nevaba tanto que a la mañana siguiente iba a haber unos dos
metros de nieve, o cinco, quizás. El porche estaba completamente blanco. Hasta
donde alcanzaba su vista, el paisaje también estaba blanco; aunque no veía
mucho, porque nevaba de verdad. Ni siquiera veía el bosque. La nieve que caía
se había tragado la casa de los cuidadores. Increíble.
El perro volvió a ponerse a cuatro patas y se alejó, pero Toby
permaneció todavía un rato mirando la nieve. Cuando empezó a tener sueño, se
volvió y vio a Falstaff sentado en la cama, esperándolo.
Toby se metió debajo de las mantas y dejó al perro fuera.
Dejarlo dormir debajo de las mantas era ir demasiado lejos. Se lo decía el
instinto infalible de un niño de ocho años. Si mamá y papá los encontraban así,
la cabeza del niño sobre una almohada, la cabeza del perro sobre la otra, y
tapados hasta el cuello, habría problemas.
Cogió la cuerda que corría las cortinas de la cama, para que él
y Falstaff durmieran en un tren que cruzaba Alaska en medio del invierno en
dirección a la región de la fiebre del oro, donde lo arriesgarían todo, y
después le cambiarían el nombre a Falstaff por el de Colmillo Blanco. Pero en
cuanto empezó a correr las cortinas, el perro se puso de pie sobre la cama,
listo para saltar.
—De acuerdo, muchacho, de acuerdo —dijo Toby y dejó las cortinas
descorridas.
El perdiguero volvió a sentarse junto a él, de cara a la puerta
que daba a la escalera de atrás.
—Perro tonto — murmuró Toby mientras se dormía—, los osos no
tienen llaves para abrir puertas...
En la oscuridad, cuando Heather se metió en la cama a su lado,
con un suave aroma a jabón, Jack supo que la iba a desilusionar. Bien sabía
Dios cuánto la deseaba y la necesitaba, pero seguía obsesionado con la
experiencia del cementerio. A medida que el recuerdo perdía precisión y le
resultaba cada vez más difícil recordar la naturaleza exacta y la intensidad de
las emociones que habían formado parte del encuentro, le daba vueltas y más
vueltas en la cabeza y lo examinaba repetidamente desde todos los ángulos,
tratando de exprimirlo hasta dar con la clave, antes de que, como todos los
recuerdos, se convirtiera en una cáscara seca y difusa de la experiencia real.
Había conversado con aquello que hablaba a través de Toby sobre la muerte, de
una manera hermética, inescrutable incluso, pero definitivamente sobre la
muerte. No había nada más infalible para ahogar el deseo que cavilar sobre la
muerte, tumbas y cuerpos de viejos amigos convertidos en polvo.
Por lo menos, eso era lo que pensaba cuando ella lo tocó, lo
besó y le susurró palabras tiernas. Para su sorpresa, Jack descubrió que no
sólo estaba dispuesto, sino rampante, que no sólo era capaz, sino que tenía más
vigor que antes del tiroteo en marzo. Ella se entregaba y al mismo tiempo
exigía, alternaba la sumisión y la agresividad, tímida y a la vez experta,
entusiasta como una novia que acababa de casarse: dulce, sedosa y viva, tan
maravillosamente viva.
Más tarde, mientras yacía de lado y Heather se quedaba dormida
con los pechos apretados contra su espalda, Jack comprendió que hacer el amor
había sido un rechazo a la temible, aunque oscuramente atractiva, presencia del
cementerio. Un día entero de cavilaciones sobre la muerte había demostrado ser
un afrodisíaco perverso.
Estaba de cara a las ventanas. Las cortinas estaban descorridas.
Fantasmas de nieve pasaban arremolinados junto al cristal, fantasmas blancos
que bailaban, espíritus que giraban, pálidos y fríos, se arremolinaban pálidos,
giraban fríos, giraban...
... En la empalagosa oscuridad, él se abría paso a tientas,
ciegamente, hacia el Dador, hacia una oferta de paz y amor, de placer y
satisfacción, de libertad total. Estaba a su disposición para que la tomara.
Ojalá encontrara el camino, la verdad. La puerta. Jack sabía que sólo tenía que
encontrar la puerta y abrirla para encontrar al otro lado un mundo bello y
maravilloso. Después comprendió que la puerta estaba dentro de sí mismo, no
había que buscarla a tientas por la oscuridad eterna. Un revelación alentadora.
Dentro de sí mismo. Paraíso, paraíso. Felicidad eterna. Abrir la puerta dentro
de sí y dejarlo entrar, dejarlo entrar, así de sencillo, dejarlo entrar. Quería
aceptarlo, rendirse, porque la vida era dura y no debía serlo. Pero una parte
terca de él se resistía, y él percibía la frustración del Dador al otro lado de
la puerta, frustración y rabia inhumanas. «No puedo, no puedo», decía. De
pronto, la oscuridad se volvía más pesada, como un fósil que se va petrificando
inevitablemente en el transcurso de milenios, una presión agobiante e
inexorable, y con esa presión llegaba la furiosa afirmación del Dador: «Todo se
transforma, todo se transforma en mí, todo, todo se transforma en mí, en mí, en
mí». Debía someterse. Era inútil resistirse... Déjalo entrar... Paraíso,
paraíso, felicidad eterna... Déjalo entrar. Le golpeaba el alma. «Todo se
transforma en mí.» Sacudidas violentas en su estructura, embestidas, latidos,
golpes colosales que con— mocionaban la base más profunda de su existencia:
déjalo entrar, déjalo entrar, déjalo entrar, DÉJALO ENTRAR, DÉJALO ENTRAR,
DÉJALO ENTRAR, DÉJALO ENTRA AAAAAAAAR...
Un breve chisporroteo interno, como el ruido de una descarga
eléctrica, pasó por su mente y Jack despertó. Abrió los ojos completamente. Al
principio se quedó rígido e inmóvil, tan aterrorizado que no podía moverse.
Los cuerpos están.
Todo se transforma en mí.
Títeres.
Emisarios.
Jack nunca había despertado tan brusca ni completamente en un
instante. En un momento estaba soñando, y al segundo siguiente estaba
totalmente despierto, alerta y pensando furiosamente.
Al oír los latidos de su corazón, supo que el sueño, en
realidad, no había sido un sueño en el estricto sentido de la palabra, sino...
una intrusión. Comunicación. Contacto. Un intento de someter y dominar su
voluntad mientras dormía.
Todo se transforma en mí.
Estas palabras ya no le resultaban tan herméticas como al
principio, sino una arrogante afirmación de superioridad y una reclamación de
poder. Las había pronunciado tanto el invisible Dador del sueño como la
repugnante entidad que el día anterior, en el cementerio, se había comunicado a
través de Toby. En ambas ocasiones, despierto y dormido, Jack había sentido la
presencia de algo inhumano, imperioso, hostil y violento; algo que acabaría sin
remordimientos con un inocente, pero que prefería someter y dominar.
Una náusea espesa le provocó arcadas. Se sentía helado y sucio
por dentro. Corrompido por el intento del Dador de controlarlo y anidar dentro
de él, aunque no hubiera tenido éxito.
Supo, con una seguridad que no había tenido en toda su vida, que
este enemigo era real; no era un fantasma ni un demonio ni un delirio paranoide
esquizofrénico de una mente trastornada, sino una criatura de carne y hueso. De
una carne y unos huesos infinitamente extraños, que ningún médico reconocería
como tales. Pero carne y hueso a pesar de todo.
No sabía qué era ni de dónde venía ni qué lo había producido; lo
único que sabía era que existía. Y que estaba en algún lugar, muy cerca.
Jack permanecía acostado de lado, pero Heather ya no estaba
apretada contra él. En algún momento de la noche se había dado la vuelta.
La nieve golpeteaba rítmicamente el cristal, como un reloj
astronómico calibrado con toda precisión que marcaba las centésimas de segundo.
El viento que arrastraba a la nieve emitía un silbido grave. A Jack le parecía
oír el silencioso y secreto mecanismo cósmico que movía al universo a través de
sus ciclos interminables.
Se incorporó temblando, apartó las mantas y se levantó.
Heather no se despertó.
Aún era de noche, pero hacia el este una débil luz grisácea
anunciaba la inminente llegada de un nuevo día.
Tratando de calmar las náuseas, Jack se quedó de pie en ropa
interior, hasta que los temblores empezaron a ser un problema mayor que sus
ganas de vomitar. La habitación estaba caldeada. El escalofrío era interno,
pero aun así Jack se acercó al armario, descolgó de una percha unos téjanos y
una camisa y se los puso.
Despierto, no podía reprimir el explosivo terror que le había
producido el sueño; seguía temblando, asustado y preocupado por Toby. Salió de
la habitación con intenciones de ir a ver cómo se encontraba su hijo.
Falstaff estaba en el pasillo en sombras de la planta superior,
mirando fijamente por la puerta abierta del cuarto contiguo al de Toby, donde
Heather había instalado los ordenadores. Una luz extraña y suave salía por el
hueco de la puerta y se reflejaba sobre el pelaje del perro. El animal estaba
tenso, inmóvil como una estatua, tenso. Tenía la cabeza baja y echada hacia
delante. No movía el rabo.
Mientras Jack se acercaba, el perdiguero lo miró y lanzó un
gemido mudo y ansioso.
Se oía el débil repiqueteo del teclado del ordenador. Un tecleo
rápido. Silencio. Y luego otra serie de pulsaciones.
Toby estaba sentado en la improvisada oficina de Heather delante
de uno de los ordenadores. El resplandor de un monitor grande, cuya pantalla
Jack no veía, era la única fuente de luz de la habitación y bañaba al niño con
matices cambiantes azules, verdes, púrpura, un súbito centelleo rojo, y después
azul y verde otra vez.
En la ventana, detrás de Toby, todavía era noche cerrada, porque
el gris del alba no se veía desde ese lado de la casa. Copos de nieve fina
chocaban contra el cristal y la luz del monitor los transformaba en lentejuelas
azules y verdes.
—¿Toby? — dijo Jack mientras entraba en la habitación.
El niño no apartó la vista de la pantalla. Las manitas volaban
sobre el teclado en un torrente de pulsaciones amortiguadas. No se oían
zumbidos, pitidos ni ningún otro de los ruidos habituales de un equipo de
informática.
¿Sabía Toby escribir a máquina? No. Por lo menos no de esa
manera, a semejante velocidad.
Los ojos le brillaban con las distorsionadas imágenes que
mostraba la pantalla: violeta, esmeralda, un aleteo rojo.
—¿Qué estás haciendo, hijo?
No hubo respuesta.
Amarillo, dorado, anaranjado, dorado, amarillo... La luz no
parecía salir de una pantalla, sino que iluminaba su cara como el reflejo del
sol de verano sobre la ondulada superficie de una laguna. Amarillo, anaranjado,
ámbar, amarillo...
En la ventana, los copos de nieve que se arremolinaban brillaban
como motas doradas de polvo, como chispas o luciérnagas.
Jack cruzó la habitación a toda prisa porque percibía que no
todo había vuelto a la normalidad al despertar de su pesadilla. El perro lo
siguió. Rodearon juntos las mesas en forma de L y se pusieron al lado de Toby.
Un tumulto de colores que cambiaban constantemente pasaban por
la pantalla del ordenador de izquierda a derecha, se mezclaban el uno con el
otro, se desvanecían, se intensificaban, ora más brillantes, ora más oscuros,
serpenteaban, latían, un calidoscopio electrónico en el que ninguno de los
dibujos que se transformaban sin cesar tenía bordes rectos.
Era un monitor en color. Sin embargo, Jack nunca había visto
nada como aquello.
Apoyó la mano sobre el hombro de su hijo.
Toby se estremeció. No apartó la vista ni habló, pero un cambio
sutil de actitud indicó que ya no estaba tan hechizado por las imágenes del
monitor como cuando Jack le había hablado desde la puerta.
Los dedos se entregaron otra vez al teclado.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Jack.
— Hablando.
DIECINUEVE
Masas amarillas y rosadas, hebras serpenteantes verdes, cintas
ondulantes rojas y azules.
Las formas, los diseños y los ritmos resultaban hipnóticos
cuando cambiaban de manera armónica, pero también cuando eran feos y caóticos.
Jack percibía una presencia en la habitación, pero tuvo que hacer un esfuerzo
para apartar la mirada de las compulsivas imágenes protoplasmáticas de la
pantalla.
Heather estaba de pie en el vano de la puerta con la bata roja
acolchada y el pelo revuelto. No preguntó qué pasaba, como si ya lo supiera. No
miraba a Toby ni a Jack, sino a la ventana detrás de ellos.
Jack se volvió y vio una lluvia de copos de nieve que cambiaban
repetidamente de color conforme el monitor seguía con su rápida y fluida
metamorfosis.
—¿Hablando con quién? — le preguntó a Toby.
—No tiene nombre —dijo el niño tras vacilar un instante.
La voz no era monocorde y sin alma como en el cementerio, pero
tampoco del todo normal.
—¿Y dónde está él? — preguntó Jack. —No es él.
—¿Dónde está ella? — No es ella.
—¿Qué es entonces? —preguntó Jack frunciendo el ceño. El niño no
respondió. Seguía mirando fijamente la pantalla sin parpadear.
—¿Eso? —preguntó Jack. — Sí — respondió Toby.
Heather se acercó y miró a Jack sorprendida.
—¿Eso? —preguntó.
—¿Y qué es eso? — preguntó Jack a Toby.
—Cualquier cosa que quiere ser. — ¿Dónde está?
—En cualquier parte que quiera estar —contestó el niño
crípticamente.
—¿Y qué hace aquí?
—Se transforma.
Heather rodeó la mesa, se puso al otro lado de Toby y miró el
monitor.
—Ya lo he visto antes —dijo.
Jack sintió un gran alivio al enterarse de que las extrañas
imágenes no estaban necesariamente relacionadas con la experiencia del
cementerio, pero el alivio le duró poco al ver la expresión de su mujer.
—¿Cuándo lo has visto?
—Ayer por la mañana, antes de que fuéramos al pueblo. En el
televisor de la sala. Toby estaba mirándolo..., hechizado como ahora. Qué
extraño. — Se encogió de hombros y puso la mano sobre el botón— . Voy a
apagarlo.
—No —dijo Jack inclinándose delante de Toby para detener la mano
de Heather—, espera. Veamos qué pasa.
—Querido —dijo ella dirigiéndose a Toby — , ¿qué pasa, qué juego
es éste?
—No es un juego. Estaba soñando, y en el sueño venía aquí.
Entonces desperté y estaba aquí de verdad, así que empezamos a hablar.
—¿Tiene algún sentido para ti? — preguntó Heather a Jack.
—Sí, un poco. — ¿Qué pasa, Jack? — Más tarde te lo explico.
—¿Me ocultas algo? ¿Qué es todo esto? —Como su esposo no
respondía, añadió — : No me gusta, Jack.
—A mí tampoco —dijo él — , pero veamos adonde nos lleva, si
podemos aclararlo.
—¿Aclarar qué?
Los dedos del niño tecleaban deprisa. Sin embargo, no aparecía
ninguna palabra en la pantalla, sino nuevos colores y dibujos que se
transformaban al compás del repiqueteo de las teclas.
—Ayer, cuando lo veíamos por televisión, le pregunté a Toby qué
era —señaló Heather—. Me dijo que no sabía, pero que... le gustaba.
Toby paró de teclear.
Los colores se desvanecieron y luego, súbitamente, se
intensificaron y fluyeron en formas y diseños nuevos.
—No — dijo el chico.
—¿No qué? — preguntó Jack.
—No hablo contigo. Hablo con... eso. No, de ninguna manera —
dijo dirigiéndose a la pantalla.
Ondas de un verde ácido y capullos rojo sangre que aparecían en
puntos al azar de la pantalla y se tornaban negros, volvían a ser rojos, y por
último se decoloraban hasta terminar como una masa viscosa, amarilla como el
pus.
Jack comprendía que la incesante imagen mutante cautivara e
hipnotizara completamente la mente inmadura de un niño de ocho años, porque
cuando él la miraba demasiado tiempo también se sentía deslumbrado.
En el momento en que Toby empezó otra vez a pulsar las teclas,
los colores de la pantalla se desvanecieron y luego, bruscamente, volvieron a
brillar, aunque con nuevos matices y formas aún más variadas y cambiantes.
—Es un lenguaje —dijo Heather en voz baja. Jack la miró durante
un instante, sin comprender.
—Los colores, los dibujos, son un lenguaje —dijo ella.
—¿Cómo puede ser un lenguaje? —preguntó él mirando el monitor.
—Lo es — insistió ella.
—No hay formas repetitivas ni letras ni palabras. — Hablando —
confirmó Toby, y empezó a teclear.
Los dibujos y colores adquirieron, como antes, un ritmo que
seguía el compás de las pulsaciones de su parte de la conversación.
—Es un lenguaje tremendamente complicado y expresivo — dijo
Heather— , el inglés, el francés o el chino, en comparación, son primitivos.
Toby dejó que teclear y la respuesta de su interlocutor llegó
oscura y agitada, de un color negro y verde bilioso con coágulos rojos.
—No —dijo el niño dirigiéndose a la pantalla.
Los colores se tornaron más austeros, el ritmo más vehemente.
—No —repitió Toby.
Hebras rojas que se agitaban, hervían, serpenteaban.
—No —dijo el niño por tercera vez.
—¿A qué le dices «no»? —preguntó Jack. — A lo que quiere eso —
respondió Toby.
—¿Y qué quiere?
—Quiere que lo de]e entrar, únicamente que lo de]e entrar. —
¡Dios mío! — exclamó Heather y estiró otra vez la mano hacia el interruptor.
Jack, como antes, la detuvo. Tenía los dedos pálidos y helados.
—¿Qué pasa? —le preguntó, aunque temía saberlo.
La frase «Quiere que lo deje entrar» lo había golpeado casi con
la misma fuerza que las balas de Anson Oliver.
—Anoche — dijo Heather mirando horrorizada la pantalla— tuve un
sueño. — Quizá la mano de Jack se había quedado helada, o quizás ella sintió su
temblor. Parpadeó — . ¡Tú también has tenido el mismo sueño!
—Esta noche. He despertado por eso.
—La puerta —dijo ella — . Quiere que encuentres una puerta
dentro de ti, que la abras y lo dejes entrar. Jack, Dios mío, ¿qué demonios
está pasando aquí?
Ojalá lo supiera. O tal vez era mejor no saberlo. Todo aquello
le daba más miedo que cualquiera de las cosas a las que se había enfrentado
como policía. A Anson Oliver lo había matado, pero no sabía cómo hacer frente a
este enemigo, ni siquiera sabía si podía verlo o encontrarlo.
—No —dijo Toby a la pantalla.
Falstaff se retiró a un rincón, en el que se quedó tenso y
alerta.
Jack se agachó junto a su hijo.
—Toby, ¿en este momento nos oyes a los dos, a mí y a eso?
—Sí.
—No estás completamente bajo su influencia.
—Un poco nada más.
—Estás... en algún punto intermedio.
—Intermedio —confirmó Toby.
—¿Te acuerdas de lo que ocurrió ayer, en el cementerio'1 — Sí.
—¿Qué pasó en el cementerio? —preguntó Heather sorprendida.
En la pantalla se veían ondulaciones negras, burbujas amarillas
que estallaban y unas formas arriñonadas con filtraciones rojas.
—Jack, me dijiste que no había pasado nada en el cementerio —
dijo Heather, enfadada— , que Toby estaba allí abstraído, soñando despierto.
Jack se dirigió a Toby:
—Pero después de lo del cementerio no recordabas nada.
—No.
—¿Recordar qué? —gritó Heather—. ¿Qué demonios tenía que
recordar?
—Toby —dijo Jack —, ¿ahora lo recuerdas porque..., porque estás
otra vez bajo su influencia..., a medias..., ni aquí ni allí? — A medias —
reconoció el chico.
—Cuéntame cómo es «eso» con lo que hablas — pidió Jack. — Jack,
no — dijo Heather. Parecía perturbada. Jack sabía cómo se sentía. —Tenemos que
saberlo —le dijo.
—¿Para qué? —preguntó ella.
—Quizá para sobrevivir.
No tenía que explicárselo, ella sabía a qué se refería. También
había tenido cierto contacto en sueños con la hostilidad de «eso», con su rabia
inhumana.
—Cuéntamelo, Toby —dijo Jack.
—¿Qué quieres saber?
En la pantalla se veían todas las gamas del azul que se abrían
como abanicos japoneses sin pliegues, un azul sobre otro.
—¿De dónde viene, Toby? — De fuera.
—¿Qué quieres decir? —De más allá.
—¿De más allá de dónde? — De este mundo.
—¿Es un... extraterrestre?
—¡Dios mío! —exclamó Heather. — Sí —dijo Toby—. No.
—¿Cómo?
—No es tan sencillo. Es un extraterrestre y no lo es.
—¿Qué está haciendo aquí? —Transformarse. — ¿Transformarse en
qué? — En todo.
—No comprendo —dijo Jack sacudiendo la cabeza.
—Yo tampoco —comentó el niño con los ojos fijos en la imagen del
monitor.
Heather tenía los puños apretados contra su pecho.
—Toby, ayer, en el cementerio, no estabas en un punto intermedio
como ahora —dijo Jack.
—No estaba.
—Te habías ido completamente.
—Completamente.
—No podía llegar a ti.
—¡Mierda! — dijo Heather, furiosa. Jack no levantó la vista
porque sabía que ella lo miraba con ira—. ¿Qué pasó ayer, Jack? Por el amor de
Dios, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste algo tan importante?
Jack rehuyó su mirada, pero le dijo:
—Te lo diré, te lo diré, pero déjame terminar con esto.
—¿Qué más no me has dicho? Por favor, ¿qué pasó, Jack?
—Hijo, ayer, cuando te fuiste, ¿dónde estabas?
—Me había ido.
—¿Adonde?
—Abajo.
—¿Abajo? ¿Abajo de dónde?
—Abajo de eso.
—¿Abajo...?
—Controlado.
—¿Controlado por la mente de eso?
—Sí, en un lugar oscuro. —La voz de Toby tembló de miedo ante el
recuerdo — . Un lugar oscuro, frío, apretado en un sitio oscuro, me dolía.
—¡Apaga eso! —exigió Heather.
Jack levantó la vista y la miró. Ella lo miraba furiosa, por
supuesto, con la cara roja, tan enfadada como asustada. Rogó que Heather
tuviera paciencia y le dijo: — Podemos apagar el ordenador, pero eso no nos
permitirá mantener alejada a esa cosa. Piénsalo, Heather. Puede acceder a
nosotros por muchos caminos: sueños, televisores. Aparentemente incluso cuando
estamos despiertos. Ayer, cuando fui al cementerio, Toby estaba despierto.
—Lo dejo entrar —dijo el niño.
Jack dudaba si hacer la que tal vez fuese la pregunta más
crítica de todas.
—Toby, escucha... ¿cuando te controla... necesita estar dentro
de ti? ¿Físicamente? ¿Hay alguna parte de eso dentro de ti?
Algo que pudiera verse en la disección de un cerebro, o adherido
a la columna vertebral. Eso que Eduardo quería que Travis Potter mirara.
—No — respondió el niño.
—¿Ni una semilla..., huevo..., parásito..., nada dentro? — No.
Qué bien, qué suerte, gracias Dios y todos los ángeles. Porque
si había algo implantado, ¿cómo se le sacaba eso de dentro a un niño, cómo se
extirpaba, cómo le abrías el cerebro a tu hijo y se lo desgarrabas?
—Sólo... pensamientos —dijo Toby—. Dentro sólo hay pensamientos.
—¿Quieres decir que te controla telepáticamente? — Sí.
De pronto lo imposible parecía inevitable. Control telepático.
Algo del más allá, hostil y desconocido, capaz de controlar a otras especies
telepáticamente. Qué locura, parecía salido directamente de una película de
ciencia ficción, pero aun así resultaba auténtico y verosímil.
—¿Y ahora quiere volver a entrar? — preguntó Heather a Toby.
—Sí —respondió Toby.
—Pero tú no lo dejarás entrar, ¿verdad?
—No.
—¿Y lo puedes dejar fuera?
—Sí.
Tenían esperanza. Aún no estaban vencidos.
—¿Por qué te dejó ayer? — preguntó Jack. —Lo empujé.
—¿Lo echaste a empujones?
—Sí. Lo empujé. Me odia.
—¿Por empujarlo?
—Sí. —La voz de Toby se convirtió en un susurro — . Pero...
odia..., odia a todo el mundo.
—¿Por qué?
Con un remolino púrpura y anaranjado que se reflejaba en la cara
y le iluminaba los ojos, el niño susurró: —Porque... eso es lo que es. — ¿Odio?
— Eso es lo que hace.
—¿Por qué? — Eso es lo que es.
—¿Por qué? —repitió Jack pacientemente. —Porque sabe.
—¿Qué sabe? —Nada importa.
—¿Sabe que... nada importa? — Sí.
—¿Y eso qué significa? —No significa nada.
—No comprendo —comentó Jack, cada vez más perplejo ante la
naturaleza de aquel diálogo.
—Todo puede comprenderse —continuó Toby en voz baja—, pero nada
se comprende.
—Yo quiero comprenderlo.
—Todo puede comprenderse, pero nada se comprende.
Heather seguía con los puños apretados, pero ahora los tenía
sobre los ojos, como si no pudiera soportar ver a su hijo en aquel estado
cercano al trance.
—Nada se comprende —murmuró otra vez Toby.
—Pero eso no comprende —dijo Jack frustrado.
—No.
—¿Qué es lo que sabe de nosotros?
—Muchas cosas. Sobre todo... que nos resistimos.
—¿Nos resistimos? —Nos resistimos a él.
—¿Y le resulta desconocido?
—Sí. Nunca antes.
—¿Todo lo demás siempre lo deja entrar? —preguntó Heather.
Toby asintió.
—Salvo la gente —dijo.
«Un tanto para los seres humanos —pensó Jack—. El viejo y
querido homo sapiens cabeza dura. No somos tan irresponsables como para dejar
que el titiritero nos mueva a su antojo, somos demasiado orgullosos, demasiado
tercos como para que nos guste ser esclavos.»
—¡Ah! —dijo Toby en voz baja, más para sí mismo que para ellos o
la cosa que controlaba el ordenador—, ya veo.
—¿Qué ves? —preguntó Jack.
—Interesante.
—¿Qué es interesante? — El cómo.
Jack miró a Heather, pero ésta no parecía comprender mejor que
él la enigmática conversación. — Percibe — dijo Toby.
—¿Toby?
—No hablemos de esto —dijo el niño apartando un instante la
vista de la pantalla para mirar a Jack y prevenirle o implorarle.
—¿Hablar de qué?
—Olvídalo —dijo Toby volviendo a mirar fijamente el monitor.
—¿Olvidar qué?
—Es mejor que me porte bien. Escucha, quiere saber algo.
—La voz sonaba tan amortiguada que parecía ahogada por un
pañuelo. Jack se tuvo que acercar para oír— . ¿Qué hacen allá abajo?
—¿Te refieres al cementerio? —preguntó Jack. — Sí.
—Tú sabes.
—Pero eso no lo sabe, y quiere saberlo.
—¿No sabe lo que es la muerte?
—No.
—¿Cómo es posible?
—La vida existe — dijo Toby. Era claramente el intérprete del
punto de vista de la criatura con la que estaba en contacto— . No tiene
sentido. No hay principio. No hay fin. Nada importa. Existe.
—Claro que éste no es el único mundo con el que se encuentran
las cosas que mueren — dijo Heather.
Toby empezó a temblar y levantó la voz ligeramente.
—Ellos, los que están bajo tierra, también se resisten. Los
puede usar, pero no puede conocerlos.
Los puede usar, pero no puede conocerlos.
Las pocas piezas del rompecabezas de pronto empezaban a encajar
y a revelar una diminuta parte de la verdad. Una parte monstruosa e
intolerable.
Jack seguía agachado junto al niño en perplejo silencio. Por
fin, preguntó con un hilo de voz:
—¿Los usa?
—Pero no puede conocerlos. — ¿Cómo los usa? — Títeres.
Heather jadeó.
—El olor. ¡Dios mío, el olor en la escalera de atrás! Aunque
Jack no sabía muy bien de qué hablaba, advertía que ella se había dado cuenta
de lo que rondaba la cabaña. No sólo se trataba de ese ente del más allá, que
podía hacer que soñaran lo mismo, un ente incógnito y extraño cuyo propósito
era transformarse y odiar. También había otros rondando la casa.
—Pero no puede conocerlos — murmuró Toby— . No puede conocerlos
mejor que a nosotros. Los puede usar mejor. Mejor de lo que nos puede usar a
nosotros. Pero quiere conocerlos. Transformarse en ellos, y se resisten.
Jack había oído demasiado. Había llegado demasiado lejos. Se
puso de pie temblando. Apagó el ordenador y la pantalla se quedó en blanco.
—Vendrá por nosotros — dijo Toby, y poco a poco empezó a salir
de su estado de semitrance.
El viento silbaba detrás de la ventana, pero aunque hubiera
entrado en la habitación, Jack no habría sentido más frío del que ya tenía.
Toby se volvió hacia sus padres y los miró con expresión
intrigada.
El perro salió del rincón.
Aunque nadie había tocado el botón de encendido, la pantalla del
ordenador se iluminó de nuevo.
Todos dieron un respingo, sorprendidos, hasta el perro.
La pantalla empezó a derramar colores viles y serpenteantes.
Heather se agachó, dio un tirón al cable y lo arrancó del
enchufe de la pared.
El monitor volvió a quedarse a oscuras y siguió apagado.
—No parará — dijo Toby al tiempo que se levantaba de la silla.
Jack se volvió hacia la ventana y vio que el amanecer ya había
llegado, gris y oscuro, y revelaba un paisaje castigado por una gran tormenta
de nieve. Durante las últimas doce o catorce horas habían caído unos cuarenta
centímetros de nieve, que alcanzaba el doble de altura allí donde el viento la
había acumulado. O bien la primera tormenta se había demorado, en lugar de
avanzar hacia el este, o bien la segunda había llegado mucho antes de lo
esperado y había coincidido con la anterior.
—No parará — repitió Toby solemnemente.
No se refería a la nieve.
Heather lo abrazó y lo apretó con fuerza, protectoramente, como
hubiera hecho con un bebé.
Todo se transforma en mí.
Jack ignoraba el significado completo de esas palabras, qué horrores
abarcaban, pero sabía que Toby tenía razón. Aquello no pararía hasta que se
hubiera transformado en ellos y ellos formaran parte de él.
La condensación interior se había congelado en la parte inferior
de las ventanas. Jack tocó la película brillante con la punta del dedo, pero él
mismo estaba tan congelado de miedo que el hielo no parecía más frío que su
propia piel.
Al otro lado de las ventanas de la cocina, el mundo blanco
estaba lleno de movimiento helado: la nieve caía implacablemente impulsada por
el viento.
Heather, inquieta, iba de una ventana a otra, esperando con
nerviosismo la aparición en aquel paisaje estéril de un intruso monstruosamente
corrupto.
Llevaban puestos los trajes de esquí que habían comprado la
mañana anterior, para poder salir rápidamente de la casa si eran objeto de un
ataque y se encontraban indefensos.
La Mossberg estaba sobre la mesa. Jack podía soltar el bloc de
hojas amarillas y cogerla de inmediato en caso de que algo —era mejor no pensar
en lo que podía ser— atacara la casa. La Micro Uzi y el Korth estaban en el
mostrador junto al fregadero.
Toby estaba sentado a la mesa tomando chocolate caliente,
Falstaff se encontraba echado a sus pies. El niño ya había salido del estado de
trance y se había desconectado por completo del misterioso invasor de sus
sueños; sin embargo, parecía anormalmente deprimido.
Aunque la tarde y la noche anteriores, después del asalto
aparentemente más grave que había sufrido en el cementerio, no había dado
muestras de encontrarse mal, Heather estaba preocupada por él. Había salido de
esa primera experiencia sin recuerdos conscientes de ella, pero el trauma de la
esclavitud psíquica total por fuerza tenía que dejar en la mente secuelas
profundas, cuyos efectos se harían visibles al cabo de semanas o meses. Y esta
vez recordaba el segundo intento de control, porque el titiritero no había
logrado dominarlo ni reprimir el recuerdo de la invasión telepática. El
encuentro que ella había tenido en sueños con la criatura la noche anterior
había sido tan aterrador y repulsivo que había despertado con náuseas. La
experiencia de Toby, mucho más íntima que la suya, debía de ser
inconmensurablemente más aterradora y terrible.
Mientras iba intranquila de una ventana a otra, Heather se
detuvo detrás de Toby, apoyó las manos sobre los menudos hombros, se los apretó
suavemente, le acarició el pelo y le dio un beso en la coronilla. Le resultaba
insoportable pensar que aquella cosa, tuviera el aspecto que tuviera, o alguno
de sus títeres lo hubieran tocado. Intolerable. Haría cualquier cosa por
impedirlo. Cualquier cosa. Moriría por impedirlo.
Jack levantó la vista del bloc después de leer rápidamente las
primeras tres o cuatro páginas. Estaba pálido como la nieve.
—¿Por qué no me dijiste que habías encontrado esto?
—Porque por la forma en que estaba escondido en el congelador
pensé que debía de tratarse de algo personal, privado, nada que tuviera que ver
con nosotros. Me pareció que sólo Paul Youngblood debía verlo.
—Tendrías que habérmelo enseñado.
—¡Eh!, tú tampoco me contaste nada de lo sucedido en el
cementerio —dijo ella—, y eso es un secreto mucho más importante.
—Lo siento.
—Tampoco me contaste lo que te habían dicho Paul y Travis.
—Ha sido un error. Pero... ahora ya lo sabes todo.
—Sí, por fin.
Estaba furiosa por el hecho de que Jack le hubiera ocultado todo
aquello, pero ahora no podía seguir enfadada y no lograba volver a encender su
ira. Porque, por supuesto, ella era igualmente culpable. No le había hablado
del desasosiego que había sentido el lunes por la tarde mientras recorrían la
finca, ni de las premoniciones de violencia y muerte, ni de la intensidad sin
precedentes de su pesadilla. Ni de la certeza de que algo había estado en la
escalera de atrás hacía dos noches, cuando ella había ido al cuarto de Toby.
En todos los años que llevaban de casados nunca habían tenido
tantos problemas de comunicación como desde que estaban en el Rancho
Quartermass. Tenían tantos deseos de que su nueva vida no sólo funcionase, sino
que además fuera perfecta, que no habían sido capaces de expresar dudas o
reservas. Aquel fallo de acercarmiento, pese a las buenas intenciones que lo
motivaba, habría podido costarles la vida.
—¿Dice algo? —preguntó Heather señalando el bloc.
—Creo que aquí está todo. Cómo empezó y el relato de lo que vio.
Jack le leyó el trozo que hablaba de las ondas de sonido
prácticamente palpables que despertaban a Eduardo Fernández por la noche, de la
luz espectral del bosque.
—Creo que habrá venido del cielo en una nave —dijo ella — .
Después de tantas películas, de tantos libros..., se espera que lleguen en
naves enormes.
—Cuando se habla de extraterrestres, uno se refiere a seres
completamente diferentes, profundamente desconocidos — dijo Jack— . Eduardo
insistió en ello en la primera hoja. Profundamente extraños, más allá de una
comprensión fácil. Nada que pudiéramos imaginar..., incluyendo naves.
—Me da miedo lo que pueda pasar, lo que quizá tenga que hacer
—dijo Toby.
Heather se agachó al lado de su hijo.
—Todo saldrá bien, cariño. Ahora que sabemos que hay algo ahí
fuera y conocemos un poco mejor lo que es, lo resolveremos.
Ojalá hubiera estado la mitad de segura de lo que aparentaba.
—Pero no debería tener miedo — dijo el niño.
Jack levantó la vista del bloc de hojas.
—No hay nada vergonzoso en tener miedo, hijo.
—Tú nunca tienes miedo — dijo el niño.
—No es cierto. Ahora estoy medio muerto de miedo.
La revelación asombró a Toby.
—¿De veras? Pero tú eres un héroe.
—Quizá sí o quizá no. Pero ser un héroe no tiene nada de
especial — dijo Jack— . La mayoría de las personas son héroes. Tú madre lo es,
y tú también.
—¿Yo?
—Claro. Por el modo en que te has comportado durante todo este
año. Se necesitaba mucho valor para salir adelante.
—Yo no me sentía valiente.
—La gente valiente de verdad nunca se siente valiente.
—Muchas personas son heroicas aunque jamás se enfrenten a
disparos o persigan a los malos — añadió Heather.
—La gente que va a trabajar todos los días, se sacrifica por su
familia y vive sin hacer daño a los demás, si puede evitarlo, son héroes de
verdad. Hay muchos, y de vez en cuando todos tienen miedo —señaló Jack.
—¿Entonces está bien que esté asustado? —preguntó Toby. — Por
supuesto que sí. Si nunca tuvieras miedo a nada, o bien serías muy estúpido o
bien estarías loco. Pero vaya, sé que no puedes ser muy estúpido porque eres mi
hijo. Pero con respecto a la locura, bueno..., no estoy tan seguro porque viene
de la familia de tu madre — respondió Jack con una sonrisa.
—Entonces puedo tener miedo — dijo Toby.
—Superaremos todo esto — lo tranquilizó Jack.
Heather se encontró con la mirada de su marido y le sonrió como
si le dijera: «Lo has resuelto tan bien. Deberían nombrarte "Padre del
año"». Jack le guiñó un ojo. Santo Dios, cómo lo quería.
—Entonces está loco — dijo Toby.
—¿Qué? — preguntó Heather frunciendo el entrecejo.
—El alienígena. Estúpido no es. Es más listo que nosotros, puede
hacer cosas que nosotros no podemos. Así que debe de estar loco, porque nunca
tiene miedo.
Heather y Jack intercambiaron miradas. Esta vez no sonrieron.
—Nunca —repitió Toby mientras apretaba la taza de chocolate con
las dos manos.
Heather volvió a las ventanas; primero a una, después a la otra.
Jack examinó las hojas del bloc que aún no había leído, encontró
el pasaje de la entrada y lo leyó en voz alta. Una moneda gigante de oscuridad
apoyada sobre el borde. Delgada como una hoja de papel. Lo suficientemente
grande para que un tren pasara a través de ella. Una negrura de pureza
excepcional. Eduardo se había atrevido a poner la mano dentro. Habían tenido la
sensación de que algo salía de ese pavoroso resplandor.
—Por el momento es suficiente —dijo mientras dejaba el bloc a un
lado y se ponía de pie—. Terminaremos de leerlo más tarde. El relato de Eduardo
confirma nuestra propia experiencia. Eso es lo importante. A él lo habrían
tomado por un viejo chiflado, y a nosotros por gente atontada de ciudad que
viene al campo con la cabeza llena de delirios, pero no es tan fácil desconfiar
de todos.
—¿Qué vas a hacer? ¿Llamar al sheriff del condado? — preguntó
Heather.
—Primero llamaré a Paul Youngblood, después a Travis Potter.
Ellos ya sospechan de que aquí pasa algo raro, aunque... Dios sabe que no
tienen ni idea de lo raro que es. Si tenemos un par de personas del pueblo de
nuestro lado, hay posibilidades de que los agentes del sheriff nos tomen más en
seno.
Jack cogió la Mossberg y se acercó al teléfono de pared.
Descolgó el auricular, escuchó, apretó la horquilla varias veces, marcó un par
de números y colgó.
—No hay línea.
Heather ya lo sospechaba cuando Jack se había acercado al
teléfono. Aunque no quería pensar en la posibilidad de que estuviesen
atrapados, después del incidente del ordenador sabía que conseguir ayuda no iba
a ser fácil.
—Quizá la tormenta averió la línea —comentó Jack.
—¿El tendido telefónico no está en los mismos postes que el
eléctrico?
—Sí, y tenemos luz, así que no ha sido la tormenta. —Cogió las
llaves del Cherokee de Eduardo— . Muy bien, larguémonos de aquí. Iremos a casa
de Paul y Caroline y desde allí llamaremos a Travis.
Heather guardó el bloc amarillo en la riñonera, contra su
estómago, y se subió la cremallera del anorak. Cogió la Micro Uzi y el Korth,
uno con cada mano.
En el momento en que Toby apartó la silla, Falstaff salió de
debajo de la mesa y se acercó directamente a la puerta que daba al garaje. El
perro parecía comprender que se marchaban, y por lo visto coincidía plenamente
con la decisión.
Jack giró la llave, abrió la puerta rápidamente pero con cautela
y cruzó el umbral empuñando el arma delante, como si esperara que el enemigo
estuviera en el garaje. Encendió la luz y miró a derecha e izquierda.
—Vamos allá —dijo.
Toby entró detrás de su padre con Falstaff a. su lado.
Heather fue la última y echó una mirada atrás, a las ventanas.
Nieve. Nada más que frías cascadas de nieve.
El garaje estaba oscuro incluso con las luces encendidas y
helado como una cámara refrigeradora. La puerta levadiza vibraba con el viento,
pero Heather no apretó el botón para subirla; era más seguro hacerlo con el
mando a distancia desde dentro del Explorer.
Mientras Jack se aseguraba de que Toby se instalaba en el
asiento de atrás y se ponía el cinturón de seguridad, y que el perro se sentaba
junto a él, Heather subió deprisa al asiento del pasajero, convencida de que
había algo debajo del vehículo que la cogería por el tobillo.
Recordó la presencia sombría que había vislumbrado brevemente al
otro lado de la puerta cuando la había entreabierto en su sueño del viernes por
la noche. Fulgurante y oscura. Rápida y serpenteante. No había visto la forma
completa, pero había percibido que era grande, con unas vagas espirales
zigzagueantes.
Recordaba claramente el frío silbido de triunfo de aquello antes
de que ella diera un portazo y despertara bruscamente de la pesadilla.
Sin embargo, nada se escurrió de debajo del vehículo ni la
agarró. Subió sana y salva al vehículo y apoyó la pesada Micro Uzi en el suelo,
entre los pies, mientras apretaba el revólver con fuerza.
—Quizá la capa de nieve sea demasiado profunda. La tormenta es
mucho más fuerte de lo que preveían — le dijo a Jack mientras subía por el lado
del conductor y le pasaba la Mossberg.
Heather se la puso entre las rodillas, con la culata contra el
suelo y el cañón apuntando hacia arriba.
—No habrá problemas — agregó Jack mientras cerraba la puerta y
se cogía al volante— . Quizá tengamos que empujar algún montículo con el
parachoques, pero no creo que sea tan profunda como para impedirnos el paso.
—Ojalá hubiéramos puesto de entrada esa pala quitanieves.
Jack metió la llave en el contacto, la giró, pero el silencio
fue su única recompensa, ni siquiera se oyó el ruido del motor de arranque.
Volvió a probar. Nada. Comprobó que el Explorer no estuviera en marcha y lo
intentó por tercera vez sin éxito.
Heather no se sorprendió más que cuando vio que el teléfono no
funcionaba. Aunque Jack no dijo nada y rehuía su mirada, ella supo que él
también lo esperaba, por eso había traído las llaves del Cherokee.
Mientras Heather, Toby y Falstaff salían del Explorer, Jack se
puso al volante del otro vehículo. Tampoco arrancaba.
Levantó el capó del jeep, después el del Explorer. No encontró
ninguna avería.
Volvieron a la casa.
Heather cerró con llave la puerta que daba al garaje. Pero
dudaba que las cerraduras sirvieran para mantener fuera aquella cosa que ahora
dominaba el Rancho Quartermass. A pesar de que todos ellos sabían que, si
quería, podía pasar a través de las paredes, igualmente cerró con llave.
Jack parecía desconsolado.
—Preparémonos para lo peor —dijo.
VEINTE
La nieve que caía golpeaba y rebotaba contra las ventanas del
estudio de la planta baja.
Aunque el mundo exterior estaba brillante, en la habitación
apenas si entraba luz. Las lámparas derramaban un resplandor amarillento.
Jack revisó sus propias armas y las que Eduardo había heredado
de Stanley Quartermass, y decido cargar sólo una más, un revólver Colt del
calibre cuarenta y cinco.
—Yo llevaré la Mossberg y el Colt — le dijo a Heather— , tú
quédate con la Micro Uzi y el Korth. Usa el revólver sólo como apoyo de la Uzi.
—¿Sólo esto? —preguntó ella.
La miró desolado.
—Si con éstas no logramos detener a lo que nos ataque, una
tercera arma no nos servirá de nada.
En uno de los dos cajones del armario de las armas, entre otros
artículos de caza, Jack encontró tres fundas con cinturones. Una era de nailon,
rayón o algún otro material sintético, y las otras dos de cuero. Si se exponía
el nailon a temperaturas bajo cero durante un período prolongado, no perdía la
flexibilidad como el cuero. Si el cuero se contraía podía resultar difícil
sacar el arma. Como Jack pensaba estar fuera mientras Heather se quedaba en la
casa, le dio a ella la funda de cuero más blanda y se guardó la de nailon.
Los trajes de esquí estaban repletos de bolsillos con
cremallera. Se los llenaron de munición extra, aunque era optimista pensar que
tendrían ocasión de volver a cargar una vez que empezara el ataque.
Jack no dudaba que habría un ataque, aunque no sabía cómo se
desarrollaría, ni si sería un ataque puramente físico, o una combinación de
embestidas físicas y mentales. Tampoco sabía si la maldita cosa aparecería en
persona o a través de intermediarios, ni cuándo ni de dónde vendrían los
asaltos. Pero sabía que vendrían. Aquello estaba impaciente por vencer su
resistencia, ansioso de controlarlos y transformarse en ellos. No hacía falta
mucha imaginación para ver que quería estudiarlos mucho más de cerca, diseccionarlos,
quizá, para examinar su cerebro y su sistema nervioso y descubrir el secreto de
su capacidad de resistencia.
No se hacía ilusiones; los mataría o anestesiaría antes de
someterlos a una cirujía explorativa.
Jack puso de nuevo el arma sobre la mesa de la cocina. De uno de
los estantes cogió un bote de metal, desenroscó la tapa, sacó una caja de
cerillas de madera y la dejó sobre la mesa.
Mientras Heather vigilaba por una ventana y Toby y Falstaff por
la otra, fue al sótano. En el segundo cuarto, junto a la pared, al lado del
generador apagado, había ocho bidones de veinte litros de gasolina cada uno,
una reserva de combustible que tenían por sugerencia de Paul Youngblood. Llevó
dos bidones arriba y los dejó en el suelo, al lado de la mesa de la cocina.
—Si los disparos no pueden detenerlo —dijo—, si entra en la casa
y estás arrinconada, entonces vale la pena correr el riesgo de un incendio.
—¿Quemar la casa? — preguntó Heather con tono de incredulidad.
—No es más que una casa. Se puede reconstruir. Si no tienes otra
alternativa, entonces al cuerno con la casa. Si las balas no funcionan... —Vio
el terror en los ojos de ella—. Funcionarán, estoy seguro de que las armas lo
detendrán, especialmente la Uzi. Pero si se da la remota casualidad de que los
disparos no lo detienen, el fuego sin duda lo hará. O por lo menos lo hará
retroceder. Tal vez sea lo que necesites para distraerlo, demorarlo y salir
antes de que estés atrapada.
Heather lo miró, vacilante.
—Jack, ¿por qué hablas de mí en lugar de nosotros?
Jack dudó; a ella no le iba gustar, a él tampoco le gustaba
demasiado, pero no había alternativa.
—Tú te quedarás aquí dentro con Toby y el perro, mientras yo...
—Ni hablar.
—Mientras yo voy a la cabaña de los Youngblood a buscar ayuda.
—No, no debemos separarnos.
—No hay elección, Heather.
—Si nos separamos se lo pondremos más fácil.
—Seguramente será lo mismo.
—No, no lo creo.
—Este revólver no le será de gran ayuda a la Uzi. De todos modos
— señaló el paisaje blanco al otro lado de la ventana— , con este tiempo, los
tres no llegaríamos.
Heather demoró la mirada en la cortina de nieve, incapaz de
discutir ese argumento.
—Llegaré —dijo Toby; era lo suficientemente listo como para
darse cuenta de que él era el punto débil— . De veras. — Falstaff sintió la
ansiedad del niño, se acercó y se frotó contra él— . Papá, por favor, dame la
oportunidad de demostrarlo.
Cuatro kilómetros no eran una gran distancia en un día templado
de primavera, de hecho eran una caminata fácil, pero se enfrentaban a un tiempo
espantosamente frío, del que ni los trajes de esquí podían protegerlos
perfectamente. Además, el viento jugaría en contra de ellos de tres maneras:
reduciría la temperatura por lo menos en diez grados, los azotaría hasta
dejarlos exhaustos mientras trataban de avanzar, y les ocultaría el camino con
torbellinos de nieve que harían que la visibilidad fuese prácticamente nula.
Jack pensaba que Heather y él quizá tuvieran la fuerza y la
energía necesarias para caminar cuatro kilómetros en esas condiciones, con
nieve hasta las rodillas, o quizás incluso más alta en algunos lugares, pero
estaba seguro de que Toby no resistiría ni un cuarto del camino, aunque
siguiera la huella que ellos fueran abriendo. Al cabo de un rato tendrían que
turnarse para llevarlo en andas. Por lo tanto, se debilitarían rápidamente y
con certeza morirían en esa blanca desolación.
—No quiero quedarme aquí —dijo Toby—. No quiero hacer lo que
tendré que hacer si me quedo aquí.
—Y yo no quiero dejarte aquí. — Jack se puso en cuclillas
delante del niño — . No estoy abandonándote, Toby. Tú sabes que nunca haría
algo así, ¿verdad?
Toby asintió lúgubremente.
—Y cuentas con tu madre. Es una mujer fuerte. No dejará que te
pase nada malo.
—Lo sé —dijo Toby.
Trataba de portarse como un soldado valiente.
—Muy bien, tengo un par de cosas que hacer antes de irme — dijo
Jack— . Volveré lo más pronto que pueda. Iré directamente a Ponderosa Pines,
daré un rodeo y volveré con la caballería. Como en las viejas películas; la
caballería siempre llega a tiempo, ¿no es verdad? No te pasará nada. A ninguno
de nosotros le pasará nada.
El niño buscaba la mirada de su padre.
Jack respondió al miedo de su hijo con una sonrisa
tranquilizadora y se sintió el cabrón más hipócrita de la historia. No estaba
tan seguro como aparentaba. Ni la mitad de seguro. Y se sentía como si los
estuviera abandonando. ¿Y si encontraba ayuda y cuando volvía Heather y Toby ya
estaban muertos?
Entonces se mataría. No tendría sentido continuar.
Pero la verdad era que probablemente nada de aquello sucedería.
Como mucho tenía un cincuenta por ciento de posibilidades de llegar a Ponderosa
Pines. Y si no lo abatía la tormenta... quizá lo hiciera otra cosa. No sabía si
el adversario los vigilaba de cerca, si se enteraría de su partida. Si veía que
se marchaba, no lo dejaría llegar lejos.
Entonces Heather y Toby se quedarían solos.
Pero no podía hacer otra cosa, ningún otro plan tenía sentido.
No quedaba alternativa y se acababa el tiempo.
Se oyeron unos martillazos por toda la casa. Unos ruidos huecos,
temibles.
Jack usaba clavos de acero de ocho centímetros, porque eran los
más grandes que había encontrado en el armario de herramientas del garaje. Al
pie de la escalera de atrás, clavaba puntas en ángulo cerrado contra la puerta
y el marco. Dos encima del pomo y dos debajo. La puerta era de sólido roble, y
los clavos largos entraban con dificultad a fuerza de incesantes martillazos.
Las bisagras estaban puestas por dentro. Era imposible
aflojarlas desde el porche trasero.
No obstante, decidió fijar la puerta al marco también por ese
lado, pero sólo con dos clavos. Clavó otros dos en la parte de arriba de la
puerta, para mayor seguridad.
Si algún intruso penetraba por la escalera de atrás, una vez que
cruzara el umbral tenía dos caminos para elegir en lugar de uno, como con las
otras puertas. Podía entrar en la cocina y enfrentarse a Heather, o subir
deprisa la escalera hasta el cuarto de Toby. Jack quería impedir el acceso a la
planta superior, porque desde allí podía escabullirse en varias habitaciones y
evitar el ataque frontal, obligando a Heather a buscarlo hasta que él tuviera
la oportunidad de atacarla por la espalda.
Cuando terminó de clavar, giró la llave e intentó abrir la
puerta. Por mucha fuerza que hiciera era imposible moverla. Ningún intruso
podía escurrirse por esa puerta en silencio, ya no. Tendría que romperla y
Heather lo oiría, estuviera donde estuviera.
Volvió a cerrar con llave y el pestillo encajó perfectamente.
Era seguro.
Mientras Jack clavaba la puerta de atrás de la casa, Toby
ayudaba a Heather a apilar ollas, sartenes, platos, cubiertos y vasos delante
de la puerta de la cocina que daba al porche trasero. La torre cuidadosamente
equilibrada se vendría abajo con un ruido estrepitoso si abrían la puerta,
aunque fuera lentamente, y, si estaba en alguna otra parte de la casa, les
avisaría.
Falstaff se mantenía a distancia de la tambaleante estructura,
como si comprendiera que tendría problemas si era él el que la echaba abajo.
—Y la puerta del sótano, ¿qué? — preguntó Toby.
—Es segura —lo tranquilizó Heather— . No hay forma de entrar al
sótano desde fuera.
Mientras Falstaff miraba con curiosidad, construyeron otra
estructura de seguridad similar delante de la puerta que comunicaba la cocina
con el garaje. Toby la coronó con un vaso lleno de cucharas, encima de un cazo
de metal.
Llevaron tazas, platos, cacerolas, fuentes y tenedores al
recibidor, y, cuando Jack se marchó, construyeron un tercera torre delante de
la puerta principal.
Heather no podía evitar sentir que las alarmas eran inútiles,
patéticas en realidad.
Sin embargo, no podían cerrar todas las puertas con clavos,
porque quizá tuvieran que escapar, en cuyo caso les bastaría con apartar todo
el menaje, abrir la puerta y salir. Y no tenían tiempo de transformar la casa
en una fortaleza impenetrable.
Además, toda fortaleza podía convertirse en una prisión en
potencia.
Aunque Jack hubiera creído que tenía tiempo para intentar que la
casa fuera un poco más segura, no lo habría hecho. Por muchas medidas que
hubiera tomado, era un lugar difícil de proteger a causa de la cantidad de
ventanas que tenía.
Lo mejor era subir a la planta superior e ir de ventana en
ventana para comprobar si estaban cerradas, mientras Heather revisaba las de la
planta baja. Como la mayor parte de ellas tenían la pintura reseca, parecían
difíciles de abrir.
Detrás de cada uno de los cristales se veía una terrible
tormenta de viento y nieve; sin embargo, no había indicios de nada
sobrenatural.
Jack entró en el dormitorio principal, examinó las bufandas de
lana que había en el armario de Heather y eligió una de tejido flojo.
Encontró sus gafas de sol en un cajón de la cómoda. Ojalá
tuviera unas gafas de esquí. Tendría que arreglarse con las de sol; no podía
caminar cuatro kilómetros hasta Ponderosa Pines con los ojos descubiertos,
corría el riesgo de que la nieve lo cegara.
Cuando volvió a la cocina, donde Heather estaba comprobando las
últimas ventanas, levantó el auricular del teléfono con la esperanza de que
tuviera línea. Un disparate, por supuesto; estaba muerto. —Tengo que irme
—dijo.
Quizás era sólo cuestión de horas, o de preciosos minutos, que
el vengador empezara a perseguirlos. No podía darse el lujo de adivinar si lo
haría deprisa o se tomaría su tiempo, no había manera de comprender su forma de
pensar ni de saber si el tiempo tenía algún sentido para él.
Un alienígena. Eduardo había estado en lo cierto: algo
profundamente desconocido, misterioso, infinitamente extraño. Heather y Toby lo
acompañaron hasta la puerta. Jack abrazó a su esposa brevemente pero con
fuerza, ansiosamente. La besó sólo una vez. Con la misma rapidez se despidió de
Toby.
No se atrevió a demorarse, porque en cualquier momento podía
decidir, después de todo, no irse. Ponderosa Pines era la única esperanza que
tenían. No marcharse equivalía a admitir que estaban condenados. Pero dejar a
su mujer e hijo solos en aquella casa era lo más difícil que había hecho en su
vida, más difícil que ver caer a Tommy Fernández y a Luther Bryson a su lado,
más difícil que enfrentarse a Anson Oliver en la gasolinera en llamas, más
difícil que recuperarse de la lesión en la columna. Se dijo que marcharse
exigía tanto valor de su parte como quedarse para ellos, no por el desafío que
significaba la tormenta, ni porque algo indefinido lo aguardara ahí fuera, sino
porque si él sobrevivía y ellos morían, el peso del dolor y la culpabilidad le
harían la vida más sombría que la muerte.
Se envolvió la cara con la bufanda, desde la barbilla hasta
debajo de los ojos. Aunque le daba dos vueltas, el tejido era lo
suficientemente flojo para permitirle respirar. Se subió la capucha y se la ató
debajo del mentón para que mantuviera la bufanda en su sitio. Se sentía como un
caballero preparándose para la batalla.
Toby lo observaba nervioso, mordiéndose el labio inferior. Unas
lágrimas asomaron a sus ojos, pero se esforzó por no llorar. Era un pequeño
héroe.
Jack se puso las gafas de sol para que las lágrimas de su hijo
fueran menos visibles y no pudieran mellar su decisión de marcharse en busca de
ayuda.
Se puso los guantes y cogió la Mossberg. Ya tenía el Cok en la
funda, sobre la cadera.
Había llegado el momento.
Heather parecía destrozada.
Él apenas se atrevía a mirarla.
Abrió la puerta. El viento que gemía arrastraba la nieve por
encima del porche y el umbral.
Jack salió de la casa, con pesar se alejó de todo lo que amaba y
empezó avanzar sobre la nieve que cubría el porche.
Oyó que ella le decía:
—Te quiero.
Las palabras llegaron distorsionadas por el viento, pero el
significado era inconfundible.
En lo alto de la escalera dudó, se volvió hacia Heather y vio
que había dado un paso fuera de la casa.
—Te quiero, Heather —le dijo.
Bajó la escalera y salió a la tormenta. No estaba seguro de que
lo hubiera oído, no sabía si volvería a hablar con ella alguna vez, si volvería
a tenerla entre sus brazos, si volvería a ver el amor en sus ojos y esa sonrisa
que, para él, valía más que un lugar en el cielo y la salvación del alma.
Echó a andar sobre la nieve del jardín, que le llegaba a las
rodillas.
No se atrevió a volverse.
Sabía que era vital dejarlos. Era un acto de valentía, sensato y
prudente; la mejor, y tal vez la única, posibilidad de que sobrevivieran.
No obstante, todo lo que sentía era que los abandonaba.
VEINTIUNO
El viento silbaba tras las ventanas como si tuviera conciencia y
los vigilara, golpeaba y hacía vibrar la puerta de la cocina como si comprobara
la cerradura, se agitaba y resbalaba sobre los lados de la casa como si buscara
alguna grieta por la que filtrarse.
Heather no quería soltar la Uzi a pesar de lo que pesaba y
estuvo un rato vigilando en la ventana norte de la cocina y luego en la que
daba al oeste, sobre el fregadero. De vez en cuando ladeaba la cabeza para
escuchar más atentamente los ruidos que parecían demasiado decididos como para
ser sólo voces de la tormenta.
Toby, sentado a la mesa de la cocina, con unos cascos puestos y
jugando con una Game Boy. A diferencia de como solía comportarse cuando se
entregaba a algún juego electrónico, ahora no se retorcía ni se echaba hacia
delante ni se movía de un lado a otro. Simplemente jugaba para matar el tiempo.
Falstaff estaba tumbado en el rincón más alejado de las
ventanas, que era justamente el lugar más caliente de la habitación. De vez en
cuando levantaba la cabeza, olisqueaba el aire y escuchaba; pero casi todo el
tiempo permanecía echado de lado, miraba a ras del suelo y bostezaba.
El tiempo pasaba lentamente. Heather no paraba de mirar el reloj
de pared, segura de que habían pasado por lo menos diez minutos desde la última
vez que había mirado, sólo para descubrir que apenas habían transcurrido dos.
Con buen tiempo, se tardaba unos veinte minutos en llegar
caminando a Ponderosa Pines. Jack podía tardar una hora o quizás una hora y
media con esta tormenta, avanzando trabajosamente con la nieve hasta las
rodillas, con el viento huracanado en contra y teniendo que dar rodeos allí
donde la nieve era más profunda. Una vez que llegara a la casa de Youngblood,
necesitaría otra media hora para explicar la situación y formar un equipo de
rescate. El viaje de vuelta les llevaría unos quince minutos, aunque tuvieran
que despejar la nieve de algunos tramos del camino. Como máximo tardaría dos
horas y cuarto, o quizá media hora menos.
El perro bostezó.
Toby estaba tan quieto que parecía dormido. Heather había bajado
el termostato de la calefacción para poder ir con los trajes de esquí y estar
preparados para salir sin demora si era necesario, pero la casa estaba
templada. Aunque tenía la cara y las manos frías, el sudor le bajaba por la
columna y las axilas. Se bajó la cremallera de la chaqueta, a pesar de que
abierta le estorbaba con la funda de la pistola que llevaba en la cadera.
Al cabo de quince minutos empezó a pensar que el imprevisible
adversario no haría ningún movimiento contra ellos. O no se había dado cuenta
de que eran más vulnerables sin Jack, o no le importaba. Por lo que Toby había
dicho, era la personificación de la arrogancia —nunca tenía miedo— y quizás
obraba siempre de acuerdo con sus propios planes, ritmos y deseos.
Empezaba a sentirse más segura, y entonces Toby se puso a
hablar. No se dirigía a ella.
—No, creo que no —dijo.
Heather se apartó de la ventana.
—¿Toby? —dijo.
El niño, como si no notara su presencia, tenía la mirada fija en
el videojuego. Los dedos no movían los mandos. No había ningún juego en la
pantalla: formas y colores vivos se apiñaban en el monitor en miniatura,
semejantes a los que ella ya había visto dos veces.
—¿Por qué? —preguntó el niño.
Heather le apoyó la mano en el hombro.
—Quizá — respondió el niño a los colores serpenteantes de la
pantalla.
Hasta aquel momento, Toby siempre le había dicho que no a la
pantalla; ese «quizás» asustó a Heather.
—Es posible, quizá —repitió.
Le sacó los auriculares y el niño finalmente levantó la vista y
la miró.
—¿Qué estás haciendo, Toby?
—Hablando —respondió con una voz seminarcotizada.
—¿A quién le decías «quizá»? — Al Dador —explicó.
Recordó el nombre del sueño, esa cosa repugnante que se hacía
pasar por una fuente de gran alivio, paz y placer.
—No es un «dador». Eso es una mentira. Es un aprovechador. Sigue
diciéndole que no.
Toby levantó la mirada.
Heather temblaba.
—¿Me comprendes, cariño?
El niño asintió, pero ella no estaba segura de que la oyera.
—Dile que no, sólo dile que no.
—De acuerdo.
Heather arrojó la miniconsola al cubo de la basura. Tras un
instante de duda, la sacó, la puso en el suelo y la aplastó dos veces con la
bota. Aunque el aparato ya estaba destrozado, le clavó el tacón una tercera
vez, y luego, por las dudas, otra vez más, hasta que se dio cuenta de que había
perdido el control, que se estaba extralimitando con el videojuego porque no
podía llegar hasta el Dador, a quien en realidad quería aplastar a pisotones.
Se quedó jadeando durante unos segundos con la mirada fija en el
destrozado artilugio de plástico. Empezó a barrer las piezas rotas, y al cabo
de un instante pensó: «¡Al cuerno!», y pateó los trozos más grandes contra la
pared.
La escena había despertado la curiosidad de Falstaff, que se
levantó de su rincón. Cuando Heather regresó a la ventana, el perro se acercó
al videojuego hecho añicos y lo olfateó tratanto de averiguar por qué había
generado una reacción tan furiosa.
Nada había cambiado al otro lado de la ventana. Una cortina de
nieve impulsada por el viento oscurecía el día casi por completo, de la misma
manera que la niebla del Pacífico solía oscurecer las calles de los pueblos
costeros de California.
Heather miró a Toby.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No lo dejes entrar.
—No quiero dejarlo.
—Entonces no lo hagas. Sé fuerte. Puedes hacerlo.
En el mostrador, junto al microondas, la radio se encendió sola,
como si estuviera programada para que se oyeran cinco minutos de música antes
de que sonara la alarma del despertador. Era un aparato enorme de onda corta,
del tamaño de dos cajas gigantes de cereal, con seis bandas, además de AM y FM;
sin embargo, no era una radio— reloj, y no podía programarse para que se
encendiera sola a una hora determinada. Pese a ello, el dial brillaba con una
luz verde, y de los altavoces salía una música extraña.
En realidad, la secuencia de notas y ritmos superpuestos no era
música, sino la materia prima de la música, de la misma manera que un montón de
tablas y tornillos son la materia prima de un armario. Heather identificaba un
conjunto de instrumentos — flautas, oboes, clarinetes, trompas de todo tipo,
violines, timbales, tambores— , pero no había melodía ni una estructura
coherente que se pudiera identificar, sino apenas una idea de estructura,
demasiado sutil para que se llegara a oír, ondas de sonido que a veces
resultaban placenteras y otras terriblemente discordantes, suaves, fuertes,
crecientes y menguantes.
—Quizá —dijo Toby.
Heather tenía la atención puesta en la radio y, sorprendida, se
volvió hacia su hijo.
Toby se había levantado de la silla. Estaba de pie junto a la
mesa, mirando fijamente la radio en el otro extremo de la habitación,
balanceándose como un junco bajo una brisa que sólo él percibía. Tenía los ojos
vidriosos.
—Bueno..., sí, quizás..., es posible...
El discordante tapiz de sonido que llegaba de la radio era el
equivalente auditivo de la masa de color en permanente cambio que ella había
visto en las pantallas de la televisión, del ordenador y del videojuego. Estaba
claro que se trataba de un idioma que hablaba directamente al inconsciente.
Hasta Heather sentía el hipnótico influjo, pese a que sobre ella sólo ejercía
una fracción de la influencia que tenía sobre su hijo. Toby era más vulnerable.
Los niños siempre son las presas más fáciles, las víctimas naturales de un
mundo cruel.
—Me gustaría..., qué bien..., muy bonito —dijo Toby
soñadoramente, y suspiró.
Si esta vez decía «sí», si le abría la puerta interior, quizá no
podría desalojar a esa cosa y estaría definitivamente perdido. — ¡No! —gritó
ella.
Cogió el cable de la radio y lo desenchufó de un tirón. Unas
chispas anaranjadas saltaron del enchufe y se deslizaron sobre los azulejos del
mostrador.
La radio, aunque estaba desenchufada, seguía emitiendo las
hipnóticas ondas de sonido.
Heather la miró fijamente, horrorizada, sin comprender. Toby
seguía en trance, hablando con la invisible presencia como si se tratara de un
imaginario compañero de juegos. — ¿Puedo? ¿Eh? ¿De veras..., lo harás, lo
harás? La maldita cosa era más insistente que los traficantes de drogas de la
ciudad, que perseguían a los chicos como moscardones a la salida de las
escuelas, en los salones de juegos electrónicos, fuera de los cines, en los
centros comerciales, en cualquier lugar de reunión, infatigables, tan difíciles
de erradicar como los piojos.
Pilas. Claro. La radio funcionaba tanto con corriente continua
como alterna. — Quizá..., quizá...
Heather dejó la Uzi sobre el mostrador, cogió la radio, abrió la
tapa de plástico de atrás y sacó las dos pilas recargables. Cuando las arrojó
al fregadero hicieron el mismo ruido que unos dados sobre el tapete. El canto
de sirena de la radio había terminado antes de que Toby accediera, de modo que
Heather había ganado esa partida. La libertad mental del niño era la apuesta,
pero ella había sacado un siete. Por el momento estaba a salvo.
—¿Toby? Toby, mírame.
El niño obedeció. Ya no se balanceaba, tenía los ojos más
despejados y parecía otra vez en contacto con la realidad.
Falstaff ladró y Heather pensó que estaba agitado por todo el
ruido, o por el terrible miedo que había percibido en ella, pero en aquel
momento advirtió que la atención del perro se dirigía a la ventana sobre el
fregadero. Lanzaba ladridos feroces, de advertencia, con el propósito de
asustar a un adversario.
Heather se volvió justo a tiempo para ver algo en el porche que
se escabullía a la izquierda de la ventana. Era oscuro y alto. Lo había
vislumbrado con el rabillo del ojo, pero había pasado demasiado deprisa para
distinguir qué era.
El pomo de la puerta se movió.
La radio había sido una distracción.
Mientras Heather cogía la Micro Uzi, el perdiguero pasó a la
carrera y tomó posición delante de los platos, cacerolas y sartenes apilados
delante de la puerta. Ladró furiosamente al pomo, que se movía sin cesar de un
lado a otro.
Heather cogió a Toby del hombro y lo empujó hacia la otra
puerta.
—¡Al pasillo, pero quédate cerca, detrás de mí..., rápido! Ya
tenía las cerillas en el bolsillo de la chaqueta. Levantó el bidón de gasolina
más cercano por el asa. Sólo podía coger uno porque no pensaba soltar la Uzi.
Falstaff estaba enloquecido, gruñía tan salvajemente que tenía
los belfos cubiertos de baba espesa, el pelo del cuello erizado y el rabo tenso
pegado a las patas; estaba en guardia, alerta, como si fuera a abalanzarse
sobre la puerta antes de que entrara lo que había fuera.
La cerradura se abrió con un clic.
El intruso tenía llave. O quizá ni siquiera la necesitaba.
Heather recordó cómo la radio se había encendido sola. Retrocedió hasta la
puerta que conectaba la cocina con el pasillo de la planta baja. El reflejo de
la luz del techo sobre el pomo de la puerta titilaba mientras éste giraba. Dejó
el bidón de gasolina en el suelo y empuñó la Uzi con las dos manos.
—¡Falstaff, sal de ahí! ¡Falstaff!
Mientras la puerta se abría hacia dentro, tambaleó la torre de
platos y cubiertos.
El perro retrocedió mientras Heather seguía llamándolo.
La estructura de seguridad se bamboleó y cayó con estrépito.
Cacerolas, sartenes y platos rebotaron, se deslizaron y giraron por el suelo de
la cocina, los tenedores y los cuchillos chocaron entre sí como campanillas,
los vasos se hicieron añicos.
El perro se arrastró rápidamente hasta ubicarse al lado de
Heather, pero sin dejar de ladrar ferozmente, enseñando los dientes, con ojos
enloquecidos.
Ella tenía la Uzi bien cogida, sin seguro, con el dedo apoyado
suavemente en el gatillo. ¿Y si se encallaba? «Olvídalo, no se encallará», se
dijo. Había funcionado de maravilla el día que la había probado contra la pared
de un acantilado en un área alejada de Malibú, hacía varios meses: fuego a
repetición que retumbaba por el estrecho desfiladero, los casquillos vacíos que
volaban por el aire, los matorrales despedazados, olor a metal caliente y a
pólvora quemada, las balas que fluían con la misma facilidad que fluye el agua
de una manguera. No se encallaría ni en un millón de años. Pero, Dios mío, ¿y
si se encallaba?
La puerta se entreabrió hacia dentro. Primero un rendija,
después un poco más.
Algo se deslizó por el resquicio, unos centímetros más arriba
del pomo. En aquel instante se confirmó la pesadilla, lo irreal se hizo real,
lo imposible tomó cuerpo repentinamente, porque lo que se introducía era un
tentáculo negro con manchas rojas, brillante y suave como la seda mojada, de
unos cinco centímetros de diámetro en la parte más gruesa y delgado como una
lombriz en la punta. Se deslizaba hacia el aire tibio de la cocina curvándose y
retorciéndose obscenamente.
Era suficiente. No le hacía falta ver más, no quería ver más,
así que abrió fuego. Fue tocar el gatillo con suavidad y la Uzi vomitó seis o
siete disparos que atravesaron limpiamente la puerta de roble y arrancaron y
astillaron el borde. Las explosiones ensordecedoras retumbaron por las paredes
de la cocina, una sucesión de ecos superpuestos.
El tentáculo se retiró con la presteza de un látigo.
Heather no oyó grito ni aullido sobrenatural alguno. No sabía si
había herido o no a aquella cosa.
Y no iba a salir al porche para comprobarlo, por nada del mundo,
no pensaba quedarse a esperar a ver si la próxima vez irrumpía en la cocina más
agresivamente. Como no sabía a qué velocidad podía moverse aquella criatura,
tenía que alejarse de la puerta trasera.
Cogió el bidón de gasolina con una mano, mientras sostenía la
Uzi con la otra, y retrocedió hasta el pasillo. Casi tropezó con el perro que
se retiraba con ella.. Llegó al pie de la escalera, donde la esperaba Toby.
—¿Mamá? — dijo el niño con voz ahogada por el miedo.
Desde donde estaba, Heather veía directamente la puerta de
atrás, que seguía entornada. El intruso aún no había entrado, pero debía de
estar en el porche, sosteniendo el pomo desde fuera, porque de otro modo el
viento habría abierto la puerta completamente.
¿Por qué esperaba? ¿Por miedo a ella? No. Toby había dicho que
nunca tenía miedo.
Otro pensamiento la estremeció: el que aquello no comprendiese
el concepto de muerte tal vez significara que no podía morir, que no se lo
podía matar. En cuyo caso, las armas eran inútiles.
Sin embargo, Heather esperó, dudó. Quizá todo lo que Toby sabía
sobre él era mentira, quizás era tan vulnerable como ellos o incluso más. Era
lo que deseaba pensar. Era lo único que tenía.
Estaba casi en medio del pasillo. Dos pasos más y quedaría entre
las arcadas que daban al comedor y al salón, a suficiente distancia de la
puerta de atrás como para tener la posibilidad de eliminar a la criatura si
irrumpía en la casa con una fuerza y una velocidad sobrenatural. Se detuvo,
dejó el bidón de gasolina en el suelo, al lado del poste de la escalera, y
volvió a empuñar la Uzi con ambas manos.
— ¿Mamá? — Shhhhh.
—¿Qué vamos a hacer? —gimió el niño.
—Shhhhh. Déjame pensar.
Era obvio que el intruso tenía cierto aspecto de serpiente,
aunque Heather no sabía si sólo se trataba de los apéndices o si todo el cuerpo
era así. La mayoría de las serpientes se movían deprisa o reptaban y saltaban
grandes distancias con mortífera precisión.
La puerta de atrás seguía entornada. Inmóvil. Copos de nieve
arrastrados por ráfagas de viento se colaban por el resquicio y brillaban sobre
las baldosas de la cocina.
Fuera rápida o lenta, aquella cosa que había en el porche
trasero era indudablemente grande. Heather se había dado cuenta al vislumbrarla
huir rápidamente de la ventana. Era más grande que ella.
—Ven —murmuró sin apartar los ojos de la puerta—. Ven. Si es
verdad que nunca tienes miedo, ven.
Tanto ella como Toby lanzaron un grito de sorpresa cuando el
televisor de la sala se encendió a todo volumen. Una música frenética y
estruendosa. Música de dibujos animados. Un chirrido de frenos, un choque con
un cómico acompañamiento de flautas. Luego la voz de Elmer Gruñón resonando por
toda la casa: «¡AYYYY! ¡ODIO A ESE CONEJO!».
Heather mantuvo la atención en la puerta de atrás, en el otro
extremo del pasillo y la cocina, a unos quince metros. Las palabras del conejo
de los dibujos animados sonaban tan fuerte que hacían vibrar las ventanas:
«¿EH? ¿QUÉ PASA, DOCTOR?», y luego el ruido de algo que golpeaba: «PUM, PUM,
PUM, PUM, PUM». «¡BASTA, BASTA, CONEJO LOCO!», gritaba Elmer.
Falstaff corrió a la sala, le ladró al televisor y volvió al
pasillo, a mirar hacia donde él también sabía que estaba el auténtico enemigo.
La puerta de atrás.
La nieve se colaba por la estrecha rendija. El programa de
televisión se quedó en silencio en medio de un cómico solo de trombón que,
incluso bajo esas circunstancias, le trajo a Heather a la mente la vivida
imagen de Elmer Gruñón deslizándose desafortunada e inexorablemente hacia un
desastre u otro. Silencio. Sólo el silbido del viento.
Un segundo. Dos. Tres.
Luego el televisor volvió a sonar estrepitosamente, pero esta
vez no eran los dibujos animados. Se trataba de la misma música sin melodía que
había sonado en la radio de la cocina.
—¡Resiste! — ordenó Heather a Toby.
La puerta de atrás. La nieve entraba por la rendija.
Ven, ven.
Sin apartar los ojos de la puerta, en la otra punta de la cocina
iluminada, Heather le dijo a su hijo:
—No lo escuches, cariño. Dile que se marche, dile que no. ¡Dile
que no!
La música desafinada, por momentos irritante, por momentos
tranquilizadora, la empujaba con lo que parecía auténtica fuerza física cuando
el volumen subía, y la atraía cuando bajaba, la empujaba y la atraía, hasta que
se dio cuenta de que se balanceaba como había hecho Toby en la cocina bajo el
influjo de la música que salía de la radio.
En uno de los pasajes más silenciosos, oyó un murmullo. La voz
de Toby. No lograba entender qué decía.
Lo miró. Tenía esa expresión hipnótica; parecía transportado.
Movía los labios. Quizá decía «Sí, sí», pero Heather no estaba segura.
La puerta de la cocina seguía entornada, con un resquicio de
apenas cinco centímetros, tal como antes. Algo seguía esperando fuera, en el
porche.
Ella lo sabía.
El niño susurraba una palabras en voz baja a su invisible
seductor, tal vez fueran los primeros y vacilantes pasos hacia la resignación y
la rendición total.
—¡Mierda! —gritó Heather.
Subió dos escalones de espaldas, se volvió hacia el arco del
salón a su izquierda y abrió fuego sobre el televisor. Una breve descarga de
seis u ocho disparos se estrelló contra el aparato. El tubo explotó; un vapor
blanco y ligero, el humo de los circuitos eléctricos destrozados se elevó por
el aire. El oscuro y seductor canto de la sirena fue acallado súbitamente por
los disparos de la Uzi.
Una fuerte ráfaga de aire helado recorrió el pasillo. Heather se
volvió a toda prisa hacia el fondo de la casa. La puerta de atrás ya no estaba
entornada, sino completamente abierta. Se veía el porche cubierto de nieve, y,
detrás, la turbulencia de la blancura del día.
El Dador había salido por primera vez del sueño. Ahora huía de
la tormenta y entraba en la casa. Estaba en alguna parte de la cocina, a la
derecha o a la izquierda de la puerta que daba al pasillo, y ella había perdido
la ocasión de eliminarlo en el momento en que entraba.
Si estaba al otro lado del umbral, entre el pasillo y la pared,
había cubierto la impresionante distancia de siete metros. Otra vez estaba
peligrosamente cerca.
Toby, que estaba en el primer peldaño de la escalera, tenía de
nuevo la mirada despejada, pero temblaba y estaba pálido de terror. El perro se
encontraba a su lado, alerta, olfateando el aire.
Detrás de Heather, otra alarma de cacerolas y platos cayó con un
ruido ensordecedor de metal y vidrios rotos. Toby gritó. Falstaff empezó a
ladrar ferozmente otra vez y Heather giró sobre sí misma; el corazón le latía
con tanta fuerza que le sacudía los brazos y le movía el arma hacia arriba y
hacia abajo. La puerta principal empezaba a abrirse. Una maraña de tentáculos
negros con manchas rojas irrumpieron por el resquicio, brillantes y
serpenteantes. De modo que había dos, uno en la parte de delante de la casa y
el otro en la de atrás. La Uzi rugió. Una ráfaga de seis, ocho disparos quizá.
La puerta se cerró de golpe, pero una misteriosa silueta oscura estaba apoyada
contra ella. Heather veía una parte a través del cristal facetado en lo alto de
la puerta.
Sin detenerse a ver si le había dado al hijo de puta o sólo a la
puerta y a la pared, se volvió hacia la cocina otra vez y disparó tres o cuatro
ráfagas por el pasillo. Allí no había nada.
Estaba segura de que el primero se le acercaba por detrás, pero
se equivocaba. Le quedaban unos veinte proyectiles en el doble cargador de la
Uzi, quizá sólo quince.
No podían quedarse en el pasillo. No con uno de esos malditos
seres en la cocina y el otro en el porche delantero.
¿Por qué había pensado que sólo se trataba de uno? ¿Porque en el
sueño sólo había uno? ¿Porque Toby había hablado únicamente de un seductor? Tal
vez había más de dos. Tal vez eran cientos.
La sala estaba a un lado. El comedor al otro. En última
instancia, a Heather ambos lugares le parecían una trampa.
Varias ventanas de la planta baja explotaron simultáneamente.
El ruido de la cascada de cristales rotos obligó a Heather a
tomar una decisión. Arriba. Era más fácil defender un terreno elevado, por lo
tanto ella y Toby subirían. Cogió el bidón de gasolina. La puerta principal se
abrió detrás de ella, y golpeó los objetos desparramados con los que habían
construido la torre de alarma. Supuso que no era el viento lo que la había
empujado, pero no miró atrás. El Dador silbó. Como en el sueño.
Heather dio un salto hacia la escalera. La gasolina se agitaba
en el bidón.
—¡Ven, ven! —le gritó a Toby.
El niño y el perro pasaron a su lado y corrieron hasta la planta
superior.
—¡Espera arriba! — gritó Heather mientras Toby y Falstaff
desaparecían de la vista.
Al llegar al primer rellano se detuvo y miró hacia abajo, al
vestíbulo de entrada, y vio un hombre muerto que caminaba. Era Eduardo
Fernández. Lo reconoció por las fotos que había encontrado mientras ordenaba
sus pertenencias. A pesar de que ya hacía más de cuatro meses que estaba muerto
y enterrado, caminaba arrastrando los pies, rígidamente, abriéndose paso a
través de las sartenes, los platos y los cubiertos, en dirección al pie de la
escalera, acompañado por remolinos de nieve que semejaban las cenizas del fuego
del infierno.
Era imposible que aquel cadáver tuviera conciencia, no había el
menor indicio de Ed Fernández en él, porque, antes de que el Dador requisara su
cuerpo, seguramente la mente y el alma del anciano se habían marchado a un
lugar mejor. Ese cadáver cubierto de tierra estaba controlado por el mismo
poder que había encendido la radio y el televisor a distancia, que había
abierto las puertas sin llave, que había hecho estallar los cristales de las
ventanas. Quizás era telequinesis, el poder de la mente sobre la materia. Una
mente sobrenatural sobre la materia terrenal. En este caso, se trataba de
materia orgánica en descomposición con la tosca forma de un ser humano.
El cadáver se detuvo al pie de la escalera y la miró. La cara
estaba ligeramente hinchada, tenía un color rojo oscuro y manchas amarillas, y
una costra verde de putrefacción debajo de los orificios taponados de la nariz.
Le faltaba un ojo. El otro estaba cubierto de un película amarillenta y
sobresalía debajo de un párpado entreabierto que, aunque en la funeraria se lo
habían cosido para cerrarlo, había vuelto a abrirse parcialmente al aflojarse
los hilos podridos.
Heather se oyó murmurar rápida, rítmicamente. Al cabo de un
momento se dio cuenta de que estaba recitando fervorosamente una larga plegaria
que había aprendido de niña, pero que hacía dieciocho o veinte años que no
repetía. En otras circunstancias, si hubiera hecho el esfuerzo consciente de
recordarla, no habría podido decir más que la mitad de las palabras, pero ahora
surgían con la misma fluidez que cuando de pequeña se arrodillaba en la
iglesia.
El cadáver andante era menos que la mitad de la razón de su
miedo, y mucho menos que la mitad del motivo del agudo asco que le atenazaba el
estómago, le dificultaba respirar y le provocaba náuseas. Era horripilante,
pero la carne descolorida aún no se había separado de los huesos. El muerto
olía menos a podrido que al líquido que se había utilizado para embalsamarlo.
Era un hedor penetrante que invadió la escalera y a Heather le recordó
instantáneamente las clases de biología del instituto y las ranas conservadas
en frascos de formaldehído para diseccionar.
Pero lo que más asco le dio fue ver al Dador montado al cadáver
como un jinete a un animal de carga. Aunque la luz del pasillo era bastante
fuerte como para iluminar claramente al alienígena, y aunque hubiera preferido
no ver tan bien a esa criatura, era incapaz de definir con precisión su forma
física.
La masa principal de aquella cosa se aferraba al cuerpo del que
había sido Ed Fernández por tentáculos similares a látigos, algunos delgados
como lápices, otros gruesos como un antebrazo, que envolvían sus muslos, su
cintura, su pecho y su cuello. El Dador era fundamentalmente negro, de una
negrura tan profunda que a Heather le dolían los ojos al mirarlo, aunque en
algunos sitios su brillo quedaba interrumpido por manchas rojas como la sangre.
Si no hubiera tenido que proteger a Toby, Heather no habría
podido enfrentarse a aquello, era demasiado extraño e incomprensible,
sencillamente demasiado. Mirarlo la mareaba como una vaharada de gas hilarante,
la llevaba al borde de una risa aturdida, una carcajada sin humor
peligrosamente cercana a la locura.
Sin atreverse a apartar la mirada del cadáver y de su repugnante
jinete, por miedo a que si lo hacía lo encontraría súbitamente a su lado,
Heather depositó cuidadosamente el bidón de veinte litros de gasolina en el
suelo del descansillo.
En alguna parte de la espalda del muerto, en el centro de esa
masa de tentáculos que se retorcían, debía de haber un cuerpo principal
parecido a la bolsa de un calamar, con brillantes ojos inhumanos y una boca
repugnante, pero ella no lograba verlo. Por el contrario, aquella cosa parecía
ser todo extremidades fibrosas que serpenteaban sin cesar. Aunque su piel era
pegajosa y gelatinosa, por momentos se erizaba como si tuviera espinas, para,
al cabo de un instante, volver a convertirse una vez más en una masa sinuosa en
movimiento.
En la universidad, una amiga de Heather, Wendi Felzer, se había
enterado de que tenía cáncer de hígado y había decidido, además de seguir el
tratamiento que le ordenaban los médicos, hacer un cursillo de autocuración que
consistía en una terapia de la imaginación. Wendi se imaginaba los glóbulos
blancos como caballeros con armaduras brillantes y espadas mágicas, y al cáncer
como un dragón. Un día meditó dos horas hasta que llegó a ver que los
caballeros destrozaban a la bestia. El Dador era el arquetipo de todas las
imágenes de cáncer concebidas, la esencia escurridiza de lo maligno. En el caso
de Wendi, el dragón había vencido. Pero recordar aquello ahora a Heather no le
servía en absoluto.
Empezó a subir la escalera hacia ella.
Heather levantó la Uzi.
El aspecto más repulsivo de la maraña que formaban el Dador y el
cadáver era el alcance de su intimidad. Los botones de la camisa blanca
mortuoria habían saltado y dejaban a la vista varios tentáculos que habían
hecho palanca y abierto la incisión torácica hecha por el forense durante la
autopsia. Apéndices manchados de rojo que desaparecían dentro del cadáver y
exploraban las profundidades desconocidas de los fríos tejidos. La criatura
demostraba en su unión con la carne muerta una entrega tan inexplicable como
obscena.
Su misma existencia era ofensiva y parecía la demostración de
que el universo era una casa de locos, lleno de mundos sin sentido y galaxias
brillantes sin orden ni propósito.
El engendro subió los dos primeros escalones que conducían al
rellano.
Luego tres. Cuatro.
Heather esperó a que subiese uno más.
Una masa erizada de tentáculos apareció por los labios
entreabiertos del muerto, como un ejército de lenguas negras manchadas de
sangre.
Heather abrió fuego, mantuvo el gatillo apretado demasiado
tiempo y gastó demasiada munición, diez, doce proyectiles, catorce quizás,
aunque era asombroso que en aquel estado mental no vaciara ambos cargadores.
Las balas de nueve milímetros trazaron una línea en diagonal sin sangre y
perforaron el pecho del muerto y la maraña de tentáculos.
Parásito y cadáver salieron despedidos contra el suelo del
pasillo de abajo y dos tentáculos cercenados cayeron sobre la escalera, uno de
unos cuarenta centímetros y el otro de unos sesenta. Ninguno de los dos
miembros amputados sangraba y ambos siguieron moviéndose, retorciéndose y
reptando como continúa haciéndolo el cuerpo de una serpiente mucho después de
que ha sido separado de la cabeza.
Heather quedó paralizada ante aquel espectáculo, porque casi de
inmediato el movimiento dejó de ser el resultado de falsos estímulos nerviosos
y espasmos musculares al azar, para convertirse en algo con sentido. Cada trozo
parecía consciente del otro y trataban de encontrarse. El primero reptó hacia
el borde del escalón, mientras el segundo se elevaba como una serpiente
encantada. Cuando se tocaron, sucedió una transformación que era esencialmente
magia negra, fuera del alcance de la comprensión de Heather, aun cuando ésta
veía el proceso claramente. Las dos partes se convirtieron en una, no se
limitaron a entrelazarse, sino que se fundieron, se fusionaron como si la
sedosa piel negra que las recubría fuera algo más que la superficie que daba
forma al húmedo protoplasma interior. En cuanto las dos partes se unieron, de
la masa resultante surgieron ocho tentáculos más pequeños. El nuevo organismo,
brillante como el reflejo de sombras rápidas sobre un charco y vagamente
erizado como un cangrejo sin ojos, era tan suave y flexible como antes. Empezó
a bajar los escalones en dirección a la masa madre de la que se había separado,
estremeciéndose como si mantener una forma ligeramente más angulosa le exigiera
un esfuerzo monumental.
Había pasado menos de medio minuto desde el momento en que los
dos trozos empezaran a buscarse.
Los cuerpos están.
Esas palabras eran, según Jack, parte de lo que el Dador había
dicho en el cementerio por intermedio de Toby.
Los cuerpos están.
Un frase hermética entonces, pero ahora completamente clara. Los
cuerpos están, ahora y para siempre, carne sin fin. Los cuerpos están, y, si es
necesario, pueden expandirse, adaptarse ferozmente, separarse sin perder
intelecto ni memoria, y, por lo tanto, ser infinitos.
La desolación del súbito descubrimiento, la sensación de que no
podían vencer por muy valientemente que lucharan o por mucho coraje que
tuvieran, la llevó en un instante al límite de la cordura, a una locura que
aunque breve no era menos completa. En lugar de huir de esa criatura
monstruosamente sobrenatural, como habría hecho cualquier persona en su sano
juicio, Heather se lanzó tras ella soltando un grito agudo, como el aullido
amargo de un animal agonizante en una trampa, empuñando la Micro Uzi delante de
ella.
Aunque sabía que corría un peligro terrible y abandonaba a Toby
sin reparos en lo alto de la escalera, Heather era incapaz de detenerse. Bajó
uno, dos, tres, cuatro, cinco escalones en el tiempo que esa especie de
cangrejo bajaba dos. Estaban a cuatro escalones de distancia, cuando esa
monstruosidad invirtió el rumbo, sin molestarse en darse la vuelta, como si
delante, atrás o los lados fueran lo mismo. Heather se detuvo tan deprisa que
casi perdió el equilibrio, mientras esa especie de molusco ascendía hacia ella
más velozmente de lo que había bajado.
Había tres escalones entre ambos.
Dos.
Heather apretó el gatillo, vació el último cargador de la Uzi
contra esa forma resbaladiza y la partió en cuatro, cinco, seis trozos sin
sangre que aletearon y se desplomaron algunos escalones más abajo, donde
siguieron retorciéndose. Se retorcían sin cesar. Se deslizaban otra vez con la
suavidad de serpientes y se buscaban ansiosa y silenciosamente.
Ese silencio era casi lo peor de todo. Ni un grito de dolor
cuando le disparó, ni aullidos de rabia. Su paciente y silenciosa recuperación,
su deliberada continuación del asalto, era un desprecio a las esperanzas de
triunfo de Heather.
Al pie de la escalera, el engendro se había vuelto a levantar.
El Dador, repugnantemente unido al cadáver, volvía a subir la escalera.
Heather recuperó la cordura. Subió deprisa al rellano, cogió el
bidón de gasolina y corrió a la planta superior, donde la esperaban Toby y
Falstaff.
El perro temblaba. Más que ladrar, gemía, como si intuyera lo
mismo que su dueña había visto, que resultaba imposible defenderse. Aquél era
un enemigo al que no se podía vencer con armas, ni con garras y dientes.
—¿Tengo que hacerlo? No quiero —dijo Toby. Heather no sabía de
qué hablaba ni tenía tiempo de preguntárselo.
—No te preocupes, cariño, lo venceremos.
Del primer tramo de escalera, que estaba fuera de la vista,
llegó el ruido de unos pasos que ascendían pesadamente. Un silbido. Era como el
sonido sibilante de un escape de vapor de una cañería, pero frío.
Heather dejó la Uzi a un lado y forcejeó con la tapa del bidón
de gasolina. El fuego tenía que dar resultado. Si quemaba a esa cosa, no
quedaría nada que pudiera reconstruirse. Los cuerpos están. Pero los cuerpos
reducidos a cenizas no podrían reconstruir su forma y funcionamiento, por muy
extraños que fueran su composición y metabolismo. Maldición, el fuego tenía que
servir.
—Nunca tiene miedo —dijo Toby con una voz que revelaba la
profundidad de su propio miedo.
—¡Sal de aquí, querido! ¡Vete! ¡Ve a la habitación! ¡Deprisa!
El niño echó a correr y el perro fue con él.
A veces Jack se sentía como una nadador en un mar blanco, debajo
de un cielo blanco, en un mundo tan extraño como el planeta del que venía el
intruso que acechaba su casa. Aunque sentía la tierra debajo de los pies
mientras caminaba laboriosamente el kilómetro que lo separaba de la carretera
comarcal, no logró verla ni una sola vez bajo aquel manto blanco que le parecía
tan irreal como el fondo del Pacífico a mil brazas de profundidad. La nieve
redondeaba todas las formas, y el paisaje era tan ondulado como en el medio del
mar, aunque en algunos lugares el viento había esculpido bordes afilados como
olas encrespadas, congeladas antes de romper contra la playa. Los bosques, que
podían haber sido un contraste a la blancura que llenaba su campo visual,
quedaban ocultos por la espesa cortina de nieve, tan oscura como la niebla
sobre el mar.
La pérdida de la orientación era una amenaza constante en aquel
paisaje niveo. Mientras aún estaba en su propiedad se había salido dos veces
del camino, y sólo se había percatado del error porque la hierba de debajo de
la capa de nieve daba a la superficie una consistencia más esponjosa que la del
camino.
Mientras caminaba trabajosamente, Jack esperaba que el Dador o
alguno de los emisarios que éste había sacado del cementerio, salieran de
detrás de la cortina de nieve o de algún montículo en el que se hubieran
ocultado. Continuamente vigilaba el paisaje a izquierda y derecha, listo para
disparar sobre cualquier cosa que se abalanzara sobre él.
Por fortuna iba con gafas de sol. El brillo inclemente le
resultaba cegador incluso a través de los cristales. Se esforzaba por ver en
medio de esa blancura uniforme para protegerse de cualquier ataque y para
identificar detalles conocidos del terreno que lo ayudaran a no perder el
rumbo.
No se atrevía a pensar en Heather y Toby. Cuando lo hacía,
aflojaba el paso y se sentía tentado de volver sobre sus pasos y olvidarse de
Ponderosa Pines. Por el bien de ellos, y por el suyo propio, los eliminó de sus
pensamientos y se concentró únicamente en avanzar y convertirse prácticamente
en una máquina andante.
El maléfico viento no paraba de aullar, le arrojaba nieve a la
cara y lo obligaba a agachar la cabeza. En un par de ocasiones lo tumbó —en una
de ellas la pistola se hundió en un montículo y tuvo que escarbar
desenfrenadamente para recuperarla— y se convirtió en un adversario casi tan
real como cualquiera con los que se había enfrentado. Cuando llegó al final del
camino privado y se detuvo para recuperar el aliento entre los dos postes de
piedra, debajo del letrero de madera que indicaba la entrada al Rancho
Quartermass, insultó al viento como si éste pudiera oírlo.
Se pasó la mano enguantada sobre las gafas para quitarse la
nieve pegada a los cristales. Le picaban los ojos como cuando el oftalmólogo le
ponía gotas para dilatar las pupilas para una revisión. Sin aquella protección
la nieve ya lo habría cegado.
Estaba asqueado del gusto y el olor de la lana húmeda, que
invadía el aire que exhalaba por la boca e inhalaba por la nariz. El vapor
había humedecido completamente el tejido y la condensación se había congelado.
Con una mano desmenuzó la fina película de hielo y la capa más gruesa de nieve
que embozaban la bufanda. Se la bajó completamente para respirar con mayor
facilidad que durante los últimos doscientos o trescientos metros.
Aunque le costaba creer que el Dador no supiera que había salido
de la casa, había llegado al límite de la propiedad sin que lo atacara. Todavía
le quedaba un buen trecho por delante, pero el mayor peligro de ataque estaba
en el terreno que acababa de cruzar sin incidentes.
Quizás el titiritero no era tan omnisciente como pretendía o
como parecía.
Una sombra hinchada y siniestra se elevaba por la pared del
rellano: el titiritero y su putrefacta marioneta ascendían sin prisa pero sin
pausa por el primer tramo de escalera. A medida que el monstruo subía, sin duda
absorbía los fragmentos de esa extraña carne que las balas habían desgarrado de
su cuerpo, pero no se detenía para hacerlo.
Aunque no avanzaba demasiado deprisa, para el gusto de Heather
era bastante rápido, demasiado rápido. Parecía subir la maldita escalera a la
carrera.
A pesar de que le temblaban las manos, Heather consiguió
desenroscar el tapón encallado del bidón de gasolina. Lo sostuvo del asa con
una mano, mientras levantaba la parte inferior con la otra. Un chorro claro de
gasolina salió por el pico del recipiente. Derramó el contenido a derecha e
izquierda para que se empapara la moqueta que cubría los escalones de todo el
tramo.
El Dador apareció en el primer escalón debajo del descansillo
con su tétrico compañero, un organismo demente de inmundicia y sinuosidades
resbaladizas.
Heather tapó deprisa el bidón. Lo dejó en el pasillo, lo apartó
del camino y volvió a la escalera.
El Dador había llegado al descansillo dispuesto a subir el
segundo tramo de escalera.
Heather se palpó el bolsillo de la chaqueta donde pensaba que
había guardado las cerillas. Encontró munición extra para la Uzi y el Korth,
pero cerillas no. Se abrió la cremallera del otro bolsillo: más balas, pero no
cerillas... ¡No tenía cerillas!
El muerto levantó la cabeza en el descansillo para mirarla, lo
que significaba que el Dador también la miraba con ojos que ella no podía ver.
¿Percibía el olor a gasolina? ¿Comprendía que la gasolina era
inflamable? Era inteligente. Aparentemente muy inteligente. ¿Comprendía la
posible destrucción que aquella sustancia entrañaba para él?
Un tercer bolsillo. Más balas. Por el amor de Dios, era un
arsenal andante.
Uno de los ojos del cadáver seguía cubierto por una catarata
amarillenta y la miraba entre unos párpados entrecerrados y semicosidos.
El aire apestaba a gasolina. Heather tenía dificultades para
respirar, jadeaba. Al Dador parecía no importarle; y el cadáver no respiraba.
Dios mío, tenía demasiados bolsillos: en la chaqueta, cuatro por
fuera y tres por dentro — bolsillos y más bolsillos— , dos en cada pernera del
pantalón, y todos ellos con cremalleras.
La cuenca del otro ojo estaba vacía, parcialmente cubierta por
jirones de párpados y por los hilos de la funeraria. La punta de un tentáculo
asomó repentinamente desde el interior del cráneo.
El monstruo, con una agitación de apéndices como los filamentos
de una anémona marina negra arrastrada por la corriente, empezó a subir la
escalera.
Cerillas.
Había encontrado una caja pequeña de cerillas de madera.
El Dador silbó suavemente; estaba dos escalones más arriba del
descansillo.
Heather abrió la caja y casi tiró las cerillas. Chocaron entre
sí y contra el cartón.
El engendro subió otro escalón.
Cuando Heather le dijo que se fuera a la habitación, Toby no
supo si se refería a la de ella o a la de él. Quería alejarse lo máximo posible
de aquella cosa que ascendía por la escalera que tenía delante, así que fue a
su habitación al fondo del pasillo aunque se detuvo un par de veces, se volvió
a mirar a su madre y estuvo a punto de regresar a su lado.
No quería dejarla allí sola. Era su «mami». No había visto
completamente al Dador, apenas había vislumbrado una maraña de tentáculos
deslizándose por el borde de la puerta de entrada, pero sabía que ella no
podría con aquello.
Él tampoco, de modo que era mejor que se olvidara de hacer nada,
siquiera de atreverse a pensarlo. Sabía lo que había que hacer, pero estaba
demasiado asustado para hacerlo, lo cual era correcto, puesto que hasta los
héroes tenían miedo. Sólo los locos no se asustaban nunca. Y ahora mismo sabía
que él no estaba loco, ni siquiera un poquito, porque estaba muy asustado,
tanto que se meaba. Esa cosa era como Terminator, Depredador y el alienígena de
Alien, el tiburón de Tiburón, los velocirraptores de Parque Jurásico y un
montón de otros monstruos, todos en uno. Y él era sólo un niño. Pero tal vez
también fuese un héroe, como decía su padre, aunque no se sintiera así; pero si
era un héroe, no podía hacer lo que sabía que debía hacer.
Llegó al final del pasillo, donde Falstaff lo esperaba temblando
y gimiendo.
—Ven, amigo — lo llamó.
Adelantó al perro, entró en su habitación, que ya tenía las
luces encendidas porque aunque era pleno día él y su madre habían encendido
casi todas las luces de la casa antes de que su padre se fuera.
—Sal del pasillo, Falstaff. Mamá no quiere que estemos en el
pasillo. Ven.
Lo primero que notó cuando apartó la mirada del perro fue que la
puerta de la escalera de atrás estaba abierta, cuando se suponía que debía
estar cerrada. Habían hecho una fortaleza allí arriba. Papá había clavado la
puerta de abajo, pero ésta también tenía que estar cerrada. Toby corrió hacia
ella, la cerró de un portazo, corrió el pestillo y se sintió mejor.
Falstaff seguía en el vano de la puerta sin entrar en la
habitación. Había parado de gemir.
Ahora gruñía.
Jack se detuvo en la entrada del rancho sólo para recobrarse del
primer tramo de camino, el más difícil.
La nieve había dejado de caer en blandos copos finos que ahora
eran como afilados cristales de granos de sal. El viento la agitaba con
suficiente fuerza para azotarle la frente descubierta.
Una cuadrilla para quitar la nieve había pasado por lo menos una
vez, porque una pared de nieve de más de un metro de altura bloqueaba la
entrada del camino particular. Trepó por encima de ella hasta la carretera de
dos carriles.
Encendió una cerilla y la cabeza ardió.
Durante un instante Heather pensó que estallarían los vapores,
pero no estaban lo bastante concentrados para ser combustibles.
El parásito montado en su pútrido anfitrión subió otro escalón,
aparentemente sin pensar en el peligro, o seguro de que no había ninguno.
Heather dio un paso atrás, para salir de la zona combustible, y
arrojó la cerilla.
Mientras retrocedía hasta chocar con la pared del pasillo y
miraba cómo la llama, avanzaba hacia la escalera, una serie de pensamientos
maniáticos le provocaron una carcajada casi compulsiva de risa loca, un único
ruido bronco que corría peligrosamente el riesgo de terminar en llanto: «Estoy
quemando mi propia casa, bienvenida a Montana, hermosos decorados, muertos que
caminan y monstruos de otros mundos. Y aquí estoy, enciendo la llama y ojalá te
quemes en el infierno. En Los Ángeles no tienes que quemar tu propia casa, los
demás lo hacen por ti».
La alfombra empapada de gasolina estalló en llamas que lamían el
techo. El fuego no se extendió por la escalera, simplemente estalló en todas
partes al mismo tiempo. Instantáneamente, las paredes, las barandillas, los
escalones, todo estaba envuelto en llamas.
Una urticante onda de calor golpeó a Heather y la obligó a
cerrar los ojos. Tenía que alejarse enseguida porque el aire empezaba a ser
demasiado caliente, podía levantarle ampollas en la piel; sin embargo, debía
ver qué pasaba con el Dador.
La escalera era un infierno. Ningún ser humano habría podido
sobrevivir allí más que unos pocos segundos.
En aquel enjambre incandescente, el muerto y la bestia viva eran
una masa oscura que subía otro escalón. Y otro. Ni gritos ni aullidos de pánico
acompañaban la ascensión, sólo el rugido y el crepitar del fuego feroz que
ahora empezaba a extenderse por el pasillo de arriba.
Mientras Toby cerraba la puerta que daba a la escalera y se
volvía, y Falstaff gruñía desde el umbral de la otra puerta, del pasillo
llegaban destellos de luz amarillo— rojiza. El gruñido se trasformó en un
aullido de sorpresa. Figuras de luz danzaban sobre las paredes: los reflejos
del fuego.
Toby supo que su madre había hecho arder al alienígena; era
fuerte, lista... Una leve luz de esperanza se encendió dentro de él.
Pero de inmediato advirtió que había algo extraño en el cuarto.
Las cortinas de la cama con dosel estaban corridas.
Él las había dejado completamente descorridas. Sólo las cerraba
de noche, cuando jugaba a algún juego. Aquella mañana las había abierto, y,
desde que se había levantado, no había tenido tiempo de jugar.
La habitación olía mal. No lo había notado inmediatamente porque
el corazón le palpitaba muy deprisa y respiraba por la boca.
Se acercó a la cama. Un paso, dos...
Cuanto más se acercaba, más nauseabundo era el olor. Era como
aquel hedor que había notado el primer día que habían visto la casa, pero mucho
peor.
Se detuvo a unos pasos de la cama. Se dijo a sí mismo que era un
héroe. Era normal que los héroes tuvieran miedo, pero debían hacer algo aunque
estuvieran asustados.
En el vano de la puerta Falstaff ladraba y gruñía como
enloquecido.
Se veían pequeñas manchas de asfalto que el viento dejaba a la
vista, pero casi toda la carretera estaba cubierta por cinco centímetros de
nieve blanda. Se habían formado numerosos ventisqueros contra las paredes
dejadas por la pala quitanieves.
Por los indicios que se veían, Jack supuso que hacía una o dos
horas, como máximo, que la cuadrilla había hecho un recorrido por la zona. Sin
duda tendrían que volver a pasar.
Giró hacia el este y se encaminó a toda prisa hacia la propiedad
de Youngblood, con la esperanza de topar con otra cuadrilla de mantenimiento de
carreteras antes de andar mucho. Tanto si estaban equipados con una niveladora
de carreteras como con un camión que arrojaba sal con una gran pala quitanieves
delante, sin duda tendrían un transmisor de onda corta para comunicarse con la
central. Si lograba convencerlos de que su historia no era el delirio de .un
lunático, tal vez lo llevaran hasta la casa y lo ayudaran a sacar de allí a
Heather y a Toby.
¿Podría convencerlos? Diablos, tenía un arma. Seguro que podía
convencerlos. Despejarían la nieve del kilómetro de camino hasta la puerta del
Rancho Quartermass y lo dejarían limpio como la conciencia de una monja, si eso
era lo que él quería que hicieran.
Por imposible que fuera, cuando Heather observó cada uno de los
rasgos de la criatura de la escalera, le pareció aún más grotesca y aterradora
en medio de las llamas que envolvían su cuerpo. El engendro subió otro escalón
en silencio. Completamente en silencio. Y otro. Emergía de la conflagración con
toda la desenvoltura de Su Satánica Majestad saliendo del infierno para dar un
paseo.
La bestia, o al menos la parte que correspondía al cuerpo de
Eduardo Fernández, estaba siendo consumida por las llamas. Sin embargo, aquella
cosa demoníaca subió otro escalón. Casi había llegado arriba.
Heather no podía demorarse más. El calor era insoportable. Había
expuesto la cara demasiado tiempo, y probablemente ya tendría leves quemaduras
suaves. El fuego subía por el techo del pasillo y lamía las molduras de yeso;
su posición era peligrosa.
Además, el Dador no iba a caer hacia atrás en medio de la
hoguera, tal como ella esperaba. Llegaría hasta la primera planta y abriría los
brazos, todos aquellos brazos, para envolverla y convertirse en ella.
Heather sentía que el corazón le latía con tanta fuerza que
parecía que iba a estallarle; corrió unos pasos por el pasillo y cogió el bidón
rojo de gasolina. No pesaba. Debió de usar quince de los veinte litros que
contenía.
Miró hacia atrás.
El monstruo salió de la escalera y entró en el pasillo. Tanto el
cadáver como el Dador estaban envueltos en llamas, no eran una masa deforme de
organismos chamuscados, sino una columna deslumbrante de llamas tempestuosas,
como si los cuerpos entrelazados fueran de mecha seca. Algunos de los
tentáculos más largos se agitaban y retorcían como látigos, lanzaban chispas y
lenguas de fuego que golpeaban las paredes y el suelo, y encendían la moqueta y
el papel de las paredes.
Cuando Toby dio un paso más hacia las cortinas de la cama,
Falstaff irrumpió por fin en la habitación, le bloqueó el paso y empezó a
ladrarle, advirtiéndole que retrocediera.
Algo se movía en la cama detrás de las cortinas y las tocaba.
Los segundos que siguieron a Toby le parecieron horas, como si la escena se
desarrollase en cámara lenta. La cama con dosel era como el escenario de un
teatro de títeres justo antes de que empezara la función, pero ahí detrás no
estaban Punch ni Judy, ni Kukla ni Ollie, no había ninguno de los Muppets ni
ningún personaje de Barrio Sésamo, no iba a ser una función divertida; en esta
extraña actuación no habría risas. Deseó que todo desapareciese con sólo cerrar
los ojos. Si se limitaba a no creer, era posible que aquella cosa dejase de
existir. Algo movía y combaba otra vez las cortinas, como si dijera: «Hola,
chiquillo». Quizá para seguir con vida había que creer de la misma manera que
uno debía creer en Tinker Bell. Si uno cerraba los ojos y tenía buenos
pensamientos sobre una cama vacía y aroma de galletas recién hechas, entonces
la cosa desaparecería de allí junto con aquel mal olor. No era un plan
perfecto, incluso era posible que fuese un plan tonto, pero por lo menos era
algo que hacer. Tenía que hacer algo o se volvería loco, pero no podía
acercarse ni un paso más a la cama, no sólo porque Falstaff le había bloqueado
el paso, sino porque estaba demasiado asustado. Atontado. Papá no había dicho
nada sobre si los héroes se quedaban atontados o tenían náuseas. ¿Tenían
arcadas los héroes? Porque sentía como si fuera a vomitar. Tampoco podía
correr, porque si salía corriendo tendría que dar la espalda a la cama.
Imposible. No podía hacerlo. Lo que significaba que el plan de cerrar los ojos
y desear que aquello desapareciera, era el mejor y el único plan, salvo que...
¡no pensaba cerrar los ojos por nada del mundo!
Falstaff seguía entre Toby y la cama, de cara a lo que fuese que
esperaba detrás de las cortinas. Había dejado de ladrar. No gruñía ni gemía.
Sólo esperaba, enseñando los dientes, temblando de miedo, pero listo para
luchar.
Una mano se deslizó entre las cortinas. Se trataba más bien de
unos huesos dentro de un guante arrugado de piel apergaminada y mohosa.
Imposible que aquello estuviera vivo a menos que uno lo creyera, era más
imposible que lo de Tinker Bell, cien mil veces más imposible. La mano
putrefacta aún tenía un par de uñas, pero eran negras, como el caparazón
brillante de un escarabajo gordo. Si no podía cerrar los ojos para que aquello
desapareciera, si no podía correr, al menos tenía que gritar para llamar a su
madre, por muy humillante que fuera para un niño de casi nueve años. Pero
después de todo era ella la que tenía la metralleta, no él. Apareció una
muñeca, luego un antebrazo con un poco más de carne y los jirones de la manga
manchada de una blusa o un vestido azul. «¡Mamá!», gritó Toby, pero la palabra
sólo resonó en su cabeza, porque de sus labios no salió ni un sonido. Alrededor
de la muñeca había un brazalete con motitas rojas. Brillante, nuevo. En aquel
momento se movió, y Toby vio que no era un brazalete, sino un gusano
resbaladizo... No, un tentáculo que envolvía la muñeca y desaparecía por el
brazo corrupto, debajo de la sucia manga azul. — ¡Mamá, ayúdame!
La habitación principal. Toby no estaba. ¿Debajo de la cama? ¿En
el armario? ¿En el cuarto de baño? «No, no pierdas tiempo buscándolo», pensó
Heather. Quizás el chico estuviera escondido, pero el perro no. Seguramente se
habían ido a su habitación.
De nuevo en el pasillo. Ondas de calor. Luces y sombras que
saltaban salvajemente. El crepitar y el silbido feroz del fuego.
Otro silbido. El Dador se asomaba. Podía oír el sonido
gorgoteante de los feroces tentáculos.
Heather corrió hacia la parte de atrás de la casa, tosiendo por
el humo amargo, con el bidón balanceándose en la mano izquierda. Ruido de
gasolina que se agitaba. La mano derecha vacía. No debía estar vacía.
«¡Maldición!», pensó Heather. Se detuvo poco antes de la
habitación de Toby y se volvió para mirar hacia atrás en medio del fuego y el
humo. Se había dejado la Micro Uzi en el suelo, cerca de la escalera. Los
cargadores gemelos estaban vacíos, pero tenía los bolsillos de su traje de
esquí llenos de munición de repuesto. Estúpida.
No es que las armas fueran de gran ayuda contra aquel monstruo.
Las balas no le hacían nada, sólo lo demoraban. Pero la Uzi era algo, un arma
mucho más poderosa que el Korth que tenía contra la cadera.
No podía volver. Cada vez le costaba más respirar. El fuego
estaba consumiendo todo el oxígeno. Y el engendro ardiente y flagelante ya casi
estaba entre ella y la Uzi.
De repente tuvo, absurdamente, la imagen mental de Alma Bryson
con todo su arsenal: una bella mujer negra, lista y bondadosa, viuda de un
policía, una tía dura, que podía con todo. Gina Tendero también, con su traje
de cuero negro, el aerosol antivioladores y, quizás, una pistola sin licencia
en el bolso. Ojalá estuvieran ahora a su lado. Pero estaban en la ciudad de Los
Ángeles, a la espera del fin del mundo, preparadas para ello, cuando en
realidad el fin del mundo había empezado allí, en Montana.
De las llamas surgieron oleadas de humo, de pared a pared, del
techo al suelo, oscuro y ardiente. El Dador desapareció de la vista. Al cabo de
unos segundos, Heather estaría completamente cegada.
Contuvo la respiración y corrió a trompicones hacia la
habitación de Toby, al final del pasillo. Cruzó la puerta y salió de la parte
más densa del humo, justo cuando el niño lanzaba un grito.
VEINTIDOS
Con la Mossberg cogida con ambas manos, Jack avanzaba hacia el
este a trote ligero, como un infante de marina en zona de guerra. No había
esperado que la carretera comarcal estuviera ni la mitad de despejada, así que
podía ir más rápido que lo planeado.
A cada paso flexionaba los dedos de los pies. A pesar de los dos
pares de calcetines gruesos y de las botas aislantes, tenía los pies cada vez
más fríos. Debía mantener la circulación en ellos.
Le dolían las cicatrices y los huesos recién soldados de la
pierna izquierda; sin embargo, ese dolor difuso no le estorbaba. En realidad,
estaba en mejores condiciones físicas de lo que creía.
Aunque la nieve seguía limitando su visibilidad a menos de cien
metros, y en ocasiones aún menos, ya no corría el riesgo de desorientarse y
perderse. Las paredes de nieve que había dejado la pala marcaban una ruta bien
definida. Los postes del teléfono y del tendido eléctrico a un lado de la
carretera eran otra serie de indicadores.
Supuso que había recorrido casi la mitad del camino hasta
Ponderosa Pines, pero su paso empezaba a flaquear. Se maldijo, y se puso a
andar más deprisa.
Como trotaba con los hombros encorvados para protegerse del
viento y la cabeza gacha a fin de evitar el azote de la nieve y sólo miraba el
trozo de carretera que tenía delante, no vio la luz dorada, sino sólo el
reflejo de ésta en la delgada cortina de copos de nieve. Al principio era sólo
un ligero resplandor amarillento y después pareció una tormenta de polvo dorado
en lugar de una nevada.
Cuando levantó la cabeza, vio un resplandor brillante,
intensamente amarillo. Latía misteriosamente en medio del manto de la tormenta.
Jack no podía distinguir la fuente de donde provenía, pero recordó la luz de
los árboles que Eduardo había descrito en el bloc. Latía como ésta, una
radiación extraña que anunciaba la abertura de la entrada y la llegada del
viajero.
Las pulsaciones de la luz aumentaron rápidamente. Jack se detuvo
de golpe, patinó y a punto estuvo de perder pie. Se preguntó si podría
esconderse detrás de los montículos que bordeaban la carretera. No se oía
ningún sonido grave y palpitante como los que Eduardo había descrito, sólo el
agudo gemir del viento. No obstante, la misteriosa luz se extendía por todas
partes, deslumbradora en medio del día sin sol. Jack estaba hundido en el polvo
dorado hasta los tobillos, confundido con esa corriente áurea que el aire
arrastraba; el acero de la Mossberg brillaba como si fuera a convertirse en
oro. En aquel momento vio varias fuentes de luz que latían sin sincronización,
chispazos amarillos continuos que se superponían. Oyó un murmullo grave, que se
transformó lentamente en un rugido. Un motor potente. A través de la densa
cortina de nieve se acercaba una máquina muy grande. De pronto, vio una enorme
niveladora adaptada para quitar nieve, un esqueleto de acero con una pequeña
cabina en lo alto, que empujaba una pala curva, más alta que él.
Heather entró en la habitación de Toby, donde el aire era más
limpio, parpadeó para quitarse las lágrimas causadas por el humo cáustico, y
vio dos figuras borrosas: una pequeña y otra más grande. Se enjugó
desesperadamente los ojos con la mano libre, los frunció y comprendió por qué
el niño estaba gritando.
Inclinado sobre Toby, había un cadáver grotescamente
descompuesto, envuelto en jirones podridos de una prenda azul, con otro Dador
montado sobre él, lleno de apéndices que se agitaban y retorcían.
Falstaff se abalanzó sobre la pesadilla, pero los serpenteantes
tentáculos fueron más rápidos que antes, casi más rápidos que el ojo humano.
Azotaron al perro, lo enlazaron en mitad del salto y lo arrojaron con la misma
tranquilidad y eficacia que una vaca espanta las moscas fastidiosas con el
rabo. Falstaff voló al otro extremo de la habitación y se estrelló contra el
suelo con un aullido de dolor.
Heather tenía el Korth en la mano, aunque no recordaba haberlo
sacado.
Antes de que apretara el gatillo, el nuevo Dador —o la nueva
apariencia del único Dador, si es que se trataba de un solo ente con muchos
cuerpos o, por el contrario, de diversos ejemplares— enlazó a Toby con tres
tentáculos negros y aceitosos. Lo levantó y lo atrajo hacia la sonrisa
repugnante de la mujer muerta, como si quisiera que le diera un beso.
Heather, furiosa y aterrorizada, soltó un grito de indignación y
se arrojó sobre la cosa, incapaz de disparar, incluso desde tan cerca, por
miedo a herir a Toby. Se lanzó contra aquello y sintió que uno de sus brazos
serpenteantes — frío incluso a través de su traje de esquí— le envolvía la
cintura. El hedor del cadáver. «Dios mío.» Los órganos internos habían
desaparecido hacía mucho, y las protuberancias del alienígena se retorcían en
la cavidad del cuerpo. Tenía la cabeza vuelta hacia ella, cara a cara, y 'de la
boca abierta salían tentáculos negros con manchas rojas, como múltiples
lenguas, que aparecían también por los orificios descarnados de la nariz y las
cuencas vacías de los ojos. El frío le recorría ahora toda la cintura. Apoyó el
cañón del Korth debajo de la barbilla huesuda, manchada de musgo del
cementerio. Heather apuntaba a la cabeza, como si dispararle a la cabeza
tuviera todavía algún sentido, como si el cráneo del cadáver albergara aún un
cerebro; no se le ocurría ninguna otra cosa. Toby gritaba, el Dador silbaba, el
revólver disparó, disparó, disparó, y huesos viejos se convirtieron en polvo,
el cráneo sonriente se separó de la columna nudosa y la cabeza se torció hacia
un lado. Disparó de nuevo — Heather había perdido la cuenta— hasta que oyó un
clic, el enloquecedor clic del percutor de un arma sin municiones.
Cuando la criatura la soltó, Heather casi cayó sentada, porque
ya estaba haciendo fuerza para liberarse. Soltó el arma, que rebotó sobre la
alfombra.
El Dador cayó delante de ella, no porque estuviera muerto, sino
porque su títere, dañado por los disparos, se había roto en algunos sitios
clave y ofrecía poco soporte para mantener a su blando y pesado amo erecto.
Por el momento, Toby también se hallaba libre.
Estaba pálido, con los ojos abiertos de par en par. Se había
mordido el labio y le sangraba. Por lo demás, parecía estar bien.
El humo había empezado a entrar en la habitación, no mucho, pero
Heather sabía lo rápido que podía espesarse hasta impedirles ver.
—¡Sal! — le gritó a Toby mientras lo empujaba hacia la escalera
de atrás— . ¡Sal de aquí! ¡Sal!
El niño gateó por el suelo, igual que ella, como si el miedo y
la necesidad de huir los hubiera transformado súbitamente en bebés. Heather
llegó a la puerta y se puso de pie; Toby, a su lado, la imitó.
Detrás de ellos se desarrollaba un espectáculo salido de la
pesadilla de un demente: el Dador, desparramado en el suelo, parecía un pulpo
enorme, aunque mucho más extraño y maligno que cualquier forma de vida que
pudiese albergar el mar, una maraña de brazos correosos que se retorcían. En
lugar de perseguir a Toby y a Heather, se esforzaba con los huesos sueltos,
intentando rearmar la estructura desmoronada del cadáver para poder volver a
levantarse sobre el esqueleto estropeado.
Heather forcejeó y tironeó el pomo de la puerta.
No se abría.
Estaba cerrada.
La radio— reloj de Toby, sobre el estante detrás de la cama, se
encendió sola, y una música rap a todo volumen les martilleó los tímpanos
durante uno o dos segundos. Luego empezó a sonar la otra música, desafinada,
extraña, pero hipnótica.
—¡No! —le dijo Heather a Toby mientras seguía forcejeando con el
pomo que estaba completamente rígido— . ¡No! ¡Dile que no!
Maldición, hasta aquel momento esa puerta nunca había estado
cerrada con llave.
El primer Dador, que salía del pasillo en llamas, emergía del
humo y se asomaba por la otra puerta. Aún envolvía con sus tentáculos lo que
quedaba del cadáver calcinado de Eduardo, que seguía ardiendo. La masa oscura
había disminuido. El fuego había consumido parte de ella.
El pomo empezó a girar poco a poco, como si las piezas de la
cerradura estuviesen oxidadas. Lenta, muy lentamente. Y luego se oyó un clac.
Pero antes de que Heather pudiera abrir la puerta, el pestillo
volvió a su posición.
Toby susurraba algo. Hablaba, pero no con ella.
—¡No! — le gritó su madre— . ¡No! ¡No! ¡Dile que no!
Heather volvió a girar el pomo gruñendo a causa del esfuerzo.
Consiguió abrirlo, y esta vez no lo soltó. Pero sintió cómo el pestillo volvía
a su sitio contra su voluntad, cómo se le escurría entre los dedos. El Dador.
El mismo poder que había encendido la radio. O animado un cadáver. Trató de
girar el pomo con la otra mano, pero esta vez estaba totalmente encallado.
Heather se rindió.
Puso a Toby detrás de ella y se apoyó contra la puerta. Quedó de
frente a las dos criaturas. Desarmada.
La niveladora estaba pintada de amarillo. Era una enorme
estructura de acero, con un motor diesel y, en lo alto, la cabina del operador.
Esta especie de nave de trabajo sin adornos parecía un enorme insecto de otro
planeta.
El vehículo disminuyó la velocidad cuando el conductor se dio
cuenta de que había un hombre en medio de la carretera, pero Jack pensó que
volvería a acelerar en cuanto viese el arma. De todos modos estaba preparado
para correr junto a la máquina y trepar a ella en movimiento.
Pero el conductor, a pesar de la pistola, frenó. Jack corrió
hacia la puerta, que estaba a unos tres metros del suelo.
La niveladora tenía unas ruedas de un metro y medio de diámetro
y unos neumáticos que parecían más pesados que las llantas de un tanque. No era
muy probable que el conductor abriera la puerta y saliese de allí arriba para
charlar. Seguramente bajaría la ventanilla, manteniendo cierta distancia entre
ellos, tendrían que hablar a gritos por encima del rugido del viento, y, si oía
algo que no le gustaba, pisaría el acelerador y saldría de allí pitando. En
caso de que el hombre no atendiera a razones, o quisiera perder demasiado
tiempo con preguntas, Jack estaba preparado para subir hasta la puerta y hacer
todo lo que hiciera falta para hacerse con el control de la máquina, menos
matar a alguien.
Para su sorpresa, el conductor abrió la puerta, se asomó y miró
hacia abajo. Era un hombre regordete, con barba y pelo un poco largo que
asomaba debajo de una gorra de béisbol.
—¿Tienes algún problema? — gritó por encima del ruido del motor
y de la tormenta.
—¡Mi familia necesita ayuda! — ¿Qué tipo de ayuda?
Jack no tenía intenciones de explicar en diez palabras que
habían tenido un encuentro con extraterrestres.
—¡Por el amor de Dios, están en peligro de muerte!
—¿Muerte? ¿Dónde?
—En el Rancho Quartermass.
—¿Eres el nuevo dueño? — ¡Sí!
—¡Sube!
El individuo ni siquiera le había preguntado por qué iba armado,
como si en Montana aquello fuera de lo más normal, y a lo mejor era así.
Jack sostuvo el arma con una mano mientras subía a la cabina,
mirando bien dónde ponía los pies. No iba a ser tan idiota de intentar trepar
como un mono. Sobre la superficie de acero había capas de hielo sucio. Resbaló
un par de veces, pero no se cayó.
Cuando llegó a la puerta abierta, el conductor estiró la mano
para que le diera la Mossberg y guardarla dentro. Jack se la dio, aunque por un
instante pensó que ahora que estaba desarmado le daría un golpe en el pecho y
lo tiraría sobre la carretera.
Pero el conductor era un buen samaritano. Dejó el arma y dijo:
—No es una limusina. Sólo hay un asiento y bastante ocupado.
Tendrás que meterte ahí, detrás de mí.
Entre el asiento del conductor y el fondo de la cabina había un
espacio de unos cincuenta centímetros de profundidad por un metro y medio de
ancho. El techo era bajo. En el suelo había un par de cajas de herramientas
entre las que Jack tenía que colocarse. Mientras el conductor se inclinó hacia
delante, Jack se acomodó como pudo en ese reducido espacio, medio de lado,
medio sentado.
El hombre cerró la puerta. El rugido del motor era tan fuerte
como el silbido del viento.
Las rodillas dobladas de Jack estaban detrás del asiento, y su
cuerpo quedaba paralelo a la palanca de cambios y otros mandos que se hallaban
a la derecha del hombre. Si se agachaba sólo unos centímetros, podía hablar
directamente al oído de su salvador.
—¿Estás bien? —preguntó el conductor.
—Sí.
—Ahora no nos conocemos, pero así, tan apretujados, cuando
lleguemos estaremos preparados para casarnos —comentó mientras arrancaba—.
¿Vamos directamente a la casa principal del Rancho Quartermass?
—Sí.
La niveladora se sacudió, y empezó a avanzar suavemente. La pala
hacía un ruido frío y áspero mientras rozaba la superficie de asfalto. Las
vibraciones pasaban de la estructura de acero al suelo del vehículo, y de allí
penetraban profundamente en los huesos de Jack.
Desarmada. De espaldas a la puerta.
A través del humo se veía fuego en el pasillo.
Nieve en las ventanas. Nieve fría. Una salida. A salvo. Pasar a
través del cristal, no había tiempo de abrir la ventana, atravesarla
directamente y caer sobre el techo del porche, y, de ahí, rodar al jardín.
Peligroso. Pero tal vez diera resultado. El problema era que no llegarían tan
lejos sin que antes los atraparan.
La erupción volcánica de la radio era ensordecedora. Heather no
podía pensar.
Falstaff temblaba a su lado, gruñía y enseñaba los dientes a las
figuras demoníacas que los amenazaban, aunque sabía tan bien como ella que no
podía salvarlos.
Heather, al ver cómo el Dador enlazaba al perro y lo lanzaba, y
después cogía a Toby, se había encontrado con el revólver en la mano sin
recordar haberlo sacado. Al mismo tiempo, también sin darse cuenta, había
soltado el bidón de gasolina que ahora estaba al otro lado de la habitación,
fuera de su alcance.
De todas formas la gasolina no importaba; una de las criaturas
ya estaba envuelta en llamas y el fuego no la detenía.
Los cuerpos están.
El cuerpo ardiente de Eduardo se reducía por momentos a huesos
calcinados y grasa crepitante. Toda la ropa y el pelo se habían convertido en
ceniza. Del Dador apenas quedaba lo bastante como para mantener los huesos
juntos; sin embargo, el macabro esqueleto seguía avanzando hacia ella.
Aparentemente, siempre que algún fragmento de su cuerpo siguiera vivo, aunque
no fuera más que un trozo de carne palpitante, ese extraño organismo conservaba
la conciencia.
Locura. Caos.
El Dador era el caos, la encarnación de la sinrazón, la
desesperación, la maldad y la locura. El caos de la carne, algo demente e
incomprensible. Porque no había nada que comprender. Eso era lo que ella creía
hasta ese momento. No tenía ningún propósito explicable, simplemente existía.
Vivía sólo por vivir. Sin aspiraciones. Sin otra razón de ser que el odio.
Impulsado únicamente por la compulsión de transformarse, destruir y sembrar el
caos a su paso.
Una ráfaga de aire llenó la habitación de humo.
El perro y Toby tosieron.
—¡Ponte la chaqueta sobre la nariz, respira a través de la
chaqueta! —le dijo Heather a su hijo.
¡Pero qué importaba que murieran quemados o de otra manera menos
limpia! Quizás era preferible el fuego.
De pronto el otro Dador, el que se retorcía en el suelo, estiró
un sinuoso tentáculo hacia ella y la cogió del tobillo.
Heather gritó.
Aquella cosa que había tomado posesión del cuerpo de Eduardo se
acercaba silbando.
Detrás de Heather, refugiado entre ella y la puerta, Toby gritó:
—¡Sí! ¡De acuerdo, sí!
—¡No! — le advirtió su madre demasiado tarde.
El conductor de la niveladora se llamaba Harían Moffit y vivía
en Eagle's Roost con su mujer, Cindi —con «i» latina—, y sus hijas Luci y Nanci
— también con «i» latina—. Cindi trabajaba en la cooperativa Livestoock, fuera
lo que fuera aquello. Siempre habían vivido en Montana, y no vivirían en
ninguna otra parte. Sin embargo, hacía una par de años habían pasado unas
vacaciones en Los Angeles y se habían divertido mucho. Habían visitado
Disneylandia, los estudios de la Universal, y un viejo vagabundo hecho polvo al
que unos adolescentes habían maltratado en una esquina mientras estaban parados
ante un semáforo. Para una visita, sí; pero vivir allí, no. Harían se las
arregló para explicar todo esto antes de llegar al desvío del Rancho
Quartermass, como si estuviese obligado a hacer que Jack se sintiera entre
amigos y vecinos en aquellos momentos difíciles, independientemente de cuáles
fueran sus problemas.
Entraron por el camino privado a mayor velocidad de la que Jack
creía posible, teniendo en cuenta la profundidad de la nieve acumulada durante
las últimas dieciséis horas.
Harían levantó la pala unos centímetros para ir más deprisa.
—No hace falta quitar toda la nieve hasta el fondo y topar con
algún obstáculo del camino.
Las tres cuartas partes de la capa de nieve iban quedando a un
lado.
—¿Cómo sabes dónde está el camino? —preguntó Jack, preocupado
porque el manto blanco y uniforme borraba cualquier señal.
—No es la primera vez que vengo. Además, tengo instinto.
—¿Instinto?
—Instinto de quitanieves.
—¿No nos quedaremos atascados?
—¿Con estas ruedas? ¿Con este motor?
Harían estaba orgulloso de su máquina, y la verdad era que
avanzaba, traqueteaba sobre la capa de nieve intacta como sobre una capa de
aire.
—Nunca se atasca, no si conduzco yo. Si fuera necesario, sería
capaz de ir con ella hasta el infierno, despejar el azufre hirviente y sacarle
la lengua al diablo en persona. ¿Qué le pasa a tu familia allí en la casa?
—Están atrapados — respondió Jack misteriosamente.
—¿En la nieve, dices? — Sí.
—Por aquí no ha habido aludes.
—No se trata de un alud.
Llegaron a la colina, pasaron junto al bosque y enfilaron hacia
la curva. De un momento a otro se vería la casa.
—¿Atrapados en la nieve? —dijo Harían preocupado.
No apartaba la vista del camino, pero fruncía el entrecejo como si
quisiera encontrarse con la mirada de Jack.
Apareció la casa. Apenas se veía, quedaba casi oculta tras la
cortina de nieve. La nueva casa. Nueva vida. Nuevo futuro. En llamas.
Aquella mañana, cuando Toby estaba frente al ordenador ligado
mentalmente al Dador pero no completamente en su poder, había llegado a
entenderle permitiéndole que le llenara con sus pensamientos mientras él le
decía que no, y poco a poco, curioseando, tanteando en la mente de la cosa,
había llegado a conocerla. Una de las cosas que había descubierto era que el
monstruo no había encontrado ninguna otra especie que pudiera entrar en su
mente de la manera que él se metía en la mente de otras criaturas; así que ni
siquiera se daba cuenta de que Toby estaba ahí dentro, no lo sentía, por lo
tanto se trataba de una comunicación en una sola dirección. Difícil de
explicar. Pero no podía explicarlo mejor. Toby simplemente se deslizaba por la
mente del monstruo, miraba las cosas que había, cosas terribles, un lugar
desagradable, oscuro y aterrador. No lo consideraba un acto de valentía, sino
simplemente lo que había que hacer, lo que el capitán Kirk, el señor Spock,
Luke Skywalker o cualesquiera de esos tíos valerosos habrían hecho en su lugar
cuando se encontraban con una nueva especie, hostil e inteligente, en sus
viajes galácticos. Habrían aprovechado la oportunidad al máximo para aumentar
sus conocimientos.
Y eso había hecho él.
Nada del otro mundo.
Ahora, cuando el ruido que salía de la radio lo apremió a que
abriera la puerta —«sólo abre la puerta y déjalo entrar, déjalo entrar, acepta
el placer y la paz, déjalo entrar»—, hizo lo que aquello le pedía, aunque no lo
dejó entrar completamente, ni la mitad de lo que él había entrado en el
monstruo. Igual que esa mañana frente al ordenador, ahora estaba a medio camino
entre la libertad completa y la esclavitud, en el borde mismo del abismo, con
cuidado de no hacerse notar hasta estar preparado para golpear. Mientras el
Dador irrumpía en su mente, seguro de poseerla, Toby dio vuelta a las tornas.
Se imaginaba que su propia mente tenía un peso colosal, un billón o un trillón
de toneladas, más pesada que eso, más pesada que todos los planetas juntos del
sistema solar, millones de veces más pesada, y que aplastaba la mente del Dador
con aquel peso y la dejaba como una galleta, aprisionada ahí abajo; por lo
tanto el monstruo podía pensar furiosa y rápidamente, pero no podía actuar de
acuerdo con sus pensamientos.
El engendro soltó el tobillo de Heather. Todos sus apéndices
sinuosos y resbaladizos se contrajeron, se enroscaron y por fin se quedaron
quietos como una bola enorme de intestinos de más de un metro de diámetro.
El otro Dador perdió el control del cadáver en llamas al que
estaba enrollado. El parásito y su huésped cayeron y también se quedaron
inmóviles.
Heather, que no llegaba a comprender qué había pasado, se quedó
de piedra. El humo invadía la habitación.
Toby había conseguido abrir la puerta de la habitación y la de
la escalera.
—Rápido, mamá —dijo mientras tiraba de ella. En un estado de
profunda confusión y aturdimiento, Heather siguió a su hijo y al perro por la
escalera de atrás, y cerró la puerta para que el humo no llegara hasta ellos.
Toby bajaba deprisa la escalera con Falstaff pegado a sus
talones, y Heather se precipitó tras él mientras desaparecía por una curva de
la escalera de caracol. — ¡Espera, cariño! —No hay tiempo —gritó el niño. —
¡Toby!
Heather tenía miedo a bajar la escalera sin ninguna precaución,
no sabía lo que se encontraría, temía que pudiese haber otra de aquellas cosas
en cualquier parte. En el cementerio habían sido profanadas tres tumbas.
En el vestíbulo del fondo, la puerta que daba al porche trasero
seguía clavada. La puerta de la cocina estaba abierta, y Toby la esperaba con
el perro.
En otras circunstancias Heather habría pensado que el corazón no
podía latir tan deprisa ni golpear con tanta fuerza como lo había hecho
mientras bajaba la escalera, pero cuando vio la cara de Toby se le aceleró aún
más y cada latido era tan poderoso que le retumbaba en el pecho dolorosamente.
Si antes Toby estaba pálido de miedo, ahora la blancura era
mucho mayor que la palidez. Su cara no parecía la de un niño vivo, sino una
máscara mortuoria tan fría y carente de color como el yeso. Tenía el blanco de
los ojos gris, una pupila dilatada y la otra contraída como la cabeza de un
alfiler, los labios azulados. Estaba aterrorizado, pero no era sólo el terror
lo que lo impulsaba. Parecía... hechizado. En aquel momento Heather reconoció
en él el mismo estado misterioso que le había observado aquella mañana delante
del ordenador, cuando no estaba completamente en las garras del Dador, pero
tampoco completamente libre. «En medio», había dicho él.
—Podemos atraparlo — dijo Toby.
Ahora ella reconocía su estado, el mismo tono monocorde con que
había hablado mientras se hallaba frente a la tormenta de colores del monitor
del ordenador.
—¿Qué ocurre, Toby? — Lo tengo.
—¿Qué tienes? — Aquello. — ¿Dónde lo tienes? — Debajo.
Heather creyó que el corazón le iba a estallar.
—¿Debajo? — Debajo de mí.
En aquel momento Heather recordó.
—¿Está debajo de ti? — preguntó, atónita.
El niño asintió. Estaba tan pálido como la cera. — ¿Lo estás
controlando? — Por el momento.
—¿Cómo es posible? —preguntó Heather.
—No hay tiempo. Quiere soltarse. Es muy fuerte, está haciendo
mucha fuerza.
Un sudor brillante perló la frente de Toby. Se mordió el labio
inferior y le salió más sangre.
Heather levantó la mano para tocarlo, para detenerlo, pero dudó;
si lo tocaba, tal vez el niño perdería el dominio.
—Podemos atraparlo — repitió él.
Harían casi metió la niveladora dentro de la casa, se detuvo
cuando la pala estaba a pocos centímetros de la barandilla después de arrojar
una montaña de nieve sobre el porche delantero. Luego se inclinó hacia delante
para que Jack pudiese salir.
—Baja y ocúpate de tu familia. Yo llamaré a la central para que
manden a los bomberos.
Mientras Jack bajaba de la máquina, oyó que Harían Moffit
hablaba con su jefe por el radioteléfono.
Nunca había tenido tanto miedo, ni siquiera cuando Anson Oliver
había disparado en la gasolinera de Arkadian, ni cuando se había dado cuenta de
que algo estaba hablando a través de Toby en el cementerio. Jamás se había
sentido ni la mitad de asustado, con un nudo en el estómago tan fuerte que le
dolía, y un regusto amargo a bilis en el fondo de la garganta, sin oír otro
ruido en el mundo más que el martilleo feroz de su corazón. Porque no era sólo
su vida lo que estaba en juego, sino vidas que consideraba más importantes que
la suya. Su mujer, en la que residía todo su pasado y su futuro, la depositaria
de todas sus esperanzas. Su hijo, carne de su carne, al que amaba más,
muchísimo más que a sí mismo.
Desde fuera, el fuego parecía estar reducido a la primera
planta. Jack rogó que Heather y Toby no estuvieran allí, que estuvieran abajo o
fuera de la casa.
Saltó por encima de la barandilla del porche y pateó la nieve
que la pala había arrastrado hasta la puerta principal. La puerta estaba
completamente abierta. Cuando cruzó el umbral se encontró con pequeños
montículos blancos que habían empezado a formarse sobre las cacerolas, las
sartenes y los platos desparramados por el vestíbulo.
No llevaba la Mossberg. Se la había dejado en la niveladora. Le
daba igual; si ellos estaban muertos, él también lo estaría.
El fuego cubría toda la escalera desde el primer descansillo
hacia arriba y avanzaba escalón tras escalón hacia abajo como un líquido
incandescente. Jack podía ver con claridad porque las ráfagas de viento
despejaban el humo: no había llamas en el estudio ni en la sala ni en el
comedor al otro lado de las arcadas.
—¡Heather! ¡Toby! — llamó.
No hubo respuesta.
—i Heather!
Empujó la puerta del estudio y miró dentro, sólo para
asegurarse.
—¡Heather!
Desde las arcadas se veía toda la sala. Nadie. El comedor.
—¡Heather!
Tampoco había nadie allí. Volvió rápidamente al vestíbulo y se
dirigió a la cocina. La puerta de atrás estaba cerrada, aunque era evidente que
en algún momento se había abierto, porque la torre de cacerolas y platos estaba
desparramada por el suelo.
—¡Heather!
—¡Jack!
Giró en redondo, incapaz de reconocer de dónde venía la voz.
—¡Heather!
—Aquí abajo... ¡Ayúdanos!
La puerta del sótano estaba entreabierta. Jack la abrió y miró
hacia abajo.
Heather estaba en el rellano, con un bidón de veinte litros de gasolina
en cada mano.
—La necesitamos toda, Jack.
—¿Qué haces? ¡La casa está ardiendo! ¡Sal de ahí!
—Necesitamos la gasolina para hacer el trabajo.
—¿De qué estás hablando? —Toby lo tiene.
—¿Que tiene el qué? —preguntó él mientras bajaba hacia ella.
—Al monstruo. Lo tiene bajo control — dijo ella jadeando.
—¿Bajo control? — preguntó Jack mientras le sacaba los bidones
de las manos.
—Sí, del mismo modo que en el cementerio el monstruo lo tenía a
él bajo control.
Jack sintió como si le hubieran disparado, no el mismo dolor,
pero el mismo impacto de una bala contra su pecho.
—¡Es un niño! ¡Es sólo un chiquillo, por el amor de Dios!
—Lo ha paralizado. Ha paralizado al monstruo y todos sus
emisarios. ¡Tendrías que haberlo visto! Dice que no tenemos mucho tiempo. Esa
maldita cosa es muy fuerte y poderosa, Jack. No lo puede mantener bajo control
durante mucho tiempo, y cuando se suelte, no lo dejará escapar jamás. Le hará
daño a Toby, Jack. Se lo hará pagar. Así que tenemos que ganarle por la mano.
No tenemos tiempo de hacerle preguntas de tratar de comprender lo que pasa,
sólo debemos hacer lo que nos dice. — Se apartó de él y descendió el resto de
la escalera—. Voy a coger dos bidones más.
—¡La casa está en llamas! —protestó Jack. — Sólo el piso de
arriba. Esta parte todavía no. Locura.
—¿Dónde está Toby? —le gritó mientras ella se iba.
—¡En el porche de atrás!
—Date prisa y sal de aquí —gritó él mientras sacaba los cuarenta
litros de gasolina del sótano de una casa ardiendo, incapaz de reprimir las
imágenes mentales de los ríos de fuego de la gasolinera de Arkadian.
Salió al porche donde todavía no había fuego. Tampoco se veía el
reflejo de las llamas de la planta superior sobre el jardín cubierto de nieve.
El epicentro del incendio aún estaba principalmente en la parte delantera de la
cabaña.
Toby estaba con su traje de esquí rojo y negro en lo alto de la
escalera del porche, de espaldas a la puerta. La nieve se arremolinaba a su
alrededor. El pequeño pompón que coronaba su capucha hacía que pareciese un
duendecillo.
Falstaff, que estaba a su lado, volvió la voluminosa cabeza para
mirar a Jack y meneó el rabo sólo una vez.
Jack dejó los bidones en el suelo y se puso en cuclillas al lado
de su hijo. Sintió que el corazón se le paralizaba cuando vio la cara del niño.
Toby parecía muerto.
—¿Campeón?
—Hola, papá —dijo con voz carente de expresión. Parecía en
trance, como aquella misma mañana delante del ordenador. No miraba a Jack, sino
a la casa de los guardas en lo alto de la colina, que se veía sólo cuando el
viento caprichoso despejaba la cortina de nieve.
—¿Estás en medio? — preguntó Jack, consternado por el temblor de
su voz.
—Sí, en medio.
—¿Y te parece buena idea?
—Sí.
—¿No tienes miedo?
—Sí, pero está bien tener miedo.
—¿Qué estás mirando? —Una luz azul.
—Yo no veo ninguna luz azul.
—Cuando dormía.
—¿Viste la luz azul en sueños? —En la casa de los guardas.
—¿Una luz azul en el sueño? —Quizás era más que un sueño.
—¿Está ahí?
—Sí. Y una parte de mí también.
—¿Hay una parte de ti en la casa de los guardas?
—Sí, controlándolo.
—¿Podemos quemarlo?
—Quizá, pero tenemos que acorralarlo completamente. Harían
Moffit apareció en el porche con dos bidones de gasolina.
—La señora me ha dado esto, me dijo que los trajera aquí. ¿Es tu
esposa?
Jack se puso de pie.
—Sí. Heather. ¿Dónde está?
—Ha bajado a buscar dos más —respondió Harían—, como si no se
diera cuenta de que la casa se está incendiando.
Sobre la nieve del jardín trasero empezaba a reflejarse el
fuego, probablemente del tejado o de la habitación de Toby. Aunque las llamas
aún no habían llegado a la planta baja, cuando el techo del primer piso se
cayera, y a su vez las habitaciones del primer piso se derrumbaran sobre la
planta baja, ardería la casa entera.
Jack miró hacia la cocina, pero Harían Moffit dejó los bidones
en el suelo y lo cogió del brazo.
—¿Qué demonios pasa aquí?
Jack trató de soltarse, pero el hombre regordete era más fuerte
de lo que parecía.
—Me has dicho que tu familia estaba en peligro, que podían morir
en cualquier momento, pero, por lo visto, el peligro es tu propia familia. Está
prendiendo fuego a la maldita casa.
Se oyó un gran estrépito proveniente del primer piso y toda la
cabaña vibró, como si se hubiera derrumbado el techo o una pared.
—¡Heather! — gritó Jack. Se soltó de Harían de un tirón y entró
en la cocina en el momento en que ella salía del sótano con dos bidones más. Le
sacó uno de la mano, la llevó hacia la puerta de atrás y le ordenó— : ¡Sal de
la casa ahora mismo!
—Ya está, no quedan más bidones — dijo ella.
Jack se detuvo para coger las llaves de la casa de los guardas,
y salió detrás de Heather.
Toby ya había empezado a subir la colina. Avanzaba
trabajosamente a causa de la nieve, que le llegaba a las rodillas en algunos
lugares y a los tobillos en otros. No era tan profunda como a campo abierto,
porque el viento barría con fuerza la ladera entre la casa y el bosque, y en
algunos sitios dejaba el terreno al desnudo.
Falstaff lo acompañaba, tan fiel que parecía un compañero de
toda la vida. Qué extraño. Las mejores cualidades —raras en el ser humano, y
quizá más raras aún en otras especies inteligentes que tal vez habitaban el
universo— eran corrientes en los perros. A veces Jack se preguntaba si la
especie creada a imagen y semejanza de Dios no sería en realidad alguna que
trotara a cuatro patas con un rabo detrás, en lugar de la que caminaba erecta.
Heather cogió un bidón que estaba en el porche, además del que
ya llevaba en una mano, y echó a andar por la nieve.
—¡Vamos! —gritó.
—¿Ahora vais a quemar la casa de la colina? —preguntó Harían
Moffit bruscamente.
Era evidente que había visto la vivienda de los guardas a través
de la cortina de nieve.
—Y necesitamos tu ayuda.
Jack llevaba dos de los cuatro bidones que quedaban y sabía que
Moffit debía de pensar que estaban todos locos.
El barbudo estaba tan intrigado como espantado y nervioso.
—¿Estáis locos o no sabéis que hay formas mejores de quitarse de
encima a las termitas?
No había manera de explicar la situación de una forma razonable
y metódica, especialmente si se tenía en cuenta que cada segundo era vital, por
lo tanto Jack respiró hondo y decidió coger el toro por los cuernos:
—Como sabes que soy el nuevo vecino, a lo mejor también sabes
que he sido policía en Los Angeles. No soy un director de cine con ideas raras
en la cabeza, sino sólo un poli, un currante como tú. Sé que va a parecerte una
locura, pero estamos luchando contra algo que no es de este mundo, .algo que
llegó aquí cuando Ed...
—¿Extraterrestres? —lo interrumpió Harían Moffit.
A Jack no se le ocurría ningún eufemismo que sonara menos
absurdo.
—Sí, extraterrestres. Están...
—¡Me cago en el demonio! — exclamó Harían Moffit, al tiempo que
se daba un sonoro puñetazo en la palma y estallaba en un torrente de palabras —
. Sabía que tarde o temprano vería alguno. Leo cosas sobre ellos todo el tiempo
en el Enquirer. Y en libros también. Algunos alienígenas son buenos, otros son
malos, y hasta hay algunos que uno nunca diría que lo son, pues parecen
personas. Ésos son los peores. Han venido del espacio dando vuelta en sus
naves, ¿no? ¡Joder! ¡Y yo aquí para verlo! —Cogió los últimos dos bidones, bajó
la escalera a la carrera y echó a andar colina arriba a través de los reflejos
brillantes del fuego que ondeaban como banderas fantasmales sobre la nieve — .
¡Vamos, vamos, acabemos de una vez con esos hijos de puta!
Jack se habría reído si la cordura y la vida de su hijo no
hubieran estado en juego y pendieran de un hilo. Pero aun así, tenía ganas, de
sentarse en los escalones del porche y reír a carcajadas. El humor y la muerte
eran parientes, sin duda. Uno no podía enfrentarse a esta última sin lo
primero. Cualquier policía lo sabía. Y como la vida era absurda, profundamente
absurda, siempre había algo gracioso en medio de cualquier tragedia. Atlas no
llevaba el mundo a hombros, no había ningún gigante musculoso con sentido de
responsabilidad; el mundo se balanceaba sobre una pirámide de payasos que no
paraban de tocar la trompeta, empujarse y hacer disparates. Pero incluso aunque
la vida fuera absurda, aunque pudiese ser desastrosa y divertida al mismo
tiempo, la gente aún moría. Toby podía morir. Heather. Todos ellos. Luther
Bryson hacía chistes y reía pocos segundos antes de que se estrellara una
ráfaga de balas contra su pecho.
Jack se apresuró tras Harían Moffit.
El viento era frío.
La colina era resbaladiza.
El día era oscuro y gris.
Mientras ascendía por la pendiente del jardín trasero, Toby se
imaginó a sí mismo en un barco verde en un mar frío y negro. Verde porque era
su color preferido. No se veía tierra por ninguna parte. Sólo su pequeño barco
verde y él. El mar era viejo, antiguo, más que antiguo, decrépito, tan viejo
que en cierta manera estaba vivo, pensaba, deseaba cosas y quería que todo
saliera a su antojo. El mar quería elevarse a los lados del pequeño barco
verde, tragárselo, hundirlo a mil brazas de oscura profundidad, con Toby
dentro, a diez mil brazas, a veinte mil, cada vez más y más hondo, hasta un
sitio en el que no hubiera luz, sino una extraña música. Toby, en el barco,
tenía sacos de Polvo Calmante que le había dado alguien importante, Indiana
Jones, E.T., o Aladino quizá —sí, probablemente Aladino—, que a su vez los
había conseguido del genio de la lámpara maravillosa. No paraba de esparcir el
Polvo Calmante por el mar mientras su pequeño barco verde avanzaba, y, aunque
el polvo parecía plateado y ligero en sus manos, más ligero que una pluma
incluso, se volvía enormemente pesado en cuanto tocaba el agua, pero pesado de
una manera rara, pues no se hundía, sino que aplanaba el agua en cuanto la
golpeaba, convertía la superficie en algo liso como un espejo, sin olas. El mar
antiguo quería elevarse, hundir el barco, pero el Polvo Calmante lo aplastaba;
más que alisarlo, más que dominarlo, lo aplastaba, lo mantenía tranquilo, lo
vencía. Las profundas turbulencias del mar, frías y oscuras, estaban furiosas
con Toby; más que matarlo y ahogarlo, querían destrozarlo contra las rocas de
la orilla, erosionarlo con sus aguas hasta convertirlo en arena. Pero el mar no
podía elevarse, no podía la superficie estaba completamente en calma, serena,
en calma, en calma...
Quizá porque Toby estaba tan intensamente concentrado en
mantener al Dador bajo control, le faltaban fuerzas para subir toda la colina,
aunque la nieve no era muy alta en aquel terreno barrido por el viento. Jack
dejó los bidones de gasolina en el suelo — había recorrido dos terceras partes
del camino rumbo al bosque alto— , llevó a Toby en andas hasta la casa de
piedra, le dio las llaves a Heather y volvió por los bidones.
Cuando llegó de nuevo a la casa de piedra, Heather ya había
abierto la puerta. Dentro estaba muy oscuro. No habían tenido tiempo de echarle
un vistazo porque las luces no funcionaban. Sin embargo, ahora sabía por qué el
lunes Paul Youngblood no había conseguido dar la luz. El morador no había
querido que entraran.
Las habitaciones estaban completamente a oscuras porque las
ventanas estaban tapiadas y no tenían tiempo de sacar las tablas que cubrían
los cristales. Afortunadamente, Heather se había acordado de que no había luz y
había venido preparada. Esta vez, de los bolsillos de su traje de esquí no sacó
balas, sino dos linternas.
«Al parecer siempre se termina en lugares así — pensó Jack— ,
sitios oscuros, sótanos, callejones, casas abandonadas, salas de calderas,
almacenes en ruinas.» Incluso cuando un poli persigue a un delincuente a plena
luz del día, el enfrentamiento final con el mal tiene lugar en un sitio oscuro,
como si el sol no pudiera encontrar ese pequeño trozo de terreno donde uno y su
posible asesino ponen a prueba el destino.
Toby entró en la casa delante de ellos, como si no tuviese miedo
de la oscuridad o estuviera ansioso de realizar una proeza.
Heather y Jack cogieron una linterna y un bidón cada uno, y
dejaron otros dos bidones junto a la puerta.
Harían Moffit cerraba la marcha con dos bidones más.
—¿Cómo son esos malditos? ¿Completamente pelados y de ojos
saltones como esos cabrones que secuestraron a Whitley Strieber?
En el salón sin muebles y en penumbra, Toby estaba de pie
delante de una figura oscura. Cuando los haces de luz de las linternas
iluminaron lo que el niño había encontrado, Harían Moffit tuvo su respuesta.
Nada de monstruos pelados de ojos saltones. No eran simpáticos personajes de
una película de Spielberg, sino un cuerpo putrefacto que se balanceaba con las
piernas abiertas sin el mínimo peligro de caer al suelo. Una criatura
singularmente repulsiva estaba adherida al cadáver por medio de unos tentáculos
grasientos metidos en la carne descompuesta, como si tratara de fundirse con
ese cuerpo muerto. Permanecía inmóvil, pero sin duda tenía vida. Debajo de esa
piel húmeda y suave el cuerpo latía de una manera extraña y las puntas de los
tentáculos temblaban.
La combinación del cadáver y el alienígena formaban al viejo
amigo y compañero de Jack: Tommy Fernández.
Heather se dio cuenta demasiado tarde de que Jack en realidad no
había llegado a ver a ninguno de esos cadáveres andantes con su titiritero. El
espectáculo en sí bastaba para destruir gran parte de las suposiciones de Jack
sobre el carácter inherentemente benigno —o al menos neutro— del universo y la
inevitabilidad de la justicia. Lo que el Dador había hecho con los restos de
Tommy Fernández, o lo que sería capaz de hacer con ella, Jack y Toby, o con el
resto de la humanidad si tenía la oportunidad, no tenía nada de benigno. La
revelación resultaba más impresionante aún porque no eran los restos de un
desconocido los que había sufrido esta violación, sino los de Tommy.
Heather apartó el haz de luz de Tommy y se tranquilizó al ver
que Jack hacía lo mismo con rapidez; no habría sido típico de él demorarse ante
un espectáculo tan espantoso. Ella quería creer que, a pesar de lo que Jack
tuviera que soportar, siempre tendería al amor y al optimismo que lo convertían
en un ser tan especial.
—Esta cosa tiene que morir. Tiene que morir ahora mismo — dijo
Harían fríamente.
Su voz había perdido su entusiasmo natural. Ya no era Richard
Dreyfuss excitado en busca de un encuentro cercano de la tercera fase. Las
fantasías apócrifas más horripilantes sobre alienígenas malignos que publicaban
los periódicos sensacionalistas y mostraban las películas baratas de ciencia
ficción, no sólo eran tontas delante de esa cosa grotesca que había en la casa
de los cuidadores, sino también ingenuas, porque los retratos de la maldad
extraterrestre eran charlatanería de feria en comparación con las imaginativas
y abominables torturas incesantes que aguardaban en un universo frío y oscuro.
Toby se apartó del cuerpo de Tommy Fernández y se ocultó entre
las sombras.
Heather lo siguió con la linterna.
—¿Hijito?
—No hay tiempo —dijo el niño.
—¿Adonde vas?
Lo siguieron al fondo de la casa a oscuras, por la cocina, hasta
lo que en una época debió de ser el lavadero, pero que ahora era un cuartucho
cubierto de polvo y telarañas. Los restos de una rata, con el rabo enroscado en
forma de signo de interrogación, yacían en un rincón.
Toby señaló una puerta amarillenta que en otro tiempo debió de
ser blanca.
—En el sótano —dijo—. Está en el sótano.
Antes de bajar en busca de aquello que los esperaba, metieron a
Falstaff en la cocina y cerraron la puerta del lavadero para que se quedara
dentro.
Al perro no le gustó.
Mientras Jack abría la puerta amarillenta que daba a una
oscuridad completa, los arañazos frenéticos del perdiguero retumbaron en la
habitación, a sus espaldas.
Mientras Toby bajaba detrás de su padre la desvencijada escalera
que conducía al sótano, estaba completamente concentrado en ese barquito verde
de su mente, bien construido, sin grietas, imposible de hundir. La cubierta
estaba llena de sacos y más sacos de Polvo Calmante plateado, suficientes para
mantener la superficie del mar embravecido lisa y silenciosa durante mil años,
por mucho que quisiera encresparse, por muy agitadas que estuvieran sus
profundidades. Navegaba y navegaba por aquel océano sin olas, esparciendo su
polvo mágico, mientras el sol brillaba en lo alto y todo estaba como a él le
gustaba: tibio y seguro. El antiguo mar le mostraba imágenes en su superficie
brillante y negra, imágenes para asustarlo y que se olvidara de echar el polvo:
su madre devorada viva por las ratas, la cabeza de su padre abierta por el
medio, llena de cucarachas, su propio cuerpo perforado por los tentáculos de un
Dador adherido a su espalda... Pero él apartaba rápidamente la vista de
aquellas imágenes y volvía la cabeza hacia el cielo azul para no dejar que el
miedo lo convirtiera en un cobarde.
El sótano constaba de una habitación grande, con un horno roto,
una caldera oxidada y... el auténtico Dador del que los otros dadores más
pequeños habían salido. Llenaba la mitad posterior de la habitación hasta el
techo, era más grande que dos elefantes.
Toby tenía miedo.
Pero eso era normal.
No corras, no corras.
Era muy parecido a las versiones más pequeñas: tentáculos por
todas partes, pero con cientos de bocas fruncidas, sin labios, sólo rajas que
en su estado de calma actual se movían lentamente. Toby sabía lo que le decía
con esas bocas. Lo quería. Quería destrozarlo, sacarle las tripas, meterse
dentro de él.
Empezó a temblar; trató desesperadamente de evitarlo, pero no
pudo.
El pequeño barco verde. Lleno de Polvo Calmante. Avanzar
lentamente y desparramar el polvo, avanzar lentamente y desparramar el polvo.
Mientras los haces de luz se movían sobre aquella cosa, detrás
de esas bocas Toby podía ver las gargantas del color de un filete crudo.
Racimos de glándulas rojas que rezumaban un líquido claro y pegajoso. El
monstruo tenía por todas partes espinas como las de los cactos. No había
cabeza, ni arriba ni abajo, ni delante ni detrás, era una masa compacta,
uniforme. Las bocas en movimiento que cubrían buena parte de la superficie le
decían que quería meterle los tentáculos en los oídos, confundirse con él, revolverle
el cerebro, convertirse en él, usarlo, porque él no era más que eso: algo para
usar, sólo carne, carne para usar.
El pequeño barco verde.
Repleto de Polvo Calmante.
Avanzar lentamente y desparramar el polvo, avanzar lentamente y
desparramar el polvo.
En la profundidad de la guarida de la bestia, con toda esa masa
monstruosa asomada por encima de él, Jack arrojó gasolina sobre los paralizados
apéndices con forma de serpiente, y sobre otras partes aún más repulsivas y
barrocas, que era mejor no mirar si esperaba volver a dormir otra vez.
Tembló al pensar que lo único que podía contener a aquel demonio
era la vivida imaginación de un chiquillo.
Quizá la imaginación fuese la más poderosa de las armas cuando
ya no había nada que decir ni hacer. Era la imaginación de la raza humana la
que había permitido soñar con una vida fuera de las frías cavernas y un posible
futuro en las estrellas.
Jack miró a Toby. Parecía tan débil bajo el reflejo de los haces
de luz de las linternas, como si su carita fuera de mármol blanco tallado.
Debía de estar en medio de un torbellino emocional, medio muerto de miedo, y
aun así, mantenía una apariencia calma, desapegada. Su expresión plácida y su
palidez marmórea recordaban los rasgos beatíficos de las figuras sagradas que
representaban las estatuas de una catedral, y, en efecto, él era la única
posibilidad de salvación que tenían.
El Dador tuvo un súbito despertar de actividad. Una onda
recorrió sus tentáculos.
Heather gimió asustada y Harían Moffit soltó el bidón de
gasolina.
El monstruo volvió a agitarse con más fuerza que la primera vez.
Las horripilantes bocas se abrieron como si fuera a chillar y toda aquella masa
húmeda y repugnante cambió de posición.
Jack se volvió hacia Toby.
El terror distorsionaba la plácida expresión del niño como si la
sombra de un avión de guerra pasara sobre un prado estival. Pero duró apenas un
instante y desapareció. Sus rasgos se relajaron rápidamente.
El Dador volvió a quedarse quieto.
—Deprisa — dijo Heather.
Harían insistió en ser el último en salir. Fue dejando un
reguero de gasolina hasta donde pensaban encender la cerilla, en el jardín, que
era más seguro. Al pasar por el salón, roció el cadáver y a su manipulador.
Nunca en su vida había tenido tanto miedo. Sentía que se le
aflojaban las tripas hasta tal punto que se asombró de no haber ensuciado
todavía su buen par de pantalones de pana. ¿Por qué tenía que ser el último en
salir? Podía haber dejado que el poli lo hiciera. Pero aquella cosa ahí
abajo...
Pensó que quería ser él quien dejase preparada la mecha por
Cindi, Luci y Nanci, también por todos los vecinos de Eagle's Roost, porque ver
a ese monstruo había hecho que se diera cuenta de que los quería más de lo que
pensaba. Hasta tenía ganas de volver a ver a las personas que hasta entonces no
le habían caído muy bien —la señora Kerry, del restaurante; Bob Falkenberg, de
la tienda—, porque de pronto comprendió que tenía mucho en común con ellos y
mucho de qué hablar. ¡Qué cosas horribles había que experimentar, qué espantos
había que ver, para recordar que uno era un ser humano y todo lo que eso
significaba!
Jack encendió la cerilla. La nieve ardió. Una línea de fuego
entró rápidamente por la puerta de la casa de los guardas. El mar negro se
levantó y agitó.
El pequeño barco verde. Avanzar lentamente y desparramar el
polvo, avanzar lentamente y desparramar el polvo.
La explosión hizo estallar las ventanas y las tablas que las
tapaban salieron volando. Las llamas chisporroteaban y subían por las paredes
de piedra.
El mar era negro y espeso como el barro, se agitaba y ondeaba
lleno de odio, quería hundirlo, lo llamaba para que saliera del barco y entrase
en la profunda oscuridad. Una parte de él casi quería hacerlo, pero seguía en
el pequeño barco verde, agarrado a la barandilla por amor a la vida, mientras
esparcía el Polvo Calmante con la mano libre para aplanar el mar frío, no se
soltaba y hacía lo que debía hacer.
Más tarde, mientras los agentes del sheriff tomaban declaración
a Heather y a Harían en los coches patrulla, y otros agentes y bomberos
registraban las ruinas de la casa principal en busca de pruebas, Jack y Toby
estaban en las caballerizas donde todavía funcionaba la calefacción. Durante un
rato se limitaron a mirar cómo caía la nieve a través de la puerta entreabierta
y se turnaban para acariciar a Falstaff, que se frotaba contra sus piernas.
—¿Ya ha acabado? —preguntó Jack al fin. — Quizá.
—¿No estás seguro?
—Poco antes del final —respondió el niño—, mientras aquello se
quemaba, parte de él se transformó en pequeños gusanos malignos, que perforaron
las paredes del sótano tratando de escapar del fuego. Pero tal vez también
hayan ardido.
—Podemos intentar buscarlos. O quizá las personas apropiadas
pueden hacerlo: los militares y los científicos que no tardarán en llegar.
Trataremos de encontrar hasta el último de ellos.
—Porque puede crecer otra vez — señaló el niño.
Nevaba menos que durante la noche y la mañana. El viento también
se había calmado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Nada volverá a ser igual —dijo Toby solemnemente — , nada...
Pero estoy bien.
«Así es la vida —pensó Jack—. El horror nos cambia porque no se
puede olvidar. Es la maldición de la memoria. Empieza cuando uno es lo
suficientemente mayor para saber lo que es la muerte y que más tarde o más
temprano perderemos a todos los seres queridos. Ya no volvemos a ser los
mismos. Pero de alguna manera nos sentimos bien y seguimos adelante.»
Once días antes de Navidad, cruzaron las colinas de Hollywood y
bajaron hacia Los Ángeles. Era un día soleado, el aire estaba
extraordinariamente limpio y las palmeras se elevaban majestuosas.
Falstaff, en la parte de atrás del Explorer, iba de una ventana
a otra inspeccionando la ciudad, olfateando el lugar como si diera su
aprobación.
Heather se moría de ganas de ver a Gina Tendero, a Alma Bryson y
a tantos viejos amigos y vecinos. Sentía, con el corazón henchido de emoción,
que volvía a casa después de años en otro país.
No era un sitio perfecto, pero era el único hogar que tenían y
esperaban poder mejorarlo.
Aquella noche, una luna llena de invierno navegaba por el cielo
y el océano estaba salpicado de chispas plateadas.
FIN


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