© Libro N°. 2976. Lucky Star Y Los Piratas De Los
Asteroides. Asimov, Isaac. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Lucky Star Y Los Piratas De Los Asteroides. Isaac Asimov
Versión Original: © Lucky Star Y Los Piratas De Los Asteroides. Isaac Asimov
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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TODA LA CULTURA
LUCKY STAR Y LOS PIRATAS DE LOS ASTEROIDES
Isaac Asimov
A
Frederick Pohl, ese amable y contradictorio individuo…
1.
LA NAVE CONDENADA
¡Quince
minutos para la hora cero!
El
Atlas aguardaba el instante de la partida. Las limpias y bruñidas líneas de la
nave espacial relucían en la poderosa luz artificial que llenaba el cielo
nocturno de la Luna. Su proa apuntaba hacia arriba, hacia el firmamento. La
rodeaba el vacío; la superficie rocosa y muerta del suelo lunar se extendía por
debajo. El número de su tripulación era cero: no había ningún ser viviente a
bordo.
El
doctor Héctor Conway, Consejero Jefe de Ciencias, preguntó:
—¿Qué
hora es, Gus?
Las
oficinas del Consejo en la Luna no le resultaban cómodas. De hallarse en la
Tierra, desde su despacho, en el piso más alto de esa masa de piedra y acero
llamada Torre de la Ciencia, le sería posible contemplar, a través de la
ventana, las luces de Ciudad Internacional.
Aquí,
en la Luna, los decoradores se habían esmerado. Las oficinas tenían ventanas
tapiadas con brillantes dibujos que representaban escenas terrestres. Estaban
pintadas con colores naturales y juegos de luces internas las iluminaban con
mayor o menor intensidad a lo largo del día para simular la mañana, el mediodía
o la noche. Aun durante las horas de descanso, una pálida luminosidad, un
brillo azul oscuro las cubría.
Con
todo, para un hombre de la Tierra, como Conway, no bastaba. Sabía muy bien que
tras los cristales de las ventanas sólo hallaría miniaturas pintadas y que, por
detrás de ellas, se hallaría con otra habitación o bien con la sólida roca
lunar.
El
doctor Augustus Henree, el interlocutor de Conway, miró su reloj. Mientras
chupaba su pipa, le respondió:
—Quince
minutos aún. No tiene sentido que te preocupes. El Atlas está en perfectas
condiciones. Yo mismo lo he inspeccionado ayer.
—Lo
sé —El cabello de Conway era blanco puro y junto al doctor Henree, delgado y de
cara afilada, parecía mayor, aunque ambos tenían la misma edad—. Es Lucky el
que me preocupa.
—¿Lucky?
—Sí.
He cogido el hábito, creo. —Conway sonrió con timidez—. Hablo de David Starr.
En estos días he oído que todos le llaman Lucky. ¿No te has enterado?
—Lucky
Starr, ¿eh? El nombre le sienta. ¿Pero qué ocurre con él? Esta idea es suya,
después de todo.
—Exacto.
Es el tipo de idea que él suele tener. Creo que la próxima será atacar el
consulado de Sirio en la Luna.
—Ojalá
lo haga.
—No
bromees. A veces pienso que tú lo apoyas en su idea de que todo debe hacerlo
como tarea de un solo individuo. Por esto he venido a la Luna; quiero vigilarlo
de cerca a él y no a la nave espacial.
—Si
a eso has venido, Héctor, no estás atendiendo la tarea.
—Oh,
vaya, no puedo estar tras él todo él tiempo, como una gallina clueca. Pero
Bigman está con él; le he dicho al hombrecito que lo despellejaría vivo si
Lucky se decide a invadir el Consulado de Sirio solo.
Henree
se echó a reír.
—Te
digo que lo hará —gruñó Conway—. Y lo que es peor es que logrará lo que se
proponga, por supuesto.
—Excelente,
entonces.
—¡Sólo
falta que tú lo alientes y alguna vez se arriesgará demasiado, y ya sabes lo
valioso que es para perderlo!
John
Bigman Jones se contoneaba sobre el piso formado por grandes placas cuadradas,
llevando con mucho cuidado su vaso de cerveza. No había campos de
seudo-gravedad fuera de la misma ciudad, de modo que allí, en el espaciopuerto,
cada uno debía hacer como mejor pudiese para marchar por una zona de gravedad
lunar. Por fortuna, John Bigman Jones había nacido y se había criado en Marte,
donde la gravedad era sólo dos quintos de la normal, de modo que su situación
actual no era tan mala. En este momento pesaba unos ocho kilogramos, en Marte
pesaría veinte y en la Tierra cuarenta y ocho.
Se
encaminó hacia el centinela, que lo había observado con mirada divertida. El
centinela llevaba el uniforme de la Guardia Nacional Lunar y estaba
acostumbrado a la baja gravedad.
John
Bigman Jones dijo:
—Eh,
tú, no te estés allí tan triste; te he traído una cerveza, tómatela a mi salud.
El
centinela le echó una mirada sorprendida y luego, con pesar, repuso;
—No
puedo; estoy de servicio, ya lo ves.
—Oh,
vaya. En fin, me haré cargo yo. Soy John Bigman Jones; llámame Bigman.
Bigman
le llegaba al centinela hasta el hombro, y éste no era un individuo muy alto,
pero tendió la mano como si la otra que tenía que estrechar llegara desde
abajo.
—Soy
Bert Wilson. ¿Eres de Marte? —el guardia miró las botas altas de Bigman, de
intenso bermellón; nadie, excepto un horticultor marciano, se dejaría coger
desprevenido en el espacio con semejante calzado.
Bigman
les echó una mirada orgullosa.
—Has
adivinado. Hace una semana que estoy atascado aquí. ¡Gran espacio! ¡Qué rocosa
es la Luna! ¿Ninguno de vosotros va a la superficie?
—Algunas
veces, cuando es necesario. No hay mucho que ver allá afuera.
—Estoy
seguro de que a mí me sentaría bien. Detesto estar sitiado aquí.
—Allí
hay una salida a la superficie.
Bigman
siguió la dirección que señalaba el pulgar del sargento, hacia sus espaldas.
Muy poco iluminado, dada la distancia que los separaba de Ciudad Lunar, el
corredor se estrechaba hacia una abertura en la pared. Bigman dijo:
—No
tengo traje.
—Aunque
lo tuvieras no podrías ir. Durante un tiempo no se permite pasar a nadie sin
permiso especial.
—¿Qué
ocurre?
—Hay
una nave espacial allí —bostezó Wilson— que va a partir —miró su reloj— dentro
de unos quince minutos. Tal vez las cosas se calmen después de la partida. No
sé bien qué ocurre.
El
centinela se balanceó sobre la superficie convexa de sus suelas de contrapeso,
mientras observaba cómo el último trago de cerveza se escurría por la garganta
de Bigman y preguntó:
—Dime,
¿has comprado la cerveza en el bar de Patsy? ¿Había mucha gente?
—Está
vacío. Oye, en quince segundos puedes ir allá y beberte una. Como no tengo nada
que hacer, me quedaré aquí para cuidar de que no ocurra nada mientras tanto.
Wilson
miró con añoranza hacia la puerta del bar de Patsy:
—Será
mejor que no.
—Es
cosa tuya.
En
apariencia, ni uno ni otro se percató de la figura que se deslizaba por el
corredor, detrás de ellos, y se filtraba por la salida que daba al espacio
exterior.
Los
pies de Wilson, casi independientes, lo llevaron en dirección al bar, pero sólo
unos centímetros. Luego, el centinela dijo:
—¡No!
Será mejor que no.
Diez
minutos para la hora cero.
Había
sido idea de Lucky Starr. Él se hallaba en la oficina terrestre de Conway el
día en que llegaron noticias de que el transporte espacial Waltham Zachary
había sido saqueado por los piratas, su cargamento desaparecido, sus oficiales
convertidos en cuerpos congelados en el espacio y la mayoría de los hombres
cautivos. La nave misma había pretendido entablar una débil resistencia y los
daños que recibiera fueron excesivos para que los piratas se dignaran llevarla
consigo. No obstante habían cogido todos los elementos desmontables: por
supuesto el instrumental e incluso los motores.
Lucky
dijo:
—El
cinturón de asteroides es nuestro enemigo. Más de mil rocas en el espacio.
—Más
que eso —Conway apagó la colilla de su cigarrillo—. ¿Pero qué podemos hacer?
Aunque
el Imperio Terrestre se dispusiera a preocuparse de la situación, los
asteroides representan un problema demasiado amplio. Una docena de veces hemos
barrido los nidos de piratas en ellos, y cada vez hemos permitido que los
problemas se reprodujesen. Veinticinco años atrás, cuando... El científico de
los cabellos canos se interrumpió en mitad de la frase. Veinticinco años atrás
los padres de Lucky habían sido asesinados en el espacio y él mismo, un niño,
había sido abandonado casi a la deriva. Los ojos calmos y oscuros de Lucky no
denotaron ninguna emoción. El joven prosiguió:
—Es
que ni siquiera sabemos dónde están los asteroides.
—Por
supuesto que no. Cien naves espaciales tendrían que trabajar durante cien años
para transmitir la información correspondiente a los asteroides mensurables. Y
aun así, la influencia de Júpiter modificará las órbitas asteroidales una y
otra vez.
—Con
todo, deberíamos intentarlo. Si enviamos una nave, los piratas tal vez no sepan
que se trata de una tarea imposible, y quizá teman las consecuencias de esa
expedición con fines cartográficos. Si se divulga la noticia, la nave podría
ser atacada.
—¿Y
entonces qué?
—Podríamos
enviar una nave automática, bien equipada, pero sin tripulantes humanos.
—Sería
muy caro.
—Pero
quizá valga la pena. Podríamos equipar la nave con cohetes salvavidas
programados para que abandonen automáticamente la nave cuando los instrumentos
capten la radiación de energía de un motor hiper-atómico acercándose. ¿Qué
crees que harían los piratas?
—Reducir
los cohetes salvavidas a virutas de metal, abordar la nave y llevarla a su
base.
—O a
una de sus bases. Exacto. Y si ven que los cohetes salvavidas intentan
alejarse, no se sorprenderán de no hallar tripulación a bordo. Después de todo,
se trataría de una nave de investigación, desarmada. En ese caso, se supone, la
tripulación no presentaría batalla.
—¿Y
adonde quieres llegar?
—También
podríamos preparar la nave para que explote en cuanto su temperatura se eleve
por encima de los veinte grados absolutos, como ocurrirá en cuanto sea llevada
a un hangar en los asteroides.
—¿Propones
una trampa para bobos?
—Una
gigantesca, que destroce todo un asteroide. Podría hacer añicos docenas de
naves piratas. Además, en los observatorios de Ceres, Vesta, Juno o Palas se
alcanzaría a ver el relámpago. Y luego, localizaríamos a los pirarías
supervivientes; de ese modo se obtendría, una valiosa información.
—Oh,
comprendo.
Y
entonces se inició el equipamiento del Atlas.
La
figura furtiva en el túnel que conducía hacia la superficie de la Luna se movió
con prisa y seguridad. Los controles sellados de la cámara de aire de salida
cedieron al rayo filiforme de una pistola micro-térmica. El metálico disco
blindado osciló. Los dedos enguantados de negro se movieron veloces; el disco
fue restituido a su posición inicial y soldado con un rayo más potente de la
misma pistola micro-térmica.
La
puerta interna de la cámara de aire se abrió, pero la alarma que habitualmente
sonaba en ese caso, permaneció silenciosa esta vez, ya que no funcionaron los
circuitos colocados tras el disco metálico. La figura penetró en la cámara de
aire y la puerta se cerró tras ella.
Por
delante se abrió la puerta exterior que se enfrentaba con el vacío; el
individuo desenrolló entonces del plástico que llevaba bajo el brazo y se
revistió con él: una especie de saco lo cubrió por entero y los ojos
aparecieron tras una banda estrecha de material siliconado transparente; en la
cintura, una pieza especial sostenía un cilindro pequeño de oxígeno líquido,
conectado a un tubo corto que se introducía en la parte superior. Era un traje
semi-espacial, diseñado para atravesar pequeñas distancias sobre superficies
sin aire, que no podía ser utilizado por períodos mayores de media hora.
Bert
Wilson, inquieto, giró la cabeza.
—¿Has
oído eso?
Bigman
bostezó sin ganas.
—No
he oído nada.
—Juraría
que era la puerta de una cámara de aire al cerrarse. Pero no ha sonado la
alarma por ahora.
—¿Tendría
que haber sonado?
—Sí,
por supuesto. Tienes que saber cuándo se abre una puerta. Y hay una campanilla
que suena cuando sale el aire; cuando no, se ve una luz encendida. De lo
contrario cualquiera podría abrir la otra puerta y hacer que se escapara todo
el aire de un corredor o de una nave espacial.
—Vale.
Si no ha sonado la alarma, no hay de qué preocuparse.
—Oh,
no estoy tan seguro.
Con
largas zancadas de seis metros dada la gravedad lunar, el guardia recorrió el
espacio hasta la puerta de la cámara de aire.
Al
pasar, se detuvo ante un panel de controles en la pared y activó tres grupos de
lámparas de gas de mercurio, iluminando todo el sector con una luz que no tenía
nada que envidiar a la del sol.
Bigman
le seguía, brincando y siempre con el riesgo de efectuar un aterrizaje forzoso
sobre sus narices.
Wilson
había desenfundado su desintegrador. Inspeccionó la puerta y se volvió hacia el
corredor vacío.
—¿Estás
seguro de no haber oído nada?
—Nada
—dijo Bigman—. Claro que no estaba atento.
Cinco
minutos para la hora cero.
El
polvo lunar se elevaba a medida que la figura cubierta por el traje espacial se
movía, lenta, hacia el Atlas. La nave brillaba al resplandor de la luz
terrestre, pero en la superficie sin aire de la Luna no proyectaba ni la más
mínima sombra en el espacio que la circundaba, excepto a uno de sus lados, el
que daba a la entrada al puerto.
En
tres brincos, la figura avanzó con movimientos lentos hacia esa sombra,
atravesando el espacio iluminado.
Una
vez junto a la escalera de acceso, comenzó a subir sorteando los escalones de
diez en diez; así llegó hasta la entrada de la nave. Tras un breve manipuleo de
los controles, la cámara de aire se abrió para cerrarse casi de inmediato.
El
Atlas tenía un pasajero. ¡Un pasajero!
El
centinela permaneció junto a la cámara de aire del corredor y la observaba como
dudando.
Bigman
hablaba sin pausa:
—He
estado aquí durante casi una semana. Me he tenido que estar controlando para no
meterme en ningún jaleo. Y eso no es nada bueno para un pendenciero espacial
como yo; no he tenido oportunidad de...
El
inquieto centinela le interrumpió:
—Tranquilo,
amigo. Mira, tú eres un buen chico y todo eso, pero hablaremos del asunto otro
día. —Por unos segundos observó el cierre de control y luego se dijo a sí
mismo: «Es gracioso.»
Bigman
resollaba amenazador. Su cara diminuta estaba encarnada. Cogió al centinela por
el codo y le hizo girar; al hacerlo estuvo a punto de perder su propio
equilibrio.
—¡Eh,
tú! ¿A quién has llamado chico?
—¡Déjame
en paz!
—¡Un
momento! Pongamos esto en claro. No te pienses que yo permitiré que alguien me
empuje sólo porque no soy tan alto como los demás. Ponte en guardia. ¡Venga!
¡Defiéndete o te romperé las narices de un puñetazo!
Bigman
giraba en torno a su presunto oponente, amenazándole con sus puños.
Wilson
le miró con total asombro:
—¿Qué
te sucede? Déjate de tonterías.
—Tienes
miedo, ¿eh?
—No
puedo pelear mientras estoy de guardia. Además, no he querido molestarte. Tengo
una tarea que cumplir y no puedo perder tiempo contigo.
Bigman
bajó los puños.
—Mira,
parece que la nave está partiendo.
No
se percibía ningún sonido, por supuesto, ya que el sonido no se transmite a
través del vacío, pero bajo los pies de ambos hombres el suelo vibraba con
suavidad, al ritmo martilleante del escape de los cohetes de una nave espacial
que iniciaba su trayectoria.
—Sí,
allá va. —Una honda arruga surcó la frente de Wilson—. Vaya, creo que no tiene
sentido que informe sobre el asunto. De todos modos ya es tarde.
Ya
se había olvidado de controlar el cierre de la puerta.
¡Hora
cero!
El
hoyo revestido de cerámica, abierto bajo el Atlas, recibía toda la furia ígnea
de los cohetes principales. Lenta y majestuosamente, la nave espacial partía,
elevándose en toda su masa imponente. La velocidad fue en aumento. Su proa
surcó el cielo negro hasta que la nave se convirtió en una estrella más entre
las estrellas y, por último, desapareció en el infinito.
El
doctor Henree observó su reloj por quinta vez y dijo:
—Bien,
ha partido. Debe de haber partido ya. —Con la boquilla de su pipa apuntó hacia
un dial.
Conway
interpretó el gesto:
—Veamos
qué nos dicen las autoridades del puerto.
Cinco
segundos más tarde, ambos observaban en el visor una toma del puerto vacío.
El
hoyo estaba abierto aún y, a pesar de la bajísima temperatura del lado oscuro
de la Luna, todavía se veían vapores.
Conway
sacudió la cabeza:
—Era
una hermosa nave.
—Aún
lo es.
—Sólo
puedo pensar en ella en pasado. Dentro de pocos días será una lluvia de metal
fundido. Es una nave perdida.
—Esperemos
que en algún lugar haya luego una base pirata también perdida.
Henree
sacudió la cabeza con tristeza.
Ambos
se volvieron en el momento en que la puerta se abrió. Bigman franqueó el
umbral. Su rostro estaba cruzado por una enorme sonrisa.
—Ah,
sí, buena idea la de venir a Ciudad Lunar. Puedes sentir cómo pierdes kilos a
cada paso que das. —Se impulsó con los pies y brincó un par de veces—. Si
hicieras esto allí afuera llegarías al techo y te verías como un perfecto
tonto.
Conway
frunció el ceño.
—¿Dónde
está Lucky?
—Yo
sé dónde está —repuso Bigman—. Yo sé dónde está en todo momento. Eh, el Atlas
acaba de partir.
—Ya
lo sé —dijo Conway—. ¿Dónde está Lucky?
—En
el Atlas, por supuesto. ¿En qué otro lugar pensaban que podría estar ahora?
2.
SABANDIJAS DEL ESPACIO
El
doctor Henree soltó su pipa, que rebotó sobre el piso de linelita, pero él no
le prestó atención.
—¿Qué?
Conway
enrojeció; junto al blanco níveo de su cabello, el rostro se le destacaba más
aún.
—¿Es
una broma?
—No.
Se embarcó cinco minutos antes de que comenzara la ignición. Yo le estaba
hablando al centinela, un tío que se llama Wilson, y no dejé que se
entrometiera. He tenido que pelear con el tipo y tal vez lo habría puesto fuera
de combate con un uno-dos —con bruscos golpes al vacío hizo la demostración—
pero se echó atrás.
—¿Se
lo has permitido? ¿No nos has dicho nada?
—¿Y
cómo? Yo tengo que hacer lo que Lucky diga. Y él me ha dicho que debía
embarcarle en el último minuto y sin que nadie lo supiera, porque usted o el
doctor Henree querrían detenerlo.
Conway
habló con acento plañidero:
—Lo
ha hecho. ¡Por el espacio! Gus, tendría que haber sabido que no era posible
confiar en este hombrecito marciano. ¡Bigman, eres un tonto! Tú sabes que esa
nave es una trampa para bobos.
—Lo
sé. Lucky también lo sabe. Y dice que no envíen otras naves detrás de él o todo
el plan se arruinará.
—Se
arruinará de todos modos, ¿no? Dentro de una hora habrá gente viajando tras él.
Henree
sacudió la manga de su amigo:
—Será
mejor que no, Héctor. No sabemos qué es lo que ha planeado, pero podemos
confiar en que se las arreglará para salir bien parado de cualquier situación
con la que. Tenga que enfrentarse. Opino que lo mejor será no inmiscuirnos.
Conway
se dejó caer sobre un sillón, tembloroso de ira y ansiedad, Bigman explicó:
—Me
ha dicho que lo hallaré en Ceres y también, doctor Conway, ha dicho que usted
debe controlar sus arrebatos.
—¡Tú...!
—comenzó Conway a responder, y Bigman salió de la oficina a toda prisa.
La
órbita de Marte ya había quedado atrás y el sol se reducía velozmente.
Lucky
Starr amaba el silencio del espacio. Luego de haberse graduado y a partir de su
incorporación al Consejo de Ciencias, el espacio se había convertido en su
hogar, más que cualquier otra superficie planetaria. Y el Atlas era una nave
cómoda; estaba aprovisionada como para una tripulación completa, y lo único que
faltaba era lo que se podría haber consumido en el trayecto hasta los
asteroides. En todos los aspectos el Atlas tendría que parecer como si, hasta
el instante del abordaje pirata, hubiese estado con todos sus hombres a bordo.
De
modo que Lucky comió bistec sintético de los huertos venusinos, pastas
marcianas y pollos terrestres deshuesados.
«Aumentaré
de peso», pensó, observando el firmamento.
Estaba
lo suficientemente cerca como para poder ver los asteroides mayores. Allí
estaba Ceres, el más importante de todos, con un diámetro que superaba los
ochocientos kilómetros. Vesta se hallaba al otro lado del Sol, pero Juno y
Palas eran visibles.
De
utilizar el telescopio de la nave, hallaría más, cientos más, tal vez miles.
Los asteroides eran, por cierto, innumerables.
Alguna
vez se había elaborado la teoría de la existencia de un planeta situado entre
Marte y Júpiter que, muchas eras geológicas antes, había estallado en
fragmentos; pero no era así. Porque, en realidad, el villano era Júpiter. Su
enorme influencia gravitacional perturbaba el espacio en un campo de cientos de
millones de kilómetros en los evos durante los cuales se formara el Sistema
Solar. Jamás podrían unirse en un único planeta las piedras cósmicas esparcidas
entre Marte y Júpiter, a causa de la fuerza de atracción de éste último.
Seguirían
constituyendo una miríada de pequeños cuerpos celestes.
Cuatro
de los asteroides mayores tenían un diámetro de doscientos kilómetros o más;
luego, los mil quinientos siguientes oscilaban entre tres y quince kilómetros
de diámetro; luego, había varios miles (nadie sabía con exactitud cuántos)
cuyos diámetros estaban por debajo de los tres kilómetros y docenas de miles
más pequeños aún y que, sin embargo, eran tanto o más voluminosos que la Gran
Pirámide.
Tal
era su cantidad que los astrónomos los denominaron «las sabandijas del
espacio».
Los
asteroides estaban diseminados por toda la zona intermedia entre Marte y
Júpiter, y cada uno describía su propia órbita. Ningún otro sistema planetario
conocido por el hombre en toda la Galaxia poseía un cinturón asteroidal
similar.
En
cierto sentido esto era bueno. Los asteroides constituían puntos de escala en
los viajes hacia otros planetas. Pero en otro sentido era malo. Todo criminal
que lograra huir a los asteroides se hallaba a salvo de captura, aun en el peor
de los casos. No existía fuerza policial que fuese capaz de registrar cada una
de esas montañas que flotaban en el espacio.
Los
asteroides menores eran tierra de nadie. Habían sido instalados observatorios
astronómicos en el más grande, el macizo Ceres.
En
Palas había minas de berilo, en tanto que en Vesta y Juno existían importantes
centros de reabastecimiento de combustible. Pero aun así restaban cincuenta mil
asteroides mensurables sobre los cuales el Imperio Terrestre no tenía poder.
Unos pocos eran aptos como puerto seguro. Algunos eran demasiado pequeños para
más de un único cohete-crucero, con espacio adicional, tal vez, para un
abastecimiento para seis meses de combustible, comida y agua.
Y
era imposible realizar un mapa de todos ellos. Tampoco en los antiguos tiempos
preatómicos, anteriores a los viajes espaciales, cuando sólo se conocían los
mil quinientos de mayor tamaño, había sido posible localizarlos en un mapa. Sus
órbitas habían sido cuidadosamente calculadas mediante observación telescópica
y, sin embargo, algunos asteroides se habían «perdido» y luego habían sido
«hallados» nuevamente.
Lucky
desechó sus ensoñaciones. El sensitivo ergómetro estaba captando pulsaciones
que provenían del exterior. En un segundo se colocó frente al tablero de
control.
La
energía constante que manaba del sol, ya fuera directa o a través de los
reflejos de relativa debilidad surgidos de los planetas, era suprimida por el
aparato. Por lo tanto, lo que ahora registraba, eran las características
pulsaciones de energía de un motor hiper-atómico.
El
solitario tripulante del Atlas accionó la conexión con el ergógrafo y el
gráfico de esa energía se materializó en un conjunto de líneas; el joven fue
interpretando el papel a medida que aparecía en la máquina y sus mandíbulas se
endurecieron.
Siempre
era posible que el Atlas cruzara su trayectoria con la de una nave normal de
carga o de pasajeros, pero el gráfico revelaba lo contrario. La nave que se
aproximaba poseía motores de diseño avanzado y distintos de los que cualquier
nave espacial terrestre pudiera llevar.
Transcurrieron
cinco minutos antes de que los datos fuesen suficientes para calcular la
distancia y la dirección de la fuente de energía.
Preparó
la placa visora para observación telescópica y el campo estelar se colmó de
motas. Con extremo cuidado buscó por entre las infinitamente silenciosas,
infinitamente distantes e infinitamente inmóviles estrellas, hasta que el
relampagueo de un movimiento fue captado por sus ojos y los cuadrantes de
lectura del ergómetro indicaron un múltiple cero.
Era
una nave pirata. ¡Sin duda! Podía definir sus contornos a partir de la mitad
qué brillaba al sol y por las luces del puerto que titilaban en la mitad en
sombras. Era una nave esbelta y graciosa que se advertía veloz y maniobrable. Y
también tenía un aire extraño, algo distinto en su línea.
Diseño
de Sirio, pensó Lucky.
Observó
en la pantalla cómo crecía la nave espacial más y más. ¿Sería como ésta la nave
que su padre y su madre vieron en el último día de sus vidas?
No
recordaba, casi, a sus padres. Pero había visto fotografías de ellos y había
escuchado relatos sin fin acerca de Lawrence y Barbara Starr de boca de Henree
y Conway. Habían sido inseparables el alto y grave Gus Henree, el colérico y
perseverante Héctor Conway y el ágil y risueño Larry Starr. Juntos habían
asistido a la universidad, juntos se habían graduado, habían accedido al
Consejo los tres a la vez y todas sus tareas las llevaron a cabo en equipo.
Y
luego, Lawrence Starr había sido ascendido y asignado a un alto cargo en Venus.
El, su mujer y su hijo de cuatro años recorrían la trayectoria hacia Venus,
cuando la nave pirata los atacó.
Por
años, lleno de amargura, Lucky se había preguntado cómo transcurrió esa hora
final en la nave destinada a la muerte. Primero, los controles principales de
la nave averiados en la popa, cuando aún pirata y víctima estaban separadas.
Luego, la voladura de las puertas exteriores de las cámaras de aire y el
abordaje. Tripulación y pasajeros se vestían con trajes espaciales, por
precaución ante la pérdida de aire cuando las cámaras fueron destruidas. Los
tripulantes armados y a la expectativa. Los pasajeros apiñados en los
compartimentos interiores, sin mucha esperanza.
Mujeres
llorando; niños gimiendo de terror.
Su
padre no estaba entre los que se escondían. Su padre era miembro del Consejo.
Se había armado para luchar; Lucky estaba seguro de ello. Tenía un recuerdo,
muy breve, grabado a fuego en su mente. Su padre, un hombre alto y robusto,
estaba de pie con un desintegrador apuntando y, en el rostro, la expresión de
lo que debió ser uno de los pocos instantes de fría ira en su vida, en el
momento en que la puerta del cuarto de controles caía dentro entre una nube de
negro humo.
Y su
madre, con el rostro húmedo y sucio, pero visible a través de la mascarilla del
traje espacial, lo colocaba en un cohete salvavidas muy pequeño.
«No
llores, David, nada ocurrirá.»
Esas
eran las únicas palabras que recordaba que su madre hubiese dicho alguna vez.
Luego
hubo un trueno a sus espaldas y él se sintió comprimido contra una pared.
Lo
hallaron en el cohete salvavidas dos días después, al recibir sus mensajes
automáticos de auxilio.
El
gobierno organizó inmediatamente una terrible campaña contra los piratas de los
asteroides y el Consejo facilitó, en ese sentido, cada uno de los mínimos datos
obtenidos en años de trabajo silencioso. Para los piratas resultó evidente que
atacar y matar hombres clave del Consejo de Ciencias era un mal negocio. Tan
pronto como se localizaba un escondite en los asteroides, se lo reducía a
cenizas y la amenaza de los piratas se redujo a revoloteos vacilantes por un
período de veinte años.
Pero
más de una vez Lucky se había preguntado si se habría asesinos de logrado
localizar la especifica nave pirata que llevaba a los sus padres. No había modo
de saberlo.
Y
ahora la amenaza revivía, en forma menos espectacular, pero mucho más
peligrosa. La piratería ya no era tarea de individuos aislados. Había adquirido
la apariencia de un ataque organizado al comercio terrestre. Más aún: a partir
de la naturaleza de la estrategia seguida, Lucky estaba convencido de que una
mente, una única mano directiva táctica estaba por detrás de todo ello. Y sabía
que él tendría que enfrentarse con esa única mente.
Una
vez más arrojó una mirada al ergómetro. El registro de energía mostraba ahora
marcas elevadas. La otra nave estaba dentro de la distancia en la que la
cortesía espacial exige mensajes rutinarios de mutua identificación. Es decir,
que se hallaba a la distancia en la que, habitualmente una nave pirata haría
sus primeros movimientos hostiles.
El
piso retembló bajo los pies de Lucky.
No
era una bala desintegradora proveniente de la nave enemiga, sino la conmoción
que producía la partida de un cohete salvavidas. Las pulsaciones de energía se
habían vuelto tan fuertes como para activar los controles automáticos en ellos
instalados.
Otra
sacudida. Y otra. Cinco en total.
Observó
la nave que se acercaba. A menudo los piratas atacaban a los salvavidas, en
parte por la macabra diversión que ello les ocasionaba, en parte para evitar
testigos que describiesen la nave atacante, suponiendo que no lo hubiesen hecho
ya, a través de las ondas sub-etéricas.
Sin
embargo, esta vez la nave pirata ignoró los salvavidas. Se aproximó hasta la
distancia de abordaje. Sus garfios magnéticos se desplegaron y se adhirieron a
la estructura exterior del Atlas y las dos naves, ahora, estrechamente unidas,
iniciaron una marcha común en el espacio.
Lucky
aguardó.
Oyó
que la cámara de aire se abría y luego se cerraba. Oyó pasos y el sonido de los
cierres de los cascos que luego dio paso al sonido de voces.
No
se movió.
Una
figura apareció en la puerta. Se había quitado el casco y los guantes, pero aún
llevaba el traje espacial cubierto de hielo. Es común que esto ocurra con los
trajes espaciales, cuando el portador pasa de una temperatura de cero absoluto,
o cercana a él, en el espacio, al aire tibio y húmedo del interior de una nave.
El hielo comenzaba a fundirse.
El
pirata advirtió la presencia de Lucky sólo después de haber avanzado un metro
dentro del cuarto de control. Y se detuvo, con la cara paralizada en una mueca
casi cómica de sorpresa. Lucky tuvo tiempo de notar el ralo cabello negro, la
nariz grande, y la cicatriz blanca que iba de la fosa nasal al incisivo,
dividiendo el labio superior en dos partes desiguales.
Con
absoluta calma Lucky soportó el escrutinio perplejo del pirata. No temía ser
reconocido. Los hombres del Consejo en actividad siempre operaban en forma casi
anónima, con la idea de que una cara muy conocida disminuiría su capacidad de
acción. El propio rostro de su padre había aparecido en las pantallas
sub-etéricas sólo después de su muerte. Con fugaz amargura Lucky pensó que tal
vez una publicidad mayor podría haber prevenido el ataque pirata. Pero, por
supuesto, era una tontería y él no lo ignoraba. En el momento en que los
piratas habían visto a Lawrence Starr el ataque había avanzado lo suficiente
como para no poder ser detenido.
Lucky
dijo:
—Tengo
un desintegrador. Lo utilizaré solamente si tú echas mano al tuyo. No te
muevas.
El
pirata abrió la boca y luego volvió a cerrarla. .
Lucky
habló una vez más:
—Si
quieres llamar a tus compañeros, puedes hacerlo.
El
pirata le miró lleno de sospechas, pero con los ojos bien fijos en el
desintegrador de su interlocutor, vociferó:
—¡Por
el espacio centelleante! Aquí hay un tipo con un juguete encima.
Se
oyó una carcajada de respuesta y una voz que gritaba:
—¡Calla!
Otro
hombre penetró en la sala de control.
—Hazte
a un lado, Dingo.
El
individuo se había quitado todo el traje espacial y su aspecto producía una
sensación de incongruencia a bordo de la nave. Sus ropas debían provenir del
sastre más a la moda en Ciudad Internacional y, sin duda, eran más adecuadas
para una fiesta elegante en la Tierra que para el abordaje de una nave en el
espacio. Su camisa tenía la textura de la mejor seda, la que sólo se consigue
con el hilado más caro de plastex; la iridiscencia del tejido era sutil y de
ningún modo ostentosa; de no ser por el cinturón ricamente ornamentado, los
pantalones ceñidos al tobillo y la camisa habrían pasado por una única prenda,
pues su color combinaba a la perfección. Los puños de la camisa hacían juego
con el cinturón y, al cuello, llevaba una banda de tejido ligero, azul cielo.
Su cabello castaño y abundante se veía rizado y con el aspecto de recibir
frecuentes cuidados.
El
individuo era media cabeza más bajo que Lucky, pero teniendo en cuenta su porte
y su actitud, el joven miembro del Consejo de Ciencias comprendió que estaría
errado si juzgaba por la vestimenta de petimetre que se trataba de un hombre
blando.
Tras
acercarse, el nuevo personaje se presentó:
—Mi
nombre es Antón. ¿Querrás bajar tu arma?
—¿Y
que me maten?
—Puede
que te matemos, pero no en este mismo momento. Antes necesito hacerte algunas
preguntas.
Lucky
no dejó de apuntar con su desintegrador.
Antón
intentó nuevamente:
—Te
doy mi palabra —un leve rubor tiñó sus mejillas—. Es mi única virtud, tal como
los hombres la entienden, pero siempre mantengo mi palabra.
Lucky
bajó su arma; Antón cogió el desintegrador y se lo tendió al otro pirata.
—Llévatelo,
Dingo, y no regreses por aquí —se giró hacia Lucky—. Los demás pasajeros se
habían marchado en los cohetes salvavidas, ¿verdad?
—Es
una trampa evidente, Antón... —respondió Lucky, pero su interlocutor le
interrumpió:
—Capitán
Antón, por favor —y sonrió, pero sus fosas nasales se dilataron.
—De
acuerdo, es una trampa, capitán Antón. Es evidente que tú sabías que esta nave
no llevaba pasajeros ni tripulación. Lo sabías mucho antes de abordarla.
—¿De
verdad? ¿Cómo lo has sabido tú?
—Te
has aproximado a la nave sin hacer señales ni disparos de advertencia; no has
desarrollado demasiada velocidad; has ignorado los cohetes salvavidas cuando se
alejaron; tus hombres han abordado la nave sin precauciones, como si no
pensaran en la posibilidad de que alguien les opusiera resistencia; el hombre
que me halló traspuso la puerta con el desintegrador enfundado. Las
conclusiones son claras.
—Estupendo.
¿Y qué haces tú en una nave sin tripulación ni pasajeros?
Con
aire torvo, Lucky respondió:
—He
venido a verte a ti, capitán Antón.
3.
DUELO DE PALABRAS
La
cara de Antón no se alteró.
—Ahora
me estás viendo.
—Pero
no en privado, capitán —los labios de Lucky se cerraron con fuerza.
Antón
echó una veloz mirada a su alrededor. Una docena de sus hombres, todos
interrumpidos en mitad de su tarea de quitarse los trajes espaciales, se había
reunido en el compartimiento y observaban y oían con gran interés.
Antón
enrojeció apenas y alzó la voz:
—Cada
uno a lo suyo, basuras. Quiero un informe completo acerca de la nave. Y tened
las armas preparadas. Puede que haya más hombres a bordo, y si algún otro es
sorprendido como Dingo, lo arrojaré por una de las puertas exteriores.
Hubo
un movimiento mínimo.
De
pronto la voz de Antón se dejó oír, convertida en un grito:
—¡De
prisa! ¡De prisa! —con un gesto veloz y reptante desenfundó su desintegrador—.
Contaré hasta tres antes de disparar. Uno..., dos...
Y ya
se habían marchado.
El
pirata se enfrentó a Lucky nuevamente. Sus ojos relampagueaban y sus fosas
nasales contraídas dejaban escapar el aire y aspiraban con movimientos bruscos.
—La
disciplina es muy importante —resolló—. Deben temerme. Deben temerme más que a
ser capturados por la Policía Espacial Terrestre. Y así una nave es un único
cerebro y un único brazo. Mí cerebro y mi brazo.
Sí,
pensó Lucky, un cerebro y un brazo, ¿pero cuál? ¿El tuyo?
Casi
infantil, amistosa y franca, la sonrisa de Antón relucía otra vez.
—Ahora
dime qué quieres.
Lucky
proyectó su pulgar un par de veces hacia el desintegrador, aún listo para
dispararse. Sonrió también él y dijo:
—¿Estás
por disparar? Si es así, adelante.
Antón
se alteró.
—¡Espacio!
Sí que tienes nervios de acero. Dispararé cuando me venga en gana. ¿Cómo te
llamas?
—Williams,
capitán.
—Eres
un hombre alto, Williams; se te ve fuerte. Y, sin embargo, yo con la presión de
mi dedo puedo matarte. Creo que es muy instructivo. Dos hombres y un
desintegrador es todo el secreto del poder. ¿Has pensado alguna vez acerca del
poder, Williams?
—Algunas
veces.
—Es
lo único que le da significación a la vida. ¿No crees?
—Quizá.
—Veo
que estás ansioso por entrar en materia. Comencemos, pues. ¿Por qué estás aquí?
—He
oído hablar de los piratas.
—Nosotros
somos hombres de los asteroides, Williams. No nos corresponde ninguna otra
palabra.
—Estoy
de acuerdo con ello. He venido a unirme a los hombres de los asteroides.
—Nos
halagas, pero mi dedo está aún sobre el contacto del desintegrador. ¿Por qué?
—La
vida es muy limitada en la Tierra, capitán. Un hombre como yo puede ser
contable o ingeniero. Hasta podría dirigir una factoría o sentarse tras un
escritorio y votar en las reuniones de directorio. Y eso no significa nada. Sea
lo que fuere, será rutina. Yo podría llegar a descubrir mi vida del principio
al fin. No habría aventura, ni ninguna incertidumbre.
—Eres
un filósofo, Williams. Prosigue.
—Y
están las colonias, pero no me atrae la vida de horticultor en Marte o de
centinela de tanques en Venus. Lo que me subyuga es la vida en los asteroides.
Allí vives entre la dureza y el peligro. Un hombre puede elevarse hasta la
posición de poder que tú tienes. Y como has dicho, el poder da sentido a la
vida.
—¿Y
te has embarcado en una nave espacial vacía?
—Ignoraba
que estuviese vacía. Debía embarcarme de algún modo y en cualquier cosa. Los
pasajes espaciales legítimos son muy caros y un pasaporte a los asteroides, en
estos días, no se obtiene con facilidad. Me había enterado de que esta nave
integraba una expedición cartográfica, así se decía, y que se dirigía a los
asteroides. De modo que he estado aguardando hasta el instante de la partida.
Ese ha sido el momento en que todos estaban ocupados en los preparativos y las
puertas exteriores aún abiertas. Un amigo mío ha puesto al centinela fuera de
circulación.
»He
supuesto que descenderíamos en Ceres. Para cualquier expedición a los
asteroides ésa es la base principal. Llegado allí, me parecía simple esfumarme
sin problemas. La tripulación estaría compuesta por astrónomos y matemáticos.
Les quitas las gafas y los dejas ciegos; les apuntas con un desintegrador y se
te mueren de terror. Una vez en Ceres, me conectaría con los pi..., los hombres
de los asteroides de una u otra manera. Simple.
—Sólo
que has tenido la gran sorpresa al recorrer la nave ¿No es eso? —preguntó
Antón.
—Te
lo diré. Nadie a bordo, y antes de que lograra comprenderlo, antes de que
comprobase que realmente no había nadie a bordo, ya partía la nave.
—¿Y
cómo ha sido, Williams? ¿Cómo ha sido que has deducido tu situación?
—No
la he deducido; la he comprobado por mí mismo.
—Bien,
veremos qué se puede averiguar. Tú y yo juntos —hizo un gesto con el
desintegrador y ordenó, secamente—: Ven.
El
jefe pirata se encaminó hacia el corredor central de la nave. Un grupo de
hombres emergió de una de las puertas. Comentaban con breves palabras lo que
habían visto, pero callaron al ver los ojos de Antón, quien les dijo:
—Acercaos.
Los
hombres obedecieron. Uno de ellos se atusó el bigote entrecano con el dorso de
la mano y dijo:
—Nadie
más a bordo de la nave, capitán.
—Bien.
¿Qué me dices de la nave?
En
un principio habían sido cuatro. Ahora otros hombres se unían al grupo.
La
voz de Antón se hizo más fuerte.
—¿Qué
pensáis todos vosotros de la nave?
Dingo
se abrió paso entre sus compinches.
Se
había quitado el traje espacial y Lucky pudo verlo tal como era. Y no resultaba
una figura agradable. Era muy corpulento, pesado, y sus brazos se arqueaban
apenas y pendían, sueltos, de los hombros voluminosos. Había abundantes
pilosidades oscuras en los nudillos de sus dedos y la cicatriz del labio
superior se estremecía. Sus ojos midieron a Lucky.
—No
me gusta —dijo.
—¿No
te gusta la nave? —preguntó Antón, con sequedad.
Dingo
dudó por un segundo. Luego enderezó sus hombros y sus brazos y afirmó:
—Apesta.
—¿Por
qué? ¿Por qué lo dices?
—La
podríamos desguazar con un abrelatas. Pregúntale a los demás y verás que están
de acuerdo conmigo. A este cesto lo han armado con palillos. En menos de tres
meses se hará trizas.
Hubo
murmullos de asentimiento. El hombre de los bigotes grises dijo:
—Excúseme
usted, capitán, pero los conductores están a la vista; es un trabajo que no
vale nada. Ya casi tienen la capa aislante quemada.
—Las
soldaduras parecen haber sido hechas de prisa —dijo otro—. La han preparado así
—haciendo chasquear los dedos índice y pulgar.
Antón
preguntó:
—¿Y
repararla?
—Nos
llevaría un año y un domingo —repuso Dingo—. No merece la pena. Además no lo
podríamos hacer aquí. Tendríamos que llevarla a una de las rocas.
Antón
se volvió hacia Lucky y explicó con tono suave:
—Siempre
nos referimos a los asteroides bajo el nombre de «rocas», ¿comprendes?
Lucky
asintió con la cabeza.
Antón
prosiguió:
—En
apariencia mis hombres no se interesan por esta nave. ¿Por qué crees que el
gobierno terrestre habrá enviado una nave vacía y en tan pésimo estado?
—Cada
vez me siento más confundido con este asunto —respondió Lucky.
—Pues
prosigamos con nuestra investigación.
Antón
abrió la marcha. Lucky le siguió de cerca. Los hombres marchaban por detrás, en
silencio. El joven sintió que su nuca le escocía. La espalda de Antón estaba
relajada, tranquila, ya que él no temía la posibilidad de un ataque por parte
de su seguidor. Pero, a espaldas de Lucky, avanzaban diez hombres armados y
carentes de escrúpulos.
Fueron
examinando los pequeños compartimentos, diseñados para economizar al máximo el
espacio. Encontraron el cuarto de computación, el pequeño observatorio, el
laboratorio fotográfico, la cocina y las literas.
Se
deslizaron hacia el nivel inferior a través de un tubo curvo y estrecho dentro
del cual el campo artificial de gravedad estaba neutralizado, de modo que
cualquier dirección podía ser «arriba» o «abajo», a voluntad. Lucky fue enviado
hacia abajo el primero y Antón le siguió. Y lo hizo tan de cerca que Lucky
apenas tuvo el tiempo necesario para dejar libre la vía, mientras sus piernas
se habían encorvado con la repentina recuperación de peso; el jefe pirata ya
estaba encima de él y sus pesadas botas espaciales cayeron a unos pocos
centímetros de la cara del hombre del Consejo de Ciencias.
Lucky
recuperó el equilibrio y se volvió con ira en los ojos, pero Antón estaba allí,
de pie, sonriendo complacido, y su desintegrador apuntaba al corazón de Lucky.
—Mil
perdones —dijo el pirata—. Por fortuna eres muy ágil, según veo.
—Sí
—murmuró Lucky.
En
el nivel inferior se hallaban el compartimiento de motores y el de la central
energética. Además, los anclajes de los cohetes salvavidas. Recorrieron los
depósitos de combustible de alimentos y de agua, los renovadores de aire y el
escudo atómico.
Antón
preguntó con voz tranquila:
—¿Qué
piensas de todo esto? Todo falso, quizá, pero no veo nada fuera de lugar.
—Es
difícil decirlo así, sin más ni más —repuso Lucky.
—Pero
tú has vivido en esta nave durante varios días.
—Sí,
pero no he gastado mi tiempo en investigaciones. Sólo he aguardado a llegar a
alguna parte.
—Oh,
eso has hecho. Bien, arriba, entonces.
Lucky
fue el primero en el tubo para subir. Pero esta vez, apenas tocó el piso, de un
brinco felino se hizo a un lado.
Transcurrieron
varios segundos antes de que Antón emergiese del tubo.
—¿Nervioso?
—inquirió.
Lucky
se sonrojó.
Uno
tras otro, aparecieron los piratas. Antón no aguardó a todos ellos, sino que se
encaminó por el corredor.
—Mira
—dijo—, tal vez creas que hemos recorrido toda la nave. Casi todos lo
asegurarían. Hasta tú mismo, ¿no dirías que la hemos recorrido por completo?
—No
—respondió Lucky con voz calmosa—, no lo diría. No hemos ido al lavabo.
Antón
frunció el ceño y por varios segundos el gesto afable se borró de su rostro;
una ira ciega y violenta relampagueó en sus facciones.
Luego
todo se desvaneció. Se acomodó el cabello que le caía sobre la frente,
observando con interés el dorso de su mano izquierda.
—Bien,
veremos qué hay allí.
Muchos
de los piratas silbaron y los restantes emitieron exclamaciones del más diverso
calibre cuando la puerta se abrió.
—Muy
bonito —murmuró Antón—. Muy bonito. Lujurioso, se podría decir.
¡Y
lo era! Sin duda alguna. Había duchas separadas, tres en total, con grifos para
agua jabonosa -templada- y agua pura -caliente o fría-. Había también media
docena de lavabos de cromo-marfil, provistos de jabón líquido, secadores de
cabello, masajeadores vibratorios. Nada de lo necesario se había olvidado.
—¡Vaya!
Nada de esto es falso —observó Antón—. Es como un programa de la cadena
sub-etérica, ¿eh, Williams? ¿Qué opinas tú de esto?
—Estoy
confundido.
La
sonrisa de Antón se desvaneció como la estela de una nave espacial lanzada a
toda velocidad.
—Yo
no lo estoy. Dingo, ven aquí.
El
jefe pirata se volvió hacia Lucky:
—Es
un problema simple. Aquí tenemos una nave sin tripulación a bordo, equipada del
modo más económico posible, como si hubiese sido preparada muy de prisa, pero
con un lavabo que es la última palabra. ¿Por qué? Supongo que, justamente, se
ha tratado de colocar la mayor cantidad posible de tuberías dentro del lavabo.
¿Y por qué? Para que no pensemos que uno o dos de los caños son falsos... ¿Cuál
es, Dingo?
Dingo
pateó un caño.
—No
lo patees, maldito idiota. Desármalo.
Dingo
obedeció. Una pistola micro-térmica emitió su rayo por un segundo. El pirata
extrajo un manojo de conductores.
—¿Qué
es eso, Williams? —preguntó Antón.
—Conductores
—fue la respuesta seca.
—Eso
ya lo sé yo, estúpido. —Una furia repentina lo invadía—. ¿Qué más? A ti te
pregunto qué más. Estos conductores están preparados para hacer estallar toda
la carga de atomita que haya a bordo, tan pronto como llevemos la nave a
nuestra base.
Lucky
se sobresaltó.
—¿Cómo
lo sabes?
—¿Te
sorprende? ¿No sabías que ésta era una enorme trampa? ¿No sabías que se ha
pensado que nosotros llevaríamos la nave a nuestra base para repararla? ¿No
sabías que también han pensado que explotaríamos nosotros y la base y que
quedaríamos reducidos a cenizas calientes? Tú estás aquí como cebo, para que
nos engañemos por completo. ¡Pero yo no soy tonto!
Los
piratas estrecharon su círculo. Dingo se relamía.
Con
un movimiento veloz Antón levantó el desintegrador y no había piedad, ni
siquiera sombra de piedad, en sus ojos.
—¡Aguarda!
¡Gran Galaxia! ¡Aguarda! No sé nada de todo esto. No tienes derecho a matarme
sin motivos. —Los músculos de Lucky estaban tensos, listos para la pelea final,
antes de la muerte.
—¡No
tengo derecho! —los ojos de Antón centelleaban, pero su desintegrador dejó de
apuntar—. Y te atreves a decir que no tengo derecho. En esta nave tengo todos
los derechos.
—No
puedes matar a un hombre valioso. La gente de los asteroides necesita de buenos
hombres. No desprecies a uno sin motivos.
Un
murmullo repentino, inesperado, se elevó de entre los piratas. Una voz dijo:
—Tiene
buenas agallas, capitán. Podemos usarlo...
La
voz se apagó cuando Antón echó una mirada en su dirección.
El
jefe pirata se enfrentó a Lucky:
—¿Por
qué eres un hombre valioso, Williams? Respóndeme y lo tomaré en cuenta.
—Le
puedo hacer frente a cualquiera aquí. A puño limpio o con cualquier arma.
—¿Ah,
sí? —los dientes de Antón quedaron al descubierto—. ¿Habéis oído, vosotros?
Hubo
un gruñido afirmativo.
—Tú
eres el desafiante, Williams. Cualquier arma. ¡Estupendo! Si sales de ésta con
vida, no te mataré. Podrás ocupar un puesto en mi tripulación.
—¿Tengo
tu palabra, capitán?
—Tienes
mi palabra y yo jamás quebranto mi palabra. La tripulación me ha oído. Si sales
de ésta con vida.
—¿Contra
quién pelearé?
—Con
Dingo. Uno de los buenos. Quienquiera que logre vencerlo es muy bueno.
Lucky
midió la enorme masa de huesos y nervios de pie frente a él; los ojillos del
pirata brillaban con anticipada alegría y, con pesar, se dijo que estaba de
acuerdo con el jefe.
Sin
embargo, con voz firme, preguntó:
—¿Con
armas o a puño limpio?
—¡Armas!
Cilindros impelentes, para ser exacto. Cilindros impelentes en el espacio
completamente abierto.
Por
unos segundos Lucky no logró conservar una expresión neutra.
Antón
sonrió.
—¿Temes
que la prueba no sea adecuada para ti? No temas. Dingo es el mejor hombre con
un cilindro impelente en todo nuestro grupo.
El
corazón de Lucky estaba a punto de detenerse. Este tipo de duelo era sólo para
expertos. ¿Quién no lo sabía? En sus días de estudiante lo había practicado
como un juego.
En
una pelea contra un profesional, significaba la muerte. ¡Y él no era un
profesional!
4.
DUELO DE VERDAD
Los
piratas se apiñaron en la parte exterior del Atlas y de su propia nave de
diseño sirio. Algunos estaban de pie, sostenidos por el campo magnético de sus
botas; otros, a fin de favorecer la visión, estaban suspendidos de cortos
cables magnéticos unidos al casco del navío espacial.
A
una distancia de ochenta kilómetros dos planchas metálicas habían sido fijadas
para cumplir las veces de vallas. Comprimidas a bordo de la nave, las planchas
metálicas no medían más de diez centímetros cuadrados; al desplegarse en el
espacio libre, se revelaron como piezas laminadas de berilo al magnesio, de
treinta metros de lado cada una. En el vacío no mostraban estar averiadas y
nada empañaba el brillo del metal; ambas giraban y los reflejos centelleantes
del sol en sus superficies pulidas emitían rayos que eran, sin duda, visibles a
mucha distancia.
—Conocéis
las reglas —la voz de Antón sonaba recia en los oídos de Lucky y, tal vez,
también en los de Dingo.
El
joven divisaba la figura de su contendiente, cubierta por el traje espacial,
como una mancha de luz a más de un kilómetro de distancia. El cohete salvavidas
que los había llevado hasta el lugar ya se alejaba, en su camino de regreso
hacia la nave pirata.
—Conocéis
las reglas —repitió la voz de Antón—. El primero que sea obligado a retroceder
hacia su propia portería es el perdedor. Si ninguno de los dos retrocede a su
portería, perderá aquel cuya arma impelente quede agotada primero. No habrá
tiempo límite. No hay posición fuera de juego. Tenéis cinco minutos para
colocaros en vuestros puestos. El arma impelente no puede ser utilizada hasta
que se dé la voz de iniciación del duelo.
No
hay posición fuera de juego, pensó Lucky. Aquí está la trampa. Los duelos con
cilindros impelentes, practicados como deporte legal, no podían desarrollarse a
más de ciento sesenta kilómetros de distancia de un asteroide que, por lo
menos, debía tener ochenta y cinco kilómetros de diámetro; el cuerpo celeste
proyectaría una atracción gravitacional pequeña, pero significativa sobre los
contendientes; tal atracción no llegaría a afectar la movilidad; en cambio,
sería suficiente para rescatar al participante que se hallara a kilómetros de
distancia en el espacio con su arma impelente agotada. Si no era recogido por
el cohete de rescate, sólo tenía que permanecer inmóvil y, en el término de
horas o a lo sumo de uno o dos días, sería atraído hacia la superficie del
asteroide.
Aquí,
por otra parte, no había asteroide alguno de ese tamaño en cientos de miles de
kilómetros a la redonda. Una impulsión podría continuar en forma indefinida. Su
fin podría o no estar en el Sol, largo tiempo después de que el desafortunado
participante del duelo hubiese muerto por asfixia, cuando su oxígeno se
agotase. En tales condiciones, lo normal era entender que, cuando uno u otro de
los duelistas pasara fuera de los límites prefijados, se aguardaría hasta su
regreso al campo de lucha.
Decir
«no hay posición fuera de juego» equivalía a decir «hasta la muerte».
La
voz de Antón llegaba clara y firme a través de los kilómetros de espacio vacío
que lo separaban del receptor de radio situado en el casco de Lucky. Su orden
fue:
—Dos
minutos para el comienzo; ajustad las señales luminosas en los trajes.
Lucky
levantó su mano hasta el pecho y accionó el interruptor allí conectado. La
lámina metálica coloreada que, momentos antes estuviera magnéticamente adherida
a su casco, ahora giraba. Era una valla en miniatura.
Unos
segundos antes, la figura de Dingo no había sido más que un punto oscuro;
ahora, de pronto, se presentó titilando como una llama rojiza. Su señal propia,
como había observado Lucky antes de partir de la nave, era verde y las planchas
metálicas eran de blanco puro.
Aun
en este momento, una porción de la mente de Lucky se hallaba bien lejos. Muy al
inicio de la situación, había intentado plantear una objeción:
—Mira,
todo esto me parece muy bien, te lo aseguro. Pero mientras estemos allí fuera,
una nave de patrullaje del gobierno terrestre podría...
Lleno
de desdén Antón repuso:
—No
tengas cuidado. Ninguna nave de patrullaje tendrá el valor necesario para
adentrarse tanto entre las rocas. Tenemos cien naves al alcance de nuestra
llamada, mil rocas en las que podríamos ocultarnos si nos es imprescindible la
retirada. Ponte el traje.
¡Cien
naves espaciales! ¡Mil rocas! Si esto era verdad, hasta ahora los piratas no
habían mostrado jamás su real poderío. ¿Qué podía ocurrir?
—¡Un
minuto! —anunció la voz de Antón a través del espacio.
Sin
vacilaciones, Lucky cogió sus dos armas impelentes. Eran objetos en forma de L
conectados mediante tubos de una goma especial y flexible a los cilindros
llenos de bióxido de carbono líquido, a altísima presión que estaban ceñidos a
su cintura. En épocas anteriores, los tubos se fabricaban con malla metálica;
pero, aunque el material era más fuerte, también resultaba más pesado, y se
sumaba al impulso y a la inercia de las armas. En los duelos de impulsión
apuntar y disparar con rapidez era esencial. Tan pronto como se inventó la
silicona fluorada, y ya que podía mantenerse como una goma flexible a la
temperatura del espacio, sin experimentar cambios por la influencia directa de
los rayos del sol, este material más liviano había sido universalmente adoptado
para los tubos de conexión.
—¡Preparados!
¡Disparen! —gritó Antón.
Una
de las armas impelentes de Dingo, por un instante, disparó su reguero. El
bióxido de carbono líquido del cilindro burbujeó con violencia, convertido en
gas, y brotó por el orificio diminuto del arma. El gas se congeló en un hilo de
cristales pequeñísimos, a quince centímetros del punto de emersión; en el medio
segundo necesario para que se formara la línea de cristales, ésta ya alcanzaba
kilómetros de longitud, y se desplazaba en una dirección, en tanto que Dingo lo
hacía en la contraria.
Era,
en miniatura, una nave espacial y la estela de sus cohetes.
Por
tres veces el «hilo de cristal» relampagueó y se perdió en la distancia;
apuntaba hacia el espacio, en dirección contraria a la posición de Lucky y cada
vez Dingo ganaba velocidad en dirección a su rival. En ese instante era muy
arriesgado evaluar la situación.
El
único cambio visible era el gradual aumento de intensidad de las señales
luminosas del traje de Dingo, pero Lucky sabía que la distancia entre ambos se
acortaba en forma violenta.
Lo
que el joven miembro del Consejo de Ciencias ignoraba era la estrategia
adecuada, la defensa más eficaz. Aguardó a que los movimientos ofensivos de su
adversario se desarrollaran.
Dingo,
a causa de su gran volumen, ya se dibujaba como una sombra humanoide, con
cabeza y cuatro extremidades, y se dirigía hacia un lado, sin hacer nada por
disparar contra su oponente. Parecía bastarle con desplazarse hacia la
izquierda de Lucky.
Pero
éste aguardó aún. El coro de gritos confusos que resonaba, momentos antes, en
su casco, se había disipado; su origen estaba en los transmisores abiertos de
los piratas.
Aunque
se hallaban demasiado distantes para ver a los duelistas, podían seguir el
avance de las señales luminosas y los relámpagos de los disparos de bióxido de
carbono. «Aguardan algo», pensó Lucky.
Y de
pronto se produjo.
Una
estela de bióxido de carbono y luego otra surgieron de la derecha de Dingo y su
trayectoria era directa hacia su adversario.
Lucky
elevó su arma impelente, listo para disparar hacia abajo y evitar un
acercamiento de posiciones. «La estrategia más segura, pensó, es ésta, moverse
lo menos posible y con la mayor lentitud posible, a fin de conservar el bióxido
de carbono.»
Pero
Dingo ya no avanzaba en dirección a Lucky. Disparó en línea recta, hacia el
frente, y comenzó a retroceder. Lucky lo observó y ya era tarde cuando sus ojos
advirtieron el rayo de luz.
La
línea de bióxido de carbono que Dingo disparara en último término avanzó hacia
adelante, pero él se había desplazado hacia la izquierda y otro tanto ocurrió
con la estela de cristales. Las dos impulsiones combinadas hicieron que el
disparo fuese directamente hacia el joven e hiciera blanco en su hombro
izquierdo.
Lucky
sintió que una verdadera explosión lo abatía. Los cristales eran delgados, pero
larguísimos y se movían a kilómetros por segundo y todos se estrellaron contra
su traje en lo que pareció la mínima fracción de un parpadeo. La figura de
Lucky se estremeció y en los oídos del joven resonaron las palabras
aprobatorias de los piratas:
—¡Le
has dado, Dingo!
—¡Qué
disparo!
—En
línea recta a su valla. ¡Míralo!
—¡Estupendo!
¡Estupendo!
—¡Mira
cómo gira el bufón!
Pero
por detrás de esa algarabía, hubo murmullos que parecían menos entusiásticos.
Lucky
giraba o, más bien, sus ojos veían girar el cielo y todos los astros que en él
había. Las estrellas atravesaban la placa visora de su casco como blancas
estelas, como si ellas mismas fueran chispas de billones de cristales de
bióxido de carbono.
No
podía ver más que innumerables trazos lumínicos confusos. Por un segundo
pareció que la explosión le había arrebatado la capacidad de pensamiento.
Un
nuevo blanco, esta vez a la altura de la boca del estómago, y otro en la
espalda, lo impulsaron más lejos aún en su camino mortal a través del espacio.
Debía
hacer algo, porque de lo contrario Dingo haría de él un balón de fútbol de uno
a otro extremo del Sistema Solar. Antes que nada debía detener el movimiento
giratorio y recuperar su equilibrio. Ahora rodaba con una trayectoria diagonal,
el hombro izquierdo casi unido a su muslo derecho; apuntó su arma en dirección
opuesta y los regueros luminosos de bióxido de carbono se expandieron del caño
una y otra vez.
Las
estrellas hicieron más lenta su marcha, hasta convertirse en puntos definidos,
casi inmóviles. El cielo tornó a ser el cielo familiar del espacio.
Una
estrella titilaba con fuerza, con un brillo sin igual. Lucky sabía que se
trataba de su propia valla. Casi en posición diametralmente opuesta, refulgía
la señal de rojo furioso de Dingo. No podía impulsarse hacia el otro lado de su
plancha metálica, porque, en ese caso el duelo estaría concluido y él sería el
perdedor. Más allá de la plancha y a un kilómetro y medio de ella era la regla
normal que fijaba la situación de fuera de combate. Por otra parte, no se podía
permitir una mayor cercanía con respecto de su oponente.
En
línea recta por encima de su cabeza elevó su pistola impelente y disparó.
Durante un largo minuto mantuvo el contacto abierto y en los sesenta segundos
experimentó la fuerza de la presión sobre la parte superior de su casco,
mientras su marcha se aceleraba en pronunciado descenso.
Era
una maniobra desesperada, porque en un minuto arrojó al espacio una carga de
gas que le hubiera bastado para media hora.
Dingo,
lleno de furia, gritó con voz ronca:
—¡Maldito
cobarde! ¡Puerco cochino!
Los
gritos de los espectadores también se elevaron con ira.
—¡Míralo
cómo huye!
—Ha
huido. ¡Dale alcance, Dingo!
—Eh,
Williams, pelea.
Lucky
vio el destello encarnado de la luz de su enemigo.
Debía
mantenerse en movimiento. No podía hacer otra cosa. Dingo era un experto y
podía hacer blanco en un meteorito de tres centímetros en el instante en que lo
viese caer. Con pesadumbre, Lucky pensó que él podría hacer blanco en Ceres,
siempre que estuviese a menos de dos kilómetros.
Hizo
uso alternativo de sus armas impelentes. A izquierda, a derecha; luego, de
prisa a la derecha, a la izquierda y a derecha nuevamente.
Pero
era inútil. Dingo parecía ser capaz de prever sus movimientos, de adelantarse
en línea oblicua, de avanzar siempre, inexorable.
Lucky
sintió que las gotas de sudor recorrían su frente y de pronto percibió el
silencio.
No
le era posible recordar el momento mismo en que se había producido, pero se
había concretado como la ruptura de un hilo, en forma abrupta. En un instante
las risas y los gritos de los piratas, se habían convertido en el silencio
mortal del espacio, donde ningún sonido sería oído jamás.
¿Habría
traspuesto el límite del alcance de las naves? ¡Imposible! Aun los más simples
radiotransmisores de un traje espacial podían abarcar varios kilómetros en el
espacio. Elevó al máximo el dial de captación en su pecho.
—¡Capitán
Antón!
Pero
fue la ruda voz de Dingo la que respondió.
—No
grites. Te oigo muy bien.
Lucky
ordenó:
—¡Pide
una tregua! Hay alguna avería en mi radio.
Dingo
estaba cerca nuevamente y ya se advertía su forma humana. Una línea
relampagueante de cristales y se aproximó aún más.
Lucky
trató de alejarse, pero el pirata no le daba respiro.
—Ninguna
avería —explicó Dingo—. Está «tocada». He aguardado para esto. Podría haberte
sacado del campo hace largo rato, pero he estado aguardando a que tu radio
quedara fuera de combate. He «tocado» un pequeño transistor antes de que te
pusieras el traje. Pero puedes hablar conmigo todavía. Tiene un alcance de dos
o tres kilómetros ahora. Vaya, al menos podrás hablar conmigo por unos minutos
más.
Paladeó
su propia chanza entre rotundas carcajadas.
Lucky
dijo:
—No
comprendo.
La
voz de Dingo, al responder, sonaba cruel y amenazante:
—Tú
me cogiste en la nave con mi desintegrador en la funda. Me has tenido en una
trampa. Me has hecho pasar por tonto. Nadie me pone una trampa y no permito que
nadie me haga pasar por tonto y viva mucho tiempo después de eso. Y no te
dejaré escapar a otro lugar para terminar contigo. ¡Te liquidaré aquí mismo!
¡Ahora mismo!
Dingo
estaba muy cerca ahora. Lucky casi podía distinguir sus facciones por detrás de
la placa de glasita de su casco.
El
joven consejero abandonó sus intentos de fluctuar de un lado a otro. Eso lo
conduciría, concluyó, a estar siempre fuera de condiciones de maniobrabilidad.
Se decidió por volar en línea recta, alejándose a buena velocidad mientras la
presión del bióxido de carbono se lo permitiese.
Pero
¿y luego? ¿Tendría que contentarse con morir en medio de la huida?
Debía
presentar pelea. Apuntó hacia Dingo pero ya no estaba cuando la línea de
cristales atravesó el espacio en que, un instante atrás, él había estado.
Repitió el intento una y otra vez. Pero Dingo era un demonio para evadirse.
Y
luego, Lucky sintió el duro impacto de un disparo de su contrincante y se halló
girando nuevamente. Con desesperación trató de detenerse, pero antes de que lo
lograra su cuerpo y el del pirata chocaron con fuerza.
Dingo
lo cogió por el traje, abrazándolo con rudeza.
Casco
contra casco. Visor contra visor.
Lucky
veía la cicatriz blanca que hendía el labio superior de su contrincante; la vio
ensancharse mientras Dingo sonreía:
—Hola,
muchacho. Encantado de verte.
Por
un segundo Dingo se separó, en apariencia, al aflojar sus brazos. Los muslos
del pirata oprimían las rodillas de Lucky y su fuerza simiesca inmovilizaba al
joven, cuyos músculos intentaron liberarse de la prisión, pero sin lograrlo.
La
separación parcial de Dingo sólo tenía por objeto liberar sus brazos, uno de
los cuales se elevó sosteniendo la pistola impelente, mientras disparaba. El
impacto recayó, directo, sobre la placa visora del casco y la cabeza de Lucky
se dobló hacia atrás, bajo el poder del disparo repentino y mortal. El brazo
inexorable tornó a elevarse, en un balanceo, mientras el otro sostenía por
detrás la nuca del joven.
—Quieto
—gruñó el pirata—, que estoy a punto de liquidarte.
Lucky
sabía que ésa era la más literal de las verdades, a menos que actuara de prisa.
La glasita era resistente y flexible, pero resistiría sólo mientras el metal lo
hiciese.
Levantó
el dorso de su mano enguantada y empujó hacia atrás el casco de Dingo,
extendiendo el brazo. El pirata echó la cabeza a un lado y se liberó del brazo
de Lucky, y por segunda vez empuñó ambas pistolas impelentes.
Lucky
dejó caer sus armas, que quedaron suspendidas de sus tubos de conexión, y con
un movimiento veloz y certero cogió los tubos de las pistolas de Dingo. Los
dedos de sus guantes de acero convirtieron el material flexible en hilos; en
sus brazos, los músculos se tensaron hasta que la sensación de dolor lo detuvo;
sus mandíbulas se petrificaron en el esfuerzo y la sangre brincó en sus sienes.
Dingo,
con la boca desfigurada en una mueca de gozo anticipado, no veía más que el
rostro descompuesto de su víctima a través de la placa visora transparente: era
un rostro contorsionado por el terror, pensaba el pirata.
Una
vez más refulgió un disparo. Una diminuta estrella relumbró en el lugar en que
el metal había sido tocado.
Luego
sucedió algo más y todo el universo pareció enloquecer.
Primero
uno y luego, casi inmediatamente, el otro, ambos tubos conectores de las dos
pistolas impelentes de Dingo se abrieron y una incontrolable corriente de
bióxido de carbono emergió de cada uno de los tubos averiados.
Los
restos de ambos conectores se retorcieron como víboras enloquecidas y Lucky se
sintió arrojado, dentro de su propio traje, a uno y otro lado, en violenta
reacción frente a la fuerza aceleratoria incontrolable.
Dingo
aulló, sorprendido y furioso y su abrazo cedió.
Ambos
estaban casi separados, pero Lucky se cogió con fuerza de un tobillo del
pirata.
La
potencia de la corriente de bióxido de carbono disminuyó, y Lucky se fue
alzando por la pierna de su contrincante, alternando ambas manos para izarse.
En
apariencia estaban detenidos, ahora.
Las
últimas bocanadas de gas no les habían impreso ningún movimiento rotativo
perceptible.
Los
tubos de las armas de Dingo estaban muertos, sueltos, extendidos hacia abajo.
Todo parecía quieto, tan quieto como la muerte misma.
Pero
era una ilusión. Lucky sabía que ambos se movían a kilómetros por segundo en
cualquiera que fuese la dirección en que los había impulsado el bióxido de
carbono. Estaban los dos solos y perdidos en el espacio.
5.
EL ERMITAÑO EN LA ROCA
Ahora
Lucky estaba sobre la espalda de Dingo y sus muslos le apretaban la cintura.
Le
habló con tono suave y terminante:
—¿Me
oyes, Dingo, no es verdad? No sé dónde estamos ni hacia dónde vamos, pero tú
tampoco lo sabes. De modo que nos necesitamos mutuamente, Dingo. ¿Harás un
pacto conmigo? Tú puedes saber dónde estamos porque tu radio puede llegar hasta
las naves, pero no puedes regresar sin bióxido de carbono. Yo tengo bastante
para los dos, pero te necesito para que guíes.
—Al
espacio contigo, ¡basura! —vociferó Dingo—. Cuando haya terminado contigo, yo
tendré los cilindros impelentes.
—No
lo creo —respondió Lucky con frialdad.
—También
te piensas que los has despistado a ellos. ¡Adelante! ¡Adelante, cochino
embaucador! ¿Y qué ganarás? El capitán vendrá por mí donde quiera que esté y tú
estarás por allí, flotando a la deriva, con el casco deshecho y la sangre
congelada sobre tu cara.
—No,
amigo mío. Hay algo en tu espalda, y tú lo sabes. Quizá no lo puedas sentir a
través del metal, pero está aquí. Te lo aseguro.
—Una
pistola impelente. ¿Y qué? Eso no quiere decir nada mientras estemos juntos.
Pero
sus brazos cesaron de contorsionarse para coger a Lucky.
—No
soy un profesional de duelos a pistola impelente —Lucky parecía contento de
poder declarar tal cosa—. Pero aun así sé mucho más que tú acerca de este tipo
de pistolas. Los disparos se intercambian a kilómetros de distancia. No hay
resistencia de aire que aminore la velocidad o cambie el curso de la corriente
de gas, pero hay resistencias internas. Siempre se produce alguna turbulencia
en la corriente. Los cristales se entrechocan y su velocidad disminuye. La
línea de gas se hace más ancha. Si no hace blanco, se esparce en el espacio y
se desvanece, pero si hace blanco, aún puede golpear como la coz de una mula,
después de kilómetros de recorrido.
—¡Por
el espacio! ¿De qué me estás hablando? ¿Adónde quieres ir a parar con esa
palabrería?
El
pirata se revolvió con fuerza de toro y Lucky gruñó mientras estrechaba sus
piernas en torno a la cintura de Dingo.
—A
algo muy simple: ¿qué crees tú que ocurre cuando el bióxido de carbono hace
blanco a cinco centímetros de distancia, antes de que una turbulencia haya
disminuido su velocidad o haya ampliado la anchura de la corriente? No intentes
adivinarlo, te lo diré yo: puede cortar en dos tu traje y, por supuesto,
también tu cuerpo.
—¡Tonterías!
¡Estás chalado!
Dingo
profirió cuanta palabrota integraba su léxico, pero de pronto, todos sus
movimientos se aquietaron.
—Inténtalo,
pues —invitó Lucky—. ¡Anda, muévete! Mi pistola está contra tu traje y tengo el
dedo en el contacto. ¡Inténtalo!
—Me
tomas por tonto —gruñó Dingo— No has vencido en buena ley.
—Mi
visor tiene una fisura —dijo Lucky— Los hombres sabrán quién es el tonto. Te
doy medio minuto para que te decidas o no, a aceptar el pacto.
Los
segundos transcurrieron en silencio.
Lucky
advirtió el movimiento de la mano de Dingo y dijo:
—Adiós,
Dingo.
El
pirata, aterrado, gritó:
—¡Aguarda!
¡Aguarda! Estoy ampliando mi onda de emisión —luego llamó—, capitán Antón...,
capitán Antón...
El
regreso a las naves espaciales les llevó una hora y media.
El
Atlas se movía otra vez por el espacio, dentro de la estela de la nave pirata.
Sus circuitos automáticos habían sido cambiados por controles manuales y tres
de los piratas integraban ahora su tripulación y controlaban el vuelo. Y, como
antes, en la lista de pasajeros había un solo nombre: Lucky Starr.
El
joven estaba confinado en una cabina y podía ver a sus guardianes únicamente
cuando ellos le llevaban sus raciones. Las raciones del Atlas, pensaba Lucky, o
lo que de ellas quedara. La mayor parte de la comida y del equipo no necesario
para la maniobra inmediata de la nave había sido transportada al navío pirata.
Los
tres piratas, juntos, le llevaron su primera comida. Eran hombres secos,
bronceados por el implacable sol del espacio.
En
silencio le entregaron la bandeja, inspeccionaron la cabina con gran precaución
y permanecieron allí, de pie, mientras el prisionero abría las latas y
aguardaba a que el contenido se entibiara; luego se llevarían las sobras.
Lucky
les dijo:
—Siéntense,
caballeros. No tienen que permanecer de pie mientras yo como.
No
respondieron. Uno de ellos, el más flaco y descarnado de los tres, con una
nariz que en alguna pelea había resultado rota y ahora estaba desviada hacia un
lado, y una nuez que se proyectaba, aguda, hacia afuera, miró a sus compañeros,
como si se sintiera movido a aceptar la invitación. Pero no halló ningún eco
entre sus compañeros.
La
comida siguiente vino de la mano de Nariz Rota, solo. El hombre dejó la
bandeja, volvió hasta la puerta y la abrió. Luego de mirar a uno y otro lado en
el corredor, cerró la puerta nuevamente y dijo:
—Me
llamo Martín Maniu.
Lucky
sonrió:
—Y
yo Bill Williams. Los otros dos no quieren hablar conmigo, ¿eh?
—Son
amigos de Dingo. Pero yo no lo soy. Tal vez seas un hombre del gobierno, como
piensa el capitán, tal vez no lo seas. No sé. Pero, para mí personalmente,
quien le haga a esa basura de Dingo lo que tú le has hecho, es buena persona.
Ese Dingo es astuto y pega fuerte. Me venció una vez, en un duelo con pistolas
impelentes, hace tiempo, cuando yo era nuevo; casi me incrustó en un asteroide.
Y sin motivo. Después aseguró que había sido un error, pero mira, él no es de
los que cometen errores con una pistola de ésas. Te has hecho muchos amigos, sí
señor, al traer a rastras a esa hiena.
—Me
alegro mucho.
—Pero
cuídate de él. No lo olvidará jamás. No te quedes solo con él en los próximos
veinte años. Te lo advierto. No es cuestión de vencerlo. En este caso está el
engaño ése de cortar el metal con el bióxido de carbono. No hay quien no se ría
de él y se ha puesto malo con el chiste. Y te aseguro que está muy furioso; es
lo mejor que le ha ocurrido hasta ahora. Hombre, espero que el jefe te acepte y
es casi seguro que lo hará.
—¿El
jefe? ¿El capitán Antón?
—No,
el jefe, el tipo importante. Eh, tú, la comida que tenías a bordo es muy buena.
Especialmente la carne —el pirata hizo chasquear los labios con fuerza—. Te
puedes enfermar comiendo estas papillas de levadura, sobre todo si estás solo y
a cargo de la nave.
Lucky
limpiaba los restos de su comida.
—¿Quién
es ese tipo?
—¿Quién?
—El
jefe.
Maniu
se encogió de hombros.
—¡Espacio!
No lo sé. No pensarás que un tipo como yo se lo va a cruzar a cada instante;
alguno de los compañeros ha hablado de él. Y además tiene que haber algún jefe.
—Es
complicada la organización.
—Hombre,
hasta que te metes dentro, no lo sabes. Oye, yo estaba casi muerto cuando
llegué aquí. Ya no sabía qué hacer. Y pensé: bueno, asaltaremos unas cuantas
naves y luego cogeré lo mío y me marcharé. Cualquier cosa era mejor que morirse
de hambre, como yo me moría.
—¿Y
no ha sido así?
—No.
Jamás he estado en una expedición de ataque. Pocas veces interviene uno de
nosotros. Van unos pocos, como Dingo; él sale todo el tiempo y le gusta a esa
basura. La mayoría de las veces, cuando vamos, nos dan algunas mujeres. —El
pirata sonrió—. Hasta he tenido mujer y un hijo. Ahora te costaría creerlo,
¿no? Pues sí, teníamos un proyecto propio: nuestra nave espacial. Muy de vez en
vez tengo que cumplir alguna misión en el espacio, como ahora, por ejemplo. Es
una vida tranquila, y tú podrías llevarla si te unes a nosotros. Un chico guapo
como tú puede conseguir mujer en un segundo y asentarse. Y también hallarás
mucha acción, si es eso lo que buscas. ¡Sí, señor! Bill, espero que el jefe te
acepte.
Lucky
le acompañó hasta la puerta.
—Y
ahora, ¿adonde vamos?, ¿a una de las bases?
—A
alguna de las rocas, creo. La que esté más cerca. Te quedarás allí hasta que
llegue la orden. Es lo que se hace siempre. —Al cerrar la puerta, agregó—: No
le digas a los muchachos, ni a nadie, que he estado hablando contigo, ¿eh,
chico?
—No
tengas cuidado.
Con
suavidad, lentamente, una vez solo, Lucky acomodó su puño en la palma de su
mano. ¡El jefe! ¿Eran simples habladurías? ¿Chismorreos? ¿O tenían algún
significado? ¿Y qué quería decir el resto de la conversación? Debía aguardar.
¡Galaxia! Si Conway y Henree tuvieran el sentido común suficiente como para no
interferir por un tiempo.
Lucky
no tuvo oportunidad de ver la «roca» cuando el Atlas se aproximó, hasta que,
precedido por Martín Maniu y seguido por un segundo pirata, emergió de la
cámara de aire y se halló en el espacio, con un asteroide a menos de cien
metros de sus pies.
Era
un asteroide típico; Lucky estimó que su largo mayor no llegaría a cuatro
kilómetros. Era anguloso y escarpado, como si se tratara del pico de una
montaña que un gigante hubiese arrancado para arrojar al espacio. El lado que
recibía luz del sol se veía grisáceo y castaño, y era evidente que rotaba; las
sombras, cambiantes, se deslizaban sin cesar.
Al
abandonar la cámara de aire saltó hacia abajo, hacia la superficie rocosa,
flexionando sus piernas. La roca flotó lentamente, elevándose hacia él. Cuando
sus manos tocaron el suelo, la inercia lo forzó a dejar caer su cuerpo, en un
lentísimo movimiento, hasta que logró cogerse de una piedra y pudo ponerse de
pie.
Se
irguió; la roca casi ofrecía la ilusión de una superficie planetaria. Sin
embargo, por detrás de los picos más cercanos, nada había que no fuese el mismo
espacio. Las estrellas, visiblemente móviles mientras la roca tiraba, se veían
como definidos brillos intensos. La nave espacial, que había sido puesta en
órbita en torno a la roca, permanecía inmóvil arriba.
Un
pirata señaló el camino hacia una elevación rocosa que en nada se diferenciaba
de las otras; el individuo recorrió los quince metros de distancia en dos
largos pasos. Mientras aguardaban, una sección de la piedra se deslizó hacia un
costado y de la abertura surgió una figura vestida con traje espacial.
—Muy
bien, Herm —dijo uno de los piratas, con voz áspera—, aquí está. Lo dejamos a
tu cuidado ahora.
La
voz que sonó a continuación en el receptor de Lucky era suave y fatigada:
—¿Cuánto
tiempo permanecerá conmigo, caballeros?
—Hasta
que regresemos a buscarle. Y no hagas preguntas.
Los
piratas se volvieron y saltaron hacia arriba. La gravedad de la roca no podía
detenerlos; flotaron suavemente y luego de unos minutos, Lucky vio un diminuto
reflejo de cristales, cuando uno de los hombres corrigió su dirección mediante
una pequeña pistola impelente, usada en forma rutinaria con esos fines y que
integraba el equipamiento básico de cualquier traje. Su depósito de gas estaba
en unos cartuchos diminutos, llenos de bióxido de carbono.
Transcurrieron
unos minutos y los cohetes traseros de la nave espacial dejaron ver su
resplandor rojo y se inició su nueva trayectoria.
Era
inútil intentar ver en qué dirección se marchaba la nave, Lucky lo sabía muy
bien, sin conocer en qué lugar del espacio se hallaban. Y exceptuando la vaga
noción de que ése era un punto en el cinturón de asteroides, nada más sabía por
ahora.
Tan
honda era su preocupación que casi se sobresaltó al oír la voz suave del hombre
del asteroide, que decía:
—Esto
es hermoso. Me asomo tan pocas veces afuera, que a menudo olvido el
espectáculo, ¡mire allá!
Lucky
giró hacia su izquierda. El sol, pequeño, asomaba por encima del borde quebrado
de la roca; por un momento su brillo fue tan intenso que se hizo imposible
mirarlo directamente. Era una moneda de oro resplandeciente. El cielo, negro
unos minutos antes, seguía viéndose negro y las estrellas refulgían sin merma.
Y esto se debía a la carencia de aire en un mundo en que no existía el polvo
para dispersar la luz del sol y convertir al cielo en una máscara de azul
profundo.
El
hombre del asteroide dijo:
—Dentro
de unos veinticinco minutos se pondrá otra vez. En ocasiones, cuando Júpiter
está muy cerca, lo puedes llegar a ver, como una pequeña bola de mármol, con
sus cuatro satélites, como chispas alineadas en formación de batalla. Pero sólo
ocurre cada tres años y medio. Y ésta no es la época.
En
forma brusca, Lucky preguntó:
—Esos
hombres le han llamado Herm, ¿es ése su nombre?, ¿es usted uno de ellos?
—¿Me
pregunta si soy un pirata? No. Pero admitiré que soy algo así como un
encubridor. Y mi nombre no es Herm; ésa es una expresión que ellos utilizan
para los ermitaños en general. Mi nombre, señor, es Joseph Patrick Hansen, y ya
que debemos ser compañeros en un lugar tan estrecho y durante un período
indefinido, espero que seamos amigos.
Y
tendió una mano recubierta por el guante metálico que Lucky cogió.
—Yo
soy Bill Williams —dijo—. ¿Dice usted que es un ermitaño? ¿O sea que vive aquí
todo el tiempo?
—Así
es.
Lucky
arrojó una mirada a las pobres astillas de granito y sílice y frunció el ceño.
—No
se ve muy acogedor este sitio.
—A
pesar de todo, intentaré hacer lo que pueda para que usted se sienta cómodo.
El
ermitaño tocó un punto en la roca a través de la cual emergiera, y una parte de
la piedra rodó hasta dejar libre una abertura.
Lucky
advirtió que los bordes estaban biselados y recubiertos de ultrium o algún
material parecido, para asegurar un cierre hermético.
—¿Quiere
usted entrar, señor Williams? —invitó el ermitaño.
Lucky
aceptó. El sector de roca se cerró a sus espaldas. Tan pronto como la puerta se
hubo cerrado, una diminuta luz de flúor se encendió, disipando la oscuridad; se
hizo visible una pequeña cámara de aire, no mayor de lo que se necesitaba para
dos personas.
Una
lucecita roja centelleó y el ermitaño dijo:
—Puede
usted abrir su casco. Ya tenemos aire.
Y
mientras hablaba, él mismo puso en ejecución su orden.
Lucky
lo imitó, aspirando bocanadas de aire fresco y claro. No estaba mal. Era mejor
que el aire de la nave espacial. Sin lugar a dudas.
Pero
fue cuando la puerta interna de la compuerta se abrió, que el viento se abatió
sobre Lucky en una fuerte ráfaga.
6.
¿QUE SABRÁ EL ERMITAÑO?
En
la Tierra, Lucky había visto muchas salas lujosas como ésta. Medía más de nueve
metros de largo, por seis de ancho y nueve de altura. Una galería la
circundaba; por debajo y por arriba de ella se veían anaqueles con libros en
microfilme. Un proyector de pared se asentaba sobre un pedestal; en otro, igual
al primero, brillaba como una joya una maqueta de la Galaxia. La iluminación
era por completo indirecta.
Tan
pronto como puso un pie en la sala, sintió la atracción creada por motores de
seudo-gravedad. No estaba al nivel de la normal en la Tierra; su percepción le
indicaba que debía hallarse entre la normal de Marte y la de la Tierra. Resultaba
así una deliciosa sensación de liviandad, unida a una atracción que permitía
coordinar por entero los movimientos musculares.
El
ermitaño se había quitado el traje espacial y lo había colgado sobre una pila
blanca de plástico, dentro de la cual la fina capa de hielo que recubría al
traje podría fundirse al calor del aire húmedo de la sala.
Hansen
era un hombre alto y erguido, de cara rosada y facciones suaves, pero su
cabello era blanco, al igual que sus hirsutas cejas, y gruesas venas le
recorrían el dorso de las manos.
Con
notoria cortesía preguntó:
—¿Me
permite ayudarle con su traje?
Lucky
volvió a la realidad.
—Oh,
está bien —se desvistió con rapidez—. Tiene usted un lugar poco común aquí.
—¿Le
agrada? —sonrió Hansen—. Me ha llevado muchos años ponerlo en estas
condiciones. Aunque no sólo esto constituye mi pequeño hogar.
Parecía
estar colmado de un sosegado orgullo.
—Me
imagino que no —repuso Lucky—. Ha de haber una sala de máquinas para la luz y
la calefacción y para mantener constante el campo de seudo-gravedad. Además,
debe tener aquí un purificador de aire y re-abastecedor, provisión de agua, de
alimentos, en fin, ese tipo de cosas.
—Así
es.
—No
parece tan mala la vida de ermitaño.
El
solitario, era evidente, se sentía a la vez orgulloso y halagado.
—No
tiene por qué serlo —dijo—. Siéntese, Williams, tome asiento. ¿Algo para beber?
—No,
gracias. —Lucky se arrellanó en un sillón; el asiento y el respaldo, normales
en apariencia, ocultaban un suave campo magnético que cedía al peso sólo hasta
establecer un equilibrio que adaptaba la superficie del sillón a cada curva del
cuerpo—. ¿Aunque quizá usted pueda ofrecerme una taza de café?
—Sin
duda.
El
viejo se dirigió a un compartimiento.
En
pocos segundos regresó con un par de tazas de café fragante y caliente.
El
brazo del sillón de Lucky, bajo la presión adecuada de la mano de Hansen, dejó
ver una estrecha superficie de apoyo y el ermitaño colocó allí una de las
tazas. Luego se detuvo un instante, observando al joven.
—¿Sí?
—Lucky lo observó a su vez.
Hansen
sacudió la cabeza:
—Nada.
Nada.
Ambos
estaban frente a frente. Las luces en los rincones más alejados de la sala se
debilitaron y sólo la zona inmediata a los dos hombres tenía una luminosidad
suficiente para la visión.
—Ahora,
si usted puede excusar la curiosidad de un hombre viejo —dijo el ermitaño—,
querría preguntarle por qué ha venido hasta aquí.
—No
he venido. Me han traído —dijo Lucky.
—Es
decir que usted no es un... —Hansen hizo una pausa.
—No,
no soy un pirata. Por lo menos, no todavía.
Hansen
apoyó su taza; su rostro denotaba cierta preocupación.
—No
comprendo. Quizá he dicho algo que no debería haber dicho.
—No
se preocupe usted. Seré uno de ellos dentro de poco tiempo.
Lucky
terminó su café y luego, eligiendo las palabras con especial cuidado, comenzó a
relatar cómo había abordado el Atlas en la Luna, y prosiguió hasta llegar al
actual momento.
Hansen
escuchó absorto.
—Y
ahora que ha visto cómo es esta vida, ¿está usted seguro, joven, de que esto es
lo que quiere hacer?
—Estoy
seguro.
—¿Por
qué, por el amor de la Tierra?
—Por
eso exactamente: por el amor de la Tierra y por lo que ella me ha hecho. No es
lugar para vivir. ¿Por qué ha venido usted a vivir aquí?
—Oh,
es una larga historia. Pero no tema, ni se alarme, no se la contaré. Hace años
compré este asteroide para utilizarlo como lugar para unas vacaciones breves, y
sucedió que me gustó. Fui ampliando mi sala de estar, comprando algún
mobiliario y libros en microfilme en la Tierra poco a poco. Y dé pronto me
hallé con que tenía aquí todo lo que necesitaba; ¿por qué no quedarme aquí en
forma permanente?, me dije. Y así lo he hecho.
—Muy
bien. ¿Por qué no? Ha sido una decisión inteligente. Allá todo es una
catástrofe; demasiada gente; demasiados trabajos rutinarios; casi imposible
partir hacia algún planeta y, sí lo logras, es para hacer un trabajo manual. Ya
no hay oportunidades para un hombre, a menos que elija vivir en los asteroides.
Todavía no tengo los años suficientes como para quedarme quieto, como usted.
Para un hombre joven, ésta es una vida libre y estimulante. Siempre existe la
posibilidad de convertirse en jefe.
—Los
que ahora son jefes no gustan de los tipos jóvenes con ideas acerca del mando
en sus cabezas. Antón, por ejemplo; ya lo he visto y le conozco.
—Tal
vez, pero hasta el momento no ha quebrantado su palabra —respondió Lucky—. Me
ha dicho que si vencía a ese Dingo, tendría oportunidad para unirme a los
hombres de los asteroides. Y parece que estoy a punto de obtener mi
oportunidad.
—Pues
parece que usted está aquí y eso es todo. ¿Qué ocurrirá si él vuelve con la
prueba, o lo que él denomine prueba, de que usted es un espía del gobierno?
—No
la tendrá.
—Pero
supongamos que sí, sólo para desembarazarse de usted.
El
rostro de Lucky se ensombreció y una vez más Hansen le observó con aire
curioso, frunciendo el entrecejo.
Lucky
repitió:
—No
la tendrá. Él puede utilizar a un hombre que sea de los buenos y lo sabe.
Además, ¿por qué me está predicando? Usted está fuera del asunto, pero juega al
balón con ellos.
Hansen
bajó los ojos.
—Es
verdad. No debería inmiscuirme en sus cosas. Es que, al haber estado solo tanto
tiempo, hablo en exceso cuando viene alguna persona, nada más que para oír el
sonido de las voces. Vaya, ya estamos sobre la hora de la cena. Me será grato
comer con usted, en silencio, si lo prefiere. O tal vez podamos hablar de
cualquier otro tema de su elección
—Pues...
gracias, señor Hansen. No estoy molesto, se lo aseguro.
—Estupendo.
Lucky
siguió a Hansen; transpusieron una puerta y se hallaron en una pequeña despensa
con anaqueles careados de comida enlatada y concentrados de toda especie.
Ninguna de las marcas era familiar para Lucky. En cambio, el contenido de cada
bote estaba indicado con letras de brillantes colores, impresas en relieve
sobre el metal.
Hansen
explicó:
—He
tenido, en otro tiempo, la costumbre de conservar carne fresca en un cuarto
especial refrigerado. En un asteroide, como usted sabrá, siempre es posible
obtener la temperatura adecuada. Pero desde hace un par de años sólo puedo
comprar este tipo de alimentos.
Escogió
media docena de botes de los anaqueles, más un envase de leche concentrada.
Luego
pidió a Lucky que cogiera de un anaquel inferior una garrafa sellada de cuatro
litros de agua.
El
ermitaño acomodó la mesa de prisa. Los botes eran de los del tipo de
auto-calentamiento y en su interior venían provistos de los cubiertos
adecuados.
Con
aire divertido, Hansen observó:
—Tengo
un valle entero colmado hasta los topes con los botes que tiro: una acumulación
de veinte años.
La
comida era, por cierto, excelente, pero su sabor tenía un dejo extraño. Se
trataba de alimentos a base de levadura, es decir, del tipo que sólo el Imperio
Terrestre estaba en condiciones de producir. En ningún otro punto de la
Galaxia, la presión del número de habitantes era tan grande y, por
consiguiente, las bocas a alimentar tantas, como para que se hubiera
desarrollado la cultura alimenticia de la levadura. En Venus, donde se obtenía
la mayor parte de los productos de levadura, era posible manufacturar una
variedad casi ilimitada de imitaciones de comida: bistecs, nueces, mantequilla,
golosinas. Y todo era tan nutritivo como cualquiera de esas cosas en su estado
originario, natural. Sin embargo, el paladar de Lucky advertía que el sabor no
era del todo venusiano. Todo tenía un especial e indefinible gustillo.
—Excúseme
por ser tan curioso —interrogó—, pero todo esto cuesta dinero, ¿no es verdad?
—Oh,
sí, y yo tengo algo. Tengo cuentas en la Tierra y tienen fondos. Mis letras
siempre han sido pagadas, o al menos lo fueron hasta hace menos de dos años.
—¿Y
qué sucedió entonces?
—Las
naves de abastecimiento no han llegado hasta aquí en este último tiempo.
Demasiado riesgo: los piratas. Ha sido un golpe duro. Pero yo tengo una buena
provisión de la mayoría de los alimentos. No sé cómo se las compondrán los
otros.
—¿Los
otros?
—Los
otros ermitaños. Somos varios cientos en total. Y no todos han tenido mi misma
suerte. Muy pocos son los que han logrado que su espacio vital sea tan cómodo
como éste, pero, con todo, tienen lo esencial. Por lo común, son individuos
mayores, como yo: sus mujeres han muerto, los hijos han crecido, el mundo se ha
tornado distinto y extraño, y entonces se alejan, buscan la soledad. Si han
hecho algunos ahorros, en principio pueden adquirir un asteroide pequeño. El
gobierno no interfiere; si el asteroide tiene menos de ocho kilómetros de
diámetro, es suyo. Luego, si alguno lo desea, puede comprar un receptor
sub-etérico y estar en contacto con el universo. O, de lo contrario, puede
comprar libros en microfilmes, o conseguir reseñas de noticias que llegan en
las naves de abastecimiento una vez al año. La otra alternativa es comer,
dormir, descansar y aguardar la hora de la muerte, si uno lo prefiere. A veces
querría saber algo más de todos ellos.
—¿Y
por qué no los trata?
—Muchas
veces he sentido ese impulso, pero ninguno de ellos es persona de trato fácil.
Y, después de todo, han venido aquí para estar solos, y yo mismo he venido a
eso.
—Pero...
¿y qué ha hecho usted cuando las naves de abastecimiento dejaron de traer
alimentos?
—En
un primer momento, nada. Supuse que, sin duda, el gobierno se encargaría de
aclarar la situación, y además yo había almacenado provisiones suficientes para
meses. En realidad, con un cierto racionamiento, podría haber aguantado todo un
año, tal vez. Pero luego ha venido la nave pirata.
—¿Y
usted entró en tratos con ellos?
El
ermitaño se encogió de hombros. Sus cejas se juntaron en un gesto de
preocupación y la comida finalizó en silencio.
Al
levantarse de la mesa, Hansen reunió los botes y los cubiertos y los situó
dentro de un recipiente adosado a la pared que daba a la despensa. Lucky oyó un
sonido apagado de metal que choca contra otro metal; pronto se restableció el
silencio.
Hansen
explicó:
—El
campo de seudo-gravedad no llega al tubo de residuos; una bocanada de aire y
caen al valle del que le he hablado antes, aunque está a más de un kilómetro y
medio de distancia.
—Supongo
—dijo Lucky— que si la bocanada de aire fuese apenas más fuerte, usted se
desembarazaría de todos los botes y los cubiertos.
—Sí,
claro. Creo que la mayoría de los ermitaños lo hacen. Tal vez todos lo hagan.
Sin embargo, es una idea que no me agrada. Sería malgastar el aire y también el
metal. Quizá algún día podamos utilizar esos botes. ¿Quién puede saberlo?
Además, aunque muchos de esos objetos se diseminarían en el espacio, estoy
seguro de que otros girarían en torno a este asteroide como lunas pequeñas y es
poco edificante pensar que estás acompañado en tu órbita por tus propios
desperdicios. ¿Tabaco? ¿No? ¿Le molestará si fumo?
Encendió
un cigarro y con la mirada tranquila prosiguió.
—Los
hombres de los asteroides no pueden abastecerme de tabaco con regularidad, de
modo que éste se ha convertido en un placer raro para mí.
Lucky
preguntó:
—¿Ellos
le abastecen de todas las demás provisiones?
—Sí,
así es. Agua, recambios para las máquinas, unidades de energía. Es un arreglo
mutuo.
—¿Y
usted qué hace por ellos?
El
ermitaño observó largamente la punta encendida de su cigarro.
—No
mucho. Ellos utilizan esta roca. Bajan aquí con sus naves y yo no informo al
respecto. Aquí dentro no llegan y lo que hagan afuera no es asunto mío. Y no
quiero enterarme. Es lo más seguro. En algunas ocasiones me dejan hombres aquí,
como lo han hecho ahora con usted, y luego los recogen. Pienso que a veces se
detienen aquí para reparar alguna avería menor. A cambio de todo esto me traen
lo que necesito.
—¿Aprovisionan
a todos los ermitaños?
—No
lo sé. Quizá.
—Sería
necesaria una cantidad importante de provisiones. ¿De dónde las obtendrán?
—Capturan
naves espaciales.
—No
han de bastar para abastecer a centenares de ermitaños y a sí mismos.
Necesitarían una importante cantidad de naves espaciales.
—Pues
no lo sé.
—¿Y
no le interesa? Es muy fácil la vida que usted lleva aquí, pero quizá la comida
que acabamos de consumir provenga de una nave cuya tripulación está convertida
en cadáveres congelados que giran en torno de algún otro asteroide, como
desperdicios humanos. ¿Nunca ha pensado en ello?
El
ermitaño enrojeció y un gesto de dolor se dibujó en sus facciones:
—Usted
se toma venganza porque antes le he estado predicando. Tiene razón, ¿pero qué
puedo hacer yo? No he abandonado ni traicionado al gobierno; ellos me han
abandonado y traicionado. En la Tierra, mi estado paga impuestos, ¿por qué no
recibo protección, pues? De buena fe yo he registrado este asteroide en la
Oficina Terrestre del Mundo Exterior, o sea que forma parte del dominio
terrestre. Tengo todo el derecho del mundo a pedir protección contra los
piratas. Si esto no ocurre en forma inmediata, si mi proveedor me dice
fríamente que no podrá traerme nada más a ningún precio, ¿qué se supone que
debo hacer?
»Usted
me dirá que podría volver a la Tierra. Pero ¿cómo abandonar todo esto? Tengo un
mundo de mi propiedad aquí; mis libros en microfilme, los grandes clásicos que
amo. Hasta tengo una copia de Shakespeare, un filme directo de las páginas de
un antiguo libro impreso. Tengo comida, bebida, soledad: en ninguna otra parte
del universo me llegaré a sentir tan cómodo como aquí.
»Pero
no crea que ha sido una elección simple, sin embargo. Tengo un transmisor
sub-etérico; puedo comunicarme con la Tierra. También tengo una pequeña nave
que puede cubrir la breve trayectoria hasta Ceres. Los hombres de los
asteroides lo saben, pero confían en un principio, soy un elemento accesorio en
realidad.
»Los
he ayudado y esto, en el plano legal, me convierte en un pirata. Significará
cárcel y tal vez ejecución si regreso. De lo contrario, si logro probar mi
inocencia, los hombres de los asteroides no olvidarán. Donde quiera que vaya,
podrán hallarme, a menos que el gobierno me garantice protección total y de por
vida.
—Pues
se diría que está usted en mala situación —comentó Lucky.
—¿Sí?
—preguntó el ermitaño—. Quizá podría obtener esa protección total con un apoyo
adecuado.
Ahora
le tocaba el turno a Lucky:
—Pues
no lo sé.
—Creo
que sí.
—No
comprendo.
—A
cambio de ayuda, le haré una advertencia.
—Yo
nada puedo hacer. ¿Cuál es su advertencia?
—Aléjese
del asteroide antes de que Antón y sus hombres regresen.
—Jamás.
He venido aquí a unirme con ellos, no para tener que regresar.
—Si
no se aleja, tendrá que quedarse para siempre. Muerto. No le permitirán
integrar ninguna tripulación. Usted no llena las condiciones imprescindibles.
El
rostro de Lucky se torció en un gesto de ira.
—¡Por
todos los espacios! ¿De qué me está hablando?
—Otra
vez. Cuando te enojas lo veo claramente. Tú no eres Bill Williams, hijo. ¿Qué
parentesco tienes con Lawrence Starr, del Consejo de Ciencias? ¿Eres el hijo de
Starr?
7.
HACIA CERES
Los
ojos de Lucky se empequeñecieron y el joven sintió que los músculos de su brazo
derecho se ponían en tensión, como si pretendieran buscar un desintegrador que
no hallarían ni en sus bolsillos ni en una cartuchera.
Pero
no efectuó ningún movimiento. Con voz controlada preguntó:
—¿Hijo
de quién? ¿De qué me está hablando?
—Estoy
seguro. —El ermitaño se inclinó hacia adelante y cogió una mano de Lucky; su
rostro adoptó una expresión seria—. He conocido muy bien a Lawrence Starr.
Hemos sido amigos. Una vez, cuando yo estaba en un aprieto, me ayudó. Y tú eres
su viva imagen. No puedo equivocarme.
Lucky
rechazó la mano de su interlocutor.
—Lo
que usted dice no tiene sentido.
—Oye,
hijo, puede que para ti sea importante no revelar tu identidad; tal vez no te
fías de mí. Bien, no te pido que lo hagas. He colaborado con los piratas y lo
he admitido. Pero, de todos modos, escúchame. Los hombres de los asteroides
tienen una buena organización. Tal vez les lleve semanas, pero si Antón
sospecha de ti, no se detendrán hasta que hayan verificado hasta el aire que
respiras. Ninguna historia falsa los engañará. Tarde o temprano sabrán la
verdad sobre quién eres tú. ¡Tenlo por seguro! Conocerán tu verdadera
identidad. Vete, ya te lo he dicho, ¡vete!
—Si
fuera yo la persona que usted dice —preguntó Lucky—, ¿no se está arriesgando?
Creo haber entendido que usted me ofrece su nave para alejarme.
—Sí.
—¿Y
qué hará usted cuando los piratas regresen?
—No
estaré aquí. ¿No lo comprendes? Quiero ir contigo.
—¿Y
dejar todo lo que tiene aquí?
Hansen
dudó por un instante.
—Sí,
es duro. Pero no tendré otra oportunidad como ésta nuevamente. Tú eres persona
de influencia; debes serlo. Quizá perteneces al Consejo de Ciencias, y estás
aquí en misión secreta. A ti te creerán. Podrías protegerme, abogar por mí,
impedir un juicio, cuidar que los piratas no puedan perjudicarme. Podría ser
muy importante para el Consejo, jovencito. Les diré todo lo que sé acerca de
los piratas. Cooperaré en todo lo que esté a mi alcance.
—¿Dónde
está guardada su nave? —preguntó Lucky.
—¿Es
un pacto, entonces?
La
nave espacial era muy pequeña. Llegaron hasta ella atravesando, de uno en
fondo, un estrecho corredor, nuevamente vestidos con sus trajes espaciales.
Lucky inquirió:
—¿Se
puede ver Ceres con el telescopio de la nave?
—Sí,
por supuesto.
—¿Lo
puede reconocer sin posibilidad de equivocarse?
—Sí,
sin duda.
—A
bordo, entonces.
La
pared delantera de la caverna carente de aire, que servía de anclaje a la nave,
se abrió tan pronto como los motores de la nave fueron activados.
—Radio
control —explicó Hansen.
La
nave tenía combustible y provisiones.
Se
movió con suavidad, elevándose desde su amarradero hacia el espacio con la
facilidad y los movimientos libres que sólo se daban cuando la fuerza de
gravitación era virtualmente nula. Por primera vez, Lucky observó desde el
espacio el asteroide de Hansen. De una mirada abarcó el valle de los botes
desechados, más brillante que la roca que lo rodeaba, en el preciso momento en
que estaba a punto de pasar a la sombra.
Hansen
volvió a la carga.
—Ahora
dímelo: eres el hijo de Lawrence Starr, ¿verdad?
Lucky
se había armado con un desintegrador y un cinturón completo de cartuchos. Al
hablar, estaba atando la cartuchera a su cintura.
—Me
llamo David Starr. Pero todos me conocen por Lucky.
Entre
los asteroides, Ceres es un monstruo.
Tiene
ochocientos kilómetros de diámetro y, sobre su superficie, un individuo de
estatura media puede llegar a pesar un kilogramo completo. Su forma es casi
esférica y cualquiera que se le acerque lo suficiente en el espacio, puede
pensar que es un planeta respetable.
Y,
sin embargo, si la Tierra fuese hueca, habría que arrojar cientos de cuerpos
como Ceres para llenarla por entero.
Bigman
aguardaba, de pie sobre la superficie de Ceres; su figura estaba aumentada por
el traje espacial, cargado hasta estallar con pesas de plomo; sus botas también
tenían una suela especial, de plomo. Había sido idea suya, pero no tuvo
resultado positivo. Con toda esa sobrecarga, su peso no le bastaba para impedir
que cualquier movimiento le hiciera correr el peligro de proyectarse hacia el
espacio.
Había
llegado a Ceres varios días atrás, en el mismo vuelo espacial que trajera desde
la Luna a Conway y a Henree, y aquí estaba, aguardando este momento, aguardando
que Lucky Starr les hiciera saber en un mensaje de radio que estaba por llegar.
Gus Henree y Héctor Conway se habían comportado muy nerviosamente; temían por
Lucky, pensaban que podría morir, se preocupaban. Él, Bigman, estaba más
tranquilo. Lucky podía superar cualquier inconveniente. Y él les había dicho
justamente eso a ambos científicos. Cuando el mensaje de Lucky llegó, por fin,
les volvió a repetir las mismas palabras.
Pero,
de todos modos, sobre la superficie helada de Ceres, sin nada que hiciera las
veces de valla entre él y las estrellas, se permitió experimentar una
inconfesable sensación de alivio.
Desde
el lugar en que estaba instalado, veía con claridad la cúpula del observatorio,
cuya parte inferior se hundía apenas tras el horizonte cercano. Era el
observatorio más grande de todo el Imperio Terrestre, por una causa muy lógica.
En
la zona del Sistema Solar que llegaba hasta la órbita de Júpiter, los planetas
Venus, Tierra y Marte tenían atmósfera propia y, por ello, se prestaban poco
para la observación astronómica. El aire se interponía, aun cuando fuera tan
poco denso como el de Marte, y borraba los detalles menudos; por lo común, hacía
oscilar las imágenes de los astros y dañaba su recepción.
Dentro
de la órbita de Júpiter, el cuerpo celeste más grande y sin aire era Mercurio,
pero estaba tan cercano al Sol que el observatorio de su zona crepuscular se
especializaba en observación solar. Telescopios relativamente pequeños
bastaban.
El
segundo cuerpo, en la escala de tamaños, era la Luna, y también en este caso,
las circunstancias obligaban a la especialización.
La
previsión del estado del tiempo en la Tierra, por ejemplo, se había convertido
en una ciencia exacta y de largo alcance, ya que el aspecto de la atmósfera
terrestre podía observarse en su totalidad desde una distancia de casi
cuatrocientos mil kilómetros.
Y el
tercer cuerpo sin aire, dentro de la misma escala, era Ceres y, además, resultó
ser el mejor de los tres. Su gravedad casi inexistente permitía pulir y
transportar enormes lentes y espejos sin el peligro de ruptura y sin el
problema de que se combaran debido a su peso. La estructura del tubo del
telescopio no necesitaba refuerzos especiales. La distancia entre Ceres y el
Sol era tres veces mayor que la distancia entre éste y la Luna; en cambio, su
luz tenía una octava parte de su potencia en el asteroide. Su rápido movimiento
de rotación mantenía casi constante la temperatura en el asteroide. O sea que
Ceres era el lugar ideal para la observación de las estrellas y de los planetas
exteriores.
El
mismo día de la víspera, Bigman había visto Saturno a través del telescopio
reflector de veinticinco metros; pulir el enorme espejo de ese aparato había
exigido veinte años de duro y constante trabajo.
—¿Cómo
me veo? —había preguntado.
Y
todos rieron.
—No
es posible verte a ti —le dijeron.
Los
especialistas ajustaron cuidadosamente los controles; eran tres los hombres que
lo hacían, coordinando cada uno de sus movimientos hasta que lograron un
enfoque satisfactorio. Las débiles luces rojas empalidecieron y en el tope del
negro vacío en tomo al cual estaban sentados apareció un globo de luz. Un toque
a los controles y la figura quedó enfocada con nitidez.
Bigman
emitió un silbido de perplejidad.
¡Era
Saturno!
Era
Saturno, de casi un metro de diámetro, exactamente igual a como lo había visto
desde el espacio una docena de veces. Su triple anillo brillaba con intensidad
y se veían tres cuerpos marmóreos, similares a la Luna; por detrás, relucía el
polvo espeso de muchas estrellas. Bigman quiso caminar en torno a la figura
para ver cómo se vería desde distintos ángulos, pero la imagen no cambió.
—No
es más que una ilusión —le explicaron—; la verás siempre igual desde cualquier
punto que la observes.
Ahora,
desde la superficie del asteroide, Bigman veía con sus propios ojos el planeta;
era un punto blanco, pero más brillante que los otros puntos blancos, las
estrellas. Tenía el doble de luminosidad de la que podía verse desde la Tierra,
ya que estaba trescientos veinte millones de kilómetros más cerca. La Tierra
misma estaba al otro lado de Ceres, cercana a un sol del tamaño de un guisante,
y la Tierra no constituía un espectáculo muy extraordinario, porque el sol
siempre la empequeñecía. El casco de Bigman vibró de pronto con el sonido de
llamada de su radio receptor, que se hallaba abierto.
—Eh,
chiquitín, sal de allí. Una nave está a punto de llegar.
Bigman
se sobresaltó con el sonido y dio un brinco que hizo bailotear sus
extremidades, mientras gritaba:
—¿A
quién has llamado chiquitín?
Pero
el interlocutor reía con ganas.
—¿Cuánto
cobrarás por dar lecciones de vuelo, pequeño?
—A
ti te haré pequeño —vociferó Bigman, lleno de furia. Su cuerpo ya había
superado el punto superior de su parábola y con lentitud y entre oscilaciones
comenzaba a descender una vez más—. ¿Cómo te llamas, listo? Dime tu nombre y te
abriré la panza cuando baje y me quite este aparejo.
—¿Y
tú crees que alcanzarás a mi panza? —fue la respuesta burlona.
Bigman
podría haber estallado en mil trocitos diminutos si no hubiese visto una nave
espacial describiendo una trayectoria oblicua en el horizonte.
Y
trató de correr con largos y desmañados pasos sobre la superficie nivelada que
hacía las veces de espaciopuerto en el asteroide, mientras intentaba determinar
la exacta posición en que aterrizaría la nave.
Surgieron
los chorros de vapor que permitirían un contacto suave con la superficie y
cuando las compuertas se abrieron y la figura alta de Lucky, cubierta por el
traje espacial, emergió de la nave, Bigman dio una larga zancada, gritando de
alegría, y ambos estuvieron juntos.
Conway
y Henree fueron menos efusivos en su bienvenida, pero no estaban menos
contentos. Ambos estrujaron la mano de Lucky, como si necesitaran confirmar con
una personal presión muscular la real existencia, en carne y hueso, del joven.
Lucky
se echó a reír.
—¡Eh,
ya está bien! ¡Dejadme respirar...! ¿Qué sucede? ¿Pensabais que no regresaría?
—Oye
—dijo Conway—, será mejor que nos consultes antes de adoptar alguna otra de tus
alocadas decisiones.
—Oh,
no lo haré si es muy alocada, porque tú no me darías autorización.
—Cállate.
Podría castigarte por lo que has hecho. Podría hacerte aprehender en este mismo
instante. Puedo suspenderte, echarte del Consejo.
—Y
de todo eso, ¿qué es lo que vas a hacer?
—Nada,
jovencito súper-desarrollado y tonto. Pero puedo vaciarte el cráneo uno de
estos días.
Lucky
se volvió hacia Augustus Henree.
—No
se lo permitirás tú, ¿verdad?
—Por
cierto que le ayudaré,
—Bien,
renunciaré anticipadamente. Quiero presentarles a este señor.
Hasta
ese instante Hansen había permanecido unos pasos atrás, y escuchaba con
evidente regocijo el intercambio de palabras. Los dos viejos miembros del
Consejo habían estado tan pendientes de Lucky Starr que ni siquiera habían
notado su presencia.
—Doctor
Conway —dijo Lucky—, doctor Henree, les presento a Joseph Patrick Hansen, dueño
de la nave espacial que me ha traído de regreso. Me ha prestado una ayuda
inapreciable.
El
viejo ermitaño estrechó la mano de los científicos.
—No
creo que usted conozca a los doctores Conway y Henree. —Apuntó Lucky. El
ermitaño sacudió la Cabeza negativamente. El joven prosiguió—: Pues bien, son
importantes funcionarios del Consejo de Ciencias. Luego que haya comido y
descansado, usted hablará con ellos y, estoy seguro, le prestarán su ayuda.
Una
hora más tarde, los dos consejeros enfrentaban a Lucky con expresión sombría.
El doctor Henree prensaba tabaco en su pipa; luego, durante el relato de las
aventuras de Lucky y su encuentro con los piratas, fumó en silencio.
—¿Le
has contado esto a Bigman? —preguntó Henree.
—He
hablado con él durante unos minutos.
—¿Y
no te ha despellejado por no llevarlo contigo?
—Pues...
no estaba complacido —admitió Lucky.
Pero
las ideas de Conway tenían una dirección mucho más seria.
—Una
nave de diseño sirio, ¿eh? —musitó.
—Sí,
sin duda —repuso Lucky—. Al menos tenemos ese elemento de información.
—Esa
información no valía el riesgo que has corrido —aseguró Conway, con tono seco—.
Estoy mucho más preocupado por otra información que ahora tenemos. Es evidente
que la organización de Sirio se ha infiltrado en el Consejo de Ciencias.
Henree
asintió con aire serio.
—Sí,
también yo me he dado cuenta. Es grave.
—¿Cómo
lo habéis comprobado? —preguntó Lucky.
—¡Por
la Galaxia! Está claro, muchacho—gruñó Conway—, aunque yo admito que hemos
tenido una gran cantidad de gente trabajando en el equipamiento de la nave y
aún, con la mejor de las intenciones, se pueden deslizar informes. Sin embargo,
es cierto que la existencia de la trampa para bobos y en particular la exacta
forma del fundente era conocida por los miembros del Consejo y, además, por muy
pocos de ellos. En ese pequeño grupo hay un espía, y yo podría haber jurado que
todos ellos eran de confiar. —Sacudió la cabeza—. Y es que aún no lo puedo
creer.
—Pues
no lo creas —dijo Lucky.
—¿Cómo?,
¿por qué no?
—Porque
el contacto con el consulado Sirio fue muy eventual, pasajero. La Embajada de
Sirio obtuvo esa información a través de mí, precisamente.
8.
BIGMAN SE HACE CARGO
En
forma indirecta, por supuesto, a través de uno de sus espías conocidos —explicó
Lucky mientras los dos consejeros lo observaban paralizados de asombro.
—No
logro comprenderte —dijo Henree en voz apenas audible. Conway, evidentemente,
estaba incapacitado para hablar.
—Era
necesario. Tenía que presentarme ante los piratas sin despertar sus sospechas.
Si me hubiesen hallado en una nave a la que creyeran en misión cartográfica, me
habrían asesinado sin alternativas. Por otra parte, si me hallaban en una
trampa para bobos, cuyo secreto conocían a través de un presunto golpe de
suerte, me considerarían como un polizón. ¿No lo veis? En una nave cartográfica
sólo sería un miembro de la tripulación que no logró huir a tiempo. En una nave
preparada para estallar, no sería más que un pobre tipo que no sabía en qué lío
se había metido.
—Podían
haberte asesinado aun así. Podrían haber pensado que les tendías una trampa,
que era un espía. Y, de hecho, casi ha sucedido así.
—Es
verdad. Casi ha sucedido así —admitió Lucky.
Y,
entonces, Conway estalló:
—¿Y
qué ha ocurrido con el plan original? ¿Íbamos o no a explotar en una de sus
bases? Cuando pienso en los meses que invertimos en la construcción del Atlas,
en el dinero que se gastó...
—¿De
qué habría servido que explotara en una de las bases? Hablamos de un inmenso
hangar de naves piratas, pero, en realidad, no era más que la expresión de un
deseo. Una organización asentada en los asteroides por fuerza estará
descentralizada. Los piratas tal vez no tengan más de tres o cuatro naves en
cada lugar. No ha de haber espacio para instalar más. Hacer estallar tres o
cuatro naves significaría muy poco, comparado con lo que se podría haber hecho
si yo me hubiera infiltrado en la organización pirata.
—Pero
no has tenido éxito —dijo Conway—. A pesar de todos los riesgos absurdos que
has corrido, no lo has logrado.
—Por
desgracia el capitán pirata que abordó el Atlas era demasiado suspicaz o, tal
vez, demasiado inteligente para nosotros. Trataré de no volver a subestimarlos.
Pero no todo es negativo. Ahora ya es un hecho para nosotros que Sirio está
detrás de ellos. Además, tenemos a mi amigo el ermitaño.
—No
nos significará gran ayuda —observó Conway—. Por lo que has dicho acerca de él,
me ha parecido que sólo estaba interesado en mezclarse con los piratas lo menos
posible, así que bien poco será lo que sepa.
—Quizá
pueda decirnos más cosas que las que él mismo cree —opinó Lucky secamente—. Por
ejemplo, hay una cierta información que podrá darnos y que me permitirá
continuar con mis esfuerzos trabajando contra la piratería desde dentro.
—No
irás allá otra vez —dijo Conway con tono terminante.
—Eso
no es lo que me propongo —repuso Lucky.
—¿Dónde
está Bigman? —preguntó Conway, los ojos llenos de desconfianza.
—Aquí,
en Ceres. No te preocupes. En realidad —y una sombra atravesó las facciones de
Lucky—, ya tendría que estar aquí El retraso ya comienza a molestarme un poco.
John
Bigman Jones utilizó su pase especial para franquear el puesto de guardia en la
puerta de la Torre de Control. Mientras corría, casi, a lo largo de los
pasillos, murmuraba palabras incoherentes.
Un
rubor pronunciado en su cara nariguda había disminuido la intensidad de sus
pecas y los mechones de su pelo rojizo parecían las estacas de una cerca.
Muchas veces Lucky le había dicho que hacía crecer su cabello verticalmente
para ganar algunos centímetros de estatura, pero él siempre negaba el hecho con
gran énfasis.
La
puerta de acceso a la Torre se abrió tan pronto como Bigman interceptó el rayo
de la célula fotoeléctrica y luego de trasponerla, el hombrecito echó una
mirada alrededor.
Dentro
había tres hombres. Uno de ellos tenía puestos los auriculares y estaba a cargo
del receptor sub-etérico; otro estaba frente a la calculadora y el tercero
vigilaba la pantalla visora del radar.
—¿Quién
ha sido el cerebro que me ha llamado chiquitín? —preguntó airado Bigman.
Perplejos
y ceñudos, los tres se volvieron hacia él, al mismo tiempo.
El
individuo de los auriculares se quitó uno, el de la oreja izquierda.
—¡Por
el espacio! ¿Quién eres tú? ¿Cómo diablos te has metido aquí?
Bigman
se irguió sacando pechó.
—Me llamo
John Bigman Jones; mis amigos me dicen Bigman. Todos los demás me aman señor
Jones. Nadie puede llamarme chiquitín y seguir entero y tan fresco. Quiero
saber quién de vosotros ha cometido ese error.
El
hombre de los auriculares repuso:
—Me
llamo Lem Fisk y puedes llamarme como te plazca, siempre que lo hagas en
cualquier otro lugar. Vete de aquí o me bajaré, te cogeré de una pierna y te
echaré fuera.
El
individuo que atendía la calculadora dijo:
—Eh,
Lem, éste es el pobre diablo que corría por la pista hace unos minutos. No
tiene sentido que perdamos el tiempo con él. Llama a los guardias para que lo
echen.
—Tonterías
—respondió Lem Fisk—, no necesitamos a los guardias para ocupamos de este tío.
Se
quitó los auriculares, reguló el receptor sub-etérico en el punto de señal
automática, y luego dijo:
—Bien,
hijo, has venido y nos has hecho una pregunta amable de un modo amable. Yo te
daré una respuesta amable. Yo te he llamado chiquitín, pero aguarda, no te
enfurezcas. Es que ha habido una razón. Mira, tú eres un tipo alto de veras,
eres como un trago largo de agua. Y mis amigos se han reído con ganas cuando yo
te he dicho chiquitín.
De
uno de sus bolsillos Fisk cogió una cigarrera de plástico. En su rostro se
dibujaba una sonrisa suave.
—Ven
aquí —aulló Bigman, baja y te levantaré el sentido del humor con un par de
puñetazos.
—Calma,
calma —dijo Fisk, chasqueando la lengua—. Mira, muchacho, coge un cigarrillo.
Largos, ¿lo ves? Casi tanto como tú. Me parece que se puede llegar a crear una situación
confusa, si lo piensas. Tal vez no podremos decir si tú estás fumando o si el
cigarrillo te fuma a ti.
Los
otros dos hombres de la Torre se echaron a reír a carcajadas.
Bigman
estaba rojo de furia. Las palabras se le atascaban en la lengua:
—¿No
quieres pelear?
—Prefiero
el tabaco. Es una pena que no me imites. —Fisk se echó hacia atrás y extendió
el cigarrillo frente a sus ojos, como si estuviese admirando su longitud y
blancura—. Y, además, no puedo permitirme pelear con niños.
Con
una amplia sonrisa se llevó el cigarrillo a los labios y se halló con que el
cigarrillo ya no estaba.
Su
pulgar, índice y medio aún se mantenían separados a la justa medida, pero no
había cigarrillo entre ellos.
—¡Cuidado,
Lem! —gritó el hombre que se hallaba a cargo de la pantalla de radar—. Tiene
una pistola de agujas.
—No
es una pistola de agujas —gruñó Bigman—, no es más que un zumbador.
La
diferencia era muy importante, pues los proyectiles de un zumbador, aun siendo
similares a las agujas, eran frágiles y no explosivos. Se los utilizaba para
práctica de tiro al blanco y para algunos juegos. Si una bala de zumbador
rozaba la piel humana, no hacía ningún daño serio, aunque escociera como el
demonio.
La
sonrisa de Fisk desapareció por entero.
Furioso,
gritó:
—Cuidado
con eso, bobo. Puedes dejar ciego a alguien.
Bigman
seguía apuntando. El caño delgado del zumbador asomaba entre los dedos de su
mano derecha.
—No
te dejaré ciego —repuso—, pero te daré donde no te puedas sentar por un mes. Y
como ya has visto, mi puntería no es tan mala. Y en cuanto a ti —se dirigió
ahora al individuo que estaba junto a la calculadora—, si te mueves un solo
centímetro más hacia la alarma, te meteré una aguja de zumbador en la mano.
—¿Pero
qué quieres? —preguntó Fisk.
—Baja
y pelea.
—¿Contra
el zumbador?
—No,
a puño limpio. Pelea limpia. Tus compañeros serán testigos.
—No
puedo liarme a golpes con un tipo más pequeño que yo.
—Entonces
tampoco tienes derecho a insultarlo. —Bigman alzó el zumbador—. No soy más
pequeño que tú. Tal vez por fuera lo parezco, pero por dentro soy tan grande
como tú. Tal vez más grande. Contaré hasta tres.
Con
un ojo cerrado, hizo puntería.
—¡Galaxia!
—juró Fisk—. Ya bajo. Muchachos, vosotros sois testigos: me veo forzado a
hacerlo. Trataré de no lastimar demasiado a este tonto.
De
un brinco bajó de su asiento. El hombre que atendía la calculadora se hizo
cargo del receptor sub-etérico.
Fisk
medía más de un metro setenta, o sea que superaba a Bigman por toda una cabeza
o tal vez más; junto a él el diminuto marciano parecía un niño, más que un
hombre. Pero los músculos de Bigman eran muelles de acero bajo perfecto
control; con el rostro inexpresivo aguardó a que el otro se aproximara.
Fisk
ni siquiera levantó su guardia; sólo extendió la mano derecha, con la intención
de coger a Bigman del cuello y arrojarlo por la puerta aún abierta.
Bigman
evitó el brazo de su oponente; su izquierda y su derecha se estrellaron contra
el ancho plexo solar del otro en un rápido uno-dos y, casi al mismo tiempo,
bailoteó para ponerse fuera del alcance de los puños del otro.
Fisk
se puso verde y se sentó con una mano sobre el estómago, entre gruñidos de
dolor.
—De
pie, muchacho —le dijo Bigman—. Te estoy aguardando.
Los
otros dos hombres de la Torre parecían congelados en una total inmovilidad ante
la marcha de las cosas.
Con
lentitud Fisk se puso en pie. Su rostro estaba congestionado de ira, pero se
acercó con precaución.
Bigman
se hizo a un lado.
Fisk
arremetió. Bigman ya estaba a cinco centímetros del lugar. Fisk arrojó un
fuerte golpe de derecha, que fue a dar a un centímetro de la mandíbula de
Bigman.
El
hombrecito se contoneó como un corcho en una superficie agitada de agua.
Ocasionalmente sus brazos detuvieron un golpe.
Fisk,
aullando sin coherencia, se precipitó enceguecido contra su rival que, a su
lado, parecía un mosquito. Bigman lo esquivó una vez más y su mano abierta
abofeteó la mejilla rasurada del otro; el golpe resonó como un disparo, como si
un meteoro atravesara las primeras capas de aire denso en torno a un planeta.
Roja, la marca de los cuatro dedos se dibujaba sobre la mejilla de Fisk.
Por
un instante el operador del receptor sub-etérico permaneció en pie, anonadado.
Como una serpiente, Bigman se deslizó hacia adelante y sus puños se estrellaron
contra las mandíbulas de Fisk, que se dobló por la mitad.
De
pronto Bigman oyó el repiqueteo distante de la alarma general.
Sin
demora giró sobre sus talones y se precipitó hacia la puerta. Esquivó con
agilidad a un trío de guardias que avanzaba a la carrera por el corredor, ¡y
desapareció!
—¿Y
por qué aguardas a Bigman? —preguntó Conway.
—Te
explicaré cómo veo la situación —repuso Lucky—. Nada hay que necesitemos con
mayor urgencia que una información detallada acerca de las actividades de los
piratas. Y me refiero a información que provenga de dentro; ya he tratado de
infiltrarme y las cosas no se produjeron tal como yo suponía. Ahora soy un
hombre marcado, porque ellos me conocen. Pero no conocen a Bigman, y él no
tiene conexión oficial con el Consejo. Ahora, si pudiéramos inventar un cargo
contra él, la acusación de algún crimen, para que resulte más realista, sabes,
Bigman se iría de Ceres en la nave del ermitaño...
—¡Oh,
espacio! —gruñó Conway.
—Escúchame,
¿quieres? Irá al asteroide del ermitaño. Si los piratas están allí. ¡Estupendo!
Si no están, dejará la nave a la vista y aguardará a que lleguen a la casa del
ermitaño. Es un lugar muy cómodo.
—Y
cuando ellos lleguen —intervino Henree— lo matarán.
—No
lo matarán. Por eso irá en la nave del ermitaño. Querrán saber dónde está
Hansen, y ni qué decir de mí, de dónde ha llegado Bigman, cómo se ha apoderado
de la nave. Ellos necesitan saber todo eso. Y le darán tiempo para que hable.
—¿Y
justificar cómo eligió el asteroide de Hansen en medio de todas las rocas de la
creación? Para explicar eso sí que le darán un largo tiempo.
—No;
eso es muy sencillo. La nave del ermitaño estaba en Ceres, cosa que es verdad;
la he dejado fuera, sin guardia, de modo que él podrá cogerla fácilmente.
Hallará las coordenadas espacio-tiempo del asteroide de origen en el libro de
bitácora. Para Bigman no se trata sino de un asteroide, no muy alejado de Ceres
y tan bueno como cualquier otro, y sólo tendrá que describir una línea recta
para ir hasta allí y aguardar a que la conmoción en Ceres se amortigüe.
—Es
arriesgado —adujo Conway.
—Bigman
lo sabe. Y te lo diré una vez más: debemos correr riesgos. La Tierra ha
subestimado la amenaza de los piratas tanto...
Lucky
se interrumpió, pues la señal luminosa del tubo comunicador centelleó con
rápidas alternancias.
Conway,
con un movimiento impaciente de la mano, dio paso a la señal del analizador y
luego se enfrentó al aparato.
—Está
en la longitud de onda del Consejo —dijo— y, por Ceres, es uno de esos revuelos
del Consejo.
La
diminuta pantalla visora, sobre el tubo comunicador, mostraba la característica
señal de ajuste en la que alternaban dibujos de luz y sombra.
De
un manojo que cogió de su maletín.
Conway
extrajo una pequeña varilla metálica y la introdujo en una hendidura del tubo
comunicador. La varilla era un ordenador de cristalita, cuya porción activa
consistía en una estructura especial de diminutos cristales de tungsteno
encajados en una matriz de aluminio. El aparato tenía la función de filtrar la
señal sub-etérica a través de un canal específico. Lentamente Conway ajustó el
ordenador moviéndolo hacia fuera y hacia dentro del tubo, hasta tanto se
correspondiese con exactitud con un ordenador similar por su naturaleza, pero
opuesto por su función, que se hallaba al otro lado de la señal.
El
momento del ajuste perfecto fue anunciado por el enfoque total en la pantalla
visora.
Lucky
se puso en pie.
—¡Bigman!
—dijo—. ¿Dónde estás? ¡Por el espacio!
La
carita de Bigman les hacía gestos traviesos en la pantalla.
—Pues,
precisamente, estoy en el espacio. A ciento ochenta mil kilómetros de Ceres.
Estoy en la nave del ermitaño.
Furioso,
Conway preguntó con los dientes apretados:
—¿Será
ésta otra de tus triquiñuelas? ¿No me has dicho que estaba en Ceres?
—Es
que he creído que aquí estaba —respondió Lucky—. ¿Qué ha ocurrido, Bigman?
—Pues
tú me has dicho que había que actuar de prisa, de modo que he cogido al toro
por los cuernos. Uno de esos tipos de la Torre de Control me estaba dando
guerra. Así que le puse la mano encima un poco, y aquí estoy. —Bigman rió con
placer—. Habla con los guardias y pregúntales si no están buscando a un tipo
como yo por el cargo de agresión contra uno de la Torre.
—Esto
no es lo más brillante de todo lo que podrías haber hecho —observó Lucky con
tono grave—. Tendrás más de un problema para convencer a los hombres de los
asteroides de que eres capaz de una agresión. No quiero herirte en tus
sentimientos, pero se te ve un poco diminuto para eso.
—Pues
pondré fuera de combate a unos pocos —respondió Bigman—. Me creerán, pero no es
por eso que he llamado.
—Bien,
¿por qué has llamado?
—¿Cómo
llegaré hasta el asteroide de este tipo?
Lucky
frunció el entrecejo.
—¿Has
mirado en el libro de bitácora?
—¡Gran
Galaxia! He mirado en todas partes. Hasta bajo el colchón. No hay ningún
registro de ninguna clase de coordenadas.
El
sentimiento de intranquilidad de Lucky aumentaba.
—Es
extraño, y peor que extraño. Mira, a Bigman —habló con voz incisiva, de prisa—
iguala la velocidad de Ceres. Dame tus coordenadas con respecto a Ceres ahora
mismo y mantenlas así, sea como fuere, hasta que yo te llame. Estás demasiado
cerca de Ceres para que los piratas te molesten, pero si te alejaras un poco
más, tal vez llegarías a enfrentarte con problemas. ¿Me oyes?
—Sí,
te he oído. Déjame calcular mis coordenadas.
Lucky
tomó nota y cortó la comunicación.
Con
tono preocupado masculló:
—¡Por
el espacio! Alguna vez aprenderé a no dar nada por supuesto.
Henree
se mostraba inquieto:
—¿No
sería mejor hacer regresar a Bigman? Es un plan muy arriesgado y, ya que no
tienes las coordenadas, tendrías que cancelario.
—¿Cancelarlo?
—preguntó a su vez Lucky—. ¿Dejar a un lado el único asteroide que conocemos
como base pirata? ¿Sabes de algún otro? ¿De uno solo? Debemos hallar ese
asteroide. Es nuestra única clave para deshacer el nudo.
—Tiene
razón, Gus —intervino Conway—; allí hay una base.
Lucky
pulsó una tecla del intercomunicador y aguardó.
La
voz de Hansen, soñolienta y alarmada a la vez, respondió:
—¡Hable!
¡Hable!
—Aquí
Lucky Starr, señor Hansen. Lamento molestarlo, pero le ruego que baje al
despacho del doctor Conway lo más pronto que le sea posible.
Luego
de una pausa, la voz del ermitaño respondió:
—Sí,
por supuesto, pero no sé el camino.
—El
guardia que está a su puerta se lo indicará. Ya mismo me pondré en contacto con
él. ¿Puede estar aquí dentro de dos minutos?
—Dos
y medio, quizá —dijo Hansen, de buen humor. Ahora su voz sonaba más normal.
—¡Estupendo!
Hansen
cumplió su palabra; cuando llegó, Lucky aguardaba; con la puerta aún abierta,
interrogó al guardia:
—¿Ha
habido algún problema en la base esta tarde? ¿Alguna agresión, tal vez?
El
guardia pareció sorprenderse.
—Sí,
señor. El individuo agredido, sin embargo, se niega a presentar una acusación.
Asegura que fue una pelea limpia.
Lucky
cerró la puerta y comentó:
—Es
lógico; a cualquier hombre normal le disgustaría despertar en la guardia y
admitir que un tipo del tamaño de Bigman lo ha vapuleado. Luego me comunicaré
con las autoridades y haré que el cargo quede registrado por escrito, de todos
modos; para el archivo...
Señor
Hansen.
—Sí,
señor Starr.
—Debo
preguntarle algo y no he querido que la respuesta quedase flotando en el
sistema de intercomunicación. Dígame, por favor, cuáles son las coordenadas de
su asteroide. Las de espacio y las de tiempo, por supuesto.
Los
ojos azules de Hansen, fijos y redondos, arrojaron una mirada perpleja sobre
Lucky en aquellos mismos momentos.
—Pues
bien, tal vez les resulte difícil creerlo, pero, de verdad, no podría decírselo
a ustedes.
9.
EL ASTEROIDE INEXISTENTE
Los
ojos de Lucky horadaron el rostro de su interlocutor.
—Es
difícil creerlo, señor Hansen. Yo pensaba que usted sabría sus coordenadas tan
bien como un habitante de nuestro planeta sabe las señas de su casa.
El
ermitaño se miró las puntas de los pies y luego, suavemente, asintió:
—Sí,
creo que es así. Y ésas son las señas de mi casa. Sin embargo, las desconozco.
Conway
intervino:
—Si
este hombre, en forma deliberada...
—Un
momento —interrumpió Lucky—. Seamos pacientes. El señor Hansen podrá darnos
alguna explicación.
Todos
estaban pendientes del ermitaño.
Las
coordenadas de los distintos cuerpos en la Galaxia constituyen la corriente
sanguínea de los viajes espaciales. Cumplen la misma función que las líneas de
latitud y longitud en la superficie bidimensional de un planeta. Pero el
espacio es tridimensional y, ya que en él los cuerpos se mueven en todo
sentido, las coordenadas necesarias son muy complejas.
Básicamente
hay una posición inicial común a la que se denomina posición cero. En el caso
del Sistema Solar, la posición del Sol es la posición cero. A partir de este
punto de partida, se necesitan tres números. El primero representa la distancia
de un objeto o una posición hasta el Sol. El segundo y tercer número son dos
mediciones angulares que indican la posición del objeto con referencia a una
línea imaginaria que conecta el Sol con el centro de la Galaxia. Si se conocen
tres series de estas coordenadas, correspondientes a tres momentos distintos y
separados en el tiempo, la órbita de un cuerpo puede ser calculada y conocer
así su posición relativa al Sol en cualquier momento dado.
Las
naves espaciales pueden calcular sus propias coordenadas con respecto del Sol
o, si fuese más conveniente, con respecto del más cercano de los cuerpos
mayores, cualquiera que sea. En las Líneas Lunares, cuyas naves hacían la
trayectoria entre la Tierra y la Luna, la Tierra constituía el «punto cero».
Las coordenadas propias del Sol se calculaban con respecto del centro de la
Galaxia y con respecto del meridiano galáctico principal, pero esto sólo era
importante en los viajes interestelares.
Algunas
de estas ideas atravesaron la mente del ermitaño mientras permanecía bajo la
mirada atenta de los tres consejeros. Era complicado explicarlo. Sin embargo,
de pronto, Hansen dijo:
—Sí,
puedo explicarlo.
—Estamos
aguardando —puntualizó Lucky.
—Jamás
en quince años tuve necesidad de utilizar las coordenadas. En los dos últimos
años no abandoné mi asteroide ni siquiera por unas horas; antes de ello, todos
los viajes que he hecho, uno o dos por año, fueron breves: a Ceres o a Vesta,
para comprar provisiones o algún recambio. Cuando lo hacía, utilizaba
coordenadas locales, calculadas siempre en el momento. Nunca organicé una tabla
general porque nunca tuve necesidad de hacerlo.
»Sólo
me alejaba por un día o dos, tres a lo sumo, y mi roca no iría a dar muy lejos
en ese lapso, porque se traslada con la corriente de asteroides, un poco más
lentamente que Ceres o Vesta cuando está lejos del Sol y un poco más deprisa
cuando está más cercano. Cuando me dirigía hacia la posición que había
calculado, mi roca podía haberse deslizado quince o hasta ciento cincuenta mil
kilómetros con respecto de su posición anterior, pero siempre estaba al alcance
del telescopio de la nave. Por tanto, siempre me era posible ajustar mi
trayectoria a simple vista. Jamás utilicé las coordenadas solares comunes
porque nunca tuve necesidad de hacerlo, y eso es todo.
—Lo
que usted está diciendo —resumió Lucky— es que no puede regresar a su roca
ahora. ¿O ha calculado las coordenadas locales antes de partir?
—Ni
siquiera pensé en ello —dijo el ermitaño, con tono apesadumbrado— Mi último
viaje fue hace dos años y no he puesto atención en el hecho hasta el instante
en que usted me ha llamado aquí.
El
doctor Henree intervino:
—Un
momento. Un momento. —Había encendido una nueva pipa y la chupaba con fuerza—.
Tal vez esté equivocado, señor Hansen, pero cuando usted tomó posesión del
asteroide, debió haber presentado papeles a la Oficina Terrestre del Mundo
exterior, ¿no es verdad?
—Sí
—respondió Hansen—, pero era sólo una formalidad.
—Puede
ser. No discuto ese punto. Pero aún así las coordinadas de su asteroide deben estar
registradas allí. Hansen pensó durante algunos segundos y luego negó,
sacudiendo la cabeza.
—Me
temo que no, doctor Henree. Sólo asentaron la coordenada-tipo para el primero
de enero de ese año. Era para identificar el asteroide, con un número de
código, en caso de litigio de posesión. No se preocupaban más que por eso y no
es posible trazar una órbita con una sola serie de coordenadas.
—Pero
usted mismo debe de haber obtenido valores orbitales. Lucky nos ha dicho que en
un principio usted utilizó al asteroide como lugar de vacaciones. De modo que
usted debía saber cómo hallarlo año tras año.
—Eso
era quince años atrás, doctor Henree. Y obtuve entonces los valores, sí. Y esas
cifras están en algún libro de anotaciones en el asteroide, pero no las he
memorizado.
Los
ojos oscuros de Lucky estaban cubiertos por una nube de preocupación; luego de
una pausa, el joven dijo:
—Esto
es todo, por ahora, señor Hansen. El guardia le acompañará hasta su habitación
y le llamaremos luego, si es necesario. Mister Hansen —agregó mientras el
ermitaño se ponía de pie—, si recuerda algo acerca de las coordenadas,
háganoslo saber.
—Así
lo haré, señor Starr —repuso Hansen con tono grave.
Nuevamente
quedaron solos los tres consejeros. La mano de Lucky pulsó un control del tubo
comunicador.
—Active
la transmisión —pidió.
La
voz del operador de la Central de Comunicaciones le respondió:
—¿El
mensaje anterior era para usted, señor? No me fue posible cortar la
comunicación, de modo que...
—Está
bien; transmisión, por favor.
Lucky
ajustó el ordenador y utilizó las coordenadas de Bigman como punto cero en la
onda sub-etérica.
—Bigman
—dijo, en cuanto apareció su rostro en la pantalla—, abre el diario de
navegación nuevamente.
—¿Tienes
las coordenadas, Lucky?
—Aún
no. ¿Has abierto el diario?
—Sí.
—¿Ves
un trozo de papel suelto, lleno de anotaciones y cálculos?
—Aguarda.
Sí. Aquí está.
—Ponlo
frente a tu transmisor. Necesito verlo.
Lucky
cogió un folio y copió las cifras.
—Está
bien, Bigman, quítalo de la pantalla. Oye ahora, quédate donde estás,
¿comprendes? Quédate donde estás, ocurra lo que ocurra, hasta que yo vuelva a
llamarte. Cortaré la transmisión. Fuera.
El
joven se volvió hacia Conway y Henree y explicó:
—Desde
la roca del ermitaño hasta Ceres hice mi trayectoria a ojo. Corregí la
trayectoria tres o cuatro veces, utilizando el telescopio de la nave y los
nonios de observación y medición. Esos son mis cálculos.
Conway
asintió con la cabeza:
—Supongo
que ahora te propones hacer los cálculos en orden inverso para hallar las
coordenadas de la roca.
—Es
una tarea bastante simple, sobre todo si disponemos del Observatorio de Ceres.
Conway
se puso de pie, pesadamente.
—No
puedo menos que pensar que has puesto demasiadas esperanzas en esto, pero nos
dejaremos llevar por tu instinto por ahora. Vayamos al Observatorio.
Pasillos
y ascensores los acercaron a la superficie de Ceres, mil metros por encima de
las oficinas del Consejo de Ciencias, en las entrañas del asteroide. El
ambiente era frío, ya que el Observatorio trataba por todos los medios posibles
de mantener una temperatura constante y tan cercana a la de la superficie como
el cuerpo humano pudiese soportar.
Con
gran lentitud y cuidado un joven matemático iba desenmarañando los cálculos de
Lucky, alimentaba con ellos el computador y controlaba las operaciones.
En
una silla muy incómoda, el doctor Henree acurrucaba su cuerpo delgado; parecía
buscar un poco de calor en su pipa a la que mantenía casi cubierta entre sus
largos dedos; de pronto, en medio de la tensa espera, el científico murmuró:
—Tengamos
la esperanza de que todo esto conduzca a algo positivo.
—Así
tendrá que ser —respondió Lucky.
El
joven estaba sentado, con los ojos fijos y pensativos, abarcando en una mirada
indefinida la pared opuesta.
—Oye,
tío Héctor, hace unos minutos has hablado de mi «instinto». Pero ya no se trata
de instinto; ya no. Esta carrera de la piratería hoy es bien distinta de la que
hubo veinticinco años atrás.
—Sus
naves espaciales son más difíciles de detener, si te refieres a eso —respondió
Conway.
—Sí,
¿pero no es muy extraño que sus correrías estén limitadas al cinturón de
asteroides?
—Son
prudentes. Veinticinco años atrás, cuando sus naves espaciales recorrían toda
la trayectoria hasta Venus, nos vimos forzados a montar una ofensiva y
atacarlos de frente. Ahora se han instalado en los asteroides y el gobierno no
se decide a adoptar medidas demasiado costosas.
—Hasta
ahí todo es lógico —comentó Lucky—, pero ¿cómo obtienen lo necesario para
mantener su organización? Siempre se ha dicho que los piratas no hacen sus
incursiones por el puro placer de hacerlas, sino para coger naves, alimentos,
agua, recambios, todo tipo de abastecimiento. Ahora se diría que más que nunca
esto les es imprescindible. El capitán Antón se jactó ante mí de sus cientos de
naves y miles de mundos. Bien podría haber sido una mentira para impresionarme,
pero no dudó en disponer del tiempo necesario para el duelo de pistolas
impelentes, deslizándose abiertamente por el espacio durante horas, como si no
tuviera temor alguno de una interferencia gubernamental. Y, además, Hansen dijo
que los piratas se han apropiado de distintos asteroides de ermitaños como
lugares de aterrizaje. Hay cientos de rocas pertenecientes a ermitaños. Si los
piratas mantienen tratos con ellos, ya sean todos o sólo una parte, también
esto significa la existencia de una importante organización.
»Ahora
bien, ¿de dónde obtienen alimentos para mantener tan amplia organización, si al
mismo tiempo hacen menos incursiones que las que llevaban a cabo veinticinco
años atrás? El pirata Martín Maniu, un tripulante, me habló de mujeres y
familias. Me dijo que había trabajado en los tanques. Tal vez ha trabajado en
el cultivo de la levadura. Hansen tenía comida de levadura en su asteroide y no
era levadura de Venus. Yo sé cuál es el gusto de la levadura de Venus.
»Hagamos
una síntesis de todo: los piratas cultivan sus propios alimentos en pequeños
huertos de levadura, distribuidos entre las cavernas de los asteroides. Pueden
obtener bióxido de carbono directamente de las rocas calizas y agua y oxígeno
extra de los satélites jupiterianos. Maquinaria y generadores pueden ser
importados desde Sirio o bien los cogerán en algún atraco. Y sus incursiones
también les dan la posibilidad de reclutar más gente, tanto hombres como
mujeres.
»Y
la conclusión de este cuadro es que Sirio está organizando un gobierno
independiente contra nosotros. Utiliza el descontento de muchas personas para
construir una sociedad tan diseminada en el espacio, que será difícil o
imposible hacerla desaparecer, si aguardamos demasiado tiempo.
»Los
jefes, como el capitán Antón, están, sobre todo detrás del poder, y de buena
gana entregarán a Sirio la mitad del Imperio Terrestre, si logran quedarse con
la otra mitad para sí mismos.
Conway
sacudió la cabeza:
—Es
una estructura tremenda para la pequeña base objetiva que tienes. Me parece
dudoso que logremos convencer al gobierno. Y ya sabes que el Consejo de
Ciencias puede actuar por sí mismo sólo hasta cierto punto. Nosotros no
poseemos una escuadra propia, desgraciadamente.
—Lo
sé y por esto, justamente, necesitamos más información. Si pudiéramos, mientras
aún hay tiempo, hallar sus bases más importantes, capturar a sus jefes, exponer
la existencia de conexiones con Sirio...
—¿Sí?
—Pues
creo que se podría neutralizar el movimiento. Creo con firmeza que el hombre
medio de los asteroides, para utilizar la denominación que ellos se adjudican a
sí mismos, no tiene idea de que está convertido en un títere de Sirio; tal vez
ese hombre medio puede tener quejas contra la Tierra. Quizá piense que se le
abren posibilidades nuevas, que no se le ha permitido desempeñar una tarea
adecuada ni lograr un ascenso, que no tenía las condiciones de vida que se ha
merecido. También puede haberse sentido interesado por saber cómo era esa vida
a la que ve más colorida; Todo esto es posible. Pero hay mucha distancia desde
aquí a decidirse por el partido del peor enemigo de la Tierra. Cuando comprenda
que sus jefes lo han inducido a hacer esto, la amenaza pirata podrá
desaparecer.
Lucky
se detuvo en su vehemente reflexión en voz alta al ver que el matemático se
acercaba, con una ficha transparente en la mano, impresa con los signos del
código del computador.
—Oye
—dijo—, ¿estás seguro de que las cifras que me has dado son correctas?
—Estoy
seguro. ¿Por qué? —preguntó entonces Lucky.
El
joven sacudió la cabeza.
—Hay
algo mal aquí. Las coordenadas finales sitúan tu asteroide en las zonas
prohibidas. Y allí no es posible que haya muchos asteroides, aun considerando
el movimiento lógico. O sea que no puede ser.
Las
cejas de Lucky se alzaron en un gesto de perplejidad. El técnico tenía razón en
cuanto a las zonas prohibidas. Allí no había asteroides; esas zonas constituían
porciones del cinturón asteroidal en las que, de existir, los asteroides
tendrían órbitas en torno al Sol cuya duración sería una fracción exacta del
período de doce años que dura la revolución de Júpiter. Esto significa que, con
intervalos constantes y regulares de pocos años, el asteroide y el planeta se
aproximarían en el mismo lugar del espacio. El repetido arrastre gravitacional
de Júpiter, lentamente, liberó la zona de asteroides: en los dos mil millones
de años transcurridos desde que los planetas se habían formado, Júpiter expulsó
a todos los asteroides fuera de las zonas prohibidas.
—¿Estás
seguro de que tus cálculos son correctos? —preguntó Lucky.
El
matemático hizo un gesto que parecía significar «yo conozco mi oficio». Pero en
voz alta ofreció:
—Lo
podemos comprobar a través del telescopio. El de veinticinco metros está en
servicio. Pero, de todos modos, no es adecuado para el trabajo a corta
distancia. Utilizaremos uno de los pequeños. Ven conmigo, por favor.
El
Observatorio en sí era casi un santuario, y los distintos telescopios, los
altares. Los hombres estaban absortos en sus tareas y no se distrajeron de
ellas para observar al técnico y a los tres hombres del Consejo, cuando éstos
llegaron.
El
joven matemático se encaminó hacia una de las alas en que estaba dividido el
enorme salón.
—Charlie
—dijo a un joven prematuramente lisiado—, ¿puedes poner en acción al
«Berta»...?
—¿Para
qué? —Charlie levantó la vista de una serie de fotografías de estrellas que
había estado observando.
—Quiero
examinar el lugar determinado por estas coordenadas —y le tendió las fichas del
computador.
Charlie
examinó las fichas y frunció el entrecejo:
—¿Para
qué? Eso es parte de la zona prohibida.
—De
todos modos, ¿podrías enfocar el punto? —preguntó el matemático—. Es un asunto
del Consejo de Ciencias.
—¡Oh!
Sí, por supuesto. —De pronto su actitud era mucho más complaciente—. Llevará
unos pocos minutos.
Oprimió
un interruptor y un diafragma flexible emergió de la parte superior del
cubículo, cerrado en tomo al tubo del «Berta», telescopio de tres metros, que
se utilizaba para observación a corta distancia. El diafragma estaba sellado al
vacío y por encima de él, Lucky pudo advertir que el orificio de superficie
giraba con suavidad. El amplio ojo del «Berta» se deslizó hacia arriba, con el
diafragma suspendido de él, y quedó expuesto a la magnificencia del firmamento.
—Por
lo común —explicó Charlie utilizamos al «Berta» para obtener fotografías. La
rotación de Ceres es demasiado veloz para observaciones ópticas adecuadas. El
punto que ustedes quieren enfocar está sobre el horizonte, lo cual es
favorable.
Tomó
asiento cerca del visor y manejó el tubo del telescopio como si fuera la trompa
flexible de un gigantesco elefante. El telescopio describió un ángulo y el
joven astrónomo fijó en posición; con gran cuidado ajustó el foco.
Bajó
de su butaca y luego descendió por los escalones de una escalera que bordeaba
la pared. Al toque de sus dedos, una placa, debajo del telescopio, se deslizó
hacia un costado y dejó visible un pozo de negrura. En una serie de espejos y
lentes se enfocaba y ampliaba la imagen captada por el telescopio.
Sólo
negrura. Charlie dijo:
—Aquí
está. —Utilizó una pequeña vara para señalar—. Ese punto diminuto es Metis, que
es una roca bien grande. Tiene unos cuarenta kilómetros de diámetro, pero está
a millones de kilómetros de distancia. Aquí hay unos pocos puntos más, dentro
del millón y medio de kilómetros con respecto del punto en que ustedes se
interesan, pero están a un lado, fuera de la zona prohibida. Ya he filtrado
mediante polarización la imagen de las estrellas; de lo contrario no veríamos
nada.
—Gracias
—dijo Lucky. Se sentía anonadado.
—A
ustedes. Ha sido un placer.
Ya
se hallaban en el ascensor, descendiendo hacia las oficinas del Consejo, cuando
Lucky habló. Con voz apenas audible susurró:
—No
puede ser.
—¿Por
qué no? —inquirió Henree—. Tus cifras eran equivocadas.
—¿Pero
cómo es posible? Con ellas he llegado a Ceres.
—Tal
vez hayas pensado en una cifra y luego hayas anotado otra, por error, y luego
harás hecho una corrección a ojo y te has olvidado de corregir en el papel.
—No
—Lucky sacudió la cabeza—, no puede ser que haya hecho tal cosa. No he...
Espera. ¡Gran Galaxia! —con expresión airada miró a sus acompañantes.
—¿Qué
ocurre, Lucky?
—¡Es
lógico! ¡Por el espacio! Es perfecto. Oíd, me he equivocado. Ya no hay tiempo;
es terriblemente tarde. Tal vez sea demasiado tarde. Creo que he vuelto a
subestimarlos.
El
ascensor se detuvo; las puertas se abrieron y Lucky, casi de un brinco, se
halló fuera.
Conway
se precipitó tras él, le cogió del brazo y le hizo girar.
—¿De
qué hablas?
—Saldré
al espacio. Ni penséis en detenerme. Y si no regreso, por el amor de la Tierra,
forzad al gobierno a iniciar preparativos bélicos importantes. De otro modo los
piratas podrán controlar todo el Sistema en el término de un año. Quizá antes.
—¿Por
qué? —inquirió Conway con tono violento—. Porque tú no has podido hallar un
asteroide.
—Exactamente
—fue la respuesta de Lucky en aquel mismo momento.
10.
EL ASTEROIDE EXISTENTE
Bigman
había llevado a Conway y a Henree a Ceres en la nave espacial de Lucky, la
Shooting Starr, y Lucky sintió alivio al saberlo. Le sería posible salir al
espacio en su propia nave, sentirla bajo sus pies, dirigir los controles con
sus manos.
Shooting
Starr era una nave para dos personas, construida unos meses atrás, luego de los
sucesos en Marte y de la intervención de Lucky en la solución del problema. La
apariencia de la nave era tan engañosa como le había sido posible hacerla a la
ciencia moderna. Tenía el aspecto de un yate espacial por sus líneas graciosas
y su longitud era doble de la longitud de la diminuta nave de Hansen.
Cualquier
viajero del espacio, al cruzarse con la Shooting Starr, pensaría que se trataba
de algo similar a un capricho de hombre rico, veloz quizá, pero de exterior
débil, poco resistente a los choques fuertes. Por cierto que nadie la habría
considerado el tipo de nave adecuada para penetrar en el peligroso espacio del
cinturón de asteroides.
Sin
embargo, una observación del interior de la nave bien podía hacer cambiar
algunas de estas ideas. Los motores hiper-atómicos centelleantes eran iguales a
los de cruceros espaciales blindados diez veces más pesados que la Shooting
Starr. Sus reservas de energía eran tremendas y la capacidad de su escudo
histerético era suficiente para detener el proyectil de mayor calibre que se
pudiera enviar desde cualquier nave espacial de guerra. Ofensivamente su masa
limitada le impedía un alto nivel de eficacia, pero en condiciones de igualdad
de peso, podía abatir a cualquier nave.
No
era extraño, pues, que Bigman ejecutara unas cabriolas de puro placer luego de
atravesar la cámara de aire y quitarse el traje espacial.
—¡Por
el espacio! —dijo el hombrecito—, me siento muy complacido de haber abandonado
esa tina. ¿Qué haremos con ella?
—Pediré
que envíen una nave desde Ceres para que la lleven a remolque hasta el
asteroide.
Ceres
estaba a espalda de ellos, a cientos de miles de kilómetros. En ese momento su
diámetro parecía la mitad del que muestra la Luna vista desde la Tierra.
Bigman,
lleno de curiosidad, preguntó:
—¿Por
qué me has metido en esto, Lucky? ¿Por qué ha habido este cambio repentino de
planes? Según lo que habíamos hablado, yo iría solo a ese lugar.
—No
hay coordenadas para enviarte allá —dijo Lucky preocupado.
En
pocas palabras le relató lo sucedido en esas pocas horas. Bigman silbó en señal
de asombro:
—¿Y
hacia dónde iremos, pues?
—No
estoy seguro —dijo Lucky—, pero comenzaremos por el lugar en que ahora tendría
que hallarse la roca del ermitaño. —Luego de estudiar los cuadrantes de los
instrumentos de medición añadió—: Y lo haremos a toda velocidad.
Y
fue a toda velocidad. La aceleración en la Shooting Starr aumentaba junto con
la velocidad. Bigman y Lucky estaban sujetos a sus sillones acolchados
dia-magnéticamente y la presión creciente se distribuía de modo uniforme sobre
toda la superficie de sus cuerpos.
La
concentración de oxígeno en la cabina iba aumentando gracias a los controles
del purificador de aire, sensible a la aceleración, y permitía aspiraciones más
profundas sin el peligro del desgaste total del oxígeno. Los aparejos que ambos
llevaban puestos eran livianos y no entorpecían sus movimientos; bajo las
condiciones de creciente velocidad, esas ataduras entraban en tensión y
protegían los huesos, en especial la columna vertebral, de cualquier fractura.
Una malla especial de nylon, a modo de cinturón, les protegía el abdomen, para
evitar lesiones internas.
En
todos los aspectos, los accesorios de la cabina habían sido diseñados por los
expertos del Consejo de Ciencias para permitir a la Shooting Starr una
aceleración que superara en un veinte y hasta en un treinta por ciento la que
podían obtener las más avanzadas naves espaciales de la armada oficial.
Así
y todo, en este caso, la aceleración había sido sólo la mitad de lo elevada que
podía ser.
Cuando
la velocidad se estabilizó, la Shooting Starr estaba a ocho millones de
kilómetros de Ceres y, si Lucky y Bigman hubiesen experimentado alguna
curiosidad por mirar el asteroide, lo habrían visto convertido, en apariencia,
en un simple punto de luz, más borroso que muchas estrellas.
—Oye,
Lucky —dijo Bigman— hace días que quiero preguntarte algo. ¿Tienes tu escudo de
luz?
Lucky
asintió y Bigman hizo un gesto de alivio.
—Y
dime, grandísimo bruto, ¿por qué no lo has llevado cuando has ido a la caza de
los piratas?
—Lo
llevaba conmigo —respondió Lucky, calmoso—. Lo he llevado conmigo desde el día
en que los marcianos me lo entregaron.
Como
Lucky y Bigman sabían, pero nadie más en toda la Galaxia, los marcianos a los
que el joven consejero se refería no eran los horticultores y habitantes
humanos de Marte, sino una raza de criaturas inmateriales, descendientes
directos de las antiguas inteligencias que una vez habitaron la superficie de
Marte en tiempos en que el planeta no había perdido aún su oxígeno y su agua.
Luego de excavar inmensas cavernas bajo la superficie de Marte, destruyendo
kilómetros y kilómetros cúbicos de roca, convirtiendo la materia así destruida
en energía y almacenando esa energía para su utilización futura, vivían ahora
en un aislamiento total y confortable. Y ya que habían abandonado sus cuerpos
materiales y vivían como pura energía, su existencia ni siquiera era sospechada
por la humanidad.
Sólo
Lucky Starr había penetrado en sus dominios y como recuerdo de ese viaje
fantástico había obtenido lo que Bigman denominaba el «escudo de luz».
La
turbación del hombrecito era muy evidente.
—¿Y
si lo tenías contigo, por qué no lo has utilizado? ¿Qué tienes en la cabeza?
—No
sabes muy bien qué es el escudo, Bigman. No puede hacerlo todo. No puede darme
de comer ni enjugarme los labios cuando lo llevo.
—Ya
he visto yo qué puede hacer. Y es mucho.
—Así
es, en cierto modo. Es capaz de absorber cualquier tipo de energía.
—Como
la energía de un proyectil desintegrador, ¿es cierto?
—Sí,
admito que he sido inmune a los disparos de desintegrador. El escudo puede
absorber energía potencial, también, si la masa de un cuerpo no es demasiado
grande ni demasiado pequeña. Por ejemplo: un cuchillo o un proyectil común no
pueden atravesarlo, aunque el proyectil podría hacerme también caer. Un mazo de
grandes dimensiones podría hacer sentir su fuerza a través del escudo, sin
embargo, y su impulso podría llegar a dañarme. Y más aún: las moléculas de aire
pueden atravesar el escudo con facilidad, porque son demasiado pequeñas para
ser detenidas. Y te explico todo esto porque quiero que comprendas que si yo
hubiese llevado el escudo y Dingo hubiera roto el visor de mi casco, cuando
estábamos luchando en el espacio, yo habría muerto, de cualquier modo. El
escudo no habría impedido que el aire de mi traje se colara hacia fuera en una
milésima de segundo.
—Si
lo hubieras llevado desde el primer momento, Lucky, no habrías tenido ningún
inconveniente. ¿Recuerdas lo que sucedió en Marte? —Bigman ahogó una risita
aguda—. Brillaba alrededor de tu cuerpo, como el humo, sólo que luminoso, y se
te veía como entre una bruma. Y no se te distinguía la cara, que parecía una
mancha de luz blanca.
—Sí
—dijo Lucky, secamente—. Y a éstos los asustaría. Querían quitarme de en medio
con sus desintegradores y ni siquiera me herirían. Entonces, habrían salido del
Atlas y desde veinte kilómetros habrían destrozado la nave. Y yo sería una
piedra muerta a estas horas. No olvides que el escudo es sólo un escudo. No me
otorga poderes ofensivos, de ninguna manera.
—¿Y
no piensas llevarlo nunca más? —preguntó Bigman.
—Cuando
sea necesario. No antes. Si lo utilizo demasiado a menudo, se perderá el
efecto. Se conocerían sus puntos débiles y yo me convertiría en el blanco de
cualquiera que se me enfrente.
Lucky
observó el instrumental de medición. Con serenidad advirtió:
—Preparado
para una nueva aceleración.
—¡Eh!
—exclamó Bigman.
Luego,
cuando se sintió oprimido contra su asiento, cuando tuvo que luchar para
mantener su respiración, ya no le fue posible decir nada más. Una luminosidad
rojiza cubría sus ojos y sintió que la piel se le estiraba hacia atrás, como si
intentara abandonar sus huesos.
Esta
vez la Shooting Starr llevó su aceleración al máximo, durante quince minutos.
Hacia
el final, Bigman apenas estaba consciente. Luego, cuando el período de
aceleración terminó, la vida volvió a latir en ambos.
Lucky
sacudía la cabeza y respiraba en forma entrecortada. Bigman le dijo:
—¡Eh!
No es nada divertido.
—Lo
sé —convino Lucky.
—¿Y
qué ocurre? ¿No teníamos bastante velocidad?
—No
la suficiente. Pero ya está bien. Nos los hemos quitado de encima.
—¿Quitado
a quién?
—A
quienes nos seguían. Alguien nos ha seguido, Bigman, desde el instante en que
has puesto un pie en la Shooting Starr. Mira el ergómetro.
Bigman
echó una mirada al aparato. El ergómetro se parecía al del Atlas sólo por el
nombre; en esa nave, el ergómetro era un modelo primitivo, diseñado para
registrar radiaciones de otro motor con la finalidad de liberar los cohetes
salvavidas. Ese era su único objetivo. El ergómetro de la Shooting Starr podía
registrar el esquema de radiación de motores hiper-atómicos en naves no mayores
que un cohete salvavidas normal, y a distancias de más de tres millones de
kilómetros.
Aun
en ese mismo instante la línea negra en el folio cuadriculado indicaba una
débil pero periódica variación.
—Eso
no es nada —comentó Bigman.
—Lo
era, hace unos momentos. Míralo tú mismo —Lucky desenrolló el cilindro de papel
ya impreso por la aguja; las oscilaciones de la línea se veían más
pronunciadas, y su origen era inequívoco—. ¿Lo ves, Bigman?
—Pudo
haber sido cualquier nave espacial. Pudo haber sido una nave de carga de Ceres.
—No.
Por una sola razón: ha intentado seguimos y, hasta cierto punto, lo ha logrado,
lo cual significa que tiene un ergómetro excelente. Además, ¿has visto alguna
vez un esquema de radiación similar a éste?
—No,
Lucky, no exactamente igual a éste.
—En
cambio yo sí lo he visto: el de la nave que abordó al Atlas. Este ergómetro
realiza un análisis mucho más completo de la radiación, pero la semejanza es
definitiva. El motor de la nave que nos ha seguido era de diseño sirio.
—O
sea que era la nave de Antón.
—U
otra similar. En este caso no es importante. De todos modos, los hemos dejado
atrás.
—En
este momento —dijo Lucky— estamos en el preciso punto en que tendría que
hallarse la roca del ermitaño; o, al menos, dentro de un radio de unos cuarenta
mil kilómetros.
—Pues
aquí no veo nada —comentó Bigman.
—Así
es, no hay nada. El registro de gravedad no indica la cercanía de ninguna masa
asteroidal. Estamos dentro de lo que los astrónomos denominan la zona
prohibida.
—Aja
—asintió Bigman prudentemente—, ya veo.
Lucky
sonrió: no había nada que ver. Una zona prohibida en el cinturón asteroidal no
se veía muy distinta de una parte del cinturón que estuviese sembrada de rocas,
al menos a la observación directa, sin instrumental óptico. A menos que un
asteroide se hallara a una distancia cercana a los ciento ochenta kilómetros,
la vista de conjunto era la misma.
Estrellas
o cuerpos que semejaban estrellas cubrían el firmamento; no era posible
asegurar cuáles de ellos eran asteroides y no estrellas, a menos que se hiciese
una observación muy prolongada, para ver qué presuntas «estrellas» variaban su
posición relativa, o a menos que se utilizara un telescopio.
Bigman
inquirió:
—Bien,
¿qué haremos?
—Observar
las cercanías. Y esto tal vez nos llevará un par de días.
La
trayectoria de la Shooting Starr se tornó errática; la nave se dirigió hacia la
región exterior del Sistema Solar, abandonando la zona prohibida en dirección a
las agrupaciones más cercanas de asteroides. El registro de fuerza de gravedad
mostró, con el salto de sus agujas, la aproximación a masas aún distantes.
Uno
detrás de otro, los pequeños cuerpos se deslizaron por la pantalla visora,
permanecieron en ella mientras su capacidad de movimiento lo permitía y luego
desaparecieron.
La
velocidad de la Shooting Starr había disminuido hasta convertirse en un
relativo deslizamiento, pero aun así los kilómetros recorridos superaban los
cientos de miles y alcanzaban los millones. Transcurrieron varias horas; una
docena de asteroides apareció y quedó atrás.
—Será
mejor que comas —dijo Bigman.
Pero
Lucky se contentó con un bocadillo y unos sorbos de agua mientras él y Bigman
se alternaban para observar la pantalla visora, el registro de gravedad y el
ergómetro.
De
pronto, a la vista de un asteroide, Lucky dijo con voz tensa:
—Ahora
descenderé.
Bigman,
sorprendido, preguntó:
—¿Es
ése el asteroide? —advirtió sus angulosidades—. ¿Lo has reconocido?
—Creo
que sí, Bigman. Sea como fuere, tenemos que investigarlo.
Media
hora más tarde, Lucky había conducido la nave hasta la zona sombreada del
asteroide.
—Mantente
aquí —ordenó Lucky—. Uno de los dos debe quedarse en la nave y tú eres el
indicado. No lo olvides: no es imposible detectar la presencia de la nave, pero
si te mantienes en la sombra, con las luces apagadas y los motores al mínimo,
será muy difícil para ellos localizarte. Según el registro actual del
ergómetro, ahora no hay ninguna nave en las cercanías. ¿De acuerdo?
—¡De
acuerdo!
—Lo
que debes recordar como cosa principal es esto: no vayas en mi busca por
ninguna razón; cuando yo haya cumplido mi objetivo vendré hacia aquí. Si no
regreso dentro de doce horas y tampoco he llamado durante ese tiempo irás a
Ceres con un informe, después de tomar fotografías de este asteroide desde
todos los ángulos posibles.
La
expresión del rostro de Bigman denotaba claramente hosquedad y obstinación:
—¡No!
—Aquí
está el informe —dijo Lucky con voz inalterable, a la vez que cogía de un
bolsillo interno una cápsula personal—. Esta cápsula está especialmente sellada
para el doctor Conway. Él es el único que puede abrirla, y debe tener esta
información en su poder, prescindiendo de lo que pueda ocurrirme a mí,
¿comprendes?
—¿Qué
hay dentro? —preguntó Bigman, sin tender la mano para cogerla.
—Sólo
teorías, me temo. No he hablado de ellas con nadie, porque quería venir aquí,
reunir pruebas y regresar con hechos. Si no lo logro, al menos las teorías irán
de regreso. Tal vez Conway crea en ellas y pueda forzar al gobierno a que actúe
según ellas.
—No
lo haré —protestó Bigman—. No te abandonaré.
—Bigman:
si no puedo confiar en que tú harás lo que corresponde, más allá de lo que nos
ocurra a ti y a mí, tampoco podré confiar en ti luego, si regreso sano y salvo.
Bigman
tendió su mano y la cápsula quedó sobre su palma.
—Está
bien —dijo el hombrecito.
Lucky
se deslizó a través del vacío hacia la superficie del asteroide, ayudándose con
las pistolas impelentes de su traje espacial. Sabía que el asteroide tenía un
tamaño aproximadamente igual al del ermitaño, que la forma era similar a la que
él recordaba, que su superficie era escarpada e irregular y, a la luz del Sol,
su color era el mismo, poco más o menos. Pero todo esto, sin embargo, podría
ajustarse a la descripción de cualquier asteroide.
Pero
había otro elemento. Y era el único que no debía repetirse en muchos casos más.
De
un pequeño saco, suspendido de su cintura, extrajo un instrumento diminuto,
similar a un compás: en realidad se trataba de una unidad de radar de bolsillo.
Su fuente blindada de emisión podía poner en el aire ondas cortas de casi
cualquier frecuencia. Algunas octavas podían ser parcialmente reflejadas por la
roca y parcialmente transmitidas a distancias razonables.
Frente
a un estrato rocoso sólido, la reflexión de las radiaciones activaba una aguja
dentro de un cuadrante. Frente a un cuerpo rocoso no totalmente sólido, por
ejemplo, una superficie bajo la cual se hallara una cavidad o un agujero, parte
de la radiación era reflejada en forma directa, en tanto que otra porción
penetraba en el hueco y era reflejada por la pared más lejana. De este modo se
producía una doble reflexión, uno de cuyos componentes era más débil que el
otro. De acuerdo con esa doble reflexión, la aguja vibraba con un movimiento
doble característico.
Lucky
observó el instrumento al moverse con libertad por entre los picos rocosos.
Suavemente, la aguja vibraba con dos movimientos distintos: primero el más
débil, luego el de mayor intensidad. El corazón de Lucky latía con fuerza. El
asteroide era hueco. Si hallaba el lugar en que los movimientos subsidiarios
fuesen más intensos, estaría en el lugar en que el agujero era más cercano a la
superficie: la compuerta de aire.
Por
unos minutos todas las facultades de Lucky se concentraron en la aguja. El
joven no advirtió el cable magnético que serpenteaba hacia él desde el
horizonte cercano.
Y no
lo advirtió hasta que estuvo prisionero en él, espiral tras espiral, en
ajustado lazo que lo elevó de la superficie del asteroide y luego lo depositó
en lo hondo de la roca, como un cuerpo sin peso, totalmente indefenso.
11.
FRENTE A FRENTE
Tres
luces surgieron en el horizonte y avanzaron hacia el cuerpo yaciente de Lucky.
En la oscuridad de la noche asteroidal era imposible ver las figuras que
acompañaban a esas luces.
Luego,
una voz resonó en sus oídos, y era la voz ronca e inconfundible del pirata
Dingo, diciendo:
—No
llames a tu compinche allá arriba. Aquí tengo un aparato que puede detectar tu
onda de transmisión. Si lo intentas, te taladraré el traje inmediatamente,
chivato.
Su
última palabra fue casi escupida; era el término despectivo con que todos los
malhechores se referían a quienes consideraban espías de las instituciones
oficiales.
Lucky
guardó silencio. Desde el preciso instante en que sintió que su traje temblaba
al contacto del cable magnético, tuvo la certeza de que había caído en una
trampa. Llamar a Bigman, antes de saber algo más acerca del tipo de peligro que
le amenazaba, habría significado arriesgar a la Shooting Starr, y sin que ello
le reportase ninguna posibilidad de auxilio.
Dingo
estaba de pie a su lado, con la mole de su cuerpo proyectada hacia el
firmamento.
Un
resplandor de luz permitió a Lucky observar la pantalla facial del casco de
Dingo y las gafas voluminosas que cubrían la zona correspondiente a sus ojos.
El joven sabía que ésos eran convertidores infrarrojos, capaces de cambiar
cualquier radiación calórica común en luz visible. Aun desprovistos de luces,
pensó Lucky, habrían sido capaces de verlo en medio de la oscuridad del
asteroide, gracias a la radiación de sus propias unidades calefactoras,
incorporadas a su traje espacial.
Dingo
preguntó:
—¿Qué
ocurre? ¿Tienes miedo, chivato?
El
pirata alzó una pierna recubierta por el traje metálico y bajó el talón en un
movimiento veloz hacia la placa visora de Lucky; el joven desvió de prisa su
cabeza para que el golpe recayera sobre la sección metálica del casco, pero el
pie de Dingo se detuvo a mitad de su recorrido; con una risotada repugnante, el
pirata aseguró:
—No
será tan fácil para ti, basura.
El
tono de su voz fue muy distinto cuando Dingo habló a los otros dos piratas:
—Idos
de aquí y dejadme la compuerta libre.
Por
un instante los hombres no reaccionaron. Luego uno de ellos dijo:
—Pero,
Dingo, el capitán ha ordenado que tú...
—¡Andando!,
o de lo contrario él será el primero y le seguiréis vosotros.
La
amenaza surtió efecto y los hombres se alejaron. Dingo se volvió hacia Lucky:
—Pues
bien, ahora, ¿qué tal si vamos a la compuerta?
En
la mano sostenía el cabo del cable metálico; oprimió un interruptor con lo cual
cortó la corriente que magnetizaba las ataduras.
Tras
hacerse a un lado tiró del cable con fuerza en dirección a su pecho; el cuerpo
de Lucky se arrastró por el suelo rocoso del asteroide, brincó hacia un lado y
se desprendió de algunas de las espirales desmagnetizadas que lo sujetaban.
Dingo oprimió el interruptor nuevamente y el lazo volvió a cerrarse,
magnetizado otra vez. El pirata imprimió al cable un movimiento de látigo y,
junto con el cabo opuesto a su mano, vio el cuerpo de Lucky elevándose mientras
él se movía con gran habilidad para mantener su propio equilibrio.
Lucky
flotaba en el espacio y Dingo marchaba como lo haría un niño que sostuviese una
cuerda con un globo atado en un extremo.
Las
luces de los otros dos hombres se hicieron visibles cinco minutos más tarde.
Brillaban en medio de una mancha oscura cuya forma regular denunciaba que allí
estaba la compuerta de aire.
Dingo
gritó:
—¡Cuidado!
¡Que aquí va un paquete!
Desmagnetizó
una vez más el cable y le imprimió un movimiento serpenteante; al hacerlo se
elevó quince centímetros por encima del suelo. Lucky, en un veloz movimiento de
rotación, quedó libre de sus ataduras.
Dingo,
de un ágil brinco, lo cogió en el aire. Con la habilidad de un hombre habituado
a la ingravidez, evitó los esfuerzos de Lucky por liberarse de su abrazo y lo
arrojó hacia la compuerta; luego detuvo su propia caída hacia atrás con un par
de disparos de la pistola impelente de su traje espacial y se enderezó a tiempo
para ver a Lucky trasponiendo con limpieza la compuerta de aire.
Lo
que ocurrió a continuación fue bien visible a la luz de las lámparas de los
piratas.
Dentro
del campo artificial de gravedad existente en la compuerta, Lucky se precipitó
de pronto hacia el piso rocoso, donde golpeó con tanta violencia que le faltó
el aliento. Las risotadas de Dingo, verdaderos aullidos, llenaron el ambiente.
La
puerta externa se cerró; luego se abrió la interna. Lucky se puso de pie,
agradecido, a pesar de todo, de regresar a la gravedad normal.
Dingo
empuñaba un desintegrador.
—Entra,
chivato.
Lucky
se detuvo en cuanto cruzó la puerta hacia el interior del asteroide. Sus ojos
se deslizaron, veloces, de uno a otro lado en tanto que el hielo se formaba en
los bordes de su placa visora. Y lo que vio no fue la biblioteca de Hansen,
alumbrada suavemente, sino una inmensa galería, cuyo techo se apoyaba en una
larga hilera de pilares. No le fue posible ver el otro extremo. A intervalos
regulares, sobre las paredes, se abrían puertas que daban a otras salas. Muchos
hombres iban y venían, de prisa, por los corredores, y se advertía un fuerte
olor a ozono y a aceite en el aire. A la distancia, se dejaba oír el
característico rum-rum de los que debían ser gigantescos motores
hiper-atómicos.
Era
evidente que no estaban en la morada de un ermitaño, sino en una gran planta
industrial dentro de un asteroide.
Lucky
se mordió el labio inferior, pensativo, y se preguntó con cierta angustia si
toda esa información habría de morir con él.
Dingo
ordenó:
—Allá,
basura. Métete allá.
Le
indicaba la puerta de un depósito, cuyos anaqueles y cajones estaban llenos,
pero donde no había ningún ser humano, excepto ellos mismos.
—Oye,
Dingo —dijo uno de los piratas con voz nerviosa—, ¿por qué le estamos haciendo
ver todo esto? No pienso...
—No
hables, pues —interrumpió Dingo y se echó a reír—. No temas, a nadie podrá
hablarle de nada de lo que ve aquí. Te lo aseguro. Pero ahora tengo que
ajustarle una pequeña cuenta. Quítale el traje.
Mientras
hablaba, el pirata se había quitado su traje espacial, del que emergió su mole
imponente. Con una mano acarició el dorso peludo de la otra: saboreaba el
momento con intensidad.
Lucky
dijo con firmeza:
—El
capitán Antón no te ha dado órdenes de matarme. Lo que quieres es zanjar una
disputa personal y sólo lograrás meterte en un lío. Yo soy un hombre valioso
para el capitán y él lo sabe.
Dingo
se había sentado sobre el borde de un cajón lleno de pequeños objetos
metálicos, con una mueca en la cara.
—Quien
te oyese, basura, pensaría que tienes algo de razón. Pero no nos has engañado.
Cuando te dejamos en la roca con el ermitaño, ¿qué crees tú que hacíamos
nosotros? Vigilábamos. El capitán Antón no es ningún tonto, y me envió de
regreso; me dijo: «Observa la roca y regresa para informar qué ocurre.» Os he
visto cuando partíais en la nave del ermitaño y os podía haber destrozado, pero
la orden era seguiros.
»He
permanecido cerca de Ceres durante un día y medio y he visto que la nave del
ermitaño volvía a salir al espacio. Aguardé unas horas más y luego he visto que
esa otra nave le salía al encuentro. El tipo que estaba en la nave del ermitaño
pasó a la otra nave, y luego os he seguido.
Lucky
no pudo reprimir una sonrisa:
—Has
intentado seguirnos, querrás decir.
La
cara de Dingo se convirtió en una mancha encarnada; con verdadera furia
reconoció:
—De
acuerdo. Has sido más veloz. Tu máquina es buena para la carrera. ¿Y qué? No
debía darte caza. Sólo he tenido que venir aquí y aguardar. Sabía muy bien
hacia dónde te encaminarías. Y ahora te he cogido, ¿no?
Lucky
arguyó:
—Bien,
¿pero qué sabes tú, en realidad? En la roca del ermitaño yo estaba desarmado.
Yo no tenía una sola arma y el ermitaño tenía un desintegrador y me he visto
obligado a hacer lo que él decía. Estaba empeñado en ir a Ceres y me ha forzado
a acompañarlo para poder engañaros si nos sorprendíais diciendo que yo le había
raptado. Tú mismo has admitido que me he marchado de Ceres tan pronto como he
podido para regresar aquí.
—¿En
una bella y brillante nave del gobierno?
—La
he robado, ¿y qué? Esto sólo significa que tendréis una nueva nave para vuestra
flota. Y una de las buenas.
Dingo
buscó la mirada de los otros piratas antes de comentar:
—Pues
sí que nos baña con polvo de cometa, ¿eh?
—Te
lo advierto nuevamente —dijo Lucky—, el capitán te hará responsable a ti de
cualquier cosa que me suceda.
—No,
no lo hará —gruñó Dingo—, porque él sabe muy bien quién eres tú y yo también lo
sé, señor David Lucky Starr. Venga, muévete hacia aquí.
Dingo
se puso de pie, y dijo a sus dos compañeros:
—Quitad
esos cajones de ahí, quitadlos de en medio.
Ambos
hombres observaron por un instante su rostro duro, congestionado, y luego
hicieron lo que se les ordenaba. El cuerpo voluminoso, casi deforme, de Dingo
estaba apenas encorvado hacia adelante, la cabeza hundida entre los hombros
musculosos y sus gruesas piernas combadas se asentaban en el suelo rocoso con
fuerza. Sobre su labio superior resaltaba la cicatriz, más blanca que nunca.
—Hay
formas fáciles de liquidarte y hay formas hermosas de hacerlo. No me gustan los
espías y sobre todo no me gusta un chivato que me juega sucio en un duelo de
pistolas impelentes. Así pues, antes de terminar contigo te haré pedazos.
Comparado
con su oponente, Lucky parecía alto y delgado.
—Dime,
Dingo, ¿eres bastante hombre como para vértelas conmigo solo o tus amigos te
ayudarán?
—No
necesito ayuda, bonito. —El pirata rió con grosería—. Pero si intentas escapar,
te detendrán, y si sigues intentado escapar, ellos tienen látigos neurónicos
que te detendrán por completo. —Alzó la voz en ese momento—: Y vosotros,
utilizadlos si es preciso.
Lucky
aguardó a que el otro hiciera algún movimiento. Allí, frente a frente con su
enemigo, sabía que la táctica menos indicada sería la de buscar una lucha a
corta distancia.
Si
permitía que el pirata le rodeara el pecho con sus poderosos brazos, en pocos
instantes tendría todas las costillas rotas.
Con
el puño derecho recogido, Dingo se adelantó. Lucky se mantuvo en su lugar y, en
el momento exacto, dio un paso a la derecha, cogió el brazo izquierdo de su
contrincante, lo forzó hacia atrás y, aprovechando el impulso, le echó una
zancadilla.
Dingo
cayó pesadamente y se deslizó por el suelo, un par de metros. Sin embargo, se
incorporó de inmediato; tenía una mejilla arañada y brillos fugaces de locura
destellando en los ojos.
El
pirata cargó contra Lucky, que se había retirado, ágil, hacia uno de los
cajones que se alineaban contra la pared.
Lucky
se apoyó en un borde del cajón y describió con sus piernas un semicírculo que
fue a dar al medio del pecho de Dingo; por un segundo el pirata se detuvo;
Lucky giró con rapidez y volvió a plantarse en medio del salón.
Uno
de los piratas aconsejó:
—Eh,
Dingo, déjate de tonterías.
—Lo
mataré, lo mataré —jadeó Dingo.
Pero
se comportó con cautela; sus ojillos estaban casi ocultos entre las bolsas de
sus párpados. Se acercó lentamente, estudiando a Lucky, aguardando el momento
favorable para su ataque.
El
joven se burló:
—¿Qué
sucede, Dingo? ¿Me tienes miedo? Para ser tan fanfarrón, te has asustado muy
pronto.
Tal
como Lucky lo había supuesto, Dingo gruñó furioso y se precipitó de cabeza
hacia él, en línea recta; no fue difícil evadir la acometida; su mano derecha,
de lado, se abatió fuerte y veloz sobre la nuca de Dingo.
Lucky
había visto a muchos hombres quedar inconscientes luego de ese golpe especial;
también había visto a más de uno muerto de ese modo. Pero Dingo apenas se
tambaleó, y luego de sacudir la cabeza, se volvió, bramando.
Pesado
en sus movimientos, el pirata se adelantó hacia Lucky, que bailoteaba sin
cesar. Cuando estuvieron frente a frente, el joven consejero castigó la mejilla
arañada de su rival con un vigoroso puñetazo. La sangre comenzó a manar, pero
Dingo no hizo ningún gesto para detener el golpe, ni parpadeó siquiera al
recibirlo.
Lucky,
luego de unas fintas, aplicó dos golpes más en el rostro del pirata, pero éste
no pareció advertirlos. Dingo avanzaba, avanzaba siempre.
De
pronto, en forma inesperada, cayó al suelo; en apariencia había tropezado, pero
sus brazos se adelantaron y una de sus manos se cerró sobre el tobillo derecho
de Lucky quien, a su vez, cayó al suelo.
—Ahora
te he cogido —masculló Dingo.
El
pirata estiró su otra mano hasta la cintura de Lucky y, en un instante y
estrechamente abrazados, ambos rodaban por el piso.
Lucky
sintió la presión que crecía y le estrechaba, sintió el dolor que estallaba
dentro y avanzaba como una llamarada. El fétido aliento de Dingo lo invadía y
su jadeo sonaba junto al oído del joven.
El
brazo derecho de Lucky estaba libre, pero el izquierdo había quedado preso en
el abrazo implacable de su rival en torno a su pecho. Con el último ímpetu de
sus fuerzas, Lucky lanzó su puño derecho hacia arriba; a unos diez centímetros,
el puñetazo estalló contra la mandíbula de Dingo, con una intensidad que le
colmó de dolor todos los músculos de su brazo.
La
presión de Dingo sobre el pecho de Lucky se debilitó y éste, con una rápida
contorsión, quedó fuera del abrazo feroz y se puso de pie.
Dingo
se incorporó con lentitud; sus ojos se veían vidriosos y un hilo de sangre
había comenzado a brotar de su boca.
—¡El
látigo! ¡El látigo! —Dingo escupió, más que dijo, las palabras.
De
inmediato se volvió hacia uno de los piratas que estaban de pie, inmóviles, con
una mirada turbia y confundida, y arrancó de sus manos el arma, mientras lo
empujaba con furia.
Lucky
intentó evitar el latigazo, pero ya la correa estaba restallando en el aire;
cuando el golpe llegó a su costado derecho, todos los nervios de esa zona
respondieron al estímulo, envolviéndole en una onda de agudo dolor. El cuerpo
del joven perdió su rigidez y cayó al suelo.
Por
un instante sus sentidos le obedecieron sólo confusamente y un resto de
conciencia le hizo pensar que su muerte estaba muy cercana. Entre las brumas de
su cerebro traspasado por el efecto del látigo neurónico, oyó la voz de uno de
los piratas:
—Oye,
Dingo, el capitán ha dicho que esto debía parecer un accidente. Es un hombre
del Consejo de Ciencias y...
Fue
todo lo que Lucky logró oír.
Cuando
recobró el sentido llevaba otra vez el traje espacial. El costado derecho le
escocía con la sensación lacerante de mil agujas clavadas a todo lo largo de
sus músculos. En ese instante le ajustaban el casco. Dingo, con los labios
hinchados, la mejilla y la mandíbula enrojecidas, observaba lleno de placer
maligno.
Comenzó
a oírse una voz a través de la puerta. Deprisa, hablando atropelladamente, un
hombre entró en el cuarto. Lucky oyó que decía:
—...
Para el puesto 247. La cosa se ha puesto de tal forma que no puedo rastrear
todos los encargos. Ni siquiera me es posible mantener nuestra órbita dentro de
las correcciones de las coordenadas de...
La
voz se debilitó primero para luego callar. Lucky giró la cabeza y vio un
hombrecillo con gafas y cabellos grises. Apenas había franqueado el umbral y
con una mezcla de asombro e incredulidad contemplaba la escena que sus ojos
habían sorprendido.
—¡Fuera!
—vociferó Dingo.
—Pero
es que tengo que cumplir con un encargo...
—¡Luego!
El
hombrecito se marchó; el casco de Lucky ya estaba en la posición correcta sobre
su cabeza.
Le
llevaron afuera nuevamente, a través de la compuerta de aire, hacia una
superficie, que ahora estaba apenas iluminada por el resplandor débil del
lejano Sol. Una catapulta estaba a la espera, sobre un plano rocoso. Su
funcionamiento no era un misterio para Lucky. Un cabestrante automático ponía
en tensión una gran palanca metálica que se inclinaba, con lentitud, más y más,
hasta llegar a la línea horizontal, a partir de la posición de reposo, que
había sido oblicua. Los piratas ataron el extremo de la palanca con correas que
luego enlazaron en la cintura de Lucky.
—Quédate
quieto —advirtió Dingo. Su voz sonaba lejana y poco clara en los oídos del
hombre del Consejo de Ciencias, que comprendió que su receptor estaba
averiado—. Estás malgastando tu oxígeno. Y para que te sientas más tranquilo:
enviaremos naves que atacarán a tu amigo y le harán trizas antes de que él
pueda ganar velocidad, si es que se le ocurre huir.
Un
instante más y Lucky percibió la vibración seca y potente de la palanca al ser
liberada. Con fuerza aterradora, la catapulta volvió a su posición original y
el lazo de su cintura se abrió suavemente. El cuerpo de Lucky saltó al espacio,
a una velocidad de dos kilómetros por minuto, o más, sin fuerza de gravedad que
pudiera detener su loco vuelo. Tuvo una visión fugaz del asteroide y de los
piratas con las cabezas inclinadas hacia él, mirándole.
Pero
todo se desvaneció casi inmediatamente, mientras su cuerpo se elevaba.
Lucky
revisó su traje espacial. Sabía ya que su aparato radiorreceptor estaba
averiado; sin duda el control de sensibilidad no funcionaba. Esto significaba
que su voz tendría un alcance de pocos kilómetros en el espacio. Probó la
pistola impelente del traje, pero sin resultado: los depósitos de gas habían
sido vaciados.
Estaba
indefenso por completo. Sólo el contenido de un cilindro de oxígeno lo separaba
de una lenta, horrible muerte.
12.
NAVE CONTRA NAVE
Con
una opresión ominosa en el pecho, Lucky analizó su situación. Estaba seguro de
interpretar correctamente los planes de los piratas. Por un lado, su deseo era
quitarle de en medio sin que él llegara a saber demasiado.
Por
otro, querían que fuese hallado muerto de modo que el Consejo de Ciencias no
pudiera probar en forma concluyente que su muerte había sido ocasionada por los
piratas.
Veinticinco
años antes los piratas habían cometido el error de matar a un funcionario del
Consejo y la correspondiente reacción casi los había exterminado. Esta vez
serían más prudentes.
«Atacarán
a la Shooting Starr —pensó Lucky—, la aislaran con una interferencia, para
impedir que Bigman emita un mensaje de socorro. Podrán barrenarla con un cañón,
para que el choque en la nave se asemeje a un golpe con un meteorito, y hasta
serían capaces de enviar a bordo a sus propios ingenieros, para que averiasen
los activadores del escudo.» Así parecería que un defecto del mecanismo habría
impedido que el escudo cubriera el casco de la nave en el instante en que el
meteorito se acercaba.
Lucky
también sabía que los piratas conocían su propia trayectoria en el espacio;
nada podía desviarlo de los ángulos originales de su vuelo y, cuando estuviese
muerto, cogerían su cuerpo y lo enviarían describiendo una órbita en torno de
la Shooting Starr, ya destrozada. Quienes la descubriesen (y tal vez una de las
naves piratas enviaría un mensaje anónimo para hacer conocer su situación)
tendrían que llegar a una conclusión evidente.
Bigman
en los controles, atento a la maniobra hasta el fin, muerto en su puesto.
Afuera, Lucky girando, con su traje espacial y el radiorreceptor averiado por
no haber sabido conservar la calma en el momento de peligro. La excitación le
habría impedido emitir un mensaje de socorro; pensarían que había gastado el
gas de su pistola impelente en el intento cobarde e inútil de hallar su propia
salvación.
Y él
también estaría muerto.
Pero
no podía ser. Ni Conway ni Henree llegarían jamás a creer que Lucky se había
preocupado sólo por su propia seguridad, mientras Bigman permanecía lealmente
sentado ante los controles. Pero en ese momento la fisura del plan
representaría una pobre satisfacción para Lucky Starr, ya muerto. Y aún había
algo peor: junto con Lucky Starr moriría toda la información, de vital
importancia, que estaba registrada en su cerebro.
Durante
unos segundos se maldijo a sí mismo con verdadera pasión: ¿por qué, antes de
partir, no había transmitido todas sus sospechas a Conway y a Henree? ¿Por qué
no había preparado la cápsula personal antes de embarcarse en la Shooting
Starr? Luego recobró el dominio de sí; nadie le habría creído sin pruebas
contundentes.
Y
por todo esto tenía que regresar.
¡Tenía
que hacerlo!
¿Pero
cómo? ¿De qué valía el «tener» si estaba solo e inerme en el espacio, con
apenas unas horas de oxigeno y nada más?
¡Oxígeno!
«Tengo
oxígeno», pensó Lucky. Cualquiera que no fuese Dingo habría dejado en el
cilindro muy poca cantidad, para que la muerte fuese casi inmediata. Pero si no
se equivocaba, si conocía la mente maligna de Dingo, el pirata debía haberle
provisto de un cilindro bien cargado, sólo para prolongar su agonía.
¡Estupendo!
En sus manos estaba cambiar el curso de la situación. Utilizaría el oxígeno con
otros fines. Si no lograba su objetivo, al menos la muerte llegaría antes, a
pesar de Dingo.
Sólo
que no debía fallar.
Mientras
describía su órbita en el espacio, Lucky había advertido que en forma periódica
el asteroide cruzaba la línea de su visión. En un primer momento, era una roca
lejana, cuyos picos irregulares se veían iluminados por los rayos sesgados del
sol, en medio de la negrura del espacio. Luego se había convertido en una
brillante estrella, en una línea delgada de la luz. Ahora el brillo se
debilitaba de prisa. Una vez que el asteroide llegara a verse como una más
entre la miríada de estrellas, todas sus posibilidades habrían desaparecido;
Lucky sabía que para ello restaban unos pocos minutos.
Sus
dedos entorpecidos por el guante metálico ya buscaban a tientas el tubo
flexible que conectaba la toma de aire, por debajo de la placa visora del
casco, con el cilindro de oxígeno, que pendía sobre su espalda. Con esfuerzo
hizo girar el tornillo que fijaba el tubo de aire al cilindro.
Y el
tornillo cedió. Lucky permitió que su casco y el resto del traje espacial se
llenaran de oxígeno. Habitualmente el oxígeno fluía con lentitud del cilindro,
de acuerdo con el ritmo respiratorio de los pulmones. El bióxido de carbono y
el agua que se formaban como resultado de la respiración eran absorbidos, en su
mayor parte, por los elementos químicos contenidos en botes especiales,
provistos de válvulas y colocados en la parte interna de las placas pectorales
del traje espacial. El oxígeno se mantenía a un quinto de la presión
atmosférica normal en la Tierra, lo cual era perfecto, pues las cuatro quintas
partes de la atmósfera terrestre son nitrógeno, que es un gas irrespirable.
Sin
embargo, existía un margen para concentraciones mayores, ligeramente por encima
de la presión atmosférica normal, antes de que se produjese la posibilidad de
peligro por efectos tóxicos. Lucky hizo que el oxígeno colmara su traje.
Cuando
el traje estuvo lleno, cerró por completo la válvula bajo su placa visora, y
desprendió el cilindro.
En
sí mismo, el cilindro era una especie de pistola impelente: muy poco común, por
cierto. Para un individuo abandonado en el espacio, utilizar el precioso
oxígeno que lo separaba de la muerte como fuente energética, arrojarlo al
vacío, significaba desesperación. O bien una decisión férrea.
Lucky
accionó la válvula reductora del cilindro y dejó que surgiese un chorro de
oxígeno. Esta vez no se produjo la línea de cristales. A diferencia del bióxido
de carbono, el oxígeno se congela a temperatura bajísima, y antes de que
pudiese perder calor suficiente como para solidificarse ya se había esparcido
en el espacio. De todos modos, ya fuese gas o sólido, la tercera ley de Newton
sobre el movimiento se cumplía: mientras el gas era expelido en una dirección,
Lucky era impulsado en dirección opuesta por el efecto natural de
retropropulsión.
Su
rotación se tornó lenta; con gran cuidado aguardó a que el asteroide estuviese
por completo dentro de su campo visual, antes de detener el movimiento
rotatorio por completo.
Aún
estaba alejándose de la roca, que casi no se distinguía por su brillo entre las
estrellas cercanas. Era posible que hubiera errado su objetivo, pero, ante la
incertidumbre, cerró su mente.
Fijó
sus ojos con obstinación en el punto de luz que, según sus presunciones, debía
ser el asteroide y produjo otra descarga de gas del cilindro, en dirección
opuesta. Se preguntó si tendría suficiente oxígeno como para cubrir todo el
trayecto que lo separaba de la roca.
Pero
no tenía posibilidad de calcularlo en ese momento.
Y,
por supuesto, debía reservar cierta cantidad para maniobrar en torno al
asteroide, llegar a su cara oscurecida, hallar a Bigman y a la nave, a menos
que...
A
menos que la nave ya se hubiese alejado o hubiese sido destruida por los piratas.
Lucky
creyó advertir que la vibración de sus manos, ocasionada por la salida del gas,
disminuía su intensidad. Podía ser que el cilindro se estuviese agotando o bien
que su temperatura bajaba. En ese momento estaba sosteniendo el cilindro lejos
de su traje, de modo que no le estaba transmitiendo calor.
Los
cilindros de oxígeno adquieren del traje espacial la temperatura necesaria para
que el contenido sea respirable y otro tanto ocurre con el bióxido de carbono
de las pistolas impelentes, que de ese modo se mantiene en estado gaseoso. En
el vacío del espacio el calor sólo puede transmitirse mediante radiación, un
proceso lento: aun así el cilindro de oxígeno había tenido tiempo de enfriarse.
Cogió
el cilindro entre sus brazos, lo apoyó contra su pecho y aguardó.
Aunque
le parecieron horas, sólo transcurrieron quince minutos hasta que creyó ver que
la intensidad de la luz del asteroide aumentaba. ¿Se aproximaba a la roca? ¿O
sería su imaginación? Luego de transcurridos otros quince minutos el brillo era
más intenso, ya no cabía duda. Lucky se sintió agradecido al azar que lo había
arrojado hacia la porción iluminada de la roca y por el que había logrado verla
con claridad y convertirla en su blanco.
Ahora
le resultaba difícil respirar. Y no se trataba de asfixia por bióxido de
carbono: ese gas era eliminado tan pronto como se producía. Pero en cada
aspiración absorbía una pequeña parte de su precioso oxígeno. Intentó respirar
poco, cerrar los ojos, descansar. Además, no podía hacer otra cosa hasta
alcanzar y sobrepasar el asteroide. Allá, bajo la cara oscura, Bigman tal vez
se hallaría a la espera.
Si
lograba acercarse a Bigman lo suficiente, si le era posible enviarle un
mensaje, a pesar de la avería de su radiorreceptor, antes de alejarse
demasiado, tal vez habría una posibilidad.
Lentas
y torturantes transcurrieron las horas para Bigman. Sentía verdaderas ansias de
descender, pero no se atrevía. Razonó consigo mismo: si el enemigo estaba allí,
ya se habría mostrado en todo ese tiempo. Luego rebatió en su mente ese
razonamiento y se dijo con amargura que el silencio mismo y la inmovilidad en
el espacio implicaban una trampa y que Lucky había sido cogido en ella.
Colocó
la cápsula personal de Lucky al alcance de su vista y se preguntó cuál sería su
contenido. Si hubiese algún medio de abrirla, leer el diminuto microfilme allí
encerrado.
De
ser posible, radiaría el contenido a Ceres, así tendría las manos libres para
lanzarse hacia la roca, destrozarlos a todos, arrancar a Lucky de cualquier
jaleo en que se hubiese metido.
¡No!
En primer lugar, no se atrevía a utilizar la onda sub-etérica. Sin duda los
piratas no lograrían descifrar el código, pero podrían localizar la fuente de
emisión y él tenía órdenes de no hacer nada que delatase la posición de la
nave.
Por
otra parte, ¿qué sentido tenía pensar en la manera de abrir una cápsula
personal?
Un
horno solar podría fundirla, destruirla, un proyectil atómico la desintegraría,
pero nada podría abrirla dejando intacto el mensaje en ella encerrado, excepto
el contacto vivo de la persona para la cual había sido «personalizada». Así
pues, no había alternativas.
Más
de la mitad del período de doce horas había transcurrido cuando el registro de
gravedad le envió una clara señal de atención.
Bigman
emergió de sus ensoñaciones; lleno de asombro observó el ergómetro. Las
pulsaciones de los motores de varias naves espaciales se confundían en curvas
complejas, que cambiaban de una a otra configuración, como si se tratara de
serpientes reptando.
La
Shooting Starr llevaba su escudo a un nivel rutinario de potencia que le
permitía rechazar cualquier impacto casual de un «debris», que en el lenguaje
espacial es el término técnico que se aplica a los meteoritos errantes de menos
de dos centímetros de diámetro;
Bigman
elevó su potencia al máximo y al mismo tiempo el suave zumbido de unos segundos
antes se convirtió en ruido estridente. Una a una, activó las pantallas visoras
de corto alcance, reunidas en dos líneas.
Sus
ideas se hicieron confusas. Las naves despegaban del asteroide, ya que no
lograba detectar a ninguna de ellas. Lucky debía de estar prisionero, pues;
quizá muerto. Ya no le importaba cuántas naves le atacasen: las enfrentaría y
vencería a todas, a cada una de ellas.
Se
acercó. Un primer rayo de sol atravesó una de las pantallas visoras; sin quitar
los ojos de las rayas que se cruzaban en el centro ajustó el enfoque. Luego
oprimió un objeto similar a una tecla de piano y, cogida en una invisible
explosión de energía, la nave pirata brilló violentamente.
La
incandescencia no era resultado de alguna acción sobre su casco, sino de la
absorción de energía por parte de la defensa de la nave enemiga. La intensidad
del brillo aumentó más y más; luego fue disminuyendo a medida que la nave viró
en redondo y se alejó del lugar.
Una
segunda y una tercera nave surgieron en las pantallas. Un proyectil se
precipitaba hacia la Shooting Starr. En el vacío del espacio no hubo fogonazo
ni sonido, pero el Sol iluminó su trayectoria y lo mostró como un relámpago de
luz. Dentro de la pantalla el proyectil se convirtió en un círculo diminuto, en
principio, luego se agrandó y por último salió fuera del campo que abarcaba el
visor.
Bigman
podía haber intentado escabullirse, quitar de en medio a la nave de Lucky, pero
pensó; «Déjales que disparen.» Quería que los piratas supieran con qué estaban
jugando. La Shooting Starr podía parecer un juguete de hombre rico, pero no la
pondrían fuera de combate con unos pocos disparos.
El
proyectil se estrelló con violencia contra el escudo histerético de la Shooting
Starr que, como Bigman sabía, debió fulgurar en ese instante. La nave misma se
movió suavemente al absorber el impulso que el escudo dejara pasar.
—Venga,
enviad otro —murmuró Bigman.
La
Shooting Starr no llevaba proyectiles ni explosivos, pero su depósito de
proyectores de energía era variado y poderoso.
Su
mano acariciaba los controles cuando en una de las pantallas advirtió algo que
le hizo fruncir el ceño; en su rostro diminuto y de expresión decidida apareció
un gesto de preocupación: algo similar a un hombre dentro de un traje espacial
se insinuaba en la pantalla.
Era
extraño que una nave espacial fuese más vulnerable frente a un hombre en traje
espacial que ante la mejor de las armas de otra nave. Una unidad enemiga podía
ser detectada con facilidad por el registrador de gravedad a kilómetros de
distancia y por el ergómetro a miles de kilómetros. Un hombre solo adentro de
su traje espacial era detectado por el registro de gravedad a una distancia
menor de cien metros; el ergómetro, en cambio, no daba reacción alguna.
Por
otra parte, el escudo histerético actuaba con mayor efectividad cuanta mayor
fuese la velocidad del proyectil; enormes trozos de metal lanzados a kilómetros
por segundo podían ser detenidos por completo. Un hombre, sin embargo,
deslizándose a menos de veinte kilómetros por hora, ni siquiera se percataría
de la presencia del escudo, a no ser por una mínima elevación de la temperatura
dentro de su traje.
Si
una docena de hombres se precipitaba contra la nave al mismo tiempo, sólo una
destreza incomparable podía lograr evitarlos. Si dos o tres de ellos llegaban
hasta la nave y barrenaban la compuerta de aire, con armas manuales, la avería
podía ser irreparable.
Y
ahora Bigman observaba ese pequeño punto que sólo podía ser el primero de los
integrantes de un escuadrón suicida; cogió un arma menor para iniciar la
defensa y cuando la figura solitaria quedó centrada y Bigman estaba dispuesto a
disparar, su radiorreceptor emitió un extraño sonido.
Por
unos segundos el hombrecito quedó paralizado. Los piratas habían atacado sin
advertencias previas y no habían intentado comunicarse con él, ni exigirle la
rendición, ni hacer un pacto a cualquier otra cosa. ¿Y ahora qué?
Mientras
dudaba, el sonido se convirtió en una palabra, repetida una y otra vez:
—Bigman...
Bigman... Bigman...
Y
Bigman brincó de su asiento, olvidado del hombre en el traje espacial, del
ataque, de todo lo que no fuese esa voz.
—¡Lucky!
¿Eres tú?
—Estoy
cerca de la nave... el traje... aire... casi consumido...
—¡Gran
Galaxia! —Bigman; con el rostro blanco, maniobró la nave para acercarla a esa
figura en el espacio; a esa figura a la que había estado a punto de destruir.
Bigman
se inclinó sobre Lucky que, sin el casco, respiraba anhelante aún.
—Tendrás
que descansar, Lucky.
—Luego
—respondió el joven, y se puso de pie para quitarse el traje espacial—. ¿Han
atacado ya?
Bigman
asintió:
—No
tiene importancia. Sólo han logrado romperse los dientes contra la coraza de la
Shooting Starr.
—Pues
tienen dientes mucho más fuertes que los que han sacado a relucir hasta ahora
—aseguró Lucky—. Debemos alejarnos y deprisa. Estarán a punto de enviar su
artillería pesada e incluso nuestros depósitos de energía pueden agotarse.
—¿De
dónde sacarán artillería pesada?
—¡Esta
es una de las bases piratas importante! Quizá la más importante.
—¿No
es la roca del ermitaño, dices?
—He
dicho que debemos alejamos.
Con
el rostro pálido, luego de la dura prueba sorteada, Lucky empuñó los controles.
Por primera vez la roca que estaba por encima de ellos cambió su posición en
las pantallas. Durante el ataque, Bigman había respetado la orden de su
compañero: permanecer allí mismo por doce horas.
El
asteroide creció.
Bigman
preguntó con tono de protesta:
—Si
debemos alejarnos, ¿por qué estamos aterrizando?
—No
estamos aterrizando.
Lucky
observaba la pantalla con total concentración y con una mano empuñó los
controles del lanzarrayos más pesado que tenía la nave. Deliberadamente amplió
el foco del arma hasta que vio cubierta un área muy amplia, pero redujo la
intensidad de la energía hasta los límites de la de un rayo común de calor.
Por
razones que Bigman no lograba desentrañar, Lucky aguardó unos segundos
interminables y luego disparó. Hubo un resplandor incandescente en la
superficie del asteroide, que se convirtió casi de inmediato en un rojo
ardiente y en un par de minutos desapareció por completo y todo fue negrura.
—Ahora,
andando —dijo Lucky en el momento en que nuevas naves surgían de la base
pirata, describiendo amplias trayectorias en espiral. Y se inició la
aceleración.
Media
hora más tarde el asteroide había desaparecido y todas las naves que se
lanzaran a perseguirlos habían quedado atrás. Lucky, entonces, ordenó:
—Ponme
en comunicación con Ceres, debo hablar a Conway.
—De
acuerdo, Lucky. Oye, aquí tengo las coordenadas de ese asteroide. ¿Las debo
radiar? Podríamos hacer enviar una flota y...
—No
serviría de nada —respondió Lucky— y además no es necesario.
Los
ojos de Bigman se desorbitaron casi.
—¿No
querrás decir que con ese disparo has destruido la roca?
—Por
supuesto que no. Apenas la he tocado —explicó Lucky—. ¿Ya te has comunicado con
Ceres?
—Hay
problemas aquí —dijo Bigman con aspereza. Sabía que Lucky estaba en uno de sus
momentos de mantener la boca cerrada y que no le explicaría nada—. Espera, aquí
está, pero... ¡Eh! ¡Están emitiendo una alarma general!
No
era preciso explicarlo: la alarma era estridente y no se transmitía en código:
—«Llamada
general a todas las unidades de la flota que estén más allá de Marte. Ceres
bajo ataque de una fuerza enemiga, tal vez piratas... Llamada general a todas
las unidades de la flota...»
—¡Gran
Galaxia! —exclamó Bigman.
Con
los dientes apretados, Lucky masculló:
—Nos
llevan ventaja, hagamos lo que hagamos. Tendremos que regresar, ¡y de prisa!
13.
¡INVASIÓN!
Un
enjambre de naves perfectamente coordinadas se precipitaba hacia Ceres, Toda un
ala completa de la formación se precipitó contra el observatorio. Como
respuesta casi inevitable, las fuerzas defensivas de la base terrestre
concentraron su poderío en ese punto.
El
ataque se produjo en forma alternada.
Nave
tras nave fueron arrojando rayos de energía contra un escudo de evidente
invulnerabilidad. Pero no hubo un solo intento de barrenar las plantas
subterráneas de energía, cuya situación debía ser, sin duda, conocida por los
agresores: era demasiado arriesgado. Las naves de la flota gubernamental
salieron al espacio y las baterías de tierra abrieron fuego.
Hacia
el final de la batalla, dos naves piratas fueron destrozadas, pues sus escudos
habían sido averiados; ambas unidades se incendiaron convirtiéndose luego en
una nube rojiza de vapor. Una tercera nave, con sus reservas de energía
consumidas casi por entero, estuvo a punto de ser capturada y luego de una
breve persecución, pero estalló en el último momento, tal vez por obra de su
propia tripulación.
En
los momentos más encarnizados de la batalla, algunos de los defensores de Ceres
pensaron que se trataba de un ataque simulado. Sólo más tarde, por supuesto,
tuvieron la certeza de que no había sido así. En tanto que el Observatorio
estaba en peligro, tres naves descendieron en el asteroide, a ciento ochenta
kilómetros de distancia. Los piratas desembarcaron con armas individuales y un
cañón portátil desintegrador, y desde trineos espaciales atacaron la compuerta
de aire que había en el lugar.
Tras
barrenar los accesos, un numeroso grupo de piratas en sus trajes espaciales se
dispersaron por los corredores de los que se perdió totalmente el aire. Los
extremos de esos corredores desembocaban en factorías y oficinas cuyos
ocupantes fueron evacuados a la primera alarma. Los puestos habían sido cogidos
por miembros de la milicia local que, provistos de armas y trajes espaciales,
lucharon con bravura, aunque les fue imposible contener el avance pirata.
En
los niveles inferiores, en las viviendas pacíficas de Ceres, retumbaban los
disparos de desintegradores y el ruido de la pelea; innumerables pedidos de
auxilio fueron enviados a las bases cercanas. Transcurrido un lapso
relativamente breve, y en forma tan repentina como la de su llegada, los
piratas se retiraron.
Cuando
cesó la lucha, las autoridades hicieron el recuento de las bajas: quince de los
habitantes de Ceres habían muerto; muchos más estaban heridos graves; los
cadáveres de los piratas ascendían a cinco. Los daños materiales eran
importantes.
—Y
ha desaparecido un hombre —explicaría más tarde Conway, furioso, a Lucky, luego
de la llegada del joven—. Sólo que no está en la nómina de habitantes y hemos
tenido que mantener su nombre fuera de los informes.
Lucky
se halló en Ceres con un foco de excitación histérica, a pesar de que la
invasión había concluido. Este era el primer ataque contra un centro terrestre
de gran importancia, llevado a cabo por fuerzas enemigas en el curso de la
última generación. Y la Shooting Starr tuvo que atravesar tres inspecciones
antes de que se le permitiese descender.
Lucky,
sentado en las oficinas del Consejo, junto a Conway y a Henree, comentó con
amargura:
—¡Y
Hansen ha desaparecido! Todo se reduce a esto, pues.
—En
favor del viejo ermitaño —intervino Henree—, debo decir que ha demostrado que
tiene valor. Cuando los piratas descendieron, insistió en ponerse el traje
espacial, coger un desintegrador e ir allá, junto con las milicias.
—No
era imprescindible; no nos faltaban milicianos —observó Lucky— y si se hubiera
quedado aquí, nos habría prestado un servicio mucho más importante. ¿Por qué no
le habéis detenido? ¿En estas circunstancias era él la persona indicada para
tomar tal actitud?
La
voz de Lucky Starr, tranquila habitualmente, estaba temblando de ira reprimida.
Pacientemente, Conway explicó:
—No
estábamos a su lado. El guardia que le vigilaba tuvo que presentarse a su
puesto en la milicia. Hansen insistió en unírsele y el guardia pensó que de ese
modo podría cumplir con los dos cometidos a la vez: pelear contra los piratas y
vigilar al ermitaño.
—Pero
no lo hizo.
—Dadas
las circunstancias, no se le puede reprochar nada. El guardia ha visto cómo
Hansen atacaba a un pirata. Luego advirtió que no había nadie a la vista, que
los piratas se retiraban; el cuerpo de Hansen no ha sido recuperado. Los
piratas han de tenerlo, vivo o muerto.
—Así
debe ser —dijo Lucky—. Ahora os diré algo importante; os diré exactamente por
qué éste es un error tremendo. Estoy convencido de que todo el ataque contra
Ceres ha sido tramado tan sólo para capturar a Hansen.
Henree
cogió su pipa y se dirigió a Conway;
—Mira,
Héctor, estoy tentado de decir que Lucky tiene razón en lo que ha asegurado. El
ataque contra el Observatorio ha sido miserable. Una evidente falsa alarma para
distraer nuestras fuerzas ofensivas. Y lo único que han hecho es llevarse al
ermitaño.
Conway
estalló:
—La
información que pudiera darnos Hansen no se merece arriesgar treinta naves
espaciales.
—¡Pero
si ésa es la cuestión! —exclamó con vehemencia Lucky—. Y éste podría ser el
momento. Ya os he descrito el asteroide en que he estado, el tipo de planta
industrial que debe de haber allí. ¿No es posible que estén a punto de llevar a
cabo su gran ofensiva contra nosotros? ¿No es posible que Hansen sepa la fecha
exacta para la que está preparado el ataque? ¿No es posible que sepa el método
exacto que utilizarán?
—¿Y
por qué no nos lo ha dicho? —preguntó Conway.
—Tal
vez —intervino Henree— ha querido servirse de esos datos para comprar su propia
inmunidad. En realidad no hemos tenido un momento para hablar con él del tema.
Tendrás que admitir, Héctor, que si él poseía esa información, se merecía
arriesgar cualquier número de naves espaciales. Y también tendrás que admitir
que Lucky esté quizá en lo cierto cuando dice que ellos pueden estar preparados
para su gran ofensiva.
Lucky
observó a ambos consejeros con mirada inquieta.
—¿Por
qué dices eso, tío Gus? ¿Qué ha ocurrido?
—Díselo,
Héctor —pidió Henree.
—¡Para
qué decírselo! —gruñó Conway—. Ya estoy saturado de viajes «unipersonales».
Luego querrá ir a Ganímedes.
—¿Qué
hay con Ganímedes? —preguntó Lucky, con voz fría.
Por
lo que él sabía, en Ganímedes no sería fácil hallar algo de interés: era el
satélite mayor de Júpiter, pero su gran cercanía con respecto al planeta hacía
que la maniobra de naves espaciales fuera muy difícil, o sea que los viajes
espaciales en ese ámbito se consideraban inútiles.
—Díselo
—repitió Henree.
—Oye,
Lucky, nosotros sabíamos que Hansen era importante. El motivo por el que no lo
hemos tenido bajo una guardia más cuidadosa, el motivo por el cual Gus y yo no
estábamos con él, ha sido que dos horas antes del ataque pirata nos llegó un
informe desde el Consejo: hay pruebas de que fuerzas provenientes de Sirio han
descendido en Ganímedes.
—¿Qué
clase de pruebas?
—Se
han captado señales sub-etéricas de rayos herméticos. Es una larga historia,
pero lo fundamental es que, más que nada por mero accidente, lograron
interpretar algunos elementos del código. Los expertos dicen que se trata de un
código sirio y, desde luego, en Ganímedes no hay nada terrestre que pueda
emitir señales tan herméticas. Gus y yo nos disponíamos a regresar a la Tierra
con Hansen, cuando los piratas atacaron; esto es todo. Aun ahora es preciso que
regresemos a la Tierra. Con Sirio en escena, podrá haber guerra en cualquier
instante.
—Comprendo
—asintió Lucky—. Antes de partir hacia la Tierra, hay algo que quiero
comprobar. ¿Habéis filmado el ataque pirata? ¿O debo suponer que las defensas
de Ceres han estado tan desorganizadas que ni siquiera han pensado en filmarlo?
—Sí,
lo hemos filmado. ¿Crees que te servirán de algo esas vistas?
—Te
lo diré una vez que las haya analizado.
Hombres
con uniforme de la armada espacial e insignias que indicaban sus importantes
rangos, proyectaron para los consejeros el filme secreto de lo que más tarde la
historia denominaría «Invasión a Ceres».
—Veintisiete
naves han atacado el Observatorio, ¿no es verdad? —inquirió Lucky.
—Así
es—respondió un comandante—. Ese es el número exacto.
—Bien.
Veamos ahora si me he formado una buena idea de las acciones. Dos de las naves
fueron destruidas durante la lucha y una tercera durante la persecución. Las
otras veinticuatro se alejaron, pero acabo de ver una o más tomas de cada una,
durante la retirada.
El
comandante sonrió.
—Si
quiere usted decir que alguna de las naves que han descendido en Ceres está aún
aquí, escondida, se equivoca por completo.
—En
cuanto a estas veintisiete naves, tal vez. Pero otras tres naves han aterrizado
en Ceres y sus tripulaciones atacaron la Compuerta Principal. ¿Dónde están las
tomas de esas naves?
—Desafortunadamente
no hemos obtenido todas las deseables —admitió el comandante con cierta
incomodidad—. Nos han cogido por sorpresa. Pero ya le he hecho ver las tomas de
la retirada de esas naves.
—Sí,
así es. Y he visto sólo dos naves en esas tomas. Y testigos presenciales han
dicho que tres fueron las que han descendido.
Obstinado,
el comandante aseguró:
—Y
tres han sido las que se han retirado. También hay testigos presenciales que lo
afirman.
—Pero
¿usted tiene vistas de sólo dos de ellas?
—Pues...
sí.
—Gracias.
De
regreso en su despacho, Conway preguntó:
—Bien,
Lucky, ¿qué supones?
—Creo
que la nave del capitán Antón ha de ser un lugar interesante. Los filmes lo han
probado así.
—¿Dónde
estaba?
—En
ninguna parte. Por eso es interesante. Su nave es la única nave pirata que yo
podría reconocer y ninguna, siquiera similar, ha intervenido en la invasión. Es
muy extraño, porque Antón debe de ser uno de sus mejores hombres; de lo
contrario no le hubieran enviado a la caza del Atlas. También es extraño que
siendo treinta las naves atacantes, sólo haya veintinueve en el filme. La
trigésima, la nave que ha desaparecido, era la de Antón.
—Oh,
sí, yo puedo suponerlo también —dijo Conway—. ¿Y qué hay con ello?
—El
ataque contra el Observatorio —explicó Lucky— era ficticio. Esto lo han
admitido hasta las naves de la defensa, ahora. Las tres naves que atacaron la
compuerta de aire eran las importantes y han operado bajo las órdenes de Antón.
Dos de esas naves se han unido al resto de la escuadra, en su retirada: una
trampa dentro de la trampa mayor. La tercera nave, la mandada por el mismo
Antón, la única que no hemos visto, ha llevado adelante el plan principal,
partiendo con una trayectoria por entero distinta. Los testigos la han visto
elevarse en el espacio, pero, una vez arriba, ha virado de modo que ni siquiera
nuestras naves, mientras perseguían el núcleo más importante de la flota
enemiga a toda velocidad, han logrado capturarla en el filme.
—Nos
dirás que se ha dirigido hacia Ganímedes —dijo Conway con expresión desolada.
—¿Pero
no comprendéis que es lógico? Los piratas, aun cuando están bien organizados,
no pueden atacar la Tierra y sus bases, pero sí pueden organizar un ataque para
distraer nuestra atención. Son capaces de hacer que muchas naves terrestres
patrullen el extremo más lejano del cinturón de asteroides, para permitir que
la armada de Sirio derrote a las restantes unidades de la Tierra. Por otra
parte, Sirio no podría sostener una guerra a ocho años luz de su propio
planeta, con posibilidades de vencer, a menos que cuente con apoyo en los
asteroides. Ocho años luz, después de todo, significan más de ochenta billones
de kilómetros. La nave de Antón se dirige hacia Ganímedes para asegurar a los
de Sirio que contarán con la ayuda pirata y para indicarles que ya pueden
iniciar las acciones bélicas. Sin declaración previa, por supuesto.
—Si
tan sólo pudiésemos dejarnos caer en esa base de Ganímedes antes —murmuró
Conway.
—Aun
sabiendo lo que sucede en Ganímedes —dijo Henree—, no nos haríamos cargo de la
gravedad de la situación de no mediar los dos viajes de Lucky a los asteroides.
—Lo
sé y te pido disculpas, Lucky. Entretanto, nos resta muy poco tiempo para tomar
decisiones. Debemos dar un golpe de gracia en este mismo momento. Una escuadra
de naves enviada al asteroide-base del que nos has hablado, Lucky...
—No
—interrumpió el joven—, no tendría sentido.
—¿Por
qué lo dices?
—No
es nuestra intención iniciar la guerra, aun cuando haya de finalizar con una
victoria, Eso es lo que ellos quieren. Oye, tío Héctor, Dingo, el pirata,
podría haberme liquidado en el asteroide, pero tenía orden de dejarme flotando
en el espacio. En un primer momento, creí que querrían presentar mi muerte como
un hecho accidental. Ahora comprendo que se trataba de irritar al Consejo;
ellos podrían hacer público que habían matado a un miembro del Consejo y, al no
ocultarlo, obligarían casi a la concreción de un ataque prematuro. Una de las
razones para la invasión de Ceres puede haber sido asegurarse mediante una
provocación más.
—¿Y
si iniciáramos la guerra con una victoria?
—¿Aquí?
¿A este lado del Sol? ¿Y dejar a la Tierra al otro lado, desprovista de sus
unidades de flota más importantes? ¿Con la armada de Sirio aguardando en
Ganímedes, también de aquel lado del Sol? Te aseguro que sería una victoria muy
costosa. La solución no es iniciar una guerra, sino prevenirla.
—¿Cómo?
—Nada
ocurrirá hasta que la nave de Antón descienda en Ganímedes. Tal vez podamos
interceptarla e impedir que se produzca la reunión entre ambas fuerzas.
—Es
una posibilidad muy endeble —dijo Conway con un gesto de duda.
—No
si yo voy. La Shooting Starr es más veloz y tiene mejores ergómetros que
cualquier otra nave de la flota.
—¿Que
tú irás? —gritó, más que dijo. Conway.
—Sería
peligroso enviar unidades de nuestra escuadra. Las fuerzas de Sirio en
Ganímedes pensarían, quizá, que es un ataque. Podrían contraatacar y entonces
estaríamos en medio de esa guerra que intentamos evitar. La Shooting Starr les
parecerá inofensiva: una sola nave; se quedarán tranquilos.
—Te
equivocas, Lucky —dijo Henree—. Anton tiene una ventaja de doce horas. Ni
siquiera la Shooting Starr podrá darle caza.
—Eres
tú el que se equivoca. Sí podrá darle caza. Y una vez que haya cogido a Antón,
tío Gus, creo que forzaré a los asteroides a la rendición. Sin ellos Sirio no
atacará y no hará guerra.
Los
dos científicos lo miraron, silenciosos.
—Ya
he regresado dos veces —insistió Lucky, obstinadamente.
—Y
las dos veces casi por milagro —refunfuñó Conway.
—Antes
no sabía qué tenía entre manos; debía abrirme camino. Pero ahora lo sé. Lo sé
con exactitud. Oídme: calentaré los motores de la Shooting Starr y me pondré al
habla con el Observatorio de Ceres mientras tanto. Vosotros podríais
comunicaros con la Tierra por la onda sub-etérica. Pedidle al coordinador...
Conway
le interrumpió:
—Ya
me ocuparé yo, hijo. He lidiado con el gobierno desde antes de que tú nacieras.
Pero tú, ¿te sabrás cuidar a ti mismo, Lucky?
—¿No
lo he hecho siempre, tío Héctor? ¿No es así, tío Gus?
Lucky
estrechó las manos de ambos y se alejó de prisa.
Bigman
pateó el polvo de Ceres con un gesto de desconsuelo y protestó como un niño.
—Es
que llevo puesto el traje..., todo...
—No
puedes ir, Bigman —dijo Lucky— y créeme que lo siento.
—¿Por
qué no?
—Porque
cogeré un atajo hacia Ganímedes.
—Bien,
¿y qué... y qué atajo es ése?
Lucky
sonrió apenas:
—¡El
del Sol!
Se
dirigió hacia la Shooting Starr a través de la pista, dejando a Bigman de pie
allí mismo, con la boca abierta.
14. HACIA
GANÍMEDES VÍA EL SOL
Un
mapa tridimensional del Sistema Solar tendría el aspecto de una planicie. En el
centro, se halla el Sol, miembro dominante del Sistema; y realmente lo es, ya
que contiene el 99,8 % de toda la materia del Sistema Solar. En otras palabras:
su peso es quinientas veces mayor que la suma de todo el resto de los elementos
integrantes del Sistema.
En
torno al Sol, los planetas describen sus órbitas; todos ellos se mueven casi en
un mismo plano: el plano denominado Eclíptica.
Al
viajar de planeta a planeta, las naves espaciales comúnmente siguen la
eclíptica. Y esto las mantiene dentro de los principales rayos de la
comunicación planetaria, de modo que pueden hacer alto en medio de su
trayectoria hacia el punto de destino prefijado. En ciertas ocasiones, cuando
una nave necesita desarrollar velocidad o eludir posibles detecciones, se
separa de la eclíptica, sobre todo cuando debe viajar hacia el otro lado del
Sol.
Y
Lucky pensaba que la nave de Antón debía estar intentando hacer precisamente
eso.
Sin
duda se deslizaría fuera de la «llanura» del Sistema Solar, describiría un arco
o puente enorme por encima del Sol y regresaría a la «llanura», al otro lado,
en las cercanías de Ganímedes. También era indudable que Antón debía haber
iniciado su trayectoria de ese modo, porque de lo contrario las fuerzas
defensivas de Ceres habrían logrado captar su nave en la filmación. Para los
hombres hacer las observaciones espacio-náuticas dentro de la eclíptica, antes
que ninguna otra, era casi un reflejo automático. En el instante en que podrían
haber pensado en observar fuera de la eclíptica, Antón ya se habría alejado
tanto que cualquier observación habría sido inútil.
Con
todo, pensó Lucky, existía la posibilidad de que Antón no abandonara la
eclíptica en forma permanente. Podía haberse alejado en un primer momento, como
si se tratara de una trayectoria regular, pero podría regresar en cualquier
otro momento. Las ventajas de reingresar en la eclíptica eran muchas. El
cinturón de asteroides se extiende a ambos lados del Sol en forma completa, ya
que los asteroides se hallan distribuidos de modo relativamente uniforme en
torno al Sol. Si se mantenía dentro del cinturón, Antón se encontraría, durante
toda su trayectoria de casi ciento ochenta millones de kilómetros hacia
Ganímedes, dentro de la zona de asteroides, y esto implicaba seguridad para él.
El gobierno terrestre había hecho una abdicación virtual de sus poderes sobre
los asteroides y, exceptuadas las rutas hacia los cuatro cuerpos mayores, las
naves del gobierno no se aventuraban en esa zona. Además, y sobre todo, sí
alguna lo hacía, Antón tendría siempre la posibilidad de pedir refuerzos a
cualquier base asteroidal cercana.
Sí,
concluyó Lucky, Antón permanecería dentro del cinturón. En parte porque había
pensado todo esto y en parte porque ya había hecho sus propios planes, Lucky
condujo a la Shooting Starr fuera de la eclíptica en un arco suave.
El
Sol era la clave; era la clave del Sistema entero. Constituía un escollo que
implicaba, a su vez, un rodeo para cualquier nave que el hombre pudiese diseñar
y construir. Para trasladarse de uno a otro lado del Sistema, una nave debía
describir una amplia curva para evitar el Sol; ninguna nave de pasajeros se
acercaba a una distancia menor de noventa y seis millones de kilómetros, es
decir la distancia aproximada entre el Sol y Venus, y aun así eran
imprescindibles los sistemas de refrigeración para que los pasajeros se
sintieran confortables.
Podían
diseñarse naves para fines técnicos, para que hiciesen el viaje hasta Mercurio,
planeta separado del Sol por una distancia oscilante entre los setenta y los
cuarenta y cinco millones de kilómetros, según la posición en que se hallara
dentro de su órbita. Las naves descendían en el planeta cuando se encontraba en
la zona de su trayectoria más alejada del Sol, ya que a menos de cincuenta
millones de kilómetros muchos metales se fundían.
Vehículos
espaciales aún más especializados se habían construido en ciertas ocasiones,
para efectuar estudios de la superficie solar desde una mayor cercanía. Los
cascos de esas aves estaban recorridos por un potente campo eléctrico de
naturaleza peculiar que, mediante inducción, producía un fenómeno denominado
«seudo-licuefacción» en la superficie molecular externa. La reflexión del calor
a partir de esa especial superficie externa era casi total, de modo que muy
pocos eran los grados de temperatura que lograban atravesar el casco de la
nave. Desde fuera, este tipo de vehículo se veía como un espejo perfecto; aun
así penetraba calor suficiente dentro de la nave como para elevar la
temperatura por encima del punto de ebullición del agua, a distancias de ocho
millones de kilómetros del Sol, que era la mayor aproximación registrada.
Aunque los seres humanos pudiesen sobrevivir a esa temperatura, no podrían
sobrevivir a la radiación de onda corta que fluía desde el Sol hacia la nave a
esa distancia: en pocos segundos cualquier ser vivo moriría.
Las
desventajas derivadas de la posición relativa al Sol en los viajes espaciales
eran bien claras en la presente circunstancia, ya que Ceres estaba a un lado,
en tanto que la Tierra y Júpiter se hallaban al otro lado del Sol, en posición
casi diametralmente opuesta. Para quien se encontrara en el cinturón de
asteroides, la distancia entre Ceres y Ganímedes era de aproximadamente mil
ochocientos millones de kilómetros. De ser posible ignorar al Sol, una nave
podría describir una trayectoria recta por sobre él y, en ese caso, la
distancia sería de apenas algo más de mil millones de kilómetros, o sea menor
en un cuarenta por ciento.
Lucky
intentaría hacer esto último, en la medida de lo posible.
Condujo
a la Shooting Starr en forma exigente, permaneciendo atado casi en forma
constante con su g-aparejo, comiendo y durmiendo allí, continuamente bajo la
presión de la aceleración. Se permitía sólo un descanso de quince minutos por
hora.
Su
trayectoria se elevó muy por encima de Marte y la Tierra, pero nada había que
ver allí y ni siquiera el telescopio de la nave logró captar algo. La Tierra
estaba al otro lado del Sol y Marte se hallaba en una posición casi en ángulo
recto con la del mismo Lucky.
Ahora
el Sol se veía del tamaño con que se mostraba a la Tierra y el joven sólo podía
observarlo a través de las pantallas visoras, que habían sido polarizadas con
más intensidad.
En
poco tiempo más tendría que utilizar el dispositivo estroboscópico.
Los
detectores de radiactividad comenzaron a sonar por momentos. Dentro de la
órbita de la Tierra, la densidad de las radiaciones de onda corta también se
elevaban hasta valores respetables. Dentro de la órbita de Venus tendría que
adoptar precauciones especiales, como por ejemplo llevar un traje semi-espacial
con una impregnación de plomo.
Tendré
que utilizar algo mejor que el plomo, pensó Lucky; al acercarse al Sol tanto
como él debía hacerlo, el plomo no le valdría de nada. Ningún material conocido
brindaría la protección necesaria.
Por
primera vez desde su aventura en Marte, un año atrás, Lucky extrajo de un
diminuto saco especial, prendido a su cintura, el suave y casi transparente
objeto que le entregaban los seres energéticos de Marte.
Muchos
meses habían transcurrido desde que Lucky abandonara toda especulación acerca
del modo de funcionamiento de aquella máscara. Sabía que ese objeto era el
resultado del desarrollo de una ciencia que, por caminos aún desconocidos,
había proseguido su curso durante un millón de años a partir del estado
presente del conocimiento científico humano. Para él era tan incomprensible e
imposible de reproducir como lo sería una nave espacial para un troglodita.
Pero cumplía sus funciones y eso era lo que contaba.
Se
llevó el objeto a la cabeza y, al igual que en ocasiones anteriores, la máscara
se adhirió a su cráneo como si poseyera vida propia. En ese mismo instante la
luz lo envolvió; por sobre su cuerpo parecieron resplandecer millones de
luciérnagas y por esa causa era que Bigman se refería a la máscara
denominándola «escudo de luz». En tomo a su cabeza y a su rostro una sólida
masa fluorescente cubría por entero sus facciones, sin llegar a impedir la
capacidad visual.
Era
un escudo de energía diseñado por los marcianos para las necesidades de Lucky;
es decir que resultaba impenetrable para toda forma de energía que su organismo
no requiriese, tales como cierta intensidad de luz y cierta cantidad de calor.
Los gases lo atravesaban libremente, de modo que Lucky podría respirar, y los
gases calientes, al filtrarse a través del escudo, perdían parte de su
temperatura y llegaban a él ya convenientemente enfriados.
Cuando
la Shooting Starr transpuso la órbita de Venus, siempre en dirección hacia el
Sol, Lucky llevó el escudo de energía en forma permanente, de modo que no podía
comer ni beber, pero a la velocidad que sostenía su nave, la situación no se
habría de prolongar durante un período demasiado extenso: un día todo lo más.
Viajaba
ahora a una velocidad tremenda, mucho mayor que cualquiera de las que había
experimentado hasta ese instante. Sumada al impulso de los motores
hiper-atómicos -impulso comparativamente pobre-, estaba la atracción
incalculable del gigantesco campo de gravitación del Sol, de modo que la
Shooting Starr avanzaba a millones de kilómetros por hora.
Lucky
activó el circuito eléctrico que convertía la parte exterior del casco de la
nave en seudo-licuefactor y se congratuló por haber sido previsor, por haber
insistido durante la construcción de la nave para que ese accesorio integrara
el equipo. Los termómetros habían registrado temperaturas que superaban los
cincuenta y cinco grados centígrados y, comenzaron a indicar un descenso. Las
pantallas visoras quedaron cegadas en el momento en que sus protectores
metálicos las cubrieron para impedir que las fuertes placas de cristalita
resultaran dañadas o se fundieran al calor del Sol.
Al
atravesar la órbita de Mercurio los contadores de radiación enloquecieron: su
repiqueteo era continuo; Lucky los cubrió con su mano brillante y el ruido
cesó. Toda la radiación que penetraba en la nave y la colmaba, incluidos los
poderosos rayos gamma, era detenida por la resistencia del aura insustancial
que circundaba el cuerpo del joven.
La
temperatura, luego de descender hasta una mínima de cuarenta grados, volvía a
elevarse, a pesar de la protección exterior de la Shooting Starr, superando los
ochenta y cinco grados, y aún ascendía. Los registros de gravedad indicaban que
el Sol se hallaba a sólo dieciséis millones de kilómetros.
Un
cazo lleno de agua, que Lucky había colocado sobre una mesa, y que había
comenzado a humear una hora antes, ahora bullía con toda fuerza: el termómetro
indicaba el punto de ebullición del agua, cien grados centígrados.
Cada
vez más próxima al Sol, la Shooting Starr se había acercado hasta los ocho
millones de kilómetros y ya no se aproximaría más; en realidad atravesaba ahora
las zonas exteriores de la atmósfera más rarificada del Sol: su corona. El Sol
es un cuerpo gaseoso por entero, aunque se trata, en su mayor proporción de un
gas que no puede existir en la Tierra ni siquiera dentro de las más especiales
condiciones de laboratorio. O sea que este cuerpo no posee una superficie
propiamente dicha y su «atmósfera» es parte misma del Sol. Al atravesar la
corona, en cierto modo, Lucky estaba marchando a través del Sol, tal como le
había dicho a Bigman.
La
curiosidad le invadía; ningún hombre había estado antes tan cerca del Sol y tal
vez ningún hombre volvería a estarlo. Y con certeza ningún hombre que llegara a
esa situación podría mirar hacia el Sol con sus ojos, porque la menor de las
radiaciones solares, de tremenda intensidad, significaría a esa distancia la
muerte.
Pero
Lucky llevaba el escudo de energía marciano. ¿Podría soportar la radiación
solar a ocho millones de kilómetros? Comprendía que no era prudente
arriesgarse, pero el impulso de su curiosidad era poderoso. La principal placa
visora de la nave estaba pertrechada con un equipo formado por series de
sesenta y cuatro módulos estroboscópicos, que se exponían al Sol durante cuatro
segundos cada serie y durante un millonésimo de segundo cada módulo. Para el
ojo o la cámara, la exposición parecería continua, pero objetivamente cada
módulo de cristal recibía un cuarto de millonésimo de la radiación que el Sol
estaba emitiendo. Aun con este mecanismo automático, era imprescindible hacer
uso de gafas de diseño especial, casi opacas por entero.
Los
dedos de Lucky, sin un deseo consciente, se movieron hacia los controles. No
podía tolerar la idea de perder esa oportunidad. Ajustó la placa visora en
dirección al Sol, utilizando el registro de gravedad como punto de referencia.
Giró
luego la cabeza y oprimió el contacto; transcurrió un segundo, dos segundos...
Creyó que sentía un aumento de temperatura en la nuca; aguardó, casi, una
radiación letal. Pero no sucedió nada.
Muy
lentamente se volvió.
Lo
que sus ojos vieron permanecería en él por el resto de su vida. Una superficie
brillante, rugosa, rizada, colmó la pantalla. Era una porción del Sol. Sabía
que era imposible verlo en su totalidad dentro de la pantalla, porque a esa
distancia el Sol tenía un diámetro veinte veces mayor que el visible desde la
Tierra y cubría una extensión del firmamento cuatrocientas veces más grande.
Dentro
de la pantalla se veían un par de manchas solares, negras contra la masa
brillante. Filamentos de blancura incandescente las rodeaban en giros que
convergían dentro de ellas. Áreas palpitantes se movían a través de la pantalla
en forma evidente, mientras Lucky observaba. Esto se debía a la tremenda
velocidad de la Shooting Starr más que al mismo movimiento de rotación solar
que, aun en el ecuador, no superaba los dos mil trescientos kilómetros por
hora.
Mientras
Lucky seguía observando, estallidos de rojo gas llameante se elevaban hacia él,
se proyectaban, turbios, contra un fondo inflamado, y luego, al alejarse del
Sol y enfriarse, se convertían en negras lenguas humeantes.
Un
cambio en los controles y Lucky enfocó con la pantalla visora un sector del
borde del Sol; el gas llameante (las denominadas «prominencias», que son
gigantescas llamaradas de gas hidrógeno) se destacó con su definido rojo
carmesí contra la negrura del espacio. En fantástica y lenta danza, esas
prominencias se adelgazaban y adquirían formas insólitas. Lucky sabía que cada
una de ellas podría cubrir una docena de planetas del tamaño de la Tierra y que
la misma Tierra podría precipitarse dentro de una mancha solar sin siquiera
producir una alteración muy visible.
Con
un movimiento repentino cerró los contactos del dispositivo estroboscópico. A
esa distancia, su seguridad física no le impedía sentirse oprimido por la
insignificancia de la Tierra y todas las cosas en ella encerradas.
La
Shooting Starr había descrito una amplia curva en torno al Sol y se alejaba
hacia las órbitas de Mercurio y Venus. Ahora iba en plena desaceleración. La
proa de la nave se oponía a la dirección del vuelo y los motores principales
funcionaban, con todo su poder, como freno.
Luego
de dejar atrás la órbita de Venus, Lucky se quitó el escudo de energía y lo
guardó. Los sistemas de enfriamiento de la nave se esforzaban por eliminar el
exceso de temperatura. El agua potable estaba aún caliente y las comidas
enlatadas habían hecho expandir los botes a causa de la presencia de burbujas
de gas en su interior.
Caía
el Sol. Lucky le echó una mirada: una esfera perfecta, resplandeciente. Sus
irregularidades, sus manchas y prominencias móviles no se distinguían ya. Sólo
su corona, siempre visible en el espacio, aunque desde la Tierra sólo pudiese
observarse durante los eclipses, asomaba en todas direcciones. Lucky se
estremeció involuntariamente al pensar que él la había atravesado.
En
ese instante navegaba a veinticuatro millones de kilómetros de la Tierra y a
través de su telescopio observó los contornos familiares de los continentes,
que se asomaban entre desflecadas masas de bancos de nubes. Sintió que le
escocía la añoranza y que surgía, fortalecida, su decisión de evitar la guerra,
por el bien de los muchos y desprevenidos millones de seres humanos que
habitaban ese planeta, cuna de todos los hombres que ahora poblaban las lejanas
estrellas de la Galaxia.
También
la Tierra quedaba atrás.
Una
vez sorteado Marte, nuevamente dentro del cinturón asteroidal, Lucky se dirigió
hacia el sistema jupiteriano, ese sistema solar en miniatura, dentro del
Sistema Solar Mayor. En el centro se hallaba Júpiter, más grande que todos los
demás planetas sumados; a su alrededor giraban cuatro lunas gigantescas, tres
de las cuales tenían casi el mismo tamaño que la Luna de la Tierra y la cuarta,
Ganímedes, era mucho más grande. En realidad, Ganímedes era mayor que Mercurio
y casi igual a Marte. Además de las cuatro lunas, docenas de satélites cuyos
diámetros oscilaban entre cientos de kilómetros y centímetros, giraban en torno
al planeta central.
En
el telescopio de la nave, Júpiter era un globo amarillo, creciente, recorrido
por listas estrechas y anaranjadas, una de las cuales se hinchaba configurando
lo que alguna vez fue conocido como el «gran punto rojo». Tres de las lunas
principales, Ganímedes entre ellas, estaban de un mismo lado; la cuarta se
hallaba al lado opuesto.
Durante
la mayor parte del día Lucky hala mantenido comunicación constante con las
oficinas del Consejo en la Luna. Su ergómetro tentaba el espacio en búsqueda
ansiosa. Aunque había detectado varias naves, Lucky sólo se interesaba por
aquélla de diseño sirio, aquella cuyo motor describiría las líneas que él
habría de reconocer con certeza en el mismo instante en que apareciesen.
Y no
se equivocaba. A una distancia de treinta y dos millones de kilómetros las
primeras oscilaciones de la aguja ergométrica despertaron sus sospechas. Viró
apenas, para marchar en la dirección exacta, y las curvas características
fueron aumentando de intensidad.
A
ciento sesenta mil kilómetros su telescopio descubrió un punto. A dieciséis
mil, el punto tenía forma definida: la nave de Antón.
A
mil seiscientos kilómetros -Ganímedes estaba a ochenta millones de kilómetros
de ambas naves. Lucky envió su primer mensaje, exigiendo a Antón que virara con
su nave hacia la Tierra. A ciento sesenta kilómetros de distancia recibió
respuesta: un disparo de energía que hizo vibrar sus generadores y sacudió a la
Shooting Starr como si hubiera sufrido un choque con otra nave.
El
rostro fatigado de Lucky se contrajo en un gesto de preocupación.
La
nave de Antón tenía armas mejores que las que él había supuesto.
15.
PARTE DE LA RESPUESTA
Durante
una hora las maniobras de ambas naves fueron poco significativas. Lucky tenía
la mejor y más veloz nave, pero el capitán Antón contaba con su tripulación.
Cada uno de los hombres de Antón era un especialista.
Uno
podía apuntar, otro disparar, un tercero controlaba los bancos de reactores y
el mismo Antón dirigía y coordinaba cada operación.
Lucky,
mientras intentaba hacerlo todo a la vez y por sí mismo, se veía obligado a
buscar palabras que sonaran fuertes y convincentes.
—No
lograrás descender en Ganímedes, Antón, y tus amigos no se atreverán a
auxiliarte saliendo al espacio antes de saber qué ha sucedido... Todo es
inútil, Antón; conocemos vuestros planes... No intentes enviar ningún mensaje a
Ganímedes, Antón; estamos interceptando todo el sub-éter entre tu nave y
Júpiter. No superarás la interferencia... Las naves del gobierno estarán aquí
de un momento a otro, Antón. Cuenta tus minutos: no te quedan muchos, a menos
que te rindas. Entrégate, Antón..., entrégate.
Y
todo esto mientras la Shooting Starr se escurría por entre el fuego más nutrido
que Lucky hubiera visto en su vida, sin alcanzar a eludir los disparos en todos
los casos. Los depósitos de energía de la nave comenzaban a indicar
agotamiento. El joven consejero quería convencerse de que la nave de Antón
sufría los mismos inconvenientes, pero él disparaba muy poco contra el pirata y
no daba casi nunca en el blanco.
No
se atrevía a quitar sus ojos de la pantalla. Las naves terrestres, que se
precipitaban hacia el lugar, aún tardarían horas. En esas horas Antón podría
agotar sus reservas de energía, librarse de la persecución y dirigirse sin más
hacia Ganímedes, mientras su Shooting Starr, claudicante, sólo podría marchar a
la zaga sin capacidad ofensiva... Y si otra nave pirata irrumpiese de pronto en
la pantalla...
Lucky
no se atrevía a seguir desarrollando esos pensamientos. Tal vez se había
equivocado al no dejar que fuesen las naves del gobierno las que efectuaran esa
tarea, en primer lugar. Pero no, se dijo a sí mismo, sólo la Shooting Starr
podía haber sorprendido a la nave pirata a ochenta millones de kilómetros de
Ganímedes, sólo la velocidad de sus motores y, más importante aún, sólo la
sensibilidad de su ergómetro. A esta distancia de Ganímedes la intervención de
unidades de la flota en una batalla no era arriesgada; más cerca de Ganímedes
sería demasiado arriesgado.
Constantemente
abierto el receptor de Lucky se activó de pronto, para quedar colmado con el
rostro sonriente de Antón.
—Veo
que otra vez te has quitado a Dingo de encima.
—¿Otra
vez? —dijo Lucky—. ¿Admites que durante el duelo operaba bajo órdenes tuyas?
En
ese momento, un sensor de energía, dirigido contra la nave de Lucky, concretó
un rayo de fuerza destructora; el joven lo eludió con una aceleración que le
desfiguró el rostro.
Antón
rió a carcajadas.
—No
te entretengas tanto conmigo. Casi te hemos cogido. Claro que Dingo tenía sus
órdenes. Sabíamos muy bien qué estábamos haciendo. Dingo no sabía quién eras
tú, pero yo sí. Casi desde el primer momento.
—Es
lástima que el saberlo no te haya servido de nada —dijo Lucky.
—A
Dingo es a quien no le ha servido de nada. Tal vez te divierta saber que ha
sido, digamos, ejecutado. Es malo cometer errores. Pero esta charla está fuera
de lugar. Solo me he comunicado contigo para decirte que esto me ha hecho pasar
un rato excelente, pero que ahora me iré.
—No
tienes dónde ir —dijo Lucky.
—Oh,
intentaré ir hacia Ganímedes.
—No
llegarás. Te detendremos.
—¿Quiénes?
¿Las naves del gobierno? Pues no las veo aún y aquí no hay ninguna que pueda
detenerme a tiempo.
—Yo
puedo detenerte.
—Ya
lo has hecho. ¿Pero qué puedes hacer contra mí? Por la forma en que peleas,
debes ser la única persona a bordo. De haberlo sabido desde un principio, no me
habría entretenido tanto tiempo contigo. No puedes vencer a una tripulación
completa.
Con
voz intensa Lucky amenazó:
—Puedo
chocaros, puedo haceros trizas.
—Tú
también te harás trizas. Recuérdalo.
—Eso
no cuenta.
—Por
favor, pareces un boy scout. Sin duda, ahora nos recitarás el juramento de los
grupos exploradores.
Lucky
alzó la voz:
—¡Vosotros,
hombres de a bordo! ¡Oídme! Si vuestro capitán intenta dirigirse hacia
Ganímedes, chocaré con vuestra nave. Esto representa una muerte segura para
todos, a menos que os rindáis. Os prometo un juicio imparcial a todos. Os
prometo la mayor consideración posible si cooperáis con nosotros. No permitáis
que Antón malgaste vuestras vidas para beneficiar a sus amigos de Sirio.
—Habla,
habla, soplón —dijo Antón—. Les estoy permitiendo escuchar. Ellos saben muy
bien qué clase de juicio pueden aguardar y también qué clase de consideración.
Una inyección de veneno enzimático. —Sus dedos hicieron el movimiento de
insertar una aguja en la piel de otro—. Eso es lo que obtendrán. No te temen;
adiós, muchachito del gobierno.
En
los cuadrantes de los registros de gravedad, las agujas descendieron en el
momento en que la nave de Antón aceleró y comenzó a alejarse. Lucky observó sus
pantallas visoras.
¿Dónde
estaban las naves del gobierno? ¡Maldito sea todo el espacio! ¿Dónde estaban
las naves del gobierno?
Aumentó
la aceleración y las agujas se elevaron nuevamente.
La
distancia que separaba a una nave de otra disminuyó. La nave de Antón aceleró y
también lo hizo la Shooting Starr, cuya capacidad de aceleración era mucho
mayor.
En
el rostro de Antón la sonrisa no se borró tan fácilmente.
—Ochenta
kilómetros de distancia —dijo, y continuó—: setenta. —Hubo otra pausa—:
sesenta. ¿Has dicho tus oraciones, soplón?
Lucky
no respondió. No tenía otra alternativa: tendría que chocar. Antes que permitir
que Antón se le escapara, antes que permitir que se precipitase una guerra,
detendría a los piratas suicidándose si no había otro remedio. Las dos naves
describían amplias curvas convergentes.
—Treinta
y cinco —dijo Antón, despreocupado—. No asustas a nadie, te estás portando como
un tonto, finalmente. Vira y vuelve a la Tierra, Starr.
—Treinta
—respondió Lucky con tono firme—. Tienes quince minutos para rendirte o morir.
«Yo
mismo —pensó Lucky—, tengo quince minutos para vencer o morir.»
Por
detrás de Antón, en la pantalla, surgió un rostro. Un dedo se elevó hasta los
labios pálidos y apretados. Los ojos de Lucky relampaguearon y el joven trató
de disimularlo desviando la vista.
Ambas
naves estaban en el punto máximo de su aceleración.
—¿Qué
ocurre, Starr? —preguntó Antón—. ¿Miedo? ¿El corazón late de prisa? —sus ojos
bailoteaban de un lado a otro y su boca estaba entreabierta.
Lucky
tuvo la repentina certeza de que Antón se regocijaba con todo lo que ocurría,
que consideraba que la situación era un modo excitante de demostrar su poderío.
En ese instante comprendió que el pirata jamás se rendiría, que se dejaría
embestir antes que dar un paso atrás. Y Lucky sabía que sería una muerte
segura.
—Veinte
kilómetros —dijo Lucky.
El
rostro a espaldas de Antón era el de Hansen. ¡El ermitaño! Y llevaba algo en la
mano.
—Dieciséis
—contó Lucky—. Seis minutos. Chocaré contigo por el espacio.
¡Era
un desintegrador! Hansen empuñaba un desintegrador.
La
respiración de Lucky se entrecortaba.
Antón
podía girar...
Pero
Antón no se perdería la expresión del rostro de Lucky ni siquiera por un
segundo, si le era posible. Aguardaba a ver el terror creciente; para Lucky
esto estaba perfectamente claro en la expresión del pirata. Antón no giraría ni
siquiera por un estrépito mayor que el que podía hacer al disparar un
desintegrador a su espalda. El disparo le cogió de lleno; la muerte fue tan
repentina que la sonrisa ávida no desapareció de su cara, y aunque la vida ya
se había disipado de esas facciones, el cruel regocijo perduraba. Antón cayó
sobre la pantalla visora y por un segundo su rostro quedó apoyado allí, más
grande que en la realidad, observando a Lucky con ojos muertos.
El
joven oyó la voz de Hansen, imperativa:
—¡Atrás,
todos vosotros! ¿Queréis morir? Nos entregaremos. Ven, Starr, nos rendimos.
Lucky
cambió la dirección sólo dos grados: era suficiente para evitar el choque.
Ahora
su ergómetro registraba los motores de naves del gobierno que se acercaban ya.
Por
fin llegaban.
En
señal de rendición las pantallas visoras de la nave pirata estaban cubiertas
por una capa blanca.
Era
casi un axioma decir que la armada jamás estaba tranquila cuando el Consejo de
Ciencias interfería abiertamente en lo que los jefes de la flota espacial
consideraban su propia jurisdicción. Y muy especialmente cuando la
interferencia era un éxito. Lucky Starr lo sabía muy bien y estaba preparado
para soportar la poco disimulada desaprobación del almirante, que le decía:
—El
doctor Conway nos ha explicado la situación perfectamente, Starr, y nosotros le
felicitamos por su desempeño. Sin embargo, creo imprescindible hacerle saber
que la armada ha estado en conocimiento del peligro de una invasión de Sirio
desde hace tiempo y ha desarrollado un programa de acción propio. Estas
intervenciones independientes del Consejo pueden llegar a ser peligrosas. Usted
debe explicar esto al doctor Conway. Ahora el Coordinador me ha pedido que
coopere en los próximos pasos de la lucha contra los piratas, pero —su
expresión era obstinada— no puedo aceptar su sugerencia de demorar el ataque
contra Ganímedes. Estimo que la armada es capaz de decidir por sí misma una
batalla y de cómo vencer.
El
almirante era un hombre de cincuenta años y no estaba habituado a consultar con
nadie de igual a igual, y menos con un joven al que doblaba, casi, en edad. Su
cara de mandíbulas fuertes lo dejaba ver con claridad.
Lucky
estaba fatigado. Ahora que la nave de Antón y su tripulación estaban bajo
custodia, sobrevenía el cansancio. A pesar de ello, se esforzaba por mostrarse
muy respetuoso, de modo que respondió:
—Creo
que si realizáramos una operación de limpieza en los asteroides, antes que
nada, los sirianos de Ganímedes, automáticamente, dejarían de representar un
problema.
—¡Por
la mismísima Galaxia! ¿Cómo cree Usted que sería posible una «operación de
limpieza»? Hemos tratado de llevarla a cabo durante veinticinco años, sin
éxito. Limpiar los asteroides es como coger plumas que se hayan esparcido. En
cambio sabemos muy bien dónde está la base siriana y cuánta es su fuerza —una
débil sonrisa le cruzó las facciones—. Puede que para el Consejo sea difícil
comprenderlo, pero la armada está tan alerta como ustedes. Y tal vez más aún.
Por ejemplo, sé que las fuerzas que responden a mis órdenes bastarán para
quebrantar las defensas de Ganímedes. Estamos preparados para dar batalla.
—Eso
no lo dudo y tampoco dudo que ustedes podrán derrotar a los sirianos. Pero los
que están en Ganímedes no son todos los sirianos existentes. Tal vez la armada
está en condiciones de sostener con éxito una batalla, ¿pero está preparada
para una guerra larga y costosa?
El
almirante se ruborizó.
—Se
me ha pedido cooperación, pero no arriesgaré la seguridad de la Tierra. Bajo
ningún tipo de circunstancia apoyaré un plan que implique la dispersión de
nuestra flota en la zona de los asteroides, en tanto que una expedición siriana
ha ingresado al Sistema Solar.
—¿Puede
darme usted una hora? —interrumpió Lucky—. Una hora para hablar con Hansen, el
prisionero de Ceres que he traído a bordo de esta nave poco antes de que usted
llegara, señor.
—¿Servirá
de algo?
—¿Puede
darme una hora para saberlo, señor?
Los
labios del almirante se contrajeron.
—Una
hora puede ser valiosa. Puede ser decisiva... Bien, adelante, pero deprisa.
Veremos qué sucede.
—¡Hansen!
—llamó Lucky sin apartar sus ojos del rostro del almirante.
El
ermitaño avanzó desde uno de los camarotes. Se le veía cansado, pero logró
dirigir una pálida sonrisa a Lucky. En apariencia, sus horas en la nave pirata
no le habían hecho mella.
—He
estado admirando su nave, señor Starr —dijo Hansen—. Es una máquina excelente.
—Vamos
—dijo el almirante—. No perdamos tiempo. ¡Comience ahora mismo, Starr! Su nave
no es lo importante.
—Esta
es la situación, señor Hansen —explicó Lucky—. Hemos detenido el avance de
Antón, con su valiosísima ayuda, por la que le estamos agradecidos. Esto
significa que hemos retrasado la iniciación de las hostilidades con Sirio. Sin
embargo, esto no basta. Debemos alejar el peligro por entero y, como el
almirante le dirá a usted, nuestro tiempo es muy escaso.
—¿En
qué puedo ayudarles...? —preguntó Hansen.
—Respondiendo
a mis preguntas.
—Lo
haré con gusto, pero ya le he dicho a usted todo lo que sé. Lamento que haya
servido de tan poco.
—Con
todo, los piratas creían que usted era un hombre de cuidado. Han corrido un
gran peligro para arrebatárnoslo.
—Es
inexplicable para mí.
—¿Es
posible que usted posea cierto conocimiento de algún detalle importante, aun
sin saberlo? ¿Algo que pueda representar la derrota para ellos?
—No,
no lo creo.
—Pero
ellos han confiado en usted. Según lo que usted mismo me ha dicho, usted es
rico: un hombre con dinero invertido en la Tierra. Y por cierto que usted está
por encima del nivel común de los ermitaños. Los piratas le han tratado bien o,
cuando menos, no le han despreciado ni le han robado; su bien provista casa
jamás ha sido saqueada por ellos.
—Recuérdelo
usted, señor Starr: les he ayudado, a mi vez.
—No
mucho. Me ha dicho usted que les ha permitido descender en su roca, dejar allí
alguna persona en ciertas ocasiones, y eso es todo. Si, simplemente, le
hubieran asesinado, habrían obtenido todo eso y su roca al mismo tiempo.
Además, no habrían tenido que preocuparse de que usted se convirtiera en un
informador. Y, en forma eventual, usted se ha convertido en informador,
¿verdad?
Los
ojos de Hansen se desviaron.
—Pero,
a pesar de todo, ha sido así. Le he dicho la verdad.
—Sí;
lo que usted me ha dicho ha sido la verdad. Pero no toda. Y repito que debe
haber habido una poderosa razón para que los piratas confiaran en usted tan por
entero; han de haber sabido que el gobierno podría alguna vez reclamar su vida.
—Ya
se lo he dicho a usted —respondió Hansen, con tono manso.
—Usted
me ha dicho que era culpable de prestar ayuda a los piratas, pero ellos
confiaban en usted la primera vez que le vieron, antes de que se iniciara el
trato. Y yo lo explicaría diciendo que, en otro tiempo, antes de convertirse en
ermitaño, ha sido usted pirata, Hansen, y que Antón y otros hombres como él lo
sabían. ¿Qué responde a esto?
El
rostro de Hansen empalideció.
—¿Qué
dice usted, Hansen? —insistió con cierta ironía Lucky.
Con
voz muy suave, el ermitaño reconoció:
—Así
es, señor Starr. En un tiempo he integrado la tripulación de una nave pirata.
En una época ya lejana. He intentado borrarlo de mi memoria; me he retirado a
los asteroides y he hecho todo lo posible para ser considerado un muerto en
cuanto a la Tierra respecta. Cuando ha surgido este nuevo grupo de piratas en
el Sistema Solar y me ha embrollado con ellos, no he tenido más opción que la
de ponerme de su lado.
»Cuando
usted llegó a mi roca, he hallado mi primera oportunidad de salirme de esa
situación; mi primera oportunidad de afrontar el riesgo de un proceso. Después
de todo, han transcurrido veinticinco años. Y tendría a mi favor el hecho de
haber arriesgado mi vida para salvar la vida de un hombre del Consejo de
Ciencias. Por eso me he mostrado ansioso por luchar contra los piratas
invasores de Ceres. Quería tener otro punto a mi favor. Por último, he matado a
Antón, salvando su vida por segunda vez, otorgando a la Tierra un respiro,
según usted mismo me ha dicho, y tal vez así se podrá evitar la guerra. Sí,
señor Starr: he sido un pirata, pero eso ha pasado y creo que he ofrecido una
compensación.
—Sí;
hasta este momento. Pero ahora, ¿tiene usted alguna información que no nos haya
transmitido antes?
Hansen
negó con la cabeza.
—Sin
embargo —dijo Lucky—, sólo ahora ha confesado que era un pirata.
—Pero
eso carece de importancia. Y usted lo ha descubierto por sí mismo. No he
intentado negarlo, siquiera.
—Vaya,
veamos si es posible deducir algo más que tampoco negará usted. Porque aún no
nos ha dicho toda la verdad.
Hansen
pareció sorprendido:
—¿Qué
otra cosa ha deducido usted?
—Que
usted jamás ha dejado de ser un pirata, que usted es la persona que una vez fue
mencionada en mi presencia, por uno de los tripulantes de la nave de Antón,
luego de mi duelo con Dingo. A usted es a quien llaman Jefe. Usted, señor
Hansen, es el cerebro de los piratas de los asteroides.
16.
TODA LA RESPUESTA
Hansen
saltó de su asiento y se quedó de pie. Un jadeo agitaba su pecho y sus labios entreabiertos.
El
almirante, cogido por sorpresa, exclamó:
—¡Hombre!
¡Por la Galaxia! ¿Qué es esto? ¿Habla usted en serio?
—Siéntese,
Hansen —dijo Lucky— y dígame si me equivoco en algo. Veamos cómo encaja todo;
si estoy en un error, surgirá alguna contradicción. La historia comienza con el
abordaje del Atlas por parte del capitán Antón, un hombre inteligente y capaz,
aunque su mente haya sido insana. Desconfiaba de mí y de mi historia; así es
que tomó una fotografía tridimensional de mí, y no le ha sido difícil hacerlo
sin que yo me percatara, y la envió al Jefe, pidiendo instrucciones. El Jefe ha
creído reconocerme y, por cierto, Hansen, que si usted es el Jefe, esto tendría
sentido, porque en la realidad, al verme, usted me ha reconocido luego.
»El
Jefe envía un mensaje que ordena mi muerte. Para Antón era un espectáculo
divertido que yo me enfrentara con Dingo en un duelo con pistolas impelentes.
Dingo tenía instrucciones precisas: debía matarme. Antón lo ha reconocido en
nuestra última conversación. Luego, a mi regreso y porque Antón me había dado
su palabra de aceptarme a prueba dentro de la organización si sobrevivía, usted
se ha visto obligado a hacerse cargo de la situación por sí mismo. Entonces he
sido enviado a su roca.
Hansen
estalló:
—¡Todo
eso es una locura! Yo no le he hecho ningún daño, le he salvado, le llevé a
Ceres.
—Así
es, y también ha ido a Ceres conmigo. Mi plan era penetrar en la organización
pirata y conocer los hechos desde dentro. Usted ha tenido la misma idea y mucho
más éxito. Me ha llevado a Ceres y allí se ha enterado de nuestra situación:
estábamos poco prevenidos, habíamos subestimado la organización pirata. Eso
significaba que podía seguir adelante con sus planes a toda marcha.
»Ahora
bien, así la invasión a Ceres tiene sentido. Supongo que usted se comunicó con
Antón de algún modo. Los transmisores sub-etéricos de bolsillo son bien
conocidos y es muy fácil establecer un código inteligente. Usted ha ido a los
corredores no para luchar contra los piratas, sino para unirse a ellos, que no
le mataron: le secuestraron. Algo muy curioso. Si lo que usted nos ha dicho
fuera verdad, sus informes serían peligrosos para ellos, que tendrían que
haberlo asesinado en el propio instante en que le vieron. Pero, por el
contrario, le embarcaron en la nave de Antón, la nave principal, y le han
traído hacia Ganímedes, sin maniatarle y sin vigilancia. Le ha sido muy fácil
aparecer en silencio a espaldas de Antón y matarle.
Hansen
protestó:
—Pero
le he matado. ¿Por qué, en el nombre de la Tierra misma, habría de matarle si
fuese yo quien usted dice que soy?
—Porque
él era un maniático. Estaba dispuesto a permitir que chocara con ustedes antes
que echarse atrás y perder su ascendiente. Usted tiene planes mucho más
ambiciosos y ni siquiera ha pensado en morir para halagar la vanidad de ese
hombre. Además, sabía muy bien que aun cuando lográramos impedir que Antón se
comunicara con Ganímedes, solo habría una demora. Al atacar la base de
Ganímedes, luego, se produciría la guerra de todos modos. Por lo tanto,
prosiguiendo con su papel de presunto ermitaño, siempre hallaría la ocasión de
huir y retomar su verdadera identidad. ¿Qué podía importar la vida de Antón y
la pérdida de una nave frente a todo lo demás?
—¿Qué
pruebas tiene usted de todo lo que ha dicho? —inquirió Hansen—. ¡Es una
presunción, nada más! ¿Dónde están las pruebas?
El
almirante, que había mirado a uno y otro durante toda la conversación,
intervino, excitado:
—Óigame
usted, Starr, este hombre es mío. Ya le sacaremos toda la verdad.
—No
hay prisa, almirante. Mi hora no ha transcurrido aún... ¿Presunción, Hansen?
Prosigamos, pues. He intentado regresar a su roca, Hansen, pero usted no
conocía las coordenadas, hecho extraño, a pesar de sus complejas explicaciones.
Y he obtenido un conjunto de coordenadas a partir de la trayectoria que
habíamos recorrido desde su roca hasta Ceres; el punto señalado resultaba estar
en la zona prohibida, donde no puede haber asteroides, según el curso natural
de esos cuerpos. Pero como yo estaba seguro de que mis cálculos eran exactos,
comprendí que su roca se hallaba en ese lugar contra las leyes naturales.
—¿Qué?
¿Cómo? —exclamó el almirante.
—Quiero
decir que una roca no necesita moverse dentro de su órbita. Se puede equiparla
con motores hiper-atómicos y puede salirse de su órbita como una nave espacial.
No hay otra explicación para la presencia de un asteroide en la zona prohibida.
Alterado,
Hansen preguntó:
—¿Qué
es esto? ¿Una trampa? Las cosas no son como usted pretende. No sé por qué me
está haciendo esto, Starr. ¿O es que quiere probarme?
—Ni
trampa ni prueba, señor Hansen —respondió Lucky—. Yo regresé a su roca porque
no creía que se hubiese alejado mucho. Un asteroide que pueda trasladarse posee
ciertas ventajas. No importa cuántas veces sea detectado, cuántas veces se
anoten sus coordenadas y se calcule su órbita: siempre existe la posibilidad de
desconcertar a observadores y perseguidores sacándolo de su órbita. Pero
también presenta ciertos inconvenientes, un astrónomo, desde un telescopio, si
lo observara en el instante preciso, se podría preguntar por qué un asteroide
se mueve fuera de la elíptica o dentro de la zona prohibida. Y, si estuviese
cerca, se preguntaría por qué un asteroide deja una estela en uno de sus
extremos, como un reactor.
»Supongo
que usted se ha movido para encontrarse con la nave de Antón y para que yo
descendiera allí. También supuse que usted no se alejaría mucho tan poco tiempo
después, tal vez sólo lo necesario para entrar en un grupo de asteroides y
pasar desapercibido. De modo que, al regresar, he buscado entre los asteroides
más cercanos uno que tuviese el tamaño y la forma. Y lo he hallado. He hallado
al asteroide que en realidad era base, factoría y depósito, todo al mismo
tiempo; allí he oído el zumbar de motores poderosos que bien podrían moverlo a
través del espacio. Importados de Sirio, creo.
—Pero
no era mi roca —adujo Hansen.
—¿No?
Sin embargo, Dingo me aguardaba allí y me ha dicho que no había tenido
necesidad de seguirme, que sabía hacia dónde me dirigiría yo. El único lugar al
que él sabía que yo podría encaminarme era a su roca. De aquí deduzco que la
misma roca tiene, en un extremo, su casa y, en el otro, la base pirata.
—No,
no —interrumpió Hansen—. Dejo esto a criterio del almirante. Hay mil asteroides
que pueden tener el tamaño y la forma del mío y no soy responsable de las
observaciones eventuales que haya hecho un pirata.
—Existe
otra evidencia que tal vez le parezca más concluyente a usted —dijo Lucky—. En
la base pirata hay dos picos que encierran un valle; un valle cubierto de botes
de lata, abiertos.
—¡Botes
abiertos! —exclamó el almirante—. ¡Por la Galaxia! ¿Qué relación tiene eso con
nuestro problema, Starr?
—Hansen
tiraba los botes abiertos en un valle de su propia roca. Hasta me dijo que no
quería que su roca fuera acompañada en el espacio por sus desperdicios; en
realidad lo que no ha querido es que esos botes permitieran identificar su
asteroide. Al partir de allí he visto el valle con las latas; y las he visto
nuevamente cuando me aproximaba a la base pirata: por esa razón he escogido ese
asteroide y no otro para investigar. Mire usted a este hombre, almirante, y
dígame si es posible dudar de lo que he dicho.
El
rostro de Hansen estaba deformado por la ira. No era el mismo individuo, toda
su apariencia de pasividad había desaparecido.
—Está
bien. ¿Y qué hay? ¿Qué quiere usted?
—Quiero
que llame a Ganímedes. Estoy seguro de que usted ha realizado las negociaciones
previas con ellos, y que le conocen. Dígales que los asteroides se han rendido
a la Tierra y que se unirán a nosotros para luchar contra Sirio, si es preciso.
Hansen
rió.
—¿Por
qué habría de hacerlo? Me tienen a mí, pero no han dominado aún a los
asteroides. No podrán limpiarlos.
—Podremos
si tomamos su roca, la base. Allí están todos los pertrechos, ¿no es así?
—Trate
de hallarla —desafió Hansen, con voz ronca—. Intente localizarla en medio de
una miríada de rocas. Usted mismo ha dicho que puede moverse.
—Será
muy simple: su valle de latas, ¿recuerda usted?
—Adelante.
Inspeccione cada roca hasta hallar ese valle. Le llevará un millón de años.
—No;
no mucho más de un día. Antes de abandonar la base pirata, tuve tiempo para
arrojar un rayo calórico contra el valle; he fundido las latas y se han
enfriado: ahora se ven como una reluciente lámina de metal. No hay atmósfera
que pueda oxidarlas, de modo que esa superficie se ve como una de las plantas
de metal que se utilizan como vallas en los duelos de pistolas impelentes.
Cuando el Sol da allí, el reflejo es inconfundible. Todo lo que el Observatorio
de Ceres tendrá que hacer es buscar en el firmamento un asteroide diez veces
más brillante que lo que le permitiría su tamaño. Les he dejado mientras
iniciaban la búsqueda, antes de partir a la caza de Antón.
—No
es verdad.
—¿No?
Mucho antes de atravesar el Sol, he recibido un mensaje sub-etérico junto con
una fotografía. Aquí está. —Lucky extrajo la fotografía de una gaveta—. El
punto brillante señalado con una flecha es su asteroide.
—No
me asusta usted.
—Pues
debería asustarse. Las naves del Consejo han descendido allí.
—¿Cómo?
—rugió el almirante.
—No
podemos perder tiempo, señor —dijo Lucky—. Ya hemos hallado la casa de Hansen
al otro lado y también los túneles que conectan con la base pirata. Tengo aquí
algunos documentos sub-eterizados que contienen las coordenadas de sus bases
más importantes entre las secundarias, Hansen, y algunas fotografías de las
mismas bases. ¿Las reconoce, Hansen?
El
pirata estaba paralizado. Su boca se abrió para emitir algún sonido
incoherente.
Lucky
prosiguió:
—Le
he dicho todo esto, Hansen, para convencerle de que está perdido. Está
completamente derrotado. Le queda tan sólo su vida. No le prometeré nada, pero
si hace lo que le he pedido, tal vez pueda salvar eso que le ha quedado. Llame
a Ganímedes.
Con
un gesto de abandono, Hansen se miró las manos.
El
almirante, con la voz ahogada de angustia, preguntó:
—¿El
Consejo ha limpiado los asteroides? ¿Ellos han hecho el trabajo? ¿No han
consultado con el Almirantazgo?
—¿Y
bien, Hansen? —insistió Lucky.
—¿Qué
importa ahora? Llamaré —dijo Hansen.
Conway,
Henree y Bigman estaban en el espaciopuerto para recibir a Lucky, cuando el
joven regresó a la Tierra. Cenaron juntos en el Salón de Cristal, en el piso
más alto del restaurante Planeta. A través de los cristales curvos de los muros
del comedor, distinguían las luces cálidas de la ciudad, pequeñas allá abajo,
entre la bruma.
—Ha
sido una verdadera suerte —dijo Henree— que el Consejo lograra penetrar en las
bases piratas antes de que interviniese la armada. Una acción militar no habría
solucionado el problema.
—Tienes
razón —asintió Conway—. Los asteroides podrían haber quedado expeditos para una
futura banda de piratas. La mayoría de ésa gente no sabía que estaban peleando
del lado de Sirio. Es gente sencilla que ha buscado una vida mejor que la que
había llevado antes. Creo que podremos persuadir al Gobierno para que les
ofrezca una amnistía a todos los que no hayan participado en invasiones. Y
éstos últimos no son muchos.
—En
realidad —dijo Lucky—, dándoles ayuda para continuar con el desarrollo en los
asteroides, financiando la expansión de sus huertos de levadura, proveyéndoles
agua, aire y energía, estaremos estableciendo una defensa para el futuro. La
mejor protección contra los criminales de los asteroides es una comunidad
pacífica y próspera allí mismo. En eso consiste la paz.
Bigman
intervino, casi molesto:
—No
te engañes. Habrá paz hasta que Sirio se decida a intentar una nueva invasión.
Lucky
cubrió la cara enfurruñada del hombrecito con su manaza, con un gesto juguetón:
—Creo
que estás enojado porque nos hemos perdido una linda guerra, Bigman. ¿Qué te
ocurre? ¿No puedes aprovechar este descanso?
—Oye,
Lucky —dijo Conway—, tendrías que habernos prevenido acerca de tus teorías.
—Sí,
hasta había pensado en ello, pero era una necesidad para mí enfrentarme con
Hansen yo solo. Había razones personales muy importantes.
—¿Pero
cuándo sospechaste de él, Lucky? ¿Cómo se delató? —inquirió Conway—. ¿Sólo
porque su roca estaba en la zona prohibida?
—Ese
fue el indicio final —admitió Lucky—, aunque supe que no era un ermitaño una
hora después de habernos encontrado. Entonces supe que ese hombre era más
importante para mí que para cualquier otra persona en la Galaxia.
—¿Y
por qué? —preguntó Conway mientras masticaba el último trozo de bistec.
—Hansen
me reconoció como hijo de Lawrence Starr —respondió el joven—. Me dijo que
había visto a mi padre una sola vez, y así ha de haber sido. Los hombres del
Consejo no son muy conocidos y era necesario que se hubieran visto en persona
para que él pudiera hallar un parecido en mí.
»Pero
en ese reconocimiento se daban dos hechos muy particulares. Mi parecido se le
hizo evidente cuando yo estaba airado. El mismo me lo ha dicho. Y por lo que
vosotros me habéis contado, tío Héctor y tío Gus, mi padre raramente estaba
enfadado. "Sonriente" es el adjetivo con que os referíais a él, por
lo común. Y luego, al llegar a Ceres, Hansen no os reconoció a vosotros. Ni
siquiera vuestros nombres le eran familiares.
—Y
bien, ¿qué? —preguntó Henree.
—Mi
padre y vosotros dos siempre estabais juntos, ¿no es así? Era difícil que
Hansen conociese a mi padre y no a vosotros dos; también era extraño que Hansen
hubiese conocido a mi padre en momentos en que él estaba enfadado y en
circunstancias que quedasen tan fijas en su mente como para permitirle
reconocerme veinticinco años más tarde. La explicación era una sola: mi padre
se separó de vosotros para ir a Venus, en su viaje final, y Hansen debía haber
intervenido en la matanza. Y no debía ser un miembro más de la tripulación,
porque los tripulantes comunes no llegan a tener dinero suficiente para equipar
con lujo un asteroide y veinticinco años después de las represalias
gubernamentales en los asteroides construir una nueva y mejor organización
pirata. Debe de haber sido el capitán de la nave pirata atacante. Por entonces
tendría unos treinta años: edad adecuada para ser capitán.
—¡Gran
espacio! —exclamó Conway, pálido.
—¡Y
no le has matado! —gritó Bigman, indignado.
—¿No
habría sido absurdo? Tenía que resolver un conflicto mucho más importante que
mi venganza personal. Él es el asesino de mi padre y de mi madre, pero aun así
tenía que ser astuto en mi trato con él. Al menos por un tiempo.
Lucky
bebió un sorbo de café e hizo una pausa para contemplar la ciudad que se
expandía allá abajo. Luego prosiguió:
—Hansen
transcurrirá el resto de sus días en la prisión Mercurio y ése es un castigo
mejor que una muerte rápida, por cierto. Y para mí es una recompensa mejor que
su muerte misma y es la mejor ofrenda a la memoria de mis padres.
FIN


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