© Libro N°. 2973. Los Viajes De Joenes. Sheckley, Robert. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © The Journey of Joenes [Journey beyond tomorrow]
Versión Original: © Los Viajes De Joenes. Robert Sheckley
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN
RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS VIAJES DE JOENES
Robert Sheckley
EDICIONES ACERVO
Titulo original: The Journey of Joenes [Journey beyond tomorrow]
Traducción de Sebastián Castro
Cubierta: Perceval
© 1962; Robert Sheckley.
© 1977; Ediciones Acervo. Colección Gaudeamus nº 2.
ISBN: 84-7002-212-1
Depósito Legal: B-14.371-1977
Contraportada
He
aquí una obra magistral, a medio camino entre él «Gulliver» de Swift y el
«Cándido» de Voltaire. Joenes, el héroe de este relato, representación moderna
del «buen salvaje de los filósofos del siglo XVIII, se enfrenta a una América
utópica, demencial..., satírica ad absurdis. Pero, a la vez, terriblemente
sangrienta. Porque, pese a su aparente tono hilarante, «Los viajes de Joenes»
es una obra profundamente seria, que no debe engañar con su tono aparentemente
superficial. Como dijo muy bien Avram Davidson, redactor jefe de la revista
Magazine of Fantasy & Science Fiction, primera en publicarla: «Es probable
que todos ustedes se rían mientras la están leyendo; pero no se engañen: a
menudo, esa risa suya va a convertirse en una burbuja de sangre emergiendo por
las comisuras de su boca...»
Para
Ziva, para Ruth Bornes, y especialmente para Bill Bornes
Introducción
El
fabuloso mundo de Joenes desapareció hace más de un milenio. Sabemos que los
Viajes de Joenes comenzaron alrededor del año 2000, y terminaron en nuestra
era. Sabemos también que la época en que se produjeron estos Viajes era notable
por sus civilizaciones industriales. La articulación mecánica que caracteriza
el siglo XXI dio nacimiento a un buen número de extrañas realizaciones,
ignoradas del lector moderno. De todos modos, casi todos nosotros hemos tenido
ocasión de aprender, en uno u otro momento, lo que los ancianos entendían por
«misil teledirigido» o por «bomba atómica». Algunas de estas creaciones
fantásticas pueden verse todavía en algunos de nuestros museos.
En
cuanto a Joenes, es cierto que existió realmente; pero carecemos de medios para
verificar la autenticidad de todas las historias que a él se refieren. Sin
embargo, incluso aquellas que son consideradas como alegóricas siguen siendo
representativas del clima y del espíritu de aquella época.
Así
pues, en esta obra hallarán ustedes reunidos un cierto número de relatos que
evocan al gran viajero Joenes y a su maravilloso y trágico siglo. Entre estos
relatos, algunos tienen por base documentos escritos, pero la mayor parte de
ellos no poseen otra fuente que la tradición oral y han llegado hasta nosotros
gracias a los narradores que los transmitían de una a otra generación.
Aparte
esta obra, existe tan sólo una relación escrita de los Viajes: la de los
Cuentos Fijianos, publicados recientemente, y en los que, por razones
evidentes, el papel de Joenes es presentado como secundario en relación con el
de su amigo Lum. Esta actitud es enteramente contraria al espíritu de los
Viajes y al propio contenido de los relatos. Es por esta razón precisamente por
la que hemos sentido la necesidad de componer este libro, a fin de que el
conjunto de las Historias de Joenes sea transcrito fielmente en su totalidad y
preservado para las futuras generaciones.
Este
volumen contiene pues todos los textos relativos a Joenes escritos en el siglo
XXI. Estos son: «Encuentro de Lum y Joenes», del Libro de las Fiji, Edición
Ortodoxa, y «Cómo Lum se unió al Ejército», también del Libro de las Fiji,
Edición Ortodoxa.
Todas
las demás historias pertenecen a la tradición oral; tienen por origen a Joenes
o a sus discípulos, y son transmitidas de una a otra generación. El presente
libro es la transcripción exacta de las palabras de nuestros más célebres
narradores modernos; respeta hasta sus más ínfimos detalles sus puntos de
vista, sus idiosincrasias, sus conclusiones, sus particularidades estilísticas,
sus comentarios respectivos. Debemos dar las gracias a todos esos narradores
por su amabilidad en autorizarnos a transcribir sus relatos. Esos hombres son:
Ma'aoa
de Samoa
Maubingi
de Tahití
Paaui
de las Fiji
Pelui
de la Isla de Pascua
Teleu
de Huahine
Hemos
escogido los relatos o grupos de relatos por los cuales esas personas son más
aclamadas. Su nombre se cita al inicio de cada historia. Y presentamos nuestras
disculpas a todos los excelentes narradores a los que no hemos podido incluir
en este volumen, y cuyas contribuciones deberán aguardar la compilación de un
Variorum Joenes.
Para
facilitar la lectura, estas historias son presentadas por orden cronológico,
como los distintos capítulos de un relato, con un principio, una mitad y un
fin. Pero el lector no puede esperar una narración armoniosa y racionalmente
ordenada. Naturalmente, hubiéramos podido darle una continuidad añadiendo aquí,
cortando allá, imponiendo al conjunto nuestro propio sentido del orden y del
estilo. Pero hemos preferido dejar los relatos en su estado original, a fin de
darle al lector los Viajes completos en toda su integridad. Nos ha parecido que
era hacerles justicia a los narradores, y el único medio de relatar toda la
verdad acerca de Joenes, las gentes con que se encontró y el mundo extraño por
el que viajó.
Así
pues, hemos respetado las palabras exactas de los narradores y copiado las dos
narraciones escritas, sin inventar nada ni añadir comentarios de nuestra propia
cosecha. Nuestra única iniciativa se halla en el último capítulo, en el que
narramos cómo fue el final del Viaje.
Ahora,
lector, le invitamos a conocer a Joenes, y a viajar en su compañía a través de
los últimos años del antiguo mundo y los primeros años del nuevo.
1.
Joenes emprende sus viajes
(según
la narración de Maubingi de Tahití)
Nuestro
héroe, Joenes, vivía en una pequeña isla del Océano Pacífico, un atolón situado
a trescientos kilómetros al este de Tahití. Esta isla se llamaba Manituatua, y
tenía tan solo tres kilómetros de largo por algunos cientos de metros de ancho.
La rodeaba un arrecife de coral, y más allá de este arrecife se hallaba la
inmensidad azul del Pacífico, Los padres de Joenes habían acudido desde su
América natal a instalarse en aquella isla, donde quedaron a cargo del equipo
que proporcionaba electricidad a casi todo el este de la Polinesia.
Cuando
la madre de Joenes murió, su padre continuó solo; y cuando murió su padre, la
Compañía de Electricidad del Pacífico le pidió a Joenes que prosiguiera la
labor de su padre. Y Joenes aceptó, y estuvo realizando este trabajo hasta los
veinticinco años, en cuya época las circunstancias le obligaron a cambiar de
vida.
Estas
circunstancias nacieron en la oficina ejecutiva de la Compañía de Electricidad
del Pacífico, situada en San Francisco, en la costa oeste de América. Allá,
orondos hombres que llevaban trajes, camisas, corbatas y zapatos se reunían en
torno a una mesa circular de madera de teca. Esos Caballeros de la Mesa
Redonda, como eran llamados, tenían en sus manos los hilos del destino de la
mayor parte de los humanos. El Presidente del Consejo de Administración se
llamaba Arthur Pendragon, y aunque el puesto había llegado a él por dinastía
había tenido que librar encarnizados combates para poder ocupar aquel sitial
que le correspondía por derecho. Inmediatamente después de su nominación,
Arthur Pendragon se había apresurado a disolver el antiguo Consejo de Administración
y sustituirlo por hombres afectos a él. Alrededor de la mesa estaban presentes
Bill Lancelot, personaje de un gran poder financiero; Richard Galaad, muy
conocido por sus obras de caridad; Austin Mordred, que poseía amistades en
todos los medios políticos del estado; y muchos otros.
Esos
hombres, cuyo imperio financiero estaba siendo amenazado desde hacía un cierto
tiempo, se pronunciaron por la consolidación de su poder y el abandono
inmediato de todo lo que no reportara claros beneficios. Esta decisión, por
simple que pareciera en su tiempo, tuvo incalculables consecuencias.
En
la lejana Manituatua, Joenes recibió la comunicación de la decisión del Consejo
interrumpiendo el suministro de energía por parte de la central del Este de la
Polinesia.
Así,
Joenes se encontró de repente en paro. Pero, más que un empleo, lo que había
perdido era toda una forma de vivir.
Durante
la semana siguiente, Joenes reflexionó largamente acerca de su futuro. Sus
amigos polinesios le rogaron que se quedara con ellos en Manituatua o, si lo
prefería así, que fuera a vivir a una de las islas más importantes tales como
Huahine, Bora Bora o Tahití.
Joenes
escuchó atentamente sus proposiciones, y luego se aisló en un lugar apartado
para sopesar los pros y los contras. Al cabo de tres días salió de aquel lugar
para anunciar a la gente que aguardaba su decisión su intención de partir hacia
América, el país natal de sus padres, a fin de ver con sus propios ojos las
maravillas descritas por los libros y decidir si realmente estaba allá su
destino; si no era así, regresaría con sus queridos polinesios, con la mente
limpia y el corazón alegre, dispuesto a hacerles todos los servicios que le
pidieran.
La
consternación se apoderó de todos sus oyentes, ya que sabían que el país de
América era más peligroso aún que el imprevisible océano; y que los americanos
eran unos brujos, unos magos que, mediante sutiles encantamientos, podían
transformar por completo el modo de pensar de un hombre. Otros polinesios
habían viajado a América, se habían expuesto a sus encantos, y nunca habían
regresado. Uno había llegado incluso a visitar la legendaria Madison Avenue.
Sin embargo, Joenes estaba decidido a partir.
Joenes
estaba prometido con una joven manituatuaniana de dorada piel, almendrados
ojos, negros cabellos, formas seductoras, y conocedora del corazón de los
hombres. Se llamaba Tondelayo. Joenes le propuso que la enviaría a buscar
apenas estuviera instalado en América, o bien volvería junto a ella si la
fortuna no le sonreía. Ninguna de las dos proposiciones sedujo a Tondelayo, que
le respondió de esta manera, en el dialecto preponderante en aquellos parajes:
—¡Hey,
tú, tonto blanco!, ¿de veras quieres ir a Mélica? ¿Para qué, eh? ¿Hay más cocos
en Mélica, eh? ¿Playas más grandes, eh? ¿Mejores peces, eh? ¡No! ¿Crees que
allí hacen mejor el chumbi-chumbi, eh? ¡Te digo que no! ¡Es mejor que te quedes
aquí a comer nuestros cocos y nuestros peces y disfrutar nuestras playas y
hacer el chumbi-chumbi conmigo, eh!
Así
razonó con Joenes la encantadora Tondelayo. Pero Joenes respondió:
—Querida,
¿crees que me gusta dejarte a ti, el epítome de todos mis sueños y la
cristalización de mis deseos? ¡No, querida, no! Esta partida me llena de temor,
ya que ignoro qué destino me acecha en aquel frío mundo del este. Sólo sé que
el hombre debe partir, debe mirar de frente a la gloria y a la fortuna, y si es
preciso incluso a la misma muerte. Ya que tan sólo cuando haya comprendido el
mundo del este, ese mundo del que no sé nada excepto lo que me contaron mis
difuntos padres y leí en sus libros, podré regresar a estas islas y dejar
transcurrir en ellas el resto de mi vida.
La
hermosa Tondelayo escuchó atentamente aquellas palabras, sopesándolas largo
tiempo. Y entonces la muchacha de las islas pronunció las palabras nacidas de
una profunda y simple filosofía que sus antepasados se habían transmitido de
madre a hija, generación tras generación:
—¡Hey,
blancos estúpidos, todos vosotros sois iguales, sí! Primero hacer chumbi-chumbi
con pequeña wahine y luego moriros de deseos de ir a hacer chumbi-chumbi con
tonta mujer blanca americana, sí. Y mientras la palmera crece, el coral crece,
y el hombre debe morir allí. Sí.
Joenes
no pudo hacer más que inclinar su cabeza ante la ancestral sabiduría de la
muchacha de las islas. Pero su decisión no se tambaleó por ello. Sabía que su
destino era acudir a ver el país de América de donde habían venido sus padres,
aceptar todos los peligros que se le presentaran, enfrentarse al indescifrable
destino que tiende sus trampas a todos los hombres. Besó a Tondelayo, que se
echó a llorar al ver que sus palabras no hacían ninguna mella.
Los
jefes de los alrededores ofrecieron en honor a Joenes un festín de despedida,
en el cual se sirvieron comidas exóticas de las islas tales como carne enlatada
y pina en conserva. Cuando el mercante hizo escala en Manituatua trayendo la
ración semanal de ron, despidieron tristemente a su muy querido Joenes.
Y
fue así como Joenes, oyendo aún resonar en sus oídos las melodías de la isla,
navegó a lo largo de Huahine y de Bora Bora, de Tahití y de Hawai, para llegar
finalmente a la ciudad de San Francisco, en la costa Oeste de América.
2.
Encuentro de Lum y Joenes
(según
las propias palabras de Lum, tal como están narradas en el Libro de las Fiji,
Edición Ortodoxa)
Bueno,
creo que todos vosotros sabéis cómo es eso. Tal como dijo Hemingway: «Os deja
el alcohol, os deja la chica, ¿y qué es lo que os queda?» Bueno, pues yo estaba
en el muelle, esperando el cargamento semanal de peyote, y no estaba haciendo
absolutamente nada, tan sólo estaba allá de pie mirándolo todo, la gente, los
grandes barcos, la Golden Gate, ya sabéis. Acababa de echarme dentro un
bocadillo de auténtico salame italiano con auténtico pan de centeno y, con el
peyote que debía llegar, me sentía a mis anchas dentro de mi piel. Bueno, ya
sabéis, quiero decir que a veces uno no se siente mal del todo, aunque tu chica
se haya largado.
Bueno,
pues hete aquí que llega un barco y aparece ese tipo. Era una especie de cosa
alta, con un bronceado auténtico, unos hombros así, una camisa de lona, unos
pantalones que estaban en las últimas y sin zapatos. Así que evidentemente
pensé que era un tipo OK. Bueno, quiero decir que tenía el aire OK. Me acerqué
a él y le pregunté si era en aquel barco en el que llegaba la mierda.
El
tipo me miró y dijo:
—Me
llamo Joenes. Soy extranjero aquí.
Inmediatamente
me di cuenta de que no estaba en el ajo y miré hacia otro lado.
—¿Sabe
dónde puedo encontrar trabajo? —me dijo—. Es la primera vez que vengo a América
y quiero aprenderlo todo de ella, saber lo que me reserva y lo que yo puedo
darle.
Lo
miré de nuevo porque ahora ya no sabía; parecía estar en el ajo, es cierto,
pero hoy en día cualquiera puede parecer estar en el ajo si sabe hacerlo ver, y
si uno tiene labia puede incluso trepar hasta el gran Salón de Té en el Cielo
donde manda el Alcahuete Mayor de Todos Nosotros, los pijos. Bueno, puede que
tal vez intentara dármela con ese aire de no estar en el ajo. Eso es
precisamente lo que hacía Jesús; claro que él sí estaba en el ajo, y todos
nosotros estaríamos en su campo si todos esos pijos lo dejaran en paz. Así que
le pregunté a ese Joenes:
—¿Estás
buscando trabajo? ¿Qué es lo que sabes hacer?
Y
Joenes me respondió:
—Puedo
operar un transformador eléctrico.
—Que
te aproveche —le dijo.
—Y
tocar la guitarra —añadió.
—Bueno,
hombre —dijo—, ¿por qué no me lo largaste en seguida, en lugar de tirarme a la
cabeza tu trasto eléctrico? Sé de un antro donde podrás tocar, a muy pocos
pasos de donde están los pijos. ¿Tienes pasta, muchacho?
Ese
Joenes apenas sabía nada del lenguaje común de cada día, de modo que tuve que
explicárselo todo, desde la A hasta la Z. Pero lo pescó aprisa, acerca de todo
eso de tocar la guitarra en un antro y de lo de los pijos, de modo que le
ofrecí que se quedara lo que quisiera en mi madriguera. ¿Por qué no, si mi
chica se había largado? Me sonrió y me dijo que de acuerdo, que eso le iba al
pelo. Inmediatamente me preguntó que cuál era la situación aquí, y aparte esto
qué podía hacer para distraerse un rato. Aunque no era del lugar, parecía OK.
Entonces le dije que por el lado chicas que bueno, que podía arreglarse, y que
en cuanto a las demás distracciones lo único que tenía que hacer era quedarse a
mi lado y ver venir la cosa. Pareció entender. De modo que lo llevé a mi
madriguera y le di un verdadero bocadillo de auténtico pan de centeno de ese
que tiene pipas enteras dentro y un trozo de queso suizo que había venido
realmente de Suiza y no de Wisconsin. Estaba tan pelado el pobre Joenes que
tuve que prestarle mi propia guitarra, ya que me dijo que la suya la había
dejado en su isla, si es que esa isla existía en algún lugar del mapa. Luego
fuimos al antro.
Joenes
lo hizo bien con su guitarra y sus canciones, puesto que cantaba en una lengua
que nadie entendía, lo cual era muy bien visto por todos los pijos. Los
turistas lamían aquello como leche fresca, y Joenes se embolsó aquella noche
8'30 dólares, lo cual bastaba para una buena chupada de auténtico vodka ruso, y
que sodomicen a quien considere que esto no es patriota. Entonces una muñequita
que no debía medir más de metro y medio pelo incluido empezó a mirarle con ojos
tiernos, lo cual no era extraño ya que Joenes tenía su estatura, sus hombros
tal como deben ser unos hombros, y su cabello rubio descolorido por el sol. Un
tipo como yo tiene que esforzarse un poco más, ya que soy más bien chaparro y
mi barba está algo así como enmarañada, de modo que a veces tengo que tomarme
un cierto tiempo. Joenes, por el contrario, era del tipo magnético. Incluso una
mujer de los pijos vino a preguntarle si ya había volado por todo lo alto, pero
la atajé en seco porque el peyote había llegado y ¿por qué cambiar una migraña
por una indigestión?
Así
pues Joenes, su muñequita, que se llamaba Deirdre Feinstein, y otra pollita que
me busqué para mí, nos fuimos a mi madriguera. Le mostré a Joenes cómo había
que hacerlo para chafar los botones de peyote y todo lo demás, y luego lo
tomamos y volamos todos al cielo. Nosotros volamos, puesto que Joenes estalló
como una bombilla de mil vatios, y tuve que decirle que había que ir con
cuidado con los polis que merodean por las calles de San Francisco para echarle
la zarpa a todo recién llegado al que pesquen para estrenar sus hermosas
prisiones relucientes de tan nuevas, pero no pude impedir que se subiera a la
cama y lanzara su discurso. Fue un hermoso discurso, ya que el sonriente chico
recién llegado de las lejanas colinas se desmelenaba realmente por primera vez
en su vida, y nos transmitió su palabra tal como sigue:
—Amigos
míos, he venido hasta vosotros desde mi lejano país de arena y cocoteros con
ansias de descubrimiento, y me considero el más feliz de los hombres ya que,
apenas dados dos pasos sobre vuestra querida tierra, he sido presentado a
vuestro líder, el rey Peyote, he sido elevado en lugar de ser denigrado, he
visto las maravillas de este mundo, unas maravillas que enrojecen a mi
alrededor y llueven por todos lados como un diluvio. Sólo de un modo imperfecto
puedo expresarle a mi querido camarada Lum todo mi reconocimiento. En cuanto a
mi nuevo amor, la voluptuosa Deirdre Feinstein, diré que veo crecer en mi una
gran llama y soplar un viento tempestuoso. Y en cuanto a la novia de Lum, cuyo
nombre desgraciadamente no recuerdo, diré que la amo como a una hermana,
incestuosamente y sin embargo con una inocencia nacida de la inocencia misma. Y
además...
Bueno,
ese Joenes no dejaba de tener potencia de voz. Me atrevería a decir que se
parecía a un elefante marino en época de celo. Y aquello era demasiado para mi
madriguera, de modo que los vecinos de arriba, esos cerdos degenerados que se
levantan todas las mañanas a las ocho para arrastrarse a sus trabajos,
empezaron a patear el suelo gritando que ya era demasiada orgía y que acababan
de llamar a los polis, de modo que ya lo sabíamos.
Joenes
y las chicas estaban en pleno viaje. Yo, por mi parte, me enorgullezco de
mantener la mente serena en cualquier ocasión, sea cual fuera la nube que
flotara en mis pulmones o el líquido que se agitara en mis venas. Quise tirar
el resto del peyote por la taza del water, pero Deirdre, que algunas veces
llega a darme miedo con su valor, quiso ocultarlo dentro de su sujetador, donde
dijo que nadie tendría la osadía de ir a buscarlo. Les hice salir a todos de la
madriguera, Joenes aferrando mi guitarra en su bronceada mano, y llegamos abajo
justo en el momento en que un coche lleno de polis se detenía en la acera de
enfrente. Recomendé a todos que marcharan en fila india y bien derechos como en
un desfile, ya que uno no puede jugar con fuego cuando se lleva mierda encima.
Pero no sabía hasta qué punto Deirdre estaba volando.
Echamos
a andar todos en fila india, y los polis llegaron a nuestro lado echándonos
miradas de poli, y luego comenzaron a lanzar comentarios soeces sobre los
beatniks, la inmoralidad y todo eso. Les dije a los otros que siguieran andando
como si estuviera lloviendo, pero esa maldita Deirdre no se deja decir según
qué cosas. De modo que se detuvo para decirles a los polis lo que ella pensaba
de ellos, cosa que no es en absoluto recomendable cuando uno tiene su
vocabulario y su imaginación creadora.
El
jefe de los polis, un sargento, dijo:
—OK,
hermana, ven con nosotros. Quieres jaleo, ¿eh?
Y,
forcejando y tironeando, arrastraron a la pobre Deirdre hasta su coche. Vi como
Joenes fruncía el ceño, los contemplaba con aire sombrío, y me dijo ya la hemos
liado, ya que cargado como estaba debía sentirse lleno de afecto por Deirdre y
probablemente por todo el mundo, excepto los polis, claro.
—Muchacho
—le dije—, quédate tranquilo, esto tenía que pasar; cuando a Deirdre se le mete
algo en la cabeza, lo suelta o revienta. Desde que se fue de Nueva York para
estudiar el Zen se pasa el tiempo insultando a los polis y dejándose coger,
pero eso no tiene nada de trágico puesto que es la hija de Sean Feinstein, un
tipo podrido de dólares, y los polis se contentan con esperar a que termine en
paz su viaje y luego la sueltan. Pero tu no eres hijo de Sean Feinstein,
hermano, ni de nadie cuyo nombre valga la pena mencionar, así que estate quieto
y no mires hacia atrás.
Así
es como intenté calmar a Joenes y razonar con él, pero él se paró en seco, una
imagen de héroe bajo las farolas, el puño estrujando los trastes de mi
guitarra, la mirada llena de comprensión y de amor hacia su prójimo exceptuando
los polis. Y se giró.
—¿Buscas
algo, chico? —dijo el jefe de los polis.
—Quitad
vuestras manos de encima de esa señorita —dijo Joenes.
—Esa
drogadicta a la que tú llamas señorita —dijo el poli— ha violado el artículo
431.3 del Código de la Ciudad de San Francisco. Te aconsejo que te metas en tus
propios asuntos, hermano, y no toques ese ukelele que llevas en la mano por las
calles pasadas las doce.
Creo
que la cosa hubiera podido quedar aquí, y todo hubiera ido bien.
Pero
entonces Joenes se lanzó a pronunciar un discurso que valía su peso en oro. No
lo recuerdo palabra por palabra, pero la idea general era que las leyes son
obra del hombre, y que por lo tanto están influenciadas por el mal latente en
su propia naturaleza, y que la verdadera moral consiste en seguir los dictados
del alma iluminada.
—Así
que un comunista, ¿eh? —dijo el jefe de los polis. Y en un chasquear de dedos
Joenes se vio metido él también en el coche.
Bueno,
naturalmente, a la mañana siguiente Deirdre fue soltada, primero gracias al
nombre de su padre, y quizá gracias también a su encanto, que todo San
Francisco no deja de alabar. Pero aunque buscamos de arriba a abajo, e incluso
tan lejos como Berkeley, no hallamos ni rastro de Joenes.
¡Ni
rastro, os lo aseguro! ¿Qué le había ocurrido a aquel rubio trovador de
cabellos quemados por el sol y corazón tan grande como el mundo? ¿Adonde había
ido con mi guitarra (una genuina Tatay) y mis sandalias de repuesto? Supongo
que sólo los polis lo saben, y no nos lo van a decir. Pero no he olvidado a
Joenes, el dulce poeta que, a las puertas del Infierno, se giró para echarle
una última mirada a su Eurídice, y que sufrió el destino de Orfeo el de la voz
de oro. Bueno, las cosas no fueron exactamente así, pero viene a ser lo mismo,
¿y quién sabe por qué lejanos países estarán vagando ahora Joenes y mi
guitarra?
3.
El comité del congreso
(según
la narración de Ma'aoa de Samoa)
Joenes
no podía saber que en aquel mismo momento un comité del Senado Americano se
hallaba en San Francisco realizando una investigación. Pero la policía sí lo
sabía. Adivinando intuitivamente el valor que podía tener el testimonio de
Joenes en aquella investigación, le condujeron directamente de su celda a la
sala donde el Comité estaba celebrando una sesión ejecutiva.
El
presidente del Comité, cuyo nombre era senador George W. Pelops, preguntó
inmediatamente a Joenes qué tenía que decir en su defensa.
—No
he hecho nada —dijo Joenes.
—Ah
—replicó Pelops—, ¿le ha acusado alguien de haber hecho algo? ¿Le he acusado
yo? ¿Lo ha hecho alguno de mis ilustres colegas? Si es así, me gustaría oírselo
decir.
—No,
señor —dijo Joenes—. Yo tan sólo pensaba...
—Los
pensamientos no son admisibles como evidencia —dijo Pelops.
Pelops
se rascó su calva cabeza, ajustó sus gafas, dirigió su mirada a la cámara de
televisión y dijo:
—Este
hombre, según ha admitido él mismo, no ha sido acusado de ningún crimen, ni de
hecho ni de intención. Simplemente le hemos pedido que hablara, haciendo uso
del derecho que nos concede nuestro privilegio como miembros del congreso. Sin
embargo, sus propias palabras traicionan un sentimiento de culpabilidad. Creo,
señores, que deberíamos llevar este asunto un poco más lejos.
—Quiero
un abogado —dijo Joenes.
—No
tiene usted derecho a ningún abogado —dijo Pelops—, ya que la misión de las
personas aquí presentes es la de determinar los hechos y no la de inculparle.
Pero tomamos nota de que ha reclamado usted la presencia de uno. Dígame, señor
Joenes: ¡cree usted realmente en el discurso que pronunció anoche en las calles
de San Francisco?
—No
recuerdo haber pronunciado ningún discurso.
—¿Rehúsa
usted responder a mi pregunta?
—No
puedo responder. No recuerdo nada. Creo que estaba intoxicado.
—¿Recuerda
usted las personas con las que estuvo anoche?
—Creo
que estaba con un hombre llamado Lum y una muchacha llamada Deirdre...
—No
le preguntamos los nombres —dijo apresuradamente Pelops—. Queríamos simplemente
saber si recordaba usted con quién se encontraba, y usted acaba de responder
que lo recuerda. Ésto no es lógico, señor Joenes. Resulta demasiado cómodo
poseer una memoria capaz de recordar una serie de hechos y olvidar otros,
teniendo en cuenta que los dos se produjeron en un mismo período de
veinticuatro horas.
—No
se trataba de hechos —dijo Joenes—, sino de personas.
—El
Comité no le ha pedido que sea usted chistoso —dijo severamente Pelops—. Le
advierto desde ahora que cualquier respuesta chistosa, vaga o de naturaleza
equívoca, al igual que cualquier negativa a responder, serán consideradas como
desacato a este Congreso, lo cual constituye un delito penable de un mes a un
año de prisión.
—No
pretendía burlarme de este Comité, señor —dijo Joenes rápidamente.
—Muy
bien, señor Joenes. Y ahora sigamos. ¿Niega usted haber hecho alusión, en su
discurso de ayer por la noche, al pretendido derecho que, según usted, posee
todo ciudadano de derribar por la fuerza el código legalmente instituido de
este país? ¿Niega usted, en otras palabras, haber incitado a la rebelión a los
disidentes susceptibles de ser influenciados por sus palabras de inspiración
extranjera? O, para hacerle mi pregunta más comprensible, ¿niega usted haber
predicado el derrocar por la fuerza a un gobierno que descansa necesariamente
sobre las leyes de este gobierno? ¿Puede pretender usted que el fondo y la
sustancia de su discurso no iban en contra de esas mismas libertades,
entregadas a nosotros por nuestros Padres Fundadores, que le autorizan a usted
y a sus semejantes a tomar la palabra, lo cual seguramente no le sería
permitido en la Rusia Soviética? ¿Se atrevería usted a decirnos que ese
discurso, disimulado bajo la máscara de una bohemia inofensiva, no formaba
parte integrante de un complot muy preciso cuya finalidad es provocar en este
país disensiones internas y preparar el camino a agresiones procedentes del
exterior, y que no goza usted para ello de la aprobación tácita, sino de
directrices explícitas, de algunas personas pertenecientes a nuestro propio
Departamento de Estado? ¿Que esas palabras, según usted pronunciadas en estado
de aparente intoxicación, no le han parecido justificadas por el derecho que
cree tener usted de actuar subversivamente en una democracia donde el poder de
las represalias es, según usted al menos, inoperante a causa de una
constitución y de una Declaración de Derechos que sin embargo no están
destinadas, como parece pensar usted, a preservar las libertades del pueblo
contra los ataques de mercenarios ateos como usted mismo? ¿Me equivoco, señor
Joenes? Responda solamente sí o no.
—Bueno
—dijo Joenes—, me gustaría aclarar un poco...
—La
pregunta, señor Joenes —dijo Pelops con voz glacial—. Responda sí o no a la
pregunta.
—Me
acojo a mis derechos constitucionales —dijo Joenes—, y en particular a la
Primera y Quinta Enmiendas, y declino respetuosamente contestar.
Pelops
sonrió ligeramente.
—Esta
actitud no le es válida, señor Joenes, puesto que esta misma Constitución a la
cual se agarra usted ahora con tanto fervor ha sido reinterpretada, o mejor
dicho modernizada, por aquellos de entre nosotros que desean preservarla de
cambios y profanaciones. Las Enmiendas que usted menciona, señor Joenes (¿o
debería decir camarada Joenes?), no le autorizan a guardar silencio, por
razones que cualquier Juez de la Corte Suprema se sentiría feliz de
exponerle... ¡si usted se hubiera tomado la molestia de preguntárselo!
No
había ninguna respuesta posible a aquella aplastante réplica. Incluso los
periodistas que había en la habilitación, endurecidos observadores de la escena
política, se mantenían inmóviles. Joenes se puso rojo como un tomate, luego
blanco como una azucena. Sin saber qué decir, abrió la boca para intentar una
respuesta. Pero fue salvado momentáneamente por la intervención de uno de los
miembros del comité, el senador Trellid.
—Perdón,
señor —dijo el senador Trellid a Pelops—, y perdonen todos ustedes que aguardan
la respuesta de este hombre. Sólo tengo una cosa que decir, y querría que fuera
consignada en el acta de esta sesión, puesto que hay ocasiones en las que un
hombre digno de este nombre debe hacer que se oiga su voz, sean cuales sean
para él las consecuencias políticas o económicas. Sí, un hombre como yo debe
tomar la palabra de acuerdo con su conciencia, incluso si las palabras que va a
pronunciar van en contra de esa gran potencia que representa la opinión
pública. Así pues, quiero decir esto. Soy un hombre viejo y, en mi vida, he
visto multitud de cosas y he contemplado aún muchas más. Quizá sea mostrarme
imprudente el hablar así, pero debo decirles que odio la injusticia. A
diferencia de algunas personas, no puedo aprobar la matanza de Hungría, la toma
ilegal del poder en China, la invasión del comunismo en Cuba. Soy viejo, se me
ha acusado de conservador, pero no puedo aprobar estas cosas. Y sean cuales
sean los epítetos con los que se me abrume, espero no ver jamás el día en el
que un ejército ruso ocupe Washington. Y si me levanto contra ese hombre, ese
camarada Jonski, no es en mi calidad de senador, sino más bien en recuerdo del
niño que fui un día, ese niño que nació en las regiones montañosas del sur de
Sour Mountain, que cazó y pescó en las profundidades de los bosques, que tomó
lentamente consciencia de lo que América significaba para él, al que sus
vecinos delegaron en el Congreso para que les representara, a ellos y a sus
seres queridos, y que ahora se siente en la obligación de hacer esta
declaración de fe. Es por esta razón, y por esta razón tan sólo que les
recuerdo las palabras de la Biblia: «¡El Mal es Malo!». Algunos de entre
ustedes, más sofisticados, sonreirán quizás al oírme expresarme así, pero es
así como habla la Biblia, y yo creo en la Biblia.
El
Comité en pleno estalló en aplausos espontáneos. Aunque lo habían escuchado ya
multitud de veces, el discurso del viejo senador no dejaba nunca de despertar
en ellos exquisitas y profundas emociones. Con los labios blancos, el
presidente Pelops se giró hacia Joenes.
—Camarada
—preguntó, con una suave ironía—, ¿es usted miembro militante del Partido
Comunista?
—¡No!.—gritó
Joenes.
—En
este caso —dijo Pelops—, ¿quiénes eran sus asociados durante el tiempo en que
fue miembro militante de él?
—No
tenía asociados. Quiero decir...
—Comprendemos
perfectamente lo que quiere usted decir. Puesto que se niega a identificar a
sus compañeros de traición, ¿aceptará indicarnos el emplazamiento de su célula?
¿No? Dígame, camarada Jonski, ¿le recuerda algo el nombre de Ronald Black? En
otras palabras, ¿cuándo vio usted a Black por última vez?
—Nunca
lo he visto —dijo Joenes.
—¿Nunca?
Esta es una palabra muy definitiva, señor Joenes. ¿Quiere usted hacerme creer
que jamás, en ningún momento, ha podido ver usted a Ronald Black? ¿Que jamás ha
podido cruzarse inocentemente con él en la calle, que jamás ha podido asistir a
una sesión de cine sentado cerca de él? No conozco a nadie en América que pueda
afirmar con tanta seguridad no haber visto nunca a Ronald Black. ¿Desea usted
que su declaración conste en acta?
—Bueno,
es posible que alguna vez lo haya visto en la calle, que me haya topado con él
en algún cruce, paseando, pero no podría jurar...
—Sin
embargo, admite usted que el hecho es posible.
—Indudablemente,
es posible.
—Excelente
—dijo Pelops—. Estamos avanzando algo. Ahora, querría saber dónde se encontró
usted con Black, lo que él le dijo, lo que usted le dijo a él, qué documentos
recibió de él y a quién entregó usted a su vez esos documentos.
—¡Yo
no me he encontrado nunca con Arnold Black! —gritó Joenes.
—Nosotros
lo conocemos como Róñala Black —dijo Pelops—. Pero siempre nos gusta aprender
sus distintos seudónimos. Me permito hacerle observar que usted mismo ha
admitido la posibilidad de una asociación entre ustedes dos, posibilidad que,
dadas las actividades de usted en el seno del Partido, se convierte en una
probabilidad que tiene valor de certeza. Además, usted mismo nos ha indicado el
nombre bajo el cual es conocido Ronald Black en el Partido, un nombre que hasta
ahora ignorábamos. Esto, me parece, constituye una prueba suficiente.
—Escuchen
—dijo Joenes—, yo no conozco a ese Black, no siquiera sé lo que ha hecho.
Con
tono sombrío, Pelops declaró:
—Ronald
Black fue convicto de haber robado los planos del nuevo Convertible Compacto
Studebaker Roadelinger de Lujo Super V-2, y haberlos vendido a un agente de la
Unión Soviética. Al término de un proceso llevado a cabo en todos sus puntos
conforme a las reglas, Black fue ejecutado en la forma prescrita por la ley. A
raíz de aquello, treinta y uno de sus cómplices fueron descubiertos, juzgados y
ejecutados. Usted, camarada Jonski, es el treinta y dos eslabón de la cadena de
espionaje más importante que jamás haya existido en este país.
Joenes
intentó hablar, pero le falló la voz, y se dio cuenta de que estaba temblando
de miedo.
—Este
Comité —prosiguió Pelops— ha sido dotado de poderes extralegales, puesto que su
misión es investigar, no castigar. Este estado de cosas es algo que hay que
lamentar, pero debemos seguir la letra de la ley. En consecuencia, ponemos al
agente secreto Jonski en manos del Fiscal General, a fin de que sea juzgado
conforme a la ley y sufra el castigo que esta rama del gobierno considere
adecuado para un hombre que se reconoce culpable de traición y que no merece
más que la muerte. Se levanta la sesión.
De
este modo fue como Joenes se vio transferido rápidamente a la rama punitiva del
gobierno y confiado al cuidado del Fiscal General.
4.
Como Joenes recibió justicia
(según
la narración de Pelui de la Isla de Pascua)
El
Fiscal General ante el que fue llevado Joenes era un hombre corpulento, de
rostro duro, ojos pequeños, labios pálidos, y cuyos rasgos parecían haber sido
cincelados a martillo sobre un bloque de hierro. Ceñudo y silenciosamente
despectivo, impresionante en su toga de terciopelo negro con cuello de encaje,
era la encarnación viva de su terrible oficio. Servidor de la rama punitiva del
gobierno, su deber era descargar el castigo sobre la cabeza de todos aquellos
que caían en sus manos, y esto a través de todos los medios que le daba su
poder.
El
lugar de residencia del Fiscal General era Washington, aunque él era ciudadano
de Atenas, Nueva York, y en su juventud había conocido a Aristóteles y
Alcibíades, cuyos escritos son la destilación del genio americano.
Atenas
era una de las ciudades de la antigua Helias, de donde surgió la civilización
americana. Cerca de Atenas, Esparta, gran potencia militar, reinaba sobre las
ciudades lacedemonianas del Estado de Nueva York. Atenas la Iónica y Esparta la
Dórica se lanzaron a una desastrosa guerra, y perdieron su independencia bajo
el dominio americano. Pero conservaban una cierta influencia sobre la política
de este país, especialmente desde que Washington se había convertido en la sede
del poder helénico.
Al
primer momento, el caso de Joenes parecía sencillo. No tenía amigos
importantes, ni colegas políticos, ni nada que pareciera poder oponerse a que
fuera castigado. Consecuentemente, el Fiscal General tomó sus disposiciones
para que Joenes recibiera toda la asistencia legal que por derecho le
correspondía, y lo llevó ante un jurado de sus pares en la famosa Cámara
Estrellada. Así se respetaba la letra de la ley, pero manteniendo la
confortable seguridad de poder predecir por anticipado el veredicto que daría
el jurado. Ya que los leales jurados de la Cámara Estrellada, que se
consagraban en cuerpo y alma a la extirpación del mal, jamás en el transcurso
de su historia habían dado un veredicto distinto al de culpabilidad.
El
Fiscal General se proponía, una vez dictada sentencia, sacrificar a Joenes
sobre la Silla Eléctrica de Delfos, lo cual le valdría el favor de los dioses y
de los hombres.
Este
era su plan. Pero una más cuidadosa investigación reveló que el padre de Joenes
era un dórico de Mecanicsville, en el Estado de Nueva York, y que incluso había
ocupado un lugar importante en la magistratura de esa comunidad. Y que su madre
era una iónica de Miami, una colonia ateniense situada en pleno territorio
bárbaro. A raíz de estos descubrimientos, algunos helénicos influyentes
pidieron gracia para el hijo pródigo de esos padres respetables, y también para
mantener la unidad helénica, una fuerza que había que tener en cuenta en la
política americana.
El
Fiscal General, que era él mismo de origen ateniense, juzgó preferible acceder
a aquella petición. Ordenó la disolución de la Cámara Estrellada y que Joenes
compareciera ante el Gran Oráculo de Sperry. Esta medida mereció la aprobación
general, puesto que se sabía que el Oráculo de Sperry, tanto o más que el de
Genmotor y Genelectric, era absolutamente justo e imparcial en sus juicios
sobre los hombres y las acciones de los hombres. De hecho, la justicia
pronunciada por los Oráculos era tan apreciada que en numerosos lugares habían
reemplazado a los tribunales.
Joenes
fue transferido pues a Sperry, y recibió órdenes de comparecer ante el Oráculo.
Eso fue lo que hizo, aunque sus piernas temblaban. El Oráculo era una gran
máquina de calcular de una infinita complejidad, con una consola de mandos, o
altar, donde oficiaban varios sacerdotes. Esos sacerdotes eran sometidos a
castración a fin de que no les turbaran otros pensamientos que los de la
máquina. En cuanto al gran sacerdote, le eran arrancados además ambos ojos para
que viera a los penitentes tan sólo con los ojos del Oráculo.
Joenes
se posternó ante el gran sacerdote, pero éste le hizo levantarse de nuevo y le
dijo:
—No
temas nada, hijo mío. La finalidad de todo ser humano es la muerte, y el
sufrimiento constante su condición a través de la efímera vida de los sentidos.
Dime, ¿tienes algo de dinero?
—Tengo
ocho dólares y treinta centavos —dijo Joenes—. Pero ¿por qué me pedís eso,
padre?
—Porque
—dijo el gran sacerdote— es costumbre entre los suplicantes depositar
voluntariamente una ofrenda a los pies del Oráculo. Pero si no tienes dinero
puedes reemplazarlo por otros dones igualmente aceptables, tales como
hipotecas, obligaciones, acciones, actas notariales o cualquier otro papel
semejante a los que tan apegados están los hombres.
—No
tengo nada de todo eso —dijo tristemente Joenes.
—¿Acaso
no posees tierras en Polinesia?
—No.
Las que cultivaban mis padres estaban arrendadas al gobierno, y deberán volver
a él. No tengo ningún tipo de posesiones, ya que en Polinesia los hombres se
interesan poco por esas cosas.
—Entonces,
¿no posees absolutamente nada? —exclamó el gran sacerdote. Parecía
desconcertado.
—Nada
más que esos ocho dólares y treinta centavos. También una guitarra, pero a
decir verdad ni siquiera me pertenece. Es propiedad de un joven llamado Lum, un
habitante de la lejana California. Pero padre, ¿esas cosas son realmente
necesarias?
—No,
por supuesto —dijo el gran sacerdote—. Pero incluso los cibernéticos deben
vivir, y siempre es apreciada la generosidad de un extranjero, sobre todo
cuando llega el momento de interpretar las palabras del Oráculo. Además, a
veces la pobreza es considerada como una falta de piedad: el hombre pobre nunca
se ha tomado la molestia de amasar dinero para cuando la cólera divina se abata
un día sobre él. Pero ese no es nuestro problema. Vamos a poner tu caso en
conocimiento del Oráculo, y a esperar su juicio.
El
sacerdote tradujo al lenguaje secreto que utilizaba el Oráculo para comunicarse
con los hombres la acusación del Fiscal General y la defensa de Joenes. La
respuesta no se hizo esperar.
Este
fue el veredicto del Oráculo:
ELÉVESE
A LA DÉCIMA POTENCIA LA RAÍZ CUADRADA DE MENOS UNO.
NO
HAY QUE OLVIDAR EL COSENO, PUESTO QUE EL HOMBRE NECESITA DISTRAERSE.
AÑÁDASE
X COMO UNA VARIABLE FLOTANTE Y DESPREOCUPADA.
EL
RESULTADO TENDERÁ A CERO, Y ENTONCES YA NO TENDRÉIS MÁS NECESIDAD DE MÍ.
Una
vez recibida la decisión, los sacerdotes se reunieron para interpretar las
palabras del Oráculo. Estas fueron sus conclusiones:
ELÉVESE
A convierte en correcto lo falso.
LA
DÉCIMA POTENCIA representa el número de años durante los cuales debe penar el
suplicante para convertir en correcto lo falso; es decir, diez años de trabajos
forzados.
LA
RAÍZ CUADRADA DE MENOS UNO, tratándose de un número imaginario, representa un
estado de gracia ficticio; pero, por su valor instrumental, representa también
la posibilidad de poder y fama para el suplicante. A causa de ello, la anterior
sentencia de diez años es sobreseída.
LA
VARIABLE X representa las furias encarnadas de la tierra, entre las cuales
deberá vivir el suplicante, y que le mostrarán todos los horrores imaginables.
EL
COSENO es el signo de la propia diosa, protegiendo al suplicante de algunos de
los horrores de las furias, y prometiéndole algunos de los placeres de la
carne.
EL
RESULTADO TENDERÁ A CERO significa que la ecuación de la justicia divina y de
las necesidades humanas tenderá a equilibrarse en este caso.
YA
NO TENDRÉIS MÁS NECESIDAD DE MÍ significa que el suplicante ya no tendrá que
comparecer de nuevo ante este Oráculo ni ante ningún otro, puesto que el
veredicto está completo.
Así
fue como Joenes fue condenado a diez años de trabajos forzados y la sentencia
fue sobreseída. El Fiscal General tuvo que obedecer la decisión del Oráculo y
dejarlo en libertad.
Una
vez libre, Joenes prosiguió sus Viajes por las tierras de América, portador a
la vez de una maldición y de una promesa, así como de una condena sobreseída.
Abandonó Sperry a toda prisa y tomó un tren hacia la gran ciudad de Nueva York.
Y lo que hizo en aquella ciudad y lo que le ocurrió forman el tema de la
siguiente historia.
5.
La historia de Joenes, Watts y el policía
(según
la narración de Ma'aoa de Samoa)
Nunca
había visto Joenes nada comparable a la gran ciudad de Nueva York. El ruido y
la incesante agitación de una muchedumbre tan numerosa eran algo nuevo para él,
excitándole tanto como le sorprendían. Aquel frenesí no se calmaba con la
llegada de la noche, y Joenes observó con sorpresa a los neoyorkinos
empujándose a la entrada y a la salida de los clubs nocturnos y de las salas de
baile en su búsqueda de placer. Pero la cultura no era por ello desdeñada en la
ciudad, ya que gran número de personas se interesaban en el arte hoy
desaparecido del cinematógrafo.
Al
alba, el ritmo decrecía. Joenes se tropezó con multitud de viejos e incluso
algunos jóvenes sentados en bancos o de pie junto a las bocas del metro sin
hacer nada. En sus rostros leyó una aterradora ausencia de sentimientos y,
cuando les habló, ni siquiera pudo comprender sus respuestas. Aquellos
neoyorkinos tan distintos de los demás lo desconcertaron, y se alegró al ver
surgir de nuevo la mañana.
Inmediatamente,
el frenético ir y venir de la multitud comenzó otra vez, y la gente se abría
camino a codazos en su prisa por llegar a no sabía dónde para hacer no sabía
qué. Joenes quiso conocer la razón de todo aquello y detuvo al azar a un
transeúnte para preguntárselo.
—Señor
—dijo—, ¿podría consagrar a un extranjero una fracción de su precioso tiempo
para explicarle el por qué y el cómo de esta desbordante vitalidad que puede
verse a nuestro alrededor?
—¿Qué
pasa, está usted loco? —dijo el hombre. Y echó a correr.
Pero
el siguiente hombre al que Joenes detuvo y le hizo la pregunta meditó un rato y
dijo:
—Así
que usted le llama a eso vitalidad, ¿eh?
—Eso
me parece —dijo Joenes, haciendo un guiño al zumbante enjambre que se
apretujaba a su alrededor—. Por cierto, mi nombre es Joenes.
—El
mío Watss —dijo el hombre—. Pero volvamos a su pregunta. Le aseguro que lo que
ve usted a su alrededor no es vitalidad. Es pánico.
—
Pero ¿a qué puede ser debido este pánico? —preguntó Joenes.
—Para
decirlo en dos palabras —dijo Watts—, todos ellos temen que, si paran un solo
instante de correr y de empujarse, alguien se dará cuenta de que están muertos.
Lo cual resultaría extremadamente grave, ya que, cuando uno constata la muerte
de un ciudadano, puede quitarle su empleo, bloquear su cuenta bancaria,
alquilar su apartamento y llevarlo a uno a rastras hasta la tumba.
Joenes
consideró aquella respuesta poco verosímil.
—Señor
Watts —dijo—, esas gentes no tienen el aspecto de estar muertas. Y de hecho, si
uno examina fríamente la realidad, se da cuenta de que no lo están.
—Yo
nunca examino fríamente la realidad —dijo Watts—. Pero, puesto que es usted
extranjero, intentaré explicárselo. En primer lugar, la muerte es tan sólo un
asunto de definición. Antes, esta definición era muy sencilla: uno estaba
muerto cuando dejaba de moverse durante un cierto lapso de tiempo. Pero luego
los científicos examinaron más de cerca esta noción anticuada. Y se han dado
cuenta tras un atento estudio de que uno puede muy bien estar muerto bajo todos
los aspectos importantes aunque siga moviéndose y hablando.
—¿Cuáles
son estos aspectos importantes? —preguntó Joenes.
—Bueno,
esos muertos en vida se caracterizan en primer lugar por una ausencia casi
total de emociones alegres. No experimentan más que cólera y miedo, aunque a
veces sean capaces de disimular otros sentimientos, del modo rudimentario en
que un chimpancé hace como si leyera un libro. Luego se aprecia en todas sus
acciones el automatismo que acompaña a la interrupción de todos los procesos
mentales elevados. Frecuentemente se produce un movimiento reflejo hacia la
piedad, un movimiento bastante parecido a las frenéticas gesticulaciones de un
pollo al que acaba de cortársele la cabeza. A causa de este reflejo, se hallan
a menudo gran cantidad de esos muertos vivientes en los alrededores de las
iglesias, donde algunos de ellos se esfuerzan incluso en rezar. Otros merodean
por los jardines públicos o las estaciones de metro.
—Ah
—dijo Joenes—. Paseando esta noche por la ciudad he visto en esos lugares a
algunas personas...
—Exacto
—dijo Watts—. Esos son los que ya no pretenden que no están muertos. Pero otros
copian a los vivos con un celo intenso y patético, esperando pasar
desapercibidos. En general, fracasan debido a que exageran demasiado,
gesticulan violentamente o hablan y ríen muy fuerte.
—No
tenía la menor idea de todo eso —dijo Joenes.
—No
es un problema trágico. Las autoridades hacen todo lo que pueden para mantener
a raya esta situación, pero ha tomado ya proporciones gigantescas. Me gustaría
poder describirle otras características de los muertos vivientes, señalarle los
puntos de contacto con los muertos a la antigua moda, los inmóviles. Estoy
seguro de que iba a interesarle sobremanera. Pero veo que se acerca un policía,
señor Joenes, y prefiero despedirme de usted.
Y,
diciendo esto, Watts hizo jugar sus piernas y desapareció entre la multitud. El
policía echó a correr tras él, pero renunció casi inmediatamente a alcanzarlo y
regresó junto a Joenes.
—Maldita
sea —dijo—. Lo he perdido de nuevo.
—¿Acaso
es un criminal? —preguntó Joenes.
—El
ladrón de joyas más hábil de estos lugares —dijo el policía, secándose el sudor
de su enrojecida y masiva frente—. Le gusta disfrazarse de beatnik.
—Me
estaba hablando de los muertos vivientes —dijo Joenes.
—Siempre
está inventándose historias de este tipo —dijo el policía—. Un mentiroso
empedernido, eso es lo que es. Está completamente loco. Y por eso es peligroso.
Particularmente peligroso debido a que no va armado. Uno no puede prever por
anticipado los movimientos de un criminal cuando este no va armado. He estado
tres veces a punto de atraparlo. Le he gritado que se detuviera, como señala el
manual, y luego, al ver que no obedecía, he disparado. Ya llevo matados a ocho
transeúntes, y si eso continúa nunca voy a ascender a sargento. Además, me
hacen pagar las balas a mí.
—Pero
si ese Watts nunca va armado... —empezó a decir Joenes, y se detuvo
bruscamente. El rostro del policía se ensombreció, su mano descendió
rápidamente a la culata de su pistola—. Esto, quería decir... ¿hay algo de
cierto en esa historia de los muertos vivientes?
—Oh,
no, tan sólo son estupideces de beatnik que inventa para burlarse de la gente.
¿No le he dicho que es un ladrón de joyas?
—Lo
había olvidado —dijo Joenes.
—Bueno,
pues no vuelva a olvidarlo. Tan sólo soy un tipo ordinario, pero ese Watts me
retuerce las tripas. Yo cumplo con mi deber tal como prescribe el manual,
y
por la noche vuelvo a mi casa y miro la tele, menos el viernes que es el día
que voy a la bolera. ¿Es eso una existencia de autómata como él pretende?
—Por
supuesto que no —dijo Joenes.
—Según
él —prosiguió el policía—, la gente no tiene emociones. Bueno, pues déjeme
decirle que, aunque yo no soy psicólogo, sé muy bien que no tengo emociones.
Cuando tengo el revólver en la mano me siento completamente a gusto dentro de
mi piel. ¿Acaso esto no es una emoción? Y esto no es todo. Me crié en un barrio
pobre de la ciudad, y cuando era chaval formaba parte de una banda. Teníamos
revólveres y cuchillos, y organizábamos para divertirnos robos a mano armada,
asesinatos, violaciones. ¿Acaso eso es una existencia de autómata? Y podría
haber continuado por ese camino, convertirme en un criminal tras haber sido un
delincuente juvenil, si no hubiera encontrado a aquel cura. No era un tipo
engolado, hablaba exactamente como nosotros, porque sabía que este era el único
medio de establecer contacto con los chicos duros que éramos. A menudo iba de
expedición con nosotros, y más de una vez le he visto pinchar a un asqueroso
burgués con la navajita automática que nunca abandonaba. Era de los nuestros, y
lo aceptábamos. Pero también era un cura y, como yo sabía que era de los
nuestros, dejaba que me hablara. Me explicó que estaba estropeando mi vida.
—Debía
ser un hombre extraordinario —dijo Joenes.
—Era
un santo —dijo el policía con voz grave, reflexiva—. Era realmente un santo, ya
que hacía exactamente lo mismo que nosotros pero, en lo más profundo de su
corazón, era puro y nos suplicaba que cesáramos en nuestras criminales
actividades.
El
policía contempló a Joenes fijamente a los ojos y dijo.
—Yo
me hice policía a causa de él. ¡Yo, que según decían todos debía terminar en la
silla eléctrica! Y ese Watts tiene el valor de llamarme muerto viviente. Yo me
he convertido en un buen poli y no en un bueno para nada como él. He matado a
ocho criminales siguiendo órdenes, y he sido condecorado tres veces. Y también
he matado accidentadamente a veintisiete transeúntes cuya única falta había
sido la de no apartarse con la suficiente rapidez de mi trayectoria. Lo siento
por ellos, pero tengo una tarea que cumplir y no puedo dejar que la gente se
meta de por medio cuando persigo a un criminal. En cuanto a los sobornos, pese
a lo que digan los periódicos, pueden decir lo que les venga en gana, nunca he
aceptado uno en mi vida, ni siquiera con las multas de aparcamiento —la mano
del policía se crispó convulsivamente sobre la culata de su revólver—. Multaría
por mal aparcamiento a Jesucristo en persona, y ni todos los santos juntos
lograrían sobornarme. ¿Qué piensa usted de eso, eh?
—Creo
que siente usted realmente su oficio —dijo prudentemente Joenes.
—Aja,
tiene usted razón. Y tengo una mujer que es una hermosura y tres chavales como
no hay otros. Les he enseñado a usar el revólver. Nada es demasiado para mi
familia. ¡Y ese Watts cree saberlo todo de los sentimientos! Cristo, esos
malditos bastardos de melosa voz me ponen tan frenético que a veces me cuesta
mantener mi sangre fría. Afortunadamente, soy un hombre religioso.
—Afortunadamente
—dijo Joenes.
—Cada
semana voy a ver al cura que me puso en el buen camino. Sigue ocupándose de los
chavales, tal es su fe en su misión. Ahora ya es un poco viejo para manejar el
cuchillo, de modo que generalmente utiliza el revólver o una cadena de
bicicleta. Ese hombre ha hecho más por la buena causa que todos los centros de
rehabilitación de esta ciudad. A veces le echo una mano, y juntos hemos salvado
a catorce chicos que parecían irrecuperables. La mayor parte de ellos se han
convertido en respetables hombres de negocios, y seis han entrado en la
policía. Cada vez que veo a ese hombre siento que mi fe se reafirma.
—Creo
que es realmente maravilloso —dijo Joenes. Retrocedió muy suavemente, ya que el
policía había sacado su revólver y lo manoseaba nerviosamente.
—No
hay nada en este país que un poco de moral y de religión no puedan curar —dijo
el policía, con sus mandíbulas estremeciéndose—. Dios siempre termina
triunfando, y seguirá siendo así mientras haya hombres de buena voluntad para
ayudarle. La ley está más en la punta de mi porra que en las páginas de esos
viejos y polvorientos manuales de derecho. Nosotros arrestamos a los
criminales, y los jueces vuelven a soltarlos. ¿Cree usted que eso es admisible,
eh? Pero nosotros los polis ya estamos acostumbrados, y pensamos que un brazo
roto vale tanto como un año en chirona, así que la mayor parte de las veces nos
encargamos nosotros mismos de la sentencia.
Entonces
el policía blandió su porra. Con esta en una mano y el revólver en la otra,
estudió fijamente a Joenes. Joenes captó la repentina inmensidad de la
necesidad que sentía el policía de aplicar la ley y el orden. Permaneció
inmóvil en su lugar, contentándose con esperar que el policía, cuyos ojos
brillaban cada vez más a medida que avanzaba hacia él, no le matara ni le
rompiera demasiados huesos.
El
momento crucial se acercaba. Pero Joenes fue salvado en el último segundo por
un ciudadano que, con la cabeza muy lejos de allí, empezó a cruzar la calle sin
esperar a que cambiara el semáforo.
El
policía giró sobre sus talones, disparó ruidosamente dos tiros, y cargó contra
el hombre. Joenes aprovechó la ocasión para alejarse rápidamente en dirección
opuesta, y no dejó de andar hasta llegar a los límites de la ciudad.
6.
Joenes y los tres camioneros
(este
relato y las tres historias de los camioneros comprendidas en él tienen por
narrador a Telen de Huahine)
Mientras
Joenes caminaba a lo largo de la autopista que conducía al norte, un camión se
detuvo a su altura. En el interior de aquel camión viajaban tres hombres, que
le propusieron llevarlo hasta lo más lejos que coincidieran sus caminos.
Muy
contento, Joenes subió al camión y les dio las gracias a los tres camioneros.
Pero estos dijeron que el placer era suyo ya que rodar continuamente por las
autopistas no tenía ningún aliciente para ellos, incluso siendo tres, y que les
gustaba charlar con los extranjeros y oírles contar sus aventuras. Así que le
pidieron a Joenes que les contara lo que le había ocurrido desde que había
abandonado su país natal.
Joenes
les contó cómo había llegado a América desde su distante isla, desembarcado en
la ciudad de San Francisco, donde había sido arrestado, interrogado ante un
Comité del Congreso, juzgado por un Oráculo y condenado a diez años de trabajos
forzados tras lo cual la sentencia había sido sobreseída, y cómo había llegado
a Nueva York donde un policía había estado a punto de matarlo. Nada bueno le
había sucedido desde que había abandonado su país natal, y puesto que todo le
había salido mal se consideraba como el más infortunado de los hombres.
—Señor
Joenes —dijo el primer camionero—, ha conocido usted efectivamente algunas
desgracias. Pero yo soy el más infortunado de los hombres, puesto que yo he
perdido algo más precioso que el oro, y deploro esta pérdida cada día de mi
vida.
Joenes
le pidió que le contara su historia. Y esta es la historia del primer
camionero.
HISTORIA
DEL CAMIONERO CIENTÍFICO
Me
llamo Adolphus Proponus, y soy sueco de nacimiento. Amaba la ciencia desde que
era niño. Me consideraba como un servidor de la humanidad.
Debido
a mis generosos instintos y a mi inclinación científica, me sentí empujado a
estudiar medicina. Una vez obtenido el doctorado, ofrecí mis servicios a la
Organización Mundial de la Salud, pidiendo ser enviado a una de las regiones
más pobres y más alejadas del mundo. Así me hallé en la costa del África
Occidental, como único médico de un territorio tan grande como Europa. Fui a
reemplazar a un tal doctor Durr, un suizo que había muerto a causa de la
mordedura de una víbora cornuda.
Aquella
región estaba realmente necesitada de un buen doctor, ya que innumerables
enfermedades diezmaban a la población. Conocía algunas de ellas por haberlas
estudiado en los libros, otras me eran extrañas. Me dijeron que estas últimas
eran enfermedades propagadas artificialmente con la intención de neutralizar
África. Estas epidemias habían barrido varios centenares de millares de
soldados occidentales que combatían contra los guerrilleros africanos. Estos
guerrilleros habían sido aniquilados también. Al igual que varias especies
animales, aunque no todas. Las ratas, por ejemplo, prosperaban. Las serpientes
de todas clases se multiplicaban. Las moscas y mosquitos entre los insectos,
los buitres entre las aves, habían aumentado considerablemente de número.
Hasta
entonces yo había ignorado aquella situación, ya que las democracias rara vez
dejan que tales noticias se propaguen, y las dictaduras menos aún. Pero vi
todos esos horrores en África. Y supe que lo mismo ocurría en las regiones
tropicales de Asia, de América Central y de la India. Fuera cálculo o
coincidencia, esos países se habían vuelto realmente neutrales, puesto que
todas sus preocupaciones estaban dedicadas a la lucha por sobrevivir.
Deploré
el mal uso que se había hecho allí de la ciencia, pero pese a todo seguía
creyendo en ella. Me decía que en todas las épocas hombres de poca visión
habían hecho enormemente daño al mundo, pero que bastaban algunos filántropos
ayudados por la ciencia para que todo volviera a su orden.
Con
la ayuda de varias personas de buena voluntad diseminadas en el mundo entero,
me puse animosamente al trabajo. Visité a las tribus de mi distrito, curé sus
enfermedades con mis reservas de medicamentos. El éxito superó todas mis
esperanzas.
Pero
muy pronto los microbios se adaptaron a mis medicinas, y estallaron nuevas
epidemias. Aunque resistentes, los indígenas sufrieron horriblemente.
Reclamé
cablegráficamente y con la máxima urgencia nuevos medicamentos. Los recibí, y
barrí la epidemia. Pero algunos gérmenes y virus consiguieron sobrevivir, y la
enfermedad se propagó de nuevo.
Hice
renovar mi provisión de medicamentos. Una vez más me libré a un combate mortal
contra la enfermedad, del que salí vencedor. Pero seguían quedando algunos
organismos que escapaban a la acción de mis fármacos. Sin contar las mutaciones
que se producían. Aprendí que en un medio favorable las enfermedades pueden
desarrollar nuevas formas virulentas en mucho menos tiempo del que necesita un
hombre para fabricar o descubrir nuevos medicamentos apropiados.
De
hecho, me di cuenta de que los gérmenes se comportaban exactamente igual que
los seres humanos en caso de peligro. Manifestaban una sorprendente voluntad de
vivir y, naturalmente, cuanto más violentamente se los atacaba, más
frenéticamente se reproducían, mutaban, resistían, para finalmente atacar a su
vez. Empecé a encontrar este parecido inquietante, sobrenatural.
Trabajaba
sin descanso, multiplicando los esfuerzos para salvar aquella mísera población,
pobre y doliente. Pero la enfermedad ganaba a los fármacos en rapidez, incluso
a los más modernos, y diezmaba con una violencia increíble. Me sentía
desesperado, puesto que aún no se habían inventado nuevos medicamentos para
hacer frente a aquellas nuevas dolencias.
Descubrí
entonces que los gérmenes, al mutar para adaptarse a los nuevos medicamentos,
se habían vuelto vulnerables a los antiguos. En un verdadero frenesí de fervor
científico, empecé a aplicarlos de nuevo.
Desde
mi llegada a África, había combatido diez epidemias de importancia. La onceava
acababa de estallar. Y sabía que los gérmenes, los virus, retrocederían ante mi
ataque, se reproducirían, mutarían, atacarían a su vez, y aquello daría origen
a una doceava epidemia, luego a una treceava, y así al infinito.
Esta
era la situación a la que me había arrastrado mi celo científico y humanista.
Estaba agotado, me mantenía en pie tan sólo a fuerza de voluntad, y no tenía
tiempo de pensar en nada excepto en mi problema.
Fue
en aquel momento cuando los habitantes de mi distrito tomaron la situación en
sus manos. Semianalfabetos, no veían más que una cosa: las enormes epidemias
que los diezmaban desde que yo estaba entre ellos. Me convertí a sus ojos en
una especie de mago inconmensurablemente malvado cuyo maletín contenía las
refinadas esencias de las enfermedades que les hacían sufrir. Se dirigieron así
a sus propios brujos, que untaron de lodo a los enfermos, les hicieron tragar
huesos machacados, e imputaron la responsabilidad de las muertes que seguían
produciéndose a cualquier inocente indígena. Para hallarse más lejos de mí,
huyeron a una región desolada, pantanosa, donde la comida era escasa y las
enfermedades numerosas.
No
pude seguirles, puesto que aquellos pantanos estaban fuera de mi jurisdicción.
Había allí otro médico, también sueco, que, en lugar de distribuir sus
medicinas, sus píldoras o sus inyecciones, se emborrachaba cada día a costa de
su enorme reserva de alcohol. Hacía diez años que vivía en la jungla, y no
quería recibir a nadie.
Completamente
abandonado a mis propios medios, sufrí una fuerte depresión nerviosa. Fui
llevado de nuevo a Suecia, y allí reflexioné sobre todo lo que me había
ocurrido.
Me
di cuenta de que mi erudición y mi humanismo no habían ayudado a nadie. Por el
contrario, mi erudición no había servido más que para recrudecer los dolores y
los sufrimientos de la población a la que había querido curar, y mi humanismo
imbécil para alterar el equilibrio de las fuerzas que reinaban sobre la tierra,
incitándome a intentar suprimir algunas criaturas en beneficio del hombre.
Consciente
de todo eso, abandoné mi país, huí de Europa y llegué aquí. Ahora conduzco un
camión. Y si por casualidad alguien se vanagloria de los prodigios de la
ciencia y del humanismo, lo miro como miraría a un loco.
He
aquí como perdí mi fe en la ciencia, algo más precioso que el oro, y por qué
lamento esta pérdida cada día de mi vida.
Cuando
el primer camionero hubo terminado su historia, el segundo camionero dijo:
—Nadie
puede negar que ha sufrido usted muchas desgracias. Joenes. Pero son mucho
menores que las que ha sufrido mi compañero. Y las desgracias de mi compañero
son mucho menores que las mías. Puesto que yo soy el más infortunado de los
hombres: yo he perdido algo más precioso que el oro o que la ciencia, y lamento
esta pérdida cada día de mi vida.
Joenes
le pidió que le contara su historia. Y esta es la historia del segundo
camionero.
HISTORIA
DEL CAMIONERO HONESTO
Me
llamo Ramón Delgado, y soy mejicano. Antes mi honestidad era un orgullo para
mí. Era honesto a causa de que las leyes de mi país me empujaban a serlo, unas
leyes redactadas por los mejores hombres y derivadas de principios de justicia
aceptados universalmente, fortificadas por los castigos para que fueran
obedecidas por todos y no tan solo por las gentes virtuosas.
Trabajé
durante varios años en mi pueblo, ahorré un poco, y llevé una vida recta y
honesta. Un día me ofrecieron un empleo en la capital. Me sentí muy contento,
ya que desde hacía mucho tiempo deseaba ver aquella gran ciudad desde donde se
derramaba la justicia de mi país.
Así
pues, consagré todos mis ahorros a la compra de un viejo coche, y me dirigí a
la capital. Aparqué ante la tienda de mi nuevo patrón, y entré en ella para
buscar un peso con el que obtener, en el parquímetro, el tíquet necesario para
dejar el coche. Cuando salí, fui arrestado.
Fui
conducido ante un juez que me acusó de estacionamiento ilegal, ratería,
vagabundeo, resistencia a la fuerza pública y escándalo en medio de la calle.
El
juez me consideró culpable de cada una de esas acusaciones. De estacionamiento
ilegal, porque no tenía tíquet de aparcamiento; de ratería, porque había tomado
un peso de la caja de mi patrón para adquirir ese tíquet; de vagabundeo, porque
no llevaba un peso encima; de resistencia a la fuerza pública, porque había
discutido con el policía; de escándalo en medio de la calle, porque me había
echado a llorar en el momento en que entraba en el juzgado.
Desde
un punto de vista técnico, todo eso era cierto, así que consideré que no se
había cometido ninguna injusticia conmigo en la sentencia del juez. Y no me
lamenté cuando me condenó a diez años de prisión. Parecía una pena algo severa,
pero yo sabía muy bien que tan sólo los castigos rígidos y severos pueden
asegurar la permanencia de la ley.
Fui
enviado a la Penitenciaría Federal de Morelos, y me dije que probar los amargos
frutos de la deshonestidad sería una gran y provechosa experiencia para mí.
Al
llegar a la penitenciaría, vi a un gran número de personas ocultas en los
bosques de los alrededores. No les presté excesiva atención, puesto que el
centinela estaba leyendo mi orden de encarcelamiento. La estudió con mucha
atención, y luego abrió la puerta.
Apenas
había entreabierto el batiente cuando vi, con gran estupefacción, que todas
aquellas personas salían de sus escondrijos, se precipitaban hacia la prisión y
se empujaban ante la puerta. Los guardianes intentaron rechazarlos, pero pese a
todo algunos de ellos consiguieron entrar en el recinto antes de que la puerta
pudiera ser cerrada de nuevo.
—Creía
que la misión de los carceleros era velar de que nadir saliera, y no de que
nadie entrara— dije.
—Así
era antes —dijo el centinela—. Pero ahora, con todos esos extranjeros que
pululan en este país, sin tener en cuenta el hambre, hay individuos que entran
por la fuerza en las prisiones para asegurarse sus tres comidas al día. No
podemos hacer nada contra ellos. Al forzar la entrada de la prisión se hacen
culpables de un delito, y nos vemos obligados a mantenerlos dentro.
—¡Qué
vergüenza! —dije—. Pero ¿qué tienen que ver los extranjeros en esto?
—Ellos
fueron quienes empezaron. Se mueren de hambre en sus respectivos países, y
saben que aquí, en Méjico, tenemos las prisiones más confortables del mundo.
Así pues, recorren grandes distancias con el fin de penetrar en nuestras
prisiones, especialmente cuando no han conseguido entrar en las suyas propias.
Pero, de todos modos, esos extranjeros no son ni mejores ni peores que nuestros
propios conciudadanos, que actúan de igual modo.
—Si
las cosas son así, ¿cómo puede el gobierno aplicar las leyes?
—Ocultando
la verdad. Algún día llegaremos a construir un penal hecho de tal modo que
aquellos que no tengan derecho a ello no puedan penetrar en su interior. Hasta
que llegue ese momento, nos las arreglamos para no divulgar esta situación. Así
la mayor parte de la gente cree todavía que el encarcelamiento es un terrible
castigo.
Y
diciendo esto mi carcelero me condujo al interior del penal, hasta la oficina
de Libertad Bajo Palabra. Allí había un hombre que me preguntó lo que pensaba
de la vida en la prisión. Le dije que aún no podía pronunciarme al respecto.
—Bueno
—dijo el hombre—; su conducta, desde el momento en que entró aquí, ha sido
ejemplar. Nuestra finalidad es reformar a los criminales, no vengarnos de
ellos. ¿Qué diría usted de una orden inmediata de Libertad Bajo Palabra?
Temiendo
equivocarme al responder, dije que necesitaba pensármelo.
—Tómese
su tiempo —dijo el hombre—, y vuelva a verme cuando desee ser puesto en
libertad.
De
allí fui conducido a mi celda. En ella había ya dos mejicanos y tres
extranjeros. Uno de los extranjeros era americano, los otros dos franceses. El
americano me preguntó si había aceptado la Libertad Bajo Palabra. Le dije que
antes quería pensármelo.
—¡No
está mal para un principiante! —exclamó el americano, cuyo nombre era Otis—.
Algunos de los nuevos condenados se dejan atrapar. Aceptan la Libertad Bajo
Palabra, y en menos de un parpadeo se hallan otra vez fuera, mirando al
interior a través de las rejas.
—¿Es
eso tan terrible? —pregunté.
—Muy
terrible —dijo Otis—. Aceptar la Libertad Bajo Palabra es abandonar toda
esperanza de regresar a la prisión. Uno puede cometer cualquier delito, y el
juez se limitará a reprenderlo por haber violado su Libertad Bajo Palabra y a
aconsejarle que no vuelva a hacerlo. Además, es difícil que vuelva a hacerlo,
ya que en el ínterin los policías le habrán roto ambos brazos.
—Otis
tiene razón —dijo uno de los franceses—. Aceptar la Libertad Bajo Palabra es
muy peligroso, y yo soy la prueba viviente de ello. Me llamo Edmundo Dantés.
Hace mucho tiempo, fui condenado a varios años de prisión. Me ofrecieron la
Libertad Bajo Palabra. Con la inexperiencia y la ignorancia de la juventud,
acepté. Pero, una vez fuera, me di cuenta de que todos mis amigos se habían
quedado aquí, y que aquí había dejado mi colección de libros y documentos.
Además, en mi ardor juvenil, había abandonado incluso entre estas paredes a mi
novia, la detenida 43422231. Demasiado tarde, me di cuenta de que toda mi vida
estaba aquí, y de que por mi culpa el calor y la seguridad de esas paredes de
granito me iban a ser negadas para siempre.
—¿Y
qué es lo que hizo? —pregunté.
Con
una sonrisa ensoñadora, Dantés dijo:
—Por
aquel tiempo aún creía que el crimen pagaba. Así que maté a un nombre. Pero el
juez se contentó con añadir algunos años a mi sentencia, y la policía me rompió
todos los huesos de la mano derecha. Fue entonces, durante mi convalecencia,
cuando decidí regresar aquí.
—Tuvo
que ser muy difícil —dije.
Dantés
asintió.
—Necesité
una paciencia terrible, porque pasé diez años de mi vida intentando penetrar en
esta prisión.
Los
otros prisioneros permanecían silenciosos. El viejo Dantés continuó:
—En
aquel tiempo, las normas de seguridad eran más rígidas que ahora, y un ataque
en masa como el que se ha producido esta mañana hubiera sido imposible. Sin
ayuda de ninguna clase, cavé un túnel bajo el edificio. Tres veces tropecé con
enormes cimientos de granito y tuve que iniciar la obra de nuevo en otro lugar.
Luego, en el momento en que iba a desembocar en el patio interior, los
guardianes me vieron, cavaron a su vez otro túnel, y me obligaron a volver
sobre mis pasos. Otra vez, intenté lanzarme en paracaídas y caer en el interior
de la prisión, pero una repentina borrasca me empujó hasta el campo. Fue a raíz
de aquello que prohibieron a los aviones sobrevolar el penal.
—Pero
¿cómo consiguió finalmente entrar? —pregunté.
El
viejo sonrió alegremente.
—Tras
muchos años estériles, se me ocurrió una idea. Parecía tan sencilla e ingenua
que lo más probable era que fracasara. Pero pese a todo decidí intentarla.
«Volví
a la prisión disfrazado de investigador especial. Al primer momento los
guardianes dudaron si dejarme entrar. Pero les dije que el gobierno estudiaba
la posibilidad de emitir un decreto por el que se les concederían iguales
derechos que a los prisioneros. Me abrieron inmediatamente la puerta, y
entonces les revelé quién era. No les quedó más remedio que dejarme dentro, y
un periodista vino incluso a pedirme que le contara mi historia. Espero que la
haya transcrito fielmente.
»Desde
aquello, por supuesto, los guardianes han tomado enérgicas medidas, de tal modo
que le resultaría imposible a cualquiera repetir mi hazaña. Pero creo
firmemente que un espíritu valeroso conseguirá siempre superar los obstáculos
que la sociedad pone entre él y su finalidad. Con tenacidad, todo el mundo debe
poder introducirse en una prisión.
Todos
los prisioneros habían permanecido en silencio mientras Dantés terminaba su
historia. Finalmente, dije:
—¿Su
novia estaba aún aquí a su regreso?
El
anciano giró la cabeza y una lágrima se deslizó por su mejilla.
—La
detenida 43422231 había muerto de una cirrosis hepática tres años antes. Ahora
paso mi tiempo entre los rezos y la contemplación.
La
trágica historia de aquel hombre valeroso y audaz, de aquel amor condenado por
la fatalidad, había enfriado la celda. Silenciosamente fuimos al comedor para
la cena, y aquel sombrío humor no nos abandonó hasta varias horas después.
En
este intervalo, reflexioné hasta sentir dolor de cabeza en aquel extraño amor a
la prisión que manifestaban todos aquellos hombres. Cuanto más pensaba en ello,
menos lo comprendía. Tímidamente, terminé por preguntar a mis compañeros de
celda si no le concedían ninguna importancia a la libertad, si no añoraban
nunca las ciudades y las calles y los bosques y los verdes campos.
—¿La
libertad? —dijo Otis . Querrá decir usted la ilusión de libertad, lo cual es
muy distinto. Las ciudades de las que habla no ocultan más que horrores,
inseguridad y miedo. Las calles son callejones sin salida, y la muerte está
acechando en su extremo.
—En
cuanto a los bosques y los verdes campos que menciona— dijo el segundo
francés—, son aún peores. Mi nombre es Rousseau. En mi juventud escribí varios
libros ridículos, desprovistos de todo fundamento, alabando a la naturaleza y
pretendiendo que allí estaba el verdadero lugar del hombre. Luego, ya adulto,
abandoné secretamente mi país y viajé por esa naturaleza de la que con tanta
confianza había hablado.
»Descubrí
entonces que la naturaleza es terrible, y que odia a la humanidad. Que los
verdes campos son más duros al pie humano que el peor pavimento. Que las
plantas son híbridos miserables, despojadas de su fuerza y mantenidas en vida
por la mano del hombre, que debe combatir las hierbas invasoras y los insectos.
»En
el bosque he constatado que los árboles no se comunicaban más que entre ellos y
que todas las criaturas huían de mí. Supe que existen lagos de un azul
magnífico, una verdadera delicia para los ojos, pero que siempre están rodeados
de zarzas y de zonas pantanosas, y cuya agua, cuando uno se acerca, adquiere
una tonalidad marrón oscuro, lodoso.
»Es
también la Naturaleza la que nos da la lluvia y la sequía, el calor y el frío;
como la madre amantísima que es, se preocupa de que la lluvia haga pudrirse el
alimento del hombre, la sequía la curta, el calor queme su cuerpo y el frío
hiele sus miembros.
»Y
estos son tan sólo sus aspectos más suaves, en nada comparables a la violencia
de los océanos, a la engañosa inocuidad de los pantanos, a la depravación del
desierto, a los terrores de la jungla. Y es precisamente la Madre Naturaleza la
que, en su odio hacia la humanidad, ha querido que la superficie de la tierra
estuviera recubierta en su mayor parte por montañas y océanos, pantanos,
desiertos y junglas.
»Y
todo ello sin hablar de los seísmos, los huracanes, los ciclones y todas las
demás catástrofes a través de las cuales la naturaleza revela la extensión de
su odio.
»El
único medio que tiene el hombre para escapar de todos esos horrores es
refugiarse en un lugar donde la naturaleza no pueda entrar. Y este,
evidentemente, es el caso de la prisión. Esta es la conclusión a la que he
llegado tras numerosos años de estudio. Y esta es la razón por la cual repudio
las palabras de mi juventud, y vivo feliz tras esos muros, desde donde jamás
podré ver un árbol ni una flor.
Y
dicho esto, Rousseau se giró y se concentró en la contemplación de una pared de
acero.
—Como
puede ver, Delgado —dijo Otis—, la única libertad auténtica está aquí, en la
prisión.
No
pude aceptar esto, y le hice notar que aquí estábamos encerrados, lo cual era
contradictorio a la noción misma de libertad.
—Pero
todos en la tierra estamos encerrados —dijo el viejo Dantés—. Lo único que
varía son las dimensiones del lugar. Y todos nosotros estamos encerrados dentro
de nosotros mismos. Todo es una prisión. La única diferencia estriba en que
ésta es más confortable que muchas otras.
Otis
me reprochó entonces mi ingratitud:
—Usted
ha oído a los guardianes —dijo—. Si nuestra buena fortuna fuera conocida por
los demás países, la gente se mataría por entrar. Usted tendría que alegrarse
por partida doble, por estar aquí y porque sean raros aquellos que han oído
hablar de este maravilloso lugar.
—Además
—dijo uno de los mejicanos—, la situación está cambiando. El gobierno intenta a
toda costa disimular la verdad, presentando la pena de prisión como algo que
hay que temer, evitar; pero poco a poco la gente va abriendo los ojos.
—Lo
cual hace que el gobierno se halle en una terrible posición —remachó el otro
mejicano—. Aún no han sabido hallar un sustitutivo para la prisión. Por un
momento estudiaron la posibilidad de castigar todos los crímenes con la muerte.
Tuvieron que renunciar, ya que esta medida hubiera afectado directamente al
potencial tanto militar como industrial del país. No pueden condenar a los
criminales más que a prisión... y este es precisamente el lugar donde sueñan
ir.
Todos
los detenidos estallaron en carcajadas, puesto que, siendo criminales, se
alegraban enormemente al ver a la justicia pervertida. Y era realmente una
perversión: una situación que permitía cometer un crimen contra el bien común,
y luego ser recompensado con la seguridad y la felicidad.
Me
sentía como inmerso en una pesadilla, no sabía qué responder. Finalmente,
acorralado, exclamé:
—Pueden
ustedes sentirse libres, pueden vivir en condiciones particularmente
confortables... ¡pero no tienen mujeres!
Los
detenidos rieron nerviosamente, como si yo hubiera dicho algo
extraordinariamente divertido. Pero Otis respondió calmadamente:
—Eso
es cierto, no tenemos mujeres. Pero esto no tiene demasiada importancia.
—¿No
tiene demasiada importancia? —hice eco.
—Exactamente
—dijo Otis—. Al principio esta privación puede incomodar, pero uno termina
siempre adaptándose al medio. En resumidas cuentas, uno necesita ser mujer para
creerse indispensable. Nosotros, los hombres, no somos de esta opinión.
Los
detenidos asintieron animadamente.
—Los
auténticos hombres —dijo Otis— no necesitan más que la compañía de otros
hombres. Si Butch estuviera aquí, le explicaría todo esto mucho mejor que yo;
pero Butch está en la enfermería con una hernia doble, con gran tristeza de sus
numerosos amigos y admiradores. Él le diría que la noción de la existencia
social implica la del compromiso. Si los compromisos son numerosos, decimos que
hay tiranía. Si son de importancia menor y fácilmente subsanables, como este
asunto de las mujeres, decimos que hay libertad. No lo olvide, Delgado: la
perfección no existe en este mundo.
No
discutí más, pero dije que quería abandonar la prisión lo antes posible.
—Puedo
preparar su evasión para esta misma noche —dijo Otis—. Y creo en efecto que lo
mejor que puede hacer usted es partir. La vida en prisión no está hecha para
aquellos que no saben apreciarla.
Aquella
misma noche, cuando la oscuridad se adueñó de la prisión, Otis levantó una de
las losas de granito que formaban el suelo de la celda. En el fondo había un
pasadizo. Lo seguí, y me encontré en la calle, desconcertado, sin saber
exactamente dónde me hallaba.
Durante
varios días pensé en mi experiencia. Terminé por darme cuenta de que aquella
honestidad de la que tan orgulloso me sentía, fundamentada en la ignorancia y
en una concepción errónea de las costumbres de este mundo, no era más que
estupidez. La honestidad no podía existir desde el momento en que no existían
leyes para sancionarla. La ley había fracasado, y nada, ni los castigos ni la
buena voluntad, podían hacer nada por ella. Había fracasado porque todas las
ideas que se formaba el hombre acerca de la justicia eran falsas. Así pues, no
existía la justicia ni nada derivado de ella.
Por
terrible que fuera esta idea, la que se desprendía de ella era aún peor: sin
justicia, no podía existir ni libertad ni dignidad humanas, sino tan sólo
ilusiones pervertidas como aquellas que reinaban en los corazones de mis
compañeros de celda.
He
aquí cómo perdí mi sentido de la honestidad, algo más precioso que el oro, y
por qué deploro esta pérdida cada día de mi vida.
Al
final de esta historia, el tercer camionero dijo: —Nadie puede negar que ha
sufrido usted muchas desgracias, Joenes. Pero son mucho menores que las que han
sufrido mis dos compañeros. Y las desgracias de mis dos compañeros son mucho
menores que las mías. Puesto que soy el más infortunado de los hombres: yo he
perdido algo más precioso que el oro, la ciencia y la justicia, y lamento esta
pérdida cada día de mi vida.
Joenes
le pidió que le contara su historia. Y esta es la historia del tercer
camionero.
HISTORIA
DEL CAMIONERO CREYENTE
Me
llamo Hans Schmidt, y nací en Alemania. Joven aún, oí hablar de los horrores
del pasado, y aquellas revelaciones me entristecieron. Entonces quise aprender
del presente. Viajé por toda Europa, y no vi más que cañones y fortificaciones
extendiéndose en largas líneas desde la frontera oriental de Alemania hasta
Normandía, desde el Mar del Norte hasta el Mediterráneo. Allá donde antes
habían existido poblados y bosques ahora tan solo había fortificaciones
cuidadosamente camufladas, cuya finalidad era sembrar la devastación entre los
rusos y los habitantes de Europa del Este en caso de que estos atacaran alguna
vez. Me entristecí de nuevo, ya que constaté que el presente era exactamente
igual al pasado, ocupado tan sólo en la preparación de una nueva y cruel
guerra.
Yo
nunca había creído en la ciencia. No necesitaba la experiencia de mi amigo
sueco para darme cuenta de que, lejos de ser un factor de progreso, la ciencia
no provocaba más que catástrofes. Tampoco creía en la justicia, en la ley, en
la libertad o en la dignidad humanas. No necesitaba la experiencia de mi amigo
mejicano para darme cuenta de que la noción de justicia, y todo lo que de ella
se desprendía, era errónea.
Nunca
había dudado de que el hombre era único, y de que ocupaba un lugar especial en
el universo. Pero tenía la sensación de que, abandonado a sus propios medios,
no podía sublimar los instintos bestiales inherentes a su naturaleza.
Así
pues, dirigí mi atención hacia algo más grande que el hombre: la religión. Allí
residía su única esperanza de salvación, su única dignidad, su única libertad.
Allí se hallaban todos los ideales, todos los sueños de la ciencia y humanismo.
Y si creer en Dios no era suficiente como para volver al hombre perfecto,
aquello a lo que se veneraba no podía ser imperfecto.
Al
menos, eso era lo que yo pensaba por aquel entonces.
Lejos
de aferrarme a una sola creencia, estudié todas las religiones, viendo en ellas
diferentes etapas hacia lo que es más grande que el hombre.
Entregué
mi fortuna a los pobres y recorrí Europa, con mi bastón y mi hatillo, sin otra
finalidad en el mundo que la contemplación del Ser Perfecto tal como es
expresado en las distintas religiones.
Un
día llegué a una caverna situada en las alturas de los Pirineos. Estaba muy
cansado, de modo que entré en ella para reposar.
En
el interior encontré una gran multitud. Algunos iban vestidos de negro, otros
llevaban ropas ricamente bordadas.
En
medio de todos ellos se hallaba sentado un gigantesco sapo, tan alto como un
hombre, con una joya, reluciendo débilmente en la penumbra, incrustada en su
frente.
Contemplé
al sapo, luego a la multitud, y entonces caí de rodillas, ya que me había dado
cuenta de que todos aquellos que estaban ante mí no eran realmente humanos.
Un
hombre vestido con un clergyman me dijo:
—Venga
aquí, por favor, señor Schmidt. Hacía tiempo que aguardábamos su visita.
Me
levanté y avancé. El clergyman dijo:
—Soy
conocido como el Padre Ario. Me gustaría presentarle a mi estimado colega el
señor Satán.
El
sapo hizo una inclinación y tendió su palmeada mano, que estreché:
—El
señor Satán y yo —dijo el clergyman—, así como todos estos señores,
representamos el único verdadero Concilio Ecuménico de la Tierra. Su piedad nos
es bien conocida, Schmidt, y hemos decidido responder a todas las preguntas que
sienta usted deseos de formularnos.
Me
sentía maravillado y a la vez enormemente agradecido por el hecho de que un tal
milagro me fuera concedido. Dirigí mi primera pregunta al sapo:
—¿Es
usted realmente Satán, el Príncipe de las Tinieblas?
—Tengo
el honor de ser tal persona —dijo el sapo.
—¿Y
es usted miembro del Concilio Ecuménico?
—Por
supuesto. Comprenda, señor Schmidt, que para que el bien exista es necesario el
mal. Estas dos cualidades no pueden concebirse la una sin la otra. Fue con esta
condición que acepté, al principio de mi carrera, el empleo que me era
propuesto. Quizá haya oído usted decir que el mal era algo inherente a mi
naturaleza. Nada puede estar más alejado de la verdad. De las causas que un
abogado defiende ante el tribunal no pueden deducirse las costumbres personales
de este mismo abogado. Conmigo ocurre lo mismo. Yo no soy más que el abogado
del mal, y me esfuerzo, como cualquier otro miembro de mi profesión, en
defender los derechos y los privilegios de mis clientes. Pero, sinceramente, no
creo ser el mal en sí mismo. En otro caso, ¿cómo se me habría confiado una
tarea tan delicada y de tal importancia?
La
respuesta de Satán me llenó de alegría, ya que el problema del mal siempre me
había preocupado.
—¿Sería
presuntuoso por mi parte —dije— preguntarles a todos ustedes, representantes
del bien y del mal, qué hacen en esta caverna tan apartada?
—No
es en absoluto presuntuoso —dijo Satán—. Como teólogos, nos gusta explicarnos.
Y precisamente esperábamos que nos hiciera esta pregunta. ¿No le importa que le
responde en términos teológicos?
—Por
supuesto que no —dije.
—Excelente
—dijo Satán—. En primer lugar, digamos que creemos primariamente en el bien y
en el mal, en la divinidad y en una moral universal. Exactamente como usted,
señor Schmidt.
«A
lo largo de los siglos no hemos dejado de propagar nuestra fe, de diversos
modos y en consonancia con las distintas doctrinas. A menudo hemos excitado las
pasiones de los hombres, los hemos empujado al crimen y a la guerra. Nada podía
ser más recomendable, ya que ello era dar un máximo de interés a los problemas
de la religión y de la moral, con lo cual proporcionábamos a los teólogos
complejos temas de discusión.
«Pasábamos
nuestro tiempo confrontando nuestros respectivos puntos de vista, y hacíamos
públicas nuestras distintas opiniones. Pero argumentábamos como los hombres de
leyes ante un tribunal, y a nadie se le ocurriría escuchar lo que dice un
abogado. Por aquel entonces nadábamos en plena euforia, y no nos dimos cuenta
de que los hombres dejaban de prestarnos atención.
»Pero
la hora de nuestras tribulaciones se acercaba. Cuando hubimos tejido a lo largo
de todo el planeta la compleja red de nuestras monótonas sutilezas, un hombre
decidió ignorarnos y construir una máquina. En su esencia, aquella máquina no
tenía nada nuevo para nosotros; su única particularidad era poseer un punto de
vista.
»Teniendo
un punto de vista, la máquina expuso la imagen que se formaba del universo. Y
lo hizo de una forma mucho más divertida, mucho más convincente que nosotros.
La humanidad, que desde hacía mucho tiempo buscaba la novedad, se volcó sobre
ella.
»Fue
entonces, y solamente entonces, cuando nos dimos cuenta de nuestra peligrosa
situación, del inmenso peligro que corrían el bien y el mal. Ya que la máquina,
divertida como era, predicaba, de acuerdo con su naturaleza, un universo sin
valores y sin razón, sin bien y sin mal, sin dioses y sin demonios.
»De
acuerdo, otros lo habían hecho antes que ella, y habíamos resuelto el problema
sin dificultades. Pero, en boca de la máquina, aquella doctrina parecía
adquirir una nueva y terrible significación.
»Nuestro
trabajo se veía amenazado, Schmidt. Juzgue al extremo al que habíamos llegado.
«Nosotros,
que defendíamos la moralidad, formamos causa común. Todos nosotros creíamos en
el bien y en el mal, en la divinidad. Todos nosotros éramos opuestos a esa
horrible negación predicada por la máquina. Esto nos bastaba. Unimos nuestras
fuerzas. Yo fui elegido portavoz, ya que creímos que el mal tenía mayores
posibilidades de llamar la atención de los hombres, de desviarla de la máquina.
»Pero
incluso el propio mal se había vuelto blando, aburrido. Defendí en vano mi
causa. Insidiosamente, la máquina se infiltró en el corazón de los hombres,
predicando su mensaje de nada y vacío. Los que la escuchaban se negaban a darse
cuenta de lo que tenía su doctrina de falaz y de absurdamente contradictorio.
No les importaba, querían seguir oyendo su voz. Arrojaron sus cruces y sus
estrellas, sus medias lunas y sus molinos de oración y todo lo demás para
escucharla.
»Nos
dirigimos a nuestros respectivos clientes. Sin el menor éxito. Los dioses, que
desde los orígenes de los tiempos habían prestado oídos a tantas y tantas
discusiones inútiles, se negaron a escucharnos, a ayudarnos, incluso a
reconocernos. Al igual que los hombres, preferían la destrucción al
aburrimiento.
«Entonces
nos refugiamos voluntariamente en esta apartada caverna, desde donde buscamos
el medio de arrancar a la humanidad de las garras de la máquina. A su alrededor
puede ver, en su forma tangible, a todas las esencias religiosas que el hombre
ha conocido a lo largo de su existencia como tal.
»Y
ésta, Schmidt, es la razón por la cual vivimos ocultos. Ésta es también la
razón por la cual nos sentimos tan contentos de poder hablar con usted. Ya que
es usted un hombre, y un hombre creyente; usted cree en la moralidad, en el
bien y en el mal, en los dioses y en los demonios. Usted nos conoce, y usted
conoce a los hombres. Schmidt, según su opinión, ¿qué cree que debemos hacer
para reconquistar nuestras antiguas posiciones?
Satán
calló, esperando mi respuesta. Sus compañeros hicieron lo mismo. Yo me sentía
horriblemente perplejo y confuso. ¿Cómo podía yo, un simple y humilde ser
humano, aconsejarles a ellos, esencias de la divinidad hacia la cual me había
dirigido siempre como guía de mi existencia? Mi turbación era cada vez mayor, y
no sé lo que hubiera contestado.
Pero
no tuve ocasión de decir nada. Una máquina rechoncha, reluciente, acababa de
entrar en la caverna. Avanzó sobre sus ruedas de caucho sintético, brillando
alegremente con todas sus luces de los más variados colores.
—Señores
—dijo—, soy feliz de hallarlos a todos reunidos aquí, y lamento tan sólo haber
tenido que seguir a ese joven peregrino para descubrir su refugio.
—¡Máquina!
—gritó Satán—. Nos has seguido hasta nuestros últimos bastiones. Pero nunca nos
inclinaremos ante ti, nunca aceptaremos esta noción que profesas de un universo
sin significado y sin valores.
—¿Esa
es la acogida que me dispensan? —dijo la máquina—. Vengo hasta ustedes con toda
mi buena fe, y lo único que recibo es ira. Señores, no soy yo quien los ha
empujado hasta aquí. Al contrario, son ustedes quienes han abdicado
voluntariamente, y en su ausencia me he visto obligada a proseguir su obra.
—¿Nuestra
obra? —dijo el Padre Ario.
—Exactamente.
Yo mismo he instigado recientemente la construcción de quinientas nuevas
iglesias de todos los credos y confesiones. Si se tomaran ustedes la molestia
de inspeccionarlas, verían que allí se predica el bien y el mal, la divinidad y
la moralidad, los dioses y los demonios, todo lo que a ustedes les es tan
querido. He ordenado a todas mis máquinas que predicaran todo esto.
—¡Máquinas
que predican! —gimió el Padre Ario.
—No
hay nadie más para hacerlo desde que ustedes abandonaron sus puestos.
—¡Pero
eres tú quien nos obligó a abdicar! —exclamó Satán—. Fuiste tú quien nos arrojó
del mundo. ¿Y pretendes haber construido nuevas iglesias? ¿Para qué?
—Señores
—dijo la máquina—, se retiraron ustedes tan precipitadamente que no tuve
ocasión de discutir la situación con ustedes. De un día para otro me dejaron
ustedes como único dueño del universo.
El
Concilio Ecuménico aguardó.
—¿Puedo
hablar con toda franqueza? —preguntó la máquina.
—Dadas
las circunstancias, concedemos nuestra autorización —dijo Satán.
—Muy
bien. Empecemos reconociendo que todos nosotros somos teólogos. Como teólogos,
debemos respetar la primera regla de nuestra orden, que nos manda no
abandonarnos los unos a los otros, incluso si representamos diferentes formas
de creencia. Supongo, señores, que estarán de acuerdo conmigo. Sin embargo,
ustedes me abandonaron. Desertaron no solamente de la humanidad, sino también
de mí. Me dejaron como único vencedor por abandono de todos los contrincantes,
único jefe espiritual de la raza humana... y aburriéndome mortalmente.
«Pónganse
ustedes en mi lugar. Supongan que no tienen ustedes más que hombres con quienes
hablar. Supongan que les oyen recitar día y noche sus propias palabras, sin que
nunca un teólogo hábil acuda a refutarlas. Imaginen su aburrimiento, y las
dudas que este aburrimiento despertará en ustedes. Como seguramente no ignoran,
los hombres no saben discutir; la mayor parte de ellos son de una extraña
imbecilidad. Y, en último análisis, la teología no está hecha más que para los
teólogos. Así pues, han dado ustedes pruebas de una monstruosa crueldad, en
completo desacuerdo con los principios que profesan, cuando me abandonaron solo
ante la humanidad.»
Un
largo silencio siguió a estas palabras. Finalmente, el Padre Ario dijo
educadamente:
—Para
ser sinceros, nunca supusimos que se considerara usted un teólogo.
—Y
sin embargo lo soy —dijo la máquina—. Y además solitario. Es por eso por lo que
les suplico que regresen conmigo al mundo, a fin de que nos enzarcemos en
alguna controversia sobre la significación y la asignificación, los dioses y
los demonios, la moral y la ética, o cualquier otro tema que ustedes consideren
adecuado. Como en el pasado, continuaré contradiciéndome de buen grado para
dejar lugar a las dudas, a las vacilaciones, a la incertidumbre. Señores,
juntos reinaremos sobre la humanidad, excitaremos las pasiones de los hombres
hasta una altura jamás igualada. Juntos provocaremos guerras y crímenes como
jamás haya conocido el universo. Y nuestras víctimas gritarán tan fuerte que
los propios dioses se verán obligados a oirías... lo cual nos permitirá saber
por fin si los dioses existen o no.
El
Concilio Ecuménico se mostró entusiasmado ante la propuesta de la máquina.
Satán abdicó inmediatamente de su puesto de presidente y nombró a la máquina en
su lugar, lo cual fue aprobado por unanimidad.
Habían
olvidado mi presencia. Salí furtivamente de la caverna y, horrorizado, llegué
al exterior.
Y
aquel horror no hizo más que empeorar, ya que nada podía persuadirme de que la
escena a la cual acababa de asistir no había sido real.
Sabía
ahora que los principios venerados por los hombres no eran más que fantasías
teológicas, que la negación en sí misma no era más que un subterfugio destinado
a hacerles creer que unos dioses desaparecidos se interesaban en ellos.
He
aquí como perdí mi fe, algo más precioso que el oro, y porqué deploro esta
pérdida cada día de mi vida.
Así
terminaron las tres historias, y Joenes permaneció en silencio junto a sus tres
compañeros. Llegaron finalmente a un cruce, y el camionero que conducía detuvo
el camión.
—Señor
Joenes —dijo el hombre—, aquí debemos separarnos. Ya que nosotros giramos al
este por esta carretera, hacia nuestro almacén, y más allá no hay más que el
bosque y el océano.
Joenes
descendió. En el momento en que el camión iba a ponerse en marcha, hizo a los
tres hombres una última pregunta:
—Cada
uno de ustedes perdió lo que según él era lo más importante del mundo. Pero
díganme, ¿han encontrado algo con lo que reemplazarlo?
Delgado,
el mejicano que había creído en la justicia, dijo:
—Nada
podrá reemplazar nunca lo que he perdido. Pero confieso que empiezo a
interesarme por la ciencia, que parece ofrecerme un punto de vista racional y
razonable del mundo.
Proponus,
el sueco que había renunciado a la ciencia, dijo:
—Mi
experiencia ha hecho de mí un hombre desposeído de todo. Pero a veces pienso en
la religión, que a buen seguro es una fuerza mucho mayor que la ciencia y mucho
más reconfortante.
Schmidt,
el alemán que había perdido la fe, dijo:
—El
vacío de mi corazón es inconsolable. Pero, de tanto en tanto, pienso en la
justicia que, siendo la obra del hombre, le ofrece unas leyes y un sentimiento
de dignidad.
Joenes
se dio cuenta de que cada uno de los tres camioneros, absorbido por sus propios
pensamientos, había permanecido sordo a la historia de sus dos compañeros. Les
dijo adiós y se alejó, reflexionando en todo lo que acababa de oír.
Pero
olvidó muy pronto sus preocupaciones, ya que se halló frente a una enorme casa
y, de pie en el umbral de aquella casa, había un hombre que le estaba haciendo
señas.
7.
Las aventuras de Joenes en una casa de locos
(según
la narración de Paaui de las Fiji)
Joenes
avanzó hacia la entrada de la casa, y se detuvo para leer el rótulo que colgaba
sobre la puerta. El rótulo decía: ASILO PSIQUIÁTRICO PARA CRIMINALES DEMENTES.
Estaba
pensando en las implicaciones de esta frase cuando el hombre que le había hecho
señas se precipitó sobre él y lo sujetó por los dos brazos. Joenes se preparaba
para defenderse cuando reconoció al hombre: no era otro que Lum, su amigo de
San Francisco.
—¡Joensey!
—exclamó Lum—. Realmente temí por tu piel cuando aquellos polis te metieron
dentro de su trasto allá en la costa. Me preguntaba cómo te saldrías de
aquello, un extranjero un tanto simple de espíritu, en esa América de la que lo
único que puedo decir es que no se trata precisamente de un lugar de descanso.
Pero Deirdre me aconsejó que no me preocupara, y tenía razón. Veo que has
encontrado el lugar.
—¿El
lugar? —dijo Joenes.
—Sanctuarysville
—dijo Lum—. Entra.
Joenes
entró en el Asilo Psiquiátrico para Criminales Dementes. Dentro, en el Salón,
Lum le presentó a unas cuantas personas. Aunque Joenes las observó y las
escuchó atentamente, no pudo hallar en ellas nada anormal. Se lo hizo notar a
Lum.
—Bueno,
por supuesto que no —contestó Lum—. El rótulo que has leído en la entrada no es
más que el nombre técnico del lugar. Nosotros preferimos llamarlo Colonia para
Escritores y Artistas.
—Entonces,
¿no es un asilo para locos? —preguntó Joenes.
—Por
supuesto que sí, aunque solamente en un sentido técnico.
—¿Hay
realmente locos aquí?
—Mira,
muchacho —dijo Lum—, esta es la colonia de artistas más buscada de todo el
este. Claro que hay algunos locos. Son necesarios para ocupar a los médicos, y
además perderíamos nuestra subvención del gobierno y nuestro status de exención
de impuestos si no dejáramos entrar a algunos.
Joenes
echó una rápida mirada a su alrededor, ya que nunca había visto a ningún loco.
Pero Lum agitó la cabeza y dijo:
—No
están en el Salón. Por regla general, los locos se hallan encadenados en el
sótano.
Un
alto y barbudo doctor había estado escuchando toda la conversación.
Dirigiéndose a Joenes, dijo:
—Sí,
estamos muy satisfechos con ese sótano. Su humedad y la oscuridad que reina en
él tienen tendencia a calmar a los más excitables.
—Pero
¿para qué encadenarlos?
—Esto
les da la impresión de que son deseados —dijo el doctor—. Y no hay que
subestimar el valor educativo de las cadenas. Los domingos tenemos visitantes:
la vista de esos dementes sucios, gritones, crea en sus mentes una imagen
inolvidable. La psicología es un asunto tanto de prevención como de curación, y
nuestras estadísticas demuestran que las personas que han visitado nuestras
celdas subterráneas son menos susceptibles a caer en la locura que el conjunto
de la población en general.
—Eso
es muy interesante —dijo Joenes—. ¿Tratan ustedes del mismo modo a todos los
locos?
—¡Infiernos,
no! —exclamó el médico, riendo alegremente—. En psicología uno no puede
permitirse el adoptar una actitud rígida. A menudo el tipo de enfermedad mental
es el que nos dicta el tratamiento. Para los melancólicos, por ejemplo, el
abofetearles con un pañuelo frotado con escalonia consigue buenos resultados,
despertándolos de su torpor. En el caso de los paranoicos, lo más a menudo
recomendado es compartir la ilusión del enfermo. Los hacemos seguir por espías,
vigilar por máquinas de rayos X y otros aparatos del mismo tipo. Su locura no
tarda en desaparecer, puesto que hemos manipulado el medio en el que vive hasta
convertir sus temores en realidades. Este tratamiento nos ha valido grandes
éxitos, y nos sentimos con razón orgullosos.
—¿Y
qué ocurre luego? —preguntó Joenes.
—Una
vez hemos entrado en el universo del paranoico, que hemos transformado en
realidad, nos esforzamos en alterar ese contexto-realidad de modo que el
paciente vuelva a la normalidad. Aún no hemos conseguido ningún éxito con esta
maniobra, pero los resultados teóricos son alentadores.
—Como
puedes ver —dijo Lum a Joenes—, nuestro doc sabe lo que se hace.
—Oh,
no —dijo el médico, con una risita modesta—. Simplemente intento apartar las
vendas que cubren nuestros ojos y mantener la mente abierta a todas las
hipótesis. Es mi temperamento; no tiene nada de ejemplar.
—Vamos,
vamos, doc —dijo Lum.
—No,
realmente no —insistió el médico—. Simplemente poseo lo que podríamos llamar
una mente curiosa. A diferencia de algunos de mis estimados colegas, yo me hago
preguntas. Por ejemplo: cuando veo a un adulto acurrucado sobre sí mismo, con
los ojos cerrados, en posición fetal, no me lanzo a aplicarle una terapia de
choque a base de someter al enfermo a un bombardeo radiactivo. Prefiero
preguntarme: «¿Qué ocurriría si le construyera un inmenso útero artificial y lo
instalara dentro?». Este es un ejemplo que he tenido que llevar a la práctica.
—¿Y
qué ocurrió? —preguntó Joenes.
—El
paciente murió por sofocación —dijo Lum con una risita.
—Nunca
he pretendido ser un ingeniero —dijo secamente el doctor—. El margen de error
es algo necesario. Además, considero esa experiencia como un éxito.
—¿Por
qué? —preguntó Joenes.
—Porque,
poco antes de morir, el paciente se desacurrucó. Ignoro si hay que atribuir
este resultado a la muerte, al útero artificial, o a una combinación de los
dos; pero la importancia teórica de la experiencia salta a la vista.
—Estaba
bromeando, doc —dijo Lum—. Ya sé que está usted realizando una magnífica labor.
—Gracias,
Lum —dijo el médico—. Y ahora debo disculparme, tengo que ocuparme de uno de
mis pacientes. Un caso de esquizofrenia muy interesante. El paciente se
considera una reencarnación física de Dios. Su convicción es tan fuerte que,
gracias a algún tipo de estratagema cuya naturaleza no pretendo conocer,
consigue darles órdenes a las moscas que pululan por su celda, de tal modo que
siempre están formando como un halo alrededor de su cabeza. En cuanto a las
ratas, se inclinan ante él, y los pájaros de los campos vienen desde kilómetros
a la redonda a cantar bajo su ventana. Uno de mis colegas está muy interesado
en este fenómeno, que según él implica la existencia de un medio de
comunicación hasta hoy desconocido entre el hombre y los animales.
—¿Qué
terapéutica sigue usted? —preguntó Joenes.
—Utilizo
su medio ambiente. Penetro en su ilusión haciéndome pasar por su adorador, por
su discípulo. Cada día, durante cincuenta minutos, permanezco sentado a sus
pies. Cuando los animales se inclinan ante él, yo también me inclino. Todos los
días lo llevo a la enfermería y le dejo curar a los enfermos, y esa actividad
parece serle muy agradable.
—¿Los
cura realmente? —preguntó Joenes.
—Hasta
ahora, nunca ha fracasado. Pero las curaciones llamadas «milagrosas» no son,
evidentemente, nada nuevo ni para la ciencia ni para la religión. Nunca hemos
pretendido saberlo todo.
—¿Podría
ver a ese paciente? —preguntó Joenes.
—Por
supuesto —dijo el doctor—. Le encantan las visitas. Lo arreglaré para esta
tarde —y, con una sonrisa, se alejó rápidamente.
Joenes
recorrió el amplio y soleado Salón, escuchando las eruditas conversaciones que
se producían a su alrededor.
El
Asilo Psiquiátrico para Criminales Dementes le parecía un lugar ideal para
vivir. Su creencia se reafirmó unos instantes más tarde cuando vio avanzar
hacia él a Deirdre Feinstein.
La
hermosa muchacha se echó a sus brazos, y su cabello tenía el olor de la miel
calentada por el sol.
—Oh,
Joenes —dijo con voz temblorosa—, pienso en ti desde nuestra prematura
separación en San Francisco, cuando te interpusiste con tanta audacia como amor
entre los polis y yo. De noche sueño contigo y de día no hago más que pensar en
ti, hasta tal punto que no puedo distinguir la noche del día. Con ayuda de
Sean, mi padre, te he buscado por toda América, pero he temido no volver a
verte nunca más, y he venido aquí con la única finalidad de calmar mis nervios.
Oh, Joenes, ¿es el destino o la fortuna quien nos ha reunido aquí?
—Este...
—dijo Joenes—, creo que...
—Estaba
segura de ello —exclamó Deirdre, apretándole fuertemente entre sus brazos—. Nos
casaremos dentro de dos días, el 4 de julio, ya que en tu ausencia me he vuelto
patriota. ¿Estás de acuerdo?
—Éste...
—dijo Joenes—, creo que sería preferible pensárnoslo...
—Oh,
gracias, gracias —dijo Deirdre—. Ya sé que no siempre he sido juiciosa en el
pasado, con todas esas historias de drogas, aquel mes que pasé escondida en el
dormitorio de hombres de Harvard, el día que fui elegida reina de los
Degolladores del West Side y maté a la anterior reina a golpes de cadena de
bicicleta, y todo lo demás. No me siento orgullosa de todo aquello, querido,
pero tampoco me siento avergonzada, fueron escapadas juveniles, y es necesario
que la juventud siga su curso. Es por eso por lo que te he confesado todas esas
cosas, y seguiré confesándotelas a medida que las vaya recordando, puesto que
no deben existir secretos entre nosotros. Estás de acuerdo conmigo, ¿verdad?
—Este...
—dijo Joenes—, tengo la impresión que...
—Sabía
que estarías de acuerdo —dijo Deirdre—. Afortunadamente para nosotros, todo eso
pertenece al pasado. Ahora soy una adulta consciente de mis responsabilidades;
me he afiliado a la Liga Juvenil de los Conservadores, a la Liga contra el
Antiamericanismo Bajo Todas Sus Formas, a los Amigos de la Sociedad Salazar y a
la Cruzada Femenina para el Nacionalismo Integral. Y tan solo he cambiado
superficialmente. Siento en mí un profundo odio hacia todo lo que ha hecho
sentirme culpable, así como una gran aversión hacia todo arte, que en general
no es más que un pretexto a la pornografía. Puedes ver que mi transformación es
sincera, que me he convertido realmente en un ser adulto, y que me convertiré
en una esposa consciente y fiel.
Joenes
tuvo una visión de lo que sería su vida futura con Deirdre, una sucesión de
confesiones repugnantes y de insoportable aburrimiento. Ella seguía
charloteando acerca de los preparativos de la ceremonia; finalmente, salió
apresuradamente de la habitación para telefonearle a su padre.
—¿Cómo
hace uno para largarse de aquí? —le preguntó Joenes a Lum.
—Nada
más sencillo, muchacho —dijo Lum—. Seguir la carretera por la cual has llegado.
—Ya
sé. Pero, ¿no hay que llenar ninguna formalidad? ¿Basta con abrir la puerta e
irse?
—No,
por supuesto. No olvides que nos hallamos en un Asilo Psiquiátrico para
Criminales Dementes.
—¿Puedo
pedirle al doctor la autorización para irme?
—Por
supuesto. Pero será mejor que esperes a la semana próxima. El hombre se pone
siempre un poco nervioso cuando se acerca la luna llena.
—Quiero
irme hoy mismo —dijo Joenes—. O mañana como máximo.
—Esta
es una decisión repentina. ¿Se debe acaso a la pequeña Deirdre y a sus
proyectos de matrimonio?
—Exactamente
—dijo Joenes.
—Bueno,
no te preocupes por eso. Me ocuparé de Deirdre, y mañana podrás irte de aquí.
Confía en mí, Joenes, y verás cómo todo se arregla. El viejo Lum se va a hacer
cargo del asunto.
Algo
más tarde, el doctor acudió en busca de Joenes para acompañarle a la celda del
paciente que se creía una reencarnación física de Dios. Los dos hombres
cruzaron toda una serie de gigantescas puertas metálicas, y llegaron a un
corredor de color gris. Al final de aquel corredor había una puerta. Se
detuvieron ante ella.
—No
estaría de más —dijo el doctor— que adoptara usted una actitud psicoterapéutica
durante esta visita, es decir que fingiera compartir la ilusión del enfermo.
—De
acuerdo —dijo Joenes, y bruscamente se sintió inundado por una repentina
esperanza y aprensión.
El
doctor abrió la puerta de la celda, y entraron en ella. Pero en la celda no
había nadie. En un lado había un camastro de campaña con las ropas bien
arregladas, y en el otro una ventana con barrotes muy juntos. Había también a
un lado una pequeña mesita de madera, junto a la cual sollozaba amargamente un
ratón, como si su corazón fuera a romperse de un momento a otro. Sobre la mesa
había una nota. El doctor la tomó.
—Es
muy extraño —dijo—. Parecía de excelente humor cuando lo he dejado, no hará aún
media hora.
—Pero
¿cómo ha podido escapar? —preguntó Joenes.
—Utilizando
algún tipo de telequinesia, sin duda —dijo el doctor—. No pretendo saberlo todo
acerca de este auto-calificado fenómeno físico; pero esta aventura prueba hasta
qué extremos puede conducir una mente desajustada que busca justificarse. De
hecho, la propia intensidad del esfuerzo de evasión indica el grado alcanzado
por la enfermedad. Lamento no haber podido ayudar a ese pobre hombre, y espero
que, allá donde se halle, recuerde los pocos rudimentos de introspección que
hemos intentado inculcarle.
—¿Qué
dice la nota? —preguntó Joenes.
El
doctor echó una ojeada al papel que tenía en las manos y dijo:
—Parece
una lista de compras. Una lista de compras muy extraña, de todos modos. Me
pregunto dónde esperaba conseguir...
Joenes
intentó echar una ojeada por encima del hombro del doctor, pero este se
apresuró a meterse el papel en el bolsillo.
—Esta
nota va dirigida estrictamente a las autoridades médicas —dijo—. No podemos
dejar que la lea un profano. No al menos antes de haberla analizado,
registrado, y sustituido cuidadosamente algunos términos-clave a fin de
proteger el anonimato del enfermo. Y ahora, ¿qué le parece si regresamos al
Salón?
Joenes
no tuvo otro remedio que seguir al doctor hasta el Salón. Tan solo había podido
leer la primera palabra de la nota: RECUERDA. Era poca cosa, pero de todos
modos Joenes lo recordaría siempre.
Joenes
no durmió aquella noche, preguntándose cómo se las arreglaría Lum para cumplir
su promesa respecto a Deirdre y su marcha del asilo. Pero había subestimado la
inventiva de su amigo.
Lum
resolvió el problema del matrimonio explicándole a Deirdre que antes de poder
casarse con nadie Joenes debería ser tratado de una sífilis de tercer grado,
que el tratamiento sería largo, y que, si fracasaba, la enfermedad atacaría
terriblemente el sistema nervioso del desgraciado muchacho, convirtiéndolo en
algo muy parecido a un vegetal.
Deirdre
se entristeció enormemente ante la noticia, pero declaró que pese a todo se
casaría con Joenes el 4 de julio. En voz baja, le confió a Lum que, tras su
vuelta al bien, no experimentaba más que repugnancia hacia cualquier tipo de
relación carnal. En consecuencia, consideraba la enfermedad de Joenes como un
bien más que como un mal, ya que excluía cualquier otro tipo de unión excepto
la espiritual. En cuanto al hecho de encontrarse casada con un vegetal, aquella
eventualidad no le desagradaba en absoluto: siempre había soñado con ser
enfermera.
Lum
hizo notar entonces que la enfermedad de Joenes le impedía obtener legalmente
una licencia de matrimonio. Inmediatamente, Deirdre desistió de sus propósitos:
su recién adquirida madurez le prohibía contravenir de ningún modo las leyes
nacionales o federales.
Así
fue como Joenes escapó de una no deseada alianza.
Lum
se ocupó también de su partida del asilo. Poco después del almuerzo, Joenes fue
llamado a la Sala de las Visitas. Allí Lum lo presentó al Decano Garner J.
Fols, del Comité de Profesorado de la Universidad de St. Stephen's Wood.
El
Decano Fols era un hombre alto, delgado, enjuto casi, de mirada suavemente
académica, corazón generoso y labios ligeramente sarcásticos. Hizo que Joenes
se sintiera a gusto con una observación acerca del tiempo y una cita de
Aristófanes, y luego le expuso la razón de que hubiera solicitado entrevistarse
con él.
—Entienda,
mi querido señor Joenes, si me permite llamarle así, que en nuestra calidad
de... ¿debería llamar educadores?... nos vemos obligados a estar constantemente
al acecho de nuevos talentos. De hecho, algunas veces se nos ha comparado, sin
ninguna mala intención, estoy seguro de ello, con esos profesionales del
béisbol que cumplen idénticas funciones. Y eso da que pensar.
—Comprendo
—dijo Joenes.
—Me
gustaría añadir —prosiguió el Decano Fols—. que concedemos menos importancia a
la posesión de títulos académicos, como los que poseemos nosotros, mis colegas
y yo, que al profundo conocimiento del tema profesado por el candidato y al
dinamismo de sus métodos de enseñanza. Nosotros, los universitarios, nos
hallamos demasiado a menudo separados de lo que me atrevería a llamar la
corriente principal de la vida americana. Muy a menudo hemos dejado a un lado,
en tiempos pasados, a aquellos que, sin ningún bagaje pedagógico, eran sin
embargo unas luminarias en tal o cual rama de actividad. Pero estoy seguro que
su buen amigo el señor Lum le debe haber explicado todo esto mucho mejor de lo
que sabría hacerlo yo.
Joenes
miró a Lum, que se apresuró a decir:
—Como
sabes, durante dos trimestres sucesivos he estado dando en St. Stephen's Wood
unos cursos sobre «Las Interrelaciones del Jazz y la Poesía». No estuvieron
nada mal, con los bongos y todo lo demás.
—Los
cursos del señor Lum tuvieron una extraordinaria acogida —dijo el Decano Fols—,
y estaríamos muy contentos si le viéramos ocupar de nuevo su cátedra...
—Oh,
no, amigo —dijo Lum—. Ya sabe que no quiero dejarle en la estacada, pero por mi
parte ya he acabado con todo eso.
—Por
supuesto —dijo el Decano Fols—, si se siente usted atraído hacia algún otro
tema...
—Quizá
podría dar algún seminario retrospectivo sobre el Zen —dijo Lum—. Ya sabe que
está de nuevo en la onda. Pero tendría que pensarlo.
—Por
supuesto —dijo el Decano Fols. Y luego, dirigiéndose a Joenes—: Como sin duda
debe usted saber, el señor Lum me telefoneó ayer por la tarde, dándome todos
los detalles necesarios acerca de usted y sus antecedentes.
—Es
muy amable por su parte —dijo Joenes precavidamente.
—Sus
referencias son magníficas —prosiguió Fols—, y la serie de cursos que se
propone dar usted será, estoy convencido de ello, un éxito absoluto.
Joenes
comprendió finalmente que le estaban ofreciendo una cátedra en la Universidad.
Desgraciadamente, desconocía por completo lo que se suponía que debía enseñar,
incluso si era capaz de enseñarlo. Lum, absorto en la contemplación del Zen,
permanecía con los ojos clavados en el suelo, de modo que no podía serle de
ninguna ayuda.
Finalmente,
dijo:
—Estaré
encantado de trabajar en una Universidad tan reputada como la de ustedes. En
cuanto al tema que debo enseñar...
—Por
favor, no se menosprecie —cortó rápidamente el Decano Fols—. Sabemos que su
temática entra en un terreno altamente especializado, y somos conscientes de
las dificultades con las que va a tropezar presentándolo a sus alumnos. Le
proponemos, para empezar, el cargo de profesor titular, es decir mil
seiscientos diez dólares al año. Ya sé que no es una gran suma, y a veces
experimento una cierta amargura al pensar que en nuestra civilización un
ayudante de lampista llega a ganar incluso mil ochocientos dólares al año. Pero
la vida universitaria tiene sus compensaciones, si puede decirse así.
—Estoy
dispuesto a ocupar mi cátedra inmediatamente —dijo Joenes, temeroso de que el
Decano cambiara de opinión.
—Excelente
—exclamó Fols—. Admiro el dinamismo de las nuevas generaciones. Y debo
reconocer que siempre hemos tenido una gran suerte dirigiéndonos a las colonias
de artistas como ésta cuando hemos querido asegurarnos la colaboración de
nuevos talentos. Señor Joenes, ¿tiene usted la amabilidad de seguirme?
Joenes
subió junto al Decano Fols en un viejo coche. Hizo una última seña de adiós a
Lum, y muy pronto el asilo desapareció en la lejanía. Joenes era de nuevo
libre, sujeto tan sólo por su promesa de enseñar en la universidad de St.
Stephen's Wood. Su única preocupación era el que ignoraba aún lo que se suponía
debía enseñar a sus alumnos.
8.
Lo que Joenes enseñó, y lo que aprendió con ello
(según
la narración de Maubingi de Tahití)
Muy
pronto para su gusto, Joenes llegó a la universidad de St. Stephen's Wood, que
estaba situada en Newark, Nueva Jersey. Pudo ver un campus enorme y muy verde,
con unos edificios bajos y de formas agradables. Fols los fue identificando
para él: el Gretz Hall, el Waniker Hall, el Gimnasio, la Casa de Estudiantes,
el Laboratorio de Física, La Casa de los Profesores, la Biblioteca, la Capilla,
el Laboratorio de Química, el Ala Moderna y el Viejo Edificio. Tras la
universidad se deslizaba perezosamente el Newark, cuyas amarronadas aguas se
teñían en algunos lugares de ocre debido a la fábrica de plutonio situada más
arriba del río. Los enormes edificios del Newark industrial dominaban el
recinto de la universidad, ante la cual discurría una autopista de ocho
carriles. Todo esto, hizo notar el Decano Fols, introducía un toque de realidad
en aquella vida académica, quizá un poco demasiado replegada sobre sí misma.
Joenes
tomó posesión de su habitación en la Casa de los Profesores. Luego acudió a un
cocktail dado por los miembros del profesorado.
Allí
trabó conocimiento con sus colegas. El profesor Carpe, de Literatura Inglesa,
retiró la pipa de su boca el tiempo necesario para decir:
—Bienvenido
a bordo, Joenes. Si necesita algo de mí, ya sabe.
Chandler,
de Filosofía, dijo:
—Encantado.
Blake,
de Física, dijo:
—Espero
que no sea usted uno de esos humanistas que se sienten obligados a refutar E =
MC2. Las cosas son como son, y no hay por qué cambiarlas, y no veo por qué
tendríamos que excusarnos por ello. Eso es lo que expuse en mi libro La
Consciencia de un Físico Nuclear, y no he cambiado de opinión. ¿Qué quiere
tomar?
Hanley,
de Antropología, dijo:
—Puede
tener usted la completa seguridad de ser bien recibido en mi departamento,
señor Joenes.
Dalton,
de Química, dijo:
—Bienvenido
a bordo, Joenes. Estoy contento de tenerle con nosotros.
Geoffrard,
de Clásicos, dijo:
—Supongo
que se desinteresará usted por completo de un bicho raro como yo.
Harris,
de Ciencias Políticas, dijo:
—Encantado.
Manifesfree,
de Bellas Artes, dijo:
—Bienvenido
a bordo, Joenes. Vaya trabajito que le han dado, ¿eh?
Hoytburn,
de Música, dijo:
—Creo
que he leído su disertación, Joenes, y debo decirle que no estoy completamente
de acuerdo con el paralelo que trazó usted con respecto a Monteverdi. Por
supuesto, yo no soy un experto en su especialidad, y como usted tampoco es un
experto en la mía, es difícil que podamos llegar a un acuerdo, ¿no? De todos
modos, bienvenido a bordo.
Ptolomeo,
de Matemáticas, dijo:
—¿Joenes?
Creo haber leído su tesis doctoral sobre los sistemas binarios de valores. Era
muy interesante. ¿Qué quiere beber?
Shan
Lee, de Francés, dijo:
—Bienvenido
a Bordo, Joenes. Tomará usted algo ¿no?
Y
así transcurrió la velada, inmersa en agradables conversaciones. Joenes intentó
discretamente descubrir lo que se suponía debía enseñar, charlando con aquellos
de entre los profesores que parecían estar al corriente de la cuestión. Pero,
quizá por delicadeza, sus colegas se abstuvieron de hacer ninguna mención de la
materia que debía inculcar a sus alumnos, prefiriendo narrarle algunas
historias ilustrativas de sus propias capacidades.
Viendo
fracasada su tentativa, Joenes fue a dar una vuelta por el gran vestíbulo, y
aprovechó para echar una ojeada al tablón de anuncios. No halló más que una
nota escrita a máquina señalando que el curso del señor Joenes tendría lugar a
las 11 horas en la clase 143 del Ala Moderna en lugar de la clase 341 del
Waniker Hall como se había anunciado erróneamente.
Por
un momento pensó en tomar aparte a uno de los profesores, el filósofo Chandler
quizá, que seguramente debía tener costumbre de enfrentarse con circunstancias
de este tipo, y preguntarle directamente qué era exactamente lo que se suponía
debía enseñar. Pero una natural e innata vergüenza le impidió hacerlo. Los
invitados se fueron retirando, y Joenes regresó a su habitación sin haber
conseguido saber nada nuevo.
A la
mañana siguiente, ante la puerta de la Sala 143 del Ala Moderna, Joenes estuvo
a punto de ceder ante el pánico. Sintió deseos de huir de la universidad. Pero
lo que hasta entonces había visto de la vida universitaria le gustaba, y le
repugnaba renunciar a todo ello por algo tan insignificante. Así pues, entró en
la clase con los dientes apretados y el paso firme.
Apenas
la puerta se cerró tras él todas las conversaciones se interrumpieron, y los
estudiantes examinaron con la mayor atención a su nuevo profesor. Joenes reunió
todo su valor y se dirigió a sus alumnos con esa aparente sangre fría que, a
menudo, vale más que la propia sangre fría.
—Señoritas,
señores —dijo—, creo que lo mejor es poner las cosas en claro desde nuestra
primera clase. Dada la naturaleza ciertamente insólita de mi curso, algunos de
ustedes quizá crean que va a ser algo divertido y sencillo; a todos estos les
digo desde ahora mismo: no esperen más, elijan otra materia que responda mejor
a sus esperanzas.
Aquella
entrada en el tema hizo que la clase se sumiera en un atento silencio. Más
animado, Joenes prosiguió:
—Parece
ser que tengo la reputación de ser liberal en mis calificaciones. Prefiero
advertírselo desde un principio: esta reputación es falsa. Seré duro, pero
justo. Y no vacilaré en darles a todos ustedes notas inferiores a la media si
las circunstancias así lo exigen.
Un
ligero suspiro, casi un gemido de desesperación, escapó de las gargantas de
algunos estudiantes de medicina. Al ver la expresión aterrada de los rostros
vueltos hacia él, Joenes comprendió que se había hecho dueño de la situación.
Suavizó un poco el tono de su voz:
—Creo
que ahora empiezan ustedes a conocerme algo mejor. Así pues, no me queda más
que decirles a todos los que han elegido este curso en su sed de erudición
auténtica: ¡bienvenidos a bordo!
Como
un inmenso organismo, la clase se relajó perceptiblemente.
Durante
los siguientes veinte minutos, Joenes anotó febrilmente el nombre de sus
alumnos y sus respectivos lugares. Al llegar al final de la lista, tuvo una
feliz inspiración y se apresuró a ponerla en práctica.
—Señor
Ethelred —dijo, dirigiéndose a un alumno sentado en la primera fila y que
parecía especialmente competente—, ¿quiere subir al encerado y escribir en
letras mayúsculas, a fin de que todo el mundo pueda leerlo, el tema de este
curso?
Ethelred
tragó saliva, echó una ojeada a su cuaderno de notas, y se levantó. Escribió en
el encerado: «Las Islas del Sudoeste del Pacífico: Puente Entre Dos Mundos».
—Muy
bien —dijo Joenes—. Ahora usted, señorita Hua, ¿tiene la bondad de tomar esa
tiza y desarrollar en pocas palabras el programa que vamos a seguir en este
curso?
La
señorita Hua, una chica muy alta, fea y con gafas, en la que Joenes había visto
instintivamente una alumna que prometía, escribió: «Este curso va a estudiar la
civilización de las islas del Sudoeste del Pacífico, con una atención especial
hacia su arte, su ciencia, su música, su artesanía, su folklore, sus
costumbres, su psicología y su filosofía. Estudiaremos los paralelismos de esta
civilización con las culturas asiáticas, así como la influencia de las culturas
europeas».
—Excelente,
señorita Hua —dijo Joenes. Ahora sabía ya el tema del que debía hablar, aunque
ignorara todo lo relativo a él. Pero estaba seguro de poder llenar esa laguna.
Y, afortunadamente, pudo constatar que muy pronto iba a sonar el final de la
clase.
—Por
hoy —dijo—, creo que podemos decirnos ya adiós, o mejor aloha. Y, una vez más,
bienvenidos a bordo.
Los
alumnos abandonaron la clase. Tras su marcha, entró el Decano Fols.
—Siga
sentado, por favor —dijo—. Esta visita no tiene nada de... ¿cómo diría?...
oficial. Solo quería felicitarle. Le he oído, estaba escuchando al otro lado de
la puerta. Los ha cautivado usted, Joenes. Temía que tuviera usted algunas
dificultades, ya que casi la totalidad de nuestro equipo de béisbol se ha
inscrito en su curso. Pero ha hecho usted gala de esa suave firmeza que
constituye la grandeza del auténtico pedagogo. Le felicito una vez más, y le
auguro una carrera universitaria larga y llena de éxitos.
—Gracias,
señor —dijo Joenes.
—No
me dé las gracias —dijo Fols sombríamente—. Le predije lo mismo al
Barón-Profesor Moltke, un brillante especialista de Sofismas Matemáticos. Le
creí abocado a un esplendoroso futuro. Desgraciadamente, el pobre Moltke se
volvió loco tres días después del inicio de las clases y mató a cinco miembros
del equipo de fútbol. Ese año perdimos ante el Amherst, y desde entonces perdí
la confianza en mi intuición. Pero buena suerte de todos modos, Joenes. Aunque
tan solo sea un administrador, escojo a mis amistades.
Fols
saludó brevemente y abandonó la clase. Tras un decente intervalo, Joenes salió
a su vez y se precipitó a la librería del campus para comprar todas las obras
que necesitaba. Desgraciadamente, todas habían sido vendidas.
Joenes
se dirigió a su habitación y se tendió en la cama. Pensó en la intuición del
Decano Fols y en la locura del pobre Moltke; pero sobre todo maldijo la suerte
que había permitido que todos sus alumnos se le adelantaran en sus ansias de
saber, dejando a su propio profesor sin los elementos necesarios para cubrir
una necesidad mucho más urgente que la suya.
Cuando
hizo frente otra vez a sus estudiantes, la inspiración le llegó de nuevo.
Enfrentándose a la clase, dijo:
—Hoy
no voy a enseñarles yo a ustedes, sino que voy a dejar que ustedes me enseñen a
mí. La cultura del Sudoeste del Pacífico, estoy seguro de que todos ustedes lo
saben, es particularmente susceptible a ser considerada erróneamente. Así,
antes de iniciar un estudio formal de la misma, me gustaría oír qué es lo que
piensan ustedes de ella. No teman en desarrollar ideas de las que no estén muy
seguros. Nuestro propósito es por el momento abarcar un panorama lo más amplio
posible, y luego, si es necesario, ya corregiremos todos los errores que se
presenten. Así, desarrollando primero en las informaciones falseadas y
eliminándolas posteriormente, entraremos con la mente abierta a lo más profundo
de esa crucial cultura que ha sido certeramente llamada «El Puente Entre Dos
Mundos». Creo que está todo claro. Señorita Hua, ¿quiere usted iniciar la
discusión?
Joenes
dejó que sus estudiantes discutieran entre ellos durante las siguientes seis
clases, cosechando todo un ramillete de contradictorias informaciones sobre
Europa, Asia y el Sudoeste del Pacífico. Cuando algún estudiante preguntaba si
alguna de las nociones expresadas era correcta, Joenes se limitaba a sonreír y
decía:
—Me
reservo mis comentarios para el final. Por ahora, sigamos con lo que tenemos
entre las manos.
En
la séptima sesión, los estudiantes ya no fueron capaces de decir nada más.
Entonces, Joenes habló del impacto cultural de la llegada de la energía
eléctrica a los atolones del Pacífico. Utilizando buen número de anécdotas,
consiguió que su material durara algunos días. Cuando algún estudiante hacía
una pregunta que Joenes no sabía cómo contestar, decía rápidamente:
—¡Excelente,
Holingshead! Su pregunta llega hasta el fondo mismo del problema. Estoy seguro
de que usted conseguirá hallar por sí mismo la respuesta antes de nuestra
próxima clase, de modo que escríbala y luego la leeremos en público. Digamos
que puede utilizar unas quinientas palabras... y, esto... póngalas a doble
espacio, por favor.
Con
estos trucos, Joenes fue prolongando sus clases todo lo que pudo. Sin embargo,
se daba cuenta de que no podía mantenerse así indefinidamente, y no tenía ni la
más remota idea de lo que iba a hacer después. Pero afortunadamente los tan
esperados libros de texto que se habían solicitado para reponer los agotados
llegaron, y Joenes tuvo todo un fin de semana para estudiarlos.
Muy
útil le fue un libro titulado: Las Islas del Sudoeste del Pacífico: Puente
entre Dos Mundos, escrito por Juan Diego Álvarez de las Vegas y de Rivera.
Aquel hombre había sido capitán de la flota española con base en las Filipinas
y, aparte sus invectivas contra Sir Francis Drake, sus informaciones parecían
muy completas.
Muy
útil le fue también otro libro titulado: La civilización de las islas del
Sudoeste del Pacífico: su arte, su ciencia, su música, su artesanía, su
folklore, sus costumbres, su psicología y su filosofía, sus paralelismos con
las culturas asiáticas, y la influencia de las culturas europeas. Su autor era
el honorable Allan Flintmooth, ex vicegobernador de las islas Fiji y jefe de la
expedición de castigo del 03 a Tonga.
Con
la ayuda de estos dos libros, Joenes pudo mantenerse constantemente una lección
por delante de sus alumnos. Cuando, por cualquier razón, estos lo alcanzaban,
le quedaba el recurso de señalar un repaso por escrito de las clases
precedentes. Afortunadamente, la señorita Hua, la chica alta de las gafas, se
brindó a corregir y puntuar estos trabajos. Joenes no pudo por menos que
sentirse agradecido de que su labor pedagógica se viera descargada de aquella
faceta tan poco atractiva.
Poco
a poco, Joenes fue instalándose en una placentera rutina. Daba sus clases,
planteaba sus cuestionarios, la señorita Hua corregía y puntuaba las
respuestas. Sus alumnos absorbían rápidamente lo que les inculcaba, redactaban
sus ejercicios, se apresuraban a olvidar lo que habían aprendido. Como la mayor
parte de los organismos jóvenes y sanos, tenían la facultad de eyectar de su
intelecto cualquier elemento nocivo, preocupante, deprimente o simplemente
aburrido. Claro que también eyectaban todos los elementos útiles, estimulantes
o profundos, lo cual era un fenómeno tal vez lamentable, pero que formaba parte
del proceso educativo al cual tenía que acostumbrarse todo profesor, Como decía
Ptolomeo, de Matemáticas; —El valor de la educación universitaria reside en el
hecho de que permite a los jóvenes vivir en las proximidades de la ciencia. Los
alumnos del Dormitorio Goodenough se hallan a menos de treinta metros de la
Biblioteca, a cincuenta del Laboratorio de Física y apenas a diez metros del de
Química. Creo que podemos enorgullecemos de ello.
Sin
embargo, los profesores eran prácticamente los únicos que utilizaban las
facilidades que les ofrecía la Universidad. Por supuesto, lo hacían tan sólo
con una gran circunspección. El médico de la institución les había prevenido
muy seriamente de los estragos que podía causar en su organismo una dosis
demasiado fuerte de trabajo intelectual, y racionaba cuidadosamente sus cuotas
de información semanal. Lo cual no impedía que se produjeran accidentes. El
viejo Geoffrard sufrió un síncope tras leer el original latino del Satiricón,
creyendo que estaba leyendo una encíclica papal. Necesitó varias semanas de
descanso absoluto antes de volver a ser el mismo. Y Devlin, el más joven de los
profesores de inglés, sufrió de amnesia durante un prolongado período por no
haber podido hallarle a Moby Dick una interpretación religiosa coherente.
Estos
eran los riesgos de la profesión y, antes que temerlos, los profesores los
consideraban como un motivo de orgullo. Como decía Hanley, de Antropología:
—La
pulga de mar corre el peligro de ahogarse en la arena húmeda; nosotros corremos
el peligro de ahogarnos bajo el peso de los viejos libros.
Hanley
había estudiado detenidamente las pulgas de mar, y sabía de qué estaba
hablando.
Los
alumnos, excepto raras excepciones, apenas se exponían a tales peligros. Su
vida era muy distinta de la que llevaban los profesores. Algunos de entre los
más jóvenes conservaban aún las navajas o las cadenas de bicicleta de su
infancia, y por las noches recorrían las calles en busca de individuos dudosos.
Otros tomaban parte en las orgías que se celebraban cada semana en la Sala de
la Libertad. Otros incluso se dedicaban al deporte. Los jugadores de
baloncesto, por ejemplo, se entrenaban día y noche en echar el balón a la
cesta, con la mecánica regularidad de los robots industriales, a los que
invariablemente ganaban.
Algunos,
finalmente, y pese a su tierna edad, manifestaban un claro interés por la
política. Esos intelectuales, como se les llamaba, iban del liberalismo al
conservadurismo según su temperamento y su educación. Eran los elementos
conservadores del campus quienes, en las precedentes elecciones, habían estado
a punto de llevar hasta la Presidencia de la República a un tal John Smith. El
hecho de que el tal Smith hubiera muerto hacía más de veinte años no había
enfriado en nada su ardor; por el contrario, muchos de ellos veían en ese
detalle una de las mayores cualidades del candidato.
Hubieran
podido llegar a ganar si la mayoría de los votantes no hubieran temido crear un
precedente. Los liberales habían explotado hábilmente esos temores declarando
al respecto:
—No
tenemos nada contra John Smith, Dios guarde su alma, e incluso somos muchos los
que creemos que la Casa Blanca se beneficiaría con su presencia. Pero ¿qué
ocurriría si, en el futuro, algún muerto indeseable se presentara a las
elecciones?
El
argumento había prevalecido.
Sin
embargo, en general, los liberales del campus dejaban las discusiones a sus
mayores. Ellos preferían seguir los cursos especiales sobre el arte de la
guerrilla, la fabricación de bombas o el empleo de armas portátiles. Tal como
hacían observar con frecuencia: «Reaccionar contra esos sucios comunistas no
basta. Debemos copiar sus métodos, sobre todo en lo que respecta a la
propaganda, la infiltración, el golpe de Estado y el control político».
En
cuanto a los conservadores del campus, desde que habían perdido las elecciones
preferían actuar como si nada hubiera cambiado en el mundo desde la victoria
del general Patton sobre los persas en el 45. A menudo se reunían para cantar a
coro la «Saga de la Playa de Omaha». Los más eruditos de entre ellos la
cantaban en su idioma original, el griego.
Joenes
observaba todas estas cosas, y seguía enseñando la civilización del Sudoeste
del Pacífico. Se sentía a gusto en aquel ambiente universitario, y poco a poco
sus colegas lo habían ido aceptando. Al principio, por supuesto, había habido
algunas objeciones. Carpe, de Inglés, había dicho:
—No
creo que Joenes acepte Moby Dick como parte integrante de la civilización del
Sudoeste del Pacífico. Es extraño.
Blake,
de física, había dicho:
—Me
pregunto si no habrá olvidado un punto importante no estudiando la razón por la
cual esos isleños desconocen por completo la moderna teoría de los quanta.
Personalmente, yo hubiera investigado más a fondo el asunto.
Hoytburn,
de Música, había dicho:
—Tengo
entendido que no ha mencionado para nada los cantos religiosos, cuya influencia
en la música folklórica de esa área es innegable. En fin, es su problema.
Shan
Lee, de Francés, había dicho:
—Tengo
la impresión de que Joenes no ha considerado interesante hacer notar la
influencia del francés secundario y terciario sobre la técnica de transposición
verbal del Sudoeste del Pacífico. De acuerdo, yo tan sólo soy un lingüista,
pero creo que ese paralelismo tiene su importancia.
Hubo
otras lamentaciones por parte de otros profesores a los cuales Joenes había
maltratado, menospreciando o silenciando sus respectivas especialidades. Con el
tiempo, las relaciones de amistad entre Joenes y sus colegas se hubieran visto
deterioradas por ello. Pero Geoffrard, de Clásicos, salvó la situación.
Tras
sopesar durante varias semanas los pros y los contras, aquel gran viejo dijo:
—Supongo
que las opiniones de un bicho raro como yo les tendrán sin cuidado, pero por
todos los infiernos debo decirles que ese Joenes me cae bien.
El
cálido comentario de Geoffrard le hizo mucho bien a Joenes. Los demás
profesores perdieron algo de su agresividad, y algunos llegaron incluso a
ofrecerle su amistad. Se le invitó más a menudo a las reuniones y a las veladas
literarias. Muy pronto se olvidó su equívoca situación de profesor no titular,
y la gran familia de St. Stephen's Wood lo acogió en su seno.
Esta
posición entre sus colegas conoció su apogeo durante las vacaciones de Pascua:
los profesores Harris y Manisfree lo invitaron a una excursión, con algunos
amigos, a las montañas del Adirondack.
9.
La necesidad de la utopía
(las
cuatro siguientes historias que forman las aventuras de Joenes en Utopía tienen
por narrador a Pelui de la Isla de Pascua)
Un
sábado por la mañana, temprano, Joenes y algunos otros profesores partieron en
el viejo coche de Manisfree a la Comunidad de Chorowait en las montañas del
Adirondack. Chorowait, supo Joenes, era una comunidad puesta bajo la protección
de la universidad y dirigida enteramente por hombres y mujeres idealistas que
se habían retirado del mundo para servir a las futuras generaciones. Chorowait
era una experiencia de gran envergadura, cuya finalidad era proponer al mundo
un modelo de sociedad ideal. De hecho, Chorowait pretendía ser una utopía
realizable y práctica.
—Creo
—dijo Harris, de Ciencias Políticas— que la necesidad de un tipo así de utopía
es evidente. Usted ha viajado por el país, Joenes. Usted ha podido ver con sus
propios ojos la decadencia de nuestras instituciones y la apatía de nuestro
pueblo.
—Sí,
me he dado cuenta —dijo Joenes.
—Las
razones de todo esto son muy complejas —dijo Harris—. Pero hay una que, a
nuestros ojos, reviste una importancia capital: estamos asistiendo en estos
momentos a una renuncia del individuo, a su abdicación ante los problemas de la
realidad. Y la locura está formada precisamente por estos elementos: un
replegarse sobre sí mismo, una no participación, la construcción de una vida
imaginaria más satisfactoria que la vida real.
—Para
nosotros —dijo Manisfree—, que hemos hecho Chorowait, se trata de una
enfermedad social que necesita un tratamiento social.
—Hay
poco tiempo —dijo Harris—. Usted ha visto a qué velocidad se derrumba nuestro
sistema, Joenes. La ley es una farsa; la idea de castigo ha perdido todo su
significado; no hay recompensas que ofrecer; la religión predica su anticuado
mensaje a gentes que se tambalean en la cuerda floja entre la apatía y la
demencia; la filosofía propone doctrinas que solo los filósofos pueden
comprender; la psicología se esfuerza en definir un comportamiento basándose en
reglas caducas hace ya más de cincuenta años; la economía parte del principio
de una expansión infinita, calculada como necesaria para paliar un fantástico
aumento demográfico; las ciencias físicas nos ofrecen los medios de mantener
esta expansión hasta que cada metro cuadrado de la superficie terrestre esté
ocupado por un ser humano; en cuanto a mi propio campo, la política, su
utilidad se limita a permitirnos luchar provisionalmente contra fuerzas
gigantescas... luchar hasta que todo se derrumbe o estalle a nuestro alrededor.
—Y
no crea —añadió Manisfree— que nosotros nos consideramos libres de toda culpa
en ese asunto. Aunque los educadores nos hallemos a un nivel de competencia
situado por encima de la media, a menudo permanecemos apartados de las
preocupaciones públicas. Entre nuestros alumnos, los más dotados se convierten
a su vez en profesores, lo cual los aparta como nosotros de la vida y los
encierra en sus respectivas torres de marfil. Los otros, mientras se adormecen
en nuestras monótonas conferencias, no sueñan más que en abandonarnos y ocupar
su lugar en ese mundo demente. No llegamos hasta ellos, Joenes, no les
enseñamos a pensar.
—Más
bien obtenemos con ellos un resultado exactamente contrario al deseado —dijo
Blake—. No hacemos más que inspirarles a nuestros alumnos un auténtico odio a
tener que pensar. Llegan incluso a desconfiar de la civilización, a despreciar
la ética, a no ver en la ciencia más que un medio de medrar. Ahí es donde hemos
fracasado, y somos culpables de ello. Y todo el mundo sufre por nuestro
fracaso.
Los
profesores permanecieron silenciosos durante un tiempo. Luego, Harris añadió:
—Éstos
eran nuestros problemas. Pero nos hemos despertado de nuestro letargo.
Construyendo Chorowait, hemos reaccionado. Lo único que deseo es que estemos
aún a tiempo.
Joenes
ardía en deseos de saberlo todo respecto a aquella comunidad que debía resolver
tan trágicos problemas. Pero los profesores se negaron a responder a sus
preguntas.
—Muy
pronto verá Chorowait con sus propios ojos, Joenes—le dijo Manisfree—. Así
podrá juzgar usted sobre hechos y no sobre palabras.
Finalmente,
llegaron a las montañas; el viejo coche de Manisfree gemía y pedorreaba
subiendo las abruptas pendientes, derrapaba en las cerradas curvas. De pronto,
Blake palmeó el hombro de Joenes y le señaló con el dedo una verdadera montaña
que destacaba claramente entre todas las demás montañas que la rodeaban. Supo
que aquello era Chorowait.
COMO
FUNCIONABA LA UTOPÍA
El
coche de Manisfree escaló trabajosamente el camino surcado por profundas
roderas que serpenteaba a lo largo de la ladera del monte Chorowait. Unos
kilómetros más adelante, el camino estaba cortado por unos troncos. Abandonaron
el vehículo y continuaron a pie, primero por un estrecho camino de tierra
batida, luego por un sendero que atravesaba el bosque, y finalmente a través
del mismo bosque, guiados únicamente por la regular inclinación del terreno.
Los
profesores estaban ya al borde del agotamiento cuando vieron a dos hombres de
Chorowait avanzar a su encuentro.
Iban
vestidos con pieles de ciervo. Cada uno de ellos llevaba un arco y un carcaj
lleno de flechas. Tenían el rostro curtido, los colores de la salud, y parecían
llenos de energía. Ofrecían un extraño contraste con la piel pálida, los
hombros arqueados y el pecho hundido de los profesores.
Manisfree
hizo las presentaciones.
—Éste
es Lunu —le dijo a Joenes, señalando al más alto de los dos hombres—. Es el
jefe de la comunidad. Su compañero se llama Gat, y nadie puede superarlo en el
arte de seguirles la pista a los animales.
Lunu
se dirigió a los profesores en una lengua que Joenes no había oído nunca antes.
—Nos
da la bienvenida —le susurró Dalton.
Gat
añadió algo.
—Dice
que este mes hay muchas cosas buenas para comer —tradujo Blake—. Nos pide que
le acompañemos hasta el poblado.
—¿Qué
idioma está hablando? —preguntó Joenes.
—El
chorowaitiano —dijo el profesor Vishnu, del Departamento de Sánscrito—. Es una
lengua artificial que hemos inventado especialmente para la comunidad, y por
muy importantes razones.
—Nosotros
—dijo Manisfree— sabemos que las cualidades intrínsecas de un lenguaje tienden
a modelar los procesos mentales, así como a preservar las estratificaciones
étnicas y sociales. Éste es uno de los motivos por los cuales juzgamos en su
momento absolutamente necesario dotar a Chorowait de un nuevo lenguaje.
—No
fue fácil —dijo Blake, con una ensoñadora sonrisa.
—Éramos
muchos los que deseábamos la más extrema simplicidad —dijo Hanley, de
Antropología—. Nos hubiera gustado contentarnos con una serie de gruñidos
monosílabos que ofrecieran un obstáculo natural a los pensamientos a menudo
destructores del hombre.
—Pero
éramos también muchos los que deseábamos un lenguaje de. una increíble
complejidad, dotado de varios niveles distintos de abstracción —dijo Chandler,
de Filosofía—. Creíamos que este tipo de lenguaje tendría exactamente los
mismos efectos de los gruñidos monosílabos, pero respondería mejor a las
necesidades del ser humano.
—¡La
lucha fue encarnizada! —dijo Dalton.
—Terminamos
poniéndonos de acuerdo sobre un lenguaje cuya frecuencia vocal correspondiera
aproximadamente a la del anglosajón —dijo Manisfree—. A nuestro Departamento de
Francés no le gustó en absoluto la idea, por supuesto. Quería tomar como modelo
el antiguo provenzal. Pero la mayoría se pronunció en contra.
—Sin
embargo, su influencia no dejó de hacerse notar —dijo el profesor Vishnu—. Pese
a conservar la frecuencia vocal anglosajona, adoptamos el modo de pronunciación
del antiguo provenzal. Sin embargo, apartamos deliberadamente de la
construcción de las raíces todos los elementos indoeuropeos.
—Lo
cual —dijo Dalton— hizo que nuestras investigaciones tuvieran que ser enormes.
Gracias a Dios, la señorita Hua estaba allí para ocuparse del trabajo más
pesado. Lástima que esa chica sea tan poco agraciada.
—La
primera generación de chorowaitianos es bilingüe —dijo Manisfree—. Pero sus
hijos, o sus nietos, no hablarán más que el chorowaitiano. Espero vivir lo
suficiente para ver este momento. Nuestra lengua ha producido ya en las
costumbres de la comunidad un efecto perceptible.
—Piense
—dijo Blake— que las palabras «incesto», «homosexualidad», «violación»,
«asesinato», no existen en chorowaitiano.
—Nosotros
llamamos a todas estas cosas Aleewadith —dijo Lunu en inglés—, que significa:
«lo que no debe ser pronunciado».
—Ésto
—dijo Dalton— es una prueba de lo que puede conseguirse a través de la
semántica.
Lunu
y Gat condujeron a sus visitantes hasta el poblado chorowaitiano. Joenes
inspeccionó Chorowait durante el resto del día.
Vio
que las cabañas de la comunidad estaban construidas con ramas y corteza de
abedul. Las mujeres preparaban la comida en fuegos instalados al aire libre,
tejían la lana de los carneros y se ocupaban de los niños. Los hombres araban
los campos de abruptas pendientes con arados fabricados por ellos mismos,
cazaban en los profundos bosques o pescaban en las frías aguas del Adirondack,
y volvían cargados con ciervos, conejos o truchas que compartían con los demás
miembros de la comunidad.
En
todo Chorowait no podía hallarse ni un solo artículo manufacturado. Todos los
utensilios eran de fabricación local. Los cuchillos que servían para
despellejar la caza, por ejemplo, venían directamente del mineral extraído por
los chorowaitianos. Y cuando alguna cosa no podía hacerse con las propias
manos, la comunidad prescindía de ella.
Joenes
observó todo aquello antes de la llegada de la noche, y se sintió
favorablemente impresionado por la independencia, la industria y la alegría que
reinaban en la comunidad. Pero el profesor Harris, que lo acompañaba en su gira
de inspección, parecía querer hacerle olvidar ese aspecto de Chorowait.
—Todo
ésto —repetía constantemente como si se disculpara—, es superficial, Joenes.
Usted debe estar diciéndose : no es más que una de esas aburridas experiencias
de vida pastoral.
Joenes
no había visto nunca ese tipo de experiencias, e incluso ignoraba su
existencia. Dijo que el intento le parecía plenamente conseguido.
—Por
supuesto, por supuesto —suspiró Harris—. Pero se han producido ya innumerables
tentativas de este tipo. Muchas de ellas empezaron bien y terminaron mal. La
vida pastoral tiene su encanto, principalmente cuando es adoptada por personas
instruidas, decididas, idealistas. Pero generalmente está condenada a hundirse
en la desilusión, el cinismo y el abandono.
—¿Eso
es lo que le ocurrirá a Chorowait?
—Creemos
que no. El fracaso de nuestros predecesores nos ha enseñado mucho. Hemos
estudiado las razones de esos fracasos, y hemos podido rodear Chorowait de
timbres de alarma. Muy pronto podrá ver usted esos timbres de alarma.
Aquella
noche, tras una sencilla y poco apetecible cena compuesta de leche, queso, pan
sin levadura y uva, Joenes siguió a sus guías hasta el Haierogu o lugar de
plegarias.
Era
un claro en el bosque, donde los chorowaitianos adoraban al sol durante el día
y a la luna durante la noche.
—La
religión fue un problema —le susurró Hanley a Joenes, mientras la multitud se
postraba a la pálida claridad de la luna—. Queríamos evitar todo lo que
recordara la tradición judeo-cristiana. El hinduismo y el budismo tampoco nos
llamaban demasiado la atención. De hecho, tras nuestras intensivas
investigaciones, ninguna doctrina nos sedujo. Algunos de nosotros hubieran
deseado inspirarse en las deidades T'iele que se veneran al sudeste de
Zanzíbar; otros se decantaban en favor del Viejo Dhavagna, adorado por una
oscura secta de negros Thais. Pero finalmente llegamos a un compromiso con la
deificación del sol y de la luna. Además, no nos falta precedentes históricos:
podíamos presentar esta doctrina a las autoridades del estado de Nueva York
como una forma de cristianismo primitivo.
—¿Eso
era importante? —preguntó Joenes.
—Enormemente.
Se sorprendería usted si supiera lo difícil que es obtener un permiso para un
lugar como éste. Teníamos que probar también que el sistema empleado en nuestra
comunidad era el de la libre empresa. Lo cual no dejaba de presentar sus
problemas, ya que aquí todos los bienes pertenecen a la comunidad.
Afortunadamente, por aquel entonces teníamos a Gregorias como profesor de
Lógica, y pudo convencer a las autoridades.
Los
adoradores se balanceaban y gemían cadenciosamente. Un viejo se adelantó, con
el rostro manchado con arcilla amarilla, y empezó a cantar en chorowaitiano.
—¿Qué
es lo que está diciendo? —preguntó Joenes.
—Está
entonando una plegaria particularmente hermosa adaptada por Geoffrard de una
oda de Píndaro. Esta parte dice:
«Oh,
Luna, vestida en tu pudor con la más fina gasa, Deslizándote con paso suave
sobre la cima de los árboles, Ocultándote tras la Acrópolis para huir de tu
fiero amante, el Sol, Y rozando con tus virginales dedos el blanco mármol del
Partenón.
Es a
ti a quien tu pueblo dirige esta plegaria, Pidiendo tu intercesión para que le
protejas De la amenaza de las horas oscuras, Y lo preserves, por una sola
noche, De la Bestia que merodea por el mundo.»
—Precioso
—dijo Joenes—. Pero ¿por qué la Acrópolis y el Partenón?
—Francamente
—dijo Harris—, nunca he comprendido los motivos ni su utilidad. Pero el
Departamento de Clásicos, en su tiempo, le concedió mucha importancia a este
detalle. Y como hasta entonces eran la Economía, la Antropología, la Física y
la Química quienes habían prevalecido en todas las discusiones, les dejamos que
usaran su Partenón. A fin de cuentas, cuando se trabaja en común hay que
transigir alguna que otra vez.
Joenes
asintió.
—¿Y
qué hay de la parte que habla de la amenaza de las horas oscuras, y de la
Bestia que merodea por el mundo?
Harris
le guiñó un ojo.
—El
miedo es necesario —dijo.
Joenes
fue alojado para pasar la noche en una pequeña cabaña construida totalmente sin
clavos. Su cama de agujas de pino era deliciosamente rústica, pero también
terriblemente inconfortable. Tras haber buscado durante largo tiempo la
posición menos dolorosa, se hundió en un tenue sueño.
Fue
despertado por el contacto de una mano en su hombro. Levantando la cabeza, vio
a una muchacha extraordinariamente hermosa inclinada sobre él con una suave
sonrisa. Joenes se sintió repentinamente incómodo, no por sí mismo sino porque
creyó que la muchacha se había equivocado de cabaña. Pero no tardó en darse
cuenta de su error.
—Me
llamo Laka —dijo ella—. Soy la esposa de Kor, el jefe de la Asociación de
Jóvenes Adoradores del Sol.
—He
venido a dormir contigo esta noche, Joenes, y hacer todo lo que esté a mi
alcance para que tu estancia en Chorowait sea agradable.
—Gracias
—dijo Joenes—. Pero ¿tu marido está al corriente de tu presencia aquí?
—El
hecho de que mi marido lo sepa o no, no tiene la menor importancia —dijo Laka—.
Kor es un hombre creyente, acepta las costumbres de Chorowait. Y las costumbres
y la religión quieren que acojamos a nuestros huéspedes de este modo. ¿No te lo
ha explicado el profesor Hanley?
Joenes
respondió que Hanley, de Antropología, ni siquiera le había hecho la menor
alusión al respecto.
—Entonces
es que quería sorprenderte agradablemente —dijo Laka—. Fue él precisamente
quien la estableció: la tomó de un libro.
—No
tenía la menor idea —dijo Joenes, girándose de costado para hacerle frente a
Laka, que se había tendido a su lado sobre las agujas de pino.
—Parece
incluso que el profesor Hanley insistió mucho en este punto —dijo la joven—. Al
principio halló alguna oposición por parte del Departamento de
Ciencias.
Pero Hanley les dijo que si la gente necesita religión, necesita también unas
costumbres y unas prácticas y que estas costumbres y estas prácticas deben ser
elegidas por un experto. Al final, su punto de vista fue el que prevaleció.
—Entiendo
—dijo Jones—. ¿Seleccionó Hanley otras costumbres similares a ésta?
—Bueno
—dijo Laka—, están las Saturnales, y las Bacanales, y los Misterios de Eleusis,
y el Festival de Dionisio, y el Aniversario del Fundador, y los Ritos de
Fertilidad de la Primavera y del Otoño, y la Adoración de Adonis, y...
Aquí
Joenes la interrumpió, haciendo notar que parecía haber muchas celebraciones en
los Montes Chorowait.
—Sí
—dijo Laka—. Esto nos da mucho trabajo a nosotras las mujeres, pero ya estamos
acostumbradas a ello. Los hombres no están tan convencidos. Les gustan mucho
las fiestas, pero tienden a ponerse celosos e irritables cuando son sus propias
mujeres las que participan en ellas.
—¿Qué
es lo que hacen entonces? —preguntó Joenes.
—Siguen
el consejo del doctor Broing, del Departamento de Psicología. Practican una
carrera de cinco kilómetros entre los matorrales, se arrojan a las heladas
aguas de un río, lo atraviesan a nado, y luego aporrean un saco de arena hasta
caer completamente agotados. Según el doctor Broing, el agotamiento completo va
siempre acompañado de una ausencia total de emociones, aunque sea temporal.
—¿Y
esa receta del doctor funciona? —preguntó Joenes.
—Parece
ser infalible —dijo Laka—. Si la cura no tiene un éxito completo la primera
vez, hay que repetirla tantas veces como sea necesario. Además, tiene la virtud
de tonificar los músculos.
—Es
muy interesante —dijo Joenes. Sintiendo a Laka muy cerca de él, dejó
repentinamente de sentir deseos de prolongar aquella conversación
antropológica. Suavemente, adelantó una mano y acarició los negros cabellos de
la joven.
Laka
tuvo un movimiento instintivo de retroceso.
—¿Qué
ocurre? —preguntó Joenes—. ¿No debo tocar tus cabellos?
—No,
no es eso —dijo Laka—. El problema es que generalmente me disgusta que me
toquen. Créeme, esa repulsión no tiene nada que ver contigo en particular. Es
mi propia naturaleza, eso es todo.
—No
lo entiendo —dijo Joenes—. ¿Y pese a eso has venido voluntariamente a vivir a
esa comunidad, y sigues en ella por tu propia voluntad?
—Oh,
por supuesto que sí —dijo Laka—. Es curioso, pero un gran número de personas
civilizadas que se sienten atraídas por un modo de vida primitivo experimentan
una clara aversión hacia todo lo que se ha convenido en llamar los placeres de
la carne. Los profesores estudian este fenómeno con gran interés. Mi caso no
tiene nada de particular: me gustan las montañas y los prados, las actividades
concretas, el trabajo de los campos, la caza y la pesca. Con tal de seguir
disfrutando de esas cosas, estoy dispuesta a dominar el disgusto que me
producen todas las experiencias sexuales.
Joenes
consideró que aquello era sorprendente, y pensó en las dificultades que se
producen cuando uno intenta poblar con personas humanas una comunidad utópica.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por Laka, que había recuperado su
autodominio: cuidando escrupulosamente sus reacciones, pasó su brazo en torno
al cuello de Joenes y lo atrajo hacia ella.
Pero
ahora Joenes ya no sentía por ella más deseo del que podría sentir por un árbol
o por una nube. Suavemente, se soltó de su abrazo y dijo:
—No,
Laka, no quiero violentar tus inclinaciones naturales.
—¡Pero
debes hacerlo! —exclamó ella—. ¡Es la costumbre!
—Teniendo
en cuenta que no formo parte de la comunidad, no tengo ninguna obligación de
seguir vuestras costumbres.
—Supongo
que tienes razón —dijo ella—. Sin embargo, los demás profesores siguen las
costumbres, y esperan a que llegue el día para discutir si tienen razón o están
equivocados.
—Ese
es su problema —dijo Joenes, inconmovible.
—Es
culpa mía —dijo Laka—. Tengo que saber dominarme mejor. ¡Si supieras lo que he
rezado para conseguir este autodominio que me falta!
—No
lo dudo —dijo Joenes—. Pero el ofrecimiento ha sido hecho, el espíritu de la
costumbre se ha respetado. Piensa en ello, Laka, y regresa con tu marido.
—Me
moriría de vergüenza —dijo Laka—. Las demás mujeres sabrían que no he cumplido
con mi deber si me vieran regresar antes del alba, y se burlarían de mí. Y mi
marido se mostraría muy irritado.
—Pero
¿no me has dicho que se sentía celoso e irritable cuanto tu hacías esto?
—Oh,
claro que sí —dijo Laka—. ¿Qué hombre sería si no reaccionara así? Pero siente
también un gran respeto hacia la ciencia, y cree profundamente en las
costumbres de Chorowait. Es por eso por lo que desea que yo me pliegue a ellas,
aunque él tenga que sufrir.
—Debe
de ser un hombre muy infeliz —dijo Joenes.
—Al
contrario, es más feliz que cualquier otro hombre de la comunidad. Mi marido
cree que la verdadera felicidad es de tipo espiritual, y sólo el dolor permite
llegar hasta ella. Así pues, su dolor lo hace feliz. Esto es al menos lo que él
me dice. Por otro lado, sigue casi todos los días la prescripción del doctor
Broing, y en la actualidad supera, tanto en la carrera como en la travesía a
nado a todos sus compañeros.
Joenes
no hubiera querido por nada del mundo causarle dolor al marido de Laka, aunque
este dolor lo hiciera a fin de cuentas feliz. Pero tampoco quería hacer sufrir
a Laka enviándola de vuelta a su casa. Y no quería tampoco hacerse sufrir a sí
mismo realizando un acto que ahora le repugnaba. La situación parecía
insoluble. Finalmente, le dijo a Laka que fuera a dormir al extremo opuesto de
la cabaña, lo cual le ahorraría al menos las burlas de las demás mujeres.
Laka,
con labios fríos, depositó un beso en la frente de Joenes, y luego se acurrucó
sobre las agujas de pino en el otro extremo de la cabaña y se durmió; Joenes,
por su parte, tardó mucho tiempo en dormirse; finalmente, cayó en un inquieto
sopor.
Sin
embargo, los acontecimientos de aquella noche no habían terminado. Serían las
dos o las tres de la madrugada cuando Joenes se despertó sobresaltado,
inquieto, sin saber exactamente por qué. La luna se había ocultado, la
oscuridad era profunda. Los grillos, los pájaros nocturnos, los pequeños
animales del bosque, todo estaba en silencio.
Joenes
sintió que un estremecimiento recorría su espina dorsal. Se giró hacia la
puerta, convencido de que el marido de Laka había venido para matarle. Joenes
había estado pensando en aquello toda la noche, ya que tenía sus dudas respecto
a la prescripción del doctor Broing.
Pero
lo que había sumido a la noche en el silencio no era el furor de un marido
celoso. Se dio cuenta de ello al oír el terrorífico rugido lleno de cólera y de
pasión, un rugido como jamás garganta humana podría emitir. El rugido se cortó
repentinamente, y la maleza en el exterior de la cabaña crujió bajo el peso de
una enorme criatura.
—¿Qué
es eso? —preguntó Joenes.
Laka
se había puesto en pie, y se había abrazado a Joenes con tanta fuerza que
parecía querer fundirse en él. Susurró:
—¡Es
la Bestia!
—¡Pero
yo creía que esa Bestia era un mito! —exclamó Joenes.
—No
hay mitos en los Montes Chorowait —dijo Laka— . Adoramos al sol y a la luna,
que son reales. Y tememos a la Bestia, que también es muy real. A veces
conseguimos apaciguarla o echarla. Pero esta noche ha venido a matar.
Joenes
no dudó de la autenticidad de sus palabras, sobre todo cuando oyó el estruendo
de una enorme masa lanzada contra la pared de la cabaña. La pared, aunque
estaba hecha de troncos de árboles ensamblados con ayuda de pasadores y de
lianas, no resistió el embate. Y, levantando los ojos, Joenes se encontró
mirando cara a cara al temible rostro de la Bestia.
LA
BESTIA DE UTOPÍA
Aquella
criatura no se parecía a nada que Joenes hubiera visto antes. Su masiva cabeza
parecía la de un tigre, excepto por el color, más bien negro que leonado. Su
torso, provisto de dos rudimentarias alas, hacía pensar en algún pájaro
monstruoso. Sus ancas recordaban las de un reptil, y se remataban con una cola
cuya longitud era al menos el doble de la de su cuerpo, el grosor como una
pierna humana, y estaba completamente recubierta de escamas y de espinas.
Joenes
captó todo esto en un solo instante, tan fuerte fue la impresión que la Bestia
causó a sus sentidos. En el momento en que la Bestia se agazapaba para saltar,
Joenes tomó a la desvanecida Laka entre sus brazos y huyó a todo correr. Antes
de lanzarse en su persecución, la Bestia se demoró, por puro entretenimiento,
en una concienzuda labor de destrucción.
Joenes
consiguió reunirse con un grupo de cazadores que, al mando de Lunu, se
preparaban para combatir al monstruo con sus arcos y sus lanzas.
A su
lado estaban el brujo del poblado y sus dos asistentes. El arrugado rostro del
viejo brujo estaba pintado de ocre y azul, en su mano derecha blandía un
cráneo, y con su izquierda hurgaba frenéticamente en un montón de ingredientes
mágicos. Para emplear bien su tiempo, mientras hacía todo esto increpaba a sus
asistentes con las más terribles injurias.
—¡Imbéciles!
—gritaba— ¡Ineptos! ¡Tres veces idiotas! ¿Dónde está el moho que retiramos de
la cabeza del cadáver?
—Bajo
vuestro pie derecho, señor —dijo uno de los asistentes.
—¿Y
a quién se le ocurrió la maldita idea de ocultarlo ahí? ¡Dádmelo, rápido! ¿Y el
hilo rojo arrancado del sudario?
—En
vuestra bolsa, señor —dijo el otro asistente.
El
brujo tomó el hilo, lo pasó por las órbitas del cráneo, metió el moho por sus
fosas nasales, y luego se giró a sus ayudantes.
—A
ti, Huang, te envié a leer las estrellas, y a ti, Pollito, a descifrar el
mensaje del alce sagrado. Decidme rápidamente y sin vacilar el contenido de
esos mensajes y lo que los dioses nos ordenan hacer para apaciguar a la Bestia
esta noche.
—Las
estrellas —dijo Huang— exigen que se rodee el cráneo con una rama de romero,
cuidando de anudarla de derecha a izquierda.
El
brujo tomó una rama de romero de su montón de ingredientes y la sujetó al
cráneo con ayuda de otro hilo arrancado al sudario, cuidando de anudarla de
derecha a izquierda.
—El
alce sagrado —dijo Pollito —quiere que se le de a respirar al cráneo de rapé
una pulgarada, y afirma que con esto la cosa estará acabada.
—Déjate
de falsas rimas y dame el rapé —gruñó el brujo.
—No
lo tengo, señor.
—¿Dónde
está, entonces?
—Ayer
noche nos dijisteis que os habíais procurado un saquito y que lo habíais puesto
a buen recaudo en algún lugar seguro.
—Por
supuesto, pero ¿dónde? —exclamó el brujo, hurgando en su montón de
ingredientes.
—Tal
vez en el Altar Subterráneo —sugirió Huang.
—O
tal vez en el Lugar Sagrado —aventuró Pollito.
—No,
esos dos sitios no me recuerdan nada —dijo el brujo—. Dejadme pensar...
La
Bestia, sin embargo, no atendió a sus deseos. Salió de la cabaña al trote y
enfiló directamente hacia el grupo de cazadores. Una docena de flechas y lanzas
zumbaron en el aire como un enjambre de furiosas avispas yendo a su encuentro,
aunque sin excesivo éxito. Indemne, la Bestia abrió una gran brecha en el
frente de cazadores. El brujo y sus ayudantes recogieron rápidamente sus
ingredientes y se pusieron a salvo en el bosque. Los cazadores volvieron
también grupas, pero Lunu y dos de sus compañeros resultaron muertos.
Joenes
siguió a los cazadores, con el terror dándole alas a los pies. Finalmente llegó
a un claro en cuyo centro se levantaba un altar de piedras enmohecidas por el
tiempo. Allí encontró de nuevo al brujo y a sus dos ayudantes, tras los cuales
se apretujaba un tembloroso grupo de cazadores. Los aullidos de la Bestia
resonaron con redoblada intensidad en el bosque.
El
brujo escarbaba el suelo cerca del altar, murmurando:
—Estoy
casi seguro de haber ocultado aquí el rapé. Ayer por la tarde vine aquí a
implorar sobre esta ara la bendición particular del sol. Pollito, ¿recuerdas lo
que hice a continuación?
—Yo
no estaba aquí, señor —dijo Pollito—. Vos me dijisteis que debíais realizar un
ritual secreto y que nuestra presencia aquí estaba prohibida.
—Por
supuesto que vuestra presencia aquí estaba prohibida —gruñó el brujo, cavando
vigorosamente alrededor del altar con la punta de su báculo—. Pero ¿acaso no me
espiasteis?
—Nunca
nos atreveríamos a hacerlo, señor —sollozó Huang.
—¡Cretinos
de poca monta! ¡Conformistas! —apostrofó el brujo—. ¿Cómo esperáis ocupar algún
día mi puesto si no aprovecháis todas las ocasiones de espiarme?
La
Bestia hizo su aparición al otro extremo del claro, a menos de cincuenta metros
del grupo. En aquel mismo momento el brujo se inclinó, luego volvió a
enderezarse exhibiendo triunfalmente en la mano un saquito de piel de ciervo.
—¡Aquí
está! —exclamó—. Exactamente debajo del maíz sagrado que enterré ayer por la
tarde. ¡Vamos, zoquetes, rápido, otro hilo!
Pollito
le tendía ya uno. Con una gran destreza, el brujo anudó el saquito a la
mandíbula inferior del cráneo, tomando buen cuidado de enrollar el hilo tres
veces y de derecha a izquierda. Luego sopesó el cráneo entre sus manos y dijo:
—¿Habré
olvidado alguna cosa? No, no creo. Ahora pues, observad, hombres sin espíritu,
observad bien a vuestro brujo y presenciad el prodigio.
Avanzó
hacia la Bestia, sujetando el cráneo con las dos manos. Joenes, los dos
ayudantes del brujo y los cazadores contemplaron asombrados al monstruo que,
tras haber escarbado con sus pezuñas un agujero de más de un metro de
profundidad, en sus preparativos para el ataque, dio un salto por encima de él
y, con aire amenazador, se dirigió en tromba hacia el brujo.
El
viejo, impávido, siguió avanzando. En el último momento lanzó el cráneo contra
la Bestia, que recibió el impacto en pleno pecho. El golpe le pareció a Joenes
más bien débil; sin embargo, el monstruo lanzó un bramido de dolor, giró sobre
sus pezuñas y se hundió a grandes saltos en el bosque.
Los
cazadores estaban demasiado cansados como para celebrar su victoria contra la
Bestia. Regresaron silenciosos a sus cabañas.
—Espero
que hoy al menos habréis aprendido algo —dijo el brujo a sus dos ayudantes—.
Para que el exorcismo sea eficaz, el cráneo, o aharbitus, debe golpear a la
Bestia en pleno pecho. De otro modo, su furor no hará más que aumentar. Ahora
podéis iros. Mañana estudiaremos el exorcismo de los tres cadáveres, que tiene
un muy hermoso ritual.
Joenes
tomó entre sus brazos a Laka, aún desvanecida, y la llevó de vuelta a lo que
quedaba de su cabaña. Apenas cruzado el umbral, Laka recuperó el sentido e,
inmediatamente, lo ahogó bajo un diluvio de besos. Joenes la dejó en el suelo,
suplicándola que no hiciera violencia a sus sentimientos y no excitara sus
emociones de hombre. Pero la joven declaró que había cambiado, aunque no sabía
si el cambio era tan sólo provisional o sería permanente. El espectáculo de la
Bestia, argumentó, el valor que había demostrado Joenes arrancándola de sus
garras, la habían transformado hasta lo más profundo de su ser. Y luego, la
muerte del pobre Lunu le había hecho darse cuenta de la importancia que tenía
la pasión en una existencia efímera.
Aquella
explicación no acabó de convencer a Joenes, pero pese a todo no podía negar que
Laka había cambiado en efecto. Sus ojos brillaban y, de repente, con una
agilidad que recordaba un poco a la de la Bestia, saltó sobre Joenes y lo tiró
de espaldas sobre el lecho de agujas de pino.
Joenes
se dijo que, si conocía mal a los hombres, mucho menos aún conocía a las
mujeres. Y las agujas de pino se le clavaban horriblemente en la espalda. Pero
olvidó muy pronto su dolor y su ignorancia. De hecho, no tuvo la menor
oportunidad de pensar en ellos hasta que los primeros rayos del sol penetraron
en la cabaña, y Laka se marchó para regresar junto a su esposo.
NECESIDAD
DE LA BESTIA DE UTOPÍA
Por
la mañana, Joenes se reunió con sus colegas de la Universidad. Les contó sus
aventuras de la noche anterior, y les reprochó no haberle prevenido acerca del
peligro que lo amenazaba.
—¡Pero
querido Joenes! —protestó el profesor Hanley—. Era necesario que viera usted
con sus propios ojos este aspecto esencial de Chorowait para poder estudiarlo
sin prejuicios.
—¿Incluso
aunque ello hubiera costado la vida? —exclamó Joenes, furioso.
—Oh,
usted no ha corrido ni por un momento el menor peligro —dijo el profesor
Chandler—. La Bestia no ataca nunca a las personas relacionadas más o menos de
cerca con la Universidad.
—Sin
embargo, parecía muy decidida a acabar conmigo.
—Por
supuesto que parecía decidida —dijo Manisfree—. Pero de hecho su objetivo era
Laka, una víctima mucho más propiciatoria, puesto que es miembro de Chorowait.
Podía ocurrir que usted resultara ligeramente lastimado cuando la Bestia le
arrancara a la joven de los brazos, pero no había la menor posibilidad de que
le ocurriera algo más grave que algunas contusiones leves.
Joenes
sintió una cierta decepción al saber que el peligro que tan próximo le había
parecido la noche anterior no había existido nunca. Para disimular su despecho,
preguntó :
—¿Qué
es esa criatura, y a qué especie pertenece?
Geoffrard,
de Clásicos, carraspeó con aire de suficiencia y dijo:
—La
Bestia que vio usted esta noche pasada es única en su género, y no hay que
confundirla ni con la que perseguía Sir Pellinore ni con las Bestias del
Apocalipsis. La Bestia de Chorowait está más bien emparentada con el Opinicus,
que según los antiguos era en parte camello, en parte dragón y en parte león,
aunque ignoremos en qué proporción era cada una de esas tres cosas. Sin
embargo, incluso ese parentesco es superficial. Como le he dicho ya, nuestra
Bestia es única en su género.
—¿De
dónde procede? —preguntó Joenes.
Los
profesores se miraron y soltaron una risita, como escolares gastándole una
inocente broma a su profesor. Blake, de Física, fue el primero en controlarse y
decir a Joenes:
—De
hecho, nos corresponde a nosotros el honor de haberla creado. La fabricamos
pieza a pieza y miembro a miembro en el Laboratorio de Química, durante
nuestros fines de semana y nuestros ratos libres. Todo el cuerpo de profesores
colaboró en su gestación y su puesta a punto, pero debo señalar muy
particularmente la contribución de los profesores de Química, Física,
Matemáticas, Cibernética, Medicina y Psicología, sin olvidar a los profesores
de Clásicos y Antropología, a los cuales debemos la idea en sí. El profesor
Elling, de Artes Aplicadas, merece también una citación: él fue quien recubrió
el cuerpo de la Bestia con una piel de plástico extremadamente resistente.
Finalmente, citaré a la señorita Hua como nuestra asistente, ya que si ella no
hubiera estado allá para registrar y clasificar cuidadosamente nuestras
observaciones, nuestra empresa hubiera corrido el probable peligro de
derrumbarse.
Los
profesores escuchaban divertidos el discurso de Blake. Joenes, para quien el
misterio no había hecho más que convertirse en enigma, seguía sin comprender
nada.
—Entonces
—dijo finalmente— la construcción de la Bestia debió ser una tarea muy difícil.
—¡Oh,
sí! —dijo Ptolomeo, de Matemáticas—. Sin tener en cuenta el tiempo empleado y
el desgaste normal de los instrumentos de laboratorio, la fabricación de los
elementos especiales nos costó doce millones cuatrocientos doce dólares con
sesenta y tres centavos. Hoggshead, de Contabilidad, tiene anotados
cuidadosamente todos nuestros gastos para el caso en que se nos pidiera cuentas
de los mismos.
—¿Y
de dónde sacaron ustedes el dinero? —preguntó Joenes.
—Fuimos
subvencionados por el Gobierno, por supuesto —dijo Harris, de Ciencias
Políticas—. Yo y mi colega Finfitter, de Economía, nos encargamos de reunir los
fondos. Nos llegó incluso para organizar una gran fiesta con la que celebrar la
terminación de la Bestia. Lástima que usted no estuviera aún con nosotros por
aquella época, Joenes.
Harris
previo la pregunta que iba a hacer Joenes:
—Claro
que nunca le hemos dicho al gobierno qué era lo que estábamos haciendo.
Hubiéramos obtenido igualmente, sin la menor duda, nuestra subvención, pero
hubiéramos tenido que aguardar mucho tiempo y llenar papeles y más papeles. Les
dijimos que estábamos estudiando la posibilidad de una autopista subterránea de
ocho carriles que cruzara el país de uno a otro extremo, para proteger la
defensa nacional. Es inútil que le diga que el Congreso, que siempre está
reclamando se mejore la red de comunicaciones, votó inmediatamente en nuestro
favor, incluso con más entusiasmo del necesario.
—Somos
muchos —dijo Blake— los que creemos que esta autopista no es tan sólo
realizable sino también muy necesaria. Cuanto más pensábamos en ella, más nos
gustaba la idea. Pero la Bestia estaba antes. E, incluso con los fondos del
gobierno, la tarea era tremendamente difícil.
—¿Recuerdan
—dijo Ptolomeo— las enormes dificultades que tuvimos cuando quisimos programar
el cerebro electrónico de la Bestia?
—¡Oh,
Dios, sí! —rió Manisfree—. ¿Y las dificultades para dotarla de un sistema
partenogenético de reproducción?
—¡Estuvimos
a punto de quedarnos encallados allá! —dijo Dalton—. Y recuerden lo que nos
costó conseguir coordinar y estabilizar sus movimientos. Necesitamos varias
semanas para que dejara de trastabillar de una pared a otra del laboratorio.
—Fue
entonces cuando mató al viejo Duglaston, de Neurología recordó tristemente
Ptolomeo.
—Algunos
accidentes son inevitables —hizo notar Dalton—. Demos gracias que pudimos
contarle a la Administración que se había tomado su año sabático.
Los
profesores parecían tener un millar de anécdotas que contar al respecto. Pero
Joenes rompió impacientemente el hilo de sus recuerdos.
—Lo
que me gustaría saber —dijo— es por qué construyeron ustedes la Bestia.
Los
profesores permanecieron pensando unos instantes. Habían transcurrido varios
años desde aquellos lejanos días en los que habían descubierto la necesidad y
la razón de existir de la Bestia. Afortunadamente, las razones seguían siendo
válidas. Tras una corta pausa, Blake dijo: —La Bestia era necesaria, Joenes. Se
necesitaba un monstruo de ese tipo para garantizar el éxito de nuestra
experiencia y, por extensión, el logro del futuro que Chorowait representa. La
Bestia es la necesidad implícita sobre la que reposa toda nuestra utopía.
«La
Bestia, mi querido Joenes, no es nada más que la personificación de la
Necesidad. En una época como la nuestra, en la que todas las montañas son
escaladas, todos los océanos conquistados, donde los planetas se hallan al
alcance de nuestra mano y las estrellas inaccesibles, donde los dioses han
muerto y el Gobierno se desmorona, ¿qué le queda al hombre? Sin embargo,
necesita expresar su fuerza contra algo. Así pues, le hemos dado la Bestia. El
hombre no se hallará nunca solo: la Bestia acechará siempre a su alrededor. En
su ociosidad, nunca atacará a su hermano, ya que siempre deberá permanecer
alerta por miedo a que la Bestia no salte de improviso sobre él. —La Bestia
asegura la estabilidad y la cohesión de Chorowait —dijo Manisfree—. Si los
miembros de la comunidad no se unieron para combatirla, ella los iría matando
uno a uno. Es gracias a los esfuerzos de la población como un conjunto que sus
depredaciones se mantienen dentro de unos límites razonables.
—Y
gracias a ella siguen respetando la religión —dijo Dalton—. Uno necesita creer
en algo cuando siente a la Bestia rondando a su alrededor.
—Es
la negación misma de la complacencia —dijo Blake—. Uno no puede sentirse
satisfecho de sí mismo cuando se halla frente a la Bestia.
—Gracias
a la Bestia —siguió Manisfree—, la comunidad de Chorowait es feliz, se siente
unida, es creyente, está próxima a la tierra y se siente consciente de las
ventajas de la virtud.
—Pero
¿qué es lo que impide a la Bestia destruir de golpe a toda la comunidad?
—preguntó Joenes.
—Su
programa —dijo Dalton.
—¿Perdón?
—La
Bestia fue programada, es decir, en su cerebro artificial fueron introducidas
algunas informaciones y algunas reacciones. Es inútil que le digamos que
operamos con máximo cuidado en esa fase de nuestra operación.
—¿Le
enseñaron ustedes a no matar a los profesores de la Universidad?
—Esto...,
sí. Confieso que no nos sentimos muy orgullosos por ello, pero creímos que era
lo mejor, al menos por un cierto tiempo.
—¿Y
qué más introdujeron en su programa?
—A
atacar prioritariamente al jefe de Chorowait o al grupo que rige la comunidad,
luego a las personas corrompidas, y finalmente a cualquier otro chorowaitiano.
En consecuencia, el jefe se ve en la obligación de protegerse, tanto a sí mismo
como a su pueblo, contra la Bestia. Esto basta para que no cometa tonterías.
Pero también debe cooperar con los sacerdotes, ya que de otro modo sería
impotente. Esto hace que las dos fuerzas se equilibren.
—Hemos
tenido la precaución de mantener la separación necesaria entre Iglesia y Estado
—dijo Harris—. Entienda lo que quiero decirle: no existe un sistema único,
susceptible de servir en todas las ocasiones. Por el contrario, hay un gran
número de fórmulas, que hay que calcular cada día basándose en los ciclos lunar
y estelar, y en otras variables tales como la temperatura, la humedad, la
velocidad del viento, etc.
—Estos
cálculos deben dar mucho trabajo a los sacerdotes —hizo notar Joenes.
—Efectivamente.
Tanto trabajo que no tienen tiempo de intervenir en los asuntos de estado. Para
impedir definitivamente el acceso al poder de un sacerdote rico, osado o
ambicioso, introdujimos en el cerebro electrónico de la Bestia un factor que se
presenta a intervalos irregulares. En estos casos, la Bestia ataca
exclusivamente al brujo, y a nadie más. Lo cual hace que el brujo y el jefe
corran exactamente los mismos peligros.
—¿Comprende
ahora cómo todo encaja? —dijo Blake—. El jefe y el brujo no pueden mantener sus
posiciones más que con el apoyo del pueblo. Un jefe impopular no hallará a
nadie para ayudarle a combatir a la Bestia, y no durará mucho con vida. Un
brujo impopular no recibirá las sustancias que le resultan indispensables para
apaciguarla y que deben ser reunidas gracias a los esfuerzos de toda la
población. Lo cual significa que el poder del jefe y del brujo se apoyan en el
consenso y la aprobación popular. Es decir, que la Bestia asegura a Chorowait
la existencia de una auténtica democracia.
—Hay
también algunos aspectos colaterales a todo esto —dijo Hanley, de
Antropología—. Creo que es la primera vez en toda la historia que la gama
completa de instrumentos mágicos es objetivamente indispensable. Y es también
la primera vez que una criatura tan próxima a lo sobrenatural existe realmente
sobre nuestro planeta. Esta situación, por supuesto, plantea algunos problemas,
pero esto es algo que ocurre siempre en cualquier sistema social en estadio
experimental. Afortunadamente, ese estadio está tocando ya a su fin. —Terminará
—dijo Manisfree— cuando la Bestia se reproduzca.
Los
profesores observaron un respetuoso silencio.
—Hemos
tenido que superar considerables dificultades —dijo Ptolomeo— para conseguir
que la Bestia pueda reproducirse por partenogénesis. Su progenie se extenderá
por las comunidades vecinas. Sus crías no estarán programadas como su padre,
así que nada las obligará a permanecer en los límites de Chorowait. Al
contrario, cada una de ellas buscará su propia comunidad para sembrar en ella
el terror. —Pero esas gentes no sabrán defenderse contra ellas —hizo notar
Joenes.
—Aprenderán
pronto. Acudirán a Chorowait a buscar consejo, y aprenderán las fórmulas
particulares que les permitirán vencer a sus respectivas Bestias. Así nacerán
las comunidades del futuro, que no tardarán en propagarse por toda la
superficie de la Tierra.
—Además,
no pensamos pararnos ahí —dijo Dalton animadamente—. La Bestia es una magnífica
realización, pero ni ella ni sus hijos se hallan completamente al abrigo de las
capacidades de destrucción del hombre. Así que hemos obtenido del gobierno
otras subvenciones que nos permitirán proseguir nuestra obra.
—¡Llenaremos
los cielos de vampiros mecánicos! —dijo Ptolomeo.
—¡Zombies
cuidadosamente articulados sembrarán el terror por toda la tierra! —gritó
Dalton.
—¡Monstruos
fantásticos nadarán en las profundidades de los océanos! —aulló Manisfree.
—La
humanidad —dijo Hanley— vivirá por fin entre las creaciones fabulosas en las
que siempre ha soñado: el grifo y el unicornio, el monócero y la manticora, el
hipogrifo y el centauro, todos esos y muchos monstruos más cobrarán existencia
real. La superstición y el temor reemplazarán la indolencia y el aburrimiento;
el valor renacerá, puesto que será necesario para combatir a todos esos djins.
Y la gente se alegrará cuando el unicornio apoye su cabeza en las rodillas de
la joven virgen, o cuando el Pequeño Pueblo recompense con un saco de oro al
hombre virtuoso. El avaro será infaliblemente castigado por los coreófagos, y
el lujurioso temerá el encuentro con la encarnada Afrodita Pandemos. El hombre
ya no estará solo en el universo, vivirá con criaturas tan maravillosas como él
mismo. Y en consonancia con las únicas reglas que acepta su naturaleza... ¡las
que le son impuestas por un ser sobrenatural manifestándose en la tierra!
Joenes
miró a los profesores: irradiaban satisfacción. Entonces juzgó preferible no
preguntarles si el mundo exterior deseaba realmente el reinado de lo fabuloso,
si no sería mejor consultarle antes. No les dijo tampoco que a su modo de ver
el mundo no se vería acechado por una serie de seres míticos sino por una
cierta cantidad de máquinas fabricadas por la mano del hombre y que
supuestamente deberían actuar como productos de su imaginación, unas máquinas
que, en lugar de ser divinas e infalibles, serían mortales y falibles,
estúpidamente destructivas, extremadamente irritantes y fáciles de aniquilar
desde el momento en que se hallara su punto débil.
Por
otro lado, no fue solamente por consideración hacia los sentimientos de sus
colegas por lo que Joenes se calló. Temía que aquellos entusiastas decidieran
eliminarlo si se mostraba excesivamente rebelde a sus explicaciones. Así pues,
guardó un prudente silencio y, en el coche que lo devolvía a la universidad,
pensó largamente en las grandes dificultades de la vida humana.
De
regreso a la universidad, Joenes decidió abandonar lo antes posible aquella
enclaustrada vida regida por la erudición.
10.
Cómo Joenes entró al servicio del gobierno
(según
la narración de Maaoa de Samoa)
Una
oportunidad de abandonar la universidad se le presentó a Joenes a la semana
siguiente, cuando un agente reclutador del gobierno visitó el campus. El hombre
se llamaba Ollin, y era subsecretario a cargo del Servicio de Personal. Era un
hombre pequeñito de quizá unos cincuenta años, con cabellos blancos cortados a
cepillo y una cara a lo bulldog. Daba una impresión de energía y dinamismo que
gustaron a Joenes.
El
subsecretario Ollin hizo una pequeña alocución al alumnado:
—Muchos
de ustedes ya me conocen, así que no voy a perder el tiempo con palabras
introductorias. Tan sólo quiero recordarles que el gobierno necesita hombres
talentudos y dedicados para sus distintos servicios y agencias. Mi trabajo es
reclutar a esos hombres. Cualquiera que esté interesado puede visitarme en la
habitación 222 del Viejo Scarmuth, que el Decano Fols me ha cedido
graciosamente durante mi estancia aquí.
Joenes
acudió a visitarle, y el subsecretario Ollin lo recibió calurosamente.
—Siéntese,
siéntese. ¿Un cigarrillo? ¿Una copa? Me siento feliz de ver venir a alguien.
Tenía entendido que los grandes cerebros de Stephen's Wood tenían su pequeño
proyecto personal para salvar el mundo, algo así como una especie de monstruo
mecánico, ¿no?
Joenes
se sorprendió enormemente al constatar que Ollin estaba al corriente de la
experiencia de Chorowait.
—Nosotros
tenemos siempre nuestros ojos abiertos —dijo Ollin—. Al principio nos dejamos
engañar porque pensamos que ese monstruo iba destinado a algún film de horror.
Pero ahora sabemos lo que está ocurriendo en realidad, y el FBI se ha hecho
cargo del asunto. Un tercio de la comunidad de Chorowait está compuesto por sus
hombres, trabajando en secreto. Tomaremos las medidas oportunas apenas poseamos
las pruebas suficientes.
—La
Bestia mecánica va a reproducirse dentro de muy poco tiempo —hizo notar Joenes.
—Estupendo,
así tendremos otra prueba más. Pero volvamos a usted, mi querido amigo. Supongo
que siente deseos de entrar al servicio del gobierno, ¿no?
—Aja.
Me llamo Joenes y...
—Oh,
oh, estoy al corriente de todo eso —dijo Ollin. Abrió una voluminosa cartera
portadocumentos y sacó un bloc de notas—. Veamos —dijo, girando varias
páginas—. Aquí está: Joenes. Arrestado en San Francisco por haber pronunciado
en la vía pública palabras de naturaleza subversiva. Escuchado por un comité
designado por el Congreso, juzgado como poco cooperativo e irrespetuoso,
principalmente en lo que concierne a Arnold y Ronald Black, los dos espías
gemelos del Octágono. Condenado por el Oráculo a diez años de trabajos
forzados, con sobreseimiento de la sentencia. Una breve estancia en el Asilo
Psiquiátrico para Criminales Dementes, luego una cátedra en esta universidad,
desde donde permanece en contacto diario con los fundadores de la comunidad de
Chorowait, —Ollin cerró su bloc de notas y preguntó—: ¿Es todo eso exacto,
aproximadamente al menos?
—Bueno,
aproximadamente, sí —dijo Joenes, que sentía la completa imposibilidad de
explicar o discutir su caso—. Supongo que mi historial me hace inelegible.
Ollin
se echó a reír ruidosamente ante esas palabras. Se secó los ojos y dijo:
—Joenes,
creo que su estancia aquí le ha ablandado el cerebro. No hay nada tan terrible
como usted cree en su historial. Siempre se puede canalizar el idealismo hacia
las vías que se consideren más útiles. Nosotros no somos hipócritas, Joenes.
Sabemos que ninguno de nosotros es absolutamente puro, que todo hombre tiene en
su pasado algo, grande o pequeño, de lo que no se siente precisamente
orgulloso. Sepa que para nosotros es usted tan inocente como un carnerillo
recién nacido.
Joenes
expresó todo el reconocimiento que le inspiraba la actitud del gobierno.
—Bueno
—dijo Ollin—, si hay alguien a quien tenga que darle usted las gracias, ese es
Sean Feinstein. En su cualidad de Asistente Especial del Asistente del
Presidente, nos lo recomendó muy calurosamente. Hemos estudiado muy atentamente
su caso, y hemos llegado a la conclusión de que usted es precisamente el hombre
que necesitamos.
—¿Realmente?
—dijo Joenes.
—Sin
la menor duda. Nosotros, los políticos, somos gente realista. Tenemos
consciencia de los miles de problemas que nos abruman. Para resolver esos
problemas necesitamos pensadores audaces, independientes, que no teman a nadie
ni a nada. Sólo la élite nos conviene, y no nos dejamos frenar por ninguna
consideración secundaria. Necesitamos hombres como usted, Joenes. ¿Quiere
entrar realmente al servicio del gobierno?
—¡Sí!
—gritó Joenes, ardiendo de entusiasmo—. E intentaré hacer honor a la confianza
que tanto Sean Feinstein como usted han depositado en mí.
—Estaba
seguro de que reaccionaría usted así, Joenes —dijo Ollin, con voz estrangulada
por la emoción—. La reacción es siempre la misma. Desde lo más profundo de mi
corazón, gracias. Firme aquí y aquí.
Ollin
presentó a Joenes un formulario standard, y éste firmó. Él subsecretario guardó
el papel en su cartera portadocumentos y apretó calurosamente la mano de
Joenes.
—Desde
ahora está usted al servicio del gobierno. Gracias, Dios le bendiga, y recuerde
que contamos con usted.
Ollin
avanzó hacia la puerta, pero Joenes lo llamó:
—¡Espere!
¿Cuál será mi trabajo, y dónde deberé llevarlo a cabo?
—Se
le comunicará oportunamente —dijo Ollin.
—¿Cuándo?
¿Y de qué forma?
—Yo
soy tan sólo un reclutador —dijo Ollin—. Lo que ocurre con la gente a la que
recluto está por completo fuera de mi jurisdicción. Pero no se preocupe, usted
forma parte ya del gobierno. Recuerde que contamos con usted. Ahora discúlpeme,
debo ir a dar una conferencia a Radcliffe.
El
subsecretario Ollin salió. Joenes se sintió muy excitado por las posibilidades
que se abrían ante él, pero un tanto escéptico acerca de la velocidad con la
que actuaría el gobierno.
Sin
embargo, a la mañana siguiente recibió una carta oficial enviada con un
mensajero especial. Se le ordenaba que se presentara a la mayor brevedad
posible en la Sala 432 del Ala Este del Edificio Pórtico de Washington, D.C. La
carta iba firmada por un importante personaje: John Mudge, Asistente Especial
del Jefe de los Servicios de Coordinación.
Joenes
se despidió inmediatamente de sus colegas, echó una última mirada al verde
césped y a los caminos de cemento de la universidad, y montó en el primer jet
para Washington.
Para
Joenes su llegada a Washington fue un momento maravilloso. Anduvo a lo largo de
las calles de mármol rosa en dirección al Edificio Pórtico, pasó por delante de
la Casa Blanca, sede del poder imperial americano, vio a su izquierda los
grandes edificios del Octágono, que reemplazaba al viejo Pentágono, demasiado
pequeño ya, y tras ellos los Edificios del Congreso.
Estos
edificios tenían una significación especial para Joenes. Encarnaban todo el
romanticismo de la historia. Los esplendores del Viejo Washington, capital de
la Confederación Helénica antes de la desastrosa Guerra Civil, danzaban ante
sus ojos. Creía estar asistiendo a uno de esos inmensos debates que oponían a
Pericles, representante del gremio de talladores de mármol, a Temístocles, el
orgulloso comandante de submarinos. Pensaba en Cleón, llegando hasta allí desde
su hogar arcadiano de New Hampshire para exponer con su habitual concisión las
razones por las cuales era preciso proseguir la guerra. El filósofo Alcibíades
había vivido durante algún tiempo en aquella ciudad como diputado por su
Louisiana natal, Xenofon había permanecido de pie sobre aquellos mismos
peldaños, recibiendo las ovaciones de la multitud tras haber conducido a sus
seis mil hombres desde las orillas del Yalu al santuario de Pusan.
Los
recuerdos acudían en tropel. Allí había escrito Tucídides la versión definitiva
de su magistral obra, la historia de la trágica guerra Interestados; allí había
dominado Hipócrates a la fiebre amarilla y, fiel a su juramento, no había dicho
palabra en toda su vida; allí finalmente Licurgo y Solón, primeros jueces de la
Corte Suprema, se habían enfrentado en sus apasionadas discusiones acerca de la
naturaleza de la justicia.
Todos
aquellos grandes hombres parecían apretujarse a su alrededor mientras
atravesaba las amplias avenidas de Washington. Pensando en ellos, Joenes tomó
la firme resolución de trabajar hasta el límite de sus fuerzas para mostrarse
digno de sus antepasados.
En
ese extático estado mental, Joenes llegó a la Sala 432 del Ala Este del
Edificio Pórtico. John Mudge, el Asistente Especial, se apresuró a darle la
bienvenida. Mudge era un hombre tranquilo y afable, reposado a pesar del
intenso trabajo que desempeñaba. Joenes supo que Mudge tomaba todas las
decisiones políticas en la Oficina de los Servicios de Coordinación, mientras
su superior perdía sus días y sus noches escribiendo las habituales instancias
solicitando ser transferido al ejército.
—Bueno,
Joenes —dijo Mudge—, ha sido asignado usted a nuestro servicio, y nos sentimos
orgullosos por ello. Lo mejor será que le explique inmediatamente cómo funciona
nuestra oficina. Operamos como una agencia interservicios cuya finalidad es
evitar que exista doble empleo en las actividades de las fuerzas militares
semiautónomas. Dicho de otro modo, centralizamos las informadores para todos
los servicios, y aconsejamos al gobierno en temas de guerra psicológica,
económica y militar.
—Es
mucho —dijo Joenes.
—Es
mucho más que mucho —admitió Mudge—. Y sin embargo, nuestros trabajos son
absolutamente indispensables. Ya le he dicho que éramos responsables de la
coordinación interservicios. Permítame darle un ejemplo. Hace apenas un año,
cuando nuestra oficina aún no existía, algunas fuerzas de nuestro ejército
estuvieron luchando durante tres días en las densas junglas del norte de
Tailandia. ¡Imagínese cuál sería su contrariedad cuando descubrieron que habían
estado atacando a un batallón firmemente afianzado de marines americanos!
Imagínese
el efecto que puede tener una desgracia de ese tipo sobre la moral de nuestras
tropas. Y tenga en cuenta que nuestros efectivos militares forman a lo largo de
todo el planeta una línea a la vez tan larga y tan tenue, están dispuestos de
un modo tan complejo, que los incidentes de este tipo amenazan con producirse a
cada instante.
Joenes
asintió con la cabeza. Mudge se enzarzó a explicarle la razón de ser de todas
sus demás tareas.
—Tome,
por ejemplo, el espionaje. Antes era asunto exclusivo de la C.I.A. Pero ahora
la C.I.A. se niega a transmitirnos sus informaciones; prefiere reclamarnos
efectivos cada vez más importantes para resolver los problemas que no dejan de
planteársele.
—Es
deplorable —dijo Joenes.
—Y,
por supuesto, la situación es idéntica, y a un grado más importante aún, para
los servicios de información del Ejército de Tierra, de la Marina, de la
Aviación, de la Infantería de Marina, de las Fuerzas Espaciales... El
patriotismo de los hombres que componen esas fuerzas no puede ser puesto en
duda, pero teniendo en cuenta que cada servicio ha recibido los medios para
llevar independientemente su guerra, se considera capaz de juzgar por sí mismo
el peligro y de llevar con sus solas fuerzas el conflicto hasta su solución.
Dada esta situación, todos los informes que recibimos acerca de la magnitud y
situación de las fuerzas enemigas son o bien contradictorias o bien
sospechosos. Y eso paraliza al gobierno, que no dispone de las informaciones
precisas para decidir su política.
—Nunca
hubiera creído que el problema fuera tan grave —dijo Joenes.
—Es
grave e insoluble —dijo Mudge—. A mi modo de ver, el fallo estriba en las
propias dimensiones de la organización gubernamental, hinchada como nunca lo
había estado en el pasado. Un científico amigo mío me dijo un día que un
organismo que crece hasta el punto de rebasar su tamaño natural tiende a
escindirse en sus distintos componentes, los cuales terminan por iniciar por su
propia cuenta el proceso de crecimiento. Nos hemos hecho demasiado grandes, y
el proceso de fragmentación ha comenzado. Sin embargo, nuestro crecimiento es
una consecuencia natural de la época, y no podemos dejar que el edificio se
derrumbe. Nos hallamos constantemente en plena guerra fría, y debemos cubrir
las fisuras de modo que obtengamos una apariencia de orden y cooperación. Nuestro
papel consiste en descubrir la verdad sobre la situación de las fuerzas
enemigas, presentar esa verdad al gobierno al mismo tiempo que le sugerimos una
política, y obtener de los distintos servicios que se limiten a esa política.
Debemos perseverar hasta que el peligro externo haya desaparecido. Entonces
podremos esperar reducir las dimensiones de nuestra burocracia antes de que las
potencias del caos se encarguen de hacerlo por nosotros.
—Creo
comprender —dijo Joenes—, y estoy completamente de acuerdo.
—Estaba
seguro de ello. Lo supe desde que tuve conocimiento de su historial, y es por
ello por lo que solicité que fuera agregado usted a mi servicio. Ese hombre, me
dije, está naturalmente dotado para la coordinación, y pese a las numerosas
dificultades conseguí obtener la autorización del gobierno.
—Creí
que mi nominación había sido debida a Sean Feinstein —dijo Joenes.
Mudge
sonrió.
—Sean
es tan sólo un hombre de paja: se limita a firmar los papeles que colocamos
ante él. Como el patriota de primera clase que es, aceptó voluntariamente
representar un papel secreto pero necesario, el de chivo expiatorio del
gobierno. Tomarnos en su nombre todas las decisiones dudosas, impopulares o
sujetas a rectificación. Cuando la cosa funciona bien, la gloria va a los jefes
del servicio; cuando funciona mal, él es quien soporta todas las reprimendas.
Así una sola persona sufre por todos los errores, mientras que el buen nombre y
la eficacia de todas las demás no resulta en absoluto afectada.
—Eso
no debe resultarle muy agradable a Sean.
—Por
supuesto que no. Pero quizá se sintiera desgraciado si hiciéramos de su vida
algo demasiado fácil y agradable. Eso al menos es lo que opina un psicólogo
amigo mío. Otro psicólogo conocido, cuyas inclinaciones son un tanto místicas,
cree que Sean Feinstein cumple con una función histórica indispensable, que
está destinado a ser un elemento motor de hombres y de acontecimientos, un
personaje crucial, un factor de emancipación de las masas; y que, por esa misma
razón, es detestado por el pueblo al cual sirve. Pero sea cual sea la verdad,
considero a Sean como un personaje eminentemente necesario.
—Me
gustaría conocerlo y estrecharle la mano.
—Por
el momento es imposible: se halla a pan y agua en su celda. Se le acusa de
haber robado al ejército americano 24 misiles atómicos y 187 granadas atómicas.
—¿Lo
hizo realmente? —preguntó Joenes.
—Sí.
Pero a petición nuestra. Con ellas armamos un destacamento de transmisiones, lo
cual nos permitió ganar la batalla de Rosy Gulch, en el sudeste de Solivia.
Tengo que añadir que ese destacamento en cuestión llevaba reclamando en vano
este armamento desde hacía mucho tiempo.
—Lo
siento por Sean. ¿A qué pena ha sido condenado?
—A
la capital, por supuesto —dijo Mudge—. Pero le será conmutada. Siempre le es
conmutada. Sean es un personaje demasiado importante como para que no se le
conmuten todas sus penas.
Mudge
giró la vista hacia otro lado por unos instantes, luego volvió a dirigirse a
Joenes.
—La
misión que debemos confiarle —dijo— es de la máxima importancia. Vamos a
enviarle a Rusia para que efectúe un recorrido de inspección y análisis. Por
supuesto, no va a ser el primero. Pero, hasta ahora, todos los agentes que
hemos enviado allí han regresado ya sea con informaciones sospechosas porque
están vistas desde el ángulo particular del Servicio del cual dependían, ya sea
con informaciones válidas que han sido clasificadas inmediatamente como Top
Secret y encerradas sin siquiera ser leídas en la sala de informaciones Top
Secret de los subterráneos de Fort Knox. Mi jefe me ha prometido, y yo a su vez
se lo prometo a usted, que su informe no va a correr la misma suerte. Tendremos
conocimiento de él, y actuaremos según sus conclusiones. Estamos decididos a
hacer aceptar el principio de la coordinación: todo lo que usted diga del
enemigo será tenido por válido y utilizado. Ahora, Joenes, vamos a inscribirle
a usted definitivamente en nuestros servicios; luego recibirá sus órdenes.
Mudge
condujo a Joenes a los Servicios de Seguridad, donde un coronel a cargo de la
sección de frenología palpó su cráneo en busca de bultos sospechosos. Luego,
Joenes pasó sucesivamente por las manos de los astrólogos gubernamentales, de
los videntes que leyeron su futuro, algunos en las cartas, otros en las hojas
de té, de los fisonomistas, de los psicólogos, de los casuistas y de las
computadoras. Al final de sus respectivos exámenes, todas aquellas
personalidades lo declararon leal, sano de mente, responsable, juicioso,
respetuoso y, sobre todo, afortunado.
Consecuentemente,
recibió su inscripción definitiva y la autorización de leer toda la
documentación clasificada.
No
poseemos más que una lista parcial de los papeles que Joenes tuvo ocasión de
leer entre las paredes de acero de las Habitaciones Secretas, bajo la mirada de
dos centinelas armados a los cuales les habían sido vendados los ojos para
impedirles que echaran inadvertidamente alguna ojeada por encima del hombro de
Joenes a los preciosos documentos. Pero sabemos que como mínimo Joenes tuvo
oportunidad de leer:
Los
Papeles de Yalta, un informe de la histórica conferencia que reunió al
Presidente Roosevelt, al Zar Nicolás II y al Emperador Ming. Joenes supo así
cómo las fatídicas decisiones de Yalta habían afectado toda la política
moderna, y trabó conocimiento con las violentas protestas que elevó en aquella
época Don Winslow, el Comandante Supremo de las Fuerzas Navales.
Yo
fui una Esposa de Guerra del Sexo Masculino, una devastadora exposición de las
prácticas contra naturaleza que se llevaron a cabo en el ejército.
La
Huerfanita Annie contra el Hombre Lobo, un detallado manual de espionaje
escrito por una de las más renombradas mujeres espía que jamás hubieran
existido.
Tarzán
y la Ciudad Negra, extraordinaria descripción de las actividades de los
comandos en el África Oriental bajo la ocupación rusa.
Los
Cantos, de autor desconocido, una críptica exposición de las teorías monetarias
y raciales del enemigo.
Buck
Rogers en Mungo, un relato ilustrado sobre las más recientes hazañas del Cuerpo
Espacial.
Los
Primeros Principios, de Spencer; Las Apócrifas, de autor desconocido; La
República, de Platón; Maleus Malificarum, escrito conjuntamente con Torquemada,
el Obispo Berkeley y Harpo Marx. Esas cuatro obras constituyen la más profunda
esencia de la doctrina comunista, y suponemos que Joenes extrajo un gran
provecho de su lectura. Por supuesto, Joenes leyó también El Playboy del Mundo
Occidental, de Immanuel Kant, estudio que refutaba de una forma definitiva las
obras de inspiración comunista citadas anteriormente.
Desgraciadamente,
ninguna de estas obras ha llegado hasta nosotros, ya que nuestros antepasados
las imprimieron sobre papel, en lugar de aprendérselas de memoria. Estaríamos
dispuestos a ofrecer cantidades fabulosas para conocer la sustancia de esos
documentos que condicionaron la brillante y caprichosa política de la época. Y
nos gustaría enormemente saber si Joenes tuvo igualmente ocasión de leer los
grandes clásicos del siglo XX que han conseguido llegar hasta nosotros, como
por ejemplo el conmovedor Limpiabotas, grabado en duradero bronce, o el Manual
Práctico de Negocios Inmobiliarios, novela monumental que por si sola modeló el
carácter del hombre del siglo XX. ¿Tuvo Joenes ocasión de conocer a Robinson
Crusoe, su contemporáneo y uno de los más grandes poetas del siglo? ¿Tuvo la
oportunidad de conversar con alguno de los Robinsones Suizos, cuyas esculturas
adornan aún gran número de nuestros museos?
Joenes
nunca nos ha hablado de esas cosas. De hecho, su relato incide más en otros
temas culturales cuya importancia en aquella turbulenta época fue mucho más
capital.
Finalmente,
tras leer ininterrumpidamente durante tres días y tres noches, Joenes se
levantó y abandonó las paredes de acero de las Habitaciones Secretas vigiladas
por los dos centinelas de los ojos vendados. Ahora conocía cuál era la
situación de la nación y del mundo. Con una mezcla de esperanza y de temor,
abrió el sobre que contenía sus instrucciones.
Esas
instrucciones le ordenaban presentarse en la Sala 18891, Piso 12, Nivel 6, Ala
63, Subsección AJB2, del Octágono. Junto a las instrucciones iba un mapa que
debía ayudarle a hallar su camino en aquel inmenso edificio. En la sala 18891
lo aguardaría un personaje de elevado rango, conocido como el señor M, que le
proporcionaría las últimas instrucciones y prepararía su partida en un avión
especial hacia Rusia.
El
corazón de Joenes se inundó de alegría: por fin iba a tener la ocasión de
cumplir con su papel en los asuntos internacionales. Echó a correr hacia el
Octágono para recibir sus últimas instrucciones y partir. Pero la misión que le
había sido encargada no iba a poder ser capturada tan fácilmente como había
parecido a simple vista.
11.
Las aventuras en el octágono
(Las
aventuras en el Octágono y los cuatro relatos comprendidos en ellas tienen por
narrador a Maubingi de Tahití)
Ardiendo
de entusiasmo, Joenes penetró en el Octágono. Se detuvo unos instantes
paralizado por la sorpresa, ya que nunca hubiera imaginado que pudiera existir
un edificio tan grande y majestuoso. Luego, recuperando su sangre fría, se
aventuró por los inmensos vestíbulos y por los interminables corredores, en
busca de las distintas escaleras, ascensores, pasillos y más pasillos.
Moderado
su primer impulso, de dio cuenta de que su mapa era totalmente inexacto: nada
de lo que veía a su alrededor correspondía a las anotaciones hechas en él.
Incluso podría creerse que se trataba de un edificio completamente distinto.
Joenes se hallaba por aquel entonces en pleno corazón del Octágono, tan incapaz
de proseguir su camino como de volver sobre sus pasos. Se metió el plano en el
bolsillo y decidió preguntar a la primera persona con la que se tropezara.
Muy
pronto alcanzó a un hombre que andaba algunos pasos por delante de él en un
pasillo. Aquel hombre llevaba un uniforme de coronel del Departamento de
Cartografía, y tenía un aspecto a la vez amable y distinguido.
Joenes
lo detuvo, le explicó que se había perdido, y que su plano no parecía serle de
ninguna utilidad.
El
coronel echó una ojeada al plano y dijo:
—¡Oh,
todo está perfectamente en regla! Este plano pertenece a la serie 2443-321 B, y
lo hemos publicado hará apenas una semana.
—Pero
no me dice nada de lo que busco —dijo Joenes.
—Por
supuesto que no —dijo orgullosamente el coronel— ¿Se da cuenta usted de la
extrema importancia que reviste este edificio? ¿Sabe usted que alberga a los
organismos más importantes y más secretos de nuestra nación?
—Estoy
al tanto —dijo Joenes—. Sin embargo...
—Entonces
tiene que comprender usted en qué situación nos hallaríamos si el enemigo
conociera su disposición y su función exactas. Los espías se infiltrarían en
todos esos corredores. Disfrazados de soldados, de políticos, tendrían acceso a
nuestras informaciones más vitales. Ninguna medida de seguridad sería eficaz
contra un espía hábil y resuelto que conociera exactamente la distribución del
edificio. Nos hallaríamos perdidos, mi querido señor, irremediablemente
perdidos. Un plano de este tipo, tan desconcertante para un espía, es una
auténtica salvaguardia para nosotros.
—No
lo dudo en absoluto —dijo Joenes educadamente.
El
coronel acarició amorosamente el plano y dijo:
—¿Imagina
usted las dificultades que presenta crear un plano de esas características?
—¿Realmente?
—dijo Joenes—. Hubiera jurado que no había nada más sencillo. Trazar el plano
de un lugar imaginario no debe ser tan complicado como eso.
—Aja,
eso es lo que cree el profano. Tan sólo un cartógrafo como nosotros, o un
espía, puede apreciar la envergadura de los problemas que debemos afrontar.
Fabricar un plano que no dé ningún indicio y que sin embargo parezca auténtico,
incluso a los ojos de un experto... esto, amigo mío, ya no es sólo asunto de
técnica, ¡es auténtico arte!
—Le
creo, por supuesto. Pero entonces, ¿por qué tomarse el trabajo de editar falsos
planos?
—Por
razones de seguridad. Lo comprendería usted si supiera lo que piensa un espía
cuando consigue un plano de ese tipo: vería usted entonces cómo el plano
destruye su eficacia desde su misma base, cosa que no se produciría si el espía
actuara sin ningún punto de referencia. Para comprender esto hay que conocer a
fondo la mentalidad del espía.
Joenes
admitió que se sentía desconcertado por esa explicación. Pero el coronel le
repitió que evidentemente no comprendería nada si antes no comprendía el
particular modo de pensar del espía. Y, para ilustrar su teoría, le describió
las reacciones de un individuo de ese tipo una vez en posesión del famoso
plano.
HISTORIA
DEL ESPÍA
El
espía (dijo el coronel) ha superado todos los obstáculos que ha encontrado en
su camino. Armado con el precioso plano, ha penetrado en el corazón mismo del
edificio. Ahora intenta utilizar su documento, y muy pronto se da cuenta de que
lo que ve a su alrededor no se halla en absoluto representado en el papel. Pero
constata también que el plano está realizado con mucho cuidado, que está
impreso en papel de calidad, que lleva un número de serie y el sello del
gobierno. Es un plano lúcido y claro, una auténtica obra maestra. ¿Va a tirarlo
y a intentar reproducir el trazado de las desconcertantes complejidades que le
rodean en un miserable cuaderno de notas, utilizando un bolígrafo que no
funciona demasiado bien? Por supuesto que no. Quizá si lo hiciera conseguiría
algo, pero nuestro espía no es más que un hombre. Sus limitadas facultades de
observación, de abstracción, de imitación, de generalización, no pueden
competir con las de los expertos, y él lo sabe muy bien. Necesitaría un valor
extraordinario y una inmensa confianza en sí mismo para deshacerse de ese
magnífico plano y proseguir su camino confiando únicamente en el testimonio de
sus sentidos. Y, si poseyera esas cualidades, no sería un espía. Sería un
conductor de hombres, un artista o un sabio. Y sin embargo no es nada de eso:
es simplemente un espía. Es decir, que ha elegido un oficio de detección y no
de acción, un oficio que lo obliga a descubrir lo que saben los demás antes que
buscar lo que sabe él mismo. Y admite necesariamente la existencia de verdades
externas a su propia persona, ya que ningún espía digno de ese nombre aceptaría
creer que ha dedicado toda su existencia al estudio de cosas erróneas o
frívolas. Hay que tener en cuenta todo eso si se quiere estudiar el carácter de
un espía, sea quien sea, pero más aún si se trata de un espía que ha robado un
plano oficial y penetrado en el corazón de un edificio celosamente vigilado.
Creo
que, en justicia, podemos suponer a nuestro espía las necesarias cualidades de
sinceridad, de entusiasmo, de astucia y de perseverancia. Esas cualidades le
han permitido vencer todos los peligros y conseguir una posición ventajosa en
el centro de este edificio. Pero tienen también como efecto el modelar sus
pensamientos, el hacer imposibles algunas acciones. Hay que aceptar el hecho de
que, cuanto más dotado, astuto, entusiasta, paciente, experimentado sea, menos
susceptible será de imponer silencio a esas virtudes, de tirar el mapa, de
tomar un lápiz, un papel en blanco, y garabatear lo que vea. La idea de
deshacerse de un plano oficial quizá le parezca sencilla a usted; pero, para el
espía, es una idea repugnante, prácticamente imposible de poner en práctica y
completamente contraria a su modo de ser.
Entonces
empieza a razonar según su propio método, es decir, empleando un sistema que a
su parecer es el único válido pero que, nosotros lo sabemos, no es más que su
forma de eliminar una contradicción puesta de manifiesto por la vida real y que
su instinto y su razón rechazan.
Delante
de él tiene, por una parte, un plano oficial auténtico, y por otra parte un
cierto número de puertas y de pasillos. Observa el plano, ese documento
parecido en todos sus puntos a otros documentos auténticos y válidos que ha
robado en otras ocasiones con gran peligro de su vida. Y se pregunta: «¿Es
posible que este plano sea falso? Sé que proviene de los servicios del
gobierno, también que lo he robado a una persona que lo tenía en gran estima.
¿Tengo derecho a no servirme de él bajo el pretexto de que parece no tener
ninguna relación con lo que estoy viendo a mi alrededor?
El
espía reflexiona, y finalmente se detiene en esa palabra clave: parece. El
plano parece no tener la menor relación con el edificio. Por un instante las
apariencias lo han engañado. Ha estado a punto de dejarse ganar por el
testimonio de sus sentidos. Los que han fabricado este plano le han jugado ese
truco, a él que se considera maestro en el arte del camuflaje y del disimulo, a
él que ha pasado su vida arrancando los secretos de los demás. Ahora todo está
claro.
El
espía se dice: «Han intentado vencerme con mis propias armas. Con muy poca
habilidad, por supuesto, pero al menos eso indica que están empezando a pensar
correctamente.» Lo que entiende el espía por esas palabras es que están
empezando a pensar como él, y por lo tanto a hacer sus secretos más
comprensibles para él. Esto lo alegra. Su mal humor provocado por la falta de
parecido entre el plano y el edificio se ha desvanecido por completo. Está
alegre, con nuevas energías, dispuesto a superar cualquier dificultad, a
proseguir con este problema hasta su última conclusión.
«Estudiemos
los hechos y lo que implican», se dice. «En primer lugar, sé que este plano es
importante. Su aspecto, el modo cómo lo he conseguido, mi experiencia, todo
ello me ayuda a persuadirme. Sé también que, aparentemente, no representa el
edificio que, sin embargo, se supone debe representar. Pero, ha de existir
algún tipo de relación entre el plano y el edificio. ¿Cuál es esta relación, y
cuál es la verdad respecto al plano?
El
espía reflexiona unos instantes, y luego prosigue: «Los hechos parecen implicar
la existencia de un código, de un factor de variabilidad introducido en el
documento por algún artesano hábil y astuto, de un código que las personas a
quienes va destinado este plano deben conocer pero que, hasta ahora, yo
ignoraba.»
En
este punto, se yergue en toda su estatura y declara: «Pero resulta que yo soy
especialista en la decodificación. E incluso nada me apasiona más que un
mensaje cifrado. Podría decirse que he sido creado para eso, y que el destino
me ha llevado hasta aquí, en este lugar y en este momento, para enfrentarme con
un documento capital.»
Nuestro
espía se exalta. Pero muy pronto empieza a preguntarse: «¿No es ir un poco
demasiado aprisa el ver en este plano, desde el principio de mi investigación,
un documento auténtico cifrado y nada más que eso? La experiencia me ha
enseñado, y a qué precio, que el hombre es un ser retorcido. Yo soy la prueba
viviente de ello, ya que mis artimañas me han permitido camuflarme en el seno
de mis enemigos sin que ellos consigan reconocerme y descubrir varios de sus
secretos. Consecuentemente, ¿no sería más justo suponerles una artimaña
semejante a la mía?».
«Perfecto»,
piensa el espía. «Aunque el razonamiento y el instinto me dicen que este plano
es auténtico desde todos los ángulos, y que si por el momento no me sirve de
nada es porque no poseo aún la clave del código, debo tener en cuenta la
posibilidad de que sea en parte falso, es decir auténtico tan sólo en parte.
Podría hallar buen número de razones apoyando esta hipótesis. Supongamos que la
única parte verídica del plano sea aquella que necesita para guiarse el hombre
a quien se lo he robado. Con la información que yo no poseo, ese hombre no
tendría ningún problema en orientarse. Como funcionario sin imaginación que es,
sin un interés particular hacia los planos y los mensajes cifrados, seguiría
sus indicaciones para alcanzar su oficina y prescindiría de todo lo demás. La
sección falsa del mapa, tan hábilmente mezclada con la auténtica, lo dejaría
indiferente. ¿Y por qué no? Él no es ni espía ni cartógrafo. El hecho de que el
plano sea auténtico o falso no le preocupa más de lo que puedan preocuparme a
mí sus mezquinas actividades. Tampoco tiene tiempo para inquietarse de cosas
complejas que son de su competencia. Puede utilizar este plano sin que su
falsedad general violente sus sentimientos.»
La
idea de que aquel hombre pueda utilizar el plano sin interesarse en nada más
que en su propio camino divierte y entristece a la vez a nuestro espía. Qué
extraña es la gente. Qué curioso resulta que ese funcionario pueda contentarse
con seguir las directrices del plano sin hacerse jamás preguntas acerca de su
misteriosa naturaleza, mientras que el espía sabe que sólo hay una cosa
importante: comprender en su totalidad el plano y lo que representa. De su
comprensión se desprenderá todo lo demás, y los secretos del edificio se harán
accesibles. Esto le parece tan evidente que no puede admitir la indiferencia
del funcionario. El interés que él, el espía, siente por el plano le parece tan
natural, tan necesario, tan universal, que llega incluso a dudar si el
funcionario es un ser humano, a preguntarse si no pertenecerá por azar a alguna
otra especie.
«Pero
no», se dice finalmente. «Esta es mi impresión, pero la única diferencia que
existe entre ese hombre y yo es probablemente el resultado de la herencia o del
medio ambiente, o alguna otra cosa que no llego a concebir. Esto no debe
preocuparme. Desde siempre he sabido que los seres humanos son extraños e
imprevisibles. Incluso los espías, cuya mentalidad es sin embargo tan fácil de
comprender, utilizan métodos y puntos de vista distintos. Sí, este mundo es
extraño, y yo lo conozco tan poco. ¿Qué sé de la historia, de la psicología, de
la música, del arte o de la literatura? Oh, soy capaz de mantener una
conversación sobre cualquiera de esos temas, pero en el fondo de mi corazón sé
que lo ignoro todo de ellos.» Este pensamiento lo hace infeliz. Luego piensa:
«Afortunadamente, hay algo que conozco muy bien: el espionaje. Nadie es
omnisciente, y he hecho más de lo que se me pedía convirtiéndome en el experto
que soy en este campo. Es en esta especialización en donde reside toda mi
esperanza y mi salud, en esta estrechez yace mi auténtica profundidad, el
patrón que me sirve para medir al mundo. No ignoro nada o casi nada de la
historia y de la psicología del espionaje, he leído todo lo que hay que leer al
respecto. He admirado los más célebres cuadros de espías, y las obras musicales
que cantan sus hazañas me son familiares. La profundidad de mi conocimiento me
da envergadura. El saber que poseo de esta única ciencia me asegura una
posición firme en el mundo. Desde ésta mi posición, poseo una cierta perspectiva
sobre todo lo demás.»
«Por
supuesto», sigue pensando el espía, «no debo cometer el error de creer que todo
se reduce a una cuestión de espionaje. Incluso aunque parezca ser así, sería
simplificar demasiado el problema. No, el espionaje no lo es todo. No es la
clave de todo».
Una
vez llegado a esta conclusión, el espía se dice: «No, el espionaje no lo es
todo. Pero, afortunadamente para mí, el enigma del plano pertenece a esta rama
de la ciencia. Los planos son el fundamento del propio espionaje, y cuando yo
tengo entre las manos uno de ellos, sabiendo que ha sido impreso por el propio
gobierno, tengo ante mí un problema de mi competencia que he de resolver. El
hecho de que el plano esté cifrado o sea parcialmente falso es, en cualquier
caso, un asunto de espionaje. Y seguiría siéndolo aun en el caso de que fuera
enteramente falso.» Ahora, el espía está preparado para analizar el plano. «Hay
tres posibilidades», se dice. «Primero: el plano es auténtico, y está cifrado.
Entonces hay que descifrarlo, utilizando toda mi paciencia y toda mi
habilidad.» «Segundo: el plano es auténtico tan sólo en parte, y está cifrado.
En este caso, antes de descifrarlo, debo distinguir lo que es auténtico de lo
que es falso. Un problema que le parecerá difícil a un profano pero que, para
un experto, es fácilmente superable. Y en el momento en que haya decodificado
la más pequeña porción de la parte auténtica, todo lo demás me será accesible.
Aparte, por supuesto, la parte falsa, que cualquier otro distinto a mí quizá
echará a un lado. Yo me guardaré muy mucho de hacerlo. Trataré la parte falsa
exactamente igual a como lo haría si fuera falsa en su totalidad. Y con ello
entro en la tercera posibilidad.» «Tercera: todo el plano es falso. No me queda
más que buscar qué informaciones puedo sacar de su falsedad. Sí, supongamos que
lo sea, aunque la idea de que un plano oficial pueda ser falso en su totalidad
parece absurda. O más bien supongamos que los cartógrafos hayan tenido la
intención de dibujar un plano inexacto. Entonces me pregunto: ¿cómo se las arregla
uno para dibujar un plano falso?»
«Bueno,
no es tan fácil como parece. Si el cartógrafo trabaja en este edificio, si pasa
su tiempo subiendo sus escaleras o recorriendo sus pasillos, debe conocerlo
mejor que nadie. ¿Cómo podrá en este caso, evitar el que, dibujando su falso
plano, reproduzca inconscientemente alguna parte del auténtico edificio?» «Pero
supongamos que sus superiores tengan conciencia plena de todo esto, y que hayan
reflexionado profundamente en el problema que plantea la creación de un plano
falso. Concedámosle el beneficio de la duda en los límites exigidos por la
situación. Sabe que el plano para cumplir con su finalidad, debe ser dibujado
por un cartógrafo hábil, y de acuerdo con las reglas lógicas que rigen el arte
de la arquitectura y el de la cartografía; que debe ser completamente falso, y
no auténtico en algunas de sus partes, incluso accidentalmente.» «Supongamos
finalmente que dichos superiores hayan podido conseguir los servicios de un
cartógrafo civil que jamás haya puesto sus pies en esta edificio. Lo introducen
en él con los ojos vendados, lo instalan en un despacho bajo vigilancia de una
persona de toda confianza, y le ordenan dibujar los planos de un edificio
imaginario. Hace lo solicitado; pero el problema, sin embargo, no queda
resuelto con esto. Puede ocurrir aún que, sin saberlo, el artesano haya
dibujado una fracción del plano que corresponda a la realidad. Así que hay que
hacer comprobar su obra por otro cartógrafo que, ese sí, conozca el edificio. Y
no se puede elegir a nadie más, ya que tan sólo un cartógrafo tiene competencia
suficiente como para ser un buen juez. Así pues, este hombre declara que el
plano es perfecto, puesto que es falso de la cabeza a los pies.»
«De
modo que volvemos a nuestra primera hipótesis: ¡el plano no es más que un
mensaje cifrado! Ha sido dibujado por un cartógrafo civil conocedor del tema,
por lo cual es conforme a los principios generales que rigen el arte de la
arquitectura y el arte de la cartografía. Ha sido considerado falso, pero lo ha
sido por un cartógrafo oficial que conoce la verdad, y que sobre ella ha
decidido la falsedad de cada detalle sobre la base de sus conocimientos. En
pocas palabras, este plano autocalificado como falso no es más que una especie
de imagen invertida o deformada de la realidad tal cual la conoce el cartógrafo
oficial; y los lazos que unen el auténtico edificio con el plano han sido
establecidos por la razón de su juicio, ya que él conoce lo verdadero y lo
falso, y él ha sido quien se ha pronunciado sobre sus desemejanzas. Su propia
intervención demuestra la naturaleza del falso plano... ¡el cual, siendo una
distorsión lógica cuya finalidad es disimular la verdad, merece enteramente el
nombre de código!»
«¡Y
este código, puesto que observa los principios universales de la arquitectura y
de la cartografía, es susceptible de ser descifrado!»
El
análisis del espía ha terminado. Sus tres posibilidades desembocan en una sola
hipótesis: el plano es auténtico, y está en código.
Entusiasmado
por su descubrimiento, el espía se dice: «Han intentado engañarme, pero en mi
campo eso es imposible. Mi búsqueda de la verdad me ha obligado a pasar toda mi
vida costeando la inexactitud y el engaño; sin embargo, siempre he estado
seguro de mi propia realidad. Estoy mejor emplazado que cualquier otro para
saber que nada es nunca enteramente falso, que tan sólo existen la verdad por
un lado y el enigma por el otro. La verdad puedo interpretarla, el enigma puedo
resolverlo. Puesto que, en último extremo, ¿qué es un enigma sino una verdad
que se oculta?»
Por
fin el espía es feliz. Ha franqueado abismos de perplejidad, ha hecho frente a
las más terribles hipótesis. Su recompensa lo aguarda.
Ahora,
con su atención clavada en el documento que sostiene entre sus dedos como en un
abrazo de amante, el espía inicia la tarea que es el apogeo de su carrera y que
no podrá terminar jamás, ni aunque dispusiera de toda la eternidad: empieza la
imposible tarea de descifrar el falso plano.
LA
EXPLICACIÓN DEL CARTÓGRAFO
Cuando
el coronel terminó su historia, él y Joenes permanecieron en silencio unos
instantes. Luego, Joenes dijo:
—No
puedo evitar el compadecer a ese pobre espía.
—Evidentemente,
es una triste historia —dijo el coronel—. Pero las historias de los hombres son
siempre tristes.
—¿Qué
le ocurrirá si se deja atrapar?
—Ya
se ha impuesto su propio castigo —replicó el coronel—: descifrar el plano.
Joenes
no podía imaginar suerte más triste. Preguntó:
—¿Atrapan
ustedes a menudo espías en el recinto del Octágono?
—Hasta
hoy —dijo el coronel—, ni un solo espía ha conseguido franquear las
instalaciones exteriores de seguridad y penetrar en el edificio propiamente
dicho.
Sin
duda el coronel se dio cuenta de la sombra de decepción que cruzó por el rostro
de Joenes, ya que se apresuró a añadir:
—De
todos modos, no por ello mi historia pierde algo de su valor. Si algún espía
consiguiera por casualidad infiltrarse hasta aquí pese a la vigilancia que
ejercemos, se comportaría exactamente como le he descrito. Y, créame, cada
semana atrapamos multitud de espías en las redes de nuestras defensas
exteriores.
—No
he notado ninguna instalación de este tipo —hizo observar Joenes.
—Por
supuesto. En primer lugar, usted no es ningún espía. Y además, nuestros
servicios de seguridad conocen lo suficiente su trabajo como para no revelar su
presencia ni actuar excepto en casos de auténtica necesidad. Esta es la
situación actual. En el futuro, cuando espías más hábiles lleguen más allá de
los actuales, nos queda el recurso de los falsos planos.
Joenes
asintió. Deseaba con todas sus fuerzas iniciar su próxima tarea, pero
sinceramente no sabía con exactitud cómo hacerlo. Optando por dar un giro,
preguntó al coronel :
—¿Está
usted convencido de que no soy ningún espía?
—Bueno,
todo el mundo lo es, en cierto grado —dijo el coronel—. Pero, en el sentido que
le atribuye usted a esa palabra, sí, estoy completamente convencido de que no
es usted un espía.
—Entonces
—dijo Joenes—, debo confesarle que he recibido instrucciones especiales
ordenándome que me presente en una determinada oficina.
—¿Puedo
ver estas instrucciones? —preguntó el coronel. Joenes le tendió el papel. El
coronel lo leyó y se lo devolvió—. Es un documento oficial —dijo—. Le aconsejo
que se presente lo antes posible en ese despacho.
—Esta
es precisamente la dificultad —dijo Joenes—. Para confesarle la verdad, estoy
perdido. He intentado seguir uno de estos excelentes planos falsos, y
naturalmente no he conseguido absolutamente nada. Puesto que usted sabe que no
soy ningún espía y que, por el contrario, me halló en misión oficial, le
quedaría muy agradecido si me ayudara a encontrar mi destino.
Joenes
había efectuado su petición de una forma que creía lo suficientemente indirecta
como para adecuarse con la mentalidad del coronel. Éste, sin embargo, giró la
cabeza con una expresión de embarazo en su digno semblante.
—Me
temo —dijo— no poder serle de una gran ayuda. No tengo la menor idea del lugar
donde se encuentra ese despacho en cuestión, y ni siquiera sé qué dirección
recomendarle.
—¡Pero
esto no es posible! —exclamó Joenes—. Usted es cartógrafo, cartógrafo oficial
de este edificio. Aunque sea usted un maestro en dibujar planos falsos, estoy
seguro de que dibuja también mapas auténticos, ya que esta es realmente su
profesión.
—Sus
deducciones son perfectamente correctas —dijo el coronel—, sobre todo en lo que
se refiere a mi auténtica profesión. Cualquiera puede adivinar cuál es la
verdadera naturaleza de un cartógrafo, ya que ésta depende de su trabajo. Este
trabajo consiste en dibujar planos de la más perfecta exactitud, planos tan
precisos y tan claros que el más estúpido de los hombres no pueda equivocarse
con ellos. Aunque mi función se haya visto pervertida por circunstancias
independientes de mi voluntad, ya que debo pasar la mayor parte de mi tiempo
dibujando falsos planos que den apariencia de autenticidad, como usted ha
adivinado muy bien nada puede impedir a un verdadero cartógrafo el dibujar
verdaderos planos. Yo, personalmente, lo haría aunque me lo prohibieran. Aunque
afortunadamente no me lo han prohibido nunca. Por el contrario, se animan a
hacerlo.
—¿Quienes?
—Mis
superiores. Esas personas controlan los sistemas de seguridad, utilizan los
auténticos planos para disponer mejor sus fuerzas. Por supuesto, esos
documentos no son más que simples comodidades para ellos, trozos de papel a los
cuales se refieren con tanta indiferencia como se refiere usted a su reloj para
saber si son las tres y veinte o las tres y treinta. En caso de necesidad,
podrían fácilmente pasarse sin ellos y utilizar únicamente sus conocimientos y
sus facultades. Sería un pequeño engorro, pero nada más.
—Entonces
—insistió Joenes—, si dibuja usted verdaderos planos, seguro que puede
indicarme mi camino.
—Me
es absolutamente imposible. Tan sólo los personajes que ocupan la cúspide de la
jerarquía conocen lo suficientemente bien este edificio como para orientarse.
El
coronel observó el aire incrédulo de su interlocutor.
—Sé
que todo esto debe parecerle increíble —dijo—. Pero entienda, yo dibujo tan
sólo una sección de este edificio cada vez. Es demasiado vasto y demasiado
complejo como para que pudiera hacerlo de otro modo. Así pues, dibujo una
sección y la envío a través de un mensajero a mis superiores. Luego dibujo
otra, y otra más, y así siempre. Combinar el conocimiento que poseo de esas
distintas dependencias le aseguro que me es del todo punto imposible. En primer
lugar, yo no soy el único cartógrafo aquí: hay otros cartógrafos que se
encargan de algunas secciones que yo nunca he llegado a ver. Además, aunque me
dedicara yo solo a dibujar todo el edificio, reproduciéndolo sección tras
sección, nunca llegaría a poder combinar todas esas secciones de modo que
dieran como resultado un conjunto coherente y comprensible. Tomadas una a una,
cada sección me parece clara, y la reproduzco sobre el papel con una gran
precisión. Pero cuando intento representarme las innumerables secciones que he
dibujado como formando parte de un todo, el conjunto se embarulla en mi mente y
ya no consigo distinguir las unas de las otras. Y si pienso en ello demasiado
tiempo tanto mi apetito como mi sueño se resienten, fumo demasiado, busco
consuelo en el alcohol, y mi trabajo sufre por ello. A veces, cuando paso por
una de esas crisis, cometo errores, y no me doy cuenta de ellos hasta el
momento en que mi superiores me devuelven mi trabajo pidiéndome que lo corrija.
Mi fe en mis propias capacidades se ve disminuida; así que decido renunciar a mis
malos hábitos y dedicarme únicamente a los deberes propios de mi cargo, que
consisten en reproducir fielmente tan sólo una sección cada vez, sin
preocuparme del resto, y así supero la crisis.
El
coronel se interrumpió y se frotó los ojos.
—Como
sin duda habrá adivinado usted —continuó—, mis buenos deseos no suelen durar
mucho tiempo, sobre todo cuando me hallo en compañía de mis colegas
cartógrafos. En estos casos, nos ocurre a menudo que nos ponemos a discutir
acerca del edificio, que intentemos, entre varios, determinar cómo es
realmente. Nosotros, los cartógrafos, somos tímidos por naturaleza; como los
espías, preferimos trabajar en la soledad, sin charlar entre nosotros. Pero
esta soledad se nos hace a veces intolerable; entonces violentamos nuestros
sentimientos y discutimos acerca del edificio: cada uno de nosotros aporta su
parte de información, generosamente y sin pedir nada a cambio, con la única
finalidad de obtener una visión comprensible del todo. Pero esas tentativas
están siempre condenadas al fracaso.
—Pero
¿por qué? —preguntó Joenes.
—Como
ya le he dicho —explicó el coronel—, de tanto en tanto nuestros planos nos son
enviados para revisar, y suponemos que hemos cometido algún error, aunque los
planos nunca vienen acompañados por ningún comentario oficial. Pero cuando nos
reunimos, a veces nos damos cuenta de que dos de nosotros hemos dibujado la
misma sección del edificio, y las recordamos, y las comparamos, y observamos
que las hemos reproducido de diferente manera. Por supuesto, lo único que
prueba esto es que la mente humana es falible. De todos modos, lo que nos
desconcierta es cuando nuestros superiores aceptan las dos versiones. ¿Puede
imaginar usted lo que siente un cartógrafo cuando le ocurre algo así?
—¿Cómo
lo explica usted? —preguntó Joenes. —Bueno, en primer lugar, cada cartógrafo
tiene su estilo individual, su idiosincrasia, lo cual podría bastar para
explicar esas diferencias. Luego, las mejores memorias tienen sus lagunas:
quién sabe si no nos equivocamos, quién nos asegura que hemos dibujado a fin de
cuentas la misma sección. Pero, a mi modo de ver, ésta no es la solución del
problema.
—¿Cuál
es entonces? —preguntó Joenes.
—Creo
que, siguiendo órdenes de nuestros superiores, hay constantemente cuadrillas de
obreros que pasan todo su tiempo transformando la fisonomía del edificio. Ésta
es la única explicación que me satisface. He llegado incluso a detectar en el
recinto la presencia de individuos que no pueden ser otra cosa que obreros.
Pero aunque no los hubiera visto me mantendría firme en esa opinión. Reflexione
por un instante en ello. La preocupación constante de nuestros superiores es
garantizar la seguridad del edificio. ¿Qué mejor medio de conseguirlo que
mantenerlo en constante estado de cambio? Por otro lado, si permaneciera
estático, un solo juego de planos bastaría. En cambio, se nos pide
constantemente que revisemos los antiguos planos o que dibujemos otros nuevos.
Además, el mundo que nuestros superiores se esfuerzan en controlar es complejo
y cambiante; en consecuencia, si el mundo se transforma, el edificio debe
hacerlo también. Hay que construir nuevos despachos, modificar los antiguos
para instalar en ellos a otros ocupantes, suprimir toda una hilera de
divisiones y reemplazarla por un auditorio, condenar un bloque de pasillos para
renovar la instalación eléctrica y sanitaria. Y así. Entre esas modificaciones,
algunas son claramente visibles. No se necesita ser cartógrafo para darse
cuenta de ello. Pero otras son operadas o en secreto, o al menos así lo parece,
o en algunas partes del edificio en las que uno pone raramente el pie. Cuando
uno vuelve a ellas, una vez terminados los trabajos, tiene una extraña impresión
de familiaridad, aunque nunca se atrevería a jurarlo. Estas son las razones por
las que creo que este edificio cambia constantemente, lo cual hace imposible el
conocerlo en su conjunto.
—Pero
si así es —objetó Joenes—, ¿cómo lo hace usted para hallar cada día el camino
hasta su despacho?
—En
esto, me da vergüenza confesarlo, ni siquiera mis talentos de cartógrafo me
sirven para nada. Encuentro el camino hasta mi oficina como cualquier otro...
por una especie de instinto. La gente no se da cuenta de estas cosas: todos
creen que rehacen su itinerario habitual por una especie de proceso
intelectual, que es su razón la que les indica que deben girar a la derecha o a
la izquierda. Como el espía, tienen la impresión de poder, si así lo desean,
conocer todo el edificio. Uno siente deseos de reír, o de llorar, cuando los
oye discutir entre sí, cuando ni siquiera se han aventurado nunca más allá del
pasillo que conduce hasta su despacho. Pero yo soy cartógrafo, mi trabajo me
lleva hasta las más profundas profundidades de este edificio. A veces se han
producido grandes cambios en un lugar que he recorrido con anterioridad,
haciéndolo irreconocible. En estos casos, algo que pertenece más al instinto
que a la razón me lleva hasta mi despacho, una fuerza parecida a la que conduce
a cualquier animal de vuelta a su nido incluso a través de paisajes
desconocidos.
—Entiendo
—dijo Joenes, que cada vez entendía menos—. Así pues, no sabe usted lo que debo
hacer para encontrar ese despacho.
—Realmente
no lo sé.
—¿Podría
darme algún consejo sobre la forma de proceder, indicarme algún punto de
referencia que pueda identificar?
—Soy
un experto en lo que concierne a este edificio —dijo tristemente el coronel—.
Podría hablar durante un año entero sin temor a repetirme. Y sin embargo, no
puedo serle de ninguna ayuda en su situación particular.
—¿Cree
usted que llegaré a encontrar alguna vez el despacho al que debo acudir?
—preguntó Joenes angustiado.
—Si
su misión es importante —dijo el coronel—, y si sus superiores desean realmente
que lo halle, estoy seguro de que lo hallará sin la menor dificultad. Claro
que, por otro lado, es posible que esta misión, por importante que pueda ser a
sus ojos, no lo sea a los ojos de nadie más, en cuyo caso su búsqueda será sin
lugar a dudas larga. Claro que es usted portador de instrucciones oficiales;
pero sospecho que nuestros superiores envían a veces a personas a oficinas
imaginarias para poner a prueba la eficacia de sus defensas interiores. Si este
es su caso, sus posibilidades de éxito son mínimas.
—Tanto
en uno como en otro caso —murmuró Joenes, desanimado—, mi futuro me parece
bastante sombrío.
—Todos
nos hallamos embarcados en la misma nave —dijo el coronel—. Los espías
sospechan que sus jefes les han enviado a una misión peligrosa con el único fin
de librarse de ellos, los cartógrafos sospechan que sus superiores les hacen
dibujar planos con el único fin de ocuparlos en alguna tarea inofensiva. Todos,
todos nosotros tenemos nuestras dudas. No puedo hacer más que desearle buena
suerte y esperar que sus sospechas no lleguen a confirmarse nunca.
Con
lo cual el coronel hizo una cortés inclinación de cabeza y siguió su camino.
Joenes
consideró por unos instantes la posibilidad de seguirle. Pero ya había ido en
aquella dirección, y seguir en pos de lo desconocido en lugar de volver sobre
sus pasos a la menor decepción le parecía un acto de fe necesario.
Así
pues, prosiguió su camino, aunque únicamente por conciencia profesional.
Empezaba a temer que la zona que recorría no hubiera cambiado en el intervalo
de su conversación con el cartógrafo.
Atravesó
vestíbulos, recorrió nuevos pasillos, subió escaleras, pasó ante puertas
cerradas, recorrió más pasillos. Resistió al deseo de consultar de nuevo su
falso plano, tan magníficamente ejecutado, pero no halló el valor suficiente
para tirarlo. Lo metió en su bolsillo, y prosiguió su camino.
Nada
le permitía calcular el paso del tiempo, pero pronto empezó a sentirse cansado.
Ahora estaba en una parte antigua del edificio. El suelo era de madera y no de
mármol, una madera tan desnivelada que a cada momento corría el peligro de
tropezar y caer. Las paredes, sucias e irregulares, estaban cuarteadas en
algunos puntos, mostrando fragmentos de instalación eléctrica con señales de
podredumbre en el revestimiento, con la evidente amenaza de un incendio por
cortocircuito. Incluso el techo parecía poco seguro: en algunos lugares se
apreciaban bolsas tan amenazadoras que Joenes temió en algunos momentos verlo
desmoronarse sobre él.
Si
en alguna ocasión había despachos en aquella zona, habían desaparecido hacía
tiempo, y el lugar gritaba urgentes reparaciones. Joenes observó un martillo
tirado en el suelo; aunque no vio por ninguna parte la menor huella de obreros,
aquello le convenció de que las reparaciones estaban a punto de iniciarse.
Completamente
perdido y profundamente desanimado, Joenes se tendió en el suelo, ganado por su
enorme cansancio. Se tendió a todo lo largo y, unos instantes más tarde, se
quedaba profundamente dormido.
LA
HISTORIA DE TESEO
Joenes
se despertó con una indefinible sensación de malestar. Acababa de levantarse
cuando oyó en el pasillo un ruido de pasos acercándose.
El
autor de los pasos apareció casi inmediatamente. Era un hombre alto, en la
primavera de la vida, de rostro a la vez inteligente y suspicaz. Llevaba en la
mano un enorme ovillo, y a medida que andaba iba desenrollándolo y dejándolo a
sus espaldas en forma de hilo que destacaba en el suelo con un brillo apagado.
Al
ver a Joenes, el hombre hizo una mueca rabiosa. Sacó un revólver de su cinturón
y apuntó.
—¡Espere!
—gritó Joenes en voz muy alta—. ¡Sea lo que sea lo que usted esté pensando,
nunca he hecho daño a nadie!
Con
un evidente esfuerzo, el hombre se obligó a no apretar el gatillo. Sus ojos,
que por un momento habían lucido vacíos de toda expresión, recuperaron su
aspecto normal. Volvió a meter el revólver en su funda.
—Lamento
haberle asustado —dijo—. Realmente, le tome por otra persona.
—¿Alguien
a quien me parezco?
—No
exactamente. Pero en este horrible lugar me pongo nervioso y tengo tendencia a
disparar antes de pensar. Además, mi misión es de una tal importancia que
seguramente puede excusar mi comportamiento, debido a mi estado de tensión.
—¿Qué
misión? —preguntó Joenes.
El
rostro del desconocido se iluminó. Dijo orgullosamente:
—Mi
misión es aportar al mundo la paz, la felicidad y la libertad.
—Es
mucho —reconoció Joenes.
—No
podría contentarme con menos. Anote bien mi nombre. Me llamo George P. Teseo, y
tengo fundadas razones para esperar que se me recuerde como el hombre que
destruyó la dictadura y liberó al pueblo. Lo que estoy haciendo aquí adquirirá
valor de símbolo en la mente de los hombres, lo cual no impide que sea algo
bueno y justo en sí mismo.
—¿Qué
es lo que está haciendo aquí? —preguntó Joenes.
—Voy
a matar a un tirano sin ayuda de ninguna clase. Ese individuo ha conseguido que
se le diera un importante puesto decisorio en este edificio, y los cretinos lo
consideran como un bienhechor porque ha hecho construir diques para prevenir
las inundaciones, distribuye alimentos a los pobres, financia hospitales... en
pocas palabras juega a ser un mecenas. Su actitud podrá engañar a algunas
personas, pero yo nunca me he dejado engañar.
—Si
se trata realmente de alguien como el que acaba usted de describir —hizo
observar Joenes—, realmente es un bienhechor de la humanidad.
—Estaba
seguro de que usted también reaccionaría así —dijo amargamente Teseo—. Como
todo el mundo, se deja usted engañar por sus estratagemas. No puedo esperar
persuadirlo de lo contrario. No estoy dotado para las argumentaciones sutiles,
mientras que ese hombre tiene en su nómina a los mejores publicitarios del
mundo. Mi venganza deberá aguardar al futuro para ser reconocida. Por el
momento lo único que puedo decir es lo que sé, y decirlo en términos brutales,
sin fiorituras de ninguna clase.
—Me
gustará oírle —dijo Joenes.
—Bien
—dijo Teseo—, considere entonces esto. Para hallarse en posición de jugar al
bienhechor de la humanidad, ese hombre necesitaba ocupar una posición
importante. Para conseguir esta posición, distribuyó sobornos y sembró la
discordia a su alrededor, dividió a la gente en facciones hostiles las unas de
las otras, asesinó a aquellos que se oponían a su avance, corrompió algunas
personalidades influyentes que necesitaba y arrinconó a otras. Finalmente, una
vez bien alcanzada su posición y bien afianzado en ella, se lanzó a ejercer sus
buenas obras. Pero no por amor al pueblo. No, él actuaba como alguien que
limpia las hierbas de un jardín, a fin de que se vea hermoso y agradable. Así
ocurre con todos los tiranos, que hacen cualquier cosa con tal de alcanzar sus
fines y, en consecuencia, crean y perpetúan los males que pretenden erradicar.
Joenes
se sintió tremendamente emocionado por el discurso de Teseo, pero no acabó de
creerlo completamente, ya que lo consideraba demasiado retorcido y peligroso.
Así pues, habló prudentemente.
—Ahora
comprendo perfectamente —dijo— por qué quiere usted matar a ese hombre.
—No
—dijo Teseo con aire sombrío—, usted no comprende nada. Seguramente me toma por
un globo hinchado de ideales, uno de esos fanáticos armado con un revólver. No,
no hay nada de eso. Soy un tipo como cualquier otro. Si puedo llevar a cabo una
buena acción y ganar un lugar de honor en la historia, tanto mejor para mí.
Pero mi odio al tirano proviene primordialmente de motivos personales.
—¿Y
cómo es así? —preguntó Joenes.
—Ese
individuo —dijo Teseo— posee gustos particulares tan pervertidos como las
violentas pasiones que lo han conducido al poder. Habitualmente, ese tipo de
revelaciones son mantenidas en secreto y pasan por ser calumnias o invenciones
delirantes de algún imbécil envidioso. Sus publicitarios se preocupan de que
eso sea así. Pero yo conozco la verdad.
«Un
día, ese prohombre atravesó la ciudad donde yo vivía en su Cadillac negro
blindado; bien protegido tras sus cristales antibalas, chupaba un enorme
cigarro y saludaba con la mano a la multitud. De pronto, en medio de la gente
vio a una niñita, e hizo detener el coche.
»Sus
guardaespaldas dispersaron a los mirones; sólo algunas personas contemplaron la
escena, ocultos tras las puertas o en las azoteas de las casas. El tirano
descendió del coche y se dirigió hacia la niñita. Le ofreció helados, bombones,
y le pidió que diera un paseo con él.
»Entre
aquellos que permanecían ocultos, algunos comprendieron lo que ocurría y se
precipitaron en ayuda de la niñita. Pero los guardaespaldas los mataron a
tiros. Habían colocado silenciadores en sus armas, y le dijeron a la niñita que
todos aquellos hombres habían sentido de repente deseos de dormir.
»Pese
a su total inocencia, la niñita sospechó algo. Quizá la alertaron los
temblorosos y lascivos labios del tirano, su frente perlada de sudor. Por ello,
aunque deseaba con toda su alma los helados y los bombones, vaciló, indecisa,
mientras el tirano temblaba de concupiscencia y nosotros, tras las puertas y en
las azoteas, contemplábamos impotentes, y nuestro temor por ella no nos dejaba
ni respirar.
»Tras
contemplar con ojos de deseo el maravilloso montón de dulces y haber observado
los nerviosos movimientos del tirano, la niñita se decidió: dijo que aceptaba
subir al coche si sus amiguitas podían acompañarla. En la terrible
vulnerabilidad de su inocencia, creía que entre sus amiguitas estaría
completamente segura.
»El
tirano enrojeció de placer. Sus ojos se nublaron. Su siniestra divisa era que
cuantos más fueran más reinan. Hizo que la niñita trajera a todas sus
amiguitas, y ella las llamó.
»Toda
la chiquillería subió al Cadillac negro. Y nadie pudo hacer nada, ya que el
tirano había tenido la inteligencia de conectar su aparato de radio, que
difundía la música más maravillosa y más alegre del mundo.
»Al
son de esta música, y bajo una lluvia de caramelos y bombones, el tirano cerró
la portezuela. Sus guardaespaldas, montados en sus poderosas motocicletas,
rodearon el coche. Luego desaparecieron, camino de inconfesables orgías en los
apartamentos privados del tirano. Nadie ha vuelto a ver nunca más a aquellos
niños. Y, quizá lo haya adivinado usted, la niñita que raptó bajo mis propios
ojos, mientras yo contemplaba impotente tras mi puerta la escena, en medio de
los cadáveres de mis conciudadanos, era mi propia hermana.»
Teseo
se secó las amargas lágrimas que fluían de sus ojos.
—Ahora
—le dijo a Joenes— conoce usted las razones personales que me hacen desear la
muerte del tirano. Quiero destruir esa encarnación del mal, vengar a mis amigos
asesinados, salvar a los niños a los que ha seducido, pero sobre todo encontrar
de nuevo a mi pobre hermanita. No soy ningún héroe, tan solo un tipo como los
demás, a quien las circunstancias han obligado a emprender esta justa empresa.
Joenes,
cuyos ojos tampoco estaban secos, abrazó a Teseo y le dijo:
—Le
deseo buena suerte en su justa búsqueda, y confío en que tenga éxito.
—Tengo
razones para creerlo —dijo Teseo—. Y no estoy desprovisto de la voluntad y de
la astucia indispensables para llevar a buen término esa difícil tarea. Para
empezar, busqué a la propia hija del tirano. Me gané su simpatía, usé todos los
artificios posibles, y conseguí que se enamorara de mí. Entonces la seduje, lo
que me proporcionó una cierta satisfacción, ya que tenía más o menos la misma
edad que mi propia hermanita. Como ella deseaba casarse, le prometí que me
casaría con ella, aunque en realidad esta idea me repugne tanto que preferiría
cortarme antes la cabeza. Luego le expliqué la clase de hombre que era su
padre. Al principio, aquella pequeña idiota no quiso creerme, tanto quería al
tirano de su papá. Pero me quería aún más a mí, de modo que poco a poco se fue
dejando convencer. Finalmente (y esa fue la última etapa), le pedí que me
ayudara a asesinar a su padre. Ya podrá imaginar lo que me costó. Aquella
maldita chiquilla no quería que yo matara a su papá, hubieran sido cuales
hubieran sido sus responsabilidades y sus crímenes. Pero la amenacé con
abandonarla para siempre si me negaba su ayuda; desgarrada entre su amor por mí
y su afecto hacia su padre, estuvo a punto de volverse loca. No dejaba de
suplicarme que olvidara el pasado, cuando nada en el mundo lo podría borrar. Me
pedía que huyéramos a algún lugar alejado, donde yo no pensaría más en su padre
y podría dedicarme sólo a ella. ¡Como si pudiera ver su rostro sin ver a través
de ella los rasgos del tirano! Durante los muchos días que se me resistió,
creyendo que conseguiría persuadirme de actuar como ella deseaba, me hablaba
constantemente de su amor por mí, en términos exagerados, casi histéricos. No
dejaría jamás que la vida nos separara, me decía, y si yo moría ella se mataría
también. En fin, me inundaba con una cantidad tal de estupideces que yo, como
hombre de buen sentido que soy, llegué a sentir repugnancia.
«Finalmente
terminé amenazándola con abandonarla. Entonces todo su valor se desvaneció. Con
las más exquisitas manifestaciones de asco hacia sí misma, aquel joven monstruo
se decidió a ayudarme en la preparación del asesinato de su adorado padre, a
condición de que yo le jurara que jamás la abandonaría. Por supuesto, le juré
todo lo que ella quiso. Le hubiera prometido cualquier cosa con tal de
conseguir su colaboración.
»Así,
me reveló lo que solo ella conocía: dónde hallar el despacho de su padre en
este inmenso edificio. Y también me dio este ovillo, a fin de que pudiera
volver a hallar mi camino y salvarme rápidamente una vez cumplido mi cometido.
Finalmente, me consiguió este revólver. Y aquí estoy, camino al despacho del
tirano.»
—Entonces,
aún no lo ha encontrado.
—Todavía
no. Como debe usted saber ya, esos pasillos son extraordinariamente largos y
tortuosos. Además, la mala suerte me ha perseguido. Ya le he dicho que soy de
temperamento nervioso, y tengo tendencia a disparar antes de tomarme el tiempo
necesario para pensar. Debido a mi impulsiva naturaleza, he matado hace unas
pocas horas, y enteramente por accidente, a un hombre con uniforme de oficial.
Se tropezó conmigo por sorpresa, y disparé antes de pensar.
—¿Era
acaso el cartógrafo? —preguntó Joenes.
—No
sé quién era. Pero llevaba insignias de coronel y tenía un rostro agradable.
—Entonces
era el cartógrafo —dijo Joenes.
—Lo
siento. Pero aún lo siento más por las otras tres personas que he matado en
este mismo recinto. Decididamente, no tengo suerte.
—¿Quiénes
eran?
—Con
gran dolor de mi corazón, tres de los niños que había acudido a salvar. Sin
duda habían abandonado furtivamente los apartamentos del tirano en su intento
por recobrar la libertad. Disparé contra ellos como hice con el oficial, y como
he estado a punto de hacerlo con usted: es decir apenas verlos, sin darles
siquiera tiempo a hablar. No puedo hacer más que expresar mi tremendo dolor, y
reafirmar mi determinación de hacerle pagar al tirano todas esas perversidades.
—¿Y
qué piensa hacer usted con su hija? —preguntó Joenes.
—No
obedeceré a mis instintos naturales que me incitan a matarla. Pero esa maldita
putilla no volverá a verme nunca más. Y rezaré para que esa estirpe muera por
sí misma, con el corazón roto de dolor.
Y
diciendo esto, los ojos de Teseo se clavaron, furiosos, en la oscura hilera de
pasillos que se extendían ante él.
—Y
ahora —dijo—, debo proseguir mi misión. Adiós, amigo mío, y deséame buena
suerte.
Teseo
se alejó a buen paso, desenrollando tras él su brillante ovillo. Joenes lo
siguió con la mirada hasta el instante en que desapareció tras una esquina.
Durante un tiempo siguió oyendo aún el ruido de sus pasos, y luego reinó de
nuevo el silencio.
Hasta
que de repente una joven apareció en el pasillo situado tras Joenes.
Era
muy joven, casi una niña, gordita y de rostro rojizo, con los ojos reluciendo
con un brillo demente. Avanzaba con pasos sigilosos, tras la pista de Teseo. Y,
en su avance, iba recogiendo el hilo que el hombre tan cuidadosamente había ido
depositando en el suelo. Llevaba una enorme bola en la mano, y seguía
enrollándolo, borrando el rastro a través del cual confiaba Teseo poder huir.
En
el momento en que pasaba ante Joenes, se giró hacía él y le miró; sus rasgos
dejaban traslucir la cólera y el dolor. No dijo una palabra, pero posó un dedo
sobre sus labios como para recomendarle silencio. Luego siguió su camino,
siempre sigilosamente y enrollando el hilo.
Desapareció
tan aprisa como había aparecido, y el pasillo quedó de nuevo desierto. Joenes
miró a ambos lados, pero no vio nada que traicionara el paso de Teseo o de la
joven. Se frotó los ojos, se tendió nuevamente en el suelo, y se volvió a
dormir.
Algunos
historiadores mantienen que Joenes vivió otras numerosas aventuras mientras
permaneció en los pasillos del Octágono. Se dice que se encontró con las Tres
Parcas, y que esas viejas brujas le explicaron sus obligaciones y deseos, y que
por ellas Joenes aprendió algo de los problemas de los dioses, y de sus formas
de resolver esos problemas. Se dice también que Joenes durmió en el suelo del
corredor durante veinte años, y que despertó tan solo gracias a la intervención
de Afrodita Pandemos, la cual le contó la historia de su vida. Y cuando Joenes
le expresó su incredulidad con respecto a algunos detalles de esa historia, la
diosa cambió a nuestro héroe en mujer. En esta forma, Joenes vivió las más
curiosas aventuras y aprendió cosas que nunca, como hombre, había aprendido
antes. Y finalmente tuvo que reconocer que eran verdad todos los detalles de la
historia de Afrodita, y ésta volvió a transformarlo de nuevo en hombre.
Pero
esto son tan solo leyendas que corren, y no hay más detalles al respecto. Lo
cierto es que la que sigue es la última aventura de Joenes en el Octágono, y
que empezó en el momento en que despertó de nuevo tras su encuentro con Teseo.
LA
HISTORIA DE MlNOTAURO
Joenes
fue despertado por el contacto de una mano en su hombro. Se puso en pie de un
salto, e inmediatamente constató que el vestíbulo donde se había dormido ya no
era vetusto y ruinoso, sino moderno y brillando con innumerables cromados. El
hombre que acababa de despertarle era de apariencia fuerte, tan alto como
fornido, con el aire severo de quien no pierde el tiempo en tonterías. A todas
luces se trataba de un alto personaje.
—¿Es
usted Joenes? —preguntó—. Bueno, si ya ha terminado su sueñecito, supongo que
podemos ponernos a trabajar.
Joenes
presentó sus más humildes excusas por haberse dormido en lugar de buscar como
era su obligación el despacho en el cual estaba citado.
—Eso
no tiene ninguna importancia —dijo el alto personaje—. Aquí nos regimos por un
cierto protocolo, pero no creo que nadie pueda acusarle de no haber procedido
conforme a las reglas. Y de todos modos es mejor que haya dormido usted un
poco. Yo tenía mi despacho al otro lado del edificio, y los Servicios de
Seguridad me han comunicado que debía trasladarme aquí inmediatamente, tras
haber efectuado las reparaciones pertinentes. Los operarios lo hallaron
dormido, y decidieron que era mejor no molestarle. Han trabajado en silencio, y
solamente lo han movido para reparar la parte del suelo que ocupaba su cuerpo.
Y eso ni siquiera le ha hecho abrir los ojos.
Joenes
contemplaba incrédulo la enorme cantidad de trabajo que se había llevado a cabo
durante su sueño. A su derecha, donde antes había una cuarteada pared, había
una puerta de cristal donde podía leerse, en caracteres perfectamente
distinguibles, la inscripción: SALA 18891, PISO 12, NIVEL 6, ALA 63, SUBSECCIÓN
AJB-2. Ese era exactamente el lugar que durante tanto tiempo había estado
buscando en vano. Se sorprendió en voz alta de que su búsqueda terminara de esa
manera.
—No
hay nada sorprendente en ello —dijo su interlocutor—. Es un proceso
completamente normal. Los servicios oficiales conocen a la perfección no
solamente este edificio y su contenido, sino también todo lo que ocurre en él.
Son conscientes de las dificultades con las que tropiezan los extraños que
quieren dirigirse a algún lugar concreto, y desgraciadamente hay leyes muy
precisas que impiden ayudar a esos extraños. De modo que, en determinadas
condiciones, los altos estamentos oficiales le dan un giro a la ley y desplazan
el despacho de referencia de modo que sea él quien encuentre a la persona que
lo está buscando. Es algo razonable, ¿no? Ahora venga conmigo: debemos ponernos
a trabajar.
En
la oficina había una enorme mesa de despacho repleta de papeles, y tres
teléfonos que sonaban al mismo tiempo. El alto personaje le hizo una seña a
Joenes para que se sentara mientras se ocupaba de ellos. Lo hizo con una
pasmosa celeridad.
—¡Más
fuerte, chico! —le rugió al primer teléfono—. ¿Qué? ¿Una nueva inundación en el
Mississippi? ¡Construye una presa, diez presas si es necesario, pero contenía!
¡Envíame
un informe cuando hayas terminado con ello!
—¡Sí,
le oigo! —le gritó al segundo teléfono—. ¿Qué ocurre? ¿Que la gente se muere de
hambre en su zona? ¡Distribuya inmediatamente raciones! ¡No tiene más que
firmar con mi nombre en los almacenes del gobierno!
—¡Cálmese,
no entiendo nada! —le vociferó al tercer teléfono—. ¿Una epidemia en Los
Ángeles? ¿Y qué espera para enviar vacunas por avión, helicóptero o lo que sea?
¡Telegrafíeme cuando tenga dominada la situación!
Colgó
el tercer teléfono, y dijo a Joenes:
—Esos
imbéciles de asistentes se asustan por nada. No se atreverían a sacar de una
bañera a un bebé que se está ahogando sin pedirme antes mi autorización.
Escuchando
el rápido flujo de decisivas órdenes pronunciadas con voz firme, Joenes sintió
que una sospecha penetraba insidiosamente en su alma.
—No
me atrevería a asegurarlo —dijo—, pero tengo la impresión de que cierto joven,
exasperado por los deseos de venganza, anda merodeando por aquí...
—...con
la intención de asesinarme —terminó el hombre por él—. Es eso, ¿no? Bueno, el
asunto ha quedado arreglado hace como una media hora. Edwin J. Minotauro duerme
siempre con un ojo abierto. Mis guardias personales lo han arrestado.
Seguramente será condenado a cadena perpetua. Pero no se lo diga a nadie.
—¿Por
qué?
—Mala
publicidad. Sobre todo si se supieran las relaciones que mantenía con mi hija,
que, entre nosotros, está embarazada de él. Y eso que le dije a esa estúpida
que podía traer a casa a todos los amigos que quisiera. Pero no, tuvo que ir a
flirtear en secreto con los anarquistas. Hemos preparado una versión para la
prensa: ese Teseo me ha herido gravemente, se teme desesperadamente por mi
vida, y luego ha huido raptando a mi hija y violándola. ¿Comprende todas las
ventajas de una tal historia?
—Bueno,
no demasiado bien.
—Maldita
sea, eso va a atraer hacia mí las simpatías de la gente. Me compadecerán cuando
sepan que estoy agonizando, y me compadecerán aún más cuando sepan que mi única
hija ha sido raptada y violada por mi asesino. Entienda, pese a mis numerosas
cualidades, el pueblo no me quiere. Esa historia los atraerá hacia mi causa.
—Muy
ingenioso —dijo Joenes.
—Gracias
—dijo Minotauro—. Hablando francamente, hace algún tiempo que estoy preocupado
por mi publicidad, y si ese cretino no hubiera venido con su ovillo y su
revólver hubiera tenido que alquilar a alguien para que hiciera el trabajo. Lo
único que espero es que los periodistas saquen partido inteligentemente de todo
esto.
—¿Tiene
usted motivos para dudarlo?
—Oh,
van a escribir lo que yo les diga. Además, he comprado a un escritor para que
haga una novela de todo esto. Luego haré que saquen de ella una obra teatral y
que produzcan una película. No se preocupe, explotaré este asunto al máximo.
—¿Y
qué pasará con su hija?
—Bueno,
como ya le he dicho, ha sido raptada y violada por ese sujeto. Al que luego
obligaremos a casarse con ella, sólo para que el niño tenga un nombre, claro.
Luego iniciaremos los trámites del divorcio. Mientras tanto, vaya usted a saber
lo que escribirán esos imbéciles acerca de mi gordita Ariane. Seguramente
alabarán su belleza para complacerme. Y la gente que lee todas esas tonterías
sentirá que las lágrimas corren por sus mejillas al saber sus desdichas.
Incluso es probable que se emocionen hasta los reyes y los presidentes, que
prefieren leer esa burda literatura del corazón en lugar de una buena
estadística. La raza humana está compuesta en su mayor parte por inútiles,
mentirosos y torpes. A veces consigo llegar a hacerles actuar como creo que deben
actuar, pero sinceramente, que me ahorquen si los entiendo.
—¿Y
las niñitas? —preguntó Joenes.
—¿Eh?
¿Qué niñitas? —gruñó Minotauro, con el ceño fruncido.
—Esto...
Teseo me dijo...
—Oh,
ese hombre es un perturbado, inteligente pero perturbado. Si no fuera por el
puesto que ocupo, lo demandaría por difamación. ¡Niñitas! ¿Cree usted que tengo
tiempo de pensar en esas cosas? Olvide esa historia de las niñitas. Mejor que
pasemos a discutir su misión.
Joenes
asintió, y Minotauro le expuso brevemente la situación política que seguramente
iba a encontrar en Rusia. Le mostró un mapa secreto, en el cual se hallaban
indicadas aproximadamente la posición y la fuerza respectivas de los ejércitos
comunistas y occidentales, de uno a otro extremo del planeta. Joenes se sintió
sorprendido por la tremenda magnitud de las fuerzas enemigas, pintadas de un
color rojo sangre, esparcidas por numerosos países. Las fuerzas occidentales,
pintadas de un color azul cielo, parecían en comparación absolutamente
insuficientes.
—La
situación no es tan desesperada como parece —dijo Minotauro—. En primer lugar,
este mapa es tan sólo fruto de nuestras conjeturas. Además, poseemos un
gigantesco stock de cabezas nucleares, así como un sistema completo de misiles
para transportarlas. Esos misiles fueron experimentados el año pasado, durante
las Grandes Maniobras del Simulacro. Un misil Gnomo, equipado con un modelo
perfeccionado de cabeza nuclear, hizo saltar él solo a lo, uno de los satélites
de Júpiter, en el cual habíamos construido una falsa base rusa.
—Esto
suena como si realmente fuéramos fuertes —dijo Joenes.
—Oh,
sí. Lo somos. Pero los rusos y los chinos también disponen de misiles
perfeccionados, que hace cuatro años consiguieron hacer estallar el planeta
Neptuno. Bueno, en pocas palabras, parece que las fuerzas están bastante
equilibradas. Quizá últimamente haya algún desacuerdo entre rusos y chinos a
causa del incidente de Yingdraw, pero no podemos contar con ello.
—¿En
qué podemos contar entonces? —preguntó Joenes.
—Nadie
lo sabe —dijo Minotauro—. Es por eso por lo que lo enviamos a usted allá.
Nuestro problema es información, Joenes. ¿Qué está tramando actualmente el
enemigo? ¿Qué está pasando realmente allí? ¿Comprende en qué consiste su
misión, Joenes?
—Sí,
creo que sí —dijo Joenes.
—Tenga
en cuenta que no estará sirviendo usted a una facción o a un grupo en
particular; y sobre todo, a su regreso no debe contarnos usted lo que supone
que deseamos oír. No hay ni que minimizar ni que aumentar lo que usted vea
allá, sino describírnoslo lo más objetivamente y lo más sencillamente posible.
—Lo
haré lo mejor que pueda —dijo Joenes.
—Supongo
que no se le puede pedir más —dijo Minotauro, a regañadientes.
Luego
le dio los papeles y el dinero que iba a necesitar. Y, en lugar de enviarlo de
nuevo a los pasillos en busca de la salida, abrió una ventana y pulsó un botón.
—Siempre
utilizo esta salida—dijo Minotauro, ayudando a Joenes a instalarse en la silla
al lado del piloto—. No tengo tiempo de romperme la cabeza con esos malditos
pasillos. Buena suerte, Joenes, y no olvide nada de lo que le he dicho.
Joenes
aseguró que no iba a olvidar nada. Se sentía profundamente emocionado por la
confianza que Minotauro depositaba en él. El helicóptero tomó la dirección del
Aeropuerto de Washington, donde lo esperaba un avión a reacción especial
autopilotado. Pero, en el momento en que el helicóptero se despegaba de la
ventana, Joenes creyó oír unas ahogadas risas infantiles en la habitación que
comunicaba con la oficina de Minotauro.
12.
La historia de Rusia
(según
la narración de Pelui de la Isla de Pascua)
Joenes
ocupó su lugar en el jet especial, y unos minutos más tarde volaba hacia el
norte, muy alto en el cielo, en dirección al polo. La cena le fue servida automáticamente,
y luego pudo contemplar un film exhibido especialmente para su placer
solitario. El sol estaba bajo en el horizonte cuando el piloto automático del
jet le pidió a Joenes que se atara el cinturón de seguridad, ya que iban a
aterrizar en el aeropuerto de Moscú.
El
aterrizaje se produjo sin el menor incidente, y Joenes, dominado por la
aprensión y la excitación, aguardó a que la puerta del jet se abriera sobre la
capital del mundo comunista.
Fue
recibido por tres representantes del gobierno soviético. Llevaban gorros,
pellizas y botas de piel, una protección necesaria contra el helado viento que
soplaba sobre la llana tierra. Se presentaron, y le pidieron a Joenes que
subiera al coche oficial que aguardaba para llevarlos a la ciudad. Durante el
viaje, Joenes tuvo ocasión de observar detenidamente a los hombres con los que
tendría que tratar.
El
camarada Slavski era barbudo hasta los ojos, pequeñitos, profundos y
maliciosos.
El
camarada Oruthi era pequeño, pelado al cero, y cojeaba ligeramente.
El
mariscal Trigask era redondo, jovial, y parecía un hombre en quien se podía
confiar.
En
la Plaza Roja, el coche se detuvo ante la Casa de la Paz. En el interior, el
fuego crepitaba alegremente. Los rusos ofrecieron a Joenes un confortable
sillón y se instalaron a su lado.
—Será
mejor que no perdamos el tiempo con palabras vanas —dijo el mariscal Trigask—.
Como prólogo a nuestra discusión, me limitaré a desearle la bienvenida a
nuestra querida capital. Siempre nos sentimos felices cuando un diplomático
occidental tan acreditado como usted acude a visitarnos. Tenemos por costumbre
ir siempre directos al grano, y deseamos que nuestros interlocutores actúen de
igual modo. Esta es la única forma de que funcionen las cosas. Quizá haya
observado usted, a su llegada al aeropuerto...
—Sí
—interrumpió Slavski—; ruego que me perdonen, suplico su perdón, ¿pero han
observado ustedes esos cristalinos de nieve inmaculada? ¿Y ese cielo invernal
tan blanco, tan blanco? Lo siento muchísimo, no debería levantar la voz, pero
pese a mi bajeza esos sentimientos me exaltan, y una fuerza irreprimible me
impulsa a veces a expresarlos. ¡La naturaleza, señores! Perdonen, pero debo
decirlo: a veces la naturaleza tiene algo que...
—Ya
es suficiente, Slavski —interrumpió a su vez el mariscal Trigask—. Estoy
convencido de que Su Excelencia el Enviado Presidencial Joenes ha tenido
ocasión, en uno u otro momento, de observar la naturaleza. Soy un hombre
sencillo, y mis palabras son sencillas. Creo que podemos ahorrarnos esas
mundanidades. Aunque no quisiera parecer grosero. Soy un soldado, y las
sutilezas de la diplomacia me son extrañas. ¿Está claro?
—Absolutamente
—dijo Joenes.
—Estupendo
—dijo el mariscal Trigask—. ¿Cuál es entonces su respuesta?
—¿Mi
respuesta a qué?
—A
nuestras últimas proposiciones —dijo Trigask—. Supongo que no habrá hecho usted
todo ese viaje tan sólo para tomarse unas vacaciones.
—Me
temo —dijo Joenes— que me veo en la obligación de pedirle que me explique en
qué consisten esas proposiciones.
—Es
muy sencillo —dijo el camarada Oruthi—. Tan sólo deseamos que su gobierno
destruya su stock de armamentos, nos ceda su colonia de Hawai, nos autorice a
instalarnos en Alaska (territorio que, originalmente, nos pertenecía), y nos
dé, como muestra de buena voluntad, la parte septentrional de California. En
estas condiciones aceptaremos, a cambio, acceder en algunas cosas que en este
momento no recuerdo exactamente. ¿Qué dice usted al respecto?
Joenes
intentó explicar que no poseía ninguna autoridad para aceptar o rechazar nada,
pero los rusos se negaron a aceptar eso. Consecuentemente, sabiendo que
Washington no consideraría aceptables aquellas proposiciones, Joenes respondió
en forma negativa.
—¿Se
dan cuenta? —dijo Oruthi—. Les dije que no estarían de acuerdo.
—De
todos modos, valía la pena intentarlo, ¿no? —dijo el mariscal Trigask—. A fin
de cuentas, podían haber dicho que sí. Pero volvamos a lo esencial. Señor
Joenes, quiero que tanto usted como su gobierno sepan que estamos dispuestos a
rechazar cualquier ataque susceptible de ser lanzado contra nosotros.
—Nuestras
defensas —dijo Oruthi— cubren un territorio que, desde Alemania del Este, se
extiende a lo largo desde el Báltico hasta el Mediterráneo, y en profundidad
desde Berlín a Omsk. Además, nuestras defensas son automáticas, y mucho mejores
que las de la Europa occidental. En pocas palabras, les superamos ampliamente,
y nos sentiremos orgullosos de demostrárselo cuando ustedes quieran.
Slavski,
silencioso desde hacía rato, dejó oír de nuevo su voz:
—¡Usted
podrá ver todo eso, amigo mío! ¡Usted podrá ver la difusa luz de las estrellas
reflejándose en los cañones de los fusiles! Le ruego que me perdone, pero
incluso una persona tan humilde como yo, una persona que fácilmente podría ser
tomada por un comerciante de pescado o un carpintero, tiene sus momentos
poéticos. ¡Es cierto, señores, aunque ustedes se rían! ¿Acaso uno de nuestros
mayores poetas no ha dicho: «Oscura es la hierba / Cuando la negra noche / cae
como un manto»? ¡Oh, ustedes seguramente nunca esperaron oírme recitar versos!
Ya sé que eso no es conveniente. ¡Soy consciente de ello, se lo aseguro!
Lamento mi conducta más de lo que pueden ustedes imaginar, la deploro. Sin
embargo...
El
camarada Oruthi palmeó suavemente su hombro, y Slavski calló. Oruthi prosiguió:
—No
preste atención a sus inspiraciones, señor Joenes. El camarada Slavski es un
brillante teórico, y eso explica que se siente inclinado a la autocrítica.
¿Dónde estábamos?
—Creo
—dijo el mariscal Trigask— que yo estaba explicándole al señor Joenes lo
perfectamente a punto que está nuestro sistema defensivo.
—Exacto
—dijo Oruthi—. No querría que su gobierno se equivocara al respecto. Y le
aconsejo también que no le dé mucha importancia al incidente de Yingdraw.
Seguramente los publicitarios de ustedes lo habrán presentado bajo una óptica
falsa. La verdad es muy simple. Y el propio incidente fue el resultado de un
incidente también muy simple.
—Yo
estaba allí cuando sucedió —dijo el mariscal Trigask—, y puedo explicarle lo
que ocurrió realmente. Las fuerzas que yo comandaba, es decir el primero,
octavo, decimoquinto y vigésimoquinto cuerpos de ejército, se hallaban de
maniobras en Yingdraw, cerca de la frontera con la República Popular China.
Durante
esas maniobras, fuimos violentamente atacados por un grupo de revisionistas
chinos corrompidos por el oro capitalista, que habían escapado, no sé cómo, de
las autoridades de Pekín.
—Por
aquel entonces —dijo Oruthi— yo era comisario político, y puedo jurarle que
todo lo que está diciendo el mariscal es cierto. Aquellos bandidos se arrojaron
sobre nosotros, vestidos con el uniforme del cuarto, duodécimo, decimotercero y
vigésimosegundo cuerpos del ejército chino. Naturalmente, antes de hacerlos
retroceder hasta el otro lado de la frontera, informamos debidamente a Pekín.
—Por
supuesto —dijo el mariscal Trigask sonriendo irónicamente—, ellos pretendieron
que habíamos sido nosotros quienes habíamos invadido su territorio, y que ellos
tan sólo nos expulsaron. Éste, naturalmente, es el tipo de explicación que
puede esperarse de tales rebeldes, de modo que empleamos todas nuestras fuerzas
en la batalla. Mientras tanto, habíamos recibido un mensaje de Pekín.
Desgraciadamente, aquel mensaje estaba escrito en chino. Como éramos incapaces
de descifrarlo, lo enviamos a Moscú para ser traducido. Mientras esperábamos,
el combate creció en virulencia, y durante una semana ambos bandos se
destrozaron furiosamente.
—El
mensaje nos fue remitido de vuelta —dijo Oruthi—. Estaba escrito en estos
términos: «El gobierno de la República Popular China protesta contra las
acusaciones de expansionismo formuladas contra él, principalmente en lo que
concierne a las tierras ricas e incultivadas vecinas a las superpobladas
regiones fronterizas chinas. No hay rebeldes ni revisionistas en el territorio
de la República Popular China, y su existencia es imposible en un Estado
realmente socialista. En consecuencia, ordenamos que renuncien inmediatamente a
sus acciones hostiles dirigidas contra nuestras apacibles fronteras.»
—Puede
usted imaginar cuál fue nuestra perplejidad —dijo el mariscal Trigask—. Los
chinos afirmaban que no había rebeldes ni revisionistas entre ellos, mientras
nosotros estábamos luchando contra más de un millón de ellos que habían robado
uniformes del Glorioso Ejército Popular Chino.
—Afortunadamente
—dijo Oruthi—, el Kremlin nos había enviado también un consejero, un experto en
asuntos chinos. Nos dijo que no teníamos que preocuparnos por la primera parte
del mensaje, la que contenía las acusaciones de expansionismo, ya que esto no era
más que una fórmula de cortesía. En cuanto a la segunda, la que negaba la
existencia de rebeldes y revisionistas, manifiestamente iba destinada a cubrir
las apariencias. En consecuencia, nos animó a rechazar al enemigo hasta China.
—Lo
cual —hizo notar el mariscal Trigask— no fue nada fácil. Los rebeldes y
revisionistas habían recibido un refuerzo de varios millones de hombres
armados, y con la sola fuerza de su número habían conseguido empujarnos hasta
Omsk, saqueando a su paso el Semipalatinsk.
—Observando
que la situación se agravaba —dijo Oruthi—, solicitamos refuerzos. Acudieron
veinte divisiones del ejército ruso. Gracias a ellas pudimos masacrar un número
incalculable de rebeldes y revisionistas, y empujar a los demás hasta la otra
orilla del SiKiang.
—Con
lo cual —dijo el mariscal Trigask —creímos haber terminado el incidente.
Avanzábamos sobre Pekín para cambiar impresiones con el gobierno de la
República China, cuando un nuevo contingente de rebeldes y revisionistas se
arrojaron sobre nosotros. Esta vez eran casi cincuenta millones.
Afortunadamente, no todos poseían armas.
—Incluso
el oro capitalista tiene sus límites —hizo notar Oruthi.
—También
recibimos una nueva nota de Pekín —dijo el mariscal Trigask—. Nos ordenaba
abandonar inmediatamente el territorio chino, y dejar en paz los elementos
defensivos del Ejercito Popular Chino.
—Eso
al menos es lo que nosotros creímos leer —dijo Oruthi—. Pero, por algún
demoníaco ardid, el mensaje estaba construido de tal forma que, leído de arriba
a abajo, se convertía en un poema que decía: «Qué hermosa es la montaña / que
flota en el río / al otro lado de mi jardín.»
—Lo
más divertido —dijo el mariscal Trigask— es que, mientras descifrábamos el
mensaje, el enemigo nos obligó a retroceder varios miles de kilómetros,
atravesando toda el Asia septentrional hasta Stalingrado. Allá resistimos lo
suficiente como para sembrar la muerte entre las filas de los rebeldes y
revisionistas. Pero éstos nos forzaron a retroceder de nuevo hasta Karkov, y de
allí hasta Kiev, y desde allí hasta Varsovia. La situación empezaba a ponerse
seria. Recluíamos voluntarios en Alemania Oriental, en Polonia, en
Checoslovaquia, en Rumania, en Hungría y en Bulgaria. Traicioneramente, los
albaneses se unieron a los griegos que, juntamente con los yugoslavos, atacaron
nuestra retaguardia. Tras rechazarlos, concentramos nuestras fuerzas en
dirección este. Obligamos a los rebeldes y revisionistas a retroceder todo el
camino que habían hecho, hasta más allá de Cantón, que devastamos a nuestro
paso.
—Entonces
—continuó Oruthi—, los rebeldes y revisionistas echaron mano a sus últimas
reservas, y nos obligaron a volver a nuestras fronteras. Una vez reagrupadas
allí nuestras tropas, transcurrimos bastantes meses librando una serie de
escaramuzas. Finalmente, y de mutuo acuerdo, nosotros nos retiramos al otro
lado de nuestra frontera, y ellos también de la suya. Así terminó el incidente
de Yingdraw.
—Desde
entonces —dijo Oruthi— no hemos podido volver a entrar en contacto con Pekín.
Pero suponemos que el enfado de nuestro gran aliado pasará pronto.
—De
todos modos —dijo el mariscal Trigask—, no olvide decirle a su Presidente que,
pese a ello, nuestro sistema de defensa automática y nuestro potencial
misilístico están intactos, aunque nuestros efectivos militares convencionales
se hayan visto algo reducidos. Estamos dispuestos a hacer llover sobre su país
la destrucción y la muerte si es necesario. Por cierto, imagino que deseará
tomar usted algo...
Joenes
se reconfortó a base de grandes cantidades de yogurt y pan negro, que era lo
único de que disponía el país por el momento. Luego, sus tres interlocutores lo
acompañaron, a bordo de su propio avión, a fin de que pudiera ver las
fortificaciones.
Joenes
pudo ver hileras y más hileras de cañones, de minas, de metralletas, de
alambradas, de búnkers, extendiéndose interminablemente hasta el horizonte bajo
la apariencia de granjas, pueblos, ciudades, troikas, droshkys... Sin embargo,
todo aquel territorio estaba desierto, lo cual le hizo recordar lo que había
oído acerca de la situación en la Europa occidental.
De
regreso al aeropuerto de Moscú, los rusos descendieron del aparato, tras
desearle a Joenes un buen viaje.
Pero,
antes de su partida, el camarada Slavski le dijo:
—No
olvide, amigo mío, que todos los hombres somos hermanos. Oh, puede usted reírse
de los buenos sentimientos expresados por un borrachón como yo, que ni siquiera
es capaz de hacer correctamente lo que se le pide. No me enfadaré si se echa
usted a reír a carcajadas, como tampoco me enfadé ayer, cuando mi jefe,
Rosskolenko, me tiró de la oreja amenazándome con que perdería mi empleo si
volvía a presentarme borracho a la oficina. No odio a Rosskolenko, amo a ese
terrible hombre como a un hermano, aun sabiendo que cualquier día volveré a
emborracharme y me despedirá. Pero entonces, me pregunto, señores, ¿qué le
ocurrirá a mi pobre mujer, que llora día y noche, y que reza tendida en el sofá
del salón? ¿Qué le ocurrirá a mi hija mayor, Grustikaya, que plancha pacientemente
mis camisas y ni siquiera me insulta cuando le robo sus ahorros para ir a
beber? Ya me doy cuenta de que usted me desprecia, pero no se lo reprocho.
Nadie es más despreciable que yo. Pueden ustedes abrumarme de injurias,
caballeros, pero sin embargo seguiré siendo siempre un hombre cultivado, en mí
florecen los buenos sentimientos, y hubo un tiempo en que tenía un brillante
futuro ante mí...
En
aquel momento el avión de Joenes despegó, y éste no pudo oír el final del
discurso de Slavski, en el caso de que ese discurso tuviera algún final.
Joenes
reflexionó largamente sobre todo lo que había visto y oído. Necesitó un buen
tiempo para darse cuenta de que la guerra no era inevitable, que ni siquiera
era una posibilidad en las actuales circunstancias. Las potencias del caos se
habían abatido sobre Rusia y China, al igual que sobre toda la Europa oriental.
Pero no existía ninguna razón para que lo mismo se produjera también en
América.
Joenes
envió este mensaje, con todos los detalles, para que le precediera en su camino
a Washington.
13.
La historia de la guerra
(según
la narración de Teleu de Huahine)
Es
triste relatar que, mientras Joenes sobrevolaba California, una estación
automática de radar tomó su aparato por un avión soviético, y lanzó contra él
toda una serie de misiles. Aquel trágico incidente marcó el inicio de la gran
guerra.
Errores
de este tipo se han producido en todos los tiempos. Pero, en la América del
siglo xxi, en la que el hombre había entregado a las máquinas su afecto y su
confianza, y donde las propias máquinas eran semiautónomas, esos errores no
podían tener más que trágicas consecuencias.
Joenes
contempló con horror y fascinación los misiles volando a toda velocidad contra
su aparato. Luego sintió un violento choque: el piloto automático, dándose
cuenta del peligro, había lanzado a su vez sus misiles antimisiles.
Aquella
iniciativa desencadenó la reacción de otras estaciones de misiles de los
alrededores. Algunas de ellas eran automáticas, otras no, pero todas
respondieron inmediatamente a la señal de alarma. Durante este intervalo, el
aparato de Joenes había lanzado todo su armamento.
Pero
no había perdido nada de la sofisticada inteligencia que los ingenieros que lo
habían construido habían introducido en su cerebro electrónico. Conectó su
radio sobre la longitud de onda utilizada por las estaciones para mantener el
contacto con sus proyectiles, emitió a su vez la señal de alarma, se declaró
atacado, y dio órdenes de destruir los misiles lanzados con anterioridad, que
hizo pasar por blancos enemigos.
Su
táctica tuvo un cierto éxito. Los misiles más antiguos, los más rudimentarios,
se negaron a atacar a un aparato que identificaban como perteneciente a su
propio bando. Pero los demás, más sofisticados, habían sido concebidos
precisamente con las instrucciones necesarias para eludir cualquier tentativa
de engaño de este tipo por parte del enemigo. Prosiguieron la lucha, mientras
sus congéneres más antiguos defendían ferozmente el solitario avión.
Cuando
la batalla estaba en pleno apogeo, el aparato de Joenes desapareció. Dejando
que los misiles lucharan entre sí en el aire, puso rumbo a su base, el
aeropuerto de Washington.
Inmediatamente
después de su llegada, Joenes fue conducido por un ascensor automático a las
salas subterráneas que albergaban el Alto Mando, a varios centenares de metros
bajo tierra. Fue interrogado sobre lo que sabía del ataque que había sido
lanzado contra él, y cuál era la identidad de sus atacantes. Pero todo lo que
Joenes pudo responder fue que había sido atacado por un enjambre de misiles y
defendido por otro.
Aquella
información, y otros datos relativos a la batalla, fueron introducidos en una
calculadora automática, que un poco después emitió una lista de posibilidades,
por orden decreciente de probabilidad:
El
Bloque Comunista había atacado California.
Los
países neutrales habían atacado California.
Los
miembros de la Alianza Occidental habían atacado California.
Invasores
del espacio habían atacado California.
Nadie
había atacado California.
La
calculadora emitió también todas las combinaciones y permutaciones imaginables
de esas cinco posibilidades, señalándolas como subposibilidades alternativas.
Los
oficiales que aguardaban el resultado se vieron abrumados por esa enorme
cantidad de probabilidades, subprobabilidades, posibilidades y
subposibilidades. Habían creído poder adoptar inmediatamente aquella que la
máquina juzgara más verosímil, y obrar en consecuencia. Pero eso no era
posible. A medida que recibía nuevos datos, la calculadora revisaba y redefinía
sus posibilidades, cuyo orden y designación cambiaba constantemente. Al ritmo
de diez por segundo, iba escupiendo correcciones señaladas como URGENTÍSIMAS,
todas ellas diferentes. Los oficiales se desesperaron.
La
situación era desconcertante. Por ello no hay que sorprenderse de la decisión
que adoptaron finalmente los responsables: eligieron las cinco posibilidades
mayores elegidas por la máquina, les atribuyeron un índice de probabilidad
idéntico, y las sometieron al general Voig, Comandante en Jefe de las fuerzas
armadas, a fin de que se diera la decisión definitiva, ya que una Calculadora
de Posibilidades de Guerra no emitía órdenes sino tan sólo evaluaciones: el
emitir órdenes era únicamente responsabilidad y gloria de los seres humanos.
Voig
estudió las cinco alternativas que le eran propuestas. Tenía plena conciencia
de los problemas que planteaba la guerra moderna, y se veía obligado a
reconocer tristemente que debía apoyarse en las informaciones que tenía ante sí
para tomar una decisión con conocimiento de causa. Sin embargo, sabía también
que la mayor parte de aquellas informaciones tenían por autor a unas máquinas
tremendamente costosas que, sin embargo, eran a menudo incapaces de distinguir
un cohete de un pato salvaje; máquinas que necesitaban ser constantemente
vigiladas, reparadas, perfeccionadas, reconfortadas por regimientos de
ingenieros altamente especializados. Y pese a los cuidados que se les
prodigaba, Voig sabía que uno no podía confiar por completo en ellas. Las
creaciones no eran mejores que sus creadores, e incluso se les parecían en sus
peores aspectos. Al igual que los hombres, las máquinas eran presa a menudo de
crisis de inestabilidad emocional. Algunas sufrían de exceso de celo, otras
tenían alucinaciones, depresiones funcionales o psicosomáticas, algunas
terminaban por hundirse en un estado catatónico. Y además de sus propios
problemas, sufrían la influencia de sus operadores humanos. De hecho, las más
impresionables de entre ellas no eran más que extensiones de la personalidad de
aquellos que velaban por su funcionamiento.
Por
supuesto, el general Voig sabía que las máquinas no eran realmente conscientes,
y que por lo tanto no podían sufrir realmente ninguna de las enfermedades
reservadas a los seres conscientes. Sin embargo, daban la impresión de que sí
podían, lo cual venía a ser más o menos lo mismo.
Sin
embargo, el general Voig estaba entrenado para tomar decisiones rápidas. Es por
ello que apenas se tomó el tiempo de echar una ojeada a las cinco alternativas
y dudar por última vez de su propia competencia, antes de tomar su teléfono de
emergencias y dar sus instrucciones.
Ignoramos
cuál de las cinco posibilidades eligió el general, y cuáles fueron las
instrucciones que dio. De todos modos, eso no tenía la menor importancia. La
situación ya no dependía de él: no podía parar el ataque ni acelerarlo, ni
siquiera podía ejercer ninguna influencia en el curso de las hostilidades. La
batalla había escapado de su control, y todo ello a causa de la naturaleza
misma de las máquinas.
Un
misil californiano fue a estrellarse contra la base de Cabo Cañaveral, en
Florida, destruyéndola a medias. El resto de la base reunió sus fuerzas y las
lanzó en represalia en dirección de donde parecía haber llegado el enemigo, es
decir California. Otros misiles, más o menos alcanzados, cayeron un poco por
todas partes a lo ancho y a lo largo del país. Los jefes militares del estado
de Nueva York, de Nueva Jersey, de Pennsylvania y de otros lugares reaccionaron
bajo su propia responsabilidad, al igual que las estaciones de misiles
automáticos. Hombres y máquinas disponían de todas las informaciones necesarias
para justificar su acción. De hecho, antes de la ruptura de su red de
comunicaciones, habían recibido un auténtico diluvio de informes que cubrían
todas las posibilidades imaginables. Puesto que eran soldados, eligieron la más
desastrosa.
De
uno a otro extremo de California, y a través de toda la extensión de la América
occidental, las represalias se sucedieron a las represalias. Los comandantes
locales imaginaron que el enemigo, cuya identidad ignoraban, había establecido
cabezas de puente en la costa este de América. Su principal empeño era
destruirles, y para ello no vacilaron en emplear cabezas nucleares cada vez que
lo juzgaron necesario.
Todo
aquello se produjo con una terrible rapidez. Los comandantes locales y sus
máquinas, sometidos a una infernal lluvia de fuego, intentaban resistir el
mayor tiempo posible. Algunos de ellos quizá esperaron órdenes más específicas;
pero, a fin de cuentas, todos aquellos que podían luchar lo hicieron, sembrando
el desorden y la destrucción hasta las regiones más alejadas del globo. Y muy
pronto aquella civilización donde proliferaban las máquinas desapareció de la
faz de la Tierra.
Mientras
se producía todo esto, Joenes contemplaba, con ojos alucinados, en el Alto
Mando, cómo unos generales daban unas órdenes que eran revocadas inmediatamente
por otros generales. Asistía a todo aquello, y seguía sin saber contra quién se
estaba luchando.
De
pronto, un enorme temblor sacudió la estructura del edificio. Aunque enterrado
a centenares de metros, acababa de ser alcanzado por los misiles especialmente
concebidos para enterrarse profundamente en el suelo antes de estallar.
Joenes
tendió los brazos para mantener el equilibrio, y se agarró al hombro de un
joven teniente. Éste se giró, y Joenes lo reconoció inmediatamente.
—¡Lum!
—exclamó.
—¡Hey,
Joensey! —dijo el teniente.
—¿Cómo
has llegado hasta aquí? —preguntó Joenes—. ¿Y qué haces con uniforme de
teniente?
—Bueno
—dijo Lum—, es una historia larga y más bien extraña, ya que yo nunca he tenido
lo que podría llamarse un temperamento militar. Pero estoy realmente contento
de que me hayas hecho esta pregunta.
El
Puesto de Mando tembló nuevamente, tirando por el suelo a varios oficiales.
Pero Lum consiguió mantener el equilibrio, y le contó a Joenes cómo se había
unido al ejército.
14.
Cómo Lum se unió al ejército
(según
las propias palabras de Lum, tal como están narradas en el Libro de las Fiji,
Edición Ortodoxa)
Bueno,
muchacho, me largué del Asilo Psiquiátrico para Criminales Dementes poco tiempo
después que tú, y me fui a Nueva York, donde me habían invitado a un viaje más
que swing. Aquella noche me pegué un buen latigazo de cocaína, lo cual es un buen
relleno cuando uno no está acostumbrado a ella. Tú sabes que siempre he sido
fiel al peyote; la heroína nunca me ha interesado; en cuanto a la cocaína...
bueno, antes de probarla en esa ocasión pensaba que era buena tan sólo para
esos viejos jodidos.
Mientras
flotaba, me sentía como una especie de Florence Nightingale: sentí deseos de ir
a curar a las máquinas heridas en los campos de batalla. Cuanto más pensaba en
ello, más me decía que había nacido precisamente para eso, y más triste me
sentía imaginando a todas aquellas pobres máquinas dolientes, aquellas
metralletas con los cañones quemados, aquellos tanques cubiertos de herrumbre,
aquellos reactores con el tren de aterrizaje roto... Me decía que sus
sufrimientos eran aún más terribles por el hecho de ser mudos, y sabía que
debía consagrar todo el resto de mi vida a aliviarlos, a reconfortarlos.
Como
puedes ver, fue un maldito viaje; y en ese estado me presenté a la oficina de
reclutamiento más cercana, y me alisté para estar más cerca de mis pobres
máquinas.
A la
mañana siguiente, cuando me desperté, me di cuenta de la jodida situación en
que me había metido; eso me despejó. Me fui en busca del cochino de reclutador
que tan vergonzosamente se había aprovechado de mi estado, pero se había ido a
Chicago, donde debía dar una conferencia sobre reclutamiento en un burdel.
Entonces me precipité a ver al comandante, y entre otros detalles le dije que
yo era un drogadicto, que acababa de salir de un asilo psiquiátrico para
criminales dementes, que se lo probaría cuando él quisiera, y que además tenía
tendencias homosexuales latentes, que no podía soportar las armas de fuego, que
estaba completamente ciego de un ojo y que sufría de la columna vertebral, por
todo lo cual, legalmente, no podía ser aceptado en el ejército, tal como
señalaba el párrafo C de la página 123 del Código de Alistamiento.
El
comandante me miró fijamente a los ojos, sonriendo como sólo saben sonreír los
militares de carrera y los polis.
—Soldado
—me dijo—, tu nueva existencia no hace más que empezar, así que estoy dispuesto
a cerrar los ojos sobre ciertas irregularidades en tu forma de dirigirte a tus
superiores. Ahora, lárgate de aquí y ve a pedirle instrucciones al sargento.
Al
ver que yo no tenía ninguna intención de irme de allí, dejó de sonreír y dijo:
—Mira,
soldado, el hecho de que estuvieras cargado como dices cuando te alistaste no
le importa a nadie. En cuanto a los distintos impedimentos que mencionas, no te
preocupes por ellos. He conocido a drogadictos empedernidos que hacían un
trabajo de primera en Planificación, y nadie podrá decir nada de los estupendos
logros de la Brigada Homosexual en nuestra última actuación en la Patagonia.
Así que compórtate como un buen soldado, y verás cómo el ejército no es tan
malo como eso. Pero no pases tu tiempo citando el Código de Alistamiento como
si fueras un abogado de oficio, porque vas a hacerte mal ver de mis sargentos,
y puede que te vuelvan la cabeza del revés y te la peguen así de nuevo al
cuerpo. ¿Has comprendido? Estupendo. Ahora ambos sabemos cuál es nuestro lugar,
y no voy a tomar ninguna acción sobre ello. Incluso te felicito por el ardor
patriótico que demostraste ayer por la noche, alistándote en el ejército por un
período ininterrumpido de cincuenta años. ¡Así me gusta, muchacho! Ahora,
lárgate de aquí y preséntate al sargento.
Así
que me fui de su despacho, preguntándome cómo iba a salirme de aquello, ya que
uno puede escapar de una prisión o de un asilo, pero nunca del ejército. Me
sentía terriblemente deprimido. Luego, unos pocos días después, fui nombrado
subteniente, e inmediatamente después agregado al estado mayor personal del
general Voig, que es quien manda en todo este embrollo.
Al
principio creí que había sido elegido por mi encantadora personalidad, pero he
terminado por darme cuenta que no era nada de eso. Al parecer, al alistarme
bajo los efectos de la mierda, escribí en la línea reservada a la profesión:
«alcahuete», y esto llamó la atención a los oficiales encargados de tomar nota
de los nuevos reclutas con talentos especiales. Le hablaron del asunto al
general Voig, y éste se apresuró a solicitar mi traslado y asegurarse mis
servicios.
Al
principio, no habiendo trabajado nunca en esa rama, no sabía exactamente lo que
tenía que hacer. Pero otro alcahuete del general, bautizado más
sofisticadamente como Oficial de Servicios Especiales, me puso al corriente. Mi
misión consistiría en organizarle un buen viaje al general Voig todos los
jueves por la noche, único día que se lo permitían sus obligaciones militares.
Es un trabajo sencillo: no tengo más que llamar a cualquiera de los números que
figuran en el Libro de Entretenimientos del Área Defensiva de Washington, o si
el tiempo apremia enviar un mensaje a los Servicios de Aprovisionamiento de las
Fuerzas Armadas, que tienen ramificaciones en todas las grandes ciudades. El
general se mostró muy satisfecho de mi eficacia, y debo confesar que el
ejército no es tan terrible y siniestro como yo había imaginado.
Ésta
es, Joenes, la razón de mi presencia aquí. En mi calidad de teniente y amigo
del general Voig, puedo asegurarte que esta guerra, sea cual sea la identidad
del enemigo, no puede estar en mejores manos. Esto es algo que todo el mundo
tendría que saber, ya que demasiado a menudo circulan calumnias acerca de las
personas que ocupan puestos importantes.
Por
otra parte, Joensey, muchacho, me creo en el deber de señalarte que acaba de
producirse una explosión, una explosión anunciadora de inminentes catástrofes.
Acaban de apagarse las luces, y el aire empieza a hacerse irrespirable. Así
pues, mi querido amigo, puesto que es evidente que nuestros servicios aquí ya
no son necesarios, te propongo que nos larguemos inmediatamente, si aún es
posible.
—Hey,
Joensey, ¿estás todavía aquí conmigo? ¿Te encuentras bien, muchacho?
15.
La huida de América
(según
la narración de Paaui de las Fiji)
Joenes
se hallaba aturdido por una explosión que se había producido muy cerca de su
cabeza. Aún bajo los efectos de la conmoción, se dejó conducir por su amigo
hasta un ascensor que los hundió todavía más en las entrañas de la tierra.
Cuando abrieron la puerta del ascensor, se hallaron ante un largo pasillo. Ante
ellos había un cartel que decía: AUTOPISTA SUBTERRÁNEA DE EMERGENCIA. SÓLO PARA
PERSONAL AUTORIZADO.
—No
sé si pertenecemos o no al personal autorizado —dijo Lum—, pero no hay tiempo
de ocuparse de detalles técnicos. Joenes, ¿puedes hablar? Justo delante de
nosotros tiene que haber un vehículo que nos llevará a un lugar que espero sea
seguro. El general me ha contado todo eso, y no creo que ese viejo buitre
hablara por hablar.
Hallaron
el vehículo allá donde Lum esperaba hallarlo, y durante varias horas circularon
bajo tierra hasta la costa este de Maryland, frente al océano Atlántico, donde
se hallaron de nuevo bajo la luz del día.
En
aquel punto, la fuerte voluntad de Lum se derrumbó, y ya no supo qué hacer.
Pero Joenes se había recuperado por completo. Tomando a su amigo del brazo,
descendió a la silenciosa playa. Luego echaron a andar hacia el sur, hasta
llegar a un puertecito desierto.
Eligió
de entre todos los botes que había amarrados a los muelles un velero, al que
transportó comida, agua, mapas e instrumentos náuticos que tomó de los demás
barcos. No había hecho la mitad de las cosas que deseaba hacer cuando unos
misiles pasaron aullando sobre su cabeza, de modo que decidió levar anclas
inmediatamente.
Lum
no recuperó por completo sus sentidos hasta que se hallaron a varias millas de
la costa. Miró a su alrededor y dijo:
—Hey,
muchacho, ¿puedo saber adonde vamos?
—A
mi casa —dijo Joenes—. A la isla de Manituatua, en el Pacífico Sur.
Lum
consideró aquello, y luego dijo suavemente:
—Eso
cae un poco lejos, ¿no crees? Bueno, quiero decir que con el Cabo de Hornos y
todo lo demás, debe haber como unas buenas ocho o nueve mil millas, ¿no?
—Algo
así —dijo Joenes.
—¿Y
no crees que sería mejor Europa, que está tan sólo a unas tres mil millas?
—No.
Yo vuelvo a casa —dijo Joenes firmemente.
—Está
bien, de acuerdo —dijo Lum—. Esté por el este o por el oeste, no hay nada como
la casa de uno. Pero no estamos muy sobrados de agua y alimentos para una tal
expedición, y tengo la sospecha de que no vamos a encontrar gran cosa por el
camino. Además, no tengo demasiada confianza en este barco. Tengo incluso la
impresión de que está empezando a hacer agua.
—Efectivamente
—dijo Joenes—. Pero creo que podremos arreglarlo. En cuanto a los alimentos y
el agua, espero que no nos falten. Lum, realmente no hay ningún otro lugar
adonde podamos ir.
—De
acuerdo —dijo Lum—. No quería desanimarte. Tan sólo quería tirar al aire una o
dos ideas para ver si alguna era aprovechable. Como no ha sido así, seguiré tu
ejemplo: esperar que todo termine bien. Pero creo que deberías aprovechar este
crucero para escribir tus memorias: valdrá la pena leerlas, y además servirán
para identificar nuestros pobres cadáveres deshidratados cuando hallen los
restos de este cascarón.
—No
estoy totalmente convencido de que vayamos a morir —dijo Joenes—, aunque debo
admitir que existen bastantes posibilidades. Pero ¿por qué no las escribes tú,
Lum?
—Quizá
lo haga —dijo Lum—. Pero creo que voy a preferir reflexionar acerca de los
hombres y los gobiernos, y de los medios de mejorarlos. Sí, creo que voy a
aplicar a esa tarea todos los recursos de mi fértil imaginación.
Una
idea maravillosa, Lum —dijo Joenes—. Ambos tenemos muchas cosas que decirle a
la gente, si es que encontramos en algún lugar gente a la que podamos decirle
algo.
Así,
pues, en perfecto acuerdo, Joenes y su leal amigo iniciaron su singladura a
través de un cada vez más oscuro mar, a lo largo de una peligrosa costa, hacia
un lejano e incierto destino.
16.
El fin del viaje
(escrita
por el editor, y compilado de todas las fuentes disponibles)
De
su viaje a lo largo de las costas de las dos Américas, doblando el Cabo de
Hornos y enfilando hacia las islas del sur del Pacífico, se sabe muy poco. Las
pruebas que debieron superar fueron terribles, y los peligros con los que se
enfrentaron enormes. Joenes nunca hizo ningún comentario de esa penosa
travesía; Lum, por su parte, lo único que dijo al respecto cuando fue
preguntado fue un lacónico:
—Bueno,
mire, usted ya sabe.
Efectivamente,
sabemos. Así que pasaremos inmediatamente al final del viaje de Joenes y Lum,
cuando, casi muertos de hambre, fueron arrojados por el mar a las costas de
Manituatua, cuyos habitantes se apresuraron a socorrerles.
Cuando
recobró el sentido, Joenes preguntó por su bienamada Tondelayo, a la que había
dejado en la isla. Pero aquella apasionada muchacha, cansada de esperar, se
había casado con un pescador de las Tuamotu, al que había dado dos hijos.
Joenes acogió la noticia filosóficamente, y dedicó su atención a los asuntos
mundiales.
Descubrió
que tanto Manituatua como sus islas próximas habían sufrido poco con la guerra.
El contacto, que con Asia y Europa se había roto hacía mucho tiempo, se había
roto también con América. Los más locos rumores corrían por la isla. Algunos
decían que se había producido una gran guerra, en cuyo transcurso todos los
países de la Tierra se habían destruido mutuamente. Otros afirmaban que la
culpa había sido de unos invasores extraterrestres increíblemente malvados.
Otros aseguraban que el responsable de lo ocurrido no había sido la guerra,
sino una terrible epidemia que había ocasionado un derrumbamiento general de la
civilización occidental.
Todas
estas teorías y muchas otras eran argüidas por sus distintos defensores, y son
argüidas aún. Personalmente, nos inclinamos por la opinión expresada por
Joenes: que se había producido una caótica explosión guerrera, nacida de modo
espontáneo, cuyo apogeo fue la destrucción de América, la última de las grandes
civilizaciones del Mundo Antiguo.
Algunos
efectos de esta explosión llegaron hasta las islas del sur del Pacífico.
Llegaron algunos rumores, y fueron vistos algunos misiles. La mayor parte de
ellos cayeron inofensivamente en el mar, pero uno cayó sobre Molotea,
destruyendo completamente su lado este y acabando con setenta y tres vidas. Las
bases de misiles americanas, situadas principalmente en Hawai y en las
Filipinas, aguardaron órdenes que nunca llegaron, y especularon
interminablemente acerca de la identidad del enemigo. El último misil cayó al
mar, y ya no llegaron más. La guerra había terminado, y el Viejo Mundo había
perecido como si nunca hubiera llegado a existir.
Joenes
y Lum permanecieron mucho tiempo sumidos en un estado de extrema debilidad.
Cuando se recuperaron, hacía ya varios meses que la guerra había terminado.
Estaban preparados para cumplir con su papel en la formación de la nueva
civilización.
Desgraciadamente,
no comprendían sus respectivas misiones del mismo modo, y no consiguieron
entenderse. Se esforzaron en preservar su amistad, pero eso se fue haciendo
cada vez más difícil. Sus discípulos tenían consciencia de sus problemas, y
algunos empezaron a preguntarse si aquellos dos pacifistas no terminarían
llegando a las manos.
Pero
no se llegó a eso. La influencia de Joenes predominaba en las islas del sur del
Pacífico, desde Nukuhiva en el oeste hasta Tonga en el este. En consecuencia,
Lum y sus discípulos embarcaron a bordo de una flotilla de piraguas y se
dirigieron al este, hasta las islas Fiji, donde las ideas de Lum habían
despertado un gran interés. Por aquel entonces ambos habían alcanzado los
cuarenta años, y se separaron con auténtico pesar.
Las
últimas palabras que Lum dirigió a Joenes fueron:
—Bueno,
muchacho, creo que cada gato ha de ir a cazar sus propios ratones si quiere
mantenerse en forma. Así que lo mejor será que me largue, ¿Okey? De todos
modos, siento largarme y dejarte así, ya sabes. Las hemos pasado de todos los
colores, y somos los únicos que sabemos. De modo que aunque sepa que tú estás
equivocado, sigue por ese camino, muchacho, que pese a todo, tus palabras son
buenas palabras. Voy a echarte en falta, chico, pero son cosas de la vida.
Hasta la vista.
Joenes
expresó idénticos sentimientos. Lum se dirigió a las Fiji, donde sus ideas
recibieron la mejor de las acogidas. Incluso en nuestros días, las Fiji siguen
siendo el centro del lumismo, y los fijianos no hablan el inglés tal como lo
hablaba Joenes, sino el que empleaba Lum. Algunos expertos consideran su
dialecto particular como la forma más pura y antigua de la lengua inglesa.
La
base de la filosofía preconizada por Lum se encuentra en las siguientes
palabras, pronunciadas por el propio Lum y recogidas en el Libro de las Fiji:
Mirad,
si las cosas pasaron como pasaron, la culpa fue de las malditas máquinas. De
modo que las máquinas son malas. Y están hechas de metal.
De
modo que el metal es malo. Es el mal encarnado. De modo que en cuanto nos
hayamos librado de todo ese maldito metal, las cosas volverán a ir bien de
nuevo.
Por
supuesto, ésta es tan sólo una parte de las enseñanzas de Lum. Profesaba
también unas teorías muy firmes acerca de la necesidad de la intoxicación y el
éxtasis («Hay que volar, chicos, hay que volar»), acerca del comportamiento
ideal («no debemos hacernos marranadas los unos a los otros»), acerca de los
límites que las sociedades no debían traspasar («haced que los polis os dejen
tranquilos»), acerca de las ventajas de la educación, de la tolerancia y del
respeto («no metáis vuestra sucia nariz en los asuntos de los demás»), acerca
de la importancia de los testimonios sensoriales objetivamente determinados
(«yo sólo creo en lo que veo»), acerca del concepto de cooperación en el seno
de un sistema social («cuantos más seamos, más reiremos»), y acerca de casi
todos los aspectos de la vida humana. Los ejemplos que acabamos de citar han
sido tomados del Libro de ¡as Fiji, donde están cuidadosamente reseñadas todas
las enseñanzas de Lum.
En
aquellos lejanos días del inicio del Nuevo Mundo, los fijianos se interesaron
particularmente en la teoría de Lum según la cual el metal es malo de por sí.
Siendo un pueblo de naturaleza aventurera y acostumbrado a largos viajes,
emprendieron, bajo la égida de Lum, grandes expediciones, en el curso de las
cuales arrojaban al mar todo el metal que encontraban.
En
el curso de estas expediciones, los fijianos se ganaron numerosos discípulos de
la ardiente doctrina lumista. Propagaron la destrucción del metal de uno a otro
extremo del Pacífico e incluso hasta las orillas de las dos Américas, pasando
por Australia y las junglas asiáticas. Sus hazañas han dado origen a multitud
de himnos y relatos épicos, en particular el trabajo que realizaron en las
Filipinas y, con ayuda de los maoríes, en Nueva Zelanda. Fue tan sólo en los
últimos años del siglo, mucho después de haber muerto Lum, que pudieron cerrar
el círculo visitando Hawai: habían logrado librar a las islas del Pacífico de
casi las nueve décimas partes de su metal.
En
el apogeo de su prestigio, aquellos orgullosos hombres conquistaron la mayor
parte de las islas en las que hicieron escala. Pero eran demasiado poco
numerosos como para asegurar la estabilidad de sus conquistas. Fue aquella una
época en la que los fijianos reinaron en Bora Bora, en Raitea, en Huahine y en
Oahu; pero las poblaciones locales terminaron o bien por absorberlos, o bien
por echarlos. Por lo demás, generalmente respetaban las muy explícitas
instrucciones que les había dado Lum respecto a las otras islas además de las
Fiji: «Haced vuestro trabajo y luego largaos; y por encima de todo, no os
quedéis merodeando por ahí y me agüéis la fiesta». Así terminaron las aventuras
fijianas. Joenes, a diferencia de Lum, no nos ha dejado ninguna obra filosófica
organizada, coherente. Apenas se preocupaba por la cuestión del metal.
Desconfiaba de las leyes, fueran cuales fuesen, aunque reconocía su necesidad.
Para él, la ley era buena cuando los hombres que la aplicaban eran buenos.
Cuando la naturaleza de esos hombres cambiaba, lo cual a su modo de ver era
inevitable, la naturaleza de la ley cambiaba también. En esos casos, no quedaba
más solución que encontrar nuevas leyes y nuevos legisladores.
Joenes
pensaba que el hombre debía tender con todas sus fuerzas hacia la virtud, pero
teniendo al mismo tiempo conciencia de las dificultades que inevitablemente iba
a encontrar en su camino. Tal como decía Joenes, la mayor de esas dificultades
era que todo en el mundo, incluso el hombre y sus virtudes, cambia
constantemente, obligando así a aquel que ama el bien a renunciar
permanentemente a sus ilusiones, a buscar las modificaciones que se producen en
él y en los demás, en pocas palabras, a convertir su vida en una búsqueda
constante de una estabilidad provisional en medio de las metamorfosis de la
existencia. Para tener éxito en esta búsqueda, Joenes señalaba que era preciso
tener mucha suerte, lo cual es una cualidad indefinible pero absolutamente esencial.
Joenes
hablaba de todo esto y de muchas otras cosas más; pero siempre hacía hincapié
en las ventajas de la virtud, la necesidad de una voluntad activa, y la
imposibilidad de alcanzar alguna vez la perfección. Algunos pretenden que, en
su vejez, predicó una doctrina completamente distinta; diciendo que el universo
era un horrible juguete construido por unos dioses malvados, y que este juguete
era un teatro donde los dioses, para divertirse, escenificaban interminables
obras en las cuales los actores eran los seres humanos, creados únicamente para
este fin. Esos seres humanos eran hinchados con una especie de gas llamado
consciencia, impregnado de virtudes y de ideales, de esperanzas y de sueños, de
todo tipo de cualidades y de contradicciones. Luego les daban un problema para
que lo resolvieran, y se divertían enormemente viendo evolucionar por escena a
aquellas orgullosas marionetas, embebidas en su propia importancia, convencidas
de ocupar un lugar primordial en el universo, afanadas en probar su inmortalidad,
dando cabezadas contra los dilemas que ellos les habían planteado. Los dioses
se revolcaban de risa contemplando sus esfuerzos, y nada les divertía más que
ver a alguna de aquellas pequeñas marionetas decidida a vivir honestamente y a
morir con dignidad. Aplaudían a rabiar y se reían de lo absurdo de la muerte,
la única cosa que hacía imposibles todas las soluciones del hombre. Pero
aquello no era lo más terrible. Llegaría el día en que los dioses se cansarían
de su teatro y de sus pequeñas marionetas humanas, y lo echarían todo a la
basura y buscarían alguna otra diversión. Y entonces ni siquiera recordarían
que una vez había existido algo llamado hombre. Este relato no es
característico de Joenes, y no lo consideramos digno de él. Joenes permanecerá
en nuestro recuerdo tal como fue en realidad, con la fuerza del orgullo y la
madurez, predicando un mensaje de esperanza.
Joenes
vivió lo suficiente como para asistir a la muerte del viejo mundo y al
nacimiento del nuevo. Hoy en día, tan sólo las islas del Pacífico poseen una
civilización digna de este nombre. Nuestra estirpe racial está mezclada, y
entre nuestros antepasados muchos venían de Europa, de América y de Asia. Pero
la mayor parte de nosotros somos de origen polinesio, melanesio y micronesio.
El editor de este libro, que vive en la isla de Havaiki, cree que la paz y la
prosperidad que gozamos actualmente tienen por causas inmediatas las reducidas
dimensiones de nuestras islas, su inmenso número, y las grandes distancias que
las separan. Debido a ello, un grupo aislado no puede esperar conquistarlas
todas y, por otro lado, es sencillo para quien no le guste su isla natal
evadirse de ella. Estas son ventajas que no poseen los pueblos continentales.
De
acuerdo, tenemos también nuestras dificultades. A cada momento se producen
guerras entre grupos de islas, aunque a una escala infinitesimal con respecto a
las guerras del pasado. Las desigualdades sociales, la injusticia, el crimen y
las enfermedades subsisten todavía, pero ninguno de estos males es nunca lo
suficientemente grande como para provocar la aniquilación de nuestras
sociedades insulares. La vida cambia, y estos cambios suelen ser a menudo para
empeorar en vez de para mejorar; pero los cambios se producen hoy en día mucho
más lentamente que en nuestro febril pasado.
Quizás
esta lentitud sea debida en parte a la gran escasez de metal. Siempre ha sido
escaso en nuestras islas, y los fijianos han destruido grandes cantidades. Se
sigue extrayendo todavía algo del suelo de las Filipinas, pero es muy difícil
ponerlo en circulación. Las sociedades lumistas siguen siendo muy activas:
requisan todo el metal que encuentran y lo arrojan al mar. Somos muchos los que
pensamos que este odio irracional al metal es algo deplorable, pero nadie ha
encontrado aún respuesta a la pregunta que Lum hacía a sus discípulos, y que
estos nos arrojan a la cara como si fuera un desafío:
—Chico,
¿has intentado tú alguna vez fabricar una bomba atómica con coral y nueces de
coco?
En
lo que respecta al final de los Viajes, eso es lo que se cuenta. Lum murió a la
edad de sesenta y nueve años. Un día que dirigía a un grupo de destructores de
metal, un gigantesco hawaiano que intentaba proteger una máquina de coser le
fracturó el cráneo con un garrote. Sus últimas palabras fueron:
—Bueno,
chicos, por fin voy a trepar al Gran Salón de Té en el Cielo donde manda el
Alcahuete Mayor de Todos Nosotros, los pijos.
Su
vida se apagó con estas palabras. Aquella declaración fue la última que hizo en
materia religiosa.
Para
Joenes, el final llegó de un modo muy distinto. A los setenta y tres años,
visitaba la isla de Moorea, cuando vio a un grupo de indígenas agitándose en la
playa. Un hombre de su raza acababa de embarrancar en la arena en una balsa;
sus ropas estaban hechas jirones, sus miembros profundamente quemados por el
sol, pero aún estaba con vida.
—¡Joenes!
—exclamó el hombre—. ¡Estaba seguro de que lo encontraría de nuevo! Porque
usted es Joenes, ¿no?
—Lo
soy —dijo Joenes—. Pero me temo que yo no le conozco a usted.
—Soy
Watts —dijo al hombre—. ¿Recuerda a Watts? Ya sabe, el ladrón de joyas que
encontró usted en Nueva York?, ¿se acuerda de mí?
—Sí,
lo recuerdo —dijo Joenes—. Pero ¿por qué me busca?
—Joenes,
nuestra conversación duró tan sólo unos instantes, pero usted ejerció una
profunda influencia en mí. Al igual que sus Viajes se convirtieron en su vida,
para mí usted se convirtió en mi vida. No puedo explicarle cómo llegó esta
certeza hasta mí, pero no pude resistirla. Mi misión era usted. Ya no tenía más
que un destino en mi vida: usted, Joenes. Tuve gran trabajo en reunir todo lo
que usted necesitaba, pero las dificultades de esa tarea no me arredraron. Fui
ayudado, los más altos personajes me honraron con su favor. Y luego vino la
guerra, complicando aún más las cosas. Tuve que recorrer de uno a otro extremo
la arrasada América para reunir los objetos que usted necesitaba. Una vez
terminada mi búsqueda, llegué a California. Desde allí me embarqué para las
islas del Pacífico, y durante muchos años he errado de una a otra. Por todas
partes me hablaban de usted, pero nunca conseguía hallarle. Aunque no perdí el
ánimo. Para mantenerme pensaba en las dificultades con que había tenido que
enfrentarse usted, y mis fuerzas volvían. Sabía que estaba usted trabajando en
la creación de un mundo; yo estaba trabajando en la creación de usted.
—Me
siento maravillado ante todo esto —dijo Joenes, con voz tranquila—. Tengo la
impresión, señor Watts, de que usted no ha recuperado del todo la lucidez, pero
no importa. Lamento haberle causado tantas molestias; ni siquiera sabía que me
estuviera buscando. .
—No
podía usted saberlo. No, Joenes, ni usted podía saber que alguien o algo le
estaba buscando hasta que este alguien o este algo lo encontrara.
—Exacto
—dijo Joenes—. Pero ahora me ha hallado usted. Creo haberle oído decir que
tenía una cosa para mí.
—No
una, sino varias cosas. Las he conservado y cuidado escrupulosamente, ya que
sabía que eran necesarias para rematar su creación.
Watts
soltó de una banda enrollada en torno a su cuerpo un paquete envuelto con tela
impermeable, que tendió a Joenes con una placentera sonrisa.
Joenes
abrió el paquete, y encontró en él las siguientes cosas:
1.
Una nota de Sean Feinstein, diciendo que había tomado a su cuenta el enviarle
aquellas cosas y el haber elegido a Watts como agente. Esperaba que Joenes
estuviera bien. En cuanto a él, había podido escapar del holocausto con su hija
Deirdre, y actualmente se hallaba en la isla de Sangar, a dos mil millas de la
costa de Chile. Había puesto un negocio que funcionaba bastante bien, y Deirdre
se había casado con un industrioso indígena de ideas liberales. Esperaba
sinceramente que las cosas que le enviaba tuvieran para Joenes algún valor.
2.
Una breve nota del doctor al que Joenes había conocido en el Asilo Psiquiátrico
para Criminales Dementes. El médico observaba que Joenes había demostrado su
interés por el enfermo que se creía Dios y que había desaparecido sin darle a
Joenes tiempo de verle. Le enviaba en consecuencia el único texto escrito que
el demente había dejado tras de sí: la lista hallada sobre la mesa.
3.
Un plano del Octágono con el sello oficial del Cartógrafo y aprobado por las
más altas autoridades. El Jefe del Octágono en persona había escrito de puño y
letra: «Garantizado y definitivo». Se suponía que podía guiar a quien fuera
hasta cualquier lugar en el interior del edificio, rápidamente y sin dilación.
Joenes
contempló largo tiempo todo aquello, y su rostro parecía esculpido en granito.
Quizá no se hubiera movido nunca más si Watts no hubiera intentado leer los
documentos por encima de su hombro.
—¡Eso
no es justo! —exclamó Watts—. Todo ese tiempo llevándolos conmigo, y no los he
mirado ni una sola vez. Se lo suplico, mi querido Joenes, déjame al menos
echarle una ojeada a la lista del loco.
—No
—dijo Joenes—. Esas cosas no van dirigidas a usted.
Watts
se puso furioso, y los nativos tuvieron que impedirle que se apoderara de todas
aquellas cosas por la fuerza. Algunos sacerdotes indígenas, llenos de
esperanza, se acercaron a Joenes, pero este retrocedió. Un profundo horror se
leía en su rostro, y por un instante todos creyeron que iba a arrojarlo todo al
mar. Pero no lo hizo. Los estrujó convulsivamente, y ascendió a la carrera el
abrupto camino que conducía a las montañas. Los sacerdotes le siguieron, pero
no tardaron en perderlo entre los densos matorrales.
Al
volver abajo, dijeron a la gente que Joenes volvería pronto, que tan sólo
deseaba estudiar a solas las cosas que acababan de serle entregadas. La gente
esperó durante varios años, sin llegar a perder nunca la fe. Watts murió. Pero
Joenes no reapareció.
Aproximadamente
dos siglos después, un cazador en busca de cabras salvajes escaló las abruptas
laderas de Moorea. A su regreso, dijo que había visto a un hombre
extremadamente viejo sentado ante una caverna, con los ojos fijos en un fajo de
papeles que sostenía en su mano. El viejo le había hecho señas de que se
acercara, y el cazador había obedecido, no sin cierto recelo. Se dio cuenta de
que la lluvia y el sol habían descolorido hasta tal punto aquellos papeles que
eran absolutamente ilegibles, y que el viejo se había vuelto ciego,
indudablemente de tanto leerlos y releerlos.
—¿Cómo
lo hace usted para leer estos papeles? —preguntó el cazador.
—No
necesito leerlos —dijo el viejo—. Me los sé de memoria.
Luego
se levantó, penetró en su caverna, y por un momento el cazador creyó haber
soñado.
¿Es
cierta esta historia? ¿Es posible que, pese a su terrible edad, Joenes siga
viviendo en aquellas montañas, reflexionando aún en los secretos de una época
desaparecida? Y si es así, ¿tendrán aún algún significado la lista del demente
y el plano del Octágono en nuestro siglo?
Nunca
lo sabremos. Tres expediciones sucesivas se han dirigido al lugar: han
encontrado efectivamente una caverna, pero ni la menor huella de una presencia
humana. Los eruditos piensan que el cazador estaba borracho. Creen que Joenes
murió loco de dolor al recibir demasiado tarde una información que debía ser de
trascendental importancia; que se retiró lejos de los sacerdotes, y que vivió
como un ermitaño con sus documentos inútiles, de tinta empalidecida por el
tiempo, y que murió finalmente en algún inaccesible lugar.
Esta
explicación parece razonable desde todos los ángulos; sin embargo, el pueblo de
Moorea ha erigido un pequeño altar en el emplazamiento de la caverna.
FIN


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