© Libro No.516. Contribuciones A La
Filosofía (Del Acontecimiento). Heidegger,
Martin .
Colección E.O. Noviembre 9 de
2013.
Título original: © Martin Heidegger. Beiträge zur Philosophie. (Vom
Ereignis) Contribuciones A La Filosofía (Del Acontecimiento)
Versión Original: © Martin Heidegger. Beiträge
zur Philosophie (Vom Ereignis)
Introducción,
traducción y notas de Pablo Oyarzun R. Santiago, 1996/97
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Portada E.O. de
Imagen original:
cienciaymetodologiacualitativa.blogspot.com
© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Martin Heidegger
Contribuciones A La Filosofía
(Del Acontecimiento)
Beiträge zur Philosophie
(Vom Ereignis)
I. Mirada Preliminar
(Vorblick)
Introducción, traducción y notas de
Pablo Oyarzun R.
Aquí, lo
retenido en larga vacilación
es mantenido firmemente
como pauta de una configuración
Santiago, 1996/97
CONTENIDO
I. MIRADA PRELIMINAR
El
título público: Aportaciones a la filosofía
y
el título esencial: Del Acontecimiento
1. Las "aportaciones" preguntan en una
vía...
2. El decir del Acontecimiento como la primera respuesta a la pregunta del ser
3 Del Acontecimiento
4. Del Acontecimiento
5. Para los pocos — para los escogidos
6. El temple fundamental
7. Del Acontecimiento
8. Del Acontecimiento
9. Mirada de conjunto
10. Del Acontecimiento
11. El Acontecimiento — el Dasein — el hombre
12. Acontecimiento e historia
13. La reserva
La
reserva y la cura
Reserva,
silencio y lenguaje
14. Filosofía y cosmovisión
15. La filosofía como “filosofía de un pueblo”
16. Filosofía
17. La necesidad de la filosofía
18. La impotencia del pensar
19. Filosofía (acerca de la pregunta: ¿quiénes
somos nosotros?
20. El inicio y el pensar inicial
21. El pensar inicial (proyecto)
22. El pensar inicial
23. El pensar
inicial. ¿Por qué el pensar a partir del inicio?
24. La equivocada interpelación al pensar inicial
25. Historicidad y ser
26. Filosofía como saber
27. El pensar inicial (concepto)
28. La inconmensurabilidad del pensar inicial como
pensar finito
29. El pensar inicial (la pregunta por la esencia)
30. El pensar inicial (como meditación)
31. El estilo del pensar inicial
32. El Acontecimiento. Una mirada de conjunto decisoria según la ejecución de acorde y
alusión
33. La pregunta del Ser
34. El Acontecimiento y la pregunta del ser
35. El Acontecimiento
36. El pensar el Ser y el lenguaje
37. El Ser y su silenciamiento (la sigética)
38. El silenciamiento
39. El Acontecimiento
40. La obra pensante en la edad del tránsito
41. Todo decir del Ser se mantiene en palabras y
denominaciones
42. De “Ser y Tiempo” al “Acontecimiento”
43. El Ser y la decisión
44. Las “decisiones”
45. La “decisión”
46. La decisión (concepto preliminar)
47. La esencia de la decisión: ser o no-ser
|48. En qué
sentido pertenece la decisión al Ser mismo
49. ¿Por qué tienen que tomarse decisiones?
Martin Heidegger Contribuciones
A La Filosofía
I. MIRADA PRELIMINAR*
El título público: Contribuciones a la filosofìay el título esencial: Del
Acontecimiento
El título público tiene que sonar ahora necesariamente
pálido y habitual y no decidor de nada, y despertar la impresión de que se
trata de “contribuciones” “científicas” al “progreso” de la filosofía.
La
filosofía no puede ser anunciada públicamente de otro modo, puesto que todos
los títulos esenciales se han vuelto imposibles por el desgaste de todas las
palabras fundamentales y la destrucción de la genuina relación con la palabra.
Pero el
título público corresponde también a la “cosa”, en la medida en que en la época
del tránsito de la metafísica al pensar de la historia del Ser sólo puede ser osada una tentativa de pensar
a partir de la más originaria instalación fundamental en la pregunta por la
verdad del Ser. Pero aun la tentativa lograda tiene que quedar lejos —conforme
al Acontecimiento fundamental de aquello que está por pensar— de toda falsa
aspiración a una “obra” en el estilo habido hasta ahora. El pensar verdadero es
rumbo de pensar (Gedanken-gang), por la
cual el dominio del despliegue (Wesung)
del Ser, hasta ahora sin más oculto, es recorrido y, así, primeramente
despejado (gelichtet) y alcanzado en su más propio carácter de Acontecimiento.
Ya no se
trata más de tratar “sobre” algo y exponer algo objetual, sino de ser
transpropiado (übereignet) al Acontecimiento de propiación (Er-eignis), lo cual
equivale a un cambio de esencia del hombre desde el “animal racional” (animal
rationale) hacia el Dasein. El título
adecuado reza, por ello, Del Acontecimiento. Y esto no quiere decir que se den
reportes informativos de ello y sobre ello, sino que significa: de(sde) el
Acontecimiento a-própiase (er-eignet) un pertenecer pensante-dicente al Ser y a
la palabra “del” Ser.
1. Las
“aportaciones” preguntan en una vía...
Las “aportaciones” preguntan en una vía que
primeramente se hace viable por el tránsito (Übergang) al otro inicio, en el
cual entra ahora el pensar occidental. Esta vía lleva el tránsito a lo abierto
de la historia y lo funda (begründet) como una estadía quizá muy larga, en cuya
ejecución el otro inicio del pensar permanece siempre sólo como lo presentido
(Geahnte) y, sin embargo, ya decidido.
Por ello,
las “aportaciones”, si bien hablan (sagen) ya y solamente del despliegue
(Wesen) del Ser, esto es, del “acontecimiento de propiación”, no pueden ajustar
(fügen) la libre articulación (Fuge) de la verdad del Ser desde éste mismo. Si
alguna vez se logra esto, aquel despliegue mismo del Ser, en su retemblar
(Erzitterung), atemperará (wird... bestimmen) la ensambladura (Gefüge) de la
obra del pensar (des denkerischen Werkes). Ese temblor se fortalece(rá)
entonces hasta [llegar al] poder de la suelta mansedumbre de una intimidad
(Innigkeit) de aquel diosamiento (Götterung)
del dios de los dioses, desde la cual acontece propiativamente la
asignación del Da-sein al Ser en cuanto fundación de la verdad para éste.
Y sin
embargo, tiene ya que intentarse aquí, como en un ejercicio preparatorio
(Vorübung), ese decir pensante de la filosofía en el otro inicio. Acerca de él
vale [lo siguiente]: aquí no se describe ni se explica, no se proclama ni se
enseña; aquí no está el decir enfrentado a aquello que está por decir, sino que
es este mismo como el despliegue esencial del ser.
Este
decir recoge y reúne (sammelt) al Ser sobre un primer acorde (Anklang) de su
despliegue y, sin embargo, él mismo [re]suena sólo desde este despliegue.
En el
ejercicio preparatorio, es dicho un preguntar que no es la actividad
intencionada de un individuo, ni el cálculo restringido de una comunidad, sino,
antes que todo eso, el señalar que sigue y prolonga (das Weiterwinken) una seña
que viene de lo más digno de pregunta y le permanece asignado a éste.
El
desasimiento de toda haceduría “personal” sólo puede resultar desde la
intimidad de las más tempranera pertenencia (Zugehören). No será otorgada
ninguna fundación que no esté acreditada en semejante desasimiento.
| Pasó el
tiempo de los “sistemas”. El tiempo de la construcción de la figura de la
esencia (Wesensgestalt) del ente desde la verdad del Ser todavía no ha llegado.
Entre tanto, la filosofía tiene que haber rendido algo esencial en el tránsito
hacia el otro inicio: el proyecto, es decir, la fundante apertura del
espacio-de-juego-de-tiempo (Zeit-Spiel-Raum)
de la verdad del Ser. ¿Cómo ha de cumplirse este algo único? Aquí nos
quedamos sin predecesores y sin apoyo. Las simples variaciones de lo habido,
aunque se tuviese buen éxito [en ellas] con ayuda de la mayor mezcolanza
posible de modos de pensar historiográficamente conocidos, no [nos] sacan de la
estacada. Y toda especie de escolástica cosmovisiva está enteramente fuera de
la filosofía, porque sólo puede subsistir sobre la base de la denegación de la
cuestionabilidad (Fragwürdigkeit) del Ser. En el reconocimiento de la dignidad
de esta cuestionabilidad tiene la filosofía su propia dignidad inderivable e
indescontable. Desde la guarda (Wahrung) de esta dignidad y como guardas de
esta dignidad se toman todas las decisiones sobre su actuar. Pero en el reino
de lo más digno de pregunta, el actuar (Handeln) sólo puede ser un único
preguntar. Si en alguna de sus ocultas épocas, es en el tránsito al otro inicio
que tiene que haberse decidido la filosofía por su esencia desde la claridad de
su saber.
El otro
inicio del pensar es llamado de este modo, no porque sólo sea de distinta forma
que cualesquiera otras filosofías habidas, sino porque tiene que ser el único
otro [inicio] a partir de la relación con el único y primer inicio. Desde esta
recíproca asignación de uno y otro inicio está ya determinado también el modo
de la meditación (Besinnung) en el
tránsito. El pensar transitivo da como su rendimiento el fundante proyecto de
la verdad del Ser como meditación histórica. Allí la historia no es el objeto y
recinto de una [cierta] consideración, sino aquello que primeramente despierta
y efectúa el preguntar pensante como la sede (Stätte) de sus decisiones. El
pensar en tránsito pone en diálogo (Zwiesprache) lo sido primerizo del Ser de
la verdad y lo venidero más extremo de la | verdad del Ser, y trae en ella a
palabra la esencia del Ser hasta ahora no preguntada. En el saber del pensar
transitivo, el primer inicio permanece decisivo en cuanto primero y, sin
embargo, es superado (überwunden) en cuanto inicio. Para este pensar, la
veneración (Ehrfurcht) más clara ante el primer inicio, abridora de su índole
de único, tiene que ir junta a la irreverencia (Rücksichtslosigkeit) del
apartamiento (Abkehr) [propio] de un otro preguntar y decir.
El alzado
de esta “aportaciones” para la preparación del tránsito está tomado del trazado
fundamental, aún no domeñado, de la historicidad misma del tránsito:
el acorde (der Anklang)
la alusión (das Zuspiel)
el salto (der Sprung)
la fundación (die Gründung)
los venideros (die Zukünftigen)
el último Dios (der letzte Gott)
Este
alzado no entrega una ilación de diversas consideraciones sobre objetos
diversos; tampoco es un ascenso introductorio desde un aquí abajo hacia un allá
arriba. Es un pre-trazado del espacio-de-juego-de-tiempo que la historia del
tránsito primeramente crea como su reino, para, desde su ley, decidir sobre los
carentes de futuro, es decir, los que siempre [son] sólo “eternos”, y sobre los
venideros, es decir, los [que son] una [sola] vez (die Einmaligen).
2. El decir del Acontecimiento como la primera
respuesta
a la pregunta del ser
La pregunta del ser es la pregunta por la verdad del
Ser. Llevada a cabo y concebida históricamente, llega a ser ella, frente a la
hasta ahora habida pregunta de la filosofía por el ente ([que es] la
pregunta-guía [die Leitfrage]), la pregunta que va al fondo (die Grundfrage).
La
pregunta por la verdad del Ser es ciertamente la incursión en algo resguardado;
pues la verdad del Ser —[que,] en cuanto | pensante, es el in-sistente
(inständlich) saber de cómo se despliega el Ser— quizá no les incumbe ni
siquiera a los dioses, sino que únicamente pertenece a lo abismático (dem
Abgründigen) de aquella articulación a que están subordinados los dioses
mismos.
Y sin
embargo: si [cuando] el ente es, tiene que desplegarse el Ser. Mas ¿cómo se
despliega el Ser? Pero ¿es el ente? De dónde más [ha] de tomar decisión el
pensar aquí, si no a partir de la verdad del Ser. Por eso, éste ya no puede ser
pensado desde el ente, tiene que pensárselo a partir de él mismo.
A veces,
aquellos fundadores del abismo (Abgrund)
tienen que ser devorados en el juego de lo resguardado, para que al
hombre le sea posible el Da-sein y, de ese modo, séale rescatada la resistencia
(Beständigkeit) en medio del ente, para que el ente mismo experimente la
restitución en lo abierto de la lid entre tierra y mundo.
En
consecuencia, el ente es [bruscamente] empujado (gerückt) a su constancia por
el hundimiento (Untergang) de los fundadores de la verdad del ser. Lo exige el
Ser mismo. Ha menester (braucht) de los que se hunden y, donde un ente aparece,
ya los ha [acontecedoramente] a-propiado, se los ha asignado. Este es el
despliegue esencial del Ser mismo, nosotros lo llamamos el Acontecimiento de
propiación. Inconmensurable es la riqueza de la volvediza (kehrig) relación del
Ser al Dasein que se le a-propia, incalculable la plenitud de la acontecedora
a-propiación (Ereignung) . Y sólo puede decirse algo escaso “del Acontecimento”
en este pensar inicial. Lo que es dicho, es preguntado y pensado en la
“alusión” del primer inicio y del otro recíprocamente, a partir del “acorde”
del Ser en la urgencia (Not) del abandono del ser (Seinsverlassenheit), para el
“salto” en el Ser hacia la “fundación” de su verdad como preparación de los
“venideros” “el último dios".
Este
decir pensante es una indicación (Weisung). Muestra ella lo libre del
albergamiento (Bergung) de la verdad del Ser en el ente como algo necesario,
sin ser un mandato. Jamás tal pensar se deja convertir en una doctrina, se
sustrae enteramente a la contingencia del opinar, pero da indicación a los
pocos y a su saber, cuando se trata de rescatar a los hombres de la confusión
(Wirrnis) de lo no-ente hacia el ajustamiento de la | reservada creación del
sitial que está destinado al paso (Vorbeigang) del último Dios.
Pero si
el acontecimiento constituye el despliegue esencial del Ser, cuán cerca está el
peligro de que él rehúse y tenga que rehusar la a-propiación, porque el hombre
ha devenido falto de fuerza para el Dasein, puesto que la violencia
desencadenada del furor en lo titánico (das Riesige) lo ha sobrepujado bajo la apariencia de la
“grandeza”.
Pero si
el Acontecimiento se convierte en negativa y rehusamiento, ¿es esto sólo la
retirada del ser y la renunciación del ente en lo no-ente, o puede el
rehusamiento (lo nihiliforme das Nichthafte del Ser) llegar a ser, en lo más
extremo, la más remota a-propiación, supuesto que el hombre conciba este
Acontecimiento y el espanto del recato lo vuelva a poner en el temple
fundamental de la reserva y con ello lo ponga allí fuera en el Dasein?
Saber el
despliegue del ser como Acontecimiento significa no sólo conocer el peligro del
rehusamiento, sino estar preparado para la superación. Ante todo, con mucho, lo
primero para esto sólo puede seguir siendo: poner al Ser en [la] cuestión.
Nadie
entiende lo que “yo” pienso aquí: dejar surgir de la verdad del Ser (y esto
quiere decir: del despliegue esencial de la verdad) el Dasein, para fundar en
él el ente en su totalidad y como tal, y en medio suyo al hombre.
Nadie
concibe esto, porque todos tratan de explicar “mi” intento sólo
historiográficamente, e invocan lo pretérito, que creen poder concebir, porque
aparentemente ya está detrás de ellos.
Y aquél
que alguna vez lo conciba no necesitará de “mi” intento; pues él mismo tiene
que haberse hecho camino hacia allá. Tiene alguien que poder pensar lo
intentado de tal suerte que considere que ello le viene de muy lejos y que es,
sin embargo, lo suyo más propio, a lo cual está él transpropiado (übereignet)
como quien es necesitado para el menester, y no tiene, por eso, gana ni ocasión
de considerarse a “sí” mismo.
De un
simple impulso (Ruck) del pensar esencial tiene que ser desplazado (versetzt)
el acontecer de la verdad del Ser desde el | primer inicio hacia el otro, para
que en el coludio resuene la canción enteramente otra del Ser.
Y por eso
aquí por doquier es efectiva la historia, que se rehusa a lo historiográfico,
porque no deja que surja lo preterido, sino que es en todo la sobrepujanza de
lo venidero.
3. Del Acontecimiento
El acorde
La alusión
El salto
La fundación
Los venideros
El último Dios
El acorde
del Ser como el del rehusamiento.
La
alusión del preguntar por el Ser. El alusión es primeramente alusión del primer
inicio, para que éste traiga al juego al otro inicio y de esta recíproca
alusión crezca la preparación del salto.
El salto
en el Ser. El salto salta el abismo del hendimiento (Zerklüftung) y así,
primeramente, la necesidad de la fundación del Da-sein asignado desde el Ser.
La
fundación de la verdad como verdad del Ser (el Da-sein).
| 4. Del Acontecimiento
Aquí todo está puesto en la única pregunta por la
verdad del Ser: [todo está puesto] en el preguntar. A fin de que esta tentativa
se convierta en un impulso (Anstoß), tiene que experimentarse en su realización
el prodigio del preguntar y hacérselo eficaz para despertar y fortalecer la
fuerza interrogativa.
El
preguntar despierta inmediatamente la sospecha del vacío empedernimiento en lo
inseguro, lo indeciso y lo indecidible. Tiene el aspecto de una brusca
devolución del “saber” a la estancada cavilación. Tiene la apariencia de lo
estrechante, lo inhibidor, si ya no de lo denegador.
Y sin
embargo: en el preguntar está el embate impeledor del Sí a lo no domeñado, la
ampliación hacia lo que, aún no sopesado, ha de ser ponderado. Prevalece aquí
el ir más allá de sí mismo hacia lo que, peraltado, nos sobrepasa. Preguntar es
la liberación para lo ocultamente coercitivo.
El
preguntar es, así, en su esencia raramente experimentada, enteramente distinto
al aspecto que ofrece su abuso, para quitarle a los desanimados, tan a menudo,
su postrer ánimo. Pero, entonces, ésos no pertenecen al anillo invisible que
abarca a aquéllos a los que, en el preguntar, responde la seña del Ser.
El
preguntar por la verdad del Ser no puede ser inferido a partir de lo habido
hasta ahora. Y si debiese preparar el inicio de otra historia, la ejecución
tiene que ser originaria. Tan inesquivable como permanece la confrontación con
el primer inicio de la historia, tan ciertamente tiene que pensar el preguntar
mismo sólo su propia urgencia y olvidar todo lo que lo rodea.
Sólo en
el salto inmediato por sobre lo “historiado” (“Historischen”) la historia llega
a ser.
La
pregunta por el “sentido”, es decir, de acuerdo a la elucidación en Ser y
Tiempo, la pregunta por la fundación del dominio proyectivo, en breve, por la
verdad del Ser, es y permanece mi pregunta, y es mi única [pregunta], puesto
que concierne a lo [absolutamente] único (Einzigsten). En la edad de la total
carencia de pregunta de todo basta con preguntar ante todo la pregunta de todas
las preguntas.
| En la
edad del requerimiento sin fin [que proviene] de la oculta urgencia de la falta
de urgencia, esta pregunta tiene que aparecer necesariamente como la habladuría
más inútil, de la cual, por lo demás, ya se ha salido a tiempo.
No
obstante, permanece esta tarea: la recuperación (Wiederbringung) del ente a
partir de la verdad del Ser.
La
pregunta por el “sentido del Ser” es la pregunta de todas las preguntas. En la
ejecución de su despliegue se determina la esencia de aquello que allí se
denomina “sentido”, aquello dentro de lo cual se mantiene la pregunta como
meditación (Besinnung), lo que la abre como pregunta: la apertura para el
ocultar-se, es decir, la verdad.
La
pregunta del ser es el salto al Ser, que el hombre ejecuta como buscador del
Ser, en tanto que sea un creador pensante. Buscador del Ser es, en la más
propia excedencia, la fuerza buscadora de los poetas, que “funda” el Ser.
Pero
nosotros, los de hogaño, sólo tenemos el único deber de preparar a aquel
pensador por medio de la fundación largamente anticipatoria de un seguro
aprontamiento para lo más digno de pregunta.
5. Para los pocos — para los esporádicos (Seltenen)
Para los pocos que de tiempo en tiempo preguntan otra
vez, es decir, ponen de nuevo el despliegue esencial de la verdad en decisión.
Para los
pocos, que consigo traen el coraje (Mut) supremo para la soledad, a fin de
pensar la nobleza (Adel) del Ser y hablar (sagen) de su índole de único.
El pensar
en el otro inicio es originariamente histórico de un único modo: la ensamblada
dis-posición del despliegue esencial del Ser que se articula a sí misma
(sich fügende Verfügung).
Tiene que
osarse un proyecto del despliegue esencial del Ser como el Acontecimiento de
propiación, porque no conocemos el encargo (Auftrag) de nuestra historia. Si
sólo pudiésemos experimentar a fondo y desde el fundamento el despliegue
esencial de esto desconocido en su ocultarse.
| Mas
querríamos desplegar, no obstante, este saber, de modo que lo que nos está
encomendado —y desconocido— deje a la voluntad en la soledad y fuerce así el
resistir (Bestehen) del Dasein para la más alta reserva frente a
lo-que-se-oculta.
La
cercanía del último Dios es el silenciamiento (Verschweigung). Este tiene que
ser puesto en obra y palabra en el estilo de la reserva.
Ser en la
cercanía del Dios —aunque esta cercanía sea la lejanía más remota de la
indecidibilidad sobre la huida o el advenir de los dioses—, no puede ser
contado a título de “dicha” o “desdicha”. La resistencia (Beständnis) del Ser
mismo trae en sí su medida, si es que siquiera requiere todavía de una medida.
Pero ¿a
quién de nosotros de hogaño le ha sido concedida esta consistencia? Apenas nos
resulta el aprontamiento (Bereitschaft) para su necesidad, e incluso sólo la
indicación de este aprontamiento como el comienzo de una otra vía de la
historia.
Las
recaídas en los modos de pensar y pretensiones estancadas de la metafísica van
a estorbar todavía por largo tiempo e impedir la claridad del camino y la
determinación del decir. Sin embargo, el instante histórico del tránsito tiene
que ser cumplido a partir del saber de que toda metafísica (fundada en la
pregunta: ¿qué es el ente?) quedó inhabilitada para impulsar a los hombres a
las relaciones fundamentales con el ente. ¿Y, en verdad, cómo habría de
poderlo? Ya la sola voluntad para ello no encontrará audiencia alguna, mientras
la verdad del Ser y su índole de único no hayan llegado a ser una urgente
necesidad. Pero ¿cómo podría tener buen éxito el pensar en aquello que antes le
quedó vedado al poeta (Hölderlin)? ¿O es que sólo tenemos que arrancar a la
sepultación su vía y su obra en dirección a la verdad del Ser? ¿Estamos
aparejados para ello?
La verdad
del Ser sólo se hace urgencia a través de los que preguntan. Ellos son los
creyentes (Glaubenden) propiamente tales, porque se mantienen —abriendo la
esencia de la verdad— en dirección al fundamento (cf. La fundación, 237. La fe
y la verdad).
Los que
preguntan —solitarios y sin los medios auxiliadores de un hechizo— sitúan el
rango nuevo y supremo de la in-sis | tencia en el medio (Mitte) del Ser, en el
despliegue esencial del Ser (el acontecimiento) como el medio.
Los que
preguntan han resignado toda curiosidad; su buscar ama el abismo en cuanto que
saben el fundamento más antiguo.
Si otra
vez ha de sernos otorgada una historia. la creadora exposición
(Ausgesetztheit) en medio del ente a
partir de la pertenencia al ser, entonces esta determinación es inobviable:
preparar el espacio-de-tiempo de la última decisión —acerca de si y cómo
experimentamos y fundamos esa pertenencia—. Va implicado en ello fundar
pensantemente el saber del acontecimiento de propiación a través de la
fundación de la esencia de la verdad como Da-sein.
Como
quiera que se dé la decisión sobre historicidad y a-historicidad, los que
preguntan, los que preparan esa decisión pensando, tienen que ser; soporte cada
cual la soledad en su hora más grande.
¿Qué
decir logra el más alto silenciamiento pensante? ¿Qué proceder efectúa más
tempranamente la meditación en el sentido del Ser? El decir de la verdad; pues
ésta es el Entre (Zwischen) para el despliegue esencial del Ser y la entidad
del ente. Este Entre funda la entidad del ente en el Ser.
Pero el
Ser no es algo “anterior” —autosubsistente, en sí consistente—, sino que el
acontecimiento de propiación es la simultaneidad espacio-temporal para el Ser y
el ente (cf. La alusión, 112. El “a priori”).
Jamás
pueden demostrarse proposiciones en la filosofía; y esto no sólo porque no haya
proposiciones supremas de las que otras puedan ser derivadas, sino porque aquí
las “proposiciones” no son en modo alguno lo verdadero y tampoco [lo es]
simplemente aquello acerca de lo cual ellas [son] enunciados. Todo “demostrar”
supone que aquél que comprende permanece tal como ha llegado ante el contenido
proposicional, el mismo, inalterado, después de haber ejercitado el nexo
representacional demostrativo. Y sólo el “resultado” del curso demostrativo
puede requerir un cambio del modo de representar o, aun antes, la
representación de algo hasta ahora inadvertido.
| Por el
contrario, en el conocimiento filosófico, con el primer paso empieza una
transformación del hombre que comprende, y no en un sentido
moral-“existencial”, sino con arreglo al Da-sein. Esto quiere decir que la
relación al Ser y, previamente, siempre, a la verdad del Ser, cambia en el modo
del brusco desplazamiento (Verrückung) hacia el Da-sein mismo. Puesto que en el
conocimiento filosófico todo —el ser-hombre en su estar (Stehen) en la verdad,
ésta misma y, por lo tanto, la relación al Ser—, todo a la vez, y en cada caso,
se pone en desplazamiento y, por tanto, jamás es posible un representar
inmediato de algo presente, el pensar de la filosofía resulta siempre
extrañante.
Sobre
todo en el otro inicio tiene que llevarse a cabo, al punto —a consecuencia del
preguntar por la verdad del Ser—, el salto al “Entre”. El “Entre” del Da-sein
supera el cwrismÒ$, no porque tienda un puente entre el ser (la entidad) y el
ente como si dijéramos riberas allí dadas (vorhandenen), sino porque transforma
al Ser y al ente, a la vez, en su simultaneidad (Gleichzeitigkeit). El salto al
Entre salta primeramente al Da-sein y no ocupa una estación previamente
emplazada.
El temple
fundamental del pensar en el otro inicio oscila en unos temples que sólo de
lejos se dejan nombrar como
el espanto (das Erschrecken) el
la reserva (die Verhaltenheit)(cf. Mirada presentimiento
preliminar,
13. La reserva ) (die Ahnung)
el recato (die Scheu) (cf. Mirada preliminar,
6.
El temple fundamental).
La
relación interna de éstos sólo es experimentada al recorrer con el pensamiento
las articulaciones singulares en que la fundación de la verdad del Ser y del
despliegue esencial de la verdad tiene que articularse. Falta la palabra para
la unidad de estos temples, y sin embargo sería necesario hallar la palabra
para prevenir la fácil mala interpretación, como si aquí todo viniese a dar en
una cobarde debilidad. Así juzgará, acaso, el bullicioso “heroísmo”.
| El
espanto: ante todo se lo ha de dilucidar por contraste con el temple
fundamental del primer inicio, el asombro. Pero la dilucidación de un temple no
da jamás garantía de que éste sea atinadamente atemperado (stimmt), en vez de
ser sólo representado.
El
espanto es el regreso desde lo corriente del atenerse a lo acostumbrado, hacia
la apertura de la pujanza de lo que se oculta, en cuya apertura lo hasta ahora
corriente se muestra como lo extrañador y, a la vez, como la atadura
aprisionante. Pero lo más corriente y, por ello, lo más desconocido es el
abandono del ser (Seinsverlassenheit). El espanto hace retroceder al hombre
vehementemente ante el [hecho de] que el ente es, mientras que antes el ente
era para él precisamente el ente: que el ente es y que éste —el Ser— ha
abandonado a todo “ente” y [a todo] lo que parecía así, se le ha retirado.
Pero este
espanto no es un mero retroceder y tampoco la desconcertada renunciación de la
“voluntad”, sino, porque en él se abre precisamente el ocultarse del Ser, y
quieren ser preservados el ente mismo y la relación a éste, se asocia a este
espanto, desde él mismo, la “voluntad” suya que le es más propia, y eso es lo
que aquí se llama la reserva.
La
reserva (cf. Mirada preliminar, 13. La reserva), la pre-atemperación del
aprontamiento para el rehusamiento como donación (Schenkung). En la reserva
prevalece, sin hacer a un lado aquel vehemente retroceso, la vuelta (Zukehr)
hacia el reticente desdecirse como despliegue esencial del Ser. La reserva es,
para el espanto y el recato, el medio (die Mitte) (cf. abajo). Estos sólo
caracterizan de modo más expreso lo que pertenece originariamente a aquélla.
Ella determina el estilo del pensar inicial en el otro inicio.
Pero, de
acuerdo a lo dicho, el recato no se confundirá con la timidez, y ni siquiera se
la entenderá en el sentido de esta última. Tan escasamente permitido está esto,
que el recato mentado aquí acrecienta, incluso, la “voluntad” de la reserva, y
esto desde la profundidad del fundamento del temple fundamental unitario. De
éste, y especialmente del recato, surge la necesidad del silenciamiento, y éste
es el | dejar-esenciar al Ser como acontecimiento que atempera cabalmente todo
portarse (Haltung) en medio del ente y todo comportarse (Verhaltung) en
relación al ente.
El recato
es el modo de acercarse y del permanecer cerca de lo más lejano como tal (cf.
El último Dios), que, sin embargo, en su señar —cuando se lo retiene en el
recato— deviene lo más cercano y reúne en sí todas las relaciones del Ser (cf.
El salto, 115. El temple conductor del salto).
Mas
¿quién puede entonar (anzustimmen) este temple fundamental de la reserva
espantada y recatada en el hombre esencial? Y cuántos todavía van a ponderar
que este atemperamiento por el Ser no fundamenta ningún hacerse a un lado ante
el ente, sino lo contrario: la apertura de su simpleza y grandor y la necesidad
originariamente urgida de albergar en el ente la verdad del Ser, para así
volver a dar al hombre histórico, una vez más, una meta: llegar a ser el
fundador y guardián de la verdad del Ser, ser el Ahí como aquel fundamento del
que ha menester la esencia del Ser: la cura, no como pequeña tribulación por
algo cualquiera y no como denegación del júbilo y de la fuerza, sino más
originariamente que todo esto, puesto que [es] únicamente “en virtud (umwillen)
del Ser”, no del Ser del hombre, sino del Ser del ente en su totalidad.
La
indicación ya a menudo repetida de que la “cura” sólo ha de ser pensada en el
ámbito inicial de la pregunta por el ser y no como una visión arbitraria,
personalmente incidental, “antropológica” “cosmovisiva” del hombre, va a seguir
siendo ineficaz también en el futuro, mientras aquéllos que sólo “escriben” una
“crítica” de la pregunta del ser no experimenten ni quieran experimentar nada
de la urgencia del abandono del ser. Pues en la edad de un “optimismo” harto
malamente ostentado, ya los vocablos “cura” y “abandono del ser” suenan
“pesimistas”. Pero que precisamente los temples indicados por estos nombres,
conjuntamente con su oposición en el ámbito del preguntar inicial, hayan
llegado a ser, desde su base, imposibles, porque tienen como supuesto el pensamiento
del valor (¢gaqÒn) y las exégesis | del ente habidas hasta ahora y la
concepción corriente del hombre, ¿quién querría hacerse cargo meditativamente
de esto, para permitir, al menos, que llegue a ser una pregunta?
Sobre
todo en el pensar inicial tienen que recorrerse ámbitos de la verdad del Ser,
para reingresar después, cuando destelle el ente, nuevamente en la ocultación.
Este apartarse pertenece esencialmente a la mediatez de la “eficacia” de toda
filosofía.
En la
filosofía, lo esencial, después de que, casi abscóndito, ha irrumpido de golpe,
tiene que reingresar en lo inaccesible (para los más), porque esto esencial es
irrebasable, y por eso tiene que retirarse en la posibilitación del inicio.
Pues con el Ser y su verdad tiene que empezarse siempre de nuevo.
Todos los
inicios son en sí lo consumado irrebasable (das unüberholbar Vollendete). Se
sustraen al historiar (Historie), no porque sean supratemporales y eternos,
sino porque son más grandes que la eternidad: [son] los pulsos (Stöße) del
tiempo, que le espacían (einräumen) al Ser la apertura (Offenheit) de su
ocultarse. La fundación propia de este espacio-tiempo se llama: Da-sein.
En la
reserva, la atemperante mitad del espanto y del recato, el rasgo fundamental
del temple fudamental, se atempera el Da-sein en la queda (Stille) del pasar del último Dios. Creando en este
temple fundamental del Da-sein, llega a ser el hombre el vigilante (Wächter) de
esta queda.
De este
modo, la meditativa concentración inicial del pensar deviene necesariamente
pensar genuino, y esto quiere decir: pensar que pone [una] meta. Y no es una
meta cualquiera la que es puesta, ni la meta sin más, sino la meta única y,
así, singular de nuestra historia. Esta meta es el buscar mismo, el buscar del
Ser. Acontece esto, y es, incluso, el hallazgo más profundo, cuando el hombre
deviene el guarda (Wahrer) de la verdad (Wahrheit) del Ser, el vigilante de
aquella queda, y está decidido en dirección a ella.
Ser
buscador, guarda, vigilante — esto es lo que mienta la cura como rasgo
fundamental del Dasein. En su nombre se reúne la | destinación del hombre, en
la medida que éste es concebido a partir de su fundamento, es decir, desde el
Da-sein, Da-sein que le está apropiado,
conforme al giro (kehrig), al Acontecimiento de propiación, y sólo puede llegar
a ser in-sistente (inständlich) en virtud de este origen como fundación del
espacio-tiempo (“temporalidad”), a fin de transformar la urgencia del abandono
del ser en la necesidad del crear como [necesidad] de la restitución
(Wiederbringung) del ente.
Y,
articulantes en la articulación del Ser, estamos a disposición (Verfügung) de
los dioses.
El buscar
mismo es la meta. Y esto significa que las “metas” son todavía demasiado de
primer plano y se (inter)ponen todavía ante el Ser —y sepultan lo necesario.
A
disposición de los dioses —¿qué quiere decir esto? ¿Si los dioses son lo no
decidido, porque ante todo permanece vedado aún lo abierto del diosamiento?
Aquella frase quiere decir: a disposición para ser empleados en la apertura de
esto abierto. Y son empleados de la manera más dura aquéllos que ante todo
tienen que pre-determinar la apertura de esto abierto y lograr el temple para
ella, en tanto que piensan la esencia de la verdad y la alzan en pregunta. A
“disposición de los dioses” —esto quiere decir: estar (stehen) bien lejos y
fuera —afuera de la corriente rutina del “ente” y de sus interpretaciones—;
pertenecer a los más lejanos, aquéllos para los cuales la huida de los dioses
permanece, en su más remoto retraimiento, lo más cercano.
Nosotros
nos movemos ya, si bien de manera transitiva primeramente, en una otra verdad
(en la esencia más originariamente transformada de “verdadero” y
"correcto").
La
fundación de esta esencia demanda ciertamente un esfuerzo del pensar como sólo
tuvo que ser cumplido en el primer inicio del pensar occidental. Este esfuerzo
es extrañador para nosotros, porque no barruntamos nada de lo que requiere el
domeñamiento de lo simple. Y los de hoy, que aun para apartarse de ellos apenas
merecen ser mencionados, permanecen excluidos del saber acerca del camino
pensante; se refugian en contenidos “nuevos” y dan y se procuran, | con el
alegato de lo “político” y de lo “racial”, un lustre hasta ahora desconocido a
los viejos artilugios de la filosofía escolar.
Se apela
a las bajas charcas de las “vivencias”, en la incapacidad de medir la vasta
ensambladura del espacio pensante y de pensar en tal apertura la profundidad y
altura del Ser. Y allí donde uno se cree por sobre la “vivencia”, ello ocurre
apelando a una vacía agudeza.
Pero ¿de
dónde debe venir el adiestramiento (Erziehung) para el pensar esencial? De un
pre-meditar (Vor-denken) y andar las sendas decisivas.
¿Quién,
por ejemplo, camina la larga senda de la fundación de la verdad del Ser? ¿Quién
barrunta algo de la necesidad del pensar y el preguntar, aquella necesidad que
no requiere las muletas del por qué y de los apoyos del para qué?
Cuanto
más necesario el decir pensante del Ser, tanto más inobviable se vuelve el
callamiento de la verdad del Ser por el rumbo (Gang) del preguntar.
Pero
¿cómo alberga el pensador la verdad del Ser, si no es en la pesada lentitud de
la marcha de sus pasos inquisitivos y de su secuencia obligada? De manera
inaparente, como en el campo solitario bajo el grande cielo el sembrador, con
pesado tranco, interrumpido y a cada momento contenido, anda los surcos y mide
y configura en el sembrar de su brazo el oculto espacio de todo crecer y
madurar. ¿Quién todavía puede cumplir esto en el pensar como lo más inicial de
su fuerza y como su futuro más elevado?
Si una
pregunta pensante no es tan simple y tan descollante (vor-ragend) como para
determinar [y destinar] la voluntad de pensar y el estilo de pensar de
centurias, al imponerles la tarea de pensar lo más elevado, entonces es
preferible que permanezca impreguntada. Pues ella sólo aumenta —meramente
recitada— la incesante feria de los | variopintos y cambiantes “problemas”, de
aquellas “objeciones” que a nada atinan y por las cuales nadie es tocado.
¿Qué pasa
—medido de este modo— con la pregunta del Ser como pregunta por la verdad del
Ser, la cual pregunta a su vez, girando en sí, el Ser de la verdad? Y ya sólo:
¿cuán largo ha de ser el camino sobre el cual pueda, ante todo, ser encontrada
la pregunta por la verdad?
Lo que
sea lícito llamar en lo venidero y en verdad filosofía tiene que dar
cumplimiento como lo primero y lo único a esto: hallar primeramente el lugar
del preguntar originario de la pregunta otra vez inicial, es decir, fundarlo:
el Da-sein (cf. El salto).
La
pregunta pensante por la verdad del Ser es el instante que trae y soporta el
tránsito. Este instante no es nunca realmente constatable, menos aun
calculable. Fija (setzt) ante todo el tiempo del Acontecimiento de propiación.
La simplicidad única de este tránsito jamás se podrá aprehender
historiográficamente, porque la “historia” pública habrá pasado hace mucho a su
lado cuando pueda llegar a serle mediatamente mostrado. Así, le queda reservado
a este instante un largo porvenir, suponiendo que otra vez vaya a ser
quebrantado el abandono del ser del ente.
En el
Da-sein y como Da-sein acontece propiativamente la verdad del Ser, la cual
manifiesta a éste como el rehusamiento, como aquel dominio de la seña (Winkung)
y del retiro —la queda—, en el cual recién se decide el advenimiento y la huída
del último Dios. En vista de ello nada puede rendir el hombre, y tanto menos si
le está encomendada la preparación de la fundación del Da-sein, de tal modo que
esta tarea determine y destine otra vez inicialmente la esencia del hombre.
6. El temple fundamental
En el primer inicio: el asombrar (Er-staunen).
En el otro inicio: el presentir (Er-ahnen).
| Todo se
mal interpretaría y fracasaría si quisiéramos preparar y traer a lo libre de su
poder atemperante el temple fundamental con la ayuda de un análisis e, incluso,
de una “definición”. Sólo porque lo denotado con la palabra “temple” ha sido
solapado desde hace mucho por la “psicología”, sólo porque hoy la manía por la
“vivencia” ha venido finalmente a extraviar todo lo que se dice sobre el
temple, sin meditar en él, sólo por eso tiene que decirse de vez en cuando una
palabra orientadora “sobre” el temple.
Todo
pensar esencial requiere que sus pensamientos y proposiciones sean esculpidos
siempre de nuevo como bronce a partir del temple fundamental. Si falta el
temple fundamental, todo, entonces, es un tableteo forzado de conceptos y
cáscaras verbales.
Y si ya
desde hace tiempo la opinión sobre la “filosofía” la gobierna un concepto nulo
del “pensar”, entonces la representación y el enjuiciamiento del temple sólo
puede ser, en total, un vástago de la mala interpretación del pensar (temple es
lo débil, lo vagaroso, lo no claro y lo sordo, frente a la agudeza y la
corrección y claridad y liviandad del “pensamiento”). A lo sumo, se lo puede
tolerar como aderezo del pensar.
Sin
embargo, el temple fundamental entona al Da-sein y, con ello, al pensar como
proyecto de la verdad del Ser en la palabra y el concepto.
El temple
es la cintilación (Versprühung) del temblor del Ser como acontecimiento de
propiación en el Da-sein. Cintilación: no como un mero desaparecer y
extinguirse, sino al revés: como conservación de la chispa en el sentido del
claro del Ahí conforme al pleno hendimiento abismal del Ser.
El temple
fundamental del otro inicio puede apenas llegar a ser denominado por un nombre,
e incluso en el tránsito hacia él. Pero los muchos nombres no desmienten la
simplicidad de este temple fundamental y sólo indican hacia lo inasible de todo
lo simple. Al temple fundamental lo llamamos: el | espanto, la reserva, el
recato, el presentimiento, el presentir.
El
presentir abre la vastedad del ocultamiento de lo asignado y tal vez rehusado.
El
presentimiento —entendido en términos de temple fundamental— no se abre sólo,
como el presentimiento habitual, concebido como cálculo, a la temporalidad
futura y que sólo está por delante, sino que atraviesa y mide toda la
temporalidad: el espacio-de-juego-de-tiempo del Ahí.
El
presentir es en sí el preservar del poder atemperador que vuelve en sí
fundándose, el albergar del desocultamiento de lo oculto como tal, del
rehusamiento; reticente albergar, que, sin embargo, ya descolla por encima de
toda incerteza del mero opinar.
El
presentimiento deposita la inicial in-sistencia en el Da-sein. Es en sí espanto
y exaltación a la vez —siempre que se suponga que, como temple fundamental,
entone y dé el tono destinal al retemblar del Ser en el Da-sein como Da-sein.
Toda
denominación del temple fundamental con una sola palabra está firmemente
asentada sobre una opinión equivocada. Cada palabra, a cada vez, se toma de lo
heredado. Que el temple fundamental del otro inicio deba tener muchos nombres
no contraviene su simplicidad, pero confirma su riqueza y su extrañeza.
Todo
meditativo concentrarse en este temple fundamental es siempre, solamente, un
preparativo muy paulatino para la incidencia (Einfall) atemperadora del temple fundamental, que, desde la base,
tiene que permanecer como un albur (Zu-fall). Desde luego, el preparativo para
tal albur sólo puede consistir, en conformidad con la esencia del temple, en la
transitiva acción pensante; y ésta tiene que brotar del saber auténtico (el
resguardo de la verdad del ser).
Pero si
el ser se despliega como el rehusamiento y si éste mismo debe descollar dentro
de su claro, entonces el aprontamiento para el rehusamiento sólo puede
subsistir como renuncia (Verzicht). Pero aquí la renuncia no es el mero no
querer tener ni el dejar de lado, sino que ocurre como la forma más alta de la
posesión, cuya alteza | encuentra la decisión (Entschiedenheit) en la franqueza
de la exaltación por el impensable regalo del rehusamiento.
En esta
decisión es aguantado y fundado lo abierto del tránsito —el medio a medio
abismal del Entre en vista del No-más del primer inicio y su historia y en
vista del Aún-no del cumplimiento del otro inicio.
En esta
decisión tiene que haber hecho pie toda vigilancia del Da-sein, en tanto que el
hombre, como fundador del Da-sein, tenga que llegar a ser vigilante de la queda
del pasar del último Dios (cf. La fundación).
Pero esta
decisión sólo es, en cuanto pre-sentiente,—la sobriedad de la fuerza de
padecimiento (Leidenskraft) del creador, aquí, del proyectador de la verdad del
Ser, la cual le abre la queda al poderoso despliegue esencial del ente, desde
el cual se vuelve perceptible el Ser (como Acontecimiento de propiación).
7. Del Acontecimiento
¿Cuán alejado de nosotros está el Dios, aquél que nos
nombra (ernennt) como fundadores y creadores, porque su esencia ha menester de
tales?
Tan
alejado está, que no podemos decidir si él se mueve hacia nosotros o de
nosotros se aparta.
Y pensar
plenamente esta lejanía misma en el despliegue de su esencia como el
espacio-tiempo de la decisión más elevada, eso significa preguntar por la
verdad del Ser, por el acontecimiento de propiación mismo, del cual surge
originariamente toda historia venidera, si aún ha de haber historia.
Esta
lejanía de la indecidibilidad de lo más extremo y primero es lo despejado para
el ocultarse, es el despliegue de la esencia de la verdad misma como verdad del
Ser.
Pues lo
se-ocultante de este claro, la lejanía de la indecidibilidad, no es una mera
vacuidad allí presente e indiferente, sino el despliegue mismo del
Acontecimiento de propiación como esencia | del Acontecimiento de propiación,
del reticente desdecimiento (zögernde Versagung), que ya se a-propia
acontecedoramente, en cuanto [a él] pertinente, al Da-sein, la suspensión
(Innehalten) del instante y del sitial de la primera decisión.
En el
despliegue de la verdad del Acontecimiento de propiación se decide y se funda
al mismo tiempo todo lo verdadero, el ente deviene ente, deslízase lo no-ente
hacia la apariencia (Anschein) del Ser. Esta lejanía es, sobre todo, la más
vasta y, para nosotros, primera cercanía al Dios, pero también la urgencia del
abandono del ser, encubierta por la falta de urgencia (Notlosigkeit), que se
atestigua a través del rehuír ante la meditación. En el despliegue esencial de
la verdad del Ser, en el Acontecimiento de propiación y como Acontecimiento de
propiación, ocúltase el último Dios.
La
prolongada cristianización del Dios y la creciente publicidad
(Veröffentlichung) de toda atemperada relación al ente han sepultado, de manera
igualmente tenaz y recóndita, las condiciones previas, en virtud de las cuales
está algo en la lejanía de la indecidibilidad sobre la huida o el advenimiento
del Dios, cuyo despliegue esencial arriba, no obstante, a la experiencia de la
manera más íntima, ciertamente que para un saber que sólo está en la verdad en
cuanto creador. Crear —entendido aquí en sentido amplio— significa todo
albergamiento de la verdad en el ente.
Si se
habla de Dios y de los dioses, pensamos, en conformidad con un largo hábito del
representar, en aquella forma indicada por el nombre “trascendencia”
(“Transzendenz”), que ciertamente es ya multívoco. Se mienta algo que
trasciende (übersteigt) a los entes allí presentes y, entre éstos, sobre todo,
al hombre. También allí donde se niega modos particulares de lo trascendente y
del trascender, no se deja negar este modo mismo de pensar. Según éste,
incluso, puede obtenerse fácilmente un panorama de las “cosmovisiones” de hoy:
1. Lo
trascendente (llamado también, inexactamente, “la trascendencia”) es el Dios
del cristianismo.
2. Esta
“trascendencia” es negada y el “pueblo” mismo —harto indeterminado en su
esencia— es puesto como meta y finalidad de toda historia. Esta “cosmovisión”
anticristiana es sólo aparentemente no cristiana; pues coincide en | lo
esencial con aquel modo de pensar que caracteriza al “liberalismo”.
3. Lo
trascendente es aquí una “idea” o un “valor” o un “sentido”, algo por lo cual
no se puede vivir ni morir, pero que debe ser realizado a través de la
“cultura”.
4. Cada
pareja de estas trascendencias —ideas del pueblo (völkische) y cristianismo, o ideas del pueblo y política
cultural, o cristianismo y cultura— o las tres juntas, son mezcladas en grados
diversos de determinación. Y este híbrido es la “comovisión” hoy medianera y
predominante, en la cual todo junto está implicado y ya nada puede llegar a ser
decidido.
Por muy
diferentes que sean estas “cosmovisiones” y por mucha vehemencia con que se
combatan abierta u ocultamente —si el intrigante afanarse en lo indeciso puede
llamarse lucha todavía—, todas ellas coinciden, ante todo, y sin saberlo ni
pensarlo, en que el hombre es puesto como aquello que ya se conoce en su
esencia, como el ente con respecto al cual y desde el cual se determina toda
“trascendencia”, y precisamente como aquello mismo que primeramente debe
determinar al hombre. Pero esto se ha hecho fundamentalmente imposible, porque
el hombre ya está firmemente establecido en su determinabilidad, en lugar de
determinarlo para aquello que tiene que ser dis-locado (ver-rückt) fuera del
establecimiento habido hasta ahora, para ser, así, primeramente, atemperado en
una determinabilidad.
Pero
¿cómo ha de ser dislocado el hombre fuera de su estagnación, a la cual
pertenece ante todo el predominio de aquellas “trascendencias” y de sus
mezcolanzas? Si tiene que llevarlo a cabo por sí mismo, ¿no es entonces [aquí]
la pretensión de dar la medida mayor aun que allí donde él seguía simplemente
asentado como la medida?
¿O hay la
posibilidad de que esta dislocación le sobrevenga al hombre? Absolutamente. Y
ésa es la urgencia del abandono del ser. Esta urgencia no requiere en primera
instancia de auxilio, sino que ella misma tiene que llegar a ser, ante todo, lo
auxiliador. Pero esta urgencia | tiene que ser experimentada. ¿Y si el hombre
está endurecido para ella y, según parece, con más empedernimiento que nunca
antes? Entonces tienen que venir los despertadores, que finalmente piensen que
han descubierto la urgencia porque saben que padecen la urgencia.
El
despertar de esta urgencia es la primera dislocación del hombre hacia ese Entre
(Zwischen), en que, simétricamente, el extravío apremia y permanece el Dios en
huída. Pero este “Entre” no es ninguna “trascendencia” en relación al hombre,
sino que es, al contrario, aquello abierto a lo cual pertenece el hombre como
guarda, en tanto que es a-propiado como Da-sein por el Ser mismo, que no se
despliega de ningún otro modo que como acontecimiento de propiación.
Si el
hombre llega a estar, por esta dislocación, en el acontecimiento de propiación,
y si permanece insistente en la verdad del Ser, entonces recién está, y
todavía, sólo en el salto hacia la experiencia decisiva, [la experiencia que
decide] si en el Acontecimiento de propiación la ausencia (Ausbleib) o la
abrupta incidencia (Anfall) del Dios se decide en favor de éste o contra éste.
Sólo
cuando midamos cuán únicamente necesario es el ser y cómo, sin embargo, no se
despliega como el Dios mismo, sólo cuando hayamos atemperado nuestra esencia en
estos abismos entre el hombre y el Ser y el Ser y los dioses, sólo entonces
empezarán a ser efectivos otra vez los “supuestos” para una “historia”. Por
eso, la meditación sólo concierne, pensadora, al acontecimiento de propiación.
Por
último y primeramente, el “Acontecimiento de propiación” sólo puede ser pensado
(er-dacht) (forzado [a comparecer] ante el pensar inicial), si el Ser mismo es concebido como el “Entre”
para el paso del último Dios y para el Da-sein.
El
Acontecimiento de propiación transpropia el Dios al hombre, en cuanto que
apropia a éste al Dios. Esta apropiación transpropiadora es Acontecimiento de
propiación, en el cual es fundada la verdad del ser como Da-sein (transformado
el hombre, impulsado a la decisión del Da-sein y del ser-ido [Weg-sein]) y la
historia toma del Ser su otro inicio. Pero la verdad del ser como apertura del
ocultarse es a la vez el brusco | desplazamiento (Entrückung) a la decisión
sobre lejanía y cercanía de los dioses, y así, el aprontamiento para el paso
del último Dios.
El
Acontecimiento de propiación es el Entre en relación al paso del Dios y a la
historia del hombre. Pero no [es] el campo intermedio indiferente, sino que la
relación al paso es la apertura del hendimiento abismal que el Dios ha menester
(cf. El salto, 157. y 158. El hendimiento abismal y las “modalidades”), y la
relación al hombre es el acontecedero-y-propiativo dejar surgir originariamente
la fundación del Da-sein y, con ello, de la necesidad del albergamiento de la
verdad del Ser en el ente como una restitución del ente.
Paso no
es historia, e historia no es Acontecimiento de propiación, y Acontecimiento de
propiación no es paso, y sin embargo los tres juntos (si en absoluto es lícito
que los rebajemos a lo numérico) sólo pueden ser experimentados y pensados
(er-dacht) en sus relaciones, es decir, a partir del acontecimiento de
propiación.
La
lejanía de la indecidibilidad no es, por cierto, algo “de allende”, sino lo más
cercano del todavía no fundado Ahí del Da-sein, que ha devenido insistente en
el aprontamiento para el rehusamiento como despliegue esencial del Ser.
Esto
cercanísimo es tan cercano, que toda inobviable gestión de la haceduría
(“Machenschaft”) y de la vivencia ha
tenido necesariamente que pasar ya a su lado, y, por eso, jamás puede ser
retrotraída inmediatamente a él. El Acontecimiento de propiación permanece como
lo más extrañador.
8. Del acontecimiento*
La huída de los dioses tiene que ser experimentada y
resistida (ausgestanden).
Esta resistencia (Beständnis) funda la más lejana
cercanía al Acontecimiento de propiación.
Este Acontecimiento es la verdad del Ser.
En esta
verdad se abre primeramente la urgencia del abandono del ser.
| Desde
esta urgencia se vuelve necesaria la fundación de la verdad del ser, la
fundación del Da-sein.
Esta
necesidad se lleva a cabo en la decisión constante, que rige a través de todo
ser-hombre histórico: acerca de si el hombre es, en lo venidero, un
perteneciente a la verdad del ser y, así, desde esta pertenencia y para ella,
alberga la verdad como lo verdadero en el ente, o si el comienzo del último
hombre arrastra a éste a la desfigurada animalidad y le rehúsa (versagt) el
último Dios al hombre histórico.
¿Qué, si
la lucha por las medidas muere, si el mismo querer ya no quiere más grandeza,
es decir, si no aflora ya ninguna voluntad de máxima diversidad de los caminos?
Si aún se
prepara el otro inicio, entonces está oculto esto como un gran cambio, y tanto
más oculto, cuanto más grande el acontecer (Geschehnis). Desde luego, el error consiste en [creer] que
una inversión (Umschlag) esencial, que todo lo coge desde el fundamento,
tendría que ser conocida y concebida al punto por todos, absolutamente, y
ocurrir en el ámbito público. Siempre son pocos lo que están en el claror de
este relámpago.
La
mayoría tiene la “suerte” de hallarse en algo dado (Vorhandenem), y de impulsar
de esta manera lo suyo en la persecución de la utilidad para un conjunto.
En el
otro inicio se piensa anticipadamente (vorausgedacht) aquello que fue llamado
el dominio de decisión, en el cual se gana o se pierde el Ser histórico
auténtico de los pueblos.
Este ser
—la historicidad— no es el mismo en cada época. Está ahora ante un cambio
esencial, en tanto que le sea encomendada la tarea de fundar ese dominio de
decisión, ese contexto de Acontecer (Ereigniszusammenhang), en virtud del cual
el ente humano histórico viene ante todo a estar en sí mismo (sich zu sich
selbst bringt). La fundación de este dominio requiere una exteriorización que
es lo contrario de la renuncia a sí. Ella sólo puede ser cumplida a partir del
coraje (Mut) para el des-fondamiento. Este dominio, si tal caracterización es
en absoluto suficiente, es el Da-sein, cuyo Entre, | que, fundándose
primeramente a sí mismo, separa y confronta y establece en reciprocidad y
apropia mutuamente al hombre y al Dios. Lo que se abre en la fundación del
Da-sein es el Acontecimiento de propiación. Con ello no se mienta algo “allí
enfrente”, algo intuible y una “idea”, sino las señas desde allá hechas y el
mantenerse hacia allá en lo abierto del Ahí, que es precisamente el punto de
cambio clareante y ocultante en este giro.
Este giro
gana su verdad solamente en cuanto que es disputado como lid entre tierra y
mundo, y lo verdadero es albergado, así, en el ente. Sólo la historia que se
funda en el Da-sein tiene la garantía de una pertenencia a la verdad del ser.
9. Mirada de conjunto
El Ser como Acontecimiento de propiación —reticente
desdecimiento como (rehusamiento). Madurez: fruto y obsequiación
(Verschenkung). Lo nuliforme (das Nichthafte) en el Ser y la contraria
oscilación: en litigio (Ser y No-ser).
El Ser se
despliega en la verdad: claro para el ocultarse.
La verdad
como esencia del fundamento: fundamento —el dentro, fundado (no el desde-dónde
como causa).
El
fundamento funda como des-fondamiento (Ab-grund): la urgencia como lo abierto
del ocultarse (no el “vacío”, sino des-fondada inexhaustibilidad).
El
des-fondamiento como el espacio-tiempo.
El
espacio-tiempo, el sitial del instante (Augenblicks-stätte) de la lid (Ser o
No-ser).
La lid
como lid de tierra y mundo, porque la verdad del Ser sólo [se da] en el
albergamiento, y éste como el fundante “Entre” en el ente. Separación de tierra
y mundo.
Las vías
y modos del albergamiento —el ente.
|10. Del Acontecimiento
El Ser se despliega como el Acontecimiento.
El
despliegue tiene su mitad y amplitud en el giro. El soportar de lid y
confrontación.
El
despliegue es acreditado y albergado en la verdad.
La verdad
acontece como el clareante albergamiento.
La
ensambladura fundamental de este acontecer es el espacio-tiempo que surge
originariamente de él.
El
espacio-tiempo es lo descollante para las mediciones del hendimiento abismal
del Ser.
El
espacio-tiempo, como articulación de la verdad, es originariamente el sitial
del instante del Acontecimiento de propiación.
El sitial
del instante se despliega a partir de éste como la lid de tierra y mundo.
La
disputa de la lid es el Da-sein.
El
Da-sein acontece en los modos del albergamiento de la verdad a partir de la
acreditación del Acontecimiento de propiación clareado y oculto.
El
albergamiento de la verdad deja advenir a lo verdadero como ente en lo abierto
y desfigurado.
Sólo así
está el ente en el Ser.
El ente
es. El Ser se despliega.
El Ser
(como Acontecimiento de propiación) ha menester del ente, para que él, el Ser,
se despliegue. No así requiere el ente del Ser. El ente puede “ser” aun en el
abandono del ser, bajo cuyo predominio la inmediata aferrabilidad y utilidad y
servicialidad de cualquier especie (todo tiene que servir al pueblo, por
ejemplo) constituyen, obviamente, lo que es ente y lo que no es.
Pero esta
aparente autonomía (Eigenständigkeit) del ente frente al Ser, tal como si éste
sólo fuese un agregado del pensar representacional “abstracto”, no es una
preeminencia, sino solamente el signo del privilegio para la caída cegadora.
Este ente
“real” (“wirkliche”), concebido a partir de la verdad del Ser, es lo no-ente
bajo el predominio de la falsa entidad (Unwesen) de la apariencia, cuyo origen
permanece, entre tanto, encubierto.
| El
Da-sein como fundación de la disputa de la lid en lo abierto por ella es
humanamente tenaceado (erharrt) y soportado en la insistencia, pertinente al
Acontecimiento de propiación, que aguanta (ausstehend) el Ahí.
El pensar
del Ser como Acontecimiento de propiación es el pensar inicial, que, como
confrontación con el primer inicio, prepara el otro.
El primer
inicio piensa el Ser como presencia (Anwesenheit) a partir del despliegue
presencial (Anwesung), que ofrece el primer destello de un despliegue esencial
del Ser.
11. El Acontecimiento — el Dasein — el hombre*
1. Acontecimiento de propiación: la segura luz del
despliegue esencial del Ser en el círculo más extremo de visión de la íntima
urgencia del hombre histórico.
2. El Dasein: el Entre en medio y abierto y, así,
ocultante, entre la llegada y la huída de los dioses y del hombre que está en
ellos arraigado.
3. El Dasein tiene su origen en el Acontecimiento de
propiación y en su giro.
4. Por eso sólo ha de fundárselo como la verdad del Ser
y en ella.
5. La fundación —no la creación— es
dejar-ser-fundamento por parte del hombre (cf. Los singulares, pocos...), que
con ello vuelve recién a sí mismo y recupera el ser-sí-mismo (Selbst-sein).
6. El fundamento fundado es a la vez desfondamiento
para el hendimiento abismal del Ser y fundamento nuliforme (Ungrund) para el
abandono del ser del ente.
7. El temple fundamental de la fundación es la reserva
(cf. allí).
8. La reserva es la relación señalada, instantánea, al
acontecimiento de propiación en el ser llamado por su llamada.
|9. El Dasein es el acontecimiento fundamental de la
historia futura. Este acontecimiento surge originariamente del Acontecimiento
de propiación y deviene el posible sitial del instante para la decisión acerca
del hombre —su historia o no-historia como su tránsito hacia el ocaso.
10. El Acontecimiento de propiación y el Dasein están
todavía, en su esencia, es decir, en su [mutua] pertenencia como fundamento de
la historia, completamente ocultos y son, por largo tiempo, extrañantes. Faltan
los puentes; los saltos no han sido consumados aún. Todavía falta la
profundidad de la experiencia de la verdad y la meditación que los
satisficiera: la fuerza de la alta decisión (cf. allí). Por el contrario, sólo
las ocasiones y medios de la mala interpretación son numerosas, porque también
falta el saber de aquello que ha de ocurrir en el primer inicio.
12. Acontecimiento e historia
La historia, concebida aquí, no como un dominio del
ente entre otros, sino únicamente en vista del despliegue esencial del Ser
mismo. Así, ya en Ser y Tiempo la historicidad del Da-sein ha de ser entendida
solamente a partir del propósito ontológico-fundamental, y no como una
contribución a la vigente filosofía de la historia.
El
Acontecimiento de propiación es la historia originaria misma, con lo cual
podría estar aludiéndose a que el despliegue esencial del Ser es concebido
aquí, sin más, “históricamente”. “Históricamente”, sí, pero no echando mano de
un concepto de historia, sino históricamente, porque ahora el despliegue
esencial del Ser ya no significa solamente la presencialidad, sino el pleno
despliegue del des-fondamiento témporo-espacial y, por tanto, de la verdad.
Juntamente con ello se da el saber acerca de la índole única (Einzigkeit) del
Ser. Y no es que a través de esto sea, acaso, relegada a segundo plano la
“naturaleza”, sino que es transformada con igual originariedad. En este
originario concepto de historia se gana primeramente el | dominio en que se
muestra por qué y cómo la historia es “más” que hazaña y voluntad. También el
“destino” pertenece a la historia y no agota su esencia.
El camino
hacia la esencia de la historia, concebido a partir del despliegue esencial del
Ser mismo, es preparado “ontológico-fundamentalmente” a través de la fundación
de la historicidad en la temporalidad. Esto quiere decir, en el sentido de la
pregunta única que guía a Ser y Tiempo, que el tiempo, como espacio-tiempo
recoge en sí la esencia de la historia; pero en la medida en que el
espacio-tiempo es el abismo del fundamento, es decir, de la verdad del ser,
hay, en su interpretación de la historicidad, la remisión hacia la esencia del
ser mismo, preguntar por la cual es allí el único afán, y no una teoría de la
historia ni una filosofía de la historia.
13. La reserva*
Ella es el estilo del pensar inicial sólo porque tiene
que llegar a ser el estilo del ser-hombre venidero, de aquél fundado en el
Da-sein, es decir, que atempera cabalmente y sostiene esta fundación.
La
reserva —como estilo— [es] la certeza de sí de la medida fundante y de la
enconada persistencia del Dasein. Determina el estilo, porque es el temple
fundamental.
Temple
(cf. la conferencia sobre Hölderlin**) es entendido aquí en el sentido de la
in-sistencia: la unidad del aguante de todo rapto (Berückung) y del proyecto y registro de toda dislocación
y perseverancia y cumplimiento de la verdad del ser. Toda otra representación
extrínseca y “psicológica” de “temple” tiene que ser mantenida a raya aquí. Por
eso, el temple no es nunca exclusivamente el cómo que acompaña e ilumina y
sombrea todo hacer y omitir del hombre que ya estuviese establecido, sino que |
primeramente por el temple es medida la dimensión de la dislocación del Dasein
y le es atribuida (zugemessen) la simplicidad del rapto, en tanto que se trate
de la reserva como temple fundamental.
Ella es
el temple fundamental, porque atempera la excavación (Ergründung) del
fundamento del Da-sein, del Acontecimiento de propiación, y, con ello, la
fundación del Da-sein.
La
reserva es el aprontamiento más fuerte y, a la vez, más delicado del Da-sein
para la a-propiación (Er-eignung), el ser yectado en el auténtico estar-dentro
(Innestehen) de la verdad del giro en el Acontecimiento de propiación (cf. El
último Dios). El predominio del último Dios concierne sólo a la reserva; la
reserva le procura a ese predominio y al último Dios la grande queda.
La
reserva atenpera el instante, cada vez fundante, de un albergamiento de la
verdad en el Dasein venidero del hombre. Esta historia fundada en el Da-sein es
la oculta historia de la grande queda. Unicamente en ella puede un pueblo ser.
Unicamente
esta reserva puede recoger al ser humano y a la reunión humana sobre sí misma,
es decir, en la determinación de su misión: el soportar perseverante del último
Dios.
¿Nos está
deparada (bestimmt) aún, venideramente, una historia, lo totalmente otro
respecto de lo que hoy parece ser tenido por tal: la turbia persecución de
sucesos que se devoran a sí mismos, que sólo pueden mantenerse fugazmente en
virtud del barullo más fuerte?
Si aún ha
de sernos otorgada una historia, es decir, un estilo del Da-sein, ésa sólo
puede ser la oculta historia de la grande queda, en la cual y como la cual el
predominio del último Dios abre y configura al ente.
Entonces
tiene que venir primeramente la grande queda sobre el mundo para la tierra.
Esta queda surge originariamente sólo del callar. Y este silenciamiento crece
sólo a partir de la reserva. Esta atempera de cabo a cabo la intimidad de la
lid entre mundo y tierra y, con ello, la disputa del asalto (Anfall) de la
a-propiación.
| El
Da-sein como disputa de esta lid tiene su esencia en el albergamiento de la
verdad del Ser, es decir, del último Dios en el ente (cf. La fundación).
La reserva y la cura
La reserva es el fundamento de la cura. La reserva del
Da-sein funda primeramente la cura como la in-sistencia que resiste el Ahí.
Pero la cura —siempre hay que volver a decirlo— no significa melancolía y
opresión y tribulación atormentada por esto o aquello. Todo esto es solamente
la desfiguración de la cura, en la medida en que, además, se la trae a otro mal
entendido, esto es, que sería un “temple” y una “actitud” en muchas otras.
En la
expresión: “se curará del orden” —cargarse de cura— algo de la esencia de la
cura sale a luz: el estar decidido por anticipado. Pero, a la vez, la cura no
es una simple actitud de la voluntad, no se la puede en absoluto inferir a
partir del concurso de facultades del alma.
La cura
es, como resistencia del Da-sein, la anticipatoria decisión por la verdad del
Ser y, cuanto más (zumal), la raigambre (austragende Verhaftung) en el Ahí, que
sobrelleva lo asignado; el fundamento de este “cuanto más” es la reserva del
Dasein. Esta atempera solamente en cuanto pertenencia a-propiada a la verdad
del ser.
Reserva como el
origen de la queda y como ley del recogimiento. El recogimiento en la queda y
el albergamiento de la verdad. El albergamiento de la verdad y su despliegue
(Ausfaltung) en el procurar y el trato.
Reserva como
apertura para la silenciada cercanía del despliegue esencial del Ser,
atemperándose sobre el lejanísimo retemblar de señas propiativamente
acontecientes desde la lejanía de lo indecidible.
Reserva y
búsqueda; el hallazgo más alto en la búsqueda misma [es] la cercanía a la
decisión.
|Reserva: el
previo salto, que se atiene a sí mismo, en el giro del Acontecimiento de
propiación (por eso, ni una evasión romántica ni un reposo bonachón).
Reserva, silencio y lenguaje
Se le atasca (verschlägt) a uno la palabra; y esto no
como un suceso ocasional, a propósito del cual se interrumpe un discurso y un
enunciado que podría ser llevado a cabo, en el cual sólo no se cumple el
expresar y repetir de lo ya dicho y decible; sino originariamente. La palabra
no llega aún, en absoluto, a la palabra, aunque justamente, por el
atascamiento, llegue ésta a estar a flor de labios. Lo que atasca es el
Acontecimiento de propiación como seña y asalto del Ser.
El
atascamiento es la condición inicial para la posibilidad, que se despliega a sí
misma, de una nominación (Nennung) originaria —poetizante— del Ser.
El
lenguaje y la gran queda, la simple cercanía de la esencia y la diáfana lejanía
del ente, cuando ante todo vuelve la palabra a ser eficaz. ¿Cuándo llegará ese
tiempo? (cf. el pensamiento inicial en cuanto inconceptual).
La
reserva: la perseverancia creadora en el des-fondamiento (cf. La fundación.
238. — 242. El espacio-tiempo).
14. Filosofía y cosmovisión
Filosofía es el
saber inútil, y sin embargo dominante.
Filosofía es el
tremendo pero raro preguntar por la verdad del Ser.
Filosofía es la
fundación de la verdad en simultánea prescindencia de lo verdadero.
Filosofía es el
querer volver al inicio de la historia y, así, el querer ir más allá de sí
mismo.
Por eso,
la filosofía, vista desde afuera, es sólo un aderezo, tal vez un pieza
doctrinaria y exhibible de la cultura, tal | vez una herencia cuyo fundamento
se ha perdido. Así tienen que tomar los muchos a la filosofía, y justamente
donde y cuando ella es, para nosotros, una urgencia.
La
“cosmovisión” ordena la experiencia en una vía determinada y en su círculo,
mientras ella no sea puesta en cuestión; la cosmovisión estrecha e inhibe, por
eso, la experiencia auténtica. Esta es su fortaleza, mirada desde ella misma.
La
filosofía abre la experiencia, pero por eso, precisamente, no puede fundar
historia inmediatamente.
La
cosmovisión es siempre un término, la mayoría de las veces largamente extendido
y, como tal, no sabido.
La
filosofía es siempre un inicio y exige la superación de ella misma.
La
cosmovisión tiene que vedarse nuevas posibilidades para poder seguir siendo
ella misma.
la
filosofía puede estar largamente marginada y desaparecer, aparentemente.
Ambas
tienen sus tiempos diversos y se mantienen, dentro de la historia, en grados
muy diferentes del Da-sein. La distinción de “filosofía científica” y
“filosofía cosmovisiva” es el último retoño del desconcierto filosófico del s.
XIX, en cuyo curso la “ciencia” llegó alcanzó una significación cultural
técnica peculiar, y, por otra parte, la “cosmovisión” del individuo, como
sucedáneo del desaparecido suelo, harto falta de fuerzas, debía mantener
todavía cohesionados los “valores” y los “ideales”.
Lo que
está escondido como último resto genuino en el pensamiento de la filosofía
“científica” (cf. la concepción más profunda en Fichte y Hegel) es esto:
fundamentar y construir lo que puede ser sabido (das Wißbare) de manera
unitariamente sistemática (matemática), sobre la base y por consecuencia de la
idea del saber como certeza (autocerteza). Vive aún en el propósito de la
filosofía “científica” un ímpetu de la filosofía misma por salvar su cosa más |
propia, frente al capricho del opinar cosmovisivo que se va haciendo arbitrario
y del modo necesariamente restrictivo e imperioso de la cosmovisión en general.
Pues incluso en la cosmovisión “liberal” está escondido este afán de tener
razón (dieses Rechthaberische), en el sentido de que ella exige dejar a cada
cual con su opinión. Pero el capricho es la esclavitud de lo “casual”.
Pero la
cosa más propia de la filosofía está olvidada, mal interpretada por la “teoría
del conocimiento”; y donde la “ontología” aún es comprendida (Lotze), queda, sin embargo, como una disciplina entre
otras. Que y cómo la antigua pregunta conductora (t… tÕ Ôn;) se ha salvado a lo
largo de la filosofía de la época moderna y, no obstante, se ha transformado,
no llega al claro saber, porque a la filosofía le falta ya la necesidad y debe
su “cultivo” a su carácter de “patrominio cultural”.
La
“cosmovisión” es, lo mismo que el predominio de “imágenes de mundo”, un
producto de la época moderna, una secuela de la metafísica moderna. Aquí
también reside la razón de que la “cosmovisión” trate en lo sucesivo de ponerse
por encima de la filosofía. Pues con la emergencia de las “cosmovisiones”
desparece la posibilidad de una voluntad de filosofía hasta el punto de que la
cosmovisión tiene finalmente que liberarse de la filosofía. En esto tiene éxito
tanto más pronto, cuanto más hubo de sumirse, entre tanto, la filosofía misma,
hasta no poder ser otra cosa que erudición escolar. Este notable fenómeno del
predominio de las “cosmovisiones” ha tratado —y no por casualidad— de poner a
su servicio incluso a la última gran filosofía: la filosofía de Nietzsche. Esto
resultó tanto más fácil, cuanto que Nietzsche mismo negó la filosofía como
“erudición” y con ello se puso aparentemente del lado de la “cosmovisión”
(¡como “filósofo-poeta”!).
La
“cosmovisión” es siempre “haceduría” por respecto a lo transmitido, con vistas
a su superación y domeñación con los medios que son propios de éste y que éste
ha preparados, pero que no han sido traídos a explicitación —y todo ello
traducido a “vivencia”.
| La
filosofía, como fundación de la verdad del Ser, tiene su origen en sí misma;
tiene retrotraerse a aquello que ella misma funda y construirse únicamente
desde allí.
Filosofía
y cosmovisión son tan incomparables, que no hay ninguna imagen posible de
sensibilización para esta diferencia. Toda imagen las traería, una respecto de
otra, demasiado cerca.
El
recóndito, pero fenecido “predominio” de las iglesias, lo corriente y accesible
de las “cosmovisiones” para las masas (como sustituto del “espíritu”, del que
se ha prescindido desde hace tiempo, y de la relación con las “ideas”), la
prosecución indiferente del ejercicio de la filosofía como erudición escolar y,
a la vez, mediata e inmediatamente, como escolástica eclesial y cosmosiva, todo
esto va a mantener por largo tiempo apartada a la filosofía como co-fundación
creadora del Da-sein del todosaber corriente y cambiante. Esto, desde luego, no
es nada que hubiese que “lamentar”, sino solamente el indicio de que la
filosofía camina hacia un destino genuino de su esencia. Y todo estriba en que
no estorbemos este destino ni tampoco lo despreciemos mediante una
“apologética” en pro de la filosofía, una haceduría que necesariamente queda
por debajo de su rango.
No
obstante, es urgente la meditación sobre el acercarse de este destino de la
filosofía, el saber acerca de aquello que estorba y desfigura y podría poner en
vigencia una entidad aparencial de la filosofía. Pero, en todo caso, este saber
se mal interpretaría a sí mismo si se dejara seducir a hacer de esa
contrariedad objeto de refutación y de confrontación. El saber de la falsa
entidad (Unwesens) tiene que ser aquí siempre un pasar de largo.
La
esencia, con índole de haceduría y de vivencia, de la cosmovisión obliga a que
la conformación de las cosmovisiones de uno y otro caso oscilen de un lado a
otro entre las oposiciones más amplias, y, por eso, a consolidarse de vez en
vez en compromisos. Que la “cosmovisión” pueda ser, precisamente, el asunto más
propio | del individuo y de su puntual experiencia de vida y su forja más
peculiar de opinión, que, por contraparte, la “cosmovisión” pueda presentarse
como total, borrando toda opinión propia, pertenece a la misma esencia de la
cosmovisión en general. Tan ilimitada es aquélla en su capricho, tan rígida es
ésta en su carácter definitivo. Pero es fácil aprehender aquí lo opuesto y lo
idéntico: lo definitivo no es más que lo único ampliado a la integridad de la
validez general, y el capricho es la individuación, posible para cada cual, de
algo que es definitivo sólo para él. Falta por doquier la necesidad de lo
brotado, pero con ello, también, lo abismal de lo creador.
En cada
caso, la suspicacia y el recelo hacia la filosofía son tan grandes como
diversos.
Toda
actitud que, como “total”, aspire a la determinación y regulación de cualquier
especie del actuar y del pensar, tiene inevitablemente que contabilizar entre
lo hostil e incluso lo despreciable todo lo que, por encima de aquello, pudiese
comparecer aún como necesidad. Pues de qué otro modo podría conseguir una
cosmovisión “total” que pudiera ser siquiera posible, para no decir esencial,
lo que ella misma rebaja y al mismo tiempo enaltece, e incorpora a otras
necesidades, que más bien que poder serle anexadas desde fuera, surgen
originariamente desde su oculto suelo (por ejemplo, desde la esencia del
pueblo).
Emerge
aquí, de este modo, una dificultad irremontable, que no puede ser apartada por
ningún compromiso y con ningún acuerdo. La cosmovisión total tiene que cerrarse
a la apertura de su fundamento y a la exploración en lo profundo del reino de
su “crear”, porque con ello la cosmovisión total tendría que ponerse en
cuestión a sí misma. La consecuencia es ésta: el crear es reemplazado de
antemano por la diligencia (Betrieb). Los caminos y osadías del crear de otrora
(einstmaligen) son organizadas en lo titánico de la haceduría, y esto |
hacedural es la apariencia de la vivacidad de lo creativo.
A la
“cosmovisión” sólo se le puede oponer el preguntar y la decisión por la
cuestionabilidad. Todo intento de mediación —de cualquier lado que pueda venir—
debilita las posiciones y deja de lado la posibilidad del dominio para la lucha
genuina.
Pero no
debe sorprender que la fe política total y la fe cristiana igualmente total, a
pesar de ser irreconciliables, entren en compromisos y se den a la táctica.
Pues son de la misma esencia. Como actitudes totales reside en el fondo de
ellas la renuncia a las decisiones esenciales. Su lucha no es una lucha
creadora, sino “propaganda” y “apologética”.
Pero ¿no
tiene la filosofía, y ella antes que todas, la pretensión de lo “total”, sobre
todo si la determinamos como el saber del ente como tal en su totalidad? Así es
de hecho, mientras la pensemos en la forma de la filosofía habida hasta ahora
(la metafísica) y tomemos a ésta en su acuñación cristiana (en la sistemática
del idealismo alemán). Pero aquí, precisamente, la filosofía (moderna) está ya
en camino a la “cosmovisión” (no es casual que la palabra gane en vigencia más
y más en el círculo de este “pensar”).
Sólo que
en la medida en que la filosofía vuelva a encontrarse en su esencia inicial (en
el otro inicio), y tan pronto [lo haga], y la pregunta por la verdad del Ser
llegue a ser el centro fundante, se pondrá al descubierto lo abismático de la
filosofía, que tiene que volver a lo inicial, para traer a lo libre de su
meditación el hendimiento abismal y el ir más allá de sí mismo, lo extrañador y
constantemente inhabitual.
|15. La filosofía como “filosofía de un pueblo”
¿Quién querría negar que la filosofía es esto? ¿Y acaso
no se puede traer un testimonio de ello que sofocaría toda opinión en
contrario: el grande inicio de la filosofía occidental? ¿No es él la filosofía
“del” pueblo griego? Y el gran final de la filosofía occidental, el “idealismo
alemán” y “Nietzsche”, ¿no es la filosofía “del” pueblo alemán?
Pero ¿qué
se dice con tales constataciones evidentes? Nada sobre la esencia de la
filosofía misma. Al contrario, así sólo se aplana a la filosofía en lo
indiferente de un “logro”, de una “realización”, de una forma de
comportamiento, a título de los cuales pueden valer también, ilustrativamente,
el modo de vestirse y la preparación de los alimentos y otras cosas semejantes.
Esta evidente pertenencia al “pueblo” conduce erradamente a suponer que, con su
señalamiento, se diría también algo esencial sobre la filosofía o, incluso,
sobre la creación de una futura.
El giro
“filosofía de un pueblo’ se muestra, asimismo, muy equívoco y oscuro. Ello,
dejando enteramente de lado la indeterminación del discurso sobre el “pueblo”.
¿A través
de qué llega a ser pueblo un pueblo? ¿Llega a ser sólo aquello que él es? De
ser así, ¿qué es, entonces? ¿Cómo se puede saber esto? 1. ¿Qué es un pueblo en
general? 2. ,Qué es éste o aquel pueblo? 3. ¿Qué somos nosotros mismos?
Aquí
fracasa todo modo de pensar platonizante, que le ante-pone al cuerpo de un
pueblo una idea, un sentido y valores, de acuerdo a los cuales debe “llegar a
ser”. ¿De dónde viene, y cómo, este supuesto?
La
meditación en el sentido (Besinnung) de lo popular (Volkhafte) es un paso
esencial. Tanto menos cabe que deconozcamos esto, tanto más debe saberse que un
rango supremo del Ser tiene que ser conquistado, si un “principio popular
(völkisch)” ha de ser puesto en juego, con dominio, como normativo para el
Da-sein histórico.
| El pueblo
sólo llega a ser pueblo cuando vienen los suyos más únicos, y cuando éstos
empiezan a presentir. Así llega el pueblo primeramente a ser libre para la ley
que tiene que ganarse luchando, como aquélla de la última necesidad de su
instante supremo. La filosofía de un pueblo es aquello que hace al pueblo un
pueblo de la filosofía, que funda históricamente al pueblo en su Da-sein y lo
determina destinalmente a la vigilancia en pro de la verdad del Ser.
Por eso,
la filosofía “de” un pueblo no puede ser inferida ni prescrita a partir de unas
disposiciones y unas capacidades, cualesquiera que ellas sean; al contrario,
aquí el pensar sobre la filosofía sólo es popular (volkhaft) cuando concibe que
ésta misma tiene que hacer brotar (erspringen) su origen más propio, y que esto
sólo pueden lograrse cuando la filosofía, pertenece aún, sin más, a su primer
inicio esencial. Sólo así puede ella empujar al “pueblo” a la verdad del Ser,
en lugar de ser, a la inversa, abusada por un pueblo que supuestamente es tal.
16. Filosofía*
es el saber inmediatamente inútil, y sin embargo
dominante, surgido de la meditación.
Meditación
es preguntar por el sentido, es decir (cf. Ser y Tiempo), por la verdad del
Ser.
El
preguntar por la verdad es el salto en su despliegue esencial y, por tanto, en
el Ser mismo (cf. La fundación, 227. De la esencia de la verdad).
La
pregunta reza: si somos y cuándo y cómo somos pertenecientes al ser (como
acontecimiento de propiación).
| Esta
pregunta tiene que preguntarse por causa del despliegue del ser, que ha
menester de nosotros, y no, precisamente, como los que estamos allí, meramente
dados y presentes, sino de nosotros, en tanto que resistimos el Da-sein
in-sistente y extáticamente (ausstehend inständlich bestehen) y lo fundamos
como la verdad del Ser. De ahí que la meditación —el salto en la verdad del
ser— es necesariamente meditativo parar mientes en sí mismo (Selbst-besinnung).
Esto no significa (cf. La fundación) una consideración retrospectiva a partir
de nosotros como “dados”, sino fundación de la verdad del ser-sí-mismo a partir
de la propiedad (Eigentum) del Da-sein.
La
pregunta de si somos pertenecientes al ser también es en sí, de acuerdo a lo
dicho, la pregunta por el despliegue del Ser. Esta pregunta por la pertenencia
es una cuestión de decisión entre la pertenencia, que primeramente ha de ser
determinada, y el abandono del ser como enrigidecimiento en lo no-ente en
cuanto apariencia (Anschein) del ente.
Debido a
que la filosofía es tal meditación, salta anticipadamente a la decisión más
extrema posible, y domina de antemano, con su apertura, todo albergamiento de
la verdad en el ente y en cuanto ente. Por eso es ella el saber dominante por
excelencia, aunque no saber “absoluto” al modo de la filosofía del idealismo
alemán.
Pero
porque la meditación es el meditativo parar mientes en sí mismo y, en
consecuencia, nosotros entramos también en la pregunta, acerca de quiénes somos
nosotros, y porque nuestro ser es histórico y éste es, por lo pronto, [un ser]
que ha sido y sigue siendo heredado (überkommenes gewesendes), la meditación se
convierte necesariamente en pregunta por la verdad de la historia de la
filosofía, meditación sobre ese primer inicio suyo que a todo se adelanta y
sobre su despliegue hasta el final.
Una
meditación en lo de hogaño siempre se queda corta. Esencial es aquélla sobre el
inicio, que incluye también, con trazado anticipatorio, su final y lo “de
hogaño” como curso terminal del fin, y esto de manera tal, que sólo a partir
del inicio deviene manifiesto lo de hogaño en términos de historia del ser (cf.
El acorde, 57. La historia del Ser y el abandono del ser).
Y más
corta se queda la alineación de filosofía con las “ciencias”, que —no por
casualidad— se ha vuelto usual desde el comienzo | de la época moderna. A esta
dirección inquisitiva —no sólo la de la especie expresamente
“teórico-científica”— tiene que renunciarse completamente.
La
filosofía no construye jamás inmediatamente en el ente, ella prepara la verdad
del ser y está pronta con las direcciones de la mirada y los horizontes
(Gesichtskreisen) que con tal ocasión se abren.
La
filosofía es una articulación en el ente como la dis-posición sobre la verdad
del Ser que se articula a éste.
17. La necesidad de la filosofía
Toda necesidad arraiga en una urgencia. La filosofía,
como la primera y más extrema meditación en la verdad del Ser y el Ser de la
verdad, tiene su necesidad en la primera y más extrema urgencia.
Esta
urgencia es aquello que involucra (umtreibt) al hombre en el ente y lo trae,
primeramente, ante el ente en su totalidad y al medio del ente y, así, lo trae
hacia sí mismo, y, con ello, eventualmente (jeweils), a iniciar historia o a
dejarla perecer.
Esto
enredador es el estar yecto (Geworfenheit) el hombre en el ente, que lo
determina destinalmente como yector del ser (de la verdad del Ser).
El yecto
yector cumple la primera yección, es decir, la fundadora, como proyecto (cf. La
fundación, 203. El proyecto y el Da-sein) del ente sobre el Ser. En el primer
inicio, al venir, en general, el hombre a estar (stehen) ante el ente, el
proyecto mismo y su modo y su necesidad son todavía oscuros y están encubiertos
y son, sin embargos, poderosos: fÚsi$ — ¢l»qeia — Ôn — p©n — lÒgo$ — noà$ —
pÒlemo$ — m¾ Ôn — d…kh — ¢dik…a.
La
necesidad de la filosofía consiste en que ella, como meditación, no tiene que
hacer a un lado aquella urgencia, sino aguantarla y fundarla, hacer de ella el
fundamento de la historia del hombre.
| No
obstante, aquella urgencia es diversa en los inicios y tránsitos esenciales de
la historia del hombre. Pero jamás será lícito considerarla, sacando cuentas
extrínsecas y de corto alcance, como una carencia, una penuria y cosas por el
estilo. Está al margen de toda valuabilidad “pesimista” u “optimista”.
Según cuál sea la experiencia inicial de
esta urgencia, es el temple fundamental que atempera para la urgencia.
El temple
fundamental del primer inicio es el asombro de que sea el ente, de que el
hombre, siendo, él mismo, sea ente en aquello que él no es.
El temple
fundamental del otro inicio es el espanto. El espanto en el abandono del ser
(cf. El acorde) y la reserva que se funda en tal espanto en cuanto creador.
La
urgencia, como aquello involucrador, que primeramente urge la decisión y la
cisión del hombre como ente respecto del ente y en medio de éste y, otra vez,
de vuelta a él mismo. Esta urgencia pertenece a la verdad del Ser mismo. En su
modo más originario, ella es urgencia en el urgimiento a la necesidad de las
posibilidades supremas, por cuyas vías regresa el hombre, creando, fundando,
por sobre sí mismo y hacia el fundamento del ente. Donde se empina esta
urgencia hasta lo supremo, insta (ernötigt) al Da-sein y su fundación (cf.,
ahora, WS. 37/38 p. 18 ss.)*.
La
urgencia, aquello involucrador, que se despliega (Wesende) — ¿qué, si fuese la
verdad del Ser mismo, qué, si con la fundación originaria de la verdad
deviniese en despliegue (wesender) el Ser —como el acontecimiento? ¿Y si se
hiciera así más urgente, más involucradora la urgencia, pero el involucramiento
fuese, en esta vehemencia, sólo aquella lid que tendría en el exceso de la
intimidad del ente y del Ser su fundamento que se rehusa?
| 18. La impotencia del pensar
Parece ser palmaria, sobre todo si como poder vale la
fuerza del efecto y la ejecución inmediatos. Pero ¿qué pasa, si “poder”
significa fundación y afianzamiento en el despliegue esencial a partir de la
“capacidad” (“Vermögen”) para la transformación? También entonces no se ha
decidido nada sobre la impotencia y el poder del pensar.
La
impotencia del pensar, entendida en el sentido habitual, tiene múltiples
razones:
1. que a la
sazón no se lleve a cabo ni pueda llevarse a cabo absolutamente ningún pensar
esencial.
2. que la
haceduría y la vivencia aspiren a ser lo único eficaz y, por tanto, “poderoso”,
y no le den espacio al genuino poder.
3. que
nosotros, suponiéndose que resultara un pensar esencial, no tengamos aún, en
absoluto, la fuerza para abrirnos a su verdad, porque a ello pertenece un
apropiado rango del Dasein.
4. que, en el
creciente embotamiento para la simplicidad de la meditación esencial y en la
falta de perseverancia en el preguntar, se desatienda a toda marcha y camino,
si no traen éstos ya con el primer paso un “resultado”, con lo cual haya algo
que “hacer” y a propósito de lo cual algo que “vivenciar”.
Por eso,
la “impotencia” no es inmediatamente una objeción contra el “pensar”, sino sólo
contra quienes lo desprecian.
Y, a su
vez, el genuino poder del pensar (como pensar la verdad del Ser) no tolera
ninguna fijación ni evaluación, cuanto más que el pensar tiene que desplazarse
al Ser y poner en juego toda la extrañeza (Befremdlichkeit) del Ser, y no
puede, por ello, descansar en un logro eficaz en el ente.
Esta es
la razón más recóndita de la soledad del preguntar pensante. La soledad del
pensador, frecuentemente proclamada, sólo es una consecuencia, es decir, no
surge de un retirarse, de un irse..., sino que brota originariamente de la
procedencia desde el dominio del Ser. Por eso, tampoco puede jamás |
suprimírsela por medio de “influencias” y “éxitos” de un pensador, no se
acrecienta con éstos, en caso de que tenga algún sentido hablar aquí de
acrecentamiento.
19. Filosofía
(Acerca de la pregunta: ¿quiénes somos nosotros?)
es, como meditación en el Ser, necesariamente,
meditativo parar mientes en sí mismo (Selbstbesinnung). La precedente
fundamentación de este nexo se distingue esencialmente de cualquiera especie de
aseguración de la “auto”-certeza del “Yo”, precisamente en vista de la
“certeza”, no de la verdad del Ser. Pero ella retrocede también hacia un
dominio aun más originario que ése que debía llevar a cabo en tránsito el
planteo “ontológico-fundamental” del Da-sein en Ser y Tiempo, y que ahora mismo
no ha sido todavía desplegado suficientemente y elevado al saber de los que
preguntan.
Ahora
bien: en tanto que, de acuerdo a la fundamentación originaria de la esencia de
la meditación como meditación de sí, “nosotros” mismos nos desplazamos al
dominio del preguntar, la pregunta filosófica, vista desde allí, puede ser
puesta en la siguiente forma inquisitiva: ¿quiénes somos nosotros?
Descontando
la pregunta por el quién, a quién nos referimos con el “nosotros”? (cf. S. S.
34, Lógica*) ¿A nosotros mismos, justo los actualmente presentes, los de ahora
y aquí? ¿Por dónde discurre el círculo limitador? ¿O nos referimos a “el”
hombre como tal? Pero “el” hombre es ahistórico sólo en cuanto histórico. ¿Nos
referimos a nosotros como el propio pueblo? Pero tampoco entonces somos los
únicos, sino un pueblo entre otros pueblos. ¿Y por medio de qué se determina la
esencia de un pueblo? Al punto se hace nítido: el modo en que en la pregunta es
puesto aquello a lo cual se pregunta (das Befragte): “nosotros”, contiene ya
una decisión sobre el quién. Esto quiere | decir: no podemos, no tocados por la
pregunta por el quién, poner el “nosotros” y “a nosotros”, por decir así, como
algo dado de antemano, a lo cual solamente le hace falta la determinación del
quién. También en esta pregunta reside una contra-apariencia del giro. Ella no
puede ser derechamente planteada ni tampoco respondida. Pero mientras no se
conciba la esencia de la filosofía como meditación en la verdad del Ser y, con
esto, haya llegado a ser efectiva la necesidad de la meditación de sí
originariamente brotada de aquí, la pregunta, ya como pregunta, permanece
expuesta a graves sospechas.
1. A
pesar del “nosotros”, la pregunta está, no obstante, dirigida de vuelta a
nosotros mismos y, por tanto, está “reflexionada”, ella solicita una actitud
vuelta sobre sí, que contraviene la derechura del actuar y efectuar.
2. Pero
no sólo a causa de esta actitud reflectada parece ser la pregunta un extravío,
sino como pregunta, sin más. Aun cuando no “reflexione”, y sólo se “ocupase con
nosotros”, sería una cavilación “teórica” del hombre, que lo sustrae al actuar
y efectuar y que en cada caso debilita a éstos. Ambas sospechas se funden en
una única exigencia: debemos ser nosotros mismos actuando y efectuando, y no
hacernos preguntas y socavarnos.
3. Así
también se ha insinuado que no llega a hacerse perspicuo para qué debe
plantearse esta pregunta, con lo cual se liga la dificultad de resolver de
dónde hemos de sacar, en general, una respuesta.
También
aquí la solución más comprensible parece residir en la exigencia mencionada:
debemos —actuando— ser nosotros mismos, y precisamente este ser responde la
pregunta de quiénes somos, antes de haber sido siquiera planteada.
La
voluntad de ser-sí-mismo torna vana la pregunta.
Esta
consideración es evidente, pero sólo porque se afana —casi sin propósito— por
permanecer en la superficie.
Pues ¿qué
quiere decir aquí el ser-sí-mismo? ¿Es el hombre, somos nosotros únicamente por
dejarle no más su curso | a aquello que nos está adherido y dentro de lo cual
permanecemos cautivos? En qué sentido el hombre es como nosotros somos es algo
de ninguna manera claro. Tampoco basta la referencia a un actuar y un efectuar.
Todo “ajetreo”, todo hurgar pone al hombre en movimiento, y queda la pregunta
de si con eso ya “es”. Desde luego, no se puede negar que, de ese modo, él sea
un ente, pero precisamente por eso se agudiza la pregunta de si el hombre ya
“es” cuando “es” y aparece solamente así, de si un pueblo “es” él mismo en
cuanto que sólo gestiona el aumento y la disminución de su hacienda.
Evidentemente hay “más” que pertenece al “ser” del pueblo, este “ser” es en sí
de una propia relacionabilidad de determinaciones esenciales, cuya “unidad”
queda, por lo pronto, harto oscura. ¿De dónde tendría que venir, por ejemplo,
el esfuerzo por poner en “forma” el cuerpo presente del pueblo por medio de
disposiciones y de “organización”? Que el hombre “consista” de cuerpo — alma —
espíritu no dice mucho. Pues la pregunta por el ser de esta unitaria
consistencia es eludida con ello, sin considerar que estas “partes” y su
aplicación como determinaciones del hombre presuponen unas experiencias
históricas del hombre y de su relación con el ente completamente peculiares.
¿Qué hay en “alma” — anima — yuc»?, ¿en el espíritu — animus, spiritus —
pneàma?
Si aquí
se da y se quiere dar nada más que el paso más inmediato en la dirección de una
claridad que vaya más allá del simple y vago uso de las palabras, surgen tareas
esenciales de esclarecimiento, que finalmente no son indiferentes para la
asunción y el cumplimiento del ser-hombre y del ser-pueblo, sino que son, ante
todo, decisivas.
Pero de
momento dejemos a un lado la pregunta por el “ser” del hombre, planteada de
esta manera. ¿Qué pasa, en el exigido ser-sí-mismo, con el sí-mismo?
Sí-mismo
—¿no significa eso que nos ponemos en el ejercicio del ser, que, por lo tanto,
nos tenemos ante todo “a nosotros” en la mira y en la ejecución, que estamos
con nosotros? ¿Por qué medio y cómo está cierto el hombre de que está consigo y
no sólo en una apariencia y una super | ficie de su esencia? ¿Nos conocermos a
nosotros — mismos? ¿Cómo podemos ser
[nosotros] mismos, si no somos [nosotros] mismos? ¿Y cómo podemos ser
[nosotros] mismos, sin saberquiénes somos, para estar ciertos de ser aquéllos que
nosotros somos?
La
pregunta por el quién no es, por eso, ninguna [pregunta] que se agregue
extrínsecamente, como si por medio de su respuesta se diese además una noticia
sobre el hombre, que es “prácticamente” superflua; sino que la pregunta por el
quién plantea la pregunta por el ser-sí-mismo y, con ello, por la esencia de la
sí-mismidad (Selbstheit).
En la
pregunta “quiénes somos nosotros” está y estriba la pregunta si acaso somos.
Ambas preguntas son inseparables, y esta in separabilidad sólo es, a su vez, el
indicio del oculto despliegue esencial del ser-humano y, ciertamente, del
histórico.
Se abre
aquí la visión de nexos de especie enteramente otra, que están constituidos de
manera distinta a como los conoce el mero cálculo y cuidado del ser humano dado
de antemano, como si fuese atinente en éste sólo una transformación por vez,
tal como la que emprende el alfarero con la masa de arcilla.
La
sí-mismidad del hombre —del histórico como del pueblo— es un dominio de
acontecer al cual éste se a-propia (sich zu-geeignet wird) cuando arriba al
abierto espacio-tiempo en que puede acontecer una propiación (Eignung).
El “ser”
más propio del hombre está fundado, por ello, en una pertenencia a la verdad del ser como tal,
y esto, a su vez, puesto que el despliegue del ser como tal, no el del hombre,
contiene en sí el llamado (Zuruf) al hombre como uno que lo determina-y-destina
a la historia (cf. La fundación, 197. Da-sein — propiedad — sí-mismidad).
De aquí
resulta claro [que] aquella pregunta por el quién como cumplimiento de la
meditación de sí no tiene nada en común con un curioseo morboso del yo que se
pierde en la devanación de las “propias” vivencias, sino que es una vía
esencial de ejecución de la pregunta por lo más digno de ser preguntado, de
aquella pregunta que abre, ente todo, la ponderación de lo más digno de
pregunta, la pregunta por la verdad del ser.
| Sólo el
que concibe que el hombre tiene que fundar históricamente su esencia a través
de la fundación del Da-sein, que la in-sistencia del éxtasis del Da-sein no es
otra cosa que la habitación (Anwohnerschaft) en el espacio-tiempo de ese
acontecer, que acontece como la huida de los dioses, sólo quien creadoramente
re-asume en la reserva, como temple fundamental, el pasmo y la exaltación del
acontecimiento de propiación, puede presentir el despliegue esencial del ser y
preparar, en tal meditación, la verdad para lo verdadero venidero.
Quien se
sacrifica a esta preparación está en el tránsito y tiene que haber anticipado
largamente, y no ha de esperar ninguna comprensión, sino sólo resistencia de lo
de hoy, por inmediatamente apremiante que éste sea.
La
meditación como meditación de sí, tal como se hace necesaria aquí a partir del
preguntar por el despliegue esencial del Ser, está lejos de aquella clara et
distincta perceptio en la que se abre y cobra certeza el ego. Debido a que la
sí-mismidad —el sitial del instante del llamado y de la pertenencia— tiene que
ser puesta ante todo en trance de decisión, no se puede concebir, en el
tránsito, lo que va al encuentro de éste.
Todo
“recurrir” a lo pretérito permanece carente de creación si no surgen
originariamente de las decisiones más extremas, y, en cambio, sólo sirven para
eludir tales [decisiones] a través de la mayor cantidad posible de mixturas.
En la
meditación y por medio de ella ocurre necesariamente lo Todavía-Otro, que
propiamente ha de ser preparado, pero que no encontraría el sitial del
propiativo acontecer (Ereignisstätte), si no hubiese un claro para lo oculto.
La filosofía como meditación de sí en el modo indicado puede ser llevada a cabo
sólo y primeramente como pensar inicial del otro inicio.
Esta
meditación de sí tiene tras de sí todo “subjetivismo”, también aquél que se
esconde de la manera más peligrosa en el culto de la “personalidad”. Donde ésta
es establecida, y, en forma correspondiente, el “genio” en el arte, todo se
mueve, a pesar de las declaraciones en contra, por la vía del pensamiento
moderno del “yo” | y de la conciencia. Que la personalidad se entienda como
unidad “espíritu-alma-cuerpo” o que se invierta esta mescolanza y sólo
aseverativamente se coloque primero al cuerpo, no cambia nada en la confusión
del pensamiento aquí reinante, que elude toda pregunta. En tal caso, el
“espíritu” es tomado siempre como “razón”, como la facultad de poder-decir-yo.
Incluso Kant iba aquí más lejos que este liberalismo biológico. Kant vio [que]
la persona es más que un “yo”; se funda en la auto-legislación. Por cierto que
también esto siguió siendo platonismo.
¿Y se
querrá, quizás, fundamentar biológicamente el decir-yo? De no ser así, entonces
la inversión es puro juego, sea lo que fuere de ella aun sin esto, porque aquí
sigue estando presupuesta, sin ser interrogada, la encubierta metafísica de
“cuerpo” y “sensibilidad”, “alma” y “espíritu”.
La
meditación de sí como fundamentación de
la sí-mismidad está fuera de las doctrinas mencionadas. Sabe, en todo caso, que
se decide algo esencial entre ser planteada la pregunta: ¿quiénes somos
nosotros?, o ser, no sólo desatendida, sino negada, sin más, como pregunta.
No querer
preguntar esta pregunta significa o bien rehuir la cuestionable verdad acerca
del hombre, o bien difundir la convicción de que ya está decidido, de una vez
para siempre, quiénes somos nosotros.
Si ocurre
lo último, todas las experiencias y los logros son llevados a cabo solamente
como expresión de la “vida” cierta de “sí”, y son tenidas, por eso mismo, como
organizables. Por principio no hay ninguna experiencia que pudiese algunas vez
llevar al hombre más allá de sí mismo a un dominio no hollado, desde el cual el
hombre hasta ahora habido pudiera tornarse cuestionable. Esto, es decir, esa
seguridad de sí, es la esencia íntima del “liberalismo”, que precisamente por
eso puede, en apariencia, desplegarse libremente y prometerse su progreso por
toda la eternidad. De ahí que “cosmovisión”, “personalidad”, “genio” y
“cultura” sean los aderezos de lujo y los “valores” que han de ser realizados
de una manera u otra.
| Aquí, de
hecho, el preguntar la pregunta: ¿quiénes somos nosotros? es más peligroso que
cualquier otro adversario con el que uno se haya topado alguna vez sobre el
mismo plano de una certeza sobre el hombre (la forma final del marxismo, que
esencialmente no tiene nada que ver con lo judío ni tampoco con lo ruso; si en
alguna parte dormita aún un espiritualismo no desarrollado, es en el pueblo
ruso; el bolchevismo es originariamente occidental, posibilidad europea: la
emergencia de las masas, la industria, la técnica, la extinción del
cristianismo; pero en la medida en que el predominio de la razón como
igualación de todos es sólo la consecuencia del cristianismo y éste, en el
fondo, es de origen judío (cf. el pensamiento de Nietzsche sobre la rebelión de
los esclavos en la moral), el bolchevismo es, de hecho, judío; ¡pero entonces
el cristianismo es también, en el fondo, bolchevique! ¿Y qué decisiones se
hacen necesarias desde aquí?).
Pero la
peligrosidad de la pregunta ¿quiénes somos nosotros? es, a la vez, si el
peligro puede requerir lo más elevado, el único camino para venir a nosotros
mismos y, por lo tanto, poner en curso la salvación (Rettung) originaria, es
decir, la justificación del Occidente a partir de su historia.
La
peligrosidad de esta pregunta es tan esencial en sí para nosotros, que pierde
la apariencia de la oposición a la nueva voluntad alemana.
Pero esta
pregunta, en cuanto filosófica, tiene que ser preparada con larga anticipación
y no puede pretender, en tanto se comprenda a sí misma, reemplazar el curso de
acción [que es] inmediatamente necesario en el instante, y ni siquiera puede
querer determinarlo.
Cuanto
más que la pregunta: ¿quiénes somos nosotros? tiene que permanecer pura y
completamente articulada en el pregunta de la pregunta de fondo: ¿cómo se
despliega el Ser?
| 20. El inicio y el pensar inicial*
El inicio es lo que fundándose a sí mismo anticipa (das
Sichgründende Vorausgreifende); fundándose en el fondo excavado por él (sich
gründend in den durch ihn er-gründeten Grund); anticipando en cuanto que funda
y, por eso, irrebasable (unüberholbar). Porque todo inicio es irrebasable, por
eso tiene que ser constantemente repetido (wiederholt), [constantemente] puesto
en confrontación (Auseinandersetzung), en lo único (Einzigkeit) de su
inicialidad y, con ello, de su inesquivable anticipación. Esta confrontación es
originaria si ella misma es inicial, pero esto, necesariamente, como otro
inicio.
Sólo lo
único es re-petible. Sólo él tiene en sí el fundamento de la necesidad de que
se regrese otra vez a él y se asuma su inicialidad. Re-petición no mienta aquí
la tonta superficialidad e imposibilidad del mero advenir de lo mismo por
segunda y tercera vez. Pues el inicio jamás puede ser aprehendido como el
mismo, porque es anticipatorio y sobrecoge así, en cada caso, lo iniciado por
él, y determina, en conformidad con ello, la re-petición de sí.
Lo
inicial no es nunca lo nuevo, porque éste sólo es lo pasajero y lo de ayer. El
inicio tampoco es nunca lo “eterno”, porque precisamente no se lo aparta ni se
lo pone fuera de la historia.
Pero ¿qué
es el inicio del pensar —en la acepción de la meditación sobre el ente como tal
y la verdad del Ser?
| 21. El pensar inicial*
(Proyecto)
El pensar la verdad del Ser es esencialmente pro-yecto. A la esencia de
un tal proyecto pertenece que, en su cumplimiento y en su desarrollo, tiene que
reservarse en lo abierto por él. Así puede darse la apariencia de que, donde
reina el proyecto, hay arbitrariedad y vagabundeo en lo infundado. Pero el
proyecto se trae a sí mismo precisamente al fundamento, y se convierte así
primeramente en la necesidad, a la cual está él, desde el fundamento, referido,
aun cuando todavía oculto ante su cumplimiento.
El
proyecto de la esencia del Ser es sólo respuesta al llamado (Antwort auf den
Zuruf). Desplegado, el proyecto pierde toda apariencia de arbitrariedad, y
jamás se convierte en un perderse a sí mismo ni en abandono. Lo abierto suyo
sólo tiene consistencia en la fundación forjadora de historia. Lo proyectado en
el proyecto sobrepuja a éste mismo y le confiere legitimidad.
El
proyecto despliega al proyectante y lo captura en lo abierto por él. Esta
captura que pertenece al proyecto esencial es el inicio de la fundación de la
verdad conquistada en el proyecto.
Qué [sea]
y quién “sea” el proyectante se vuelve aprehensible sólo a partir de la verdad
del proyecto, pero también, al mismo tiempo, oculto. Pues lo más esencial es
que la apertura como claro hace que acontezca el ocultarse, y sólo así recibe
el albergamiento de la verdad su fundamento y acicate (cf. La fundación, 244. y
245. Verdad y albergamiento).
22. El pensar inicial
es el pensar la verdad del Ser y, así, la excavación
(Ergründung) del fundamento. Sólo en el reposar sobre el fundamento se
manifiesta | primeramente su fuerza fundante, reuniente y retentiva.
Pero
¿cómo es el pensar el Ser un reposar (Aufruhen)? En cuanto que abre lo digno de
ser preguntado, cumple la ponderación de la dignidad y, por tanto, el más alto
esclarecimiento de aquello en lo cual descansa el preguntar, es decir, [en lo
que] no cesa. Pues de otro modo éste, el preguntar, no podría descansar en
cuanto aperiente.
Descansar
significa que el preguntar halla el camino en el dominio de oscilación más
extremo, en la pertenencia al acontecer más extremo, cual es el giro en el
Acontecimiento (cf. El último Dios, 255. El giro en el Acontecimiento). El
hallar el camino ocurre en el salto que se despliega como fundación del
Da-sein.
23. El pensar inicial.
¿Por qué el pensar a partir del inicio?
¿Por qué una repetición más originaria del primer
inicio?
¿Por qué
la meditación sobre su historia?
¿Por qué
la confrontación con su final?
¿Porque
el otro inicio (a partir de la verdad del ser) se ha vuelto necesario?
¿Por qué
inicio en general? (Cf. Reflexiones IV sobre inicio y tránsito).
Porque
sólo el acontecer (Geschehen) más grande, el Acontecimiento (Ereignis) más
íntimo puede salvarnos todavía del extravío en el ajetreo de los meros
acaecimientos y hacedurías. Tiene que acontecer algo tal que nos abra el ser y
nos reinstale en éste y nos traiga, así, a nosotros mismos y ante la obra y la
ofrenda.
Ahora
bien: el acontecimiento más grande es siempre el inicio, aun si éste el inicio
del último Dios. Pues el inicio es lo recóndito, el origen aún no malbaratado
ni abusado, que, sustrayéndose (entziehend) siempre, va por adelantado a lo más
lejos y, de este modo, preserva en sí la suprema soberanía. Este poderío no
desgastado de la retraída preservación (Verschlossenheit) de las posibilidades
más ricas del | coraje (la atemperada-y-sapiente voluntad de Acontecimiento) es
salvación y prueba únicas.
El pensar
inicial como confrontación entre el primer inicio que ante todo ha de ser
recuperado y el otro inicio por desplegar es, por esta razón, necesario; y en
esta necesidad obliga a la meditación más extrema y aguda y constante e impide
toda huída ante las decisiones y [todos los] expedientes.
El pensar
inicial tiene la apariencia del total apartamiento y de lo inútil. Y sin
embargo, si todavía se quiere pensar en una utilidad, ¿qué es más útil que la
salvación en el ser?
¿Qué es,
pues, el inicio, que puede llegar a ser lo supremo de todo ente? Es el
despliegue del ser mismo. Pero este inicio deviene ejecutable sólo como el otro
en la confrontación con el primero. El inicio —concebido inicialmente— es el
Ser mismo. Y en conformidad con él es también el pensar más originario que el
re-presentar y el juzgar.
El inicio
es el Ser mismo como Acontecimiento de propiación, la oculta soberanía del
origen de la verdad del ente como tal. Y el Ser es, como el Acontecimiento de
propiación, el inicio.
El pensar
inicial es:
1. Dejar que
descolle el Ser en el ente a partir del decir callando (erschweigenden Sagen)
de la palabra que concibe.
2. El
aprontamiento de este construir a través de la preparación del otro inicio.
3. Comenzar
el otro inicio como confrontación con el primero en su repetición originaria.
4. en sí
sigético, callando en la meditación más expresa.
El otro
inicio tiene que ser efectuado enteramente a partir del Ser como Acontecimiento
de propiación y del despliegue esencial de su verdad y su historia (cf., por
ejemplo, el otro inicio en su relación con el idealismo alemán).
El pensar
inicial retrotrae lejanamente su preguntar por la verdad del Ser al primer
inicio como origen de la filosofía. Con ello se procura la garantía de venir,
en su otro inicio, desde muy lejos y de encontrar, en la domeñada herencia, su
suprema resistencia venidera y, con ello, volver sobre sí misma en una
necesidad transformada (frente al primer inicio).
La
característica del pensar inicial es su despliegue esencial soberano, por medio
del cual se fuerza y se cumple primeramente la confrontación en lo más elevado
y en lo más simple. Tiene que pensar por anticipado y que soportar, en sí, un
gran futuro, quien quiere volver lejos atrás —al primer inicio—.
La
pretensión del pensar filosófico no puede estar dirigido al cumplimiento
subsecuente o conjunto, inmediato y común a todos. No tolera ningún
aprovechamiento. Porque un pensar semejante piensa lo absolutamente único (das
Einzigste) en su extrañeza, el Ser, aquello que, por lo demás, es lo más común
y corriente en la comprensión de ser usual, permanece, este pensar,
necesariamente esporádico y extraño. Pero puesto que lleva consigo esta
inutilidad, tiene que reclamar y afirmar inmediatamente y por anticipado a
aquellos que pueden arar y cazar, construir y erigir. El mismo tiene que saber
que vale siempre como afán no recompensado.
En el
dominio del otro inicio no hay ni “ontología” ni, en general, “metafísica”. No
“ontología”, porque la pregunta conductora ya no da ni medida ni campo. No
“metafísica”, porque de ningún modo se parte del ente como algo meramente
presente o como objeto sabido (idealismo) y sólo desde allí se transita hacia
algo otro (cf. La alusión). Ambas no son más que nombres de paso, a fin de
inducir siquiera una comprensión.
¿Cuáles
son los caminos y los modos de la exposición y comunicación de la articulación
del pensar inicial? La primera configuración cabal de la articulación (El
acorde — El último Dios) no puede escapar al peligro de ser leído, es decir,
conocido como un dilatado “sistema”. El realce de preguntas particulares (origen
de la obra de arte) tiene que renunciar a la proporcionada apertura y
configuración de todo el dominio de articulación.
Ambas
cosas, en la complementación, siguen siendo sólo un camino de urgencia. Pero
¿hay otros caminos en la edad de la urgencia? ¡Qué logro le está reservado aquí
al poeta! Signos e imágenes han de serle lo más interior, y la figura
visualizable del “poema” puede instalar en sí, cada vez, lo esencial suyo.
Pero
¿cómo allí, donde el concepto quiere medir de través la necesidad y la pregunta
sus vías?
24. La apelación equivocada al pensar inicial
De esa laya es la exigencia que se deba decir
inmediatamente dónde reside la decisión (sin que se haya soportado la
urgencia); que se deba indicar qué es lo que ha de hacerse, sin que esté
fundado desde el fondo el lugar histórico para la historia venidera; que se
deba suministrar inmediatamente una salvación, sin que pueda referírsela a una
voluntad de largo alcance dirigida a la transformadora definición de una meta.
El error
en la evaluación de la toma de posición respecto del pensar es doble:
1. Una
sobreestimación, en la medida en que se esperan respuestas inmediatas para una
actitud que quiere ahorrarse el preguntar (la resuelta apertura a la meditación
y a la exposición a la urgencia).
2. Una subestimación, en cuanto que se lo mide según el
re-presentar habitual y, a propósito de éste, se desconoce la fuerza fundadora
de espacio-tiempo, el carácter preparatorio.
Aquél que
quiera enseñar en el dominio del pensar inicial tiene que poseer la reserva del
poder renunciar a la “eficacia”, no ha de dejarse engañar jamás por el aparente
buen éxito del renombre y del comentario.
Pero el
obstáculo más duro lo encuentra el pensar inicial en inexpresa concepción que
de sí tiene el hombre hoy. Con total prescindencia de las interpretaciones y
metas particulares, el hombre se toma sí mismo como un “ejemplar” dado del
género “ser humano”. Esto se transfiere también al ser histórico como una
ocurrencia al interior de un contexto de pertenencia devenido. Donde prevalece
esta interpretación del ser-hombre (y, por tanto, también de un ser-pueblo),
falta todo punto de partida y toda apelación a un advenimiento del Dios, y aun
la apelación a la experiencia de la huída de los dioses. Precisamente esta
experiencia presupone que el ser humano histórico se sepa arrebatado al centro
abierto del ente que está abandonado de la verdad de su ser.
Esa
equivocación de las apelaciones surge del desconocimiento del despliegue de la
verdad como albergamiento despejador del Ahí, que tiene que ser resistido en la
insistencia del preguntar.
Pero todo
recogimiento en un contexto de pertenencia más originario puede ser preparado
para la experiencia fundamental del Da-sein.
25. Historicidad y ser
La historicidad, concebida aquí como una verdad,
albergamiento clareador del ser como tal. El pensar inicial como histórico, es
decir, co-fundador de historia en la ensamblada disposición que se articula a
sí misma.
El
señorío sobre las masas que han devenido libres (esto es, carentes de suelo y
ávidas de independencia) tiene que ser erigido y mantenido con las cadenas de
la “organización”. ¿Puede lo así “organizado”, sobre esta vía, volver a crecer
hacia sus fundamentos originarios, no sólo contener lo masivo, sino transformarlo?
¿Tiene esta posibilidad siquiera una perspectiva todavía, a la vista de la
creciente “artificialidad” (“Künstlichkeit”) de la vida, que facilita e incluso
organiza aquella “libertad” de las masas, la arbitraria accesibilidad de todo
para todos? El salir al paso del desarraigo incesante, el poner coto, nadie
debe subestimarlo, es lo primero que debe ocurrir. Pero ¿también garantiza eso
y, sobre todo, también garantizan los medios necesarios a tal acción la
trasformación del desarraigo en un enraizamiento?
Aquí se
requiere todavía de otro señorío, recóndito y reservado, largamente
singularizado y silente. Aquí tienen que ser preparados los venideros, que
creen nuevas locaciones (Standorte) en el ser, desde las cuales otra vez
acontezca en propiedad una persistencia en la lid de tierra y mundo.
Ambas
formas de señorío —fundamentalmente diferentes— tienen que ser queridas y a la
vez afirmadas por el que sabe. Aquí hay, a la vez, una verdad, en la que el
despliegue del Ser es presentido: el hendimiento abismal que se despliega en el
Ser en la suprema singularidad y la vulgarización más chata.
26. Filosofía como saber
Si el saber
caracteriza, como resguardo de la verdad de lo verdadero (del despliegue
de la verdad en el Da-sein), al hombre venidero (frente al animal racional
habido hasta aquí), y lo eleva a la vigilancia en pro del Ser, entonces el
saber supremo es aquél que se vuelve suficientemente fuerte para ser el origen
de un renunciamiento (Verzicht). Cierto que consideramos el renunciamiento como
debilidad y evitación, como desconexión de la voluntad; experimentado así, el
renunciamiento es la rendición y el desistimiento.
Pero hay
un renunciamiento que no sólo se mantiene firme, sino que incluso batalla y
sufre, ese renunciamiento que brota originariamente como el aprontamiento para
el rehusamiento, la firme mantención de esto extrañador, que se despliega bajo
tal especie como el Ser mismo, aquel medio entre el ente y el diosamiento, que
le hace espacio al abierto Entre, en cuyo espacio-de-juego-de-tiempo se baten
entre sí el albergamiento de la verdad en el ente y la huída y advenimiento de
los dioses. El saber del rehusamiento (el Da-sein como renunciamiento) se
despliega como la larga preparación de la decisión sobre la verdad, de si ésta
vuelve una vez más a hacerse dueña de lo verdadero (es decir, de lo correcto),
o si ella misma será medida sólo por éste y, así, por aquello que le está por
debajo, si la verdad no permanece solamente como la meta del conocer
técnico-práctico (como un “valor” y una “idea”), sino que se convierte en
fundación de la insurgencia (Aufruhr) del rehusamiento.
Este
saber se despliega como el preguntar de largo alcance por el Ser, cuya
cuestionabilidad constriñe todo crear a la urgencia y le erige un mundo al ente
y rescata lo confiable de la tierra.
27. El pensar inicial
(Concepto)
“Pensar”, en la determinación habitual, desde hace
largo tiempo en uso, es el re-presentar de algo en su „dša como lo koinÒn,
re-presentar de algo en términos universales.
Pero este
pensar está referido, en primer término, a lo allí meramente dado (das
Vor-handene), ya presente (Anwesende) (una determinada interpretación del
ente). En seguida, siempre es, no obstante, ulterior, en la medida en que le
proporciona a lo ya interpretado sólo lo más universal que le corresponde. Este
pensar predomina de diversos modos en la ciencia. La concepción de lo
“universal” es de doble sentido, cuanto más que la caracterización de lo
pensado como koinÒn no es vista origiariamente desde éste mismo, sino desde lo
“mucho”, desde el “ente” (como m¾ Ôn). El enfoque de lo mucho y la referencia
fundamental a éste son decisivos y, por lo pronto, también al interior del
punto de vista de la conciencia, de tal suerte que es lo enfrentado (das Gegenüber),
sin estar antes propiamente determinado y fundamentado en su verdad. Esta
recién debe ser procurada por lo “universal”. Y así es como esa concepción
del pensar se acopla luego con la fijación y obtención de “categorías” y la
‘forma de pensar’ del enunciado (Aussage) es la que da la pauta.
Este
pensar todavía fue una vez —en el primer inicio—, en Platón y Aristóteles,
creador. Pero creó precisamente el dominio en el cual se mantuvo,
venideramente, el representar del ente como tal, en el cual se desplegó luego
el abandono del ser cada vez más encubiertamente.
El pensar
inicial es el cumplimiento originario de acorde, alusión, salto y fundación en
su unidad. Cumplimiento quiere decir aquí que ésos — acorde, alusión, salto y
fundación en su unidad — sólo son, en cada caso, asumidos y soportados en
términos humanos (menschenhaft), que ellos mismos son siempre esencialmente
algo otro y que pertenecen al acontecimiento del Da-sein.
La
agudeza del decir en este pensar y la simplicidad de la palabra acuñadora se
miden en una conceptualidad que desecha toda mera ingeniosidad como vacía
impertinencia. Se concibe lo que aquí únicamente y siempre ha de concebirse, el
Ser, en cada caso, sólo en la ensambladura de aquellas articulaciones. El saber
soberano de este pensar no se deja decir jamás en una proposición (Satz). Pero
tanto menos puede quedar entregado lo que ha de saberse a un representar
indeterminado y vacilante.
El
concepto es aquí originariamente “íntima-y-prístina-aprehensión”
(“Inbegriff”), y éste, referido
primeramente y siempre a la concurrente aprehensión de conjunto del giro en el
Acontecimiento.
Por lo
pronto, la calidad de íntima-y-prístina-aprehensión puede ser indicada por la
relación que tiene cada concepto del ser en cuanto concepto, es decir, en su
verdad, con el Da-sein y, por tanto, con la in-sistencia del hombre histórico.
Pero en la medida en que el Da-sein se funda primeramente como pertenencia al
llamado en el giro del Acontecimiento, lo íntimo de la
íntima-y-prístina-aprehensión reside en el concebir del giro mismo, en aquel
saber que, resistiendo la urgencia del abandono del ser, in-siste en el
aprontamiento para el llamado; en aquel saber que habla en la medida en que,
antes, calla desde la in-sistencia resistente en el Da-sein.
La
íntima-y-prístina-aprehensión no es aquí jamás el abarcar (Ein-begreifen) en el
sentido de la comprehensión genérica, sino que significa el saber que proviene
de la in-sistencia y eleva la intimidad del giro al albergamiento clareador.
28. La inconmensurabilidad del pensar inicial como
pensar finito
Este pensar, y el orden desplegado por él, está fuera
de la pregunta de si le pertenece un sistema o no. El “sistema” sólo es posible
en la secuela de la soberanía del pensar matemático (en sentido amplio) (cf. WS
55/6*). Un pensar que está fuera de este dominio y de la correspondiente
determinación de la verdad como certeza es, por eso, carente de sistema,
a-sistemático; pero no por ello arbitrario y confuso. En este caso,
a-sistemático quiere decir solamente algo “confuso” y desordenado si se lo mide
por el sistema.
El pensar
inicial en el otro inicio tiene este rigor de otra índole: la libertad de la
ensambladura de sus articulaciones. Aquí se articula lo uno con lo otro a
partir de la soberanía del pertenecer interrogativo al llamado.
El rigor
de la reserva es distinto al de la “exactitud” del “raciocinar” (“Raisonieren”)
desasido, pertinente por igual a cada cual e indiferente, con sus resultados
[que son] obligatorios para tales pretensiones de certeza. Hay aquí algo
obligatorio solamente porque la pretensión de verdad se contenta con la
rectitud de la derivación y ajuste en un orden regulado y calculable. Esta
suficiencia [es] el fundamento de lo obligatorio.
29. El pensar inicial*
(La pregunta por la esencia)
En el dominio de la pregunta-guía, la concepción de la
esencia está determinada desde la entidad (Seiendheit) (oÙs…a - koinÒn); y la
esencialidad de la esencia reside en su universalidad máximamente posible. Esto
significa, en la dirección opuesta: lo singular y múltiple, que entra bajo el
concepto de la esencia y desde el cual es establecido éste, es discrecional
(beliebig); aun más, justamente la discrecionalidad del ente, que sin embargo y
precisamente indica la pertenencia a la esencia, es esencial.
Allí
donde, por el contrario, el Ser es concebido como Acontecimiento, la
esencialidad se determina desde la originariedad y singularidad del Ser mismo.
La esencia no es lo universal, sino el despliegue (die Wesung), precisamente,
de la respectiva singularidad y del rango del ente.
La
pregunta por la esencia contiene lo decisorio que gobierna ahora, desde el
fundamento, la pregunta del ser.
Proyecto
es establecimiento de rango y decisión.
El
principio (Grundsatz) del pensar inicial reza, por ello, de manera doble: toda
esencia es despliegue.
Todo
despliegue se determina desde lo esencial en el sentido de lo
originario-singular.
30. El pensar inicial
(como meditación)
es, en cuanto cumplimiento y aprontamiento del acorde y
de la alusión, esencialmente y en primer término tránsito y, como tal, ocaso
(Unter-gang).
En el
tránsito se cumple la meditación, y la meditación es necesariamente meditación
de sí. Pero esto apunta a que este pensar está, después de todo, referido a
nosotros mismos y, por tanto, al hombre, y exige una nueva determinación de
la esencia del hombre. En la medida en que ésta está fijada modernamente como
conciencia y autoconciencia, la meditación transitiva parece tener que
convertirse en un nuevo esclarecimiento de la autoconciencia. Cuanto más que no
podemos sustraernos sin más al estado actual de la autoconciencia, que tiene
más el carácter de un cálculo (Berechnung). Así que la experiencia fundamental
del pensar inicial es, después de todo, el ente en el sentido del hombre actual
y de su situación y, por lo tanto, es la “reflexión” del hombre acerca de “sí”.
En esta consideración hay algo correcto,
y sin embargo es no-verdadera. En tanto que la historia y la meditación
histórica lleven y dominen al hombre, toda meditación es también meditación de
sí. Sólo que la meditación que ha de llevarse a cabo en el pensar inicial no
toma el ser-sí-mismo del hombre actual como dado, como [algo] que alcanzar
inmediatamente en el representar del “yo” y del nosotros y de la situación de
ambos. Pues así, justamente, no se gana la sí-mismidad, sino que se la pierde y
desfigura definitivamente (cf. La fundación, 197. Da-sein — Propiedad —
Sí-mismidad).
Antes
bien, la meditación del pensar inicial es tan originaria que primeramente
pregunta cómo ha de fundarse el sí-mismo, en cuyo dominio “nosotros”, yo y tú,
venimos, en cada caso, a nosotros mismos. Por lo tanto, es cuestionable si
nosotros, por medio de la reflexión sobre “nosotros”, nos encontramos a
nosotros mismos, [si encontramos] nuestro sí-mismo, si, por consiguiente, el
proyecto del Da-sein tiene algo que ver, en general, con el esclarecimiento de
la “auto”-conciencia.
Ahora
bien: no está decidido en absoluto que el “sí-mismo” sea jamás determinable por
la vía de la representación del yo. Antes bien, cabe reconocer que la
sí-mismidad se origina primeramente a partir de la fundación del Da-sein, y que
ésta se cumple como a-propiación del perteneciente al llamado. Por lo tanto, la
apertura y fundación del sí-mismo se origina desde la verdad del Ser y como
ésta (cf. La fundación, 197. Da-sein — Propiedad — Sí-mismidad). No el análisis
del ser humano distintamente orientado, no la indicación de otros modos de
ser del hombre —todo, tomado por sí mismo como antropología mejorada—, es lo
que aquí aporta la meditación de sí, sino que la pregunta por la verdad del ser
apronta el dominio de la sí-mismidad, en el cual primeramente, operando y
actuando históricamente, el hombre —nosotros—, configurado como pueblo, llega a
su sí-mismo.
Por
cierto, la propiedad (Eigenheit) del Da-sein, en cuanto fundada en el
ser-sí-mismo puede ser indicada, por lo pronto, en el tránsito desde la
autoconciencia yoica heredada, sólo a partir de ésta misma; el Da-sein como en
cada caso mío. A este propósito cabe considerar que incluso esta autoconciencia
yoica alcanzó ya, a través de Kant y del idealismo alemán, una figura
enteramente distinta, en la cual está co-implicada una referencia al “nosotros”
y a lo histórico y lo absoluto. Con el Da-sein está dada al punto,
completamente, la transposición hacia lo abierto. Querer encontrar aquí un
“subjetivismo” es, con prescindencia de lo demás, en todo caso superficial.
La
meditación del pensar inicial se dirige a nosotros (mismos) y no [se dirige],
sin embargo. No a nosotros, para extraer de allí las determinaciones
normativas, pero sí a nosotros como ente histórico y, a saber, en la urgencia
del abandono del ser (por lo pronto, caída de la comprensión de ser y olvido
del ser). A nosotros, que ya estamos instalados en la exposición en medio del
ente, a nosotros de este modo, para alcanzar el ser-sí-mismo más allá de
nosotros.
El
carácter transitivo del pensar inicial trae consigo inevitablemente la
ambigüedad de [parecer] como si se tratara de una meditación antropológica
existencial en el sentido corriente. Pero en verdad cada paso está llevado por
la pregunta por la verdad del Ser.
La mirada
dirigida a nosotros se cumple a partir del salto que se lanza
anticipatoriamente (Vorsprung) al Da-sein. Pero para la primera meditación
tenía que intentarse, en general, de una vez, destacar, a propósito de modos de
ser extremos del hombre, la distinta índole (Andersartigkeit) del Dasein por
oposición a todo “vivenciar” y [a toda] conciencia.
| A pesar
de todo, cerca está la tentación de restringir toda la meditación en Ser y
Tiempo, Primera Mitad, al círculo de una antropología que sólo está
diversamente orientada.
31. El estilo del pensar inicial
Estilo: la auto-certeza del Dasein en su legislación
fundadora y en la resistencia de su encono (Grimm).
El estilo
de la reserva, porque ésta entona, desde el fondo, cabalmente la in-sistencia,
la espera reminiscente del Acontecimiento.
Esta
reserva cabalmente entona también toda disputa de la lid entre mundo y tierra.
Se pone
al abrigo de la suave medida —acallándola— y va preñada del encono atroz, los
cuales ambos —perteneciéndose— se encuentran diversamente tanto desde la tierra
como desde el mundo.
El
estilo, como certeza que está a la altura, es la ley de cumplimiento de la
verdad en el sentido del albergamiento en el ente. Puesto que el arte, por
ejemplo, es el poner-en-obra de la verdad, y en la obra el albergamiento viene
a erigirse en sí mismo consigo mismo, por eso el “estilo”, aunque apenas
entendido, es especialmente visible en el campo del arte. Pero aquí el
pensamiento del estilo no se traslada, ampliado, desde el arte hacia el Da-sein
como tal.
32. El Acontecimiento
Una visión de conjunto decisoria en pos del
cumplimiento
de acorde y alusión
Desde un comienzo ha de tenerse a la vista la relación
de ser y verdad, y atender a cómo desde aquí son fundados tiempo y espacio en
su pertenencia originaria a despecho de toda su ajenidad.
La verdad
es albergamiento clareador que acontece como éxtasis y rapto (Entrückung und
Berückung). Estos, tanto en su unidad
como en su exceso, dan lo abierto circuído para el juego del ente, que deviene
ente en el albergamiento de su verdad como cosa, útil, haceduría, obra, acción,
ofrenda.
Pero
éxtasis y rapto pueden solidificarse en una equivalencia (Gleichgültigkeit), y
entonces se mantiene lo abierto para lo ordinariamente dado (das gemeinhin
Vorhandene), que despierta la impresión de ser el ente, porque [es] lo real.
Desde esta oculta equivalencia de la aparente falta de éxtasis y rapto, [éstos]
parecen excepciones y rarezas, siendo que muestran el fondo y el despliegue de
la verdad. Aquella equi-valencia es también el dominio en el cual se desarrolla
todo re-presentar, opinar, toda rectitud (cf. La fundación: sobre el espacio).
Pero
aquella esencia de la verdad, el claro y ocultamiento extasiante-raptor como
origen del Ahí, se despliega en su fondo, que experimentamos como a-propiación
aconteciente. El acercamiento y la huída, la venida y el apartamiento, o la
simple falta de los dioses; para nosotros, en el ser-soberano, es decir, en el
inicio y el ser-soberano sobre este acontecer, inicial soberanía final que se
mostrará como el último Dios. En su seña (Winken), el ser mismo, el
Acontecimiento como tal, se vuelve por primera vez visible, y este destello
requiere la fundación del despliegue de la verdad como claro y ocultamiento y
su albergamiento por última vez en la figura transformada del ente.
Lo que se
ha pensado en lo restante y hasta ahora sobre espacio y tiempo, que pertenecen
a este origen de la verdad, es, como ya Aristóteles mostró detalladamente por
vez primera en la Física, ya una consecuencia de la esencia del ente como
oujsiva, ya firmemente establecida, y de la verdad como rectitud y de todo
aquello que desde allí resulta a título de “categorías”. Cuando Kant
caracteriza a espacio y tiempo como “intuiciones”, ello sólo es, al interior de
esta historia, un débil intento por rescatar en general la esencia propia de
espacio y tiempo. Pero Kant no tiene | ninguna vía hacia la esencia de espacio
y tiempo. El ordenamiento al “yo” y a la “conciencia” y el re-presentar
extravían toda senda y todo paso.
Verdad*
Lo que se indicó a este propósito con ocasión de las
conferencias sobre la obra de arte y que se concibió como “instalación”
(“Einrichtung”) es ya la consecuencia
del albergamiento, que, en sentido propio, resguarda lo clareado-ocultado.
Precisamente este resguardo deja primeramente ser al ente, y, a saber, ese ente
que él es y puede ser en la verdad del ser aún no alzado y en el modo en que
esta verdad está desplegada. (Aquello que vale como ente, lo presencial (das
Anwesende), lo real, a lo cual recién se refiere lo necesario y lo posible, el
ejemplo corriente [tomado] de la historia del primer inicio.)
El
albergamiento mismo se cumple en y como el Da-sein. Y éste acontece, gana y
pierde historia en el curarse (Be-sorgung) in-sistente, que ante todo pertenece
al Acontecimiento, pero que apenas sabe de él. Ese [curarse], no concebido desde la
cotidianidad, sino desde la sí-mismidad del Dasein, se mantiene en modos
múltiples, que se solicitan entre sí: elaboración de útiles (Zeuganfertigung),
organización de haceduría (técnica), creación de obras, acción forjadora de
Estado, ofrenda pensante. En todos, y siempre diversamente, [está] la
pre[figuración] y configuración del conocimiento y el saber esencial como
fundación de la verdad. La “ciencia” [es] sólo un vástago lejano de un
determinado abrirse paso de la elaboración de útiles, etc.; [no es] nada autónomo
y [nada que] jamás pueda ponerse en conexión con el saber esencial del pensar
el ser (filosofía).
Pero el
albergamiento no sólo se mantiene en los modos de la producción
(Hervorbringung), sino también, originariamente, en el modo de la asunción del
encuentro de lo inerte y lo viviente: piedra, planta, animal, hombre. Aquí
acontece la retractación | hacia la tierra que se cierra. Sólo que este
acontecer del Dasein nunca es para sí, sino que pertenece al fervor de la lid
de tierra y mundo, a la in-sistencia en el Acontecimiento.
Filosofía:
encontrar las simples vistas y las figuras íntimas y traerlas a manifestación,
en lo cual el despliegue esencial del Ser es albergado y elevado en los
corazones.
Quién
pudiese ambas cosas: la mirada más lejana en el más oculto despliegue del Ser y
el más cercano atinar de la figura destellante del ente albergador.
¿Cómo,
saltando anticipatoriamente al despliegue del Ser, le procuramos a éste el
afluir de su ente, a fin de que la verdad del Ser preserve su fuerza de
perduración histórica como ímpetu?
Al pensar
le queda sólo el decir más simple de la imagen más escueta en purísimo
silenciamiento. El primer pensador venidero tiene que poder esto.
33. La pregunta del Ser
En tanto no reconozcamos que todo cálculo de
“objetivos” y “valores” se origina en una interpretación muy determinada del
ente (como „dša), en tanto no concibamos que en ella ni siquiera se barrunta la
pregunta por el Ser, para no decir que se la plantea, en tanto no demos
testimonio plenamente, a través del cumplimiento, que sabemos acerca de la
necesidad de esta pregunta no planteada y, con ello, la formulamos ya, en tanto
todo esto permanezca fuera del campo visual de aquello que todavía se comporta como
“filosofía”, todo intenso bullicio sobre el “Ser”, la “ontología”, la
“trascendencia” y “paratrascendencia”, la “metafísica” y la putativa superación
del cristianismo es infundado y vacío. Sin saberlo, se mueve uno de todos modos
por los carriles del neokantismo, que se escarnece tan gustosamente. Pues en
ninguna parte se lleva a cabo un trabajo pensante, no se consuma ningún paso de
un preguntar aperiente.
|
Precisamente quien ha concebido la pregunta del ser y ha intentado
efectivamente medir la envergadura de su vía no puede esperar ya nada de la
“Antigüedad” y de su secuela, como no sea la terrible admonición de desplazar
el preguntar otra vez hacia el mismo suelo de necesidad, no de aquella
primeriza, que ya definitivamente ha sido y que sólo así sigue siendo. Antes
bien, “repetición” quiere decir aquí permitir que lo mismo, la singularidad del
Ser, vuelva otra vez y, por lo tanto, a partir de una verdad originaria, a ser
urgencia. “Otra vez” significa aquí, justamente: de manera enteramente otra.
Pero todavía faltan oídos para esa terrible admonición y [falta] la voluntad de
ofrenda, de permanecer en el tramo inmediato de la vía, apenas abierto.
En lugar
de esto se engaña uno a sí mismo y a los demás con una bulliciosa exaltación
por la “Antigüedad” ex-perimentada (er-littene) por Nietzsche, ocultándose la
propia perplejidad.
¿Cómo se
destaca, frente a ese trajín, por ejemplo, la figura y la obra de Hermann
Lotze, el testigo más genuino de [ese]
siglo XIX tan fácil y abundantemente calumniado?
34. El Acontecimiento y la pregunta del ser
El
Acontecimiento es la mitad (Mitte) que se determina (ermittelnde) y se media
(vermittelnde) a sí misma, en regreso a la cual tiene que pensarse por
anticipado todo despliegue de la verdad del Ser. Y todos los conceptos del Ser
tienen que ser pronunciados desde allí.
A la
inversa: todo lo que, por de pronto y en la urgencia, ha sido pensado sólo en
el tránsito desde la desarrollada pregunta-guía hacia la pregunta de fondo
sobre el Ser, y lo que se ha preguntado como camino hacia su verdad (el
despliegue del Da-sein), todo esto no ha de ser traducido jamás a la oquedad de
una “ontología” y una “doctrina de las categorías” heredada.
El
presentimiento inexpreso del Acontecimiento se presenta en primer plano y, a la
vez, en reminiscencia histórica (ous…a = parous…a), | como “temporalidad”
(“Temporalität”): el acontecimiento del éxtasis que resguarda lo sido y que
anticipa lo venidero, y esto quiere decir apertura y fundación del Ahí y, por
tanto, del despliegue de la verdad.
Nunca se
entiende “temporalidad” como un perfeccionamiento del concepto de tiempo, como
la sustitución corriente del concepto de tiempo calculístico por las
“vivencias” (Bergson-Dilthey). Todo eso permanece fuera de la discernida
necesidad del tránsito de la pregunta-guía concebida como tal hacia la pregunta
de fondo.
El
“tiempo” es, en Ser y Tiempo, el señalamiento y el acorde remitido a aquello
que acontece como verdad del despliegue del Ser en la singularidad de la
a-propiación.
Sólo
aquí, en esta interpretación originaria del tiempo, se ha alcanzado el dominio
en que el tiempo llega a la extrema diferencia con el espacio y, así,
precisamente, a la intimidad de su despliegue. Esta relación [está] preparada
en la exposición de la espacialidad del Da-sein, no, acaso, del “sujeto” y del
“yo” (cf. La fundación, Espacio).
Dada la
confusión y la indisciplina del “pensar” de hoy, se requiere una concepción
casi escolar de sus caminos en la figura de “preguntas” características. Desde
luego, en la meditación más doctrinaria sobre estas preguntas no reside jamás
la voluntad y el estilo pensante decisivos. Pero, con fines de esclarecimiento,
sobre todo contra la habladuría sobre “ontología” y “ser”, conviene saber
previamente lo siguiente:
El ente es.
El Ser se despliega.
“El ente” — esta palabra no nombra solamente lo real y
a éste, incluso, sólo como lo allí presente, y a éste ya únicamente como objeto
del conocimiento, no sólo lo real de cualquiera especie, sino también lo
posible, lo necesario, lo contingente, todo lo que de algún modo está en el
Ser, incluso lo nulo y la nada. El que, creyéndose muy astuto, descubre aquí
inmediatamente una “contradicción”, puesto que lo no-ente no puede ser “ente”,
piensa, con su ausencia de | contradicción como medida de la esencia del ente,
con muy corto alcance.
“El Ser”
no mienta solamente la realidad de lo real, ni tampoco solamente la posibilidad
de lo posible, ni de ningún modo únicamente el ser a partir del ente
respectivo, sino el Ser desde su despliegue originario en el pleno hendimiento,
el despliegue no restringido a la “presencialidad”.
Ciertamente,
el despliegue del Ser mismo y, con ello, el Ser en su singularidad
absolutamente única no se deja experimentar al antojo ni derechamente como un
ente, sino que sólo se abre en la instantaneidad del salto anticipatorio del
Da-sein al Acontecimiento (cf. El último Dios, 255. El giro en el
Acontecimiento).
Y tampoco
lleva ningún camino, inmediatamente, desde el ser del ente al Ser, porque la
mirada en el ser del ente ocurre ya fuera de la instantaneidad del Dasein.
Desde
aquí puede traerse a la pregunta del ser una diferenciación y un
esclarecimiento esenciales. Ella no es
jamás la contestación de la pregunta del ser, sino sólo el ejercicio del
preguntar, estimulación y clarificación de la fuerza interrogativa para esta
pregunta, que sólo surge, en cada caso, de la urgencia y el ímpetu del Da-sein.
Si se
pregunta por el ente en tanto que ente (×n À Ôn) y por consiguiente, en este
planteamiento y dirección, por el ser del ente, entonces el que pregunta está
en el dominio de la pregunta desde la cual fue guiado el inicio de la filosofía
occidental y de su historia hasta su final en Nietzsche. Por eso denominamos a
esta pregunta por el ser (del ente) la pregunta-guía. Su forma más general ha
conservado en Aristóteles la acuñación
t… tÕ Ôn; ¿qué es el ente, es decir, para él, qué es oujsiva como la entidad
del ente? Ser quiere decir aquí entidad (Seiendheit). En ello se expresa al mismo tiempo que, a
pesar de desechar el carácter genérico, el ser (como entidad) es entendido
siempre y solamente como lo koinovn, lo común y, así, [como] lo ordinario (das
Gemeine) para cada ente.
Si, por
el contrario, se pregunta por el Ser, entonces el planteamiento no arranca aquí
del ente, es decir, eventualmente de éste y aquél, ni | tampoco del ente como
tal en su totalidad, sino que se cumple el salto a la verdad (claro y
ocultamiento) del Ser mismo. Aquí se experimenta y se pregunta a la vez esto
que se despliega anticipatoriamente (Voraus-wesende) (y que también yace
escondido en la pregunta-guía), la apertura para el despliegue como tal, es
decir, la verdad. Aquí está preguntada conjuntamente la pregunta previa
(Vor-frage) por la verdad. Y en la medida en que el Ser es experimentado como
el fondo (Grund) del ente, la pregunta así planteada es la pregunta de fondo.
De la pregunta-guía a la pregunta de fondo no hay jamás un curso inmediato,
unívoco, que aplicara la pregunta-guía una vez más (al Ser), sino únicamente un
salto, es decir, la necesidad de un otro inicio. En cambio, a través de la
superación en despliegue del planteamiento de la pregunta-guía y de sus
respuestas, bien se puede y se tiene que gestar un tránsito que prepare el otro
inicio y lo haga, en general, visualizable y susceptible de ser barruntado. A
este aprontamiento del tránsito sirve Ser y Tiempo, es decir, ya está
propiamente en la pregunta de fondo, sin desplegarla pura e inicialmente desde
sí misma.
Para la
pregunta-guía, la respuesta es el ser del ente, la determinación de la entidad
(es decir, la indicación de las “categorías” para la oÙs…a). En la ulterior
historia post-griega, los diferentes dominios del ente se tornan importantes de
diversas maneras, el número y la índole de las categorías y de su”‘sistema”
cambian, pero se permanece en lo esencial en este planteo, sea que haga pie en
el lÒgo$ como enunciado, o, a consecuencia de determinadas transformaciones, en
la conciencia y en el espíritu absoluto. La pregunta-guía determina desde los
griegos hasta Nietzsche el mismo modo de la pregunta por el “ser”. El ejemplo
más nítido y más grande de esta unidad de la tradición es la Lógica de Hegel.
Por el
contrario, para la pregunta de fondo el ser no es respuesta ni dominio de
respuesta, sino lo más digno de pregunta. A él le corresponde la consideración
(Würdigung) única y que salta anticipatoriamente, es decir, él mismo es abierto
como soberanía y, así, elevado a lo abierto como lo jamás domeñable. El Ser
como el fondo en el cual todo ente como tal adviene primeramente a su verdad
(albergamiento e instalación y objetividad [Gegenständlichkeit]); el fondo en
que el ente se sume (abismo), en el cual se arroga también su equivalencia y
obviedad (lo infundado). Que el Ser se despliegue de este modo en términos de
fondo en su despliegue esencial, indica su singularidad y soberanía. Y ésta es,
a su vez, sólo la seña hacia el Acontecimiento, en el cual hemos de buscar el
despliegue del ser en su supremo ocultamiento. El Ser como lo más digno de
pregunta no conoce, en sí, ninguna pregunta.
La
pregunta-guía, desarrollada en su ensambladura, permite conocer en cada caso
una posición fundamental con respecto al ente como tal, es decir, una posición
del (hombre) que pregunta sobre un fondo que no puede ser fundado como tal, ni
en absoluto sabido desde la pregunta-guía, pero que es traído a lo abierto
mediante la pregunta de fondo.
Aun
cuando jamás es posible un curso continuo desde la pregunta-guía a la pregunta
de fondo, el desarrollo de la pregunta de fondo suministra simultáneamente, sin
embargo, a la inversa, el suelo para recuperar el todo de la historia de la
pregunta-guía en una posesión originaria, y no, acaso, para desecharla como
algo pretérito (cf. La alusión, 92. La confrontación del primer inicio y del
otro).
35. El Acontecimiento
La meditación del camino:
1. Qué es pensar inicial.
2, Cómo se cumple el otro inicio como silenciamiento.
"El
Acontecimiento” sería el recto título para la “obra” que aquí sólo puede ser
preparada; y por eso tiene que decir, en vez de eso: Aportaciones a la
filosofía.
La
“obra”: la construcción que se desarrolla a sí misma en el de-volverse hacia el
fondo descollante.
|36. El pensar el Ser y el lenguaje
Con el lenguaje habitual, que hoy es desgastado y
malbaratado cada vez más acentuadamente, no se puede decir la verdad del Ser.
¿Puede siquiera decírsela inmediatamente, si todo lenguaje es lenguaje de ente?
¿O se puede inventar un nuevo lenguaje para el Ser? No. Y aunque esto resultara
e, incluso, sin forja artificial de palabras, ese lenguaje no sería decidor.
Todo decir tiene que permitir que, junto a él, surja el poder-oir. Ambos tienen
que ser del mismo origen. Así, pues, sólo cabe una cosa: decir la lengua que
más noblemente esté a la altura, en su simplicidad y el poder de su esencia,
[decir] la lengua del ente como lengua del Ser. Esta transformación del
lenguaje penetra en dominios que aún nos están vedados, porque no sabemos la
verdad del Ser. Así, se habla de la “renuncia a continuar”, del “claro del
ocultamiento”, del “Acontecimiento de propiación”, del “Da-sein”, [lo cual] no es sonsacarle
verdades a las palabras, sino la apertura de la verdad del Ser en tal decir
transformado (cf. Mirada preliminar, 38. El silenciamiento).
37. El Ser y su
silenciamiento *
(la sigética)
La pregunta de fondo: ¿cómo se despliega el Ser?
El
silenciamiento (Erschweigung) es la legalidad meditabunda (besonnene
Gesetzlichkeit) del callar (sigan). El
silenciamiento es la “lógica” de la filosofía, en la medida en que ésta
pregunta, desde el otro inicio, la pregunta de fondo. Busca la verdad del
despliegue del Ser, y esta verdad es el ocultamiento que da seña-y-acorde (el
misterio) del Acontecimiento (el reticente desdecimiento).
| Nosotros
no podemos decir jamás inmediatamente el Ser mismo, justamente cuando [éste] es
saltado en el salto. Pues todo Decir (Sage)
viene del Ser y habla desde su verdad. Toda palabra y, por lo tanto,
toda lógica están bajo el poder del ser. La esencia de la “lógica” (cf. SS
34**) es, por eso, la sigética. En ella viene a ser primeramente concebida la
esencia del lenguaje.
38. El silenciamiento
El designio de hablar, con palabra ajena, de “sigética”
en correspondencia con la “lógica” (onto-logía) tiene sólo una intención
transitiva retrospectiva, de ningún modo [se trata de la] manía de suplantar la
“lógica”. Pues, como la pregunta por el Ser y por el despliegue del Ser está en
pie, el preguntar es tanto más originario y, por eso, cuanto menos se lo puede
encerrar y ahogar en una disciplina escolar. Jamás podemos decir el Ser
inmediatamente, y por eso tampoco de manera mediata en el sentido de la “lógica”
acentuada de la dialéctica. Todo Decir habla ya desde la verdad del Ser y nunca
puede saltar por sobre sí mismo, inmediatamente, hacia el Ser. El
silenciamiento tiene leyes más elevadas que cualquiera lógica.
Pero el
silenciamiento no es en modo alguno una a-lógica, que es en buenas cuentas es y
quisiera ser lógica, sólo que no puede [serlo]. Al contrario de lo cual, la
voluntad y el saber del silenciamiento están orientados de manera completamente
distinta. Y tampoco se trata de lo “irracional” y de “símbolos’ y “cifras”,
todo lo cual presupone la metafísica heredada. En cambio, el silenciamiento
incluye la lógica de la entidad, tal como la pregunta de fondo transforma
dentro de sí la pregunta-guía.
El
callamiento surge del origen en despliegue del lenguaje mismo.
| La
experiencia fundamental no es el enunciado, la proposición y, por consiguiente,
el principio (Grundsatz), sea “matemático” o “dialéctico”, sino el mantenerse
la reserva en sí misma frente al reticente desdecimiento en la verdad (claro
del ocultamiento) de la urgencia, que se origina en la necesidad de la decisión
(cf. Mirada preliminar, 46. La decisión).
Cuando
esta reserva viene a la palabra, lo dicho es siempre el Acontecimiento. Pero
comprender este decir significa llevar a cabo el proyecto y el salto del saber
en el Acontecimiento. El decir, como silenciamiento, funda. Su palabra no es,
digamos, sólo un signo para algo enteramente otro. Lo que ella nombra, es lo
tenido en mientes. Pero el “tener en mientes” sólo es apropiado en cuanto
Da-sein y, por lo tanto, [como] pensante en la pregunta.
El callar
y el preguntar: el preguntar esencial como poner en trance de decisión la
esencia de la verdad.
¿Búsqueda
en pos del Ser? El hallazgo (Fund) originario en la búsqueda originaria.
Buscar —y
el mantenerse-en-la-verdad, en lo abierto de lo que se oculta y se retira. El
buscar (originariamente) como referencia fundamental al desdecimiento
reticente. El buscar como preguntar y, no obstante, callar.
¡El que
busca ya encontró! Y el buscar originario es aquel aprehender de lo ya
encontrado, a saber, de lo que se oculta como tal.
Mientras
la búsqueda habitual encuentra y ha encontrado solamente cuando cesa de buscar.
Por eso,
el hallazgo originario es albergado en el albergamiento originario precisamente
como la búsqueda. Ponderar lo más digno de pregunta, perdurar en la pregunta,
in-sistencia.
39. El acontecimiento
Este es el título esencial para el intento del pensar
inicial. Pero el título público sólo ha de rezar: Aportaciones a la filosofía.
| El
proyecto tiene como propósito aquello
que sólo puede quererse en el intento del pensar inicial, el cual sabe algo
mínimo acerca de sí mismo: ser una articulación de este pensar.
Esto
quiere decir:
1. Nada se
escatima en el rigor de la ensambladura, igual que si cupiese lo imposible —y
esto cabe siempre en la filosofía—: concebir la verdad del Ser en la plenitud
enteramente desplegada de su fundada esencia.
2. Aquí sólo
se permite la disposición sobre un camino que puede desbrozar un individuo,
renunciando a la posibilidad de echar un vistazo a otros caminos, quizá más
esenciales.
3. El intento
debe tener en claro que ambas, ensambladura y disposición, siguen siendo una
juntura (Fügung) del Ser mismo.
La articulación, en este triple sentido, tiene que
intentarse, y con ello, algo más esencial y más dichosamente atinado, que le
sea regalado a los venideros, algo en lo cual haya un salto, que ello acople e
inserte provisoriamente, a fin de superarlo.
Este
ser-superado, si es genuino y necesario, trae ciertamente lo más grande; pone
en pie en su futuridad por primera vez históricamente un intento pensante, en
su erigirse hacia el futuro y hacia la inevitabilidad.
La
articulación es algo esencialmente distinto a un “sistema” (cf. WS 35/36 y
36*). Los “sistemas” sólo son posibles y, hacia el fin, muy necesarios en el
dominio de la historia de la respuesta a la pregunta-guía.
Las seis
junturas de la articulación se mantienen cada una por sí misma, pero sólo para
hacer tanto más apremiante la unidad esencial. En cada una de las | seis junturas se intenta decir cada vez lo
mismo sobre lo mismo, pero en cada caso desde un distinto dominio de despliegue
de aquello que nombra el Acontecimiento. Así, pues, visto desde fuera y por
trozos, fácilmente se encuentran “repeticiones” por doquier. Sin embargo, el
persistir en lo mismo, el consumar puramente en su articulación este testimonio
de la genuina in-sistencia del pensar inicial es lo más difícil. Por oposición
a esto, la continua prosecución en la serie de “materias” que constantemente se
van ofreciendo de manera diversa es fácil, porque se da de suyo.
Cada
juntura está en cada caso en sí misma, y sin embargo subsiste una oculta
oscilación de una en otra y un fundar aperiente del sitial de decisión para el
tránsito esencial hacia la transformación todavía posible de la historia
occidental.
El acorde
tiene su envergadura en lo que se despliega sido (Gewesende) y lo venidero y,
por tanto, su fuerza asestadora (Einschlagskraft) en lo presente a través de la
alusión.
La
alusión toma su necesidad primeramente del acorde de la urgencia del abandono
del ser.
Acorde y
alusión son suelo y campo para el primer respingo del pensar inicial hacia el
salto en el despliegue de la esencia del
Ser.
El salto
abre ante todo las no holladas vastedades y ocultamientos de aquello hacia
donde tiene que abrirse paso la fundación del Da-sein, perteneciente al llamado
del Acontecimiento.
Todas
estas junturas tienen que ser resistidas en tal unidad desde la in-sistencia en
el Da-sein, que caracteriza el ser de los venideros.
Ellos
reciben y resguardan la pertenencia al Acontecimiento y a su giro despertada
por el llamado, y llegan a estar así ante las señas del último Dios.
La
articulación —la ensamblada disposición que se articula al llamado y funda,
así, el Da-sein.
| 40. La obra pensante en la edad del tránsito
La obra pensante en la edad del tránsito (cf.
Reflexiones IV, 90) sólo puede y tiene que ser un rumbo, en el doble sentido de
esta palabra: un andar y, sobre todo, un
camino y, por tanto, un camino que anda.
¿Se puede
configurar esto en el decir, de modo que la simplicidad de esta tarea salga a
luz? ¿Corresponde a ello la articulación “Del Acontecimiento”? ¿Y quién lo
quiere saber? Pero ya sólo por eso hay que osarlo.
¿Encontrará
alguna vez este intento su intérprete? ¿Aquél, que pueda hablar del camino que
va hacia lo venidero y que lo prepara?
Pero no ése que compute en ello lo mucho contemporáneo y que todo lo “explique”
así y —lo aniquile.
41. Todo decir
del Ser se mantiene en palabras y denominaciones
Todo decir del Ser se mantiene en palabras y
denominaciones (Nennungen), que, comprensibles en la dirección del opinar
cotidiano acerca del ente y pensadas exclusivamente en esta dirección, son susceptibles de ser mal interpretadas en
términos de sentencia (Ausspruch) del Ser. Por lo tanto, no sólo se requiere
primeramente de una equivocación del preguntar (al interior del dominio de la
interpretación pensante del Ser), sino que la palabra misma ya encierra algo (conocido)
y, con ello, encubre lo que debe ser traído a lo abierto en el decir pensante.
Esta
dificultad no se puede apartar a través de ningún medio, e incluso el intento
de hacerlo significa ya el desconocimiento de todo decir del Ser. Esta
dificultad tiene que ser asumida y concebida en su pertenencia esencial (al
pensar del Ser).
Esto
condiciona un proceder que, dentro de ciertos límites, siempre tiene que
complacer primeramente al opinar habitual y caminar con él un largo trecho,
para luego exigir, en el instante justo, la reversión (Umschlag) del
pensamiento, pero bajo | el poder de la misma palabra. Por ejemplo, la
“decisión” puede y debe ser entendida, por lo pronto, si bien no moralmente, en
todo caso sí en términos de cumplimiento, como un “acto” del hombre, hasta que
súbitamente signifique el despliegue de la esencia del Ser mismo, lo que
entonces no quiere decir que el Ser sea interpretado “antropológicamente”, sino
al revés: que el hombre es retrotraído al despliegue de la esencia del ser y
arrancado a las prisiones de la “antropología”. Asimismo: la “haceduría” —un
modo del comportamiento del hombre, y súbita y propiamente al revés: el
despliegue de la esencia (de la no-esencia) del Ser, en lo cual arraiga
primeramente el fundamento de la posibilidad de las “diligencias”.
Pero este
“al revés” no es simplemente un truco “formal” de inversión del significado en
las meras palabras, sino la transformación del hombre mismo.
En todo
caso, el recto concebir de esta transformación y, ante todo, de su espacio de
acontecimiento, y esto quiere decir, la fundación de éste mismo, está imbricado
de la manera más íntima con el saber de la verdad del Ser.
La
transformación del hombre significa aquí el devenir-otro de su esencia, en la
medida en que en la interpretación válida hasta ahora (animal rationale) está
implicada la referencia al ente, por cierto psicológicamente escondida y mal
interpretada, pero no fundada ni desarrollada como el fundamento de la esencia.
Pues esto implica preguntar la pregunta por la verdad del Ser y “la
metafísica”.
En el
pensar de la historia del ser primeramente adviene el poder esencial de lo
nuli-forme y de la vuelta (Umkehrung) hacia lo libre.
42. De “Ser y Tiempo” al “Acontecimiento”
En este “camino”, si así se puede llamar el ascender y
precipitarse, siempre se pregunta la misma pregunta por el “sentido del Ser” y
sólo ella. Y por eso los lugares del preguntar son constantemente diferentes.
Todo preguntar esencial, cada vez que pregunta originariamente, tiene que
transformarse desde la | base. No hay aquí un “desarrollo” gradual. Menos aun
hay esa relación de lo ulterior con lo tempranero, de acuerdo a la cual
estuviese aquél ya resuelto en éste. ¡Puesto que en el pensar del ser todo se
atiene a lo único, aquí los vuelcos son, por decir así, la regla! Y esto
prohibe también el proceder historiador: desahuciar lo tempranero como “falso”,
o acreditar lo ulterior como “ya comprendido” en lo tempranero. Las
“modificaciones” son tan esenciales que sólo se las puede determinar en su
envergadura si cada vez se pregunta cabalmente la única pregunta desde su lugar
inquisitivo.
En todo
caso, las “modificaciones” no están condicionadas extrínsecamente por
objeciones. Pues hasta ahora no ha sido posible ninguna objeción, porque la
pregunta no ha sido todavía ni siquiera comprendida. Las “modificaciones”
surgen de la creciente índole abismática
de la misma pregunta del Ser, a través de lo cual le es sustraído todo
sostén histórico. Por eso el camino se vuelve en todo caso cada vez más
esencial, no como “desarrollo personal”, sino como el esfuerzo del hombre,
entendido de manera completamente a-biográfica, por traer el Ser mismo en el
ente a su verdad.
Aquí sólo
se repite lo que tenía que acontecer cada vez más decididamente desde el fin
del primer inicio de la filosofía occidental, es decir, desde el fin de la
metafísica, [a saber,] que el pensar del Ser tiene que llegar a ser, no una
“doctrina” ni un “sistema”, sino la historia propiamente tal y, por tanto, lo
más recóndito.
Por
primera vez acontece esto como pensamiento de Nietzsche; y lo que allí nos sale
al paso como “psicología” y como desmembramiento de sí (Selbstzergliederung) y
disolución y Ecce homo, con todo lo coetáneo de ese tiempo desolado, tiene su
verdad propia como historia del pensar, que en Nietzsche todavía busca
primeramente lo por-pensar y lo encuentra aún en el círculo del planteamiento
metafísico de la pregunta (voluntad de poder y eterno retorno de lo mismo).
En los
intentos [emprendidos] desde Ser y tiempo, la pregunta está instalada
ciertamente de manera más originaria, pero todo se mantiene en una escala
pequeña, si en absoluto puede comparársela.
| El
cumplimiento de la pregunta no admite ninguna imitación. Aquí las necesidades
del camino son en cada caso primerizas, porque únicas. Si [son] “nuevas” y
“peculiares” vistas [desde el punto de vista de la] “historia”, ésa no es
ninguna perspectiva posible de enjuiciamiento.
La
dominación histórica de la historia del pensamiento occidental se hace cada vez
más esencial, y la difusión de una erudición filosófica “historiadora” o
“sistemática”, cada vez más imposible.
Pues se
trata, no de dar a conocer nuevas representaciones del ente, sino de fundar el
ser-hombre en la verdad del Ser y preparar esta fundación en el pensar del Ser
y del Da-sein.
Esta
pre-paración no consiste en la procuración de conocimientos provisionales, de
los cuales hubiera que inferir más tarde los conocimientos propiamente tales,
sino que la pre-paración es aquí: allanar el camino, instar al camino —en
sentido esencial: atemperar. Pero, otra vez, no como si lo pensado y lo
por-pensar fuese solamente una ocasión indiferente para una corriente de
pensamiento (Denkbewegung), sino que la verdad del Ser, el saber de la
meditación, lo es todo.
Sin
embargo, el camino de este pensar el Ser no tiene ya una fija inscripción en un
mapa. El territorio recién llega a ser por el camino y es desconocido en cada
estación y no se lo puede calcular [por anticipado].
El camino
del pensar, cuanto más genuinamente es camino hacia el Ser, tanto más
incondicionadamente es a-temperado por el Ser mismo.
El pensar
(Er-denken) no significa el ex-cogitar y el inventar arbitrario, sino aquel
pensar que preguntando se pone [a disposición] del Ser y lo provoca a atemperar
el preguntar de punta a cabo.
Pero en
el pensar el Ser cada vez tiene que ser puesto en trance de decisión el ente en
su totalidad, lo que en cada caso sólo puede conseguirse en una dirección de la
mirada y ocurre tanto más precariamente, cuanto más originariamente llega la
seña del Ser.
El
territorio que llega a ser por el camino y como camino del pensar el Ser es el
Entre, el cual a-propia el Da-sein al | Dios, en cuya a-propiación se vuelven
primeramente “conocibles” el hombre y el Dios, pertenecientes en la vigilancia
y la urgencia del Ser.
43. El Ser y la decisión
Ser tenido a menester por los dioses, ser destrozado
por este enaltecimiento: en dirección a esto oculto tenemos que interrogar el
despliegue del Ser como tal. Pero entonces no podemos explicar el Ser como lo
aparentemente posterior, sino que lo tenemos que concebir como el origen, que
primeramente de-cide (ent-scheidet) y
a-propia dioses y hombres.
Esta
interrogación del Ser cumple la apertura del espacio-de-juego-de-tiempo de su
despliegue: la fundación del Da-sein.
Cuando se
habla allí de la de-cisión, pensamos en un hacer humano, en el cumplimiento, en
un proceso. Pero aquí no es esencial ni lo humano de un acto ni la índole
procesual.
Y es que
apenas es posible aproximarse a la esencia de la decisión en términos de
historia del ser sin partir del hombre, de nosotros, y pensar, a propósito de
la “decisión”, en elección, determinación, en la preferencia de lo uno y la
postergación de lo otro, y topar, finalmente, con la libertad como causa y
facultad, y desviar la pregunta de la decisión hacia lo “moral-antropológico”,
e incluso concebir éste de manera nueva, justamente con ayuda de la “decisión”,
en el sentido de la [decisión] “existencial”.
El
peligro de mal interpretar “existencialmente”, “antropológicamente” Ser y
Tiempo en esta dirección, de mirar los nexos entre abierta resolutividad -
verdad - Dasein desde la determinación (Entschließung) moralmente entendida, en lugar de concebir, a
la inversa, desde el fundamento imperante del Da-sein, la verdad como
estado-de-abierto y la abierta re-solutividad como el espaciamiento
temporizante del espacio-de-juego-de-tiempo del Ser, este | peligro está cerca
y se refuerza por lo mucho no domeñado en Ser y Tiempo. Pero la mal
interpretación queda conjurada en lo básico, aunque no en la ejecución de la
superación, si desde el inicio se mantiene firme la pregunta de fondo por el
“sentido del Ser” como la única pregunta.
Entonces,
aquello que aquí es denominado de-cisión se desplaza a la mitad esencial más
interior del Ser mismo y no tiene nada en común con lo que llamamos adoptar una
elección y cosas semejantes, sino que dice: la separación (Auseinandertreten)
misma, que escinde y que, en el escindir, permite primeramente que advenga la
acontecedera a-propiación precisamente de esto abierto en la separación como el
claro para lo se-ocultante y todavía in-decidido, la pertenencia del hombre al
Ser como fundador de su verdad y la remisión del Ser al tiempo del último Dios.
Animados
por el sentido de la modernidad (neuzeitlch gesonnen), pensamos a partir de
nosotros y, cuando pensamos más allá de nosotros, siempre nos topamos solamente
con objetos. Presurosamente seguimos, hacia un lado y otro, ese camino habitual
del re-presentar y todo lo explicamos en su círculo y jamás ponderamos si este
camino no consiente en su través (unterwegs) un salto, por medio del cual
saltemos primeramente al ‘espacio’ del Ser, nos hagamos saltar la de-cisión.
Aun
cuando dejemos tras de nosotros la mal interpretación “existencial” de la
“decisión”, todavía tenemos ante nosotros el peligro de otra, que en todo caso
se confunde hoy con la anterior de manera especialmente gustosa.
Lo
decisorio como lo “volitivo” (“Willentliche”) y lo “potente” (“Machtmäßige”)
podría ser concebido en oposición al “sistema”, apelando a la sentencia de
Nietzsche: “La voluntad de sistema de una falta de honradez” (VIII, 64).* El
esclarecimiento de esta oposición es en todo caso necesario, porque la decisión
viene a oponerse al “sistema”, pero en un sentido más esencial de cómo
Nietzsche mismo ha visto la oposición. Pues para él el “sistema” sigue siendo
el objeto de la | “armaduría de sistemas”, del componer y ordenar a posteriori.
Pero incluso si le concedemos a Nietzsche una concepción de la esencia del
sistema más adecuada, tiene que decirse que no concibió la esencia ni podía
concebirla, porque él mismo tenía que admitir todavía para su preguntar esa
concepción del “ser” (del ente) sobre cuyo fundamento y como cuyo desarrollo se
origina el “sistema”: la representidad (Vorgestelltheit) del ente como
unificación anticipatoria, re-presentación de la objetividad del objeto (el
esclarecimiento esencial en la determinación kantiana de lo trascendental).
“Orden” y mirada sinóptica (Übersichtlichkeit) (no el ordo de la Edad Media)
son recién consecuencias de lo “sistemático”, no su esencia. Y por último, a la
honradez le pertenece justamente el “sistema”, no sólo como su interno
cumplimiento, sino como su presuposición. En todo caso, Nietzsche entiende bajo
“honradez”algo distinto, tanto como no penetra con el “sistema” en la esencia
de la época moderna. No basta concebir el “sistema” solamente como peculiaridad
de la época moderna; eso puede ser correcto, y, no obstante, la época moderna
estar concebida superficialmente.
Luego,
las palabras de Nietzsche sobre “el sistema” han sido también gustosamente mal
empleadas como justificaciones harapientas de la falta de fuerza para un pensar
concebido a largo aliento y sobre sendas oscuras. O, por lo menos, se ha
desechado el “sistema” como marco a favor de una “sistemática” que sólo
presenta [como pensamiento] filosófico la forma prestada del pensamiento
“científico”.
Cuando la
“decisión” contra el “sistema” viene a ponerse a pie, ello es, entonces, el
tránsito desde la época moderna al otro inicio. En tanto que el “sistema”
contiene la caracterización esencial de la moderna entidad del ente (la
representidad), y, en cambio, la “decisión” entiende el ser para el ente, y no
sólo la entidad, a partir del ente, entonces la de-cisión es, en cierto modo,
más “sistemática” que todo sistema, vale decir, [es] una determinación esencial
del ente como tal a partir del despliegue del Ser. Entonces, no sólo | es fácil
la “armaduría de sistemas”, sino también el pensamiento “sistemático”, es
decir, [éste está] fundado en una interpretación del ente asegurada, frente a
la tarea del preguntar por la verdad del Ser, del pensar de la de-cisión.
Pero
entre tanto, pensamos la “decisión” como una ocurrencia al interior de un
o bien - o bien (Entweder-Oder).
El largo
acostumbramiento, no sólo moderno, a una presencia de primer plano
(Vordergründlichkeit) del hombre (como animal rationale) en todo el pensamiento
occidental hace difícil decir palabras [que tienen] un contenido
antropológico-psicológico aparentemente consolidado desde una verdad
enteramente otra y con vistas a la fundación de ésta, sin sustraerse a la mal
interpretación antropológica y a la cómoda réplica de que todo es, justamente,
“antropológico”. La justicia (Billigkeit) de esta objeción es tan ilimitada que
tiene que volverse sospechosa. Está en su base el que no se quiere jamás poner
en cuestión al hombre, es decir, a sí mismo, tal vez porque en secreto no se
está tan plenamente seguro de la majestad antropológica del hombre.
44. Las “decisiones”
sobre si el hombre quiere seguir siendo “sujeto” o si
funda el Da-sein—
sobre si,
con el sujeto, ha de permanecer con aptitud de duración el “animal” como la
“sustancia” y el “rationale” como “cultura”, o si la verdad del Ser (véase
abajo) encuentra en el Da-sein un sitial crecedero (werdende)—
sobre si
el ente toma al ser como lo “más general” suyo y, con ello, [lo] entrega y
sepulta en la “ontología”, o si el | Ser en su singularidad llega a la palabra
y determina cabalmente al ente como irrepetible—
sobre si
la verdad como rectitud es desfigurada en la certeza del representar y la
seguridad del calcular y el vivenciar o si el despliegue inicialmente no
fundado de la ajlhvqeia como el claro del ocultar-se llega a un fondo—
sobre si
el ente como lo más obvio consolida todo lo mediocre y pequeño y medianero como
lo racional o si lo más digno de pregunta constituye la pura solidez
(Gediegenheit) del Ser—
sobre si
el arte es una organización de vivencias (Erlebnisveranstaltung) o el
ponerse-en-obra de la verdad—
sobre si
la historia es rebajada a arsenal de certificaciones y precedencias o si se
eleva como la cordillera de los inescalables montes extrañadores—
sobre si
la naturaleza es rebajada a dominio de explotación del calcular y el instalar y
a ocasión del “vivenciar” o si sostiene, como la tierra que se cierra, lo
abierto del mundo sin figura (bildlos)—
sobre si
el des-diosamiento del ente celebra sus triunfos en la cristianización de la
cultura o si la urgencia de la in-decisión (Unentschiedenheit) sobre la
cercanía y lejanía de los dioses prepara un espacio de decisión—
sobre si
el hombre arriesga el Ser y, con ello, el ocaso o si se contenta con el ente—
sobre si
el hombre, en absoluto, arriesga la decisión o si se entrega a la falta de
decisión que esta edad recomienda como la condición de “suprema” “actividad”.
Todas
estas decisiones, que en apariencia son muchas y diversas, se resumen en una
sola y única: sobre si el Ser se retira definitivamente o si este retiro, como
rehusamiento, llega a ser la primera verdad y el otro inicio de la historia.
Lo más
difícil y soberano de la decisión por el Ser va encerrado en [el hecho de] que
ella permanece invisible y, en caso | de exteriorizarse, es ineluctablemente
mal interpretada y, así, ante todo,
[es] protegida del manoseo plebeyo.
¿Por qué
en general tienen que tomarse decisiones? Si [así es], entonces son ellas
necesidades de nuestra época, no sólo como ésas, determinadas, sino, en
general, como decisiones.
¿Qué es
decisión aquí? Ella determina su esencia a partir del despliegue del tránsito
de la época moderna hacia su Otro. ¿Determina ella por ese medio su esencia o
es el tránsito sólo la seña hacia su esencia? ¿Vienen las “decisiones” porque
tiene que haber otro inicio? ¿Y tiene que haber éste porque la esencia del Ser
mismo es de-cisión y [porque] en este despliegue de la esencia obsequia [él] su
verdad por primera vez en la historia del hombre?
Es
necesario aquí decir quizá hasta prolijamente lo que no se mienta con la
expresión de la verdad del Ser.
La
expresión no significa: la “verdad” “sobre” el Ser, digamos, incluso, una
consecuencia de proposiciones correctas sobre el concepto del Ser o una
“doctrina” irrefutable acerca del Ser. Aun si algo semejante pudiera llegar a
ser adecuado, lo cual es imposible, tendría que presuponerse, no sólo que hay
una “verdad” sobre el Ser, sino, ante todo, de qué tipo es la esencia de esa
verdad en que viene el Ser a erigirse. ¿Pero de dónde más ha de poder
determinarse de otro modo la esencia de esta verdad y, con ello la esencia de
la verdad como tal, si no es a partir del Ser mismo? Y esto no sólo en sentido
de una “derivación” desde éste, sino en el sentido de una efectuación
(Erwirkung) de esta esencia por el Ser, algo que no tenemos a nuestra
disposición a través de pareceres “correctos” sobre el Ser, antes bien [algo]
que pertenece únicamente a los instantes
ocultos de la historia del ser.
Pero la
expresión tampoco dice: el Ser “verdadero”, más o menos en la vaga acepción que
tiene en mientes al ente “verdadero”, de veras, real. Pues ya otra vez está
presupuesto aquí un concepto de “realidad” y puesto a la base del Ser como
criterio, mientras que el Ser no sólo le presta al ente lo que éste es, sino
que, ante todo, despliega para sí mismo, desde su esencia, la verdad que le es
conforme.
Esta
verdad del Ser no es nada diferente del Ser, sino su esencia más propia, y por
eso en la historia del Ser radica si éste obsequia o rehusa esta verdad y a sí
mismo, y, de este modo, trae primeramente, en sentido propio, lo abismático a
su historia. La misma indicación de que los conceptos corrientes de “verdad” y
la corriente in-diferenciación de “ser” y “ente” conducen a una mal
interpretación de la verdad del Ser y [que], ante todo, ya siempre la
presuponen, puede degenerar a su vez en una inducción al error, si va a
permitir que se llegue a la conclusión [de que], por lo tanto, sólo se trataría
de explicitar la tácitas “presuposiciones”, como si las presuposiciones fuesen
susceptibles de ser aprehendidas sin que ya lo (su)puesto estuviese concebido
como tal. El regreso a las “presuposiciones” y “condiciones” tiene su sentido y
su derecho al interior del ente y de la interpretación del ente en vista de su
entidad en el sentido de la representidad (y ya de la „dša), y por ello se ha
convertido, a través de múltiples variantes, en la forma fundamental del
pensamiento “metafísico”, y esto a tal punto que incluso la superación de la
“metafísica” no puede dar pistas para la inteligencia inicial de este modo de
pensar (cf. Ser y Tiempo y De la esencia de la verdad, aquí el intento del
salto al Ser).
En tanto
que el “Ser” sea concebido como entidad, como lo de algún modo “general” y, con
ello, como una condición del ente antojadizamente antepuesta, es decir de su
representidad, es decir, de su objetividad, y esto quiere decir, por último, de
su ser-“en sí”, el Ser mismo es rebajado a la verdad del ente, a la rectitud
del re-presentar.
Puesto
que todo esto es llevado a cabo de la manera más pura en Kant, por eso se puede
intentar, a propósito de su obra, hacer visible algo más originario, y, por
eso, no derivable de ella, enteramente otro, a riesgo de que una tentativa
semejante sea leída otra vez kantianamente y [sea] mal | interpretada y vuelta
inocua a título de “kantismo” arbitrario.
La historia occidental de la metafísica
occidental es la “prueba” de que la verdad del Ser no pudo convertirse en
pregunta, y la indicación de las razones de esta imposibilidad. Pero el
desconocimiento más grosero de la verdad del Ser estribaría en una “lógica” de
la filosofía. Pues ésta es traer de vuelta, consciente o inconscientemente, la
“teoría del conocimiento” a sí misma. Y la “teoría del conocimiento” no es más
que la forma de la perplejidad de la metafísica moderna respecto de sí misma.
La confusión llega a su punto culminante cuando esta “teoría del conocimiento”
se hace pasar una vez más por “metafísica del conocimiento”; el cómputo en la regla de cálculo de la
“aporética” y de la disquisición “aporética” de “direcciones” y “frentes de
problemas” “en sí” dados se convierte, y con pleno derecho, en el método de la
erudición filosófica más moderna. Estos sólo son vástagos terminales del
proceso en virtud del cual la filosofía pierde su esencia y degenera en la más
grosera ambigüedad, porque, para el que sabe, una tal [filosofía],
inequívocamente, ya no puede ser lo que la filosofía parece ser. Y por eso,
también, todos los intentos por decir lo que la verdad del Ser no es han tenido
que resignarse, a lo más, a suministrar nuevo alimento a la ignorante porfía de
la mal interpretación persistente, en caso de que tales clarificaciones sean de
la creencia que la no-filosofía puede ser transformada en filosofía por medio
de la enseñanza. Sin embargo, la meditación en lo que la verdad del Ser no es
resulta esencial en cuanto histórica, en la medida en que puede ayudar a hacer
más perspicuos los movimientos fundamentales en las posiciones fundamentales
del pensamiento occidental y más apremiante el ocultamiento de la historia del
ser.
Por
cierto, en todo esto se ha implicado también que todo rechazo del atareo
filosófico en el sentido genuino de la palabra tiene su necesidad solamente si
ha reconocido que la meditación sobre la verdad del Ser encierra un viraje de
la actitud pensante (denkende) hacia la [actitud] pensativa (denkerische),
cambio que desde luego no puede ser efectuado mediante instructivos morales,
sino que tiene que ser prerrealizado como cambio (vorgewandelt), y ello en la
abertura (Öffentlichkeit) de lo
invisible y libre de bullicio.
¿Por qué
la verdad del Ser no es ningún aditamento ni marco para el Ser, y tampoco una
presuposición, sino la esencia más íntima del Ser mismo?
Porque la
esencia del Ser se despliega en la acontecedera a-propiación de la de-cisión.
Pero ¿de dónde sabemos esto? No lo sabemos, sino que lo preguntamos y abrimos
en tal preguntar el sitial para el Ser, y tal vez uno que éste exige, en caso
de que el despliegue del Ser hubiera de ser el rehusamiento, para el cual el
alcanzado preguntar (das unzureichende Fragen) permanece [como] la única
cercanía adecuada.
Y así,
pues, todo crear que funde el Da-sein (y sólo este [crear], no la la firme
diligencia cotidiana de la instalación del ente) tiene que despertar, por un
prolongado plazo, primero, la verdad del Ser como pregunta y urgencia, a través
de las sendas más perentorias y en correrías llenas de vicisitudes, a veces
aparentemente inconexas y desconocidas para sí mismas, y aprontar para la queda
del Ser, pero también decididamente contra todo intento de confundir y
debilitar, en la mera voluntad de volver atrás, aun si fuese a las tradiciones
más “valiosas”, el inmisericorde apremio (Nötigung) a la urgencia de la
meditación.
El saber
de la constante ponderación (der stetigen Bedachtsamkeit) de lo esporádico
pertenece a la vigilancia en pro del Ser, cuya esencia relumbra como la verdad
misma en la oscuridad de su propia brasa.
La verdad
del Ser es el Ser de la verdad —dicho así, suena como una inversión artificiosa
y forzada y, si llega a mucho, como una inducción al juego dialéctico. Mientras
que esta inversión sólo es un signo fugaz y externo del giro, que se despliega
en el Ser mismo, y arroja luz sobre aquello que se quisiera denominar aquí con
[el término] decisión.
| 45. La “decisión”
La
decisión, que ya hace mucho ha despuntado en lo oculto y disimulado, es la
[decisión] por la historia o por la pérdida de historia. Pero la historia
concebida como la disputa de la lid de tierra y mundo, asumida y cumplida a
partir de la pertenencia al llamado del Acontecimiento como despliegue de la
verdad del Ser en la figura del último Dios.
La
decisión se toma en virtud de que la necesidad del encargo (Auftrag) más
extremo sea experimentado desde la urgencia más interna del abandono del ser y
se le confiera perdurable poder.
Pero el
encargo, a la luz y en la vía de la decisión, es: el albergamiento de la verdad
del Acontecimiento desde la reserva del Dasein en la más grande queda del Ser.
¿En
virtud de qué se toma la decisión? En virtud del obsequio o de la ausencia
(Ausbleib) de aquellos [que han sido] señaladamente marcados (ausgezeichnete
Gezeichnete), a los cuales llamamos los “venideros” a diferencia de los
tardíos, variados, cualesquiera e incontenibles, que ya no tienen nada delante
de sí y nada tras de sí.
A estos
marcados pertenecen:
1. Aquellos
pocos únicos (Einzelnen), que fundan anticipatoriamente los sitiales y los
instantes para los dominios del ente en las vías esenciales del Da-sein
fundador (poesía — pensar — hazaña — ofrenda). Crean así la posibilidad en
despliegue para los diferentes albergamientos de la verdad, en los cuales el
Da-sein deviene histórico.
2. Aquellos más numerosos confederados (Bündischen), a
los cuales les está dado, desde el concebir de la voluntad sapiente y de las
fundaciones de los únicos, presentir y hacer visibles, en el cumplimiento, las
leyes de la transformación creadora (Umschaffung) del ente, del resguardo de la
tierra y del proyecto del mundo en su lid.
3. Aquellos
muchos recíprocamente remitidos (Zueinanderverwiesenen), en conformidad con su
procedencia histórica (terrestre-mundana) común, a través de los cuales y para
los cuales gana perdurabilidad la transformación creadora del ente y, con ello,
la fundación de la verdad del Acontecimiento.
|4.Los únicos, los pocos, los muchos (no tomados como
cantidad, sino en vista de su calidad de marcados) están todavía, en parte, en
los antiguos y corrientes y planificados órdenes. Estos, ora son ya solamente
una protección a manera de corteza para su perduración amenazada, ora, todavía,
fuerzas [que] guían su voluntad.
La
concordancia (Einverständnis) de estos únicos, pocos y muchos es secreta
(verborgen), no hechiza, súbita y creciente por sí misma.
Está
gobernada por el prevalecer (Walten) cada vez diferente del Acontecimiento,
dentro el cual se prepara un recogimiento (Sammlung) originario, en el cual y
como el cual deviene histórico lo que es lícito llamar un pueblo.
5. Este
pueblo es único en su origen y su destinación (Bestimmung) de acuerdo a la
singularidad del Ser mismo, cuya verdad tiene que fundar aquél de una única vez
en un único sitial en un único instante.
¿Cómo
puede prepararse esta decisión? ¿Tienen aquí el saber y el querer un espacio para su disposición, o
sería eso sólo una intromisión ciega en ocultas necesidades?
Pero las
necesidades sólo destellan en una urgencia. Y la preparación de un
aprontamiento para la decisión está ciertamente en la urgencia de limitarse ya
solamente, por fin, a apresurar la a-historicidad arrolladora y endurecer sus
condiciones, siendo que quiere lo Otro.
Quien no
sabe de esta urgencia no barrunta ni una sombra de las decisiones inminentes.
La
decisión se toma en silencio. Pero de acuerdo con ese modo, ocurre primero la
destrucción de la posibilidad de decidir en virtud de la amenazante
irrestibilidad del desarraigo.
La
decisión y su necesidad e, incluso, [su] preparación peramecen tanto más
difíciles de percibir, cuanto más requieren de bullicio los sucesos de las
revoluciones de la “historia universal”, cuanto más exclusivamente todo
escuchar y prestar oído ambiciona lo titánico y ruidoso y deja que | lo
opuesto, y por cierto la grande queda, se hunda en la nadería.
Los
sucesos “histórico-universales” pueden adoptar proporciones nunca antes vistas:
esto sólo habla, por lo pronto, del incremento del furor en el dominio desatado
de las hacedurías y del número. Nunca habla inmediatamente del advenimiento de
las decisiones esenciales. Pero si en medio de estos sucesos, y en parte
conforme a su estilo, es instalado un recogimiento del pueblo, o bien de su
perdurabilidad en él mismo, ¿no podría abrirse allí un camino hacia la cercanía
de la decisión? Ciertamente, pero a la vez con el peligro supremo de equivocar
completamente su dominio.
La
decisión tiene que crear aquel espacio-tiempo, el sitial para los instantes
esenciales, en el cual crece la suprema seriedad de la meditación a una con la
mayor alegría del envío a una voluntad de fundar y construir, lo cual no tiene
lejos de sí la confusión. Sólo el Da-sein, jamás una “doctrina” puede traer el
cambio del ente desde la base. Semejante Da-sein, como fondo de un pueblo,
requiere de la más larga preparación a partir del pensar inicial; pero éste
sigue siendo en cada caso sólo un camino del reconocimiento (Anerkenntnis) de
la urgencia que empieza simultáneamente por muchas vías.
¿Trae la
decisión otra vez la fundación del sitial del instante para la fundación de la
verdad del Ser, o ya todo se desenvuelve solamente como “lucha” por las
desnudas condiciones de la pervivencia y la sobrevivencia en proporciones
titánicas, de modo que la “cosmovisión” y la “cultura” ya sólo son apoyos y
medios de combate de esta “lucha”? ¿Qué [es lo que] se prepara entonces? El
tránsito al animal tecnificado, que empieza a sustituir los instintos, [que] ya
[están] debilitados y van haciéndose más groseros, por lo titánico de la
técnica.
En esta
dirección decisional no es característica la tecnificación de la “cultura” ni
el abrirse paso de la “cosmovisión”, sino el que la “cultura” y la
“cosmovisión” se convierten en medios de la técnica de lucha para una voluntad
que ya no quiere | ninguna meta; pues la conservación del pueblo no es nunca
una meta posible, sino sólo condición para la fijación de una meta. Pero si la
condición se convierte en [algo] incondicionado, entonces el no-querer la meta,
el cercenamiento de toda meditación de largo alcance, llegan al poder. Entonces
desaparece completamente la posibilidad del reconocimiento de que la “cultura”
y la “cosmovisión” ya son vástagos de un orden mundial que supuestamente debe
ser superado. “Cultura” y “cosmovisión” no pierden su carácter por la
utilización (Indienstnahme) política, como si valiesen como valores “en sí” o
como valores “para” el pueblo; la meditación, si en absoluto es tal, es
comprimida siempre firmemente en el no-querer metas originarias, es decir, la
verdad del Ser, en la cual recién viene a decidirse sobre la posibilidad y
necesidad de la “cultura” y la “cosmovisión”.
Sólo la
decisión más extrema a partir de la verdad del Ser y sobre ella trae todavía
claridad, de otro modo queda el persistente crepúsculo, renovado y disfrazado,
o bien el total hundimiento.
Todas
estas posibilidades todavía tienen presumiblemente su larga prehistoria, en la
cual permanecen aún irreconocibles y susceptibles de ser mal interpretadas.
Pero ¿de
dónde le viene a la filosofía venidera su urgencia? ¿No tiene ella misma
—iniciando— que despertar primero esta urgencia? Esta urgencia está de este
lado de la tribulación y la aflicción, que siempre andan rondando en algún
ángulo del ente solidificado y de su “verdad”. Por otra parte, esta urgencia no
se puede apartar y ni siquiera negar mediante la jovialidad (Aufgeräumtheit) de
un regocijarse por las “maravillas” del “ente”.
Esta
urgencia, como fundamento de la necesidad de la filosofía, es experimentada por
el espanto en el júbilo de la pertenencia al ser, que como una seña empuja el
abandono del ser a lo abierto.
|46. La decisión
(Concepto preliminar)
¿Sobre qué? Sobre historia o pérdida de historia, es
decir, sobre pertenencia al Ser o abandono en lo no-ente.
¿Por qué
decisión, es decir, en virtud de qué (weshalb)? La elección; no, elegir recae
siempre sobre lo ya-dado (Vorgegebenes) y lo que puede adoptarse o rechazarse.
De-cisión
significa aquí el fundar y crear, el disponer de antemano y más allá de sí —o,
alternativamente, renunciar y perder—.
¿Pero no
es acaso esto, aquí y por doquier, una arrogancia y una imposibilidad a la vez?
¿No viene y pasa la historia ocultamente, tal como va? Sí y no.
La
decisión se toma en la más silenciosa queda y tiene la más larga historia.
¿Quién
decide? Cada uno, incluso a través de la no-decisión y el no-querer-saber
acerca de ella, a través del hurtarse a la preparación.
¿Qué se
decide? ¿Nosotros mismos? ¿Quiénes, nosotros? En nuestra pertenencia y
no-pertenencia al ser.
La
decisión, referida a la verdad del ser, y no sólo referida, sino determinada
solamente desde ella.
Pero ¿en
virtud de qué, esta decisión? Porque una salvación del ente ya sólo [es]
posible a partir del más profundo fondo del Ser mismo; salvación, como
resguardo justificatorio de la ley y la tarea de Occidente. Y esto, ¿tiene que
ser? ¿En qué medida ya sólo es posible así una salvación? Porque el peligro ha
subido a lo más extremo, debido a que el desarraigo [está] por doquier y, lo
que [es] todavía más funesto, porque el desarraigo ya empieza a encubrirse —el
comienzo de la a-historicidad ya [está] aquí.
| La
decisión se toma en silencio, no como determinación (Beschluß), sino como
abierta resolutividad (Entschlossenheit), que ya funda la verdad, y esto quiere
decir, [que] transforma creadoramente (umschafft) al ente, y es así decisión
creadora, o bien aturdimiento.
Pero ¿por
qué y cómo una preparación de esta decisión?
La lucha
contra la destrucción y desarraigo es sólo el primer paso en la preparación, el
paso hacia la cercanía del espacio de decisión propiamente tal.
47. La esencia de la decisión: ser o no-ser*
sólo puede ser determinada desde su despliegue
esencial. La decisión es decisión entre o bien - o bien. Pero con eso ya se
anticipa lo decisorio. ¿De dónde el o bien - o bien? ¿De dónde esto: sólo esto
o sólo esto? ¿De dónde la inevitabilidad del así o asá? ¿No resta lo tercero,
la indiferencia? Pero aquí, en lo extremo, no [es] posible.
¿Qué es
aquí lo extremo: ser o no-ser y, desde luego, no el ser de algún ente, digamos,
del hombre, sino despliegue del ser o?
¿Por qué
se llega aquí al o bien - o bien?
La
indiferencia sería sólo el ser de lo no-ente, sólo la nada más elevada.
Pues
“ser” no significa aquí en sí ser-meramente-dado, y no-ser no significa aquí:
completa evanescencia, sino que el no-ser como una especie del ser: ente y, sin
embargo, no; y asimismo ser: nihiliforme y, sin embargo, precisamente, ente.
Retrotraido
esto al despliegue del ser, exige la mirada en la pertenencia de la nada al
ser, y sólo así recibe el o bien - o bien su filo y su origen.
Porque el
Ser es nihiliforme, ha menester, para la perduración (Beständnis) de su |verdad
la persistencia del No y con ello, a la vez, el Contra todo lo nuliforme, lo
no-ente.
De la
nihilidad esencial del ser (giro) resulta que éste exige y ha menester aquello
que, desde el Da-sein, se muestra como o bien — o bien, lo uno o lo otro, y
sólo éstos.
El
despliegue esencial de la decisión es salto hacia la decisión o [bien es] la
indiferencia; no, pues, la retirada ni la destrucción.
La
indiferencia como el no-decidir.
La
decisión va originariamente más allá de si decisión o no-decisión.
Pero la
decisión es ponerse ante el o bien - o bien y, con ello, es ya estar-decidido
(Entschiedenheit), porque ya [hay] aquí pertenencia al Acontecimiento.
La
decisión sobre la decisión (giro). No una reflexión (Reflexion), sino su
contrario: sobre la decisión, es decir, ya saber el Acontecimiento.
Decisión
y pregunta: el preguntar como más originario: poner en trance de decisión la
esencia de la verdad. Pero la verdad misma [es] ya lo por-decidir lisa y
llanamente.
48. En qué sentido pertenece la decisión al Ser mismo
La decisión y la urgencia como intriga (Umtrieb) de la
yección (Geworfenheit) del yector.
La decisión y la lid.
La decisión y el giro.
*
Parece
como si la decisión: ser o no-ser, siempre [estuviese] resuelta ya en favor del
ser, puesto que hay “vida”: querer [el] ser. Por lo tanto, nada hay que decidir
aquí.
| Pero ¿qué
significa “vida” allí, y hasta qué punto está conceptualizada la “vida”? Como
instinto de autoconservación.
También
lo vulgar y lo chato, lo masivo y lo cómodo, y justamente éstos, tienen el
instinto de conservarse. Por tanto, la pregunta de la decisión no se puede
plantear a partir de tales reflexiones.
49. ¿Por qué tienen que tomarse decisiones?
¿Por qué tienen que tomarse decisiones? ¿Qué es esto,
decisión? La necesaria forma de cumplimiento de la libertad. Cierto, así
pensamos “causalmente” y tomamos la libertad como una facultad.
¿Y no es
acaso la “decisión” también una forma muy refinada de cálculo? ¿O, debido a
esta apariencia, no sólo el opuesto más extremo, sino lo incomparable?
Decisión
como acto del hombre, visto procesualmente, en secuencia.
En ella,
lo necesario, lo que “está” antes del “acto”, lo que alcanza lejos más allá de
éste.
Lo
témporo-espacial de la decisión como
eclosivo hendimiento del Ser mismo ha de ser concebido en términos de historia
del ser, no moral-antropológicamente. Espaciamiento preparatorio, luego no,
precisamente, una reflexión ulterior, sino a la inversa.
En
general: repensar (umdenken) en términos de historia del ser (pero no
“ontológicamente”) todo el ser-humano, tan pronto es fundado en el Da-sein.


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