© Libro No. 417. Tratado de la Desesperación. Kierkegaard, Sören. Colección Emancipación
Obrera. Mayo 11 de 2013.
Título
original: © Tratado
de la Desesperación. Kierkegaard, Sören
Versión Original: © Tratado de la Desesperación. Kierkegaard,
Sören
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Tratado De La Desesperación
Sören
Kierkegaard
Tratado De La Desesperación Sören
Kierkegaard
¡Señor!
Dadnos para las cosas inútiles
miradas
sin visión, y ojos llenos de claridad
para
todas tus Verdades.
PRÓLOGO
Es posible que a más de un lector esta forma de
«exposición» le resulte singular; que le parezca demasiado severa para
edificar, y demasiado edificante para poseer rigor especulativo. No sé si es
demasiado edificante, pero no creo que sea demasiado severa. Y si en verdad lo
fuese, sería en mi opinión un defecto. La cuestión no consiste en que no pueda
edificar a todos, pues no todos estamos en condiciones de seguirla; pero sí,
que sea edificante por naturaleza. La regla cristiana, en efecto quiere que
todo, que todo sirva para edificar. Una especulación que no lo consigue es, de
golpe, acristiana. Una exposición cristiana siempre debe recordar los consejos
de un médico dados en la cabecera del lecho de un enfermo; incluso sin
necesidad de ser profano para comprenderlos, nunca hay que olvidar el lugar en
que se emiten.
Esta intimidad de todo pensamiento cristiano con la
vida (en contraste con las distancias que guarda la especulación), o aun, este
aspecto ético del cristianismo, precisamente, implica que se edifica; y una
separación radical, una diferencia de naturaleza distingue una exposición de
este género, cualquiera sea su rigor, de aquella especie de especulación que
pretende ser «imparcial», y cuyo sedicente heroísmo sublime, lejos de serlo de
verdad, es por el contrario, para el cristiano, sólo una manera inhumana de
curiosidad. Atreverse a ser enteramente uno mismo, atreverse a realizar un
individuo, no tal o cual, sino éste, aislado ante Dios, sólo en la inmensidad
de su esfuerzo y de su responsabilidad, tal es el heroísmo cristiano y,
reconozcamos su rareza probable. ¿Pero acaso encuéntrase en el hecho de engañarse
encerrándose en la humanidad pura o en jugar a quién se asombrará ante la
historia universal? Todo conocimiento cristiano, por estricta que sea por lo
demás su forma, es y debe ser inquietud; pero esta inquietud misma edifica. Es
inquietud es el verdadero comportamiento con respecto a la vida, con respecto a
nuestra realidad personal y, por consiguiente, para el cristiano, es la
seriedad por excelencia. La altivez de las ciencias imparciales, lejos de ser
una seriedad todavía superior, no es para él más que farsa y vanidad. Pero lo
serio, os digo, es lo edificante.
En cierto sentido, pues, este librito pudo escribirlo
un estudiante de teología y, en otro, quizá, no importa cuál profesor no
habría podido realizarlo.
Mas tal cual es, el atavío de este tratado no es, al
menos, irreflexivo, ni carece de posibilidades de precisión psicológica. Es
cierto que existe un estilo más solemne; pero la solemnidad a tal grado ya no
tiene sentido, y por fuerza de la costumbre, cae fácilmente en la
insignificancia.
Por lo demás, haré todavía una observación, sin duda
superflua, pero que sin embargo formularé: de una vez por todas tengo que
hacer observar la acepción que en todas las siguientes páginas tiene la
desesperación: como el título lo indica, es la enfermedad, no el remedio. En
esto consiste su dialéctica. Del mismo modo que en la terminología cristiana la
muerte expresa también la peor miseria espiritual, aun cuando la curación misma
sea morirse, morirse para el mundo.
EXORDIO
«Esta enfermedad no es de muerte» (Juan, XI, 4) y, sin
embargo, Lázaro murió; pero como los discípulos no comprendían la
continuación: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero yo voy a despertarlo
de su sueño», el Cristo les dijo sin ambigüedad: «Lázaro está muerto» (XI, 14).
Por lo tanto, Lázaro está muerto y, no obstante, no se trata de una enfermedad
mortal; es un hecho que está muerto, sin haber estado, sin embargo, enfermo de
muerte.
Evidentemente el Cristo pensaba aquí en aquel milagro
que mostraría a sus contemporáneos, es decir a quienes pueden creer, «la gloria
de Dios», en ese milagro que despertó a Lázaro de entre los muertos; de modo
que «esa enfermedad no sólo no era de muerte, sino que la predijo, a la gloria
de Dios, a fin de que el hijo de Dios fuera glorificado por ella.»
¡Pero incluso si el Cristo no hubiera despertado a
Lázaro, no sería menos cierto qué esa enfermedad, la muerte misma, no es la
muerte!
A partir del momento en que el Cristo se aproxima a la
tumba exclamando: «¡Lázaro, levántate y anda!» (XI, 43), estamos seguros de
que «esa» enfermedad no es de muerte. Pero incluso sin esas palabras, nada más
que acercándose a la tumba, Él, que es la «Resurrección y la Vida» (XI, 25),
¿no indica que esa enfermedad no es de muerte? ¿Y por la existencia misma del
Cristo no es evidente? ¡Qué beneficio para Lázaro es ser resucitado para tener
que morir finalmente! ¿Qué beneficio sin la existencia de Aquel que es la
Resurrección y la Vida para cualquier hombre que crea en Él? No, no es por la
resurrección de Lázaro que esa enfermedad no es de muerte, sino porque Él es,
por Él. Pues en el lenguaje de los hombres, la muerte es el fin de todo y como
ellos dicen, mientras dura la vida, dura la esperanza. Pero para el
cristianismo, de ningún modo la muerte es el fin de todo, ni un simple episodio
perdido en la única realidad que es la vida eterna; y ella implica
infinitamente más esperanza de la que comporta para nosotros la vida, incluso
desbordante de salud y de fuerza.
Así, para el cristianismo, ni la misma muerte es «la
enfermedad mortal» y aun menos todo lo que surge de los sufrimientos
temporales: penas, enfermedades, miserias, aflicción, adversidades, torturas
del cuerpo y del alma, pesares y quebrantos. Y de todo este fardo, por pesado y
duro que sea para los hombres, al menos para quienes lo sufren, aun cuando
anden diciendo: «la muerte no es peor», de todo este fardo semejante a las
enfermedades, aun cuando no sea una de ellas, nada es para el cristianismo la
enfermedad mortal.
Tal es el modo magnánimo con que el cristianismo
enseña al cristiano a pensar acerca de todas las cosas de aquí abajo,
comprendida entre ellas la muerte. Casi resulta como si tuviera que
enorgullecerse de estar con altanería por encima de los que de ordinario se
trata como desgracia, por encima de lo que de ordinario se considera el pero de
los males... Pero, en cambio, el cristianismo ha descubierto una miseria cuya
existencia ignora el hombre, como hombre; y es ella la enfermedad mortal. El
hombre natural podrá enumerar todo lo horrible... y agotarlo todo; el cristiano
se ríe del balance. Esta distancia del hombre natural al cristiano es como la
del niño al adulto: no es nada para el adulto. El niño no sabe qué es lo
horrible, pero el hombre lo sabe y tiembla. El defecto de la infancia es, en
primer término, no conocer lo horrible y, en segundo término, temblar de
aquello que no es de temer, lo mismo le sucede al hombre natural; ignora dónde
se halla realmente el horror, lo que no le exime de temblar, pero tiembla de lo
que no es lo horrible. De igual modo, el pagano en su relación con la
divinidad; no sólo desconoce al verdadero Dios, sino también adora como dios a
un ídolo.
El cristiano en el único en saber qué es la enfermedad
mortal. El cristianismo le da un coraje que desconoce el hombre natural, un
coraje que recibe con el temor a un grado más de los horrible. Ciertamente,
siempre nos es dado el coraje; y el pavor a un peligro mayor nos da ánimo para
afrontar no menor; y el temor infinito a un único peligro, nos hace
inexistentes todos los demás. Pero la horrible lección del cristiano es haber
aprendido a conocer «la Enfermedad mortal».
PRIMERA PARTE
LA ENFERMEDAD MORTAL ES LA DESESPERACIÓN
LIBRO PRIMERO
Capítulo I
DONDE SE VE QUE LA DESESPERACIÓN ES LA ENFERMEDAD
MORTAL
Enfermedad
del espíritu, del yo, la desesperación puede adquirir
de
este modo tres figuras. el desesperado inconsciente de
tener
un yo (lo que no es verdadera desesperación), el desesperado
que
no quiere ser él mismo, y aquel que quiere serlo.
EL hombre es espíritu. ¿Pero que es el espíritu? Es el
yo. Pero entonces, ¿qué es el yo? El yo es una relación que se refiere a sí
misma o, dicho de otro modo, es en la relación, la orientación interna de esa
relación; el yo no es la relación, sino el retorno a sí misma de la relación.
El hombre es una síntesis de infinito y finito, de
temporal y eterno, de libertad y necesidad, en resumen, una síntesis. Una
síntesis es la relación de dos términos. Desde este punto de vista el yo
todavía no existe.
En la relación de dos términos, la relación entra como
tercero, como unidad negativa, y los términos se relacionan a la relación,
existiendo cada uno de ellos en su relación con la relación; así, por lo que se
refiere al alma, la relación del alma con el cuerpo no es más que una simple
relación. Si, por el contrario, la relación se refiere a sí misma, esta última
relación es un tercer término positivo y nosotros tenemos el yo.
Una relación semejante, que se refiere a sí misma, un
yo, no puede haber sido planteada más que por sí misma o por otra. Si la
relación que se refiere a sí misma ha sido planteada por otra, esa relación
ciertamente es un tercer término, pero un tercer término es todavía al mismo
tiempo una relación, es decir que se refiere a lo que ha planteado toda la
relación.
Una relación semejante, así derivada o punteada, es el
yo del hombre: es una relación que se refiere a sí misma, y haciéndolo, a
otra. De aquí surge que haya dos formas de verdadera desesperación. Si nuestro
yo se hubiese planteado el mismo, no existiría más que una: no querer ser uno
mismo, querer desembarazarse de su yo, y no se trataría de esta otra: la
voluntad desesperada de ser uno mismo. Lo que en efecto traduce esta fórmula es
la dependencia del conjunto de la relación, que es el yo, es decir, la incapacidad
del yo de alcanzar por sus solas fuerzas el equilibrio y el reposo: no puede
hacerlo en su relación consigo mismo más que refiriéndose a lo que ha planteado
el conjunto de la relación. Más aun: esta segunda forma de la desesperación (la
voluntad de ser uno mismo) designa tan poco un modo especial de desesperar que,
por el contrario, toda desesperación se resuelve finalmente en ella y a ella se
reduce. Si el hombre que desespera es, como él lo cree, consciente de su
desesperación, si no habla de ella absurdamente como de un hecho exterior (un
poco como alguien que sufre vértigos y, engañado por sus nervios, habla de
ellos como de una pesadez de cabeza, como de un cuerpo que hubiera caído sobre
él, etc... mientras que la pesadez o presión no es nada externo, sino una
sensación interna, invertida), si ese desesperado quiere con todas sus
fuerzas, por sí mismo, y sólo por sí mismo, suprimir la desesperación, dice que
no sale de ella y que todo su esfuerzo ilusorio le hunde aún más, solamente, en
ella. La discordancia de la desesperación no es una simple discordancia, sino
la de una relación que, refiriéndose íntegramente a sí misma, es planteada por
otra; así, la discordancia de esta relación, existiendo en sí, se refleja
además al infinito en su conexión con su autor.
He aquí, pues, la fórmula que describe el estado del
yo, cuando la desesperación es enteramente extirpada de él: orientándose hacia
sí mismo, queriendo ser él mismo, el yo se sumerge, a través de su propia
transparencia, en el poder que le ha planteado.
Capítulo II
DESESPERACIÓN VIRTUAL Y DESESPERACIÓN REAL
¿Es la desesperación una ventaja o un defecto? Una y
otra cosa en dialética pura. No reteniendo más que la idea abstracta de ella,
sin pensar en casos determinados, debería tomársela como una ventaja enorme.
Ser pasible de este mal, nos coloca por encima de la bestia, progreso que nos
diferencia mucho mejor que la marcha vertical, signo de nuestra verticalidad infinita,
o de lo sublime de nuestra espiritualidad. La superioridad del hombre sobre el
animal, está pues en ser pasible de ese mal; la del cristiano sobre el hombre
natural, en tener conciencia de la enfermedad, así como su beatitud está en
poder ser curado de ella.
De este modo es una ventaja infinita poder desesperar
y, sin embargo, la desesperación no es solo la peor de las miserias, sino,
también, nuestra perdición. Generalmente la relación de lo posible con lo real
se presenta de otra manera, pues si es una ventaja, por ejemplo poder ser lo
que se desea, es una ventaja todavía mayor serlo, es decir, que el pasaje de lo
visible a lo real es un progreso, una elevación. Por el contrario, con la desesperación
se cae de lo virtual a lo real, y el margen infinito de costumbre entre lo
virtual y lo real mide aquí la caída. Por lo tanto, es elevarse no estar
desesperado. Pero nuestra definición es aún equívoca. Aquí la negación no es la
misma que la de no ser cojo, no ser ciego, etc... Pues si no desesperar
equivale a la falta absoluta de desesperación, entonces lo progresivo consiste
en desesperar. No estar desesperado debe significar la destrucción de la
aptitud para estarlo: para que verdaderamente un hombre no lo está, es preciso
que a cada instante aniquile en él la posibilidad de desesperar. En general, la
relación de lo virtual con lo real es otra. Dicen bien los filósofos cuando
afirman que lo real es lo virtual destruido: sin plena precisión, sin embargo,
pues es lo virtual colmado, lo virtual actuante. Aquí, por el contrario, lo
real (no estar desesperado), una negación por consecuencia, es lo virtual
impotente y destruido, de ordinario lo real confirma lo posible, mientras que
aquí le niega.
La desesperación es la discordancia interna de una
síntesis, cuya relación se refiere a sí misma. Pero la síntesis no es la
discordancia, no es más que lo posible, o también, ella lo implica. Sino, no
habría traza de desesperación, y desesperar no sería más que un rasgo humano,
inherente a nuestra naturaleza, es decir, que no habría desesperación, sino
que sería un accidente para el hombre, un sufrimiento, como una enfermedad
que contrae, o como la muerte, nuestro lote común. La desesperación, pues, está
en nosotros; pero si no fuéramos una síntesis, no podríamos desesperar, y si
esta síntesis al nacer no hubiera recibido de Dios su justeza tampoco podríamos
desesperar.
¿De dónde viene, pues, la desesperación? De la
relación en la cual la síntesis se refiere a sí misma, pues Dios, haciendo del
hombre esa relación, le deja como escapar de su mano, es decir que, desde
entonces, la relación tiene que dirigirse. Esta relación es el espíritu, el yo,
y allí yace la responsabilidad, de la cual depende siempre toda desesperación,
en tanto que existe; por lo tanto depende, a pesar de los discursos y del
ingenio de los desesperados para engañarse y engañar a los demás tomándola por una
desgracia... como en el caso del vértigo, que la desesperación recuerda en más
de un aspecto, aunque siendo diferente de naturaleza, ya que el vértigo es al
alma como la desesperación al espíritu, y está lleno de analogías con ella.
Luego, cuando la discordancia, cuando la desesperación
está presente, ¿dedúcese sin más que persiste? Absolutamente no; la duración de
la discordancia no viene de la discordancia, sino de la relación que se refiere
a sí misma. O dicho de otra forma: cada vez que se manifiesta una discordancia,
y en tanto que ella existe, es necesario remontarse a la relación. Se dice, por
ejemplo, que alguien contrae una enfermedad, pongamos por imprudencia. Luego
se declara el mal y, desde ese momento, es una realidad cuyo origen es cada vez
más pasado. Sería cruel y monstruoso reprocharle continuamente al enfermo que
está a punto de contraer la enfermedad, como teniendo el propósito de disolver
de continuo la realidad del mal en su posible. Bien, 'sí; la ha contraído por
su culpa, pero sólo una vez ha sido culpa suya. La persistencia del mal no es
más que una simple consecuencia de la única vez que lo ha contraído, a la cual
no se puede, en todo instante, reducir su progreso; el enfermo ha contraído el
mal, pero no se puede decir que todavía lo contrae. Las cosas suceden de otro
modo en la desesperación; cada uno de sus instantes reales puede relacionarse
con su posibilidad, en cada momento que se desespera se contrae la desesperación;
siempre el presente se esfuma en pasado real, a cada instante real de la
desesperación, el desesperado lleva todo lo posible pasado como un presente.
Esto proviene de que la desesperación es una categoría del espíritu y en el
hombre se aplica a su eternidad. Pero esta eternidad no podemos hacerla a un
lado por toda la eternidad, ni sobre todo, rechazarla de un solo golpe; a cada
instante que estamos sin ella, la hemos rechazado o la rechazamos, pero ella
retorna, es decir, que a cada instante que desesperamos, contraemos la
desesperación. Pues la desesperación no es una continuación de la discordancia,
sino relación orientada hacia sí misma. Y refiriéndose a sí mismo, el hombre ya
no puede ser abandonado más que por su yo, lo que, por lo demás, no es más que
el hecho, puesto que el yo es el retorno de la relación sí misma.
Capítulo III
LA DESESPERACIÓN ES «LA ENFERMEDAD MORTAL»
Esta idea de «enfermedad mortal» debe tomarse en un
sentido especial. Literalmente, significa un mal cuyo término, cuya salida es
la muerte, y entonces sirve de sinónimo de una enfermedad por la cual se
muere, pero no es en este sentido que se puede llamar así a la desesperación;
pues, para el cristiano, la muerte misma es un pasaje a la vida. De este modo,
ningún mal físico es para él «enfermedad mortal». La muerte termina con las
enfermedades, pero no es en sí misma un término. Pero una «enfermedad mortal»,
en sentido estricto, quiere decir un mal que termina en la muerte, sin nada más
después de ella. Y esto a la desesperación.
Pero en otro sentido, más categóricamente aún, ella es
la «enfermedad mortal». Pues lejos de morir de día, hablando con propiedad, o
de que ese mal termine con la muerte, física, su tortura, por el contrario,
consiste en no poder morir, así como en la agonía el moribundo se debate con la
muerte sin poder morir. Así, estar enfermo de muerte es no poder morirse; pero
aquí, la vida no deja esperanza y la desesperanza es la ausencia de la última
esperanza, la falta de muerte. En tanto que ella al supremo riesgo, se espera
de la vida; pero cuando se descubre lo infinito del otro peligro, se espera de
la muerte. Y cuando el peligro crece tanto como la muerte, se hace esperanza;
la desesperación es la desesperación de no poder incluso morir.
En esta última acepción, pues, es la desesperación la
«enfermedad mortal», ese suplicio contradictorio, ese mal del yo: morir
eternamente, morir sin poder morir sin embargo, morir la muerte. Pues morir
quiere decir que todo ha terminado. Pero morir la muerte significa vivir la
propia muerte; y vivirla un solo instante, es vivirla eternamente. Para que se
muera de desesperación como de una enfermedad, lo que hay de eterno en
nosotros, en el yo, debería poder morir, como hace el cuerpo, de enfermedad.
¡Quimera! En la desesperación el morir transfórmase continuamente en vivir.
Quien desespera no puede morir; «como un puñal no sirve de nada para matar
pensamientos», nunca la desesperación, gusano inmortal, inextinguible fuego, no
devora la eternidad del yo, que es su propio soporte, pero esta destrucción de
sí misma que es la desesperación, es impotente y no llega a sus fines. Su
voluntad d propia está en destruirse, pero no puede hacerlo, y esta impotencia
misma es una segunda forma de destrucción de sí misma, en la cual la
desesperación no logra por segunda vez su finalidad, la destrucción del yo;
por el contrario, es una acumulación de ser o la ley misma de esa acumulación.
Es ella el ácido, la gangrena de la desesperación, el suplicio cuya punta,
dirigida hacia el interior, nos hunde cada vez más en una autodestrucción
impotente. Lejos de consolar al desesperado, el fracaso de su desesperación
para destruirse es, por el contrario, una tortura que reaviva su rencor, su
ojeriza; pues acumulando incesantemente en la actualidad desesperación pasada,
desespera de no poder devorarse ni de deshacerse de su yo, ni de aniquilarse.
Tal es la fórmula de la acumulación de la desesperación, el crecimiento de
fiebre en esa enfermedad del yo.
El hombre que desespera tiene un sujeto de
desesperación, y es lo que se cree un momento y no más; pues ya surge la verdadera
desesperación, la verdadera figura de la desesperación. Desesperando de algo,
en el fondo desesperaba de sí mismo y, ahora, pretende librarse de su yo. Así
sucede cuando el ambicioso que dice: «Ser César o nada», no llega a ser César
y desespera. Pero esto tiene otro sentido; por no haber llegado a ser César,
ya no soporta ser él mismo. Por consiguiente, en el fondo no desespera por no
haber llegado a ser César, sino de ese yo que no ha logrado llegar a serlo. Ese
mismo yo, que de otro modo hubiese sido toda su alegría -alegría por lo demás
no menos desesperada-, helo ahora más insoportable que cualquier otra cosa.
Observando de más cerca, lo insoportable para él no está en no haber llegado a
ser César, sino en ese yo que no ha conseguido serlo; o más bien, lo que no
soporta es no poder librarse de su yo. Habría podido hacerlo, si hubiese
llegado a ser César, pero como no lo ha logrado, nuestro desesperado ya no
puede consolarse. En su esencia no varía su desesperación, pues no posee su yo,
no es él mismo. No habría llegado a serlo, es él mismo, deviniendo César, pero
se habría librado de su yo; no llegando a ser César, desespera de no poder
quedar en paz. Por lo tanto resulta una opinión superficial decir de un
desesperado (a causa sin duda de no haberlo visto jamás, ni de haberse visto
incluso), como si ello fuese su castigo, que le destruye su yo. Pues
precisamente para su desesperación y su suplicio, es incapaz de lograrlo, dado
que la desesperación ha puesto fuego a algo refractario, indestructible en él,
al yo.
Desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera
desesperación; es su comienzo; se incuba, como dicen los médicos de una
enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo.
Observad a una muchacha desesperada de amor, es decir de la pérdida de su
amigo, muerto o esfumado. Esta pérdida no es desesperación declarada, sino que
ella desespera de sí misma. Ese yo, del cual se habría librado, que ella habría
perdido del modo más delicioso si se hubiese convertido en bien del «otro»,
ahora hace su pesadumbre, puesto que debe ser su yo sin el «otro». Ese yo que
habría sido su tesoro -y por lo demás también, en otro sentido, habría estado
desesperado- ahora le resulta un vacío abominable, cuando el «otro» está
muerto, o como una repugnancia, puesto que le recuerda el abandono. Tratad,
pues, de decirle: «Hija mía, te destruyes», y escucharéis su respuesta: «¡Ay,
no! Precisamente mi dolor está en que no puedo conseguirlo».
Desesperar de sí mismo, querer deshacerse del yo, tal
es la fórmula de toda desesperación, y la segunda: desesperado por querer ser
uno mismo, se reduce a ella, como hemos reducido anteriormente (véase Capítulo
I) la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo, a aquélla en la cual se
rechaza serlo. Quien desespera quiere, en su desesperación, ser él mismo. Pero
entonces, ¿no quiere desprenderse de su yo? En apariencia, no; pero observando
de más cerca, siempre se encuentra la misma contradicción. Ese yo, que ese
desesperado quiere ser, es un yo que no es él (pues querer ser verdaderamente
el yo que se es, es lo opuesto mismo de la desesperación); en efecto, lo que
desea es separar su yo de su autor. Pero aquí fracasa, a pesar de que
desespera, y no obstante todos los esfuerzos de la desesperación, ese Autor
sigue siendo el más fuerte y la obliga a ser el yo que no quiere ser. Pero
haciéndolo, el hombre desea siempre desprenderse de su yo, del yo que es, para
devenir un yo de su propia invención. Ser ese «yo» que quiere, haría todas sus
delicias -aunque en otro sentido su caso habría sido también desesperado- pero
ese constreñimiento suyo de ser el yo que no desea ser, es su suplicio: no
puede desembarazarse de sí mismo.
Sócrates probaba la inmortalidad del alma por la importancia
de la enfermedad del alma (el pecado) para destruir, como hace la enfermedad
con el cuerpo. Igualmente se puede demostrar la eternidad del hombre por la
impotencia de la desesperación para destruir al yo, por esa atroz contradicción
de la desesperación. Sin eternidad en nosotros mismos, no podríamos
desesperar; pero si se pudiera destruir al yo, entonces tampoco habría
desesperación.
Tal es la desesperación, ese mal del yo, «la
Enfermedad mortal». El desesperado es un enfermo de muerte. Más que en
cualquier otro mal, se ataca aquí a la parte más noble del ser; pero el hombre
no puede morir por ello. La muerte no es aquí un término interminable del mal,
es aquí un término interminable. La muerte misma no puede salvarnos de ese
mal, pues aquí el mal con su sufrimiento y... la muerte consisten en no poder
morir.
Allí se encuentra el estado de desesperación. Y el
desesperado podrá esforzarse, a no dudar de ello, podrá esforzarse en lograr
perder su yo, y esto sobre todo es cierto en la desesperación que se ignora, y
en perderlo de tal modo que ni se vean sus trazas: la eternidad, a pesar de
todo pondrá a luz la desesperación de su estado y le clavará a su yo; así el
suplicio continua siendo siempre no poder desprenderse de sí mismo, y entonces
el hombre descubre toda la ilusión que había en su creencia de haberse
desprendido de su yo. ¿Y por qué asombrarse de este rigor?, puesto que ese yo,
nuestro haber, nuestro ser, es la suprema concesión infinita de la Eternidad al
hombre y su garantía.
LIBRO SEGUNDO
LA UNIVERSALIDAD DE LA DESESPERACIÓN
Como no existen personas enteramente sanas, al decir
de los doctores, podría también decirse, conociendo bien al hombre, que no
existe uno exento de desesperación, en cuyo fondo no habite una inquietud, una
perturbación, una desarmonía, un temor a algo desconocido o a algo que no se
atreve a conocer, un temor a una eventualidad externa o un temor a sí mismo;
así como dicen los médicos de una enfermedad, el hombre incuba en el espíritu
un mal, cuya presencia interna le revela, por relámpagos y en raras ocasiones,
un miedo inexplicable. Y en todos los casos, nadie ha vivido nunca y no vive
fuera de la cristiandad sin estar desesperado, ni dentro de la cristiandad, si
no es un verdadero cristiano; pues si no lo es íntegramente, queda siempre en
él un grano de desesperación.
A más de una persona este punto de vista le hará sin
duda el efecto de una paradoja, de una exageración, y también de una idea
funesta y desanimadora. Y sin embargo no es así. Lejos de apesadumbrar, trata
por el contrario de aclarar lo que habitualmente se deja en una cierta
penumbra; lejos de abatir, exalta, puesto que siempre considera al hombre de
acuerdo a la exigencia suprema que le formula su destino: ser un espíritu;
finalmente, lejos de ser una trivial humorada, es una idea fundamental y
perfectamente lógica y, por consiguiente, que no exagera.
Por el contrario, la concepción corriente de la
desesperación se queda en la apariencia y no es más que una idea superficial,
no una concepción. Pretende que cada uno de nosotros sea el primero en saber si
está o no desesperado. Al hombre que se dice desesperado lo toma por tal, pero
basta que uno no se sienta tal, para que ya no se pase por desesperado. De este
modo se ratifica la desesperación cuando, en realidad, es universal. Lo raro
no es estar desesperado, sino, por el contrario, lo raro, lo rarísimo, es,
verdaderamente, no estarlo.
Pero el juicio de la gente común no comprende gran
cosa; de la desesperación. Así (por no citar más que un caso que, si se lo
comprende bien, hace entrar a millares de millones de hombres en el rubro de la
desesperación), así lo que la mayoría no ve es, precisamente, que una forma de
la desesperación consiste en no estar desesperado, en ser inconsciente al
respecto. En el fondo, cuando se define la desesperación, el común de la gente
comete el mismo error que cuando declaran a alguien enfermo o sano... pero un
error, en este caso, mucho más profundo, pues aún sabe infinitamente menos a
qué atenerse sobre que es el espíritu (y sin saberlo, no se comprende nada de
la desesperación) que sobre la salud o la enfermedad. Generalmente a alguien
que no se dice enfermo se lo considera sano y más aun, si él mismo es quien
dice que se encuentra sano. Por el contrario, los médicos consideran de otro
modo las enfermedades. ¿Por qué? Porque tienen una idea precisa y desarrollada
de la buena salud y se rigen por ella para juzgar nuestro estado. Saben que del
mismo modo que existen enfermedades imaginarias, también existe una salud
imaginaria; por tal causa; dan remedios para hacer evidente el mal. Pues
siempre entre los médicos hay por lo menos uno que no se fía sino a medias en
lo que afirmamos sobre nuestro estado. Si se pudiera confiar sin reservas en
todas nuestras impresiones individuales, cómo estamos, dónde sentimos el
dolor, etc., el papel del médico no sería más que una ilusión. En efecto, no
hay más que recetar remedios, pero antes es necesario reconocer el mal y, por
lo tanto, ante todo saber si el paciente está realmente enfermo o si imagina
estarlo, o si fulano, que se cree sano, no está en el fondo enfermo. De igual
modo el psicólogo debe considerar la desesperación. Sabe lo que es la
desesperación, la conoce y no se conforma por lo tanto con decir de alguien que
no se cree o se cree desesperado. No olvidemos, en efecto, que en cierto
sentido incluso aquellos que afirman estarlo, no siempre son desesperados. La
desesperación es fácil de imitar y uno se puede engañar, y por desesperación,
fenómeno del espíritu, tomar toda clase de abatimientos sin consecuencias,
todos los desgarramientos pasajeros, sin llegar a ella. Empero, el psicólogo no
deja de encontrar en ellos también formas de la desesperación; desde luego que
bien ve que hay afectación, pero esa misma imitación es también desesperación;
tampoco se engaña con todos esos abatimientos sin consecuencia; ¡pero su
insignificancia misma ya es desesperación!
También el común de la gente no ve que la
desesperación, en tanto que mal espiritual, es de otro modo dialéctica que lo
que de ordinario se llama una enfermedad. Pero esta dialéctica, comprendiéndola
bien, aún engloba a millares de hombres en la categoría de la desesperación. Si
alguien, en efecto, de quien se ha verificado en un determinado momento su
buena salud, cae luego enfermo, el médico tiene derecho a decir de él que estaba
entonces sano y que ahora está enfermo. Sucede algo distinto con la desesperación.
Su aparición ya muestra su preexistencia. Por lo tanto, nunca es posible
pronunciarse sobre alguien que no haya sido salvado por haber desesperado, pues
el acontecimiento mismo que le arroja en la desesperación, manifiesta de
pronto que toda su vida pasada era desesperación. En tanto que no podría
decirse cuando alguien tiene fiebre, que es claro al presente que siempre la ha
tenido. Pero la desesperación es una categoría del espíritu, suspendida en la
eternidad, y por consecuencia, un poco de eternidad entra en su dialéctica.
La desesperación no sólo tiene otra dialéctica que una
enfermedad, sino que todos sus síntomas mismos son dialécticos, y es por esto
que el común de la mente tiene tantas posibilidades de equivocarse cuando
intenta establecer si uno está o no desesperado. No estarlo, en efecto, bien
puede significar: que se está desesperado o también: que habiéndolo estado, uno
se ha salvado de la desesperación. Estar confortado y sereno puede significar
que se está desesperado; pues esa serenidad misma, esa seguridad pueden ser
desesperación; e igualmente destacar, que se la ha superado, que se ha
conquistado la paz. La ausencia de desesperación no equivale a la ausencia de
un mal; pues no estar enfermo nunca indica que se lo está, mientras que no
estar desesperado puede incluso ser el síntoma mismo de que se lo está. No
sucede lo mismo que en la enfermedad, en la cual el malestar es la enfermedad
misma. Ninguna analogía. El malestar mismo es aquí dialéctico. No haberlo
experimentado es la desesperación misma.
La razón de ello está en que al considerarla como
espíritu (y para hablar de desesperación siempre hay que hacerlo dentro de esta
categoría), el hombre nunca deja de estar en un estado crítico. ¿Por qué no se
habla de crisis más que para la enfermedad y no para la salud? Porque con la
salud física se permanece en lo inmediato y no hay dialéctica más que con la
enfermedad, y entonces se puede hablar de crisis. Pero en lo espiritual, o
cuando se observa al hombre desde esta categoría, enfermedad y salud son, tanto
una como la otra, críticas, y no hay salud inmediata del espíritu.
Por el contrario, cuando se deja a un lado el destino
espiritual (y sin él no podría hablarse de desesperación), para no ver en el
hombre más que una síntesis de alma y cuerpo, la salud vuelve a ser una
categoría inmediata y es la enfermedad del cuerpo o del alma la que se
convierte en categoría dialéctica. Pero la desesperación es precisamente la
inconciencia en que se encuentran los hombres sobre su destino espiritual.
Incluso lo más bello y adorable para ellos, la femineidad en la flor de la
edad, toda paz, armonía y gozo, es a pesar de todo desesperación. Es la
felicidad, en efecto, ¿pero la felicidad es una categoría del espíritu?
Absolutamente no. Y en su fondo, hasta en su basamento más secreto, también la
habita la angustia, que es desesperación y que sólo quiere ocultarse allí, no
teniendo la desesperación un lugar predilecto más apetecible que el último fondo
de la felicidad. Toda inocencia, no obstante seguridad y su paz ilusorias, es
angustia, y nunca la inocencia tiene tanto miedo como cuando su angustia carece
de objeto; nunca la descripción de un horror espanta tanto a la inocencia, como
sabe hacerlo la reflexión con una hábil palabra, casi caída al descuido pero
sin embargo calculada, sobre algún peligro vago; sí, el peor espanto que se le
puede causar a la inocencia consiste en insinuarle, sin tenerse en él, que ella
sabe perfectamente de qué proviene Y es cierto que ella lo ignora, pero nunca
la reflexión posee trampas más sutiles y más seguras que aquellas que forma de
nada, y nunca no es más ella misma que cuando no es nada. Sólo una reflexión
aguda, o mejor, una gran fe podría empecinarse en reflexionar la nada, es
decir, reflexionar lo infinito. De este modo lo más bello mismo y lo adorable,
la femineidad en la flor de la edad, es sin embargo desesperación, infelicidad.
Así, esa inocencia de algún modo es suficiente para atravesar la vida. Si hasta
final no se tiene otro bagaje que esa felicidad, no se avanzado nada, puesto
que es desesperación. En efecto, precisamente porque no es más que dialéctica,
la desesperación es la enfermedad y puede decirse que la peor desgracia es no
haberla tenido... y una posibilidad divina contrae aunque ella sea la más
nociva de todas, cuando no se quiere curar. Es tan cierto que, salvo en este
caso, curar es felicidad y que es la enfermedad la desgracia.
El común de la gente comete un gran error viendo la excepción
en la desesperación, pues, por el contrario, es la regla. Y lejos de que todos
aquellos que no se creen o no se sienten desesperados no lo estén, como la
gente pone, y que sólo lo estén los que dicen estarlo, muy por el contrario el
hombre que sin simulación afirma su desesperación, no está tan lejos de
curarse, incluso está mucho cerca de ello -en un grado dialéctico- que todos
aquellos a quienes no se cree y no se creen tampoco desesperados. Pero
precisamente la regla, y el psicólogo sin duda me dará razón, consiste en que
la mayoría de las gentes viven gran conciencia de su destino espiritual... de
aquí toda esa falsa despreocupación, ese falso contentamiento de vivir, etc.,
etc., que es la desesperación misma. En cuanto a quienes se dicen desesperados,
en regla general, unos han tenido en sí bastante profundidad para adquirir
conciencia de sus destinos espirituales y, otros, han llegado a darse cuenta de
ello a causa de penosos acontecimientos o ásperas decisiones; fuera de ellos no
existen otros, pues más bien resulta raro aquel que realmente no esté
desesperado.
¡Oh!, conozco perfectamente todo lo que se dice de la
aflicción humana... y le presto oídos, y también he conocido más de un caso de
cerca; ¿que a lo que no se dice de las existencias malogradas? Pero sólo se
pierde aquélla a la cual engañan tanto las alegrías como las penas de la vida,
de modo que nunca llegará, como un beneficio decisivo para la eternidad, a la
conciencia de ser un espíritu, un yo, o dicho de otra manera, nunca llegará a
observar o experimentar a fondo la existencia de un Dios, ni que ella misma,
«ella», su yo, existe por ese Dios; pero esa conciencia, en beneficio de la
eternidad, no se obtiene sino más allá de la desesperación. ¡Y esa otra
miseria! ¡Tantas existencias frustradas por un pensamiento que es la beatitud
de las beatitudes! Decir -¡ay!- que no se divierte o que se divierte a las
multitudes con todo, ¡salvo con lo que importa!, ¡que se las arrastra a
malgastar sus fuerzas en las aceras de la vida sin recordarla nunca esa
beatitud!; ¡que se las empuja cual a ganado... y se las engaña en lugar de
dispersarlas, de aislar a cada individuo, a fin de que se aplique sólo a ganar
la finalidad suprema, la única que hace que valga la pena vivir y que posee en
sí todo lo necesario para nutrir toda una vida eterna! ¡Ante tal miseria podría
llorarse toda una eternidad! Pero otro síntoma horrible, para mí, de esa
enfermedad, la peor de todas, es su secreto. Y no sólo por el deseo y los
esfuerzos felices de quien la sufre para ocultarla, no solo porque ella pueda
alojarse en él sin que nadie la descubra; no, sino también porque ella puede disimularse
perfectamente en el hombre, ¡de tal modo que ni incluso él sepa nada! Y vaciado
el reloj de arena, el reloj de arena terrestre, y apagados todos los ruidos del
siglo, y terminada nuestra agitación forzada y estéril, cuando alrededor tuyo
todo sea silencio, como la eternidad, hombre o mujer, rico o pobre, subalterno
o señor feliz o desventurado -haya llevado tu cabeza el brillo de la corona o,
perdido entre los humildes, no hayas tenido más que penas y las fatigas de los
días; se celebre tu gloria mientras dure el mundo u olvidado, sin nombre, sigas
a la muchedumbre innúmera anónimamente; hayas superado el esplendor que te
envolvió toda descripción humana, o los hombres te hayan herido con sus más
duros o envilecedores juicios-, quienquiera que haya sido, contigo como con
cada uno de tus millones de semejantes, la eternidad sólo se interesará por una
cosa: si tu vida fue o no desesperación y si, desesperado, no sabías que lo
estabas, o si ocultabas en ti esa desesperación como una secreta angustia, como
el fruto de un amor culpable o, también, si experimentando horror y, por lo
demás, desesperado, rugías de rabia. Y si tu vida no ha sido más que desesperación,
¡qué importa entonces lo demás! Victorias o derrotas, para ti todo está
perdido; la eternidad no te ha reconocido como suyo, no te ha conocido o, pero
aún, identificándote, ¡te clava a tu yo, a tu yo de desesperación!
LIBRO TERCERO
PERSONIFICACIONES DE LA DESESPERACIÓN
Abstractamente es posible separar las diversas
personificaciones de la desesperación, escrutando los factores de esa síntesis
que es el yo. El yo está formado de finito e infinito. Pero su síntesis es una
relación que, aunque derivada, se refiere a sí misma, lo que es la libertad.
El yo es libertad. Pero la libertad es la dialéctica de dos categorías, de lo
posible y de lo necesario.
No por eso hay que considerar menos a la
desesperación, sobre todo desde el punto de vista de la categoría de la conciencia:
si es o no consciente, difiere de naturaleza. Ateniéndose al concepto, claro
está que siempre es desesperación; pero de aquí no se deduce que el individuo a
quien habita la desesperación y a quien en principio, pues, se debería llamar
desesperado, tenga conciencia de estarlo. De este modo la conciencia, la
conciencia íntima, es el factor decisivo. Decisivo siempre y cuando se trate
del yo. Ella da la medida. Cuanto más conciencia hay, mayor es el yo; pues más
crece ella, más crece la voluntad; y cuánto mis voluntad existe, más yo hay. En
un hombre sin querer no existe el yo; pero cuanto más hay en él, también tiene
más conciencia de sí mismo.
Capítulo 1
DE LA DESESPERACIÓN CONSIDERADA NO DESDE EL ÁNGULO DE
LA CONCIENCIA SINO ÚNICAMENTE SEGÚN LOS FACTORES
DE LA SÍNTESIS DEL YO
a) La desesperación
vista en relación a la doble categoría de lo finito y de lo infinito
El yo es una síntesis consciente de infinito y finito
que se relaciona consigo misma, y cuyo fin es devenir de ella misma; lo que
sólo puede hacer refiriéndose a Dios. Pero devenir uno mismo es devenir
concreto, lo que no se logra en lo finito o en lo infinito, puesto que lo
concreto en devenir es una síntesis. Por lo tanto, la evolución consiste en
alejarse indefinidamente de sí mismo en una «infinitación» del yo, y en
retornar indefinidamente de sí mismo en la «finitación». Por el contrario, el
yo que no deviene él mismo permanece, a pesar o no suyo, desesperado. No
obstante, en todo momento de su existencia el yo se encuentra en devenir, pues
el yo en potencia no existe realmente y no es más que lo que debe ser. Por lo
tanto, mientras no llega a devenir él mismo, el yo no es él mismo; pero no ser
uno mismo es la desesperación.
1) La desesperación
de la infinitud o la falta de finito
Esto se debe a la dialéctica de la síntesis del yo, en
la cual uno de los factores no deja de ser su propio contrario. No puede darse
una definición directa (no dialéctica) de ninguna forma de la desesperación; es
preciso que siempre una forma refleje a su contraria. Sin dialéctica se puede
describir el estado del desesperado en la desesperación, como hacen los poetas,
dejándole hablar por sí mismo. Pero la desesperación no se define sino por su
contrario; y para que ella tenga un valor artístico, la expresión debe
entonces tener en su colorido como un reflejo dialéctico del contrario. Por lo
tanto, en toda vida humana que ya se cree infinita o que quiere serlo, cada
instante mismo es desesperación. Pues el yo es una síntesis de finito que
delimita y de infinito que imita. La desesperación que se pierde en lo
infinito es por lo tanto algo imaginario, informe: pues el yo no tiene salud y
no está libre de desesperación, sino porque habiendo desesperado con claridad
para sí mismo, se sumerge hasta Dios.
Es cierto que lo imaginario se debe ante todo a la
imaginación; pero ésta lígase a su vez al sentimiento, al conocimiento, a la
voluntad, y así se puede tener un sentimiento, un conocimiento, un querer
imaginarios. La imaginación, en general, es agente de la infinitación: no es
una facultad como las otras... sino que, por así decirlo, es su Proteo. Lo que
hay de sentimiento, conocimiento y voluntad en el hombre, depende en última
instancia de lo que hay en su imaginación, es decir, de la manera con que todas
sus facultades se reflejan, proyectándose en la imaginación. Ella es la
reflexión que crea el infinito, por lo cual el viejo Fichte tenía razón cuando
colocaba en ella, incluso para el conocimiento, la fuente de las categorías.
Así como lo es el yo, la imaginación también es reflexión y reproduce al yo, y
reproduciéndolo, crea lo posible del yo y su intensidad es lo posible de
intensidad del yo.
Lo imaginario en general transporta al hombre en el
infinito, pero sólo alejándolo de sí mismo y, de este modo, desviándolo del
retorno a sí mismo.
Una vez, pues, que el sentimiento se ha hecho
imaginario, el yo se evapora de más en más, hasta no ser al fin sino una
especie de sensibilidad impersonal, inhumana, sin vínculo alguno en un
individuo, pero compartiendo no se sabe qué existencia abstracta, por ejemplo,
la de la idea de humanidad. Como el reumático a quien dominan sus sensaciones
cae de tal modo bajo el imperio de los vientos y del clima, que instintivamente
su cuerpo se resiente del menor cambio de atmósfera, etc... de igual modo el
hombre, de sentimiento absorbido por lo imaginario, viértese cada vez más en
el infinito, pero sin devenir cada vez más él mismo, puesto que no deja de
alejarse de su yo.
La misma aventura le acontece al conocimiento que se
hace imaginario. En este caso la ley de progreso del yo, si realmente es
también necesario que el yo devenga él mismo, consiste en que el conocimiento
marche a la par de la conciencia, que y cuanto más conozca, más se conozca el
yo. De otro modo el conocimiento, a medida que progresa, transfórmase en un conocer
monstruoso, en el cual el hombre en lugar de edificar malgasta su yo, un poco
como en el desgaste de vidas humanas para construir las pirámides, o como con
las voces en los coros rusos, para no dar más que una nota, una sola.
La misma aventura corre la voluntad cuando cae en lo
imaginario: el yo se esfuma cada vez más. Pues cuando ella no deja de ser tan
concreta como abstracta -de lo que no se trata aquí-, más sus fines y
resoluciones viértense en el infinito y más permanece al mismo tiempo
disponible para sí misma como para la menor tarea inmediatamente realizable; y
entonces, infinitándose, ella vuelve más a sí misma -en sentido estricto-;
cuando ella está más lejos de sí misma (más infinitada en sus fines y
resoluciones) está al mismo tiempo más cerca de cumplir esa infinitesimal
parcela de su tarea realizable todavía hoy mismo, ahora mismo, al instante
mismo.
Y cuando una de esas actividades, querer, conocer o
sentir, ha pasado de ese modo a lo imaginario, al fin todo el yo también corre
el mismo riesgo, 'se arroje por sí mismo a lo imaginario o más bien se deje
arrastrar a ello; en ambos casos sigue siendo responsable. Se lleva entonces
una vida imaginaria infinitándose en ella o aislándose en lo abstracto, siempre
privado de su yo, del cual sólo se consigue alejarse cada vez más.
Veamos lo que pasa entonces en el dominio religioso.
La orientación hacia Dios dota al yo de infinito, pero aquí esta infinitación,
cuando lo imaginario ha devorado al yo, no arrastra al hombre más que a una
embriaguez vacía. Alguien podrá encontrar insoportable la idea de existir para
Dios, no pudiendo ya retornar, en efecto, al hombre, a su yo, devenir él mismo.
Un creyente semejante, dominado de este modo por lo imaginario, diría (para
personificarlo por sus propias palabras): «Es comprensible que un gorrión pueda
vivir, puesto que no sabe vivir para Dios. ¡Pero saberlo uno mismo! ¡Y no
hundirse de inmediato en la locura o en la nada!» Pero en alguien dominado de
este modo por lo imaginario, en un desesperado pues, la vida bien puede seguir
su curso, aunque generalmente se lo perciba y, semejante a la de todo el mundo,
esté llena de lo temporal, de amor, familia, honores y consideraciones; acaso
no se perciba que en un sentido más profundo ese hombre carece de yo. El yo no
es algo que preocupe gran cosa al mundo; en efecto, es algo por lo cual se
siente poca curiosidad, y cuando se lo posee, es lo más arriesgado de
mostrarse. El peor de los peligros, la perdida de ese yo, puede darse entre
nosotros de modo tan desapercibido como si se tratara de nada. No existe nada
que produzca menos ruido y fuere la cosa que fuese, brazo o pierna, fortuna,
mujer, etc... ninguna otra, salvo ella, pasara desapercibida.
2) La desesperación
de lo finito o la falta de infinito.
Esta desesperación, como se ha señalado en 1),
proviene de la dialéctica del yo, del hecho de su síntesis, en el cual uno de
los términos no deja de ser su propio contrario.
Carecer de infinito disminuye y limita
desesperadamente. Y no se trata aquí, naturalmente, más que de estrechez e indigencia
morales. El mundo, por el contrario, no habla más que de indigencia intelectual
o estética, o de cosas indiferentes, de las cuales siempre se ocupa mas; pues
precisamente su espíritu está en dar un valor infinito a las cosas
indiferentes. La reflexión de las gentes se prende siempre a nuestras pequeñas
diferencias, sin preocuparse como correspondería de nuestra única necesidad
(pues la espiritualidad consiste en preocuparse de ella), y por tal razón no
entienden nada de esa indigencia, de esa limitación que es la pérdida del yo,
perdido no porque se evapore en lo infinito, sino porque se encierra a fondo en
lo finito, y porque en lugar de un yo, no deviene más que una cifra, otro ser
humano más, una repetición más de un eterno cero.
La limitación aquí donde se desespera, es una carencia
de primitivismo o consiste en que uno se ha despojado, en que uno se ha
castrado en lo espiritual. Nuestra estructura original,
en efecto, siempre está dispuesta como un yo debiendo
devenir él mismo; y como tal, un yo ciertamente nunca carece de ángulos, pero
de esto sólo se desprende que hay que darles consistencia y no suavizarlos;
salvo que por miedo a otro yo, el yo deba renunciar a ser él mismo y no se
atreva a ser en toda su singularidad (con sus ángulos mismos), en esa
singularidad en la cual se es plenamente uno para sí mismo. Pero junto a la desesperación
que se sumerge a ciegas en el infinito hasta la pérdida del yo, existe otra de
una especie diferente, que se deja como frustrar de su yo por «otro». Viendo
tantas gentes a su alrededor, cargándose de tantos asuntos humanos, tratando de
captar cómo anda el tren del mundo, ese desesperado se olvida de sí mismo,
olvida su nombre divino, no se atreve a creer en sí mismo y halla demasiado
atrevido el serlo y más simple y seguro asemejarse a los demás, ser una
caricatura, un número, confundido en el ganado.
Esta forma de desesperación escapa, en resumidas
cuentas, perfectamente a las gentes. Perdiendo de este modo su yo, un
desesperado de esta especie adquiere de súbito una indefinida aptitud para
hacerse recibir bien en todas en todas partes, para triunfar en el mundo. Aquí
no se da ningún desgarrón, aquí el yo y su infinitación han dejado de ser una
molestia; pulido como un guijarro, nuestro hombre rueda por todas partes como
una moneda en circulación. Lejos de que se lo tome por un desesperado, es precisamente
un hombre como desean las gentes. En general, el mundo no sabe, y con razón,
dónde hay algo de qué temblar. Y esa clase de desesperación, que facilita la
vida en lugar de trabarla, y os la llena de facilidad, naturalmente no es
tomada por desesperación. Tal es la opinión del mundo, como puede verse entre
otras cosas en casi todos los proverbios, que no son más que reglas de
sabiduría. Tal el dicho que expresa que hay que arrepentirse diez veces por
haber hablado y una por haberse callado; ¿por qué?, porque nuestras palabras,
como algo material, pueden complicarnos en hechos desagradables, lo que es
algo real. ¡Como si callarse no fuera nada! ¡Cuando se trata del peor de los
peligro! El hombre que se calla está reducido, en efecto, a su propio
monólogo, y la realidad no viene en su ayuda castigándolo, haciendo recaer
sobre él las consecuencias de sus palabras. Pero también aquel que sabe donde
hay algo de qué temblar, teme principalmente toda mala acción toda falta de
orientación interna y sin traza en el exterior. A los ojos del mundo el
peligro es arriesgar, por la buena razón de que se puede perder. ¡Nada de
riesgos!, he aquí la sabiduría. Sin embargo, no arriesgando nada, qué
facilidad espantosa se presenta para perder lo que no se perdería, arriesgando
más que difícilmente, aunque se perdiera, pero nunca en todo caso así, tan
fácilmente, como nada. ¿Perder qué?: A uno mismo. Pues si yo arriesgo y me
engaño... ¡y bien!, la vida me castiga para socorrerme. Pero cuando no arriesgo
nada, ¿quién me ayuda entonces?, y tanto más que no arriesgando nada en el
sentido eminente (lo que significa adquirir conciencia de su yo), gano en
cobarde, encima, todos los bienes de este mundo... ¡y pierdo mi yo!
Tal es la desesperación de la finitud. Un hombre puede
realizar perfectamente en ella una vida temporal, y en el fondo, tanto mejor,
una vida humana en apariencia, conquistando el elogio de los demás, el honor,
la estima y la prosecución de todos los fines terrestres. Pues el siglo, como
se dice, no se compone precisamente más que de gentes de su especie, dedicadas
en suma al mundo, sabiendo utilizar sus talentos, acumulando dinero,
triunfadores, como se dice, y artistas en prever, etc..., cuyos nombres pasarán
quizás a la historia. ¿Pero han sido verdaderamente ellas mismas? No, pues en
lo espiritual han carecido de yo, no han tenido un yo por quien arriesgarlo
todo; han carecido absolutamente de yo ante Dios... por egoístas que hayan
sido, por otra parte.
b) La desesperación
vista en relación a la doble categoría de lo posible y de la necesidad.
Lo posible y la necesidad son igualmente esenciales al
yo para devenir (pues ningún devenir, en efecto, existe para el yo si no es
libre). Como necesita infinito y finito, el yo igualmente requiere lo posible
y la necesidad. Tanto desesperada por falta de posible como por falta de
necesidad.
1) La desesperación
de lo posible o la falta de necesidad.
Como se ha visto, este hecho proviene de la
dialéctica. Frente a lo infinito, la finitud limita; de algún modo, la necesidad
tiene por papel retener en el campo de lo posible. El yo, como síntesis de
finito e infinito, es planteado primero, existe; luego, para devenir, se
proyecta sobre la pantalla de la imaginación y esto le revela lo infinito de
lo posible. El yo contiene tanto de posible como de necesidad, pues es él
mismo, pero también tiene que devenirlo. Es necesidad, puesto que es él mismo,
y posible, puesto que debe devenir.
Si lo posible derriba a la necesidad y de este modo el
yo se lanza y se pierde en lo posible, sin vínculo atrayéndole a la necesidad,
se tiene la desesperación de lo posible. Ese yo se hace entonces un abstracto
en lo posible, se agota debatiéndose en él, sin cambiar de lugar sin embargo,
pues su verdadero lugar: es la necesidad, devenir uno mismo, en efecto es un
movimiento en el mismo sitio. Devenir es una partida, pero devenir uno mismo,
un movimiento en el mismo sitio.
Entonces el campo de lo posible no deja de agrandarse
a los ojos del yo, en él halla siempre más posible, puesto que ninguna realidad
se forma allí. Al final lo posible lo abarca todo, pero entonces se trata de
que el abismo se ha tragado el yo. Para realizarse, el menor posible requerirá
cierto tiempo. Pero ese tiempo que necesitaría para la realidad se abrevia
tanto, que al fin todo se dispersa en polvo de instantes. Los posibles se hacen
de más en más intensos, pero sin dejar de serlo, sin convenirse en lo real, en
lo cual no hay, en efecto, intensidad, salvo dando un paso de lo posible a lo
real. Apenas el instante revela un posible, y ya surge otro y, finalmente, esas
fantasmagorías desfilan con tanta rapidez que todo nos parece posible y
entonces tocamos ese instante extremo del yo, en el cual él mismo no es más que
una ilusión.
Lo que le falta ahora es lo real, como también lo
expresa el lenguaje ordinario cuando dice que alguien ha salido de la realidad.
Pero observando de más cerca, lo que le falta es necesidad. Pues aunque le
desagrade a los filósofos; la realidad no se une a lo posible en la necesidad,
sino que es ésta última la que se une a lo posible en la realidad. Tampoco es
por falta de fuerza, al menos en el sentido ordinario, por lo que el yo se
descarría en lo posible. Lo que falta es, en el fondo, la fuerza de obedecer,
de someterse a la necesidad incluida en nuestro yo, a lo que puede llamarse
nuestras fronteras interiores. La desgracia de un yo semejante tampoco reside
en el hecho de no haber llegado a nada en este mundo, sino en no haber
adquirido conciencia de sí mismo, de no haber percibido que ese yo es el suyo,
un determinado preciso y, por lo tanto una necesidad. En lugar de esto, el
hombre se ha perdido a sí mismo dejando que su yo se refleje imaginariamente
en lo posible. No hay posibilidad de verse a si mismo en un espejo, sin
conocerse ya, pues sino no es verse, sino ver sólo a alguien. Pero lo posible
es un espejo extraordinario, al cual hay qué usar con suma prudencia. En
efecto, puede decirse que es engañador. Un yo que se mira en su propio posible
no es más que cierto a medias; pues, en ese posible está bien lejos aún de ser
el mismo, o no lo es más que a medias. Todavía no puede saberse qué resolverá
luego su necesidad. Lo posible hace como el niño que recibe una invitación
agradable y que la acepta de inmediato; queda por verse si los padres le
permitirán... y los padres desempeñan el papel de la necesidad.
Lo posible, en verdad, contiene todos los posibles y,
por lo tanto, todos los descarriamientos, pero profundamente, dos. Uno, en
forma de deseo, de nostalgia, y el otro, de melancolía imaginativa (esperanza,
temor o angustia). Como aquel caballero, de quien hablan las leyendas, que de
pronto ve un pájaro raro y se empecina en seguirlo, habiendo creído en un
primer momento que estaba a punto de cazarlo... pero el pájaro escapa siempre,
hasta que cae la noche y el caballero, lejos de los suyos, ya ignora su camino
en la soledad: así es lo posible del deseo. En lugar de referir lo posible a la
necesidad, el deseo lo sigue hasta perder el camino de regreso a sí mismo. En
la melancolía, lo contrario adviene de la misma manera. El hombre de amor
melancólico se compromete en la persecución de un posible de su angustia, que
termina por alejarlo de sí mismo y le hace perecer en esa angustia, o en esa
extremidad misma, en la cual tanto temía perecer.
2) La desesperación
en la necesidad, o la carencia de posible
Suponed que descarriarse en lo posible se compare a
los balbuceos de la infancia y, entonces, carecer de posible es estar mudo. La
necesidad parece no ser más que las consonantes, pero para pronunciarlas se
necesita lo posible. Si falta, si el sino hace que una existencia carezca de
él, ella desespera, y está desesperada en todo instante que le falte.
Hay, como se dice, una edad para la esperanza, o bien,
asimismo, en una cierta época, en un cierto momento de la vida, se está o se
estuvo, dícese, desbordante de esperanza o de posible. Pero esto no es más que
verborrea que no alcanza a lo verdadero: pues esperarlo todo y desesperar de
tal cosa aún no es verdadera esperanza, ni verdadera desesperación.
El criterio es el siguiente: todo le es posible a
Dios. Verdad de siempre y, por lo tanto, de cualquier instante.
Es un refrán cotidiano del cual se hace uso lodos los
días sin pensar en él, pero la palabra no es decisiva más que para el hombre
que se encuentra al fin de todo y cuando no subsiste ningún otro posible
humano. Entonces, lo esencial para él consiste en si quiere creer que todo es
posible para Dios, si tiene la voluntad de creer en ello. ¿Pero no es esta la
fórmula para perder la razón? Perderla para ganar a Dios, es el acto mismo de
creer. Supongamos a alguien en este caso: todas las fuerzas de una imaginación
en el espanto le muestran temblando yo no sé de qué horror intolerable; ¡y es
este horror el que le llega! En opinión de los hombres su pérdida es algo
seguro... y, desesperadamente, la desesperación de su alma lucha por el
derecho a desesperar, por el contentamiento de todo su ser en instalarse en la
desesperación; incluso basta no maldecir a nadie tanto como a quien pretenda
evitárselo, según la palabra del poeta de los poetas, en Ricardo II:
Besbrew thee, cousin, which didst lead me forth
Of that sweet way I was in to despair.
(Acto
III, escena II).
Así, pues, la salvación es el supremo imposible
humano; ¡pero a Dios todo le es posible! Este es el combate de la fe, que lucha
como un demente por lo posible. Sin el combate, en efecto, no hay salvación.
Ante un desmayo las gentes gritan: ¡Agua! ¡Agua de Colonia! ¡Gotas de Hoffman!
Pero para alguien que desespera, se grita: ¡Lo posible! ¡Lo posible! ¡Sólo se
lo salvará con lo posible! Un posible: y nuestro desesperado recobra el
aliento, revive, pues sin posible, por así decirlo, no se respira. A veces el
ingenio de los hombres es suficiente para encontrarlo, pero, al final, cuando
-se trata de creer, sólo queda un único remedio: Todo es posible para Dios.
Tal es el combate. El resultado no depende más que de
un punto: el combatiente quiere procurarse posible: ¿quiere creer? Y sin
embargó, hablando humanamente, sabe que su pérdida es más que segura. Y es éste
el movimiento dialéctico de la fe. Generalmente el hombre se limita a atenerse
a la esperanza, a lo probable, etc..., contando con que esto o aquello no le
sucederá. Luego llega el acontecimiento, perece. El temerario se lanza a un
peligro, cuyo riesgo también puede depender de factores diversos; y entonces
llega ese riesgo, y él desespera, sucumbe. El creyente ve y comprende en tanto
que hombre su pérdida (en lo que ha soportado o en lo que se ha atrevido), pero
cree. Y es esto lo que le preserva de perecer. Confía íntegramente en Dios
sobre el modo en que le llegarán los socorros, pues se conforma con creer que a
Dios todo le es posible. Creer en su pérdida es imposible. Comprender que
humanamente es su pérdida y, a la vez, creer en lo posible, es creer. Entonces
Dios viene en ayuda del creyente, quizá dejándole escapar del horror, acaso
mediante el horror mismo en el cual, a pesar de toda suposición, brota el
socorro, milagroso, divino. Milagroso, ¡pues qué gazmoñería es creer que sólo
un hombre ha sido socorrido milagrosamente hace diecinueve siglos! Ante todo
la ayuda del milagro depende de la comprensión apasionada que se haya tenido de
la imposibilidad del milagro y luego de nuestra lealtad con respecto a esa
potencia misma que nos salvó. Pero, en general, los hombres no poseen la una
ni la otra; llaman a gritos a la imposibilidad para que los ayude, sin haber
tendido incluso su comprensión para descubrirla; y más tarde mienten como
ingratos.
En lo posible, el creyente retiene el eterno y seguro
antídoto de la desesperación, pues Dios lo puede todo en cualquier instante.
Es ésta la salvación de la fe, que resuelve las contradicciones. Y aquí
también lo es el hecho de que la certidumbre humana de la pérdida es sin
embargo al mismo tiempo que la existencia de un posible. ¿La salvación no es,
en suma, el poder de resolver lo contradictorio? Así en lo físico, una
corriente de aire es una contradicción, una desproporción entre el frío y el
calor, sin dialéctica, que un cuerpo sano resuelve sin darse cuenta. Lo mismo
sucede con la fe.
Carecer de posible significa que todo se nos ha hecho
necesidad o trivialidad.
El determinista, el fatalista son desesperados que han
perdido su yo, puesto que para ellos no existe más que la necesidad. Les
sucede la misma aventura que a aquel rey que murió de hambre porque sus
alimentos se transformaban en oro. La personalidad es una síntesis de posible y
de necesidad. Por lo tanto su duración depende, como la respiración
(respiratio) de una alternancia de aliento. El yo del determinista no respira,
pues la necesidad pura es irrespirable y asfixia fácilmente al yo. La
desesperación del fatalista consiste en haber perdido su yo, habiendo perdido a
Dios; carecer de Dios es carecer de yo. El fatalista no tiene Dios, o dicho de
otro modo, el suyo es la necesidad, pues siéndole todo posible, Dios es la
posibilidad pura, la ausencia de necesidad. Por consecuencia, el culto del
fatalista es a lo sumo una interjección y, por esencia, mutismo, sumisión muda,
impotencia para rogar. Rogar es todavía respirar, y lo posible es al yo como el
oxígeno a nuestros pulmones. Así como no se respira el oxígeno o el nitrógeno
aislados, tampoco el hálito de la plegaria se alimenta aisladamente de posible
o de necesidad. Para rogar es preciso un Dios o un yo -y lo posible-, o un yo y
lo posible en su sentido más sublime, pues Dios es el absoluto posible, o
también Dios es la posibilidad pura; y sólo aquel a quien una sacudida
semejante hace nacer a la vida espiritual, comprendiendo que todo es posible,
sólo ése ha tomado contacto con Dios. Y porque la voluntad de Dios es lo
posible, se puede rogar; si ella no fuese más que necesidad, no se podría
hacerlo y el hombre por naturaleza carecería de lenguaje, como el animal.
Sucede algo muy distinto con los filisteos, con su
trivialidad carente ésta ante todo de posible. El espíritu está ausente de
ella, en tanto que en el determinismo y en el fatalismo desespera; pero la
falta de espíritu es también desesperación. Carente de toda orientación
espiritual, el filisteo permanece en el dominio de lo probable, donde lo
posible encuentra siempre un refugio; el filisteo no tiene de este modo ninguna
probabilidad de descubrir a Dios. Sin imaginación como siempre, vive en una
cierta suma trivial de experiencia sobre la marcha de los acontecimientos, los
límites de lo probable, el curso habitual de las cosas, ¡y qué importa que sea
vendedor de vinos o primer ministro. De este modo el filisteo ya no tiene ni
yo ni Dios. Pues para descubrir al uno u al otro es necesario que la
imaginación nos sustente por encima de los vapores de lo probable, nos arranque
de ellos y, haciendo posible aquello que sobrepasa la medida de toda
experiencia, nos enseñe a esperar y temer o a temer y esperar. Pero la
imaginación del filisteo no puede hacerlo, no quiere hacerlo, lo detesta.
Aquí, pues, no hay remedio. Y si la existencia le ayuda a veces a golpe de
horrores, yendo más allá de su trivial sabiduría de loro, desespera, es decir
que entonces se ve bien que su caso era desesperación y que le falta lo posible
de la fe para estar en condiciones de salvar su yo de su pérdida segura,
mediante Dios.
Fatalistas y deterministas, sin embargo, tienen la
suficiente imaginación para desesperar de lo posible, y bastante posible para
descubrir en ellos su ausencia. Pero al filisteo lo trivial le
tranquiliza y su desesperación es la misma, marche
todo bien o mal. Fatalistas y deterministas carecen de posible para suavizar y
aquietar, para atemperar la necesidad; y ese posible que les serviría de
atenuación, falta al filisteo como un reactivo contra la ausencia de espíritu.
Su sabiduría, en efecto, se vanagloria de disponer de lo posible y haber
encerrado su inmensa elasticidad en la trampa o en la estupidez de lo probable;
cree haberla captado y nuestro filisteo la pasea en la jaula de lo probable y
la muestra a la ronda y se cree su dueño, sin pensar que él mismo se ha
cautivado de ese modo, se ha hecho esclavo de la estupidez y el último de los
parias. Y en tanto que aquel que se descarría en lo posible lleva la audacia
de la desesperación, y que quien no cree más que en la necesidad, desesperado
se crispa y se magulla en lo real, el filisteo, en su estupidez, triunfa.
Capítulo II
LA DESESPERACIÓN VISTA EN RELACIÓN A LA CATEGORÍA DE
LA CONCIENCIA
La conciencia crece y sus progresos miden la
intensidad siempre creciente de la desesperación; cuanto más crece, más intensa
es la desesperación. El hecho, visible en todo, lo es especialmente en ambos
extremos de la desesperación. El del diablo es el más intenso de todos; el del
diablo, espíritu puro y, como tal, conciencia y limpieza absolutas; sin nada
oscuro en él que pueda servir de excusa, de atenuación; también su desesperación
es la cima misma del desafío. He aquí el máximum. Al mínimum, es un estado, una
especie de inocencia, como se está tentado en decir, sin sospechar incluso de
que se está desesperado. De este modo, en la mayor inconsciencia, la desesperación
se encuentra en lo más bajo, tan bajo que uno casi se pregunta si allí se puede
designarla con ese nombre.
a) La desesperación
que se ignora o la ignorancia desesperada detener un yo, un yo eterno
Este estado, al cual con todo derecho se trata de
desesperación y que no deja de serlo, expresa por eso mismo, pero en el buen
sentido del término, el derecho de argucia de la Verdad. Veritos est índex sui
et falsi. Pero se subestima ese derecho de argucia, lo mismo que los hombres,
generalmente, distan mucho de considerar como bien supremo la relación con lo
verdadero, su relación personal con la verdad, como también están lejos de ver
con Sócrates que la peor de las desgracias es hallarse en el error; muy a
menudo en ellos los sentidos predominan mucho más ampliamente que la
intelectualidad. Casi siempre, cuando alguien parece feliz y se vanagloria de
serlo, en tanto que a la luz de lo verdadero es un desventurado, se halla a
cien leguas de desear de que se lo saque de su error. Por el contrario, se
enoja y considera como a su peor enemigo a quien se esfuerce en tal cosa, y
como un atentado y casi como un crimen a esa manera de comportarse y, como se
dice, de matar su felicidad. ¿Por qué? Pues porque es víctima de la sensualidad
y de un alma plenamente corporal; porque la vida no conoce más que las
categorías de los sentidos: lo agradable y desagradable, y envía de paseo al
espíritu, la verdad, etc... Porque es demasiado sensual para tener la valentía,
la paciencia de ser espíritu. A pesar de su vanidad y fatuidad, los hombres no
poseen de ordinario más que una idea bastante pobre, o incluso ninguna, de ser
espíritus, de ser ese absoluto que el hombre puede ser; pero vanidosos e
infatuados, ciertamente lo son... entre sí. Imagínese una casa en cada uno de
cuyos pisos -subsuelo, planta baja, primer piso- se alojaran distintas clases
de habitantes y que entonces se comparara la vida en esa casa: en tal
oportunidad veríase preferir todavía -tristeza ridícula- a la mayoría de las
gentes el subsuelo en esa casa propia. Todos somos una síntesis con destino
espiritual; esa a nuestra estructura; ¿pero quien no quiere habitar el
subsuelo, las categorías de lo sensual? El hombre no sólo gusta vivir allí de
la mejor manera posible; gusta de ello a tal punto, que se enoja cuando se le
propone el primer piso, el piso de los amos, siempre vacío y que le aguarda,
pues después de todo la casa entera es suya.
Sí, estar en el error es lo que menos se teme, a
diferencia de Sócrates. Hecho que ilustran, en amplia escala, asombrosos
ejemplos. Tal pensador eleva una construcción inmensa, un sistema, un sistema
universal que abarca toda la existencia y toda la historia del mundo, etc.,
-pero, observando su vida privada, se descubre con sorpresa ese ridículo enorme
de que él mismo no habita en ese vasto palacio de altas bóvedas, ¡sino en una
granja de al lado, en una choza o, a lo sumo, en la portería! Y si se arriesga
una palabra para hacerle notar esa contradicción, el pensador se enoja. ¡Pues
que le importa vivir en el error, si logra terminar su sistema... con ayuda del
error!
¿Qué importa pues que el desesperado ignore su estado?
¿Acaso desespera menos? Si esa desesperación es extravío, ignorarlo le agrega
aun el hecho de estar a la vez en la desesperación y en el error. Esta
ignorancia es a la desesperación como ella es a la angustia (véase El Concepto
de la Angustia, de Vigilius Haufniensis);[1] la
angustia de la nada espiritual se reconoce, precisamente, en la seguridad
vacía del espíritu. Pero la angustia está presente en el fondo, lo mismo que la
desesperación, y cuando el encantamiento de los engaños de los sentidos
termina, desde que la existencia vacila, surge la desesperación que acechaba oculta.
Al lado del desesperado consciente, el desesperado sin
saberlo está alejado un paso negativo más de la verdad y de la salvación. La
desesperación misma es una negación, y la ignorancia de la desesperación es
otra. Pero el camino de la verdad pasa por todas ellas; aquí se da, pues, lo
que dice la leyenda para romper los sortilegios: hay que representar toda la
pieza al revés, si no, no se rompe el encanto. Sin embargo sólo en un sentido,
en dialéctica pura, el desesperado sin saberlo está más lejos realmente de la
verdad y de la salvación que el desesperado consciente, que se obstina en
seguir siéndolo; pues en otra acepción, en dialéctica moral, aquel que
sabiéndolo permanece en la desesperación, está más lejos de la salvación,
puesto que su desesperación es más intensa. Pero la ignorancia está tan lejos
de romperla o de transformarla en no-desesperación que, por el contrario, puede
ser su forma más preñada de peligros. En la ignorancia, el desesperado está
garantizado en cierto modo, pero en propio detrimento, contra la conciencia, es
decir que está en las garras firmes de la desesperación.
En esta desesperación el hombre tiene poca conciencia
del espíritu. Pero precisamente esta inconsciencia es la desesperación, sea
ella, por lo demás, una extinción de todo el espíritu, una simple vida
vegetativa o bien, una vida multiplicada, cuyo fundamento, sin embargo,
continúa siendo desesperación. Aquí, como en la tisis, cuando el desesperado se
siente mejor y se cree más sano, y cuando su salud os parece quizá floreciente,
el mal es peor que nunca.
Esa desesperación que se ignora es la forma más
frecuente del mundo; ¡sí!, el mundo, como se le llama, o para ser más exacto,
el mundo en el sentido cristiano: el paganismo y en la cristiandad el hombre
natural; el paganismo de la antigüedad y el actual, constituyen precisamente
ese género de desesperación, la desesperación que se ignora. El pagano, es
cierto, como el hombre natural, distingue, habla de estar o no estar desesperado,
como si la desesperación no fuera más que un accidente aislado de algunos.
Distinción tan falaz como la que hacen entre el amor y el amor a sí mismo, como
si entre ellos todo amor no fuera en su esencia amor a sí mismo. Distinción, no
obstante, de la cual nunca han podido ni podrán salir, pues lo específico de la
desesperación es la ignorancia misma de su propia presencia.
Por consiguiente, para juzgar de su presencia, es
fácil ver que la definición estética de falta de espíritu no provee el
criterio; nada más normal, por otra parte; ya que la estética no puede definir
en qué consiste realmente el espíritu, ¿como puede ser capaz de responder a una
cuestión que no le concierne? Sería también una estupidez monstruosa negar todo
lo que el paganismo de los pueblos o de los individuos ha realizado de
asombroso para eterno entusiasmo de los poetas; negar las proezas que ha
brindado y que jamás la estética admirará bastante.
Asimismo sería locura negar la vida plena del placer
estético que el hombre natural y el pagano han podido o pueden realizar
utilizando todos los recursos favorables a su disposición, con el gusto más
refinado, haciendo incluso servir el arte y la ciencia a la elevación, el
embellecimiento, el ennoblecimiento del placer. La definición estética de falta
de espíritu no da, por lo tanto, un criterio para determinar la presencia o no
de la desesperación, y hay que recurrir a la definición ético-religiosa, a la
distinción entre el espíritu y su contrario, la ausencia de espíritu. Todo
hombre que no se conozca como espíritu, o cuyo yo interno no ha adquirido
conciencia de sí mismo en Dios, toda existencia humana que no se sumerja así
límpidamente en Dios y que se base nebulosamente en cualquier abstracción
universal (Estado, Nación, etc.), o que ciega para sí misma, no vea en sus
facultades más que energías de fuente mal explicable, y acepte su yo como un
enigma rebelde a toda introspección, toda existencia de este género, por
asombroso que sea lo que realice, lo que explique, incluso el universo, por
intensamente que goce de la vida en esteta, incluso semejante existencia es
desesperación. Era este el pensamiento de los Padres de la Iglesia cuando
trataban de vicios brillantes a las virtudes paganas, queriendo decir,
mediante esa afirmación, que el fondo del pagano era la desesperación y que el
pagano no se conocía ante Dios como espíritu. De aquí también provenía (por
tomar como ejemplo este hecho íntimamente ligado sin embargo a todo este
estudio) esa extraña ligereza del pagano para juzgar e incluso para elogiar el
suicidio. Pecado del espíritu por excelencia, evasión de la vida, rebeldía
contra Dios. A los paganos les faltaba comprender al yo tal como lo define el
espíritu, y de aquí deriva su opinión sobre el suicidio; y no obstante, eran
ellos quienes condenaban con tan casta severidad el robo, la impudicia, etc...
Sin relación con Dios y sin yo, les faltaba una base para juzgar al suicidio,
cosa indiferente desde el punto de vista que sostenían, pues nadie debía rendir
cuentas sobre sus acciones libres. Para rechazar el suicidio, el paganismo
hubiera tenido que efectuar un largo rodeo, demostrar que consistía en violar
los deberes con respecto a otro. El crimen contra Dios, que es el suicidio, es
un sentido que escapa enteramente al pagano. Por lo tanto no se puede decir,
cosa que sería invertir absurdamente los términos, que en él el suicidio era
desesperación; pero se tiene derecho a decir que su misma indiferencia sobre
este punto lo era...
Aún queda sin embargo una diferencia, una diferencia
de cualidad, entre el paganismo de otrora.
El desesperado consciente, pues, no debe saber y
nuestros actuales paganos, aquella que Vigilius Haufniensis, a propósito de la
angustia, ha destacado; si el paganismo no conoce el espíritu, sin embargo
está orientado hacia él, en tanto que nuestros modernos paganos sólo carecen
de él por alejamiento o traición, lo que es la verdadera nada del espíritu.
b) De la
desesperación consciente de su existencia, consciente pues de tener un yo de
alguna eternidad, y de las dos formas de esta desesperación, una en la cual no
se quiere ser uno mismo y la otra en la cual se quiere serlo.
Una distinción se impone aquí: ¿sabe el desesperado
consciente que es la desesperación? Quizá tenga razón en decirse desesperado
de acuerdo a la idea que de la desesperación se ha
formado, o quizá, también, está desesperado de verdad,
¿pero prueba esto que su idea sea justa? Observando su vida desde el ángulo de
la desesperación, acaso pueda decirse a este desesperado: en el fondo, lo
estás mucho más de lo que supones, tu desesperación aun cae más bajo. Así
sucede con los paganos, recordémoslo: cuando, comparativamente a otros, uno de
ellos se consideraba desesperado, su equivocación precisamente no residía en decir
que lo estaba, sino en creer estarlo solo, con exclusión de los demás: le
faltaba representarse verdaderamente la desesperación.
El desesperado consciente no sólo debe saber
exactamente que es la desesperación, sino que ha de tener pleno conocimiento
de sí mismo, ya que la lucidez y la desesperación no se excluyen. ¿La plena luz
sobre sí mismo, la conciencia de estar desesperado, se deja conciliar con la
desesperación misma? ¿Acaso esta lucidez en el conocimiento de nuestro estado y
de nuestro yo no debería arrancarnos a la desesperación, espantarnos tanto de
nosotros mismos que nos fuera preciso dejar de estar desesperados? Cuestión que
aquí no se resolverá, que ni incluso se abordará, pues su lugar se encuentra
más adelante. Pero sin encarar aquí esa investigación dialéctica, limitémonos a
anotar la gran variabilidad de la conciencia, no sólo sobre la naturaleza de la
desesperación, sino también sobre su propio estado cuando se trata de saber si
es desesperación. La vida real es bastante matizada para no desprender más que
abstractas contradicciones, como la existente entre los dos extremos de la
desesperación: su inconsciencia total y su entera conciencia. En general, el
estado del desesperado, aun cuando esté lleno de variados matices, se oculta en
su propia penumbra. En su fuero íntimo duda de su estado, incluso lo intuye
como cuando se siente incubar una enfermedad, pero sin gran deseo de reconocerla
francamente. Durante un instante percibe casi su desesperación; otro día su
malestar le parece provenir de otra parte, como de algo externo, situado fuera
de él y cuyo cambio eliminará su desesperación. O quién sabe si por distracciones
u otros medios: trabajo, tareas a manera de pasatiempos, trata de mantenerse en
esa penumbra acerca de su estado, pero incluso aquí, sin querer ver con
claridad que se distrae en esa finalidad, que obra de ese modo para no salir de
tal sombra. O también, cuando se esfuerza en hundir su alma en ese estado,
quizá lo sabe y pone en ello una cierta perspicacia, propósitos calculados y
una dosis de psicología, pero sin lucidez profunda, sin darse cuenta de lo que
hace ni que entra la desesperación en su manera de obrar, etc. Pues siempre en
la sombra y en la ignorancia, el conocimiento y la voluntad prosiguen su
concierto dialéctico y siempre se corre el riesgo, por definir alguno: el
error de exagerar uno o la otra.
Pero como ya se ha visto, la intensidad de la
desesperación crece con la conciencia. Más aún, con la verdadera idea de la
desesperación se continúa estando desesperado y cuanto más
conciencia clara se tiene de estarlo, continuando
desesperado, más intensa es la desesperación. Cuando uno se mata con la
conciencia de que matarse es desesperación, por consiguiente con una idea
verdadera del suicidio, se está más desesperado que matándose sin saber
verdaderamente que matarse es desesperación; sucede lo contrario cuando uno se
mata con una idea falsa del suicidio; la desesperación es menos intensa. Por
otra parte, cuando mayor lucidez se tiene sobre uno mismo (conciencia del yo)
al matarse, más intensa es la desesperación que se tiene, comparada a la de
quien se mata en un estado anímico perturbado y oscuro.
En la exposición de las dos formas de la desesperación
consciente, se verá ahora crecer no sólo el conocimiento de la desesperación,
sino también la conciencia de su estado en el desesperado o, lo que es lo mismo
y es el hecho decisivo, se verá crecer la conciencia del yo. Pero lo contrario
de desesperar es creer; lo que va se ha expuesto como fórmula de un estado en
el cual la desesperación es eliminada, se encuentra, pues, siendo
también fórmula de la fe: refiriéndose a uno mismo,
queriendo ser uno mismo, el yo sumérgese a través de su propia transparencia
en el poder que le ha planteado (véase Libro 1, cap. 1).
1) De la
desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo o desesperación-debilidad.
Esta designación de desesperación-debilidad ya implica
una anticipación sobre la segunda forma de la desesperación: aquella en la cual
se quiere ser uno mismo. De este modo, su oposición no es más que relativa. No
existe desesperación enteramente sin desafío; la misma expresión «en la cual no
se quiere» también lo evidencia. Y, por otra parte, hasta en el supremo desafío
de la desesperación existe debilidad. Vése, pues, toda la relatividad de su
diferencia. Podría decirse que una de las formas es femenina y la otra
masculina.[2]
1° DESESPERACIÓN DE LO TEMPORAL O DE ALGO TEMPORAL
Aquí estamos ante lo inmediato puro o de lo inmediato
con una reflexión simplemente cuantitativa. Aquí no hay conciencia infinita
del yo, de lo que es la desesperación, ni de la naturaleza desesperada del
estado en que uno se encuentra; aquí, desesperar es simplemente sufrir; se
soporta pasivamente una opresión exterior y la desesperación no viene de ningún
modo desde dentro, como una acción. En resumen, es por un abuso del lenguaje
inocente, por un juego de palabras, como cuando los niños juegan a los soldados,
que en el lenguaje de los espontáneo se emplean palabras como: el yo, la
desesperación.
El hombre de lo espontáneo (si verdaderamente la vida
ofrece tipos de inmediato a tal punto desprovistos de toda reflexión) no es,
para definirlo y definir su yo bajo el ángulo de bajo el ángulo de lo
espiritual, sino una cosa más, un detalle en la inmensidad de lo temporal, una
parte integrante del resto del mundo material; y ese hombre no posee en él más
que una falsa apariencia de eternidad. De este modo el yo, como integrando el
rasgo, puede empeñarse en desear, anhelar, gozar... y siempre resulta pasivo;
incluso si desea, ese yo sigue siendo un dativo, como cuando el niño dice: yo;
sin otra dialéctica que la de lo agradable y desagradable, ni otros conceptos
que los de felicidad, desgracia, fatalidad.
He aquí que entonces adviene, sobreviene (sobre-venir)
a ese yo irreflexivo alguna causa que le hace desesperar, algo imposible por
otra vía, no teniendo el yo ninguna reflexión en sí mismo. Desde fuera debe
llegarle la desesperación, la cual no es más que una pasividad. Lo que llena la
vida de ese hombre inmediato o, si hay en él una sombra de reflexión, la parte
de esa vida a la cual, ante todo, tiene en cuenta, se la quita de pronto «un
golpe de la suerte» y, para hablar en su lenguaje, helo aquí desgraciado, es
decir que semejante golpe rompe entonces en él lo inmediato, al cual ya no
puede retornar: desespera. O también, aunque es bastante raro en la vida, si
bien muy normal en el razonamiento, esa desesperación de lo inmediato resulta
de lo que ese hombre irreflexivo llama un exceso de felicidad; lo inmediato,
como tal, en efecto, es de una gran fragilidad y todo quid nimis, que pone a
prueba la reflexión, le lleva a la desesperación, por lo tanto, desesperado,
más bien, por un extraño espejismo y como instruido a fondo de su propio
sujeto, dice que desespera, pero la desesperación es perder la eternidad, y de
esta pérdida no dice nada, incluso ni piensa en ella. La pérdida de lo temporal
no es en sí desesperación y, sin embargo, habla de ella y la llama desesperar.
En un sentido, son verdaderos sus propósitos, pero no como él los entiende;
colocados al revés, también hay que entenderlos a la inversa; indica lo que
allí es desesperación, diciéndose a la vez desesperado y durante ese tiempo, en
efecto, la desesperación se produce detrás suyo, a su pesar. Como alguien que
da la espalda al Ayuntamiento y que lo señala delante suyo diciendo: allí,
enfrente, está el Ayuntamiento; el pobre hombre dice bien: está delante
suyo... pero si se da vuelta. En efecto, no está desesperado, ¡no!, aunque no
se engañe llamándose tal. Pero él se trata de desesperado, se considera como
muerto, como la sombra de sí mismo. Y no obstante no lo es, incluso digamos
que aún hay vida en ese cadáver. Si cambiara de pronto todo, todo ese mundo
exterior, y se realizara su deseo, se le verá refocilarse y de inmediato
recobrar el pelo de la bestia, y nuestro hombre recomenzará a correr. Pero la
espontaneidad no conoce otra manera de luchar, y sólo sabe bien una cosa:
desesperar y caer en desmayo... y, sin embargo, si existe algo que ella
ignora, es que es desesperación. Desespera y desmaya, luego permanece inmóvil
como muerto, habilidad como la de «hacer el muerto»; pues ella aseméjase a esos
animales inferiores, sin más armas ni defensas que la inmovilidad y la
simulación de la muerte.
Mientras tanto el tiempo pasa. Entonces, con alguna
ayuda exterior, el desesperado readquiere vida, vuelve a partir del punto en el
cual había aflojado, sin devenir ya un yo que no era ayer, y continúa viviendo
en la espontaneidad pura. Pero sin ayuda de fuera, muy a menudo la realidad
toma entonces un giro distinto. Un poco de vida retorna a pesar de todo a ese
cadáver, pero, como dice, «nunca más será él mismo». Ahora cree gustar algo de
la existencia, aprende a imitar a los otros y a sus maneras de vivir... y helo
aquí que vive como ellos. Y en la cristiandad es además un cristiano que los
domingos va al templo, escucha al pastor y lo comprende, pues son dos compadres;
y cuando muere, el otro, por diez rixdales, lo introduce en la eternidad. Pero
en cuanto a ser un yo, nunca lo ha sido, ni antes ni después.
Ésta es la desesperación de lo inmediato: no querer
ser uno mismo, o más bajo aún: no querer ser un yo o, forma la más ínfima de
todas: desear ser otro, desearse un nuevo yo. La espontaneidad, en el fondo,
no tiene ninguno y no conociéndose, ¿cómo podría reconocerse? De este modo su
aventura a menudo toma un giro burlesco. El hombre de lo inmediato,
desesperando, incluso no posee suficiente yo para desear o soñar haber sido al
menos aquel que no ha llegado a ser. Entonces se ayuda de otra manera, deseando
ser otro. Obsérvese, para convencerse, a las gentes de lo espontáneo: a la hora
de la desesperación, el primer deseo que les llega es haber sido o devenir
otro. En todo caso, ¿cómo no sonreír ante un desesperado de esta clase, cuya
misma desesperación, a la mirada de los hombres, permanece a pesar de todo
siendo bastante anodina? Generalmente ese hombre es de una comicidad sin
límites. Figúrese un yo (y nada es, después de Dios, más eterno que el yo), y
que ese yo se ponga a pensar en los medios de transtornarse en otro... distinto
a él mismo. Y ese desesperado, cuyo único deseo es esa metamorfosis, la más
descabellada de todas, de pronto está enamorado -sí, enamorado- de la ilusión
de que el cambio le sería tan fácil como cambiar de traje. Pues el hombre de lo
inmediato no se conoce a sí mismo; literalmente no se conoce más que por el
hábito, no reconoce un yo (y aquí se encuentra su comicidad infinita) más que a
su vida exterior. No podría hallarse un desprecio más ridículo; pues,
precisamente, es infinita la diferencia entre el yo y sus exteriores. Como toda
esta vida ha sido cambiada para el hombre de lo inmediato, y ha caído en la
desesperación, da un paso más, le acude la idea y le sonríe: ¡Toma! ¿Si me
convirtiera en otro? ¿Si me ofreciera un nuevo yo? Sí, ¿si deviniera otro?
¿Pero sabría reconocerse luego?
Cuéntase que un campesino, que llegara descalzo a la
ciudad, ganó en ella tantas monedas que pudo comprarse medias y botines,
quedándole aún bastante para emborracharse. La historia dice que entonces,
ebrio y con deseos de regresar, cayó en medio del camino y se durmió. Diose que
pasara un coche, y el cochero comenzó a gritarle que se moviera si no quería
que le rompiese las piernas. Entonces nuestro borracho se despertó; y mirando
sus piernas y no reconociéndolas, gritó: «Pasa cuando quieras; no son mías».
Así hace el hombre de lo inmediato que desespera: es imposible imaginarlo en la
realidad de otro modo que siendo cómico, pues a fe mía que ya es una especie de
malabarismo hablar en su jerga de un yo y de la desesperación.
Cuando se supone lo inmediato mezclado con alguna
reflexión sobre sí, la desesperación se modifica un poco; entonces el hombre un
poco más consciente de su yo, lo es también por
esto un poco más sobre lo que es desesperación y la
naturaleza de su propio estado; que hable de estar desesperado ya no es
absurdo: pero siempre es en el fondo desesperación-debilidad, un estado pasivo;
y su forma continúa siendo aquella en que el desesperado no quiere ser el
mismo.
El progreso, aquí, sobre el puro inmediato, es ya que
la desesperación no surge siempre de un choque, de un acontecimiento, sino que
puede ser debida a esa reflexión, a esa misma reflexión sobre sí, y que ya no
es entonces una simple sumisión pasiva a causas externas, sino, en cierta
medida, un esfuerzo personal, un acto. Es verdad que hay aquí un cierto grado
de reflexión interna y, por lo tanto, de retorno al yo; y este comienzo de
reflexión abre esa acción de retraimiento en que el yo se da cuenta de su
diferencia íntima con el resto del mundo exterior, comienzo que abre también la
influencia de esa elección sobre el yo. Pero esto no lo lleva muy lejos. Cuando
ese yo, con su bagaje de reflexión, trata de resumirse íntegramente, corre el
riesgo de tropezar con alguna dificultad en su estructura profunda, en su
necesidad. Pues ningún yo, a igual que cualquier cuerpo humano, no es perfecto.
Esta dificultad, cualquiera sea ella, le hace retroceder de espanto. O entonces
algún suceso marca una ruptura más profunda de su yo con lo inmediato de lo que
pudo hacerlo su reflexión o también su imaginación descubre un posible que, si
sobreviniera, rompería igualmente lo inmediato.
Entonces desespera. Su desesperación es la desesperación-debilidad,
sufrimiento pasivo del yo, contrario a la desesperación en la cual el yo se
afirma; pero gracias al pequeño bagaje de reflexión sobre sí, intenta -también
aquí diferente de lo espontáneo puro- defender su yo. Comprende qué trastorno
sería abandonarse a ella y no la hace una apoplejía como el hombre de lo
inmediato, pues su reflexión la ayuda a comprender que se puede perder mucho,
sin perder sin embargo su yo; hace concesiones e. incluso está en condiciones
de hacerlas, habiendo efectuado bastante bien la partida de su yo y de toda
exterioridades, y presintiendo vagamente que debe haber en el yo una porción de
eternidad. Pero inútilmente puede debatirse: la dificultad hallada exige una
ruptura con todo lo inmediato y para ello no posee bastante reflexión ética, no
tiene ninguna conciencia de un yo a adquirir por una abstracción infinita que
lo saque de toda exterioridad, de un yo abstracto y desnudo, contrario del yo
vestido de lo inmediato, primera forma del yo infinito y motor de ese proceso
sin fin, en el cual el yo asume infinitamente su yo real con sus cargos y
beneficios.
Por lo tanto desespera, y su desesperación consiste en
que no quiere ser él mismo. No porque se empecine en el ridículo de querer ser
otro; no rompe consigo mismo; sus relaciones recuerdan aquí los sentimientos
que habría tenido alguien por su domicilio (lo cómico está en que el vínculo
con el yo nunca es tan flojo como el de un hombre con su domicilio), si le disgustara
en su domicilio el humo o una cosa cualquiera; ese hombre lo deja pues, pero
sin abandonarlo, sin alquilar otro, persistiendo en considerarlo como suyo,
descontando que el
inconveniente pasará. De igual manera nuestro hombre
desespera. Mientras dura la dificultad, según la expresión literal, no se
atreve a retornar a sí mismo, no quiere ser él mismo; pues es cosa que sin duda
pasará, que quizá cambiará; ese sombrío posible dejará que se olvide.
Esperanzado, mientras tanto no lo hace, por así decir, más que raras visitas a
su yo, con el propósito de ver si no se ha producido un cambio. Y desde el momento
en que se produce, vuelve a instalarse en él; como dice: «se vuelve a encontrar»,
queriendo solamente decir que vuelve a asirse el punto en que aflojó; no tenía
más que una sospecha del yo; nada más ha ganado.
Pero si nada cambia, se arregla de otro modo. Da
completamente la espalda al camino interno que habría de tomar para ser
verdaderamente un yo. Toda cuestión del yo, de lo verdadero; es entonces como
una puerta vedada en lo más profundo de su alma. Sin nada detrás. Asume lo que
en su jerga se llama su yo, es decir que ha podido tocarle de dones, talentos,
etc... todo esto lo sume pero dirigido al exterior, hacia lo que se llama la
vida, la vida real, la vida activa; sólo tiene relaciones prudentes con la escasa
reflexión sobre él mismo que retiene, y teme que reaparezca lo que se ocultaba
en último plano. Lentamente logra entonces olvidarlo; con el tiempo casi lo encuentra
ridículo, sobre todo cuando se halla en buena sociedad, con otras gentes de
acción y de valor, poseyendo el gusto y el entendimiento con la realidad.
¡Encantador! Helo aquí como en las novelas felices, casado ya desde hace varios
años, hombre activo, de empresa, padre de familia y ciudadano, incluso quizá
gran hombre; en su casa, hablando de él, sus criados le prestan un yo: «El
señor mismo»; es un notable; su apostura sabe dar todo lo debido a las
personas, sin olvidar lo correspondiente a su propia persona; a juzgar por ese
debido, no cabe duda de que es una persona. Y en la cristiandad es un cristiano
(de igual modo como sería pagano en el paganismo y holandés en Holanda) que
forma parte de los cristianos bien educados. El problema de la inmortalidad a
menudo le ha ocupado y más de una vez preguntó al pastor si realmente existe,
si realmente reconoceráse en ella; punto que bien puede interesarle muy
especialmente, puesto que no tiene yo.
¡Cómo describir de verdad esta clase de desesperación
sin un grano de sátira! Su comicidad está en que ha hablado de ella en pasado;
y lo terrible, en que después de haberla superado, como él cree, sea su estado
precisamente desesperación. Lo cómico infinito, en esta sapiencia práctica, tan
elogiada en el mundo, en todo ese sagrado kyrielle de buenos consejos y de
proverbios prudentes, todos esos «se verá», «uno se arreglará», «a pasar al
libro del olvido» etc., en un sentido ideal, es estupidez completa, que no
sabe dónde está el verdadero peligro ni en qué consiste. Pero también allí lo
terrible es esa estupidez ética.
La desesperación de lo temporal o de algo temporal es
el tipo más extendido de desesperación y sobre todo en su segunda forma, como
inmediato mezclado con un poco de reflexión sobre sí mismo. Cuanto más se
impregna la desesperación de reflexión, menos visible es aquí abajo, o menos se
encuentra. Tan cierto es esto, que la mayoría de los hombres no penetran muy a
fondo en su desesperación, lo que no prueba que no la tengan. ¡Muy raros son
aquellos cuya vida, y aún débilmente, tenga un destino espiritual! ¡Cuántos
procuran lograrlo y entre estos últimos, cuántos no abandonan el empeño! No
habiéndolo aprendido, ni por temor ni por imperativo, todo lo demás les es
indiferente, infinitamente indiferente. Por esto no se empeñan mucho en
preocuparse por sus almas y querer ser espíritu -una contradicción a sus ojos,
que el espejo del medio les devuelve aún más ruidosa-, ya sea ello para el
mundo una pérdida de tiempo pérdida inexcusable que tendrían que penar las
leyes o al menos un acto que hay que marcar con el desprecio o el sarcasmo,
como una traición a la humanidad, como un absurdo desafío llenando el tiempo
con una vaciedad loca. Entonces llega una hora en sus vidas, y -¡ay!- es la
mejor, en que a pesar de todo penetran en una orientación interior. Pero apenas
encuentran los primeros obstáculos, vuelven atrás, pareciéndoles el camino una
vía que conduce a un desierto desolado... un rings umher liegt schone grüne
wiede.[3] Se
vuelven pues, y rápidamente olvidan ese tiempo, que fue su mejor tiempo -¡ay!-
y lo olvidan, como se hace con una niñería. Además son cristianos,
tranquilizados por los pastores en la cuestión de la salvación. Como se sabe,
esa desesperación es la más corriente, incluso tan común que, por sí misma,
explica la idea que anda por las calles de que la desesperación es
exclusivamente un gaje de los jóvenes y no debería hallarse en el hombre maduro,
llegado a la cima de la vida. Es esta una opinión desesperada, que se
descarría o, más bien, que se engaña, sin ver -sí, sin ver, cosa peor, pues
aquello que no se ve es sin embargo lo mejor que casi puede decirse de los
hombres, visto que más a menudo es peor lo que sucede- que la mayoría de ellos,
mirándolos a fondo, no superan en toda su vida su estado infantil y juvenil:
la vida inmediata, teñida de una ligera dosis de reflexión sobre sí mismo. No,
la desesperación no es verdaderamente algo que sólo se encuentra en los
jóvenes y que no nos abandona al crecer, «como la ilusión que agrandándose se
pierde». Pues es esto lo que hace, incluso con la tontería de creerlo. Por el
contrario ¡cuántos, hombres, mujeres y viejos aparecen llenos de ilusiones
pueriles como cualquier jovenzuelo! En efecto, se omite las dos formas de la
ilusión, la de la esperanza y la del recuerdo. Los jóvenes tienen la primera,
los viejos la segunda; pero también los últimos son presa de ella por el hecho
de que se hace sobre la misma una idea muy particular: de que no tiene más que
la forma de la esperanza. Naturalmente no es ésta la que los atormenta, sino es
otra, en revancha bastante divertida: desde un punto de vista expuestamente
superior y desilusionado, su desprecio por la ilusión de los jóvenes. La
juventud vive en la ilusión, esperando de la vida y de ella misma lo
extraordinario; por el contrario, en los viejos la ilusión redúcese a menudo a
su manera de recordar la juventud. Una anciana, que por su edad debería estar
libre de ello, con frecuencia húndese tanto como una joven en las ilusiones
más imaginarias, cuando en el recuerdo se figura sus años de joven, cuán feliz
era entonces, cuán linda era, etc... Ese fuimus tan frecuente en sus labios de
vieja equivale a la ilusión de los jóvenes dirigida hacia el futuro; en una y
otros: mentira o poesía.
Pero un error, de muy distinta manera desesperado,
consiste en creer que la desesperación es únicamente gaje de los jóvenes. Y de
modo general -además que es desconocer la naturaleza del espíritu y desconocer
asimismo que el hombre no es más que una simple criatura animal... aunque
también un espíritu-, qué estupidez pensar que la fe y la sabiduría pueden venirnos
también despreocupadamente, sin más, con los años, a igual que los dientes, la
barba y el resto. No adonde lleguen fatalmente los hombres y sea lo que fuere
lo que les advenga, una sola cosa escapa a la fatalidad: la fe y la sabiduría.
Pues nunca, si se trata del espíritu, la simple fatalidad aporta algo al
hombre, pues el espíritu, precisamente, no tiene otro enemigo más hostil que
ella; pero perder, por el contrario, nada es más fácil con los años. Con ellos
huye, quizá sin más, lo poco de pasiones, sentimientos e imaginación, lo poco
de interioridad que se tenía, y sin más (pues tales cosas suceden sin más),
colócase uno bajo las banderas de la trivialidad, que cree comprender la vida.
Este estado de mejoramiento, debido claro está a los años, el hombre lo
considera ahora como un bien en su desesperación y asegúrase sin pena (y en un
sentido, pero satírico, nada más seguro) que nunca más tendrá la idea de desesperar.
¡No! Él se lo garantiza, estando en esa desesperación que es el vacío
espiritual. En efecto, ¿Sócrates habría amado a los jóvenes si no hubiese
conocido al hombre?
Y si no siempre sucede que un hombre con el tiempo cae
en la más trivial desesperación, ¿acaso significa esto que desesperar sólo está
reservado a los jóvenes? El hombre que verdaderamente progresa con la edad,
que madura la conciencia profunda de su yo, quizá pueda alcanzar una forma
superior de desesperación. Y si no hace a lo largo de la vida más que progresos
mediocres, no hundiéndose a la vez en la pura y simple trivialidad: si, por así
decir, sobrevive un joven en el hombre, en el padre y en el anciano; si
conserva siempre un poco de las promesas de la juventud, siempre correrá el
riego de desesperar, como un joven, de lo temporal o de algo temporal.
La diferencia, si es que existe alguna, entre la
desesperación de un hombre de edad como él y la de un joven, no es más que
secundaria, puramente accidental. El joven desespera del porvenir como de un
presente in futuro; hay algo en el porvenir con lo cual no quiere cargarse y
con que él no quiere ser el mismo. El hombre de edad desespera del pasado, pues
su desesperación no llega hasta el olvido total. Este hecho pasado es quizás
incluso algo cuyo arrepentimiento, ante todo habría que haber desesperado, fructuosamente
desesperado hasta el fin, y la vida espiritual podría entonces surgir de las
profundidades. Pero nuestro desesperado no se atreve a dejar que las esas vayan
hasta semejante decisión. Y permanece allí, pasa el tiempo, a menos que no
logre, más desesperado todavía, a fuerza de olvido, cicatrizar el mal,
convirtiéndose de este modo en su propio encubridor, en lugar de un penitente.
Pero sea hombre de edad o joven, la desesperación es la misma: no se llega a
una metamorfosis de lo que hay de eternidad en el yo, haciendo posible esta
lucha exterior a la conciencia, que intensifica la desesperación hasta una
forma aún más elevada, o que conduce a la fe.
¿No existe pues una diferencia esencial entre esos dos
términos empleados hasta aquí como idénticos: la desesperación de lo temporal
(indicando la totalidad) y la desesperación de
algo temporal (¿indicando un hecho aislado?) Pues sí.
Desde el momento en que el yo, con una pasión infinita en la imaginación
desespera de algo temporal, la pasión infinita realza ese detalle, ese algo,
hasta recubrir lo temporal in toto, es decir que la idea de totalidad está en
el desesperado y depende de él. Lo temporal (como tal) es precisamente lo que
se desmorona en el hecho particular. En la realidad es imposible perder todo lo
temporal o quedar privado de él, pues la totalidad es un concepto. Por lo
tanto, el yo desarrolla ante todo la pérdida real hasta el infinito, y luego
desespera de lo temporal in toto, Pero desde el momento en que se quiere
investir de todo su valor a esta diferencia (entre desesperar de todo lo
temporal y desesperar de algo temporal), se hace hacer al mismo tiempo un
progreso capital a la conciencia del yo, Esta fórmula de la desesperación de
lo temporal deviene entonces una primera expresión dialéctica de la siguiente
fórmula de la desesperación.
2º DESESPERACIÓN EN CUANTO A LO ETERNO O DE Si MISMO
Desesperar de lo temporal o de algo temporal, si
verdaderamente es desesperación, resulta en el fondo lo mismo que desesperar
en cuanto a lo eterno y de sí mismo, fórmula de toda desesperación.[4] Pero
el desesperado, que se ha descrito, no sospecha en suma lo que sucede a su
espalda; creyendo desesperar de algo temporal, habla incesantemente de aquello
por lo que desespera, pero en realidad su desesperación refiérese a la
eternidad; pues dando tanto valor a lo temporal o, más explícitamente, a algo
temporal, o dilatándolo ante todo a la totalidad de lo temporal, y dando luego
a esta totalidad tanto valor, es como entonces desespera en cuanto a la
eternidad.
Esta última desesperación es un progreso considerable.
Si la otra era desesperación-debilidad, aquí el hombre desespera de su
debilidad, pero su desesperación aún tiene desesperación-debilidad, como
diferente de la desesperación-desafío. Por lo tanto, diferencia sólo relativa;
la forma precedente no superaba la conciencia de la debilidad, mientras que
aquí la conciencia va más lejos y se condensa en una nueva conciencia, la de
su debilidad. El desesperado ve por sí mismo su debilidad de tomar tan a pecho
lo temporal, su debilidad de desesperar. Pero en lugar de dirigirse entonces
francamente de la desesperación a la fe, humillándose ante Dios bajo esa
debilidad, se hunde en la desesperación y desespera de ella. Por eso cambia su
punto de vista: siempre más consciente de su desesperación, sabe ahora que
desespera en cuanto a lo eterno, que desespera de sí mismo, de su debilidad de
hacerle tanto caso a lo temporal, lo que para su desesperación equivale a la
pérdida de la eternidad y de su yo.
Aquí hay progreso. Primero en la conciencia del yo;
pues es imposible desesperar en cuanto a lo eterno sin una idea del yo, sin la
idea que hay o ha habido eternidad en él. Y para desesperar de sí mismo,
también es necesario que se tenga conciencia de poseer un yo; y, sin embargo,
es de ello que el hombre desespera no de lo temporal o de algo temporal, sino
de él mismo. Además aquí hay más conciencia de lo que es la desesperación, que
no es en efecto otra cosa que la pérdida de la eternidad y de sí mismo.
Naturalmente el hombre también tiene más conciencia de la naturaleza
desesperada de su estado. Al presente, la desesperación no es sólo un mal
pasivo, sino una acción. En efecto, cuando el hombre pierde lo temporal y
desespera, la desesperación parece llegar de afuera, aunque viviendo siempre
del yo; pero cuando el yo desespera de esa última desesperación, tal
desesperación viene del yo, como una reacción indirecta y directa y difiere por
esto de la desesperación-desafío, que brota del yo. Anotemos aquí, finalmente
otro progreso. Su mismo crecimiento de intensidad aproxima esta desesperación
en un sentido a la salud. Pues su profundidad misma la guarda del olvido; al no
cicatrizar, salvaguarda en todo instante una posibilidad de salvación.
Sin embargo, esa forma no se refiere menos a la de la
desesperación en la cual se quiere ser uno mismo. Como un padre que deshereda
a su hijo, el yo se niega a reconocerse después de tanta debilidad.
Desesperado, no puede olvidarla, en un sentido se aborrece, no queriendo
humillarse bajo su peso, como el creyente, para volverse a encontrar de este
modo; no, en su desesperación, ya no quiere oír hablar de sí mismo, no quiere
saber nada de sí mismo. Pero tampoco podría tratarse de una ayuda del olvido;
tampoco, gracias al olvido, podría deslizarse al clan a-espiritual y vivir
entonces en hombre y cristiano común; no, para esto, el yo es demasiado yo.
Como a menudo sucede con el padre que deshereda a su hijo y que nada ha
adelantado con ese gesto exterior, no habiéndose desembarazado, con el de su
hijo, al menos no habiendo liberado de él a su pensamiento; pero aun más a
menudo como un amante que maldice al hombre que ella odia (y que es su amigo),
pero a quien el maldecir no ayuda nada y más bien la encadenaría; así le sucede
a nuestro desesperado frente a su yo.
Esa desesperación, en un grado más profunda que la precedente,
es de las que con menos frecuencia se encuentran en el mundo. Esa puerta vedada
detrás de la cual no había más que la nada, es aquí una verdadera puerta, pero
además con cerrojos, y detrás de ella el yo, como pendiente de sí mismo, se
ocupa y engaña el tiempo negándose a ser él mismo, aunque siéndolo bastante
para amarse. Esto es lo que se llama el hermetismo, del cual nos ocuparemos
ahora, ese contrario de lo espontáneo puro, al cual desprecia por su debilidad
intelectual.
¿Pero existe en la realidad un yo semejante? No ha
huido al desierto, el convento o el manicomio? ¿Es un ser viviente vestido
como los demás, o que se oculta como ellos bajo el manto de todos los días?
¡Voto a ...! ¿Y por qué no? Sólo que en los secretos de su yo nadie está
iniciado, incluso ni un alma, pues no siente la necesidad de que tal cosa
suceda, o sabe rechazarla. Pero escuchadle más bien a él mismo: «Únicamente los
espontáneos puros -aquellos que por el espíritu se encuentran casi en el mismo
punto que los pequeñuelos, quienes con amable despreocupación no saben retener
nada en el cuerpo-,únicamente los espontáneos puros no saben ocultar nada. Es
esa espontaneidad, que tan a menudo se pretende "verdad, naturalidad,
sinceridad, franqueza sin ambajes", la que es casi tan verdadera como
sería mentira en el adulto no contenerse cuando el cuerpo experimenta una
necesidad natural». Todo yo, por poca reflexión que tenga, posee sin embargo la
idea de dominarse. Y nuestro desesperado tiene el suficiente hermetismo para
mantener a raya a los importunos, es decir a todo el mundo, de los secretos de
su yo, sin perder por ello el aire de «un viviente». Es un hombre culto,
casado, padre de familia, un funcionario de carrera, un padre respetable, de
trato agradable, muy tierno con su mujer, la solicitud misma con respecto a sus
hijos. ¿Y cristiano también? Pues sí, a su manera, aunque prefiere no decir
una palabra al respecto, si bien dejó con benevolencia y cierta alegría
melancólica que su mujer, para edificarse, se ocupe de religión. El templo no
lo ve muy a menudo y la mayoría de los pastores le parecen personas que no
saben a fondo de qué hablan. Salvo uno, confiesa, qué sabe de que habla; pero
otra razón no le permite ir a oírle, el temor de que no lo arrastre demasiado
lejos. Por el contrario, muy a menudo le domina una necesidad de soledad, tan
vital para él, a veces como respirar, o a veces, de dormir. Que tenga esa necesidad
vital con más fuerza que el común de las gentes, es en el otro signo de una naturaleza
más profunda. La necesidad de soledad prueba siempre en nosotros la
espiritualidad y sirve para medirla. «Ese pueblo descabellado de hombres que no
lo son, ese ganado de inseparables» siente tan poco semejante necesidad que,
como cotorras, mueren cuando están solos; como el niñito que no se duerme si no
se le canturrea, necesitan el gorjeo tranquilizador de la sociabilidad para
comer, beber, dormir, rogar y sentirse enamorados, etc- Pero ni la antigüedad
ni la Edad Media descuidaban esa necesidad de soledad, se respetaba lo que
expresa. Nuestra época, con su sempiterna sociabilidad, tiembla tanto delante
de la soledad, que no sabe (¡qué epigrama!) servirse de ella más que contra los
criminales. Es cierto que, en nuestros días, es un crimen entregarse al
espíritu y, por lo tanto, nada es más regular si nuestras gentes, amantes de la
soledad, se clasifican entre los criminales.
Ocupado de la relación de su yo consigo mismo, el
desesperado hermético empéñase en vivir entonces horis successivis, horas que
tienen algo que ver con la eternidad, aunque no vividas para ella; en el fondo
no avanza. Pero pasadas esas horas, y calmada su necesidad de soledad, es como
si saliese... incluso cuando entra para encontrar mujer e hijos. Lo que hace
de él un marido tan tierno, un padre tan solícito es, además de su fondo
bonachón y su sentido del deber, esa confesión que en lo más profundo de sí
mismo él se ha hecho sobre su debilidad.
Suponiendo que se logra sus confidencias y se le dice:
«¡Pero tu hermetismo es orgullo! ¡En el fondo estás orgulloso de ti mismo!»,
sin duda alguna no os lo confesará. Solo consigo mismo, reconocerá que acaso no
se esté equivocado; pero la pasión de su yo por penetrar su debilidad pronto le
daría la ilusión de que no puede ser eso orgullo, puesto que precisamente
desespera de su debilidad... como si no fuera orgullo atribuir ese peso enorme
a la debilidad, como si la voluntad de enorgullecerse de su yo no le evitara
soportar esa conciencia de su debilidad. Y si se le dijera: «He aquí una
extraña complicación, un extraño embrollo; pues todo el mal, en el fondo,
proviene de la manera con que se liga el pensamiento, pues si no nada sería más
normal para ti, precisamente, que el camino por donde pasar que, por la
desesperación del yo, te conduciría a tu yo. Lo que dices de la debilidad es
exacto, pero no debes desesperar por ella; hay que romper el yo para llegar a
ser uno mismo; deja pues de desesperar». Estas opiniones le harían confesar en
un minuto de tranquilidad, pero de nuevo la pasión desviaría pronto su mirada y
otro falso viraje le arrojaría en la desesperación.
Un desesperado semejante, como ya se ha dicho, no
corre por las calles. Pero si no permanece allí, moviéndose únicamente en el
mismo sitio, si no se produce en él, por otra parte, una revolución que le
lleve al buen camino de la fe, entonces, o su desesperación se condensará en
una forma superior, pero siempre hermética, o bien estallara arruinando el
disfraz exterior con el cual se envolvía su vida como con un incógnito. En ese
caso se le verá lanzarse en la existencia, quizás en la diversión de grandes empresas,
llegando a ser uno de esos espíritus inquietos cuya carrera -¡ay!- deja más de
una huella; en uno de esos espíritus siempre en procura de olvido y que, ante
el caos interior, quieren poderosos remedios, aunque de una especie distinta a
los de Ricardo III, huyendo de las maldiciones de su madre. O también buscará
el olvido en los sentidos, acaso en el libertinaje, para retornar en su
desesperación a lo espontáneo, pero siempre con la conciencia del yo que no
quiere ser. En el
primer
caso, cuando la desesperación se condensa, se dirige al desafío, y entonces se
ve bien qué suma de mentira ocultaban sus quejas de debilidad y que verdad
dialéctica es pretender que el desafío se expresa siempre en primer término por
la desesperación de ser débil.
Pero dirijamos una última mirada al fondo de ese
taciturno que no hace más que agitarse en su taciturnidad. Si la mantiene
intacta, omnibus numeris absoluta, el suicidio es su primer riesgo. El común de
los hombres no tiene naturalmente la menor sospecha de lo que puede hacer
sufrir semejante hermetismo; quedaríanse estupefactos si lo supiesen. Tan
cierto es que corre el riesgo, ante todo, del suicidio. Que hable a alguien,
por el contrario, que se abra a uno solo y entonces se dará en él tal alivio,
una pacificación tal, que él suicidio dejará de ser la salida del hermetismo.
Ya un confidente, uno solo, basta para rebajar en un tono el hermetismo
absoluto. Entonces el suicidio presenta posibilidades de ser evitado. Pero la
confidencia misma puede dar lugar a la desesperación, pues el hermético entonces
encuentra que hubiese sido infinitamente mejor soportar el dolor de callarse,
antes que darse un confidente. Hay ejemplos de herméticos llevados precisamente
a la desesperación por haber tenido un confidente. Entonces el suicidio puede
darse a pesar de todo. Un poeta podría también disponer la catástrofe de manera
de hacer matar al confidente por el héroe (suponiendo poetice a este último rey
o emperador). Podría imaginarse un déspota demoníaco con esa necesidad de
abrirse a alguien de sus tormentos y que empleara por turno a un grupo de
confidentes, siendo una muerte segura llegar a serlo: la confidencia termina,
se los mataría. Tema para un poeta describir, en esta forma, esa contradicción
dolorosa de un demoníaco, a la vez incapaz de pasarse sin confidente y de soportar
a uno.
2) De la
desesperación en la cual se quiere ser uno mismo o desesperación-desafío
Como se ha demostrado que se podía calificar de
femenina a la desesperación-debilidad (1), también se puede tratar a ésta de
masculina. Por tal motivo, en relación a la precedente, aún es también
desesperación, vista bajo el ángulo del espíritu. Pero la virilidad,
precisamente, es también del resorte del espíritu, al contrario de la
femineidad, síntesis interior.
La desesperación descrita en el párrafo (1, 2º) era
desesperación por ser débil, en la cual el desesperado no quiere ser él mismo.
Pero sólo en un grado dialéctico más, si ese desesperado sabe finalmente por
qué no quiere serlo, entonces todo se trastrueca y tenemos el desafío,
precisamente porque, desesperado, quiere ser él mismo.
En primer término viene la desesperación de lo
temporal o de algo temporal; luego la desesperación de sí mismo en cuanto a la
eternidad. Después llega el desafío que, en el fondo, es desesperación gracias
a la eternidad, y en la cuál el desesperado abusa desesperadamente de la
eternidad inherente al yo para ser él mismo. Pero precisamente porque se ayuda
con la eternidad, es que esa desesperación se aproxima tanto a la verdad suya a
causa de que está tan próximo a ella, el desesperado va infinitamente lejos.
Esa desesperación, que conduce a la fe, no existiría sin ayuda de la
eternidad; gracias a ella, el yo encuentra el coraje de perderse para volver a
encontrarse; aquí, por el contrario, se niega a comenzar por perderse, pero
quiere ser él mismo.
En esta forma de desesperación, se tiene de más en más
conciencia de su yo y, por lo tanto, de más en más sobre lo que es la
desesperación y de la naturaleza desesperada del estado en que uno se
encuentra; aquí la desesperación tiene conciencia de ser un acto y no llega de
afuera como un sufrimiento pasivo; bajo la presión del ambiente, sino que surge
directamente del yo. Y así, en relación a la desesperación por ser débil, ese
desafío es verdaderamente una calificación nueva.
La desesperación en la cual se quiere ser uno mismo
exige la conciencia de un yo infinito, que en el fondo no es más que la forma
más abstracta del yo, la más abstracta de sus posibles. Es ese el yo que el
desesperado quiere ser, desprendiéndolo de toda relación con un poder que lo ha
planteado, arrancándolo a la idea de la existencia de un poder semejante. Con
ayuda de esa forma infinita, el yo quiere desesperadamente disponer de sí mismo
o, creador de sí mismo, hacer de su yo el yo que él quiere devenir, elegir lo
que admitirá o no en su yo concreto. Pues éste no es una concreción cualquiera,
es la suya, y ella comporta, en efecto, necesidad, límites, es un determinado
preciso, particular, con sus cualidades, sus recursos, etc., surgido de hechos
concretos, etc. Pero con ayuda de la forma infinita que es el yo negativo,
primero el hombre se empecina en transformar ese todo para lograr así un yo a
su gusto, producido gracias a esa forma infinita del yo negativo... después de
lo cual quiere ser él mismo. Es decir, que desea empezar un poco antes que los
demás hombres, no por el principio, ni con él, sino al «comienzo»; y negándose
a endosar su yo, a ver su tarea en ese yo que le ha tocado en suerte, quiere
mediante la forma infinita que se encarniza en ser, construir él mismo su yo.
Si fuese necesaria una etiqueta general para esta
desesperación, podríase llamarla estoica, sin pensar únicamente en la secta. Y
para mayor claridad aún, podríase distinguir un yo activo y un yo pasivo, y se
vería cómo el primero se relaciona a sí mismo y cómo el segundo, en su
sufrimiento pasivo, se refiere también a sí mismo: la fórmula, por lo tanto,
continúa siendo siempre la de la desesperación en la cual se quiere ser uno
mismo.
Si el yo desesperado es un yo activo, su relación
consigo mismo no es en el fondo más que experimental, por grande y asombroso
que sea lo que emprenda y por tenaz que sea. No reconociendo a ningún poder por
encima de él, carece interiormente de seriedad, o no puede fabricar por obra
de magia más que una apariencia, cuando él mismo pone en sus experiencias
todos sus más ambiciosas preocupaciones. Esto no es más que una seriedad
fraudulenta: como el fuego robado por Prometeo a los dioses... aquí se roba a Dios
el pensamiento que nos observa, y en ello está la seriedad; pero el desesperado
no hace más que mirarse, pretendiendo conferir de este modo a sus empresas un
interés y un sentido infinitos, en tanto que no es más que un hacedor de
experiencias. Pues sin llevar su desesperación hasta erigirse
experimentalmente en Dios, ningún yo derivado puede, mirándose, prestarse más
,de lo que posee; en última instancia, allí no hay nunca más que el yo, incluso
multiplicándolo, el yo ni más ni menos. En este sentido, en su desesperado
esfuerzo por ser él mismo, el yo se hunde en su contrario, hasta terminar por
no ser más un yo. En toda la dialéctica que encuadra su acción no hay ningún
punto fijo; lo que es el yo, en ningún momento permanece constante, de una
eterna constancia. El poder que ejerce su forma negativa desliga tanto como
liga; cuando quiere, puede volver a partir del principio y cualquiera que sea
la consecuencia que ponga en perseguir un pensamiento, su acción siempre
continúa siendo una hipótesis. Lejos de lograr ser cada vez más él mismo, por
el contrario se revela de más en más un yo hipotético. En él el yo es amo, como
se dice, absolutamente el amo, y la desesperación es eso, pero al mismo tiempo
también lo que él. considera su satisfacción, su gozo. Pero un segundo examen
os convence sin esfuerzo que ese príncipe absoluto es un monarca sin reino,
quien, en el fondo, no gobierna nada; su situación, su soberanía está sometida
a esta dialéctica: que en todo instante es legítimo el motín. Al fin de cuentas,
en efecto, todo depende de la arbitrariedad del yo.
El hombre desesperado, pues, no hace más que construir
castillos en el aire y tomárselas siempre con molinos de viento.
¡Hermoso brillo el de todas esas virtudes de hacedor
de experiencias! Encantan un momento como un poeta de Oriente; tanto dominio
de sí, esa firmeza de roca, toda esa ataraxia, etc., confinan con la fábula. Y
es fábula de verdad, sin nada detrás. En su desesperación, el yo quiere agotar
el placer de crear él mismo, de desarrollarse por sí mismo, de existir por sí
mismo, reclamando el honor del poema, de una trama tan magistral, en resumen,
por haberse sabido comprender tan bien. Pero lo que entiende por esto, en el
fondo, permanece siendo un enigma; en el instante mismo en que cree terminar el
edificio, todo puede desvanecerse, arbitrariamente, en la nada.
Si el yo que desespera es pasivo, la desesperación
continúa siendo sin embargo aquella en la cual se quiere ser uno mismo. Acaso
un yo experimentador como el que se ha descrito, queriendo orientarse de
antemano en su yo concreta, choca con alguna dificultad, con algo que los
cristianos llamarían una cruz, un mal fundamental, cualquiera que sea, por otra
parte. El yo, que niega los datos concretos inmediatos del yo, quizá comenzará
por tratar de arrojar ese mal por la borda, de simular que no existe, y no querrá
saber nada de el. Pero fracasa, su habilidad en las experiencias no llega hasta
ello, ni incluso su destreza de abstractor; como Prometeo, el yo negativo
infinito se siente clavado a esa servidumbre interna. Por lo tanto, tenemos
aquí un yo pasivo. ¿Cómo se revela entonces la desesperación en la cual se
quiere ser uno mismo?
Recordemos: en esa forma de la desesperación, descrita
anteriormente, que es la desesperación de lo temporal o de algo temporal, se ha
demostrado que en el fondo es y se revela también desesperación en cuanto a la
eternidad; es decir, que no se desea ser consolado ni curado por la eternidad,
que se da tanto precio a lo temporal, que la eternidad no puede ser ningún
consuelo. ¿Pero no es otra forma de la desesperación negarse a esperar como
posible que una miseria temporal, una cruz de aquí abajo pueda sernos quitada?
Es lo que niega ese desesperado que, en su esperanza, quiere ser él mismo. Pero
si está convencido que esa espina en la carne (exista verdaderamente o su
pasión lo persuada de su existencia) penetra demasiado profundamente para que
él pueda eliminarla por abstracción,[5]
entonces desearía hacerla eternamente suya. Se transforma para él en un motivo
de escándalo o, más bien, le da la oportunidad de hacer de toda la existencia
un motivo de escándalo; entonces, por desafío, quiere ser él mismo, no a pesar
de ella, ser él mismo sin ella (lo que sería eliminarla por abstracción, cosa
que no puede, u orientarse hacia la resignación). ¡No! Quiere, a despecho de
ella, incluirla y sacar como insolencia de su tormento. Pues suponer una
posibilidad de socorro, sobre todo por medio de ese absurdo de que a Dios todo
le es posible, eso no. ¡No!, ¡no!, no lo quiere. Por nada en el mundo buscaría
en otro, deseando más -incluso con todos los tormentos del infierno ser él
mismo que clamar socorro.
¿Y, verdaderamente, es tan cierto decir «que es lógico
que el hombre que sufre, no pida nada mejor de que se lo ayude, siempre que
alguien lo pueda? ...» Muy distinta es la realidad, aunque la repugnancia por
pedir socorro no siempre tenga un acento tan desesperado. He aquí como es.
Generalmente el hombre que sufre no pide nada mejor que una ayuda, pero de tal
o cual forma. Si la ayuda es de la forma que él desea, la aceptará de buen
grado. Pero en un sentido de muy otra gravedad, cuando se trata de un socorro
superior, de un socorro de lo alto... de esa humillación de tener que aceptar
sin condiciones de no importa cómo, de ser como una nada en la mano del
«Socorredor» a quien todo es posible, o incluso sino se trata más que de la
obligación de plegarse ante y, en tanto que se solicita socorro, de renunciar a
ser uno mismo. ¡Ah!, ¡cuántos sufrimientos entonces, incluso largos,
tormentosos, que sin embargo el yo no halla tan intolerables y que, en
consecuencia, prefiere, con la reserva de seguir siendo él mismo!
Pero cuando más conciencia hay en ese yo pasivo que
sufre y desesperadamente quiere ser él mismo, más también la desesperación se
condensa y se hace demoníaca, cuyo origen en éste a menudo: un desesperado, que
quiere ser él mismo, soporta de mal grado cualquier estado penoso penoso o
inseparable de su yo concreto. Con toda su pasión se arroja entonces sobre ese
mismo tormento, que termina por convertirse en una rabia demoníaca. Y si ahora
fuera posible que Dios y todos los ángeles del cielo le ofrecieran liberarlo,
rechazaría la oferta: ¡demasiado tarde! Antaño habría dado alegremente todo
para ser liberado, pero se le ha hecho esperar y ahora es demasiado tarde y
prefiere rabiar contra todo, ser la injusta víctima de los hombres y de la
vida, seguir siendo aquel que vela precisamente para guardar con celo su
tormento, para que no se lo quiten. Pues sino, ¿cómo probar su derecho y
convencerse de él uno mismo? Esta idea fija le crece de tal modo en la cabeza,
que al fin una razón muy distinta le hace temer la eternidad, temer de que ella
no le quite aquello que él considera demoníacamente su superioridad infinita
sobre el resto de los hombres y su justificación para ser quien es. Quiere ser
él mismo; primero ha formado una abstracción infinita de su yo, pero helo aquí
convertido al f n en algo tan concreto que le sería imposible ser eterno en ese
sentido abstracto, mientras que su desesperación se obstina en ser él mismo.
¡Oh demencia demoniaca! Su rabia, ante todo, es pensar que la eternidad podría
privarlo de su miseria.
Esta especie de desesperación no corre por las calles;
héroes de su índole no se encuentran, en el fondo, más que entre los poetas,
entre los más grandes, que confieren siempre a sus creaciones esa idealidad
«demoníaca», en el sentido en que la entendían los griegos. Empero esa
desesperación se ve también en la vida. ¿Pero qué exterior le corresponde
entonces? A decir verdad no lo tiene, visto que un exterior correspondiente,
que convenga al hermetismo, es una contradicción en los términos; Su correspondencia
sería una revelación. Pero el signo exterior aquí es perfectamente igual, aquí
donde el hermetismo, es decir una interioridad cuyo secreto se ha embrollado,
es ante todo la cosa a salvaguardar. Las formas más inferiores de la
desesperación, sin interioridad real ni nada, en todo caso, deberíanse
describir limitándose a presentar o indicar con una palabra los signos
exteriores de los individuos. Pero cuanto más se espiritualiza la
desesperación, más se aísla la interioridad como un mundo incluido en el hermetismo,
más indiferentes se hacen los exteriores, bajo los cuales se oculta la desesperación.
Pero sucede que a medida que se espiritualiza, más procura hacerse de un tacto
demoníaco, ocultarse en el hermetismo y, por consiguiente, revestirse de
apariencias de cualquier índole, tan insignificantes y neutras como sea
posible. Como el duende del cuento que se eclipsa por una rendija invisible,
cuanto más espiritualizado, más trata de alojarse bajo una apariencia donde,
naturalmente, nadie pensaría en buscarlo. Esta misma disimulación tiene alguna
espiritualidad y es un medio, entre otros, de asegurarse en suma un encierro detrás
de la realidad, un mundo exclusivamente para sí, un mundo donde el yo
desesperado, sin tregua como Tántalo, procura ser él.
Hemos comenzado por la forma más inferior de la desesperación,
aquella en la cual no se quiere ser uno mismo. Pero aquella en que se quiere
serlo, la más condensada de todas, es la desesperación demoníaca. Y en ésta,
incluso ni es por manía estoica de sí mismo o autoidolatría que el yo quiere
ser él mismo; no es como aquí por una mentira ciertamente, sino en un cierto
sentido para lograr su perfección; no, quiere por odio a la existencia y según
su miseria; y ese yo, incluso no es por rebeldía o desafío que se empecinan en
ello, sino para comprometer a Dios; no quiere por rebeldía arrancarla al poder
que la creó, sino imponérsela, atarlo a ella por fuerza, doblarlo contra ella
satánicamente... y es comprensible, ¡una objeción verdaderamente malvada siempre
se dobla contra aquello que la suscita! Por su rebelión misma contra la existencia,
el desesperado se enorgullece de tener en la mano una prueba contra ella y
contra su bondad. Cree que él mismo es esa prueba y como quiere serla, quiere
pues ser él mismo, sí, ¡con su tormento!, para protestar toda la vida por medio
de ese tormento mismo. En tanto que la desesperación-debilidad se oculta al
consuelo que tuviera para ella la eternidad, nuestro desesperado demoníaco nada
quiere saber tampoco de ella, pero por otra razón: ese consuelo le perdería,
arruinaría la objeción general de que está contra la existencia. Para dar la
cosa mediante la imagen, suponed una concha que escapara a su autor, una concha
dotada de conciencia -que quizás en el fondo ni sería una, sino, tomando las
cosas desde muy alto, un elemento integrante de un conjunto- y que entonces, en
rebeldía contra su autor, por odio, trate de que no la corrija y le lance en un
desafío absurdo: ¡No! No me borrarás, permaneceré como un testigo contra ti,
como un testigo de que no eres más que un ruin autor!
SEGUNDA PARTE
DESESPERACIÓN Y PECADO
LIBRO CUARTO
LA DESESPERACIÓN ES EL PECADO
Se peca cuando, ante Dios o con la idea de Dios,
desesperado, no se quiere ser uno mismo, o se quiere serlo. El pecado es así
debilidad o desafío, llevados a la suprema potencia; el pecado es pues
condensación de desesperación. El acento recae aquí sobre estar ante Dios, o
tener la idea de Dios; lo que hace del pecado lo que los juristas llaman
«desesperación calificada»; su naturaleza dialéctica, ética, religiosa, es la
idea de Dios.
Aunque esta segunda parte no sea el lugar ni el
momento, sobre todo este Libro Cuarto, de una descripción psicológica, digamos
aquí sin embargo que los confines más dialécticos de la desesperación y el
pecado son lo que podría llamarse una existencia de poeta con orientación
religiosa, existencia no sin puntos comunes con la desesperación de la
resignación, pero sin que en ella falte la idea de Dios. Ateniéndose a las
categorías de la estética, es esa la más alta imagen de una vida de poeta. Pero
(no obstante toda estética), esa vida es siempre pecado para el cristiano,.el
pecado dé soñar en lugar de ser, de no tener más que una relación estética de
imaginación con el bien y la verdad, en lugar de una relación real, en lugar
del esfuerzo por crear una por su vida misma. La diferencia entre esa vida de
poeta y la desesperación, es la presencia en ella de la idea de Dios, su
conciencia de estar ante Dios; pero intensamente
dialéctica, es como un desorden impenetrable desde el
momento en que se pregunta si ella tiene oscuramente conciencia de ser pecado.
Una profunda necesidad religiosa puede hallarse en ese poeta y la idea de Dios
entrar conscientemente en su desesperación. En su secreto suplicio, Dios, a
quien ama por encima de todo, únicamente le consuela y sin embargo, ama ese
suplicio y no desearía renunciar a él. Estar ante Dios es su mayor deseo, salvo
en ese punto fijo en el cual sufre su yo; allí ese desesperado no quiere ser él
mismo; cuenta con la eternidad para quitárselo, pero aquí abajo, a pesar de
todo su sufrimiento, adoptarlo, humillarse bajo su peso, como hace el
creyente, él no puede resolverse a hacerlo. Empero su relación con Dios, su
única celeste alegría, no cesa; para él, el peor horror sería tener que
pasárselas sin ella, «entonces valdría más desesperar», permitiéndose en el
fondo, inconscientemente quizá, soñar con Dios de un modo un poco distinto de
lo que es, un poco más como un padre enternecido que cede demasiado al único
deseo de su hijo. Como el poeta nacido de un amor desgraciado canta el
bienaventurado la felicidad del amor, el nuestro igualmente se e el chantre del
sentimiento religioso. Su religiosidad búrlase de su desgracia; presiente,
adivina que la exigencia de Dios es que abandone ese tormento, que se humille a
su peso a imitación del creyente y que lo acepte como una parte de su yo, pues
al querer mantenerlo a distancia de sí mismo, lo retiene, aunque piense (verdad
al revés, como todo lo que dice un desesperado y por lo tanto inteligible
dándolo vuelta) que así se separará de ese tormento lo mejor posible,
abandonándolo tanto como puede hacerlo un hombre. Pero adoptarlo a igual que el
creyente... Es impotente para ello, es decir que, en suma, él se niega o, más
bien, su yo se pierde aquí en las tinieblas. Pero como las descripciones de
amor del poeta, la que él hace de la religión tiene un encanto, un vuelo lírico
que nunca alcanzan ni maridos, ni pastores. Pues lo que dice tampoco tiene
falsedad y, por el contrario, su pintura, su relato, son precisa mente lo
mejor de él mismo. Ama a la religión como amante desventurado, sin serlo en el
sentido estricto del creyente; de la fe no tiene más que el primer elemento, la
desesperación; y en esta desesperación, una ardiente nostalgia de la religión.
Su conflicto, en el rondo, es éste: ¿es él el llamado? ¿Es el signo de una
misión extraordinaria la espina en su carne y, si está destinado a ella, ha
llegado a serlo ante Dios regularmente? ¿O traduce la espina en la carne que él
debe humillarse a su peso para reingresar entre el común de los hombres? Pero
bastante hemos hablado de esto; no tengo el derecho de decir sin mentir: ¿a
quién hablo? Estas investigaciones psicológicas a la enésima potencia ¿a quién
preocupan? Todas las fantasías populares de los pastores dan menos dolor de
cabeza para comprenderlas, aprehenden la semejanza de las gentes para engañarse
con ella, pues, como en su mayoría las gentes, es decir en lo espiritual, es
nada.
Capítulo I
LAS GRADUACIONES DE LA CONCIENCIA DEL YO (LA
CALIFICACIÓN: ANTE DIOS)
La primera parte de este libro ha marcado
incesantemente una graduación de la conciencia del yo: en primer término el
hombre ignorante de su yo eterno (Libro III, cap. II, a), luego el hombre
consciente de un yo, en el cual hay sin embargo eternidad (Libro III, cap. II,
b) y en el interior de esas divisiones (1, 1º, 2, 2º) también se han destacado
graduaciones. Invirtamos ahora los términos dialéctivos de todo ese desenvolvimiento.
He aquí de qué se trata. Esta graduación de la conciencia, se ha visto hasta
aquí desde el ángulo del yo humano, del yo cuya medida es el hombre, como se
ha tratado. Pero ese mismo yo ante Dios, adquiere por este hecho, una cualidad
o una calificación nueva. No sólo es ya el yo humano, sino también lo que
llamaría -con la esperanza de no ser mal comprendido- el yo teológico, el yo
ante Dios. ¡Y que realidad infinita no adquiere entonces por la conciencia de
estar ante Dios, yo humano ahora a la medida de Dios! Un vaquero que no fuera
más que un yo ante sus vacas, no sería sino un yo bastante inferior; de igual
modo un soberano, yo ante sus esclavos, no es más que un yo inferior y en el
fondo ni es uno, pues en ambos casos falta la escala. El niño, que aún no ha tenido
más que a sus padres por medida, sería un yo cuando a la edad de hombre,
tuviera al Estado por medida; ¡pero qué acento infinito no da Dios al yo
transformándose en su medida! La medida del yo es siempre lo que el yo tiene
ante sí y esto es definir lo que es «la medida». Como nunca se suma más que
magnitudes del mismo orden, todo es así cualitativamente idéntico a su medida;
medida que es al mismo tiempo su regla ética; por lo tanto, medida y regla
expresan la cualidad de las cosas. No sucede sin embargo lo mismo en el mundo
de la libertad: aquí si no se es de cualidad idéntica su regla y medida, no
obstante, uno mismo es responsable de esta descalificación, de modo que la
regla y la medida -cuando llega el juicio-, que han permanecido siendo a pesar
de todo invariables, manifiestan lo que no somos: nuestra regla y nuestra
medida.
La antigua dogmática no se equivocaba -y ella ha
recurrido a eso más de una vez, en tanto que una escuela más reciente ha
encontrado en ello algo a cambiar, por no haberlo comprendido y no haber
captado su sentido-, la antigua dogmática no se equivocaba, digo, a pesar a
veces de sus errores de práctica, al creer que lo terrible del pecado consiste
en estar ante Dios. Así se probaba la eternidad de las penas del infierno. Más
tarde, siendo más hábil, se ha dicho: el pecado es el pecado; no es más grande por
ser cometido contra o ante Dios. ¡Singular argumento! Cuando incluso los
mismos juristas hablan de crímenes calificados, cuando se les ve diferenciar si
el crimen es contra un funcionario o un particular y hacer variar la pena si se
trata de un parricidio o de un asesinato común.
No, la vieja dogmática no se equivocaba al decir que
estar contra Dios elevaba el pecado a una potencia infinita. El error consistía
en considerar a Dios como de cierto modo exterior a nosotros, en admitir que no
se peca, por así decirlo, siempre contra él. Pues Dios no nos es nada exterior,
como por ejemplo un agente de policía. Insistamos en esto: el yo tiene la idea
de Dios, pero esto no le evita no querer lo que Dios quiere, ni de
desobedecerlo. Tampoco se peca ante Dios sólo algunas veces, pues todo pecado
es cometido ante Dios o, más bien, lo que hace de una falta humana un pecado,
es la conciencia que tiene el culpable de estar ante Dios.
La desesperación se condensa en proporción a la
conciencia del yo; pero el yo se condensa en proporción a su medida y, cuando
la medida es Dios, infinitamente. El yo aumenta con la idea de Dios, y
recíprocamente, la idea de Dios aumenta con el yo. Sólo la conciencia de estar
ante Dios hace de nuestro yo concreto, individual, un yo infinito; y es este yo
infinito, quien entonces peca ante Dios. También el egoísta pagano, pese a todo
lo que se pueda decir de él, estaba lejos de ser tan calificado como el egoísta
que se puede encontrar en un cristiano; pues el yo del pagano no estaba ante
Dios. El pagano y el hombre natural no tienen otra medida que el yo humano. Por
esto no se incurre en error quizá, desde un punto de vista superior, cuando se
dice que el paganismo yacía en el pecado, pero que en el fondo su pecado no era
más que la ignorancia desesperada de Dios, la ignorancia de estar ante Dios; en
el fondo, «de estar sin Dios en el mundo». Pero desde otro punto de vista se
puede negar el pecado (en sentido limitado) del pagano, puesto que no pecaba
delante de Dios; y todo pecado está ante Dios. Desde luego que también en un
sentido -lo que debía impecablemente, si así puedo decir, sacarlo a menudo de
apuros en la vida- es la ligereza misma de su pelagianismo la que lo salvaba;
pero entonces su pecado era otro y era esa ligereza misma. Por el contrario, y
no menos seguramente, una demasiado severa educación cristiana a menudo ha
debido lanzar a alguien al pecado, siendo toda la manera de ver del cristianismo
mismo demasiado grave para él, sobre todo en momentos anteriores de su vida;
pero, en cambio, esta idea más profunda del pecado ha podido ayudarle.
Se peca cuando, ante Dios, desesperado, no se quiere
ser uno mismo o se quiere serlo. ¿Pero esta definición, ventajosa quizá desde
otros puntos de vista (entre otros y sobre todo por su conformidad única con la
Escritura, que siempre define, en efecto, al pecado como desobediencia), no es
acaso demasiado de naturaleza espiritual? Ante todo, respondemos, una definición
del pecado nunca puede ser demasiado espiritual (a menos que no lo sea tanto
que lo suprima); pues precisamente el pecado es una categoría del espíritu. Y
luego: ¿por qué demasiado espiritual? ¿Por qué no habla de asesinato, robo,
fornicación, etc?... ¿Pero acaso no habla de todo ello? ¿No implica una
obstinación contra Dios, una desobediencia desafiando a sus mandamientos? Por
el contrario, a propósito del pecado, no hablar más que de estas especies de
faltas es olvidar fácilmente que hasta un cierto punto se puede en todo esto
estar en regla con los hombres, sin que la vida íntegra no sea menos pecado,
pecado que conocemos bien: nuestros vicios brillantes y nuestra obstinación,
cuando estúpida ignora o quiere, la desvergonzada, ignorar todo lo que nuestro
yo debe íntimamente de obediencia a Dios por todos sus deseos y pensamientos
más secretos, por su finura de oído para escuchar y su docilidad para seguir
los menores signos de Dios en sus propósitos para con nosotros. Los pecados de
la carne son la obstinación de las partes más bajas del yo; ¡pero cuántas veces
el Demonio no expulsa a un demonio específico, empeorando así nuestro estado!
Pues tal es la marcha del mundo: primero se peca por fragilidad o debilidad;
luego -sí, luego es posible que se aprenda a recurrir a Dios y mediante su
ayuda que se llegue a la fe; pero no hablemos de esto aquí- se desespera de la
propia debilidad y se llega a ser un fariseo a quien la desesperación eleva a
una cierta justicia legal, o bien la desesperación arroja en el pecado.
Por lo tanto, nuestra fórmula engloba perfectamente
todas las formas imaginables del pecado y todas las formas reales; ella
destaca, pues, con toda precisión, su rasgo decisivo: de ser desesperación
(pues el pecado no es el desarreglo de la carne y de la sangre, sino el
consentimiento del espíritu a ese desarreglo) y estar ante Dios. No es más que
una formula algebraica; este pequeño escrito no sería un lugar apropiado, por
lo demás, para una tentativa, con posibilidad de éxito, de ponerse a describir
uno a uno los pecados. Aquí lo importante sólo es que la definición recoge
todas las formas en sus mallas. Como puede verse, cuando se la verifica
planteando su contraria, hace lo siguiente: la definición de la fe por la cual
me guío en todo este escrito, es como un vehículo seguro, más creer, es
sumergirse en Dios a través de la propia transparencia, siendo uno mismo y
queriendo serlo.
Pero muy a menudo se ha olvidado que lo contrario del
pecado de ningún modo es la virtud. Esto resulta más bien un criterio pagano,
que se conforma con una medida puramente humana, ignorando lo que es el pecado
y que siempre se encuentra ante Dios. No, lo contrario del pecado es la fe;
como se dice la Epístola a los romanos, XIV, 23: todo lo que no proviene de la
fe es pecado. Y es una de las definiciones esenciales del cristianismo que lo
contrario del pecado no es la virtud, sino la fe.
APÉNDICE
LA DEFINICIÓN DEL PECADO IMPLICA LA POSIBILIDAD DEL
ESCÁNDALO; OBSERVACIÓN GENERAL SOBRE EL ESCÁNDALO
Esta oposición del pecado y de la fe domina en el
cristianismo y transforma, cristianizándolos, todos los conceptos éticos, que
así reciben un relieve más profundo. Esta oposición se basa en el criterio
soberano del cristianismo: si está o no en presencia de Dios, criterio que
implica otro, a su vez decisivo del cristianismo: la absurdidad, la paradoja,
la posibilidad del escándalo. La presencia de su criterio es de extremada importancia
cada vez que se quiera definir al cristianismo, puesto que es el escándalo el
que protege al cristianismo contra toda especulación. ¿Dónde se encuentra aquí
pues la posibilidad del escándalo? Pero en este punto, primero, la realidad del
hombre debería ser o existir como Aislado en presencia de Dios; y en el segundo
punto, consecuencia del primero, su pecado debería ocupar a Dios. Ese diálogo
entre el Aislado y Dios no entrará nunca en el cerebro de los filósofos; ellos
no hacen más que universalizar imaginariamente los individuos en la especie.
También es esto lo que ha hecho inventar para un cristianismo incrédulo, que el
pecado no es más que el recado, sin que estar o no en presencia de Dios agregue
o quite nada al asunto. En resumen, se quería eliminar el criterio: en
presencia de Dios, inventando para este fin una sabiduría superior que, en
suma, se reducía bastante curiosamente a lo que de ordinario es la sabiduría
superior, al viejo paganismo.
¿Cuántas veces no se ha repetido de que se
escandalizaba la gente del cristianismo a causa de sus sombrías tinieblas, de
su austeridad, etc.?... ¿No es ya tiempo de explicar que si los hombres se
escandalizan ante él, en el fondo se debe a que es demasiado elevado, o que su
medida no es la del hombre, de quien quiere nacer un ser extraordinario, a que
el hombre ya no puede comprenderlo? También esto aclarará una simple exposición
psicológica de lo que es el escándalo, que además demostrará toda la absurdidad
de una defensa del cristianismo en la cual se suprimiera el escándalo; que
mostrará toda la estupidez o la desvergüenza de haber ignorado los preceptos
mismos del Cristo, sus tan frecuentes y diligentes advertencias contra el
escándalo, cuando nos indica él mismo su posibilidad y necesidad; pues desde
el momento en que la posibilidad ya no es necesaria, desde el momento en que
ella deja de ser una parte eterna y esencial del cristianismo, el Cristo cae en
el contrasentido humano de pasear de ese modo inquietante sus vanas
advertencias contra el, en lugar de suprimirlo.
Imaginemos a un pobre jornalero y al emperador más poderoso
del mundo y que éste potentado de pronto tenga el capricho de enviar a buscar
al primero, quien nunca pudo soñar en semejante hecho y «cuyo corazón jamás se
hubiera atrevido a concebir» que el emperador supiera de su existencia, quien
habría considerado como una felicidad sin nombre la posibilidad, aunque sólo
fuese en una oportunidad, de ver al emperador, cosa que hubiese contado a sus
hijos y nietos como el mayor acontecimiento de su vida. Supongamos pues, que
el emperador lo enviara a buscar y que le hiciese saber que deseaba tenerlo por
yerno. ¿Qué sucedería? Entonces el jornalero, como todos los hombres,
sentiríase un poco o muy embarazado, confundido, molesto y la cosa le parecería
(y es este el aspecto humano) humanamente muy extraña, insensata; no se
atrevería a decir una palabra a nadie, sintiéndose él mismo inclinado, en su
fuero íntimo, a esa explicación, de la cual ni uno solo de sus vecinos no
trataría de apoderarse: el emperador querría burlarse de él, toda la ciudad se
reiría, los diarios harían su caricatura y las comadres venderían una canción
de sus esponsales con la hija del príncipe. Pero, ¿acaso llegar a ser yerno del
emperador no era sin embargo una realidad inminente, visible? Y el jornalero
entonces podría asegurarse mediante todos sus sentidos hasta dónde la cosa era
seria en el emperador; o si sólo pensaba burlarse del pobre diablo, hacer su
desgracia para el resto de sus días y ayudarlo a terminar en un manicomio; pues
hay aquí un quid nimis que muy fácilmente puede convertirse en su contrario.
Un pequeño síntoma de favor hubiera podido comprenderlo el jornalero y la
ciudad lo habría hallado plausible, y todo el respetable público bien educado y
todas las vendedoras de canciones, en resumen, las cinco veces 100.000 almas de
ese gran burgo, una ciudad muy grande sin duda por el número de sus habitantes,
pero casi una villa pequeña en cuanto a su capacidad de comprender y de
apreciar lo extraordinario. Pero eso, casarse con la hija del emperador, a
pesar de todo, era exagerado. Y supongamos ahora una realidad, interior y no
exterior, por lo tanto sin nada de material, para llevar al jornalero a una
cierta certidumbre, si es que no únicamente a la sola fe, y de la cual
dependiera todo. Tendría una valentía bastante humilde para atreverse a creer
en ello (un coraje sin humildad, en efecto, nunca ayuda a creer): y este
coraje, ¿cuántos jornaleros entonces lo tendrían? Pero aquel que no lo tuviera
se escandalizaría esa cosa extraordinaria casi le haría el efecto de una burla
personal. Acaso confesaría entonces ingenuamente: «He aquí cosas demasiado
elevadas para mí y que no pueden entrarme en la cabeza; para decirlo sin
rodeos, esto me parece una locura».
¡Y el cristianismo entonces! La lección que enseña a
que ese individuo, como todo individuo -por lo demás no importa quien, marido,
esposa, criada, ministro, comerciante, barbero, rata de biblioteca, etc...-, es
que ese individuo existe en presencia de Dios, que ese individuo, que quizás
estaría orgulloso de haber hablado por lo menos una vez en su vida con el rey,
ese mismo hombre que ya sería alguien para entablar amistad con tal o cual, ese
hombre está en presencia de Dios, puede hablar con Dios cuando quiere, con la
seguridad de ser escuchado siempre que hable, ¡y es a él a quien se ofrece
vivir en la intimidad de Dios! Incluso más aún: es por ese hombre, también,
para quien Dios ha venido al mundo, se ha dejado encarnar, ha sufrido y murió;
y es ese Dios de sufrimiento quien casi le ruega y le suplica que quiera
aceptar ese socorro, ¡que es una ofrenda! En verdad si algo existe en el mundo
capaz de hacer perder la razón, ¿no es eso precisamente? Quien no se atreva a
creerlo, por carencia de humilde coraje, se escandaliza. Pero si se escandaliza,
es que la cosa es demasiado elevada para él, que ella no puede entrar en la
cabeza, que él aquí no puede hablar con franqueza y he aquí por qué le es
necesario hacerla a un lado, convertirla en la nada, en una locura, en una
estupidez, tal es el peso con que parece ahogarle.
¿Pues qué es el escándalo? Admiración desgraciada,
emparentada pues con la envidia, pero con una envidia que se dirige contra
nosotros mismos y más aún, que contra nada se encarniza tanto como contra ella
misma. En su mezquindad, el hombre natural es incapaz de otorgarse lo
extraordinario que Dios le destinaba: por eso se escandaliza.
El escándalo varía según la pasión que el hombre ponga
en admirar. Más prosaicas, las naturalezas sin imaginación ni pasión, sin gran
aptitud, pues para admirar, indudablemente se escandalizan, pero limitándose a
decir: «Son cosas que no me entran en la cabeza, por eso las hago a un lado».
Así hablan los escépticos. Pero cuanta más pasión e imaginación tiene un
hombre, más se aproxima en un sentido a la fe, es decir a la posibilidad de
creer; siempre sin embargo que se humille de adoración ante lo extraordinario;
mas el escándalo se vuelve apasionadamente contra ese extraordinario, hasta
pretender finalmente nada menos que extirparlo, aniquilarlo y pisotearlo en el
lodo.
La verdadera ciencia del escándalo no se aprende sino
estudiando la envidia humana, un estudio fuera de programa, pero que a pesar
de todo he hecho y a fondo, de lo cual me congratulo. La envidia es una
admiración que se disimula. El admirador que siente la imposibilidad de
experimentar felicidad cediendo a su admiración, toma el partido de envidiar.
Entonces emplea un lenguaje muy distinto, en el cual ahora lo que en el fondo
admira ya no cuenta, no es más que insípida estupidez, rareza, extravagancia.
La admiración es un feliz abandono de uno mismo; la envidia una desgraciada
reivindicación del yo.
De igual modo el escándalo: pues aquello que de hombre
a hombre es admiración-envidia, llega a ser del hombre a Dios
adoración-escándalo. La summa summarum de toda sabiduría humana es ese ne quid
minis, que no es oro sino un dorado: el exceso o su falta no echa a perder todo
Esta mercancía pasa de mano en mano como una sabiduría, se la paga con
admiración: su curso ignora las fluctuaciones, pues toda la humanidad garantiza
su valor. Si entonces aparece un genio superando un poco a mediocridad, los
sabios lo declaran... loco. Pero el cristianismo; salta con paso de gigante más
allá del ned quid nimes, a el absurdo; de allí parte... y parte el escándalo.
Ahora se ve toda la extraordinaria estupidez (si no
obstante hay que dejarle lo extraordinario) de negárselo al cristianismo; el
lamentable conocimiento del hombre que así se revela, y como esa táctica, aun
cuando inconsciente, liga en parte a ocultas con el escándalo, haciendo del
cristianismo algo tan lamentable, que al fin haya que presentar un alegato para
salvarlo. Tan cierto es decir que el primer inventor, en la cristiandad, de
una defensa del cristianismo es de hecho otro judas: también él traiciona con
un beso, pero con el beso de la estupidez. Pleitear siempre. Supongamos que
alguien que posee un depósito lleno de oro quisiera dar todos sus ducados a los
pobres. Pero si al mismo tiempo tiene la estupidez de comenzar su empresa
caritativa con un alegato, demostrando en tres puntos todo lo que ella posee de
defendible, no habrá necesidad de que las gentes pongan en duda de si hace un
bien. ¿Pero, y el cristianismo entonces? Declaro incrédulo a quien lo
defienda. Si
cree, el entusiasmo de su fe nunca es una defensa;
siempre es un ataque, una victoria; un creyente es un vencedor.
Tal cosa sucede con el cristianismo y el escándalo. De
este modo lo posible del escándalo está presente en la definición cristiana del
pecado. Esta en él: en presencia de Dios. Un pagano, un hombre natural
reconocerían de buen grado la existencia del pecado, pero ese: en presencia de
Dios, sin el cual en el fondo no existe el pecado, es para ellos aún demasiado.
A sus ojos, es darle demasiada importancia a la existencia humana (aun cuando
de otra manera que aquí); con un poco menos, también lo admitirían de buen
grado... pero el demasiado es siempre demasiado.
Capítulo II
LA DEFINICIÓN SOCRÁTICA DEL PECADO
Pecar es ignorar. Ésta es, como se sabe, la definición
socrática que, como todo lo que proviene de Sócrates, sigue siendo siempre una
instancia digna de atención. Empero este aspecto ha corrido la misma suerte que
otros muchos del socratismo y se ha sentido la necesidad de pasar a otra cosa.
¡Cuántas personas no han sentido la necesidad de superar la ignorancia
socrática!... experimentado indudablemente la imposibilidad de mantenerse en
ella; ¡pues cuántos serán capaces en cada generación de soportar, incluso un
solo mes, esa ignorancia de ' todo,
de poder expresarla por su vida misma!
Por esto, lejos de hacer a un lado la definición
socrática a causa de la dificultad de atenerse a ella, quiero servirme, por el
contrario, de ella, con el cristianismo ín mente, para destacar los ángulos del
cristianismo, precisamente porque es tan esencialmente griega; de este modo,
cualquier otra definición sin el rigor cristiano, es decir que titubee,
descubrirá aquí como siempre su propio vacío.
A su vez la falla de la definición socrática es dejar
en la vaguedad el sentido preciso de esa ignorancia, su origen, etc. En otros
términos, incluso si el pecado es la ignorancia (o lo que el cristianismo más
bien llamaría estupidez, lo que en cierto sentido es innegable, ¿puede verse
en ella una ignorancia original? Es decir, ¿el estado de alguien que no ha
sabido nada y que hasta aquí no haya podido saber nada de la verdad? ¿O es una
ignorancia adquirida ulteriormente? Si se contesta por la afirmativa, es
preciso que el pecado hunda entonces sus raíces en otra parte que en la
ignorancia y debe ser en este caso actividad en el fondo de nosotros, con la
cual trabajamos en oscurecer nuestro conocimiento. Pero incluso admitiéndola,
ese defecto de la definición socrática, tenaz y resistente, reaparece, pues
entonces se puede preguntar uno si el hombre, a punto de oscurecer su
conocimiento, tenía plena conciencia de ello. Si no es así, es que su
conocimiento ya esta algo oscurecido, incluso antes que lo haya comenzado; y la
cuestión se plantea de nuevo. Si, por el contrario, en el momento de oscurecer
su conocimiento, tuviera conciencia de ello, entonces el pecado (aunque
siempre ignorancia en tanto que resultado) no está en el conocimiento sino en
la voluntad, y entonces, la cuestión inevitable se plantea entre sus
relaciones reciprocas. Estas relaciones (y aquí se podría continuar
preguntando durante días) no son penetradas, en el fondo, por la definición de
Sócrates. Ciertamente Sócrates fue un moralista (la antigüedad siempre le ha
reivindicado como tal, como inventor de la ética) y el primero en el tiempo,
así como es y seguirá siendo el primero en su género; pero comienza por la
ignorancia. Intelectualmente, es a la ignorancia que él tiende, al saber nada.
Éticamente, entiende por esto algo muy distinto a la ignorancia, y parte de
ello. Pero, por el contrario, está claro que Sócrates nada tiene de moralista
religioso y mucho menos, en el plano cristiano, de dogmático. He aquí por qué,
en el fondo, no entra en toda esta investigación por donde comienza el
cristianismo, en ese antecedente en el cual se presupone el pecado y que
encuentra su explicación cristiana en el pecado original, dogma: al cual esta
búsqueda no hará más que confinar.
En resumen, Sócrates no llega hasta la categoría del
pecado, lo que, indudablemente, es un defecto de una definición del pecado.
¿Pero cómo? Si el pecado, en efecto, fuera ignorancia, en el fondo no tendría
existencia. Pues admitirlo es creer, como lo hace Sócrates, que nunca se comete
una injusticia sabiendo qué es lo justo, o que se la comete sabiendo qué es lo
injusto. Si Sócrates, pues, lo ha definido bien, el pecado no tiene existencia.
¡Pero atención! He aquí que está perfectamente en regla desde el punto de vista
cristiano, y es incluso profundamente justo y en interés del cristianismo, quod
erat demostrandum. Precisamente el concepto, que pone una diferencia radical de
naturaleza entre el cristianismo y el paganismo, es el pecado, la doctrina del pecado;
también el cristianismo, muy lógicamente, cree que ni el pagano ni el hombre
natural saben lo que es el pecado, e incluso que se necesita la Revelación para
ilustrar lo que es. Pues contrariamente a un punto de vista superficial, la
diferencia de naturaleza entre el paganismo y el cristianismo no proviene de la
doctrina de la Redención. No, hay que partir desde mayor profundidad, partir
del pecado, de la doctrina del pecado, lo que por otra parte hace el
cristianismo. ¡Qué peligrosa objeción, pues, contra este último, si el
paganismo diera del pecado una definición cuya justeza debiera reconocer un
cristiano!
¿Qué le ha faltado, pues, a Sócrates en su
determinación del pecado? La voluntad, el desafío. La intelectualidad griega
era demasiado feliz, demasiado ingenua, demasiado estética, demasiado irónica,
demasiado bromista... demasiado pecadora para llegar a comprender que alguien
con su saber, conociendo lo justo, pudiera hacer lo injusto. El helenismo dicta
un imperativo categórico de la inteligencia. Esta es una verdad no desdeñable e
incluso es útil destacaren un tiempo como el nuestro, descarriado mucho de
trivial ciencia hinchada y estéril, si es cierto que en el de Sócrates y más
aún en nuestros días, la humanidad necesita de una ligera dieta de socratismo.
Habría que reír y llorar delante de todas esas seguridades de haber comprendido
y aprehendido las verdades supremas y delante de esa virtuosidad tan frecuente
en desarrollarlas en abstracto, por lo demás en un sentido, con una gran
precisión... ¡Sí, riamos y lloremos viendo entonces tanto saber y comprensión
carentes de fuerza sobre la vida de los hombres, en los cuales no se traduce
nada de lo que han comprendido, sino más bien todo lo contrario! A la vista de
semejante discordancia, tan triste como grotesca, uno exclama
involuntariamente: ¿pero cómo diablos es posible que hayan comprendido? ¿Y
acaso es solamente cierto? Aquí el viejo ironista y moralista responde: no lo
creas, amigo mío; no han comprendido, pues si no sus vidas lo expresarían
también y sus actos responderían a su saber.
¡Es que hay comprender y comprender! Y quien lo
entienda -claro está que no a la manera de la trivial ciencia- es iniciado de
súbito en todos los secretos de la ironía. Pues en este equívoco se empecina.
Encontrar divertido que un hombre ignore realmente una cosa, es de una
comicidad bien baja e indigna de la ironía. ¿Qué hay de cómico en el fondo en
el hecho de que las gentes hayan vivido con la idea de que la tierra no
giraba, cuando ellas no sabían nada al respecto? Indudablemente nuestra época
a su vez hará el mismo efecto al lado de una época más avanzada en física. Aquí
la contradicción se encuentra entre dos épocas diferentes, sin coincidencia profunda;
por esto su contraste fortuito carece por completo de comicidad. Pero he aquí
que alguien que dice el bien... y por consecuencia lo ha comprendido; y cuando
luego tiene que hacer, se le ve cometer el mal... ¡Qué comicidad infinita! Y la
comicidad infinita de ese otro, emocionado hasta las lágrimas, tanto que con el
sudor las lágrimas le caen a chorros, capaz de leer durante horas o de escuchar
la descripción de la renuncia a sí mismo, toda la sublimidad de una vida
sacrificada a la verdad, y que, un momento después... uno, dos y tres, ¡hace
una pirueta!, ¡apenas con los ojos secos y ya se afana sudando, según sus
pobres fuerzas, por llevar adelante con éxito una mentira! Y esa comicidad
infinita también del discursista que, con acento y gesto de verdad, se
emociona, te emociona, te arranca escalofríos con su descripción de la verdad
y desafía de cerca a todas las fueras del mal y del infierno con actitud de
aplomo, firmeza en la mirada, precisión en el paso, perfectamente admirables y
-comicidad infinita- que poco después puede, aun con casi todo su bagaje,
levantar campamento como un inútil al más pequeño avatar! Y la comicidad
infinita de ver a alguien que comprende toda la verdad, todas las miserias y
pequeñeces del mundo, etc... que las comprende, ¡y luego es incapaz de reconocerlas!,
pues en el mismo instante casi, ese mismo hombre correrá a inmiscuirse en esas
pequeñeces y miserias, para sacar de ellas vanidades y honores, es decir
reconocerlas. ¡Oh!, ver a alguien que jura haberse dado cuenta de cómo el
Cristo pasaba con los hábitos humildes de un servidor, pobre, despreciado, bajo
las burlas y, como dice la Escritura, bajo los escupitajos... y ver a ese
hombre acudir volando a esos lugares del mundo, cuidadosamente, donde da tanto
gusto estar, metiéndose en el mejor abrigo; verlo huir, con tanto temor como
para salvar su vida, su sombra oscilando a derecha e izquierda a la menor
corriente de aire, verlo tan feliz, tan celestialmente feliz, tan radiante...
sí, para que nada falte al cuadro, llegando de emoción a darle gracias a Dios,
tan radiante pues por la estima y la consideración universal! Cuantas veces me
he dicho entonces, en mi interior: «¡Sócrates! ¡Sócrates! ¡Sócrates! ¿Es
posible que un hombre se haya dado cuenta de aquello que dice haberse dado
cuenta?» Así me decía yo, incluso deseando que Sócrates hubiera dicho la
verdad. Pues, como a pesar mío, el cristianis-
mo
me parecía demasiado severo y mi experiencia aún se niega a hacer de ese hombre
un tartufo. Decididamente Sócrates, tú sólo, tú me lo explicas, haciéndolo un
farsante, como un buen bocado para los reidores; tú no te asombras, incluso me
apruebas que lo utilice como salsa cómica... con la reserva de que pueda o no
lograrlo.
¡Sócrates! ¡Sócrates! ¡Sócrates! Triple llamado que
bien se podría elevar a diez, si ello sirviera de cierta ayuda. El mundo
necesitaría, se cree, de una república; se cree necesitar un nuevo orden
social, una nueva religión; ¿pero quién piensa que este mundo perturbado
necesita por toda ciencia a un Sócrates? Naturalmente que si alguien y sobre
todo si varios pensaran en ello, se lo necesitaría menos. Lo que más falta hace
cuando se sufre un descarriamiento, es siempre aquello en lo que menos se
piensa y esto es evidente, pues, pensar en eso, sería volverse a encontrar.
Por lo tanto sería necesario a nuestra época, y quizás
es esta su única necesidad, una corrección semejante de ética e ironía, pues
aparece como la última de sus preocupaciones; en lugar de superar a Sócrates,
ya lograríamos un gran beneficio retornando a su diferenciación entre
comprender y comprender y en volver a ella no como a una adquisición final
surgida para nuestra salvación de nuestra peor miseria, sino como a un punto de
vista moral penetrante sobre nuestra vida cotidiana.
La definición socrática se salva pues como sigue: Si
alguien no hace lo justo es también culpa de haberlo comprendido; claro está
que sólo se lo imagina; si lo afirma se descarría; si lo reitera jurando por
todos los diablos, no hace más que alejarse al infinito-por medio de los
mayores rodeos. Pero es que Sócrates tiene razón. El hombre que hace lo justo
no peca, pues, a pesar de todo; y si no lo hace, es a causa de no haberlo comprendido;
la verdadera comprensión de lo justo le empujaría rápidamente a hacerlo y más
bien sería el eco de su comprensión: ergo, pecar es ignorar.
¿Pero entonces dónde suena a falsa la definición? Su
defecto -y el socratismo, aunque incompletamente, se da cuenta de ello y no lo
remedia- es la falta de una categoría dialéctica para pasar de la comprensión a
la acción. El cristianismo parte de ese pasaje; y a lo largo de esa vía
tropieza con el pecado, nos lo muestra en la voluntad, y llega al concepto del
desafío; y para entonces tocar en el fondo, se agrega el dogma del pecado original,
pues -¡ay!- el secreto de la especulación en cuanto a comprensión, consiste
precisamente en no tocar el fondo y en no anudar jamás el hilo, y he aquí cómo
-¡oh maravilla! logra coser indefinidamente, es decir, mientras así lo quiere,
logra pasar la aguja. El cristianismo, por el contrario, anuda el punto final
mediante la paradoja.
En la filosofía de las ideas puras, donde no se
considera al individuo real, el paso es de toda necesidad (como en el hegelianismo
por lo demás, donde todo se realiza con necesidad), es decir que el pasaje del
comprender al obrar no se enreda en ningún obstáculo. Allí está el helenismo
(empero no en Sócrates, demasiado moralista para eso). Y ahí está en el fondo
asimismo todo el secreto de la filosofía moderna, íntegramente en el cogito
ergo sum, en la identidad del pensamiento y del ser; (mientras que el cristiano
piensa: «Según vuestra fe, así os sea hecho»' o: a tal fe tal hombre o: creer
es ser). La filosofía moderna, como se ve, no es no más ni menos que
paganismo. Pero es este su menor defecto; y no está del todo mal principiar con
Sócrates. Lo que en ella es realmente todo lo contrario del socratismo, es
tomar y haceros tomar ese escamoteo por cristianismo.
En el mundo real, donde se trata del individuo
existente, por el contrario, no se evita ese minúsculo pasaje del comprender
al obrar, no se lo recorre siempre cito citissime, no es -por hablar alemán a
falta de un lenguaje filosófico- geschwind wie der Wind. Por el contrario,
aquí comienza una aventura bastante larga.
La vida del espíritu no tiene altos (en el fondo
tampoco estado, todo es actual); si por lo tanto un hombre, al segundo mismo
en que reconoce lo justo no lo hace, he aquí lo que se produce: primero se
agota el conocimiento. Luego queda por saber lo que la voluntad piensa del
residuo. La voluntad es un agente dialéctico, que a su vez manda toda la
naturaleza inferior del hombre. Si ella no admite el producto del conocimiento,
sin embargo no se pone necesariamente a hacer lo contrario de lo que ha
aprehendido el conocimiento; tales choques son raros; pero ello deja pasar
cierto tiempo, se abre un interín, ella dice: hasta mañana se verá. Entre
tanto, el conocimiento se oscurece de más en más y las partes bajas de nuestra
naturaleza toman siempre mayor predominio; pues hay que hacer el bien -¡ay!de
inmediato, tan pronto se lo haya reconocido (y es por esto que la especulación
pura, el paso del pensamiento al ser es tan fácil, pues allí todo está dado de
antemano), mientras que para nuestros instintos inferiores, lo fuerte es
arrastrar las cosas, dilaciones que no detesta mucho la voluntad, que cierra a
medias los ojos. Y cuando entonces el conocimiento se ha oscurecido bastante,
hace mejores migas con la voluntad; al fin es el acuerdo perfecto, pues
entonces se pasa al campo de la otra y ratifica muy bien todo lo que ella
arregla. De este modo quizá viven multitudes de gentes; trabajan, como
insensiblemente, en oscurecer sus juicios éticos y éticoreligiosos, que los
empujan hacia decisiones y consecuencias que reprueba la parte inferior de
ellas mismas; en su lugar desarrollan en ellas un conocimiento estético y
metafísico, que para la ética no es más que diversión.
¿Pero, hasta ahora hemos superado al socratismo? No,
pues Sócrates diría que, si todo pasa así, ésta es la prueba de que nuestro
hombre no ha comprendido lo justo, pese a todo. O dicho de otra manera, para
anunciar que alguien, sabiéndolo, hace lo injusto, el helenismo carece de
valentía y adorna este hecho diciendo de él: cuando alguien hace lo injusto, no
ha comprendido lo justo.
Sobre esto no hay ninguna duda; y agrego de que no es
posible que un hombre pueda ir más allá, pueda completamente solo y por sí
mismo decir lo que es el pecado, por la razón de que él está en cuestión;
todos sus discursos sobre el pecado no son en realidad más que un adorno, una
excusa, una atenuación pecadora. Es por esto que el cristianismo también
comienza de otra manera, planteando la necesidad de una revelación de Dios,
que instruya al hombre acerca del pecado, mostrándole que no consiste en no comprender
lo justo, sino en no querer comprenderlo, en no querer lo justo.
Mediante la distinción entre no poder y no querer comprender,
ya Sócrates no aclara nada, en tanto que es el maestro de todos los ironistas
cuando opera con su distinción entre comprender y no comprender. Si no se hace
lo justo, explica, es por incomprensión, pero el cristianismo se remonta un
poco más lejos y dice: por negarse a comprender, que a su vez proviene de la
negación de querer lo justo, sucede tal cosa. Y enseña luego que se puede
hacer lo injusto (es el verdadero desafío) aunque se comprenda lo justo, o
abstenerse de hacer lo justo, aunque se lo comprenda; en resumen, la doctrina
cristiana del pecado, ásperamente agresiva contra el hombre, no es más que una
acusación sobre la acusación, es la requisitoria que lo divino como ministerio
público toma sobre sí para intentar con el hombre.
Pero este cristianismo, se dirá, es ininteligible para
los hombres. ¡Se trata de comprender! Con el cristianismo, y por lo tanto para
escándalo del espíritu, hay que creer. Comprender es el alcance humano, la
relación del hombre con el hombre; pero creer es la relación del hombre con lo
divino. ¿Cómo explica pues el cristianismo esa incomprensión? Pues, consecuente
por completo consigo mismo, de una manera no menos incomprensible, puesto que
es la revelación.
Para el cristiano, pues, el pecado yace en la
voluntad, no en el conocimiento, y esa corrupción de la voluntad supera a la
conciencia del individuo. Es esa la lógica misma; ¡sino a cada individuo le
sería necesario preciso preguntarse como comenzó el pecado!
Encontramos aquí, por lo tanto, el signo del
escándalo. Lo posible del escándalo es que hace falta una revelación de Dios
para instruir al hombre sobre la naturaleza del pecado, sobre la profundidad de
sus raíces. El hombre natural, el pagano piensa: «¡Sea! Confieso que no he
comprendido todo del cielo y de la tierra; si a la fuerza hace falta una
revelación que ella nos explique las cosas celestes; pero que haga falta una
para explicarnos que es el pecado, he aquí el peor absurdo. No me presento
como la perfección, lejos de ello, pero puesto que sé y estoy pronto a confesar
todo lo que me separa de ella, como no sabré yo lo qué es el pecado!» A lo cual
responde el cristianismo: «Pero, no; he aquí lo que sabes menos: tu distancia
de la perfección y qué es el pecado». Es pues una verdad cristiana que el
pecado es ignorancia, la ignorancia de su propia naturaleza.
La definición del pecado dada en el capitulo
precedente debe pues completarse todavía así: después que una revelación de
Dios nos ha explicado su naturaleza, el pecado es, en presencia de Dios, la
desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo o la desesperación en la
que se quiere serlo.
Capítulo III
QUE EL PECADO NO ES UNA NEGACIÓN, SINO UNA POSICIÓN
Es lo que la dogmática ortodoxa y en general la
ortodoxia han sostenido siempre, en efecto, rechazando como panteísta toda
definición de pecado, que lo reduzca a algo simplemente negativo: debilidad,
sensualidad, finitud, ignorancia, etcétera... La ortodoxia ha visto muy bien
que es aquí donde hay que librar la batalla o, por retomar nuestra imagen de
que hay que anudar la punta, que es necesario sostener; ha percibido bien que
al definir el pecado como una negación, todo el cristianismo resultaría insostenible.
Por tal motivo insiste tanto acerca de la necesidad de la Revelación para
instruir al hombre decepcionado acerca de lo que es el pecado, lección que
debe hacer fe para nosotros, en consecuencia, puesto que es un dogma. Y
naturalmente, paradoja, fe y dogma hacen entre sí una triple alianza, que es el
más seguro sostén y baluarte contra toda sabiduría pagana.
Esto en cuanto a la ortodoxia. Por un extraño
desprecio, la dogmática que se dice especulativa y linda ciertamente bastante
en mala hora con la filosofía, se ha vanagloriado de comprender la doctrina de
que el pecado es una posición. Pero si ella lo hiciera, el pecado sería una
negación. El secreto de toda comprensión consiste en que el acto mismo de
comprender supera siempre la posición que plantea. El concepto plantea una posición,
pero que niega el hecho mismo de comprenderla. No sin darse cuenta hasta un
cierto punto, nuestros teólogos no han sabido arreglárselas, maniobra bastante
poco digna de una ciencia filosófica, más que velando su movimiento detrás de
una cortina de afirmaciones. Multiplicándolas continuamente con mayor
solemnidad, jurando y perjurando de que el pecado es una afirmación, de que
hacerlo una negación es panteísmo, racionalismo y sabe Dios qué otras cosas,
pero que no vale más y que su campo abjura y aborrece... se pasa a querer comprender
que el pecado es una posición. Es decir que no lo es sino hasta un cierto punto
y pueda al alcance del entendimiento.
Y la duplicidad de nuestros teólogos surge también en
otro punto, que se relaciona por otra parte con el mismo tema. La definición
del pecado, o el modo para definirlo, se liga con la del arrepentimiento. Y
haber hallado la «negación de la negación» les pareció tan tentador que se
apoderaron de ella y entonces la aplicaron al arrepentimiento, haciendo de
esta manera una negación del pecado. Por lo demás, resultarla bastante
agradable ver a un pensador sobrio aclarando sí esta lógica pura, que recuerda
las primeras relaciones de la lógica con la gramática (dos negaciones
equivalen a una afirmación) o con las matemáticas, si esa lógica pura vale en
el orden de lo real, en el mundo de las cualidades: si en toda la dialéctica de
las cualidades no hay otra dialéctica; si el «pasaje» no desempeña aquí otro
papel. Sub specie aeterni, aeterno modo, etc... lo sucesivo no existe, de modo
que todo es y no hay pasaje. Plantear en ese medio abstracto es por
consecuencia ipso facto lo mismo que anular. Pero considerar de ese modo lo
real, linda verdaderamente con la locura. Muy en abstracto se puede decir
también que lo Perfecto sigue a lo Imperfecto. Pero si en la realidad alguien
llegara a la conclusión, como una consecuencia automática e inmediata, de que
un trabajo que no ha terminado (imperfectum) se ha terminado, ¿no sería un
loco? Con esa sedicente posición del pecado no se hace otra cosa, cuando el
medio en que se lo plantea es el pensamiento puro, médium demasiado moviente
para plantearlo con firmeza.
Pero dejando aquí todas esas cuestiones de lado,
atengámonos exclusivamente al principio cristiano de que el pecado es una
posición; no empero como con un principio inteligible, sino como una paradoja
que hay que creer. En mi pensamiento, aquí se encuentra el hito. Hacer
estallar la contradicción de todas las tentativas de comprender, es ya colocar
el problema en su verdadera luz, tan claro resulta entonces que hay que remitirse
a la fe para el debe o no creerse. Admito lo que no es demasiado divino, de
ninguna forma, para ser comprendido), admito que si se quiere comprender a la
fuerza y no se puede considerar bueno más que a aquello que uno se da aires de
comprender, se juzgue bien pobre mi actitud. Pero si el cristianismo no tiene
vida más que siendo creído, no comprendido, si es necesariamente una u otra
cosa, objeto de fe o de escándalo: ¿dónde reside, pues, el mérito de pretender
comprender? ¿Es o no una insolencia o atropellamiento querer comprender lo que
no quiere ser comprendido? Cuando a un rey le toma la idea de vivir de
incógnito, de ser tratado estrictamente como un particular, si la gente halla
más distinguido demostrarle una diferencia real, ¿tiene razón al hacerlo? ¿0 no
es colocar su persona y su pensamiento frente al deseo del rey, hacer como se
quiere en lugar de inclinarse? ¿Qué oportunidad de gustarle, cuando más uno se
ingenie en testimoniar al rey un respeto de súbdito, si él no quiere ser
tratado como rey? ¿Qué oportunidad de gustarle, si uno se ingenia más en
contrariar su voluntad? Quede para otros la tarea de admirar y de elogiar a
quien se dé aires de poder comprender el cristianismo: para mí, en un tiempo
tan especulativo, en el cual todos «los otros» se agitan tanto por comprender,
es una obligación esencialmente ética y que exige acaso mucho más abnegación,
confesar que no tenemos el poder ni el deber de comprender. Sin embargo, la
necesidad probable de nuestra época de los cristianos de hoy, es precisamente
un poco de ignorancia socrática sobre el capítulo del cristianismo; digo
efectivamente, «socrática». Pero -y cuán poco se lo sabe verdaderamente o se lo
piensa-, pero no olvidemos nunca que la ignorancia de Sócrates era una especie
de temor y de culto a Dios: que ella traducía en griego la idea judaica del
temor a Dios, principio de la sabiduría; que era por respeto a la divinidad que
se era ignorante y, en cuanto un pagano lo podía, que guardaba como un juez la
frontera entre Dios y el hombre, queriendo reforzar la diferencia de cualidad
entre ellos mediante un foso profundo, a fin de que Dios y el hombre no se
confundiesen, como se los ha hecho confundir philosophice, poetice, etc... He
aquí la causa de la ignorancia de Sócrates y es por esto que la divinidad ha
reconocido en él al mayor de los saberes. Pero el cristianismo nos enseña que
toda su existencia no tiene otra finalidad que la fe; por lo cual sería
precisamente una piadosa ignorancia socrática defender por ignorancia la fe
contra la especulación, queriendo reforzar con un foso profundo la diferencia
de naturaleza entre Dios... y el hombre, como lo hacen la paradoja y la fe, a
fin de que Dios y el hombre, peor aún que en el paganismo, no se confundan,
como se les ha hecho philosophice, poetice, etc... en el sistema.
Sólo hay pues un punto de vista posible para aclarar
la naturaleza positiva del pecado. En la primera parte, describiendo la
desesperación, se ha verificado constantemente un crecimiento, que traducía,
por un lado, un progreso de la conciencia del yo y, por el otro, un progreso
de intensidad, yendo de la pasividad hasta el acto consciente. Las dos
traducciones, a su vez, expresaban juntas el origen interior y no externo de la
desesperación, que de este modo se hace de más en más positivo. Pero según su definición,
el pecado implicando un yo, elevado a un infinito de potencia por la idea de
Dios, implica el máximo de conciencia del pecado como de un acto. Es lo que
expresa que el pecado es una posición; su positivo es estar en presencia de
Dios.
Esta definición del pecado contiene, en un sentido
distinto, lo posible del escándalo, la paradoja, que se encuentra en la
doctrina de la Redención. En primer lugar el cristianismo establece tan
sólidamente la naturaleza positiva del pecado, que la razón no puede nunca
comprenderlo; luego, ese mismo cristianismo se encarga enseguida de eliminar
ese positivo de manera no menos ininteligible para la razón. Nuestros
teólogos, que se libran de esas dos paradojas mediante charlas, mellan la punta
para hacerlo así todo fácil: quitan un poco de su fuerza a lo positivo del
pecado, lo que sin embargo no les adelanta nada para comprender el golpe de
esponja de la remisión. Pero aun aquí ese primer inventor de paradojas que es
el cristianismo continúa siendo tan paradojal como es posible; trabajando, por
así decir, contra sí mismo, formula tan sólidamente la natura leza positiva
del pecado, que luego parece perfectamente imposible eliminarlo. Y no
obstante, ese mismo cristianismo lo eliminará de nuevo tan completamente,
mediante la Redención, que se lo diría ahogado en el mar.
Apéndice al Libro Cuarto
¿NO ES ENTONCES EL PECADO UNA EXCEPCIÓN? (LA MORAL)
Como se lo ha recordado en la primera parle, la
intensidad de la desesperación hace su rareza en este mundo. Pero puesto que el
pecado es desesperación elevada a una cualidad de potencia aún más grande,
¿cuál debe ser pues su rareza? ¡Extraña dificultad! El cristianismo subordina
todo al pecado; tenemos la tarea de exponerlo en todo su rigor; y henos
entonces ante este resultado singular, ante todo singular, de que el pecado ya
no existe de este modo en el paganismo, sino únicamente en el judaísmo y el cristianismo
y, también, en ellos, sin duda, con bastante rareza.
Y sin embargo, el hecho, pero sólo en un sentido, es
completamente exacto. «Aunque instruido por una revelación de Dios acerca de
lo que es el pecado, cuando desesperado, en presencia de Dios, no se quiere ser
uno mismo o se quiere serlo», se es un pecador... y claro está no se ve con
frecuencia de que un hombre está tan avanzado, sea tan transparente para sí
mismo, que pueda aplicarse la fórmula ¿Pero qué se deduce de esto? El punto
merece atención, pues aquí nos encontramos en un viraje dialéctico. Del hecho
de que un hombre no esté más que mediocremente desesperado, en efecto, no se
deducía que no lo estuviese en absoluto. Por el contrario; y hemos mostrado a
la inmensa mayoría de los hombres en la desesperación, pero en un grado
inferior. Pero tampoco ningún mérito está ligado a un grado superior. A los
ojos del esteta, por el contrario, es una ventaja, pues sólo la fuerza le
interesa; pero para la ética, un grado superior de desesperación aleja más de
la salvación que un grado inferior.
Y lo mismo sucede con el pecado. La vida de la mayoría
de los hombres, considerándola en una indiferencia dialéctica, está tan alejada
del bien (la fe) que es casi demasiado espiritual para llamarse pecado, incluso
casi demasiado para llamarse desesperación.
Ciertamente no hay ningún mérito, lejos de ello, en
ser un verdadero pecador. Pero, por otra parte, ¿cómo poder hallar una
conciencia esencial del pecado (y es lo que quiere el cristianismo) en una vida
tan desvalorizada en mediocridad, en caricatura estúpida de los «otros», que
apenas se la puede tratar de pecado, pues es casi demasiado a-espiritual para
así ser llamada y que, como dice la Escritura, sólo merece «ser vomitada»?
La cuestión, no obstante, no es resuelta de golpe,
pues la dialéctica del pecado no hace más que reatraparla de otra manera.
¿Cómo es posible que una vida de hombre sea al fin tan espiritual que parezca
que el cristianismo le resulta inaplicable, como un gato del cual uno no puede
servirse (y el Cristianismo levanta del mismo modo que un gato) cuando, por
falta de terreno firme, sólo hay arena y residuos? ¿Se trata de una suerte que
se sufre? No; es un hecho propio del hombre. Nadie nace a-espiritual; y por
numerosos que sean aquellos que no se llevan otra cosa en la hora de la muerte
como resultado de sus vidas... no es por culpa de la vida.
Pero digámoslo, y sin mascar las palabras, esta
sedicente sociedad cristiana (en la cual, por millones, las gentes son sin
esfuerzo ninguno cristianos, de manera que se cuentan tantos, exactamente
tantos cristianos como nacimientos) no es sólo una lastimosa edición del
cristianismo acribillado de conchas extravagantes y de olvidos o dilaciones
ineptos, es también un abuso: ella lo profana. Si en un pequeño país acaso
nacen tres poetas por generación, no son los pastores los que escasean y su
tropa desborda en los empleos. A propósito de un poeta se habla de vocación,
pero para ser pastor a los ojos de una multitud de gente (¡por tanto de
cristianos!) basta con el examen. Y sin embargo, un verdadero pastor es un azar
aún más raro que un verdadero poeta, y, sin embargo, esa palabra «vocación» es
originariamente de índole religiosa. Pero si se trata de ser poeta, la
sociedad no persiste menos en tener en cuenta la vocación, en ver en ella
grandeza. Por el contrario, ser pastor para la multitud de los hombres (¡por lo
tanto de cristianos!) desprovistos de toda idea que eleve, sin el menor
misterio in puris naturalibus, es ser un ganapán. Vocación equivale a curato;
se habla de obtener una «vocación»;[6] pero
de tener vocación... ¡Y bien! ¿No se habla también de día cuando se dice que el
ministerio tiene una vocación vacante?
La aventura misma de esta palabra en la cristiandad
-¡ay!simboliza entre nosotros toda la suerte del cristianismo. La desventura
no consiste en no hablar de ella (como tampoco es desventura carecer de
pastores); uno en hablar de tal suerte que, al fin, la multitud no piensa más
en ello (a igual que esa misma multitud no ocupa ya sus pensamientos en el
hecho de ser pastor como en el pedestre de ser mercader, notario, encuadernador,
veterinario, etc., etc.), de modo que lo sagrado y lo sublime han dejado de
impresionar, e incluso se oye hablar de dios como de cosas inveteradas, pasadas
de moda -Dios sabe cómo-, así como de tantas otras. ¿Qué hay de asombroso luego
en que nuestras gentes, a falta de sentir defendible su propia actitud, sientan
la necesidad de defender al cristianismo?
¡Pero al menos necesitaríase para pastores a hombres
creyentes! ¡Y creyentes que crean! Pero creer es como amar, incluso de tal
modo en el fondo por el entusiasmo, que el más enamorado de los enamorados no
resulta más que un adolescente al lado del creyente. Observad al hombre que
ama. ¿Quién no sabe que él podría incesantemente, día tras día, desde la mañana
hasta la noche, hablar de su amor? ¿Pero quién creerla que él tiene la idea, el
poder de hablar como nuestras gentes? ¿Qué él no abomina del hecho de pretender
probar en tres puntos que después de todo hay un sentido en su amor?... Casi
como el pastor cuando prueba en tres puntos la eficacia de las plegarias, pues
tanto han bajado de precio, que tienen necesidad de tres puntos para atrapar un
poquito de prestigio; o también, lo que es semejante, pero un poco más risible,
cuando el pastor prueba en tres puntos que la plegaria es la beatitud que
supera todo entendimiento. ¡Oh querido e inapreciable Anticlímax! Decir que una
cosa, superando al entendimiento, pruébase con tres razones, las cuales,
siempre que ellas valgan algo más que nada, no deben sin embargo superar al
entendimiento, sino por el contrario convencerlo, incluso hasta la evidencia,
de que esa beatitud no lo supera de ningún modo, ¡cómo si, en efecto, las
«razones» no estuvieran siempre al alcance de la razón! ¡Pero para aquello que
supera al entendimiento, y para quien cree en ello, esas tres razones carecen
de sentido tanto como para las insignias de las posadas, tres botellas o tres ciervos!
Pero prosigamos: ¿quién prestaría a un enamorado la idea de defender su amor,
de admitir que no es absoluto, lo Absoluto? ¿Cómo creer que ha pensado en él
como en las objeciones hostiles, y de que así ha nacido su alegato; es decir
cómo creerle capaz o casi, de admitir que no está enamorado, de denunciarse
como si no lo estuviera? Id a proponerle que sostenga tal cosa y ya se sabe que
os considerará loco y si, además de estar enamorado, es también un poco
psicólogo, estad seguros que sospechará que el autor de la oferta nunca
conoció el amor o que quiere arrastrarlo a que se traicione, a renegar lo
suyo... defendiéndolo. ¿No es esa la prueba enceguecedora de que un enamorado,
uno verdadero, nunca tendrá la idea de probar con tres puntos su amor o de
defenderlo, pues -lo que vale más que todos los puntos juntos y que cualquier
defensa- él ama? Y quien prueba y alega no ama, no hace más que simular y,
desgraciadamente, -o tanto mejor-lo hace tan estúpidamente que sólo delata su
falta de amor.
Ahora bien, exactamente así se habla del cristianismo.
¡Así hablan de él pastores creyentes, «defendiéndolo» o traspasándolo a
«razones», si es que no lo deforman, queriendo ponerlo especulativamente en
«concepto»; es lo que se llama predicar, y la cristiandad ya tiene en alta
estima a esa especie de predicamento... y a sus auditorios. He aquí por qué (y
es la prueba) la cristiandad está tan lejos de ser lo que dice ser y la mayoría
de las gentes que la forman carecen de tal modo de espiritualidad que no se
puede, en estricto sentido cristiano, tratar sus vidas de pecado.
LIBRO QUINTO
LA CONTINUACIÖN DEL PECADO
El estado continuo del pecado es un pecado más; o para
usar una expresión más precisa, y como se desarrollara luego, permanecer en el
pecado es renovarlo, es pecar. Quizá le resulte esto exagerado al pecador, a
él, que reconoce apenas otro pecado actual como pecado nuevo. Pero la
eternidad, su contador, está obligada a registrar el estado que se queda en el
pecado, en el pasivo de nuevos pecados. Su libro no tiene más que dos columnas
y «todo lo que no proviene de la fe es pecado»;[7] la
falta de arrepentimiento después de cada pecado es otro pecado; incluso cada
uno de los instantes en que permanece ese pecado sin arrepentimiento, es un
pecado nuevo. ¡Pero cuán raros son los hombres cuya conciencia íntima guarda
una continuidad! Generalmente sus conciencias no son más que una intermitencia,
que no se manifiestan más que en las decisiones graves y permanecen cerradas a
lo cotidiano; el hombre no existe un poco como espíritu, más de una hora por
semana... evidentemente un modo bastante animal de existencia espiritual. La
esencia misma de la eternidad es, sin embargo, continuidad, y exige del
hombre, es decir que quiere que tenga conciencia de ser espíritu y lo crea. El
pecador, por el contrario, está tan en poder del pecado, que no suponiendo su
alcance, incluso ni sabe que toda su vida se encuentra en el camino de la perdición.
No registra más que cada nuevo pecado, que le da como un nuevo impulso sobre el
mismo camino, como si en el instante anterior no fuera hacia él con toda la
rapidez de los pecados anteriores. El pecado se le ha hecho tan natural o tan
una segunda naturaleza, que no percibe nada anormal en la marcha de cada día, y
no realiza un breve retroceso más que en el momento de recibir de cada nuevo
pecado como un nuevo impulso. En esta perdición, en lugar de la continuidad
verdadera de la eternidad, la del creyente que se sabe en presencia de Dios,
no ve la de su propia vida... la continuidad del pecado.
¿«La continuidad del pecado»? ¿Pero el pecado no es
precisamente discontinuidad? Henos de nuevo ante la teoría de que el pecado no
es más que una negación, de la cual ninguna prescripción podrá hacer nunca una
propiedad, así como tampoco una prescripción no da nunca derechos sobre un bien
robado; que no es más que una negación, un impotente ensayo de constituirse,
destinado a través de todos los suplicios de la impotencia, en un desesperado
desafío, a no lograrlo jamás. Sí, es ésta la teoría de los filósofos; pero para
el cristiano, el pecado (y esto debe ser creído, siendo la paradoja, lo
ininteligible) es una posición que se desenvuelve por sí misma, una continuidad
cada vez más positiva.
Y la ley de crecimiento de esta continuidad no es
tampoco la misma que la que rige una deuda, o una negación. Pues una deuda no
crece por el hecho de no ser pagada, sino sólo cada vez que se le agrega una
nueva. El pecado, por su parte, crece a cada instante que se permanece en él.
El pecador tiene tan poca razón en no ver acrecentamiento del pecado más que en
cada nuevo pecado que, en el fondo, para los cristianos, el estado que resta en
el pecado es su acrecentamiento, el nuevo pecado. Incluso existe un dicho para
expresar que es humano pecar, pero satánico perseverar en el pecado; sin
embargo, el cristiano está obligado a entenderlo un poco diferentemente. No
tener más que una visión discontinua, no registrar más que los pecados nuevos y
saltar los intervalos, el intermedio de un pecado a otro, no es menos
superficial que creer, por ejemplo, de que un tren no avanza más que cada vez
que se oye jadear la locomotora. Empero, ni el silbido, ni el impulso que le
sigue, es lo que en realidad hay que ver, sino la rapidez continua con que
avanza la locomotora y produce ese jadeo. Igual sucede con el pecado. El estado
de permanecer en el pecado es su fondo mismo; los pecados singulares no son su
continuación, sino que, únicamente, la traducen; cada pecado nuevo no hace más
que hacernos sensible la rapidez.
Estar en el pecado es un pecado peor que cada pecado
aislado, es el pecado. Y en este sentido, en efecto, permanecer en el pecado
es continuar el pecado, es un nuevo pecado. De ordinario no se lo entiende
así; se cree que un pecado actual engendra uno nuevo. Pero la razón, mucho más
profunda, consiste en que permanecer en el pecado es un nuevo pecado. Es así
como Shakespeare, maestro psicólogo, hace decir a Macbeth (III, 2)
Sündentsprossene Werke erlangen nur durch Sünde Kraft und Starke.[8] Es
decir, que el pecado se engendra a sí mismo como una consecuencia, y en esta
continuidad interior del mal, toma también su fuerza. Pero nunca se llega a
esta concepción considerando los pecados aisladamente.
La mayoría de la gente vive demasiado inconsciente de
sí misma para sospechar lo que es la consecuencia; carente del vínculo profundo
del espíritu, su vida, ya sea ingenuidad encantadora de niño, ya sea tontería,
no es más que una mala urdimbre de un poco de acción, de azar, de
acontecimientos mezclados: tanto se la ve hacer el bien, como luego rehacer el
mal y volver al punto de partida; la desesperación le dura tanto una tarde
como hasta tres semanas, pero una vez más hela aquí apuesta y de nuevo desesperada
por todo un día. Para la mayoría de la gente la vida no es más que un juego, en
el cual se participa, pero jamás llega a arriesgar el todo por el todo, jamás
llega a representársela como una consecuencia infinita y cerrada. Por esto
jamás conversa más que acerca de actos aislados, de tal o cual buena acción,
de tal o cual falta.
Toda existencia, dominada por el espíritu, incluso si
ese espíritu se pretende autónimo, está sometida a una consecuencia interior,
consecuencia de fuente trascendente, que depende al menos de una idea. Pero, en
una vida semejante, el hombre teme infinitamente a su vez -por una idea
infinita de consecuencias posibles- toda ruptura de consecuencia. ¿No corre el
riesgo de ser arrancado a esa totalidad que lleva su vida? La menor
inconsecuencia es una pérdida enorme, puesto que pierde el encadenamiento; acaso
es deshacer al instante el encantamiento, agotar ese poder misterioso que
reúne todas las fuerzas en una sola armonía, aflojar el resorte; acaso
arruinarlo todo, para gran suplicio del yo, en un caos de fuerzas en rebelión
intestina, de donde habrá desaparecido todo acuerdo interior, toda franca
velocidad, todo ímpetus. El admirable mecanismo, que debía a la consecuencia
tanta agilidad en el juego de sus implementos de acero, tanta energía dúctil,
ahora está descalabrado; y cuando más espléndido, más grandioso el mecanismo,
peor es su desarreglo. El creyente, cuya vida íntegra reposa en el encadenamiento
del bien, siente un miedo incluso infinito por el menor pecado, pues él corre
el riesgo de perder infinitamente, en tanto que los hombres de lo espontáneo,
que no salen de la puerilidad, no tienen totalidad que perder, no siendo para
ellos nunca pérdidas y ganancias más que lo parcial, que lo particular.
Pero con no menos rigor que el creyente, en lo
opuesto, el demoníaco se ata al encadenamiento interior del pecado. Es como el
beodo que no deja de mantener su ebriedad día tras día por temor a su
suspensión, a la languidez que entonces se produciría y a sus consecuencias
posibles, si él permaneciera un día sin beber. A igual que el hombre de bien,
además, cuando se le quiere tentar, pintándole el pecado en forma atrayente; su
respuesta suplicante será: «No me tentéis». Del mismo modo el demoníaco, sin duda,
os dará ejemplos del mismo tenor. Frente a un hombre de bien, más fuerte que él
en su posición y viniéndole a describir el bien en su beatitud, el demoníaco
es capaz de pedirle gracia, de rogarle con lágrimas en los ojos que no le hable
de ello, que no pretenda, como el dice, debilitarlo. Pues su continuidad
interior y su continuidad en el mal, hacen que también él tenga una totalidad a
perder. Un apartamiento de un segundo fuera de su consecuencia, una sola
imprudencia de régimen, una sola mirada distraída, un solo instante con otra
visión del conjunto o incluso de una parte y, como él dice, surge el riesgo de
no ser ya nunca él mismo. Es cierto que, desesperado, ha renunciado al bien, y
que ya no espera ninguna ayuda, haga lo que hiciera; ¿pero no podría aún
perturbarle ese bien? ¿Suprimirle para siempre la posibilidad de volver a
hallar el pleno ímpetu de las consecuencias, en resumen, debilitarlo?
Únicamente en la continuación del pecado es él mismo, en ella vive y se siente
vivir. ¿Qué quiere decir esto, sino que permanecer en el pecado es lo que, en
lo más profundo de su caída, todavía lo sostiene, por el diabólico
reforzamiento de la consecuencia? No es el pecado nuevo, distinto, el que (si,
demencia horrible) le ayuda; el pecado nuevo, distinto, sólo expresa la
continuidad en el pecado y ésta es, propiamente hablando, el pecado.
La «continuidad del pecado», que ahora va a seguir,
refiérese menos a los nuevos pecados, aisladamente, que al estado continuo del
pecado, lo que es aún una elevación de intensidad del pecado para él mismo, una
perseverancia consciente en el estado de pecado. La ley de condensación del
pecado marca, pues, aquí como en todas partes, un movimiento interior hacia una
mayor intensidad de conciencia.
Capítulo 1
EL PECADO DE DESESPERAR DE SU PECADO
El pecado es desesperación y aumenta su intensidad el
pecado nuevo de desesperar de su pecado. Fácilmente se ve que aquí reside lo
que se entiende por elevación de intensidad, no se trata de otro pecado como,
después de un robo de cien rixdales, otro de mil rixdales. No, aquí no se trata
de pecados aislados: el estado continuo del pecado es el pecado y este pecado
se intensifica en su nueva conciencia.
Desesperar de su pecado expresa que el pecador se ha
encerrado en su propia consecuencia o quiere mantenerse en ella. Se niega por
completo a tener relación con el bien, y teme la debilidad de escuchar a veces
otra voz. No; está resuelto a no escuchar a nadie más que a sí mismo, a no
tener cuestiones más que consigo mismo, a enclaustrarse dentro de un encierro
más, en fin, a asegurarse mediante la desesperación de su pecado contra toda
sorpresa o búsqueda del bien. Tiene conciencia de haber roto detrás de sí todos
los puentes y de este modo de permanecer inaccesible al bien como éste lo es
para él; al punto de que, deseándolo en un momento de debilidad, todo retorno
le será imposible. Pecar es separarse del bien; pero desesperar del pecado es
una segunda separación que exprime del pecado, como de un fruto, las últimas
fuerzas demoníacas; entonces, en este empedernimiento o entorpecimiento
infernal, tomado en su propia consecuencia, uno se obliga a considerar estéril
y vano no sólo todo lo que tiene por nombre arrepentimiento y gracia, sino
también a ver en ello un peligro, contra el cual uno se arma ante todo,
exactamente como hace el hombre de bien contra la tentación. En este sentido
Mefistófeles, en el Fausto, no se equivoca al decir que no existe peor miseria
que un diablo que desespera; pues la desesperación, aquí, no es más que una
debilidad que presta oídos al arrepentimiento y a la gracia. Para caracterizar
la intensidad de potencia hasta donde asciende el pecado cuando uno desespera
de él, podría decirse que en el primer grado se rompe con el bien y, en el
segundo, con el arrepentimiento.
Desesperar del pecado es tratar de mantenerse, cayendo
cada vez más; como el aeronauta que asciende arrojando lastre, el desesperado
que se empecina en arrojar por la borda todo el bien (sin comprender que en un
lastre que eleva, cuando se lo conserva) cae, creyendo ascender. Y también es
cierto, de más en más, que se aligera. El pecado por sí mismo es la lucha de la
desesperación; pero agotadas las fuerzas, es necesario otra elevación de
potencia, un nuevo retraimiento demoníaco sobre sí mismo; y es esta la
desesperación del pecado. Es un progreso, un crecimiento de lo demoníaco, el
cual, evidentemente, nos hunde en el pecado. Es una tentativa de dar al pecado
una continencia, un interés, de hacer de él una potencia, diciendo que los
dados han sido arrojados para siempre y que se permanecerá sordo a todo
propósito de arrepentimiento y de gracia. La desesperación del pecado no es
engañada, sin embargo, por su propia nada; sabiendo perfectamente que no hay ya
de qué vivir, más nada, la idea misma de su yo ya no le es nada. Es lo que
Macbeth mismo (11, 1), en gran psicólogo, dice después de haber matado al rey,
y desesperando ahora de su pecado:
Von
jetzt giebt es nichts
Ernstes
mehr im Leben;
Alles ist Tand, gestorben
Rubm und Gnade.[9]
Lo magistral de tales versos es el doble golpe de las
últimas palabras (Ruhm y Gnade). Por el pecado, es decir desesperando del
pecado, se encuentra, al mismo tiempo, a una distancia infinita de la gracia...
y de sí mismo. Su yo, completamente egoísta, culmina en ambición. Helo aquí rey
y, sin embargo, desesperando de su pecado y de la realidad del arrepentimiento,
es decir de la gracia, acaba de perder hasta su yo; incapaz, incluso, de
sostenerlo para sí mismo, está tan lejos, exactamente, de poder gozarlo en su
ambición, como de coger la gracia.
En la vida (si en verdad la desesperación del pecado
se encuentra en ella; en todo caso se encuentra un estado que los hombres
llaman así) se tiene generalmente un punto de vista equivocado acerca del
pecado, sin duda porque en el mundo, no ofreciéndosenos más que aturdimiento,
liviandad y estupidez puras, toda manifestación un poco más profunda nos
emociona y nos hace quitar devotamente el sombrero. Sea por turbia ignorancia
de sí misma y de lo que indica, o por simulacro de hipocresía, o gracias a su
astucia y sofística habitual, la desesperación del pecado no detesta el hecho
de darse el ilustre de ser el bien. Entonces quiérese ver en ella el signo de
una naturaleza profunda, que naturalmente toma muy a pecho su pecado. Un
hombre, por ejemplo, se ha entregado a cierto pecado, luego ha resistido largo
tiempo la tentación y ha terminado por vencerla... Al presente, si recae en
ella y le cede, el mal humor que le invade no siempre es pesar por haber
pecado, puede depender de otra cosa, ser también una irritación contra la
Providencia, como si fuera ella quien le dejó volver a caer, y que no hubiera
debido tratarlo tan duramente, puesto que durante tanto tiempo había resistido
perfectamente. ¿Pero no es razonar como mujercita el aceptar ese pesar con los
ojos cerrados; pasar sobre el equívoco implícito en toda pasión, expresión de
esa fatalidad que hace que el hombre apasionado, a veces hasta llegar a estar
loco, pueda percibir, después del hecho, que ha dicho lo contrario de lo que
creía decir? Este hombre protestará quizá con palabras cada vez más fuertes,
por toda la tortura de su recaída, de cómo le arroja en la desesperan. «Nunca
me lo perdonaré», dice. Y todo, para traduciros el bien que hay en él, la bella
profundidad de su naturaleza. Ahora bien, no es más que mistificación. En mi
descripción, expresamente, he incluido el «nunca me lo perdonaré», una de esas
frases, precisamente, que de ordinario se estrecha en semejantes
circunstancias. Esa frase, en efecto, os coloca de inmediato de aplomo en la
dialéctica del yo. Nunca él se perdonará... pero si entonces Dios quisiera
hacerlo, ¿tendría la maldad, él mismo, de no perdonarse? En realidad, su
desesperación del pecado -sobre todo cuando hace gala de expresiones
denunciándose (sin pensar en ellas para nada), cuando dice que «no se perdonará
nunca» por haber pecado de esa manera (palabras casi opuestas a la humilde
contrición que ruega a Dios el perdón)-, su desesperación indica tan poco el
bien que, por el contrario, señala más insensatamente el pecado, cuya
intensidad proviene de que uno se hunde en él. De hecho, cuando se esforzaba
en resistir a la tentación, juzgó que se hacía mejor de lo que es realmente; se
ha puesto orgulloso de sí mismo y su orgullo está ahora interesado en que el
pasado sea perfectamente terminado. Pero su recaída, de pronto, hace de ese
pasado toda su actualidad. ¡Llamado intolerable a su orgullo! De aquí ese
entristecimiento profundo, etc. Tristeza, evidentemente, que da la espalda a
Dios, que no es más que una simulación de amor propio y de orgullo. Cuando en
primer lugar debería darle humildes gracias por haber apoyado durante tanto
tiempo a su resistencia, y confesarle luego, y confesarse a sí mismo, que ese
socorro ya excedía su mérito y, finalmente, humillarse al recuerdo de lo que
fue.
Aquí, como en todas partes, la explicación de viejos
textos edificantes desborda de profundidad, experiencia e instrucción. Enseñan
que Dios, a veces, permite al creyente un paso en falso y la caída en alguna
tentación... precisamente con el fin de humillarlo y fortificarlo de este modo
más en el bien. ¡El contraste de su caída y de sus progresos en el bien, quizá
considerables, es de tanta humillación! ¡Y constatarse idéntico a sí
mismo es de tal dolor! Cuando más se eleva el hombre,
más sufre cuando peca, y mayor riesgo hay si se carece de cambio; la menor
impaciencia, incluso, lo tiene. Quizá se hundirá de pensar en la más negra
tristeza... y algún loco director de almas estaría completamente listo,
entonces, para admirar su profundidad moral, toda la potencia del bien en
él... ¡como si eso fuera bien! Y su mujer, ¡la pobre!, se siente humillada
junto a semejante marido, serio y temeroso de Dios, a quien el pecado
entristece tanto. Acaso sostiene propósitos aun más engañadores, acaso en
lugar de decir: nunca podrá perdonármelo (como si ya se hubiera perdonado de
los pecados él mismo: pura blasfemia), diga solamente que Dios nunca podré
perdonarlo. ¡Ay! También aquí no hace más que embaucarse. ¿Su pesar, su
preocupación, su desesperación? Simple egoísmo (como esa angustia del pecado,
en la cual la misma angustia os arroja en ella, puesto que es amor propio que
quiere enorgullecerse de sí mismo, ser sin pecado)... y el consuelo es su
necesidad menor y es por esto que las enormes dosis que administran los directores
de almas no hacen más que empeorar el mal.
Capítulo II
EL PECADO DE DESESPERAR EN CUANTO A4 LA REMISIÓN DE
LOS PECADOS[10]
(EL ESCÁNDALO)
Aquí la conciencia del yo se eleva a mayor potencia
por el conocimiento de Cristo; aquí el yo está en presencia del Cristo. Después
del hombre ignorando su yo eterno y luego del hombre consciente de un yo
teniendo algún rasgo eterno (en la primera parte), se ha mostrado (pasando a la
segunda parte) que ellos se reducían al yo lleno de una idea humana de sí mismo
y comportando en sí su propia medida. A esto se oponía el yo en presencia de
Dios, base misma de la definición del pecado.
He aquí ahora a un yo en presencia del Cristo, un yo
que, incluso aquí, desesperado, no quiere ser él mismo o quiere serlo.
Desesperar en cuanto a la remisión de los pecados es reducirlo, en efecto, a
una u otra fórmula de la desesperación: desesperación-debilidad o
desesperación-desafío: el primero no se atreve a creer por escándalo y el
segundo se niega a hacerlo. Pero aquí debilidad o desafío (puesto que no se
trata siempre de ser uno mismo, sino uno mismo en tanto que pecador y, por lo
tanto, a título de su imperfección), son precisamente lo contrario de lo que
tienen por costumbre ser. Es debilidad de costumbre la desesperación en la cual
no se quiere ser uno mismo pero, aquí sucede lo contrario; puesto que es, en
efecto, el desafío de negarse a ser lo que se es, un pecador, y valerse de
ello para pasárselas sin la remisión de los pecados. Es desafío de costumbre
la desesperación en la cual se quiere ser uno mismo, pero aquí sucede lo
contrario; se es débil queriendo por desesperación ser uno mismo, queriendo ser
pecador hasta el punto de que falte el perdón.
Un yo en presencia del Cristo es un yo elevado a una
potencia superior por la inmensa concesión de Dios, la inmensa representación
con la cual Dios le ha investido, habiendo querido, también por él, nacer y
hacerse hombre, sufrir, morir. Nuestra precedente fórmula del crecimiento del
yo, cuando crece la idea de Dios, también vale aquí: cuanto más crece la idea
del Cristo, más aumenta el yo. Su cualidad depende de su medida. Dándonos el
Cristo por medida, Dios, nos ha testimoniado hasta la evidencia hasta dónde va
la inmensa realidad de un yo; pues sólo en el Cristo es cierto que Dios es la
medida del hombre, su medida y su fin. Pero con la intensidad del yo aumenta
la del pecado.
También puede demostrarse, por otro camino, la
elevación de intensidad del pecado. Ya se ha visto que el pecado es desesperación;
y que su intensidad se eleva por la desesperación del pecado. Pero entonces
Dios nos ofrece la reconciliación, perdonándonos nuestras faltas. Sin embargo,
el pecador desespera y la expresión de su desesperación aún se profundiza;
helo aquí, si se quiere, en contacto con Dios, pero a causa de que está todavía
más alejado de él y aún más intensamente sumergido en su falta. El pecador,
desesperado de la remisión de los pecados casi parece querer acosar a Dios
desde más cerca, pues, ¿acaso no es el tono de un diálogo cuando dice: «Mas no,
los pecados no son perdonados, es una imposibilidad»? ¿No se diría que es un
cuerpo a cuerpo? Y sin embargo es necesario que el hombre se aleje un paso más
de Dios cuando cambia su naturaleza para poder hablarle de ese modo, y para
ser escuchado; para luchar así cominus debe ser eminus, ¡tal es la extraña acústica
del mundo espiritual, la extravagancia de las leyes que rigen las distancias!
Alejado todo lo posible de Dios, el hombre puede hacerle oír ese: ¡No!, que sin
embargo quiere a Dios como una especie de viril muerte. El hombre nunca es tan
familiar con Dios como cuando está más lejos de el, familiaridad que no puede
nacer más que del alejamiento mismo; en la vecindad de Dios, no se puede ser
familiar y si se lo es, se encuentra en ello el signo de que se está lejos de
él. ¡Tal es la impotencia del hombre en presencia de Dios! La familiaridad con
los grandes de la tierra os hace correr el riesgo de ser arrojado lejos de
ellos; pero no se puede ser familiar en relación a Dios más que alejándose de
él.
De ordinario, las gentes sólo tienen un falso criterio
sobre este pecado (la desesperación sobre la remisión), sobre todo, después que
se ha suprimido la moral y que sólo raramente se escucha una sana palabra
moral. La estética metafísica reinante os llena de estima y es para ella el
signo de una naturaleza profunda vuestra desesperación de la remisión de los
pecados,
un
poco como cuando se quiere ver en las malicias de un niño una prueba de
profundidad. Además, reina un bello desorden en el terreno religioso, desde que
se ha suprimido de las relaciones del hombre con Dios su único regulador, ese
«Tú debes», del cual es imposible desprenderse para determinar algo de la
existencia religiosa. Triunfando la fantasía, se ha empleado en lugar de la
idea de Dios como de un condimento de la importancia humana, para hacerse el
importante en presencia de Dios. Igual que en la política, donde se conquista
importancia colocándose en la oposición y tanto que, al final, se desea un
gobierno, sin duda, para tener, a pesar de todo, algo a lo cual oponerse; de
igual modo se terminará por no querer suprimir a Dios... sólo aun para hincharse
de importancia al estar en la oposición. Y todo aquello que antaño se
consideraba con horror como manifestaciones de rebelión impía, pasa ahora por
genial, por expresión de profundidad. «Tú debes creer», se decía antes,
claramente, sin sombra de romanticismo; ahora es señal de genio y profundidad
decir que uno no puede hacerlo. «Tú debes creer en la remisión de los
pecados», y como único comentario de este texto, antaño se agregaba: «Si no
puede hacerlo te advendrá una gran desgracia; pues lo que se debe, se puede»;
ahora es genialidad y profundidad no poder creer. ¡Hermoso resultado para la
cristiandad! ¿Si se silenciara el cristianismo, estarían los hombres tan
pagados de sí mismos? No, ciertamente, como además nunca lo estuvieron antes en
el paganismo, sino arrastrando así por todas partes a-cristianamente la ideas
cristianas, girando su empleo en la peor irreverencia, cuando no se hace un
abuso de otra especie, pero no menos desvergonzado. De hecho, ¡qué epígrama
resulta el juramento, que, sin embargo, no estaba en las costumbres paganas,
y por el contrario se encuentra como en su casa en los labios cristianos! ¡Qué
epígrama que mientras los paganos, como con una especie de horror, de temor al
misterio, no nombraban muy a menudo más que con gran solemnidad a Dios, entre
los cristianos su nombre sea la palabra más corriente en las manifestaciones de
todos los días y, sin comparación, la palabra más vacía de contenido, cuyo uso
se hace con el menor cuidado, porque ese pobre Dios, en su evidencia (¡el imprudente,
el inhábil! en haberse manifestado en lugar de mantenerse oculto, como hacen
las personas selectas) es, al presente, conocido como el lobo blanco! Por esto
es hacerse un insigne servicio ir a veces a la iglesia, lo que también os vale
los elogios del pastor, quien os agradece en nombre de Dios el honor de la
visita y os adorna con el título de hombre piadoso, a la vez que lanzando un
puntapié a quienes nunca hacen a Dios el honor de cruzar su umbral.
El pecado de desesperar de la remisión de los pecados
es el escándalo. Los judíos, aquí, tenían gran razón de escandalizarse del
Cristo que quería perdonar los pecados. ¡Qué triste dosis de chatura (por lo
demás, normal entre nuestros cristianos) se necesita, si no se es creyente do
que entonces es creer en la divinidad del Cristo) para no escandalizarse ante
un hombre que quiere perdonar los pecados! Y qué dosis de chatura no menos
molesta para no escandalizarse de que el pecado pueda ser perdonado! Para la
razón humana es la peor imposibilidad... sin que por esto elogie yo la
genialidad de no poder creer; pues eso debe ser creído.
Naturalmente, ese pecado no podía cometerlo un pagano.
¡Incluso pudiendo tener (no podía tenerlo, careciendo de la idea de Dios) la
idea verdadera del pecado, no hubiera podido ir más allá de la desesperación de
su pecado! Y además (y es esta toda la concesión que se puede hacer a la razón
y al pensamiento humanos) deberíase trenzar elogios al pagano que realmente
llegaba, no a desesperar del mundo ni de sí mismo en sentido amplio, sino de su
pecado[11]
Para lograrlo, la empresa requiere profundidad de espíritu y supuestos éticos.
Ni un solo hombre, en tanto que hombre, puede ir más lejos, y raramente vése a
alguien lográndolo. Pero con el cristianismo todo ha cambiado; por lo tanto,
cristiano, debes creer en la remisión de los pecados.
Pero, desde este último punto de vista, ¿cuál es el
estado de la cristiandad? ¡Y bien! Desespera en el fondo de la remisión de los
pecados en el sentido, Sin embargo, de que ella aún no conoce incluso su
estado. En ella no se ha llegado incluso a la conciencia del pecado, no se
reconoce más que la especie de pecado que ya le conoce el paganismo, se vive
alegremente y contento, en una seguridad pagana. Pero ya vivir en la cristiandad
es superar al paganismo y nuestras gentes llega hasta enorgullecerse de que su
sentimiento de seguridad no sea otra cosa -¡pues cómo lo sería en la
cristiandad!- que la conciencia que tienen de la remisión de los pecados,
convicción que los pastores refuerzan en sus fieles.
La desgracia esencial de los cristianos actuales es,
en el fondo, el cristianismo, el dogma del hombre-dios (pero en sentido
cristiano, garantizado por la paradoja y el riesgo del escándalo), que a fuerza
de ser predicado y vuelto a predicar ha sido profanado, que una confusión
panteísta ha reemplazado (primero en la aristocracia filosófica, luego en la
plebe de las calles y encrucijadas) la diferencia de naturaleza entre Dios y el
hombre. Ninguna doctrina humana ha aproximado de hecho más que el cristianismo a Dios y el hombre;
tampoco ninguna era capaz de hacerlo. Personalmente, Dios es el único en poder
hacerlo, ¡pues toda invención de los hombres no es más que un sueño, una
ilusión precaria! Pero tampoco ninguna doctrina se ha cuidado tanto de la más atroz
de las blasfemias, aquella que, desde que Dios se hizo hombre, consiste en
profanar su acto, como si Dios y el hombre no hiciesen más que uno; jamás
ninguna doctrina se ha cuidado tanto contra ello como el cristianismo, cuya
defensa es el escándalo. ¡Desgracia a esos blandos discurseadores, a esos
pensadores ligeros, desgracia! ¡Desgracia a su secuela de discípulos y
turiferarios!
Se quiere orden en la vida; -¿y no es esto lo que Dios
quiere ya que no es un dios de desorden?-; que se quiera hacer ante todo de
cada hombre un aislado. Desde el momento en que se deja que los hombres formen
rebaño en aquello que Aristóteles llama una categoría animal: la multitud;
luego desde que esta abstracción (que no obstante es algo menos que nada, menos
que el menor individuo) es considerada como algo: entonces se necesita muy
poco tiempo para que se la divinice. ¡Entonces! Entonces se llega philosophice
a despedazar el dogma del hombre-dios. Como la muchedumbre ha sabido imponerla,
en diferentes países, a los reyes, y la prensa a los ministros, así se descubre
al fin que la suma de todos los hombres, summa summarum, se la impone a Dios. Y
he aquí lo que se llama la doctrina del hombre-dios, identificando en ella al
hombre con Dios. Claro está que más de un filósofo, después de haberse dedicado
a propagar esa doctrina de la preponderancia de la generación sobre el
individuo, se ha apartado de ella disgustado, cuando la tal doctrina se entrega
a deificar al populacho. Pero esos filósofos olvidan que no obstante es la de
ellos, sin ver que no era menos falsa cuando la adoptaba la «élite» y una
capilla de filósofos, que era como la encarnación de la misma.
En pocas palabras, el dogma del hombre-dios ha hecho
insolentes a nuestros cristianos. Un poco como si Dios hubiese sido demasiado
débil, como si hubiese corrido la misma suerte que el indulgente, pagado con
ingratitud por su exceso de concesiones. Es él quien ha inventado el dogma del
hombre-dios y he aquí que nuestras gentes, por una desvergonzada inversión de
las relaciones, tratan con él sobre un pie de parentesco; así su concesión
tiene casi el mismo sentido que en nuestros días el otorgamiento de una
Constitución liberal... y bien se sabe lo que es «¡estaba obligado a ello!...»
Casi como si Dios se hallara confundido; y que los malignos tuviesen razón en
decirle: «Es culpa tuya; ¡la qué entraste en tan buenas relaciones con los
hombres!. ¿Pues de otro modo quién habría pensado, habría tenido la osadía de
pretender esa igualdad entre Dios y el hombre? Pero fuiste Tú quien la
proclamó y hoy cosechas lo que has sembrado».
Sin embargo, el cristianismo, desde el comienzo, tomó
sus precauciones. Parte de la doctrina del pecado, cuya categoría es la misma
de lo individual. El pecado no es objeto de pensamiento especulativo. El
individuo, en efecto, siempre está por debajo del concepto: no piensa un
individuo, sino solamente su concepto. Por esto nuestros teólogos se precipitan
en la doctrina de la preponderancia de la generación sobre el individuo: pues,
hacerles reconocer la impotencia del concepto en presencia de lo real, sería
pedirles demasiado. Y así como no se piensa un individuo, tampoco se puede
pensar un pecador individual; se puede pensar el pecado (que deviene entonces
una negación, pero no un pecador, aisladamente. Pero precisamente esto quita
toda seriedad al pecado, si uno se limita a pensarlo, pues lo serio es que
ustedes y yo somos pecadores; lo serio no es pecado en general, sino el acento
puesto sobre el pecador, es decir, sobre el individuo. Con respecto a este último,
la especulación, para ser consecuente, debe tener un gran desprecio por el
hecho de ser un individuo, es decir, de ser lo que no es pensable; para
intentar ocuparse de esto, ella debería decirle: ¿para qué sirve perder el
tiempo en tu individualidad; trata, pues, de olvidarla: ser un individuo es no
ser nada; pero piensa... y entonces serás toda la humanidad, cogito ergo sum.
¡Pero si incluso esto fuese mentira!, ¡y que el individuo, la existencia
individual, por el contrario, fuesen la cosa suprema! Supongamos que ello no
fuera nada. Pero para no contradecirse, la especulación debería agregar: ser
un pecador particular, ¿qué quiere decir? Esto está por debajo del concepto, no
pierdas tu tiempo en esto, etc... ¿Y luego qué? En lugar de ser un pecador
particular (así como se era invitado, en lugar de ser un individuo, a pensar el
concepto de hombre) ¿habría, pues que ponerse a pensar el pecado? ¿Y luego qué?
Por azar, pensando el pecado, ¿no se llega a ser «el pecado» personificado:
cogito ergo sum? ¡Hermoso hallazgo! En todo caso no se corre de este modo el
riesgo de encarnar el pecado, el... pecado puro; no dejándose pensar,
justamente, este último. Punto que nuestros teólogos mismos deberían
concedernos, puesto que el pecado, en efecto, es la prescripción del concepto.
Pero para no disputar más e concessís, pasemos a la dificultad principal, muy
distinta, por cierto. La especulación olvida que, a propósito del pecado, no se
evita la ética que, por su parte, refiérese siempre a lo opuesto de la
especulación y progresa en sentido contrario; pues la ética, en lugar de hacer
abstracción de la realidad, nos sumerge en ella, y en su esencia está obrar por
lo individual, esta categoría tan despreciada por nuestros filósofos. El pecado
depende del individuo, es ligereza y pecado nuevo hacer como si nada fuera ser
un pecador individual... cuando uno mismo es ese pecador. Aquí el cristianismo
cierra con una señal de la cruz el camino a la filosofía; ésta es tan incapaz
de rehuir la dificultad como un velero avanzar contra el viento. Lo serio del
pecado es su realidad en el individuo, en ustedes y en mí; la teología
hegeliana, obligada a alejarse siempre del individuo, sólo puede hablar del
pecado a la ligera. La dialéctica del pecado sigue caminos diametralmente
opuestos a los de la especulación.
Ahora bien, de aquí parte el cristianismo, del dogma
del pecado y, por lo tanto, del individuo.[12]
Puede vanagloriarse de haber enseñado el Hombre-Dios, la semejanza del hombre
con Dios; no por ello odia menos todo lo que es familiaridad licenciosa e
impertinencia. Por el dogma del pecado, del aislamiento del pecador, Dios y el
Cristo han tomado para siempre, y cien veces mejor que un rey, sus precauciones
contra todo lo que es pueblo, gens, muchedumbre público, etc... ídem contra
todo pedido de una Constitución más libre. Este bando de abstracciones no
existe para Dios; para él, encarnado en su hijo, sólo existen individuos
(pecadores)... Dios, sin embargo, bien puede abarcar con una mirada a la
humanidad toda e incluso, por añadidura, cuidar de los gorriones. Y todo Dios
es un amigo del orden y a este fin está él mismo presente, y en todas partes y
siempre; es la ubicuidad de que el catecismo destaca como uno de sus títulos
nominativos, en lo que a veces el espíritu de los hombres piensa vagamente,
pero nunca tratando de reflexionarlo sin cesar). Su concepto no es como el del
hombre, en el cual lo individual se sitúa como una realidad irreductible: no,
el concepto de Dios abarca todo, pues si no Dios no está en él. Pues Dios no se
las arregla con una reducción; «comprende» (comprehendit) la realidad misma,
todo lo particular o lo individual; para él, el individuo no es inferior al
concepto.
La doctrina del pecado, del pecado individual, del
mío, del vuestro, doctrina que dispersa sin retorno «la multitud», plantea la
diferencia de naturaleza entre Dios y el hombre más firmemente de lo que nunca
se ha hecho... y sólo existe Dios para poderlo; ¿no está el pecado en presencia
de Dios; etcétera... Nada distingue tanto al hombre de Dios como el hecho de
ser un pecador, lo que es todo hombre, y de estar «en presencia de Dios»; esto
es, evidentemente, lo que mantiene los contrastes, es decir lo que los retiene
(continentur), les evita distenderse y, por ese mantenimiento mismo, la
diferencia no estalla sino más, como cuando se yuxtaponen dos colores, opposita
juxta se posita magis illucescunt. El pecado es el único predicado del hombre
inaplicable a Dios, ni via negationis, ni via eminentiae. Decir de Dios (como
se dice que no es finito, lo que, via negationis, significa su infinitud), que
no peca, es una blasfemia. Para el pecador que es el hombre, un abismo abierto
separa de Dios su naturaleza. Y el mismo abismo, naturalmente, separa a la vez
a Dios del hombre, cuando Dios perdona los pecados. Pues si por imposible, una
asimilación inversa pudiera transferir lo divino a lo humano, un punto, el
perdón de los pecados, haría diferir siempre al hombre de Dios.
Aquí culmina el escándalo, que ha querido ese mismo
dogma, que nos ha enseñado la semejanza de Dios y del hombre.
Pero por el escándalo estalla ante todo la
subjetividad, el individuo. Sin duda el escándalo sin escandalizarse es un poco
menos que imposible de concebir, como un concierto de flauta sin flautista;
pero incluso un filósofo me reconocería la irrealidad, más aún que del amor,
del concepto del escándalo y de que no se hace real más que cada vez que hay
alguien, que hay un individuo para escandalizarse.
Por lo tanto, el escándalo está ligado al individuo.
De aquí parte el cristianismo; hace de cada hombre un individuo, un pecador
particular; luego reúne (y Dios se mantiene allí) todo lo que puede encontrarse
de posibilidad de escándalo entre el cielo y la tierra: he aquí el
cristianismo. Ordena entonces a cada uno de nosotros que crea, es decir que nos
dice: escandalízate o cree. Ni una palabra de más; es todo. «Ahora he hablado
-dice Dios en los cielos-, volveremos a hablar en la eternidad. Hasta entonces,
depende de ti que hagas lo que puedas, pero el juicio te espera.»
¡Un juicio! ¡Ah, sí! Bien sabemos, por saber de
experiencia, que en un motín de soldados o de marinos, son tantos los culpables
que no se puede pensar en el castigo; pero cuando es el público, esa querida y
respetable «élite», o cuando es el pueblo, no sólo no hay en ello crimen, sino,
al decir de los periódicos en los cuales se puede confiar como en el Evangelio
y en la Revelación, se trata de la voluntad de Dios. ¿Por qué esta inversión?
Porque la idea del juicio no corresponde más que al individuo; no se juzga a
masas, es posible masacrarlas, dispersarlas con chorros de agua, halagarlas, en
pocas palabras, tratar de cien diversas maneras a la muchedumbre como a un
animal, pero juzgar las a las gentes como a bestias es imposible, pues no se
juzga a bestias; cualquiera que sea el número que se juzgue, un juicio que no
juzga a las gentes una por una, individualmente,[13] no
es más que farsa y mentira. Con tantos culpables, la empresa es impracticable;
por esto se deja libre a todos, sintiendo perfectamente que es una quimera
pensar en un juicio y que son demasiados para ser juzgados, que no se los hará
pasar uno a uno, que estaría por encima de nuestras fuerzas y de que por esto
hay que renunciar a juzgarlos.
Con todas sus luces, nuestra época, que encuentra
inconveniente prestar a Dios formas y sentimientos humanos, no considera de
igual modo, sin embargo, al hecho de ver en Dios algo así como un juez, un
simple juez de paz o un magistrado militar desbordado por un proceso tan
amplio... y por esto se deduce que será de modo parecido en la eternidad y que
por lo tanto es suficiente unirse, asegurarse que los pastores predicarán en el
mismo sentido. ¡Y si hubiera uno entre todos para atreverse a hablar en otra forma,
uno sólo bastante estúpido como para cargar su vida de tristezas a la vez que
de responsabilidad angustiada y temblorosa y perseguir la de los demás! ¡Ea!,
por nuestra seguridad hagámosle pasar por loco o, si es necesario, hagámosle
morir. Basta que tengamos con nosotros el número, y no es una injusticia. La
estupidez o sandez pasada de moda consiste en creer que la mayoría pueda
cometer una injusticia; lo que hace es la voluntad de Dios. Esta sabiduría,
según nos muestra la experiencia -pues después de todo no somos unos imberbes
ingenuos, no hablamos en el aire, sino como hombres sensatos-, es aquella ante
la que se inclina, hasta ahora, todo el mundo, emperadores, reyes y ministros;
que es ella, hasta ahora, la que nos ha ayudado a encaramar en el poder a todas
nuestras criaturas y por esto, ahora le toca a Dios el turno de inclinarse ante
ella. Basta estar en mayoría, en gran mayoría, y mantenerse con los codos
apretados, lo que nos garantizará el juicio de la eternidad. ¡Oh!, lo
tendríamos asegurado, ¡claro está!, si no sucediera que en la eternidad se
llega a ser individuo. Pero individuos lo éramos y en presencia de Dios
continuamos siéndolo, pues incluso el hombre encerrado en un armario de cristal
se siente menos molesto que cada uno de nosotros en su transparencia ante Dios.
Es esto la conciencia. Ella dispone todo, de tal suerte, que una relación
inmediata sigue a cada una de nuestras faltas y el culpable mismo es su
redactor. Pero se la escribe con tinta simpática, que no se hace legible más que
a contraluz de la eterna luz, cuando la eternidad revisa las conciencias. En
el fondo, entrando en la eternidad, nosotros mismos llevamos y entregamos el
sumario minucioso de nuestros menores pecadillos, cometidos u omitidos. La
justicia en la eternidad podría hacerla, pues, un niño; en realidad no hay qué
hacer para un tercero, estando registrado todo, hasta nuestras más insignificantes
palabras. El culpable, en camino de aquí para la eternidad, tiene la misma
suerte que aquel asesino que huye en ferrocarril, con toda la velocidad del
tren, del lugar del crimen y de... su crimen mismo; ¡ay!, a lo largo de la
línea que lo transporta corre el hilo telegráfico transmisor de su filiación y
de la orden de detención para la próxima parada. En ésta penetran en el vagón y
ya es prisionero. Por así decirlo, él mismo aporta el desenlace.
El escándalo, por lo tanto, es desesperar de la
remisión de las faltas. Y el escándalo eleva el pecado a un grado superior. Generalemente
se lo olvida, a causa de no considerar de verdad al escándalo como un pecado y,
en lugar de decirlo, se habla de pecados donde no hay lugar para él. Y menos se
lo concibe como elevando el pecado a un grado superior. ¿Por qué? Porque no se
opone, como lo quiere el cristianismo, el pecado a la fe, sino a la virtud.
Capítulo III
EL ABANDONO POSITIVO DEL CRISTIANISMO, EL PECADO DE
NEGARLO
Es éste el pecado contra el Santo Espíritu. Aquí el yo
se eleva a su supremo grado de desesperación; no hace más que arrojar lejos de
sí al cristianismo, lo trata de mentira y de fábula ...¡Qué idea
monstruosamente desesperada de sí mismo debe tener ese yo!'
La elevación de potencia del pecado se hace a la luz
cuando se la interpreta como una guerra entre el hombre y Dios, en la cual el
hombre cambia de táctica; su crecimiento de potencia es pasar de la defensiva a
la ofensiva. Primero el pecado es desesperación; y se lucha tratando de
rehuirla; luego llega una segunda desesperación, se desespera el propio
pecado; también aquí se lucha, rehuyéndola o atrincherándola en sus posiciones
de retirada, pero siempre pedem referens. Después viene el cambio de táctica:
aunque se hunda cada vez más en sí mismo. Desesperar de la remisión de los
pecados es una actitud positiva en presencia de una oferta de la misericordia
divina; ya no es un pecado completamente en retirada, ni a la simple defensiva.
Pero dejar el cristianismo como fábula y mentira es la ofensiva. Toda la
táctica anterior concedía la superioridad al adversario. Al presente es el
pecado quien ataca.
El pecado contra el Santo Espíritu es la forma
positiva del escándalo.
El dogma del cristianismo es el dogma del Hombre-Dios,
el parentesco entre Dios y el hombre, pero reservando la posibilidad del
escándalo, como garantía de que se previene Dios contra la familiaridad humana.
La posibilidad del escándalo es el resorte dialéctico de todo el cristianismo.
Sin él, el cristianismo cae por debajo del paganismo y se pierde en tales quimeras,
que un pagano lo trataría de pamplinas. Estar tan cerca de Dios que el hombre
tenga el poder, la audacia, la promesa de aproximársele en el Cristo, ¿qué
cabeza humana ha pensado jamás en ello? Y tomándolo sin oblicuidad, de rondón,
sin reserva ni tortura, con desembarazo, el cristianismo -si se trata de
locura humana a ese poema de lo divino que es el paganismo-, es entonces la
invención de la demencia de un dios; semejante dogma no ha podido acudir más
que al pensamiento de un dios que haya perdido el sentido... así afirmará el
hombre que aún no haya perdido el suyo. El dios encarnado, si el hombre sin
más debiera ser su camarada, formaría un «pendant» con el príncipe Enrique de
Shakespeare.[14]
Dios y el hombre son dos naturalezas a quienes separa
una diferencia infinita de naturaleza. Toda doctrina que no quiera tenerlo en
cuenta, es para el hombre una locura y para Dios una blasfemia. En el paganismo
el hombre refiere Dios al hombre (dioses antropomórficos); en el cristianismo
Dios se hace hombre (Hombre-Dios)... pero a esta caridad infinita de su gracia,
de su misericordia, Dios sin embargo pone una condición, una sola, que no
puede dejar de poner. Aquí está precisamente la tristeza del Cristo: de estar
obligado a ponerla; puede apocarse hasta tomar la apariencia de un servidor,
soportar el suplicio y la muerte, invitarnos a ir hacia él, sacrificar su
vida... pero el escándalo, ¡no!, no puede abolir su posibilidad. ¡Oh acto
único! y tristeza indescifrable de su amor, esta impotencia de Dios mismo -y en
otro sentido su negativa a quererlo-, esta impotencia de Dios, aunque lo
quisiere, para hacer que ese acto de amor no se transforme para nosotros en su
exacto contrario, ¡para nuestra extremada miseria! Pues lo peor para el hombre,
peor aún que el pecado, es escandalizarse del Cristo y empecinarse en el
escándalo. Y esto es lo que el Cristo, que es «el Amor», no puede incluso
evitar. Ved, incluso él nos lo dice: «Bienaventurados los que no se
escandalizan de mí». Pues él no puede hacer más. Lo que puede, lo que está en
su poder, es llegar a hacer por su amor la desgracia de un hombre, como nadie
hubiera podido hacerlo por sí mismo. ¡Oh contradicción insondable del amor! Su
mismo amor le evita tener la dureza de no terminar ese acto del amor -¡ay!- que
hace desventurado a un hombre de tal modo, que de ninguna otra manera hubiera
podido llegar a serlo tanto!
Pero tratemos de hablar en hombre. ¡Oh miseria de un
alma que jamás haya sentido esa necesidad de amar, en la cual se sacrifica todo
por amor, de un alma que por consecuencia nunca haya podido hacerlo! Pero si
este mismo sacrificio de su amor le descubriera el medio de hacer la peor
desgracia de otro, de un ser amado, ¿qué haría? O bien el amor perdería
entonces su resorte en esa alma y de una vida de potencia caería en los
herméticos escrúpulos de la melancolía, y apartándose del amor, no atreviéndose
a asumir la acción que entrevé, esa alma sucumbirá, no por no actuar, sino por
la angustia de poder obrar. Pues como una carga pesa infinitamente más si se
encuentra en la extremidad de una palanca y que haya que levantarla por la
otra, así todo acto pesa infinitamente más haciéndose dialéctico, y su peso
infinito se da cuando esa dialéctica se complica de amor, cuando, lo que el
amor impulsa a hacer por el amado, además, la solicitud por el amado parece en
cambio desaconsejarlo. O bien vencerá el amor, y por amor, ese hombre se
atreverá a obrar. Pero en su alegría de amar (el amor es siempre alegría, sobre
todo si es todo sacrificio) su tristeza profunda será... ¡esa posibilidad misma
de obrar! Por esto sólo con lágrimas cumplirá esa acción de su amor, hará el
sacrificio (del cual, él, tiene tanta alegría); pues siempre flota, sobre lo
que llamaría un cuadro de historia de la interioridad, la sombra funesta de lo
posible. Y no obstante, ¿sin esa sombra reinante, habría sido su acto un acto
de verdadero amor? No sé, amigo lector, lo que has podido hacer en tu vida,
pero esfuerza ahora tu cerebro, rechaza todo falso espejismo, avanza por una
vez al descubierto, desnuda tu sentimiento hasta en sus vísceras, abate todas
las murallas que de ordinario separan al lector de su libro y entonces lee a
Shakespeare... ¡Verás entonces conflictos que te harán escalofriar! Pero
delante de los verdaderos, de los conflictos religiosos, Shakespeare mismo
parece haber retrocedido de temor. Acaso para ser expresados no toleren más
que el lenguaje de los dioses. Lenguaje excluido para el hombre: pues, como lo
ha dicho tan bien un griego, los hombres nos enseñan a hablar, pero los dioses
a callarnos.
Esta diferencia infinita de naturaleza entre Dios y el
hombre está en el escándalo, cuya posibilidad nadie puede hacer a un lado.
Dios se hace hombre por amor y nos dice: Ved lo que es ser hombre; pero agrega:
tened cuidado, pues al mismo tiempo soy Dios... y bienaventurados aquellos que
no se escandalizan de mí. Y si reviste, como hombre, las apariencias de un
humilde servidor, es a causa de que esa humilde apariencia nos manifiesta a
todos que nunca hay que creerse excluido de la aproximación a él, ni que sea
preciso, para esto, tener prestigio y crédito. En efecto, es el humilde. Mirad
hacia mí -dice- y venid a convenceros de lo que es ser un hombre, pero también
tened cuidado, pues al mismo tiempo soy Dios... Y bienaventurados aquellos que
no se escandalizan de mí. O inversamente: Mi Padre y yo no somos más que uno y
sin embargo soy este hombre de poca monta, este humilde, este pobre, este
abandonado, entregado a la violencia humana... y bienaventurados aquellos que
no se escandalizan de mí. Y este hombre de poca monta que soy es el mismo por
quien oyen los sordos, ven los ciegos y caminan los paralíticos y curan los leprosos
y resucitan los muertos... si, bienaventurados quienes no se escandalizan de
mí.
Es por esto que estas palabras del Cristo, cuando se
predica acerca de él -y, responsable ante el Altísimo, me atrevo a afirmarlo
aquí-, tienen tanta importancia, sino como las palabras de la consagración de
la Cena, al menos como las de la Epístola a los corintios: Que cada uno haga
examen de sí mismo. Pues son ellas las palabras mismas del Cristo y es
necesario, sobre todo para nosotros los cristianos, sin descanso, intimárnoslas,
reiterárnoslas, repetírnoslas a cada uno particularmente. En todas partes[15]
donde se las calla, en todos los lugares al menos donde la exposición cristiana
no se penetra de su pensamiento, el cristianismo no es más que blasfemia. Pues,
sin guardias ni servidores para abrirle el paso y hacer comprender a los
hombres que él era aquél que venía, el Cristo pasó por aquí abajo en la humilde
especie de un servidor. Pero el riesgo del escándalo (¡ah! ¡en el fondo de su
amor era esa su tristeza!) le guardaba y le guarda aún, como un abismo abierto
entre él y aquéllos a quienes más ama.
En efecto, en aquel que no se escandaliza, la fe es
una adoración. Pero adorar, que traduce creer, también traduce que la
diferencia de naturaleza entre el creyente y Dios continúa siendo un abismo
infinito. Pues se encuentra en su fe el riesgo del escándalo como resorte
dialéctico.[16]
Pero el escándalo considerado aquí es también positivo
de otro modo, pues tratar de fábula y mentira al cristianismo, es tratar de
igual manera al Cristo.
Para ilustrar esta especie de escándalo, sería útil
pasar en revista sus diferentes formas; como en principio deriva siempre de la
paradoja (es decir del Cristo), se la encuentra por consiguiente cada vez que
se define al cristianismo, lo que no puede hacerse sin pronunciarse acerca del
Cristo, sin tenerlo presente en el espíritu.
La forma inferior del escándalo, humanamente la más
inocente, es dejar indecisa la cuestión del Cristo, es llegar a la conclusión
de que uno no se permite sacar una conclusión, es decir que no se cree, pero
que uno se abstiene de juzgar. Este escándalo, pues es uno, escapa a la
mayoría. Tanto se ha olvidado completamente el «Tú debes» del imperativo
cristiano. De aquí proviene el hecho de que no se vea el escándalo de relegar
al Cristo a la indiferencia. Sin embargo, el mensaje, que es el cristianismo,
no puede significar para nosotros más que el deber imperioso de llegar a una
conclusión con respecto al Cristo. Su existencia, el hecho de su realidad
presente y pasada, rige toda nuestra vida. Si tú lo sabes, es escándalo decidir
que sobre tal cuestión no tendrás un punto de vista.
Empero, en un tiempo como el nuestro, en el cual se
predica el cristianismo con la mediocridad que se sabe, hay que escuchar ese
imperativo con alguna reserva. ¿Pues cuántos millares de-personas, sin duda,
lo han oído predicar sin oír nunca una palabra de ese imperativo? Pero
pretender aun, posteriormente, carecer de opinión al respecto, es escándalo.
Es, en efecto, negar la divinidad del Cristo, negar su derecho a exigir de cada
uno que tenga una opinión. Es inútil responder que uno no se pronuncia sobre
ello, que no se dice «ni sí ni no con respecto al Cristo». Entonces se os
preguntará si os es indiferente saber si debéis o no tener una opinión con
respecto al Cristo. Y si se contesta que no, se cae en la propia trampa; y si
se responde que sí, el cristianismo os condenará a pesar de todo, pues todos
debemos tener una opinión sobre esto y, por consiguiente, sobre Cristo, y
nadie debe tener el coraje de tratar la vida del Cristo como curiosidad
despreciable. Cuando Dios se encarna y se hace hombre, no se trata de una
fantasía, de una sutileza a manera de empresa, para evadirse quizá de ese aburrimiento
inseparable, según una palabra desvergonzada, de una existencia de Dios... En
resumen, no es para poner en la cuestión la aventura. No, este acto de Dios,
ese hecho, es lo serio de la vida. Y a su turno, lo serio de esa seriedad, es
el deber imperioso de lo todos de hacerse una opinión al respecto. Cuando un
monarca pasa por una ciudad de provincia, es para él una injuria que un
funcionario, sin excusa recomendable, se dispense de ir a saludarlo; ¿pero qué
se pensaría de un funcionario que pretendiera ignorar incluso la llegada del
rey a la ciudad, que jugara al particular, y «se burlara así de su majestad y
de la Constitución?.» Igual sucede cuando Dios se complace en hacerse
hombre... y que alguien (pues el hombre es a Dios como al rey el funcionario)
encuentre justo decir entonces: ¡Si! Éste es un punto sobre el cual prefiero no
tener opinión. Así se habla, en aristócrata, de lo que se desprecia en el
fondo: así, con esa altivez que se pretende equitativa y sólo tiene desprecio
por Dios.
La segunda forma del escándalo, aunque negativa, es un
sufrimiento. Sin duda uno se siente en ella incapaz de ignorar al Cristo, fuera
de la posibilidad de dejar pendiente toda esa cuestión del Cristo arrojándose
en las agitaciones de la vida. Pero no por ello se deja de ser menos incapaz de
creer, cerrándose siempre en el mismo y único punto, en la paradoja. Si se
quiere, también es honrar al cristianismo el decir que la cuestión: «¿Qué
opinas del Cristo?» es en efecto la piedra de toque. El hombre encerrado de
este modo en el escándalo pasa su vida como una sombra, vida que se consume
porque en su fuero íntimo siempre gira en torno de este mismo problema. Y su
vida irreal expresa perfectamente (como en el amor, el sufrimiento de un amor
desventurado) toda la sustancia profunda del cristianismo.
La última forma del escándalo es la misma de este
último capítulo, la forma positiva. Trata al cristianismo como fábula y
mentira, niega al Cristo (su existencia, que sea quien dice ser) a la manera de
los docetas o de los racionalistas: entonces o el Cristo ya no es un individuo,
sino que sólo tiene la apariencia humana, o no es más que un hombre, más que un
individuo: de este modo, con los docetas se esfuma en poesía o mito sin pretender
realidad, o bien con los racionalistas se hunde en una realidad que no puede
pretender la naturaleza divina. Esta negación del Cristo, de la paradoja,
implica a su vez la del resto del cristianismo: del pecado, de la remisión de
los pecados, etcétera.
Esta forma del escándalo es el pecado contra el Santo
Espíritu. Como los judíos decían que el Cristo expulsaba a los demonios
mediante el Demonio, de igual modo este escándalo hace del Cristo una invención
del demonio.
Este escándalo es el pecado, llevado a su suprema
potencia, cosa que no se ve de ordinario, a causa de no oponer, cristianamente,
el pecado a la fe.
Este contraste, por el contrario, es el que hace el
fondo de todo este escrito cuando, desde la primera parte (Libro Primero,
capitulo I), formulamos el estado de un yo en el cual la desesperación está
enteramente ausente: en su relación consigo mismo, queriendo ser él mismo, el
yo sumérjese a través de su propia transparencia en el poder que le ha
planteado. Y a su vez, esta fórmula, como tantas veces lo hemos recordado, es
la definición de la fe.
[1] Seudónimo con que Kierkegaard publicó la obra.
[2] Un giro
psicológico permitirá observar a menudo en la realidad que lo que encuentra la
lógica, y que debe pues verificarse necesariamente, de hecho se verifica
también, y se constatará que nuestra clasificación abarca toda la realidad de
la desesperación; en efecto, para el niño no se habla de desesperación, sino
únicamente de cóleras, pues que sin duda en él sólo hay eternidad en potencia;
y aquí no se puede exigir lo que hay derecho a exigir en el adulto, quien debe
tenerlo. Lejos de mí, sin embargo, el pensamiento de que no se puede encontrar
en la mujer formas de desesperación masculinas e, inversamente, en el hombre
formas de desesperación femeninas; pero esta es la excepción. Claro está que
la forma ideal no se halla en ninguno y sólo en ideas es enteramente verdadera
esta distinción de la desesperación masculina y de la desesperación femenina.
En la mujer no existe esa profundización subjetiva del yo, ni una intelectualidad
absolutamente dominante, aunque ella posee mucho más a menudo que el hombre una
sensibilidad delicada. En cambio su ser es adhesión, abandono, pues si no, no
es mujer. Cosa extraña: nadie tiene su mojigatería (palabra bien formada para
ella por el lenguaje) ni ese mohín casi de crueldad, y sin embargo su ser es
adhesión y (esto es lo admirable) todas esas reservas expresan en el fondo más
que tal condición. En efecto, a causa de todo ese abandono femenino de su ser,
la Naturaleza la ha armado tiernamente con un instinto cuya finura sobrepasa a
la más lúcida reflexión masculina y la reduce a nada. Esta afección de la mujer
y, como decían los griegos, ese don de los dioses, esa magnificencia, es un
tesoro demasiado grande para que se lo arroje al azar; ¿pero qué inteligencia
humana lúcida tendrá jamás bastante clarividencia para adjudicarlo a quien se
lo merezca? Por esto la Naturaleza se ha encargado de ello: por instinto, su
ceguera ve más claramente que la más clarividente inteligencia; por instinto ve
adónde dirigir su admiración, dónde llevar su abandono. Siendo todo su ser adherirse,
la Naturaleza asume su defensa. De aquí también proviene que su femineidad no
nace más que de una metamorfosis: cuando la infinita gazmoñería se transforma
en abandono de mujer. Pero esta adhesión profunda de su ser reaparece en la
desesperación, es su modo mismo. En el abandono ella ha perdido su yo y sólo
así encuentra la felicidad, vuelve a encontrar su yo; una mujer feliz, sin
adherirse, es decir sin el abandono de su yo, fuere a quien fuese por lo demás,
carece de toda femineidad. También el hombre se da y es un defecto en él no
hacerlo; pero su yo no es abandono (fórmula de lo femenino, sustancia de su
yo), y tampoco necesita serlo, como hace la mujer, para volver a encontrar su
yo, puesto que ya lo tiene; él se abandona, pero su yo permanece allí como una
conciencia sobre el abandono, mientras que la mujer, con una verdadera
femineidad, se precipita y precipita su yo en el objeto de su abandono.
Perdiendo ese objeto, ella pierde su yo y entonces cae en esa forma de la
desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo. El hombre no se abandona
de esa manera; pero también la otra forma de la desesperación lleva el signo
masculino: en ella el desesperado quiere ser él mismo.
Esto para
caracterizar la relación entre la desesperación del hombre y de la mujer. Sin
embargo, recordemos que aquí no se trata de abandono en Dios ni de la relación
del creyente con Dios, en la cual desaparece esa diferencia del hombre y de la
mujer, es indiferentemente cierto que el abandono es el yo y que se llega al yo
por el abandono. Esto vale tanto para el uno como para la otra, incluso si muy
a menudo en la vida la mujer no tiene relación con Dios sino a través del
hombre.
[3] Verso del Fausto de Goethe: «...y en torno se extiende un bello y
verde césped».
[4] Por esto
el lenguaje se expresa bien cuando dice: desesperar de lo temporal (la
ocasión) en cuanto a lo eterno, pero de sí mismo, puesto que aquí todavía es
expresar la ocasión de la desesperación, que para el pensamiento es siempre
desesperación en cuanto a lo eterno, en tanto la cosa de que se desespera es
quizás archi-indiferente. Se desespera de aquello que os fija en la desesperación:
de la desgracia, de lo temporal, de la pérdida de la fortuna, etc., pero en
cuanto a aquello que, bien comprendido, nos desliga de la desesperación: en
cuanto a lo eterno, en cuanto a la salvación, en cuanto a nuestras fuerzas,
etc... Con el yo, porque es doblemente dialéctico, se dice también desesperar
de sí y en cuanto a sí. De aquí es oscuridad, sobre todo inherente a las formas
inferiores de la desesperación, pero además presente en casi todas: ver con
tanta claridad apasionada de qué se desespera, a la vez que no se ve en cuanto
a qué. Para curarse se necesita un cambio de la atención, es necesario que se
dirija la mirada de qué al en cuanto, y sería un punto delicado desde el puro
ángulo filosófico saber si verdaderamente se puede desesperar sabiendo
plenamente en cuánto a qué se desespera.
[5] Por recordarlo aquí, precisamente desde este punto de vista, se
verá en no pocas actitudes, que el mundo decora con el nombre de resignación,
una especie de desesperación: aquella en que el desesperado quiere ser su yo
abstracto, en que quiere bastarse en la eternidad y por esto estar incluso en
condiciones de desafiar y hasta de ignorar el sufrimiento temporal. La
dialéctica de la resignación, en el fondo, consiste en querer ser un yo eterno
y luego, con respecto a un sufrimiento en el yo, negarse a ser uno mismo,
halagándose, para consolarse que será aliviado de ese mal en la eternidad y que
de este modo se tiene derecho de no cargarlo aquí abajo; pues el yo, cualquiera
sea su sufrimiento, no quiere confesarse de que el sufrimiento le es
inherente, es decir, no quiere humillarse ante él como hace el creyente. La
resignación, considerada como desesperación, es por lo tanto esencialmente
distinta de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo, pues ella,
en la suya, quiere ser ella misma, salvo no obstante en un punto donde,
desesperada, se niega.
[6] Kald significa en danés tanto «vocación» como «curato».
[7] Epístola a los romanos, XIV, 23
[8] Things bad begun make strong
thenselves. Kierkegaard utiliza la traducción alemana
de Schlegel.
[9] There's nothing serius in
mortality: All is but toys: renown and grace is dead, traducción alemana de
Schlegel.
[10] Obsérvese la diferencia entre: desesperar de su pecado y
desesperar en cuanto a (Véase la explicación de la nota.
[11] Se
observará que la desesperación del pecado, que nunca deja de ser dialéctica, es
entendida aquí como movimiento hacia la fe. Pues no hay que olvidar nunca que
esa dialéctica existe (aunque este escrito no trata de la desesperación sino
como un mal), por la buena razón de que la desesperación es también el elemento
inicial de la fe. Por el contrario, cuando la desesperación del pecado da la
espalda a la fe, a Dios, es el nuevo pecado. En la vida espiritual todo es
dialéctico. Así el escándalo, como posible abolido, es también un elemento de
la fe; pero si da la espalda a la fe, es pecado. Se puede acusar a alguien de
que incluso no pueda escandalizarse del cristianismo. Pero formular esta
acusación, es hablar del escándalo como de un bien. Y por otra parte, hay que
reconocer que el escándalo es pecado.
[12] A
menudo se ha abusado de la idea del pecado de la especie humana por no ver que
el pecado, aunque común a los hombres, no los engloba a todos en un concepto
común, grupo, club o compañía, .así como tampoco los muertos forman un club en
el cementerio», sino que los dispersa en individuos y mantiene aislados a cada
uno como pecador, dispersión que, además, se acuerda con la perfección de la existencia
y tiende a ella por finalidad. A causa de no haber visto bien esto, se ha
querido que el género humano caído, haya sido rescatado en bloque por el
Cristo. Dios ha visto ponerse así una nueva abstracción en los brazos, la cual,
en esta cualidad, se pretende su pariente próxima. Máscara hipócrita que no
sirve más que a la desvergüenza humana. pues para que el individuo se sienta
pariente de Dios (y es ésta la doctrina cristiana), es necesario que sienta en
ello a la vez todo su peso en temor y temblor, es necesario que descubra, viejo
descubrimiento, el recurso posible del escándalo. Pero si es el rescate global del
género humano el que le vale al individuo ese parentesco magnífico, todo se
hace demasiado fácil y conviértese en el fondo en profanación. Entonces ya no
es el peso inmenso de Dios el que carga y cuya humillación le aplasta tanto
como lo eleva; el individuo cree ganar todo sin formalidad, participando
únicamente en esa abstracción. Después de todo, la humanidad es algo muy
distinto a la animalidad, donde el animal vale siempre menos que la especie. El
hombre no sólo se distingue de las otras especies por las superioridades que se
mencionan corrientemente, sino de hecho, por la superioridad de naturaleza del
individuo, de lo singular sobre la especie. Y esta definición es, a su turno,
dialéctica; significa que el individuo es pecador, pero que, en revancha, la
perfección consiste en vivir aisladamente, en ser el aislado.
[13] Por esto dios es .el juez., porque ignora a la muchedumbre y sólo
reconoce individuos.
[14] En Enrique N.
[15] Y casi todos los cristianos las callan; ¿será acaso porque
ignoraban verdaderamente que el mismo Cristo es quien, tantas veces, con tanto
acento interior, nos ha dicho que tuviéramos cuidado con el escándalo y hasta
el fin de su vida lo ha repetido incluso a los apóstoles, sus fieles desde el
comienzo, que habían abandonado todo por él? ¿O quizás el silencio que guardan
encuentra exageradamente ansiosas estas advertencias del Cristo, puesto que
una experiencia innumerable demuestra que se puede creer en Cristo sin tener la
menor idea del escándalo? ¿Pero no es éste un error que debe hacerse a la luz
un día, cuando lo posible del escándalo haga su juego entre los sedicentes
cristianos?
[16] Cabe
aquí un pequeño problema para los observadores. Admitamos que todos los
pastores de aquí y de las demás partes, que predican o que escriben, sean
cristianos creyentes. ¿Cómo es posible que no se escuche nunca, ni nunca se
lea, esta plegaria, que sin embargo sería perfectamente natural en nuestros
días: Padre celestial, te agradezco que nunca hayas exigido a un hombre la
comprensión del cristianismo, pues de otro modo, yo sería el más desventurado
de todos. Cuanto más trato de comprenderlo, más incomprensible lo encuentro,
más descubro solamente la posibilidad del escándalo. Por esto te ruego que la
acrecientes cada vez más en mí.
Esta plegaria
sería la ortodoxia misma y, suponiendo sinceros los labios que la pronuncien,
al mismo tiempo sería de una impecable ironía para toda la teología de nuestros
tiempos. ¿Pero existe la fe aquí abajo?

