© Libro No. 416. Un Tranvía Llamado Deseo. Tennessee Williams. Colección Emancipación Obrera.
Mayo 11 de 2013 .
Título
original: © A Streetear Named Desire
Versión Original: © A Streetear
Named Desire
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Un Tranvía Llamado Deseo
Tennessee Williams
Un Tranvía Llamado Deseo Tennessee Williams
Título original: A Streetear Named Desire
INTRODUCCIÓN
De TENNESSEE WILLIAMS, podría decirse que es la nostalgia de la pureza. Su
vida está llena de traslados y su obra de constantes oscilaciones y
contrariedades caracterizadas por una permanente oposición entre la grandeza y
miseria del hombre, la lucha constante entre la bestia y el ángel. Sus obras se
caracterizan por la exposición de la corrupción humana, sin importarle exponer
sus personajes con crueldad y naturalismo. Vagabundos, poetas, criminales,
obsesos sexuales, neuróticos... Pero siempre detrás de todos la SOLEDAD, que
pudiéramos decir ser su mensaje. Soledad o aislamiento de la perspectiva
social. Aunque algunos han querido encontrar en él influencias de Chejov y
Faulkner, solamente utiliza sus propias observaciones. Tampoco se deja seducir
por la equivocación de caer en los temas sociales y polémicos.
Su comportamiento se manifiesta muy pronto en su vida marcada por la
tendencia al aislamiento tratando de salvaguardar su individualidad y sobre
todo tener siempre a mano el recurso de evadirse cuando se siente atormentado,
buscando un medio de encontrarse a sí mismo.
TENNESSEE WILLIAMS, poseía un gran talento poético y una gran habilidad
para tratar a personajes reales y nos guste o no pueden identificarse.
Cualquier espectador puede sentir que WILLIAMS se ocupa de problemas personales.
Por otra parte, no hay en él ninguna intromisión en esta zona confusa y
misteriosa de nuestra alma. No quiere aclarar las cosas, ni simplificarlas. En
fin, en ninguna de sus obras existe complacencia o concesión. Es esencialmente
puro.
PERSONAJES
LA MUJER NEGRA.......................
EUNICE HUBBELL .......................
STANLEY KOWALSKI..................
STELLA KOWALSKI.....................
STEVE HUBBELL..........................
HAROLD MITCHELL (WITCH) ...
LA MUJER MEJICANA ................
BLANCHE DUBOIS.......................
PABLO GONZALES ......................
EL MUCHACHO ............................
LA ENFERMERA...........................
EL DOCTOR...................................
La acción en primavera, verano y otoño en Nueva
Orleans.
ESCENA PRIMERA
Edificio de dos plantas en la esquina de la calle «Campos Elíseos» de Nueva
Orleans; una calle que va desde el río hasta las vías del ferrocarril. Un lugar
pobre pero con cierto encanto dentro de su vulgaridad, que le hace superior a
otros sitios parecidos de las ciudades americanas. Las casas, en su mayoría,
son de madera o cemento blanco que el tiempo agrietó, con escaleras exteriores,
galerías y raros adornos en mal estado. El edificio tiene dos departamentos:
superior e inferior. A ambos se accede por un par de blancas escaleras
desvaídas.
Comienza a atardecer en un día de mayo. El cielo que se divisa alrededor
del desvaído y blanquecino edificio tiene un suave color azul, casi turquesa,
que da al lugar una atmósfera poética, lo que de alguna manera suaviza con su
encanto la posible sordidez. Casi se siente el calor del río. más allá de los
tinglados de mercancías que almacenan plátanos y café. De la vuelta de la
esquina llega la música de un bar de negros. En este barrio de Nueva Orleans
siempre se está cerca de una esquina donde hay un bar con un piano sobre cuyo
teclado se deslizan con facilidad unos dedos morenos. Este «blus piano» expresa
el espíritu vital del barrio.
Una mujer blanca y otra de color toman el aire en las escaleras del
edificio. La mujer blanca es kunick, que
vive en el piso superior; la otra no es más que una vecina. Nueva Orleans es
una ciudad cosmopolita en cuyos barrios viejos se ha sedimentado una fácil y
cálida mezcla de razas.
Los diálogos callejeros se oyen sobre el fondo musical del piano.
(Dos hombres dan la vuelta a la esquina: stanley
kowaisky y mttch. Los dos
tienen entre veintiocho y treinta años y van vestidos funcionalmente, en ropa
azul de trabajo. Stanley lleva al brazo una chaqueta de jugar a los bolos y un
paquete manchado que denuncia su origen: la carnicería. Los dos hombres se
detienen ante las escaleras.)
stanley—(Gritando.) ¡Eh!... ¡Stella! ¡Cielo!... ¡Eh! (stella aparece en el rellano del piso
superior. Es joven y atractiva: alrededor de veinticinco años. Procede de una
clase social que no es la de su marido.)
stella.—(Suave) No
grites tanto, que no es necesario... Hola, Mitch...
STANLEY.-¡Ahí va eso! ¡Cógelo!
stella.—¿Qué es?
stanley.—Carne.
(stanley tira el paquete a stella. Ella da un grito de protesta
pero lo atrapa. Respira hondo. Se ríe. mitch y stanley reemprenden la marcha hacia la esquina.)
stella.—(Gritando.) ¡Stanley!
¿Dónde vas ahora?
stanley.—Tengo una
partida de bolos.
stella.—¿Te acompaño?
stanley.—Vente. (Sale.)
stella.—Voy corriendo. (A
la mujer blanca.) ¿Cómo estás, Eunice?
eunice.—Muy bien. Oye,
dile a Steve que se consiga un sandwich, que en casa no hay nada... (Se ríen
todos, especialmente la Negra, que no se puede parar, stella
se va.)
mujer negra.—¿Qué había en ese paquete? (Se incorpora sin dejar de reírse.)
eunice.—No te
preocupes, que no es asunto tuyo...
mujer negra.—¿Qué es lo que pidió que cogiera? (Todavía se está riendo cuando blanche aparece en la esquina, con una
maleta en la mano. Mira un trozo de papel. Luego la casa, consulta otra vez el
papel y vuelve a mirar el edificio. Está estupefacta. Su talante contrasta
muchísimo con el del barrio. Va admirablemente vestida: traje blanco, blusa de
gasa, collar y pendientes de perlas, sombrero y guantes blancos. Está vestida
para un té o un cocktail elegante. Representa cinco años más que stella. Una belleza sensible que sabe
huir de las luces crudas. Se mueve con
cierta inseguridad.)
eunice.—¿Qué le pasa,
bonita? ¿Se ha extraviado?
blanche.—(Emotivamente.)
Me dijeron que... primero... tomase un tranvía llamado «Deseo»... luego el
que va al Cementerio y que me bajase en la sexta parada en... en los «Campos
Elíseos»...
eunice.—Y ya llegó.
blanchf.—¿Estos son
los... Campos Elíseos?
eunice.—Los «Campos
Elíseos...»
blanche.—Puede que... no
me explicase bien cuando di el número...
eunice.—¿Qué número
era?
(blanche inquieta, vuelve a mirar su papel.)
blanche.—Seis... tres...
dos...
eunice.—Pues ya no
tiene que seguir buscando...
blanche.—La casa de mi
hermana: Stella du Bois... Es decir, la señora de Stanley Kowalski.
eunice.—Ya dio con la
fiesta. Es aquí... lo que no sé es como no se la ha encontrado.
blanche.—¿Está segura de
que... Stella vive aquí?
eunice.—Ella en el piso
de abajo y yo en el de arriba.
blanche.—Sí...
Gracias... Y... ¿no está ahora?
eunice.—¿Ha visto una
bolera que hay a la vuelta?
blanche.—No... No me he
fijado.
eunice.—Pues ahí tiene
a su hermana viendo jugar a su marido... (Pausa.) ¿Por qué no deja aquí
la maleta y se llega a buscarla?
blanches.—No, gracias...
mujer negra.—Iré yo y le diré que está usted aquí.
blanche.—Muchas gracias.
mujer negra.—De nada, mujer, de nada... (Sale.)
eunice.—Por lo visto su
hermana no la esperaba...
blanche.—No, no me
esperaba esta noche.
eunice.—Bueno, pues...
pase... ¿Por qué no entra? Pase y póngase cómoda para esperarlos...
blanche.—¿Ponerme...?
¿Cómo voy a hacer eso?
eunice.—Pase con toda
confianza... (eunice abre la
puerta del piso inferior. Enseguida se enciende una luz filtrada por el azul
celeste de los visillos, blanche. muy
despacio, sigue a eunice, entra
en el piso. Se enciende el piso, se ha hecho el oscuro en la calle. Ahora se
ven dos habitaciones mal definidas. La primera, entrando, es evidentemente una
cocina, aunque hay en ella una cama auxiliar que es la que más tarde usará blanche. La otra habitación es un
dormitorio con una puertecilla al baño.)
eunice.—La casa está
hoy un poco desordenada... Pero... cuando está limpia y en orden es muy
agradable.
BLANCHE.—¿Ah, sí?
eunice.—Sí, sí...
Bueno, esa es mi opinión... ¿De modo que es usted la hermana de Stella?
blanche.—Sí, su
hermana... (Intenta quedarse sola.) Bueno... muchas gracias por haberme
dejado pasar.
eunice.—«De nada», «de
nada», como dicen los mejicanos... Stella habla mucho de usted...
BLANCHE.—¿Mucho?
eunice.—Me dijo que era
profesora...
BLANCHE.—Sí... lo soy...
eunice.—En una escuela
de Mississippi... ¿Viene de ella?
BLANCHE.—Sí.
eunice.—Me enseñó una
foto de su plantación. ¡Qué casa!
blanche.—¿«Belle-Reve»?
eunice.—Una casa
enorme, con dos columnas blancas a los lados...
BLANCHE.—Sí...
eunice—Debe costar una
fortuna sostener esas casas.
blanche.—¿No le importa
que...? Estoy que me caigo...
funice—Claro que
sí, bonita... Siéntese,
siéntese si quiere.
blanciie.—Me gustaría
quedarme sola...
EUNICE.—No faltaba más... Me largo inmediatamente.
blanche.—Perdóneme... No
he querido ofenderla, pero es que...
eunice.—Me acercaré a
la bolera y le meteré prisa a su hermana.
(Sale eunice.
blanche, tensa e incómoda se sienta en la silla. Las piernas
juntas y los hombros apretados sujeta el bolso crispadamente, como si tuviese
frío. Después de unos momentos, comienza a serenarse y sus ojos revisan el
lugar. Se oye el maullido de un gato. Melosa, blanche retiene la
respiración. De pronto, su mirada descubre algo en un armario entrecerrado. De
un salto, va al armario y toma una botella de whisky. Se sirve medio vaso y se
lo bebe de golpe. Con cuidado deja la botella donde estaba y lava el vaso en el
fregadero. Vuelve a sentarse detrás de la mesa.)
blanche.—(Bajo.) Dominarme...
Necesito dominarme... (stella dobla
la esquina corriendo y va hacia la puerta del piso inferior. Llama alegremente
a su hermana.)
stella.—¡Blanche!
¡Blanche!
(Se miran una a otra durante unos instantes. Luego blanche se incorpora y corre hacia stella con un grito.)
blanche—¡Stella!...
¡Stella!... ¡Estrella!... (blanche rompe
a hablar febrilmente, con mucha vivacidad, como si quisiese impedir que puedan
detenerse a reflexionar. Se abrazan con fuerza, espasmódicamente.) ¡Déjame
que te vea!... Pero no me mires tú, no me mires, Stella, no me mires hasta...
luego... después que me dé un baño y esté un poco más tranquila... ¡Y apaga la
luz ahora mismo! ¡Por favor! No quiero que nadie me vea con esta luz tan cruda,
(stella obedece con una
sonrisa.) ¡Acércate!... ¡Ay, Stella, Stella! (La abraza otra vez.) ¡No
pensé que íbamos a encontrarnos en un sitio tan espantoso!... Bueno...
perdona... es que no sé lo que digo... Quería ser muy cariñosa y lo primero que
había pensado decirte era. «¡Stella, qué sitio tan bonito y qué casa tan...!»
Bueno... ja, ja... ¡Estrellita mía!... ¡Hermana!... No has abierto la boca
desde que has llegado...
stella.—¡Cielo mío, no
me has dejado hablar! stella se ríe pero mira a su hermana,
con cierta preocupación.)
blanche.—Pues habla,
habla... habla todo lo que quieras, mientras yo trato de encontrar que
beber... Tendrás algo digerible, ¿no? Bueno, vamos a ver... vamos a ver si
puedo encontrarlo sola... (blanche va
al armario y saca la botella de whisky. Trata de seguir bromeando pero tiembla
y respira con dificultad. Casi se le cae al suelo la botella, stella se da cuenta.)
stella.—Será mejor que
te sientes, Blanche... Desde... Yo te sirvo. No sé con qué lo podrías tomar...
¡Ah, sí! Creo que hay Coca-Cola en la heladera... Tráela tú, mientras yo...
blanche.—No, Estrellita,
Coca-Cola no. Estoy muy nerviosa esta noche para tomar Coca-Cola. Pero
bueno... ¿y dónde?... ¿Dónde está tu...?
stella.—¿Stanley?...
¡Ah, está en la bolera! Jugando... Es lo que más le gusta en el mundo. Hoy
tienen un campeonato... Mira, aquí queda un poco de soda.
blanche.—La soda
estropea el whisky, hermosita. No me hagas caso... y no vayas a pensar que me
emborracho todos los días... Es que me siento mal... sucia... cansada... con
los nervios de punta... Bueno, es igual... Siéntate conmigo y cuéntamelo todo.
¿Por qué vives aquí?
stella.—Te lo
explicaré, Blanche...
blanche.—Voy a ser muy
franca contigo... Yo no soy hipócrita... soy sincera... Nunca... nunca en mi
vida... ni en una pesadilla podía imaginarme un lugar así... ¡Es de Poe!...
¡Solo Edgar Alian Poe podría describir un sitio como éste!... ¡Supongo que lo
que hay detrás serán los bosques de Weis, con sus fantasmas y sus brujas! (Se
ríe.)
stella.—No, cielo,
no... Ahí donde tú señalas no hay más que las vías del ferrocarril.
bi.anche.—Las vías...
Entonces, hablando en serio, ¿por qué no me lo dijiste?... Con una simple carta
yo... (steilla. cautelosa, sirve otro vaso a blanche.)
stella—¿Por qué
no te dije
qué, Blanche?... ¿Qué?
blanche.—Las condiciones
en que estabas viviendo.
stella.—Cálmate un poco
¿quieres?... Este no es un mal sitio, ni muchísimo menos... Lo que pasa es que
Nueva Orleans no se parece a ninguna otra ciudad... Esto es todo.
blanche.—No me refiero a
Nueva Orleans... me refiero al sitio y... ¡Perdona! (Se detiene
bruscamente.) Bueno, cambiemos de tema.
stella.—(Irritada.) Cambiemos.
(Una pausa, blanche mira
con atención a su hermana y stella sonríe,
blanche desvía la mirada y
contempla su vaso que agita nerviosamente.)
blanche.—¡Tú eres lo
único que tengo en el mundo y ni siquiera te alegras de que esté en tu casa!
stella.—Blanche, ¿qué
estás diciendo? Eso no es verdad.
blanche.—Puede... Se me
había olvidado que eres de muy pocas palabras.
stella.—Nunca me
dejaste hablar, Blanche. Siempre me callé cuando estábamos juntas...
blanche.—(Suave.) Una
buena costumbre... (Brusca.) Ni siquiera te ha interesado saber por qué
tuve que abandonar mi escuela sin esperar a las vacaciones...
stella.—Supuse que me
lo dirías sin que te lo preguntara, si es que te interesa contármelo.
blanche.—O sea que
pensaste que me habían echado...
stella.—Pensé que
habías dimitido... Sí, habías sido tú...
blanche.—Me fallaron los
nervios... Estaba deshecha con todo lo que había pasado y... (Con rabia
sacude el cigarrillo.) ¡Creí que me iba a volver loca!... Y entonces el
señor Graves... el señor Graves es el inspector de Enseñanza Superior... me
sugirió que pidiese unos meses de permiso... En un telegrama no se pueden
matizar las cosas... (Se bebe el vaso de un trago.) ... Bueno... ¡Esto me va a caer muy bien!
stella.—¿Te pongo otro?
blanche.—No, no... Con
uno tengo bastante...
stella.—¿De verdad?
blanche.—Y, ¿cómo me
encuestras, eh?... ¿Cómo me encuentras?
stella.—Bien... Te
encuentro muy bien.
blanche.—Una mentira
piadosa. Jamás la luz del sol ha iluminado un estado de ruina tan grande como
el mío... Tú, en cambio... sí, bueno, has engordado más de la cuenta... ¡Pero te sienta bien!
stella.—Oye, Blanche...
blanche.—De verdad... de
verdad. Por eso te lo digo... Aunque deberías cuidar tu cintura... Esas caderas
no... Vamos a ver... Ponte de pie...
stella.—Ahora no,
Blanche...
blanche.—¡Ahora!... ¿No
me has oído? ¡Te he dicho que te pongas de pie! Estella obedece malhumorada.) Estás muy mal criada y
además te has echado una mancha en ese encaje del cuello, que no era feo... ¡Y
qué peinado!... Con esa carita de ángel deberías llevar el pelo mucho más
corto... Supongo que tendrás una doncella...
stella.—Una doncella...
No tenemos más que dos habitaciones...
blanche.—¿Qué?... ¿No
tienes más que dos habitaciones?
stella.—(Incomoda.) Esta
donde estamos y... (blanche se
ríe con una risa mortificante. Pausa incómoda.)
blanche.—Ya está... Ya
te has vuelto a quedar callada... ¡Qué suave eres! Te sientas quietecita,
cruzas las manos y pareces una niñita del coro...
stella.—(Inquieta.) Tú
eres mucho más fuerte que yo, Blanche...
blanche.—Sí, pero tú te
dominas muchísimo mejor... Me parece que necesito otro trago. (Se pone de
pie.) Pues, para que lo sepas, no he engordado un solo kilo en estos diez
años... Peso exactamente lo mismo que cuando murió papá... El verano que tú te
fuiste de Belle-Reve a vivir tu vida...
stella.—(Aburrida.) La
verdad, Blanche, es que te conservas divinamente.
blanche.—Sí... Es mi
encanto el que desaparece poco a poco...
(blanche se ríe, muy tensa y busca la mirada de su hermana
para serenarse.)
stella.—-(Amable.) Tu encanto está intacto...
blanche.—¿Después de lo
que me ha pasado? Ahora si que no te creo... ¡Pobre Stella! (Se lleva a la
frente una mano temblona.) ¿Es verdad que solo tienes dos habitaciones?
stella.—Y un baño...
blanche.—Un baño... Al
fondo de la escalera, la primera puerta a la derecha, ¿no? (Las dos
hermanas se ríen sin espontaneidad) Pues no sé donde me vas a instalar,
Stella...
stella.—Aquí...
blanche.—¿Esto qué
es?... ¿Una cama plegable? (Se sienta en la cama.)
stella.—¿No te gusta?
blanche—-{Con la voz
blanca.) Sí... está bien... Prefiero
dormir en cama dura... Pero no hay ninguna puerta de separación entre estos dos
cuartos y creo que Stanley... ¿No resultará un poco indecente?
stella—Como tú sabes
muy bien, Stanley es polaco...
blanche.—Quieres decir,
que es un poco... así... como irlandés...
STELLA.—Sí.
stella.—Con menos
orgullo... supongo. (Las dos hermanas se ríen otra vez forzadamente.)
blanche—He traído
unos trajes muy
bonitos para causarle buena
impresión a tus refinados amigos.
stella.—No te van a
parecer nada refinados.
BLANCHE.—¿Ah, no?
stella.—Son amigos de
Stanley...
blanche.—¿Todos polacos?
stella.—Una mezcla...
blanche—Sea como sea
traigo un buen guardarropa y lo voy a usar... No sé si estás esperando que diga
que me voy a un hotel... pero te equivocas... Quiero estar aquí contigo... No
podría estar sola... Supongo que... te habrás dado cuenta, ¿no?... La verdad es
que no ando nada bien... (Su voz se ha ido debilitando. Está muy asustada.)
stella.—Nervios... Sí,
te veo muy nerviosa... muy excitada.
blanchE.—¿Y qué va a
decir Stanley? Si toma mi visita como la simple pasada de una hermana de su
mujer no creo que yo lo resista...
stella.—Lo único que
tienes que hacer es no compararle con aquellos invitados que venían a casa...
No lo hagas y te sentirás muy bien con él...
blanche.—¿Es... muy distinto a... nuestros amigos?
stella.—Es de otra
raza...
blanche.—¿Qué quieres
decir? Dime de una vez como es...
stella.—No es fácil...
Y menos para mí, que le quiero... mira...
Esta es una foto suya. (Da una foto a
blanche que la
mira.)
blanche.—¿Es un oficial?
stella.—Sargento
primero de ingenieros... Y muy condecorado.
blanche.—¿Llevaba todas
esas medallas cuando te conoció?
stella.—Todas... Pero
no fue esa chatarra lo que me deslumbró...
blanche—Yo no he dicho
eso.
stella.—Fue después,
cuando... cuando tuve que adaptarme a su vida.
blanche.—¿Quieres decir
a su vida civil? (stella se ríe
vacilante.) ¿Qué pasó cuando le dijiste que yo iba a venir aquí?
stella.—Pues...
bueno... todavía no lo sabe.
blanche.—(Inquieta.) ¿No
le has dicho nada?
stella.—Está muy poco
en casa.
blanche.—¿Viaja mucho?
STELLA.—Mucho.
blanche.—Eso está bien.
stella.—(Bajo.) No
soporto pasar las noches sola...
blanche.—¡Vamos, Stella!
stella.—Si está una
semana sin venir me puedo volver loca... Y el día que vuelve me echo en sus
brazos y rompo a llorar como una niña. (Sonríe.)
blanche.—Eso se llama
amor... (stella levanta la
vista y sonríe con orgullo.) Stella...
stella.—Dime...
blanche.—(Con
rapidez.) No te he contado nada de lo que estarías esperando que te
contase... pero... me gustaría que fueras muy comprensiva con lo que te tengo
que decir...
stella.—(Inquieta.) ¿De
qué se trata, Blanche, de qué se trata?
blanche.—Me lo vas a
echar en cara, Stella... Sé que me lo vas a echar en cara... pero, antes...
recuerda que... que tú te viniste y yo me quedé luchando... Sí... tú nos
dejaste para venir a Nueva Orleans... no pensaste más que en ti... Yo me quedé
sola en Belle-Reve... sola y... luchando para salvarlo... No te hago ningún
reproche, ¿sabes?, pero debes reconocer que dejaste todo el peso de aquello
sobre mis espaldas...
stella.—Hice lo que
pude: buscarme un trabajo...
blanche.—(Tiembla
otra vez convulsivamente.) Sí, sí... eso lo sé... Pero abandonaste
Belle-Reve y yo no... Yo me quedé allí, luchando día y noche... Por poco me
muero por defender la casa...
stella.—Cuéntame lo que
ha pasado y deja de hacer una escena.
¿Qué significa eso de que luchaste y luchaste por defender
la casa?
blanche.—Sabía que al
enterarte de la pérdida reaccionarías de esa manera.
stella.—¿De qué pérdida
estás hablando? ¿De Belle-Reve? ¿Es qué hemos perdido la casa...?
blanche.—Sí, Stella.
(Las miradas de las dos hermanas se enfrentan por encima del hule amarillo
que hay sobre la mesa, bi.anchf. afirma ligeramente con la
cabeza y stella
baja la suya, muy despacio, hasta hundirla entre sus
manos, apoyadas sobre el hule. Se oye más fuerte la música negra del
piano, blanche se lleva un
pañuelo a la frente.)
stella.—¿Cómo la hemos
perdido? ¿Cómo? (blanche se
levanta bruscamente.)
blanche.—¿Qué cómo?...
¿Eso es todo? Te has vuelto delicadísima.
stella.—¡Blanche!
blanche.—Delicadísima.
Te sientas ahí y me acusas de todo...
stella.—¡Blanche!
blanche.—Sí, Blanche...
Blanche que recibió en la cara y en el cuerpo todos los golpes del mundo...
¡Tantas muertes!... ¡Tantas idas, una detrás de otra, al cementerio...! Papá
muerto, mamá muerta... y Margarita, muerta de aquella enfermedad tan
horrible... ¿Sabías que se hinchó como un globo y no pudimos meterla en el
féretro? La quemamos como se quema la basura... Llegaste tan justa al entierro
que no te enteraste de nada... Y los entierros no están nada mal cuando se
compara con la muerte... Un desfile silencioso... Pero la muerte... la muerte
es otra cosa... Una respiración ronca... una voz que rechina... alguien que
llora pidiéndote que no la dejes viva... ¡Cómo si tú pudieses hacer algo! En
cambio los entierros son tranquilos... rodeados de flores... Buenos ataúdes...
Se los llevan en paz y si no estuviese en la agonía, cuando te pedían que los
retuvieses, no podrías sospechar que lucharon y lucharon para sangrar y para
respirar... No... tú ni siquiera puedes imaginártelo... Pero es que yo lo vi...
yo lo vi... yo lo vi... Y ahora te sientas ahí, tranquilamente, a decirme con
la mirada que yo tengo la culpa de que perdiésemos esa casa... ¿Cómo crees que
pagamos las cuentas de tanta enfermedad y tanto entierro? La muerte es muy
cara, Stellita, muy cara...
Y detrás de Margarita murió la
prima Jessie... La parca era una segadora instalada a la puerta de nuestra
casa... Stella... cielo mío... así es como perdí la casa... Ninguno de ellos
tenía un miserable seguro y ninguno dejó un céntimo. Bueno, sí... la pobrecilla
Jessie dejó cien dólares... lo que nos costó el féretro...
Y eso fue todo, Stella. Así fue...
me quedé con el miserable sueldo que me pagaban en la escuela... Así que...
échame la culpa... Quédate ahí mirándome, segura de que yo soy responsable de
haber perdido la casa... Pero, ¿dónde estabas tú, Stella?... ¿Dónde estabas?
Estabas aquí... aquí... viviendo con tu polonés... (stella se incorpora bruscamente.)
stella.—¡Ya está bien,
Blanche! ¡Cállate! (Va a macharse.)
blanche.—¿Dónde vas?
stella.—A lavarme. Al
cuarto de baño.
blanche.—Pero si... ¡estás llorando, Estrellita!
stella—Claro...
¿También te sorprende eso? (stella desaparece
en el cuarto de baño. Una pausa. Luego
se oyen unas voces y llegan al pié de la escalera stanley. steve y MiTCH. Vienen muertos de risa.)
steve.—Bueno, ¿qué?...
¿Hace un poker mañana por la noche?
stanley.—Buena idea...
en casa de Mitch.
mitch.—No puede ser.
Mi madre no está bien todavía. (Se aleja.)
stanley.—(Gritando.) Entonces
aquí... en mi casa... Pero tú pones la cerveza.
eunice.—(A gritos,
arriba.) Deja ya la tertulia, hombre... Hice los spaghettis que querías y
me los he tenido que comer sola.
steve.—(Saliendo.) Te
dije que teníamos partida y te llamé por teléfono. (A sus amigos.) A ver
si tienes una cerveza un poco más fuerte.
eunice.—Dijiste que me
llamarías, pero no me llamaste.
steve.—Sí, te llamé...
a la hora de comer... y además te lo expliqué durante el desayuno.
eunice.—Bueno, da
igual. Mientras sigas volviendo por las noches...
steve.—¿Pero es que
quieres que ponga un anuncio en los periódicos?
(Nuevas risas y gritos de los hombres. Stanley da un empujón a la puerta de
la cocina y entra en su casa. Es de altura normal pero fuerte y bien
proporcionado. Una especie de alegría animal está implícita en su comportamiento
y manera de moverse. El objetivo de su vida, desde su adolescencia, es el
placer con las mujeres, que da y recibe, no con indulgente ligereza sino con el
orgulloso poder de un gallo de buen plumaje en un corral de gallinas. De esta
satisfecha plenitud derivan todos los cardes secundarios de su vida: amistad
con los hombres, humor rudo y directo, amor a la buena mesa y a la buena
bebida, al juego, a su coche, a su radio, a todo cuanto posee y lleva por ello
la impronta orgulloso del sembrador. Valora las mujeres al primer vistazo, las
clasifica sexualmente y las dedica la sonrisa justa. Frente a esa actitud,
Blanche retrocede instintivamente.)
blanche.—Soy Blanche. Tú
debes ser Stanley.
stanley—Blanche. ¿La
hermana de Stella?
BLANCHE.—Sí.
stanley.—Gusto. ¿Dónde
está Stella?
blanche.—En el baño.
stanley.—No tenía ni
idea de esta visita.
blanche.—Pero... yo...
stanley.—¿De dónde has
salido, Blanche?
blanche.—Pues... vivía
en Laurel.
stanley.—¿En Laurel,
eh?... Sí, claro... En Laurel. (Ha ido al armario y ha sacado la botella de
whisky. La mira al trasluz.) El whisky desaparece muy deprisa cuando hace
calor. ¿Quieres un poco?
blanche.—No... bebo...
bebo muy poco...
stanley.—Hay gente que
apenas bebe hasta que el alcohol se los bebe a ellos. (Blanche se ríe
forzada y débilmente.) Tengo toda la ropa pegada al cuerpo... ¿Te importa
que me ponga un poco más cómodo? (Empieza a quitarse la camisa, sin esperar
respuesta.)
blanche.—Por favor...
stanley.—La comodidad
ante todo: esa es mi norma...
blanche.—Sí, la mía
también. Y eso que... has llegado antes de que pudiera lavarme y... maquillarme.
stanley.—Es muy fácil
respirar después de un ejercicio tan violento como los bolos. Tú eres
profesora, ¿no?
BLANCHE.—Sí.
stanley.—¿De qué?
blanche.—De inglés.
stanley.—Yo fui muy mal
estudiante de inglés. ¿Cuánto tiempo piensas estar por aquí, Blanche?
blanche.—Todavía no lo
sé.
stanley.—¿Te vas a
quedar con nosotros?
blanche.—Me gustaría...
Si es que no os molesto.
stanley.—Muy bien...
blanche.—El viaje ha
sido bastante cansado...
stanley.—Entonces,
tómatelo con tranquilidad. (Un gato maulla junto a la ventana, blanche se sobresalta.)
blanche.—¿Qué ha sido
éso?
stanley.—Son los
gatos... ¡Eh, Stella!
stella.—(Off.) ¿Qué hay, Stanley?
stanley.—¿Es qué te has
caído al agua? (stanley hace
un guiño a blanche. que
intenta una sonrisa. Pausa.) Tengo la impresión, no sé por qué, de que te
voy a parecer un poco raro... No soy muy refinado, ¿sabes? Stella siempre está
hablando de tí. Estuviste casada, ¿no? (Sube la lejana música del piano.)
blanche.—Sí. Hace mucho.
Cuando era joven...
stanley.—¿Y cómo
terminó?
blanche.—El chico... se
murió. (Se deja caer en la silla.) Ay... Creo que... me estoy sintiendo
mal. (Hunde la cabeza entre los brazos.)
OSCURO
ESCENA SEGUNDA
El día siguiente a las seis de la tarde.
(blanche se está bañando, stella acaba
de arreglarse. El traje de blanche un estampado con flores, se
extiende sobre la cama de blanche. stanley entra de la
calle a la cocina, dejando la puerta abierta hacia el perpetuo sonido del piano
de los «blues».)
stanley.—¿Qué clase de
festejo es éste?
stella.—¡Hola, Stanley!
(Se incorpora y corre a abrazarle, stanley
acepta el gesto como un señor acostumbrado a los homenajes.) Me
llevo a Blanche a cenar al Galatoire y después al teatro. Como tú tienes tu
poker...
stanley.—¿Y dónde ceno?
Yo no pienso ir al Galatoire...
stella.—En la heladera
te he dejado un buen plato de fiambres...
stanley.—De acuerdo.
stella.—Volveremos
cuando termines el poker... No sé lo que opinará Blanche... Iremos a
cualquier sala de espectáculos de por aquí... Me tienes que dar dinero...
stanley.—¿Dónde se ha
metido Blanche?
stella—Se está
lavando. El agua muy caliente le calma los nervios... Está muy deprimida.
stanley.—¿Por qué?
stella.—Los
disgustos... Ha sufrido mucho...
stanley.—No sabía...
STELLA.—Sí... La verdad
es que... bueno...
que nos hemos quedado sin
Belle-Reve.
stanley.—¿La casa?
STELLA.—Sí.
stanley.—¿Cómo? ¿Por
qué?
stella.—(Perdida.) Había
que elegir entre sacrificar la casa o... muchas otras cosas... (Una pausa, stanley reflexiona.) Cuando salga
del baño, sé bueno y dile algo simpático sobre su aspecto... ¡Ah! Y... no... no
le digas nada de lo del niño... Todavía no se lo he contado... Voy a esperar a
que esté más tranquila.
stanley—(Duro.) ¿Ah, sí?
stella.—Trata de ser
amable con ella, Stan... Compréndela. (Se
oye la voz de blanchf que
canta en el baño.)
blanche.—(Off. Cantando.) «De la tierra donde el agua es siempre azul celeste vino cautiva una
hermosa doncella».
stella.—Ella no
sospechaba que vivíamos en una casa tan pequeña... En mis cartas yo... pues...
había exagerado un poco...
stanley.—¿De verdad?
stella.—Dile un par de
cosas sobre ese traje... que le sienta divinamente... y eso... Para Blanche los
cumplidos son absolutamente vitales. Es su punto débil.
stanley.—Entendido,
entendido... pero no nos desviemos de la cuestión. Dices que ha perdido la
casa...
stella.—Sí... la ha
perdido.
stanley.—¿Cómo?...
Cuéntame los detalles.
stella.—Bueno... Ya...
ya nos lo contará cuando esté más tranquila.
stanley.—¡Ah!... Un
pacto, ¿no?... La pobrecita Blanche no debe ser molestada con temas económicos
hasta que supere este bache.
stella.—Ya viste como
llegó anoche.
stanley.—Sí, en
efecto... Pero, en fin, déjame ver esa escritura de venta.
stella.—No me la ha
dado... No la he visto.
stanley.—¿No te ha
enseñado nada? ¿Ningún papel?... ¿Ni contratos, ni escrituras... ni nada de
eso?
stella.—Es que... creo
que... que no la vendió.
stanley.—¿Y qué es lo
que hizo sí no la vendió? ¿Se la regaló a los pobres?
stella.—Habla más bajo
que te va a oír.
stanley.—Mejor...
Papeles por delante...
stella.—No hay
papeles... No me ha enseñado nada porque no tenía nada para enseñarme.
stanley.—¿Nunca oíste
hablar del Código de Napoleón?
stella.—No sabía que
existiese un código de Napoleón... Por tanto si existe como si no existe, no
creo que eso tenga nada que ver con...
stanley.—Atiende un poco
a la lección, bonita...
stella.—Está bien.
stanley.—Estamos en el
Estado de Luisiana... y en Luisiana hay un Código Civil según el cual lo que es
de la mujer es del marido y lo que es del marido es de la mujer... Eso quiere
decir que si yo tengo una casa o si la tienes tú...
stella.—Ya me he
perdido, ya me he perdido...
stanley.—De acuerdo...
No sigo... Pero en cuanto salga del cuarto de baño le voy a preguntar si conoce
las leyes de este Estado... No quiero que te engañen, nena, porque si te
timase, tú me timas a mí... y eso no me gusta lo más mínimo.
stella.—Tienes todo el
tiempo del mundo para hacer todas las preguntas que quieras. Pero no ahora. La
pobre Blanche volvería a sentirse deshecha... No sé ni sospecho lo que ha
podido pasar con Belle-Reve... pero es ridículo que creas que Blanche... o yo
misma, hemos podido timar a alguien.
stanley.—Yo no creo
nada... Blanche ha vendido la finca... ¿Se puede saber dónde está el dinero?
stella—Es que no la ha
vendido... la ha perdido... (stanley. furioso,
va rápidamente hacia el dormitorio. stella
le sigue). ¡Stan!
(stanley abre con rabia un gran baúl vertical que está en medio del cuarto y
comienza a sacar los trajes de blanche).
stanley.—¡Por favor!...
¡Abre esos ojitos y mira esto! ¿Te parece a tí que estos trajes se los puede
comprar una maestra con su sueldo?
stella.—¡Cállate!
stanley.—Plumas, pieles…
sedas... ¿y esto? Una tela que parece oro macizo... ¡Y esto!... Fíjate... zorro
puro... (Sopla en las pieles). Pieles de zorro de pelo largo. ¿Dónde
está tu abrigo de zorros, Stella? Zorros plateados, maravillosos. ¿Dónde están
tus zorros plateados, niña, dónde?
stella.—Esas pieles no
son buenas y además Blanche las tienes desde hace años.
stanley.—Tengo un amigo
peletero. Le diré que venga a que nos diga lo que valen. Aunque yo lo sé: esto
vale miles de dólares...
stella.—Stanley, ¡no
digas tonterías! (stanley echa
las pieles encima de la cama y después abre de golpe el cajoncito del baúl y
saca las alhajas de blanche)
stanley.—¿Y ésto qué es?
¿El cofre de un pirata?
stella.—¡Por favor,
Stan!
stanley.—¡Perla y más
perlas! ¡Montañas de perlas! Pero, bueno, ¿se puede saber a qué se dedica tu
hermana? A lo mejor es uno de esos buzos que recuperan los tesoros de los
barcos... O puede que robe cajas de caudales... ¡Anda, dime que ésta no es una
pulsera de oro! ¡Y qué oro! ¿Dónde están guardadas tus sortijas y tus perlas,
nena? ¿Dónde están?
stella.—¡Déjalo ya,
Stanley!
stanley.—¡Y
diamantes! ¡Una corona imperial!
stella.—Una diadema
falsa para un traje de noche...
stanley.—No pretendas
burlarte de mí... Un amigo de la bolera trabaja en joyería... también le diré
que venga y que tase eso... Mejor dicho: que tase tu casa, tu plantación...
porque eso es lo que hay... Eso es lo que queda de vuestra casa familiar.
stella.—No sé si te das
cuenta de lo desagradable que te has puesto. Guárdalo todo antes de que vuelva
de bañarse...
( stanley cierra el baúl de
una patada y va a sentarse en la mesa de la cocina.)
stanley.—Los Kowalski no
se parecen en nada a los Du Bois.
stella.—(Furiosa.) ,¡Por
suerte y a Dios gracias! Me voy a dar un paseo. (Se coloca los guantes y el
sombrero y va hacia la puerta de la calle.) Acompáñame mientras Blanche se
viste.
stanley.—No empieces a
darme órdenes.
stella.—¿Es qué piensas
quedarte aquí para insultar a mi hermana?
stanley.—Eres un lince...
Aquí me quedo. (stella sale
de la casa y blache del
baño vistiendo una bata etérea.)
blanche.—(Contenta.) Hola...
Aquí estoy ya... bañada y perfumada. Un verdadero ser humano, acabadito de
nacer...
(stanley saca un cigarrillo y lo enciende, blanche cierra los
visillos y cortinas de las ventanas.) Perdóname un momento: voy a ponerme mi mejor traje.
stanley.—Anda, anda...
(blanche cierra la cortina que aisla las dos habitaciones.)
blanche.—Sé que vais a
jugar aquí al poker y que las señoras no han sido invitadas.
stanley.—(Seco.) Así
es...
blanche.—¿Por dónde anda
Stella?
stanley.—Está en la
calle.
blanche.—¿Puedes hacerme
un favor?
stanley.—Según lo que
sea. (stanley pasa al otro
cuarto.)
blanche.—¿Cómo me
encuentras?
stanley.—Bien.
blanche.—Muchas gracias.
¿Te importaría abrocharme los botones?
stanley.—No lo sé hacer.
blanche.—Claro... ¡Los
hombres tenéis unas manazas! ¿Me das una calada de tu pitillo?
stanley.—Toma uno solo
para tí.
blanche.—Gracias...
Uy... Parece como si le hubiesen puesto una bomba a mi baúl.
stanley.—Tu hermana y yo
tratábamos de ayudarte a deshacerlo.
blanche.—Pues lo habéis
deshecho de verdad...
stanley.—Da la impresión
de que has arrasado con las mejores tiendas de París.
blanche.—No te
escandalices... Los trajes son mi pasión.
stanley.—¿Cuánto puede
valer esas pieles?
blanche.—No tengo idea.
Me las regaló un admirador.
stanley.—Te debía
admirar mucho.
blanche.—Supongo que
sí... Cuando era muy joven gustaba bastante... Pero lo que importa es ahora...
hoy... (Sonríe a stanley,) ¿Te
parece que yo he debido gustar mucho o no?
stanley.—Seguramente.
blanche.—Esperaba un
cumplido más caluroso, Stanley.
stanley.—Yo no soy de
esos.
blanche.—¿De cuáles?
stanley.—De los que
dicen tonterías. Además no he conocido a una sola mujer que no sepa si está
bien o no sin necesidad de que se lo digan. Si se equivocan será por exceso...
Una vez salí con una monada que me dijo: «Tengo un tipo maravilloso». A lo que
yo contesté: «¿Y qué más?».
blanche.—Ya... ¿Y qué te
dijo ella?
stanley—Ni palabra. Se
calló como una ostra.
blanche.—¿Y cómo terminó
la novela?
stanley.—Se acabó el
diálogo y se acabó todo... Hay quien se muere por el estilo Hollywood y hay
quien no.
blanche.—Tú debes ser de
los que no.
stanley.—Acertaste.
blanche.—No me imagino a
ninguna mujer, por bruja que sea, sorbiéndote el seso.
stanley.—Acertaste otra
vez.
blanche.—Yo diría que
eres franco, simple y honesto. Primitivo, seguramente. Para que una mujer te
guste primero tendría ella que...
(Se interrumpe y hace un gesto que no quiere decir nada.)
stanley.—(Despacio.) ...descubrir
su juego.
blanche.—(Sonriendo.)
Bueno, la verdad es que a mí tampoco me gustan las medias tintas... Por eso
anoche, cuando entraste, me dije a mí misma: «¡Mi hermanita se ha casado con
un hombre de verdad!» ...No es mucho, pero es todo lo que puedo decir de tí.
stanley.—(Brutal.) Bueno,
vamos a dejarnos de estupideces. (Blanche
se cubre los oídos con las manos.)
BLANCHE.— ¡¡¡Uy!!!
(stella llama desde
fuera de la casa.)
stella.—¡Stan!... Deja
a Blanche que se vista tranquila y ven aquí.
blanche.—Estoy ya
vestida, Estrellita.
stella.—Entonces, ven,
que te estoy esperando.
stanley.—Estamos
hablando...
blanche.—(Rápida.) Hazme
un favor, bonita... Tráeme una Coca con un poco de limón y hielo picado... Si
no te importa.
stella.—(Vacilando.)
Está bien.
('stella echa a andar y dobla la esquina.)
blanche.—Nos estaba
oyendo... Me parece que la pobre no te puede entender como yo... Bien, señor
Kowalski, de acuerdo, vayamos al grano... Te contaré todo lo que quieras... No
tengo nada que esconder. ¿Por dónde empezamos?
stanley.—Empiezo yo.
Tenemos un Código Civil en el Estado de Lousiana con arreglo al cual los bienes
de mi mujer son mis bienes y... al revés...
blanche.—Impresionante.
Estás hablando como un juez... (Se perfuma con el pulverizador y luego,
jugueteando, perfuma a stanley. El
le arrebata el frasco y lo deja secamente sobre el tocador, blanche sacude la cabeza hacia atrás
y se ríe.)
stanley.—Si no fueses la
hermana de Stella pensaría algo muy feo.
BLANCHE.—¿Qué?
stanley.—No te hagas la
ingenua... Me entiendes muy bien. ¿Dónde están los papeles?
blanche—¿Qué papeles?
stanley.—¿Cuáles van a
ser? Los documentos de la casa... Los papeles de la plantación.
blanche.—Tienes razón...
Teníamos muchos papeles.
stanley.—¿Es qué los has
perdido?
blanche.—No. Deben estar
por alguna parte.
stanley.—En tu baúl
desde luego no están.
blanche.—Todo lo que me
queda en la vida está en ese baúl.
stanley.—Pues, entonces,
busquemos en tu baúl. (stanley abre
con rudeza el baúl y comienza a registrarlo.)
blanche.—Pero ¿qué es lo
que estás pensando, cielo santo? ¿Qué es lo que estás suponiendo con esa fantasía
infantil? ¿Qué yo me he quedado con algo que no era mío? ¿Qué le he hecho una
canallada a mi hermana?... Anda, déjame... Es más fácil si lo hago yo... (Va
hacia el baúl, busca y saca una caja.) Mis papeles están todos en esta
caja. (Abre la caja y mira.)
stanley.—¿Qué son esos
otros que hay al fondo? (Señala un paquete de papeles que hay en el baúl, blanche los toma.)
blanche.—Cartas de
amor... Cartas... Todas del mismo hombre y... ya... un poco amarillas, (stanley le arrebata el paquete de
cartas y blanche da un
grito.) ¡Dame eso! ¡Dámelo
inmediatamente!
stanley.—¡En cuanto las
eche una miradita!
blanche.—Solo tus dedos
son una ofensa a esas cartas.
stanley.—¡No digas
cursilerías, guapa! (stanley desata
de un tironazo la cinta de las cartas y empieza a leerlas, blanche trata de quitarle el paquete
y las cartas, sueltas caen al suelo.)
blanche.—Ahora que las
has manchado con tus manos, las tendré
que quemar. (stanley, inseguro,
mira fijamente a blanche)
blanche.—Pero ¿qué
demonios es esto? (blanche recoge
las cartas caídas en el suelo.)
blanche.—Versos. Poemas
escritos por un chico muy joven que ya no existe. Un muchacho a quien yo herí
como tú has querido herirme a mí... Solo que a tí no te va a ser posible,
porque yo no soy ni joven ni débil. Mi marido era las dos cosas y yo... ¿pero a
tí qué te importa toda esta historia? Dame esas cartas de una vez...
stanley.—¿Por qué has
dicho que las ibas a quemar?
blanche.—Un momento de
ira. Perdóname. Todos tenemos cosas íntimas a las que no nos gusta que se acerque
nadie...
(Blanche está muy cansada. Se sienta con su caja en el regazo, saca unas gafas, se
las pone y empieza a revisar los papeles con gran detenimiento.)
blanche.—«Ambler y Ambler»... Sí... «brabtree»... «Más Ambler y Ambler».
stanley.—¿Quiénes son
«Ambler y Ambler»?
blanche.—Unos
prestamistas.
stanley.—¿Hipotecaste la
casa? ¿Por eso se perdió? (blanche se
lleva una mano a la frente.)
blanche.—Supongo que sí.
stanley.—Me molestan las
suposiciones. ¿Qué más hay en esos papeles?
(blanche le entrega la caja y stanley se sienta a la mesa con
ella. Comienza a vaciar el contenido, blanche busca otro gran
sobre con más papeles.)
blanche.—Tenemos
cientos, miles de documentos de hace cientos de años, todos referentes a esa
plantación. Lo sabemos todo... Todos los detalles de la estupidez de nuestros
padres, de nuestros tíos y de nuestros hermanos, que fueron quedándose sin la
tierra, un pedazo detrás de otro... ¿A tí te gusta que se hable claro, no?...
Hasta que al final... dile a Stella que te lo cuente... ella lo sabe... al
final nos quedó la casa, unas cuantas hectáreas de terreno... y un bonito
cementerio dentro donde ya están descansando todos, menos Stella y yo...
(Deja caer sobre la mesa los papeles que había en el sobre.)
¡Aquí tienes tus documentos! ¡Para tí! ¡Todos para tí!... Te los endoso...
Quédate con ellos o apréndelos de memoria si tanto te interesan... No es mal
final para Belle-Reve acabar siendo simple montoncito de papeles viejos en tus
manazas... ¿Por qué no me habrá traído Stella esa Coca-Cola?
(blanche muy fatigada, cierra los ojos y se reclina en su
asiento.)
stanley.—Le diré a un
abogado amigo mío que se estudie muy bien todo eso.
blanche.—Dale también un
tubo de aspirina.
stanley.—(Encogido.) Es
mi deber, según el Código Civil, velar por los asuntos de mi mujer... y ahora
mucho más porque... porque Stella va a tener un niño. (blanche se despierta de golpe. Se oye con más intensidad
el piano.)
blanche.—¿Qué has dicho?
¿Qué Stella va a tener un niño? (Con voz soñadora.) No me ha dicho
nada... ¿Por qué? (Se incorpora y sale al exterior, stella viene doblando la esquina.
Trae una caja de cartón, stanley va
a su dormitorio llevándose el
sobre y la caja de los documentos. Oscuro en las habitaciones interiores. Luz
en la pared exterior, blanche va
al encuentro de su hermana, bajando hasta la acera.)
¡Stella! ¡Qué maravilla! ¡Vas a tener un niño! (Las dos hermanas se
abrazan, stella se echa a
llorar sentidamente, blanche la consuela en voz baja.) No
te preocupes... Ya se lo he explicado todo y lo ha comprendido.
Tranquilízate... Soy yo quien está un poco nerviosa... pero creo que he llevado
muy bien la conversación... Me reí... lo eché todo a broma... le dije que era
un crío... hasta flirteé un poco con él... Para decirlo todo, Estrellita, he
estado coqueteando con tu marido.
(Entran steve
y pablo que traen un cajón de
cerveza.) Comienzan a llegar los
invitados de la partida de poker.
(steve y paUl pasan entre las dos mujeres, miran de reojo a blanche y desaparecen en el interior de la casa.)
stella.—¡Siento mucho
que Stanley se haya puesto así contigo!
blanche.—Stanley no es
de los que usan perfumes caros, pero... es posible que su sangre mejore nuestra
sangre... porque... es verdad que hemos perdido la plantación... pero también
lo es que tenemos que seguir adelante. ¿Por dónde vamos, Stella... por aquí?
stella.—No, por ahí. ( stella empuja a blanche y echan las dos a andar.)
blanche.—(Riendo.) El
ciego que lleva al ciego... (Se oye el pregón de un vendedor de tamales.)
vendedor.—(Off.) ¡Tamales!...
¡Tamales calentaos!
OSCURO
ESCENA TERCERA
LA NOCHE DEL POKER
Hay un cuadro de Van Gogh que tiene por tema un salón nocturno de billar.
La cocina sugiere ese espléndido brillo de la noche, pura como un recuerdo
infantil. Sobre el linoleum amarillo que cubre la mesa de la cocina está
suspendida una bombilla con una pantalla de cristal muy verde.
(STANLEY, steve, mitch y pablo, los jugadores de poker, visten
camisas de colores fuertes: azul intenso, púrpura, ajedrezado de rojos y
blancos, verde pálido. Los cuatro hombres son viriles, están en el apogeo de la
vida y son fuertes, claros y directos como sus camisas. En la mesa hay unos
trozos muy rojos de sandía, unas botellas de whisky y unos vasos. El dormitorio
está en penumbra sin más luz que la que entra de la calle por el gran ventanal.
Hay un silencio tenso mientras juegan.)
pablo.—Cartas.
steve.—Dos.
pablo.—¿Tú Mitch?
mitch.—No voy.
pablo.—Una.
mitch.—¿Quién quiere
beber?
STANLEY.—Yo.
pablo.—¿Por qué no se
llega alguien al restaurant chino? Yo me comería una ración de buey.
stanley.—A tí te entra
hambre en cuanto yo voy perdiendo. Estoy servido. ¿Quién abre? Quita esas
manazas de la mesa, Mitch... Cartas, fichas y whisky es lo único permitido en
la mesa de poker. (mitch se
incorpora de mal humor y tira al suelo sin querer las cáscaras de sandía.)
mitch.—Te has puesto
los pantalones de cuadros, ¿no?
stanley.—Cartas.
steve.—Tres.
stanley.—Una.
mitch.—No... me parece
que me voy a ir enseguida a casa...
stanley.—Primero,
cállate.
mitch.—Mi madre está
mal. Si no me ve llegar no se duerme.
stanley.—¿Y por qué no
te quedas con ella?
mitch.—Porque le gusta
que salga... Por eso... Y entonces salgo, pero no me hace, pensando si estará
bien o no.
stanley.—Bueno, pues
vete de una vez.
pablo—¿Qué tienes?
steve.—Full.
mitch.—Vosotros estáis
casados, pero yo me quedaré solo cuando se muera mi madre. Voy un momento al
cuarto de baño.
stanley.—Vuelve
pronto... Te buscaremos entre todos un buen chupete.
mitch.—Vete al carajo.
(Va hacia el cuarto de baño.)
steve.—(Repartiendo.)
Sintético de siete... (Reparte las cartas sin dejar de hablar.) Oid
ésto: «un negro muy viejo, muy viejo, sale al patio de su casa y empieza a
echarle maíz a los pollos. De repente oye un revoloteo terrible y ve a una
gallinita que como desesperada cacareando perseguida por el gallo que está a
punto de alcanzarla...»
stanley.—(Impaciente.)
Sigue dando.
steve.—Pero cuando la
va a cazar ve el gallo al negro soltando maíz, da un frenazo, la gallina se le
escapa pero él se pone a picotear tan contento... Y entonces el viejo negro lo
mira estupefacto y dice: «Jesús, Dios mío, haz que yo no pase nunca en la vida
tantísima hambre»...
(Se ríe acompañado por pablo, blanche y stella doblan la esquina.)
stElla.—Todavía están
jugando. .
blanche—¿Cómo estoy,
Estrellita?
stella.—Preciosa,
Blanche.
blanche.—Este calor me
mata... Espera, no abras todavía... Deja que me arregle un poco... Estoy hecha
polvo.
stella.—Estás como una
rosa...
blanche.—Sí. Con una
semana en el florero...
(Stella abre la puerta.
Entran las dos.)
stella.—¡Vaya, buenas
noches! Una partida larga, ¿no?
stanley.—¿Qué habéis
hecho?
stella.—Estuvimos en el
teatro... Mira, Blanche... Este es Pablo González y éste Steve Hubbell.
blanche.—Por favor, no
se muevan.
stanley.—Tranquila...
nadie se iba a mover.
stella.—¿Tenéis para
mucho?
stanley.—Para todo lo
que el cuerpo aguante.
blanche.—A mí me fascina
el poker... ¿Puedo mirar?
stanley.—No, no se
admiten mirones... ¿Por qué no os subís un ratito a casa de Eunice?
stella.—Porque son casi
las dos y media de la mañana.
(blanche va hacia el dormitorio, entra y cierra un poco las cortinas.)
Otra mano y lo dejáis.
(stanley le da un fuerte azote en las nalgas, stella se revuelve
rabiosa.)
Eso no me gusta, Stanley... No tiene ninguna gracia.
(Risas masculinas, stella desaparece en el
dormitorio.)
Me da muchísima rabia que haga eso delante de los demás.
blanche.—Voy a darme un
baño.
stella.—¿Otro?
blanche—Me calmará los
nervios. ¿Está libre el cuarto de baño?
stella.—Míralo.
(blanche llama al cuarto de baño. Se abre la puerta y mitch sale con una toalla, secándose las manos.)
blanche.—Buenas noches.
mitch.—Buenas...
(mitch se queda mirando
fijamente a blanche)
stella.—Blanche, éste
es Harold Mitchell, Mitch para los amigos... Blanche
du Bois, mi hermana.
mitch.—(Con torpeza.)
Encantado, señorita du
Bois. ¿Cómo está usted?
stella.—¿Y tu madre,
Mitch?... ¿Qué tal sigue?
mitch.—Como siempre.
Me dijo que te diera las gracias por el flan... Perdónenme.
(mitch vuelve despacio
a la cocina, después de mirar de nuevo a blanche Tose, nervioso.
Al verse todavía con la toalla en las manos se ríe forzadamente y se la da a stella. blanche lo examina con cierta curiosidad.)
blanche.—Parece el
mejor, ¿no?
stella.—Sí. Es el
mejor.
blanche.—Más fino... más
sensible.
stella.—Tiene a su
madre muy enferma.
blanche.—¿Casado?
STELLA.—No.
blanche.—¿Mujeriego?
stella.—Pero bueno,
Blanche... (blanche se echa a
reír.)
No, no creo que sea mujeriego.
blanche.—¿En qué trabaja?
(blanche se desabrocha la blusa.)
stella.—Trabaja con
instrumentos de precisión en la sección de recambios de la fábrica en que
trabaja Stanley.
blanche.—Y... ese... ¿es
un puesto importante?
stella.—No. De todo el
grupo, Stanley es el único que tiene alguna posibilidad de ascender.
blanche.—¿Por qué? ¿Por
qué crees que subirá?
stella.—¿Le has visto
bien?
blanche.—Le he visto
divinamente.
stella.—¿Y no lo has
notado?
blanche.—Si te refieres
a la marca del genio, no... No la veo en su frente.
(blanche se quita la blusa
y se queda con un sujetador rojo y una falda blanca. Los jugadores continúan su
partida hablando en voz baja.)
stella.—No lo puedes
ver. No es ningún genio.
blanche.—¿Entonces? ¿Qué
es lo que tiene de extraordinario? No lo adivino.
stella.—Tiene fuerza...
Quítate de la luz.
blanche.—No me había
dado cuenta. (blanche se aparta
de la amarillenta luz. stella se
ha quitado el vestido y se ha puesto un ligero kimono de seda azul.)
stella.—(Burlona.) ¡Si
hubieses conocido a sus amiguitas!
blanche.—(Divertida.)
Me las puedo imaginar. Fuertes y sólidas, ¿no?
stella.—¿Has visto la
de arriba? (Se ríen.) Un día... qué barbaridad... (Se ríe.) Se
agrietó el techo raso y...
stanley.—Basta ya,
cotorras... Callaros de una vez.
stella.—Si no puedes
oírnos.
stanley.—Pero tú a mí
si. Callaros... es una orden.
stella.—En mi casa, que
es ésta, hablo como me da la gana.
blanche.—No discutas,
Stella.
stella.—Está
borracho... Vuelvo enseguida. (STFLLA entra en el cuarto de baño, blanche se incorpora y con cierta
indolencia va hacia una pequeña radio blanca. La enciende.)
stanley.—Bueno, Mitch...
¿qué? ¿Vas o no vas?
MITCH.-—¿Qué?... ¡Ah, sí!... No, no
voy. (blanche vuelve a
colocarse de forma que la ilumine la luz. Alza los brazos desperezándose y
vuelve balanceándose hacia la silla en que estaba. La radio deja oir una
rumba, mitch abandona la mesa de juego.)
stanley.—¡Esa radio!... ¿Quién ha encendido esa radio?
blanche.—Yo. ¿Quieres
que la apague?
STANLEY.—Sí.
steve.—Déjalas,
hombre, que se diviertan un poco.
pablo.—La música no
hace daño.
steve.—Y ésta menos.
¡Parece Cugat! (stanley se
incorpora de un salto, va hacia el aparato de radio y lo apaga. Al ver a blanche sentada, que lo mira sin
pestañear, se detiene en seco un momento. Regresa a la mesa de juego donde sus
compañeros discuten.)
steve.—Yo no te he
oído.
pablo.—Pues lo he
dicho. ¿Verdad Mitch?
mitch.—Lo siento. Estaba distraído.
pablo.—¿Cómo
distraído? ¿Con qué?
stanley.—Con esas
cortinas...
(STANLEY se levanta de nuevo y cierra totalmente las cortinas.)
Bueno, vuelve a dar... Vamos a jugar en serio o vamos a dejarlo. Los hay
que se vuelven idiotas en cuanto ganan... (stanley
vuelve a su sitio y mitch se
incorpora.)
stanley.—(Gritando.) ¡Siéntate,
Mitch!
mitch.—No me des
cartas. Voy otra vez al baño.
pablo.—Está que se
sale... Siete billetes de cinco dólares hechos una pelotita en el bolsillo del
pantalón.
steve.—Mañana los
cambiará en la caja de la fábrica.
stanley.—Y en su casa
los meterá en una hucha, monedita a monedita... La hucha es un regalo de
mamá...
Por Navidad. (Distribuye las cartas.) Otra mano de sintético, ¿vale?
(mitch. azorado,
sonríe, abre las cortinas, pasa y se
detiene inmediatamente en el otro cuarto.)
blanche.—(Bajo.) ¡Hola!...
Stella está dentro.
mitch.—Siento
molestar... Es la cerveza... Hemos bebido mucho.
blanche.—No me gusta
nada la cerveza.
mitch.—Pues es
buena... Sobre todo cuando hace calor.
bi.anche.—No estoy de
acuerdo. A mí, por lo menos, me acalora más... ¿Me da un cigarrillo?
mitch—Sí, claro...
bi anche—¿Qué son?
mitch.—L'uckys.
bi.anchf—Son los míos...
Qué pitillera tan bonita. Parece de plata.
mitch—.Es de plata...
Y mire lo que tiene grabado.
blanche.—¿Qué dice? No
leo bien... (MiTCH enciende un fósforo y se acerca mucho a blanche)
¡Ah, sí!
(bL anche simula leer con dificultad.)
«Y si Dios me da permiso te querré más, mucho más, después de muerta»...
Browning. Mi soneto preferido.
mitch.—¿Lo conocía?
bLAnche.—Desde luego.
mitch.—Esta pitillera
tiene su historia.
blanche.—Una novela.
mitch.—Sí... Bastante
triste...
blanche.—Lo siento.
mitch.—La chica murió.
blanche.—(Compungida.)
¡Qué pena!
mitch.—Pero lo
sabía... Sabía que se iba a morir cuando me regaló la pitillera... Era un poco
rara... inquieta... pero muy cariñosa.
blanche.—Debió quererle
mucho... Las personas enfermas aman muy profundamente.
mitch.—Eso es cierto.
blanche.—El dolor vuelve
a la gente sincera.
mitch.—Sí, muy
sincera.
blanche.—Solo los que
sufren son verdaderamente auténticos, francos, diría yo.
mitch.—Tiene usted
toda la razón.
;
blanche—La tengo, la
tengo... Hábleme de alguien que no haya sufrido y tendré que decirle que no es
una persona completa... No, no lo es... Pero, bueno... ¿se da usted cuenta de
lo que le estoy diciendo? Es que... no sé si me he expresado bien... Es culpa
suya... y de sus amigos... Salimos del teatro a las once y no quisimos volver
a casa para no interrumpir la partida... así que nos fuimos a tomar una copa...
Yo nunca tomo más de una copa... dos a lo sumo, alguna vez... y, bueno, tres...
pues... (Se ríe.) Y esta noche me bebí tres copas.
stanley.—¿Qué haces,
Mitch?
mitch.—No quiero
cartas... Estoy de charla con...
blanche.—...la señorita du Bois.
mitch.—¿Du Bois?
blanche.—Un nombre francés... «Du Bois» quiere decir «del Bosque» y «Blanche», Blanca. Así que todo junto
quiere decir «Blanca del Bosque»... Espero que no se le olvide.
mitch.—Pero usted no
es francesa.
blanche.—De origen
francés... Parece que nuestros tatarabuelos americanos eran hugonotes
franceses...
mitch.—¿Y es hermana
de Stella, no?
blanche.—Sí, Stella es
mi hermanita pequeña... Es un poco menor que yo... solo un poco... nos
llevarnos menos de un año... pero a mí me parece muy pequeña... ¿No le
importaría hacerme un favor?
mitch—Claro que no.
blanche.—Pues póngame en
esa bombilla este farolillo de papel que compré en la tienda de un chino. ¿Le
importa?
mitch.—Lo haré con
muchísimo gusto.
blanche.—Es que no
aguanto las bombillas desnudas... Bueno... ni las groserías... ni... los
comportamientos ordinarios.
mitch.—Entonces no le
va a gustar nada nuestra... nuestro grupo.
blanche.—Sé adaptarme
a... a mi entorno.
mitch.—Eso está bien.
¿Ha venido de visita?
blanche.—Sí... A ayudar
a mi hermana. Hace mucho que Stella no anda bien... Está muy cansada.
mitch.—¿Y puede...?
¿Es que no está usted...?
bi.anchf.—No... no estoy
casada... Soy una maestra de escuela solterona.
mitch—Maestra puede
que sí... pero solterona, desde luego no...
blanché.—Gracias... Es
usted un encanto.
stanley.—(Gritando.) ¡Mitch!
mitch—Ya voy... ya
voy...
blanche—¡Qué vozarrón!
mitch.—¿Y qué enseña
usted en esa escuela?
blanche.—Adivínelo.
mitch.—Arte...
música... no sé. (Blanche se
ríe con coquetería.) Me equivoqué, ya veo... Bueno, entonces enseña
aritmética.
blanche.—¡Aritmética
jamás, señor, aritmética jamás! (Se ríe.) Ni siquiera puedo
multiplicar... no me sé la tabla... Tengo la mala suerte de enseñar inglés...
Trato de que un puñado de Romeos de hamburguesería respeten a Hawthorne, a
Whitman y a Poe...
mitch.—Muchos
preferirían otros temas.
blanche—No lo sabe
usted bien... No son precisamente los valores literarios los que les
interesan... ¡Pero son sensibles a su modo! ¡Tendrá usted que verlos en primavera,
cuando descubren el amor! ¡Cómo si nada se hubiese enamorado antes...! (stella sale del baño, blanche
continua hablando con MITCH)
¡Ah! ¿Ya estás lista? Espera, voy a buscar música... ( blanche enciende la radio. Comienza a oírse »Rien, Rien, nur
du allain». blanche
romántica, comienza a bailar el vals, mitch fascinado, trata de imitarla; es un oso. stanley abre de golpe las cortinas, entra en el dormitorio,
levanta la pequeña radio blanca y la tira por la ventana lanzando un taco en
voz baja.)
stella—¡Bestia! ¡Bestia!
¡Borracho!
(Corre a la otra habitación y se planta gritando ante la mesa de poker.)
¡Fuera! ¡Cada uno a su casa! ¡Rápido, si os queda algo de decencia!
blanche.—(Rápida.) Stella,
ten cuidado... ¡Qué va Stanley! (STELLA echa a correr y stanley
la persigue.)
los hombres.—(Tranquilos.) Venga, Stanley... Vamos, no te sulfures... Bueno,
vamonos...
stella.—Si me tocas te
vas a... (stella huye y stanley la sigue. Se oye el ruido de
un fuerte golpe e inmediatamente un grito de stella bLanche grita a su vez y corre hacia la cocina.
Los hombres corren a sujetar a stanley
y forcejean con él. Derriban algo que cae ruidosamente al suelo.)
blanche.—(Gritando.) ¡Qué está embarazada!
mitch,—¡Qué
barbaridad!
blanche.—¡Es
terrible! ¡Se ha vuelto loco!
mitch.—¡Traedlo a la
cocina!
(Los amigos sujetan a stanley obligándole a volver al
dormitorio. Se sacude con tal fuerza al entrar que casi los tira. Sin
transición alguna se tranquiliza y se deja arrastrar por los otros. Todos le
hablan con suavidad y afecto mientras stanley apoya la cabeza
en el hombro de pablo, stella oculta, grita con toda su alma.)
stella.—(Gritando.) ¡Quiero
marcharme, quiero marcharme de aquí!
MiTCH.—En las casas donde hay mujeres no se deben organizar partidas de
poker... (blanche corre hacia
el dormitorio.)
blanche.—¡Las cosas de
mi hermana! ¿Dónde está su ropa? ¡Nos iremos con esa vecina!
mitch.—¿Dónde está su
ropa? (blanche abre el armario
de stella)
blanche.—Aquí... aquí...
es ésta... (Toma las ropas y corre hacia su hermana.) Estrella...
Estrellita, guapa... No te asustes... No te asustes que aquí estoy yo.
(Abriga a stELLA
y la ayuda a salir de la casa y a subir los escalones
que llevan al piso superior.)
stanLEy.—(Hundido.) ¿Qué
ha pasado? ¿Qué ha pasado?
mitch.—Nada, Stan,
nada... Qué perdiste la cabeza.
pablO.—Ya se le
pasó...
stEve.—Sí, ya está
bien.
mitch.—Vamos a
acostarle y le pasaremos una toalla mojada.
pablo.—Mejor café...
stanlEy.—(Enronquecido.)
Dadme agua.
mitch—Te meteremos
debajo de la ducha...
(Los hombres cambian entre sí algunas palabras en voz baja mientras llevan
a stanley hacia el cuarto de
baño.)
stanlEy.—¡Dejadme
tranquilo, idiotas!
(Del cuarto de baño llega el ruido de algunos golpes y luego el sonido
fuerte de la ducha.)
steve.—¡Bueno, vamonos
de aquí!
(Todos recogen sus apuestas en la mesa de poker y salen precipitadamente.)
mitch.—(Triste.) Cuando
hay mujeres no
se pueden organizar partidas de
poker...
(Los hombres salen
cerrando las puertas. Silencio. Pausa. Los negros del bar interpretan «Paper dolí».
Finalmente, chorrenado agua, sale del baño stanleY)
stanlEy.—¡Stella! (Pausa.) ¡No está!
(Se echa a llorar. Va al teléfono, desesperado y marca un número.)
¿Eunice?... ¡Dile a mi mujer que
baje!...
(Pausa, stanley
está esperando. Le han cortado. Cuelga y vuelve a
marcar.)
¡Eunice! ¡Por favor!... ¡Voy a estar llamando toda la noche hasta que hable
con Stella!
(Se oye un grito inidentificado en el teléfono y stanley lo tira. Disonancias metálicas sobre el fondo
pianístico. Oscuro en las habitaciones. Exterior de la casa con luz nocturna.
El piano de los «blues» continua oyéndose durante unos momentos hasta que stanley sale de la casa a medio vestir, dándose un golpe con
la puerta del porche, baja los escalones y en la calle se enfrenta con la casa.
Lo suyo es casi el aullido de un perro que alza la cabeza.)
stanley.—¡Stella!... ¡Stella, cielo, cariño! ¡¡¡Stella!!!
eunice.—(Desde
arriba.) ¡No sigas aullando y acuéstate!
stanley.—¡Mi mujer!...
¡Quiero ver a mi mujer! ¡Dile que baje!
¡Stella!
eunice.—Acuéstate
porque no va a bajar. Y no grites más si no quieres que venga la policía.
stfii a—¡¡¡Stella!!!
eunice—No es posible
darle una paliza a una mujer y después llamarla... Acuéstate, porque no
bajará... ¡Y eso que está embarazada!... ¡Pedazo de animal! ¡Eres un polaco de
mierda! ¡Ojalá te detengan y te den una manta de palos como la otra vez!
stanley.—(Sincero.) Eunice,
quiero que mi Estrellita vuelva a casa.
(eunice. sin contestarle, cierra de golpe la puerta de su piso, stanley estalla a grito
pelado.) ¡¡¡Stella!!!
(El clarinete acompaña ahora al piano del bar. Se abre otra vez la puerta
del piso de eunice
y stella. en bata, baja muy despacio,
las escaleras. Lleva el pelo suelto sobre los hombros. Ha llorado, stella y stanley se miran uno a otro y se
abrazan desesperadamente con un jadeo animal. Luego, stanley se pone de rodillas en un escalón y hunde su cara en
el vientre de stella
donde ya es perceptible el embarazo, stella se deshace en ternura y levanta a stanley apretando su cabeza entre las manos, stanley abre la puerta y la arrastra hacia la oscuridad del
departamento, blanche
aparece en la galería del piso superior. Esta en bata
y zapatillas y muy asustada. Baja con
miedo.)
blanche.—¡Stella!...
¿Dónde está mi hermana? ¡Stella! ¡Stella!
(blanche llega ante la oscuridad de la puerta del piso de stella y stanley y se detiene. Casi no se
atreve a respirar. Corre hacia la calle y se vuelve de frente a la casa. Mira
a derecha e izquierda de la calle como si necesitara protección. El piano se
apaga, mitch dobla la esquina de la calle.)
mitch.—Señorita Du
Bois...
blanchf.—Ah, ¿es ustes?
mitch.—¿Pasó el
temporal?
blanche.—Stella ha
vuelto con él... La llamó y bajó corriendo.
mitch.—Sí, claro...
blanche.—Tengo miedo...
mitch.—¡Ja, ja, ja!
¿Miedo de qué? Se quieren como dos locos.
blanche.—Es que yo no...
No estoy acostumbrada a que...
mitch.—Lo único malo
es que haya pasado delante de usted... Pero no le dé importancia...
blanche.—¡Ha sido muy
violento! ¡Mucho! ¡Esas cosas a mí me...!
mitch.—Bueno, siéntese
aquí... en este escalón... y nos fumaremos un cigarrillo.
blanche.—Estoy sin
vestir.
mich.—Para este
barrio está usted divinamente.
blanche.—La verdad es
que es una pitillera preciosa...
mitch.—Le enseñé antes
lo que tiene grabado, ¿no?
blanche.—Sí, me lo
enseñó.
(Una pausa, blanche levanta la vista al cielo.)
¡Qué mundo tan complicado nos ha tocado vivir!
(mitch tose con
timidez.)
Muchas gracias por su amistad... Me va a hacer un gran bien...
OSCURO
ESCENA CUARTA
A la mañana siguiente, muy temprano. Los confusos gritos callejeros suenan
casi como una coral.
(STELLA está echada en su dormitorio. Su casa está tranquila bajo el sol
del amanecer. Una de sus manos descansa sobre el vientre, ligeramente abombado
por el principio de la maternidad. De la otra cuelga un libro infantil, un
«comic». Su mirada y sus labios tienen la tranquilizada languidez de un ídolo
oriental. La mesa está revuelta con las sobras del desayuno y de la noche
anterior y en la puerta del cuarto de baño está caído el escandaloso pijama de stanley. La puerta que da a la calle
está entreabierta y deja pasar el claror del verano. blanchf; aparece en la puerta. No ha
dormido y su aire es exactamente el opuesto al de stella. Tiene los nudillos apretados contra la boca y
muy nerviosa mira al interior antes de entrar.)
blanche.—Stella...
stella.—(Desperezándose.) ¡Hmmmh! (blanche,
asustada, deja escapar un grito, se precipita al dormitorio y en un
histérico ejercicio de ternura corre junto a su hermana sin separar los
nudillos de ¡a boca.)
blanche.—¡Estrella,
Estrellita, hermana, hermanita mía! (Stella
la aparta tranquilamente.)
stella.—¿Te pasa algo,
Blanche?
blanche.—¿Ya desayunó?
stella.—¿Stan?... No.
blanche.—¿Va a volver?
stella.—Claro. Solo ha
ido a engrasar el coche. ¿Por qué?
blanche.—¿Cómo que por
qué? Anoche creí que me volvía loca... Pero, ¿cómo te atreviste a bajar aquí
otra vez después de lo que ocurrió? ¡Me faltó un pelo para entrar a buscarte a
la fuerza.
stella—Ese pelo nos
salvó ¡menos mal que no entraste!
blanche.—¿En qué estabas
pensando, dime, en qué estabas pensando cuando volvitste?
stella.—Lo primero es
lo primero. Siéntate y deja de chillar.
blanche.—Sí, sí, te lo
preguntaré bajito... ¿Cómo te atreviste anoche a volver a esta casa? (stella se levanta con tranquilidad.)
stella.—Ya no me
acordaba de lo nerviosa que eres... Le das a las cosas mucha más importancia de
la que tienen.
blanche.—¿Qué yo le...?
stella.—Sí, sí se la
das... Adivino muy bien que has pensado y... la verdad, siento muchísimo lo que
ocurrió ayer, pero no fue tan tremendo como tú crees... Lo primero que tienes
que saber es que cuando los hombres se toman unas copas y juegan al poker puede
pasar de todo... La atmósfera se vuelve pólvora, ¿comprendes? Stan, anoche, no
era consciente de sus actos... Cuando bajé estaba hecho un corderito y muy, muy
avergonzado de sí mismo.
blanche.—Y... ¿a tí...
te basta con eso?
stella.—Yo no apruebo y
no me parece bien que se arme un momento como el de anoche, pero hay ocasiones
en que las personas se comportan así... se vuelven locas... Stan tiene la
manía de romper las cosas... En nuestra noche de boda llegamos... ¿nada más llegar,
eh?... y me quitó un zapato y se cargó a zapatazos todas las bombillas de la
casa.
BLANCHE.—¿Qué?
stella.—(Riéndose.) Que
rompió todas las bombillas... todas... A zapatazos.
blanche.—Y tú... ¿no
pudiste?... ¿no echaste a correr?... ¿no?
stella.—Yo... me
emocioné... ¿comprendes? Me emocioné... (Pausa.) ¿Has desayunado en
casa de Eunice?
blanche—No he podido
probar bocado.
stella.—En la cocina
hay un poco de café... Te hará bien.
blanche.—Una solución
muy materialista.
stella.—La que tengo...
Se llevó la radio a arreglar... Dió en blando y solo se le ha roto una lámpara.
blanche—¡Y a tí te hace gracia!
stf.i.i.a.—Pues, claro...
blanche.—Stella, deja de
reírte y afronta la situación.
stella.—¿Qué situación?
Según tú, por supuesto.
blanche.—¿Según yo?...
Tu marido está loco.
STELLA.—No.
blanche.—Sí.
Completamente loco. Tus problemas son mucho más graves que los míos... Solo que
tú no quieres enterarte... Yo he reaccionado por lo menos... Estoy tratando de
serenarme y voy a afrontar una nueva vida.
stella.—Eso está bien.
blanche.—Pero tú no, por
lo que veo. Tú te has rendido... No lo comprendo... Todavía eres joven... Puedes
huir de este horror.
stella.—(Firme.) No
me apetece absolutamente nada huir de...
absolutamente nada...
blanche.—(Asombrada.)
¡Stella!
stella.—Ni me apetece
huir ni necesito huir de nada... ¡Mira, fíjate bien en el espanto de este
lugar!... ¿Ves esa colección de botellas vacías?... Dos cajas... Anoche se
bebieron dos cajas... Bueno... Esta mañana cuando se despertó me prometió que
anoche había jugado su última partida de poker... ¡Je! Comprenderás que no me
puedo fiar lo más mínimo de esa promesa. ¿Qué quieres que haga? Le gusta el
poker como a mí me gusta el cine o... el bridge. Digo yo que hay que ser
tolerantes con los demás si quieres que ellos lo sean contigo.
blanche.—No te
comprendo. ¿Te has vuelto budista o algo así? (stella
se vuelve hacia blanche.) Si
no... no puedo... No comprendo
tanto abandono ni
tanta renuncia... Las bombillas rotas... las botellas de cerveza por el
suelo... la cocina hecha un asco... ¡y tú como si no hubiese pasado nada!
(STELLA se ríe para sí misma. Toma una escoba y la hace girar entre las
manos.) ¿Me vas a dar con la escoba en la cabeza?
stella.—No.
blanche.—Pues entonces,
déjalo. No te permitiré que arregles esta casa para un hombre así...
stella.—¿La vas a
arreglar tú?
BLANCHE.—¿YO? ¡Yo!
stella.—No, no serías
capaz...
blanche.—Bueno, vamos a
ver... vamos a ver si todavía puedo razonar. Necesitamos dinero... Sin dinero
nunca saldremos de esta situación.
STELLA.—Tener dinero siempre está bien.
bi anche—Préstame
atención... Se me ha ocurrido una cosa...
(Muy nerviosa, blanche. saca una boquilla y un
cigarrillo.)
Shep Huntleig... ¿te acuerdas de él? (stella
hace un gesto negativo.) ¿Pero cómo no te vas a acordar? Claro
que sí. Iba conmigo a la Universidad... Estábamos prácticamente
comprometidos... Me pidió que fuera su mascota... Bueno, pues... Shep...
stella.—Sigue...¿Qué
pasa con Shep?
blanche.—Nos encontramos
este invierno... ¿Te acuerdas que pasé las Navidades en Miami?
stella.—No me puedo
acordar porque no me lo dijiste.
blanche.—Bueno, pues sí,
estuve en Miami... Una inversión... Pensé que a lo mejor encontraba un
millonario libre.
STELLA.—¿Y...?
Blanche.—Allí estaba...
Shep Huntleigh... Me lo enconaré justo el día de Navidad al atardecer... en la
avenida Byscaye... Se estaba subiendo a un Cadillac descapotable más bajo que
la calle...
stella.—Mala cosa para
aparcar.
blanche.—¿Sabes lo que
es un pozo de petróleo?
stella.—Más o menos.
blanche.—Los suyos están
por toda Texas... y lo cubren de oro...
stella.—¿De veras?
blanche.—A mí el dinero
no me importa nada... tú lo sabes bien. A mí solo me interesa tener dinero para
gastármelo... Shep podía ser una buena salida.
stella.—¿Para qué?
blanche.—Para
nosotras... Para poner una «boutique».
stella.—¿Qué clase de
«boutique»?
blanche.—¿Y eso qué
importa? (stella se ríe
desarmada. Súbitamente blanche
se incorpora de un salto y va hacia el teléfono. Descuelga y habla
con voz chirriante.)
¿Cómo se llama a la Wester Union? ¿Operadora? Póngame con la Wester
Union...
stella.—Si no marcas no
te va a contestar.
blanche.—¿Si no marco
qué...? Estoy muy nerviosa.
stella.—Tienes que
marcar el cero...
blanche.—¿El cero?
stella.—Sí... Así te
contestará la telefonista.
blanche.—Si... (Se
interrumpe. Piensa. Cuelga el teléfono.) ¿No tienes un papel? Dame algo
para escribir. Será mejor que le ponga un telegrama. Sí, mucho mejor...
(Encuentra en el tocador una toallita de papel y un lápiz de cejas y se
dispone a escribir.) Vamos a ver... (Mordisquea
el lápiz.) «Querido Shep. Mi hermana y yo estamos atravesando una situación
desesperada».
stella.—¿Qué?
blanche.—«Mi hermana y
yo estamos atravesando una situación desesperada. Ya te lo explicaré. Pero me
pregunto si no te interesaría... (Mordisquea otra vez el lápiz.)... Si
no te interesaría... (Tira el lápiz encima de la mesa y se incorpora.) Con
este miserable estilo literario no se va a ninguna parte.
stella.—(Riéndose.) ¡Estás muy graciosa!
blanche.—Se me va a
ocurrir algo, no te preocupes. Pero tengo que pensar... ¡Y no te rías,
Estrellita, no te rías! Te voy a enseñar toda mi fortuna... Mírala. (Abre su
bolso.) Sesenta y cinco centavos en monedas de los Estados Unidos. (stella va hacia la cocina.)
stella.—Yo tengo una
cantidad fija para gastos de la casa... A Stanley le gusta llevar las
cuentas... Pero esta mañana me regaló diez dólares. Nos los repartiremos...
blanche.—No, Stella, por
favor.
stella.—(Insistente.)
Cinco dólares en el bolsillo te levantan un poquito la moral.
blanche.—Gracias...
prefiero marcharme y ver que...
stella.—No seas
tonta... ¿Y cómo es que no te queda ni un dólar?
blanche.—Se fueron... se
fueron por... por todas partes. (Se lleva la mano a la frente.) Voy a
necesitar un calmante.
stella.—¿Quieres que te
lo busque?
blanche.—No, luego...
Ahora tengo que reflexionar...
stella.—Ahora tienes
que descansar... tienes que descansar un poco.
blache.—Stella, yo no
puedo convivir con Stanley... tú sí, porque estás casada con él... Pero ¿cómo
quieres que yo me quede aquí, después de la escena de anoche, sin más amparo
que esas cortinas?
stella.—Anoche viste a
Stan en un mal momento...
blanche.—En su mejor
momento, diría yo... Exhibiendo su brutalidad... su energía salvaje... Fue una
demostración de primer orden.
stella.—En cuanto
duermas un rato verás las cosas de otro color... En esta casa puedes vivir sin
preocupaciones... Para quedarte con nosotros no... no necesitas dinero.
blanche.—Tengo que
inventar algo que nos permita a las dos salir cuanto antes de aquí.
stella.—...dando por
sentado, por lo visto, que yo estoy en una cárcel de la que me gustaría
escapar...
blanche.—Dando por
supuesto que naciste en Belle-Reve y algo te quedará... Tú no puedes vivir en
esta pocilga compartida con unas bestias que juegan al poker.
stella.—Pues has dado
por sentadas demasiadas cosas.
blanche.—¿Lo dices en
serio?
stella.—Muy en serio.
blanche.—Sí... Me lo
imagino... Le debiste conocer en un acto oficial, de uniforme... Y, claro...
stella.—En cualquier
lugar y de cualquier manera que le hubiera conocido, las consecuencias habrían
sido las mismas.
blanche.—¡El
indescriptible misterio del flechazo! Dímelo otra vez que me hará mucho bien
reírme con toda mi alma.
stella.—No. Ya no tengo
nada más que decirte.
blanche.—Tú sabrás...
stella.—Sí... sé que
hay cosas... un mundo de cosas que pasan entre un hombre y una mujer y que...
fuera de ese mundo... todo lo demás carece de importancia. (Pausa.)
blanche.—¡Sexo!... Pero
¡esa es una reacción completamente animal! ¡No es más que eso!... Deseo... El
nombrecito de ese espantoso tranvía que vuelve sordo a todo el barrio...
trepando por una callejuela y despeñándose por otra... «Deseo».
stella.—¿Has utilizado
alguna vez ese tranvía?
blanche.—Vine en él.
Llegué hasta aquí donde ni nadie está a gusto con conmigo ni yo me encuentro a
gusto con los demás.
stella.—Entonces... tu
complejo de superioridad... no tiene cabida en esta casa.
blanche.—No tengo ningún
completo de superioridad, Stella... Ninguno... Soy como soy y no quiero cambiar.
¿Cómo puedes vivir con un hombre así? ¿Cómo puedes traer al mundo un hijo de
Stanley?
stella.—Ya te lo he
dicho antes... Porque le quiero.
blanche.—No digas eso
que me da miedo... Miedo por tí, claro... Por tu vida... (Pausa). ¿Puedo
hablarte francamente?
stella.—Puedes decirme
todo lo que te dé la gana. (Se oye el ruido de un tren que se aproxima, blanche y stella, en el dormitorio, se quedan en silencio hasta que
el tren pasa y se aleja. Protegido por el estruendo llega stanley de la calle cargado de
paquetes. Las hermanas no lo ven pero él las oye tranquilamente. Va en camiseta
y con unos pantalones ligeros con grandes manchas grasientas.)
blanche.—Perdóname, pero
Stanley es vulgar, ordinario y mal educado...
stella.—Ya lo sé...
blanche.—¿Lo sabes?...
Sí, claro... No creo que se te haya olvidado... absolutamente olvidado... la
educación que recibimos... Y si no se te ha olvidado, tienes que saber que ese
hombre es cualquier cosa menos un caballero... ¡De caballero, nada! Además
podía ser ordinario y... vulgar... pero tener al mismo tiempo algo decente y...
honesto... ¡Pues ni eso! ¡Es una bestia! ¿No te gusta oirlo, verdad?
stella.—(Fria.) No
te preocupes... Suelta todo lo que quieras.
blanche.—¡Es una bestia
y se porta como una bestia! Come como una bestia, vive como una bestia y se
mueve como una bestia... Es... está por debajo del nivel inferior de cualquier
ser humano... Por debajo... Es... no sé... me recuerda a esos monos que dibujan
los antropólogos... El orangután, eso es... Miles, cientos de miles de años
han pasado sobre este planeta y ahí sigue Stanley Kowalski como un increíble
superviviente de la edad de piedra, que mata en la selva y se lleva a su cueva
la carne cruda de sus víctimas... ¡Un depredador! ¡Y tú, Stella du Bois,
aquí... en la cueva... esperando su vuelta! ¡Un día te pega, otro te gruñe y
otro te cubre de besos!... O no... no creo que sepa lo que es un beso... No
debe haberlo descubierto todavía.. Y luego, anoche, los monos se reúnen en el
refugio, gruñen juntos, beben, mastican, tragan y bailan tontamente hasta que
se caen... Eso... eso es lo que tú llamas una partida de poker... Dos gruñidos
cuando una de las bestias pone su zarpa sobre la mesa y... ¡a la botella!...
Cielo santo, Stella, Estrella, hermanita... hemos progresado algo desde la Edad
de Piedra hasta hoy... Han nacido el arte... la música... la poesía... El mundo
tiene una luz que los animales primitivos no conocieron... Las pasiones y los
sentimientos se han refinado... Y por eso ha avanzado la Humanidad... Esa es
nuestra bandera... la civilización... Tú... tú no puedes quedarte atrás... en
la oscuridad... sola con las bestias.
(Pasa un nuevo tren, stanley no sabe que hacer. Se
relame. Luego, muy cuidadosamente, sale por la puerta de la calle, blanche y stElla no se han dado cuenta de
nada. Cuando termina de pasar el tren stanley llama desde la
puerta que cerró.)
stanley.—¡Stella! ¡Stella, soy yo!
(stella deja de mirar a blanche a quien escuchó
muy seria, sin interrumpirla.)
stella.—¡Es Stan!
blanche.—Escúchame,
Stella... yo solo... (stella no
la oye. Corre hacia la puerta y abre. Entra stanley
con los paquetes.)
stanley.—¡Hola,
Estrellita!... ¿Ha vuelto Blanche?
stella.—Sí, hace un
rato.
stanley.—Buenos días,
Blanche... ¿Qué tal estás? (stanley sonríe
a blanche.)
stella.—Tienes toda la
pinta de haber engrasado el auto...
stanley.—Esos
jodidos mecánicos son
muy brutos...
¡Eh... eh!
(STELLA se ha abrazado a stanley
desesperadamente como si esa fuera su respuesta a blanche.
stanley sonríe a blanche que
está mirándole en el dormitorio. La luz comienza a desvanecerse sobre las
cabezas de la pareja. Llega la música del piano, la trompeta y la batería del
bar.)
OSCURO
ESCENA QUINTA
(BLANCHE.se abanica con una hoja de palma, sentada en el
dormitorio, mientras revisa una carta recién acabada. Se echa a reír, stella, por su parte está también en el dormitorio, acabando de arreglarse.)
stella.—¿De qué te
ríes?
blanche.—De lo embustera
que soy... De eso... Me río de mí. Es que le estaba escribiendo a Shep y...
«Querido Shep: Paso el verano con amigos, de casa de unos a casa de otros...
¡A lo mejor caigo por Dallas! ¿Qué te parecería... ya...?
(Se ríe falsamente llevándose una mano al cuello y habla como si se
estuviese dirigiendo a Shep.) «El que avisa no
engaña».
(stella responde con un sonido que quiere ser una negativa.)
stella.—Uh... uh...
blanche.—(Leyendo.) «Casi
todos los amigos de Blanche pasan el verano en el norte pero hay bastantes con
casas junto al mar y esto es una feria continua de reuniones, tés, meriendas y
cocktails. (Fuerte escándalo en el piso superior, stella va hacia la calle.)
stella.—Me parece
que hay bronca entre Steve y
Eunice... (eunice gritando con
furia.)
eunice.—(Off.) ¡Sé
muy bien lo que hay entre esa rubia y tú!
steve.—No puedes saber
nada porque no hay nada.
eunice.—¿Crees que me
vas a engañar como si fuera idiota? Yo no te he dicho que no vayas al bar...
pero, abajo... abajo... no a los reservados de arriba...
steve—¿Cuándo y quién
me ha visto arriba?
eunice.—Yo... te he
visto yo con estos ojos... Comías detrás de ella. Llamaré a la policía...
steve.—No te aguanto
que me amenaces...
EUNICE.—(Gritando.) ¡Encima,
chulo!... ¡Pégame, anda, pégame!...
¡Sí... voy a avisar a la policía! (Tremendo ruido de cacharros que se
estrellan contra las paredes de arriba. Gritos. Muebles que caen. Un alarido
masculino. Y el silencio.)
blanche.—¿Le habrá
matado o solo le habrá herido? (eunice desciende
las escaleras convertida en una furia.)
stella.—¡Ahí está!
eunice.—Ahora mismo
llamo a la Policía. (eunice corre
y desaparece por la esquina de la calle. stella
vuelve a entrar.)
stella.—Algunos amigos
de tu hermana todavía no se han ido de veraneo.
(stella ríe cordialmente.
En la esquina por donde desapareció eunice,
aparece stanley con
su camisa de colores de jugador de bolos. Sube corriendo los escalones y entra
en la cocina corriendo y cerrando la puerta de golpe, blanche se pone nerviosa al notar la
presencia de stanley,)
stanley.—¿Qué le ha
pasado a Eunice?
stella.—Se ha peleado
con Steve... ¿Ha ido a la Policía?
stanley.—Ha ido al bar.
A emborracharse...
stella.—Eso es mucho
más sensato. (steve baja
de su piso. Tiene un arañazo en la frente y está tanteando su importancia. Se
asoma a la puerta.)
steve.—¿No está aquí
Eunice?
stanley.—No. Está en el
bar.
steve.—¡Qué
bestia! ¡Empanada de bestia! (steve va con precaución a la
esquina, mira tímidamente, se arma de
valor y corre tras EUNICE)
bLanchE—«¡Empanada de
bestia!». Lo apuntaré en mi cuaderno... Estoy anotando todas las palabras raras
que oigo...
stanley.—No creo que
oigas nada nuevo para tí.
blanche.—¿Te apuestas
algo?
stanley.—Lo que
quieras...
(stanley abre el armario, busca y tira un par de zapatos a una esquina, blanche se sobresalta.)
blanche—¿De qué signo
eres tú?
stanley.—(Vistiéndose.)
¿Qué dices?
blanche.—¿Qué cuál es tu
signo del Zodiaco? Supongo que Aries... Los Aries son activos y violentos...
Aman el ruido... Les encanta que el mundo tiemble a su alrededor. Lo viste
temblar cuando estabas en el ejército y quieres que esté temblando siempre. (Durante
la escena stella entra y
sale varias veces del cuarto de baño. Ahora asoma sola la cabeza para contestar.)
stella.—Stanley nació
la noche de Navidad. Exactamente cinco minutos después de Navidad...
blanche.—Entonces es
Capricornio.
STANLEY.—¿Y tú?
blanche.—Celebro mi
cumpleaños el quince de septiembre. Soy
Virgo.
stanley.—¿Y qué quiere
decir eso?
blanche.—Virgo quiere
decir virgen.
stanley.—(Burlón.) ¡Ya!
(Se acerca a blanche, mientras se anuda la
corbata:.) Dime una cosa, ¿conoces a un
tipo que se llama Shaw? (A blanche
se le crispa la cara. Va a buscar la colonia y humedece el pañuelo.)
blanche.—(Con
precaución.) Todo el mundo ha conocido a alguien con ese nombre.
stanlfy—Pues este
alguien que yo digo te recuerda de Laurel. Debe estar equivocado, porque a su
amiguita la conoció en un hotel llamado «Flamingo».
(blanche se ha quedado sin respiración. Intenta sonreír. Se
refresca las sienes con la colonia del pañuelo.)
blanche.—Entonces,
efectivamente se ha confundido de amiguita... El «Flamingo» es un hotel donde
no me gustaría que me viesen...
stanley.—¿Lo conoces?
blanche.—Le he visto y
no me gusta como huele.
stanley.—Tendrías que
acercarte mucho para olerlo.
blanche.—La colonia
barata es muy penetrante.
stanley.—¿Es más cara
esa que tú usas?
blanche.—Yo uso perfume
que cuesta veinticinco dólares la onza... y se me está terminando... Una
pista, por si has pensado regalarme algo el día de mi cumpleaños. (Habla
con frivolidad pero está asustada.)
stanley.—Shaw saldrá de
dudas en seguida. Va y viene a Laurel todo el tiempo...
(stanley da media vuelta, separa las cortinas y sale. blanche está a punto de
desmayarse. Cierra los ojos y temblando se enjuga la frente con el pañuelo, eunice y steve doblan la esquina. El brazo de steve rodea con cariño los hombros de eunice que lloriquea mientras steve la consuela con
ternura. Se oyen unos truenos lejanos mientras la pareja sube despacio a su
apartamento.)
stanley.—(A stella,)
Te esperaré en el bar.
stella.—Antes,
despídete...
stanley.—¿Delante de tu
hermana? No me atrevo... (Sale stanley.
blanche se incorpora. Está aterrada.)
blanche.—Oye, Stella a
tí... ¿a tí te han dicho algo de mí?
stella.—¿Algo de tí?
blanche.—Sí... ¿No te
han contado nada?
stella.—¿Qué tenían que
contarme?
blanche.—Yo que
sé... Cosas... Algo feo.
stella,—¿Qué dijeron?
blanche.—En los dos
últimos años, cuando vi que... que se perdía la plantación... pues... no fui un
modelo de comportamiento...
stella.—Todos hacemos
tonterías...
blanche.—Yo nunca he
sabido luchar ni... desenvolverme sola... Soy muy débil... los débiles,
Stella, necesitan el apoyo de los fuertes... Y para... que te lo concedan,
pues... hay que seducirlos... vestir como las mariposas... volar... rodearse de
telas vaporosas... Un poquito de magia, eso es... Y la magia es cara y yo...
estos dos últimos años pues... me he portado mal... Busqué protección en muchos
sitios y... corrí de un refugio a otro... Las tormentas son muy duras... y
pueden ser muy largas... En mitad de la tormenta no hay amparo... Ni te ven los
amigos, ni te ven los hombres... Es como si no existieras... Y tienes que
luchar mucho para que sepan que existes y que... que necesitas ayuda... Los
débiles tienen que brillar como... como si fueran farolillos... Y ahora tengo
miedo... Muchísimo miedo... Esta mentira se va a descubrir muy pronto... Cuanto
más débil se es más atractiva hay que estar... y yo... yo me estoy quedando sin
brillo...
(Está anocheciendo rápidamente, stella va al dormitorio
y enciende la lámpara que tiene la pantalla. Lleva en la mano una botella de
algo sin alcohol.)
blanche.—¿Me has oído?
stella.—No. Cuando te
pones tonta no te oigo... (Le ofrece la botella, blanche
cambia de tono.)
blanche.—(Alegre.) ¿Me
invitas?
STELLA.—Sí.
blanche.—¡Mi Estrellita
bonita!... ¿Solo Coca-Cola?
stella.—¿Quieres algo
más fuerte?
blanche.—Me sentaría
bien... Dame... No te molestes.
stella—No es molestia,
Blanche... Y me hace ilusión... Como cuando estábamos en casa...
(stella va a la cocina y
sirve whisky en un vaso.)
blanche.—Pues si te hace
ilusión servirme a mí me hace ilusión que me sirvan...
(stella va hacia blanche con el vaso. De repente, blanche toma la otra mano de stella y la besa con
fuerza. stella se conmueve.)
stella.—¡Blanche!
blanche.—¡Sí, sí, eso no
se hace! ¡No te gustan los sentimentalismos! ¡Pero, Estrellita, es que estoy
más emocionada de lo que tú crees!... Bueno... me marcharé cuanto antes... Me
iré de esta casa lo antes posible.
stella.—¡Blanche, por
favor!
BLANCHE.-(Gimoteando.) Te lo prometo... te lo juro... me iré... me
iré... me iré... De verdad... Estáte tranquila... No quiero... no quiero que
Stanley me eche.
stella.—Ya has dicho
bastantes niñerías... ¡Déjalo ya!
blanche.—Lo que tú
quieras... ¡Cuidado!... ¡Se te va a caer la espuma!
(blanche con mano temblona, toma el vaso riéndose y está a punto de caérsele; la
espuma asciende derramándose, blanche grita.)
stella.—(Asustada.) ¡Ay!
blanche.—¡La falda! ¡Me
ha salpicado la mejor falda que tengo!
stella.—¡Espera! ¡Te
doy mi pañuelo! ¡Sécalo cuanto antes!
blanche.—(Tranquilizándose.)
Sí... Es cuestión de... mucha... mucha suavidad.
stella.—¿Sale la
mancha?
blanche.—Sí, sí... ¡Ya!... Ha habido suerte... (Bebe un trago
y se sienta sin dominar su nerviosismo. Tiene
el vaso con las dos manos. Todavía deja oír alguna risita.)
stella.—¿De qué te
ríes?
blanche.—No lo sé... Ni
sé por qué me río ni por qué gritaba... (Sigue hablando muy nerviosa.) Esta
tarde a las siete vendrá a buscarme Mitch... Bueno, Stella... Es la relación de
Mitch la que me está poniendo tan nerviosa... (Se precipita al hablar, corre
y respira mal.) Un beso anoche, al despedirnos... Eso ha sido todo hasta
ahora... ¿Y sabes por qué, Stella? ¿Sabes por qué?... Porque necesito que la
gente me respete... Sí, lo necesito... Los hombres desprecian todo lo que consiguen
sin trabajo... Lo malo es que... también abandonan con facilidad... ¡Y no
digamos si la mujer ya ha cumplido... ha cumplido los treinta... Para muchos
hombres una mujer con más de treinta años es una mujer liquidada... Y yo no
quiero que me liquiden. Claro que... bueno, Mitch no sabe mi edad... ni aproximadamente...
stella.—Estás
obsesionada con tus años.
blanche.—Sí... Cada
cumpleaños es un mazazo sobre mi vanidad... Pero, bueno, lo que te quería
explicar es que para él yo soy... él me ve como una mujer seria y...
¿Comprendes ahora? (Se ríe con una carcajada destemplada.) Es mi
sistema para que... para que se enamore de verdad de mí...
stella.—Tu sistema...
Dime Blanche, ¿estás enamorada de Mitch?
blanche.—Necesito paz...
Necesito descansar tranquila... Sí... Necesito a Mitch como al aire... ¡Qué
maravilla si...! No tener que depender de nadie y salir de este agujero...
Perdona... (STANLEY dobla la esquina. Está bebido.)
stanley.—(A
gritos.) ¡Stella!... ¡Eunice! ¡Steve! (Se oye la melodía del piano, la
trompeta y la batería a la que se sobreponen unos alegres gritos del piso superior, stella
da a blanche un beso cariñoso.)
stella.—¡Todo te va a
salir bien!
blanche.—¿Tu crees?
STELLA.—Todo...
(stella sin quitar la
vista de encima de su hermana, va hacia la cocina.)
¡Todo te va a salir!... ¡Pero deja de beber un poco!... (stella va hacia stanley. blanche. con el vaso en la
mano, se sienta fatigada, eunice baja
las escaleras riendo con mucha alegría, steve
igualmente feliz baja detrás, gritando y la persigue como un chico
hasta que desaparecen por la esquina de la calle, stella se abraza a stanley.
Ha oscurecido. La música del bar es una balada lenta y tristona.)
blanche.—¡Ay, Jesús,
Jesús!
(blanche entorna los ojos y deja caer al suelo la hoja de palma. Golpea nerviosamente con la mano el brazo
del sillón. Se levanta con esfuerzo y se
mira atentamente en un espejo manual. Un relámpago.
Procedente del bar, totalmente borracha y muerta de risa dobla la esquina
la mujer negra. Un muchacho avanza por el lado opuesto. La mujer negra hace sonar los dedos ante sus ojos con una intención
obscena.)
mujer negra.—¡Buenas noches, guapísimo! (Dice algo más que no se oye bien. El chico niega con energía y corre
escaleras arriba. Llama, blanche deja
el espejo sobre la mesa.
La negra desaparecerá calle abajo.)
blanche.—Pase...
(El muchacho se asoma por entre las cortinas, blanche le examina con atención.) Adelante, adelante... ¿Quién es usted?
chico.—El cobrador de
«La Estrella vespertina».
blanche.—La primera
noticia que tengo de que esa estrella quiera cobrar.
chico.—Es un
periódico.
blanche.—Era una
broma... Leo el periódico... Una broma cariñosa... ¿Le apetece tomar una copa?
chico.—Muchas gracias,
señora... No... No me gusta beber durante el trabajo.
blanche.—Entonces,
espere... Mejor dicho, no... No tengo encima ni un centavo... Esta casa es de
mi hermana y yo acabo de llegar del Mississippi. Soy esa parienta pobre de los
cuentos.
chico.—Muy bien...
Volveré mañana. (El chico va
a salir y blanche se acerca a él.)
blanche.—¡Espere un
momento! (El chico, indeciso,
se vuelve, blanche, muy despacio, saca su larga boquilla, coloca un
cigarrillo y lo mira.)
¿Me puede dar fuego?
(bLanche se acerca al chico. Están en la puerta que separa
las dos habitaciones.)
chico.—Sí, claro...
(Saca un encendedor.)
Si es que quiere...
blanche.—¿Tanto
temperamento tiene? (Se enciende el mechero.) Gracias... (El chico va a marcharse.) ¡Por
favor!
(El chico, cada vez, más inseguro, se vuelve de nuevo. blanche se le acerca.)
Esto... ¿Qué hora tiene usted?
chico.—Las siete menos
cuarto...
blanche.—¿Tan tarde?...
¿No le encantan estos días tan largos de Nueva Orleans... cuando una hora no es
una hora sino... una pequeña prueba de que la eternidad existe... y está
lloviendo... y no sabemos que hacer con la
eternidad en las
manos? (Toca al chico en
la espalda.) ¿Le gusta mojarse?
chico.—No señora...
Cuando llueve me refugio.
blanche.—¿En un bar?...
¿Con una taza de chocolate?
chico.—Con una copa de
Jerez...
blanche—(Riendo.) ¡Jerez!...
Se me hace la boca agua.
(blanche roza con sus dedos la cara del chico y sonríe. Va hacia su baúl.)
chico.—Bueno, yo ya
me...
blanche.—(Deteniéndose.)
¡Chico! (El chico se
vuelve, blanche saca del
baúl un largo y fino chal y se adorna con él. Hay una pausa durante la cual se
oye el lejano piano que continúa hasta el final de esta escena y abre la
siguiente. El chico, desamparado.
carraspea y mira hacia la puerta.) ¡Niño, niño, niño...! ¿No te han dicho
nunca que pareces un príncipe de «las mil y una noches»? (El muchacho
nervioso, parece un chico avergonzado. blanche
baja la voz.)
¡Ven aquí, corderito! Voy a darte un
beso... solo uno... un beso casto y suave...
(Sin esperar respuesta blanche se acerca al CHICO y lo besa en la boca.)
¡Y ahora, márchate corriendo! ¡Vamos, vete!... ¡Vete, enseguida!
(El chico mira un momento a bLanche que abre la
puerta, lo deja pasar y aún le tira un beso mientras el asombrado muchacho baja
las escaleras. blanche permanece en la puerta,
tranquila, como si estuviera soñando. El chico desaparece por
la esquina y casi inmediatamente aparece mitch con un ramo de
rosas.)
blanche.—(Encantadora.)
¡Mira quien se acerca ahora!... ¡El mismísimo Caballero de la Rosa!... ¡El
mío! A ver... Ante todo, la reverencia... y ahora... el ofrecimiento...
¡Bravo! ¡Perfecto! ¡Merciii! (Coqueta, toma el ramo de rosas, lo lleva a sus
labios y mira fijamente a mitch.
mitch no aparta la vista de ella.)
OSCURO
SEGUNDA PARTE
ESCENA SEXTA
El mismo día a las dos de la mañana. Se ve la pared exterior del edificio.
(Llegan blanche
y mitch. La típica fatiga de las
personas neurasténicas es muy perceptible en los gestos y ¡a voz de blanche mitch está muy entero pero algo deprimido. Deben haber ido
al Parque de Atracciones porque mitch lleva boca abajo una
figurilla de escayola de Mae West, típico premio de feria en un tiro al blanco,
blanche. exhauesta, se detiene en la escalera.)
blanche.—Bien... Ya... ya... fMiTCH se rie incomodo.)
mitch.—Es
tardísimo... Debes estar muy cansada.
blanche.—Hasta el
vendedor mejicano se ha ido... Y eso que el hombre aguantó hasta tarde... ^mitch tenso, se rie esta vez.) ¿Cómo
vuelves ahora a tu casa?
mitch.—Daré un paseo
hasta Bousbon. Allí es fácil.
blanche.—(Tensa.) ¿No
funciona a estas horas ese tranvía llamado «Deseo»?
mitch.—(Serio.) Me
parece que te he dado la noche, Blanche...
blanche.—¿Qué dices? he
sido yo quien te la ha amargado a tí.
mitch.—No... lo que
pasa es que... que me daba cuenta de que no te estabas divirtiendo lo más
mínimo.
blanche.—No supe
sintonizar con la noche. ¡Qué le
vamos a hacer! Y mira que me dá rabia: con el interés que he puesto por
estar alegre y... ¡nada!
mitch.—La alegría
no... no se fabrica... Si no estás bien no estás bien.
blanche.—Quería cumplir
la ley natural.
mitch.—No te entiendo.
blanche.—Según la más
natural de las leyes si la Dama no sabe distraer al caballero, la Dama está
perdida... Anda, a ver si encuentras en mi bolso la llave de la puerta...
¡Cuando estoy tan cansada pierdo el tacto! (mitch
busca la llave en el bolso de blancheJ
mitch.—¿Es esta?
blanche.—No, cielo...
Esa es de un baúl que voy a tener que empezar a hacer de un momento a otro.
mitch.—¿Te vas a
marchar?
blanche.—Ya va siendo
hora. Me invité sola y se estropeó el efecto.
mitch.—Bueno, ya lo
tengo.
blanche.—Abre tú la puerta, mientras yo le doy un último
vistazo a este cielo.
('mitch abre la puerta y
se queda, nervioso, tras de blanche que está apoyada en la barandilla.) Estoy tratando de encontrar a los Siete Hermanos, los
Pléyades... pero por lo visto hay noches que no salen. ¡Ah, sí, ya los veo,
allí están! ¡Qué Dios les guarde! Están volviendo a casa, hechos una pina,
después de haber jugado su partida de
bridge... ¿Has podido abrir? Eres un
ángel... Supongo que... que querrás irte ya... ('mitch
tose un poco y vacila.)
mitch.—¿Te importa
que... que me despida dándote un beso?
blanche.—¿Por qué me
preguntas tanto si me importa o no me importa?
mitch.—Porque no lo
sé... Nunca sé si lo que hago te va a parecer bien o no.
blanche.—Es que eres
tímido.
mitch.—Esta noche...
junto al lago... cuando nos detuvimos y te besé, creí que tú...
bi anche.—Cielo, el beso
me encantó... Me gustó que me besaras. Fue tu deseo de otras... de otras
familiaridades... lo que no... no quise admitir... No es que me molestase...
no, no es éso... Pero, cariño, tú sabes muy bien, como lo sé yo, que una chica
soltera... sola... Si no puede dominar sus emociones es una chica perdida.
mitch.—(Solemne.) ¿Perdida,
dices? ¿Perdida?
blanche.—Puede que hayas
salido más de una vez con chicas que querían perderse... Perdona, además, la
noche de la primera cita...
mitch.—Tú eres quien
me gusta... Mis experiencias fueron... Nunca he conocido una mujer como tú. (Planche le mira con gran seriedad y
luego rompe a reir con fuerza. Lleva una mano a la boca tratando de dominarse.)
¿Es que... te estás burlando de mí?
blanche.—No, cielo,
no... Los dueños de la casa todavía no han vuelto. Así que... pasa Mitchel,
pasa. Tomaremos la penúltima copa... Con las luces apagadas... ¿Te gusta?
mitch.—Me gusta todo
lo que te guste a tí. (Entra blanche
seguida de mitch. Se
detienen en la cocina. La pared del edificio se apaga y se encienden las
dos habitaciones del piso
blanche se queda en
la cocina.)
blanche.—Entra allí...
Esa habitación es mucho más cómoda. Hago ruido porque estoy buscando algo de
beber...
mitch.—¿Tienes sed?
blanche.—Es para tí. Te
hace falta una copa... Has estado toda la noche demasiado serio... Y yo... yo
también... Estábamos deprimidos... No quiero que la última vez que vamos a
estar el uno con el otro... pues... prefiero... la «joie de vivre»... Encenderé
una vela.
mitch.—Buena idea...
blanche.—Seremos un par
de bohemios... Dos seres humanos libres
que... que están juntos en París... en un bistro de la «rive gauche»... (Enciende
un resto de vela y lo coloca en el cuello de la botella.)
Je suis la Dame aux
Camellias... Vous étes Armand! ¿Entiendes
francés?
mitch.—(Abrumado.) No...
Yo más bien... No...
blanche.—Voulez-vous couchez avec moi ce soir? Vous ne
comprenez pas? ¡Ah, aquelle dommaje!... Que maldita cosa, que no me entiendes... ¡Ah, aquí queda algo de
beber! Dos tragos muy justitos,
cariño...
mitch.—(Inquieto.) Por mí... está bien. (blanche va hacia el dormitorio con la
vela, la botella y los vasos.)
blanciie.—Siéntate
aquí... Quítate la chaqueta y la corbata.
mitch—No... Estov
bien así.
blanche.—Si te la quitas
estarás más cómodo.
mitch.—Es que sudo
mucho... y se me pega la camisa al cuerpo.
blanche.—El sudor
ennoblece al hombre... Si no sudáramos de vez en cuando nos moriríamos en diez
minutos.
(Le ayuda a quitarse la chaqueta.) Esta chaqueta es preciosa. ¿De qué es?
mitch.—De alpaca.
blanche.—¿Qué clase de
alpaca?
mitch.—La más ligera.
blanche.—Es muy fina,
sí.
mitch.—No me gustan
los trajes lavables y menos en verano... A mí se me nota enseguida el sudor.
blanche.—Claro...
mitch.—Y además se
ensucian mucho. Estos corpachones como el mío... En cuanto te descuidas
pareces sucio...
blanche.—El tuyo no es
un corpachón de esos de...
mitch.—¿Tú crees que no?
blanche.—No... No es que
seas delgado, pero tienes un físico muy... muy bien proporcionado.
mitch.—Gracias. Estas
Navidades me admitieron en el Athletic Club de Nueva Orleans.
blanche—¡Qué maravilla!
mitch.—El mejor regalo
de mi vida. Allí hago gimnasia, nado y me cuido. Cuando empecé a ir tenía el
estómago fofo pero ahora he conseguido endurecerlo. Ahora me pueden pegar
todos los puñetazos que haga falta en plena boca del estómago que ni los noto.
Prueba. ¡Prueba y verás! (Blanche le
da un golpe flojo en el estómago.) ¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¿Estás viendo?
(blanche, suavemente deja correr su mano sobre el pecho de mitcH)
rianchf.—Que... qué
fuerte.
mitch.—¿Cuánto crees
que peso, Blanche?
blanche.—Pues... ochenta, más o menos... ¿no?
mitch.—No. Fíjate
bien...
blanche.—¿Menos?
mitch.—Más.
blanche.—No sé... eres
muy alto... puedes pesar bastante, sin dar la sensación de gordura... no sé...
mitch.—Casi noventa...
Mido descalzo... sin zapatillas... uno ochenta y uno... Y los casi noventa los
peso desnudo.
blanche.—¡Qué
barbaridad! ¡Me estás dando miedo!
mitch.—(Confuso.) Bueno...
hablar de mí peso es una tontería...
(Busca otro tema de conversación.) ¿Y tú cuánto pesas?
blanche.—¿Quién? ¿Yo?
MITCH.—Sí.
blanche.—Pues... haz un
cálculo...
mitch.—Déjame que te
levante.
blanche.—Permitido,
Sansón... dímelo.
(mitch se coloca detrás
de blanche, la toma por la cintura y la levanta del suelo sin
esfuerzo.) ¿Cuánto... cuánto peso?
(mitch se ríe y la baja
al suelo sin volverla, blanche habla ron falso pudor.)
Suéltame... Por favor suéltame... Vamos, Sansón, (blanche protesta muy débilmente y con alegría.) Sé
bueno... Que no estén aquí Stella y Stanley no es motivo para que no seas una
persona seria...
mitch.—Cuando creas
que me estoy pasando me das un trompazo.
blanche.—No quiero... Tú
eres un hombre de verdad... Una de las pocas personas decentes que quedan en
este mundo. No quiero que me tomes por una maestrilla solterona y
estrecha... Lo que pasa es que...
mitch.—Sigue...
blanche.—...tengo una
moral un poco anticuada... (mitch no
puede verla y blanche pone los ojos en blanco burlándose de su
comedia, mitch va hacia la puerta de la calle. Pausa larga. Un
suspiro de blanche. Una
tosecita de mitch)
mitch.—¿Dónde fueron
Stanley y Stella?
blanche.—Salieron con
los vecinos de arriba.
mitch.—Pero ¿adonde?
blanche.—De estreno de
una película... En Loewe creo... A medianoche.
mitch.—Una noche de
éstas debíamos salir todos juntos.
blanche.—No, no creo...
mitch.—¿No te parece
bien?
blanche.—Pues... ¿desde
cuándo conoces a Stanley?
mitch.—Desde el
cuarenta y uno... Nos conocimos en el cuartel.
blanche.—Y... ¿os lo
contáis todo?
MITCH.—Sí...
blanche.—¿Qué te ha
contado Stanley de mí?
mitch.—Pues... nada...
muy poco.
bianche—No mientas.
mitch.—Si casi no me
ha dicho nada.
blanche.—«Casi»... ¿Qué
te dijo? ¿Qué es lo que piensas de mí?
mitch.—¿Por qué
quieres saberlo?
blanche.—Pues para...
mitch.—¿Es qué no os
lleváis bien?
blanche.—¿A tí qué te parece?
mitch.—No creo que
Stanley te comprenda.
bi.anche.—Te has vuelto
muy fino... Si Stella no estuviera embarazada yo no me quedaba aquí ni un día
más.
mitch.—¿Te está... te
está maltratando?
blanche.—Es de una
grosería que no puedo soportar. Y no es un problema de carácter... lo hace
deliberadamente.
mitch—¿Qué? ¿Qué es
lo que hace deliberadamente?
BLANCHE.—Todo.
mitch.—Me resulta
difícil creer que alguien pueda portarse mal contigo.
blanche.—Créelo... Estoy
viviendo una situación horrible. Primero, como puedes ver, aquí no tengo vida
privada. Entre estas dos habitaciones no hay más que esa cortina y de noche...
bueno... Stanley anda medio desnudo por la casa... Tengo que pedirle una y otra
vez que por lo menos cierre la puerta del cuarto de baño... La mala educación
no es necesaria. Tú me dirás, corazón, que por qué no me voy... Te lo explicaré
sin rodeos... Con mi sueldo de maestra no me puedo sostener... El año pasado no
pude ahorrar lo más mínimo... Por eso tuve que pasar el verano aquí...
soportando a mi cuñado... También es verdad que el me tiene que soportar a
mí... aunque no le guste... Te habrá dicho que me odia, ¿no?
mitch.—No, no te
odia...
blanche.—Me odia... Y me
insulta a todas horas. (Hace un gesto de desprecio. Se bebe el vaso de un
trago Hay una pausa.)
mitch.—Blanche...
blanche.—Dime, cielo.
mitch.—¿Te importa que
te haga una pregunta?
BLANCHE.—No.
mitch.—¿Cuántos años
tienes?
blanche.—Eso no se pregunta.
mitch.—Es por mi
madre... me preguntó cuantos años tenías... Me gustaría decírselo.
blanchf—¿Hablaste de mí
con tu madre?
mitch.—Sí.
blanche.—¿Por qué?
mitch.—Le dije que...
que eras encantadora y que... que me gustabas mucho.
blanche.—¿Es verdad?
mitch.—Sí. Tú lo
sabes.
blanche.—¿Y por qué te
preguntó mi edad?
mitch.—Mi madre está
muy mal...
blanche.—Lo siento...
¿Qué tiene?
mitch.—De todo... Le quedan...
no sé... unos pocos meses de vida.
BLANCHE.—Mitch...
mitch.—... y por eso... le gustaría verme casado antes de...
(MiTCH está emocionado. No sabe que hacer. Carraspea. Esconde las manos
en los bolsillos las vuelve a sacar.)
blanche.—¿La quieres
mucho?
mitch.—Muchísimo.
blanche.—Eres bueno... y
tierno... Sí... Vas a estar muy solo cuando ella... se vaya, (mitch no puede hablar y asiente con
la cabeza.) Sé muy bien lo que es eso.
mitch.—¿Estar solo?
blanche.—Sí. Quise mucho
a una persona y la perdí.
mitch.—¿Murió?
(Blanche se sirve más whisky. Va hacia la ventana y se sienta de cara a la calle.)
¿Era un hombre?
blanche.—Era un niño...
Nada más que un niño... Y yo una chica muy joven. No tenía más que dieciseis
años cuando hice el gran descubrimiento... el amor... Todo el amor a la vez...
y hasta el fondo... entero y completamente... Fue como si un relámpago
deslumbrante quemase hasta la última sombra en que había vivido... Así se
encendió el mundo para mí... Y me falló la suerte... Porque me cegué... Había
una .... en especial en torno de aquel niño... una debilidad... un nerviosismo...
una suavidad que no tenía nada de masculina... nada afeminado, no... entonces,
no... pero allí estaba aquella cosa que... me buscó porque necesitaba ayuda...
Y yo no me di cuenta... No me di cuenta hasta después de la boda... después de
haber ido hasta el final de todo y... haber empezado el regreso de... entonces
supe que le había fallado en algo que yo no sabía muy bien lo que era y que él
no me podía decir... Algo oscuro... un fango del que necesitaba salir y por eso
se agarraba a mí que no solo no podía ayudarle sino que solo era capaz de
hundirme y hundirme a su lado... Y seguir sin darme cuenta... No veía nada...
Sólo que... que le quería con toda mi alma aunque fuese incapaz de hacer algo
por él y... por mí... Y entonces me enteré... No es posible enterarse peor...
Abrí una puerta y descubrí a dos personas: el niño que se había casado conmigo
y el viejo que había sido su amigo durante años...
(Se oye el rugido de una locomotora que se acerca. blanche se cubre los oídos con las manos y se encoge. La
locomotora retumba al pasar mientras su faro ilumina el apartamento. Cuando el
efecto desaparece blanche se levanta y sigue
hablando.)
Nos comportamos como si no lo hubiese descubierto. Una noche fuimos los
tres al casino de Moon Lake... Habíamos bebido mucho y nos reimos todo el camino...
(A distancia se oye bajo una polka en tono menor.) Bailábamos la polka de Varsovia cuando en pleno baile
aquel niño que era mi marido dejó de abrazarme y echó a correr... Salió del
Casino y... casi enseguida, oimos un disparo...
(La polka se interrumpe abruptamente, BLanche se alza. Vuelve la
polka en tono mayor.) Corrí... corrimos todos hacia aquella forma terrible
que estaba al borde del lago... No me dejaron acercarme.. Alguien me detuvo:
«¡No se acerque! ¡Por favor! ¡No
mire!...» ¿Qué no mirara qué? ¿Qué? Oí gritar su nombre: «¡Alian! ¡Alian!» «Es
el chico de los Grey». Se había metido el revólver en la boca... había disparado
y se había volado la cabeza. (blanche se
tapa la cara temblando.) Todo porque en la pista de baile...
impulsivamente... yo le dije sin preparación: «Te vi... Lo sé todo sobre
vosotros dos... me das nauseas...». Y aquel relámpago deslumbrante que había
encendido el mundo se apagó para mí y desde entonces, nunca, nunca he tenido
más luz que la de... una pobre vela como ésta... (MITCH acobardado, se
incorpora acercándose a bLanche. Se
oye fuerte la polka, mitch llega
hasta blanchf y la rodea
con sus brazos.)
mitch—Tú necesitas...
y yo... los dos necesitamos a alguien... ¿Es qué no podríamos... juntos... no
podíamos, Blanche?
(Blanche mira fijamente a mitch. Da un grito y se refugia
totalmente en brazos de mitch. Trata de hablar y no
encuentra las palabras, mitch la besa en la frente, en los ojos y finalmente, en la boca. Deja de oirse
la polka. blanche
respira con fuerza, aguadamente y entre sollozos.)
blanche.—Dios...
puede... aparecer... de pronto...
OSCURO
ESCENA SÉPTIMA
Mediados de septiembre. Anochecer. Las cortinas están abiertas. La mesa,
con tarta y flores, está dispuesta para una cena de cumpleaños.
(stella está acabando de
decorar la mesa y entra stanley)
stanLey.—¿Qué estás
haciendo?
stella .—Hoy es el
cumpleaños de Blanche, cielo.
stanley.—¿Está en casa?
stella.—Se está
bañando.
stanley.—¿Hace mucho?
stella.—Sí. Más o menos
lleva toda la tarde ahí.
stanley.—¿Toda la tarde
metida en agua caliente?
STELLA.—Sí.
stanley.—Treinta grados
de temperatura y se mete en el agua caliente.
stella.—Dice que eso le
permitirá estar fresca por la noche.
stanley.—Y tú yendo y
viniendo para que no le falten Coca-Cola, ¿no? Sirviendo bebidas a su majestad
mientras ella se baña tranquilamente... (stella
hace un gesto de indiferencia.) Ven aquí y hablemos un minuto.
stella.—Tengo mucho
trabajo, Stan.
stanley.—Siéntate... He
averiguado algunas cosillas. Sobre tu maravillosa hermana mayor.
stella.—¿Es qué no te
vas a cansar nunca de meterte con ella?
staniey.—... esa... que
todavía se atreve a llamarme mal educado.
steLLa.—Llevas mucho
tiempo haciendo lo imposible por molestarla, Stanley... Blanche es una persona
con mucha sensibilidad... Y tú sabes muy bien que nosotros nos hemos educado
en un ambiente nada parecido al suyo.
stanley.—Ya me lo habéis
repetido bastante... Una y otra y otra vez. Bien... ¿Sabes que todo lo que tu
hermana nos ha contado ha sido una mentira detrás de otra?
stella.—No lo sé ni lo
creo.
stanley.—Pues es
cierto... Ya he desentrañado su historia...
¡Menuda historia!
stella.—¿De qué hablas?
stanley.—Yo me lo olía,
¿eh?... Ya lo creo que me lo olía... Ahora lo sé...
(blanche. en el baño, como contrapuesto a la indignación de stanlEy. canturrea una pegajosa canción popular.)
stella.—¡Habla más
bajo! Y ahora, tranquilo, sin gritos ni espavientos, dime que es eso tan
terrible que has sabido de mi hermana.
stanley.—Sus mentiras...
Primera: la remilgadita Blanche le ha colocado una sarta de embustes al pobre
Mitch que... ¿Con qué nadie había ido más allá de darle un besito, ¿eh? ¡Pues
la hermana Blanche no es ningún lirio del prado, ¿sabes?... ¡Menuda florecita
de azucena!
stella.—¿Qué es lo que
te han dicho de Blanche y quién?
stanley.—Uno de los
proveedores de la fábrica lleva años yendo a Laurel y sabe todo lo que hay que
saber sobre Blanche... Bueno, sabe lo mismo que saben todos... Blanche es más
famosa allí que el Presidente de los Estados Unidos... Solo que al Presidente
le respetan y a ella no... Mi amigo va a un hotel muy conocido: el «Flamingo»
(Blanche en el baño, continua cantando con alegría.)
blanche.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
stELla.—¿Y qué tiene de
particular ese hotel?
stanley,—Que allí vivía
Blanche.
stella.—Blanche vivió
en nuestra finca de «Belle-Reve».
stanley.—Antes...
Después de perder la casa entre sus dedos de lirio perfumado se fue a vivir al
hotel «Flamingo» ... Un hotel de dos estrellas conocido por su indiferencia
hacia el comportamiento de sus huéspedes... Un hotel de paso... Pero hasta la
dirección de un hotel así se escandalizó con la conducta de la ilustre
Blanche... Como sería la cosa que la pusieron de patitas en la calle... Dos
semanas después apareció en esta casa.
BLANCHF.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
stella.—Eso es mentira.
stanley.—Comprendo que
te parezca difícil de creer... Te mintió y te engañó a tí, igual que a Mitch.
stella.—Es mentira...
Mentira de arriba abajo y si yo no fuese una mujer y ese individuo dijera
delante de mí esa sarta de embustes...
blanche.—(Off.
Cantando.) (Texto a establecer.)
stanlfy.—Atiéndeme bien,
mujer... yo mismo he comprobado esa historia. Así que déjame acabar... ¡Lo que
pasó al final fue muy sencillo! ¡Que ya no pudo engañar a nadie más! El primer
amigote la dejó después de dos o tres citas... Y luego el segundo... y el
tercero... hasta que... al fin y al cabo Laurel es un sitio pequeño... Se hizo
muy popular, ¿sabes? La mujer más conocida de la ciudad... y no por... su
discreción sino por... por su locura, si a eso le podemos llamar así. (stella retrocede asustada.) Hace
más de dos años que la gente huye de ella como de la peste... Por eso está aquí
ahora, como una reina en vacaciones... El propio Alcalde le pidió que
desapareciese de una vez.
¡Hasta a los soldados del Campamento les habían prevenido contra ella!
blanchE.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
stanléy—Esa es la
verdadera historia de la señorita culta y sensible. Y ahora vamos con la
mentira número dos...
stella.—No quiero
seguir oyéndote.
stanley.—Nunca más
volverá a dar clases... Sabe muy bien... no es cierto que los nervios la
obliguen a pedir permiso por enfermedad en esa escuela de Laurel... ¡No,
Stella! ¡No es cierto!... La expulsaron en mitad del curso y me da hasta
vergüenza decirte el motivo... La sorprendieron pervirtiendo a un alumno de
diecisiete años...
blanch e.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
(El agua corre ruidosamente en el cuarto de baño, bLanche como una niña que juega en el agua, grita y se ríe.)
stella.—Me estoy
sintiendo mal.
stanley.—No me
extraña... El padre del chico habló con el Director de la Escuela... Corrupción
de menores... ¡Qué pena no haberla visto cuando se reunió el Consejo de
disciplina! Le dieron una buena cornada... ¡A la calle y que... que cambiase de
residencia! ¡Por poco dicta el Alcalde un bando expulsándola de Laurel! (blanche abre la puerta del cuarto de
baño y asoma la cabeza envuelta en una toalla.)
blanche.—¡Stella!
stella.—(Bajo.) ¡Dime, Blanche!
blanche.—Dame otra
toalla si no te importa. Me acabo de lavar el pelo...
stella.—Sí, Blanche...
(Stella insegura, va hacia ella
llevándole otra toalla.)
blanche.—¿Te pasa algo,
Estrellita?
stella.—No, ¿por qué?
blache.—No sé... Tienes
una cara muy rara.
stella.—(Intentando
sonreir.) Tengo un poco de cansancio.
blanche.—Toma un baño
caliente.
stanley.—Primero
tendrías tú que salir.
blanche.—Tranquilo, que
ya he acabado.
(bi.anche cierra de un portazo, stanLEy se ríe con ferocidad. Despacio,
stELLa. vuelve a la cocina.)
stanley.—Bueno... ¿no tienes
nada que decirme?
stella.—No creo ni una
palabra de todo eso que me has contado...Tu amigo es un miserable que se ha
divertido engañándote... Puede que haya algo de verdad en esa fantasía,
algo... Blanche hace muchas cosas con las que yo no estoy de acuerdo... ya las
hacía en casa y... tuvimos bastantes disgustos por su culpa. Era un poco
ligera...
stanley.—¡Ligera!
stella.—Era muy
joven... una niña... cuando se casó con un chico que escribía poesía...
Guapísimo... Aquello no era amor... era adoración lo que Blanche sentía por
él... Le parecía un ser sobrenatural... Hasta que...
STANLEY.—Sigue.
stella.—Hasta que
descubrió que aquel ser tan hermoso y... tan inteligente... era un degenerado
completo... ¿No te lo ha contado el proveedor ese de la fábrica?
stanley—Solo hemos
hablado de ahora... Esa historia del matrimonio debe ser muy antigua.
stella.—Sí... Fue...
fue hace ya... algunos años. (stanley se
incorpora y cariñosamente toma a stella
de los hombros. Ella se separa con suavidad. Deforma casi mecánica steLla empieza a colocar en la tarta
las velitas de cumpleaños.)
stanley.—¿Cuántas
velitas vas a poner?
stella—Veinticinco.
stanley.—¿Esperas a
alguien?
stella.—Le dije a Mitch
que tendría una copa y un trozo de tarta.
stanley.—Mitch no
aparecerá por aquí. No creo... (stella se
interrumpe en su trabajo y levanta la vista, muy despacio hacia stanley.)
Mitch es mi mejor amigo... Hicimos el servicio militar en el mismo
regimiento. En ingenieros... En el dos, cuatro, dos... Trabajamos en el mismo
sitio y jugamos en el mismo equipo... ¿Crees que podría mirarle a los ojos y no
decirle que...?
stella.—¡Stanley! ¿Es
que le has contado esa... esa historia sobre Blanche?
stanley.—¡Naturalmente!
¡Me habría muerto de espanto si sabiendo lo que sé, no hubiese ayudado a huir
de esa araña al mejor de mis amigos!
stella.—Y... ¿Mitch ha
terminado con ella?
stanley.—¿Qué harías
tú en
un caso así?
stella.—Te he
preguntado si Mitch ha terminado ya con ella...
(Vuelve a oírse la voz de Blanche que canta con absoluta tranquilidad.)
blanche.—(Off. Cantando.) (Texto a establecer.)
stanley.—No, puede que
todavía no haya terminado... Pero ya está enterado de todo.
stella.—Stanley...
Blanche está segura de que Mitch va a casarse con ella... Y yo también lo creía.
stanley.—Pues, no... No
se va a casar... Se había decidido, sí, pero... ahora... no creo que esté
dispuesto a tirarse al agua con ese tiburón... (stanley
se incorpora.) ¡Blanche! ¿Te importaría dejarme entrar en mi
cuarto de baño? (Pausa.)
blanche.—Con mucho
gusto, caballero. ¿Le importaría esperar unos segundos mientras me seco?
stanley.—Después de
esperar una hora puedo esperar unos segundos más.
stella.—Y si le han
echado de la escuela, ¿qué va a hacer ahora?
stanley.—Marcharse el
martes, ya te lo he dicho... Yo mismo le he comprado el billete del autobús.
stella.—No quiero
que se vaya.
stanley.—Tiene que
marcharse. Y punto... Postdata... Se marchará el martes.
stella.—(Bajo.) ¿A
dónde?... ¿A dónde puede ir?
stanley.—Su destino
estará escrito en algún lugar.
stella.—No te entiendo.
(Se abre la puerta del cuarto de baño y entra bi anche riendo. Ve a stanley que se cruza con
ella y le hiela la risa, stanlfy. sin mirarla, cierra de un
portazo la puerta del baño. Nerviosa, blanche se lleva a la cabeza un cepillo de pelo.)
blanche.—¡No hay como un
buen baño de agua caliente para sentirse como los ángeles! Limpia... fresca...
y ligera... (stELLa triste,
desde la cocina.)
stella.—¿Blanche? (bLanche se alisa el pelo.)
blanche.—Sobre todo
limpia... (Mueve el vaso y hace tintinear el hielo.) El agua del baño
bien caliente y el agua del vaso bien fría y la vida puede ser una maravilla...
(Mira por entre las cortinas. Al contemplar a stella deja de arreglarse.) ¿Pasa algo? ¿Pasa algo, Estrellita? (steLLa
se vuelve y queda frente a bi.anche,)
stella.—No... ¿Qué va a
pasar?... Nada, Blanche... No pasa nada...
blanche.—¡Me estás
engañando! ¡Me estás engañando! (bLanche,
asustada, mira a stella que
simula estar ocupadísima con la tarta. El piano se queja en la lejanía.)
OSCURO
ESCENA OCTAVA
Tres cuartos de hora más tarde. A través de los grandes ventanales el
conjunto se hunde lentamente en un dorado atardecer. El sol es una antorcha
encendida sobre un gran depósito de agua al fondo de un solar desierto. Hacia
la zona comercial perforada por los alfilarejos de las ventanas y de sus
cristales que reflejan los brillos del sol poniente.
(El trío de personajes acaba la desmayada cena de cumpleaños: stanley. descontento y malhumorado; blanche. con una penosa y forzada sonrisa; y un puesto vacío.)
blanche—(De repente.) Cuenta un chiste, Stanley, uno cualquiera pero que sea muy gracioso.
Estamos pintados y no sé por qué... Falta mi novio esa es verdad... Bueno... (Trata
de reírse.) En mi ya larga experiencia masculina... después de haber
conocido caballeros de todos los pelajes, esta es la primera vez que me deja
plantada... Ja, ja... Compuesta y sin. novio, ¿no? La verdad es que no sé como
lo puedo digerir... Anda Stanley, cuenta algo que cambie este ambiente.
stanley.—A tí no te
gustan mis chistes, Blanche.
Blanche.—Te equivocas, me gustan cuando son graciosos, pero
no cuando son obscenos.
stanley.—No recuerdo
ninguno que te pueda gustar.
blanche.—Entonces, a ver
si yo me acuerdo...
stella—Sí, Blanche.
Cuéntanos uno de tu cosecha. Los tenías muy buenos. (La música se apaga
lentamente.)
blanche.—Déjame ver... Sí, yo tenía un buen repertorio... Por ejemplo, de loros... ¿No os gustan
los cuentos de loros?... Pues el del loro y la solterona. El loro de aquella
pobre mujer hablaba peor que aquí el caballero Kowalski... No, no le va a
gustar al Caballero.
stanley.—Ya veremos.
blanche.—Bueno... La
única forma de callar al loro era ponerle la cubierta a la jaula para que se
creyese que era de noche y se durmiese... Así que una mañana, apenas la buena
solterona había destapado al loro, cuando llegó el cura y la mujer asustada
volvió a taparlo inmediatamente. El loro, asombrado se quedó quieto pero apenas
ella preguntó al párroco cuantos terrones le ponía en el café, reaccionó el
loro y rompió el silencio con un vozarrón... Dijo: «Joder, qué cortos se están
haciendo los días!
(blanche se echa atrás en la silla y se ríe. stella sonríe haciendo
un esfuerzo, stanley
ni lo intenta. Alarga su brazo por encima de la mesa,
toma el trozo de carne que queda en el plato y se lo come.) Mi chiste no le ha gustado al caballero.
stella.—El caballero no
está para loros... Parece un cerdo...
¡Qué manera de comer!
stanley.—Tienes razón,
cariño, tienes toda la razón.
stella.—Y tú tienes la
boca y las manos manchadas de salsa... Anda a lavarte... Luego me ayudarás a
limpiar la mesa... (stanley tira
su plato al suelo de un manotazo.)
stanley.—Seré a mi
manera. (Sujeta un brazo de stella.)
¡Y no me vuelvas a hablar en este tono! Cerdo... polaco... grasiento...
sucio... ¡Ya me estoy hartando del vocabulario tuyo y de tu hermana! ¿Pero de
dónde demonios sacáis esas pretensiones? Os habéis creído dos reinas... Y en
esta casa lo que hay es un rey... Un rey que soy yo... que no se te olvide... (De
otro manotazo tira su plato y su taza de café.) Ya está limpio mi sitio...
¿Queréis que limpie el vuestro?
(stella se echa a
llorar en silencio, stanley sale al porche y enciende
un cigarrillo. Vuelve a oírse la música de los negros del bar.)
bl anche—¿Qué te dijo
mientras yo me bañaba? ¿Qué te dijo ese bestia?
steLLa.—Nada.
blanche.—Sí... Te ha
dicho algo que tiene que ver con Mitch y conmigo... Tú lo sabes... tú sabes por
qué Mitch me ha dado plantón esta noche... lo sabes... Dímelo. ( stella hace un gesto con la cabeza,
negando.) Está bien... Ahora mismo lo llamo.
stella.—No, Blanche.
BI,ANCHE.—Sí.
stelLa.—(Asustada.) Es
mejor que no llames, Blanche.
blanche—Necesito una
explicación. (Blanche va hacia
el teléfono del dormitorio, stella sale al exterior y busca los
ojos de stanley que la
rehuye y le da la espalda.)
stelLa.—Ya puedes estar
contento con lo que has hecho. Esta ha sido la cena más amarga de mi vida... No
podía probar bocado viendo la silla vacía y la cara de mi hermana. (Llora
silenciosamente.)
blanche.—(Llamando.) Oiga...
con el señor Mitchell, por favor... ¡Ah! Sí, le dejo mi número... Magnolia 90
47. Por favor, que me llame, que es muy importante... Sí, gracias.
(blanche contempla el teléfono unos instantes. Se sienta perdida, stanley se vuelve despacio a stella y la abraza.)
stanley.—Stella, cielo
mío, ya se está acabando. En cuanto ella se marche y tú des a luz volveremos a
estar como siempre... No se te ha olvidado, ¿verdad? No se te han olvidado
nuestras noches de antes... haciendo todo el ruido que nos daba la gana y
organizando nuestros fuegos artificiales sin que la hermana de quien sea nos
esté espiando detrás de las cortinas.
(En el piso de arriba se oyen unas carcajadas, stanley sonríe.)
Steve y Eunice...
stella.—Vamos a entrar.
(STELLA entra en la cocina y comienza a encender las velitas de la
tarta.) ¡Blanche!
blanche.—¿Qué quieres?
(blanche deja el dormitorio y vuelve junto a su hermana en la cocina.)
¡Ah! Las velitas... No las malgastes. Déjame encenderlas. (Entra stanlEy)
blanche.—Guárdalas para
los cumpleaños de tu niño. Que la luz brille en su vida con la pureza de unas
velitas azules sobre el blanco azúcar...
stanley.—(Sentándose.)
¡Autentica poesía!
blanche.—(Se queda
silenciosa un momento.) Creo que no debí haberle llamado.
stella.—Puede haber
sucedido cualquier cosa... Incluso una tontería, pero que...
blanche.—No le busques
excusas, hermanita. Ha sido un insulto y no tengo por qué tolerarlo... No soy
una pieza cobrada.
stanley.—Joder, aquí no
hay quien pare con el vapor de ese puñetero cuarto de baño.
blanche.—Ya te he dicho
tres veces que me perdones... (Cesa el piano.) Tengo que tomar baños muy
calientes por los nervios. Hidroterapia... Tú como eres un polonés sanísimo y
no tienes nervios no sabes lo que es sentirse deprimido...
stanley.—No sé que es un
polonés... Los de Polonia se llaman polacos... Y además yo soy cien por cien
americano, nacido aquí... criado aquí... en el país más grande del mundo... y
muy contento y muy orgulloso... así que por lo que a mí se refiere ya puedes
dejar a Polonia en paz. (Suena el teléfono,
blanche se
incorpora.)
blanche.—Eso es para
mí... Estoy segura.
stanley.—Yo, no
siéntate. (Va hacia el
teléfono sin prisa.) ¿Diga?... Sí, soy yo.
¡Ah, hola Mac! (stani.f.y clava
una mirada desafiante a blanche y
se apoya displicentemente en la pared, blanche
se derrumba en la silla, stella
le toca con cariño el hombro.)
blanche—¡No me toques,
Stella! ¡Y dime que te pasa en vez de mirarme como un perro!
stanley.—(Gritando.) ¿Os
queréis callar? Perdona, es que tenemos aquí a una histérica... Dime, Mac...
¿Por qué en Riley? No, no estoy dispuesto a jugar a los bolos allí... Porque
soy el capitán del equipo... Iremos al Gala o al West Side... muy bien Mac.
Luego nos vemos...
(stanley cuelga el teléfono y vuelve a la cocina, blanche se bebe de golpe un vaso de agua, tratando de dominar
sus nervios, stanley, sin mirarla, busca en sus bolsillos con gesto y voz de
supuesta amabilidad.) Hermanita
Blanche... ¡tu regalo de cumpleaños!
blanche.—¿Por qué te
has...? No esperaba nada, Stan... Nada... Ha sido Stella quien se ha empeñado
en celebrarlo... Yo no... No me gusta... Cumplir ya... veintisiete...
bueno... a las mujeres no nos gusta hablar de años.
stanley.—¿Has dicho
veintisiete? (stanley ha
encontrado un sobrecito que ofrece a blan-che)
blanche.—¿Qué es? ¿Qué
es?
stanley.—Míralo a ver si
te gusta.
blanche.—Pero si... es
un...
stanley.—Es un billete
de vuelta a Laurel... Para el autobús del martes.
(Vuelve a oírse la Varsoviana, stella se incorpora con
violencia y queda de espaldas, blanche, desconcertada, sonríe
primero y trata de reír después. No lo consigue. Se levanta de la mesa y corre
al dormitorio como si se ahogase se lleva las manos a la garganta y entra precipitadamente
en el cuarto de baño. Se oyen sus jadeos.)
stella.—No debías haber
hecho eso.
stanley.—Tampoco debía
haber aguantado todo lo que he tenido que aguantar.
stella.;—No se puede ser tan cruel con una persona indefensa.
stanlEy.—Tiene la piel
demasiado fina.
stella.—Sí. Siempre la
ha tenido. ¡Si la hubieses conocido cuando era más joven! ¡Era la criatura más
dulce, más inocente y más confiada del mundo! Cambió porque gentes como tú la
maltrataron y la hicieron daño.
(stanley, casi sin oiría, va al dormitorio. Se quita la camisa y se pone otra de seda
brillante para jugar a los bolos, stella lo ha seguido.) ¿Es qué te vas a ir a jugar a los bolos?
stanley.—Ahora mismo...
stella.—No... no te vas
a ir... (Le sujeta de la camisa y la desgarra.) ¿Por qué la has hecho
eso a Blanche? ¿Por qué?
stanley.—Suéltame... Me
has roto la camisa. Yo no le he hecho nada a nadie.
stella.—¿Por qué le has
hecho eso? ¿Por qué?
stanley.—Cuando tú y yo
nos conocimos me dijiste que era un mal educado. Y tenías razón, amor mío. Era
lo peor de lo peor. Un día me enseñaste la foto de vuestra casa... toda llena
de columnas... Pero ya... yo te saqué de entre las columnas y te enseñé a ser
feliz... Y nos reímos... y fuimos felices juntos hasta que apareció Blanche.
(stella tiene una
pequeña contracción. De pronto parece como si se mirase por dentro, como si
alguien la llamase desde el interior. Echa a andar muy despacio, renqueando y
vuelve a la cocina. Se dobla apoyándose en el respaldo de una silla primero y
luego sobre la mesa, sin miedo, pero con la vista perdida, stanley luchando con la camisa, no se ha dado cuenta de nada.)
Un imbécil, un petulante, que me ha llamado hasta
orangután.
(De pronto se da cuenta de la situación de stella) ¿Qué te pasa,
Stella? ¿Qué tienes? (Corre junto a su mujer.)
stella.—(Bajo.) El
hospital... Llévame al hospital.
(STANLEY sostiene a stella con
sus brazos y murmura algo a su oído mientras salen de la casa.)
OSCURO
ESCENA NOVENA
(Un poco más tarde, en la misma noche, blanche. acobardada y nerviosa, está sentada en el dormitorio en una silla que ha
intentado medio tapizar con una tela rayada verde y blanca. Lleva su bata de
satín roja. En una mesita auxiliar tiene un vaso y una botella de whisky. Se
oye el rápido tema de la polca de Varsovia. La música la afecta. Bebe como si
quisiera no oírla. Frente a ella ha dispuesto un ventilador de los que giran, mitch dobla la esquina en traje de trabajo: camisa y
pantalón azules. Está sin afeitar. Sube los escalones del porche y llama a la
puerta.)
bi anche—¿Quién es?
mitch.—(Ronco.) Mitch...
(Cesa la música.)
blanche.—¡Ah, Mitch!... Voy enseguida. (blanche
esconde de prisa la botella. Se mira al espejo y se da velozmente
polvos y colores. Respira muy fuerte. Corre enloquecida y abre la puerta de la
cocina.) ¡Mitch!... ¿Sabes? No sé si dejarte entrar después de lo de esta
noche... No lo sé... Eso no lo hace un caballero. Pero,
en fin, buenas noches, guapo, buenas noches...
(Se ofrece para que la bese pero mitch la ignora, le
hace un lado y entra en la casa. El rostro de blanche revela el pánico
mientras mitch
entra en el dormitorio.) ¡Mira, mira que témpano! Vaya aspecto... ¡Y sin afeitar,
la peor ofensa que se le puede hacer a una dama!
Pero yo te perdono... Te perdono porque solo con verte ya me siento
mejor... Entras y... ya he dejado de oír esa maldita polca que está todo el día
resonando en mi cabeza... ¿A tí no te ha pasado nunca? Oír una cosa... una
música... una frase que te da vueltas y más vueltas en el cerebro sin quererse
marchar... No, claro... a los angelotes no se les mete nada en la cabeza...
(Blanche habla y habla siguiendo a mitch que la mira sin
contestar. Está bebido.)
mitch.—¿Es muy
necesario este ventilador?
BLANCHE.—No.
mitch.—Odio los
ventiladores.
blanche.—Pues lo
paramos, cielo, lo paramos... A mí tampoco me gustan.
(Acciona el interruptor y el ventilador se detiene poco a poco, blanche carraspea nerviosa y mitch se tumba en la
cama del dormitorio y enciende un cigarrillo.)
Te buscaré algo de beber, si es que queda... No... no lo sé.
mitch.—No quiero beber
whisky de Stanley.
blanche.—No es suyo...
No todo lo que hay aquí es suyo... También habrá algo mío, digo yo... ¿Y tu
madre? ¿Está mal?
mitch.—No. ¿Por qué?
blanche.—Porque te pasa
algo... Pero, bueno... «No interrogaré al testigo»... Y disimularé
como pueda...
(Se lleva las manos a la frente. Vuelve a oírse la polca.)
Como si no hubiese notado en tí nada raro... Ya estoy volviendo a oír esa
maldita música.
mitch.—¿Qué dices?
blanche.—La polca... la
«Varsoviana»... lo que estaban tocando aquella noche cuando Alian... ¡Espera un momento!
(Se oye, lejos un disparo y blanche parece respirar mejor.)
¡Ya! Después del disparo la música
se interrumpe siempre...
(Cesa la polca.)
mitch.—¿Estás bien?
blanche.—No. Por eso voy
a ver si hay aquí algo de... (Finge buscar algo de beber en el armario.) ¡Ah,
y... perdóname por recibirte así...! ¡Te había dado por desaparecido! ¿Se te
olvidó que te habíamos invitado a cenar?
mitch.—No quería
volver a verte.
blanche.—Un momento, por
favor... Hablas tan poco y te oigo tan mal que no quiero perderme ni una sola
de tus palabras... Vamos a ver... ¿Qué es lo que estaba buscando?... El whisky,
eso es... Ha sido una noche tan agitada que estoy como tonta... (Simula
encontrar la botella, mitch coloca los pies encima de la
cama y la mira despectivamente.) ¡Aquí! ¿Qué es esto? «Southern Confort»...
mitch.—Si no es tuya,
será una botella de Stan...
blanche.—Levanta esos
pies... ¿No ves que esa colcha es muy clara y la vas a manchar? Los hombres no
os fijáis en esas cosas, ya lo sé... pero he conseguido cambiar un poco esta
casa... Desde que llegué...
mitch.—Eso es cierto.
blanche.—Sí, es cierto,
tú la conocías de antes... Pues mírala bien... Ahora este cuarto tiene una
atmósfera más... más delicada, más... El ambiente que a mí me gusta... ¿Esto se
toma solo? ¡Uf! ¡Es dulcísimo!... ¡Uf! Es una especie de anís... (ymen
rezonga.) Pruébalo... Aunque me parece que no te va a gustar.
mitch.—No quiero las
bebidas de Stan... Ya te lo he dicho... Luego dice que has estado todo el
verano saqueando su bar...
blanche.—¡Qué
imaginación! Fantástico que lo diga y fantástico que tú te atrevas a
repetírmelo... Pues, no. ¡No me rebajaré para contestar cosas tan estúpidas!
mitch.—Ya...
blanche.—¿Qué piensas?
No me gustan tus ojos...
mitch—(Incorporándose.)
Esto está muy oscuro.
blanche.—A mí me gusta
así... La penumbra me tranquiliza.
mitch.—Creo que no te
he visto nunca en plena luz... (BLANCHE intenta una risita.) No, nunca...
bi.anche.—La culpa no es
mía.
mitch.—No hay quien te
haga salir de día.
blanche.—Porque tú estás
en el trabajo.
mitch.—Los domingos,
no... Todos los domingos que te he pedido que saliésemos me has puesto algún
pretexto... Nunca he podido sacarte de casa antes de las seis y aún entonces
hemos ido a sitios con poca luz...
blanche.—Parece cosa de
misterio, ¿no?
micht.—Parece que no
te he visto nunca como debe ser, Blanche...
blanche.—¿Qué quieres
decir?
mitch.—Que
enciendas...
blanche—{Aterrada.) ¿Por qué?
mitch.—Enciende esa
lámpara.
(Arranca de un tirón la pantallita de papel de la lámpara, blanche da un grito.)
blanche.—¿Qué haces?
mitch.—Quiero verte de
verdad...
blanche.—Me estás
insultando.
mitch.—Estoy tratando
de ser realista.
blanche.—No me gusta el
realismo.
mitch.—Ya lo supongo.
blanche.—Me gusta el
misterio... me gusta la magia... Y eso es lo que quiero que la gente reciba de
mí... Pura magia...Cosas que no son lo que parecen... Yo no digo verdades...
Digo cosas que debieran ser verdad... ¡Y si eso es malo pues al infierno
conmigo! ¡No toques esa luz!
(Pero mitch
se acerca a la lámpara, enciende y mira con atención a
blanche. blanche se echa a llorar y se tapa la cara con las manos, mitch apaga la lámpara.)
mitch.—(Despacio.) No
me importa que seas mucho mayor de lo que creía... Es lo otro... Ese cuento
fantástico de tus ideales y todas esas memeces que me has contado este
verano... Claro que yo sabía que tenías más de quince años... Lo estúpido fue
creerme que eras una mujer decente.
blanche.—¿Y quién te ha
dicho lo contrario? Mi querido cuñado... Y tú le has hecho caso a él...
mitch.—Yo le llamé
mentiroso antes de saber la verdad... Primero hablé con ese amigo nuestro...
el proveedor que va y viene a Laurel.... Y luego tuve una conversación con el
otro... con el comerciante.
blanche.—No sé quién
es...
mitch.—Kilfaber...
blanche.—Ah, Kilfaber...
el de Laurel... Sí, sí, lo conozco... Me silbó un día, cuando pasaba y lo puse
en su sitio... Desde entonces se venga contando no sé qué cosas atroces de
mí...
mitch.—Kilfeber, Stanley
y Shaw... Tres personas me han jurado que todo lo que dicen en
verdad.
blanche.—Les preguntas
de tres en tres...
mitch.—¿No estuviste
nunca en un hotel llamado «Flamingo»?
blanche.—¡En el
«Tarántula»! ¡Ahí es donde estuve! ¡En el «Tarántula»!
mitch.—(Desconcertado.)
¿El «Tarántula»?
blanche.—Sí... la
tarántula, la araña gigante... Ahí arrastraba yo a mis víctimas... (blanchevuelve a llenar su vaso.) Cuando
se mató Alian... yo no pude... no pude tranquilizar mi corazón seco más que de
una manera... Tenía miedo... pánico... un pánico que me arrastraba aquí y
allí... de uno a otro... buscando protección y ayuda donde podía... en
cualquier lugar, sien cualquiera. Alguien me denunció a la dirección... «La
falta de moral de esa mujer la incapacita para dar clases».
(Con una risa mezclada de sollozos, convulsa, descompuesta, echa atrás la
cabeza, se repite, se confunde y bebe de nuevo.) Supongo que tenían razón... Falta de moral... Sí... Y por eso huí y por eso
me vine a esta casa... ¿Dónde iba a ir? Estaba quemada... ¿Sabes lo que eso
quiere decir? Mi juventud, de pronto, ardió... desapareció... pero entonces te
conocí... Me dijiste que necesitabas a alguien a tu lado... como yo... Y
entonces recé porque nos habíamos encontrado... porque parecías bueno... porque
eras un refugio donde esconderme de la ruindad del mundo... Cuando no se tiene
nada el sueño no es más que... la paz... Por lo visto he soñado demasiado...
El cometa no puede volar... Stanley, Shaw y Kilfebel le han atrapado por la
cola... (Pausa, mitch la mira sin saber que decir.)
mitch.—No me dijiste
más que mentiras, Blanche.
blanche.—Cállate.
mitch.—Mentiras y más
que mentiras y más mentiras. Mentiras por fuera y mentiras por dentro.
blanche.—No, por dentro,
no... Mi corazón te ha dicho toda la verdad.
(Una Vendedora mejicana da la vuelta a la esquina. Es ciega. Llega un manto
oscuro. Ofrece esas flores de hojalata brillante que las clases populares de
México utilizan en algunas fiestas. Va pregonando a media voz. Apenas se la
adivina en el exterior del edificio.)
mujer mejicana.—Flores. Flores. Flores para los muertos.
Flores. Flores.
blanche.—¿Qué? ¿Quién
hay ahí? f blanche corre a la
puerta, abre y mira a la Vendedora que le ofrece unas flores.)
mujer mejicana.—¿Flores? ¿Flores para los muertos?
blanche.—(Temblando.)
¡No, no!... ¡Ahora, no! ¡Ahora, no!
(Vuelve a entrar en la casa y cierra la puerta de golpe. La mejicana da media vuelta y prosigue su camino.)
mujer mejicana.—¡Flores para los muertos!
(Vuelve a oírse la polca.)
blanche.—(Para sí.) Muerte...
desolación... y lágrimas... Muchas lágrimas... Si haces esto te costará
aquello...
mujer mejicana.—¡Coronas para los muertos! ¡Coronas!
bLanche.—¡Legados!...Y
almohadas, muchas almohadas manchadas de sangre... «Hay que cambiarle la ropa
de la cama»... «Sí, mamá» .«¿Sí, mamá!»... No... no era posible nada era
posible menos...
mujer mejicana.—¡Flores!
bLanche.—...menos
morirse... Yo me sentaba aquí y ella allí... Tenía la muerte tan cerca como te
tengo a tí ahora... ¡Pero no se podía decir!
mujer mejicana.—Flores para los muertos... Flores... flores...
blanche.—¿Comprendes
ahora? El deseo es lo contrario de la muerte... ¿Pero cómo es posible que no lo
entiendas? Cerca de Belle-Reve había un campo de entrenamiento del
ejército... La noche del sábado los soldados bajaban a la ciudad y se
emborrachaban...
mujer mejicana.—(Bajo.) Flores...
blanchE—... y al volver
a su cuartel pasaban por mi jardín y me llamaban: «Blanche! ¡Blanche!»...
Aquella pobre vieja sorda no podía oír nada... Y entonces yo salía para buscar
a quienes me llamaban... Era un campo cubierto de margaritas... (La mujer mejicana vuelve a pasar y se
aleja repitiendo sus gritos funerarios, blanche
se inclina sobre el aparador. Pausa, mitch se levanta y va hacia ella. Deja de oírse la polca,
mitch toma a blanche por la cintura y trata de
abrazarla.)
blanche.—¿Qué quieres
ahora, Mitch?
mitch.—Lo mismo que he
querido todo el verano.
blanche.—Cásate conmigo.
MITCH.—NO.
blanche.—¿Por qué?
mitch.—Estás demasiado
sucia para que te lleve a casa con mi madre.
blanche.—¡Entonces,
márchate! (mitch la mira sin
pestañear.) Sal de aquí ahora mismo o empiezo a pedir auxilio... (El
llanto no deja continuar a blanche,) ¡Sal
inmediatamente o grito!
(mitch continúa
mirándola, blanche
corre hacia el ventanal por el que entra la luz suave
de una noche de verano y grita con fuerza.) ¡Socorro! ¡Fuego!... ¡Fuego!
(Con un gemido mitch sale corriendo de la casa,
tropieza en los escalones y desaparece a la carrera, doblando la esquina.
Temblando, a punto de derrumbarse, blanche abandona la
ventana y cae al suelo de rodillas. Vuelve muy triste y muy lento el sonido
lejano del piano.)
OSCURO
ESCENA DECIMA
(La misma noche, pocas horas después, blanche ha continuado
bebiendo desde que se fue mitch Ha llevado su baúl hasta el
cuarto del dormitorio. Está totalmente abierto y se ven algunos vestidos con
flores. La bebida y el trabajo de hacer el equipaje la han producido una
especie de alegría histérica. Se ha puesto un traje de noche de seda blanca,
más bien un poco sucio y calza mediocres zapatillas de tacón alto. Ahora está
ante el espejo y se coloca en la cabeza una tiara barata mientras habla muy
exaltada como si estuviese rodeada de admiradores espectrales.)
• • •
blanche—¿No os parece
buena idea que nos demos un baño ahora mismo y nademos ahí entre las rocas a la
luz de la luna? Bueno, si es que queda alguien capaz de conducir... Ja, ja...
No se ha inventado nada mejor para despejar la cabeza... Solo hay que tener
cuidado para no darse con las piedras... Si te das con una roca no vuelves a la
superficie hasta las veinticuatro horas... (Con mano temblona levanta el
espejo de mano y se mira cuidadosamente. Aguanta la respiración y luego rompe
el espejo al dejarlo con fuerza sobre la mesa. Gime. Hace un esfuerzo para
levantarse, stanley dobla
la esquina. Aún lleva puesta la camisa verde brillante del equipo de bolos.
Vuelve la música de la lejana sala de fiestas y continúa oyéndose en sordina
durante toda la escena. stanley entra
en la casa y cierra de un golpe la puerta de la cocina. Silba bajito al
descubrir a bLanche. Tiene
unas copas de más. Trae unos botellines
de cerveza.)
blanche.—¿Cómo has
dejado a mi hermana?
stanley.—Estupendamente.
blanche—¿Y el niño?
stanley—(Sonriente.)
No llegará hasta mañana por la mañana. Me han ordenado que venga a casa y
que me acueste un rato.
blanche.—Así que estamos
solitos...
stanley.—Solitos,
Blanche... Digo, si es que no has escondido a alguien debajo de la cama...
¿Para quién te has puesto tan elegante?
blanche.—¿Elegante? ¡Ah,
sí!... Es que el telegrama llegó después que tú te fuiste.
stanley.—¿Qué telegrama?
blanche.—Un viejo
admirador...
stanley.—¿Y...? ¿Alguna
noticia agradable?
blanche.—Una
invitación...
stanley.—¿Para el baile
del pueblo? (blanche sacude
orgullosamente la cabeza.)
blanche—Un crucero en
su yate por el Caribe.
stanley.—Eso está bien.
blanche.—La verdad es
que no me lo esperaba...
stanley.—Te creo.
blanche.—Un destello en
el mar...
stanley.—¿Y de quién me
has dicho que es?
blanche.—De un viejo
pretendiente.
stanley.—¿El del abrigo
de zorros?
blanche.—Shep Huntleigh.
Yo fui su mascota en el colegio... No lo había vuelto a ver hasta estas
Navidades. Nos encontramos en el bulevard Byscaine... Y ahora, justo ahora, me
invita a un crucero... El problema es mi guardarropa... No sé que ponerme
para... un barco y... el trópico...
stanley.—Y te has
decidido por una tiara de brillantes.
blanche.—¿Esto? No,
hombre. Ja, ja, ja... Esto es bisutería barata.
stanley.—¡Qué bruto soy!
Creí que era una joya auténtica... comprada en Nueva York... (stanley comienza a soltarse los
botones de la camisa.)
blanche.—Bueno, el caso
es que se trata de una invitación por todo lo alto.
stanley.—La vida está
llena de sorpresas.
blanche.—Y cuando
empezaba a dudar de mi buena suerte...
stanley.—¡Plaf! Un
multimillonario de Miami.
blanche.—De Dallas.
Donde el dinero nace en mitad de la calle.
stanley.—Bueno lo
importante es que sea algún sitio concreto... ('stanley
comienza a quitarse la camisa.)
blanche.—Si te vas a
desnudar, haz el favor de correr la cortina.
stanley—(Cordial.) Por
ahora solo voy a quitarme la camisa. (Prepara una botella de cerveza.) ¿Sabes
dónde hay un abridor de botellas?
(Blanche, despacio, va hacia el armario. Se queda ante él con las manos
entrecogidas.) Yo tuve un primo
que las abría con los dientes... (Golpea la botella contra el filo de la
mesa.) Era lo único que sabía hacer en la vida... Y un día, en una fiesta,
la botella fue más fuerte y le arrancó todos los dientes de golpe... Desde
entonces resultó imposible echarle la vista encima...
(Consigue abrir la botella y salta un surtidor de espuma. stanley. contentísimo, se ríe, levanta la botella y se la
brinda a blanche.)
Ja, ja... ¿Qué? ¿Firmamos la paz y nos la bebemos juntos?
blanche.—No, Stanley.,.
Gracias...
stanley.—Esta es una
noche grande... A tí te espera un viejo y a mí un niño... Eso hay que
celebrarlo. (STANLEY va hacia el dormitorio, se inclina, busca en un cajón
del tocador y saca algo.)
blanche.—(Retrocediendo.)
¿Qué haces?
stanley.—Buscar una cosa
que siempre me trae suerte... El pijama que me puse el día que me casé...
Cuando me llamen y me digan: «Eh, que tiene usted un hijo» lo romperé para
hacer una bandera. Me parece que hoy vamos a poder presumir los dos. (stanley con el pijama al brazo,
vuelve a la cocina.)
blanche.—Tengo ganas de
llorar... ¡Independiente, independiente otra vez!... ¡Soy independiente!
stanley.—Al servicio de
un millonario de Dallas.
blanche.—Eres un
miserable mal pensado. Shep es un señor... y siente muchísimo respeto por mí. (Comienza
a improvisar, nerviosísima.) Pero necesita mi compañía... Hay en el mundo
mucha gente rica que se siente muy sola... Una mujer inteligente, una mujer
culta, enriquece enormemente la vida de un hombre... Yo puedo ofrecer todo eso
sin perder nada de mí misma... La belleza pasa enseguida... es un atractivo perecedero...
Pero la belleza intelectual, la del espíritu, la del corazón... la belleza que
yo poseo, no solo no se desvanece sino que aumenta día tras día... Soy más hermosa
cada año que pasa... ¿Por qué tiene nadie que decir que soy una pobre mujer si
mi corazón está cargado de tesoros?... (No puede contener un gemido.) ¡Soy
rica, soy rica, soy rica! He sido una estúpida echando margaritas a los
puercos...
stanley.—Nada menos que
puercos, ¿eh?
blanche.—Sí, sí, sí...
¡Puercos! Y no me refiero solo a tí... Me refiero muy en especial a tu amigo el
señor Mitchell... Vino esta noche, ¿sabes?... ¡Tuvo todo el descaro de
presentarse aquí sin vestir! ¡Cómo si fuese a la fábrica!... ¡Me repitió todas
las ordinarieces que tú le habías contado! No tuve más remedio que largarle...
stanley.—¿Tú... lo
largaste?
blanche.—Y volvió a
pedir perdón con un ramo de rosas... «Perdón... perdón», decía... Hay cosas en
el mundo que no tienen perdón... Y una de ellas es la crueldad... La crueldad,
no... la crueldad, creo yo, no se puede perdonar y yo no la he perdonado nunca.
Se lo dije, ¿sabes?... Le di las gracias, pero ya sabía que fue una estupidez
pensar que dos personas tan... tan distintas... dos vidas tan diferentes como
las nuestras hubiesen podido unirse... ¡Qué locura! Venimos de ambientes
incompatibles... Hay que tener sentido común... Ser muy realista... Así que
«buen viaje, señor Mitchell»... Procura no odiarme.
stanley.—Y... todo ese
discurso... ¿se lo soltaste cuando ya habías recibido el telegrama del
millonario de Tejas o... fue antes?
blanche.—¿De qué
telegrama estás hablando? Después, fue después... No... El telegrama llegó
cuando...
stanley.—El telegrama no
ha llegado nunca.
BLANCHE—¿Qué?
stanley.—No hay ningún
millonario... no hay ningún yate... no hay ningún crucero... Y Mitch no volvió
a verte con ningún ramo de rosas...
BLANCHE.—¿Qué?
stanley—La única verdad
de todo esto es tu puñetera imaginación... con todas tus mentiras... tu
vanidad... y tus fraudes...
blanche.—¡Aaaaah!
stanley.—¡Pero, mírate
de una vez en serio! ¡Mírate con esa mierda de traje viejo alquilado en una
tienda de disfraces!... ¡Esa corona ridícula!... Una reina... ¿Reina de dónde?
blanche.—¡Dios mío,
ayúdame!
stanley—¡A mí no me has
engañado ni un segundo! ¡Yo te vi venir desde el primer día!... Llegas... lo
empolvas todo... echas un poco de perfume... le pones una pantallita a la
luz... y ya está... esta casa es un palacio egipcio y tú la mismísima Reina del
Nilo... Cleopatra en su trono bebiéndose mi whisky. ¿Sabes lo que me pareces?.
Una risa... Una risa... Ja, ja, ja. ('stanley
entra en el dormitorio.)
blanche.—¡No entres! ¡No
entres aquí! (Unos reflejos horribles
aparecen en las paredes y rodean a blanchf Se trata de perfiles y formas
grotescas e intimidantes, blanchf. tratando
de contener su agitada respiración, va hacia el teléfono y golpea nerviosamente
el gancho, stanLEy se
encierra en el cuarto de baño.)
¡Operadora! ¡Operadora!... ¡Con la interurbana, por favor!... Póngame con Shep Huntleigh, en Dallas... No, no lo sé, pero es una persona muy conocida...
Tampoco sé su dirección... ¡Pues pregúntele a quien sea!... No, por favor,
espere... No, claro que no puedo encontrarlo... ¡Pero, espere un momento! ¡Por
favor, no cuelgue!
(Deja el teléfono sin colgar y va hacia la cocina. La noche se llena de
murmullos inhumanos como los de una jungla. Los horribles reflejos y las
sombras grotescas tiemblan y se retuercen sobre las paredes. La pared trasera
de las habitaciones se vuelve transparente descubriendo la acera de la calle.
Una prostituta derriba a un borracho y le roba. El hombre se incorpora, corre,
la alcanza y lucha con ella. Silba un policía y todos desaparecen.
Momentos después dobla la esquina la mujer nEgra. Trae el bolso que ha tirado al suelo la prostituta y busca en él
afanosamente, blanchf.
por su parte, se lleva las manos a la boca y regresa
despacio junto al teléfono. Su voz es baja y enronquecida.)
¡Operadora!... No, no quiero la interurbana. Déme el servicio
telegráfico... No, no puedo ir... Gracias... ¿Telégrafos? Sí, se lo dicto...
«Me encuentro en circustancias desesperadas... desesperadas... Por favor, ayúdame...
He caído en una trampa... He caído en...» ¡Ay!...
(stanley abre la puerta del baño y sale. Lleva el pijama de seda. Sonríe cortésmente
a blanche mientras se anuda el cinturón. blanche se ha asustado. Sin poder evitar el grito se separa
del teléfono. El la mira fijamente, diez segundos. Se oye al fin el ruidito
del teléfono que da la señal de comunicar.)
stanLEy—¡No dejes el
teléfono descolgado! (Va hacia el teléfono con decisión y lo cuelga en el
gancho. Se vuelve, mira a blanchf. sonríe
mefistofélicamente y haciendo eses se va hacia la puerta de la calle. El piano
que casi no se oía aumenta su intensidad. El sonido es apagado por el bramido
de un tren que se acerca, bi.anchf. se
acurruca tapándose los oídos y espera que cese el ruido. AI fin se incorpora.)
bi.anchf..—¡Déjeme! ¡Déjeme salir!
stanlfy.—¿A la calle?...
Pues, claro... La puerta está abierta...
(stanlfy retrocede y queda en medio de la puerta abierta.)
bi.anchf.—¡Quítese de
ahí!
stanLEy.—Sobra sitio.
bi.anchf.—¡No, no
sobra!... No puedo pasar... ¡Y tengo que salir a la calle!
Stanley.—Ahora resulta
que no la dejo salir... Ja, ja, ja. (El piano se oye otra vez muy
suavemente, blanchf. confundida,
se vuelve con un gesto de desesperación. Suben fortísimo los gritos de la
jungla, stanlfy se muerde
la lengua y da un paso para acercarse a bi.anchE)
¡Que soy yo quien no le deja que se marche! (Se ríe.) ¡Pobrecita!...
Bueno... a lo mejor... no sería una mala idea.... (Blanch, asustada, se refugia en la
alcoba.)
blanche.—¡Quieto!....
¡Quieto o...!
stanlfy.—¿Quieto o qué?
bi.anchf.—Sucederá una
catástrofe... Sí... una
catástrofe...
stanley.—¿Qué es eso?
¿Otra fantasía? (Ya están los dos en el dormitorio.)
blanchf—¡No se
acerque a mí!...
¡No se acerque! ¡Puedo ser una fiera!
(STANLFY continua acercándose a blanchf.
blanche rompe un casco de botella sobre la mesa y le hace frente con
el trozo de cristal roto en la mano.)
stanLey.—¿Y éso por qué?
¿Y para qué?
bianche.—Para rasgarle
la cara....
stanLey.—Hace falta
mucho valor...
bianche.—Eso me sobra...
staniey.—Muy bien... La
señorita quiere pelea... Pues tendrá pelea...
(STANLEY da la vuelta y sujeta a bLanche que se debate y grita
amenazante. Finalmente, stanLEy la
agarra de la muñeca y se la retuerce.)
¡Vamos, tigresa!... ¡Suelta eso!
Así... así debíamos haber
empezado el día que viniste... (Blanch
grita y deja caer el trozo de botella. Luego cae de rodillas delante
de stanLEy. Se derrumba
desmayada, stanLey la toma
en brazos y la lleva a la cama. El piano, la batería y una trompeta llegan con
fuerza desde el bar.)
OSCURO
ESCENA UNDÉCIMA
(Unas semanas más tarde. stella prepara el equipaje de blanche. Corre el agua en el cuarto de baño. Las cortinas están
medio abiertas. Ante la mesa de poker se sientan stanLey. pablo, mitch y steve La atmósfera tensa y agria, se parece a la de la
partida anterior. El edificio está siluetado contra un cielo color turquesa. stella está llorando mientras guarda en el baúl los floreados
vestidos de su hermana.
eunice sale de su piso,
baja las escaleras y entra en la cocina. La mesa de poker está muy animada.)
Stanley.—Fui con la
cara... Fui con la cara pero la ligué.
pablo.—¡Maldita sea tu
suerte!
stanley.—Mi suerte...
¿Sabes lo que es la suerte?... Pues creérselo... nada más que eso...
creérselo... Acuérdate de lo de Salerno... Que yo creía en mi suerte... Que yo
creía que de cinco valía uno y que ese uno era yo... Y por eso volví... Es una
ley de vida... Para ganar te tienes que creer que vas a ganar.
mitch.—Un farol detrás
de otro... Vives del farol. Eso es lo que te pasa... (stella
entra en el dormitorio y recoge unos vestidos.)
stanley.—Y a tí... ¿Qué
te pasa a tí? (Eunice rodea la
mesa de los jugadores.)
eunice.—Siempre he
dicho que los hombres no tienen sentimientos... Ni sufren ni sienten ni
padecen... pero lo vuestro ya es demasiado... Sois unos bestias...
(eunice entra en el
dormitorio.)
stanley.—¿Qué bicho le
ha picado?
stella.—¿Cómo está mi
niño?
eunice.—Duerme como un
ángel. Te he traído unas uvas... (Las
coloca en un taburete. Baja la voz.) ¿Y Blanche?
stella.—En el baño.
eunice.—¿Cómo va?
stella.—Sin comer...
Pero me pidió una copa.
eunice.—¿Cómo se lo has
dicho?
stella.—Le he dicho
qué... hemos hecho un arreglo para que
pueda descansar una temporada en el campo... Su cabeza lo ha relacionado otra
vez con Shep Huntleigh.
(blanche entreabre la puerta del cuarto de baño.)
blanche.—¡Stella!
stella.—Dime...
blanche.—Si llama
alguien mientras me baño que te deje su número y yo lo llamaré en cuanto salga.
stella.—Sí, Blanche.
blanche.—Me parece que
ese vestido amarillo está muy arrugado... Si puedo me lo pondré con la turquesa
de plata que es un alfiler con un caballito... Está en esa cajita de corazón
donde tengo mis cosas... A ver si encuentras también unas violetas
artificiales, y me las pongo con la turquesa...
(blanche cierra la puerta, eunice y stella se miran.)
stella.—No sé si lo
estoy llevando bien o mal.
eunice.—No puedes hacer
otra cosa.
stella.—Si la hago
caso... si la creo... no podía seguir aquí... con Stanley.
eunice.—Entonces no la
creas. Es tu vida... tu vida y no la suya... la que tiene que seguir adelante.
(Se entreabre la puerta del cuarto de baño.)
blanche.—¿Hay peligro?
stella-No, Blanche...
(stella habla bajo a eunice) Dile que tiene muy buen aspecto.
blanche.—Por favor, las
cortinas...
stella.—Sal tranquila.
Están corridas.
stanley.—¿Cartas?
PABLO.—DOS.
steve.—Tres.
(blanche sale a la luz ámbar de la habitación. Su bata de seda roja, que moldea las
líneas del cuerpo, tiene reflejos trágicos. Cuando avanza entrando en el dormitorio
se perciben claramente las notas de la «Varsoviana», blanche habla con
rapidez casi histérica.)
blanche.—Me estaba
lavando el pelo.
stella.—Se te nota.
blanche.—Pero no sé que
tal me lo habré enjuagado.
eunice.—Está
precioso... ¡Como es tan fino!
blanche.—(Natural.) Sí,
pero tengo que cuidarlo mucho. ¿Me han llamado?
stella.—¿Quién?
blanche.—Shep... Shep
Huntleigh...
stella—No, cielo,
todavía no.
blanche.—¡Qué raro!...
Tenía que... (mitch deja caer
sobre la mesa la mano con que sostiene las cartas al oír la voz de blanche. Su mirada se extravía
hasta que stanley le toca
en el hombro.)
stanley.—¡No te duermas,
Mitch, que estamos jugando! (Ahora es la voz de stanley la que sacude a blanche. Casi murmura el nombre de stanley mientras trata de
controlarse, stella hace un
gesto y separa la vista de su hermana, blanche.
perpleja, vacilante, con el espejo de plata en la mano, se queda
inmóvil en silencio, reflexionando. Cuando se decide a hablar no puede ocultar
sus nervios.)
blanche.—¿Qué pasa?
(blanche mira a stella.
luego a eunice y de nuevo a stella. Sin darse cuenta levanta el tono de voz que llega a la
mesa de juego donde mitch hunde la cabeza entre los
hombros y stanley.
al contrario, mueve su asiento como si fuese a
incorporarse, steve
lo evita sujetándole ligeramente de un brazo.)
¿Qué ha pasado? Dime que está pasando aquí.
stella.—(Asustada.) ¡Sch...
sch...!
eunice.—Calla, cielo,
calla.
blanche—Pero ¿por
qué?... ¿Qué estáis mirando? ¿Estoy mal?
eunice.—Estás muy bien,
Blanche... ¿Verdad, Stella?
steLla.—Está
maravillosa.
eunice.—Me han dicho
que te vas de viaje.
stella.—Sí... Nos deja.
Se va de vacaciones.
eunice.—Estoy verde de
pura envidia...
blanche.—Echadme una
mano... Tengo que acabar de vestirme...
(stella le pasa el
vestido.)
stella.—¿Te vas a poner
éste?
blanche.—Sí. Este me va
muy bien... Estoy deseando perder de vista esta casa... Me siento atrapada.
eunice.—Esa chaqueta es
maravillosa... ¡Qué azul!
stella.—Es malva...
blanche.—No, no... Es
azul Della Robbia... El color de la Virgen en
los cuadros clásicos... ¿Están limpias estas uvas?
(Juguetea con el racimo de uvas,
regalo de eunice.)
eunice.—¿Las uvas?
bi.anche—-Sí. ¿Las has
lavado?
eunice.—Las compré en
el supermercado francés.
blanche.—Lo cual no
quiere decir que estén limpias.
(Suena una campana.)
...La campana de la Catedral... Lo único decente que hay en este barrio...
Bueno... ya estoy lista... Llegó la hora de irse...
eunice.—(Bajo.) Todavía
no han venido...
stella.—Tienes tiempo,
Blanche.
blanche.—No quiero ver a
esos hombres.
eunice.—Por eso... Espera
un poco... Ya están acabando.
stella.—Sí... Siéntate
aquí y...
(blanche duda, pierde su fuerza y se sienta.)
blanche.—Noto la brisa
del mar... Quiero pasarme en el mar todo lo que me quede de vida... Quiero
morirme en el mar... ¿Y sabes cómo me quiero morir? Pues envenenada por una uva
sin lavar y en mitad del Océano... (Arranca una uva del racimo y se la
come.) Una muerte muy bonita... De la mano del médico del barco que será
joven... y guapo... y tendrá un bigote rubio y un gran reloj de plata... «La
quinina no le ha hecho ningún efecto... ¡Pobre muchacha!... ¡Pobre muchacha!»,
dirá... «Unas uvas sin lavar se la han llevado al cielo».
(Se oyen nuevamente las campanas de la Catedral.) Luego, un saco limpio y blanquísimo resbalando por la
borda... y al agua... Será al mediodía... hará calor... y el agua estará
azul... azul... (Vuelven a oírse las campanas.) ...del color que tenían
los ojos de aquel primer chico que...
(Un Médico y una Enfermera vuelven la esquina y suben las escaleras del
porche. Exageran levemente la importancia de su oficio porque tienen el aire
despejado de quienes pertenecen a un organismo oficial. El medico llama a la puerta y los jugadores de poker suspenden
la partida.)
eunice.—(Bajo.) ¡Ahí
están!
(STELLA repite el gesto habitual de blanche.
Se lleva los puños a la boca,
blanche se levanta
despacio.)
blanche.—¿Qué pasa?
eunice.—(Natural.) Perdonadme...
Voy a ver quien es...
stella.—Sí, gracias... (Eunice va hacia la cocina.)
blanche.—(Nerviosa.) Puede
que vengan por mí... (Algunas palabras muy bajas en la puerta de la.calle.
Vuelve eunice, alegre.)
eunice.—Es para
Blanche. Preguntan por ella.
blanche.—¡Para mí! ¡Es para mí! (blanche
está asustada otra vez. Mira a su hermana y a eunice y luego a las cortinas. Se oye
apagadamente la « Varsoviana».)
¿Es el señor de Dallas?
eunice.—Sí, Blanche,
creo que sí.
blanche.—Es que...
todavía no estoy lista.
stella.—Dile que espere
un momento.
blanche.—Sí, dile que
yo...
{eunice va hacia la
cortina. De la calle llega el sonido de la batería del bar.)
stella.—¿Está listo tu
equipaje?
blanche.—Me faltan las
cosas del tocador.
stella.—Las de plata...
eunice.—(Que vuelve.) Te esperan fuera... Son dos...
BLANCHE.—¿DOS?
eunice.—Un señor y una
señora.
blanche.—La señora no sé
quien puede ser... ¿Cómo está vestida?
eunice.—Pues creo
que... me parece que lleva un traje sastre...
blanche.—Sí...
seguramente será... (No puede seguir. Está nerviosísima.)
stella.—Bueno, Blanche,.. ¿nos vamos ya?
blanche.—No me gusta
tener que pasar por ese cuarto...
stella.—Yo te acompaño.
blanche.—¿Estoy bien?
stella.—Estás
divinamente.
eunice.—Sí,
divinamente.
(blanche. muy asustada, se acerca a las cortinas que eunice descorre, blanche pasa. Trata de no mirar a los hombres.)
blanche.—Por favor, no
se muevan... Voy a la calle. (blanche se
dirige hacia la puerta de la calle. Los jugadores se incorporan como pueden
sin moverse de junto a la mesa, menos mitch
que permanece sentado sin levantar la vista de las cartas, blanche llega rápida al porche, se
detiene y respira hondo.)
medico.—¿Cómo está
usted?
blanche.—Usted no es la
persona que yo estaba esperando, (blanche
da un grito y vuelve a subir corriendo los escaIones. Se refugia
junto a stella que está en
la puerta. Está muy asustada.)
¡No!... ¡Ese hombre no es Shep Huntleigh! (Vuelve a
oírse, muy lejos, la «Varsoviana», eunice
sostiene a stella del
brazo y ésta mira a su hermana. Un silencio absoluto sin más ruido que el de
las cartas de baraja stanley sin
cesar.
blanche, con un suspiro profundo, retrocede hacia la casa. Tan pronto como blanche se acerca, stella une sus manos y
cierra los ojos, eunice la abraza, tratando de
consolarla. Luego eunice inicia la retirada hacia su
piso, blanche entra y se detiene. Todos la miran con atención menos mitch que sigue con la vista clavada en las cartas. Por
último, blanche rodea la mesa de los jugadores y va hacia el
dormitorio, stanley
hace retroceder su silla y se incorpora como si fuese
a impedirle el paso. Entra la enfermera,)
stanley.—¿Te has
olvidado de algo?
blanche.—(Gritando.) ¡Sí!...
¡Sí!... Algo... algo se me ha olvidado...
(Blanche pasa junto a stanley y se refugia corriendo en el
dormitorio. Los reflejos fantasmagóricos aparecen de nuevo en las paredes de
nuevo en las paredes con sus formas inquietantes. Se oye suavemente una versión
deformada de la «Varsoviana» salpicada con los rumores de la jungla, blanche toma el respaldo de una silla como si fuese una arma.)
stanley.—(Bajo.) Es
mejor que vaya usted, doctor...
doctor.—(Bajo.) Tráigala
aquí, enfermera... (STANLEY y la enfermera
avanzan separadamente hacia el dormitorio. Desprovista de feminidad,
la enfermera tiene un aire
siniestro. Habla desentonadamente, como una campana de bomberos.)
enfermera.—¡Hola, Blanche!
(Sus palabras son repetidas y repetidas por el eco de muchas otras voces
que retumban detrás de las paredes, como en una montaña.)
stanley.—Ha dicho que se
había olvidado algo...
(Continúa amenazador el eco de ¡as palabras de la ENFERMERA.,)
enfermera.—¡Ah, bueno!
stanley.—Blanche... ¿qué
es lo que se te había olvidado?
blanche.—Pues... yo...
yo...
enfermera.—No se
preocupe... Otro día lo recogeremos.
stanley.—Nosotros se lo
mandaremos todo con el baúl. (blanche aterrada, da un paso atrás.)
blanche.—No sé quien es
usted... No lo sé... Por favor... por favor, déjenme en paz...
enfermfra—¡Decídase
ya, Blanche! (Los ecos crecen y
decrecen.)
ecos—¡Ya, Blanche!...
¡Ya, Blanche!... ¡Ya, Blanche...!
stanley.—Aquí no quedan
más que unos polvos de talco en el suelo y un frasco de perfume vacío... A
menos que te quieras llevar el farolillo de papel... ¿Lo quieres? ¿Quieres
llevártelo?
(stanley se acerca al
tocador, quita de la lámpara el pequeño farolillo y se lo ofrece a blanche que grita como si ella misma
fuera la pantalla. La enfermera oto
un paso hacia blanche. blanche llora
y trata de esquivar a la enfemera. Los
jugadores se ponen de pie. stella
huye hacia el porche y eunice
la sigue cariñosamente. Su intento de decir algo se confunde con las
voces masculinas de la cocina. Ya en el porche, stella se abraza a
eunice,)
stella.—¡Eunice!
¡Eunice, por Dios!... ¡Ayúdame! ¡La van a lastimar!...
¡No les dejes que hagan éso!... ¡Dios mío, Dios mío, qué no la hagan
daño!... ¿Qué están haciendo con mi hermana? ¿Qué la están haciendo? (Lucha
por separarse de eunice que
la tiene fuertemente abrazada.)
eunice.—Tranquila,
tranquila, cielo, tranquila... No entres... no entres ahí... Quédate
conmigo... ¡Y no mires, por favor!
stella.—¿Qué le he
hecho a mi hermana? ¿Qué le he hecho, Dios mío?
EUnice.—Has hecho lo
mejor... lo único que se podía hacer... Aquí no puede seguir y... tampoco tiene
donde marcharse...
(eunice y stella continúan hablando pero ahora dominan las voces masculinas de la cocina, mitch se levanta para ir al dormitorio y stanley se lo impide y le empuja, mitch se resiste, stanley le da un empujón
más fuerte y le hace caer en la silla, mitch se inclina sobre
la mesa sollozando. Entretanto, la enfermera ha sujetado con fuerza un brazo de blanche para evitar que
se escape, blanche
grita con la voz enronquecida y cae al suelo de
rodillas.)
enfermera.—Estas uñas va a
haber que cortarlas... (El medico entra
en la habitación.) ¿Le ponemos la camisa de fuerza, doctor?
doctor.—Por el momento,
no. (El medico se
descubre y con ese sencillo gesto se vuelve más humano. Va hacia ella y habla
con dulzura. Al oír su nombre comienza a ceder el pánico de blanche Las sombras de las paredes,
los gritos inhumanos y los ruidos desaparecen, blanche
parece calmarse.) ¡Por favor, señorita Du Bois!... ¡Por favor! (blanche
le mira con desesperación. El medico
le sonríe con efecto y se vuelve a la
enfermera,) No, no hace
falta...
blanche.—(Bajo.) Que me suelte... Dígaselo.
medico.—Sí...
(El medico hace un gesto a la enfermera y ésta obedece, blanche ofrece su mano al medico. El medico la levanta con afecto y
tomándola del brazo echa a andar con ella,
blanche se aprieta contra el medico)
blanche.—No sé quien es
usted, pero... ¿qué más da?... Yo... yo he dependido siempre del cariño de los
demás...
( blanche y el medico cruzan la cocina en
dirección a la puerta exterior y los jugadores de poker retroceden. blanche se deja arrastrar.
Como si estuviese ciega.
Cuando salen al porche, stella. encogida unos escalones más
arriba, gime el nombre de su hermana.)
stella.—¡Blanche!
¡Blanche! ¡Blanche! (blanche
desciende los escalones sin volverse, acompañada del medico y
de la enfermera. Desaparecen
por la esquina del edificio.
(eunice baja los
escalones, se acerca a stella y le entrega a su hijo. La
criatura está envuelta en una cobertura azul pálida, stella, llorando, retiene al niño en sus brazos, eunice baja la escalera y entra en la cocina. Los hombres, en
silencio, todos menos stanley. vuelven a sentarse en sus
sitios, ante la mesa de poker. stanley ha ido hacia el exterior,
hacia el porche y permanece al pie de los escalones, dudoso, mirando a su
mujer.)
stanley.—¡Stella!...
(stella llora con un
infinito desconsuelo. Ahora que su hermana ya no está se entrega al llanto casi
con alivio.)
stanley.—(Dulce.) Estrellita, cielo... Vamos... Vamos, amor mío... amor mío... amor mío... (stanley se arrodilla junto a stella. Sus palabras, de
cariño se pierden bajo la música del piano del bar que sube acompañado por el
temblor del clarinete.)
steve.—Jugamos el
último...
TELÓN

