© Libro No. 418. Patriota. Pratchett, Terry. Colección Emancipación
Obrera. Mayo 11 de 2013.
Título
original: © Patriota.
Terry Pratchett
Versión Original: © Patriota. Terry Pratchett
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Patriota
(Jingo)
Terry Pratchett
Patriota Terry
Pratchett
Era una noche sin luna, lo que era bueno para los propósitos de Sólido
Jackson.
Pescaba Calamares Curiosos, así llamados porque, tanto
eran calamares, como también curiosos. Y que sea dicho, su curiosidad era su
rasgo curioso.
Normalmente, después de mostrar curiosidad por la
linterna que Sólido cuelga en la popa de su bote, comienzan a mostrarse
curiosos acerca del modo en que varios de los suyos se desvanecen de repente
hacia el cielo con un chapoteo.
Incluso, algunos de ellos se pusieron curiosos... muy
brevemente curiosos acerca del objeto agudo y con púas que los seguía tan de
cerca.
Los Calamares Curiosos eran extremadamente curiosos.
Desafortunadamente, no eran muy buenos en hacer contactos.
Había un largo camino hasta este lugar de pesca, pero
para Sólido el viaje era habitualmente provechoso. Los Calamares Curiosos eran
muy pequeños, inofensivos y difíciles de hallar, y eran considerados por los connoisseurs como las criaturas con el
sabor más asqueroso en el mundo. Esto los hizo altamente demandados en cierta
clase de restaurantes, donde chef muy habilidosos, con el mayor cuidado,
preparaban platos que no contenían ni
rastros del calamar.
El problema de Sólido Jackson era que esa noche, una
noche sin luna en la época de desove, cuando los calamares se mostraban
especialmente curiosos por todo, el chef parecía haber hecho su trabajo en el
mar por sí mismo.
No había un solo ojo interesado que ver. No había
ningún otro pez tampoco, y habitualmente eran atraídos un poco hacia la luz.
Pudo ver uno. Cruzaba el agua a toda velocidad en línea recta.
Dejó su tridente y caminó hasta el otro extremo del
bote donde su hijo Les estaba también mirando atentamente el mar iluminado.
—Nada de nada en media hora —dijo Sólido.
—¿Estás seguro de que estamos en el lugar correcto,
Pá?
Sólido echó un vistazo al horizonte. Un fulgor apagado
en el cielo señalaba la ciudad de Al-Khali, en la costa Klatchiana. Giró en
redondo. El otro horizonte brillaba también, con las luces de Ankh-Morpork. El
bote se balanceaba suavemente a mitad de camino entre ambas.
—Claro que lo estamos —dijo, pero la certeza se había
escapado de sus palabras.
Porque había quietud en el mar. No parecía estar bien.
El bote se meció un poco, pero por la actividad de ellos, no por el movimiento
de las olas.
Se sentía
como si fuese a haber tormenta, pero las estrellas parpadeaban suavemente y no
había una sola nube en el cielo.
Las estrellas parpadeaban sobre la superficie del agua
también. Bien, eso era algo que no se
veía frecuentemente.
—Creo que deberíamos estar saliendo de aquí —dijo
Sólido.
Les señaló la vela desinflada.
—¿Y con qué viento, Pá?
Fue entonces cuando escucharon el chapoteo de unos
remos.
Sólido, forzando la vista, pudo distinguir la silueta
de otro bote, justo delante de él. Agarró el arpón.
—¡Sé que eres tú, extranjero ladrón bastardo!
Los remos se detuvieron. Una voz cruzó el agua.
—¡Que te consuman mil demonios, condenado!
El otro bote se deslizó acercándose. Parecía
extranjero, con ojos pintados en la proa.
—Los pescaste a todos, ¿eh? ¡Te clavaré mi arpón,
escoria de mierda!
—¡Mi espada curva en tu cuello, sucio hijo de un
perro!
Les miró por encima del borde. Pequeñas burbujas
estallaban en la superficie del mar.
—¿Pá? —dijo.
—¡Allí está Grasiento Arif! —respondió bruscamente su padre—. ¡Échale un
vistazo! ¡Ha estado viniendo por aquí, por años, robando nuestros calamares, el
maligno diablillo mentiroso!
—Pá, hay...
—¡Sujeta sus remos y le sacaré sus dientes negros!
Les podía escuchar una voz que desde el otro bote
decía:
—... mira, hijo mío, cómo el deshonesto ladrón de
peces...
—¡Rema! —gritó su padre.
—¡A los remos! —gritó alguien en el otro bote.
—¿De quién son los calamares, Pá? —preguntó Les.
—¡Nuestros!
—¿Qué? ¿Aún antes de capturarlos?
—¡Cállate y rema!
—No puedo mover el bote, Pá; estamos atorados en algo.
—¡Hay cien brazas de profundidad aquí, muchacho!
¿Dónde nos hemos atorado?
Les trató de desenredar un remo de la cosa que surgía
lentamente del mar burbujeante.
—¡Parece una... gallina, Pá!
Se escuchó un sonido debajo de la superficie. Parecía
una campana o un gong, sonando lentamente.
—¡Las gallinas no nadan!
—¡Está hecha de hierro, Pá!
Sólido gateó hacia la parte posterior del bote.
Era una gallina, hecha de hierro. La cubrían algas y
conchas, y el agua chorreaba de ella a medida que ascendía contra las
estrellas.
Estaba parada sobre una percha en forma de cruz.
Parecía haber una letra en cada uno de los cuatro
extremos.
Sólido sostuvo la antorcha más cerca.
—¿Qué demonios...?
Entonces tomó el remo que estaba libre y se sentó
detrás de su hijo.
—¡Rema a toda velocidad, Les!
—¿Qué está sucediendo, Pá?
—¡Cállate y rema! ¡Aléjanos de eso!
—¿Es un monstruo... Pá?
—¡Es peor que un monstruo, hijo! —gritó Sólido,
mientras los remos golpeaban el agua.
La cosa estaba bastante alta ahora, apoyada en alguna
clase de torre...
—¿Qué es eso, Pá? ¿Qué
es?
—¡Es una maldita veleta!
~ 0 ~
No había, en general, mucha excitación geológica. El
hundimiento de continentes está habitualmente acompañado por volcanes,
terremotos y también gran cantidad de pequeños botes llenos de hombres viejos y
ansiosos por construir pirámides y círculos místicos de piedra en alguna nueva
tierra, donde el hecho de ser los poseedores de una genuina antigua sabiduría
oculta podía servirles para atraer muchachas. Pero el surgimiento de éste
apenas causó un murmullo en el esquema puramente físico de las cosas. Se movió
más o menos sigilosamente, como el gato que ha estado fuera unos días y sabe
que te has preocupado.
Por las costas del Mar Circular una gran ola, de sólo
cinco o seis pies al llegar a ellas, produjo comentarios. Y en varias áreas
pantanosas el agua inundó algunos poblados de personas que a nadie importaban
mucho. Pero en el más puro sentido geológico, no sucedió verdaderamente mucho.
En el más puro sentido geológico.
~ 0 ~
—¡Es una ciudad, Pá! Mira, puedes ver todas las
ventanas y...
—¡Te dije que te callaras y siguieras remando!
El agua corría a oleadas por las calles. A cada lado,
enormes edificios incrustados con algas bullían lentamente fuera de la espuma.
Padre e hijo peleaban por mantener el bote en curso
mientras era arrastrado. Y como la primera lección en el arte del remo es que
remas mirando para el lado opuesto, no vieron el otro bote.
—¡Lunático!
—¡Estúpido!
—¡No toques ese edificio! ¡Este país pertenece a
Ankh-Morpork!
Los dos botes giraron en un remolino.
—¡Reclamo esta tierra en el nombre del Seriph de
Al-Khali!
—¡Nosotros la vimos primero! ¡Les, dile que la vimos
primero!
—¡Nosotros la vimos primero antes de que tú la vieras
primero!
—¡Les, ya lo viste, trató de golpearme con ese remo!
—Pero, Pá, tú estás agitando ese tridente...
—¡Mira el modo tan traicionero en que nos ataca,
Akhan!
Se escuchó un sonido chirriante bajo la quilla de
ambos botes, y se empezaron a ladear mientras se apoyaban sobre el lodo del
fondo marino.
—Mira, padre, hay una interesante estatua...
—¡Él ha puesto su pie sobre suelo Klatchiano! ¡El
ladrón de calamares!
—¡Quita esas asquerosas sandalias del territorio de
Ankh-Morpork!
—Oh, Pá...
Los dos pescadores dejaron de aullarse el uno al otro,
principalmente para recuperar el aliento. Los cangrejos disparaban. El agua se
colaba entre las algas cavando surcos sobre el barro gris.
—Padre, mira, hay baldosas coloreadas sobre...
—¡Mías!
—¡Mías!
Les cruzó su mirada con Akhan. Intercambiaron breves
ojeadas las que sin embargo modularon con una cantidad considerable de
información, comenzando con la más pura y astronómica vergüenza de tener padres
y aumentando desde allí.
—Pá, nosotros no tenemos
que... —comenzó a decir Les.
—¡Tú te callas! Es en tu futuro en lo que estoy
pensando, muchacho...
—Sí, ¿pero a quién le importa quién lo dijo primero, Pá? Estamos a cientos de millas de
casa, ¿quién lo sabrá, Pá?
Los pescadores de calamares se miraron el uno al otro.
Los chorreantes edificios se levantaron sobre ellos.
Había agujeros que bien podían haber sido accesos, y aberturas sin cristales
que podían haber sido ventanas, pero adentro todo era oscuridad. De vez en
cuando Les creía escuchar algo deslizándose.
Sólido Jackson tosió.
—El muchacho tiene razón —murmuró—. Es tonto discutir,
sólo somos cuatro.
—Estoy de acuerdo —respondió Arif.
Ambos hombres retrocedieron, observándose. Entonces, y
casi como en un coro, gritaron:
—¡Coge el bote!
Hubo unos momentos de confusión, y entonces cada
parejas, con el bote sobre las cabezas, corrieron y resbalaron por las calles
enlodadas.
Tuvieron que detenerse y regresar, con gritos mutuos
de ‘Un secuestrador, ¿eh?’, para recoger a los hijos correctos.
Como lo sabe cualquier estudiante de explorador, no se
lleva el premio el primero que posa su pie sobre un terreno virgen, sino quien
lleva de regreso a casa dicho pie. Si aún está pegado a su pierna es un premio
adicional.
~ 0 ~
Las veletas de Ankh-Morpork chirriaron en el viento.
Algunas de ellas eran de hecho representaciones de la Avis domestica.
Había dragones, peces y otros diversos animales. Sobre el techo del Gremio de
Asesinos la silueta de uno de los miembros rechinó al ponerse en otra posición,
capa y puñal en alerta. Sobre el Gremio de Pordioseros la mano de un mendigo de
estaño pedía una moneda a los vientos. Sobre el Gremio de Carniceros un cerdo
de cobre husmeaba el aire. Sobre el techo del Gremio de Ladrones un ladrón real
aunque bastante reducido giró suavemente, lo que mostraba lo que era posible si
se intentaba, o al menos si se intentaba robar sin licencia.
La que estaba sobre el domo de la biblioteca de la
Universidad Unsean[1] se movía lentamente y no mostraría el cambio hasta
media hora después, pero el olor del mar invadía la ciudad.
Había una tradición de discursos públicos sobre un
cajón en la Plaza Sator. ‘Discurso’ era un término que se extendía a los
vociferantes, arengadores, y ocasionales farfulladores algo autistas que se
abrían espacio en las multitudes a intervalos. Y, tradicionalmente, las
personas decían todo lo que les venía a la mente en su tono más alto de voz. El
Patricio, se decía, miraba bondadoso la costumbre. Lo hacía. Y muy de cerca,
también. Probablemente tenía alguien que tomaba notas.
También lo hacía la Guardia.
Esto no era espiar, se dijo el Comandante Vimes.
Espiar era cuando te arrastrabas por allí, mirando por las ventanas. No era
espiar cuando tenías que alejarte un poco para no quedar sordo.
Se alejó sin prestar atención y frotó un fósforo
contra el Sargento Detritos.
—Eze e’ yo, zeñor —dijo el troll, con reproche.
—Lo siento, sargento —dijo Vimes, encendiendo su
cigarro.
—No e’ problema.
Volvieron su atención hacia los oradores.
«Es el viento, pensó Vimes. Está trayendo algo
nuevo...»
Habitualmente, los oradores acometían todo tipo de
asunto, algunos sobre la cúspide de la sensatez, o en algún lugar de los
pacíficos valles del otro lado. Pero ahora todos eran monomaníacos.
—¡... tiempo de que aprendan la lección! —chillaba el
más cercano—. ¿Por qué nuestros supuestos amos no escuchan la voz de la gente?
¡Ankh-Morpork ya ha tenido bastante de estos bandoleros arrogantes! ¡Roban
nuestro pescado, roban nuestro comercio, y ahora roban nuestra tierra!
«Sería mejor si la gente aplaudiera», pensó Vimes. La
gente habitualmente aplaudía a los oradores indiscriminadamente, para
animarlos. Pero la multitud que rodeaba a este hombre parecía asentir con
aprobación. Pensó: «Realmente están pensando
en lo que él dice...»
—¡Robaron mi mercadería! —gritaba un orador frente al
primero—. ¡Es un sangriento imperio de piratas! ¡Fui abordado! ¡En las aguas de
Ankh-Morpork!
Se escuchó un murmullo de reclamos de justicia.
—¿Qué le han robado, señor Jenkins? —preguntó una voz
desde la multitud.
—¡Una carga de sedas finas!
La multitud silbó.
—¿Eh? ¿No eran menudencias secas de pescado y carne en
mal estado, entonces? Esa es su carga normal, creo.
El señor Jenkins trató de encontrar al que hablaba.
—¡Sedas finas! —dijo—. ¿Y qué le preocupa a la ciudad
esto? ¡Nada!
Se escucharon varios gritos de ‘¡Qué vergüenza!’.
—¿Ha sido informada la ciudad? —dijo la voz que
preguntaba.
La gente comenzó a estirar sus cuellos. Entonces la
multitud se abrió un poco para revelar la figura del Comandante Vimes, de la
Guardia Ciudadana.
—Bueno, eso... Yo... —comenzó Jenkins—. Er... Yo...
—Ya veo —dijo Vimes con calma—. No debería ser muy
difícil localizar una carga de sedas finas que huele a tripa de pescado —Se oyó
una carcajada. A la gente de Ankh-Morpork siempre le gustaba alguna variación
en su teatro callejero.
Vimes habló con el Sargento Detritos, mientras no le
quitaba el ojo a Jenkins.
—Detritos, te vas con este señor Jenkins, ¿quieres? Su
barco es el Milka, creo. Él te
mostrará todas sus notas de embarque, manifiestos, recibos y todo eso, y
entonces podremos arreglarlo en poco tiempo.
Se escuchó un clang
cuando la enorme mano de Detritos fue hasta su yelmo.
—¡Zízzeñor!
—Eh... eh... no puede —dijo rápidamente Jenkins—.
Ellos... eh... robaron los papeles también...
—¿De veras? Entonces ¿ellos pueden devolver todo al
negocio si no les viene bien?
—Uh... de cualquier manera, el barco zarpó. ¡Eso!
¡Zarpó! ¡Lo envié a tratar de recuperar las pérdidas, ya sabe!
—¿Zarpó? ¿Sin su capitán? —preguntó Vimes—. Entonces,
¿está el señor Scoplett a cargo? ¿Su primer oficial?
—Sí, sí...
—¡Maldición! —exclamó Vimes haciendo sonar los dedos
con gesto teatral—. Ese hombre que tuvimos en las celdas la otra noche bajo el
cargo de estar Despreciablemente Borracho... ¿entonces también tendremos que
acusarlo de imitación? No lo sé, más condenado papeleo, las cosas se
amontonan...
El señor Jenkins trató de mirar para otro lado pero
los ojos de Vimes lo mantenían quieto. El temblor ocasional de un labio sugería
que estaba preparando una réplica, pero era brillante para darse cuenta de que
la sonrisa de Vimes era tan graciosa como la que se mueve veloz hacia los que
se ahogan. Y que tiene una aleta sobre el lomo.
El señor Jenkins tomó una decisión inteligente y se
bajó.
—Iré... eh... iré a buscar... Mejor es que vaya y...
eh... —dijo, y se abrió paso entre la muchedumbre que esperaba a que algo
interesante ocurriese, y que luego, decepcionada, se fue a buscar otro
entretenimiento.
—¿Quiere que vaya y mire zu bote? —preguntó Detritos.
—No, sargento. No habrá ninguna seda, y no habrá
ninguna papelería. No habrá nada a excepción de un persistente aroma a tripas
de pescado.
—Uau, ezoz malditoz Klatchianoz roban todo lo que
n’ezté clavado, ¿verdad?
Vimes sacudió su cabeza y prosiguió su paseo.
—No hay trolls en Klatch, ¿verdad? —preguntó.
—No, zeñor. E’ muy caliente. Zezos trollz no funzionan
con eze calor. Zi voy a Klatch —dijo Detritos, mientras sus nudillos hacían
bink-bink al rozar los adoquines—, zeré realmente eztúuupido.
—¿Detritos?
—¿Zízzeñor?
—No vayas nunca a Klatch.
—Nozzeñor.
Otro orador atraía a una multitud más grande. Estaba
parado delante de un enorme cartel que proclamaba: GRASIENTAS MANOS EXTRANJERAS
FUERA DE LESHP.
—Leshp —dijo Detritos—. E’ un nombre que no entiendo.
—Es el nombre del territorio que subió desde el fondo
del mar la semana pasada —dijo Vimes, desanimado.
Escucharon mientras el orador proclamaba que
Ankh-Morpork tenía el deber de proteger a parientes y amigos sobre la nueva
tierra. Detritos miraba desorientado.
—¿Cómo eztán ezoz parientez y amigoz allí zi acaba de
zalir de abajo del agua? —preguntó.
—Buena pregunta —respondió Vimes.
—¿Eztuvieron conteniendo el aliento?
—Lo dudo.
«Hay en el aire algo más que sal marina», pensó Vimes.
Había algo más que se tramaba. Podía sentirlo. De pronto el problema era
Klatch.
Ankh-Morpork había estado en paz con Klatch, o al
menos en un de no-guerra por casi un siglo. Era, después de todo, el país
vecino.
Vecinos... ¡Já! ¿Qué significaba eso? La Guardia podía
decir una o dos cosas acerca de los vecinos. Del mismo modo que los abogados,
especialmente esos realmente ricos para quienes “vecino” significaba el hombre
que demandaba durante veinte años por una franja de jardín de dos pulgadas de
ancho. La gente vivía una al lado de la otra por años, saludándose
amigablemente al ir o volver del trabajo todos los días, y entonces algo
trivial sucedía y había que sacarle a alguno el rastrillo de su oreja.
Y ahora que una maldita roca había emergido desde el
fondo del mar, todos actuaban como si Klatch hubiese permitido a su perro
ladrar toda la noche.
—Aagragaah —dijo Detritos, afligido.
—Sólo cálmate, pero no lo escupas sobre mis botas
—dijo Vimes.
—Quiero dezir —dijo Detritos, moviendo su enorme
mano—, como... ezaz cozas, que zolamente vienen... —hizo una pausa para mirarse
los dedos, mientras movía los labios— de a cuatro. Aagragaah. Quiero dezir eze
momento cuando miraz loz guijarroz pequeñoz y sabez que habrá grande alud y que e’ demaziado tarde para que echez
a correr. Eze momento, ezo e’ aagragaah.
Los labios de Vimes se movieron.
—¿Presentimientos?
—Ezo e’, zí.
—¿De dónde viene la palabra?
Detritos se encogió de hombros.
—Puede zer nombre como zonido que haze cuando mil
tonelada de rocaz cae zobre tú.
—Presentimientos... —Vimes se rascó la barbilla—. Sí.
Bien, tenemos abundancia de ellos...
«Aludes y avalanchas», pensó. Todos los pequeños copos
que caen, livianos como plumas... y de repente la ladera completa de una
montaña comienza a moverse...
Detritos lo miró furtivamente.
—Zé que todoz dizen «Ezaz doz tablaz, tontaz como
Detritos» —dijo—, pero yo zé por dónde zopla viento.
Vimes miró a su sargento con un nuevo respeto.
—Tú puedes decirlo, ¿verdad?
Los dedos del troll tocaron dos veces su yelmo,
cómplice.
—E’ bastante obvio —dijo—. ¿Tú vez zobre zuz techoz
laz gallinaz y dragonez y todo ezo? ¿Y al pobre ladrón zobre el techo de zu
Gremio de Ladronez? Tienez que mirarloz. Elloz zaben. Me extraña cómo elloz ziempre zeñalan la direczión correcta.
Vimes se relajó un poco. La inteligencia de Detritos
no era tan mala, para ser un troll. Algo entre una jibia y una carnada, pero se
podía confiar en que él no permitirá menos que eso.
Detritos parpadeó.
—Y ezo me recuerda eze tiempo en que iba y buzcaba un
buen garrote, y ezcuchaba al abuelo contar cómo derrotaba a todoz los elfoz
cuando era un niño —dijo—. Algo en el viento, ¿correcto?
—Er... sí... —dijo Vimes.
Escuchó un aleteo sobre él. Miró. Un mensaje estaba
llegando.
En una paloma.
Pero ellos habían intentado todo lo demás,
¿verdad? Los dragones de pantano tenían
tendencia a explotar en el aire, los duendes se comían los mensajes, y los
yelmos con semáforo no habían tenido éxito, especialmente con vientos fuertes.
Y entonces la Cabo Pequeñotrasero había señalado que las palomas de
Ankh-Morpork eran más inteligentes que la mayoría de las palomas, por causa de
los siglos de depredación a que las sometió la población de gárgolas de la
ciudad, aunque Vimes consideraba que esto no era difícil porque había cosas que
crecían en los pantanos que eran más inteligentes que la mayoría de las
palomas.
Tomó un puñado de maíz de su bolsillo. La paloma,
obediente a su cuidadoso entrenamiento, se apoyó sobre su hombro. Obediente a
presiones internas se cagó.
—Sabes, deberíamos encontrar algo mejor —dijo Vimes,
mientras abría el mensaje—. Cada vez que enviamos un mensaje al Alguacil
Pitorrobajo él se la come.
—Bueno, él e’ una gárgola —dijo Detritos—. Pienza que
su almuerzo llega.
—Oh —dijo Vimes—, su señoría necesita mi atención. Qué
bien.
+++
Lord Vetinari parecía atento porque siempre había
encontrado que escuchar intensamente a la gente tendía a desorientarlos.
Y en reuniones como éstas, cuando era aconsejado por
los líderes de la ciudad, escuchaba con gran cuidado, porque lo que la gente
decía era lo que querían que él escuchara. Además prestó mucha atención a los
espacios entre las palabras. Allí era donde estaban las cosas que ellos
deseaban que él no supiera y que nunca averiguara.
En este momento estaba prestando atención a lo que
Lord Downey, del Gremio de Asesinos, estaba diciendo en una extensa exposición
acerca del alto nivel del gremio y su valor para la ciudad. La voz,
eventualmente, se detuvo ante la atención agresiva de Vetinari.
—Gracias, Lord Downey —dijo—. Estoy seguro de que
todos nosotros seremos capaces de dormir mucho más inquietos al saber todo eso.
Solamente un detalle menor... Creo que la palabra “asesino” realmente proviene
de Klatch.
—Bueno... Claro que sí.
—Y creo que la mayoría de sus estudiantes, como puedo
deducir, proviene de Klatch y de sus países vecinos.
—La calidad de nuestra educación no tiene rival...
—Exactamente. Lo que me está diciendo, en realidad, es
que los asesinos Klatchianos, desde tiempo, atrás conocen el camino hasta
nuestra ciudad, y han estado logrado que sus habilidades tradicionales sean
perfeccionadas por usted.
—Eh...
El Patricio se volvió hacia el señor Burleigh.
—Tenemos seguramente superioridad en armamento,
¿verdad, señor Burleigh?
—Oh, sí. Diga lo que quiera sobre los enanos, pero
hemos estado acumulando buenas piezas últimamente —dijo el Presidente del
Gremio de Armeros.
—Ah. Eso al menos es un consuelo.
—Sí —dijo Burleigh. Parecía desdichado—. Aún así, lo
importante de la manufactura de armas... lo realmente importante...
—Creo que lo que intenta decir acerca del negocio de
la fabricación de armas es que es un negocio —dijo el Patricio.
Burleigh se veía como si desde la sartén hubiese caído
al fuego.
—Eh... Sí.
—Entonces, de hecho, las armas están a la venta.
—Er... Exactamente.
—Para cualquiera que las quiera comprar.
—Er... Sí.
—¿Sin importar el uso que se les vaya a dar?
El fabricante de armamento parecía ofendido.
—¿Disculpe? Por supuesto.
Son armas.
—Y sospecho que en años recientes Klatch ha sido un
mercado bien lucrativo.
—Bueno... Sí... los Seriph las necesitan para
pacificar las regiones periféricas.
El Patricio levantó su mano. Nudodetambor, su
secretario, le entregó un trozo de papel.
—La “Gran Niveladora”, ballesta de 500 libras Ten-Bank
montada sobre un carro —dijo—. Y déjame ver... La “Meteoro”, catapulta estrella
automática, decapita a veinte pasos, ¿se devuelve el dinero si no decapita
completamente?
—¿Ha escuchado acerca de los D’reg, milord? —preguntó
Burleigh—. Dicen que la única manera de pacificar a uno de ellos es golpeándole
repetidamente con un hacha y enterrando el resto debajo de una roca. Y aún
entonces, elija una roca bien pesada.
El Patricio parecía haberse quedado mirando una gran
figura que representaba el «Derviche Mk III», lanzador de bolas-navaja. Se hizo
un silencio doloroso. Burleigh trató de llenarlo, lo que siempre es un error.
—Además, hemos provisto puestos de trabajo altamente
necesarios en Ankh-Morpork —murmuró.
—Exportando estas armas hacia otros países —dijo Lord
Vetinari. Devolvió el papel y brindó a Burleigh una sonrisa amistosa.
—Estoy muy complacido de ver que la industria haya
prosperado —dijo—. Recordaré esto de manera particular.
Unió cuidadosamente sus manos.
—La situación es grave, caballeros.
—¿De quién? —preguntó el señor Burleigh.
—¿Perdón?
—¿Qué...? Oh, estaba pensando en otra cosa, milord...
—Me estaba refiriendo al hecho de que una cierta
cantidad de nuestros ciudadanos se ha mudado a esta isla emergente. Y ya tiene,
según entiendo, una cantidad de Klatchianos.
—¿Por qué se muda nuestra gente allí? —preguntó el
señor Boggis, del Gremio de Ladrones.
—Porque muestran el espíritu de los pioneros a la
búsqueda de riqueza y... de riqueza adicional en una nueva tierra —respondió
Lord Vetinari.
—¿Qué hay allí para los Klatchianos? —preguntó Lord
Downey.
—Oh, ellos han ido allí porque son unos oportunistas
sin principios, siempre listos para tomar algo por nada —dijo Lord Vetinari.
—Un resumen magistral, si se me permite decir —dijo el
señor Burleigh, quien sentía que debía tener algún terreno que recuperar.
El Patricio volvió a mirar sus notas.
—Oh, suplico me disculpen —dijo—. Veo que he leído
esas dos últimas frases en orden incorrecto... Señor Tendencioso, ¿tiene algo
que decir?
El presidente del Gremio de Abogados se aclaró la
garganta. El sonido era como un cascabeleo mortal y técnicamente lo era, ya que
el hombre había sido un zombi durante varios cientos de años, aunque las
referencias históricas sugerían que la única diferencia que la muerte provocó
en el señor Tendencioso fue que él comenzaba a trabajar sin almorzar.
—Sí, por supuesto —enfatizó mientras abría un gran
libro de leyes—. La historia de la ciudad de Leshp y su territorio circundante
es un tanto oscura. Se sabe que ha sido vista sobre el mar hace casi mil años,
sin embargo, los registros sugieren que era considerada parte del imperio
Ankh-Morpork...
—¿Cuál es la naturaleza de esos registros? ¿Nos dicen quién estaba
haciendo esas consideraciones? —preguntó el Patricio. La puerta se abrió y
Vimes ingresó—. Ah, Comandante, tome asiento. Continúe, señor Tendencioso.
Al zombi no le gustaban las interrupciones. Tosió de
nuevo.
—Los registros relacionados con el país perdido están
fechados varios cientos de años atrás, milord. Y son por supuesto nuestros registros.
—¿Solamente nuestros?
—Apenas puedo imaginar cómo podría aplicarse cualquier
otro —dijo el señor Tendencioso con severidad.
—¿Qué tal los de los Klatchianos? —dijo Vimes, desde
el extremo más alejado de la mesa.
—Sir Samuel, el lenguaje de los Klatchianos no tiene
una sola palabra para abogados —dijo el señor Tendencioso.
—¿No? —preguntó Vimes—. ¡Bien por ellos!
—Según nuestro punto de vista —dijo Tendencioso
mientras giraba ligeramente su silla de modo que no tuviera que mirar a Vimes—,
que las nuevas tierras son nuestras por Dominio Eminente, Extra-territorialidad
y, lo más importante, por Acquiris
Quodcumque Rapis. Según mi entender, fue uno de nuestros pescadores quien
primero puso un pie sobre ella.
—Escuché que los Klatchianos reclaman que fue uno de
los suyos —dijo Vetinari.
En el extremo de la mesa los labios de Vimes se
estaban moviendo.
—Veamos... Acquiris...
¿‘Tienes lo que tomas’? —preguntó con voz más alta.
—No tomaremos en cuenta su palabra en esto, ¿verdad?
—dijo Tendencioso, ignorándolo intencionadamente—. Perdone, milord, pero no
creo que la orgullosa Ankh-Morpork necesite que un puñado de ladrones con
toallas en la cabeza le diga qué hacer.
—¡Claro que no! Es tiempo de darle una lección a
Johnny Klatchian —dijo Lord Selachii—. ¿Recuerdan todo ese problema del año
pasado con los repollos? Diez condenadas cargas que no aceptaron.
—Y todo mundo sabe que las orugas le agregan sabor —dijo Vimes casi para sí
mismo.
El Patricio lo fulminó con la mirada.
—¡Es cierto! —dijo Selachii—. ¡Buena y honesta
proteína! ¿Y recuerdan todo ese problema que tuvo el Capitán Jenkins con una
carga de carne de cordero? Lo iban a encarcelar.
¡Y en una cárcel Klatchiana!
—¿Estás seguro de que no lo hicieron? La carne sabe
mejor cuando se está poniendo verde —dijo Vimes.
—No es que pudiera saber diferente debajo de todo ese
curry —dijo Burleigh—. Estaba una vez en una cena en su Embajada y ¿saben qué
me hicieron comer? Era una cosa de oveja...
—Caballeros, me excuso —dijo Vimes, poniéndose de
pie—. Hay algunos asuntos urgentes de los que debo hacerme cargo.
Inclinó su cabeza hacia el Patricio y salió de la
habitación con presteza. Cerró la puerta detrás de sí y tomó una bocanada de
aire fresco, aunque en ese momento también hubiese respirado profundamente y
feliz en una curtiembre.
~ 0 ~
La Cabo Pequeñotrasero se puso de pie y lo miró
expectante. Ella había estado sentada cerca de una caja que arrullaba
pacíficamente.
—Algo está pasando. Corre hasta... Quiero decir, envía
una paloma al Cuartel —dijo Vimes.
—¿Sí, señor?
—Todos los permisos están cancelados desde ahora y
quiero ver a todos los oficiales, y quiero decir a todos los oficiales, en el Cuartel a las..., oh, déjame ver, a las
seis en punto.
—Correcto, señor. Eso significa una paloma extra, a
menos que pueda escribir en letra muy pequeña.
Pequeñotrasero salió a toda velocidad.
Vimes miró por la ventana. Siempre había bastante
actividad fuera del palacio pero hoy había... no era tanto como una multitud,
sólo más gente que la que normalmente se veía allí, dando una vuelta. Como si
estuviesen esperando algo.
¡Klatch!
Todos lo saben.
El viejo Detritos tenía razón. Se podía escuchar que
los pequeños guijarros sonaban. No era sólo unos pescadores teniendo una pelea,
eran cientos de años de... bueno, como dos hombres enormes tratando de
acomodarse en una habitación pequeña, tratando de ser educados uno con el otro,
y entonces un día uno de ellos se quiere estirar e inmediatamente están
destrozando los muebles.
Pero no podía realmente suceder, ¿o sí? Por lo que él
había escuchado, el Seriph actual era un hombre competente a quien le
interesaba pacificar los alborotados límites de su imperio. Y había Klatchianos
viviendo en Ankh-Morpork, ¡por amor del cielo! Había Klatchianos que habían
nacido en Ankh-Morpork. Se veían muchachos con camellos dibujados sobre sus
rostros, y cuando abrían sus bocas resultaba que tenían un acento Ankhiano tan
marcado que podía hacer flotar las rocas. Oh, estaban todos esos chistes sobre
comidas raras y extranjeros, pero seguramente...
Chistes no muy graciosos, puestos a pensar.
Cuando se escucha el bang, no hay tiempo de pensar
desde cuándo estuvo chisporroteando la pequeña mecha.
Las voces se habían alzado para cuando regresó a la
Cámara de las Ratas.
—Porque,
Lord Selachii —estaba diciendo el patricio—, estos no son los viejos días. Ya
no es considerado... bueno... enviar
una nave de guerra para, como usted dice, demostrar a Johnny Extranjero el
error de sus métodos. Por un lado, no tenemos naves de guerra desde que la Mary-Jane se hundió hace cuatrocientos
años. Y los tiempos han cambiado. En estos días, el mundo entero observa. Y,
milord, ya no está permitido decir ‘¿Qué están mirando?’ y ponerles un ojo
morado. —Se reclinó hacia atrás—. Están Chimeria, y Khanli, y Ephebe, y Tsort.
Y Muntab, también. Y Omnia. Algunas de estas son poderosas naciones,
caballeros. A algunas de ellas no les gustan los actuales proyectos de
expansión de Klatch, pero tampoco les gustamos nosotros.
—¿Por qué no? —preguntó Lord Selachii.
—Bueno, porque durante nuestra historia a los que no
hemos ocupado, les hemos intentado llevar a la guerra —dijo Lord Vetinari—. Por
alguna razón la matanza de miles de personas tiende a quedarse en la memoria.
—Oh, historia
—dijo Lord Selachii—. ¡Todo eso está en el pasado!
—Un buen lugar para la historia, estoy de acuerdo
—dijo solemnemente el Patricio.
—Quiero decir, ¿por qué no les gustamos ahora? ¿Les
debemos dinero?
—No. La mayoría de ellos nos debe a nosotros. Lo cual, por supuesto, es una
mejor razón para su disgusto.
—¿Qué hay de Sto Lat y Pseudopolis y las otras
ciudades? —preguntó Lord Downey.
—Tampoco les gustamos mucho.
—¿Por qué no? Quiero decir, compartimos una larga
herencia en común —dijo Lord Selachii.
—Sí, milord, pero esa larga herencia en común consiste
en haber tenido guerras de unos contra otros —dijo el Patricio—. No puedo ver
mucho respaldo por allí. Lo que es un tanto desafortunado porque no tenemos, de
hecho, un ejército. Yo no soy militar, por supuesto, pero creo que tener uno es
generalmente considerado vital para el exitoso desarrollo de una guerra.
Miró a lo largo de la mesa.
—El hecho es que —prosiguió—, Ankh-Morpork ha estado
firme en contra de un ejército permanente.
—Todos sabemos por
qué la gente no confía en un ejército —dijo Lord Downey—. Un montón de
hombres armados, dando vueltas sin nada que hacer... comienzan a tener ideas...
Vimes vio que las cabezas giraban hacia él.
—Mi señor —dijo con helada presteza—, ¿puede ser esta
una referencia a Viejo Caradepiedra Vimes, quien lideró la milicia de la ciudad
en una revuelta contra la monarquía tiránica en un esfuerzo por traer alguna
clase de libertad y justicia al lugar? ¡Creo que sí! Y ¿era él el Comandante de
la Guardia en ese tiempo? ¡Por todos los cielos, sí, da la casualidad que lo
era! ¿Fue colgado y desmembrado y enterrado en cinco tumbas? ¿Y es él el
distante antepasado del actual Comandante? Palabra, que las coincidencias se
acumulan, ¿verdad? —Su voz pasó de una alocada alegría a un gruñido—. ¡De
acuerdo! Eso es pasado. Ahora, ¿alguien tiene algo que agregar?
Hubo un cambio de posiciones en general, y un aclarar
de gargantas en grupo.
—¿Qué piensan de los mercenarios? —preguntó Boggis
—El problema con los mercenarios —dijo el Patricio—,
es que se les debe pagar para comenzar a pelear. Y, a menos que tengas mucha
suerte, terminas pagándoles para que paren de pelear.
Selachii dio un puñetazo en la mesa.
—¡Muy bien, entonces, por patriotas! —gruñó—. ¡Solos!
—Ciertamente nos vendría bien uno —dijo Lord
Vetinari—. Necesitamos el dinero. Lo que estaba a punto de decir es que no
podemos permitirnos los mercenarios.
—¿Cómo puede ser? —dijo Lord Downey—. ¿Acaso no
pagamos nuestros impuestos?
—Ah, pensé que podíamos llegar a eso —dijo Lord
Vetinari. Levantó su mano y, otra vez a una señal, su secretario colocó en ella
un trozo de papel.
—Déjeme ver... ah, sí. Gremio de Asesinos... Ingresos
Brutos del año pasado: AM$ 13.207.048. Impuestos pagados el año pasado:
cuarenta y siete dólares, veintidós peniques y lo que después de un examen
resultó ser medio dong Hershebiano,
valor de un octavo de penique.
—¡Eso es perfectamente legal! El Gremio de
Contadores...
—Ah, sí. El Gremio de Contadores: Ingresos Brutos AM$
7.999.011. Impuestos pagados: cero. Pero, ah sí, veo que aplicaron un descuento
de AM$ 200.000.
—Y que recibimos, puedo decir, incluyendo el medio dong Hershebiano —dijo el señor
Timocongelado del Gremio de los Contadores.
—Lo que se va... vuelve —dijo calmadamente Vetinari.
Dejó el papel a un lado.
—El sistema tributario, caballeros, es muy parecido a
un tambo. El trabajo consiste en extraer la máxima cantidad de leche con la mínima cantidad de mugidos. Y temo decir que
lo único que obtengo en estos días son mugidos.
—¿Quiere decir que Ankh-Morpork está en la bancarrota? —preguntó Downey.
—Por supuesto. Y al mismo tiempo llena de gente rica.
Y confío en que estarán gastando sus dineros en espadas.
—¿Y ha permitido
esta enorme evasión de impuestos? —preguntó Lord Selachii.
—Oh, los impuestos no han sido evadidos —respondió
Lord Vetinari—. Ni aún evitados. Solamente no han sido pagados.
—¡Qué desagradable estado de los asuntos!
El Patricio elevó sus cejas.
—¿Comandante Vimes?
—¿Sí, señor?
—¿Sería usted tan amable de escoger un escuadrón de
los hombres más experimentados, ponerse en contacto con los recaudadores y
cobrar los impuestos retrasados? Mi secretario le dará una lista con los
principales deudores.
—Muy bien, señor. ¿Y si ellos se resisten? —preguntó
Vimes, sonriendo de manera desagradable.
—Oh, ¿cómo podrían ellos resistir, Comandante? Ésta es
la voluntad de nuestros líderes civiles. —Tomó el papel que le acercaba su
secretario—. Déjeme ver. El primero de la lista es...
Lord Selachii tosió apresuradamente.
—Demasiado tarde para esta clase de tontería.
—Agua bajo el puente —dijo Lord Downey.
—Muerto y enterrado —dijo el señor Tendencioso.
—Yo pagué los míos —dijo Vimes.
—Entonces, permítanme recapitular —dijo Vetinari—.
Creo que nadie quiere ver dos naciones maduras peleando por un trozo de roca.
No deseamos pelear, pero...
—Por patriotismo, les mostraremos a esos... —comenzó a
decir Lord Selachii.
—No tenemos barcos. No tenemos hombres. Tampoco
tenemos dinero —dijo Lord Vetinari—. Por supuesto, tenemos el arte de la
diplomacia. Es asombroso lo que se puede hacer con las palabras apropiadas.
—Desafortunadamente, las palabras apropiadas son
escuchadas con mayor atención si también tienes una vara aguda —dijo Lord
Downey.
Lord Selachii dio un puñetazo sobre la mesa.
—¡No tenemos que hablar con esta gente! Milores...
caballeros... ¡es cosa nuestra mostrarles que no seremos atropellados! ¡Debemos
re-armar los regimientos!
—Oh, ¿ejércitos privados?
—preguntó Vimes—. ¿Bajo las órdenes de alguien cuya capacidad para ello reside
en el hecho de que puede afrontar el pago de mil sombreros graciosos?
Alguien se inclinó hacia adelante, hasta la mitad de
la mesa. Por un momento, Vimes pensó que estaba dormido, y cuando Lord
Herrumbre habló lo hizo en una especie de bostezo.
—Cuya capacidad,
señor Vimes, reside en mil años de desarrollo del liderazgo —dijo.
El ‘señor’ se retorció en el pecho de Vimes. Sabía que
era un señor y que siempre sería un señor, inclusive un prototipo de señorío,
pero estaba condenado a no ser el Sir Samuel para alguien que pronunciaba años
como anios.
—Ah, buen desarrollo —dijo—. No, lo siento, no tengo nada de eso, si eso es lo que usted necesita
para hacer que sus hombres sean masacrados por completo...
—Caballeros, por favor —dijo el Patricio. Sacudió su
cabeza—. No peleemos, por favor. Esto es, después de todo, un consejo de
guerra. Y por lo de re-armar los regimientos, bien, ése es por supuesto su
antiguo derecho. La provisión de hombres armados en tiempos de necesidad es una
de los deberes de un caballero. La historia está de su lado. Los precedentes
son suficientes, no puedo estar en contra de ellos. Debo decir que no puedo
afrontarlo.
—¿Permitirá que ellos jueguen a los soldados?
—preguntó Vimes.
—Oh, Comandante Vimes —dijo sonriendo el señor
Burleigh—. Como militar que es usted, debería...
Algunas veces las personas pueden llamar la atención
gritando. Pueden optar por dar puñetazos sobre la mesa, y aún golpeando a otra persona. Pero Vimes lograba el
mismo efecto congelándose, simplemente no haciendo nada. El frío radiaba desde
él. Las líneas de su rostro eran las de una estatua.
—No soy un
militar.
Y entonces Burleigh cometió el error de tratar de
sonreír de manera encantadora.
—Bueno, Comandante, el yelmo y la armadura y todo
eso... Es todo realmente lo mismo, al final, ¿no?
—No. No lo es.
—Caballeros... —Lord Vetinari apoyó sus manos sobre la
mesa, señal de que el encuentro había terminado—. Solamente puedo repetir que
mañana estaré discutiendo el asunto con el Príncipe Khufurah...
—Tengo buenas referencias de él —dijo Lord Herrumbre—.
Estricto pero justo. Sólo se puede admirar lo que está haciendo en algunos de
esos territorios retrasados. El mayor...
—No, señor. Está pensando en el Príncipe
Carnerocanalla —dijo Lord Vetinari—. Khufurah es el hermano más joven. Está
llegando como enviado especial de su hermano.
—¿Él? ¿Es ése?
¡El hombre es un gandul! ¡Un tramposo! ¡Un mentiroso! Dicen que...
—Gracia por su acotación diplomática, Lord Herrumbre
—dijo el Patricio—. Debemos enfrentar los hechos como son. Siempre hay una
manera. Nuestras naciones tienen varios intereses en común. Y por supuesto
mucho dice de la seriedad con que Carnerocanalla está tratando este asunto el
hecho de que envía a su propio hermano a hablar de ello. Es una señal positiva
hacia la comunidad internacional.
—¿Un pez gordo Klatchiano está viniendo hacia acá? —preguntó Vimes—. ¡Nadie me lo
dijo!
—Extraño como parece, Sir Samuel, a veces soy
ocasionalmente capaz de gobernar esta ciudad por unos minutos sin solicitar su
consejo y guía.
—Quiero decir que hay muchos sentimientos
anti-Klatchianos por acá...
—Un tipo
realmente grasiento... —susurró Lord Herrumbre al señor Boggis, de ese
especial susurro aristocrático que evoca a los balseros—. Es un insulto que lo hayan enviado.
—Estoy seguro de que usted cuidará que las calles sean
un lugar seguro donde andar, Vimes —dijo ásperamente el Patricio—. Sé que se
siente orgulloso de esa clase de cosas. Oficialmente él está aquí porque los
hechiceros lo invitaron a la gran ceremonia de premiación. Un doctorado
honorario, ese tipo de cosas. Y a uno de sus almuerzos después. Me gustaría
negociar con esta gente después de que el cuerpo de profesores de la
Universidad Unsean les haya entretenido con la comida. Tienden a no moverse
mucho, y acordar prácticamente cualquier cosa, si creen que hay alguna
posibilidad de conseguir un poco de antiácido y un pequeño vaso de agua. Y
ahora, caballeros... si me excusan...
Los señores y líderes partieron uno por uno o en
pares, conversando suavemente mientras caminaban hacia el hall.
El Patricio puso sus papeles en orden, pasando un
delgado dedo a lo largo del borde de la pila, y entonces levantó la vista.
—Parece usted estar haciendo sombra, Comandante.
—Usted realmente
no les permitirá re-armar los regimientos, ¿verdad? —dijo Vimes.
—No hay ninguna ley en contra, Vimes. Y los mantendrá
ocupados. Cada oficial caballero tiene el derecho, de hecho creo que suele ser
una exigencia, de reclutar hombres cuando la ciudad lo necesita. Y, por
supuesto, cualquier ciudadano tiene el derecho de portar armas. Téngalo
presente, por favor.
—Armas es una cosa. Portar armas y jugar a los
soldados es otra —Vimes apoyó los nudillos sobre la mesa y se inclinó hacia
adelante—. Verá, señor —dijo—. No puedo dejar de pensar que allá en Klatch un
puñado de idiotas está haciendo lo mismo. Están diciendo al Seriph, ‘Es tiempo
de sacar a esos demonios de Ankh-Morpork, offendi’. Y cuando un montón de gente
está corriendo por allí con armas y hablando chifladuras sobre la guerra, los
accidentes ocurren. ¿Ha estado alguna vez en una taberna cuando todos están
armados? Oh, las cosas comienzan con cortesía, se lo garantizo, y entonces
algún trago bebido de una jarra equivocada, o alguien que toma el cambio ajeno
por error, y estará recogiendo narices cinco minutos más tarde...
El Patricio bajó la mirada hacia los nudillos de Vimes
y no la quitó hasta que los hubo retirado.
—Vimes, estará en el Convivium de los hechiceros
mañana. Le envié un memorando sobre eso.
—Yo nunca... —Una visión de la pila de papeles aún no
leídos sobre el escritorio de Vimes surgió traicioneramente en su mente—. Ah
—dijo.
—El Comandante de la Guardia encabeza el desfile con
uniforme completo. Es una costumbre antigua.
—¿Yo? ¿Caminar delante de todos?
—¡Claro que sí! Muy... cívico. Estoy seguro de que lo
entiende. Eso demuestra la alianza amistosa entre la Universidad y el gobierno
civil lo que parece consistir, podría decirse, en su promesa de hacer todo lo
que les pidamos siempre y cuando prometamos no pedirles nada en absoluto. De
cualquier manera, es su deber. La tradición lo instituye. Y Lady Sybil ha
prometido encargarse de que esté allí con un fresco y brillante rostro matinal.
Vimes inspiró profundamente.
—¿Se lo pidió a mi esposa?
—Ciertamente. Ella está muy orgullosa de usted. Cree
que es capaz de grandes cosas, Vimes. Ella debe ser un gran consuelo para
usted.
—Bueno... Es decir... Sí.
—Excelente. ¡Oh! Una cosa más, Vimes. Los Asesinos y
los Ladrones están de acuerdo, pero para cubrir cualquier eventualidad... Consideraré un favor si se encarga de que
nadie arroje huevos al Príncipe. Ese tipo de cosas siempre pone a las personas
de mal humor.
~ 0 ~
Los dos lados se miraron cuidadosamente. Eran viejos
enemigos. Habían probado sus fuerzas varias veces, habían saboreado la victoria
y la derrota, habían competido por el césped. Pero esta vez sería hasta el
final.
Los nudillos blanquearon. Las botas se movían
impacientes.
El Capitán Zanahoria
hizo rebotar la pelota una y otra vez.
—Muy bien, muchachos, un intento más ¿eh? Y esta vez,
nada de payasadas. William, ¿qué estás comiendo?
Hábil Lanzador frunció el ceño. Nadie conocía su
nombre. Los chicos con quienes había crecido no conocían su nombre. Su madre,
si alguna vez averiguaba quién era, probablemente no conocía su nombre. Pero
Zanahoria lo había averiguado de alguna manera. Si cualquiera le hubiese
llamado ‘William’ estaría buscando sus orejas. Dentro de su propia boca.
—Mastico chicle, señor.
—¿Has traído suficiente para todos?
—No, señor.
—Entonces lo tiras, sé un buen chico. Ahora, vamos
a... Gavin, ¿qué es eso en tu manga?
El nombrado, conocido como Bolsadescoria Gav no se
molestó en discutir.
—Un cuchillo, señor Zanahoria.
—Y apuesto
que has traído para todos ¿eh?
—Sí, señor —Bolsadescoria Gav sonrió malicioso. Tenía
diez años.
—Vamos, lo pones en el montón con los demás...
El Alguacil Zapato miraba por encima del muro con
horror. Había alrededor de cincuenta jóvenes en el amplio callejón. El promedio de edad, unos once años.
Promedio de edad en cinismo y malevolencia, alrededor de 163. Aunque el fútbol
de Ankh-Morpork no tenía habitualmente arcos en el normal sentido de la
palabra, había dos en cada extremo del callejón construidos con el simple
método de apilar cosas donde deberían estar los postes.
Dos pilas: una de cuchillos, la otra de instrumentos
romos.
En medio de los chicos, quienes vestían los colores de
alguna peligrosa banda de gángster callejeros, el Capitán Zanahoria hacía
rebotar un estómago de cerdo inflado.
El Alguacil Zapato se preguntaba si debía ir a buscar
ayuda, pero el hombre parecía manejarlo bien.
—Er... ¿Capitán? —murmuró.
—Oh, qué tal, Reg. Estamos en un juego amistoso de
fútbol. Muchachos, éste es el Alguacil Zapato.
Cincuenta pares de ojos dijeron: ‘Recordaremos tu
rostro, poli’.
Reg dio la vuelta al muro y los mismos ojos notaron la
flecha que entraba por la armadura de su pecho y sobresalía varias pulgadas por
la espalda.
—Hay un pequeño problema, señor —dijo Reg—. Pensé que
sería mejor buscarle. Es una situación de rehenes...
—Iré contigo. De acuerdo, muchachos, siento mucho todo
esto. Se ponen a jugar ustedes solos, ¿sí? Y espero verles a todos el martes
para el sing-song y la salsa picante.
—Sí, señor —dijo Hábil Lanzador.
—Y la Cabo Argüir verá si les puede enseñar el aullido
de campamento.
—Sí, está bien —dijo Bolsadescoria.
—Pero, ¿qué hacemos antes de partir? —preguntó
Zanahoria expectante.
Los hermanos Skat y Mohock se miraron con timidez.
Habitualmente no se ponían nerviosos por nada, siendo cuestión de exilio el
mostrar temor en cualquier circunstancia. Pero cuando varios de ellos
redactaron las reglas del clan, ninguno había pensado que había alguien como
Zanahoria.
Mirándose unos a los otros, con una expresión de
te-mataré-si-alguna-vez-mencionas-esto, todos levantaron los dedos índices de
ambas manos hasta la altura de sus orejas y corearon:
—¡Wob, wob, wob —respondió Zanahoria con emoción—. De
acuerdo, Reg, vámonos.
—¿Cómo ha hecho eso, capitán? —preguntó el Alguacil
Zapato, mientras el guardia salía presuroso.
—Oh, solamente tienes que levantar ambos dedos así —dijo Zanahoria—. Pero estaré
agradecido si no se lo dices a nadie, porque se supone que es una señal
secreta...
—¡Pero ellos son matones, capitán! ¡Jóvenes asesinos!
¡Villanos!
—Oh, son un poco pícaros, pero buenos chicos en el
fondo, cuando te tomas el tiempo de entenderlos.
—¡Escuché que nunca le dan a nadie tiempo suficiente para entender! ¿Sabe
el señor Vimes que está haciendo esto?
—En cierto modo lo sabe, sí. Le dije que me gustaría
iniciar un club para los chicos de la calle y él dijo que estaría bien si los
llevaba de campamento al borde de un acantilado en medio de un vendaval. Pero
siempre dice cosas como ésa. Y estoy seguro de que no lo decía de corazón.
Ahora, veamos, ¿dónde están los rehenes?
—Es en lo de Vortin otra vez, capitán. Pero es... un
poco peor que eso...
Detrás de ellos, los Skat y los Mohock se miraron unos
a otros con cautela. Entonces tomaron sus armas y se retiraron con cuidado. No
es que no queramos pelear, parecían decir. Es que tenemos mejores cosas que
hacer en este momento, así que nos iremos y veremos cuáles son.
~ 0 ~
Contra lo acostumbrado, en los muelles no había
gritos ni conversaciones. La gente estaba muy ocupada pensando en dinero.
El Sargento Colon y el Cabo Nobbs se apoyaban contra
una pila de madera de construcción y observaban cuidadosamente al hombre que
estaba pintando el nombre Orgullo de
Ankh-Morpork en la proa de un barco. En cierto momento se dio cuenta de que
había olvidado la ‘e’, y ellos miraban distraídamente este sencillo
espectáculo.
—¿Ha estado alguna vez en el mar, sarge? —preguntó
Nobby.
—¡Hah, no yo! —respondió el sargento—. ¡Nunca vayas
vendiendo los zotes, muchacho.
—Yo no —dijo Nobby—. Jamás he vendido los zotes. Nunca
en mi vida he vendido los zotes.
—Correcto.
—Siempre he sido claro al respecto.
—Excepto que no sabes lo que significa vender los
zotes, ¿o sí?
—No, sarge.
—Significa ir al mar. No puedes tener la maldita
confianza en el mar. Cuando era un muchacho pequeño tuve ese libro acerca de
ese chico pequeño, se convirtió en sirena, o algo así, y vivió en el fondo del
mar.
—... los zotes...
—Correcto, y estaba todo bien conversando con los
peces y con las caracolas rosadas y todo eso, y entonces me fui de vacaciones a
Quirm y vi el mar y pensé: acá voy, y si mi Má no hubiese sido tan veloz no sé
qué hubiera pasado. Quiero decir, el chico del libro podía respirar debajo del
agua, ¿cómo podía saberlo yo? Son todas malditas mentiras acerca del mar. Todo es yuk y langostas.
—El tío de mi Má era marinero —dijo Nobby—. Pero
después de la gran plaga se confabularon contra él. Un grupo de granjeros lo emborracharon, y
despertó la mañana siguiente atado a un arado.
Se acomodaron un poco más.
—Parece que habrá una gran pelea, sarge —dijo Nobby,
mientras el pintor comenzaba cuidadosamente a pintar la última ‘k’.
—No durará mucho. Son un montón de cobardes, los
Klatchianos —dijo Colon—. En el momento en que prueben un poco de frío acero
saldrán de la arena a las zancadas.
El Sargento Colon tenía una amplia educación. Estuvo
en la Escuela de Mi-Pá-Siempre-Decía, en el Colegio de Es-Lógico, y ahora era
un estudiante de un postgrado en la Universidad de
Lo-Que-Me-Dijo-Un-Tipo-En-La-Taberna.
—¿No debería haber ningún problema a solucionar,
entonces? —preguntó Nobby.
—Y por su puesto, no son del mismo color que nosotros
—dijo Colon—. Bueno... que yo, al menos —agregó a la vista de los variados
matices del Cabo Nobbs. Probablemente no había ser vivo con los mismos colores
que el Cabo Nobbs.
—El Alguacil Visita es bastante marrón —dijo Nobby—. Nunca le
vi huir. Si existe la posibilidad de entregar a alguien un panfleto religioso, Lavamanos se lanza como un terrier.
—Ah, pero los Omnianos son más parecidos a nosotros
—dijo Colon—. Un poco raros pero básicamente lo mismo que nosotros debajo de
todo. No, el modo en que puedes decir si alguno es un Klatchiano es, miras y
ves si usa muchas palabras que comienzan con ‘al’, ¿correcto? Porque es una
pista. Ellos inventaron todas las palabras que comienzan con ‘al’. De esa
manera sabes que son Klatchianos. Como en ‘al-cohol’ ¿lo ves?
—¿Inventaron la cerveza?
—Sí.
—Eso es astuto.
—Yo no diría astuto —dijo el Sargento Colon, dándose
cuenta demasiado tarde que había cometido un error táctico—. Diría que tuvieron
suerte.
—¿Qué más hicieron?
—Bueno, está... —Colon exprimía sus sesos—. Está el
‘al-gebra’. Es como sumar con letras. Para... para personas que no tienen
cerebros lo suficientemente listos para sumar con números, ¿lo ves?
—¿Es eso un hecho?
—Correcto —dijo Colon—. De hecho —continuó, un poco
más afirmativamente ya que podía visualizar el camino a seguir—, escuché al
hechicero decir en la Universidad que los Klatchianos no habían inventado nada.
Que esa fue su gran contribución a las mates, dijo. Yo pregunté ‘Qué’ y él me
dijo que habían descubierto el cero.
—No me suena muy astuto —dijo Nobby—. Cualquiera puede
inventar nada. Yo no inventé nada.
—Ése es mi punto, exactamente —dijo Colon—. Se lo
dije, que había gente que había inventado números como el cuatro, y...
—... siete...
—... correcto, que eran unos genios. No se necesita
inventar la nada. Está allí.
Probablemente solamente la encontraron.
—Como tener todo el desierto —dijo Nobby.
—¡Correcto! Muy buen punto. Desierto. Lo cual, como
todo mundo sabe, es básicamente nada. La nada es un recurso natural. Es lógico.
Por lo tanto somos más civilizados, ¿ves?, y tenemos muchas más cosas alrededor
para contar, así que inventamos números. Es como... bueno, ellos dicen que los
Klatchianos inventaron la astronomía...
—Al-tronomía —dijo Nobby amablemente.
—No, no... no, Nobby. Reconozco que pueden haber
descubierto las ‘eses’ para ese entonces, probablemente nos las hayan robado... de cualquier modo,
ellos estaban obligados a inventar la astronomía porque no tenían otra puñetera
cosa que mirar que el cielo. Cualquiera puede mirar las estrellas y ponerles
nombres. En todo caso, es un poco mucho decir invento. Nosotros no vamos por allí diciendo que hemos inventado algo sólo por haberle echado
un vistazo.
—Escuché que tienen un montón de dioses raros —dijo Nobby.
—Sí, y también sacerdotes locos —dijo Colon—. Echando
espuma por la boca, la mitad de ellos. Creen en toda clase de cosas chifladas.
Observaron en silencio al pintor por un momento. Colon
estaba temiendo la siguiente pregunta.
—Entonces, exactamente,
¿en qué son ellos diferentes de nosotros? —dijo Nobby—. Quiero decir, algunos
de nuestros sacerdotes son...
—Espero que no estés siendo antipatriótico —dijo Colon con severidad.
—No, claro que no. Solamente preguntaba. Yo veo que
los de ellos son mucho peores que los nuestros, siendo extranjeros y todo eso.
—Y por supuesto están locos por pelear —dijo Colon—.
Viciosos cabrones con todas esas espadas curvas.
—¿Quieres decir que ellos te atacan mientras huyen
cobardemente después de haber probado el frío acero? —preguntó Nobby, quien
tenía algunas veces una muy peligrosa memoria para los detalles.
—No puedes confiar en ellos, como te he dicho. Y ellos
eructan enormemente después de las comidas.
—Bueno... también usted, sarge.
—Sí, pero no pretendo que sea educado, Nobby.
—Bien, es ciertamente bueno tenerle cerca para
explicar las cosas, sarge —dijo Nobby—. Es asombroso todo lo que sabe.
—Me sorprendo a mí mismo, algunas veces —dijo Colon,
modestamente. El pintor del barco se retiró para admirar su trabajo. Le
escucharon soltar un sincero gruñido y ambos asintieron con satisfacción.
Las negociaciones por rehenes eran siempre tramposas,
había aprendido Zanahoria. No convenía apresurar las cosas. Permitir que al
otro hombre hablar cuando estuviese listo.
Por eso estaba dejando pasar el tiempo, sentado detrás
del carro volcado que estaban utilizando como escudo contra cualquier flecha
ocasional, y escribiendo su carta a casa. El ejercicio estaba siendo llevado a
cabo con mucho fruncimiento de ceño, chupada de lápiz, y lo que el Comandante
Vimes denominaba una aproximación balística a la ortografía y la puntuación.
Queridos Má y Pá
Espero que esta carta les encuentre en buen estado de
salud como lo estoy yo. Gracias por el enorme trozo de pan de enanos que me han
enviado lo he compartido con los otros enanos de la Guardia y ellos dicen que
es mejor que el de Ironcrufts (To’Pan Dent’la Corteza) y que no puede ganarle
al sabor de un pan hecho en casa, de modo que ¡bien hecho, Má!
Las cosas con la Manada de Lobos están yendo bien como
les dije, pero el Comandante Vimes no está feliz, le dije que eran buenos
muchachos de corazón y que eso les podría ayudar a aprender las formas de la
Naturaleza y de lo Salvaje, y él dijo já que ellos los conocen y que ese es el
problema. Pero me dio $5 para comprar una pelota lo que muestra que en el fondo
le importan.
Tenemos karas nuevas en la Guardia, lo que nos viene
bien por ese prublema con Klatch, todo parece empeorar, siento que es la Calma
antes de la Tormenta, sin dudas.
Debo cortar ahora porque algunos ladrones se han
metido en el Almacén de Dimantes de Vortin y tomaron a la Cabo Angua como
rehén. Temo que pueda haber un terrible derramamiento de sangre, de modo que
Los recuerda
Su amante hijo
Zanahoria Fundidordehierroson (Capitán)
PD. Escribiré mañana otra vez.
Zanahoria dobló la carta cuidadosamente y la deslizó
debajo de su armadura.
—Creo que han tenido tiempo suficiente para considerar
nuestra sugerencia, alguacil. ¿Qué sigue en la lista?
El Alguacil Zapato hojeó una carpeta de papel
mugriento y sacó otra hoja.
—Bueno, ahora sigue la infracción de haber robado
monedas a los mendigos ciegos —dijo—. Oh, no, ésta es una buena...
Zanahoria tomó la hoja en una mano y el megáfono en la
otra, y levantó la cabeza cuidadosamente por encima del borde del carro.
—¡Buenos días, otra vez! —gritó alegre—. Hemos
encontrado otra. Robo de joyería de...
—¡Sí! ¡Sí! Lo hemos hecho —gritó una voz desde el
edificio.
—¿Sí? Ni siquiera he dicho aún qué era —dijo
Zanahoria.
—No importa, ¡lo hemos
hecho! ¿Podemos salir ya? —Había otro sonido por detrás de la voz. Se escuchaba
como un continuado gruñido sordo.
—Creo que deberían ser capaces de decirme lo que han
robado —dijo Zanahoria.
—Er... ¿anillos? ¿Simples anillos?
—Lo siento, los anillos no están mencionados.
—¿Collares de perlas? Sí, eso es lo que...
—Más cerca, pero no.
—¿Aros?
—Ooo, están cerca —dijo Zanahoria animándolos.
—Una corona, ¿era eso? ¿Puede ser una coronita?
Zanahoria se inclinó hacia el alguacil.
—Aquí dice una tiara, Reg, ¿podemos permitir...? —Se
enderezó—. Estamos preparados para aceptar ‘coronita’. ¡Muy bien hecho!
Miró al Alguacil Zapato nuevamente.
—Está todo bien, ¿verdad, Reg? Esto no es coerción,
¿verdad?
—No veo cómo podría serlo, capitán. Quiero decir,
ellos se metieron, tomaron un rehén...
—Supongo que tienes razón...
—¡Por favor!
¡No! ¡Buen chico! ¡Abajo!
—Parece que algo pasa, señor —dijo Reg, espiando por
el borde del carro—. Los tenemos por todos los cargos excepto el de
Exhibicionista en Hide Park...
—¡Nosotros hicimos eso! —gimió alguien.
—... y ése era una mujer...
—¡Lo hicimos! —Esta vez la voz era muy alta—. ¿Podemos salir ya, por favor?
Zanahoria se enderezó y levantó el megáfono.
—¿Podrían los caballeros salir con las manos en alto?
—¿Estás de bromas? —llorisqueó alguien contra el fondo
de otro gruñido.
—Bueno, al menos con las manos donde las pueda ver.
—¡Puede apostarlo, mister!
Cuatro hombres salieron a la calle a trompicones. Sus
ropas se agitaban en la brisa. El jefe aparente señaló con su dedo hacia atrás,
hacia la puerta, cuando Zanahoria se aproximó.
—¡El propietario de este lugar debería ser juzgado!
—gritó—. Mantener un animal salvaje como ése en su bóveda, es un desgraciado.
¡Entramos en perfecta paz y nos atacó sin ninguna razón!
—Le dispararon al Alguacil Zapato, aquí presente —dijo
Zanahoria.
—¡Sólo por error! ¡Sólo por error!
El Alguacil Zapato señaló la flecha que estaba clavada
en su armadura.
—¡Mire dónde está! —se quejó—. Es un trabajo de
soldadura y tenemos que pagar la reparación de nuestras armaduras y siempre
quedará la marca, ya sabes, no importa lo que le haga.
Los ojos espantados miraron las marcas de puntadas
alrededor del cuello y en sus manos, y cayeron en la cuenta de que aunque la
raza humana venía en alguna variedad de colores, muy pocos seres vivos eran
grises con una pizca de verde.
—¡Hey, eres un zombi!
—Correcto, aprovéchate de un hombre cuando está muerto
—dijo ásperamente el Alguacil Zapato.
—Y tomaron a la Cabo Angua como rehén. Una dama —dijo
Zanahoria en el mismo volumen de voz. Era muy educada. Pero sugería que en
algún lugar la mecha estaba quemándose y que era buena idea no esperar a que
llegara hasta el barril.
—Sí... algo así... pero ella debió irse cuando esa criatura apareció...
—¿De modo que la han dejado allí adentro? —preguntó
Zanahoria, muy calmado todavía.
Los hombres cayeron de rodillas. El jefe levantó su
mano implorante.
—¡Por favor! ¡Somos solamente ladrones! ¡No somos
hombres malos!
Zanahoria movió su cabeza hacia el Alguacil Zapato.
—Llévalos al Cuartel, alguacil.
—¡Correcto! —dijo Reg. Había una maligna mirada en su
ojo mientras tomaba su ballesta—. Tengo diez dólares menos gracias a ustedes.
Será mejor que no traten de escapar.
—No, señor. No nosotros.
Zanahoria se aventuró en la penumbra del edificio.
Caras temerosas aparecían por las puertas. Les dedicó una sonrisa
tranquilizadora mientras caminaba hacia
la bóveda.
La Cabo Angua se estaba colocando el uniforme.
—No he mordido a nadie, antes de que empieces —dijo
ella cuando él apareció en la puerta—. Ni siquiera heridas superficiales.
Solamente les rompí los pantalones. Y no fue lecho de rosas, puedo agregar.
Una cara atemorizada apareció en la puerta.
—Ah, señor Vortin —dijo Zanahoria—. Creo que
encontrará que todo está en orden. Parece que han dejado todo.
El comerciante de diamantes lo miró asombrado.
—Pero ellos tenían un rehén...
—Reconocieron el error de sus acciones —dijo
Zanahoria.
—Y... había ruidos como gruñidos... sonaba como un
lobo...
—Ah, sí —dijo Zanahoria—. Bien, usted sabe, cuando los
ladrones caen... —lo que no era realmente una explicación, pero como el tono de
su voz sugería que lo era, el señor Vortin la aceptó de pleno apenas cinco
minutos después de que Zanahoria y Angua hubieron partido.
—Bien, es un buen comienzo del día —dijo Zanahoria.
—Gracias a ti, sí, no fui herida —dijo Angua.
—Parece que valió la pena, entonces.
—Solamente mi pelo desordenado y otra camisa
arruinada.
—Bien hecho.
—Algunas veces sospecho que no escuchas nada de lo que
te digo —dijo Angua.
—Me alegra escuchar eso —dijo Zanahoria.
La Guardia entera se había reunido. Vimes miró hacia
el mar de rostros.
“Mi dios, pensó ¿Cuántos tenemos ahora? Unos pocos
años atrás podía contar la Guardia con los dedos de la mano de un carnicero
ciego, y ahora...»
¡Vienen más!
Se inclinó hacia un lado, hacia el Capitán Zanahoria.
—¿Quiénes son todas esas personas?
—Guardias, señor. Usted los nombró.
—¿Yo? ¡Apenas si he visto algunos de ellos!
—Ha firmado los papeles, señor. Y usted firma la lista
de salarios todos los meses. Eventualmente.
Había un dejo de crítica en su voz. El enfoque que
Vimes tenía del papeleo consistía en no tocar nada hasta que alguien se ponía a
gritar, y entonces al menos habría alguien que le ayudara a revisar el montón.
—Pero ¿cómo se han alistado?
—De la manera acostumbrada, señor. Les hace jurar,
entonces les da un yelmo a cada uno...
—¡Hey, aquél es Reg Zapato! ¡Es un zombi! ¡Se le caen
pedazos todo el tiempo!
—Hombre importante en la comunidad de los muertos
vivos, señor —dijo Zanahoria.
—¿Cómo se alistó él?
—Llegó la semana pasada a presentar una queja acerca
de que la Guardia estaba hostigando a unos hombres-del-saco. Estuvo un poco,
er..., vehemente, señor. Así que lo persuadí de que la Guardia necesitaba de
algunos expertos, y él se alistó, señor.
—¿Hubo más quejas?
—Dos como mucho, señor. Todas de los muertos vivos,
señor, y todas contra el señor Zapato. Gracioso, ¿no?
Vimes miró de reojo a su capitán.
—Está muy sentido por ello, señor. Dice que se ha dado
cuenta de que los muertos vivos no comprenden las dificultades de mantener el
orden en una sociedad multi-vital, señor.
«Mi dios, pensó Vimes, eso es justamente lo que yo
habría hecho. Pero lo habría hecho porque no soy una buena persona. Zanahoria
es una buena persona, se ha ganado medallas por serlo, seguramente él no
habría...»
Y supo que nunca lo sabría. En algún lugar detrás de
la inocente mirada de Zanahoria había una puerta de acero.
—Tú lo has
enrolado, ¿verdad?
—No, señor. Usted lo ha hecho. Usted firmó sus papeles
de alistamiento, y su recibo de equipo, y sus órdenes de destino, señor.
Vimes tuvo otra visión de demasiados documentos,
firmados a toda velocidad. Pero él debía
haberlos firmado y se necesitaba de los hombres, eso era cierto. Y era
precisamente él quien debió...
—Y ninguno con rango de sargento o menor puede
reclutar, señor —dijo Zanahoria, como si estuviese leyendo su mente—. Está en
las Órdenes generales. Página veintidós, señor, justo debajo de la mancha de
té.
—Y has reclutado... ¿cuántos?
—Oh, solamente uno o dos. Todavía estamos escasos de
manos, señor.
—Lo estamos con Reg. Sus brazos siguen cayéndose.
—¿No les hablará, señor?
Vimes miró a la... bueno, multitud reunida. No había
otra palabra. Bueno, había muchas, pero ninguna que fuera justo emplear.
Grandes, cortos, gordos, trolls con el liquen aún
pegado, enanos barbados, la amenazante presencia del golem, el Alguacil Dorfl,
los muertos vivos... incluso ahora no estaba seguro de que el término incluyera
a la Cabo Angua, una chica inteligente y un lobo muy útil cuando se necesitaba.
Niños abandonados, había dicho Colon alguna vez. Condenados chicos abandonados,
porque las personas normales nunca serían policías.
Técnicamente estaban todos uniformados, excepto que la
mayoría no estaba vistiendo el mismo uniforme que los demás. Todos habían sido
enviados a la armería para tomar lo que les quedara bien, y el resultado era un
desfile histórico: Yelmos Graciosos a través de las Eras.
—Er... damas y caballeros —comenzó.
—Estén quietos, por favor, y escuchen al Comandante
Vimes —bramó Zanahoria.
Vimes se encontró buscando la mirada de Angua, quien
estaba apoyada contra el muro. Ella revoleó los ojos inútilmente.
—Sí, sí, gracias, capitán, —dijo Vimes. Se volvió
hacia la reunión del mejor surtido de Ankh-Morpork. Abrió la boca. Se quedó de
un palmo. Y entonces cerró la boca, toda menos una comisura. Y por allí dijo:
—¿Qué es esa pequeña protuberancia sobre la cabeza del
Alguacil Pedernal?
—Eso es el Alguacil a Prueba Buggy Swires, señor. Le
gusta tener un buen panorama.
—¡Es un nomo!
—¡Eso es, señor!
—¿Otro de los tuyos?
—Nuestro,
señor —dijo Zanahoria usando el tono de reproche otra vez—. Sí, señor. Agregado
en la Estación de Calle Chitterling desde la semana pasada, señor.
—Oh, mi dios... —murmuró Vimes.
Buggy Swires notó su mirada en él y saludó. Tenía
cinco pulgadas de altura.
Vimes recuperó su equilibrio mental. Los largos y los
bajos y los altos... chicos abandonados, todos nosotros.
—No voy a retenerlos mucho tiempo —dijo—. Todos me
conocen... bueno, la mayoría —agregó,
con una mirada de soslayo hacia Zanahoria—, y no suelo hacer discursos. Pero
estoy seguro de que todos han notado la manera en que este asunto de Leshp ha
sacado a la gente de sus casillas. Hay muchas charlas inútiles sobre la guerra.
Bueno, la guerra no es nuestro asunto. La guerra es asunto de los soldados.
Nuestro asunto, creo, es mantener la paz. Déjenme mostrarles que...
Retrocedió y sacó algo de un bolsillo con un gesto
exagerado. Al menos, ésa era la intención. Se escuchó un tris cuando algo dejó de estar enredado con el forro.
—¡Maldición... ah...!
Extrajo un trozo del brillante madera negra del
rasgado bolsillo. Tenía un enorme puño plateado en el extremo. Los guardias se
estiraron para mirar.
—Este... er... este... —tartamudeó Vimes—. Este viejo
del palacio se presentó hace un par de semanas. Me dio esta maldita cosa. Tiene
una etiqueta que dice ‘Galas del
Comandante de la Guardia, Ciudad de Ankh-Morporke’. Ya sabes que ellos
nunca tiran nada en el palacio.
Lo meneó suavemente. La madera era sorprendentemente
pesada.
—Tiene el escudo de armas en el puño, mira. —Treinta
guardias trataron de ver.
—Y yo pensé... —continuó—, yo pensé, por los dioses,
¿es esto lo que se supone que lleve?
Y pensé acerca de esto, y entonces pensé, no, es cierto, por una vez alguien lo
tiene correctamente. Ni siquiera es un arma, es solamente una cosa. No es para usar, es para tener.
Eso es todo lo que es.
»Lo mismo con el uniforme. ¿Ves? El uniforme de un
soldado sirve para convertirlo en una parte de una multitud de otras partes
todas con el mismo uniforme, pero el uniforme de un policía está para...
Vimes se detuvo. Las expresiones perplejas delante de
sí le dijeron que estaba construyendo una casa de naipes con muy pocas cartas
en la base.
Tosió.
—De cualquier manera —prosiguió, con una mirada severa
que indicaba a todos que debían olvidar los veinte minutos previos—, nuestro
trabajo es detener las peleas. Hay
muchas en las calles. Probablemente han escuchado que se están armando los
regimientos otra vez. Bueno, la gente se puede enlistar si quiere. Pero
nosotros no tendremos pandillas. Hay un humor espantoso alrededor. No sé qué
pasará, pero debemos estar allí cuando suceda. —Miró alrededor del lugar—. Otra
cosa. Este nuevo enviado Klatchiano, o como sea que se llame, llega mañana. No
creo que el Gremio de Asesinos haya planeado algo pero esta noche controlaremos
la ruta que el desfile de los hechiceros tomará. Una buena tarea para el turno
nocturno. Y esta noche estamos todos
en el turno nocturno.
Se elevó un bramido desde la Guardia.
—Como mi viejo sargento solía decir, si no puedes
entender un chiste no debías haberte enlistado —dijo Vimes—. Una buena
recorrida puerta a puerta, estrechando las manos con los picaportes, dándole al
uniforme una buena ventilación. ¿Alguna pregunta? Bien. Gracias, muchas
gracias.
Hubo un crujido y relajación general en el escuadrón a
medida que caían en la cuenta de que estaban libres para irse.
Zanahoria comenzó a aplaudir.
No era el aplauso de los mandos medios para
entusiasmar a los subordinados a que aplaudieran a los superiores[2]. Estaba respaldado por entusiasmo genuino lo cual era
peor de alguna manera. Un par de los nuevos alguaciles más impresionables lo
imitaron y entonces, de la misma manera en que unas pequeñas piedras inician
una avalancha, el sonido de las batientes manos de los humanoides llenó la
habitación.
Vimes frunció el ceño.
—¡Muy inspirador, señor! —dijo Zanahoria, mientras los
aplausos se convertían en tormenta.
~ 0 ~
La lluvia caía sobre Ankh-Morpork. Llenaba las
cunetas, desbordaba, y era arrastrada por el viento. Sabía a sal.
Las gárgolas habían salido de las sombras que las
escondían durante el día y se habían colgado en cada cornisa y torre, con las
orejas y alas extendidas para pescar cualquier cosa comestible de las aguas.
Era asombroso lo que podía caer sobre Ankh-Morpork. Lluvias de pequeños peces y
sapos eran muy comunes, aunque los armazones de cama provocaban comentarios.
Una cuneta rota lanzó un baldazo de agua por la
ventana de Ossie Recio, quien estaba sentado sobre su cama porque no había
sillas ni tampoco ningún otro mueble. No le importó en ese momento. En un
minuto o dos podía estar muy enojado. Y después, posiblemente, otra vez no.
No era que Ossie fuese un loco, de ninguna manera. Los
amigos lo definirían como un tipo tranquilo que se mantenía en sí mismo, pero
no lo decían porque no tenía amigos. Había un grupo de hombres que iba a
practicar el tiro al blanco con arco los martes por la noche, y él iba algunas
veces con ellos a una taberna y se sentaba a escuchar lo que hablaban, y una
vez ahorró y pagó los tragos, aunque ellos posiblemente no lo recordaran, o tal
vez dijeran: ‘Oh... sí... Ossie’. La gente decía eso. La gente tenía la
tendencia de quitarlo de sus mentes, de la misma manera en que no prestarías
mucha atención a un lugar vacío.
No era estúpido. Pensaba mucho las cosas. Algunas
veces se sentaba y pensaba por horas, mirando fijo hacia la pared enfrente por
donde la lluvia entraba en las noches de tormenta y hacía el mapa de Klatch.
Alguien golpeó a la puerta.
—Señor Recio, ¿está visible?
—Estoy un poco ocupado, señora Agotada —dijo, poniendo
su arco debajo de la cama con sus revistas.
—¡Es acerca de la renta!
—¿Sí, señora Agotada?
—¡Conoce mis reglas!
—Le pagaré mañana, señora Agotada —dijo Ossie, mirando
por la ventana.
—¡El efectivo en mi mano al mediodía o se va!
—Sí, señora Agotada.
Escuchó que bajaba las escaleras.
Contó hasta cincuenta, cuidadosamente, y se agachó
para recoger su arco nuevamente.
Angua estaba de patrulla con Nobby Nobbs. No era la
pareja perfecta, pero Zanahoria estaba de ronda y en una noche como esa Fred
Colon, que llevaba la lista, tenía la extraña habilidad de quedarse haciendo el
papeleo al calor. Por eso, las parejas habían sido elegidas al azar. Era un
terrible pensamiento.
—¿Me permite una palabra, señorita? —preguntó Nobby,
mientras probaban picaportes y movían linternas por los baldíos.
—¿Sí, Nobby?
—Es personal.
—Oh.
—Solamente le podría preguntar a Fred, pero no
comprendería, y pienso que usted debería entender habida cuenta que es una
mujer. La mayor parte del tiempo, por lo menos. No quiero ofender.
—¿Qué quieres,
Nobby?
—Es sobre mi... mi naturaleza sexual, señorita.
Angua no dijo nada. La lluvia azotaba el yelmo
inapropiado de Nobby.
—Creo que es tiempo de que lo mire de frente,
señorita.
Angua maldijo otra vez su imaginación visual.
—Y, er... ¿cómo pensabas hacerlo, Nobby?
—Quiero decir, encargué todo el material, señorita.
Cremas y eso.
—Cremas —dijo Angua débilmente.
—Eso que te frotas encima —dijo Nobby, ayudando.
—Te frotas.
—Y cosas con las que realizar ejercicios...
—Oh, dioses...
—¿Perdone, señorita?
—¿Qué? Oh... estaba pensando en otra cosa. Continúa.
¿Ejercicios?
—Sí. Para hacer crecer mis bíceps y eso.
—Oh, ejercicios.
¿De veras? —Nobby parecía no tener bíceps de los que hablar. No había realmente
nada sobre que tener... nada. Técnicamente tenía brazos porque sus manos
estaban pegadas a sus hombros, pero era todo lo que se podía decir.
Un interés morboso hizo presa de ella.
—¿Por qué,
Nobby?
Miró para abajo, sumiso.
—Bueno... quiero decir... ya sabe... chicas y eso...
—Para su asombro, Nobby estaba sonrojándose.
—Quieres decir que tú... —comenzó—. Tú quieres...
estás buscando...
—Oh, no estoy buscan... quiero decir, si quieres algo
bien hecho, entonces... quiero decir, no —dijo Nobby con reproche—. Lo que
estoy diciendo es que, como te pones viejo, ya sabes, empiezas a pensar en
establecerte, encontrar alguien con quien correr por la autopista de la vida.
¿Por qué tienes la boca abierta?
Angua la cerró abruptamente.
—Pero yo no salgo
con chicas —dijo Nobby—. Bueno. Quiero decir, las encuentro pero ellas salen
disparando.
—A pesar de la crema.
—Correcto.
—Y los ejercicios.
—Sí.
—Bueno, has cubierto todos los ángulos, lo puedo ver
—dijo Angua—. Creo que sé dónde está el error. —Suspiró—. ¿Qué pasó con
Resistencia Zrum, la de la Calle Elmer?
—Ella tiene una pierna de madera.
—Bueno, entonces... ¿Verdad Empujacochecito, buena
chica, la que vende mariscos en la Calle Rime?
—¿Pezmartillo? Apesta a pescado todo el tiempo. Y es
bizca.
—Aún así, tiene su propio negocio. También, hace
maravillosos guisados.
—Y es bizca.
—No exactamente, Nobby.
—Sí, usted pero sabe lo que quiero decir.
Angua tuvo que admitir que lo sabía. Verdad tenía lo
opuesto a una bizquera. Ambos ojos parecían empeñados en mirar la oreja
cercana. Cuando hablabas con ella tenías que sofocar la sensación de que ella
estaba a punto de salir en dos direcciones. Pero podía limpiar pescado como una
campeona.
Suspiró otra vez. Estaba familiarizada con el
síndrome. Decían necesitar un alma
gemela y una ayuda, pero tarde o temprano la lista incluiría una piel de seda y
un pecho suficiente para una manada de vacas.
Excepto con Zanahoria. Eso era casi... casi la única
cosa enojosa en él. Ella sospechaba que a él no le importaría si se afeitaba la
cabeza o se dejaba crecer la barba. No era que él no fuera a notarlo, pero no
le importaría, y por alguna razón eso era muy irritante.
—Lo único que puedo sugerir —dijo—, es que las mujeres
se sienten frecuentemente atraídas por hombres que las hacen reír.
Nobby brilló.
—¿De veras? —dijo—. Debería ser bueno en eso,
entonces.
—Bien.
—La gente se ríe de mí todo el tiempo.
Arriba, inconsciente de la lluvia que ya le había
empapado hasta la piel, Ossie Recio controló el forro de hule de su arco y lo
preparó para la larga espera.
~ 0 ~
La lluvia era amiga de los policías. La gente de la
noche estaba cometiendo crímenes de puertas adentro.
Vimes se detuvo al abrigo de una de las fuentes de la
Plaza Sator. La fuente no había funcionado por años, pero él se estaba mojando
como si funcionara a pleno. No había experimentado lluvia horizontal antes.
No había nadie por allí. La lluvia marchaba a través
de la plaza como... como un ejército...
Ahora venía un recuerdo de juventud. Lo mucho que se
divertían cuando esperaban en los oscuros callejones y saltaban sobre la gente.
La lluvia caía a cántaros...
Ah, sí... Cuando era un niño había imaginado que las
gotas que caían en las cunetas eran soldados. Millones de soldados. Y las
burbujas que algunas veces pasaban flotando eran hombres a caballo.
Ahora no recordaba qué eran esos ocasionales perros
muertos. Alguna clase de arma de sitio, posiblemente.
El agua se arremolinó alrededor de sus botas y goteó
de su capa. Cuando trató de encender un cigarro el viento apagó el fósforo y la
lluvia cayó de su yelmo y empapó el cigarro.
Sonrió en la noche.
Temporalmente, era un hombre feliz. Estaba congelado,
mojado y solo, tratando de mantenerse a salvo de lo peor del clima a las tres
de una espantosa mañana. Había pasado algunas de las mejores noches de su vida
de esta manera. En tiempos en que podía... encoger los hombros así y dejar que la cabeza se escondiera así y convertirse en una pequeña pieza
de calor y paz, con la lluvia repicando en su yelmo, con la mente latiendo,
arreglando el mundo...
Era como en los viejos tiempos, cuando a nadie le
importaba la Guardia y todo lo que tenías que hacer era mantenerte lejos de los
problemas. Aquellos eran días en los que no había mucho que hacer.
Pero sí había
mucho que hacer, dijo una voz interior. Y tú no lo has hecho.
Podía sentir la porra oficial colgando pesadamente en
el bolsillo especial que la misma Sybil había cosido en sus pantalones. ¿Por
qué es solamente un trozo de madera?, se preguntó mientras la sacaba. ¿Por qué
no es una espada? Ése es un símbolo
de poder. Y entonces se dio cuenta por qué nunca sería una espada.
—Ho, allí, ¡buen ciudadano! ¿Puedo preguntar a qué te
dedicas en esta fiera mañana?
Suspiró. Había una linterna que aparecía a través de
la oscuridad, rodeada por un halo de agua.
Ho, allí, buen
ciudadano... Había solamente una
persona en la ciudad que podía decir algo así y con sinceridad.
—Soy yo, capitán.
El halo se aproximó e iluminó la cara empapada del
Capitán Zanahoria. El joven hizo un saludo -a las malditas tres de la mañana,
pensó Vimes- que podría haber llenado de lágrimas de felicidad los ojos del más
sicótico de los sargentos.
—¿Qué está haciendo aquí afuera, señor?
—Quería controlar... las cosas —dijo Vimes.
—Podría haber dejado todo eso a mí, señor —dijo
Zanahoria—, la delegación es la clave del buen comando.
—¿De veras? ¿Lo es? —preguntó Vimes amargamente—. Mi
palabra, vivimos y aprendemos, eso es. —Y probablemente tú aprendes, se dijo a
sí mismo. Y estaba casi seguro de que estaba siendo miserable y estúpido.
—Casi hemos terminado, señor. Hemos controlado todos
los edificios vacíos. Y hay un escuadrón adicional de alguaciles en camino. Y
las gárgolas se mantendrán tan arriba como puedan. Usted sabe lo buenas que son
para observar, señor.
—¿Gárgolas? Pensé que teníamos al Alguacil
Pitorrobajo...
—Y al Alguacil Pediment ahora, señor.
—¿Uno de los tuyos?
—Uno de los nuestros, señor. Usted firmó...
—Sí, sí. Estoy seguro de haberlo hecho. ¡Maldición!
Una ráfaga de viento tomó el agua que caía por un
canalón sobrecargado y la lanzó por el cuello de Vimes.
—Ellos dicen que la isla nueva ha alterado las
corrientes de aire —dijo Zanahoria.
—No solamente el aire —dijo Vimes—. ¡Un montón de
maldito jaleo por unas millas cuadradas de pantano y algunas ruinas viejas! ¿A
quién le importan?
—Dicen que es importante estratégicamente —dijo
Zanahoria, poniéndose a su lado.
—¿Para qué? No estamos en guerra con nadie. ¡Hah! Pero
podemos meternos en guerra para conservar una maldita isla que solamente es
útil en caso de que vayamos a la guerra, ¿correcto?
—Oh, su señoría tendrá todo arreglado para hoy. Estoy
seguro de que cuando los hombres de buenas maneras y buena voluntad se sientan
alrededor de una mesa ningún problema deja de ser resuelto —dijo Zanahoria
alegremente.
Lo está, pensó Vimes desanimado. Realmente está
seguro.
—¿Conoces mucho sobre Klatch? —preguntó.
—He leído un poco, señor.
—Lugar arenoso, dicen...
—Sí, señor. Aparentemente.
Hubo un estrépito en algún lugar por encima de ellos,
y un grito. Los policías eran entrenados muy bien en gritos. Para el connoisseur había un mundo de
diferencias entre ‘¡Estoy borracho y me apreté los dedos y no me puedo
levantar!’ y ‘¡Cuidado, él tiene un cuchillo!’
Ambos hombres comenzaron a correr.
Una luz parpadeó en una angosta calleja. Pasos pesados
se desvanecieron en la oscuridad.
La luz oscilaba detrás de la ventana rota de un
negocio. Vimes irrumpió por la puerta, se quitó la capa y la arrojó sobre el
fuego que ardía en medio del piso.
Hubo un siseo y olor a cuero caliente.
Entonces Vimes se enderezó y trató de darse cuenta de
dónde demonios estaba.
Había gente que le miraba fijo. Lentamente, su mente
empalmó pistas: el turbante, la barba, las joyas de la dama...
--¿De dónde vino?
¿Quién es este hombre?
—Er... buen día —dijo—. Parece que hubo un pequeño
accidente. —Levantó la capa cautelosamente.
Una botella rota yacía en un charco de aceite que
ardía.
Vimes miró hacia la ventana rota.
—¡Oh...!
Las otras dos personas eran un chico tan alto como su
padre y una niña que trataba de esconderse detrás de su madre.
Vimes sintió su estómago ponerse frío.
Zanahoria llegó a la puerta.
—Los perdí —dijo jadeando—. Había tres, creo. No se
puede ver nada con esta lluvia... Oh, es
usted, señor Goriff. ¿Qué ha sucedido?
--¡Capitán Zanahoria!
¡Alguien lanzó una botella ardiendo a través de nuestra ventana y luego este
hombre andrajoso entró velozmente y la quitó!
—¿Qué ha dicho? ¿Qué has dicho? —preguntó Vimes—.
¿Hablas Klatchiano?
—No muy bien —dijo Zanahoria modestamente—. No puedo
lograr el sonido-por-detrás del cuello de...
—Pero... ¿puedes entender lo que dijo?
—Oh, sí. Le agradece inmensamente, ya que estamos. Está todo bien, señor Goriff. Es un guardia.
—Pero tú hablas...
Zanahoria se arrodilló y miró la botella rota.
—Oh, ya sabe cómo es. Uno viene aquí por la noche
buscando un panecillo de anís caliente, y se queda charlando. Debe haber
aprendido mal la palabra, señor.
—Bueno... puede ser vindaloo, pero...
—Esto es una bomba incendiaria, señor.
—Ya lo sé, capitán.
—Esto está mal. ¿Quién haría una cosa así?
—¿En este momento? —preguntó Vimes—. Media ciudad,
podría decir.
Miró a Goriff. Reconoció vagamente esa cara. Reconoció
vagamente la cara de la señora Goriff. Eran... caras. Habitualmente estaban en
el otro extremo de algún brazo que sostenía un trozo de curry o un pincho.
Algunas veces el niño corrió por la zona. El negocio estaba abierto desde muy
temprano por la mañana hasta muy tarde en la noche, cuando las calles estaban
llenas de panaderos, ladrones y guardias.
Vimes conocía el lugar como Comidas Mundanas. Nobby
Nobbs había dicho que Goriff había preguntado por una palabra que significara
ordinario, diario, al instante, y había preguntado hasta que encontró una que
le sonaba bien.
—Er... dile... dile que te quedarás aquí, y que yo
volveré hasta la Casa de la Guardia y que enviaré alguien a relevarte —dijo
Vimes.
—Gracias —dijo Goriff.
—Oh, entiendes... —Vimes se sintió como un idiota—.
Claro que entiendes, debes haber estado aquí desde, dime, ¿hace seis años?
—Diez años, señor.
—¿De veras? —dijo Vimes asombrado—. ¿Tanto tiempo? ¿De
veras? Mi dios... bien, mejor me voy... Buenos días a todos...
Se apuró a salir hacia la lluvia.
«Debo haber estado entrando allí por años, pensó
mientras chapoteaba en la oscuridad. Y yo sé cómo decir ‘vindaloo’. ¿Y...
‘korma’...? Zanahoria apenas ha estado cinco minutos y ya grazna el idioma como
un nativo».
Por los cielos, puedo hacerlo bien en idioma enano, y
puedo decir ‘corta esa roca, estás bajo arresto’ en troll, pero...
Entró en la Casa de la Guardia con el agua cayendo por
todos lados. Fred Colon estaba medio dormido en el escritorio. En atención a
que conocía a Fred desde hacía tiempo, Vimes hacía ruido extra mientras se
quitaba la capa.
Cuando el oficial se dio vuelta, el sargento estaba
sentado y atento.
—No sabía que estuviera de guardia esta noche, señor
Vimes...
—Esto no es oficial, Fred —dijo Vimes. Aceptaba el
‘señor’ de algunas personas. De alguna manera, se lo habían ganado—. Envía
alguno hasta Comidas Mundanas en el Callejón Escándalo, ¿quieres? Hay un
pequeño problema allí.
Llegó a las escaleras.
—¿Ya se queda, señor? —preguntó Fred.
—Oh, sí —respondió Vimes sonriendo—. Tengo que darle a
la papelería.
La lluvia cayó sobre Leshp con tanta fuerza que tal
vez la isla no debiera haberse tomado la molestia de subir desde el fondo del
mar.
Casi todos los exploradores durmieron en sus botes.
Había edificios en la isla, pero...
... los edificios no estaban demasiado bien.
Sólido Jackson se arrastró fuera de la lona que había
improvisado en la cubierta. La niebla se levantaba desde el suelo empapado y
era iluminada por el destello ocasional de un relámpago.
La ciudad, bajo la luz de la tormenta, parecía
demasiado malévola. Había cosas que
podía reconocer -columnas, senderos, arcadas y todo eso- pero había otras... se
encogió de hombros. Parecía que la gente hubiese tratado de agregar toques
humanos a las estructuras realmente antiguas...
Ero por causa de su hijo que todos se habían quedado
en los botes.
Una partida de pescadores de Ankh-Morpork había ido
esa mañana a buscar los montones de tesoros que todo mundo sabía que proliferan
en el fondo del océano, y habían encontrado un piso embaldosado, lavado por la
lluvia. Cuadros blancos y azules que mostraban un patrón de conchas y olas, y,
en el medio, un calamar.
Y Les dijo:
—Parece muy bueno, Pá.
Y todo el mundo había mirado alrededor hacia los
edificios cubiertos de humedad y todos habían compartido el pensamiento, que no
dijeron, pero que estaba hecho por pequeños pensamientos como las ocasionales
ondas en los charcos y las pequeñas salpicaduras en el agua oscura de los
sótanos que hacen pensar en garras cribando la profundidad, y en las cosas feas
que algunas veces aparecen en las playas o pescadas en las redes. Algunas veces
empujas por la borda cosas que pondrían a un hombre lejos del pescado por el
resto de su vida.
Y de repente, nadie quiso seguir explorando, por las
dudas encontrasen algo.
Sólido Jackson volvió a meter la cabeza debajo de la
lona.
—¿Por qué no nos estamos yendo a casa, Pá? —preguntó
su hijo—. Dijiste que este lugar te daba miedo.
—De acuerdo, pero son miedos de Ankh-Morpork, ¿lo ves?
Y ningún extranjero le pondrá las manos encima.
—¿Pá?
—Sí, muchacho.
—¿Quién era el señor Hong?
—¿Cómo puedo saberlo?
—Digo, cuando estábamos regresando a los botes uno de
los hombres dijo: ‘Sabemos todos lo que ocurrió con el señor Hong cuando abrió
el Tres Alegres Fugados - Bar de Pescados, en el lugar del templo del viejo
dios-pez en la Calle Dagon, en la noche de luna llena, ¿verdad?’ Bueno, yo no
lo sé.
—Ah... —Sólido Jackson dudó. Pero Les ya era un
muchacho grande.
—Él... cerró y se marchó con un poco de apuro,
muchacho. Tan rápido que se dejó algunas cosas.
—¿Como cuáles?
—Si tienes que saber... media oreja y un riñón.
—¡Vaya!
El bote cabeceó y la madera se astilló. Jackson quitó
la lona. El rocío lo empapó. En algún lugar de la oscuridad mojada una voz
gritó:
—¿Por qué no pones luces, primo segundo de un chacal?
Jackson tomó la linterna y la sostuvo en alto.
—¿Qué estás haciendo en aguas territoriales de
Ankh-Morpork, tú, demonio comedor de camellos?
—¡Estas aguas nos pertenecen!
—¡Estuvimos aquí primero!
—¿Sí? ¡Nosotros
estuvimos primeros!
—Nosotros estuvimos primeros.
—¡Tú dañaste mi bote! ¡Eso es piratería, eso es!
Había otros gritos alrededor. En la oscuridad ambas
flotillas habían chocado. El bauprés se salió de las jarcias. Los cascos
retumbaron. El pánico controlado que es lo común en marinería se convirtió en
pánico frenético compuesto por oscuridad, lluvia, y demasiados aparejos que se
soltaban.
En tiempos como estos las antiguas tradiciones del mar
que unen a todos los marineros dicen que alguno debía ponerse en la proa y
unirlos en contra del enemigo común, el hambre y el incansable océano.
De cualquier modo, en este punto el señor Arif le pegó
al señor Jackson en la cabeza con un remo.
~ 0 ~
—¿Hnh? ¿Wuh?
Vimes abrió el único ojo que apareció. Tenía una
horrible mirada.
... Le leí los ritos,
con lo cual, dijo, su policía. Sargento Detritos entonces, lo detuvo, sobre lo
que dijo, ouch...
«Debe haber un montón de cosas en las que no soy
bueno, pensó Vimes, pero al menos no pongo puntuación en una frase como quien
le pone La Cola al Burro...»
Rodó su cabeza para quitar la vista de la gramática
entrecortada de Zanahoria. La pila de papeles se deslizó debajo de él.
El escritorio de Vimes se estaba haciendo famoso. Una
vez hubo pilas, pero se habían deslizado como hacen las pilas, formando esta
capa densa y compacta y que ahora se estaba convirtiendo en algo como turba. Se
decía que había platos con alimentos no terminados por allí abajo. Nadie quería
mirar. Otras personas decían que habían escuchado algo moviéndose.
Una tosesilla se escuchó. Vimes volvió a rodar su
cabeza y miró la cara rosada de Willikins. El mayordomo de Lady Sybil. También
su mayordomo, técnicamente, aunque Vimes odiaba pensar en él de ese modo.
—Pienso que debiéramos actuar con premura, Sir Samuel.
He traído su uniforme de gala, y sus cosas de afeitarse están con la palangana.
—¿Qué? ¿Qué?
—Debe estar en la Universidad en media hora. Lady
Sybil me ha hecho responsable de que si no está allí, ella usará sus intestinos
para hacer cordones de zapatos, señor.
—¿Estaba sonriendo? —preguntó Vimes tambaleante
mientras se dirigía hacia la palangana humeante sobre el lavatorio.
—Apenas, señor.
—Oh, dioses...
—Sí, señor.
Vimes intentó afeitarse mientras Willikins, por
detrás, le cepillaba. Afuera, los relojes de la ciudad comenzaban a dar las
diez.
«Serían casi las cuatro cuando... Sé que escuché el
cambio de guardia a las ocho, y entonces tuve que revisar los gastos de Nobby,
que son matemáticas avanzadas si alguna vez existe eso...»
Trató de bostezar y afeitarse al mismo tiempo, lo que
nunca es una buena idea.
—¡Maldición!
—Le pondré algo de papel absorbente encima, señor
—dijo Willikins sin mirar alrededor. Cuando Vimes se tocó la mejilla, el
mayordomo continuó—: Me gustaría tener la oportunidad de presentar un material
importado, señor...
—¿Sí? —Vimes miró de reojo las calzas rojas que
parecían ser la pieza mayor de su uniforme.
—Lo siento mucho, me temo que debo pedir dejarle para
entregar mi novedad, señor. Deseo unirme a los Colores.
—¿Los colores de quién, Willikins? —dijo Vimes,
sosteniendo una camisa con mangas abombadas. Entonces su cerebro volvió a la
huella—. ¿Quieres hacerte soldado?
—Ellos dijeron que Klatch necesita aprender una buena
lección, señor. Nunca se ha visto un Willikins esperando mientras la patria
llama. Pensé que la Infantería Pesada de Lord Venturi sería para mí. Tienen
uniforme particularmente atractivo en rojo y blanco, señor. Con sapos dorados.
Vimes se puso las botas.
—Tienes experiencia militar, ¿verdad?
—Oh, no, señor. Pero aprendo pronto. Señor, y creo que
tengo alguna habilidad con el cuchillo de mondar. —El rostro del mayordomo
mostraba una atención patriótica.
—En pavos y... —dijo Vimes.
—Sí, señor —dijo Willikins, dándole brillo al yelmo
ceremonial.
—Y estás listo para pelear contra las aullantes hordas
de Klatch, ¿verdad?
—Si llegamos a eso, señor —dijo Willikins—. Creo que
está adecuadamente brillante ahora, señor.
—Un lugar muy arenoso, eso dicen.
—Sí que lo es, señor —dijo Willikins, ajustando el
casco por debajo del mentón de Vimes.
—Y rocoso. Muy rocoso. Montones de rocas. Polvoriento,
también.
—Muy reseco en algunas partes, señor, creo que está en
lo cierto.
—Y entonces, dentro de esta tierra de polvo color
arena, y rocas color arena, y arena color arena, tú, Willikins, ¿marcharás con
tu experiencia en cortar pavos y tu uniforme rojo y blanco?
—Con los sapos dorados, señor —Willikins encajó la
mandíbula—. Sí, señor. Si la necesidad lo exige.
—¿No ves nada incorrecto en esa imagen?
—¿Señor?
—Oh, no importa —Vimes bostezó—. Bueno, te
extrañaremos, Willikins. —«Otros tal vez no, pensó. Especialmente si tienen
tiempo de hacer un segundo disparo».
—Oh, Lord Venturi dice que todo terminará en Hogswatch[3], señor.
—¿Realmente? No sabía que había comenzado.
Vimes corrió escaleras abajo y tras el aroma del
curry.
—Le guardamos algo, señor —dijo el Sargento Colon—.
Estaba dormido cuando el muchacho lo trajo.
—Era el muchacho de Goriff —dijo Nobby, cazando un
grano de arroz alrededor de su plato de metal—. Suficiente para la mitad del
turno.
—Las recompensas del trabajo —dijo Vimes, apurándose
hacia la puerta.
—Pan y picle de mango y todo lo demás —dijo Colon
feliz—. Siempre dije que ese Goriff no era tan malo para ser un cabeza de
trapo.
Un charco de
brillante aceite... Vimes se detuvo en
la puerta. La familia, todos juntos...
Miró su reloj. Eran las diez y veinte. Si corría...
—Fred, ¿puedes pasar por mi oficina? —dijo—. Será sólo
un momento.
—Sí, señor.
Vimes dejó pasar al sargento escaleras arriba y cerró
la puerta.
Nobby y el otro guardia se estiraron para escuchar,
pero no había otro sonido que un bajo murmullo que siguió por un tiempo.
La puerta se abrió nuevamente. Vimes bajó las
escaleras.
—Nobby, sal para la Universidad en cinco minutos,
¿quieres? Quiero quedar en contacto y estoy condenado si recibo una paloma con
este uniforme.
—Sí, señor.
Vimes se fue.
Unos minutos más tarde el Sargento Colon caminó
silenciosamente hasta la oficina principal. Tenía un aspecto ligeramente
cristalino y caminó hasta su escritorio con la despreocupación que los que
están muy preocupados intentan adoptar. Jugueteó con algunos papeles por un
rato y dijo:
—A ti no te importa lo que la gente dice de ti, Nobby, ¿o sí?
—Si me importara eso estaría preocupándome todo el
tiempo, sarge —dijo el Cabo Nobbs alegremente.
—Bueno. ¡Bueno! Y tampoco me importa lo que la gente
dice de mí —Colon se rascó la cabeza—. No tiene sentido, realmente. Reconozco
que Sir Sam está perdiendo mucho sueño.
—Es un hombre muy ocupado, Fred.
—Trata de hacer todo, ese es el problema. Y... ¿Nobby?
—¿Sí?
—Soy el Sargento Colon, gracias.
~ 0 ~
Había jerez. Siempre había jerez en estas ocasiones.
Sam Vimes lo notó desapasionadamente, ya que él siempre tomaba jugos de frutas
en estos días. Escuchó que ellos hacían el jerez dejando echar a perder el
vino. No entendía el asunto del
jerez.
—Y tratarás de verte digno, ¿verdad? —dijo lady Sybil,
ajustándose la capa.
—Sí, querida.
—¿Cómo tratarás de verte?
—Digno, querida.
—Y, por favor,
trata de ser diplomático.
—Sí, querida.
—¿Qué tratarás de ser?
—Diplomático, querida.
—Estás usando esa voz de gallina, Sam.
—Sí, querida.
—Sabes que no es justo.
—No, querida —Vimes levantó una mano en gesto teatral
de sumisión—. Está bien, está bien.
Es por estas plumas. Y estas pantaletas —Hizo una mueca y trató
subrepticiamente de arreglarse en un esfuerzo para evitar convertirse en el
primer ingle-ahorcada de la ciudad—. Quiero decir, suponiendo que la gente me
mire.
—Por supuesto que te mirarán, Sam. Estarás encabezando
el desfile. Y estoy muy orgullosa de ti.
Ella sacudió alguna pelusa de su hombro[4].
«Plumas en mi sombrero, pensó Vimes con abatimiento. Y
calzas de fantasía. Y pectoral brillante. Un pectoral no debería ser brillante.
Debería ser muy abollado para ser decente. ¿Charla diplomática? ¿Cómo podría
saber yo eso de charlar diplomáticamente?»
—Y ahora debo ir a tener unas palabras con Lady
Selachii —dijo Lady Broil—. Estarás bien, ¿verdad? Sigues bostezando.
—Por supuesto. No dormí bien anoche, eso es todo.
—¿Prometes no huir?
—¿Yo? Yo nunca
huyo...
—Huiste antes de la gran velada para el Embajador de
Genuan. Todo mundo te vio.
—Me llegó la noticia que la banda de De Bris estaba
robando la bóveda de Vortin.
—Pero no tienes que perseguir a todos, Sam. Tienes
empleados para eso ahora.
—Los tenemos, empero —dijo Vimes con satisfacción.
Lo disfrutó inmensamente también. No fue una
persecución tan estimulante, con su capa de terciopelo dejada tras un árbol y
con su sombrero en un charco por allí; fue el conocimiento de que mientras
estaba haciendo eso no estaba comiendo esos bocados pequeños y teniendo esa
charla más pequeña. No era propio del trabajo de un policía, consideró Vimes, a
menos que estés haciendo algo que alguien en algún lugar desea que no estés
haciendo.
Cuando Sybil desapareció entre la multitud encontró
una sombra y se perdió en ella. Eso le permitió ver casi todo en el Gran Salón
de la Universidad.
Le gustaban bastante los hechiceros. Ellos no cometen
crímenes. No la clase de crímenes de Vimes de cualquier manera. Lo oculto no
era el fuerte de Vimes. Los hechiceros podían mezclar todo la trama de tiempo y
espacio pero no hacen papeleo y eso era bueno para Vimes. Había muchos en el
Salón, todos en su gloria. Y no había nada mejor que ver un hechicero vestido
formalmente, aunque alguno podía encontrar algo parecido al Ave del Paraíso,
posiblemente por usar una banda elástica y alguna clase de gas. Pero los
hechiceros estaban exhibiendo todo porque el resto de los huéspedes era nobles
o líderes, o ambas cosas, y una ocasión como el Convivium hacía mostrarse
ufanos a todos.
Su mirada pasó de cara a cara conversadora, y se
preguntó inútilmente de qué era culpable cada persona[5].
Unos pocos embajadores estaban allí también. Era fácil
distinguirles. Vestían sus ropas nacionales pero, como sus trajes nacionales
eran ropas que vestían los campesinos comunes, se les veía un poco fuera de
lugar allí. Sus cuerpos vestían plumas y sedas, pero sus mentes persistían en
vestir trajes.
Conversaban en pequeños grupos. Uno o dos de ellos
inclinaron su cabeza y le sonrieron al pasar.
«El mundo está
observando», pensó Vimes. Si
algo iba mal y este asunto estúpido de Leshp comenzaba la guerra, eran hombres
como éstos quienes estarían trabajando para arreglar con el vencedor,
quienquiera que sea. No importa quién la comienza, no importa cómo fueron las
batallas; ellos querrían saber cómo arreglar las cosas ahora. Representaban lo que la gente llamaba ‘comunidad
internacional’. Y como todos usaban la palabra ‘comunidad’ nunca estabas seguro
de saber qué o quién era.
Se encogió de hombros. No era su mundo, gracias a los
dioses.
Se desplazó hacia el Cabo Nobbs, que estaba parado
junto a las puertas principales en esa especie de pose desgarbada que era lo
más cercano a estar firme que podía pedirse a Nobbs.
—¿Todo tranquilo, Nobbs? —preguntó por el extremo de
su boca.
—Sísseñor.
—¿Nada pasa con nada?
—Nosseñor. Ni una paloma en ningún lugar, señor
—¿Nada? ¿En ninguna parte?
—Nosseñor.
—¡Había problemas por todos lados ayer!
—Sísseñor.
—¿Le dijiste
a Fred que envíe una paloma si alguna cosa sucede?
—Sísseñor.
—¿Las Sombras? Siempre hay algo...
—Quieto como muerto, señor.
—¡Maldita sea!
Vimes sacudió su cabeza ante la completamente dudosa
fraternidad criminal de Ankh-Morpork.
—Supongo que no puedes traer un ladrillo y...
—Lady Sybil fue muy específica acerca de cómo tiene
que estar aquí —dijo el Cabo Nobbs mirando recto hacia adelante.
—¿Específica?
—Sí, señor. Vino y tuvo unas palabras conmigo. Me dio
un dólar —dijo Nobby.
—¡Ah, Sir Samuel! —dijo una resonante voz detrás de
él—. Creo que no ha sido presentado con el Príncipe Khufurah aún, ¿verdad?
Se volvió. El ArchiCanciller Ridículo estaba
inspeccionándole de arriba a abajo mientras remolcaba dos hombres morenos.
Vimes puso rápidamente su cara oficial.
—Este es el Comandante Vimes, caballeros. Sam... no,
lo estoy haciendo mal, ¿verdad? Al revés del protocolo. Demasiadas cosas que
tener en cuenta, el Tesorero se volvió a encerrar, no sabemos cómo hace para
quedarse dentro con la llave, quiero decir, no es como cuando se tiene una
cerradura por dentro...
El primer hombre estiró su mano mientras Ridículo se
alborotaba otra vez.
—Príncipe Khufurah —dijo—. Mi alfombra llegó hace
apenas dos horas.
—¿Alfombra? Oh... sí... usted voló...
—Sí, muy frío y por supuesto no se puede tomar una
buena comida. ¿Encontró su hombre, Sir Samuel?
—¿Qué? ¿Perdón?
—Creo que su embajador me dijo que usted tuvo que
dejar la recepción la semana pasada... —El príncipe era un hombre alto que
probablemente hubiera sido atlético antes de que las grandes cenas le hicieran
aumentar de peso. Y tenía barba. Todos los Klatchianos tenían barbas. Este
Klatchiano tenía ojos inteligentes. Desconcertantemente inteligentes. Le
mirabas dentro y varias capas de persona te miraban a ti.
—¿Qué? Oh, sí. Sí, lo capturamos —dijo Vimes.
—Bien hecho. Le dio batalla, ya veo.
Vimes pareció sorprendido. El príncipe se tocó la
mandíbula pensativo. La mano de Vimes se elevó y encontró un poco de pelusa en
su propio mentón.
—Ah... er... sí...
—El Comandante Vimes siempre atrapa su hombre —dijo el Príncipe.
—Bueno, no lo diría... Yo...
—El terrier de Vetinari, como escuché que le dicen
—prosiguió el Príncipe—. Siempre sobre la pista, dicen, y no lo deja ir.
Vimes se quedó mirando esa mirada calma y cómplice.
—Supongo que, al final, todos somos el perro de
alguien —dijo débilmente.
—De hecho es una fortuna haberle encontrado,
Comandante.
—¿Lo es?
—Estaba preguntándome acerca del significado de una
palabra que me gritaron mientras estábamos por aquí. ¿Sería tan amable?
—Er... si yo...
—Creo que era... déjeme ver... oh, sí... towelhead[6].
Los ojos del Príncipe se mantenían anclados sobre el
rostro de Vimes.
Vimes estaba consciente de sus propios pensamientos
moviéndose muy rápido, y parecían tomar sus propias decisiones. Explicaremos
después, dijeron. Estás muy cansado para explicaciones. Ahora, con este hombre,
es mucho mejor ser honesto...
—Se... se refiere a su vestuario —dijo.
—Oh. ¿Es alguna broma oscura?
Claro que él sabe, pensó Vimes. Y él sabe que yo sé...
—No, es un insulto —dijo, como al pasar.
—¿Ah? Bueno, por cierto que no podemos hacernos
responsables de los desvaríos de un idiota, Comandante —El Príncipe insinuó una
sonrisa—. Lo recomendaré, incidentalmente.
—¿Perdón?
—Por su demostración de sabiduría. Debo haberle hecho
esta pregunta a una docena de personas esta
mañana y, ¿sabe? Ninguna sabía su significado. Y todas parecían haber
pescado un catarro.
Hubo una pausa diplomática pero, dentro de ella,
alguien soltó una risita.
Vimes dejó que su mirada fuera al costado, hacia el
otro hombre, el que no había sido presentado. Era más bajo y más delgado que el
Príncipe y, debajo de su turbante negro, tenía la cara más abigarrada jamás
vista por Vimes. Una trama de cicatrices rodeaban una nariz como pico de
águila. Tenía algo como barba y bigote, pero las cicatrices habían afectado
tanto el crecimiento del cabello que le salía en trozos extraños y ángulos
raros. El hombre parecía como si hubiese sido golpeado en la boca por un erizo.
Podía tener cualquier edad. Algunas de las cicatrices parecían recientes.
Visto en conjunto, el hombre tenía un rostro que
cualquier policía hubiese arrestado a primera vista. No era posible que fuese
inocente de nada.
Pescó la expresión de Vimes y sonrió, y Vimes nunca
vio tanto oro en una sola boca. Nunca había visto tanto oro en ningún lugar.
Vimes se dio cuenta de que estaba observando cuando
debía haber estado haciendo charla diplomática muy educada.
—Entonces —dijo—, ¿tendremos una pelea por este asunto
de Leshp o qué?
El Príncipe hizo un gesto desdeñoso con los hombros.
—Pfui... —dijo—. ¿Unas pocas millas cuadradas de suelo
fértil deshabitado con fondeadero superior en una posición estratégica
imposible de usurpar? ¿Qué clase de gente civilizada y consecuente pelearía por
eso?
Una vez más Vimes sintió esa mirada sobre él, leyendo en él. Bueno, al diablo con
ello. Dijo:
—Lo siento. No soy bueno en los asuntos diplomáticos.
¿Quiere decir lo que ha dicho?
Se escuchó otra risita. Vimes se volvió y miró la
obscena cara barbada otra vez. Y fue consciente de un aroma, no, de una vaharada a ajos.
Santo cielo, está
masticando esas cosas asquerosas...
—Ah —dijo el Príncipe—, ¿no le han presentado a
71-horas Ahmed?
Ahmed sonrió otra vez y se inclinó.
—Offendi —dijo, en una voz que sonaba a sendero de
gravilla.
Y eso parecía. No ‘Este es 71-horas Ahmed, Agregado
Cultural’, o ‘71-horas Ahmed, mi guardia personal’, o aún ‘71-horas Ahmed,
violador de bóvedas y asesino de polillas’. Era claro que el siguiente
movimiento debía hacerlo Vimes.
—Es... er... es un nombre poco común —dijo.
—No completamente —dijo el Príncipe suavemente—. Ahmed
es un nombre muy común en mi país.
Miró a lo lejos otra vez. Vimes reconoció que era un
preludio de una confidencia.
—Incidentalmente, ¿era esa hermosa dama su primera
esposa?
—Er... todas mis esposas —dijo Vimes—. Eso es...
—¿Puedo ofrecerle veinte camellos por ella?
Vimes miró dentro de los negros ojos por un momento, a
la sonrisa de 24 quilates de 71-horas Ahmed, y dijo:
—Esta es otra prueba, ¿verdad...?
El Príncipe se enderezó, complacido.
—Bien hecho, Sir Samuel. Es usted bueno en esto. ¿Sabe que el señor Boggis del Gremio de los Ladrones
está preparado para aceptar quince?
—¿Por la señora Boggis? —Vimes movió su mano
displicente—. Nah... cuatro camellos... puede que cuatro camellos y una cabra,
con buena luz. Y cuando ella se afeite.
La multitud de huéspedes se volvió ante el sonido de
la explosión de risa del Príncipe.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! Me temo, Comandante, que
algunos de sus ciudadanos se sienten
así porque mi gente inventó las
matemáticas avanzadas y creen que somos unos completos bárbaros que trataremos
de comprar sus esposas al simple antojo, déjeme decirlo, de nuestros turbantes.
Me sorprende que me den descuentos especiales considerando lo modesto que soy.
—¿Oh? ¿De qué descuento habla? —preguntó Vimes. No es
extraño que este hombre sea un diplomático. No se puede confiar en él, pensó a
saltos, y no puedes sentir simpatía por él.
El Príncipe sacó una carta de su traje.
—Aparentemente, es un Doctorum Adamus cum Flabello
Dulci. ¿Algo anda mal, Sir Samuel?
Vimes se las arregló para cambiar la risa traicionera
en un acceso de tos.
—No, no, nada —dijo—. No.
Desesperadamente quería cambiar el tema. Y
afortunadamente había algo que venía justo para la oportunidad.
—¿Por qué tiene el señor Ahmed una espada curva enorme
colgando a su espalda? —preguntó.
—Ah, usted es un policía, nota esas cosas...
—Apenas es un arma oculta, ¿verdad? Es casi tan grande
como él. ¡Es prácticamente un portador oculto!
—Es ceremonial —dijo el Príncipe—. Y él se preocuparía
mucho si tuviese que dejarla.
—¿Y cuál es exactamente su...?
—Ah, allí está —dijo Ridículo—. Creo que estamos
listos para usted. Sabe que usted irá adelante y a la derecha, Sam...
—Sí, lo sé —dijo Vimes—. Estaba preguntando a su
Alteza qué...
—... y si usted, su Alteza, y usted, señor... mi Dios,
qué espada tan grande, y usted viene aquí detrás y tome su lugar entre los
huéspedes honorables, y estaremos listos en un abrazo de señores...
«De qué sirve tener la mente de un policía, pensó
Vimes, si una larga fila de hechiceros y huéspedes tratan de formar una
ordenada y digna línea detrás de él. Sólo porque alguien se hace placentero y
amigable comienzas a sentir sospechas de él, por ninguna otra razón que el
hecho de que nadie que hace lo posible para gustar a un policía puede tener
algo en la cabeza. Por supuesto, él es un diplomático, pero aún así...
solamente espero que no haya estudiado lenguas antiguas, y eso es un hecho».
Alguien tocó a Vimes en el hombro. Se volvió y
encontró la sonrisa de 71-horas Ahmed.
—Si zcambia
de opinión, offendi, le zdaré veinticinco camellos, sin zproblema —dijo, empujando un diente de
ajo con sus dientes—. Puede tener sus zlomos
llenos de frutas.
Guiño un ojo. Ése fue el gesto más sugestivo que Vimes
jamás viera.
—¿Es esta otra...? —comenzó, pero el hombre se había
evaporado entre la multitud.
—¿Mis lomos llenos de frutas? —repitió para sí—. Santo
cielo.
71-horas Ahmed reapareció sobre su otro hombro con una
ráfaga de ajos.
—Me voy, zvengo
—gruñó feliz—. El Príncipe zdice que
el grado es Doctor de Dulce Fanny Adams. Un soplo
de zhechicero, ¿verdad? Oh, cómo nos
reímos.
Y entonces se fue.
~ 0 ~
El Convivium era el Gran Día de la Universidad Unseen.
Originalmente era sólo la ceremonia de graduación, pero a lo largo de los años
se había convertido en una especie de celebración de la relación amigable entre
la Universidad y la Ciudad, en particular para celebrar el hecho de que la
gente difícilmente volvería a quedar en silencio. En ausencia de algo similar
al espectáculo del Alcalde o de la apertura del parlamento, era una de las
pocas oportunidades formales en que los ciudadanos se podían burlar de los de
clase superior, o al menos de cualquiera que vistiese pantaletas y ropas
ridículas.
Se había vuelto tan enorme que ahora se realizaba en
la Opera House. Gente desconfiada -como Vimes- consideraba que era para poder
hacer un desfile. No había nada como las nutridas filas de hechiceros caminando
a través de la ciudad en un espíritu de amistad cívica para recordar,
sutilmente, a las personas pensantes que no siempre había sido de esta manera.
Mirad hacia nosotros, parecían decir los hechiceros. Solíamos regir esta
ciudad. Mirad nuestros grandes bastones con los pomos en el extremo. Cualquiera
de éstos podía causar muy serios daños en las manos equivocadas, de modo que
está bien, ¿verdad?, que estén en las manos correctas por el momento. ¿No está
bien que nos llevemos tan bien?
Y alguien, alguna vez, decidió que el Comandante de la
Guardia caminara adelante, por una razón simbólica. No había importado por años
porque no había Comandante de la Guardia, pero ahora había uno, y era Sam
Vimes. Con camisa roja con tontas y amplias mangas, calzas rojas, algo como
pantalones cortos inflados completamente fuera de moda, y para rematar, en una
época en que la sílice estaba al borde de la alta tecnología, un pequeño
pectoral brillante y un yelmo con plumas.
Y realmente él necesitaba dormir.
Y tenía que portar una porra.
Mantenía sus ojos fijos en esa maldita cosa mientras
salía por el portón principal de la Universidad. La lluvia de la noche anterior
había limpiado el cielo. La ciudad echaba vapor.
Si miraba fijo a la porra no tenía que ver quién
estaba burlándose de él.
Lo malo es que tenía que seguir mirando esa cosa.
Decía, en un escudo deslustrado que tuvo que pulir
para poder leer, Protector del Trozo del Rey.
Eso había iluminado levemente la ocasión.
Plumas y antigüedades, galones dorados y cuero...
Posiblemente era porque estaba cansado, o porque
estaba tratando de aislarse del mundo, pero Vimes se encontró a sí mismo
caminando lentamente en la tradicional manera de caminar de los vigilantes y en
el tradicional proceso de pensamiento perezoso.
Era casi una respuesta Pavloviana.[7] Las piernas oscilaban, los pies se movían, la mente
comenzaba a trabajar de una manera determinada. No era exactamente un estado de
sueño. Era que los oídos, nariz y ojos giraban derecho hacia el antiguo nodo de
‘bastardos sospechosos’, dejando el centro del cerebro superior libre como una
rueda.
... Cuero y calzas... ¿Qué clase de vestido era ése
para un vigilante? Una armadura aporreada, pantalones de cuero grasiento, y una
camisa gastada con manchas de sangre, preferiblemente de alguna otra persona...
eso era lo correcto... una buena sensación de los adoquines a través de las
botas, eso era reconfortante...
Detrás de él la confusión crecía por las filas, el
desfile se demoraba para mantener el paso.
... Hah, Protector
del Trozo del Rey... por supuesto, le había dicho al viejo que se lo
entregó:
—¿Qué pedazo tiene usted en mente? —pero había caído
en oídos sordos... maldita estúpida cosa, pensó, un trozo de madera con una
bola de plata en el extremo... incluso un alguacil tiene una espada decente,
¿qué se supone que haga, sacudirlo
ante la gente? ... mis dioses, han pasado meses desde que di un buen paseo por
las calles... mucha gente aquí hoy... será por un desfile, ¿no había...?
—Mi Dios —dijo el Capitán Zanahoria entre la
multitud—. ¿Qué está haciendo?
Cerca de él un turista de Agatea estaba empujando
trabajosamente la palanca de su iconografía.
El Comandante Vimes se detuvo y, con la mirada
ausente, metió el bastón debajo de un brazo y levantó su yelmo.
El turista miró a Zanahoria y tiró de su camisa
educadamente.
—Por favor, ¿qué está haciendo? —preguntó.
—Er... él está... está saliendo...
—Oh, no...
—dijo Angua.
—... está sacando el paquete de cigarrillos
ceremoniales de su yelmo —dijo Zanahoria—. Oh... y está encendiendo uno...
El turista empujó su palanca un par de veces.
—¿Una tradición muy histórica?
—Memorable —murmuró Angua.
La multitud había hecho silencio. Nadie quería quebrar
la concentración de Vimes. Era ese delicioso silencio de miles de personas
conteniendo el aliento.
—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó Zanahoria.
—¿No puedes ver? —dijo Angua.
—No con las manos sobre mis ojos. Oh, pobre hombre...
—Acaba... acaba de hacer un anillo de humo...
—El primero del día, siempre lo hace.
—... y ahora sale otra vez... y ahora ha tomado la
porra y la ha lanzado al aire y la ha pescado de nuevo, ya sabes, como lo hace
con la espada cuando está pensando... parece bastante feliz...
—Creo que realmente va a atesorar este momento de
felicidad —dijo Zanahoria.
Entonces el murmullo comenzó. El desfile se había
detenido detrás de Vimes. Algunos de los más impresionables que no estaban
seguros de lo que harían, y los que habían probado por demás el cherry de la
Universidad, comenzaron a buscar alrededor de sí mismos algo que echar al aire
y capturar. Después de todo, era una Ceremonia Tradicional. Si tenías la idea
de que no harías cosas porque eran aparentemente ridículas mejor te volvías ya
mismo a casa.
—Está cansado, eso es lo que tiene —dijo Zanahoria—.
Ha estado corriendo y supervisando cosas por días. Guardias de día y de noche. Ya sabes que es una persona
de hacerse cargo.
—Ojalá el Patricio acuerde en dejarle así.
—Oh, su señoría no podría... No podría, ¿o sí?
Las risas comenzaban. Vimes pasaba la porra de una
mano a la otra.
—Puede hacer que su espada dé tres vueltas y aún
atraparla...
La cabeza de Vimes giró. Miró hacia arriba. Su porra
repicó sobre los adoquines y rodó hasta un charco, olvidada.
Entonces comenzó a correr
Zanahoria le miró y trató de ver hacia dónde había
estado mirando el Comandante.
—A lo alto de Barbican... —dijo—. En esa ventana...
¿hay alguien allí? Perdone, perdona, lo siento, perdone... —Comenzó a abrirse
camino entre la multitud.
Vimes era una figura pequeña en la distancia, con su
capa roja volando por detrás.
—¿Y bien? Hay montones de gente mirando el desfile
desde lugares altos —dijo Angua—. ¿Qué tiene de especial...?
—¡Nadie debería estar allí arriba! —dijo Zanahoria
lanzándose a la carrera ahora que estaba libre—. ¡Está todo sellado!
Angua miró a su alrededor. Todos los rostros estaban
mirando hacia el teatro callejero y había un carro cerca. Suspiró y le dio la
vuelta por detrás con una expresión indiferente. Había un jadeo, un sonido
apagado pero claramente orgánico, un gañido sordo y entonces el clank de una
armadura golpeando el suelo.
~ 0 ~
Vimes no sabía por qué corría. Era su sexto sentido.
Es como cuando desde la nuca llega el aviso de que algo malo sucederá, y no hay
tiempo de razonar, y solamente actuar.
Nadie podía estar en la punta de Barbican. Barbican
había sido la entrada fortificada en los días cuando Ankh-Morpork no
consideraba que un ejército en pie fuese una maravillosa oportunidad comercial.
Algunas partes aún eran útiles, pero el bloque eran seis o siete plantas de
ruinas, sin escaleras en las que cualquiera pueda confiar. Por años había sido
utilizado como una fuente no oficial de mampostería para el resto de la ciudad.
Trozos de ella se caían en las noches de viento. Incluso las gárgolas lo evitaban.
Se daba cuenta de que detrás de él el ruido de la
multitud se había convertido en gritos. Una o dos personas chillaban. No se
volvió. Lo que fuera que estuviera ocurriendo, Zanahoria podría hacerse cargo.
Algo saltó sobre él. Se parecía a un lobo cuyo
ancestro hubiese sido un perro de caza Klachistan de pelo largo, una de esas
cosas graciosas que eran todo nariz y pelo.
Saltó hacia adelante a través del desmoronado portón.
No se veía a la criatura por ningún lugar cuando Vimes
llegó. Pero su ausencia no era un asunto que llamara su atención a causa de la
presencia más importante del cadáver, tirado sobre un montón de mampostería
caída.
Una de las cosas que Vimes siempre decía -por decir,
una de las cosas que él decía que decía, y no había nadie en desacuerdo con el
oficial comandante- era que algunas veces un pequeño detalle, muy pequeños
detalles, cosas que nadie notaría en circunstancias ordinarias, tomaban sus
sentidos por el cuello y gritaban: «mírame».
Había un aroma persistente a especias en el aire. Y en
el espacio entre dos adoquines había un diente de ajo.
~ 0 ~
Eran las cinco de la tarde. Vimes y Zanahoria se
sentaron en la oficina exterior del Patricio, en silencio con excepción del
irregular tictac del reloj.
Después de un rato, Vimes dijo:
—Déjame ver eso otra vez.
Zanahoria, obediente, sacó el pequeño trozo de papel
cuadrado. Vimes lo miró. No había error en lo que mostraba. Lo metió dentro de
su propio bolsillo.
—Er... ¿Por qué quiere quedárselo, señor?
—¿Quedarme con qué?
—Con la iconografía que tomé prestada del turista.
—No sé de qué estás hablando —dijo Vimes.
—Pero...
—No puedo ver que llegues muy lejos en la Guardia,
capitán, si vas por allí mirando cosas que no están allí.
—Oh.
Parecía que el reloj sonaba más fuerte.
—Usted está pensando algo, señor, ¿verdad?
—Es un uso que doy ocasionalmente a mi cerebro,
capitán. Tan extraño como parezca.
—¿Qué está pensando, señor?
—Qué es lo que ellos quieren que yo piense —dijo
Vimes.
—¿Quiénes ellos?
—Todavía no lo sé. Un paso a la vez.
Una campana sonó.
Vimes se puso de pie.
—Tú sabes lo
que siempre digo —dijo.
Zanahoria se quitó el yelmo y se puso a pulirlo con la
manga.
—Sí, señor. ‘Todos son culpables de algo,
especialmente los que no lo son’, señor.
—No, no ése...
—Er... ¿‘Siempre ten en consideración que puedes estar
completamente equivocado’, señor?
—No, tampoco ése.
—Er... ‘Cómo ha conseguido Nobby un trabajo como
Vigilante’, señor? Usted lo dice siempre.
—¡No! Quiero decir ‘Siempre actúa como estúpido’,
Zanahoria.
—Ah, bien, señor. De ahora en adelante recordaré que
usted siempre dice eso, señor.
Pusieron sus yelmos debajo del brazo. Vimes tocó a la
puerta.
—Entre —dijo una voz.
El Patricio estaba parado delante de la ventana.
Sentados o parados en la oficina estaban Lord
Herrumbre y los demás. Vimes nunca entendió cómo eran elegidos los líderes
civiles. Parecía que simplemente aparecían, como una tachuela en la suela del
zapato.
—Ah, Vimes —dijo Vetinari.
—Señor.
—No batiremos la maleza, Vimes. ¿Cómo llegó ese hombre
allá arriba cuando su gente había controlado todo tan meticulosamente la noche
anterior? ¿Por magia?
—No podría decirlo, señor.
Zanahoria, que aún tenía la mirada fija delante de él,
parpadeó.
—Su gente sí
controló el Barbican, supongo.
—No, señor.
—¿No lo
hicieron?
—No, señor. Lo hice yo mismo.
—¿Usted, físicamente, lo controló, Vimes? —dijo Boggis
del Gremio de Ladrones.
El Capitán Zanahoria podía sentir los pensamientos de Vimes en este punto.
—Eso es correcto... Boggis —dijo Vimes sin volver la
cabeza—. Pero pensamos que alguien se metió por las ventanas que están
bloqueadas, y volvió a colocar las trabas después de pasar. El polvo tenía
señales y...
—¿Y usted no había notado eso, Vimes?
Vimes suspiró.
—Sería trabajoso volver a clavar las trabas a la luz
del día, Boggis, más aún en medio de la noche —«Nosotros no lo hubiéramos
hecho, dijo para sí. Angua había sentido el aroma».
Lord Vetinari se sentó en su escritorio.
—La situación es grave, Vimes.
—Sí, señor.
—Su Alteza ha sido seriamente lastimado. Y el Príncipe
Carnerocanalla, entendemos, está a su lado con furia.
—Insisten en que su hermano permanezca en la embajada
—dijo Lord Herrumbre—. Un insulto estudiado. Como si no tuviésemos buenos
cirujanos en esta ciudad.
—Está bien, por supuesto —dijo Vimes—. Y algunos de
ellos podrían darle una buena afeitada y un corte de cabello también.
—¿Quieres hacerme reír, Vimes?
—Claro que no, milord —dijo Vimes—. En mi opinión,
ningún cirujano tiene en su piso el aserrín más limpio que los de esta ciudad.
Herrumbre le lanzó una mirada hostil.
El Patricio tosió.
—¿Ha identificado al asesino? —preguntó el Patricio.
Zanahoria esperaba que Vimes dijera «Presunto asesino,
señor», pero en lugar de eso, dijo:
—Sí. Es... Era conocido como Ossie Recio, señor.
Ningún otro nombre que conozcamos. Vivía en la Calle del Mercado. Hacía
trabajos desagradables de tiempo en tiempo. Un tanto solitario. Sin parientes
ni amigos que pudiéramos encontrar. Estamos averiguando.
—¿Y eso es todo lo que saben? —dijo Lord Downey.
—Tomó algún tiempo identificarle, señor —dijo Vimes
sin inmutarse.
—Oh ¿Por qué?
—No puedo darle una respuesta técnica, señor, pero me
parece que ellos no necesitarían hacerle un ataúd, podrían haberle colocado
entre dos puertas.
—¿Estaba actuando solo?
—Solamente encontramos un cuerpo, señor. Y un montón
de mampostería recientemente caída, entonces...
—Quiero decir, ¿pertenece a alguna organización?
¿Alguna sugerencia de que fuese un anti-Klatchiano?
—¿Además del hecho de haber intentado matar a uno? Las
investigaciones continúan.
—¿Está tomando esto con seriedad, Vimes?
—He colocado a mis mejores hombres en el asunto,
señor. —«¿Quién parece preocupado?»—. El Sargento Colon y el Cabo Nobbs.
—«¿Quién parece aliviado?»—. Hombres muy experimentados. Las claves de la
Guardia.
—¿Colon y Nobbs? —dijo el Patricio—. ¿De veras?
—Sí, señor.
Las miradas se cruzaron muy fugazmente.
—Estamos recibiendo algunos ruidos muy amenazadores,
Vimes —dijo Vetinari.
—¿Qué puedo yo decir, señor? Vi a alguien arriba en la
torre, corrí, alguien disparó al Príncipe con una flecha y entonces encontré al
hombre arriba en la torre, obviamente muerto, con un arco roto y un montón de
piedras a su alrededor. La tormenta de la noche anterior probablemente aflojó
las cosas. No puedo asumir hechos que no existen, señor.
Zanahoria miró los rostros alrededor de la mesa. La
expresión general era de alivio.
—Un arquero solitario —dijo Vetinari—. Un idiota con
alguna clase de resentimiento. El que murió durante la ejecución del, uh,
intento de ejecución. Y, por supuesto, la valiente acción de nuestros
vigilantes probablemente previno un disparo fatal inmediato.
—¿Valiente acción? —dijo Downey—. Sé que el Capitán
Zanahoria aquí presente corrió hacia los VIP y Vimes se dirigió hacia la torre,
pero francamente, Vimes, su extraño comportamiento antes de eso...
—Algo irrelevante ahora —dijo Lord Vetinari. Una vez
más adoptaba una voz ligeramente lejana, como si informara a alguien más—. Si
el Comandante Vimes no hubiese demorado la procesión, el granuja habría hecho,
sin dudas, un mejor disparo. Y como iba todo, el hombre entró en pánico. Sí...
el Príncipe, posiblemente, aceptará eso.
—¿El Príncipe? —dijo Vimes—. Pero si el pobre
diablo...
—Su hermano —dijo el Patricio.
—Ah. ¿El bueno?
—Gracias, Comandante —dijo el Patricio—. Gracias,
caballeros. No voy a detenerles más. Oh, Vimes... una pequeña palabra, si es
tan amable. No con usted, Capitán Zanahoria. Estoy seguro de que alguien está
cometiendo crímenes en algún lugar.
Vimes se quedó mirando el muro del fondo mientras la
habitación se vaciaba. Vetinari dejó su silla y se fue hacia la ventana.
—Extraños días si los hay, Comandante —dijo.
—Señor.
—Por ejemplo, supongo que esta tarde el Capitán
Zanahoria estaba sobre el techo de la Opera House lanzando flechas hacia los
blancos de arquería.
—Muchacho muy entusiasta, señor.
—Podía suceder que la distancia entre la Opera House y
los blancos era la misma, ya lo sabe, que la distancia entre la punta del
Barbican y el punto donde el Príncipe fue alcanzado.
—Solamente una suposición, señor.
Vetinari suspiró.
—¿Y por qué estaba haciendo eso?
—Es algo gracioso, señor, pero él me estaba diciendo
el otro día que de hecho está en vigencia una ley que indica que cada ciudadano
debería practicar con el arco una hora al día. Aparentemente la ley es de 1356
y nunca fue...
—¿Sabe por qué hice salir al Capitán Zanahoria en este
momento, Vimes?
—No podría decirlo, señor.
—El Capitán Zanahoria en un joven honesto, Vimes.
—Sí, señor.
—¿Y sabía que hace una mueca cuando le escucha a usted
decir una mentira?
—¿De veras, señor? —«¡Maldición!»
—No puedo ver su cara haciendo muecas todo el tiempo,
Vimes.
—Muy agudo lo suyo, señor.
—¿Dónde estaba el segundo arquero, Vimes?
«¡Maldición!»
—¿El segundo arquero, señor?
—¿Ha tenido alguna vez el deseo de subir al escenario,
Vimes?
«Sí, al momento en que pueda saltar sobre él, donde
quiera que mire», pensó Vimes.
—No, señor.
—Lástima. Estoy seguro de que usted es una gran
pérdida para la actuación profesional. Creo que dijo que el hombre había vuelto
a colocar las trabas después de pasar.
—Sí, señor.
—¿Las volvió a clavar?
«¡Maldito sea!»
—Sí, señor.
—Desde afuera.
«¡Maldición!»
—Sí, señor.
—Un arquero solitario particularmente lleno de
recursos, entonces.
Vimes no se molestó en responder. Vetinari se volvió a
sentar en su escritorio, levantó sus delgados dedos hacia su boca y miró a
Vimes fijamente.
—¿Están Colon y Nobbs investigando esto?
¿Verdaderamente?
—Sí, señor.
—Si le preguntara por qué, ¿pretenderá usted no haber
comprendido?
Vimes dejó que su frente se arrugara en un gesto de
honesta perplejidad.
—¿Señor?
—Si dice ‘¿Señor?’ otra vez con esa estúpida voz,
Vimes, le juro que habrá problemas.
—Son buenos hombres, señor.
—De cualquier manera, algunas personas podrían
considerarles como sin imaginación, estúpidos y... cómo decirlo... poseídos por
una innata disposición a aceptar la primera explicación que se presente, y
luego a acomodarse en cualquier lugar para fumar tranquilamente. ¿Cierta falta
de imaginación? ¿Cierta habilidad para resbalar sobre el pavimento mojado? ¿Una
tendencia a prejuzgar?
—Espero que no esté impugnando a mis hombres, señor.
—Vimes, el Sargento Colon y el Cabo Nobbs nunca fueron
pugnados en sus vidas.
—¿Señor?
—Y aún más... de hecho, no necesitamos complicaciones,
Vimes. Un ingenioso loco solitario... bien, hay muchos locos. Un incidente
lamentable.
—Sí, señor. —El hombre parecía agobiado y Vimes pensó
que había lugar para un toque de simpatía.
—A Fred y a Nobby tampoco les gustan las
complicaciones, señor.
—Necesitamos respuestas sencillas, Vimes.
—Señor. Fred y Nobby son buenos para lo sencillo.
El Patricio se volvió y miró hacia la ciudad.
—Ah —dijo en voz más tranquila—. Los hombres sencillos
ven las verdades sencillas.
—Es un hecho, señor.
—Usted está aprendiendo rápido, Vimes.
—No podría decirlo, señor.
—¿Y cuándo encontraron ellos la verdad sencilla,
Vimes?
—No puedo discutir con la verdad, señor.
—Según mi experiencia, Vimes, usted puede discutir con
cualquier cosa.
Cuando Vimes se fue, Lord Vetinari se sentó en su
escritorio por un rato, con la mirada perdida. Entonces abrió un cajón, tomó
una llave y cruzó hasta uno de los muros, donde presionó en un lugar en
particular.
Se escuchó el traqueteo de un contrapeso. El muro
retrocedió.
El Patricio caminó suavemente a través del estrecho
pasaje que aparecía detrás. Aquí y allá estaba iluminado, muy ligeramente, por
el resplandor que provenía de los bordes de unos pequeños paneles, que si se
desplazaban hacia atrás, permitirían mirar a través de los orificios de los
ojos de un determinado retrato.
Eran una reliquia de un regente anterior. Vetinari
nunca se molestó por ellos. Mirar a través de los ojos de cualquier otro no era
lo importante.
Había que subir oscuras escaleras y recorrer mohosos
corredores. Ocasionalmente realizaba
movimientos el significado de los cuales no era aparentemente comprensible.
Tocaba un muro aquí y allá, aparentemente sin pensarlo, y pasaba. A lo largo de
un pasaje de piedra, iluminado solamente por la luz grisácea de una ventana
olvidada por todos excepto las moscas más optimistas, pareció jugar un juego de
rayuela, con las ropas flotando a su alrededor y las pantorrillas brillando
mientras saltaba de piedra en piedra.
Estas actividades parecían no producir nada.
Eventualmente llegó a una puerta y quitó la llave. Lo hizo con alguna cautela.
El aire detrás estaba colmado de humo acre, y un
constante pop-pop sonaba, aunque había comenzado a escucharlo desde el
corredor, pero no tan alto. Falló un momento, fue seguido por un bang mucho más
alto, y un trozo de metal caliente cruzó más allá del Patricio y se clavó en el
muro.
En medio del humo, una voz dijo:
—Oh, Dios.
No sonó triste, sino como la voz que uno emplearía con
una dulce y graciosa mascota que, a pesar de nuestros esfuerzos, está sentada
junto a una mancha creciente en la alfombra.
A medida que el humo aclaraba la forma del que habló
se volvió hacia Vetinari con una pequeña sonrisa apagada y dijo:
—¡En quince segundos esta vez, milord! No hay dudas de
que el principio es el sonido.
Era uno de los rasgos característicos de Leonard de
Quirm: pescaba conversaciones del aire, suponía que todos eran amigos
interesados, y consideraba que eras tan inteligente como él.
Vetinari se paró sobre un pequeño montón de metal
doblado y retorcido.
—¿Qué era eso, Leonard? —preguntó.
—Un dispositivo experimental para convertir la energía
química en movimiento rotacional —dijo Leonard—. El problema, como ve, es meter
las pequeñas bolitas de pólvora dentro de la cámara de combustión a la
velocidad exacta y una por vez. Si dos se encienden juntas, bueno, lo que
tenemos es una máquina de combustión externa.
—Y, er, ¿cuál sería el propósito de eso? —preguntó el
Patricio.
—Creo que puede reemplazar al caballo —respondió
Leonard con orgullo.
Ambos miraron la cosa destrozada.
—Una de las ventajas de los caballos, y que la gente
siempre menciona —dijo Vetinari después de pensar un poco—, es que raramente
explotan. Casi nunca, según mi experiencia, aparte de esa desafortunada
experiencia del verano de unos años atrás.
Con fastidio empujó algo del montón. Era un par de
cubos confeccionados con algo como cuero blanco y unidos por un trozo de
piolín. Tenían puntos.
—¿Dados? —dijo.
Leonardo sonrió avergonzado.
—Sí. No puedo pensar porque pienso que me ayudarán a
pensar. Era solamente una idea. Ya sabe cómo es eso.
Lord Vetinari asintió. Sabía cómo era eso. Sabía cómo
era eso más allá que Leonard de Quirm, y era el porqué había una llave de la
puerta y él la tenía. No era que el hombre fuera prisionero, sólo del
aburrimiento, de la monotonía normal. Parecía agradecido de estar encerrado en
este altillo elevado y ventilado con toda la madera, papel, barras de
carbonilla y pintura que deseara, y sin tener que pagar alquiler ni comida.
En todo caso, no se podía encerrar a alguien como
Leonard de Quirm. Lo más que se podía hacer era encerrar su cuerpo. Sólo los
dioses conocían dónde volaba su mente. Y aunque tenía tanta inteligencia que se
desbordaba continuamente, no podía decir hacia dónde soplaban los vientos de la
política aunque le llenaran de velas.
El increíble cerebro de Leonard chisporroteaba
alarmantemente y sobrecargaba la olla de las papas en la Cocina de la Vida. Era
imposible saber que pensaría en el siguiente minuto porque era constantemente
reprogramado por el universo en conjunto. La vista de una cascada o de un ave
planeando lo enviarían por un nuevo camino de especulaciones prácticas que
terminaba invariablemente en un montón de alambre y resortes y un lamento de:
—Creo que sé lo que hice mal.
Había sido miembro de casi todos los gremios de la
ciudad, pero había sido expulsado por tener notas demasiado altas en los
exámenes, o en algunos casos, por corregir las preguntas. Se decía que había
volado accidentalmente el Gremio de los Alquimistas usando solamente un vaso de
agua, una cucharada de ácido, dos tramos de alambre y una pelota de ping-pong.
Cualquier regente sensible hubiera matado a Leonard;
Lord Vetinari era extremadamente sensible y con frecuencia se preguntaba por
qué no lo había hecho. Decidió que era porque, aprisionada por la mente
inapreciable e inquisitiva de Leonard, por debajo de ese brillante genio
investigador, había una especie de inocencia voluntariosa que podría ser
llamada estupidez en otros hombres. Era la sede de la fuerza que a lo largo de
los milenios había provocado que la humanidad metiera los dedos en el
interruptor eléctrico en la Universidad y jugara con él para ver qué pasaba...
y que se sorprendía con lo que sucedía.
Era, en resumen, algo útil. Y si el Patricio era algo,
eso era lo equivalente políticamente a la vieja dama que guarda trozos de
cordón porque nunca se sabe cuándo puedes precisarlos.
Después de todo, no se pueden prever todas las
eventualidades porque eso significaría saber lo que está por suceder, y si se
sabe lo que está por suceder, podría verse probablemente que no sucedió, o al
menos que eso le sucedió a otra persona. De modo que el Patricio nunca hacía
planes. Hacía planes sobre la marcha.
Y finalmente conservó a Leonard porque era fácil
hablar con el hombre. Nunca entendía de qué hablaba Lord Vetinari; tenía una
visión del mundo tan compleja como la de un patito conmocionado y, sobre todo,
nunca prestaba atención. Esto le hacía un excelente confidente. Después de
todo, cuando buscas la atención de alguien no es, ciertamente, porque quieras
que te la brinden. Solamente quieres que ese alguien esté allí mientras
conversas contigo mismo.
—Acabo de hacer algo de té —dijo Leonard—. ¿Quiere
tomarlo conmigo?
Siguió la mirada del Patricio hacia una mancha marrón
que cubría todo el muro y terminaba en una estrella de metal derretido en el
revoque.
—Me temo que la máquina automática de té se arruinó
—dijo—. Tendré que hacerlo a mano.
—Si eres tan gentil —dijo Lord Vetinari.
Se sentó en medio de los caballetes y mientras Leonard
se afanaba en el fogón hojeó los últimos esquemas. Leonard esquematizaba tan
automáticamente como otras personas; el genio, una cierta clase de genio, caía de él como caspa.
Había una imagen de un hombre dibujando y las líneas
representaban la figura tan agudamente que parecía salir del papel. Y todo
alrededor, porque Leonard nunca desperdiciaba papel en blanco, había otros esquemas, dispersos, sin orden. Un
pulgar. Un cuenco con flores. Un aparato, aparentemente, para sacar punta de
lápices con energía hídrica...
Vetinari encontró lo que buscaba en el ángulo inferior
izquierdo, apretado entre el esquema de un nuevo tipo de tornillo, y una
herramienta para abrir ostras. Eso, o algo muy parecido a eso, siempre estaba
por allí.
Una de las cosas que convertían a Leonard en una pieza
rara, y que le mantenía bajo llave, era que realmente no veía la diferencia
entre el pulgar y las rosas y el sacapuntas y esto.
—Ah, el autorretrato —dijo Leonard, regresando con dos
tazas.
—Sí, por supuesto —dijo Vetinari—. Pero estaba mirando
este pequeño esquema aquí. La máquina de guerra...
—Oh, ¿eso? Es nada. ¿Ha notado alguna vez la manera en
que la humedad sobre las rosas...
—Esta cosa acá... ¿para qué sirve? —dijo Vetinari
señalando insistente.
—Oh, ¿eso? Es el brazo de lanzamiento de las bolas de
sulfuro derretido —dijo Leonard, tomando un plato de tortitas—. Calculo que
podría llegar hasta media milla, si se quita la cadena sinfín de las ruedas y
se emplea el aire a presión para mover las paletas.
—¿Ah, sí? —dijo Vetinari, tomando nota de las partes
cuidadosamente numeradas—. ¿Y podría ser construida?
—¿Qué? Oh, sí. ¿Mostachón? En teoría.
—¿En teoría?
—Nadie puede hacerla realmente. ¿Lanzar lluvia de fuego que no se apaga sobre
seres humanos? ¡Hah! —Leonardo dispersó migas de mostachón—. Nunca encontrarías
un artesano que la construya, o un soldado que tire de la palanca... Esa parte
3(b) en el plano, ahí, mire...
—Ah, sí —dijo Vetinari—. De cualquier manera —agregó—,
imagino que estas armas de alto poder que están aquí posiblemente no puedan ser
operadas sin romperse...
—Arce y tejo estacionados, laminados y unidos con
tornillos de acero —dijo de pronto Leonard—. Hice algunos cálculos, allí debajo
de del esquema de luz a gotas. Un ejercicio intelectual, obviamente.
Vetinari pasó la vista a lo lago de varias líneas de
escritura de garrapatosa de Leonard.
—Oh, sí —dijo desanimado. Dejó el papel a un lado—.
¿Te conté que la situación Klatchiana está intensamente politizada? El Príncipe
Carnerocanalla está tratando de hacer algo pronto. Necesita consolidar su
posición. Depende de un protector bastante volátil. Hay varios complots en su
contra, creo.
—¿De veras? Bueno, es la clase de cosas que hace la
gente —dijo Leonard—. A propósito, recientemente estuve observando telarañas,
sé que esto le interesará, su fortaleza en relación con su peso es mayor aún
que la de nuestro mejor alambre de acero. ¿No es fascinante?
—¿Qué clase de arma intentas hacer con eso? —preguntó
el Patricio.
—¿Perdón?
—Oh, nada. Estaba pensando en voz alta.
—Y no ha tocado su té —dijo Leonard.
Vetinari miró alrededor de la habitación. Estaba llena
de... cosas. Tubos y horribles
cometas de papel y cosas que parecían esqueletos de bestias antiguas. Una de
las ventajas de Leonard, en sentido real desde el punto de vista de Vetinari,
era su extraña amplitud de intereses. No era que se aburriera de las cosas muy pronto.
Parecía que no se aburría con nada. Pero como estaba interesado en todo lo del
universo todo el tiempo, el resultado final tendía a ser que un aparato para
destripar gente a la distancia se convertía en una máquina de tejer cuerda y
terminaba como un instrumento para determinar el peso específico del queso.
Se distraía fácilmente, como un gatito. Todo el asunto
con la máquina voladora, por ejemplo. Gigantescas alas de murciélago colgando
desde el techo aún ahora. El Patricio se había sentido más que feliz al dejarle
perder tiempo en esa idea, porque era obvio que ningún ser humano nunca podría
batir esas alas lo bastante fuerte.
No necesitaba preocuparse. Leonard era su propia
distracción. Había perdido años en el diseño de una bandeja especial para que
la gente pudiese comer sus alimentos en el aire.
Un hombre verdaderamente inocente. Y aún así, siempre,
siempre, alguna pequeña parte de él esquematizaría estas máquinas
miserablemente atractivas, con sus nubes
de humo y diagramas de ingeniería cuidadosamente numerados...
—¿Qué es esto? —dijo Vetinari, señalando otro
garabato. Mostraba a un hombre que sostenía una enorme esfera de metal.
—¿Eso? Oh, algo como un juguete, realmente. Hace uso
de las extrañas propiedades de algunos metales. Parece que no pueden ser
comprimidos. Entonces explotan. Con bastante rapidez.
—Otra arma...
—¡Por cierto que no, milord! ¡No sería posible usarlo
como arma! Aunque pensé que podría tener un lugar en las industrias mineras.
—Realmente...
—Para cuando necesiten quitar montañas del camino.
—Dime —dijo Vetinari, poniendo el papel a un lado—, tú
no tienes parientes en Klatch, ¿verdad?
—No lo creo. Mi familia vivió en Quirm por
generaciones.
—Oh. Bien. Pero... son inteligentes los de Klatch,
¿verdad?
—Oh, en ciertas disciplinas han hecho lo suyo. En
metalúrgica fina, por ejemplo.
—Metalúrgica... —El Patricio suspiró.
—Y en Alquimia, por supuesto. El Principia Explosia de
Affir Alchema ha sido el trabajo fundamental por más de cien años.
—Alquimia —dijo el Patricio desanimado—. Sulfuro y
todo lo demás...
—Sí, claro.
—Pero del modo que lo dices, estos logros mayores
fueron tiempo considerablemente atrás...
Lord Vetinari sonaba como un hombre tratando de ver
una luz al final del túnel.
—¡Por cierto! Me asombraría si no hubiesen hecho algún
progreso considerable —dijo Leonard de Quirm feliz.
—¿Ah?
El Patricio se hundió un poco en su silla. Se había
dado cuenta que el final del túnel estaba en llamas.
—Unas personas espléndidas con mucho para recomendar
—dijo Leonard—. Siempre he pensado que era la presencia del desierto. Te lleva
a pensar con rapidez. Hace que te des cuenta de lo efímero de la vida.
El Patricio miró otra página. Entre el esquema de un
ala de pájaro y el cuidadoso dibujo de una junta esférica, estaba el pequeño
garabato de algo con ruedas llenas de agujas y hojas que giraban. Y entonces
estaba el aparato para mover montañas...
—No se necesita el desierto —dijo. Suspiró otra vez y
dejó las hojas a un lado—. ¿Escuchaste acerca del continente perdido de Leshp?
—Oh, sí. Hice algunos esquemas por allí hace años
—dijo Leonard—. Algunos aspectos interesantes, según recuerdo. ¿Más té? Me temo
que haya dejado enfriar el anterior. ¿Hay algo en particular que necesite?
El Patricio se frotó el puente de la nariz.
—No estoy seguro. Un pequeño problema se está
desarrollando. Pensé que podrías ayudar. Desafortunadamente —el Patricio miró
los esquemas otra vez—, sospecho que puedes —Se puso de pie, se enderezó la
ropa, y forzó una sonrisa—. ¿Tienes todo lo que necesitas?
—Estaría bien un poco más de alambre —dijo Leonard—. Y
se me ha terminado el Umber Quemado.
—Te enviaré algo directamente —dijo Vetinari—. Y
ahora, si me excusas...
Salió.
Leonard asentía feliz mientras lavaba las tazas. La
máquina de infernal combustión fue llevada hasta el montón de metales a un lado
de la pequeña forja, colocó una escalera y quitó el pistón clavado en el techo.
Colocó su caballete para comenzar el trabajo de un
nuevo diseño cuando se dio cuenta de un golpeteo distante. Sonaba como alguien
que corría, pero que ocasionalmente se detenía para saltar a un lado en una
pierna.
Entonces había una pausa, como para enderezar la ropa
y recuperar el aliento.
La puerta se abrió y el Patricio volvió a entrar. Se
sentó y miró a Leonard de Quirm con cuidado.
—¿Que hiciste qué?
—dijo.
Vimes giró el diente de ajo una y otra vez bajo la
lente de aumento.
—Veo marcas de dientes —dijo.
—Sí, señor —dijo Pequeñotrasero, quien representaba en
sí misma, por completo, el departamento forense de la Guardia—. Parece que
alguien lo hubiese mascado como un palillo.
Vimes se sentó.
—Diría —dijo— que esto fue tocado por un hombre moreno
de aproximadamente mi altura. Con varios dientes de oro. Y barba. Y un ligero
corte en un ojo. Con cicatrices. Llevaba un arma enorme. Curva, diría. Y
tendrás que aceptar que llevaba un turbante porque no se movía tan rápido para
ser un tejón.
Pequeñotrasero le miró asombrada.
—Detección es como un juego —dijo Vimes, dejando el
ajo—. El secreto es conocer al ganador de antemano. Gracias, cabo. Escribe esa
descripción y asegúrate de que todos tengan una copia, por favor. Responde al
nombre de 71-horas Ahmed, el cielo sabe porqué. Y entonces te vas a descansar.
Vimes giró para enfrentar a Zanahoria y a Angua,
quienes habían entrado en el pequeño cuarto, y saludó a la chica con un gesto.
—Seguí el olor del ajo todo el camino hasta los
muelles —dijo ella.
—¿Entonces?
—Entonces lo perdí, señor —Angua parecía avergonzada—.
No tuve ningún problema a través del mercado de pescado, señor. O en el
distrito del matadero. Y entonces, se metió en el mercado de especias...
—Ah. Ya veo. ¿No salió de allí?
—En cierta forma, señor. O salió por cincuenta caminos
diferentes. Lo siento.
—No comprendo. ¿Zanahoria?
—Hice lo que me dijo, señor. El extremo superior de la
Opera House está a la distancia correcta de nuestro campo de arquería. Usé un
arco igual al que usó, señor...
Vimes levantó un dedo. Zanahoria se le quedó mirando,
y entonces, muy lentamente, dijo:
—... como el que usted encontró a su lado...
—Correcto. ¿Y?
—Es un “Shureshotte Cinco” de la Burleigh &
Stronginthearm, señor. El arco para expertos. No soy un gran arquero, pero al
menos pude darle al blanco desde esa altura. Pero...
—Estoy contigo —dijo Vimes—. Eres un buen muchacho,
Zanahoria. Nuestro Ossie tenía brazos, como Nobby. Podía rodearlos con mi mano.
—Sí, señor. Era un tiro de cien libras. Dudo de que
apenas pudiera estirar la cuerda.
—Odiaría verle intentándolo. Buena observación... lo
único que a lo que él podía estar seguro de darle, con un arco como ese, era a
sus pies. A propósito, ¿crees que alguien te vio allá arriba?
—Lo dudo, señor. Estaba entre las chimeneas y los
conductos de ventilación.
Vimes suspiró.
—Capitán, creo que si lo hubieras hecho en una celda a
medianoche, su señoría habría dicho: “¿No está demasiado oscuro allí abajo?”, a
la mañana siguiente.
Tomó la ahora bastante arrugada ilustración. Estaba
Zanahoria -al menos el brazo y la oreja de Zanahoria- mientras corría tras la
procesión. Y allí, entre la gente que se daba vuelta para mirarle, estaba el
rostro del Príncipe. No había señales de 71-horas Ahmed. Había estado en la
velada, ¿verdad? Pero entonces había todo eso de removerse cerca de la puerta,
gente cambiando de lugar, el pisoteo de las vestiduras de los demás, las
corridas al retrete, las reentradas... Se podía haber ido a cualquier lugar.
—¿Y el Príncipe cayó apenas llegaste a él? ¿Con la
flecha en la espalda? ¿Aún estaba mirándote?
—Sí, señor. Estoy seguro de eso. Todo mundo estaba
moviéndose por allí, por supuesto...
—Entonces, un hombre que estaba delante de él le
disparó por la espalda, y el hombre no podría haber utilizado el arco con el
que no le disparó desde la dirección equivocada.
Un repique sonó en la ventana.
—Debe ser Pitorrobajo —dijo Vimes, sin mirar—. Le
envié a un encargo...
Pitorrobajo nunca se llevó bien. No era que no se
llevara bien con las personas, porque apenas si se veía con personas, excepto
aquellas cuyas actividades les llevara por encima, digamos, del segundo piso.
Muy lentamente, bajó para la fiesta de la Guardia, Hogswatch[8], y volcó jugo de carne dentro de sus orejas para
demostrar buena voluntad, pero las gárgolas se pusieron muy nerviosas adentro,
en la planta baja, y pronto tuvo que salir por la chimenea, y su chillador de
papel había producido ecos tristísimos sobre los techos nevados toda la noche.
Pero las gárgolas eran buenas observadoras, y buenas
de memoria, y muy, pero muy buenas en paciencia.
Vimes abrió la ventana. Con movimientos como
sacudones, Pitorrobajo se desplegó dentro de la habitación, trepó rápidamente
en la esquina del escritorio de Vimes, y allí se acomodó.
Angua y Zanahoria se quedaron mirando la flecha que la
gárgola tenía en la mano.
—Ah, bien hecho —dijo Vimes en el mismo tono de voz,
indiferente—. ¿Dónde la encontraste, Pitorrobajo?
Pitorrobajo escupió una serie de sílabas guturales
pronunciables solamente por alguien que tenga la boca en forma de cañería.
—En el muro del segundo piso del almacén de ropas en
la Plaza Lunas Rotas —tradujo Zanahoria.
—Eshk —dijo Pitorrobajo.
—Es casi la mitad de camino a Plaza Sator, señor.
—Sí —dijo Vimes—. Un hombre pequeño y débil que trata
de tirar de un pesado arco, la flecha que se bambolea por todos lados... Muchas
gracias, Pitorrobajo. Habrá una paloma extra para ti esta semana.
—Nkorr —dijo Pitorrobajo; se trepó a la ventana y
salió.
—¿Me permite, señor? —dijo Angua. Tomó la flecha de
manos de Vimes, cerró los ojos, y la oliscó animadamente.
—Oh, sí... Ossie —dijo ella—. Por toda la flecha...
—Gracias, cabo. Era sólo para estar seguro.
Zanahoria tomó la flecha de manos de la mujer-lobo y
la miró, críticamente.
—Huh. Plumas de pavo real, y punta plateada. Es la
clase de cosa que compra un aficionado porque piensa que acertará el tiro
mágicamente. Llamativo.
—Correcto —dijo Vimes—. Tú, Zanahoria, y tú, Angua...
ambos están en el caso.
—Señor, no comprendo —dijo Zanahoria—. Estoy perplejo.
Pensé que había dicho que Fred y Nobby investigaban esto.
—Sí —dijo Vimes.
—Pero...
—El Sargento Colon y el Cabo Nobbs están investigando
por qué el finado Ossie trató de matar al Príncipe. ¿Y saben qué? Van a
encontrar montones de pistas. Ya lo sé. Puedo sentirlo.
—Pero sabemos que él no pudo... —dijo Zanahoria.
—¿No es gracioso? —dijo Vimes—. No quiero que sigan el
camino de Fred. Sólo... pregunten por allí. Prueben con Hecho Duncan, o con
Sidney Pendientes, hah, donde hay un hombre con la oreja pegada al suelo. O en
Tías Angustias. O en Lily Buentiempo. O en lo del señor Resbaloso, que no ha
sido visto por allí, pero...
—Está muerto, señor —dijo Zanahoria.
—¿Qué? ¿Oloroso Resbaloso? ¿Cuándo?
—El mes pasado. Fue golpeado por una cama. Extraño
accidente, señor.
—Nadie me lo dijo.
—Usted estaba ocupado, señor. Pero puso algo de dinero
en el sobre cuando Fred lo pasó, señor. Diez dólares, lo que Fred señaló era
muy generoso.
Vimes suspiró. Oh, sí, los sobres. Fred estaba siempre
dando vueltas con un sobre en esos días. Alguien se moría, o un amigo de la
Guardia estaba en problemas, o había una rifa, o no alcanzaba el dinero para el
té, o alguna explicación complicada... y entonces Vimes ponía algo de dinero.
Era más simple.
El viejo Oloroso Resbaloso...
—Debiste haberlo mencionado —dijo, con reproche.
—Usted había estado trabajando duro, señor.
—¿Alguna otra novedad que no hayas mencionado,
capitán?
—Nada que recuerde, señor.
—Está bien. Veamos... mira en qué dirección sopla en
viento. Mucho cuidado. Y - no - confíen - en - nadie.
Zanahoria parecía preocupado.
—Er... puedo confiar en Angua, ¿verdad? —preguntó.
—Bueno, por supuesto que...
—Y en usted, supongo.
—Yo, bueno, obviamente. No hay necesidad de decirlo...
—¿Y en la Cabo Pequeñotrasero? Puede ser muy útil...
—Claro, sí, ciertamente puedes confiar en...
—¿El Sargento Detritos? Siempre pensé que él era muy
confiable...
—Detritos, oh sí, él...
—¿Nobby? ¿Debería...?
—Zanahoria, entiendo qué quiere decirte —le dijo Agua,
tirando de su brazo.
Zanahoria parecía un poco abatido.
—Nunca me ha gustado... ya sabe, solapar cosas
—murmuró.
—No quiero ningún informe por escrito —dijo Vimes,
agradecido por ese pequeño favor—. Esto es... no-oficial. Pero oficialmente
no-oficial, si ven lo que quiero decir.
Angua asintió. Zanahoria seguía viéndose abatido.
Ella es una mujer-lobo, pensó Vimes, por supuesto que
ella entiende. Y te piensas que un hombre que es técnicamente un enano puede
ser capaz de que le entre en la cabeza la idea de un subterfugio.
—Miren, sólo... escuchen en las calles —dijo Vimes—.
Las calles conocen todo. Hablen con... el Ciego Hugh...
—Me temo que se murió el mes pasado —dijo Zanahoria.
—¿Sí? ¡Nadie me lo dijo!
—Pensé que le había enviado un memo, señor
Vimes echó una mirada culpable hacia su escritorio
sobrecargado, y se encogió de hombros.
—Miren las cosas con calma. Vayan hasta el fondo de
las cuestiones. Y no confíen. Prácticamente no confíen en nadie. ¿Está bien?
Excepto en gente muy confiable.
—¡Vamos, abrid! ¡Asuntos de la Guardia!
El Cabo Nobbs tiró de la manga al Sargento Colon y le
susurró en el oído.
—¡No es asunto de la Guardia! —dijo Colon golpeando la
puerta otra vez—. ¡Nada que ver con la Guardia! Somos simples civiles, ¿está
bien?
La puerta se abrió de golpe.
—¿Sí? —dijo una voz en el menor tono posible.
—Tenemos que hacerle algunas preguntas, doña.
—¿Son de la Guardia? —dijo la voz.
—¡No! Creo que hice esa aclara...
—¡Fuera, polis!
La puerta se cerró con un golpe.
—¿Está seguro que es lugar correcto, sarge?
—Harry Cajadenueces dijo que vio a Ossie aquí. ¡Vamos,
abran ya!
—Todos nos están mirando, sarge —dijo Nobby. A lo
largo de la calle se habían abierto todas las puertas y ventanas.
—¡Y no me llames ‘sarge’ cuando estemos en ropas de
civil!
—Tienes razón, Fred.
—Eso... —Colon dudó en una agonía de estatus—. Bueno,
es Frederick para ti, Nobby.
—Y se están riendo, Fred... er... crick.
—No queremos hacer un fastidio de esto, Nobby.
—De acuerdo, Frederick. Y es Cecil, gracias.
—¿Cecil?
—Es mi nombre —dijo fríamente Nobby.
—Como quieras —dijo Colon—. Recuerda quién es el civil
de rango más alto por aquí, ¿de acuerdo?
Golpeó la puerta otra vez.
—Nos dijeron que tiene una habitación para rentar,
doña —gritó.
—Brillante, Frederick —dijo Nobby—. ¡Eso fue
extraordinariamente brillante!
—Bueno, soy el sargento, ¿verdad?
—No.
—Er... sí... bien... bueno, lo recuerdas, ¿verdad?
La puerta se abrió con un chasquido.
La mujer tenía uno de esos rostros formados por los
años, como si estuviese hecho de manteca y dejado al sol. Pero la edad no había
podido hacer nada con su cabello. Era violentamente rojo y estaba levantado
como un trueno atemorizante.
—¿Habitación? Debieron decirlo —dijo—. Dos dólares por
semana, no mascotas, no cocina, no pereza después de las 6:00 a.m., si no la
quieren será para otro, ¿están con el circo? Parecen como si fueran del circo.[9]
—So... mos... —comenzó Colon, y se detuvo. Había una
indudable cantidad de cosas que podían ser además de policías, pero allí y en
ese momento no podía pensar ninguna.
—... actores —dijo Nobby.
—Entonces, el pago de una semana adelantada —dijo la
mujer—. Y no admito costumbres extrañas. Esta es una casa respetable —agregó a
despecho de las evidencias.
—Debemos ver la habitación primero —dijo Colon.
—Oh, del tipo exigente, ¿eh?
Les condujo escaleras arriba.
La habitación disponible, la última de Ossie, era
pequeña y desnuda. Unas pocas prendas de vestir colgaban de clavos desde los
muros, y un montón de envoltorios y bolsas grasientas indicaba que Ossie había
sido un hombre que no comía en la calle.
—¿De quién es todo esto? —dijo el Sargento Colon.
—Oh, él se ha ido. Le dije que debía irse si no
pagaba. Arrojaré todo para que se instalen.
—Lo haremos por usted —dijo el Sargento Colon. Rebuscó
en su bolsa y sacó un par de dólares—. Aquí tiene, doña...
—Señora Agotada —dijo la señora Agotada. Les lanzó una mirada
de reojo—. ¿Se quedarán ambos, o qué?
—Nah, he venido como su acompañante —dijo Colon,
sonriéndole amistosamente—. Tiene que estar peleándose con las mujeres cuando
ellas averiguan sobre su magnetismo sexual.
La señora Agotada envió una fiera mirada al asombrado
Nobby y salió sin saludar.
—¿Para qué vas y dices eso? —dijo Nobby.
—Eso la hizo salir de aquí, ¿verdad?
—Estabas mofándote de mí, ¡no lo niegues!, porque
estoy pasando por un conflicto emocional, ¿eh?
—Era sólo un chiste, Nobby. Sólo un chiste.
Nobby miró debajo de la estrecha cama.
—¡Wow! —dijo, con todos los conflictos emocionales
olvidados.
—¿Qué hay? ¿Qué hay? —dijo Colon.
—Parece una colección completa de Arcos y Municiones... —Nobby empujó otro montón de revistas mal
impresas hacia la luz—, y aquí tienes Soldado
de Fortuna, ¡mira! Y Armas de Asedio
Práctico...
Colon hojeó página tras página de gente muy parecida
que tenía armas de destrucción personal muy parecidas.
—Tienes que ser un poco raro para pasarte todo el día
leyendo esta clase de cosas —dijo.
—Sí —dijo Nobby—. Hey, no pierdas ese, es el número de
Agosto, no lo tengo. Espera, hay una caja allí detrás...
Se movió arrastrando una pequeña caja. Estaba cerrada,
pero el metal cedió cuando ocasionalmente tiró de la tapa.
Brillaron monedas de plata. Montones de ellas.
—¡Epa! —murmuró—. Ahora estamos en problemas...
—Es dinero Klatchiano, ¡eso es! —dijo Colon—. Algunas
veces la gente desliza una en el cambio en lugar de medio dólar. Mira, ¡tienen
palabras con rulos!
—Estamos en un gran
problema —dijo Nobby.
—No, no, no, esta es una Pista que hemos hallado con
paciente búsqueda —dijo el Sargento Colon—. ¡Y no tengo dudas de que habrá una
pluma en nuestros sombreros cuando el señor Vimes se entere!
—¿Cuánto crees que hay?
—Deben ser cientos y cientos de dólares o más —dijo
Colon—. Y es un montón de dinero para un Klatchiano. Probablemente puedas vivir
como rey por un año con un solo dólar, en Klatch.
—No fue una muy paciente búsqueda —dijo Nobby dudoso—.
Todo lo que hice fue mirar debajo de la cama.
—Ah, pero es porque estás entrenado —dijo Colon—. Tu
parte básica civil no habría pensado
en eso, ¿verdad? Ah, todo comienza a tener sentido.
—¿Sí? ¿Por que los Klatchianos habrían de darle dinero
para dispararle a un Klatchiano? —dijo Nobby.
Colon tecleaba el costado de la nariz.
—Política
—dijo.
—Ah, política —dijo Nobby—. Ah, bien, política. Ya
veo. Política. Correcto. Pero, ¿por
qué?
—Aha —dijo Colon otra vez, tecleando el otro lado de
su nariz.
—¿Por qué te tocas la nariz, sarge?
—La estoy tecleando —dijo Colon con severidad—. Es
para demostrar que estoy en la cosa.
—En la nariz —dijo Nobby con entusiasmo.
—Es la clase de cosa deshonesta y astuta que ellos
harían —dijo Colon.
—¿Pagarnos para que les matemos? —dijo Nobby.
—Ah, mira, algún pez gordo Klatchiano es terminado aquí, y ellos pueden enviar una nota altanera que diga, “Ustedes mataron a
nuestro gran pez gordo, ustedes extranjeros primos de perros, ¡esto significa
la guerra!”, ¿lo ves? Una excusa perfecta.
—¿Necesitas una excusa para tener una guerra? —dijo
Nobby—. Quiero decir, ¿para dársela a quién? ¿No puedes sólo decir, “Ustedes
tienen montones de dinero y de tierras, pero yo tengo una espada muy grande y
la tengo levantada, chop, chop?” Eso es lo que yo haría —dijo el Cabo Nobbs,
estratega militar—. Y no lo diría hasta después de atacar.
—Ah, pero eso es porque no sabes nada de política
—dijo Colon—. No puedes hacer eso. Atiende mis palabras, este caso tiene la
política escrita por todos lados. Es por eso que el viejo Vimes me ha puesto en
él, me lo ha confiado. Política. El joven Zanahoria está bien, pero necesitas
un hombre con experiencia del mundo en estas situaciones políticas delicadas.
—Y has adquirido eso de teclearte la nariz muy bien
—dijo Nobby—. Yo generalmente me lo olvido.
Pero sentía preocupación, no en su nariz sino en algún
otro pequeño órgano que impulsaba la sangre por su cuerpo. A ése no lo sentía
bien. No había mucho en la vida de Nobby que estuviera bien, de modo que él
conocía bien cómo se sentía ese sentimiento.
Levantó la mirada hacia los muros desnudos y la bajó
hacia las maderas del piso.
—Hay un poco de arena sobre el piso —dijo.
—Entonces, otra Pista —dijo Colon feliz—. Un
Klatchiano ha estado aquí. Todo lo de Klatch es cabrón menos la arena. Él
todavía tenía arena en sus sandalias.
Nobby abrió la ventana. Daba sobre un techo de suave
pendiente. Alguien podía haber salido por ella con facilidad y alejarse sobre
las tejas y el laberinto de chimeneas.
—Él pudo haber entrado y salido por este camino, sarge
—opinó.
—Buen punto, Nobby. Anótalo. Evidencia de intrigas
secretas.
Nobby miró hacia abajo.
—Aquí afuera, hay vidrio, Fred...
El Sargento Colon se le unió en la destrozada ventana.
Uno de los paños estaba roto. Afuera, los trozos de vidrio brillaban entre las
tejas.
—Podría ser una Pista, ¿eh? —dijo Nobby esperanzado.
—Ciertamente lo es —dijo el Sargento Colon—. ¿Ves que
el vidrio cayó fuera de la ventana?
Todos saben que miras hacia dónde cae el vidrio. Imagino que él estaba probando
el arco y se disparó mientras estaba cargado.
—Eso es inteligente, sarge —dijo Nobby.
—Eso es deducir
—dijo Colon—. No es bueno solamente mirar
las cosas, Nobby. Tienes que pensarlas
también.
—Cecil,
sarge.
—Es Frederick, Cecil. Vamos, creo que lo hemos
logrado. El viejo Vimes dice que quiere que un informe suene dulce.
Nobby miró fuera de la ventana rota. El techo estaba
adosado al muro extremo de un depósito más grande. Por un momento se encontró
pensando torcido más que derecho, pero razonó que su pensamiento era sólo el
pensamiento de un cabo, y mucho menos valioso que el de un sargento, de modo
que se guardó sus pensamientos para sí.
Mientras bajaban las escaleras la señora Agotada les
miraba con aire de sospecha a través de una puerta apenas abierta del salón,
lista para cerrarla de un golpe a la primera sugerencia de magnetismo sexual.
—No es como si yo supiera dónde conseguir un magneto
sexual —susurró Nobby—. Y ella ni siquiera se rió.
... También fuimos a
los negocios de arcos en la Calle de los Artesanos Astutos y exhibimos la
imagen al hombre de Burleigh & Stronginthearm, que atestiguó, es él, por
ejemplo, se estaba refiriendo al occiso...
—Oh, mi... —los labios de Vimes se movieron
ligeramente mientras sus ojos regresaban al comienzo de la página.
... también se agrega al dinero de Klatch que se puede
decir que uno de ellos estuvo allí porque, por ejemplo, la arena sobre el
piso...
—¿Tendría aún arena en sus sandalias? —murmuró Vimes—.
Por Dios.
—¿Sam?
Vimes levantó la vista de su lectura.
—Se enfriará tu sopa —dijo Lady Sybil desde el extremo
de la mesa—. Has tenido esa cucharada suspendida en el aire desde hace cinco
minutos por reloj.
—Lo siento, querida.
—¿Qué estás leyendo?
—Oh, una obra de arte —dijo Vimes empujando el informe
de Fred Colon a un lado.
—¿Es interesante? —dijo Lady Sybil un poco agriamente.
—Prácticamente no tiene paralelo —dijo Vimes—. La
única cosa que no encontraron fue el árbol de los dátiles y el camello
escondido debajo de la almohada...
Con un poco de retardo, su radar nupcial detectó algo
espeluznante en el otro extremo de las vinagreras.
—¿Pasa, er..., algo malo, querida? —dijo.
—¿Recuerdas cuándo cenamos juntos por última vez, Sam?
—El martes, ¿verdad?
—Era la cena anual del Gremio de Comerciantes, Sam.
Las cejas de Vimes se levantaron.
—Pero tú estabas allí también, ¿verdad?
Un más sutil cambio en el cociente de brujedad le dijo
que no era una respuesta bien elegida.
—Y después saliste a toda prisa por ese asunto de la
barbería de la calle Gleam.
—Sweeney Jones —dijo Vimes—. Bueno, él estaba matando
gente, Sybil. Lo mejor que puedes decir es que él no valía la pena. Solamente
era mal barbero...
—Pero no tenías que ir, estoy segura.
—Ser policía es un trabajo de veinticuatro horas al
día, querida.
—¡Sólo para ti! Tus alguaciles hacen sus diez horas y
eso es todo. Pero tú estás siempre
trabajando. No es bueno para ti. Estás siempre corriendo todo el día, y cuando
despierto en medio de la noche hay siempre un lugar frío a mi lado...
Las manchas colgaban en el aire, fantasmas de palabras
no dichas. Cosas pequeñas, pensó Vimes. Así es como comienza una guerra.
—Hay mucho qué hacer, Sybil —dijo con tanta paciencia
como pudo.
—Siempre ha habido montones de cosas que hacer. Y el
más grande de la Guardia hace la mayoría
de lo que hay que hacer, ¿lo notaste?
Vimes asintió. Eso era cierto. Listas, recibos,
apuntes, informes... la Guardia podía estar cambiando la ciudad, o no, pero
estaba provocando pavor en un montón de calles.
—Deberías delegar —dijo Lady Sybil.
—Eso me dice él —murmuró Vimes.
—¿Perdón?
—Estaba pensando en voz alta, querida —Vimes empujó el
escrito a un lado—. Te diré algo... tengamos una cena en paz —dijo—. Hay un
buen fuego en el recibidor...
—Er... no, Sam, no lo hay.
—¿Acaso el joven Forthright no lo ha prendido?
Forthright era el Mozo; era novedad para Vimes que
éste era una posición oficial de servicio, pero el Mozo tenía que encender los
fuegos, limpiar los retretes, ayudar al jardinero, y avergonzarse.
—Ha partido a ser el tambor en el regimiento del Duque
de Eorle —dijo Lady Sybil.
—¿También él? Parecía un muchacho brillante. ¿No es
demasiado joven?
—Dijo que mentiría su edad.
—Espero que mienta sobre su habilidad musical. Le he
escuchado silbar —Vimes sacudió la cabeza—. ¿Qué podía poseerle para producir
tamaña cosa?
—Él piensa que el uniforme impresionará a las chicas.
Sybil le sonrió con gentileza. Una velada en casa de
pronto comenzaba a parecer excitante.
—Bueno, no hace falta ser un genio para encontrar la
leñera —dijo Vimes—. Y entonces podemos cerrar las puertas y...
Una de las puertas mencionadas se sacudió por el
sonido de golpes frenéticos.
Vimes miró a Sybil.
—Ve. Responde —suspiró y se sentó.
La puerta permitió la entrada de la Cabo
Pequeñotrasero, realmente sin aliento.
—Tiene... que venir... rápido, señor... esta vez...
¡es asesinato!
Vimes miró desolado a su esposa.
—Por supuesto que tienes que ir —dijo ella.
~ 0 ~
Angua se cepillaba el pelo delante del espejo.
—Esto no me gusta —dijo Zanahoria—. No es el modo
apropiado de comportarse.
Ella le tocó el hombro.
—No te preocupes —dijo—. Vimes lo explicó todo. Estás
actuando como si estuviéramos haciendo algo mal.
—Me gusta ser un guardia —dijo Zanahoria, aún en
actitud plañidera—. Y tienes que vestir un uniforme. Si no lo haces, es como
espiar a la gente. Él sabe que yo pienso eso.
Angua se miró el pelo corto y rojo, y sus orejas
proporcionadas.
—Le he quitado un montón de trabajo de encima —seguía
Zanahoria—. No tiene que salir de patrulla para nada, pero aún trata de hacerlo
todo.
—Tal vez no quieres que seas tan útil —dijo Angua, con
el mayor tacto posible.
—No es como si estuviera buscando a alguien más joven,
tampoco. He tratado de señalarlo.
—Eso fue muy gentil de tu parte.
—Y nunca había usado ropa civil.
—En ti, nunca serán de civil —dijo Angua poniéndose el
saco. Era un alivio estar fuera de esa armadura. Como para Zanahoria, no había
disfraces. La forma, las orejas, el pelo rojo, la expresión de una naturaleza
bien desarrollada...
—Supongo que una mujer-lobo esta siempre en ropas de
civil, si lo piensas —dijo Zanahoria.
—Gracias, Zanahoria. Y tienes toda la razón.
—No me siento cómodo cuando vivo en una mentira.
—Camina una milla en estas patas.
—¿Perdón?
—Oh... nada.
~ 0 ~
Janil, el hijo de Goriff, había estado enfadado. No
sabía por qué. El enojo había crecido por un montón de cosas. La bomba
incendiaria de la noche anterior tenía su buena parte. Había tenido una buena
discusión con su padre acerca de enviar esa comida a la Guardia por la mañana.
Ellos tenían esos estúpidos distintivos. Ellos tenían uniformes. Estaba
enfadado por un montón de cosas, incluso el hecho de tener trece años.
Entonces, cuando a las nueve de la noche, mientras su
padre horneaba el pan, la puerta se abrió con violencia y dejó entrar a un
hombre, Janil había tomado la ballesta de su padre de abajo del mostrador, lo
apuntó hacia donde él pensaba que estaba el corazón, y tiró del disparador.
~ 0 ~
Zanahoria pateó el suelo una o dos veces y miró a su
alrededor.
—Aquí —dijo—. Yo estaba parado aquí. Y el Príncipe
estaba... en esa dirección.
Angua caminó obediente a través de la plaza. Algunas
personas se volvieron curiosas para mirar a Zanahoria.
—Está bien... para... no, sigue un poco... para...
gira un poco a la izquierda... quiero decir mi izquierda... retrocede un
poco... ahora arroja tus armas...
Él se acercó a ella y siguió su mirada.
—¿Le dispararon desde la Universidad?
—Parece el edificio de la biblioteca —dijo Angua—.
Pero un hechicero no haría eso, ¿verdad? Ellos se mantienen fuera de esta clase
de cosas.
—Oh, no es tan difícil entrar allí, aunque los
portones estén cerrados —dijo Zanahoria—. Probemos la vía no oficial, ¿eh?
—De acuerdo. ¿Zanahoria?
—¿Sí?
—El bigote falso... no es para ti, ya sabes. Y la
nariz está muy rosada.
—¿No me hace parecer disimulado?
—No. Y el sombrero... Yo dejaría el sombrero,
también... Es un buen sombrero —agregó rápidamente—. Pero un bombín marrón...
no es tu estilo. No te va.
—¡Exactamente! —dijo Zanahoria—. Si éste fuera mi
estilo, la gente sabría que soy yo, ¿verdad?
—Quiero decir que te hace ver un poco twerp,
Zanahoria.
—¿Normalmente me veo twerp?
—No, no...
—¡Aha! —Zanahoria rebuscó en el bolsillo de su enorme
sobretodo—. Tengo este libro de disfraces de la tienda de bromas de la Calle
Phedre, mira. Lo gracioso es que Nobby estaba comprando cosas allí también. Le
pregunté por qué y dijo que eran medidas desesperadas. ¿Qué crees que quiso
decir?
—No puedo imaginarlo —dijo Angua.
—Es asombroso lo que tienen. Cabello falso, narices
falsas, barbas falsas, incluso... —Dudó y de pronto se sonrojó—. Incluso...
pechos falsos, ya sabes. Para damas. Pero no me puedo imaginar por qué querrían
disfrazar eso.
Probablemente, él no podría, pensó Angua. Tomó el
pequeño libro de manos de Zanahoria y lo hojeó. Suspiró.
—Zanahoria, estos disfraces están hechos para papas.
—¿Sí?
—Mira, están puestos todos sobre papas.
—Pensé que era sólo para mostrarlos.
—Zanahoria, éste tiene una máscara de “Mr. Spuddy[10] Face”.
Detrás de su grueso bigote negro Zanahoria parecía
dolido y perplejo.
—¿Para qué querría una papa un disfraz? —dijo.
Habían llegado al callejón lateral de la Universidad
que había sido conocido informalmente como Entrada Escolar por tantos siglos,
que ahora estaba escrito en un cartel al final. Un par de hechiceros
estudiantes pasaron.
La entrada no-oficial de la Universidad siempre había
sido conocida solamente por los estudiantes. Lo que los estudiantes no
recordaban era que los miembros mayores del profesorado también habían sido
estudiantes alguna vez, y que les gustaba salir y darse una vuelta después del
cierre oficial de los portones. Esto llevaba naturalmente a cierta turbación y
diplomacia en la oscuridad.
Zanahoria y Angua esperaron pacientemente mientras
unos estudiantes saltaban el cerco, seguidos por el Decano.
—Buenas noches, señor —dijo Zanahoria cortés.
—Buenas noches a usted, Papa —dijo el Decano y se
perdió en la noche.
—¿Lo ves?
—Ah, pero no me dijo Zanahoria —dijo Zanahoria—. El principio es el sonido.
Cayeron sobre el césped y se dirigieron hacia la
biblioteca.
—Debería estar cerrada —dijo Angua.
—Recuerda que tenemos un hombre dentro —dijo Zanahoria
y golpeó.
La puerta se entreabrió.
—¿Ook?
Zanahoria levantó su horrible sombrero redondo.
—Buenas noches, señor, me pregunto si podemos entrar.
Es asunto de la Guardia.
—¿Ook eek ook?
—Er...
—¿Qué dijo? —preguntó Angua.
—Si quieres saberlo, él dijo, ‘Por Dios, es una papa
que camina’ —dijo Zanahoria.
El Bibliotecario arrugó la nariz hacia Angua. No le
gustaba el olor de las mujeres-lobo. Pero les permitió entrar y les dejó
esperando mientras se afanaba hacia su escritorio y rebuscaba en un cajón. Sacó
el distintivo de Alguacil Especial de la Guardia, que colgó alrededor del área
general donde debería haber estado su cuello, y se paró tan firme como lo haría
un orangután, lo que no era mucho. Los simios principales entendían la idea,
pero las áreas periféricas demoraban en pescarla.
—¡Ook ook!
—¿No dijo ‘Qué puedo hacer para ayudarle, Capitán
Tuber’? —preguntó Angua.
—Necesitamos mirar en el quinto piso, hacia la plaza
—dijo Zanahoria, un poco frío.
—Ook oook - ook.
—Dice que son sólo viejos almacenes —dijo Zanahoria.
—¿Y ese último ook? —preguntó Angua.
—‘Señor Horrible Sombrero’ —dijo Zanahoria.
—Entonces, ¿no se ha dado cuenta quién eres? —dijo
Angua.
El quinto piso era una seguidilla de habitaciones sin
ventilar, con olor a libros viejos e indeseables. No estaban acomodados en
anaqueles, sino atados con cordón y colocados en anchos estantes. Muchos
estaban arruinados y carecían de portada. Por lo que quedaba se podía decir que
eran viejos libros indeseables hasta para un ardiente bibliófilo.
Zanahoria tomó una copia rota de Occult Primer, de Woddeley. Algunas páginas sueltas cayeron. Angua
levantó una.
—Capítulo Quine, Necromancia Elemental —leyó en voz
alta—. Lección Uno: El Uso Correcto De Una Pala...
La dejó y oliscó el aire. La presencia del
Bibliotecario llenaba las fosas nasales como un elefante a una caja de
fósforos, pero...
—Alguien más ha estado aquí —dijo—. En los últimos dos
días. ¿Podría dejarnos solos, señor? En lo que se refiere a olor, es usted un
poco... franco.
—¿Ook?
El Bibliotecario hizo un movimiento de cabeza hacia
Zanahoria, encogió los hombros hacia Angua, y se marchó.
—No te muevas —dijo Angua—. Quédate donde estás,
Zanahoria. No muevas el aire...
Se adelantó una pulgada.
Sus orejas le decían que el Bibliotecario estaba
bajando por el corredor porque podía escuchar las maderas del piso crujir. Pero
su nariz le decía que aún estaba allí. Él era un poco confuso, pero...
—Voy a tener que cambiar —dijo Angua—. No puedo
obtener una buena imagen así. Es demasiado extraña.
Zanahoria cerró los ojos obediente. Ella le había
prohibido mirar cuando pasara de humano a lobo, por lo desagradable de la
naturaleza de las formas intermedias. Allá, en Uberwald, la gente pasaba de una
forma a la otra con la naturalidad con que los humanos comunes se ponían
diferentes ropas, pero aún allí era considerado una cortesía hacerlo detrás de
un arbusto.
Cuando los reabrió estaba desplazándose sigilosamente
hacia adelante, concentrada completamente en su nariz.
La presencia
olfatoria del Bibliotecario era una forma compleja, un borrón púrpura donde se
había estado moviendo, pero casi una figura sólida donde había estado parado.
Manos, cara, labios... serían el centro exacto de una nube en expansión en un
par de horas, pero ahora ella aún los olía.
Debía haber solamente
corrientes de aire diminutas. No había moscas volando que pudieran causar la
mínima distorsión.
Se acercó más a la ventana. La vista era solamente una
presencia vaga que proveía un esquema de la habitación sobre el cual los aromas
pintaban sus gloriosos colores.
Cerca de la
ventana... cerca de la ventana...
¡Sí! Un hombre se
había parado allí, y por el olor no se había movido por algún tiempo. El aroma
ondeó en el aire, sobre el borde de su capacidad nasal. Los rastros ondulantes
y curvados le dijeron que la ventana había sido abierta y luego cerrada, y ¿acaso
estaba allí ese pequeño, ínfimo indicio de que había sostenido un arma delante
de él?
Su nariz se
apresuraba, tratando de restaurar las formas originales desde los patrones que
colgaban en el aire como humo muerto...
Cuando Angua terminó, regresó hasta la pila de ropa, y
tosió educadamente mientras se estaba colocando las botas.
—Hubo un hombre parado cerca de la ventana —dijo—.
Cabello largo, un poco seco, apestoso de champú caro. Fue el hombre que volvió
a clavar las maderas después de que Ossie entrara en la Barbican.
—¿Estás segura?
—¿Alguna vez se ha equivocado esta nariz?
—Lo siento. Prosigue.
—Diría que era de constitución pesada, un poco ancho
para su altura. No se baña mucho, pero cuando lo hace utiliza jabón Windpike[11], del tipo barato. Pero champú caro, lo que suena
raro. Y un saco verde.
—¿Puedes oler los colores?
—No. El colorante. Viene de Sto Lat, creo. Y... creo
que disparó un arco. Un arco caro. Hay un dejo de seda en el aire, y es de eso
que están hechas las cuerdas de los arcos más fuertes, ¿verdad? Y no pondrías
una cuerda así en un arco barato.
Zanahoria se paró junto a la ventana.
—Tenía un buen panorama —dijo y miró hacia el piso. Y
entonces el antepecho. Y sobre los estantes cercanos.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
—Dos o tres horas, diría.
—No se movió mucho.
—No.
—Ni fumó, ni escupió. Solamente se paró y esperó. Un
profesional. El señor Vimes tenía razón.
—Mucho más profesional que Ossie —dijo Angua.
—Saco verde —dijo Zanahoria como pensando en voz
alta—. Saco verde, saco verde...
—Oh... y mala caspa —dijo Angua poniéndose de pie.
—¿ ‘Nevadas
Pendientes’? —gritó Zanahoria.
—¿Qué?
—¿Realmente mala caspa?
—Oh, sí, era...
—Es por eso que le llaman Nevadas —dijo Zanahoria—.
Daceyville Pendientes, el hombre del peine reforzado. Pero escuché que se había
mudado a Sto Lat...
Al unísono dijeron:
—... de donde viene el colorante...
—¿Es bueno con un arco?
—Muy bueno. También es bueno matando personas con
quienes nunca estuvo.
—Es un Asesino, ¿verdad?
—Oh, no. Solamente mata personas por dinero. No tiene
estilo. Nevadas no sabe leer ni escribir.
Zanahoria se rascó la cabeza en gesto simpático.
—Ni siquiera mira figuras complicadas. Lo detuvimos el
año pasado, pero sacudió rápido la cabeza y escapó mientras tratábamos de
desenterrar a Nobby. Bien, bien. Me pregunto dónde estará.
—No me pidas que le siga en estas calles. Miles de
personas habrán caminado sobre la huella.
—Oh, hay gente que lo sabrá. Alguien ve todo en esta
ciudad.
~ 0 ~
—¿SEÑOR PENDIENTES?
Nevadas Pendientes sintió vivamente su cuello, o al
menos el cuello de su alma. El alma humana tiende a mantener la forma del
cuerpo original algún tiempo después de la muerte. El hábito es maravilloso.
—¿Quién demonios está ahí? —dijo.
—¿NADIE QUE CONOZCAS? —dijo la Muerte.
—Bueno, no. ¡No conozco mucha gente que me corte la
cabeza!
El cuerpo de Nevadas Pendientes había golpeado contra
la mesa mientras caía. Varias botellas de champú medicado goteaban y mezclaban
sus contenidos con los otros fluidos más íntimos del cuerpo de Pendientes.
—Esa cosa con el aceite especial me costó cuatro
dólares —dijo Nevadas. Pero, de alguna manera, todo parecía ligeramente...
irrelevante ahora. La otra persona en el caso había sido él. O sea, el que
estaba ahí abajo. No el que estaba mirándole. En vida, Nevadas no habría sido
capaz de deletrear ‘metafísica’, pero ya estaba comenzando a mirar la vida de
otra manera. Desde afuera, por empezar.
—Cuatro dólares —repitió—. ¡Y nunca tuve tiempo de
probarlo!
—NO HABRÍA FUNCIONADO —dijo la Muerte, tocando al
hombre en su borroso hombro—. PERO, SI PUDIESE SUGERIRTE QUE MIRES EL LADO
BUENO, YA NO SERÁ NECESARIO.
—¿No más caspa? —preguntó Nevadas, ahora bastante
transparente y desapareciendo velozmente.
—NO MÁS —dijo la Muerte—. CONFÍA EN MÍ.
~ 0 ~
El Comandante Vimes corría por la calle a oscuras,
tratando de abrocharse el pectoral.
—De acuerdo, Cheery, ¿qué está sucediendo?
—Dicen que uno de Klatch mató a alguien, señor. Hay un
motín en el Callejón Escándalo, y se ve mal. Estaba en la oficina y pensé que
alguien debería decirle, señor.
—¡Muy bien!
—Y de todos modos no pude encontrar al Capitán
Zanahoria, señor.
Un poco de tinta ácida garabateó su entrada sutil en
el libro del alma de Vimes.
—Oh, dioses... entonces, ¿quién es el oficial a cargo?
—El Sargento Detritos, señor.
De repente, a la enana le pareció que se quedaba
quieta. El Comandante Vimes había hecho una veloz desaparición.
Con la expresión calmada de alguien que estaba
haciendo metódicamente su tarea, Detritos levantó a un hombre y lo usó para
golpear a otro. Cuando tuvo despejada el área a su alrededor y una buena pila
de amotinados, se trepó a ella e hizo bocina con las manos.
—¡Ezcuchen, uztedez perzonaz!
Un troll gritando con toda la voz podía ser escuchado
por sobre un motín. Cuando le pareció tener su atención sacó un rollo de su
pectoral y lo meneó sobre la cabeza.
—Ezta e’ el Acta de Motín —dijo—. ¿Zaben lo que ezo
zignifica? Quiere decir que zi lo leo y no ze diz... diz... no ze van, entonzez
la Guardia puede uzar la fuerza hazta morir, ¿entendido?
—¿Qué estuviste usando hasta ahora, entonces? —se
quejó uno desde abajo de sus pies.
—Ezo e’ uztedez ayudando a la Guardia —dijo Detritos
balanceando su peso.
Desenrolló el rollo.
Aunque había algunas refriegas en otros callejones y
gritos en la calle cercana, un anillo de silencio se expandió alrededor del
troll. Un componente casi genético de los ciudadanos de Ankh-Morpork era su
habilidad para aprovechar una oportunidad de diversión.
Detritos colocó el documento a la distancia de sus
brazos. Y luego a unas pocas pulgadas de su rostro. Intentó girándolo un par de
vueltas.
Sus labios se movieron inquietos.
Finalmente descendió y lo mostró al Alguacil Visita.
—¿Qué e’ ezta palabra?
—Eso dice ‘Por cuanto’, sargento.
—Ya lo zabía.
Volvió a trepar.
—Por cuanto... e’... —Bolas, que eran el equivalente
troll de las gotas de sudor, comenzaron a formarse en la frente de Detritos—.
Por cuanto e’... re... co... no... zido...
—Reconocido —susurró el Alguacil Visita.
—Ya lo zabía —Detritos miró el papel otra vez y se dio
por vencido—. ¡Uztedez perzonaz no quieren eztar paradoz ezcuchándome todo el
día! —aulló—. Ezta e’ el Acta de Motín y todoz la tiene que leer, ¿de acuerdo?
Ze la pazan.
—¿Qué pasa si no la leemos? —dijo una voz desde la
multitud.
—La tienez que leer. E’ legal.
—¿Y entonces qué pasa?
—Entonzez te dizparo —dijo Detritos.
—¡Eso no está permitido! —dijo otra voz—. Primero
tienes que gritar, ‘¡Alto! ¡Guardia armado!’.
—Claro, ezo me pareze bien —dijo Detritos. Encogió uno
de sus enormes hombros para colocar la ballesta debajo del brazo. Era un arco
de sitio, listo para ser montado en el carro. Tenía seis pies de largo—. E’ máz difízil pegarle a blancoz que corren.
Soltó la traba de seguridad.
—¿Nadie ha terminado de leer todavía?
—¡Sargento!
Vimes se abrió camino a través de la multitud. Y había
una multitud ahora. Ankh-Morpork era siempre un buen público.
Se escuchó un clang cuando Detritos saludó.
—¿Era tu propósito dispararle a esta gente a sangre
fría, sargento?
—Nozzeñor. Zolamente amenazaba dizparalez en la
cabeza, zeñor.
—¿De veras? Dame un momento para hablarles, entonces.
Vimes miró al hombre cerca de él. Tenía una antorcha
encendida en una mano y una larga vara de madera en la otra. Miró a Vimes con
la mirada desafiante de alguien que ha sentido que el piso desaparecía de abajo
de sus pies.
Vimes acercó la antorcha y prendió un cigarro.
—¿Qué está sucediendo por aquí, amigos?
—¡Los Klatchianos han estado matando personas, señor
Vimes! ¡Ataque no provocado!
—¿De veras?
—¡Han matado personas!
—¿A quién?
—Yo... había... ¡todos saben que estaban matando
personas! —Los pasos mentales del hombre encontraron terreno más seguro—. ¿Qué
se piensan que son, viniendo...?
—Ya es suficiente —dijo Vimes. Se enderezó y levantó
la voz.
—Reconozco a muchos de ustedes —dijo—. Y sé que
tiene casas a dónde ir. ¿Ven esto? —Sacó
la porra de oficial de su bolsillo—. Esto dice que yo tengo que mantener la
paz. De modo que en diez segundos me voy a ir a algún otro lugar a buscar una
paz que mantener, pero Detritos se quedará. Y espero que no haga nada que
deshonre el uniforme. O que se lo ensucie mucho, al menos.
La ironía no era una especialidad entre los que
escuchaban, pero los más brillantes reconocieron la expresión de Vimes. Les
dijo que allí había un hombre que mantenía la paciencia con los dientes.
La muchedumbre se dispersó, disminuyendo en los bordes
a medida que las personas caminaban por el callejón, tiraban sus improvisadas
armas y aparecían en la otra punta caminando serias y graves como ciudadanos
honestos.
—Muy bien, ¿qué pasó? —dijo Vimes volviéndose hacia el
troll.
—Ezcuchamoz que eze chico dizparó a eze hombre —dijo
Detritos—. Llegamoz, al minuto gente lloviendo de todoz ladoz, gritando...
—Él lo golpeó como Hudrun golpea trozos de carne de Ur
—dijo el Alguacil Visita.[12]
—¿Lo golpeó? —dijo Vimes, desconcertado—. ¿Mató a
alguien?
—No de la manera que el hombre eztaba gritando, zeñor
—dijo Detritos—. Golpeó en zu brazo. Zuz amigoz lo llevaron a la Guardia para
quejarze. Él e’ panadero de turno noche. Él dijo que llegaba tarde al trabajo,
entró corriendo para zenar, ziguiente minuto caído zobre el pizo.
Vimes cruzó la calle y probó la puerta del negocio. Se
abrió un poco y chocó contra lo que parecía ser una barricada. El mobiliario
había sido apilado contra la ventana también.
—¿Cuántas personas había, alguacil?
—Allá, una multitud, zeñor.
Y cuatro adentro, pensó Vimes. Una familia. La puerta
se abrió un poco y Vimes se dio cuenta de que estaba justo delante de una
ballesta.
Se escuchó el tung de la cuerda. La flecha salió a los
tumbos. Cruzó a toda velocidad el callejón y todavía se bamboleaba cuando
golpeó el muro opuesto.
—Escuche —dijo Vimes, manteniendo el cuerpo abajo pero
levantando la voz—. Cualquiera que haya sido alcanzado por eso, tiene que haber sido por accidente. Esta es la Guardia. Abra
la puerta. Y cuando la puerta se abra, se queda abierta. ¿Sabe lo que quiero
decir?
No hubo respuesta.
—Está bien. Detritos, ven acá...
Adentro hubo una discusión susurrada y entonces el
sonido de raspones mientras los muebles eran corridos.
Probó la puerta. Se abrió por completo.
La familia estaba en el extremo más alejado de la
habitación. Vimes sintió ocho ojos sobre él. La atmósfera estaba caliente,
aromada con el olor de comida quemada.
El señor Goriff sostenía con firmeza la ballesta, y la
expresión en el rostro de su hijo le dijo a Vimes mucho de lo que necesitaba
saber.
—Muy bien —dijo—. Ahora, escúchenme. No voy a arrestar
a nadie en este momento, ¿me oyen? Esto suena como una de las cosas que hacen
bostezar a su señoría. Pero será mejor que pasen la noche en la Guardia. No
puedo dejar hombres haciendo guardia aquí. ¿Lo entienden? Podría arrestarles.
Pero esto es solamente una petición.
El señor Goriff se aclaró la garganta.
—El hombre al que disparé... —comenzó, y dejó la
pregunta y la mentira colgando en el aire.
Vimes se esforzó para no mirar hacia el chico.
—No está malherido —dijo.
—Entró... corriendo —dijo el señor Goriff—. Y después
de la noche pasada...
—¿Pensaron que estaban siendo atacados otra vez, y
agarraron la ballesta?
—Sí —dijo el muchacho, desafiante, antes de que su
padre pudiera hablar.
Hubo una viva discusión en Klatchiano. Entonces el
señor Goriff dijo:
—¿Debemos dejar la casa?
—Por su propio bien. Trataremos de poner a alguien
para cuidar. Ahora, se reúnen y se van con el sargento. Y me dan esa ballesta.
Goriff se la alcanzó con una mirada de alivio. Era una
típica Saturday Night Special, tan errática y mal construida que el único lugar
seguro donde ponerse cuando era disparada era directamente detrás de ella, y
aún entonces habría algún riesgo. Y nadie le había dicho a su propietario que
debajo del mostrador en un local húmedo y bajo una lluvia de grasa no era el
mejor lugar para tenerla tenso. La cuerda estaba floja. Probablemente la única
manera de lastimar a alguien era pegándole en la cabeza con la ballesta.
Vimes esperó hasta que hubieron salido y le dio una
última mirada a la habitación. No era grande. En la cocina, detrás del negocio,
algo oloroso estaba secándose al fuego. Después de quemarse los dedos un par de
veces consiguió tomar la cazuela y retirarla del fuego y entonces, recordando
vagamente a su madre haciendo esto, la puso bajo la bomba a remojar.
Entonces trancó las ventanas lo mejor que pudo y
salió, cerrando la puerta tras de sí. Una placa de bronce, discreta, del Gremio
de Ladrones decía al mundo que el señor Goriff había pagado su cuota anual[13], pero el mundo estaba lleno de peligros menos
formales así que Vimes tomó un trozo de tiza de su bolsillo y escribió:
BAJO LA PROTECCIÓN DE
LA GUARDIA
Y lo firmó:
SGTO DETRITOS
En la imaginación de las mentes menos civilizadas la
majestad de la regla de la ley no era tan pesada como el temor a Detritos.
¡El Acta de Motín! ¿De dónde demonios la habría
sacado? Zanahoria, probablemente. No había sido utilizada hacía tanto tiempo
que Vimes ya no recordaba, y eso no asombraba cuando se conocía lo que hacía.
Aún Vetinari habría dudado en usarla. Ahora no era más que una frase. Gracias
al cielo por la ignorancia del troll...
Fue cuando Vimes retrocedía para admirar su obra
cuando vio el brillo en el cielo sobre Park Lane, casi al mismo tiempo que
escuchaba el repiqueteo de botas de acero en la calle.
—Oh, hola, Pequeñotrasero —dijo—. ¿Qué es ahora? No me
lo digas... alguien le metió fuego a la embajada de Klatch.
—Correcto, señor —dijo la enana. Se quedó parada en el
medio del callejón, y parecía preocupada.
—¿Bien? —dijo Vimes.
—Er... usted dijo...
Con desazón Vimes recordó que la habilidad genérica de
los enanos con el acero era compensada con la poca percepción de la ironía.
—¿La embajada de Klatch está realmente incendiándose?
—¡Sí, señor!
La señora Agotada abrió la puerta de golpe.
—¿Sí?
—Soy amigo de... —Zanahoria dudó, preguntándose si
Fred habría dado su verdadero nombre—. Er... el hombre gordo, que no estaba
bien vestido...
—¿El que rondaba con el maníaco sexual?
—¿Perdón?
—¿Un flacucho twerp, vestido como payaso?
—Le preguntaron si tenía un cuarto —dijo Zanahoria
desesperado.
—Ya lo tomaron —dijo la señora Agotada, tratando de
cerrar la puerta.
—Dijeron que podía usarla...
—¡Nada de sub-rentar!
—¡Dijeron que debía pagarle a usted dos dólares!
La presión de la puerta aflojó un poco.
—¿Además de lo que ellos pagan? —dijo la señora
Agotada.
—Por supuesto.
—Bien... —Miró a Zanahoria de pies a cabeza y sorbió—.
Está bien. ¿En qué turno está?
—¿Perdón?
—Es un guardia, ¿verdad?
—Er... —Zanahoria dudó, y entonces levantó la voz—.
No, no soy un guardia. Haha, ¿cree que soy un guardia? ¿Parezco como un
guardia?
—Sí, me lo parece —dijo la señora Agotada—. Usted es
el Capitán Zanahoria. Le he visto caminando por la ciudad. Pero, supongo que
los policías tiene que dormir en algún lugar.
~ 0 ~
Sobre el techo, Angua revoleó los ojos.
—No mujeres, no cocina, no música, no mascotas —decía
la señora Agotada mientras encabezaba el ascenso por la crujiente escalera.
Angua esperó en la oscuridad hasta que escuchó que se
abría la ventana.
—Ya se fue —susurró Zanahoria.
—Hay vidrio sobre las tejas acá afuera, como informó
Fred —dijo Angua mientras se lanzaba por encima del antepecho. Una vez dentro,
tomó una profunda bocanada y cerró los ojos.
Primero tuvo que olvidar el olor de Zanahoria... sudor
ansioso, jabón, el persistente pulidor de armadura...
... y Fred Colon,
todo transpiración con un dejo a cerveza, y la fea pomada que Nobby usa para su
piel, y el olor de pies, cuerpos, ropas, lustres, uñas...
Después de una hora era posible que el ojo de la nariz
viese a alguien caminar a través de la habitación, congelado en el tiempo por
su aroma. Pero después de un día, los aromas se entrecruzaban y mezclaban. Se
tenían que separar, quitar las partes familiares, y lo que quedaba...
—¡Están tan mezclados!
—Está bien, está bien —dijo Zanahoria tranquilo.
—¡Al menos tres personas! Pero creo que una es
Ossie... Es más fuerte alrededor de la cama... y...
Abrió los ojos, grandes, y miró hacia el piso.
—¡Por aquí!
—¿Qué? ¿Qué es?
Angua pegó la nariz contra las tablas del piso.
—¡Puedo olerlo pero no lo puedo ver!
Un cuchillo apareció delante de ella. Zanahoria se
puso de rodillas y pasó el filo por la junta llena de polvo de las tablas del
piso.
Algo marrón y escindido saltó. Había sido pisoteado
pero a esa distancia aún Zanahoria podía sentir el olor del ajo.
—¿No crees que Ossie hizo un montón de pasteles de
manzana? —susurró.
—‘No cocina’, ¿recuerdas? —dijo Angua y sonrió.
—Hay algo más...
Zanahoria levantó un poco más de polvo y suciedad.
Allí había algo que brillaba.
—Fred dijo que todo el vidrio estaba afuera, ¿verdad?
—Sí.
—Bueno, supongamos que alguien no levantó todos los
trozos de vidrio cuando entraron...
—Para ser uno a quien no le gustan las mentiras,
Zanahoria, puedes llegar a ser un poco desviado, ¿sabes?
—Sólo lógica. Hay vidrio afuera de la ventana, pero
todo lo que significa es que hay vidrio afuera de la ventana. El Comandante
Vimes siempre dice que las cosas no son como debieran. Es el modo en que las
miras.
—¿Piensas que alguien lo rompió al entrar y que
cuidadosamente puso el vidrio afuera?
—Podría ser.
—¿Zanahoria? ¿Por qué estamos susurrando?
—‘No mujeres’, ¿recuerdas?
—Y no mascotas —dijo Angua—. Entonces me pondrá de
patas en la calle. No me mires así —agregó, cuando le miró la cara—. Es de mal
gusto si alguien más lo dice. Yo puedo.
Zanahoria rebuscó algunos fragmentos más. Angua miró
debajo de la cama y tiró de las revistas maltratadas.
—Los dioses, ¿la gente realmente lee esta basura?
—dijo pasando las hojas de una Arcos y
Municiones—. ‘Probando el Locksley Reflex 7: El Arco Mucho Mejor’ ‘¡Dolor
de Pies! ¡Hemos Probado el Ten Best Caltrops!’... y ¿qué revista es esta...? ¿Soldado de Fortuna?
—Siempre hay pequeñas guerras en algún lugar —dijo
Zanahoria tirando de la caja del dinero.
—Pero, ¿quieres mirar el tamaño de esta hacha aquí?
‘Toma una Cabeza, Toma una Streetsweeper[14] de la Burleigh & Stronginthearm y ¡Gana por un
Cuello!’. Bueno, debe ser cierto lo que dicen de los hombres a quienes les
gustan las armas grandes...
—¿Y qué dicen...? —dijo Zanahoria, levantando la tapa
de la caja.
Ella miró el extremo de su cabeza. Como siempre,
Zanahoria irradiaba inocencia, como un pequeño sol. Pero él... ellos... Seguro que él...
—Que ellos, er... son bastante pequeños —dijo.
—Oh, eso es cierto —dijo Zanahoria tomando algunas
monedas de Klatch—. Mira a los enanos. Nunca tan felices como cuando tienen en
las manos un hacha tan alta como ellos. Y Nobby se fascina con las armas, y
prácticamente tiene medidas de enano.
—Er...
Técnicamente, Angua creía de conocer a Zanahoria mejor
que nadie. Estaba bastante segura de que él la tenía en consideración. Algunas
veces lo decía, pero asumía que ella lo sabía. Ella había conocido a otros
hombres, aunque pasar parte del mes convertida en lobo era uno de esos pequeños
defectos que había espantado a todos los hombres normales, hasta Zanahoria. Y
ella sabía la clase de cosas que los hombres decían durante lo que podía
llamarse el calor del momento y que olvidaban después. Pero cuando Zanahoria
decía cosas, era sabido que él sentía que todo estaba establecido hasta nuevo
aviso, de modo que si ella hacía un comentario se sorprendía genuinamente de
que hubiese olvidado lo que él había dicho, y probablemente agregara el día y
la hora.
Y aún así, todo el tiempo tenía esta sensación de que
la mayor parte de él estaba muy, pero muy dentro de él, mirando hacia afuera.
Nadie podía ser tan simple, nadie podía ser tan creativamente mudo, sin ser muy
inteligente. Era como un actor. Solamente un muy buen actor era suficientemente
bueno para actuar mal.
—Casi una persona solitaria, nuestro Nobby —dijo
Zanahoria.
—Bueno, sí...
—Pero estoy seguro de que encontrará la persona
correcta para él —agregó Zanahoria, con alegría.
Probablemente en una botella, se dijo Angua. Recordaba
su conversación con él. Era terrible algo terrible de recordar, pero había algo
inquietante acerca de la idea de Nobby de ser aceptado en la piscina, incluso
en la parte baja.
—Fíjate, estas monedas son raras —dijo Zanahoria.
—¿Qué quieres decir? —dijo Angua agradecida por la
interrupción.
—¿Por qué le pagarían en wols de Klatch? No podría haberlos gastado acá, y los que cambian
dinero no dan buenos precios —Zanahoria lanzó una moneda al aire y la pescó—.
Cuando salíamos, el señor Vimes me dijo, ‘Asegúrate de encontrar el árbol de
los dátiles y el camello escondido debajo de la almohada’. Ahora pienso que sé
qué quería decir.
—Arena sobre el piso —dijo Angua—. Ahora, ¿no es una
pista obvia? ¡Puedes decir que eran
de Klatch por la arena de sus sandalias!
—Pero estos ajos... —Zanahoria lo apretó—. No es como
si fuera un hábito común, aún entre Klatchianos. No es una pista muy obvia,
¿verdad?
—Huele más reciente —dijo Angua—. Diría que llegó
anoche.
—¿Después de
la muerte de Ossie?
—Sí.
—¿Por qué?
—¿Cómo podría saberlo? ¿Qué clase de nombre es
71-horas Ahmed? —dijo Angua.
Zanahoria se encogió de hombros.
—No lo sé. Pienso que el señor Vimes piensa que
alguien en Ankh-Morpork quiere que nosotros creamos que los de Klatch pagaron
por su Príncipe muerto. Suena asqueroso... pero lógico. Pero no entiendo por
qué estaría involucrado un Klatchiano real...
Sus ojos se encontraron.
—¿Política? —dijeron al mismo tiempo.
—Por dinero suficiente, un montón de personas haría
cualquier cosa —dijo Angua.
De pronto, un feroz golpe de la puerta.
—¿Tiene a alguien allí? —dijo la señora Agotada.
—¡Sal por la ventana! —dijo Zanahoria.
—¿Por qué no me quedo y le cortas el cuello? —dijo
Angua—. Está bien, está bien, era una broma, ¿de acuerdo? —dijo, pasando las
piernas por encima del antepecho.
Ankh-Morpork ya no tenía más una brigada de incendios.
Los ciudadanos tenían un muy modo muy directo de pensar a veces, y no les llevó
mucho tiempo ver el obvio error de pagarle a un grupo de personas por la
cantidad de incendios que apagaban. El dinero escaseaba después del Martes de
Carbón.
Desde entonces se apoyaron en el buen principio de
encender el propio interés. Las personas que vivían cerca de un edificio que se
quemaba hacían lo posible para apagar el fuego, porque la paja que salvaban
podía ser la propia.
Pero la multitud que miraba la embajada incendiada lo
hacía como si no viera, de modo distante, como si estuviera ocurriendo en algún
planeta distante.
Se movieron a un lado cuando Vimes se abrió camino a
los codazos hasta el espacio delante de los portones. Las llamas salían por las
ventanas de la planta baja, y se podían entrever siluetas contra la luz.
Se volvió hacia la multitud.
—¿Qué sucede aquí? ¡Hacer una cadena de baldes, vamos!
—Es la asquerosa embajada de ellos —dijo una voz.
—Sí. Es territorio de Klatch, ¿de acuerdo?
—No podemos entrar en territorio de Klatch.
—Sería una invasión, eso sería.
—Ellos no nos permitirían hacerlo —dijo un pequeño
niño sosteniendo un balde.
Vimes miró los portones de la embajada. Había un par
de guardianes. Sus miradas preocupadas iban desde el incendio a sus espaldas
hasta la multitud al frente. Eran hombres nerviosos, pero era todavía peor
porque eran hombres nerviosos que empuñaban grandes espadas.
Avanzó hacia ellos tratando de sonreír y sosteniendo
su distintivo por delante. Tenía un escudo. No era un escudo muy grande.
—Comandante Vimes, Guardia de la Ciudad de
Ankh-Morpork —dijo, en lo que deseaba hubiese sido una voz solícita y amistosa.
Uno de los guardianes movió la mano.
—¡Hey, tú quédate fuera!
—Ah... —dijo Vimes. Miró abajo hacia los adoquines de
la entrada y otra vez al que habló. En algún lugar entre las llamas, alguien
aullaba.
—¡Tú! ¡Ven acá! ¿Ves esto? —gritó al guardián,
señalando hacia abajo. El hombre hizo un vacilante paso hacia adelante—. Acá
abajo hay suelo de Ankh-Morpork, mi amigo —dijo Vimes—. Y estás parado sobre él
y estás obstruyendo mi... —encajó el puño en el estómago del guardián tan duro
como pudo—... ¡tarea!
Ya estaba corriendo cuando el otro guardián saltó
sobre él. Lo agarró de una rodilla. Algo sonó. Parecía el tobillo de Vimes.
Renqueando ligeramente y maldiciendo entró en la
embajada y cazó a un escurridizo por la bata.
—¿Hay gente todavía adentro? ¿Hay gente adentro?
El hombre le devolvió una mirada llena de pánico. Los
papeles que llevaba en los brazos se desparramaron sobre el piso.
Alguien lo tomó del hombro:
—¿Puede trepar, señor Vimes?
—¿Quién di...?
El recién llegado se volvió hacia el agachado portador
de papeles, y le golpeó fieramente el rostro.
—¡Rescatador de papeles!
Mientras el hombre caía hacia atrás el turbante era
arrancado de su cabeza.
—¡Por acá!
La figura se zambulló fuera del humo. Vimes se apuró
tras ella hasta llegar a un muro con un drenaje adosado.
—¿Cómo hizo...?
—¡Arriba! ¡Arriba!
Vimes puso un pie sobre las manos anudadas del otro,
se arregló para colocar el otro sobre un soporte y se impulsó hacia arriba.
—¡Rápido!
Consiguió mitad trepar, mitad empujar, drenaje arriba;
los pequeños ramalazos de dolor subían y bajaban por sus piernas mientras
llegaba al extremo superior. El otro hombre apareció detrás de él como si
hubiese corrido por el muro.
Había una banda de paño que escondía la mitad inferior
de su cara. Le lanzó otra hacia Vimes.
—¡A través de la boca y nariz! —ordenó—. ¡Para el
humo!
Estaba por todo el techo. Detrás de Vimes una chimenea
lanzó una rugiente lengua de fuego.
El resto del turbante deshecho estaba en sus manos.
—Toma este lado, que yo tomaré el otro —dijo la
aparición, y desapareció dentro del humo.
—Pero qué...
Vimes podía sentir el calor a través de sus botas. Se
movió sobre el techo y escuchó los gritos que venían de abajo.
Cuando llegó al borde pudo ver la ventana un poco más
abajo. Alguien había roto un paño porque una mano se agitaba.
En el jardín había más conmoción. Entre un montón de
figuras pudo distinguir la enorme forma del Alguacil Dorfl, un golem y
definitivamente a prueba de fuego. Pero Dorfl era muy malo con las escaleras.
No había muchas que resistieran el peso.
La mano en el humo dejó de moverse.
Vimes miró hacia abajo otra vez.
¿Puede volar, señor
Vimes?
Miró a la chimenea que escupía fuego.
Miró al turbante deshecho.
Una gran parte del cerebro de Vimes se había cerrado,
aunque los trozos que transmitían las puntadas de dolor estaban operando con
eficiencia. Pero algunos pensamientos todavía se movían alrededor del centro, y
le enviaron a su consideración la idea de:
... tela que parezca
resistente...
Miró otra vez hacia la chimenea. Parecía firme.
La ventana estaba como seis pies abajo.
Vimes comenzó a moverse automáticamente.
Entonces, y en sentido puramente teórico, si un hombre
fuera a sujetar el extremo de un lienzo alrededor de una chimenea de esta
manera, y se fuera soltando de esta manera, y descendiera desde el parapeto de
esta manera, entonces cuando se pudiera volver a parar sobre los pies debería
ser capaz de abrirse camino a través de los otros paños de la ventana, de esta
manera...
Un carro rechinaba a lo largo de la calle mojada. Su
avance era errático porque no tenía dos ruedas de igual tamaño, de modo que se
sacudía, se bamboleaba, y probablemente requería mucho más esfuerzo el
arrastrarlo ya que lo que contenía parecía basura. También su propietario.
Era del tamaño de un hombre, pero estaba muy inclinado
y cubierto con cabello o con harapos, o tal vez con una mezcla enmarañada de
los dos que era tan espesa y tan sucia que algunas pequeñas plantas habían
hecho raíz en ella. Si la cosa hubiese detenido su marcha y descendido, habría
dado una sorprendente buena impresión de una pila de abono bien estacionada.
Mientras seguía adelante, sorbió.
Un pie se atravesó para impedir su avance.
—Buenas noches, Boñiga —dijo Zanahoria cuando el carro
se detuvo.
El montón paró. Parte de él se enderezó.
—Zaldeaí —murmuró desde algún lugar de la mata.
—Bueno, bueno, Boñiga, nos ayudemos el uno al otro,
¿eh? Tú me ayudas, yo te ayudo.
—B...g...r...ff, c...p...r.
—Bien, tú me dices cosas que yo quiero saber —dijo
Zanahoria—, y yo no buscaré tu tarjeta.
—Odio a los gnoll —dijo Angua—. Huelen horrible.
—Oh, eso no es justo. Las calles serían mucho más
sucias sin ti y tus cosas, ¿eh, Boñiga? —dijo Zanahoria hablando aún con
gentileza—. Levantas esto, levantas aquello, tal vez lo golpeas contra el muro
para que deje de moverse...
—Z’ una zegridad zqueroza —dijo el gnoll. Había un
ruido burbujeante que podía haber sido una risita.
—Así que escucho lo que puedas saber acerca de dónde
está Nevadas Pendientes en estos días —dijo Zanahoria.
—Nozénad.
—Bien —Zanahoria sacó un tridente de jardín y caminó
alrededor del carro, que goteaba.
—Nohagz nadconezo —dijo rápido en gnoll.
—¿Sí? —dijo Zanahoria, balanceando el tridente.
—Nozénad deladulz MneyTrp Lne.
—¿La del cartel Se Alquilan Habitaciones?
—Ez.
—Bien hecho. Gracias por ser un buen ciudadano —dijo
Zanahoria—. Y ya que estamos, acabamos de pasar una gaviota muerta de camino.
En Calle Brewer. Si te apresuras podrás tomarla.
—Zeagrdez —sorbió el gnoll. El carro comenzó a avanzar
temblando. El guardia lo vio dar tumbos y chirriar mientras daba vuelta la
esquina.
—Son buenas personas de corazón —dijo Zanahoria—.
Pienso que dice mucho del espíritu de tolerancia de la ciudad que hasta los
gnoll pueden llamar hogar.
—Me revuelven el estómago —dijo Angua mientras se
alejaban—. ¡Y éste tenía plantas que le crecían encima!
—El señor Vimes dice que deberíamos hacer algo por
ellos —dijo Zanahoria.
—Todo corazón, el hombre.
—Con un lanzallamas, dice.
—No serviría. Demasiado mojado. ¿Ha averiguado alguien
qué es lo que comen?
—Es mejor pensar en ellos como... limpiadores.
Ciertamente no vemos tanta basura, o animales muertos, como solíamos.
—Sí, pero ¿has visto alguna vez un gnoll con escoba y
pala?
—Bueno, eso es cultural para ti, lo siento —dijo
Zanahoria—. Todo es arrojado sobre los de abajo hasta que encuentras alguien
listo a comerlo. Es lo que el señor Vimes dice.
—Sí —dijo Angua. Caminaron en silencio por un rato y
luego dijo—: ¿Te importa mucho lo que el señor Vimes dice, verdad?
—Es un excelente oficial y un ejemplo para todos
nosotros.
—Y... ¿nunca pensaste tomar un empleo en Quirm o en
otro lugar, verdad? Las otras ciudades están cazando a los guardias de
Ankh-Morpork ahora.
—¿Qué, dejar Ankh-Morpork?
El tono de voz incluía la respuesta.
—No... supongo que no —dijo Angua triste.
—De cualquier manera, no sé qué haría el señor Vimes
sin mí, corriendo todo el día.
—Es un punto de vista, ciertamente —dijo Angua.
No estaban lejos de Money Trap Lane. Estaba en un
gueto de lo que Lord Herrumbre llamaría “artesanos calificados”, gente que
estaba demasiado abajo en la escala social para ser activistas, pero
ligeramente alto para ser fácilmente quitados de en medio. Generalmente lijaban
y pulían.
Gente que no tenía mucho pero que estaba orgullosa aún
de lo poco. Había pequeñas pistas. Números de casa brillantes, para empezar. Y
en los muros de las casas que estaban efectivamente en una sola fila continua,
a lo largo de siglos de construir y demoler, límites muy cuidadosos en los
bordes de la pintura que habían aplicado en su propiedad y sin pasarse el
parpadeo de un mosquito hacia cualquiera de los lados. Zanahoria decía que eso
demostraba que era la clase de gente que instintivamente se daba cuenta de que
la civilización se basaba en el respeto a la propiedad; Angua pensaba que eran
pequeños bastardos que te venderían el tiempo de un día.
Zanahoria caminó por el callejón haciendo ruido y se
aproximó a la dulcería. Había una tosca escalera de madera que iba al primer
piso. Señaló el espacio debajo de ella.
Parecía estar lleno de botellas.
—¿Buenos bebedores? —dijo Angua. Zanahoria sacudió la
cabeza.
Se inclinó a mirar las etiquetas, pero el olor ya le
estaba dando la pista. Champú Homeopático
Dibbler. Lavado Herbal de Lago & Uñas de Vampiro - ¡con hierbas! - Lavar y
listo Tónico de Pelados - ¡con hierbas extra!
Había otros. Hierbas, pensó ella. Mete un puñado de
yuyos en un envase y tienes hierbas...
Zanahoria estaba comenzando su ascenso por las
escaleras cuando ella le puso una mano sobre el hombro. Había otro olor. Era
uno que sobresalía sobre todos los demás de la calle como una lanza. Era uno
con que la nariz de una mujer-lobo estaba en sintonía.
Él asintió y fue cuidadosamente hasta la puerta.
Entonces señaló hacia abajo. Había una mancha por debajo de la puerta.
Zanahoria tomó la espada y pateó la puerta.
Daceyville Pendientes no se había tomado su condición
ligeramente.
Botellas de todas las formas y colores ocupaban casi
todas las superficies de apoyo, dando testimonio del arte del alquimista y del
optimismo del humano.
Los restos de su último experimento estaban todavía en
un cuenco sobre la mesa, y su cuerpo sobre el piso tenía una toalla alrededor
del cuello. El guardia lo miró. Nevadas se había ido.
—Creo que podemos decir que su vida se extinguió —dijo
Zanahoria.
—Yuk —dijo Angua. Tomó una botella de champú abierta y
la olió profundamente. El aroma dulzón de las hierbas estacionadas asaltaron
sus fosas, pero nada era mejor que el áspero y atractivo olor de la sangre.
—Me pregunto dónde está su cabeza —dijo Zanahoria con
un tono intrascendente—. Oh, ha rodado hasta acá... ¿Qué es ese olor tan feo?
—¡Esto! —Angua agitó el champú—. Cuatro dólares la
botella, dice. ¡Ajjj!
Angua aspiró profundamente en la mezcla de hierbas
para contener el llamado del lobo.
—No parecen haber robado nada —dijo Zanahoria—. A
menos que hayan sido muy listos... ¿Qué pasa?
—¡No me preguntes!
Ella consiguió abrir una ventana y aspiró grandes
cantidades de aire, comparativamente más fresco, mientras Zanahoria revisaba
los bolsillos del cuerpo.
—Er... ¿puedes decirme si hay algún ajo por acá?
—dijo.
—¡Zanahoria! ¡Por favor! ¡Estamos en una habitación
con el piso cubierto de sangre! ¿Te haces una idea? Perdóname...
Salió rápidamente y bajó los escalones. El callejón
tenía el olor genérico de todos los callejones, superpuesto a olor de toda la
ciudad. Pero al menos no le hacía parar los pelos y crecer los colmillos. Se
apoyó contra el muro y trató de recuperar el control. ¿Champú? Podía haberle
ahorrado a Nevadas un montón de dinero con un solo toque cuidadoso. Entonces él
sabría todo acerca de un verdadero día de mal cabello...
Zanahoria bajó un par de minutos después, cerrando la
puerta al salir.
—¿Te sientes mejor?
—Un poco...
—Había algo más —dijo pensativo Zanahoria—. Creo que
escribió una nota antes de morir. Pero todo es muy raro. —Movió en el aire lo
que parecía un anotador barato—. Es necesario mirar esto con cuidado —movió la
cabeza—. Pobre viejo Nevadas.
—¡Era un asesino!
—Sí, pero qué fea manera de morir.
—¿Por decapitación? Con una espada muy afilada, por lo
que se ve. No puedo pensar en algo peor.
—Sí, pero no puedo dejar de pensar que si hubiese
tenido un cabello mejor, o que si hubiese encontrado el champú correcto en edad
más temprana, habría llevado una vida diferente...
—Bueno, al menos no tendrá que preocuparse por la
caspa nunca más.
—Eso suena de mal gusto.
—Lo siento, pero sabes cómo me pone la sangre.
—Tu cabello se ve siempre tan asombroso —dijo
Zanahoria, cambiando el tema, pensó Angua, con tacto inusitado—. No sé qué
usas, pero es una lástima que él no lo haya probado.
—Dudo que fuera a los negocios adecuados —dijo Angua—.
Dice ‘Para Una Cubierta Brillante’ en las botellas que compro... ¿Qué pasa?
—¿Puedes oler humo? —dijo Zanahoria.
—Zanahoria, pasarán al menos cinco minutos antes de
que pueda oler cualquier cosa...
Pero él estaba mirando más allá, hacia el rojo brillo
en el cielo.
Vimes tosió. Y tosió una vez más. Y eventualmente
abrió sus ojos llorosos en la confianza de que vería sus propios pulmones
delante de él.
—¿Un vaso de agua, señor Vimes?
Vimes vio tras las lágrimas la forma en movimiento de
Fred Colon.
—Gracias, Fred. ¿Qué es ese horrible olor a quemado?
—Es usted, señor.
Vimes estaba sentado sobre un muro bajo fuera de las
ruinas de la embajada. El aire fresco le rodeaba. Se sentía como un bife a
medio hacer. El calor irradiaba de él.
—La pasó mal por un rato allí, señor —dijo Sargento
Colon solícito—. ¡Pero todos le vieron meterse por esa ventana, señor! ¡Y
cuando lanzaba esa mujer para que Detritos la cazara! ¡Será una pluma en su
sombrero sin dudas, señor! ¡Apuesto que los bast... apuesto que los de Klatch
le darán la Orden del Camello por alguno de sus trabajos de esta noche, señor!
—Colon brillaba de orgullo por asociación.
—Una pluma en mi sobrero... —murmuró Vimes. Tomó su
yelmo y con algo como extremo deleite vio que cada una de las plumas se había
quemado.
Parpadeó lentamente.
—¿Qué pasó con el hombre, Fred? ¿Pudo salir?
—¿Qué hombre?
—Había... —Vimes parpadeó otra vez. Diversas partes de
su cuerpo, tomando conciencia de que él no había estado recibiendo llamadas,
estaban aullando sus quejas.
Tenía que haber... ¿algún
hombre? Vimes había caído sobre la cama de algo, y había una mujer apretada a
él, y había roto lo que quedaba de la ventana, y vio los anchos y grandes
brazos de Detritos allí abajo, y la había arrojado lo más cortésmente que las
circunstancias lo permitieron. Entonces el hombre del techo había salido del
humo otra vez, llevando otra figura sobre los hombros, y le gritó algo, y le
ordenó que lo siguiera y...
... y entonces el
piso desapareció...
—Había... otras dos personas allí dentro —dijo,
tosiendo otra vez.
—Entonces no salieron por adelante —dijo Colon.
—¿Cómo salí yo? —preguntó Vimes.
—Oh, Dorfl estaba pateando el fuego allí abajo, señor.
Muy a la mano, un alguacil de cerámica. Usted aterrizó sobre él, de modo que
dejó de hacer lo que estaba haciendo y le sacó. ¡Ha habido una buena cantidad
de estrechones de manos y panecillos por todos lados esta mañana, señor!
Ya no había ninguno, notó Vimes. Todavía había mucha
gente alrededor, llevando bultos, apagando pequeños fuegos, discutiendo con
otros... pero había un enorme vacío donde debían estar las
felicitaciones-al-héroe-del-momento.
—Oh, siempre están todos muy preocupados después de
algo como esto, señor —dijo Colon como si leyera sus pensamientos.
—Creo que me tomaré un buen baño —dijo Vimes al mundo
en general—. Y algo de sueño. Sybil tiene un maravillosos ungüento para
quemaduras... Ah, hola los dos.
—Vimos el incendio —comenzó Zanahoria, corriendo—. ¿Ha
terminado?
—¡El señor Vimes salvó el día! —dijo el Sargento Colon
excitado—. ¡Se metió directo y salvó a todos, en la mejor tradición de la
Guardia!
—¿Fred? —dijo Vimes con cansancio.
—Sísseñor.
—Fred, la mejor tradición de la Guardia es hacer una
tranquila fumada en algún lugar protegido del viento a las 3 a.m. No cambiemos
las cosas, ¿eh?
Colon se veía apesadumbrado.
—Bueno... —comenzó.
Vimes se levantó tambaleante y palmeó al sargento en
la espalda.
—Oh, está bien, es una tradición —concedió—. Y tú
puedes hacer la siguiente, Fred. Y ahora —consiguió enderezarse—, voy al
cuartel a escribir mi reporte.
—Está cubierto con cenizas y está temblando —dijo
Zanahoria—. Mejor le llevaré a su casa, señor.
—Oh, no —dijo Vimes—. Tengo que hacer el papeleo.
¿Alguien sabe la hora?
—¡Bingeley-bingeley beep! —dijo una voz animada desde
su bolsillo.
—¡Maldición! —dijo Vimes, pero ya era demasiado tarde.
—Son —dijo la voz, que tenía esa cualidad de chillona
amigabilidad que merecía un estrangulamiento—, cerca de las... nueveis.
—¿Nueveis?
—Sip. Nueveis. Precisamente como las nueveis.
Vimes revoleó los ojos.
—¿Precisamente como
las nueveis? —dijo, sacando del bolsillo una pequeña caja y abriendo la tapa.
El demonio dentro le lanzó una mirada de enojo.
—Ayer dijiste —dijo— que, y cito, si Yo No Paraba Todo
Eso del Ocho y Cincuenta y Seis con Seis Segundos Precisamente, Estaría Mirando
un Martillo desde Abajo. Y cuando te dije, Señor Inserte-Nombre-Aquí, que eso
invalidaría mi garantía, dijiste que podía tomar mi garantía y...
—Pensé que habías perdido esa cosa —dijo Zanahoria.
—Hah —dijo el Des-organizador—, ¿de veras? ¿Piensas
que me perdió? Yo no llamo a eso de poner algo en el bolsillo de la camisa
justo antes del lavado perder algo.
—Eso fue un accidente —murmuró Vimes.
—¿Oh? ¿Oh? Y dejarme caer en el tazón de alimento de
un dragón, eso fue accidental también, ¿verdad? —El demonio murmuró para sí un
momento y dijo—: De cualquier manera, ¿quieres conocer tus citas para esta
tarde?
Vimes miró hacia la ruina ardiente de la embajada.
—Dime —dijo.
—No tienes ninguna —dijo el demonio malhumorado—. No
me dijiste de ninguna.
—¿Lo ves? —dijo Vimes— ¡Eso es lo que me mantiene vivo! ¿Por qué debería decirte? ¿Por qué
no me dijiste tú? ‘Ochois: rompe un amotinamiento en Comidas Mundanas y detén a
Detritos que le dispara a las personas’, ¿eh?
—¡No me dijiste que te lo diga!
—¡Yo no lo sabía!
¡Y es así como funciona la vida real! ¿Cómo puedo decirte que me avises de
cosas que nadie sabe que van a ocurrir? Si fueras realmente bueno, ésa sería tu
tarea.
—Él escribe en el manual —dijo el demonio de manera
muy desagradable—. ¿Lo sabían, todos ustedes? Él escribe en el manual.
—Bueno, por supuesto que anoto...
—Está arteramente tratando de llevar su diario en el
manual para que su esposa no encuentre que nunca se molestará en aprender a
utilizarme —dijo el demonio.
—¿Y qué hay del Manual Vimes, entonces? —saltó Vimes—.
¡Yo he notado que nunca te molestaste en aprender cómo utilizarme a mí!
El demonio dudó.
—¿Los humanos vienen con un manual? —dijo.
—¡Sería una maldita buena idea! —dijo Vimes.
—Cierto —murmuró Angua.
—Podría decir cosas como, ‘Capítulo Uno:
Bingeley-bingeley Beep y otras malditas cosas tontas que saltan sobre las
personas a las seis de la mañana’ —dijo Vimes con los ojos locos—. Y,
‘Resolviendo Problemas: mi propietario trata de arrojarme al retrete, ¿qué
estoy haciendo mal?’. Y...
Zanahoria le palmeó la espalda con suavidad.
—Voy a firmar la salida, señor —dijo gentilmente—. Han
sido días ajetreados.
Vimes se frotó la frente.
—Posiblemente me quede un resto —dijo—. Está bien, no
hay nada más que ver por acá. Vámonos a casa.
—Pensé que había dicho que no se iría... —comenzó
Zanahoria, pero la mente de Vimes ya estaba regañándole.
—Quise decir al Cuartel, por supuesto —dijo—. Iré a mi
casa después.
La bola de luz de una lámpara flotó a través de la
biblioteca Ramkin, derivando por los anaqueles de los grandes libros forrados
en cuero.
Muchos de ellos nunca habían sido leídos, y Sybil lo
sabía. Algunos ancestros simplemente los habían pedido a los grabadores y los
pusieron en los anaqueles, porque una biblioteca era algo que había que tener,
no conocer, como un establo o el ala de sirvientes o alguna espantosa pintura
de paisaje creada por ‘Bloody Stupid’[15] Johnson, aunque en este último caso su abuelo le
había disparado al hombre antes de que pudiera hacer verdadero desastre.
Sostuvo la lámpara más arriba.
Los Ramkin la miraron hacia abajo de sus narices desde
sus marcos, a través del barniz de los siglos. Los retratos eran otra cosa que
había coleccionada como un hábito inconsciente.
La mayoría eran hombres. Había los de armadura,
invariablemente, y siempre de a caballo. Y cada uno de ellos había peleado a
los malditos enemigos de Ankh-Morpork.
En tiempos recientes había sido bastante difícil y su
abuelo, por ejemplo, tuvo que dirigir una expedición todo el camino hacia
Howondaland para encontrar algunos malditos enemigos, aunque había una adecuada
provisión y un montón de maldiciones por el tiempo en que partió. Antes, por
supuesto, había sido mucho más fácil. Los regimientos de los Ramkin habían
peleado contra los enemigos de la ciudad por todas las Sto Plains, y habían
infligido heroicas bajas, bastante frecuentemente en los ejércitos opositores.[16]
Había unas pocas mujeres entre los que posaban,
ninguna de ellas sostenía nada más pesado que un guante o un pequeño dragón
mascota. La mayor parte de su tarea había sido colocar vendajes y aguardar el
regreso de sus esposos, le gustaba pensar, con resolución y fortaleza, y un
deseo general de que dichos esposos regresaran con la mayor parte de sus trozos
enteros.
El punto era, aún así, que ellos nunca pensaron en
eso. Había guerra y salían. Si no había guerra, buscaban una. Nunca usaban
palabras como ‘deber’. Todo estaba en los huesos.
Ella suspiró. Era todo tan difícil en estos días, y
Lady Sybil venía de una clase que no estaba acostumbrada a las dificultades, o
al menos no de la clase que no podía sortearse con un grito a un sirviente.
Quinientos años antes, uno de sus ancestros había cortado la cabeza de uno de
Klatch y la había traído a casa en un palo, y nadie pensó nada malo, ya que los
de Klatch se la habrían cortado a él si lo pescaban. Eso parecía tan honesto.
Tú los peleabas, ellos te peleaban, todos conocían las reglas, y si te cortaban
la cabeza no te ponías a llorar después.
Ciertamente, las cosas eran mejores ahora. Pero eran
más... difíciles.
Y por supuesto, algunos de los antiguos esposos
estaban lejos por meses o años cada vez, y para ellos la esposa y la familia
eran como la biblioteca o como el establo en la Johnson Exploding Pagoda. Los
tenían y no pensaban mucho en ellos. Al menos, Sam estaba en casa todos los
días.
Bueno, todos los días. Todas las noches, al menos.
Bueno, parte de todas las noches, ciertamente.
Al menos comían juntos.
Bueno, la mayoría de las comidas.
Bueno, al menos comenzaban las comidas juntos.
Bueno, al menos ella sabía que él nunca estaba muy
lejos, sino en algún lugar donde trataba de hacer demasiado y correr demasiado,
y donde había gente que trataba de matarlo.
Mirando todo, ella consideró, tenía bastante suerte.
Vimes se quedó mirando a Zanahoria, que estaba parado
delante del escritorio.
—Entonces, ¿a donde hemos llegado? —dijo—. El hombre
que sabemos que no le disparó al Príncipe está muerto. El hombre que
probablemente lo hizo... está muerto.
Alguien ha tratado muy astutamente de hacer parecer que Ossie estaba pagado por
los de Klatch. Está bien, puedo imaginar por qué alguien podía querer esto. Es
lo que Fred llama política. Buscan a
Nevadas para hacer el trabajo, y él ayuda al pobre mudo Ossie que está allí
para levantar el muerto, y entonces la Guardia prueba que Ossie estaba en la lista de los Klatchianos y que es otra razón para pelear. Y Nevadas se va
por la pendiente. Pero alguien le ha curado de la caspa.
—Antes ha escrito algo, señor —dijo Zanahoria.
—Ah... sí.
Vimes miró el anotador recogido en la habitación de
Nevadas. Era un asunto feo esos fajos de trozos combinados de desechos que los
grabadores vendían baratos. Lo olió.
—Jabón en los bordes —dijo.
—Su nuevo champú —dijo Zanahoria—. La primera vez que
lo usaba.
—¿Cómo lo sabes?
—Miramos todas las botellas del montón, señor.
—Hmm. Parece haber sangre fresca aquí, en el lomo,
donde se han pegado...
—Suya, señor —dijo Angua.
Vimes asintió. Nunca argumentaba con Angua acerca de
sangre.
—Pero ninguna de estas páginas tiene sangre... —dijo
Vimes—. Lo que es un poco raro. Asunto sucio, la decapitación. La gente tiende
a... desparramar. Entonces la página de adelante...
—... ha sido quitada, señor —dijo Zanahoria, sonriendo
y asintiendo—. Pero eso no es lo gracioso, señor. Mire si lo puede adivinar,
señor.
Vimes le miró y entonces acercó la lámpara.
—Una muy tenue impresión de escritura en la primera
página... —murmuró—. No puedo descifrar...
—Tampoco nosotros, señor. Sabemos que escribía con
lápiz, señor. Había uno sobre la mesa.
—Muy tenues trazos —dijo Vimes—. Tipos como Nevadas
escriben como si estuvieran grabando piedra. —Sacudió el anotador—. Alguien
quitó... no sólo la página donde había escrito, sino varias más por debajo.
—Inteligente, ¿eh, señor? Todo mundo sabe...
—... que puedes leer una nota sospechosa mirando las
marcas en la página siguiente —dijo Vimes. Dejó el anotador sobre la mesa—.
Hmm. Hay un mensaje allí, sí...
—Tal vez estaba chantajeando a quien está detrás de
todo esto —dijo Angua.
—No era su estilo —dijo Vimes—. No, lo que quiero
decir es que...
Un golpe sonó en la puerta y entró Fred Colon.
—Traje a usted un tazón de café —dijo—, y hay un
puñado de Klatchianos allí abajo para verle, señor Vimes. Probablemente vienen
a darle una medalla y a adularle en su idioma. Y si se queda para la cena, la
señora Goriff está haciendo ganso con arroz y salsa.
—Supongo que será mejor que baje —dijo Vimes—. Pero no
he tenido tiempo de lavarme...
—Esa es la evidencia de sus esfuerzos —dijo Colon con
resolución.
—Oh, está bien.
La inquietud comenzó a mitad de escaleras abajo. Vimes
nunca había corrido hacia un grupo de ciudadanos deseosos de darle una medalla
y por eso no tenía mucha experiencia, pero el grupo que le esperaba apiñado
cerca del escritorio del sargento no parecía un comité de bienvenida.
Eran de Klatch. Al menos estaban vistiendo ropas que
parecían extranjeras, y uno o dos de ellos había tomado más sol que el que
habitualmente puedes tomar en Ankh-Morpork. A Vimes le vino el pensamiento de
que Klatch era un lugar muy grande en el cual se perdería la ciudad y todas las
Sto Plains, y entonces habría mucho lugar para toda clase de personas,
incluyendo este tipo de fez rojo que estaba prácticamente vibrando de
indignación.
—¿Es usted el llamado Vimes? —demandó el del fez.
—Bueno, soy el Comandante Vimes...
—¡Demandamos la liberación de la familia Goriff! ¡Y no
aceptaremos excusas!
Vimes parpadeó.
—¿Liberación?
—¡Tú los encerraste! ¡Y has confiscado su negocio!
Vimes se quedó mirando al hombre, y entonces se volvió
y buscó a Detritos a través de la habitación.
—¿Dónde pusiste a la familia, sargento?
Detritos hizo la venia.
—En zuz zeldaz, zeñor.
—¡Aha! —dijo el hombre del fez—. ¡Lo admites!
—Excúseme, ¿quién es usted? —dijo Vimes, parpadeando
cansadamente.
—¡No tengo que decirle, y no puedes sacármelo a
golpes! —dijo el hombre sacando pecho.
—Oh, gracias por decírmelo —dijo Vimes—. Odio
desperdiciar esfuerzo.
—Oh, hola, señor Wazir —dijo Zanahoria, apareciendo
detrás de Vimes—. ¿Ha tomado nota acerca de ese libro?
Era uno de esos silencios que ocurren cuando todos
tienen que reprogramar sus rostros.
Entonces Vimes dijo:
—¿Qué?
—El señor Wazir vende libros en calle Widdy —dijo
Zanahoria—. Solamente le pregunté por algunos libros de Klatch, ya sabe, y uno
de los que me dio era El Huerto
Perfumado, o, El Jardín de las Delicias. Y no me importó porque los
Klatchianos inventaron los jardines, señor, entonces pensé que podía ser una
visión cultural muy útil. Entrar en la mente Klatchiana, así como era. Sólo
que, er..., no era sobre jardines... er... —y comenzó a sonrojarse.
—Sí, sí, está bien, lo traes de vuelta si quieres
—dijo el señor Wazir, y parecía un poco raro.
—Pensé que usted debería saber en caso de que no... en
caso de que venda... bueno... podría afectar a un impresionable, ya sabe, un
libro como ese...
—Sí, bueno...
—La Cabo Angua estaba tan afectada que no pudo parar
de reír —siguió Zanahoria.
—Le regresaré su dinero directamente —dijo Wazir. Su
expresión se volvió otra vez vengativa. Miró a Vimes.
—¡Los libros no son importantes en este momento!
¡Demandamos la liberación de mis compatriotas ahora!
—Detritos, ¿por qué los pusiste en celdas? —dijo
Vimes, lentamente.
—¿Qué otra coza podía hazer, zeñor? No eztán con llave
y tienen zuz mantaz.
—Allí está la explicación —dijo Vimes—. Son nuestros
huéspedes.
—¡En las celdas! —dijo Wazir, saboreando la palabra.
—Ellos son libres de irse cuando quieran —dijo Vimes.
—Seguro que ahora sí —dijo Wazir, tratando de indicar
que solamente su arribo había prevenido un sagrado derramamiento de sangre—.
¡Puede estar seguro que el Patricio escuchará todo esto!
—Él escucha todo —dijo Vimes—. Pero si se van, ¿quién
va a protegerles?
—¡Nosotros! ¡Son nuestros compatriotas!
—¿Cómo?
Wazir casi se puso firme.
—Por la fuerza de las armas, si fuese necesario.
—Oh, bueno —dijo Vimes—. Entonces habrá dos motines...
—¡Bingeley-bingeley beep!
—¡Maldición! —Vimes palmeó su bolsillo—. No quiero
saber que no tengo ninguna cita.
—Tienes una a las once pe eme. La Cámara de las Ratas,
en el palacio —dijo el Des-organizador.
—¡No seas estúpido!
—Haz lo que quieras.
—Y te callas.
—Estaba tratando de ayudar.
—Cállate —Vimes se volvió hacia el vendedor de libros
de Klatch.
—Señor Wazir, si el señor Goriff quiere irse con usted
nosotros no lo detendremos...
—¡Aha! ¡Podría intentarlo!
Vimes se dijo a sí mismo que no había ninguna razón
por la que un Klatchiano no pudiera ser un pequeño y pomposo fabricante de
problemas. Pero se sentía inquieto con éste, como un hombre caminando por el
borde de una grieta muy profunda.
—¿Sargento Colon?
—¿Sísseñor?
—Hazte cargo, ¿quieres?
—¡Sísseñor!
—Diplomáticamente.
—¡Muy bien, señor! —Colón tecleó el costado de su
nariz—. ¿Esto es política, señor?
—Solamente... solamente ve y busca a la familia Goriff
y que hagan... —Vimes agitó su mano con vaguedad—. Que ellos hagan lo que
quieran.
Se volvió y subió las escaleras.
—¡Alguien tiene que proteger los derechos de mi gente!
—gritaba Wazir.
Escucharon que Vimes se detenía a mitad camino. El
tablón crujió bajo su peso por un segundo. Entonces siguió subiendo, y varios
de los guardias comenzaron a respirar otra vez.
Vimes cerró la puerta de su oficina cuando entró.
¡Política! Se sentó y rebuscó entre sus papeles. Era mucho más
fácil pensar en el crimen. Si le daban cualquier crimen honesto, claro.
Trató de bloquear el mundo exterior.
Alguien había decapitado a Nevadas Pendientes. Eso era
un hecho. No lo podías anotar como un accidente al afeitarse, o un champú
irrazonablemente fuerte.
Y Nevadas había intentado dispararle al Príncipe.
Y también Ossie, pero Ossie solamente pensó que era un
asesino. Todos los demás pensaban que era un pequeño twerp muy raro y que era
impresionable como arcilla fresca.
Aún así, una idea adorable. Usar un asesino real, un
buen profesional, y entonces tomas... y aquí Vimes sonrió astutamente...
alguien que levante el muerto. Y si no hubiese habido un muerto menos
metafórico, él mismo, el pequeño cabrón torcido hubiese creído que era el
asesino.
Y se suponía que la Guardia creería que era un complot
Klatchiano.
Arena en las sandalias... ¡Qué descaro! ¿Pensaban que
él era estúpido? Deseaba que Fred hubiese barrido toda la arena con cuidado,
porque él encontraría al maldito que la puso allí y se la haría comer. Alguien
quería que Vimes persiguiera a los Klatchianos.
El hombre sobre el techo incendiado. ¿Ajustaba? ¿Tenía
que ajustar? ¿Qué podía Vimes recordar? Un hombre con bata y el rostro
escondido. Y la voz de un hombre no acostumbrado a dar órdenes... pero
acostumbrado a ser obedecido, como un miembro de la Guardia considera las
órdenes como sugerencias.
Pero algunas cosas no tenían que ajustar. Allí era
donde las pistas le abandonaban. Y el maldito anotador. Y esa era la cosa más
extraña. Porque alguien había quitado cuidadosamente varias páginas después de
que Nevadas hubiera escrito lo que escribió. Alguien lo suficientemente
brillante para conocer el truco de mirar las páginas de abajo para leer en las
impresiones.
Entonces, ¿por qué no se llevó todo el anotador?
Todo era demasiado complicado. Pero en algún lugar
estaba eso que lo volvería simple, que le daría sentido a todo...
Soltó el lápiz y abrió la puerta de las escaleras de
un envión.
—¿Qué demonios es ese ruido —gritó.
El Sargento Colon estaba a mitad de la escalera.
—Es el señor Goriff y el señor Wazir teniendo un poco
de lo que usted podría llamar discusión con acción, señor. Alguien le metió
fuego a las tierras de alguien doscientos años atrás, dice Zanahoria.
—¿Qué? ¿Y justo ahora?
—Para mí que es algo Klatchiano, señor. De todas
maneras, el señor Wazir se fue con la nariz en un hilo.
—Wazir viene de Smale, ¿sabe? —dijo Zanahoria—. Y el
señor Goriff viene de Elharib, y los dos países dejaron de pelear hace
solamente diez años. Diferencias religiosas.
—¿Se acabaron las armas? —preguntó Vimes.
—Se acabaron las piedras, señor. Las armas se acabaron
el siglo pasado.
Vimes sacudió la cabeza.
—Eso siempre me ha desconcertado —dijo—. Que la gente
se mate porque sus dioses se han peleado...
—Oh, ellos tienen el mismo dios, señor. Aparentemente
fue por una palabra del libro santo, señor. Los de Elharib dicen que se traduce
como ‘dios’, mientras que los de Smale dicen que dice ‘hombre’.
—¿Cómo puedes entenderles?
—Bueno, es sólo un pequeño punto de diferencia en el
texto, ¿sabe?. Y alguna gente reconoce que es solamente una suciedad de mosca,
en todo caso.
—¿Siglos de guerra porque una mosca cagó en el lugar
equivocado?
—Podría haber sido peor —dijo Zanahoria—. Si lo
hubiese hecho ligeramente a la izquierda, la palabra habría sido ‘licorizar’.
Vimes sacudió la cabeza. Zanahoria era bueno en
averiguar esa clase de cosas. Y ya sé cómo pedir vindaloo, pensó. Y ocurre que
es una palabra Klatchiana que significa, ‘cartílago bucal caliente para idiotas
extranjeros machos’.
—Me gustaría entender más acerca de Klatch —dijo.
El Sargento Colon tecleó el costado de su nariz,
conspirador.
—Conocer al enemigo, ¿eh, señor? —dijo.
—Oh, ya conozco al enemigo —dijo Vimes—. Quiero
averiguar sobre los Klatchianos.
—¿Comandante Vimes?
El guardia miró a su alrededor. Los ojos de Vimes se
estrecharon.
—Eres uno de los hombres de Herrumbre, ¿verdad?
El joven saludó.
—Teniente Hornett, señor —dudó—. Er... su señoría me
ha enviado a preguntarle si usted y sus oficiales principales serían tan
amables y venir al palacio, si pueden, señor.
—¿De veras? ¿Esas fueron sus palabras?
El teniente decidió que la honestidad era la mejor
política.
—De hecho dijo, ‘Trae a Vimes y a su turba aquí, ya
mismo’, señor.
—Oh, ¿eso dijo? —dijo Vimes.
—¡Bingeley-bingeley beep! —dijo una pequeña voz
triunfante desde su bolsillo—. ¡La hora es once pe eme precisamente!
La puerta se abrió antes de que Nobby golpeara. Y una
pequeña mujer robusta le miró fijo.
—¡Sí, soy yo! —le lanzó.
Nobby se quedó parado con la mano aún levantada.
—Er... ¿es usted la señora Pastel? —dijo.
—Sí, pero ya no sigo haciendo esto, excepto por
dinero.
La mano de Nobby no se movió.
—Er... Usted puede decir el futuro, ¿cierto? —dijo
Nobby.
Se miraron el uno a la otra. Entonces la señora Pastel
se tiró de la oreja un par de veces, y parpadeó.
—¡Caray! Tengo mi precognición otra vez —Sus ojos se
desenfocaron un momento mientras repasaba la reciente conversación en la
intimidad de su cabeza—. Creo que estamos de acuerdo —dijo ella. Miró a Nobby y
sorbió—. Mejor será que entre. Cuidado con la alfombra, la he lavado recién. Y
solamente le puedo dar diez minutos porque tengo un repollo cocinándose.
Condujo al Cabo Nobbs hacia su diminuta habitación del
frente. La mayoría de ella estaba ocupada por una mesa redonda cubierta con un
paño verde. Había una bola de cristal sobre ella, no completamente cubierta con
una rosada dama tejida con vestido de miriñaque.
La señora Pastel le hizo un ademán a Nobby para que
tomara asiento. Él, obediente, lo hizo. El olor a repollo llenaba la
habitación.
—Un tipo en el bar me dijo de usted —murmuró Nobby—.
Dijo que usted hacía de médium.
—¿Podría usted contarme su problema? —dijo la señora
Pastel. Miró a Nobby otra vez y, en la certeza de que no haría nada con la
precognición y sí con la observación, agregó—: O sea, ¿sobre cuál de sus
problemas quiere saber ahora?
Nobby tosió.
—Er... es un poco... ya sabe... íntimo. Asuntos del
corazón, esa clase de cosas.
—¿Mujeres involucradas? —preguntó cautelosa la señora
Pastel.
—Er... Eso espero. ¿Qué otra cosa hay?
La señora Pastel se relajó visiblemente.
—Solamente quiero saber si voy a encontrar alguna
—siguió Nobby.
—Ya veo —La señora Pastel frunció toda la cara. No
estaba en ella decirle a las personas cómo gastar su dinero—. Bueno, hay un
futuro de diez peniques. Eso es lo que ves. Y hay un futuro de diez dólares.
Eso es lo que obtienes.
—¿Diez dólares? ¡Eso es más que la paga de una semana!
Mejor será que tome el de diez peniques.
—Una elección sabia —dijo la señora Pastel—. Deme su
pata.
—Mano —dijo Nobby.
—Eso fue lo que dije.
La señora Pastel examinó la palma extendida de Nobby
teniendo cuidado de no tocarla.
—¿Se pondrá a gemir y revolear los ojos y todo eso?
—dijo Nobby, un hombre preparado para obtener su ventura de diez peniques.
—No tengo que simular —dijo la señora Pastel sin
levantar la vista—. Esa clase de...
Miró más cerca y lanzó una aguda mirada a Nobby.
—¿Ha estado jugando con esta mano?
—¿Perdón?
La señora Pastel sacó la dama en miriñaque de la bola
de cristal y miró en la profundidad. Después de un poco sacudió la cabeza.
—No lo sé, estoy segura que... oh, bueno —Se aclaró la
garganta y habló con una voz más sibilina—. Señor Nobbs, le veo a usted rodeado
de damas oscuras en un lugar caliente. Me parece algo extraño. Están riendo y
conversando con usted... de hecho, una de ellas le acerca una bebida...
—¿Ninguna está gritando o algo? —dijo Nobby, perplejo.
—No me lo parece —dijo la señora Pastel igualmente
fascinada—. Parecen bastante felices.
—¿Puede ver algún... magneto?
—¿Qué es eso?
—No lo sé —admitió Nobby—. Esperaba que si usted los
veía los conocería.
La señora Pastel, a despecho de cierta rigidez de
carácter, no podía ayudar, pero tomó conciencia de cierta fuga en las
especulaciones de Nobby.
—Algunas de las damas parecen... núbiles —sugirió.
—Ah, bien —dijo Nobby, pero su expresión no cambió
para nada.
—Si usted entiende lo que quiero decir...
—Bien. Sí. Núbiles. Bien.
La señora Pastel se dio por vencida. Nobby contó diez
peniques.
—Y eso, ¿será pronto, sí? —dijo Nobby.
—Oh, sí. No puedo ver muy lejos por diez peniques.
—Damas jóvenes felices... —murmuró Nobby—. También
núbiles. Definitivamente algo en que pensar..
Después que hubo partido, la señora Pastel regresó a
su bola de cristal y gastó toda una consulta de diez dólares para su propia
curiosidad y satisfacción, y se estuvo riendo toda la tarde.
Vimes se sorprendió sólo a medias cuando la puerta de
la Cámara de las Ratas se abrió y allí, sentado en la cabecera de la mesa,
estaba Lord Herrumbre. El Patricio no estaba allí.
Estaba sorprendido a medias. Era que, en cierto nivel poco profundo, pensó, eso era raro
porque no se puede correr al hombre con un arma de sitio. Pero en un nivel más
oscuro, donde la luz del sol penetraba ocasionalmente, pensó: por supuesto. En tiempos como éstos
Herrumbre subía al poder. Era como agitar el pantano con una vara. Enormes
burbujas subían a la superficie y un olor hediondo llenaba todo. Sin embargo,
saludó y dijo:
—Entonces, ¿Lord Vetinari está de vacaciones?
—Lord Vetinari ha descendido esta noche, Vimes —dijo
Lord Herrumbre—. Temporalmente, por supuesto. Por la duración de la emergencia.
—¿De veras? —dijo Vimes.
—Sí. Y debo decir que anticipó cierto... cinismo de su
parte, Comandante, y por eso me pidió que le diera esta carta. Verá que está
cerrada con su sello.
Vimes miró el sobre. Por cierto, estaba el sello
oficial sobre la cera, pero...
Encontró la mirada de Lord Herrumbre y la sospecha se
desvaneció. Herrumbre no sería capaz de un truco como ése. Los hombres como
Herrumbre tienen una especie de código moral, y algunas cosas no eran honorables. Se podía ser propietario de
una calle llena de casas donde la gente vivía como cucarachas, y las cucarachas
como reyes, y eso estaba perfecto, pero Herrumbre probablemente moriría antes
de convertirse en falsificador.
—Ya veo, señor —dijo Vimes—. ¿Usted me necesita?
—Comandante Vimes, debo pedirle que ponga a los
residentes Klatchianos de la ciudad bajo custodia.
—¿Bajo qué cargos, señor?
—Comandante, estamos al borde de una guerra con
Klatch. Seguramente usted comprende.
—No, señor.
—Estamos hablando de espionaje, Comandante. Y aún de
sabotaje —dijo Lord Herrumbre—. Para ser francos... la ciudad será puesta bajo
ley marcial.
—¿Sísseñor? ¿Qué clase de ley es esa, señor? —dijo
Vimes, mirando directo al frente.
—Lo sabe muy bien, Vimes.
—¿Es la clase donde se grita ‘¡Alto!’ antes de disparar, señor, o de la otra
clase?
—Ah. Ya veo —Herrumbre se levantó y miró hacia
adelante.
—Le complace ser... inteligente con Lord Vetinari, y
por alguna razón él le consiente —dijo—. Por otro lado, yo conozco su tipo.
—¿Mi tipo?
—Me parece que las calles están llenas de crímenes,
Comandante. Mendicidad sin licencia, molestias públicas... pero parece que
usted hace la vista gorda, parece que usted piensa que tiene mejores ideas.
Pero no se le necesita para tener grandes ideas, Comandante. Usted es un
cazador de ladrones, nada más. Me mira con los ojos demasiado abiertos, Vimes.
—Estaba tratando de no hacer la vista gorda, señor.
—Parece que usted siente, Vimes, que la ley es alguna
clase de brillante luz sin control en el cielo. Y está equivocado. La ley es lo
que queremos. No voy a agregar, ‘¿Me entiende?’, porque yo sé que me entiende y
no voy a tratar de razonar con usted. Conozco un sombrero equivocado cuando lo
veo.
—¿Sombrero equivocado? —dijo Vimes con un hilo de voz.
—Comandante Vimes —dijo—, esperaba evitar esto, pero
los últimos días señalan una sucesión de asombrosos errores de juicio de su
parte. Al Príncipe Khufurah le dispararon, y parece que usted ha sido incapaz
de prevenirlo, o de encontrar al criminal responsable. Parece que las turbas
corren por la ciudad sin control, y encuentro que uno de sus sargentos se
proponía disparar a la cabeza de personas inocentes, y escuché que usted mismo
arrestó a un inocente comerciante y lo encerró sin tener razón para ello.
Vimes escuchó el jadeo de Colon. Pero sonó muy lejos.
Podía sentir que todo se desmoronaba pero su mente parecía estar volando,
planeando en un cielo rosado donde nada importaba mucho.
—Oh, no sé nada sobre eso, señor —dijo—. Él era
culpable de ser reiteradamente Klatchiano, ¿verdad? ¿No quiere que le haga eso
a todos ellos?
—Y si esto no
fuera suficiente —prosiguió Herrumbre—, nos han dicho, y en otras
circunstancias encontraría esto muy difícil de creer aún en un saltador de
mostradores como usted, que aunque no había sido provocado asaltó a dos
guardianes de Klatch, traspasó terreno de Klatch, entró en el pabellón de las
damas, secuestró a dos de Klatch de sus camas, ordenó la destrucción de
propiedad de Klatch y... bueno, francamente actuó de manera muy desgraciada.
«¿Cuál es el punto de la discusión? Pensó Vimes. ¿Por
qué juega cartas con una baraja marcada? Y además...»
—¿Dos Klatchianos, señor?
—Parece que el Príncipe Khufurah ha sido secuestrado,
Vimes. Encontré difícil de creer que incluso usted pudiera intentarlo, pero
parece que los Klatchianos lo sugieren. Usted fue visto ingresando en su
propiedad ilegalmente. Y parece que usted sacó a una dama indefensa de su cama.
¿Qué tiene que decir a todo esto?
—En ese momento estaba el incendio, señor.
El teniente Hornett dio un paso hacia adelante y
susurró algo. Lord Herrumbre se calmó un poco.
—Está bien. Muy bien. Tal vez había circunstancias
mitigantes, pero políticamente fue una acción desaconsejable, Vimes. No puedo
pretender conocer lo que le sucedió al Príncipe, pero parece que usted ha
encontrado un especial placer en hacer que todo se vea peor.
¿Puede trepar, señor
Vimes? Vimes no dijo nada.
El otro hombre estaba cargando algo corpulento sobre el hombro.
—Usted ha sido removido de la autoridad, Comandante. Y
la Guardia quedará bajo las órdenes directas de este consejo. ¿Está
comprendido?
Herrumbre se volvió hacia Zanahoria.
—Capitán Zanahoria, algunos de nosotros hemos
escuchado... buenos informes acerca de usted, y debido a mi autoridad en este
acto le designo como Comandante de la Guardia...
Vimes cerró los ojos.
Zanahoria saludó con fuerza.
—¡No! ¡Señor!
Vimes abrió los ojos muy grandes.
—¿De veras? —Herrumbre miró a Zanahoria por unos
minutos y se encogió de hombros ligeramente—. Ah, bien... la lealtad es algo
bueno. ¿Sargento Colon?
—¡Señor!
—En las presentes circunstancias, y ya que usted es el
oficial más experimentado y tiene un ejem... y tiene una carrera militar,
tomará el comando de la Guardia, por la duración de la... emergencia.
—¡Nosseñor!
—Es una orden, sargento.
Enormes gotas de sudor comenzaron a formarse en la
frente de Colon.
—¡Nosseñor!
—¡Sargento!
—¡Puede ponerlo donde el sol no llega, señor! —dijo
Colon, desesperado.
Una vez más, Vimes vio la mirada azul lechoso de
Herrumbre. Nunca parecía estar sorprendido. Y ya que sabía que un simple
sargento jamás osaría ofrecer un abierto desafío, borró al Sargento Colon del
universo inmediato.
La mirada se volvió hacia Detritos.
Y él no sabe cómo hablarle a un troll, pensó Vimes. Y
otra vez se impresionó, de la misma oscura manera, por el modo en que Herrumbre
arreglaba el problema. Lo arregló haciendo que no existiera.
—¿Quién es el alguacil más antiguo, Sir Samuel?
—Es el Cabo Nobbs.
El comité juntó filas. Hubo una ráfaga de susurros en
los que las palabras... ‘un absoluto carbonerito’...
se escucharon varias veces, finalmente Herrumbre levantó la mirada.
—¿Y el siguiente en antigüedad?
—Déjeme ver... será el Cabo Fuertenelbrazo —dijo
Vimes. Se sentía extrañamente ligero de cabeza.
—Tal vez sea un
hombre que obedezca órdenes.
—Es un enano, ¡idiota!
Ni un músculo se movió en el rostro de Herrumbre. Se
escuchó un clink cuando el distintivo
de Vimes fue colocado sobre la mesa.
—Ya no tengo que llevar esto —dijo Vimes.
—Oh, entonces casi sería un civil, ¿verdad?
¡Un guardia es un
civil, tú innato chorro de meada!
El cerebro de Herrumbre borró los sonidos que sus
oídos no podían haber escuchado.
—Y las llaves de las armas, Sir Samuel —dijo.
Resonaron cuando las dejó sobre la mesa.
—¿Tiene alguno de los demás algún gesto inútil que
hacer? —dijo Lord Herrumbre.
El Sargento Colon tomó su brillante distintivo de su
bolsillo y se quedó un poco decepcionado porque no hizo un claro sonido al
golpear la mesa, pero en cambio se desplazó y volteó la jarra de agua.
—Tengo mi diztintivo grabado en el brazo —murmuró
Detritos—. Alguien puede tratar de quitarlo zi quiere.
Zanahoria dejó su distintivo con mucho cuidado.
Herrumbre levantó las cejas.
—¿También usted, capitán?
—Sí, señor.
—Pensé que usted, al menos...
Se detuvo y se veía asombrado mientras las puertas se
abrían. Un par de guardianes de palacio entraron corriendo, con un grupo de
Klatchianos por detrás.
El consejo se puso de pie con rapidez.
Vimes reconoció al Klatchiano del centro del grupo. Lo
había visto en funciones oficiales por allí, y si no hubiera sido porque el
hombre era un Klatchiano lo hubiera señalado como sospechoso.
—¿Quién es él? —susurró a Zanahoria.
—El Príncipe Kalif. Es el embajador suplente.
—¿Otro príncipe?
El hombre se paró delante de la mesa, miró a Vimes sin
mostrar señales de reconocerlo y se inclinó ante Lord Herrumbre.
—Príncipe Kalif —dijo Lord Herrumbre—. Su llegada no
ha sido anunciada, sin embargo...
—Tengo noticias graves, milord —Aún en su estado de
aturdimiento, una parte de Vimes registró que la voz era diferente. Khufurah
había aprendido su segunda lengua en las calles, pero éste había tenido
tutores.
—En estos tiempos, ¿qué noticias no lo son? —dijo
Herrumbre.
—Han ocurrido algunas cosas en la tierra nueva.
Incidentes lamentables. Y en Ankh-Morpork, también —Miró hacia Vimes otra vez—.
Aunque aquí, debo decirlo, los informes son confusos. Lord Herrumbre, tengo que
decirle que, técnicamente, estamos en guerra.
—¿Técnicamente
en guerra? —dijo Vimes.
—Me temo que los sucesos nos están llevando a eso
—dijo Kalif—. La situación es delicada.
Ellos saben que van a pelear, pensó Vimes. Es como el
comienzo de una danza, cuando das vueltas buscando pareja...
—Debo decirle que se le dan doce horas para sacar
todos sus ciudadanos de Leshp —dijo Kalif—. Si esto se realiza, los asuntos se
resolverán con felicidad. Por el momento.
—Nuestra respuesta es que usted tiene doce horas para
desalojar Leshp —dijo Herrumbre—. Si eso no se realiza, entonces tomaremos...
pasos...
Kalif se inclinó ligeramente.
—Nos entendemos el uno al otro. Un documento formal le
será entregado a la brevedad y, no lo dudo, recibiremos uno de usted.
—Claro que sí.
—Hey, a parar, que no pueden... —comenzó Vimes.
—Sir Samuel, usted ya no es el Comandante de la
Guardia y no tiene lugar en estos procedimientos —dijo ásperamente Herrumbre.
Se volvió hacia el Príncipe.
—Es una desgracia que las cosas hayan llegado a esto
—dijo.
—Ya lo creo. Pero llega el tiempo en que las palabras
no son suficientes.
—Debo estar de acuerdo con usted. Y es tiempo de
probar nuestra fortaleza.
Vimes miraba los rostros con fascinado terror.
—Por supuesto, les otorgaremos tiempo para desocupar
su embajada. Lo que queda de ella.
—Muy gentil. Y por supuesto, extendemos a usted la
misma cortesía —Kalif se inclinó ligeramente.
Y también Herrumbre.
—Después de todo, que nuestros países estén en guerra
no es razón para que no nos respetemos mutuamente como amigos —dijo Lord
Herrumbre.
—¿Qué? ¡Sí, maldita sea sí! —dijo Vimes—. ¡No puedo
creer esto! No se pueden quedar allí y... santo cielo, ¿qué ha pasado con la
diplomacia?
—La guerra, Vimes, es la continuación de la diplomacia
por otros medios —dijo Lord Herrumbre—. Como usted debiera saber, si es
realmente un caballero.
—Y ustedes Klatchianos son también así de malos
—prosiguió Vimes—. Es como el mohoso cordero verde que vende Jenkins. Todos han
pescado la Enfermedad Espumosa Ovina. No se pueden quedar allí y...
—Sir Samuel, usted es un civil, y me apena señalarlo
—dijo Herrumbre—. Y como tal, ¡no tiene lugar aquí!
Vimes ni se molestó en saludar y simplemente se dio la
vuelta y salió de la habitación. El resto de la escuadra le siguió en silencio
hacia el Cuartel de Pseudopolis.
—Le dije que podía ponerlo donde el sol no llega —dijo
el Sargento Colon mientras cruzaban el Puente Bronce.
—Muy bien —dijo Vimes rígido—. Bien hecho.
—Se lo dije a la cara, ‘Donde el sol no llega’. Así le
dije —dijo Colon. Era un poco difícil decirlo con ese tono que era una mezcla
de orgullo y temor.
—Me temo que Lord Herrumbre esté, técnicamente, en lo
correcto, señor —dijo Zanahoria.
—Eso crees.
—Sí, señor Vimes. La seguridad de la ciudad es de
primordial importancia, de modo que en tiempos de guerra el poder civil está
sujeto a la autoridad militar.
—Hah.
—Se lo dije —dijo Fred Colon—. Justo allí donde no
llega el sol, le dije.
—El embajador suplente no mencionó al Príncipe
Khufurah —dijo Zanahoria—. Eso es raro.
—Me voy a casa —dijo Vimes.
—Estamos casi allí, señor —dijo Zanahoria.
—Quiero decir casa hogar.
Necesito dormir un poco.
—Sí, señor. ¿Qué tengo que decir a los muchachos,
señor?
—Diles lo que quieras.
—Lo miré directo a los ojos y le dije, dije, puede
ponerlo donde el sol... —murmuró el Sargento Colon.
—¿Quiere que yo y algunoz muchachoz vayamoz y quitemoz
a eze Herrumbre máz tarde? —dijo Detritos—. No problema. Debe zer culpable de
algo.
—¡No!
La cabeza de Vimes se sentía tan ligera ahora que no
podría tocar el piso con una soga. Los dejó fuera del Cuartel y permitió que su
cabeza le arrastrara por encima de la colina y a la vuelta de la esquina y
adentro de su casa y más allá de su asombrada esposa y arriba por las escaleras
y dentro de su dormitorio... donde cayó a todo lo largo sobre la cama y donde
quedó dormido antes de tocar las mantas.
A las nueve horas de la siguiente mañana los reclutas
para la Infantería Pesada de Lord Venturi desfiló por Camino Ancho.
Los guardias salieron a mirar. Era todo lo que les
habían dejado que hacer.
—¿No es ése el mayordomo del señor Vimes? —dijo Angua,
señalando a la tiesa figura de Willikins en la fila de adelante.
—Sí, y el que toca el tambor adelante es su muchacho
de la cocina —dijo Nobby.
—Eras un... militar, ¿verdad, Fred? —dijo Zanahoria
mientras el desfile pasaba.
—Sí, señor. Primera Infantería Pesada del Duque de
Eorle, señor. Los Desplumadores de Faisanes.
—¿Perdón? —dijo Angua.
—El apodo del regimiento, señorita. Oh, por años.
Habían estado repartiendo golpes en algún estado y regresaban a través de un
montón de corrales de faisanes, y bueno, ya lo sabe, teniendo que vivir fuera
de casa y todo eso... de cualquier manera, es por eso que siempre llevamos
plumas de faisán en nuestros yelmos. Por tradición, ¿entiende?
La vieja cara de Fred estaba cambiando; se convirtió
en un conjunto de suaves arrugas, como de alguien que haya sido asaltado en el
Callejón-de-los-Recuerdos.
—Incluso teníamos una canción para marchar —dijo—. La
verdad es que es un poco difícil de cantarla bien. Er... ¿perdone, señorita?
—Oh, está todo bien, sargento —dijo Angua—. A veces me
pongo a reír así sin ninguna razón, para nada.
Fred Colon volvió a quedarse mirando la nada, soñador.
—Y por supuesto, antes de eso estuve en la Infantería
Medio-pesada del Duque de Quirm. Con él, estuve en muchas acciones.
—Estoy seguro que sí —dijo Zanahoria, mientras Angua
se entretenía en pensar acerca de la real distancia estratégica de Fred—. Tu
distinguida carrera militar debe haberte dado muchos recuerdos placenteros.
—A las mujeres les gustan los uniformes —dijo Fred
Colon, con el tácito mensaje de que algunas veces un muchacho crecido necesita
toda la ayuda que pueda obtener—. Y eso... bueeeno...
—¿Sí, sarge?
Colon parecía incómodo, como si el atado de ropa
interior del pasado se estuviese enredando en la entrepierna del recuerdo.
—Era... más fácil, señor. Que ser un poli, digo.
Quiero decir, eres un soldado, correcto, y otros cabrones son el enemigo.
Marchas por un gran campo de algún lugar y todos forman en arco, y entonces un
fornido con un yelmo emplumado da la orden, y todos forman en una gran
flecha...
—Buenos dioses, ¿realmente la gente hace eso? ¡Pensé
que así era como dibujaban los planos de una batalla!
—Bueno, el viejo duque, señor, hacía todo como en el
libro... de cualquier manera, a veces ocurría que mirabas atrás y le dabas un
golpe a cualquier tipo con otro uniforme. Pero... —El rostro de Fred Colon se
retorció en un agónico pensamiento—. Bueno, cuando eres un poli, bueno, tienes
que separar los chicos buenos de los malos sin un mapa, señorita, y ése es un
hecho.
—Pero... hay ley militar,
¿verdad?
—Bueno, sí... pero cuando llueve a cántaros y te llega
hasta la lengua... metido hasta la cintura en caballos muertos y alguien te da
una orden, ése no es el tiempo de mirar el libro de reglas, señorita. De todos
modos, la mayoría dice que tienes permiso de disparar, señor.
—Oh, estoy seguro de que había más que sólo ésas,
sargento.
—Oh, probablemente, señor —concedió Colon
diplomáticamente.
—Estoy seguro de que había montones que decían que no
se podía disparar a soldados enemigos que se rendían, por ejemplo.
—Oh, sísssss, había esa, capitán. No decía que no pudieras golpearles un poco, por
supuesto. Darles algo por que recordarte.
—¿No tortura?
—dijo Angua.
—Oh, no, señorita. Pero... —El Callejón de la Memoria
de Colon se había desviado hacia una mala senda a través de un valle oscuro—...
bueno, cuando tus mejores amigos tienen una flecha en el ojo y hay tipos y
caballos gimiendo todo alrededor y estás asustado bu... y estás realmente
asustado y te cruzas con uno de los enemigos... bueno, por una razón u otra
tienes esa clase de urgencia por darle un poco de... empujón, o algo así.
Entonces... sabes... como si, tal vez por veinte años esa pierna le dolerá un poco
en días de frío y recordará lo que hizo, eso es todo.
Rebuscó en un bolsillo y sacó un libro muy pequeño, el
que comenzó a revisar.
—Esto perteneció a mi bisabuelo —dijo—. Estuvo en la
pelea que tuvimos contra Pseudopolis y mi bisa le dio este libro de oraciones
para soldados, porque necesitas todas las oraciones que puedas tener, créame, y
lo puso en el bolsillo superior de su chaleco, porque no podía ponerse
armadura, y al día siguiente en la batalla, whooosh, una flecha llegó desde
ningún lugar y, whamp, directo a su libro y atravesó todas las páginas antes de
detenerse, mire. Se puede ver el agujero.
—Bastante milagroso —dijo Zanahoria.
—Sip, eso fue, supongo —dijo el sargento. Miró
compungido el volumen maltratado—. La pena fueron las otras diecisiete flechas,
realmente.
El tambor se fue apagando. Los restos de la Guardia
trataba de evitar la mirada de los demás.
Entonces se escuchó una voz imperiosa.
—¿Por qué no están con uniformes, jóvenes?
Nobby se volvió. Estaba siendo interpelado por una
mujer mayor con cierto aspecto de pavo y una expresión de pena capital.
—¿Yo? Tengo uno, doña —dijo Nobby señalando su
estropeado yelmo.
—Un uniforme apropiado
—espetó la mujer sacudiendo una pluma blanca—. ¿Qué hará usted cuando los
Klatchianos nos estén violando en nuestras camas?
Lanzó una mirada al resto de los guardias y se marchó.
Angua vio varias otras como ella pasando por los grupos de espectadores. Aquí y
allá un destello de blanco.
—Estuve pensando: esos Klatchianos son bastante bravos
—dijo Zanahoria—. Me temo, Nobby, que la pluma blanca es para que te
avergüences de no unirte.
—Oh, entonces está todo bien —dijo Nobby, un hombre a
quien no le avergonzaba tener vergüenza—. ¿Qué se supone que tengo que hacer
con ella?
—Eso me recuerda... ¿les dije lo que le respondí a
Lord Herrumbre? —dijo nervioso el Sargento Colon.
—Por lo menos diecisiete veces —dijo Angua, mirando a
la mujer con las plumas. Agregó, aparentemente para sí misma—: Regresa con tu
escudo, o dentro de él.
—Me pregunto si puedo pedirle a la dama que me dé otra
—dijo Nobby.
—¿Qué fue eso? —dijo Zanahoria.
—Esas plumas —dijo Nobby—. Parecen de ganso verdadero.
Tengo un uso para muchas de esas...
—Quise decir qué fue lo que dijo Angua —dijo
Zanahoria.
—¿Qué? Oh... es algo que las mujeres suelen decir a
sus hombres cuando se van a la guerra. Regresa con tu escudo, o dentro de él.
—¿Dentro de
tu escudo? —dijo Nobby—. Quieres decir algo como... usados como trineo, ¿o algo
así?
—Algo como muerto —dijo Angua—. Eso quiere decir que
regrese como vencedor o que no regrese.
—Bueno, yo siempre
regresé con mi escudo —dijo Nobby—. No tuve esos problemas.
—Nobby —suspiró Colon—, tú solías regresar con tu
escudo, con el escudo de cualquiera, con un saco de dientes y quince pares de
botas aún calientes. Sobre un carro.
—Bue... no, no tiene sentido ir a la guerra a menos
que estés del lado vencedor —dijo Nobby, colocando la pluma blanca en su yelmo.
—Nobby, siempre
estabas del lado vencedor, por una razón; solías rondar por los bordes hasta
ver quién estaba ganando y entonces le quitabas el uniforme correcto a un tipo
muerto. Yo solía escuchar cuando los generales observaban lo que estabas
vistiendo y así ellos sabían cómo estaba yendo la batalla.
—Montones de soldados han servido en montones de
regimientos —dijo Nobby.
—Correcto, lo que dices es cierto. Pero no
habitualmente durante la misma batalla —dijo el Sargento Colon.
En tropel volvieron a entrar en la Casa de la Guardia.
La mayor parte del turno se había tomado el día. Después de todo, ¿quién estaba
a cargo? ¿Qué se suponía que estaban haciendo hoy? Los únicos que quedaban eran
ésos que nunca pensaban en sí mismos como fuera del trabajo, y los nuevos
reclutas que aún no tenían su entusiasmo apagado.
—Estoy seguro que el señor Vimes pensará en algo —dijo
Zanahoria—. Mira, es mejor que llevemos a los Goriff de regreso a su negocio.
El señor Goriff dice que empacará y se irán. Un montón de Klatchianos están
partiendo. No puedes culparles.
Vimes subió a la superficie desde los negros fantasmas
del sueño, como suspendido entre burbujas.
Normalmente, en esos días, atesoraba el momento de
despertar. Era cuando las soluciones se presentaban solas. Suponía que los
trozos de cerebro se ponían de acuerdo por la noche y trabajaban sobre los
problemas del día anterior, y le entregaban el resultado apenas abría los ojos.
Todo lo que le llegaba ahora eran recuerdos. Hizo una
mueca. Otro recuerdo se levantó. Gruñó. El sonido de su distintivo rebotando
sobre la mesa regresó. Juró.
Lanzó las piernas fuera de las mantas y tanteó la mesa
de noche.
—¡Bingeley-bingeley beep!
—Oh, no... Está bien, ¿qué hora es?
—¡Una pe eme! ¡Hola, Inserte-Nombre-Aquí!
Vimes, legañoso, miró al Des-organizador. Un día, lo
sabía, realmente tendría que intentar
comprender el manual de esa maldita cosa. O arrojarlo desde un acantilado.[17]
—¿Qué...? —comenzó, y volvió a gruñir. El sonido
vibrante hecho por un turbante desenvuelto mientras recibía su peso regresó a
golpearlo.
—¿Sam? —La puerta de la habitación se abrió y Sybil
entró llevando una taza.
—¿Sí, querida?
—¿Cómo te sientes?
—Tengo moretones sobre mis moreto... —Otro recuerdo
reptó desde el foso de la culpa—. Oh, santo cielo, ¿realmente le dije pedazo
de...?
—Sí —dijo su esposa—. Vino Fred Colon esta mañana y me
lo contó todo. Y una muy buena descripción, diría. Una vez salí con Ronnie
Herrumbre. Pedazo de pescado frío.
Otros recuerdos estallaron como bolas de gas de
pantano en la cabeza de Vimes.
—¿Te dijo Fred dónde le dijo a Herrumbre que podía
poner su distintivo?
—Sí. Tres veces. Parece que le está pesando en la
mente. De cualquier modo, conociendo a Ronnie, tendrá que usar un martillo.
Vimes se había acostumbrado hacía tiempo a que toda la
aristocracia parecía conocerse unos a otros por el nombre.
—¿Y te dijo Fred alguna otra cosa? —dijo con timidez.
—Sí. Acerca del fuego y del negocio y sobre todo lo
demás. Estoy orgullosa de ti —Le dio un beso.
—¿Qué hago ahora? —dijo.
—Tomas el té, te das un baño y te afeitas.
—Debería ir hasta la Casa de la Guardia y...
—¡Aféitate! Hay agua caliente en la jarra.
Cuando ella hubo salido se levantó y se metió
tambaleante en su baño. Y había una jarra de agua caliente sobre el lavabo de
mármol.
Se miró la cara en el espejo. Desafortunadamente era
suya. Tal vez si se afeitaba primero... A después podría lavar los trozos que
faltaran.
Fragmentos de la noche anterior pasaron de uno en uno
por su atención. Era una lástima lo del guardia, pero algunas veces no puedes
detenerte y discutir.
No debía haber hecho eso con su distintivo. No era
como en los viejos tiempos. Él tenía responsabilidades.
Debió haberse quedado y hacer las cosas un poco menos...
No. Eso nunca funcionó.
Comenzó a espumar su cara. ¡El Acta de Motín! Santo
cielo... Detuvo la navaja pensativo. Los ojos lechosos de Herrumbre le miraron
desde su recuerdo. ¡Bastardo! Los hombres como ése pensaban, de verdad
pensaban, que la Guardia era una especie de perro pastor, para morderle los
talones al rebaño, para ladrar cuando se le pedía, y para nunca, nunca, morder
al pastor...
Oh sí. Vimes sabía en sus huesos quién era el enemigo.
Excepto que...
Sin distintivo, sin Guardia, sin trabajo...
Otro recuerdo llegó, con retraso.
Con la espuma aún goteando sobre la camisa sacó la
carta sellada de Vetinari de su bolsillo y la abrió con la navaja.
Adentro había una hoja de papel en blanco. La dio
vuelta, y tampoco había nada del otro lado. Intrigado, miró el sobre.
Sir Samuel Vimes,
Caballero.
Muy gentil de su parte esa precisión, pensó Vimes.
¿Qué sentido tenía un mensaje sin mensaje? Algunas personas podrían,
distraídos, deslizar el papel equivocado dentro del sobre, pero no Vetinari.
¿Qué sentido tenía enviarle una nota diciendo que era un caballero, por el amor
de Dios, cuando conocía ese hecho embarazoso perfectamente bien...
Otro pequeño recuerdo estalló tan silencioso como un
ratón pedorro en un huracán.
¿Quién lo dijo? Cualquier caballero...
Vimes se quedó de un palmo. Bueno, él era un
caballero, ¿verdad? Era oficial.
Y entonces no gritó, y no salió corriendo de la
habitación. Terminó de afeitarse, tomó un baño, y se puso una muda nueva de
ropa interior, muy calmadamente
Abajo, Sybil había preparado una comida para él. Ella
no era muy buena cocinera. Eso estaba bien para Vimes porque él no era un muy
buen comedor. Después de una vida de comidas callejeras su estómago no
funcionaba bien. Lo que éste deseaba era pequeños trozos dorados y crocantes,
del grupo de los alimentos de los dioses, y era seguro que Sybil cocinaba el
dragón por demás.
Ella lo miró cuidadosamente mientras él masticaba los
huevos fritos con los ojos fijos a media distancia. Su actitud era la de
alguien con una red que miraba al hombre en el alambre allá arriba.
Después de un rato, y mientras ella le miraba comer
una salchicha, le dijo:
—¿Tenemos algún libro de caballería, querida?
—Cientos, Sam.
—¿Hay alguno donde diga... ya sabes, de qué se trata
todo eso? Quiero decir, lo que tienes que hacer si eres un caballero, digo.
Responsabilidades y todo eso.
—La mayoría de ellos, diría.
—Bien. Pienso que leeré un poco —Vimes pinchó el
tocino con el tenedor. Se rompió en pedazos satisfactoriamente.
Después se fue a la biblioteca. Veinte minutos más
tarde salió a buscar un lápiz y algo de papel.
Diez minutos después de eso Lady Sybil le llevó una
taza de café. Estaba escondido detrás de una pila de libros, y aparentemente
enterrado en Vida de Caballería.
Salió silenciosa y entró a su propio estudio, donde se puso a actualizar sus
registros de crianza de dragones.
Una hora más tarde ella le escuchó salir hasta el
salón.
Estaba conteniendo la respiración, sin ritmo, con el
aspecto preocupado que significaba que algún Gran Pensamiento requería acabar
con todos los procesos no esenciales. También estaba volviendo a irradiar ese
campo de furiosa inocencia que era, para ella, parte esencial de su ‘Vimesía’.
—¿Vas a salir, Sam?
—Sí. Voy a patear algunos traseros, querida.
—Oh, bien. Entonces, abrígate bien.
La familia Goriff caminaba detrás de Zanahoria en
silencio.
—Siento mucho lo de su negocio, señor Goriff —dijo.
Goriff aseguró la carga que llevaba.
—Podemos iniciar otros negocios —dijo.
—Nosotros lo cuidaremos —dijo Zanahoria—. Y cuando
todo termine, puede volver.
—Gracias.
Su hijo dijo algo en Klatchiano. Hubo una viva
discusión familiar.
—Aprecio la fuerza de su sentimiento —dijo Zanahoria,
enrojeciendo—, aunque debo decir que su lenguaje es un poco fuerte.
—Mi hijo lo siente —dijo Goriff automáticamente—. Él
no recordó que usted habla Klat...
—¡No, no lo siento! ¿Por qué tenemos que irnos? —dijo
el muchacho—. ¡Nosotros vivimos aquí!
¡Yo nunca vi Klatch!
—Oh, bueno, eso es algo a tener en cuenta —dijo
Zanahoria—. Escuché que tiene algunos buenos...
—¿Es estúpido?
—dijo Janil. Se sacudió de la mano de su padre para quedar libre y enfrentó a
Zanahoria—. ¡No me importa! ¡No quiero toda esa basura de la luna levantándose
sobre las Montañas del Sol! ¡Tengo eso en casa todo el tiempo! ¡Yo vivo aquí!
—Bueno, deberías escuchar a tus padres...
—¿Por qué? ¡Mi padre trabajó todo el tiempo y ahora lo
están corriendo! ¿Qué tiene de bueno? ¡Deberíamos quedarnos aquí y defender lo
que es nuestro!
—Ah, bueno, no deberías tomar la ley en tus manos...
—¿Por qué no?
—Ese es nuestro trabajo...
—¡Pero no lo están haciendo!
Hubo un traqueteo de Klatchiano desde el señor Goriff.
—Dice que tengo que pedir disculpas —dijo Janil
huraño—. Lo siento.
—También yo —dijo Zanahoria.
El padre del muchacho hizo ese complicado encogimiento
que hacen los adultos en situaciones que involucran a adolescentes.
—Ustedes regresarán, lo sé —dijo Zanahoria.
—Ya veremos.
Bajaron por el muelle hasta el bote que esperaba. Era
un barco de Klatch. Había gente alineada en las barandas, gente que se iba con
lo que podían cargar o con lo que llevaban puesto. Los guardias se encontraron
de repente bajo una observación hostil.
—Dime, ¿es seguro que Herrumbre no está forzando a los
Klatchianos a regresar a sus casas? —preguntó Angua.
—Podemos decir cuál es el viento que sopla —dijo con
calma Goriff.
Zanahoria olfateó el aire salado.
—Está soplando desde Klatch —dijo.
—Para usted, tal vez —dijo Goriff.
Un látigo resonó detrás de ellos y se pusieron a un
lado mientras varios coches pasaban, bamboleándose. La cortina de una
ventanilla se abrió por un momento. Zanahoria entrevió un rostro, todo dientes
de oro y barba, antes de que la volvieran a cerrar.
—Ese era él, ¿verdad?
Un gruñido leve vino de Angua. Ella tenía los ojos
cerrados, como hacía cada vez que dejaba que su nariz mirara...
—Ajos —murmuró, y se aferró al brazo de Zanahoria.
—¡No lo sigas! ¡Hay hombres armados en el barco! ¿Qué
pensarán si ven a un soldado corriendo tras ellos?
—¡Yo no soy un soldado!
—¿Cuánto tiempo crees que gastarán en averiguar la
diferencia?
El coche empujó a través de la presión de la gente en
el muelle. La multitud se arremolinó a su alrededor.
—Están descargando unas cajas... No puedo ver... —dijo
Zanahoria, con la mano sobre los ojos—. Miren, estoy seguro que comprenderán
si...
71-horas Ahmed se bajó al muelle y miró hacia atrás,
hacia los guardias. Mientras sonreía, farfulló un comentario. Vieron que su
mano subía hasta el hombro y salía sosteniendo una espada curva.
—No puedo permitir que se vaya —dijo Zanahoria—. ¡Es
un sospechoso! ¡Mira, se está riendo de nosotros!
—Con inmunidad diplomática —dijo Angua—. Pero hay un
montón de hombres armados allí.
—Mi fuerza es como la fuerza de diez porque mi corazón
es puro —dijo Zanahoria.
—¿De veras? Bueno, hay once.
71-horas Ahmed movió la espada en el aire. La hizo
menear un par de veces, produciendo un sonido whum-whum, y la lanzó, cogiéndola
por el pomo cuando caía.
—Eso es lo que el señor Vimes hacía —dijo Zanahoria a
través de los dientes apretados—. Ahora nos está desafiando...
—Te matarán si subes al barco —dijo Goriff detrás de
él—. Conozco a ese hombre.
—¿Sí? ¿Cómo?
—Es temido por todo Klatch. ¡Es 71-horas Ahmed!
—Sí, ¿por qué se...?
—¿No han escuchado de él? ¡Es un D’reg! —La señora
Goriff empujó a su esposo por el brazo.
—¿D’reg? —preguntó Angua.
—Una tribu guerrera del desierto —dijo Zanahoria—. Muy
feroz. Aunque honorable. Dicen que si un D’reg es tu amigo lo será por el resto
de su vida.
—¿Y si no es tu amigo?
—Será solamente por cinco segundos.
Extrajo su espada.
—Sin embargo —agregó—, no podemos permitir...
—He hablado de más. Nos tenemos que ir —dijo Goriff.
La familia levantó sus bultos.
—Mira, podría haber otra manera de averiguar algo
acerca de él —dijo Angua. Señaló el carruaje.
Un par de perros, de pelo largo y sumamente graciosos,
habían sido sacados y tiraban de sus correas mientras los conducían al barco
por la pasarela.
—Perros de caza Klatchistanos —dijo—. La nobleza de
Klatch es muy afecta a ellos, creo.
—Parecen un poco... —comenzó Zanahoria, y entonces
cayó en la cuenta—. No, no puedo permitir que tú vayas allí sola —dijo—. Algo
podría salir mal.
—Tengo mejores oportunidades que tú, créeme —dijo
rápidamente Angua—. No partirán hasta que cambie la marea, en cualquier caso.
—Es demasiado peligroso.
—Bueno, se supone que son nuestros enemigos.
—¡Me refiero a ti!
—¿Por qué? —dijo Angua—. Nunca escuché que hubiera
mujeres-lobo en Klatch, de modo que pienso que ellos probablemente no sepan
cómo hacer con nosotras.
Se quitó el pequeño collar de cuero que sostenía su
distintivo y lo entregó a Zanahoria.
—No te preocupes —dijo—. Si lo peor se pone peor, me
lanzaré por la borda.
—¿Al río?
—Ni aún el río Ankh puede matar a una mujer-lobo
—Angua echó una mirada hacia las aguas alborotadas—. Sin embargo, es probable.
El Sargento Colon y el Cabo Nobbs habían salido de
patrulla. No estaban seguros de por qué estaban patrullando, y qué se suponía
que tenían que hacer si veían un crimen, aunque los muchos años de
entrenamiento les habían capacitado en no ver algunos crímenes demasiado
grandes. Ellos eran guardias, entonces patrullaban. No patrullaban con un
propósito. Patrullaban porque sí, por pura esencia. El avance de Nobby no era
facilitado por el enorme libro de tapas de cuero que tenía en los brazos.
—Una guerra mejorará este lugar —dijo el Sargento
Colon, después de un rato—. Le pone algo de resistencia a la gente. Todos se
van de cacería en estos días.
—No es como cuando éramos chicos, sarge.
—Ya lo creo que no lo es, Nobby.
—Las personas confiaban unas en las otras, ¿verdad,
sarge?
—Las personas confiaban unas en las otras, Nobby.
—Sí, sarge. Ya lo sé. Y las personas no tenían que
cerrar las puertas con llave, ¿verdad?
—Es cierto, Nobby. Y las personas estaban siempre
listas a ayudar. Siempre entraban y salían de las casas de los otros.
—Cierto, sarge —dijo Nobby con vehemencia—. Yo sé que
nadie en nuestra calle cerraba las puertas.
—De eso estoy hablando. Esa es mi opinión.
—Era porque los bastardos solían robar las llaves.
Colon reflexionó sobre esta verdad.
—Sí, pero al menos eran las cosas de los otros lo que
robaban, Nobby. No es como si fueran extranjeros.
—Correcto.
Siguieron caminando, cada uno absorto en sus
pensamientos.
—¿Sarge?
—Sí, Nobby.
—¿Dónde está Nubilia?
—¿Nubilia?
—Tiene que ser un lugar, me parece. Bastante calor por
allí, ¿eh?
—Ah, Nubilia
—dijo Colon. Inventó a toda velocidad—. Sí. Es uno de los lugares en Klatch.
Sip. Con montones de arena. Y montañas. Exportan dátiles. ¿Por qué quieres
saber?
—Oh... por nada.
—¿Nobby?
—¿Sí, sarge?
—¿Por qué estás cargando ese enorme libro?
—Hah, idea ingeniosa. Escuché lo que dijiste de ese
libro de tu bisabuelo, así que si hay alguna pelea yo tengo este de Lavamanos.
Es El Libro de Om. Cinco pulgadas de
espesor.
—Es un poco grande para tu bolsillo, Nobby. Es un poco
grande para un carro, para ser honesto.
—Pensé que podía hacer como un par de abrazaderas para
llevarlo. Calculo que incluso un arco largo podría poner una flecha tan lejos
como los Apócrifos.
Un ruido familiar les hizo mirar hacia arriba.
Una cabeza Klatchiana se movía en el viento.
—¿Quieres una cerveza? —dijo el Sargento Colon—. Gran
Anjie prepara una que es una delicia.
—Mejor que no, sarge. El señor Vimes puede molestarse.
Colon suspiró.
—Tienes razón.
Nobby miró hacia la cabeza otra vez. Era de madera.
Había sido repintada muchas veces a lo largo de los siglos. El Klatchiano
estaba sonriendo muy feliz para ser alguien que no tendría que comprarse una
camisa otra vez.
—La Cabeza Klatchiana. Mi abuelo decía que su abuelo
recordaba cuando aún era la verdadera —dijo Colon—. Por supuesto, era del
tamaño de una nuez para entonces.
—Un poco... asqueroso, colocar la cabeza de un tipo
como cartel de un bar —dijo Nobby.
—No, Nobby.
Botín de guerra, ¿ves? Algún tipo regresó de una de las guerras con un
recuerdo, lo puso en un palo y abrió un bar. La Cabeza Klatchiana. Les mostraba
que no debían hacerlo otra vez.
—Yo solía meterme en bastantes problemas sólo por
robar botas —dijo Nobby.
—Tiempos más fuertes, Nobby.
—¿Alguna vez te enfrentaste con un Klatchiano, sarge?
—dijo Nobby mientras caminaban por una pacífica calle—. Quiero decir, uno
realmente salvaje.
—Bueno... no, pero ¿sabes? ¡Pueden tener tres esposas!
Eso es criminal, yo digo.
—Sip. Porque aquí estoy yo que no tengo ninguna —dijo
Nobby.
—Y comen cosas graciosas. Curry y todo eso.
Nobby se tomó un momento para pensar.
—Como... nosotros, cuando nos quedamos trabajando
tarde.
—Bueeeeeno, ssssssí... pero no lo hacen
apropiadamente...
—¿Quieres decir orejitas tiernas en grasa amarilla con
guisantes y pasas, como las que hacía mamá?
—¡Eso es! Puedes rebuscar todo el tiempo que quieras
en un curry Klatchiano y no encontrarás un sencillo trozo de cuero.
—Y me dijeron que comen ojos de oveja, también —dijo
Nobby, el gourmet nomo internacional.
—Otra vez tienes razón.
—Ni ninguna cosa decente como cordero frito, o
mollejas. ¿Verdad?
—Eso es... verdad.
Colon sintió que algún día lo comería.
—Mira, Nobby, todos dijeron que ellos no hacían las
cosas del color correcto, y ahora eso ha terminado.
—¡Al fin te has dado cuenta, Fred! —dijo Nobby tan
alegre que el Sargento Colon casi creyó que lo decía de verdad.
—Bueno, eso es obvio —aceptó.
—Er... ¿cuál es el color correcto? —dijo Nobby.
—¡Blanco, por supuesto!
—¿No rojo ladrillo? Entonces... ¿Por qué...?
—¿Está tomándome el pelo, Cabo Nobbs?
—Claro que no, sarge. Pero... ¿de qué color soy yo?
Eso llevó al Sargento Colon a pensar. Podías encontrar
en cualquier lugar del Cabo Nobbs, una muestra de cada uno de los colores del
disco, y algunos que aparecían solamente en libros de medicina especializada.
—Blanco es... blanco es un estado, ya sabes... de la
mente —dijo—. Es como... como hacer el trabajo honesto de un día para una
honesta paga de un día, esa clase de cosas. Y lavarse a menudo.
—Nada de gandulear, y esas cosas.
—Correcto.
—O... como... trabajar todo el tiempo como hace
Goriff.
—Nobby...
—Y nunca puedes ver sus hijos con las ropas sucias...
—Nobby, estás tratando de ponerme a punto, ¿eh? Sabes
que somos mejores que los Klatchianos. Por otro lado, ¿de qué se trata? Si de
todas maneras vamos a pelear, podrías parar de ir por allí hablando de
traición.
—¿Irás a pelear contra ellos, Fred?
Fred Colon se rascó la barbilla.
—Bueno, como un experimentado militar, supongo que
debería...
—¿Qué harás? ¿Unirte a un regimiento y marchar al
frente?
—Bueeeeeeno... mi fortaleza reside en el
entrenamiento, de modo que calculo que estaré mejor aquí, para entrenar los
nuevos reclutas.
—Aquí, en la retaguardia, deberías decir.
—Cada uno tendrá que hacer su parte, Nobby. Si alguien
lo pidiera tendría que salir como tiro a hacerle saborear el frío acero a
Johnny Klatchiano.
—Esas espadas suyas, filosas como navajas, ¿no te
preocupan, entonces?
—Me reiré de ellas con desprecio, Nobby.
—Pero, supón que los Klatchianos atacan acá. Entonces
estarás en el frente, y el frente será la retaguardia.
—Trataré de buscar un puesto en el medio...
—En el medio del frente o...
—¿Caballeros?
Miraron alrededor para encontrar que habían sido
seguidos por un hombre de mediana altura pero con una cabeza extraordinaria. No
era que estuviera calvo. Tenía un montón de cabello, largo y crespo y le
llegaba hasta los hombros, casi, y la barba era tan grande que podría esconder
una gallina pequeña. Pero su cabeza sobresalía de su cabello, como una especie
de domo.
Les brindó una amistosa sonrisa.
—¿Me estoy dirigiendo al heroico Sargento Colon y
al... —el hombre miró a Nobby. Las expresiones de asombro, temor, interés y
compasión pasaron por su otrora luminoso rostro como nubes arrastradas por la
tormenta—, y al Cabo Nobbs? —terminó.
—Somos nosotros, ciudadano —dijo Colon.
—Ah, bien. Me indicaron especialmente encontrarles. Es
muy asombroso, ya saben. Nadie ha entrado en el cobertizo de embarcaciones,
aunque debo decir que diseñé las llaves bastante bien. Y todo lo que tengo que
hacer es reponer los cueros alrededor de las juntas y engrasarlas... oh,
excúsenme, me adelanté. Bien... hay un mensaje que debo entregarles... ¿sobre
qué era? Algo sobre sus manos... —buscó en la enorme maleta de lona a sus pies
y sacó un largo tubo, que entregó a Nobby.
—Pido disculpas por esto —dijo, sacando un tubo más
chico y entregándolo a Colon—. Tuve que hacer las cosas un poco apurado, no
había tiempo de terminarlas apropiadamente, y francamente los materiales no son
muy buenos...
Colon miró su tubo. Estaba señalado en un extremo.
—Es un cohete de fuegos de artificio —dijo—. Mira,
dice ‘Una multitud de bolas de colores y estrellas’ sobre él...
—Sí, y lo siento mucho —dijo el hombre, levantando un
artefacto pequeño y complejo de metal y madera de la maleta—. ¿Puede darme el
tubo, cabo? —Lo tomó y atornilló el extremo al artefacto—. Gracias... sí, me
temo que sin mi torno y sobre todo sin mi forja, realmente lo tuve que hacer
con lo que encontré por allí... ¿Podría darme el cohete otra vez? Gracias.
—No salen como deben sin una varilla —dijo Nobby.
—Oh, realmente sí lo hacen —dijo el hombre—. Pero no
muy atinados.
Levantó el tubo a la altura del hombro y miró dentro
de una pequeña rejilla de alambre.
—Parece que está bien —dijo.
—Y no van hacia adelante —dijo Nobby—. Solamente hacia
arriba.
—Es un concepto equivocado común —dijo Leonard de
Quirm, volviendo el rostro hacia él.
Colon pudo ver la punta del cohete el fondo del tubo,
y tuvo una repentina imagen de bolas y estrellas.
—Ahora, parece que ustedes dos tienen que caminar
conmigo hasta ese callejón —dijo Leonard—. Siento mucho todo esto, pero su
señoría me explicó largamente cómo las necesidades de la mayoría puede
imponerse sobre los derechos de un particular individuo. Oh, acabo de recordar.
Tienen que poner sus manos arriba.
Habían derramado arena sobre la mesa de la Cámara de
las Ratas.
Lord Herrumbre sentía una sensación parecida al placer
mientras la contemplaba. Había pequeñas cajas cuadradas para las ciudades y
pueblos, y cortes de palmeras para marcar los oasis conocidos. Y aunque estaba
un poco inquieto por la palabra oasis, Lord Herrumbre lo miraba y veía que
estaba bien. Especialmente porque era un mapa de Klatch y todos sabían que
Klatch tenía arena por todos lados, lo que lo hacía casi satisfactorio de una
manera existencial, aunque la arena que estaba allí había sido requisada de la
pila detrás de la venta de alfarería de Chalky, el troll, y traía una colilla
de cigarrillo ocasional y rastros de incontinencia felina, que probablemente no
serían encontrados en el verdadero desierto, o al menos no en esa escala.
—Aquí sería una buena zona de desembarco —dijo,
señalando con su vara.
Su edecán trató de ver, solícito.
—La península El Kinte —dijo—. Es el punto más próximo
a nosotros, señor.
—¡Exactamente! Podemos cruzar los estrechos en un
periquete.
—Muy bien, señor —dijo el teniente Hornett—, pero...
¿no cree que el enemigo nos estará esperando allí? ¿No es un sitio obvio de
desembarco?
—¡No es obvio para nada para la mente entrenada
militarmente, señor! Ellos no nos estarán esperando allí precisamente porque es
demasiado obvio, ¿lo ve?
—Quiere decir que... ellos pensarán que solamente un
completo idiota desembarcará allí, ¿verdad, señor?
—¡Correcto! Y ellos saben que no somos completos
idiotas, señor, y por lo tanto ese será el último lugar donde nos estarán
esperando, ¿lo ve? Ellos nos estarán esperando en un lugar como... —su vara se
clavó en la arena—... aquí.
Hornett miró de más cerca. En la calle afuera, alguien
comenzó a batir un tambor.
—Oh, quiere decir Eritor —dijo—. Donde yo creo que hay
una zona de desembarco oculta, y que en dos días de marcha forzada, protegidos
por una buena cubierta, nos pondría en el corazón del imperio, señor.
—¡Exactamente!
—Mientras que el desembarco en El Kinte significan
tres días sobre las dunas y a través de la ciudad fortificada de Gebra...
—Precisamente. ¡Espacios abiertos! Y allí es donde
practicaremos nuestro arte de la guerra —Lord Herrumbre elevó la voz sobre el
tambor—. Así es cómo se hacen las cosas. Una sola batalla decisiva. Nosotros de
un lado, del otro los Klatchianos. ASÍ ES CÓMO SE DECIDEN ESTAS...
Bajó el puntero.
—¿Quién demonios hace ese ruido infernal?
El edecán cruzó hasta la ventana.
—Alguno que se recluta, señor —dijo.
—¡Pero si estamos todos aquí!
El edecán dudó, como hacen los portadores de malas
noticias a hombres cortos de temperamento.
—Es Vimes, señor...
—¿Reclutando para la Guardia?
—Er... no, milord. Para un regimiento. Er... el cartel
dice “Primero de a Pie de Sir Samuel”, milord...
—La arrogancia del hombre. Ve y... No. ¡Iré yo mismo!
En la calle había una multitud. En el medio sobresalía
el cuerpo del Alguacil Dorfl, y la clave del golem es lo que estaba golpeando
en el tambor, que nadie le pediría que deje de tocar. Nadie a excepción,
posiblemente, de Lord Herrumbre, quien llegó a todo vapor y arrancó los
palillos de sus manos.
—Zírzzzzz, ¡e’ la vida que eligieron en el Primero de
a Pie! —gritaba el Sargento Detritos, inconsciente de los sucesos a sus
espaldas—. ¡Aprenden oficio! ¡Aprenden auto rezpeto! ¡También uniforme ezpezial
ademáz de todaz laz botaz que puedan comer, y aquí e’ mi cartel!
—¿Qué significa esto? —dijo Herrumbre lanzando el
cartel hecho a mano al piso—. ¡Vimes no puede hacer esto!
Una figura se destacó contra el muro desde donde había
estado mirando el espectáculo.
—¿Sabe? Casi diría que sí puedo —dijo Vimes. Le
extendió a Herrumbre un trozo de papel—. Está todo aquí, milord. Con
referencias citando a las más altas autoridades, en caso de que tenga alguna
duda.
—¿Citando las...?
—Sobre el rol de un caballero, milord. De hecho, los
deberes de un caballero, aunque le parezca extraño. Una buena cantidad es
basura estúpida, cabalgar alrededor del lugar sobre uno de esos enormes
caballos puñeteros, pero uno de ellos
dice que, en caso de necesidad, un caballero debe levantar y mantener, usted se
reirá cuando le diga esto, ¡un cuerpo armado de soldados! Nadie pudo estar más
sorprendido que yo, ¡no me importa decírselo! Parece que no hay nada que hacer,
excepto salir y reunir algunos tipos. Por supuesto, la mayor parte de la
Guardia se ha unido, bueno, ya sabe cómo es, muchachos disciplinados, ansiosos
de hacer su parte, y eso me ahorra un poco de esfuerzo. Excepto Nobby Nobbs,
porque dice que si se queda fuera hasta el jueves tendrá las plumas que
necesita para un colchón.
La expresión de Herrumbre podría preservar la carne
por un año.
—Esto es una estupidez —dijo—. Y usted, Vimes, no es
realmente un caballero. Solamente un rey le puede...
—Hay unos cuantos señoríos en esta ciudad creados por
los Patricios —dijo Vimes—. Su amigo, Lord Downey, para mencionar uno. ¿Qué me
decía?
—Entonces si persiste en jugar los juegos le diré que
antes que un caballero sea creado debe pasar la una noche entera cuidando su
armadura...
—Prácticamente todas las noches de mi vida —dijo
Vimes—. Un hombre que no mantenga el ojo sobre su armadura por aquí, es un
hombre que no tiene armadura a la mañana siguiente.
—¿En oración?
—dijo Herrumbre cortante.
—Ese soy yo —dijo Vimes—. No ha pasado una sola noche
sin que piense, ‘Señores dioses, deseo pasar por esto y salir vivo’.
—... y debe haberse probado a sí mismo en el campo de
batalla. Contra otros hombres entrenados, Vimes. No sabandijas y matones.
Vimes comenzó a desatar la correa de su yelmo.
—Bueno, no será el mejor momento, milord, pero si
alguien sujeta su saco puedo dedicarle cinco minutos...
En los ojos de Vimes, Herrumbre vio el brillo feroz de
botes ardiendo.
—Yo sé lo que está haciendo, Vimes, y no voy a
oponerme —dijo, retrocediendo un paso—. En todo caso, no ha tenido
entrenamiento formal con las armas.
—Eso es cierto —dijo Vimes—. Me tenías allí, eso
estaba bien. Nunca nadie me entrenó en armas. Tenía suerte. —Se inclinó más
cerca y bajó la voz de modo que la multitud que miraba no pudiese oír—. Verá,
yo sé lo que significa ‘entrenamiento con armas’, Ronald. No hubo una verdadera
guerra en años. Así que todo es hacer piruetas por allí vistiendo sacones
acolchados y moviendo espadas con canutos en el extremo para que nadie salga
realmente herido, ¿verdad? Pero ahora, en las Shades tampoco nadie tiene entrenamiento.
No distinguirían un florete de un sable. No, para lo que son buenos es para una
botella rota en una mano y una lonja en la otra, y cuando estás frente a ellos,
Ronnie, sabes que no saldrás después a reír y tomar un trago, porque te quieren
muerto. Quieren matarte, ¿lo ves, Ron? Y para el tiempo en que has sacudido tu
brillante espada ancha, ellos te han grabado nombre y dirección en el estómago.
Y es allí donde tomo mi entrenamiento con las armas. Bueno... la mayoría con
puños, rodillas, dientes y codos.
—Usted, señor, no es un caballero —dijo Herrumbre.
—Yo sabía que había algo de mí que me gustaba.
—¿Acaso ni siquiera entiende que no puede enrolar...
enanos y trolls en un regimiento de Ankh-Morpork?
—Dice exactamente ‘soldados armados’, y los enanos
vienen con sus propias hachas. Un gran ahorro. Después de todo, si no los ha
visto pelear, entonces debería ponerse de su mismo lado.
—Vimes...
—Es Sir Samuel, milord.
Parecía que Herrumbre pensaba, un momento.
—Muy bien, entonces —dijo—. entonces, usted y su...
regimiento vienen bajo mis órdenes...
—Aunque parezca extraño, no —dijo Vimes cortante—.
Bajo las órdenes del Rey o su representante debidamente acreditado, según dice
Scavone en su Usos y Leyes de la
Caballería. Y por supuesto, no ha habido un representante debidamente
acreditado desde que un completo bastardo cortó la cabeza del último rey. Oh,
una variedad de personas parecen haber estado gobernando la ciudad, pero de
acuerdo con la tradición de caballería...
Herrumbre dejó de pensar, otra vez. Tenía el aspecto
de un cortador de césped después de una marcha de trabajadores. Sentía la
necesidad de pensar, dentro y profundo, que él sabía que esto no estaba
sucediendo en realidad. No podía estar sucediendo porque esta clase de cosas no
sucedían. Cualquier evidencia en contra sería ignorada. De cualquier modo,
sería necesario encontrar algunas mociones para seguir.
—Pienso que usted encontrará que, legalmente, su
posición... —comenzó, y sus ojos casi se le salen cuando Vimes, alegremente,
volvió a interrumpirle.
—Oh, podría haber algunos problemas, se lo aseguro.
Pero si le pregunta al señor Tendencioso le dirá, ‘Es un caso muy interesante’,
lo que usted sabe que es el discurso de un abogado para, ‘Mil dólares por día
además de gastos y llevará meses’. De modo que le dejaré que siga adelante.
Tengo un montón de cosas que hacer, ya sabe. Pienso en los alamares para los
nuevos uniformes... deben estar en mi oficina ahora, y es tan importante verse
bien en el campo de batalla, ¿verdad?
Herrumbre le lanzó a Vimes otra mirada, y se fue a
grandes pasos.
Detritos se puso firme detrás de Vimes y su saludo
hizo clang alegremente contra el yelmo.
—¿Qué hazemoz ahora, zeñor?
—Podemos levantar todo ahora, creo. ¿Se unieron todos
los muchachos?
—¡Zízzzeñor!
—¿Les dijiste que no era compulsivo?
—¡Zízzzeñor! —dijo—. ‘No compulzivo, sólo firma ya’,
zeñor.
—Detritos, yo quería voluntarios.
—Correcto, zeñor. Elloz voluntariaron muy bien, yo loz
controlé.
Vimes suspiró mientras caminaba de regreso a su
oficina. Probablemente se hubieran salvado. Estaba bastante seguro de parecer
legal y si conocía todo acerca de Herrumbre, el hombre respetaría la letra de
la ley. Esos hombres lo hacían, de un modo frío. Después de todo, los treinta
hombres de la Guardia no figuraban en el gran esquema de las cosas. Herrumbre
podía ignorarlos.
«De repente, hay una guerra que se cocina, pensó
Vimes, y todos regresan. El orden civil está patas arriba porque así son las
reglas. Y las personas como Herrumbre están encima del montón otra vez. Tienes
esos aristócratas ganduleando por años, y de repente sacan las viejas armaduras
y toman las espadas de arriba de las chimeneas. Ellos piensan que habrá una
guerra y todos piensan que esa guerra puede ser ganada o perdida...»
«Alguien está detrás de esto. Alguien quiere ver una
guerra. Alguien pagó para que Ossie y Nevadas fueran asesinados. Alguien quería
al Príncipe muerto. Tengo que recordarlo. Esto no es una guerra. Esto es un
crimen.»
Y entonces se encontró preguntándose si el ataque al
negocio de Goriff había sido organizado por las mismas personas, y si eran esas
las personas que le habían pegado fuego a la embajada.
Y entonces se dio cuenta por qué estaba pensando de
esta manera.
Era porque quería que hubiese conspiradores. Era mucho
mejor imaginar hombres en alguna habitación llena de humo en algún lugar,
violentos y cínicos por el privilegio y el poder, complotando sobre una copa de
brandy. Tenías que aferrarte a esta clase de imagen, porque si no lo hacías
entonces podías enfrentarte al hecho de que las cosas malas ocurrían porque
personas ordinarias, de la clase que cepillaban al perro y les contaban
historias a sus niños en la cama, eran capaces de salir y hacer cosas horribles
a otras personas ordinarias. Era mucho más fácil culparlos a ellos. Era
espantosamente deprimente pensar que Ellos eran Nosotros. Si eran Ellos,
entonces nada era culpa de nadie. Si éramos Nosotros, ¿qué me pasaba? Después
de todo, yo soy uno de Nosotros. Debo serlo. Nunca había pensado en mí como uno
de Ellos. Nadie piensa en sí mismo como uno de Ellos. Son Ellos los que hacen
cosas malas.
En los últimos tiempos de su vida, Vimes había estado
quitando el tapón de la botella, y no demasiado molesto por el contenido de las
botellas, mientras estuvieran llenas.
—¿Ook?
—Oh, hola. ¿Qué puedo hacer por... oh, sí, te pedí
libros sobre Klatch... ¿Es eso todo?
El bibliotecario tímidamente sacó un pequeño y
manoseado libro verde. Vimes esperaba algo más grande, pero lo tomó. Valía la
pena mirar cualquier libro que el orangután le trajera. Él controlaba que era
el libro adecuado. Vimes supuso que era un truco, de la misma manera en que uno
de pompas fúnebres era bueno juzgando las tallas.
Sobre el lomo, y con letras doradas muy desvanecidas,
estaban las palabras ‘VENI, VIDI, VICI:
La Vida de un Soldado, por Gen. A. Tacticus.
Nobby y el Sargento Colon caminaron a lo largo del
callejón.
—¡Ya sé quién es! —susurró Fred—. Es Leonard de Quirm,
¡es él! Hace cinco años que había desaparecido.
—Bueno, se llama Leonard, y es de Quirm, ¿y qué? —dijo
Nobby.
—¡Es un genio loco!
—Es un chiflado.
—Sip, bueno, dicen que hay una línea muy delgada entre
el genio y la locura...
—Entonces él la pasó.
Entonces la voz detrás de ellos dijo:
—Oh, querido, esto no va a funcionar, ¿será...? No
puedo negarlo, tenías razón, el ajuste sería bastante inaceptable en cualquier
rango. ¿Podrían detenerse un momento, por favor?
Se volvieron. Leonard ya había desmantelado el tubo.
—Si usted, cabo, pudiera sostener este trozo, y usted,
sargento, sería tan amable de mantener esta pieza firme... alguna clase de
aletas debiera hacerlo, estoy seguro de tener una pieza de madera adecuada en
algún lugar.
Leonard comenzó a palmearse los bolsillos.
Los guardias se dieron cuenta de que el hombre que los
detenía había hecho una pausa para rediseñar su arma y que se las había dado a
sostener mientras buscaba un destornillador. Eso era algo que no sucedía con
frecuencia.
Nobby, silenciosamente, tomó el cohete de manos de
Colon y lo metió dentro del tubo.
—¿Qué es esta parte de aquí, señor? —dijo.
Leonard levantó la mirada con presteza mientras seguía
rebuscando en los bolsillos.
—Oh, es el gatillo —dijo—. El cual, como ve, roza
contra el mechero y...
—Bien.
Hubo una especie de explosión de llamas y más que nada
de humo negro.
—Oh, querido —dijo Leonard.
Los guardias se volvieron, como temerosos de lo que
iban a ver. El cohete había pasado todo lo largo del callejón y a través de la
ventana de una casa.
—Ah... si pongo ‘Esta Parte Para Arriba’ sobre el
proyectil sería una importante medida de seguridad a tener en mente en el
siguiente diseño —dijo Leonard—. Bueno, ¿dónde está el anotador...?
—Creo que es mejor que nos vayamos —dijo Colon
retrocediendo—. Y muy veloces.
Dentro de la casa hubo una explosión de estrellas y
bolas para deleitar a jóvenes y viejos, pero no al troll que justo abría la
puerta.
—Ah, ¿de veras? —dijo Leonard—. Bueno, si se requiere
velocidad, tengo este interesante diseño para un dos ruedas de...
Actuando en acuerdo sin palabras, los guardias
pusieron las manos debajo de las axilas y lo levantaron, para salir corriendo.
—Oh, querido —dijo Leonardo, mientras era portado
hacia atrás.
Los guardias se metieron en un callejón lateral, e
inspeccionaron algunos otros en actitud profesional. Finalmente soltaron a
Leonard contra un muro y miraron por el extremo del callejón.
—Todo limpio —dijo Nobby—. Se fueron por otro lado.
—Bien —dijo Colon—. Ahora, ¿qué estabas haciendo?
Quiero decir, puedes ser un genio como me han dicho, Señor da Quirm, pero
cuando se te da por atemorizar personas eres tan inteligente como un tiro al
blanco inflable.
—Parece que estuve un poco estúpido, ¿verdad? —acordó
Leonard—. Pero les imploro vengan conmigo. Me temo que estoy pensando que como
guerreros estarán más inclinados a entender la fuerza.
—Bueno, sí, somos guerreros
—dijo el Sargento Colon—. Pero...
—Er... ¿tiene otro de esos cohetes? —dijo Nobby,
acomodando el tubo sobre su hombro otra vez. Tenía en el ojo ese brillo
especial que adquieren los hombres pequeños cuando sostiene un arma grande, muy
grande.
—Puedo tener —dijo Leonard, y el brillo de su ojo
tenía el parpadeo loco de los inocentes cuando piensan que comienzan a ser
ingeniosos—. ¿Por qué no vamos a mirar? Me dijeron que los encontrara por todos
los medios necesarios.
—El soborno suena bueno —dijo Nobby. Puso el ojo en la
mira del tubo y comenzó a hacer ruidos de ‘whoosh’
con la boca.
—¿Quién te dijo que nos encontraras? —dijo Colon.
—Lord Vetinari.
—¿El Patricio nos quiere a nosotros?
—Sí. Dijo que ustedes tienen cualidades especiales y
que debían venir.
—¿Al palacio?
Me dijeron que había huido.
—Oh, no. A los... er... a los... er... muelles...
—Cualidades especiales, ¿eh? —dijo Colon.
—Er..., sarge... —comenzó Nobby.
—Entonces ya, Nobby —dijo Colon con importancia—. Era
tiempo de que nos reconocieran, eso lo sabes. Los oficiales experimentados son
la columna vertebral de la fuerza. A mí me parece —siguió—, me parece que éste
es un caso de deviene del tiempo, deviene del hombre.
—¿Cuando es el deviene?
—Estoy hablando de
nosotros. Hombres con cualidades especiales.
Nobby asintió, pero con cierta renuencia. En cierta
manera era un pensador más claro que su oficial superior, y se estaba
preocupando por esas ‘cualidades especiales’. Ser seleccionado para algo por
tus ‘cualidades especiales’ era equivalente a ser voluntario. De cualquier
manera, ¿qué había de especial en esas ‘cualidades especiales’? Las lapas
tenían cualidades especiales.
—¿Pasaremos a la clandestinidad otra vez? —dijo Colon.
Leonard parpadeó.
—Er... sí, creo que puedo decir que hay un poderoso
elemento involucrado. Sí, por cierto.
—Sarge...
—Quédate tranquilo, cabo —Colon acercó a Nobby de un
tirón—. Clandestino significa nadie te acuchilla ni te dispara, ¿correcto?
—susurró—. Y, ¿qué es lo más importante que un soldado profesional no quiere
que le suceda?
—Ser acuchillado o disparado —dijo Nobby
automáticamente.
—¡Correcto! Entonces, señor Quirm, ¡nos vamos! ¡La
llamada ha llegado!
—¡Bien hecho! —dijo Leonard—. Dígame, sargento, ¿tiene
usted conocimientos de náutica?
Colon saludó otra vez.
—¡Nosseñor! ¡Felizmente casado, señor!
—Quiero decir, ¿ha cabalgado las olas del océano
alguna vez?
Colon le dirigió una mirada maliciosa.
—Ah, quiere pescarme en ésa, señor —dijo—. Todos saben
que los caballos se hunden.
Leonard hizo una pausa, por un momento, y puso su
cerebro en Radio Colon.
—¿Alguna vez, en el pasado, ha flotado por allí, en el
mar, en un bote?
—¿Yo, señor? No, señor. Es por la vista de las olas
subiendo y bajando, señor.
—¿De veras? —dijo Leonardo—. Bueno, felizmente, ése no
será el problema.
Muy bien, comenzar de nuevo...
Analizando los hechos, de eso se trataba...
El mundo observaba. Alguien quería que la Guardia
dijera que el asesinato había sido inspirado por Klatch. ¿Quién?
Alguien también había decapitado a Nevadas Pendientes
donde vivía y lo había dejado más muerto que seis botes de carnada.
La visión de la espada curva de 71-horas Ahmed
aparecía para su atención. Entonces...
... supongamos que Ahmed era el sirviente o el
guardaespaldas de Khufurah, y averiguó...
No, ¿cómo sería posible? ¿Quién le habría dicho?
Bueno, tal vez lo había averiguado de alguna manera, y
eso significaba que pudo saber quién le pagó al hombre...
Vimes se sentó. Todavía era un misterio pero tenía que
resolverlo, sabía que lo haría. Reuniría los hechos, los analizaría, los
miraría desde diferentes ángulos con la mente abierta, y averiguaría cómo lo había organizado todo Lord Herrumbre.
¡Hediondo maldito hediondo! No tenía que quedarse
sentado para eso, sobre todo de un hombre que rima ‘casa’ con ‘rata’.
Sus ojos se fijaron en el libro antiguo. ¿General
Tacticus? Todos los chicos lo conocían bien. Ankh-Morpork había regido un
enorme imperio, y mucho de él era Klatch, gracias a él. Claro que no había
agradecimientos a él, lo que era bastante extraño. Vimes nunca supo por qué,
pero la ciudad parecía casi avergonzada del general.
Una razón, por supuesto, era que había terminado
peleando contra Ankh-Morpork. En la ciudad de Genua se había terminado la
realeza, la endogamia había progresado hasta el punto en que el único ejemplo
que quedaba consistía en dientes, y los cortesanos ancianos habían escrito a
Ankh-Morpork por ayuda.
Vimes se había sorprendido al conocer que cosas de
esta clase había un montón. Los pequeños reinados de las Sto Plains estaban
siempre pidiéndose realeza sobrante los unos a los otros. El Rey, completamente
exasperado, había enviado a Tacticus. Es duro llevar adelante un imperio cuando
todo el tiempo estás recibiendo cartas manchadas de sangre con textos como
éste: Querido señor, debo informarle que
he conquistado Betrek, Smale y Ushistan. Por favor, envíe AM$ 20.000 en
retorno. El hombre no sabía cuándo detenerse. Entonces hizo un duque y lo
envió a Genua, donde su primera acción sería considerar cuál era la amenaza
militar más grande en esa ciudad, y entonces, una vez identificada, declararle
la guerra a Ankh-Morpork.
Pero, ¿qué otra cosa podía esperarse? Hizo su trabajo.
Trajo montones de botines, montones de cautivos y, casi únicamente líderes
militares de Ankh-Morpork, la mayoría de sus hombres. Vimes sospechaba que este
último hecho era la razón de por qué la historia no lo había aprobado. Era la
impresión de que esto era, de alguna manera, no jugar limpio.
‘Veni, vidi,
vici’. Se suponía que eso había dicho el hombre al conquistar... ¿Qué?
Pseudopolis, ¿o no? ¿O Al-Khali? ¿O Quirm? ¿Tal vez Sto Lat? Eso era en los
viejos tiempos cuando atacabas la ciudad de otro en principio, y te ibas y lo
volvías a hacer si parecía que ellos se estaban recuperando. Y en esos días, no
te importaba si el mundo observaba. Querías que ellos miraran y aprendieran. ‘Veni, vidi, vici’. Yo vine, yo vi, yo
conquisté.
Comentario al margen, eso le cayó a Vimes como algo
demasiado fácil. No era la clase de cosas que haces en el calor del momento, ¿o
sí? Parecía como si él lo hubiese calculado. Probablemente había pasado largas
noches en su tienda de campaña, buscando en el diccionario palabras cortas que
comenzaran con V, y probándolas... Veni,
vermini, vomui, Vine, Me emborraché, ¿me lancé? Visi, veneri, vamoosi, Visité, Me pesqué esa enfermedad embarazosa,
¿me escapé? Debe haber sentido un enorme alivio cuando encontró esas tres
palabras cortas y aceptables. Probablemente las haya armado primero, y entonces
se fue a ver qué conquistaba.
Abrió el libro al azar.
‘Es siempre útil
enfrentar a un enemigo que está preparado a morir por su país’, leyó. ‘Eso significa que ambos tienen el mismo
objetivo en mente’
—¡Hah!
—¡Bingeley-bingeley b...!
La mano de Vimes cerró de un golpe la tapa de la caja.
—¿Sí? ¿Qué pasa?
—Tres y cinco pe eme. Entrevista con Cabo
Pequeñotrasero, por el Perdido Sargento Colon —dijo el demonio, malhumorado.
—Nunca arreglé nada como... ¿Quién te dijo...? ¿Me
estás diciendo que tengo una cita que no sabía que tengo?
—Correcto.
—¿Pero cómo lo sabes tú?
—Me dijiste que tenía que saberlo. Anoche —dijo el
demonio.
—¿Puedes recordarme citas que yo no sé que las tengo?
—preguntó Vimes.
—Todavía hay citas sine
qua citas —dijo el demonio—. Existen, como si fuera en una fase de espacio
para cita.
—¿Qué demonios significa eso?
—Mira —dijo el demonio con paciencia—. Puedes tener
una cita en cualquier momento, ¿sí? Entonces y por lo tanto, cualquier cita
existe in potentia...
—¿Dónde queda eso?
—Cualquier cita en particular simplemente rompe el
ritmo —dijo el demonio—. Yo simplemente selecciono la más probable de la matriz
proyectada.
—Lo estás inventando —dijo Vimes—. Si tuvieras razón,
entonces en cualquier momento desde ahora...
Alguien tocó a la puerta. Era un toque cortés, como
tentativo.
Vimes no sacó los ojos del demonio satisfecho.
—¿Eres tú, Cabo Pequeñotrasero? —preguntó.
—Sí, señor. El Sargento Colon ha enviado una paloma.
Pensé que debía ver esto, señor.
—¡Entra!
Un pequeño rollo de papel delgado fue colocado sobre
el escritorio. Leyó:
Colocado como voluntario en una misión de Vital
Importancia. Nobby está aquí también. Habrán noticias de nosotros cuando este
trabajo termine.
PD. Alguien que no puedo decirle dice que esta nota se
auto-destruirá en cinco segundos, y que lo siente por no tener mejores químicos
para hacerlo mejor...
El papel comenzó a arrugarse por los bordes y se
desvaneció en un pequeño soplo de humo acre.
Vimes se quedó mirando la pequeña pila de cenizas que
quedó.
—Supongo que es un alivio que no hayan volado la
paloma. Señor —dijo Cheery.
—¿En qué demonios andan? Bueno, no puedo andar
buscándolos. Gracias, Cheery.
La enana saludó y salió.
—Coincidencia —dijo Vimes.
—Muy bien, entonces —dijo el demonio—.
¡Bingeley-bingeley beep! Tres y quince pe eme, Reunión de Emergencia con el
Capitán Zanahoria.
Era un cilindro que se estrechaba hacia ambos
extremos. Hacia uno de ellos el estrechamiento era bastante complejo: el
cilindro se hacía más angosto en una sucesión de anillos cada vez más pequeños,
solapados unos sobre otros hasta terminar en una cola de pescado. Cuero
aceitado se podía ver en los espacios entre el metal.
En el otro extremo, extendiéndose desde el cilindro
como un cuerno de unicornio, había una rosca aguda y larga.
La cosa estaba montada sobre un tosco carrito que a su
vez corría sobre un par de rieles de acero que desaparecían en el agua negra en
el extremo del cobertizo de botes.
—Me parece un pez gigante —dijo Colon—. Hecho de
estaño.
—Con un kuerno —dijo Nobby.
—Nunca flotará —dijo Colon—. Puedo ver lo que está mal
aquí. Todos saben que el metal se hunde.
—No completamente
cierto —dijo Leonard, diplomáticamente—. En cualquier caso, este bote está diseñado para hundirse.
—¿Qué?
—Me temo que la propulsión era el mayor rompedero de
cabeza —dijo Leonard, trepando a la escalerilla—. Pensé en remos y paletas, y
en alguna clase de tornillo, y entonces pensé: delfines, ¡ésa es la solución!
Se mueven extremadamente rápido con muy poco esfuerzo. Eso es afuera, en el
mar, por supuesto; a nuestro estuario llega el de nariz de pala. Las varas de
conexión son un poco complicadas pero yo solía poder ganar bastante velocidad.
El pedaleo puede ser cansador, pero con tres de nosotros podríamos alcanzar una
aceleración bastante satisfactoria. Es asombroso lo que se puede obtener cuando
imitas a la naturaleza, y deseo que mi pez pue... Oh... ¿dónde se han ido...?
Sería dificultoso establecer qué parte de una
satisfactoriamente acelerada naturaleza estaban tratando de imitar los
guardias, pero era la parte que tendía a esconderse detrás de las puertas.
Pararon de jadear y comenzaron a retroceder en la
habitación.
—Ah, sargento —dijo Lord Vetinari, entrando delante de
ellos—. Y el Cabo Nobbs, también. ¿Les ha explicado todo Leonard?
—¡No puede pedirnos que vayamos en esa cosa, señor!
¡Sería un suicidio! —dijo Colon.
El Patricio puso ambas manos delante de sus labios
como si estuviese rezando, y aspiró el aire pensativo.
—No. No, yo creo que están equivocados —dijo al final,
como llegando a una conclusión de alguna compleja adivinanza—. Yo pienso que,
como probable, si van en esa cosa sería valientes y merecedores de recompensa.
Me aventuraría a sugerir, de hecho, que no ir sería suicida. Pero tendré en
cuenta sus puntos de vista.
Lord Vetinari no era un hombre de complexión robusta
y, en esos días, caminaba con la ayuda de una caña de ébano. Nadie podía
recordar haberle visto portar un arma, y un destello de percepción no habitual
le dijo al Sargento Colon que ese no era de hecho un pensamiento consolador.
Decían que había sido educado en la Escuela de Asesinos, pero nadie recordaba
las armas que había aprendido. Y de repente, al tenerlo en frente, no le
pareció que fueran de las suaves.
El Sargento Colon saludó, algo siempre útil de hacer
en emergencias como ésta, y gritó:
—Cabo Nobbs, ¿por qué no estás dentro del... de la
cosa pescado de metal que se hunde?
—¿Sarge?
—Déjame ver cómo se mueven tus pies, muchacho... hup
hup hup...
Nobby subió por la escalerilla y desapareció. Colon
saludó otra vez. Se podía saber su nerviosismo por el vigor de su saludo. Se
podía cortar pan con éste.
—¡Listos para salir, se...! —gritó.
—Bien hecho, sargento —dijo Vetinari—. Usted está
mostrando exactamente esas cualidades especiales que estaba buscando...
—Er..., sarge —llegó desde la barriga del pez una voz
metálica—, hay todo cadenas y ruedas aquí. ¿Qué hace esto? —La enorme barrena
adelante de la cosa comenzó a chillar.
Leonard apareció de detrás del pez.
—Pienso que deberíamos entrar todos —dijo—. Debo
encender la vela que arderá y cortará la cuerda que soltará el peso que
empujará los bloques.
—Er... ¿cómo se llama esta cosa? —dijo Colon mientras
seguía al Patricio escaleras arriba.
—Bueno, porque se sumerge
en un medio marino, siempre le llamé
Dispositivo-Para-Ir-Debajo-Del-Agua-Con-Seguridad —dijo Leonard, detrás de él—.
Pero habitualmente pienso en él como el Bote.[18]
Pasó detrás de él y cerró la tapa.
Después de un momento, cualquiera en el cobertizo de
botes habría podido escuchar un complicado ruido mientras los cerrojos se
deslizaban en su sitio.
La vela ardió y cortó la cuerda que soltaba el peso
que empujó los bloques y, lentamente al principio, el Bote se deslizó por los
rieles hacia el agua negra, la cual, después de uno o dos segundos, se cerró
sobre él con un glup.
Nadie notó a Angua cuando trotó pasarela arriba. Lo
más importante, lo sabía, era sentirse en casa. Nadie se molestó por el gran
perro que miraba como si supiera dónde estaba yendo.
La gente se apiñaba en la cubierta de esa peculiar
manera de los no marineros a bordo, sin estar seguros de lo que deberían estar
haciendo, o dónde debían evitar hacerlo. Algunos de los más animosos habían
hecho pequeños campamentos, definiendo áreas de propiedad privada con bultos y
trozos de paño. Le recordaban a Angua los conductos bicolores y los límites
delineados microscópicamente en Money Trap Lane, y que mostraba otra manera de
dibujar una línea en la arena. Esto es Mío, y eso es Tuyo. Cruza sobre lo Mío,
y tendrás lo Tuyo.
Había un par de guardianes a cada lado de la puerta
hacia los camarotes. Nadie les había dicho que detuvieran a los perros.
Los aromas la llevaron hacia abajo. Podía oler a los
otros perros y un fuerte olor a ajos.
Al final de un estrecho corredor una puerta estaba
entreabierta. La empujó con la nariz y miró adentro.
Los perros estaban echados sobre una alfombrilla a un
lado del camarote. Otros perros podían haber ladrado, pero estos volvieron las
hermosas cabezas hacia ella, la miraron a lo largo de sus narices y la
examinaron con cuidado.
Una cama estrecha detrás de ellos estaba medio
cubierta con colgantes de plata. 71-horas Ahmed estaba inclinado sobre ella,
pero se volvió cuando Angua entró.
Miró a los perros y a ella perplejo. Entonces, para su
asombro, se sentó sobre la cubierta, delante de ella.
—¿A quién le perteneces? —dijo en perfecto
Morporkiano.
Angua movió el rabo. Había alguien en la cama, podía
sentirle el olor, pero no sería problema. Tener músculos de mandíbula tan
fuertes como para cortarle el cuello a alguien le ayudaba a sentirse relajada
en la mayoría de las situaciones.
Ahmed le palmeó la cabeza. Muy pocas personas habían
hecho eso a una mujer-lobo sin que necesitara después que otras personas
cortaran su comida, pero Angua había aprendido el autocontrol.
Entonces él se paró y fue hasta la puerta. Escuchó que
le decía algo a alguien afuera, y regresó y le sonrió.
—Me voy, y vuelvo...
Abrió un pequeño cajón y tomó un collar de perro
enjoyado.
—Tendrás un collar. Oh, y aquí tienes comida —agregó
cuando un sirviente entraba con unos cuencos—. ‘Nic nac, paddywack, dale un
hueso al perro’, es un estribillo que escuché a los niños de Ankh-Morpork
cantar, pero una paddywack es una bola de cartílagos únicamente aceptable como
comida de perros y para quienes conocen qué parte del animal es nic nac...
El plato fue colocado delante de Angua. Los otros
perros se estiraron, pero Ahmed les soltó una palabra y ellos se volvieron a
echar.
La comida era... comida de perros. En términos de
Ankh-Morpork significaba algo que no hubieras puesto ni en una salchicha, y
había pocas cosas que un hombre con una picadora de carne de tamaño suficiente
no pudiera meter en una salchicha.
La pequeña parte central de ser humano en ella, se
revolvió, pero la mujer-lobo se babeó ante la vista de cada embutido y de cada
tembloroso trozo de grasa.
Estaba sobre un plato
de plata.
Levantó la vista. Ahmed la estaba observando con
cuidado. Por supuesto, los perros reales eran tratados como reyes, con todos
esos collares con diamantes... Eso no quería decir que él supiera...
—¿Sin hambre? —dijo—. Tu boca dice que lo tienes.
Algo se cerró alrededor de su cuello mientras giraba
para morder. Su boca se cerró sobre un bocado de tela grasosa pero no era tan
importante como el dolor.
—A Su Señoría siempre le gustaron los collares finos
para perros —dijo 71-horas Ahmed, a través de una niebla roja—. Rubíes,
esmeraldas... y diamantes, señorita Angua —su rostro bajó hasta su altura—.
Montados en plata.
‘Un factor
crucial, que siempre encontré, no es el tamaño de las fuerzas. Es la posición y
compromiso de las reservas, el traslado del poder hasta un punto...’
Vimes trataba de concentrarse en Tacticus. Pero había
dos distracciones. Una era el sonriente rostro de 71-horas Ahmed que le espiaba
desde cada línea. La otra era su reloj, que había preferido contra el
Des-organizador. Se movía por mecanismo de relojería y era mucho más confiable.
Y no necesitaba ser alimentado. Sonaba levemente. Por lo que sabía, podía
olvidar sus citas. Le gustaba.
La manecilla estaba terminando la vuelta cuando
escuchó alguien subir las escaleras.
—Entre, capitán —dijo Vimes. Se escuchó una risilla
adentro de la caja.
El rostro de Zanahoria estaba más rojo que lo normal.
—Algo le ha pasado a Angua —dijo Vimes.
El color mudó del rostro de Zanahoria.
—¿Cómo ha sabido eso?
Vimes sostuvo con firmeza la tapa del demonio burlón.
—Digamos que es intuición, ¿quieres? Estoy en lo
cierto, ¿verdad?
—¡Sí, señor! ¡Subió a bordo de un bote Klatchiano y
ahora está navegando! ¡Ella no ha salido!
—¿Para qué demonios subió a bordo?
—¡Estábamos detrás de Ahmed! Y él parecía estarse
llevando a alguien, señor. Alguien enfermo,
señor.
—¿Se ha ido? Pero los diplomáticos aún están...
Vimes se detuvo. Si no conociera a Zanahoria, diría
que había algo mal es esa situación. Había algunas personas que, cuando su
novia se subía a un barco extranjero, se hubieran lanzado al río Ankh, o al menos corrido a
toda velocidad por la costa, trepado a bordo, y la hubieran sacado sobre
malditas bases democráticas. Por supuesto, en un tiempo como este hubiera sido
algo estúpido de hacer. Lo más aproximado sería permitir que la gente supiera,
pero aún así...
Pero Zanahoria creía que personal no era igual que
importante. Por supuesto, Vimes creía lo mismo. Tenías que desear que cuando el
impulso llegaba tenías que actuar del modo correcto. Pero había algo
ligeramente espeluznante cuando alguien no creía en eso, pero que vivía con
eso. Era tan desconcertante como encontrar un predicador realmente pobre.
Obviamente, debía considerarse que si alguien había
capturado a Angua sabías que el rescate que harías no sería, probablemente, el
de ella.
Pero...
Los dioses sabían qué pasaría si él se iba ahora. La
ciudad estaba loca con la guerra. Estaban sucediendo grandes cosas. En tiempos
como este, cada célula de su cuerpo le estaba diciendo que el Comandante de la
Guardia tenía Responsabilidades...
Repicó los dedos sobre el escritorio. En tiempos como
este era vital tomar la decisión correcta. Para eso le pagaban. Responsabilidad...
Debería quedarse aquí, y hacer lo mejor que pudiera.
Pero... la historia estaba llena de los huesos de
buenos hombres que siguieron órdenes malas en la esperanza de poder suavizar el
golpe. Oh, sí, había peores cosas que ellos podían hacer, pero la mayoría
comenzaba en el momento preciso en que comenzaban a obedecer malas órdenes.
Sus ojos fueron de Zanahoria al Des-organizador, y de
ellos al tambaleante montón de papeles sobre su escritorio.
¡Basta ya! ¡Él era un cazador de ladrones! ¡Siempre
fue un cazador de ladrones! ¿Por qué mentirse?
—¡Maldita sea si permito que Ahmed regrese a Klatch!
—dijo, poniéndose de pie—. ¿Era un bote rápido?
—Sí, pero parecía bastante pesado en el agua.
—Entonces tal vez lo podamos pescar antes de que se
vaya muy lejos...
Mientras se apresuraba, por un segundo, tuvo la
extraña sensación de ser dos personas. Y eso era porque, por una mínima
fracción de segundo, era dos personas. Las dos se llamaban Samuel Vimes.
Para la historia, las opciones son sencillamente
direcciones. Los Pantalones del Tiempo se abrieron y Vimes comenzó a deslizar
una pierna en ellos.
Y, en algún otro lugar, el Vimes que optó por la otra
alternativa comenzó a caer dentro de un futuro diferente.
Ambos regresaron en un instante a tomar sus
Des-organizadores. Por la más extravagante de las opciones extrañas, casi la
única, en este instante de decisión, cada una tomó el mal camino.
Y algunas veces la avalancha depende de un copo de
nieve. Algunas veces un guijarro permite averiguar lo que podía haber
ocurrido... si tan sólo hubiera saltado hacia el otro lado.
Los hechiceros de Ankh-Morpork se habían puesto firmes
en el asunto de la imprenta. No está sucediendo aquí, dijeron. Si suponemos,
dijeron, que alguien imprima un libro con magia y luego rompa los tipos, y los
use para hacer un libro, digamos, de cocina. El metal recordaría. Los conjuros
no son sólo palabras. Tienen dimensiones adicionales de existencia. Podríamos
terminar con pasteles parlantes. Además, alguien podría imprimir miles de esas
malditas cosas, algunas de las cuales podrían ser leídas por personas que no
debieran.
El Gremio de Grabadores también estaba en contra de
las impresiones. Había algo puro, dijeron, en una página texto impreso. Estaba
allí, completa, sin mancha. Los miembros podían hacer muy buen trabajo a
precios razonables. Si se permitía que personas no calificadas golpearan
secciones de tipos todos juntos, mostraba una falta de respeto a las palabras y
no saldría nada bueno de eso.
El único intento de instalar una imprenta en
Ankh-Morpork había terminado con un misterioso incendio y la muerte por
suicidio del desafortunado impresor. Todos sabían que se había suicidado porque
dejó una nota. El hecho de que había sido grabada en la cabeza de un alfiler
era un detalle considerado irrelevante.
Y el Patricio estaba en contra de la imprenta porque
si la gente sabía demasiado eso les molestaría, y nada más.
De modo que la gente se apoyó en la tarea de boca, lo
que funcionaba muy bien porque las bocas estaban muy próximas. Muchas de ellas
estaban justo por debajo de las narices de los miembros del Gremio de Ladrones[19], ciudadanos generalmente considerados confiables y
bien informados. Algunos de ellos tenían altos conceptos de sus cubiertas
decentes.
Lord Herrumbre miró pensativo a Miguel Desmoronado,
Murmurador Grado II.
—¿Y qué sucedió después?
Miguel Desmoronado se rascó la muñeca. Había adquirido
recientemente su grado extra porque finalmente había conseguido una enfermedad
de piel que desfiguraba, aunque era inocua.
—El señor Zanahoria estuvo dentro unos dos minutos,
milord. Entonces todos salieron corriendo, y ellos...
—¿Quiénes eran ellos?
—dijo Herrumbre. Combatió la urgencia que sentía de rascarse su propio brazo.
—Eran Zanahoria, y Vimes, y una enana, y un zombi, y
todos ellos, milord. Todos corrieron hasta los muelles, milord, y Vimes vio al
Capitán Jenkins y le dijo...
~ 0 ~
—¡Ah, Capitán Jenkins! ¡Es tu día de suerte!
El capitán levantó la vista de la cuerda que estaba
enrollando. A nadie le gustaba que le dijeran que era su día de suerte. Esa
clase de cosas no era un buen presagio. Cuando alguien te decía que era tu día
de suerte, algo malo iba a suceder.
—¿Sí? —dijo.
—Sí. ¡Porque tienes la inigualable oportunidad de
adherir al esfuerzo de la guerra!
—¿Sí?
—Y también de demostrar tu patriotismo —agregó
Zanahoria.
—¿Sí?
—Necesitamos tu bote —dijo Vimes.
—¡Vete al demonio!
—Prefiero creer que esa fue una expresión náutica que
significa, ‘¿De veras?’ —dijo Vimes—. ¿Capitán Zanahoria?
—Señor.
—Tú y Detritos van y miran detrás de esa división
falsa de la bodega —dijo Vimes.
—Correcto, señor —dijo Zanahoria, caminando más allá
de la escalera.
—¡No hay divisiones falsas en la bodega! —soltó
Jenkins—. Y conozco la ley, y usted no puede...
Se escuchó un ruido de maderas rotas de abajo.
—Si esa no era una división falsa, nuestro Zanahoria
ha caído y se ha golpeado contra un hueco —dijo Vimes con calma, mirando al
capitán.
—Er...
—Yo también conozco la ley —dijo Vimes. Sacó su
espada—. ¿Ve esto? —dijo, levantándola—. Es la ley militar. Y la ley militar es
una espada. No una espada de doble filo. Con un solo filo, y que le apunta a
usted. ¿Encontraste algo, Zanahoria?
Zanahoria apareció sobre el borde de la bodega. Tenía
una ballesta en las manos.
—Declaro —dijo Vimes—, que me parece un Burleigh &
Stronginthearm. ‘Viper’ Mk 3, que mata gente pero deja los edificios en pie.
—Hay cajones y cajones de cosas —dijo Zanahoria.
—No hay ley... —comenzó Jenkins, pero se escuchó como
si el final hubiese salido de este mundo.
—Ya sabe, creo que probablemente hay alguna ley contra
venderle armas a los enemigos en tiempos de guerra —dijo Vimes—. Por supuesto,
eso no debería ser. Le diré algo —agregó con brío—, ¿por qué no vamos todos
hasta Plaza Sator? Está llena de personas a esta hora, y con entusiasmo por la
guerra y vivando a nuestros bravos muchachos. ¿Por qué no vamos allí y se lo
explicamos? Me ha dicho que yo debería escuchar la voz de la gente. Cosa rara,
¿verdad?... encuentras personas una a la vez, parecen decentes, tienen cerebros
que funcionan, y entonces ellos se reúnen y escuchas la voz de la gente. Y es
un lío.
—¡Son las reglas de la multitud!
—Oh, no. Claro que no —dijo Vimes—. Llámelo justicia
democrática.
—Un hombre, una piedra —agregó Detritos.
Jenkins parecía un hombre temeroso de que el mundo
estuviera a punto de desaparecer de abajo de sus pies. Miró a Vimes, y a
Zanahoria, y no encontró ayuda.
—Por supuesto, usted no tiene nada que temer de
nosotros —dijo Vimes—. Aunque usted podría hacer su camino hacia las celdas,
por la escalera.
—¡No hay escalera para bajar a sus celdas!
—Se puede arreglar.
—Por favor, señor Jenkins —dijo Zanahoria, como el
poli bueno.
—No estaba... enviando... las armas a Klatch —dijo
Jenkins lentamente, como si estuviera leyendo las palabras, con dolor, de algún
guión interior—. En realidad... las había comprado... para donarlas... a...
—¿Sí? ¿Sí? —dijo Vimes.
—... a... nuestros... bravos muchachos —dijo Jenkins.
—¡Bien hecho! —dijo Zanahoria.
—Y se sentiría feliz de... —apuró Vimes.
—Y... me sentiría feliz... de ceder mi bote al
esfuerzo de la guerra —dijo Jenkins sudando.
—Un verdadero patriota —dijo Vimes.
Jenkins se retorció.
—¿Quién le dijo que había un panel falso en la bodega?
—preguntó—. Era una suposición, ¿verdad?
—Correcto —dijo Vimes.
—¡Aha! ¡Ya sabía que estaba adivinando!
—Patriota e inteligente —dijo Vimes—. Ahora... ¿cómo
hace que esta cosa vaya más rápido?
Lord Herrumbre tecleó los dedos sobre la mesa.
—¿Para qué tomó el bote?
—No lo sé, milord —dijo Miguel Desmoronado, rascándose
la cabeza.
—¡Maldita sea! ¿Nadie más los vio?
—Oh, había otras personas por allí, milord.
—Al menos, eso es un alivio.
—Estábamos yo, y Tonto Ole Ron, y Guapo, y Hugo Ciego,
y Ringo Cejas, y Ni Hablar José, y Sidney Pendientes, y ese bastardo de Boñiga,
y Polla Silbadora, y algunos otros, milord.
Herrumbre se sumergió en su silla y puso una pálida
mano sobre su rostro. La noche de Ankh-Morpork tenía mil ojos y también el día,
y también quinientas bocas y novecientas noventa y nueve orejas[20].
—Entonces los Klatchianos deben saber —dijo—. Un destacamento de soldados de Ankh-Morpork ha
tomado un barco hacia Klatch. Una fuerza de invasión.
—Oh, apenas se podría decir eso... —comenzó el
teniente Hornett.
—Los Klatchianos sí lo podrían decir. Además el troll
Detritos está con ellos —dijo Herrumbre.
Hornett parecía abatido. Detritos era una fuerza de
invasión por sí solo.
—¿Qué barcos hemos requisado? —dijo Herrumbre.
—Ahora hay más de veinte, si incluye la Indestructible, la Indolencia y la... —el teniente Hornett miró su lista otra vez—...
y la Orgullo de Ankh-Morpork, señor.
—¿La Orgullo?
—Me temo que sí, señor.
—Tendremos que poner más de mil hombres y doscientos
caballos, entonces.
—¿Por qué no permitir a Vimes que vaya? —dijo Lord
Selachii—. Deja que los Klatchianos se encarguen de él, y ya era hora que se
fuera.
—¿Y darles una victoria sobre fuerzas de Ankh-Morpork?
Así es cómo ellos lo verán. Maldito tipo. Nos está obligando. Pero, después de
todo, tal vez sea lo mejor. Deberíamos embarcar.
—¿Estamos completamente listos, señor? —dijo el
teniente Hornett, con esa inflexión que significaba, ‘No estamos completamente
listos, señor’.
—Mejor es que lo estemos. La gloria aguarda,
caballeros. En las palabras del general Tacticus, tomemos a la historia por el
escroto. Por supuesto, él no era un guerrero muy honorable.
~ 0 ~
La blanca luz del sol dejaba sombras oscuras en el
palacio del Príncipe Carnerocanalla. Él también tenía un mapa de Klatch, hecho
con pequeños azulejos colocados sobre el piso. Se sentó mirándolo, pensativo.
—¿Sólo un bote? —dijo.
El General Ashal, su consejero en jefe, asintió y
agregó:
—Nuestros espías no pudieron tomar una buena foto a
esa distancia, pero creemos que uno de los hombres era Vimes. Conoces el
nombre, sire.
—Ah, el útil Comandante Vimes —el Príncipe sonrió.
—Así es. Y desde entonces ha habido un montón de
actividades a lo largo del muelle. Hemos tomado una imagen de la fuerza
expedicionaria que se prepara.
—Pensé que teníamos una semana por lo menos, Ashal.
—Es algo misterioso. No pueden estar preparados, sire.
Algo debe haber sucedido.
Carnerocanalla suspiró.
—Oh, bueno, vayamos donde el destino nos señala.
¿Dónde atacarán?
—Gebra, sire. Estoy seguro de eso.
—¿Nuestra ciudad más densamente fortificada? Claro que
no. Solamente un idiota haría eso.
—He estudiado a Lord Herrumbre con alguna profundidad,
sire. Recuerda que él espera que nosotros no peleemos, de modo que el tamaño de
nuestras fuerzas no le preocupan —El general sonrió. Era una diminuta y
sencilla sonrisa—. Y por supuesto, si nos ataca está amontonando infamia sobre
infamia. Los otros estados costeros tomarán nota.
—Entonces un cambio de planes —dijo Carnerocanalla—.
Ankh-Morpork puede esperar.
—Un movimiento inteligente, sire. Como siempre.
—¿Alguna noticia de mi pobre hermano?
—Me temo que no, sire.
—Tus alguaciles deben buscar mejor. El mundo observa,
Ashal.
—De acuerdo, señor.
—¿Sarge?
—Sí, Nobby.
—Dime otra vez de nuestras cualidades especiales.
—Cállate y sigue pedaleando, Nobby.
—Correcto, sarge.
Estaba bastante oscuro en el Bote. Una vela colgaba de
un soporte sobre la cabeza inclinada de Leonard de Quirm mientras movía dos
palancas. Las poleas y pequeñas cadenas traqueteaban alrededor de Nobby. Era
como estar dentro de una máquina de coser. Una bastante húmeda. La condensación
caía a gotas desde el techo en corriente continua.
Habían estado pedaleando por diez minutos. Leonard
había estado todo ese tiempo hablando excitado. Nobby tenía la impresión de que
no se entendía mucho. Hablaba de todo.
Estaban los tanques de aire, por ejemplo. Nobby estaba
feliz de aceptar que se podía presionar un poco el aire, y eso era lo que había
en los toneles ruidosos y forrados en acero que se sujetaban a los muros. Eso
era lo que le sucedía al aire después de llegar sorpresivamente.
—¡Burbujas! —dijo Leonard—. Otra vez delfines, ¿lo ve?
No nadan a través del agua, vuelan a través de una nube de burbujas. Eso es
mucho más fácil, por supuesto. Agrego un poco de jabón, lo que parece mejorar
el asunto.
—Él piensa que los delfines vuelan, sarge —susurró
Nobby.
—Sólo sigue pedaleando.
El Sargento Colon echó una mirada hacia atrás.
Lord Vetinari estaba sentado en una caja volcada cerca
de las resonantes cadenas, con varios esquemas de Leonard sobre sus rodillas.
—Continúe, sargento —dijo el Patricio.
—Correcto, señor.
El Bote se movía más rápido ahora que estaban lejos de
la ciudad. Había una luz salobre que se filtraba por las ventanas acristaladas.
—Señor Leonard —dijo Nobby.
—¿Sí?
—¿A dónde vamos?
—Su señoría desea ir a Leshp.
—Sí, pensé que sería algo como eso —dijo Nobby—. Yo
pensé: ‘¿Dónde quiero ir?’ Y la respuesta saltó en mi cabeza, justamente esa.
Sólo que yo no pienso que vayamos allí, y la razón es que en cinco minutos más
mis rodillas se van a romper...
—Oh, tenga mi palabra, no tendrá que pedalear todo el
camino —dijo Leonard—. ¿Para qué cree que es esa gran barra en la nariz?
—¿Ésa? —dijo Nobby—. Pensé que era para clavarla en la
barriga de los botes enemigos...
—¿Qué?
—Leonard dio una vuelta en su asiento, con el horror en su rostro—. ¿Hundir
barcos? ¿Hundir barcos? ¿Con la gente en ellos?
—Bueno... sí...
—Cabo Nobbs, creo que usted es un joven muy...
equivocado —dijo tieso Leonard—. ¿Usar el Bote para hundir barcos? ¡Eso sería
terrible! En cualquier caso, ¡ningún marinero soñaría con hacer algo tan
deshonroso!
—Lo siento...
—Esa barra, le diré, es para sujetarnos a los barcos
que pasan, como las rémoras, el pez ventosa que se pega a los tiburones. Unas
pocas vueltas es todo lo que se necesita para adherirnos firmemente.
—Entonces... ¿no podría pasar todo a través del casco?
—Solamente si es un joven demasiado descuidado y
extremadamente irreflexivo.
~ 0 ~
Las olas del océano tal no se pudieran arar, pero la
corteza del río Ankh, corriente abajo de la ciudad, era conocido que plantaba
pequeños arbustos en tiempo de verano. La Milka
se movió lentamente, dejando un surco detrás.
—¿No puede ir más rápido? —dijo Vimes.
—Claro, por cierto —dijo Jenkins de manera
desagradable—. ¿Dónde quiere que ponga el mástil extra?
—El barco es apenas un punto —dijo Zanahoria—. ¿Por
qué no estamos avanzando?
—Es un barco más grande, de modo que tiene lo que
llamamos técnicamente más vela —dijo Jenkins—. Y esas naves de Klatch tienen
cascos veloces. Y tenemos una bodega llena de...
Se detuvo, pero ya era demasiado tarde.
—¿Capitán Zanahoria? —dijo Vimes.
—¿Señor?
—Lanza todo por la borda —dijo Vimes.
—¡No las ballestas! Cada una cuesta más de cien
dólares...
Jenkins se detuvo. La expresión de Vimes le dijo, muy
claramente, que había una gran cantidad de cosas que se podían tirar del bote,
y que sería una buena idea no estar entre ellas.
—Vaya y tire algunas amarras, señor Jenkins —dijo.
Miró al capitán mientras desaparecía. Unos pocos
momentos después se escuchó un splash. Vimes miró por el costado y vio un cajón
cabecear un momento y hundirse. Y se sintió feliz. Cazador de ladrones, le
había dicho Herrumbre. El hombre lo había dicho como insulto, pero no lo era.
El robo era el único crimen donde el botín era el oro, la inocencia, la tierra
o la vida. Y para el cazador de ladrones allí estaba la persecución...
Se escucharon otros splash. Vimes sintió que el barco
aceleraba.
... la persecución. Porque la persecución era más
simple que la captura. Una vez que has capturado a alguien, la cosa se
complica, pero la persecución era pura y libre. Mucho mejor que seguir huellas
o leer anotaciones. Él huye, yo persigo. Simple.
El terrier de Vetinari, ¿eh?
—¡Bingeley-bingeley beep! —dijo su bolsillo.
—No me lo digas —dijo Vimes—. Es algo así como ‘Cinco
pe eme, En el Mar, ¿verdad?
—Er... no —dijo el Des-organizador—. Acá dice
‘Violenta Pelea con Lord Herrumbre’, Inserte-Nombre-Aquí.
—¿No se supone que me tienes que decir lo que voy a
hacer? —dijo Vimes abriendo la caja.
—Er... lo que tú deberías estar haciendo —dijo el
demonio, y parecía muy preocupado—. Lo que tú deberías estar haciendo. No lo
entiendo... er... algo parece estar mal...
Angua paró de tratar de quitarse el collar frotando un
mamparo. No estaba funcionando, y la presión de la plata contra su piel parecía
congelarla y abrasarla al mismo tiempo.
Aparte de eso, y un collar de plata en una mujer-lobo
era muy importante, había sido tratada bien. Le habían dejado un plato de
comida, un plato de madera, y había permitido que su parte lobo comiera
mientras la parte humana cerraba los ojos y controlaba la nariz. Había un
cuenco con agua, bastante fresca para los estándares de Ankh-Morpork. Al menos,
podía ver el fondo del cuenco.
Era difícil pensar cuando estaba bajo la forma de
lobo. Era como tratar de abrir una puerta, borracha. Era posible, pero debía
concentrarse en cada paso.
Se escuchó un sonido.
Sus oídos lo captaron.
Algo había golpeado una o dos veces el casco. Deseó
que fuera un arrecife. Eso significaba... posiblemente tierra... con algo de
suerte podría nadar hasta la costa...
Algo sonó clink. Había olvidado la cadena. Era
necesaria. Se sintió como un gatito.
Se escuchaba un ruido rítmico, como algo masticando la
madera.
Una diminuta punta de metal apareció a través del muro
justo delante de su nariz, y creció hasta una pulgada.
Y alguien habló. Sonó lejos y distorsionado, y
posiblemente sólo una mujer-lobo pudiera escucharlo, pero las palabras estaban
allí, en algún lugar debajo de sus patas.
—... ya puede
dejar de pedalear ahora, Cabo Nobbs.
—Estoy
reventado, sarge. ¿Hay algo de comer?
—Hay algo más de
esa salsa de ajos. O está el queso. O guisantes fríos.
—¿Estamos en una
lata sin aire y se supone que comamos queso? No haré ningún comentario sobre
los guisantes.
—Lo siento
mucho, caballeros. Las cosas estaban bastante apuradas y tuve que tomar comida
que se pudiera conservar.
—Pasa que esto
se está poniendo... muy concurrido, si entiende lo que quiero decir.
—Iré soltando la
cuerda tan pronto como oscurezca y podamos subir a la superficie a tomar aire.
—Apenas podamos
librarnos del aire que tenemos, es todo lo que digo...
Las cejas de Angua temblaban mientras trataba de
encontrarle sentido. Las voces eran conocidas. Aunque estaban confusas,
reconoció los tonos. La vaga sensación que se hacía camino a través de las
nieblas de intelecto animal era: amigos.
El diminuto centro de ella, el que no cambiaba, pensó:
buen Dios, lo siguiente será palmadas.
Apoyó la cabeza cerca de la punta.
—... el modo de
hacerlo, joven. ¡Empiezas con eso otra vez! ¡No puedo imaginar cómo alguien
podría pensar en eso!
Nombres. Algunas de esas voces tenían... nombres.
Pensar se estaba poniendo más difícil. Era la plata
que trabajaba. Pero si se detenía, ella podía olvidarse cómo volver a empezar.
Se quedó mirando fijo la punta de metal. La punta de
metal con bordes afilados.
La diminuta parte humana de ella se abrió camino en el
cerebro de lobo, tratando de hacerle comprender lo que era necesario hacer.
~ 0 ~
Era más de la medianoche.
El vigía se arrodilló en la cubierta delante de
71-horas Ahmed y tembló.
—Yo sé lo que vi, wali
—gimió—. ¡Y los otros también lo vieron! ¡Algo apareció detrás del barco y
comenzó a perseguirnos! ¡Un monstruo!
Ahmed miró al capitán, quien se encogió de hombros.
—¿Quién conoce lo que yace en el fondo del mar, wali?
—¡Respira! —gimió el marinero—. ¡Hubo un bramido de
una respiración con el hedor de miles de retretes! ¡Y entonces habló!
—¿De veras? —dijo Ahmed—. Eso no es común. ¿Qué dijo?
—¡No entendí! —el rostro del hombre, enloquecido, se
contrajo mientras trataba de recordar las palabras—. Sonó como... —tragó y
prosiguió—. ‘¡Por Dios, está mejor afuera
que adentro, sarge!’
Ahmed se le quedó mirando.
—¿Y eso qué significa para ti? —dijo.
—¡No lo sé, wali!
—No has estado mucho tiempo en Ankh-Morpork, ¿verdad?
—¡No, wali!
—Entonces, regresa a tu puesto.
El hombre se fue, tambaleante.
—Hemos perdido velocidad, wali —dijo el capitán.
—¿Tal vez el monstruo marino atrapó nuestra quilla?
—Te complace bromear, señor. ¿Pero quién sabe lo que
ha sido molestado cuando se levantó la nueva tierra?
—Debo verlo por mí mismo —dijo 71-horas Ahmed.
Caminó a lo largo del barco. Las aguas oscuras
chupaban y chapoteaban y dejaban un brillo fosforescente en los bordes de la
estela.
Miró un largo rato. Las personas que eran malas para
mirar no duraban mucho en el desierto, donde una sombra a la luz de la luna
podía ser sólo una sombra, o alguien ansioso de ayudarlo en su camino hacia el
paraíso. Los D’reg venían a través de varias sombras de la última creencia.
D’reg no era el nombre que usaban entre ellos, aunque
tendían a adoptarlo por orgullo. La palabra significaba enemigo. De todos. Y si no había nadie por allí, entonces de otros.
Si se concentraba, podía creer que había una forma más
oscura cerca de cien yardas detrás del barco, muy abajo en el agua. Las olas se
rompían donde no debían. Parecía que el barco estaba siendo perseguido por un
arrecife.
Bueno, bueno...
71-horas Ahmed no creía en super-esticiones. Él era
supersticioso, lo que lo colocaba dentro de una minoría entre los humanos. No
creía en las cosas que todos creían pero que nunca serían ciertas. Él creía, en
cambio, en las cosas que eran verdaderas y en las que nadie más creía. Hay
muchas sub-esticiones, que iban desde
‘Será mejor si no lo toco’, hasta ‘Algunas veces las cosas ocurren’.
Por lo común, él no se inclinaba a creer en monstruos
marinos, especialmente en los que hablaban el idioma de Ankh-Morpork, pero sí
creía que había un montón de cosas que no sabía.
A la distancia podía ver las luces de un barco.
Parecía que estuviera alcanzándoles.
Esto era mucho más preocupante.
En la oscuridad, 71-horas Ahmed miró por encima de su
hombro y sujetó el mango de su espada.
Por encima de él, el velamen se agitaba en el viento.
El Sargento Colon sabía que enfrentaba uno de los
momentos más peligrosos de su carrera.
No había nada que hacer. No tenía opciones.
—Er... si agrego esta E y esta O y esta I y esta T
—dijo con el sudor corriendo por sus mejillas rosadas—, puedo usar esa V para
hacer “evito”. Er... y eso me da, er, un... ¿cómo dijiste que se llaman esos
cuadros azules, Len?
—Cuadro de ‘Valor Triple de Letra’ —dijo Leonard de
Quirm.
—Bien hecho, sargento —dijo Lord Vetinari—. Creo que
eso te pone a la cabeza.
—Er... Ya lo creo, señor —dijo el Sargento Colon.
—De todos modos, veo que me has dejado usar mi I, N y
U, T, I, L —siguió el Patricio—, lo que por casualidad me pone en el cuadro de
‘Valor Triple de Palabra’, y me sospecho, que he ganado el juego.
El Sargento Colon se inclinó con alivio.
—Un juego importante, Leonard —dijo Vetinari—. ¿Cómo
dijiste que se llama?
—Lo llamo
‘Juego-Para-Hacer-Palabras-Con-Letras-Que-Se-Mezclan, milord.
—Ah, sí. Obviamente. Bien hecho.
—Huh, y tengo tres puntos —murmuró Nobby—. Había
palabras perfectas que no me has dejado poner.
—Estoy seguro que los caballeros no conocen esas
palabras —dijo Colon con severidad.
—Podría haber tenido diez puntos por esa X.
Leonard levantó la mirada.
—Extraño. Parece que nos hemos detenido...
Llegó hasta arriba y abrió la escotilla. El aire
húmedo de la noche se coló, y traía el sonido de voces, muy cerca, que hacían
eco como hacen las voces en el agua.
—Conversación salvaje Klatchiana —dijo Colon—. ¿De qué
están parloteando?
—‘¿Qué sobrino de camello cortó los aparejos?’ —dijo
Vetinari sin mirar arriba—. ‘No las cuerdas, mira esa vela... aquí, dame una
mano...’
—No sabía que hablaba Klatchiano, milord.
—Ni una palabra —dijo Lord Vetinari.
—Pero usted...
—No lo hablo —dijo Vetinari con calma.
—Ah... Bien...
—¿Dónde estamos, Leonard?
—Bueno, er, mis mapas están desactualizados, por
supuesto, pero si tiene la bondad de esperar hasta que se levante el sol, y que
haya inventado un dispositivo para ubicar la posición por referencia con el
sol, y diseñe un reloj con un satisfactorio funcionamiento...
—¿Dónde estamos ahora,
Leonard?
—Er... en medio del Mar Circular, sospecho.
—¿En el medio?
—Bastante cerca, diría. Mire, puedo medir la velocidad
del viento...
—¿Entonces Leshp debería estar en esta zona?
—Oh, sí, diría...
—Bien. Sácanos de este barco aparentemente detenido
mientras tenemos la cobertura de la oscuridad y en la mañana deseo ver esa
tierra de problemas. Mientras tanto, sugiero que todos nos pongamos a dormir.
El Sargento Colon no durmió mucho, esto fue, en parte,
porque fue despertado varias veces por el serruchar y golpear que venía desde
el frente del Bote, y en parte por el agua que seguía cayéndole en la cabeza,
pero principalmente porque la falta de actividad le obligaba a considerar su
posición.
Algunas veces cuando se despertaba veía al Patricio
inclinado sobre los dibujos de Leonard, una silueta siniestra a la luz de la
vela... leyendo, haciendo notas...
Estaba en compañía de un hombre que hasta el Gremio de
Asesinos temía, de otro que pasaría toda la noche despierto para inventar el
despertador que lo despertaría por la mañana, y de otro del que nunca se supo
que hubiese cambiado su ropa interior.
Y estaba en el mar.
Trató de ver el lado bueno. ¿Cuál era la razón
principal porque odiaba los botes? El hecho de que se hundían, ¿cierto? Pero
éste tenía el hundimiento desde el
principio. Y no tenía que ver las olas subiendo y bajando porque estaban por
encima.
Todo esto era lógico. No era tranquilizador.
Cuando se despertó en algún momento había voces
apagadas que provenían desde el otro extremo de la nave.
—... no lo
comprendo, milord. ¿Por qué ellos?
—Ellos hacen lo
que se les dice, tienden a creer lo último que escuchan, no son lo suficiente
brillantes para hacer preguntas, y tienen esa inquebrantable fidelidad hacia
los dotados con demasiada inteligencia.
—Lo supongo
también, milord.
—Hombres así son
valiosos, créeme.
El Sargento Colon se volvió y trató de ponerse cómodo.
No soy como esos pobres bastardos, pensó mientras se dejaba llevar por el sueño
en el sueño de la profundidad. Soy un hombre con cualidades especiales.
~ 0 ~
Vimes sacudió la cabeza. La luz de la nave Klatchiana
era apenas visible en la penumbra.
—¿Les estamos alcanzando? —dijo.
El Capitán Jenkins asintió.
—Deberíamos. Hay mucho mar entre nosotros.
—¿Hemos lanzado todo el exceso de peso por la borda?
—¡Sí! ¿Qué quiere que haga, que me afeite la barba?
El rostro de Zanahoria apareció por el borde de la
bodega.
—Todos los muchachos están acostados acá abajo, señor.
—Bien.
—Volveré en un par de horas, señor, si le parece bien.
—¿Perdón, capitán?
—Me iré a dormir, señor.
—Pero... pero... —Vimes movió su brazo hacia el
horizonte oscuro—, yo... ¡estamos en franca persecución de tu novia! Entre
otras cosas —agregó.
—Sí, señor.
—De modo que tú... quieres decir que puedes...
quieres... capitán, ¿intentas irte a tomar una siesta?
—Para estar fresco a la hora que los alcancemos. Sí,
señor. Si me paso toda la noche mirando hacia allá, preocupado, entonces
probablemente seré un inútil cuando les alcancemos, señor.
Tenía sentido. Realmente tenía sentido. Por supuesto
que tenía sentido. Vimes podía ver el sentido de todo eso. Zanahoria se había
sentado a pensar, realmente, en las cosas, con sensibilidad.
—Serás capaz de irte a dormir, ¿verdad? —dijo
débilmente.
—Oh, sí. Se lo debo a Angua.
—Oh. Bueno... entonces, buenas noches.
Zanahoria desapareció otra vez dentro de la bodega.
—Santo cielo —dijo Jenkins—. ¿Es real?
—Sí —dijo Vimes.
—Quiero decir... ¿se echaría usted una siesta si él
estuviera persiguiendo a su dama en ese barco?
Vimes no dijo nada.
Jenkins largó una risita.
—La verdad es que si fuera Lady Sybil, la línea de
flotación estaría más baja...
—Tú miras... el mar. No choques contra malditas
ballenas ni contra nada —dijo Vimes, y se alejó hacia un extremo.
«Zanahoria, pensó. Si no lo conocieras no lo
creerías...»
—¡Están deteniéndose, señor Vimes! —gritó Jenkins.
—¿Qué?
—Me he dado cuenta de que están deteniéndose, dije.
—Bien.
—Entonces, ¿qué haremos cuando les alcancemos?
—Er... —Vimes no había pensado en eso demasiado. Pero
recordó un dibujo muy malo que una vez vio en un libro de piratas.
—¿Nos lanzaremos hacia ellos con nuestros alfanjes
entre los dientes? —dijo.
—¿De veras? —dijo Jenkins—. Eso está bueno. No lo he
visto en años. En realidad, sólo lo vi una vez.
—¿Oh, sí?
—Sí, un muchacho vio esa idea en un libro y se lanzó
hacia los aparejos de otro barco con su alfanje, como usted dijo, entre los
dientes.
—¿Sí?
—Harry-Sin-Torso, escribimos sobre su ataúd.
—Oh.
—No sé si alguna vez vio un huevo cocido después de
tomar el cuchillo y cor...
—Está bien, ya veo el punto. ¿Qué sugieres?
—Grampas. No se pueden quitar. Se las clava en el otro
barco y se tira hacia acá.
—¿Y tú tienes grapas?
—Oh, sí, justamente vi algunas hoy.
—Bien. Entonces...
—Y si recuerdo bien —prosiguió Jenkins implacable—,
fue cuando su Sargento Detritos estaba tirando las cosas por la borda y dijo,
‘¿Qué haremos con estas cosas ganchudas, señor?’ y alguien, no recuerdo su
nombre en este momento, dijo, ‘Son peso muerto, tíralas’.
—¿Por qué no dijiste algo?
—Oh, bueno, no quise hacerlo —dijo Jenkins—. Lo
estaban haciendo tan bien.
—No me molestes con eso, capitán. O te apalearé con
acero.
—No, no hará eso, y le diré por qué. Primero, porque
cuando el Capitán Zanahoria dijo, ‘Estas cadenas, señor, ¿qué haremos con
ellas?’, usted dijo...
—Ahora me escuchas...
—... y segundo, no veo que sepa nada sobre barcos,
válgame el cielo. No apaleamos con acero, los ponemos en cadenas. ¿Sabe cómo
empalmar el brazo principal? Porque yo no. Y todo ese asunto de yohoho es para
ballenas, o lo sería, si usáramos palabras como ballena. ¿Sabe la diferencia
entre puerto y estribor? Yo no. Nunca he bebido estribor. ¡Tiembla mi madera!
—¿No es ‘Tiemblan mis maderas’?
—Me enfermaré —El Capitán Jenkins movió el timón—.
También, este viento es fuerte y yo y mi tripulación sabemos cómo tirar de las
cuerdas y hacer que el gran cuadrado de lona trabaje bien. Si sus hombres lo
intentaran pronto vería qué lejos está la tierra.
—¿Qué lejos está la tierra?
—Algo como treinta brazas, algo así.
La luz estaba notoriamente más cerca.
—¡Bingeley-bingeley beep!
—Santo cielo, ¿qué pasa ahora? —dijo Vimes.
—Ocho pe eme. Er... ¿Apenas Escapó de Ser Asesinado
por Espía de Klatch?
Vimes se quedó helado.
—¿Dónde? —dijo, mirando a su alrededor furioso.
—En la esquina de Calle Brewer y Camino Ancho —dijo la
pequeña voz cantarina.
—¡Pero yo no estoy allí!
—¿Qué sentido tiene anotar citas, entonces? ¿Qué
sentido tiene que haga el esfuerzo? Me dijiste que querías saber lo que
deberías hacer...
—Escucha, ¡no tienes una cita para ser asesinado!
El demonio se quedó en silencio un momento y dijo:
—¿Quieres decir que debería estar en tu lista de los
Por Hacer? —su voz temblaba.
—¿Quieres decir algo como: ‘Por Hacer: Morir’?
—Mira, ¡no está bien tomártelas conmigo porque tú no
estés en la línea temporal correcta!
—¿Qué demonios significa eso?
—Aha, ¡veo que no has leído el manual! Capítulo
XVII-2(c) dice claramente que permanecer en una realidad es de vital
importancia, de otro modo, el Principio de Incertidumbre dice...
—Olvida que pregunté, ¿de acuerdo?
Vimes miró a Jenkins y al barco distante.
—Lo haremos a mi manera, donde quiera que estemos
—dijo. Se acercó a la bodega y abrió una escotilla—. ¿Detritos?
Los marineros Klatchianos se afanaban con las lonas
mientras su capitán les gritaba.
71-horas Ahmed no gritaba. Solamente se estaba parado
con la espada en la mano, observando.
El capitán se acercó presuroso, temblando de temor y
sosteniendo un trozo de cuerda.
—¿Ves, wali?
—dijo—. ¡Alguien la cortó!
—¿Quién podría hacerlo? —dijo 71-horas tranquilo.
—No lo sé, pero cuando lo encuentre...
—Los perros están casi sobre nosotros —dijo Ahmed—.
Tus hombres deberán trabajar más rápido.
—¿Quién pudo haber hecho esto? —dijo el capitán—.
Usted estaba aquí, ¿cómo pudieron...?
Su mirada pasó veloz de la soga cortada a la espada.
—¿Hay algo que desees decir? —dijo Ahmed.
El capitán no estaba donde estaba por ser estúpido.
Miró a su alrededor.
—¡A levantar esas velas, amargados hijos de brujas!
—gritó.
—Bien —dijo 71-horas Ahmed.
~ 0 ~
La ballesta de Detritos era originalmente un arma de
sitio para tres hombres, pero tuvo que quitar el torno por estorbo innecesario.
La montaba a mano. Habitualmente, la simple visión del troll tirando de la
cuerda con un solo dedo era suficiente para hacer que los obstinados se
rindieran.
Miraba dudoso hacia la luz distante.
—E’ una oportunidad en un millón —dijo—. Tendría que
eztar máz zerca.
—Sólo dale por debajo de la línea de flotación para
que no puedan cortar la soga —dijo Vimes.
—Bueno. Bueno.
—¿Qué problema tiene, sargento?
—¿Eztamoz en direczión a Klatch, zí?
—Bueno, en esa dirección, sí.
—Zólo que... eztaré realmente eztúpido en Klatch, por
el calor, ¿lo zabe?
—Espero que los detengamos antes de que lleguen allí,
Detritos.
—No me entuziazma zer eztúpido. Yo zé lo que la gente
dize, eze troll Detritoz, pareze, pareze...
—... un emparedado de ladrillo —dijo Vimes mirando la
luz con fijeza.
—Correcto. Y zi lo ezcucho ze haze real, eztá muy
caliente zu dezierto...
El troll parecía tan abatido que Vimes se sintió
movido a darle una viva palmada en la espalda.
—Entonces, debemos detenerlos ahora, ¿verdad? —dijo
sacudiendo la mano para quitarse el hormigueo.
El otro barco estaba tan cerca que se podían ver los
marineros moviéndose sobre la cubierta. La vela principal se hinchaba a la luz
de las lámparas.
Detritos levantó el arco.
Una bola de luz verde azulada brilló en el extremo de
la flecha. El troll se la quedó mirando.
Entonces el fuego verde corrió bajando los mástiles y,
cuando golpeó la cubierta, se rompió en docenas de bolas verdes que rodaron,
estallando y chisporroteando, sobre las tablas.
—¿Eztán uzando magia? —dijo Detritos. Una llama verde
chisporroteó sobre su yelmo.
—¿Qué es eso, Jenkins? —dijo Vimes.
—No es magia, eso es peor que magia —dijo el capitán
corriendo hacia adelante—. ¡Muy bien, muchachos, a bajar esas velas!
—¡Las dejan donde están! —gritó Vimes.
—¿Sabe qué es eso?
—Ni ziquiera lo ziento caliente —dijo Detritos mirando
la llama sobre la ballesta.
—¡No lo toques! ¡No lo toques! ¡Es Fuego Ungulante,
eso es! ¡Quiere decir que vamos a morir en una espantosa tormenta!
Vimes miró hacia arriba. Las nubes cruzaban veloces...
No, se estaban volcando sobre el cielo en grandes olas retorcidas, como la
tinta volcada en el agua. Luces azules relampaguearon en algún lugar dentro de
ellas. Entonces el barco dio un bandazo.
—¡Mire, tenemos que bajar algunas velas! —gritó
Jenkins—. Es la única manera en que...
—¡Que nadie toque nada! —gritó Vimes. El fuego verde
pasó rozando el borde de las olas—. ¡Detritos, arresta a cualquier hombre que
toque algo!
—Correcto.
—Después de todo, queremos ir más rápido —dijo Vimes
sobre el zumbido y el rugido distante de un trueno.
Jenkins se quedó boquiabierto, mirándole, mientras el
barco se bamboleaba.
—¡Está loco! ¿Tiene idea de lo que sucede a un barco
que trata de...? Usted no tiene idea, ¿verdad? ¡Este clima no es normal! ¡Debe
salir de aquí con cuidado! ¡No puede tratar de correr delante de él!
Algo aterrizó suavemente sobre Detritos y se deslizó
hasta la cubierta, donde trató de escapar.
—¡Y ahora llueven pescados! —dijo Jenkins gimiendo.
Las nubes formaban un montón confuso y amarillo,
iluminadas constantemente por los relámpagos. Y hacía calor. Eso era lo más
extraño. El viento rugía como una bolsa llena de gatos y las olas se convertían
en muros a cada lado del barco, pero el aire parecía un horno.
—¡Mire, hasta los Klatchianos están arriando velas!
—gritó Jenkins bajo una lluvia de camarones.
—Bien. Así los atraparemos.
—¡Loco! ¡Ouch!
Algo duro cayó desde su sombrero, chocó la baranda y
rodó cerca del pie de Vimes.
Era un tornillo de bronce.
—Oh, no —gimió Jenkins, con los brazos sobre la
cabeza—. ¡Ahora, otra vez, las camas!
El capitán del barco Klatchiano no discutía cuando
estaba cerca de 71-horas Ahmed. Miró las velas hinchadas y calculó sus opciones
de paraíso.
—¡Tal vez el perro que soltó la vela nos hizo un
favor! —gritó sobre el rugido del viento.
Ahmed no dijo nada. Permanecía mirando hacia atrás. El
brillo ocasional de la tormenta eléctrica le mostraba el barco, envuelto en luz
verde.
Entonces miró el fuego frío que ardía detrás de sus
propios mástiles.
—¿Puedes ver esa luz en el borde de las llamas? —dijo.
—¿Milord?
—¿Puedes, hombre?
—Er... no...
—¡Claro que no puedes! Pero, ¿puedes ver donde la luz
no está?
El capitán le miró fijo y entonces miró con obediencia
aterrorizada. Y había algo donde la luz no estaba. Mientras las lenguas verdes
se movían en el viento parecían estar bordeadas con... negrura, tal vez, o un
agujero que se movía en el espacio.
—¡Es octarino! —gritó Ahmed, mientras otra ola cruzaba
la cubierta—. ¡Solamente los hechiceros lo pueden ver! ¡Hay magia en estas
tormentas! ¡Por eso el clima está tan malo!
El barco gimió en cada junta cuando las olas lo
volvieron a golpear.
—¡Estamos saliendo del agua! —lloró Jenkins—. ¡Vamos
de cresta en cresta!
—¡Bien! ¡No será tan movido! —gritó Vimes—.
¡Deberíamos recuperar la velocidad ahora que las camas han saltado por la
borda! ¿Llueven camas con frecuencia por aquí?
—¿Y qué piensa usted?
—¡No soy un marino!
—¡No, las lluvias de camas no suceden todos los días!
¡Ni tampoco los cubos de carbón! —agregó Jenkins mientras algo negro golpeaba
la baranda y corría por el costado—. ¡Solamente cae lo normal, ya sabe!
¡Lluvia! ¡Nieve! ¡Aguanieve! ¡Pescados!
Otra ráfaga sopló a través del barco bamboleante y la
cubierta se llenó de plata reluciente.
—¡Otra vez pescado! —gritó Vimes—. Eso está mejor,
¿verdad?
—¡No! ¡Es peor!
—¡Por qué!
Jenkins levantó una lata.
—¡Estas son sardinas!
El barco saltó a otra ola, crujió, y tomó vuelo otra
vez.
El frío fuego verde estaba por todos lados. Cada clavo
de la cubierta lanzaba una llama, cada soga, cada escalerilla, tenía su
reborde.
Y en Vimes creció la sensación de que estaba
manteniendo el barco entero. No estaba completamente seguro de que fuera una
luz. Se movía con determinación. Estallaba, pero no quemaba. Parecía como si se
estuviera divirtiendo.
El barco se apoyó. El agua cayó sobre Vimes.
—¡Capitán Jenkins!
—¿Sí?
—¿Por qué estamos jugando con esta rueda? ¡No parece
que el timón esté en el agua!
Lo dejaron pasar. Las palabras se confundieron por un
momento y se detuvieron cuando el fuego los envolvió.
Entonces llovió pastel.
La Guardia había tratado de ponerse cómoda en la
bodega pero había dificultades. No había ningún sector del piso que no se
convirtiera cada diez segundos en un sector de muro.
Por encima de todo, alguien roncaba.
—¿Cómo puede alguien dormir en esto? —dijo Reg Zapato.
—El Capitán Zanahoria puede —dijo Cheery. Estaba
usando el hacha contra algo.
Zanahoria se había acomodado en un rincón. De vez en
cuando murmuraba algo, y cambiaba de posición.
—Como un bebé. Me inquieta saber cómo lo consigue
—dijo Reg Zapato—. Por supuesto, en cualquier momento esta cosa se va al
demonio.
—Sí, pero ezo no debería preocuparte, ¿verdad? —dijo
Detritos—. ¿Acazo no eztás muerto ya?
—¿Y entonces? ¿Y si termino en el fondo del mar en
excremento de ballenas? Y será una larga caminata hasta casa, en la oscuridad.
Por no mencionar los problemas si un tiburón intenta comerme.
—Yo no tendré miedo. De acuerdo con el Testamento de
Mezerek, el pescador Nonpo pasó cuadro días en la barriga de un pez gigante
—dijo el Alguacil Visita.
El trueno sonó particularmente fuerte en el silencio.
—Vaya, ¿estamos hablando de milagros? —dijo Reg como
al pasar—. ¿O solamente un proceso digestivo lento?
—Te sería mejor empleado si consideras el estado de tu
alma inmortal en lugar de hacer bromas —dijo severamente el Alguacil Visita.
—Es el estado de mi cuerpo inmortal lo que me preocupa
—dijo Reg.
—Tengo aquí un folleto que les traerá un
considerable... —comenzó Visita.
—Vaya, ¿no es suficientemente malo estar metidos en un
bote que nos quieres salvar a todos?
El Alguacil Visita se salteó la introducción.
—Aha, sí, metafóricamente esto es...
—¿No tiene este barco un bote salvavidas? —dijo con
apuro Cheery—. Estoy segura de que vi uno cuando subí.
—Zip... bote zalvavidaz —dijo Detritos.
—¿Alguien quiere una sardina? —dijo Cheery—. He
logrado abrir una lata.
—Bote zalvavidaz —repitió Detritos. Se escuchaba como
alguien que explora una verdad desagradable—. ¿Como... una coza grande y pezada
que noz podría hazer máz lerdoz?
—Sí, yo lo vi, sé que lo hice —dijo Reg.
—Zip... había uno —dijo Detritos—. Ezo e’ un bote
zalvavidaz, ¿verdad?
—Por lo menos deberíamos ir hasta un lugar protegido y
soltar el ancla.
—Zip... ancla —murmuró Detritos—. Ezo e’ una coza con
un gancho, ¿verdad?
—Por supuesto.
—¿Coza pezada?
—¡Por supuesto!
—Correcto. Y... er... zi hubieze zido arrojada haze
tiempo porque e’ pesada, ezo no haría nada bueno ahora, ¿zí?
—Lo dudo —Reg Zapato miró a través de la escotilla. El
cielo era una sábana amarilla sucia, cruzada con fuego. Los truenos sonaban
continuamente.
—Me pregunto cuánto habrá bajado el barómetro —dijo.
—Todo lo que podía —dijo Detritos tristemente—. Puedez
confiar en mi palabra.
Estaba en la naturaleza de un D’reg abrir las puertas
con cuidado. Generalmente había un enemigo del otro lado. Tarde o temprano.
Vio el collar sobre el piso, al lado de un surtidor de
agua que goteaba desde el casco, y lanzó un juramento.
Ahmed esperó un momento, y empujó la puerta callado.
Ésta rebotó contra el muro.
—No trato de hacerte daño —dijo a la penumbra del
lugar—. Era mi intención, pero ahora que...
Ella deseó haber usado el lobo. No habría problemas
con el lobo. Ese era el problema. Podría ganar fácilmente, pero estaría
nerviosa y atemorizada. El humano podía quedarse fuera de eso. Un lobo no. Ella
haría las cosas mal, con pánico, al estilo animal.
Lo golpeó mientras caía desde arriba de la puerta,
saltó hacia atrás, cerró la puerta y giró la llave.
La espada salió entre las planchas como un cuchillo
caliente a través de la manteca.
No había espacio detrás de ella. Miró a su alrededor y
vio dos hombres que sostenían una red. La hubieran arrojado sobre un lobo. Lo
que no esperaban era una mujer desnuda. La aparición repentina de una mujer
desnuda siempre ocasiona que cualquiera vuelva a pensar en sus planes.
Los pateó duramente y corrió hacia la dirección
opuesta, abrió la primera puerta al azar y la cerró tras ella.
Era la cabina de los perros. Se lanzaron contra sus
pies, abrieron sus bocas... y las volvieron a cerrar. Una mujer-lobo puede
tener un poder considerable sobre los otros animales, sea la forma que tenga,
aunque es necesario un poder mayor para atemorizarlos y tratar de verse
incomible.
Los dejó atrás y tiró de uno de los colgantes sobre
una litera.
El hombre en la litera abrió los ojos. Era Klatchiano,
pálido de debilidad y dolor. Tenía anillos oscuros alrededor de los ojos.
—Ah —dijo—, parece que hubiese muerto y que estuviese
en el paraíso. ¿Eres una hourí?
—No puedo entender ese idioma, gracias —dijo Angua,
rasgando la seda en dos con manos prácticas.
Se daba cuenta de que tenía una leve ventaja sobre los
hombres-lobo en que una mujer desnuda provocaba menos quejas, aunque la parte
inferior causaba algunas presiones. Alguna clase de cobertura era esencial, por
modestia y para prevenir inconvenientes, y esa era la razón por la que hacer
ropa de cualquier cosa a la mano, era una habilidad natural de una mujer-lobo.
Angua se detuvo. Por supuesto, para los ojos no
entrenados todos los Klatchianos se parecían, pero también para una mujer-lobo
todos los humanos se parecía: Eran apetitosos. Ella había aprendido a
distinguir.
—¿Eres el Príncipe Khufurah?
—Lo soy ¿Y tú eres...?
La puerta se abrió de una patada. Angua brincó hacia
la ventana, y tiró a un lado la barra que sujetaba los cerrojos. El agua entró
en el camarote, empapándola, pero se las arregló para pasar y salir.
—¿Sólo de paso? —murmuró el Príncipe.
71-horas Ahmed llegó hasta la ventana y miró afuera.
Las olas verde azules bordeadas con fuego oscilaban mientras el barco avanzaba.
Nadie podía quedar a flote en un mar así.
Se volvió y miró a lo largo del casco donde Angua
estaba colgando de una soga.
Ella vio que él le guiñaba un ojo. Entonces se fue y
le escuchó decir:
—Debe haberse ahogado. ¡Regresen a sus puestos!
De pronto, sobre la cubierta, una escotilla se cerró.
El sol se levantó en un cielo sin nubes.
Un observador, si hubiese alguno allí afuera, habría
notado una ligera diferencia en la manera en que el oleaje se movía en este
diminuto trozo de mar.
Incluso se hubiera preguntado acerca del trozo de caño
doblado que giraba con un desmayado sonido.
Si hubiera podido colocar una oreja sobre él hubiera
escuchado lo siguiente:
—... idea mientras dormitaba. Un trozo de caño, dos
espejos en ángulo... ¡la solución a nuestros problemas de reemplazo de aire!
—Fascinante. Una
Cosa-Con-Caños-Por-Donde-Puedes-Respirar.
—Mi Dios, ¿cómo supo cómo se llama eso, milord?
—Una conjetura afortunada.
—... er, alguien ha rediseñado mi asiento de pedalear,
está cómodo...
—Ah, sí, alguacil, tomé algunas medidas mientras
estabas dormido y lo rehice para una mejor configuración anatómi...
—¿Tomaste medidas?
—Oh, sí, yo...
—¿Qué, de mis... regiones posteriores?
—Oh, por favor no te sientas afectado, la anatomía es
algo que me apasiona...
—¿Oh, sí? ¿Oh, sí? Bueno, para comenzar, puedes dejar
de apasionarte con la mía...
—¡Oigan, puedo ver algo como una isla!
El caño buscó alrededor.
—Ah, Leshp. Puedo ver personas. A los pedales,
caballeros. Exploremos el fondo del océano...
—Supongo que lo haremos, si él conduce...
—Cállate, Nobby.
El caño se deslizó hacia abajo entre las olas. Hubo
una pequeña estela de burbujas y una húmeda discusión acerca de quién era el
encargado de ponerle el corcho, y entonces el trozo de mar que había estado
vacío quedó un poco más vacío.
~ 0 ~
No había pescados.
En tiempos como éste, Sólido Jackson habría estado
preparado para comer Calamares Curiosos.
Pero el mar estaba vacío. Olía mal. Burbujeaba
suavemente. Sólido podía ver pequeñas burbujas que se rompían en la superficie
con olor a sulfuro y huevos podridos. Se preguntaba si el ascenso de la tierra
había removido montones de barro. Era bastante malo para el fondo de un
estanque, con esos sapos, bichos y cosas, pero esto era el mar.
Trató de revertir ese tren de pensamiento, pero seguía
surgiendo de la profundidad como... como...
¿Por qué no había pescados? Oh, hubo una tormenta la
noche anterior, pero generalmente se obtiene mejor pesca en esa zona después de
una tormenta porque... remueve...
La balsa osciló.
Estaba comenzando a pensar que sería buena idea volver
a casa, pero eso significaría dejarles la tierra a los Klatchianos, y eso sería
sobre su cadáver.
Esa voz interior traidora le dijo: Era curioso, pero
nunca encontraron el cuerpo del señor Hong. Al menos no las partes más
importantes.
—Yo pienso, pienso, pienso que debería regresar ahora
—le dijo a su hijo.
—Oh, Pá —dijo Les—. ¿Otra cena de algas y lapas?
—Las algas no tienen nada de malo —dijo Jackson—.
Están llenas de nutrientes... las algas. Tienen hierro. Es bueno para ti, el
hierro.
—¿Por qué no cocinamos el ancla, entonces?
—No hay ninguna que te alcance, hijo.
—Los Klatchianos tienen pan —dijo Les—. Traen harina
con ellos. Y tienen un fuego de leña —Éste era un punto doloroso para Jackson.
Sus esfuerzos de hacer de las algas un combustible no habían tenido éxito.
—Sí. Pero no te gustará su pan —dijo Jackson—. Es
plano y no tiene la corteza apropiada.
Una brisa sopló el aroma de pan horneado sobre el
agua. Y un dejo de especias.
—¡Están horneando pan! ¡En nuestra propiedad!
—Bueno, ellos dicen que es de ellos...
Jackson agarró el trozo de tabla rota que usaba como
remo y comenzó a remar furioso hacia la costa. El hecho de que solamente
pudiera mover la balsa en círculos aumentaba su furia.
—Ellos se mueven cerca de nosotros y todo lo que
tenemos es el aroma de comida extranjera...
—¿Por qué estás babeando, Pá?
—Y cómo consiguieron madera, ¿puedo preguntar?
—Pienso que la corriente lleva madera flotante a su
lado de la isla, Pá...
—¿Ves? ¡Están robando nuestra madera flotante!
¡Nuestra maldita madera flotante! ¡Hah! Bueno. Lo que...
—Pero yo pensaba que los trozos que estaban allí eran
de ellos, y...
Jackson finalmente recordó cómo hacer avanzar la balsa
con un solo remo.
—Eso no fue un acuerdo —dijo, haciendo espuma mientras
el remo iba adelante y atrás—, fue solamente... un arreglo. No es como si ellos
hubieran creado la madera flotante. Solamente apareció. Un accidente
geográfico. Es un recurso natural, ¿verdad? No le pertenece a nadie...
La balsa golpeó algo que hizo un sonido metálico. Pero
aún faltaban cientos de yardas hasta las rocas.
Algo más, largo y doblado en el extremo, se levantó
con un quejido. Giró alrededor hasta que apuntó a Jackson.
—Perdone —dijo, con una voz pequeña y educada—, pero
esto es Leshp, ¿verdad?
Jackson hizo un ruido con la garganta.
—Es que —prosiguió la voz—, el agua está un poco
turbia y debo haber tomado el camino equivocado en los últimos veinte minutos.
—¡Leshp! —gritó Jackson. Con la voz antinaturalmente
aguda.
—Ah, bien. Muchas gracias. Que tenga usted un buen
día.
El apéndice se hundió lentamente en mar otra vez. El
último sonido que llegó, eructado a la superficie en una nube de burbujas, fue,
‘... no te olvides de ponerle el tapón... Otra
vez lo olvid...’
Las burbujas se detuvieron.
Después de un rato, Les dijo:
—Pá, ¿eso era...?
—¡No era nada! —soltó el padre—. ¡Esa clase de cosas
no sucede!
La balsa se lanzó hacia adelante. Se podrían haber
atado unos esquíes detrás.
~ 0 ~
Otra cosa importante del Bote, pensó el Sargento Colon
melancólico mientras se deslizaban otra vez hacia la penumbra azul, era que no
se podía achicar la sentina. Era la
sentina.
Estaba pedaleando con los pies en el agua y sufría al
mismo tiempo claustrofobia y agorafobia. Tenía miedo de todo aquí dentro y de
todo allí afuera, al mismo tiempo. Además, había cosas desagradables allí
afuera, que pasaban mientras el bote se movía por el muro de piedra. Se movían
antenas. Había quijadas. Cosas se escondían entre las algas ondulantes. Almejas
gigantes miraban al Sargento Colon a través de sus labios.
El Bote crujió.
—Sarge —dijo Nobby que miraba las maravillas de la
profundidad.
—¿Sí, Nobby?
—¿Sabes que dicen que cada parte de tu cuerpo es
reemplazado cada siete años?
—Un hecho bien conocido —dijo el Sargento Colon.
—Correcto. Entonces... tengo un tatuaje en mi brazo,
¿verdad? Lo hice hace ocho años. Entonces... ¿cómo es que aún está allí?
Algas gigantes movieron la penumbra.
—Un punto interesante —dijo tembloroso Colon—. Er...
—Quiero decir, está bien, trocitos nuevos de piel
aparecen, pero eso significa que toda debería estar rosada y nueva ahora.
Pasó velozmente un pez con la nariz como una sierra.
En medio de todos sus otros temores el Sargento Colon
trataba de pensar rápido.
—Lo que sucede —dijo—, es que todos los trocitos de
piel azul son reemplazados por otros de
piel azul. Que proviene de los tatuajes de otras personas.
—Entonces... ¿ahora tengo los tatuajes de otras
personas?
—Er... sí.
—Asombroso. Porque todavía se parece al mío. Tiene los
puñales cruzados y ‘WUM’.
—¿Wum?
—Tenía que ser ‘Mum’ pero me desmayé y Aguja Ned no se
dio cuenta de que yo estaba al revés.
—Pensé que él debía notar que...
—Él estaba borracho. Vamos, sarge, sabes que no es un
tatuaje apropiado a menos que nadie pueda recordar cómo llegó allí.
Leonard y el Patricio estaban mirando el panorama
desde el submarino.
—¿Qué están buscando? —dijo Colon.
—Leonard sigue hablando sobre jeroglíficos —dijo
Nobby—. ¿Qué son, sarge?
Colon dudó, pero no por mucho tiempo.
—Una clase de molusco, cabo.
—Vaya, sabes de todo, sarge —dijo admirado Nobby—. Eso
es lo que son los jeroglíficos, ¿sí? Entonces, si vamos más profundo, ¿serán
bajo-glíficos?
Había algo ligeramente desconcertante en la sonrisa de
Nobby. El Sargento Colon decidió jugarse.
—No seas tonto, Nobby. ‘Bajo-glíficos en cuando vas
más abajo’. Oh, caramba.
—Lo siento, sarge.
—Todos saben que no hay bajo-glíficos en estas aguas.
Un par de Calamares Curiosos les miraron, curiosos.
El barco de Jenkins flotaba destrozado.
Algunas velas estaban hechas harapos. Los aparejos y
otras cuerdas, de las cuales Vimes se rehusó a conocer los nombres náuticos,
cubrían la cubierta y colgaban en el agua.
Alguna vela que quedaba los movía en la brisa.
En el tope del mástil un vigía puso las manos
alrededor de la boca y se inclinó hacia abajo.
—¡Tierra a la vista!
—Hasta yo la puedo ver —dijo Vimes—. ¿Por qué tiene
que gritar?
—Es de suerte —dijo Jenkins. Aguzó la vista hacia el
punto.
—Pero su amigo no se dirige a Gebra. ¿Me pregunto a
dónde va?
Vimes miró hacia el pálido bulto sobre el horizonte, y
después hacia Zanahoria.
—La recuperaremos, no te preocupes —dijo.
—Realmente no me estaba preocupando, señor. De todos
modos, estoy interesado —dijo Zanahoria.
—Er... bien... —Vimes movió sus brazos desamparado—.
Er... ¿están todos bien? Están de buen ánimo, ¿verdad?
—Ayudaría a que la moral no bajase el que usted diga
unas palabras, señor.
El monstruoso regimiento de guardias se había alineado
sobre la cubierta, parpadeando bajo la luz del sol. Mi Dios. Los tenía
reunidos. Una enana, un humano que había sido educado como enano y pensaba como
un manual de etiqueta, un zombi, un troll, yo y, oh no, un fanático
religioso...
El Alguacil Visita saludó.
—Permiso para hablar, señor.
—Adelante —murmuró Vimes.
—Me complace decirle, señor, que nuestra misión está
claramente aprobada por el cielo, señor. Me refiero a la lluvia de sardinas que
nos ha dado sustento en extremidad, señor.
—Teníamos un poco de hambre, pero no diría en
extremi...
—Con su respeto, señor —dijo con firmeza el Alguacil
Visita—, el patrón está establecido con firmeza, señor. Sí, lo está. Cuando los
Sykoolites eran perseguidos por las fuerzas de los Offlerian Mitolites, señor,
fueron sustentados por una lluvia celestial de bizcochos, señor. De chocolate,
señor.
—Un fenómeno perfectamente normal —murmuró el Alguacil
Zapato—, probablemente levantados por el viento al pasar por una pastelería...
Visita lo miró y prosiguió:
—Y los Murmurian, cuando fueron arrojados a las
montañas por las tribus de Miskmik no hubieran sobrevivido sin la mágica lluvia
de elefantes, señor...
—¿Elefantes?
—Bueno, un elefante, señor —aclaró Visita—. Pero
salpicó.
—Un fenómeno perfectamente normal —dijo el Alguacil
Zapato—. Probablemente un elefante fue levantado por un...
—Y cuando estaban sedientas en el desierto, señor, las
Cuatro Tribus de Khanli fueron socorridas por una repentina lluvia de lluvia,
señor.
—¿Una lluvia de lluvia? —dijo Vimes completamente
hipnotizado por la absoluta convicción de Visita.
—Un fenómeno perfectamente normal —dijo burlón Reg
Zapato—. Probablemente el agua se evaporó del océano, la llevó el viento por el
cielo, se condensó en nubes cuando entró en el aire frío y se precipitó... —Se
detuvo, y prosiguió irritado—. De todos modos, no lo creo.
—Entonces... ¿qué deidad en particular es en nuestro
caso? —dijo Vimes esperanzado.
—Lo informaré tan pronto como esté seguro, señor.
—Er... muy bien, alguacil.
Vimes retrocedió un paso.
—No pretendo decir que esto será fácil, hombres
—dijo—. Pero nuestra misión es llegar hasta Angua y al bastardo Ahmed, y
patearlo hasta lograr que diga la verdad. Desafortunadamente esto significa que
lo seguiremos a través de su propio país, con el que estamos en guerra. Pondrán
algunas barreras en nuestro camino. Pero no permitiremos que la posibilidad de
ser torturados hasta la muerte nos detenga, ¿eh?
—La fortuna favorece a los bravos, señor —dijo alegre
Zanahoria.
—Bien. Bien. Me alegra escuchar eso, capitán. ¿Está su
posición bien armada, y sus tropas suficientemente preparadas y con exceso?
—Oh, nadie ha escuchado jamás que la Fortuna les haya
favorecido, señor.
—De acuerdo con el general Tacticus, es porque se
favorecen a sí mismos —dijo Vimes. Abrió el maltratado libro. Tenía marcas
hechas con trozos de papel y de cuerda—. De hecho, hombres, el general tiene
algo que decir sobre estar escasos de soldados, de armas, y de posición. Es...
—volvió la página—. ‘No presente batalla’.
—Suena como un hombre inteligente —dijo Jenkins y
señaló el horizonte amarillo—. ¿Ve todo eso en el aire? —dijo—. ¿Qué cree que
es?
—¿Niebla? —dijo Vimes.
—Hah, sí. ¡Niebla Klatchiana! ¡Es una tormenta de
arena! La arena sopla todo el tiempo. Cosa extraña. Si quiere afilar su espada,
sosténgala en el aire.
—Oh.
—Y sucede que de otra manera usted vería el Monte
Gebra. Y debajo está lo que ellos llaman el Puño de Gebra. Es una ciudad, pero
hay un maldito fuerte con muros de treinta pies de espesor. En sí mismo es como
una pequeña ciudad. Tiene habitaciones para miles de hombres armados, elefantes
y camellos de guerra, todo. Y si hubiera visto eso, me pediría que regrese ya
mismo. ¿Qué tiene su famoso general que decir a esto?
—Creo que vi algo —dijo Vimes. Buscó otra página—. Ah,
sí, dice, ‘Después de la primera batalla
en Sto Lat, formulé una política que me sirvió en las otras batallas. Es ésta:
si el enemigo tiene una fortaleza inexpugnable, trata de que se quede allí’.
—Eso es mucha
ayuda —dijo Jenkins.
Vimes deslizó el libro en un bolsillo.
—Entonces, Alguacil Visita, tenemos un dios de nuestro
lado, ¿verdad?
—Por cierto, señor.
—Pero probablemente hay otro de su lado también, ¿sí?
—Muy posible, señor. Hay dioses en todos lados.
—Entonces, roguemos que el de ellos pierda el
equilibrio.
El bote de la nave Klatchiana tocó el agua con el más
suave de los chapoteos. Era porque 71-horas Ahmed estaba en el aparejo con la
espada en la mano, lo que hacía que los hombres que bajaban el bote se tomaran
su tarea más en serio.
—Cuando no hayamos ido, puedes llevar el barco a Gebra
—le dijo al capitán.
—¿Que debo decirles, wali? —preguntó tembloroso.
—Diles la verdad... en todo caso. El comandante de la
guarnición es un hombre sin modales y te torturará un poco. Guarda la verdad
hasta que puedas. Eso lo hará feliz. Te ayudará a decir que yo te obligué.
—Oh, lo haré. Lo haré... diré esa mentira —agregó
rápido el capitán.
Ahmed asintió, se deslizó por la cuerda hasta el bote
y lo soltó.
La tripulación le miró remar en la superficie.
No era una buena playa. Era una costa de naufragios.
Esqueletos de barcos destrozados aparecían en la arena. Huesos, maderas y algas
blanqueadas se amontonaban en la línea de la última marea. Y más allá, se
alzaban las dunas del verdadero desierto. Incluso aquí abajo la arena molestaba
los ojos y hacía rechinar los dientes.
—Hay muerte sobre aquella playa —dijo el primer
marinero, mirando sobre la baranda y tratando de limpiar los ojos con
parpadeos.
—Sí —dijo el capitán—. Está apenas sales del bote —La
figura de la playa tiró de la otra, yaciente, del bote y la arrastró fuera del
alcance de las olas. El marinero levantó el arco.
—Puedo matarlo desde aquí, amo. Di la palabra.
—¿Cómo puedes estar seguro? Porque es mejor que estés
realmente seguro. Primero, si no le aciertas te mueres, y segundo, si le
aciertas te mueres. Mira allí.
Sobre las altas dunas a la distancia, oscuras contra
el cielo lleno de arena, había figuras montadas. El marinero soltó el arco.
—¿Cómo supieron que estábamos aquí?
—Oh, ellos observan el mar —dijo el capitán—. A los
D’reg les gustas los naufragios más que a ningún otro. Más, de hecho. Mucho
más.
Mientras se alejaban de la baranda algo saltó del
casco y se metió en el agua con apenas un chapoteo.
~ 0 ~
Detritos trataba de esconderse a la sombra, pero no
había mucha por allí. El calor venía del alto desierto adelante como una
antorcha.
—Me voy a enfermar —murmuró.
Un grito bajó desde el vigía.
—Dice que alguien está trepando las dunas —dijo
Zanahoria—. Que lleva a alguien, dice.
—Er... ¿femenino?
—Mire, señor, yo conozco a Angua. Ella no es del tipo
común. No se queda parada y llorando por ayuda. Ella hace que las otras
personas lo hagan.
—Bueno... si estás seguro... —Vimes se volvió hacia
Jenkins—. Ya no se moleste en perseguir el barco, capitán. Siga en dirección a
la costa.
—Yo no trabajo así, señor. Por un lado, esa es una
maldita costa de problemas, con el viento siempre en contra, y tiene corrientes
muy desagradables. Muchos marineros incautos han dejado sus huesos a blanquear
en esas arenas. No, nos quedaremos a una poca distancia y usted puede bajar
el... bueno, si es que tenemos un bote en algún lugar, lo puede bajar... y
nosotros bajaremos el ancla, oh no, digo, era demasiado pesada, y ahora...
—Siga derecho —dijo Vimes.
—Nos matarán a todos.
—Piensa que es el menor de dos males.
—¿Cuál es el otro?
Vimes levantó su espada.
—Yo.
El Bote seguía a través de las misteriosas
profundidades del océano. Leonard pasaba gran parte del tiempo mirando fuera de
las diminutas ventanas, particularmente interesado en trozos de algas que al
Sargento Colon le parecían trozos de algas.
—¿Nota las hebras finas de la Etoliated Bladderwrack
de Dropley? —dijo Leonard—. Es la cosa marrón. Con un crecimiento maravilloso,
por supuesto, que es significativo.
—¿Podrías creer por un momento que he descuidado mis
estudios de algas en los años recientes? —dijo el Patricio.
—¿De veras? Oh, usted se lo pierde, se lo aseguro. El
punto es, por supuesto, que la Etoliated Bladderwrack nunca ha sido hallada con
un crecimiento superior a las treinta brazas, y tiene sólo diez aquí.
—Ah —El Patricio pasó por un bloc de dibujos de
Leonard—. Y los jeroglíficos... como un alfabeto de signos y colores. Colores,
como idioma, era una idea fascinante...
—Un intensificador emocional —dijo Leonard—. Pero, por
supuesto, nosotros los usamos. Rojo para peligro y todo eso. Aunque nunca tuve
éxito en traducirlo.
—Colores como un idioma —murmuró Lord Vetinari.
El Sargento Colon se aclaró la garganta.
—Conozco algo sobre algas, señor.
—¿Sí, sargento?
—¡Sísseñor! Si está mojada, señor, quiere decir que va
a llover.
—Bien hecho, sargento —dijo Lord Vetinari, sin volver
la cabeza—. Creo que es muy posible que nunca olvide que usted me lo dijo.
El Sargento Colon resplandecía. Había hecho Una
Contribución.
Nobby le dio un codazo.
—¿Qué estamos haciendo acá abajo, sarge? Quiero decir,
¿de qué se trata todo? Mirando todo, observando marcas raras sobre las rocas,
entrando y saliendo de cuevas... y el olor... bueno...
—No me mires a mí —dijo el Sargento Colon.
—Huele como... azufre...
Pequeñas burbujas pasaron por la ventana.
—También apestaba en la superficie —siguió Nobby.
—Casi terminamos, caballeros —dijo Lord Vetinari,
dejando los papeles a un lado—. Una última pequeña aventura y podremos ir a la
superficie. Muy bien, Leonard... llévanos abajo.
—Er... ¿no estamos ya abajo, señor? —dijo Colon.
—Sólo debajo del mar, sargento.
—Ah. Bien —Colon le dio a esto la debida
consideración— Entonces, ¿hay algo más de lo que estar debajo, señor?
—Sí, sargento. Estamos yendo debajo de la tierra.
~ 0 ~
La playa estaba mucho más cerca ahora. Los guardias no
entendían por qué los marineros se alejaban hacia el extremo romo del barco, y
se colgaban de todo peso ligero y trepaban sobre cualquier objeto que pudiese
flotar, y que podían encontrar.
—Parece que estamos bastante cerca —dijo Vimes—. Bien,
detente aquí.
—¿Detenerme aquí? ¿Cómo?
—No me preguntes, yo no soy un marinero. ¿No hay
alguna clase de frenos?
Jenkins se le quedó mirando.
—Usted... ¡usted ballena!
—¡Pensé que nunca usabas esa palabra!
—¡Nunca antes me encontré uno como usted! Incluso debe
pensar que los arcos se toman...
Y fue, como la tripulación acordó más tarde, el más
extraño desembarco en la historia de la mala marinería. La pendiente de la
playa podía estar bien, y la marea también, porque el barco solamente llegó y
navegó por ella, levantándose del agua como si la quilla se clavara a sí misma
en la arena. Finalmente, la fuerza del viento, agua, empuje y fricción,
llegaron al punto marcado como ‘caer lentamente’.
Así fue, y se ganó el título de ‘el naufragio más
gracioso del mundo’.
—Bueno, podría haber sido peor —dijo Vimes cuando los
ruidos de astillas terminaron.
Se soltó de un enredo de lonas y se ajustó el yelmo
con todo el aplomo que podía mostrar.
Escuchó un gruñido desde la bodega.
—¿Erez tú, Cheery?
—Sí, Detritos.
—¿Ezte zoy yo?
—¡No!
—Lo ziento.
Zanahoria se hizo camino por la cubierta inclinada y
saltó a la arena mojada. Saludó.
—Todos presentes y ligeramente magullados, señor.
¿Instalaremos una cabeza de playa?
—¿Una qué?
—Tenemos que cavar, señor.
Vimes miró a ambos lados de la playa, si esa palabra
tan festiva podía aplicarse a un lugar tan abandonado. Era en realidad un borde
de la tierra. Nada se movía excepto la bruma caliente y, a la distancia, dos
carroñeros.
—¿Para qué?
—Para establecer una posición defensiva. Es una de las
cosas que hacen los soldados, señor.
Vimes miró a los pájaros. Se aproximaban con esa clase
de deslizamiento lateral, listos para moverse tan pronto como alguien estuvo
muerto un par de días. Entonces hojeó el Tacticus hasta que las palabras
‘cabeza de playa’ pasaron frente a sus ojos.
—Acá dice, ‘Si quiere que sus hombres pierdan el
tiempo empuñando una pala, aliéntelos a ser granjeros’ —dice—. De modo que creo
que seguiremos. No puede estar muy lejos. Regresaremos pronto.
Jenkins salía del agua. No se veía enojado. Era un
hombre que había pasado los fuegos de la furia y estaba en una especie de
pacífica bahía más allá. Señaló con un dedo tembloroso su destrozado barco y
dijo:
—¿Muh...?
—Muy buena forma, si consideras todas las cosas —dijo
Vimes.
—¿Muh...?
—Estoy seguro que tú y tus marineros salados serán
capaces de hacerlo flotar otra vez.
—Muh...
Jenkins y su naufragada tripulación miraron al
regimiento mientras resbalaban y se quejaban camino arriba del costado de la
duna. La tripulación se agrupó y echaron suertes, y el cocinero, que siempre
tenía mala suerte, se aproximó al capitán.
—No se preocupe, capitán —dijo—, probablemente
podremos encontrar algunas tablas de madera en buen estado y en pocos días de
trabajo con el aparejo podremos...
—Muh.
—Pero... es mejor que comencemos porque ellos dicen
que no van a durar...
—¡No regresarán! —dijo el capitán—. ¡El agua que
tienen no les durará ni un día allí! ¡No tienen buena velocidad! ¡Y una vez que
están fuera de la vista del mar se perderán!
—¡Bien!
Les tomó una hora llegar a la cima de la duna. La
arena había sido marcada pero, aún cuando Vimes la miraba, el viento levantaba
las partículas y borraba las huellas.
—Huellas de camellos —dijo Vimes—. Bien, los camellos
no viajan rápido. Veamos...
—Creo que Detritos está teniendo verdaderos problemas,
señor —dijo Zanahoria.
El troll estaba parado con los nudillos sobre el piso.
El motor de su yelmo refrigerante sonó áspero en el aire seco, y se detuvo
mientras el mecanismo se llenaba de arena.
—Me ziento enfermo —murmuró—. Me duele el zerebro.
—Rápido, sostengan el escudo sobre su cabeza —dijo
Vimes—. ¡Denle sombra!
—Nunca lo va a lograr, señor —dijo Zanahoria—. Envíelo
de regreso al barco.
—¡Lo necesitamos! ¡Rápido, Cheery, dale aire con tu
hacha!
En ese punto, la arena se puso de pie y empuñó cien
espadas.
—¡Bingeley-bingeley beep! —dijo una alegre voz aunque
algo amortiguada—. Once a eme, Cortarse El Cabello... er... ¿está bien?
~ 0 ~
No era grande, pero trozos de edificios derrumbados se
habían amontonado de tal manera que formaban una cisterna y la lluvia la había
medio llenado.
Sólido Jackson palmeó la espalda de su hijo.
—¡Agua fresca! ¡Por fin! —dijo—. Bien hecho, muchacho.
—Verás, estaba mirando todas esas cosas pintadas, Pá,
y entonces...
—Sí, pinturas de pulpos y toda esas cosas pintadas
—dijo Jackson—, ¡Hah! ¡La pelota está en otro lado ahora, sin dudas! Es agua de
nuestro lado de la isla, y me gustaría ver a esos cabrones grasientos quejarse
ahora. ¡Déjales su maldita madera flotante y que saquen agua de los pescados!
—Sí, Pá —dijo Les—. Y podemos comerciar algo de agua
por madera y harina, ¿sí?
Su padre movió la mano con precaución.
—Tal vez —dijo—. Aunque no es necesario apresurar las
cosas. Estamos muy cerca de encontrar el alga que pueda arder. Quiero decir,
¿cuáles son nuestros objetivos a largo plazo?
—¿Cocinar los alimentos y mantenernos calientes? —dijo
Les esperanzado.
—Bueno, inicialmente —dijo Jackson—. Es obvio. Pero ya
sabes lo que dicen, muchacho. ‘Dale a un hombre un fuego y se calentará un día,
pero préndele fuego y arderá por el resto de su vida’. ¿Ves mi punto?
—No creo que sea eso lo que realmente dice el dicho...
—Quiero decir, podemos estar aquí viviendo de agua y
pescado crudo por... bueno, prácticamente para siempre. Pero esos no pueden
seguir sin agua fresca mucho más tiempo. ¿Lo ves? Entonces vendrán a rogarnos,
¿cierto? Entonces negociaremos en
nuestros términos, ¿eh?
Puso un brazo sobre los hombros de su renuente hijo y
señaló con el brazo el panorama.
—Quiero decir, comencé con nada, hijo, excepto un
viejo bote que tu abuelo me dejó, pero...
—... trabajaste y peleaste —dijo Les con cansancio.
—... trabajé y peleé...
—... y siempre mantuviste tu cabeza fuera del agua...
—... cierto, y siempre mantuve mi cabeza fuera del
agua...
—Y siempre quisiste dejarme algo que... ¡Ow!
—¡Deja de burlarte de tu padre! —dijo Jackson—. De lo
contrario te tiraré de la otra oreja. Mira, ¿ves esta tierra? ¿La ves?
—La veo, Pá.
—Es una tierra
de oportunidades.
—Pero no tiene agua fresca y todo el suelo está lleno
de sal, Pá, y ¡huele mal!
—Es el olor de la libertad, eso es.
—Huele como si alguien se hubiese tirado un pedo,
Pá... ¡Ow!
—¡Algunas veces, es lo mismo! ¡Y es en tu futuro en
que estoy pensando, muchacho!
Les miró los acres de algas en descomposición delante
de él.
Él estaba aprendiendo a ser pescador como su padre
aquí delante porque esa era la manera en que la familia siempre lo había hecho,
y estaba bien dotado para discutir, aunque realmente quería ser un pintor como
nadie en la familia nunca antes había sido. Notaba cosas, y le preocupaban
aunque ni siquiera podía decir por qué.
Pero los edificios no se veían bien. Aquí y allá había
trozos definidos de, bueno, arquitectura, como los pilares Morporkianos, y
restos de arcos Klatchianos, pero habían sido agregados a edificios que se
veían como si algunas personas torpes hubiesen apilado rocas unas sobre otras.
Y entonces en otros lugares los trozos habían sido amontonados al tope de
antiguos muros de ladrillo y sobre pisos embaldosados. No podía imaginar quién
había colocado esas baldosas, pero formaban figuras de pulpos.
Una idea estaba invadiéndole, y era que la discusión
sobre quién era, Morporkianos o Klatchianos, el dueño de este antiguo trozo de
fondo de mar, no tenía sentido.
—Er... Estoy pensando en mi futuro también, Pá —dijo—.
Realmente lo estoy.
Lejos y por debajo de los pies de Sólido Jackson, el
Bote subió a la superficie. El Sargento Colon alcanzó automáticamente el
aparato que sostenía la tapa.
—¡No la abra, sargento! —gritó Leonard, levantándose
de su asiento.
—El aire se está poniendo un poco pesado, señor...
—Afuera está peor.
—¿Peor que aquí adentro?
—Estoy casi seguro.
—¡Pero si estamos en la superficie!
—Una superficie, sargento —dijo Lord Vetinari. Detrás
de él, Nobby destrabó el dispositivo de mirar y espió.
—¿Estamos en una cueva? —dijo Colon.
—Er... sarge... —dijo Nobby.
—¡Fundamental! Bien deducido —dijo Lord Vetinari—. Sí.
Una cueva. Podría decirlo.
—Er... ¿sarge? —dijo Nobby otra vez, codeando a
Colon—. ¡No es una cueva, sarge! ¡Es más grande que una cueva, sarge!
—¿Qué quieres decir... una caverna?
—¡Más grande!
—¿Más grande que una caverna? ¿Como una... gran
caverna?
—Sí, eso diría —dijo Nobby quitando el ojo del
dispositivo—. Eche un vistazo, sarge.
El Sargento Colon miró por el caño.
En lugar de la media oscuridad que esperaba ver,
estaba la superficie del mar, burbujeando como una sartén hirviendo. Luces
verdes y amarillas bailaban sobre el agua, iluminando el muro distante que
parecía prácticamente un horizonte...
El caño giró en redondo. Si era una cueva, tenía al
menos un par de millas de ancho.
—¿Qué largo crees que tiene? —dijo Lord Vetinari
detrás de él.
—Bueno, la roca tiene una enorme proporción de yeso y
pómez, muy liviana, y una vez que han liberado el gas constitutivo comienzan a
salir rápidamente con el oleaje —dijo Leonard—. Yo no sé... tal vez otra
semana... y creo que tomará mucho tiempo para que forme una burbuja de tamaño
suficiente para levantarla...
—¿Qué están diciendo, sarge? —dijo Nobby—. ¿Este lugar
flota?
—Un fenómeno natural muy poco habitual —siguió
Leonard—. Hubiera pensado que era una leyenda si no lo hubiera visto por mí
mismo.
—Por supuesto que no está flotando —dijo el Sargento
Colon—. Honestamente, Nobby, ¿cómo vas a enterarte de algo si estás haciendo
siempre preguntas tontas como ésta? La tierra es más pesada que el agua,
¿verdad? Es por eso que la encuentras en el fondo del mar.
—Sí, pero él dijo pómez, y mi abuelo tenía una piedra
pómez para quitarse la piel áspera de sus pies en un balde y flotaba...
—Que esa clase de cosas sucedan en un baño de balde,
tal vez —dijo Colon—. Pero no en la vida real. Esto es un fenómeno. No es real.
Lo siguiente que me dirás es que hay rocas en el cielo.
—Sí, pero...
—Soy el Sargento Colon, Nobby.
—Sí, sarge.
—Eso me hace pensar —dijo Leonard—, en esas historias
náuticas acerca de tortugas gigantes que duermen en la superficie, y que hacen
creer a los marineros que son islas. Por supuesto, no hay tortugas gigantes tan
chicas.
—Hey, señor Quirm, este bote es asombroso —dijo Nobby.
—Gracias.
—Apuesto que podría incluso atacar barcos con él si
quisiera.
Hubo un silencio embarazoso.
—En general una experiencia interesante —dijo Lord
Vetinari haciendo algunas anotaciones—. Y ahora, caballeros, abajo y arriba,
por favor...
~ 0 ~
Los guardias tomaron sus armas.
—Son D’reg, señor —dijo Zanahoria—. Pero todo está
mal...
—¿Qué quieres decir?
—No estamos muertos todavía.
«Nos miran como los gatos miran a los ratones, pensó
Vimes. No podemos escapar y no podemos ganarles una pelea, y ellos quieren ver
qué hacemos».
—¿Qué tiene el general Tacticus que decir a esto,
señor? —dijo Zanahoria.
«Ellos son cien, pensó Vimes. Y nosotros seis. Claro
que Detritos está fuera de acción, no sé a qué órdenes estará obedeciendo
Visita en este momento, y Reg deja caer las armas cuando se pone nervioso».
—No lo sé —dijo—. Tal vez algo como ‘No Permita Que
Eso Suceda’.
—¿Por qué no lo busca, señor? —dijo Zanahoria sin
quitar la vista de los D’reg.
—¿Qué?
—Dije, ¿por qué no lo busca, señor?
—¿Ahora?
—Podría valer la pena intentarlo, señor.
—Es una locura, capitán.
—Sí, señor. Los D’reg tienen nociones extrañas acerca
de los locos, señor.
Vimes sacó el manoseado libro. El D’reg que estaba
cerca de él, con una sonrisa tan ancha y tan curvada como su espada, hizo un
movimiento de altanería que sugería ser el jefe. Una enorme ballesta antigua
colgaba a su espalda.
—¡Ya veo! —dijo Vimes—. ¿Podremos demorar las cosas un
poco? —Dio un paso hacia el hombre, que pareció muy sorprendido, y movió el
libro en el aire—. Éste es el libro del General Tacticus, no sé si han
escuchado de él, un gran hombre por estos lugares alguna vez, probablemente
asesinado por su bis-bis-bis-abuelo, y quiero tomarme un momento para ver qué
tiene que decir sobre esta situación. No le importa, ¿verdad?
El hombre miró a Vimes desconcertado.
—Tomará un momento, no tiene índice, pero creo que vi
algo...
El jefe hizo un paso atrás y miró al hombre más
cercano, quien se encogió de hombros.
—Me pregunto si me puede ayudar con esta palabra
—Vimes siguió, se acercó al costado del hombre y sostuvo el libro debajo de su
nariz. Se le vio en el rostro otra sonrisa de desconcierto.
Lo que Vimes hizo a continuación fue conocido en los
callejones de Ankh-Morpork como el Amistoso Apretón, y consistía mayormente en
clavar el codo en el estómago del hombre, levantar la rodilla hasta el mentón
que venía bajando, y apretar los dientes propios por el dolor de rodillas y
talones, y sacar la espada y sostenerla en la garganta del D’reg antes de que
se pueda reponer.
—Ahora, capitán —dijo Vimes—. Me gustaría que digas en
voz alta que a menos que ellos se retiren una buena distancia aquí habrá un
problema legal serio.
—Señor Vimes, no creo...
—¡Hazlo!
El D’reg le miró a los ojos mientras Zanahoria
pregonaba la demanda. El hombre todavía
sonreía.
Vimes no se podía arriesgar a sostener la mirada, pero
sentía algo de desconcierto y confusión entre los hombres de la tribu.
Entonces, como un solo hombre, cargaron.
~ 0 ~
Un barco pesquero Klatchiano, cuyo capitán sabía de
qué lado soplaba el viento, fijó rumbo al puerto de Al-Khali. Al capitán le
parecía que, a pesar del viento favorable, no tenía la velocidad que debía. Lo
colocó en percebes.
Vimes se despertó con la nariz llena de camello. Hay
despertares peores, pero no tantos como los que se pueden imaginar.
Girando la cabeza, lo que le costó algún esfuerzo, se
dio cuenta de que el camello estaba sentado. Por el sonido que hacía estaba
digiriendo algo explosivo.
Ahora, cómo llegó allí... Oh, dioses...
Pero tenía
que haber funcionado. Era clásico.
Amenazas cortar la cabeza y el cuerpo se quiebra. Asé era como todo el mundo
reaccionaba, ¿sí? Así era como funcionaba prácticamente toda la civilización...
Anotarlo como diferencias culturales, entonces.
Por otro lado, no estaba muerto. De acuerdo con
Zanahoria, después de conocer a los D’reg por cinco minutos y aún estar vivo,
quería decir que realmente, pero realmente, les gustaba.
Por otro lado, otro, le había aplicado al cabecilla un
Apretón, lo que influye que las personas no se sientan amigables.
Bueno, no tenía sentido estar allí, sobre esa montura,
atado de pies y manos, muriéndose insolado todo el día. Debería comenzar a ser
el líder de los hombres otra vez, y debía hacerlo tan pronto como pudiera
quitarse el camello de la boca.
—¿Bingeley-bingeley beep?
—¿Sí? —dijo Vimes peleando con las ataduras.
—¿Deseas saber las citas que te has perdido?
—¡No! ¡Estoy tratando de desatar estas cuerdas!
—¿Quieres que lo anote en las cosas Por Hacer?
—Oh, está despierto, señor.
Parecía la voz de Zanahoria y parecía decir algo así.
Vimes trató de volver la cabeza.
Lo que vio era mayormente una sábana blanca, pero
resultó ser el rostro de Zanahoria, puesto al revés.
—Ellos preguntaron si debían desatarle pero les dije
que usted aún no había descansado lo suficiente —prosiguió Zanahoria.
—Capitán, mis brazos y piernas están dormidos...
—comenzó Vimes.
—¡Oh, bien hecho, señor! Es un comienzo, al menos.
—¿Zanahoria?
—¿Sí, señor?
—Quiero que escuches con cuidado la orden que te voy a
dar.
—Claro, señor.
—La cuestión que me planteo es que no sé si será un
pedido o una sugerencia o alguna clase de insinuación.
—Entendido, señor.
—Como sabes, siempre he impulsado a mis oficiales a
pensar por sí mismos y no obedecerme ciegamente, pero algunas veces en
cualquier organización es necesario que las instrucciones sean seguidas al pie
de la letra y con presteza.
—Correcto, señor.
—¡Desátame ya, o vivirás el resto de tu puñetera vida
arrepentido de no haberme desatado!
—Er, señor, creo que hay una inconsistencia
inadvertida...
—¡Zanahoria!
—Por supuesto, señor.
Cortó las sogas. Resbaló hasta la arena. El camello
volvió la cabeza, lo miró con sus orificios nasales por un momento, y dejó de
mirarlo.
Vimes se arregló para sentarse derecho mientras
Zanahoria se afanaba para cortar el resto de las cuerdas.
—Capitán, ¿por qué estás vistiendo una sábana blanca?
—Es un burnous,
señor. Muy práctica como vestimenta de desierto. Los D’reg nos las dieron.
—¿A nosotros?
—Al resto de nosotros, señor.
—¿Están todos bien?
—Oh, sí.
—Pero, ellos atacaron...
—Sí, señor. Pero solamente nos querían tomar
prisioneros, señor. Uno de ellos, accidentalmente, cortó la cabeza de Reg, pero
ayudaron a coserla otra vez, y no hubo daño real por aquí.
—Pensé que los D’reg no tomaban prisioneros...
—También creía, señor. Pero dijeron que si tratamos de
escapar nos cortarán los pies, y Reg dijo que no tenía hilo suficiente para
todos, señor.
Vimes se frotó la cabeza. Alguien había golpeado tan
duro su yelmo que estaba abollado.
—¿Qué salió mal? —dijo—. ¡Tenía a su jefe bajo
control!
—Tal como yo lo entiendo, señor, los D’reg piensan que
cualquier líder que es tan estúpido para ser derrotado no merece ser seguido.
Es algo Klatchiano.
Vimes trató de convencerse a sí mismo de que no había
un dejo de sarcasmo en la voz de Zanahoria mientras hablaba.
—Ellos no se interesan en líderes, señor, a decir
verdad. Los ven como una clase de adorno. Ya sabe... sólo alguien que grite ‘¡A
la carga!’, señor.
—Un líder tiene otras cosas que hacer, Zanahoria.
—Los D’reg piensan que ‘¡A la carga!’ cubre bastante
bien todas ellas, señor.
Vimes trató de ponerse de pie. Músculos extraños
tironearon en sus piernas. Se tambaleó hacia adelante.
—Aquí, permítame darle una mano —dijo Zanahoria,
sujetándole.
El sol se ponía. Tiendas harapientas se arracimaban
debajo de una de las dunas, y se veía el brillo de una fogata. Alguien se
estaba riendo. No sonaba como prisión. Pero entonces, pensó Vimes, el desierto
era probablemente mejor que los barrotes. No sabría hacia dónde correr, a pie o
no.
—Los D’reg, como todos los Klatchianos, son gente muy
hospitalaria —dijo Zanahoria, como si lo hubiese memorizado—. Consideran la
hospitalidad muy, pero muy seriamente.
Sus captores estaban sentados alrededor del fuego. Y
también los guardias. También habían sido convencidos de vestir ropas más
apropiadas, lo que quería decir que Cheery parecía una niña con el vestido de
su mamá, aparte del yelmo de acero, y que Reg Zapato se veía como una momia, y
que Detritos era una pequeña montaña cubierta de nieve.
—Está bastante... insensible con todo este calor
—susurró Zanahoria—. Y allí está el Alguacil Visita, discutiendo sobre
religión. Hay seiscientas cincuenta y tres religiones en el continente
Klatchiano.
—Debe estar disfrutándolo.
—Y ése es Jabbar —dijo Zanahoria. La Prueba A, quien
parecía una versión ligeramente más vieja de 71-horas Ahmed, se puso de pie y
saludó a Vimes.
—Offendi —dijo.
—Él es su... bueno, es como un oficial inteligente
—dijo Zanahoria.
—Oh, entonces no es el que les dice a la carga,
¿verdad? —dijo Vimes. Su cabeza zumbaba con el calor.
—No, ése es el líder —dijo Zanahoria—. Donde quiera se
haya ido.
—Entonces, ¿tal vez Jabbar les dice cuándo es
inteligente cargar? —dijo Vimes animado.
—Siempre es inteligente cargar, offendi —dijo Jabbar.
Se inclinó otra vez—. Mi tienda es su tienda —dijo.
—¿Lo es? —dijo Vimes.
—Mis esposas son sus esposas...
Vimes parecía espantado.
—¿Lo son? ¿De veras?
—Mi alimento es su alimento... —prosiguió Jabbar.
Vimes se quedó mirando la fuente junto al fuego.
Parecía que cordero o cabra había sido el plato principal. Y el hombre se
inclinó, tomó un bocado y se lo ofreció.
Sam Vimes miró la porción. Y miró hacia atrás.
—La mejor parte —dijo Jabbar, e hizo ruidos de succión
para enfatizar. Agregó algo en Klatchiano. Hubo algunas risas ahogadas de los
otros hombres de la rueda.
—Esto parece el ojo de una oveja —dijo Vimes dudoso.
—Sí, señor —dijo Zanahoria—. Pero es poco inteligente
si...
—¿Sabes algo? —prosiguió Vimes—. Creo que esto es un
pequeño juego llamado ‘Veamos lo que se traga el offendi’. Y no voy a tragarme
esto, mi amigo.
Jabbar le echó una mirada apreciativa.
Las risas se detuvieron.
—Entonces es cierto que usted puede ver más allá que
la mayoría —dijo.
—Y también esta comida —dijo Vimes—. Mi padre me dijo
que nunca coma nada que me pueda guiñar.
Hubo uno de esos momentos que parecen colgar de un
hilo, y que podía terminar dos maneras, en una tempestad de carcajadas, o en
una de muertes.
Entonces Jabbar palmeó la espalda de Vimes. El ojo de
oveja voló de su mano hacia las sombras.
—¡Muy bueno! ¡Extremadamente bueno! ¡Es la primera vez
que no trabajo en veinte años! ¡Ahora, siéntese y tome una apropiada porción de
arroz y oveja, como la de su madre!
Un cierto sentimiento de relajación se sintió. Vimes
fue empujado hacia abajo. Los trastes se corrieron a un lado para hacerle lugar
y una enorme rebanada de pan colmada de carne fue colocada delante de él. Vimes
la tocó tan educadamente como pudo, y entonces pensó que si puedes reconocer al
menos la mitad, será bueno comerse el resto.
—Entonces, ¿somos sus prisioneros, señor Jabbar?
—¡Huéspedes honrados! Mi tienda es...
—Pero... ¿cómo decirlo? ¿Usted quiere que disfrutemos
su hospitalidad por algún tiempo?
—Tenemos una tradición —dijo Jabbar—. Un hombre que es
un huésped en tu tienda, aún si es tu peor enemigo, le debes hospitalidad por
tríos dúos[21].
—¿Tríos dúos, eh? —dijo Vimes.
—Aprendí el idioma en... —Jabbar movió la mano,
vagamente—, ya sabe, coza tiesa, un camello del mar...
—¿Un bote?
—¡Correcto! ¡Pero demasiada agua! —volvió a palmear la
espalda de Vimes, y la grasa caliente cayó sobre sus piernas—. En cualquier
calle, todos hablan Morporkiano en estos dúos, offendi. Es el idioma de los...
comerciantes —Le puso a la palabra una inflexión que sugería lo mismo que
‘lombriz’.
—Entonces, debe saber cómo decir cosas como ‘Denos
todo su dinero’, ¿verdad? —dijo Vimes.
—¿Por qué preguntar? —dijo Jabbar—. De cualquier
manera lo tomaremos. Pero ahora... —escupió el fuego con asombrosa puntería—...
ellos dicen que tenemos que detenernos, que está mal. ¿Qué daño hacemos?
—¿Además de matar personas y robarles toda su
mercadería? —dijo Vimes.
Jabbar volvió a reír.
—¡Wali dijo
que usted era un gran diplomático! Pero nosotros no matamos comerciantes, ¿por
qué lo haríamos? ¿Qué sentido tiene? ¡Sería muy tonto matar el caballo regalado
que pone los huevos de oro!
—Podrían hacer dinero si lo exhiben, por cierto —dijo
Vimes.
—Matamos comerciantes, les robamos, no regresan jamás.
Estúpido. Les dejamos ir, se enriquecen otra vez, nuestros hijos les roban. Eso
es inteligente.
—Ah... como una especie de agricultura —dijo Vimes.
—¡Correcto! Pero si plantas comerciantes, no crecen
tan bien.
Vimes se dio cuenta de que se estaba poniendo fría a
medida que el sol bajaba. De hecho, mucho más frío. Se acercó al fuego.
—¿Por que se llama 71-horas Ahmed tu jefe? —dijo.
El murmullo de la conversación se detuvo. De repente,
todos los ojos confluyeron en Jabbar, excepto el que había terminado en las
sombras.
—No es tan
diplomático —dijo Jabbar.
—Lo perseguimos hasta acá, entonces, de repente fuimos
emboscados por ustedes. Parece...
—No sé nada —dijo Jabbar.
—¿Por qué no...? —comenzó Vimes.
—Er, señor —dijo Zanahoria con urgencia—. Sería poco
inteligente, señor. Mire, he tenido un poco de conversación con Jabbar mientras
usted... descansaba. Es un poco de política, me temo.
—¿Qué es?
—El Príncipe Carnerocanalla está tratando de unir toda
Klatch, ¿sabe?
—¿Arrastrándoles mientras patean y aúllan dentro del
Siglo de las Frutas?
—Bueno, sí, ¿cómo...?
—Sólo un acierto. Prosigue.
—Pero ha tenido problemas —dijo Zanahoria.
—¿De qué clase? —preguntó Vimes.
—Nosotros —dijo Jabbar con orgullo.
—A ninguna de las tribus les gusta la idea —prosiguió
Zanahoria—. Siempre han peleado entre ellos, y ahora pelean contra él.
Históricamente, señor, Klatch no es tanto como un imperio, sino sólo un
argumento.
—Él dice, debes ser educado. Debes aprender a pagar
impuestos. No queremos ser educados por impuestos —dijo Jabbar.
—De modo que crees que estás peleando por tu libertad
—dijo Vimes.
Jabbar dudó, y miró a Zanahoria. Hubo un vivo
intercambio en Klatchiano. Entonces Zanahoria dijo:
—Es una pregunta bastante difícil para un D’reg,
señor. Verá, su palabra para ‘libertad’ es la misma que para ‘pelea’.
—Hacen trabajar a su idioma, ¿eh?
Vimes se sentía un poco mejor en el aire frío. Sacó un
arruinado y mojado paquete de cigarrillos, empujó una brasa de la fogata, y
aspiró.
—Entonces... el Príncipe Encantador tiene problemas en
casa, ¿eh? ¿Lo sabe Vetinari?
—¿Caga un camello en el desierto, señor?
—Estás tomando el tono de Klatch, ¿sabes? —dijo Vimes.
Jabbar masculló algo. Se oyeron más carcajadas.
—Er... Jabbar dice que un camello de veras caga en el
desierto, señor, de otra manera no tendrías nada con qué encender tu cigarro,
señor.
Una vez más, hubo uno de esos momentos en que Vetinari
sintió que estaba bajo escrutinio. Sé diplomático, le había dicho Vetinari.
Aspiró otra bocanada.
—Mejora el sabor —dijo—. Recuérdame llevar algunos a
casa.
A los ojos de Jabbar, los jueces levantaron al menos,
un par de ochos.
—Un hombre a caballo vino y dijo que debíamos pelear
contra los perros extranjeros...
—Esos somos nosotros, señor —dijo Zanahoria solícito.
—... porque habían robado una isla que está debajo del
mar. ¿Pero qué tiene que ver con nosotros? No hemos recibido daño de los
demonios extranjeros, pero no nos gustan los hombres que se engrasan la barba
en Al-Khali. Entonces lo enviamos de regreso.
—¿Completo? —dijo Vimes.
—No somos bárbaros. Era un loco, sin lugar a dudas.
Nos quedamos con el caballo.
—Y 71-horas Ahmed te dijo que nos retuvieras, ¿verdad?
—dijo Vimes.
—¡Nadie le da órdenes a los D’reg! ¡Nos complace
manteneros aquí!
—¿Y cuándo será tu placer dejarnos ir? ¿Cuando Ahmed
te lo diga?
Jabbar se quedó mirando la fogata.
—No le hablaré. Es taimado y astuto y no es confiable.
—Pero ustedes también son D’reg.
—¡Sí! —Jabbar palmeó la espalda de Vimes otra vez—.
¡Sabemos de qué estamos hablando!
El barco pesquero Klatchiano estaba a una milla o dos
fuera del puerto cuando de repente le pareció a su capitán que navegaba más
veloz. Pensó, tal vez los percebes se habían caído.
Cuando su barco se había perdido en la niebla del
atardecer un trozo de caño se levantó lentamente fuera del oleaje y giró hasta
enfrentar la costa.
Una distante y diminuta voz dijo:
—Oh, no...
Y otra diminuta voz dijo:
—¿Qué sucede, sarge?
—¡Mira y sabrás!
—De acuerdo —Hubo una pausa.
Entonces la segunda voz diminuta dijo:
—Oh, cabrón...
Lo que había anclado delante de la ciudad de Al-Khali
no era una flota. Era la flota de las flotas. Los mástiles parecían un bosque
flotante.
Abajo, Lord Vetinari tomó su turno para mirar por el
caño.
—Demasiados barcos —dijo—. En poco tiempo, también.
Qué bien organizados. Muy bien organizados. Uno podría casi decir...
asombrosamente bien organizados. Como ellos dicen, ‘Si estás buscando guerra,
prepárate para la guerra’.
—Creo, milord, que el dicho es, ‘Si estás buscando la
paz, prepárate para la guerra’ —aventuró Leonard.
Vetinari movió la cabeza a un lado y sus labios se
movieron como si repitiera la frase para sí mismo. Finalmente dijo:
—No, no. No me suena esa frase.
Se volvió a acomodar en su asiento.
—Procedamos con cuidado —dijo—. Podemos ir a la costa
bajo la protección de la oscuridad.
—Er... ¿podemos ir a la costa bajo la protección de
una protección? —dijo el Sargento Colon.
—En realidad esos barcos adicionales harán nuestro
plan mucho más fácil —dijo el Patricio, ignorándole.
—¿Nuestro plan? —dijo Colon.
—Las personas dentro de la hegemonía Klatchiana vienen
de todos las formas y colores —Vetinari miró a Nobby—. Prácticamente, de todas
las formas y colores —agregó—. De modo que nuestra aparición en las calles no
provocará comentarios indebidos —Otra vez miró a Nobby—. Como concepto amplio.
—Pero estamos vistiendo nuestros uniformes, señor
—dijo el Sargento Colon—. No es como para decir que vamos de camino de una
fiesta de disfraces.
—Bueno, yo no me quitaré el mío — dijo Nobby con
firmeza—. No voy a rebuscar en mis cajones. No en un puerto. Los marineros
están mucho tiempo en el mar. Se escuchan historias.
—Eso sería peor —dijo el sargento, sin perder tiempo
en calcular cuánto tiempo tenía que estar en el mar un marinero para que la
visión de Nobby Nobbs fuera otra cosa que un blanco—, porque si no estuviéramos
con uniforme, seríamos espías... y ya sabes lo que le sucede a los espías.
—¿Me lo dirás, sarge?
—Excúseme, su señoría —El Sargento Colon levantó la
voz. El Patricio estaba conversando con Leonard; lo miró.
—¿Sí, sargento?
—¿Qué le hacen a los espías en Klatch, señor?
—Er... déjame ver... —dijo Leonard—. Oh, sí... creo
que te entregan a la esposa.
Nobby se animó.
—Oh, bueno, eso no suena demasiado mal...
—Er, no. Nobby... —comenzó Colon.
—... porque he visto las figuras en ese libro El Huerto Perfumado que estaba leyendo
la Cabo Angua, y...
—... no, escucha, Nobby, has entendido...
—... quiero decir, caray, no sabía que se podía hacer
eso a...
—Nobby, escucha...
—... y está ese trocito donde ella...
—¡Cabo Nobbs! —gritó Colon.
—¿Sí, sarge?
Colon se inclinó hacia adelante y susurró al oído de
Nobby. La expresión del cabo cambió, lentamente.
—Ellos, realmente...
—Sí, Nobby.
—Ellos, realmente...
—Sí, Nobby.
—No lo hacen en casa.
—Nosotros no estamos en casa, Nobby. Me gustaría
estar.
—Aunque escuchas historias de las Tías Angustias,
sarge.
—Caballeros —dijo Lord Vetinari—. Me temo que Leonard
ha sido un poco fantasioso. Eso se puede aplicar a algunas tribus de la
montaña, pero Klatch es una antigua civilización y ese tipo de cosas no suceden
oficialmente. Me imagino que te dan un cigarrillo.
—¿Un cigarrillo? —dijo Fred.
—Sí, sargento. Y un buen muro asoleado para que se
pare delante.
El Sargento Colon lo examinó con cuidado.
—¿Un buen cigarro y un muro para apoyarte? —dijo.
—Creo que ellos prefieren que te pares firme,
sargento.
—Es justo. No hay necesidad de ser descuidado sólo por
ser prisionero. Oh, bien. No pienso arriesgarme, entonces.
—Bien hecho —dijo el Patricio con calma—. Dígame,
sargento... en su larga carrera militar, ¿alguna vez consideró ascender a
oficial?
—¡Nosseñor!
—No puedo pensar por qué.
La noche cayó sobre el desierto. Llegó de repente, en
púrpura. En el aire claro las estrellas surcaban el cielo, recordándole al
observador pensativo que era en el desierto y en los lugares altos donde
comenzaban las religiones. Cuando los hombres no ven otra cosa que el infinito
sin fondo sobre sus cabezas siempre tienen el impulso y la desesperada
necesidad de encontrar algo que poner en el camino.
La vida emergió de las madrigueras y grietas. Pronto
el desierto estuvo lleno de zumbidos, traqueteos, golpeteos, y chirridos de
criaturas que, al carecer del poder superior del cerebro humano, no se
preocupaban por encontrar a alguien a quien culpar, y sí por encontrar algo que
comer.
Cerca de las tres de la mañana Sam Vimes salió de la
tienda a fumar. El aire frío le golpeó como una puerta. Estaba helando. Eso no
era lo que se suponía que sucediera en el desierto, ¿o sí? Los desiertos eran
todo calor, arena y camellos, y... y... luchó por un rato, como un hombre cuyos
conocimientos geográficos se hubieran atascado seriamente una vez salido de las
calles pavimentadas... camellos, sí, y dátiles. Y posiblemente bananas y cocos.
Pero la temperatura hacía tintinear la respiración en el aire.
Movió su atado de cigarros teatralmente hacia el D’reg
que paseaba cerca de la tienda. El hombre se encogió de hombros.
El fuego era un montón de gris, pero Vimes rebuscó
alrededor en la vana esperanza de encontrar una brasa ardiendo.
Se asombraba por lo furioso que estaba. Ahmed era la
clave, lo sabía. Y ahora estaban clavados en el desierto, el hombre se había
ido, y estaban en manos de... personas tranquilas, amistosas y justas.
Bandoleros, tal vez, una versión seca de piratas, pero Zanahoria habría dicho
que eran buenos tipos divertidos. Si estabas contento de ser su huésped,
entonces eran tan buenos como un pastel, o que ojos de oveja, o que melaza, o
cualquier otra cosa que se encontrara por aquí.
Algo se movió a la luz de la luna. Una sombra se
deslizó por el costado de una duna.
Algo aulló, en la noche del desierto.
Los pelitos se pararon, a todo lo largo de la espalda
de Vimes, como los tenían sus antepasados distantes.
La noche es siempre vieja. Él había caminado
frecuentemente por las calles oscuras en las horas secretas, y sentido que la
noche se estiraba, y también sabido en su sangre que mientras días y reyes e
imperios llegaban y se iban, la noche tenía la misma edad, siempre la
profundidad de eones. Terrores se escondían en sombras de terciopelo y mientras
la naturaleza de las garras podía cambiar, la naturaleza de las bestias no.
Se quedó muy quieto, y alcanzó su espada.
No estaba allí.
Se la habían quitado. Ni siquiera...
—Una bella noche —dijo una voz.
Jabbar estaba parado a su lado.
—¿Quién está allí afuera? —susurró Vimes.
—Un enemigo.
—¿Cuál?
Los dientes brillaron en las sombras.
—Lo averiguaremos, offendi.
—¿Por qué les atacarían ahora?
—Tal vez piensan que tenemos algo que ellos quieren,
offendi.
Más sombras se deslizaron a través del desierto.
Y una se levantó detrás de Jabbar, lo hizo caer y lo
levantó. Una enorme mano gris le quitó la espada del cinturón.
—¿Qué quiere que haga con él, zeñor Vimez?
—¿Detritos?
El troll lo saludó con la mano que aún sostenía al
D’reg.
—¡Todoz prezentez y en orden, zeñor!
—Pero... —Y Vimes se dio cuenta—. ¡Está helando! ¿Tu
cerebro trabaja otra vez?
—Con baztante mayor efizienzia, zeñor.
—¿Es un djinn? —dijo Jabbar.
—No lo sé, pero podría parecerse —dijo Vimes.
Finalmente encontró algunos fósforos en su bolsillo y encendió uno—. Déjalo,
sargento —dijo, aspirando su cigarro encendido—. Jabbar, éste es el Sargento
Detritos. Le puede romper cada hueso de su cuerpo, incluyendo esos pequeños de
los dedos que son tan duros de...
La oscuridad hizo shwup y algo pasó silbando su nuca,
justo un instante antes de que Jabbar le golpeara y lo protegiera contra el
piso.
—¡Disparan a la luz!
—¿Mwwf?
Vimes levantó la cabeza con precaución y escupió arena
y trozos de tabaco.
—¿Señor Vimes?
Solamente Zanahoria podía susurrar de esa manera.
Asociaba el susurro con ocultamiento y falsedad, y lo solucionaba susurrando en
voz alta. Para el horror de Vimes el hombre venía por el borde de una tienda
con una pequeña lámpara en la mano.
—Quita esa maldita...
Pero no tuvo tiempo de terminar la frase porque, en
algún lugar en la noche, un hombre gritó. Fue un gemido muy agudo que se cortó
de repente.
—Ah —dijo Zanahoria, agazapándose junto a Vimes y
soplando la luz—. Era Angua.
—No era nada como... oh. Sí, creo que entiendo lo que
quieres decir —dijo Vimes inquieto—. Ella está allá, ¿es ella?
—La escuché más temprano. Probablemente lo esté
disfrutando. Realmente no tiene muchas oportunidades de soltarse en
Ankh-Morpork.
—Er... no... —Vimes se hizo una imagen mental de una
mujer-lobo suelta. Pero seguramente Angua no...
—Ustedes dos, uh... están juntos y bien, ¿eh? —dijo
tratando de distinguir las formas en la oscuridad.
—Oh, bien, señor. Bien.
Entonces, que ella se
vuelva lobo de vez en cuando, ¿no te preocupa? Vimes no se animó a decirlo.
—Entonces... ¿sin problemas?
—Oh, realmente no, señor. Ella se compra sus propias
galletas para perro y tiene su propia salida en la puerta. Cuando hay luna
llena realmente no quiero participar.
Hubo gritos en la noche y entonces una forma brotó de
la oscuridad, pasó como rayo junto a Vimes, y desapareció dentro de una tienda.
No esperó la puerta. Simplemente empujó la tela a toda velocidad y continuó
hasta que la tienda se derrumbó a su alrededor.
—¿Y qué fue eso? —dijo Jabbar.
—Eso puede necesitar algunas explicaciones —dijo Vimes
levantándose.
Zanahoria y Detritos ya estaban tironeando de la
tienda.
—Somos D’reg —dijo en un reproche Jabbar—. Se supone
que desarmamos las tiendas en la noche silenciosamente, no...
Había luna suficiente. Angua se sentó y le quitó a
Zanahoria un trozo de tienda de las manos.
—Gracias —dijo, mientras se envolvía con él—. Y antes
de que digas nada, le pequé en el culo. Duro. Y no fue la opción suave, déjame
decirte.
Jabbar miró hacia atrás, al desierto, y hacia abajo, a
la arena, y hacia Angua. Vimes pudo ver que pensaba, y le pasó un brazo
fraternal sobre los hombros.
—Será mejor que se lo explique... —comenzó.
—¡Hay unos doscientos soldados allá afuera! —soltó
Angua.
—... más tarde.
—¡Están tomando posiciones todo alrededor de ustedes!
¡Y no se ven bien! ¿Nadie tiene ropas que me vayan bien? ¿Y algo decente para
comer? ¡Y beber! ¡No hay agua en este lugar!
—No se atreverán a atacar antes del amanecer —dijo
Jabbar.
—¿Y qué hará usted, señor? —dijo Zanahoria.
—¡Atacaremos al amanecer!
—Ah. Uh. Me pregunto si puedo sugerir una alternativa
diferente.
—¿Alternativa? ¡Está bien atacar! El amanecer es para
atacar.
Zanahoria saludó a Vimes.
—Estuve leyendo su libro, señor. Mientras usted
estaba... dormido. Tacticus tiene mucho que decir acerca de cómo enfrentar
extraños excitados.
—¿Sí?
—Dice de tomar todas las oportunidades para volverlos
extraños no-excitados, señor. Podríamos atacar ahora.
—¡Pero, hombre, está oscuro!
—También está oscuro para el enemigo, señor.
—¡Quiero decir que está demasiado oscuro! ¡No sabremos
con quién demonios estamos peleando! ¡La mitad del tiempo nos estaremos pegando
los unos a los otros!
—No lo haremos, señor, porque seremos unos pocos.
¿Señor? Todo lo que necesitamos hacer es arrastrarnos fuera, hacer un poco de
ruido, y dejarlos hacer. Tacticus dice que todos los ejércitos tienen el mismo
tamaño en la noche, señor.
—Podría haber algo de eso —dijo Angua—. Ellos se
arrastran en pares, y están vestidos bastante parecido a... —movió su mano
hacia Jabbar.
—Éste es Jabbar —dijo Zanahoria—. Es algo como no el
líder.
Jabbar sonrió nervioso.
—¿Es frecuente en su país que los perros se conviertan
en mujeres desnudas?
—Pueden pasar días en que no sucede nada —soltó
Angua—. Quiero algunas ropas, por favor. Y una espada, si habrá lucha.
—Um, creo que los Klatchianos tienen una opinión
particular sobre mujeres peleando... —comenzó Zanahoria.
—¡Sí! —dijo Jabbar—. Esperamos que sean buenas, Ojos
Azules. ¡Somos D’reg!
El Bote subió a la superficie en el agua muerta y
espumosa debajo del embarcadero. La tapa se abrió lentamente.
—Huele como en casa —dijo Nobby.
—No te puedes confiar en el agua —dijo el Sargento
Colon.
—Pero yo no confío en el agua en casa, sarge.
Fred Colon trató de hacer pie sobre la resbalosa
madera. Era, en teoría, una empresa heroica, él y Nobby Nobbs, los guerreros
audaces, se aventuraban en territorio hostil. Desafortunadamente, sabía que lo
estaba haciendo porque Lord Vetinari estaba sentado en el Bote y levantaría las
cejas de esa cierta manera si se rehusaban.
Colon pensó siempre que los héroes tenían alguna clase
de maquinaria que los hacía salir y morir con fama, por Dios, la patria, y el
pastel de manzanas, o cualquier delicia que hicieran sus madres. Nunca se le
ocurrió pensar que lo harían porque les gritarían si ni lo hacían.
Terminó de desembarcar.
—Vamos, Nobby —dijo—. Y recuerda que lo estamos
haciendo por Dios, Ankh-Morpork y... —a Colon le pareció que tenía que elegir
una comida apropiada—. ¡Y el famoso emparedado de tendones de mi Má!
—Nuestra madre nunca nos hizo emparedados de tendones
—dijo Nobby mientras se arrastraba sobre las tablas—. Pero estarías asombrado
de lo que ella puede hacer con un trozo de queso...
—Sip, está bien, pero no suena a grito de batalla,
¿eh? ‘Por los dioses, Ankh-Morpork, y las cosas asombrosas que hace con queso
la Má de Nobby’. ¡Eso meterá miedo en los corazones del enemigo! —dijo el
Sargento Colon mientras se arrastraba hacia adelante.
—Oh, bueno, si eso es lo que buscas, entonces el Budín
Empobrecido con natillas de mi Má —dijo Nobby.
—Espantoso, ¿verdad?
—No querrían saber de él, sarge.
Los muelles de Al-Khali eran como los muelles de
cualquier lugar, porque todos los muelles de todos lados están emparentados.
Los hombres tienen que poner y sacar cosas de los botes. Hay una cantidad
limitada de maneras de hacer esto. Algunos son más calientes, otros más
húmedos, siempre hay pilas de cosas vagamente olvidadas.
A la distancia se veía el brillo de una ciudad que
parecía bastante ignorante de una incursión enemiga.
—‘Consigue algunas ropas que combinen’ —murmuró
Colon—. Decirlo suena bien.
—Nah, nah, eso es fácil
—dijo Nobby—. Todos saben cómo hacerlo. Te metes en un callejón, y esperas
hasta que un par de tipos entren en el callejón, lo ves, y hay un par de
golpes, y sales vistiendo sus ropas.
—Eso funciona, ¿verdad?
—Nunca falla, sarge —dijo Nobby confidencialmente.
El desierto parecía nieve a la luz de la luna.
Vimes se sentía cómodo con el método de lucha de
Tacticus. Era como los polis había peleado siempre. Un poli correcto no se
alineaba con un montón de otros polis y atacaban personas. Un poli acechaba en
las sombras, caminaba tranquilamente y esperaba hasta el momento en que el
criminal cometía el crimen y tenía el botín. Por otro lado, ¿cómo era la
cuestión? Tenía que ser realista. ‘Tenemos al hombre que lo hizo’, tenía más
peso que, ‘Tenemos al hombre que parecía que estaba por hacerlo’, especialmente
cuando lo siguiente era, ‘Pruébelo’.
En algún lugar hacia la izquierda y a la distancia,
alguien gritó.
Vimes se sentía algo inquieto en esa bata. Era como ir
a la batalla en ropa de cama.
Porque no estaba muy seguro de que podría matar a un
hombre que no estuviera realmente tratando de matarlo a él. Por supuesto,
técnicamente, cualquier Klatchiano armado en estos días estaba realmente
tratando de matarlo. De eso se trataba la guerra. Pero...
Levantó la cabeza por el borde de la duna. Un guerrero
Klatchiano estaba mirando del otro lado. Vimes se deslizó...
—¡Bingeley-bingeley beep! ¡Es su llamada de las siete
a eme, Inserte-Nombre-Aquí! Al menos espero...
—¿Huh?
—¡Maldición!
Vimes reaccionó primero y golpeó al hombre en la
nariz. Como no tenía sentido esperar a ver el efecto que le había hecho, se
lanzó hacia adelante y los dos rodaron abajo del otro lado de la duna
congelada, forcejeando y golpeando.
—... pero mis funciones en tiempo real parecen algo
erráticas en este momento...
El Klatchiano era más pequeño que Vimes. Y era también
más joven. Pero desafortunadamente para él parecía ser demasiado joven para
haber aprendido la lucha sucia que significaba supervivencia en las calles de
Ankh-Morpork. Vimes, por lo contrario, estaba preparado para golpear a
cualquiera con cualquier cosa. La cuestión era que el oponente no debería
levantarse otra vez. Lo demás era decoración.
Resbalaron y se detuvieron en el fondo de la duna, con
Vimes arriba y el Klatchiano gruñendo.
—Cosas Por Hacer —chilló el Des-organizador—: Duele.
Y entonces... Era probablemente tiempo de cortar
cuellos. En casa, Vimes lo habría arrastrado a una celda, en la certeza de que
se vería mejor por la mañana, pero en el desierto no tenía esa opción.
No, no podía hacerlo. Golpearía al tipo hasta dejarlo
sin sentido. Era el modo más misericordioso.
—¡Vindaloo! ¡Vindaloo!
El puño de Vimes se quedó levantado.
—¿Qué?
—¿Es usted, señor Vimes? ¡Vindaloo!
Vimes tiró de la tela que cubría el rostro de la
figura.
—¿Eres el muchacho de Goriff?
—¡No quería estar aquí, señor Vimes! —las palabras
salían desesperadas.
—Está bien, está bien. No te lastimaré.
Vimes bajó el puño y se levantó, tirando del muchacho
con él.
—Habla después —murmuró—. ¡Vámonos!
—¡No! ¡Todos saben lo que le hacen los D’reg a los
cautivos!
—Bueno, yo soy un cautivo y nos lo harán a los dos,
¿de acuerdo? Quédate lejos de la comida divertida y estarás bien.
Alguien silbó en la oscuridad.
—¡Vámonos, muchacho! —susurró Vimes—. ¡No te ocurrirá
nada malo! Bueno... menos de lo que te ocurrirá si te quedas aquí. ¿Estás bien?
Esta vez no le dio al muchacho tiempo de discutir y lo
arrastró con él. Mientras se dirigían hacia el campamento D’reg otras figuras
se deslizaron dunas abajo.
A uno de ellos le faltaba un brazo y tenía una espada
clavada.
—¿Cómo te sientes, Reg? —dijo Vimes.
—Un poco raro, señor. Después que el primero me cortó
el brazo y me clavó, el resto de ellos parecía alejarse de mí. Honestamente,
podía pensar que nunca vieron un hombre clavado.
—¿Encontraste tu brazo?
Reg movió algo en el aire.
—Eso es otra cosa —dijo—. Golpeé algunos con él y
corrieron aullando.
—Es tu clase de combate sin armas —dijo Vimes—.
Probablemente tome algo de tiempo acostumbrarse.
—¿Es un prisionero lo que lleva?
—En cierta forma —Vimes miró alrededor—. Parece que se
desmayó. No sé por qué.
Reg se inclinó, acercándose.
—Estos extranjeros son un poco raros —dijo.
—¿Reg?
—¿Sí?
—Tu oreja está colgando.
—¿Sí? Péguela. Pienso que un clavo podría servir,
¿verdad?
~ 0 ~
El Sargento Colon levantó la mirada hacia las
estrellas. La bajó hasta él. Al menos, Fred Colon tenía una alternativa.
A su lado el Cabo Nobbs lanzó un gruñido. Los
atacantes le habían dejado los pantalones. Hay algunos lugares donde los más
audaces temen ir, y las áreas por encima de las rodillas y por debajo del
estómago de Nobby estaba entre ellas.
Bueno, Colon pensó en ellos como en atacantes.
Técnicamente se suponía que eran defensores. Defensores agresivos.
—Por favor, ¿me cuentas todo otra vez? —dijo.
—Encontramos un par de tipos de nuestra altura y
peso...
—Eso.
—Los metimos en ese callejón...
—Eso.
—Hice un movimiento con un trozo de madera y te golpeé
accidentalmente en la oscuridad, y ellos se enojaron y resultó que eran
ladrones y se robaron toda nuestra ropa.
—No se suponía que hiciéramos eso.
—Bueno, básicamente funcionó —dijo Nobby tratando de
ponerse de rodillas—. Podríamos volver a intentarlo.
—Nobby, estás en un puerto en una ciudad extranjera,
vestido solamente, y utilizo esta palabra con dolor, Nobby, con tus
no-mencionables. No es el momento de comenzar a hablar de llevar personas a
callejones. Podrían chismosear.
—Angua dice que la desnudez es la costumbre nacional
de todas partes, sarge.
—Ella hablaba de sí misma, Nobby —dijo Colon
deslizándose en las sombras—. Es diferente contigo.
Miró alrededor del otro extremo del callejón. Se
escuchaba ruido y parloteo desde el edificio que formaba uno de los muros. Un
par de burros cargados esperaba pacientemente.
—Acércate y toma uno de los bultos, ¿sí?
—¿Por qué yo, sarge?
—Porque eres el cabo y yo el sargento. Y tienes encima
algo más que yo.
Jadeando ruidosamente, Nobby se metió en la estrecha
calle y desató uno de los animales tan rápido como pudo. El burro lo siguió
obediente.
El Sargento Colon tiró de la carga.
—Si algo sale de esto nos lo podremos poner —dijo—.
Eso hará... ¿Qué es esto?
Sostenía algo rojo.
—¿Un florero? —dijo solícito Nobby.
—¡Es un fez! Algunos Klatchianos los usan. Parece que
hemos tenido un golpe de suerte. Whoops, aquí hay otro. Pruébatelo, Nobby. Y...
parece una de esas cosas que usan, ropa de cama... y acá hay otro para ti,
también. Estamos en casa, y secos, Nobby.
—Son un poco cortos, sarge.
—Los ladrones no pueden ser exigentes —dijo Colon
luchando con la ropa—. Vamos, ponte el fez.
—Me hace ver un poco tonto, sarge.
—Mira, me pondré el mío, ¿está bien?
—Entonces será fez a fez, sarge.
El sargento le dispensó una severa mirada.
—¿Lo tenías preparado, ¿eh, Nobby?
—No, sarge. Acabo de hacerlo en mi cabeza.
—Bueno, mira, no me llames sarge. No suena muy
Klatchiano.
—Tampoco Nobby, sar... Lo siento...
—Oh, no lo sé... podrías ser... Knobi o Nbobi... o
Gnobbee...[22] Suena bastante Klatchiano para mí.
—¿Cuál es el buen nombre Klatchiano para ti, entonces?
Casi no conozco ninguno —dijo Nhobi.
El Sargento Colon no respondió. Estaba espiando desde
la esquina otra vez.
—Su señoría dijo que él no esperaría —murmuró Nobby.
—Sí, pero dentro de esa lata de estaño, bueno, huele
bastante usado, si sabes a qué me refiero. ¿Qué no daría por...?
Se escuchó un bramido detrás. Se volvieron.
Había tres soldados Klatchianos. O tal vez guardias.
Nobby y el Sargento Colon no miraron más allá de las espadas.
El líder les gruñó una pregunta.
—¿Qué dijo? —preguntó Nobby.
—¡No lo sé!
—¿De dónde son? —dijo el líder en Morporkiano.
—¿Qué? Oh... er, —Colon dudó, esperando la brillante
muerte.
—Hah, sí —El guardia bajó la espada y señaló con el
pulgar hacia los muelles—. ¡De regreso a su emplazamiento!
—¡Correcto! —dijo Nobby.
—¿Cómo se llaman? —preguntó uno de los guardias.
—Nhobi —dijo Nobby. Parecía que pasaba.
—¿Y tú, gordo?
Colon estaba congelado de pánico. Buscó desesperado
por cualquier nombre que sonara Klatchiano, y encontró solamente uno que
parecía y era auténticamente Klatchiano.
—Al —dijo, con las rodillas temblando.
—¡Regresan ya mismo o tendremos problemas!
Los guardias corrieron, arrastrando el burro por
detrás, y no se detuvieron hasta llegar al embarcadero, el que de alguna manera
sentían como su hogar.
—¿Qué fue todo eso, sa... Al? —dijo Nobby—. ¡Todo lo
que querían era empujarnos un poco! Comportamiento Típico de Guardia —agregó—.
No de la nuestra, por su puesto.
—Supongo que tenemos las ropas apropiadas...
—¡Ni siquiera les dijiste de dónde éramos! ¡Y hablaron
en nuestra lengua!
—Bueno, ellos... quiero decir... cualquiera debería
poder hablar Morporkiano —dijo Colon recuperando gradualmente su equilibrio
mental—. Incluso los bebés lo aprenden. Apuesto a que se hace más fácil después
de aprender algo tan complicado como el Klatchiano.
—¿Qué haremos con el burro, Al?
—¿Crees que sepa pedalear?
—Lo dudo.
—Entonces lo dejaremos acá.
—Pero se lo robarán, Al.
—Oh, estos Klatchianos robarán cualquier cosa.
—Nosotros no, ¿eh, Al?
Nobby miró el bosque de mástiles que llenaba la bahía.
—Parecen muchos más desde aquí —dijo—. Podrías caminar
de barco en barco por una milla. ¿Para qué están todos?
—No seas tonto, Nobby. Es obvio. ¡Llevarán a todo el
mundo hacia Ankh-Morpork!
—¿Para qué? Nosotros no comemos muchos...
—¡Invasión,
Nobby! Tenemos una guerra, ¿recuerdas?
Se volvieron hacia los barcos. Las luces brillaban
sobre el agua.
El trozo de ella que estaba inmediatamente debajo de
ellos burbujeó un momento y entonces el casco del Bote subió unas pulgadas
sobre la superficie. La tapa se desenroscó y el rostro preocupado de Leonard
apareció.
—Ah, están allí —dijo—. Estábamos preocupándonos...
Descendieron al fétido interior de la nave.
Lord Vetinari estaba sentado con un montón de papeles
sobre las rodillas, escribiendo con cuidado. Levantó la mirada rápidamente.
—Informe.
Nobby se movía inquieto mientras el Sargento Colon
entregaba un informe más o menos ajustado, aunque hubo cierto diálogo jugoso
con los guardias Klatchianos que el cabo no recordaba en el momento.
Vetinari no les miraba. Aún escribiendo, les dijo:
—Sargento, Ur es un viejo país Rimward del reino de
Djelibeybi, cuyos pobladores son el mayor exponente de bucólica estupidez. Por
alguna razón, no puedo imaginar cuál, el guardia supuso que ustedes venían de
allí. Y el Morporkiano es algo así como una lengua franca aún en el imperio
Klatchiano. Cuando alguien de Hersheba necesita comerciar con alguien de
Istanzia, sin dudarlo regatearán en Morporkiano. Esto será útil, por supuesto.
La fuerza que se está reuniendo aquí debe significar que prácticamente todos
los hombres son extranjeros lejanos con extravagantes costumbres. Ya que
nosotros no actuamos demasiado extraño, pasamos la inspección. Esto significa
que nada de pedir curry con nabos y pasas, y evitar eso de ordenar jarras de
Winkle’s Old Peculiar. ¿He sido suficientemente claro?
—Er... ¿qué es lo que sí haremos, señor?
—Comenzaremos un reconocimiento.
—Ah, bien. Sí. Muy importante.
—Y entonces buscar el alto mando Klatchiano. Gracias a
Leonard tengo un pequeño... paquete a entregar. Espero que termine la guerra
muy rápido.
El Sargento Colon parecía ido. En algún punto de los
últimos segundos la conversación se le había escapado.
—Perdone, señor... dijo alto mando, señor.
—Sí, sargento.
—Como... el máximo, yelmo o turbantes o lo que sea...
todo rodeado de tropas entrenadas, señor. Allí es donde usted pone siempre sus
mejores tropas, alrededor del máximo hombre.
—Espero que ese sea el caso, sí. De hecho, casi lo
espero.
El Sargento Colon, una vez más, trató de seguirlo.
—Ah. Bien. ¿Y nosotros iremos a buscarlos, verdad,
señor?
—No puedo pedirles que vengan a nosotros, sargento.
—Bien, señor. Me doy cuenta. Esto podría quedar un
poco atestado.
Finalmente, Vetinari levantó la mirada.
—¿Hay algún problema, sargento?
Y el Sargento Colon, una vez más, supo de un secreto
sobre bravura. Era posiblemente una especie de cobardía mejorada el
conocimiento de que mientras la muerte puede esperar si avanzabas, sería un
picnic comparada con la certeza de vivir el infierno que te espera si
retrocedes.
—Er... no tanto así, señor —dijo.
—Muy bien —Vetinari empujó los papeles a un lado—. Si
hay otras ropas que se puedan usar en su bolsa, me cambiaré y echaremos un
vistazo a Al-Khali.
—Oh, dioses...
—¿Perdón, sargento?
—Oh, bien, señor.
—Bien —Vetinari comenzó a sacar cosas de la bolsa
robada. Había un juego de palos de malabarista, una bolsa de pelotas de
colores, y finalmente una caja, como el que se coloca en un costado del
escenario durante el acto de un artista.
—‘Culli, Gulli y Beti’ —leyó—. ‘Trucos exóticos y
danzas’. Hmm —agregó—. Parece que había una dama entre los propietarios de esta
bolsa.
Los guardias miraron el material de gasas que salía de
la bolsa. Los ojos de Nobby se le saltaron.
—¿Qué son esas cosas?
—Creo que se llaman pantalones de harem, cabo.
—Son muy...
—Curiosamente, el propósito de la ropa de las
muchachas o de las bailarinas exóticas siempre ha sido menos el revelar y más
el sugerir la inminencia de la revelación —dijo el Patricio.
Nobby se miró la vestimenta y entonces la vestimenta
del Sargento Al-Colon, y dijo vivazmente:
—Bueno, estoy seguro que no le quedará, señor.
Inmediatamente se arrepintió de sus palabras.
—No he pensado que deberían quedarme bien a mí —dijo
el Patricio con calma—. Por favor, Cabo Beti, páseme su fez.
El sutil y engañoso amanecer-antes-del-amanecer corrió
sobre el desierto, y el comandante del destacamento Klatchiano no se sentía
feliz.
Los D’reg siempre atacaban al amanecer. Todos ellos.
No importaba cuántos eran ni cuantos eran los atacados. De cualquier manera,
toda la tribu atacaba. No eran las mujeres y los niños, sino los camellos,
cabras, ovejas y también las gallinas. Por supuesto que se los esperaba y los
arcos los bajarían, pero... ellos siempre aparecían de repente, como si el
desierto los hubiera escupido. Si lo hacías mal, si eras demasiado lerdo,
entonces te cortarían, patearían, toparían, picarían y te escupirían rabiosamente.
Sus tropas estaban en espera. Bueno, si se les podía
decir tropas. Diría que estaban agotados... bueno, no lo había dicho,
realmente, porque ese tipo de cosas podría meterle en problemas con estos
hombres de armas, pero lo pensó muy fuerte. La mitad eran niños que pensaban
que si entrabas en batalla gritando y agitando la espada en el aire el enemigo
huiría. Nunca se habían enfrentado con gallinas D’reg que atacaban a la altura
de los ojos.
Y el resto... en la noche, las personas corrían unos
contra otros, se emboscaban unos a los otros por error, y ahora estaban
nerviosos como pulgas sobre un tambor. Un hombre había perdido la espada y
juraba que alguien se había ido con ella clavada en el cuerpo. Y alguna clase
de roca se había levantado y caminado por allí golpeando gente. Con otras
personas.
El sol estaba muy arriba.
—La espera es la peor parte —dijo su sargento, cerca
de él.
—Podría ser la peor parte —dijo el comandante—. O,
también, el instante en que ellos brotan del desierto y te cortan por la mitad
podría ser la peor parte —se quedó mirando melancólico hacia las arenas
traicioneras—. O ese instante cuando una oveja enloquecida trata de comerte la
nariz podría ser la peor parte. De hecho, cuando piensas todas las cosas que
pueden suceder cuando estás rodeado de una horda de aullantes D’reg, la parte
donde ellos no están para nada es, y creo que estarás de acuerdo conmigo, la
mejor parte.
El sargento no estaba entrenado en esta clase de
cosas. De modo que dijo:
—Están demorando.
—Bien. Mejor ellos que nosotros.
—El sol está alto, señor.
El comandante miró su sombra. Era pleno día y la arena
estaba, afortunadamente, limpia de su sangre. El comandante había estado
pacificando varias partes recalcitrantes de Klatch por tiempo suficiente para
preguntarse por qué, si estaba pacificando personas, siempre parecía estar
peleando con ellas. La experiencia le había enseñado a no decir cosas como,
‘Esto no me gusta, está muy callado’. No había nada muy callado.
—Pueden haber levantado campamento en la noche, señor
—dijo el sargento.
—Eso no es de los D’reg. Nunca escapan. De cualquier
manera, puedo ver sus tiendas.
—¿Por qué no los atacamos, señor?
—Usted no ha combatido contra D’reg antes, ¿eh,
sargento?
—No, señor. Aunque estuve pacificando los Mad Savatar
de Uhistan, y ellos son...
—Los D’reg son peores, sargento. Ellos pacifican en su
contra.
—No le he contado qué locos eran los Savatar, señor.
—Comparados con los D’reg, apenas están ligeramente
chalados.
El sargento sintió que su reputación había sido
impugnada.
—¿Qué tal si tomo unos hombres e investigo, señor?
El comandante miró al sol otra vez. El aire ya estaba
demasiado caliente para respirar.
—Oh, muy bien. Adelante.
Los Klatchianos avanzaron por el campo. Estaban las
tiendas, y las cenizas de los fuegos. Pero no había camellos o caballos,
solamente una larga senda que salía entre las dunas.
La moral comenzaba a levantarse un poco. Atacar a un
peligroso enemigo que no está allí es una de las formas de batalla más
atractivas, y había un montón de aseveraciones acerca de la suerte que tuvieron
los D’reg por haberse ido a tiempo, y alguna que otra expresión sobre lo que
los soldados hubieran hecho a los D’reg si los hubieran atrapado.
—¿Quién es ese? —dijo el sargento.
Una figura apareció en las dunas, montada sobre un
camello. Sus ropas blancas flameaban en la brisa.
Desmontó cuando se acercó a los Klatchianos y agitó la
mano en un saludo.
—¡Buen día, caballeros! ¿Puedo convencerles de que se
rindan?
—¿Quién es usted?
—Capitán Zanahoria, señor. De modo que si son tan
gentiles para dejar sus armas nadie saldrá herido.
El comandante levantó la mirada. Unos globos estaban
apareciendo a lo largo del borde de las dunas. Cuando salieron, resultaron ser
cabezas.
—¡Son... D’reg, señor! —dijo el sargento.
—No. Los D’reg estarían cargando, sargento.
—Oh, lo siento. ¿Tengo que decirles que carguen? —dijo
Zanahoria—. ¿Es lo que prefiere?
Los D’reg estaban a todo lo largo de las dunas ahora.
El alto sol brillaba en los metales.
—¿Está diciéndome —comenzó el comandante lentamente—,
que puede persuadir a los D’reg a que no
carguen?
—Es gracioso, pero creo que piensan que ellos tuvieron
esta idea —dijo Zanahoria.
El comandante consideró la posición. Había D’reg en
ambos lados. Su tropa estaba apiñada todos juntos. Y este pelirrojo, de ojos
azules, le estaba sonriendo.
—¿Qué piensan ellos acerca del misericordioso
tratamiento de prisioneros? —se aventuró.
—Pienso que ellos podrían arreglarlo. Si insisto.
El comandante miró hacia los silenciosos D’reg otra
vez.
—¿Por qué? —dijo—. ¿Por qué no nos están atacando?
—preguntó.
—Mi comandante dice que no quiere pérdidas
innecesarias de vidas, señor —dijo Zanahoria—. Es el Comandante Vimes, señor.
Está sentado sobre esa duna, allá arriba.
—¿Puede persuadir a los D’reg armados a no atacar y
también tiene un comandante?
—Sí, señor. Él dice que es una acción política.
El comandante tragó.
—Nos rendimos —dijo.
—¿Qué? ¿Así de fácil? —dijo su sargento—. ¿Sin pelea?
—Sí, sargento. Sin pelear. Este hombre puede hacer
correr agua colina arriba y tiene un comandante. Me encanta la idea de rendirme
sin pelear. He peleado por diez años y rendirme si pelea es algo que siempre
quise hacer.
~ 0 ~
El agua cayó desde el techo de metal del Bote y formó
un globo sobre un papel delante de Leonard de Quirm. La sacó. Podría ser
aburrido, esperar en una pequeña lata de metal debajo de un embarcadero
indescriptible, pero Leonard no tenía noción de la palabra.
Ausente, hizo un rápido boceto de un sistema de
ventilación mejorado.
Comenzó a mirarse la mano. Casi sin su guía, tomando
instrucciones de algún rincón de su cabeza, dibujó el esquema de una versión
mucho más grande del Bote. Aquí y allá... podía haber un grupo de cientos de
remos, más que de pedales, cada uno manipulado... su lápiz acarició el papel...
por jóvenes guerreros musculosos y no disfrazados. Un bote que pasaría sin ser
visto por debajo de otros botes, llevando hombres donde se necesitaran. Aquí,
un serrucho gigante fijado en el techo, de modo que cuando girase a velocidad
pudiera cortar los cascos de los barcos enemigos. Y aquí y allá un caño...
Se detuvo y miró su dibujo por un rato. Entonces
suspiró y se deshizo de él.
Vimes miraba desde la duna. No podía escuchar mucho
desde allí, pero no lo necesitaba.
Angua se sentó a su lado.
—Está funcionando, ¿verdad? —dijo.
—Sí.
—¿Qué hará?
—Oh, tomará sus armas y les dejará ir, supongo.
—¿Por qué lo sigue la gente? —preguntó Angua.
—Bueno, eres su novia, deberías...
—Eso es diferente. Lo amo porque es gentil sin pensar
en eso. No se fija en sus propios pensamientos como hacen otros. Cuando hace
cosas buenas es porque ha decidido hacerlas, no porque quiera llegar a algo. Es
tan simple. De todos modos, soy un lobo que vive con personas, y hay un nombre
para lobos que viven con personas. Si él silba, yo vendré corriendo.
Vimes trató de no mostrar su embarazo.
Angua sonrió.
—No se preocupe, señor Vimes. Ya lo dijo usted mismo.
Tarde o temprano todos somos el perro de alguien.
—Es como hipnotismo —dijo Vimes de prisa—. La geste lo
sigue para ver qué sucede a continuación. Se dicen a sí mismos que solamente lo
siguen por un rato y que pueden detenerse cuando quieran, pero nunca quieren.
Es maldita magia.
—No. ¿Alguna vez lo ha mirado, realmente? Le apuesto
que averiguó todo sobre Jabbar a los diez minutos de estar hablando con él. Le
apuesto que sabe el nombre de cada camello. Y que lo recuerda todo. La gente no
toma habitualmente tanto interés por otras personas —Sus dedos distraídos
hicieron un dibujo en la arena—. De ese modo te hace sentir importante.
—Los políticos hacen eso... —comenzó Vimes.
—No de la manera que él lo hace, créame. Creo que Lord
Vetinari recuerda hechos de las personas...
—¡Oh, eso te lo puedes creer!
—... pero Zanahoria tiene interés. Ni siquiera piensa
en eso. Hace espacio en su cabeza para las personas. Él muestra interés y
entonces las personas piensan que son interesantes. Se sienten... mejores
cuando él está cerca.
Vimes bajó la mirada. Los dedos de Angua estaba
dibujando otra vez, distraídamente, sobre la arena. «Todos estamos cambiando en
el desierto, pensó. No es como la ciudad, rodeando tus pensamientos. No me
asombra que éste sea el lugar donde comienzan las religiones. Y de repente, acá
estoy, probablemente de manera ilegal, y tratando de hacer mi trabajo. ¿Por
qué? Porque soy demasiado estúpido para detenerme y pensar antes de salir tras
algo, por eso es. Hasta Zanahoria sabía hacerlo mejor. Yo corrí tras el barco
de Ahmed sin pensarlo, pero él fue lúcido para presentarse a mí primero. Hizo
lo que un oficial responsable debe hacer, pero yo...»
—El perro de Vetinari —dijo en voz alta—. Corre
primero, y piensa después...
Sus ojos captaron el bulto distante de Gebra. Afuera
estaba el ejército Klatchiano, y en algún lugar más allá el ejército de
Ankh-Morpork, y él tenía un puñado de personas y ningún plan porque había
corrido primero y...
—Pero tengo que hacerlo —dijo—. Ningún policía habría
permitido escapar un sospechoso como Ahmed...
Una vez más tuvo la sensación de que el problema que
estaba enfrentando no era un problema. Era algo obvio. Él era el problema. No
estaba pensando bien.
Ya que lo pensaba, no había pensado en eso, realmente.
Miró hacia la compañía atrapada. Se habían desnudado y
parecían avergonzados, como cualquier hombre en ropa interior.
La bata blanca de Zanahoria aún flameaba en la brisa.
No ha estado aquí un día entero, pensó Vimes, y ya viste el desierto como un
par de sandalias.
—... er... ¿bingeley-bingeley beep?
—¿Es su diario demonio? —dijo Angua.
Vimes revoleó los ojos.
—Sí. Aunque parece estar hablando de alguien
diferente.
—... er... tres pe eme —murmuró el demonio
lentamente—... día sin completar... Controlar Defensas Murallas...
—¿Ves? ¡Piensa que estoy en Ankh-Morpork! Le costó a
Sybil trescientos dólares y ni siquiera puede detectar dónde estoy.
Lanzó la colilla del cigarro y se puso de pie.
—Mejor bajo de acá —dijo—. Después de todo, soy el
jefe.
Resbaló duna abajo y aterrizó delante de Zanahoria,
quien lo saludó.
—Un saludo será suficiente, capitán, las gracias
igual.
—Perdone, señor. Creo que me sobrepasé.
—¿Por qué les ha hecho desnudarse?
—Les hace motivo de risas al regresar, señor. Un golpe
a su orgullo —Se inclinó más cerca y susurró—: Aunque he permitido que el
oficial se quede con la ropa. No vale la pena exponer a los oficiales.
—¿De veras? —dijo Vimes.
—Y algunos quieren unírsenos, señor. Está el muchacho
de Goriff y unos pocos más. Fueron reclutados en el ejército ayer. Ni siquiera
saben por qué están peleando. De modo que les dije que podían.
Vimes llevó al capitán a un costado.
—Er... No recuerdo haber sugerido nada sobre
prisioneros que se nos unan —dijo tranquilo.
—Bueno, señor... Pensé que, con nuestro ejército
aproximándose, y ya que casi todos estos muchachos vienen de diferentes
rincones del imperio y que no les gustan los Klatchianos más de lo que nos
gustan a nosotros, pensé que una columna volante de guerrilla...
—¡No somos soldados!
—Er... Pensé que éramos soldados...
—Sí, sí, está bien. En cierto modo... pero la verdad
es que somos policías, lo que siempre fuimos. No matamos personas a menos
que...
¿Ahmed? Todos se inquietan cuando está por allí,
preocupa a las personas, recoge información por todos lados, parece ir donde le
place, y parece estar siempre allí donde hay problemas... maldito maldito
maldito...
Corrió a través de la multitud hasta encontrar a
Jabbar, quien estaba mirando a Zanahoria con su habitual sonrisa desconcertada
que Zanahoria provoca en los mirones inocentes.
—Tríos dúos —dijo Vimes—. Tres días. ¡Eso son setenta
y dos horas!
—¿Sí, offendi? —dijo Jabbar. Era la voz de alguien que
había reconocido el amanecer, el mediodía y al atardecer, y que había dejado
permitido que todo sucediera como quisiera.
—Entonces, ¿por qué le llaman 71-horas Ahmed? ¿Qué
tiene de especial la hora adicional?
Jabbar sonrió nervioso.
—¿Hizo algo después de setenta y una horas? —dijo
Vimes.
Jabbar cruzó los brazos.
—No lo diré.
—¿Te dijo que nos mantuvieras acá?
—Sí.
—Pero que no nos mataras.
—Oh, no mataría a mi amigo Sir Sam Mula...
—Y no me vengas con toda esa basura de ojos —dijo
Vimes—. Él quería tiempo para llegar a algún lugar y hacer algo, ¿verdad?
—No lo diré.
—No lo necesito —dijo Vimes—. Porque nos estamos
yendo. Y si nos matas... bueno, probablemente puedas, pero a 71-horas Ahmed no
le gustará, supongo.
Jabbar parecía un hombre tomando una decisión difícil.
—¡Regresará pronto! —dijo—. ¡Mañana! ¡No hay
problemas!
—¡Y yo no esperaré! Y no creo que me quiera muerto,
Jabbar. Me quiere vivo. ¿Zanahoria?
Zanahoria se aproximó veloz.
—¿Sí, señor?
Vimes estaba consciente de que Jabbar lo miraba con
horror.
—Hemos perdido a Ahmed —dijo—. Ni siquiera Angua puede
tomar el rastro con la arena soplando por todo el lugar. No tenemos dónde ir.
No somos necesarios aquí.
—¡Lo somos, señor! —explotó Zanahoria—. Podemos ayudar
a las tribus del desierto...
—Oh, ¿quieres quedarte y pelear? —dijo Vimes—. ¿Contra
los Klatchianos?
—Contra los malos Klatchianos, señor.
—Ah, bien, ése es el truco, ¿eh? Cuando uno de ellos
venga aullando con la espada en alto, ¿cómo te darás cuenta de su carácter?
Bueno, puedes quedarte y pelear por el buen nombre de Ankh-Morpork. Será una
corta batalla. Pero yo estoy fuera. Probablemente Jenkins no ha podido poner a
flote su barco todavía. ¿De acuerdo, Jabbar?
El D’reg estaba mirando la arena entre sus pies.
—Tú sabes dónde está él, ¿verdad? —soltó Vimes.
—Sí.
—Dímelo.
—No. Yo se lo he jurado.
—Pero los D’reg son rompedores de juramentos. Todo el
mundo lo sabe.
Jabbar sonrió a Vimes.
—Oh, juramentos. Estupideces. Le di mi palabra.
—No la romperá, señor —dijo Zanahoria—. Los D’reg son
muy particulares acerca de esas cosas. Es cuando juran por los dioses y cosas
cuando romperán su juramento.
—No te diré dónde está —dijo Jabbar—. Pero... —sonrió
otra vez, y esta vez no había humor en la sonrisa—, ¿Cuán bravo es usted, señor
Vimes?
—Deja de quejarte,
Nobby.
—No me estoy quejando. Solamente digo que estos
pantalones son un poco ventilados, eso es todo lo que digo.
—Aunque se ven bien en ti.
—¿Y qué se supone que hacen esos dos cuencos de metal?
—Se supone que protegen los trozos que tú no tienes,
Nobby.
—Por la manera en que sopla la brisa, podría conseguir
alguna protección para los trozos que sí tengo.
—Muévete y actúa como una dama, ¿quieres, Nobby?
Lo cual sería difícil, tenía que admitir el Sargento
Colon. La dama para quien habían sido hechas esas ropas era una dama alta y
algo rellena, mientras que Nobby sin su armadura podría haber escondido una
vara corta si le hubieras adosado un tostador a los dos tercios de la altura.
Parecía un acordeón de gasa con mucha joyería. En teoría, el vestuario debía
ser bastante revelador, pero ahora tenía demasiados dobleces e hinchazones que
nadie podría decir con seguridad que él estaba allí adentro. Llevaba el burro,
que parecía gustar de él. Nobby le gustaba a los animales. No tenía olor
extraño.
—Y las botas no van —siguió el Sargento Colon.
—¿Por qué no? Tú aún tienes las tuyas.
—Sí, pero se supone que no soy una flor del desierto,
¿verdad? La luna del placer de alguien no debería hacer chispas la caminar,
¿verdad?
—Pertenecen a mi abuelo, no las dejaré para que las
roben, y no daré vueltas para el placer de nadie —dijo Nobby de mal humor.
Lord Vetinari avanzó al frente. Las calles estaban
llenas. Al-Khali quería comenzar los negocios del día en el fresco del
amanecer, antes de que el día encendiera el panorama. Nadie le prestaba
atención a los recién llegados, aunque algunas personas se volvieron a mirar al
Cabo Nobbs. Cabras y gallinas se retiraban del camino mientras pasaban.
—Cuidado con los que traten de venderte esas sucias
postales, Nobby —dijo Colon—. Mi tío estuvo acá una vez y dijo que un tipo
trató de venderle un paquete de sucias postales por cinco dólares. Quedó muy
disgustado.
—Sí, porque puedes tenerlas por dos dólares en las
Shades —dijo Nobby.
—Eso es lo que dijo. Y eran de Ankh-Morpork. ¿Tratando
de vendernos nuestras propias sucias postales? Realmente, a eso le llamo un
disgusto.
—¡Buen día, sultán! —dijo una voz alegre y en cierto
modo familiar—. ¿Nuevos en la ciudad?
Los tres se volvieron hacia una figura que había
aparecido mágicamente desde la entrada de un callejón.
—Claro, sí —dijo el Patricio.
—¡Ya lo puedo ver! Todos lo son en estos días. ¡Y este
es su día de suerte, shah! ¡Estoy aquí para ayudarle! Si quiere algo, ¡yo lo
tengo!
El Sargento Colon había estado mirando al hombre. Dijo
con una voz lejana:
—Su nombre viene a ser algo como... Al-Jibla o algo
así, ¿correcto?
—Ha escuchado de mí, ¿sí? —dijo jovialmente el
comerciante.
—Algo así, sí —dijo Colon lentamente—. Usted es
asombrosamente... familiar.
Lord Vetinari lo empujó a un lado.
—Somos artistas ambulantes —dijo—. Estamos deseando
tener un contrato en el palacio del Príncipe... Tal vez usted pueda ayudar.
El hombre se frotó la barba pensativo, y varias
partículas cayeron en cascada dentro de los cuencos de su bandeja.
—No sé nada del palacio —dijo—. ¿Qué es lo que ustedes
hacen?
—Juegos malabares, comemos fuego, esa clase de cosas
—dijo Vetinari.
—¿Sí? —dijo Colon.
Al-Jibla movió la cabeza hacia Nobby.
—¿Qué hace...?
—... ella —dijo Lord Vetinari, ayudándole.
—... ella?
—Baile exótico —dijo Vetinari mientras Nobby fruncía
el ceño.
—Bastante exótico, podría decir —dijo Al-Jibla.
—Se asombraría.
Un par de hombres armados se acercaron a ellos. El
corazón del Sargento Colon dio un salto. En esos rostros barbados se vio a sí
mismo y a Nobby, quienes en casa siempre se acercarían a cualquier cosa que
pareciera interesante en las calles.
—Ustedes son malabaristas, ¿verdad? —dijo uno de
ellos—. Veamos lo que pueden hacer, entonces.
Lord Vetinari los miró y bajó la vista hasta al
bandeja alrededor del cuello de Al-Jibla. Entre los objetos de alimento más
identificables había una cantidad de melones verdes.
—Muy bien —dijo, y levantó tres.
El Sargento Colon cerró los ojos.
Después de unos segundos, los volvió a abrir porque el
guardia había dicho:
—Muy bien, pero nadie lo puede hacer con tres.
—En ese caso, tal vez el señor Al-Jibla me lance unos
pocos más —dijo el Patricio, mientras las bolas saltaban de las manos.
El Sargento Colon volvió a cerrar los ojos.
Después de unos momentos un guardia dijo:
—Siete está bastante bien. Pero son solamente melones.
Colon abrió los ojos.
El Klatchiano movió su ropa a un costado. Media docena
de cuchillos de lanzar brillaron. Y también sus dientes.
Lord Vetinari asintió. Para la creciente sorpresa de
Colon no parecía estar mirando los melones voladores.
—Cuatro melones y tres cuchillos —dijo—. Si son tan
gentiles de entregar tres cuchillos a mi asistente Beti...
—¿Quién? —dijo Nobby.
—¿Oh? ¿Por qué no siete cuchillos, entonces?
—Gentiles señores, sería demasiado sencillo[23] —dijo Lord Vetinari—. Soy un malabarista torpe. Por
favor, permítanme practicar mi arte.
—¿Beti? —dijo Nobby, furioso bajo sus velos.
Tres frutas se alejaron suavemente de la rueda verde y
cayeron sobre la bandeja de Al-Jibla.
Los guardias miraron atentamente, y según Colon
también nerviosos, a la gruesa figura del alguacil disfrazado.
—Ella no hará ninguna clase de danza, ¿verdad? —se
aventuró uno de ellos.
—¡No! —soltó Beti.
—¿Es una promesa?[24]
Nobby tomó tres de los cuchillos y los retiró del
cinturón del hombre.
—Se los daré a su... a él, ¿verdad, Beti? —dijo Colon,
repentinamente seguro que mantener vivo al Patricio era por cierto la única
manera de evitar un último cigarrillo al sol. También se había dado cuenta de
que otras personas se acercaban a mirar el espectáculo.
—A mí, por favor... Al —dijo el Patricio asintiendo.
Colon le lanzó los cuchillos, lenta y suavemente.
Tratará de clavarlos en los guardias, pensó. Es astuto. Y entonces todos nos
dejarán ir.
El círculo giraba brillando al sol. Se escuchaba un
murmullo de aprobación entre la muchedumbre.
—Todavía está aburrido —dijo el Patricio.
Y sus manos se movieron en un patrón complejo que
sugería que sus muñecas se debieron mover una a través de la otra, por lo menos
dos veces.
La bola enredada de frutas y cuchillos saltaba en el
aire.
Tres melones cayeron al suelo, limpiamente cortados en
dos.
Tres cuchillos se clavaron en el polvo a unas pocas
pulgadas de las sandalias del propietario.
Y el Sargento Colon miró hacia arriba, hacia la
creciente y verde...
El melón explotó, y también la audiencia, pero ambas
cosas se perdieron para el Sargento Colon quien se libraba de la pulpa pasada.
El instinto de conservación habló otra vez. Tambalea
hacia atrás, le dijo. Entonces él se tambaleó hacia atrás, sacudiendo las
piernas en el aire. Cae pesadamente, le dijo. Entonces él se sentó, y casi
aplastó una gallina. Pierde tu dignidad, le dijo; de todas las cosas que tienes
es la que puedes arriesgarte a perder.
Lord Vetinari le ayudó a levantarse.
—Nuestras vidas dependen de que parezcas un idiota
gordo y estúpido —susurró, volviendo a poner el fez en la cabeza de Colon.
—No soy bueno actuando, señor...
—¡Bien!
—Sísseñor.
El Patricio levantó tres mitades de melón y las dejó
en un puesto que una mujer acababa de instalar, robando un huevo de una cesta
mientras pasaba. El Sargento Colon parpadeó. Eso no era... real. El Patricio no
hacía esa clase de cosas...
—¡Damas y caballeros! Vean... ¡un huevo! Y aquí
tenemos... ¡una cáscara de melón! ¡Huevo, melón! ¡Melón, huevo! ¡Ponemos el
melón sobre el huevo! —Sus manos se movieron sobre las tres mitades,
cambiándolas de lugar a gran velocidad—. Giran, y giran, ¡así! Pero, ¿dónde
está el huevo? ¿Lo sabe usted, shah?
Al-Jibla sonrió sobrador.
—Debajo del izquierdo —dijo—. Siempre está allí.
Lord Vetinari levantó el melón. La tabla debajo no
tenía huevo.
—¿Y usted, noble guardia?
—Está debajo del central —dijo el guardia.
—Sí, por supuesto... oh querido, no lo está...
La multitud miró al último melón. Eran gente de calle.
Conocían el punto. Cuando el objeto puede estar debajo de tres cosas, y resulta
que no está debajo de dos de ellas, entonces el lugar donde no debe estar es
bajo la tercera. Solamente alguna clase de tonto crédulo creería algo así. Por
supuesto que había un truco. Siempre había un truco. Pero deberá mirar, si
quiere ver un truco bien hecho.
Sin embargo, Lord Vetinari levantó el melón, y la
multitud asintió con satisfacción. Por supuesto, no estaba allí. Sería un día
bastante pobre para un entretenimiento callejero si las cosas estaban donde se
suponía que estaban.
El Sargento Colon sabía lo que iba a suceder a
continuación, y lo supo porque por los dos últimos minutos o más algo le estuvo
picoteando la cabeza.
Consciente de que este era probablemente su momento,
levantó su fez y reveló un pequeñísimo y esponjoso pollito.
—¿Tiene una toalla? Me temo que acaba de usar el
toilet sobre mi cabeza, señor.
Hubo una carcajada, algunos aplausos, y para su
asombro el tintineo de monedas alrededor de sus pies.
—Y finalmente —dijo el Patricio—, la bella Beti les
hará una danza exótica.
La multitud quedó en silencio.
Entonces uno desde atrás dijo:
—¿Cuánto tenemos que pagar para que no lo haga?
—¡Correcto! ¡Ya he tenido suficiente de esto! —Los
velos flotaron detrás de ella, los brazaletes tintinearon, los codos se
movieron con furia y las botas sacaron chispas: la bella Beti se lanzó hacia la
multitud.
—¿Quién dijo eso?
Las personas se alejaron de ella. Los ejércitos
hubieran retrocedido. Y allí, al descubierto como una medusa después de un
reflujo de marea, había un hombre pequeño a punto de ser fritado en la cólera
de un creciente Nobbs.
—Quiero que no te ofendas, oh ser de dos ojos...
—¿Oh? Cara de bollo, ¿eso dices? —Nobby sacó un arma
entre el ruido de los brazaletes y golpeó al hombre—. ¡Tienes que aprender
sobre las mujeres, jovencito! —Y entonces, porque un Nobbs no resistiría un
objetivo que se le ofrece, la pequeña Beti sacó una bota forrada en acero.
—¡Beti! —soltó el Patricio.
—Oh, está bien, sí, está bien —dijo Nobby, con velado
desdén—. Todos pueden decirme qué hacer, ¿eh? Sólo porque sucede que soy la
mujer de por aquí se supone que lo acepte, ¿eh?
—No, se supone que tú no patearás sus asentaderas
—susurró Colon, tironeándole—. Yo no luzco bien —Aunque se dio cuenta de que
las mujeres en la multitud parecían estar en desacuerdo con esta repentina
interrupción del espectáculo.
—¡Y hay varias historias extrañas que podemos
contarles! —gritó el Patricio.
—Beti las tiene —murmuró Colon y recibió una fuerte
patada en el tobillo.
—¡Y varias visiones extrañas que podemos mostrarles!
—Beti les... ¡Argggh!
—Pero por ahora, buscamos la sombra de una caravana
antigua...
—¿Qué estamos haciendo?
—Vamos a la taberna.
La multitud comenzó a dispersarse, pero con asombrados
vistazos ocasionales hacia el trío.
Uno de los guardias movió la cabeza hacia Colon.
—Buen espectáculo —dijo—. Especialmente la parte en
que su dama no movió sus velos... —se deslizó rápidamente detrás de su colega
mientras Nobby giraba como un ángel vengador.
—Sargento —susurró el Patricio—. Es muy importante que
sepamos acerca del paradero actual del Príncipe Carnerocanalla, ¿entiende? En
las tabernas la gente habla. Mantengamos nuestros oídos abiertos.
La taberna no era la idea de Colon de una taberna. Por
comenzar la mayor parte no tenía techo. Muros con arcos rodeaban un patio. Una
parra crecía de un macetón roto y había sido llevada hacia unas espalderas. Se
escuchaba el sonido suave del agua que saltaba, pero no era como el Tambor
Remendado, porque el bar se hubiera apoyado contra los retretes, sino porque
había una pequeña fuente entre los adoquines. Y estaba fresco, mucho más fresco
que en la calle, aunque las hojas de la vid escasamente escondían el cielo.
—No sabía que podía jugar malabares, señor —susurró
Colon a Lord Vetinari.
—¿Quiere decir que usted no puede, sargento?
—¡Nosseñor!
—Qué extraño. Apenas es una habilidad, ¿verdad? Uno
tiene que saber qué son esos objetos y dónde quieren ir. Después es solamente
una cuestión de permitirles ocupar la posición correcta en tiempo y espacio.
—Usted es realmente bueno, señor. ¿Practica
frecuentemente?
—Hasta hoy, nunca lo había intentado —Lord Vetinari
miró la expresión de asombro de Colon—. Después de Ankh-Morpork, sargento, un
puñado de melones voladores representa un problema menor, muy menor.
—Estoy asombrado, señor.
—Y en política, sargento, es siempre importante saber
dónde está el pollo.
Colon levantó su fez.
—¿Está aún sobre mi cabeza?
—Parece que se ha quedado dormido. No lo molestaría,
si fuera usted.
—... hey, tú, malabarista... ¡ella no puede entrar
aquí!
Levantaron la mirada. Alguien con un rostro y un
delantal que decían ‘tabernero’ en setecientos idiomas estaba parado cerca de
ellos, con una jarra de vino en cada mano.
—Nada de mujeres aquí —prosiguió.
—¿Por qué no? —dijo Nobby.
—Las mujeres tampoco hacen preguntas.
—¿Por qué no?
—Porque está escrito, por eso.
—¿Dónde se supone que me vaya, entonces?
El tabernero se encogió de hombros.
—¿Quién sabe dónde van las mujeres?
—Vete fuera, Beti —dijo el Patricio—. Y... ¡atiende a
la información!
Nobby tomó la copa de vino de Colon y la tragó de una
vez.
—No lo sé —se quejó—. He sido mujer solamente diez
minutos y ya los odio, machos bastardos.
—No sé que le ha pasado, señor —susurró Colon mientras
Nobby salía—. No parece estar normal... ¡Pensé que las mujeres Klatchianas
hacían lo que se les decía!
—¿Acaso tu mujer hace lo que le dices, sargento?
—Bueno, sí, obviamente, un hombre tiene que ser el amo
de su propia casa, eso es lo que siempre digo...
—Entonces, ¿por qué siempre estás colocando muebles de
cocina, como me dijeron?
—Bueno, obviamente, tienes escuchar a...
—En realidad la historia Klatchiana está llena de
famosos ejemplos de mujeres que fueron a la guerra con sus hombres —dijo el
Patricio.
—¿Qué? ¿Del mismo lado?
—Tistam, la esposa del Príncipe Arkven, solía cabalgar
a la batalla con su esposo y, de acuerdo con la leyenda, mató a miles de
hombres.
—Esos son muchos hombres.
—Las leyendas tienden a incrementar. De todas maneras,
creo que hay una buena evidencia histórica de que la reina Sowawondra de Sumtri
mató a más de treinta mil personas durante su reinado. Dicen que estaba un poco
loca.
—Debería escuchar a mi esposa cuando no retiro los
platos —dijo el Sargento Colon desolado.
—Ahora que nos hemos integrado a la población local,
sargento —dijo el Patricio—, deberíamos averiguar qué está sucediendo. Aunque
una invasión esté muy bien planificada, siento que el Príncipe Carnerocanalla
debe haber reservado algunas fuerzas para el caso de un ataque por tierra.
Sería bueno saber dónde están, porque allí es donde él estará.
—Correcto.
—¿Crees que puedes manejar esto?
—Sísseñor. Conozco a los Klatchianos, señor. No se
preocupe por eso.
—Acá tienes algo de dinero. Compra tragos a la gente.
Mézclate.
—Correcto.
—No tomes demasiado, pero mezcla cuanto seas capaz de
resistir.
—Soy un buen mezclador, señor.
—Vete, entonces.
—¿Señor?
—¿Sí?
—Estoy un poco preocupado por... Beti, señor. Que
saliera así. Le puede suceder cualquier cosa —pero hablaba con algo de duda. No
había mucho que le pudiera estar sucediendo al Cabo Nobbs.
—Estoy seguro de que si hubiera algún problema lo
sabríamos —dijo el Patricio.
—En eso tiene razón, señor.
Colon se escurrió hacia un grupo de hombres que
estaban sentados en círculo sobre el piso, conversando tranquilamente entre
ellos y comiendo de una enorme fuente.
Se sentó. Los hombres de ambos lados se corrieron.
Entonces ahora, cómo era... ah, ya sé... todos saben
cómo hablan los Klatchianos...
—Saludos, hermanos del desierto —dijo—. No sé nada de
ustedes, pero me gustaría tener un plato lleno de ojos de oveja, ¿eh? Les
apuesto que no pueden esperar a regresar a los camellos, yo sé que no puedo.
Escupo sobre los perros profanos de Ankh-Morpork. ¿Alguien tiene algún
baksheesh? Me pueden llamar Al.
—Excúseme, ¿es usted la dama que está con los payasos?
El Cabo Nobbs, que había estado tambaleándose
desolado, levantó la mirada. Le estaba dirigiendo la palabra una joven de bello
rostro. Era una novedad que una dama le hablara por elección propia. Y que
sonriera mientras lo hacía era algo nunca visto.
—Er... sí. Correcto. Soy yo —tragó—. Beti.
—Mi nombre es Bana. ¿Le gustaría venir a conversar con
nosotras?
Nobby miró más allá. Había una cantidad de mujeres de
diferentes edades sentadas alrededor de un gran pozo. Una de ellas le saludó
con timidez.
Parpadeó. Este era un territorio desconocido. Miró sus
ropas, las que eran las peores para ponerse. Sus ropas siempre parecían las
peores para ponerse cinco minutos después de ponérselas.
—Oh, no se preocupe —dijo la chica—. Sabemos de eso.
Pero se la veía tan solitaria. Y tal vez pueda ayudarnos...
Estaban en medio del grupo ahora. Había mujeres de
todas las formas y tamaños. Y parecía que ninguna hubiese dicho ‘Yuk’, una
experiencia hasta ahora nunca escrita en la historia personal de Nobby. De una
manera destacada, con su cabeza nimbada, el Cabo Nobbs sentía que estaba
entrando en el paraíso, y era sólo un error desafortunado que hubiese entrado
por la puerta equivocada.
—Estamos tratando de consolar a Netal —dijo la
muchacha—. Su prometido no se casará con ella mañana.
—El muy puerco —dijo Nobby.
Una de las chicas, con los ojos rojos de tanto llorar,
levantó la cabeza rápidamente.
—Él sí quería —dijo en un sorbido—. ¡Pero ha sido
reclutado para pelear en Gebra! ¡Todo por alguna isla de la que nadie escuchó
hablar! ¡Y toda mi familia está aquí!
—¿Quién lo reclutó? —preguntó Nobby.
—Él mismo —soltó otra mujer. Fuera de las diferencias
de ropas, había algo obsesionantemente familiar en ella, y Nobby se dio cuenta
de que si la cortaba por la mitad la palabra ‘suegra’ le vendía bien.
—Oh, señora Atbar —dijo Netal—, dijo que era su deber.
De cualquier modo, todos los muchachos tenían que ir.
—¡Hombres! —dijo Nobby girando los ojos.
—Supongo que usted conocerá acerca de los placeres de
los hombres, entonces —dijo Suegra ácidamente.
—¡Madre!
—¿Quién, yo? —dijo Nobby, olvidándose de sí mismo por
un momento—. Oh sí, un montón.
—¿Oh, sí?
—¿Por qué no? La cerveza es lo favorito —dijo Nobby—.
Pero no supera un buen cigarro, y menos si es gratis.
—¡Hah! —Suegra levantó la canasta de lavado y se
alejó, seguida por la mayoría de las mujeres mayores. Las otras rieron. Incluso
la desconsolada Netal sonrió.
—Creo que no es lo que ella quería decir —dijo Bana.
Entre un coro de risitas, ella se inclinó y susurró en el oído de Nobby.
Su expresión no cambió, pero pareció solidificarse.
—Oh, eso
—dijo.
Había algunos mundos de experiencias a los que Nobby
solamente había contemplado en un mapa, pero sabía de lo que hablaba ella. Por
supuesto que patrullaba algunas partes de las Shades en su tiempo, esas donde
jóvenes muchachas deambulaban sin mucho que hacer, y tal vez tomando demasiado
frío; pero esas áreas de trabajo policial que en otros lugares podían ser de
interés de un Escuadrón del Vicio, ahora tendían a ser controladas por el
Gremio de las Costureras. Las personas que se negaban a obedecer la... no, no
la ley como ley, ellas las llamaban reglas no escritas... por ejemplo, yacer
junto a la señora Palm y su comitiva de señoras muy experimentadas[25] atraía la atención de las Tías Angustias, Dotsie y
Sadie, y podía o no podía no ser visto otra vez. Incluso el señor Vimes aprobó
el acuerdo. No había papeleo.
—Oh, sí —dijo Nobby aún mirando fijo alguna pantalla
en su interior.
Por supuesto que conocía eso...
—Oh, eso —murmuró—. Bueno, he visto una cosa o dos
—agregó. La mayoría en postales, debió agregar.
—Debe ser maravillosos tener tanta libertad —dijo
Bana.
—Er...
Netal rompió a llorar otra vez. Sus amigas se apiñaron
a su alrededor.
—No entiendo por qué los hombres se tienen que ir así
—dijo Bana—. Mi prometido también se ha ido.
Se escuchó la carcajada de una mujer muy vieja sentada
junto al pozo.
—Se los puedo decir, queridas. Porque es mejor que
cultivar melones. Es mejor que las mujeres.
—¿Los hombres piensan que la guerra es mejor que las
mujeres?
—Siempre está fresca, siempre es joven, y puedes hacer
una buena pelea todos los días.
—¡Pero los matan!
—Es mejor morir en batalla que en la cama, dicen
—Mostró una sonrisa sin dientes—. Pero hay buenas maneras en que un hombre
puede morir en la cama, ¿eh, Beti?
Nobby deseó que el brillo de sus orejas le chamuscara
el velo. De repente, se sintió atrapado por su futuro. Le saltó a la cara que
no valía ni diez malditas monedas.
—Excúseme —dijo—. ¿Alguna de ustedes es Nubilia?
—¿Qué es Nubilia? —dijo Bana.
—Es un país por aquí —dijo Nobby. Agregó esperanzado—:
¿O no?
Ninguno de los rostros sugirió que lo fuese.
Nobby suspiró. Su mano se alzó hasta su oreja en busca
de la colilla del cigarrillo, pero bajó vacía.
—Les diré una cosa, muchachas —dijo—. Deseo haber
pedido una versión de diez dólares. ¿No quieren algunas veces sentarse y
llorar?
—Pareces más triste que Netal —dijo Bana—. ¿Hay alguna
manera en que podamos alegrarte?
Nobby se le quedó mirando por un momento, y luego
comenzó a sollozar.
Todos miraban a Colon con la comida a mitad camino de
su boca.
--¿Le escuché decir
eso, Faifal? ¿Para qué quiero estar yo sobre un camello? ¡Soy un fontanero!
--Es el payaso del
malabarista. Creo. El pobre hombre se ha quedado a varios metros de un oasis.
--Quiero decir que
todo esto apesta y que ellos son cabrones que subirán tu escalera con una caja
de herramientas...
--Vamos, ya, no es su
culpa, mostremos un poco de caridad. El que hablaba se aclaró la garganta.
—Buen día, amigo —dijo—, ¿Podemos invitarte a
compartir nuestro cuscus?
El Sargento Colon miró el cuenco, y entonces hundió un
dedo y lo probó.
—¡Hey, esto es semolina! ¡Tienen semolina! Es sólo
semolina ordi... —se detuvo y tosió—. Sí, está bien. Gracias. ¿Tiene mermelada
de fresas?
El anfitrión miró a sus amigos. Se encogieron de
hombros.
—No sabemos qué es esa ‘mermelada de hfresas’ de la
que hablas —dijo con cuidado—. La preferimos con cordero —ofreció a Colon una
larga brocheta de madera.
—Oh, debieran tener mermelada de fresas —dijo Colon,
ya sin control—. Cuando éramos chicos la hacíamos correr y... y... —miró sus
rostros—. Claro, eso era en Ur —dijo.
Los hombres asintieron mirándose unos a otros. De
repente, todo estaba bien.
Colon eructó sonoramente.
Lo que recogió de todos los que estaban allí fue que
él era el único que había escuchado acerca de esa costumbre común Klatchiana.
—Bueno —dijo—, ¿dónde está el ejército en estos días?
¿Más o menos?
—¿Por qué lo preguntas, tú lleno-de-gases?
—Oh, pensamos que podíamos hacer algo de dinero
entreteniendo a las tropas —dijo Colon. Estaba inmensamente orgulloso de la
idea—. Ya saben... una sonrisa, una canción, un poco de danza exótica. Pero eso
significa que tenemos que saber dónde están, ¿lo ve?
--Perdóneme, gordo,
¿pero puede entender lo que le digo?
—Sí, es muy sabroso —arriesgó Colon.
--Ah. Lo pensé.
Entonces él es un espía. Pero, ¿de quién?
--¿De veras? ¿Quién
sería tan estúpido como para usar un payaso como ése siendo un espía?
--¿Ankh-Morpork?
--¡Oh, vamos! Tal vez
está pretendiendo ser un espía de Ankh-Morpork. Pero entonces se muestran
astutos...
--Eso piensas. Una
persona que hace curry con algo que se llama polvo de curry, ¿y tú piensas que
es inteligente?
--Yo calculo que es
de Muntab. Ellos siempre están observándonos.
--¿Y pretendiendo ser
de Ankh-Morpork?
--Bueno, si
estuvieras tratando de parecerte a un payaso Morporkiano que pretende ser
Klatchiano, ¿no te verías así?
--¿Pero por qué
pretende ser de aquí?
--Ah, política.
--Llamemos al
guardia, entonces.
--¿Estás loco? ¡Hemos
estado hablando con él! Nos interrogarán.
--Buen punto. Lo sé.
Faifal brindó a Colon una enorme sonrisa.
—Escuché que todo el ejército se había marchado a En al Sams la Laisa —dijo—. Pero no se
lo diga a nadie.
—¿Sí? —Colon miró al otro hombre. A su vez ambos lo
miraban con una expresión inexpresiva.
—Suena a un lugar muy grande, con un nombre como ése
—dijo.
—Oh, enorme —dijo su vecino. Uno de los otros hombres
hizo un ruido que podía ser confundido con una carcajada reprimida.
—El camino es largo, ¿verdad?
—No, está muy cerca. Usted está prácticamente sentado
en él —dijo Faifal. Codeó a un colega cuyos hombros se sacudían.
—Oh, bien. Gran ejército, ¿eh?
—Podría decirse, sí.
—Bien. Bien —dijo Colon—. Er... ¿tiene alguien un
lápiz? Hubiera jurado que tenía uno cuando...
Se escuchó un ruido fuera de la taberna. Era el sonido
de varias mujeres riéndose, lo cual es siempre un ruido inquietante para los
hombres[26]. Los clientes espiaron a través de las hojas de la
parra.
Colon y el resto miraron alrededor de un macetón hacia
el grupo del pozo. Una vieja mujer estaba rodando por el piso, riéndose, y
varias de las jóvenes se apoyaban unas en otras para no caer.
Escuchó que una decía:
—¿Qué dijo otra vez?
—Él dijo, ‘Es gracioso, ¡nunca ocurrió cuando lo
intenté!’.
—Sí, ¡es cierto! —cacareó la vieja—. ¡Nunca ocurre!
—‘Es gracioso, nunca ocurrió cuando lo intenté’
—repitió Nobby.
Colon gruñó. Era la voz y el tono del Cabo Nobbs en
modo de relator de historias, cuando podía quemar leña a diez yardas.
—Excúseme —murmuró, y presionó para hacerse camino
hasta el portón.
—¿Han escuchado ese otro acerca de un re... sultán que
tenía miedo de que su esposa... una de sus esposas... le fuera infiel cuando
estuviera lejos?
—¡No hemos escuchado ninguna historia como estas,
Beti! —tosió Bana.
—¿De veras? Oh, tengo mil y una de ellas. Bueno. De
todos modos, se fue a visitar al viejo herrero, bien, y le dijo...
—No puedes ir contando historias como esa, cab... Beti
—Colon se paró a su lado mientras tomaba aliento.
Nobby se dio cuenta de que algo había cambiado en el
grupo. Ahora estaba rodeado por mujeres en presencia de un hombre. Un hombre
conocido, se corrigió a sí mismo.
Algunas se estaban ruborizando. No se habían
ruborizado antes.
—¿Por qué no? —dijo Beti en tono desagradable.
—Ofenderás a estas personas —dijo Colon con cierta
incertidumbre.
—Er, no estamos ofendidas, señor —dijo Bana, con una
voz pequeña y temblorosa—. Creemos que las historias de Beti son muy...
instructivas. Especialmente, la del hombre que fue a la taberna con el músico
muy pequeño.
—Y fue bastante difícil de traducir —dijo Nobby—,
porque en Klatch no saben qué es un piano. Pero sucede que acá tienen una
especie de algo con cuerdas...
—Y fue muy interesante el del hombre con piernas y
brazos enyesados —dijo Netal.
—Sí, y ellas se rieron aunque no tiene la misma clase
de campanillas de puerta acá —dijo Nobby—. Ves, no tienes que...
Pero el grupo alrededor del pozo se estaba
dispersando. Las jarras del agua eran levantadas y se alejaban. Una especie de
preocupación por la tarea cayó sobre las mujeres.
Bana movió la cabeza hacia Beti.
—Er... gracias. Ha sido muy interesante. Pero debemos
irnos. Fue muy gentil de su parte hablar con nosotras.
—Er, no, no se vayan...
Una leve sugerencia a perfume quedó colgando en el
aire.
Beti miró a Colon.
—Algunas veces realmente quiero pegarte un golpe en la
oreja —gruñó—. Mi primera verdadera oportunidad en años y tú...
Se detuvo. Había una multitud de rostros llenos de
desaprobación detrás de Colon.
Y las cosas hubieran terminado de otra manera si no
hubiese sido que el burro rebuznó, desde arriba.
El burro perdido, fácilmente liberado de la inexperta
atadura de Nobby, había vagado en busca de comida. De alguna manera asoció el
lugar con la entrada de su establo y además con las entradas en general, y se
había metido por la primera que encontró abierta.
Adentro había una angosta escalera en espiral, pero su
establo era bastante angosto y los pasos no les preocupan a los burros
acostumbrados a las calles de Al-Khali.
Solamente se sintió decepcionado cuando los escalones
terminaron y no encontró heno.
—Oh, no —dijo uno detrás de Colon—. Hay un burro
arriba en el minarete, otra vez.
Se escucharon gruñidos todo alrededor.
—¿Qué tiene de malo? Lo que sube tiene que bajar —dijo
Colon.
—¿No lo sabe? —dijo uno de sus compañeros de cena—.
¿No tienen minaretes en Tar?
—Er... —dijo Colon.
—Tenemos muchos burros —dijo Lord Vetinari. Hubo una
carcajada general, la mayoría dirigida a Colon.
Uno de los hombres señaló el sombrío interior del
minarete.
—Mire... ¿lo ve?
—Una escalera, muy estrecha y retorcida —dijo el
Patricio—. ¿Entonces...?
—No hay cómo dar la vuelta allá arriba, ¿correcto? Oh,
cualquier tonto puede hacer subir un burro al minarete. ¿Pero ha tratado alguna
vez de obligar a un animal a bajar marcha atrás por una estrecha escalera en la
oscuridad? No se puede.
—Hay algo acerca de escaleras que suben —dijo alguien
más—. Atrae a los burros. Creen que hay algo en el extremo.
—Tuvimos que empujar al último, al vacío, ¿verdad?
—dijo uno de los guardias.
—Correcto. Y salpicó —dijo su camarada.
—Nadie empujará a Valerie de ningún lugar —gruñó
Beti—. Cualquiera de ustedes que intente algo así, me conocerá, sentirá el
extremo equivocado de... —se detuvo y una enorme y horrible sonrisa apareció
detrás del velo—. Quiero decir, le daré un enorme y húmedo beso.
Varios hombres al fondo de la multitud se dieron a la
fuga.
—No hay necesidad de ponerse desagradable —dijo el
guardia.
—¡Lo prometo! —dijo Beti adelantándose.
El guardia acobardado se encogió.
—¿No pueden hacer algo con ella, señores?
—¿Nosotros? —dijo Vetinari—. Me temo que no. Oh,
querida... ¿será como aquel asunto en Djelibeybi otra vez, Al?
—Oh, mi cielo —dijo Colon, haciendo el tonto
fielmente. La multitud, o al menos esa parte que pensaba que estaba lo bastante
lejos de Beti, comenzó a sonreír. Esto era teatro callejero.
—No sé si alguna vez bajaron al hombre del mástil
—siguió Vetinari.
—Oh, la mayor parte de él, sí, lo hicieron —dijo
Colon.
—Dinos qué, dinos qué —dijo rápidamente un guardia—,
suponga que ponemos una cuerda alrededor de él...
—... ella... —gruñó Beti.
—Ella, está bien, y entonces...
—¡Necesitará al menos tres hombres allí arriba y no
hay espacio suficiente!
—Señor, tengo una idea —susurró uno de los guardias.
—Lo haría pronto —dijo Colon—, porque no hay modo de
parar a Beti cuando empieza.
Los guardias sostuvieron una discusión susurrada.
--¡Nos meteremos en
problemas si lo hacemos! ¡Ya sabes todo lo que nos dijeron sobre el esfuerzo de
la guerra! ¡Es por eso que estaban todas confiscadas!
--¡Nadie la echará de
menos por cinco minutos!
--Sí. ¿pero quieres
decirle al Príncipe que perdimos una?
--Está bien, ¿pero
quieres explicárselo a ella?
Ambos miraron a Beti.
--Y son fáciles de
conducir, después de todo --susurró uno.
—¿Valerie? —dijo el Sargento Colon.
—¿Hay algún problema? —preguntó Beti.
—¡No! No. Es un buen nombre para un burro, Nob...
Beti.
—Que nadie haga nada —dijo uno de los guardias—.
Regresaremos.
—¿Qué fue todo eso? —dijo Colon mientras los miraba
alejarse.
—Oh, probablemente fueron a buscar una alfombra —dijo
alguien.
—Muy bien, pero no veo cómo puede ayudar —dijo Beti.
—Una voladora.
—Oh, bien —dijo Colon—. Tienen una de esas en la
Universidad...
—¿Ur tiene Universidad?
—Claro que sí —dijo el Patricio—. ¿Cómo creen que Al
aprendió cómo se ve un burro?
Una vez más, una carcajada despejó las dudas. Colon
sonrió desconcertado.
—Estoy haciéndolo bien en este papel de idiota,
¿verdad? —dijo—. ¡Es un suceso!
—Maravilloso —dijo Lord Vetinari.
Se escuchó otro rebuzno furioso desde arriba.
—El problema es que están todas bajo llave por el
esfuerzo de la guerra —dijo uno detrás.
Un trozo de ladrillo se estrelló en el piso cerca de
ellos.
—Está tratando de darse vuelta allá arriba. Se caerá
de todos modos.
—Tal vez debería convencerla de bajar —dijo el
Patricio.
—No se puede, offendi. No puede pasar los escalones,
no podrá darla vuelta, y no podrá hacer que baje marcha atrás.
—Consideraré la situación —dijo el Patricio.
Se metió en la taberna por un momento y regresó. Le
vieron entrar por la puerta y le escucharon mientras subía por la escalera.
—Podría resultar —dijo un hombre detrás de Colon.
Después de un rato, el rebuzno se detuvo.
—No puede girar. Demasiado estrecho —dijo el experto
elevador de burros—. No podrá girar, no andará hacia atrás. Hecho bien sabido.
—Siempre hay un sabelotodo, ¿eh, Beti? —dijo Colon.
—Sí. Siempre.
La torre estaba en completo silencio. Varios miembros
de la multitud tenían puesta en ella su atención.
—Quiero decir, si pudiera poner tres o cuatro hombres
allí arriba, lo que no se puede, se podría intentar mover una pata por vez, si
no importa ser pateado hasta morir...
—Muy bien, muy bien, aléjense de la torre, ¿sí?
Los guardias regresaron. Uno de ellos llevaba una
alfombra enrollada.
—Muy bien, muy bien, hagan lugar...
—Puedo escuchar cascos —dijo alguien.
—Oh, sí, ¿como si el amigo del fez estuviera bajando
el burro por las escaleras?
—Eso, yo también puedo escucharlos —dijo Colon.
Ahora, todos los ojos estaban fijos en la puerta.
Lord Vetinari emergió, llevando un trozo de soga.
La voz detrás de Colon dijo:
—Está bien, es sólo un trozo de soga. Probablemente
estaba haciendo sonar un par de cocos en el extremo.
—¿Quieres decir los que encontró en el minarete?
—Los tenía con él, eso es obvio.
—¿Quieres decir que lleva siempre esos cocos?
—¡No puedes girar
un burro allí... está bien, esa es una cabeza de burro falsa...
—¡Mueve las orejas!
—Con un piolín, con un piolín... está bien, es un
burro, está bien, pero no es el mismo
burro. Es uno que tenía escondido en el bolsillo... bueno, no es necesario que
me miren de esa manera. Los he visto hacerlo con palomas...
Entonces, hasta el incrédulo, se quedó callado.
—Burro, minarete —dijo Lord Vetinari—. Minarete,
burro.
—¿Así de simple? —dijo el guardia—. ¿Cómo lo hizo? Es
un truco, ¿verdad?
—Por supuesto que es un truco —dijo Lord Vetinari.
—Sabía que
era un truco.
—Correcto, fue sólo un truco —dijo Lord Vetinari.
—Entonces... ¿cómo lo hizo?
—¿Quiere decir que no lo ha sacado?
La multitud se estiró para mirar.
—Er... usted tenía un burro inflable...
—¿Puede pensar alguna razón por la que iría por allí
con un burro inflable?
—Bueno, usted...
—¿Una que no te importara decirla a tu querida madre?
—Si lo pone de esa manera...
—Es fácil —dijo Al-Jibla—. Hay un compartimiento
secreto en el minarete. Debe haberlo.
—No, está todo mal, es sólo la ilusión de un burro... Bueno, está bien, es una buena ilusión...
Para entonces, la mitad de las personas estaban
alrededor del burro y las otras se amontonaban en la entrada del minarete,
buscando paneles secretos.
—Creo, Al y Beti, que es cuando tenemos que partir
—dijo Lord Vetinari detrás de Colon—. Por ese pequeño callejón de allí. Y
cuando demos vuelta la esquina, correremos.
—¿Para qué tenemos que correr? —dijo Beti.
—Porque acabo de robar la alfombra mágica.
Vimes ya estaba perdido. Oh, estaba el sol, pero era
solamente una dirección. Lo podía
sentir en un costado del rostro.
Y el camello se mecía de lado a lado. No había manera
de estimar distancias, excepto por sus hemorroides.
«Estoy vendado a la espalda de un camello que conduce
un D’reg, de los que todos dicen que son las personas menos confiables del
mundo. Pero estoy casi seguro de que no me matará».
—Entonces —dijo, mientras se mecía de lado a lado—,
podría decírmelo. ¿Por qué 71-horas Ahmed?
—Mató a un hombre —dijo Jabbar.
—¿Y los D’reg objetan algo tan pequeño como eso?
—¡En la propia tienda del hombre! Cuando hemos sido
sus huéspedes por casi tríos dúos! Si hubiese espera tan sólo una hora...
—Oh, ya veo. Definitivamente, sin modales. ¿Había
hecho ese hombre algo para merecerlo?
—¡Nada! Aunque...
—¿Sí?
—El hombre había matado a El-Ysa —El tono del D’reg
sugería que no era una circunstancia demasiado importante, pero que debía ser
mencionado para completar.
—¿Quién era ella?
—El-Ysa era una villa. Envenenó un pozo. Había una
discusión acerca de religión —agregó—. Una cosa llevó a la otra... pero aún
así, romper la tradición de hospitalidad...
—Sí, ya veo que es algo terrible. Casi... inadecuado.
—La hora era importante. Algunas cosas no debieron ser
hechas.
—Tiene razón, definitivamente.
A media tarde Jabbar le permitió quitarse la venda.
Lomos de roca negra comidos por el viento salían de la arena. Vimes pensó que
era el lugar más desolado que había visto.
—Dicen que una vez fue verde —dijo Jabbar—. Una tierra
con agua.
—¿Qué sucedió?
—El viento cambió.
Al atardecer llegaron a un wadi entre más rocas
carcomidas, y era solamente el trozo de sombra, que se profundizaba en las
entrantes, lo que comenzaba a devolverles una forma antigua.
—Son edificios, ¿verdad? —preguntó Vimes.
—Había una ciudad aquí hace mucho tiempo. ¿No lo
sabía?
—¿Por qué debía saberlo?
—La construyó tu gente. Se llamaba Tacticum. Por uno
de sus guerreros.
Vimes miró los muros destruidos y las columnas
derribadas.
—Tuvo una ciudad con su nombre... —dijo sin dirigirse
a nadie.
Jabbar lo codeó.
—Ahmed lo está mirando —dijo.
—No puedo verlo en ningún lugar.
—Por supuesto. Baje. Y espero que nos volvamos a
encontrar donde quiera sea su paraíso.
—Bien, bien...
Jabbar hizo girar al camello. Se marchó mucho más
rápido que lo que había llegado.
Vimes se sentó sobre una roca por un rato. No había
otro sonido que el siseo del viento entre las rocas y el grito de algún pájaro,
muy lejos.
Pensó que podía escuchar el latido de su propio
corazón.
—Bingeley... bingeley... beep... —El Des-organizador
se escuchaba preocupado e incierto.
Vimes suspiró.
—¿Sí? ¿Cita con 71-horas Ahmed?
—Er... no... —dijo el demonio—. Er... Avistada la
flota Klatchiana... er...
—Barcos en el desierto, ¿eh?
—Er... beep... error de código 746, inestabilidad
temporal divergente...
Vimes sacudió la caja.
—¿Pasa algo malo contigo? —preguntó—. Todavía me estás
diciendo las citas de alguna otra persona, ¡caja idiota!
—Er... las citas son correctas, para el Comandante
Samuel Vimes...
—¡Ese soy yo!
—¿Cuál de ellos? —dijo el demonio.
—¿Qué?
—... beep...
Se rehusó a decir más. Vimes consideró la posibilidad
de lanzarla lejos, pero Sybil se sentiría dolida si lo averiguaba. La metió de
nuevo dentro del bolsillo y trató de concentrarse otra vez en el escenario.
Su asiento podría haber sido parte de una columna,
alguna vez. Vimes vio otros trozos por allí y entonces se dio cuenta que una
pila de escombros era un muro derribado. Lo siguió, sus pasos hacían eco en los
acantilados, y vio que estaba caminando entre viejos edificios, o donde habían
estado esos viejos edificios. Aquí estaban las ruinas de unos escalones, allí
la base de una columna.
Uno era un poco más alto que los otros. Se subió y
encontró, sobre su extremo plano, dos pies enormes. Debe haber habido una
estatua allí. Probablemente de pie, si Vimes conocía todo acerca de estatuas,
en una actitud noble. Ahora no estaba, y sólo quedaban los pies, cortados en
los tobillos. No eran excepcionalmente nobles.
Mientras se bajaba vio, porque había quedado del lado
protegido del viento, una leyenda tallada profundamente en el fuste. Trató de
leerla a la luz que moría:
AB HOC POSSUM VIDERE DOMUM TUUM.
--Bueno... ‘domum
tuum’ era ‘su casa’, ¿sí? Y ‘videre’ era ‘veo’...
—¿Qué? —dijo en voz alta—. ‘Puedo ver tu casa desde
aquí’, ¿sí? ¿Qué clase de noble sentimiento es ese?
—Creo que quería decir que era un presumido y una
amenaza, Sir Samuel —dijo 71-horas Ahmed—. Algo típico en Ankh-Morpork, como he
pensado siempre.
Vimes se quedó muy quieto. La voz había llegado desde
su espalda.
Y era la voz de 71-horas Ahmed. Pero carecía de esa
pizca de salivazo de camello y ronquera que tenía en Ankh-Morpork. Ahora tenía
el modo de hablar de un caballero.
—Es el eco de aquí —prosiguió Ahmed—. Yo podría estar
en cualquier parte. Podría tener una ballesta apuntándole en este mismo
momento.
—No la dispararía. Los dos tenemos mucho en juego.
—Oh, hay honor entre ladrones, ¿eh?
—No lo sé —dijo Vimes. Oh, bueno... era tiempo de ver
si estaba bien muerto o recién muerto—. ¿Hay honor entre policías?
~ 0 ~
Los ojos del Sargento Colon se agrandaron.
—¿Inclinar mi peso hacia un lado? —dijo.
—Así es cómo se dirigen las alfombras mágicas —dijo
Lord Vetinari con calma.
—Sí, pero suponga que me inclino y caigo.
—Tendremos mucho más espacio —dijo Beti insensible—.
Vamos, sarge, tú sabes cómo arrojar tu peso.
—No arrojaré mi peso hacia ningún lado —dijo
firmemente Colon. Estaba acostado todo lo largo sobre la alfombra, con ambas
manos aferradas tan firme como podía—. No es natural, sólo un trozo de tela
entre tú y un seguro chapuzón.
El Patricio miró abajo.
—No estamos sobre el agua, sargento.
—¡Sé lo que digo, señor!
—¿Podemos ir un poco más lento? —dijo Beti—. La brisa
invade mi privacidad, si entiende el sentido.
Lord Vetinari suspiró.
—No estamos viajando tan rápido como deberíamos.
Sospecho que es una alfombra muy vieja.
—Hay un trozo deshilachado acá —dijo Beti.
—Cállate —dijo Colon.
—Mira, puedo pasar mi dedo a través...
—Cállate.
—¿Notas que se hacen ondas cuando te mueves?
—Cállate.
—Hey, mira esas palmeras allá abajo, se ven muy
pequeñas.
—Nobby, sé que sientes temor a la altura —dijo Colon—.
Yo sé que temes a las alturas.
—¡Es un estereotipo sexual!
—¡No, no lo es!
—¡Sí, lo es! ¡Esperas que me doble el tobillo y que
llore todo el tiempo! ¡Es mi tarea probarte que una mujer puede ser tan buena
como un hombre!
—Es casi lo mismo en tu caso, Nobby. Has tomado
demasiado sol, eso es lo que pasa. ¡No eres mujer, Nobby!
Beti sollozó.
—Es justo la clase de afirmación sexista que esperaba
de ti.
—Bueno, ¡no lo eres!
—Es el principio de la cuestión.
—Bueno, al menos tenemos transporte —dijo Lord
Vetinari, sugiriendo con el tono que el espectáculo debía terminar—.
Desafortunadamente no tuve tiempo de averiguar dónde está el ejército.
—¡Ah! ¡Yo puedo ayudarle, señor! —Colon trató de
saludar, y se aferró a la alfombra otra vez—. ¡Lo averigüé astutamente, señor!
—¿De veras?
—¡Sísseñor! Está en un lugar llamado... er... En al
Sams la Laisa, señor.
La alfombra prosiguió el vuelo por un momento, en
silencio.
—¿‘El Lugar donde el Sol No Brilla’? —dijo el
Patricio.
Hubo más silencio. Colon trataba de no mirar a nadie.
—¿Hay algún lugar llamado Gebra? —dijo Nobby, huraño.
—Sí, Be... cabo. Lo hay.
—Se fueron allí. Por supuesto, solamente tiene la
palabra de una mujer.
—Bien hecho, cabo. Nos iremos hacia la costa.
Lord Vetinari se relajó. En su vida, ocupada y
compleja, nunca había encontrado personas como Nobby y Colon. Hablaban todo el
tiempo y aún había algo... descansado en ellos.
Miró el horizonte polvoriento con cuidado mientras la
antigua alfombra hacía la curva. Debajo de su brazo estaba el cilindro metálico
que Leonard había hecho para él.
Tiempos drásticos requieren medidas drásticas.
—¿Señor? —dijo Colon con la voz opacada por la
alfombra.
—¿Sí, sargento?
—Tengo que saberlo... ¿Cómo hizo... ya sabe... para
bajar al burro?
—Persuasión, sargento.
—¿Qué? ¿Sólo con hablarle?
—Sí, sargento. Persuasión. Y, lo admito, una vara muy
aguda.
—¡Ah! Ya lo sabía...
—El truco de sacar burros de minaretes —dijo el
Patricio mientras el desierto se desplazaba debajo—, es encontrar la parte del
burro que desea seriamente bajar.
El viento se había calmado. El pájaro arriba del
acantilado había callado por la noche. Todo lo que Vimes podía escuchar era el
ruido de las criaturas del desierto.
Y entonces la voz de Ahmed.
—Estoy genuinamente impresionado, Sir Samuel.
Vimes aspiró profundamente.
—Sabe que realmente me engañó —dijo—. ‘Sus lomos
pueden estar llenos de frutas’. Esa estuvo buena. Pensé que usted era... —se
detuvo. Pero Ahmed prosiguió.
—... sólo otro camellero con una toalla en la cabeza,
¿eh? Oh, amigo. Y lo ha venido haciendo muy bien hasta ahora, Sir Samuel. El
Príncipe estaba muy impresionado.
—Oh, vamos. Lo que usted estaba haciendo eran
comentarios sugerentes acerca de melones. ¿Qué se suponía que debía pensar?
—No se preocupe, Sir Samuel. Considero todo esto un
cumplido. Puede volverse. No soñaría hacerle daño a menos que usted haga
algo... estúpido.
Vimes se dio vuelta. Solamente pudo distinguir una
forma en el resplandor.
—Usted estaba admirando mi lugar —dijo Ahmed—. Los
hombres de Tacticus lo construyeron cuando intentó conquistar Klatch. No es
realmente una ciudad según los estándares actuales, por supuesto. Era solamente
establecer un hito. ‘Aquí estamos y nos quedaremos’, así fue. Y entonces el
viento cambió.
—Usted mató a Nevadas Pendientes, ¿verdad?
—La palabra es ejecución. Puedo mostrarle la confesión
que firmó de puño y letra.
—¿Por su propia voluntad?
—Más o menos.
—¿Qué?
—Digamos... le señalé las alternativas a firmar la
confesión. Fui muy gentil al dejarle el anotador. Después de todo, quería
retener su interés. Y no se ponga así, Sir Samuel. Yo lo necesito.
—¿Cómo puede decir lo que siento?
—Puedo adivinarlo. El Gremio de Asesinos tenía un
contrato por él en cualquier caso. Y por una feliz casualidad yo soy miembro
del Gremio.
—¿Usted?
—Vimes trató de pensar. Y entonces: ¿por qué no él? los niños eran enviados
desde miles de millas a la Escuela del Gremio de Asesinos...
—Oh, sí. Los mejores años de mi vida, me dijeron. Era
en la Casa de Víboras. ¡Escuela! ¡Escuela! ¡Viva la Escuela! —Suspiró como un
príncipe y escupió como un camellero—. Si cierro mis ojos puedo recordar el
sabor de esas natillas que ustedes suelen tomar los lunes. Santo cielo, cómo
regresa todo... Recuerdo cada calle mojada. ¿Está aún el señor Dibbler
vendiendo esa horrible salsa con bollo en la Calle Mina de Melaza?
—Sí.
—¿El mismo señor Dibbler?
—Y la misma salsa.
—Una vez probada, nuca olvidada.
—Verdad.
—No, no se mueva tan rápido, Sir Samuel. De otra
manera me temo que tendré que cortarle el cuello. Usted no confía en mí, yo no
confío en usted.
—¿Por qué me ha traído hasta aquí?
—¿Traerlo? ¡Tuve que sabotear mi propio barco para que
usted no me perdiera!
—Sí, pero... usted... sabía cómo reaccionaría yo —el
corazón de Vimes comenzó a achicarse. Todos sabían cómo reaccionaría Sam
Vimes...
—Sí. ¿Desea un cigarrillo, Sir Samuel?
—Pienso que usted chupó esos ajos malditos.
—En Ankh-Morpork, sí. Siempre sea un poco extranjero
dondequiera que esté, porque todos saben que los extranjeros son un poco
estúpidos. Además, son bastante buenos.
—¿Frescos desde el desierto?
—¡Hah! Sí, todos saben que los cigarrillos Klatchianos
están hechos con excremento de camello —un fósforo se encendió, y por un
momento Vimes tuvo la visión de la ganchuda nariz de Ahmed mientras prendía el
cigarrillo para él—. Esta es una zona donde, siento mucho decirlo, el prejuicio
tiene algo de razón. No, estos vienen directo desde Sumtri. Una isla donde se
dice que las mujeres no tiene alma. Personalmente, lo dudo.
Vimes estiró la mano sosteniendo el paquete. Por un
momento se preguntó si podría tomar...
—¿Cómo está su suerte? —dijo Ahmed.
—Huyendo, sospecho.
—Sí. Un hombre debe conocer la distancia de su suerte.
¿Le digo cómo sé que usted es un buen hombre, Sir Samuel? —A la luz de la luna
creciente Vimes vio que Ahmed sacaba un soporte de cigarrillo, lo insertaba con
trabajo.
—Dígame.
—Después del atentado al Príncipe yo sospechaba de
todos. Pero usted sospechaba sólo de su propia gente. No podía pensar que los
Klatchianos podían haberlo hecho. Porque eso habría terminado con las opiniones
del Sargento Colon y de todo el resto de la brigada de los
maricas-Klatchianos-hechos-con-excremento-de-camello.
—Usted es policía, ¿de quién?
—Quien me paga, digamos, es el Príncipe
Carnerocanalla.
—Entonces supongo que no está muy contento con usted
ahora. Se suponía que usted protegía a su hermano, ¿verdad? —«Así lo pensaba
yo, pensó Vimes. ¿Pero qué demonios...?»
—Sí. Y pensamos de la misma manera, Sir Samuel. Usted
pensó que era su gente, yo pensé que era la mía. La diferencia es que yo tenía
razón. La muerte de Khufurah fue planeada en Klatch.
—Oh, ¿de veras? Eso es lo que ellos querían que la
Guardia pensara...
—No, Sir Samuel. Lo importante es lo que alguien
quería que usted pensara.
—¿De veras? Bueno, en eso está equivocado. Todo el
asunto con los vidrios y la arena sobre el piso, me di cuenta que...
directamente...
Su voz se fue perdiendo.
Después de rato, Ahmed dijo con simpatía:
—Sí, usted lo creyó.
—Maldición.
—Oh, de alguna manera usted tenía razón. A Ossie le
pagaron en dólares, originalmente. Y entonces, un poco después, alguien entró
asegurándose de romper la mayoría de los vidrios hacia afuera, y cambió el
dinero. Y puso la arena. Debo decir que pensé que lo de la arena era ir un poco
lejos. Nadie podía ser tan estúpido. Pero ellos quisieron asegurarse de que se
viera como un atentado chapucero.
—¿Quién fue? —dijo Vimes.
—Oh, un ladrón de medio tiempo. Bob-Bob Duroyoyo. Ni
siquiera supo por qué lo hacía, excepto que alguien le pagaría. Alabo su
ciudad, Comandante. Por el dinero suficiente, puede encontrar alguien que haga
cualquier cosa.
—Alguien debía pagarle.
—Un hombre que encontró en una taberna.
Vimes asintió desanimado. Era sorprendente cómo
algunas personas estaban listas para hacer negocios con otras que encontraban
en una taberna.
—Puedo creerlo —dijo.
—Ya lo ve, si hasta el insospechado Comandante Vimes,
quien es conocido aún para algunos políticos Klatchianos mayores como un hombre
honesto y concienzudo, aunque algo falto de inteligencia... si aún él afirmó
que estaba realizado por su propia gente... bueno, el mundo observa. El mundo
pronto averiguará. ¿Comenzar una guerra por una roca? Bueno, esa clase de cosas
inquietan a los países. Ellos han quitado todas las rocas de su costa. Pero
comenzar una guerra porque algún perro extranjero asesinó a un hombre en misión
de paz... eso, creo, podría ser comprensible.
—¿Carente de inteligencia? —dijo Vimes.
—Oh, no se ponga así, Comandante. El asunto con el
incendio en la embajada. Eso fue bravura.
—¡Fue realmente terrorífico!
—Bueno, la línea divisoria es delgada. Eso fue algo
que yo no esperaba.
En la mesa ondulante y sonora de pool que era la
cabeza de Vimes, la bola negra entró en el hoyo.
—¿Había esperado el incendio, entonces?
—El edificio debió haber estado casi vacío...
Vimes se movió. Ahmed fue alzado de sus pies y
estrellado contra una columna, con ambas manos de Vimes alrededor del cuello.
—¡Esa mujer estaba atrapada dentro!
—¡Era... necesario! —dijo Ahmed ahogado—. ¡Tenía...
que... haber... una distracción! ¡Su... vida... estaba... en peligro! ¡Tenía...
que... sacarlo... de allí! No... supe... de la mujer... hasta... que era...
demasiado tarde... Le... entrego... mi espada...
A través del rojo velo de la furia Vimes se dio cuenta
de una irritación en la región de su estómago. Miró abajo, hacia el cuchillo
que había aparecido mágicamente en la mano del otro hombre.
—Escúcheme... —silbó Ahmed—. El Príncipe
Carnerocanalla ordenó la muerte de su propio hermano... Qué mejor manera de
demostrar... la perfidia de los comedores de salsa... que asesinando un
pacificador...
—¿A su propio hermano? ¿Espera que yo crea eso?
—Fueron enviados mensajes... a la embajada... en
código...
—¿Al viejo embajador? ¡No lo creo!
Ahmed se quedó quieto por un momento.
—No, realmente usted no lo cree, ¿verdad? —dijo—. Sea
generoso, Sir Samuel. De verdad trate a todos los hombres por igual. Permita a
los Klatchianos el derecho a ser unos bastardos maquinadores, ¿hmm? De hecho,
el embajador es sólo un idiota pomposo. Ankh-Morpork no tiene el monopolio.
Pero su suplente ve el mensaje primero. Él es un... hombre joven y ambicioso...
Vimes relajó las manos.
—¿Él? ¡Pensé que era sospechoso apenas lo vi!
—Yo sospeché que usted había pensado que era
Klatchiano apenas lo vio, pero entiendo su punto.
—Y usted podía leer el código, ¿verdad?
—Oh, vamos. ¿Acaso no lee usted los papeles de
Vetinari al revés cuando está parado frente al escritorio? Además, soy el
policía del Príncipe Carnerocanalla...
—De modo que él es su jefe, ¿verdad?
—¿Quién es su jefe, Sir Samuel? ¿Cuándo una presión se
convierte en un empujón?
Los dos hombres permanecieron frente a frente. La
respiración de Ahmed silbaba.
Vimes hizo un paso atrás.
—Esos mensajes... ¿los tiene?
—Oh, sí. Con su sello en ellos —Ahmed se frotó el
cuello.
—Santo cielo. ¿Los originales? Hubiera pensado que
estaban bajo llave.
—Estaban. En la embajada. Pero durante el incendio
varias manos fueron necesarias para acarrear importantes documentos y ponerlos
a salvo. Fue un incendio... muy útil.
—Una muerte garantizada para su propio hermano...
bueno, no podrá sostenerlo en ninguna corte...
—¿Qué corte? El rey es la ley —Ahmed se sentó—. No
somos como usted. Ustedes matan reyes.
—La palabra es ‘ejecutar’. Y solamente lo hicimos una
vez, y fue hace mucho tiempo —dijo Vimes—. ¿Es por eso que me trajo aquí? ¿Para
qué todo este drama? ¡Pudo ir a verme en Ankh-Morpork!
—Usted es un hombre que sospecha, Comandante. ¿Me
hubiera creído? Además, tenía que sacar al Príncipe Khufurah de allí, antes de
que él, ah ah, ‘muriera por sus heridas’.
—¿Dónde está el Príncipe ahora?
—Guardado. Y a salvo. Está más seguro en el desierto
que lo que jamás pudo estar en Ankh-Morpork, se lo aseguro.
—¿Y está bien?
—Mejorando. Está siendo cuidado por una vieja mujer en
quien confío.
—¿Su madre?
—¡Por los dioses, no! Mi madre es una D’reg. Estaría
terriblemente ofendida si confiara en ella. Diría que no me trajo bien al
mundo.
Esta vez, vio la expresión de Vimes.
—Usted piensa que soy un bárbaro educado, ¿eh?
—Digamos que le hubiera dado a Nevadas Pendientes una
largada con ventaja.
—¿De veras? Mire a su alrededor, Sir Samuel. Su...
ronda... es una ciudad que puede cruzar en media hora. La mía son dos millones
de millas cuadradas de desierto y montañas. Mis compañeros son una espada y un
camello y, francamente, ninguno es buen conversador, créame. Oh, los pueblos y
ciudades tienen guardias. Son pensadores sencillos. Pero es mi trabajo entrar
en lugares vacíos y perseguir bandidos y asesinos, a quinientas millas de
cualquiera que pudiera estar de mi parte, de modo que debo inspirar temor y
matar al primer golpe porque no tendré oportunidad de dar el segundo. De cierto
modo, soy un hombre honesto, creo. Sobrevivo. He sobrevivido siete años en una
escuela pública de Ankh-Morpork patrocinada por los hijos de los caballeros.
Comparado con eso, la vida entre los D’reg no me causa pavor, se lo aseguro. Y
administro justicia de modo rápido y sin costos.
—Escuché cómo obtuvo su nombre...
Ahmed se encogió de hombros.
—El hombre había envenenado el agua. El único pozo en
veinte millas. Eso mató a cinco hombres, siete mujeres, trece niños, y treinta
y un camellos. Y algunos de ellos eran muy valiosos, le señalo. Tenía la
evidencia del hombre que le vendió el veneno y un testigo confiable que le
había visto volcarlo en el pozo esa noche fatídica. Una vez que tuve el
testimonio de su sirviente, ¿por qué esperar una hora?
—Algunas veces tenemos juicios —dijo Vimes con
énfasis.
—Sí. Su Lord Vetinari decide. Bueno, a quinientas
millas de cualquier parte la ley soy yo —Ahmed agitó una mano—. Oh, no hay duda
de que el hombre hubiera sugerido que había circunstancias atenuantes, que tuvo
una infancia infeliz o que estaba impulsado por un Desorden Compulsivo de
Envenenar-Pozos. Pero yo tengo la compulsión de decapitar asesinos cobardes.
Vimes se dio por vencido. El hombre tenía su razón. El
hombre tenía una gran espada.
—Diferentes golpes para diferentes personas —dijo.
—Encontré que uno a la altura de los hombros es
suficiente —dijo Ahmed—. No haga esa mueca, era un chiste. Sabía que el
Príncipe armaba un complot y pensé: no está bien. Había matado algunos señores
de Ankh-Morpork, por la política. Pero esto... pensé, ¿por qué persigo gente
estúpida en las montañas si soy parte de un gran crimen? El Príncipe quiere
unificar toda Klatch. Personalmente, me gustan las pequeñas tribus y países, y
aún sus pequeñas guerras. Pero no me importa si pelean contra Ankh-Morpork porque
quieren, o porque sus horribles hábitos personales, o por su arrogancia
irreflexiva... hay un montón de razones para pelear contra Ankh-Morpork. Una
mentira no es una de ellas.
—Sé lo que quiere decir —dijo Vimes.
—¿Pero qué puedo hacer yo solo? ¿Arrestar a mi
Príncipe? Soy su policía, como usted lo es de Vetinari.
—No. Soy un oficial de la ley.
—Todo lo que sé es que debe haber un policía, hasta
para los reyes.
Vimes miró pensativo el desierto iluminado por la
luna.
En algún lugar fuera de allí estaba el ejército de
Ankh-Morpork, lo que hubiera de él. Y en algún lugar esperando estaba el
ejército de Klatch. Y miles de hombres que se podrían haber gustado unos a los
otros si se hubiesen conocido socialmente, atacaría unos contra los otros y
comenzarían a matar. Y después del primer choque, tendrían todas las excusas
para volver a hacerlo, una y otra vez...
Recordó cuando era niño y escuchaba a los viejos en
las calles hablar de la guerra. No había habido muchas guerras. Las ciudades
estados de Sto Plains trataban principalmente de hacerse quebrar unas a otras,
o el Gremio de Asesinos clasificaba todo sobre la base de uno-a-uno. La mayoría
del tiempo, las personas sólo discutían, y mientras eso era bastante molesto
era mucho mejor que tener una espada clavada en el hígado.
Lo que más recordaba, entre las descripciones de
charcos rellenos con sangre y miembros que volaban, era lo que dijo un viejo,
‘Y si tu pie se atascaba en algo, era mejor no mirar qué era, si querías
retener tu cena’. Nunca explicó qué quería decir. Los otros viejos parecían
saber. De todos modos, nada podía ser peor que las explicaciones que Vimes
aprendió por sí mismo. Y recordó que los tres viejos que se pasaban todo el día
sentados en un banco en el sol, tenían entre todos, cinco brazos, cinco ojos,
cuatro piernas y media y dos y tres cuartos de rostro. Y diecisiete orejas
(Crazy Winston traía su colección para un buen chico que la miraba
amedrentado).
—Él quiere comenzar una guerra... —Vimes tuvo que
abrir la boca porque de otra manera no habría lugar en su cerebro para esa idea
tan loca. Ese hombre de quien todos decían era un hombre honesto, noble y
bueno, quería una guerra.
—Oh, por cierto —dijo Ahmed—. Nada une a los pueblos
como una buena guerra.
«¿Cómo llevarse con alguien que piense así? Se
preguntó Vimes. Un simple asesino, bueno, tienes un buen surtido de opciones.
Él podría llevarse con un simple asesino. Tienes criminales y tienes policías,
y había algo como un sube-y-baja que equilibraba todo de manera extraña. Pero
si tenías un hombre que se sentaba y decidía comenzar una guerra, ¿por todos
los infiernos, qué podría equilibrar eso? Necesitaría un policía del tamaño de
un país».
No podías culpar a los soldados. Se habían reunido
para ser dirigidos en la dirección correcta.
Algo hizo clic contra la columna derrumbada. Vimes
miró hacia abajo y sacó la porra de su bolsillo. Brilló a la luz de la luna.
¿Qué demonios tenía de bueno algo así? Todo
significaba que se le permitía perseguir a los pequeños criminales que habían
cometido los pequeños crímenes. No había nada que hacer con los crímenes que
eran tan grandes que ni siquiera los podía ver. Vivía en ellos. Era tan...
seguro pegarse a los pequeños crímenes, Sam Vimes.
—¡ESTÁ BIEN, HIJOS MÍOS! ¡DEJEMOS VER QUÉ HAY EN ESTA
GEOGRAFÍA!
Las figuras saltaron sobre las columnas caídas.
Hubo un rasgar metálico cuando Ahmed sacó la espada.
Vimes vio un estandarte que venía hacia él -¡un
estandarte de Ankh-Morpork!- y una reacción callejera tuvo lugar. No perdió el
tiempo en burlarse de alguien tan estúpido para usar una pica en un soldado de
infantería. Esquivó el filo, agarró el mango, y lo tiró con tanta fuerza que su
propietario se tambaleó sobre sus botas.
Entonces se apartó, tratando de buscar la espada entre
sus ropas extrañas. Eludió la estocada de otra figura sombría y trató de
conectarle un codazo con algo de dolor.
Mientras se levantaba miró el rostro de un hombre con
una espada miserable...
... hubo un sonido sedoso...
... y el hombre se balanceó hacia atrás, con el rostro
sorprendido mientras la cabeza caía lejos de su cuerpo.
Vimes le quitó el turbante.
—¡Soy de Ankh-Morpork, cabrones estúpidos!
Una enorme figura se levantó delante de él, con una
espada en cada mano.
—CORTARÉ CABEZA DE CUERPO GRASIENTO... Oh, ¿es usted,
Sir Samuel?
—¿Huh? ¿Willikins?
—Claro, señor —El mayordomo se puso firme.
—¿Willikins?
—¿Me perdona un momento, señor? ... GOLPÉALO HIJO
AMADO DE UNA RAMERA... No tengo temor por su presencia, señor.
—¡Éste está peleando sucio, sarge!
Ahmed tenía la espalda contra la columna. Ya había un
hombre a sus pies. Otros tres estaban tratando de acercarse al wali y al mismo tiempo quedarse lejos de
la pared que creaba con su espada giratoria.
—¡Ahmed! ¡Son de nuestro lado! —gritó Vimes.
—Oh, ¿de veras? Perdóneme.
Ahmed bajó la espada y retiró el soporte del
cigarrillo de su boca. Inclinó la cabeza hacia uno de los soldados que había
estado tratando de atacarlo y dijo:
—Buen día tenga usted.
—Er..., ¿es usted uno de nosotros, también?
—No, soy uno de...
—Está conmigo —soltó Vimes—. ¿Cómo llegaste aquí,
Willikins? Sargento Willikins por lo
que veo.
—Estábamos de patrulla, señor, y fuimos atacados por
algunos caballeros Klatchianos. Después del consiguiente displacer...
—Debió verlo, señor, ¡le sacó un trozo de nariz a un
bastardo! —agregó un soldado.
—Es cierto que me he empeñado en sostener el buen
nombre de Ankh-Morpork, señor. De todos modos, después de...
—... y un tipo, sarge, le clavó justo en el...
—Por favor, Soldado Raso Bourke, estoy informando a
Sir Samuel sobre los eventos —dijo Willikins.
—¡El sarge debería tener una medalla, señor!
—Los dos que sobrevivimos tratamos de regresar, señor,
pero teníamos que ocultarnos de otras patrullas y estábamos considerando
escondernos hasta el amanecer en este edificio cuando espiamos a usted y al
caballero aquí.
Ahmed lo miraba con la boca abierta.
—¿Cuántos había en esta patrulla Klatchiana, sargento?
—dijo.
—Diecinueve hombres, señor.
—Es un número preciso, en esta luz.
—Era capaz de enumerarlos subsecuentemente, señor.
—¿Quiere decir que los mataron a todos?
—Sí, señor —dijo Willikins con calma—. De todos modos,
nosotros perdimos cinco hombres, señor. Sin incluir a Soldado Raso Hobbley y a
Webb, señor, quienes lamentablemente parecen haber pasado a mejor vida como
resultado de este desafortunado malentendido. Con su permiso, señor, los
quitaré.
—Pobres diablos —dijo Vimes, dándose cuenta de que no
era suficiente pero que no había otra cosa tampoco.
—La suerte de la guerra, señor. Soldado Raso Hobbley,
Rojo para sus amigos, tenía diecinueve y vivía en la Calle Ettercap, donde
hasta hace poco hacía cordones —Willikins tomó al muerto por los brazos y
tiró—. Estaba cortejando a una joven dama llamada Gracia, un retrato de quien
fue muy gentil en mostrarme anoche. Una mucama de Lady Venturi, según entendí.
Si fuera tan amable de alcanzarme la cabeza, señor, atenderé estas cosas...
SMUDGER, QUIÉN TE DIJO QUE TE SIENTES. TE LEVANTAS YA MISMO. SACA TU PALA, TE
SACAS EL YELMO, ¡ME DEMUESTRAS MÁS RESPETO! COMIENZA A CAVAR... ¡YA!
Una nube de humo pasó cerca de la oreja de Vimes.
—Sé lo que está pensando —dijo Ahmed—, pero esto es la
guerra, Sir Samuel. Despierte y huela la sangre.
—Pero... hace un minuto estaban vivos...
—Su amigo aquí sabe cómo funciona. Tú...
—¡Es un mayordomo!
—¿Y qué? Es matar o morir, aún para mayordomos. Usted
no es un guerrero natural, Sir Samuel.
Vimes le puso la porra contra el rostro.
—¡No soy un asesino natural! ¿Ve esto? ¿Ve lo que
dice? Se supone que mantenga la paz, ¡se supone! ¡Si para hacerlo yo mato
personas estoy leyendo el manual equivocado!
Willikins apareció silenciosamente cargando el otro
cuerpo.
—No he sido privilegiado con el conocimiento de este
hombre joven —dijo mientras lo llevada detrás de una roca—. Le llamábamos
Araña, señor —prosiguió, poniéndose firme—. Tocaba la armónica bastante mal y
hablaba mucho de su casa. ¿Tomará el té, señor? Soldado Raso Smith tiene un
hervidor. Er... —el mayordomo tosió educadamente.
—¿Sí, Willikins?
—Apenas me gusta tocar el tema, señor.
—¡Tóquelo, hombre!
—¿Tiene algo como unas galletas con usted, señor? Dudo
servir el té sin galletas, pero no hemos comido por dos días.
—¡Pero estaban de patrulla!
—Fiesta de pastura, señor —Willikins parecía
avergonzado.
Vimes estaba rabioso.
—¿Quieres decir que Herrumbre no les proveyó de
comida?
—Oh, sí, señor. Pero como transpiraba...
—Sabíamos que algo estaba mal cuando los barriles de
cordero comenzaron a explotar —murmuró Soldado Raso Bourke—. Las galletas
estaban bastante raras también. Para decirlo el maldito Herrumbre trajo un
montón de basura que ni un muerto comería...
—Y no comimos nada
—dijo 71-horas Ahmed solemnemente.
—SOLDADO RASO BOURKE, HOMBRE ESPANTOSO, HABLANDO DE SU
OFICIAL COMANDANTE DE ESE MODO, SERÁ CASTIGADO... Mis disculpas, señor, pero
nos estamos sintiendo un poco débiles.
—Mucho tiempo entre narices, ¿eh? —dijo 71-horas
Ahmed.
—Ahahaha, señor —dijo Willikins.
Vimes suspiró.
—Willikins... cuando haya terminado, quiero que usted
y sus hombres vengan conmigo.
—Muy bien, señor.
Vimes movió la cabeza hacia Ahmed.
—Y usted también —dijo—. Empujar para presionar.
El viento caliente sacudía los banderines. La luz del
sol sacaba chispas en las lanzas. Lord Herrumbre supervisó su ejército y
encontró que estaba bien. Pero pequeño.
Se inclinó hacia atrás hacia su adjunto.
—Aunque no debemos olvidar que aún el general Tacticus
estaba diez a uno abajo cuando tomó el Paso de Al-Ibi —dijo.
—Sí, señor. Aunque creo que sus hombres estaban
montados sobre elefantes, señor —dijo el teniente Hornett—. Y estaba bien
aprovisionado —agregó con intención.
—Posiblemente, posiblemente. Pero entonces la
caballería de Lord Infortunio cargó contra el ejército de Pseudopolis, y son
nombrados en canciones e historias.
—¡Pero los mataron a todos, señor!
—Sí, sí, pero fue una carga famosa, de todos modos. Y
todos los niños conocen, o no, la historia de los cien Ephebians que derrotaron
el ejército entero de Tsorte. Una victoria completa, ¿eh? ¿Hey?
—Sí, señor —dijo el adjunto desolado.
—Oh, ¿lo admite?
—Sí, señor. Por supuesto, algunos comentaristas creen
que el terremoto ayudó.
—Al menos admitirá que los Siete héroes de Hergen
derrotaron a los Pies Grandes aunque estaban cien a uno.
—Sí, señor. Fue una historia de niñeras, señor. Nunca
ocurrió realmente.
—¿Está diciendo que mi niñera era una mentirosa,
muchacho?
—No, señor —dijo el teniente Hornett rapidito.
—Entonces, ¿concede que el barón Mimbledrone, el
manco, derrotó el ejército del País de Budín de Ciruelas y se comió a su
sultana?
—Lo envidio, señor —El teniente miró las filas otra
vez. Los hombres estaban muy hambrientos aunque Herrumbre les hubiera llamado
elegantes. Las cosas podrían haber sido peores si no fuera por una fortuita
lluvia de camarones hervidos en el camino—. Er... ¿no cree, señor, que ya que
tenemos un poco de tiempo, deberíamos ver la disposición de los hombres?
—Parecen bien dispuesto para mí. ¡Hombres valientes,
ansiosos de estar en lucha!
—Sí, señor. Quiero decir... más... bien...
posicionados, señor.
—No hay nada de malo con ellos, hombre. ¡Hermosa
alineación! ¿Hey? ¡Un muro de acero preparado para golpear el negro corazón del
Klatchiano agresor!
—Sí, señor. Pero, y me doy cuenta de que es una
alternativa remota, señor, podría ser mientras estemos golpeando el corazón del
Klatchiano agresor...
—... negro corazón... —corrigió Herrumbre.
—... el negro corazón del Klatchiano agresor, señor,
las armas del Klatchiano agresor, esas compañías de allí y de allí, señor, se
movilizarán en el clásico movimiento de pinza.
—¡El frente del muro de acero nos sirvió
magníficamente en la segunda guerra contra Quirm!
—La perdimos, señor.
—¡Pero fue una maldita cosa de escapar!
—Aún así la perdimos, señor.
—¿Qué hacía cuando era civil, teniente?
—Era agrimensor, señor, y leo Klatchiano. Por eso me
hizo oficial.
—¿De modo que no sabe cómo pelear?
—Sólo cómo contar, señor.
—¡Pah! Muestre un poco de coraje, hombre. Aunque
apuesto que no lo necesita. No tiene estómago para la batalla ese Johnny
Klatchiano. ¡Una vez que pruebe nuestro acero, saldrá corriendo!
—Escucho lo que dice, señor —dijo el adjunto, quien
había estado midiendo las líneas Klatchianas y se había formado su propia
opinión acerca de la cuestión.
Su opinión era ésta: la fuerza principal del ejército
Klatchiano había estado, en los años recientes, peleando contra todo el mundo.
Eso le sugería, a esa sencilla mente, que por el momento los soldados
sobrevivientes eran los que habían adquirido el hábito de quedar vivos al final
de las batallas. Y eran experimentados en enfrentar toda clase de enemigos. Los
estúpidos se habían muerto.
El ejército actual de Ankh-Morpork, por otro lado,
nunca había enfrentado un enemigo, aunque la experiencia de vivir día a día en
la ciudad podía contar, al menos en las áreas más duras. Creía, con el general
Tacticus, que el coraje, la bravura, y el espíritu indomable de los seres
humanos eran cosas buenas que nunca estarían en segundo plano con respecto al
coraje, la bravura, el espíritu indomable de los seres humanos, y la
superioridad numérica de seis a uno.
«Esto había sonado honesto en Ankh-Morpork, pensó.
Íbamos a navegar hasta Klatch y llegar a Al-Khali para la hora de la tarde,
tomando sorbetes con ondulantes mujeres jóvenes en el Rhoxi. Los Klatchianos
echarían un vistazo a nuestras armas y escaparían».
Bueno, los Klatchianos les dieron un buen vistazo esta
mañana. Por ahora no habían escapado. Parecían estar riéndose abiertamente.
Vimes revoleó los ojos. Funcionaba... pero, ¿cómo funcionaba?
Había escuchado muchos buenos oradores, y el Capitán
Zanahoria no estaba entre ellos. Dudaba, perdía el hilo, se repetía, y en
general se hacía un lío con todo.
Pero aún así...
Pero aún así...
Miró los rostros que observaban a Zanahoria. Estaban
los D’reg, y algunos de los Klatchianos que se habían quedado detrás, y
Willikins con su reducida compañía. Estaban escuchando.
Era una especie de magia. Le decía a la gente que
ellos eran unos buenos tíos, y ellos sabían que no eran unos buenos tíos, pero
de la manera en que los decía se lo creían por un rato. Allí había uno que
pensaba que eras una persona noble y merecedora, y de alguna forma era
impensable decepcionarle. Era un discurso espejo, que reflejaba lo que querías
oír. Y él realmente creía lo que decía.
Incluso, algunos hombres levantaban la mirada
ocasionalmente hacia Vimes o Ahmed y podía verles pensar, cada uno a su manera,
‘Debo ser bueno si él lo cree’. Eso era, y se avergonzaba al pensarlo, una de
las ventajas de los ejércitos. Las personas miraban a otras esperando órdenes.
—¿Es un truco? —preguntó Ahmed.
—No. No conoce un truco así —dijo Angua—. Realmente,
no. Uh... oh...
Había una refriega en las filas.
Zanahoria se adelantó y regresó trayendo a Soldado
Raso Bourke y a un D’reg, cada uno sujeto por el cuello.
—¿Qué está pasando, ustedes dos?
—¡Me llamó hermano de cerdo, señor!
—¡Mentiroso! ¡Tú me llamaste cabeza de trapo
grasiento!
Zanahoria sacudió la cabeza.
—Y ambos lo estaban haciendo tan bien —dijo
tristemente—. No hay palabra para esto. Ahora quiero que tú, Hashel, y tú,
Vincent, se den las manos, ¿de acuerdo? Y se dan las disculpas, ¿sí? Todos
hemos tenido tiempos difíciles, pero yo sé que ambos son buenos tíos debajo de
todo...
Vimes escuchó a Ahmed decir:
—Oh, bueno, ahora todo ha terminado...
—... de modo que si se dan las manos no diremos más
sobre el asunto.
Vimes miró a 71-horas Ahmed. El hombre mostraba una
sonrisa estática.
Los dos peleadores se tocaron las manos cautelosamente
como si estuvieran esperando una chispa para saltar.
—Y ahora tú, Vincent, le pides disculpas al señor
Hashel...
Se escuchó un renuente, ‘pa’.
—Y sentimos mucho, ¿qué? —apuró Zanahoria.
—... siento mucho haberle llamado cabeza de trapo
grasiento...
—Bien dicho. Y tú, Hashel, discúlpate con Soldado Raso
Bourke.
Los ojos del D’reg revolearon alrededor de sus
órbitas, buscando un modo de salirse y que también pudiera hacerlo su cuerpo.
Entonces se dio por vencido.
—... pa...
—¿Por...?
—... pa por llamarte hermano de un cerdo...
Zanahoria bajó a los dos hombres.
—¡Bien! Estoy seguro de que se llevarán
espléndidamente una vez que se conozcan el uno al otro...
—Yo no he visto eso, ¿verdad? —dijo Ahmed—. No lo he
visto hablar como un pequeño maestro de escuela a Hashel quien, sucede que le
conozco, una vez golpeó tan duro a un hombre que su nariz terminó en una de sus
orejas.
—Sí, lo hizo —dijo Angua—. Y ahora mírelos.
Cuando el resto de los hombres volvieron su atención
otra vez hacia Zanahoria, los peleadores se miraron el uno al otro, como
desgraciados que habían pasado, ambos, por el mismo bautismo de feroz
vergüenza.
Soldado Raso Bourke le ofreció, cauteloso, un
cigarrillo a Hashel.
—Eso solamente funciona alrededor de él —dijo Angua—.
Pero funciona.
«Deja que siga funcionando, rogó Vimes».
Zanahoria caminó hasta un camello arrodillado y lo
montó.
—¡Ese es ‘Endemoniado Cuñado de un Chacal’ —dijo
Ahmed—, el camello de Jabbar! ¡Voltea a todos los que lo montan!
—Sí, pero ése es Zanahoria.
—¡Incluso voltea a Jabbar!
—¿Y se ha dado cuenta de que sabía cómo montar un
camello? —dijo Vimes—. ¿Cómo usa la ropa? Es adecuado. El chico fue criado en
una mina de enanos. Le tomó un mes conocer mi propia maldita ciudad mejor que
yo.
El camello se levantó. «Ahora la bandera, pensó Vimes,
que le den la bandera. Cuando vas a la guerra tiene que haber una bandera».
A una señal, el Alguacil Zapato le pasó una lanza con
el paño firmemente arrollado a ella. El alguacil parecía orgulloso. La había
cosido en total secreto media hora antes. Hay algo acerca de los zombis,
siempre sabes quién tiene a la mano una guja e hilo.
«Pero no la despliegues, pensó Vimes. No dejes que la
vean. Es suficiente para ellos saber que marchan bajo una bandera».
Zanahoria blandió la lanza.
—Y les prometo esto —gritó—, si tenemos éxito, nadie
lo recordará. ¡Y si fallamos, nadie lo olvidará!
«Probablemente, uno de los peores gritos de reunión»,
pensó Vimes, desde el famoso, ‘¡Vamos a que nos corten el cuello, muchachos!’,
del General Pidley, pero recibió un gran griterío. Y una vez más especuló que
había magia a la profundidad de los huesos. La gente seguía a Zanahoria sin
asombro.
—Está bien, ya tiene un ejército, supongo —dijo
Ahmed—. ¿Y ahora?
—Soy un policía. También usted. Habrá un crimen. Monte
ya, Ahmed.
Ahmed saludó.
—Estoy feliz de ser conducido por un oficial blanco,
offendi.
—No quise decir...
—¿Ha cabalgado en camello, Sir Samuel?
—¡No!
—¿Ah? —Ahmed sonrió levemente—. Entonces dele un golpe
para que arranque. Y cuando quiera que se detenga, golpéele muy fuerte con la
vara y grite, ‘¡Huthuthut!’
—¿Le golpea con la vara cuando quiere que se detenga?
—¿Hay otra manera? —dijo 71-horas Ahmed.
El camello miró a Vimes y le escupió en el ojo.
El Príncipe Carnerocanalla y sus generales
reconocieron al distante enemigo desde sus caballos. Los diferentes ejércitos
Klatchianos estaban desplegados frente a Gebra. Comparados con ellos, los
regimientos de Ankh-Morpork parecían un grupo de turistas que habían perdido el
bus.
—¿Es eso todo? —preguntó.
—Sí, sire —dijo el general Ashal—. Pero, ellos creen
que la fortuna favorece a los valientes.
—¿Es esa la razón para presentar un ejército tan
pequeño y despreciable?
—Ah, sire, pero ellos creen que nos volveremos y
correremos tan pronto como sintamos el sabor del frío acero.
El Príncipe miró los lejanos banderines.
—¿Por qué?
—No podría decirlo, sire. Parece ser artículo de fe.
—Extraño —El Príncipe movió la cabeza hacia uno de sus
guardaespaldas—. Alcánzame algo de frío acero.
Después de algunas rápidas opiniones una espada le fue
alcanzada, el mango por delante. El príncipe la miró, y entonces con gesto de
teatral cuidado, la lamió. Los soldados que miraban se rieron.
—No —dijo al fin—. No, tengo que decir que no siento
siquiera aprensión. ¿Está tan frío como se pueda?
—Lord Herrumbre debe haberlo dicho metafóricamente,
sire.
—Ah. Es del tipo que lo haría. Bueno, avancemos a su
encuentro. Debemos ser civilizados, después de todo.
Hizo avanzar a su caballo. Los generales lo siguieron.
El príncipe se inclinó otra vez hacia el general
Ashal.
—¿Y por qué vamos a su encuentro antes de que la
batalla comience?
—Es un... gesto de buena voluntad, sire. Dos guerreros
haciéndose los honores.
—¡Pero el hombre es completamente incompetente!
—Ya lo creo, sire.
—¿Y estamos a punto de lanzar miles de nuestros
compatriotas unos contra otros?
—Así es, sire.
—Entonces, ¿qué quiere hacer ese maniaco? ¿Decirme que
no hay resentimientos?
—Hablando abiertamente, sire..., sí. Entiendo que el
lema de su vieja escuela era, ‘No importa ganar o perder, sino que participes’.
Los labios de príncipe se movieron mientras lo repetía
una o dos veces. Finalmente dijo:
—Y sabiendo esto, ¿La gente aún recibe órdenes de él?
—Eso parece, sire.
El Príncipe Carnerocanalla sacudió la cabeza. Podemos
aprender de Ankh-Morpork, había dicho su padre. Algunas veces podemos aprender
lo que no debemos hacer. Y se dispuso a aprender.
Primero aprendió que Ankh-Morpork había regido una vez
una parte de Klatch. Había visitado las ruinas de una de sus colonias. Y
entonces averiguó el nombre del hombre que había tenido la audacia suficiente
para hacerlo, y había enviado alguaciles a Ankh-Morpork para averiguar todo lo
posible acerca de él.
Se llamaba general Tacticus. Y el Príncipe
Carnerocanalla había leído mucho y recordaba todo, y las ‘tácticas’ fueron muy
útiles en el crecimiento del imperio. Por supuesto, esto tenía sus propias
desventajas. Había un límite, y a través del límite pasaban los bandidos.
Entonces se enviaban fuerzas para dispersar bandidos; y para echarlos se debía
invadir su país, y pronto se tenía otro incansable y pequeño país vasallo que
gobernar. Y ahora... ese también
tenía un límite, a través del cual, tan seguro como el amanecer, cruzaban
muchos invasores. Entonces los siguientes pagadores
de impuestos demandaban protección de sus hermanos invasores, se demoraban
en pagar impuestos, y hacían algunas pequeñas maldades. Y una vez más, las
fuerzas se agrandaban, se quiera o no.
Suspiró. Para un constructor de imperios no hay nada
mejor que la frontera final. Tan sólo había otro problema. Si la gente pudiera
comprender...
No había juego como el de la guerra. El General
Tacticus lo sabía. Saber la cantidad de tus enemigos, sí, y respetar sus
habilidades si las tenía, por cierto. Pero nunca pretender que después se
encontrarían para tomar un trago y que cada cual pagaría el suyo.
—Bien podría estar loco, sire —siguió el general.
—Oh, bien.
—De todos modos, me dijeron que él se refirió
recientemente a los Klatchianos como los mejores soldados del mundo, sire.
—¿De veras?
—Agregó, ‘cuando están conducidos por oficiales
blancos’, sire.
—¿Oh?
—Y nos han ofrecido el desayuno, sire. Hubiera sido
mala educación el negarse.
—Qué buena
idea. ¿Tenemos una buena provisión de ojos de oveja?
—Me tomé la libertad de decir a los cocineros que
guardaran algunos para esta eventualidad, sire.
—Entonces debemos ver que los tomen. Después de todo,
será nuestro huésped honorable. Bueno, hagamos las cosas apropiadamente. Por
favor, mire si usted odia el sabor del frío acero.
Los Klatchianos se habían instalado en una tienda
abierta por los lados en la arena entre los dos ejércitos. En la sombra,
bienvenida, se había tendido una mesa baja. Lord Herrumbre y su compañía
estaban esperando, y lo habían hecho por más de media hora.
Se pusieron de pie y se inclinaron con torpeza cuando
el Príncipe Carnerocanalla ingresó. Alrededor de la tienda, las guardias de
honor de Klatch y de Ankh-Morpork se miraban de manera sospechosa, sin perder
movimiento.
--Díganme,
¿Alguno de ustedes habla Klatchiano? —dijo el Príncipe Carnerocanalla
después de las prolongadas presentaciones.
La sonrisa de Lord Herrumbre quedó fija.
—¿Hornett? —susurró.
—No estoy seguro de lo que dice, señor —dijo el
teniente, nervioso.
—¡Pensé que sabía Klatchiano!
—Lo puedo leer, señor. No es lo mismo...
—Oh, no se preocupen —dijo el príncipe—. Como decimos
en Klatch, ¿este payaso está a cargo de
un ejército?
Alrededor de la tienda, los generales Klatchianos
pusieron cara de póquer.
—¿Hornett?
—Er... algo acerca... poseer, controlar... er...
Carnerocanalla le sonrió a Lord Herrumbre.
—No estoy completamente familiarizado con esta
costumbre —dijo—. ¿Se encuentra con sus enemigos antes de la batalla?
—Es considerado honorable —dijo Lord Herrumbre—. Creo
que la noche anterior a la famosa batalla de Pseudopolis los oficiales de ambos
bandos concurrieron a un baile en casa de Lady Selachii, por ejemplo.
El Príncipe miró interrogante al general Ashal, quien
asintió.
—¿De veras? Obviamente, tenemos mucho que aprender.
Como dice el poeta Mosheda, ‘no puedo
creer que este hombre sea así’.
—Ah, sí —dijo Lord Herrumbre—. El Klatchiano es un
idioma muy poético.
—Perdone, señor —dijo el teniente Hornett.
—¿Qué sucede, hombre?
—Algo... er... está sucediendo...
Había una columna de polvo en la distancia. Algo se
estaba aproximando.
—Un momento —dijo el general Ashal.
Regresó de su montura con un tubo de metal
ornamentado, cubierto de los gráficos rebuscados de Klatch. Miró por un extremo
y apuntó el otro hacia la nube.
—Hombres montados —dijo—. Camellos y caballos.
—Es un aparato que Hace-Las-Cosas-Grandes, ¿verdad?
—dijo Lord Herrumbre—. Están muy actualizados, se lo aseguro. Fueron inventados
el año pasado.
—No he comprado éste, milord. Lo heredé de mi
abuelo... —El general volvió a mirar por el tubo—. Cerca de cuarenta hombres,
diría.
—Mi cielo —murmuró el Príncipe Carnerocanalla—.
¿Refuerzos, Lord Herrumbre?
—Tienen... el jinete que lidera sostiene... una
bandera, creo, aún recogida...
—¡Claro que no, sire! —dijo Lord Herrumbre. Detrás de
él, Lord Selachii revoleó los ojos.
—... ah, ahora la está desplegando... es... una
bandera blanca, sire.
—¿Alguien quiere rendirse?
El general bajó el telescopio.
—Eso no... yo no... ellos parecen tener verdadero
apuro por hacerlo, sire.
—Envía un escuadrón a apresarles —dijo el Príncipe
Carnerocanalla.
—También lo haremos nosotros —agregó rápidamente Lord
Herrumbre, haciendo un gesto al teniente.
—Ah, un esfuerzo conjunto —dijo el Príncipe.
Unos pocos segundos después, dos grupos de hombres se
separaron de sus respectivos ejércitos y cabalgaron en curso de intercepción.
Todos vieron repentinos brillos de sol desde la nube
que se aproximaba. Las armas habían sido desenfundadas.
—¿Luchando bajo una bandera de rendición? ¡Eso es...
inmoral! —dijo Lord Herrumbre.
—Novatos, por cierto —dijo el Príncipe.
Las tres compañías debían encontrarse, si no hubiese
sido difícil de juzgar, hasta para un experto, cuánto terreno podía cubrir un
camello que corre. Para el tiempo en que ambos comandantes se dieron cuenta de
que debían comenzar a volverse, ya debían haberlo hecho.
—Parece que su gente calculó mal las cosas, sire —dijo
Lord Herrumbre.
—Ya sé que debí haberles enviado al mando de oficiales
blancos —dijo el Príncipe—. Pero... oh, cielos, parece que sus hombres tampoco
han tenido suerte...
Se detuvo. Había alguna confusión. Las partidas de
asalto tenían sus instrucciones, pero nadie les había dicho qué hacer si se
metían dentro de la otra partida de asalto. Y estaba compuesta, después de
todo, por hombres que estaban allí para pelear, y todos sabían que eran
cabezas-de-toalla-grasienta traidores, o locos traidores comedores-de-salsa. Y
este era el campo de batalla. Y todos tenían miedo, y por ello, estaban
furiosos. Y todos estaban armados.
Sam Vimes escuchó los gritos detrás de él, pero en ese
momento tenía otras cosas en la mente. Era imposible conducir un camello que
corría sin concentrarse en su hígado y riñones, en la esperanza de que no se
saldrían del cuerpo.
Los objetos piernas no se movían bien, estaba seguro.
Ninguna pierna normal podía sacudirlo de ese modo. El horizonte saltaba de
adelante a atrás y de arriba a abajo.
¿Qué había dicho Ahmed?
Vimes golpeó al camello con fuerza y gritó.
—¡Huthuthut!
Aceleró. Las sacudidas corrían juntas, de modo que su
cuerpo no estaba siendo sacudido sino en estado permanente de sacudida.
Vimes lo volvió a golpear y trató de gritar,
‘¡Huthuthut!’, aunque la palabra salió más como un ‘¡Hngngngn!’. En cualquier
caso, el camello encontró unas rodillas adicionales en algún lugar.
Había más gritos por detrás. Volvió la cabeza todo lo
que se animó y vio que varios D’reg que lo acompañaban habían caído. Estaba
seguro de haber oído a Zanahoria gritar, pero no podía estar seguro por su
propio aullido.
—¡Detente, bastardo! —gritó.
La tienda se acercaba a toda velocidad. Vimes sacudió
la vara otra vez contra el camello y tiró de las riendas y, comprendiendo ahora
con claridad esa especial sensibilidad del camello de detenerse en el momento
más vergonzoso, el camello se detuvo. Vimes se deslizó hacia adelante, enganchó
los brazos en un cuello que estaba aparentemente cubierto de felpudos, medio
cayó, y medio se desplomó sobre la arena.
Otros camellos se detenían a su alrededor. Zanahoria
lo tomó del brazo.
—¿Está bien, señor? ¡Fue asombroso! ¡Impresionó a los
D’reg gritando desafiante de esa manera! ¡Y azuzaba al camello cuando realmente
ya estaba galopando!
—¿Gngn?
Los guardias alrededor de la tienda dudaban, pero eso
no duraría.
El viento atrapó la bandera blanca de la lanza de
Zanahoria y la hizo restallar.
—Señor, está todo bien ¿verdad? Quiero decir,
habitualmente una bandera blanca...
—Puede muy bien mostrar por qué peleamos, ¿sí?
—Lo supongo, señor.
Los D’reg habían rodeado la tienda. El aire estaba
lleno de polvo y gritos.
—¿Qué ha sucedido aquí?
—Un poco de reyerta, señor. Nuestro... —Zanahoria dudó
y se corrigió—. Eso es, los soldados Klatchianos y Morporkianos han comenzado a
pelear, señor. Y los D’reg los pelean a los dos.
—¿Qué, antes de que la batalla sea declarada
oficialmente? ¿No puede ser descalificado por eso?
Vimes miró a los guardias y señaló la bandera.
—¿Sabe qué es esa bandera? —dijo—. Bueno, usted
debería.
—¿Es usted el señor Vimes? —dijo uno de los
Morporkianos—. Y ese es el Capitán Zanahoria, ¿verdad?
—Oh, hola señor Pequeñotablón —dijo Zanahoria—.
Alimentándose bien, ¿eh?
—¡Sísseñor!
Vimes revoleó los ojos. Era Zanahoria otra vez,
conociendo a todo mundo. Y el hombre le había llamado ‘señor’...
—Necesitamos cruzar —dijo Zanahoria—. Será un minuto.
—Bueno, señor, estos cabe... —Pequeñotablón dudó.
Ciertas palabras no salían muy fácilmente cuando las personas estaban muy cerca
y armadas—. Estos Klatchianos están en guardia también, ya lo ve...
Una corriente de humo azul pasó por la oreja de Vimes.
—Buen día, caballeros —dijo 71-horas Ahmed. Tenía una
ballesta D’reg en cada mano—. Notarán que los soldados detrás de mí están bien
armados. Bien. Mi nombre es 71-horas Ahmed. Le dispararé a último que suelte
sus armas. Tienen mi palabra.
Los Morporkianos se veían desorientados. Los
Klatchianos comenzaron a susurrar rápidamente.
—Bájenlas, muchachos —dijo Vimes.
Los Morporkianos soltaron sus espadas enseguida. Los
Klatchianos las suyas, instantes después.
—Un empate entre el caballero de la izquierda y el
alto bizco —dijo 71-horas Ahmed, levantando ambas ballestas.
—Hey —dijo Vimes—, no puede...
Los arcos sonaron. Los hombres cayeron, aullando.
—De todos modos —dijo Ahmed, entregando los arcos a un
D’reg detrás de él, quien le alcanzó otro, cargado—, en atención a la
sensibilidad del Comandante Vimes aquí presente, le di en el muslo a uno y en
el pie al otro. Somos, después de todo, una misión de paz.
Se volvió hacia Vimes.
—Lo siento, Sir Samuel, pero es importante que las
personas sepan qué esperar de mí.
—Esos dos ya no —dijo Vimes.
—Vivirán.
Vimes se acercó al wali.
—¿Huthuthut? —silbó—. Usted me dijo que eso quería
decir...
—Pensé que sería un buen ejemplo para todos si usted
estaba adelante —susurró Ahmed—. Los D’reg seguirán siempre a un hombre que se
apresura a entrar en batalla.
Lord Herrumbre dio un paso hacia la luz y miró a
Vimes.
—¿Vimes? ¿Qué demonios está haciendo?
—No haciendo la vista gorda, milord.
Vimes se abrió paso hasta la sombra. Estaba el
Príncipe Carnerocanalla, aún sentado. Y había muchos hombres armados. Al pasar,
notó que no tenían el aspecto de soldados ordinarios. Tenían el aspecto mucho
más rudo de leales guardaespaldas.
—De modo que —dijo el Príncipe— usted viene armado,
bajo bandera de paz.
—¿Es usted el Príncipe Carnerocanalla?
—¿Y también tú, Ahmed? —dijo el Príncipe, ignorando a
Vimes.
Ahmed asintió sin decir nada.
«Oh, no ahora, pensó Vimes. Fuerte como el cuero y
cruel como un avispero, pero ahora él está en presencia de su rey...»
—Está bajo arresto —dijo.
El Príncipe hizo un ruido entre tos y risa.
—¿Estoy qué?
—Estoy arrestándole por conspiración para asesinar a
su hermano. Y puede haber otros cargos...
El Príncipe puso las manos sobre su rostro por un
momento y las llevó hacia el mentón, como un hombre cansado empeñado en
sostener una situación.
—¿Señor...? —comenzó.
—Sir Samuel Vimes, Guardia de Ankh-Morpork —dijo
Vimes.
—Bien, señor Samuel, cuando levante mi mano los
hombres detrás de mí le cortarán la...
—Mataré al hombre que se mueva —dijo Ahmed.
—¡Entonces el segundo hombre te matará, traidor!
—gritó el Príncipe.
—Tendrán que moverse muy rápido —dijo Zanahoria,
levantando su espada.
—¿Algún voluntario a ser el tercer hombre? —dijo
Vimes—. ¿Nadie?
El general Ashal se movió, pero muy suavemente,
levantando la mano. Los guardaespaldas se relajaron levemente.
—¿Qué es esa... mentira que has expresado acerca de un
asesinato? —dijo.
—¿Te has vuelto loco, Ashal? —dijo el Príncipe.
—Oh, sire, antes de que pueda no dar crédito a esas
perniciosas mentiras, necesito conocerlas.
—Vimes, usted se ha vuelto loco —dijo Herrumbre—. ¡No
puede arrestar al comandante de un ejército!
—Realmente, señor Vimes, creo que podemos —dijo
Zanahoria—. Y al ejército también. Quiero decir, no veo por qué no podemos.
Podríamos acusarles de mal comportamiento por causar una ruptura de la paz,
señor. Quiero decir, eso es lo que es una batalla.
El rostro de Vimes se extendió en una sonrisa loca.
—Me gusta eso.
—Pero para ser justos... es que, el ejército de
Ankh-Morpork... también...
—Entonces debería arrestarles también —dijo Vimes—.
Arréstelos a todos. Conspiración para provocar una reyerta —comenzó a contar
con los dedos—, usar equipo para cometer crímenes, obstrucción, comportamiento
amenazante, holgazaneo bajo una tienda, hah, viajar con el propósito de cometer
un crimen, deambular malicioso y portación de armas ocultas.
—Creo que esa... —comenzó Zanahoria.
—No puedo verlas —dijo Vimes.
—¡Vimes, le ordeno que recupere el sentido en este
momento! —rugió Herrumbre—. ¿Ha estado expuesto al sol?
—Eso se cuenta como un comportamiento ofensivo a su
señoría, también —dijo Vimes.
El Príncipe aún miraba a Vimes.
—¿Seriamente cree que puede arrestar a un ejército?
—dijo—. ¿Tal vez piensa que tiene un ejército más grande?
—No necesito uno —dijo Vimes—. El poder en un punto,
eso es lo que Tacticus dice. Y aquí, en la punta de la ballesta de Ahmed, hay
un punto. Eso no atemorizaría a un D’reg, pero usted... Reconozco que usted no
piensa como ellos. Diga a sus hombres que se preparen. Quiero la orden de salir
ya mismo.
—Ni siquiera Ahmed le dispararía a este Príncipe a
sangre fría —dijo el Príncipe Carnerocanalla.
Vimes tomó la ballesta.
—¡No se lo pediría! —hizo puntería—. ¡Dé la orden!
El Príncipe se quedó mirándolo.
—¡Cuento hasta tres! —gritó Vimes.
El General Ashal se inclinó y susurró algo al
Príncipe. La expresión del hombre se estiró y volvió a mirar a Vimes.
—Está bien —dijo Vimes—. Queda en familia.
—¡Sería asesinato!
—¿Lo sería? ¿En tiempo de guerra? Soy de Ankh-Morpork.
¿No se supone que estoy en guerra contra usted? No puede ser asesinato si hay
una guerra. Está escrito en algún lugar.
El general se inclinó y susurró.
—Uno —dijo Vimes.
Hubo una rápida discusión.
—Dos.
—Mipríncipedeseaquelediga... —comenzó el general.
—Está bien, más lento —dijo Vimes.
—Si eso le hace feliz, yo daré la orden —dijo el
general—. Permita que los mensajeros partan.
Vimes asintió y bajó el arco. El Príncipe se relajó
inquieto.
—Y el ejército de Ankh-Morpork también se desarmará
—dijo Vimes.
—Pero, Vimes, estás de nuestro lado... —comenzó
Herrumbre.
—Maldito infierno, le dispararé a alguno hoy y ese
podría ser usted, Herrumbre —soltó Vimes.
—¿Señor? —el teniente Hornett tiró de la chaqueta de
su comandante—. ¿Puedo decirle algo?
Vimes los escuchó susurrando y entonces el joven
salió.
—Está bien. Estamos desarmados —dijo Herrumbre—.
Estamos todos ‘bajo arresto’. ¿Y ahora, Comandante?
—Debo leerles sus derechos, señor —dijo Zanahoria.
—¿De qué está hablando? —dijo Vimes.
—A los hombres allá afuera, señor.
—Oh. Sí. Bien. Entonces, hágalo.
«Oh, dioses, he arrestado un campo de batalla entero,
pensó Vimes. Y tú no puedes hacer eso».
«Pero lo hice. Y solamente tengo seis celdas en el
Cuartel, y en una ponemos el carbón».
«No puedes hacer eso».
¿Era este el ejército que invadió tu país, señora? No,
oficial, eran más altos que...
¿Y este otro? No estoy segura... hágalos marchar un
poco, arriba y abajo...
La voz de Zanahoria podía ser escuchada afuera,
ligeramente amortiguada.
—Ahora...
¿pueden oírme todos? ¿Los caballeros allá detrás? El que no pueda oírme, por
favor levante... está bien, ¿tiene alguien un megáfono? ¿Algún cartón que pueda
enrollar? En ese caso gritaré...
—¿Ahora qué? —dijo el Príncipe.
—Le llevaré de regreso a Ankh-Morpork...
—No lo creo. Eso sería un acto de guerra.
—¡Está haciendo de todo este asunto una parodia,
Vimes! —dijo Lord Herrumbre.
—Entonces estoy haciéndolo bien —Vimes hizo un gesto
hacia Ahmed.
—Entonces puede responder por su crimen aquí, sire
—dijo.
—¿En qué corte? —dijo el Príncipe.
Ahmed se inclinó hacia Vimes.
—¿Cuál es su plan de aquí en adelante? —susurró.
—¡Nunca pensé que llegaríamos tan lejos!
—Ah. Bien... ha sido interesante, Sir Samuel.
El Príncipe Carnerocanalla sonrió a Vimes.
—¿Desea un poco de café mientras considera su
siguiente movimiento? —dijo. Hizo un gesto hacia la cafetera de plata repujada
sobre la mesa.
—Tenemos pruebas —dijo Vimes. Pero podía sentir que el
mundo se le escapaba. La cuestión de quemar naves es que no debería estar sobre
ellas al momento de soltar el fósforo.
—¿De veras? Fascinante. ¿Y a quién le mostrará las
pruebas, Sir Samuel?
—Tendremos que encontrar una corte.
—Intrigante. ¿Una corte en Ankh-Morpork, tal vez? ¿O
una corte aquí?
—Alguien me dijo que el mundo observa —dijo Vimes.
Se hizo silencio, con el amortiguado sonido de
Zanahoria, afuera, y el zumbido ocasional de una mosca.
—...
bingeley-bingeley beep... —la voz del Des-organizador había perdido su tono
animado, y sonaba soñoliento y perplejo.
Las cabezas se volvieron.
—... siete a
eme... Organizar Defensores de Puerta Río... siete y veinticinco... Lucha Mano
a Mano en Calle Pastel de Durazno... siete cuarenta y ocho ocho... Reunión de
Supervivientes en Plaza Sator... Cosas Por Hacer hoy: Levantar Levantar
Levantar Barricadas...
Estaba consciente de movimientos subrepticios detrás,
y de una leve presión. Ahmed estaba parado, espalda contra espalda con él.
—¿De qué está hablando esa cosa?
—No tengo idea. Suena como si estuviera en un mundo
diferente, ¿verdad?
Podía sentir que los eventos aceleraban hacia un muro
distante. El sudor llenó sus ojos. No recordaba cuándo había podido dormir
bien. Sus piernas cedieron. Le dolían los brazos, empujados por el pesado arco.
—... bingeley...
Ocho y dos a eme, Muerte de la Cabo Pequeñotrasero... Ocho y tres a eme...
Muerte del Sargento Detritos... Ocho y trestrestres a eme y siete segundos
segundos... Muerte del Alguacil Visita... Ocho y tres a eme y nuevenuevenueve
segundos... Muerte de muerte de muerte de...
—Dicen que uno de sus ancestros mató a un rey en
Ankh-Morpork —dijo el príncipe—. Y tampoco tuvo un buen final.
Vimes no escuchaba.
—... Muerte del
Alguacil Dorfl... Ocho y tres a eme y catorcetorce segundos...
La figura en el trono parecía levantar el mundo
entero.
—Muerte del
Capitán Zanahoria Fundidordehierroson... beep...
Y Vimes pensó: Casi
no vengo. Casi me quedo en Ankh-Morpork.
Siempre se había preguntado cómo había caído el Viejo
Caradepiedra, esa helada mañana cuando levantó el hacha que no tenía la
bendición legal porque el Rey no reconocería una corte aunque pudiera
encontrarse un jurado, esa helada mañana cuando se preparó a cortar lo que las
personas pensaban era un enlace entre los hombres y la deidad.
—... beep...
Cosas Por Hacer hoy: Morir...
La sensación invadió sus venas como tibia sangre
nueva. Era la sensación que se tiene cuando la ley es quebrada, y se mira el
rostro burlón del otro lado, y se decide que no se puede seguir viviendo si no
se salta la línea y se hace una cosa buena...
Había gritos afuera. Parpadeó para quitar el sudor.
—Ah... Comandante Vimes —dijo una voz en algún lugar
detrás del límite.
Mantuvo su mirada dolorosa sobre el arco.
—¿Sí?
Una mano bajó y retiró el arco de su soporte. Vimes
parpadeó. Su dedo, automáticamente, presionó el gatillo. El cordón rebotó con
un stung. Y la visión del rostro del Príncipe, lo sabía, lo mantendría caliente
en las noches frías, si hubiera noches frías otra vez.
Había escuchado que todos habían muerto. Pero no
estaban muertos. Y aún así la maldita cosa había sonado tan... precisa...
Lord Vetinari soltó la flecha con gesto de fastidio,
como una dama de sociedad que ha agarrado algo pegajoso.
—Bien hecho, Vimes. Veo que había subido el burro al
minarete. Buen día, caballeros —hizo a la compañía una rápida sonrisa—. Veo que
no he llegado demasiado tarde.
—¿Vetinari? —dijo Herrumbre, como despertándose—. ¿Qué
estás haciendo acá? Esto es un campo de batalla...
—Me extraña —El Patricio le devolvió una muy breve
sonrisa—. Fuera de aquí parece haber un montón de hombres sentados alrededor.
Varios parecen disfrutar de lo que creo se conoce en la jerga militar como
brazos caídos. Y el Capitán Zanahoria está organizando un partido de fútbol.
—¿Que él está qué? —dijo Vimes, bajando el arco. De
repente el mundo volvió a ser real. Si Zanahoria estaba haciendo cosas tan
tontas como ésa, las cosas estaban normales.
—Pero con una enorme cantidad de faltas personales, me
temo. Y no le llamaría campo de batalla a eso.
—¿Quién está ganando?
—Ankh-Morpork, creo. Por dos espinillas golpeadas y
una nariz rota.
Por primera vez en años Vimes sintió un pequeño dolor
de patriotismo. Todo lo demás de la vida estaba en el retrete, pero cuando se
trataba de patear y golear, él sabía de qué lado estaba.
—Además —continuó Vetinari—, creo que una buena
cantidad de personas están técnicamente bajo arresto. Y de hecho y en la
práctica, no existe un estado de guerra. Es un estado de fútbol. Aún así, creo,
yo estoy, diría... de regreso. Excúseme, sire, esto tomará sólo un momento.
Sostuvo el cilindro de metal y comenzó a desenroscar
el extremo.
Por alguna razón Vimes se sintió inclinado a retirarse
unos pasos de él.
—¿Qué es eso?
—Pensé que podía ser necesario —dijo Vetinari—.
Requiere alguna preparación previa, pero estoy seguro de que funcionará. Espero
que estén utilizables. Hicimos lo mejor que pudimos para tenerlos fuera de la
humedad.
Un grueso rollo de papel cayó al piso.
—Comandante, ¿no hay nada que debiera estar haciendo?
—agregó—. Haciendo de árbitro, ¿tal vez?
Vimes levantó el rollo y leyó unas pocas líneas del
principio.
—Considerando... de aquí en adelante, etc., etc.... la
ciudad de Ankh-Morpork... ¿Rendirse?
—¿Qué? —dijeron Herrumbre y el Príncipe al mismo
tiempo.
—Sí, rendirnos —dijo alegremente Vetinari—. Un pequeño
trozo de papel y todo estará terminado. Creo que encontrarán todo en orden.
—No puede... —comenzó Herrumbre.
—No puede... —dijo el Príncipe.
—¿Incondicional? —dijo el general Ashal cortante.
—Sí, eso creo —dijo Vetinari—. Abandonamos toda
reclamación sobre Leshp en favor de Klatch, retiramos todas las tropas de
Klatch y nuestros ciudadanos de la isla, y como reparación... ¿podemos fijar un
cuarto de millón de dólares? Además de varios y favorables acuerdos de
comercio, estándares de nación más favorecida, y lo demás.
»Todo está aquí. Siéntanse libres de leer a su
libertad.
Pasó el documento por encima de la cabeza del Príncipe
y hacia las manos del general, quien pasó rápidamente las páginas.
—Pero no hemos tenido... —comenzó Vimes. «Tal vez me
han matado, pensó. Estoy en el otro lado, o alguien me ha golpeado muy duro en
la cabeza y todo esto es una especie de espejismo».
—¡Es una falsificación! —soltó el Príncipe—. ¡Es un
truco!
—Bueno, sire, este hombre ciertamente parece ser Lord
Vetinari y esos parecen ser los sellos oficiales de Ankh-Morpork —dijo el
general—. ‘Considerando... por lo cual... sin predisposición... ratificación
dentro de los cuatro días... modo de comerciar’... sí, esto sí, tengo que
decirlo, parece genuino.
—¡No lo aceptaré!
—Ya veo, sire. Aunque parece cubriera todos los puntos
que en el discurso de la semana pasada usted...
—¡Ciertamente no lo aceptaré! —gritó Herrumbre. Movió
un dedo debajo de la nariz de Vetinari—. ¡Será desterrado por esto!
«Pero nosotros no tenemos ese dinero, repitió Vimes,
esta vez para sí mismo. Éramos una ciudad rica, pero realmente no tenemos
dinero. La riqueza de Ankh-Morpork está en su gente, nos dijeron. Y no puedes
sacarla con enormes pinzas».
Sintió que el viento cambiaba.
Y a Vetinari que le miraba.
Y había algo con el general Ashal. Una cierta
hambre...
—Estoy de acuerdo con Herrumbre —dijo—. Es como
arrastrar el buen nombre de Ankh-Morpork por el lodo —Para su sorpresa se las
arregló para decirlo sin sonreír.
—No perdemos nada, sire —insistió el general Ashal—.
Se irán de Klatch y de Leshp...
—¡Maldita sea si nos iremos! —aulló Lord Herrumbre.
—¡Correcto! ¿Y todos saben que hemos sido derrotados? —dijo Vimes—. ¿Burlados?
Miró al Príncipe, cuya mirada pasaba de hombre a
hombre, pero de vez en cuando se quedaba mirando nada, como si estuviese
contemplando una visión interior.
—Un cuarto de millón no es suficiente —dijo el
Príncipe.
Lord Vetinari se encogió de hombros.
—Lo podemos discutir.
—Hay muchas cosas que necesito comprar.
—Cosas de naturaleza metálica y afilada, sin duda
—dijo Vetinari—. Por supuesto, si estamos hablando de bienes en lugar de
dinero, hay lugar a una mayor... flexibilidad.
«¿Y ahora tenemos que armarlo también?», pensó Vimes.
—¡Estará fuera de la ciudad en una semana! —aulló
Herrumbre.
Vimes pensó que el general sonreía alegremente.
Ankh-Morpork sin Vetinari... regida por gente como Herrumbre. Su futuro estaba
brillando.
—La rendición necesitará ser ratificada y formalmente
testimoniada, sin embargo —dijo Ashal.
—¿Puedo sugerir a Ankh-Morpork? —dijo Lord Vetinari.
—No. En un territorio neutral, por supuesto —dijo el
general.
—Pero, ¿dónde hay algo, entre Ankh-Morpork y Klatch?
—dijo Vetinari.
—Supongo... está Leshp —dijo el general, pensativo.
—Qué buena idea —dijo el Patricio—. Eso no se me había
ocurrido.
—¡El lugar es nuestro de todas maneras! —soltó el
Príncipe.
—Lo será, sire. Lo será —dijo el general suavizando
las cosas—. Tomaremos posesión. Legalmente. Mientras el mundo observa.
—¿Y eso es todo? ¿Qué hay de mi arresto? —dijo Vimes—.
No voy a...
—Estos son asuntos de estado —dijo Vetinari—. Y hay
consideraciones... diplomáticas. Me temo que el ordenamiento correcto de los
negocios internacionales no puede girar alrededor de los hechos de un solo
hombre.
Una vez más Vimes sintió que las palabras que estaba
escuchando no eran las palabras que eran dichas.
—Yo no... —comenzó.
—Hay grandes cuestiones aquí.
—Pero...
—Excelente trabajo, de todos modos.
—Hay grandes crímenes y pequeños crímenes, ¿verdad?
—dijo Vimes.
—¿Por qué no se toma un descanso bien ganado, Sir
Samuel? Usted es —Vetinari mostró una de sus sonrisas relámpago— un hombre de
acción. Usted trata con espadas, y persecuciones, y hechos. Ahora, ¡por todos
los cielos!, es el tiempo de los hombres de palabras, que tratan con promesas,
y desconfianza y opiniones. Para usted, la guerra ha terminado. Disfrute del
sol. Confío que regresaremos pronto a casas. Me gustaría quedarme, Lord
Herrumbre...
Vimes se dio cuenta de que había sido desconectado.
Giró sobre los talones y marchó fuera de la tienda.
Ahmed lo siguió.
—Ése es su amo, ¿verdad?
—¡No! ¡Es solamente el hombre que paga mi salario!
—A veces es difícil saber la diferencia —dijo Ahmed
con simpatía.
Vimes se sentó en la arena. No estaba seguro de cómo
haría para levantarse. Había alguna clase de futuro ahora. No tenía la menor
idea de lo que había en él, pero había uno. No había uno cinco minutos atrás.
Ahora quería hablar. De esa manera no tendría que pensar acerca de la lista de
muertos del Des-organizador. Había sonado tan... precisa...
—¿Qué pasará con usted? —dijo para quitar el
pensamiento de su mente—. Cuando esto termine, quiero decir. Su jefe no estará
feliz con usted.
—Oh, el desierto puede tragarme.
—Enviará hombres a seguirlo. Parece del tipo.
—El desierto los tragará.
—¿Sin masticarlos?
—Créame.
—¡No debería ser de esta manera! —gritó Vimes al cielo
en general—. ¿Sabe? Algunas veces sueño que podríamos enfrentar los grandes
crímenes, que podríamos ser la ley de los países y no sólo de las personas, y
que gente como él...
Ahmed le ayudó a levantarse y le palmeó el hombro.
—Ya sé cómo es —dijo—. Yo también sueño.
—¿Sí?
—Sí. Generalmente con peces.
Se escuchó un rugido desde la multitud.
—Alguien ha cometido una falta convincente, por el
sonido —dijo Vimes.
Se deslizaron y se arrastraron por el costado de la
duna, y miraron.
Alguien salía del enredo y, pateando y a puñetazos, se
lanzaba buscando el arco Klatchiano.
—¿No es ese hombre su mayordomo? —dijo Ahmed.
—Sí.
—Uno de sus soldados dijo que le sacó a uno la nariz
de un golpe.
Vimes se encogió de hombros.
—Adopta una actitud muy especial si no utilizo las
tenacillas del azúcar, lo sé.
Una figura marchó autoritariamente a través del
desorden de jugadores, soplando un silbato.
—Y ese hombre, creo, es su rey.
—No.
—¿De veras? Entonces soy la Reina Pinjitrurn de
Sumtri.
—Zanahoria en un policía, como yo.
—Un hombre como ése podría inspirar a un puñado de
hombres a conquistar un país.
—De acuerdo, eso es lo que hace en sus días de franco.
—¿Y también recibe órdenes de usted? Es usted un
hombre notable, Sir Samuel. Pero creo que no habría matado al Príncipe.
—No. Pero usted me hubiera matado a mí si lo hacía.
—Oh, sí. Asesinato flagrante delante de testigos. Soy,
después de todo, un policía.
Habían llegado hasta los camellos. Uno miró alrededor
mientras Ahmed se preparaba para montarlo, pensó si convenía escupirle, y en su
lugar escupió a Vimes. Con gran precisión.
Ahmed miró hacia los jugadores.
—En Klatchistan los nómadas juegan un juego similar a
ése —dijo—. Pero de a caballo. El objetivo es coger el objeto alrededor de la
meta.
—¿Objeto?
—Probablemente sea mejor pensar en eso como en un
objeto, Sir Samuel. Y ahora creo que me marcharé hacia allá. Hay ladrones en
las montañas. El aire es limpio allá arriba. Como sabe, siempre hay trabajo
para un policía.
—¿Piensa regresar a Ankh-Morpork alguna vez?
—¿Le gustaría verme allí, Sir Samuel?
—Es una ciudad abierta. Pero asegúrese de llamar al
Cuartel de Pseudopolis cuando llegue.
—Ah, y podemos recordar viejos tiempos.
—No. Para que usted deje esa espada. Lo daremos un
recibo y la podrá recuperar cuando se vaya.
—Tendré que ser persuadido, Sir Samuel.
—Oh, creo que sólo se lo pediré una vez.
Ahmed rió, saludó a Vimes con la cabeza y se marchó.
Por unos pocos minutos fue una forma en la base de una
columna de polvo, y entonces un punto fugaz en el aire caliente, y entonces el
desierto se lo tragó.
El día terminó. Varios oficiales Klatchianos y algunas
personas de Ankh-Morpork fueron llamadas
a la tienda. Vimes caminó hacia ella varias veces y escuchó el sonido de voces
que se levantaban en discusión.
Mientras tanto, los ejércitos se atrincheraron.
Alguien ya había levantado un tosco indicador, las armas apuntando hacia los
hogares de varios soldados. Ya que todos eran parte de Ankh-Morpork, las armas
todas apuntaban hacia el mismo lugar.
Encontró a la mayoría de la Guardia sentada a
resguardo del viento, mientras una arrugada mujer Klatchiana cocinaba un
alimento complicado sobre un pequeño fuego. Todos parecían estar llenos de
vida, con la habitual pequeña cuestión del caso de Reg Zapato.
—¿Dónde ha estado, Sargento Colon? —dijo Vimes.
—He jurado secreto sobre eso, señor. A su señoría.
—Bien —Vimes no presionó sobre el asunto. Sacar
información de Colon era como sacar agua de una toalla. Podía esperar—. ¿Y
Nobby?
—¡Aquí señor! —La arrugada mujer lo saludó con
estruendo de brazaletes.
—¿Eres tú?
—¡Sísseñor! Haciendo el trabajo sucio como hacen las
mujeres en la vida, señor, ¡a pesar del hecho de que hay menos guardias mayores
presentes, señor!
—Entonces, Nobby —dijo Colon—. Cheery no puede
cocinar, no podemos permitir que Reg lo haga porque sus trozos caen en la
sartén, y Angua...
—... no cocina —dijo Angua. Estaba acostada sobre una
roca con los ojos cerrados. La roca tenía la forma de un Detritos dormido.
—De todos modos, has comenzado a cocinar como si
esperaras que tuvieses que hacerlo —dijo Colon.
—¿Kebab, señor? —dijo Nobby—. Hay suficiente.
—Han conseguido comida de algún lugar —dijo Vimes.
—Intendencia Klatchiana, señor —dijo Nobby, sonriendo
entre sus velos—. Utilicé mis artimañas sexuales con él, señor.
El kebab de Vimes se detuvo a mitad de camino de su
boca y dejó caer cordero sobre sus piernas. Vio que los ojos de Angua se abrían
de golpe y se quedaban fijos en el cielo con horror.
—Le dije que me quitaría las ropas y gritaría si no me
daba algo de comer, señor.
—Eso me dejaría sin la luz del día, estoy seguro —dijo
Vimes. Vio que Angua respiraba otra vez.
—Sí, reconozco que si jugara bien mis cartas podría
ser una de esas mujeres fatales —dijo Nobby—. Solamente tengo que guiñarle el
ojo a un hombre y corre una milla. Podría ser útil, eso.
—Le dije que podía volver a ponerse el uniforme, pero
dice que se siente más cómodo de esa manera —susurró Colon a Vimes—. Estoy
preocupándome, a decir verdad.
«No puedo resolver esto, pensó Vimes. No está en el
libro de reglas».
—Er... ¿cómo puedo explicarle...? —comenzó.
—No quiero que ninguno me dé la dote —dijo Nobby—. Es
una buena idea caminar una milla en los zapatos de otro, eso es lo que digo.
—Bueno, tanto así es que...
—He estado poniéndome en contacto con mi lado suave,
¿de acuerdo? Viendo el otro punto de vista de un hombre, algo así, incluso si
él es una mujer.
Miró los rostros y movió las manos vagamente.
—Está bien, está bien, me pondré el uniforme después
de ordenar un poco el campamento. ¿Eso los hará felices?
—¡Algo huele bien!
Zanahoria llegó corriendo, pateando su pelota. Estaba
desnudo hasta la cintura. El silbato colgaba de un piolín alrededor del cuello.
—He marcado el medio tiempo —dijo sentándose—. De modo
que envié algunos tipos a Gebra a conseguir cuatrocientas naranjas. En breve
las bandas combinadas de los regimientos de Ankh-Morpork realizarán una
contramarcha y ejecutarán una selección de favoritos militares.
—¿Han practicado la contramarcha? —dijo Angua.
—Eso creo.
—Entonces debería estar bueno.
—Zanahoria —dijo Vimes—, no deseo ser curioso, pero
aquí, en medio del desierto, ¿encontraste una pelota? —Y la voz detrás de su
cabeza insistía: escuchaste que estaba muerto. Escuchaste que todos ellos
estaban muertos... en algún otro lugar.
—Oh, en estos días llevo una desinflada en mi maleta,
señor. Un objeto pacificante, la pelota. ¿Se siente bien, señor?
—¿Eh? ¿Que? Oh. Sí. Sólo un poco... cansado. Entonces,
¿quién está ganando? —Vimes palmeó sus bolsillos y encontró el último cigarro.
—Es un empate, hablando ampliamente, señor. Aunque he
tenido que expulsar cuatrocientos setenta y tres hombres. Klatch está muy
adelante en faltas, temo decir.
—El deporte es un sustituto de la guerra, ¿eh? —dijo
Vimes. Rebuscó entre las cenizas de Nobby y retiró un... medio consumido...
bueno, ayudaba pensar que era el carbón del desierto.
Zanahoria le dirigió una mirada solemne.
—Sí, señor. Nadie usa armas. ¿Y ha notado que el
ejército Klatchiano está más pequeño? Algunos de los jefes de lejanos lugares
se están llevando sus hombres. Dicen que no tiene sentido quedarse si no habrá
guerra. No creo que realmente quieran quedarse en cualquier caso, para decirle
la verdad. Y creo que no será fácil hacerlos volver acá...
Se escuchaban gritos detrás de ellos. Las personas
salían de la tienda, discutiendo. Lord Herrumbre estaba entre ellas. Miró a su
alrededor dirigiéndose a su compañía. Entonces se fijó en Vimes y se lanzó
furioso hacia él.
—¡Vimes!
Vimes levantó la cabeza con el cigarro a medio camino.
—Debimos haber ganado, lo sabe —gruñó Herrumbre—.
¡Debimos haber ganado! ¡Pero fuimos traicionados en el borde del éxito!
Vimes se le quedó mirando.
—¡Y es tu culpa, Vimes! ¡Seremos el motivo de risa de
Klatch! ¡Sabes el valor que estas personas le dan a las apariencias y nosotros
no tendremos ninguna! ¡Y tampoco tú! ¡Y tampoco tu estúpida, detestable y
cobarde Guardia! ¿Qué dices a eso, Vimes? ¿Eh?
Los guardias se quedaron sentados como estatuas,
esperando que Vimes dijera algo. O algo más.
—¿Eh, Vimes?
Herrumbre olió el aire.
—¿Qué es ese olor?
Vimes bajó lentamente su mirada hasta sus dedos. El
humo subía. Había un pálido chisporroteo.
Se levantó y puso los dedos delante del rostro de
Herrumbre.
—Tómelo —dijo.
—Es... algún truco...
—Tómelo —dijo Vimes.
Hipnotizado, Herrumbre lamió sus dedos y con cautela
tomó la brasa.
—No lastima...
—Sí, sí lo hace —dijo Vimes.
—De hecho no... ¡Aargh!
Herrumbre saltó hacia atrás, tiró la brasa y se chupó
los dedos ampollados.
—El truco está en que no le importe que duela —dijo
Vimes—. Ahora váyase.
—No durarás mucho —dijo Herrumbre con desprecio—.
Espera hasta que estemos de regreso en la ciudad. Sólo espera —se retiró,
sosteniendo su mano dolorida.
Vimes regresó y se sentó junto al fuego. Después de un
rato preguntó:
—¿Dónde se ha ido ahora?
—Hasta las líneas, señor. Creo que les está ordenando
regresar a casa.
—¿Puede vernos?
—No.
—¿Estás seguro?
—Hay demasiada gente en el camino, señor.
—¿Estás bien seguro?
—A menos que él pueda ver a través de camellos, señor.
—Bien —Vimes se metió los dedos en la boca. El sudor
corría por su rostro—. ¡Maldición maldición maldición! ¿Tiene alguien un poco
de agua fría?
El Capitán Jenkins había puesto su bote a flote otra
vez. Le había costado un montón de excavación, y algún trabajo de cuidado con
puntales de madera y la asistencia de un capitán Klatchiano quien decidió no
permitir que el patriotismo le impidiera el camino del provecho.
Él y su tripulación estaban descansando sobre la costa
cuando un saludo sonó por encima de ellos.
Trató de mirar contra el sol.
—Ese... ese no puede ser Vimes, ¿o sí?
La tripulación abrió los ojos.
—¡Subamos a bordo ya mismo!
Una figura arrancó duna abajo. Se movía muy
velozmente, mucho más veloz que lo que un hombre podría correr sobre la arena
resbaladiza, y se movía en zig-zag. A medida que se acercaba resultó ser un
hombre parado sobre un escudo.
Se detuvo muy cerca del asombrado Jenkins.
—¡Muy bueno de su parte haber esperado, capitán! —dijo
Zanahoria—. ¡Muchísimas gracias! Los demás llegarán en un minuto.
Jenkins miró hacia el tope de la duna. Ahora había
otras figuras oscuras allí.
—¡Esos son D’reg! —gritó.
—Oh, sí. Gente amable. ¿Les ha conocido alguna vez?
Jenkins miró con los ojos muy abiertos a Zanahoria.
—¿Han ganado? —dijo.
—Oh, sí. Por penales, al final.
~ 0 ~
La luz verde azul se filtraba por las diminutas
ventanas del Bote.
Lord Vetinari tiró de las palancas de dirección hasta
estar seguro de que estaba orientado hacia un barco adecuado y dijo:
—¿Qué es lo que se huele, Sargento Colon?
—Es Be... Es Nobby, señor —dijo Colon pedaleando con
diligencia.
—¿El Cabo Nobbs?
Nobby casi se ruborizó.
—Compré una botella de perfume, señor. Para mi joven
dama.
Lord Vetinari tosió.
—¿Qué quiere decir exactamente con ‘su joven dama’?
—dijo.
—Bueno, para cuando tenga una —dijo Nobby.
—Ah —Hasta Lord Vetinari sonó aliviado.
—Teniendo en cuenta de que ahora la tendré, habiendo
explorado completamente mi naturaleza sexual y sintiéndome completamente cómodo
conmigo mismo —dijo Nobby.
—¿Se siente cómodo consigo mismo?
—¡Sísseñor! —dijo Nobby, feliz.
—Y cuando encuentre esa joven afortunada le entregará
esa botella de...
—Se llama ‘Noches de la Kashbah’, señor.
—Por supuesto. Muy... floral, ¿verdad?
—Sísseñor. Es por el jazmín y las raras ungulantes que
tiene, señor.
—Y al mismo tiempo curiosamente... penetrante.
Nobby sonrió.
—Una buena inversión, señor. Un poco dura mucho.
—¿No lo suficiente, tal vez?
Pero Nobby rechazaba hasta la ironía.
—La encontré en el mismo negocio donde el sargento
compró la joroba, señor.
—Ah... sí.
No había mucho espacio en el Bote, y la mayor parte
estaba ocupada con los recuerdos del Sargento Colon. Le habían permitido una
corta expedición de compras ‘para llevar algo a casa para su esposa, señor, de
otro modo nunca terminaré de escucharla’.
—A la señora Colon le gustará una joroba de camello
rellena, ¿verdad, sargento? —dijo el Patricio dubitativo.
—Sísseñor. Ella le puede poner cosas encima, señor.
—¿Y ese juego de mesas de bronce trenzado?
—Para poner cosas encima, señor.
—¿Y ese —algo sonó metálico— juego de campanas de
cabras, cafetera de adorno, montura de camello en miniatura y este... extraño
tubo de vidrio con pequeñas bandas de arena coloreada... para qué son?
—Objetos de conversación, señor.
—Quiere decir que las personas dirán algo como ‘¿Para
qué son estas cosas?’, ¿verdad?
El Sargento Colon parecía complacido consigo mismo.
—¿Lo ve, señor? Ya estamos conversando sobre ellos.
—Notable.
El Sargento Colon tosió y señaló con un gesto la
figura encogida de Leonard, quien estaba sentado en la popa con la cabeza entre
las manos.
—Está un poco quieto, señor —susurró—. Parece que no
le sacaremos palabra.
—Tiene montones en su cabeza —dijo el Patricio.
Los guardias pedalearon por un rato, pero las
reducidas proporciones del Bote facilitaba una confidencialidad que nunca sería
encontrada en tierra.
—Siento mucho que usted haya sido despedido, señor
—dijo Colon.
—De veras —dijo Lord Vetinari.
—Tendría sin dudas mi voto, si tuviéramos elecciones.
—Primordial.
—Creo que las personas quieren un gobierno fuerte,
como yo.
—Bien.
—Su predecesor, Lord Snapcase
, estaba loco. Pero, como siempre dije, las personas
saben siempre dónde están paradas con Lord Vetinari...
—Bien hecho.
—Puede que no les guste dónde están paradas, por
supuesto...
Lord Vetinari levantó la vista. Estaban debajo de un
bote ahora y parecía estar en la dirección correcta. Dirigió el Bote hasta que
escuchó el thunk contra el casco, y le dio a la barrena unas pocas vueltas.
—¿Me han despedido, sargento? —dijo mientras se volvía
a sentar.
—Bueno, eh, escuché a la gente de Lord Herrumbre decir
que si usted rat... rat...
—Ratificaba —dijo Lord Vetinari.
—Sí, si usted ratificaba esa rendición la próxima
semana, lo exiliarían, señor.
—Una semana es un largo tiempo en política, sargento.
El rostro de Colon se amplió en lo que él creía era
una sonrisa conocedora. Se tecleó el costado de la nariz.
—Ah, política
—dijo—. Ah, debió decirlo.
—Sí, entonces se reirán de los otros, ¿eh? —dijo
Nobby.
—Prepare algún plan secreto, estaré con usted —dijo
Colon—. Usted sabe muy bien dónde está el pollo.
—Ya veo que no hay engaño para los hábiles
observadores del carnaval que es la vida —dijo Lord Vetinari—. Sí, por cierto,
hay algo que voy a hacer.
Acomodó la posición de la joroba de camello rellena,
que de hecho olía a cabra y estaba comenzando a perder arena, y se recostó.
—No haré nada. Despiértenme si algo interesante
sucede.
~ 0 ~
Sucedieron cosas náuticas. El viento dio tantas
vueltas que una veleta podría haber sido empujada hacia el maíz. En un momento
hubo una lluvia de anchoas.
Y el Comandante Vimes trataba de dormir. Jenkins le
mostró una hamaca, y Vimes se dio cuenta de que era otro ojo de oveja.
Probablemente nadie podía dormir en algo así. Los marineros probablemente las
tenían para mostrar y tenían camas verdaderas escondidas en algún lugar.
Trató de ponerse cómodo en la bodega, y cabeceó
mientras los otros hablaban en un rincón. Eran muy educados en quitarse de su
camino.
—... ñoría no tirará todo al demonio, ¿verdad? ¿Para
qué estuvimos peleando?
—Tendrá un buen trabajo en mantenerse en su puesto
después de esto, eso es seguro. Ha sido arrastrar el buen nombre de
Ankh-Morpork por el lodo, como el señor Vimes dijo.
—Para Ankh-Morpork, el lodo está encima —Era Angua.
—Por otro lado, todoz todavía rezpiran —Era Detritos.
—Esa observación es vital...
—Lo siento, Reg. ¿Por qué te rascas?
—Creo que he pescado una enfermedad extranjera.
—¿Perdona? —dijo Angua—. ¿Puede un zombi pescarla?
—No me gusta decir...
—Estás hablando con alguien que conoce cada tipo de
talco contra pulgas que se vende en Ankh-Morpork, Reg.
—Oh, usted debe saber... Ratones, señorita. Es
vergonzante. Me mantengo limpio, pero ellos siempre encuentran la manera...
—¿Lo has intentado todo?
—Excepto los hurones.
—Si su señoría se marcha, ¿quién seguirá? —Era
Cheery—. ¿Lord Herrumbre?
—Durará cinco minutos.
—Tal vez los gremios se reúnan y...
—Pelearán como...
—... hurones —dijo Reg—. La cura es peor que la
enfermedad.
—Alégrense, todavía hay una Guardia —Era Zanahoria.
—Sí, pero el señor Vimes será sacado de una oreja. Por
cosas de la política.
Vimes decidió mantener sus ojos cerrados.
Una silenciosa multitud estaba esperando en el muelle
cuando finalmente el barco atracó. Miraron a Vimes y a sus hombres bajar por la
pasarela. Hubo una o dos toses, y entonces alguien gritó.
—¡Diga que no es así, señor Vimes!
Al pie de la pasarela el Alguacil Dorfl saludó
rígidamente.
—El Barco De Lord Herrumbre Llegó Esta Mañana, Señor
—dijo el golem.
—¿Alguien ha visto a Vetinari?
—No, señor.
—¡Teme mostrar la cara! —gritó alguien.
—Lord Herrumbre Dijo Que Usted Cumpliera Con Su Deber,
Maldito —dijo Dorfl. Los golem tienen un discurso ciertamente literal.
Extendió a Vimes una hoja de papel. Vimes la tomó y
leyó las primeras líneas.
—¿Qué es esto? ¿‘Consejo de Emergencia’? ¿Y esto? ...
¿Traición? ¿Contra Vetinari? ¡No voy
a cumplir esto!
—¿Puedo ver, señor? —dijo Zanahoria.
Fue Angua quien notó la onda, mientras los demás
estaban mirando la corriente. Incluso en su forma humana los oídos de una
mujer-lobo eran bastante sensibles.
Se desplazó hasta el borde del muelle y miró río
abajo.
Un muro de agua blanca de unos pocos pies de altura
estaba corriendo por el Ankh. Mientras pasaba levantó los botes y los hizo
entrechocarse.
Salpicó junto a ella, arrastrándose hasta el muelle y
haciendo bailar el barco de Jenkins por un momento. Se escuchó el estruendo de
vajilla en algún lugar a bordo.
Entonces se fue, como una línea de espuma dirigiéndose
hasta el siguiente puente. Por un momento el aire tuvo el olor, no de agua de
letrina del Ankh, sino a vientos marinos y sal.
Jenkins salió de su camarote y miró por el costado.
—¿Qué fue eso? ¿Cambio de marea? —gritó Angua.
—Hemos llegado con la marea —dijo Jenkins—. No lo
comprendo. Espero que sea uno de esos fenómenos.
Angua regresó al grupo. Vimes ya tenía el rostro
enrojecido.
—Ha sido firmado por muchos de los gremios mayores,
señor —estaba diciendo Zanahoria—. De hecho están todos, excepto los Ladrones y
las Costureras.
—¿De veras? Bueno, ¡me cago en ellos! ¿Quiénes son
ellos para darme una orden como ésa?
Angua vio el dolor cruzar el rostro de Zanahoria.
—Uh... alguien tiene que darnos órdenes, señor. De un
modo general. Se supone que no actuamos por nuestra cuenta. Es una clase de...
cuestión.
—Sí... pero... no como...
—Y supongo que representan la voluntad de la gente...
—¿Esa pandilla? ¡No me vengas con esa basura!
¡Hubiéramos sido sacrificados si peleábamos! Y entonces hubiéramos estado en la
misma posición que si...
—Parece legal, señor.
—¡Es... ridículo!
—No es como si le estuviéramos acusando, señor.
Tenemos que asegurarnos que regrese a la Cámara de las Ratas. Mire, señor,
usted ha tenido un tiempo duro...
—Pero... ¿arrestar a Vetinari? No puedo...
Vimes se detuvo porque sus oídos habían captado algo.
Y porque esa era la cuestión, ¿verdad? Si podías arrestar a cualquiera,
entonces eso era lo que debías hacer. No podías darte la vuelta y decir ‘pero a
él no’. Ahmed se hubiera burlado. El Viejo Caradepiedra se hubiera revuelto en
sus cinco tumbas.
—Puedo, ¿verdad? —dijo tristemente—. Oh, está bien.
Envía una descripción, Dorfl.
—Eso No Será Necesario, Señor.
La multitud se movió a un lado mientras Lord Vetinari
caminó a lo largo del muelle, con Nobby y Colon detrás de él. Al menos, si no
era el Sargento Colon era un camello extrañamente deformado.
—Creo que ya tuve suficiente de eso, Comandante —dijo
Lord Vetinari—. Haga su trabajo, por favor.
—Todo lo que tiene que hacer es ir hasta el palacio,
señor. Permítame...
—¿No irá a esposarme?
La boca de Vimes se quedó abierta.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Traición es casi el peor de los crímenes, Sir Samuel.
Creo que debo exigir las esposas.
—Está bien, si insiste —Vimes hizo un gesto a Dorfl—.
Entonces, espósalo.
—¿No tiene algunos grilletes, por esa casualidad?
—dijo Lord Vetinari, mientras Dorfl sacaba un par de esposas—. Deberíamos hacer
las cosas apropiadamente...
—No, no tenemos grilletes.
—Estaba tratando de ayudar, Sir Samuel. ¿Ya nos vamos?
La multitud no se estaba burlando. Estaba casi
atemorizada. Esperaban, como una audiencia mirando para ver cómo se haría el
truco. Partieron cuando el Patricio se dirigió hacia el centro de la ciudad. Se
detuvo y se dio vuelta.
—¿Qué era esa otra cosa...? Oh, sí. No tengo que ser
arrastrado sobre una planchada, ¿verdad?
—Solamente si es realmente ejecutado, milord —dijo
alegremente Zanahoria—. Tradicionalmente el traidor es arrastrado hasta el
lugar de su ejecución sobre una planchada. Y entonces colgado, dibujado y
cuarteado —Zanahoria parecía avergonzado—. Conozco acerca de colgar y cuartear
pero no estoy seguro de cómo dibujar, señor.
—¿No es bueno con el lápiz, capitán? —dijo Lord
Vetinari inocentemente.
—¡No, no lo es! —dijo Vimes.
—¿Existe realmente una planchada?
—¡No! —soltó Vimes.
—¿Oh? Bueno, creo que hay un negocio de equipo
deportivo en Calle Sheer. Por las dudas, Sir Samuel.
~ 0 ~
Una figura caminaba a través de la arena pisoteada
cerca de Gebra, y se detuvo cuando una voz cerca del nivel del piso dijo,
esperanzada.
—¿Bingeley-bingeley beep?
El Des-organizador sintió que era levantado.
¿QUÉ CLASE DE COSA ERES?
—¡Soy el Des-organizador Mk II, con varias operaciones
útiles de alto rendimiento, Inserte-Nombre-Aquí!
¿COMO QUÉ?
Incluso la pequeña mente del Des-organizador se sintió
inquieta. La voz del que hablaba no sonaba bien.
—Sé qué hora es en cualquier lugar —aventuró.
TAMBIÉN YO.
—Er... puedo mantener una libreta de direcciones al
minuto... —el Des-organizador sintió movimientos que le sugirieron que su nuevo
propietario había montado un caballo.
¿DE VERAS? TENGO MUCHAS DIRECCIONES.
—Entonces, podemos hacerlo —dijo el demonio tratando
de mantener ese entusiasmo escurridizo—. Entonces tomaré nota de ellas, y
cuando usted quiera volver a ponerse en contacto...
GENERALMENTE, ESO NO ES NECESARIO. LA MAYORÍA SE
MANTIENE EN CONTACTO.
—Bueno... ¿tiene citas? —hubo algunos ruidos de cascos y después
ningún sonido a excepción del viento.
MÁS DE LAS QUE POSIBLEMENTE PUEDAS IMAGINAR. NO...
CREO, TAL VEZ, QUE TUS TALENTOS PODRÍAN SER MEJOR EMPLEADOS EN ALGÚN OTRO
LUGAR...
Más viento, y entonces un chapoteo.
La Cámara de las Ratas estaba repleta. Los líderes de
los gremios habían sido citados, pero había muchas otras personas que
consideraban tener el derecho de estar allí. Estaban incluso algunos de los
hechiceros más viejos. Todos querían poder decir a sus nietos ‘Yo estuve allí’.[27]
—Ciertamente me siento como si tuviera que tener más
cadenas —dijo Vetinari, al hacer una pausa en la entrada y mirar la multitud
reunida.
—¿Está tomando esto con seriedad, señor? —dijo Vimes.
—Increíblemente serio, Comandante, se lo aseguro. Pero
si por alguna casualidad sobrevivo, le autorizo a comprar algunos grilletes.
Debemos aprender a hacer esta clases de cosas apropiadamente.
—Las mantendré a mano, se lo aseguro.
—Bien.
El Patricio saludó con la cabeza a Lord Herrumbre
quien estaba flanqueado por el señor Boggis y Lord Downey.
—Buen día —dijo—. ¿Podemos hacer esto rápido? Será un
día ocupado.
—Le complace continuar haciendo de Ankh-Morpork un
motivo de risa —comenzó Herrumbre. Su mirada pasó a Vimes por un momento, y lo
borró del universo—. Este no es un juicio formal, Lord Vetinari. Es una manera
de que los cargos sean conocidos. El señor Tendencioso dice que pasarán varias
semanas antes de que un juicio completo pueda ser organizado.
—Semanas caras sin duda. ¿Podemos seguir? —dijo
Vetinari.
—El señor Tendencioso leerá los cargos —dijo
Herrumbre—. Pero en pocas palabras, como está usted bien conciente, Havelock,
está acusado de traición. Usted rindió de modo innoble...
—... no lo hice...
—... y bastante ilegalmente cedió todos nuestros
derechos de soberanía sobre el territorio conocido como Leshp...
—... pero ese lugar no existe.
Lord Herrumbre hizo una pausa.
—¿Está cuerdo, señor?
—Los términos de la rendición debían ser ratificados
en la isla de Leshp, Lord Herrumbre. No hay tal lugar.
—¡La pasamos de camino hacia aquí, hombre!
—¿Alguien la ha visto recientemente?
Angua tocó el hombro de Vimes.
—Una extraña ola llegó río arriba justo después de que
llegamos, señor...
Hubo conversaciones urgentes entre los hechiceros, y
el Archi-Canciller Ridículo se puso de pie.
—Parece que hay un pequeño problema, su señoría. El
Decano dice que realmente no está allí.
—Es una isla.
¿Sugiere que alguien la ha robado? ¿Está seguro de saber dónde está, hombre?
—Sabemos dónde está, y no es allí. Hay un montón de
algas y naufragio —dijo el Decano con frialdad. Se levantó, con una pequeña
bola de cristal en las manos—. La hemos estado observando casi todas las
noches. Por la guerra, ya sabe. Por supuesto, la imagen es bastante mala a esta
distancia...
Herrumbre se le quedó mirando. Pero el Decano era
demasiado grande para ser borrado de la escena.
—Pero una isla completa no puede desvanecerse —dijo
Herrumbre.
—En teoría, tampoco puede aparecer, milord, y esta lo
hizo.
—Tal vez se volvió a hundir —dijo Zanahoria.
Ahora Herrumbre miró a Vetinari.
—¿Sabías de esto? —le preguntó.
—¿Cómo podría saber yo algo así?
Vimes miró los rostros alrededor de la habitación.
—¡Tú sí que sabes algo acerca de esto! —dijo
Herrumbre. Miró hacia el señor Tendencioso que hojeaba rápidamente un grueso
volumen.
—Todo lo que sé, milord, es que el Príncipe
Carnerocanalla ha cedido una enorme ventaja militar, en tiempos políticamente
peligrosos para él, a cambio de una isla que parece haberse hundido debajo del
mar —dijo Lord Vetinari—. Los Klatchianos son gente orgullosa, y me pregunto
qué pensarán ellos.
Y Vimes pensó en el general Ashal de pie detrás del
trono de Carnerocanalla. «A los Klatchianos les gustaban los líderes exitosos,
pensó. Me pregunto que le sucede a los que no lo son. Quiero decir, mirar
cuando pensamos...»
Alguien le dio un codazo.
—Somos nosotros, señor —dijo Nobby—. Dijeron que no
tenían ninguna planchada pero que tienen una mesa de ping-pong por diez
dólares. Hay un pequeño trampolín que podríamos usar pero el sargento dice que
sería un poco ridículo.
Vimes caminó fuera de la habitación, arrastrando a
Nobby con él, y empujó al pequeño hombre contra el muro.
—¿Dónde fueron con Vetinari? Y recuerda que sé cuándo
me mientes. Tus labios se mueven.
—Nosotros... nosotros... nosotros... fuimos a un
pequeño viaje, señor. ¡Me dijo que no dijera que fuimos debajo de la isla,
señor!
—De modo que ustedes... ¿Debajo de Leshp?
—¡Nosseñor! ¡No fuimos allí abajo! Agujero apestoso
que era ése. Apestaba a huevos podridos, toda la enorme caverna, y era grande
como una ciudad, ¡créame!
—Apuesto a que estás contento de no haber ido,
entonces.
Nobby pareció aliviado.
—Eso es cierto, señor.
Vimes olisqueó.
—¿Estás usando alguna clase de... —se corrigió—,
alguna clase de cosa en-lugar-de-afeitada, Nobby?
—¿No, señor?
—Algo huele a flores fermentadas.
—Oh, es un recuerdo que tomé en lugares del
extranjero, señor. Una especie de persistencia, si sabe lo que quiero decir.
Vimes se encogió de hombros y regresó a la Cámara de
las Ratas.
—... y me duele más fuertemente la sugerencia de que
pude haber negociado con su Alteza en el conocimiento de que... ah, Sir Samuel.
Las llaves de las esposas, por favor.
—¡Lo sabías! ¡Lo sabías todo el tiempo! —gritaba
Herrumbre.
—¿Está Lord Vetinari acusado de algo? —dijo Vimes.
El señor Tendencioso estaba escarbando en otro
volumen. Parecía bastante ruborizado, para ser un zombi. Su tono verdegris
estaba marcadamente verde.
—No tanto así... —murmuró.
—¡Pero lo será! —dijo Lord Herrumbre.
—Bueno, cuando lo averigüe qué es, asegúrese y
hágamelo saber, y yo iré a arrestarle por eso —dijo Vimes abriendo las esposas.
Estaba consciente de los saludos desde el exterior.
Nada permanecía secreto por mucho tiempo en Ankh-Morpork. La maldita isla no
estaba más. Y de alguna manera, había dejado de funcionar.
Encontró los ojos de Vetinari.
—Algo de suerte para usted, ¿eh? —dijo.
—Oh, siempre hay un pollo, Sir Samuel. Si mira con
cuidado.
El día se había convertido en uno más cansado que si
hubiese sido en guerra. Al menos una alfombra había hecho el viaje desde
Klatch, y había una corriente constante de mensajes entre el palacio y la
embajada. Una multitud aún esperaba fuera del palacio. Las cosas sucedían, y
aunque no supieran lo que era, no se lo perderían. Si alguna historia ocurría,
querían observar.
Vimes se fue a casa. Para su asombro la puerta fue
abierta por Willikins. Tenía las mangas recogidas y vestía un largo delantal
verde.
—¿Tú? ¿Cómo demonios hiciste para regresar tan pronto?
—dijo Vimes—. Lo siento. No quise ser tan mal educado...
—Me escondí en el barco de Lord Herrumbre en la
confusión general, señor. No deseaba dejar las cosas se vinieran abajo por acá.
La platería está realmente horrible, me temo. El jardinero no tiene idea de
cómo hacerlo. Permítame una queja por adelantado por las condiciones espantosas
de los cubiertos, señor.
—¡Unos pocos días atrás estabas sacando narices a los
golpes!
—Ah, no debe creerle a Soldado Raso Bourke, señor
—dijo el mayordomo mientras Vimes entraba—. Fue solamente una nariz.
—¿Y ahora te has apresurado a regresar y pulir la
plata?
—No es cuestión de dejar que el nivel descienda, señor
—se detuvo—. ¿Señor?
—¿Sí?
—¿Hemos ganado?
Vimes miró su rostro rosado y redondo.
—Er... no hemos perdido, Willikins —dijo.
—No podíamos permitir que un déspota extranjero
levantara una mano contra Ankh-Morpork, ¿verdad? —dijo el mayordomo. Había un
leve temblor en su voz.
—Supongo que no...
—Entonces lo que hicimos estuvo bien.
—Lo supongo...
—El jardinero estaba diciendo que Lord Vetinari se los
hizo entender a los Klatchianos, señor...
—No veo por qué no. Lo ha hecho con todos los demás.
—Eso sería muy satisfactorio, señor. Lady Sybil está
en la sala de estar Ligeramente Rosada.
Ella estaba tejiendo torpemente cuando Vimes entró,
pero se levantó y le dio un beso.
—Escuché las noticias —dijo—. Bien hecho —ella le miró
de arriba a abajo. Por lo que se podía ver, estaba entero.
—No estoy seguro si ganamos...
—Tenerte de regreso vivo es como haber ganado, Sam.
Aunque no diría eso delante de Lady Selachii —Sybil agitó el tejido delante de
él—. Organizó un comité para tejer medias para nuestros bravos muchachos en el
frente, pero resulta que ya están de regreso. Y no he podido averiguar aún cómo
doblar el talón. Ella estará probablemente desconcertada.
—Er... ¿de qué largo piensas que son mis piernas?
—Um... —Miró el tejido—. ¿Necesitas una bufanda?
Él la besó otra vez.
—Tomaré un baño y entonces comeré algo —dijo.
El agua estaba solamente templada. Vimes tenía la vaga
idea de que Sybil pensaba que los baños realmente calientes debían dejarse boca
abajo mientras hubiera guerra.
Estaba con la nariz justo sobre la superficie cuando
escuchó, con el adicional de ese especial gloinggloing
que se escucha cuando se tienen los oídos debajo del agua una conversación
distante. Entonces la puerta se abrió.
—Fred está aquí. Vetinari te busca —dijo Sybil.
—¿Ya? Pero si aún no hemos comenzado a cenar.
—Estoy contigo, Sam. No puede seguir llamándote a
todas horas, ya sabes.
Sam trató de verse tan serio como cualquier hombre
mientras sostenía una toalla.
—Sybil, soy el Comandante de la Guardia y él es el
regente de la ciudad. No es como quejarse con el maestro porque no me va bien
en geografía...
—Dije que estoy contigo, Sam.
~ 0 ~
El Bote se deslizó por sus rieles y se metió en el
agua. Una corriente de burbujas subió.
Leonard suspiró. Se había abstenido cuidadosamente de
colocar el corcho. La corriente podía llevarlo a cualquier lugar. Deseaba que
rodara a lo más profundo del océano, o aún por sobre el Borde.
Caminó sin notarlo entre la multitud hasta que llegó
al palacio. Se metió por el corredor secreto y evitó las diversas trampas sin
pensarlo, ya que él mismo las había diseñado.
Llegó hasta la puerta de su habitación y la abrió.
Cuando estuvo dentro, volvió a cerrarla, y pasó la llave por debajo de la
puerta. Entonces, suspiró.
De modo que eso era el mundo, ¿eh? Un lugar loco,
claramente, con hombres locos en él. Bueno, desde ahora sería cuidadoso. Estaba
claro que algunos hombres podrían tratar de convertir cualquier cosa en un
arma.
Se preparó una taza de té, un proceso ligeramente
demorado mientras diseñaba una mejor clase de cuchara y un pequeño dispositivo
para mejorar la circulación del agua hirviendo.
Entonces se sentó en su silla especial y tiró de una
palanca. Los contrapesos cayeron. En algún lugar, el agua saltó de un tanque al
otro. Los trozos de la silla crujieron y se desplazaron a una posición cómoda.
Leonard miró fijo lejos de la luz. Unas aves marinas
giraban perezosamente en el cuadro azul, daban vueltas, apenas moviendo las
alas...
Después de un rato, mientras su té se enfriaba,
Leonard comenzó a dibujar.
—¿Lady Sybil? Esta es una sorpresa inesperada —dijo
Lord Vetinari—. Buenas noches, Sir Samuel, y permítame decir qué hermosa
bufanda lleva. Y Capitán Zanahoria. Por favor, siéntese. Tenemos mucho trabajo
que terminar.
Se sentaron.
—Primero —dijo Lord Vetinari—, hemos preparado un
borrador de la proclamación para los pregoneros de la ciudad. La noticia es
buena.
—La guerra ha terminado oficialmente, ¿verdad? —dijo
Zanahoria.
—La guerra, capitán, nunca sucedió. Fue un...
malentendido.
—¿Que nunca sucedió? —dijo Vimes—. ¡Ha muerto gente!
—Más o menos —dijo Lord Vetinari—. Y esto sugiere, o
no, que deberíamos tratar de entendernos lo mejor posible.
—¿Qué hay del Príncipe?
—Oh, estoy seguro de que podemos hacer negocios con
él, Vimes.
—¡No lo creo!
—¿El Príncipe Khufurah? Pensé que casi le gustaba el
hombre.
—¿Qué? ¿Qué pasó con el otro?
—Parece que se ha ido de visita a un cierto país —dijo
el Patricio—. A gran velocidad.
—¿Quiere decir esa clase de visita donde ni siquiera
se detiene a empacar?
—Esa clase de visita, sí. Parece haber molestado a las
personas.
—¿Sabemos a qué país? —dijo Vimes.
—Klatchistan, creo... Lo siento, ¿dije algo gracioso?
—Oh, no. No. Un pensamiento cruzó mi mente, eso es
todo.
Vetinari se inclinó hacia atrás.
—Y de este modo una vez más la paz extiende su
tranquilo mantel.
—Aunque no diría que los Klatchianos están muy
felices.
—Está en la naturaleza de la gente volverse hacia los
líderes cundo dejan de tener suerte —agregó Vetinari, sin cambiar de
expresión—. Oh, sin dudarlo, habrá problemas. Solamente tendremos que...
discutirlos. El Príncipe Khufurah es un hombre afable. Como la mayoría de sus
ancestros. Un frasco de vino, un trozo de pan y tú, o al menos una selección de
‘tús’, y él no estará interesado en política.
—Son tan inteligentes como nosotros —dijo Vimes.
—Solamente tenemos que quedarnos delante de ellos
—dijo Vetinari.
—Una raza de cerebro, o algo así —dijo Vimes.
—Mejor que una raza de armas. Y más barato también
—dijo el Patricio. Toqueteó los papeles que tenía delante de él—. Entonces
ahora, ¿qué era? Oh, sí. El asunto del tráfico.
—¿Tráfico? —El cerebro de Vimes trató de hacer un giro
en U.
—Sí. Nuestras antiguas calles se están volviendo muy
congestionadas en estos días. Me dijeron que hay una carreta en Camino del Rey
que se instaló y crió una familia mientras hacía la cola. Y la responsabilidad
de mantener las calles limpias es, de hecho, una de las más antiguas que
incumben a la Guardia.
—Tal vez, señor, pero en estos días...
—Entonces debe crear un departamento, Vimes, para
regular estos asuntos. Para resolver las cosas. Mapas robados y esas cosas. Y
mantener el cruce principal despejado. Y tal vez para multar a las carretas que
estacionan mucho tiempo e impiden la circulación. Y todo eso. El Sargento Colon
y el Cabo Nobbs, creo, son eminentemente adecuados para este trabajo, el cual
sospecho será auto financiado. ¿Qué opina?
La oportunidad de auto financiarse y no ser disparado,
pensó Vimes. Pensarán que se han muerto e ido al cielo.
—¿Es una especie de recompensa para ellos, señor?
—Digamos, Vimes, que cuando uno encuentra una clavija
cuadrada, debería buscar un agujero cuadrado.
—Supongo que todo eso está bien, señor. Por supuesto,
eso significa que deberé promover a alguien...
—Estoy seguro de que puedo dejarle los detalles a
usted. Un bono especial para cada uno no estaría fuera de lugar. Digamos diez
dólares. Oh, hay otra cosa, Vimes. Y estoy particularmente feliz de que Sybil
esté aquí para escucharlo. Estoy convencido de cambiar el nombre de su oficina.
—¿Sí?
—‘Comandante’ es casi un bocado. De modo que estuve
recordando que la palabra que originalmente significaba comandante era ‘Duque’.
—¿Duque Vimes? —dijo Vimes. Escuchó que Sybil tragaba,
Estaba consciente de una respiración contenida a su
alrededor, como la que se puede encontrar entre el encendido de una mecha y el
bang. Dio vueltas y vueltas la palabra en su cabeza.
—¿Duque? —dijo—. Oh, no... Sybil, ¿podrías esperar
afuera?
—¿Por qué, Sam?
—Necesito discutir esto muy personalmente con su
señoría.
—¿Tener jaleo, quieres decir?
—Una discusión.
Lady Sybil suspiró.
—Oh, muy bien. Está todo en tus manos, Sam. Lo sabes.
—Hay asuntos... asociados —dijo Lord Vetinari, cuando
la puerta se cerró detrás de ella.
—¡No!
—Tal vez debería escuchar.
—¡No! ¡Usted me ha hecho esto antes! ¡Tenemos la
Guardia bien instalada, el fondo para viudas y huérfanos es tan grande que los
hombres están haciendo cola para recibir golpes peligrosos, y el blanco de tiro
que tenemos está casi nuevo! ¡Esta vez no puede sobornarme a aceptar! ¡No hay
nada que queramos!
—Caradepiedra Vimes era un hombre muy calumniado, lo
he pensado siempre —dijo Vetinari.
—No voy a aceptar... ¿Qué? —Vimes frenó a media furia.
—Siempre he pensado eso, también —dijo Zanahoria con
lealtad.
Vetinari se puso de pie y fue a pararse junto a la
ventana, mirando hacia Camino Ancho con las manos a la espalda.
—El pensamiento viene de que podría ser tiempo de...
reconsiderar ciertas suposiciones antiguas —dijo Vetinari.
El significado envolvió a Vimes como una niebla
helada.
—¿Está ofreciendo cambiar la historia? —dijo—. ¿Es
eso? Rescribir la...
—Oh, mi querido Vimes, la historia cambia todo el
tiempo. Es constantemente re-examinada y re-evaluada, de otro modo, ¿cómo
podríamos tener a los historiadores ocupados? Posiblemente no podríamos
permitir que personas con esa clase de mente camine por allí con el tiempo en
sus manos. El presidente del Gremio de Historiadores está completamente de
acuerdo conmigo, lo sé, en que el rol pivote de su antecesor en la historia de
la ciudad está maduro para un nuevo... análisis.
—Lo ha discutido con él, ¿verdad? —dijo Vimes.
—Aún no.
Vimes abrió y cerró la boca varias veces. El Patricio
regresó a su escritorio y levantó una hoja de papel.
—Y, por supuesto, otros detalles deberán ser tenidos
en cuenta... —dijo.
—¿Como qué? —cacareó Vimes.
—El escudo de armas de Vimes sería resucitado, por
supuesto. Deberá ser. Sé que Lady Sybil estaba extremadamente molesta cuando
encontró que usted no tenía derecho a uno. Y una coronita, creo, con clavijas
en...
—Puede agarrar esa coronita con las clavijas y...
—... que espero que vista en ocasiones formales, como
por ejemplo el develamiento de una estatua que ha desgraciado a la ciudad por
tanto tiempo por su ausencia.
Por una vez, Vimes se las arregló para mantenerse
delante de la conversación.
—¿El Viejo Caradepiedra otra vez? —dijo—. Esa parte de
él, ¿verdad? ¿Una estatua del Viejo Caradepiedra?
—Bien hecho —dijo Lord Vetinari—. No de usted,
obviamente. Levantar una estatua para alguien que trató de detener una guerra
no es muy, umm, estatuario. Por supuesto, si usted ha matado a quinientos de
sus hombres por descuido arrogante, entonces estaremos derritiendo bronce ya
mismo. No. Estaba pensando en el primer Vimes que trató de hacerse un futuro y
solamente hizo historia. Pensé tal vez en algún lugar de la Calle Pastel de
Durazno...
Se miraron mutuamente como gatos, como jugadores de
póquer.
—En el extremo de Camino Ancho —dijo ásperamente
Vimes—. Justo enfrente del palacio.
El Patricio miró por la ventana.
—Acordado. Disfrutaré de la vista.
—Y arriba junto al muro. Fuera del viento.
—Por cierto.
Vimes pareció perplejo por un momento.
—Perdimos personas...
—Diecisiete, caídos en escaramuzas de una clase u otra
—dijo Lord Vetinari.
—Quiero...
—Se harán arreglos financieros para viudas y
dependientes.
Vimes se dio por vencido.
—¡Bien hecho, señor! —dijo Zanahoria.
El nuevo duque se frotó el mentón.
—Pero eso significa que debo estar casado con una
duquesa —dijo—. Ésa es una palabra gorda, duquesa.
Y Sybil nunca estuvo interesada en esta clase de cosas.
—Me inclino ante su conocimiento de la mente femenina
—dijo Vetinari—. He visto su rostro recién. No tengo dudas de que cuando tome
el té con sus amigas, quienes creo que incluyen a la duquesa de Quirm y a Lady
Selachii, estará completamente indiferente y sin asomo de satisfacción.
Vimes dudó. Sybil era una mujer asombrosamente
sensata, por supuesto, y esa clase de cosas... Ella le había dejado todo en sus
manos, ¿verdad? Esta clase de cosas no... Bueno, por supuesto que ella no...
Por supuesto que ella no, ¿O sí? Ella no fanfarronearía, solamente se sentiría
muy cómoda sabiendo que ellas sabían que ella sabía que ellas sabían...
—Está bien —dijo—, pero, mire, yo pensé que solamente
un rey podía hacer de alguien un duque. No es como esos caballeros y barones,
eso es, bueno, política, pero algo como duque necesita...
Miró a Vetinari. Y a Zanahoria. Vetinari había dicho
que había sido recordado...
—Estoy seguro de que si alguna vez hay un rey en
Ankh-Morpork otra vez, él decidirá ratificar mi decisión —dijo suavemente
Vetinari—. Y si nunca hay un rey, bueno, prácticamente no hay problemas.
—Soy comprado y vendido, ¿verdad? —dijo Vimes
sacudiendo la cabeza—. Comprado y vendido.
—No del todo —dijo Vetinari.
—Sí, lo soy. Todos lo somos. Aún Herrumbre. Y todos
esos pobres cabrones que salieron a que los mataran. No somos parte de la gran
figura, ¿verdad? Somos comprados y vendidos.
Vetinari estuvo de repente frente a Vimes, mientras la
silla rebotaba detrás del escritorio.
—¿De veras? Los hombres marcharon de ida, Vimes. Y
marcharon de regreso. ¡Qué gloriosa fue la batalla que nunca tuvieron que
pelear! —dudó y entonces se encogió de hombros—. ¿Y dice comprado y vendido?
Bien. Pero creo que no como gasto innecesario —el Patricio dejó ver una de sus
sonrisas relámpago para decir que algo que no era muy gracioso, de todos modos,
le había divertido—. Veni, vici... Vetinari.
~ 0 ~
Las algas flotaron en las suaves corrientes. Fuera de
la madera de naufragios no había nada para mostrar que Leshp alguna vez había
existido.
Las aves marinas giraban, pero sus chillidos eran
tapados más o menos por la discusión que sucedía justo a nivel del mar.
—¡Es completamente nuestra madera, tú conocimiento
superficial de un perro!
—¿Oh? ¿De veras? En tu lado de la isla, ¿verdad? ¡No
lo creo!
—¡Ha flotado!
—¿Cómo sabes que no teníamos algo de madera en nuestro
lado de la isla? De cualquier manera, ¡todavía tengo un barril de agua fresco,
soplo de camello!
—¡Está bien! ¡Compartiremos! ¡Puedes tomar la mitad de
la balsa!
—¡Aha! ¡Aha! ¿Quieres negociar, eh, ahora que tenemos
el barril?
—¿No podemos decir sólo un sí, Pá? ¡Estoy harto de
pedalear en el agua!
—Y tú tendrás que compartir el pedaleo.
—Por supuesto.
Las aves se deslizaron y giraron como blancos
garabatos contra el cielo azul.
—¡Por Ankh-Morpork!
—¡Por Klatch!
Por debajo, mientras la montaña hundida de Leshp se
asentaba sobre el suelo marino, el Calamar Curioso pasearon por sus calles
curiosas. No tenían idea por qué, a grandes intervalos, su ciudad desaparecía
en el cielo, pero nunca se había ido por mucho tiempo. Era sólo una de esas
cosas. Las cosas sucedían, o algunas veces no. El Calamar Curioso supuso que
todo funcionaba, tarde o temprano.
Un tiburón pasó. Si alguien hubiese estacionado su
coche junto a él hubiese escuchado: ‘¡Binh¡geleybingeley beep! Tres pe eme...
Comer, Hambre, Comer. Cosas Por Hacer Hoy: Nadar, Hambre, Comer. Tres y cinco
pe eme: Comer Con Frenesí...
No era la más interesantes de las agendas, pero era
fácil de organizar.
De modo no habitual, el Sargento Colon se había puesto
en la lista de patrulla. Era bueno salir al aire frío, y también, por alguna
razón, las noticias que se escuchaban decían que la Guardia estaba vinculada
con algo que parecía, de un modo indefinible, ser una victoria, lo que
significaba que el uniforme de la Guardia era probablemente bueno para una
pinta gratuita en la puerta posterior de una taberna ocasional.
Patrullaba con el Cabo Nobbs. Caminaban con el paso
confiado de hombres que han estado en lugares y visto cosas.
Con el verdadero instinto de policías, el paso les
llevó hacia Comidas Mundanas. El señor Goriff estaba limpiando las ventanas. Se
detuvo cuando les vio y se metió adentro.
—¿Le llamas a eso gratitud? —resopló Colon.
El hombre regresó llevando dos enormes paquetes.
—Mi esposa hizo esto especialmente para usted —dijo, y
agregó—: Ella dijo que sabía que pasarían.
Colon tiró del papel encerado.
—Por Dios —dijo.
—Curry especial Ankh-Morpork
—dijo el señor Goriff—. Contiene polvo de curry amarillo, trozos grandes de
nabo, arvejas y sultanas remojadas en...
—¡... del tamaño de huevos! —dijo Nobby.
—Muchas gracias —dijo Colon—. ¿Cómo está su muchacho,
señor Goriff?
—Dice que le han dado un ejemplo y que ahora será un
guardia cuando crezca.
—Ah, bien —dijo Colon feliz—. Eso complacerá al señor
Vimes. Dígale que...
—En Al-Khali —dijo Goriff—. Está con mi hermano.
—Oh. Bien... entonces, está bien. Er... gracias por el
curry, de todos modos.
—¿Qué clase de ejemplo crees que quiso decir? —dijo
Nobby, mientras seguían caminando.
—De los buenos, obviamente —dijo Colon a través de un
bocado de nabo suavemente especiado.
—Sí, correcto.
Masticando lentamente y caminando aún más lentamente,
se dirigieron hacia los muelles.
—Estaba por escribir una carta a Bana —dijo Nobby
después de un rato.
—Sí, pero... ella pensó que eras una mujer, Nobby.
—Correcto. De modo que ella vio, le gustó, mi lado
interior, despojado de...
Los labios de Nobby se movieron mientras se
concentraba
—... despojado de cosas superficiales. Eso es lo que
Angua dijo. De todos modos, entonces pensé, bueno. Su novio estará regresando,
de modo que pensé que sería noble de mi parte renunciar a ella.
—... porque él podría ser un tipo malo también —dijo
el Sargento Colon.
—Nunca pensé en eso, sarge.
Pasearon por un rato.
—Es lo mejor, pero lo mejor que haya hecho alguna vez
en mi vida —dijo Nobby.
—Correcto —dijo el Sargento Colon. Caminaron en
silencio por un rato, y agregó—: Por supuesto, eso no es difícil.
—Todavía tengo el pañuelo que me dio, mire.
—Muy bien, Nobby.
—Es genuina seda Klatchiana, eso es.
—Sí, parece muy buena.
—Nunca lo lavaré, sarge.
—Te emocionan las cosas viejas, Nobby —dijo Fred
Colon.
Miró que el Cabo Nobbs se soplaba la nariz.
—Entonces... dejarás de usarlo, ¿verdad? —dijo
dudando.
—Todavía se dobla, sarge. ¿Lo ve? —Nobby se lo mostró.
—Sí, correcto. Tonto de mí preguntar, realmente.
Por encima de sus cabezas, las veletas comenzaron a
crujir.
—Me hizo más comprensivo de las mujeres, esa
experiencia —dijo Nobby.
Colon, un hombre bien casado, no dijo nada.
—Me encontré con Verdad Empujacochecito esta tarde
—prosiguió Nobby—, y le dije qué pensaba de salir conmigo esta noche y que no
me importa para nada la bizquera y que tengo un perfume exótico muy caro que
trastornará por completo tu olfato, y me dijo cabrón y me lanzó una anguila.
—No es bueno, entonces —dijo Colon.
—Oh, sí, sarge, porque ella solía escapar cuando me
veía. Y todavía tengo la anguila, y hay una buena comida con ella, de modo que
veo esto como un paso positivo.
—Puede ser. Puede ser. Pero trata de darle ese perfume
a alguien y pronto, ¿eh? La gente cruzando la calle ha comenzado a quejarse.
Sus pies, que se movían como abejas hacia las flores,
encontraron su camino hacia el paseo marítimo. Levantaron la mirada hacia la
Cabeza Klatchiana, en su pica.
—Es sólo de madera —dijo Colon.
Nobby no dijo nada.
—Y es como parte de nuestra herencia tradicional y eso
—Colon prosiguió, pero dudando, como si no creyera su propia voz.
Nobby se sopló otra vez la nariz, un ejercicio que,
con arpegios y florituras, prosiguió por algún tiempo.
El sargento se dio por vencido. Algunas cosas no
parecían ser las mismas, tenía que admitirlo.
—Realmente, nunca me gustó el lugar. Vayamos al Racimo
de Uvas, ¿quieres?
Nobby asintió.
—De todos modos, la cerveza de aquí es francamente una
meada —dijo Colon.
~ 0 ~
Lady Sybil sostuvo su pañuelo delante de su esposo.
—¡Escupe! —ordenó.
Entonces con cuidado limpió un poco de hollín de su
mejilla.
—Así. Ahora te ves muy...
—... ducal —dijo Vimes melancólico—. Pienso que ya
hice esto alguna vez...
—Nunca han tenido el Convivium, después de todo ese
asunto —dijo Lady Sybil, quitando una mota microscópica de su solapa—. Tiene
que ser sostenido.
—Deberías pensar que si soy un duque no tendría que
vestir todo este estúpido y maldito vestuario, ¿verdad?
—Bueno, te señalé que podías vestir la regalía ducal
oficial, querido.
—Sí, ya la vi. Las medias de seda blanca no son para
mí.
—Bueno, tienes pantorrillas para ellas...
—Pienso que me quedaré con el vestuario del comandante
—dijo Vimes rápidamente.
El Archi-Canciller Ridículo se apuró.
—Ah, ya estamos listos para usted, Lord Vi...
—Llámeme Sir Samuel —dijo Vimes—. Apenas puedo vivir
con eso.
—Bien, hemos encontrado al Tesorero en uno de los
áticos, de modo que pienso que podemos comenzar. Si toma su lugar...
Vimes caminó hasta la cabeza del desfile, sintiendo
todas las miradas sobre él, escuchando los susurros. ¿Tal vez podía tirar el
título nobiliario? Debía haber mirado eso. Aunque, considerando que los señores
se habían hecho en el pasado, tenía que ser para algo realmente, pero realmente
feo.
Aún así, los dibujos de la estatua se veían bien. Y
había visto lo que se pondría en los libros de historia. Hacer historia había
resultado ser bastante fácil. Era lo que estaba escrito. Era tan simple como
eso.
—Muy bien —aulló Ridículo sobre el murmullo—. Ahora,
si todos caminamos ordenadamente y seguimos a Lor... Com... Sir Samuel
deberíamos estar de regreso para almorzar no después de la una y media, ¿Está
el coro listo? ¿Nadie está pisando la ropa de nadie más? ¡Entonces, nos vamos!
Vimes arrancó a obligado paso lento. Escuchó que el
desfile arrancaba detrás de él. No había problemas, como siempre ocurría en
ocasiones civiles donde se tenían que incluir al sordo, al viejo, al joven y al
estúpido. Algunas personas estaban probablemente caminando en la dirección
equivocada.
Mientras entraba en la Plaza Sator hubo burlas y
varios ruidos flatulentos y murmullos de ‘Quien es, entonces, quién se cree que
es’, que era la respuesta tradicional de las multitudes en estas ocasiones.
Pero también hubo uno o dos saludos también.
Trató de mirar directo al frente.
Medias de seda. Y con ligas. Bueno, estaban fuera.
Había un montón de cosas que haría por Sybil, pero si las ligas figuraban en
cualquier lugar de la relación no seguirían en ella. Y todos dijeron que tenía
que vestir una capa púrpura bordeada de alimañas. Podían olvidarlo también.
Había pasado una hora desesperada en la biblioteca, y
todo ese asunto de los puños dorados y las medias de seda era mucho gas de
metano. ¿Tradición? Les había mostrado tradición. Lo que los duques originales
habían vestido, tal como había visto, era una malla de acero con sangre sobre
ella, preferiblemente de otras personas...
Se escuchó un alarido desde la multitud. Su cabeza
giró y vio a una robusta mujer sentada en el suelo y sacudiendo sus brazos.
—¡Me robó la cartera! ¡Y nunca me mostró el distintivo
del Gremio de Ladrones!
La procesión hizo un alto mientras Vimes miraba la
figura que corría a través de la Plaza Sator.
—¡Te detienes allí, Sidney Pickens! —gritó, y se lanzó
hacia adelante.
Y, por supuesto, muy poca gente conoce cómo se supone
que va la Tradición. Hay una cierta ridiculez acerca de su propia naturaleza...
una vez hubo una razón por la que tenías que llevar un ramillete de prímulas el
Martes de Soul Pastel, pero ahora se hace porque... eso era lo que se había
hecho. Además, la inteligencia de esa criatura conocida como multitud es la
raíz cuadrada del número de personas que la componen.
Vimes estaba corriendo, de modo que el coro de la
Universidad corría detrás de él. Y las personas detrás del coro vieron el
espacio que se hacía y respondieron con urgencia a rellenarlo. Y entonces todos
estaban corriendo porque todos los demás estaban corriendo.
Se escuchaban ocasionales gemidos de aquellos cuyos
corazones, pulmones o piernas no estaban para hacer esta clase de cosas, y un
aullido del Archi-Canciller quien había intentado quedarse firme frente a la
fanática estampida y que ahora tenía la cabeza repetidamente pisoteada sobre
los adoquines.
Y el ladrón aprendiz Sidney Pickens corría porque
había echado una mirada sobre el hombro y había visto a la mayoría de la
sociedad de Ankh-Morpork persiguiéndole, y ese tipo de cosas tenía un efecto
terrible sobre los chicos en crecimiento.
Y Sam Vimes corrió. Se quitó la capa y revoleó el
sombrero emplumado, y corrió y corrió.
Podía haber problemas más tarde. Gente que hiciera
preguntas. Pero eso sería más tarde... por ahora, gloriosamente no complicada y
maravillosamente limpia, y con esperanzas de que nunca terminase, bajo el cielo
claro, en un mundo sin manchas... solamente estaba la persecución.
FIN
[1] Unsean = NuncaVista o Invisible (N. T.)
[2] Las palmas son sostenidas en el
ángulo correcto, una con respecto de la otra, y aletean juntas más que
aplaudir, mientras los aleteadores miran a la audiencia atentamente como para
decir: 'Tendremos algunos aplausos aquí, o toda la escuela estará bajo
arresto’. (Nota del autor)
[3] Hogswatch = Guardiacochina; también suena de manera similar a
Hogwash = Pamplinas (N. T.)
[4] Las mujeres siempre hacen esto. (Nota del autor)
[5] La posibilidad de que no fuesen culpables de nada era una que él
no pensó siquiera digna de considerar. (Nota del autor)
[6] Towelhead = cabeza de toalla (N. T.)
[7] Un término inventado por el hechicero Denephew Boot*, quien lo
encontró por un sistema de recompensas y castigos con que entrenó a un perro,
mediante el sonido de una campana, a comer inmediatamente un merengue de
fresas.
*Sus padres, sencilla gente de
campo, deseaban una niña. Esperaban llamarle Denise. (Nota del autor)
[8] Hogswatch = Guardiacochina (N. T.)
[9] Ser detectives era el problema.
Ambos hombres habían usado uniformes durante todas sus
vidas. La única ropa del Sargento Colon había sido comprada por un hombre mucho
más liviano y diez años menor, de modo que los botones sucumbieron ante la
presión; y la idea de Nobby acerca de lo que un detective tenía que usar era el
disfraz adornado con lazos y campanas que vestía como miembros directivo de la
Sociedad de Danza y Canto Folclórica de Ankh-Morpork. Los niños pequeños les
habían seguido por la calle para ver dónde se presentaría el espectáculo. (Nota
del autor)
[10] Mr. Spuddy Face = Cara de Señor Papa (N. T.)
[11] Windpike = tráquea (N. T.)
[12] El Alguacil Visit-The-Ungodly-With-Explanatory-Pamphlets era un
buen policía, Vimes siempre lo dijo, y era en el sentido más alto del elogio.
(Puede traducirse ese nombre como: Visita-Al-Impío-Con-Panfletos-Explicativos -
N. T.). Era un Omniano, con un interés campesino (casi patológico) en religiones
evangélicas, y gastaba toda su paga en panfletos; incluso tenía su propia
imprenta. Los resultados se entregaban a cualquiera interesado y a los que no
estaban interesados también. Ni siquiera Detritos podía dispersar una multitud
más rápidamente que Visita, decía Vimes. Y en sus días francos se le podía ver
colocando trampas en la calle con su colega,
Smite-The-Unbeliever-With-Cunning-Arguments (Puede traducirse ese nombre como:
Castiga-Al-Incrédulo-Con-Argumentos-Astutos - N. T.). Hasta donde se conoce, no
han convertido una sola persona. Vimes pensaba que Visita era, probablemente,
un buen hombre en el fondo, pero de alguna manera nunca se puso en la tarea de
averiguarlo. (Nota del autor)
[13] Y no podría ser, por lo tanto, oficialmente robado. Ankh-Morpork
tenía un enfoque muy directo de la idea de seguridad. Cuando el hombre medio
era eliminado, no era una figura retórica. (Nota del autor)
[14] Streetsweeper = Limpiadora-de-calles (N. T.)
[15] Bloody Stupid = Estúpido Puñetero (N. T.)
[16] Es una tradición muy apreciada por cierto tipo de pensador militar
que las grandes bajas son lo realmente importante. Si ocurren en el otro lado,
entonces es un adicional valioso. (Nota del autor)
[17] Una de las reglas universales de la felicidad es: siempre sospecha
de cualquier cosa útil que pese menos que su manual de operación. (Nota del
autor)
[18] El pensar en buenos nombres era, aunque parezca extraño, un área
en la que el genio de Leonard de Quirm tendía a darse por vencido. (Nota del
autor)
[19] Excepto en el caso particular de Sidney Pendientes, a quien se le
pagaban dos dólares al día de los fondos de la Ciudad para usar una bolsa en la
cabeza. No era que fuese espectacularmente deforme, ni tanto así; era
sencillamente que cualquiera que le hubiera visto, podía pasar el resto del día
inquieto por sentirse patas arriba. (Nota del autor)
[20] Sidney Pendientes otra vez. (Nota del autor)
[21] En el original, Jabbar dice ‘tree dace’, que no tiene traducción;
lo que ha querido decir es ‘three days’, tres días. (N. T.)
[22] Por supuesto, los tres nombres suenan igual que Nobby. (N. T.)
[23] Los malabaristas pueden decirle que practicar con objetos
idénticos es siempre más fácil que con una mezcla de formas y tamaños. Incluso
en el caso de motosierras, aunque por supuesto que cuando el malabarista pierde
la primera es sólo el comienzo de sus problemas. Algo será largo por muy corto
tiempo. (Nota del autor)
[24] La apariencia del Cabo Nobbs puede ser resumida de esta manera.
Una de las leyes menores del universo narrativo es que cualquier protagonista
feo que tiene, por alguna razón, que disfrazarse de mujer aparecerá más
atractivo para los hombres perfectamente sanos, y con divertidos resultados. En
este caso, las leyes peleaban en contra del hecho del Cabo Nobby Nobbs, y se
habían rendido. (Nota del autor)
[25] Y el señor Harris del Club Gato Azul. Su admisión provocó muchas
discusiones en el Gremio, que supieron que era competencia apenas lo vieron,
pero la señora Palm anuló la oposición desde la base, cuando dijo que los actos
antinaturales eran solamente naturales. (Nota del autor)
[26] Habitualmente porque sospechan que el chiste es sobre ellos. (Nota
del autor)
[27] Aunque los hechiceros no podrían hacerlo, porque se suponía que
ellos no tenían nietos. (Nota del autor)

