© Libro No. 490. Cuentos y
Poemas reunidos de Álvaro Mutis. Colección
E.O. Septiembre 28 de 2013.
Títulos originales: Cuentos y Poemas reunidos de Álvaro Mutis
Versión Original: © Cuentos y Poemas reunidos de Álvaro Mutis
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Cuentos y Poemas
de
Álvaro Mutis
CONTENIDO
Trazos Biográficos de Álvaro Mutis
Álvaro Mutis, según García Márquez
CUENTOS
Sharaya
El último rostro
La muerte del estratega
POEMAS
Amén
El miedo
Batallas hubo
Cada poema
Grieta matinal
Ciudad
Una palabra
"204"
Nocturno
Exilio
Nocturno
Lied de la noche
Lied marino
Moirologhia *
Nocturno
Sonata
Razón del extraviado
Señal
Mutis, Álvaro
Álvaro Mutis
Ficha Bibliográfica
Título: Mutis, Álvaro
Autor: Castaño Zuluaga, Luis Ociel
Parte de: Biografías Gran Enciclopedia de
Colombia del Círculo de Lectores
Temas: Colombia -- Biografía; Colombia --
Biografía -- Escritura; Colombia -- Biografía -- Poesía
Tipo de documento: Texto
Derechos: Derechos reservados
Fuente de catalogación : CO-BoBLA
Poeta y novelista nacido en Bogotá, el 25 de
agosto de 1923 (día de San Luis, rey de Francia, por quien siente una gran
admiración). El padre de Alvaro Mutis Jaramillo, Santiago Mutis Dávila,
graduado en derecho internacional, fue secretario de la Presidencia de la
República y siguió la carrera diplomática; en 1925 viajó a Bélgica con su
familia, como ministro consejero de la Legación en Bruselas. Alvaro Mutis llegó
a este país de dos años y allí vivió hasta los nueve, cuando su padre murió
repentinamente, a los 33 años. En Bruselas están los mejores recuerdos de su
padre; de él heredé, entre otras cosas, el gusto por los buenos vinos y la
buena cocina, por la tertulia y los buenos libros, y también su admiración por
Napoleón. La madre, Carolina Jaramillo, nacida en Manizales, fue una mujer de
gran independencia, a quien poco le importaron las convenciones sociales; su
hijo Alvaro y los personajes creados por él heredaron esta actitud ante la
vida. Doña Carolina solía decir algo que parece un pensamiento de Maqroll, el
personaje principal de la obra de Mutis: Hay que... eso jamás>, frase que
marcó a su hijo definitivamente.
El abuelo materno, Jerónimo Jaramillo Uribe, uno
de los fundadores de Armenia, inició las haciendas de la familia en el Viejo
Caldas y el Tolima, y para comercializar sus productos tuvo oficinas en
Hamburgo; sembró café, caña y hasta buscó oro, infructuosamente, en sus
tierras. Alvaro Mutis y su hermano Leopoldo jugaron de niños en los socavones
abandonados de las minas de su abuelo, experiencia que Mutis recrea en Cocora
(1981) y luego en Amirbar (1990). La finca Coello, ubicada en la confluencia de
dos ríos, el Coello y el Cocora, es de vital importancia en la vida de Alvaro
Mutis; aquí venía la familia a pasar vacaciones desde Europa; con su hermano
conocían perfectamente estas tierras y, años después, cuando la finca cambió de
manos debido a la Violencia, una de las aficiones de Alvaro y Leopoldo era
recordar mentalmente cada uno de los rincones de la propiedad. El contacto
físico con el trópico, con el clima de la tierra caliente donde se dan el café
y el plátano, con el aroma, el colorido y Ja exuberancia de la naturaleza, con
la corriente torrentosa de los ríos, fue de tal plenitud e intensidad para
Mutis, que de todas las experiencias de su vida es la más esencial, y está
convencido que su poesía proviene de allí y que toda su obra no es más que un intento
de rescatar aquellos momentos de dicha.
La temprana desaparición de su padre, el primer
enfrentamiento de Mutis con la muerte, determinó que su madre decidiera
abandonar Europa, permanecer en Colombia y dedicarse al manejo de la hacienda
Coello, que acababa de heredar. Salir de Europa fue para Mutis una gran
pérdida, Europa significaba para él su mundo, Colombia era sólo un lugar para
pasar vacaciones, de donde siempre se regresaba. Su fascinación por el mar, los
barcos y el viaje tiene origen en esos desplazamientos de Europa a Colombia,
realizados en pequeños barcos, mitad de carga y mitad de pasajeros (parecidos a
los que se encuentran en sus libros), que se demoraban alrededor de tres
semanas en atravesar el Atlántico, haciendo escalas en varios puertos del
Caribe, y que tenían como destino final en Colombia al puerto de Buenaventura.
Desde aquí en carro, en tren y finalmente a
caballo, la familia Mutis llegaba a Coello. Son muchas las huellas que estas
travesías por mar y tierra dejaron en la obra de Mutis; una de ellas, por
ejemplo, la tienda que queda en el punto más elevado del Alto de la Línea,
llamada La Nieve del Almirante en sus libros, donde Maqroll encontró a Flor
Estévez. De otra parte, cuando Mutis abandonó Europa, la imagen del Viejo
Continente: Amberes (inmediatamente), de donde proviene su gusto por los
puertos; las tierras planas de Flandes; el Bosque de la Cambre; Brujas, ciudad
que le parece de otro tiempo; los viajes realizados a Francia o a Italia, se
convirtieron en grandes nostalgias. Así, los recuerdos de Bélgica, tan
íntimamente ligados a su padre, y los de Coello, tan cercanos a su madre, se
transformaron dentro de su mundo poético en dos paraísos perdidos (como se
aprecia, especialmente, en Un bel morir, 1989), y el contraste entre Europa y
América en uno de los principales temas de su obra. Para Mutis, Europa, la
protagonista de la civilización romana occidental cristiana, que alimenta su
pasión hacia Bizancio, Constantino, la Edad Media, Felipe II o Napoleón, y que
lo ha llevado a confirmarse como un monárquico, convencido de que la monarquía
ofrecía a la civilización un orden de origen divino (cuya decadencia empieza
con la Reforma protestante, las ideas liberales y el racionalismo que conducen
a la democracia), se encuentra en continua relación con la fuerza terrígena del
trópico americano, donde mueren, según las imágenes y las historias que en sus
libros vinculan a Europa con el trópico, los últimos sueños de esa cultura
llevada por los españoles a América.
De aquí que Mutis, como Maqroll, se sienta
viviendo en un mundo que no corresponde a la medida de sus sueños; de aquí que
su actitud, como lo ha dicho en múltiples ocasiones rechazando de plano el
siglo XX, sea la de un desesperanzado. Alvaro Mutis no terminó sus estudios
colegiales, iniciados en Bruselas en el colegio jesuita de San Michel, y cuando
monseñor José Castro Silva, rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del
Rosario, le llamaba la atención por su bajo rendimiento académico, recordándole
que era descendiente directo del hermano del sabio José Celestino Mutis,
contestaba que tenía muchas cosas que leer y no podía perder el tiempo
estudiando. Desde esa época devoraba libros de historia, de viajeros de siglos
pasados y de literatura. Como él mismo lo dice, el billar y la poesía, enseñada
por Eduardo Carranza en el Rosario, le impidieron terminar el colegio. A los
dieciocho años Mutis contrajo matrimonio con Mireya Durán, con quien tuvo tres
hijos, y empezó a trabajar en los oficios más disímiles.
Desde entonces se dio cuenta que no iba a vivir
de la literatura, pero, al mismo tiempo, fue consciente de su vocación por las
letras. Siendo locutor de la Radiodifusora Nacional de Colombia, compuso su
primer poema, del que sólo queda este verso: Un dios olvidado mira crecer la
hierba; ahí empezó su carrera literaria, en la que había una fuerte influencia
de los escritores surrealistas. Sus primeros escritos, que significaron su
ingreso a la vida literaria del país, aparecieron en la revista Vida de la Compañía
Colombiana de Seguros, donde fue jefe de redacción y colaborador con pequeños
retratos sobre Joseph Conrad, Alexander Pushkin, Antoine de SaintExupéry y
Joachim Murat; también en Vida publicó su primer poema: "La
creciente". Otra de estas primeras composiciones es "El miedo",
publicado en 1948 en la página literaria que dirigía Alberto Zalamea Borda en
La Razón.
Por esta época Mutis asistía a las sesiones del
café El Molino, del Asturias o de El Automático, donde se encontraba con dos
generaciones de poetas: los Nuevos y los de Piedra y Cielo. Mutis no pertenecía
a ninguna de ellas, aunque encontraba más afinidades literarias (André Malraux,
Albert Camus, Enrique Montherlant) con los Nuevos (que en realidad eran los
viejos), que con los de Piedra y Cielo, concentrados en la Generación del 27.
Tampoco perteneció al grupo Mito, aunque tuvo contacto y fue amigo de algunos
de sus miembros, aunque la revista Mito publicó en 1959 Los hospitales de
ultramar, y aunque gracias a esto Octavio Paz conoció y escribió sobre Mutis,
en el primer reconocimiento importante que tuvo fuera de Colombia.
La relación directa con los poetas, escritores e
intelectuales de la Bogotá de esos años, fue parte fundamental de su formación
cultural, pues tenía lugar precisamente en los momentos en que se estaba
definiendo su vida. Mutis entró en contacto con Eduardo Zalamea Borda, quien
quiso publicar dos de sus poemas en el suplemento dominical de El Espectador y
le recomendó leer un cuento de Gabriel García Márquez; con Jorge Zalamea,
traductor de Saint John Perse, uno de sus primeros afectos literarios; con León
de Greiff y con Otto, su hermano, que trabajaba también en la Radiodifusora
Nacional y le acentuó su amor por la música; con Eduardo Caballero Calderón,
quien lo invitó a trabajar en Onda Libre, noticiero polémico de orientación
liberal durante el gobierno de Laureano Gómez, lo que le sirvió para definir su
personalidad. También por entonces hizo amistad con Casimiro Eiger y con
Ernesto Volkening; Eiger, refugiado de la segunda Guerra Mundial, de origen
judío polonés, y director en Bogotá de la galería El Callejón y luego de la
galería Arte Moderno, fue el primer lector de su obra, y gracias a él, en
coautoría con Carlos Patiño Roselli,, se publicó La balanza (1948), primer
libro de Mutis y Roselli, que se agotó por incineración en el famoso
"Bogotazo" del 9 de abril de 1948. Volkening, también refugiado de la
guerra, fue otro de sus primeros lectores y críticos, conocedor de antemano de
todos los poemas de Los elementos del desastre (1953), su segundo libro,
publicado en la colección Poetas de España y América de la Editorial Losada de
Buenos Aires, que dirigían Rafael Alberti y Guillermo de Torre. Tanto Eiger
como Volkening enriquecieron en Mutis sus referencias europeas. Además de
llegar a ser gerente de una emisora y actor de radio en la época en que se llevaron
a este medio los clásicos de la literatura dramática, Alvaro Mutis fue director
de propaganda de la Compañía Colombiana de Seguros y de Bavaria, y jefe de
relaciones públicas de Lansa, una pequeña empresa de aviación que le hacía
competencia a Avianca.
Estos trabajos convirtieron a Mutis en un viajero
constante, que escribía sus versos en las salas de espera de los aeropuertos y
en los hoteles, y ayudaron a dar forma al interminable desplazamiento de los
personajes de sus futuras novelas. Después de la quiebra de Lansa, pasó a ser
jefe de relaciones públicas de la Esso en 1954. Si con sus anteriores trabajos
había tenido oportunidad de viajar por Colombia, con este nuevo empleo pudo
hacerlo por el mundo. Las capitales de Europa, América del Norte, la selva o
Barrancabermeja, en el Magdalena Medio, podían ser lugares ocasionales de sus
múltiples viajes. Durante este período, en el que el escritor pudo darse lo que
se llama la "gran vida", hubo un receso en su actividad literaria;
dos años más tarde, los últimos días en la Esso fueron al mismo tiempo sus
últimos días en Colombia. Debido al manejo caprichoso (y en cierta manera
romántico) de unos dineros que la multinacional asignaba a obras de caridad, y
que Mutis usó como si fuera suyo en quijotadas de la cultura, no siempre con
base en una necesidad real, fue demandado por la compañía.
Ante esta situación, su hermano Leopoldo,
Casimiro Eiger y Alvaro Castaño Castillo, entre otros amigos, le arreglaron un
viaje de emergencia hacia México, país que desde entonces (1956) es su lugar de
residencia. Este acontecimiento, representado en la usurpación inmotivada de
unos dineros, que de manera un poco ingenua demostraba rebeldía e
insatisfacción, hizo patente la tendencia de Mutis hacia el anarquismo, que lo
mantiene al margen de lo convencional, y del que sus personajes dan constante
testimonio. A México llegó con dos cartas de recomendación: una dirigida a Luis
Buñuel y otra a Luis de Llano; gracias a éstas, consiguió trabajo como
ejecutivo de una empresa de publicidad, y luego promotor de producción y
vendedor de publicidad para televisión, y conoció en el medio intelectual
mexicano a los que han sido sus amigos en ese país: Octavio Paz, Carlos Fuentes
y Luis Buñuel, entre otros. Justo a los tres años de su llegada a México, se
hicieron efectivas las demandas en su contra y Mutis fue detenido en la cárcel
de Lecumberri, durante 15 meses. Su experiencia en la cárcel cambió del todo su
visión del dolor y el sufrimiento humanos, le hizo comprender que hasta en las
peores condiciones hay posibilidad de gozar la vida y entró en contacto con
personas que antes, en el medio frívolo en el que se movía, pasaban
desapercibidas; además, se dio cuenta que la bondad y la crueldad se
manifiestan en igual medida dentro y fuera de la cárcel.
En Lecumberri, Mutis dio forma a los relatos
"Saraya", "El último rostro", "Antes de que cante el
gallo" y "La muerte del estratega" (recopilados en Cuatro
relatos, 1978); a algunos de los poemas de Los trabajos perdidos (1965) y al
Diario de Lecumberri (1960); también montó, en colaboración con los presos de
su crujía, una obra teatral llamada El Cochambres, basada en la vida de uno de
los internados. A los pocos años de salir de la cárcel, se casó con Carmen, se
convirtió en gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox,
y luego de la Columbia Pictures, y continuó durante 23 años con su rutina
interminable de viajes, hasta que en el año 1988 cumplió con el tiempo
requerido para el retiro y pudo dedicarse a leer y a escribir.
Desde entonces, publica un libro cada año. El
reconocimiento a la obra de Alvaro Mutis empezó en 1974, con el Premio Nacional
de Letras de Colombia; en México ganó en 1985 el premio de la crítica de Los
Abriles, por su libro Los emisarios (1984); en 1988 Ja Universidad del Valle le
concedió el grado de doctor Honoris causa en Letras, y lo mismo hizo la
Universidad de Antioquia en 1993; en 1988 recibió el premio Xavier Villaurrutia
y fue condecorado con el Aguila Azteca por su libro Ilona llega con la lluvia
(1987); en 1989 ganó en Francia el premio Médicis Étranger con La Nieve del
Almirante (1986), considerado el mejor libro traducido al francés ese año, y
recibió la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero de parte
del gobierno de ese país; en 1990 le otorgaron en Italia el premio Nonino y el
premio literario lila; y en 1993, como parte de la semana de homenaje al
escritor con motivo de sus 70 años de vida, el gobierno colombiano le concedió
la Cruz de Boyacá. La importancia y el interés que despierta la obra de Mutis
en el exterior, se observa también en las traducciones de su obra al sueco, al
alemán, al holandés, al portugués, al rumano, al inglés, al italiano, al
francés y hasta al turco [Ver tomo 4, Literatura, pp. 263-264 y 301-302].
El escritor falleció, a los 90 años, el domingo
22 de septiembre de 2013, en la Ciudad de México, capital en donde vivía desde
1956.
DIEGO CERÓN CORREA
Bibliografía
BOSDA, JUAN GUSTAVO. Alvaro Mutis. Bogotá,
Procultura, 1989. GARCIA AGUILAR, JUAN GUSTAVO. Celebraciones y otros
fantasmas. Bogotá, Tercer Mundo, 1993. MUTIS, ALVARO. Poesía y prosa. Edición,
Santiago Mutis Durán. Bogotá, Colcultura, 1981. QUIROZ, FERNANDO. El reino que
estaba para mí. Bogotá, Norma, 1993. VARIOS. Tras las rutas de Maqroll el
Gaviero. Edición, Santiago Mutis Durán. Cali, Proartes, Gobernación del Valle,
Revista Gradiva, 1988. VARIOS. A propósito de Alvaro Mutis y su obra. Con: La
mansión de Araucaima. Colección Cara y Cruz. Bogotá, Norma, 1992. Esta
biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de
Lectores, tomo de biografías.
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/mutialva.htm
Álvaro Mutis, según García
Márquez
Álvaro Mutis, según García Márquez: "En Roma,
en casa de Francesco Rosi, hipnotizó a Fellini, a Mónica Vitti, a Alida Valli,
a Alberto Moravia, a la flor y nata del cine y de las letras italianas, y los
mantuvo en vilo durante horas, contándoles sus historias truculentas del
Quindío en un italiano inventado por él, y sin una sola palabra de italiano. En
un bar de Barcelona recitó un poema con la voz y el desaliento de Pablo Neruda,
y alguien que había escuchado a Neruda en persona le pidió un autógrafo creyendo
que era él. Un verso suyo me había inquietado desde que lo leí: "Ahora que
sé que nunca conoceré Estambul".
Cuenta Gabriel García Márquez que Mutis le regaló un ejemplar de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, y le dijo: "Ahí tiene para que aprenda".
Álvaro Mutis Jaramillo nació en Bogotá, el
25/08/1923 y murió en Ciudad de México, el 22/09/2013, y fue uno de los
escritores hispanoamericanos contemporáneos más importantes. Hijo del
diplomático colombiano Santiago Mutis Dávila y de Carolina Jaramillo, nació el
día de San Luis IX de Francia, e impertinente él dijo: "No descarto la
influencia de mi santo patrono en mi devoción por la monarquía".
Desde que cumplió 16 años, Álvaro Mutis, escribió cada día de su vida. Sin embargo él se inició en la novela en 1978, y sólo fue reconocido popularmente en 1986, con la publicación de la primera parte de la saga de Maqroll el Gaviero, "La Nieve del Almirante".
De joven, él era jefe de RR.PP. en la multinacional petrolera Esso, que le cuestionó el uso del presupuesto para obras de caridad -dicen que Mutis lo había aplicado a sus experimentos culturales-, y entre familiares y amigos se las arreglaron para enviarlo a México, desde entonces su domicilio permanente, donde se hizo ejecutivo de una empresa de publicidad, y luego vendedor de publicidad para televisión.
Sin embargo, tambén estuvo 15 meses en la cárcel
preventiva de Lecumberri, más conocida como "El palacio negro", y
hubo un antes y un después. Por ejemplo, pasó de la poesía a la prosa, y del
cuestionamiento teórico a la desesperanza verdadera.
En 1988 se jubiló, y comenzó a escribir como nunca
antes.
Cuando las novelas de Alvaro Mutis empezaron a
inundar las librerías europeas, los críticos pensaban que se trataba de otra
obra que hablaba de Latinoamérica. O de una obra que se había metido de frente
con las secuelas del narcotráfico o de la guerrilla. Pero se encontraron con
las aventuras de un buscador de mundos que hablaba de París, de Londres y de
Estambul con tanta propiedad como los europeos. Descubrieron que se trataba de
un escritor que si bien era latinoamericano, tenía una profunda formación europea:
Alvaro Mutis aprendió primero el francés que el español.
Cuenta Gabriel García Márquez que Mutis le regaló
un ejemplar de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, y le dijo: "Ahí
tiene para que aprenda".
"Con la lectura de Juan Rulfo aprendí no sólo
a escribir de otro modo, sino a tener siempre listo un cuento distinto para no
contar el que estoy escribiendo", explicó García Márquez, quien confió
tanto en el criterio literario de su amigo Mutis que le fue relatando en voz
alta el contenido de los capítulos de Cien Años de Soledad, a medida que los
terminaba. Y así lo hizo durante 18 meses en su casa.
"El los escuchaba con tanto entusiasmo que
seguía repitiéndolos por todas partes, corregidos y aumentados por él. Sus
amigos me los contaban después tal como Álvaro se los contaba, y muchas veces
me apropié de sus aportes".
Sucedió que cuando García Márquez terminó el primer
borrador de la gran novela, se lo envió por fin a Álvaro Mutis. Al día
siguiente, Mutis le llamó indignado: "Usted me ha hecho quedar como un
perro con mis amigos", le dijo. "Esta vaina no tiene nada que ver con
lo que me había contado".
García Márquez sobre Álvaro Mutis: "Él ha sido
el primer lector de mis originales. Sus juicios son tan crudos, pero también
tan razonados, que por lo menos tres cuentos míos murieron en el cajón de la
basura porque él tenía razón contra ellos. Yo mismo no podría decir qué tanto
hay de él en casi todos mis libros, pero hay mucho".
Gabriel García Márquez escribió de Álvaro Mutis en
el prólogo de “La mansión de Araucaima: relato gótico de tierra caliente y
otros” (Mutis tenía 70 años por entonces):
Alvaro Mutis y yo habíamos hecho el pacto de no
hablar en público el uno del otro, ni bien ni mal, como una vacuna contra la
viruela de los elogios mutuos. Sin embargo, hace 10 años justos y en este mismo
sitio, él violó aquel pacto de salubridad social, sólo porque no le gustó el
peluquero que le recomendé. He esperado desde entonces una ocasión para comerme
el plato frío de la venganza, y creo que no habrá otra más propicia que ésta.
http://www.urgente24.com/219031-alvaro-mutis-segun-garcia-marquez
Sharaya
Sharaya, el Santón de Jandripur, permanecía desde
tiempos muy lejanos sentado a la orilla de la carretera, a la salida de la
aldea. Allí recibía las escasas limosnas y las cada vez más raras oraciones de
los aldeanos. Su cuerpo se había cubierto de una costra gris y su pelo colgaba
en grasientas greñas por las que caminaban los insectos. Sus huesos, forrados
por la piel, formaban ángulos oscuros e imposibles que daban a la inmóvil
figura un aire pétreo y estatuario que en mucho contribuyera al olvido en que
lo tenían las gentes del lugar. Sólo los viejos recordaban aún, entre la niebla
de sus mocedades, la llegada del esbelto Santón, entonces con cierto aire
mundano y dueño de una locuacidad en materias religiosas que fue perdiendo a
medida que ganaba mayores y más vastos dominios en su tarea de meditación al
pie del camino.
A pesar del poco o ningún caso que le hacían
ahora los habitantes de la aldea, y tal vez gracias a ello, Sharaya era un
atento observador de la vida circundante y conocía como pocos las intrincadas y
mezquinas historias que se tejían y borraban en el pueblo al paso de los años.
Sus ojos adquirieron una dulce fijeza de bestia
doméstica que las gentes confundían con la mansedumbre de la imbecilidad y que
los prudentes reconocían como reveladora de la luminosa y total percepción de
los más hondos secretos del ser.
Tal era Sharaya, el Santón de Jandripur en el
Distrito de Lahore.
La noche que antecedió a su último día fue una
noche de lluvia y el río bajó de las montañas crecido, bramando como una bestia
enferma, pero de inagotable energía.
Gruesas gotas han resbalado toda la noche sobre
la piel del parasol que instalaron las mujeres cuando la gran sequía. Golpea la
lluvia como un aviso, como una señal preparada en otro mundo. Nunca había
sonado así sobre el tenso pellejo de antílope. Algo me dice y algo en mí ha
entendido el insistente mensaje. Se ha formado un gran charco, con el agua que
escurre por la blanda cúpula que cree protegerme. Muy pronto se secará porque
se acerca una jornada de calor. Comienza el vaho a subir de la tierra y las serpientes
a esconderse en sus nidos anegados. En lo alto una cometa sube en torpes
cabezadas. Amarilla. Un canto de mujer asciende a purificar la mañana como un
lienzo de olvido. Uno sostiene el hilo, el otro me mira largamente y con
sorpresa. Me descubre, entro en su infancia. Soy un hito y nazco a una nueva
vida. En sus ojos miedo, miedo y compasión. No sabe si soy bestia u hombre. Con
un pequeño bambú me busca el dolor y no lo encuentra. Corre hacia el otro, que
lo aleja sin volver a mirarme. El Santón de Jandripur. Hace mucho tiempo. Ahora
otra cosa y muchas cosas: un Santón, entre ellas. La vastedad de mis dominios
se ha extendido hasta el curvo horizonte sin principio ni fin. Vuelve. Extiende
su mano hasta tocarme, sin el bastoncillo que lo protegía. Lejano como una
estrella o tan cerca como algo que sueño. Es igual. Lo llama su compañero. Cae
la cometa, lentamente, buscando su muerte, naciendo. Los árboles la ocultan.
Cae al río donde la espera un largo viaje hasta cuando se deslía el papel.
Entonces, el esqueleto irá hasta el mar y allí bajará a las profundidades. A su
alrededor reconstruirán los corales y las ostras la sólida sombra de su antigua
forma y en ella dejarán los peces sus huevos y los cangrejos taparán a sus
crías con arena. Irán a morir allí las grandes mantas y sobre sus cadáveres los
peces fosforescentes cavarán sus madrigueras de blanda materia en
transformación. Un pequeño desorden se hará al paso de las corrientes
submarinas y muchos siglos después el breve remolino surgirá a la superficie y
luego todo volverá a ser como antes. Un tiempo sin cauce como un grito sin voz
en el blanco vacío de la nada. Le llaman vida, presos en sus propias fronteras
ilusorias. La mañana se anuncia con este camión. Dos más. Anoche pasaron
varios. Soldados de las montañas. Cabecean trasnochados, sostenidos en sus
fusiles. No pasa. Se atasca en el lodo de la orilla. El motor gira locamente,
ruge con furia, se detienen, vuelve a gemir. Cortan ramas. Vienen otros.
Tanques; siete. Lo empujan. Pasa. Gritos. Pobres gritos de rabia contra el
agua, contra el barro. Ahora cantan. Cantan el desastre, cantan su sangre, sus
mujeres, sus hijos, cantan sus vacas esqueléticas. La gran madre paridora.
Mueren de muerte de vida de soldado obediente a la tumba. Campesinos, tejedores,
herreros, actores, acólitos del templo, estudiantes, letrados, ladrones, hijos
de funcionarios, hombres de las máquinas, hombres del arroz, hombres de los
caminos. Se llaman igual, sus rostros son iguales, su muerte es la misma. Desde
lejos viene el silencio como una gran red de otro mundo. Los insectos comienzan
a despertar. Era una serpiente entre las hojas. La misma, tal vez, que pasó
anoche por entre mis piernas. Agua y sangre en frías escamas articuladas. La
madre de todos recorre sus dominios, y de sus viejos colmillos mana la leche
letal de los milenios. Los deudos venían a menudo para preguntarme la razón de
su duelo, mientras el humo de la pira alzaba su sucia tienda en el cielo. Pero
ya entonces hacía mucho tiempo que la palabra me fuera inútil y nada hubiera
podido decirles. De todas maneras ya lo sabían, pero en otra forma, como sabe
la sangre su camino, ciegamente, inútilmente. Temen a la muerte y después
descansan en ella y se suman a su fecunda tarea y bajan en cenizas por el río,
dejando la tufarada agria de nueva vida, alimento y abono de otros mundos. Huyó
tras la maleza. Siente los pasos antes que todos. Hombres de la aldea con sus
carretas. Todo se lo llevan. El gran lecho matrimonial regalo de los
misioneros. Falso oro chillón y oxidado de sus copulaciones. Huyen entonces. El
alcalde con su mujer hidrópica. Miente cuando viene a orar. Los sacerdotes del
pequeño templo. Ruedas irregulares que se bambolean y patinan en la usada caja
del eje. Vidas incompletas, trozos apenas de la gran verdad, como la costra
gris que ensucia la piscina después de las abluciones. Nata de mugre, corazón
de la miseria, escala del desperdicio. Y tan seguros en su afán mismo de huir.
Otra destrucción los empuja, más honda, la única y verdadera catástrofe en la
oscuridad agobiadora e inquieta de su instinto. Vuelven a mirarme. Los más
viejos. No sé leer sus ojos. Tampoco puedo ya decirles cómo es inútil escapar
de lo que está en todas partes. Es como los que rezan para tener fe o los que
labran la tierra para dar de comer a los bueyes que tiran del arado. Y toda la
impedimenta de sus astrosas pertenencias. Me dejan ofrendas. Lo que no quieren
llevar, lo que les es ajeno en su huida. La viuda con sus hijos. Ojosa, flacos
pechos muertos. Flores del templo. No se atreve a tirarlas ni tampoco a
dejarlas frente a los ídolos que mañana serán destruidos con la misma furia que
los hizo nacer. No irá muy lejos, está señalada, apartada, escogida entre
todos. Andra, la que bailó desnuda toda una noche ante el Santón. Sus hijos
recordarán un día: «...cuando huimos de Jandripur ella murió en el camino, la
subimos a la copa de un árbol muy alto y allí descansó, visitada por los
vientos y lavada por las aguas del mundo. Vigilándonos por varios días hasta
cuando la perdimos de vista...». Y, sin embargo, tampoco será como ellos creen.
No exactamente. Otras cosas habrá que se les ocultarán para siempre y que, sin
embargo, llevan consigo. Con la muerte de su gran madre paridora de la muerte,
la de los saltos de sangre, la que truena levemente los huesos, la que lima la
linfa en su lomo. Miran hacia atrás al silencio de sus hogares abandonados
donde gritarán por mucho tiempo todavía sus deseos y sus miedos, sus miserias y
sus exaltaciones, tratando de alcanzarlos en su camino. Soldados. Escolta
huyendo con banderas de señales. Lo veo. Me ve. Letras y palabras. Me mira. Ir.
No sabe. El último. Solo. Tal vez. No sé de qué estoy solo. Vuelve a mirarme,
se va tras los otros. Una espada que inventa la cinta azul de su hoja con la
palabra de los dioses de la guerra labrada torpemente.
Al mediodía, Sharaya alargó la mano y tomó la
mitad de una naranja medio seca y comenzó a masticar un pedazo de la cáscara
tenazmente perfumada. El calor de la siesta expandió el aroma de la fruta entre
una danza de insectos enloquecidos y que chocaban contra la vieja piel del
privilegiado. El ruido de las aguas se fue debilitando y el río tornaba a su
antiguo cauce. Cuando comenzó a caer el sol un leve sopor fue apoderándose de
los anquilosados miembros del Santón e infundiéndole la beatitud inefable del que
sueña descubriendo las pistas secretas de su destino.
Aguas en desorden, saltando y salpicando la fría
espuma de la corriente. Agua de las montañas que baja danzando en remolinos y
se remansa en el vientre que gira lento, liso y tibio, protegido por el rotundo
cáliz de las caderas. Olor de especies quemadas en la pequeña plaza y el agudo
sonar de los instrumentos que narran los incidentes de la danza. Risa en la
boca sin dientes de la vieja mendiga, risa de la carne recordando, comparando.
Lazo implacable y una gran dulzura en el pecho pesando y doliendo y largas
tardes del ir y venir de la sangre en sorpresivas mareas y la vecindad de la
dicha, la pequeña dicha del hombre, hermana del terror, la breve dicha de
dientes de rata comiendo y mascando. Un vasto palio de ceniza sobre la memoria
de la carne. Viaje a la sede de los amos de entonces. Los tímidos pastores
dueños de una porción del mundo, convertidos en puntillosos comerciantes,
pacientes, tercos, soñadores, desamparados fuera de su isla. Hélices mordiendo
las turbias aguas de la desembocadura. Una mancha interminable y amarillenta
anticipa la gran ciudad bulliciosa de los funcionarios, donde la sabiduría
asciende por escaleras simétricas maculadas por el húmedo hollín de las
máquinas. Tierras de la razón. Por la plaza hombres y mujeres se apresuran
entre la grasosa niebla del ocaso. Colores saltando, un vaso se llena de luces
que desaparecen para dar lugar al trazo azul y verde, tome, tome, tome, tome.
Salta la espuma del bautismo, salta en el tránsito sombrío de los inconformes y
laboriosos amos. Aguas que chorrean sobre las espaldas bautizadas en la raída
sombra de la selva, entre gritos de aves y chirrido de insectos. La piel del
más sabio, del más viejo, arrugada bajo las tetillas colgantes, mojándose con
el agua de la verdad, la que lava antiguas y nuevas concupiscencias, la que
borra los títulos ganados en vastas construcciones de piedra, madres de sutiles
argumentos. Mi padrino y mi maestro, segundo padre midiendo la superficie de la
tierra, chacal virgen de verdad, un sapo amargo, padre de la verdad. Y, por
fin, la última lucha al lado de ellos, mis hermanos. Las manifestaciones, las
prisiones en las montañas, el partido y sus ramificaciones clandestinas
trabajando como venas de un cuerpo que despierta. Aquí mismo, cuando todo
parecía haber entrado pacíficamente en orden, hubiera podido aún ser el amo,
dictar la ley bajo mi parasol, moverlos hacia lo bueno o hacia lo malo, según
conviniera a su destino, predicar una doctrina y hacerlos un poco mejores. El
comisionado de bigote rojizo y nuca sudorosa, argumentando a la luz de la sucia
lámpara del cuartel. Su antiguo y probado camino de razonamiento por el cual
transitan tan seguros pero tan lejos de sí mismos, ahogando sus mejores y más
ciertos poderes: «Ninguno sabe por qué les hablas. No les interesa, como
tampoco saben por qué estoy aquí, como tampoco lo sé yo. El único que tiene ya
todas las respuestas eres tú, pero de nada han de servirte. Siempre se llega al
mismo sitio. Tú eres el Santón. No todos pueden serlo. Ellos ponen la ira
destructora y el fecundo deseo. Tú miras, indiferente hacia el negro sol de tus
conquistas interiores y eres tan miserable y tan pobre como ellos, porque el
camino que has recorrido es tan pequeño que no cuenta ante la larga jornada que
te propones hacer movido por el engañoso orgullo que te amarra. Ponte a su lado
y guíalos y ayúdame a imponer autoridad y a entregar las cosas en orden.
Después, ya se las arreglarán como puedan; pero tú que has vivido y te has
formado entre nosotros, sabes que nuestra razón es la única a la medida de los
hombres. Lo demás es locura. Tú lo sabes». Una pálida cobra, piel de la verdad.
Sueño mi vuelta al único sueño que está unido por un extremo a la divinidad que
no dice su nombre, al padre y a la madre de los dioses, fugaces fantasmas
esclavos del hombre. Sueño mi sueño soñando el sueño del que levanta el pie en
la posición del elefante, del que te dice ?no temas? con el arco de sus dedos,
del portador del fuego, del que viaja en el lomo de la tortuga. La hora viene,
vino hace muchas horas y no termina de llegar.
Sharaya se quedó dormido, y en la pesada siesta
de la abandonada Jandripur comenzaron a entrar las primeras unidades del
ejército invasor. Instalaron sus tiendas y ordenaron sus vehículos. Cuando el
Santón despertó, la aldea comenzaba a arder y las húmedas maderas de las casas
estallaban en el aire tierno del ocaso nublando el cielo con las altas columnas
de humo. Eran muchos, y el roncar de los camiones y de los tanques que seguían
llegando indicaba que no se trataba ya de una pequeña avanzada sino del grueso
del ejército. Un altoparlante comenzó a dar instrucciones en el agudo y
destemplado idioma de las montañas, sobre cómo debían conducirse los soldados
en la comarca y sobre las precauciones que debían tomar para cuidarse de los
que quedaban escondidos para organizar la resistencia. El ajetreo duró hasta
muy entrada la noche, cuando un gran silencio se hizo en la aldea y sus
alrededores.
Duermen agotados después de la carrera. Piensan
seriamente en la redención de los pueblos, en la igualdad, en el fin de la
injusticia, en la fraternidad entre los hombres. Ellos mismos traen un nuevo
caos que también mata y una nueva injusticia que también convoca la miseria. Es
como el que se lava las manos en un arroyo de aguas emponzoñadas. Ahí vienen
dos. Alumbran el camino con una linterna de mano. Campesinos también, jóvenes,
casi niños. Una mujer con ellos. Prisionera tal vez o ramera que los sigue para
comer y guardar algún dinero. La están desnudando. El viejo rito repetido sin
fe y sin amor. Les tiemblan las manos y las rodillas. Vieja vergüenza sobre el
mundo. Ella ríe y su piel responde y sus miembros responden a la ola que crece
en el cuerpo que la oprime contra la tierra. Madre necesaria. Renacen unidos en
la sede de todos los orígenes. Gimen y ríen al mismo tiempo. Un solo cuerpo de
dos cabezas ebrias y acosadas en el vértigo de su propio renacer, de su larga
agonía. El otro sonríe con timidez. Sonríe de su propia vergüenza y espera.
Sembrar hijos en la tierra liberada. Terminaron. Ella se viste. El otro me
alumbra con la linterna.
Los soldados y la mujer se quedaron absortos ante
el extraño amasijo de trapos mugrientos, alimentos descompuestos y las carnes
momificadas del Santón. Evitaron la mirada ardiente y fija de Sharaya, testigo
del breve placer que le robaran a sus oscuras vidas perecederas. Bien poco
quedaba al Santón de forma humana. La mujer fue la primera en apartar su vista
de la hierática figura y comenzó de nuevo a envolverse en sus ropas. Los dos
soldados seguían intrigados y se acercaron un poco más. Por fin, el que había
esperado, reaccionó bruscamente. «Parece un Santón -dijo-, pero no podemos
dejarlo observando el paso de nuestras fuerzas. Ya nos ha visto y ha contado
sin duda nuestros camiones y nuestros tanques. Además, nadie vendrá ya a
consultarle y a venerarlo. Ha terminado su dominio». El otro se alzó de hombros
y, sin volver a mirar, tomó a la mujer por el brazo y se alejó por la
blanquecina huella del camino. Antes de alcanzarlos, el que había hablado alzó
su ametralladora y apuntó indiferente hacia la ausente figura apergaminada,
hacia los ausentes ojos fijos en el perpetuo desastre del tiempo y soltó el
seguro del arma.
En cada hoja que se mueve estaba previsto mi
tránsito. La escena misma, de tan familiar, me es ajena por entero. Cuando el
mochuelo termine su círculo en el alto cielo nocturno, ya se habrá cumplido el
deseo de las pobres potencias que nos unen, a él que me mata y a mí que nazco
de nuevo en el dintel del mundo que perece brevemente como la flor que se
desprende o la marea salina que se escapa incontenible dejando el sabor
ferruginoso de la vida en la boca que muere y corre por el piso indiferente del
pobre astro muerto viajero en la nada circular del vacío que arde impasible
para siempre, para siempre, para siempre.
FIN
El último rostro
El último rostro es el rostro con el que te
recibe la muerte.
-De un manuscrito anónimo de la Biblioteca
del Monasterio del Monte Athos, siglo XI.
Las páginas que van a leerse pertenecen a un
legajo de manuscritos vendidos en la subasta de un librero de Londres pocos
años después de terminada la segunda guerra mundial. Formaron parte estos
escritos de los bienes de la familia Nimbourg-Napierski, el último de cuyos
miembros murió en Mers-el Kebir combatiendo como oficial de la Francia libre.
Los Nimbourg-Napierski llegaron a Inglaterra meses antes de la caída de Francia
y llevaron consigo algunos de los más preciados recuerdos de la familia: un sable
con mango adornado de rubíes y zafiros, obsequio del mariscal José Poniatowski
al coronel de lanceros Miecislaw Napierski, en recuerdo de su heroica conducta
en la batalla de Friedland; una serie de bocetos y dibujos de Delacroix
comprados al artista por el príncipe de Nimbourg-Boulac, la colección de
monedas antiguas del abuelo Nimbourg-Napierski, muerto en Londres pocos días
después de emigrar y los manuscritos del diario del coronel Napierski, ya
mencionados.
Por un azar llegaron a nuestras manos los papeles
del coronel Napierski y al hojearlos en busca de ciertos detalles sobre la
batalla de Bailén, que allí se narra, nuestra vista cayó sobre una palabra y
una fecha: Santa Marta, diciembre de 1830. Iniciada su lectura, el interés
sobre la derrota de Bailén se esfumó bien pronto a medida que nos internábamos
en los apretados renglones de letra amplia y clara del coronel de coraceros.
Los folios no estaban ordenados y hubo que buscar entre los ocho tomos de legajos
aquellos que, por el color de la tinta y ciertos nombres y fechas, indicaban
pertenecer a una misma época.
Miecislaw Napierski había viajado a Colombia para
ofrecer sus servicios en los ejércitos libertadores. Su esposa, la condesa
Adéhaume de Nimbourg-Boulac, había muerto al nacer su segundo hijo y el
coronel, como buen polonés, buscó en América tierras en donde la libertad y el
sacrificio alentaran sus sueños de aventura truncados con la caída del Imperio.
Dejó sus dos hijos al cuidado de la familia de su esposa y embarcó para
Cartagena de Indias. En Cuba, en donde tocó la fragata en que viajaba, fue
detenido por una oscura delación y encerrado en el fuerte de Santiago. Allí
padeció varios años de prisión hasta cuando logró evadirse y escapar a Jamaica.
En Kingston embarcó en la fragata inglesa "Shanon" que se dirigía a
Cartagena.
Por razones que se verán más adelante, se
transcriben únicamente las páginas del Diario que hacen referencia a ciertos
hechos relacionados con un hombre y las circunstancias de su muerte, y se
omiten todos los comentarios y relatos de Napierski ajenos a este episodio de
la historia de Colombia que diluyen y, a menudo, confunden el desarrollo del
dramático fin de una vida.
Napierski escribió esta parte de su Diario en
español, idioma que dominaba por haberlo aprendido en su estada en España
durante la ocupación de los ejércitos napoleónicos. En el tono de ciertos
párrafos se nota empero la influencia de los poetas poloneses exiliados en
París y de quienes fuera íntimo amigo, en especial de Adam Nickiewiez a quien
alojó en su casa.
29 de junio. Hoy conocí al general Bolívar. Era
tal mi interés por captar cada una de sus palabras y hasta el menor de sus
gestos y tal su poder de comunicación y la intensidad de su pensamiento que,
ahora que me siento a fijar en el papel los detalles de la entrevista, me
parece haber conocido al Libertador desde hace ya muchos años y servido desde
siempre bajo sus órdenes.
La fragata ancló esta mañana frente al fuerte de
Pastelillo. Un edecán llegó por nosotros a eso de las diez de la mañana.
Desembarcamos el capitán, un agente consular británico de nombre Page y yo. Al
llegar a tierra fuimos a un lugar llamado Pie de la Popa por hallarse en las
estribaciones del cerro del mismo nombre, en cuya cima se halla una fortaleza
que antaño fuera convento de monjas. Bolívar se trasladó allí desde el
pueblecito cercano de Turbaco, movido por la ilusión de poder partir en breves
días.
Entramos en una amplia casona con patios
empedrados llenos de geranios un tanto mustios y gruesos muros que le dan un
aspecto de cuartel. Esperamos en una pequeña sala de muebles desiguales y
destartalados con las paredes desnudas y manchadas de humedad. Al poco rato
entró el señor Ibarra, edecán del Libertador, para decirnos que Su Excelencia
estaba terminando de vestirse y nos recibiría en unos momentos. Poco después se
entreabrió una puerta que yo había creído clausurada y asomó la cabeza un negro
que llevaba en la mano unas prendas de vestir y una manta e hizo a Ibarra señas
de que podíamos entrar.
Mi primera impresión fue de sorpresa al
encontrarme en una amplia habitación vacía, con alto techo artesonado, un catre
de campaña al fondo, contra un rincón, y una mesa de noche llena de libros y
papeles. De nuevo las paredes vacías llenas de churretones causados por la
humedad. Una ausencia total de muebles y adornos. Únicamente una silla de alto
respaldo, desfondada y descolorida, miraba hacia un patio interior sembrado de
naranjos en flor, cuyo suave aroma se mezclaba con el de agua de colonia que predominaba
en el ambiente. Pensé, por un instante, que seguiríamos hacia otro cuarto y que
esta sería la habitación provisional de algún ayudante cuando una voz hueca
pero bien timbrada, que denotaba una extrema debilidad física, se oyó tras de
la silla hablando en un francés impecable traicionado apenas por un leve
«accent du midi».
-Adelante, señores, ya traen algunas sillas.
Perdonen lo escaso del mobiliario, pero estamos todos aquí un poco de paso. No
puedo levantarme, excúsenme ustedes.
Nos acercamos a saludar al héroe mientras unos
soldados, todos con acentuado tipo mulato, colocaban unas sillas frente a la
que ocupaba el enfermo. Mientras éste hablaba con el capitán del velero, tuve
oportunidad de observar a Bolívar. Sorprende la desproporción entre su breve
talla y la enérgica vivacidad de las facciones. En especial los grandes ojos
oscuros y húmedos que se destacan bajo el arco pronunciado de las cejas. La tez
es de un intenso color moreno, pero a través de la fina camisa de batista, se
advierte un suave tono oliváceo que no ha sufrido las inclemencias del sol y el
viento de los trópicos. La frente, pronunciada y magnífica, está surcada por
multitud de finas arrugas que aparecen y desaparecen a cada instante y dan al
rostro una expresión de atónita amargura, confirmada por el diseño delgado y
fino de la boca cercada por hondas arrugas. Me recordó el rostro de César en el
busto del museo Vaticano. El mentón pronunciado y la nariz fina y aguda, borran
un tanto la impresión de melancólica amargura, poniendo un sello de densa
energía orientada siempre en toda su intensidad hacia el interlocutor del
momento. Sorprenden las manos delgadas, ahusadas, largas, con uñas almendradas
y pulcramente pulidas, ajenas por completo a una vida de batallas y esfuerzos
sobrehumanos cumplidos en la inclemencia de un clima implacable.
Un gesto del Libertador -olvidaba decir que tal
es el título con que honró a Bolívar el Congreso de Colombia y con el cual se
le conoce siempre más que por su nombre o sus títulos oficiales- me impresionó
sobremanera, como si lo hubiera acompañado toda su vida. Se golpea levemente la
frente con la palma de la mano y luego desliza ésta lentamente hasta sostenerse
con ella el mentón entre el pulgar y el índice; así permanece largo rato,
mirando fijamente a quien le habla. Estaba yo absorto observando todos sus
ademanes cuando me hizo una pregunta, interrumpiendo bruscamente una larga
explicación del capitán sobre su itinerario hacia Europa.
-Coronel Napierski, me cuentan que usted sirvió
bajo las órdenes del mariscal Poniatowski y que combatió con él en el desastre
de Leipzig.
-Sí, Excelencia -respondí conturbado al haberme
dejado tomar de sorpresa-, tuve el honor de combatir a sus órdenes en el cuerpo
de lanceros de la guardia y tuve también el terrible dolor de presenciar su
heroica muerte en las aguas del Elster. Yo fui de los pocos que logramos llegar
a la otra orilla.
-Tengo una admiración muy grande por Polonia y
por su pueblo -me contestó Bolívar-, son los únicos verdaderos patriotas que
quedan en Europa. Qué lástima que haya llegado usted tarde. Me hubiera gustado
tanto tenerlo en mi Estado Mayor -permaneció un instante en silencio, con la
mirada perdida en el quieto follaje de los naranjos-. Conocí al príncipe
Poniatowski en el salón de la condesa Potocka, en París. Era un joven arrogante
y simpático, pero con ideas políticas un tanto vagas. Tenía debilidad por las maneras
y costumbres de los ingleses y a menudo lo ponía en evidencia, olvidando que
eran los más acerbos enemigos de la libertad de su patria. Lo recuerdo como una
mezcla de hombre valiente hasta la temeridad pero ingenuo hasta el candor.
Mezcla peligrosa en los vericuetos que llevan al poder. Murió como un gran
soldado. Cuántas veces al cruzar un río (he cruzado muchos en mi vida, coronel)
he pensado en él, en su envidiable sangre fría, en su espléndido arrojo. Así se
debe morir y no en este peregrinaje vergonzante y penoso por un país que ni me
quiere ni piensa que le haya yo servido en cosa que valga la pena.
Un joven general con espesas patillas rojizas, se
apresuró respetuosamente a interrumpir al enfermo con voz un tanto quebrada por
encontrados sentimientos:
-Un grupo de viles amargados no son toda
Colombia, Excelencia. Usted sabe cuánto amor y cuánta gratitud le guardamos los
colombianos por lo que ha hecho por nosotros.
-Sí -contestó Bolívar con un aire todavía un
tanto absorto-, tal vez tenga razón, Carreño, pero ninguno de esos que menciona
estaban a mi salida de Bogotá, ni cuando pasamos por Mariquita.
Se me escapó el sentido de sus palabras, pero
noté en los presentes una súbita expresión de vergüenza y molestia casi física.
Tornó Bolívar a dirigirse a mí con renovado interés:
-Y ahora que sabe que por acá todo ha terminado,
¿qué piensa usted hacer, coronel?
-Regresar a Europa -respondí- lo más pronto
posible. Debo poner orden en los asuntos de mi familia y ver de salvar, así sea
en parte, mi escaso patrimonio.
-Tal vez viajemos juntos -me dijo, mirando
también al capitán.
Éste explicó al enfermo que por ahora tendría que
navegar hasta La Guaira y que, de allí, regresaría a Santa Marta para partir
hacia Europa. Indicó que sólo hasta su regreso podría recibir nuevos pasajeros.
Esto tomaría dos o tres meses a lo sumo porque en La Guaira esperaba un
cargamento que venía del interior de Venezuela. El capitán manifestó que, al
volver a Santa Marta, sería para él un honor contarlo como huésped en la
"Shanon" y que, desde ahora, iba a disponer lo necesario para proporcionarle
las comodidades que exigía su estado de salud.
El Libertador acogió la explicación del marino
con un amable gesto de ironía y comentó:
-Ay, capitán, parece que estuviera escrito que yo
deba morir entre quienes me arrojan de su lado. No merezco el consuelo del
ciego Edipo que pudo abandonar el suelo que lo odiaba.
Permaneció en silencio un largo rato; sólo se
escuchaba el silbido trabajoso de su respiración y algún tímido tintineo de un
sable o el crujido de alguna de las sillas desvencijadas que ocupábamos. Nadie
se atrevió a interrumpir su hondo meditar, evidente en la mirada perdida en el
quieto aire del patio. Por fin, el agente consular de Su Majestad británica se
puso en pie. Nosotros le imitamos y nos acercamos al enfermo para despedirnos.
Salió apenas de su amargo cavilar sin fondo y nos miró como a sombras de un
mundo del que se hallaba por completo ausente. Al estrechar mi mano me dijo sin
embargo:
-Coronel Napierski, cuando lo desee venga a hacer
compañía a este enfermo. Charlaremos un poco de otros días y otras tierras.
Creo que a ambos nos hará mucho bien.
Me conmovieron sus palabras. Le respondí:
-No dejaré de hacerlo, Excelencia. Para mí es un
placer y una oportunidad muy honrosa y feliz el poder venir a visitarle. El
barco demora aquí algunas semanas. No dejaré de aprovechar su invitación.
De repente me sentí envarado y un tanto
ceremonioso en medio de este aposento más que pobre y después de la llaneza de
buen tono que había usado conmigo el héroe.
Es ya de noche. No corre una brizna de viento.
Subo al puente de la fragata en busca de aire fresco. Cruza la sombra nocturna,
allá en lo alto, una bandada de aves chillonas cuyo grito se pierde sobre el
agua estancada y añeja de la bahía. Allá al fondo, la silueta angulosa y
vigilante del fuerte de San Felipe. Hay algo intemporal en todo esto, una
extraña atmósfera que me recuerda algo ya conocido no sé dónde ni cuándo. Las
murallas y fuertes son una reminiscencia medieval surgiendo entre las ciénagas y
lianas del trópico. Muros de Aleppo y San Juan de Acre, kraks del Líbano. Esta
solitaria lucha de un guerrero admirable con la muerte que lo cerca en una
ronda de amargura y desengaño. ¿Dónde y cuándo viví todo esto?
30 de junio. Ayer envié un grumete para que
preguntara cómo seguía el Libertador y si podía visitarle en caso de que se
encontrara mejor. Regresó con la noticia de que el enfermo había pasado pésima
noche y le había aumentado la fiebre. Personalmente, Bolívar me enviaba decir
que, si al día siguiente se sentía mejor, me lo haría saber para que fuera a
verlo. En efecto, hoy vinieron a buscarme, a la hora de mayor calor, las dos de
la tarde, el general Montilla y un oficial cuyo apellido no entendí claramente.
«El Libertador se siente hoy un poco mejor y estaría encantado de gozar un rato
de su compañía», explicó Montilla repitiendo evidentemente palabras textuales
del enfermo. Siempre se advierte en Bolívar el hombre de mundo detrás del
militar y el político. Uno de los encantos de sus maneras es que la banalidad
del brillante frecuentador de los sajones del consulado ha cedido el paso a
cierta llaneza castrense, casi hogareña, que me recuerdan al mariscal McDonald,
duque de Tarento o al conde de Fernán Núñez. A esto habría que agregar un
personal acento criollo, mezcla de capricho y fogosidad, que lo han hecho,
según es bien conocido, hombre en extremo afortunado con las mujeres.
Me llevaron al patio de los naranjos, en donde le
habían colgado una hamaca. Dos noches de fiebre marcaban su paso por un rostro
que tenía algo de máscara frigia. Me acerco a saludarlo y con la mano me hace
señas de que tome asiento en una silla que me han traído en ese momento. No
puede hablar. El edecán Ibarra me explica en voz baja que acaba de sufrir un
acceso de tos muy violento y que de nuevo ha perdido mucha sangre. Intento
retirarme para no importunar al enfermo y éste se incorpora un poco y me pide
con una voz ronca, que me conmueve por todo el sufrimiento que acusa:
-No, no, por favor, coronel, no se vaya usted. En
un momento ya estaré bien y podremos conversar un poco. Me hará mucho bien...,
se lo ruego..., quédese.
Cerró los ojos. Por el rostro le cruzan vagas
sombras. Una expresión de alivio borra las arrugas de la frente. Suaviza las
comisuras de los labios. Casi sonríe. Tomé asiento mientras Ibarra se retiraba
en silencio. Transcurrido un cuarto de hora pareció despertar de un largo
sueño. Se excusó por haberme hecho llamar creyendo que iba a estar en
condiciones de conversar un rato. «Hábleme un poco de usted -agregó-, cuál es
su impresión de todo esto», y subrayó estas palabras con un gesto de la mano.
Le respondí que me era un poco difícil todavía formular un juicio cierto sobre
mis impresiones. Le comenté de mi sensación en la noche, frente a la ciudad
amurallada, ese intemporal y vago hundirme en algo vivido no sé dónde, ni
cuándo. Empezó entonces a hablarme de América, de estas repúblicas nacidas de
su espada y de las cuales, sin embargo, allá en su más íntimo ser, se siente a
menudo por completo ajeno.
-Aquí se frustra toda empresa humana -comentó-.
El desorden vertiginoso del paisaje, los ríos inmensos, el caos de los
elementos, la vastedad de las selvas, el clima implacable, trabajan la voluntad
y minan las razones profundas, esenciales, para vivir, que heredamos de
ustedes. Esas razones nos impulsan todavía, pero en el camino nos perdemos en
la hueca retórica y en la sanguinaria violencia que todo lo arrasa. Queda una
conciencia de lo que debimos hacer y no hicimos y que sigue trabajando allá
adentro, haciéndonos inconformes, astutos, frustrados, ruidosos, inconstantes.
Los que hemos enterrado en estos montes lo mejor de nuestras vidas, conocemos
demasiado bien los extremos a que conduce esta inconformidad estéril y
retorcida. ¿Sabe usted que cuando yo pedí la libertad para los esclavos, las
voces clandestinas que conspiraron contra el proyecto e impidieron su
cumplimiento fueron las de mis compañeros de lucha, los mismos que se jugaron
la vida cruzando a mi lado los Andes para vencer en el Pantano de Vargas, en
Boyacá y en Ayacucho; los mismos que habían padecido prisión y miserias sin
cuento en las cárceles de Cartagena el Callao y Cádiz de manos de los
españoles? ¿Cómo se puede explicar esto si no es por una mezquindad, una
pobreza de alma propias de aquellos que no saben quiénes son, ni de dónde son,
ni para qué están en la tierra? El que yo haya descubierto en ellos esta
condición, el que la haya conocido desde siempre y tratado de modificarla y
subsanarla, me ha convertido ahora en un profeta incómodo, en un extranjero
molesto. Por esto sobro en Colombia, mi querido coronel, pero un hado extraño
dispone que yo muera con un pie en el estribo, indicándome así que tampoco mi
lugar, la tumba que me corresponde, está allende el Atlántico.
Hablaba con febril excitación. Me atreví a
sugerirle descanso y que tratara de olvidar lo irremediable y propio de toda
condición humana. Traje al caso algunos ejemplos harto patentes y dolorosos de
la reciente historia de Europa. Se quedó pensativo un momento. Su respiración
se regularizó, su mirada perdió la delirante intensidad que me había hecho
temer una nueva crisis.
-Da igual, Napierski, da igual, con esto no hay
ya nada que hacer -comentó señalando hacia su pecho-; no vamos a detener la
labor de la muerte callando lo que nos duele. Más vale dejarlo salir, menos
daño ha de hacernos hablándolo con amigos como usted.
Era la primera vez que me trataba con tan
amistosa confianza y esto me conmovió, naturalmente. Seguimos conversando.
Volví a comentarle de Europa, la desorientación de quienes aún añoraban las
glorias del Imperio, la necedad de los gobernantes que intentaban detener con
viejas mañas y rutinas de gabinete un proceso irreversible. Le hablé de la
tiranía rusa en mi patria, de nuestra frustración de los planes de alzamiento
preparados en París. Me escuchaba con interés mientras una vaga sonrisa, un
gesto de amable escepticismo, le recorría el rostro.
-Ustedes saldrán de esas crisis, Napierski,
siempre han superado esas épocas de oscuridad, ya vendrán para Europa tiempos
nuevos de prosperidad y grandeza para todos. Mientras tanto nosotros, aquí en
América, nos iremos hundiendo en un caos de estériles guerras civiles, de
conspiraciones sórdidas y en ellas se perderán toda la energía, toda la fe,
toda la razón necesarias para aprovechar y dar sentido al esfuerzo que nos hizo
libres. No tenemos remedio, coronel, así somos, así nacimos...
Nos interrumpió el edecán Ibarra que traía un
sobre y lo entregó al enfermo. Reconoció al instante la letra y me explicó
sonriente: «Me va a perdonar que lea esta carta ahora, Napierski. La escribe
alguien a quien debo la vida y que me sigue siendo fiel con lo mejor de su
alma». Me retiré a un rincón para dejarlo en libertad y comenté algunos
detalles de mis planes con Ibarra. Cuando Bolívar terminó de leer los dos
pliegos, escritos en una letra menuda con grandes mayúsculas semejantes a
arabescos, nos llamó a su lado. Estaba muy cambiado, casi dijera que
rejuvenecido.
Nos quedamos un largo rato en silencio. Miraba al
cielo por entre los naranjos en flor. Suspiró hondamente y me habló con cierto
acento de ligereza y hasta de coquetería:
-Esto de morir con el corazón joven tiene sus
ventajas, coronel. Contra eso sí no pueden ni la mezquindad de los
conspiradores ni el olvido de los próximos ni el capricho de los elementos...
ni la ruina del cuerpo. Necesito estar solo un rato. Venga por aquí más a
menudo. Usted ya es de los nuestros, coronel, y a pesar de su magnífico
castellano a los dos nos sirve practicar un poco el francés que se nos está
empolvando.
Me despedí con la satisfacción de ver al enfermo
con mejores ánimos. Antes de tornar a la fragata, Ibarra me acompañó a comprar
algunas cosas en el centro de la ciudad que tiene algo de Cádiz y mucho de
Túnez o Algeciras. Mientras recorríamos las blancas calles en sombra, con casas
llenas de balcones y amplios patios a los que invitaba la húmeda frescura de
una vegetación espléndida, me contó los amores de Bolívar con una dama
ecuatoriana que le había salvado la vida, gracias a su valor y serenidad, cuando
se enfrentó, sola, a los conspiradores que iban a asesinar al héroe en sus
habitaciones del Palacio de San Carlos en Bogotá. Muchos de ellos eran antiguos
compañeros de armas, hechura suya casi todos. Ahora comprendo la amargura de
sus palabras esta tarde.
1º de julio. He decidido quedarme en Colombia,
por lo menos hasta el regreso de la fragata. Ciertas vagas razones, difíciles
de precisar en el papel, me han decidido a permanecer al lado de este hombre
que, desde hoy, se encamina derecho hacia la muerte ante la indiferencia, si no
el rencor, de quienes todo le deben.
Si mi propósito era alistarme en el ejército de
la Gran Colombia y circunstancias adversas me han impedido hacerlo, es natural
que preste al menos el simple servicio de mi compañía y devoción a quien
organizó y llevó a la victoria, a través de cinco naciones, esas mismas armas.
Si bien es cierto que quienes ahora le rodean, cinco o seis personas, le
muestran un afecto y lealtad sin límites, ninguno puede darle el consuelo y el
alivio que nuestra afinidad de educación y de recuerdos le proporciona. A pesar
de la respetuosa distancia de nuestras relaciones, me doy cuenta de que hay
ciertos temas que sólo conmigo trata y cuando lo hace es con el placer de quien
renueva viejas relaciones de juventud. Lo noto hasta en ciertos giros del
idioma francés que le brotan en su charla conmigo y que son los mismos
impuestos en los salones del consulado por Barras, Talleyrand y los amigos de
Josefina.
El Libertador ha tenido una recaída de la cual,
al decir del médico que lo atiende -y sobre cuya preparación tengo cada día
mayores dudas-, no volverá a recobrarse. La causa ha sido una noticia que
recibió ayer mismo. Estaba en su cuarto, recostado en el catre de campaña en
donde descansaba un poco de la silla en donde pasa la mayor parte del tiempo,
cuando, tras un breve y agitado murmullo, tocaron a la puerta.
-¿Quién es? -preguntó el enfermo incorporándose.
-Correo de Bogotá, Excelencia -contestó Ibarra.
Bolívar trató de ponerse en pie pero volvió a recostarse sacudido por un fuerte
golpe de tos. Le alcancé un vaso con agua, tomó de ella algunos sorbos e hizo
pasar a su edecán. Ibarra traía el rostro descompuesto a pesar del esfuerzo que
hacía por dominarse. Bolívar se le quedó mirando y le preguntó intrigado:
-¿Quién trae el correo?
-El capitán Arrázola, Excelencia -contestó el
otro con voz pastosa y débil.
-¿Arrázola? ¿El que fue ayudante de Santander?...
Ese viene más a espiar que a traer noticias. En fin... que entre. ¿Pero qué le
pasa a usted, Ibarra? -inquirió preocupado al ver que el edecán no se movía.
-Mi general..., Excelencia..., prepárese a
recibir una terrible noticia.
Y las lágrimas, a punto de brotarle de los ojos,
le obligaron a dar media vuelta y salir. Afuera volvió a hablar con alguien. Se
oían carreras y ruidos de gente que se agrupaba alrededor del recién llegado.
Bolívar permaneció rígido, mirando hacia la puerta. Entró de nuevo Ibarra
seguido por un oficial en uniforme de servicio, con el rostro cruzado por una
delgada cicatriz de color oscuro. Su mirada inquieta recorrió la habitación
hasta quedarse detenida en el lecho donde le observaban fijamente. Se presentó
poniéndose en posición de firmes.
-Capitán Vicente Arrázola, Excelencia.
-Siéntese Arrázola -le invitó Bolívar sin
quitarle la vista de encima. Arrázola siguió en pie, rígido-. ¿Qué noticias nos
trae de Bogotá? ¿Cómo están las cosas por allá?
-Muy agitadas, Excelencia, y le traigo nuevas que
me temo van a herirle en forma que me siento culpable de ser quien tenga que
dárselas.
Los ojos inmensamente abiertos de Bolívar se
fijaron en el vacío.
-Ya hay pocas cosas que puedan herirme, Arrázola.
Serénese y dígame de qué se trata.
El capitán dudó un instante, intentó hablar, se
arrepintió y sacando una carta del portafolio con el escudo de Colombia que
traía bajo el brazo, se la alcanzó al Libertador. Éste rasgó el sobre y comenzó
a leer unos breves renglones que se veían escritos apresuradamente. En este
momento entró en punta de pie el general Mantilla, quien se acercó con los ojos
irritados y el rostro pálido. Un gemido de bestia herida partió del catre de
campaña sobrecogiéndonos a todos. Bolívar saltó del lecho como un felino y tomando
por las solapas al oficial le gritó con voz terrible:
-¡Miserables! ¿Quiénes fueron los miserables que
hicieron esto? ¿Quiénes? ¡Dígamelo, se lo ordeno, Arrázola! -y sacudía al
oficial con una fuerza inusitada- ¿¡Quién pudo cometer tan estúpido crimen!?
Ibarra y Montilla acudieron a separarlo de
Arrázola, quien lo miraba espantado y dolorido. De un manotón logró soltarse de
los brazos que lo retenían y se fue tambaleando hacia la silla en donde se
derrumbó dándonos la espalda. Tras un momento en que no supimos qué hacer,
Montilla nos invitó con un gesto a salir del cuarto y dejar solo al Libertador.
Al abandonar la habitación me pareció ver que sus hombros bajaban y subían al
impulso de un llanto secreto y desolado.
Cuando salí al patio todos los presentes
mostraban una profunda congoja. Me acerqué al general Laurencio Silva, con
quien he hecho amistad, y le pregunté lo que pasaba. Me informó que habían
asesinado en una emboscada al Gran Mariscal de Ayacucho, don Antonio José de
Sucre.
-Es el amigo más estimado del Libertador, a quien
quería como a un padre. Por su desinterés en los honores y su modestia, tenía
algo de santo y de niño que nos hizo respetarlo siempre y que fuera adorado por
la tropa- me explicó mientras pasaba su mano por el rostro en un gesto
desesperado. Permanecí toda la tarde en el pie de la Popa. Vagué por corredores
y patios hasta cuando, entrada ya la noche, me encontré con el general
Montilla, quien en compañía de Silva y del capitán Arrázola me buscaban para invitarme
a cenar con ellos.
-No nos deje ahora, coronel -me pidió Montilla-
ayúdenos a acompañar al Libertador a quien esta noticia le hará más daño que
todos los otros dolores de su vida juntos.
Accedí gustoso y nos sentamos en la mesa que
habían servido en un comedor que daba al castillo de San Felipe. La sobremesa
se alargó sin que nadie se atreviera a importunar al enfermo. Hacia las once,
Ibarra entró en el cuarto con una palmatoria y una taza de té. Permaneció allí
un rato y cuando salió nos dijo que el Libertador quería que le hiciéramos un
rato de compañía. Lo encontramos tendido en el catre, envuelto completamente en
una sábana empapada en el sudor de la fiebre, que le había aumentado en forma
alarmante. Su rostro tenía de nuevo esa desencajada expresión de máscara
funeraria helénica, los ojos abiertos y hundidos desaparecían en las cuencas,
y, a la luz de la vela, sólo se veían en su lugar dos grandes huecos que daban
a un vacío que se suponía amargo y sin sosiego según era la expresión de la
fina boca entreabierta.
Me acerqué y le manifesté mi pesar por la muerte
del Gran Mariscal. Sin contestarme, retuvo un instante mi mano en la suya. Nos
sentamos alrededor del catre sin saber qué decir ni cómo alejar al enfermo del
dolor que le consumía. Con voz honda y cavernosa, que llenó toda la estancia en
sombras, preguntó de pronto dirigiéndose a Silva:
-¿Cuántos años tenía Sucre? ¿Usted recuerda?
-Treinta y cinco, Excelencia. Los cumplió en
febrero.
-Y su esposa, ¿está en Colombia?
-No, Excelencia. Le esperaba en Quito. Iba a
reunirse con ella.
De nuevo quedaron en silencio un buen rato.
Ibarra trajo más té y le hizo tomar al enfermo unas cucharadas que le habían
recetado para bajar la temperatura. Bolívar se incorporó en el lecho y le
pusimos unos cojines para sostenerlo y que estuviera más cómodo. Iniciábamos
una de esas vagas conversaciones de quienes buscan alejarse de un determinado
asunto, cuando de repente empezó a hablar un poco para sí mismo y a veces
dirigiéndose a mí concretamente:
-Es como si la muerte viniera a anunciarme con
este golpe su propósito. Un primer golpe de guadaña para probar el filo de la
hoja. Le hubiera usted conocido, Napierski. El calor de su mirada un tanto
despistada, su avanzar con los hombros un poco caídos y el cuerpo desgonzado,
dando siempre la impresión de cruzar un salón tratando de no ser notado. Y ese
gesto suyo de frotar con el dedo cordial el mango de su sable. Su voz chillona
y las eses silbadas y huidizas que imitaba tan bien Manuelita haciéndole ruborizar.
Sus silencios de tímido. Sus respuestas a veces bruscas, cortantes pero siempre
claras y francas... Cómo debió tomarlo por sorpresa la muerte. Cómo se
preguntaría con el último aliento de vida, la razón, el porqué del crimen...
«Usted y yo moriremos viejos, me dijo una vez en Lima, ya no hay quién nos mate
después de lo que hemos pasado»... Siempre iluso, siempre generoso, siempre
crédulo, siempre dispuesto a reconocer en las gentes las mejores virtudes, las
mismas que él sin notarlo ni proponérselo, cultivaba en sí mismo tan
hermosamente... Berruecos... Berruecos... Un paso oscuro en la cordillera. Un
monte sombrío con los chillidos de los monos siguiéndonos todo el día. Mala
gente esa... Siempre dieron qué hacer. Nunca se nos sumaron abiertamente. Los
más humillados quizá, los menos beneficiados por la Corona y por ello los más
sumisos, los menos fuertes. ¡Qué poco han valido todos los años de batallar,
ordenar, sufrir, gobernar, construir, para terminar acosados por los mismos
imbéciles de siempre, los astutos políticos con alma de peluquero y trucos de
notario que saben matar y seguir sonriendo y adulando. Nadie ha entendido aquí
nada. La muerte se llevó a los mejores, todo queda en manos de los más listos,
los más sinuosos que ahora derrochan la herencia ganada con tanto dolor y tanta
muerte...
Recostó la cabeza en la almohada. La fiebre le
hacía temblar levemente. Volvió a mirar a Ibarra.
-No habrá tal viaje a Francia. Aquí nos quedamos
aunque no nos quieran.
Una arcada de náuseas lo dobló sobre el catre.
Vomitó entre punzadas que casi le hacían perder el sentido. Una mancha de
sangre comenzó a extenderse por las sábanas y a gotear pausadamente en el piso.
Con la mirada perdida murmuraba delirante: «Berruecos... Berruecos... ¿Por qué
a él?... ¿Por qué así?».
Y se desplomó sin sentido. Alguien fue por el
médico quien, después de un examen detenido, se limitó a explicarnos que el
enfermo se hallaba al final de sus fuerzas y era aventurado predecir la marcha
del mal, cuya identidad no podía diagnosticar.
Me quedé hasta las primeras horas de la madrugada
cuando regresé a la fragata. He meditado largamente en mi camarote y acabo de
comunicar al capitán mi decisión de quedarme en Cartagena y esperar aquí su
regresó de Venezuela, que calcula será dentro de dos meses. Mañana hablaré con
mi amigo el general Silva para que me ayude a buscar alojamiento en la ciudad.
El calor aumenta y de las murallas viene un olor de frutas en descomposición y
de húmeda carroña salobre.
FIN
La muerte del estratega
Algunos hechos de la vida y la muerte de Alar el
Ilirio, Estratega de la Emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, ocuparon la
atención de la Iglesia cuando, en el Concilio Ecuménico de Nicea, se habló de
la canonización de un grupo de cristianos que sufrieran martirio a manos de los
turcos en una emboscada en las arenas sirias. Al principio, el nombre de Alar
se mencionaba junto con el de los demás mártires. Quien vino a poner en claro
el asunto fue el patriarca de Laconia, Nicéforo Kalitzés, tras examinar algunos
documentos relativos al Estratega y a su familia, que aportaron nuevas luces
sobre la vida de Alar y alejaron cualquier posibilidad de entronizarlo en los
altares. Finalmente, cuando se dieron a conocer en el Concilio las cartas de
Alar a Andrónico, su hermano, la Iglesia impuso un denso silencio en torno al
Ilirio y su nombre volvió a la oscuridad, de donde lo rescatara la ambición
política de la Iglesia de Oriente.
Alar, llamado el Ilirio por la forma peculiar de
sus ojos hundidos y rasgados, era hijo de un alto funcionario del Imperio, que
gozó del favor del Basileus en tiempos de la lucha de las imágenes. El hábil
cortesano se ocupó bien poco de la educación de su hijo y convino en que la
recibiera en Grecia, bajo la influencia de los últimos neoplatónicos. En el
desorden de la decadente Atenas, perdió Alar todo vestigio, si lo tuvo algún
día, de fe en el Cristo. Tampoco el padre se había distinguido por su piedad, y
su alta posición en la Corte la ganó más por su inagotable reserva de sutilezas
diplomáticas que por su fervor religioso. Pero cuando el muchacho regresó de
Atenas el padre no pudo menos de asombrarse ante la forma descuidada y ligera
como se refería a los asuntos de la iglesia Y, aunque se vivía entonces los
momentos de más cruenta persecución iconoclasta, no por eso dejaba el Palacio
de Magnaura de estar erizado de mortales trampas teológicas y litúrgicas. Gente
mejor colocada que Alar y con mayor ascendiente con el Autocrátor, había
perdido los ojos, y, a menudo, la vida, por una frase ligera o una incompostura
en el templo.
Mediante hábiles disculpas, el padre de Alar
consiguió que el Emperador incorporase al Ilirio a su ejército y el muchacho
fue nombrado Turmarca en un regimiento acantonado en el puerto de Pelagos. Allí
comenzó la carrera militar del futuro Estratega. Como hombre de armas, Alar no
poseía virtudes muy sólidas. Un cierto escepticismo sobre la vanidad de las
victorias y ninguna atención a las graves consecuencias de una derrota, hacían
de él un mediocre soldado. En cambio, pocos le aventajaban en la humanidad de
su trato y en la cordial popularidad de que gozaba entre la tropa. En lo peor
de la batalla, cuando todo parecía perdido, los hombres volvían a mirar al
Ilirio que combatía con una amarga sonrisa en los labios y conservando la
cabeza fría. Esto bastaba para devolverles la confianza y, con ella, la
victoria. Aprendió con facilidad los dialectos sirios, armenios y árabes y
hablaba corrientemente el latín, el griego y la lengua franca. Sus partes de
campaña le fueron ganando cierta fama entre los oficiales superiores por la
claridad y elegancia del estilo. A la muerte de Constantino IV, Alar había
llegado al grado de General de Cuerpo de Ejército y comandaba la guarnición de
Kipros. Su carrera militar, lejos de las peligrosas intrigas de la Corte, le
permitió estar al margen de las luchas religiosas que tan sangrientas
represiones despertaron en el Imperio de Oriente. En un viaje que el Basileus
León hizo a Paphos en compañía de su esposa, la bella Irene, la joven pareja
fue recibida por Alar, quien supo ganarse la simpatía de los nuevos
autocrátores, en especial la de la astuta ateniense, que se sintió halagada por
el sincero entusiasmo y la aguda erudición del General en los asuntos
helénicos. También León tuvo especial placer en el trato con Alar, y le atraía
la familiaridad y llaneza del Ilirio y la ironía con que salvaba los más
peligrosos temas políticos y religiosos.
Por aquella época, Alar había llegado a los
treinta años de edad. Era alto, con cierta tendencia a la molicie, lento de
movimientos, y a través de sus ojos semicerrados e irónicos dejaba pasar
cautelosamente la expresión de sus sentimientos. Nadie le había visto perder la
cordialidad, a menudo un poco castrense y franca. Se absorbía días enteros en
la lectura con preferencia de los poetas latinos. Virgilio, Horacio y Catulo le
acompañaban a dondequiera que fuese. Cuidaba mucho de su atuendo y sólo en ocasiones
vestía el uniforme. Su padre murió en la plenitud de su prestigio político, que
heredó Andrónico, hermano menor del Estratega, por quien éste sentía particular
afecto y mucha amistad. El viejo cortesano había pedido a Alar que contrajera
matrimonio con una joven de la alta burguesía de Bizancio, hija de un grande
amigo de la casa. Para cumplir con el deseo del padre, Alar la tomó por esposa,
pero siempre halló la manera de vivir alejado de su casa, sin romper del todo
con la tradición y los mandatos de la Iglesia. No se le conocían, por otra
parte, los amoríos y escándalos tan comunes entre los altos oficiales del
Imperio. No por frialdad o indiferencia, sino más bien por cierta tendencia a
la reflexión y al ensueño, nacida de un temprano escepticismo hacia las
pasiones y esfuerzos de las gentes. Le gustaba frecuentar los lugares en donde
las ruinas atestiguaban el vano intento del hombre por perpetuar sus hechos. De
allí su preferencia por Atenas, su gusto por Chipre y sus arriesgadas
incursiones a las dormidas arenas de Heliópolis y Tebas.
Cuando la Augusta lo nombró Hypatoï y le
encomendó la misión de concertar el matrimonio del joven Basileus Constantino
con una de las princesas de Sicilia, el General se quedó en Siracusa más tiempo
del necesario para cumplir su embajada. Se escondió luego en Tauromenium,
adonde lo buscaron los oficiales de su escolta para comunicarle la orden
perentoria de la Despoina de comparecer ante ella sin tardanza. Cuando se
presentó a la Sala de los Delfines, después de un viaje que se alargó más de lo
prudente, a causa de las visitas a pequeños puertos y calas de la costa
africana, que escondían ruinas romanas y fenicias, la Basilissa había perdido
por completo la paciencia. «Usas el tiempo del César en forma que merece el más
grave castigo -le increpó-. ¿Qué explicación me puedes dar de tu demora?
¿Olvidaste, acaso, el motivo por el cual te enviamos a Sicilia? ¿Ignoras que
eres un Hypatoï del Autocrátor? ¿Quién te ha dicho que puedes disponer de tu
tiempo y gozar de tus ocios mientras estás al servicio del Isapóstol, hijo del
Cristo? Respóndeme y no te quedes ahí mirando a la nada, y borra tu insolente
sonrisa, que no es hora ni tengo humor para tus extrañas salidas». «Señora,
Hija de los Apóstoles, bendecida de la Theotokos, Luz de los Evangelios
-contestó imperturbable el Ilirio-, me detuve buscando las huellas del divino
Ulyses, inquiriendo la verdad de sus astucias. Pero este tiempo, ni fue perdido
para el Imperio, ni gastado contra la santa voluntad de vuestros planes. No
convenía a la dignidad de vuestro hijo, el Porphyrogeneta, un matrimonio a
todas luces desigual. No me pareció, por otra parte, oportuno, enviaros con un
mensajero, ni escribiros, las razones por las que no quise negociar con los
príncipes sicilianos. Su hija está prometida al heredero de la casa de Aragón
por un pacto secreto, y habían promulgado su interés en un matrimonio con
vuestro hijo, con el único propósito de encarecer las condiciones del contrato.
Así fue como ellos solos, ante mi evidente desinterés en tratar el asunto,
descubrieron el juego. En cuanto a mi regreso ¡oh escogida del Cristo!, estuvo,
es cierto, entorpecido por algunas demoras en las cuales mi voluntad puso menos
que el deseo de presentarme ante ti».
Aunque no quedó Irene muy convencida de las
especiosas razones del Ilirio, su enojo había ya cedido casi por completo. Como
aviso para que no incurriera en nuevos errores, Alar fue asignado a Bulgaria
con la misión de reclutar mercenarios. En la polvorienta guarnición de un país
que le era especialmente antipático, Alar sufrió el primero de los varios
cambios que iban a operarse en su carácter. Se volvió algo taciturno y perdió
ese permanente buen humor que le valiera tantos y tan buenos amigos entre sus
compañeros de armas y aun en la Corte. No es que se le viera irritado, ni que
hubiera perdido esa virtud muy suya de tratar a cada cual con la cariñosa
familiaridad de quien conoce muy bien a las gentes. Pero a menudo se le veía
ausente, con la mirada fija en un vacío del que parecía esperar ciertas
respuestas a una angustia que comenzaba a trabajar su alma. Su atuendo se hizo
más sencillo y su vida más austera.
El cambio, en un principio, sólo fue percibido
por sus íntimos, y en el ejército y la Corte siguió gozando del favor de
quienes le profesaban amistad y admiración. En una carta del higoumeno Andrés,
grande amigo de Alar y conocedor avisado de las religiones orientales, dirigida
a Andrónico con el objeto de informarle sobre la entrevista con su hermano, el
venerable relata hechos y palabras del Ilirio que en mucho contribuyeron a
echar por tierra el proyecto de canonización. Dice, entre otras cosas:
«Encontré al General en Zarosgrad. Pagaba los
primeros mercenarios y se ocupaba de su entrenamiento. No lo hallé en la ciudad
ni en los cuarteles. Había hecho levantar su tienda en las afueras de la aldea,
a orillas de un arroyo, en medio de una huerta de naranjos, el aroma de cuyas
flores prefiere. Me recibió con la cordialidad de siempre, pero lo noté
distraído y un poco ausente. Algo en su mirada hizo que me sintiera en vaga
forma culpable e inseguro. Me miró un rato en silencio, y cuando esperaba que
preguntaría por ti y por los asuntos de la Corte o por la gente de su casa, me
inquirió de improviso: “¿Cuál es el dios que te arrastra por los templos,
venerable? ¿Cuál, cuál de todos?” “No comprendo tu pregunta” -le contesté-. Y
él, sin volver sobre el asunto, comenzó a proponerme, una tras otra, las más
diversas y extrañas cuestiones sobre la religión de los persas y sobre la secta
de los brahmanes. Al comienzo creí que estaba febril. Después me di cuenta que
sufría mucho y que las dudas lo acosaban como perros feroces. Mientras le
explicaba algunos de los pasos que llevan a la perfección o Nirvana de los
hindúes, saltó hacia mí, gritando: “¡Tampoco es ese el camino! ¡No hay nada qué
hacer! No podemos hacer nada. No tiene ningún sentido hacer algo. Estamos en
una trampa”. Se recostó en el camastro de pieles que le sirve de lecho y,
cubriéndose el rostro con las manos, volvió a sumirse en el silencio. Al fin,
se disculpó diciéndome: “Perdona, venerable Andrés, pero llevo dos meses
tragando el rojo polvo de Dacia y oyendo el idioma chillón de estos bárbaros, y
me cuesta trabajo dominarme. Dispénsame y sigue tu explicación, que me atañe en
mucho”. Seguí mi exposición, pero había ya perdido el interés en el asunto,
pues más me preocupaba la reacción de tu hermano. Comenzaba a darme cuenta de
cuán profunda era la crisis por la que pasaba. Bien sabes, como hermano y amigo
queridísimo suyo, que el General cumple por pura fórmula y sólo como parte de
la disciplina y el ejemplo que debe a sus tropas, con los deberes religiosos.
Para nadie es ya un misterio su total apartamiento de nuestra Iglesia y de toda
otra convicción de orden religioso. Como conozco muy bien su inteligencia y
hemos hablado en muchas ocasiones sobre esto, no pretendo siquiera intentar su
conversión. Temo, sí, que el Venerable Metropolitano Miguel Lakadianos, que
tanta influencia ejerce ahora sobre nuestra muy amada Irene y que tan pocas
simpatías ha demostrado siempre por vuestra familia, pueda enterarse en detalle
de la situación del Ilirio y la haga valer en su contra ante la Basilissa, Esto
te lo digo para que, teniéndolo en cuenta, obres en favor de tu hermano y
mantengas vivo el afecto que siempre le ha sido dispensado. Y antes de pasar a
otros asuntos, ajenos al General, quiero relatarte el final de nuestra
entrevista. Nos perdimos en un largo examen de ciertos aspectos comunes entre
algunas herejías cristianas y las religiones del Oriente. Cuando parecía haber
olvidado ya por completo su reciente sobresalto, y habíamos derivado hacia el
tema de los misterios de Eleusis, el General comenzó a hablar, más para sí que
conmigo, dando rienda suelta a su apasionado interés por los helenos. Bien
conoces su inagotable erudición sobre el tema. De pronto, se interrumpió y
mirándome como si hubiera despertado de un sueño, me dijo, mientras acariciaba
la máscara mortuoria que le enviaste de Creta: “Ellos hallaron el camino. Al
crear los dioses a su imagen y semejanza dieron trascendencia a esa armonía
interior, imperecedera y siempre presente, de la cual manan la verdad y la
belleza. En ella creían ante todo y por ella y a ella sacrificaban y adoraban.
Eso los ha hecho inmortales. Los helenos sobrevivirán a todas las razas, a
todos los pueblos, porque del hombre mismo rescataron las fuerzas que vencen a
la nada. Es todo lo que podemos hacer. No es poco, pero es casi imposible
lograrlo ya, cuando oscuras levaduras de destrucción han penetrado muy hondo en
nosotros. El Cristo nos ha sacrificado en su cruz, Buda nos ha sacrificado en
su renunciación, Mahoma nos ha sacrificado en su furia. Hemos comenzado a
morir. No creo que me explique claramente. Pero siento que estamos perdidos,
que nos hemos hecho a nosotros mismos el daño irreparable de caer en la nada.
Ya nada somos, nada podemos. Nadie puede poder”. Me abrazó cariñosamente. No me
dijo más, y abriendo un libro se sumió en su lectura. Al salir, me llevé la
certeza de que el más entrañable de nuestros amigos, tu hermano amantísimo, ha
comenzado a andar por la peligrosa senda de una negación sin límites y de implacables
consecuencias».
Es de comprender la preocupación del higoumeno.
En la Corte, las pasiones políticas se mezclan peligrosamente con las doctrinas
de la Iglesia. Irene estaba cayendo, cada día más, en una intransigencia
religiosa que la llevó a extremos tales, como ordenar que le sacaran los ojos a
su hijo Constantino por ciertas sospechas de simpatía con los iconoclastas. Si
las palabras de Alar eran repetidas en la Corte, su muerte sería segura. Sin
embargo, el Ilirio cuidábase mucho, aun entre sus más íntimos amigos, de comentar
estos asuntos, que constituían su principal preocupación. Su hermano, que
sorteaba hábilmente todos los peligros, le consiguió, pasado el lapso de olvido
en Bulgaria, el ascenso a la más alta posición militar del Imperio, el grado de
Estratega, delegado personal y representante directo del Emperador en los
Themas del Imperio. El nombramiento no encontró oposición alguna entre las
facciones que luchaban por el poder. Unos y otros estaban seguros de que no
contarían con el Ilirio para fines políticos y se consolaban pensando en que
tampoco el adversario contaría con el favor del Estratega. Por su parte, los
Basileus sabían que las armas del Imperio quedaban en manos fieles y que jamás
se tornarían contra ellos, conociendo, como conocían, el desgano y desprendimiento
del Ilirio hacia todo lo que fuera poder político o ambición personal.
Alar fue a Constantinopla para recibir la
investidura de manos de los Emperadores. El Autocrátor le impuso los símbolos
de su nuevo rango en la catedral de Santa Sofía y la Despoina le entregó el
águila de los stratigoi, bendecida tres veces por el patriarca Miguel. Cuando
el Emperador León tomó el juramento de obediencia al nuevo Estratega, sus ojos
se llenaron de lágrimas. Muchos citaron después este detalle como premonitorio
del fin tristísimo de Alar y del no menos trágico de León. La verdad era que el
Emperador se había conmovido por la forma austera y casi monástica como su
amigo de muchos años recibía la más alta muestra de confianza y la más amplia
delegación de poder que pudiera recibir un ciudadano de Bizancio, después de la
púrpura imperial.
Un gran banquete fue servido en el Palacio de
Hiéria. Y el Estratega, sin mencionar ni agradecer al Augusto el honor inmenso
que le dispensaba, entabló con León un largo y cordialísimo diálogo sobre
algunos textos hallados por los monjes de la isla de Prinkipo y que eran
atribuibles a Lucrecio. Irene interrumpió en más de una ocasión la animada
charla, y en una de ellas sembró un temeroso silencio entre los presentes y fue
memorable la respuesta del Estratega. «Estoy segura -apuntó la Despoina- que
nuestro Estratega pensaba más en los textos del pagano Lucrecio que en el santo
sacrificio que por la salvación de su alma celebraba nuestro patriarca». «En
verdad, Augusta -contestó Alar- que me preocupaba mucho durante la Santa Misa
el texto atribuido a Lucrecio, pero precisamente por la semejanza que hay en él
con ciertos pasajes de nuestras sagradas escrituras. Sólo el Verbo, que da
verdad eterna a las palabras, está ausente del latín. Por lo demás, bien
pudiera atribuirse su texto a Daniel el profeta, o al apóstol Pablo en sus
cartas». La respuesta de Alar tranquilizó a todos y desarmó a Irene que había
hecho la pregunta en buena parte empujada por el Metropolitano Miguel. Pero el
Estratega se dio cuenta de cómo su amiga había caído sin remedio en un fanatismo
ciego que la llevaría a derramar mucha sangre, comenzando por la de su propia
casa.
Y aquí termina la que pudiéramos llamar vida
pública de Alar el Ilirio. Fue aquella la última vez que estuvo en Bizancio.
Hasta su muerte permaneció en el Thema de Lycandos, en la frontera con Siria, y
aún se conservan vestigios de su activa y eficaz administración. Levantó
numerosas fortalezas para oponer una barrera militar a las invasiones
musulmanas. Visitaba de continuo cada uno de estos puestos avanzados, por
miserable que fuera y por perdido que estuviera en las áridas rocas o en las
abrasadoras arenas del desierto.
Llevaba una vida sencilla de soldado, asistido
por sus gentes de confianza, unos caballeros macedónicos, un anciano retórico
dorio por el que sentía particular afección a pesar de que no fuera hombre de
grandes dotes y de señalada cultura, un juglar provenzal que se le uniera
cuando su visita a Sicilia y su guardia de fieles “kazhares” que sólo a él
obedecían y que reclutara en Bulgaria. La elegancia de su atuendo fue cambiando
hacia un simple traje militar al cual añadía, los días de revista, el águila
bendita de los stratigoi. En su tienda de campaña le acompañaban siempre
algunos libros, Horacio infaliblemente, la máscara funeral cretense, obsequio
de su hermano, y una estatuilla de Hermes Trismegisto, recuerdo de una amiga
maltesa, dueña de una casa de placer en Chipre. Sus íntimos se acostumbraron a
sus largos silencios, a sus extrañas distracciones y a la severa melancolía que
en las tardes se reflejaba en su rostro.
Era evidente el contraste de esta vida del Ilirio
con la que llevaban los demás Estrategas del Imperio. Habitaban suntuosos
palacios, haciéndose llamar “Espada de los Apóstoles”, “Guardián de la Divina
Theotokos”, “Predilecto del Cristo”. Hacían vistosa ostentación de sus mandatos
y vivían con lujo y derroche escandalosos, compartiendo con el Emperador esa
hierática lejanía, ese arrogante boato que despertaba en los súbditos de las
apartadas provincias, abandonadas al arbitrio de los Estrategas, una veneración
y un respeto que tenía mucho de sumisión religiosa. Caso único en aquella época
fue el de Alar el Ilirio, cuyo ejemplo siguieron después los sabios emperadores
de la dinastía Comnena, con pingües resultados políticos. Alar vivía entre sus
soldados. Escoltado únicamente por los “kazhares” y por el regimiento de
caballeros macedónicos, recorría continuamente la frontera de su Thema que
limitaba con los dominios del incansable y ávido Ahmid Kabil, reyezuelo sirio
que se mantenía con el botín logrado en las incursiones a las aldeas del
Imperio. A veces se aliaba con los turcos en contra de Bizancio y, otras, éstos
lo abandonaban en neutral complicidad, para firmar tratados de paz con el
Autocrátor.
El Estratega aparecía de improviso en los puestos
fortificados y se quedaba allí semanas enteras, revisando la marcha de las
construcciones y comprobando la moral de las tropas. Se alojaba en los mismos
cuarteles, en donde le separaban una estrecha pieza enjalbegada. Argiros, su
ordenanza, le tendía un lecho de pieles que se acostumbró a usar entre los
búlgaros. Allí administraba justicia, discutía con arquitectos y constructores
y tomaba cuentas a los jefes de la plaza. Tal como había llegado, partía sin decir
hacia dónde iba. De su gusto por las ruinas y de su interés por las bellas
artes le quedaban algunos vestigios que salían a relucir cuando se trataba de
escoger el adorno de un puente, la decoración de la fachada de una fortaleza o
de rescatar tesoros de la antigua Grecia que habían caído en poder de los
musulmanes. Más de una vez prefirió rescatar el torso de una Venus mutilada o
la cabeza de una medusa, a las reliquias de un santo patriarca de la Iglesia de
Oriente. No se le conocieron amores o aventuras escandalosas, ni era afecto a
las ruidosas bacanales gratas a los demás Estrategas. En los primeros tiempos
de su mandato solía llevar consigo una joven esclava de Gales que le servía con
silenciosa ternura y discreta devoción; y cuando la muchacha murió, en una
emboscada en que cayera una parte de su convoy, el Ilirio no volvió a llevar
mujeres consigo y se contentaba con pasar algunas noches, en los puertos de la
costa, con muchachas de las tabernas con las que bromeaba y reía como
cualquiera de sus soldados. Conservaba, sí, una solitaria e interior lejanía
que despertaba en las jóvenes cierto indefinible temor.
En la gris rutina de esta vida castrense, se fue
apagando el antiguo prestigio del Ilirio y su vida se fue llenando de grandes
sombras a las cuales rara vez aludía, ni permitía que fuesen tema de
conversación entre sus allegados. La Corte lo olvidó o poco menos. Murió el
Basileus en circunstancias muy extrañas y pocas semanas después Irene se hacia
proclamar en Santa Sofía “Gran Basileus y Autocrátor de los Romanos”. El
Imperio entró de lleno en uno de sus habituales períodos de sordo fanatismo, de
rabiosa histeria teológica, y los monjes todopoderosos impusieron el oscuro
terror de sus intrigas que llevaban a las víctimas a los subterráneos de las
Blanquernas, en donde les eran sacados los ojos, o al hipódromo, en donde las
descuartizaban briosos caballos. Así era pagada la menor tibieza en el servicio
del Cristo y de su Divina Hija, Estrella de la Mañana, la Divina Irene. Contra
el Estratega nadie se atrevió a alzar la mano. Su prestigio en el ejército era
muy sólido, su hermano había sido designado Protosebasta y Gran Maestro de las
Escuelas, y la Augusta conocía la natural aversión del Ilirio a tomar partido y
su escepticismo hacia los salvadores del Imperio, que por entonces surgían a
cada instante.
Y fue entonces cuando apareció Ana la Cretense, y
la vida de Alar cambió de nuevo por completo. Era ésta la joven heredera de una
rica familia de comerciantes de Cerdeña, los Alesi, establecida desde hacía
varias generaciones en Constantinopla. Gozaban de la confianza y el favor de la
Emperatriz, a la que ayudaban a menudo con empréstitos considerables,
respaldados con la recolección de los impuestos en los puertos bizantinos del
Mediterráneo. La muchacha, junto con su hermano mayor, había caído en manos de
los piratas berberiscos, cuando regresaban de Cerdeña en donde poseían vastas
propiedades. Irene encomendó al Ilirio negociar el rescate de los Alesi con los
delegados del Emir, quien amparaba la piratería y cobraba participación en los
saqueos.
Pero antes de relatar el encuentro con Ana, es
interesante saber cuál era el pensamiento, cuáles las certezas y dudas del
Estratega, en el momento de conocer a la mujer que daría a sus últimos días una
profunda y nueva felicidad y a su muerte una particular intención y sentido.
Existe una carta de Alar a su hermano Andrónico, escrita cuatro días antes de
recibir la caravana de los Alesi. Después de comentar algunas nuevas que sobre
política exterior del Imperio le relatara su hermano, dice el Ilirio: «...y esto
me lleva a confiar mi certeza en la fugacidad de ese peligroso compromiso de
las mejores virtudes del hombre que es la política. Observa con cuánta razón
nuestra Basilissa esgrime ahora argumentos para implantar un orden en Bizancio,
razón que ella misma hace diez años hubiera rechazado como atentatoria de las
leyes del Imperio y grave herejía. Y cuánta gente murió entretanto por pensar
como ella piensa hoy. Cuántos ciegos y mutilados por haber hecho pública una fe
que hoy es la del Estado. El hombre, en su miserable confusión, levanta con la
mente complicadas arquitecturas y cree que aplicándolas con rigor conseguirá
poner orden al tumultuoso y caótico latido de su sangre. Nos hemos agarrado las
manos en nuestra misma trampa y nada podemos hacer, ni nadie nos pide que
hagamos nada. Cualquier resolución que tomemos, irá siempre a perderse en el
torrente de las aguas que vienen de sitios muy distantes y se reúnen en el gran
desagüe de las alcantarillas para confundirse en la vasta extensión del océano.
Podrás pensar que un amargo escepticismo me impide gozar del mundo que
gratuitamente nos ha sido dado. No es así, hermano queridísimo. Una gran
tranquilidad me visita y cada episodio de mi rutina de gobernante y soldado se
me ofrece con una luz nueva y reveladora de insospechadas fuentes de vida. No
busco detrás de cada cosa significados remotos o improbables. Trato más bien de
rescatar de ella esa presencia que me da la razón de cada día. Como ya sé con
certeza total que cualquier comunicación que intentes con el hombre es vana y
por completo inútil, que sólo a través de los oscuros caminos de la sangre y de
cierta armonía que pervive a todas las formas y dura sobre civilizaciones e
imperios podemos salvarnos de la nada, vivo entonces sin engañarme y sin pretender
que otros lo hagan por mí ni para mí. Mis soldados me obedecen, porque saben
que tengo más experiencia que ellos en ese trato diario con la muerte que es la
guerra; mis súbditos aceptan mis fallos, porque saben que no los inspira una
ley escrita, sino lo que mi natural amor por ellos trata de entender. No tengo
ambición alguna, y unos pocos libros, la compañía de los macedónicos, las
sutilezas del Dorio, los cantos de Alcen el Provenzal y el tibio lecho de una
hetaira del Líbano colman todas mis esperanzas y propósitos. No estoy en el
camino de nadie ni nadie se atraviesa en el mío. Mato en la batalla sin piedad,
pero sin furia. Mato porque quiero que dure lo más posible nuestro Imperio,
antes de que los bárbaros lo inunden con su jerga destemplada y su rabioso
profeta. Soy un griego, o un romano de oriente, como quieras, y sé que los
bárbaros, así sean latinos, germanos o árabes, vengan de Kiev, de Lutecia, de
Bagdad o de Roma, terminarán por borrar nuestro nombre y nuestra raza. Somos
los últimos herederos de la Hellas inmortal, única que diera al hombre
respuesta valedera a sus preguntas de bastardo. Creo en mi función de Estratega
y la cumplo cabalmente, conociendo de antemano que no es mucho lo que se puede
hacer, pero que el no hacerlo sería peor que morir. Hemos perdido el camino
hace muchos siglos y nos hemos entregado al Cristo sediento de sangre, cuyo
sacrificio pesa con injusticia sobre el corazón del hombre y lo hace suspicaz,
infeliz y mentiroso. Hemos tapiado todas las salidas y nos engañamos como las
fieras se engañan en la oscuridad de las jaulas del circo, creyendo que afuera
les espera la selva que añoran dolorosamente. Lo que me cuentas del Embajador
del Sacro Imperio Romano me parece ejemplo que ajusta a mis razones y debieras,
como Logoteta que eres del Imperio, hacerle ver lo oscuro de sus propósitos y
el error de sus ideas, pero esto sería tanto como...».
La caravana de los Alesi llegó al anochecer al
puesto fortificado de Al Makhir, en donde paraba el Estratega en espera de los
rehenes. El Ilirio se retiró temprano. Había hecho tres días de camino sin
dormir. A la mañana siguiente, después de dar las órdenes para despachar la
caballería turca que los había traído, dio audiencia a los rescatados
ciudadanos de Bizancio. Entraron en silencio a la pequeña celda del Estratega y
no salían de su asombro al ver al Protosebasta de Lycandos, a la Mano Armada
del Cristo, al Hijo dilecto de la Augusta, viviendo como un simple oficial, sin
tapetes, ni joyas, acompañado únicamente de unos cuantos libros. Tendido en su
lecho de piel de oso, repasaba unas listas de cuentas cuando entraron los
Alesi, eran cinco y los encabezaba un joven de aspecto serio y abstraído y una
muchacha de unos veinte años con un velo sobre el rostro. Los tres restantes
eran el médico de la familia, un administrador de la casa en Bari y un tío,
higoumeno del Stoudion. Rindieron al Estratega los homenajes debidos a su
jerarquía y éste los invitó a tomar asiento. Leyó la lista de los visitantes en
voz alta y cada uno de ellos contestó con la fórmula de costumbre: «Griego por
la gracia del Cristo y su sangre redentora, siervo de nuestra divina Augusta».
La muchacha fue la última en responder y para hacerlo se quitó el velo de la
cara. No reparó en ella Alar en el primer momento, y sólo le llamó la atención
la reposada seriedad de su voz que no correspondía con su edad.
Les hizo algunas preguntas de cortesía, averiguó
por el viaje y al higoumeno le habló largo rato sobre su amigo Andrés a quien
aquél conocía superficialmente. A las preguntas que Alar hiciera a la muchacha,
ella contestó con detalles que indicaban una clara inteligencia y un agudo
sentido crítico. El Estratega se fue interesando en la charla y la audiencia se
prolongó por varias horas. Siguiendo alguna observación del hermano sobre el
esplendor de la Corte del Emir, la muchacha preguntó al Estratega: «Si has
renunciado al lujo que impone tu cargo, debemos pensar que eres hombre de
profunda religiosidad, pues llevas una vida al parecer monacal». Alar se la
quedó mirando y las palabras de la pregunta se le escapaban a medida que le
dominaba el asombro ante cierta secreta armonía, de sabor muy antiguo, que se
descubría en los rasgos de la joven. Algo que estaba también en la máscara
cretense, mezclado con cierta impresión de salud ultraterrena que da esa
permanencia, a través de los siglos, de la interrelación de ojos y boca, nariz
y frente y la plenitud de formas propias de ciertos pueblos del Levante. Una
sonrisa de la muchacha le trajo de nuevo al presente y contestó: «Conviene más
a mi carácter que a mis convicciones religiosas este género de vida. Por mi parte
lamento no poder ofrecerles mejor alojamiento».
Y así fue como Alar conoció a Ana Alesi, a la que
llamó después La Cretense y a quien amó hasta su último día y guardó a su lado
durante los postreros años de su gobierno en Lycandos. El Estratega halló
razones para ir demorando el viaje de los Alesi y, después, pretextando la
inseguridad de las costas, dejó a Ana consigo y envió a los demás por tierra,
viaje que hubiera resultado en extremo penoso para la joven.
Ana aceptó gustosa la medida, pues ya sentía
hacia el Ilirio el amor y la profunda lealtad que le guardara toda la vida. Al
llegar a Bizancio, el joven Alesi se quejó ante la Emperatriz por la conducta
de Alar. Irene intervino a través de Andrónico para amonestar al Estratega y
exigirle el regreso inmediato de Ana. Alar contestó a su hermano en una carta,
que también figura en los archivos del Concilio y que nos da muchas luces sobre
su historia y sobre las razones que lo unieron a Ana. Dice así:
«En relación con Ana deseo explicarte lo sucedido
para que, tal como te lo cuento, se lo hagas saber a la Augusta. Tengo
demasiada devoción y lealtad por ella para que, en medio de tanto conspirador y
tanto traidor que la rodea, me distinga, precisamente a mí, con su injusto
enojo.
»Ana es, hoy, todo lo que me ata al mundo. Si no
fuera por ella, hace mucho tiempo que hubiera dejado mis huesos en cualquier
emboscada nocturna. Tú lo sabes mejor que nadie y como nadie entiendes mis
razones. Al principio, cuando apenas la conocía, en verdad pretexté ciertos
motivos de seguridad para guardarla a mi lado. Después, se fue uniendo cada vez
más a mi vida y hoy el mundo se sostiene para mí a través de su piel, de su
aroma, de sus palabras, de su amable compañía en el lecho y de la forma como comprende,
con clarividencia hermosísima, las verdades, las certezas que he ido
conquistando en mi retiro del mundo y de sus sórdidas argucias cortesanas. Con
ella he llegado a apresar, al fin, una verdad suficiente para vivir cada día.
La verdad de su tibio cuerpo, la verdad de su voz velada y fiel, la verdad de
sus grandes ojos asombrados y leales. Como esto es muy parecido al razonamiento
de un adolescente enamorado, es probable que en la Corte no lo entiendan. Pero
yo sé que la Augusta sabrá cuál es el particular sentido de mi conducta. Ella
me conoce hace muchos años y en el fondo de su alma cristiana de hoy reposa,
escondida, la aguda ateniense que fuera mi leal amiga y protectora.
»Como sé cuán deleznable y débil es todo intento
humano de prolongar, contra todos y contra todo, una relación como la que me
une a Ana, si la Despoina insiste en ordenar su regreso a Constantinopla no
moveré un dedo para impedirlo. Pero allí habrá terminado para mí todo interés
en seguir sirviendo a quien tan torpemente me lastima».
Andrónico comunicó a Irene la respuesta de su
hermano. La Emperatriz se conmovió con las palabras del Ilirio y prometió
olvidar el asunto. En efecto, dos años permaneció Ana al lado de Alar,
recorriendo con él todos los puestos y ciudades de la frontera y descansando en
el estío, en un escondido puerto de la costa en donde un amigo veneciano había
obsequiado al Estratega una pequeña casa de recreo. Pero los Alesi no se daban
por vencidos y con ocasión de un empréstito que negociaba Irene con algunos comerciantes
genoveses, la casa respaldó la deuda con su firma y la Basilissa se vio
obligada a intervenir en forma definitiva, si bien contra su voluntad,
ordenando el regreso de Ana. La pareja recibió al mensajero de Irene y
conferenciaron con él casi toda la noche. Al día siguiente, Ana la Cretense se
embarcaba para Constantinopla y Alar volvía a la capital de su provincia.
Quienes estaban presentes no pudieron menos de sorprenderse ante la serenidad
con que se dijeron adiós. Todos conocían la profunda adhesión del Estratega a
la muchacha y la forma como hacía depender de ella hasta el más mínimo acto de
su vida. Sus íntimos amigos, empero, no se extrañaron de la tranquilidad del
Ilirio, pues conocían muy bien su pensamiento. Sabían que un fatalismo lúcido,
de raíces muy hondas, le hacía aparecer indiferente en los momentos más
críticos.
Alar no volvió a mencionar el nombre de la
Cretense. Guardaba consigo algunos objetos suyos y unas cartas que le
escribiera cuando se ausentó para hacerse cargo del aprovisiona-miento y
preparación militar de la flota anclada en Malta. Conservaba también un arete
que olvidó la muchacha en el lecho, la primera vez que durmieron juntos en la
fortaleza de San Esteban Damasceno.
Un día citó a sus oficiales a una audiencia. El
Estratega les comunicó sus propósitos en las siguientes palabras:
«Ahmid Kabil ha reunido todas sus fuerzas y
prepara una incursión sin precedentes contra nuestras provincias. Pero esta vez
cuenta, si no con el apoyo, sí con la vigilante imparcialidad del Emir. Si
penetramos por sorpresa en Siria y alcanzamos a Kabil en sus cuarteles, donde
ahora prepara sus fuerzas, la victoria estará seguramente a nuestro favor. Pero
una vez terminemos con él, el Emir seguramente violará su neutralidad y se
echará sobre nosotros, sabiéndonos lejos de nuestros cuarteles e imposibilitados
de recibir ninguna ayuda. Ahora bien, mi plan consiste en pedir refuerzos a
Bizancio y traerlos aquí en sigilo para reforzar las ciudadelas de la frontera
en donde quedarán la mitad de nuestras tropas.
»Cuando el Emir haya terminado con nosotros,
sería loco pensar lo contrario, pues vamos a luchar cincuenta contra uno, se
volverá sobre la frontera e irá a estrellarse con una resistencia mucho más
poderosa de la que sospecha y entonces será él quien esté lejos de sus
cuarteles y será copado por los nuestros.
»Habremos eliminado así dos peligrosos enemigos
del Imperio con el sacrificio de algunos de nosotros. Contra el reglamento, no
quiero esta vez designar los jefes y soldados que deban quedarse y los que
quieran internarse conmigo. Escojan ustedes libremente y mañana, al alba, me
comunican su decisión. Una cosa quiero que sepan con certeza: los que vayan
conmigo para terminar con Kabil no tienen ninguna posibilidad de regresar
vivos. El Emir espera cualquier descuido nuestro para atacarnos y ésta será para
él una ocasión única que aprovechará sin cuartel. Los que se queden para unirse
a los refuerzos que hemos pedido a nuestra Despoina formarán a la izquierda del
patio de armas y los que hayan decidido acompañarme lo harán a la derecha. Es
todo».
Se dice que era tal la adhesión que sus gentes
tenían por Alar, que los oficiales optaron por sortear entre ellos el quedarse
o partir con el Estratega, pues ninguno quería abandonarlo. A la mañana
siguiente, Alar pasó revista a su ejército, arengó a los que se quedaban para
defender la frontera del Imperio y sus palabras fueron recibidas con lágrimas
por muchos de ellos. A quienes se le unieron para internarse en el desierto,
les ordenó congregar las tropas en un lugar de la Siria Mardaita. Dos semanas
después, se reunieron allí cerca de cuarenta mil soldados que, al mando
personal del Ilirio, penetraron en las áridas montañas de Asia Menor.
La campaña de Alar está descrita con escrupuloso
detalle en las «Relaciones Militares» de Alejo Comneno, documento inapreciable
para conocer la vida militar de aquella época y penetrar en las causas que
hicieron posible, siglos más tarde, la destrucción del Imperio por los turcos.
Alar no se había equivocado. Una vez derrotado el escurridizo Ahmid Kabil, con
muy pocas bajas en las filas griegas, regresó hacia su Thema a marchas
forzadas. En la mitad del camino su columna fue sorprendida por una avalancha
de jenízaros e infantería turca que se le pegó a los talones sin soltar la
presa. Había dividido sus tropas en tres grupos que avanzaban en abanico hacia
lugares diferentes del territorio bizantino, con el fin de impedir la total
aniquilación del ejército que había penetrado en Siria. Los turcos cayeron en
la trampa y se aferraron a la columna de la extrema izquierda comandada por el
Estratega, creyendo que se trataba del grueso del ejército. Acosado día y noche
por crecientes masas de musulmanes, Alar ordenó detenerse en el oasis de Kazheb
y allí hacer frente al enemigo. Formaron en cuadro, según la tradición
bizantina, y comenzó el asedio por parte de los turcos. Mientras las otras dos
columnas volvían intactas al Imperio e iban a unirse a los defensores de los
puestos avanzados, las gentes de Alar iban siendo copadas por las flechas
musulmanas. Al cuarto día de sitio, Alar resolvió intentar una salida nocturna
y por la mañana atacar a los sitiadores desde la retaguardia. Había la
posibilidad de ahuyentarlos, haciéndoles creer que se trataba de refuerzos
enviados de Lycandos. Reunió a los macedónicos y a dos regimientos de búlgaros
y les propuso la salida. Todos aceptaron serenamente y a medianoche se
escurrieron por las frescas arenas que se extendían hasta el horizonte. Sin
alertar a los turcos, cruzaron sus líneas y fueron a esconderse en una
hondonada en espera del alba. Por desgracia para los griegos, a la mañana
siguiente todo el grueso de las tropas del Emir llegaba al lugar del combate.
Al primer claror de la mañana una lluvia de flechas les anunció su fin. Una
vasta marea de infantes y jenízaros se extendía por todas partes rodeando la
hondonada. No tenían siquiera la posibilidad de luchar cuerpo a cuerpo con los
turcos; tal era la barrera impenetrable que formaban las flechas disparadas por
éstos. Los macedónicos atacaron enloquecidos y fueron aniquilados en pocos
minutos por las cimitarras de los jenízaros. Unos cuantos húngaros y la guardia
personal del Estratega rodearon a Alar que miraba impasible la carnicería.
La primera flecha le atravesó la espalda y le
salió por el pecho a la altura de las últimas costillas. Antes de perder por
completo sus fuerzas, apuntó a un mahdi que desde su caballo se divertía en
matar búlgaros con su arco y le lanzó la espada pasándolo de parte a parte. Un
segundo flechazo le atravesó la garganta. Comenzó a perder sangre rápidamente,
y envolviéndose en su capa se dejó caer al suelo con una vaga sonrisa en el
rostro. Los fanáticos búlgaros cantaban himnos religiosos y salmos de alabanza a
Cristo, con esa fe ciega y ferviente de los recién convertidos. Por entre las
monótonas voces de los mártires comenzó a llegarle la muerte al Estratega.
Una gozosa confirmación de sus razones le vino de
repente. En verdad, con el nacimiento caemos en una trampa sin salida. Todo
esfuerzo de la razón, la especiosa red de las religiones, la débil y perecedera
fe del hombre en potencias que le son ajenas o que él inventa al torpe avance
de la historia, las convicciones políticas, los sistemas de griegos y romanos
para conducir el Estado, todo le pareció un necio juego de niños. Y ante el
vacío que avanzaba hacia él a medida que su sangre se escapaba, buscó una razón
para haber vivido, algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su
nada, y de pronto, como un golpe de sangre más que le subiera, el recuerdo de
Ana la Cretense le fue llenando de sentido toda la historia de su vida sobre la
tierra. El delicado tejido azul de las venas en sus blancos pechos, un abrirse
de las pupilas con asombro y ternura, un suave ceñirse a su piel para velar su
sueño, las dos respiraciones jadeando entre tantas noches, como un mar
palpitando eternamente; sus manos seguras, blancas, sus dedos firmes y sus uñas
en forma de almendra, su manera de escucharle, su andar, el recuerdo de cada
palabra suya, se alzaron para decirle al Estratega que su vida no había sido en
vano y que nada podemos pedir, a no ser la secreta armonía que nos une
pasajeramente con ese gran misterio de los otros seres y nos permite andar
acompañados una parte del camino. La armonía perdurable de un cuerpo y, a
través de ella, el solitario grito de otro ser que ha buscado comunicarse con
quien ama y lo ha logrado, así sea imperfecta y vagamente, le bastaron para
entrar en la muerte con una gran dicha que se confundía con la sangre manando a
borbotones. Un último flechazo lo clavó en la tierra atravesándole el corazón.
Para entonces, ya era presa de esa desordenada alegría, tan esquiva, de quien
se sabe dueño del ilusorio vacío de la muerte.
FIN
AMÉN
Que te
acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha.
Álvaro Mutis
EL MIEDO
Bandera
de ahorcados, contraseña de barriles, capitana del desespero, bedel de sodomía,
oscura sandalia que al caer la tarde llega hasta mi hamaca.
Es entonces cuando el miedo hace su entrada.
Paso a paso la noche va enfriando los tejados de cinc, las
cascadas, las correas de las máquinas, los fondos agrios de miel empobrecida.
Todo, en fin, queda bajo su astuto dominio. Hasta la terraza sube
el olor marchito del día.
Enorme pluma que se evade y visita otras comarcas.
El frío recorre los más recónditos aposentos.
El miedo inicia su danza. Se oye el lejano y manso zumbido de las
lámparas de arco, ronroneo de planetas.
Un dios olvidado mira crecer la hierba.
El sentido de algunos recuerdos que me invaden, se me escapa
dolorosamente: playas de tibia ceniza, vastos aeródromos a la madrugada,
despedidas interminables.
La sombra levanta ebrias columnas de pavor. Se inquietan los
písamos.
Sólo entiendo algunas voces.
La del ahorcado de Cocora, la del anciano minero que murió de
hambre en la playa cubierto inexplicablemente por brillantes hojas de plátano;
la de los huesos de mujer hallados en la cañada de La Osa; la del fantasma que
vive en el horno del trapiche.
Me sigue una columna de humo, árbol espeso de ardientes raíces.
Vivo ciudades solitarias en donde los sapos mueren de sed.
Me inicio en misterios sencillos elaborados con palabras
transparentes.
Y giro eternamente alrededor del difunto capitán de cabellos de
acero. Mías son todas estas regiones, mías son las agotadas familias del sueño.
De la casa de los hombres no sale una voz de ayuda que alivie el dolor de todos
mis partidarios.
Su dolor diseminado como el espeso aroma de los zapotes maduros.
El despertar viene de repente y sin sentido. El miedo se desliza
vertiginosamente para tornar luego con nuevas y abrumadoras energías.
La vida sufrida a sorbos; amargos tragos que lastiman hondamente,
nos toma de nuevo por sorpresa.
La mañana se llena de voces:
voces que vienen de los trenes
de los buses de colegio
de los tranvías de barriada
de las tibias frazadas tendidas al sol
de las goletas
de los triciclos
de los muñequeros de vírgenes infames
del cuarto piso de los seminarios
de los parques públicos
de algunas piezas de pensión
y de otras muchas moradas diurnas del miedo.
Álvaro Mutis
BATALLAS
HUBO
I
Casi al amanecer, el mar morado,
llanto de las adormideras, roca viva,
pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.
Casi al amanecer, en playas de pizarra
y agudos caracoles y cortantes corolas,
batallas hubo, grandes guerras mudas
dejaron sus huellas.
Se trataba, por fin,
del amor y sus hirientes hojas,
nada nuevo.
Batallas hubo a orillas del mar
que rebota ciego y desordenado,
como un reptil preso en los cristales del alba.
Cenizas del amor en los altares del mundo,
nada nuevo.
II
De nada vale esforzarse en tan viejas hazañas,
ni alzar el gozo hasta las más altas cimas de la ola,
ni vigilar los signos que anuncian la muda invasión
nocturna y sideral que reina sobre las extensiones.
De nada vale.
Todo torna a su sitio usado y pobre
y un silencio juicioso se extiende, polvoso y denso,
sobre cada cosa, sobre cada impulso
que viene a morir contra la cerrada coraza de los días.
Las tempestades vencidas, los agitados viajes,
sólo al olvido acuden, en su hastiado dominio
se precipitan y preparan nuevas incursiones
contra la vieja piel del hombre
que espera su fin
como pastor de piedra ingenua y aguas ciegas.
III
Y hay también el tiempo que rueda interminable,
persistente, usando y cambiando,
como piedra que cae o carreta que se desboca.
El tiempo, muchacha, que te esconde en su pecho
con tus manos segura y tu melena de legionaria
y algo de tu piel que permanece;
el tiempo, en fin, con sus armas ocultas.
Nada nuevo.
Álvaro Mutis
CADA
POEMA
Cada poema un pájaro que huye
del sitio señalado por la plaga.
Cada poema un traje de la muerte
por las calles y plazas inundadas
en la cera letal de los vencidos.
Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche
horadando los puentes sobre el río,
cuyas dormidas aguas viajan
de la vieja ciudad hacia los campos
donde el día prepara sus hogueras.
Cada poema un tacto yerto
del que yace en la losa de las clínicas,
un ávido anzuelo que recorre
el limo blando de las sepulturas.
Cada poema un lento naufragio del deseo,
un crujir de los mástiles y jarcias
que sostienen el peso de la vida.
Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban
sobre el rugir helado de las aguas
el albo aparejo del velamen.
Cada poema invadiendo y desgarrando
la amarga telaraña del hastío.
Cada poema nace de un ciego centinela
que grita al hondo hueco de la noche
el santo y seña de su desventura.
Agua de sueño, fuente de ceniza,
piedra porosa de los mataderos,
madera en sombra de las siemprevivas,
metal que dobla por los condenados,
aceite funeral de doble filo,
cotidiano sudario del poeta,
cada poema esparce sobre el mundo
el agrio cereal de la agonía.
Álvaro Mutis
CÁDIZ
Para María Paz y Manolo
Después de tanto tiempo, vastas edades,
siglos, migraciones allí sorprendidas
frente al vocerío de las aguas sin límite
y asentadas en su espera
hasta confundirse con el polvo calcáreo,
hasta no dejar otra huella que sus muertos
vestidos con abigarrados ornamentos
de origen incierto, escarabajos egipcios,
pomos con ungüentos fenicios,
armas de la Hélade, coronas etruscas,
después de tales cosas, la piedra
ha venido a ser una presencia
de albas porosidades, laberintos minúsculos,
ruinas de minuciosa pequeñez,
de brevedad sin término,
y así las paredes, los patios, las murallas,
los más secretos rincones, el aire mismo
en su labrada transparencia también
horadado por el tiempo, la luz y sus criaturas.
Y llego a este lugar y sé que desde siempre
ha sido el centro intocado del que manan
mis sueños, la absorta savia
de mis más secretos territorios,
reinos que recorro, solitario destejedor
de sus misterios, señor de la luz que los devora,
herencia sobre la cual los hombres
no tienen ni la más leve noticia,
ni la menor parcela de dominio.
Y en el patio donde jugaron mis abuelos,
con su pozo modesto y sus altos muros
labrados como madréporas sin edad,
en la casa de la calle de Capuchinos
me ha sido revelada de nuevo y para siempre
la oculta cifra de mi nombre,
el secreto de mi sangre, la voz de los míos.
Yo nombro ahora este puerto que el sol
y la sal edificaron para ganarle al tiempo
una extensa porción de sus comarcas
y digo Cádiz para poner en regla mi vigilia
para que nada ni nadie intente en vano
desheredarme una vez más de lo que sido
«el reino que estaba para mí».
Álvaro Mutis
GRIETA
MATINAL
Cala tu miseria,
sondéala, conoce sus más escondidas cavernas.
Aceita los engranajes de tu miseria,
ponla en tu camino, ábrete paso con ella
y en cada puerta golpea
con los blancos cartílagos de tu miseria.
Compárala con la de otras gentes
y mide bien el asombro de sus diferencias,
la singular agudeza de sus bordes.
Ampárate en los suaves ángulos de tu miseria.
Ten presente a cada hora
que su materia es tu materia,
el único puerto del que conoces cada rada,
cada boya, cada señal desde la cálida tierra
a donde llegas a reinar como Crusoe
entre la muchedumbre de sombras
que te rozan y con las que tropiezas
sin entender su propósito ni su costumbre.
Cultiva tu miseria,
hazla perdurable,
aliméntate de su savia,
envuélvete en el manto tejido con sus más secretos hilos.
Aprende a reconocerla entre todas,
no permitas que sea familiar a los otros
ni que la prolonguen abusivamente los tuyos.
Que te sea como agua bautismal
brotada de las grandes cloacas municipales,
como los arroyos que nacen en los mataderos.
Que se confunda con tus entrañas, tu miseria;
que contenga desde ahora los capítulos de tu muerte,
los elementos de tu más certero abandono.
Nunca dejes de lado tu miseria,
así descanses a su vera
como junto al blanco cuerpo
del que se ha retirado el deseo.
Ten siempre lista tu miseria
y no permitas que se evada por distracción o engaño.
Aprende a reconocerla hasta en sus más breves signos:
el encogerse de las finas hojas del carbonero,
el abrirse de las flores con la primera frescura de la tarde,
la soledad de una jaula de circo
varada en el lodo del camino,
el hollín en los arrabales,
el vaso de latón que mide la sopa en los cuarteles,
la ropa desordenada de los ciegos,
las campanillas que agotan su llamado
en el solar sembrado de eucaliptos,
el yodo de las navegaciones.
No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día.
Aprende a guardarla para las horas de tu solaz
y teje con ella la verdadera,
la sola materia perdurable
de tu episodio sobre la tierra.
Álvaro Mutis
CIUDAD
Un llanto,
un llanto de mujer
interminable,
sosegado,
casi tranquilo.
En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.
Primero un ruido de cerradura,
después unos pies que vacilan
y luego, de pronto, el llanto.
Suspiros intermitentes
como caídas de un agua interior,
densa,
imperiosa,
inagotable,
como esclusa que acumula y libera sus aguas
o como hélice secreta
que detiene y reanuda su trabajo
trasegando el blanco tiempo de la noche.
Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,
hasta los solares donde se amontonan las basuras,
bajo las cúpulas de los hospitales,
sobre las terrazas del verano,
en las discretas celdas de la prostitución,
en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,
con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,
en las medallas que reposan en joyeros de teca,
un llanto de mujer que ha llorado largamente
en el cuarto vecino,
por todos los que cavan su tumba en el sueño,
por los que vigilan la mina del tiempo,
por mí que lo escucho
sin conocer otra cosa
que su frágil rodar por la intemperie
persiguiendo las calladas arenas del alba.
Álvaro Mutis
UNA
PALABRA
Cuando de repente en mitad de la vida llega una
palabra jamás antes pronunciada,
una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la
magia recién iniciada,
que se levanta como un grito inmenso hangar abandonado donde el musgo cobija
las paredes,
entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una
palabra basta,
una palabra y se incicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso
polvo de ciudades,
hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el
hollín y anidan densas sombras,
húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.
Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo
pavor
que llena la vida con su aliento de vinagre-rancio vinagre que corre por la
mojada despensa de una humilde casa de placer.
Y tampoco es esto todo.
Hay también las conquistas de calurosas regiones donde los insectos vigilan la
copulación de los guardianes del sembrado que pierden la voz entre los
cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias y opacos reptiles de
blanca y rica piel.
¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de
petróleo
para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de
vigilia!
Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.
Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas
de un florido písamo centenario,
entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno
de fuente turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos
gimnastas.
Sólo una palabra.
Una palabra y se inicia la danza
de una fértil miseria.
Álvaro Mutis
"204"
I
Escucha Escucha Escucha
la voz de los hoteles,
de los cuartos aún sin arreglar,
los diálogos en los oscuros pasillos que adorna una raída
alfombra escarlata
por donde se apresuran los sirvientes que salen al amanecer
como espantados murciélagos.
Escucha Escucha Escucha
los murmullos en la escalera; las voces que vienen de la cocina
donde se fragua un agrio olor a comida que muy pronto
estará en todas partes, el ronroneo de los ascensores.
Escucha Escucha Escucha
a la hermosa inquilina del “204” que despereza sus miembros y
se queja y extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su
cuerpo sale un vaho tibio de campo recién llovido.
¡Ay qué tránsito el de sus noches tremolantes
como las banderas en los estadios!
Escucha Escucha Escucha
el agua que gotea en los lavatorios, en las gradas que invade un
resbaloso y maloliente verdín. Nada hay sino una sombra,
una tibia y espesa sombra que todo lo cubre.
Sobre esas losas-cuando el mediodía siembre de monedas el
mugriento piso-su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse,
dócil para las lides del tálamo y conocedor de los más variados
caminos. El auga lavará la impureza y renovará las fuentes
del deseo.
Escucha Escucha Escucha
a la incansable viajera, ella abre las ventanas y aspira el aire que
viene de la calle. Un desocupado la silba desde la acera del
frente
y ella estremece sus flancos en respuesta al incógnito llamado.
II
De la ortiga al granizo
del granizo al terciopelo
del terciopelo a los orinales
de los orinales al río
del río a las amargas algas
de las algas amargas a la ortiga
de la ortiga al granizo
del granizo al terciopelo
del terciopelo al hotel
Escucha Escucha Escucha
la oración matinal de la inquilina
su grito que recorre los pasillos
y despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del “204”:
¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!
Álvaro Mutis
NOCTURNO
Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.
Sobre las hojas de plátano,
sobre las altas ramas de los cámbulos,
ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima
que crece las acequias y comienza a henchir los ríos
que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.
La lluvia sobre el cinc de los tejados
canta su presencia y me aleja del sueño
hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,
en la noche fresquísima que chorrea
por entre la bóveda de los cafetos
y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.
Ahora, de repente, en mitad de la noche
ha regresado la lluvia sobre los cafetales
y entre el vocerío vegetal de las aguas
me llega la intacta materia de otros días
salvada del ajeno trabajo de los años.
Álvaro Mutis
EXILIO
Voz del exilio, voz de pozo cegado,
voz huérfana, gran voz que se levanta
como hierba furiosa o pezuña de bestia,
voz sorda del exilio,
hoy ha brotado como una espesa sangre
reclamando mansamente su lugar
en algún sitio del mundo.
Hoy ha llamado en mí
el griterío de las aves que pasan en verde algarabía
sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,
sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,
golpeando y sonando
y arrastrando consigo la pulpa del café
y las densas flores de los cámbulos.
Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,
un espeso remanso hace girar,
de pronto, lenta, dulcemente,
rescatados en la superficie agitada de sus aguas,
ciertos días, ciertas horas del pasado,
a los que se aferra furiosamente
la materia más secreta y eficaz de mi vida.
Flotan ahora como troncos de tierno balso,
en serena evidencia de fieles testigos
y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.
En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido
Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia
y luego Persignan, Argelés, Dakar, Marsella.
A su rabia me uno a su miseria
y olvido así quién soy, de dónde vengo,
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
grita hasta el alba su vocerío vegetal;
su destronado poder, entre las ramas del sombrío,
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre.
Y es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido
por lo que de anticipada muerte me corresponde
en cada hora, en cada día de ausencia
que lleno con asuntos y con seres
cuya extranjera condición me empuja
hacia la cal definitiva
de un sueño que roerá sus propias vestiduras,
hechas de una corteza de materias
desterradas por los años y el olvido.
Álvaro Mutis
NOCTURNO
La fiebre atrae el canto de un pájaro andrógino
y abre caminos a un placer insaciable
que se ramifica y cruza el cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar alrededor de las islas
donde las mujeres ofrecen al viajero
la fresca balanza de sus senos
y una extensión de terror en las caderas!
La piel pálida y tersa del día
cae como la cáscara de un fruto infame.
La fiebre atrae el canto de los resumideros
donde el agua atropella los desperdicios.
Álvaro Mutis
LIED DE
LA NOCHE
La nuit
vient sur un char conduit par le silence.
La
Fontaine
Y, de repente,
llega la noche
como un aceite
de silencio y pena.
A su corriente me rindo
armado apenas
con la precaria red
de truncados recuerdos y nostalgias
que siguen insistiendo
en recobrar el perdido
territorio de su reino.
Como ebrios anzuelos
giran en la noche
nombres, quintas,
ciertas esquinas y plazas,
alcobas de la infancia,
rostros del colegio,
potreros, ríos
y muchachas
giran en vano
en el fresco silencio de la noche
y nadie acude a su reclamo.
Quebrantado y vencido
me rescatan los primeros
ruidos del alba,
cotidianos e insípidos
como la rutina de los días
que no serán ya
la febril primavera
que un día nos prometimos.
Álvaro Mutis
LIED
MARINO
Vine a llamarte
a los acantilados.
Lancé tu nombre
y sólo el mar me respondió
desde la leche instantánea
y voraz de sus espumas.
Por el desorden recurrente
de las aguas cruza tu nombre
como un pez que se debate y huye
hacia la vasta lejanía.
Hacia un horizonte
de menta y sombra,
viaja tu nombre
rodando por el mar del verano.
Con la noche que llega
regresan la soledad y su cortejo
de sueños funerales.
Álvaro Mutis
MOIROLOGHIA *
Un cardo amargo se demora para siempre en tu
garganta
¡oh Detenido!
Pesado cada uno de tus asuntos
no perteneces ya a lo que tu interés y vigilia reclamaban.
Ahora inauguras la fresca cal de tus nuevas vestiduras,
ahora estorbas, ¡oh Detenido!
Voy a enumerarte algunas de las especies de tu nuevo reino
desde donde no oyes a los tuyos deglutir tu muerte y
hacer memoria melosa de tus intemperancias.
Voy a decirte algunas de las cosas que cambiarán para ti,
¡oh yerto sin mirada!
Tus ojos te serán dos túneles de viento fétido, quieto, fácil, incoloro.
Tu boca moverá pausadamente la mueca de su desleimiento.
Tus brazos no conocerán más la tierra y reposarán en cruz,
vanos instrumentos solícitos a la carie acre que los invade.
¡Ay, desterrado! Aquí terminan todas tus sorpresas,
tus ruidosos asombros de idiota.
Tu voz se hará del callado rastreo de muchas y diminutas bestias de color
pardo,
de suaves derrumbamientos de materia polvosa ya y elevada en pequeños túmulos
que remedan tu estatura y que sostiene el aire sigiloso y ácido de los
sepulcros.
Tus firmes creencias, tus vastos planes
para establecer una complicada fe de categorías y símbolos;
tu misericordia con otros, tu caridad en casa,
tu ansiedad por el prestigio de tu alma entre los vivos,
tus luces de entendido,
en qué negro hueco golpean ahora,
cómo tropiezan vanamente con tu materia en derrota.
De tus proezas de amante,
de tus secretos y nunca bien satisfechos deseos,
del torcido curso de tus apetitos,
qué decir, ¡oh sosegado!
De tu magro sexo encogido sólo mana ya la linfa rosácea de tus glándulas,
las primeras visitadas por el signo de la descomposición.
¡Ni una leve sombra quedará en la caja para testimoniar tus concupiscencias!
“Un día seré grande…” solías decir en el alba
de tu ascenso por las jerarquías.
Ahora lo eres, ¡oh Venturoso! y en qué forma.
Te extiendes cada vez más
y desbordas el sitio que te fuera fijado
en un comienzo para tus transformaciones.
Grande eres en olor y palidez,
en desordenadas materia que se desparraman y te prolongan.
Grande como nunca lo hubieses soñado,
grande hasta sólo quedar en tu lugar, como testimonio de tu descanso,
el breve cúmulo terroso de tus cosas más minerales y tercas.
Ahora, ¡oh tranquilo desheredado de las más gratas especies!,
eres como una barca varada en la copa de un árbol,
como la piel de una serpiente olvidada por su dueña en apartadas regiones,
como joya que guarda la ramera bajo su colchón astroso,
como ventana tapiada por la furia de las aves,
como música que clausura una feria de aldea,
como la incómoda sal en los dedos del oficiante,
como el ciego ojo de mármol que se enmohece y cubre de inmundicia,
como la piedra que da tumbos para siempre en el fondo de las aguas,
como trapos en una ventana a la salida de la ciudad,
como el piso de una triste jaula de aves enfermas,
como el ruido del agua en los lavatorios públicos,
como el golpe a un caballo ciego,
como el éter fétido que se demora sobre los techos,
como el lejano gemido del zorro
cuyas carnes desgarra una trampa escondida a la orilla del estanque,
como tanto tallo quebrado por los amantes en las tardes de verano,
como centinela sin órdenes ni armas,
como muerta medusa que muda su arco iris por la opaca leche de los muertos,
como abandonado animal de caravana,
como huella de mendigos que se hunden al vadear una charca que protege su
refugio,
como todo eso ¡oh varado entre los sabios cirios!
¡Oh surto en las losas del ábside!
* Moirologhia es un lamento o treno que cantan
las mujeres del Peloponeso alrededor del féretro o la tumba del difunto.
Álvaro Mutis
NOCTURNO
Respira la noche,
bate sus claros espacios,
sus criaturas en menudos ruidos,
en el crujido leve de las maderas,
se traicionan.
Renueva la noche
cierta semilla oculta
en la mina feroz que nos sostiene.
Con su leche letal
nos alimenta
una vida que se prolonga
más allá de todo matinal despertar
en las orillas del mundo.
La noche que respira
nuestro pausado aliento de vencidos
nos preserva y protege
«para más altos destinos».
Álvaro Mutis
SONATA
Otra vez el tiempo te ha traído
al cerco de mis sueños funerales.
Tu piel, cierta humedad salina,
tus ojos asombrados de otros días,
con tu voz han venido, con tu pelo.
El tiempo, muchacha, que trabaja
como loba que entierra a sus cachorros
como óxido en las armas de caza,
como alga en la quilla del navío,
como lengua que lame la sal de los dormidos,
como el aire que sube de las minas,
como tren en la noche de los páramos.
De su opaco trabajo nos nutrimos
como pan de cristiano o rancia carne
que se enjuta en la fiebre de los guettos,
a la sombra del tiempo, amiga mía,
un agua mansa de acequia me devuelve
lo que guardo de ti para ayudarme
a llegar hasta el fin de cada día.
Álvaro Mutis
RAZÓN DEL
EXTRAVIADO
Para Alastair Reid
Vengo del norte,
donde forjan el hierro, trabajan las rejas,
hacen las cerraduras, los arados,
las armas incansables,
donde las grandes pieles de oso
cubren paredes y lechos,
donde la leche espera la señal de los astros,
del norte donde toda voz es una orden,
donde los trineos se detienen
bajo el cielo sin sombra de tormenta.
Voy hacia el este,
hacia los más tibios cauces
de la arcilla y el limo
hacia el insomnio vegetal y paciente
que alimentan las lluvias sin medida;
hacia los esteros voy, hacia el delta
donde la luz descansa absorta
en las magnolias de la muerte
y el calor inaugura vastas regiones
donde los frutos se descomponen
en una densa siesta
mecida por los élitros
de insectos incansables.
Y, sin embargo, aún me inclinaría
por las tiendas de piel, la parca arena,
por el frío reptando entre las dunas
donde canta el cristal
su atónita agonía
que arrastra el viento
entre túmulos y signos
y desvía el rumbo de las caravanas.
Vine del norte,
el hielo canceló los laberintos
donde el acero cumple
la señal de su aventura.
Hablo del viaje, no de sus etapas.
En el este la luna vela
sobre el clima que mis llagas
solicitan como alivio
de un espanto tenaz y sin remedio.
Álvaro Mutis
SEÑAL
Van a cerrar el parque.
En los estanques
nacen de pronto amplias cavernas
en donde un tenue palpitar de hojas
denuncia los árboles en sombra.
Una sangre débil de consistencia,
una savia rosácea,
se ha vertido sin descanso
en ciertos rincones del bosque,
sobre ciertos bancos.
Van a cerrar el parque
y la infancia de días impasibles y asoleados,
se perderá para siempre en la irrescatable tiniebla.
He alzado un brazo para impedirlo;
ahora, más tarde, cuando ya nada puede hacerse.
Intento llamar y una gasa funeral
me ahoga todo sentido
no dejando otra vida
que ésta de cada día
usada y ajena
a la tensa vigilia de otros años.
Álvaro Mutis


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