© Libro No. 491. El Trueno
entre las hojas. Roa Bastos, Augusto. Colección E.O. Septiembre 28 de 2013.
Títulos originales: El Trueno entre las hojas. Augusto Roa Bastos.
Versión Original: © El Trueno entre las hojas. Augusto Roa Bastos.
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Augusto Roa Bastos
(Asunción, 1917 -2005) Narrador y poeta
paraguayo, sin duda el escritor de su país más importante del siglo XX y uno de
los grandes novelistas de la literatura hispanoamericana. Pasó su niñez en el
pueblo de Iturbe, lugar que le sirvió de inspiración para muchas de sus
creaciones. En 1932 se escapó de su casa para alistarse en el ejército durante
la guerra del Chaco. Esos años, durante los que permaneció en la retaguardia,
fueron cruciales al proporcionarle anécdotas y vivencias que alimentarían su
literatura.
Augusto Roa Bastos
En 1936 trabajó en Asunción como periodista para
El País, del que fue luego director. Por entonces, con J. Pla, H. Campos
Cervera y otros pocos, inició la que sería la renovación poética paraguaya de
la década de 1940. En 1944 viajó a Gran Bretaña, con una invitación del Consejo
Británico, y trabajó allí como corresponsal para su periódico y también en la
BBC de Londres, donde fue el primer locutor paraguayo.
Poco después de regresar al país, fue forzado al
exilio tras la Revolución de 1947, cuando se ordenó su arresto, hecho que lo
obligaría a vivir en el exterior por más de cuarenta años, de los cuales los
primeros treinta transcurrieron en Buenos Aires.
Durante este largo período trabajó entre otras
cosas como guionista cinematográfico, una profesión que calificaría como
"de supervivencia" pero que sin embargo influyó en su "estilo
descriptivo", tras haber estructurado los argumentos de una docena de
películas. En 1953 publicó su colección de cuentos El trueno entre las hojas,
libro al que le siguió, en 1960, la novela Hijo de hombre, por la que recibió
el unánime reconocimiento de la crítica. De modo fragmentario, esta obra abarca
cien años de historia paraguaya, y en ella hay que destacar el rigor técnico
con que el autor traza su complejo relato y la fuerza expresiva de una prosa
mestiza (mezcla de español y guaraní) que transcribe el habla regional.
Más tarde dio a conocer El baldío (1966), Madera quemada (1967) y Moriencia (1969). Pero su fama internacional no llegaría hasta 1974, cuando publicó Yo el Supremo, novela histórica que protagoniza el dictador Gaspar Rodríguez de Francia, obra que lo estableció definitivamente en la vanguardia de los escritores del continente y por la que pasó a formar parte del llamado boom latinoamericano.
Figura siniestra y a la vez fascinante, con visos de déspota ilustrado, Gaspar Rodríguez de Francia encerró materialmente a su país dentro de un círculo de autoritarismo y de aislamiento. En la novela, el narrador queda sustituido por un compilador que proporciona materiales al lector para que sea éste quien la monte o construya. Como obra del lenguaje, profundiza en las raíces del español paraguayo, en busca de lo que se ha calificado de "oralidad escrita", lo cual potencia la creación de neologismos, deformaciones y continuos juegos tanto léxicos como sintácticos.
En 1976 se integró al plantel de profesores de la Universidad de Toulouse, en Francia, donde enseñó literatura y guaraní hasta 1984. En 1982, durante una visita que realizó a su país, fue expulsado del Paraguay y se le confiscó el pasaporte, acusado por el régimen de Stroessner de adoctrinar a la gente joven con la ideología marxista. Como única prueba se presentaron documentos que demostraban que había estado en Cuba.
De 1985 en adelante fue un opositor activo al gobierno de Stroessner y actuó como embajador no oficial del Acuerdo Nacional en Europa. En febrero de 1986 publicó una Carta Abierta al pueblo paraguayo, que circuló ampliamente dentro del país y en la que se exigía una transición a la vida democrática. Poco después de la caída de Stroessner regresó al Paraguay. En noviembre de 1989 recibió el Premio Cervantes.
Sus publicaciones posteriores incluyen las
novelas Vigilia del almirante (1992), El fiscal (1993), Contravida (1994) y
Madama Sui (1995). También publicó piezas de teatro y numerosas antologías de
relatos como Los pies sobre el agua (1967), Cuerpo presente y otros cuentos
(1971), Lucha hasta el alba (1979), Antología personal (1980), Contar un cuento
y otros relatos (1984).
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/roa.htm
Augusto Roa Bastos ( 13/06/1917 – 26/04/2005) es el
escritor paraguayo más importante del siglo XX. Su autobiografía, biografía
completa, sus obras, los premios que recibió. Todo lo que debemos saber del
gran escritor nacional, en este especial de 20Medios.
Augusto Roa Bastos. Rostro sereno. 20Medios
Augusto Roa Bastos
Asunción -20Medios- /17/Febrero/2013
El narrador y poeta Augusto Roa Bastos, fallecido en
abril de 2005, es considerado como el escritor paraguayo más importante del
siglo XX y reconocido como uno los grandes novelistas de la literatura
hispanoamericana. Perseguido en la época de la dictadura, gran parte de su vida
pasó fuera del país. Regresó a Paraguay y compartió especialmente con miles de
jóvenes hasta que le llegó la muerte un 26 de abril, en el mismo día del
periodista paraguayo.
En este especial de 20Medios, en su sección Cultura,
presentamos los datos más importantes del escritor paraguayo. Primero su
autobiografía, publicada por la Fundación Roa Bastos, luego una completa
biografía compartida en el sitio del Instituto Cervantes de España.
20Medios pretende así compartir materiales que puedan
ser útiles y consultados por estudiantes e interesados en personajes paraguayos
que marcaron historia. Aquí la historia de Roa Bastos
BASTOS POR ROA BASTOS (Autobiografía). Se me pide un
esbozo autobiográfico. Qué podría agregar a estas máscaras fotográficas,
insobornables aunque corteses reveladoras de las desdichas de un rostro, de sus
estigmas más visibles, reveladoras tal vez, en algún parpadeo inmovilizado, de
lo que ellas encubren. ¿Quién soy? Un desconocido que se ignora: el “doble” de
un extraño, la mitad de sí mismo. ¿De dónde vengo, a dónde voy? De la vida a la
muerte, como todo el mundo. Y lo demás es cuento.
Por eso, narrador de historias más o menos apócrifas,
siento particular desconfianza, entre los géneros de ficción, por la
autobiografía, los diarios íntimos o los autorretratos verbales, en una
palabra, por la palabra; sobre todo, en función de agente confidencial, o de
relaciones públicas. Por la palabra en acto también, desdichadamente.
Sobre todo hoy, cuando la escritura ha regresado a su
condición de iconografía rupestre en relación a un mundo cada vez más
tecnificado, más ajeno al hombre; cuando en la literatura, en los escritores
más educados, vuelve a mugir melancólicamente el bisonte de Altamira. Los
miedos ancestrales de antropofagia ritual sólo han cambiado de signo y de
forma: en lugar del hacha de sílex, la bomba; en lugar del arco y la flecha, el
napalm.
Entre el monólogo de Hamlet y los graffiti de Mayo;
entre los prudentes consejos de Don Quijote a Sancho para el gobierno de la
Ínsula y el presente del mundo (de nuestras ínsulas baratarias
latinoamericanas, para no ir más lejos); entre los excesos de la “sociedad de
la abundancia” y los éxodos de miseria y de hambre; entre las pisadas del
hombre en la Luna y el futuro del desierto volcánico que sentimos latir bajo
nuestras pedestres pisadas; entre todo esto y lo que no sabemos todavía o ya
hemos olvidado, ¿qué se fixo la palabra? ¿Qué puede hacer todavía?
Autor de ficciones o hechura de estas ficciones, yo
también he cedido a la manía de buscar el semejante en mí mismo, de probar con
los dientes, avaramente, la moneda falsa de la identidad. Pero sólo he
coleccionado o creo haber coleccionado fantasmas al precio de escupir casi
todos mis dientes, convirtiéndome en el más afantasmado de todos. Que ellos
hablen, pues, por mí; de mi vida, que es el cuento más intrascendente que he
hecho.
Fuente: RoaBastos.net
BIOGRAFÍA. Augusto Roa Bastos. (Asunción, Paraguay, 13
de junio de 1917 – Asunción, Paraguay, 26 de abril de 2005). Narrador y poeta,
es considerado como el escritor paraguayo más importante del siglo XX y uno de
los grandes novelistas de la literatura hispanoamericana.Augusto Roa Bastos..
20Medios.
Su infancia transcurre en Iturbe -pequeño pueblo
culturalmente guaraní-, escenario y objeto referencial casi constante de su
mundo novelístico. Participa en la guerra del Chaco entre su país y Bolivia,
experiencia que aprovecha para su novelaHijo de hombre (1960), obra que abarca
cien años de historia paraguaya. Es de destacar el rigor técnico con que el
autor traza su relato, así como la fuerza de la prosa mestiza con que
transcribe el habla regional.
Opuesto al régimen dictatorial de su país, vive casi
siempre en el extranjero (especialmente en Buenos Aires) y ha ejerce como
periodista, conferenciante y profesor.
Entre sus libros figuran varias colecciones de
cuentos: El trueno entre las hojas (1953), El baldío (1966), Madera quemada
(1967), Los pies sobre el agua(1967), Moriencia (1969) y Cuerpo presente
(1971). Su obra más relevante es la novela Yo, el supremo (1974), inspirada en
la vida del que fuera dictador de Paraguay entre 1814 y 1840. En ella
profundiza en las raíces del español paraguayo, potenciando la creación de
neologismos, deformaciones y continuos juegos tanto léxicos como sintácticos.
Además de escribir varios guiones cinematográficos,
otras de sus obras son El pollito de fuego (1974), Lucha hasta el alba (1979),
La vigilia del almirante(1992), El fiscal (1993), Contravida (1995) y Madame
Sui (1995).
En 1989 obtiene el Premio Cervantes y, al año
siguiente, la Orden Nacional del Mérito de Paraguay.Augusto Roa Bastos
recibiendo el Premio Cervantes
PREMIOS
Premio British Council (Gran Bretaña), 1948
Premio de las Letras Memorial de América Latina
(Brasil), 1988
Premio Miguel de Cervantes (España), 1989
Premio Nacional de Literatura (Paraguay), 1991
NARRATIVA
1941.- “Fulgencio Miranda”
1942.- “El ruiseñor de la aurora y otros poemas”
1946.- “La Inglaterra que yo vi”
1948.- “El génesis de los guaraníes. Leyenda de la
creación y destrucción del mundo”
1948.- “Contar un cuento y otros relatos”
1953.- “El trueno entre las hojas”
1960.- “El naranjal ardiente”
1966.- “El baldío”
1967.- “Los pies sobre el agua”
1967.- “Madera quemada”
1969.- “Moriencia”
1971.- “Cuerpo presente y otros cuentos”
1974.- “Yo, el Supremo”
1974.- “El pollito de fuego”
1979.- “Lucha hasta el alba”
1979.- “Los juegos I: Carolina y Gaspar”
1980.- “Antología personal”
1984.- “Cándido López”
1986.- “Los dilemas de la integración iberoamericana”
1990.- “Carlos Colombino”
1990.- “El texto cautivo”
1992.- “Vigilia del Almirante”
1993.- “El fiscal”
1994.- “Hijo de hombre”
1996.- “Madama Sui”
1996.- “Metaforismos”
1999.- “Poesía”
1994.- “Contravida”
2003.- “Cuentos completos”
TEATRO
1944.- “Alma de tradición”
1945.- “El niño del rocío”
1946.- “Mientras llega el día”
1985.- “Yo, el Supremo”
Guiones cinematográficos
1960.- “Hijo de hombre”
1960.- “Shunko”
1963.- “Alias Gardelito”
1963.- “La boda”
1965.- “La cosecha”
1965.- “Soluna”
1966.- “Castigo al traidor”
1966.- “El señor presidente”
1969.- “Don Segundo Sombra”
1975.- “La madre María”
Fuente:
Instituto Cervantes
EL TRUENO ENTRE LAS HOJAS
Augusto Roa Bastos
EL INGENIO se hallaba
cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno
henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estaba quieto y parado
junto al río. No se oían las aguas ni el follaje. La amenaza de mal tiempo
había puesto tensa la atmósfera como el hueco negro de una campana en la que el
silencio parecía freírse con susurros ahogados y secretas resquebrajaduras.
En eso surgió de las
barrancas la música del acordeón. Era una melodía ubicua, deshilachada. Se
interrumpía y volvía a empezar en un sitio distinto, a lo largo de la caja
acústica del río. Sonaba nostálgica y fantasmal.
—¿Y eso qué es?
—preguntó un forastero.
—El cordión de
Solano—informó un viejo.
—¿Quién?
—Solano Rojas, el
pasero ciego.
—Pero, ¿no dicen que
murió?
—Él sí. Pero el que
toca agora e' su la'sánima.
—¡Aicheyarangá, Solano!
—murmuró una vieja persignándose.
La mole de la fábrica
flotaba inmóvil en la oscuridad. Un perro ladró a lo lejos, como si ladrara
bajo tierra. Dos o tres críos desnudos se revolvieron en los regazos de sus
madres, junto al fuego. Uno de ellos empezó a gimotear asustado, quedamente.
—Callate, m'hijo.
Escuchá a Solano. E'tá solito en el Paso.
El contrapunto de un
guaimingüé que rompió con su tañido la quietud del monte, volvió aún más
fantasmal la melodía. El acordeón sonaba ahora con un lamento distante y
enlutado.
—Así suena cuando no
hay luna—dijo el viejo encendiendo su cigarro en un tizón en el que se quemaba
un poco de noche.
—La debe andar buscando
todavía.
—¡Pobre Solano!
Cuando se apagó el
murmullo de las voces, se pudo notar que el acordeón fantasma no sonaba ya en
la garganta del río. Sólo la campana forestal siguió tañendo por un rato, a
distancia imprecisable. Después también el pájaro calló. Los últimos ecos
resbalaron sobre el río. Y el silencio volvió a ser tenso, pesado, oscuro.
Los primeros relámpagos
se encendían hacia el poniente, por detrás de la selva. Eran como fugaces
párpados de piel amarilla que subían y bajaban súbitamente sobre el ojo inmenso
de la tiniebla.
El acordeón no volvió a
sonar esa noche en el Paso.
En ese recodo del
Tebikuary vivió sus últimos años Solano Rojas, el cabecilla de la huelga,
después de volver ciego de la cárcel.
Probablemente él mismo
a su regreso le dio al sitio el nombre con el que se le conoce ahora: Paso
Yasy-Mörötï. Las barrancas calizas y el banco de arena sobre el agua verde,
forman allí en efecto una media luna color de hueso que resplandece
espectralmente en las noches de sequía.
Pero tal vez el nombre
de Paso haya surgido menos de su forma que de cierta obstinada imagen pegada a
la memoria del pasero.
Vivía en la barranca
boscosa que remata en el arenal. Aún se pueden ver los restos de su rancho
devorado por el monte, sobre aquella pequeña ensenada. Es un remanso quieto y
profundo. Ahí guardaba su balsa.
No era difícil adivinar
por qué había elegido ese sitio. Enfrente, sobre la barranca opuesta estaban
las ruinas carbonizadas de la Ogaguasú en la que había terminado el funesto
dominio de Harry Way, el fabricante yanqui que continuó y perfeccionó el régimen
de opresiva expoliación fundado por Simón Bonavi, el comerciante judío-español
de Asunción.
Es cierto que Solano
Rojas ya no podía ver las ruinas ni el nuevo ingenio levantado en el mismo
emplazamiento del anterior. Pero él debió contentarse seguramente con tenerlos
delante, con sentirlos en el muerto pellejo de sus ojos y recordarles todos los
días su presencia acusadora y apacible.
Se apostó allí y dio a
su vigilancia una forma servicial: su trabajo de pasero, que era poco menos que
gratuito y filantrópico, pues nunca aceptó que le pagaran en dinero. Sólo
recibía el poco de tabaco o de bastimento que sus ocasionales pasajeros querían
darle. Y a las mujeres y los niños que venían desde remotos parajes del Guairá,
los pasaba de balde ida y vuelta. Durante el trayecto les hablaba,
especialmente a los chicos.
—No olviden kená, che
ra'y-kuera, que siempre debemo' ayudarno' lo uno a lo' jotro, que siempre
debemo' etar unido. El único hermano de verdá que tiene un pobre ko' e' otro
pobre. Y junto' todo'nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de
lo'trabajadore...
No era un burdo
elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero
hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de
la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con una profunda
convicción. Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital labor
docente. Su cátedra era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones boyando en
un agua incesante como la vida. Había algo de religioso pero al mismo tiempo de
pura y simple humanidad en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y
angulosa se tornaba viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se
llenaba de una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz del hachazo en la
frente también parecía mirar como otro ojo arrugado y seco. Los harapientos
mitá'í lo contemplaban con una especie de fascinada veneración mientras remaba.
No tenía más de cuarenta años, pero parecía un viejo. Sólo llevaba puesto un
rotoso pantalón de a'tópoí arremangado sobre las rodillas. El torso flaco y
desnudo estaba vestido con las cicatrices que el látigo de los capangas primero
y el yatagán de los guardiacárceles después filantrópico, pues nunca aceptó que
le pagaran en dinero. Sólo recibía el poco de tabaco o de bastimento que sus
ocasionales pasajeros querían darle. Y a las mujeres y los niños que venían
desde remotos parajes del Guairá, los pasaba de balde ida y vuelta. Durante el
trayecto les hablaba, especialmente a los chicos.
—No olviden kená, che
ra'y-kuera, que siempre debemo' ayudarno' lo uno a lo' jotro, que siempre
debemo' etar unido. El único hermano de verdá que tiene un pobre ko' e' otro
pobre. Y junto' todo'nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de
lo'trabajadore...
No era un burdo
elemento subversivo. Era un auténtico y fragante revolucionario, como verdadero
hombre del pueblo que era. Por eso lo habían atado para siempre a la noche de
la ceguera. Hablaba desde ella sin amargura, sin encono, pero con una profunda
convicción. Tenía indudablemente conciencia de una oscura y vital labor
docente. Su cátedra era la balsa, sobre el río; unos toscos tablones boyando en
un agua incesante como la vida. Había algo de religioso pero al mismo tiempo de
pura y simple humanidad en Solano Rojas cuando hablaba. Su cara morena y
angulosa se tornaba viviente por debajo de la máscara que le habían dejado; se
llenaba de una secreta exaltación. Sus ojos ciegos parecían ver. La honda cicatriz del hachazo en la
frente también parecía mirar como otro ojo arrugado y seco. Los harapientos
mitá'í lo contemplaban con una especie de fascinada veneración mientras remaba.
No tenía más de cuarenta años, pero parecía un viejo. Sólo llevaba puesto un
rotoso pantalón de a'tópoí arremangado sobre las rodillas. El torso flaco y
desnudo estaba vestido con las cicatrices que el látigo de los capangas primero
y el yatagán de los guardiacárceles después habían garabateado en su piel. En
esa oscura cuartilla los chicos analfabetos leían la lección que les callaba
Solano. Y un nudo de miedo valeroso, de emocionada camaradería, se les
atragantaba con la saliva al saltar de la balsa gritando:
—¡Ha'ta la güelta,
Solano!
—¡Adió manté, che
ra'y-kuera!
Quedaba un rato en la
orilla, pensativo. La mole rojiza del ingenio se desmoronaba silenciosamente
sobre él desde el pasado. La sentía pesar en sus hombros. Desatracaba con
lentitud y volvía a su remanso a favor de la corriente, sin remar, sin moverse.
Sólo la roldanita de palo iba chirriando en el alambre.
Después de la puesta de
sol sacaba su remendado acordeón y se sentaba a tocar en un apyká bajito,
recostado contra un árbol. Casi siempre empezaba con el campamento Cerro-León
tendiendo sus miradas de ciego hacia los escombros de la Ogaguasú, en el talud
calizo, destruido por el fuego vindicador hacía quince años y habitado sólo
ahora por los lagartos y las víboras. No restaba más que eso de Simón Bonaví,
de Eulogio Penayo, de Harry Way.
Era su manera de
recordarles que él aún estaba allí vencido sólo a medias.
Su presencia surgía en
la sombra, entorchada de abultados costurones, rayada por las verberaciones
oscilantes, como si el agua se divirtiera jugando a ponerle y sacarle un traje
de presidiario trémulo y transparente.
Las ruinas también lo
miraban con ojos ciegos. Se miraban sin verse, el río de por medio, todas las
cosas que habían pasado, el tiempo, la sangre que había corrido, entre ellos
dos; todo eso y algo más que sólo él sabia. Las ruinas estaban silenciosas entre
los helechos y las ortigas. Él tenía su música. Sus manos se movían con ímpetu
arrugando y desarrugando el fuelle. Pero en el rezongo melodioso flotaba su
secreto como los camalotes y los raigones negros en el río.
Un último reflejo verde
le bañaba el rostro volcado hacia arriba en el recuerdo instintivo de la luz.
Después se oscurecía porque lo agachaba sobre el instrumento como quien esconde
la cara entre las manos.
Poco a poco la música
se ponía triste y como enlutada. Una canción de campamento junto al fuego
apagado de un vivac en la noche del destino. A eso sonaba el acordeón de Solano
Rojas junto al río natal. ¿No estarían dialogando acaso el agua oscura y el hijo
ciego acerca de cosas, de recuerdos compartidos?
Él tenía metido
adentro, en su corazón indomable, un luchador, un rebelde que odiaba la
injusticia. Eso era verdad. Pero también un hombre enamorado y triste. Solano
Rojas sabía ahora que amor es tristeza y engendra sin remedio la soledad.
Estaba acompañado y solo.
En ese sitio había
peleado y amado. Allí estaban su raíz, su alegría y su infortunio. El remendado
acordeón lo decía en su lenguaje de resina y ala, en su pequeño pulso de tambor
guerrero que esculpía en las barrancas y en la gente las antiguas palabras marciales:
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis, yesisiete, yesi'ocho,
yesinueve batallón...
Ipuma-ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mitá...
La lucha no se había
perdido. Solano Rojas no podía ver los resultados, pero los sentía. Allí estaba
el ingenio para testificarlo; el régimen de vida y trabajo más humano que se
había implantado en él; la gradual extinción del temor y de la degradación en
la gente, la conciencia cada vez más clara de su condición y de su fraternidad;
esos andrajosos mita'í en los que él sembraba la oscura semilla del futuro,
mientras movía su arado en el agua.
Venían a consultarlo en
la barranca. El rancho del pasero de Yasy-Mörötï era el verdadero sindicato de
los trabajadores del azúcar en esa región.
—Solano, ya cortaron
otra ve' lo'turno para nojotro entrar el cañadurce —informaban los pequeños
agricultores.
—Solano, el trabajo por
tareas ko se paga michí-itereí—se quejaban los cortadores.
Solano, esto y
lo'jotro.
Él los aconsejaba y
orientaba. Ninguna solución propuesta por Solano había fracasado. En el ingenio
y en las plantaciones se daban cuenta en seguida cuando una demanda subía del
Paso.
—Viene del sindicato
karapé—decían.
Y la respetaban, porque
esa demanda pesaba como un trozo de barranca y tenía su implacable centro de
equilibrio en lo justo.
No; su sacrificio no
había sido estéril. El combate, los años de prisión, sus cicatrices, su
ceguera. Nada había sido inútil. Estaba contento de haberse jugado entero en
favor de sus hermanos.
Pero en el fondo de su
oscuridad desvelada e irremediable su corazón también le reclamaba por ella,
por esa mujer que sólo ahora era como un sueño con su cuerpo de cobre y su
cabeza de luna. Teñida por el fuego y los recuerdos.
Ella, Yasy-Mörötï.
No habían estado juntos
más que contados instantes. Apenas habían cambiado palabras. Pero la voz de
ella estaba ahora disuelta en la voz del río, en la voz del viento, en la voz
de su cascado acordeón.
La veía aún al
resplandor de los fogones, en medio de la destrucción y de la muerte, en medio
de la calma que siguió después como un tiempo que había fluido fuera del
tiempo. Y un poco antes, cuando convaleciendo del castigo, él la entrevió a su
lado, menos un firme y joven cuerpo de mujer que una sombra desdibujada sobre
el agua revuelta y dolorida en la que todo él flotaba como un guiñapo.
La recordaba como
entonces y aunque estuviera lejos o se hubiese muerto, la esperaría siempre.
No; pero ella no estaba muerta. Sólo para él era como un sueño. A veces la
sentía pasar por el río. Pero ya no podía verla sino en su interior, porque la
cárcel le había dejado intactos sus recuerdos pero le había comido los ojos.
Estaba acompañado y
solo. Por eso el acordeón sonaba vivo y marcial entre las barrancas de Paso
Yasy-Mörötï, pero al mismo tiempo triste y nostálgico, mientras caía la noche
sobre su noche.
Luna blanca que de mí te alejas
con ojos distantes...
Yasy-Mörötï. . .
Antes de establecerse
la primera fábrica de azúcar en Tebikuary-Costa, la mayor parte de sus
pobladores se hallaba diseminada en las montuosas riberas del río. Vivían en
estado semisalvaje de la caza, de la pesca, de sus rudimentarios cultivos, pero
por lo menos vivían en libertad, de su propio esfuerzo, sin muchas dificultades
y necesidades. Vivían y morían insensiblemente como los venados, como las
plantas, como las estaciones.
Un día llegó Simón
Bonaví con sus hombres. Vinieron a caballo desde San Juan de Borja explorando
el río para elegir el lugar. Por fin al comienzo del valle que se extendía ante
ellos desde el recodo del río, Simón Bonavi se detuvo.
—Aquí—dijo paseando las
rajas azules de sus ojos por toda la amplitud del valle—. Me gusta esto.
Sacó del bolsillo un
mapa bastante ajado y se puso a estudiarlo con concentrada atención. Su larga y
ganchuda nariz de pájaro de rapiña daba la impresión de que iba a gotear sobre
el papel. De tanto en tanto, distraídamente, se olía el pulgar y el índice
frotándolos un poco como si aspirara polvo de tabaco. Los otros lo miraban en
silencio, expectantes.
—Sí —dijo Simón Bonaví
levantando la cabeza—. Esto es del fisco. Agua, tierras, gente. En estado
inculto pero en abundancia. Es lo que necesitamos. Y nos saldrá gratis, por
añadidura —giró el brazo con un gesto de apropiación; un gesto ávido, pero
lento y seguro.
Los hombres también
husmearon en todas direcciones y aprobaron respetuosos lo que dijo el patrón.
En los ojos mansos y azules del sefardí la codicia tenía algo de apaciblemente
siniestro como en su sonrisa, una hilacha blanda entre los dientes, entre los
labios finos, como la rebaba festiva de su metálica y envainada sordidez.
Un hombre rubio, que
parecía alemán, estudiaba el lugar con un ojo cerrado.
—Forkel —lo llamó
Bonaví.
—Sí, don Simón.
—Puede medir no más.
Aquí nos plantamos.
Descabalgaron. Un
mulato bizco y gigantesco que siempre andaba detrás de Bonaví con un parabellum al cinto, lo ayudó a
desmontar. Lo bajó aupado como a un niño.
—Gracias, Penayo—le
sonrió el patrón.
Los ayudantes de Forkel
empezaron a medir el terreno con una cinta de acero que se enrollaba y
desenrollaba desde un estuche, semejante a una víbora chata y brillante.
Simón Bonaví era bajito
y ventrudo. A la sombra del mulato, parecía casi un enano. Tenia las piernas
muy combadas. Era el único que no llevaba polainas de cuero. Su ropa era oscura
y su ridículo sombrerito que más parecía un birrete, tiraba al color de un
ratón muerto sobre los mofletes rubicundos. Frecuentemente y como al descuido,
introducía los dedos en la abertura del pantalón. El olor de sus partes era su
rapé. De allí lo extraía, casi sin recato, entre el índice y el pulgar. Y al
aspirarlo, sus ojos mortecinos, su pacífica expresión se reanimaban.
—¿Qué huele, don?—le
había preguntado una vez, al discutir un negocio, un colega curioso y
desaprensivo que lo veía meter a cada momento la mano bajo la mesa.
—El olor del dinero, mi
amigo—le respondió sin inmutarse Simón Bonaví, al verse descubierto.
En ese valle del
Tebikuary del Guairá, el "olor del dinero'' parecía formar parte de su
atmósfera. Simón Bonaví lo pellizcaba en el aire mientras sus hombres hacían
pandear sobre las cortaderas la flexible víbora de metal.
—El proyecto del
ferrocarril a Encarnación pasa a un kilómetro de aquí—comentó el patrón.
—Probablemente—asintió
el ingeniero alemán—. El terminal está a cinco leguas al norte de San Juan de
Borja.
—Pasa por aquí. Lo he
visto en el mapa.
—Ja. Eso es muy interesante, don
Simón—dijo entonces el alemán sin despegar los ojos de los agrimensores.
—Claro. Sin ferrocarril
no hay fábrica —los carrillos sonrosados estaban plácidos. Hasta cuando
amenazaba, Simón Bonaví permanecía tierno y risueño.
—Sin ferrocarril no hay
fábrica—respondió el otro en un eco servil.
—En Asunción moveré mis
influencias para que siga la construcción de la trocha. Nosotros levantaremos
aquí la fábrica. Que el gobierno ponga las vías. Eso es hacer patria —el
cuchillito blanco se reflejaba entre los dientes sucios y grandes,
—Eso es hacer patria
—dijo el ingeniero.
Así nació el ingenio.
Simón Bonaví conchavó a los poblador es. Al principio éstos se alegraron porque
veían surgir las posibilidades de un trabajo estable. Simón Bonaví los
impresionó bien con sus maneras mansas y afables. Un hombre así tenía que ser
bueno y respetable. Acudieron en masa. El patrón los puso a construir olerías y
un terraplén que avanzó al encuentro de los futuros rieles.
Con los ladrillos
rojizos que salían de los hornos se edificó la fábrica. Después llegaron las
complicadas maquinarias, el trapiche de hierro, los grandes tachos de cobre
para la cocción. Tuvieron que transportarlos en alzaprimas desde el terminal
del ferrocarril, sobre una distancia de más de diez leguas.
Se levantaron los
depósitos, algunas viviendas, la comisaría la proveeduría. Los hombres
trabajaban como esclavos. Y no era más que el comienzo. Pero de los patacones
con que soñaban, no veían ni "el pelo en la chipa", porque el patrón
les pagaba con vales.
—Acciones al portador,
muchachos—les decía los sábados—. Váyanse tranquilos.
—Kuatiá reí, patrón—se
atrevió alguno a protestar.
—¿Qué dice
éste?—preguntó a Penayo, que echaba su sombra protectora sobre él.
—Papel debarte —tradujo
el mulato.
—Tonto, más que
tonto—argumentó sonriendo el patrón—. El papel es la madre del dinero. Y este
papel es más fuerte que el peso fuerte. Son acciones al portador. Vayan a la
proveeduría y verán.
Eso de "acciones
al portador" sonaba bien pero ellos no lo entendían. Creían que era algo
bueno relacionado con el futuro. Tomaban sus vales y se iban al almacén de la
proveeduría que chupaba sus jornales a cambio de provistas y ropas diez o veinte
veces más caras que su valor real. Pero eran ropas y provistas y eso lo
adquirían con la kuatiá reí, el papel blanco que era más fuerte que el peso
fuerte, que el patacón cañón.
Simón Bonaví tejía su
tela de araña con el jugo de las mismas moscas que iba cazando. Llevaba los
hilos de un lado a otro en sus manos pequeñas y regordetas, balanceándose mucho
al andar sobre sus piernas estevadas, como un péndulo ventrudo, rapaz y sonriente.
El péndulo de un reloj que marcaba un tiempo cuyo único dueño era Simón Bonaví.
Los nativos veían
crecer el ingenio como un enorme quiste colorado. Lo sentían engordar con su
esfuerzo, con su sudor, con su temor. Porque un miedo sordo e impotente también
empezó a cundir. Su simple mente pastoril no acababa de comprender lo que estaba
pasando. El trabajo no era entonces una cosa buena y alegre. El trabajo era una
maldición y había que soportarlo como una maldición.
Antes de que la fábrica
estuviera lista, Simón Bonaví ya tenía bien ablandada a la gente por la
intimidación. Él seguía sonriendo mansamente y aspirando el casto rapé de sus
entrepiernas. No intervenía personalmente en la tarea del amansamiento. Para
eso había puesto al frente de los trabajos a Eulogio Penayo, que ahora blandía
a todas horas un largo y grueso teyú-ruguai atado al puño.
—¡Chake,
Ulogio!...—susurraba el miedo en el terraplén, en las olerías, en los rozados,
en los galpones. Y la cola de cuero trenzada restallaba en la tierra, en la
madera, en las máquinas, en las espaldas sudorosas de los esclavos. A veces
sonaban los tiros del parabellum en
son de amedrentamiento. Penayo quería que supiesen que él era tan zambo para
los trallazos como para los balazos.
Uno de los tiros dio en
la cabeza de Esteban Blanco, que se atrevió a levantar la mano contra el
capataz. El mulato le disparó a quemarropa.
—¡Omanó Teba! ¡Ulogio
oyuka Tebä-pe! —los testigos esparcieron la noticia.
Fue el primer rebelde y
el primer muerto. Lo arrojaron al río. El cadáver se alejó flotando en un leve
lienzo de sangre sobre la tela verde y sinuosa del agua.
Simón Bonaví sonreía y
se olía los dedos. Los ojos bizcos del mulato rondaban entre las hojas y el
polvo. El patrón era manso. El mulato era la sombra siniestra del risueño
hombrecito.
Entre los dos cerraron
el círculo en torno a los pobladores de Tebikuary del Guairá. Los únicos que
quedaron libres fueron los carpincheros. Ellos no quisieron vender su vagabundo
destino al patrón que compraba vidas con vales de papel para toda la vida.
Vino una peste.
Enfermaron y murieron muchos. Algunos se animaron al principio a pedir al
patrón un adelanto para comprar remedios en San Juan de Borja. Con su mansa
sonrisa, Simón Bonaví los regresó:
—¡Ah, los pobres no
tenemos derecho a enfermarnos! Ahí está el río—dijo tirando leves pulgaradas
por sobre el hombro—. Denles agua, mucha agua, hasta que se cansen. El agua es
un santo remedio.
Por fin la fábrica
empezó a funcionar. Sus intestinos de hierro y de cobre defecaron un azúcar
blanco, mas blanco que la arena del Paso. Blanco, dulce y brillante. Los
hombres, las mujeres y los niños oscuros de Tebikuary-Costa se asombraron de
que una cosa tan amarga como su sudor se hubiese convertido en esos cristalitos
de escarcha que parecían bañados de luna, de escamas trituradas de pescado, de
agua de rocío, de dulce saliva de lechiguanas.
—¡Azucá..., azucá
mörötï! ¡Ipörä itepa! —clamaron al unísono en voz baja. Algunos tenían húmedos
los ojos. Tal vez el reflejo del azúcar. Lo sentían dulce en los labios pero
amargo en los ojos donde volvía a ser jugo de lagrimales, arena dulce empapada
en lágrimas amargas.
En el primer momento se
dieron un atracón. Después tuvieron que comerlo a escondidas, a riesgo de pagar
un puñito con diez latigazos del mulato.
Terminada la primera
zafra, Simón Bonaví regresó a la capital dejando en la fábrica al ingeniero
alemán Forkel y en la comisaría a Eulogio Penayo.
Lo vieron alejarse a
caballo sonriendo y oliéndose los dedos, como si al marcharse se sorbiera el
resto de la luz y del aroma agreste que aún sobraban en Tebikuary del Guairá.
Se eclipsó detrás del mulato que lo escoltó hasta el tren.
En la fábrica se enconó
entonces el sombrío reinado del terror cuyos cimientos había echado Simón
Bonaví con gestos tiernos y blandas miradas azules. Forkel y Penayo debían
rendirle estrictas cuentas. Quedaban allí como el brazo diestro y el siniestro
del ventrudo hombrecito de Asunción.
De la chimenea del
ingenio salía un humo negro que manchaba el aire limpio, el cielo en otro
tiempo claro del valle. Era como el aliento de los desgraciados enterrados
vivos en el quiste de ladrillo y hierro que seguía latiendo a orillas del río.
La noche de San Juan,
las hogueras pasaron ese año, fugitivas y espectrales, verdaderos fuegos fatuos
sobre el agua.
Solano Rojas tenía
entonces quince años y trabajaba ya como peón en la conductora del trapiche. Él
vio rebelarse y morir a Esteban Blanco. Su grito, su cabeza destrozada por el
balazo del parabellum, pero sobre
todo su altivo gesto de rebeldía contra el matón que lo había azotado, se le
incrustaron en el alma.
Eulogio Penayo siguió
cometiendo tropelías y vejámenes sin nombre. Estaba envalentonado. Se sabía
impune y omnipotente. Ahora era también el comisario del gobierno. Bonaví le
había conseguido su nombramiento por decreto.
La comisaría, una casa
blanca con techo de cinc, tan siniestra como su ocupante, estaba frente al
recodo en la parte más alta de la barranca. Desde allí el capataz-comisario
vigilaba el ingenio como un perrazo negro aureolado de sangriento prestigio.
Allí arrastraba por las noches a las mujeres que quería gozar en sus antojos
lúbricos. A veces se oían los gritos o el llanto de las infelices por entre las
risotadas y palabrotas del mestizo.
Al año siguiente de la
partida del patrón, le tocó el turno a la madre de Solano, que era una mujer
todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo lo que quiso porque la
amenazó, si se negaba, con que iría a matar a su hijo que estaba trabajando en
la fábrica. Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba
muerto y cuando una venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el
caso de no estarlo.
Pero entretanto, otro
enemigo les apareció de improviso a los peones de la fábrica.
Max Forkel hizo traer a
su mujer de Asunción. Llegó montada a lo hombre y con traje de amazona: botas
negras, casaca y pantalón azules, sombrero de paño encasquetado sobre el
cabello teñido de indefinible color.
Desde el primer momento
supieron a qué atenerse con respecto a ella. Era una hembra cerrera e
insaciable, la versión femenina del mulato. Andaba todo el tiempo a caballo
fatigando los campos y mirando extrañamente a los hombres al pasar. Le llamaron
la "Bringa". La mancha azul de su casaca volaba en el viento y en el
polvo del ingenio a la mañana y a la tarde.
Al principio, la
"Bringa" se lió con el mulato. Salían juntos y se tumbaban en
cualquier parte, sin importárseles mucho que ocasionales espectadores pudieran
murmurar después:
—Ya lo vimo' otra vé' a
Ulogio y la Bringa... en el montecito.
—Parecen burro y
burra...
Pero Penayo se cansó
pronto de esta mujer cuarentona y repelente y acabó por volverle la espalda.
Entonces ella se dedicó a buscar candidatos entre la peonada joven. Los mandaba
llamar y se hacía cubrir por ellos con dádivas o bajo amenazas, casi en las propias
barbas del marido y probablemente con su tácita aceptación. Algunos se
prestaron a los seniles galanteos de la mujer del ingeniero, atacada de furiosa
ninfomanía. Y los que no querían transigir eran echados de la fábrica. El
dilema, sin embargo, era terrible: o las bubas de la Bringa o el hambre y la
persecución.
La Bringa fue entonces
la Vaca Brava.
—¡Vacá ñarö..., vacá
cose..., vacá pochy!
Cuatro veces más las
fogatas de San Juan habían bajado por el río.
Solano Rojas era ya un
hombre espigado y esbelto. Un día Anacleto Pakurí le trajo la temida noticia.
—Ahora quiere liarse
con vo.
—¿Quién?—preguntó
Solano por preguntar. Sabía de quién se trataba. Sus veinte años vírgenes y
viriles se irguieron dentro de él con asco sombrío y turbulento.
—Ella, Vacá Ñarö—dijo
Anacleto friccionándose la bragadura—. Te va a mandar llamar. Anoche e'tuve con
ella. ¡Neike, tapy-pi, que jembrón chúcaro pa que' e' el mujer del injiñero!
Dié peso minte-ko me dio. Mä'é—sacó del bolsillo del pantalón un billete nuevo
con un hombre frentudo en el centro.
—¡Te vendite,
Anacleto!—Solano le arrancó el billete, escupió encima con rabia la espuma
amarilla de su naco. Después lo arrojó al suelo, lo pisoteó como una víbora
muerta y lo cubrió de tierra.
—Vi'a dirme ko agora
mimo a la curandera de Kande'á a ver pa si me limpia del contagio—dijo
humillado Anacleto—. Y vo'cuidate-ke, Solano. Yo ya te avisé.
Pero un imprevisto
acontecimiento libró a Solano de la acometida de la Vaca Brava.
Al día siguiente de su
encuentro con Anacleto el comisario amaneció muerto en su casa. Tenía un
cuchillo clavado en la espalda. Fue un asesinato misterioso. Era un asesinato
increíble. No había ningún indicio. La casa del perro negro era inexpugnable y
de él se decía que dormía con un ojo sobre el caño del parabellum. Debía de ser una mujer. Tal vez la mujer de Forkel. La
habían visto rondar la casa blanca y después hablar con el mulato en el
alambrado. Podía ser el mismo Forkel. Lo único cierto era que el salvaje
cancerbero de Simón Bonaví estaba muerto. Y bien muerto. La gente tenía por fin
algún respiro. Los viejos rezaban, las mujeres lloraban de alegría.
Simón Bonaví mandó a
otro testaferro y junto con él a varios inmigrantes para que procediera a una
depuración de empleados, a una "cruza" general de los elementos más
antiguos.
—El mestizaje aplaca
las sangres y mejora los negocios—había dicho oliendo como siempre el olor del
dinero, que él guardaba en la botonadura del pantalón.
Max Forkel también fue
despedido. Simón Bonaví dio al testaferro instrucciones precisas con respecto
al ingeniero alemán.
—Es blando, inepto con
la gente, cobra un sueldo muy subido. Y tiene esa mujer que es un asco de
inmoralidad. Además, ya no necesitamos de él. Me lo pone de patitas en la
calle, sin contemplaciones.
Se marchó a pie con su
mujer por el terraplén, cargado de valijas como un changador.
La Vaca Brava parecía
que por fin se hubiese amansado. Iba extrañamente tranquila al lado del marido,
como una sumisa y verdadera esposa. Estaba irreconocible. Vestía un sencillo
vestido de percal floreado y no el agresivo traje de amazona que había usado
todo el tiempo. El peso de un maletín negro que llevaba en la mano la encorvaba
un poco. Parecía al mismo tiempo más vieja y más joven. Y el ala de un ajado
sombrero de toquilla suavizaba y hacía distante la expresión de su rostro
repulsivo en el que algo indescriptible como una sonrisa de satisfacción o de
renuncia flotaba tristemente ennobleciéndolo en cierta manera. Una sola vez se
volvió con recatada lentitud como despidiéndose de un tiempo que allí moría
para ella.
Un viejo cuadrillero
cuchicheó a otro en el terraplén:
—La Vaca Brava le
arreló a Ulogio Penayo. No puede ser otra.
—Jhee, compagre. No
engaña el yablo por má manso que se ponga.
—En la valija lleva el
lasánima del mulato.
—¡Jha kuñá takú! Al fin
sirvió para algo...
Pero era como si
hablaran de un ser que ya tampoco existía, porque en ese momento una nube de
polvo acabó de borrar el maletín negro y el vestido floreado.
La ex comisaría quedó
abandonada por un tiempo sobre el talud calizo. Se decía que el alma en pena de
Ulogio Penayo se lamentaba allí por las noches. Después la ocupó otro
matrimonio alemán que tenía una hijita de pocos años.
Una noche que trajeron
a la casa a un carpinchero muerto por un lobo-pe, la niña desapareció
misteriosamente. Era una noche de San Juan y los fuegos resbalaban en la
garganta del río.
La madre enloqueció al
ver que el cadáver del carpinchero se transformaba en un mulato, un mulato
gigantesco que lloraba y se reía y andaba golpeándose contra las paredes.
Afirmaba que él había robado a su hijita. Pero eso era solamente la invención
de su locura. El carpinchero muerto seguía estando donde lo habían puesto bajo
el alero de la casa, estremecido por los rojizos reflejos.
Otras cuatro veces las
fogatas de San Juan de Borja pasaro aguas abajo.
Las cosas aflojaron un
poco en el ingenio. El reemplazante de Eulogio Penayo, más que un matón era un
burócrata. Vivía en sus planillas. Y lo tenía todo organizado a base de
números, de fichas, de metódica rutina. Los hombres trabajaban más holgados con
la mejor distribución de las tareas. El descontento se apaciguó bastante. Simón
Bonaví había dado un sagaz golpe de timón. Iba a ser el último. Mientras tanto,
la fábrica seguía produciéndole mucho dinero y el régimen de explotación en
realidad apenas había cambiado. La punta del lápiz del nuevo testaferro resultó
tan eficaz como el teyúruguai del anterior. Es cierto que también el lápiz
continuaba respaldado por buenos fusiles y capangas ligeramente adecentados.
Esto era lo que producía el optimista espejismo.
Entre los pocos que no
se dejaban engañar, estaba Solano Rojas. Era tal vez el más despierto y
voluntarioso de todos. Palpaba la realidad y entreveía intuitivamente sus
peligros.
—E'to ko' é' pura
saliva de loro marakaná. No se duerman, lo'mitá.
Pero le hacían poco
caso. Los hombres estaban cansados y maltrechos. Preferían seguir así a dar
pretexto para que volvieran a reducirlos por la violencia.
Entre los conchavados
que vinieron ese año para la zafra, llegó un arribeño que era distinto de todos
los otros. Buena labia, fogoso, simpático de entrada, con huellas de castigos
que no destruían, que ennoblecían su traza joven, la firme expresión de su
rostro rubio y curtido. Se hacia llamar Gabriel.
Trajo la noticia de que
los trabajadores de todos los ingenios del Sur estaban preparando una huelga
general para exigir mejores condiciones de vida y de trabajo. Tabikuary-Guasú y
Villarrica ya estaban plegados al movimiento. Él venia a conseguir la participación
de Tebikuary-Costa.
—Nuestra fuerza depende
de nuestra unión—repitió constantemente Gabriel en los conciliábulos
clandestinos—. De nuestra unión y de saber que luchamos por nuestros derechos.
Somos seres humanos. No esclavos. No bestias de carga.
Solano Rojas escuchaba
al arribeño con deslumbrado interés. Por fin alguien había venido a poner voz a
sus ansias, a incitarlos a la lucha, a la rebelión. El agitador de los
trabajadores del azúcar se dio cuenta en seguida de que en ese robusto y noble
mocetón tendría su mejor discípulo y ayudante. Lo aleccionó someramente y
trabajaron sin descanso. El entusiasmo de la gente por la causa fue
extendiéndose poco a poco. Eran objetivos simples y claros y los métodos
también eran claros y simples. No era difícil comprenderlos y aceptarlos porque
se relacionaban con sus oscuros anhelos y los expresaban claramente.
El agitador dejó a
Solano Rojas a cargo de los trabajos y se marchó.
Poco tiempo después el
administrador percibió sobre sus planillas y ficheros la sombra de la amenaza
que se estaba cerniendo sobre el ingenio. Le pareció prudente retransmitir el
dato sin pérdida de tiempo al patrón.
El hombrecito ventrudo
vino y captó de golpe la situación. Su ganchuda nariz, habituada al aroma
zahorí de su miembro, olió las dificultades del futuro, el tufo de la
insurrección.
—Esto se está poniendo
feo—dijo al administrador—. Dejemos que sea otro quien se queme las manos.
Regresó a los pocos
días y puso en venta la fábrica junto con las tierras que obtuviera
gratuitamente del fisco para "hacer patria". No le costó encontrar
interesados. Simón Bonaví entró en tratos con un ex algodonero de Virginia que
había venido al Paraguay como hubiera podido irse a las junglas del África. En
lugar de cazar fieras o buscar diamantes, había caído a cazar hombres que
tuviesen enterrados en sus carnes los diamantes infinitamente más valiosos del
sudor. Había venido con armas y dólares. Bonaví, ladino, no le ocultó lo de la
huelga. Sospechó que podía ser un matiz excitante para el ex algodonero. Y no
se equivocó.
—No me importa. Al
contrario, eso gustar a mí—le dijo el virginiano y le pagó al contado el
importe de la transacción
que incluía la fauna,
la flora y los hombres de Tebikuary-Costa.
Entonces llegó Harry
Way, el nuevo dueño. Llegó con dos pistolas colgándole del cinto, los largos
brazos descolgados a lo largo de los "breeches" color caki y una
agresiva y siniestra actitud empotrada sobre las cachas de cuerno de las
pistolas. Era grande y macizo y andaba a zancadas hamacándose como un ebrio.
Sus botas rojas dejaban en la tierra los agujeros de sus zancajos. Los ojos no
se le veían. Su rostro cuadrado sobre el que echaba perpetuamente sombra el
aludo sombrero, parecía acechar como una tronera de cemento la posible
procedencia del ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del balazo
que él debía disparar.
Le acompañaban tres
guardaespaldas que eran todos dignos de él: un moreno morrudo que tenía una
cuchillada cenicienta de oreja a oreja, un petiso de cara bestial que a través
de su labio leporino escupía largos chorritos de saliva negruzca. De tanto en tanto
sacaba de los fundillos un torzal de tabaco y le echaba una dentellada. El
tercero era un individuo alto, flaco y pecoso que siempre estaba mirando
aparentemente el suelo pero en realidad atisbando por debajo del sombrero
volcado a ese efecto sobre la frente. Los tres cargaban un imponente
"Smith-Wesson" negro a cada lado y una corta guacha deslomadora al
puño. Parecían mudos. Pero todo lo que les faltaba en voz les sobraba en ojos.
Aparecieron una mañana
como brotados de la tierra. Los cuatro y sus caballos. Nadie los había visto
llegar.
Lo primero que hizo
Harry Way en el ingenio fue reunir a la peonada y a los pequeños agricultores.
No quedó un solo esclavo sin venir a la extraña asamblea convocada por el nuevo
patrón. Su voz tronó como a través de un tubo de lata amplio y bien alimentado
de aire y orgulloso desprecio hacia el centenar de hombres arrinconados contra
la pared rojiza de la fábrica. Su cerrado acento gringo tornó aún más
incomprensible y amenazadora su perorata.
—Me ha prevenido don
Simón que aquí se está prepagando una juelga paga ustedes. Mí ha comprado este
fábrica y he venido paga hacelo trabacá. Como que me llama Harry Way, no decaré
vivo un solo misegable que piense en juelgas o en tonteguías de este clase.
Se golpeó el pecho con
los puños cerrados para subrayar su amenaza. La camisa a rayas coloradas se
desabotonó bajo la blusa y un espeso mechón color herrumbre asomó por la
abertura. Con el dorso de la mano se reviró después el sombrero que cayó sobre
la nuca. El rostro cuadrado y sanguíneo también parecía herrumbrado en la orla
de pelo que lo coronaba ralamente. Harry Way paseó sus desafiantes ojos grises
por los hombres inmóviles.
—Quien no esté conforme
que me lo diga ahoga mismo. Mí conformar en seguida.
Su crueldad le
sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón flotaba en ella como
un peñasco en una cerrazón rojiza.
Se oyó un grito
sofocado en las filas de los trabajadores. Lo había proferido Loreto Almirón,
un pobre carrero enfermo de epilepsia. Sus ataques siempre comenzaban así.
Estaba verde y su mandíbula le caía desgonzada sobre el pecho.
—¡Tráiganlo a ese
misegable! —barbotó Harry Way a sus capangas. El moreno y el petiso corrieron
hacia los peones. El pecoso se pegó al patrón con las manos sobre los
revólveres. Loreto Almirón fue traído a la rastra y puesto delante de Harry
Way. Parecía un muerto sostenido en pie.
—¿Usted ha protestado?
Loreto Almirón sólo
tenía los ojos muy abiertos. No dijo nada.
—Mi va a enseñar paga
usted a ser un juelguista... —se combó a un lado y al volver descargó un
puñetazo tremendo sobre el rostro del carrero. Se oyeron crujir los dientes. La
piel reventó sobre el canto del pómulo. Los que lo tenían aferrado por los brazos
lo soltaron y entonces Loreto Almirón se desplomó como un fardo a los pies de
Harry Way, que aún le sacudió una feroz patada en el pecho.
—¿Alguien más quiegue
probar?—preguntó excitado.
La masa de hombres
oscuros temblaba contra la pared, como si la epilepsia de Loreto Almirón, ahora
inerte en el suelo, se estuviera revolviendo en todos ellos.
Solano Rojas estaba
crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las dos manos. Gruesas
gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En su furia
impotente y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo del
machete que le entró hasta los huesos.
—¡Todavía no...,
todavía no! —el espasmo furioso estaba por fin dominado en su pecho que
resonaba en secreto como un monte.
El pecoso espiaba por
debajo del sombrero pirí en dirección a Solano. No le veía bien. José del
Rosario y Pegro Tanimbú lo habían tapado con sus cuerpos. Sólo el instinto le
decía al capanga que allí estaba humeando la sangre. Pero la sangre de los
esclavos ya estaba humeando en todas las venas bajo la piel oscura y
martirizada. Sombras de sollozos reprimidos estaban arañando el cielo seco y
ardiente de las bocas.
La carcajada de Harry
Way apedreó a los peones.
—¡Ja..., ja..., ja...!
¡Juelguistas! Mi enseñar paga ustedes a ser mansitos como ovejas... ¡Miguen
eso!
Por el terraplén venía
un verdadero destacamento de hombres armados con máuseres del gobierno. Eran
los nuevos "soldados" de la comisaría, cuyos nombramientos también
habían salido del Ministerio del Interior.
Harry Way poseía un
agudo sentido práctico y decorativo. La espectacular aparición de sus hombres
se producía en un momento oportuno. Eran como veinte, tan mal encarados como
los tres que rodeaban al patrón. En el polvo que levantaban sus caballos, se acercaban
como flotando en una nube de plomo, hombres siniestros cuyos esqueletos
ensombrerados asomaban en la sonrisa de hueso que el polvo no podía apagar. Se
acercaban por el terraplén. Los envolvía aún Un silencio algodonoso y sucio,
pero ya los ojos de los peones escuchaban el rumor brillante de sus armas.
Después se escuchó el rumor de los cascos. Y sólo después el rumor de las voces
y las risas cuando los hombres avanzaron al tranco de sus caballos y se
cerraron en semicírculo sobre la fábrica.
Harry
Way reía. Los peones temblaban. Los "soldados"
mostraban el esqueleto por la boca.
Tebikuary del Guairá
estaba mucho peor que antes. Sus pobladores habían salido de la paila para caer
al fuego.
Harry Way se fue a
vivir con sus hombres en la casa blanca donde había muerto Eulogio Penayo. Era
como si el alma en pena del mulato se hubiese reencarnado en otro ser aún más
bárbaro y terrible. Harry Way hizo añorar la memoria del antiguo capataz-comisario
de Bonaví, casi como una fenecida delicia.
La casa blanca fue
reconstruida al poco tiempo. Y se llamó desde entonces la Ogaguasú. Volvía a
ser comisaría y ahora era, además, la vivienda del todopoderoso patrón.
Alrededor, como un cinturón defensivo, se levantaron los "bungalows"
de los capangas.
A extremos increíbles
llegó muy pronto la crueldad del Buey-Rojo, del Güey-Pytá, como empezaron a
llamar al fabriquero gringo Harry Way. Así les sonaba su nombre. Y en realidad
se asemejaba a un inmenso buey rojo. Sus botas, sus camisas a rayas coloradas,
su pelo de herrumbre que parecía teñido de pensamiento sanguinario, su
desbordante y sanguinaria animalidad.
Como antes Simón Bonaví
desde Asunción, ahora pastaba Harry Way en Tebikuary-Costa. El quiste colorado
se hinchaba más y más y estaba cada vez más colorado, latiendo, chupando savia
verde, savia roja, savia blanca, savia negra, los cañaverales, el agua, la
tierra, el viento, el sudor, los hombres, el guarapo, la sangre, todo mezclado
en la melaza que fermentaba en los tachos y que las centrífugas defecaban
blanquísima por sus traseros giratorios y zumbadores.
El azúcar del Buey-Rojo
seguía siendo blanco. Más blanco todavía que antes, más brillante y más dulce,
arena dulce empapada en lágrimas amargas, con sus cristalitos de escarcha
rociados de luna, de sudor, de fuego blanco, de blanco de ojos triturados por
la pena blanca del azúcar.
Frente a la fábrica se
plantó un fornido poste de lapacho. Allí azotaban a los remisos, a los
descontentos, a los presuntos "juelguistas". Cuando había alguno, el
Buey-Rojo ordenaba a sus capangas:
—Llévenlo al good-friend y sacúdanle las miasmas.
El
"buen-amigo" era el poste. Las guachas deslomadoras administraban la
purga. Y el paciente quedaba atado, abrazado al poste, con su lomo
sanguinolento asándose al sol bajo una nube de moscas y de tábanos.
El negro de la
cuchillada cenicienta y el petiso tembevókarapé se especializaron en las
guacheadas. Especialmente este último. Cruzaban apuestas.
—Cinco pesos voy a e'te
—decía el petiso al negro—. Lo delomo en veinte guachazo'.
—En treinta —apuntaba
el negro.
El tembevó-karapé se
lubricaba las manos arrojándose por el labio partido un chorrito de baba
negruzca, empuñaba la guacha y comenzaba la faena con su acompasado y sordo
estertor en el pecho. Casi siempre acertaba. Deslomar significaba desmayar al
guacheado. Los planazos del cuero sonaban casi como tiros de revólver sobre el
lomo del infeliz que gritaba hasta que se quedaba callado, deslomado.
José del Rosario fue al
poste. Era viejo y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Pegro Tanimbú fue
al poste. Estaba tísico y no aguantó. Arrojaron su cadáver al río. Anacleto
Pakurí fue al poste. Era joven y fuerte. Aguantó. Dejó por sus propios medios
el "buen-amigo". Pero al día siguiente volvió a insolentarse con uno
de los capangas y lo liquidaron de un tiro. Arrojaron su cadáver al río. Un
poco antes también habían arrojado al río a Loreto Almirón, que no murió de
guacha sino del puñetazo que Harry Way le obsequió al llegar.
El río era una buena
tumba, verde, circulante, sosegada. Recibía a sus hijos muertos y los llevaba
sin protestas en sus brazos de agua que los había mecido al nacer. Poco después
trajo pirañas para que no se pudrieran en largas e inútiles navegaciones.
Las mujeres no estaban
mejor que los hombres. Antes sólo vivía en la casa blanca Eulogio Penayo, el
mulato bragado de piernas. Ahora había en la Ogaguasú veinticinco machos
cabríos. Necesitaban desfogarse y se desfogaban a las buenas o a las malas.
El Buey-Rojo desfloraba
a las nuevas y las pasaba a sus hombres, cuando se cansaba de ellas.
Las noches de farra
menudeaban en la Ogaguasú. Los capangas salían a recorrer los ranchos
reclutando a las kuñá. Cuando escaseaba mujer, hubo alguna que tuvo que
soportar todo el tendal de machos, mientras el fuego líquido de la guaripola y
el fuego podrido de la lujuria alumbraban la farra, entre gritos, guitarreadas,
cantos rotos y carcajadas soeces.
El entusiasmo para la
huelga se apagó como quemado por un ácido. Las palabras de Solano Rojas morían
sin eco, sordamente rechazadas. Ya ni lo querían escuchar. El terror tenía
paralizada a la gente. El rostro de tronera de Harry Way prendía ojos de lechuza
venteadora desde las ventanas de la Ogaguasú. Se sentían vigilados hasta en sus
pensamientos.
—¡Qué huelga,
Solano!—decían los pocos que aún no estaban del todo desanimados—. Ma' mijor
quemamo' la fábrica y note condemo' en el monte.
—La fábrica no é' el
enemigo de nojotro. El enemigo e'tá en el Ogaguasú. En toda las Ogaguasú-kuera
donde hay patrone' como el Güey-Pytá o Simón Bonaví. Contra ello-kuera tenemo'
que levantarno'.
Naturalmente, no podían
faltar los soplones. Uno de ellos delató a Solano.
El Buey-Rojo le exigió
primeramente con amenazas que revelara los planes de la huelga. Solano estaba
mudo y tranquilo. Lo trataron de ablandar a puñetazos y a puntapiés. Solano
escupió sangre, escupió dos o tres dientes, pero seguía mudo y tranquilo mientras
los moretones empezaban a sombrearle el rostro.
—Llévenlo al poste. Y
dugo con él —ordenó entonces el patrón.
Fue atado al
"buen-amigo" y torturado bestialmente. El mismo Harry Way presenció
la guacheada. El zambo y el tembevó-karapé alternaron sus cueros sobre el lomo
de Solano y rivalizaron en fuerza y en saña.
—Va di' peso a e'te. Lo
vita delomar en cuarenta—dijo el petiso en voz baja al negro, antes de
comenzar.
—A e'te, entre lo do'
junto no lo delomamo en meno' de cien —reflexionó el negro—. Ya jheyá cien-pe.
Empezaron a sonar las
guachas como tiros de calibre 38 largo.
...Cinco... Diez...
Quince... Veinte... El zambo y el karapé... El karapé y el zambo...
Veinticinco... Treinta... El zambo y el karapé... el karape y el zambo...
A cada guachazo saltaba
un pequeño surtidor rojo que resplandecía al sol. Toda la espalda de Solano ya
estaba bañada en su jugo escarlata como una fruta demasiado madura que dos
taguatós implacables reventaban con sus acompasados aletazos. Pero Solano seguía
mudo. La boca le sangraba también con el esfuerzo del silencio. Sólo sus ojos
estaban empañados de alaridos rabiosos. Pero su silencio era más terrible que
el estampido de las guachas.
—¡Más...,
más...!—gritaba Harry Way—. ¡Dugo con él! ¡Mi va a enseñarte, misegable, a ser
juelguista! ¡Más.... más...!
...Treinta y cinco...
Cuarenta... Cuarenta y cinco... Cincuenta...
El zambo y el karapé...
El karapé y el zambo...
Estaban fatigados. El
karapé estertoraba y estertoraba el zambo. Al levantar la guacha se secaban el
sudor de la frente con el antebrazo y se borroneaban de rojo toda la cara con
las salpicaduras de la sangre. El Buey-Rojo también estertoraba, pero él no de
fatiga sino de sádica emoción.
Ni el zambo ni el
karapé acertaron esta vez. Sólo con ciento diez guachazos pudieron deslomar a
Solano, que quedó colgando del "buen-amigo".
El humo del ingenio
seguía manchando el cielo. El quiste colorado latía. En la Ogaguasú hubo esa
noche rumor de farra.
El poste amaneció
vacío. Manos anónimas desataron en la oscuridad a Solano y lo llevaron por el
río. Si los capangas de Harry Way no hubieran estado durmiendo su borrachera,
tal vez habrían sentido maniobrar quedamente en el recodo a los cachiveos de
los carpincheros.
Los días pasaron
lentamente. La desesperación creció en los trabajadores del ingenio y empezó a
desbordar como agua que una mala luna arrancaba de madre.
La destrucción de la
fábrica quedó decidida.
Era en cierto modo la
consecuencia natural del estado de ánimo colectivo. La solución extrema dictada
no por el valor sino por el miedo. La gente estaba embrujada por el miedo.
Estaba embrujada por el odio, por la amargura sin esperanza. Estaba envenenada
y seca como si durante todo ese tiempo no hubiera estado bebiendo más que jugo
de víboras y guarapo de cañadulce leprosa.
La causa de sus
desgracias eran la fábrica, las máquinas, el ingenio. El mismo Simón Bonaví, el
propio Harry Way, habían nacido del quiste colorado. Tenían su color y su
ponzoña. Destruida la fábrica, todo volvería a ser como antes.
—¡Vamo' a quemarla!
—propuso Alipio Chamorro.
—¡Ya jhapy-katú!
—apoyaron Secundino Ortigoza, Belén Cristaldo, Miguel Benítez, y unos quince o
veinte más, mocetones arrejados a quienes no les importaba morir si podían
destruir el poder del Buey-Rojo.
La ausencia de Solano
Rojas lo complicaba todo. Él habría logrado sacar partido favorable de la
situación. Era el cabecilla nato de los suyos. Pero lo creían muerto.
Un hachero trajo sin
embargo la noticia de que estaba vivo con los carpincheros.
—Vamos a hacerlo
llamar—propuso Belén Cristaldo.
—Él quiere la huelga,
no el incendio —recordó Secú Ortigoza.
De todos modos,
enviaron de inmediato al mismo hachero para comunicarle la decisión.
La noche fijada para el
incendio, Solano Rojas remontó el río con unos cuantos carpincheros, los mismos
que lo habían rescatado del poste del suplicio salvándole la vida. Todavía
estaba algo débil, pero por dentro se sentía firme y ansioso.
Cuando se iban
acercando al Paso, oyeron sonar disparos hacia el ingenio. Desembarcaron,
subieron la barranca y continuaron aproximándose cautelosamente por el monte
donde la noche era más noche con la oscuridad. Los disparos iban arreciando.
Solano reconoció los máuseres y los revólveres de Harry Way y sus matones. El
corazón se le encogió con un triste presentimiento.
Al desembocar en la
explanada del ingenio, comprobó que lo que venía temiendo desgraciadamente era
verdad: sus compañeros estaban acorralados dentro de la pila de rajas que
rodeaba la parte trasera de la fábrica en un gran semicírculo. Probablemente
alguien había soplado a Harry Way el plan de los incendiarios, él los había
dejado entrar en la trampa hasta el último hombre y ahora los estaba cazando a
tiros.
Solano Rojas escudriñó
las tinieblas. Sólo restaba un último y desesperado recurso. Era casi absurdo,
pero había que intentarlo.
—¡Vamo' lotmitá!
—susurró a los carpincheros y volvieron a sumirse en el yavorai.
En la herradura formada
por los fondos de la fábrica y la pila de leña, la oscuridad semejaba el ala de
un inmenso murciélago. En esa membrana viscosa y siniestra los hombres
atrapados se arrebujaban, se guarecían. Pero sólo por unos instantes más.
Desde distintos puntos
a la vez, los disparos de los capangas la iban pintando con fugaces y
retumbantes lengüetazos amarillos. Se apagaban y surgían de nuevo en una
costura fosfórica hilada de chiflidos. El pespunte de fogonazos y detonaciones
marcaba el reborde de la trampa. Los peones también respondían con alguno que
otro tiro desde donde se hallaban parapetados. Disponían de un revólver. Lo
empuñaba Alipio Chamorro. Era el "Smith-Wesson" que su hermana le
había robado a un capanga una noche de farra en la Ogaguasú. Alipio disparaba
apuntando cuidadosamente hacia las sombras que escupían saliva de fuego
amarillo. Disparó hasta cinco veces.
—Me queda una bala
nomá' —avisó Alipio.
—Dejá para lo'
úrtimo—dijo Secú Ortigoza, sin esperanza—. Ese bala e' para vo'. Te va a sarvar
de lo' capanga. No sarvó a tu hermana. Pero te va a sarvar a vo'.
Alguien trató de anular
la nota fúnebre que Secú había infiltrado.
—¿Se acuerdan pa de
Simón Bonaví? Dentro de su pierna' nikó podían pelear cinco perro'pertiguero',
de tan karë que eran.
Rieron.
—¿Y cuando olía su
bragueta?—dijo Belén Cristaldo, contribuyendo a la evocación del primer
patrón—. Se contentaba con eso pa' no ga'tarse con mujer.
Rieron a carcajadas.
Condenados a una muerte segura, la veintena de peones todavía divertía sus
últimos minutos con pensamientos risueños de una tranquila y desesperada
ironía. Los balazos de Harry Way y de sus hombres continuaban rebotando en los
troncos con chistidos secos. De él no se acordaban sino para gritarle con fría
cólera, con desprecio:
—¡Güey-Pyta!...
—¡Mba'é-pochy
tepynó!...
—¡Tekaká!...
—¡Piii-piii...
puuuuu...!
Una lluvia de uñas de
plomo raspó la pila de leña como una invasión de comadrejas invisibles. Los
peones quedaron en silencio. Dos o tres se quejaban quedamente, como en
orgasmo. Se dispusieron a entregarse. En eso vieron elevarse por encima del
pespunte fosfórico un resplandor humeante hacia el recodo del río, en dirección
a la Ogaguasú.
—¡Pe maté! ¡Tatá...
!—dijo una voz en el parapeto.
—¿Qué pikó puede
ser?—preguntó Miguel Benítez, con se voz aflautada de niño.
—El juego de San
Juan—murmuró Alipio en un suspiro—. Pe mañá pörä-ke jhesé... Lo' etamo viendo
por última vé'...
—¿En octubre pikó,
Alipio, la noche de San Juan de juño? —preguntó Secú.
El resplandor crecía.
Ahora se veía bien. No; no eran las fogatas de San Juan. Era la Ogaguasú que se
estaba quemando. Un gran grito tembloroso surgió en el parapeto. Los capangas
abandonaron el asedio de la pila de leñas y corrieron hacia la Ogaguasú. Fueron
recibidos con un tiroteo graneado que tumbó a varios. Cundió entre ellos el
desconcierto. Se oían los mugidos metálicos y gangosos de Harry Way tratando de
contener el desbande de sus hombres repentinamente asustados.
Los sitiados comenzaron
a abandonar el parapeto. Por las dudas se alejaban reptando entre la maleza.
Cuando algunos de ellos
se animaron y llegaron a las inmediaciones de la Ogaguasú, se encontraron con
un extraordinario espectáculo. Todo había sucedido vertiginosamente. Era algo
tan inconcebible e irreal, que parecía un sueño. Pero no era un sueño.
En el candelero
circular de los "bungalows" de tablas, la Ogaguasú ardía como una
inmensa tea que alumbraba la noche.
Delante de Solano Rojas
armado de un máuser, delante de unos treinta carpincheros armados también con
máuseres y revólveres, estaba Harry Way hincado de rodillas pidiendo clemencia.
Con gritos jadeantes pedía clemencia a los hombres libres del río, al esclavo
que un mes antes había mandado azotar hasta el borde de la muerte. Pedía
clemencia porque él a su vez ahora no quería morir. Su camisa a rayas coloradas
hecha jirones, mostraba el pecho de herrumbre. Sus "breeches" color
caki, su piel de oro sanguíneo, sus botas rojas acordonadas, estaban
embadurnadas de barro y de sangre. De trecho en trecho había capangas muertos.
El pecoso alto y el petiso de labio leporino habían mordido el polvo junto al
patrón.
Poco a poco vinieron
los demás pobladores. Una gran multitud se estaba reuniendo alrededor del
incendio.
—¡No me maten..., no me
maten...! ¡Mí ser un ciudadano extranquero...! ¡Mí promete resolver las cosas a
su gusto...! ¡No me maten...! —gemía el Buey-Rojo postrado en tierra,
aplastado, vencido.
—¡Levántese! —le ordenó
Solano Rojas. Su voz no admitía réplica. Era una voluntad tensa en que vivos y
muertos hablaban. Restalló poderosa entre el ruido del fuego.
Harry Way se levantó
lentamente, dudando todavía. Su corpachón ya no era amenazante. Estaba como
deshuesado.
Solano se desplazó
hasta la puerta de uno de los "bungalows" en llamas y la abrió con la
culata del máuser. La espalda llagada de Solano descargó de golpe sobre los
ojos del señor feudal, uno por uno, silenciosamente, todos los guachazos recibidos.
—¡Venga aquí! —volvió a
ordenar implacable.
Harry Way avanzó un
paso y se detuvo. Acababa de comprender. Empezó a gritar nuevamente, esta vez
con gañidos de perro castigado. Dos carpincheros lo empujaron a culatazos, lo
fueron empujando como a un carpincho herido en el agua, lo fueron empujando a pesar
de sus gritos, de su resistencia espasmódica, de su descompuesto terror, de su
ansia tremenda de salvarse de la muerte. Lo fueron empujando hasta acabar de
meterlo en la ratonera ardiente.
Solano volvió a cerrar
la puerta y la trancó con el máuser.
Todos se quedaron
escuchando en silencio, presenciando en silencio la invisible ejecución de
Harry Way que las llamas consumaban lentamente, hasta que los gritos y los
golpes de puños en los tablones se nivelaron con el chisporroteo del fuego,
decrecieron y se apagaron del todo mientras crecía en el aire el olor de la
carne quemada.
Entre los carpincheros,
cerca de Solano Rojas, estaba una muchacha mirando la casa que ardía. En su
rostro fino y pequeño sus pupilas azules brillaban empañadas. La firme gracia
de su cuerpo de cobre emergía a través de los guiñapos. Sus cabellos parecían
bañados de luna, como el azúcar. No tenía armas pero sus manos estaban
cubiertas de tizne. Ella también había ayudado a quemar la Ogaguasú, a destruir
la cruel y sanguinaria opresión que estaba acabando en calcinados escombros, en
humo volandero, en recuerdo.
Por eso el acordeón de
Solano suena vivo y marcial en el Paso. El fuego de la tierra y de los hombres,
la pasión de la libertad y el coraje, vibran en las antiguas palabras
guerreras.
Campamento Cerro-León, catorce, quince, yesiséis... yesisiete,
yesiocho... yesinueve batallón...
Ipuma ko la diana,
pe pacpá-ke lo'mita...
Tras el sumario castigo
del Buey-Rojo, sucedió un episodio breve, indescriptible, maravilloso. No podía
durar. Después de la pesadilla del miedo, la borrachera de la esperanza iba a
ser sólo como un soplo.
Los trabajadores del
ingenio recomenzaron la zafra por su cuenta después de haber hecho justicia por
sus manos. La habían pagado con su dolor, con su sacrificio, con su sangre. Y
la habían pagado por adelantado. Las cuentas eran justas.
Formaron una comisión
de administración en la que se incluyó a los técnicos. Y cada uno se alineó en
lo suyo; los peones en la fábrica, los plantadores en los plantíos, los
hacheros en el monte, los carreros en los carros, los cuadrilleros en los
caminos. Todos arrimaron el hombro y hasta las mujeres, los viejos y la mitá-í.
Se pusieron a trabajar
noche y día sin descanso. Lo hacían con gusto, porque al fin sabían, sentían
que el trabajo es una cosa buena y alegre cuando no lo mancha el miedo ni el
odio. El trabajo hecho en amistad y camaradería.
No pensaban, por otra
parte, quedarse con el ingenio para siempre. Sabían que eso era imposible. Pero
querían entregarlo por lo menos limpio y purificado de sus taras; lugar de
trabajo digno de los hombres que viven de su trabajo, y no lugar de torturas y
de injusticias bestiales.
Solano Rojas habló de
que se podrían imponer condiciones. Destacó emisarios a los otros ingenios del
Sur y a la Capital.
No volvieron los
emisarios. No pudieron siquiera terminar la zafra. A la semana de haber
comenzado esta fiesta laboriosa y fraternal, el ingenio amaneció un día cercado
por dos escuadrones del gobierno que venían a vengar póstumamente al
capitalista extranjero Harry Way. Traían automáticas y morteros.
Los trabajadores
enviaron parlamentarios. Fueron baleados. Se acantonaron entonces en la fábrica
para resistir. Las ametralladoras empezaron a entrar en acción y las primeras
granadas de morteros a caer sobre la fábrica.
Los sitiados se
rindieron esta vez, para evitar una inútil matanza. Los escuadrones se llevaron
a los presos atados con alambre. Entre ellos iba Solano Rojas con un balazo en
el hombro.
Tebikuary del Guairá
volvió al punto de partida. Pero en lugar del verde de antaño había sólo
escombros carbonizados. Algunas carroñas humanas se hinchaban en el polvo del
terraplén. Y en lugar de humo flotaban cuervos en el aire seco y ardiente del
valle.
El círculo se había
cerrado y volvía a empezar.
Poco a poco regresaron
los presos. Primero fue Miguel Benítez, después Secú Ortigoza, después Belén
Cristaldo y por último Alipio Chamorro. Solano Rojas quedó en la cárcel. Quedó
por quince años. Por fin lo soltaron. Se trajo sus recuerdos y la cicatriz de
un sablazo sobre ellos. Pero había tenido que dejar los ojos en la cárcel en
pago de su libertad.
Regresó como una sombra
que volvía de la muerte. Sombra él por fuera y por dentro. Anduvo vagabundeando
por las barrancas. Allí se quedó. Los carpincheros le ayudaron después a
levantar su choza al otro lado del río y a construir su balsa. Un tropero le regaló
el acordeón.
Se sentía a gusto en la
barranca frente a las ruinas de la Ogaguasú. Era el sitio del combate y el
sitio de su amor. Necesitaba estar allí, al borde del camino de agua que era el
camino de ella. Su oído aprendió a distinguir el paso de los carpincheros y a
ubicar el cachiveo negro en que la muchacha del río bogaba mirando hacia arriba
el rancho del pasero.
Ella. Yasy-Mörötï.
El nombre del Paso
surgió de esta tierna y secreta obsesión que se transformaba en música en el
remendado acordeón del ciego.
Yasy-Mörötï ...
Luna blanca amada que de mí te alejas
con ojos distantes...
Por tres veces, Solano
sintió bajar las fogatas de San Juan. Los carpincheros seguían cumpliendo el
rito inmemorial. Traían sus cachiveos a que los sapecara el fuego del Santo
para que la caza fuera fructífera.
Solano se aproximaba al
borde de la barranca para sentirlos pasar. Los saludaba con el acordeón y ellos
le respondían con sus gritos. Y cuando entre los fuegos el ojo de su corazón la
veía pasar a ella, una extraña exaltación lo poseía. Dejaba de tocar y los ojos
sin vida echaban su rocío. En cada gota se apagaban paisajes y brillaba el
recuerdo con el color del fuego.
La última vez que se
acercó, resbaló en la arena de la barranca y cayó al remanso donde guardaba su
balsa, donde lavaba su ropa harapienta, de donde sacaba el agua para beber.
De allí lo sacaron los
carpincheros que estuvieron toda la noche sondando el agua con sus botadores y
sus arpones, al resplandor de las hogueras.
Lo sacaron enredado a
un raigón negro, los brazos negros del agua verde que lo tenían abrazado
estrechamente y no lo querían soltar.
Los carpincheros
pusieron el cuerpo de Solano en la balsa, trozaron el ysypó que la ataba al
embarcadero y la remolcaron río abajo entre los islotes llameantes.
Sobre la balsa, al lado
del muerto, iba inmóvil Yasy-Mörötï.
Todavía de tanto en
tanto suele escucharse en el Paso, a la caída de las noches, la música
fantasmal del acordeón. No siempre. Sólo cuando amenaza mal tiempo, no hay
zafra en el ingenio nuevo y todo está quieto y parado sobre el río.
—¡Chake!—dicen entonces
los ribereños aguzando el oído—. Va a haber tormenta.
—Ipú yevyma jhina
Solano cordión...
Piensan que el Paso
Yasy-Mörötï está embrujado y que Solano ronda en esas noches convertido en
Pora. No lo temen y lo veneran porque se sienten protegidos por el ánima del
pasero muerto.
Allí está él en el
cruce del río como un guardián ciego e invisible a quien no es posible engañar
porque lo ve todo.
Monta guardia y espera.
Y nada hay tan poderoso e invencible como cuando alguien, desde la muerte,
monta guardia y espera.


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