© Libro No. 492. Las
Voces del Tiempo. Ballard, J. G. Colección E.O. Septiembre 28 de 2013.
Títulos originales: © Las Voces del Tiempo. Ballard, J. G.
Versión Original: © Las Voces del Tiempo. Ballard, J. G.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Las Voces Del
Tiempo
J. G. Ballard
Más tarde, Powers pensó a menudo en Whitby, y en
los extraños surcos que el biólogo había trazado, aparentemente al azar, sobre
todo el suelo de la vacía piscina. De una pulgada de profundidad y veinte pies
de longitud, entrecruzándose para formar un complicado ideograma semejante a un
símbolo chino, había tardado todo el verano en completarlos, y era obvio que no había pensado
en otra cosa, trabajando incansablemente a través de las largas tardes
del desierto. Powers le había observado desde la ventana de su oficina situada
en el ala de neurología, viendo cómo señalaba cuidadosamente el trazado con
unas estacas y un cordel, y cómo se llevaba los trozos de cemento en un pequeño
cubo de lona. Después del suicidio de Whitby nadie se había preocupado de los
surcos, pero Powers le pedía prestada la llave al supervisor y se introducía
en la abandonada
piscina, para examinar
el laberinto de
pequeños canales, casi llenos con el agua que goteaba del purificador,
un enigma que ahora resultaba de imposible solución.
Inicialmente,
sin embargo, Powers
estaba demasiado preocupado
por completar su trabajo
en la Clínica
y planear su
propia retirada final.
Después de las
primeras frenéticas semanas de pánico, había conseguido aceptar un
difícil compromiso que le permitía contemplar su situación con el indiferente
fatalismo que hasta entonces había reservado para sus pacientes. Por fortuna,
estaba descendiendo las pendientes física y mental simultáneamente: el letargo
y la inercia embotaban sus ansiedades, y un metabolismo cada
vez más perezoso
exigía la concentración
para producir una secuencia lógica
de pensamientos. En
realidad, los intervalos
cada vez más prolongados de sueño sin pesadillas
resultaban casi sedantes. Powers empezó a desearlos, sin hacer ningún esfuerzo
para despertar más pronto de lo que era esencial.
Al principio tenía un despertador en la mesilla
de noche, tratando de condensar toda la actividad que podía en las horas de
lucidez, ordenando su biblioteca, dirigiéndose cada mañana al laboratorio de
Whitby para examinar los últimos lotes de placas de rayos X racionando cada
minuto y cada
hora como las
últimas gotas de
agua de una cantimplora.
Afortunadamente,
Anderson, sin querer,
había hecho que
se diera cuenta
de lo insustancial de aquella
conducta.
Después de que Powers abandonó la Clínica,
continuaba acudiendo a ella una vez a la semana
para una revisión
que era ya
un simple formulismo.
Pero, la última
vez, Anderson le había
tomado la presión
observando el relajamiento
de los músculos faciales de Powers, las apagadas
pupilas, las mejillas sin afeitar.
Dirigió una amistosa sonrisa a Powers a través
del escritorio, preguntándose qué debía decirle. Siempre
había tratado de
estimular a los
pacientes más inteligentes, procurando incluso
proporcionarles alguna explicación.
Pero Powers era demasiado difícil de alcanzar:
neurocirujano extraordinario, un hombre que siempre estaba en la periferia, que
sólo se encontraba a gusto trabajando con materiales poco comunes. En su fuero
íntimo pensó: Lo siento, Robert. ¿Qué puedo decir? ¿Que incluso el sol se
esta enfriando? Observó a Powers que repiqueteaba
con las puntas de los dedos sobre la
esmaltada superficie del
escritorio, mientras sus
ojos repasaban los
mapas anatómicos colgados en las paredes de la oficina. A pesar de lo descuidado de su aspecto —hacía una semana que llevaba
la misma camisa sin planchar y los mismos zapatos de lona blanca—, Powers
parecía conservar el dominio de sí mismo, como un personaje de Conrad más o
menos reconciliado con su propia debilidad.
—¿En
qué pasa usted
el tiempo, Robert?
—preguntó—. ¿Sigue acudiendo
al laboratorio de Whitby?
—Siempre
que puedo. Tardo media hora en cruzar el lago, y a veces me despierto
tarde, a pesar del despertador. Podría instalarme allí de un modo permanente.
Anderson frunció el ceño.
—¿Cree que es muy importante? Hasta donde se me
alcanza, el trabajo de Whitby era puramente especulativo...—Se interrumpió,
dándose cuenta de que aquellas palabras llevaban implícitas una censura del
desastroso trabajo de Powers en la Clínica, aunque Powers pareció ignorarlo:
estaba examinando el dibujo de las sombras en el techo—. De todos modos, ¿no
sería preferible que se quedara donde está, entre sus propias cosas, leyendo de
nuevo a Toynbee y a Spengler?
Powers se echó a reír.
—Eso
es lo último
que deseo hacer.
Quiero olvidar a
Toynbee y a
Spengler. En realidad, Paul, me
gustaría olvidarme de todo. Aunque no sé si tendré tiempo. ¿Cuánto puede
olvidarse en tres meses?
—Todo, supongo, si uno lo desea de veras. Pero no
trate de hacer correr el reloj más de lo normal.
Powers asintió silenciosamente, repitiéndose
a sí mismo aquella última observación. Hacer correr el reloj más de lo
normal: era exactamente lo que había estado haciendo. Mientras se ponía en pie
y se despedía de Anderson, decidió repentinamente tirar su despertador, escapar
de su inútil
obsesión en lo
que respecta al
tiempo. Para recordárselo a sí mismo se quitó el reloj de pulsera, dio unas cuantas vueltas a la corona para
cambiar la posición
de las saetas,
y luego se lo
metió en el
bolsillo. Mientras se dirigía al estacionamiento reflexionó sobre la
libertad que aquel simple acto le
concedía. Ahora exploraría
los atajos, las
puertas laterales, en
los pasillos del tiempo. Tres meses podían ser una
eternidad.
Se dirigió hacia su automóvil, protegiendo con la
mano sus ojos del deslumbramiento del sol que se reflejaba implacablemente
sobre el parabólico tejado del salón de conferencias. Estaba
a punto de
subir al vehículo
cuando vio que
alguien había dibujado con un
dedo en la capa de polvo acumulado en el parabrisas:
96,688,365,498,721
Mirando por encima de su hombro, reconoció el
Packard blanco estacionado junto a su propio
automóvil, inclinó la cabeza y vio en su interior a un joven de rostro enjuto, cabellos rubios
y una alta frente cerebrotónica, que le observaba detrás de unas gafas
oscuras. Sentado junto
a él, al volante, había una muchacha
de cabellera negra y lustrosa a la cual había visto a menudo en
el departamento de psicología. Tenía unos ojos inteligentes aunque algo
oblicuos, y Powers recordó que los doctores más jóvenes se referían a ella como
a “la muchacha de Marte” .
—Hola, Kaldren —dijo Powers, dirigiéndose al
joven—. ¿Continúas siguiéndome los pasos?
Kaldren asintió.
—La mayor parte del tiempo, doctor. A propósito,
últimamente no le hemos visto con demasiada frecuencia. Anderson dijo que usted
había dimitido, y hemos observado que su laboratorio está cerrado.
Powers se encogió de hombros.
—Comprendí que necesitaba un descanso,
sencillamente.
—Lo siento, doctor—dijo Kaldren, en un tono
ligeramente burlón—. Y espero que no se dejará deprimir por este bache.—Se dio
cuenta de que la muchacha miraba a Powers con
interés—. Coma le
admira mucho. Le he prestado
sus artículos del
American Journal of Psychiatry, y se los ha leído de cabo a rabo.
La muchacha sonrió agradablemente a Powers,
disipando por un instante la hostilidad latente entre los dos hombres. Cuando
Powers le devolvió la sonrisa, la muchacha se inclinó a través de Kaldren y
dijo:
—Precisamente
acabo de leer la autobiografía de Noguchi, el famoso doctor japonés que
descubrió la espiroqueta. Usted me lo recuerda... ¡ Hay tanto de usted mismo en
todos los pacientes a los que ha tratado!
Powers volvió a sonreír. Luego, sus ojos se
apartaron del rostro de la muchacha y se posaron en el de Kaldren. Los dos se
miraron unos instantes con expresión sombría, y un leve tic en la mejilla derecha
del joven contrajo
sus músculos faciales.
Kaldren consiguió dominarlo con
un esfuerzo, evidentemente
enojado por el
hecho de que Powers se hubiera dado cuenta.
—¿Qué tal te encuentras?—preguntó Powers—. ¿Has
tenido más... jaquecas?
—¿Quién me atiende, doctor? ¿Usted, o Anderson?
—inquirió Kaldren secamente—.
¿Es ésa la clase de pregunta que tiene que
formular? Powers hizo un gesto de desdén.
—Quizás no—dijo.
Se aclaró la garganta; el calor hacía refluir la
sangre de su cabeza y se sentía cansado y deseoso de alejarse de allí. Se
volvió hacia su automóvil, y luego se dijo que Kaldren probablemente le
seguiría, para tratar de desplazarle a la cuneta, o para bloquear la carretera
y hacer que Powers tragara polvo hasta llegar al lago. Kaldren era capaz de
cualquier locura.
—Bueno, tengo que ir a recoger algo—dijo, y
añadió con voz más firme—: Si puedes llegar hasta Anderson, ponte en contacto
conmigo
Entró en
el ala de neurología, se detuvo con una sensación de alivio
en el fresco vestíbulo y saludó
a las dos
enfermeras y al
guardián armado en
la oficina de Recepción. Por algún motivo desconocido,
los terminales que dormían en el bloque contiguo atraían hordas de visitantes,
la mayoría de ellos chiflados con algún mágico remedio antinarcoma, o
simplemente curiosos, aparte de un gran número de personas completamente
normales que habían recorrido millares de kilómetros, impulsados hacia
la Clínica por algún extraño instinto, como
animales emigrando a un preescenario de sus cementerios raciales.
Powers avanzó a lo largo del pasillo que conducía
a la oficina del supervisor, pidió la llave y cruzó las pistas de tenis para
dirigirse a la piscina, que no era utilizada desde hacía varios meses.
Una vez más, contempló el ideograma de Whitby.
Estaba cubierto de hojas húmedas y de trozos de papel, pero los contornos se
apreciaban claramente. Cubría casi todo el suelo de la piscina, y a primera
vista parecía representar un enorme disco solar, con cuatro proyecciones
laterales romboides, un tosco mandala Jungiano.
Preguntándose qué habría inducido a Whitby a
grabar el dibujo antes de su muerte, Powers observó algo que se movía a través
de los escombros en el centro del disco. Un animal cubierto por un caparazón de
concha negro, de un pie de longitud, aproximadamente, estaba hociqueando en el
lodo, arrastrándose sobre unas cansadas patas. Su caparazón era articulado y
recordaba vagamente el de un armadillo. Al llegar al borde del disco se detuvo
y vaciló, y luego retrocedió de nuevo hacia el centro, al parecer poco deseoso
o incapaz de cruzar el angosto surco.
Powers miró a su alrededor y luego se dirigió
hacia una de las casetas que rodeaban la piscina. Entrando en ella, arrancó una
pequeña taquilla de madera, destinada a guardar la ropa de los bañistas, de la
oxidada abrazadera que la mantenía sujeta a la pared. Cargado con ella
descendió la escalerilla de metal que conducía al fondo de la piscina y avanzó
prudentemente por el resbaladizo suelo en dirección al animal. Éste trató de
alejarse, pero a Powers no le resultó difícil capturarlo. Utilizó la tapadera
para levantarlo hasta la caja.
El animal pesaba tanto como un ladrillo. Powers
golpeó su macizo caparazón con los nudillos, observando la cabeza triangular
que asomaba por el borde como la de una tortuga, y las recias membranas entre
los primeros dedos de las patas delanteras.
Contempló los ojillos que parpadeaban
ansiosamente, mirándole desde el fondo de la caja.
—No temas, amigo—murmuró—. No voy a hacerte
ningún daño.
Tapó la caja, salió de la piscina y se dirigió a
la oficina del supervisor. Luego llevó la caja a su automóvil.
»...Kaldren sigue estando enojado
conmigo—escribió Powers en su diario—. Por algún motivo que ignoro no parece
aceptar de buena gana su aislamiento, y está elaborando una serie
de ritos privados
para reemplazar las
horas de sueño
perdidas. Tal vez debería hablarle de mi propia situación,
pero probablemente lo consideraría como el intolerable insulto final, pensando
que yo tengo en exceso lo que él desea tan desesperadamente. Sólo Dios sabe lo
que puede pasar. Afortunadamente, las visiones de pesadilla parecen haber
remitido...
Apartando el diario a un lado, Powers se inclinó
hacia adelante a través del escritorio y contempló fijamente el blanco suelo
del lecho del lago extendiéndose hacia las colinas a lo largo del horizonte. A
tres millas de distancia, sobre la lejana playa, pudo ver la copa circular
del radiotelescopio girando
lentamente en el
claro aire de
la tarde, mientras Kaldren
acechaba incansablemente el cielo, represado en millones de parsecs cúbicos de
éter.
Detrás
de él murmuraba
silenciosamente el acondicionador de
aire, enfriando las paredes de color azul claro medio ocultas
en la empañada claridad. En el exterior el aire
era fúlgido y opresivo;
las oleadas de calor,
ondulando desde los
macizos de cactus, empañaban las
terrazas del bloque de neurología de la Clínica, con sus veinte pisos de
altura. Allí, en los silenciosos dormitorios, detrás de las echadas persianas,
los terminales dormían su prolongado sueño. Había ahora más de quinientos en la
Clínica, la vanguardia de
un enorme ejército
de sonámbulos reuniéndose
para su última marcha. Sólo
habían transcurrido cinco
años desde que
fue localizado el
primer síndrome de narcoma,
pero en el
este estaban preparándose
ya unos inmensos hospitales del gobierno para recibir
a los millares de afectados que no tardarían en descubrirse.
Powers se sintió repentinamente cansado y dirigió
una mirada a su muñeca, preguntándose cuánto faltaba para las ocho, su hora de
acostarse para la semana siguiente. Echaba ya de menos el ocaso, pronto
despertaría a su último amanecer.
Su reloj estaba en su bolsillo. Recordó su
decisión de no utilizar su medidor del tiempo, se retrepó en su asiento y
contempló las estanterías de libros adosadas a la pared. Había allí ediciones
AEC encuadernadas en verde que había sacado de la biblioteca de Whitby,
artículos en los cuales el biólogo describía su trabajo en el Pacífico después
de los tests-H. Powers se sabía muchos de ellos casi de memoria; los había leído un centenar de veces,
tratando de captar las conclusiones finales
de Whitby. Toynbee sería mucho
más fácil de olvidar, desde luego.
Sus
ojos se nublaron
momentáneamente mientras la
alta pared negra
en la parte posterior de su mente proyectaba su
gran sombra sobre su cerebro. Alargó la mano hacia el diario pensando en la muchacha que estaba
en el automóvil de Kaldren—
Coma la
había llamado él,
otra de sus
bromas demenciales—y en
su alusión a Noguchi. En realidad, la comparación debió
ser establecida con Whitby, y no con él; los monstruos del
laboratorio no eran
más que espejos
fragmentados de la mente de Whitby, como la grotesca rana acorazada
que había encontrado aquella mañana en la piscina.
Pensando en Coma, y en la cálida sonrisa que le
había dirigido, escribió:
Despierto a las 6:30 de la mañana. Ultima sesión
con Anderson. Ha dado a entender que está harto de verme, y desde ahora estaré
mejor solo. ¿A dormir a las 8? (Esa cuenta atrás me aterroriza.)
Hizo una pausa y luego añadió: Adiós, Eniwetok.
Vio de nuevo a la muchacha al día siguiente en el laboratorio de Whitby. Se había dirigido allí
después de desayunar, cargado
con el nuevo ejemplar,
impaciente por ponerlo en un
vivarium antes de que muriera. El único mutante blindado que hasta entonces
había encontrado estuvo a punto de provocar un serio accidente. Hacía un mes,
aproximadamente, lo había aplastado con una de las ruedas delanteras de su
automóvil en la carretera del lago, y creyó que lo había destrozado. Sin
embargo, el caparazón del pequeño animal permaneció rígido, a pesar de que el
organismo, en su interior, quedó hecho pulpa. Y, a consecuencia del golpe, el
automóvil se precipitó a la cuneta. Powers había recogido el caparazón. Más
tarde lo pesó en el laboratorio y descubrió que contenía más de seiscientos
gramos de plomo.
Un gran número de plantas y de animales estaban
segregando metales pesados como escudos
radiológicos. En las
colinas, más allá
del lago, una
pareja de antiguos buscadores de oro estaban renovando el equipo
abandonado hacía más de ochenta años.
Habían observado el brillante color amarillo de los cactus, hicieron un
análisis y descubrieron que las plantas estaban asimilando oro en cantidades
remuneradoras, aunque las concentraciones del
suelo no pudieran
trabajarse. ¡Por fin
Oak Ridge pagaba un dividendo!
Aquella mañana, Powers se había despertado a las
6:45, diez minutos más tarde que el
día anterior. Después
de desayunar frugalmente,
pasó una hora
empaquetando algunos de los
libros de su biblioteca y poniendo
etiquetas en los paquetes con la dirección de su hermano.
Llegó al laboratorio de Whitby media hora más
tarde. El laboratorio se encontraba en una cúpula geodésica construida al lado
de su chalet, en la orilla occidental del lago, a una milla de la residencia de
verano de Kaldren. El chalet había sido cerrado después del suicidio de Whitby,
y muchas de las plantas y animales que utilizaba para sus experimentos habían
muerto antes de que Powers obtuviera el permiso para utilizar el laboratorio.
Cuando se acercaba al chalet, vio a la muchacha
de pie sobre la cúspide ribeteada de amarillo de la cúpula, su esbelta figura
silueteada contra el cielo. Coma agitó una mano en su dirección, descendió la
escalera formada por poliedros de cristal y salió a su encuentro.
—Hola—dijo la muchacha, con una sonrisa de
bienvenida—. He venido a visitar su colección de animales. Kaldren me dijo que
usted no me permitiría entrar si me acompañaba él, de modo que he venido sola.
Esperó
que Powers dijera
algo mientras buscaba
sus llaves, pero
en vista de su
silencio, añadió:
—Si quiere, puedo lavarle la camisa. Powers
sonrió.
—No es mala idea—dijo—. Creo que empiezo a tener
un aspecto algo descuidado.— Abrió la puerta—. No sé por qué le ha dicho eso
Kaldren: sabe que puede venir aquí siempre que guste.
—¿Qué lleva usted ahí?—preguntó Coma, señalando la caja de madera que portaba
Powers bajo el brazo.
—Un primo lejano nuestro que he encontrado. Un
tipejo interesante. Se lo presentaré dentro de unos instantes.
Unos tabiques corredizos dividían la cúpula en
cuatro habitaciones. Dos de ellas eran almacenes, llenos
de tanques de
repuesto, aparatos, paquetes
de comida para animales
y otros utensilios.
Cruzaron la tercera
sección, casi llena
por un potente proyector de rayos X, un gigantesco Maxitron G. E. de 250 megamperios, colocado sobre una mesa giratoria, y unos
grandes bloques de hormigón semejantes a enormes ladrillos.
La
cuarta habitación contenía
el parque zoológico
de Powers, el
vivarium con sus jaulas y sus tanques, cada uno con su
correspondiente rótulo. El suelo estaba cubierto por una maraña de alambres y
tubos de goma que dificultaban el paso.
Dejando la caja sobre una silla, Powers cogió un
paquete de cacahuetes del escritorio y se acercó a una de las jaulas. Un
pequeño chimpancé de pelo negro, tocado con un casco de piloto, dio unos saltos
de alegría y se dirigió rápidamente hacia un tablero de mandos en miniatura
situado en la pared del fondo de la jaula. El animal pulsó una serie de
botones y teclas, y una sucesión de luces de colores iluminó el tablero, al
tiempo que sonaba una breve musiquilla.
—Buen muchacho—dijo Powers cariñosamente,
palmeando la espalda del chimpancé y ofreciéndole los cacahuetes en las palmas
de sus manos—. Te estás volviendo demasiado listo para eso, ¿verdad?
El chimpancé empezó a engullir los cacahuetes,
profiriendo grititos de alegría. Coma se echó a reír y cogió unos cacahuetes de
las manos de Powers.
—Es muy simpático —dijo—. Juraría que está
tratando de decirle algo. Powers asintió.
—No se equivoca. En realidad posee un vocabulario
de unas doscientas palabras, pero su caja vocal las embrolla todas.
Abrió un pequeño refrigerador situado junto al
escritorio, sacó un paquete de pan y le entregó un par de rebanadas al
chimpancé. Éste cogió un tostador eléctrico y lo colocó sobre una mesita
plegable en el centro de la jaula, introduciendo a continuación las dos
rebanadas en las ranuras. Powers pulsó
un interruptor del tablero situado junto
a la jaula y el tostador empezó a crujir suavemente.
—Es uno de los más listos que hemos tenido—le
explicó Powers a la muchacha—. Es casi tan inteligente como un niño de cinco
años, con la ventaja de que se basta a sí mismo en muchos aspectos.
Las dos rebanadas saltaron de sus ranuras y el
chimpancé las pescó en el aire; luego se metió en una especie de perrera y se
tumbó de espaldas, mordisqueando una de las tostadas.
—Él
mismo se ha
construido ese refugio—continuó Powers,
desconectando el tostador—. No
está mal, ¿verdad?—. Señaló un cubo de plástico amarillo que estaba junto a la
puerta de la perrera y del cual emergía un marchito geranio—. Cuida esa planta,
limpia la jaula... En fin, es un animal muy interesante.
Coma sonrió.
—¿Por qué lleva ese casco espacial? Powers
vaciló.
—¡ Oh ! Es
para... ejem... para
protegerse. A veces sufre
unas terribles jaquecas. Todos sus predecesores... —Se
interrumpió y se apartó de la jaula—. Vamos a echar una ojeada a algunos de los
otros inquilinos.
Avanzó a lo largo de la hilera de tanques,
llevando a Coma a su lado.
—Empezaremos por el principio—dijo.
Levantó la tapadera de cristal de uno de los
tanques y Coma vio que estaba lleno de agua hasta la mitad. En un montoncito de
conchas y guijarros anidaba un pequeño organismo redondo provisto de delicados
zarcillos.
—Es una anémona de mar—explicó Powers—.
O lo era. Un metazoo simple con el cuerpo en forma
de saco. —Señaló un endurecido
borde de tejido alrededor
de la base—. Ha cerrado la cavidad convirtiendo el canal en una
rudimentaria cuerda dorsal: es la primera planta que ha desarrollado un sistema
nervioso. Más tarde, los zarcillos se anudarán en un ganglio, pero ya son
sensibles al color. Mire.
Cogió el pañuelo de color violeta que Coma
llevaba en el bolsillo de su blusa y lo agitó encima del tanque. Los zarcillos
se tensaron y luego empezaron a ondular lentamente, como si trataran de
localizar algo.
—Lo curioso es que son completamente insensibles
a la luz blanca. Normalmente, los zarcillos
registran los cambios
en los niveles
de presión, como
los diafragmas del tímpano
en nuestros oídos.
Como si pudieran
oír los colores
primarios, y se readaptaran a sí mismos para una
,existencia no—acuática en un mundo estático de violentos contrastes de color.
Coma sacudió la cabeza, intrigada.
—Pero, ¿por qué?
—Un momento, permítame que la sitúe en el cuadro.
Avanzaron
a lo largo
de una serie
de jaulas circulares
confeccionadas con tela metálica. Encima
de la primera había una
amplia pantalla blanca
de cartón con la microfoto de
una especie de
cadena y la
inscripción: DROSOPHILA: 15
ROENTGENS/MIN.
Powers dio unos golpecitos a una ventanilla
Perspex de la jaula.
—Es
la mosca de
los frutales. Sus
enormes cromosomas la
convierten en un
útil vehículo de experimentación. —Se inclinó, señalando un panal gris
en forma de Y suspendido del techo. Unas cuantas moscas salieron de las
entradas y empezaron a revolotear, aparentemente muy atareadas—. Normalmente,
esa mosca es solitaria, un insecto nómada que se alimenta de carroñas. Ahora,
integrada en un grupo social perfectamente definido, ha empezado a segregar un
líquido dulzón parecido a la miel.
—¿Qué es esto?—preguntó Coma, tocando la
pantalla.
—El diagrama de un gen clave en la operación.
Powers señaló una especie de flechas que partían
de un eslabón de la cadena. Las flechas estaban rotuladas bajo el título
general de “Glándula linfática” y subdivididas en “músculos del esfínter,
epitelio y gálibo”.
—Es algo parecido al rollo perforado de una
pianola —comentó Powers—, o a la cinta de una computadora. Golpeando un eslabón
con un haz de rayos X, pierde una característica, cambia la instrumentación.
Coma
estaba atisbando a
través de la
ventanilla de la
jaula contigua y
su rostro mostraba una expresión
de desagrado. Por encima de su hombro,
Powers vio que estaba
contemplando un enorme insecto arácnido, tan grande como una mano, con las
negras y peludas patas tan recias como dedos. Los protuberantes ojos parecían
gigantescos rubíes.
—Parece agresiva—dijo Coma—. ¿Qué es esa especie de escalerilla de
cuerda que está tejiendo?
Mientras la muchacha se llevaba un dedo a la boca
la araña volvió a la vida y empezó a vomitar una embrollada madeja de hilo
gris, el cual hizo colgar en amplias lazadas del techo de la jaula.
—Una telaraña—dijo Powers—. Con la salvedad de
que está compuesta por tejido nervioso.
Las escalerillas, como
usted dice, forman
un plexo nervioso
externo, un cerebro hinchable,
por así decirlo,
que el animal
puede ampliar al
tamaño que la situación exija. Una acertada disposición,
en realidad, mucho mejor que la nuestra.
Coma se apartó de la jaula.
—Es espantosa—dijo—. No me gustaría entrar en su
salón
—¡Oh! No es tan terrible como parece. Esos ojos
enormes que la miran están ciegos. Mejor dicho, su sensibilidad óptica ha
descendido hasta el punto de que sólo captan las radiaciones gamma. Su reloj de
pulsera tiene saetas luminosas. Cuando usted lo movió a través de la
ventanilla, el animal empezó a pensar.
La IV Guerra Mundial le haría sentirse en su elemento...
Regresaron a la oficina de Powers, el cual colocó
una cafetera sobre un hornillo a gas y empujó una silla hacia Coma. Luego abrió
la caja, sacó la rana blindada y la dejó sobre una hoja de papel secante.
—¿Reconoce este animal? Es un viejo amigo de su
infancia, la rana común. Lo que pasa es que se ha construido un sólido
caparazón, a prueba de incursiones aéreas.
Llevó al animal a un fregadero, abrió el grifo y
dejó que el agua fluyera suavemente sobre su concha. Secándose las manos en la
camisa, regresó al escritorio.
Coma apartó un mechón de pelo de su frente y
contempló a Powers con una expresión de curiosidad.
—Bueno, ¿cuál es el secreto?—terminó por
preguntar. Powers encendió un cigarrillo.
—No hay ningún secreto. Los teratólogos han
estado criando monstruos durante años.
¿Ha oído usted hablar de la “pareja silenciosa”?
Coma sacudió la cabeza.
Powers contempló su cigarrillo unos instantes,
asimilando el efecto que le producía siempre el primero del día.
—La llamada “pareja silenciosa” es uno de los
problemas más antiguos de la moderna genética,
el misterio de
dos genes inactivos
que se presentan
en un pequeño porcentaje de todos los organismos
vivos, y que no parece tener ningún papel comprensible en
su estructura ni
en su desarrollo.
Desde hace mucho
tiempo los biólogos han
estado tratando de
activarlos, pero la
dificultad reside en
parte en identificar a los genes
silenciosos en las células fecundadas que se sabe que los contienen, y
en parte en
enfocar un haz
luminoso de rayos
X lo suficientemente delgado como para no dañar al
resto del cromosoma. Sin embargo, después de casi diez años de trabajo, el
Doctor Whitby consiguió desarrollar con éxito una técnica de irradiación basada
en sus observaciones de las lesiones radiobiológicas en Eniwetok.
Powers hizo una breve pausa.
—Whitby se
dio cuenta de que, después
de las pruebas, parecía haber
más daño biológico —es decir, un
mayor transporte de energía— del que podía ser atribuido a la radiación
directa. Lo que ocurría era que la capa de proteína de los genes estaba
acumulando energía del mismo modo que cualquier membrana acumula energía—
recuerde la analogía
del puente hundiéndose
bajo los soldados
que lo cruzan marcando el
paso—, y Whitby
pensó que si
podía identificar la
frecuencia de resonancia crítica de las capas de los genes
silenciosos, estaría en condiciones de irradiar todo el organismo vivo, y no
simplemente sus células germinativas, con una frecuencia que
actuara selectivamente sobre
el gene silencioso y no perjudicara al resto
de los cromosomas,
cuyas capas sólo
resonarían críticamente bajo
otras frecuencias específicas.
Powers hizo un amplio gesto en el aire con la
mano.
—A su alrededor
puede ver usted
algunos de los
frutos de esa
técnica de la resonancia.
Coma asintió.
—¿Tienen sus genes silenciosos activados?
—Sí, todos ellos. Son únicamente unos cuantos de
los miles de ejemplares que han pasado por aquí, y como puede comprobar, los
resultados son muy dramáticos.
Powers se puso en pie y corrió una persiana.
Estaban sentados inmediatamente debajo de la claraboya de la cúpula, y la luz
del sol había empezado a irritarle.
En la relativa oscuridad, Coma observó un
estroboscopio que parpadeaba lentamente en uno de los tanques situados al final
del banco, detrás de ella. Se puso en pie y se dirigió hacia allí, examinando
un alto girasol con un tallo muy recio y un receptáculo muy ensanchado.
Rodeando la flor de modo que sólo sobresaliera el tálamo, había una
chimenea de piedras
grises, perfectamente unidas
y etiquetadas: GREDA CRETACICA: 60,000.000 DE AÑOS.
Al lado había otras tres chimeneas, etiquetadas
respectivamente: PIEDRA ARENISCA DEVONICA: 290 MILLONES DE AÑOS; ASFALTO: 20
AÑOS; CLORURO DE POLIVINILO: 6 MESES.
—Vea esos discos blancos y húmedos en los sépalos
—observó Powers—. En cierto sentido
regulan el metabolismo
de la planta.
Literalmente, la planta
ve el tiempo. Cuanto más antiguo es su medio
ambiente circundante, más lento es su metabolismo. Con la chimenea de asfalto
completa su ciclo anual en una semana; con el cloruro de polivinilo en un par
de horas.
—Ve
el tiempo—repitió Coma
asombrada. Levantó la
mirada hacia Powers, mordiéndose el labio inferior
pensativamente—. Es fantástico. ¿Son esos los seres del futuro, doctor?
—No lo sé—admitió Powers—. Pero, si lo son, su
mundo deberá ser un mundo monstruosamente surrealista.
Regresó al
escritorio, sacó dos tazas de un cajón y
las llenó de café, apagando el fogón.
—Algunas personas han sugerido que los organismos
que poseen la pareja silenciosa de genes son los precursores de un salto hacia
adelante en la escala evolutiva, que los genes
silenciosos son una
especie de clave,
un mensaje divino
que nosotros,
organismos inferiores, llevamos para nuestros
descendientes, más evolucionados. Es posible que sea verdad... Tal vez hemos
descifrado la clave demasiado pronto.
—¿Por qué dice eso?
—Bueno, tal vez como indica la muerte de Whitby,
todos los experimentos realizados en este laboratorio conducen a una
desalentadora conclusión. Sin excepción, los organismos que han sido irradiados
han entrado en una fase final de crecimiento completamente desorganizado,
produciendo docenas de órganos sensoriales especializados cuya función ni
siquiera podemos sospechar. Los resultados son catastróficos: la anémona
estalla, literalmente, las Drosophilas se comen unas a otras, y así por el
estilo. Ignoro si el futuro implícito en esas plantas y animales llegará a ser
una realidad algún día, o si estamos incurriendo en una simple extrapolación.
Pero a veces pienso que los nuevos órganos sensoriales desarrollados son
parodias de sus verdaderas intenciones. Los ejemplares que usted ha visto hoy
se encuentran todos en una primera fase de sus ciclos secundarios de crecimiento. Más tarde empezarán a ofrecer un aspecto muy distinto. Coma
asintió.
—Un parque zoológico no está completo sin su
guardián—observó—. ¿Qué hay acerca del hombre?
Powers se encogió de hombros.
—Uno de
cada cien mil—el promedio
habitual—contiene la pareja silenciosa.
Usted podría tenerla... o yo.
Nadie se ha prestado aún
voluntariamente como sujeto de la nueva
técnica de irradiación. Aparte del hecho de que sería calificado de suicidio,
si los experimentos realizados aquí sirven de punto de referencia, la aventura
sería salvaje y violenta.
Powers sorbió su café, sintiéndose cansado y
aburrido. El recapitular el trabajo del laboratorio le había agotado.
La muchacha se inclinó hacia adelante.
—Está usted muy pálido—murmuró solícitamente—.
¿Acaso no duerme bien? Powers consiguió sonreír.
—Demasiado bien—admitió—. Hace mucho tiempo que eso no es un problema
para mí.
—Me gustaría poder decir lo mismo de Kaldren. No
creo que duerma lo suficiente. Le oigo pasear de un lado para otro toda la
noche. —Coma hizo una breve pausa y luego añadió—: De todos modos, supongo que
es preferible eso a ser un terminal. Dígame, doctor, ¿no valdría la pena
ensayar esa técnica de irradiación en los durmientes de la Clínica? Podría
despertarles antes del final. Algunos de ellos pueden poseer los genes
silenciosos.
—Todos ellos los poseen—dijo Powers—. En realidad
esos dos fenómenos están estrechamente relacionados.
Powers se encontraba profundamente cansado.
Se
interrumpió. La fatiga
nublaba su cerebro,
y se preguntó
si debía pedirle
a la muchacha que se marchara.
Luego, poniéndose en pie, se acercó a la estantería que había detrás del
escritorio y cogió un magnetófono. Poniéndolo en marcha, reguló el volumen del
altavoz.
—Whitby y yo hablábamos a menudo de esto. No era
un gran biólogo, de modo que escuche lo que opinaba. Esto es el meollo del
asunto. Lo he escuchado un millar de veces, y temo que el sonido no será
demasiado perfecto...
La voz de un anciano, ligeramente ronca, resonó
por encima de un leve zumbido de distorsión, pero Coma pudo oírla claramente.
WHITBY: ...por el amor de Dios, Robert, echa una
mirada a esas estadísticas de la FAO. A pesar de un aumento anual del cinco por
ciento en los terrenos dedicados a cultivos en los últimos quince años, la
cosecha mundial de trigo ha continuado disminuyendo en un dos por ciento. La
misma historia se repite a sí misma hasta la náusea. Cereales, productos
lácteos, ganado... todo disminuye. Únelo a una masa de síntomas paralelos,
empezando por la
alteración de las
rutas de emigración
y terminando por unos períodos de hibernación más prolongados, y la
conclusión final resulta incontrovertible.
POWERS: Sin embargo, las cifras de población en
Europa y en Norteamérica no disminuyen.
WHITBY:
Desde luego que
no, como no
me he cansado
de señalar. Tendrá
que transcurrir un siglo para que los efectos de ese descenso de la
fertilidad se dejen sentir en unas zonas donde el control de los nacimientos
proporciona una reserva artificial. Debemos mirar a los países del Lejano
Oriente, y especialmente a aquellos donde la mortalidad infantil ha permanecido
en un nivel estacionario. La población de Sumatra, por ejemplo, ha disminuido
más del quince por ciento en los últimos veinte años. ¡Un porcentaje fabuloso!
¿Te das cuenta de que hace únicamente dos o tres décadas los neomaltusianos
hablaban de una explosión demográfica? En realidad, se trata de una implosión.
Otro factor a tener en cuenta es...
Aquí,
la cinta había
sido cortada y
vuelta a pegar,
y la voz
de Whitby, menos quejumbrosa esta vez, resonó de nuevo:
...
sólo por curiosidad,
dime una cosa:
¿cuántas horas duermes
cada noche? POWERS: No lo sé con
exactitud; alrededor de ocho horas, supongo.
WHITBY:
Las proverbiales ocho
horas. Pregúntale a
cualquiera y te
dirá automáticamente “ocho horas”.
En realidad, tú
duermes alrededor de
diez horas y media, como la mayoría de la gente. Te he
controlado en numerosas ocasiones. Yo mismo duermo once. Pero hace treinta años
la gente dormía realmente ocho horas, y un siglo antes dormía seis o siete. En
las Vidas de Vasari puede leerse que Miguel Ángel dormía
solamente cuatro o
cinco horas, pintando
todo el día
a la edad
de ochenta años, y
trabajando por la noche sobre su mesa de
anatomía con una vela atada a
la frente. Ahora
está considerado un
genio, pero entonces
no llamaba la atención.
¿Cómo crees que
los antiguos, desde
Platón a Shakespeare,
desde Aristóteles a Tomás
de Aquino, pudieron
dar a luz
una obra tan
copiosa? Sencillamente, porque disponían de seis o siete horas más cada
día. Desde luego, otra de las desventajas
que tenemos con respecto a los antiguos es un nivel metabólico más bajo:
otro factor que nadie explicará.
POWERS: Supongo que puede opinarse que el mayor
número de horas de sueño es un mecanismo de compensación, una especie de
tentativa de la masa neurótica para escapar de las terribles presiones de la
vida urbana a finales del siglo xx.
WHITBY:
Puede opinarse, pero es un error. Es un simple caso de bioquímica. Las cuñas de ácido ribonucleico que desatan
las cadenas de proteínas en todos los organismos vivos se están gastando, los
troqueles que imprimen la firma protoplásmica se han
embotado. Después de
todo, han estado
funcionando durante más de mil millones de años. Ha llegado el momento
de un reajuste. Del mismo modo que la vida del organismo de un individuo tiene
una duración limitada, como la vida de una colonia de fermentos o de una
especie determinada, la vida de todo un reino biológico tiene también su
duración. Siempre se ha supuesto que la evolución tiende a subir siempre, pero
en realidad se ha alcanzado ya la cima y el camino conduce ahora hacia abajo,
hacia la
tumba biológica común.
Es una desalentadora
y actualmente inaceptable visión del futuro, pero es la
única. Dentro de cinco
mil siglos nuestros descendientes, en vez de ser
superhombres multicerebrados, serán probablemente unos idiotas prognáticos con
la frente cubierta de pelo que gruñirán alrededor de
los restos de
la Clínica como
hombres neolíticos atrapados
en una macabra inversión
del tiempo. Créeme,
les compadezco, y
me compadezco a mí
mismo. Mi fracaso total, mi falta absoluta de cualquier derecho moral o
biológico a la existencia está implícita en cada célula de mi cuerpo...
La cinta llegó al final; el carrete corrió
libremente y se paró. Powers cerró la máquina y luego se masajeó el rostro.
Coma permaneció sentada en silencio,
contemplando al doctor y oyendo al
chimpancé que jugaba con un rompecabezas.
—En opinión de Whitby—dijo finalmente Powers—,
los genes silenciosos representan un último
y desesperado esfuerzo del
reino biológico para
mantener la cabeza por encima de las aguas cada vez más altas.
Su período total de vida está determinado por la cantidad de radiación emitida
por el sol, y una vez que ha alcanzado cierto punto la extinción es inevitable.
Como compensación a esto, han sido construidas alarmas que modifican la forma
del organismo y lo adaptan para vivir en un clima radiológico más cálido. Los
organismos de piel blanda desarrollan duros caparazones que contienen metales
pesados como escudo contra la radiación. También se desarrollan nuevos órganos
de percepción. Aunque, según Whitby, es un esfuerzo que a la larga resultará
inútil. Pero, a veces me pregunto...
Sonrió, mirando a Coma, y se encogió de hombros.
—Bueno, hablemos de otra cosa. ¿Cuánto hace que
conoce a Kaldren?
—Unas tres semanas. Parece que hace diez mil
años. —¿Cómo le encuentra ahora? Últimamente no hemos estado mucho en contacto.
Coma hizo una mueca.
—Tampoco yo le veo demasiado. Quiere que me pase
la vida durmiendo. Kaldren tiene mucho
talento, pero vive para sí
mismo. Usted significa mucho
para él, doctor. En realidad, es
usted mi único rival serio.
—Creí que no podía soportar el verme...
—¡Oh!
Se equivoca. En
realidad, piensa en
usted continuamente. Por
eso nos pasamos el tiempo
siguiéndole. —Coma hizo una breve pausa y luego añadió—: Creo que se siente
culpable de algo.
—¿Culpable? —exclamó Powers—. ¿De veras? Creí que
al que se suponía culpable era a mí.
—¿Por qué?—inquirió Coma. Vaciló, y luego dijo—:
Usted realizó algún experimento quirúrgico en Kaldren, ¿no es cierto?
—Sí —admitió Powers—. No fue precisamente un
éxito... Si Kaldren se siente culpable, supongo que es debido a que cree que
debe asumir parte de la responsabilidad.
Miró a la muchacha, cuyos inteligentes ojos le
observaban atentamente.
—Por un par de motivos puede ser necesario que
usted lo sepa. Dice que ha oído a Kaldren pasear de un lado para otro por las
noches, y que no duerme lo suficiente. En realidad, no duerme absolutamente
nada.
La muchacha asintió.
—Usted. . .
—...le narcotomicé—terminó Powers—. Desde el punto de vista quirúrgico
fue un gran éxito, por el cual podían haberme concedido perfectamente el premio
Nobel.
Normalmente, el hipotálamo regula el período de
sueño levantando el umbral de la conciencia
a fin de
relajar las capilaridades
venosas del cerebro
y librarlas de las toxinas acumuladas. Sin embargo, cortando algunas de las
conexiones de control el sujeto es
incapaz de recibir
la sugestión del
sueño, y las capilaridades
se vacían mientras él permanece
consciente. Lo único que nota es un letargo temporal, que desaparece en tres o cuatro horas. Físicamente hablando, Kaldren ha añadido otros veinte
años a su vida. Pero la psique parece necesitar el sueño por sus motivos
particulares, y en
consecuencia Kaldren sufre
unos trastornos periódicos
que le destrozan. Todo el asunto
fue un trágico error.
Coma frunció el ceño pensativamente.
—Es lo que yo sospechaba. Sus artículos en las
revistas de neurocirugía se referían al paciente como K. Parece una historia de
Kafka convertida en realidad.
—Ocúpese de él, Coma—dijo Powers—. Asegúrese de
que va al dispensario.
—Lo intentaré. A veces me siento como uno de sus
absurdos documentos terminales.
—¿A qué se refiere?
—¿No ha oído hablar de ellos? Kaldren colecciona
afirmaciones definitivas acerca del homo sapiens. Las obras completas de Freud, los cuartetos de Beethoven, transcripciones de los juicios
de Nuremberg, una novela automática...—Coma se interrumpió—. ¿Qué está
dibujando?
—¿Dónde?
Coma señaló el papel secante del escritorio y
Powers inclinó la mirada y vio que había estado dibujando
inconscientemente un complicado
laberinto: el sol de cuatro brazos de Whitby.
—No es nada—dijo.
Coma se puso en pie para marcharse.
—Tiene
que hacernos una
visita, doctor. Kaldren
desea enseñarle muchas
cosas. Ahora está entusiasmado
con una copia
de las últimas
señales que transmitió
el Mercurio VII hace
veinte años, cuando
llegó a la Luna, y no piensa
en otra cosa. Recordará usted los extraños mensajes que grabaron los
tripulantes antes de morir,
llenos de divagaciones poéticas acerca de los
jardines blancos. Pensándolo bien, creo que se comportaban como las plantas que
usted tiene aquí.
Coma rebuscó en sus bolsillos y sacó algo.
—A propósito, Kaldren me ha encargado que le
diera esto.
Era
una pequeña cartulina,
en cuyo centro
había un número
escrito a máquina:
96,688,365,498,720
—A este ritmo, tardará mucho tiempo en producirse
el cero—observó secamente—. Cuando hayamos terminado tendré toda una colección.
Cuando Coma se hubo marchado, Powers tiró la
cartulina al cubo de los desperdicios y se
sentó ante el
escritorio, contemplando por
espacio de una
hora el ideograma dibujado sobre el secante.
A medio camino de su casa de la playa la
carretera del lago se bifurcaba a la izquierda a través de una angosta escarpia
que discurría entre las colinas hasta un abandonado campo de tiro de las
Fuerzas Aéreas en uno de los más lejanos lagos salados. En el extremo más
cercano había unos cuantos bunkers y varias torres de observación, un par de
cobertizos metálicos y
un hangar de
techo muy bajo.
Las blancas colinas rodeaban toda la zona, aislándola del
mundo exterior, y a Powers le gustaba pasear por los pasillos de artillería que
habían sido trazados a dos millas de distancia del lago en dirección
a los blancos
de hormigón situados
en el extremo
más lejano. Los abstractos diseños le hacían sentirse
como una hormiga sobre un tablero de ajedrez en blanco y
ahuesado, con las
pantallas rectangulares en
un extremo y
las torres y bunkers en el otro como piezas de distinto
color.
Su sesión con Coma había hecho que Powers se
sintiera repentinamente insatisfecho de su empleo del tiempo en los últimos
meses. Adiós, Eniwetok, había escrito, pero olvidarlo sistemáticamente todo era
en realidad exactamente lo mismo que recordarlo, un catalogar al revés,
escogiendo todos los libros en la biblioteca mental y volviendo a colocarlos
boca abajo.
Powers subió a una de las torres de observación,
se inclinó sobre el parapeto tendió la mirada a lo largo de los pasillos hacia
los blancos. Obuses y cohetes habían arrancado grandes trozos de las franjas
circulares de hormigón que rodeaban los blancos, pero los contornos de los enormes discos de 100 yardas de anchura,
pintados alternativamente de azul y rojo, eran todavía visibles.
Durante media hora los contempló en silencio,
mientras por su mente cruzaban ideas inconcretas. Súbitamente, descendió de la
torre y se dirigió hacia el hangar, que se encontraba a cincuenta metros de
distancia. Al fondo, detrás de un montón de maderos y de rollos de alambre,
había una pila de sacos de cemento, un montón de arena y un viejo mezclador.
Media hora más tarde volvía a entrar en el hangar
con el Buick, enganchó el mezclador de cemento, cargado de arena, cemento y
agua, recogida en los bidones que estaban al aire libre, al parachoques
trasero, cargó otra docena de sacos en el portaequipajes y en los asientos posteriores
y, finalmente, escogió unos
cuantos maderos rectos, los cargó y se dirigió
hacia el blanco central.
Durante las dos horas siguientes trabajó en el
centro del gran disco azul, mezclando el cemento a mano, transportándolo a
través de las toscas formas que había trazado con los maderos, levantando una
pared de seis pulgadas de altura alrededor del perímetro
del
disco. Trabajó sin
interrupción, removiendo el
cemento con un
perpalo y acarreándolo con el
tapón de rosca de una de las ruedas.
Cuando emprendió el regreso, dejando su equipo
donde estaba, había terminado un trozo de pared de treinta pies de longitud.
Junio, 7: Consciente, por primera vez, de la
brevedad de cada día. Cuando estaba despierto durante más de doce horas,
orientaba mi tiempo alrededor del meridiano; mañana y tarde conservaban
su antiguo ritmo.
Ahora, con sólo
once horas de consciencia, forman un intervalo continuo,
como un trazo de cinta de medir. Puedo ver exactamente cuanto queda en el
carrete, y no puedo hacer nada para modificar el ritmo al cual se desenvuelve.
Paso el tiempo empaquetando los libros de mi biblioteca; los cestos son
demasiado pesados para moverlos y los dejo donde quedan cuando están llenos.
Despierto a las 8,10. A dormir a las 7,15.
(Parece ser que he perdido mi reloj de pulsera sin darme cuenta. Tendré que ir
al pueblo a comprar otro.)
Junio, 14: Nueve horas y media. El tiempo corre,
tan rápido como un expreso. Sin embargo, la última semana de unas vacaciones
siempre transcurre con más rapidez que
las primeras. Al
ritmo actual, me
quedarían de cuatro
a cinco semanas. Esta mañana he tratado de visualizar lo que
sería la última semana, y he sido víctima de un ataque de miedo, algo que no me
había ocurrido hasta ahora. He tardado media hora en recobrarme
lo suficiente para
una intravenosa. Kaldren
me persigue como
mi sombra luminosa, y ha escrito con tiza en la entrada:
“96,688,365,498,702”. El cartero se
habrá extrañado al verlo.
Despierto a las 9,05. A dormir a las 6,36.
Junio, 19: Ocho horas y cuarenta y cinco minutos.
Anderson llamó por teléfono esta mañana. Estuve a punto de colgar, pero
conseguí dominarme. Me ha felicitado por mi estoicismo, ha
utilizado incluso la
palabra “heroico”. Absurdo.
La desesperación lo corroe
todo: valor, esperanza,
autodisciplina, todas las
mejores cualidades. Resulta muy
difícil mantener esa
actitud impersonal de
aceptación pasiva implícita
en la tradición científica. Trato
de pensar en Galileo ante la Inquisición, en Freud superando los incesantes
dolores de su cáncer de garganta...
Cuando iba al pueblo me he encontrado con Kaldren
y he sostenido con él una larga discusión a propósito del Mercurio VII. Él está
convencido de que los tripulantes se negaron
deliberadamente a abandonar
la Luna, después
de que el
“comité de recepción” que les
esperaba los hubo situado en el cuadro cósmico. Los misteriosos emisarios de
Orión les habrían dicho que la exploración del profundo espacio no tenía
sentido, que la habían iniciado demasiado tarde, ya que la vida del universo
está prácticamente acabada... Según Kaldren, algunos generales de las Fuerzas
Aéreas se han tomado en serio esa teoría, pero yo sospecho que se trata de una
tentativa de Kaldren para consolarme.
Tendré que desconectar el teléfono. Un
contratista se pasa el tiempo llamándome para reclamarme el pago de 50 sacos de
cemento que, según él, recogí hace diez días. Dice que él mismo me ayudó a
cargarlos en un camión. Bajé al pueblo en la camioneta de Whitby,
efectivamente, pero sólo para comprar unos quilos de plomo. ¿Qué se imagina ese
individuo que puedo hacer con todo ese cemento?
Despierto a las 9,40. A dormir a las 4,15.
Junio, 25: Siete horas y media. Kaldren estaba
merodeando de nuevo alrededor del laboratorio. Me llamó por teléfono,
limitándose a recitarme una larga hilera de números. Esas bromas suyas me están
resultando insoportables. De todos
modos, por mucho que me moleste la perspectiva, pronto tendré que ir a verle
para llegar a un acuerdo con él. Menos mal que el ver a Miss Marte es un
placer.
Ahora me basta con una comida, completada con una
inyección de glucosa. El dormir no me produce ningún descanso. Anoche tomé una
película de 16 mm. de las primeras tres horas, y esta mañana la he proyectado
en el laboratorio. Es la primera película de terror “real”. Me he visto a mí
mismo como un cadáver semianimado.
Despierto a las 10,25. A dormir a las 3,45.
Julio, 3: Cinco horas y cuarenta y cinco minutos.
Hoy no he hecho casi nada. Sumido en una especie de letargo, me he dirigido al
laboratorio y por dos veces he estado a punto de salirme de la carretera. Me he
concentrado lo suficiente para dar de comer a los animales y poner mi diario al
día. Leyendo por última vez los manuales que dejó Whitby, me
he decidido por
un nivel de
proyeción de 40
roentgens/min., con una distancia del blanco de 350 cm. Todo está
preparado.
Despierto a las 11,05. A dormir a las 3,15.
Powers se desperezó, arrastró su cabeza
lentamente a través de la almohada, contemplando las sombras proyectadas en el
techo por la persiana. Luego miró hacia sus pies, y vio a Kaldren sentado al
borde de la cama, observándole en silencio.
—Hola, doctor—dijo Kaldren, tirando su
cigarrillo—. ¿Se acostó tarde anoche? Parece usted cansado.
Powers se incorporó sobre un codo y echó una
ojeada a su reloj. Eran poco más de las once. Con el cerebro ligeramente
embotado, se sentó en el borde del lecho, con los codos sobre las rodillas,
frotándose la cara con las palmas de las manos.
Se dio cuenta de que la habitación estaba llena
de humo.
—i.Qué haces aquí?—le preguntó a Kaldren.
—He venido a invitarle a almorzar.—Señaló el
aparato telefónico sobre la mesilla de noche—.
Su teléfono no
contestaba, de modo
que decidí venir.
Espero que no le
moleste mi visita. Estuve tocando el timbre por espacio de media hora. Me
extraña que no lo haya oído.
Powers se puso en pie y trató de alisar las
arrugas de sus pantalones de algodón.
Había dormido con ellos toda una semana, y estaban muy sucios.
Cuando echaba a andar hacia el cuarto de baño,
Kaldren señaló la cámara montada sobre un trípode al otro lado del lecho.
—¿Qué es eso? ¿Piensa dedicarse al cine, doctor?
Powers le contempló en silencio unos instantes,
echó una ojeada al trípode y luego se dio cuenta de que su diario estaba
abierto sobre la mesilla de noche. Preguntándose si Kaldren habría leído las
últimas anotaciones, cogió el diario, entró en el cuarto de baño y cerró la
puerta detrás de él.
Del armario colgado junto al espejo sacó una
jeringuilla y una ampolla; después de inyectarse, se apoyó contra la puerta
esperando que el estimulante obrara sus efectos.
Kaldren
estaba en la
antesala cuando Powers
se reunió con
él; leía las
etiquetas pegadas a los cestos llenos de libros.
—De acuerdo—dijo Powers—. Almorzaré contigo.
Observó a Kaldren cuidadosamente. El joven
parecía más sumiso que de costumbre.
—Bien—dijo Kaldren—. A propósito, ¿piensa usted
marcharse?
—¿Te importa, acaso?—inquirió Powers secamente—.
Creí que el que te atendía era
Anderson.
Kaldren se encogió de hombros.
—No se enfade, doctor—dijo— Le espero a las doce.
Así tendrá tiempo de cambiarse de ropa. Lleva la camisa muy sucia... ¿Qué es
eso? Parece cal.
Powers inclinó la mirada y cepilló con la mano
las manchas blancas. Cuando Kaldren se hubo marchado, se desvistió, tomó una
ducha y sacó un traje limpio de uno de los baúles.
Hasta que conoció a Coma, Kaldren vivió solo en
la abstracta residencia de verano que se alzaba en la orilla norte del lago.
Era un edificio de siete pisos construido por un matemático excéntrico y
millonario, en forma de cinta de hormigón que ascendía en espiral, enroscándose
alrededor de sí misma como una serpiente, revistiendo paredes, suelos y techos.
Kaldren era el único que se había interesado por el edificio, y en
consecuencia había podido
alquilarlo en unas
condiciones muy favorables.
Por las tardes, Powers le había
visto con frecuencia desde el laboratorio, subiendo de un piso al otro a través
del laberinto de rampas y terrazas, hasta el mismo tejado, donde su figura
delgada y angulosa se recortaba como un patíbulo contra el cielo, Allí estaba
cuando Power llegó, poco después de las doce del mediodía.
—¡Kaldren! —gritó.
Kaldren miró hacia abajo y agitó su brazo derecho
trazando un lento semicírculo.
—¡Suba! —gritó a su vez.
Powers
se apoyó en
el automóvil. En
cierta ocasión, unos
meses antes, había aceptado la misma
invitación y al cabo
de tres minutos
se había extraviado en el
laberinto del segundo piso. Kaldren tardó media hora en encontrarle.
De modo que esperó a que Kaldren bajara, cosa que
no tardó en hacer. El joven le acompañó
a través de cavidades y escaleras
hasta el ascensor que les
condujo al último piso.
Tomaron un combinado en un amplio estudio de
techo encristalado. La enorme cinta blanca de hormigón se desenrollaba
alrededor de ellos como pasta dentífrica surgida de un inmenso tubo. De las
paredes colgaban gigantescas
fotografías, y la estancia estaba
llena de mesitas, encima de las cuales se veían una serie de objetos
cuidadosamente etiquetados, dominado todo por unas letras negras de veinte pies
de altura en la pared del fondo que componían una sola palabra: TU
Kaldren apuró de un trago el contenido de su
vaso.
—Este es mi laboratorio, doctor—dijo, con
evidente orgullo—. Mucho más significativo que el suyo, créame.
Powers sonrió en su fuero interno y examinó el
objeto que tenía más cerca, una antigua cinta EEG en cuya etiqueta podía
leerse. EINSTEIN, A.: ONDAS ALFA, 1922.
Siguió
a Kaldren alrededor
de la habitación,
sorbiendo lentamente su
combinado, gozando de la breve sensación de lucidez proporcionada por la
anfetamina. Dentro de dos horas desaparecería, dejando su cerebro en blanco.
Kaldren iba de un lado para otro, explicando el
significado de los llamados Documentos Terminales. Son ediciones definitivas,
afirmaciones finales, fragmentos de una composición total. Cuando haya reunido
los suficientes, construiré un mundo nuevo con ellos. —Cogió un grueso volumen
de una de las mesas y lo hojeó—. Las Actas de los Juicios de Nuremberg. Tengo
que incluirlas...
Powers lo contemplaba todo con aire ausente, sin
escuchar a Kaldren. En un rincón frío tres teletipos, con las cintas colgando
de sus bocas. Se preguntó si Kaldren estaba lo bastante despistado como para
jugar al mercado de valores, el cual había estado declinando lentamente durante
los últimos veinte años.
—Powers —oyó que decía Kaldren—. Creo que ya le
hablé a usted del Mercurio VII.— Señaló una colección de hojas escritas a
máquina.— Esas son las transcripciones de las señales finales radiadas por la
tripulación de la cápsula.
Powers examinó superficialmente las hojas,
leyendo una línea al azar. “...AZUL... GENTE... RECICLO... ORION... TF,L METROS
. . .”
—Interesante—dijo, sin el menor entusiasmo—. ¿Qué
hacen allí los teletipos? Kaldren sonrió.
—He estado esperando desde hace meses que me hiciera esa pregunta.
Eche una miradA.
Powers
se acercó y
cogió una de
las cintas. La
máquina llevaba también
su correspondiente rótulo: AURIGA 25—G. INTERVALO: 69 HORAS.
La cinta decía:
96,688,365,498,695
96,688,365,498,694
96,688,365,498,693
96,688,365,498,692
Powers dejó caer la cinta.
—Me resulta familiar. ¿Qué representa la
secuencia? Kaldren se encogió de hombros.
—Nadie lo sabe.
—¿Qué quieres decir? Tiene que responder a algo.
Desde
luego. Es una
progresión matemática decreciente.
Una cuenta atrás,
si lo prefiere.
Powers
cogió la cinta de la
derecha, etiquetada: ARIES
44R 951. INTERVALO: 49
DÍAS.
Aquí la secuencia era:
876,567,988,347,779,877,654,434
876,567,988,347,779,877,654,433
876,567,988,347,779,877,654,432
Powers miró a su alrededor.
—¿Cuánto tarda en llegar cada señal?
—Unos segundos solamente. Tienen una terrible
compresión lateral, desde luego. Una computadora del observatorio no puede
captarlas. Fueron recogidas por primera vez en Jodrell Bank hace veinte años.
Ahora nadie se molesta en escucharlas.
Powers cogió la última cinta.
6,554
6,553
6,552
6,551
—Está acercándose al final—comentó.
Examinó
la etiqueta, que
decía: FUENTE SIN
IDENTIFICAR. CANES VENATICI. INTERVALO: ~17 SEMANAS.
Mostró la cinta a Kaldren.
—Pronto habrá terminado.
Kaldren sacudió la cabeza. Levantó un pesado
volumen de una mesa y lo meció en sus manos. Súbitamente, la expresión de su
rostro se había ensombrecido.
—Lo
dudo—dijo—. Esos son
únicamente los últimos
cuatro números. La cifra total contiene más de cincuenta
millones.
Tendió
el volumen a Powers,
el cual volvió la cubierta
y leyó el título: “Secuencia principal de Señal Seriada
recibida por el Radio—Observatorio de Jodrell Bank, Universidad de Manchester,
Inglaterra, a las 0012—59 horas del 21—Y—72. Fuente: NGC 9743, Canes Venatici”.
Powers hojeó el grueso fajo de páginas impresas:
millones de números, como Kaldren había dicho, discurriendo de arriba a abajo a
través de mil páginas consecutivas.
Powers sacudió la cabeza, cogió de nuevo la cinta
y la contempló pensativamente.
—La
computadora solo anota
los últimos cuatro
números—explicó Kaldren—. Las series enteras llegan en períodos de 15
segundos, pero una IBM tardaría más de dos años en anotar una de ellas.
—Asombroso —comentó Powers—. Pero, ¿qué es?
—Una cuenta atrás, como puede ver. NGC9743, en
alguna parte de Canes Vanatici. Las grandes espirales se están rompiendo y
dicen adiós. Dios sabe qué creerán que somos, pero de todos modos nos lo hacen
saber, irradiándolo a través de la línea de hidrógeno para
que pueda oírse
en todo el
universo...—Kaldren hizo una
pausa—. Algunas personas le
han dado otra
interpretación, pero sólo
hay una explicación plausible.
—¿Cuál?
Kaldren señaló la última cinta de Canes Venatici.
—Sencillamente, que se ha calculado que cuando
esta serie llegue al cero el universo habrá dejado de existir.
Powers hizo una mueca que quería ser una sonrisa.
—Muy considerado por su parte hacernos saber en
qué momento del tiempo nos encontramos—observó.
—Desde luego—asintió Kaldren—. Aplicando la ley
del cuadrado inverso, la fuente de esa señal está emitiendo a una potencia de
casi tres millones de megawatios elevados a la centésima potencia.
Casi el tamaño de todo el Grupo Local. Considerado es la palabra.
Súbitamente,
Kaldren agarró el
brazo de Powers
y le miró
fijamente a los
ojos, temblando de emoción.
—No está solo, Powers, no crea que lo está. Esas
son las voces del tiempo, y están despidiéndose
de usted. Piense
en sí mismo
en un contexto
más amplio. Cada partícula de su cuerpo, cada grano de
arena, cada galaxia lleva la misma firma. Como usted ha dicho, ahora sabe en
qué momento del tiempo se encuentra. ¿Qué importa lo demás? No hay necesidad de
consultar continuamente el reloj.
Powers cogió la mano de Kaldren y la estrechó
calurosamente.
Se acercó a una ventana y extendió la mirada a
través del blanco lago. La tensión entre Kaldren y
él se había
desvanecido, y ahora
deseaba marcharse lo
antes posible, olvidar a Kaldren
como había olvidado los rostros de los innumerables pacientes cuyos cerebros
habían pasado entre sus dedos.
Se acercó de nuevo a los teletipos, arrancó las
cintas de sus ranuras y se las guardó en los bolsillos.
—Me las llevo como un recordatorio para mí mismo.
Dile adiós a Coma de mi parte,
¿quieres?
Avanzó hacia la puerta, y al llegar a ella se
volvió a mirar a Kaldren, de pie a la sombra de las dos gigantescas letras de
la pared del fondo, con los ojos clavados en las puntas de sus zapatos.
Cuando
Powers se alejaba se dio cuenta de que Kaldren había subido al tejado; a través del espejo retrovisor
le vio agitar lentamente la mano hasta que el automóvil desapareció en una
curva.
El círculo exterior estaba ahora casi completo.
Faltaba un pequeño segmento, un arco de unos diez pies de longitud, pero el
resto de la pared de seis pulgadas de altura se alzaba sin interrupción
alrededor del vial exterior del blanco, encerrando dentro de ella el enorme
jeroglífico. Tres círculos concéntricos, el mayor de un centenar de pies de
diámetro, separado uno de otro por intervalos de diez pies, formaban la cenefa del dibujo, dividido en cuatro
segmentos por los brazos de una enorme cruz que partía del centro, en el cual había una pequeña plataforma
redonda a un pie de distancia del
suelo.
Powers trabajó rápidamente, vertiendo arena y cemento en el
mezclador, añadiendo agua hasta que se
formó una espesa pasta y transportándola luego hasta los moldes de madera para
verterla en el estrecho canal.
Al cabo de diez minutos había terminado. Desmontó
rápidamente los moldes antes de que el cemento hubiera cuajado y llevó los
maderos al asiento posterior del automóvil. Secándose las manos en los
pantalones, se acercó al mezclador y lo empujó hasta la sombra de las
circundantes colinas.
Sin detenerse a contemplar el gigantesco
monograma sobre el cual había trabajado pacientemente durante tantas tardes, subió al automóvil y
se alejó, envuelto en una nube de polvo.
Llegó al laboratorio a las tres. Al entrar
encendió todas las luces y luego bajó todas las persianas, encajándolas
en las ranuras
del suelo y
convirtiendo la cúpula
en una verdadera tienda de
campaña de acero.
En los tanques, detrás de él, las plantas y los
animales se movieron silenciosamente, respondiendo al súbito fluir de la fría luz
fluorescente. Sólo el chimpancé le ignoró. Estaba sentado
en el suelo
de su jaula,
tratando de componer
el rompecabezas, estallando en
gritos de rabia cuando los cuadros no encajaban.
Powers se quitó la chaqueta y se dirigió hacia la
sala de rayos X. Abrió las altas puertas corredizas hasta dejar al descubierto
el largo y metálico hocico de Maxitron, y luego empezó amontonar las planchas
protectoras de plomo contra la pared del fondo.
Unos minutos después el generador empezó a
funcionar.
La anémona se agitó. Bañada por el cálido mar
subliminal de radiación que se alzaba a su
alrededor, impulsada por
innumerables recuerdos pelágicos,
se movió cautelosamente a
través del tanque,
buscando a tientas
el pálido sol
uterino. Sus zarcillos se
contrajeron, al tiempo que los millares de células nerviosas hasta entonces
dormidas en sus
extremos se reagrupaban
y multiplicaban, cada
una de ellas absorbiendo la liberada energía de su
núcleo. Las cadenas se forjaron por sí mismas, y los zarcillos empezaron a
captar lentamente los vívidos contornos espectrales de los sonidos danzando
como fosforescentes olas alrededor de la oscurecida cámara de la cúpula.
Gradualmente
se formó una imagen, revelando una enorme fuente negra que vertía una
interminable corriente de luz sobre el círculo de bancos y tanques. Junto a
ella se movió una figura, regulando el chorro a través de su boca. Mientras
andaba, sus pies despedían vívidos estallidos de color, sus manos, discurriendo
a lo largo de los bancos, conjuraban un asombroso claroscuro, bolas de luz azul
y violeta que estallaban fugazmente en la oscuridad como diminutas estrellas.
Los fotones murmuraron. Mientras contemplaba la
reluciente pantalla de sonidos que la rodeaban, la anémona continuaba
dilatándose. Sus ganglios se unieron, respondiendo a una nueva fuente de
estímulos procedentes de los delicados diafragmas de la corona de su cuerda
dorsal. Los contornos silenciosos del laboratorio empezaron a resonar
suavemente, olas de sonido transformado cayeron de los arcos voltaicos y
despertaron ecos en los bancos y en los muebles. Atacadas por el sonido, sus
formas angulosas resonaron con una rara y persistente armonía, Las sillas
forradas de plástico ponían un contrapunto de discordancias...
Ignorando aquellos sonidos una vez habían sido
percibidos, la anémona se volvió hacia el techo, el cual reflejaba como un
escudo los sonidos que vertían contínuamente los tubos fluorescentes.
Deslizándose a través de una estrecha claraboya, con voz clara y potente, el
sol cantó...
Faltaban unos minutos para el amanecer cuando
Powers salió del laboratorio y subió a su automóvil. Detrás de él, la gran
cúpula estaba sumida en la oscuridad, cubierta por las sombras que la luz de la
luna arrancaba a las blancas colinas. Powers dejó que el coche se deslizara
hasta la carretera del lago, escuchando el crujido de los neumáticos al rodar
sobre la grava azul. Luego puso el automóvil en marcha y aceleró el motor.
Mientras conducía, con las colinas medio ocultas
en la oscuridad a su izquierda, se dio cuenta de que, a pesar de que no miraba
a las colinas, continuaba teniendo conciencia de sus formas y contornos.
La sensación era indefinida pero no menos
cierta: una extraña impresión casi visual que emanaba con fuerza de los
profundos barrancos y cortadas que separaban un risco del siguiente. Durante
unos minutos Powers dejo que la impresión le dominara, sin tratar de
identificarla. Una docena de extrañas imágenes se movieron a través de su
cerebro.
La carretera se desviaba alrededor de un grupo de
chalés construidos a orillas del lago, llevando al automóvil directamente a
sotavento de las colinas, y Powers sintió repentinamente el peso macizo del
acantilado que se erguía hacia el oscuro cielo como un risco de greda luminosa
y pudo identificar la impresión que ahora se registraba con fuerza en su mente.
No sólo pudo ver el acantilado, sino que tuvo conciencia de su enorme vejez
sintió claramente los incontables millones de años transcurridos desde que brotó del magma de la corteza de la
tierra.
Las
crestas que se
erguían a trescientos
pies de altura,
las oscuras grietas
y hondonadas, eran otras tantas voces que hablaban del tiempo que había
transcurrido en la vida del acantilado, un cuadro psíquico tan definido y tan
claro como la imagen visual que percibían sus ojos.
Involuntariamente, Powers
había aminorado la velocidad
del automóvil, y apartando sus
ojos de la colina notó que una segunda ola de tiempo barría la primera. La
imagen era más ancha aunque de perspectivas más cortas, irradiando desde el
amplio disco del lago y deslizándose por encima de los antiguos riscos de
piedra caliza.
Cerrando los ojos, Powers se echó hacia atrás y
condujo el automóvil a lo largo del intervalo entre los dos frentes de tiempo,
notando que las imágenes se hacían más profundas y más intensas en su mente. La
enorme vejez del paisaje, el inaudible coro de voces resonando desde el lago y
desde las blancas colinas, parecieron transportarle hacia atrás a través del
tiempo, a lo largo de interminables
pasillos, hasta el primer umbral del mundo.
Desvió
el automóvil de la carretera para
adentrarse en el camino que
conducía al antiguo campamento de
las Fuerzas Armadas. A uno y otro lado, las colinas se erguían y resonaban con
impenetrables y vastos imanes inductores. Cuando finalmente llego a la lisa
superficie del lago,
a Powers le
pareció que podía
captar la identidad independiente de cada grano de
arena y de cada cristal de sal llamándole desde el circundante anillo de
colinas.
Estacionó el automóvil al lado del mandala y echó
a andar lentamente hacia el borde exterior de hormigón que se curvaba entre las
sombras. Encima de él pudo oír las estrellas, un millón de voces cósmicas
agrupadas en el cielo desde un horizonte hasta el siguiente, un verdadero dosel
de tiempo. Vio el borroso disco rojo de Sirio, oyó su
antigua voz, incalculablemente vieja, empequeñecida por la enorme nebulosa espiral de Andrómeda,
un gigantesco carrusel de universos desvanecidos, sus voces casi tan viejas como
el propio cosmos. A Powers el cielo le parecía una interminable Torre de
Babel, la balada
del tiempo de
un millar de
galaxias superpuestas en
su mente. Mientras andaba
lentamente hacia el centro del mandala, alzó la mirada hacia la Vía Láctea,
desde la cual parecía llegarle un inmenso clamoreo.
Penetrando
en el círculo
interior del mandala,
se dio cuenta
de que el
tumulto empezaba a remitir y que una voz solitaria y más potente había
brotado y estaba dominando a las otras. Trepó a la plataforma central, alzó los
ojos al oscuro cielo, moviéndolos a
través de las constelaciones hasta las
islas de galaxias que flotaban más allá, oyendo las confusas voces arcaicas que
le llegaban a través de los milenios. Notó en sus bolsillos las cintas de
papel, y se volvió para localizar la lejana diadema de Canes Venatici, oyó su
gran voz ascendiendo en su mente.
Como un interminable río, tan ancho que sus
orillas quedaban por debajo de los horizontes,
fluía continuamente hacia él un
vasto cauce de tiempo que se extendía
hasta llenar el cielo y el universo, envolviéndolo todo. Avanzando lentamente,
de modo que el progreso de su mayestática corriente resultaba casi
imperceptible, Powers sabía que su venero
era el venero
del propio cosmos.
Cuando pasó por
él, sintió su magnética atracción y se dejó arrastrar
por ella. A su alrededor, los contornos de las colinas y del lago se habían
difuminado pero la imagen del mandala, semejante a un reloj cósmico, permanecía
fija delante de sus ojos, iluminando la ancha superficie de la corriente. Sin
dejar de contemplarla, notó que su cuerpo iba disolviéndose, sus
dimensiones físicas fundiéndose
en el vasto
continuo de la
corriente, la cual
le arrastraba hacia abajo, más allá de toda esperanza, hacia el descanso
final, hacia las definitivas playas del mar de la eternidad.
Mientras las sombras se alejaban, retirándose
hacia las laderas de las colinas, Kaldren se apeó de su automóvil y echó a
andar con paso vacilante hacia el borde de hormigón del círculo
exterior. A cincuenta
yardas de distancia,
en el centro,
Coma estaba arrodillada junto al cadáver de Powers,
sosteniendo su cabeza entre sus pequeñas manos. Una ráfaga de
viento arrastró hasta los pies de Kaldren un trozo de cinta. El joven se
inclinó a recogerla, la enrolló cuidadosamente y se la guardó en el bolsillo.
El aire del amanecer era frío, y Kaldren se subió el cuello de la chaqueta,
contemplando a Coma con una expresión impasible.
—Son las seis de la mañana—le dijo a la muchacha
al cabo de unos instantes—. Voy a avisar a la policía. Tú puedes quedarte con
él.—Hizo una pausa y luego añadió—: No dejes que rompan el reloj.
Coma se volvió a mirarle.
—¿Acaso no piensas volver?
—No lo sé—murmuró Kaldren, dando media vuelta y
dirigiéndose hacia su automóvil. Cinco minutos después estacionaba su automóvil
delante del laboratorio de Whitby.
La cúpula estaba sumida en la oscuridad, con
todas las persianas echadas, pero el generador continuaba zumbando en la sala
de rayos X. Kaldren entró y encendió las luces. Se dirigió a la sala y tocó las
parrillas del generador: estaban muy calientes. La mesa circular
giraba lentamente. Agrupados
en un semicírculo,
a unos pies
de distancia, se encontraban la mayor parte de los tanques y jaulas,
amontonados unos encima de otros apresuradamente. En uno de ellos, una enorme
planta semejante a un
calamar casi había conseguido trepar fuera de su
vivarium. Sus largos y traslúcidos zarcillos estaban aferrados a los bordes del
tanque, pero su cuerpo se había disuelto en un charco gelatinoso de mucílago
globular. :En otro, una enorme araña se había atrapado a sí misma en su propia
tela, y colgaba indefensa en el centro de una masa tridimensional de hilo
fosforescente, agitándose espasmódicamente.
Todas las plantas y animales habían muerto. El
chimpancé yacía de espaldas entre los restos
de la choza,
con el casco caído
sobre los ojos.
Kaldren lo contempló unos instantes. Luego se dirigió hacia el
escritorio y cogió el teléfono.
Mientras marcaba el número vio un carrete de
película encima del secante. Examinó la etiqueta y se guardó el carrete en el
bolsillo, junto con la cinta.
Cuando hubo hablado con la policía apagó las
luces y salió del laboratorio.
Cuando
llegó a la residencia de verano
el sol matinal iluminaba ya las balcones y terrazas. Kaldren tomó el ascensor hasta el
último piso y se encaminó directamente al museo. Alzó las persianas, una a una, y dejó que la luz del sol bañara
los objetos reunidos allí. Luego arrastró una silla hasta una de las ventanas,
se sentó y contempló en silencio la luz que penetraba a chorros en la estancia.
Dos o tres horas más tarde oyó a Coma que le
llamaba desde abajo. Al cabo de media hora la muchacha se marchó,
pero un poco más tarde apareció otra voz y gritó su nombre.
Kaldren se levantó y echó todas las persianas de
las ventanas que daban a la parte delantera del edificio. No volvieron a
molestarle.
Kaldren regresó a su asiento y dejó que su mirada
vagase por la colección de objetos. Medio dormido, de cuando en cuando se
levantaba a regular el chorro de luz que penetraba a través de las rendijas de
la persiana, pensando, como haría a través de los meses venideros, en Powers y
en su extraño mandala, y en los tripulantes del Mercurio VII y su viaje a los
jardines blancos de la luna y en las personas azules que habían llegado de
Orion y
les habían hablado en un lenguaje poético de antiguos y maravillosos mundos
bajo unos soles dorados
en las islas galaxias,
desvanecidos ahora para
siempre en las miríadas de
muertes del cosmos.


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