© Libro No. 493. Sobre
Algunos temas en Baudelaire. Walter
Benjamin.
Colección E.O. Septiembre 28 de
2013.
Títulos originales: © Sobre Algunos temas en
Baudelaire. Walter Benjamin
Versión Original: © Sobre Algunos temas en Baudelaire. Walter
Benjamin
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
SOBRE ALGUNOS TEMAS
EN
BAUDELAIRE
WALTER BENJAMIN
I
Baudelaire confiaba en lectores a los que la
lectura de la lírica pone en dificultades. A tales lectores se dirige el poema
inicial de las Fleurs du mal. Con la fuerza de voluntad de éstos, así como con
su capacidad de concentración, no se va lejos; tales lectores prefieren los
placeres sensibles y están entregados al spleen, que anula el interés y la
receptividad. Causa sorpresa encontrar un lírico que se dirija a semejante
público, el más ingrato. En seguida se presenta una explicación: Baudelaire deseaba
ser comprendido, dedica su libro a quienes se le asemejan. La poesía dedicada
al lector termina apostrofando a éste: «Hypocrite lecteur,
- mon semblable, - mon frère!» Pero la relación
resulta más fecunda en consecuencias si se la invierte y se dice: Baudelaire ha
escrito un libro que tenía de entrada escasas perspectivas de éxito inmediato.
Confiaba en un lector del tipo del descrito en el poema inicial. Y se ha
comprobado que su mirada era de gran alcance. El lector al cual se dirigía le
sería proporcionado por la época siguiente. Que tal sea la situación, que, en
otros términos, las condiciones para la recepción de poesías líricas se hayan
tornado menos propicias, es cosa probada al menos por tres hechos.
En primer término, el lírico no es considerado
más como el poeta en sí. No es ya más «el vate», como aún lo era Lamartine;
ahora ha entrado en un género. (Verlaine hace que esta especialización se
vuelva tangible; Rimbaud es ya un esotérico que, ex offcio, mantiene al público
lejos de su propia obra.) Un segundo hecho: después de Baudelaire la poesía
lírica no ha registrado ningún éxito de masas. (La lírica de Hugo tuvo aún, al
aparecer, una vasta resonancia. En Alemania el Buch der Lieder marca la línea
limítrofe.) De ello puede deducirse un tercer elemento: el público se ha vuelto
más frío incluso hacia aquella poesía lírica del pasado que le era conocida. El
lapso en cuestión puede datarse en la segunda mitad del siglo XIX. En el mismo
lapso la fama de las Fleurs du mal se ha extendido sin interrupción. El libro
que había confiado en los lectores más extraños y que al principio había
encontrado bien pocos de ellos se ha convertido en el curso de decenios en un
clásico, incluso en uno de los más editados.
Puesto que las condiciones de recepción para la
poesía lírica se han vuelto más pobres puede deducirse que la poesía lírica
conserva sólo en forma excepcional el contacto con los lectores. Y ello podría
deberse a que la experiencia de los lectores se ha transformado en su
estructura. Esta conjetura será quizás aprobada, pero nos veremos en
dificultades para definir dicha transformación. En este campo deberemos
interrogar a la filosofía. Y en la filosofía hallaremos un hecho sintomático.
Desde fines del siglo pasado, la filosofía ha realizado una serie de intentos
para adueñarse de la «verdadera» experiencia, en contraste con la
que se sedimenta
en la existencia
controlada y desnaturalizada de
las masas
civilizadas. Se acostumbra a encuadrar estas
tentativas bajo el concepto de filosofía de la vida. Naturalmente, esos
intentos no parten de la existencia del hombre en sociedad, sino de la poesía,
también de la naturaleza y, con preferencia, de la época mítica. La obra de
Dilthey Vida y poesía es una de las primeras en este orden. La serie concluye
con Klages y con Jung, quien se ha entregado al fascismo. Como un monumento
eminente, se destaca entre esta literatura la obra temprana de Bergson Matière
et mémoire. Este libro conserva más que cualquier otro su relación con la
investigación precisa. Está orientado por la biología. Su título dice por
anticipado que en él se considera la estructura de la memoria como decisiva
para la experiencia. En efecto, la experiencia es un hecho de tradición, tanto
en la vida privada como en la colectiva. La experiencia no consiste
principalmente en acontecimientos fijados con exactitud en el recuerdo, sino
más bien en datos acumulados, a menudo en forma inconsciente, que afluyen a la
memoria. Pero Bergson no se propone en modo alguno la especificación histórica
de la memoria. Incluso rechaza toda determinación histórica de la experiencia.
De tal suerte evita, sobre todo y esencialmente, tener que aproximarse a la
experiencia de la cual ha surgido su misma filosofía o contra la cual, más
bien, surgió su filosofía. Es la experiencia hostil, enceguecedora de la época
de la gran industria. El ojo que se cierra ante esta experiencia afronta una
experiencia de tipo complementario, como su imitación, por así decirlo,
espontánea. La filosofía de Bergson es una tentativa de especificar y fijar esa
imitación. Por lo tanto la filosofía de Bergson reconduce indirectamente a la
experiencia que afronta Baudelaire en forma directa en la figura de su
«lector».
II
Matiére et mémoire define el carácter de la
experiencia de la durée en forma tal que el lector debe decirse: sólo el poeta
puede ser el sujeto adecuado de una experiencia semejante. Y ha sido en efecto
un poeta quien ha sometido a prueba la teoría bergsoniana de la experiencia. Se
puede considerar la obra de Proust, Á la recherche du temps perdu, como la
tentativa de producir artificialmente, en las condiciones sociales actuales, la
experiencia tal como la entiende Bergson. Pues sobre su génesis espontánea resultará
siempre más difícil contar. Proust, por lo demás, no se sustrae en su obra a la
discusión de este problema. Introduce de tal suerte un elemento nuevo, que
contiene una crítica inmanente a Bergson. Este no deja de subrayar el
antagonismo entre la vita activa y la particular vita contemplativa revelada
por la memoria. Sin embargo, para Bergson parece que el hecho de encarar la
actualización intuitiva del flujo vital sea asunto de libre elección. La
convicción diferente de Proust se preanuncia ya en la terminología. La mémoire
pure de la teoría bergsoniana se convierte en él en mémoire involontaire. Desde
el comienzo Proust confronta esta memoria involuntaria con la voluntaria, que
se halla a disposición del intelecto. Esta relación resulta esclarecida en las
primeras páginas de la gran obra. En la reflexión en la que dicho término es
introducido, Proust habla de la pobreza con que se había ofrecido a su recuerdo
durante muchos años la ciudad de Combray, en la que no obstante había pasado
una parte de su infancia. Antes de que
el gusto de la madeleine (un bizcocho), sobre el cual
vuelve a menudo, lo transportase
una tarde a los antiguos tiempos, Proust se había limitado a lo que le
proporcionaba una memoria dispuesta a responder al llamado de la atención. Esa
es la mémoire volontaire, el recuerdo voluntario, del cual se puede decir que
las informaciones que nos proporciona sobre el pasado no conservan nada de
éste. «Lo mismo vale para nuestro
pasado. Vanamente intentamos
reevocarlo; todos los
esfuerzos de nuestro intelecto son inútiles.» Por lo cual
Proust no vacila en afirmar como conclusión que el pasado se halla «fuera de su
poder y de su alcance, en cualquier objeto material (o en la sensación que tal
objeto provoca en nosotros), que ignoremos cuál pueda ser. Que encontremos este
objeto antes de morir o que no lo encontremos jamás, depende únicamente del
azar».
Para Proust depende del azar la circunstancia de
que el individuo conquiste una imagen de sí mismo o se adueñe de su propia
experiencia. Depender del azar en tal cuestión no resulta en modo alguno
natural. Los intereses interiores del hombre no tienen por naturaleza ese
carácter irremediablemente privado, sino que lo adquieren únicamente cuando
disminuye, debido a los hechos externos, la posibilidad de que sean
incorporados a su experiencia. El periódico es uno de tantos signos de esta
disminución. Si la prensa se propusiese proceder de tal forma que el lector
pudiera apropiarse de sus informaciones como
partes de su
experiencia, no alcanzaría de
ninguna forma su objetivo.
Pero su objetivo es justamente lo
opuesto, y lo alcanza. Su propósito consiste en excluir rigurosamente los
acontecimientos del ámbito en el cual podrían obrar sobre la experiencia
del lector. Los
principios de la
información periodística (novedad,
brevedad, inteligibilidad y, sobre todo, la falta a dicho defecto tanto
como la compaginación y el
estilo lingüístico. (Karl Kraus ha demostrado
infatigablemente cómo y hasta qué punto el estilo lingüístico de los periódicos
paraliza la imaginación de los lectores.) La rígida exclusión de la información
respecto al campo de la experiencia depende asimismo del hecho de
que la información
no entra en
la «tradición». Los
periódicos aparecen en grandes tiradas. Ningún lector tiene ya
fácilmente algo «de sí para contar» al prójimo. Existe una especie de competencia
histórica entre las diversas formas de comunicación. En la sustitución del
antiguo relato por la información y la información por la «sensación» se
refleja la atrofia progresiva de la experiencia. Todas estas formas se separan,
a su turno, de la narración, que es una de las formas más antiguas de
comunicación. La narración no pretende, como la información, comunicar el puro
en-sí de lo acaecido, sino que la encarna en la vida del relator, para
proporcionar a quienes escuchan lo acaecido como experiencia. Así en lo narrado
queda el signo del narrador, como la huella de la mano del alfarero sobre la
vasija de arcilla.
La obra en ocho tomos de Proust da una idea de
las operaciones necesarias para restaurar en la actualidad la figura del
narrador. Proust ha afrontado la empresa con grandiosa coherencia. De tal
suerte se ha empeñado desde el comienzo en referir la propia infancia. Y ha
medido toda la dificultad, como se advierte en el hecho de presentar como obra
del azar su solución, que es sólo posible. En el curso de estas reflexiones
forja la expresión mémoire involontaire, la cual conserva las huellas de la
situación en la que fue creada. Ella corresponde al repertorio de la persona
privada aislada en todos los sentidos. Donde hay experiencia en el sentido
propio del término, ciertos contenidos del pasado individual entran en
conjunción en la memoria con elementos del pasado colectivo. Los cultos, con
sus ceremonias, con sus fiestas (de los cuales quizá no se habla jamás en la
obra de Proust), cumplían
continuadamente la fusión
entre estos dos
materiales de la
memoria. Provocaban el recuerdo en épocas determinadas y permanecían
como ocasión y motivo de tal fusión durante toda la vida. Recuerdo voluntario e
involuntario pierden así su exclusividad recíproca.
III
En búsqueda de una definición más concreta de lo
que en la mémoire de lʹintelligence de Proust aparece como subproducto
de la teoría bergsoniana es oportuno
remontarse a Freud. En 1921
aparece el ensayo Más allá del principio del placer, que establece una
correlación entre la memoria (en el sentido de mémoire involontaire) y la conciencia.
Tal correlación es presentada como una hipótesis. Las reflexiones siguientes,
que se refieren a ella, no pretenden demostrarla. Se limitan a experimentar la
fecundidad de dicha hipótesis sobre nexos muy remotos respecto a aquellos que
Freud tenía presentes en el momento de formularla. Y es más que probable que
algunos de sus discípulos hayan litigado a partir de nexos de tal género. Las
reflexiones mediante las cuales Reik desarrolla su teoría de la memoria se
mueven en parte justamente sobre la línea de la distinción proustiana entre
reminiscencia involuntaria y recuerdo voluntario. «La función de la memoria -
escribe Reik- consiste en proteger las impresiones. El recuerdo tiende a
disolverlas. La memoria es esencialmente conservadora, el recuerdo es
destructivo.» La proposición fundamental de Freud, que es la base de estos
desarrollos, se encuentra formulada en la hipótesis de que
«la conciencia surja en el lugar de la impronta
mnemónica». En el ensayo de Freud los conceptos de recuerdo y memoria no
presentan ninguna diferencia fundamental de significación en
lo que se
refiere a nuestro
problema. La conciencia
«se distinguiría entonces por el
hecho de que el proceso de la estimulación no deja en ella, como en todos los
otros sistemas psíquicos, una modificación perdurable de sus elementos, sino
que más bien se evapora, por así decirlo, en el fenómeno de la Toma de conciencia».
La fórmula fundamental de esta hipótesis es la de que «toma de conciencia y
persistencia de rastros mnemónicos son recíprocamente incompatibles en el mismo
sistema». Residuos mnemónicos se presentan en cambio «frecuentemente con la
máxima fuerza y tenacidad cuando el proceso que los ha dejado no llegó nunca a
la conciencia». Traducido a la terminología proustiana: sólo puede llegar a ser
parte integrante de la mémoire involontaire aquello que no ha sido vivido
expresa y conscientemente, en suma, aquello que no ha sido una «experiencia
vivida».1 Atesorar «improntas
perdurables como fundamento de la memoria» de procesos estimulantes es algo que
se halla reservado, según Freud, a «otros sistemas», que es menester considerar
como diferentes de la conciencia. Según Freud, la conciencia como tal no
acogería trazos mnemónicos. En cambio la conciencia tendría una función
distinta y de importancia: la de servir de protección contra los estímulos.
«Para el organismo viviente la defensa contra los estímulos es una tarea casi
más importante que la recepción de éstos; el organismo se halla dotado de una
cantidad propia de energía y debe tender sobre todo a proteger las formas
particulares de energía que la constituyen respecto al influjo nivelador, y por
lo tanto destructivo, de las energías demasiado grandes que
1 El autor
utiliza las palabras Erfahrung y Erlebniss. Ambas significan en alemán lo
mismo: experiencia. En este texto están usadas Erfahrung como la experiencia
tenida en bruto, por así decirlo, sin intervención de la conciencia, que hemos
traducido por experiencia, y Erlebniss como los acontecimientos a cuyo
desarrollo ha atendido la conciencia, que hemos traducido por «experiencia
vivida». Las diferencias entre ambos términos son, sin embargo, según se
desprende del texto, más sutiles y complejas. (N. del T)
obran en el exterior.» La amenaza proveniente de
esas energías es la amenaza de shocks. Cuanto más normal y corriente resulta el
registro de shocks por parte de la conciencia menos se deberá temer un efecto
traumático por parte de éstos. La teoría psicoanalítica trata de explicar la
naturaleza de los shocks traumáticos «por la rotura de la protección contra los
estímulos». El significado del miedo es, según esta teoría, la «ausencia de
predisposición a la angustia».
La investigación de Freud partía de un sueño
típico en las neurosis traumáticas. Tal sueño reproduce la catástrofe por la
que el sujeto ha sido golpeado. Según Freud, los sueños de este tipo procuran
«realizar a posteriori el control del estímulo desarrollando la angustia cuya
omisión ha sido la causa de la neurosis traumática». En algo semejante parece
pensar Valéry, y la coincidencia merece ser señalada porque Valéry es uno de
aquellos que se han interesado por el modo particular de funcionamiento de los mecanismos
psíquicos en las condiciones actuales de vida. (Valéry ha sabido conciliar este
interés con su producción poética, que ha permanecido puramente lírica, con lo
que se ha colocado como el único autor que remita directamente a Baudelaire.)
«Las impresiones o sensaciones del hombre - escribe Valéry-, consideradas en sí
mismas, entran en la categoría de las sorpresas, son testimonio de una
insuficiencia del hombre... El recuerdo... es un fenómeno elemental y tiende a
darnos el tiempo para organizar» la recepción del estímulo, «tiempo que en un
principio nos ha faltado». La recepción de los shocks es facilitada por un
refuerzo en el control de los estímulos, para lo cual pueden ser llamados, en
caso de necesidad, tanto el sueño como el recuerdo. Pero normalmente este
training -según la hipótesis de Freud- corresponde a
la conciencia despierta,
que tiene su
sede en un
estrato de la
corteza cerebral, «hasta tal punto quemado por la acción de los
estímulos» como para ofrecer las mejores condiciones para su recepción. El
hecho de que el shock sea captado y detenido así por la
conciencia proporcionaría al
hecho que lo
provoca el carácter
de «experiencia vivida» en
sentido estricto. Y esterilizaría dicho acontecimiento (al incorporarlo
directamente al inventario del recuerdo consciente) para la experiencia
poética.
Afrontamos el problema de la forma en que la
poesía lírica podría fundarse en una experiencia para la cual la recepción de
shocks se ha convertido en la regla. De una poesía de este tipo debería
esperarse un alto grado de conciencia; además debería sugerir la idea de un
plan en marcha en su composición. Ello se adapta perfectamente a la poesía de
Baudelaire y la vinculada, entre sus predecesores, con Poe, y, entre sus
sucesores, de Valéry. Las consideraciones hechas por Proust y por Valéry a
propósito de Baudelaire se complementan
entre sí en
forma providencial. Proust
ha escrito un
ensayo sobre Baudelaire, aun
superado, en cuanto a su alcance, por algunas reflexiones de su novela. Valéry
ha trazado, en Situation de Baudelaire, la introducción clásica de las Fleurs
du mal. Escribe: «El problema de Baudelaire podía ser por lo tanto planteado en
los siguientes términos: llegar a ser un gran poeta, pero no ser Lamartine ni
Hugo ni Musset. No digo que tal propósito fuera en él consciente; pero debía estar
necesariamente en Baudelaire y, sobre
todo, era esencialmente
Baudelaire. Era su
razón de estado.» Resulta más
bien extraño hablar de razón de estado a propósito de un poeta. E
implica algo sintomático: la
emancipación respecto a las «experiencias
vividas». La producción poética de Baudelaire está ordenada en función de una
tarea. Baudelaire ha entrevisto espacios vacíos en los que ha insertado sus
poesías. Su obra no sólo se deja definir históricamente, como toda otra, sino
que ha sido concebida y forjada de esa manera.
IV
Cuanto mayor es la parte del shock en las
impresiones aisladas, cuanto más debe la conciencia mantenerse alerta para la
defensa respecto a los estímulos, cuanto mayor es el éxito con que se
desempeña, y, por consiguiente, cuanto menos los estímulos penetran en la
experiencia, tanto más corresponden al concepto de «experiencia vivida». La
función peculiar de defensa respecto a los shocks puede definirse en definitiva
como la tarea de asignar al acontecimiento, a costa de la integridad de su
contenido, un exacto puesto temporal en la conciencia. Tal sería el resultado
último y mayor de la reflexión. Ésta convertiría al acontecimiento en una
«experiencia vivida». En caso de funcionamiento fallido de la reflexión, se
produciría el espanto, agradable o (más comúnmente) desagradable, que -según
Freud- sanciona el fracaso de la defensa contra los shocks. Este elemento ha
sido fijado por Baudelaire en una imagen cruda. Habla de un duelo en el cual el
artista, antes de sucumbir grita de espanto. Tal duelo es el proceso mismo de
la creación. Por lo tanto Baudelaire ha
colocado la experiencia del
shock en el centro de su
tarea artística. Este testimonio directo es de la mayor importancia y se
ve confirmado por las declaraciones de muchos de sus contemporáneos. A merced
del espanto, Baudelaire no deja a su vez de provocarlo. Vallés narra sus
extravagantes juegos mímicos; Pontmartin observa en un retrato de Nargeot la
expresión embargada de Baudelaire; Claudel se extiende sobre el acento cortante
del que se servía en la conversación; Gautier habla de la forma en que
Baudelaire amaba escandir sus declamaciones; Nadar describe su forma abrupta de
andar.
La psiquiatría conoce tipos traumatófilos.
Baudelaire se ha hecho cargo de la tarea de detener los shocks, con su propia
persona espiritual y física, de donde quiera que éstos provengan. La esgrima
proporciona una imagen de esta defensa. Cuando debe describir a su amigo
Constantin Guys, va a buscarlo en la hora en que París está sumergida en el
sueño, mientras que «él, inclinado sobre su mesa, lanza sobre una hoja de papel
la misma mirada que hace poco dirigía a las cosas, se bate con el lápiz, la
pluma, el pincel, hace saltar el agua del vaso hasta el techo, limpia la pluma
con la camisa; apresurado, violento, activo, casi con temor de que las imágenes
le huyan; en lucha, aunque solo y como quien se diera golpes a sí mismo».
Baudelaire se ha retratado a sí mismo en la estrofa inicial del poema Le soleil
-que es el único fragmento de las Fleurs du mal que lo muestra en su tarea
poética- en un duelo fantástico similar:
Le long du vieux faubourg, oú pendent aux
[masures
Les persiennes, abri des secrètes luxures, Quand
le soleil cruel frappe à traits redoublés Sur la ville et les champs, sur les
toits et les blés, Je vais mʹexercer seul à ma fantasque escrime, Flairant dans
tous les coins les hassards de la [rime,
Trébuchante sur les mots comme sur les pavés,
Heurtant parfois des vers depuis longtemps [rêvés.
La experiencia del shock es una de las que han
resultado decisivas para el temple de Baudelaire. Gide habla de las
intermitencias entre imagen e idea, palabra y objeto, donde la emoción poética
de Baudelaire hallaría su verdadero puesto. Riviére ha llamado la atención
sobre los golpes subterráneos que agitan el verso baudelaireano. Es como si una
palabra se hundiese en sí misma. Riviére ha señalado estas palabras que caen:
Et qui sait si les fleurs nouvelles que je rêve
Trouveront dans ce sol lavé comme une grève Le mystique aliment qui ferait leur
vigueur
O también:
Cybèle, qui les aime, augmente ses verdures.
Aquí entra también el célebre comienzo de poema:
La servante au grand coeur dont vous étiez
[jalouse.
Hacer justicia a estas leyes secretas incluso
fuera del verso es el intento que Baudelaire se ha planteado en Spleen de
Paris, sus poemas en prosa. En la dedicatoria del libro al redactor en jefe de
la «Presse», Arsène Houssaye, Baudelaire dice: «¿Quién de nosotros no ha
soñado, en días de ambición, con el milagro de una prosa poética, musical sin
ritmo ni rima, suficientemente dúctil y nerviosa como para saber adaptarse a los movimientos
líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la
conciencia?... De la frecuentación de las ciudades enormes, del crecimiento de
sus innumerables relaciones nace sobre todo este ideal obsesionante.»
El fragmento
permite efectuar una doble comprobación. Nos informa ante todo de la íntima relación que existe en
Baudelaire entre la imagen del shock y el contacto con las grandes masas
ciudadanas. Nos dice además qué debemos entender exactamente por tales masas.
No se trata de ninguna clase, de ningún cuerpo colectivo articulado y
estructurado. Se trata nada más que de la multitud amorfa de los que pasan, del
público de las calles.2
Esta multitud, de la cual Baudelaire no olvida
jamás la existencia, no le sirvió de modelo para ninguna de sus obras. Pero
está inscrita en su creación como figura secreta, así como
2 Dar un
alma a esta multitud es el verdadero fin del flâneur. Los encuentros con ella
constituyen la experiencia que no se fatiga nunca de contar. Ciertos reflejos
de esta ilusión persisten en la obra de Baudelaire. Por lo demás, la ilusión no
ha dejado aún de obrar. El unanimisme de Jules Romains es uno de sus frutos
tardíos y más apreciados.
es también la figura secreta del fragmento
citado. La imagen del esgrimista se vuelve descifrable en su contexto: los
golpes que asesta están destinados a abrirle un camino entre la multitud. Es
verdad que los faubourgs a través de los cuales se abre camino el poeta del
Soleil están vacíos y desiertos. Pero la constelación secreta (en la que la
belleza de la estrofa resulta transparente hasta el fondo) debe ser entendida
así: es la multitud espiritual de las palabras, de los fragmentos, de los
comienzos de versos con los cuales el poeta libra en las calles abandonadas su
lucha por la presa poética.
V
La multitud: ningún tema se ha impuesto con más
autoridad a los literatos del siglo XIX. La multitud comenzaba -en amplios
estratos para los cuales la lectura se había convertido en hábito- a
organizarse como público. Comenzaba a formular sus demandas; quería - como los
poderosos en los cuadros de la Edad Media- encontrarse en la novela
contemporánea. El autor más afortunado del siglo se adaptó, por íntima
necesidad, a esta exigencia. Multitud era para él, casi en un sentido antiguo,
la multitud de los clientes, el público.
Hugo es el
primero en dirigirse
a la multitud
mediante títulos como:
Les misérables, Les travailleurs de la mer. Y ha sido el único en
Francia que pudo competir con el feuilleton. El maestro de este género, que
comenzaba a resultar para la pequeña gente la fuente de una especie de
revelación, era, como es sabido, Eugéne Sue. Sue fue elegido para el Parlamento
en 1850, por gran mayoría, como representante de la ciudad de París. No por
azar el joven Marx encontró la forma de ajustar las cuentas con Les mystères de
Paris. Pronto se le presentó como tarea el extraer la masa férrea del
proletariado de esa masa amorfa que se hallaba por entonces expuesta a los
halagos de un socialismo literario. Así la descripción que
Engels hace de
esta masa en
su obra juvenil
preludia, aunque tímidamente,
uno de los temas marxistas. En Situación de las clases trabajadoras en
Inglaterra dice: «Una ciudad como Londres, donde se puede caminar horas enteras
sin llegar siquiera al comienzo de un fin, tiene algo de desconcertante. Esta
concentración colosal, esta acumulación de dos millones y medio de hombres en
un solo punto, ha centuplicado la fuerza de estos dos millones y medio de
hombres... Pero todo lo que... esto ha costado es algo que se descubre sólo a
continuación. Después de haber vagabundeado varios días por las calles
principales... se empieza a ver que estos londinenses han debido sacrificar la
mejor parte de su humanidad para realizar los milagros de civilización de los
cuales está llena su ciudad, que cien fuerzas latentes en ellos han permanecido
inactivas y han sido sofocadas... Ya el hervidero de las calles tiene algo de
desagradable, algo contra lo cual la naturaleza humana se rebela. Estos
centenares de millares de personas, de todas las clases y de todos los tipos
que se entrecruzan ¿no son acaso todos hombres con las mismas cualidades y
capacidades y con el mismo interés de ser felices?... Y sin embargo se
adelantan unos a otros apuradamente, como si no tuvieran nada en común, nada
que hacer entre ellos; sin embargo, la única convención que los une, tácita, es
la de que cada cual mantenga la
derecha al marchar por la calle, a fin
de que las dos corrientes de multitud, que marchan en direcciones
opuestas, no se choquen entre sí; sin embargo, a ninguno se
le ocurre dignarse
dirigir a los
otros aunque sólo
sea una mirada.
La indiferencia brutal, el encierro indiferente de cada cual en sus propios
intereses privados, resulta tanto más repugnante y ofensivo cuanto mayor es el
número de individuos que se aglomeran en un breve espacio.»
Esta descripción es sensiblemente diversa de las
que se pueden hallar en los pequeños maestros franceses del género, tales como
Gozlan, Delvau o Lurine. Carece de la facilidad y la nonchalance con las que el
flâneur se mueve a través de la multitud y que el feuilletoniste copia y
aprende de él. Para Engels la multitud tiene algo que deja consternado. Provoca
en
él una reacción moral. A la cual se agrega una
reacción estética: el ritmo al que los transeúntes se cruzan y se sobrepasan le
desagrada. El atractivo de su descripción reside justamente en la forma en que
el incorruptible hábito crítico se funde en ella con el tono patriarcal. El
autor viene de una Alemania aún provinciana; quizá la tentación de perderse
en una
marea de hombres
le es desconocida
por completo. Cuando
Hegel llegó por primera vez a París, muy cerca de su
muerte, escribió a su mujer así: «Cuando marcho por las calles, la gente tiene
el mismo aspecto que en Berlín -están vestidas en la misma forma, tienen más o
menos las mismas caras-, pero todo se da en una masa más populosa.»
Moverse en medio
de esta masa
era para el
parisiense algo natural.
Por grande que pudiera ser la
distancia que él, por su propia cuenta, pretendiese asumir en relación a ella,
estaba siempre teñido, impregnado por la multitud, y no podía, como Engels,
considerarla desde el exterior. En lo que se refiere a Baudelaire, la masa es
para él algo tan poco extrínseco que en su obra se puede advertir
constantemente cómo lo cautiva y lo paraliza y cómo se defiende de ello.
La masa es hasta tal punto intrínseca en
Baudelaire que en su obra se busca inútilmente una descripción de ella. Como
sus temas esenciales, no aparece nunca en forma de descripción. Para
Baudelaire, según dice
con agudeza Desjardins,
«se trata más de
imprimir la imagen en la memoria que de colorearla o adornarla». Se buscará en
vano en las Fleurs du mal o en el Spleen de Paris algo análogo a los frescos
ciudadanos en los que era insuperable Victor Hugo. Baudelaire no describe la
población ni la ciudad. Y justamente esta renuncia le ha permitido evocar a la
una en la imagen de la otra. Su multitud es siempre la de la metrópoli; su
París es siempre superpoblada. Esto lo hace muy superior a Barbier, en quien
-debido a que apela a la descripción- las masas y la ciudad quedan la una fuera
de la otra.3
3
Característica del procedimiento de Barbier es su poesía Londres, que
describe en venticuatro versos la ciudad, para concluir torpemente así:
Enfin, dans un amas de choses, sombre, immense,
Un peuple noir, vivant et mourant en silence.
Des ¿tres par milliers, suivant lʹinstinct fatal,
Et courant après lʹor par le bien et le mal.
(Auguste Barbier, Jambes el poèmes, París, 1841.)
Baudelaire ha sufrido la influencia de los poemas de tesis de Barbier, y sobre
todo del ciclo londinense, Lazare, más que lo que se quiere admitir. El final
del Crépuscule du soir baudelaireano dice:
...ils finissent
Leur destinée el vont vers le goujjre commun;
Lʹôhpital se remplit de leurs soupirs. Plus dʹun Ne viendra plus chercher la
soupe parfumée,
Au coin du jeu, le soir, auprès dʹune âme aimée.
Compárese este final con el de la octava estrofa
del poema Mineurs de Newcastle, de Barbier:
En los Tableaux parisiens se puede verificar casi
la presencia secreta de una masa. Cuando
Baudelaire toma como tema el crepúsculo matutino
hay en las calles desiertas algo del
«silencio de un hormiguero» que Hugo siente en la
París nocturna. Tan pronto como Baudelaire entrevé las láminas de los atlas de
anatomía expuestas para la venta en los quais polvorientos del Sena, sobre esas
páginas la masa de difuntos ocupa inadvertidamente el lugar en que antes
aparecían esqueletos aislados. Una masa compacta se adelanta en las figuras de
la Danse macabre. Destacarse de la masa, con ese paso que no logra ya llevar el
ritmo, con esos pensamientos que no saben ya nada del presente, es el heroísmo
de las mujercitas arrugadas que el ciclo Les petites vieilles sigue en sus
peregrinaciones. La masa era el velo fluctuante a través del cual Baudelaire
veía París. Su presencia do-mina uno de los fragmentos más importantes de las
Fleurs du mal.
No hay giro ni palabra que en el soneto Á une
passante recuerde a la multitud. Sin embargo el proceso depende de la masa, así
como del viento la marcha de un velero.
La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur [majestueuse,
Une femme prisa, dʹune main fastueuse Soulevant,
balancant le feston et lʹourlet; Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe lʹouragan, La
doceur qui fascine et le plaisir qui tue.
Un éclair... puis la nuit! - Fugitive beauté
Dont le regard mʹa fait soudainement renaître, Ne
te verrai-je plus que dans lʹéternité?
Ailleurs, bien loin dʹici! Trop tard! Jamais
[peut-être!
Car jʹignore où tu fuis, tu ne sais où je vais, Ô
toi que jʹeusse aimée, ô toi qui le savais!
Et plus dʹun qui révait dans le jond de son ame
Aux douceurs du logis, à lʹoeil bleu de sa femme, Trouve au ventre du gouffre
un éternel tombeau.
Con pocos toques magistrales Baudelaire hace del
«destino del minero el fin trivial del hombre de la gran ciudad.
Con velo de viuda, velada por el hecho de ser
transportada tácitamente por la multitud, una desconocida cruza su mirada con
la mirada del poeta. El significado del soneto es, en una frase, el que sigue:
la aparición que fascina al habitante de la metrópoli -lejos de tener en la
multitud sólo su antítesis, sólo un elemento hostil- le es traída sólo por la
multitud. El éxtasis del ciudadano no es tanto un amor a primera vista como a
«última vista». Es una despedida para siempre, que coincide en la poesía con el
instante del encanto. Así el soneto presenta el esquema de un shock, incluso el
esquema de una catástrofe. Pero la catástrofe ha golpeado no sólo al sujeto
sino también la naturaleza de su sentimiento. Lo que hace contraer
convulsivamente al cuerpo - «crispé comme un extravagant»- no es la beatitud de
aquel que se siente invadido por el eros en todas las cámaras de su particular
idiosincracia, sino más bien la turbación sexual que puede sorprender al
solitario. Decir, como Thibaudet, que «estos versos podían nacer sólo en una
gran ciudad» resulta aun insuficiente. Tales versos ponen de manifiesto los
estigmas que la vida en una gran ciudad inflige al amor. No de otra forma ha
entendido Proust el soneto y por ello ha dado al tardío doble de la mujer de
luto, tal como se le apareció un día Albertine, el significativo apodo de «la
parisienne». «Cuando Albertine volvió a entrar en mi cuarto, tenía un vestido
de raso negro que con-tribuía a hacerla más pálida, a hacer de ella la
parisienne lívida, ardiente, entristecida por la falta de aire, por el clima de
las multitudes, y quizá por la influencia
del vicio, y
cuyos ojos parecían
aun más inquietos
debido a que
no eran avivados por el rosa de
las mejillas.» Así mira, aun en Proust, el objeto de un amor tal como sólo el
habitante de una gran ciudad lo conoce, el cual ha sido conquistado por
Baudelaire para la poesía y del cual se podrá decir a menudo que su realización
le ha sido no tanto rehusada sino más bien ahorrada.4
4 El tema
del amor por la mujer que pasa es retomado en un poema del George inicial. El
elemento decisivo se le ha escapado: es el de la corriente en medio de la cual
pasa la mujer, transportada por la multitud. El resultado es una tímida elegía.
Las miradas del poeta, como debe confesar a su dama, «pasaron más allá, húmedas
de pasión antes de osar hundirse en las tuyas». (Stefan George, Himnen,
Pilgerfahrten, Algabal, Berlín, 1922.) Baudelaire no deja dudas del hecho de
que él ha mirado en los ojos con fijeza a la mujer que pasaba.
VI
Entre las versiones más antiguas del tema de la
multitud se puede considerar clásico el relato de Poe traducido por Baudelaire.
Hay en él elementos que bastará seguir para llegar a instancias sociales tan
potentes y secretas como para poderlas colocar entre aquellas de las cuales
sólo puede derivar el influjo diversamente transmitido, tan profundo como
sutil, sobre la producción artística. El cuento se titula El hombre de la
multitud. Se desarrolla en Londres y es contado en primera persona por un hombre
que, tras una larga enfermedad, sale por primera vez al tumulto de la ciudad.
En las horas finales del atardecer de un día de otoño se ha sentado tras las
ventanas de un gran local londinense. Observa a los otros huéspedes en torno a
él y los anuncios de un periódico; pero su mirada se dirige sobre todo a la
multitud que pasa tras los vidrios de la ventana. «La calle era una de las más
animadas de la ciudad; durante todo el día había estado llena de gente. Pero
ahora, al oscurecer, la multitud crecía de minuto en minuto, y cuando se
encendieron las luces de gas, dos espesos, compactos ríos de transeúntes se
cruzaban frente al café. No me había sentido nunca en un estado de ánimo como
el de esta noche; y saboreé la nueva emoción que me había sorprendido frente al
océano de esas cabezas en movimiento. Poco a poco perdí de vista lo que ocurría
en el local en el que me encontraba y me abandoné por completo a la
contemplación de la escena del exterior.» Dejaremos de lado, a pesar de su
significación, la fábula que se desarrolla tras este prólogo y nos limitaremos
a examinar el cuadro en el que se cumple.
En Poe la multitud de Londres aparece tan tétrica
y confusa como la luz de gas en la cual se mueve. Ello no es válido sólo para
la gentuza que desemboca en la noche «desde sus cuevas». La clase de los
empleados superiores es descrita por Poe en estos términos:
«Tenían todos la cabeza ligeramente calva; y la
oreja derecha, habituada a sostener la pluma, estaba un poco separada del
cráneo. Todos se tocaban rutinariamente el sombrero y todos llevaban cortas
cadenitas de oro de malla anticuada.» Aún más extraña es la descripción de la
forma en que se mueve la multitud: «La mayor parte de los que pasaban tenían
aspecto de gente satisfecha de sí y sólidamente instalada en la vida. Parecía
que pensasen sólo en abrirse paso entre la multitud. Fruncían el entrecejo y lanzaban
miradas hacia todos lados. Si recibían un golpe de los que pasaban más cerca,
no se descomponían, sino que se reacomodaban la ropa y se apresuraban a seguir.
Otros, y también este grupo era numeroso, se movían en forma descompuesta,
tenían el rostro encendido, hablaban entre ellos y gesticulaban, como si
justamente en medio de la multitud innumerable que los circundaba se sintieran
perfectamente solos. Cuando tenían que detenerse dejaban de improviso de
murmurar, pero intensificaban su gesticulación, y esperaban con sonrisa ausente
y forzada a que hubiesen pasado los que los molestaban. Cuando eran golpeados
saludaban con exageración a aquellos de los que habían recibido el golpe y
parecían extremadamente confusos.»5 Se
podía creer que se trata
de miserables, de individuos
5 Un
paralelo de este fragmento se encuentra en Un jour de pluie. Este poema, pese a
que lleva otra firma, debe ser atribuido a Baudelaire. El último verso, que da
a la poesía un tono particularmente lúgubre, tiene una precisa correspondencia
con El hombre de la multitud. «Los rayos de las linternas a
semiborrachos. En verdad son «personas de
condición elevada, comerciantes, abogados y especuladores de bolsa».6
El cuadro esbozado por Poe no se puede definir
como «realista». Se nota en él la obra de una
fantasía que deforma
conscientemente, que aleja
mucho un texto
como éste de aquéllos recomendados como modelo de un
realismo socialista. Por ejemplo, Baubier, uno de los mejores a quienes podría
vincularse un realismo de esa índole, describe las cosas en forma menos
desconcertante. Él ha elegido asimismo un tema más transparente: el de la masa
de los oprimidos. De ella no se trata en absoluto en Poe: su tema es «la gente»
como tal. Como Engels, Poe advierte en el espectáculo que ofrece la gente algo
amenazador. Y es justamente esta imagen de la multitud metropolitana la que ha
resultado decisiva para Baudelaire. Si por un lado él sucumbe a la violencia con
que la multitud lo atrae hacia sí y lo convierte, como flâneur, en uno de los
suyos, por otro, la conciencia del carácter inhumano de la masa, no lo ha
abandonado jamás. Baudelaire se convierte en cómplice de la multitud y casi en
el mismo instante se aparta de ella. Se mezcla largamente con ella para
convertirla fulminantemente en nada mediante una mirada de desprecio. Esta
ambivalencia tiene algo de fascinante cuando la admite con reluctancia; y
podría incluso depender de ella el encanto tan difícil de explicar del
Crépuscule du soir.
gas -escribe Poe-, que eran aún débiles mientras
luchaban con el crepúsculo, habían vencido ahora y lanzaban en torno una luz
cruda y móvil. Todo era negro y relucía como el ébano, al cual ha sido
comparado el estilo
de Tertuliano.» El
encuentro de Baudelaire
con Poe es
en este caso más singular, puesto que los versos que
siguen han sido escritos a más tardar en 1843, o sea cuando Baudelaire no sabía
aún nada sobre Poe:
Chacun, nous coudoyant sur le trottoir glissant,
Égoiste et brutal, passe et nous éclabousse,
Ou, pour corrir plus vite, en sʹéloignant nous
pousse.
Partout jarige, déluge, oscurité du ciel.
Noir tableau qu éût rêvé le noir Ezéchiel.
6 Los hombres de negocios tienen en Poe algo
demoníaco. Se podría pensar en Marx, quien atribuye al «movimiento febrilmente
juvenil de la producción industrial» en los Estados Unidos la responsabilidad
por el hecho de que no hubiese habido «ni tiempo ni ocasión» de «liquidar el
viejo mundo de fantasmas». En Baudelaire, cuando cae la noche, los «demonios
malsanos» se levantan en la atmósfera «como hombres de negocios». Quizás ese
trozo del CrépusculE du soir es una reminiscencia del texto de Poe.
VII
Baudelaire ha querido equiparar al hombre de la
multitud, tras cuyas huellas el narrador de Poe recorre la Londres nocturna en
todos los sentidos, con el tipo del flâneur. En esto no podemos seguirlo. El
hombre de la multitud no es un flâneur. En él el hábito tranquilo ha sido
sustituido por otro, maníaco. Más bien de él se puede inferir qué le iba a
ocurrir al flâneur cuando le fuese quitado su ambiente natural. Si este
ambiente le fue proporcionado alguna vez por Londres, sin duda no fue por la
Londres descrita por Poe. Respecto a ésta, la París de Baudelaire conserva
algunos rasgos del buen tiempo antiguo. Hay aún balsas para cruzar el Sena, en
los lugares donde más tarde se enarcarían puentes. Incluso en el año de la
muerte de Baudelaire, a un hombre de empresa se le podía ocurrir hacer circular
quinientas literas para
uso de los
ciudadanos acomodados. Estaban
ya de moda
las galerías donde el flâneur se sustraía a la vista de los vehículos,
que no toleran la competencia del peatón.7
Estaba el transeúnte que se infiltraba entre la multitud, pero estaba
también el flâneur que necesita espacio y no quiere renunciar a su privacy. La
masa debe atender a sus ocupaciones: el hombre con privacy, en el fondo, puede
flâner sólo cuando, como tal, sale ya del cuadro. Donde el tono es dado por la
vida privada hay para el flâneur tan poco espacio como en el tránsito febril de
la city. Londres tiene al hombre de la multitud. Nante, el hombre de la
esquina, personaje popular de la Berlín anterior a 1848, es en cierto modo su
antítesis: el flâneur parisiense está en medio de los dos.8
Una breve historia, la última que escribió E. T.
A. Hoffmann, nos instruye sobre la forma en que el hombre con privacy contempla
a la multitud. El relato se titula La ventana en ángulo del sobrino. Fue
escrito quince años antes que el relato de Poe y acaso constituye uno de los
primerísimos intentos de presentar el cuadro de las calles de una gran ciudad.
Vale la pena subrayar las diferencias entre los dos textos. El observador de
Poe mira a través de los vidrios de un local público, mientras que el sobrino
está sentado en su propia habitación. El observador de Poe sucumbe a una
atracción que acaba por arrastrarlo al vórtice de la multitud. El sobrino en la
ventana es paralítico: no podría seguir a la corriente aun cuando la sintiese
sobre su propia persona. Se halla más bien por encima de esta multitud, tal
como lo sugiere su puesto de observación en un departamento elevado. Desde allí arriba pasa revista a la
multitud. Es día de mercado y la multitud se siente en su propio elemento. Su
anteojo de larga vista le permite aislar escenas de género. La disposición
interior de quien se sirve del anteojo se halla plenamente de acuerdo con el
7 El peatón sabía, incidentalmente, exhibir en
forma provocativa su nonchalance. Hacia 1840 fue durante cierto tiempo de buen
tono conducir tortugas con una correa en las galerías. El flâneur se complacía
en adecuarse al ritmo de las tortugas. Si hubiese sido por él, el progreso
hubiera debido andar a un ritmo similar. Pero no fue él quien tuvo la última
palabra, sino Taylor, quien de guerra a la flânerie» hizo el mot dʹordre.
8 En el
tipo creado por Glasbrenner el hombre con privacy aparece como vástago
raquítico del
citoyen.
Nante no tiene
ninguna causa por
la cual preocuparse.
Se establece en
la calle, que
evidentemente no lo conduce a ningún lado, con
tanta comodidad como el filisteo entre sus cuatro paredes.
funcionamiento de tal instrumento. El sobrino
quiere iniciar a su visitante, tal como él mismo lo dice, «en los principios
del arte de mirar».9 Dicho arte consiste
en la facultad de complacerse con cuadros vivos; como aquellos con que se
complace el romanticismo burgués. Sentencias edificantes favorecen la
interpretación.10 Se puede considerar el
texto como un intento cuya realización estaba próxima. Pero es evidente que
dicho intento había sido cumplido en Berlín, en condiciones que no consentían
su pleno éxito. Si Hoffmann hubiese estado alguna vez en París o en Londres, si
se hubiese propuesto representar una masa como tal, nunca hubiera escogido un
mercado, no hubiese dado a las mujeres un puesto predominante en el cuadro y
quizás hubiera alcanza-do los temas que Poe extrae de las multitudes en
movimiento a la luz de los faroles de gas. Pero no hubiesen sido necesarios los
faroles para iluminar el elemento inquietante que ha sido advertido por otros
fisonomistas de la gran ciudad. Es oportuno en este sentido recordar una
anécdota significativa de Heine. «Heine ha estado muy enfermo de los ojos en
primavera -escribe en
1838 un corresponsal-. La última vez he recorrido
con él los boulevards. El esplendor, la vida de esta calle única en su género
me lanzaba a una admiración sin límites mientras que Heine subrayó en esta
ocasión con eficacia lo que hay de horrible en este centro del mundo.»
9 Es
significativa la forma en que se llega a esta confesión. El sobrino mira, según
su huésped, el movimiento de la calle sólo porque le complace el juego de los
diversos colores. Pero a la larga esta diversión debe cansar. En la misma forma
y no mucho después Gogol escribe acerca de una feria en Ucrania: «Había tanta
gente en movimiento hacia allí que los ojos temblaban.» Quizá la visión
cotidiana de una multitud en movimiento fue durante cierto lapso un espectáculo
al cual el ojo debía habituarse antes. Si se admite esta hipótesis, se puede
quizá suponer que una vez cumplido ese aprendizaje el ojo haya acogido
favorablemente toda ocasión de mostrarse dueño de la facultad recién
conquistada. La técnica de la pintura impresionista, que extrae la imagen del
caos de las manchas de color, sería por lo tanto un reflejo de experiencias que
se han vuelto familiares para el ojo del habitante de una gran ciudad. Un
cuadro como La catedral de Chartres, de Monet, que es una especie de hormiguero
de piedras, podría ilustrar esta hipótesis.
10
Hoffmann, en este texto, dedica reflexiones edificantes -entre otros al
ciego que tiene la cabeza levantada hacia el cielo. Baudelaire, que conocía
este relato, extrae de las consideraciones de Hoffmann una variante, en el
último verso de los Aveugles, que condena el fin edificante: «Que
cherchent-ils au Ciel, tous ces aveugles?»
VIII
Angustia, repugnancia, miedo, suscitó la multitud
metropolitana en los primeros que la miraron a los ojos. En Poe la multitud
tiene algo de bárbaro. La disciplina la frena sólo con gran dificultad.
Posteriormente James Ensor no se cansará de oponer en ella disciplina y
desenfreno. Se complace en hacer intervenir compañías militares en medio de sus
bandas carnavalescas. Ambas se encuentran entre sí en una relación ejemplar:
como ejemplo y modelo de los estados totalitarios, donde la policía está aliada
a los delincuentes. Valéry, dotado de una mirada muy aguda para el complejo de
síntomas que es la «civilización», describe de la siguiente forma uno de los
elementos en cuestión. «El habitante de las grandes ciudades vuelve a caer en
un estado salvaje, es decir en un estado de aislamiento. La sensación de estar
necesariamente en relación con los otros, antes estimulada en forma continua
por la necesidad, se embota poco a poco por el funcionamiento sin roces del
mecanismo social. Cada
perfeccionamiento de este
mecanismo vuelve inútiles determinados actos, determinadas
formas de un sentir.» El confort aísla. Mientras que por otro lado asimila a
sus usuarios al mecanicismo. Con la invención de los fósforos, hacia fines del
siglo, comienza una serie de innovaciones técnicas que tienen en común el hecho
de sustituir una serie compleja de operaciones por un gesto brusco. Esta
evolución se produce en muchos campos; y resulta evidente, por ejemplo, en el
teléfono, donde en lugar del movimiento continuado con que era preciso hacer
girar una manivela en los aparatos primitivos aparece el acto de levantar el
receptor. Entre los innumerables actos de intercalar, arrojar, oprimir,
etcétera, el «disparo» del fotógrafo ha tenido consecuencias particularmente
graves. Bastaba hacer presión con un dedo para fijar un acontecimiento durante
un período ilimitado de tiempo. Tal máquina proporcionaba instantáneamente, por
así decirlo, un shock póstumo. Junto a experiencias táctiles de esta índole
surgían experiencias ópticas, como la producida por la parte de los anuncios en
un periódico y también por el tránsito en las grandes ciudades. Moverse a
través del tránsito significa para el individuo una serie de shocks y de
colisiones. En los puntos de cruce peligrosos, lo recorren en rápida sucesión
contracciones iguales a los golpes de una batería. Baudelaire habla del hombre
que se sumerge en la multitud como en un reservoir de energía eléctrica. Y lo
define en seguida, describiendo la experiencia del shock como «un calidoscopio
dotado de conciencia». Si los transeúntes de Poe lanzan aún miradas sin motivo
en todas direcciones, los de hoy deben hacerlo forzosamente para atender a las
señales del tránsito. La técnica sometía así al sistema sensorial del hombre a
un complejo training. Llegó el día en que el film correspondió a una nueva y
urgente necesidad de estímulos. En el film la percepción por shocks se afirma
como principio formal. Lo que determina el ritmo de la producción en cadena
condiciona, en el film, el ritmo de la recepción.
No por azar Marx señala que en el artesanado la
conexión de los momentos de trabajo es continua. Tal conexión, convertida en
autónoma y objetivada, se le presenta al trabajador fabril en la cinta
automática. El trozo en el que hay que trabajar entra en el radio de acción del
obrero independientemente de la voluntad de éste; y con la misma libertad se le
sustrae. «Toda la producción capitalista -escribe Marx- se distingue por el
hecho de que no
es el trabajador quien utiliza la condición de
trabajo, sino la condición de trabajo la que utiliza al trabajador; pero sólo
con la maquinaria esta inversión conquista una realidad técnicamente tangible.»
En sus relaciones con la máquina los obreros aprenden a coordinar
«sus propios movimientos con aquéllos
uniformemente constantes de un autómata». Estas palabras arrojan luz particular
sobre la uniformidad de carácter absurdo que Poe atribuye a la multitud.
Uniformidad en la vestimenta y en el comportamiento, aunque no menos
uniformidad en la expresión. La sonrisa da que pensar. Es probablemente la
misma que se reclama hoy con el keep smiling y actúa, por así decirlo, como
paragolpes mímico. «Todo trabajo con máquinas exige -se dice en el fragmento antes citado- un amaestramiento precoz del
obrero.» Este amaestramiento es distinto del ejercicio. El ejercicio, decisivo
sólo en el trabajo manual, tenía aún una función en la manufactura. Sobre la
base de la manufactura, «cada particular ramo de producción halla en la experiencia
la forma técnica a él adaptada y la perfecciona lentamente». La cristaliza
rápidamente «apenas alcanzando un cierto grado de madurez». Pero la misma
manufactura produce por otro lado «en todo trabajo a mano del que se apodera,
una clase de obreros llamados no especializados, que la empresa de
trabajo manual excluía
rigurosamente. Mientras desarrolla
hasta el virtuosismo la
especialización simplificada al extremo, comienza a hacer una especialización
incluso de la falta de toda formación». El obrero no especializado es el más
profundamente degradado por
el amaestramiento a la máquina.
Su trabajo es impermeable a la experiencia. El
ejercicio no tiene en él ningún derecho.11
Lo que el Luna Park cumple mediante sus ruedas giratorias y otras
diversiones de la misma índole no es más que un ensayo del amaestramiento al
que el obrero no especializado es sometido en la fábrica (ensayo que a veces
debe convertirse para él en el programa entero; puesto que el arte del excéntrico,
en el cual el hombre vulgar podía ejercitarse en los Luna-parks, prosperaba
durante los períodos de desocupación). El texto de Poe pone en evidencia la
relación entre desenfreno y disciplina. Sus transeúntes se comportan como si,
adaptados a autómatas, no pudiesen expresarse más que en forma automática. Su
comportamiento es una reacción a shocks. «Cuando eran golpeados saludaban con
exageración a aquellos de los que habían recibido el golpe.»
11 Cuanto
más breve es el período de adiestramiento del obrero industrial, más largo se
torna el de los reclutamientos militares. Quizá sea parte de la preparación de
la sociedad para la guerra total el hecho de que el ejercicio se traslade de la
praxis productiva a la praxis de destrucción.
IX
A la experiencia del shock que el transeúnte
sufre en medio de la multitud corresponde la del obrero al servicio de las
máquinas. Sin embargo, ello no autoriza a suponer que Poe haya tenido un
concepto del proceso del trabajo industrial. En todo caso Baudelaire estaba muy
lejos de un concepto de esa índole. Pero se sentía fascinado por un proceso en
el que el mecanismo reflejo que la máquina pone en movimiento en el obrero se
puede estudiar en el ocioso como en un espejo. Este proceso es el juego de azar.
La afirmación debe parecer paradójica. ¿Cómo hallar una antítesis más acentuada
que la que existe entre el trabajo y el azar? Alain dice con gran claridad: «El
concepto de juego... consiste en el hecho de
que la partida
que sigue no
depende de la
que la precede.
El juego ignora decididamente toda posición
conquistada. No tiene en cuenta los méritos conquistados con anterioridad. En
ello se distingue del trabajo. El juego borra el pasado decisivo en el que se
funda el trabajo..., es un proceso más breve.» El trabajo al que Alain se
refiere aquí es el altamente diferenciado (el cual, como el intelectual, puede
retener ciertos elementos del trabajo manual); no es el trabajo de la mayoría
de los obreros de las fábricas, y de ninguna forma el de los no especializados.
A este último le falta el elemento de aventura, la fata morgana que seduce al
jugador. Pero no le falta la vanidad, el vacío, el hecho de no poder concluir,
que es también inherente a la actividad del obrero asalariado. Incluso sus gestos,
determinados por el proceso automático del trabajo, aparecen en el juego, que
no se desarrolla sin el movimiento rápido de quien hace la apuesta o toma una
carta. Al estallido del movimiento de la máquina corresponde el coup en el
juego de azar. Cada intervención del obrero en la máquina carece de relaciones
con la precedente porque constituye una exacta reproducción de ésta. Cada
intervención en la máquina está tan herméticamente separada de aquella que la
ha precedido como un coup de la partida de azar del coup inmediatamente
precedente. Y la esclavitud del asalariado hace en cierta forma pendant a la
del jugador. El trabajo de ambos está igualmente libre de contenido.
Hay una litografía de Senefelder que representa
una escena de juego. Ninguno de los personajes sigue el
juego de la misma forma. Cada cual está ocupado
con su propia pasión; el uno por una alegría no contenida, el otro por
desconfianza hacia su partner, otro por una turbia desesperación, otro por
deseos de litigar, otro toma disposiciones para abandonar este
mundo. En las
diversas actitudes hay
algo secretamente afín:
los personajes representados muestran cómo el mecanismo al cual los
jugadores se entregan en el juego se adueña de sus cuerpos y sus almas, por lo
cual incluso en su fuero íntimo, por fuerte que sea la pasión que los agita, no
pueden obrar más que automáticamente. Se comportan como los transeúntes del
texto de Poe; viven una vida de autómatas y se asemejan a los seres imaginarios
de Bergson, que han liquidado por completo su memoria.
No parece que Baudelaire se dedicase al juego, a
pesar de que ha tenido para sus víctimas palabras de simpatía, incluso de
respeto. El tema que ha tratado en su poema nocturno Le jeu respondía, según su
criterio, a los tiempos modernos. Escribir ese poema era parte de su tarea.
La figura del
jugador constituye en
Baudelaire la encarnación
moderna del
arquetipo
arcaico del espadachín.
Ambos son para él personajes
igualmente heroicos. Börne veía con los ojos de Baudelaire cuando escribía: «Si
se ahorrase toda la fuerza y toda la pasión... que se derrochan cada año en
Europa en las mesas de juego... bastaría para hacer un pueblo romano y para
construir una historia romana. ¡Pero es así!, si bien todo hombre nace romano,
la sociedad burguesa busca desromanizarlo y con tal objeto son introducidos los
juegos de azar y de salón, las novelas, las óperas italianas y los periódicos
elegantes.» En la burguesía el juego de azar se ha aclimatado sólo en el curso
del siglo xix; en el siglo anterior jugaba exclusivamente la nobleza. El juego
de azar fue difundido por los ejércitos napoleónicos y pasó a formar parte del
«espectáculo de la vida mundana y de los miles de existencias irregulares que
se alojan en los subterráneos de una gran ciudad»: el espectáculo en el que
Baudelaire veía lo heroico «tal como es propio de nuestra época».
Si se considera el juego de azar no tanto desde
el punto de vista técnico como desde el psicológico, la concepción de
Baudelaire parece aun más significativa. El jugador atiende a la ganancia: eso
es claro. Pero su gusto por ganar y por hacerse de dinero no puede ser definido
como deseo en el sentido estricto de la palabra. Lo que lo embarga íntimamente
es quizás avidez, quizás una oscura decisión. De todos modos, se halla en un
estado de ánimo en el cual no puede atesorar experiencia.12 El deseo, en cambio,
pertenece a los órdenes de la experiencia. «Lo que se desea de jóvenes, se
tiene en abundancia de viejos », dice Goethe. Cuanto antes se formula en vida
un deseo tanto más grandes son sus perspectivas de cumplirse. Cuanto más lejos
en el tiempo se halla un deseo tanto más puede esperarse su realización. Pero
lo que lleva lejos en el tiempo es la experiencia, que lo llena y lo articula.
Por ello el deseo realizado es la corona reservada a la experiencia. En el
simbolismo de los pueblos la lejanía espacial puede ocupar el lugar de la
lejanía temporal; por lo cual la estrella que cae, que se precipita en la
infinita lejanía del espacio, se convierte en símbolo del deseo cumplido. La
bolita de marfil que gira en la próxima casilla, la próxima carta, que está
arriba del mazo, son la verdadera antítesis de la estrella que cae. El tiempo
contenido en el instante en el que la luz de la estrella que cae brilla para el
ojo humano es de la misma naturaleza que aquel que Joubert, con su habitual
seguridad, ha definido así:
«Hay un tiempo -dice- incluso en la eternidad;
pero no es el tiempo terrestre, el tiempo
mundano... Es un tiempo que no destruye, realiza
solamente.» Es la antítesis del tiempo infernal en el cual transcurre la
existencia de aquellos a los cuales no les es dado llegar a concluir nada de lo
que han comenzado. La mala reputación del juego depende justamente del hecho de
que es el jugador mismo el que pone su mano en la obra. (Un cliente
incorregible de la lotería no incurrirá en la misma condena de la que se hace
pasible el jugador de azar verdadero.)
12 El
juego rechaza los órdenes de la experiencia. Es quizás un oscuro sentimiento de
este hecho lo que hace popular, justamente entre los jugadores, la «apelación
vulgar a la experiencia». El jugador dice «mi número», tal como el libertino
dice «mi tipo». Hacia fines del Segundo Imperio era la mentalidad de ellos la
que daba el tono. «En el boulevard era normal atribuir toda cosa a la fortuna.»
Esta mentalidad se ve favorecida por la apuesta, que es un medio para dar a los
acontecimientos carácter de shock, para hacerlos saltar de sus contextos de
experiencia. Para la burguesía, incluso los acontecimientos políticos tendían a
asumir la forma de acontecimientos de mesa de juego.
El hecho de comenzar siempre de nuevo es la idea
reguladora del juego (como del trabajo asalariado). Tiene pues un sentido muy
preciso el que la aguja que marca los segundos -la seconde- figure en
Baudelaire como el partner del jugador:
Souviens-toi que le Temps est un joueur avide qui
gagne sans tricher, à tout coup! cʹest la loi!
En otro texto Satán ocupa el lugar que aquí
corresponde al segundo. A sus posesiones corresponde sin duda también el «antro
taciturno» en el que el poema Le jeu coloca a las víctimas del juego de azar.
Voilà le noir tableau quʹen un rêve nocturne Je
vis se dérouler sous mon oeil clairvoyant. Moi-même, dans un coin de lʹantre
taciturne, Je me vis accoudé, froid, muet, enviant, Enviant de ces gens la
passion tenace.
El poeta no participa en el juego. Permanece en
un ángulo; y no es más feliz que ellos, los jugadores. Es
también un hombre
despojado de su
experiencia, un moderno.
Pero él rechaza el estupefaciente
con el que los jugadores tratan de apagar la conciencia que los ha puesto bajo
la custodia del ritmo de los segundos.13
Et mon coeur sʹeffraya dʹenvier maint pauvre
[homme
Courant avec ferveur à lʹabime béant,
Et qui, soûl de son sang, préférerait en somme,
La douleur à la mort et lʹenfer au néant.
En estos últimos versos Baudelaire hace de la
impaciencia el sustrato de la furia del juego. Lo hallaba en sí en estado puro.
Su cólera repentina tiene la expresividad de la Iracundia de Giotto en Padua.
13 La
embriaguez en cuestión está temporalmente determinada como el dolor que debería
paliar. El tiempo es la trama en la cual están entretejidas las fantasmagorías
del juego. En su Fauchers de nuit, Gourdon escribe: Afirmo que la pasión del
juego es la más noble de todas las pasiones, porque encierra en sí a todas las
otras. Una serie de coups afortunados me procura un gozo mayor que el que
podría sentir en años un hombre que no juega... ¿Creéis que veo sólo la ganancia
en el oro que me toca? Os
equivocáis. Veo y saboreo
en él los
placeres que me
procura. Y que me
llegan demasiado rápido para poder repugnarme, y en variedad demasiado
grande para poder aburrirme. Vivo cien vidas en una sola. Si viajo, es en la
forma en que viaja la chispa eléctrica. Si soy avaro y reservo mis billetes
para jugar, es porque conozco demasiado bien el valor del tiempo para emplearlo
como lo hacen los demás. Un determinado placer que me concediese me costaría
mil otros placeres... Tengo esos placeres en el espíritu y no quiero otros.»
Análogamente presenta las cosas Anatole France en sus bellas reflexiones sobre
el juego en el Jardin dʹEpicure.
X
Si se cree a Bergson, es la actualización de la
durée lo que saca al hombre la obsesión del tiempo. Proust comparte esta fe y
ha deducido de ella los ejercicios con los cuales ha buscado durante toda la
vida conducir a la luz el pasado, saturado de todas las reminiscencias que lo
han impregnado durante su permanencia en el inconsciente. Proust ha sido un
lector sin igual de las Fleurs du mal; porque sentía en acción en ese libro
algo afín. No hay
familiaridad posible con
Baudelaire que no
se halle contenida
en la experiencia baudelaireana
de Proust. «El tiempo -escribe Proust- se halla en Baudelaire desintegrado en
forma desconcertante; sobresalen
sólo pocos días, y
son días significativos. Así se
explica que se encuentren a menudo en él formas de decir tales como
ʺcuando una nocheʺ y similares.» Estos días
significativos son los del tiempo que realiza,
para decirlo en términos de Joubert. Son los días
del recuerdo. No se distinguen por ninguna experiencia vivida; no están en
compañía de los otros sino que se destacan del tiempo. Lo que constituye su
contenido ha sido fijado por Baudelaire en el concepto de correspondance. Dicho
concepto está ligado al de «belleza moderna».
Dejando de lado la lectura erudita sobre las
correspondances (que son patrimonio común de los místicos; Baudelaire las había
encontrado en Fourier), Proust ni siquiera presta demasiada atención a las
variaciones artísticas sobre el argumento, representadas por las sinestesias.
Lo importante es que las correspondances fijan un concepto de experiencia que
retiene en sí elementos culturales. Sólo adueñándose de estos elementos podía
Baudelaire valorar plenamente de la catástrofe de la cual él, como moderno, era
testigo. Sólo así podía reconocerla como el desafío lanzado únicamente a él y
que él ha aceptado en las Fleurs du mal. Si existe de verdad en este libro una
arquitectura secreta, que ha sido objeto de tantas especulaciones, el ciclo de
poemas que inaugura el volumen podría estar dedicado a algo irrevocablemente
perdido. A este ciclo pertenecen dos poemas idénticos en sus temas. El primero,
que lleva el título de Correspondances, empieza así:
La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles; Lʹhomme y passe à travers des
fôrets de symboles Qui lʹobservent avec des regards familiers.
Comme de longs échos qui de loin se confondent
Dans une ténébreuse et profonde unité,
Vaste comme la nuit et comme la clarté,
Les parfums, les couleurs et les sons se
répondent.
El sentido que Baudelaire daba a estas correspondances
se puede definir como el de una experiencia que busca establecerse al reparo de
toda crisis. Tal experiencia sólo es posible
en el ámbito cultural. Cuando sale de dicho
ámbito asume el aspecto de lo bello. En lo bello se manifiesta el valor cultual
del arte.14
Las correspondances son las fechas del recuerdo.
No son fechas históricas, sino más bien fechas de la prehistoria. Lo que hace
grandes y significativos a los días de fiesta es el encuentro con una vida
anterior. Baudelaire lo ha establecido en el soneto que se titula precisamente
La vie antérieure. Las imágenes de las grutas y de las plantas, de las nubes y
de las ondas, evocadas al comienzo de este soneto, surgen de la cálida niebla
de las lágrimas, que son lágrimas de nostalgia. «El viajero, contemplando esas
latitudes veladas por el luto, siente subir a los ojos lágrimas histéricas,
hysterical tears», escribe Baudelaire comentando las poesías de Marceline
Desbordes-Valmore. Correspondencias simultáneas, como fueron cultivadas a
continuación por los simbolistas, no existen. El pasado murmura en las
correspondencias; y la experiencia canónica de ellas tiene lugar también en una
vida anterior:
Les houles, en roulant les images des cieux,
14 Lo
bello se puede definir de dos formas: en su relación con la historia y con la
naturaleza. En ambos casos se destacará la apariencia, el elemento aporético de
lo bello. (En cuanto al primero baste una indicación. Lo bello en su realidad
histórica es una llamada que reúne a quienes lo han admirado precedentemente.
La experiencia de lo bello es un «ad plures ir», como llamaban a la muerte los
romanos. La apariencia de lo bello consiste en este sentido en que el objeto
idéntico buscado por la admiración no es hallable en la obra. La admiración no
hace más que recoger lo que generaciones precedentes han admirado en ella. Un
dicho de Goethe proporciona aquí la última palabra de la sabiduría: Todo lo que
ha ejercido una gran influencia no puede en realidad ser ya más juzgado.) Lo bello
en su relación con la naturaleza
puede ser definido como
aquello que
«permanece esencialmente idéntico a sí mismo sólo
bajo un velo». Las correspondances nos dicen qué debemos entender por tal velo.
Podemos considerar a este velo, con elipsis ciertamente arriesgada, como el
elemento reproducible en la obra de arte. Las correspondances representan la
instancia ante la cual el objeto de arte aparece como fielmente reproducido,
incluso a pesar de ser –y justamente por
ello- completamente aporético.
Si se quisiese
volver a hallar
esta aporía en
el material lingüístico mismo, se
llegaría a definir lo bello como el objeto de la experiencia en el estado de
semejanza. Esta definición coincidiría con la formulación de Valéry: «Lo bello
exige quizá la imitación servil de aquello que es indefinible en las cosas.» Si
Proust vuelve de tan buena gana sobre este tema (que en él aparece como el
tiempo reencontrado), no se puede decir que traicione un secreto. Es uno de los
aspectos más desconcertantes de su arte el que ponga continuamente en el centro
de sus propias consideraciones justamente el concepto de la obra de arte como
copia o reproducción, el sentido de lo bello, en suma, el aspecto esencialmente
hermético del arte. Proust habla
sobre la génesis
y los objetivos de su obra
con la desenvoltura
y la urbanidad de un
conocedor refinado. Ello tiene sin duda un paralelo en Bergson. Las siguientes
palabras -con las que el filósofo muestra qué se puede esperar de la
actualización del flujo intacto del devenir- tienen un acento que recuerda a
Proust: «Podríamos hacer entrar esta visión en nuestra vida cotidiana y gozar
así gracias a
la filosofía de
satisfacciones similares a las que
nos proporciona el
arte; con la diferencia de que serían más frecuentes,
más continuas y más fácilmente accesibles para el hombre común.» Bergson ve al
alcance de la mano lo que para la mejor comprensión goetheana de Valéry se
aparece como el «aquí» donde «lo insuficiente se convierte en acontecimiento».
Mélaient dʹune faVon solennelle et mystique
Les tout-puissants aeeords de leur riche musique
Aux couleurs du couchant refété par mes yeux.
Cʹest lá que jʹai vécu...
El hecho de que la voluntad restauradora de
Proust permanezca encerrada dentro de los límites de la existencia terrestre,
mientras que Baudelaire tiende a superarla, puede ser considerado como síntoma
de la tanto mayor originalidad y violencia con que las fuerzas hostiles se han
manifestado en Baudelaire. Y nunca acaso ha llegado a algo tan perfecto como
cuando, vencido por tales fuerzas, parece ceder a la resignación. Recueillement
traza sobre las profundidades del cielo las alegorías de los años
transcurridos:
...Vois se pencher les défuntes Années
Sur les balcons du ciel, en robes surannées.
En estos versos Baudelaire se contenta con rendir
homenaje a lo inmemorable que se le ha escapado, mediante lo pasado de moda.
Proust piensa que hacia los años que aparecen en el balcón se vuelven
fraternalmente aquellos de Combray, cuando en el último volumen de su obra
vuelve sobre la experiencia que le había proporcionado el sabor de una
madeleine. «En Baudelaire... estas reminiscencias, aun más numerosas, son
evidentemente menos casuales y por lo tanto, a mi juicio, decisivas. Es el
poeta mismo quien, con mayor selectividad e indolencia, persigue
deliberadamente en el olor de una mujer, por ejemplo, en el perfume de sus
cabellos y de sus senos las analogías inspiradoras que le dan por lo tanto ʺel
inmenso azul del cieloʺ y ʺun puerto lleno de llamas y mástilesʺ.» Estas
palabras son como un epígrafe involuntario de la obra de Proust. La obra de
Proust es afín a la de Baudelaire, quien recogió los días del recuerdo en un
año espiritual.
Pero las Fleurs du mal no serían lo que son si
imperase en ellas sólo este hallazgo. Lo que las vuelve inconfundibles es más
bien el hecho de que a la ineficacia de la misma consolación, a
la caída de
la misma pasión,
al fracaso de
la misma obra
ha sabido arrancarle poemas que
no son en absoluto inferiores a aquellos en los que las correspondances
celebran sus fiestas. El libro Spleen et idéal es el primero de los ciclos de
las Fleurs du mal. El idéal proporciona la fuerza del recuerdo; el spleen le
opone la horda de los segundos. Él es el emperador de los segundos, así como el
Demonio es el emperador de las moscas. A la serie de poemas del spleen
pertenece Le goút du néant, en el que se dice:
Le Printemps adorable a perdu son odeur!
En este verso Baudelaire dice algo extremo con
extrema discreción; ello lo hace inconfundiblemente suyo. El hundimiento total
en sí mismo de la experiencia en la que en un tiempo anterior participó es
reconocido en la palabra perdu. El olor es el refugio inaccesible de
la mémoire involontaire.
Difícilmente se asocia
ésta a re-presentaciones
visuales; entre las impresiones sensibles suele
acompañar solamente a un mismo olor. Si al reconocimiento de un olor le cabe
más que a cualquier otro recuerdo el privilegio de consolar, ello se debe acaso
a que ese reconocimiento adormece profundamente la conciencia del transcurso
del tiempo. Un perfume hace remontar años enteros a través del perfume que
recuerda. Es ello lo que hace infinitamente desconsolado este verso de
Baudelaire. Para quien no puede tener más una experiencia, no hay consuelo.
Pero es justamente esta incapacidad lo que constituye la esencia íntima de la
cólera. El airado «no quiere sentir nada»; su arquetipo, Timón, se lanza contra
todos los hombres sin distinción; no puede ya distinguir al amigo de confianza del
enemigo mortal. DʹAurevilly ha visto con profunda agudeza este aspecto de
Baudelaire; lo ha definido como «un Timón con el genio de un Arquíloco». La
cólera mide según sus fines el ritmo de los segundos, al cual está sometido el
melancólico.
Et le Temps mʹengloutit minute par minute. Comme
la neige immense un corps pris de [roideur.
Estos versos siguen inmediatamente a los citados
antes. En el spleen el tiempo está objetivado; los minutos cubren al hombre
como copos. Este tiempo carece de historia, al igual que el de la mémoire
involontaire. Pero en el spleen la percepción del tiempo se halla
sobrenaturalmente aguzada; cada segundo encuentra a la conciencia dispuesta a
parar su golpe.15
El cálculo del tiempo que superpone su
uniformidad a la durée, no logra sin embargo evitar dejar
en ella fragmentos
desiguales y privilegiados. Ha
sido mérito de los
calendarios haber unido el reconocimiento de la calidad a la medición de la
cantidad, en cuanto dejan en blanco, por así decirlo, en los días de fiesta,
los espacios del recuerdo. El hombre que pierde la capacidad de tener
experiencias se siente excluido del calendario. El ciudadano conoce esta
sensación los días de domingo. Baudelaire la expresa ya, avant la lettre, en
uno de los poemas del spleen.
Des cloches tout à coup sautent avec furie
15 En el
diálogo místico entre Monos y Una, Poe ha copiado en la durée el vacuo
transcurso del tiempo al que se encuentra abandonado el sujeto en el spleen, y
parece experimentar una especie de beatitud al liberarse de sus espantos. El
«sexto sentido» que cae en suerte al difunto tiene la forma del don de arrancar
aún una armonía al vacuo decurso del tiempo. Es verdad que dicha facultad se ve
fácilmente perturbada por el compás de los segundos. «Tenía la impresión de que
hubiese entrado en mi cabeza algo de lo cual no puedo dar idea, aunque sólo sea
en forma vaga y confusa, a un intelecto humano. Hablaría, sobre todo, de una
vibración del regulador mental. Se trata del equivalente espiritual de la
representación abstracta humana del tiempo. El ciclo de las constelaciones ha
sido regulado en perfecta armonía con este movimiento o con un movimiento
correspondiente. Podía medir así las irregularidades del péndulo sobre la
chimenea o de los relojes de bolsillo de los presentes. Tenía su compás en los
oídos. Las mínimas desviaciones respecto al ritmo preciso... me turbaban, tal
como hería entre los hombres la violación de la verdad abstracta.»
Et lancent vers le ciel un affreux hurlement,
Ainsi que des esprits errants et sans patrie Qui se metten à geindre
opiniâtrement.
Las campanas, ligadas antaño a los días festivos,
se hallaban como los hombres excluidas del calendario. Se asemejan a las pobres
almas, que se agitan mucho, pero que no tienen historia. Mientras que
Baudelaire, en el spleen y en la vie antérieure, mantiene el dominio sobre los
elementos disociados de la verdadera experiencia histórica, Bergson, en su
concepción de la durée, se ha alejado considerablemente más de la historia. «El
metafísico Bergson suprime la muerte.» Lo que separa a la durée bergsoniana del
orden histórico (así como del orden prehistórico) es el hecho de que en ella
haya sido suprimida la muerte. El concepto bergsoniano de la action tiene el
mismo carácter. El «sano buen sentido» en que sobresale «el hombre práctico»,
le ha sido dado con el bautismo. La durée, en la que ha sido suprimida la
muerte, tiene la infinitud mala de un adorno. Excluye la posibilidad de acoger
la tradición.16 Es el prototipo de una experiencia vivida, que se pavonea con
las vestimentas de la experiencia. El spleen, en cambio, expone la experiencia
vivida en su desnudez. Con espanto el melancólico ve a la tierra caída en el
desnudo estado de naturaleza. Ningún aliento de prehistoria la circunda.
Ninguna aura. Así aparece en los versos de Le goût du néant, que vienen inmediatamente
después de los antes citados:
Je contemple dʹen haut le globe en sa rondeur, Et
je nʹy cherche plus lʹabri dʹune cahute.
16 La
atrofia de la experiencia se revela en Proust a través del perfecto logro de su
intención última. Nada más hábil y nada más leal que la forma en que Proust
hace presente al lector. la redención es una empresa privada mía.
XI
Si se definen las representaciones radicadas en
la mémoire involontaire, que tienden a agruparse en torno a un objeto sensible,
como el aura de ese objeto, el aura que rodea a un objeto sensible corresponde
exactamente a la experiencia que se deposita como ejercicio en un objeto de
uso. Los procedimientos fundados en la cámara fotográfica y en los mecanismos
análogos que la siguieron amplían el ámbito de la mémoire involontaire; la
hacen posible en
la medida en
que mediante una
máquina permiten fijar
un acontecimiento, visual y sonoramente, en la ocasión en que se desee.
Se convierten así en conquistas esenciales de una sociedad en la que el
ejercicio se atrofia. La daguerrotipia tenía
para Baudelaire algo
de espantoso y
perturbador. Define su
atractivo como
«sorprendente y cruel». Y esto porque, a pesar de
no haber profundizado en ella, ha
intuido la relación de la que acabamos de hablar.
Como siempre buscó reservar un puesto a lo moderno e indicárselo, sobre todo en
el arte, lo hizo también respecto a la fotografía. Cada vez que la sentía como
amenazadora, trataba de culpar por ello a sus «progresos mal entendidos». Caso
en el que se veía forzado a admitir que tales progresos eran facilitados por la
«estupidez de las grandes masas». «Esta masa aspiraba a un ideal que fuese
digno de ella y conforme a su naturaleza... Un dios vengador ha escuchado sus
plegarias y Daguerre ha sido su profeta.» No obstante, Baudelaire busca asumir
una actitud más conciliadora. La fotografía puede adueñarse
tranquilamente de las cosas
caducas que tienen derecho a «un puesto
en los archivos de nuestra memoria», con tal de que se detenga «frente a
los dominios de lo impalpable y de lo imaginario»: frente al dominio del arte,
de «todo lo que existe sólo por el alma que el hombre le agrega ». Es difícil
considerar salomónico este veredicto. La
constante disponibilidad del
recuerdo voluntario, discursivo,
que se ve favorecida por la técnica de la reproducción, reduce el ámbito de la
fantasía. La fantasía puede quizá concebirse como la capacidad de formular
deseos de un tipo especial: de aquellos que puedan considerarse satisfechos
mediante «algo bello». Las condiciones de tal satisfacción han sido definidas
también por Valéry: «Reconocemos la obra de arte por el hecho de que ninguna
idea que suscita en nosotros, ningún acto que nos sugiera puede agotarla o darle
fin. Podemos aspirar tanto como queramos una flor agradable al olfato: no
llegaremos nunca a agotar ese perfume, cuyo goce renueva la necesidad; y no hay
recuerdo, pensamiento o
acción que pueda
anular su efecto
o liberarnos enteramente de su poder. Tal es el fin que persigue quien
quiere crear una obra de arte.» Según esta definición, un cuadro reproduciría
de un espectáculo aquello de lo cual el ojo no podrá saciarse jamás. Aquello
mediante lo cual la obra de arte satisface el deseo que se puede proyectar
retrospectivamente sobre su origen sería algo que al mismo tiempo nutre en
forma continua dicho deseo. Es por lo tanto claro lo que separa a la fotografía
del cuadro, y por lo cual no puede existir más que un solo principio formal
válido para los
dos: para la
mirada que no
puede saciarse nunca
con un cuadro
la fotografía significa lo que es el alimento para el hambre o la bebida
para la sed.
La crisis de la reproducción artística que así se
perfila puede considerarse como parte de una crisis de la percepción misma. Lo
que vuelve insaciable al placer de lo bello es la
imagen del mundo anterior, que Baudelaire
considera velada por las lágrimas de la nostalgia. «¡Ah, en lejanos tiempos tú
fuiste mi hermana o mi mujer!»: esta confesión es el tributo que
lo bello como
tal puede exigir.
En cuanto el
arte mira a
lo bello y lo
«reproduce», por simple que esa reproducción sea,
lo reevoca (como Fausto a Helena) desde
las profundidades del
tiempo.17 Esto no
se produce nunca
en la reproducción técnica. (En ésta lo bello no
tiene puesto ninguno.) Cuando Proust se refiere a la insuficiencia y a la falta
de profundidad que la mémoire volontaire le ofrece de Venecia, escribe que ante
sola palabra «Venecia» dicho repertorio de imágenes se le había aparecido vacío
e insípido como una colección de fotografías. Si se descubre la característica
de las imágenes que afloran en la mémoire involontaire en el hecho de que
poseen un aura, es preciso decir que la fotografía
desempeña un papel
decisivo en el
proceso de «la decadencia del aura». Lo que en la daguerrotipia
debía ser sentido como inhumano, y diría como asesino, era la circunstancia de
que la mirada debía dirigirse hacia la máquina (y por añadidura durante largo
tiempo), mientras que la máquina recogía la imagen del hombre sin devolverle
siquiera una mirada. Pero en la mirada se halla implícita la espera de ser
recompensada por aquello hacia lo que se dirige. Si esta espera (que en el
pensamiento puede asociarse igualmente bien a una mirada intencional de
atención y a una mirada en el sentido literal de la palabra) se ve satisfecha,
la mirada obtiene, en su plenitud, la experiencia del aura. «La perceptibilidad
-dice Novalis- es una atención.» La perceptibilidad de la que habla no es otra
que la del aura. La experiencia del aura reposa por lo tanto sobre la transferencia
de una reacción normal en la sociedad humana a la relación de lo inanimado o de
la naturaleza con el hombre. Quien es mirado o se cree mirado levanta los ojos.
Advertir el aura de una cosa significa dotarla de la capacidad de mirar.18 Lo
cual se ve confirmado por los descubrimientos de la mémoire involontaire.
(Estos son, por lo demás, irrepetibles: huyen al recuerdo que trata de
encasillarlos. Así vienen a apoyar un concepto de aura según el cual esta es
«la aparición irrepetible de una lejanía». Esta definición tiene el mérito de
poner de manifiesto el carácter cultural del fenómeno. Lo esencialmente lejano
es inaccesible: la inaccesibilidad es una característica esencial de la imagen
de culto.) Es inútil subrayar la medida en que Proust estaba compenetrado con
el problema del aura. Pero siempre vale la pena advertir que se refiere
incidentalmente a dicho problema con
conceptos que implican
la teoría de
éste: «Ciertos amantes
del misterio quieren creer que en los objetos queda algo de las miradas
que los han rozado» (o sea la capacidad de responder). «Creen que los
monumentos y los cuadros se presentan sólo
bajo el velo delicado que han tejido sobre ellos el amor y la
devoción de tantos
17 El
instante de este logro queda marcado a su vez como único e irrepetible. En ello
se basa el sistema constructivo de la obra proustiana: cada una de las
situaciones en la que el cronista se siente tocado por el hábito del tiempo
perdido, se vuelve por ello mismo incomparable y se separa de la serie de los
días.
18 Esta
actividad constituye una de las fuentes primordiales de la poesía. Cuando el
hombre, el
animal o un objeto inanimado, dotado de esta
capacidad por el poeta, levanta los ojos y la mirada,
ésta es traída lejos; la mirada de la naturaleza
a la que se despertó sueña y arrastra en su sueño al
poeta Incluso las palabras pueden tener su aura.
Como lo ha dicho Karl Kraus: Cuanto más cerca se
mira una palabra, tanto más lejos la palabra
mira.
admiradores en el curso de los siglos. Esta
quimera -concluye Proust evasivamente- se transformaría en verdad si se la
refiriese sólo a la realidad existente para el individuo, es decir a su propio
mundo sentimental.» Análoga, pero orientada en un sentido objetivo, y por lo
tanto capaz de llevar más lejos, es la descripción que Valéry hace de la
percepción en sueños como caracterizada por el aura: «Cuando digo: veo esta
cosa, no interpongo una ecuación entre mí mismo y la cosa... En el sueño, en
cambio, subsiste una ecuación. Las cosas que veo me ven como yo las veo.»
También es onírica la percepción de la naturaleza de los templos, de la que se
dice:
Lʹhomme y passe à travers des forêts de symboles
Qui lʹobservent avec des regards familiers.
Cuanto más se ha dado cuenta Baudelaire de este
hecho, más claramente se percibe la decadencia del aura en su poesía. Ello
aconteció en forma de una cifra, que se encuentra en casi todos los momentos de
las Fleurs du mal en que la mirada aflora al ojo humano. (Es evidente que
Baudelaire no la ha usado en forma deliberada.) Consiste en el hecho de que la
espera dirigida a la mirada del hombre se ve decepcionada. Baudelaire describe
ojos de los que se podría decir que han perdido la capacidad de mirar. Pero
esta propiedad los dota de un atractivo del cual se ha nutrido en larga y
quizás en máxima parte la economía de sus instintos. En Baudelaire, bajo la
fascinación de esos ojos, el sexo se ha emancipado del eros. Si los versos del
Selige Sehnsucht (Goethe)
Ninguna distancia te impide
Venir volando y apasionado
son considerados como la descripción clásica del
amor, saturado de la experiencia del aura, difícilmente se pueden encontrar en
toda la poesía lírica versos que se les enfrenten en forma más decidida que los
de Baudelaire:
Je tʹadore à lʹégal de la voûte nocturne, Ô vase
de tristesse, ô grande Taciturne,
Et tʹaime dʹautant plus, belle, que tu me fuis,
Et que tu me parais, ornement de mes nuits, Plus ironiquement accumuler les
lieues
Qui séparent mes bras des immensités bleues.
Se podría decir que tanto más subyugante es una
mirada cuanto más profunda es la ausencia de quien la mira. En ojos que se
limitan a reflejar esta ausencia permanece intacta. Justamente debido a que
esos ojos no conocen lejanía. Su lucidez ha sido incluida por Baudelaire en una
rima ingeniosa:
Plonge tes yeux dans les yeux faxes
Des Satyresses ou des Nixes.
Sátiras y náyades no pertenecen ya a la familia
de los seres humanos. Son seres aparte. Es significativo que Baudelaire haya
introducido en la poesía la mirada llena de lontananza como regard familier.
Él, que no creó una familia, dio a la palabra familier una textura llena de
promesas y de renunciamiento. Ha caído prisionero de ojos sin mirada y se
entrega sin ilusiones a su poder.
Tes yeux, illuminés ainsi que des boutiques
Et des ifs flamboyants dan les fêtes publiques,
Usent insolemment dʹun pouvoir emprunté.
«La obtusidad -escribe Baudelaire en uno de sus
primeros artículos- es a menudo un ornamento de belleza. Gracias a ella los
ojos son tristes y transparentes como negros pozos o tienen la calma oleosa de
los mares tropicales.» Si en esos ojos hay una vida, es la de la fiera que
atiende al peligro mientras mira en torno en busca de una presa. De la misma
forma la prostituta, mientras atiende a los que pasan se cuida de la policía.
Baudelaire ha reconocido el tipo
fisiognómico producido por
este género de
vida en los
esbozos dedicados por Guys a la prostituta. «Dirige la mirada al
horizonte como el animal de presa; la misma inestabilidad, la misma distracción
indolente, pero también, de improviso, la misma atención repentina.» Es
evidente que el ojo del habitante de las grandes ciudades se halla sobrecargado
por actividades de seguridad. Menos notorio es otro requerimiento al que se
halla sometido y del que habla Simmel: «Quien ve sin oír se halla mucho... más
preocupado que quien oye sin ver. Esto es característico de las... grandes
ciudades. Las relaciones recíprocas entre los hombres en las grandes
ciudades... se distinguen por un acentuado
prevalecimiento de la
actividad de la
visión sobre la
del oído. La
causa principal de este hecho son los vehículos públicos. Antes de la
aparición de los ómnibus, de los trenes y de los tranvías en el siglo
diecinueve, la gente no se había encontrado nunca en la situación de tener que
permanecer, durante minutos e incuso horas enteras, mirándose a la cara sin
dirigirse la palabra.»
La mirada atenta a la seguridad carece del
abandono soñador a la lejanía. Y puede llegar a experimentar como un placer en
la humillación de la lejanía. Tal vez en ese sentido haya que leer las curiosas
afirmaciones siguientes, en el Salón de 1859 Baudelaire examina los cuadros de
paisaje para concluir con esta confesión: «Quisiera volver a los dioramas, cuya
magia enorme y brutal me impone una útil ilusión. Prefiero contemplar un
decorado de teatro, donde encuentro, expresados artísticamente y con trágica concisión,
mis sueños más caros. Estas cosas, siendo falsas, se hallan infinitamente más
cerca de lo verdadero; mientras que la mayor parte de nuestros paisajistas
mienten justamente porque se olvidan de mentir.» Y quisiéramos poner el acento,
más que sobre la «útil ilusión», sobre la «trágica concisión». Baudelaire
insiste sobre la fascinación de la lejanía, y juzga al cuadro de paisaje
directamente según los cánones de las pinturas de los barracones de feria.
¿Quiere quizá ver destruido el
encanto de la
lejanía, como le
ocurre al espectador
que se acerca
demasiado a un escenario? Este tema aparece en
uno de los grandes versos de las Fleurs du mal:
Le Plaisir vaporeux fuira vers lʹhorizon
Ainsi quʹune sylphide au fond de la coulisse.
XII
Las Fleurs du mal son la última obra de poesía
lírica que ha tenido una resonancia europea; ninguna obra posterior ha
traspuesto los límites de un círculo lingüístico más o menos restringido. A
ello debe añadirse que Baudelaire ha volcado su capacidad creadora casi
exclusivamente en este libro. Y no se puede negar que algunos de sus temas,
sobre los que se ha hablado en el presente estudio, tornan problemática la
posibilidad misma de la poesía lírica. Esta triple comprobación define
históricamente a Baudelaire. Muestra que se mantuvo irreductiblemente en su
puesto; que era irreductible en la conciencia de su tarea. Llegó al punto de definir
como fin suyo «la creación de un modelo». Veía en ello la condición de todo
poeta lírico futuro. Desdeñaba a todos los que no demostraban hallarse a la
altura de esta exigencia. «¿Qué bebéis? ¿Caldo de ambrosía? ¿Qué coméis? ¿Bifes
de Paros? ¿Cuánto os dan en el montepío por una cítara?» El poeta lírico con
aureola es para Baudelaire anticuado. Baudelaire mismo le ha acordado una parte
de comparsa en un trozo en prosa titulado Perte dʹauréole.
«-¿Cómo? ¿Usted aquí, mi amigo? ¡Usted en un
lugar de mala fama! ¡Usted, el bebedor de quintaesencias! Realmente, me
sorprendo.
»-Amigo mío, usted conoce mi terror por los
caballos y los coches. Hace poco, mientras atravesaba la calle a toda prisa,
saltando en el fango, a través de ese caos en movimiento donde la muerte llega
al galope desde todas partes al mismo tiempo, mi aureola, a causa de un
movimiento brusco se me deslizó de la cabeza al fango del asfalto. No tuve la
valentía de recogerla. He considerado menos desagradable perder mis insignias
que hacerme romper los huesos. Y además, me he dicho, la desdicha tiene su
utilidad. Ahora puedo pasearme de incógnito, cometer acciones bajas y
entregarme a la crápula como los simples mortales. ¡Heme aquí, tal como me ve,
idéntico a usted!
»-Debería por lo menos colocar un anuncio sobre
esa aureola o hacerla reclamar por el comisario.
»-¡Hombre!
No. Me encuentro
bien aquí. Sólo
usted me ha
reconocido. Además la dignidad me aburre. Y pienso con alegría
que algún mal poeta la recogerá y se la pondrá en la cabeza impúdicamente.
Hacer a alguien feliz, ¡qué alegría! ¡Y sobre todo a alguien que me hará reír!
¡Piense en X o en Z! ¿Eh? ¡Qué gracioso será!»
El mismo tema vuelve en los diarios; pero la
conclusión es diversa. El poeta se apresura a recoger la aureola; pero se
siente perturbado por la sensación de que se trata de un incidente de mal
augurio.19
19 No es
imposible que la fuente de este esbozo haya sido un shock patógeno. Tanto más
instructiva resulta la reelaboración literaria a través de la cual se incorpora
a la obra de Baudelaire.
El autor de estos esbozos no es un flâneur.
Expresan irónicamente la misma experiencia que Baudelaire confía al pasar, sin
engalanamiento alguno, en un fragmento como el que sigue: «Perdu dans ce vilain
monde, coudoyé par les foules, je suis comme un homme lassé dont lʹoeil ne voit
en arrière, dans les années profondes, que désabusement et amertume, et, devant
lui, quʹun orage où rien de neuf nʹest contenu, ni enseignement ni douleur.»
Haber estado atento a los empujones de la multitud es la experiencia que
Baudelaire -entre todas las que hicieron de su vida lo que fue- toma como decisiva
e in-sustituible. La apariencia de una multitud vivaz y en movimiento, objeto
de la contemplación del fláneur, se ha disuelto ante sus ojos. Para compenetrarse
mejor con su
bajeza, imagina el
día en que
incluso las mujeres perdidas se pronunciarán por una
conducta ordenada, condenarán el libertinaje y no admitirán ya nada que no sea
dinero. Traicionado por estos últimos aliados suyos, Baudelaire se vuelve
contra la multitud. Y lo hace con la cólera impotente de quien se lanza contra
el viento o la lluvia. He aquí la «experiencia vivida» a la cual Baudelaire ha
dado el peso de una experiencia. Ha mostrado el precio al cual se conquista la
sensación de la modernidad: la disolución del aura a través de la «experiencia
» del shock. La comprensión de tal disolución le ha costado caro. Pero es la
ley de su poesía. Su poesía brilla en el cielo del Segundo Imperio como «un
astro sin atmósfera».20
20 Nietzsche, Sobre las ventajas e inconvenientes
de la historia. (N. del T.)


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