© Libro No. 494. Ciencia
Ficción, La Carga del escepticismo y Miles de Millones. Sagan, Carl. Colección E.O. Octubre 5 de 2013.
Títulos originales: © Ciencia Ficción, la Carga del escepticismo y Miles de Millones. Sagan, Carl.
Versión Original: © Ciencia Ficción, la Carga del escepticismo y Miles de Millones. Sagan, Carl.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Carl Sagan
Ciencia ficción: un
punto de vista personal
La carga del
escepticismo
Miles de Millones
TABLE DE CONTENIDO
· Ciencia ficción: un punto de vista personal
· La carga del escepticismo
· Miles de Millones
Ciencia ficción: un
punto de vista personal
Carl Sagan
El OJO del poeta, girando en media
de su arrobamiento,
pasea sus miradas del cielo a la tierra y de la tierra al cielo;
y como la imaginación produce
formas de cosas desconocidas. la pluma del poeta
las diseña y da nombre y habitación a cosas etéreas quo no son nada.
WILLIAM SHAKESPEARE Sueño de una noche de verano,
acto V, escena 1
Cuando tenía diez años, decidí -desconociendo casi por completo la
dificultad del problema- que el universo estaba lleno. Había demasiados lugares
para que este fuese el único planeta habitado. Y a juzgar por la variedad de
formas de vida en la Tierra (los árboles resultaban bastante distintos de la
mayoría de mis amigos), pensé que la vida en otras partes debía ser muy
distinta. Me esforcé por imaginar cómo podría ser la vida, pero a pesar de
todos mis esfuerzos, siempre pensé en algún tipo de quimera terrestre, en
alguna variedad de plantas y animales existentes.
Por aquella época, conocí, gracias a un amigo, las novelas sobre Marte de
Edgar Rice Burroughs. No había pensado mucho en Marte hasta entonces, pero, a
través de las aventuras de John Carter, se me presentaba un mundo
extraterrestre habitado, sorprendentemente variado: antiguas profundidades
marinas, estaciones de bombeo en grandes canales y una multiplicidad de seres,
algunos de ellos exóticos, como por ejemplo las bestias de carga de ocho patas.
La lectura de estas novelas resultaba estimulante. En un principio.
Luego, poco a poco, empezaron a surgir las dudas. La sorpresa de la trama de la
primera novela sobre John Car¬ter que leí dependía de su olvido de que el año
es mas largo en Marte que en la Tierra. Pero a mí me pareció que cuando se va a
otro planeta, una de las primeras cosas que se hacen es la de enterarse de la
duración del día y del año. (Incidentalmente, no recuerdo que Carter mencionase
el notable hecho de que el día marciano es casi tan largo como el día
terrestre. Es como si esperase que se reprodujesen las características
habituales de su planeta natal en cualquier otro sitio.) Había también otras
observaciones menores en un principio sorprendente, pero que tras una serena
reflexión resultaban decepcionantes. Por ejemplo. Burroughs comenta de pasada
que en Marte existen dos colores primarios más que en la Tierra. Estuve muchos
minutos con los ojos fuertemente cerrados, concentrándome en un nuevo color
primario. Pero siempre seria un marrón oscuro parecido al de las pasas. ¿Cómo
podía haber otro color primario en Marte y mucho menos dos? ¿Qué era un color
primario? ¿Era algo que tenía que ver con la física o con la psicología? Decidí
que Burroughs podía no sa¬ber de qué estaba hablando, pero que conseguía hacer
reflexionar a sus lectores. Y en los numerosos capítulos en los que no había
mucho que pensar, había afortunadamente, en cambio, enemigos malignos y
arrojados espadachines -más que suficientes para mantener el interés de un ciudadano
de diez años en un verano de Brooklyn.
Un año más tarde, por pura casualidad, di con una revista titulada
Astounding Science Fiction en una tienda del barrio. Una rápida ojeada a la
portada y al interior me hizo sa¬ber que era lo que había estado buscando. No
sin esfuerzo junte el dinero para pagarla, la abrí al azar, me senté en un
banco a menos de diez metros de la tienda y leí mi primer cuento moderno de
ciencia ficción, «Pete puede arreglarlo», por Raymond F. Jones, una agradable
historia de viajes a través del tiempo después del holocausto de una guerra
nuclear. Había oído hablar de la bomba atómica -recuerdo que un amigo mío me
explicó muy excitado que estaba compuesta de átomos- pero fue la primera vez
que se me plantearon las implicaciones sociales del desarrollo de las armas
nucleares. Me hizo pensar. Pero el pequeño aparato que el mecánico Pete
colocaba en los automóviles de sus clientes de forma que pudiesen realizar
breves viajes admonitorios por el reino del futuro, ¿en qué consistía? ¿Cómo
estaba fabricado? ¿Cómo se podía penetrar en el futuro y luego regresar? Si
Raymond F. Jones lo sabía, no lo estaba diciendo.
Me sentí atrapado. Cada mes esperaba impacientemente la salida de
Astounding. Leí a Julio Verne y a H. G. Wells, leí de cabo a rabo las dos
primeras antologías de ciencia ficción que pude encontrar, rellené fichas,
parecidas a las que rellenaba para los juegos de béisbol, sobre la calidad de
las historias que leía. Muchas de ellas tenían mucho mérito al plantear
cuestiones interesantes, pero muy poco a la hora de responderlas.
Hay una parte de mí que todavía tiene diez años. Pero en conjunto soy
mayor. Mis facultades críticas y tal vez también mis preferencias literarias
han mejorado. Al releer la obra de L. Ron Hubbard titulada The End Is Not Yet,
que leí por primera vez cuando tenía catorce años, quede tan sorprendido de lo
mucho peor que era respecto a lo que recordaba, que me plantee seriamente la
posibilidad de que existiesen dos novelas con el mismo título y del mismo
autor, pero de cali¬dad totalmente distinta. Ya no consigo mantener esa
aceptación crédula que había tenido. En Neutron Star de Larry Niven, la trama
gira alrededor de las sorprendentes fuerzas atractivas ejercidas por un
poderoso campo magnético. Pero nos vemos obligados a admitir que dentro de
cientos o miles de años, en la época de un vuelo interestelar casual, esas
fuerzas atractivas han sido olvidadas. Nos vemos obligados a admitir que la
primera exploración de una estrella de neutrones la lleva a cabo un vehículo
espacial tripulado y no un vehículo espacial instrumental. Se nos pide
demasiado. En una novela de ideas, las ideas han de funcionar.
Sentí el mismo desasosiego muchos años antes, al leer la descripción de
Verne a propósito de que la ingravidez en un viaje lunar solo se producía en el
punto del espacio en el que las fuerzas gravitatorias de la Tierra y la Luna se
anulaban y con el invento de Wells de un mineral antigravitatorio llamado
cavorita. ¿Por qué existía un filón de cavorita en la Tierra? ¿Por qué no se
precipitó en el espacio hace muchos años? En la película de ciencia ficción,
sobresaliente desde el punto de vista técnico, que lleva por título Silent
Running, de Douglas Trumbull, se mueren los árboles en amplios y cerrados
sistemas ecológicos espaciales. Tras semanas de ímprobos trabajos y de una
interminable búsqueda en los manuales de botánica, se da con la solución:
resulta ser que las plantas necesitan luz solar. Los personajes de Trumbull son
capaces de construir ciudades interplanetarias, pero han olvidado la ley del
inverso del cuadrado. Estaba dispuesto a pasar por alto la caracterización de
los anillos de Saturno como ga¬ses coloreados al pastel, pero eso no.
Tuve la misma impresión con la película Star Trek, aunque reconozco que
presupone una gran maestría; algunos amigos juiciosos me han apuntado que debo
considerarla alegóricamente y no literalmente. Pero cuando los astronautas
procedentes de la Tierra llegan a un planeta muy alejado y encuentran allí
seres humanos en pleno conflicto entre dos superpotencias nucleares -que se
denominan Yangs y Corns, o sus equivalentes fonéticos- la suspensión de la
incredulidad se desmorona. En una sociedad terrestre global dentro de siglos y
siglos, los oficiales de la nave son embarazosamente Anglo-Americanos. Tan solo
dos de los doce o quince vehículos interestelares tienen nombres no ingleses,
Kongo y Potemkin (¿por qué no Aurora?}. Y la idea de un cruce fructífero entre
un «Vulcano» y un terrestre deja por completo de lado la biología molecular que
conocemos. (Como he hecho observar en algún otro momento, ese cruce tiene
tantas probabilidades de éxito como el cruce entre un hombre y una petunia.)
Según Harlan Ellison, incluso esas novedades biológicas menores como las orejas
puntiagudas de Mr. Spock y sus cejas indisciplinadas eran consideradas
excesivamente atrevidas por los promotores de la película; estas enormes
diferencias entre Vulcanos y hu¬manos só1o iban a confundir al público,
pensaban, y se intentó eliminar todas las características que supusiesen
singularidades fisiológicas de los Vulcanos. Se me plantean problemas parecidos
en aquellas películas en las que animales conocidos, aunque ligeramente
modificados -arañas de diez metros de altura- amenazan ciudades terrestres:
dado que los insectos y los arácnidos respiran por difusión, esos merodeadores
morirían por asfixia antes de poder destrozar una ciudad.
Creo que dispongo de las mismas ansias de lo maravilloso que cuando tenía
diez años. Pero desde entonces he aprendido algo acerca de cómo está organizado
el mundo. La ciencia ficción me ha llevado a la ciencia. Encuentro la ciencia
más sutil, más complicada y más aterradora que gran parte de la ciencia
ficción. Basta con tener presentes algunos de los descubrimientos científicos
de las últimas décadas: que Marte está cubierto por antiguos ríos secos; que
los monos pueden aprender lenguajes de centenares de palabras, comprender
conceptos abstractos y construir nuevos usos gramaticales; que existen
partículas que atraviesan sin esfuerzo toda la Tierra de forma que hay tantas
que emergen por debajo de nuestros pies como las que caen desde el cielo; que
en la constelación del Cisne hay una estrella doble, uno de cuyos componentes
posee una aceleración gravitacional tan elevada que la luz es incapaz de
escaparse de él: puede resplandecer por dentro a causa de la radiación, pero
resulta invisible desde el exterior. Frente a todo esto, muchas de las ideas
corrientes de la ciencia ficción palidecen, en mi opinión, al intentar
compararlas. Considero que la relativa ausencia de estos hechos y las
distorsiones del pensamiento científico que se dan a veces en la ciencia
ficción son oportunidades perdidas. La ciencia real puede ser un punto de
partida hacia la ficción excitante y estimulante tan bueno como la ciencia
falsa, y considero importante aprovechar las oportunidades que permitan
introducir las ideas científicas en una civilización que se basa en la ciencia
pero que no hace prácticamente nada para que esta sea entendida.
Pero lo mejor de la ciencia ficción sigue siendo muy bue¬no. Hay
historias tan sabiamente construidas, tan ricas al ajustar detalles de una
sociedad desconocida, que me superan antes de tener ocasión de ser crítico.
Entre esas historias hay que citar The Door into Summer de Robert Heinlein, The
Stars My Destination y The Demolished Man de Alfred Bester, Time and Again de
Jack Finney, Dune de Frank Herbert y A Canticle for Leibowitz de Walter M.
Miller. Las ideas contenidas en esos libros hacen pensar. Los aportes de
Heinlein sobre la posibilidad y la utilidad social de los robots domésticos
soportan perfectamente el paso de los años. Las aportaciones a la ecología
terrestre proporcionadas por hipotéticas ecologías extraterrestres, como ocurre
en Dune, constituyen, en mi opinión, un importante servicio social. En He Who
Shrank, Harry Hasse presenta una fascinante especulación cosmológica que ha
sido reconsiderada seriamente en la actualidad, la idea de un regreso infinito
de los universos, en el cual cada una de nuestras partículas elementales es un
universo de nivel inferior y en el cual nosotros somos una partícula elemental
en el siguiente universo superior.
Pocas novelas de ciencia ficción combinan tan extraordinariamente bien
una profunda sensibilidad humana con un tema habitual de esta especialidad.
Pienso, por ejemplo, en Rogue Moon de Algis Budrys y en muchas de las obras de
Ray Bradbury y Theodore Sturgeon por ejemplo. To Here and the Easel, de éste
último, novela en la cual se describe la esquizofrenia vista desde dentro y
constituye una sugerente introduc¬ción al Orlando Furioso de Ariosto.
El astrónomo Robert S. Richardson escribió una sutil historia de ciencia
ficción sobre el origen de la creación continua de los rayos cósmicos. La
historia Breathes There a Man de Isaac Asimov proporciona una serie de
penetrantes observaciones sobre la tensión emocional y el sentido de
aislamiento de algunos de los más importantes científicos teóricos. La obra de
Arthur C. Clarke The Nine Billion Names of God inició a muchos lectores
occidentales a una intrigante especulación sobre las religiones orientales.
Una de las cualidades de la ciencia ficción es la de poder transmitir
fragmentos, sugerencias y frases de conocimientos desconocidos o inaccesibles
al lector, And He Built a Crooked House de Heinlein posiblemente fuese para
muchos lectores la primera introducci6n a la geometría tetradimensional con
alguna posibilidad de ser entendida. En un trabajo de ciencia ficción reciente
se presentan las matemáticas del último intento de Einstein en tomo a la teoría
del campo unificado; en otro se expone una importante ecuación relativa a la
genética de poblaciones. Los robots de Asimov eran «positrónicos», porque se
acababa de descubrir el positrón. Asimov nunca explicó como los positrones
hacían funcionar los robots, pero sus lec¬tores oyeron hablar de positrones. Los
robots rodomagneticos de Jack Williamson funcionaban con rutenio, rodio y
paladio, constituyentes del Grupo VII de los metales en la tabla periódica tras
el hierro, el níquel y el cobalto. Se sugirió una analogía con el
ferromagnetismo. Supongo que en la actualidad hay robots de ciencia ficción en
los que intervienen los quarks o el encanto y que proporcionan una breve puerta
de entrada verdad al excitante mundo de la física contemporánea de las
partículas elementales. Lest Darkness Fall, de Sprague de Camp, es una
excelente introducción a Roma en la época de la invasión gótica y la serie de
Foundation, de Asimov, aunque no se explique en los libros, constituye un
resumen muy útil de una parte de la dinámica del ya lejano Imperio Romano. Las
historias de viajes a través del tiempo -por ejemplo, en los las notables
ensayos de Heinlein, All You Zombies, By His Kootstraps y The Door into Summer-
fuerzan al lector a contemplar la naturaleza de la causalidad y el devenir del
tiempo. Son libros sobre los que se reflexiona mientras el agua va llenando la
bañera o mientras se pasea por los bosques tras una primera nevada de invierno.
Otra de las grandes cualidades de la moderna ciencia ficción reside en
algunas de las formas artísticas que pone de manifiesto. Llegar a tener una
imagen mental de cómo debe ser la superficie de otro planeta ya es algo, pero
examinar cualquiera de las pinturas meticulosas de la misma escena debidas a
Chesley Bonestell en su primera época es algo muy distinto. El sentido del
maravilloso mundo astronómico es espléndidamente plasmado por algunos de los
mejores artistas contemporáneos: Don Davis, Jon Lomberg, Rick Sternbach, Robert
McCall. Y en el verso de Diane Ackerman puede entreverse el anuncio de una
poesía astronómica madura, plenamente en sintonía con los temas habituales de
la ciencia ficción.
Las ideas de la ciencia ficción se presentan en la actualidad de muy
diversas maneras. Tenemos los escritores de ciencia ficción como Isaac Asimov y
Arthur C. Clarke, capaces de proporcionar resúmenes convincentes y brillantes
en forma no ficticia de muchos aspectos de la ciencia y la sociedad. Algunos
científicos contemporáneos han llegado a un público más amplio a través de la
ciencia ficción. Por ejemplo, en la interesante novela The Listeners, de James
Gunn, se encuentra el siguiente comentario enunciado hace cincuenta años sobre
mi colega, el astrónomo Frank Drake: « ¡Drake! ¿Qué es lo que sabía?». Pues
resultó que mucho. También encontramos verdadera ciencia ficción disfrazada de
hechos en una vasta proliferación de escritos y sistemas y organizaciones de
creyentes pseudocientificos.
Un escritor de ciencia ficci6n, L. Ron Hubbard, ha fundado un culto con
no poca aceptaci6n llamado Cientologia, inventado, según me han referido, en
una sola noche tras una apuesta, según la cual tenía que hacer lo mismo que
Freud, inventar una religión y ganarse la vida con ella. Las ideas clásicas de
la ciencia ficción han quedado institucionalizadas en los objetos voladores no
identificados y en los sistemas que creen en astronautas en la antigüedad
-aunque tengo reparos al no asegurar que Stanley Weinbaum (en The Valley of
Dreams) lo hizo mejor, y antes, que Erich von Daniken R. De Witt en Within the
Pyramid consigue anticiparse tanto a von Daniken como a Velikovsky y ofrecer
una hipótesis del supuesto origen extraterrestre de las pirámides más coherente
que la que puede encontrarse en cualquier escrito sobre antiguos astronautas y
piramidologia-. En Wine of the Dreamers, John D. MacDonald (un autor de ciencia
ficción actualmente convertido en uno de los escritores contemporáneos de serie
negra más interesantes) escribía: «y existen indicios, en la mitología
terrestre..., de grandes naves y carros que cruzaban el cielo». La historia
Fare well to the Master, escrita por Harry Bates, se convirtió en una película
titulada The Day the Earth Stood Still (que dejó de lado el elemento esencial
del argumento, a saber que quien tripulaba el vehículo extraterrestre era el
robot y no el ser humano). La película, con sus imágenes de un platillo volante
sobre el cielo de Washington, jugó un papel importante, en opinión de ciertos
investigadores conocidos, en la «oleada» de OVNIs sobre Washington D.C. en
1952, justamente posterior al estreno de la película. Muchas novelas populares
actuales del género de espionaje, por la frivolidad de sus descripciones y la
poca consistencia de sus argumentos, resultan calcadas de aquella ciencia
ficción superficial de los años 30 y 40.
La interrelación entre ciencia y ciencia ficción produce resultados
curiosos algunas veces. No siempre queda claro si la vida imita al arte o si
ocurre al revés. For ejemplo, Kurt Vonnegut, Jr., ha escrito una soberbia
novela epistemológica, The Sirens of Titan, en la que se postula un medio
ambiente no globalmente adverso en la luna mayor de Satumo. Cuando en los
últimos años diversos científicos, entre los que me incluyo, hemos presentado
indicios de que Titán posee una atmósfera densa y, posiblemente, temperaturas
superiores a las esperadas, muchas personas me hicieron comentarios sobre la
presencia de Kurt Vonnegut. Pero Vonnegut era graduado en física por la
Universidad de Comell y, por tanto, podía conocer los últimos descubrimientos
astronómicos. (Muchos de los mejores escritores de ciencia ficción tienen una
base de ingeniería o de ciencia, como por ejemplo Paul Anderson, Isaac Asimov,
Arthur C. Clarke, Hal Clement y Robert Heinlein.). En 1944, se descubrió una
atmósfera de metano en Titán, el primer satélite del sistema solar del que se
supo que tenía atmósfera. Tanto en este, como en muchos otros casos, el arte
imita a la vida.
El problema ha sido que nuestra comprensión de los demás planetas ha
variado más rápidamente que las representaciones que de ellos hace la ciencia
ficción. La reconfortante zona de penumbra en un Mercurio en rotación síncrona,
un Venus de pantanos y selvas y un Marte infestado de canales son mecanismos
clásicos de la ciencia ficción, pero todos ellos se basan en equivocaciones
anteriores de los astrónomos planetarios. Las ideas erróneas se transcribían
fielmente en los rela¬tos de ciencia ficción, que eran leídos por muchos de los
jóvenes que iban a convertirse en la siguiente generación de astrónomos
planetarios -por tanto, estimulando el interés de los jóvenes, pero
simultáneamente dificultando mas la corrección dc las equivocaciones de los
mayores-. Pero, al haber variado nuestro conocimiento de los planetas, también
ha variado el contexto de los correspondientes relatos de ciencia ficción. Ya
resulta poco frecuente encontrar relates de ciencia ficción escritos en la
actualidad en los que aparezcan campos de algas sobre la superficie de Venus.
(Incidentalmente cabe decir que los propagandistas del mito acerca de los
contactos con OVNIs se adaptan mas lentamente y todavía podemos encontrar
historias de platillos volantes procedentes de un Venus habitado por hermosos
seres con túnicas blancas, de una especie de cierto Jardín del Edén. Las
temperaturas de 900° F existentes en Venus proporcionan una forma de verificar
tales relates.) Asimismo, la idea de una “curvatura del espacio” es un viejo
recurso de la ciencia ficción, pero que no nació de ella. Surgió de la Teoría
General de la Relatividad de Einstein.
La relación entre las descripciones que de Marte hace la ciencia ficción
y la exploración actual del planeta es tan estrecha que, después de la misión
del Mariner 9 a Marte, somos capaces de atribuir a algunos cráteres marcianos
nombres de personalidades fallecidas del mundo de la ciencia ficción. (Véase el
capitulo 11.) Así, en Marte hay cráteres llamados H. G. Wells, Edgar Rice
Burroughs, Stanley Weinbaum y John W. Campbell, Jr. Estos nombres han sido
aprobados oficialmente por la International Astronomical Union. Sin duda
alguna, a esos nombres se agregaran los de otras personalidades de la ciencia
ficción tan pronto como fallezcan.
El enorme interés que despierta la ciencia ficción de los jóvenes se
refleja en las películas, los programas de televisión, los comics y en la
demanda de ciencia ficción en la enseñanza secundaria y superior. Mi
experiencia personal es la de que tales cursos pueden convertirse en
interesantes experiencias educativas o en desastres, en función de como se
programen. Los cursos en los que las lecturas son seleccionadas por los propios
estudiantes no les proporcionan la oportunidad de leer lo que no han leído. Los
cursos en los que no se intenta exten¬der la línea argumental de la ciencia
ficción para situar los elementos científicos adecuados dejan de aprovechar una
gran oportunidad educativa. Pero los cursos de ciencia ficción programados
adecuadamente, en los que la ciencia o la política constituyen un componente
integral, tienen en mi opinión una larga y provechosa vida en los planes de
estudio.
La mayor significación de la ciencia ficción para el hombre puede darse
en tanto que experimento sobre el futuro, como exploración de destinos
alternativos, como intento de minimizar el choque futuro. Esta es parte de la
razón por la cual la ciencia ficción presenta un interés para los jóvenes: son
ellos quienes vivirán el futuro. Creo firmemente que ninguna sociedad en la
Tierra se encuentra bien adaptada para la Tierra de dentro de uno o dos siglos
(si somos lo suficientemente prudentes o afortunados para sobrevivir hasta
entonces). Necesitamos desesperadamente una exploración de futuros
alterna¬tivos, tanto experimentales como conceptuales. Las novelas y los
relates de Eric Frank Russell apuntan mucho en este sentido. En ellos, podemos
encontrar sistemas económicos alter¬nativos imaginables o la gran eficacia de
una resistencia pasiva unificada ante un poder invasor. En la ciencia ficción
moderna, también se pueden encontrar sugerencias útiles para llevar a cabo una
revolución en una sociedad tecnológica muy mecanizada, como en The Moon Is a
Harsh Mistress, de Heinlein.
Cuando estas ideas se asimilan en la juventud, pueden influir en el
comportamiento adulto. Muchos científicos que dedican sus esfuerzos a la
exploración del sistema solar (entre los que me incluyo) se orientaron por
primera vez hacia ese campo gracias a la ciencia ficción. Y el hecho de que
parte de la ciencia ficción no fuese de gran calidad no tiene ninguna
importancia. Los jóvenes de diez años no leen la literatura científica.
No se si es factible viajar a través del tiempo hacia el pasado. Los
problemas de causalidad que eso supondría me hacen ser muy escéptico. Pero hay
gente que piensa en ello. Lo que se llaman líneas temporales cerradas
-trayectorias en el espacio-tiempo que permiten viajar a través del tiempo sin
restricciones- aparecen en algunas soluciones de las ecuaciones de campo en la
relatividad general. Una pretensión reciente, tal vez errónea, es la de que las
líneas temporales aparecen en las proximidades de los grandes cilindros en
rotación rápida. Me pregunto hasta que punto ha influido la ciencia ficción en
los problemas de la relatividad general. De la misma manera, los encuentros de
la ciencia ficción con características culturales alternativas pueden desempeñar
un papel importante en la actualización del cambio social fundamental.
En toda la historia del mundo, no ha habido ninguna época como esta en la
que se hayan producido tantos cambios significativos. La predisposición al
cambio, la búsqueda reflexiva de futuros alternativos son la clave para la
supervivencia de la civilización y tal vez de la especie humana. La nuestra es
la primera generación que se ha desarrollado con las ideas de la ciencia
ficción. Conozco muchos jóvenes que evidentemente se interesarían, pero que no
quedarían pasmados, si recibiésemos un mensaje procedente de una civilización
extraterrestre. Ellos ya se han acomodado al futuro. Creo que no es ninguna
exageración decir que, si sobrevivimos, la ciencia ficción habrá hecho una
contribución vital a la continuación y evolución de nuestra civilización.
La carga del escepticismo
Una sociedad cada vez más crédula,
cuyos miembros aceptan igualmente lo que les ofrece la medicina, las filosofías
de la Nueva Era, la tecnología, la pseudociencia, los políticos y las sectas,
es una sociedad carente del menor sentido del escepticismo. Y entre todo esto,
mentes lúcidas como las de Carl Sagan tratan de hacernos ver cuán importante es
para el hombre desarrollar ese pensamiento crítico, tratan de encendernos una
luz en la oscuridad.
¿Qué es el escepticismo? No es nada esotérico. Nos lo encontramos a
diario. Cuando compramos un coche usado, si tenemos el mínimo de sensatez,
emplearemos algunas habilidades escépticas residuales (las que nos haya dejado
nuestra educación). Podrías decir: "Este tipo es de apariencia honesta.
Aceptaré lo que me ofrezca." O podrías decir: "Bueno, he oído que de
vez en cuando hay pequeños engaños relacionados con la venta de coches usados,
quizá involuntarios por parte del vendedor", y luego hacer algo.
Le das unas pataditas a los neumáticos, abres las puertas, miras debajo
del capó. (Podrías valorar cómo anda el coche aunque no supieses lo que se
supone que tendría que haber debajo del capó, o podrías traerte a un amigo
aficionado a la mecánica.) Sabes que se requiere algo de escepticismo, y
comprendes por qué. Es desagradable que tengas que estar en desacuerdo con el
vendedor de coches usados, o que tengas que hacerle algunas preguntas a las que
es reacio a contestar. Hay al menos un pequeño grado de confrontación personal
relacionado con la compra de un coche usado y nadie afirma que sea
especialmente agradable. Pero existe un buen motivo para ello, porque si no
empleas un mínimo de escepticismo, si posees una credulidad absolutamente
destrabada, probablemente tendrás que pagar un precio tarde o temprano.
Entonces desearás haber hecho una pequeña inversión de escepticismo con
anterioridad.
Ahora bien, esto no es algo en lo que tengas que emplear cuatro años de
carrera para comprenderlo. Todo el mundo lo comprende. El problema es que
los coches usados son una cosa, y los anuncios de televisión y los
discursos de presidentes y líderes políticos son otra. Somos escépticos en
algunas cosas, pero, desafortunadamente, no en otras.
Por ejemplo, hay un tipo de anuncio de aspirina que revela que el
producto de la competencia sólo tiene una cierta cantidad del ingrediente
analgésico que los médicos recomiendan (no te dicen cuál es el misterioso
ingrediente), mientras que su producto tiene una cantidad dramáticamente
superior (de 1,2 a 2 veces más por cada pastilla). Por tanto deberías comprar
su producto. Pero ¿por qué no simplemente tomar dos pastillas de la
competencia? Nadie te ha dicho que preguntes. No apliques escepticismo en este asunto.
No pienses. Compra.
Las afirmaciones de los anuncios comerciales constituyen pequeños
engaños.
Nos hacen gastar algo más de dinero, o nos inducen a comprar un producto
algo inferior. No es tan terrible. Pero considera esto: Tengo aquí el programa
de este año de la Expo Whole Life de San Francisco. Veinte mil personas
asistieron a la del año pasado. He aquí algunas de las presentaciones:
"Tratamientos Alternativos para Enfermos de SIDA:
reconstruirá las defensas naturales y prevendrá crisis del sistema
inmunitario-aprende sobre los últimos avances que los medios han ignorado por
completo." Me parece que esa presentación podría causar graves daños.
"Cómo las Proteínas Sanguíneas Atrapadas Producen Dolor y
Sufrimiento." "Cristales: ¿Son Talismanes o Piedras?" (Yo tengo
mi propia opinión) Dice:
"Al igual que un cristal enfoca ondas de sonido y luz para la radio
y la televisión" las radios de galena tienen bastante tiempo-
"también podría amplificar las vibraciones espirituales del hombre
desintonizado." Apuesto a que muy pocos de vosotros estáis desintonizados.
O esta otra: "El Retorno de la Diosa, Ritual de Presentación." Otra:
"Sincronicidad, la Experiencia de Reconocimiento." Esa la da el
"Hermano Charles". O, en la siguiente página: "Tú,
Saint-Germain, y Cómo Curarse Mediante la Llama Violeta." Sigue y sigue,
con montones de anuncios acerca de las oportunidades (que van desde lo dudoso a
lo espurio) disponibles en la Expo Whole Life.
Si tuvieras que bajar a la Tierra en cualquier momento del dominio
humano, te encontrarías con un conjunto de sistemas de creencia populares, más
o menos similares. Cambian, a veces rápidamente, a veces en una escala de
varios años: pero, a veces, sistemas de creencia de este tipo duran muchos
miles de años. Al menos unos cuantos están siempre presentes. Creo que es
razonable preguntarse por qué. Somos Homo Sapiens. Ésa es nuestra
característica diferenciadora, eso de sapiens. Se supone que somos listos.
Entonces ¿por qué nos rodea siempre todo ese tema? Bueno, por una parte,
muchos de esos sistemas de creencia tratan necesidades humanas reales que no se
presentan en nuestra sociedad. Existen necesidades médicas insatisfechas,
necesidades espirituales, y necesidades de comunicación con el resto de la
comunidad humana. Puede que haya más de esos defectos en nuestra sociedad que
en muchas otras de la historia de la humanidad. Por tanto, es razonable para la
gente probar y hurgar en varios sistemas de creencia, para ver si ayudan en
algo.
Por ejemplo, tomemos una manía de moda: la canalización. Tiene como
premisa fundamental, al igual que el espiritualismo, que, cuando morimos, no
desaparecemos exactamente, sino que una parte de nosotros continúa. Esa parte,
dicen, puede retomar el cuerpo de un humano u otras criaturas en el futuro, y
por tanto, personalmente, la muerte pierde mucha amargura para nosotros. Y lo
que es más, tenemos una oportunidad, si los argumentos de la canalización son
ciertos, de contactar con seres queridos que han muerto.
¿Hemos contactado con los
extraterrestres?
Hablando personalmente, yo estaría encantado de que la reencarnación
fuese cierta. Perdí a mis dos padres en los últimos años, y me encantaría tener
una pequeña conversación con ellos, para decirles cómo están los niños y
asegurarme de que todo va bien dondequiera que estén. Eso toca algo muy
profundo. Pero, al mismo tiempo, y precisamente por esa razón, sé que hay gente
que intenta beneficiarse de las vulnerabilidades de los afligidos.
Mejor que los espiritualistas y los canalizadores tengan un argumento
convincente.
O tomemos la idea de que, pensando mucho sobre formaciones geológicas,
podemos decir dónde hay depósitos de mineral o petróleo. Uri Geller afirma eso.
Ahora bien, si eres un ejecutivo de una compañía de exploración de mineral o
petróleo, tus garbanzos dependen de que encuentres los minerales o el petróleo:
por tanto, gastar cantidades triviales de dinero, comparadas con lo que te
gastas a menudo en exploración geológica, en este caso para encontrar
físicamente los depósitos, no suena tan mal. Podrías caer en la tentación.
O tomemos a los OVNIs, el argumento de que nos están visitando
continuamente seres de otros mundos en naves espaciales. Encuentro esto muy
emocionante. Al menos es una ruptura con lo ordinario. He empleado una buena
cantidad de tiempo en mi vida científica trabajando en el tema de la búsqueda
de inteligencia extraterrestre. Piensa cuánto esfuerzo podría ahorrarme si esos
tipos están visitándonos. Pero cuando podemos reconocer alguna vulnerabilidad
emocional relacionada con una pretensión, es cuando tenemos que hacer los
esfuerzos más firmes de escrutinio escéptico. En esa situación es cuando pueden
aprovecharse de nosotros.
Ahora reconsideremos la canalización. Hay una mujer en el Estado de
Washington que afirma entrar en contacto con alguien que tiene 35.000 años de
edad: Ramtha (quien, por cierto, habla muy bien inglés con lo que me parece un
acento indio). Supongamos que tenemos a Ramtha aquí y supongamos que Ramtha es
cooperativo. Podríamos hacer algunas preguntas: ¿Cómo sabemos que Ramtha vivió
hace 35.000 años? ¿Quién está llevando la cuenta de los milenios que se
interponen? ¿Cómo es que son exactamente 35.000 años? Eso es un número muy
redondo. ¿35.000 más qué, o menos qué? ¿Cómo eran las cosas hace 35.000 años?
¿Cómo era el clima? ¿Dónde vivió Ramtha?
(Sé que habla inglés con un acento indio, pero ¿dónde se hablaba así hace
35.000 años?) ¿Qué come Ramtha? (Los arqueólogos saben algo sobre lo que comía
la gente por aquel entonces.) Tendríamos una buena oportunidad de descubrir si
sus afirmaciones son ciertas. Si fuera realmente alguien de hace 35.000 años,
podríamos aprender mucho sobre hace 35.000 años. Por tanto, de una manera u
otra, o Ramtha es realmente alguien de hace 35.000 años, en cuyo caso
descubriremos algo sobre ese periodo (que es anterior a la glaciación de
Wisconsin, una época interesante), o es un farsante y se equivocará. ¿Cuáles
son los idiomas indígenas, cómo es la estructura social, con quién más vive
Ramtha (hijos, nietos), cuál es el ciclo de vida, la mortalidad infantil, qué
ropas lleva, cuál es su esperanza de vida, qué armas, plantas y animales hay?
Dinos. En cambio, lo que oímos son las homilías más banales, indistinguibles de
las que los supuestos ocupantes de los OVNIs les dicen a los pobres humanos que
afirman haber sido abducidos por ellos.
Ocasionalmente, por cierto, recibo
una carta de alguien que está en contacto con un extraterrestre que me invita a
"preguntar lo que sea". Así que tengo una lista de preguntas. Los
extraterrestres están muy avanzados, recordemos. Por tanto pregunto cosas como:
"Por favor, denme una demostración simple del Último Teorema de
Fermat." O de la Conjetura de Goldbach. Y luego tengo que explicar qué son
estas cosas, porque los extraterrestres no las llamarán Último Teorema de
Fermat, así que escribo la pequeña ecuación con sus exponentes. Nunca recibo
respuesta. Por otra parte, si le pregunto algo como "¿Deberíamos ser
buenos los humanos?", siempre recibo respuesta. Pienso que se puede
deducir algo de esta habilidad diferenciada para contestar preguntas. Si son
cosas imprecisas y vagas, están encantados de responder, pero si es algo
específico, que dé ocasión a descubrir si saben algo realmente, sólo hay
silencio.
El científico francés Henri Poincarè hizo una observación sobre por qué
la credulidad está tan extendida: "También sabemos lo cruel que es la
verdad a menudo, y nos preguntamos si el engaño no es más consolador." Eso
es lo que he intentado decir con mis ejemplos. Pero no creo que ésa sea la
única razón por la que la credulidad está extendida. El escepticismo desafía a
instituciones establecidas. Si enseñamos a todo el mundo, digamos a los
estudiantes de instituto, el hábito de ser escépticos, quizá no limiten su
escepticismo a los anuncios de aspirinas y a los canalizadores de 35.000 años.
Puede que empiecen a hacerse inoportunas preguntas sobre las instituciones
económicas, o sociales, o políticas o religiosas. ¿Luego dónde estaremos?
El escepticismo es peligroso. Ésa es precisamente su función, en mi
opinión. Es menester del escepticismo el ser peligroso. Y es por eso que hay
una gran renuencia a enseñarlo en las escuelas. Es por eso que no encontramos
un dominio general del escepticismo en los medios. Por otra parte, ¿cómo
evitaremos un peligroso futuro si no poseemos las herramientas intelectuales
elementales para hacer preguntas agudas a aquéllos que están nominalmente al
cargo, especialmente en una democracia?
Creo que éste es un buen momento
para reflexionar sobre el tipo de problema nacional que se podría haber evitado
si el escepticismo estuviese más disponible en la sociedad americana. El fiasco
de Irán/Nicaragua es un ejemplo tan obvio que no tomaré ventaja de nuestro
pobre y hostigado presidente (Reagan) hablando sobre ello. La resistencia de la
Administración a un Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares y su continua
pasión por aumentar las armas nucleares (uno de los pilotos principales en la
carrera nuclear) bajo el pretexto de estar más seguros es otro asunto
semejante. También lo es La Guerra de las Galaxias. Los hábitos de pensamiento
escéptico que fomenta el CSICOP tienen relevancia para asuntos de la mayor
importancia para la nación. Hay tantas tonterías promulgadas por los partidos
políticos que el hábito de escepticismo imparcial debería declararse un
objetivo nacional esencial para nuestra supervivencia.
Quiero decir algo más sobre la carga del escepticismo. Se puede coger un
hábito de pensamiento en el que te diviertes burlándote de toda la gente que no
ve las cosas tan bien como tú. Esto es un peligro social potencial, presente en
una organización como el CSICOP. Tenemos que protegernos cuidadosamente de
esto.
Me parece que lo que se necesita es un equilibrio exquisito entre dos
necesidades conflictivas: el mayor escrutinio escéptico de todas las hipótesis
que se nos presentan, y al mismo tiempo una actitud muy abierta a las nuevas
ideas. Obviamente, estas dos maneras de pensar están en cierta tensión. Pero si
sólo puedes ejercitar una de ellas, sea cual sea, tienes un grave problema.
Si sólo eres escéptico, entonces no te llegan nuevas ideas. Nunca
aprendes nada nuevo. Te conviertes en un viejo cascarrabias convencido de que
la estupidez gobierna el mundo. (Existen, por supuesto, muchos datos que te
apoyan.) Pero de vez en cuando, quizá uno entre cien casos, una nueva idea
resulta estar en lo cierto, ser válida y maravillosa. Si tienes demasiado
arraigado el hábito de ser escéptico en todo, vas a pasarla por alto o tomarla
a mal, y en ningún caso estarás en la vía del entendimiento y del progreso.
Por otra parte, si eres receptivo hasta el punto de la mera credulidad y
no tienes una pizca de sentido del escepticismo, entonces no puedes distinguir
las ideas útiles de las inútiles. Si todas las ideas tienen igual validez,
estás perdido, porque entonces, me parece, ninguna idea tiene validez alguna.
Algunas ideas son mejores que otras. El mecanismo para distinguirlas es
una herramienta esencial para tratar con el mundo y especialmente para tratar
con el futuro. Y es precisamente la mezcla de estas dos maneras de pensar el
motivo central del éxito de la ciencia.
Los científicos realmente buenos practican ambas. Por su cuenta, cuando
hablan consigo mismos, amontonan grandes cantidades de nuevas ideas y las
critican implacablemente. La mayoría de ellas nunca llega al mundo exterior.
Sólo las ideas que pasan por rigurosos filtros salen y son criticadas por el
resto de la comunidad científica. A veces ocurre que las ideas que son
aceptadas por todo el mundo resultan ser erróneas, o al menos parcialmente
erróneas, o al menos son reemplazadas por ideas de mayor generalidad. Y,
aunque, por supuesto, existen algunas pérdidas personales (vínculos emocionales
con la idea de que tú mismo has jugado un papel inventivo), no obstante la
ética colectiva es que, cada vez que una idea así es derribada y reemplazada
por algo mejor, la misión de la ciencia ha salido beneficiada. En ciencia,
ocurre a menudo que los científicos dicen: "¿Sabes?, ése es un gran
argumento; yo estaba equivocado." Y luego cambian su mentalidad y jamás se
vuelve a escuchar de sus bocas esa vieja opinión. Realmente hacen eso. No
ocurre tan a menudo como debiera, porque los científicos son humanos y el
cambio es a veces doloroso. Pero ocurre a diario. No soy capaz de recordar la
última vez que pasó algo así en la política o en la religión. Es muy raro que
un senador, por ejemplo, responda: "Ése es un buen argumento. Voy a
cambiar mi afiliación política." Me gustaría decir unas cuantas cosas
sobre las estimulantes sesiones sobre la búsqueda de inteligencia
extraterrestre (SETI) y sobre el lenguaje animal en nuestra conferencia del
CSICOP. En la historia de la ciencia, existe un instructivo desfile de
importantes batallas intelectuales que resultan tratar todas ellas sobre lo
centrales que son los seres humanos.
Podríamos llamarlas batallas sobre la presunción anti-copernicana.
¿Cuál es nuestra posición en el
Universo?
He aquí algunas de las cuestiones:
Somos el centro del Universo. Todos los planetas y las estrellas y el Sol
y la Luna giran alrededor nuestro. (Chico, debemos ser realmente especiales.)
Ésa era la creencia impuesta (Aristarco aparte) hasta la época de
Copérnico. Le gustaba a mucha gente porque les daba una posición central
personalmente injustificada en el Universo. El mero hecho de estar en la Tierra
te hacía privilegiado. Eso te hacía sentir bien. Luego llegó la prueba de que
la Tierra era sólo un planeta y de que esos puntos brillantes en movimiento
eran también panetas. Decepcionante. Incluso deprimente. Mejor cuando éramos
centrales y únicos.
Pero al menos nuestro Sol está en el centro del Universo.
No, esas otras estrellas también son soles, y lo que es más, nos
encontramos en las afueras de la galaxia. No estamos nada cerca del centro de
la galaxia. Muy deprimente.
Bueno, al menos la Vía Láctea está en el centro del Universo.
Luego un poco más de progreso científico. Descubrimos que no existe eso
del centro del Universo. Lo que es más, hay cien mil millones de galaxias más.
Ésta no tiene nada de especial. Completamente deprimente.
Bueno, al menos nosotros, los humanos, somos el pináculo de la creación.
Somos aparte. Todas esas criaturas, las plantas y los animales, son
inferiores. Nosotros somos superiores, no tenemos conexión con ellos.
Todo ser viviente ha sido creado separadamente.
Luego viene Darwin. Descubrimos una continuidad evolucionaria. Estamos
relacionados estrechamente con las otras bestias y vegetales. Lo que es más,
nuestros parientes biológicos más cercanos son los chimpancés. Ésos son
nuestros parientes más cercanos (¿esos bichos?) Es una vergüenza.
¿Has ido alguna vez al zoo y los has visto? ¿Sabes lo que hacen? Imagina
lo embarazosa que era esta verdad en la Inglaterra victoriana, cuando Darwin
tuvo esta idea.
Hay otros ejemplos importantes (sistemas de referencia privilegiados en
física y la mente inconsciente en psicología) que pasaré por alto.
Mantengo que en la tradición de este largo conjunto de debates (cada uno
de los cuales ha sido ganado por los copernicanos, por los tipos que dicen que
no hay nada especial en nosotros), hubo una nota callada profundamente
emocional en los debates de las dos sesiones del CSICOP que he mencionado.
La búsqueda de inteligencia extraterrestre y el análisis de un posible
lenguaje animal hieren a uno de los sistemas de creencia pre-copernicanos que
quedan:
Al menos somos las criaturas más inteligentes de todo el Universo.
Si no existen más chicos listos en ninguna parte, aunque estemos
relacionados con los chimpancés, aunque estemos en las afueras de un universo
vasto y tremendo, al menos todavía nos queda algo especial.
Pero, en el momento que encontremos inteligencia extraterrestre, se
perderá el último pedazo de presunción. Creo que parte de la resistencia a la
idea de la inteligencia extraterrestre es debida a la presunción anti-
opernicana. Asimismo, sin tomar ninguna postura en el debate de si hay otros
animales (los primates superiores, especialmente los grandes monos)
inteligentes o con un lenguaje, es claramente, a nivel emocional, la misma
cuestión. Si definimos a los humanos como criaturas que tienen lenguaje y nadie
más tiene lenguaje, al menos somos únicos en ese aspecto. Pero si resulta que
todos esos sucios, repugnantes y graciosos chimpancés pueden, con el Ameslan o
de cualquier otra manera, comunicar ideas, entonces ¿qué nos queda de especial
a nosotros? En los debates científicos existen, a menudo inconscientemente,
impulsoras predisposiciones emocionales sobre estas cuestiones. Es importante
darse cuenta de que los debates científicos, al igual que los debates
pseudocientíficos, pueden llenarse de emociones por todas estas razones.
¿Estamos solos en el universo?
Ahora echemos un vistazo más de
cerca a la búsqueda de inteligencia extraterrestre por radio. ¿En qué se
diferencia de la pseudociencia?
Dejadme contar un par de casos reales. A principios de los sesenta, los
soviéticos ofrecieron una rueda de prensa en Moscú en la que anunciaron que una
fuente distante de radio, llamada CTA-102, estaba variando sinusoidalmente,
como una onda seno, con un periodo de unos 100 días. ¿Por qué convocaron una
rueda de prensa para anunciar que una fuente distante de radio estaba variando?
Porque pensaban que era una civilización extraterrestre de inmenso poder. Eso
se merece convocar una rueda de prensa. Esto es incluso anterior a la
existencia de la palabra cuásar. Hoy sabemos que CTA-102 es un cuásar. No
sabemos muy bien lo que es un cuásar:
y existe más de una explicación para ellos mutuamente exclusiva en la
literatura científica. No obstante, pocos consideran seriamente que un cuásar,
como CTA-102, sea una civilización galáctica extraterrestre, porque hay un
número de explicaciones alternativas de sus propiedades que son más o menos
consistentes con las leyes físicas que conocemos sin evocar a la vida
alienígena. La hipótisis extraterrestre es una hipótesis de último recurso.
Sólo si falla todo lo demás se acude a ella.
Segundo ejemplo: en 1967, científicos británicos encontraron una fuente
de radio cercana que fluctuaba en un periodo de tiempo mucho más corto, con un
periodo constante de hasta diez cifras significativas. ¿Qué era? Su primer
pensamiento fue que era algo como un mensaje que se nos estaba enviando, o un
faro de navegación interestelar para las naves espaciales que volaban entre las
estrellas. Incluso le dieron, entre los de la Universidad de Cambridge, el
pervertido nombre de LGM-1 (Little Green Men, u Hombrecillos Verdes). Sin
embargo (eran más listos que los soviéticos), no convocaron una rueda de
prensa, y pronto se hizo claro que lo que tenían era lo que ahora se llama un
púlsar. De hecho fue el primer púlsar, el púlsar de la Nebulosa Cangrejo.
Bueno, ¿qué es un púlsar? Un púlsar es una estrella comprimida hasta el tamaño
de una ciudad, soportada como no lo está ninguna otra estrella, no por presión
gaseosa, no por exclusión electrónica, sino por las fuerzas nucleares. Es, en
cierto sentido, un núcleo atómico del tamaño de Pasadena. Sostengo que esa es
una idea al menos tan rara como la del faro de navegación interestelar. La
respuesta a lo que es un púlsar tiene que ser algo muy extraño. No es una
civilización extraterrestre, es otra cosa: pero otra cosa que abre nuestros
ojos y mentes e indica posibilidades en la naturaleza que nunca habríamos
adivinado.
Luego está la cuestión de los falsos positivos. Frank Drake en su
original experimento Ozma, Paul Horowitz en el programa META (Megachannel
Extraterrestrial Assay) patrocinado por la Sociedad Planetaria, el grupo de la
Universidad de Ohio y muchos otros grupos han recibido señales que han hecho
palpitar sus corazones. Piensan por un momento que han captado una señal
genuina. En algunos casos no tenemos la menor idea de lo que fue; las señales
no se han repetido. La noche siguiente apuntas el mismo telescopio al mismo
punto en el cielo con la misma modulación y la misma frecuencia, y lo
pasa-bandas todo de la misma manera, y no oyes nada. No publicas esos datos.
Puede ser un mal funcionamiento del sistema de detección. Puede ser un avión
militar AWACS revoloteando y emitiendo en canales de frecuencia supuestamente
reservados para la radioastronomía.
Puede ser un aparato de diatermia en la misma calle. Hay muchas
posibilidades. No se declara inmediatamente que has descubierto inteligencia
extraterrestre sólo porque has encontrado una señal anómala.
Y si se repitiese, ¿lo anunciarías? No. Puede ser una broma. Puede ser
algo que le pasa a tu sistema y que no eres capaz de descifrar. En cambio,
llamarías a los científicos de un montón de radiotelescopios y les dirías que
en ese punto particular del cielo, a esa frecuencia, modulación, y banda y todo
eso, pareces captar algo curioso. ¿Por favor, podrían mirar si captan algo
parecido? Y sólo si obtienen la misma información varios observadores
independientes del mismo punto del cielo piensas que tienes algo. Aun entonces
sigues sin saber que ese algo es inteligencia extraterrestre, pero al menos has
podido determinar que no es algo de la Tierra. (Y también que no es algo en
órbita terrestre; está más lejos que eso.) Este es el primer plan de acción que
se requiere para asegurarse de que realmente tienes una señal de una
civilización extraterrestre.
Fíjate que hay una cierta disciplina implicada. El escepticismo impone
una carga. No puedes salir y gritar pequeños hombrecillos verdes, porque vas a
parecer muy tonto, como les pasó a los soviéticos con el CTA- 02, que resultó
ser algo muy distinto. Es necesaria una cautela especial cuanto las
implicaciones son de tanta importancia como aquí. No estamos obligados a
decidirnos por algo en cuanto tenemos unos datos. No pasa nada por no estar
seguros.
Me suelen preguntar: "¿Crees que existe inteligencia
extraterrestre?" Y yo respondo con los argumentos habituales. Hay un
montón de lugares allá afuera, miles de millones. Luego digo que me
sorprendería mucho que no existiese inteligencia extraterrestre, pero que por
supuesto no tenemos pruebas concluyentes de ello. Y luego me preguntan:
"Vale, pero ¿qué es lo que crees realmente?" Y respondo: "Ya te
he dicho lo que creo." "Sí, pero ¿qué te dicen tus entrañas?" Pero
yo no intento pensar con mis entrañas.
En serio, es mejor reservarse la opinión hasta que tengamos pruebas.
Carl Sagan escribía en Parade, una
revista semanal de temática general que se distribuye con diferentes diarios en
EEUU, leído por 65 millones de personas. Aunque cada vez más, y en Astronomía
Digital somos testigos, este es aún un caso poco común entre los científicos.
Después de que se publicase mi
artículo El Arte de la Detección de Camelos en Parade (1 feb. 1987), recibió,
como puedes imaginar, un montón de cartas. Parade es leído por 65 millones de
personas. En el artículo di una larga lista de cosas que eran presuntos o
demostrados camelos (treinta o cuarenta). Los defensores de todas esas cosas
resultaron uniformemente ofendidos, por lo que recibí montones de cartas.
También ofrecí un conjunto de instrucciones muy elementales acerca de cómo
tratar a los camelos (los argumentos de una autoridad no valen, todos los pasos
de una cadena de evidencias tienen que ser válidos, etcétera). Mucha gente
contestó diciendo: "Tiene usted toda la razón en las generalidades;
desafortunadamente, eso no es aplicable a mi doctrina particular." Por
ejemplo, uno de ellos decía que la idea de que existe inteligencia
extraterrestre fuera de la Tierra es un ejemplo de excelente camelo.
Concluía: "Estoy tan seguro de esto como de cualquier otra cosa en
mi experiencia. No hay vida consciente en otro lugar del Universo. El Hombre
vuelve así a su legítima posición en el centro del Universo." Otro
remitente también estaba de acuerdo con todas mis generalidades, pero decía
que, como escéptico empedernido, yo había cerrado mi mente a la verdad. Más
notablemente, he ignorado la evidencia de que la Tierra tiene seismil años de
antigüedad. Bueno, no la he ignorado; he considerado la supuesta evidencia y
luego la he rechazado. Existe una diferencia, y ésta es una diferencia,
podríamos decir, entre prejuicio y postjuicio.
Prejuicio es hacer un juicio antes de considerar los hechos. Postjuicio
es hacer un juicio después de considerarlos. El prejuicio es terrible, en el
sentido de que se cometen injusticias y graves errores. El postjuicio no es
terrible. Por supuesto, no puedes ser perfecto; también puedes cometer errores.
Pero es permisible hacer un juicio después de haber examinado la evidencia. En
algunos círculos incluso se fomenta.
Creo que parte de lo que impulsa a la ciencia es la sed de maravilla. Es
una emoción muy poderosa. Todos los niños la sienten. En una clase de
parvulario, todos la sienten; en una clase de bachillerato casi nadie la
siente, o siquiera la reconoce. Algo pasa entre el parvulario y el
bachillerato, y no es sólo la pubertad. No sólo los colegios y los medios no
enseñan mucho escepticismo, tampoco se fomenta mucho este emocionante sentido
de lo maravilloso. Ambas ciencia y pseudociencia despiertan ese sentimiento.
Una pobre popularización de la ciencia establece un nicho ecológico para la
pseudociencia.
Si la ciencia se explicase a la gente de a pie de una manera accesible y
excitante, no habría sitio para la pseudociencia. Pero existe una especie de
Ley de Gresham por la que, en la cultura popular, la mala ciencia expulsa a la
buena. Y por esto pienso que tenemos que culpar, primero, la comunidad
científica por no hacer un mejor trabajo popularizando la ciencia, y segundo, a
los medios, que a este respecto son casi por completo inútiles. Todo periódico
americano tiene una columna diaria de astrología. ¿Cuántos tienen siquiera una
columna semanal de astronomía? Y también pienso que es culpa del sistema
educativo. No enseñamos a pensar.
Esto es un error muy serio que podría incluso, en un mundo infestado con
60.000 armas nucleares, comprometer el futuro de la humanidad.
Sostengo que hay mucha más maravilla en la ciencia que en la
pseudociencia. Y además, en la medida que esto tenga algún significado, la
ciencia tiene como virtud adicional (y no es una despreciable) su veracidad.
Carl Sagan
Miles de Millones
Pensamientos De Vida Y Muerte En La Antesala Del
Milenio
Título original: Billions and Billions
A mi hermana, Cari, una entre seis mil millones
índice
Miles de millones 1
primera parte LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA
CUANTIFICACIÓN 3
1. MILES
Y MILES DE MILLONES 3
2. EL
AJEDREZ PERSA 8
3. LOS
CAZADORES DE LA NOCHE DEL LUNES 15
4. LA
MIRADA DE DIOS , Y EL GRIFO QUE GOTEA 22
5. CUATRO
PREGUNTAS CÓSMICAS 31
6. TANTOS
SOLES, TANTOS MUNDOS 36
segunda parte ¿QUÉ CONSERVAN LOS CONSERVADORES? 40
7. EL
MUNDO QUE LLEGÓ POR CORREO 41
8. EL
MEDIO AMBIENTE: ¿DÓNDE RADICA LA PRUDENCIA? 45
9. CRESO
Y CASANDRA 51
10. FALTA
UN PEDAZO DEL CIELO 55
11. EMBOSCADA:
EL CALENTAMIENTO DEL MUNDO 65
12. HUIR
DE LA EMBOSCADA 77
13. RELIGIÓN
Y CIENCIA: UNA ALIANZA 89
tercera parte ALLÍ DONDE CHOCAN CORAZONES Y
MENTES 96
14. EL
ENEMIGO COMÚN 97
15. ABORTO:
¿ES POSIBLE TOMAR AL MISMO TIEMPO PARTIDO POR «LA VIDA» Y «LA ELECCIÓN»? 107
16. LAS
REGLAS DEL JUEGO 117
17. GETTYSBURG
Y AHORA 125
18. EL
SIGLO XX 133
19. EN EL
VALLE DE LAS SOMBRAS 140
EPÍLOGO 146
Agradecimientos 150
Referencias 151
Primera Parte: LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA
CUANTIFICACIÓN
1. MILES Y MILES DE MILLONES
Hay quienes... creen que el número de [granos] de arena es in¬finito...
Otros, aun sin considerarlo infinito, piensan que todavía no se ha mencionado
un número lo bastante grande [...]. Pero voy a tratar de mostrarte [números
que] superen no sólo el de una masa de arena equivalente a la Tierra [...] sino
el de una masa igual en magnitud al Universo.
Arquímedes (h. 287-212 a. de C), El arenario
Jamás lo he dicho. De verdad. Bueno, una vez afirmé que quizás haya
100.000 millones de galaxias y 10.000 trillones de estrellas. Resulta difícil
hablar sobre el cosmos sin emplear números grandes.
Es cierto que pronuncié muchas veces la frase «miles de millones» en la
popularísima serie televisiva Cosmos, pero jamás dije «miles y miles de
millones»; por una razón: resul¬ta harto impreciso. ¿Cuántos millares de
millones son «miles y miles de millones»? ¿Unos pocos? ¿Veinte? ¿Cien? «Miles y
miles de millones» es una expresión muy vaga. Cuando adap¬té y actualicé la
serie me entretuve en comprobarlo, y tengo la certeza de que nunca he dicho tal
cosa.
Quien sí lo dijo fue Johnny Carson, en cuyo programa he aparecido cerca
de treinta veces en todos estos años. Se disfrazaba con una chaqueta de pana,
un jersey de cuello alto y un remedo de fregona a modo de peluca. Había creado
una tosca imitación de mi persona, una especie de Doppelgänger que hablaba de «miles y miles de millones» en
la televisión a altas horas de la noche.
La verdad es que me molestaba un poco que una mala re¬producción de mí
mismo fuese por ahí, diciendo cosas que a la mañana siguiente me atribuirían
amigos y compañeros (pese al disfraz, Carson —un competente astrónomo
aficio¬nado— a menudo hacía que mi imitación hablase en térmi¬nos
verdaderamente científicos).
Por sorprendente que parezca, lo de «miles y miles de millones» cuajó. A
la gente le gustó cómo sonaba. Aun ahora me paran en la calle, cuando viajo en
un avión o en una fiesta y me preguntan, no sin cierta timidez, si no me
importaría repetir la dichosa frase.
—Pues mire, la verdad es que nunca dije tal cosa —res¬pondo.
—No importa —insisten—. Dígalo de todas maneras.
Me han contado que Sherlock Holmes jamás contestó: «Elemental, mi querido
Watson» (al menos en las obras de Arthur Conan Doyle), que James Cagney nunca
exclamó: «Tú, sucia rata», y que Humphrey Bogart no dijo: «Tócala otra vez,
Sam»; pero poco importa, porque estos apócrifos han arraigado firmemente en la
cultura popular.
Todavía se pone en mi boca esta expresión tontorrona en las revistas de
informática («Como diría Carl Sagan, hacen falta miles y miles de millones de
bits»), en la sección de eco¬nomía de los periódicos, cuando se habla de lo que
ganan los deportistas profesionales y cosas por el estilo.
Durante un tiempo tuve una reticencia pueril a pronunciar o escribir esa
expresión por mucho que me lo pidieran, pero ya la he superado, así que, para
que conste, ahí va:
«Miles y miles de millones.»
¿Por qué resulta tan pegadizo eso de «miles y miles de millones»? Antes,
la expresión más corriente para referirse a un número grande era «millones»:
los enormemente ricos eran millonarios; la población de la Tierra en tiempos de
Jesús sumaba quizás unos 250 millones de personas; había casi cua¬tro millones
de estadounidenses en la época de la Convención Constitucional de 1787 —al
comenzar la Segunda Guerra Mundial eran 132 millones—; hay 150 millones de
kilómetros de la Tierra al Sol; unos 40 millones de personas hallaron la muerte
en la Primera Guerra Mundial y 60 millones en la Se¬gunda; un año tiene 31,7
millones de segundos (como pue¬de comprobarse fácilmente); y a finales de la
década de los ochenta los arsenales nucleares globales contenían un poder
explosivo suficiente para destruir un millón de ciudades como Hiroshima. A casi
todos los efectos, y durante largo tiempo, «millón» fue la quintaesencia de un
número grande.
No obstante, los tiempos han cambiado. Ahora hay mu¬chas fortunas que
ascienden a miles de millones, y no sólo por culpa "de la inflación; está
bien determinado que la edad de la Tierra es de 4.600 millones de años; la
población huma¬na se acerca a los 6.000 millones; cada cumpleaños representa
otros mil millones de kilómetros alrededor del Sol (en torno al cual la Tierra
viaja a una velocidad muy superior a la de la sonda Voyager alejándose de
nuestro planeta).
Asimismo cuatro bombarderos B-2 cuestan mil millones de dólares (algunos
dicen que dos mil o incluso cuatro mil millones); el presupuesto de defensa de
Estados Unidos, te¬niendo en cuenta los fondos reservados, supera los 300.000
millones de dólares al año; se ha estimado en cerca de mil mi¬llones el número
de muertos a corto plazo en una guerra nu¬clear a gran escala entre Estados
Unidos y Rusia; unos pocos centímetros representan mil millones de átomos
hombro con hombro; y ahí están todos esos miles y miles de millones de
estrellas y galaxias.
Un viejo chiste cuenta el caso de un conferenciante que, en un
planetario, explica a sus oyentes que al cabo de 5.000 millones de años el Sol
se hinchará hasta convertirse en una gigante roja, engullendo planetas como
Mercurio y Venus, y finalmente quizá también la Tierra. Tras la charla, un
oyente inquieto le aborda:
—Perdóneme, doctor. ¿Dijo usted que el Sol abrasará la Tierra dentro de
cinco mil millones de años?
—Sí, más o menos.
—Gracias a Dios. Por un momento creí que había dicho cinco millones.
Por interesante que pueda resultar para el destino de la Tierra, poco
importa para nuestra vida personal el que vaya a durar cinco millones o 5.000
millones. La distinción, sin em¬bargo, es mucho más vital en cuestiones tales
como los presupuestos públicos, la población mundial o las bajas en una guerra
nuclear.
Aunque la popularidad de la expresión «miles y miles de millones» no se
ha extinguido por completo, esos números parecen haberse empequeñecido, y
comienzan a estar obsole¬tos. Ahora se vislumbra en el horizonte, o quizá no
tan lejos, un número más a la moda: el billón se cierne sobre nosotros.
Los gastos militares mundiales ascienden ya a casi un bi¬llón de dólares
al año; la deuda total de todos los países en vías de desarrollo se acerca a
los dos billones de dólares (era de 60.000 millones en 1970); el presupuesto
anual del Go¬bierno de Estados Unidos ronda también los dos billones de
dólares. La deuda nacional gira en torno a los cinco billones; el coste
estimado del proyecto, técnicamente dudoso, de la Guerra de las Galaxias en la
era Reagan oscilaba entre uno y dos billones de dólares; y todas las plantas de
la Tierra pesan un billón de toneladas. Estrellas y billones poseen una
afini¬dad natural: la distancia desde nuestro sistema solar a la estrella más
cercana, Alfa Centauri, es de unos 40 billones de kilómetros.
El desconcierto entre millones, billones y trillones sigue siendo
endémico en la vida cotidiana; es rara la semana en que no se comete una
equivocación en las noticias de la tele¬visión (por lo general entre millones y
billones). Así que tal vez sea preciso que dedique un momento a establecer
algunas distinciones. Un millón es un millar de millares, o un uno se¬guido de
seis ceros; un billón es un millón de millones, o un uno seguido de 12 ceros, y
un trillón, un millón de billones, o un uno seguido de 18 ceros.
En Europa, el número «mil millones» recibe otras deno¬minaciones, como
milliard, millardo, etc. Coleccionista de sellos desde la niñez, poseo uno sin
matar, emitido en el mo¬mento álgido de la inflación alemana de 1923, cuyo
valor era de «50 milliarden». Hacían falta 50.000 millones de marcos para
franquear una carta (en aquel tiempo se necesitaba una carretilla cargada de
billetes para ir a la panadería o a la tien¬da de comestibles).
Una manera segura de saber de qué número estamos hablando consiste
sencillamente en contar cuántos ceros siguen al uno. Sin embargo, cuando los
ceros son muchos la tarea puede resultar un tanto tediosa, por eso los
agru¬pamos en tríadas separadas por puntos. Así, un trillón es
1.000.000.000.000.000.000. Para números mayores que éste, basta con contar
tríadas de ceros. Pero todo sería mucho más fácil si, al denotar un número
grande, indicásemos directa¬mente cuántos ceros hay después del uno.
Esto es lo que han hecho los científicos y los matemá¬ticos, que son
personas prácticas. Es lo que se llama «nota¬ción exponencial». Uno escribe el
número 10 y luego, a la derecha y arriba, un número pequeño que indica cuántos
ceros hay después del uno. Así, 106 = 1.000.000, 109 = = 1.000.000.000, 1012 =
1.000.000.000.000, etc. Esos superíndices reciben el nombre de exponentes o
potencias; por
|
Nombre |
Numero |
Notación científica |
Tiempo que llevaría contar desde cero hasta el número (a razón
de una cifra por segundo, día y noche) |
|
Uno
|
1 |
100 |
1 segundo |
|
Mil |
1.000 |
103 |
17 minutos |
|
Millón |
1.000.000 |
106 |
12 días |
|
Mil millones |
1.000.000.000 |
109 |
32 años |
|
Billón |
1.000.000.000.000 |
1012 |
32.000 años (tiempo superior al de la existencia de
civilización en la Tierra) |
|
Mil billones |
1.000.000.000.000.000 |
1015 |
32 millones de años (tiempo
superior al de la presencia de seres humanos en la Tierra |
|
Trillón |
1.000.000.000.000.000.000 |
1018 |
32.000 millones de años (más
que la edad del Universo) |
Los números mayores reciben los nombres de cuatrillón (1024), quintillón
(1030), sextillón (1036), septillón (1042), octillón (1048), nonillón (1054) y
decillón (1060). La Tierra tiene una masa de 6.000 cuatrillones de gramos.
Cabe también describir con palabras esta notación científica o
expo¬nencial. Así, un electrón tiene un grosor de un femtómetro (10-15 m); la
luz amarilla posee una longitud de onda de medio micrómetro (0,5 mm); el ojo
humano apenas puede ver un bichito de una décima de milímetro (10-4 m); la
Tierra tiene un radio de 6.300 Km (6,3 Mm) y una montaña puede pesar 100
petagramos (100 Pg = 1017 g). He aquí una lista completa de los prefijos:
|
atto- |
a |
10-18 |
deca- |
- |
101 |
|
femto- |
f |
10-15 |
hecto- |
- |
102 |
|
pico- |
p |
1012 |
kilo- |
k |
103 |
|
nano- |
n |
10-9 |
mega- |
M |
106 |
|
micro- |
η |
10-6 |
giga- |
G |
109 |
|
mili- |
m |
10-3 |
tera- |
T |
1012 |
|
centi- |
c |
10-2 |
peta- |
P
|
1015 |
|
deci- |
d |
10-1 |
exa- |
E |
1018 |
ejemplo, 109 es «10 elevado a 9» (a excepción de 102 y 103 que reciben
respectivamente los nombres de «10 al cuadrado» y «10 al cubo»). La expresión
«elevado a», al igual que «pará¬metro» y otros términos científicos, está
introduciéndose en el lenguaje cotidiano, pero al hacerlo su significado se va
en-turbiando y tergiversando.
Además de su claridad, la notación exponencial posee otro aspecto
maravillosamente beneficioso: permite multipli¬car dos números cualesquiera
sumando los exponentes ade¬cuados. Así, 1.000 X 1.000.000.000 es 103 X 109 =
1012. Inclu¬so se pueden multiplicar números mayores: si en una galaxia típica
hay 1011 estrellas y en el cosmos hay 1011 galaxias, en¬tonces hay 1022
estrellas en el cosmos.
Todavía existe, sin embargo, cierta resistencia a la nota¬ción
exponencial entre aquellos a quienes las matemáticas les dan grima (aunque
simplifica y no complica las cosas) y entre algunos tipógrafos que parecen
sentir la necesidad irrefrena¬ble de escribir 109 en vez de 109 (no es éste el
caso, como puede verse).
En el cuadro de la página 17 figuran los primeros núme¬ros grandes que
tienen nombre propio. Cada uno es mil ve¬ces mayor que el precedente. Por
encima del trillón casi nun¬ca se emplean los nombres. Contando día y noche un
número cada segundo, necesitaríamos más de una semana para pasar de uno a un
millón. Contar mil millones nos lleva¬ría media vida. No podríamos llegar a un
trillón aun cuando dispusiéramos de toda la edad del universo.
Una vez dominada la notación exponencial, podemos operar fácilmente con
cifras inmensas, como el número apro¬ximado de microbios en una cucharadita de
tierra (108), el de granos de arena en todas las playas (quizá 1020), el de
seres vi¬vos en la Tierra (1029), el de átomos en toda la biosfera (1041), el
de núcleos atómicos en el Sol (1057), o el de partículas ele¬mentales
(electrones, protones, neutrones) en todo el cosmos (1080). Esto no significa
que uno sea capaz de «figurarse» un billón o un trillón de objetos; de hecho,
nadie podría, pero la notación exponencial permite «pensar» y calcular con
tales números. Lo cual no está nada mal para unos seres autodi¬dactas que se
bastaban con los dedos de las manos y los pies para contar a sus semejantes.
Los números grandes son, desde luego, una parte esencial de la ciencia
moderna; pero no quisiera dar la impresión de que fueron inventados en nuestra
época.
La aritmética india está familiarizada desde hace mucho tiempo con los
números grandes. En los periódicos indios es fácil encontrar referencias a
multas o gastos de un laj o un crore de rupias. La clave es ésta: das = 10; san
= 100; bazar = = 1.000; laj = 105; crore = 107; arahb = 109; carahb = 1011; nie
=1013;padham = 1015; sanj = 1017. Antes de que su cultu¬ra fuese aniquilada por
los europeos, los mayas del antiguo México concibieron una escala cronológica
que superaba con creces los escasos miles de años transcurridos desde la
crea¬ción del mundo según la creencia europea. Entre las ruinas de Coba, en
Quintana Roo, hay inscripciones que muestran que los mayas concebían un
universo con una antigüedad del orden de 1029 años. Los hindúes sostenían que
la encarnación presente del universo tenía 8,6 X 109 años (muy cerca de la
diana). Y en el siglo III a. de C. el matemático siciliano Arquímedes, en su
libro El arenario, estimó que harían falta 1063 granos de arena para llenar el
cosmos. Incluso entonces, en las cuestiones realmente grandes, miles y miles de
millo¬nes no pasaban de ser calderilla.
2. EL AJEDREZ PERSA
No puede existir un lenguaje más universal y simple, más carente de
errores y oscuridades, y por lo tanto más apto para expresar las relaciones
invariables de las cosas naturales [...]. [Las matemáticas] parecen constituir
una facultad de la mente humana destinada a compensar la brevedad de la vida y
la imperfección de los sentidos.
JOSEPH FOURIER,
Théorie analytique de la chaleur.
Discurso preliminar (1822)
La primera vez que escuché este relato, la acción transcurría en la
antigua Persia. Pero pudo haber sido en la India o incluso en China. En
cualquier caso, sucedió hace mucho tiempo.
El gran visir, el primer consejero del rey, había inventado un nuevo
juego. Se jugaba con piezas móviles sobre un tab¬lero cuadrado formado por 64
escaques rojos y negros. La pieza más importante era el rey. La seguía en valor
el gran visir (tal como cabía esperar de un juego inventado por un gran visir).
El objeto del juego era capturar el rey enemigo y, a consecuencia, recibió en
lengua persa el nombre de shah-mat (shah por «rey», mat por «muerto»). Muerte
al rey. En Rusia, quizá como vestigio de un sentimiento revolucionario, sigue
llamándose shajmat. Incluso en inglés hay un eco de esta designación: el
movimiento final recibe el nombre de checkmate*. El juego es, por descontado,
el ajedrez. Con el paso del tiempo evolucionaron las piezas, los movimientos y
las reglas. Ya no existe, por ejemplo, el gran visir; se ha trans¬figurado en
una reina de poderes formidables.
Por qué deleitó tanto a un rey la invención de un juego llamado «muerte
al rey» es un misterio, pero, según la histo¬ria, se sintió tan complacido que
pidió al gran visir que deter¬minara su recompensa por tan maravillosa
invención. Éste ya tenía la respuesta preparada; era un hombre modesto, explicó
al shah, y sólo deseaba una modesta gratificación. Señalando las ocho columnas
y las ocho filas de escaques del tablero que había inventado, solicitó que le
entregase un solo grano de tri¬go por el primer escaque, dos por el segundo, el
doble de eso por el tercero y así sucesivamente hasta que cada escaque
re¬cibiese su porción de trigo. No, replicó el rey, era un premio harto
mezquino para una invención tan importante. Le ofre¬ció joyas, bailarinas,
palacios. Pero el gran visir, bajando la mirada, lo rechazó todo. Sólo le
interesaban aquellos montoncitos de trigo. Así que, maravillado en secreto ante
la hu¬mildad y la moderación de su consejero, el rey accedió.
Sin embargo, cuando el senescal empezó a contar los gra¬nos, el monarca
se encontró con una desagradable sorpresa. Al principio el número de granos de
trigo era bastante pe¬queño: 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1.024...,
pero en las cercanías del escaque sexagésimo cuarto las cifras se tornaban
colosales, amedrentadoras (véase recuadro de la página 31). De hecho, el número
final rondaba los 18,5 trillones de granos. Tal vez el gran visir se había
sometido a una dieta rica en fibra.
¿Cuánto pesan 18,5 trillones de granos de trigo? Si cada grano mide un
milímetro, entonces todos juntos pesarían unos 75.000 millones de toneladas
métricas, mucho más de lo que podían contener los graneros del shah. De hecho,
es el equivalente de la producción actual de trigo en todo el mun¬do
multiplicada por 150. No nos ha llegado el relato de lo que pasó inmediatamente
después. Ignoramos si el rey, maldiciéndose a sí mismo por haber desatendido el
estudio de la aritmética, entregó el reino al visir o si éste experimentó las
tribulaciones de un nuevo juego llamado visirmat.
La historia del ajedrez persa quizá no sea más que una fá¬bula, pero los
antiguos persas e indios eran brillantes explo¬radores en el terreno de las
matemáticas y sabían qué núme¬ros tan enormes se alcanzan al multiplicar
repetidamente por dos. Si el ajedrez hubiera sido inventado con 100 (10 X 10)
escaques en vez de 64 (8 X 8), la deuda en granos de trigo ha¬bría pesado tanto
como la Tierra. Una sucesión de números como ésta, en la que cada uno es un
múltiplo fijo del anterior, recibe el nombre de progresión geométrica, y el
proceso se denomina crecimiento exponencial. Los crecimientos expo¬nenciales
aparecen en toda clase de ámbitos importantes, fami¬liares o no. Un ejemplo es
el interés compuesto. Si, pongamos por caso, un antepasado nuestro ingresó en el
banco 10 dó¬lares hace 200 años (poco después de la Revolución de Estados
Unidos) a un interés anual constante del 5 %, ahora nuestra fortuna ascendería
a 10 X (1,05)200, es decir, 172.925,81 dóla¬res. Pero pocos son los antepasados
que se interesen por la fortuna de sus remotos descendientes, y 10 dólares eran
bas¬tante dinero en aquellos días ((1,05)200 significa simplemente 1,05 por sí
mismo 200 veces). Si ese antepasado nuestro hu-biera conseguido un interés del
6 %, ahora tendríamos más de un millón de dólares; al 7 % la cifra superaría
los 7,5 mi¬llones, y a un exorbitante 10 % tendríamos la espléndida suma de
1.900 millones de dólares.
Otro tanto sucede con la inflación. Si la tasa de inflación es del 5 %
anual, un dólar valdrá 0,95 dólares al cabo de un año, (0,95)2 = 0,91 al cabo
de dos; 0,61 al cabo de 10; 0,37 dó¬lares al cabo de 20, etc. Se trata de una
cuestión de gran im¬portancia práctica para aquellos jubilados cuya pensión no
aumenta de acuerdo con la inflación.
El ámbito más corriente donde se producen duplicacio¬nes repetidas y, por tanto, un crecimiento exponencial, es el de la reproducción biológica. Consideremos primero el caso simple de una bacteria que se reproduce por bipartición. Al cabo de un tiempo se dividen también cada una de las dos bacterias hijas. Mientras haya alimento suficiente en el am¬biente y no exista veneno alguno, la colonia bacteriana crece¬rá de modo exponencial. En condiciones muy favorables la población de bacterias puede llegar a doblarse cada 15 minu¬tos. Esto significa cuatro duplicaciones por hora y 96 diarias. Aunque una bacteria sólo pesa alrededor de una billonésima de gramo, tras un día de desenfreno asexual sus descendien¬tes pesarán en conjunto tanto como una montaña; en poco más de día y medio pesarán tanto como la Tierra, en dos días más que el Sol... Y en no demasiado tiempo todo el universo estará constituido por bacterias. No es una perspectiva muy agradable, pero por fortuna nunca sucede. ¿Por qué? La ra¬zón es que un crecimiento exponencial de este tipo siempre tropieza con algún obstáculo natural. Los bichos se quedan sin comida, o se envenenan mutuamente, o les da vergüenza reproducirse cuando no disponen de intimidad para hacerlo. Los crecimientos exponenciales no pueden continuar indefi¬nidamente porque se lo zamparían todo. Mucho antes que eso encuentran algún impedimento. El resultado es que la curva exponencial se allana (véase ilustración en la página anterior.)
Este hecho es muy importante para la epidemia del SIDA. Ahora mismo, en
muchos países, el número de personas con síntomas de sida crece de manera
exponencial, doblándose en aproximadamente un año. Es decir, cada año el número
de casos de sida se duplica con respecto al del año anterior. El sida ya ha
adquirido proporciones catastróficas. Si continuara creciendo exponencialmente
constituiría un desastre sin prece¬dentes. Dentro de 10 años habría mil veces
más casos de sida, y en 20 años un millón de veces más. Pero un millón de veces
el número de personas que ya han contraído el sida es mucho más que el número
de los habitantes de la Tierra. De no exis¬tir impedimentos naturales a la
continuada duplicación anual de la enfermedad, y si ésta fuese invariablemente
fatal (esto es, si no se hallase un modo de curarla), todo el mundo mori¬ría de
sida, y pronto.
Ahora bien, algunas personas parecen tener una inmuni¬dad natural a este
mal. Además, según el Centro de Enferme¬dades Transmisibles del Servicio de
Sanidad Pública de Esta¬dos Unidos, al principio el crecimiento de la
enfermedad en este país estuvo limitado casi exclusivamente a grupos
vulne¬rables, en buena parte sexualmente aislados del resto de la po¬blación
(sobre todo varones homosexuales, hemofílicos y consumidores de drogas por vía
parenteral). Si no se encuen¬tra un remedio para el sida, morirá la mayoría de
quienes comparten jeringuillas hipodérmicas para el empleo de dro¬gas por vía
parenteral; no todos, porque existe un pequeño porcentaje de personas que tiene
una resistencia natural, pero sí la mayoría. Cabe decir lo mismo respecto de
los varones homosexuales promiscuos que no toman precauciones; no es éste, sin
embargo, el caso de quienes utilizan conveniente¬mente el preservativo, de
quienes mantienen relaciones monógamas a largo plazo y, una vez más, de la
fracción pe¬queña de los que son inmunes por naturaleza. Las parejas
es¬trictamente heterosexuales que mantienen una relación mo¬nógama que se
remonta a principios de la década de los ochenta, aquellos que toman las
debidas precauciones en la práctica del sexo y quienes no comparten jeringuillas
—y son muchos— están, por así decirlo, resguardados del SIDA. Una vez que se
hayan allanado las curvas de los grupos demográ¬ficos de mayor riesgo, otros
ocuparán su lugar (ahora, en Es¬tados Unidos la enfermedad parece estar
creciendo entre los jóvenes heterosexuales de uno y otro sexo, en quienes la
pa¬sión se impone a menudo a la prudencia). Muchos morirán, otros tendrán
suerte o poseerán inmunidad natural, algunos se abstendrán, y su grupo será
reemplazado por otro de mayor riesgo, tal vez la próxima generación de varones
homo¬sexuales. Cabe esperar que con el tiempo se allane la curva exponencial,
pues ello significaría que la población de la Tierra no está condenada a morir
por esta causa (escaso consue¬lo para las numerosas víctimas y sus allegados).
El crecimiento exponencial constituye también la idea crucial que subyace
tras la crisis demográfica mundial. Du¬rante la mayor parte del tiempo en que
la Tierra ha estado ha¬bitada por seres humanos, su población ha sido estable,
con nacimientos y muertes casi perfectamente equilibrados. Tal situación recibe
el nombre de «estado estacionario». Tras la invención de la agricultura
—incluyendo la siembra y la re¬colección de aquel trigo cuyos granos
ambicionaba el gran vi¬sir— la población humana comenzó a crecer, entrando en
una fase exponencial, lo que es muy diferente de un estado esta¬cionario. Ahora
mismo, la población mundial tarda unos cuarenta años en duplicarse. Al cabo de
ese periodo seremos el doble de gente. Como señaló en 1798 el clérigo inglés Thomas
Malthus, cualquier incremento concebible en la produc¬ción de alimentos será
inútil si la población a la que están destinados crece exponencialmente
—Malthus habló de pro¬gresión geométrica—. Contra el desarrollo demográfico
ex¬ponencial no podrá ninguna revolución verde, ni la agricultu¬ra hidropónica
ni el cultivo de los desiertos.
Tampoco existe solución extraterrestre a ese problema. En la actualidad, hay cada día 240.000 nacimientos más que defunciones. Estamos muy lejos de poder enviar al espacio 240.000 personas cada veinticuatro horas. Ningún asenta¬miento en órbita terrestre, en la Luna o en otros planetas lograría hacer mella de manera perceptible en la explosión demográfica. Aunque fuese posible enviar a todos los habi¬tantes de la Tierra a planetas de estrellas lejanas en naves que viajasen más rápido que la luz, poco cambiaría. Todos los planetas habitables de la Vía Láctea quedarían colmados en cerca de un milenio. A menos que reduzcamos nuestra tasa de reproducción. Nunca hay que subestimar un crecimiento exponencial.
En el gráfico de arriba se muestra el crecimiento de la po¬blación de la
Tierra a lo largo del tiempo. Nos hallamos cla¬ramente en una fase de abrupto
crecimiento exponencial (o estamos a punto de salir de ella). Ahora bien,
muchos países (Estados Unidos, Rusia y China, por ejemplo) han llegado o están
llegando a un punto en que su población dejará de cre¬cer y se aproximará a un
estado estacionario. Es lo que se co¬noce como «crecimiento cero». Incluso así,
dado el enorme poder de los crecimientos exponenciales, basta con que una
pequeña fracción de la comunidad humana siga reproducién¬dose exponencialmente
para que la situación sea esencialmente la misma: la población del mundo
crecerá de modo ex¬ponencial, aunque muchas naciones estén en una situación de
crecimiento cero.
Existe una correlación global bien documentada entre la pobreza y las
tasas de natalidad elevadas. En países grandes y pequeños, capitalistas y
comunistas, católicos y musulma¬nes, occidentales y orientales, el crecimiento
demográfico ex-ponencial se reduce o se detiene en casi todos los casos cuan¬do
desaparece la pobreza extrema. De manera cada vez más apremiante, a nuestra
especie le conviene que cada lugar del planeta alcance a largo plazo esta
transición demográfica. Por esta razón, el contribuir a que otros países
consigan hacerse autosuficientes no es sólo un acto elemental de decencia
hu¬mana, sino que también redunda en beneficio de las naciones más ricas en
disposición de prestar ayuda. Una de las cues¬tiones cruciales en la crisis
demográfica mundial es la po-breza.
Resultan interesantes las excepciones a esta transición de¬mográfica.
Algunas naciones con elevadas rentas per cápita todavía tienen tasas de
natalidad altas. Pero se trata de países donde apenas son accesibles los
anticonceptivos y/ o las mu¬jeres carecen de todo poder político efectivo. No
es difícil es¬tablecer la conexión.
En la actualidad la población mundial asciende a unos 6.000 millones de
seres humanos. Si el periodo de duplica¬ción se mantiene constante, dentro de
40 años habrá 12.000 millones; dentro de 80, 24.000 millones; al cabo de 120
años, 48.000 millones... Sin embargo, pocos creen que la Tierra pue¬da dar
cabida a tanta gente. Habida cuenta del poder de este incremento exponencial,
abordar ahora el problema de la po¬breza global parece más barato y mucho más
humano que cualquier solución que podamos adoptar dentro de muchas décadas.
Nuestra tarea consiste en lograr una transición demo¬gráfica mundial y allanar
esa curva exponencial (mediante la eliminación de la pobreza extrema, el logro
de métodos anti¬conceptivos seguros, eficaces y accesibles a todos y la exten¬sión
del poder político real de las mujeres en los ámbitos eje¬cutivo, legislativo,
judicial, militar y en las instituciones que influyen en la opinión pública).
Si fracasamos, el trabajo lo ha¬rán otros procesos que escaparán a nuestro
control.
A propósito...
La fisión nuclear fue concebida por vez primera en sep¬tiembre de 1933
por un físico húngaro emigrado a Londres llamado Leo Szilard. Tras preguntarse
si el hombre sería ca¬paz de desencadenar las vastas energías encerradas en el
nú¬cleo del átomo, Szilard pensó en lo que sucedería si se lanza¬ra un neutrón
contra un núcleo atómico (al carecer de carga eléctrica, un neutrón no sería
repelido por los protones del núcleo y chocaría directamente contra éste).
Mientras aguar¬daba a que cambiase un semáforo en un cruce de Southhampton Row,
se le ocurrió que quizás existiera alguna sustancia, algún elemento químico,
que escupiese dos neutrones cuan¬do sufriera el impacto de uno. Cada uno de
esos neutrones podría liberar más neutrones, y de repente Szilard tuvo la
vi¬sión de una reacción nuclear en cadena, capaz de producir in¬crementos
exponenciales de neutrones y de destrozar átomos a diestro y siniestro. Aquella
tarde, en su pequeña habitación del hotel Strand Palace, calculó que, en el
caso de conseguir una reacción en cadena controlada, con apenas unos kilos de
materia se podría obtener energía suficiente para cubrir las necesidades de una
ciudad pequeña durante todo un año... o, si la energía se liberaba de repente,
para destruirla en el acto. Szilard emigró más tarde a Estados Unidos, donde
inició una búsqueda sistemática entre todos los elementos químicos
EL CÁLCULO QUE EL REY DEBERÍA HABER EXIGIDO A SU VISIR
No es para asustarse. Se trata de un cálculo muy fácil. Pretendemos
averiguar cuántos granos de trigo corres¬pondían a todo el ajedrez persa.
Una manera elegante (y perfectamente exacta) de cal¬cularlo es la
siguiente:
El exponente nos dice cuántas veces tenemos que multiplicar 2 por sí
mismo. 22 = 4. 24 = 16. 210 = 1.024, etc. Llamaremos S al número total de
granos del tablero de ajedrez, desde 1 en el primer escaque a 263 en el
sexa¬gésimo cuarto. Entonces, sencillamente,
S = 1 + 2 + 22 + 23 +... + 262 + 263
Multiplicando por dos ambos términos de la ecua¬ción, tendremos
2S = 2 + 22 + 23 + 24 +... + 263 + 264
Restando la primera ecuación de la segunda, tenemos
2S-S = S = 264- 1,
que es la respuesta exacta.
¿Cuánto supone esto en una notación ordinaria de base 10? Si 210 se
aproxima a 1.000, o 103 (dentro de un 2,4 %), entonces 220 = 2(10X2) = (210)2 =
aproximadamen¬te (103)2 = 106, que es 10 multiplicado por sí mismo seis veces.
De igual modo, 260 = (210)6 = aproximadamen¬te (103)6 = 1018. Así, 264 = 24 X
260 = aproximadamente 16 X 1018, o 16 seguido de 18 ceros, es decir, 16
trillones de granos. Un cálculo más exacto arroja 18,6 trillones de granos.
para comprobar si alguno despedía más neutrones de los que recibía. El
uranio pareció ser un candidato prometedor. Szilard convenció a Albert Einstein
de que escribiese su famosa carta al presidente Roosevelt, apremiándolo para
que Esta¬dos Unidos construyese una bomba atómica. Szilard desem¬peñó un papel
relevante en la primera reacción en cadena del uranio, lograda en 1942 en
Chicago, lo que, de hecho, con¬dujo a la bomba atómica. Después de eso pasó el
resto de su vida advirtiendo de los peligros del arma que fue el primero en
concebir. Había descubierto, por otros medios, el poder terrible del
crecimiento exponencial.
Todo el mundo tiene dos progenitores, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16
tatarabuelos, etc. Por cada generación que retrocedamos, tendremos el doble de
antepasados direc¬tos. Cabe advertir que este problema guarda mucha semejan¬za
con el del ajedrez persa. Si, por ejemplo, cada 25 años sur¬ge una nueva
generación, entonces 64 generaciones atrás serán 64 X 25 = 1.600 años, es
decir, justo antes de la caída del imperio romano. De este modo (véase
recuadro) cada uno de los que ahora vivimos tenía en el año 400 unos 18,5
trillones de antepasados directos..., o así parece. Y eso sin hablar de los
parientes colaterales. Ahora bien, esa cifra supera con cre¬ces la población de
la Tierra en cualquier época; es muy su¬perior incluso al número acumulado de
seres humanos naci¬dos a lo largo de toda la historia de nuestra especie. Algo
falla en nuestro cálculo. ¿Qué es? Bueno, hemos supuesto que to¬dos esos
antepasados directos eran personas diferentes. Sin embargo, no es ése el caso.
Un mismo antepasado se encuen¬tra emparentado con nosotros por numerosas vías
diferentes. Nos hallamos vinculados de forma repetida y múltiple con cada uno
de nuestros parientes, y muchísimo más con los an-tepasados remotos.
Algo parecido sucede con el conjunto de la población humana. Si
retrocedemos lo suficiente, dos personas cuales¬quiera de la Tierra encontrarán
un antepasado común. Siem¬pre que sale elegido un nuevo presidente de Estados
Unidos, alguien —generalmente un inglés— descubre que el nuevo mandatario está
emparentado con la reina o el rey de Inglate¬rra. Se considera que esta
circunstancia liga a los pueblos de habla inglesa. Cuando dos personas proceden
de una misma nación o cultura, o del mismo rincón del mundo, y sus ge¬nealogías
están bien trazadas, es probable que se acabe por descubrir a su último
antepasado común. En cualquier caso, las relaciones están claras: todos los
habitantes de la Tierra somos primos.
Los crecimientos exponenciales aparecen también co¬rrientemente asociados
al concepto de «vida media». Un ele¬mento radiactivo «padre» —plutonio, por
ejemplo, o radio— se descompone en otro elemento «hijo», tal vez menos
peli¬groso. Ahora bien, no lo hace de forma inmediata, sino esta¬dística. Al
cabo de cierto tiempo la desintegración ha afectado a la mitad de los átomos, y
a este periodo se le denomina vi¬da media. La mitad de lo que queda se
desintegra en otra vida media, y la mitad del resto en una nueva vida media,
etc. Por ejemplo, si la vida media fuese de un año, la mitad se desinte¬graría
en un año, la mitad de la mitad, o todo menos un cuar¬to, desaparecería en dos
años, todo menos un octavo en tres años, todo menos una milésima en 10 años,
etc. Los diferen¬tes elementos tienen distintas vidas medias. La vida media es
un criterio básico cuando se trata de decidir qué se hace con los residuos
radiactivos de las centrales nucleares o cuando se considera la lluvia
radiactiva en una guerra atómica. Repre¬senta una decadencia exponencial, del
mismo modo que el ajedrez persa supone un crecimiento exponencial.
La desintegración radiactiva es uno de los métodos princi¬pales para
datar el pasado. Si podemos medir en una muestra la cantidad de material
radiactivo padre y la cantidad de mate¬rial hijo producto de la desintegración,
cabe determinar la an-tigüedad de esa muestra. Es así como hemos descubierto
que el llamado Santo Sudario de Turín no es la sábana con que se envolvió el
cuerpo de Jesús, sino un engaño piadoso del si¬glo XIV (cuando fue denunciado
como tal por las autoridades eclesiásticas), que los seres humanos prendían
hogueras hace millones de años, que los fósiles más antiguos de la Tierra
tie¬nen al menos 3.500 millones de años, y que la edad de nuestro planeta es de
4.600 millones de años. El cosmos es, desde lue¬go, miles de millones de años
más viejo. Cuando uno com¬prende los crecimientos exponenciales, tiene en sus
manos la clave de muchos de los secretos del universo.
Conocer algo de forma meramente cualitativa es cono¬cerlo de manera vaga.
Si tenemos conocimiento cuantitativo —captando alguna medida numérica que lo
distinga de un número infinito de otras posibilidades— estamos comen¬zando a
conocerlo en profundidad, comprendemos algo de su belleza y accedemos a su
poder y al conocimiento que proporciona. El miedo a la cuantificación supone
limitarse, renunciar a una de las perspectivas más firmes para entender y
cambiar el mundo.
3. LOS CAZADORES DE LA NOCHE
DEL LUNES
El instinto de la caza tiene [un] [...] origen remoto en la evolu¬ción de
la raza. El instinto cazador y el de lucha se combinan en muchas
manifestaciones [...] Puesto que el afán sanguinario de los seres humanos es
una parte primitiva de nosotros, resulta muy di¬fícil erradicarlo, sobre todo
cuando se promete como parte de la diversión una pelea o una cacería.
William James, Psychology, XXIV (1890)
No podemos evitarlo. Cada año, al comenzar el otoño, las tardes de los
domingos y las noches de los lunes abando¬namos todo para contemplar las
pequeñas imágenes en movi¬miento de 22 hombres que se acometen, caen, se
levantan y dan patadas a un objeto alargado hecho con la piel de un animal. De
vez en cuando, tanto los jugadores como los se¬dentarios espectadores son presa
de arrebatos de éxtasis o de desesperación ante el desarrollo del partido. Por
todo el territorio estadounidense, personas (casi exclusivamente hom¬bres) con
la mirada fija en la pantalla de cristal vitorean o gruñen al unísono. Dicho
así parece, sin embargo, una estu¬pidez, pero una vez que nos aficionamos a
ello resulta difícil resistirse. Lo sé por experiencia.
Los atletas corren, saltan, golpean, tiran, lanzan, chutan, se
agarran..., y es emocionante ver a seres humanos hacerlo tan bien. Luchan hasta
caer al suelo. Se afanan en recoger o golpear con un palo o con el pie algo de
color pardo o blan¬co que se mueve con rapidez.
En algunos juegos, tratan de dirigir esa cosa hacia lo que llaman
«portería»; en otros, los participantes salen corriendo y luego vuelven a
«casa». El trabajo en equipo lo es casi todo, y admiramos cómo encajan las
diferentes partes para formar un conjunto maravilloso.
Ahora bien, la mayoría de nosotros no nos ganamos la vida con estas
destrezas. ¿Por qué nos atrae tanto ver a otros correr o chutar? ¿Por qué es
transcultural esta necesidad? (Los antiguos egipcios, los persas, los romanos,
los mayas y los aztecas también jugaban a la pelota; el polo es de origen
tibetano.)
Hay estrellas del deporte que ganan cincuenta veces el sa¬lario anual del
presidente de Estados Unidos; los hay que, tras retirarse, consiguen ser
elegidos para ocupar altos cargos. Son héroes nacionales. ¿Por qué,
exactamente? Existe aquí algo que trasciende la diversidad de los sistemas
políticos, so¬ciales y económicos. Algo muy antiguo.
La mayor parte de los principales deportes se hallan aso¬ciados con una
nación o con una ciudad y son símbolo de patriotismo y de orgullo cívico.
Nuestro equipo nos repre¬senta —en tanto pueblo— frente a otros individuos de
al¬gún lugar diferente, habitado por seres extraños y, quizás, hostiles.
(Cierto que la mayoría de «nuestros» jugadores no son realmente «nuestros». Se
trata de mercenarios que, sin reparo alguno, abandonan el equipo de una ciudad
para ingresar en el rival: un jugador de los Pirates [piratas] de Pittsburgh se
convierte en miembro de los Angels [ánge¬les] de California; un integrante de
los Padres de San Diego asciende a la categoría de miembro de los Cardinals
[car¬denales] de St. Louis; un Warrior [guerrero] de California es coronado como
uno más de los Kings [reyes] de Sacramento. En ocasiones, todo un equipo emigra
a otra ciudad.)
Una competición deportiva es un conflicto simbólico apenas enmascarado.
No se trata de ninguna novedad. Los cherokee llamaban «hermano pequeño de la
guerra» a su propia versión de lacrosse* Y ahí están las palabras de Max
Rafferty, ex superintendente de instrucción pública de Ca¬lifornia, quien, tras
calificar a los enemigos del fútbol ame¬ricano universitario de «imbéciles,
inútiles, rojos y melenudos extravagantes y charlatanes», llegó a decir: «Los
futbolistas [...] poseen un espléndido espíritu combativo que es América
misma.» (Merece la pena reflexionar sobre la cuestión.)
A menudo se cita la opinión del difunto entrenador Vince Lombardi, quien
afirmó que lo único que importa es ganar. George Allen, ex entrenador de los
Redskins [pieles rojas] de Washington, lo expresó de esta manera: «Perder
equivale a morir.»
Hablamos de ganar y perder una guerra con la misma na¬turalidad con que
se habla de ganar y perder un partido. En un anuncio televisivo del ejército
norteamericano aparece un carro de combate que destruye a otro en unas
maniobras, después de lo cual el jefe del vehículo victorioso dice: «Cuan¬do
ganamos, no gana una sola persona, sino todo el equipo.» La relación entre
deporte y combate resulta por demás clara. Los fans (abreviatura de
«fanáticos») llegan a cometer toda clase de desmanes, incluso a matar, cuando
se sienten vejados por la derrota de su equipo, se les impide celebrar la
victoria o consideran que el arbitro ha cometido una injusticia.
En 1985, la primera ministra británica no pudo por me¬nos que denunciar
la conducta agresiva de algunos de sus com¬patriotas aficionados al fútbol, que
atacaron a grupos de se¬guidores italianos por haber tenido la desfachatez de
aplaudir a su propio equipo. Las tribunas se vinieron abajo y murie¬ron docenas
de personas. En 1969, después de tres encarni¬zados partidos de fútbol, carros
de combate de El Salvador cruzaron la frontera de Honduras y bombarderos de
aquel país atacaron puertos y bases militares de éste. En esta «gue¬rra del
fútbol», las bajas se contaron por millares.
Las tribus afganas jugaban al polo con las cabezas corta¬das de sus
enemigos, y hace 600 años, en lo que ahora es Ciu¬dad de México, había un campo
de juego donde, en presencia de nobles revestidos de sus mejores galas,
competían equipos uniformados. El capitán del equipo perdedor era decapitado y
su cráneo expuesto con los de sus antecesores (se trataba, probablemente, del
más apremiante de los acicates).
Supongamos que, sin tener nada mejor que hacer, salta¬mos de un canal de
televisión a otro sirviéndonos del mando a distancia y aparece una competición
en la que no estemos emocionalmente interesados, como puede ser un partido
amistoso de voleibol entre Birmania y Tailandia. ¿Cómo de¬cide uno por qué
equipo se inclina? Ahora bien, ¿por qué in¬clinarse por uno u otro, por qué no
disfrutar sencillamente del juego? A la mayoría nos cuesta adoptar esta postura
neu¬tral. Queremos participar en el enfrentamiento, sentirnos partidarios de un
equipo. Simplemente nos dejamos arrastrar y nos inclinamos por uno de los
competidores: «¡Hala, Bir¬mania!» Es posible que en un principio nuestra
lealtad oscile, primero hacia un equipo y luego hacia el otro. A veces opta¬mos
por el peor. Otras, vergonzosamente, nos pasamos al ga¬nador si el resultado es
previsible (cuando en un torneo un equipo pierde a menudo suele ser abandonado
por muchos de sus seguidores). Lo que anhelamos es una victoria sin es¬fuerzo.
Deseamos participar en algo semejante a una pequeña guerra victoriosa y sin
riesgos.
En 1996, Mahmoud Abdul-Rauf, base de los Nuggets [pepitas de oro] de
Denver, fue suspendido por la NBA. ¿Por qué? Pues porque Abdul-Rauf se negó a
guardar las supuestas debidas formas durante la interpretación prescriptiva del
himno nacional. La bandera de Estados Unidos representaba para él un «símbolo
de opresión» ofensivo para su fe musul¬mana. La mayoría de los demás jugadores
defendieron el de¬recho de Abdul-Rauf a expresar su opinión, aunque no la
compartían. Harvey Araton, prestigioso comentarista depor¬tivo de The New York
Times, se mostró extrañado. Interpre¬tar el himno nacional en un acontecimiento
deportivo «es, reconozcámoslo, una tradición absolutamente idiota en el mundo
de hoy», explicó, «al contrario de cuando surgió, al comienzo de los partidos
de béisbol durante la Segunda Gue¬rra Mundial, nadie acude a un acontecimiento
deportivo co-mo expresión de patriotismo». En contra de esto, yo diría que los
acontecimientos deportivos tienen mucho que ver con cierta forma de patriotismo
y de nacionalismo*.
Los primeros certámenes atléticos organizados de que se tiene noticia se
celebraron en la Grecia preclásica hace 3.500 años. Durante los Juegos
Olímpicos originarios las ciudades-estado en guerra hacían una tregua. Los
Juegos eran más im¬portantes que las contiendas bélicas. Los hombres competían
desnudos. No se permitía la presencia de espectadoras. Hacia el siglo VIII a.
de C., los Juegos Olímpicos consistían en ca¬rreras (muchísimas), saltos,
lanzamientos diversos (incluyen¬do el de jabalina) y lucha (a veces a muerte).
Aunque pruebas individuales, son un claro antecedente de los modernos de¬portes
de equipo.
También lo es la caza de baja tecnología. Tradicionalmente, la caza se
considera un deporte siempre y cuando uno no se coma lo que captura (requisito
de cumplimiento mucho más fácil para los ricos que para los pobres). Desde los
pri¬meros faraones, la caza ha estado asociada con las aristocra¬cias
militares. El aforismo de Oscar Wilde acerca de la caza británica del zorro,
«lo indecible en plena persecución de lo incomible», expresa el mismo concepto
dual. Los precursores del fútbol, el hockey, el rugby y deportes similares eran
desdeñosamente denominados «juegos de la chusma», pues se los consideraba
sustitutos de la caza, vedada a aquellos jó¬venes que tenían que trabajar para
ganarse la vida.
Las armas de las primeras guerras tuvieron que ser útiles cinegéticos.
Los deportes de equipo no son sólo ecos estiliza¬dos de antiguas contiendas,
sino que satisfacen también un casi olvidado impulso cazador. Las pasiones que
despiertan los deportes son tan hondas y se hallan tan difundidas que es muy
probable que estén impresas ya no en nuestro cerebro, sino en nuestros genes.
Los 10.000 años transcurridos desde la introducción de la agricultura no bastan
para que tales pre-disposiciones se desvanezcan. Si queremos entenderlas,
debe¬mos remontarnos mucho más atrás.
La especie humana tiene centenares de miles de años de antigüedad (la
familia humana, varios millones). Hemos lle¬vado una existencia sedentaria
—basada en la agricultura y en la domesticación de animales— sólo durante el
último 3 % de este periodo, el que corresponde a la historia conocida. En el 97
% inicial de nuestra presencia en la Tierra cobró existen¬cia casi todo lo que
es característicamente humano. Así, un poco de aritmética acerca de nuestra
historia sugiere que las pocas comunidades supervivientes de
cazadores-recolectores que no han sido corrompidas por la civilización pueden
de¬cirnos algo sobre aquellos tiempos.
Vagamos con nuestros pequeños y todos los enseres a la es¬palda,
siguiendo la caza, en busca de pozas. Por un tiempo, establecemos un campamento
y luego partimos. Para propor¬cionar comida al grupo, los hombres se dedican
principalmente a cazar y las mujeres a recolectar vegetales. Carne y patatas.
Una típica, banda nómada, por lo general formada por parientes, cuenta con unas
pocas docenas de individuos; aunque anualmente muchos centenares de nosotros,
con la misma len¬gua y cultura, nos reunimos para celebrar ceremonias
religio¬sas, comerciar, concertar matrimonios y narrar historias. Hay muchas
historias acerca de la caza.
Me concentro aquí en los cazadores, que son hombres. Ahora bien, las
mujeres poseen un significativo poder social, económico y cultural. Recogen
bienes esenciales —nueces, fru¬tos, tubérculos y raíces—, así como hierbas
medicinales, cazan pequeños animales y proporcionan información estratégica
so¬bre los movimientos de los animales grandes. Los hombres también dedican
parte de su tiempo a la recolección y a las ta¬reas «domésticas» (aunque no hay
viviendas fijas). Pero la caza —sólo para alimentarse, nunca por deporte— es la
ocu¬pación permanente de todo varón sano.
Los chicos preadolescentes acechan con sus arcos y flechas aves y
pequeños mamíferos. Para cuando llegan a adultos ya son expertos en procurarse
armas, en cazar, descuartizar la presa y llevar al campamento los trozos de
carne. El primer mamífero grande cobrado por un joven señala la mayoría de edad
de éste. En su iniciación, lo marcan en el pecho o en los brazos con incisiones
ceremoniales y frotan los cortes con hier¬bas para que, cuando cicatricen,
quede un tatuaje. Son como condecoraciones de campaña; basta observar su pecho
para hacernos una idea de su experiencia en combate.
A partir de una maraña de huellas de pezuñas podemos deducir exactamente
cuántos animales pasaron, la especie, el sexo y la edad, si alguno está
lisiado, cuánto tiempo hace que cruzaron y a qué distancia se encuentran.
Capturamos algu-nas piezas jóvenes en campo abierto mediante lazos, hondas,
bumeranes o pedradas certeras. Podemos acercarnos con au¬dacia y matar a
estacazos a los animales que todavía no han aprendido a temer a los hombres. A
distancias mayores, con¬tra presas más cautelosas, lanzamos venablos o flechas
enve¬nenadas. A veces estamos de suerte y con una diestra acometida tendemos
una emboscada a toda una manada o logramos que se precipite por un tajo.
Entre los cazadores resulta esencial el trabajo en equipo. Para no
asustar a la presa, hemos de comunicarnos mediante el lenguaje de los signos.
Por la misma razón, tenemos que dominar nuestras emociones; tanto el miedo como
el júbilo resultan peligrosos. Nuestros sentimientos hacia la presa son
ambivalentes. Respetamos a los animales, reconocemos nues¬tro parentesco, nos
identificamos con ellos. Ahora bien, si re¬flexionamos demasiado acerca de su
inteligencia o su devo¬ción por las crías, si nos apiadamos de ellos, si los
reconocemos en exceso como parientes nuestros, se debilitará nuestro afán por
la caza; conseguiremos menos alimento y pondremos en peligro a nuestra gente.
Estamos obligados a marcar una dis¬tancia emocional entre nosotros y ellos.
Tenemos que considerar, pues, que durante millones de años nuestros
antepasados varones fueron nómadas que lanza¬ban piedras contra las palomas,
corrían tras las crías de antílope y las derribaban a fuerza de músculos, o
formaban una sola lí¬nea de cazadores que gritando y corriendo trataban de
espantar una manada de jabalís verrugosos. Sus vidas dependían de la destreza
cinegética y del trabajo en equipo. Gran parte de su cultura estaba tejida en
el telar de la caza. Los buenos cazado¬res eran también buenos guerreros.
Luego, tras un largo perio¬do —tal vez unos cuantos miles de siglos—, muchos
varones iban a nacer con una predisposición natural para la caza y el trabajo
en equipo. ¿Por qué? Porque los cazadores incompe¬tentes o faltos de entusiasmo
dejaban menos descendencia.
No creo que el modo de aguzar la punta de piedra de una lanza o de
emplumar una flecha esté impreso en nuestros ge¬nes, pero apuesto a que sí lo
está la atracción por la caza. La selección natural contribuyó a hacer de
nuestros antepasados unos soberbios cazadores.
La más clara prueba del éxito del estilo de vida del cazador-recolector
es el simple hecho de que se extendió por seis continentes y duró millones de
años (por no mencionar las tendencias cinegéticas de primates no humanos).
Estos nú¬meros hablan con elocuencia.
Tales inclinaciones tienen que seguir presentes en noso¬tros después de
10.000 generaciones en las que matar anima¬les fue nuestro valladar contra la
inanición. Y ansiamos ejer¬cerlas, aunque sea a través de otros. Los deportes
de equipo proporcionan una vía.
Una parte de nuestro ser anhela unirse a una minúscula banda de hermanos
en un empeño osado e intrépido. Pode¬mos advertirlo incluso en los videojuegos
y juegos de rol tan populares entre los varones preadolescentes y adolescentes.
Todas las virtudes masculinas tradicionales —laconismo, maña, sencillez,
precisión, estabilidad, profundo conoci¬miento de los animales, trabajo en
equipo, amor por la vida al aire libre— eran conductas adaptativas en nuestra
época de cazadores-recolectores.
Todavía admiramos estos rasgos, aunque casi hemos olvi¬dado por qué.
Al margen de los deportes, son escasas las vías de escape accesibles. En
nuestros varones adolescentes aún podemos reconocer al joven cazador, al
aspirante a guerrero: salta por los tejados, conduce una moto sin casco,
alborota en la cele-bración de una victoria deportiva. En ausencia de una mano
firme, es posible que esos antiguos instintos se desvíen un tanto (aunque
nuestra tasa de homicidios sigue siendo apro¬ximadamente la misma que la de los
cazadores-recolectores supervivientes). Tratamos de que ese afán residual por
matar no se vuelque en seres humanos, algo que no siempre conse¬guimos.
Me preocupa lo poderosos que pueden llegar a ser los instintos de la
caza. Me inquieta que el fútbol de la noche del lunes no sea una vía de escape
suficiente para el cazador moderno para ellos mismos por varias razones: porque
sus econo-mías solían ser saludables (muchos disponían de más tiempo libre que
nosotros); porque, como nómadas, tenían escasas posesiones y apenas conocían el
hurto y la envidia; porque consideraban la codicia y la arrogancia no ya males
sociales, sino algo muy próximo a la enfermedad mental; porque las mujeres
poseían un auténtico poder político y tendían a constituir una influencia
estabilizadora y apaciguadora antes de que los chicos varones echaran mano de
sus flechas enve¬nenadas, y porque, cuando se cometía un delito serio —un
homicidio, por ejemplo— era el grupo quien, colectivamen¬te, juzgaba y
castigaba.
Muchos cazadores-recolectores organizaron democra¬cias igualitarias. No
había jefes. No existía una jerarquía po¬lítica o corporativa por la que soñar
en ascender. No había nadie contra quien rebelarse.
Así pues, varados como estamos a unos cuantos cente¬nares de siglos de
donde deberíamos estar, y viviendo como vivimos, aunque no por culpa nuestra,
una época de conta¬minación ambiental, jerarquía social, desigualdad
económi¬ca, armas nucleares y perspectivas menguantes, con las emo¬ciones del
pleistoceno pero sin las salvaguardias sociales de entonces, quizá pueda
perdonársenos un poco de fútbol el lunes por la noche.
EQUIPOS Y TOTEMS
Los equipos asociados con ciudades tienen nombres: los Lions [leones] de
Seibu, los Tigers [tigres] de Detroit, los Bears [osos] de Chicago. Leones,
tigres y osos, águilas y págalos, llamas y soles... Tomando en consideración
las diferencias ambientales y culturales, los grupos de cazadores-recolectores
de todo el mundo ostentan nombres similares, a veces llamados tótems.
Durante los muchos años que pasó entre los !kung, bosquimanos del
desierto de Kalahari, en
Botswana, el antropólogo Richard Lee elaboró una lista de tótems típicos
(véase columna derecha del cuadro), por lo general anteriores al contacto con
los europeos. Los Pies Cortos son, en mi opinión, primos de los Red Sox [medias
rojas] y los White Sox [medias blancas]; los Luchadores, de los Raiders
[asaltantes], los Gatos Monteses, de los Bengals [tigres de Bengala]; los
Cortadores, de los Clippers [esquiladores]. Lógicamente, existen diferencias
según los distintos estadios tecnológicos y, quizás, el diverso grado de
modestia, autoconocimiento y sentido del humor. Es difícil imaginar un equipo
de fútbol americano que se llamara los Diarreas, los Charlatanes (sería mi
favorito, pues estaría formado por hombres sin problemas de autoestima) o los
Dueños (en este caso la gente pensaría de inmediato en los jugadores que lo
integrasen, lo que causaría no poca consternación a los auténticos propietarios
del club).
|
De arriba abajo se relacionan nombres «totémicos»
dentro de las siguientes categorías: aves, peces, mamíferos y otros animales;
plantas y minerales; tecnología; personas, indumentaria y ocupaciones;
alusiones míticas, religiosas, astronómicas y geológicas, y colores. |
||||
|
Equipos de baloncesto de la NBA de Estados Unidos |
Equipos de fútbol americano de la liga nacional de Estados Unidos |
Equipos de la primera división de Béisbol de Japón |
Equipos de la primera división de béisbol de Estados Unidos |
Nombres de grupos !Kung |
|
Halcones
|
Cardenales
|
Halcones
|
Arrendajos
|
Osos
Hormigueros |
|
Rapaces |
Águilas |
Golondrinas
|
Cardenales
|
Elefantes
|
|
Gamos |
Halcones
|
Carpas |
Oropéndolas
|
Jirafas |
|
Toros |
Cuervos |
Búfalos |
Mantarrayas
|
Impalas |
|
Osos
Grises |
Págalos |
Leones |
Merlines'
|
Chacales
|
|
Lobos
Grises |
Delfines
|
Tigres |
Cachorros
|
Rinocerontes
|
|
Avispas |
Osos |
Ballenas
|
Tigres |
Antílopes
|
|
Pepitas
de Oro |
Tigres
de Bengala |
Estrellas
de Mar |
Serpientes
de Cascabel |
Gatos
Monteses |
|
Esquiladores
|
Picos |
Bravos |
Expos |
Hormigas
|
|
Calor |
Broncos |
Luchadores
|
Bravos |
Piojos |
|
Pistones
|
Potros |
Marinos |
Cerveceros
|
Escorpiones
|
|
Cohetes |
Jaguares
|
Dragones
Gigantes |
Regateros
|
Tortugas
|
|
Espuelas |
Leones |
Oriones |
Indios |
Melones
Amargos |
|
Supersónicos
|
Panteras
|
Ola Azul
|
Gemelos |
Raíces
Largas |
|
Jinetes |
Arietes |
|
Yanquis |
Raíces
Medicinales |
|
Celtas |
Reactores
|
|
Medias
Rojas |
Enyugados
|
|
Reyes |
Bucaneros
|
|
Medias
Blancas |
Cortadores
|
|
Antiguos
Holandeses |
Corceles
|
|
Atletas |
Charlatanes
|
|
Inconformistas
|
Adalides
|
|
Metropolitanos
|
Fríos |
|
Lacustres
|
Vaqueros
|
|
Reales |
Diarreas
|
|
Encestadores
|
Los del
49 |
|
Filadelfienses
|
Luchadores
Miserables |
|
Trotadores
|
Petroleros
|
|
Piratas |
Luchadores
|
|
Los del
76 |
Embaladores
|
|
Marineros
|
Dueños |
|
Pioneros
|
Patriotas
|
|
Batidores
|
Penes |
|
Guerreros
|
Asaltantes
|
|
Gigantes
|
Pies
Cortos |
|
Jazz |
Píeles
Rojas |
|
Ángeles |
|
|
Mágicos |
Santos |
|
Padres |
|
|
Soles |
Metalúrgicos
|
|
Astros |
|
|
Brujos |
Vikingos
|
|
Rocosos |
|
|
|
Gigantes
|
|
Rojos |
|
|
|
Pardos |
|
|
|
4. LA MIRADA DE DIOS , Y EL GRIFO QUE GOTEA
Cuando te alzas por el horizonte oriental, colmas cada comarca con tu
belleza [...]. Aunque te halles lejos, tus rayos están en la Tierra
Eknatón, Himno al Sol (h. 1370 a. de C.)
En el Egipto faraónico de la época de Eknatón, la ahora extinguida
religión monoteísta que adoraba al Sol considera¬ba que la luz era la mirada de
Dios. Por aquel entonces la vi¬sión se concebía como una especie de emanación
que proce¬día del ojo. La vista era algo así como un radar, que alcanzaba y
tocaba los objetos contemplados. El Sol —sin el cual poco más que las estrellas
resultaba visible— bañaba, iluminaba y calentaba el valle del Nilo. Habida
cuenta de la física del tiempo y de la existencia de una generación de
adoradores del Sol, tenía cierto sentido describir la luz como la mirada de
Dios. Tres mil trescientos años más tarde, una metáfora más profunda, aunque
mucho más prosaica, proporciona una mejor comprensión de la luz.
Estamos sentados en la bañera y el grifo gotea. Una vez cada segundo, por
ejemplo, una gota cae en la tina. Esta gota genera una onda que se extiende
formando un círculo perfec¬to y bello, y cuando llega a los bordes de la bañera
rebota. La onda reflejada es más débil y después de uno o más rebotes ya no
logramos distinguirla.
Nuevas ondas llegan a los límites de la bañera, cada una provocada por
otra gota que cae del grifo. Un pato de goma sube y baja al paso de cada onda.
El nivel del agua está clara¬mente un poco más alto en la cresta de la onda que
se mueve y algo más bajo en el valle entre dos crestas.
La «frecuencia» de una onda es sencillamente el tiempo transcurrido entre
el paso de dos crestas por el punto de ob¬servación, en este caso, un segundo.
Como cada gota crea una onda, la frecuencia equivale al ritmo de goteo. La
longi¬tud de onda es sencillamente la distancia entre crestas sucesi¬vas, en
este caso del orden de 10 centímetros. Ahora bien, si cada segundo pasa una
onda y median 10 centímetros entre una y otra, su velocidad es de 10
centímetros por segundo. La velocidad de una onda, concluimos después de
reflexionar por un instante, es la frecuencia multiplicada por la longitud de
onda.
Las ondas en una bañera y las olas del océano son bidimensionales; se
propagan como círculos sobre la superficie del agua a partir de un punto. Las
ondas sonoras, en cambio, son tridimensionales, es decir, se difunden por el
aire en to¬das direcciones a partir de su punto de origen. En las crestas de
una onda sonora el aire está algo comprimido; en los va¬lles, el aire se
enrarece. Nuestro oído detecta esas diferencias de presión. Cuanto más a menudo
llegan (cuanto mayor es la frecuencia), más agudo es el tono.
Los tonos musicales dependen exclusivamente de la fre¬cuencia de las
ondas sonoras. La nota do mayor es el tono correspondiente a 263 vibraciones
por segundo (los físicos dirían 263 hercios)*. ¿Cuál sería la longitud de onda
del do mayor? ¿Qué distancia habría entre cresta y cresta si las ondas sonoras
fuesen visibles? Al nivel del mar, el sonido se desplaza a unos 340 metros por
segundo (1.224 kilómetros por hora). Al igual que en la bañera, la longitud de
onda será la velocidad de la onda dividida por la frecuencia, alrededor de 1,3
metros para el do mayor (aproximadamente la estatu¬ra de un niño de nueve
años).
Existe una suerte de acertijo concebido para confundir a la ciencia y que
dice algo así: «¿Qué es un do mayor para una persona sorda de nacimiento?» Pues
lo mismo que para el resto de nosotros: 263 hercios, una frecuencia
determina¬da y única correspondiente a esta nota y a ninguna otra. Si uno no es
capaz de oírla directamente, puede percibirla de forma inequívoca con un
amplificador de sonido y un osciloscopio. Claro está que se trata de una
experiencia distinta de la percepción humana habitual de las ondas sonoras,
por¬que emplea la vista en lugar del oído, pero ¿qué más da? Toda la
información se encuentra allí. Es posible captar acor¬des, staccato, pizzicato
y timbre. Podemos asociarla con las otras veces que hayamos «oído» el do mayor.
Tal vez la re¬presentación electrónica del do mayor no sea comparable en lo
emotivo a la sensación auditiva, pero incluso esto puede ser cuestión de
experiencia. Dejando al margen genios como Beethoven, uno puede ser más sordo
que una tapia y aun así «experimentar» la música.
Ésta es también la solución de un antiguo enigma: si un ár¬bol cae en el
bosque pero no hay allí nadie para oírlo, ¿se pro¬duce un sonido? Desde luego
que no, si definimos el sonido en términos de un oyente. Pero ésta es una
definición excesi-vamente antropocéntrica. Resulta evidente que, si el árbol
cae, creará ondas sonoras que puede detectar, por ejemplo, una grabadora; al
reproducirlas reconoceremos el sonido de un ár¬bol al caer en un bosque. No hay
ningún misterio en ello.
Pero el oído humano no es un detector perfecto. Existen frecuencias (por
debajo de 20 oscilaciones por segundo) que son demasiado bajas para que podamos
oírlas, aunque las ballenas se comunican perfectamente en esos tonos. De igual
manera, hay frecuencias (por encima de las 20.000 oscilacio¬nes por segundo)
demasiado altas para el oído humano, si bien los perros las detectan sin
dificultad (recordemos que responden cuando se los llama con un silbato
ultrasónico). Existen dominios sonoros —un millón de oscilaciones por segundo,
por ejemplo- que son y serán siempre inaccesibles a la percepción humana
directa. Aunque nuestros órganos sensoriales están magníficamente adaptados,
tienen limitacio¬nes físicas fundamentales.
Es natural que nos comuniquemos a través del sonido. Otro tanto hacen
nuestros parientes primates. Somos grega¬rios y mutuamente interdependientes;
tras nuestro talento comunicativo subyace, pues, una auténtica necesidad. A lo
largo de los últimos millones de años nuestro cerebro creció a un ritmo sin
precedentes, y en la corteza cerebral se desarrollaron regiones especializadas
en el lenguaje. Nuestro vo¬cabulario se multiplicó, con lo que cada vez pudimos
expre¬sar más cosas mediante sonidos.
En nuestra etapa de cazadores-recolectores el lenguaje se hizo esencial
para planificar las actividades de la jornada, educar a los niños, forjar
amistades, advertir a los demás del peligro y sentarnos en torno al fuego
después de cenar para contarnos relatos bajo el cielo estrellado. Con el tiempo
in¬ventamos la escritura fonética, que permitió trasladar los so¬nidos al papel
y con ello, sólo con mirar una página, oír la voz de alguien dentro de nuestra
cabeza (una invención tan difundida en los últimos milenios que apenas nos
hemos pa¬rado a considerar lo sorprendente que es). En realidad, el len¬guaje
no es una forma de comunicación instantánea: cuando emitimos un sonido, creamos
ondas que se desplazan por el aire a una velocidad finita. A efectos prácticos,
sin embargo, sí lo es. Por desgracia, nuestros gritos no llegan muy lejos. Es
sumamente difícil mantener una conversación coherente con alguien situado a
sólo 100 metros de distancia.
Hasta hace relativamente poco tiempo la densidad de la población humana
era muy baja. Apenas había razón para co¬municarse con nadie a más de 100
metros de distancia. Fuera de los miembros de nuestro grupo familiar nómada,
pocos se acercaban lo suficiente para comunicarse con nosotros. En las raras
ocasiones en que esto sucedía, reaccionábamos por lo ge¬neral de manera hostil.
El etnocentrismo —la idea de que nuestro pequeño grupo, sea cual fuere, es
mejor que cualquier otro— y la xenofobia —ese miedo al extraño que induce a
«disparar primero y preguntar después»— se hallan profunda¬mente arraigados en
nosotros. No son en modo alguno priva¬tivos de nuestra especie; todos nuestros
parientes simios se comportan de manera similar, al igual que muchos otros ma¬míferos.
Estas actitudes están auspiciadas o, como mínimo, acentuadas por las cortas
distancias a las que es posible la co¬municación.
Cuando dos grupos humanos se mantienen aislados du¬rante largos periodos
de tiempo, uno y otro comienzan a evolucionar lentamente en direcciones
distintas. Los guerre¬ros del grupo vecino, por ejemplo, empiezan a lucir
pieles de ocelote en vez del tocado de plumas de águila que, como todo el mundo
sabe, es lo correcto, elegante y decoroso. Su lenguaje comienza a diferenciarse
del nuestro, sus dioses tie¬nen nombres raros y exigen ceremonias y sacrificios
extra¬ños. El aislamiento suscita diversidad, y tanto la baja densi¬dad de
población como el limitado radio de comunicaciones garantiza el aislamiento. La
familia humana —originada en un pequeño enclave del África oriental hace unos
pocos mi¬llones de años— se desperdigó, se separó y diversificó, y los otrora
vecinos se tornaron extraños.
La inversión de esta tendencia —el movimiento hacia la confraternización
y la reunificación de las tribus desperdiga¬das de la familia humana, la
integración de la especie— ha te¬nido lugar sólo en tiempos recientes y gracias
a los avances tecnológicos. La domesticación del caballo nos permitió en¬viar
mensajes (y trasladarnos) a centenares de kilómetros en pocos días. Los
progresos en la navegación a vela hicieron posible viajar a los más remotos
rincones del planeta (aunque de forma todavía muy lenta: en el siglo XVIII
hacían falta unos dos años para llegar por agua de Europa a China). Por aquel
entonces, comunidades humanas muy alejadas entre sí podían enviarse embajadores
e intercambiar productos de im¬portancia económica. Sin embargo, para la gran
mayoría de los chinos del siglo XVIII, los europeos no habrían resultado más
exóticos de haber vivido en la Luna, y otro tanto puede decirse de los europeos
respecto a los chinos. La integración y la desprovincialización auténticas del
planeta requerían una tecnología que comunicase mucho más deprisa que el
caballo o el barco de vela, que transmitiese información a todo el mundo y que
fuese lo bastante barata para resultar accesible (al menos esporádicamente) al
individuo medio. Semejante tecnología comenzó a hacerse realidad con la
invención del telégrafo y el tendido de cables submarinos; se desarrolló
so¬bremanera con la llegada del teléfono, que empleaba el mis¬mo tipo de
cables, y luego proliferó enormemente con la aparición de la radio, la
televisión y los satélites de comunica¬ciones.
En la actualidad nos comunicamos de manera rutinaria e indiferente (sin
detenernos siquiera a pensar en ello) a la ve¬locidad de la luz. Pasar de la
velocidad del caballo o del bar¬co de vela a la de la luz supone multiplicar
por casi cien mi-llones. Por razones de física fundamental formuladas en la
teoría especial de la relatividad de Einstein, sabemos que no hay forma de
enviar información a velocidades superiores a la de la luz. En un siglo hemos
llegado al límite. La tecnolo¬gía es tan poderosa, y sus repercusiones tienen
tan largo al¬cance, que nuestras sociedades aún no se han amoldado a la nueva
situación.
Siempre que hacemos una llamada telefónica al otro lado del océano
podemos advertir un breve intervalo desde que acabamos de formular una pregunta
hasta que la persona con quien hablamos empieza a responder. Esa demora es el
tiem¬po que necesita el sonido de nuestra voz para entrar por el teléfono,
correr por los hilos conductores, alcanzar una esta¬ción transmisora, ser
lanzado en forma de microondas hacia un satélite de comunicaciones situado en
una órbita geosincrónica, ser enviado de vuelta a una estación receptora,
co¬rrer otro tramo por los hilos, hacer vibrar un diafragma en el teléfono de
destino (tal vez al otro lado del mundo) para crear ondas sonoras en un exiguo
volumen de aire, penetrar en el oído de alguien, transmitir un mensaje
electroquímico del oído al cerebro y, finalmente, ser entendido.
El viaje de ida y vuelta entre la superficie de la Tierra y el satélite
es de un cuarto de segundo. Cuanto más separados estén el emisor y el receptor
mayor será la demora. En las conversaciones con los astronautas de los Apolos
en la Luna, la demora entre pregunta y respuesta era mayor. La razón es que el
viaje de ida y vuelta de la luz (o de las ondas de radio) entre la Tierra y la
Luna dura 2,6 segundos. Se necesitan 20 minutos para recibir un mensaje de una
nave favorablemente situada en órbita marciana. En agosto de 1989 recibimos
imágenes de Neptuno, incluidas sus lunas y sus anillos, to¬madas por la nave
Voyager 2; eran datos que procedían de los confines del sistema solar y que, a
la velocidad de la luz, tar¬daron cinco horas en llegar hasta nosotros. Fue una
de las co¬municaciones a mayor distancia efectuadas por la especie hu¬mana.
En muchos contextos, la luz se comporta como una onda. Imaginemos, por
ejemplo, la que penetra en una habi¬tación a oscuras a través de dos ranuras
paralelas. ¿Qué ima¬gen arroja en una pantalla tras las ranuras? Respuesta: una
imagen de las ranuras, más exactamente, una serie de bandas paralelas (lo que
los físicos llaman un «patrón de interferen¬cia»). En vez de desplazarse como
una bala en línea recta, las ondas se propagan desde las dos ranuras con
ángulos diver¬sos. Allí donde coinciden dos crestas, tenemos una imagen
luminosa de la ranura: una interferencia «constructiva»; y allí donde coinciden
una cresta y un valle, tenemos oscuridad: una interferencia «destructiva». Éste
es el comportamiento propio de una onda. Observaríamos lo mismo tratándose de
olas que atravesaran dos agujeros abiertos en la pared de un dique al nivel de
la superficie del agua.
Sin embargo, la luz también se comporta como un cho¬rro de diminutos
proyectiles, denominados fotones. Así se explica el funcionamiento de una
célula fotoeléctrica ordina¬ria (como las que se incorporan en cámaras y
calculadoras). Cada fotón que incide hace saltar un electrón de una superfi¬cie
fotosensible; muchos fotones generan muchos electrones, un flujo de corriente
eléctrica. ¿Cómo es posible que la luz sea simultáneamente una onda y una
partícula? Tal vez resul¬te más adecuado pensar en otra cosa, ni onda ni
partícula, algo que no tenga equivalencia inmediata en el mundo coti¬diano de
lo palpable, y que en unas circunstancias comparta las propiedades de una onda
y en otras las de una partícula. Esta dualidad onda-partícula constituye otro
recordatorio de un hecho crucial que para nosotros es una cura de humildad: la
naturaleza no siempre se somete a nuestras predisposicio¬nes y preferencias por
lo que estimamos cómodo y fácil de entender.
Ahora bien, a casi todos los efectos la luz es similar al so¬nido. Las
ondas luminosas son tridimensionales, poseen una frecuencia, una longitud de
onda y una velocidad (la de la luz). Pero, cosa sorprendente, no requieren para
su propaga¬ción un medio como el agua o el aire. La luz procedente del Sol y de
estrellas lejanas llega hasta nosotros a pesar de que el espacio intermedio es
un vacío casi perfecto. En el espacio, los astronautas sin contacto por radio
son incapaces de oírse aunque sólo los separen unos centímetros. No existe aire
que transporte el sonido. Sin embargo, pueden verse perfecta¬mente. Si quieren
oírse tendrán que hacer que sus cascos se toquen. Extraigamos el aire de
nuestra habitación y no con¬seguiremos oír a ninguno de los presentes quejarse
a causa de ello, aunque no nos resultará difícil verlos agitarse y dar
bo¬queadas.
La luz ordinaria y visible —aquella que captan nuestros ojos— tiene una
frecuencia muy elevada, del orden de 600 billones (6 X 1014) de oscilaciones
por segundo. Como la ve¬locidad de la luz es de 30.000 millones (3 X 1010) de
centíme¬tros por segundo (300.000 kilómetros por segundo), la longi¬tud de onda
de la luz visible es aproximadamente de 30.000 millones dividido por 600
billones, es decir, 0,00005 (3 X 1010 / 6 X 1014 - 0,5 X 10-4) centímetros,
algo demasiado pequeño para poder verlo (suponiendo que fuese posible iluminar
las ondas luminosas mismas).
Así como las diferentes frecuencias de sonido son perci¬bidas por los
seres humanos como distintos tonos musicales, las diferentes frecuencias de luz
son percibidas como colores distintos. La luz roja tiene una frecuencia del
orden de 460 bi¬llones (4,6 X 1012) de oscilaciones por segundo, y la luz
viole¬ta de 710 billones (7,1 X 1012) de oscilaciones por segundo. Entre ambas
se encuentran los colores familiares del arco iris. Cada color corresponde a
una frecuencia.
Como hicimos con la cuestión del significado de un tono musical para una
persona sorda de nacimiento, podemos plantear la pregunta complementaria del
significado del color para una persona ciega de nacimiento. De nuevo, la
respues¬ta es una frecuencia determinada y única, que puede medirse con un
dispositivo óptico y percibirse, si se quiere, como un tono musical. Una
persona ciega puede distinguir, con el adiestramiento y el equipamiento
adecuados, entre el rosa, el rojo manzana y el rojo sangre. Si dispusiese de la
docu¬mentación espectrométrica necesaria sería capaz de distinguir más matices
de color que el ojo humano no adiestrado. Sí, existe una sensación del rojo que
las personas videntes perci¬ben hacia los 460 billones de hercios. Pero no creo
que tras esta sensación haya nada más. No existe ninguna magia en ello, por
bello que resulte.
Igual que hay sonidos demasiado agudos y demasiado graves para que
podamos oírlos, también existen frecuencias de luz, o colores, fuera de nuestro
campo de visión, y que van desde las mucho más altas (cerca del trillón —1018—
de oscilaciones por segundo para los rayos gamma) hasta las mucho más bajas
(menos de una oscilación por segundo para las ondas largas de radio).
Recorriendo el espectro lumínico, de las frecuencias más altas a las más bajas,
podemos distin¬guir bandas amplias denominadas rayos gamma, rayos X, luz
ultravioleta, luz visible, luz infrarroja y ondas de radio. To¬das viajan a
través del vacío, y cada una es una clase de luz tan legítima como la luz
visible ordinaria.
Para cada una de estas gamas de frecuencia existe una as¬tronomía propia.
El cielo adquiere un aspecto diferente con cada régimen de luz. Por ejemplo,
hay estrellas brillantes que resultan invisibles en la banda de los rayos
gamma. Pero las enigmáticas explosiones de estos rayos, detectadas por
obser¬vatorios orbitales al efecto son, sin excepción, casi completa¬mente
inapreciables en la banda de la luz visible ordinaria. Si contemplásemos el
universo sólo en la banda visible —como hemos hecho durante la mayor parte de
nuestra historia— ignoraríamos la existencia de fuentes de rayos gamma. Lo
mismo puede decirse de las de rayos X, infrarrojos y ondas de radio (así como
de las fuentes, más exóticas, de neutrinos y rayos cósmicos y, quizá, de ondas
gravitatorias).
Estamos predispuestos en favor de la luz visible. Somos chovinistas en
este aspecto, pues es la única clase de luz a la que nuestros ojos son
sensibles. Ahora bien, si nuestro cuer¬po pudiera transmitir y recibir ondas de
radio, los seres hu-manos primitivos habrían conseguido comunicarse entre sí a
grandes distancias; si ése hubiera sido el caso de los rayos X, nuestros
antepasados habrían podido examinar el interior oculto de plantas, personas,
otros animales y minerales. ¿Por qué, pues, la evolución no nos ha dotado de
ojos sensibles a esas otras frecuencias lumínicas?
Cualquier material que escojamos absorbe la luz de cier¬tas frecuencias,
pero no de otras. Cada sustancia tiene sus propias inclinaciones. Existe una
resonancia natural entre la luz y la química. Algunas frecuencias, como los
rayos gam¬ma, son absorbidas de forma indiscriminada por todos los materiales.
La luz emitida por una linterna de rayos gamma sería absorbida con facilidad
por el aire a lo largo de su tra-yectoria. Los rayos gamma procedentes del
espacio, que tie¬nen que atravesar la atmósfera terrestre, quedan enteramente
absorbidos antes de llegar al suelo. Por lo que respecta a los rayos gamma, al
nivel de la superficie reina la oscuridad (ex¬cepto en torno a objetos tales
como las armas nucleares). Si queremos ver rayos gamma procedentes del centro
de la ga¬laxia, debemos enviar nuestros instrumentos al espacio. Algo semejante
sucede con los rayos X, la luz ultravioleta y la ma¬yor parte de las
frecuencias del infrarrojo.
Por otro lado, la mayoría de materiales absorbe mal la luz visible. El
aire, por ejemplo, suele ser transparente a ella. Así pues, una de las razones
de que veamos en la banda de frecuencias visible es que esta clase de luz
atraviesa la atmós¬fera hasta llegar a nosotros. Unos ojos aptos para rayos
gam¬ma tendrían un uso muy limitado en una atmósfera opaca a éstos. La
selección natural sabe hacer bien las cosas.
La otra razón de que percibamos la luz visible es que el Sol concentra
casi toda su energía en esta banda. Una estrella muy caliente emite
principalmente en el ultravioleta. Una es¬trella muy fría emite sobre todo en
el infrarrojo. Pero el Sol, una estrella de temperatura media, consagra a la
luz visible la mayor parte de su energía. Con una precisión notablemente alta,
el ojo humano alcanza su sensibilidad máxima en la fre¬cuencia correspondiente
a la región amarilla del espectro, don¬de el Sol es más brillante.
¿Es posible que los seres de algún otro planeta tengan una sensibilidad
visual máxima a frecuencias muy distintas? No me parece probable. Casi todos
los gases que abundan en el cosmos tienden a ser transparentes a la luz visible
y opacos a las frecuencias próximas. Todas las estrellas, a ex¬cepción de las
más frías, concentran gran cantidad de su energía en las frecuencias visibles,
si no la mayor parte de ellas. El hecho de que tanto la transparencia de la
materia como la luminosidad de las estrellas opten por la misma gama reducida
de frecuencias parece ser sólo una coinciden¬cia que se deriva de las leyes
fundamentales de la radiación, la mecánica cuántica y la física nuclear, y que
se puede apli¬car, por lo tanto, no sólo a nuestro sistema solar, sino a todo
el universo.
Tal vez existan excepciones ocasionales, pero creo que los seres de otros
mundos, si los hay, probablemente verán en la misma banda de frecuencias que
nosotros*.
Si a nuestros ojos la vegetación es verde, se debe a que re¬fleja la luz de este color y absorbe la roja y la azul. Podremos trazar un esquema del grado de reflexión de la luz según sus diferentes colores. Algo que absorba la luz azul y refleje la roja se verá rojo; algo que absorba la luz roja y refleje la azul se verá azul. Vemos blanco un objeto cuando refleja todos los colores más o menos por igual. Esto vale también para los materiales grises y negros. La diferencia entre blanco y negro no es cuestión de color, sino de la cantidad de luz reflejada, de modo, pues, que no se trata de términos absolutos, sino relativos.
El material natural más brillante puede que sea la nieve recién caída.
Sin embargo, sólo refleja el 75 % de la luz inci¬dente. Los materiales más
oscuros que podemos encontrar en la vida diaria —como el terciopelo negro— aún
reflejan un pequeño porcentaje de la luz que incide sobre ellos. «Tan diferente
como el negro y el blanco» es un dicho que contie¬ne un error conceptual.
Blanco y negro son fundamental¬mente la misma cosa, la diferencia sólo estriba
en la cantidad relativa de luz reflejada, no en su color.
Entre los seres humanos, la mayoría de «blancos» lo son bastante menos
que la nieve recién caída (o incluso que un frigorífico de ese color), y la
mayor parte de «negros» lo son menos que el terciopelo negro. Se trata de
términos relativos, vagos, confusos.
La fracción de la luz incidente que refleja la piel humana (reflectancia)
varía de modo considerable de un individuo a otro. La pigmentación de la piel
se debe principalmente a una molécula orgánica llamada melanina, que el cuerpo
ela¬bora a partir de la tirosina, un aminoácido corriente en las proteínas. Los
albinos padecen una anomalía hereditaria que impide la síntesis de melanina. Su
piel y su pelo son de un blanco lechoso. El iris de sus ojos es rosado. Los
animales al¬binos son raros en la naturaleza porque, por un lado, su piel
proporciona escasa defensa contra la radiación solar y, por otro, carecen de
camuflaje protector. Los albinos no suelen vivir mucho tiempo.
En Estados Unidos, casi todo el mundo es moreno. Nuestras pieles reflejan
algo más la luz del extremo rojo del espectro visible que la del extremo azul.
Es tan absurdo des¬cribir como «de color» a los individuos con un contenido
elevado de melanina como calificar de «pálidos» a quienes lo tienen bajo.
Las diferencias significativas en la reflectancia de la piel sólo se
manifiestan en la banda visible y en frecuencias inme¬diatamente adyacentes.
Los descendientes de europeos nórdi¬cos y aquellos cuyos antepasados procedían
del África central son igual de negros en el ultravioleta y en el infrarrojo,
donde casi todas las moléculas orgánicas, y no sólo la melanina, ab¬sorben la
luz. Únicamente en la banda visible, donde muchas moléculas son transparentes,
es posible la anomalía de la piel blanca. En la mayor parte del espectro todos
los seres huma¬nos somos negros*.
La luz solar se compone de una mezcla de ondas con fre¬cuencias
correspondientes a todos los colores del arco iris. Hay algo más de amarillo
que de rojo o azul, lo que explica en parte el tono amarillo del Sol.
Todos estos colores inciden, por ejemplo, en el pétalo de una rosa. ¿Por
qué entonces la rosa se ve roja? Porque todos los colores aparte del rojo son
sustancialmente absorbidos por el pétalo. La mezcla de ondas luminosas incide
sobre la rosa. Las ondas rebotan una y otra vez bajo la superficie del pétalo
y, como sucedía en la bañera, tras cada rebote se amor¬tiguan, pero en cada
reflexión las ondas azules y amarillas son absorbidas más que las rojas.
El resultado neto es que se refleja más luz roja que de cualquier otro
color, y es por esto por lo que percibimos la belleza de una rosa roja. Sucede
lo mismo con las flores azu¬les o violetas, sólo que en este caso son la luz
roja y la amarilla las absorbidas con preferencia, en tanto que la azul y la
violeta se reflejan.
Existe un pigmento orgánico responsable de la absorción de luz en flores
tales como las rosas y las violetas, de colores tan característicos que han
adoptado sus nombres. Se deno¬mina antocianina. Curiosamente, una antocianina
típica se torna roja en un medio ácido, azul en un medio alcalino y violeta en
un medio neutro. Así, las rosas son rojas porque contienen antocianina y su
medio interno es un tanto ácido, mientas que las violetas son azules porque
contienen antocianina en un medio interno alcalino.
Los pigmentos azules son poco frecuentes en la naturale¬za, tal como lo
demuestra la rareza de las rocas o arenas azu¬les en la Tierra y en los otros
planetas. Los pigmentos azules son bastante complejos; las antocianinas están
compuestas de unos veinte átomos, cada uno más pesado que el hidrógeno,
dispuestos en una estructura específica.
Los seres vivos utilizan los colores de muchas maneras: para absorber la
luz solar y, a través de la fotosíntesis, produ¬cir alimento sólo a partir de
aire y agua; para recordar a las aves que crían dónde están los gaznates de sus
polluelos, para interesar a una pareja; para atraer a un insecto polinizador;
para camuflarse y pasar inadvertidos, y, al menos entre los se¬res humanos,
para deleitarse con su belleza. Pero todo esto sólo es posible gracias a la
física de las estrellas, la química del aire y la soberbia maquinaria del
proceso evolutivo, que nos ha conducido a una armonía tan espléndida con
nuestro en¬torno físico.
Cuando estudiamos otros mundos, cuando examinamos la composición química
de sus atmósferas o superficies —cuando intentamos comprender por qué es parda
la bruma alta de Titán, una luna de Saturno, o rosado el terreno agrie¬tado de
Tritón, una luna de Neptuno— nos basamos en pro¬piedades de las ondas
luminosas, no muy diferentes de las del agua en la bañera. Dado que todos los
colores que vemos —en la Tierra y en cualquier otra parte— sólo existen en
fun¬ción de aquellas longitudes de onda que se reflejan mejor, imaginar el Sol
acariciando todo cuanto tiene a su alcance, concebir su luz como la mirada de
Dios, es algo más que una idea poética. Pero quien quiera comprender mejor lo
que su¬cede hará bien en pensar en un grifo que gotea.
5. CUATRO PREGUNTAS CÓSMICAS
Cuando en lo alto aún no habían recibido nombre los cielos,
ni mención tenía el firme suelo de abajo [...].
Ni estaba cubierta de cañizo una choza, ni existían marjales,
cuando aún no había divinidad alguna
que tuviera un nombre y cuyo destino se hallara determinado,
entonces surgieron los dioses...
Enuma. Elish,
Mito babilónico de la creación
(finales del tercer milenio a. de C.)*
Cada cultura tiene su mito de la creación, a través del cual se intenta
comprender de dónde procede el universo y todo lo que contiene. Estos mitos
pocas veces son algo más que cuen¬tos concebidos por fabulistas. En nuestra
época contamos también con un mito de la creación. Ahora bien, éste está
ba¬sado en pruebas científicas, y reza más o menos así...
Vivimos en un universo en expansión, cuya vastedad y antigüedad están más
allá de la comprensión humana ordina¬ria. Las galaxias que alberga se alejan
precipitadamente unas de otras; son remanentes de una inmensa explosión, el Big
Bang. Algunos científicos piensan que nuestro universo pue¬de ser uno entre un
vasto número —quizás infinito— de uni¬versos mutuamente aislados. Puede que
unos crezcan y se colapsen, nazcan y mueran, en un instante. Otros quizá se
expandan eternamente. Algunos podrían estar equilibra¬dos de manera sutil y
sufrir un gran número —tal vez infini¬to— de expansiones y contracciones.
Nuestro propio universo o al menos su presente encarnación, se encuentra a unos
15.000 millones de años de su origen, el Big Bang.
Es posible que en esos otros universos las leyes de la natu¬raleza sean
diferentes y la materia adopte otras formas. En muchos de ellos, carentes de
soles y de planetas e incluso de elementos químicos de complejidad superior a
la del hidróge¬no y el helio, sería imposible la vida. Otros podrían tener una
complejidad, una diversidad y una riqueza superiores a las del nuestro. Si
existen otros universos, tal vez nunca podamos de¬sentrañar sus secretos y
mucho menos visitarlos. Pero en el nuestro disponemos de materia suficiente en
la que ocupar¬nos. Nuestro universo contiene unos 100.000 millones de
gala¬xias, una de las cuales es la Vía Láctea. «Nuestra Galaxia», sole¬mos
decir, aunque desde luego no somos sus dueños. Está compuesta de gases, polvo y
unos 400.000 millones de soles. Uno de éstos, situado en un oscuro brazo
espiral, es el Sol, la estrella local (hasta donde sabemos, anodina, vulgar,
corriente). En su viaje de 250 millones de años en torno al centro de la Vía
Láctea, acompaña al Sol todo un séquito de pequeños mundos. Algunos son
planetas, otros, satélites, asteroides o co¬metas. Los seres humanos somos una
de las 50.000 millones de especies que han prosperado y evolucionado en un
pequeño planeta, el tercero a partir del Sol, al que llamamos Tierra. He¬mos
enviado naves para reconocer otros 70 mundos de nuestro sistema, y para
penetrar en la atmósfera o posarse en la superfi¬cie de cuatro: la Luna, Venus,
Marte y Júpiter. Estamos com¬prometidos en un empeño mítico.
La profecía es un arte perdido. A pesar de nuestro «an¬sioso deseo de
horadar la espesa oscuridad del futuro», para utilizar palabras de Charles
McKay, no demostramos ser muy duchos en la materia. En ciencia, los
descubrimientos más importantes son a menudo los más inesperados, y no una
simple extrapolación de lo que ya sabemos. La razón es que la naturaleza es, de
lejos, mucho más ingeniosa, sutil y brillante que los seres humanos. No deja de
ser estúpido, pues, tratar de prever cuáles puedan ser los hallazgos más
significativos en astronomía en las próximas décadas, el bos¬quejo futuro de
nuestro mito de la creación. Por otro lado, sin embargo, existen tendencias
discernibles en el desarrollo de la instrumentación que sugieren al menos una
perspectiva de descubrimientos pasmosos.
La elección por parte de cualquier astrónomo de los cua¬tro problemas más
interesantes sería idiosincrásica y conozco a muchos que se inclinarían por
opciones diferentes de las mías.
Entre otros candidatos figuran la materia oculta que constituye el 90 %
del universo (todavía no sabemos qué es), la identificación del agujero negro
más próximo, la extraña conjetura de que las distancias entre galaxias están
cuantizadas (es decir, que se encuentran a ciertas distancias y sus múl¬tiplos,
pero no a distancias intermedias), la naturaleza de las explosiones de rayos
gamma (donde episódicamente estallan los equivalentes de sistemas solares
enteros), la aparente paradoja de que la edad del universo pueda ser inferior a
la de las estrellas más viejas (probablemente resuelta por la re¬ciente
conclusión, a partir de datos del telescopio espacial Hubble, de que el
universo tiene 15.000 millones de años), la investigación en laboratorios
terrestres de muestras cometa¬rias, la búsqueda de aminoácidos interestelares y
la naturale¬za de las primeras galaxias.
A no ser que se produzcan grandes reducciones en los fondos destinados en
todo el mundo a la astronomía y la exploración espacial —funesta posibilidad en
modo alguno im¬pensable— he aquí cuatro cuestiones extraordinariamente
prometedoras*:
1. ¿Existió vida en Marte? El planeta Marte es hoy un de¬sierto helado y
muerto. Pero en toda su superficie se conser¬van antiguos valles de origen
claramente fluvial. Hay también indicios de antiguos lagos y quizás hasta
océanos. Basándose en la abundancia de cráteres, cabe hacer una estimación
apro¬ximada del tiempo transcurrido desde que Marte dejó de ser cálido y
húmedo. (El método ha sido calibrado a partir de los cráteres de la Luna y la
datación radiactiva de las vidas medias de elementos presentes en muestras
lunares traídas por los as¬tronautas del proyecto Apolo.) La respuesta es 4.000
millones de años. Pero ésa es precisamente la época en que surgió la vida en la
Tierra. ¿Es posible que hubiera dos planetas cerca¬nos y de ambientes muy
semejantes, pero que la vida sólo sur¬giera en uno de ellos? ¿O quizás
evolucionó la vida también en Marte, sólo para extinguirse cuando el clima
cambió de ma¬nera misteriosa? ¿O bien siguen existiendo oasis o refugios, quizá
bajo la superficie, en los que persiste alguna forma de vida marciana? Marte
nos plantea dos enigmas fundamentales: la posible existencia de vida pasada o
presente, y la razón de que un planeta similar a la Tierra haya quedado
aprisionado en una glaciación permanente. Esta última cuestión podría te¬ner un
interés práctico para el ser humano, una especie que se dedica afanosamente a
explotar su propio entorno con un conocimiento muy pobre de las consecuencias
de sus acciones.
Cuando el Viking se posó sobre Marte en 1976, husmeó la atmósfera y
detectó muchos de los gases presentes en la at¬mósfera terrestre —dióxido de
carbono, por ejemplo— y una carencia de otros que son predominantes en nuestro
pla¬neta, como el ozono. Más aún, se determinó su composición isotópica y, en
muchos casos, resultó ser diferente de la de la atmósfera terrestre. Habíamos
descubierto la signatura de la atmósfera marciana.
Se divulgó entonces un hecho curioso. En la capa de hie¬lo antártico,
sobre las nieves congeladas, se habían descubier¬to meteoritos (rocas
procedentes del espacio), algunos antes de la época del Viking; otros, después.
Todos habían caído en la Tierra antes de la misión Viking, en algunos casos
hace de¬cenas de miles de años. No fue difícil localizarlos en el blan¬co
casquete helado de la Antártida. En su mayor parte fueron enviados a lo que
durante el proyecto Apolo había sido el La-boratorio de Recepción Lunar de
Houston.
Por entonces el presupuesto de la NASA estaba muy men¬guado, y durante
años aquellos meteoritos no merecieron si¬quiera un vistazo preliminar. Unos
cuantos resultaron ser fragmentos lunares lanzados al espacio por un meteorito
o co¬meta que chocó contra nuestro satélite. Uno o dos procedían de Venus. Lo
más sorprendente fue que varios de ellos, a juz¬gar por la signatura
atmosférica impresa en sus minerales, eran originarios de Marte.
En 1995-1996, científicos del Centro Johnson de Vuelos Espaciales de la
NASA estudiaron por fin uno de los meteo¬ritos —el ALH84001— de procedencia
marciana. No parecía en modo alguno extraordinario; tenía todo el aspecto de
una patata pardusca. Al examinar su microquímica se descubrie¬ron ciertas
especies moleculares orgánicas, principalmente hidrocarburos aromáticos
policíclicos (HAP). No se trata de moléculas especialmente notables; su fórmula
estructural se asemeja a los azulejos hexagonales de un cuarto de baño, y
poseen un átomo de carbono en cada vértice. Se han detecta¬do tanto en
meteoritos ordinarios como en el polvo interes¬telar, y se sospecha su
presencia en Júpiter y en Titán. De ninguna manera son indicio de vida. Ahora
bien, los HAP del meteorito antártico estaban en la matriz de la roca y no sólo
en la superficie, lo que indicaba que no se trataba de contaminación por polvo
terrestre (o por los gases de escape de los automóviles) sino que eran
intrínsecos. Si bien la pre¬sencia de HAP en meteoritos incontaminados no
implica vida, también se encontraron minerales a veces asociados con ésta. El
descubrimiento más sorprendente, sin embargo, fue el de lo que algunos
científicos denominan nanofósiles, peque¬ñas esferas conectadas de un modo que
recuerda las colonias bacterianas terrestres. Ahora bien, ¿podemos tener la
seguri¬dad de que no hay minerales terrestres o marcianos que ten¬gan formas
similares? ¿Es suficiente la evidencia? Respecto de los ovnis, he recalcado
durante años que las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias
extraordinarias. La evi¬dencia de vida en Marte aún no lo es.
Se trata, no obstante, de un punto de partida que nos re¬mite a otros
meteoritos marcianos y a otras partes de éste en concreto. Sugiere asimismo la
búsqueda en los bancos de hie¬lo antárticos de meteoritos de naturaleza
diferente. Nos indi¬ca que debemos investigar no sólo las rocas marcianas
pro¬fundamente enterradas, sino también las más superficiales. Nos impulsa a
reconsiderar los enigmáticos resultados de los experimentos biológicos del
Viking, algunos de los cuales lle¬varon a unos pocos científicos a anunciar la
presencia de vi¬da. Nos anima a enviar naves espaciales a zonas específicas de
Marte que podrían haber sido las últimas en enfriarse y dese¬carse. Se abre así
todo un nuevo campo: el de la exobiología marciana.
Si tuviésemos la inmensa suerte de hallar un simple mi¬crobio en Marte,
se daría la maravillosa circunstancia de dos planetas próximos que habrían
albergado vida en la misma era arcaica. Es verdad que la vida pudo ser
transportada de un mundo a otro por el impacto de un meteorito y no haber¬se
originado de manera independiente. Podríamos compro¬barlo examinando la química
orgánica y la morfología de las formas de vida que descubramos. Tal vez la vida
surgió en uno de los dos planetas, pero evolucionó separadamente en ambos. Nos
hallaríamos entonces ante un ejemplo de varios miles de millones de años de
evolución independiente, un te¬soro biológico inaccesible por cualquier otra
vía.
Si tenemos aún más suerte, hallaremos formas de vida realmente
independientes. ¿Estará su material genético com¬puesto de ácidos nucleicos?
¿Poseerán un metabolismo ba¬sado en proteínas? ¿Qué código genético emplearán?
Sean cuales fueren las respuestas a estas preguntas, la ciencia bio¬lógica
entera saldrá ganando, pues en cualquier caso la impli¬cación sería que la vida
podría estar mucho más difundida de lo que la mayoría de los científicos creía.
Con objeto de esta¬blecer una base sobre la que responder a estos
interrogantes, muchas naciones están elaborando ambiciosos planes para enviar a
Marte en las próximas décadas satélites robóticos, vehículos todo terreno, una
nave capaz de penetrar el sub¬suelo y, hacia el 2005, una misión robotizada que
traiga a la Tierra muestras de la superficie y el subsuelo marcianos.
2. ¿Es Titán un laboratorio para el estudio del origen de la vida? Titán
es la gran luna de Saturno, un mundo extra¬ordinario con una atmósfera diez
veces más densa que la de la Tierra, constituida principalmente por nitrógeno
(como aquí) y metano (CH4). Las dos naves espaciales norteameri¬canas Voyager
detectaron cierto número de moléculas orgá¬nicas simples en su atmósfera
(compuestos de carbono impli-cados en el origen de la vida en la Tierra). Este
satélite se halla rodeado por una brumosa capa rojiza de propiedades idénti¬cas
a las de un sólido rojo parduzco creado en el laboratorio tras proporcionar
energía a una atmósfera simulada de Titán. Al analizar la composición de ese
material, encontramos mu¬chos de los constituyentes esenciales de la vida en la
Tierra. Dada la distancia a que Titán se halla del Sol, el agua que pueda haber
allí tiene que estar congelada; uno puede pensar, pues, que no es comparable
con la Tierra en la época en que apareció la vida en ella, pero los impactos
cometarios ocasio¬nales son capaces de fundir la superficie helada y, según
pare¬ce, a lo largo de su historia de 4.500 millones de años cualquier punto de
Titán ha permanecido bajo el agua durante más o menos un milenio por término
medio. En el año 2004 la nave Cassini de la NASA llegará al sistema de Saturno
transportando la sonda Huygens, construida por la Agencia Espa¬cial Europea, la
cual se hundirá lentamente en la atmósfera del gran satélite hasta alcanzar su
enigmática superficie. Qui¬zá sepamos entonces hasta dónde ha llegado Titán por
el sen¬dero de la vida.
3. ¿Hay vida inteligente en algún
otro lugar? Las ondas de radio se desplazan a la velocidad de la luz. Nada
viaja más deprisa. Con la frecuencia adecuada atraviesan limpiamente el espacio
interestelar y las atmósferas planetarias. Si el mayor radiotelescopio
terrestre apuntase a un dispositivo equivalente en un planeta de otra estrella,
aun separados por miles de años luz, ambos instrumentos podrían escucharse
mutuamente. Por todas estas razones estamos utilizando radiotelescopios para
ver si alguien intenta enviarnos un mensaje. Hasta ahora no hemos encontrado
nada seguro, pero se han registrado «sucesos» asombrosos, señales que
satisfacen todos los crite¬rios para afirmar que son producto de una
inteligencia extraterrestre, menos uno: minutos, meses o años más tarde,
volve¬mos a dirigir el telescopio al mismo sector del cielo y la señal nunca se
repite. El programa de búsqueda no ha hecho más que comenzar. Una exploración
verdaderamente concienzuda exigirá una o dos décadas. Si al final se encuentra
inteligencia extraterrestre, cambiará para siempre nuestra visión del uni¬verso
y de nosotros mismos, y si no hallamos nada tras una búsqueda larga y
sistemática, quizá podamos calibrar mejor la rareza y el valor de la vida en la
Tierra. En cualquier caso, es indudable que la exploración vale la pena.
4. ¿Cuál es el origen y el destino
del universo? Para nuestro asombro, la astrofísica moderna está a punto de
lle¬gar a revelaciones fundamentales sobre el origen, la naturale¬za y el
destino del universo. Sabemos que éste se expande: todas las galaxias se alejan
unas de otras en lo que se conoce como flujo de Hubble, uno de los tres
testimonios principa¬les de la enorme explosión que originó el universo (o al
me¬nos su encarnación presente). La gravedad de la Tierra es su¬ficiente para
hacer volver una piedra lanzada al aire, pero no un cohete a la velocidad de
escape. Lo mismo es aplicable al universo: si contiene gran cantidad de
materia, la gravedad ejercida por ésta acabará por frenar la expansión, y el
univer¬so en expansión se transformará en un universo en contrac¬ción; si no
hay materia suficiente, la expansión proseguirá de manera indefinida. La
cantidad estimada de materia presente en el universo no basta para frenar la
expansión, pero hay ra¬zones para pensar que podría haber una enorme cantidad de
materia oscura que no delataría su presencia emitiendo luz en beneficio de los
astrónomos. Si la expansión del universo re¬sulta ser sólo temporal, dejará
paso en definitiva a un univer¬so en contracción; de ser así, el universo
podría pasar por un número infinito de expansiones y contracciones y ser
infini¬tamente viejo. Un universo así no necesita haber sido creado. Siempre ha
estado ahí. Por otro lado, si no bastase la materia existente para invertir la
expansión, este hecho resultaría co¬herente con la idea de un universo creado
de la nada. Éstas son cuestiones profundas y difíciles que cada cultura humana
ha tratado de abordar a su manera, pero sólo ahora tenemos expectativas reales
de encontrar algunas de las respuestas, y no por medio de suposiciones o
historias, sino a través de observaciones auténticas, repetibles y
comprobables.
Creo que existe una posibilidad razonable de que en la próxima década o
la siguiente surjan revelaciones asombro¬sas en estos cuatro campos. Repito que
hay muchas otras cuestiones en la astronomía moderna por las que pudiera ha¬ber
optado, pero la predicción que puedo hacer ahora con se¬guridad plena es que
los descubrimientos más sorprendentes serán aquellos que hoy ni siquiera
podemos prever.
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6. TANTOS SOLES, TANTOS MUNDOS
¡Qué maravilloso y sorprendente esquema tenemos aquí de la magnífica
inmensidad del universo! ¡Tantos soles [...] tantas tierras...!
Christian Huygens,
Nuevas conjeturas concernientes
a. los mundos planetarios,
sus habitantes y producciones (h. 1670)
En diciembre de 1995, una sonda espacial desprendida de la nave Galileo
entró en la turbulenta y agitada atmósfera de Júpiter camino de su destrucción,
pero alcanzó a transmitir información de lo que observaba mientras descendía.
Cuatro naves anteriores habían examinado el planeta al cruzar por sus
cercanías. Júpiter también había sido estudiado con teles¬copios emplazados en
tierra y en el espacio. A diferencia de nuestro planeta, constituido
principalmente por rocas y me¬tales, Júpiter es sobre todo hidrógeno y helio, y
su tamaño es tal que podría albergar un millar de Tierras. A grandes
pro¬fundidades, la presión atmosférica es tan alta que los átomos pierden
electrones y el hidrógeno se convierte en un metal caliente. Se considera que
ésta es la razón de que Júpiter emi¬ta el doble de energía de la que recibe del
Sol. Los vientos que sacudieron la sonda Galileo a la máxima profundidad que
alcanzó probablemente no se debían a la luz solar, sino a la energía originada
en el interior del planeta. En el centro mismo de Júpiter parece existir una
masa de roca y hierro muchas veces mayor que la Tierra, rodeada por un inmenso
océano de hidrógeno y helio. Llegar hasta el hidrógeno me¬tálico —y mucho menos
aún al núcleo rocoso— está más allá de la capacidad humana, al menos durante
los próximos si¬glos o, quizá, milenios.
En el interior de Júpiter las presiones son tan grandes que es difícil
imaginar que allí haya vida, por muy diferente que fuese de la nuestra. Unos
cuantos científicos, yo entre ellos, hemos tratado de imaginar, sólo como
distracción, una eco¬logía capaz de evolucionar en la atmósfera de un planeta
se¬mejante a Júpiter, algo como los microbios y peces de los océanos
terrestres. El origen de la vida puede ser difícil en se¬mejante ambiente, pero
ahora sabemos que los impactos de asteroides y cometas transfieren material
superficial de unos mundos a otros, y hasta puede que algunos impactos en la
historia arcaica de la Tierra trasladasen nuestra vida primige¬nia a Júpiter.
Todo esto es, sin embargo, mera especulación.
Júpiter se encuentra a unas cinco unidades astronómicas del Sol. Una
unidad astronómica (UA) es la distancia que se¬para la Tierra del Sol, unos 150
millones de kilómetros. Si no fuese por el calor interno y el efecto
invernadero de la in¬mensa atmósfera joviana, las temperaturas serían allí del
or¬den de 160 grados bajo cero, como efectivamente ocurre en la superficie de
los satélites de Júpiter, lo que hace que la vida en ellos sea imposible.
Júpiter y la mayor parte de los otros planetas giran en torno al Sol en
el mismo plano, como si estuviesen situados en surcos distintos de un disco de
vinilo o compacto. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los planos orbitales no se
inclinan en todos los ángulos? Isaac Newton, el genio matemático que comprendió
antes que nadie cómo la gravedad determina los movimientos planetarios, se
mostró sorprendido ante la ausencia de variación en los planos orbitales de los
planetas y decidió que tuvo que ser Dios quien, al crear el Sistema Solar,
situara todos los planetas en órbitas coplanarias.
Sin embargo, el matemático Pierre Simón, marqués de Laplace, y más tarde
el famoso filósofo Immanuel Kant des¬cubrieron cómo explicar este hecho sin
necesidad de recurrir a la intervención divina. Irónicamente, se basaron en las
leyes descubiertas por Newton. El razonamiento es como sigue: imaginemos una
nube interestelar de gas y polvo en lenta rotación. Hay muchas nubes de este
estilo. Si la densidad es lo bastante alta, la atracción gravitatoria mutua
entre las partí¬culas de la nube se impondrá al movimiento aleatorio interno y
la nube comenzará a contraerse, con lo que cada vez girará más deprisa, como un
patinador que cruza los brazos. El giro no retardará el colapso de la nube a lo
largo del eje de rota¬ción, pero sí en el plano principal de rotación. La nube,
en principio irregular, acaba convirtiéndose en un disco. Así, los planetas
formados a partir de este disco girarán aproximada¬mente en el mismo plano, sin
intervención sobrenatural algu¬na valiéndose únicamente de las leyes de la
física.
Ahora bien, una cosa es proponer la existencia de esa nube en forma de
disco previa a la formación de los planetas y otra muy distinta verificarla
observando directamente dis¬cos análogos en torno de diferentes estrellas.
Cuando se des-cubrieron otras galaxias espirales como la Vía Láctea, Kant pensó
que eran los discos protoplanetarios que había conce¬bido, con lo que quedaba
confirmada la «hipótesis nebular» (del latín nébula, nube). Pero estas formas
espirales demos-traron ser galaxias remotas repletas de estrellas, en lugar de
criaderos próximos de astros y planetas. Los discos circunestelares no iban a
ser tan fáciles de localizar.
La hipótesis nebular no fue confirmada hasta más de un si¬glo después
mediante el empleo de observatorios espaciales. Cuando estudiamos estrellas
jóvenes como era nuestro Sol hace 4.000 o 5.000 millones de años, descubrimos
que más de la mitad se hallan rodeadas de discos planos de polvo y gas. En
muchos casos, las regiones más próximas a la estrella aparecen vacías de ellos,
como si ya se hubiesen formado planetas que han absorbido la materia
interplanetaria. No se trata de una prueba concluyente, pero sugiere que con
frecuencia, si no siempre, estrellas como la nuestra están acompañadas de
plane¬tas. Tales descubrimientos hacen pensar que el número de éstos en la Vía
Láctea puede ser del orden de miles de millones.
¿Y qué decir de la detección directa de otros planetas? Cierto que las
estrellas están muy lejos —la más próxima a casi un millón de UA— y que de los
planetas sólo es posible ver el reflejo, pero nuestra tecnología progresa a
pasos agigan¬tados. ¿No deberíamos ser capaces de detectar por lo menos algún
primo grande de Júpiter en la vecindad de una estrella cercana, quizás en la
banda infrarroja ya que no en la visible?
En los últimos años hemos entrado en una nueva era de la historia humana,
pues ya estamos en condiciones de detec¬tar planetas de otras estrellas. El
primer sistema planetario fiable descubierto está asociado a un astro de lo más
impro¬bable: la estrella B 1257 + 12. Se trata de una estrella de neu¬trones de
rotación rápida, vestigio de un astro antaño mayor que el Sol que estalló en la
colosal explosión de una supernova. El campo magnético de esta estrella captura
electrones y los obliga a seguir trayectorias tales que, como un faro, emi¬ten
un haz de ondas de radio a través del espacio interestelar. Por casualidad,
este haz intercepta la Tierra una vez cada 0,0062185319388187 segundos (de ahí
el nombre de «pulsar» con que se conoce este tipo de estrellas). La constancia
de su periodo de rotación es asombrosa. En razón de la elevada precisión de las
mediciones, Alex Wolszczan, ahora en la Universidad de Pennsylvania, logró
hallar fluctuaciones en los últimos decimales. ¿Cuál era la causa? ¿Quizá
seísmos es¬telares u otros fenómenos de la propia estrella? A lo largo de los
años el periodo ha variado precisamente en la forma que se esperaría que lo
hiciese de haber planetas en torno a B 1257 + 12. La coincidencia con los
cálculos matemáticos es tan exacta que se impone una conclusión: Wolszczan ha
des¬cubierto los primeros planetas conocidos más allá del Sol. Es más, sabemos
que no se trata de planetas grandes del tamaño de Júpiter. Dos son,
probablemente, sólo un poco mayores que la Tierra, y giran en torno de su
estrella a distancias no demasiado diferentes de la que separa nuestro planeta
del Sol. ¿Cabe esperar que exista vida en alguno de ellos? Por desgra¬cia, la
estrella de neutrones despide un viento de partículas cargadas que debe elevar
la temperatura de estos planetas más allá del punto de ebullición del agua.
Estando como está a 1.300 años luz de distancia, no vamos a viajar pronto a
este sistema. Es por ahora un misterio si estos planetas sobrevi¬vieron a la
explosión de la supernova que dio origen al pulsar o se formaron a partir de
los restos del cataclismo.
Poco después del excepcional descubrimiento de Wolszc¬zan, se encontraron
más objetos de masa planetaria (princi¬palmente gracias al trabajo de Geoff
Marcy y Paul Butler, de la Universidad Estatal de San Francisco) girando
alrededor de otras estrellas, en este caso astros corrientes como el Sol. La
técnica utilizada fue diferente y de aplicación mucho más difícil. Estos
planetas fueron detectados observando los cam¬bios periódicos en los espectros
de estrellas próximas me¬diante telescopios ópticos convencionales. En
ocasiones una estrella se desplaza por un tiempo hacia nosotros y luego se
aleja, como se puede comprobar por los cambios en las longitudes de onda de sus
líneas espectrales (es el llamado efecto Doppler), semejante al cambio en la
frecuencia del claxon de un coche cuando se aproxima a nosotros y luego se
aleja. Al¬gún cuerpo invisible tira de la estrella. Una vez más, un mun¬do
oculto se revela en virtud de una coincidencia con un cálculo teórico (entre
los ligeros movimientos periódicos ob¬servados en la estrella y lo que uno
esperaría si hubiera un planeta girando en torno a ella).
Se han detectado planetas que giran alrededor de las es¬trellas 51
Pegasi, 70 Virginis y 47 Ursae Majoris, en las constelaciones de Pegaso, Virgo
y la Osa Mayor respectivamente. En 1995 se descubrieron también planetas
alrededor de la es¬trella 55 Cancri, en la constelación del Cangrejo. Tanto 47
Ursae Majoris como 70 Virginis son visibles a simple vista en los anocheceres
de primavera, lo que significa que están muy cerca en términos astronómicos.
Las masas de sus planetas parecen oscilar desde un poco menos que la de Júpiter
a va¬rias veces la de éste. Más sorprendente resulta lo cerca que están de sus
estrellas: de 0,05 UA en el caso de 51 Pegasi, a poco más de 2 UA en el de 47
Ursae Majoris. Es posible que estos sistemas también contengan planetas más pequeños
se¬mejantes a la Tierra y aún no descubiertos, pero su situación es distinta.
En el sistema solar, los planetas pequeños como la Tierra se hallan en el
interior y los planetas grandes como Jú¬piter en el exterior. En esas cuatro
estrellas, los planetas de mayor masa parecen estar en el interior. Nadie
comprende cómo puede ser esto. Ni siquiera sabemos si se trata de pla¬netas
verdaderamente jovianos, con inmensas atmósferas de hidrógeno y helio,
hidrógeno metálico en profundidad y un núcleo parecido a la Tierra. Lo que sí
sabemos es que la at¬mósfera de un planeta joviano no tiene por qué dispersarse
aun a una distancia tan corta de su estrella. No parece plau¬sible que tales
planetas se constituyeran en la periferia de sus sistemas solares y luego, de
alguna forma, se acercasen a sus estrellas. Ahora bien, podría ser que algunos
planetas pri¬mitivos masivos se viesen frenados por el gas nebular y caye¬sen
en espiral hasta una órbita interior. La mayoría de los ex¬pertos sostiene que
no es posible que se forme un planeta como Júpiter tan cerca de una estrella.
¿Por qué no? Lo que sabemos acerca del origen de Júpiter es más o menos lo
si¬guiente: en las regiones externas del disco nebular, donde las temperaturas
eran muy bajas, se condensaron planetoides de hielo y roca semejantes a los
cometas y las lunas heladas de la periferia de nuestro sistema solar. Estos
asteroides helados comenzaron a chocar a escasa velocidad, se fueron agregando
y poco a poco constituyeron una masa lo bastante grande para atraer
gravitatoriamente el hidrógeno y el helio de la nube, creando un Júpiter de
dentro a afuera. En contraste, se estima que en un principio cerca de la
estrella las temperatu¬ras nebulares eran demasiado altas para que hubiese
hielo, lo que hizo que se malograra el proceso. Pero me pregunto si algunos
discos nebulares podrían estar por debajo del punto de congelación incluso muy
cerca de la estrella local.
En cualquier caso, con planetas de masa semejante a la de la Tierra en
torno de un pulsar y cuatro nuevos planetas jo¬vianos girando muy cerca de
estrellas similares al Sol, está claro que no podemos tomar nuestro sistema
solar como modelo. Esto es clave si alentamos alguna esperanza de cons¬truir
una teoría general del origen de los sistemas planetarios: ahora tiene que
abarcar una diversidad de ellos.
En fecha todavía más reciente se ha empleado una técnica denominada
astrometría para detectar dos, y posiblemente tres, planetas como la Tierra en
torno de una estrella muy cercana al Sol, Lalande 21185. En este caso se
disponía de un registro minucioso de los movimientos del astro a lo largo de
muchos años, que ha servido para estudiar detenidamente el retroceso causado
por la posible existencia de planetas. Aquí tenemos un sistema planetario que
parece pertenecer a la misma familia que el nuestro, o al menos a una cercana.
Pare¬ce haber, pues, dos y quizá más categorías de sistemas plane¬tarios en el
espacio interestelar adyacente.
En cuanto a la probabilidad de que haya vida en esos mundos jovianos, no
resulta más factible que en nuestro propio Júpiter. Sin embargo, es concebible
que esos astros posean satélites a semejanza de las 16 lunas jovianas. Como
estas otras lunas se hallarían cerca de la estrella local, sus temperaturas,
sobre todo en 70 Virginis, podrían ser favo¬rables para la vida. A una
distancia de 35 a 40 años luz, esos planetas están lo bastante cerca para que
empecemos a soñar con enviar algún día una nave espacial ultrarrápida que los
estudie y remita los datos obtenidos a nuestros descen¬dientes.
Mientras tanto, está surgiendo un abanico de nuevas téc¬nicas. Además del
registro de las fluctuaciones del periodo de los pulsares y de las mediciones
por efecto Doppler de las velocidades radiales de las estrellas, los
interferómetros en tie¬rra o, mejor aún, en el espacio, los telescopios
terrestres que eliminen la turbulencia atmosférica, las observaciones que
aprovechan el efecto de lente gravitatoria de objetos masivos lejanos y las
medidas precisas hechas desde el espacio del ofuscamiento de una estrella por
la interposición de un pla¬neta, parecen técnicas susceptibles de proporcionar
resulta¬dos significativos en los próximos años. Estamos ahora a punto de
iniciar la investigación de millares de estrellas cer¬canas, a la búsqueda de
sus compañeros. Considero probable que en unas cuantas décadas tengamos
información sobre centenares de sistemas planetarios cercanos en la vasta Vía
Láctea, y quizás incluso referente a algunos pequeños mun¬dos azules,
agraciados con océanos de agua, atmósferas de oxígeno y los signos reveladores
de una vida maravillosa.
segunda parte ¿QUÉ CONSERVAN LOS CONSERVADORES?
7. EL MUNDO QUE LLEGÓ POR
CORREO
¿El mundo? Gotas iluminadas
por la luna y caídas
del pico de una grulla.
DOGEN (1200-1253),
«Wake on Impermanence», de Lucien Stryk y Takashi Ikemoto,
Zen Poems of Japan: The Crane's Bill
(Nueva York, Grove Press, 1973)
El mundo llegó por correo, con la indicación de «frágil». En el
envoltorio había una pegatina que mostraba una copa rajada. Lo abrí con
cuidado, temiendo oír el sonido de cristales rotos o encontrar un fragmento de
vidrio, pero estaba intacto. Lo tomé con las manos y lo alcé a la luz del sol.
Era una esfera transparente medio llena de agua. Tenía adherido, de modo apenas
perceptible, el número 4210. Mundo número 4210. Había, pues, muchos mundos como
aquél. Lo deposité con cuidado en la base de lucita que lo acompañaba.
Observé que allí había vida: ramas entrecruzadas, algunas cubiertas con
filamentos de algas verdes, y seis u ocho pequeños animales, casi todos de
color rosado, retozando, o así me lo parecía, entre las ramas. Había además
centenares de otros seres, tan abundantes en aquella agua como los peces en los
océanos de la Tierra; pero se trataba de microbios, todos demasiado pequeños
para distinguirlos a simple vista. Los animales rosados eran, sin duda,
crustáceos de alguna va¬riedad común. Llamaban la atención de inmediato porque
se mostraban muy atareados. Unos pocos se habían posado en las ramas y
avanzaban con sus diez patas, agitando muchos otros apéndices. Uno consagraba
toda su atención, y un con¬siderable número de extremidades, a comer un
filamento ver¬de. Entre las ramas, envueltas por algas como el musgo negro
cubre los árboles en Georgia y el norte de Florida, se movían otros crustáceos
como si tuvieran citas urgentes a las que acudir. A veces, cuando pasaban de un
entorno a otro, cambiaban de color. Uno era pálido, casi transparente; otro
ana¬ranjado, y parecía mostrar un tímido sonrojo.
Como es natural, en algunos aspectos diferían de noso¬tros. Sus
esqueletos eran externos, podían respirar en el agua y, cosa sorprendente,
cerca de la boca tenían una especie de ano. (Se preocupaban mucho, sin embargo,
de su aspecto y su limpieza, a la que se aplicaban con un par de pinzas
pro¬vistas de cerdas semejantes a cepillos; de vez en cuando algu¬no se
restregaba a conciencia.)
Pero en otros aspectos saltaba a la vista que eran como nosotros. Poseían
un cerebro, un corazón, sangre y ojos. El modo en que agitaban sus apéndices
natatorios para impul¬sarse por el agua revelaba un claro propósito. Al llegar
a su destino tomaban los filamentos de las algas con la precisión, la
delicadeza y la diligencia de un verdadero gourmet. Dos de ellos, más osados
que los demás, vagaban por el océano de aquel mundo, nadando muy por encima de
las algas mientras observaban lánguidamente su feudo.
Al cabo de poco tiempo ya podía identificar a cada indi¬viduo. Un
crustáceo comenzó a mudar y se despojó del viejo esqueleto para dejar paso a
uno nuevo. Después, aquella cosa transparente similar a un sudario quedó
colgada rígidamente de una rama mientras su antiguo ocupante reanudaba la
acti¬vidad con un caparazón nuevo y pulido. A otro le faltaba una pata.
¿Producto de un combate de garras contra garras, quizá por el afecto de una
espléndida belleza virgen?
Desde ciertos ángulos, la parte superior del agua actuaba como un espejo,
y un crustáceo veía su propio reflejo. ¿Sería capaz de reconocerse? Lo más
probable es que viese un crus¬táceo más. Desde otros ángulos, el grosor del
cristal curvo los agrandaba, lo que permitía distinguir cómo eran realmen¬te.
Advertí, por ejemplo, que tenían bigotes. Dos de ellos su¬bieron a la
superficie e, incapaces de romper la tensión de ésta, rebotaron. Luego,
enhiestos, y un poco sorprendidos, imagino, se dejaron caer con suavidad hacia
el fondo, entre¬cruzando despreocupadamente las extremidades, o así pare¬cía,
como si la hazaña fuese rutinaria y no mereciera la pena hablar de ello.
Imperturbables.
Me figuraba que si yo era capaz de ver claramente un crustáceo a través
del cristal curvo, él también podría verme a mí, o al menos distinguir el gran
disco negro, con una corona parda y verde, de mi ojo. En ocasiones, cuando
observaba al¬guno agitarse entre las algas, era como si se detuviera y se
volviese para mirarme. Habíamos establecido un contacto vi¬sual. Me preguntaba
qué creería estar viendo.
Al cabo de uno o dos días de permanecer sumido en mi trabajo, desperté y
eché una mirada al mundo de cristal... Todos los crustáceos parecían haberse
esfumado.
No se me había dicho que los alimentara, les diese vitami¬nas, les
cambiara el agua o los llevase al veterinario. Todo lo que tenía que hacer era
asegurarme que no sufrieran un ex¬ceso de luz ni pasaran demasiado tiempo en la
oscuridad, y de que estuviesen siempre a temperaturas comprendidas entre 5 °C y
30 °C (además, en ningún momento consideré que aquello fuese un ecosistema,
sino poco más que una sopa de camarones). ¿Los habría dejado morir por desidia?
De pronto vi asomar una antena por detrás de una rama y comprobé que se
encontraban bien. Aun cuando sólo fuesen crustáceos yo no podía evitar sentirme
preocupado, inquieto por ellos.
Si uno se hace cargo de un pequeño mundo como aquél y se ocupa de
controlar a conciencia su temperatura e ilumina¬ción, entonces —sea lo que
fuere lo que tuviese antes en mente— llega a interesarse por lo que hay dentro.
No es mu¬cho lo que puede hacerse, sin embargo, si los crustáceos en¬ferman o
mueren. En ciertos aspectos somos mucho más po¬derosos que ellos, pero hacen
cosas —como respirar en el agua— que nosotros no podemos. Uno se siente
limitado, lastimosamente limitado. Incluso se pregunta si no será una crueldad
tenerlos en esa prisión de cristal, pero se tranquiliza pensando que al menos
ahí están a salvo de las ballenas, de las mareas negras y de las bandejas de
aperitivos.
Los fantasmales caparazones desechados en las mudas y el infrecuente
cuerpo de un crustáceo muerto no perduran por demasiado tiempo. Son comidos, en
parte por otros crustáceos, en parte por microorganismos invisibles que
pu¬lulan en el mundo que habitan. Esto nos recuerda que estos seres no son
autosuficientes. Se necesitan los unos a los otros. Se cuidan mutuamente, de un
modo que yo soy incapaz de hacer por ellos. Los crustáceos toman oxígeno del
agua y ex¬halan dióxido de carbono. Las algas toman dióxido de carbo¬no del
agua y exhalan oxígeno. Unos respiran los gases de desecho de los otros.
Asimismo, sus residuos sólidos se reciclan entre plantas, animales y
microorganismos. Los habitan¬tes de este pequeño edén mantienen una relación
extremada¬mente íntima.
La existencia de un camarón es mucho más tenue y preca¬ria que la de
otros seres. Las algas pueden vivir mucho más tiempo sin el camarón que éste
sin ellas. Estos pequeños crus¬táceos comen algas, pero las algas comen
principalmente luz.
Pasado un tiempo —hasta ahora ignoro por qué— los ca¬marones empezaron a
morir, uno tras otro, y llegó por fin el momento en que sólo quedó uno,
mordisqueando tristemen¬te un filamento de alga, hasta que también él murió. Un
tan¬to sorprendido, advertí que me dolía su desaparición. Supongo que en parte
se debía a que había llegado a conocerlos un poco. Pero por otra parte, lo
sabía, era porque temía un para¬lelismo entre su mundo y el nuestro.
A diferencia de un acuario, aquel pequeño mundo era un sistema ecológico
cerrado. Sólo penetraba en él la luz (nada de alimentos, ni de agua, ni de
nutrientes). Todo debía ser reciclado. Exactamente igual que en la Tierra.
En este planeta, también nosotros —plantas, animales y microorganismos—
somos interdependientes, respiramos y comemos los desechos de otros. Del mismo
modo, la vida en nuestro mundo está impulsada por la luz. Esa luz solar que
atraviesa el aire transparente es recogida por las plantas y les proporciona la
energía para, combinando el dióxido de carbono y el agua, producir hidratos de
carbono y otras sus¬tancias alimenticias, que a su vez constituyen la dieta de
los animales.
Nuestro gran mundo es muy semejante a aquél en minia¬tura, y de hecho nos
parecemos mucho al camarón. Pero existe al menos una notable distinción: a
diferencia del crus¬táceo, el ser humano es capaz de alterar el medio ambiente.
Podemos hacer con nosotros mismos lo que un propietario negligente podría hacer
con los crustáceos. Si no tenemos cuidado, es posible que calentemos el planeta
a través del efecto invernadero, o bien que lo enfriemos y oscurezcamos tras
una guerra nuclear o el incendio masivo de los campos petrolíferos (o por hacer
caso omiso del riesgo que supone el impacto de un asteroide o de un cometa).
Con la lluvia ácida, la disminución del ozono, la contaminación química, la
ra¬diactividad, la tala de los bosques tropicales y una docena más de otras
agresiones al entorno, estamos empujando este pequeño mundo hacia vías apenas
conocidas. Nuestra civili¬zación pretendidamente avanzada puede estar alterando
el delicado equilibrio ecológico que ha evolucionado tortuosa¬mente a lo largo
de los 4.000 millones de años de existencia de la vida en la Tierra.
Los crustáceos como el camarón son mucho más viejos que los hombres, los
primates e incluso los mamíferos. La aparición de las algas —muy anterior a la
de los animales— se remonta a 3.000 millones de años. Durante largo tiem¬po
todos —plantas, animales y microbios— han trabajado juntos.
La disposición de los organismos en mi esfera de cristal es antigua,
muchísimo más que cualquier institución cultural que conozcamos. La inclinación
a cooperar es un hecho dolorosamente conseguido a través del proceso evolutivo.
Los organismos que no cooperaron, que no trabajaron codo con codo, acabaron por
extinguirse. La cooperación está codifi¬cada en los genes de los
supervivientes. Su naturaleza es coo¬perar, y esto constituye la clave de su
supervivencia.
Los seres humanos somos unos recién llegados, estamos aquí desde hace
apenas unos pocos millones de años. Nues¬tra presente civilización técnica
cuenta tan sólo unos cuantos siglos. No tenemos demasiada experiencia reciente
en lo que se refiere a cooperación voluntaria entre especies (ni siquiera
dentro de la propia). Nos hemos consagrado a tareas a corto plazo y apenas
pensamos a largo plazo. No hay ninguna ga¬rantía de que seamos capaces de
entender nuestro sistema ecológico planetario cerrado o de cambiar de conducta
en consonancia con ese conocimiento.
Nuestro planeta es indivisible. En Norteamérica respi¬ramos el oxígeno
generado en las selvas ecuatoriales brasi¬leñas. La lluvia ácida emanada de las
industrias contaminan¬tes del Medio Oeste de Estados Unidos destruye los
bosques canadienses. La radiactividad de un accidente nuclear en Ucrania pone
en peligro la economía y la cultura de Laponia. El carbón quemado en China
eleva la temperatura en Argen¬tina. Los clorofluorocarbonos que despide un
acondiciona¬dor de aire en Terranova contribuyen al desarrollo del cáncer de
piel en Nueva Zelanda. Las enfermedades se propagan rá¬pidamente a los más
remotos rincones del planeta, y su erradicación requiere un esfuerzo médico
global. Por último, la guerra nuclear y el impacto de un asteroide suponen un
peli¬gro no desdeñable para todos. Nos guste o no, los seres hu¬manos estamos
ligados a nuestros semejantes y a las plantas y animales de todo el mundo.
Nuestras vidas están entrela¬zadas.
Dado que no hemos sido dotados de un conocimiento instintivo sobre el
modo de convertir nuestro mundo tecnificado en un ecosistema seguro y
equilibrado, debemos dedu¬cir la manera de conseguirlo. Necesitamos más
investigación científica y más control tecnológico. Probablemente sea un exceso
de optimismo confiar en que algún gran Defensor del Ecosistema vaya a
intervenir desde el cielo para enderezar nuestros abusos ambientales. Es a
nosotros a quienes corres¬ponde hacerlo.
No tendría por qué ser imposible. Las aves —cuya inteli¬gencia tendemos a
subestimar— saben cómo mantener lim¬pio su nido. Otro tanto puede decirse de
los camarones, cuyo cerebro tiene el tamaño de una mota de polvo, y de las
algas, y de los microorganismos unicelulares. Es tiempo de que también nosotros
lo sepamos.
8. EL MEDIO AMBIENTE: ¿DÓNDE
RADICA LA PRUDENCIA?
Este nuevo mundo puede ser más seguro si se le explican los peligros de
los males del antiguo
John Donne,
An Anatomic of the World.
The First Anniversary (1611)
Hay un determinado momento del ocaso en que la estela los aviones cobra
un tono rosado. Si el cielo está libre de nubes, su contraste con el azul
circundante es inesperadamente maravilloso. El Sol ya se ha puesto y en el
horizonte resta un resplandor bermejo que indica por dónde se ha ocultado.
Pero el reactor vuela tan alto que sus ocupantes todavía pueden ver el
Sol, por completo rojo antes de ponerse. El agua que sale de sus motores se
condensa de inmediato. A las temperaturas gélidas de tales alturas, cada motor
deja atrás una estela lineal semejante a una nube, iluminada por los rojizos
rayos del Sol en su ocaso.
A veces se entrecruzan las estelas de varios aviones, trazando en el
cielo una especie de escritura. Cuando los vientos son altos, las estelas se
dispersan pronto, y en vez de una fina línea surge una vaga tracería, larga,
difusa e irregular que se disipa en cuanto uno la contempla. Si observamos la
estela recién formada, a menudo podremos ver el minúsculo objeto del que emana.
Muchas personas no son capaces de distin¬guir alas ni motores: sólo un punto en
movimiento un tanto separado de la estela que origina.
Cuando oscurece, con frecuencia se advierte que el punto es luminoso. Hay
allí un resplandor blanco. A veces también un destello rojo o verde, o ambos.
En ocasiones me pongo en la piel de un cazador-recolector (o incluso en
la de mis abuelos cuando eran niños) que mira al cielo y contempla esas
pavorosas y terribles maravi¬llas del futuro. De todo el tiempo que los seres
humanos lle¬vamos en la Tierra, sólo en el siglo XX hemos hecho acto de
presencia en el cielo. Aunque el tráfico aéreo en la parte sep¬tentrional del
estado de Nueva York, donde yo vivo, es indu¬dablemente más intenso que en
muchos lugares del planeta, difícilmente hay un sitio en la Tierra donde, al
menos de vez en cuando, uno no pueda ver nuestras máquinas escribiendo sus
misteriosos mensajes en el cielo, que durante tanto tiem-po consideramos
dominio exclusivo de los dioses. La tecno¬logía ha cobrado unas proporciones
para las que, en lo más íntimo de nuestros corazones, no estamos ni mental ni
emocionalmente preparados.
Un poco más tarde, ocasionalmente consigo distinguir entre las estrellas
que empiezan a asomar una luz móvil, a veces muy brillante. Su resplandor puede
ser fijo o parpa¬deante. A menudo se trata de dos luces en tándem. No hay
rastro de cola cometaria. Hay momentos en que el 10 % o el 20 % de las
«estrellas» que consigo ver son artefactos cerca¬nos creados por el hombre, y
que por un instante pueden confundirse con soles ardientes e inmensamente
remotos. Sólo de vez en cuando, y horas después del ocaso, logro dis¬tinguir un
punto de luz, por lo general muy tenue y de movi¬miento sutil y lento. He de
asegurarme primero de que deja atrás una estrella y después otra, porque el ojo
humano tien¬de a suponer que cualquier punto luminoso, aislado y envuelto por las
tinieblas está desplazándose. Éstos no son aviones: se trata de naves
espaciales. Hemos construido má¬quinas que dan una vuelta a la Tierra cada hora
y media. Si son especialmente grandes o reflectantes se las puede recono¬cer a
simple vista. Viajan muy por encima de la atmósfera, en la negrura del espacio
circundante, a tanta altura que desde allí podría verse el Sol aunque aquí
abajo sea noche cerrada. A diferencia de los aviones, carecen de luz propia.
Como la Luna y los planetas, simplemente reflejan la luz solar.
El cielo comienza no muy lejos de nuestras cabezas. Abarca la delgada
atmósfera de la Tierra y, más allá, la in¬mensidad del cosmos. Hemos creado
máquinas que surcan esas regiones. Estamos tan acostumbrados y aclimatados a su
presencia que a menudo no llegamos a reconocer hasta qué punto constituye una
hazaña mítica. Más que cualquier otro rasgo de nuestra civilización técnica,
estos vuelos, ahora pro¬saicos, son el símbolo de los poderes que ya poseemos.
Pero con los grandes poderes llegan las grandes respon¬sabilidades.
Nuestra tecnología se ha hecho tan potente que —cons¬ciente e
inconscientemente— estamos convirtiéndonos en un peligro para nosotros mismos.
La ciencia y la tecnología han salvado miles de millones de vidas, han mejorado
el bienestar de muchas más y han transformado poco a poco el planeta en una
unidad anastomósica, pero al mismo tiempo han cambia¬do tanto el mundo que la
gente ya no se siente cómoda en él. Hemos creado toda una gama de nuevos
demonios: difíciles de ver, difíciles de comprender, problemas no resolubles de
manera inmediata (y, desde luego, no sin enfrentamiento con quienes ejercen el
poder).
Aquí, más que en cualquier otro ámbito, resulta esencial una comprensión
de la ciencia por parte del público. Muchos científicos afirman que existe un
peligro real si se siguen haciendo las cosas como hasta ahora, que nuestra
civilización industrial constituye una trampa explosiva. Sin embargo, re¬sulta
muy costoso tomar en serio advertencias tan horrendas. Las industrias afectadas
perderían beneficios. Aumentaría nuestra propia ansiedad. Hay muchas y buenas
razones para desoír esas voces. Tal vez los numerosos científicos que nos
previenen de la inminencia de catástrofes sean unos agoreros. Quizás amedrentar
a los demás les proporcione un perverso placer. Tal vez no sea más que una
manera de conseguir sub¬venciones oficiales. Al fin y al cabo, otros científicos
dicen que no hay nada de qué preocuparse, que tales afirmaciones no están
demostradas, que el medio ambiente se curará solo. Como es lógico, ansiamos
creerles. ¿Quién no? Si tienen ra¬zón, nos aliviarán de una inmensa carga. Así
que no nos precipitemos. Seamos cautelosos. Procedamos lentamente.
Ase¬gurémonos primero. Por otro lado, es posible que quienes nos tranquilizan
acerca del medio ambiente sean como Pollyannas* o tengan miedo de enfrentarse
con los que asumen el poder o quieran gozar del apoyo de los beneficiarios del
expolio del medio ambiente. Así que démonos prisa; arregle¬mos las cosas antes
de que sea tarde.
¿A quién hay que escuchar?
Existen argumentos a favor y en contra que implican abs¬tracciones,
invisibilidades, conceptos y términos no familia¬res. A veces incluso se
aplican palabras como «fraude» o «en¬gaño» a las predicciones funestas. ¿Cómo
puede ayudar aquí la ciencia? ¿Cómo puede informarse el individuo medio de lo
que está en juego? ¿No sería posible mantener una neutrali¬dad desapasionada
pero abierta y dejar que los contendientes se peleen, o aguardar a que las
pruebas resulten absolutamen¬te incuestionables? Al fin y al cabo, las
afirmaciones extraordi¬narias requieren una demostración extraordinaria. ¿Por
qué, en suma, aquellos que, como yo mismo, predican el escepticis¬mo y la
cautela acerca de algunas afirmaciones extraordinarias arguyen que otras del
mismo carácter deben ser tomadas en serio y consideradas con urgencia?
Cada generación piensa que sus problemas son singulares y, en potencia,
fatales, y aun así cada generación ha dado paso a la siguiente. Todo tiene,
pues, solución.
Sea cual fuere el mérito que haya podido tener esta argu¬mentación —y
desde luego proporciona un contrapeso útil a la histeria— hoy su fuerza ha
menguado bastante. De vez en cuando se oye hablar del «océano» de aire que
envuelve la Tie¬rra; sin embargo, el grosor de la mayor parte de la atmósfera
—contando la implicada en el efecto invernadero— sólo supo¬ne un 0,1 % del
diámetro terrestre. Aun tomando en conside¬ración la alta estratosfera, la
atmósfera no llega a constituir el 1 % del diámetro de nuestro planeta.
«Océano» suena a enor¬me, imperturbable. Sin embargo, en relación al planeta
entero, el espesor de la capa de aire equivale al del revestimiento de goma
laca de un globo terráqueo escolar. El espesor de la capa de ozono
estratosférica en relación al diámetro de la Tierra guarda una proporción de
uno a 4.000 millones. Al nivel de la superficie resultaría prácticamente
invisible. Muchos astro¬nautas han declarado que, después de haber visto el
aura deli¬cada, fina y azul en el horizonte de la hemisfera terrestre a la luz
del día —aura que representa el grosor de toda la atmósfe¬ra— de forma
inmediata y espontánea han tomado conciencia de su fragilidad y su
vulnerabilidad y se han sentido inquietos. Tienen razones para estarlo.
En la actualidad nos enfrentamos a una circunstancia ab¬solutamente
nueva, sin precedentes en toda la historia huma¬na. Cuando empezamos nuestra
singladura, hace centenares de miles de años, quizá con una densidad media de
pobla¬ción de una centésima de individuo (o menos) por kilómetro cuadrado, los
triunfos de la tecnología estaban representados por las hachas y el fuego. No
habríamos conseguido provocar grandes cambios en el entorno global aunque nos
lo hu-biéramos propuesto. Éramos pocos y débiles, pero con el paso del tiempo,
y con el progreso de la tecnología, nuestro número creció exponencialmente.
Ahora la densidad de po¬blación media es de unas 10 personas por kilómetro
cuadra¬do, nos concentramos en ciudades y disponemos de un sobrecogedor arsenal
tecnológico cuyo poder sólo en parte entendemos y controlamos.
Dado que nuestra vida depende de cantidades minúsculas de gases como el
ozono, los motores de la industria pueden producir un gran quebranto ambiental
a escala incluso plane¬taria. Las limitaciones impuestas al empleo
irresponsable de la tecnología son débiles y a menudo tibias, y casi siempre
es¬tán subordinadas a intereses nacionales o empresariales a cor¬to plazo.
Ahora somos capaces, voluntaria o involuntaria¬mente, de alterar el entorno
global. Sigue siendo materia de debate entre los estudiosos hasta qué punto
hemos llegado en el camino hacia las diversas catástrofes planetarias
profetiza¬das. Ya nadie discute que son una posibilidad real.
Quizá lo que ocurre es que los productos de la ciencia son,
sencillamente, demasiado poderosos y peligrosos para nosotros. Tal vez no
hayamos madurado lo bastante para manejarlos. ¿Sería juicioso regalar una
pistola a un bebé, o a un niño, o a un adolescente? También podrían tener razón
quienes han sugerido que ningún civil debería poseer armas automáticas, porque
en un momento u otro a todos nos pue¬de cegar la pasión; ante una tragedia
pensamos muchas veces que de no haber habido un arma al alcance de la mano
nunca se habría producido. (Se formulan, desde luego, razones para la posesión
de armas, y puede que sean válidas en determina¬das circunstancias; lo mismo
podemos decir de los productos de la ciencia.) He aquí una complicación
adicional: imagine¬mos que, después de apretar el gatillo de una pistola, pasan
décadas antes de que la víctima o el asaltante reconozca que alguien ha sido
alcanzado; en ese caso aún resultaría más difícil comprender los peligros de
las armas. La analogía es im¬perfecta, pero algo semejante pasa con las
repercusiones am¬bientales globales de la moderna tecnología industrial.
Tenemos aquí, a mi juicio, un buen motivo para hablar claro, para
concebir nuevas instituciones y nuevas formas de pensar. Sí, la moderación es
una virtud y puede influir en un oponente sordo a las más fervientes demandas
filosóficas. Sí, es absurdo pretender que todo el mundo cambie su manera de
pensar. Sí, podemos ser nosotros los equivocados y no nuestros oponentes (ha
sucedido a veces). Sí, es raro que, en una discusión, una parte convenza a la
otra (Thomas Jefferson dijo que jamás había visto tal cosa, pero me parece una
afirmación un tanto exagerada; en la ciencia ocurre constan¬temente). Ahora
bien, éstas no son razones legítimas para rehuir el debate público.
La ciencia y la tecnología han transformado espectacular¬mente nuestra
vida a través del progreso de la medicina, la farmacopea, la agricultura, los
anticonceptivos, los transpor¬tes y las comunicaciones, pero también han traído
nuevas ar¬mas devastadoras, efectos secundarios imprevistos de la in¬dustria y
la tecnología, y retos amenazadores a concepciones del mundo de larga
raigambre. Muchos luchamos para no quedarnos rezagados, a veces comprendiendo
sólo poco a poco las consecuencias de los nuevos avances. Según la anti¬gua
tradición, los jóvenes captan el cambio con mayor rapi¬dez que los demás, y no
sólo en lo que al manejo de ordenadores personales y la programación de vídeos
se refiere, sino también en cuanto a la adaptación a las nuevas ideas acerca
del mundo y de nosotros mismos. El ritmo actual de cambio supera en velocidad
el de una vida humana, hasta el punto de desunir las generaciones. Esta sección
intermedia del libro está consagrada a la comprensión de los trastornos
ambienta¬les que, tanto para bien como para mal, han provocado la ciencia y la
tecnología.
Me concentraré en el debilitamiento de la capa de ozono y el
calentamiento global como indicadores de los dilemas a los que nos enfrentamos,
pero son muchas más las conse¬cuencias ambientales inquietantes de la
tecnología y la capa¬cidad de expansión del ser humano: la extinción de un
vasto número de especies, cuando se necesitan desesperadamente medicinas para
el cáncer, las enfermedades cardiacas y otras afecciones mortales, medicinas
que proceden de especies ra¬ras o en peligro; la lluvia ácida; las armas
nucleares, biológi¬cas y químicas, y los productos tóxicos (incluyendo los
vene¬nos radiactivos), a menudo vertidos cerca de los más pobres y menos
poderosos. Recientemente, y de forma inesperada, se ha descubierto (aunque
otros científicos lo han puesto en duda) un declive precipitado de la
producción de espermatozoides en Norteamérica, Europa occidental y otras
regiones, posiblemente como consecuencia de productos químicos y plásticos que
imitan las hormonas sexuales femeninas (según algunos, la mengua es tan abrupta
que, de continuar, los va¬rones occidentales podrían empezar a volverse
estériles hacia mediados del siglo XXI).
La Tierra constituye una anomalía. Por lo que hasta aho¬ra sabemos, es el
único planeta habitado en todo el sistema solar. La especie humana es una entre
millones en un mundo rebosante de vida. Sin embargo, la mayor parte de las
espe¬cies que han existido en el pasado ya no existen. Los dino¬saurios se
extinguieron tras un florecimiento de 150 millones de años. Hasta el último; no
ha quedado ni uno. Ninguna es¬pecie tiene garantizada su permanencia en este
planeta. Nosotros, que estamos aquí desde hace no más de un millón de años,
somos la primera especie que ha concebido los medios para su autodestrucción.
Somos una especie rara y preciada porque estamos capacitados para reflexionar y
tenemos el privilegio de influir en nuestro futuro y, quizá, de controlar¬lo.
Creo que tenemos el deber de luchar por la vida en la Tie¬rra y no sólo en
nuestro beneficio, sino en el de todos aque¬llos, humanos o no, que llegaron
antes que nosotros y ante quienes estamos obligados, así como en el de quienes,
si so¬mos lo bastante sensatos, llegarán después. No hay causa más apremiante,
ni afán más justo, que proteger el futuro de nuestra especie. Casi todos los
problemas que padecemos son obra de los seres humanos y pueden ser resueltos
por és¬tos. No existe convención social, sistema político, hipótesis económica
o dogma religioso que revista mayor importancia.
Todo el mundo experimenta al menos una sensación vaga de ansiedad por
diversos motivos, que casi nunca desapare¬ce por completo. La mayor parte de
éstos se refiere a nues¬tra vida cotidiana. Este zumbido de recuerdos
soterrados, la evocación dolorosa de antiguos errores, el ensayo mental de
respuestas posibles a problemas inminentes, poseen un claro valor para la
supervivencia. Para demasiados de nosotros la ansiedad se ciñe a la búsqueda
del sustento para la prole. La ansiedad es un compromiso evolutivo que hace
posible una nueva generación, pero que resulta dolorosa para la actual. El
truco, digámoslo así, consiste en optar por las ansiedades precisas. En algún
punto entre el optimismo ingenuo y la an¬siedad nerviosa hay un estado mental
al que deberíamos as¬pirar.
Con la excepción de los milenaristas de diversas confe¬siones y de la
prensa amarilla, el único grupo humano que parece preocuparse de forma habitual
por la posibilidad de nuevos desastres —catástrofes jamás conocidas en la
historia de nuestra especie— es el de los científicos. Han llegado a en¬trever
cómo funciona el mundo, y esto los induce a pensar que podría ser muy
diferente. Un tironcito de aquí, un empujoncito por allá bastarían, quizá, para
producir grandes cambios. Como los seres humanos estamos por lo general bien
adaptados a las circunstancias (desde el clima global al político) es probable
que cualquier cambio resulte perturba¬dor, doloroso y caro. Por ello solemos
exigir a los científicos que se aseguren bien de lo que dicen antes de echarnos
a co¬rrer para protegernos de un peligro imaginario. Sin embargo, algunos de
los presuntos riesgos parecen tan graves que es inevitable pensar que sería
prudente tomar en serio la proba¬bilidad, por mínima que fuese, de un peligro
extremo.
Las ansiedades de la vida cotidiana operan de la misma manera.
Contratamos pólizas de seguros y advertimos a los niños que no deben hablar con
extraños. Aun así, y pese a todas las inquietudes, a veces se nos pasan por
alto los ries¬gos. «Lo que me preocupaba jamás sucedió. Todo lo malo llegó sin
avisar», nos dijo una vez un conocido a mi esposa Annie y a mí.
Cuanto peor es la catástrofe, más cuesta mantener el equi¬librio. O bien
nos dedicamos a hacer caso omiso de ella o bien invertimos todos nuestros
recursos en soslayarla. Resulta muy difícil contemplar nuestras circunstancias
y prescindir por un instante siquiera de la ansiedad asociada a ellas. Es mucho
lo que está en juego. En las páginas siguientes intento describir algunas de
las formas de proceder de nuestra especie que pare¬cen peligrosas (en cuanto al
modo de conducirnos con el pla¬neta y de organizar nuestra política). Trato de
presentar las dos caras de la moneda pero, lo reconozco, tengo un punto de
vista que procede de mi estimación del peso de la evidencia. Allí donde los
seres humanos crean problemas, los mismos se¬res humanos pueden lograr soluciones,
y he pretendido mos¬trar el modo de hacerlo, al menos en ciertos casos. Algunos
quizá piensen que debería darse prioridad a otros problemas o que hay otros
remedios, pero confío en que esta sección del li¬bro les sirva para pensar más
en el futuro. No deseo aumentar innecesariamente su carga de ansiedades —ya
tenemos de so¬bra—, pero me parece que hay algunas cuestiones sobre las que no
hemos reflexionado bastante. Este tipo de examen de las consecuencias futuras
de acciones presentes tiene un glo¬rioso historial entre nosotros los primates,
y es uno de los se¬cretos de lo que en buena parte constituye la asombrosa
histo¬ria de éxitos de los seres humanos sobre la Tierra.
9. CRESO Y CASANDRA
Hace falta valor para temer.
Montaigne, Essais, III, 6 (1588)
Apolo, morador del Olimpo, era dios del Sol. También se ocupaba de otras
materias, una de ellas la profecía. Todos los dioses olímpicos podían entrever
el futuro, pero Apolo era el único que sistemáticamente brindaba este don a los
seres humanos. Estableció varios oráculos, el más famoso de los cuales estaba
en Delfos, donde consagró a una sacerdotisa, llamada Pitia por la pitón que
constituía una de sus encarna¬ciones. Reyes y aristócratas, y de vez en cuando
plebeyos, acudían a Delfos para implorar a la pitonisa que les dijera lo que
iba a suceder.
Uno de ellos fue Creso, rey de Lidia. Lo recordamos por la expresión
«rico como Creso», todavía habitual. Tal vez su nombre se convirtió en sinónimo
de riqueza porque fue en su época y bajo su reinado donde se inventaron las
monedas, acuñadas por Creso en el siglo VII a. de C. (Lidia se hallaba en
Anatolia, la Turquía contemporánea). El dinero de arcilla era una invención
sumeria muy anterior. Su ambición des¬bordaba los límites de su pequeña nación.
Así, según Herodoto, se le metió en la cabeza invadir y someter Persia,
entonces la superpotencia del Asia occidental. Ciro había unido a persas y
medos, forjando un poderoso imperio. Natural¬mente, Creso estaba un tanto
inquieto.
Para determinar la prudencia de su empeño, envió a unos emisarios a
consultar el oráculo de Delfos. Cabe imaginarlos cargados de opulentos
presentes (que, dicho sea de paso, se¬guían en Delfos un siglo después, en la
época de Herodoto). La pregunta que los emisarios formularon en nombre de Creso
fue: «¿Qué sucederá si Creso declara la guerra a Persia?»
Pitia respondió sin titubear: «Destruirá un poderoso im¬perio.»
«Los dioses están con nosotros —pensó Creso (o algo por el estilo)—. ¡Es
el momento de atacar!»
Pensando en apoderarse de las satrapías, reunió sus ejér¬citos de
mercenarios. Invadió Persia... y sufrió una humillan¬te derrota. No sólo el
poder de Lidia quedó destruido, sino que él mismo se convirtió para el resto de
su vida en un paté¬tico funcionario de la corte persa, brindando consejos de
poca monta a dignatarios que los recibían con indiferencia. Fue como si el
emperador Hiro Hito hubiera terminado su existencia como asesor de los
ministerios de Washington.
Aquella injusticia le hizo verdaderamente mella. Al fin y al cabo, se
había atenido a lo prescrito. Solicitó el consejo de Pitia, pagó
espléndidamente y ella lo engañó. Así que en¬vió otro emisario al oráculo (esta
vez con regalos mucho más modestos y ajustados a sus menguadas posibilidades) y
le encargó que preguntase en su nombre: «¿Cómo pudiste ha¬cerme eso?» He aquí
la respuesta, según la Historia de Herodoto:
La profecía de Apolo advertía que si Creso hacía la gue¬rra a Persia
destruiría un imperio poderoso. Ante tales pala¬bras, lo juicioso por su parte
habría sido preguntar de nuevo si se refería a su propio imperio o al de Ciro.
Pero Creso no entendió lo que se le decía ni inquirió más. La culpa es
ente¬ramente suya.
Si el oráculo de Delfos hubiese sido sólo una estafa para desplumar
monarcas crédulos, desde luego habría necesitado excusas para justificar los
inevitables errores. En estos casos son corrientes las ambigüedades
disimuladas. Sin embargo, la lección de Pitia es pertinente: tenemos que
formular bien las preguntas, incluso a los oráculos; las preguntas han de ser
inteligentes, aun cuando parezca que ya nos han dicho exacta¬mente lo que
deseábamos oír. Los políticos no deben aceptar respuestas a ciegas, deben comprender;
y no deben permitir que sus propias ambiciones oscurezcan su comprensión. Hay
que proceder con sumo cuidado a la hora de convertir una profecía en una acción
política.
Este consejo es plenamente aplicable a los oráculos mo¬dernos: los
científicos, grupos de investigación y universida¬des, los institutos
financiados por las empresas y las comisio¬nes asesoras de la Academia Nacional
de Ciencias. De vez en cuando, y generalmente de mala gana, los políticos
envían a alguien a preguntar al oráculo y reciben una respuesta. En la
actualidad los oráculos suelen manifestar sus profecías aun¬que nadie las
solicite. Sus declaraciones a menudo son mucho más detalladas que las preguntas;
se habla, por ejemplo, del bromuro de metilo, el vórtice circumpolar o la capa
de hielo de la Antártida occidental. Las estimaciones se formulan a veces en
términos de probabilidades numéricas. Parece casi imposible que el político más
honesto emita, sencillamente, un sí o un no. Los políticos tienen que decidir
qué hacer con la respuesta, si es que hace falta tomar alguna medida, pero
primero deben comprenderla. En razón de la naturaleza de los oráculos modernos
y de sus profecías, los políticos pre¬cisan, ahora más que nunca, entender la
ciencia y la tecnolo¬gía. (En respuesta a esta necesidad, el partido
Republicano ha decidido, absurdamente, abolir su propia Oficina de
Asesoramiento Tecnológico; y casi no hay científicos entre los miembros del Congreso
estadounidense. Lo mismo cabe de¬cir de muchos otros países.)
Hay otra historia acerca de Apolo y sus oráculos, como mínimo igual de
famosa y relevante. Es la de Casandra, prin¬cesa de Troya. (Comienza justo
antes de que los griegos de Micenas invadiesen Troya para iniciar la guerra que
llevaría su nombre.) Era la más inteligente y bella de las hijas del rey
Príamo. Apolo, siempre merodeando en busca de seres hu¬manos atractivos
(conducta propia de casi todos los dioses y diosas griegos), se enamoró de
ella. Curiosamente —esto casi nunca sucede en la mitología griega—, Casandra se
resistió a su acoso, así que trató de comprarla. Pero ¿qué podía darle? Ya era
una princesa, rica, hermosa y feliz. Aun así, Apolo tenía una o dos cosas que
ofrecerle. Le prometió el don de la profecía. La oferta era irresistible, y
ella accedió. Quid pro quo. Apolo hizo cuanto deben hacer los dioses para
conver¬tir a simples mortales en videntes, oráculos y profetas, pero luego,
escandalosamente, Casandra se echó atrás y rechazó el cortejo del dios.
Apolo se enfureció. Ahora bien, no podía retirarle el don de la profecía,
puesto que al fin y al cabo era un dios (se diga lo que se diga sobre ellos,
los dioses mantienen sus prome¬sas). Sin embargo, la condenó a un destino cruel
e ingenioso: el de que nadie creyese en sus profecías. (Lo que aquí cuento
procede en buena parte de la tragedia Agamenón, de Esqui¬lo.) Casandra
profetiza a su propio pueblo la caída de Troya; nadie le presta atención.
Predice la muerte del caudillo de los invasores griegos, Agamenón; nadie le
hace caso. Anuncia in¬cluso su pronta muerte, con el mismo resultado. No
querían escucharla, se burlaban de ella. Tanto griegos como romanos la llamaron
«la dama de las infinitas calamidades». Hoy qui¬zá la tacharían de
«catastrofista».
Hay un espléndido momento en que ella no puede en¬tender que se ignoren
esas profecías de desgracias inminen¬tes, algunas de las cuales podían evitarse
con sólo darles crédito. Dice a los griegos: «¿Cómo no me comprendéis? Conozco
muy bien vuestra lengua.» Sin embargo, el proble¬ma no consistía en su
pronunciación del griego. La respuesta vino a ser: «Mira, así son las cosas.
Hasta el oráculo de Delfos se equivoca de vez en cuando, y a veces sus
profecías son ambiguas. No podemos estar seguros, y si no podemos fiar¬nos de
Delfos, mucho menos de ti.» Ésa es la respuesta más clara que obtiene.
Otro tanto le sucedió con los troyanos: «Profeticé a mis compatriotas
—dice— todos sus desastres.» No obstante, hi¬cieron caso omiso de su
clarividencia y fueron aniquilados. Al final ella corrió la misma suerte.
Hoy puede reconocerse esa misma resistencia a las profe¬cías horrendas
experimentada por Casandra. Cuando nos en¬frentamos con una predicción ominosa
que alude a fuerzas inmensas sobre las que no es fácil ejercer influencia
alguna, mostramos una tendencia natural a rechazarla o no tomarla en
consideración.
Mitigar o soslayar el peligro podría requerir tiempo, es¬fuerzos, dinero,
valentía; quizás incluso alterar las prioridades de nuestra vida. Además, no
todas las predicciones de desas¬tres se cumplen (ni siquiera las formuladas por
científicos). La mayor parte de la vida animal oceánica no se ha extingui¬do
por culpa de los insecticidas; pese a lo sucedido en Etiopía y el Sahel, el
hambre a escala mundial no fue el rasgo distin¬tivo de la década de los
ochenta; la producción alimentaria del Asia meridional no quedó drásticamente
afectada por el incendio de los pozos petrolíferos de Kuwait en 1991; los
aviones supersónicos no amenazan la capa de ozono... y, sin embargo, todas
estas predicciones fueron expresadas por científicos serios. Así, cuando nos
enfrentamos a una profe¬cía nueva e incómoda, podemos sentirnos tentados de
decir: «Improbable; catastrofista; jamás hemos experimentado nada remotamente
parecido; tratan de asustar a todo el mundo; es malo para la moral pública».
Más aún, si los factores que precipitan la catástrofe anun¬ciada están
actuando desde hace mucho tiempo, entonces la propia predicción constituye un
reproche indirecto y tácito. ¿Por qué nosotros, ciudadanos corrientes, hemos
permiti¬do que se llegase a esta situación de peligro? ¿No deberíamos habernos
informado antes? ¿Acaso no somos cómplices al no haber tomado medidas para
asegurar que los dirigentes polí¬ticos eliminasen esa amenaza? El que la
desatención y la inac¬tividad propias puedan significar un peligro para
nosotros mismos y para nuestros seres queridos es una reflexión incó¬moda.
Surge, pues, una tendencia natural, aunque nefasta, a re¬chazar todo el
asunto. Hacen falta pruebas más sólidas, deci¬mos, antes de poder tomarlo en
serio. Sentimos la tentación de subestimar, rehuir, olvidar. Los psiquiatras
son plenamen¬te conscientes de esa tentación, a la que llaman «rechazo»; pero,
como dice el refrán, si el río suena agua lleva.
Las historias de Creso y de Casandra representan los dos extremos de la
respuesta política a quienes predicen un peli¬gro mortal. El propio Creso
representa un polo de acepta¬ción crédula y acrítica (por lo general, de la
confianza en que todo va bien), alentada por la codicia y otras debilidades del
carácter; y la respuesta griega y troyana a Casandra simboli¬za el polo de un
rechazo estólido e inamovible de la posibili¬dad de un peligro. La tarea de un
político consiste en marcar un rumbo prudente entre estas dos orillas.
Imaginemos que un grupo de científicos afirma que es in¬minente una gran
catástrofe medioambiental. Supongamos además que lo que se necesita para
prevenir o mitigar la catástrofe es costoso en recursos fiscales e
intelectuales, pero también en lo que a cambio de mentalidad se refiere, por lo
que es políticamente caro. ¿En qué punto deben los políticos tomar en serio a
los profetas científicos? Hay maneras de es¬timar la validez de las profecías
modernas, porque entre los métodos de la ciencia existe un procedimiento de
corrección de errores, una serie de reglas que han venido funcionado bien, y
que suelen recibir la denominación conjunta de «mé¬todo científico». Hay unos
cuantos principios (esbocé algu¬nos en mi libro El mundo y sus demonios): los
argumentos de autoridad tienen poco peso («porque lo digo yo» no es una buena
razón); la predicción cuantitativa constituye un modo extremadamente eficaz de
distinguir las ideas útiles de las descabelladas; los métodos de análisis deben
arrojar otros re¬sultados consecuentes con lo que ya conocemos acerca del
universo; un debate vigoroso es un signo saludable; para que una idea sea
tomada en serio, deben llegar a las mismas con¬clusiones grupos científicos
capacitados, trabajando de forma independiente; etcétera. Existen medios para
que los políti¬cos decidan y hallen una vía intermedia y segura entre la
ac¬ción precipitada y la impasibilidad. Se requiere, empero, una cierta
disciplina emocional y, sobre todo, una ciudadanía consciente y científicamente
instruida, capaz de juzgar por sí misma hasta qué punto son amenazadores los
peligros anun¬ciados.
10. FALTA UN PEDAZO DEL CIELO
Esta espléndida armadura, la tierra, se me antoja un promon¬torio
estéril; este maravilloso dosel, el aire, mirad, ese bello firma¬mento que
pende arriba, este techo majestuoso encendido por un fuego dorado, sólo me
parece una congregación hedionda y pesti¬lente de vapores.
William Shakespeare,
Hamlet, acto II, escena II, 308 (1600-1601)
Siempre quise tener un tren eléctrico de juguete, pero mis padres no
pudieron comprármelo hasta que cumplí los diez años. El que me regalaron (de
segunda mano, pero en buenas condiciones) no era uno de esos modelos
pequeñejos, de ape¬nas un dedo de largo, que vemos hoy, sino un auténtico tren.
Sólo la locomotora debía de pesar más de dos kilos. Tenía también un tender
para el carbón, un vagón de viajeros y un furgón. Las vías, completamente
metálicas y empalmables, eran de tres tipos: rectas, curvas y una pieza
entrecru¬zada que permitía realizar un tendido en ocho. Ahorré pa¬ra comprar un
túnel de plástico verde por el que veía salir triunfante a la locomotora,
despejando la oscuridad con su foco.
Mis recuerdos de aquellos tiempos felices están impreg¬nados del olor,
para nada desagradable y levemente dulzón, que siempre emanaba del
transformador, una gran caja negra de metal con una palanca roja deslizable
para controlar la ve¬locidad del tren. Si alguien me hubiese pedido entonces
que describiera su función, supongo que le habría dicho que con¬vertía el tipo
de electricidad de las paredes de nuestro piso en aquella que necesitaba la
locomotora. Sólo mucho más tarde supe que el olor se debía a una determinada
sustancia quími¬ca —generada por la electricidad al atravesar el aire— que
te¬nía un nombre propio: ozono.
El aire que nos rodea, el que respiramos, contiene alrede¬dor de un 20 %
de oxígeno (no el átomo, cuyo símbolo es O, sino la molécula, de símbolo O2, lo
que significa dos átomos de oxígeno químicamente enlazados). El oxígeno
molecular es lo que nos pone en marcha: lo respiramos y, tras combinarlo con
los alimentos, extraemos energía.
El ozono es una forma más rara de oxígeno combinado. Su símbolo es O3, lo
que significa tres átomos de oxígeno quí¬micamente enlazados.
Mi transformador tenía un defecto. Despedía una peque¬ña chispa eléctrica
que desintegraba los enlaces de las molé¬culas de oxígeno de esta manera:
O2 + energía -> O + O
(La flecha significa «transformado en».) Ahora bien, los átomos de
oxígeno solitarios (O) se sienten insatisfechos, químicamente reactivos,
ansiosos de combinarse con molé¬culas adyacentes; y así lo hacen:
O + O2 + M -> O3 + M
Aquí M representa una tercera molécula cualquiera que no se altera en la
reacción pero resulta necesaria para que ésta se lleve a cabo (es decir, un
catalizador). Hay muchas molé¬culas M en el entorno, principalmente de
nitrógeno.
Esto era lo que determinaba que mi transformador pro¬dujese ozono.
La reacción se da también en los motores de los coches y en los fuegos
industriales, produciendo ozono reactivo que contribuye al smog y la
contaminación industrial. Su olor ya no me resulta tan agradable. Sin embargo,
el mayor peligro del ozono no es que exista demasiado aquí abajo, sino
dema¬siado poco allá arriba.
Todo se hizo de manera responsable, cuidadosamente, pensando en el medio
ambiente. Hacia la década de los vein¬te la gente creía que los frigoríficos
eran algo bueno. Por ra¬zones de comodidad, de salud pública, por la
posibilidad de enviar frutas, verduras y productos lácteos a gran distancia y
combinar manjares sabrosos, todo el mundo quería tener uno (se acabaron los
pesados bloques de hielo; ¿qué mal po¬día haber en eso?), pero ocurría que el
fluido operante, cuyo calentamiento y posterior enfriamiento provocaban la
refri¬geración, tenía que ser amoníaco o dióxido de azufre, gases venenosos y
malolientes. Un escape resultaba horrible. Se re-quería un sustituto que fuese
líquido en las condiciones ade¬cuadas, a fin de que circulase dentro del
frigorífico, pero que no causara ningún perjuicio en caso de avería o cuando se
lo convirtiese en chatarra. Para ello hacía falta encontrar un ma-terial que no
fuera ponzoñoso ni inflamable, que no causase corrosión ni quemara los ojos ni
atrajese bichos ni molestase al gato siquiera. No parecía que en la naturaleza
existiera un material semejante.
Así, químicos estadounidenses y alemanes inventaron un tipo de moléculas
inexistentes hasta entonces. Las llamaron clorofluorocarbonos (CFC), y estaban
constituidas por uno o más átomos de carbono a los que se unían átomos de cloro
y de flúor. He aquí una:
![]()
(C, carbono; Cl, cloro; F, flúor.) El éxito superó amplia¬mente las
expectativas de sus inventores. Se convirtieron en el fluido principal no sólo
de los frigoríficos, sino también de los acondicionadores de aire. Encontraron
amplias aplicacio¬nes, como aerosoles, espumas aislantes, disolventes
indus¬triales y agentes limpiadores (sobre todo en la industria
microelectrónica). El más famoso de estos productos fue el freón, una marca
comercial de DuPont. Empleado durante décadas, nunca pareció que causase daño
alguno. Todo el mundo imaginaba que era completamente seguro. Por todo esto, al
cabo de cierto tiempo, un volumen sorprendente de la producción industrial
química dependía de los CFC.
A comienzos de la década de los setenta se fabricaban cada año un millón
de toneladas de estas sustancias. Imaginemos que estamos en el cuarto de baño
aplicándonos desodorante en las axilas. El aerosol de CFC difunde una tenue
neblina. Las moléculas impulsoras de CFC propelentes no se nos ad¬hieren al
cuerpo; revolotean cerca del espejo y llegan a las pa¬redes. Algunas escapan
por la ventana o por debajo de la puer¬ta, y con el paso del tiempo —días o
incluso semanas— son transportadas por las corrientes de convección en torno de
edificios y postes del teléfono para, impulsadas por la circula¬ción
atmosférica global, recorrer el planeta. Con escasas ex¬cepciones, no se
degradan ni se combinan químicamente con otras moléculas. En la práctica son
inertes. De esta forma, al cabo de unos cuantos años llegan a la alta
atmósfera.
El ozono se forma de manera natural a unos 25 kilóme¬tros de altitud. La
luz ultravioleta —la misma que producía la chispa de mi transformador
deficientemente aislado— desintegra las moléculas de O2 en átomos de oxígeno,
que se recombinan formando ozono.
En esas altitudes una molécula de CFC sobrevive, por término medio, un
siglo antes de que la luz ultravioleta le arranque su cloro; éste es el
catalizador que destruye las mo¬léculas de ozono sin aniquilarse a sí mismo.
Hacen falta unos dos años para que el cloro retorne a la baja atmósfera y sea
arrastrado por la lluvia. En ese tiempo, un átomo de cloro puede haber
participado en la destrucción de cien mil molé¬culas de ozono.
La reacción es como sigue:
O2 + luz UV -> 2O
2Cl [de los CFC] + 2O3 -> 2ClO + 2O2
2ClO + 2O -> 2Cl [regenerando el Cl] + 2O2
El resultado neto es:
2O3 -> 3O2
Han sido destruidas dos moléculas de ozono; se han for¬mado tres
moléculas de oxígeno, y los átomos de cloro que¬dan disponibles para nuevos
desaguisados.
¿A quién puede importarle todo esto? Allá arriba, en el cielo, algunas
moléculas invisibles son destruidas por otras moléculas invisibles elaboradas
aquí en la Tierra. ¿Por qué deberíamos preocuparnos?
Porque el ozono es nuestro escudo contra la luz ultravio¬leta del Sol. Si
todo el ozono de las alturas se sometiese a la temperatura y presión que hay en
torno a nosotros, en este momento la capa tendría un espesor de sólo tres
milímetros. No parece mucho, pero es todo lo que hay entre nosotros y las
abrasadoras radiaciones ultravioleta procedentes del Sol.
El peligro asociado a la luz ultravioleta del que se suele hablar es el
de cáncer de piel. Las personas de piel clara resultan especialmente
vulnerables; las morenas, en cambio, dis¬ponen de una generosa cantidad de
melanina para su protec¬ción. (Tostarse al sol constituye una adaptación; las
pieles pá¬lidas desarrollan una mayor protección cuando se les expone a la
radiación ultravioleta.) Se diría que existe una remota jus¬ticia cósmica en el
hecho de que fuesen blancos los invento¬res de los CFC, mientras que la gente
de piel oscura, que poco tuvo que ver con tan maravilloso invento, disfruta de
una protección natural. Según se ha informado, la incidencia de cánceres
malignos de piel es hoy diez veces mayor que en la década de los cincuenta.
Aunque parte de este aumento aparente puede deberse al perfeccionamiento del
diagnóstico, la pérdida de ozono y el incremento de la exposición a la luz
ultravioleta también parecen estar implicados. Si las cosas empeorasen mucho,
las personas de piel pálida tendrían que utilizar prendas protectoras
especiales durante sus excursio¬nes habituales, al menos en alturas y latitudes
elevadas.
Lo peor de todo, sin embargo, no es el incremento del cáncer de piel como
consecuencia directa del aumento de las radiaciones ultravioleta, ni tampoco la
mayor incidencia de cataratas oculares. Más serio es el hecho de que los rayos
ul-travioleta afectan el sistema inmunitario (el mecanismo del cuerpo para
combatir las enfermedades), pero, otra vez, los afectados son sólo aquellos que
carecen de protección. Aho¬ra bien, por grave que esto se nos antoje, el
auténtico peligro radica en otra parte.
Expuestas a la luz ultravioleta, las moléculas orgánicas que constituyen
toda la vida planetaria se desintegran o for¬man combinaciones químicas
indeseables. Los seres que más abundan en el océano son unas minúsculas algas
unicelulares que flotan cerca de la superficie del agua: el fitoplancton. No
pueden sumergirse más para rehuir la radiación ultravioleta porque viven
gracias a la luz solar. Ciertos experimentos han mostrado que incluso un
moderado incremento de radiación ultravioleta daña las algas unicelulares
comunes en el océano Antártico y otros lugares. Se puede esperar que
incrementos mayores causen en esos seres grandes pérdidas y, en última
instancia, un aniquilamiento masivo.
Las mediciones preliminares de la población de estas plantas
microscópicas revelan que en las aguas antárticas se ha registrado
recientemente una mengua asombrosa —hasta del 25 %— cerca de la superficie del
mar. Al ser tan pequeños, los seres que integran el fitoplancton carecen de las
pieles duras de animales y plantas superiores que absorben la luz
ultravio¬leta. Amén de una serie de repercusiones en cascada en la ca¬dena
alimentaria oceánica, la muerte del fitoplancton elimina la capacidad del
océano para extraer dióxido de carbono de la atmósfera, y con ello contribuye
al calentamiento global. Éste es uno de los diversos modos en que se relacionan
el debilita¬miento de la capa de ozono y el calentamiento de la Tierra (aunque
sean cuestiones fundamentalmente diferentes, por¬que en el caso de la
disminución del ozono el responsable es la luz ultravioleta, mientras que en el
del calentamiento global lo son la luz visible y la infrarroja).
Ahora bien, si incide sobre el océano una mayor canti¬dad de luz
ultravioleta, el peligro no queda limitado a estas pequeñas algas, porque son
el alimento de animales micros¬cópicos (el zooplancton) que a su vez son
devorados por pe¬queños crustáceos (como los de mi mundo de cristal núme¬ro
4210), a su vez devorados por peces pequeños, a su vez devorados por los
grandes, a su vez devorados por los de-lfines, las ballenas y los hombres. La
destrucción de las algas en la base de la cadena alimentaria determina el
colapso de ésta. Existen, en la tierra y en el agua, muchas cadenas
ali¬mentarias, y todas parecen vulnerables a los daños produci¬dos por las
radiaciones ultravioleta. Por ejemplo, las bacte¬rias de las raíces de los
arrozales que fijan el nitrógeno del aire son sensibles a la luz ultravioleta;
un incremento de ésta podría poner en peligro las cosechas y posiblemente
com-prometer incluso el abastecimiento alimentario humano. Los estudios de
laboratorio sobre cosechas a latitudes medias in¬dican que muchas resultan
desfavorablemente afectadas por la luz ultravioleta cercana que se filtra al
adelgazarse la capa de ozono.
Al permitir la destrucción de la capa de ozono y el au¬mento de la
intensidad de la radiación ultravioleta en la su¬perficie terrestre, estamos
planteando retos de gravedad des¬conocida pero inquietante al tejido de la vida
planetaria. Ignoramos las complejas dependencias mutuas de los seres de la
Tierra y cuáles serán las consecuencias derivadas de la desaparición de algunos
microbios especialmente vulnerables de los que dependen organismos mayores.
Estamos tirando del tapiz biológico planetario y no sabemos si sólo
arrancare¬mos un hilo o si se desbaratará todo el tejido.
Nadie cree que la capa de ozono en su totalidad corra pe¬ligro de
desaparición inminente. Aunque nos neguemos con terquedad a reconocer el
riesgo, no quedaremos reducidos a la asepsia de la superficie marciana,
ametrallada por las radia¬ciones ultravioleta del Sol que llegan hasta allí sin
ningún estorbo; pero se estima muy peligrosa una reducción global de sólo el 10
% del volumen de ozono, y muchos científicos creen que la actual dosis de CFC
en la atmósfera determina¬rá ese resultado.
En 1974, F. Sherwood Rowland y Mario Molina, de la Universidad de
California, fueron los primeros en advertir que los CFC —cerca de un millón de
toneladas inyectadas cada año en la estratosfera— podían dañar gravemente la
capa de ozono. Experimentos y cálculos subsiguientes de científicos de todo el
mundo han confirmado su hallazgo. En un principio, algunos cálculos ratificaron
la existencia del efecto, pero indicaron que era menos serio de lo que decían
Rowland y Molina; otros señalaron que sería más grave. (Casi siempre que se
produce un nuevo descubrimiento otros investigadores tratan de determinar su
solidez.) Sin em¬bargo, los cálculos se asentaron más o menos hacia donde
Rowland y Molina habían dicho (y en 1995 compartieron el premio Nóbel de
química por su trabajo).
La empresa DuPont, que vendía CFC a razón de unos 600 millones de dólares
al año, publicó cartas en periódicos y revistas científicas, y sus
representantes declararon ante comi¬siones del Congreso que no estaba
demostrado que los CFC representasen un peligro para la capa de ozono, que se
había exagerado mucho o que la conclusión se basaba en un razo¬namiento
científico defectuoso. Sus cartas comparaban a los «teóricos y algunos
legisladores», que exigían la prohibición de los CFC, con los «investigadores y
la industria de los ae¬rosoles», dispuestos a contemporizar. Afirmaban que «los
responsables primarios eran... otros productos químicos» y advirtieron del
riesgo de «empresas destruidas por una pre¬matura acción legislativa».
Aseguraban que «no había eviden¬cia suficiente» sobre la cuestión y prometían
iniciar una investigación de tres años, pasados los cuales se podría hacer
algo. Una empresa poderosa y próspera no estaba dispuesta a arriesgar
centenares de millones de dólares al año sólo por lo que dijeran unos pocos
fotoquímicos. Cuando la teoría que¬dó demostrada sin resquicio de duda,
declararon que aún era demasiado pronto para considerar la oportunidad de hacer
cambios. En cierto modo venían a decir que la fabricación de los CFC se
interrumpiría tan pronto como la capa de ozono hubiese quedado irreparablemente
dañada. Claro que para entonces era probable que ya no existieran clientes.
Una vez los CFC llegan a la alta atmósfera, no hay medio de eliminarlos
(tampoco es posible enviar ozono desde aquí, donde es un contaminante, hacia
donde se necesita). Los efectos de los CFC ya presentes en el aire perdurarán
alrede¬dor de un siglo. En consecuencia, Sherwood Rowland, otros científicos y
el Consejo de Defensa de los Recursos Natura¬les de Washington exigieron la
prohibición de los clorofluorocarbonos. Hacia 1978 los aerosoles de CFC fueron
decla¬rados ilegales en Estados Unidos, Canadá, Noruega y Suecia. Sin embargo,
la mayor parte de la producción de CFC no se destinaba a aerosoles. La
inquietud pública se calmó momentáneamente, la atención se desvió hacia otra
parte y el conte¬nido de CFC en el aire siguió aumentando. El volumen de cloro
atmosférico llegó a ser el doble del que había cuando Rowland y Molina dieron
la alarma, y cinco veces el existen¬te en 1950.
Durante años, el British Antartic Survey, un equipo de científicos
instalado en la bahía de Halley, en el continente Antártico, había estado
midiendo la capa de ozono sobre sus cabezas. En 1985 anunciaron la
desconcertante noticia de que el ozono primaveral se había reducido a casi la
mitad del re¬gistrado unos años antes. El descubrimiento fue confirmado por un
satélite de la NASA. Faltan ahora dos tercios del ozo¬no primaveral sobre la
Antártida. Hay un agujero en la capa antártica de ozono. Ha aparecido cada
primavera desde fina¬les de la década de los setenta. Aunque se cierra en
invierno, parece durar cada vez más tiempo en primavera. Ningún científico
había previsto algo así.
Como es lógico, el descubrimiento hizo que se repitieran las peticiones
de prohibición de los CFC (igual que había su¬cedido cuando se descubrió que
éstos contribuían al calenta¬miento global provocado por el efecto invernadero
del dióxi¬do de carbono). Pero a los ejecutivos industriales parecía costarles
comprender la naturaleza del problema. Richard C. Barnett, presidente de la
Alianza para una Política Responsa¬ble sobre los CFC —integrada por sus
fabricantes— llegó a decir: «La suspensión inmediata y completa de los CFC que
algunos solicitan tendría horrendas consecuencias. Varias in¬dustrias tendrían
que cerrar por falta de productos alternati¬vos; el remedio mataría al
paciente.» Sin embargo, no debe¬mos olvidar que el paciente no es «algunas
industrias», sino que podría ser la vida en la Tierra.
La Asociación de Fabricantes de Productos Químicos consideraba «muy
improbable que [el agujero de la Antárti¬da] tenga una significación global...
Incluso en la otra región más semejante del mundo, el Ártico, la meteorología
descar¬ta de hecho una situación similar».
Posteriormente se encontraron en el agujero de ozono mismo niveles
incrementados de cloro reactivo, lo que con¬tribuyó a confirmar la implicación
de los CFC. Mediciones próximas al polo norte indican que también está
surgiendo un agujero de ozono en el Ártico. Un estudio de 1996 titula¬do
«Confirmación por satélite del predominio de clorofluorocarbonos en el balance
de cloro estratosférico global» llega a la conclusión extraordinariamente
tajante (para tratarse de un artículo científico) de que los CFC se hallan
implicados en la mengua del ozono «más allá de cualquier duda razona¬ble». La
acción del cloro procedente de los volcanes y la es¬puma marina —al contrario
de lo postulado por algunos co¬mentaristas radiofónicos de derechas— es, como
mucho, responsable del 5 % del ozono destruido.
En las latitudes septentrionales, donde se concentra la mayor parte de la
población de la Tierra, el volumen de ozo¬no parece haber estado menguando de
forma constante al menos desde 1969. Es cierto que hay fluctuaciones —los
ae¬rosoles volcánicos en la estratosfera, por ejemplo, contribu¬yen a reducir
durante un año o dos los niveles de ozono an¬tes de posarse—, pero según la
Organización Meteorológica Mundial, el descubrimiento de disminuciones del 30 %
en las latitudes septentrionales medias durante algunos meses del año, y hasta
del 45 % en ciertas áreas, constituye un motivo de alarma. Así no hará falta
que pasen muchos años para que la vida bajo la menguante capa de ozono se
encuentre, con toda probabilidad, en apuros.
La ciudad de Berkeley (California) prohibió los envases de espuma sólida
de CFC utilizados en muchos comercios para mantener caliente la comida. La
cadena de hamburgueserías McDonald's se comprometió a eliminar de sus envases
los CFC más dañinos. Finalmente, y ante la amenaza de re¬gulaciones oficiales y
del boicot de los consumidores, en 1988, catorce años después de que hubiera
sido identificado el peligro de los CFC, DuPont anunció que reduciría
paula¬tinamente la producción de estos compuestos, pero que no la abandonaría
por completo antes del año 2000. Otros pro¬ductores norteamericanos ni siquiera
prometieron eso. Sin embargo, Estados Unidos sólo era responsable del 30 % de
la producción mundial de clorofluorocarbonos. La amenaza a largo plazo sobre la
capa de ozono era global. Estaba claro, pues, que también tendría que serlo la
solución.
En septiembre de 1987, los representantes de muchas de las naciones
productoras y consumidoras de CFC se reunie¬ron en Montreal para considerar la
posibilidad de un acuerdo que limitase su empleo. En un principio, Gran
Bretaña, Italia y Francia, presionadas por sus poderosas industrias químicas (y
este último país por sus fabricantes de perfumes), sólo participaron en el
debate a regañadientes, pues temían que DuPont escondiera en la manga un
sustitutivo y sospechaban que Estados Unidos quería prohibir los CFC para
aumentar la competitividad global de una de sus mayores empresas. Naciones como
Corea del Sur ni siquiera comparecieron. La delegación china no firmó el
tratado. Se dice que Donald Hodel, secretario de Interior estadounidense (un
conserva¬dor nombrado por Reagan y enemigo de los controles oficia¬les),
sugirió que, en vez de limitar la producción de CFC, to¬dos lleváramos gafas de
sol y sombrero. Esta opción no está al alcance de los microorganismos en la
base de la cadena alimentaria que mantiene la vida en la Tierra. Pese a tal
opinión, Estados Unidos firmó el Protocolo de Montreal. Fue verda-deramente
inesperado que eso ocurriera durante el espasmo antiambientalista de la última
administración de Reagan (a menos que el temor de los competidores europeos de
Du¬Pont estuviese realmente fundado). Sólo en Estados Unidos había que
reemplazar 90 millones de acondicionadores de aire para coches y 100 millones
de frigoríficos, lo que repre¬sentaba un sacrificio considerable en aras del
medio ambien¬te. Hay que reconocer un mérito sustancial al embajador Ri¬chard
Benedick, que encabezó la delegación norteamericana en Montreal, y a la primera
ministra británica Margaret Thatcher, quien, por haber cursado estudios de
química, com-prendió la cuestión.
El Protocolo de Montreal fue reforzado después por dos acuerdos
adicionales firmados en Londres y Copenhague. A la hora en que escribo, 156
naciones, incluyendo las repúbli¬cas de la ex Unión Soviética, China, Corea del
Sur e India, han firmado el tratado. (Algunos países se preguntan por qué
tienen que olvidarse de los frigoríficos y acondicionadores de aire que emplean
CFC justo cuando sus industrias empiezan a desarrollarse, y cuando Japón y
Occidente ya han sacado todo el partido de éstos. Se trata de una
reivindicación justa, aunque denota una gran estrechez de miras.) Se acordó una
reducción progresiva de la producción de CFC hasta su total supresión en el año
2000, plazo que luego se anticipó a 1996. China, cuyo consumo de CFC durante la
década de los ochenta aumentaba en un 20 % anual, accedió a reducir su uso y
renunció al periodo de gracia de 10 años que le conce¬día el acuerdo. DuPont es
ahora una empresa líder en la su¬presión de los CFC y se ha comprometido a una
reducción más rápida que la de muchas naciones. El volumen de
clorofluorocarbonos en la atmósfera está menguando apreciablemente. Lo malo es
que tendremos que dejar de producirlos por completo y luego aguardar un siglo a
que la atmósfera se limpie por sí sola. Cuanto más nos demoremos, cuantas más
sean las naciones que persistan en la producción de estos compuestos, mayor
será el peligro.
Está claro que el problema se resolverá cuando se en¬cuentre un sustituto
barato y eficaz de los CFC que no cause daño ni a nosotros ni al medio
ambiente. Ahora bien, ¿y si no existe? ¿Y si el mejor sustituto es más caro que
los CFC? ¿Quién pagará las investigaciones y quién asumirá la diferen¬cia de
precio, el consumidor, el Gobierno o la industria quí¬mica, que nos metió en
este atolladero y sacó partido de ello? ¿Proporcionan las naciones
industrializadas que se beneficia¬ron de la tecnología de los CFC una ayuda
significativa a los estados en vías de industrialización que no tuvieron esa
ven¬taja? ¿Y si necesitamos 20 años para asegurarnos que el sustituto no causa
cáncer? ¿Qué hay de las radiaciones ultra-violeta que ahora mismo inciden sobre
el océano Antártico? ¿Qué decir de los CFC que siguen produciéndose y que
con¬tinuarán ascendiendo hasta la capa de ozono hasta el mo¬mento de su total
prohibición?
Se dispone ya de un sustituto o, mejor dicho, un remedio temporal. Los
CFC están siendo provisionalmente reempla¬zados por los HCFC, moléculas
similares pero con átomos de hidrógeno. Por ejemplo:
Siguen siendo dañinos para la capa de ozono, aunque mucho menos; como los
CFC, contribuyen significativa¬mente al calentamiento global y, al menos al
principio de su producción, resultan más caros. Pero responden a una nece¬sidad
inmediata: la protección de la capa de ozono. Los HCFC fueron desarrollados por
DuPont, si bien después de los descubrimientos efectuados en la bahía de
Halley, o eso jura la empresa.
El bromo es, átomo por átomo, al menos cuarenta veces más activo en la
destrucción del ozono estratosférico que el cloro. Por fortuna, resulta mucho
más raro que éste. Llega a la atmósfera en halones empleados como extintores de
incen¬dios, y en el bromuro de metilo,
empleado para fumigar la tierra y el grano almacenado. Entre 1994 y 1996
las naciones industrializadas acordaron reducir progresivamente la producción
de estas sustancias a partir de este último año, pero sin suprimirla del todo
hasta el 2030. Dado que no existen sustitutos para los halones, puede surgir la
tentación de seguir empleándolos, prohibidos o no. Mien¬tras tanto, un
importante reto tecnológico consiste en hallar una solución a largo plazo mejor
que los HCFC, quizás otra brillante síntesis de una nueva molécula, o bien algo
comple¬tamente distinto (por ejemplo, frigoríficos acústicos carentes de
fluidos portadores de peligros sutiles). Aquí hay sitio para la invención y la
creatividad. Tanto las ventajas económicas como el beneficio a largo plazo para
las especies y el planeta serían considerables. Me gustaría ver empeñada en
afán tan meritorio la enorme destreza técnica invertida en los labora¬torios de
armas nucleares, ahora moribundos tras el final de la guerra fría. Me gustaría
saber de ayudas generosas y pre¬mios irresistibles para la invención de maneras
convenientes, seguras y razonablemente baratas de producir acondiciona¬dores de
aire y frigoríficos cuya fabricación resulte accesible también a las naciones
en vías de desarrollo.
El Protocolo de Montreal reviste importancia por la magnitud de los
cambios acordados, pero sobre todo por su orientación. Lo que quizá resultó más
sorprendente fue que se aprobase la prohibición de los CFC cuando aún no estaba
claro si existiría una alternativa factible. La conferencia de Montreal fue
patrocinada por el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, cuyo director,
Mostafá K. Tolba, la descri¬bió como «el primer tratado verdaderamente global
que brinda protección a todo ser humano».
Es estimulante que seamos capaces de reconocer peligros nuevos e
inesperados, que la especie humana logre unirse para trabajar en nombre de
todos sobre una cuestión semejante, que las naciones ricas estén dispuestas a
una participación jus-ta en los costes y que empresas con mucho que perder no
sólo cambien de opinión, sino que vean en una crisis de tal calibre nuevas
oportunidades de prosperidad. La prohibición de los CFC proporciona lo que en
matemáticas se conoce como un teorema de existencia, la demostración de que
algo imposible a juzgar por lo que uno sabe puede hacerse de hecho realidad.
Hay motivos para un optimismo cauteloso.
El cloro parece haber alcanzado en la estratosfera una proporción máxima
de cuatro partes por cada mil millones. La cantidad de cloro está disminuyendo,
pero, al menos en parte a causa del bromo, no se espera que la capa de ozono se
restablezca pronto.
Evidentemente, aún es demasiado temprano para relajar¬nos por completo en
cuanto a la protección de la capa de ozono. Tenemos que asegurarnos que la
fabricación de es¬tos materiales quede interrumpida en todo el mundo casi por
completo. Hace falta un mayor esfuerzo investigador para hallar sustitutos
seguros. Se necesita un exhaustivo reconoci¬miento de la capa de ozono a escala
global (desde estaciones terrestres, aviones y satélites en órbita*), al menos
tan concienzudo como el que dedicaríamos a un ser querido que su¬friese de
palpitaciones cardíacas. Tenemos que saber en qué medida las erupciones
volcánicas ocasionales, el calentamien¬to continuado o la introducción de
productos químicos nue¬vos en la atmósfera del planeta imponen nuevas tensiones
so¬bre la capa de ozono.
Poco después de la firma del Protocolo de Montreal co¬menzaron a
descender los niveles de cloro. A partir de 1994 han bajado los niveles
estratosféricos de cloro y bromo jun¬tos. Se ha estimado que, si disminuyen
también los niveles de bromo por separado, con la llegada del siglo XXI la capa
de ozono iniciará una recuperación a largo plazo. Si no se hu¬biesen
establecido controles de CFC hasta el 2010, el cloro habría alcanzado niveles
tres veces superiores a los actuales, el agujero de la capa de ozono sobre la
Antártida persistiría hasta mediado el siglo XXII y la mengua primaveral del
ozono en las latitudes septentrionales medias podría haber alcanza¬do más del
30 % (una magnitud abrumadora en palabras de Michael Prather, compañero de
Rowland en Irvine).
En Estados Unidos sigue habiendo cierta resistencia por parte de las
industrias de la refrigeración, de los «conserva¬dores» extremistas y de
algunos congresistas republicanos. Tom DeLay, líder de la mayoría republicana
en la Cámara de Representantes, consideraba en 1996 que «la ciencia que subyace
tras la prohibición de los CFC es discutible» y que el Protocolo de Montreal es
«el resultado del pánico suscitado por los medios de comunicación». John
Doolittle, otro re¬presentante republicano, insistía en que el vínculo causal
en¬tre la mengua de ozono y los CFC «sigue estando muy abierto al debate». En
respuesta a un periodista que le recor¬dó el talante crítico y escéptico con
que los expertos habían revisado todos y cada uno de los artículos que
establecieron ese vínculo, Doolittle replicó: «No voy a enredarme en re¬visar a
fondo una superchería.» Para el país sería mejor que lo hiciera. La revisión
crítica a fondo es, de hecho, el gran detector de supercherías. El juicio de la
comisión Nóbel fue diferente. Al conceder el premio a Rowland y Molina —cu¬yos
nombres debería conocer todo escolar— los alabó por haber «contribuido a
salvarnos de un problema ambiental global que podría haber tenido consecuencias
catastróficas». Es difícil entender cómo pueden oponerse los «conservado¬res» a
salvaguardar el entorno del que depende la vida de to¬dos nosotros, incluidos
ellos mismos y sus hijos. ¿Qué es exactamente, pues, lo que están conservando
los conservadores?
Los elementos cruciales de la historia del ozono son como los de muchas
otras amenazas ambientales. Comen¬zamos vertiendo alguna sustancia en la
atmósfera. No exami¬namos a conciencia su impacto ambiental porque el estudio
sería caro o retrasaría la producción y menguaría los bene¬ficios, o porque los
responsables no quieren escuchar argu¬mentos en contra, o porque no se ha
recurrido al mejor talento científico, o sencillamente porque somos humanos y
falibles y se nos ha pasado algo por alto. Entonces, de repen¬te, nos
enfrentamos con un peligro por completo inesperado y de dimensiones planetarias
que quizá manifieste sus conse-cuencias más ominosas al cabo de décadas o
siglos. No cabe resolver el problema localmente o a corto plazo.
En todos los casos la lección es clara. No siempre somos lo bastante
inteligentes o prudentes para prever todas las consecuencias de nuestras
acciones. La invención de los clorofluorocarbonos fue un logro brillante, pero
por muy inge¬niosos que pareciesen en su momento los químicos responsa¬bles no
lo fueron lo suficiente. Los CFC eran inertes hasta el punto de sobrevivir para
alcanzar la capa de ozono. El mun¬do es complejo. El aire, tenue. La
naturaleza, sutil. Nuestra capacidad de hacer daño, grande. Debemos ser más
cuidado¬sos y menos tolerantes en lo que a la contaminación de este frágil
planeta se refiere.
Tenemos que alcanzar cotas significativamente superiores de higiene
planetaria y de recursos científicos destinados a observar y entender el mundo.
Debemos empezar a pensar y actuar no sólo en términos de nuestro país y de
nuestra gene-ración (y mucho menos de los beneficios de una determinada
industria) sino en interés del vulnerable planeta Tierra en su totalidad y de
las generaciones futuras. El agujero de la capa de ozono es una especie de
mensaje escrito en el cielo. Al principio parecía expresar nuestra continuada
complacencia ante una poción mágica de peligros mortales, pero quizás ex¬prese
en realidad un talento recién hallado para trabajar jun¬tos con el fin de
proteger el medioambiente global. El Proto-colo de Montreal y sus enmiendas
representan un triunfo y un motivo de gloria para la especie humana.
11. EMBOSCADA: EL CALENTAMIENTO
DEL MUNDO
Apostados están contra sus propias vidas.
Proverbios, 1: 18
Hace 300 millones de años la Tierra estaba cubierta de vastos pantanos.
Cuando los helechos, equisetos y licopodios murieron, quedaron enterrados bajo
el fango. Con el paso de los siglos, sus restos fueron hundiéndose cada vez más
y transformándose lentamente en un sólido orgánico y duro que llamamos carbón.
En otros lugares y épocas, cantidades inmensas de plantas y animales
unicelulares murieron, descendieron al fondo marino y fueron cubiertos por los
sedimentos. Tras un extraordinariamente lento proceso de descomposición, sus
restos acabaron convirtiéndose en líquidos y gases orgánicos que llamamos
petróleo y gas natural. (Una parte del gas natural podría ser primordial, no de
origen biológico sino incorporado en la corteza terrestre durante su formación.)
Al principio del proceso evolutivo los seres hu¬manos sólo tenían contacto con
estos extraños materiales en raras ocasiones en que eran transportados a la
superficie terrestre. Se piensa que la filtración de petróleo y gas y su
ignición por el rayo están en el origen de la «llama eterna», elemento central
de las religiones de la antigua Persia adoradoras del fuego. Marco Polo suscitó
la incredulidad de muchos expertos europeos de la época al referir la
descabellada histo¬ria de que en China se extraían unas rocas negras que ardían
cuando se les prendía fuego.
Con el tiempo los europeos reconocieron la utilidad po¬tencial de
aquellos materiales de transporte fácil y ricos en energía. Eran mucho mejores
que la leña, ya que servían tan¬to para calentar una casa como para alimentar
un horno, po¬ner en marcha una máquina de vapor, generar electricidad, impulsar
la industria o hacer funcionar trenes, coches, barcos y aviones. Tenían,
además, inestimables aplicaciones milita¬res. Así pues, aprendimos a sacar el
carbón de la tierra y a perforar el terreno para hacer brotar el gas y el
petróleo pro¬fundamente enterrados y comprimidos por el peso enorme de las
rocas. Estas sustancias proporcionaron la propulsión que hizo posible nuestra
civilización tecnológica global. No es exagerado afirmar que, en cierto
sentido, mueven el mun¬do. Como siempre, sin embargo, hay que pagar un precio.
El carbón, el petróleo y el gas natural reciben el nombre genérico de
combustibles fósiles, porque están constituidos fundamentalmente por los restos
fósiles de seres que vivieron hace tiempo. La energía química que contienen
viene a ser luz solar almacenada, captada en origen por plantas pretéri¬tas.
Nuestra civilización funciona a base de quemar los restos de criaturas humildes
que poblaron la Tierra centenares de millones de años antes de que entraran en
escena los prime¬ros seres humanos. Como si de un tétrico culto caníbal se
tratara, subsistimos gracias a los cadáveres de nuestros ante¬cesores y
parientes lejanos.
Si pensamos en los tiempos en que el único combustible era la madera,
cabe comprender hasta cierto punto los bene¬ficios que los combustibles fósiles
nos han proporcionado. Han contribuido también a crear vastas industrias a
escala global con un inmenso poder financiero y político; de ellos dependen
asimismo industrias total o parcialmente subsidiarías (en el primer caso,
coches, aviones, etc.; en el segundo, productos químicos, fertilizantes, etc.).
Esa dependencia im¬plica que las naciones llegarán hasta donde sea en su afán
de conservar sus fuentes de abastecimiento. Los combustibles fósiles fueron un
factor importante en la gestación de las dos Guerras Mundiales. La agresión del
Japón al inicio de la Se¬gunda Guerra Mundial se explicó y justificó sobre la
base de que estaba obligado a salvaguardar sus fuentes de petróleo. Un ejemplo
más cercano de que la importancia política y mi-litar de los combustibles
fósiles sigue siendo considerable lo constituye la guerra del Golfo Pérsico, en
1991.
Cerca del 30 % de todas las importaciones norteamerica¬nas de petróleo
proceden del Golfo Pérsico. Hay meses en que Estados Unidos importa más de la
mitad del crudo que consume, lo que representa más del 50 % del déficit de su
ba¬lanza de pagos. Estados Unidos destina mil millones de dóla¬res por semana,
como mínimo, a dichas importaciones. Chi¬na, con su creciente demanda de
automóviles, podría alcanzar el mismo nivel a principios del siglo XXI. Cifras
similares se aplican a Europa occidental. Los economistas proponen mo¬delos en
los que el incremento del precio del petróleo genera inflación, subida de los
tipos de interés, reducción de la inver¬sión en nuevas industrias, paro y
recesión económica. Quizá nunca se hagan realidad, pero todo esto es una posible
con¬secuencia de nuestra adicción al petróleo, que empuja a las naciones a
adoptar políticas que de otro modo serían consi¬deradas inmorales y temerarias.
Considérese al respecto el si¬guiente comentario hecho en 1990 por el
columnista Jack Anderson, que expresa una opinión muy difundida: «Por
im¬popular que resulte la idea, Estados Unidos debe seguir sien¬do el gendarme
del mundo. En un plano puramente egoísta, los norteamericanos necesitan lo que
el mundo posee, y la necesidad preeminente es el petróleo.» Según Bob Dole,
en¬tonces líder de la minoría en el Senado, la guerra del Golfo —que puso en
peligro las vidas de 200.000 jóvenes estadounidenses— fue emprendida «sólo por
una razón: el petróleo».
A la hora en que escribo, el coste nominal del barril de crudo es de casi
veinte dólares, mientras que las reservas cer¬tificadas o «confirmadas» de
petróleo alcanzan casi un billón de barriles. Veinte billones de dólares es
cuatro veces la deu¬da nacional de Estados Unidos, la mayor del mundo. Oro
negro, desde luego.
La producción global de petróleo alcanza los 20.000 mi¬llones de barriles
anuales, de manera que cada año consumi¬mos cerca del 2 % de las reservas
confirmadas. Uno podría pensar que las agotaremos pronto, quizás en los
próximos 50 años. Sin embargo, seguimos hallando nuevas reservas. Las
predicciones de que nos quedaríamos sin petróleo para tal o cual fecha se han
demostrado infundadas. Es verdad que la cantidad de petróleo, gas natural y
carbón en el mundo es fi¬nita, pero parece improbable que vayamos a agotar los
com¬bustibles fósiles pronto. El único problema es que resulta cada vez más
caro encontrar reservas inexplotadas, que la economía mundial puede sufrir un
colapso si cambian de golpe los precios del petróleo, y que los países están
dispues¬tos a guerrear para conseguirlo. También, existe, naturalmen¬te, el
coste ambiental.
El precio que pagamos por los combustibles fósiles no se mide sólo en
dólares. Las «fábricas satánicas» de la Inglaterra de los primeros años de la
Revolución Industrial contamina¬ron el aire y causaron una epidemia de
enfermedades respi-ratorias. La niebla londinense, popular gracias a las
dramatizaciones de Holmes y Watson, Jekyll y Hyde y Jack el Destripador y sus
víctimas, era una letal contaminación de origen doméstico e industrial, en
buena parte debida a la combustión de carbón. Hoy los automóviles emiten gases
de escape y las ciudades están plagadas de smog, que afecta la sa¬lud, la
felicidad y la productividad de las mismas personas que generan los
contaminantes. Sabemos también de la lluvia ácida y de las catástrofes
ecológicas causadas por los vertidos de petróleo. Sin embargo, la opinión
predominante siempre ha sido que tales azotes a nuestra salud y al medio
ambiente quedaban más que compensados por los beneficios que apor-taban los
combustibles fósiles.
Ahora, sin embargo, los gobiernos y pueblos de la Tierra son cada vez más
conscientes de otra peligrosa consecuencia del uso de combustibles fósiles: al
quemar carbón, petróleo o gas natural estamos combinando el carbono del
combustible fósil con el oxígeno del aire. Esta reacción química libera una
energía encerrada durante quizá 200 millones de años. Ahora bien, al combinar
un átomo de carbono, C, con una molécu¬la de oxígeno, O2, se forma también una
molécula de dióxido de carbono, CO2,
C + O2 -> CO2
y el CO2 es uno de los gases responsables del efecto inverna¬dero.
¿Qué es lo que determina la temperatura media de la Tie¬rra, el clima
planetario? La cantidad de calor que emana del centro de la Tierra es
despreciable en comparación con la que llega a su superficie procedente del
Sol. Si éste se apagase, la temperatura del planeta descendería tanto que el
aire se con¬gelaría, y la Tierra quedaría cubierta por una capa de nieve de
nitrógeno y oxígeno de unos diez metros de espesor. Sabe¬mos cual es la
cantidad de luz solar que incide sobre el plane¬ta y lo calienta; ¿podemos
calcular entonces cuál debería ser la temperatura media de la superficie
terrestre? De hecho, se trata de un cálculo fácil, tanto que se enseña en
cursos ele¬mentales de astronomía y meteorología (otro ejemplo del poder y la
belleza de la cuantificación).
La cantidad de luz solar absorbida por la Tierra tiene que igualar, por
término medio, la energía devuelta al espacio.
Por lo común no pensamos que el planeta irradia energía al espacio, y
cuando volamos de noche no vemos relucir el sue¬lo en la oscuridad (excepto
sobre las ciudades), pero esto es porque sólo percibimos la luz visible
ordinaria, a la que son sensibles nuestros ojos. Si mirásemos más allá de la
luz roja, dentro de la banda infrarroja térmica del espectro —unas veinte veces
la longitud de onda de la luz amarilla—, vería¬mos brillar la Tierra con una
luz infrarroja propia, fantasmal y fría, más en el Sahara que en la Antártida,
más de día que de noche. No se trata de luz solar reflejada, sino del propio
ca¬lor del planeta. Cuanta más energía le llegue a la Tierra procedente del
Sol, más energía irradiará aquélla al espacio. Cuanto más caliente esté el
planeta, más relucirá en la oscuridad.
Lo que determina el calor terrestre depende de la fuerza del Sol y de la
reflectancia del planeta. (Todo lo que no es re¬flejado al espacio es absorbido
por el suelo, las nubes y el aire. Si la Tierra fuese perfectamente
reflectante, los rayos del Sol no la calentarían.) La mayor parte de la luz
solar reflejada sí está en la parte visible del espectro. Igualemos, pues, la
en¬trada (que depende de cuánta luz solar absorbe el planeta) y la salida (que
depende de la temperatura de la Tierra), equili¬bremos las dos partes de la
ecuación y tendremos la tempera¬tura predicha del planeta. ¡Facilísimo! ¡No
podría serlo más! Echemos cuentas; ¿cuál es la respuesta?
Nuestros cálculos nos dicen que la temperatura media de la Tierra debería
ser de unos 20 °C bajo cero. Los océanos deberían estar helados y todos
tendríamos que estar tiesos de frío. La Tierra debería ser un lugar hostil para
casi todas las formas de vida. ¿Dónde reside el error?
En realidad no hemos errado en los cálculos; sencilla¬mente hemos dejado
algo fuera: el efecto invernadero. He¬mos supuesto de manera implícita que la
Tierra carece de atmósfera. Aunque el aire es transparente a las longitudes de
onda visibles (excepto en lugares como Denver y Los Ángeles), se muestra mucho
más opaco en la parte infrarroja térmica del espectro. Esto tiene una gran
significación. Algu¬nos de los gases en el aire que nos rodea —dióxido de
carbo¬no, vapor de agua, ciertos óxidos de nitrógeno, metano y
clorofluorocarbonos— absorben mucha luz infrarroja, aunque sean completamente
transparentes a la luz visible. Si se colo¬ca una capa de esa materia sobre el
suelo, la luz solar visible sigue entrando, pero cuando la superficie la
irradia en forma de luz infrarroja, es absorbida por la manta de gases
(transpa¬rente a la luz visible, semiopaca a la infrarroja) en vez de
dis-persarse en el espacio.
Como resultado, la Tierra tiene que calentarse algo para lograr el
equilibrio entre la luz solar incidente y la radiación infrarroja emitida. Si
calculamos el grado de opacidad de esos gases en el infrarrojo y cuánto calor
planetario interceptan, tendremos la respuesta adecuada. Así descubrimos que,
por término medio (tomando en consideración las estaciones del año, las
latitudes y los momentos del día) la superficie terres¬tre debería estar a unos
13 °C sobre cero. Por eso los océanos no se congelan y el clima resulta
adecuado para nuestra espe¬cie y nuestra civilización.
La vida depende de un equilibrio delicado de gases invisi¬bles que son
componentes menores de la atmósfera terrestre. Un poco de efecto invernadero es
bueno. Ahora bien, si aña¬dimos más gases de éstos —como hemos estado haciendo
desde el inicio de la Revolución Industrial—, absorberán más radiación
infrarroja. Estamos haciendo más gruesa la manta, y con ello calentando más la
Tierra.
A los políticos y a la gente en general todo esto (gases in¬visibles,
mantas infrarrojas, cálculos de físicos) tal vez les pa¬rezca un poco
abstracto. ¿Acaso no necesitamos más pruebas de que existe realmente un efecto
invernadero y de que su exceso puede ser peligroso antes de tomar decisiones
difíciles que suponen un gasto de dinero? En el carácter del planeta más
próximo al nuestro, la amable naturaleza nos ha proporcionado un recordatorio
aleccionador. Venus se halla un poco más cerca del Sol que la Tierra, pero sus
espesas nubes son tan brillantes que, de hecho, absorbe menos luz solar que la
Tierra. Al margen del efecto invernadero, su superficie de¬bería ser más fría
que la terrestre. Venus tiene un tamaño y una masa parecidos a los de nuestro
planeta, de lo que cabría deducir, ingenuamente, que posee un medio ambiente
agradable semejante al de aquí y en definitiva adecuado para el turismo. Sin
embargo, si enviáramos una nave espacial a tra¬vés de esas nubes —en buena
parte constituidas por ácido sulfúrico— como hizo la Unión Soviética con las
sondas es¬paciales Venera, descubriríamos una atmósfera muy densa, formada en
su mayor parte por dióxido de carbono, con una presión al nivel de la
superficie 90 veces superior a la terres¬tre. Si asomáramos un termómetro, como
hicieron las naves Venera, registraríamos una temperatura de unos 470 °C,
sufi-ciente para fundir el estaño o el plomo. Esas temperaturas superficiales,
superiores a las del horno doméstico más pode¬roso, se deben al efecto
invernadero, en gran medida fruto de la espesa atmósfera de dióxido de carbono
(hay también pe¬queñas cantidades de vapor de agua y otros gases que ab¬sorben
el infrarrojo). Venus constituye una demostración práctica de que un incremento
en los gases responsables del efecto invernadero puede tener consecuencias
desagradables. Es un buen sitio para enseñar a quienes en las tertulias
ra¬diofónicas insisten en que el efecto invernadero es un en¬gaño.
Cuanto más aumenta la población humana de la Tierra y se amplían nuestros
poderes tecnológicos, más gases que ab¬sorben el infrarrojo lanzamos a la
atmósfera. Existen proce¬sos naturales que eliminan esos gases del aire, pero
estamos produciéndolos a un ritmo tal que estos mecanismos natura¬les de
eliminación se ven superados. A través de la quema de combustibles fósiles por
un lado y la destrucción de árboles (que absorben el CO2 y lo convierten en
madera) por otro,
somos responsables de verter cada año al aire 7.000 millones de toneladas
de dióxido de carbono.
En el gráfico de la página 139 se puede apreciar el au¬mento de dióxido
de carbono en la atmósfera terrestre regis¬trado en los últimos años. Los datos
proceden del observato¬rio atmosférico de Mauna Loa, en Hawai. Las islas Hawai
no están demasiado industrializadas ni han sido escenario de la quema extensiva
de bosques (lo que introduce más CO2 en el aire). El incremento de dióxido de
carbono detecta¬do en Hawai con el paso del tiempo procede de actividades a
escala planetaria. El dióxido de carbono llega hasta allí trans¬portado por la
circulación atmosférica global y cada año se registra una elevación y una
disminución del dióxido de car¬bono. La culpa es de los árboles de hoja caduca,
que en vera¬no captan CO2 atmosférico, pero en invierno, desnudos, de¬jan de
hacerlo. Superpuesta a esa oscilación anual se aprecia de manera absolutamente
inequívoca una tendencia crecien¬te a largo plazo. La concentración de CO2 en
la atmósfera ha superado ya las 350 partes por millón; es más alta que en
cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Los incrementos de
clorofluorocarbonos han sido los más rápi¬dos —cerca de un 5 % al año— en razón
del desarrollo mun¬dial de la industria de los CFC, aunque ahora comienzan a
disminuir*. Por culpa de la agricultura y de la industria, aumentan también
otros gases invernadero, como el metano.
Puesto que sabemos en qué medida están aumentando los gases invernadero y
afirmamos conocer la opacidad infra¬rroja resultante, ¿no podríamos calcular el
incremento de temperatura en las últimas décadas a consecuencia del au¬mento de
CO2 y otros gases? Sí podemos, pero tenemos que proceder con cuidado. Debemos
recordar que el Sol pasa por un ciclo de 11 años, a lo largo de los cuales
cambia un tanto el volumen de energía que emite. Hemos de tener en cuenta que
cuando los volcanes entran en erupción inyectan en la estratosfera finas
gotitas de ácido sulfúrico, con lo que más luz solar es reflejada hacia el
espacio y la Tierra se enfría algo; se ha calculado que una gran erupción es
capaz de hacer ba¬jar la temperatura mundial en casi un grado Celsius durante
unos cuantos años. Hemos de recordar también que en la at¬mósfera inferior hay
una capa de partículas de azufre proce-dentes de las chimeneas industriales,
que si bien perjudica a las personas, enfría la Tierra. El polvo mineral
arrastrado por el viento tiene un efecto similar. Si uno toma en considera¬ción
estos factores y muchos más, y echa mano de todos los recursos de que disponen
los climatólogos en la actualidad, llegará a la conclusión de que a lo largo
del siglo XX, y en ra¬zón de la quema de combustibles fósiles, la temperatura
media de la Tierra tiene que haber aumentado unas cuantas dé¬cimas de grado.
Como es natural, a uno le gustaría comparar este cálculo con los hechos.
¿Ha aumentado siquiera la temperatura te¬rrestre (y especialmente en la medida
predicha) durante el si¬glo XX? Una vez más, tenemos que proceder con cautela.
Hay que recurrir a registros de temperaturas lejos de las ciu¬dades, porque en
éstas, debido a las industrias y a la relativa ausencia de vegetación, la
temperatura es de hecho más alta que en los campos circundantes. Hemos de
promediar ade¬cuadamente los registros en latitudes, alturas, estaciones del
año y momentos del día distintos. Debemos tener en cuenta la diferencia entre
las temperaturas tierra adentro y al lado del agua. Cuando uno hace todo esto,
los resultados parecen consecuentes con las expectativas teóricas.
En el transcurso del siglo XX la temperatura de la Tierra ha aumentado
algo, menos de 1 °C. En las curvas hay oscila¬ciones sustanciales, así como
ruido de fondo en la señal cli¬mática global. Los 10 años más cálidos desde
1860 corresponden todos a la década de los ochenta y comienzos de los noventa
del presente siglo, pese al enfriamiento planetario debido a la erupción del
volcán Pinatubo en las Filipinas en 1991. El Pinatubo vertió en la atmósfera
terrestre entre 20 millones y 30 millones de toneladas de dióxido de azufre y
aerosoles. En sólo dos meses esos materiales cubrieron las dos quintas partes
de la superficie terrestre, y al cabo de tres, toda ella. Por su violencia, fue
la segunda erupción volcánica del siglo (sólo superada por la que se produjo en
1912 en Katmai, en Alaska). Si los cálculos son correctos y no se pro¬ducen
grandes erupciones volcánicas en un futuro inmediato, hacia finales de la
década de los noventa debería reafirmarse la tendencia ascendente. En realidad
ya lo ha hecho: 1995 fue marginalmente el año más cálido registrado.
Otro modo de comprobar si los climatólogos saben lo que están haciendo
consiste en pedirles que realicen determi¬naciones retrospectivas. La Tierra ha
pasado por glaciacio¬nes. Si existen formas de medir las fluctuaciones de la
tempe¬ratura en el pasado, ¿pueden decirnos algo sobre los climas pretéritos?
El estudio de muestras de hielo extraídas de los casquetes de Groenlandia
y la Antártida ha proporcionado importantes descubrimientos acerca de la
historia del clima planetario. La tecnología de esas perforaciones deriva
directamente de la in-dustria petrolífera; así, los responsables de la
extracción de combustibles fósiles de las entrañas de la Tierra han hecho una
contribución importante para desvelar los peligros de tal pro¬ceder. Un
minucioso examen físico y químico de esas mues¬tras revela que la temperatura
planetaria y la cantidad de CO2 ascienden y descienden a la par: cuanto más
CO2, más caliente está el planeta. Los mismos modelos informáticos empleados
para comprender las tendencias de la temperatura global en las últimas décadas
reproducen correctamente el clima de las eras glaciales a partir de las
fluctuaciones en los gases invernadero en épocas anteriores. (Obviamente, nadie
está diciendo que hubiese civilizaciones preglaciares que condujeran coches de
combustión deficiente y vertiesen en la atmósfera enormes cantidades de gases
invernadero; una cierta parte de la varia¬ción en el volumen de CO2 es de
origen natural.)
En los últimos centenares de miles de años la Tierra ha sufrido diversas
glaciaciones. Hace 20.000 años, lo que hoy es Chicago se hallaba cubierto por
una capa de hielo de kiló¬metro y medio de espesor. Ahora estamos entre dos
glacia-ciones, en lo que se llama un periodo interglaciar. La diferen¬cia de
temperatura media global entre una glaciación y un periodo interglaciar es sólo
de entre 3 °C y 6 °C. Esto debería hacer sonar de inmediato los timbres de
alarma: un cambio de sólo unos pocos grados puede ser algo sumamente serio.
Con todo este bagaje, que les sirve para calibrar su com¬petencia, los
meteorólogos pueden ahora intentar predecir cómo puede cambiar el clima de la
Tierra si seguimos que¬mando combustibles fósiles y vertiendo gases invernadero
en la atmósfera a un ritmo frenético. Varios equipos científicos —equivalentes
modernos del oráculo de Delfos— han em¬pleado modelos informáticos para
calcular el incremento tér¬mico esperado y vaticinar cuánto aumentaría la
temperatura global si, por ejemplo, se doblara la cantidad de dióxido de
carbono, lo que al ritmo actual de consumo de combustibles fósiles sucederá a
finales del siglo XXI. Los principales oráculos son el Laboratorio Geofísico de
Dinámica de Fluidos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica
(NOAA), en Princeton; el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA,
en Nueva York; el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, en Boulder,
Colorado; el De¬partamento de Energía del Laboratorio Nacional Lawrence
Livermore, en California; la Universidad de Oregon; el Cen¬tro Hadley de
Predicción e Investigación Climáticas, en Gran Bretaña, y el Instituto Max
Planck de Meteorología, en Hamburgo. Todos predicen que el incremento de la
tempera¬tura media global oscilará entre 1 °C y 4 °C.
Se trata del cambio climático más rápido observado des¬de que apareció la
civilización. Si el aumento es el mínimo estimado, por lo menos las sociedades
desarrolladas e indus¬triales podrán adaptarse, no sin esfuerzo, al cambio de
cir-cunstancias. Si el aumento es el máximo estimado, el mapa climático de la
Tierra se alterará de modo espectacular y las consecuencias quizá sean
catastróficas para todas las nacio¬nes, tanto ricas como pobres. En buena parte
del planeta los bosques y la vida salvaje están confinados en zonas aisladas, y
no podrán trasladarse cuando cambie el clima. Se acelerará considerablemente la
extinción de especies. Habrá que reali¬zar grandes desplazamientos de cultivos
y poblaciones.
Ninguno de los equipos citados afirma que se enfriará la Tierra si se
dobla el contenido de dióxido de carbono en la atmósfera. Ninguno asegura que
el planeta se calentará en decenas o centenares de grados. Disfrutamos de una
ventaja negada a muchos de los antiguos griegos: podemos acudir a diversos
oráculos y comparar sus profecías. Al hacerlo, ob¬servamos que todos vienen a
decir más o menos lo mismo. De hecho, las respuestas coinciden con los oráculos
más anti¬guos sobre la materia, incluido el químico sueco Svante Arrhenius,
premio Nóbel, quien a principios de siglo ya hizo una predicción similar, con
un conocimiento mucho más li¬mitado de la absorción infrarroja del dióxido de
carbono y de las propiedades de la atmósfera terrestre. La física emplea¬da por
todos estos grupos de investigación predice correcta¬mente la temperatura
presente de la Tierra, así como los efec¬tos invernadero en otros planetas como
Venus. Claro está que podría haber algún error simple que todo el mundo haya
pasado por alto. Aun así, es seguro que estas profecías con¬cordantes merecen
ser tomadas muy en serio.
Existen otros signos inquietantes. Investigadores norue¬gos han dado
cuenta de una disminución de la superficie de la banquisa ártica desde 1978. En
el mismo periodo se han advertido enormes grietas en la plataforma antártica de
Wor- die. En enero de 1995, un fragmento de hielo de 4.200 kiló¬metros
cuadrados se desprendió de la plataforma de Larsen para penetrar en el océano
Antártico. En toda la Tierra se ha registrado un retroceso notable de los
glaciares alpinos. Au¬mentan en el mundo entero los episodios de temperaturas
extremas. El nivel del mar sigue ascendiendo. Por sí misma, ninguna de estas
tendencias es una prueba concluyente de la responsabilidad de las actividades
de nuestra civilización, pero, juntas, resultan muy inquietantes.
Cada vez son más numerosos los expertos que se adhie¬ren a la conclusión
de que en el calentamiento global se adi¬vina la «firma» del hombre. En 1995,
representantes de los 25.000 científicos del Foro Intergubernamental sobre
Cam¬bio Climático dedujeron, tras un estudio exhaustivo, que «el balance de las
pruebas sugiere que existe una influencia hu¬mana discernible sobre el clima».
Aunque todavía no esté «más allá de toda duda razonable», dice Michael
MacCracken, director del programa estadounidense de investigación acerca del
cambio global, la evidencia «es cada vez más con¬vincente». «Es muy improbable
que [el calentamiento observado] responda a una variabilidad natural», señala
Thomas Karl, del Centro Nacional de Datos Climáticos, de Estados Unidos. «Hay
una probabilidad de entre un 90 % y un 95 % de que no nos estemos engañando.»
La gráfica de la página 145 ofrece una perspectiva muy amplia. A la
izquierda está la situación hace 150.000 años; te¬nemos hachas de piedra y nos
sentimos realmente satisfechos de nosotros mismos por haber dominado el fuego.
Las tem¬peraturas globales varían con la sucesión de glaciaciones y periodos
interglaciares. La amplitud total de las fluctuacio¬nes, desde la temperatura
más fría a la más cálida, es de unos 5 °C. Tras el final de la última
glaciación, tenemos arcos y fle¬chas, animales domesticados, el origen de la
agricultura, la vida sedentaria, armas metálicas, ciudades, fuerzas policiales,
impuestos, el crecimiento exponencial de la población, la Revolución Industrial
y armas nucleares (la última parte, en el extremo derecho de la curva de trazo
continuo, es una esti¬mación). Llegamos al presente, el final de esa línea. La
de tra¬zo discontinuo revela algunas proyecciones del rumbo que seguiremos a
causa del efecto invernadero. Esta gráfica deja bien claro que las temperaturas
que ahora conocemos (o conoceremos muy pronto si prosigue la tendencia actual)
no sólo son las más cálidas del último siglo, sino las más eleva¬das de los
últimos 150.000 años. He aquí otra muestra de la magnitud de los cambios
globales que estamos generando los seres humanos y de su naturaleza sin
precedentes.
El calentamiento global no es en sí mismo causa de mal tiempo, pero sí
hace que éste sea más probable. Si bien es verdad que el tiempo inclemente no
requiere un calentamien¬to global, todos los modelos informáticos señalan que
éste iría acompañado de un incremento significativo del mal tiempo: graves
sequías tierra adentro, grandes frentes tor¬mentosos e inundaciones cerca de
las costas, mucho más ca¬lor y mucho más frío a escala local, todo ello
determinado por un incremento relativamente modesto en la temperatura
planetaria media. Esta es la razón de que un enero extrema¬damente gélido en
Detroit, por ejemplo, no constituya una refutación patente del calentamiento
global, tal como preten¬den algunos editoriales periodísticos. El tiempo
inclemente puede resultar muy costoso. Veamos un caso: en 1992, y tras un solo
huracán (Andrew), las compañías norteamericanas de seguros tuvieron una pérdida
neta de 50.000 millones de dólares. Los desastres naturales cuestan cada año en
Estados Unidos más de 100.000 millones de dólares. El total mundial es muy
superior.
Los cambios del clima afectan también a los animales y microbios
portadores de enfermedades. Se sospecha que los recientes brotes de cólera,
malaria, fiebre amarilla, dengue y síndrome pulmonar de hantavirus están
relacionados con al-teraciones meteorológicas. Según un reciente estudio
epidemiológico, el incremento del área terrestre ocupada por zo¬nas tropicales
y subtropicales y la consecuente proliferación de mosquitos portadores de la
malaria determinará cada año para finales del siglo que viene entre 50 millones
y 80 millo¬nes de casos más de paludismo. A no ser que se haga algo. Un informe
científico de Naciones Unidas declaraba en 1996: «Aunque es probable que el
cambio climático ejerza un impacto adverso en la salud de la población, no
tenemos la opción habitual de buscar una prueba empírica definitiva an¬tes de
tomar medidas. Esperar a ver qué pasa sería, en el me¬jor de los casos,
imprudente, y en el peor, un sinsentido.»
En lo que se refiere al vertido de gases invernadero en la atmósfera, el
clima previsto para el siglo xxi depende de que mantengamos el ritmo presente,
lo aceleremos o lo reduzca¬mos. A más gases invernadero, más calor. Aun
suponiendo sólo incrementos moderados, parece ser que las temperaturas se
elevarán significativamente. Ahora bien, éstas son medias globales; en algunos
sitios el tiempo será mucho más frío y en otros mucho más cálido. Cabe prever
que en grandes áreas aumentarán las sequías. Muchos modelos predicen que las
grandes regiones productoras de alimento en el sur y el su¬reste asiáticos, en
América central y meridional y en el Áfri¬ca subsahariana se tornarán más
calientes y secas.
Es posible que al principio resulte beneficiada la exporta¬ción agrícola
de algunas naciones de latitudes medias y altas (Estados Unidos, Canadá y
Australia, por ejemplo). El im¬pacto sobre los países pobres será, en cambio,
mucho más duro. En este aspecto, como en otros muchos, durante el si¬glo XXI
podría aumentar espectacularmente la disparidad global entre ricos y pobres.
Según enseña la historia de las re¬voluciones, millones de personas con hijos
hambrientos y muy poco que perder plantearán un serio problema a los paí¬ses
opulentos.
La posibilidad de una crisis agrícola global precipitada por las sequías
comienza a hacerse significativa hacia el 2050.
Algunos científicos creen que es remota —quizá sólo del 10 %—? pero aun
así resulta obvio que cuanto más espere¬mos más probable será. Durante un
tiempo a algunas regio¬nes (Canadá, Siberia) quizá les vaya mejor (si el suelo
resulta adecuado para la agricultura), por mucho que empeoren las cosas en las
latitudes inferiores, pero si esperamos lo sufi¬ciente el clima se deteriorará
en todo el mundo.
Cuando la Tierra se calienta, el nivel del mar asciende. Es posible que
hacia el final del siglo xxi se haya elevado decenas de centímetros, y quizás
hasta un metro. Esto se deberá en parte a que el agua del mar se expande al
calentarse y en par¬te a la fusión de los hielos glaciares y polares. Nadie
sabe cuándo sucederá, pero según las previsiones llegará un mo¬mento en que
quedarán por completo sumergidas algunas islas muy pobladas de Polinesia,
Melanesia y el océano índi¬co. Resulta comprensible que se haya constituido una
Alian¬za de Pequeños Estados Isleños resuelta a frenar cualquier in¬cremento
ulterior de gases invernadero. También se predicen efectos devastadores sobre
Venecia, Bangkok, Alejandría, Nueva Orleans, Miami, la ciudad de Nueva York y, más
en general, para las populosas cuencas de los ríos Misissipi, Yang-tsé,
Amarillo, Rin, Ródano, Po, Nilo, Ganges, Níger y Mekong. Sólo en Bangla Desh,
la elevación del nivel del mar desplazará decenas de millones de personas. Con
unas pobla¬ciones en crecimiento, un medio ambiente cada vez más dete¬riorado y
unos sistemas sociales cada vez más incompetentes para afrontar cambios
rápidos, surgirá un nuevo y vasto pro¬blema: el de los refugiados ambientales.
¿Adónde se supone que irán? Para China cabe anticipar problemas semejantes. Si
seguimos actuando como hasta ahora, la Tierra se calentará más cada año que
pase, tanto las sequías como las inundacio¬nes se harán endémicas, muchas
ciudades, provincias y hasta naciones enteras quedarán sumergidas bajo las aguas,
a no ser que se emprendan colosales obras públicas para evitarlo. A largo
plazo, tal vez sobrevengan consecuencias aún peores, incluyendo el colapso de
la plataforma del Antártico occiden¬tal, que en caso de fundirse provocará otra
gran ascensión del nivel del mar y el anegamiento de casi todas las ciudades
costeras del planeta.
Los modelos de calentamiento global predicen efectos diferentes —subida
de temperatura, sequías, meteorología inestable y elevación del nivel del mar—
que se hacen visibles en distintas escalas temporales, de décadas a siglos.
Estas consecuencias parecen tan indeseables y su remedio tan cos¬toso que es
natural que se hayan realizado esfuerzos serios por encontrar algún fallo
argumental. Algunos sólo respon¬den al escepticismo científico habitual ante
toda idea nueva; otros están motivados por el afán de lucro de las industrias
afectadas. Una cuestión clave es la de la retroacción.
En el sistema climático global son posibles tanto retroac¬ciones
positivas como negativas. Las primeras resultan peli¬grosas. He aquí un
ejemplo: la temperatura se eleva algo en razón del efecto invernadero y se
funde parte del hielo polar; ahora bien, el hielo es más brillante que el mar
abierto, de modo que, por obra de esa fusión, la Tierra se oscurece
lige¬ramente, absorbe más luz solar, se funde una cantidad mayor de hielo polar
y el proceso se amplifica a sí mismo de manera quizá desenfrenada. Ésta es una
retroacción positiva. Veamos otra: un poco más de CO2 en el aire calienta un
tanto la su¬perficie del planeta, incluyendo los océanos; de los mares ahora
más cálidos escapa algo más de vapor de agua hacia la atmósfera; el vapor de
agua es también un gas invernadero, así que retiene una cantidad mayor de calor
y la temperatura se eleva aún más.
Existen también retroacciones negativas. Estas son homeostáticas. Un
ejemplo: calentemos algo la Tierra vertiendo en la atmósfera un poco más de
dióxido de carbono; como antes, esto inyecta en el aire más vapor de agua,
generando más nubes; éstas son blancas, de manera que reflejan más luz solar y,
por consiguiente, el planeta se calienta menos. Así pues, el incremento de
temperatura acaba determinando su propio descenso. Otra posibilidad: pongamos
en la atmósfe¬ra un poco más de dióxido de carbono; las plantas se
aprove¬charán de ello creciendo más deprisa, y de esa manera elimi¬narán
dióxido de carbono del aire, con lo que se reducirá el efecto invernadero. Las
retroacciones negativas son como termostatos del clima global. Si fuesen lo
bastante enérgicas, tal vez el efecto invernadero se auto limitase y pudiéramos
permitirnos el lujo de emular a los oyentes de Casandra sin compartir su
destino.
La pregunta es: ¿hacia dónde se inclina la balanza cuando se sopesan las
retroacciones positivas y negativas? La res¬puesta es que nadie está
absolutamente seguro. Los cálculos retrospectivos del calentamiento y el
enfriamiento globales durante las glaciaciones en respuesta a las fluctuaciones
de los gases invernadero proporcionarán la réplica adecuada. En otras palabras:
la calibración de los modelos informáticos, forzando su coincidencia con datos
históricos, dará cuenta automáticamente de los mecanismos de todas las
retroaccio¬nes, conocidas e ignoradas, en la maquinaria del clima natu¬ral. Por
otra parte, dado que la Tierra se ha visto empujada hacia regímenes climáticos
desconocidos durante los últimos 200.000 años, podrían darse nuevas
retroacciones de las que nada sabemos. Por ejemplo, hay mucho metano
secuestrado en ciénagas (responsable de los fantasmales fuegos fatuos) que al
calentarse la tierra podría comenzar a burbujear a rit¬mo creciente. Ese metano
adicional elevaría aún más la tem¬peratura del planeta, con lo que tendríamos
otra retroacción positiva.
Wallace Broecker, de la Universidad de Columbia, ha señalado que el veloz
calentamiento que se produjo hacia el 10.000 a. de C., justo antes de la
invención de la agricultura, fue tan abrupto que implica una inestabilidad en
el sistema acoplado océano-atmósfera; si el clima de la Tierra es empuja¬do
drásticamente en una u otra dirección, tras cruzarse un umbral se produce una
especie de «bang» y todo el sistema se precipita hacia un nuevo estado estable.
Broecker añade que quizá nos hallemos al borde de otra inestabilidad similar.
Esta consideración sólo empeora las cosas, tal vez mucho más.
En cualquier caso, está muy claro que cuanto más rápido cambie el clima,
más difícil será que los sistemas homeostáticos se adapten y estabilicen. Me
pregunto si no será más pro¬bable que pasemos por alto las retroacciones
indeseables an¬tes que las alentadoras. Parece evidente que no somos lo
bastante sabios para preverlo todo; creo que es improbable que nos salve la
suma de todo aquello con lo que, por igno¬rancia, no contamos. Podría ser que
sí, pero ¿apostaríamos la vida para averiguarlo?
El vigor y la importancia de las cuestiones ambientales se refleja en las
reuniones de las sociedades científicas profesio¬nales; por ejemplo, la Unión
Geofísica Americana constituye la mayor organización mundial de especialistas
en ciencias. Cuando en 1993 se reunió, como todos los años, una de las sesiones
estuvo consagrada a revisar episodios de calenta¬miento anteriores en la
historia del planeta, para tratar de ave¬riguar cuáles podrían ser las
consecuencias de una elevación global de la temperatura. Ya la primera ponencia
advertía que «al ser tan rápida la tendencia futura de la elevación de
tem¬peratura, no existen analogías históricas del calentamiento por efecto
invernadero en el siglo XXI». Otras cuatro sesiones de medio día se dedicaron a
la merma del ozono y tres a la retroacción nubes-clima. Tres sesiones
adicionales se reserva¬ron a estudios más generales sobre los climas del
pasado. J. D. Mahlman comenzó su intervención, diciendo: «El des¬cubrimiento de
las grandes pérdidas de ozono en la Antárti¬da durante la década de los ochenta
fue un acontecimiento que nadie había previsto.» Un documento del Centro Byrd
de Investigaciones Polares, dependiente de la Universidad de Ohio, brindó
pruebas de un reciente calentamiento plane¬tario en comparación con las
temperaturas de los últimos 500 años, obtenidas a partir de muestras de hielo
de glaciares de China occidental y Perú.
Considerando lo contenciosa que es la comunidad cientí¬fica, resulta
notable que no se haya publicado un solo artícu¬lo que afirme que el
adelgazamiento de la capa de ozono o el calentamiento global son quimeras o
trapisondas, o que siempre hubo un agujero en la capa de ozono sobre la
Antár¬tida, o que el calentamiento global al doblarse el volumen de dióxido de
carbono será considerablemente inferior a 1 °C. Son muy altas las recompensas
para quienes demuestren que no existe merma de ozono o que el calentamiento
global es insignificante. Hay muchas personas y empresas poderosas y ricas que
se beneficiarían de una reputación en este sentido. Sin embargo, como indican
los programas de las reuniones científicas, se trata, probablemente, de una
esperanza vana.
Nuestra civilización técnica se está poniendo a sí misma en peligro. Por
todo el mundo los combustibles fósiles degra¬dan simultáneamente la salud del
aparato respiratorio huma¬no, la vida en bosques, lagos, litorales y océanos, y
el clima del planeta. Es seguro que nadie pretendió causar semejante daño. Los
responsables de la industria basada en combustibles fósi¬les trataban,
sencillamente, de obtener un beneficio para sí y para sus accionistas, de
ofrecer un producto que todos desea-ban y de apoyar el poder militar y
económico de las naciones a que pertenecían. El que no supieran lo que hacían,
el que sus intenciones fuesen benignas, el que la mayoría de nosotros,
habitantes del mundo desarrollado, nos hayamos beneficiado de nuestra
civilización basada en combustibles fósiles, el que muchas naciones y
generaciones contribuyeran a agravar el problema, son motivos para pensar que
no es momento de echar las culpas a nadie. No nos metió en este apuro una sola
nación, generación o industria, y no será una sola de ellas la que nos saque de
él. Si queremos impedir que este peligro climático tenga efecto, deberemos
trabajar juntos y por mucho tiempo. El principal obstáculo es, está claro, la
inercia, la resis-tencia al cambio de las grandes entidades multinacionales
in¬dustriales, económicas y políticas que dependen de los com¬bustibles
fósiles, cuando son éstos los que crean el problema. A medida que crece la
conciencia de la gravedad del calenta-miento global, en Estados Unidos parece
menguar la voluntad política de hacer algo al respecto.
12. HUIR DE LA EMBOSCADA
Evidentemente, no experimentará temor quien cree que nada puede sucederle
[...]. Sienten miedo aquellos que juzgan probable que algo les pase [...]. Los
hombres no piensan así cuando se en¬cuentran o creen hallarse en la plenitud de
la prosperidad, y en consecuencia se muestran insolentes, desdeñosos y
temerarios [...]. [Pero si] conocen la angustia de la incertidumbre, tiene que
haber alguna esperanza de salvación, por exigua que sea.
Aristóteles (384-322 a. de C), Retórica, 1382b29
¿Qué hacer? Dado que el dióxido de carbono que hemos lanzado a la
atmósfera permanecerá allí durante décadas, por muchos que sean los esfuerzos
en aras del autocontrol tecno¬lógico, y aun cuando sea posible reducir a ritmo
más acelera¬do la contribución de otros gases al calentamiento global, sólo las
generaciones futuras se verán beneficiadas. Tenemos que distinguir entre las
medidas a corto plazo y las solucio¬nes a largo plazo, si bien se requieren
ambas. Todo indica que debemos pasar tan velozmente como sea posible a una
nueva economía energética mundial que no genere tantos gases de invernadero y
otros contaminantes. Ahora bien, «tan veloz¬mente como sea posible» significa,
como mínimo, décadas, y mientras tanto hemos de aliviar el daño, cuidar de que
la transición perjudique lo menos posible el tejido social y eco¬nómico del
mundo para evitar que baje el nivel de vida. Lo único que importa es si
conseguiremos gobernar la crisis o si ésta nos gobernará a nosotros.
Según una encuesta Gallup de 1995, casi dos de cada tres norteamericanos
se consideran defensores del medioambiente y otorgarían prioridad a la
protección de éste sobre el de¬sarrollo económico. La mayoría incluso aceptaría
un aumen¬to de los impuestos si estuviese encaminado a este fin. Aun así, puede
suceder que todo esto sea imposible, que los inte¬reses creados de la industria
sean tan poderosos, y tan débil la resistencia del consumidor, que no se
produzca ningún cambio significativo en la situación presente hasta que ya sea
demasiado tarde, o que la transición hacia una civilización basada en
combustibles no fósiles quebrante tanto la ya frágil economía mundial que
provoque el caos económico. Hemos de escoger con cautela nuestro camino.
Tenemos una tenden¬cia natural a contemporizar: éste es un territorio
descono¬cido, ¿no deberíamos, pues, proceder lentamente? Sin em¬bargo, cuando
echamos un vistazo a los mapas del cambio climático previsto comprendemos que
no cabe contempori¬zar, que es una locura avanzar con demasiada lentitud.
Estados Unidos es el mayor emisor planetario de CO2, Le sigue en orden de
importancia Rusia y otras repúblicas de la ex Unión Soviética. El tercero es el
conjunto de los países en vías de desarrollo. Este hecho es muy importante. No
se trata de un problema que afecte sólo a las naciones de tecno¬logía avanzada;
a través de la quema de rastrojos, del consu¬mo de leña y otras prácticas, los
países en vías de desarrollo contribuyen significativamente al calentamiento
global. Por si esto fuera poco, ostentan la tasa más alta de crecimiento
demográfico. Aunque nunca lleguen a alcanzar el nivel de vi¬da del Japón,
Australia y Occidente, esas naciones represen¬tarán una parte cada vez mayor
del problema. En el orden de complicidad siguen Europa occidental, China y,
tras ella, Japón, una de las naciones del planeta más eficientes en lo que al
empleo de combustibles se refiere. Una vez más, y puesto que la causa del
calentamiento global es planetaria, también ha de serlo cualquier solución que
se adopte.
La escala del cambio necesario para abordar el meollo del problema es
casi aterradora (sobre todo para los políticos in¬teresados especialmente en
hacer cosas que los beneficien du¬rante sus mandatos). Si la acción requerida
para mejorar las cosas pudiera concentrarse en programas de dos, cuatro o seis
años, los políticos se mostrarían más dispuestos, porque entonces podrían sacar
partido de ello a la hora de presentar¬se a la reelección. Pero los programas a
20, 40 o 60 años, cu¬yos beneficios se dejarán ver cuando esos políticos no
sólo hayan dejado de ocupar sus cargos sino que estén muertos, resultan muy
poco atractivos.
Tenemos que ser, por supuesto, cautelosos; debemos evi¬tar precipitarnos
como Creso para descubrir después de un enorme desembolso que hemos logrado
algo innecesario, es¬túpido o peligroso. Pero más irresponsable todavía es
hacer caso omiso de una catástrofe inminente y confiar de manera ingenua que el
peligro se esfumará por sí solo. ¿No podemos encontrar una respuesta política a
medio plazo que se adecué a la gravedad del problema sin arruinarnos en caso de
que por alguna razón —una retroacción negativa deus ex machi¬na, por ejemplo—
hayamos sobreestimado esa gravedad?
Imaginemos que tenemos que levantar un puente o un ras¬cacielos. Tales
construcciones suelen hacerse de modo que sean capaces de resistir tensiones
mucho mayores que las que probablemente tendrán que soportar. ¿Por qué? Pues
porque las consecuencias del derrumbamiento de un puente o un ras¬cacielos son
tan graves que hay que tener una seguridad. Ne¬cesitamos garantías muy sólidas.
Opino que es preciso adop¬tar el mismo enfoque para los problemas
medioambientales locales, regionales y globales. Aquí, como ya he dicho,
trope-zamos con una gran resistencia, en parte porque se requiere un gran
desembolso del Gobierno y la industria. Es por ello que asistiremos a
crecientes tentativas de poner en tela de jui¬cio el calentamiento global. Sin
embargo, también hace falta dinero para apuntalar puentes y reforzar
rascacielos; conside¬ramos que eso forma parte del coste de construir a lo
grande. A los arquitectos y constructores que escatiman gastos y no toman las
debidas precauciones no se les considera capitalistas prudentes por no gastar
dinero en contingencias improbables: se les considera delincuentes. Si hay
leyes para garantizar que no se desplomen puentes y rascacielos, ¿no debería
haber le¬yes y preceptos morales que afectasen a las cuestiones
medio¬ambientales, mucho más graves en potencia?
Quiero brindar ahora algunas sugerencias prácticas rela¬cionadas con el
cambio climático. Creo que representan el consenso de gran número de expertos,
aunque, sin duda, no de todos. Constituyen sólo un comienzo, un intento de
miti¬gar el problema, pero con un grado de seriedad apropiado. Dar marcha atrás
y conseguir que el clima de la Tierra vuelva a ser el que era, por ejemplo, en
la década de los sesenta re¬sultará mucho más difícil. Las propuestas que
ofrezco son también moderadas en otro aspecto: hay razones excelentes para
llevarlas a cabo, al margen de la cuestión del calenta¬miento global.
Mediante una observación sistemática del Sol, la atmósfe¬ra, las nubes,
las tierras y los océanos desde el espacio, avio¬nes, barcos y observatorios
terrestres, con una amplia gama de sistemas de detección, podríamos disminuir
la incertidumbre actual, identificar posibles bucles retroactivos, ob¬servar
pautas regionales de contaminación y sus efectos, apre¬ciar el retroceso de los
bosques y la expansión de los desiertos, vigilar los cambios en los casquetes
polares, los glaciares y el nivel de los océanos, examinar la química de la
capa de ozono, observar la difusión de los escombros volcá¬nicos y sus
consecuencias climáticas y escrutar las fluctuacio¬nes de la cantidad de luz
solar que llega a la Tierra. Nunca antes hemos dispuesto de instrumentos tan
poderosos para estudiar y salvaguardar el medioambiente global. Aunque es¬tán a
punto de entrar en liza naves espaciales de muchas na¬ciones, el primero de
tales instrumentos es el sistema robótico de observación terrestre de la NASA,
incluido en la Misión al Planeta Tierra.
Cuando se añaden a la atmósfera gases invernadero, el clima de la Tierra
no reacciona de forma instantánea, sino que, según parece, tarda
aproximadamente un siglo en sentir dos tercios del impacto potencial. Así pues,
aunque detuviéramos mañana mismo todas las emisiones de CO2 y otros gases, el
efecto invernadero seguiría aumentando por lo menos hasta finales del siglo
XXI. Esta es una poderosa razón para desconfiar de la actitud de esperar a ver
qué pasa.
Durante la crisis petrolífera producida entre los años 1973 y 1979,
elevamos los impuestos para reducir el consu¬mo, fabricamos coches más pequeños
y redujimos los límites de velocidad. Ahora que sobra petróleo hemos bajado los
impuestos, estamos fabricando coches más grandes y hemos elevado los límites de
velocidad. No hay ningún atisbo de planes a largo plazo.
Para evitar que siga aumentando el efecto invernadero, el mundo debe
reducir en más de la mitad su dependencia de los combustibles fósiles. A corto
plazo, mientras sigamos atados a ellos, cabe emplearlos de manera mucho más
efi¬ciente. Con sólo el 5 % de la población del planeta, Estados Unidos gasta
casi el 25 % de la energía mundial. Los auto¬móviles son responsables de casi
una tercera parte de la pro-ducción de CO2 en Norteamérica. Nuestro vehículo
emite al año un peso de CO2 superior al suyo propio. Está claro que arrojaremos
menos dióxido de carbono a la atmósfera si po¬demos hacer más kilómetros por
litro de gasolina.
Casi todos los expertos coinciden en señalar que es posi¬ble mejorar
grandemente la eficiencia en el uso de combustibles. ¿Por qué nosotros, que
presumimos de ecologistas, nos contentamos con coches que recorren menos de 10
kilómetros por litro de gasolina? Si consiguiéramos autonomías de 20 kilómetros
por litro inyectaríamos la mitad de CO2 en el aire, y si fueran de 40
kilómetros por litro, sólo una cuarta parte. Ésta es una muestra del conflicto
emergente entre lograr un beneficio máximo a corto plazo y mitigar el daño
ambiental a largo plazo.
Nadie comprará los coches de bajo consumo, solían decir los fabricantes
de Detroit; tendrán que ser más pequeños y por lo tanto menos seguros; no
acelerarán con la misma rapi¬dez (aunque, desde luego, podrían superar los
límites de ve¬locidad) y costarán más. Sí, es cierto que desde mediados de la
década de los noventa los norteamericanos se decantan cada vez más por coches y
camiones que se tragan la gasoli¬na a grandes velocidades, en parte por el bajo
precio del pe¬tróleo. No es extraño, pues, que la industria automovilística
estadounidense se opusiera y siga oponiéndose por vías in¬directas a cualquier
cambio significativo. En 1990, por ejem-plo, tras grandes presiones por parte
de los fabricantes, el Se¬nado rechazó (por estrecho margen) una ley que habría
exigido mejoras apreciables en la eficiencia del consumo en los auto¬móviles
norteamericanos, y entre los años 1995 y 1996 se re¬lajaron en algunos estados
las disposiciones ya existentes res¬pecto al empleo eficiente de combustibles.
Sin embargo, hacer coches más pequeños no es la única solución posible, y
hay modos de lograr que incluso los de menor tamaño sean más seguros (como
nuevas estructuras que absorban los choques, componentes que se desmenucen o
reboten, y airbag para todos los asientos). Dejando de lado a los muchachos
intoxicados por su propia testosterona, ¿qué podemos perder olvidándonos de la
capacidad de superar el límite de velocidad en unos segundos, en comparación
con lo mucho que tenemos que ganar? Hay ya coches con motor de gasolina y
aceleración rápida con una autonomía de 20 o más kilómetros por litro. Puede
que su precio sea más caro pero saldrán más baratos en cuanto a consumo de
combustible. Según una estimación del Gobierno estadounidense, el gasto
adicional quedaría compensado en sólo tres años. La afirma¬ción de que nadie
adquirirá esos vehículos subestima la inte¬ligencia y la preocupación
medioambiental de los norteame¬ricanos..., así como el poder de la publicidad
al servicio de un objetivo tan meritorio.
Se establecen límites de velocidad, se exigen permisos de conducir y se
imponen muchas otras restricciones con objeto de salvar vidas. Se reconoce que
los automóviles son tan peli¬grosos en potencia que es obligación del Gobierno
fijar cier-tos límites en lo que a su fabricación, su mantenimiento y su
conducción se refiere. Esto es aún más aplicable al calenta¬miento global, una
vez que admitamos su gravedad. Nos he¬mos beneficiado de nuestra civilización
global; ¿no podemos cambiar ligeramente de conducta para preservarla?
El diseño de un tipo de automóvil nuevo, seguro, de con¬sumo eficiente,
limpio y que tenga en cuenta el efecto inver¬nadero promoverá tecnologías
novedosas y reportará gran¬des ingresos a quienes encabecen ese avance técnico.
El mayor peligro que amenaza a la industria automovilís¬tica
norteamericana es que, si se resiste demasiado tiempo, la nueva tecnología
requerida será proporcionada (y patentada) por la competencia extranjera. Los
fabricantes tienen una motivación egoísta para desarrollar vehículos nuevos que
tengan en cuenta el efecto invernadero: su propia superviven¬cia. No es una
cuestión de ideología o un prejuicio político; en mi opinión, se deduce
directamente del calentamiento global.
Las tres grandes empresas automovilísticas radicadas en Detroit —azuzadas
y en parte financiadas por el Gobierno fe¬deral— tratan, perezosa pero
cooperativamente de obtener un coche que recorra más de 30 kilómetros por litro
de gasolina, o su equivalente para vehículos que consuman otro combusti¬ble. Si
subieran los impuestos sobre la gasolina aumentarían las presiones sobre los
fabricantes para que produjesen coches más eficientes.
Últimamente han empezado a cambiar algunas actitudes. General Motors ha
estado desarrollando un coche eléctrico. «Uno debe incorporar a su negocio sus
orientaciones medioambientales», aconsejó en 1996 Dennis Minano,
vicepresiden¬te para asuntos corporativos de la compañía. «Las empresas
norteamericanas comienzan a captar la conveniencia de esta estrategia... El
mercado es ahora más complejo. Los consumi¬dores juzgarán en función de las
iniciativas ambientales que se tomen y las adoptarán para hacer exitosa la
empresa. Dirán: "No vamos a calificarlos de ecologistas, pero sí diremos
que han logrado coches menos contaminantes o un buen progra¬ma de reciclado;
diremos que, en términos medioambientales, son gente responsable."»
Retóricamente al menos, es una acti-tud nueva. Pero sigo esperando ese sedán GM
asequible que haga 30 kilómetros por litro de gasolina.
¿Qué es un coche eléctrico? Uno lo enchufa, carga la ba¬tería y lo pone
en marcha. Los mejores, fabricados en fibra de carbono, recorren unos cuantos
centenares de kilómetros por carga, y han superado las pruebas habituales de
siniestralidad. Para ser aceptables desde el punto de vista ambiental, tendrán
que reemplazar de algún modo las baterías de plomo y ácido, ya que el plomo es
un veneno mortal. Además, como es natural, la carga que impulsa un coche
eléctrico tie¬ne que venir de alguna parte; si, por ejemplo, procede de una
central térmica que queme carbón, no habremos hecho nada para mitigar el
calentamiento global, con independencia de que el vehículo contribuya a reducir
la contaminación en ciu¬dades y carreteras.
Cabe introducir mejoras semejantes en el resto de la eco¬nomía de
combustibles fósiles: es posible aumentar conside¬rablemente la eficiencia de
las fábricas que queman carbón, diseñar una gran maquinaria industrial
rotatoria que opere a diferentes velocidades, y generalizar el uso de lámparas
fluo¬rescentes en detrimento de las incandescentes. En muchos casos, las
innovaciones significarán un ahorro de dinero a lar¬go plazo y contribuirán a
liberarnos de una peligrosa depen¬dencia del petróleo. Hay buenas razones para
incrementar la eficiencia en el uso de los combustibles, al margen de la
pre¬ocupación por el calentamiento global.
Sin embargo, a largo plazo no basta con aumentar la efi¬ciencia con que
extraemos la energía de los combustibles fó¬siles. Con el paso del tiempo
seremos cada vez más y crecerán las exigencias de energía. ¿No es posible
encontrar alter¬nativas a los combustibles fósiles que no produzcan gases
in¬vernadero, que no calienten el planeta? Una de dichas alter¬nativas es bien
conocida: la fisión nuclear (que no libera la energía química atrapada en los
combustibles fósiles, sino la energía nuclear encerrada en el corazón de la
materia). No hay automóviles ni aviones nucleares, pero sí navíos y, desde
luego, centrales nucleares. En circunstancias ideales, el coste de la
electricidad generada por energía nuclear es aproximadamente el mismo que el de
la generada quemando carbón o petróleo, y las centrales nucleares no generan
gases inverna¬dero. Sin embargo...
Como nos recuerdan los accidentes de Three Miles Island y Chernobil, las
centrales nucleares pueden liberar una peligrosa radiactividad, e incluso
fundirse. Además, produ¬cen un brebaje infernal de desechos radiactivos de
larga vida —en sentido literal— que es preciso eliminar. No olvidemos que la
vida media de muchos de los radioisótopos es de siglos a milenios. Si queremos
enterrar ese material, tenemos que asegurarnos de que no haya filtraciones que
lo transporten a las aguas subterráneas o nos dé alguna otra sorpresa; y no
sólo por unos años, sino durante periodos bastante más pro¬longados que los
hasta ahora considerados para una planifi¬cación fiable. De otro modo,
estaremos diciendo a nuestros descendientes que los desechos que les legamos
constituyen una carga y un peligro para ellos, porque no pudimos hallar un
medio más seguro de generar energía, que es, precisamen¬te, lo que ahora mismo
estamos haciendo con los combusti¬bles fósiles. Existe, además, otro problema:
la mayor parte de las centrales nucleares usan o producen uranio y plutonio,
que pueden ser empleados para la fabricación de armas ató¬micas, y representan,
por lo tanto, una tentación continua para naciones malignas y grupos
terroristas.
Si quedasen resueltas estas cuestiones de seguridad ope¬rativa,
eliminación de desechos radiactivos y prevención de su desvío armamental, las
centrales nucleares podrían ser la solución al problema de los combustibles
fósiles, o al menos un importante remedio temporal, una tecnología de
tran¬sición hasta que hallemos algo mejor. El problema es que es¬tas
condiciones no se han satisfecho adecuadamente, y las perspectivas no parecen
muy halagüeñas. No inspiran con¬fianza la violación continuada de las normas de
seguridad por parte de la industria nuclear, la ocultación sistemática de las
mismas y los fallos en la exigencia del cumplimiento de las normas por parte de
la Comisión Reguladora Nuclear esta¬dounidense (en parte debidos a las
restricciones presupues¬tarias). El peso de la evidencia está en contra de la
energía nuclear. Pese a estas inquietudes, algunas naciones, como Francia y
Japón, han apostado fuerte por la energía nuclear. Mientras tanto, otras, como
Suecia, que en un principio la habían autorizado han decidido ahora suprimirla
paulatina¬mente.
En razón de la difundida inquietud del público acerca de la energía
nuclear, quedaron cancelados todos los proyectos estadounidenses de
construcción de centrales nucleares pos¬teriores a 1973 y no se han proyectado
más centrales des¬de 1978. Las propuestas de nuevos depósitos o lugares de
en¬terramiento de desechos radiactivos son rutinariamente rechazadas por las
comunidades afectadas. El brebaje infer¬nal se acumula.
Existe otra clase de energía nuclear, no de fisión —pro¬ducto de la
escisión de núcleos atómicos—, sino de fusión —producto de su integración—. En
principio, las centrales de fusión nuclear podrían funcionar con agua de mar
—ma¬teria prácticamente inagotable— sin generar gases invernade¬ro ni
peligrosos desechos radiactivos, y prescindiendo por completo de uranio y
plutonio. Sin embargo, este «en princi¬pio» no cuenta. Tenemos prisa. Después
de esfuerzos enor¬mes, y contando con una tecnología muy avanzada, hoy por hoy
un reactor de fusión apenas conseguiría generar un poco más de energía de la
que consume. La perspectiva de la ener¬gía de fusión implica sistemas
colosales, caros y de alta tecno-logía. Ni siquiera sus defensores los
consideran comercialmente viables hasta dentro de muchas décadas, y el tiempo
nos apremia. Es probable que las primeras versiones generen ingentes cantidades
de desechos radiactivos, y, en cualquier caso, resulta difícil imaginar que
tales sistemas sean la solu¬ción para el mundo subdesarrollado.
Me he referido en el último párrafo a la fusión caliente, llamada así por
una buena razón: para, hacerla factible hay que elevar la temperatura de los
materiales en millones de grados, como en el interior del Sol. Algunos han
proclamado la posibilidad de la llamada fusión fría, anunciada por vez primera
en 1989. El aparato se coloca en una mesa, se intro¬ducen ciertos isótopos de
hidrógeno, algo de paladio, se hace pasar una corriente eléctrica y, dicen, se
obtiene más energía de la invertida, además de neutrones y otros signos de
reac¬ciones nucleares. De ser cierto, constituiría la solución ideal para el
problema del calentamiento global. Muchos equipos científicos de todo el mundo
han estudiado la fusión fría, pero ésta, según el juicio abrumador de la comunidad
inter¬nacional de físicos, es una ilusión, el producto de una combi¬nación de
errores de cálculo, ausencia de experimentos de control adecuados y confusión
entre reacciones químicas y nucleares. Esto no quita que siga habiendo unos
cuantos equipos de científicos interesados en la fusión fría (el Go¬bierno
japonés, por ejemplo, ha apoyado tales investigacio¬nes a pequeña escala). En
todo caso, las reivindicaciones de¬ben ser evaluadas una por una.
Tal vez esté a la vuelta de la esquina una tecnología sutil, ingeniosa e
insospechada que proporcione la energía del ma¬ñana. Ya ha habido sorpresas
antes. Sin embargo, sería teme¬rario apostar por eso.
Debido a muchas causas, los países en vías de desarrollo son
especialmente vulnerables al calentamiento global. Tie¬nen menos capacidad para
adaptarse a nuevos climas, adoptar nuevos cultivos, construir diques y tolerar
sequías e inun-daciones. Al mismo tiempo, dependen especialmente de los
combustibles fósiles. ¿Acaso no es natural que China —se¬gundo país del mundo
en cuanto a reservas de carbón— se base en los combustibles fósiles durante su
industrialización exponencial? Si emisarios de Japón, Europa occidental y
Es¬tados Unidos fuesen a Pekín para solicitar una limitación del consumo de
carbón y petróleo, parece evidente que las auto¬ridades chinas les recordarían
que sus naciones no aplicaron ninguna limitación durante su proceso de
industrialización. (En cualquier caso, en 1992 la Conferencia de Río sobre el
cambio climático, ratificada por 150 países, solicitó del mun¬do desarrollado
que pagara el coste de la limitación de las emisiones de gases invernadero en
los países en vías de desa¬rrollo.) Las naciones subdesarrolladas requieren una
alterna¬tiva barata y de tecnología relativamente simple a los com¬bustibles
fósiles.
Ahora bien, si descartamos los combustibles fósiles, la fisión y la
fusión nucleares, y la posibilidad de alguna tecnolo¬gía nueva y exótica, ¿con
qué nos quedamos? Durante la administración del presidente Carter se instaló en
el tejado de la Casa Blanca un convertidor térmico solar. Por él circularía
agua que, calentada por el sol en los días despejados, contri¬buiría en cierta
medida (quizá un 20 %) a satisfacer las nece¬sidades energéticas de la Casa
Blanca, incluyendo, supongo, las duchas presidenciales. A más energía
proporcionada di¬rectamente por el Sol, menos suministro se necesitaría de la
red eléctrica local; de esta forma se gastaría menos carbón y petróleo para
generar electricidad con que alimentar la red en torno del río Potomac. Sólo
proporcionaba una pequeña parte de la energía requerida, no funcionaba mucho en
los días nublados, pero era un indicio esperanzador de lo que entonces (y
ahora) hacía falta.
Una de las primeras actuaciones de la presidencia de Ronald Reagan
consistió en arrancar del tejado de la Casa Blan¬ca el convertidor térmico
solar. En cierta forma, fue un acto ideológicamente ofensivo. Renovar el tejado
de la Casa Blan¬ca costó lo suyo, y ahora toca pagar la electricidad adicional
requerida a diario. Evidentemente, los responsables llegaron a la conclusión de
que el beneficio justificaba tal coste, pero ¿qué beneficio y para quién?
Al mismo tiempo se redujo drásticamente (en cerca del 90 %) el apoyo
federal a las alternativas de los combustibles fósiles y la energía nuclear.
Durante las administraciones Rea¬gan y Bush se mantuvieron las cuantiosas
ayudas oficiales (incluyendo grandes desgravaciones fiscales) a las industrias
de combustibles fósiles y nucleares. En esta lista de presta¬ciones se puede
incluir, en mi opinión, la guerra del Golfo Pérsico de 1991. Aunque en ese
periodo hubo algunos pro¬gresos técnicos en las energías alternativas —a los
que con¬tribuyó bien poco el Gobierno estadounidense—, esencial¬mente perdimos
12 años. Dado que los gases invernadero se acumulan a gran velocidad en la
atmósfera y sus efectos persistirán, no teníamos 12 años que perder. Hoy vuelve
a aumentar la ayuda oficial a las fuentes de energía alternativas, pero con
mucha parsimonia. Sigo esperando a que un presidente vuelva a colocar un
convertidor de energía solar en el tejado de la Casa Blanca.
A finales de los años setenta se instauró una desgravación fiscal para
fomentar la instalación de calentadores térmicos solares en los hogares.
Incluso en zonas donde el cielo permanece nublado durante gran parte del año,
los propietarios que se aprovecharon de la reducción cuentan ahora con agua
caliente en abundancia por la que no tienen que pagar un solo centavo. La
inversión inicial se amortizó en unos cinco años. La administración Reagan
eliminó la desgravación fiscal.
Hay toda una gama de otras tecnologías alternativas. El calor terrestre
genera electricidad en Italia, Nueva Zelanda y el estado de Idaho.
Siete mil quinientas turbinas accionadas por el viento producen
electricidad en el puerto de Altamont, California. En Traverse City, Michigan,
los consumidores pagan unos precios algo mas altos por energía eléctrica de
origen eólico para evitar la contaminación ambiental de las centrales térmicas.
Muchos otros residentes están en lista de espera para firmar esos contratos.
Considerando los costes ambientales, la electricidad generada por el viento es
ahora más barata que la producida quemando carbón. Se estima que la totalidad
de la electricidad consumida en Estados Unidos podría provenir de turbinas
emplazadas en la décima parte más ventosa de su superficie (principalmente en
tierras de explotación ganadera y agrícola). Por añadidura, el combustible
elaborado a partir de las plantas verdes («conversión de biomasa») podría
sustituir al petróleo sin incrementar el efecto invernadero, porque la
vegetación extraería CO2 del aire antes de ser transformada en combustible.
Desde muchos puntos de vista, sin embargo, pienso que deberíamos
desarrollar y apoyar la conversión directa e indirecta de la luz solar en
electricidad. La energía solar es inagotable y ampliamente accesible (excepto
en comarcas muy nubosas, como la parte alta del estado de Nueva York, donde
resido); su conversión requiere pocas piezas móviles y un mantenimiento mínimo,
y no genera ni gases invernadero ni desechos radiactivos.
Existe una tecnología solar empleada en todas partes: las centrales
hidroeléctricas. El agua se evapora por la acción del calor del Sol, cae en
forma de lluvia sobre las tierras altas, desciende en forma de río, llega a una
presa y allí mueve una turbina que genera electricidad. El problema es que no
hay en el planeta suficientes ríos rápidos, y en muchos países los que resultan
accesibles no bastan para satisfacer las necesidades energéticas.
Los automóviles impulsados con energía solar han competido ya en carreras
de larga distancia. La energía solar podría emplearse para producir hidrógeno a
partir del agua; quemado, el hidrógeno sencillamente regenera agua. Existen
desiertos muy grandes en el mundo que podrían aprovecharse de modo
ecológicamente responsable para captar luz solar. La energía eléctrico-solar o
«fotovoltaica» es utilizada de manera habitual desde hace décadas en las naves
espaciales que orbitan en torno a la Tierra o surcan el sistema solar interior.
Los fotones inciden sobre la superficie de la célula fotoeléctrica y despiden
electrones cuyo flujo acumulativo crea una corriente eléctrica. Se trata de
tecnologías prácticas ya en funcionamiento.
¿Cuándo, si es que llega ese momento, la tecnología eléctrico-solar o
térmico-solar estará en condiciones de competir con los combustibles fósiles en
la producción de electricidad para hogares y oficinas? Las estimaciones
modernas, incluyendo las del Departamento de Energía estadounidense, indican
que la tecnología solar se pondrá a la altura de los combustibles fósiles en la
primera década del siglo que viene. Esto es lo bastante pronto para marcar una
diferencia significativa. De hecho, la situación es mucho más favorable. Cuando
se comparan costes, se manejan dos clases de libro de contabilidad: uno
dedicado al consumo público y otro que revela los costes reales. El del
petróleo crudo ha sido en los últimos años de unos veinte dólares por barril.
Pero hay que tener en cuenta que se han destinado fuerzas militares
norteamericanas para proteger las fuentes extranjeras de pe¬tróleo y se ha
otorgado una considerable ayuda exterior a al¬gunas naciones suministradoras.
¿Por qué pretender que esto no forma parte del coste? En razón de nuestro
apetito de crudo, seguimos soportando vertidos petrolíferos ecológica¬mente
desastrosos (como el del Exxon Valdez). ¿Por qué em¬peñarnos en negar que eso
no forma parte del coste del crudo? Si añadimos tales gastos adicionales, el
precio estimado asciende a unos ochenta dólares por barril. Si sumamos los
costes medioambientales que tanto a escala local como global supone el empleo
de ese petróleo, el auténtico precio podría llegar a centenares de dólares por
barril; eso sin contar cuan¬do la protección del crudo suscita una guerra como
la del Golfo Pérsico, pues entonces el coste asciende todavía más, y no sólo en
dólares.
Siempre que se pretende una estimación justa de costes y beneficios,
resulta evidente que para muchos fines la energía solar (junto con el viento y
otros recursos renovables) es ya mucho más barata que el carbón, el petróleo o
el gas natural. Estados Unidos y las demás naciones industrializadas debe¬rían
estar invirtiendo grandes sumas en el perfeccionamiento de la tecnología solar
y en la instalación de grandes conjuntos de convertidores solares. Sin embargo,
todo el presupuesto anual del Departamento de Energía para esta tecnología
equivale al precio de uno o dos aviones de gran rendimiento destacados en el
exterior para proteger fuentes de petróleo.
La inversión actual en la eficiencia de los combustibles fósiles o en
fuentes alternativas de energía supondrá benefi¬cios en los próximos años. El
problema es que, como ya he mencionado, la industria, los consumidores y los
políticos a menudo parecen pensar sólo en el aquí y ahora. Mientras tanto,
empresas norteamericanas precursoras en el uso de la energía solar son vendidas
a firmas extranjeras. En España, Italia, Alemania y Japón funcionan ya
centrales eléctricas so¬lares.
En contraste, la mayor central comercial norteamericana de energía solar,
instalada en el desierto de Mojave, sólo ge¬nera unos pocos centenares de
megavatios que vende a la Edison del sur de California. En todo el mundo, los
planificadores de servicios rehuyen las inversiones en turbinas eóli¬cas y
generadores solares.
Hay, empero, algunos signos alentadores. Los pequeños electrodomésticos
solares de fabricación norteamericana co¬mienzan a dominar el mercado mundial.
(De las tres empre¬sas principales, dos son controladas por Alemania y Japón;
la tercera por firmas petroleras estadounidenses.) Hay pastores tibetanos que
emplean paneles solares para proporcionar energía a bombillas y aparatos de
radio; en sus expediciones a través del desierto, algunos médicos somalíes
disponen de paneles solares en sus camellos para mantener frías sus pre¬ciosas
vacunas; en India, la energía solar suministra electri¬cidad a 50.000 hogares.
Puesto que estos sistemas están al alcance de la clase media baja de los países
en vías de desarro¬llo y casi no exigen mantenimiento, el mercado potencial de
la electrificación solar rural es enorme.
Podríamos y deberíamos hacer más. El Gobierno federal tendría que asumir
un gran compromiso en el desarrollo de esta tecnología, y deberían existir
incentivos para que cientí¬ficos e inventores se adentraran en este campo
semidespoblado. ¿Por qué se cita tan a menudo la «independencia energé¬tica»
como justificación de los peligros para el medio ambiente que suponen las
centrales nucleares o las perfora-ciones petrolíferas en aguas costeras pero
rara vez a la hora de promover el aislamiento, automóviles más eficientes o la
energía eólica y solar? Cabe, además, emplear muchas de es¬tas nuevas
tecnologías en el Tercer Mundo con el objeto de mejorar su industria y sus
niveles de vida sin que se cometan los errores del mundo desarrollado. Si
Norteamérica preten¬de situarse a la cabeza en nuevas industrias básicas, he
aquí una a punto de despegar.
Tal vez sea posible desarrollar rápidamente estas alternati¬vas dentro de
una auténtica economía de libre mercado. De otro modo, cabría pensar en una
pequeña imposición fiscal sobre los combustibles fósiles, destinada al
desarrollo de tec-nologías alternativas. Gran Bretaña estableció en 1991 un
«gravamen en favor de combustibles no fósiles» equivalente al 11 % del precio
de compra. Sólo en Estados Unidos, es¬te impuesto equivaldría anualmente a
muchos miles de millo¬nes de dólares anuales. Pero entre 1993 y 1996 el
presidente Clinton ni siquiera consiguió que se aprobase una legislación que
imponía un gravamen de 1,3 centavos por litro de gasoli¬na. Tal vez las futuras
administraciones logren hacerlo mejor.
Mi esperanza es que se introduzcan paulatinamente y a un ritmo respetable
las tecnologías de paneles solares, tur¬binas eólicas, conversión de biomasa y
empleo del hidrógeno como combustible, al tiempo que aumentamos
considerable¬mente la eficiencia en el consumo de combustibles fósiles. Nadie
habla de prescindir de éstos por completo. Es impro¬bable que las necesidades
energéticas de la industria pesada —para la fabricación de acero y aluminio,
por ejemplo— puedan ser satisfechas por la luz solar o las centrales eólicas,
pero si somos capaces de reducir en la mitad o más nuestra dependencia de los
combustibles fósiles, habremos consegui¬do algo muy importante. Si bien no es
verosímil que aparez¬can pronto tecnologías muy distintas para hacer frente al
ca¬lentamiento global, tal vez en algún momento del siglo XXI sea accesible una
nueva tecnología barata y limpia que no ge¬nere gases invernadero, algo que
pueda hacerse y mantenerse en países pequeños y pobres de todo el mundo.
Cabe preguntarse si no existe ningún medio de sacar de la atmósfera
dióxido de carbono, de enmendar parte del daño que hemos infligido. La única
forma de atenuar el efecto in¬vernadero que parece al mismo tiempo segura y
fiable con¬siste en plantar árboles. Al crecer, los árboles eliminan CO, del
aire. Ahora bien, todo se vendría abajo si después los quemáramos, lo cual
equivaldría precisamente a destruir el beneficio que buscábamos. Los árboles ya
crecidos pueden servir, por ejemplo, para construir casas y muebles; o
senci¬llamente pueden enterrarse. Sin embargo, la superficie del planeta que
deberíamos repoblar para que los nuevos árboles representasen una contribución
significativa es enorme, aproximadamente el área de Estados Unidos. Una tarea
tal sólo es factible si toda la especie humana se pone a ello. Ésta, por el
contrario, destruye cada segundo casi media hectárea de bosque. Cualquiera
puede plantar árboles: individuos, na¬ciones y corporaciones, pero sobre todo
estas últimas. La empresa Applied Energy Services de Arlington, Virginia, ha
construido en Connecticut una central térmica que quema carbón, pero también
está plantando en Guatemala árbo¬les que eliminarán de la atmósfera más dióxido
de carbono del que la nueva central inyectará en toda su vida operativa. ¿Acaso
las compañías madereras no deberían plantar más bosques —preferiblemente
especies de crecimiento rápido y frondosas, más útiles para la atenuación del
efecto inverna¬dero— que los que talan? ¿Qué decir de las industrias del
carbón, petroleras, del gas natural y automovilísticas? ¿No habría que exigir
de cada empresa que vierta CO2 en la at¬mósfera que también se encargue de
paliar sus efectos? ¿No debería hacerlo cada ciudadano? ¿Por qué no plantar
árboles en Navidad, o en los cumpleaños, bodas y aniversarios? Nuestros
antepasados vinieron de los árboles, con los que te¬nemos una afinidad natural.
Es perfectamente apropiado que plantemos más.
Al desenterrar y quemar sistemáticamente los cadáveres de antiguos seres,
nos hemos creado un problema. Podemos aliviar el peligro mejorando la
eficiencia de su uso, invirtiendo en tecnologías alternativas (como los
combustibles bioló¬gicos y la energía eólica y solar) y dando vida a algunas de
las mismas clases de seres cuyos restos, antiguos o modernos, quemamos (los
árboles). Estas actuaciones nos proporciona¬rían toda una serie de ventajas
adicionales: la purificación del aire, la reducción o eliminación de los
vertidos petrolíferos, el desarrollo de nuevas tecnologías, nuevos puestos de
traba¬jo y nuevos beneficios, la independencia energética, permitir a Estados
Unidos y otras naciones industrializadas depen-dientes del petróleo que aparten
del peligro a sus hijos e hijas bajo bandera, y la reorientación de buena parte
de los presu¬puestos militares hacia la economía civil productiva.
Pese a la continuada resistencia de las industrias ligadas a los
combustibles fósiles, un sector empresarial sí ha empeza¬do a tomarse muy en
serio el calentamiento global: las com¬pañías de seguros. Las tormentas
violentas y otros fenóme¬nos meteorológicos extremos vinculados al efecto
invernadero (inundaciones, sequías, etc.) pueden «llevarnos a la bancarrota»,
en palabras del presidente de la Asociación de Aseguradores Norteamericanos. En
mayo de 1996, citando el hecho de que el 6% de los peores desastres naturales
de la historia de Estados Unidos se produjo durante la pasada dé¬cada, un
consorcio de compañías de seguros patrocinó una investigación sobre el
calentamiento global como causa po¬tencial. Aseguradoras alemanas y suizas han
promovido me¬didas para la reducción del vertido de gases invernadero. La
Alianza de Pequeños Estados Isleños ha apelado a las nacio¬nes industrializadas
para que hacia el año 2005 reduzcan sus emisiones de gases invernadero hasta un
20 % por debajo de los niveles de 1990 (entre 1990 y 1995 la emisión mundial de
CO2 se incrementó en un 12 %). En otras industrias exis¬te una nueva inquietud,
al menos teórica, acerca de la responsabilidad medioambiental, que refleja una
abrumadora ten¬dencia de la opinión pública en (y hasta cierto punto más allá
de) el mundo desarrollado.
«El calentamiento global es un problema serio que proba¬blemente plantea
una amenaza grave a los cimientos mismos de la vida humana», ha declarado el
estado japonés, anuncian¬do que para el año 2000 se estabilizarían sus
emisiones de ga¬ses invernadero. Suecia comunicó que para el año 2010 habrá
reducido a la mitad su producción de energía nuclear, y en un 30 % las
emisiones de CO2 de sus industrias mediante el in¬cremento de la eficiencia y
la introducción de nuevas fuentes de energía renovables; y espera ahorrar
dinero en este proceso. John Selwyn Gummer, secretario británico de Medio
Am¬biente, declaró en 1996: «Aceptamos, como comunidad mun¬dial, que tiene que
haber reglas a escala global.» Sin embargo, existe una considerable
resistencia. Las naciones de la OPEP siguen resistiéndose a la reducción de las
emisiones de CO2 porque esto les privaría de una parte de sus ingresos. Rusia y
muchos países en vías de desarrollo se oponen porque consti¬tuiría un gran
impedimento a su industrialización. Estados Unidos es la única gran nación
industrializada que no ha adoptado medidas significativas para contrarrestar el
efecto invernadero; mientras otros países actúan, el gobierno estadounidense
designa comisiones y apremia a las industrias afectadas a adoptar disposiciones
voluntarias en contra de sus propios intereses a corto plazo. Obrar con
eficacia en esta cuestión será, desde luego, más difícil que aplicar el
Protocolo de Montreal y sus enmiendas sobre los CFC. Las industrias afectadas
son mucho más poderosas, el coste del cambio es muy superior, y todavía no
existe nada tan espectacular con respecto al calentamiento global como el
agujero de la capa de ozono sobre la Antártida. Tendrán que ser los ciudadanos
quienes eduquen a industrias y gobiernos.
Carentes de conciencia, las moléculas de CO2 son inca¬paces de comprender
la profunda idea de soberanía nacional.
El viento sencillamente las arrastra. Pueden ser producidas en un sitio y
acabar en otro. El planeta constituye una uni¬dad. Sean cuales fueren las
diferencias ideológicas y cultura¬les, las naciones del mundo deben trabajar
unidas; de otra manera no habrá solución para el efecto invernadero y los demás
problemas medioambientales globales. Dentro de este invernadero estamos todos
unidos.
En abril de 1993, el presidente Bill Clinton se compro¬metió al fin a que
Estados Unidos hiciese algo a lo que se ha¬bía negado la administración Bush:
unirse a unas 150 nacio¬nes en la firma de los protocolos de la Cumbre de la
Tierra celebrada el año anterior en Río de Janeiro. Más concreta¬mente, Estados
Unidos prometió que para el año 2000 redu¬ciría su cota de emisión de dióxido
de carbono y otros gases invernadero a los niveles de 1990 (ya de por sí
bastante altos, pero al menos se trata de un paso en la dirección adecuada). No
será fácil que esta promesa se cumpla. Estados Unidos se comprometió asimismo a
dar algunos pasos para la protec¬ción de la diversidad biológica en una
variedad de ecosiste¬mas planetarios.
No podemos insistir sin riesgo en un insensato desarrollo tecnológico,
desdeñando por completo las consecuencias. Tenemos el poder suficiente para
encauzarlo, para orientarlo en beneficio de todo el mundo. Tal vez haya un
lejano hori¬zonte de esperanza en estos problemas medioambientales globales,
porque nos obligan, querámoslo o no, a adoptar una nueva forma de pensar que
antepone el bienestar del gé¬nero humano a los intereses nacionales y
empresariales. So¬mos una especie ingeniosa a la hora de abrirnos camino y
sa¬bemos qué hay que hacer. A menos que resultemos mucho más estúpidos de lo
que creo, de las crisis medioambientales de nuestro tiempo debería surgir una
integración de las na¬ciones y las generaciones, e incluso el final de nuestra
larga infancia.
13. RELIGIÓN Y CIENCIA: UNA
ALIANZA
Hacia el primer día, todos señalábamos a nuestros países. Ha¬cia el
tercero o el cuarto, señalábamos a nuestros continentes. Para el quinto día, ya
éramos conscientes de que sólo hay una Tierra.
Príncipe sultán Bin Salmón Al-Saud, astronauta de Arabia Saudí
La inteligencia y la fabricación de útiles constituyeron nuestra fuerza
desde el principio. Supimos emplear esos ta¬lentos para compensar la escasez de
dotes naturales —veloci¬dad, venenos, capacidad de vuelo y demás— otorgadas con
generosidad a otros animales y que nos fueron cruelmente negadas (o al menos
eso parecía). Desde la época del dominio del fuego y la fabricación de
herramientas de piedra se hizo obvio que nuestras destrezas podían ser
empleadas para el mal tanto como para el bien, pero sólo en época muy recien¬te
hemos caído en la cuenta de que incluso la utilización be¬nigna de nuestra
inteligencia y nuestras herramientas puede ponernos en peligro, porque no somos
lo bastante listos para prever todas las repercusiones.
Ahora ocupamos toda la Tierra. Tenemos bases en la An¬tártida, visitamos
las profundidades oceánicas, incluso 12 de nosotros se han paseado por la Luna.
Somos ya 6.000 millo¬nes y nuestro número aumenta el equivalente de la
población de China cada década. Hemos sometido a los demás animales y las
plantas (aunque hayamos tenido menos éxito con los microbios). Hemos
domesticado y sometido muchos orga¬nismos. Según ciertos criterios, nos hemos
convertido en la especie dominante de la Tierra.
Casi a cada paso, sin embargo, hemos prestado más aten¬ción a lo local
que a lo global, más a lo inmediato que a las consecuencias a largo plazo.
Hemos destruido los bosques, erosionado la superficie del planeta, alterado la
composición de la atmósfera, debilitado la capa protectora de ozono,
tras¬tornado el clima, emponzoñado el aire y las aguas y conse¬guido que los
más depauperados padecieran más que nadie la degradación ambiental. Nos hemos
convertido en predadores de la biosfera, poseídos de arrogancia, siempre
dispuestos a conseguir todo sin dar nada a cambio. Ahora mismo somos un peligro
para nosotros mismos y para los seres con los que compartimos el planeta.
La agresión al entorno global no es responsabilidad ex¬clusiva de
empresarios empujados por el afán de lucro y de políticos miopes y corruptos.
Todos tenemos parte de culpa.
La comunidad de los científicos ha desempeñado un pa¬pel crucial. Muchos
ni siquiera nos detuvimos a reflexionar sobre las consecuencias a largo plazo
de nuestras invencio¬nes. Nos mostramos harto dispuestos a entregar poderes
de-vastadores en manos del mejor postor y de los funcionarios de cualquier
nación de residencia. Desde sus mismos co¬mienzos, la filosofía y la ciencia
siempre se revelaron ansio¬sas, según palabras de Rene Descartes, de «hacernos
dueños y poseedores de la naturaleza», de emplear la ciencia, como dijo Francis
Bacon, para colocar toda la naturaleza «al servi¬cio del hombre». Bacon se
refirió al «hombre» como ejer¬ciente de un «derecho sobre la naturaleza».
Aristóteles escri¬bió que «la naturaleza ha creado todos los animales en beneficio
del hombre». Immanuel Kant, por su parte, afirmó que «sin el hombre la creación
entera sería un simple yermo, algo en vano». No hace mucho aún oíamos hablar de
«con¬quistar» la naturaleza y de la «conquista» del espacio, como si la
naturaleza y el cosmos fuesen enemigos a vencer.
La comunidad religiosa también ha desempeñado un pa¬pel crucial. Las
confesiones occidentales mantuvieron que, al igual que debemos someternos a
Dios, así debe someterse a nosotros el resto de la creación. Especialmente en
la época moderna, parece ser que nos hemos consagrado más a este segundo empeño
que al primero. En el mundo real y pal¬pable, tal como se revela en lo que
hacemos y no en lo que decimos, muchos seres humanos parecen aspirar a ser los
señores de la creación (con una ocasional reverencia, tal como exigen las
convenciones sociales, a los dioses del momento). Descartes y Bacon fueron
influidos profundamente por la religión. La noción de «nosotros contra la
naturaleza» es un legado de las tradiciones religiosas. En el Libro del
Gé¬nesis, Dios otorga a los seres humanos «el dominio [...] sobre todo ser
vivo» e infunde en «cada bestia» el «espanto» y «el temor» hacia nosotros. Se
apremia al hombre a «someter» la naturaleza, y ese término es traducción de una
palabra hebrea con fuertes connotaciones militares. Hay mucho más en esta línea
dentro de la Biblia y la tradición cristiana medieval de la que emergió la
ciencia moderna. El Islam, por el contrario, no se muestra inclinado a declarar
enemiga a la naturaleza.
Claro está que tanto la ciencia como la religión son es¬tructuras
complejas y de múltiples capas que abarcan muchas opiniones diferentes e
incluso contradictorias. Fueron cientí¬ficos los que descubrieron y denunciaron
las crisis medioam¬bientales, y ha habido científicos que, a un precio muy alto
para sí mismos, se negaron a trabajar en invenciones que pu¬dieran perjudicar a
sus semejantes. Por otra parte, fue la reli¬gión la primera en expresar el
imperativo de reverenciar a los seres vivos.
Cierto que no hay en la tradición judeo-cristiano-musulmana nada que se
aproxime al aprecio por la naturaleza de la tradición hindú-budista-jainista o
de los indios norteameri¬canos. Tanto la religión como la ciencia occidentales
insistie¬ron en afirmar que la naturaleza no es la historia sino el esce¬nario,
y que constituye un sacrilegio considerar sagrada la naturaleza.
Existe, sin embargo, un claro contrapunto religioso: el mundo natural es
una creación de Dios, cuyo propósito no es la glorificación del hombre y que,
en consecuencia, mere¬ce respeto y atención por sí mismo y no simplemente
porque nos resulte útil. En tiempos recientes ha surgido, además, la patética
metáfora de la «administración», la idea de que los seres humanos son los
celadores de la Tierra, que ésa es su misión y que deben rendir cuentas ante el
«propietario» aho¬ra y en un futuro indefinido.
Durante 4.000 millones de años la vida en la Tierra se las arregló
bastante bien sin «celadores». Trilobites y dinosau¬rios, que permanecieron
aquí durante más de 100 millones de años, tal vez encontrarían graciosa la idea
de que una especie que sólo lleva aquí una milésima de ese tiempo decida
autoerigirse en guardiana de la vida en la Tierra. Esa especie se en¬cuentra en
peligro. Se necesitan celadores humanos para pro¬teger a la Tierra de los
hombres.
Los métodos y el carácter de la ciencia y de la religión son
profundamente diferentes. Con frecuencia la religión nos exi¬ge creer sin
dudar, incluso (o sobre todo) en ausencia de una prueba concluyente. Ésta es la
significación crucial de la fe. La ciencia, en cambio, nos exige que no
aceptemos nada como ar¬tículo de fe, que desconfiemos de nuestra inclinación al
autoengaño, que rechacemos las pruebas anecdóticas. La ciencia considera el
escepticismo como virtud fundamental. La reli¬gión suele verlo como una barrera
a la iluminación. Así, du¬rante siglos ha existido un conflicto entre los dos
campos: los descubrimientos de la ciencia planteaban retos a los dogmas
religiosos, y la religión trataba de suprimir hallazgos inquie¬tantes o hacer
caso omiso de ellos.
Pero los tiempos han cambiado. Muchas religiones acep¬tan ahora de buen
grado la idea de una Tierra que gira alre¬dedor del Sol y que cuenta con 4.500
millones de años de edad, de la evolución y otros descubrimientos de la ciencia
moderna. El papa Juan Pablo II ha dicho: «La ciencia puede purificar la
religión del error y la superstición; la religión puede purificar la ciencia de
la idolatría y los falsos absolu-tos. Cada una es capaz de conducir a la otra a
un mundo más amplio, un mundo donde ambas puedan florecer... Es preciso alentar
y alimentar los ministerios integradores.»
En nada resulta esto tan evidente como en la actual crisis
medioambiental. Sea de quien fuere la responsabilidad princi¬pal, no hay manera
de superarla sin comprender los peligros y sus mecanismos, y sin una dedicación
profunda al bienestar a largo plazo de nuestra especie y de nuestro planeta; es
decir, sin la intervención crucial de la ciencia y de la religión.
He tenido la suerte de participar en una extraordinaria sucesión de
reuniones entre dirigentes de las diversas religio¬nes del planeta, científicos
y legisladores de muchas naciones para tratar de abordar la cada vez más seria
crisis medioam¬biental global.
Representantes de casi cien naciones acudieron a Oxford en abril de 1988
y a Moscú en enero de 1990 para asistir a las conferencias del «Foro Global de
Líderes Espirituales y Par¬lamentarios». De pie bajo una enorme fotografía de
la Tierra vista desde el espacio, contemplé una abigarrada y variopinta
representación de la maravillosa variedad de nuestra especie: la madre Teresa y
el cardenal arzobispo de Viena, el arzobis¬po de Canterbury, los grandes
rabinos de Rumania y Gran Bretaña, el Gran Mufti de Siria, el metropolitano de
Mos¬cú, un anciano de la nación onondaga, el sumo sacerdote del Bosque Sagrado
de Togo, el Dalai Lama, clérigos jainistas resplandecientes en sus blancos
hábitos, sijs tocados con tur¬bantes, swamis hindúes, monjes budistas, sacerdotes
sintoístas, protestantes evangélicos, el primado de la Iglesia arme¬nia, un
«Buda viviente» de China, los obispos de Estocolmo y Harare, los metropolitanos
de las iglesias ortodoxas y el jefe de jefes de las seis naciones de la
Confederación Iroquesa; y con ellos el secretario general de Naciones Unidas,
el primer ministro de Noruega, la fundadora de un movimien¬to feminista para la
repoblación forestal de Kenya, el presi¬dente del World Watch Institute, los
dirigentes de la UNICEF, el Fondo para la Población y la UNESCO, el ministro
soviético de Medio Ambiente y parlamentarios de docenas de naciones, incluyendo
senadores, miembros de la Cámara de Representantes y un futuro vicepresidente
de Estados Unidos. Estas reuniones fueron fundamentalmente organiza¬das por una
sola persona, Akio Matsumura, ex funcionario de Naciones Unidas.
Recuerdo los 1.300 delegados congregados en el salón de San Jorge del
Kremlin para escuchar un discurso de Mijáil Gorbachov. Abrió la sesión un
venerable monje védico, representante de una de las tradiciones religiosas más
anti¬guas de la Tierra, invitando a la multitud a entonar la sílaba sagrada
«om». Creo que el entonces ministro de Asuntos Ex¬teriores soviético, Eduard
Shevardnadze, lo hizo, pero Mijáil Gorbachov se abstuvo (cerca se alzaba una
imponente esta¬tua de Lenin, de color lechoso y con la mano extendida).
Al anochecer de aquel mismo viernes 10 delegados judíos que se
encontraban en el Kremlin celebraron un servicio, el primero de la religión
mosaica que tenía lugar allí. Recuerdo al Gran Mufti de Siria recalcando, para
sorpresa y satisfac¬ción de muchos, la importancia en el Islam de «un control
de la natalidad para el bienestar mundial, sin explotarlo a expen¬sas de una
nacionalidad sobre otra». Varios oradores citaron este proverbio de los indios
norteamericanos: «No hemos heredado la Tierra de nuestros antepasados, la
tenemos en préstamo de nuestros hijos.»
Se insistió constantemente en la vinculación de todos los seres humanos.
Escuchamos una parábola secular en que se nos pedía que imagináramos a nuestra
especie como un pue¬blo de 100 familias, 65 de las cuales son analfabetas, 90
no ha¬blan inglés, 70 carecen de agua potable y 80 nunca ha subido a un avión.
De esas familias, siete son dueñas del 60 % de la tierra, consumen el 80 % de
toda la energía disponible y go¬zan de todos los lujos, 60 se hacinan en el 10
% de la superfi¬cie terrestre y sólo una cuenta con algún miembro que tenga
educación universitaria. Si, además, todo —el aire, el agua, el clima y la
implacable luz del sol— va a peor, ¿cuál es nuestra responsabilidad común?
En la conferencia de Moscú, unos cuantos científicos no¬tables firmaron
un documento que presentaron a los líderes religiosos mundiales. Su respuesta
fue abrumadoramente po¬sitiva. La reunión concluyó con un plan de acción en el
que figuraban estas palabras:
Esta cita no es un mero acontecimiento, sino un paso dentro de un proceso
en marcha en el que nos hallamos im¬plicados de manera irrevocable. Ahora
retornamos a nuestras casas con el compromiso de actuar como fervientes
partici-pantes en este proceso, como emisarios del cambio funda¬mental en las
actitudes y prácticas que han empujado a nues¬tro mundo hasta un extremo tan
peligroso.
Los dirigentes religiosos han emprendido acciones en muchos países. En
Estados Unidos ya han dado grandes pa¬sos la Conferencia Católica, la Iglesia
Episcopaliana, la Igle¬sia Unida de Cristo, los cristianos evangélicos, los
líderes de la comunidad judía y muchos otros grupos. Como cataliza¬dor de este
proceso se estableció un Llamamiento Conjunto de la Ciencia y la Religión para
el Medio Ambiente, presidido por el reverendísimo James Parks Morton, deán de
la ca¬tedral de San Juan el Divino, y yo mismo; el vicepresidente Al Gore,
entonces senador, desempeñó un papel crucial. En la reunión exploratoria de
científicos y dirigentes de las prin¬cipales confesiones estadounidenses,
celebrada en Nueva York en junio de 1991, se hizo evidente que existía una
amplia base común:
Es grande la tentación de negar o dejar a un lado esta cri¬sis
medioambiental global y rechazar incluso la consideración de los cambios
fundamentales en la conducta humana reque¬ridos para abordarla. Pero los
dirigentes religiosos aceptamos la responsabilidad profética de dar a conocer
todas las dimen¬siones de este cambio y las exigencias para acometerlo a los
muchos millones de personas a quienes llegamos, enseñamos y aconsejamos.
Pretendemos ser participantes documentados en los de¬bates sobre estas
cuestiones y contribuir con nuestras opinio¬nes al imperativo moral y ético de
la concepción de solucio¬nes políticas nacionales e internacionales. Declaramos
aquí y ahora los pasos que es preciso dar: una supresión acelerada de los
productos químicos que dañan el ozono; un empleo mu¬cho más eficiente de los
combustibles fósiles y el desarrollo de una economía no dependiente de ellos;
la preservación de los bosques tropicales y la adopción de otras medidas que
protejan la diversidad biológica, y esfuerzos concertados para frenar el
crecimiento espectacular y peligroso de la población mundial mediante la
promoción de mujeres y hombres, el fo¬mento de la autosuficiencia económica y
la realización de programas de planificación familiar accesibles a todos sobre
una base estrictamente voluntaria.
Creemos que entre la más alta jerarquía de un amplio es¬pectro de
tradiciones religiosas hay ahora coincidencia en pensar que la causa de la
integridad y la justicia medioam¬bientales debe ocupar en las personas de fe
una posición de máxima prioridad. La respuesta a esta cuestión puede y debe
superar las fronteras religiosas y políticas tradicionales. Tene¬mos aquí un
potencial de unificación y renovación de la vida religiosa.
La última frase del párrafo intermedio representa un tor¬tuoso compromiso
con la delegación católica, opuesta no sólo a la descripción de cualquier
método anticonceptivo, sino incluso a la inclusión del término «control de la
nata¬lidad».
Hacia 1993, el Llamamiento Conjunto de la Ciencia y la Religión para el
Medio Ambiente dio paso a la Asociación Religiosa Nacional en pro del Medio
Ambiente, una coali¬ción de comunidades católicas, judías, protestantes,
ortodo¬xas orientales, la Iglesia negra histórica y cristianos evangéli¬cos.
Mediante el material preparado por la oficina científica de la asociación, los
grupos participantes han comenzado —tanto individual como colectivamente— a
ejercer una in¬fluencia considerable. De muchas comunidades religiosas antes
carentes de programas o departamentos medioambien¬tales de carácter nacional se
puede decir ahora que están «plenamente comprometidas en este empeño». Los
manuales de educación y acción medioambientales han llegado a unas 100.000
agrupaciones religiosas que representan a decenas de millones de
norteamericanos. Miles de dirigentes eclesiásti¬cos y laicos han participado en
el adiestramiento regional y se han documentado millares de iniciativas
ambientales. Se ha solicitado el apoyo de legisladores estatales y nacionales,
in¬formado a los medios de comunicación, organizado semina¬rios y pronunciado
homilías acerca de estos temas. Como ejemplo escogido más o menos al azar, en
enero de 1996 la Red Ambiental Evangélica —organización de la comunidad
cristiana evangélica que forma parte de la asociación— solici¬tó el apoyo de
los congresistas al proyecto de Ley de Espe¬cies en Peligro (a su vez
amenazada). ¿Sobre qué base? Un portavoz explicó que si bien los evangélicos
«no eran cientí¬ficos», podían defender esa ley por razones teológicas,
calificando la legislación para proteger las especies en peligro como «el arca
de Noé de nuestro tiempo». Aparentemente goza de aceptación general el
principio básico de la asocia¬ción según el cual «la protección ambiental tiene
que ser ahora un componente crucial de la vida de la fe». Hay una gran
iniciativa que la asociación todavía no ha abordado: lle¬gar a aquellos fieles
que, además, son ejecutivos de grandes empresas cuya actividad afecta el medio
ambiente. Confío en que sea acometida.
La actual crisis medioambiental no constituye un desas¬tre, al menos por
el momento. Como otras crisis, esconde un potencial para la manifestación de
poderes de cooperación, talento y dedicación hasta ahora no explotados y ni
siquiera imaginados. Es posible que la ciencia y la religión difieran acerca
del origen de la Tierra, pero cabe coincidir en que su protección merece
nuestra profunda atención y nuestros afa¬nes más entusiastas.
EL LLAMAMIENTO
Lo que sigue es el texto remitido en enero de 1990 por un grupo de
científicos a los dirigentes religiosos y titulado «Preservar y amar la Tierra:
Una llamada para el esta-blecimiento de una comisión conjunta de ciencia y
re¬ligión».
La Tierra es el lugar de nacimiento de nuestra especie y, por lo que
hasta ahora sabemos, nuestro único hogar. Cuan¬do éramos pocos y teníamos una
tecnología débil, care¬cíamos de poder para influir en el ambiente de nuestro
mun¬do, pero ahora, de repente, casi sin que nadie lo haya advertido, nuestra
población se ha hecho inmensa y nuestra tecnología ha alcanzado poderes
descomunales, aterradores incluso. Voluntariamente o no, somos ya capaces de
provocar cambios devastadores en el entorno global, un medioambiente al que
nosotros y todos los demás seres con quienes compartimos la Tierra estamos
meticulosa y exquisitamente adaptados.
Ahora nos vemos amenazados por alteraciones globales que evolucionan
rápidamente y de las que somos autores, cuyas consecuencias biológicas y
ecológicas a largo plazo por desgracia ignoramos: adelgazamiento de la capa
protec-tora de ozono, un calentamiento global sin precedentes en los últimos
150 milenios, la desaparición de casi media hectá¬rea de bosque cada segundo,
la extinción acelerada de espe¬cies y la perspectiva de una guerra nuclear que
ponga en pe¬ligro a la mayoría de la población del planeta. Tal vez existan
otros riesgos de los que, en nuestra impericia, aún no somos conscientes. Todos
y cada uno representan una trampa dispuesta para la especie humana, una trampa
tendida por nosotros mismos. Por fundadas y excelsas (o ingenuas y miopes) que hayan
sido las justificaciones de las actividades que tra¬jeron tales peligros, estas
actividades amenazan ahora a nues¬tra especie y muchas otras. Estamos a punto
de cometer —muchos dirían que ya estamos cometiendo— lo que en lenguaje
religioso se califica a veces de «crímenes contra la Creación».
Por su misma naturaleza, estas agresiones al medio am¬biente no han sido
sólo obra de un grupo político o de una generación. Intrínsecamente, son
multinacionales, multigeneracionales y transideológicas. También lo son todas
las so¬luciones concebibles. Para escapar de esta trampa hace falta una
perspectiva que englobe a los seres humanos del planeta y a las generaciones
futuras.
Desde el principio, es preciso reconocer que unos pro¬blemas de tal
magnitud y unas soluciones que exigen una perspectiva tan amplia poseen una
dimensión tanto religiosa como científica. Conscientes de nuestra
responsabilidad co¬mún, nosotros los científicos —comprometidos muchos en la
lucha contra la crisis medioambiental— apelamos urgentemen¬te a la comunidad
religiosa internacional para que se consa¬gre, en palabra y obra, y tan
enérgicamente como se requiere, a la preservación del medio ambiente de la Tierra.
Algunos de los remedios a corto plazo de estos peligros —como una mayor
eficiencia energética, la rápida prohibi¬ción de los clorofluorocarbonos o una
reducción modesta de los arsenales nucleares— resultan relativamente accesibles
y en alguna medida están ya en marcha; pero otros enfoques más amplios, a más
largo plazo y más eficaces tropezarán por doquier con la inercia, el rechazo y
la resistencia. En esta ca¬tegoría figuran el paso de una economía basada en
los com-bustibles fósiles a otra centrada en una energía no conta¬minante, la
inversión rápida y persistente de la carrera de armamento nuclear y una
interrupción voluntaria del creci¬miento de la población mundial, sin cuya
consecución quedarán anulados muchos otros enfoques de la conservación del medio
ambiente.
Como en las cuestiones relativas a la paz, los derechos humanos y la
justicia social, las instituciones religiosas tam¬bién pueden representar aquí
una fuerza sólida que estimule iniciativas nacionales e internacionales, tanto
en el sector pú¬blico como en el privado y en las diversas esferas del
comer¬cio, la educación, la cultura y los medios de comunicación de masas.
La crisis ambiental requiere cambios radicales no sólo en la política
oficial, sino también en la conducta individual. Los antecedentes históricos
ponen de manifiesto que las en¬señanzas, el ejemplo y la dirección religiosos
son muy capa¬ces de influir en el comportamiento y el compromiso perso¬nales.
Como científicos, muchos de nosotros tenemos expe¬riencias profundas de
asombro y reverencia ante el universo. Entendemos que es más probable que sea
tratado con respeto aquello que se considera sagrado. Es preciso infundir
sacrali¬dad en los esfuerzos por salvaguardar y respetar el medio am¬biente. Al
mismo tiempo, se requiere un conocimiento más amplio y profundo de la ciencia y
la tecnología. Si no com¬prendemos el problema, es improbable que seamos
capaces de solucionarlo. Tanto la religión como la ciencia tienen, pues, un
papel vital que desempeñar.
Sabemos que el bienestar de nuestro medioambiente pla¬netario es ya
motivo de profunda preocupación en concilios y congregaciones. Confiamos en que
este llamamiento alenta¬rá un espíritu de causa común y de acción conjunta para
con-tribuir a la preservación de la Tierra.
La respuesta al llamamiento de los científicos acerca del medio ambiente
fue pronto firmada por centenares de líderes espirituales de 83 países,
incluyendo 37 jefes de organizaciones religiosas nacionales e internacionales.
Entre ellos figuraban los secretarios generales de la Liga Musulmana
Mundial y del Consejo Mundial de las Igle¬sias, el vicepresidente del Congreso
Judío Mundial, el ca¬tolikós de todos los armenios, el metropolitano Pitirim de
Rusia, los grandes muftis de Siria y de la ex Yugosla¬via, los obispos que
presiden las iglesias cristianas de China y la episcopaliana, la luterana, la
metodista y la menonita de Estados Unidos, así como 50 cardenales, la¬mas,
arzobispos, grandes rabinos, patriarcas, mulahs y obispos de las principales
ciudades del mundo. Manifes¬taron lo siguiente:
Nos declaramos conmovidos por el espíritu del llama¬miento y arrostrados
por su sustancia. Compartimos su sen¬tido de apremio. Esta invitación a la
colaboración marca un momento y una oportunidad singulares en la relación entre
la ciencia y la religión.
Muchos miembros de la comunidad religiosa han reac¬cionado con creciente
alarma ante los informes de amenazas a la salud del medioambiente de nuestro
planeta, como las expuestas en el llamamiento. La comunidad científica ha
prestado un gran servicio a la humanidad al aportar las prue¬bas de tales
peligros. Alentamos una investigación continua¬da y escrupulosa y debemos tomar
en consideración sus re-sultados en todas nuestras deliberaciones y
declaraciones referentes a la condición humana.
Creemos que la crisis del medio ambiente es intrínseca¬mente religiosa.
Todas las tradiciones y enseñanzas de la fe nos instruyen firmemente para que
reverenciemos y cuide¬mos el mundo natural, pero la creación sagrada está
siendo violada y corre un riesgo extremo como resultado de un comportamiento
humano añejo. Es esencial una respuesta religiosa para invertir esas pautas
inveteradas de negligencia y explotación.
Por este motivo, damos la bienvenida al llamamiento de los científicos y
estamos dispuestos a explorar tan pronto como sea posible formas concretas y
específicas de colabora¬ción y acción. La propia Tierra nos llama a lograr
nuevos ni¬veles de compromiso conjunto.
tercera parte ALLÍ DONDE CHOCAN CORAZONES Y MENTES
14. EL ENEMIGO COMÚN
No soy un pesimista. Percibir el mal allí donde existe es, en mi opinión,
una forma de optimismo.
Roberto Rossellini
Sólo en el espacio de tiempo representado por el siglo actual ha
adquirido una especie el poder de alterar la naturaleza del mundo.
Rachel Carson, Primavera silenciosa, 1962
INTRODUCCIÓN
En 1988 se me brindó una oportunidad única: fui invita¬do a escribir un
artículo sobre las relaciones entre Estados Unidos y la entonces Unión
Soviética que aparecería, más o menos simultáneamente, en las publicaciones de
mayor difu¬sión de los dos países. Era la época en que Mijaíl Gorbachov trataba
de otorgar a los ciudadanos soviéticos el derecho a expresar libremente sus
opiniones. Algunos la recuerdan también como el tiempo en que la administración
Reagan modificaba lentamente su decidida postura en favor de la guerra fría.
Pensé que un artículo semejante podría hacer algo de bien. Más aún, durante una
reciente reunión en la «cumbre», Reagan había comentado que sería mucho más
fácil la colaboración entre Estados Unidos y la Unión So¬viética de existir el
peligro de una invasión alienígena. Aque¬llo parecía dar a mi trabajo un punto
de partida. Quise que el artículo fuera una provocación para los ciudadanos de
ambos países y exigí de las dos partes garantías de que no sería censurado.
Tanto el director de Parade, Walter Anderson, como el de Ogonyok, Vitaly
Korotich, accedieron de buen grado. Bajo el título de «El enemigo común», el
artícu¬lo apareció en el número de Parade del 7 de febrero de 1988 y en el del
12-19 de marzo del mismo año de Ogonyok. Lue¬go fue reproducido en The
Congressional Record, ganando en 1989 el premio Rama de Olivo de la Universidad
de Nue¬va York, y fue muy comentado, tanto en un país como en el otro.
Parade abordó directamente las cuestiones polémicas del texto con esta
introducción:
El siguiente artículo, cuya publicación íntegra está también prevista en
Ogonyok, la revista más popular de la Unión So¬viética, trata de las relaciones
entre las dos naciones. Es proba¬ble que algunos ciudadanos de ambos países
encuentren in-cómodas e incluso provocativas ciertas consideraciones de Cari
Sagan, sobre todo porque pone en tela de juicio las visio¬nes populares de la
historia de cada nación. La redacción de Pa¬rade confía en que este análisis,
que será leído tanto aquí como en la Unión Soviética, constituya un primer paso
hacia la consecución de los mismos objetivos a que hace referencia el autor.
Las cosas, sin embargo, no eran tan sencillas, ni siquiera en la
liberalizadora Unión Soviética de 1988. Korotich se ha¬bía comprometido antes
de conocer el texto, y cuando leyó mis comentarios críticos sobre la historia y
la política soviéticas se sintió obligado a consultar a una autoridad superior.
La responsabilidad del contenido del artículo, tal como apa¬reció en Ogonyok,
acabó recayendo, al parecer, en el doctor Georgi Arbatov, director del
Instituto de Estados Unidos y Canadá de la entonces Academia Soviética de
Ciencias, miembro del comité central del Partido Comunista y conse¬jero íntimo
de Gorbachov. Arbatov y yo mantuvimos en pri¬vado varias conversaciones de
carácter político, y me sor¬prendieron su franqueza y su sinceridad. Aunque en
cierto modo resultaba alentador advertir que en su mayor parte el texto no
había sido retocado, también resulta instructivo comprobar qué cambios se
habían efectuado y qué pensa¬mientos se juzgaban demasiado peligrosos para el
ciudadano soviético medio. Así pues, al final del artículo menciono las
alteraciones más interesantes, que no dejan de constituir una censura.
EL ARTÍCULO
Si unos extraterrestres estuvieran a punto de invadirnos, dijo el
presidente de Estados Unidos al secretario general so¬viético, nuestros dos
países podrían unirse contra el enemigo común. Existen, desde luego, muchos
ejemplos de adversa¬rios mortales que, enfrentados durante generaciones,
aparca¬ron sus diferencias para atender una amenaza más apremian¬te: las
ciudades-estado griegas contra los persas; los rusos y los cumanos (que antaño
habían saqueado Kiev) contra los mongoles o, de hecho, los norteamericanos y
los soviéticos contra los nazis.
Una invasión alienígena es ciertamente improbable, pero hay un amplio
abanico de enemigos comunes (algunos de los cuales representan una amenaza sin
precedentes, propia, por otra parte, de nuestro tiempo). Proceden de nuestro
crecien-te poder tecnológico y de nuestra resistencia a prescindir de las
ventajas a corto plazo en beneficio del bienestar de nues¬tra especie a más
largo plazo.
El inocente acto de quemar carbón y otros combustibles fósiles incrementa
el efecto invernadero del dióxido de car¬bono y eleva la temperatura de la
Tierra, de manera que, se¬gún algunas previsiones, en menos de un siglo el
Medio Oes¬te estadounidense y la Ucrania soviética —actuales graneros del
mundo— podrían convertirse en eriales. Diversos gases inertes y aparentemente
inofensivos empleados en la refrige¬ración debilitan la capa protectora de
ozono, con lo que au-menta el volumen de radiación ultravioleta solar que llega
a la superficie de la Tierra, destruyéndose así un número enor¬me de
microorganismos en la base de una mal comprendida cadena alimentaria, en cuya
cima nos mantenemos de manera precaria. La contaminación industrial de Estados
Unidos destruye bosques en Canadá. Un accidente en un reactor nu¬clear
soviético pone en peligro la antigua cultura de Laponia. Terribles enfermedades
epidémicas se extienden por todo el mundo aceleradas por la tecnología de los
transportes modernos. Es seguro que habrá otros peligros que, por nuestra
voluble atención a lo inmediato, todavía no hemos descu¬bierto.
La carrera de las armas nucleares, iniciada conjuntamente por Estados
Unidos y la Unión Soviética, ha minado el plane¬ta con unas 60.000 armas
atómicas, muchas más de las necesa¬rias para hacer desaparecer ambas naciones,
poner en peligro la civilización global y, quizá, acabar incluso con el
experi¬mento humano que comenzó hace un millón de años. Pese a las indignadas
protestas pacifistas y los compromisos solem¬nes de los tratados para invertir
la carrera nuclear, cada año Estados Unidos y la Unión Soviética se las
arreglan para fabri¬car nuevos artefactos atómicos capaces de destruir todas
las ciudades importantes del planeta. Cuando se piden justifica¬ciones, cada
parte se apresura a acusar a la otra. Tras los desas¬tres del transbordador
espacial Challenger y de la central nuclear de Chernobil, tuvimos que recordar
que, pese a nuestros mejores esfuerzos, la alta tecnología puede tener fallos
catas¬tróficos. En el siglo de Hitler, hemos comprobado que los lo¬cos son
capaces de hacerse con el control absoluto de estados industriales modernos.
Sólo es cuestión de tiempo el que se produzca algún error sutil e imprevisto en
la maquinaria de la destrucción masiva, o un fallo crucial de las
comunicaciones, o una crisis emocional de algún líder nacional abrumado. En
términos generales, la especie humana gasta anualmente cerca de un billón de
dólares (casi todo por parte de Estados Unidos y la Unión Soviética) en
preparativos para la intimidación y la guerra. Volviendo al principio, es
posible que los malévolos extraterrestres apenas tuviesen motivo para atacar la
Tierra; después de un examen preliminar, tal vez decidieran tener un poco de
paciencia y aguardar a que nosotros mismos nos des-truyéramos.
Estamos en peligro. No necesitamos invasores alieníge¬nas. Ya hemos
generado riesgos suficientes por nuestra cuen¬ta, pero se trata de peligros
invisibles, en apariencia muy ale¬jados de la vida cotidiana, cuya comprensión
requiere una reflexión atenta y que se refieren a gases transparentes,
radia¬ciones invisibles y armas nucleares de cuyo empleo casi nadie ha sido
testigo. No hay un ejército extranjero dispuesto a sa¬quear, subyugar, violar y
asesinar.
Nuestros enemigos comunes son de personificación más laboriosa, más
difíciles de odiar que un Shahanshah, un Kan o un Führer. La integración de
fuerzas contra estos nuevos adversarios nos obliga a realizar un decidido
esfuerzo de autorreconocimiento, porque nosotros mismos —todas las na¬ciones de
la Tierra, pero en especial Estados Unidos y la Unión Soviética— somos
responsables de los peligros que ahora afrontamos.
Nuestras dos naciones son tapices tejidos por una rica di¬versidad de
fibras étnicas y culturales. Militarmente, somos los países más poderosos de la
Tierra. Defendemos la idea de que la ciencia y la tecnología pueden construir
una vida me¬jor para todos. Compartimos una fe manifiesta en el derecho de los
pueblos a regirse por sí mismos. Nuestros sistemas de gobierno fueron fruto de
revoluciones históricas contra la in¬justicia, el despotismo, la incompetencia
y la superstición. Venimos de revolucionarios que consiguieron lo imposible:
li¬brarnos de tiranías arraigadas durante siglos y supuestamente sancionadas
por la divinidad. ¿Qué nos costará escapar de la trampa que nosotros mismos nos
hemos tendido?
Cada bando guarda celosamente en su memoria una larga lista de abusos
cometidos por el otro, algunos imaginarios, pero la mayoría auténticos en mayor
o menor grado. Cada vez que una parte comete un atropello, podemos tener la
se-guridad de que la otra le pagará con la misma moneda. Am¬bas naciones
rebosan de orgullo herido y profesión de rec¬titud moral. Cada una conoce hasta
el mínimo detalle las fechorías de la otra, pero apenas repara en los pecados
propios y los sufrimientos causados por su política. En cada bando hay, desde
luego, personas bondadosas y honestas que perciben los peligros creados por sus
políticas nacionales, gentes para las que enderezar las cosas es una cuestión
de de¬cencia elemental y de simple supervivencia. Sin embargo, hay también, en
uno y otro bando, personas poseídas por un odio y un miedo avivados por las
respectivas agencias propa¬gandísticas nacionales, gentes que creen que sus
adversarios son irredimibles y buscan el enfrentamiento. Los duros de cada
bando azuzan a los del bando contrario. Se deben mu¬tuamente su crédito y su
fuerza. Se necesitan los unos a los otros. Están trabados en un abrazo mortal.
Si nadie más, alienígena o humano, puede librarnos de este abrazo mortal,
sólo nos resta una alternativa: por dolo¬roso que resulte, tendremos que
lograrlo nosotros mismos. Un buen comienzo consiste en examinar los hechos
histó¬ricos tal como los vería la otra parte (o la posteridad, si hay alguna).
Imaginemos primero cómo consideraría un observador soviético algunos de los
acontecimientos de la historia de Estados Unidos: este país, fundado en el
principio de la liber¬tad, fue la última gran nación en poner fin a la
esclavitud; muchos de sus fundadores —George Washington y Thomas Jefferson
entre ellos— fueron propietarios de esclavos; y el racismo estuvo legalmente
sancionado durante un siglo tras la liberación de los esclavos. Estados Unidos
ha violado de manera sistemática más de 300 tratados firmados para ga¬rantizar
algunos de los derechos de los habitantes originarios de aquellas tierras. En
1899, dos años antes de ser elegido presidente, Theodore Roosevelt, en un
discurso que fue muy aplaudido, defendió la «guerra justa» como único medio de
alcanzar la «grandeza nacional». En 1918, Estados Unidos invadió la Unión
Soviética en un frustrado intento por aca¬bar con la revolución bolchevique.
Estados Unidos inventó las armas nucleares y fue la primera y única nación que
las utilizó contra la población civil, matando en ese proceso cen¬tenares de
miles de hombres, mujeres y niños. Estados Uni¬dos albergaba planes operativos
para el aniquilamiento nu¬clear de la Unión Soviética aun antes de que ésta
dispusiera de un arma atómica, y fue el principal innovador en la conti¬nuada
carrera de armas nucleares. De las numerosas contradicciones recientes entre
teoría y práctica por parte de Esta¬dos Unidos cabe citar la advertencia,
imbuida de indignación moral, de la administración actual [Reagan] a sus
aliados para que no vendieran armas a los terroristas de Irán mientras, bajo
cuerda, hacía precisamente eso; la maquinación de gue¬rras soterradas por todo
el mundo en nombre de la democra¬cia, en tanto se oponía a sanciones económicas
efectivas con¬tra un régimen surafricano que priva a la inmensa mayoría de
ciudadanos de cualquier derecho político; la indignación ante el hecho de que,
violando la legislación internacional, Irán minase el Golfo Pérsico, al tiempo
que esa misma adminis¬tración hacía lo propio con puertos nicaragüenses y
después eludía la jurisdicción del Tribunal Internacional; la acusación sobre
Libia de matar niños y el asesinato de niños en represa¬lia, y la denuncia del
trato de las minorías en la Unión Sovié¬tica, cuando en Estados Unidos hay más
jóvenes negros en las cárceles que en las universidades. No se trata sólo de
ma¬ligna propaganda soviética. Incluso las personas en buena disposición hacia
Estados Unidos podrían tener grandes re¬servas acerca de las verdaderas
intenciones de este país, sobre todo cuando los norteamericanos se resisten a
reconocer los hechos incómodos de su historia.
Imaginemos ahora cómo consideraría un observador oc¬cidental algunos de
los acontecimientos de la historia soviéti¬ca. En su orden de ataque del 2 de
julio de 1920, el mariscal Tujachevsky dijo: «Con nuestras bayonetas llevaremos
la paz y la felicidad a la humanidad trabajadora ¡Hacia el Oeste!» Poco
después, Lenin, en una conversación con delegados franceses, observó: «Sí, las
tropas soviéticas están en Varsovia. Pronto Alemania será nuestra.
Reconquistaremos Hun¬gría. Los Balcanes se alzarán contra el capitalismo.
Italia tem¬blará. En esta tormenta estallarán todas las costuras de la Europa
burguesa.» Evoquemos luego los millones de ciuda¬danos soviéticos muertos por
obra de la política premeditada de Stalin en los años que median entre 1919 y
la Segunda Guerra Mundial: la colectivización forzada, las deportacio¬nes en
masa de campesinos, la consecuente hambruna de 1932-1933 y las grandes purgas,
en la que fueron detenidos y ejecutados casi todos los jerarcas del Partido
Comunista ma¬yores de 35 años mientras era proclamada con ufanía una nueva
constitución que supuestamente garantizaba los dere¬chos de los ciudadanos
soviéticos. Consideremos asimismo la decapitación del Ejército Rojo por orden
de Stalin, el pro¬tocolo secreto de su pacto de no agresión con Hitler y su
ne¬gativa a creer en una invasión nazi de la URSS incluso des¬pués de
comenzada, y los millones de muertos por esa causa. Pensemos a continuación en
las restricciones soviéticas de los derechos civiles, la libertad de expresión
y la emigración, el antisemitismo continuo y endémico y la persecución
religio¬sa. Si poco después del establecimiento de una nación sus más altos
dirigentes militares y civiles se jactan de sus inten¬ciones de invadir estados
vecinos, si el líder absoluto durante casi la mitad de su historia es alguien
que sistemáticamente mató a millones de compatriotas, si todavía hoy figura en
sus monedas el símbolo nacional blasonado sobre el mundo entero, es
comprensible que ciudadanos de otras naciones, incluso aquellos de disposición
más pacífica o crédula, se muestren escépticos ante sus buenas intenciones, por
sinceras y auténticas que éstas sean. No se trata sólo de maligna pro¬paganda
norteamericana. El problema se complicará si se pretende que tales hechos jamás
existieron.
«Ninguna nación puede ser libre si oprime a otras nacio¬nes», escribió
Friedrich Engels. En la conferencia de Londres de 1903, Lenin postuló «el
completo derecho de todas las naciones a la autodeterminación». Los mismos
principios fue¬ron formulados con casi idéntico lenguaje por Woodrow Wilson y
muchos otros políticos estadounidenses. Sin embargo, y para ambas naciones, los
hechos hablan de otra manera.
La Unión Soviética se anexionó por la fuerza Letonia, Lituania, Estonia y
partes de Finlandia, Polonia y Rumania; ocupó y sometió a un régimen comunista
a Polonia, Ruma¬nia, Hungría, Mongolia, Bulgaria, Checoslovaquia, Alemania
oriental y Afganistán, y sofocó el alzamiento de los obreros de Alemania
oriental en 1953, la revolución húngara de 1956 y la tentativa checa de
introducir en 1968 el glasnost y la perestroika. Dejando aparte las guerras
mundiales y las expedi¬ciones para combatir la piratería o el tráfico de
esclavos, Es¬tados Unidos ha perpetrado invasiones e intervenciones armadas en
otros países en más de 130 ocasiones*, incluyendo China (18 veces), México
(13), Nicaragua y Panamá (9 cada uno), Honduras (7), Colombia y Turquía (6 en
cada país), República Dominicana, Corea y Japón (5 cada uno), Argentina, Cuba,
Haití, el reino de Hawai y Samoa (4 cada uno), Uruguay y Fiji (3 cada uno),
Granada, Puerto Rico, Brasil, Chile, Marruecos, Egipto, Costa de Marfil, Siria,
Irak, Perú, Formosa, Filipinas, Camboya, Laos y Vietnam. La ma¬yoría de estas
incursiones han sido escaramuzas para mantener gobiernos sumisos o proteger
propiedades e intereses de empresas estadounidenses, pero algunas han sido
mucho más importantes, prolongadas y cruentas.
Las fuerzas armadas estadounidenses han actuado en La¬tinoamérica no ya
antes de la revolución bolchevique, sino antes del Manifiesto comunista, lo que
hace un poco difícil de aceptar la justificación anticomunista de la
intervención en Nicaragua, pero las deficiencias de la argumentación
resul¬tarían mejor apreciadas si la Unión Soviética no hubiese adquirido la
costumbre de engullir países. La invasión nor-teamericana del Sureste asiático
—de unas naciones que ja¬más habían dañado o amenazado a Estados Unidos— supuso
la muerte de 58.000 norteamericanos y más de un millón de asiáticos; Estados
Unidos lanzó 7,5 megatones de explosivos de gran potencia y ocasionó un caos
ecológico y económico del que la región todavía no se ha recobrado. Desde 1979,
más de 100.000 soldados soviéticos ocuparon Afganistán —una nación con una
renta per cápita inferior a la de Haití— en medio de atrocidades en buena parte
no reveladas (porque los soviéticos tienen mucho más éxito que los
norteamerica¬nos a la hora de excluir de sus zonas bélicas a los periodistas
independientes).
La enemistad habitual es corruptora y se nutre a sí mis¬ma. Si flaquea,
cabe revivirla con facilidad mediante el re¬cuerdo de abusos pasados, la
invención de alguna atrocidad o algún incidente militar, el anuncio de que el
adversario cuen¬ta ya con una nueva arma peligrosa, o recurriendo a acusaciones
de ingenuidad o deslealtad cuando la opinión política interna se torna
incómodamente imparcial. Para muchos norteamericanos, comunismo significa
pobreza, atraso, el gulag por expresar lo que uno piensa, aplastamiento
implaca¬ble del espíritu humano y sed de conquistar el mundo. Para muchos
soviéticos, el capitalismo significa codicia desalmada e insaciable, racismo,
guerra, inestabilidad económica y una conspiración internacional de los ricos
contra los pobres. Se trata de caricaturas —pero no del todo— a las que, a lo
largo de los años, las acciones soviéticas y norteamericanas han prestado
cierto crédito y alguna plausibilidad.
Estas caricaturas persisten en parte porque son verda¬deras, pero también
porque resultan útiles. Si hay un enemi¬go implacable, entonces los burócratas
disponen de una jus¬tificación inmediata para la subida de los precios, la
escasez de artículos de consumo, la falta de competitividad de la na¬ción en
los mercados internacionales, la existencia de gran número de desempleados y
personas sin hogar, para tachar de antipatrióticas e inadmisibles las críticas
a los líderes, y, sobre todo, para la necesidad de recurrir a un mal tan
abso¬luto como la instalación de decenas de millares de armas nucleares. Ahora
bien, si el adversario no resulta lo bastan¬te maligno ya no es tan fácil
ignorar la incompetencia y la falta de visión de los gobernantes.
Los burócratas tienen buenos motivos para inventar ene¬migos y exagerar
sus fechorías.
Cada nación cuenta con instituciones militares y servi¬cios de
información que valoran el peligro planteado por el otro bando. Esos centros
tienen un interés creado en los grandes desembolsos militares y de espionaje.
Así, tienen que enfrentarse a una continua crisis de conciencia (un incentivo
claro para exagerar la capacidad y las intenciones del adversa¬rio). Cuando
sucumben a ella, dicen que se trata de una pru¬dencia necesaria; pero sea cual
fuere el término empleado, impulsa la carrera de armamentos. ¿Existe una
apreciación pública e imparcial de los datos de los servicios de inteligen¬cia?
No. ¿Por qué? Porque se trata de datos secretos. Tene¬mos de este modo una
máquina que funciona por sí misma, una especie de conspiración de facto para
impedir que las tensiones decaigan por debajo de un nivel mínimo de
acepta¬bilidad burocrática.
Es evidente que muchas instituciones y dogmas naciona¬les, por eficaces
que hayan sido alguna vez, requieren un cambio. Ninguna nación está bien
preparada todavía para el mundo del siglo XXI. El reto, pues, no consiste en
una glo¬rificación selectiva del pasado o la defensa de los iconos na¬cionales,
sino en trazar un camino que nos permita seguir adelante en un tiempo de gran
peligro mutuo. A este efecto necesitaremos toda la ayuda que podamos conseguir.
Una lección crucial de la ciencia es que para comprender cuestiones
complejas (o incluso sencillas) debemos tratar de liberar nuestra mente del
dogma y garantizar la libertad de publicar, de rebatir y de experimentar. Los
argumentos de autoridad resultan inaceptables. Todos, aun los dirigentes, somos
falibles. Sin embargo, por claro que resulte que el pro¬greso necesita de la
crítica, los gobiernos tienden a resistirse. El ejemplo definitivo es el de la
Alemania de Hitler. He aquí un pasaje de un discurso del dirigente nazi Rudolf
Hess, fe¬chado el 30 de junio de 1934: «Hay un hombre por encima de toda
crítica, y es el Führer. Todo el mundo lo siente y lo sabe: siempre tiene razón
y siempre la tendrá. El nacionalso¬cialismo de todos nosotros se sustenta en
una lealtad acrítica, en un sometimiento al Führer.»
Una observación de Hitler remacha todavía más la con¬veniencia de
semejante doctrina para los dirigentes naciona¬les: «¡Qué buena fortuna para
quienes ostentan el poder que la gente no reflexione!» A corto plazo, una
docilidad intelec¬tual y moral muy difundida puede ser conveniente para los
líderes, pero a largo plazo es suicida para la nación. Uno de los criterios
para el liderazgo nacional debe ser, por lo tanto, el talento para entender,
estimular y hacer un uso constructi¬vo de la crítica vigorosa.
Cuando quienes antaño fueron silenciados y humillados por el terror del
Estado son ahora capaces de manifestar¬se —jóvenes apóstoles de la libertad que
emprenden su pri¬mer vuelo— se sienten alborozados, y otro tanto sucede con
cualquier amante de la libertad que les observe. El glasnost y la perestroika
muestran al resto del mundo la esfera humana de la sociedad soviética que
políticas pasadas enmascaraban. Proporcionan, a todos los niveles de esa
sociedad, mecanismos para la corrección de errores. Son esenciales para el
bienestar económico. Permiten auténticos avances en la coo¬peración
internacional y un gran freno de la carrera de arma¬mentos. Así, el glasnost y
la perestroika resultan convenientes tanto para la Unión Soviética como para
Estados Unidos.
En la Unión Soviética, existe obviamente una oposición al glasnost y la
perestroika por parte de los que ahora tienen que demostrar su capacidad, entre
quienes no están acostumbra¬dos a las responsabilidades de la democracia;
aquellos que, después de décadas de atenerse a las normas, no están dispues¬tos
a responder de su conducta pasada. Mientras la Unión Soviética reúne fuerzas
para emerger como un rival todavía más formidable, también en Estados Unidos
hay algunos que prefieren la antigua Unión Soviética, debilitada por su falta
de democracia, fácilmente caricaturizable y satanizable. (Los es¬tadounidenses,
durante mucho tiempo complacientes con sus propias formas democráticas, también
tienen algo que apren¬der del glasnost y la perestroika; esta idea, por sí
sola, suscita incomodidad en algunos de ellos.) Con fuerzas tan poderosas
desplegadas a favor y en contra de la reforma, nadie puede sa¬ber cuál será el
resultado.
Lo que en ambos países pasa por debate público sigue siendo, por encima
de todo y tras un atento análisis, la repe¬tición de lemas nacionales, una
apelación a los prejuicios po¬pulares, insinuaciones, autojustificación,
orientaciones erróneas, conjuro de sermones cuando se requieren datos y un
profundo desdén por la inteligencia de la ciudadanía. Lo que necesitamos es
reconocer cuan poco sabemos acerca del modo de atravesar con seguridad las
décadas venideras, el va¬lor para examinar una amplia gama de programas
alternati¬vos y, más que nada, una dedicación que no esté orientada hacia el
dogma, sino hacia las soluciones. Ya será bastante di¬fícil encontrar una
solución, pero será mucho más arduo des¬cubrir las que se correspondan
perfectamente con las doctri¬nas políticas de los siglos XVIII o XIX.
Nuestras dos naciones deben ayudarse mutuamente a de¬terminar qué cambios
es preciso realizar; esas modificaciones deben beneficiar a las dos partes, y
nuestra perspectiva debe abarcar un futuro más allá del siguiente mandato
presidencial o del próximo plan quinquenal. Tenemos que reducir los
presupuestos militares, elevar los niveles de vida, inculcar un respeto por el
aprendizaje, apoyar la ciencia, la consagración al estudio, las invenciones y
la industria, promover la libre indagación, reducir la coerción interna,
implicar más a los trabajadores en las decisiones empresariales e impulsar un
respeto y una comprensión genuinos y derivados del reconocimiento de nuestra
humanidad común y del peligro com-partido.
Aunque debamos cooperar en un grado sin precedentes, no estoy en contra
de una competencia sana. Ahora bien, compitamos para hallar maneras de invertir
la carrera de armas nucleares y reducir masivamente las fuerzas
convenciona¬les, para eliminar la corrupción gubernamental, para conseguir que
la mayor parte del mundo sea autosuficiente en cuanto a agricultura.
Rivalicemos en arte y ciencia, en música y literatu¬ra, en innovación
tecnológica. Que nuestra carrera sea limpia. Compitamos por aliviar los sufrimientos,
la ignorancia y las enfermedades, por respetar en todo el mundo la
independen¬cia nacional, por formular y aplicar una ética para el cuidado
responsable del planeta.
Aprendamos unos de otros. Durante un siglo, y a través de un plagio en
buena parte inconfesado, capitalismo y so¬cialismo se han aprovechado
mutuamente de sus métodos y doctrinas. Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética
poseen el monopolio de la verdad y la virtud. Me gustaría vernos competir en
capacidad de cooperación. Durante la década de los setenta, al margen de los
tratados limitadores de la ca¬rrera nuclear, hemos tenido algunos éxitos
notables en cuan¬to a acción conjunta: la eliminación mundial de la viruela,
los esfuerzos por impedir el desarrollo de armas nucleares surafricanas, los
vuelos espaciales conjuntos Apolo-Soyuz. Podemos hacerlo mucho mejor. Empecemos
con unos cuan¬tos proyectos de alcance y visión amplios: el alivio del ham¬bre,
especialmente en naciones como Etiopía, víctimas de la rivalidad entre las
superpotencias; la identificación y neutralización de catástrofes ambientales a
largo plazo pro¬ducto de nuestra tecnología; la física de fusión, con vistas a
lograr una fuente segura de energía para el futuro; la explo¬ración conjunta de
Marte, culminando en la primera arriba¬da a otro planeta de seres humanos,
soviéticos y norteameri¬canos.
Tal vez nos destruyamos a nosotros mismos. Quizás el enemigo que llevamos
dentro sea demasiado fuerte para que podamos reconocerlo y vencerlo. Tal vez el
mundo se vea re¬ducido a condiciones medievales o algo mucho peor.
Sin embargo, no pierdo la esperanza. Recientemente ha habido signos de
cambio; son tanteos, pero en la dirección adecuada y, habida cuenta de los
hábitos previos de conducta nacional, rápidos. ¿Es posible que nosotros —los
norteame¬ricanos, los soviéticos, los seres humanos— recobremos por fin el
juicio y comencemos a trabajar unidos en aras de la es¬pecie y del planeta?
Nada se nos ha prometido. La Historia ha colocado esta carga sobre
nuestros hombros. A nosotros nos corresponde construir un futuro valioso para
nuestros hijos y nietos.
LA CENSURA
He aquí, en orden cronológico, con indicación de los pá¬rrafos, algunos
de los cambios más extraordinarios o intere¬santes infligidos al artículo, tal
como apareció en Ogonyok. El material censurado aparece aquí en negrita, los
caracteres ordinarios indican pasajes del artículo original y la cursiva entre
corchetes corresponde a comentarios míos.
§ 3. ... en la base de una mal comprendida cadena ali¬mentaria, en cuya
cima nos mantenemos de manera pre¬caria. [Sin esta frase, el peligro de la
merma del ozono parece mucho menor.]
§ 4. ... fabricar nuevos artefactos atómicos capaces de destruir todas
las ciudades importantes del planeta. [Las seis últimas palabras fueron
reemplazadas por una ciudad. De esta forma se empequeñece la amenaza nuclear,
desvian¬do la atención del número de bombas producidas al año hacia la potencia
de una sola.]
§ 4. ... de algún líder nacional abrumado. [¿Disminuye la confianza
nacional en el Gobierno pensar que el líder pue¬da sentirse abrumado?]
§ 4.... la intimidación y la guerra.
§ 7. ... orgullo herido y profesión de rectitud moral.
§ 7. ... un odio y un miedo avivados por las respectivas agencias
propagandísticas nacionales...
§ 8. En 1899, dos años antes ser elegido presidente, Theodore
Roosevelt... [Esto parece especialmente sórdido, porque la eliminación de esas
palabras hace probable que el 99 % de los lectores soviéticos piensen que la
cita no es de Theo-dore sino de Franklin D. Roosevelt.}
§ 8. No se trata sólo de maligna propaganda soviética.
§ 9.... del 2 de julio...
§ 9. ... el protocolo secreto de su pacto de no agresión con Hitler...
§ 9.... y los millones de muertos por esa causa...
§ 11. ... las deficiencias de la argumentación resulta¬rían mejor
apreciadas si la Unión Soviética no hubiese ad¬quirido la costumbre de engullir
países.
§ 18. Cuando quienes antaño fueron silenciados y hu¬millados por el
terror del Estado son ahora capaces de ma¬nifestarse —jóvenes apóstoles de la
libertad que emprenden su primer vuelo— se sienten alborozados, y otro tanto
su¬cede con cualquier amante de la libertad que les observe.
§ 19...., fácilmente caricaturizable...
§ 20. Lo que en ambos países pasa por debate público sigue siendo, por
encima de todo y tras un atento análisis, la repetición de lemas nacionales,
una apelación a los pre¬juicios populares, insinuaciones, autojustifícación,
orienta-ciones erróneas, conjuro de sermones cuando se requieren datos y un
profundo desdén por la inteligencia de la ciuda¬danía.
§ 20. Ya será bastante difícil encontrar una solución, pero será mucho
más arduo descubrir las que se corres¬pondan perfectamente con las doctrinas
políticas de los si¬glos XVIII o XIX. [El marxismo es desde luego una doctrina
política y económica del siglo XIX.]
§ 23. Durante un siglo, y a través de un plagio en bue¬na parte
inconfesado, capitalismo y socialismo se han apro¬vechado mutuamente de sus
métodos y doctrinas. Ni Esta¬dos Unidos ni la Unión Soviética poseen el
monopolio de la verdad y la virtud.
§ 26. Nada se nos ha prometido. [Uno de los principios autocomplacientes,
pero anticientíficos, del marxismo ortodo¬xo es el de que el triunfo definitivo
del comunismo se halla predeterminado por fuerzas históricas invisibles.]
Lo que más seriamente preocupaba a los soviéticos era la cita de Lenin
(y, por implicación, la de Tujachevsky) del pá¬rrafo 9. Tras repetidas
peticiones de que eliminara ese pasaje, a las que me negué, en el artículo de
Ogonyok se incluyó la siguiente nota a pie de página: «El equipo editorial de
Ogon¬yok ha consultado los archivos relevantes, pero no aparecie¬ron ni esta
cita ni cualquier otra declaración semejante de V. I. Lenin. Lamentamos que
millones de lectores de la revis¬ta Parade hayan sido inducidos a error por
esta cita, sobre cuya base llegó Cari Sagan a sus conclusiones.» Ésta era, en
mi opinión, una nota un tanto ácida.
Sin embargo, con el paso del tiempo se abrieron nuevos archivos, las
historias revisadas se hicieron accesibles y acep¬tables, Lenin fue
desmitificado y la situación se resolvió por sí misma. En las propias memorias
de Arbatov aparece la si¬guiente nota, por demás cortés:
Tengo que formular aquí una disculpa. En mis comenta¬rios en Ogonyok
durante 1988, al referirme a un artículo del astrónomo Carl Sagan, rechacé sus
conclusiones de que la cam¬paña de Tujachevsky en Polonia había representado
una tenta¬tiva de exportar la revolución. Ello se debió a la postura defen¬siva
habitual, que se convirtió en un reflejo condicionado, y al hecho de que a lo
largo de muchos años nos acostumbramos (llegó a convertirse en una segunda
naturaleza) a barrer bajo la alfombra hechos «inconvenientes». Yo, por ejemplo,
sólo en fecha reciente he estudiado con cierto detenimiento esas pági¬nas de
nuestra historia.
15. ABORTO: ¿ES POSIBLE TOMAR AL
MISMO TIEMPO PARTIDO POR «LA VIDA» Y «LA ELECCIÓN»?*
La humanidad gusta de pensar en términos de extremos opuestos. Está
acostumbrada a formular sus creencias bajo la for¬ma de «o esto o lo otro»,
entre los que no reconoce posibilidades intermedias. Cuando se la fuerza a
reconocer que no cabe optar por los extremos, todavía sigue inclinada a
mantener que son váli¬dos en teoría, pero que en las cuestiones prácticas las
circunstan¬cias nos obligan a llegar a un compromiso.
John Dewey,
Experience and Education, I, 1938
La cuestión quedó zanjada hace años. El poder judicial optó por el
término medio. Uno pensaría que la polémica había concluido, pero sigue
habiendo concentraciones masi¬vas, bombas e intimidación, muertes de
trabajadores de clí-nicas abortistas, detenciones, intensas campañas, drama
le¬gislativo, audiencias del Congreso, decisiones del Tribunal Supremo, grandes
partidos políticos que casi se definen so¬bre la materia y eclesiásticos que
amenazan con la perdición a los políticos. Los adversarios se lanzan acusaciones
de hi¬pocresía y asesinato. Se invocan por igual el espíritu de la Constitución
y la voluntad de Dios. Se recurre a argumentos dudosos como si fueran
certidumbres. Los bandos en liza apelan a la ciencia para fortalecer sus
posiciones. Se dividen las familias, maridos y mujeres deciden no hablar del
asunto, viejos amigos dejan de hablarse. Los políticos examinan los últimos
sondeos para descubrir qué les dicta la conciencia. Entre tanto grito, resulta
difícil que los adversarios se escu¬chen. Las opiniones se polarizan. Las
mentes se cierran.
¿Es ilícito interrumpir un embarazo? ¿Siempre? ¿A ve¬ces? ¿Nunca? ¿Cómo
decidir? Escribimos este artículo para entender mejor cuáles son las posturas
enfrentadas y para ver si conseguimos hallar una posición que satisfaga ambas.
¿No existe término medio? Hay que sopesar los argumentos de uno y otro bando
para determinar su consistencia y plantear supuestos prácticos, puramente
hipotéticos en más de un caso. Si pareciera que algunos de estos supuestos van
dema¬siado lejos, solicitamos del lector que tenga paciencia, pues estamos
tratando de forzar las diversas posturas hasta su punto de ruptura a fin de
advertir sus debilidades y fallos.
Cuando se reflexiona sobre ello, casi todo el mundo reco¬noce que no hay
una respuesta tajante. Vemos que muchos partidarios de posturas divergentes
experimentan cierta in¬quietud o incomodidad cuando se dualiza lo que hay
detrás de los argumentos enfrentados (en parte por eso se rehuyen tales
confrontaciones). La cuestión afecta con seguridad a interro¬gantes más hondos:
¿cuáles son nuestras responsabilidades mutuas?, ¿debemos permitir que el Estado
intervenga en los aspectos más íntimos y personales de nuestra vida?, ¿dónde
están los límites de la libertad?, ¿qué significa ser humano?
Respecto de los múltiples puntos de vista, existe la exten¬dida opinión
—sobre todo en los medios de comunicación, que rara vez tienen el tiempo o la
inclinación debidos para es¬tablecer distinciones sutiles— de que sólo existen
dos: «pro elección» y «pro vida». Así es como se autodenominan los dos bandos
contendientes y así los llamaremos aquí. En la caracte¬rización más simple, un
partidario de la elección sostendrá que la decisión de interrumpir un embarazo
sólo corresponde a la mujer y que el Estado no tiene derecho a intervenir, en
tanto que un antiabortista mantendrá que el embrión o feto está vivo desde el
momento de la concepción, que esta vida nos impone la obligación moral de
preservarla y que el aborto equivale a un asesinato. Ambas denominaciones —pro
elec¬ción y pro vida— se eligieron pensando en influir sobre quie¬nes aún no se
habían decidido: pocos desearán ser incluidos entre los adversarios de la
libertad de elección o los enemigos de la vida. La libertad y la vida son,
desde luego, dos de nues¬tros valores más apreciados, y aquí parecen hallarse
en un conflicto fundamental.
Consideraremos sucesivamente estas dos posiciones ab¬solutistas. Un bebé
recién nacido es con seguridad el mismo ser que justo antes de nacer. Existen
pruebas sólidas de que un feto ya bien desarrollado reacciona a los sonidos,
inclu¬yendo la música, pero en especial a la voz de su madre. Pue¬de chuparse
el pulgar o sobresaltarse. De vez en cuando genera ondas cerebrales de adulto.
Hay quienes afirman re¬cordar su nacimiento o incluso el entorno uterino. Quizá
se piense dentro del útero. Resulta difícil sostener que en el mo¬mento del
parto sobreviene abruptamente una transforma¬ción hacia la personalidad plena.
¿Por qué, pues, debería con¬siderarse asesinato matar a un bebé el día después
de nacer pero no el día antes?
En términos prácticos, esto es poco importante. Menos del 1 % de los
abortos registrados en Estados Unidos tienen lugar en los tres últimos meses de
embarazo (y tras una investigación más atenta se descubre que la mayoría
corresponden a abortos naturales o errores de cálculo). Sin embargo, los
abortos reali¬zados durante el tercer trimestre proporcionan una prueba de los
límites del punto de vista «pro elección». ¿Abarca el «derecho innato de una
mujer a controlar su propio cuerpo» el de matar a un feto casi completamente
desarrollado y que, a todos los fines, resulta idéntico a un recién nacido?
Creemos que muchos de quienes defienden la libertad re¬productiva se
sienten, al menos en ocasiones, inquietos ante esta pregunta, pero son reacios
a planteársela porque es el co¬mienzo de una pendiente resbaladiza. Si resulta
inadmisible suspender un embarazo en el noveno mes, ¿qué sucede con el octavo,
el séptimo, el sexto...? ¿No cabe deducir que el Esta¬do puede intervenir en
cualquier momento si reconocemos su capacidad para actuar en un determinado
momento del embarazo? Esto invoca el espectro de unos legisladores,
pre¬dominantemente varones y opulentos, decidiendo que muje¬res que viven en la
pobreza carguen con unos niños que no pueden permitirse el lujo de criar;
obligando a adolescentes a traer al mundo hijos para los que no están
emocionalmente preparadas; diciendo a las mujeres que aspiran a una carrera
profesional que deben renunciar a sus sueños, quedarse en casa y criar niños;
y, lo peor de todo, condenando a las vícti-mas de violaciones e incestos a
aceptar sin más la prole de sus agresores*. Las prohibiciones legislativas del
aborto suscitan la sospecha de que su auténtico propósito sea controlar la
in¬dependencia y la sexualidad de las mujeres. ¿Con qué dere¬cho los
legisladores se permiten decir a las mujeres qué deben hacer con su cuerpo? La
privación de la libertad de repro¬ducción es degradante. Las mujeres ya están
hartas de ser avasalladas.
Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que es justo que se prohíba el
asesinato y que se imponga una pena a quien lo comete. Muy débil sería la
defensa del asesino si ale¬gara que se trataba de algo entre su víctima y él, y
que eso no concernía a los poderes públicos. ¿No es deber del Estado impedir
que se elimine un feto si ese acto constituye de he¬cho el asesinato de un ser
humano? Se supone que una de las funciones del Estado es proteger al débil
frente al fuerte.
Si no nos oponemos al aborto en alguna etapa del emba¬razo, ¿no existe el
peligro de considerar a toda una categoría de seres humanos indigna de nuestra
protección y respeto? ¿No es ésa una de las características del sexismo, el
racismo, el nacionalismo y el fanatismo religioso? ¿Acaso quienes se dedican a
combatir tales injusticias no deberían evitar escru¬pulosamente que se cometa
otra?
Hoy por hoy no existe el derecho a la vida en ninguna sociedad de la
Tierra, ni ha existido en el pasado (con unas pocas excepciones, como los
jainistas de la India): criamos animales de granja para su sacrificio,
destruimos bosques, contaminamos ríos y lagos hasta que ningún pez puede vivir
en ellos, matamos ciervos y alces por deporte, leopardos por su piel y ballenas
para hacer abono, atrapamos delfines que se debaten faltos de aire en las
grandes redes para atunes, matamos cachorros de foca a palos, y cada día
provocamos la extinción de una especie. Todas esas bestias y plantas son se¬res
vivos como nosotros. Lo que (supuestamente) está prote¬gido no es la vida en
sí, sino la vida humana.
Aun con esa protección, el homicidio ocasional es un he¬cho corriente en
las ciudades y libramos guerras «convencio¬nales» con un coste tan elevado que
por lo general preferi¬mos no pensar demasiado en ello. (Significativamente,
suelen justificarse las matanzas en masa organizadas por los estados
redefiniendo como subhumanos a nuestros adversarios de raza, nacionalidad,
religión o ideología.) Esa protección, ese derecho a la vida, no reza para los
40.000 niños menores de cinco años que mueren cada día en el planeta por causa
de inanición, deshidratación, enfermedades y negligencias que ha¬brían podido
evitarse.
La mayoría de quienes defienden el «derecho a la vida» no se refieren a
cualquier tipo de vida, sino, especial y singu¬larmente, a la vida humana.
También ellos, como los partida¬rios de la elección, deben decidir qué
distingue a un ser humano de otros animales y en qué momento de la gestación
emergen esas cualidades específicamente humanas, sean cuales fueren.
Pese a las numerosas afirmaciones en contra, la vida no comienza en el
momento de la concepción; es una cadena ininterrumpida que se remonta a los
orígenes de la Tierra, hace 4.600 millones de años. Tampoco la vida humana
co¬mienza en la concepción, sino que es una cadena ininterrumpida que se
remonta a los orígenes de nuestra especie, hace cientos de miles de años. Más
allá de toda duda, cada espermatozoide y cada óvulo humanos están vivos. Es
obvio que no son seres humanos, pero lo mismo podría decirse de un óvulo
fecundado.
En algunos animales, un óvulo puede desarrollarse hasta convertirse en un
adulto sano sin la contribución de un espermatozoide. No sucede así, por lo que
sabemos, entre los seres humanos. Un espermatozoide y un óvulo no fecundado
comprenden conjuntamente toda la dotación genética de una persona. En ciertas
circunstancias, tras la fecundación pueden llegar a convertirse en un bebé. Sin
embargo, la mayoría de óvulos fecundados aborta de modo espontáneo. La
conclusión del desarrollo no está garantizada. Ni el espermatozoide ni el óvulo
aislados, como así tampoco el óvulo fecundado, pasan de ser un bebé o un adulto
potenciales. ¿Por qué, pues, no se considera asesinato destruir un
espermato¬zoide o un óvulo si uno y otro son tan humanos como el óvulo
fecundado producido por su unión, y en cambio sí se considera asesinato
destruir un óvulo fecundado, aunque sólo sea un bebé en potencia?
De una eyaculación humana media surgen centenares de millones de
espermatozoides (agitando la cola y a una veloci¬dad de 12 centímetros por
hora). Un hombre joven y sano puede producir en una o dos semanas
espermatozoides sufi-cientes para doblar la población humana de la Tierra.
¿Signi¬fica esto que la masturbación es un asesinato en masa? ¿Qué decir,
entonces, de las poluciones nocturnas o del simple acto sexual? ¿Muere alguien
cuando cada mes se expulsa el óvulo no fecundado? ¿Deberíamos llorar todos esos
abortos es¬pontáneos? Muchos animales inferiores pueden desarrollarse en
laboratorio a partir de una sola célula corporal. Las células humanas pueden
ser objeto de clonación. (La cepa más fa-mosa quizá sea la HeLa, bautizada así
por Helen Lane, su donante.) A la luz de tal tecnología, ¿sería un crimen en
masa la destrucción de células potencialmente clonables? ¿Y el de¬rramamiento
de una gota de sangre?
Todos los espermatozoides y óvulos humanos son mitades genéticas de seres
humanos potenciales. ¿Es preciso hacer es¬fuerzos heroicos por salvar y
preservar a todos y cada uno, en razón de ese «potencial»? ¿Es inmoral o
criminal no hacerlo? Existe, desde luego, una diferencia entre suprimir una
vida y no salvarla. También es muy distinta la probabilidad de super¬vivencia
de un espermatozoide de la de un óvulo fecundado. Sin embargo, el absurdo de un
cuerpo de ínclitos conserva¬dores de semen nos lleva a preguntarnos si el
simple «poten¬cial» que tiene un óvulo fecundado de convertirse en un bebé
convierte realmente su destrucción en un asesinato.
A los enemigos del aborto les preocupa que, una vez au¬torizado el
inmediato a la concepción, ninguna argumenta¬ción lo impida en cualquier
momento subsiguiente del emba¬razo. Temen que un día resulte admisible matar a
un feto que sea, inequívocamente, un ser humano. Tanto los partidarios de la
elección como los de la vida (al menos algunos) se ven empujados a posiciones
tajantes por su temor compartido a esa pendiente resbaladiza.
Otra pendiente resbaladiza es aquella a la que llegan los antiabortistas
dispuestos a hacer una excepción en el caso an¬gustioso de un embarazo fruto de
la violación o el incesto. Ahora bien, ¿por qué debería depender el derecho a
la vida de las circunstancias de la concepción? ¿Puede el Estado decidir la
vida para la prole de una unión legítima y la muerte para la concebida por la
fuerza o la coerción, cuando en ambos casos se trata de la vida de un niño?
¿Cómo puede ser esto justo? Por otra parte, ¿por qué no hacer extensiva a
cualquier otro feto la excepción que se aplica a éstos? A tal motivo se debe en
parte el que algunos antiabortistas adopten la postura, consi¬derada indignante
por muchas otras personas, de oponerse al aborto en cualquier circunstancia
(excepto, quizá, cuando co¬rre peligro la vida de la madre*).
En todo el mundo, la causa más frecuente de aborto es, con mucho, el
control de la natalidad. ¿No deberían, entonces, los adversarios del aborto
distribuir anticonceptivos y enseñar su uso a los escolares? Ése sería un medio
eficaz de reducir los abortos. Por el contrarío, Estados Unidos se halla muy
por detrás de otras naciones en el desarrollo de métodos seguros y eficaces de
control de la natalidad y, en muchos casos, la opo¬sición a tales
investigaciones (y a la educación sexual) ha pro¬cedido de las mismas personas
que se oponen al aborto**.
La búsqueda de un criterio éticamente sólido y no ambi¬guo acerca de si
el aborto es admisible en algún momento tie¬ne profundas raíces históricas. Con
frecuencia, y sobre todo en la tradición cristiana, esta búsqueda estuvo ligada
a la cuestión del instante en que el alma penetra en el cuerpo, ma¬teria no
demasiado susceptible de investigación científica y tema polémico incluso entre
teólogos eruditos. Se ha afirma¬do que la infusión del alma tenía lugar en el
semen antes de la concepción, durante ésta, en el momento en que la madre
percibe por vez primera los movimientos del feto en su seno y en el nacimiento
mismo o incluso más tarde.
Cada religión tiene su doctrina. Entre los cazadores-recolectores no
suele haber prohibiciones contra el aborto, y tam¬bién era corriente en la
Grecia y la Roma antiguas. Por el con¬trario, los asirios, más severos,
empalaban en estacas a las mujeres que trataban de abortar. El Talmud judío
enseña que el feto no es una persona y, en consecuencia, carece de dere¬chos.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo —que abundan en prohibiciones
en extremo minuciosas res-pecto a la indumentaria, dieta y palabras— no aparece
una sola mención que prohíba de modo específico el aborto. El único pasaje que
menciona algo relevante en este sentido (Éxodo 21: 22) declara que si surge una
pelea y una mujer resulta acciden¬talmente lesionada y aborta, el responsable debe
pagar una multa. Ni san Agustín ni santo Tomás de Aquino conside¬raban
homicidio el aborto en fase temprana (el último ba¬sándose en que el embrión no
«parece» humano). Esta idea fue adoptada por la Iglesia en el Concilio de
Vienne (Francia) en 1312 y nunca ha sido repudiada. La primera recopilación de
derecho canónico de la Iglesia católica, vigente durante mucho tiempo (de
acuerdo con el notable historiador de las enseñanzas eclesiásticas sobre el
aborto, John Connery, S. J.) sostenía que el aborto era homicidio sólo después
de que el feto estuviese ya «formado», aproximadamente hacia el final del
primer trimestre.
Sin embargo, cuando en el siglo XVII se examinaron los espermatozoides a
través de los primeros microscopios, parecían mostrar un ser humano plenamente
formado. Se re¬sucitó así la vieja idea del homúnculo, según la cual cada
es¬permatozoide era un minúsculo ser humano plenamente for¬mado, dentro de
cuyos testículos había otros innumerables homúnculos, y así ad infinitum.
En parte por obra de esta mala interpretación de datos científicos, el
aborto, en cualquier momento y por cualquier razón, se convirtió en motivo de
excomunión a partir de 1869. Para la mayoría de católicos resulta sorprendente
que la fecha no sea más remota.
Desde la época colonial hasta el siglo XIX, en Estados Unidos la mujer
era libre de decidir hasta que «el feto se mo¬vía». Un aborto en el primer
trimestre de embarazo, e inclu¬so en el segundo, constituía, en el peor de los
casos, una in¬fracción. Rara vez se solicitaba una condena al respecto, y
resultaba casi imposible de obtener, en parte porque depen¬día por entero del
propio testimonio de la mujer acerca de si había sentido los movimientos del
feto, y en parte por la repugnancia del jurado a declararla culpable por haber
ejercido su derecho a elegir. Se sabe que en 1800 no existía en Estados Unidos
una sola disposición concerniente al aborto. En la práctica totalidad de los
periódicos (y hasta en muchas publi¬caciones eclesiásticas) aparecían anuncios
de productos abor¬tivos, aunque el lenguaje empleado fuese convenientemente
eufemístico.
Hacia 1900, en cambio, en todos los estados de la Unión, el aborto estaba
vedado en cualquier momento del embara¬zo, excepto cuando fuese necesario para
salvar la vida de la mujer. ¿Qué sucedió para que se produjera un cambio tan
extraordinario? La religión tuvo poco que ver. Las drásticas transformaciones
económicas y sociales que se producían en Estados Unidos estaban transformando
la sociedad agraria en otra urbana e industrializada. Norteamérica estaba
pasando de una de las tasas más altas de natalidad del mundo a una de las más
bajas. Es innegable que el aborto desempeñó un papel en ello y estimuló fuerzas
para su supresión.
Una de las más significativas fue la profesión médica. Hasta mediado el
siglo XIX la medicina constituía una activi¬dad sin reconocimiento oficial y
sin supervisión. Cualquiera podía colocar un cartel a la puerta de su casa y
auto titularse médico. Con el auge de una nueva élite médica de formación
universitaria, ansiosa de incrementar el rango y la influencia de los
facultativos, se constituyó la Asociación Médica Ame¬ricana. Durante su primera
década la AMA empezó a presionar para que el aborto sólo pudiera ser efectuado
por quienes poseyesen título facultativo. Los nuevos conocimientos en
embriología, afirmaban los médicos, habían revelado que el feto era humano
incluso antes de que la madre sintiese su presencia.
El asalto de la profesión médica contra el aborto no se debió a una
inquietud por la salud de la mujer, sino, según se decía, por el bienestar del
feto. Había que ser médico para sa¬ber cuándo resultaba moralmente justificable
un aborto, por¬que la cuestión dependía de hechos científicos y médicos que
sólo los facultativos comprendían. Al mismo tiempo, las mu¬jeres quedaban
excluidas de las facultades de medicina, don¬de habrían podido adquirir
conocimientos tan arcanos.
Tal como se desarrollaban las cosas, las mujeres nada te¬nían que decir
acerca de la interrupción de sus propios emba¬razos. También correspondía a los
médicos determinar si la gestación planteaba un riesgo para la mujer y quedaba
ente¬ramente a su discreción decidir qué era arriesgado y qué no lo era. Para
la mujer rica, podía tratarse de un peligro para su tranquilidad emocional o
incluso para su estilo de vida. La mujer pobre se veía a menudo obligada a
recurrir al aborto clandestino.
Así fue la ley hasta la década de los sesenta de este siglo, cuando una
coalición de individuos y organizaciones, entre las que figuraba la AMA, trató
de abolirla y restablecer los valores más tradicionales, que se encarnarían en
el caso Roe contra Wade.
Si uno mata deliberadamente a un ser humano, se dice que ha cometido un
asesinato. Si el muerto es un chimpancé —nuestro más próximo pariente
biológico, con el que com¬partimos el 99,6 % de genes activos— cualquiera,
entonces no es asesinato. Hasta la fecha, el asesinato se aplica sólo al hecho
de matar seres humanos. Por eso resulta clave en el de¬bate sobre el aborto la
cuestión del momento en que surge la personalidad (o, si se prefiere, el alma).
¿Cuándo se hace hu¬mano el feto? ¿Cuándo emergen las cualidades
distintiva¬mente humanas?
Reconocemos que la fijación de un momento exacto tie¬ne que pasar por
alto las diferencias individuales. Por ese motivo, si hay que trazar una línea,
se debe proceder con cautela, es decir, pecar más por exceso que por defecto.
Hay personas que se oponen al establecimiento de un límite nu¬mérico, y
compartimos su inquietud, pero si tiene que existir una ley sobre esta materia,
que represente un compromiso útil entre las dos posiciones extremas, hay que
determinar, al menos aproximadamente, un periodo de transición hacia la
personalidad.
Cada uno de nosotros partió de un punto. Un óvulo fecundado tiene
aproximadamente el tamaño del punto que hay al final de esta frase. La unión
trascendental de espermatozoide y óvulo suele tener lugar en una de las dos
trompas de Falopio. Una célula se convierte en dos, dos se convierten en
cuatro, etc. (una aritmética exponencial de base 2). Hacia el décimo día el
óvulo fecundado se ha trocado en una espe¬cie de esfera hueca que se encamina
hacia otro reino, el útero. A su paso destruye tejidos, absorbe sangre de los
vasos capi¬lares, se baña en la sangre materna, de la que extrae oxígeno y
nutrientes, y se fija como una especie de parásito a la pared del útero.
• Hacia la tercera semana, para
cuando se produce la primera falta, el embrión en formación tiene unos dos
milí¬metros de longitud y desarrolla varias partes del cuerpo. Sólo en esta
etapa comienza a depender de una placenta rudimen¬taria. Recuerda algo a un
gusano segmentado*.
• Hacia el final de la cuarta
semana ya mide unos 5 mi¬límetros. Es reconocible ahora como vertebrado, su
corazón en forma de tubo comienza a latir, se advierte algo parecido a los
arcos branquiales de un pez o un anfibio, y una cola pro-nunciada. Parece más
bien una lagartija acuática o un rena¬cuajo. Éste es el final del primer mes de
gestación.
• Hacia la quinta semana, cabe
distinguir las grandes divisiones del cerebro. Se evidencia lo que más tarde
serán los ojos y aparecen unos pequeños brotes que luego se trans¬formarán en
brazos y piernas.
• Hacia la sexta semana el
embrión mide 13 milímetros. Los ojos permanecen todavía a los lados de la
cabeza, como en la mayor parte de los animales, y la cara reptiliana posee unas
hendiduras unidas que más tarde darán lugar a la boca y la nariz.
• Hacia el final de la séptima
semana la cola casi ha de¬saparecido y se advierten ya caracteres sexuales
(aunque am¬bos sexos parecen femeninos). La cara es de mamífero, pero un tanto
porcina.
• Hacia el final de la octava
semana la cara semeja la de un primate, si bien aún no es del todo humana. En
sus ele¬mentos esenciales ya están presentes la mayoría de las partes del
cuerpo. La anatomía del cerebro inferior está bien de¬sarrollada. El feto
revela respuestas reflejas a estímulos su¬tiles.
• Hacia la décima semana la cara
tiene ya un aspecto in¬confundiblemente humano. Comienza a ser posible
distin¬guir niños de niñas. Las uñas y las grandes estructuras óseas no
resultan evidentes hasta el tercer mes.
• Hacia el cuarto mes se puede
diferenciar la cara de un feto de la de otro. En el quinto mes la madre suele
sentir sus movimientos. Los bronquiolos pulmonares no empiezan a desarrollarse
hasta aproximadamente el sexto mes y los al¬véolos aún más tarde.
¿Cuándo accede, pues, un feto a la personalidad, habida cuenta de que
sólo una persona puede ser asesinada? ¿Cuan¬do la cara se torna claramente
humana, cerca del final del pri¬mer trimestre? ¿Cuándo reacciona ante los
estímulos, tam¬bién al final del primer trimestre? ¿Cuándo se torna lo bastante
activo para que la madre lo sienta, hacia la mitad del segundo trimestre?
¿Cuándo los pulmones alcanzan un gra¬do de desarrollo suficiente para que el
feto pueda respirar por sí mismo, llegado el caso, el aire exterior?
Lo malo de estos hitos del desarrollo no es sólo que sean arbitrarios:
más inquietante resulta el hecho de que ninguno implica características
exclusivamente humanas, al margen de la cuestión superficial de la apariencia
facial. Todos los ani-males reaccionan ante los estímulos y se mueven a su
antojo. Muchos son capaces de respirar. Sin embargo, eso no impide que los
matemos por miles de millones. Los reflejos, el movi¬miento y la respiración no
son lo que nos hace humanos.
Otros animales nos superan en velocidad, fuerza, resis¬tencia, a la hora
de trepar, excavar o camuflarse, en vista, ol¬fato, oído, o en el dominio del
aire o del agua. Nuestra única gran ventaja es el pensamiento. Somos capaces de
reflexionar, de imaginar acontecimientos que todavía no han sucedido, de
concebir cosas. Así fue como inventamos la agricultura y la civilización. El
pensamiento es nuestra bendición y nuestra maldición, y nos hace ser lo que
somos.
El pensamiento tiene lugar, desde luego, en el cerebro, sobre todo en las
capas superiores de la «materia gris» reple¬gada que llamamos corteza cerebral.
Cerca de 100.000 millo¬nes de neuronas cerebrales constituyen la base material
del pensamiento. Las neuronas están unidas entre sí y sus cone¬xiones
desempeñan un papel crucial en lo que llamamos pen¬samiento, pero la conexión a
gran escala de las neuronas no empieza hasta el sexto mes de embarazo.
Mediante la colocación de electrodos inofensivos en la cabeza de un
individuo, los científicos pueden medir la acti¬vidad eléctrica emanada de la
red de neuronas cerebrales. Di¬ferentes tipos de acción mental revelan
distintas clases de ondas cerebrales, pero las pautas regulares típicas del
cerebro humano de un adulto no aparecen en el feto hasta cerca de la trigésima
semana del embarazo, hacia el comienzo del tercer trimestre. Hasta entonces,
los fetos, por vivos y activos que parezcan, carecen de la necesaria
arquitectura cerebral. Toda¬vía no pueden pensar. Aceptar que se puede matar
cualquier criatura viva, en especial una que más tarde tal vez se con¬vierta en
un bebé, es problemático y doloroso, pero hemos rechazado los extremos
«siempre» y «nunca», y eso nos co¬loca, querámoslo o no, en la pendiente
resbaladiza. Si tene¬mos que optar por un criterio de desarrollo, aquí es donde
hay que trazar la raya: cuando se hace posible un mínimo asomo de pensamiento
característicamente humano.
Se trata, en realidad, de una definición muy conservadora: rara vez se
encuentran en un feto ondas cerebrales regula¬res. Serían útiles nuevas
investigaciones (también comienzan tardíamente las ondas cerebrales bien
definidas durante la gestación de fetos de babuinos y ovejas). Si pretendemos
que el criterio sea todavía más estricto para tomar en considera¬ción el
desarrollo cerebral precoz de algún feto, podemos trazar la raya a los seis
meses. Ahí es en donde la trazó el Tri¬bunal Supremo de Estados Unidos en 1973,
aunque por ra¬zones completamente diferentes.
Su decisión en el caso Roe contra Wade modificó la legis¬lación
estadounidense sobre el aborto, que lo permite a peti¬ción de la mujer sin
limitaciones durante el primer trimestre y, con ciertas restricciones
encaminadas a proteger su salud, en el segundo trimestre, y autoriza a los
estados a prohibir el aborto en el tercer trimestre, excepto cuando exista una
seria amenaza para la vida o la salud de la mujer. En la decisión de Webster de
1989, el Tribunal Supremo se negó explícitamen¬te a revocar la sentencia del
caso Roe contra Wade, pero de hecho invitó a las 50 legislaturas estatales a
que decidiesen por su cuenta.
¿Cuál fue el razonamiento en el caso Roe contra Wade? No reconocía peso
legal a lo que suceda con los niños una vez nacidos o con la familia. El
tribunal determinó, en cam¬bio, que el derecho de una mujer a la libertad de
reproduc¬ción se halla protegido por la garantía constitucional de su
intimidad. Ahora bien, ese derecho no es omnímodo. Hay que sopesar la garantía
de intimidad de la mujer y el derecho a la vida del feto, y cuando el tribunal
consideró la cuestión otorgó prioridad a la intimidad en el primer trimestre y
a la vida en el tercero. La transición no se estableció según las
consideraciones tratadas hasta ahora en este capítulo: cuándo sucede la
«infusión del alma» o en qué momento reviste el feto suficientes rasgos humanos
para ser protegido por la le¬gislación contra el asesinato. El criterio
adoptado fue, por el contrario, si el feto podía vivir fuera de la madre. Esto
es lo que se denomina «viabilidad», y depende en parte de la capa¬cidad de
respirar. Sencillamente, los pulmones no están desa¬rrollados y el feto no
puede respirar —por muy perfecciona¬do que fuese el pulmón artificial de que se
le dotase— hasta cerca de la vigésimo cuarta semana, hacia el comienzo del
sexto mes. Es por esto por lo que la legislación estadouni¬dense permite a los
estados prohibir los abortos en el tercer trimestre. Se trata de un criterio
muy pragmático.
Según la argumentación, si en una cierta etapa de la gesta¬ción pudiese
ser viable el feto fuera del útero, entonces su de¬recho a la vida se impondría
al derecho de la mujer a la inti¬midad. Ahora bien, ¿qué significa «viable»?
Incluso un recién nacido a término no es viable sin cuidado y cariño
considera¬bles. Hace tan sólo unas décadas, antes de las incubadoras, la
viabilidad de los bebés nacidos en el séptimo mes era improba¬ble. ¿Hubiera
sido admisible entonces abortar en el séptimo mes? ¿Se tornaron de repente
inmorales los abortos en el séptimo mes tras la invención de las incubadoras?
¿Qué su¬cederá si en el futuro se desarrolla una nueva tecnología que permita a
un útero artificial mantener un feto vivo incluso an¬tes del sexto mes,
proporcionándole oxígeno y nutrientes a través de la sangre (como hace la madre
a través de la placen¬ta)? Reconocemos que es improbable que vaya a existir esa
tecnología a corto plazo o que llegue a estar al alcance de gran número de
personas, pero ¿sería entonces inmoral abor¬tar antes del sexto mes cuando
antes no lo era? Una morali¬dad que depende de la tecnología y cambia con ésta
es una moralidad frágil y, para algunos, inaceptable.
Es más, ¿por qué han de ser la respiración, el funciona¬miento de los
riñones o la capacidad de resistir las enfer¬medades, por ejemplo,
justificativos de la protección legal? ¿Sería admisible matar un feto que
revelase pensamientos y sentimientos pero que no fuera capaz de respirar? A
nuestro juicio, el argumento de la viabilidad no puede determinar de manera
coherente cuándo son admisibles los abortos. Se requiere otro criterio. Una vez
más, ofrecemos la considera¬ción del primer atisbo de pensamiento humano.
Puesto que, por término medio, el pensamiento fetal co¬mienza a
manifestarse incluso después del desarrollo fetal de los pulmones, creemos que
la sentencia del caso Roe contra Wade fue una decisión buena y prudente
respecto de una cuestión compleja y difícil. Con la prohibición del aborto en
el último trimestre —excepto en los casos de grave necesidad médica— se alcanza
un equilibrio justo entre las reivindica¬ciones enfrentadas de la libertad y de
la vida.
Cuando apareció este artículo en Parade, iba acompa¬ñado de un recuadro
con un número de teléfono al que podían llamar los lectores para manifestar sus
opiniones sobre el aborto. Se recibieron nada menos que 380.000 lla¬madas.
Había cuatro opciones: «el aborto tras la concepción es un asesinato», «una
mujer tiene derecho a optar por el aborto en cualquier momento de su embarazo»,
«debería permitirse el aborto durante los tres primeros meses de embarazo» y
«debería permitirse el aborto du¬rante los seis primeros meses de embarazo».
Parade apare¬ce en domingo, y para el lunes las opiniones estaban bien
repartidas entre estas cuatro opciones. Luego Pat Roberton, un evangelista
integrista aspirante a la candidatura presidencial republicana de 1992,
compareció en su pro¬grama diario de televisión apremiando al público a tirar
Parade a la basura y lanzando con claridad el mensaje de que matar un cigoto
humano es asesinato. Se salieron con la suya. A la actitud de la mayoría de
norteamericanos, por lo general favorable a la elección —como repetidamente
muestran los sondeos de opinión demográficamente con¬trolados y reflejada en
los primeros resultados de las lla¬madas— se impuso de manera abrumadora una
organiza¬ción política.
16. LAS REGLAS DEL JUEGO
Todo lo moralmente justo deriva de una de estas cuatro fuen¬tes: la
percepción plena o la deducción inteligente de lo que es cier¬to, la
preservación de una sociedad organizada donde cada hombre reciba lo que merece
y todas las obligaciones sean fielmente cum¬plidas, la grandeza y la fuerza de
un espíritu noble e invencible, o el orden y la moderación en todo lo dicho y
hecho, es decir, la tem¬planza y el dominio de uno mismo.
Cicerón,
De Officiis, I, 5 (45-44 a. de C.)
Recuerdo el final de un día largo y perfecto de 1939, una jornada que
influyó vigorosamente en mi pensamiento, un día en que mis padres me llevaron a
ver las maravillas de la Exposición Universal de Nueva York. Era tarde, muy
pasada ya la hora de acostarse. Instalado firmemente sobre los hom¬bros de mi
padre, agarrado a sus orejas, con la presencia tran¬quilizadora de mi madre al
lado, me volví para contemplar el gran Trylon y la Perisphere, los iconos
arquitectónicos de la Exposición, bajo un trémulo resplandor azul pastel.
Dejába¬mos atrás el futuro, el Mundo del Mañana, camino del metro. Cuando nos
detuvimos para ordenar nuestros paquetes, mi padre empezó a hablar con un
hombre de corta estatura y as¬pecto cansado que llevaba una bandeja colgada del
cuello. Vendía lápices. Mi padre hurgó en la bolsa de papel pardo donde
guardaba lo que nos había sobrado de la comida, sacó una manzana y se la
entregó al hombre de los lápices. Yo dejé escapar un sonoro gemido. Por
entonces no me gustaban las manzanas y había rechazado aquélla tanto a la hora
del al¬muerzo como en la cena. Sin embargo, yo tenía un interés de propietario
en ella. Era mi manzana y mi padre acababa de dársela a un desconocido de
extraña apariencia que, para, más inri, me fulminaba ahora con la mirada.
Aunque mi padre era una persona de paciencia y ternura casi ilimitadas,
pude advertir que lo había decepcionado. Me alzó y abrazó con fuerza.
«Es un pobre vagabundo, sin trabajo —me dijo en voz baja para que el
hombre no le oyese—. No ha comido en todo el día. Nosotros tenemos bastante.
Podemos darle una man¬zana. »
Reflexioné, ahogué mis sollozos, eché otra ansiosa mirada al Mundo del
Mañana y de buen talante me quedé dormido en sus brazos.
Los códigos morales que tratan de regular la conducta hu¬mana nos han
acompañado no sólo desde el alba de la civiliza¬ción, sino entre nuestros
antepasados, los precivilizados y so¬ciables cazadores-recolectores, e incluso
antes. Cada sociedad tiene su propio código. Muchas culturas dicen una cosa y
ha¬cen otra. En unas cuantas sociedades afortunadas, un legisla¬dor inspirado
establece una serie de reglas de convivencia (la mayor parte de las veces
afirmando que han sido instruidas por un dios, sin lo cual pocos las
seguirían). Por ejemplo, los códigos de Asoka (India), Hammurabi (Babilonia),
Licurgo (Esparta) y Solón (Atenas), que otrora rigieron civilizaciones
poderosas, están ahora, en gran medida, perimidos. Tal vez juzgaron
erróneamente la naturaleza humana y nos pidieron demasiado. Quizá la
experiencia de una época o una cultura no sea plenamente aplicable a otra.
Para nuestra sorpresa, surgen ahora esfuerzos —por el momento tentativos—
para abordar la cuestión científica¬mente, es decir, de manera experimental.
Tanto en nuestra vida cotidiana como en las relaciones trascendentales
entre las naciones tenemos que decidir. ¿Qué significa hacer lo que es justo?
¿Debemos ayudar a un desco¬nocido en apuros? ¿Cómo tratar a un enemigo?
¿Debemos aprovecharnos de alguien que nos trata amablemente? ¿Hay que pagar con
la misma moneda cuando somos agraviados por un amigo o auxiliados por un
enemigo, o acaso el con¬junto de la conducta pasada supera cualquier desviación
reciente de la norma? Ejemplos: nuestra cuñada hace caso omiso de un desaire y
nos invita a la cena de Nochebuena; ¿deberíamos aceptar? Rompiendo una
moratoria volunta¬ria mundial de cuatro años, China reanuda las pruebas de
armas nucleares; ¿tiene que hacer otro tanto Estados Uni¬dos?, ¿cuánto debemos
donar a obras de caridad? Los solda¬dos serbios violan sistemáticamente a las
mujeres bosnias; ¿tienen los soldados bosnios que violar sistemáticamente a las
mujeres serbias? Tras siglos de opresión, el líder del Parti¬do Nacionalista F.
W. de Klerk formula unas propuestas al Congreso Nacional Africano; ¿deben hacer
otro tanto Nelson Mándela y el CNA? Un compañero de trabajo le deja mal ante el
jefe; ¿tiene usted que tratar de hacerle lo mismo? ¿Deberíamos falsear la
declaración de la renta si se nos garan¬tizara impunidad? ¿Tenemos que pasar
por alto la contami¬nación del medio ambiente por parte de una empresa
petro¬lífera que subvenciona una orquesta sinfónica o un buen programa de
televisión? ¿Hemos de mostrarnos cordiales con los parientes ancianos, aunque
nos crispen los nervios? ¿Podemos hacer trampas jugando a las cartas, o en una
esca¬la mayor? ¿Hay que matar a los asesinos?
Al tomar tales decisiones no sólo nos preocupa hacer lo que es justo,
sino también lo eficaz, lo que nos da, a nosotros y al resto de la sociedad,
más felicidad y seguridad. Existe una tensión entre lo que denominamos ético y
lo que llama¬mos pragmático. Aun a largo plazo, si una conducta ética
de¬sembocase en un fracaso no la calificaríamos de ética sino de estúpida. (Es
posible que en principio la respetásemos, pero en la práctica nos
desentenderíamos de ella.) Habida cuenta de la variedad y la complejidad de la
conducta humana, ¿existen unas reglas simples —llámeselas éticas o
pragmáti¬cas— que realmente funcionen?
¿Cómo decidir qué debemos hacer? Nuestras respuestas están en parte
determinadas por el propio interés. Obramos del mismo modo que obran con
nosotros o de manera con¬traria porque así esperamos conseguir lo que deseamos.
Las naciones montan o ensayan armas nucleares para conseguir el respeto de las
demás. Devolvemos bien por mal porque sa¬bemos que a veces podemos despertar el
sentido de la justicia de otros o hacer que se avergüencen de su conducta. Sin
em¬bargo, no siempre actuamos por motivos egoístas. Algunas personas parecen
ser amables por naturaleza. Podemos so¬portar la irritación que nos provocan
unos padres ancianos o unos hijos revoltosos porque los queremos y deseamos que
sean felices, aun a costa de nosotros. A veces nos mostramos duros con los
hijos y les causamos una pequeña infelicidad porque pretendemos moldear su
carácter y creemos que los resultados a largo plazo los harán mas felices que
el dolor a corto plazo.
Los casos difieren. Las personas y las naciones también. Parte de nuestra
sabiduría consiste en salvar este laberinto. La cuestión es si existen, habida
cuenta de la variedad y com¬plejidad de la conducta humana, unas reglas simples
—llamé¬moslas éticas o pragmáticas— que realmente funcionen. ¿O quizá
deberíamos tratar de no reflexionar sobre la cuestión y hacer sencillamente lo
que parece justo? Ahora bien, ¿cómo determinar aun entonces lo que «parece
justo»?
La norma más admirada de conducta, al menos en Occi¬dente, es la «regla
de oro», atribuida a Jesús de Nazaret. Cualquiera conoce su formulación en el
Evangelio de san Mateo del siglo I: «Todo cuanto queráis que os hagan los
hombres, hacédselo también vosotros a ellos.» Casi nadie la observa. Cuando en
el siglo V a. de C. se solicitó al filósofo chino Kung-Tzi (conocido en
Occidente como Confucio) su opinión sobre la norma (para entonces ya bien
conocida) de pagar el mal con bien, replicó: «¿Con qué pagaréis entonces el
bien?» ¿Debe la mujer pobre que envidia la riqueza de su vecina dar a la rica
lo poco que tiene? ¿Debe el masoquista infligir dolor a su vecino? La regla de
oro no toma en consi¬deración las diferencias humanas. ¿Somos realmente
capa¬ces, después de haber recibido una bofetada en la mejilla, de poner la
otra para que también la abofeteen? ¿Acaso no es esto garantía de un mayor
sufrimiento frente a un adversario desalmado?
La «regla de plata» es diferente: «No hagas a los demás lo que no
quisieras que te hiciesen.» También puede hallarse en el mundo entero, incluso
una generación antes de Jesús, en los textos del rabino Hillel. Los ejemplos
más inspirados de la aplicación de la regla de plata en el siglo XX fueron los
de Mohandas Gandhi y Martin Luther King, quienes pidieron a los pueblos
oprimidos que no devolvieran violencia por violencia, pero que tampoco se
mostrasen sumisos y obe¬dientes. Postularon la desobediencia civil, mostrando
la justi¬cia de su causa a través de la disposición a ser castigados por
desafiar una ley injusta. Pretendían conmover los corazones de sus opresores (y
de los que todavía no habían tomado par¬tido).
King rindió tributo a Gandhi como primera persona en la historia que
convirtió las reglas de oro o plata en instru¬mentos eficaces de cambio social.
Gandhi dejó claro el origen de su conducta: «Aprendí de mi esposa la lección de
la no violencia cuando traté de doblegarla a mi voluntad. Su resuelta
resistencia a mi voluntad por un lado y su callada su¬misión a los sufrimientos
que mi necedad implicaba por otro, determinaron que en definitiva me sintiera
avergonzado de mí mismo y curase de la estupidez de haber pensado que yo había
nacido para gobernarla.»
La desobediencia civil no violenta ha logrado notables cambios políticos
en este siglo, hizo que la India se emanci¬pase del poder británico, promovió
por doquier el final del colonialismo clásico y proporcionó algunos derechos
civiles a los norteamericanos de origen africano (aunque también puede haber
contribuido a ello la amenaza de la violencia de otros, desautorizada sin
embargo por Gandhi y King). El Congreso Nacional Africano (CNA) creció dentro
de la tra¬dición gandhiana, pero hacia la década de los cincuenta resul¬taba
evidente que la insumisión no violenta de nada valía frente al Partido
Nacionalista blanco en el poder. De manera que, en 1961, Nelson Mándela y los
suyos formaron el Umjunto we Sizwe (Lanza de la Nación), ala militar del CNA,
sobre la base absolutamente antigandhiana de que lo único que los blancos
entienden es la fuerza.
Incluso Gandhi tuvo dificultades para conciliar el empleo de la no
violencia con las necesidades de la defensa frente a quienes seguían reglas de
conducta menos sublimes: «Carez¬co de calificación para enseñar mi filosofía de
la vida. Apenas la poseo para practicar la filosofía en que creo. No soy más
que una pobre alma que pugna y se afana por ser [...] del todo sincera y del
todo no violenta en pensamientos, pala¬bras y obras, pero que nunca logra
alcanzar el ideal.»
«Paga el bien con bien, pero el mal con justicia», dijo Confucio. Ésta
podría llamarse «regla de bronce»: «Haz a los demás lo que ellos te hagan.» Es
la lex talionis, «ojo por ojo y diente por diente», más «un bien merece otro».
Es la norma familiar en la conducta verdaderamente humana (y del chim¬pancé).
«Si el enemigo se inclina hacia la paz, inclínate también hacia la paz», dijo
el presidente Clinton citando el Corán durante la firma de los acuerdos entre
israelíes y palestinos. Sin tener que recurrir a lo mejor de la naturaleza de
alguien, esta¬blecemos una especie de condicionamiento operante, pre¬miándolo
cuando se porta bien con nosotros y castigándolo cuando no es así. No nos
dejamos arrollar, pero tampoco nos mostramos implacables. Parece prometedor. ¿O
acaso es ver¬dad que «dos males no hacen un bien» ?
De acuñación inferior es la «regla de hierro»: «Haz a los demás lo que te
plazca, antes de que ellos te lo hagan a ti.» A veces se formula como «quien
tiene el oro establece las re¬glas», subrayando no sólo una desviación de la
regla de oro, sino su desdén por ésta. Es la máxima secreta de muchos, si es
que consiguen aplicarla, y a menudo el precepto tácito de los poderosos.
Finalmente, debo mencionar otras dos reglas, empleadas por doquier y que
explican muchas cosas. Una es «trata de ganarte el favor de los que están por
encima de ti y abusa de los que tienes debajo». Éste es el lema de los matones
y la norma en muchas sociedades de primates no humanos. De hecho es aplicar la
regla de oro para los superiores y la regla de hierro para los inferiores. Como
no existe ninguna alea¬ción conocida de oro y hierro, la llamaremos la «regla
de ho¬jalata» por su flexibilidad. La otra regla corriente es «privile¬gia en
todo a tus parientes próximos y haz lo que te plazca con los demás». Esta
regla, conocida como nepotismo, es llamada por los evolucionistas «selección de
parentesco».
Pese a su aparente sentido práctico, hay un defecto fatal en la regla de
bronce: la vendetta inacabable. Apenas impor¬ta quién haya comenzado: la
violencia engendra violencia. «No existe un camino hacia la paz —dijo A. J.
Muste—. La paz es el camino.» Pero la paz es difícil y la violencia fácil.
Aunque casi todos estén de acuerdo en ponerle fin, un solo acto de venganza
puede desencadenarla de nuevo: la viuda llorosa y los hijos entristecidos de un
pariente muerto, ancia¬nos y ancianas que recuerdan atrocidades de su niñez.
Nuestra parte razonable trata de mantener la paz, pero nuestra parte apasionada
clama venganza. Los extremistas de dos facciones contendientes pueden contar
los unos con los otros. Se alían frente al resto de nosotros y desdeñan las apelaciones
a la comprensión y el bien. Unos pocos exaltados pueden in¬citar a la
brutalidad y la guerra a una legión de personas pru¬dentes y racionales.
En el mundo occidental muchos quedaron tan hipnotiza¬dos por los
repulsivos acuerdos de Munich firmados en 1938 con Adolf Hitler que ahora son
incapaces de distinguir entre la cooperación y el apaciguamiento. En vez de
tener que juz¬gar cada gesto y cada postura por sus propios méritos,
de¬cidirnos de inmediato que el adversario es profundamente malvado, que hay
mala fe en todas sus concesiones y que la fuerza es lo único que entiende. Tal
vez éste fuera un juicio certero en lo que a Hitler se refiere, pero en general
no lo es (por mucho que yo desee que se hubiera producido una reac¬ción de
fuerza ante la ocupación militar de Renania) porque consolida la animadversión
en ambos bandos y hace mucho más probable el conflicto. En un mundo con armas
nuclea¬res, una hostilidad inflexible supone peligros especiales y más que
terribles.
Sé que es muy difícil poner fin a una larga serie de repre¬salias. Hay
grupos étnicos que se han debilitado hasta la ex¬tinción porque carecían de una
maquinaria que les permitiera escapar a este ciclo (los caingangues de las
mesetas brasileñas, por ejemplo). Las nacionalidades contendientes en la ex
Yu¬goslavia, Ruanda y otros lugares pueden ser ejemplos futu¬ros. La regla de
bronce parece demasiado inexorable. La de hierro promueve la ventaja de unos
pocos, implacables y po-derosos, contra los intereses de todos los demás. Las
reglas de oro y de plata parecen condescendientes en exceso y fra¬casan de
manera sistemática a la hora de castigar la crueldad y la explotación. Confían
en inducir a las gentes a abandonar el mal por el bien, mostrando que es posible
la cordialidad. Sin embargo, hay sociópatas a quienes importan poco los
senti¬mientos de los demás, y es difícil imaginar a un Hitler o a un Stalin
avergonzados hasta redimirse por el buen ejemplo. ¿Existe una regla entre la de
oro y la de plata por un lado y las de bronce, hierro y hojalata por el otro,
que funcione me¬jor que cualquiera de éstas por sí sola?
¿Cómo podemos decidir cuál emplear, cuál funcionará, entre tantas y tan
diferentes reglas? Es posible que en la misma persona o nación opere más de una
regla. ¿Estamos condena¬dos a guiarnos sólo por suposiciones, a fiarnos de la
intuición o, sencillamente, a repetir lo que se nos ha enseñado? Dejemos a un
lado, sólo por un momento, todas las reglas a que nos ha¬yamos acostumbrado y
aquellas ante las que apasionadamente sentimos —quizá por un hondamente
arraigado sentido de la justicia— que tienen que ser justas.
Imaginemos que no tratamos de confirmar o negar lo que se nos haya
enseñado, sino de averiguar lo que realmente funciona. ¿Hay algún modo de
contrastar códigos éticos en competencia? ¿Cabe explorar científicamente la
materia, ad-mitiendo que el mundo real puede ser mucho más complejo que
cualquier simulación?
Estamos habituados a participar en juegos en los que alguien gana y
alguien pierde. Cada punto conseguido por nuestro adversario nos deja un poco
más atrás. Los juegos de esta clase parecen naturales, y a muchas personas les
costaría trabajo imaginar un juego en el que no se debatieran la victo¬ria y la
derrota. En los juegos de ganar-perder, las pérdidas son equivalentes a las
ganancias, por eso se denominan «jue¬gos de suma cero». No existe ambigüedad
respecto de las in-tenciones del oponente: dentro de las reglas del juego, hará
cuanto pueda para derrotarnos.
Muchos niños se espantan la primera vez que se enfren¬tan claramente a la
derrota en los juegos de ganar-perder.
Al borde de la bancarrota en el Monopolio, alegan una dis¬pensa especial
(exención de rentas, por ejemplo) y cuando ésta no se admite, puede que
denuncien entre lágrimas que el juego les parece duro y cruel, como así es (a
veces he visto, y no sólo a niños, tirar por el suelo tablero, hoteles y fichas
en¬tre manifestaciones de ira y humillación). Las reglas de este juego no
permiten que los participantes cooperen en bene¬ficio de todos. El juego no
está concebido para eso.
Lo mismo cabe decir del boxeo, el fútbol, el hockey, el baloncesto, el
béisbol, el lacrosse, el tenis, el pádel, el aje¬drez, de todas las pruebas
olímpicas, las regatas, las carreras de coches y la política partidista. En
ninguno de estos juegos existe una oportunidad de practicar la regla de oro ni
la de plata, ni siquiera la de bronce. Sólo hay espacio para las re¬glas de
hierro y hojalata. ¿Por qué, si la reverenciamos, re-sulta tan rara la regla de
oro en los juegos que enseñamos a nuestros hijos?
Tras un millón de años de tribus intermitentemente bé¬licas, estamos bien
preparados para pensar en el modo de suma cero y para tratar cada interacción
como una pugna o un conflicto. Sin embargo, la guerra nuclear (y muchas
con-tiendas convencionales), la depresión económica y las agre¬siones al medio
ambiente global son todas propuestas de «perder-perder». Anhelos humanos tan
vitales como el amor, la amistad, la paternidad, la música, el arte y la
búsqueda del conocimiento son propuestas de «ganar-ganar». Nuestra vi¬sión
parece peligrosamente angosta si todo lo que sabemos es ganar-perder.
El campo científico que aborda estas cuestiones se deno¬mina teoría de
juegos, y se ha empleado en táctica y estrate¬gia militares, política
comercial, competencia empresarial, li¬mitación de la contaminación ambiental y
planes de guerra nucleares. El juego paradigmático es el «dilema del preso». En
gran medida es lo opuesto a los juegos de suma cero. Son posibles tres
resultados: ganar-ganar, ganar-perder y perder-perder. Los libros «sagrados»
tienen poco que decir acerca de la estrategia que debe emplearse. Se trata de
un juego plena¬mente pragmático.
Imaginemos que dos amigos han sido detenidos por co¬meter un delito
grave. A efectos del juego, no importa quién es el culpable, si lo son los dos
o si no lo es ninguno. Lo que cuenta es que la policía cree que lo son. Antes
de que hayan tenido tiempo de ponerse de acuerdo o de planificar una
es¬trategia, los llevan a celdas distintas para ser interrogados. Allí, sin
atender a los elementales derechos que los asisten (el de guardar silencio,
entre otros), los agentes tratan de que confiesen. Como a veces hace la
policía, le dicen a uno que su amigo (¡vaya amigo!) ya ha confesado acusándolo
del delito. Es posible que la policía diga la verdad o que mienta. Al
inte¬rrogado sólo se le permite declararse inocente o culpable. ¿Cuál es el
mejor recurso para que el castigo sea mínimo, en el caso de que uno esté
dispuesto a decir algo?
He aquí los resultados posibles:
Si uno niega haber cometido el delito y (sin que lo sepa) su amigo
también lo niega, puede que sea difícil probar su culpa. Tras el proceso, ambas
sentencias serán muy leves.
Si uno confiesa y su amigo hace otro tanto, entonces será pequeño el
esfuerzo que el Estado habrá tenido que realizar para resolver el caso. Como
compensación, puede que ambos reciban una pena ligera, aunque no tanto como si
hubieran afirmado su inocencia.
Ahora bien, si uno se declara inocente y su amigo confie¬sa, el Estado
pedirá la sentencia máxima para él y el castigo mínimo (o quizá ninguno) para
su amigo. Ambos presos re¬sultan muy vulnerables a lo que los teóricos del
juego deno¬minan «deserción».
En consecuencia, si los dos presos «cooperan» declarán¬dose inocentes (o
culpables), ambos evitarán lo peor. ¿Es con¬veniente jugar sobre seguro y
garantizarse un tipo medio de castigo confesándose culpable? Entonces, si el
otro se declara inocente, pues peor para él, y uno puede salir relativamente
indemne.
Si uno se lo piensa bien, queda claro que, haga lo que haga el otro, es
mejor desertar que cooperar. Desgraciada¬mente, lo mismo le ocurre al otro.
Además, si ambos deser¬tan quedarán en peor situación que si hubieran
cooperado. Éste es el llamado «dilema del preso».
Consideremos ahora un dilema del preso repetido donde ambos jugadores
pasan por una secuencia de partidas. Al fi¬nal de cada una saben, por el tipo
de castigo recibido, qué ha dicho el otro. Así adquieren experiencia acerca de
la estrate¬gia del otro. ¿Aprenderán a cooperar partida tras partida, ne¬gando
siempre los dos haber cometido delito alguno, aunque sea grande el premio por
no colaborar con el otro?
Podemos tratar de cooperar o de desertar, en función de cómo se hayan
desarrollado la partida o las partidas anterio¬res. Si cooperamos en exceso, es
posible que el otro jugador explote nuestra buena naturaleza. Si desertamos en
exceso, es posible que el otro deserte a menudo, y eso es malo para am¬bos.
Sabemos que nuestra pauta de deserción es una informa¬ción que aprovecha el
otro jugador. ¿Cuál es la combinación adecuada de cooperación y deserción? De
esta forma el modo de comportarse se convierte, al igual que cualquier otro
aspecto de la naturaleza, en materia que debe investigarse experimentalmente.
La cuestión se ha explorado en un torneo informático presentado por
Robert Axelrod, sociólogo de la Universidad de Michigan, en su notable libro
The Evolution of Cooperation. Se enfrentan varios códigos de conducta y al
final ve¬mos quién gana (el que consigue la suma mínima de penas de cárcel). La
estrategia más sencilla puede consistir en cooperar siempre, sin importar la
ventaja que adquiera el otro, o en no cooperar jamás, sin importar los
beneficios que pudieran de¬rivarse de la cooperación. Estos son los
equivalentes a la re¬gla de oro y la regla de hierro. Siempre pierden, una por
exceso de generosidad, la otra por exceso de egoísmo. También pierden las
estrategias lentas en castigar la deserción (en par¬te porque indican al
contrario que la falta de cooperación puede ser ventajosa.) La regla de oro no
es sólo una estrategia ineficaz: también es peligrosa para los otros jugadores
que pueden triunfar a corto plazo sólo para ser aplastados a largo plazo por
los explotadores.
¿Debemos desertar al principio y cooperar luego en to¬das las partidas
futuras si nuestro oponente coopera siquiera una vez? ¿Debemos cooperar al
principio y desertar después en todas las demás partidas si nuestro oponente
deserta si¬quiera una vez? Estas estrategias también pierden. A diferen¬cia de
lo que sucede en los deportes, no podemos contar con que nuestro oponente esté
siempre dispuesto a ganarnos.
La estrategia más eficaz en muchas de tales competicio¬nes es la llamada
«tal para cual». Es muy simple: uno co¬mienza cooperando y en cada ronda
subsiguiente se limita a hacer lo que hizo su oponente la última vez. Castiga
las de¬serciones, pero una vez que el otro comienza a cooperar, se muestra
dispuesto a olvidar el pasado. Al principio sólo pa¬rece obtener un éxito
mediocre, pero con el paso del tiempo las demás estrategias acaban fracasando
por exceso de altruis¬mo o de egoísmo, y el término medio sigue adelante.
Excep¬to por el hecho de portarse bien en el primer movimiento, la estrategia
tal para cual es idéntica a la regla de bronce. Premia la cooperación y castiga
la deserción muy pronto (en el juego inmediato) y posee la gran virtud de ser
una estrategia com¬pletamente clara para el oponente (la ambigüedad estratégica
puede ser mortal).
Una vez que varios jugadores emplean la regla de tal para cual, progresan
juntos. Para triunfar, los estrategas de tal pa¬ra cual tienen que encontrar
otros dispuestos a hacer lo mis¬mo y con los que puedan cooperar. Tras un
primer torneo en
CUADRO DE REGLAS DE COMPORTAMIENTO PROPUESTAS
La regla de oro
Todo cuanto
queráis que os hagan los hombres, hacédselo también
vosotros a ellos.
La regla de plata
No hagas a los demás lo que
no quisieras que te hiciesen.
La regla de bronce
Haz a los demás lo que ellos
te hagan.
La regla de hierro
Haz a los demás lo que te
plazca, antes que ellos te lo hagan a ti.
La regla de tal para cual
Coopera primero con los demás y
luego haz lo que ellos te hagan.
el que inesperadamente ganó la regla de bronce, algunos ex¬pertos
creyeron que la estrategia era demasiado clemente. En el torneo siguiente
trataron de explotarla desertando más a menudo. Siempre perdieron. Incluso
estrategas experimenta¬dos tendían a subestimar el poder del perdón y la
reconcilia¬ción. La estrategia de tal para cual supone una mezcla intere¬sante
de inclinaciones: amistad inicial, disposición a perdonar y represalia audaz.
Axelrod ha descrito la superioridad de la regla de tal para cual en tales
torneos.
Cabe hallar algo semejante en todo el reino animal, y ha sido estudiado
en nuestros parientes más próximos, los chimpancés. Esta conducta recibe el
nombre de «altruismo recíproco», y ha sido descrita por el biólogo Robert
Trivers. Los animales pueden hacer favores a otros ante la expectativa de que
se los devuelvan (no siempre, pero sí con la frecuencia suficiente para que
resulte útil). No puede decirse que se tra¬te de una estrategia moral
invariable, pero tampoco resulta infrecuente. No es necesario, pues, debatir la
antigüedad de las reglas de oro, plata y bronce o la de tal para cual, y la
prioridad de las prescripciones morales del Levítico. Las nor¬mas éticas de
este género no fueron inventadas por algún le¬gislador humano iluminado. Se
remontan a un tiempo muy re¬moto en el pasado evolutivo. Estaban presentes en
nuestro linaje ancestral desde antes que fuéramos humanos.
El dilema del preso es un juego muy simple. La vida real resulta
considerablemente más compleja. ¿Es más probable que mi padre consiga una
manzana si entrega la nuestra al hombre de los lápices? No la conseguirá de ese
individuo, al que jamás volveremos a ver. Ahora bien, ¿es posible que la
multiplicación de actos de caridad mejore la economía y que mi padre consiga
así un aumento de sueldo? ¿O entregamos la manzana buscando gratificaciones
emocionales y no eco¬nómicas? Además, y a diferencia de los participantes en
una partida ideal del dilema del preso, los seres humanos y las na¬ciones
entablan sus interacciones con ciertas predisposicio¬nes, tanto hereditarias
como culturales.
Las lecciones cruciales en un torneo no demasiado pro¬longado del dilema
del preso tienen que ver son su claridad estratégica, con la naturaleza
autodestructiva de la envidia, con la primacía de los objetivos a largo plazo
sobre los bene¬ficios a corto plazo, con los peligros tanto de la tiranía como
de la demagogia, y, sobre todo, con el tratamiento experi¬mental de la cuestión
de las normas de conducta. La teoría de juegos sugiere también que un amplio
conocimiento de la his¬toria constituye una herramienta clave para la
supervivencia.
17. GETTYSBURG Y AHORA*
Este discurso fue pronunciado el 3 de julio de 1988, ante unas 30.000
personas, con motivo del 125.° aniversario de la batalla de Gettysburg y la
nueva consagración del cementerio de la Paz de la Luz Eterna, en el Parque
Militar Nacional de Gettysburg, Pennsylvania. Cada cuarto de siglo, el
cementerio de la Paz es objeto de una nueva dedicatoria; los presidentes
Wilson, Franklin Roosevelt y Eisenhower fueron los oradores anteriores.
De Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, seleccionados y
presentados por William Safire,
Nueva York, W. W. Norton, 1992
Aquí murieron o fueron heridos 51.000 seres humanos, antepasados de
algunos de nosotros, hermanos de todos. Éste fue el primer ejemplo de una
guerra plenamente industriali¬zada, con armas producidas por máquinas y
transporte ferro¬viario de hombres y equipos. Representó el primer atisbo de
una época que había de llegar, la nuestra; un indicio de lo que podía ser capaz
la tecnología con fines bélicos. Aquí se empleó el nuevo fusil Spencer de
repetición. En mayo de 1863, un globo de reconocimiento del ejército del
Potomac detectó movimientos de tropas confederadas al otro lado del río
Rappahannock, el comienzo de la campaña que condujo a la bata¬lla de
Gettysburg. Ese globo era un precursor de las fuerzas aéreas, los bombarderos
estratégicos y los satélites de recono¬cimiento.
En los tres días que duró la batalla de Gettysburg se em¬plearon unos
cuantos centenares de piezas de artillería. ¿Qué podían hacer? ¿Cómo era
entonces la guerra? He aquí las pa¬labras de un testigo ocular, Frank Haskel,
de Wisconsin, que combatió en las fuerzas de la Unión, acerca de la pesadilla
de las granadas que caían del cielo. Están tomadas de una carta dirigida a su
hermano:
Con frecuencia no podíamos ver la granada hasta que es¬tallaba, pero en
ocasiones, cuando mirábamos hacia el enemi¬go por encima de nuestras cabezas,
su aproximación era anunciada por un silbido prolongado que siempre se me
an¬tojaba como una línea de algo tangible terminada en una esfe¬ra negra, tan
peculiar al ojo como había sido su sonido al oído. La granada parecía detenerse
y quedar suspendida en el aire durante un instante para luego desaparecer entre
el fuego, el humo y el ruido [...]. A menos de diez metros de nosotros estalló
una entre unos matorrales donde aguardaban sentados tres o cuatro asistentes
que cuidaban de los caballos. Mató a dos de los hombres y una cabalgadura.
Éste fue un hecho típico de la batalla de Gettysburg. Algo semejante se
repetiría miles de veces. Aquellos proyec¬tiles balísticos, lanzados por
cañones que ahora se ven por doquier en este cementerio tenían, en el mejor de
los casos, un alcance de pocos kilómetros. La cantidad de explosivo en la más
temible de aquellas granadas era de 10 kilos aproxima¬damente, una centésima de
tonelada de TNT. Bastaba para matar unas cuantas personas.
Los explosivos químicos más potentes, empleados 80 años más tarde durante
la Segunda Guerra Mundial, fueron las bombas rompe manzanas, así llamadas
porque podían des¬truir todo un bloque de edificios. Lanzadas desde aviones,
tras un viaje de centenares de kilómetros, contenían 10 tone¬ladas de TNT, mil
veces más que el arma más poderosa de la batalla de Gettysburg. Una rompe
manzanas era capaz de matar unas cuantas docenas de personas.
Justo al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos empleó las
primeras bombas atómicas para aniquilar dos ciudades japonesas. Cada una de
esas armas, lanzadas tras un vuelo de más de 1.500 kilómetros, tenía una
potencia equivalente a la de unas 10.000 toneladas de TNT, suficiente para
matar a unos cuantos centenares de miles de personas. Una sola bomba.
Pocos años más tarde Estados Unidos y la Unión Sovié¬tica desarrollaron
las primeras armas termonucleares, las bombas de hidrógeno. Algunas poseían una
potencia explo¬siva equivalente a la de 10 millones de toneladas de TNT,
su¬ficientes para matar unos cuantos millones de personas. Una sola bomba.
Ahora es posible lanzar armas nucleares estraté¬gicas hacia cualquier lugar del
planeta. Toda la Tierra es ya un potencial campo de batalla.
Cada uno de esos triunfos tecnológicos hizo progresar el arte de la
muerte en masa en un factor de mil. De Gettysburg a la rompe manzanas, una
energía explosiva mil veces mayor, de la rompe manzanas a la bomba atómica, mil
veces más, y de la atómica a la bomba de hidrógeno, otras mil veces más. Mil
veces mil veces mil son mil millones; en menos de un si¬glo el arma más temible
se ha hecho mil millones de veces más mortal. Sin embargo, nuestra prudencia no
ha progresa¬do mil millones de veces en las generaciones desde Gettys¬burg
hasta ahora.
Las almas de los que aquí perecieron juzgarían indecible la carnicería de
la que ahora somos capaces. Estados Unidos y la Unión Soviética han minado ya
nuestro planeta con casi 60.000 armas nucleares. ¡Sesenta mil! Incluso una
pequeña fracción de los arsenales estratégicos podría indiscutiblemen¬te
aniquilar a las dos superpotencias contendientes, proba¬blemente destruir la
civilización global y quizás hasta extin¬guir la especie humana. Ninguna nación
ni hombre alguno debe tener tal poder. Distribuimos por todo nuestro frágil
mundo esos instrumentos del Apocalipsis y lo justificamos diciendo que nos dan
seguridad. Es un negocio de locos.
Las 51.000 bajas de Gettysburg representaron un tercio del ejército de la
Confederación y una cuarta parte del de la Unión. Todos los que murieron, con
una o dos excepciones, eran soldados. La excepción más conocida es la de una
mujer que, dentro de su propia casa, se disponía a cocer pan y fue muerta por
una bala que atravesó dos puertas; se llamaba Jennie Wade. En una guerra
termonuclear global, en cambio, casi todas las bajas serían civiles, hombres,
mujeres y niños, incluyendo un vasto número de ciudadanos de naciones que no
habrían participado en el enfrentamiento previo a la con¬tienda, muy alejadas
de la «zona diana» en la latitud media septentrional. Habría miles de millones
de Jennie Wade. Todo el mundo corre ahora ese riesgo.
En Washington hay un monumento dedicado a los nor¬teamericanos que
murieron en la más reciente de las grandes guerras estadounidenses, la del
Sureste asiático. Allí perecie¬ron 58.000 norteamericanos, cifra no muy
diferente de la de las bajas de Gettysburg (ignoro, como con harta frecuencia
hacemos, a uno o dos millones de vietnamitas, laosianos y camboyanos que
también perecieron en esa contienda). Pen¬semos en ese monumento oscuro,
sombrío, bello, emotivo, impresionante. Piensen en su longitud; en realidad, no
mu¬cho mayor que la de una calle suburbana. 58.000 nombres. Imaginemos ahora
que seamos tan estúpidos o negligentes como para permitir que haya una
conflagración nuclear y que después se construye un monumento similar. ¿Qué
lon¬gitud debería tener para acoger los nombres de todos los que morirían en
una gran guerra nuclear? Cerca de 1.500 kiló-metros. Llegaría desde aquí, en
Pennsylvania, hasta Missouri. De todas formas, es seguro que no habría nadie
para cons¬truirlo y pocos quedarían para leer la lista de los caídos.
En 1945, al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión
Soviética eran virtualmente invulnerables. Estados Unidos, limitado al este y
al oeste por océanos vas¬tos e infranqueables, al norte y al sur por vecinos
débiles y amigos, tenía las fuerzas armadas más eficaces y la economía más
sólida del planeta. No había nada que temer. Después, construimos armas
nucleares junto con sus sistemas de lan¬zamiento. Iniciamos y alentamos
vigorosamente una carrera de armamento con la Unión Soviética. Una vez
desencadena¬da, todos los ciudadanos estadounidenses pusieron sus vidas en
manos de los dirigentes de la Unión Soviética. Incluso ahora, tras el final de
la guerra fría, tras el final de la Unión Soviética, si Moscú decide que
debemos morir, estaremos muertos en 20 minutos. En una simetría casi perfecta,
la Unión Soviética poseía en 1945 el mayor ejército en pie de guerra del mundo
y carecía de amenazas militares que la in¬quietaran. Se sumó a Estados Unidos
en la carrera nuclear, de manera que en la Rusia de hoy la vida de todos se
encuen¬tra en manos de los dirigentes de Estados Unidos. Si Wash-ington decide
que deben morir, estarán muertos al cabo de 20 minutos. La existencia de cada
norteamericano y de cada ruso depende ahora de una potencia extranjera. Ya dije
que éste es un negocio de locos. Nosotros —estadounidenses, ru¬sos— hemos
invertido 43 años y un vasto tesoro nacional en hacernos perfectamente
vulnerables a un aniquilamiento instantáneo. Lo hemos hecho en nombre del
patriotismo y de la «seguridad nacional», así que nadie está al parecer
auto¬rizado a discutirlo.
Dos meses antes de Gettysburg, el 3 de mayo de 1863, la Confederación
logró una victoria en la batalla de Chancellorsville. En la noche de luna que
siguió al choque, cuando el general Stonewall Jackson y su estado mayor
regresaban a las líneas de los confederados fueron confundidos con la
ca¬ballería de la Unión. Jackson resultó herido de muerte por dos balas debido
a un error de sus propios soldados.
Cometemos errores. Matamos a los nuestros.
Hay quienes afirman que, puesto que no se ha producido todavía una guerra
nuclear accidental, tienen que ser adecua¬das las precauciones adoptadas para
evitarla. Sin embargo, aún no hace tres años fuimos testigos de los desastres
del transbordador espacial Challenger y de la central nuclear de Chernobil, dos
sistemas de alta tecnología, uno norteameri¬cano, otro soviético, en los que se
habían invertido enormes cantidades de prestigio nacional. Había razones
apremiantes para prevenir esos desastres. En los años anteriores, funcio¬narios
de ambas naciones afirmaron con seguridad que no podían suceder accidentes de
ese tipo. No temamos por qué preocuparnos. Los expertos no permitirían que se
produjera un accidente. Desde entonces hemos aprendido que esas se¬guridades no
valen gran cosa.
Cometemos errores. Matamos a los nuestros.
Éste es el siglo de Hitler y de Stalin, prueba —si es que se requiere
alguna— de que unos locos pueden apoderarse de las riendas del poder en los
modernos estados industriales. Si admitimos un mundo con casi 60.000 armas
nucleares, esta¬mos apostando nuestra vida a la afirmación de que ningún
dirigente presente o futuro, militar o civil de Estados Uni¬dos, la Unión
Soviética, Gran Bretaña, Francia, China, Israel, India, Pakistán, Sudáfrica y
cualesquiera otras potencias nucleares que pueda haber, se apartará de las
normas más es¬trictas de prudencia. Nos fiamos de su cordura y sobriedad,
incluso en momentos de gran crisis personal y nacional; de las de todos y cada
uno, para siempre. Creo que es pedir¬nos demasiado. Porque cometemos errores.
Matamos a los nuestros.
La carrera de las armas nucleares y la concomitante guerra fría cuestan
algo. No nos salen gratis. ¿Cuál ha sido el precio de la guerra fría, aparte de
privar a la economía civil de inmensos recursos fiscales e intelectuales, y del
coste psíqui¬co de vivir bajo la espada de Damocles?
Entre el comienzo de la guerra fría en 1946 y su final en 1989, Estados
Unidos invirtió más de 10 billones de dólares (de 1989) en su enfrentamiento
global con la Unión Soviéti¬ca. De esta suma, una tercera parte, como mínimo,
fue gasta¬da por la administración Reagan, que incrementó la deuda nacional más
que todos los anteriores gobiernos desde la época de George Washington. Al
comienzo de la guerra fría, y en cualquier aspecto significativo, la nación
resultaba into¬cable para cualquier fuerza militar extranjera. Ahora, tras el
gasto de este inmenso tesoro nacional (y a pesar de que haya concluido la
guerra fría), Estados Unidos es vulnerable a un aniquilamiento virtualmente
instantáneo.
Una empresa que consumiera su capital de modo tan te¬merario y con tan
escasos resultados, habría entrado en ban¬carrota hace mucho tiempo. Unos
ejecutivos que no consi¬guieran advertir un fiasco tan claro de su política
empresarial habrían sido destituidos por los accionistas hace mucho tiempo.
¿Qué otra cosa podría haber hecho Estados Unidos con ese dinero? (No
todo, puesto que, desde luego, resulta nece¬saria una prudente defensa, pero
digamos la mitad.) Con un poco más de cinco billones de dólares, diestramente
inverti¬dos, habríamos realizado quizá grandes progresos en pro de la
eliminación del hambre, la escasez de viviendas, las enfer¬medades infecciosas,
el analfabetismo, la ignorancia, la po¬breza y la salvaguardia del medio
ambiente, no sólo en Estados Unidos, sino en el mundo entero. Podríamos haber
contribuido a que el planeta fuese autosuficiente en el plano agrícola y a
erradicar muchas de las causas de la violencia y la guerra. Todo eso podría
haber sido realidad con un beneficio enorme para la economía norteamericana.
Habríamos sido capaces de reducir considerablemente la deuda nacional. Por
menos de una centésima parte de ese dinero podríamos haber organizado un
programa internacional a largo plazo para la exploración tripulada de Marte.
Con una pequeña fracción de ese dinero podrían subvencionarse durante décadas
prodi¬gios de la inventiva humana en el arte, la arquitectura, la me¬dicina y
las ciencias. Habría habido espléndidas oportunida¬des tecnológicas y de
progreso.
¿Hemos sido prudentes al gastar tanto de nuestras vastas riquezas en los
preparativos y la parafernalia de la guerra? En el momento presente nuestros
gastos militares siguen estan¬do dentro de la escala de la guerra fría. Hemos
hecho un ne-gocio de locos. Nos hemos trabado en un abrazo mortal con la Unión
Soviética, alentado siempre cada bando por los nu¬merosos entuertos del otro;
pensando casi siempre a corto plazo —en la próxima elección legislativa o
presidencial, en el siguiente congreso del partido— sin contemplar casi nunca
la perspectiva.
Dwight Eisenhower, que estuvo estrechamente ligado a esta comunidad de
Gettysburg, declaró: «El problema de los gastos de la defensa consiste en
determinar hasta dónde se puede llegar sin destruir desde dentro lo que se
trata de de¬fender frente al exterior.» Afirmo que hemos ido demasiado lejos.
¿Cómo salir de este trance? Un tratado general de prohi¬bición acabaría
con todas las futuras pruebas de armas nuclea¬res, que son el principal
impulsor tecnológico de la carrera de armamento nuclear en ambos bandos.
Tenemos que aban¬donar la idea, ruinosamente cara, de la Guerra de las
Gala¬xias, que no puede proteger la población civil frente a una conflagración
atómica y que mengua, en vez de acrecentar, la seguridad nacional de Estados
Unidos. Si deseamos promo¬ver la disuasión, existen medios mucho mejores de
conseguir¬la. Tenemos que llevar a cabo reducciones bilaterales, a gran escala,
verdaderas y minuciosamente inspeccionadas en los arsenales nucleares
estratégicos y tácticos de Estados Unidos, Rusia y otras naciones. (Los
tratados INF y START* repre¬sentan pequeños pasos, pero en la dirección
oportuna.) Eso es lo que deberíamos hacer.
En realidad, las armas nucleares son relativamente ba¬ratas. El capítulo
más costoso ha sido, y sigue siendo, el de las fuerzas militares
convencionales. Ante nosotros se pre¬senta una oportunidad extraordinaria.
Rusos y norteamerica¬nos han emprendido grandes reducciones de fuerzas
conven¬cionales en Europa. Habría que extenderlas a Japón, Corea y otras
naciones perfectamente capaces de defenderse por sí mismas. Tal reducción de
fuerzas convencionales no sólo be¬neficia la paz, sino también la salud de la economía
estadou¬nidense. Debemos encontrarnos con los rusos a mitad de ca¬mino.
El mundo actual gasta un billón de dólares al año en pre¬parativos
militares, la mayor parte en armas convencionales. Estados Unidos y Rusia son
los principales mercaderes de ar¬mas. Gran parte de ese dinero se gasta sólo
porque las nacio¬nes del mundo son incapaces de dar el insoportable paso de la
reconciliación con sus adversarios (y en algunos casos porque los gobiernos
necesitan fuerzas con las que reprimir e intimi¬dar a sus propios pueblos). Ese
billón anual de dólares quita alimentos de las bocas de los pobres y mutila
economías potencialmente eficaces. Es un despilfarro escandaloso y no
de¬beríamos fomentarlo.
Ha llegado la hora de aprender de los que aquí cayeron, y de actuar en
consecuencia.
En parte, la guerra civil estadounidense tenía que ver con la libertad,
con la extensión de los beneficios de la Revolu¬ción Americana a todos los
ciudadanos, con hacer valer esa promesa trágicamente incumplida de «libertad y
justicia para todos». Me preocupa la falta de reconocimiento de las pautas
históricas. Los que hoy luchan por la libertad no llevan tri¬cornios ni tocan
el pífano y el tambor. Visten otras indumen¬tarias, puede que hablen otras
lenguas, que tengan otras reli¬giones y que sea diferente el color de su piel,
pero el credo de la libertad nada significa si es sólo nuestra propia libertad
la que nos interesa. Hay por doquier gentes que claman: «Nin¬gún impuesto sin
representación», y en el África occidental y oriental, tanto en la orilla occidental
del río Jordán como en el este de Europa y en América Central, son cada vez más
los que gritan: «Libertad o muerte.» ¿Por qué somos incapaces de escuchar a la
mayoría? Nosotros, los norteamericanos, disponemos de medios de persuasión
poderosos y no violen¬tos. ¿Por qué no los utilizamos?
La guerra civil concernía principalmente a la unión (unión frente a las
diferencias). Hace un millón de años no había naciones en el planeta. No
existían tribus. Los seres humanos se dividían en pequeños grupos familiares
nómadas de unas cuantas docenas de personas cada uno. Ése era el ho¬rizonte de
nuestra identificación, un grupo familiar itineran¬te. Desde entonces se han
ampliado nuestros horizontes. De un puñado de cazadores-recolectores a una
tribu, una horda, una pequeña ciudad-estado, una nación y ahora inmensas
na¬ciones-estado. El individuo medio en la Tierra de hoy debe su lealtad
primaria a un grupo de unos 100 millones de personas. Está bastante claro que,
si no nos destruimos antes, la unidad de identificación primaria de la mayoría
de los seres humanos será, antes de que pase mucho tiempo, el planeta Tierra y
la especie humana. Esto suscita una cuestión clave: ¿se ensanchará la unidad
fundamental de identificación hasta abarcar el planeta y la especie entera o
nos destruiremos an¬tes? Temo que ambas posibilidades estén muy igualadas.
Los horizontes de identificación se ensancharon en este lugar hace 125
años, con un gran coste para el Norte y para el Sur, para negros y para
blancos. Aun así, reconocemos como justa la expansión de estos horizontes. Hay
ya una necesidad práctica y urgente de trabajar unidos en el control de
arma¬mentos, la economía mundial, el medio ambiente global. Está claro que en
la actualidad las naciones del mundo sólo pue¬den alzarse y caer juntas. No se
trata de que una nación gane algo a expensas de otra. Todos debemos ayudarnos
mutua¬mente, o pereceremos juntos.
En ocasiones como ésta es costumbre incluir alguna cita, frases de
grandes hombres y mujeres conocidos por todos. Las escuchamos, pero no solemos
reflexionar sobre su signi¬ficación. Quiero mencionar una frase, pronunciada
por Abraham Lincoln no muy lejos de este lugar: «Con malicia para ninguno, con
caridad para todos...» Pensemos en lo que significa. Esto es lo que se espera
de nosotros, no ya porque nos obligue nuestra ética o porque lo predique
nuestra reli-gión, sino porque resulta necesario para la supervivencia hu¬mana.
He aquí otra: «Una casa dividida contra sí misma no pue¬de perdurar.» La
variaré un tanto: una especie dividida contra sí misma no puede perdurar. Un
planeta dividido contra sí mismo no puede perdurar. Hay, por último, un lema
conmo¬vedor para inscribir en este cementerio de la Paz de la Luz Eterna, a
punto de ser consagrado de nuevo: «Un mundo unido en la búsqueda de la Paz.»
A mi juicio, el auténtico triunfo de Gettysburg no se produjo en 1863,
sino en 1913, cuando los veteranos supervi¬vientes, los restos de las fuerzas
adversarias, los azules y los grises, se reunieron en la celebración y el
recuerdo solemne. Había sido una guerra fratricida, y cuando sobrevino el
tiem¬po de recordar, en el quincuagésimo aniversario de la batalla, los
supervivientes se abrazaron los unos a los otros sollozan¬do. No pudieron
evitarlo.
Es hora de que los emulemos: OTAN y Pacto de Varsovia, tamiles y
singaleses, israelíes y palestinos, blancos y negros, tutsis y hutus,
estadounidenses y chinos, bosnios y serbios, unionistas y republicanos
irlandeses, el mundo de¬sarrollado y el subdesarrollado.
Necesitamos algo más que el sentimentalismo del aniver¬sario y la piedad
y el patriotismo de la celebración. Cuando sea necesario, hay que enfrentarse
con los criterios conven¬cionales y ponerlos en tela de juicio. Ha llegado la
hora de aprender de los que aquí cayeron. Nuestro reto es la reconci¬liación,
no después de la carnicería y las muertes masivas, sino en vez de ellas. Ha
llegado la hora de que cada uno abra¬ce al otro.
Ha llegado la hora de actuar.
Actualización: Hasta cierto punto, lo hemos logrado. En el tiempo
transcurrido desde que este discurso fue pronun¬ciado, nosotros los
estadounidenses, nosotros los rusos, no¬sotros los seres humanos hemos
realizado grandes progresos en la reducción de los arsenales atómicos y los
sistemas de lanzamiento... si bien no bastan para nuestra seguridad. Pare¬ce
que nos hallamos a punto de conseguir un tratado general de prohibición de
pruebas nucleares, pero los medios para montar y lanzar ojivas se han hecho extensivos
o están a punto de hacerse extensivos a muchas otras naciones.
Aunque a menudo se describe esta circunstancia como el cambio de una
catástrofe potencial por otra, sin una mejora sustancial, un puñado de armas
nucleares, por catastróficas que fueren, y por grandes que sean las tragedias
humanas ca¬paces de provocar, no son más que juguetes comparadas con las 60.000
o 70.000 armas nucleares que Estados Unidos y la Unión Soviética acumularon en
el cenit de la guerra fría. Esas armas bastarían para destruir la civilización
global y, quizás hasta la especie humana, lo que no sería posible con los
arse¬nales que en un futuro previsible puedan acumular Corea del Norte, Irak,
Libia, India o Pakistán.
En el otro extremo está la fanfarronada de algunos dirigentes políticos
norteamericanos que afirman que no hay una sola arma nuclear rusa que apunte a
un niño o una ciu¬dad estadounidenses. Puede que sea cierto, pero modificar su
orientación sólo llevará 15 o 20 minutos, como máximo. Además, tanto Estados
Unidos como Rusia retienen miles de armas nucleares y sistemas de lanzamiento.
Por esa razón, he insistido a lo largo de este libro en que las armas nucleares
si-guen siendo nuestro mayor peligro. Aunque se hayan reali¬zado progresos
sustanciales, y hasta inusitados, en la segun¬dad humana, todo es susceptible
de cambio de la mañana a la noche.
En enero de 1933, 130 naciones firmaron en París la Convención de Armas
Químicas. Después de más de 20 años de negociaciones, el mundo declaró su
disposición a proscri¬bir esos medios de destrucción masiva.
Sin embargo, a la hora de redactar este texto, Estados Unidos y Rusia
todavía no han ratificado el tratado. ¿A qué estamos esperando? Mientras tanto,
Rusia no ha ratificado aún los acuerdos START II, que reducirían los arsenales
nu¬cleares estadounidenses y ruso en un 50 %, dejándolos en 3.500 ojivas por
bando.
Desde el final de la guerra fría ha disminuido el presu¬puesto militar de
Estados Unidos, pero sólo en un 15 % apro¬ximadamente, y sólo una mínima parte
de este ahorro ha re¬dundado en beneficio de la economía civil. La Unión
Soviética se ha desplomado, pero la miseria y la inestabilidad que reinan en la
región constituyen un motivo de inquietud. Hasta cierto punto, la democracia se
ha reafirmado en la Eu-ropa del Este, así como en Centroamérica y Sudamérica,
pero en Asia oriental ha habido escasos progresos, excepto en Taiwán y Corea
del Sur, y en Europa del Este está distorsionada por los peores excesos del
capitalismo. Los horizontes de identificación se han ensanchado en Europa
occidental, pero de hecho se han estrechado en Estados Unidos y la ex Unión
Soviética. Se han realizado progresos tendentes a la reconciliación en Irlanda
del Norte y entre Israel y Palestina, pero los terroristas siguen siendo
capaces de poner en peligro el proceso de paz.
Se nos dice que ante la urgente necesidad de equilibrar el presupuesto
federal de Estados Unidos es preciso llevar a cabo reducciones drásticas en él,
pero, curiosamente, una institu¬ción cuya participación en el producto interior
bruto es supe¬rior a todo el presupuesto federal discrecional sigue siendo
esencialmente intocable. Me refiero a los 264.000 millones de dólares del
ejército (en comparación con los 17.000 millones de dólares destinados al
conjunto de programas científicos y espaciales de carácter civil). En realidad,
si se incluyesen los fondos militares reservados y el presupuesto de los
servicios de inteligencia, la partida militar sería mucho mayor.
¿Para qué esta inmensa suma de dinero, si la Unión So¬viética ya ha sido
derrotada? El presupuesto militar anual de Rusia es de unos 30.000 millones de
dólares. Otro tanto representa el de China. Los presupuestos militares de Irán,
Irak, Corea del Norte, Siria, Libia y Cuba suman unos 27.000 millones de
dólares. El gasto de Estados Unidos supe¬ra en un factor de tres al de todos
esos países juntos, y supo¬ne el 40 % de los gastos militares mundiales.
El presupuesto de defensa de Clinton para el año fiscal de 1995 fue unos
30.000 millones de dólares mayor que el de Ri¬chard Nixon 20 años atrás, en la
cúspide de la guerra fría. Para el año 2000, con los incrementos propuestos por
los re-publicanos, el presupuesto de defensa estadounidense habrá aumentado (en
dólares reales) en un 50 %. Ni en uno ni en otro partido existe una voz
influyente que se oponga a seme¬jante aumento, ni siquiera cuando se proyectan
desgarros an¬gustiosos en la red de la seguridad social.
Nuestro avaro Congreso se muestra sorprendentemente manirroto en lo que
se refiere a los militares, exigiendo de un Departamento de Defensa que trata
de practicar cierto auto¬control, el gasto de miles de millones no solicitados.
Los medios más probables para introducir armas nucleares enemigas en suelo
norteamericano son los mercantes en puertos de gran tráfico y las valijas
diplomáticas inmunes a las inspecciones aduaneras. Sin embargo, en aras de la
protección del país el Congreso ejerce una fuerte presión en favor de
interceptores espaciales de inexistentes cohetes balísticos intercontinentales.
Se proponen absurdas rebajas de hasta 2.300 millones de dóla¬res para que
naciones extranjeras puedan adquirir armas esta¬dounidenses. Se entrega dinero
del contribuyente a empresas aeroespaciales norteamericanas para que consigan
comprar otras empresas aeroespaciales norteamericanas. Se gastan unos 100.000
millones de dólares cada año para defender Europa occidental, Japón, Corea del
Sur y otros países, cuando virtualmente todos disfrutan de balanzas comerciales
más sanas que la estadounidense. Proyectamos mantener en Europa oc¬cidental, y
de modo indefinido, casi 100.000 soldados. ¿Para defenderla contra quién?
Mientras tanto, los centenares de miles de millones de dólares que
costará eliminar los desechos militares nucleares y químicos son una carga que
pasaremos a nuestros hijos. ¿Por qué nos cuesta tanto comprender que la
seguridad na¬cional es una cuestión más profunda y sutil que el número de
pedruscos en nuestro montón? Pese a todo lo que se dice acerca de reducir al
máximo el presupuesto militar, rebosa de grasa en el mundo en que vivimos. ¿Por
qué tiene que ser sa¬crosanto este presupuesto cuando tantas otras cosas, de
las cuales depende nuestro bienestar nacional, corren peligro de ser
irreflexivamente destruidas?
Queda mucho por hacer. Todavía es hora de actuar.
18. EL SIGLO XX
Para entender en su integridad la belleza y la perfección uni¬versales de
las obras de Dios, hemos de reconocer un cierto pro¬greso perpetuo y muy libre
de todo el universo [...]. Siempre hay en el abismo de las cosas partes
soñolientas aún por despertar...
Gottfried Wilhelm Leibniz,
De Rerum Originatione
(Sobre el origen último de las cosas), 1667
La sociedad nunca avanza. Retrocede en un sitio con la misma rapidez con
que se adelanta en otro. Sufre cambios continuos; es bárbara, civilizada,
cristiana, rica, científica; pero... por cualquier cosa que se recibe, algo se
paga.
Ralph Waldo Emerson, «Self-Realiance», en Essays: Firt Series, 1841
El siglo XX será recordado por tres grandes innovaciones: medios sin
precedentes para salvar, prolongar y mejorar la vida, medios sin precedentes
para destruirla (hasta el punto de poner por vez primera en peligro nuestra
civilización glo¬bal) y conocimientos sin precedentes sobre nuestra propia
naturaleza y la del universo. Las tres evoluciones han sido fruto de la ciencia
y la tecnología, una espada de dos filos bien cortantes. Las tres tienen raíces
en el pasado remoto.
SALVAMENTO, PROLONGACIÓN Y MEJORÍA DE LA VIDA HUMANA
Hasta hace unos 10.000 años, con la invención de la agri¬cultura y la
domesticación de animales, la alimentación hu¬mana se hallaba limitada a frutas
y verduras proporcionadas por el medio natural y a la caza. La escasez de
víveres produ¬cidos de manera espontánea hacía que la Tierra sólo pudiese
mantener a unos 10 millones de personas. Hacia el final del siglo XX, en
cambio, habrá 6.000 millones de seres humanos. Eso significa que el 99,9 % de
nosotros debe la vida a la tec-nología agrícola y a la ciencia subyacente
—genética y com¬portamiento vegetal y animal, fertilizantes químicos,
pesticidas, conservantes, arados, cosechadoras y otras herramientas agrícolas,
regadíos— y a la refrigeración en camiones, vago¬nes ferroviarios, almacenes y
hogares. Muchos de los avances más asombrosos de la tecnología agrícola
—incluyendo la llamada «revolución verde»— son obra del siglo XX.
Gracias a la higiene urbana y rural, la potabilización del agua y otras
medidas de sanidad pública, la aceptación de la teoría de los gérmenes, los
antibióticos y otros productos farmacéuticos, la genética y la biología
molecular, la ciencia mé¬dica ha mejorado enormemente el bienestar de las
personas en el mundo entero, sobre todo en los países desarrollados. La viruela
ha sido erradicada del planeta, las áreas donde medra el paludismo disminuyen
año a año, y casi han desaparecido en-fermedades que recuerdo de mi niñez, como
la tos ferina, la escarlatina o la poliomielitis.
Entre las invenciones más importantes del siglo XX figuran métodos
relativamente baratos para el control de la natalidad, que por vez primera
permiten a las mujeres controlar de ma¬nera segura su destino reproductivo y
actúan en favor de la emancipación de la mitad de la especie humana,
posibilitando grandes reducciones en muchos países peligrosamente
super¬poblados sin reprimir la actividad sexual. También es cierto que los
productos químicos y las radiaciones surgidos de nuestra tecnología han suscitado
nuevas enfermedades y están implicados en el cáncer. La proliferación a escala
global de los cigarrillos determina, según estimaciones, tres millones de
muertes anuales (todas, desde luego, evitables). La Organiza¬ción Mundial de la
Salud ha calculado que para el año 2010 se¬rán 10 millones.
La tecnología nos ha dado, sin embargo, mucho más de lo que nos ha
quitado. El signo más claro es que la esperanza de vida en Estados Unidos y en
Europa occidental era en 1901 de unos 45 años, mientras que ahora se acerca a
80 (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hom¬bres). La
esperanza de vida es quizás el índice más significati¬vo de la calidad de vida:
si uno está muerto, no es probable que lo pase bien. Dicho esto, son todavía
miles de millones los que no tienen suficiente ni para comer, y 40.000 los
niños que cada día mueren sin necesidad en el mundo.
A través de la radio, la televisión, el tocadiscos, el magne¬tófono, el
disco compacto, el teléfono, el fax y las redes in¬formáticas de datos, la
tecnología ha transformado profunda¬mente el rostro de la cultura popular. Ha
hecho posible los pros y los contras del espectáculo global, de las empresas
multinacionales no sometidas a ningún país concreto, de los grupos de afinidad
transnacionales y el acceso directo a las opiniones políticas y religiosas de
otras culturas. Como vi¬mos en la muy atenuada rebelión de la plaza de
Tiananmen y en la de la «casa blanca» de Moscú, el fax, el teléfono y las
re¬des informáticas pueden ser potentes instrumentos de conmoción política.
La introducción en la década de los cuarenta de los libros de bolsillo en
el mercado de masas llevó la literatura mundial y el saber de los más grandes
pensadores hasta las vidas de la gente corriente, y aunque ahora esté subiendo
el precio de los libros de bolsillo, todavía existen gangas como los clási¬cos
(a dólar el volumen) de Dover Books. Estas iniciativas, junto con el progreso
de la alfabetización, son los aliados de la democracia jeffersoniana. Por otro
lado, lo que a finales del siglo XX pasa por alfabetización en Estados Unidos
es un conocimiento muy rudimentario de la lengua inglesa. La te¬levisión en
particular tiende a desviar a las masas de la lectu¬ra. El afán de lucro ha
rebajado la programación por debajo del mínimo común denominador, en vez de
superarse para enseñar e inspirar. Desde los clips a las gomas, los secadores
de pelo, los bolígrafos, los ordenadores, los magnetófonos, las fotocopiadoras,
las batidoras eléctricas, los hornos de microondas, las aspiradoras, los
lavavajillas, las lavadoras y secado¬ras, la difusión del alumbrado interior y
urbano, los coches, la aviación, las herramientas, las centrales
hidroeléctricas, las ca¬denas de montaje y los enormes equipos de construcción,
la tecnología de nuestro siglo ha eliminado tareas fatigosas, crea¬do más
tiempo de ocio y mejorado la vida de muchos. Ha aca¬bado, además, con muchos de
los hábitos y convenciones predominantes en 1901.
El empleo de una tecnología potencialmente salvadora de vidas difiere de
una nación a otra. Estados Unidos, por ejem¬plo, tiene la tasa más alta de
mortalidad infantil de todas las naciones industrializadas. Hay más jóvenes
negros en las pri-siones que en las universidades, y el porcentaje de
ciudada¬nos encarcelados es mayor que en cualquier otro país indus¬trial.
Comparados con estudiantes de la misma edad de otras naciones, los
estadounidenses arrojan resultados deficientes en los exámenes normalizados de
ciencias y matemáticas. A lo largo de la última década y media ha aumentado
rápida¬mente la disparidad en los ingresos reales de ricos y pobres, así como
el declive de la clase media. Estados Unidos es el úl¬timo de los países
industrializados en cuanto a la fracción de la renta nacional que destina cada
año a la ayuda exterior. La industria de alta tecnología huye de las costas
norteameri¬canas.
Tras situarse a la cabeza del mundo en casi todos los aspectos hacia
mediados de siglo, en la actualidad hay algunos signos de declive. Cabe señalar
la cualidad del liderato, pero también una disminución en la inclinación de sus
ciudadanos por el pensamiento crítico y la acción política.
TECNOLOGÍA TOTALITARIA Y MILITAR
Las formas de hacer la guerra, de exterminar en masa, de aniquilar
pueblos enteros, han alcanzado durante el siglo XX niveles sin precedentes. En
1901 no existían aviones o cohe¬tes militares, y la artillería más potente sólo
era capaz de lan¬zar una granada a unos cuantos kilómetros de distancia y
ma¬tar a un puñado de personas. Hacia el segundo tercio del siglo XX eran unas
70.000 las armas nucleares acumuladas. Muchas estaban montadas en cohetes
estratégicos para su lanzamiento desde silos o submarinos, podían llegar
virtualmente a cualquier parte del mundo y cada una de sus cabezas atómicas
bastaba para destruir una gran ciudad. Estados Uni¬dos y la ex Unión Soviética
se disponen ahora a emprender considerables reducciones de armamento, tanto de
ojivas nu¬cleares como de lanzadoras, pero en un futuro previsible aún
estaremos en condiciones de aniquilar la civilización global. Por añadidura,
hay por todo el mundo y en muchas manos armas químicas y biológicas pavorosas.
En un siglo que hierve de fanatismo, intransigencia ideo¬lógica y líderes
enloquecidos, esta acumulación inaudita de armas letales no es un buen presagio
para el futuro humano. A lo largo del siglo XX han muerto en guerras y por
órdenes directas de dirigentes nacionales más de 150 millones de per¬sonas.
Nuestra tecnología se ha vuelto tan poderosa que volun¬taria o
involuntariamente somos ya capaces de alterar el me¬dio ambiente a gran escala
y amenazar muchas especies de la Tierra, incluida la nuestra. La cruda realidad
es que estamos haciendo un experimento sin precedentes sobre el medio am¬biente
global y que, en general, confiamos contra toda espe¬ranza en que los problemas
se resolverán por sí mismos. La única nota optimista es el Protocolo de
Montreal y los acuer¬dos anejos, gracias a los cuales las naciones industriales
del mundo aceptaron acabar de forma paulatina con la produc¬ción de CFC y otros
productos químicos que agreden la capa de ozono. Sin embargo, en la reducción
de las emisiones de dióxido de carbono, en la resolución del problema de los
desechos químicos y radiactivos y en otras áreas, el progreso ha sido
funestamente lento.
En cada continente han abundado las venganzas etnocéntricas y xenófobas.
Ha habido intentos sistemáticos de ani¬quilar grupos étnicos completos, sobre
todo en la Alemania nazi, pero también en Ruanda, en la ex Yugoslavia y en
otros lugares.
Ha habido tendencias semejantes a lo largo de la historia humana, pero
sólo en el siglo XX la tecnología ha conseguido llevar a la práctica la muerte
a tal escala. Los bombarderos estratégicos, los cohetes y la artillería de
largo alcance poseen la «ventaja» de que los combatientes no tienen que
enfrentarse cara a cara con el horror que han perpetrado, lo que les aho¬rra
los remordimientos de conciencia. A finales del siglo XX el presupuesto militar
global se acerca al billón de dólares al año. Pensemos cuánto bien podría hacer
a la humanidad si¬quiera una fracción de esa suma.
El siglo XX se ha caracterizado por el derrocamiento de monarquías e
imperios y por el auge de democracias al me¬nos nominales, así como muchas
dictaduras ideológicas y mi¬litares. Los nazis poseían una lista de grupos
aborrecibles a los que comenzaron a exterminar sistemáticamente: judíos,
homosexuales de ambos sexos, socialistas y comunistas, minusválidos y personas
de origen africano (apenas presentes en Alemania). Dentro del régimen nazi,
militantemente «pro vida», las mujeres se hallaban relegadas al Kinder, Küche,
Kircher (los niños, la cocina y la iglesia)*. Cuan ultrajado se sentiría un
buen nazi en una sociedad norteamericana, predominante en el planeta más que la
de cualquier otro país, donde judíos, homosexuales, minusválidos y personas de
origen africano gozan por ley de plenos derechos, los socia¬listas son al menos
tolerados y las mujeres ingresan en el mundo laboral en número hasta ahora
desconocido. Ahora bien, sólo el 11 % de los miembros de la Cámara de
Repre¬sentantes estadounidense son mujeres, en lugar de algo más del 50 %, como
debería ser de practicarse la representación proporcional (la cifra
correspondiente en Japón es del 2 %). Thomas Jefferson enseñó que una
democracia resultaba imposible sin un pueblo instruido. Por estricta que pueda
ser la protección que le brinde la Constitución o la jurisprudencia, pensaba
Jefferson, los poderosos, los ricos y los carentes de es¬crúpulos siempre
sentirán la tentación de socavar el ideal de un gobierno por y para el
ciudadano corriente. El antídoto es el apoyo vigoroso a la expresión de
opiniones impopulares, una alfabetización amplia, los debates en profundidad,
la familiari¬dad con el pensamiento crítico y el escepticismo ante las
decla¬raciones de quienes ejerzan la autoridad, condiciones todas que también
resultan fundamentales en el método científico.
LAS REVELACIONES DE LA CIENCIA
Cada rama de la ciencia ha logrado avances asombrosos durante el siglo
XX. Los fundamentos mismos de la física ex¬perimentaron la revolución de las
teorías especial y general de la relatividad y de la mecánica cuántica. En este
siglo se de-sentrañó por primera vez la naturaleza de los átomos, con protones
y neutrones en un núcleo central y rodeado de una nube de electrones; se
vislumbraron los elementos integrantes de protones y neutrones, los quarks; y
gracias a los acelerado¬res de alta energía y los rayos cósmicos, apareció la
multitud de partículas elementales exóticas de vida corta. La fisión y la
fusión han hecho posible las armas nucleares, las centrales atómicas de fisión
(un logro no exento de riesgos) y la pers-pectiva de centrales nucleares de fusión.
La comprensión de la decadencia radiactiva ha permitido conocer de modo
definiti¬vo la edad de la Tierra (unos 4.600 millones de años) y el mo¬mento
del origen de la vida en nuestro planeta (hace aproxi¬madamente 4.000 millones
de años).
En geofísica, se descubrió la tectónica de placas (una serie de correas
transmisoras bajo la superficie de la Tierra que por¬tan los continentes desde
su nacimiento hasta su muerte, a ra¬zón de unos dos centímetros y medio cada
año). La tectónica de placas es esencial para entender la naturaleza y la
historia de las masas terrestres y la topografía de los fondos marinos. Ha
surgido un nuevo campo de la geología planetaria donde cabe comparar las masas
terrestres y el interior de la Tierra con los de otros planetas y sus
satélites. La química de los mi¬nerales en otros mundos —determinada a
distancia o bien a partir de muestras traídas por naves espaciales o de
meteoritos ahora reconocidos como procedentes de otros planetas— pue¬de ser
cotejada con la de las rocas terrestres. La sismología ha sondeado la
estructura del interior profundo de la Tierra y descubierto bajo la corteza un
manto semilíquido y un núcleo de hierro líquido en la periferia y sólido en el
centro, cuyo es¬tudio es vital para conocer los procesos que condujeron a la
formación del planeta.
Algunas extinciones masivas de la vida pasada son ahora atribuidas a
inmensas emanaciones del manto que llegaron a la superficie generando mares de
lava donde antaño hubo tierra firme. Otras se debieron al impacto de cometas o
asteroides próximos a la Tierra que incendiaron los cielos y transforma¬ron el
clima. En el siglo XXI deberíamos al menos hacer un in¬ventario de cometas y
asteroides para saber si alguno lleva ins¬crito nuestro nombre.
Un motivo de satisfacción científica en el siglo XX es el descubrimiento
de la naturaleza y la función del ADN (ácido desoxirribonucleico), la molécula
clave responsable de la he¬rencia en los seres humanos y en la mayor parte de
plantas y animales. Hemos aprendido a leer el código genético y, en un número
creciente de seres vivos, trazado todos los genes y determinado de qué
funciones orgánicas se encarga la mayo¬ría. Los especialistas en genética se
preparan para trazar el genoma humano, hazaña de enorme potencial tanto para el
bien como para el mal. El aspecto más significativo de la his¬toria del ADN es
el hecho de que ahora se consideren perfectamente comprensibles, en términos
fisicoquímicos, los procesos fundamentales de la vida. No parece que haya im¬plicados
una fuerza vital, un espíritu, un alma. Lo mismo ocurre en neurofisiología:
todavía de modo impreciso, la mente parece ser la expresión de los 100 billones
de conexio¬nes neuronales del cerebro, más unos cuantos elementos quí¬micos
simples.
La biología molecular nos permite ahora comparar dos es¬pecies
cualesquiera, gen por gen, molécula por molécula, para descubrir su grado de
parentesco. Estos experimentos han demostrado de modo concluyente la semejanza
profunda de to-dos los seres de la Tierra y confirmado las relaciones generales
antes propuestas por la biología evolutiva. Por ejemplo, hom¬bres y chimpancés
comparten el 99,6% de sus genes activos, lo que ratifica que los chimpancés son
nuestros parientes más próximos, y que tenemos un antepasado común.
Durante el siglo XX, y por vez primera, investigadores de campo han
vivido con otros primates, observando atentamen¬te su comportamiento en su
hábitat natural para descubrir la piedad, la perspicacia, la ética, la guerra
de guerrillas, la políti¬ca, el empleo y la fabricación de herramientas, la
música, un nacionalismo rudimentario y muchas otras características a las que
antes se juzgaba únicamente humanas. Prosigue el debate sobre la capacidad
lingüística de los chimpancés, pero en Atlanta hay un bonobo (un «chimpancé
pigmeo») de nombre Kanzi que utiliza con soltura un lenguaje simbólico de
varios centenares de caracteres, y que, además, ha aprendido por sí mismo a
fabricar herramientas de piedra.
Muchos de los más asombrosos avances recientes en quí¬mica están
relacionados con la biología, pero voy a men¬cionar uno cuya significación es
mucho más amplia: se ha comprendido la naturaleza del enlace químico, las
fuerzas cuánticas determinantes de las asociaciones de átomos, así como la
intensidad y la configuración de las uniones. Tam¬bién se ha sabido que
aplicando las radiaciones a atmósferas nada recomendables (como las primitivas
de la Tierra y otros planetas) se generan aminoácidos y diversos elementos
clave de la vida. En el laboratorio se ha descubierto que los ácidos nucleicos
y otras moléculas se multiplican por sí mismos y reproducen sus mutaciones. En
consecuencia, el siglo XX ha registrado un progreso sustancial en la
comprensión del ori¬gen de la vida. Buena parte de la biología se puede reducir
a la química, y mucho de ésta, a la física. Aún no existe una se¬guridad
completa, pero el hecho de que haya algo de verdad en ello, por poco que sea,
constituye un atisbo importantísi¬mo sobre la naturaleza del universo.
La física y la química, con la ayuda de los ordenadores más potentes de
la Tierra, han tratado de determinar el clima y la circulación atmosférica
general del planeta a lo largo del tiempo. Este poderoso instrumento se emplea
para calcular las consecuencias futuras del vertido continuo de CO2 y otros
gases invernadero a la atmósfera terrestre. Mientras tanto, y con una facilidad
mucho mayor, los satélites meteorológicos permiten la predicción del tiempo con
una antelación de varios días, evitando cada año pérdidas de miles de millones
de dólares en la agricultura.
A principios del siglo XX los astrónomos estaban sumi¬dos en lo más hondo
de un océano de aire turbulento, desde donde intentaban atisbar mundos lejanos.
Hacia el final del siglo giran en órbitas terrestres grandes telescopios que
ob¬servan los cielos en las bandas de rayos gamma y X, luz ul¬travioleta, luz
visible, luz infrarroja y ondas de radio.
En 1901, Marconi realizó su primera emisión de radio a través del
Atlántico. Ahora estamos acostumbrados a emplear la radio para comunicarnos con
cuatro vehículos espaciales más allá del planeta más lejano de nuestro sistema
solar, y a recibir las emisiones de radio naturales de quásares situados a
8.000 y 10.000 millones de años luz, así como la denomina¬da radiación de fondo
del cuerpo negro (los vestigios del Big Bang, la vasta explosión que inició la
encarnación actual del universo).
Se han lanzado vehículos de exploración para estudiar 70 astros y posarse
en tres de ellos. El siglo ha contemplado la casi mítica hazaña de enviar 12
hombres a la Luna y traerlos sanos y salvos junto con más de 100 kilos de rocas
lunares. Las naves robóticas han confirmado que la superficie de Ve¬nus
presenta, por obra de un inmenso efecto invernadero, una temperatura de más de
480 °C; que hace 4.000 millones de años Marte tenía un clima semejante al de la
Tierra; que moléculas orgánicas caen como maná del cielo de Titán, un satélite
de Saturno; que quizá una cuarta parte de cada come¬ta es materia orgánica.
Cuatro de nuestras naves espaciales viajan rumbo a las estrellas. Se han
encontrado recientemente otros planetas en torno de otras estrellas. Nuestro
Sol está en los arrabales de una vasta galaxia en forma de lente que comprende
unos 400.000 millones de soles. A principios de siglo se creía que la Vía
Láctea era la única galaxia. Ahora sabernos que hay centenares de miles de
millones, todas alejándose unas de otras como restos de una enorme explosión,
el Big Bang. Se han hallado residentes exóticos del zoo cósmico ni siquiera
imaginados al comenzar el siglo: pulsares, cuásares y aguje¬ros negros. Al
alcance de nuestras observaciones quizás estén las respuestas a algunas de las
preguntas más profundas que jamás se hayan hecho los seres humanos sobre el
origen, la naturaleza y el destino del universo entero.
Tal vez el subproducto más desgarrador de la revolución científica haya
sido el hacer insostenibles muchas de nuestras creencias más arraigadas y
consoladoras. El ordenado proscenio antropocéntrico de nuestros antepasados ha
sido reem-plazado por un universo frío, inmenso e indiferente, donde los
hombres se hallan relegados a la oscuridad. Sin embargo, advierto la emergencia
en nuestra conciencia de un universo poseedor de un orden magnífico, mucho más
complejo y pri¬moroso de lo que imaginaron nuestros antepasados. Si es po¬sible
comprender tanto acerca del universo en términos de unas cuantas y simples
leyes naturales, quienes deseen creer en Dios siempre pueden atribuir su
belleza a una Razón que subyace en toda la naturaleza. Mi opinión es que
resulta mu¬cho mejor entender el universo tal como es que aspirar a un universo
tal como querríamos que fuese.
Adquirir el conocimiento y el saber necesarios para com¬prender las
revelaciones científicas del siglo XX será el reto más profundo del siglo XXI.
19. EN EL VALLE DE LAS SOMBRAS
¿Es, pues, cierto o sólo vana fantasía?
Eurípides, Yone, hacia el 410 a. de C.
Seis veces hasta ahora he visto la Muerte cara a cara, y otras tantas
ella ha desviado la mirada y me ha dejado pasar. Algún día, desde luego, la
Muerte me reclamará, como hace con cada uno de nosotros. Es sólo cuestión de
cuándo, y de cómo. He aprendido mucho de nuestras confrontaciones, so¬bre todo
acerca de la belleza y la dulce acrimonia de la vida, del valor de los amigos y
la familia y del poder transforma¬dor del amor. De hecho, estar casi a punto de
morir es una experiencia tan positiva y fortalecedora del carácter que yo la
recomendaría a cualquiera, si no fuese por el obvio elemento, esencial e
irreductible, de riesgo.
Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de
mí continuará pensando, sintiendo y re¬cordando. Sin embargo, a pesar de lo
mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el
mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal
aseveración pueda ser algo más que un anhelo.
Deseo realmente envejecer junto a Annie, mi mujer, a quien tanto quiero.
Deseo ver crecer a mis hijos pequeños y desempeñar un papel en el desarrollo de
su carácter y de su in¬telecto. Deseo conocer a nietos todavía no concebidos.
Hay problemas científicos de cuyo desenlace ansío ser testigo, como la
exploración de muchos de los mundos de nuestro sis¬tema solar y la búsqueda de
vida fuera de nuestro planeta. De¬seo saber cómo se desenvolverán algunas
grandes tendencias de la historia humana, tanto esperanzadoras como
inquietan¬tes: los peligros y promesas de nuestra tecnología, por ejem¬plo, la
emancipación de las mujeres, la creciente ascensión po¬lítica, económica y
tecnológica de China, el vuelo interestelar.
De haber otra vida, fuera cual fuere el momento de mi muerte, podría
satisfacer la mayor parte de estos deseos y an¬helos, pero si la muerte es sólo
dormir, sin soñar ni despertar, se trata de una vana esperanza. Tal vez esta
perspectiva me haya proporcionado una pequeña motivación adicional para seguir
con vida. El mundo es tan exquisito, posee tanto amor y tal hondura moral, que
no hay motivo para engañarnos con bellas historias respaldadas por escasas
evidencias. Me parece mucho mejor mirar cara a cara la Muerte en nuestra
vulnera¬bilidad y agradecer cada día las oportunidades breves y mag¬níficas que
brinda la vida.
Durante años, cerca del espejo ante el que me afeito, he conservado, para
verla cada mañana, una tarjeta postal en¬marcada. Al dorso hay un mensaje a
lápiz para un tal James Day, de Swansea Valley, Gales. Dice así:
Querido amigo:
Sólo unas líneas para decirte que estoy vivo
y coleando y que lo paso en grande. Es magnífico.
Afectuosamente, WJR
Está firmada con las iniciales casi indescifrables de al¬guien llamado
William John Rogers. En el anverso hay una foto en color de una espléndida nave
de cuatro chimeneas y la mención «Transatlántico Titanic de la White Star». El
ma¬tasellos lleva la fecha del día anterior a aquel en que el gran barco se
hundió llevándose consigo más de 1.500 vidas, in¬cluida la del tal Rogers.
Annie y yo tenemos a la vista la tar¬jeta postal por una razón. Sabemos que
«pasarlo en grande» puede ser un estado de lo más provisional e ilusorio. Así
nos sucedió.
Disfrutábamos de una aparente buena salud, nuestros hi¬jos crecían,
escribíamos libros, habíamos emprendido nuevos y ambiciosos proyectos para la
televisión y el cine, pronunciábamos conferencias y yo seguía consagrado a la
más atrayente investigación científica.
Una mañana de finales de 1994, de pie junto a la tarjeta enmarcada, Annie
advirtió que no había desaparecido de mi brazo una fea mancha de color negro
azulado que llevaba allí muchas semanas. «¿Por qué sigue ahí?», preguntó. Ante
su insistencia, y un tanto de mala gana (las manchas negrozuladas no pueden ser
graves, ¿verdad?), fui al médico para que me hiciese un análisis de sangre.
Tuvimos noticias de él pocos días más tarde, cuando nos hallábamos en
Austin, Texas. Estaba preocupado. Resultaba evidente que en el laboratorio
habían cometido un error. El análisis correspondía a la sangre de una persona
muy enfer-ma. «Por favor —me apremió—, hágase de inmediato un nue¬vo análisis.»
Seguí su consejo. No había ningún error.
Mis glóbulos rojos, que llevan oxígeno a todo el cuerpo, y mis glóbulos
blancos, que combaten las enfermedades, habían disminuido considerablemente. De
acuerdo con la explicación más probable, se trataba de un problema con los
hemocitoblastos, que, generados en la médula ósea, son los precursores
habituales de glóbulos blancos y rojos. El diagnóstico fue con¬firmado por
expertos en este campo. Yo padecía una enfermedad de la que nada había sabido
hasta entonces: mielodisplasia. Su origen es casi desconocido. Me asombró saber
que, si no hacía nada, mi probabilidad de supervivencia era cero. Moriría en
seis meses. Yo era activo y productivo. La idea de hallarme en el umbral de la
muerte se me antojó una broma grotesca.
Sólo existía un medio conocido de tratamiento capaz de generar una
curación: un trasplante de médula ósea, pero sólo funcionaría si encontraba un
donante compatible. Aun enton¬ces, habría que suprimir enteramente mi sistema
inmunitario para que mi cuerpo no rechazase la médula ósea del donante. Sin
embargo, una represión seria del sistema inmunitario po¬día matarme de varias
otras maneras; por ejemplo, limitando mi resistencia a las enfermedades de tal
modo que estuviese a merced de cualquier microbio que se cruzara en mi camino.
Por un instante pensé en no tomar ninguna medida y es¬perar a que el
progreso de las investigaciones médicas encon¬trase una curación distinta; pero
era la más tenue de las esperanzas.
Todas nuestras indagaciones acerca de adonde ir conver¬gían en el Centro
Fred Hutchinson de Investigaciones On¬cológicas, de Seattle, una de las
primeras instituciones del mundo en lo que se refiere a trasplantes de médula
ósea. Allí trabajan muchos expertos en este campo, incluyendo a E. Donnall
Thomas, premio Nóbel de Fisiología y Medicina en 1990. La gran competencia de
médicos y enfermeras y sus excelen¬tes cuidados justificaban plenamente el
consejo que nos dieron de solicitar tratamiento en el «Hutch».
El primer paso consistía en averiguar si podíamos hallar un donante
compatible. Algunas personas jamás lo encuen¬tran. Annie y yo llamamos a mi
única hermana, Cari, menor que yo. Me mostré reticente e indirecto. Cari ni
siquiera sa¬bía que estaba enfermo. Antes de que yo pudiera concretar, me dijo:
«Cuenta con ello. Sea lo que sea..., el hígado..., los pulmones..., como si
fuera tuyo.» Todavía se me hace un nudo en la garganta cada vez que pienso en
la generosidad de Cari. Sin embargo, no había ninguna garantía de que su
mé¬dula ósea fuese compatible con la mía. Se sometió a una serie de análisis y,
uno tras otro, los seis factores de compatibilidad encajaron con los míos.
Resultaba la donante perfecta. Había sido increíblemente afortunado.
«Afortunado» es, sin embargo, un término relativo. Inclu¬so con una
compatibilidad perfecta, la probabilidad general de curación era
aproximadamente de un 30 %. Eso es como jugar a la ruleta rusa con cuatro balas
en vez de una en el tambor del revólver; pero era, con mucho, lo mejor que
podía haberme sucedido, y me había enfrentado en otro tiempo con perspec¬tivas
peores.
Toda nuestra familia se trasladó a Seattle, incluyendo los padres de
Annie. Disfrutamos de una afluencia constante de visitantes —los chicos
mayores, mi nieto, otros parientes y amigos— tanto en el hospital como cuando
me sometieron a tratamiento externo. Estoy seguro de que el aliento y el
cari¬ño que recibí, sobre todo por parte de Annie, inclinaron la balanza a mi
favor.
Hubo, como cabe suponer, muchos aspectos amedrenta¬dores. Recuerdo una
noche en que, siguiendo instrucciones de los médicos, me levanté a las dos de
la madrugada y abrí el pri¬mero de los 12 tubos de plástico con tabletas de
busulfano, un poderoso agente quimioterapéutico. En la bolsa se leía:
PRODUCTO QUIMIOTERAPÉUTICO
PELIGRO BIOLÓGICO
PELIGRO BIOLÓGICO
TÓXICO
Elimínese como PELIGRO BIOLÓGICO
Una tras otra, me tragué 72 de aquellas píldoras. Era una cantidad
mortal. Si no me practicaban pronto un trasplante de médula ósea, aquella
terapia de supresión del sistema inmunitario acabaría por matarme. Equivalía a
tomar una dosis fatal de arsénico o de cianuro con la esperanza de que me
proporcionaran a tiempo el antídoto adecuado.
Los medicamentos para neutralizar mi sistema inmunitario ejercieron unos
cuantos efectos directos. Padecí náuseas moderadas de manera continua, pero
contaba con otros me¬dicamentos que las controlaban y así podía incluso
trabajar algo. Se me cayó casi todo el pelo, lo cual, unido a mi poste¬rior
pérdida de peso, me dio una apariencia un tanto cadavé¬rica. Sin embargo, me
sentí mejor un día en que Sam, nuestro hijo de cuatro años, dijo al verme: «Un
buen corte de pelo, papá.» Y añadió: «No tengo ni idea de lo que te pasa, pero
estoy seguro de que te pondrás bien.»
Aunque estaba convencido de que el trasplante en sí re¬sultaría muy
doloroso, no lo fue en absoluto. Como si de una simple transfusión de sangre se
tratara, las células de la médula ósea de mi hermana se encargaron de encontrar
el ca¬mino hacia la mía.
Algunos aspectos del tratamiento fueron extremadamen¬te angustiosos, pero
existe una especie de amnesia traumática merced a la cual cuando todo termina
uno casi llega a olvi¬darse del dolor. El Hutch sigue una política liberal en
la automedicación con analgésicos, incluyendo derivados de la morfina; de ese
modo podía combatir de inmediato un sufri¬miento intenso cuando se presentaba.
Eso hizo la experiencia mucho más soportable.
Al final del tratamiento, mis glóbulos, tanto los rojos como los blancos,
procedían principalmente de Cari. Los cro¬mosomas sexuales eran XX, en lugar de
XY como en el resto de mi organismo. Por mi cuerpo circulaban células y
plaque¬tas femeninas. Esperé que algunas de las características de Cari
empezaran a manifestarse, como, por ejemplo, su pasión por la equitación o por
asistir a media docena de representa-ciones teatrales seguidas, pero jamás
sucedió.
Annie y Cari salvaron mi vida. Siempre agradeceré su amor y su ternura.
Tras salir del hospital, necesité toda clase de asistencia, incluyendo
medicinas administradas varias ve¬ces al día por medio de un catéter
introducido en mi vena cava. Annie era mi «cuidadora autorizada»; se encargaba
de darme los medicamentos de día y de noche, de cambiar los apósitos, de
comprobar las constantes vitales y de aportar un aliento esencial. Las
perspectivas de quienes ingresan solos en un hospital son, comprensiblemente,
peores.
Por el momento había salvado la vida gracias a las inves¬tigaciones
médicas. En parte no era otra cosa que investiga¬ción aplicada, tendente a
ayudar a la curación o mitigar di¬rectamente enfermedades mortales, pero por
otra se trataba de investigación básica, concebida sólo para entender cómo
operan las cosas vivas, sin renunciar por ello a imprevisibles beneficios
prácticos.
También me salvé gracias a los seguros médicos de la Universidad de
Cornell y, en calidad de cónyuge de Annie, de la Writers Guild of America, la
organización de autores de películas, televisión, etc. Existen decenas de
millones de per¬sonas en Estados Unidos sin semejantes seguros médicos. ¿Qué
habríamos hecho en su caso?
En mis textos he tratado de mostrar cuan estrechamente emparentados
estamos con otros animales, qué cruel es infli¬girles dolor y qué bancarrota
moral significa matarlos para, por ejemplo, fabricar lápices de labios. Aun
así, como señaló el doctor Thomas al recibir su premio Nóbel: «El injerto de
médula no podría haber logrado aplicación clínica sin la in¬vestigación en
animales, primero con roedores endógamos y luego con especies exógamas, sobre
todo el perro.» Esta cues¬tión me crea un gran conflicto, ya que de no haber
sido por la investigación con animales hoy no estaría vivo.
De modo, pues, que la vida volvió a la normalidad. Nuestra familia, Annie
y yo regresamos a Ithaca, Nueva York, don¬de residimos. Terminé varios
proyectos de investigación y leí las últimas pruebas de mi libro El mundo y sus
demonios. Nos reunimos con Bob Zemeckis, el director de Contacto, la pe¬lícula
de la Warner Brothers basada en mi novela, para la que Annie y yo habíamos
escrito un guión y en la que participába¬mos como coproductores. Iniciamos
algunos nuevos proyec¬tos para la televisión y el cine. Participé en las
primeras etapas de la aproximación a Júpiter de la sonda espacial Galilea.
Si había una lección que yo había aprendido muy bien, era que el futuro
es imprevisible. Como tristemente iba a descubrir William John Rogers, tras
haber escrito a lápiz su optimista mensaje mientras navegaba por el Atlántico
sep¬tentrional, no hay modo de saber qué nos reserva el futuro, ni siquiera el
más inmediato. Así, tras varios meses en casa (mi pelo creció de nuevo, recobré
mi peso, el número de gló¬bulos rojos y blancos volvió a ser el normal y me
sentía perfectamente), uno de los rutinarios análisis de sangre me arre¬bató la
esperanza.
«Lamento decirle que tengo malas noticias», declaró el médico. Mi médula
ósea había revelado la presencia de una nueva población de células peligrosas
que se reproducían rápidamente. A los dos días, mi familia y yo regresamos a
Seattle. Escribo este capítulo desde mi cama de hospital en el Hutch. Gracias a
un procedimiento experimental reciente¬mente descubierto, han determinado que
esas células anóma¬las carecían de una enzima necesaria para protegerlas de dos
agentes quimioterapéuticos habituales que no me habían aplicado antes. Tras un
tratamiento con esos agentes, no en¬contraron en mi médula más células
anómalas. Con el fin de eliminar las que pudiesen haber quedado (pues se
reprodu¬cen a toda velocidad) sufrí otros dos tratamientos de quimio¬terapia, a
los que seguirían más células de mi hermana. Una vez más había recibido, al
parecer, lo mejor para una cura¬ción completa.
Ante el espíritu destructivo y la miopía de la especie hu¬mana, todos
tendemos a desesperarnos, y yo, por motivos que aún considero muy fundados, no
soy precisamente la ex¬cepción.
Sin embargo, uno de los descubrimientos de mi enferme¬dad es la
extraordinaria comunidad de bondad a la que deben sus vidas las personas en mi
situación.
Hay más de dos millones de estadounidenses inscritos voluntariamente en
el Programa Nacional de Donantes de Médula, todos ellos dispuestos a someterse
en beneficio de un perfecto desconocido a una extracción medular más bien
mo¬lesta. Millones más contribuyen con su sangre a la Cruz Roja americana y
otras instituciones de donantes sin remunera¬ción alguna, ni siquiera un
billete de cinco dólares, con el fin de salvar una vida anónima.
Científicos y técnicos trabajan año tras año con grandes obstáculos,
salarios a menudo bajos y sin la menor garantía de éxito. Tienen muchas
motivaciones, pero una es la espe¬ranza de ayudar a otros, de curar
enfermedades, de parar los pies a la muerte. Cuando tanto cinismo amenaza con
ahogar¬nos, resulta alentador recordar cuánta bondad hay por do¬quier.
Cinco mil personas rezaron por mí en los oficios de Pas¬cua en la
catedral de San Juan el Divino de la ciudad de Nue¬va York, la iglesia más
grande de la cristiandad. Un sacerdote hindú describió una gran vigilia de
oración por mí a orillas del Ganges. El imán de Norteamérica rezó por mi
restableci¬miento. Muchos cristianos y judíos me escribieron para noti¬ficarme
las suyas. Aunque no creo que Dios, de existir, al¬terase debido a la oración
los planes, me siento agradecido más allá de toda ponderación a aquellos
—incluyendo tan¬tos a quienes nunca conocí— que oraron por mi
restableci¬miento.
Muchos me han preguntado cómo es posible enfrentarse a la muerte sin la
certeza de otra vida. Sólo puedo decir que esto no ha constituido un problema.
Con alguna reserva acerca de las «almas débiles», comparto la opinión de mi
hé¬roe, Albert Einstein:
No logro concebir un dios que premie y castigue a sus criaturas o que
posea una voluntad del tipo que experimenta¬mos en nosotros mismos. Tampoco
puedo ni querría conce¬bir que un individuo sobreviviese a su muerte física;
que las almas débiles, por temor o absurdo egotismo, alienten tales
pensamientos. Yo me siento satisfecho con el misterio de la eternidad de la
vida y con un atisbo de la estructura maravi¬llosa del mundo existente, junto
con el resuelto afán de com¬prender una parte, por pequeña que sea, de la Razón
que se manifiesta en la naturaleza.
POST SCRIPTUM
Mucho ha sucedido desde que escribí este capítulo hace un año. Salí del
Hutch, regresamos a Ithaca, pero al cabo de pocos meses la enfermedad
reapareció. En esta ocasión fue mucho más penosa, quizá porque mi cuerpo se
hallaba debi¬litado a causa de las terapias anteriores, pero también porque el
condicionamiento previo al trasplante exigía que mi cuer¬po fuese sometido a
radioterapia. De nuevo, me acompañó a Seattle mi familia. De nuevo, recibí en
el Hutch la misma asistencia experta y afectuosa. De nuevo, Annie se mostró
magnífica en su modo de alentarme. De nuevo, mi hermana Cari reveló su
generosidad ilimitada en la donación de su médula ósea. De nuevo, me vi rodeado
por una comunidad de bondad. En el momento en que escribo —aunque quizá tenga
que cambiarlo en las pruebas de imprenta— el pronós¬tico es el mejor de los
posibles: todas las células detectables de la médula ósea son células donadas,
XX, células femeni¬nas, células de mi hermana. No hay células XY, células
anfitrionas, células masculinas, células que promovieron la enfer¬medad
original. Hay personas que sobreviven años incluso con un pequeño porcentaje de
sus células anfitrionas. Aun así, sólo en un par de años estaré razonablemente
seguro. Hasta entonces, sólo me resta la esperanza.
Seattle, Washington
Ithaca, Nueva York
Octubre de 1996
EPÍLOGO
Con su optimismo característico frente a una
ambigüe¬dad inquietante, Carl concluye así esta obra suya, prodigiosa,
apasionada y asombrosamente original, en la que salta con audacia de una
ciencia a otra.
Tan sólo unas semanas después, a comienzos de
diciem¬bre, se sentó a la mesa para cenar y observó, con un gesto de extrañeza,
su plato favorito. No sentía apetito. En tiempos mejores, mi familia siempre se
había enorgullecido de lo que llamábamos «wodar», un mecanismo interno que
escruta in¬cesantemente el horizonte a la búsqueda de los primeros indi¬cios de
un próximo desastre. Durante nuestros dos años en el valle de las sombras, el
wodar había permanecido siempre en estado de alerta máxima. En esa montaña rusa
de esperanzas que se desplomaban, se alzaban y volvían a caer, incluso la más
leve alteración de un solo aspecto de la condición física de Carl hacía sonar
todos los timbres de alarma.
Nuestras miradas se cruzaron fugazmente. De
inmediato comencé a dar forma a una hipótesis benigna para explicar aquella
súbita falta de apetito. Como de costumbre, razoné que no debía de guardar
ninguna relación con la enferme¬dad, que sólo debía de tratarse de un
desinterés pasajero por la comida en el que una persona sana jamás repararía.
Carl consiguió esbozar una sonrisa y dijo: «Quizá.» Sin embargo, a partir de
aquel momento tuvo que obligarse a comer y sus fuerzas menguaron visiblemente.
Pese a todo, insistió en cumplir un compromiso contraído hacía ya tiempo y
pro¬nunciar aquella misma semana dos conferencias en el área de la bahía de San
Francisco. Cuando regresó a nuestro hotel tras la segunda charla estaba
exhausto. Llamamos a Seattle.
Los médicos nos apremiaron a volver de inmediato
al Hutch. Me aterraba tener que decir a Sasha y a Sam que no regresaríamos a
casa al día siguiente, como les habíamos pro¬metido; que en lugar de ello
haríamos un cuarto viaje a Seat¬tle, lugar que se había convertido para
nosotros en sinónimo de horror. Los chicos se quedaron de una pieza. ¿Cómo
disi¬par convincentemente sus temores de que aquello podía aca¬bar, al igual
que en las tres ocasiones anteriores, en otra es¬tancia de seis meses lejos de
casa o, según sospechó Sasha, en algo mucho peor? Una vez más recurrí a mi
mantra estimu¬lante: «Papá quiere vivir. Es el hombre más valiente y fuerte que
conozco. Los médicos son los mejores que hay en el mun¬do...» Sí, tendríamos
que postergar la Hanuca*, pero en cuan¬to papá se restableciera...
Al día siguiente, en Seattle, una radiografía
reveló que Carl padecía una neumonía de causa desconocida. Los repe¬tidos
análisis no lograron determinar si su origen era bacte¬riano, viral o fúngico.
La inflamación de sus pulmones cons¬tituía tal vez una reacción tardía a la
dosis letal de radiaciones que había recibido seis meses antes como preparación
para el último trasplante de médula ósea. Unas grandes dosis de esteroides sólo
consiguieron aumentar sus sufrimientos y no hicieron ningún bien a sus pulmones.
Los médicos empe¬zaron a prepararme para lo peor. A partir de entonces, cuando
iba por los pasillos del hospital encontraba en los rostros familiares del
personal expresiones harto diferentes. Me es¬quivaban y rehuían mi mirada. Era
preciso que viniesen los chicos. Cuando Carl vio a Sasha, pareció operarse en
su con¬dición un cambio milagroso. «Bella, bella Sasha —exclamó—. No sólo eres
bella, sino también maravillosa.» Le dijo que si conseguía sobrevivir sería en
parte por la fuerza que le brin¬daba su presencia. Durante unas cuantas horas
los monitores del hospital registraron lo que parecía un cambio completo. Mis
esperanzas aumentaron, pero en el fondo no podía dejar de advertir que los
médicos no compartían mi entusiasmo. Vieron aquella momentánea recuperación
como lo que era, «veranillo de otoño», la breve pausa del organismo antes de su
pugna final.
—Esto es un velatorio —me dijo serenamente Carl—.
Voy a morir.
—No —protesté—. Lo superarás como ya hiciste
antes, cuando parecía que no quedaban esperanzas.
Se volvió hacia mí con el mismo gesto que yo
había con¬templado incontables veces en las discusiones y escaramuzas de
nuestros 20 años de escribir juntos y de amor apasionado. Con una mezcla de
buen humor y escepticismo, pero, como siempre, sin vestigio de autocompasión,
repuso escuetamente:
—Bueno, veremos quién tiene razón ahora.
Sam, de cinco años ya, fue a ver a su padre por
última vez. Aunque Carl luchaba por respirar y le costaba hablar, consi¬guió
sobreponerse para no asustar al menor de sus hijos.
—Te quiero, Sam —fue todo lo que logró musitar.
—Yo también te quiero, papá —dijo Sam con tono
so¬lemne.
Desmintiendo las fantasías de los integristas, no
hubo conversión en el lecho de muerte, ni en el último minuto se refugió en la
visión consoladora de un cielo o de otra vida. Para Carl, sólo importaba lo
cierto, no aquello que sólo sir¬viera para sentirnos mejor. Incluso en el
momento en que puede perdonarse a cualquiera que se aparte de la realidad de la
situación, Carl se mostró firme. Cuando nos miramos fija¬mente a los ojos, fue
con la convicción compartida de que nuestra maravillosa vida en común acababa
para siempre.
Todo comenzó en 1974, en una cena que ofrecía
Nora Ephron en Nueva York. Recuerdo lo guapo que me pareció Carl, con su
deslumbrante sonrisa y la camisa remangada. Hablamos de béisbol y de
capitalismo, y me asombró hacer¬le reír de tan buena gana. Pero Carl estaba
casado y yo pro¬metida a otro hombre. Los cuatro empezamos a salir, intima¬mos
y pronto empezamos a trabajar juntos. En las ocasiones en que Carl y yo nos
quedábamos solos, la atmósfera era eufórica y electrizante, pero ninguno de los
dos reveló un atis¬bo de sus verdaderos sentimientos. Habría sido impensable.
A comienzos de la primavera de 1977, la NASA
invitó a Carl a crear una comisión para seleccionar el contenido del disco que
llevaría cada uno de los vehículos espaciales Voyager 1 y 2. Tras un ambicioso
reconocimiento de los planetas exteriores y de sus satélites, la gravitación
expulsaría del sis¬tema solar las dos naves. Se presentaba, pues, la
oportunidad de enviar un mensaje a posibles seres de otros mundos y épo¬cas.
Podría ser algo mucho más complejo que la placa que Carl, su esposa Linda
Salzman y el astrónomo Frank Drake habían incluido en el Pioneer 10. Aquello
fue un primer paso, pero se trataba esencialmente de una placa de matrícula. En
el disco de los Voyager figurarían saludos en 60 lenguas hu¬manas, el canto de
una ballena, un ensayo sonoro sobre la evolución, 116 fotografías de la vida en
la Tierra y 90 minutos de música de una maravillosa diversidad de culturas
te¬rrestres. Los técnicos calcularon que aquellos discos de oro podrían durar
1.000 millones de años.
¿Cuánto es un millar de millones de años? Dentro
de 1.000 millones de años los continentes de la Tierra habrán cambiado tanto
que no reconoceríamos la superficie de nues¬tro propio planeta. Hace 1.000
millones de años las formas más complejas de la vida en la Tierra eran
bacterias. En plena carrera armamentística, nuestro futuro, incluso a corto
plazo, parecía una perspectiva dudosa. Quienes tuvimos el privile¬gio de crear
el mensaje de los Voyager obramos con la sensación de realizar una misión
sagrada. Resultaba concebible que, al estilo de Noé, estuviésemos construyendo
el arca de la cultura humana, el único artefacto que sobreviviría en un futuro
inimaginablemente remoto.
Durante mi ardua búsqueda del más valioso
fragmento de música china, telefoneé a Carl y le dejé un mensaje en su hotel de
Tucson, adonde había acudido para pronunciar una conferencia. Una hora más
tarde sonó el teléfono en mi apar-tamento de Manhattan. Descolgué y oí su voz:
—Acabo de volver a mi habitación y he encontrado
un men¬saje que decía «Llamó Annie»; entonces me pregunté: «¿Por qué no habrá
dejado ese mensaje hace diez años?»
—Pensaba hablarte de eso, Carl —respondí con tono
de broma. Y luego más seria añadí—: ¿Para siempre?
—Sí, para siempre —respondió con ternura—.
¿Quieres casarte conmigo?
—Sí —contesté.
En aquel momento experimentamos lo que debe de
sen¬tirse al descubrir una nueva ley de la naturaleza. Era un eureka, el
momento de la revelación de una gran verdad, que confirmarían incontables
pruebas a lo largo de los 20 años si¬guientes. Sin embargo, suponía también
asumir una respon¬sabilidad ilimitada. ¿Cómo podría volver a sentirme bien
fuera de ese mundo maravilloso una vez que lo había conoci-do? Era el 1 de
junio, la fiesta de nuestro amor. Luego, cuan¬do uno de los dos se mostraba
poco razonable con el otro, la invocación del 1 de junio solía hacer entrar en
razón a la par¬te ofensora.
Antes, en otra ocasión, había preguntado a Carl
si uno de esos supuestos extraterrestres de dentro de 1.000 millones de años
sería capaz de interpretar las ondas cerebrales del pensamiento de alguien.
«¡Quién sabe! Mil millones de años es mucho, muchísimo tiempo. ¿Por qué no
intentarlo, supo¬niendo que será posible?», fue su respuesta.
Dos días después de aquella llamada telefónica
que cam¬bió nuestras vidas, fui a un laboratorio del hospital Bellevue, de
Nueva York, y me conectaron a un ordenador que con¬vertía en sonidos todos los
datos de mi cerebro y de mi cora¬zón. Durante una hora había repasado la
información que deseaba transmitir. Empecé pensando en la historia de la
Tie¬rra y de la vida que alberga. Del mejor modo que pude in¬tenté reflexionar
sobre la historia de las ideas y de la orga¬nización social humana. Pensé en la
situación en que se encontraba nuestra civilización y en la violencia y la
pobreza que convierten este planeta en un infierno para tantos de sus
habitantes. Hacia el final me permití una manifestación per¬sonal sobre lo que
significaba enamorarse.
Carl tenía mucha fiebre. Seguí besándolo y
frotando mi cara contra su ardiente mejilla sin afeitar. El calor de su piel
era extrañamente tranquilizador. Quería que su vibrante ser físico se
convirtiera en un recuerdo sensorial grabado en mí de manera indeleble. Me
debatía entre el afán de animarlo a luchar y el deseo de verlo libre de la
tortura de todos los apa¬ratos que lo mantenían con vida y del demonio que
llevaba dos años atormentándolo.
Llamé por teléfono a Cari, su hermana, que tanto
de sí misma había dado para evitar ese desenlace, a sus hijos ma¬yores, Dorion,
Jeremy y Nicholas, y a su nieto Tonio. Unas semanas antes, todos los miembros
de la familia habíamos celebrado juntos el Día de Acción de Gracias en nuestra
ca¬sa de Ithaca. Por decisión unánime fue el mejor Día de Acción de Gracias que
jamás conocimos. Nos separamos encantados. En aquella reunión reinó entre
nosotros una auten¬ticidad y una intimidad que nos brindaron un sentido mayor
de nuestra unidad. Luego coloqué el auricular cerca del oído de Carl para que
pudiese escuchar, una tras otra, las despedidas de todos.
Nuestra amiga la escritora y productora Lynda
Obst se apresuró a venir de Los Ángeles para estar con nosotros. Lyn¬da se
hallaba en casa de Nora aquella noche maravillosa en que Carl y yo nos
conocimos. Había sido testigo, más que cual¬quier otra persona, de nuestras
colaboraciones tanto persona¬les como profesionales. Como productora original
de la pelí¬cula Contacto, trabajó en estrecha colaboración con nosotros durante
los 16 años que costó hacer realidad aquel empeño.
Lynda había observado que la perpetua
incandescencia de nuestro amor ejercía una especie de tiranía sobre aquellos de
nuestro entorno que no tuvieron tanta fortuna en la bús¬queda de un alma
gemela; pero en vez de molestarle nuestra relación, a Lynda le entusiasmaba
tanto como a un matemáti¬co un teorema de existencia, algo que demostrase que
una cosa era posible. Solía llamarme Miss Hechizo. Carl y yo dis¬frutábamos
intensamente de los ratos que pasábamos con ella, entre risas, hablando hasta
bien entrada la noche de cien¬cia, filosofía, chismes, cultura popular, de
todo. Esa mujer que había ascendido con nosotros, que me acompañó el día
deslumbrante en que elegí mi vestido de novia, estuvo a nuestro lado cuando nos
dijimos adiós para siempre.
Durante días y noches, Sasha y yo nos habíamos
releva¬do junto a Carl, murmurándole palabras reconfortantes al oído. Sasha le
expresó cuánto le quería y todo lo que haría en su vida para enaltecerlo. «Un
hombre magnífico, una vida maravillosa —le dije una y otra vez—. Bien hecho. Te
dejo partir con orgullo y alegría por nuestro amor. Sin miedo. Pri¬mero de
junio. Uno de junio. Para siempre...»
Mientras realizo en pruebas de imprenta los
cambios que Carl temía que fuesen necesarios, su hijo Jeremy está en el piso de
arriba, dando a Sam su lección nocturna con el or¬denador. Sasha se halla en su
habitación, dedicada a sus tareas escolares. Las naves Voyager, con sus
revelaciones sobre un minúsculo mundo favorecido por la música y el amor, se
en¬cuentran más allá de los planetas exteriores, rumbo al mar abierto del
espacio interestelar. Vuelan a 65.000 kilómetros por hora hacia las estrellas y
un destino que sólo podemos so¬ñar. Estoy rodeada de cajas llenas de cartas
procedentes de todo el planeta. Son de personas que lloran la pérdida de Carl.
Muchas le atribuyen su inspiración. Algunas afirman que el ejemplo de Carl las
indujo a trabajar por la ciencia y la razón contra las fuerzas de la
superstición y el integrismo. Esos pensamientos me consuelan y alivian mi
angustia. Me permiten sentir, sin recurrir a lo sobrenatural, que Carl aún
vive.
Ann Druyan
14 de febrero de 1997
Ithaca, Nueva York
Agradecimientos*
Como de costumbre, este libro ha sido enriquecido
y mejorado de manera inconmensurable por comentarios acer¬tados, sugerencias
sobre su contenido y la destreza del estilo de Annie Druyan. De mayor, quiero
ser como ella.
Muchos amigos y colegas formularon comentarios
útiles sobre el conjunto o sobre partes del libro. Estoy muy agra¬decido a
todos, en especial a David Black, James Hansen, Jonathan Lunine, Geoff Marcy,
Richard Turco y George Wetherill.
Entre quienes respondieron generosamente a
nuestras peticiones de información se encuentran Linden Blue, de Ge¬neral
Atomics, John Bryson de Southern California Edison, Jane Callen y Jerry Donahoe
del Departamento de Comer¬cio de Estados Unidos, Punam Chuhan y Julie Rickman
del Banco Mundial, Peter Nathanielsz del Departamento de Fi¬siología de la
Facultad de Medicina Veterinaria de Cornell, James Rachels de la Universidad de
Alabama en Birmingham, Boubacar Touré de la Organización de Alimentación y Agricultura
de las Naciones Unidas y Tom Welch del Departamento de Energía de Estados
Unidos. Agradezco a Leslie LaRocco, del Departamento de Idiomas Modernos y
Lin¬güística de la Universidad de Cornell, sus servicios de tra¬ducción en la
comparación de las versiones de «El enemigo común» en Parade y Ogonyok.
Manifiesto mi gratitud por su saber y ayuda a
Mort Janklow y Cynthia Cannell, de Janklow & Nesbit Associates, y a Ann
Godoff, Harry Evans, Alberto Vitale, Kathy Rosenbloom y Martha Schwartz, de
Random House.
Tengo una deuda especial con William Barnett por
la me¬ticulosidad de sus transcripciones, documentación, lectura de pruebas y
por haberse ocupado del texto en diversas etapas de su elaboración. Bill
desarrolló toda esta tarea mientras yo batallaba contra una grave enfermedad.
Sentir que podía con¬fiar enteramente en él fue una bendición que agradezco.
An¬drea Barnett y Laurel Parker, de mi despacho en la Universi¬dad de Cornell,
se encargaron de la correspondencia esencial y de completar investigaciones. Agradezco
asimismo su efi¬caz asistencia a Karenn Gobrecht y Cindi Vita Vogel, del
des¬pacho de Annie.
Aunque todo el material de este libro haya sido
revisado o sea nuevo, el meollo de muchos capítulos fue anteriormen¬te
publicado en Parade; por ello doy las gracias a su redactor jefe, Walter
Anderson, y a David Currier, jefe de edición, por su inquebrantable apoyo a lo
largo de los años. Partes de al¬gunos capítulos han aparecido en American
Journal of Physics; Forbes-FYI; Environment in Peril, Anthony Wolbarst, ed.,
Smithsonian Institution Press, Washington, D. C. (de una conferencia que
pronuncié en la Agencia de Protección Ambiental, Washington, D. C.); Los
Ángeles Times; y Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, William Safire,
ed., W. W. Norton, Nueva York, 1992.
Patrick McDonnell accedió generosamente a la
inclusión de sus dibujos para ilustrar el texto.
Agradezco también a Carson Productions Group su
autorización para utilizar una fotografía en la que aparezco con Johnny Carson;
a Barbara Boettcher por sus diseños; a James Hansen por autorizar la
publicación de los gráficos del capí¬tulo 11; y a Lennart Nilsson por su
permiso para la realiza¬ción de dibujos sobre sus magistrales fotografías de
fetos hu¬manos in útero.
Referencias
(Unas cuantas citas y sugerencias para ulteriores
lecturas)
Capítulo 1, Miles y miles de millones
Millet, Robert L. y Fielding McConkie, Joseph,
The Life Beyond, Bookcraft, Salt Lake City, 1986.
Capítulo 3, Los cazadores de la noche del lunes
Araton, Harvey, «Nuggets' Abdul-Rauf Shouldn't
Stand for It», The New York Times., 14 de marzo de 1996.
Un buen anecdotario de los deportes profesionales
y sus ad¬miradores es Fans!, de Michael Roberts (New Republic Book Co.,
Washington, D. C., 1976). Un estudio clásico sobre la sociedad de
cazadores-recolectores es The !Kung San, de Richard Borshay Lee (Cambridge
University Press, Nueva York, 1979). La mayor parte de las costum¬bres
mencionadas en este libro se aplican a los !kung y a muchas otras culturas no
marginales de cazadores-reco¬lectores de todo el mundo, antes de que fueran
destruidas por la civilización.
Capítulo 4, La mirada de Dios y el grifo que
gotea
Yoshida, Kumi, et al, «Cause of Blue Petal
Colour», Nature, vol. 373, 1995, p. 291.
Capítulo 9, Creso y Casandra
Managing Planet Earth: Reading from «Scientific
American» Magazine, W. H. Freeman, Nueva York, 1990.
McMichael, A. J., Planetary Overload: Global
Environmental Change and the Health of the Human Species, Cam¬bridge University
Press, Nueva York, 1993.
Turco, Richard, Earth Under Siege: Air Pollution
and Global Change, Oxford University Press, Nueva York, 1995.
Capítulo 10, Falta un pedazo del cielo
Alterman, Eric, «Voodoo Science», The Nation, 5
de febrero de 1996, pp. 6-7.
Benedick, Richard, Ozone Diplomacy: New
Directions in Safeguarding the Planet, Harvard University Press, Cam¬bridge,
Massachusetts, 1991.
Brune, William, «There's Safety in Numbers»,
Nature, vol. 379, 1996, pp. 486-487.
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Stratospheric Ozone Depletion», Science, vol. 272, 1996, pp.1318-1322.
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D. C., 1996.
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Stratospheric Chlorine Budget», Nature, vol. 379, 1996, pp. 526-529.
Capítulo 11, Emboscada: el calentamiento del
mundo
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Persian Gulf», Ithaca Journal, 29 de septiembre de 1990, p. 10A. Balling, Jr.,
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Capítulo 15, Aborto: ¿es posible tomar al mismo
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Capítulo 17, Gettysburg y ahora
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Capítulo 19, En el valle de las sombras
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