© Libro No. 729. Presencia del ausente. Homenaje a
Gabriel García Márquez. Editorial Sudamericana. Colección E.O. Abril 19 de 2014.
Título original: © Presencia
del ausente. HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. EDITORIAL SUDAMERICANA. BUENOS
AIRES
© 2007, Editorial Sudamericana S.A.
Humberto I 531, Buenos Aires
www.sudamericanalibros.com.ar
ISBN: 978-950-07-2818-8
Versión Original: © Presencia del ausente. HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. EDITORIAL
SUDAMERICANA. BUENOS AIRES
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Presencia del ausente
HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA
MÁRQUEZ
EDITORIAL SUDAMERICANA
Presencia del ausente
HOMENAJE A GABRIEL GARCÍA
MÁRQUEZ
EDITORIAL
SUDAMERICANA
BUENOS
AIRES
IMPRESO
EN LA ARGENTINA
Queda
hecho el depósito
que
previene la ley 11.723
© 2007,
Editorial Sudamericana S.A.
Humberto
I 531, Buenos Aires
www.sudamericanalibros.com.ar
ISBN:
978-950-07-2818-8
De la
contraportada:
En Buenos
Aires, capital de la consagración de Cien años de soledad, Gabriel García
Márquez participó de manera invisible en un homenaje que duró tres días sin
olvidar que, pese a la ausencia corporal del autor, la literatura que éste
escribió ofició la magia de considerarlo presente.
Presentes
estuvieron el hermano de Gabo, Jaime, el historiador Félix Luna, escritores,
periodistas, editores y libreros.
Un
público atento y memorioso añadió la concurrencia de otras presencias
invisibles: la fidelidad, la admiración, el afecto.
Este
libro atestigua esa ceremonia inolvidable.

Prólogo
El
acontecimiento a partir del cual se empezó a escribir la historia de Gabriel
García Márquez ocurrió en mayo de 1967, en la Argentina. Este país publica la
primera edición de Cien años de soledad, y los lectores le dan la bienvenida.
Del 26 al
28 de octubre de 2005, durante la gestión de mi predecesor, Rodrigo Holguín, un
grupo de especialistas argentinos y colombianos se atrevió a mirar de cerca la
figura de Gabo desde diversas disciplinas: Félix Luna desde la historia; Jaime
García Márquez desde el origen y la infancia compartida; Daniel Santoro desde
la política; Ezequiel Martínez desde el periodismo y como personaje
entrevistado; Heriberto Fiorillo desde Barranquilla y la época definitiva de La
Cueva; Alberto Casares y Álvaro Castillo Granada como libreros; Luis Chitarroni
y Moisés Melo como sus editores; Juan Forn
y Juan Carlos Botero desde su
oficio de escritores.
Este
libro recoge esos textos como homenaje a nuestro escritor, pero también como
reconocimiento y gesto de gratitud hacia el país que, de algún modo, le da vida
al Nobel y da comienzo a su historia. García Márquez nace dos veces: en
Colombia, la primera; en la Argentina, la segunda.
A todos
ellos, que generosamente compartieron su experiencia con nosotros, nuestro más
sincero agradecimiento. Un reconocimiento especial para las personas que
hicieron realidad este encuentro: a Claudia Cadena, por su excelente trabajo en
la organización y coordinación; a Malba-Colección Costantini, Museo de Arte
Latinoamericano de Buenos Aires, por abrirnos las puertas de su espacio; a la
Editorial Sudamericana, por el entusiasmo con el que acogió esta iniciativa; y
a Avianca, por hacer posible esta actividad de la Embajada de Colombia.
Jaime
Bermúdez Merizalde
Embajador
de Colombia en la Argentina
Nota de
la edición
Hacer de
una ceremonia de homenaje un libro es una tarea que parece sencilla pero no lo
es. Primero, porque el homenaje, género a la vez efusivo y respetuoso, tiene
características de las que los libros prescinden. La animada concurrencia del
público, por ejemplo, no sólo perceptible en las preguntas sino en la
circunstancia preestablecida de diálogo. Segundo, porque el libro, objeto
respetable y contundente, conserva con ingratitud los ecos de espontaneidad
transcriptos al pie de la letra.
El
encuentro Presencia del ausente duró tres días, y tres días encontrará el
lector en este volumen. La coordinadora de esa continuidad puntual fue Claudia
Cadena, que hizo las presentaciones pertinentes y se encargó, además, de
transmitir la amenidad de la circunstancia real, a veces misteriosa o secreta
para el libro. Las derivaciones y los comentarios de las exposiciones y
ponencias fueron consultados de acuerdo con un criterio implacable: ya que
habría más lectores que personas presentes en cada uno de los encuentros, la
edición tendría que coincidir con esta mayoría. Las supresiones en las
intervenciones del público se hicieron con el propósito de que los
sobrentendidos no abundaran ni comprometieran la coherencia del conjunto. Los
errores no suelen pedir perdón: se amotinan para que le perdamos respeto a lo
que amamos. Un escritor de la dimensión de García Márquez merece —exige acaso—
correr ciertos riesgos. Ojalá tengamos éxito.
MIÉRCOLES
26
de
OCTUBRE de 2005
Palabras
del señor embajador
de
Colombia, Rodrigo Holguín
El motivo
de este encuentro se debe a algo que ocurrió en mayo de 1967 aquí en la
Argentina. Este querido país publicó la primera edición de Cien años de
soledad. Pero no sólo la publicó; los lectores argentinos, además, acogieron
este libro como si lo hubieran esperado desde siempre. Presencia del ausente es
un homenaje a nuestro escritor. Es también un reconocimiento y un gesto de
gratitud al país que lo recibió con tanto aprecio y cariño.
Quería
contarles que yo no conozco personalmente a Gabo, como cariñosamente le dicen a
García Márquez. En cambio sí conozco a su hermano Jaime, a quien logré
convencer de que nos acompañara. Convencer digo, porque él está aquí hoy con
nosotros a pesar de su pánico horrible al avión. Creo que se tuvo que sedar
como una semana antes. Lo conozco desde hace rato, hemos sido constructores de
bananeras en Santa Marta, y él es un amigo muy querido y un ingeniero muy
especial, a pesar también de las tantas veces que se lo vio diciendo que él
sólo era un ingeniero, y que además nunca había escrito en su vida siquiera una
carta de amor. A él y a quienes como él aceptaron generosamente compartir su
experiencia con nosotros, mi más sincero agradecimiento.
Presentación:
Claudia Cadena
Hoy es un
día realmente muy especial para este encuentro porque van a tener con ustedes
presencias muy significativas, muy entrañables para García Márquez y para todos
nosotros. Está aquí Jaime García, su hermano. Al maestro Félix Luna, que no
necesita presentación de ninguna clase, muchas gracias por haber aceptado
acompañarnos. Él va a hablar de García Márquez desde la historia. Se va a
ocupar de El general en su laberinto y de El otoño del patriarca. Heriberto
Fiorillo es un periodista, cronista, director de cine y de televisión, y es el
estudioso más serio de La Cueva, que es el grupo, como ustedes saben, de los
amigos de García Márquez en Barranquilla, y representa un momento fundamental.
Él se dedicó a estudiar ese momento, les va a contar sobre Barranquilla y
García Márquez, y de paso creo que van a terminar hablando muy deliciosamente
con Jaime y van a salir toda clase de anécdotas. Espero lo aprovechen.
Félix
Luna
Me han
pedido que hable de Gabriel García Márquez y la historia. Pero ustedes saben
bien que historia y ficción tienen límites muy tenues. El historiador cuando
escribe está tiranizado por los hechos que han ocurrido en el pasado, no puede
inventar otros, puede sí interpretarlos, puede verlos desde distintos puntos de
vista, pero debe someterse a aquello que pasó. El escritor de ficción da libre
curso a su imaginación, y si por azar recoge un tema histórico, un personaje
histórico, una situación histórica, está liberado de toda fidelidad, aunque lo
deseable es que sea fiel a eso tan difícil y tan simple a la vez, que es la
verdad histórica.
García
Márquez escribió una novela, fundamentalmente, de tipo histórico: El general en
su laberinto. La publicó unos veinte años después de haber publicado Cien años
de soledad. Y digo que es una novela histórica porque toma la última etapa de
la vida del libertador Simón Bolívar y la va siguiendo hasta su fin en Santa
Marta. García Márquez, al final del libro, hace una suerte de justificación.
Agradece a quienes hicieron posible develar algunas incógnitas de tipo
histórico que él tenía, y dice: “Más que las glorias del personaje, Simón
Bolívar, me interesaba, entonces, el río Magdalena”. Pero lo cierto es que el
río Magdalena aparece en la novela como un trasfondo, como una suerte de
horizonte por donde el champán en que viaja el general transcurre sus días con
sus calores, con sus doradas aves y pescados, con las poblaciones de las
orillas, y dice a continuación García Márquez:
[...] los
fundamentos históricos me preocupaban poco, pues el último viaje por el río es
el tiempo menos documentado de la vida de Bolívar. Sólo escribió entonces tres
o cuatro cartas —un hombre que debió de dictar más de diez mil— y ninguno de
sus acompañantes dejó memoria escrita de aquellos catorce días desventurados.
Sin embargo, desde el primer capítulo tuve que hacer alguna consulta ocasional
sobre su modo de vida, y esa consulta me remitió a otra, y luego a otra más y a
otra más hasta más no poder. Durante dos años largos me fui hundiendo en las
arenas movedizas de una documentación torrencial, contradictoria y muchas veces
incierta, desde los treinta y cuatro tomos de Daniel Florencio O’Leary hasta
los recortes de periódicos menos pensados. Mi falta absoluta de experiencia y
de método en la investigación histórica hizo aún más arduos estos días.
Es decir,
García Márquez pasó por los mismos enigmas y las mismas inquietudes por las que
pasa cualquier historiador. Él se propone contar los últimos días del
libertador, se encuentra con que hay pocas fuentes, muy pocas cartas, ninguna
memoria de los testigos presenciales y, entonces, su imaginación puede fluir
más o menos libremente. Pero está Bolívar, y Bolívar, tiene una individualidad,
y qué individualidad, qué personaje. Y es a ello a lo que se atiene el autor en
este libro. Y aparece en todas las páginas, entonces, ese hombre
contradictorio, inteligentísimo, lleno de glorias, lleno también de
decepciones, con ideales grandes sobre América y realidades que lo van
venciendo, con sus amores y sus amoríos. Y aparece lo que debe,
fundamentalmente, hacer un historiador, que es mostrar lo distinta que es una
época o una etapa respecto de nuestro tiempo. Y esto lo consigue, y ahí está su
magia de novelista, con párrafos en donde aparentemente hay enumeraciones
banales, pero que nos sirven para mostrar la diferencia entre una época y la
otra, entre ese 1830, por ejemplo, del último viaje del libertador, y nuestra
propia época. Fíjense ustedes, por ejemplo, este párrafo que aparentemente
tiene poco que ver con el transcurrir mismo de la novela:
Pues
estaban en Santa Fe de Bogotá a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del
mar remoto, y la enorme alcoba de paredes áridas, expuesta a los vientos
helados que se filtraron por las ventanas mal ceñidas, no era la más propicia
para la salud de nadie. José Palacios puso la bacía de espuma en el mármol del
tocador [...].
José
Palacios aparece todo el tiempo y con toda justicia: es el asistente, el
ordenanza, el servidor que está al lado de Bolívar todo el tiempo, y hasta su
muerte. Un mestizo hijo de español y de africana que nace en su casa y lo
acompaña permanentemente. Está tan consustanciado con el libertador que él
habla en plural: “nosotros”, dice, y “nosotros” es Bolívar y José Palacios.
[...]
puso la bacía de espuma en el mármol del tocador, y el estuche de terciopelo
rojo con los instrumentos de afeitarse, todos de metal dorado. Puso la
palmatoria con la vela en una repisa cerca del espejo, de modo que el general
tuviera bastante luz, y acercó el brasero para que se le calentaran los pies.
Después le dio unas antiparras de cristales cuadrados con una armazón de plata
fina, que llevaba siempre para él en el bolsillo del chaleco. El general se las
puso y se afeitó gobernando la navaja con igual destreza de la mano izquierda
como de la derecha, pues era ambidiestro natural, y con un dominio asombroso
del mismo pulso que minutos antes no le había servido para sostener la taza.
Terminó afeitándose a ciegas sin dejar de dar vueltas por el cuarto, pues
procuraba verse en el espejo lo menos posible para no encontrarse con sus
propios ojos. Luego se arrancó a tirones los pelos de la nariz y las orejas, se
pulió los dientes perfectos con polvo de carbón en un cepillo de seda con mango
de plata, se cortó y se pulió las uñas de las manos y los pies, y por último se
quitó la ruana y se vació encima un frasco grande de agua colonia, dándose
fricciones con ambas manos en el cuerpo entero hasta quedar exhausto.
A medida
que se van enumerando estos objetos y estas pequeñas situaciones, se va
advirtiendo el paso del tiempo. ¿Quién usa hoy una bacía para hacer espuma y
afeitarse? ¿Quién usa hoy una vela y quién debe poner aceite en una repisa
frente a un espejo para tener luz? Eso de que el sirviente le alcance esas
antiparras para poder afeitarse bien, cortarse pelos en la nariz y la oreja,
pulirse las uñas, usar ese polvo de carbón, como dice, para poder limpiarse los
dientes, hoy en la época de los dentífricos. Yo creo que no hay un párrafo
donde uno no sienta con tanta viveza el cambio de los tiempos como este que se
refiere a la higienización diaria del libertador Bolívar.
Pero
ocurre eso a cada rato, a cada momento, cuando en ese viaje de un Bolívar ya
casi agonizante los pueblos le dan una bienvenida que está teñida con el
asombro, y a veces, con la tristeza de ver a ese hombre lleno de gloria que se
está, prácticamente, muriendo.
Tiene una
capacidad de síntesis García Márquez para decir las cosas, con tanta brevedad y
con tanta significación como este simple párrafo donde yo diría que casi cifra
la vida entera del libertador:
El
miércoles 16 de junio recibió la noticia de que el gobierno había confirmado la
pensión vitalicia que le acordó el Congreso. Le acusó recibo al presidente
Mosquera con una carta formal no exenta de ironía y al terminar de dictarla le
dijo a Fernando imitando el plural mayestático y el énfasis ritual de José
Palacios: “Somos ricos”. El martes 22 recibió el pasaporte para salir del país.
Lo agitó en el aire diciendo: “Somos libres”. Dos días después al despertar de
una hora mal dormida abrió los ojos en la hamaca, y dijo: “Somos tristes”.
De qué
manera podría un gran escritor significar la vida entera de un hombre corno en
un párrafo tan corto y tan contundente como éste. Y así sigue García Márquez
imaginando escenas, situaciones, personajes que lo van a visitar que habrán
estado o no, no soy un especialista en la historia de Bolívar, de modo que no
puedo decir si es cierto o no que tal persona vino a visitarlo, que un tal
francés que había servido con Napoleón estuvo para saludarlo, si es cierto o no
que un alcalde de tal pueblo resolvió tributarle honores especiales. Pero, de
todas maneras, sea o no sea la verdad histórica, todo lo que trasunta el libro
huele, tiene el sabor de la veracidad de las cosas del pasado.
Y en ese
sentido hace con buena técnica historiográfica una serie de acotaciones sobre
la trayectoria misma de Bolívar. En las últimas páginas, donde prácticamente
cuenta para el lector poco informado lo que fue Bolívar, lo que fue su obra
libertadora, lo que significó su acción de gobierno. Por ejemplo, este párrafo
donde se refiere a uno de los aspectos más nobles, digamos así, de la conducta
pública del libertador, su desprendimiento, su desinterés, su absoluta falta de
interés material por el poder. Dice:
Era tan
riguroso en el manejo de los dineros públicos que no conseguía volver sobre
este asunto sin perder los estribos.
Se
refiere o una diatriba que corría sobre el general Santander en el sentido de
que se habría beneficiado de un empréstito contratado en el exterior.
Siendo
presidente, había decretado la pena de muerte para todo empleado oficial que
malversara o se robara más de diez pesos.
Miren
ustedes si esta ley rigiera en nuestro querido país, estarían llenos los
cementerios de funcionarios públicos.
En
cambio, era tan desprendido con sus bienes personales, que en pocos años se
gastó en la guerra de independencia gran parte de la fortuna que heredó de sus
mayores. Sus sueldos eran repartidos entre las viudas y los lisiados de guerra.
A sus sobrinos les regaló los trapiches heredados, a sus hermanas les regaló la
casa de Caracas, y la mayoría de sus tierras las repartió entre los numerosos
esclavos, que liberó desde antes de que fuera abolida la esclavitud. Rechazó un
millón de pesos que le ofreció el congreso de Lima en la euforia de la
liberación. La quinta de Monserrate, que el gobierno le adjudicó para que
tuviera un lugar digno donde vivir, se la regaló a un amigo en apuros pocos
días antes de la renuncia. En el Apure se levantó de la hamaca en que estaba
durmiendo y se la regaló a un baquiano para que sudara la fiebre, y él siguió
durmiendo en el suelo envuelto en un capote de campaña. Los veinte mil pesos
duros que quería pagar de su dinero al buscador cuáquero José Lancaster no eran
una deuda suya, sino del estado.
Lancaster
fue un inglés que recorrió toda América en los momentos más álgidos de las
guerras civiles llevando un sistema de enseñanza particular que tuvo un
auténtico éxito; el sistema lancasteriano estuvo muy de moda en Buenos Aires en
la década de 1820.
Los
caballos que tanto amaba se los iba dejando a los amigos que encontraba a su
paso, hasta Palomo Blanco, el más conocido y glorioso, que se quedó en Bolivia
presidiendo las cuadras del mariscal de Santa Cruz. De modo que el tema de los
empréstitos malversados lo arrastraba sin control a los extremos de la
perfidia.
Y así
sigue en este libro haciendo esta historia que no sabemos bien si es historia,
si es crónica, si es invento, pero que de todos modos no ofrece mayor problema
en establecer qué es exactamente porque todas las líneas transpiran el sabor de
la verdad histórica. Que haya sido o no cierto tal o cual episodio yo lo
inscribiría en las clases de los buenos, de los excelentes historiadores,
aquellos que no solamente saben lo que pasó, sino que saben contarlo.
El otoño
del patriarca es otra cosa, no intenta ser una novela histórica. Es el intento
de pintar el arquetipo del tirano latinoamericano o sudamericano. Y a mi
juicio, en este aspecto, no hay quién supere a Valle-Inclán con su Tirano
Banderas. Valle-Inclán describió allá por la década de 1920 al tirano
latinoamericano con un lenguaje muy especial, en un paisaje ubicado de un modo
poco preciso que permite suponer en medio del Caribe, en Venezuela, en Colombia
tal vez, y lo hace de una manera tan acabada que después de él los intentos de
Miguel Ángel Asturias en El señor presidente, el de Roa Bastos con Yo, el
supremo, incluso el de Vargas Llosa con La fiesta del chivo me parece que por
hermosos que sean no llegan a abordar lo que Valle-Inclán se propuso hacer y lo
consiguió en buena parte.
García
Márquez cuando se enfrenta con la historia en este libro no solamente hace un
tributo a la memoria de Bolívar, que va apareciendo en su carnalidad, en su
persona como ser humano que transmite ternura, indefensión en el momento de su
caída, de su decadencia, de su muerte, sino que además potencia todo lo que fue
y significó para América. Porque las biografías de los grandes hombres, es
cierto, pueden tomar distintos aspectos y, por supuesto, tienen que tomar los
momentos de gloria, los momentos en que se consiguen las hazañas que estos
hombres cumplen, pero es cuando llega el momento de la tristeza y la decadencia
cuando la significación humana de estos personajes aparece en toda su
veracidad. Es en el momento del exilio, el momento de la caída, el momento de
la decadencia, el momento de la agonía cuando estos hombres que ya no tienen
tal vez el poder se revelan tal cual son. Y a veces, tal cual son es poca cosa.
A veces, como lo describe García Márquez aquí, es un hombre que metido en el
laberinto de su vida sigue siendo uno de los grandes de nuestra América.
Jaime
García Márquez
Infancia
compartida a través de la palabra
Soy
Jaime, uno de los quince hijos de Gabriel Eligio, el homeópata, y el octavo de
Luisa Santiaga. Como ven pertenezco a una prole numerosa de todos los colores,
no sólo el de la piel sino el de las ideas, actitudes y comportamientos que
cada uno asume ante cualquier hecho de la vida cotidiana.
Esta
singular marca familiar arrastró siempre una pesada carga emocional y, aunque
fuimos y somos iguales de modo diferente, Úrsula, perdón, Luisa, con su sentido
práctico de todas las horas, resolvió esta dificultad con una decisión muy
sencilla: adoptó a un psiquiatra sobrino de mi padre, que resulto más loco que
todos.
Estoy con
ustedes, gracias al empuje arrollador e insistente de Margarita, mi marida,
ante el cual no caben excusas ni pretextos. La alegría de encontrarme en mi
Buenos Aires querido mitiga un poco el terror de siete horas de vuelo, pero no
la angustia de mi irredimible timidez ante un público que, al decir de los
entendidos, es un monstruo de mil cabezas. La culpa de esto la tiene mi
padrino, al que se le ocurrió escribir y publicar una novela que se vendió como
salchichas en todo el mundo y, treinta y tres años después, terminó cambiando
mi oficio de ingeniero civil por el de ingeniero cultural, título que me otorgó
sin ceremonia mi hija Patricia Alejandra, de siete años, en 2000, cuando asumí
el cargo de subdirector ejecutivo de la Fundación Nuevo Periodismo
Iberoamericano. Un año largo después, me cambiaron el nombre de pila por el de
“El hermano de Gabito”, nombre que heredé de mi hermano menor Eligio, excelente
periodista y escritor, de quien también tuve la fortuna de heredar a sus
amigos, con sus afectos incluidos, entre ellos a Fiori, como le decimos a
Heriberto Fiorillo, el experto en La Cueva, aquí presente.
Nací el
día de Santa Rita, en Sucre, pequeña población situada al suroeste del
departamento de Bolívar —hoy departamento de Sucre—, a orillas del caño de La
Mojana, que comunica los ríos Cauca y San Jorge, afluentes del río Grande de la
Magdalena, en la costa caribe colombiana.
La región
de La Mojana es un vasto territorio donde la desmesura y la leyenda se
confunden para servir de escenario propicio al fabulador de Macondo y su
realismo mágico y así recrear a la marquesita de La Sierpe en su entorno, lleno
de poderes sobrenaturales y riquezas fabulosas, custodiado por seres
mitológicos en el inmenso territorio de la Mamá Grande. Vine al mundo
sietemesino, del tamaño de un renacuajo, y sobreviví gracias a la intuición
formidable de mi madre quien para darme la temperatura adecuada construyó, a
manera de una incubadora, un nicho con las molas de algodón de un árbol de un
patio vecino. Mi hermano Gustavo dice que ese nicho era la gaveta de su máquina
de coser, desde la cual me tenía vigilado.
Sólo a
los siete años logré coger el paso normal de la niñez, tras superar todas las
enfermedades endémicas de la región. En Vivir para contarla, el autor —con una
contabilidad que sólo él maneja— dice que soy seismesino, porque de no ser así
no sería hijo de mi padre, afirmación que no debo refutar para preservar el
honor de mi madre.
Cuando,
el 13 de septiembre de 1947, el mayor de la prole apareció en el periódico El
Espectador, a raíz de la publicación de su primer cuento titulado “La primera
resignación”, yo, que no sabía leer, pensé que se había metido a cantante,
acostumbrado a verlo en las vacaciones practicando serenatas todo el día con mi
hermano Luis Enrique, interpretando melodías de moda, sobre todo los tangos de
Gardel, que también mi madre se aprendía y tarareaba, mientras mis hermanas no
paraban de contar las experiencias de su largo año de internado y los sustos
que sufrían en los viajes de ida y regreso en unas avionetas que más parecían
libélulas galopantes. Episodios como éstos incubaron en nosotros el terror a
los aviones y la manía de contarlo todo en familia, lo cual no es más que
recordar las historias con nostalgia, mejor dicho: hablar de lo mismo, como lo
estoy haciendo ahora.
En
febrero de 1951 llega a Cartagena de Indias Gabriel Eligio con su tribu ya
completa, buscando meter a todos sus integrantes en una sola carpa, que le
permitiera facilitar su largo y difícil proceso educativo. El astrolabio, el
imán, el sextante, la brújula y el violín que tocaba en la iglesia, y con el
que conquistó a Luisa, quedaron atrás, tan atrás como la sorpresa de haber
conocido el hielo.
Atrás
quedaban también los sucreños, conmocionados por una tragedia que involucró a
dos familias muy cercanas a nuestros afectos y que dio origen a la Crónica de
una muerte anunciada. A propósito, me contó Gabito que la primera versión oral
de esta novela la dio él mismo, a ritmo de película de vaqueros, durante su
primera y única visita a Buenos Aires en 1967, cuando fue recibido por aquella
mujer que lo besó con permiso de Mercedes, por supuesto, y le encimó de ñapa un
pescadito de oro, igual a los fabricados por el coronel Aureliano Buendía.
Para esa
época, el interés que despertaban los argentinos Di Stéfano, Pedernera, Rossi,
Cossi, Pontoni y muchos otros deportistas que recrearon el fútbol profesional
colombiano, fue cambiado por la afición al béisbol y la natación, deporte este
último que abandoné por culpa de mi entrenador, un argentino que me cambió el
estilo, lo único bueno que tenía, y que había adquirido viendo nadar en el río
a un joven sureño que ostentaba el título nacional de natación y quien fuera mi
primer entrenador. El ajedrez fue un buen pretexto para retirarme de la
natación, cuando los tiempos de las pruebas comenzaron a empeorar; yo tenía la
certeza de que la culpa de todo la tenían los meses que me hicieron falta para
tener un nacimiento normal.
El
legendario Miguel Najdorf, Raúl Sanguinetti y Oscar Panno, promesa éste del
ajedrez argentino empeñado en recuperar el título mundial para América latina,
crearon en mí respeto y admiración por el pueblo argentino, sentimiento que se
consolidó con Walter Denis, nombre artístico de un cantante argentino que llegó
con una orquesta a Cartagena, formó allí una familia, y con mis hermanos una
sólida amistad que se fortaleció con reuniones musicales, que me permitió gozar
en vivo y en directo los tangos del pasado que escuchaba con fruición cuando
era niño.
Y cómo no
recordar la gallarda actitud de Monzón con nuestro ídolo del boxeo Rocky
Valdés; y a Sabato con El túnel y el tenebroso informe sobre ciegos de Sobre
héroes y tumbas; y a Borges con su Aleph, a quien tuve la oportunidad de
estrecharle la mano cuando fue a dictar una conferencia a la Universidad de
Cartagena, donde yo estudiaba por entonces; no olvidaré su voz profunda y
nostálgica al referirse a Martín Fierro y a Lugones. Cuando le conté sobre este
encuentro a Gabito, me declamó por teléfono desde México el hermoso poema sobre
el ajedrez de Borges; al terminar —tal vez para halagarlo— le dije que no
solamente se sabía todo el diccionario sino todas las poesías del mundo. Me
contestó, como siempre mamando gallo, que no le creyera a la gente y menos a
los periodistas. Mucho tiempo después, Heriberto Fiorillo me regaló una copia
de este hermoso poema que me transporta a las interminables noches de partidas
de ajedrez hablado con el escritor, pintor y poeta colombiano Héctor Rojas
Herazo, catalogado por la prensa nuestra como el mejor conversador del país, y
uno de los culpables de que yo me haya convertido en un conversador compulsivo.
Hoy son
tantos los motivos que me ligan a la Argentina, que la palabra destino no es
suficiente para explicar todo lo bueno que me ha sucedido con este país,
incluyendo el cinco a cero que la selección de fútbol de Colombia le propinó en
su propio Palacio de Cristal a la selección argentina. Si me atrevo a hacer
este mal ejemplo de mamador de gallo, es porque Walter me dijo que los
argentinos también son mamadores de gallo.
Los
amigos Tomás Eloy, Gabriela Esquivada, Daniel Santoro, Myriam de Paoli, Horacio
Verbitsky y su esposa Mónica Müller, y muchos otros que omito para terminar
esta tediosa presentación, saben que todo lo que he dicho y otras cosas que no
recuerdo por culpa de la peste del insomnio me indican que desde mucho tiempo
antes de la guerra de las Malvinas los latinoamericanos ya llevamos a un
argentino en nuestro corazón.
Heriberto
Fiorillo
Vivir en
La Cueva.
Nostalgias
de aquellos tiempos raros
en los
que todo el mundo se ayudaba
En 1953,
Gabriel García Márquez leyó La peste, de Albert Camus. “El estilo —dice Alfonso
Fuenmayor— le varió un poco desde la época en que él pudo leer a Camus. Camus
lo atemperó, le quitó esa efervescencia, ese juego imaginativo que conserva,
pero que frenó en cuanto a vocabulario. Lo hizo más discreto”.
En 1953,
García Márquez protegió a uno de sus grandes amigos del oprobio familiar. Éste,
su compañero de colegio en Zipaquirá, el arquitecto Ricardo González Ripoll,
pudo contraer matrimonio en consecuencia, el 19 de julio, con su prometida
Judith Rosales Clemow en la iglesia del Perpetuo Socorro. “Mi papá estaba
nervioso”, cuenta Katya González Rosales. “Primero había intentado esconder o
tirar los zapatos del matrimonio por la ventana para no casarse porque tenía
miedo de que otra enamorada se presentase y le hiciera un escándalo en la
ceremonia. Me cuentan que Gabito no fue a la boda porque se pasó el día en uno
de los pueblos del Atlántico, de donde era aquella otra muchacha, diciéndole
que mi papá ya iba para allá, para que ella no se viniese”.
En 1953,
Gabito fue testigo de la gestión que hicieron Alfonso y Germán Vargas para
deshacerse, digamos, del cadáver del multimillonario norteamericano, socio de
la Standard Oil y dueño de una flota naviera, de apellido Bedford, que se le
había muerto de repente a su amigo, el poeta Álvaro Mutis, jefe de Relaciones
Públicas de la Esso colombiana, poco antes de atender en el Hotel El Prado una
recepción en su honor. En medio de la expectativa del suceso y la conmoción del
insuceso, Alfonso y Germán planearon y ejecutaron con eficiencia los trámites y
el papeleo de sacar casi en secreto aquel cadáver exquisito del hotel.
Mutis
—recuerda Gabo— lo bajó en posición vertical por el ascensor de servicio en un
ataúd comprado de emergencia en la funeraria de la esquina. Al camarero que le
preguntó quién iba dentro, le dijo: “El señor obispo”.
En 1953,
las expectativas laborales de García Márquez en Barranquilla no eran muy
prometedoras. Su amigo Mutis, que valoraba su capacidad, se dio cuenta de la
situación y volvió a hablar con Guillermo Cano, que al año siguiente se llevó
gustoso a Gabito, una vez más, para El Espectador, en Bogotá.
Desde
allí, ese mismo año, en carta a su amigo Alfonso Fuenmayor, el escritor deja
percibir, junto a su satisfacción, un hondo sentimiento de nostalgia.
Sus
nobles preocupaciones paternales —dice— quedarán aliviadas si le digo que mi
situación aquí continúa bastante bien, aunque el interés ahora es consolidarla.
En el periódico hay un ambiente excelente y hasta ahora se me ha permitido
disfrutar de las mismas prerrogativas de los más antiguos empleados. Sin
embargo, lo triste del pasillo está en que no me amaño en Bogotá, aunque si las
cosas siguen como ahora no me quedará otro remedio que amañarme.
Es
evidente que en Barranquilla —donde viven su novia Mercedes y sus amigos—, las
tertulias y los libros le hacen falta.
Como aquí
no hago vida “intelectual” —añade Gabito— estoy en las nebulosas en novela,
pues Ulises (Eduardo Zalamea Borda), el único genio que frecuento, está
enfrascado en unos indigestos novelones en inglés. Recomiéndenme novedades
traducidas. Aquí llegó un ejemplar de Sartoris (de William Faulkner) en
español, pero estaba empastelado y con los cuadernillos fallos y revueltos, y
lo devolví. Hasta ahora no han llegado nuevos ejemplares.
En
Barranquilla, durante ese mismo año, y comandados precisamente por Alfonso,
experto en estas lides, sus amigos habían encontrado La Cueva, un bar de
cazadores que como tienda se llamó El Vaivén y que ahora, gracias a la
asistencia del grupo, empezaba a convertirse en el bebedero intelectual más
famoso de la costa.
La
verdad, nadie sabe a ciencia cierta cuántas veces estuvo Gabito en La Cueva.
Alfonso dice que unas tres, Juancho Jinete que cinco o seis. Quizá muchas más.
No es necesario ser Sam Spade para saber que Gabo vino a Barranquilla las veces
que pudo, no las que quiso. En ese entonces, buena parte de sus afectos estaba
aquí, sus amigos y la mujer de su vida. Si la nostalgia tenía entonces un
rostro, ése era el de Mercedes. Otro, el de su combo de amigos.
En todo
caso, La Cueva nació y se formó mientras Alejandro Obregón estaba a punto de
regresar de Europa y Gabito se acababa de ir a Bogotá. Ramón Vinyes había
muerto dos años atrás en Barcelona y José Félix Fuenmayor curaba su
neurastenia, contemplando los arreboles del crepúsculo en su finca de Galapa,
un pueblo a media hora de bus. “Aquí no quedábamos sino tres”, señala Alfonso,
refiriéndose a los otros dos mosqueteros en Barranquilla: Álvaro Cepeda y
Germán Vargas, que se iría a Bogotá, pero cinco años más tarde, en el 58.
Enrique Scopell, otro gran amigo de Álvaro, se había trasladado también a
Miami.
La Cueva,
es verdad, no aglutinó en sus comienzos a todos los contertulios originales del
ya cerrado Café Colombia, que eran casi los mismos de la también clausurada
Librería Mundo. Por razones imponderables, a La Cueva llegó apenas buena parte
de sus sobrevivientes, aunque también retornaron, una y otra vez, casi todos
sus ausentes. Cuando se trata no de un cuerpo colegiado sino de un grupo de
amigos, el afecto no parece perderse en la distancia sino, por el contrario,
casi siempre, se alimenta, mitifica y consolida.
Así que
este grupo de compinches intelectuales y roneros siguió moviéndose en la vida
como quiso, en la confianza, cuando no en la fe ciega, de que el centro de su
universo grupal, de su tribu solidaria, mantendría aquí su sede, el extremo de
su cometa, su polo de tierra. Fue eso lo que asumió Álvaro mientras permanecía
en Michigan y en Nueva York; lo que debió pensar Obregón cuando pintaba y
exponía en Europa; lo que suponían Ramón Vinyes y Germán al intercambiar sus
cartas; el remezón tal vez tardío del sabio catalán al darse cuenta de que
debía retornar a sus amigos, de que su tribu de verdad no estaba en Barcelona
sino en Barranquilla.
No tiene
un origen distinto la nostalgia, esa terrible y dolorosa enfermedad del afecto
que empezaba a atacar a Gabito en la distancia. Mientras estuvo en Bogotá, se
escapaba a Barranquilla, a encontrarse con su novia y con su tribu, cada vez
que el trabajo le daba un paréntesis. De regreso, eran su tema. Mucho le había
hablado Gabito, por ejemplo, a su amigo bogotano Gonzalo Mallarino sobre
Germán, Álvaro y Alfonso. Y un día lo convenció para que se viniera con él, a
conocerlos, a Barranquilla. El encuentro, desde luego, es en La Cueva. El grupo
está vivo y el recién llegado descubre de una vez su funcionamiento.
En
Barranquilla —dice Gonzalo— el amigo del amigo no necesita credenciales. En esa
mesa, tan estentórea como las otras del bar, los nombres que se lanzaban al
aire eran los de Proust y Faulkner, Thomas Mann, Tolstoi y Balzac, Virginia
Woolf y Alain Fournier. Uno cualquiera de los bebedores de cerveza los trae a
cuento para probar la validez de alguna tesis relevante e improvisada. Uno en
particular (Alfonso Fuenmayor) conocía a fondo la obra de todos los nombrados y
por supuesto la de muchos más, y ponía orden en la discusión con breves
observaciones en las que el humor era el medio dispersante de la sensatez.
El amigo
de García Márquez se vuelve amigo de sus amigos. El grupo está más que vivo.
Era
tangible —añade Gonzalo— el calor de la amistad que se profesaban unos a otros
esos escritores y artistas. Y era transparente, entre las zumbas que se
lanzaban sin contemplaciones, el mutuo reconocimiento de sus evidentes
talentos.
Tiempo
después, en el cumpleaños de Rafael Marriaga, y en ausencia de Gabito, Germán
Vargas cantará por él. Y mucho más tarde, cuando salga publicada La hojarasca,
la tribu le ofrecerá en agasajo una tremenda fiesta. El mismo Gabito presidirá
en espíritu la mesa. Sin médium ni ritual vudú. Frente a su silla vacía, habrá
toda la noche una botella de licor y una copa. A su izquierda se sentará
Alfonso y a su derecha un invitado bogotano, el hombre que le puso nombre al
grupo de amigos para poder distinguirlo, don Próspero Morales Pradilla.
El 14 de
julio de 1955, Gabito pasa la noche en Barranquilla, a la espera del avión que
le llevará al otro día a París. Viaja como corresponsal de El Espectador a
Europa. Su madre, Luisa Santiaga, le manda un papelito de aviso a Mercedes, que
está en Arjona, Bolívar, pero la joven no alcanza a verlo. Sus amigos festejan
en La Cueva su llegada y al otro día lo acompañan hasta el Super-Constellation
de Avianca. Dos meses después, Gabito le enviará una postal a Alfonso desde
Venecia, asociada de inmediato con Barranquilla.
Maestro:
no haga más editoriales contra los caños: los de aquí huelen lo mismo. Monte un
negocio de góndolas. Me acuerdo de usted aquí, porque se moriría de tristeza:
esto no parece una ciudad dentro del agua sino una ciudad inundada. Y no es lo
mismo, ¿verdad?
Pasarán
tres años para que Gabito regrese a Barranquilla con el propósito de casarse.
Gabo
—dice su amigo, Plinio Apuleyo Mendoza— se encontraba en París, en el invierno
de 1956. Me acerco a la pared, para contemplar la fotografía de su novia, que
ha clavado allí con una tachuela: una bonita muchacha de largos cabellos negros
y tranquilos.
—El
cocodrilo sagrado —dice.
La novia
vive en Barranquilla.
Gabito ha
sobrevivido y escrito en París El coronel no tiene quien le escriba y ha
viajado por Alemania y la Unión Soviética. Su amigo Plinio Apuleyo, que lo
acompaña, le conseguirá un puesto de redactor junto a él en la revista Momento
de Caracas, Venezuela. Gabito ha pedido ahora una licencia de varios días para
hacer realidad el sueño de su novia. Ella, Mercedes Raquel Barcha Pardo, ha
esperado, con amor y paciencia, más de la cuenta.
La
situación económica del novio mantiene la fecha de la boda en un suspenso
prolongado apenas parecido al que había agobiado su timidez, años atrás, antes
de atreverse a declarar su amor.
Con ganas
de ver a Mercedes, Gabito visitaba en Barranquilla la farmacia de don Demetrio,
el padre de la muchacha, otro asiduo visitante de La Cueva, y pasaba horas
hablando con él. “Gabito está enamorado de ti”, le decían las amigas a la
muchacha. “Estará enamorado de mi papá”, respondía Mercedes. “A mí no me da ni
las buenas tardes.”
“Si no te
casas tú, me caso yo”, dice que dijo al final don Demetrio con más humor que
comprensión sobre el largo romance. En vacaciones, Gabito había buscado la
complicidad de su hermana Aída, que estudiaba en Santa Marta, y le había pedido
que viniese a Barranquilla y convidase a Mercedes. Los tres y don Demetrio iban
al Patio Andaluz del Hotel El Prado. Mientras Aída hablaba o bailaba con don
Demetrio, Gabito aprovechaba para hablar o bailar con Mercedes.
En 1958,
el escritor llegará a Barranquilla un par de días antes de la fecha de la boda
y se hospedará en el desaparecido Hotel Alhambra, de la calle 72 con 47. Cuando
eche la maleta en el piso de su habitación, Alfonso y los demás notarán que
está vacía.
—La ropa
en Caracas es muy cara —dirá Gabito.
Gabriel y
Mercedes se casaron un viernes por la mañana en la iglesia del Perpetuo
Socorro. Su amigo Alfonso escribió una estupenda crónica de la ceremonia.
Nunca lo
habíamos visto así —dice—, adusto, increíblemente inmóvil. Gabito estaba
“tirado al tres”. Vestido oscuro, con el nudo de la corbata impecablemente
hecho. Mirándolo, yo recordaba una frase que escribió con respecto de Dámaso
Pérez Prado: “Un hombre serio y bien vestido”.
El hombre
estaba esperando y era la suya una espera intensa. Hasta que apareció Mercedes
del brazo de don Demetrio Barcha Velilla. Ella llevaba un traje azul eléctrico.
Lenta y delgada avanzaba, mientras la marcha nupcial, ese viernes 21 de marzo
de 1958, resonaba en las naves de la iglesia del Perpetuo Socorro.
Don
Demetrio tampoco parecía el don Demetrio que frecuentaba La Cueva. Allá llegaba
con su automóvil, ese automóvil pasado de modelo que después de un rato había
que empujarlo, con él en el timón, hasta su farmacia, a unas tres cuadras más
arriba. Cuando yo le veía, le decía: “Un ataúd para Demetrio”.
Sobre el
largo romance de la pareja, Alfonso escribirá con humor más adelante:
Entre los
ruidos, casi melodiosos, propios de un comedor, le conté a Mercedes algo que
ella no sabía: Una noche, aquí en Barranquilla, subíamos por la carrera 20 de
Julio inverosímilmente apiñados en una diminuta camioneta de reparto, conducida
por Álvaro Cepeda. Sus pasajeros éramos Alejandro Obregón, Gabito, Germán
Vargas, Quique Scopell y yo. A la altura de la calle 64 o 65, el vehículo, que
tenía una incoercible propensión a quedarse parado en cualquier parte, allí se
detuvo y se negaba a seguir adelante, no obstante la ritual convocatoria de
mecánicos que se iba a producir. Estábamos frente a la farmacia, en la que más
tarde se celebraría su matrimonio, cuando le dije a Gabito:
—Acércate
a esa droguería y pregunta si tienen píldoras para olvidar.
Los
novios se fueron a Puerto Colombia, y al otro día, el 22 de marzo, a Caracas.
Mercedes, que se había cortado el cabello, casi se queda en Barranquilla, por
no tener pasaporte.
Al igual
que Gabito, su hermano Luis Enrique, residente en Ciénaga, Magdalena, había
llegado dos días antes del matrimonio.
Los
novios fueron por mí al aeropuerto —dice— y esa misma noche nos fuimos con
Gabito, Germán, Alfonso y Álvaro a La Cueva. Allí bebimos sifón y hablamos en
la barra con Eduardo Vilá, como hasta la una de la madrugada. Recuerdo que no
volví a La Cueva sino un año después, con Jaime [su hermano], cuando ya Gabito
era padre de su primer niño, al que le regalamos una mica, tú sabes, una
bacinilla.
Ese año
Gabito va a La Habana, a cubrir los juicios de la Revolución y se incorpora,
junto a Plinio Apuleyo Mendoza, a Prensa Latina, la agencia cubana de noticias,
como corresponsal en Colombia.
En
septiembre de 1960, el Centro Artístico de Barranquilla, orientado por Álvaro
Cepeda, lo invita como delegado del Cineclub de Bogotá a discutir con otros
invitados nacionales los estatutos de la futura Federación Colombiana de
Cineclubes, pero Álvaro perderá esos documentos en un taxi y todos los planes
se suspenderán, incluyendo la posibilidad de retirarse Gabito de Prensa Latina
y fundar con Cepeda en Barranquilla una escuela de cine similar al Centro
Experimental de Cinematografía de Roma.
De
regreso al Motel El Prado, Gabito le venderá a muy bajo precio los derechos de
El coronel no tiene quien le escriba al editor antioqueño Alberto Aguirre,
quien ha participado en las discusiones sobre cine, como delegado del Cineclub
de Medellín.
Desde La
Habana, con Mercedes y Rodrigo, Gabito viajará a Nueva York, en 1961, como
corresponsal de Prensa Latina, pero ese mismo año se trasladará a México, con
la idea de hacer cine. El 9 de junio escribirá un bello texto sobre Hemingway a
su muerte y poco después se ganará el Premio Esso de Novela, galardón que
Germán Vargas recibirá por él y traerá en pergamino para ser colgado en La
Cueva de sus amigos.
La
nostalgia acosa. A su estimado Guillermo Angulo, Gabito le confiesa, en una
entrevista para El Tiempo: “El día que piense radicarme definitivamente en
alguna parte, le escribiré al maestro Vilá, en Barranquilla, para que me
reserve un sitio de por vida en La Cueva”. También reiterará su saludo a los
“mamadores de gallo de La Cueva”, en su nuevo libro de ficción, Los funerales
de la Mamá Grande.
El afecto
es, desde luego, recíproco. En la edición de mayo de 1962, un editorial de la
revista Caza, Tiro y Pesca de Barranquilla, vinculada a La Cueva, rinde un
homenaje a García Márquez con el título de “Gabito”, por haber ganado el
concurso literario de la Esso.
A García
Márquez —dice— lo conocimos precisamente en el sitio donde él desea que le
reserven un lugar de por vida: en La Cueva. No nos lo presentó el maestro
Obregón ni Álvaro Cepeda Samudio ni el maestro Vilá, que estaban allí
presentes, lo hizo Eduardo Zapateiro de Oliveira, el barman de dicho
establecimiento, con quien departía entre sorbo y sorbo un sifón Águila bien
frío, en el momento en que nosotros llegábamos.
Gabito se
dedica al cine. En México, escribe varios guiones, entre ellos El gallo de oro,
de Juan Rulfo, a cuatro manos con Carlos Fuentes, y protagoniza al taquillero
del teatro-iglesia en la película sobre su propio cuento “En este pueblo no hay
ladrones”, estelarizado por personajes de la literatura y el cine, como Luis
Buñuel, Carlos Monsiváis, Arturo Ripstein, Luis Vicens y el mismo Rulfo. En
cartas a sus amigos de Barranquilla, Gabito habla de grandes proyectos
cinematográficos y atractivos contratos con editores.
De vez en
cuando, saltaba el charco.
Llegaba
casi siempre de sorpresa —dice Plinio Apuleyo Mendoza—. Me llamaba a la oficina
[Plinio vivía en Barranquilla. Se había casado con Marvel Moreno, la linda
reina que sería escritora, conocida del grupo].
—¿Dónde
estás? —gritaba yo, suponiendo que se trataba de una comunicación a larga
distancia—. ¿En Panamá?, ¿en México?
—En su
casa, pendejo. Tomándome un whisky.
Sentado
con Álvaro Cepeda Samudio y conmigo, en cualquier patio, la cálida noche
tropical vibrando en torno nuestro, nos hablaba de aquel libro enigmático que
estaba escribiendo en México.
—No se
parece a los otros, compadre. Ahí me solté el moño, al fin. O doy un trancazo
con él o me rompo la cabeza.
En 1966,
Germán Vargas suelta el primer anticipo de un cañonazo que aún hoy retumba.
Gabriel
García Márquez, a los cuarenta años, está corrigiendo las pruebas de una novela
de 490 páginas, que este año dará mucho de qué hablar. Hay razones suficientes
para creer que Cien años de soledad —tal es el título— será la mejor novela
colombiana escrita en el último cuarto de siglo y, desde luego, la mejor del
autor.
Cien años
de soledad devuelve a García Márquez a la literatura. Además de los guiones
mexicanos, Gabito escribe ese mismo semestre, a instancias de su amigo Álvaro
Cepeda, un guión sobre los ochenta años de Bavaria, empresa cervecera nacional,
base de un documental que filmaría Guillermo Angulo y que comienza con la
imagen de una bella mujer en un campo de cebada, movido en sus espigas por el
viento.
Pero Cien
años... deja casi todo en veremos.
Cuando
recibí el manuscrito —dice Plinio— con el encargo de pasárselo luego a Cepeda,
lo leí de un jalón, sin parar, sin ir a la oficina, sin dejarlo a la hora del
almuerzo.
—Gabo dio
el trancazo que quería dar —le dije a Marvel después, cuando acabé de leerlo.
“No joda,
el Gabo acaba de jalarse una cipote novela”, exclamó Cepeda. Lo registra Álvaro
Medina, escritor y amigo. Álvaro
había
tenido el privilegio de leer el manuscrito y se permitió asegurar que el éxito
sería fulminante. Lo aseguró, llevó a los labios un puro de casi veinte
centímetros y contó que una editorial gringa había comprado los derechos de
traducción sin necesidad de leer el texto completo. Cepeda era siempre
exagerado. A mi juicio él, Alejandro Obregón y Eduardo Vilá —el dueño de La
Cueva— estaban entre los más grandes escultores del embuste macondiano. Esta
vez, sin embargo, Cepeda no soltó su carcajada habitual y eso me pareció
sospechoso.
Cien años
de soledad se vende como pan caliente en las esquinas.
La tirada
inicial de 8.000 ejemplares —consigna Dasso Saldívar—, que a Gabo le pareció
una exageración, se agotó en menos de quince días. Una segunda edición de
10.000 ejemplares dejó a la editorial sin papel y sin cupos de imprenta, por lo
que durante dos meses toda America latina hablaba de Cien años de soledad, sin
que la gente pudiera comprarla, ya que no estaba en las librerías.
En el
tope de la espuma, Gabito piensa en su gente de Barranquilla. Con Alfonso
Fuenmayor, comparte el entusiasmo de promover una nueva edición de La muerte en
la calle, el libro de José Félix. Es el 17 de mayo de 1968 y así le escribe a
Alfonso, desde España:
Casualmente
está aquí el sumo pontífice de Sudamericana, y ya lo tengo embullado con el
libro de cuentos del viejo. Es un hombre que trabaja a pura fe, pues confiesa
con orgullo que nunca en su vida ha leído un libro, así que ponga dos
ejemplares en un sobre y mándelos por correo aéreo a: Francisco Porrúa, Edit.
Sudamericana, Humberto 1º 545, Buenos Aires. Dígale en una tarjeta que ésos son
los cuentos de que ya le hablé yo por carta. No deje de hacerlo, que eso fue lo
que hizo Cervantes, y fíjese lo bien que le ha ido.
En uno de
sus recientes viajes a Barranquilla, quizá cuando vino al Festival de Cine o al
de la Leyenda Vallenata —y siguiendo con seguridad un consejo de sus amigos de
La Cueva—, Gabo se ha llevado a Barcelona un cuero de caimán, de esos que vende
por el mundo Enrique Scopell y la familia de su esposa, Yolanda Field, hermana
del famoso Ponche. Le escribe Gabo a Alfonso:
El cuero
de caimán está aquí subiendo de precio cada día. Hemos decidido no venderlo
mientras se siga vendiendo la novela, pues es de mal agüero vender dos caimanes
al mismo tiempo. Lo traje envuelto como un tubo, y cuando el guardia de aduana,
después de un registro minucioso de nuestros ochenta kilos de equipaje, me
preguntó qué llevaba ahí, le contesté con dos huevos al mismo tiempo: “Es un
fusil para matar guardias de aduana”. Y sin preguntar más, me puso el sello.
Creo que la fórmula funciona mientras no sea de veras un fusil.
En la
multitud aprieta más la nostalgia. La gente lo persigue y lo rodea, pero Gabo
quiere seguir siendo el mismo de cuando sólo lo conocían sus amigos.
Al
principio creí —dice el autor— que Cien años de soledad era una buena novela,
pero ahora sospecho que 120 mil ejemplares vendidos son típica cosa de Vargas
Vila. Eso es muy grave. Por eso me voy para Barranquilla, donde nadie le pone
bolas a uno. Ya estoy convencido de de que en América latina, al ver una foto
mía, dicen: “Otra vez el sapo de García Márquez”.
Las
entrevistas se multiplican. García Márquez deslumbra al mundo con sus
reflexiones sobre el amor y la muerte, la vida y la literatura, aunque casi
siempre surge solo —porque se mantiene a flor de labio— el deseo de retornar,
cuanto antes, al lugar de sus años jodidos y felices.
Ya decidí
que lo único que me interesa son mis amigos; de nueve a tres trabajo, y el
resto para emborracharme con mis amigos. Que venga el Nene Álvaro Cepeda y nos
emborrachemos juntos, y lo demás al carajo. Cuando termine este libro, me voy
para Barranquilla, donde nadie le pone bolas a nadie, donde va el Presidente y
al primer día lo atienden pero al tercero ya ni le fían, y no escribo más.
Esta vez,
Gabo no ha mencionado La Cueva. Su amigo, Eduardo Vilá, ha muerto el primero de
noviembre de 1970, tras dos años fatídicos de rupturas emocionales y accidentes
de automóvil que contribuyen, en forma directa, a la disolución simultánea y
paulatina del apreciado lugar. El grupo se dispersa. Tras el primer accidente
de Vilá, Obregón se ha mudado a Cartagena, Alfonso empieza a preferir otros
lugares del barrio Abajo, Álvaro se pertrecha en La Tiendecita.
El 20 de
marzo de 1971, en una hermosa carta a Alfonso Fuenmayor desde Barcelona, Gabito
le dice:
Los niños
padecen una nostalgia crónica de México, y sólo ahora me doy cuenta de que
vivieron allá bastante tiempo como para que aquello sea el Macondo que van a
arrastrar por todo el mundo durante toda la vida. El único patriota pútrido que
hay en esta casa soy yo, pero cada vez tengo menos peso, entre otras cosas
porque cada vez estoy menos convencido de todo: cualquier argumento me parece
más válido que los míos, que al fin y al cabo se reducen a la nostalgia de una
bolichada dispersa, y a un cierto color de la luz en diciembre. Qué carajo,
maestro, si no fuera porque a veces nos protege la armadura de acero de la
mamadera de gallo, hace tiempo hubiéramos reconocido que ésta es una vida de
mierda.
Bueno, no
se me ponga filósofo, que así no vale.
Sólo Gabo
sabe cómo convenció a sus hijos y a Mercedes de regresar por un tiempo a
Barranquilla. Podemos imaginar que apeló a la necesidad manifiesta de poder
oler de nuevo la guayaba, y a la importancia de investigar una vez más el
ámbito propio para sustentar su próximo libro, el del patriarca. Apeló seguro a
eso y a su solidaridad infinita. Porque esa mañana de sol, al bajarse del
avión, Gabo, Mercedes, Rodrigo y Gonzalo tenían muy clara una verdad común:
desde ese momento y por tiempo indefinido, Barranquilla sería, por lo menos, la
sede de otras nostalgias.
La
crónica de su regreso fue narrada así para los lectores de El Heraldo, por Juan
Gossaín.
Allí
estaban ellos, endomingados, con los zapatos nuevos y el vestido de lino
irlandés que permanecía en el fondo del escaparate desde la época en que los
buques de rueda remontaban el río Magdalena: los choferes de taxi, los
mamadores de gallo de La Cueva, los vendedores de periódicos, los fotógrafos
callejeros. Entre aquella multitud prevalecía el temor de que Gabito, el
muchacho flaco y cabezón que ellos habían conocido, volviera ahora estirado por
el éxito, estirado y espanta-jopos.
Pero se
abre la puerta del avión y lo primero que se asoma es una estruendosa guayabera
panameña, de todos los colores que Dios echó al mundo, que parecía un disfraz
carnavalero del Congo Grande (un taxista recordó, entonces, que veinte años
atrás, y por esas mismas excentricidades, a García Márquez le decían Trapo Loco
en Barranquilla).
Bajó por
la escalinata. Vio los rostros de los viejos compañeros, los espejuelos de
Fuenmayor, la barriga descomunal de Quique Scopell, el diente de oro de Racedo,
la cámara fotográfica del Mono Manjarrés, los señaló con el dedo y gritó a boca
llena:
—¡Mierda,
otra vez los mismos camajanes!
García
Márquez había ido a Barranquilla más que todo a visitar a ese amigo entrañable
que era Álvaro Cepeda Samudio. Pero Cepeda estaba en Nueva York. De modo que el
novelista tuvo que regresar por la tarde al aeropuerto a esperar al amigo que
debía haberlo estado esperando a él por la mañana.
En Nueva
York le han practicado a Álvaro unos exámenes clínicos por unos síntomas que él
debe haber ya descartado como de una pequeña gripe. En el vuelo ha dormido
algunas horas y ha leído el New York Times, que viene medio enrollado en su
diestra, junto al pasaporte. Gabo luce aún la linda guayabera bordada a mano
con la que saludó a sus amigotes esta mañana y los dos se apuntan en la foto
inolvidable con un gesto que empieza apenas a sugerir, con picardía, la
intensidad del abrazo. Las noches de esta semana serán cortas para desempolvar,
junto a Fuenmayor, Juancho Jinete, Quique Scopell, Ricardo González Ripoll y
los demás miembros de la tribu que se acerquen, los recuerdos, las historias y
los sueños compartidos que se han quedado debiendo entre promesas por más de
veinte años.
Una de
esas noches, Gabo salió a desandar con Alfonso en Barranquilla los pasos que
habían dado ambos con el grupo tiempo atrás y recordaron aquel burdel
pintoresco de la Negra Eufemia en el barrio Olaya, adonde ellos iban, no a
encerrarse con las muchachitas que se acostaban por hambre sino a beberse su
botella de ron de contrabando, que allí era muy barato, y a verles perder el
paso a los marineros norteamericanos en la gran pista de baile, donde también
se paseaban como dueños las tortugas y los alcaravanes de la negra,
administradora del lugar y amante de un dentista, el mejor amigo de José Félix.
Y esa
noche recordaron la noche en que Gabito se quedó dormido y vino Alfonso y lo
sacudió por los hombros, preguntándole: “¿Y si los alcaravanes nos sacaran los
ojos? Dicen que estos cuervos ven moverse las pupilas y las pican como si
fueran peces de un estanque”. Sobresaltado, Gabito no volvió a cerrar los ojos
ni dejó de pensar en la actitud amenazante de esos oscuros animales de burdel,
hasta que no terminó su cuento magistral “La noche de los alcaravanes”.
Quizás
esa misma noche, mientras desandaba sus pasos con Alfonso, Gabo llegó también a
la famosa Calle del Crimen, “donde tantas noches amanecimos de parranda, y al
ver unas mujeres en la acera, comenté al oído de Alfonso: ‘Qué vaina, parecen
cachacas...’, y una alcanzó a oírme y me gritó: ‘Cachaca será tu madre,
desgraciado’”.
Esa
noche, los dos amigos rieron como nunca y empezaron a recordar los vales que
dejaron sin pagar en el Bar Japi. Gabito estaba feliz. Había, por fin,
regresado a la Barranquilla de sus amigos, a la razón de su tristeza en la
distancia.
Caribe
hasta el tuétano, Gabo compartió con Álvaro, Alfonso, Germán y sus demás
compinches un profundo malestar hacia las solemnidades del interior. “Yo soy de
Barranquilla y de Cartagena —decía— y siento que la capital de Colombia no es
Bogotá sino Caracas”. Y entre Barranquilla y Cartagena ha dividido
subjetivamente esos afectos.
A veces
una pequeña anécdota revela más que cualquier informe profundo la dimensión de
unos hechos magnificados por el cariño. Hace algunos años, en Cartagena de
Indias, el investigador Jorge García Usta, estudioso y divulgador del llamado
por él mismo Grupo de Cartagena, le denunciaba a García Márquez, en sus propias
palabras, “la aparición y tiranía interpretativa y social de la teoría del
Grupo de Barranquilla, con sus exclusiones bárbaras, su innegable impudor y su
mitomanía casi insaciable”.
Los dos
Garcías, el Nobel y su entrevistador, recorrían el interior del Motel Hilton de
Cartagena. El interrogador buceaba en las emociones del escritor. García
Márquez, divertido, respondía con frases cortas.
—Pero a
usted no le gusta el fútbol... —cuenta que dijo en algún momento García Usta.
—¿Quién
dice que a mí no me gusta el fútbol? A mí me encanta el fútbol —replicó Gabo.
—¿Y cuál
es su equipo? —ripostó de inmediato el entrevistador.
La
respuesta simple, irreflexiva, desenvolvió en un instante la gruesa madeja de
afecto que durante más de setenta años Gabo había amarrado a su corazón por una
ciudad.
—¿Cuál
más?: Júnior [nombre del equipo de fútbol de Barranquilla].
La
Barranquilla de sus amigos, los primeros y los últimos que, en Cien años de
soledad, tuvo en la vida. “Cien años de soledad —dice él— carece completamente
de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que sólo
ellos pueden descubrir [...] Mis únicos amigos son anteriores a Cien años de
soledad. A ellos les contesto unas cipotes cartas y me leo de cabo a rabo las
que me mandan”.
Gabriel
José, el primero de los quince hijos del telegrafista Gabriel Eligio García de
Aracataca, nació, como sabemos, en 1927. Ese mismo año, al publicar su
Romancero gitano, el poeta Federico García Lorca expresó: “Escribo paro que me
quieran”. Más de treinta años después, García Márquez diría, tan enraizado en
la experiencia de su vida como en la complicidad de la poesía: “Escribo para
que mis amigos me quieran más”.
Lo dijo
en un contexto más amplio pero específico, a la luz de su propia idiosincrasia:
Soy
escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me
ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la
soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único
que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más.
Con ello
deja bien en claro que la amistad es una de las prioridades de su vida, como el
bolero y la literatura, aunque sea hombre de pocos amigos, de un pequeño
círculo que “ha sobrevivido —como dice él— a todas las tormentas”.
Por eso y
porque como escritor le gusta contarles cosas a sus amigos, bautizó al estudio
donde escribe en su casa de Ciudad de México como La Cueva de la Mafia, siendo
la Mafia “ese club de escritores que andan por el mundo unidos por lazos muy
firmes y que están siempre en contacto, enterados todos de lo que hacen,
intercambiando nombres para sus hijos, amenazando con visitarse o encontrarse
en cualquier parte del mundo”.
“Dicen
que soy un mafioso —dijo alguna vez— porque mi sentido de la amistad es tal que
resulta un poco el de los gángsters: por un lado mis amigos y por el otro el
resto del mundo, con el cual tengo muy poco contacto.”
A Plinio
Apuleyo Mendoza le dijo en una de sus entrevistas:
Viajo
mucho por el mundo, pero siempre el interés primordial de esos viajes es
encontrarme con mis amigos de siempre, que además no son muchos. En realidad,
el único momento de la vida en que me siento ser yo mismo, es cuando estoy con
ellos. Siempre son grupos pequeños, ojalá de seis cada vez, pero mejor si somos
cuatro.
Y
entonces enfatizó con un orgullo tierno:
Yo me
considero el mejor amigo de mis amigos, y creo que ninguno de ellos me quiere
tanto como quiero yo al amigo que quiero menos.
En 1983,
Gabo sostiene una breve pero profunda entrevista con María Teresa Herrán sobre
la amistad. “Amigos —le dice— son los que uno quiere como son. Las afinidades
laborales suelen crear más amistades que circunstancias casuales”. Así que
también la vida le ayuda a uno a escoger los amigos. Como él escogió a Álvaro,
a Alfonso, a Germán.
Le
explicaba Gabo a María Teresa:
Los he
escogido primero, porque tienen una buena formación literaria; segundo, porque
tienen un muy buen criterio, tienen lo más importante de todo: que de verdad,
de verdad me dicen lo que piensan, así sea lo más doloroso.
Como
comentó Germán alguna vez:
Sus
amigos estábamos seguros de que llegaría a ser un gran escritor; y hay
constancia escrita de que así pensábamos sus amigos en Barranquilla. Creo
también que él compartía esa certidumbre por cuanto conocía sus espléndidas
capacidades de escritor mejor que nadie, su disciplina, su consagración al
trabajo literario. Por lo demás, no se necesitan especiales condiciones de
adivino para darse cuenta de que en el García Márquez de entonces había ya un
gran escritor futuro.
Gabo
continúa explicándole a María Teresa:
Como yo
era el menor me convertí un poco en el hermano que había que sacar adelante.
Ellos fueron decisivos en mi formación intelectual, orientaron mis lecturas, me
ayudaban, me prestaban libros. Y, curiosamente, a pesar de todas las
circunstancias de mi vida, ellos siguen siendo los mejores.
La
periodista le pregunta si, en su opinión, el hecho de que fueran amigos del
Nobel no opacaba su propia carrera intelectual. A lo que el escritor responde:
Sí, pero
en el fondo siempre supimos que uno de nosotros tenía que surgir. Era una
especie de pacto tácito. Por eso creo sinceramente que ellos aceptan que me
haya tocado a mí, con gran satisfacción interna, porque piensan que a ellos
también les corresponde parte del mérito.
Ese
mérito, esa importancia del grupo de sus amigos de Barranquilla en su formación
de escritor, la había encauzado el mismo Gabo en distintas entrevistas, de
diferente manera.
Cuando
estaba en Bogotá, estaba estudiando literatura de manera, digamos, abstracta a
través de los libros, no había ninguna correspondencia entre lo que estaba
leyendo y lo que había en la calle. En el momento en que bajaba a la esquina a
tomarme un café, encontraba un mundo totalmente distinto. Cuando me fui para la
Costa forzado por las circunstancias del 9 de abril, fue un descubrimiento
total: que podía haber una correspondencia entre lo que estaba leyendo y lo que
estaba viviendo y lo que había vivido siempre.
Para mí
es una época de deslumbramiento total, es realmente un descubrimiento... ¡No de
literatura! Sino de la literatura aplicada a la vida real, que al fin y al cabo
es el gran problema de la literatura. De una literatura que realmente valga,
aplicada a la vida real, a una realidad...
...
aquellos años febriles fueron los decisivos en mi formación de escritor. Eran
unos tiempos raros en los que todo el mundo se ayudaba, de palabra o de obra,
en la Barranquilla libre y liberal de los años 40.
Nos
emborrachábamos hasta el amanecer, hablando de literatura…
Lo que
era formidable es que esas borracheras que nos estábamos metiendo correspondían
exactamente a lo que yo estaba leyendo, ahí no había ninguna grieta...
Entonces
empecé a vivir y me daba cuenta exactamente de lo que estaba viviendo, qué
tenía valor literario y qué no lo tenía, de todo lo que recordaba, de la
infancia, de lo que me contaban, qué tenía valor literario y cómo había que
expresarlo.
En un
encuentro con Germán y Alfonso a fines de los ochenta en México, en razón de la
grabación de My Macondo, un documental británico, Gabo le reitera a Alfonso lo
que le había dicho en Roma, un 20 de julio anterior:
La parte
más importante de mi vida fue la que pasé en Barranquilla con ustedes. A mí se
me abrieron muchas ventanas. Yo de todos modos hubiera sido un escritor porque
ésa era mi vocación, pero sin ustedes otra dirección hubiera tomado. Sin
Barranquilla no hubiera sido Premio Nobel.
Recuerda
Germán Vargas:
Precisamente
en Estocolmo unos días después de la entrega del Premio Nobel de Literatura
(adonde García Márquez nos había hecho invitar especialmente a Alfonso y a mí,
y a la viuda de Álvaro Cepeda), nos convidó un día y dijo: “Ahora vamos a hacer
únicamente una reunión para la gente de Barranquilla, los amigos míos de
Barranquilla”. Éramos sólo Alfonso con su mujer, yo con la mía, la viuda de
Álvaro, Gabito y Mercedes. [...] Nos reunió en una suite de un hotel, distinto
al hotel donde estaba alojado él oficialmente, y allí nos reunimos sin decirle
a nadie, y pasamos todo un día hablando, recordando. Un día que yo llamo:
dedicado a la nostalgia.
JUEVES 27
de
OCTUBRE de 2005
Presentación:
Claudia Cadena
Tal vez
se preguntarán por qué un día dedicado a editores y libreros, ¿qué tienen que
ver? Pues todo tienen que ver. Si el escritor gesta su libro, lo sufre y lo
padece, no tengan la menor duda de que a los editores como a los libreros les
pasa otro tanto. Y para los editores de un autor como García Márquez es una
felicidad, es una alegría, pero por momentos puede ser tormentoso y sufrido. O
sea que los editores son tan padres de los libros como sus autores. Por otro
lado, los libreros sufren menos, tienen más alegría porque tienen la gracia de
encontrarse con más momentos de magia, con azares, con cosas fortuitas y creo
que son más felices.
Voy a
presentarles a las cuatro personas que tenemos hoy aquí con nosotros: Luis
Chitarroni, el editor de Sudamericana, la editorial que publicó por primera vez
Cien años de soledad. Luis tiene experiencia como editor de García Márquez y,
además, conoce la historia de Sudamericana con García Márquez.
Moisés
Melo, que hasta hace poco fue el director editorial de Norma, vivió la llegada
de García Márquez a la editorial colombiana.
Por otro
lado. Alberto Casares, como librero de gran tradición, tiene una historia
personal con las ediciones de García Márquez.
Álvaro
Castillo Granada, colombiano, librero obsesivo como son la mayoría de los
libreros, ha ido tras el rastro de cada una de las ediciones de García Márquez,
de una firma, y se ha encontrado por azar con muchas cosas que, sin duda, no se
esperaba.
Luis
Chitarroni
La
pregunta que se me ocurre es: ¿cómo decide el estilo, la voluntad de ese primer
lector genérico y, por lo tanto, verdadero que es el editor? Y hablo sin
vacilación de Cien años de soledad, un libro tan decantado y de continuidad tan
unida al buen ritmo narrativo que resulta imposible de descalificar. No se me
escapa que La voluntad de estilo es un excelente libro de Juan Marichalar sobre
el ensayismo español y que otro español, madrileño en este caso, Juan Benet
—admirador de García Márquez, a quien consideraba heredero de Euclides Da
Cunha— escribió a su vez La inspiración y el estilo, libros que valdrá la pena
revisar ahora que la caducidad natural de la moda ha hecho caer de la boca y de
los teclados de los críticos la palabra “escritura”, imprescindible en los
estudios literarios de, por lo menos, tres décadas y antes de uso
exclusivamente legal e inmobiliario.
Mi
pregunta sobre la conducta del editor ante el estilo es intencionada. Quiero
saber si el estilo es una ventaja o una desventaja ante ese lector
especializado que es el editor. No lo sé. Es tan infrecuente el estilo en los
tiempos que corren que la crítica con todo su aparato de terapia intensiva, sus
respiradores, su instrumental quirúrgico ha suspendido la operación para
salvarle la vida y espera con el mismo fervor al forense o al taxidermista.
Tengo amigos con una opción supersticiosa del estilo que dicen: “En cuanto lo
detecto, lo dejo de leer”. Otros adscriben a la más moderna teoría
antirretórica, un clásico ya en los 60, para quienes la espontaneidad y
efusividad a lo Jack Kerouac era un mérito importante sin advertir sus
artificiales recursos.
Alguien
escribió que atribuir a la retórica los crímenes de los libros era como echarle
la culpa de la caída de los cuerpos a la ley de gravedad, pero Beckett
describió el estilo literario como, “una corbata de lazo sobre un cáncer de
garganta”. Es imposible reconocer el estilo literario en quienes lo cultivan
con esmero, por ejemplo, tal escritor argentino en francés quien se ha acostado
a dormir con la garganta intacta, pero que en el transcurso de esa noche
podría, debería, opina otra escuela de pensamiento, morir asfixiado por el nudo
corredizo de su corbata de lazo. Ahora bien, nuestra obligación es entrar en la
época para averiguar qué extraña operación, qué acto de alquimia estaba
haciendo García Márquez para conquistar a su editor y convertirse en el
extraordinario escritor que es, y en el más famoso y reconocido, algo distinto,
de la literatura latinoamericana.
Por la
fecha en que leyó el original, Francisco “Paco” Porrúa, hombre de unos cuarenta
años, contemporáneo de Gabo, reunía los requisitos exigidos por Orfila, el
director de Fondo de Cultura Económica, creador de los Breviarios, para
desempeñar de manera leal el oficio. Dominaba, por lo menos, tres idiomas o
podía traducirlos a excelente español. Vivía rodeado de libros y publicaciones
extranjeras y —tal vez el más difícil de satisfacer— no escribía. Podía
considerarse una de las personas más informadas y cultas para emitir el
veredicto sobre un libro. Había inventado la mejor colección de ciencia ficción
de lengua española, Minotauro, y convertido, por lo tanto, a sus lectores
latinoamericanos en los más precoces del mundo, y anticipándose, no retrasando
los relojes como otros para volver menores de edad géneros que ya habían
asumido la mayoría, la había presentado en sociedad. No sé bien cómo eran esos
tiempos —aparte de la confusión de época añado la confesión de edad—, no había
cumplido yo los diez cuando leí Cien años de soledad; siete después, el libro
era ya territorio mítico, todo lo que sé sobre la época lo he leído. Pero después
de Cien años de soledad, libro que parece despojar a la imaginación de
circunstancia porque es la experiencia la que fabrica con su preciosa hondura
cada una de las intervenciones mágicas, creí saber que la época es al tiempo
aquello que la ocasión es a la eternidad, un episodio, una anécdota. ¿No estaba
el último de los Buendía siendo devorado por las hormigas mientras el primero
seguía atado a un árbol?
Volvamos
a “Paco” Porrúa. Fue a ese lector excepcional, acostumbrado a los desafueros
gramaticales y sintácticos de una generación advertida de una avanzada que
prestaba menos atención a la concordancia verbal que los propios picnics, a
quien le llegó este libro escrito por un colombiano en el mejor de los idiomas
posibles. Y aunque el estilo parecía estar reservado a escritores copiosos y
repetitivos, solemnes como Manuel Mujica Lainez y Alejo Carpentier,
propietarios hoy de esas obras que podían jactarse en su tiempo de tener o no
tener tema, el editor vio claro que de todo eso no pudo darse cuenta. La
asombrosa sustancia de Cien años de soledad pareció necesitar, para
consolidarse, la misma cantidad hechizada de tiempo que el título establece.
La
textura del idioma en que está escrita la novela es la mejor mezcla del español
literario utilizado en América, y ese español literario ha pasado, sin duda,
por las inflexiones y violencias extremas, pero que dimos en llamar hace poco
modernidad. Porque sin demorarnos en categorías ni ejemplos siempre necesarios
y valiéndose de una figura preponderante en la obra de García Márquez, la
hipérbole, se pueden encontrar rasgos y rastros de las diversidades del español
de América desde esa institución de sentimentalismo llamado Amado Nervo hasta
ese laboratorio intelectual llamado Jorge Luis Borges. En algún momento y por
motivos que uno imagina sobre todo políticos, Octavio Paz pretendió despachar
la obra de García Márquez llamándola académica y reduciéndola a una fórmula:
poesía diluida más periodismo. ¡Que lástima! Aun admitiéndolo argumentaríamos
que esa poesía diluida es y había sido una de las fuerzas preponderantes de
América, fuerza a la que no renunciaron en el siglo XIX Sarmiento ni Martí, ni
en el XX el propio Octavio Paz.
Por otra
parte, la novela pop de ribetes y tendencias siempre exagerados: Sarduy, Puig
hizo después tabula rasa de estas distinciones de clase cuya plebeyez queda de
inmediato en evidencia.
Cien años
de soledad subraya hasta la saciedad la enorme ventaja de su refinamiento.
Cierto es que estrictamente de la contundencia del pop procede su crudeza y
que, hacendosamente arqueológicos y anticuados como solemos ser, Cien años de
soledad es un producto de alta cocina, muy bien cocido y elaborado, una de esas
labores lúcidas y lúgubres que tiene más que ver con los pasos previos al pop
que con el pop mismo. Curiosa actitud que quedará confinada o mal entendida y
mal interpretada entre dos apetencias sublimes del mercado. Por un lado, los
libretos adscriptos con ineptitud a los guiones, y por otro, la novela
insuficiente que saca de aquí o allá su materia prima a la medida de tantos
intentos fallidos de Donoso y de Fuentes. Vargas Llosa, en cambio, que supo
adaptar los contornos a géneros más rígidos y rutinarios, la caricatura y la
sátira, por ejemplo, puede decirse que triunfó. Como actitud complementaria
dejó de histeriquear con la bella de turno, la izquierda, para alojarse en una
cómoda respetabilidad y dedicarle a la abandonada, en adelante, sus más
serviles insultos.
Todo este
rodeo, todo este circunloquio para sostener el hilo de una verdad suficiente.
La fortuna del lector privilegiado que pudo decidir la publicación de Cien años
de soledad, la novela que, de ser tal como la leímos, no necesitaba trabajo de
edición, había nacido editada. El editor no es un corrector gramatical ni
estilístico, es un arreglador instrumental o un orquestador. El estilo y el
tono son difíciles de establecer, de instaurar. Cuando se oye que Pedro Páramo
era un original agobiado y abrumador que editaron Juan José Arreola y Alí
Chumacero, uno puede llegar a creerlo pese a su preocupación por las palabras.
Rulfo vivía perdido en una solicitud continua de reconocimiento y veracidad
capaz de dar curso con cada anécdota a una leyenda, un movimiento que nadie
puede satisfacer sin consecuencias éticas.
Gabriel
García Márquez había establecido ya, fuera de juego, sus leyes disociadas
completamente distintas; cómo gobernar un estilo inagotable. A comienzos de
este año tuve que asistir a la demostración de un heraldo ibérico que me
advirtió acerca de la corta vida futura de mi función de editor y de la suerte
análoga de las librerías. Con suficiencia y no sin candor, me dijo: “Pronto
ambas dejarán de existir. Somos los jefes de marketing los que impondremos los
libros en las grandes superficies”, eufemismo con el que se refería a los
supermercados. Es probable, por lo tanto, que de ahora en adelante poco tenga
que decirle un estilo inagotable a un oficio en extinción.
Sin
embargo, no quiero despedirme con esta nota nostálgica, amarga o meramente
profética para recordar el encuentro del editor con su libro, el encuentro de
Paco Porrúa con Cien años de soledad. Me gustaría reconstruir unas cuantas
escenas de la vida rutinaria del editor que encuentra obras inacabadas,
mamarrachos de perfección o que, como Borges ante Kafka, deja pasar la
revelación sin notarla. El mundo imaginario a sus anchas leído por primera vez,
tal vez, no contenga noticias. Las inexactitudes e imprecisiones lo someten
todavía a esa mala atmósfera, a esa falta de aire de los lugares próximos a un
cenagal o a un pozo séptico. En el territorio se trata de disimular con
ceremonias rituales esta desventaja. El plan maestro ha sido devastado por
detalles que a cualquiera que se le asome le costaría mucho trabajo unir. El
pensamiento del escritor sin descanso ha transformado el océano de escenas en
un laberinto de letras. Nada se puede ver afectado por el lenguaje, afectado
por el uso, por el abuso de equivocaciones que no logran recibirse de errores.
Los personajes vagan por un paisaje indefinido sin destino ni fisonomía. El
gran museo de defectos convoca dos realidades que se reflejan: la del que
escribe y la del que lee, y, sin embargo, toda esa puesta en escena literaria,
toda esa invasión en retirada sigue asemejándose a un campo de batalla al que
los dos, el escritor y el editor, asisten disfrazados de soldados rasos pero
simulando ser, lápiz en mano, Napoleón, Stendhal o Tolstoi. Curiosa fantasía
que nos mantiene vivos, ávidos de longevidad ante los próximos cien años.
Moisés
Melo
Hay
ciertas profesiones que exigen el silencio. El medico, el sacerdote, el
contador están obligados con su contraparte, es decir, con su cliente, en todos
los casos, a guardar silencio sobre lo que trata. Yo creo que aunque no está
regulada por las mismas normas, la relación entre editor y autor está amparada
por el mismo acuerdo básico. Por eso dudé mucho en aceptar esta gentil
invitación de la Embajada de Colombia a hablar como editor de García Márquez,
de su obra y, sobre todo, después de que Claudia me dijera: “Necesito que
cuente las cosas que han pasado alrededor de la edición de los libros de García
Márquez, de cómo cambió de editorial y esas cosas”. Sólo acepté porque me dejé
tentar por el placer que supone regresar a Buenos Aires, una ciudad que me
encanta, y encontrarme con tan queridos amigos como los que tengo aquí. Además,
fue una aceptación un tanto abusiva; tengo que aclarar de entrada que aunque
desde hace una docena de años me he ocupado de las ediciones colombianas y para
todo el Pacto Andino de las obras de García Márquez, no me cuadra muy bien el
título de editor de García Márquez. Si tomamos al editor como el lector inicial
del que hablaba Luis, o si lo tomamos como quien interviene sobre la obra, nada
de esto hago con los libros de García Márquez. Y tampoco me ocupo demasiado de
esta otra tarea muy interesante del editor como gerente de mercadeo, el que se
ocupa del lanzamiento y de la promoción de la obra; tampoco ocurre con García
Márquez.
¿Cuál es
el papel del editor en una obra como la de García Márquez en ese momento? Yo
tengo, no diría una relación, pero sí una fantasía mucho más vieja con la obra
de García Márquez. Cuando allá por 1963 yo estudiaba sociología en la
Universidad Nacional de Colombia, me convencí de que lo mío no era una carrera
académica y que, en realidad, lo que quería hacer era dedicarme a editar
libros. Algo que me parecía más urgente, y más útil en un país donde se editaba
muy poco, apenas textos escolares y las obras que los propios autores editaban.
Un estudiante pobre de provincia convencido de que como no había competencia no
era tan complicado montar una editorial. Me senté a elaborar los planes, a
pesar de que un amigo librero y uno de los pocos editores que había en Colombia
—editor de seis o siete libros, porque creo que no pasó de ahí lo que editó—,
Alberto Aguirre, había hecho una edición de El coronel no tiene quien le
escriba y había fracasado. Pensé que ese autor debía ser el primero que
publicaría para poder tener una colección literaria interesante. El proyecto
fracasó, yo me retiré de la facultad, me fui a trabajar para tratar de
conseguir el capital con el que quería hacer la editorial y, efectivamente,
unos cuatro o cinco años después logré poner en marcha la editorial La Oveja
Negra, a la que dirigí durante sus primeros años. Pero en ese momento ya el
autor no estaba al alcance de una pequeña editorial independiente. Su libro
Cien años de soledad había sido publicado un año antes en Buenos Aires, un éxito
aplastante, y ya el autor había pasado a las grandes ligas del negocio
editorial. Irónicamente, La Oveja Negra habría de ser por muchos años su
editorial en Colombia, pero eso ocurrió después de que yo me fui de La Oveja
Negra. En realidad, una de las razones de que me fuera se debió a que se
radicalizó políticamente; uno de los socios de la editorial quería convertirla
en una editorial militante, con ese nombre era una editorial fuera del cauce
principal, era una editorial contestataria donde se publicaban cosas de todo
tipo de autores: de izquierda, de derecha, pero básicamente fuera del mundo
reconocido universitario. Publicábamos, sobre todo, libros para el mundo
universitario: libros de historia, de sociología, de economía. Cuando se
radicalizó, la editorial perdió el ritmo, se dedicó a publicar cosas de autores
vietnamitas y chinos, y empezó a entrar en crisis económica. Incorporó a su
staff militantes políticos, simplemente para tenerlos ahí en esos días de
dificultades, y no tenía cómo sostenerlos. De todas maneras, pese a los
problemas económicos, era la organización de comunicaciones contestataria con
la mayor red del país, que llegaba a más sitios, y por esto se convirtió en la
distribuidora de Alternativa, la revista que, entre tanto, había fundado Gabo
en Colombia, junto con un grupo de periodistas. Pero la situación de la
editorial era tan precaria que terminó quebrando y arrastrando en su quiebra a
Alternativa. Esto hizo que la editorial le pagara a Alternativa con acciones,
con participación en la editorial y fue lo que, de alguna manera, llevó a que
se convirtiera en la editora de García Márquez en Colombia, y lo fue desde ese
momento hasta muchos años después, cuando editorial Norma obtuvo los derechos
de García Márquez, cuando comenzó a publicar libros de ficción. Norma era una
editorial básicamente escolar, después empezó a publicar libros infantiles y
después libros de administración; pero en los años 90, con la crisis económica,
incluso un poco antes de los últimos años de la década del 80, las crisis
monetarias de América latina crearon una oportunidad muy grande para una
editorial colombiana. Colombia no exportaba libros, producía apenas los libros
para un mercado local, entonces, en esa oportunidad, Norma resolvió convertirse
en una editorial de alcance latinoamericano. Pero para hacerlo su fondo era muy
pequeño, entonces me encargó que desarrollara un fondo de literatura y ensayo.
Yo me hice cargo de esto y, naturalmente, la aspiración o la realidad de Norma
como la primera editorial colombiana era tener al primer autor colombiano
dentro de su catálogo. Desde el momento en que iniciamos el catálogo de
literatura el objetivo era incorporar a García Márquez. En el 92 logramos
negociar con Carmen Balcells la publicación de El coronel no tiene quien le
escriba y de Crónica de una muerte anunciada en una colección dirigida a los
estudiantes, una colección que se llama “Cara y cruz” que incorporaba algún
material complementario a la lectura del libro: ensayos, cronologías, distintos
instrumentos para su lectura escolar. Y en el 94 logramos, por fin, convertimos
en los editores de los inéditos de García Márquez con la publicación de Del
amor y otros demonios. Pero ahí era publicar y no editar, porque cuando por fin
logré convertirme en editor de Gabo, en ese sueño que me había acompañado desde
que había empezado el deseo de hacerme editor, éste ya era un autor tan famoso
que la publicación de sus libros era una vasta empresa multinacional donde casi
todas las tareas editoriales estaban repartidas entre los diferentes editores,
o definidas por la agencia literaria. En este caso, y en todos los libros que
vendrían después, la preparación de los textos se haría en España sin
participación nuestra o con una participación muy marginal. Cuando recibíamos
el material estábamos tan encima de la publicación que si de pronto
descubríamos algún lapsus del editor español, ya era muy difícil incorporarlo.
Ya no se trataba de lo que había pasado con La mala hora, donde en la imprenta
española habían corregido los textos de García Márquez hasta el punto de que
García Márquez desautorizó la circulación de esa obra y no reconoce, lo anota
en el colofón de la edición de ERA, no reconoce esa edición como existente. La
primera edición es para él la que publicó ERA unos años después, porque el
impresor español pensaba que García Márquez escribía unas barbaridades que
había que corregir. Ahora los editores son personas serias y conocen bien la
literatura de García Márquez, pero de vez en cuando no conocen tan bien a Colombia
y producen erratas divertidas. En Noticia de un secuestro, por ejemplo, se
menciona que alguien llega o sale de Casa Verde. Casa Verde es un lugar
geográfico donde se asentaba la dirección de las FARC, está escrita con
mayúscula, y en la edición española le quitan las mayúsculas y dice que alguien
llega o sale de la casa verde.
Pero hay
otro campo que mencionaba Luis en su polémica con los de mercadeo de las
editoriales, donde el editor hace alguna labor para promocionar, difundir,
crear canales para que el público se entere y llegue a la obra del autor.
Obviamente, en el caso de García Márquez es bastante superfluo el trabajo de
los editores porque, en buena medida, lo hace el mismo García Márquez. Él dice
que escribe para que lo quieran más, y yo creo que quiere que muchos lo quieran
mucho más. Es una voluntad tan fuerte que no se sonroja en manifestar su
envidia por los autores de telenovelas, por la capacidad que tienen de llegar a
un público numeroso; él quiere llegar a un público numeroso y lo hace cuidando
el estilo, cuidando el ritmo de la frase de tal manera que dice: “Van a
encontrar mis lectores unos adjetivos que sobran ahí, pero que están puestos
simplemente para mantener el ritmo de la frase porque si ese ritmo se pierde,
el lector se despierta y uno corre el riesgo de que deje la hoja”. Entonces,
desde la escritura misma él está pensando en el lector. Pero además prepara, de
alguna manera, el lanzamiento de su obra. Yo creo que lo hace con un poco de
conciencia, pero en el caso de Cien años de soledad fue una cosa espontánea que
terminó por convertirse en un modelo que no ha podido repetir de la misma
manera, y creo que es una de las operaciones de mercadeo más maravillosas.
Eligio García, el hermano menor, escribió un libro que tuve la fortuna también
de editar, Tras las claves de Melquíades, donde cuenta lo concepción y la
hechura de la novela Cien años de soledad. El primer capítulo está destinado a
discutir las claves del éxito de Cien años de soledad, qué fue lo que lo
convirtió en ese éxito tan fulgurante y tan extraño. Porque para una novela
literaria, llegar a esos niveles de lectura era extraordinario hasta el punto
de que se hizo una edición relativamente grande, incluso para el mercado
argentino, ocho mil ejemplares, para un autor que no había sido publicado aquí
hasta ese momento. Era lo que se suponía que se publicaba para distribuir en
toda América latina y no se alcanzó a distribuir porque el mercado argentino
devoró esos ocho mil ejemplares, y Cien años de soledad tuvo que reimprimirse
muy rápidamente. Eligio termina por mostrarnos en ese primer capítulo cómo se
había hecho una especie de campaña de expectativa, con reportajes, la
publicación de anticipo, entrevistas que circulaban por todo el ámbito
latinoamericano, el hecho de que hubieran leído la novela los amigos de García
Márquez que eran las personas que estaban mejor situadas para divulgarlas:
Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, Luis Harss, un número grande de intelectuales que
eran las personas capaces de movilizar un amplio mundo de la cultura y de la
literatura en América latina, que iban a tener un efecto muy grande en la
circulación del libro. Pero si uno lo piensa tendría que ir un poco más allá de
lo que va Eligio y pensar que esa campaña de expectativa no había comenzado un
año antes, después que él tuvo esa epifanía en el camino de Acapulco donde vio
la novela completa y empezó a escribirla y les contó a todos los amigos, sino
que ya había comenzado unos dieciocho años antes, cuando él llega a
Barranquilla. En el diario de Barranquilla, El Heraldo, se publica una nota
saludándolo y se anuncia como el autor de un cuento aparecido en El Espectador,
pero también como el que está pensando y escribiendo una novela, y de esa
novela que está escribiendo se va a hablar de nuevo cuando se va a Sucre.
Cuando regresa de Sucre, las notas de sociedad que aparecen en el periódico
mencionan la salida de García Márquez con su mamotreto debajo del brazo. Y
andaba con el mamotreto escrito en unas largas hojas de papel, iba a los cafés
y estaba en todas partes con el mamotreto. Todo el mundo sabía que el mamotreto
de García Márquez se llamaba así, era el nombre con el que todos lo conocían.
Después de la visita en el año 52 a Aracataca ya adquiere el nombre de “La
casa” y se habla de “La casa”. En la columna de García Márquez, o fuera de esas
columnas, aparecen, ocasionalmente, pequeñas narraciones que son extractos de
esa novela, de ese mamotreto que es abandonado cuando comienza otra vez a
escribirlo después de la visita de Aracataca. Pero, de alguna manera, toda la
obra de García Márquez es como un camino y, se sabe, todos sus amigos lo saben,
es un camino hacia la gran novela que está escribiendo. Esa novela en que él
pretende contar toda esa saga, el mundo de Aracataca, de la Guajira, el mundo
que está en su infancia, el mundo anterior a la muerte del abuelo cuando él dice:
“Cuando murió mi abuelo después no pasó nada más”. Ese es el mundo que él
quiere contar y que está empecinado en narrar.
El hecho
no deliberado de no tener los recursos técnicos para escribirla hace que la
incubación de la novela se prolongue durante tantos años y sea sometida a tanta
discusión, de manera que la novela ya es mítica antes de publicarse y ha tenido
ese impacto. Si uno habla con García Márquez, él dice que para sacarse la
posibilidad de la molestia de los periodistas y de los interesados en la obra
en la que está trabajando, él siempre inventa un cuento distinto, y algunos de
esos cuentos terminan por publicarse. Pero él arma una historia que no tiene
nada que ver con lo que está escribiendo, engaña a su oyente: yo he oído
versiones de cosas que nunca aparecen o cosas que son muy distintas de lo que
realmente aparece después. No sé si esta costumbre la tenía desde cuando
trabajaba en sus primeros libros, pero entre todas las historias que contó y
que comentaron sus amigos, se fue abriendo el apetito de un público creciente
que formaría el grupo de los primeros entusiastas lectores de Cien años de
soledad; los mismos que en Colombia un año antes de la edición de Sudamericana
pudieron leer el primer capítulo en El Espectador, con ilustraciones de Osuna,
pero después tendrían que esperar una reimpresión para que el libro llegara a
sus manos.
El ciclo
lo ha repetido en menor escala con cada una de las obras. Él maneja muy
eficazmente la difusión de sus libros. La publicación de fragmentos es muy
oportuna, está muy bien diseñada. La selección de los fragmentos suele ser
perfecta, y como son tan buenos tienen un enorme impacto en crear la
expectativa y el deseo de leer la obra de García Márquez. Al comienzo es
probable que no lo pensara, pero ese patrón que se inventó con Cien años de
soledad contribuyó, en buena medida, a convertirlo en el autor literario más
popular, dada la calidad que tiene, y logró realmente que cada vez seamos más
los lectores que lo queremos más.
Alberto
Casares
En primer
lugar quiero agradecer a la Embajada de Colombia y a Claudia, que han insistido
tanto en que participara en este homenaje a García Márquez. No me siento
merecedor de esta invitación que traté de rechazar y finalmente acepté.
Leyendo
el último libro de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, y al hacerlo
con la deformación profesional que implica la lectura atenta de cada línea
desde la portadilla hasta el colofón, me causó un efecto extraño la última
línea de la ficha técnica de la página de créditos. Allí dice, después del
nombre del autor, el título del libro, su editor y el número de ISBN, su
clasificación bibliotecológica: “Narrativa colombiana”.
Siendo —a
no dudar— nuestro autor el más colombianísimo, el más caribe de los escritores,
me resultaba extraño el encasillamiento. Es que para un argentino Gabriel
García Márquez, y aquí no puedo olvidar la antología de Luis Harss, es uno de
los nuestros.
¿Quién no
siente cercano y familiar a este hombre que alcanzó la fama desde Buenos Aires
y que, cuando vino por el Premio Primera Plana, fue aplaudido espontáneamente
por todos los asistentes de una noche de teatro en el Di Tella en aquellos
memorables y vanguardistas sesentas porteños? Ya entonces se sentía su
presencia como inevitable. ¿Quién no recuerda su estampa —tan querible— con su
saquito a cuadros fotografiándose en las esquinas porteñas?
Desde
aquel año 1967 en que don Francisco Porrúa lanza su Cien años de soledad desde
las prensas de Sudamericana, García Márquez se instaló en el corazón de los
argentinos, en su historia y en su geografía como uno más de nosotros. Pienso
que si se hiciera hoy una consulta callejera y se le preguntara al ciudadano
común de qué país es García Márquez, el porcentaje mayor contestaría:
Argentina.
Nuestra
ciudad siempre estuvo abierta a los buenos escritores y sus prensas fueron
generosas en la edición de sus sueños. Gracias a Dios, Paco Porrúa descubrió el
genio y alentó el milagro. Veintisiete años después de que don Guillermo de
Torre, el crítico implacable de las literaturas hispánicas, rechazaba La
hojarasca desde la prestigiosa editorial Losada, la misma que había abierto sus
puertas a tantísimos escritores de España y de América, don Paco se encargó de
saldar la deuda que teníamos con García Márquez.
Cuando me
invitaron a participar en este ciclo, traté de encontrar excusas suficientes
para no venir. Soy nada más que un librero. No soy crítico literario ni
profesor de letras. No he conocido personalmente a García Márquez y si bien he
frecuentado su obra y trato de tener todos sus títulos, no me he especializado
en él ni en el coleccionismo de sus libros, como sí lo he hecho, por ejemplo,
con Borges. Quise sugerir otros nombres, interponer compromisos ineludibles:
todo fue en vano. Aceptado el compromiso, poco a poco me fui dando cuenta de
que la presencia de García Márquez en mi vida de librero era mucho mayor de la
que creía.
En los
días en que aparecía Cien años de soledad, empezaba yo mi trabajo en el mundo
del libro. El olor de la tinta, la belleza de las tipografías, el machacar de
las linotipos, el ritmo de las planas, en fin, el mundo maravilloso de la
imprenta y la edición del libro me había cautivado para siempre. No pude
participar como librero de la explosión causada con Cien años de soledad. La
viví desde afuera, con la mirada del lector común. En una Argentina en la que
los grandes escritores del siglo XX ya estaban instalados, cuando Borges
llevaba cuarenta y cuatro años publicando maravillas, cuando brillaban serenas
en el firmamento literario las estrellas de Bioy Casares, Mujica Lainez,
Marechal, Girondo, las hermanas Ocampo y los González Tuñón, irrumpe el fulgor
caribeño de García Márquez para que nada vuelva a ser igual.
Ocho años
después, en 1975, instalé mi primera y pequeña librería y me tocó ocuparme,
ahora sí como librero, de El otoño del patriarca. La realidad no coincidió con
las expectativas y el libro no tuvo el éxito rotundo de Cien años... Necesitó
más tiempo para ir encontrando lentamente a sus lectores.
Han
pasado treinta años y muchos otros libros de García Márquez, treinta años de
librero que hoy sin proponérmelo los vengo a festejar con él y con ustedes.
Una
mañana de hace varios años, tuve un hermoso encuentro de esos que se dan en las
librerías. Una señora muy bien puesta, elegante y culta entabló conmigo una
lindísima conversación que desembocó en Gabriel García Márquez y sus libros. Ya
al despedirse y al tiempo que me entregaba su tarjeta me dijo con modestia:
“Gabo me dedicó un libro”. No me dio tiempo a pensar que se trataba de una de
las miles de admiradoras que le habría pedido una dedicatoria: sobre la blanca
cartulina leí, no sin emoción, el nombre de María Luisa Elío, la misma señora a
quien, como todos ustedes saben, García Márquez había dedicado junto a Josmí García
Ascott su Cien años de soledad. Hoy conservo con cariño esa pequeña tarjetita
que me recuerda uno de esos momentos mágicos que se producen en el ámbito de
una librería.
En otra
oportunidad, un señor de una enorme simpatía y larga cultura conversa vivamente
conmigo sobre libros y autores. Le interesan además las ediciones especiales,
finas, de tiradas cortas y bellas tipografías. Me pide mis datos para enviarme
algo que me va a gustar. A la recíproca le pido los suyos y gentilmente me
extiende su tarjeta: es don Belisario Betancur, que fue presidente de Colombia
y amigo personal de García Márquez. Debo decir que en ese momento me dio mucha
pena no tener, en la Argentina, ningún presidente con quien hablar de poesía. A
los pocos días recibía esta curiosa plaquette titulada “La penitencia del
poder”. Fue publicada en Santa Fe de Bogotá en 1993 como homenaje de un grupo
de escritores a don Belisario Betancur con motivo de cumplir sus setenta años.
El texto, entrañable y perfecto, es —por supuesto— de Gabriel García Márquez, y
lo guardo con especial devoción. Desde entonces el presidente —como lo sigo
llamando con cariño y con respeto— no deja de honrarme con su visita toda vez que
llega a Buenos Aires.
La
Sociedad de Bibliófilos Argentinos se fundó hace más de setenta años y desde
entonces viene publicando preciosos libros impresos en forma artesanal en
tiradas reducidas, con finos papeles y bellas ilustraciones. Los autores
elegidos han sido siempre escritores argentinos consagrados y desaparecidos.
Desde Sarmiento y Hernández, hasta Lugones y Alfonsina Storni. Hubo una sola
excepción: en el año 2000 se publicó una preciosa edición de El general en su
laberinto. Como ustedes podrán ver, se trata de una cuidada edición en dos
tomos, de los cuales se imprimieron solamente cien ejemplares en gran papel e
ilustrada con aguafuertes de la artista argentina Cristina Gómez Moscoso. Don
César Paluí, presidente de la Sociedad de Bibliófilos, me confesó su admiración
por García Márquez, a quien escribió —sin mayores esperanzas— haciéndole llegar
la propuesta de edición. Para su asombro y alegría rápidamente recibió el
beneplácito del autor entusiasmado con el proyecto. Una vez más se pensó en
García Márquez como uno de los nuestros.
Con estos
pequeños recuerdos sólo quiero demostrar cuán presente está “el ausente” entre
los argentinos, cuyas generaciones siguen disfrutando de la magia de su
literatura.
En 1981,
el entonces presidente de Francia, François Mitterrand, le otorga la Legión de
Honor a García Márquez, con una frase que a todos nos hubiera gustado decirle:
“Usted pertenece al mundo que amo”. ¡Gracias, señor Gabriel García Márquez,
usted pertenece al mundo que amamos!
Álvaro
Castillo Granada
Como
todas las historias que valen la pena contarse, ésta comenzó hace muchísimos
años. “Suavecito, suavecito”, como se bailan los boleros. Mi nombre es Álvaro
Castillo Granada, tengo treinta y seis años. No poseo ningún título
universitario (creo que decir “estudios inconclusos de literatura” no suena muy
bien que digamos), de manera que me inventé un oficio: librero y lector (en
este caso, el orden de los factores no altera el producto). Desde que tengo
memoria estoy leyendo. Y la que no tengo, la que está por ahí extraviada en los
recuerdos de los demás, también. Mi mamá me contó que cuando me atacaba a
llorar, cuando bebé, una de las maneras que tenían para calmarme era darme una
revista Selecciones. Y yo, simplemente, en palabras de Ofelia, la persona que
ayudaba en mi casa, “me ponía a leer”. Disculparán ustedes que hable en primera
persona. Me resulta muy difícil separar el oficio de mi vida. Son la misma
cosa.
Estoy acá
para contarles la historia de un hombre que ha tenido la suerte —por llamar de
otra manera eso que no podemos explicar pero que es el destino— de vivir de,
con y para los libros y hacer una colección de uno de sus escritores favoritos:
Gabriel García Márquez. Una colección hecha gracias al azar, sin ningún
esfuerzo. Pero me estoy adelantando. De lo que se trata es de contarles una
historia. No debo apresurarme. Como Scherezada, debo ir dosificando las cosas,
hay que guardar algo para más tarde. Decía antes: soy librero y lector. 0 por
lo menos quiero llegar a serlo. Trabajo como librero desde hace ya diecisiete
años. Empecé el 30 de noviembre de 1988. Al año de salir del colegio y
graduarme de bachiller. Creí que para una persona a la que le encantaba leer lo
más obvio era trabajar en una librería. Cuando estaba en el colegio, en las
vacaciones de mitad y final de año, me hacía unos programas de lectura
absurdos: si tenía un mes debía leerme, por lo menos, 30 libros. Casi un libro
por día. Lo peor... Gracias a esto acumulé una inmensa cantidad de títulos y
autores en mi memoria. Además, otra de mis aficiones (ahora que lo pienso: qué
muchacho tan aburrido y desocupado...) era consultar bibliografías y catálogos
de editoriales para, en un cuaderno, anotar todos los libros que cuando grande
quería leer y tener. Que, como en la canción de Silvio Rodríguez, “no es lo
mismo pero es igual”. La vida no nos alcanzará para leer todos los libros que
tenemos. El tiempo es muy corto y, por desgracia, cada vez menos elástico. Pero
es una maravilla que ciertos libros, los preferidos que sentimos y sabemos
escritos para nosotros, estén a nuestro alcance, en nuestras bibliotecas, en
nuestras mesas, esperando la oportunidad de ser tomados y leídos. En esas
listas inmensas que hacía, nunca estuvo Gabriel García Márquez. Jamás.
En esos
años existía en Bogotá (como hay en todas las ciudades: la avenida Corrientes
en Buenos Aires, la calle Ahumada en Santiago, la cuesta de Moyano en Madrid,
los bouquinistas a la orilla del Sena en París...) un sitio mágico para
conseguir libros y discos usados: la calle 19. Que, como muchas de las cosas
buenas de mi país, ya no existe. La administración de un alcalde que después
fue presidente la arrasó una noche. Con ella desapareció una “dimensión
desconocida”. Entrar en esa calle era llegar a un sitio donde todo era posible.
El azar, parafraseando a José Lezama Lima, no era “concurrente” sino
“recurrente”. Nunca he tenido mucho dinero y, por desgracia, los libros siempre
han sido muy caros. De manera que la única forma de conseguirlos era comprándolos
usados. Y un aspecto más: no todo lo que quería leer se conseguía en las
librerías, muchos estaban agotados o descatalogados o, simplemente, los
empleados de éstas (no libreros, porque eso es otra cosa. Más adelante, les
prometo, tal vez, les hablaré de ello) no tenían ni la más mínima idea de qué
les estaba preguntando. Por otra parte: ¿cómo no iban a estar agotados esos
libros si los listados que me la pasaba mirando eran, entre otros, los de
Losada, Sur y Sudamericana? Bueno, para no continuar yéndome por las ramas y me
pase como a Tristram Shandy, que se propuso narrar su vida y de digresión en
digresión no alcanzó a contar más que unos días, sucedió lo siguiente: en uno
de esos viajes a la calle 19, en una caseta azul de lata cualquiera, encontré por
primera vez (valga la redundancia) una primera edición de Gabriel García
Márquez. Ya no recuerdo cuál.
Cuando
estaba en primero o segundo de bachillerato me tocó leer un cuento suyo.
Escogí, creo que por el título, “Nabo, el negro que hizo esperar a los
ángeles”, de su libro Ojos de perro azul. Me fascinó. Prácticamente me lo
aprendí de memoria para contárselo a mis compañeros de clase (lo volví a leer
el año antepasado, lleno de miedo, después de contarle a García —porque así es
como le digo a él— una tarde en que fue a visitarme en La Habana, que ésa había
sido mi primera lectura suya. Me siguió gustando: crea una atmósfera de
misterio e intimidad que rodea y atrapa al lector). Mi papá me regaló Cien años
de soledad (en una edición de la editorial La Oveja Negra). Me dijo que era un
libro sabio y maravilloso. A mi mamá le fascinaba: decía que cada vez que lo
leía le encontraba algo nuevo. Lo leí cuando tenía doce años y, qué cosa, tengo
que ser honesto, no puedo mentirme ni mentirles, no me gustó. Me pareció un
libro aburridísimo. Volví a intentarlo (no era posible que no me gustara). Lo
mismo. No volví a leer desde ese entonces a Gabriel García Márquez. Mi autor
favorito es Pablo Neruda, nunca ha dejado de gustarme desde cuando lo leí en
1982 y me abrió los ojos al mundo y a la vida. Me hice el propósito (ése era
otro de los motivos de esas listas inmensas que hacía) de tener y leer todos
sus libros. Gran parte de ellos los compré en la calle de la que les hablé. A
casi nada. Con mis amigos del colegio íbamos todos los viernes y siempre
salíamos cargados y felices. Valía la pena no gastar en almuerzos durante toda
la semana: los tesoros sobrepasaban, con creces, cualquier expectativa. Con el
paso de los años fui descubriendo, entre asombrado y abrumado, que gran parte,
si no todos, de los libros que había comprado eran primeras ediciones. Sí,
primeras. Para mí, así suene ridículo o pesado, ha sido más fácil conseguir y
comprar este tipo de libros que los que venden en las librerías. Con el paso de
los años, y al adentrarme lentamente en el oficio, han aumentado, por suerte,
las oportunidades de acceder a ellos.
Vine por
primera vez a Buenos Aires en julio de 1992. En esos años (ustedes lo saben
muchísimo mejor que yo) ésta era una de las ciudades más caras del mundo. Era
terrible... no me alcanzaba para nada... Cualquier cosa que preguntaba costaba
una fortuna. Recuerdo que fui a una librería muy famosa y connotada y pregunté
por libros de Pablo Neruda. El librero me mostró, desconfiado tal vez por mi
acento y mi aspecto (estaba sucio, venía viajando como mochilero, tenía el pelo
largo, alguna vez tuve pelo...), varias cosas. Ninguna excepcional. Unas las
tenía, otras no. Por supuesto los precios eran para mí un escándalo:
acostumbrado a conseguir tesoros por casi nada y encontrarme con un señor que
me pedía cientos de dólares por cualquier cosa. Por favor... Le dije que me
parecían muy caros. Me preguntó: “¿Vos de dónde sos?”. Le dije: “De Colombia”.
Concluyó: “Aquí en el Primer Mundo todo es caro”. Ante eso, amigos, no había
más que hacer que largarse y continuar el camino. Pero no vayan a pensar que
todo fue así en esta ciudad, por supuesto. En la Plaza Italia un librero
maravilloso, de esos que ya no existen, un lector que encuentra su placer en
hacer que el libro llegue a las manos que le están destinadas, me vendió muy
barata una edición de las Cartas de amor de Pablo Neruda que andaba buscando
(la que hizo sin autorización Sergio Fernández Larraín). Cuando regresé a
Colombia fui a una librería que acababan de abrir. Muy sofisticada y exclusiva
(por cierto: ya quebró). Allí estaban algunos libros que no tenía y,
obviamente, a unos precios monstruosos. El librero me dijo que podíamos hacer
algún canje. Recordé inmediatamente la primera edición de Gabriel García
Márquez que tenía en algún lugar. Se lo propuse. Claro, dijo que sí.
De manera
que mi primera experiencia con ediciones originales suyas fue usarlas como
moneda de cambio para obtener otras de Pablo Neruda (cuando se lo conté se rió
mucho). Gracias a esto conseguí las primeras de Las uvas y el viento, Memorial
de Isla Negra, La barcarola y Navegaciones y regresos.
Los años
siguieron pasando y yo encontrando libros. Le llevé más de uno. Por supuesto,
él jamás me dijo a cómo vendía esos libros. Cuando supe el precio que cobraban
los anticuarios por una primera edición de García Márquez me quedé de una
pieza, paralizado como una estatua. Sólo fue hasta 1996 cuando ocurrió mi
verdadero encuentro con su obra. Ese año decidí asistir al Festival de Cine de
Cartagena. Me llevé dos libros para leer: Las palmeras salvajes de William
Faulkner (en la edición de Sudamericana, traducida por Jorge Luis Borges) y
Cien años de soledad. Terminé el primero encantado. El festival duraba casi una
semana y tenía todas las mañanas libres (las funciones empezaban a las dos de
la tarde, yo asistía a cinco diarias). De manera que abrí la primera página de
Cien años de soledad, me senté en el balcón del hotel y comencé a leer... No
podio parar, no podía creer lo que estaba leyendo, pero cómo es posible que
durante tantos años me haya perdido esto, pero qué clase de cabezón soy (me
decía una y mil veces). El día de la clausura asistió García Márquez. Yo
llevaba el libro en mi mochila. Decidí acercarme a pedirle que me lo firmara.
Ahora o nunca. Hice fila, esperé y esperé hasta que estuve frente a él... Lo
vio, lo abrió y dijo: “Ah... es la tercera edición... muy bien... ¿para quién
es?” Le respondí. Me lo entregó. Le di las gracias y me fui. Me llamó: “Oye… tu
esfero...” (acá he escuchado que le dicen birome). Se me había olvidado. Me
marché feliz. Años después una muchacha llegó a la librería donde trabajaba y
me contó que me había visto en un documental sobre el Festival de Cine de
Cartagena. “¿Cómo así?”, le dije. “No sé... usted sale pidiéndole un autógrafo
a Gabriel García Márquez”, respondió. Por suerte jamás lo he visto. Qué
vergüenza. Es a partir de ese doble momento, mi encuentro con la obra y con el
escritor, que empieza la segunda parte de esta historia que quiero contarles.
Uno de
los textos más hermosos que he leído sobre el coleccionismo de libros lo
escribió el alemán Walter Benjamin. Se llama “Desembalando mi biblioteca”. En
dos de sus apartes dice: “Si es cierto que toda pasión linda con el caos, la
del coleccionista roza el caos de los recuerdos” y “El coleccionista se
extasía, y en ello se encuentra su mayor placer, rodeando con un círculo mágico
al objeto que, aún marcado por el estremecimiento que acompañó el momento de su
adquisición, queda fijado de este modo. Cualquier recuerdo, cualquier
pensamiento, cualquier reflexión pasa a ser a partir de ahora el pedestal, la
base, el marco, la señal de la apropiación del objeto”. Voy a tratar de no
perderme en medio de las anécdotas y recuerdos que rodean cada uno de los libros
y objetos que traje para esta exposición. Podría estar hablando horas de cada
uno de ellos (no se preocupen, no voy a hacerlo). En cada uno de ellos el azar
es destino. Voy a “Desembalar mi colección”. ¿Cómo empiezo? Por el principio,
me diría Scherezada.
Después
de ese primer encuentro comenzaron a aparecer las cosas. Todo sucedía, va
sucediendo, como si se tratara de etapas por recorrer, metas que alcanzar. Me
explico: un encuentro conduce al otro y así sucesivamente. Lo mismo un
desencuentro.
La
primera edición de La Hojarasca apareció una tarde que iba caminando de regreso
del trabajo hacia mi casa (durante diez años trabajé en la misma librería.
Recorría las mismas calles, con ligeras variaciones, todos los días, de ida y
regreso... una y otra vez). Por suerte nada cambia tanto como el paisaje de una
vitrina de librería (o de cualquier negocio). De vez en cuando pasaba (paso)
frente a un anticuario cerca de una iglesia. Ese día, esa tarde, miré la
vitrina y ahí estaba: la primera edición de La hojarasca junto a un libro de
una de las artistas que más me gusta y conmueve: Kathe Kollvitz. Los compré. En
nada, casi en nada. Hace poco tiempo iba también para mi casa una tarde
(acababa de conseguir la primera edición, numerada y firmada, de La estación
violenta de Octavio Paz) y volví a pasar por allí (debo añadir, se me olvidaba,
que en Bogotá somos muchos los que nos dedicamos al oficio de buscar libros
viejos. De manera que todos visitamos los mismos lugares. De lo que se trata,
entonces, no solamente es ser de buenas o tener suerte. En el fondo los libros,
o lo que sea, que son para uno son para uno). Entré y saludé al dueño, un
coronel del ejército retirado. Me dijo: “Por ahí está una edición rara de
García Márquez. Es numerada”. “¿Sí?”, respondí como quien habla sobre el clima.
“Ya se la busco.” Mi corazón empezó a latir con rapidez. “Que no se me note,
que no se note”, me decía a mí mismo. El problema de los precios de los libros
viejos es que no existen. El precio que pone un librero es lo que cree que
puede obtener por él, lo que cree que le pueden dar por él (muchas veces el
precio se fija de acuerdo al aspecto o el entusiasmo del cliente. Entre mejor
vestido, mejor hablado, más caro. Entre más intensidad mayor precio. Por eso es
que hay que tener cara de palo cuando se negocia, hablar como quien no quiere
la cosa. Aunque sin exagerar: ésa es otra manera de delatarse). Bueno. El caso
es que la encontró y me la extendió: La mala hora, primera edición, 1962,
tiraje especial de 220 ejemplares fuera de comercio, ejemplar de editor número
90. “Es caro”, me dijo. Palidecí. Como de costumbre no llevaba mucho dinero en
los bolsillos y un libro así hay que comprarlo y negociarlo inmediatamente (una
vez me pasó que encontré una primera edición de El coronel no tiene quien le
escriba en una librería. Estaba despegada la carátula del lomo. Llegamos a un
precio. Me dijo el dueño: “Yo se la pego”. “Listo”, dije. “Vengo mañana por
ella”. Volví al otro día y me dijo que se la “habían robado”. Vaya coincidencia...).
“Vale tanto”, dijo. Respiré. Me alcanzaba, tomé otro libro de García Márquez.
Le dije: “Pero los dos...”. Se rió. “Bueno.” Cerramos el trato. Esa es otra
cosa que he aprendido a lo largo de casi veinticuatro años de estar comprando
libros usados: siempre hay que pedir rebaja. Así sea muy barato, así sea
prácticamente un regalo, hay que hacerlo. ¿Por qué? La respuesta es muy simple:
si le damos al que nos vende lo que nos pide, puede pensar: “Si éste no me
pidió rebaja debe ser porque es muy importante y vale mucho más...”. No podrán
quejarse ustedes, amigos: les estoy revelando muchos de los secretos de un
comprador de libros viejos.
Esos dos
libros me los dedicó el autor sin estar yo presente. El primero se lo llevó a
México su hermano Eligio (junto a un ejemplar del libro Viva Sandino, titulado
después El asalto y, finalmente, El secuestro, publicado en Nicaragua, durante
el gobierno sandinista, en 1982). Fue en 1997. Durante algunos años tuve el
honor de disfrutar de su amistad y acompañarlo en la labor de investigación
para su libro Tras las claves de Melquíades, su ensayo sobre el origen de Cien
años de soledad (entre otras cosas, por si no lo saben, lo he visto en varias
librerías de esta ciudad, rematado en cinco pesos. Vale la pena leerlo). Cuando
regresó me los entregó. Dice La hojarasca: “Para Álvaro Castillo, del amigo de
70 años y pico” (no hay que olvidar que en casi todos los libros la fecha de
nacimiento de García Márquez está errada. Dice 1928. Nació en 1927). Y en Viva
Sandino una revelación, un dato bibliográfico maravilloso para cualquier
investigador: “Para Álvaro Castillo, este libro que yo pensé pero no escribí”.
El segundo, La mala hora, fue firmado hace muy poco, un mes largo. Una amiga
que vive al norte de mi país, en Cartagena, frente al mar Caribe, y que trabaja
en la Fundación de Nuevo Periodismo Latinoamericano, fue a México también, a un
homenaje a un artista uruguayo que vive y trabaja en este país, Hermenegildo
Sábat. Como hay que aprovechar cualquier oportunidad, ella se lo llevó. Cuando
le dio mi nombre él respondió: “Pero si yo lo conozco...”. Escribió: “La buena
hora para Álvaro, de su amigo Gabriel”.
En mi
vida he soñado muchas cosas. Muchas se han realizado, otras no. Lo que jamás me
imaginé, ni en mi más maravillosa fantasía, fue que alguna vez pudiera conocer
a Gabriel García Márquez y disfrutar de su amistad y generosidad. No. Ya les
conté cuándo fue la primera vez que lo vi. La siguiente fue cuando, gracias a
Eligio otra vez, me recibió unos minutos en Bogotá para hacerme el favor de
firmarme una primera edición de Cien años de soledad que había conseguido y
vendido (he encontrado tres en mi vida, vendido dos y conservado una. En la mía
me escribió hace poco: “Para Álvaro Castillo, con el cariño invencible,
Gabriel”). Ese día casi no pude hablar de la emoción. Lo único que atiné a
decirle fue “Gracias, compañero”, y contarle que todos los años, desde 1996, el
último libro que me leo es Cien años de soledad. El caso es que el 29 de julio
de 2001, en La Habana, lo llamé por teléfono y nos encontramos en un hotel.
Estuvimos gran parte de la tarde hablando de todo y de nada: política, su
hermano, la vida, fútbol y tomando Coca-Cola. Le entregué un texto que escribí
sobre mi amistad con Eligio (él murió el 29 de junio de 2001, fue publicado
incompleto en el número 12 de la revista Gatopardo, en la portada sale Julia
Roberts... qué honor...). Después me invitó a almorzar a su casa, junto a una
familia de colombianos que por esa época vivían allí. Fue tal mi emoción que
sólo le pedí que me firmara un libro, la tercera edición de La mala hora. Me
escribió: “La buena hora para Álvaro Castillo, de su lector”. En 2003 volvimos
a vernos. Otra vez en La Habana. Lo llamé para saludarlo, como siempre, y me
preguntó dónde estaba hospedado. Le di la dirección de mi casa habanera (digo
“mi casa” porque es el hogar de una familia que me ha hecho parte de ellos).
“Mañana a las tres estoy allá”. Y así fue: a las tres en punto llegó. El García
que yo conozco, el mío, es un hombre tranquilo, sencillo, afectuoso, al que le
gusta estar hablando de la vaina, de chismes, de la cosa... Le encanta que lo
traten como a un igual (cosa nada fácil, por supuesto). Esa vez me invitó a la
casa de Pablo Milanés a escuchar música. Fue una noche maravillosa.
Inolvidable. Un concierto privado rodeado de seres excepcionales. En un
catálogo que me regaló el pintor Roberto Fabelo estamparon sus firmas: Mercedes
Barcha (sí, su esposa), García, Julio García Espinosa (el director de cine),
Pablo Milanés y el cantante Carlos Varela. Hemos hablado muchas veces por
teléfono. Me ha llamado, lo he llamado. Con un grupo de compañeros creamos
“Ediciones San Librario”, una colección de libros de poesía, donde han
aparecido muchos de nuestros amigos y poetas queridos. Uno de los quince libros
que hemos publicado es Rostro en la soledad, del poeta colombiano Héctor Rojas
Herazo. Este libro apareció originalmente en 1952 y nunca había sido reeditado.
Nosotros lo hicimos. La edición incluye las correcciones que él dejo (murió en
2002), cuatro ilustraciones inéditas y, para completar, el texto que García
Márquez escribió sobre este libro en junio de 1952, a manera de prólogo. Lo
llamé, le conté la idea, le pedí el favor de dejarnos incluir su texto, me dijo
que claro, que sí, lo único que me pidió fue mandarle un fax a Carmen Balcells.
Y así fue.
Antes de
seguir. ¿Por qué es tan importante para mí que un autor me firme un libro? Al
fin y al cabo, la mayoría de las veces, escriben lo mismo: “Afectuosamente...
Con la amistad... Un saludo de...”. Es importante porque siento, sé, que por
unos segundos existí para ese autor que tanto admiro. En el momento de escribir
mi nombre soy real para él. No importa que después lo olvide. En el caso de un
escritor amigo la sensación es maravillosa, incomparable. La complicidad crea
lazos invisibles que sólo la escritura puede revelar. Además, un libro
autografiado es lo más cercano al sueño de todo bibliómano: poseer un libro
único.
La
historia continúa. Uno de los libros más curiosos que tengo en mi colección es
La novela en América latina: diálogo, de Gabriel García Márquez y Mario Vargas
Llosa, publicado por la Universidad Nacional de Ingeniería y Carlos Milla
Batres, en el Perú. Es la trascripción de una conversación que los dos
sostuvieron en septiembre de 1967 (cuatro meses después de la aparición de Cien
años de soledad). Es un libro muy raro, dificilísimo de hallar, que se publicó
sin la autorización de los escritores. Lo encontré el 12 de septiembre de 1993,
una tarde, botado en la calle, en medio de revistas viejas. Lo compré porque me
pareció curioso. En mayo de 2000 Mario Vargas Llosa vino a Colombia a lanzar La
fiesta del chivo. Por esa época iba a la librería a comprarme libros el gerente
de la editorial Alfaguara. Le pedí el favor, a él le quedaba más fácil, de
pedirle que le llevara el libro a Vargas Llosa para que lo firmara. Lo hizo.
Escribió: “Para Álvaro Castillo esta reliquia bibliográfica (y pirata),
cordialmente Mario Vargas Llosa”. La mitad de la empresa estaba realizada. Al
año siguiente, un político de mi país, quien también me compraba libros, me
llamó para contarme que iba para La Habana a verse con García Márquez.
“¿Necesitas algo?”, preguntó. Aproveché la ocasión: “Sí, que lleve este libro y
le pida a García Márquez que me lo firme”. Lo hizo. Escribió debajo de la
dedicatoria de Vargas Llosa: “Y la rara adhesión de la contraparte, Gabriel”.
Cabe recordar que los autores rompieron su amistad por motivos aún desconocidos.
Lo mismo hice con el libro García Márquez: Historia de un deicidio, el
impresionante ensayo de Vargas Llosa que no ha sido reeditado desde 1971. Este
libro me lo regaló una amiga de cumpleaños. Esa vez la “víctima” de mi capricho
fue el corresponsal de televisión española. Lo entrevistó cuando fue a lanzar
Los cuadernos de don Rigoberto. Fue a la librería a comprar el libro. Yo,
obviamente, le pedí el favor. Escribió: “Para Álvaro Castillo, un recuerdo de
Mario Vargas Llosa”.
Una
colección no es obra de un solo hombre. Es el resultado del encuentro del azar
y las complicidades. No todos los libros que hay en mi biblioteca los he
comprado. Muchos los he cambiado y otros me los han regalado. Además, para que
los autografíen, he contado con la complicidad de solidarios que se prestan
para esto. Algunos de ellos, cuando tienen la oportunidad me llaman (saben cómo
me gusta eso) para contarme la inminencia de un encuentro. Libros míos han
viajado hasta lugares tan distantes como Praga para que el autor escriba mi
nombre. Jamás se ha perdido uno. Todos han regresado (recuerdo que el
corresponsal del que les hablé, cuando le entregué el libro me preguntó, sabía
perfectamente de qué libro se trataba: “¿Quieres que te firme algo por él?”.
“No”, respondí. “Yo confío en usted”). Esas historias hacen también una
biblioteca. Son, como diría Benjamin, parte de la base, el pedestal, de ese
objeto.
Uno de
los deseos de todo coleccionista es tener un libro que haya pertenecido a su
autor favorito. Cualquiera. Tengo uno que era de García Márquez. Se trata de la
segunda edición de Guatemala, las líneas de su mano, del ensayista y poeta
guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Lo encontré hace unos meses. Estaba
comprando libros en una librería cerca de mi casa. Di vueltas, escogí algunas
cosas, regateé y llegué a un acuerdo con el librero. Pagué y guardé los libros
en mi mochila. Me habían ofrecido un café desde el momento en que llegué. Como
es lógico el tiempo había pasado, llevaba casi una hora, y no lo habían traído.
Ya me marchaba cuando me dijo el librero: “Ya viene su café, Álvaro, no se
vaya”. Mientras seguía esperando me puse a mirar unos libros de un estante. Vi
el de Cardoza y Aragón. No sé por qué lo tomé (yo lo tengo en mi biblioteca),
la cosa es que abrí la primera página y vi que estaba dedicado por el autor a
“Mercedes y Gabriel Buendía Márquez”... Me quedé mudo. “¿Y ahora qué hago? Ya
pagué... si le muestro el libro lo va a mirar y se va a dar cuenta... me va a
masacrar... ¿qué hago?”, eran las cosas que pasaban por mi mente a mil por
hora. En esas el librero salió con un amigo a la calle, al frente de la
librería, a fumarse un cigarrillo. “Ya sé...”, me dije. “Hermano”, lo llamé,
con el libro en mi mano derecha moviéndose de lado a lado. “¿Me da éste de
regalo?”. Me miró, observó mi mano que giraba y con un gesto de su cabeza me
dijo: “Bueno”. Siguió fumando. Lo guardé y me fui feliz.
La foto
que tengo firmada por Luisa Santiaga Márquez, su madre, llegó a mis manos
gracias a un canje. Con un amigo fuimos un domingo al mercado de las pulgas a
mirar qué encontrábamos (yo nunca voy a buscar algo, voy dispuesto a ver qué
aparece). No había gran cosa. En el puesto de un colega que antes vendía
corbatas había unos cuadros. De repente mi amigo me señaló la foto y con la
mirada me preguntó: “¿Es?” y yo con la mirada le respondí: “Sí”. Averiguó el
precio, la negoció y la compró. Al otro día me dijo: “Sabe Álvaro... yo creo
que esa foto la disfrutará más usted... se la cambio por algo”. En un cambio se
trata siempre que los dos se desprendan de algo y que a los dos les duela. Un
cambio no se mide jamás por el supuesto valor de un libro. Lo importante es que
sean equivalentes. Le dije: “Le doy por esa foto un libro autografiado por
Nazim Hikmet”. Nos miramos a los ojos y estrechamos las manos. Listo. Negocio
cerrado.
Veo que
me sucedió lo mismo que a Tristram Shandy. Qué cosa... quería contar una
historia y me salieron muchas... Si sigo así no voy a terminar nunca.
Una
anécdota más para cerrar. Hace años una prima de García Márquez me invitó a un
programa de radio para entrevistarme. Hablamos, como es obvio, de libros y
libros. La última pregunta que me hizo fue: “¿Qué libro quisieras conseguir?”.
Sin pensarlo ni un segundo le respondí: “La primera edición de Los funerales de
la Mamá Grande” (fue publicada por la Universidad Veracruzana, en México, en
1962. La edición es de dos mil ejemplares). Al otro día fui, como siempre, a
mirar libros. Digo como siempre porque mi oficio es un oficio de las 24 horas.
Siempre estamos mirando, viendo qué hay por ahí. En un puesto desbaratado vi al
fondo un libro conocido: la primera edición de Los funerales... Ahí estaba. La
llamé y le conté. No lo podía creer. Pero la historia no se termina aquí. Ella
fue a México en 2000 a trabajar unos días con García Márquez en su libro de
memorias, Vivir para contarla. Le pedí el favor de que le llevara el libro para
ya sabemos qué. Regresó con esta frase, que más que una dedicatoria es para mí
un premio, el mejor de los reconocimientos: “Para Álvaro Castillo, libroviejero
amigo, con un abrazote, Gabriel”.
Durante
años tuve la fortuna de colaborarle buscando y corroborando datos para sus
memorias. Desde buscar el nombre de un barco hasta encontrar el título de un
poema del que sólo recordaba unas líneas. Fue maravilloso. Cuando le extendí mi
ejemplar para que me lo firmara, me observó, se rió y escribió: “Para Álvaro,
el que me vende”. Me reí también. Nunca le he ocultado cuál es mi oficio.
Muchas veces me pregunta a cómo he vendido esto o aquello. Se queda callado un
momento y me cuenta: “En Madrid lo vendieron en tanto...”. Y yo me digo: qué
cosa, éste es un oficio donde siempre hay alguien que se equivoca y alguien que
tiene el cliente. Lo importante es ganar, así sea poco.
Una
colección de libros es como un árbol inmenso que va creciendo: las raíces están
siempre firmes y enterradas, las ramas no se sabe nunca adónde van. Lo
maravilloso de toda esta historia es que no tiene fin. ¿Quién sabe lo que se va
a encontrar? En cualquier lugar, en cualquier momento, puede aparecer algo.
Vamos a ver si en estos días, como se dice en Colombia, “caza el tigre”. Espero
no se hayan aburrido mucho o perdido entre tantas anécdotas. No alcancé ni a
empezar...
Como en
el ballet: los pasos siempre serán distintos porque el tiempo no se detiene.
Sólo hace falta cerrar los ojos y tener paciencia. Todo es posible.
VIERNES
28
de
OCTUBRE de 2005
Presentación:
Claudia Cadena
En el
último día de este ciclo, están los periodistas Ezequiel Martínez y Daniel
Santoro.
Ezequiel
contará cómo fue su experiencia con García Márquez, cómo consiguió hablar con
él y cómo logró hacerle las dos últimas entrevistas. Creo que hubo una más
después de esas dos...
Ezequiel
Martínez: Que yo tenga conocimiento, sí, le da una entrevista a Perfil que le
hizo Jon Lee Anderson, el periodista norteamericano de The New Yorker, y no
recuerdo mucho más.
Daniel
Santoro va a hablar de García Márquez y la política o el poder. Daniel Santoro
es periodista de Clarín, al igual que Ezequiel.
Asimismo,
Annamaría Muchnik, jefa de Prensa de Sudamericana, nos leerá la carta que Gabo
le envió en 1965 a su editor en Buenos Aires, Francisco Porrúa.
Por
último, lamentamos la ausencia de Juan Carlos Botero, un escritor colombiano.
Se quedó en medio del huracán, fue imposible que viniera, pero nos ha mandado
el texto de su ponencia.
Ezequiel
Martínez
Cuando me
convocaron los amigos de la Embajada de Colombia, les dije que si la entrevista
que yo le había hecho a Gabriel García Márquez tenía algún mérito, era el de la
escasez. En la última década el Premio Nobel no ha dado casi ninguna entrevista
a medios gráficos, salvo la que le hice yo y otra que le concedió al periodista
norteamericano Jon Lee Anderson; todos sabemos que Gabo les rehúye. Es más, en
1981, un año antes de ganar el Nobel, García Márquez escribió un artículo
periodístico que está recopilado en sus Notas de prensa que se titula “Una
entrevista, no gracias”, donde expuso todas las razones por las que les huye a
los periodistas que pretenden entrevistarlo, y en parte tiene razón en algunos
de sus razonamientos. Allí dice, entre otras justificaciones, que el
entrevistado también debe trabajar y prepararse tanto como el entrevistador
porque, al menos es lo que a él le sucede, es responsable por todo lo que diga
y, sobre todo, debe esforzarse para ser original y no repetirse. Además le
fastidia un poco que la primera pregunta casi siempre sea la misma: cuál es su
método de trabajo. Una pregunta que contestó centenares de veces y centenares
de veces intentó responder de manera diferente.
Ante ese
desafío me vi en 1994 cuando el diario Clarín estaba a punto de publicar Viva,
su nueva revista dominical, y querían hacer un lanzamiento fuerte con
personajes potentes. Justo unos meses antes surgió una invitación para ir a la
Feria del Libro de Bogotá, que estaba dedicada ese año a la Argentina. En esa
Feria, además, se iba a presentar su última novela, Del amor y otros demonios,
presentación a la que, por supuesto, García Márquez no fue. En el diario mi
editor me indicó: “Andá a cubrir la Feria pero de paso tratá de hacer algún
contacto con García Márquez”, como si eso fuese una cosa tan simple. Conseguí
los datos de Margarita García, que es su asistente en Bogotá, y la llamé por
teléfono, como cientos de periodistas deberían hacer con el misino planteo:
“Estoy en Bogotá y quisiera entrevistar a García Márquez”. Margarita me atendió
muy amablemente, pero me respondió de manera previsible: “Mándeme un fax
diciéndome lo que usted quiere”. La apuré en vano: “¡Pero yo me estoy yendo en
dos días!”. Y con la misma rutina mecánica se despidió: “Bueno, pero Gabo no
está, lo tengo que consultar con él, no da entrevistas...”.
Regresé a
Buenos Aires con la respuesta que imaginaba que iba a tener. Sin embargo,
cumplí con el trámite del fax y a los quince días llamé a Margarita para ver si
había alguna novedad. En aquella época, yo editaba las páginas de Cultura de
Clarín y me acuerdo perfectamente de la escena de aquel llamado en medio de la
redacción. Me atendió Margarita y le recordé que le había enviado un fax tal
como ella me había pedido. ¿Había podido comentárselo a Gabo? Me respondió: “A
ver, espere. ¿Era un fax de Buenos Aires?”. “Sí”, le dije, “soy del diario
Clarín”. Y otra vez: “Aguarde un minutito”. Ya sospechaba que se había olvidado
completamente de mi pedido y que en ese minuto iba a tratar de rescatar el fax.
Pero no: de golpe y sin preámbulos apareció otra voz en el teléfono: “Bueno,
qué es lo que tú quieres”. Era Gabo. Yo no estaba ni preparado para hablar con
él. Seguramente hablé con tanta torpeza como se los estoy reconstruyendo ahora.
Le expliqué que era del diario Clarín, le comenté acerca del proyecto de la revista
dominical y que queríamos tenerlo a él en la portada porque para nosotros sería
un honor y todos los etcéteras posibles. Entonces me dijo: “Mira, hay un
periodista de Clarín que hace como dos años que me está pidiendo una entrevista
a través de Carlos Fuentes, y yo se la estoy negando permanentemente. No
quisiera quedar mal con él, pónganse de acuerdo y tú luego me llamas, si vienes
tú o vienen los dos o qué es lo que quieren hacer.” Ese periodista era Jorge
Halperín, editor del suplemento cultural de Clarín que, como tantos periodistas
culturales, gestionaba periódicamente un encuentro con García Márquez, aunque
sin éxito. Terminé la conversación con Gabo antes de que se arrepintiera: “Yo
lo llamo hoy a última hora y le confirmo lo que vamos a hacer”. Aquí tengo que
hacer un paréntesis y explicar por qué Gabo me atendió de manera tan expeditiva
con ese “Llámame y arreglamos” que parecía inalcanzable. Mi padre, el escritor
Tomás Eloy Martínez, escribió en Primera Plana la primera crítica que se hizo
de Cien años de soledad; eso explica un poco por qué Gabo me atendió tan bien.
Por supuesto, ese dato se lo transmití en el fax que le había mandado. Y,
seguramente, fue ese dato genealógico el que me abrió la puerta para una
entrevista.
Como sea,
corté y corrí a contarles a las autoridades del diario que Gabo no tendría
problemas en recibirnos, siempre y cuando nos pusiéramos de acuerdo con Jorge
Halperín. En Clarín querían una entrevista más íntima, personal, no tan
literaria como las del suplemento cultural sino enfocada en el personaje García
Márquez, un perfil que tratara de desmenuzarlo y de descubrirle, como él mismo
dice, los latidos del corazón. Como Halperín estaba interesado en una
entrevista más centrada en su narrativa y en su obra, lo hablamos y quedamos de
acuerdo con las autoridades del diario: “Vayan los dos, hagan la entrevista
para Viva y también para el suplemento cultural”. Tal como habíamos convenido,
llamé a Gabo esa misma noche. Salió una contestadora y pensé: “Se arrepintió,
ya está, me hizo el verso que me iba a dar la entrevista pero se arrepintió y
no lo veo más”. Resignado, empecé a grabarle un mensaje: “García Márquez, qué
tal, soy Ezequiel Martínez, le recuerdo lo llamé esta tarde...”. De golpe su
voz saltó del teléfono: “Hola, hola... es que estoy aquí solo, y si no pongo
estas grabadoras me vuelven loco”. Entonces le expliqué: “Mire, haremos lo
siguiente: vamos a ir Jorge Halperín y yo a hacer la entrevista donde usted
decida y cuando usted decida. Ponga la fecha y el lugar, y ahí vamos a estar”.
Esto sucedía en mayo de 1994. Buscó su agenda y empezó a hablarse en voz alta:
“A ver, esto está lleno de compromisos... Mira, aquí tengo un hueco el 8 de
junio, en Cartagena de Indias, ¿te parece bien?” “Me parece fantástico porque
es mi cumpleaños, no va a haber mejor forma de celebrarlo que compartiéndolo
con usted.” “Ah, bueno, pues aquí lo celebraremos”, me respondió. Yo me sentía
feliz de la vida; alrededor de mí tenía como a veinte personas que se habían
acercado a mi escritorio en la redacción por el solo hecho de saber que estaba
hablando con García Márquez.
Unos días
antes de la entrevista viajé con el fotógrafo Daniel Merle hasta Aracataca
porque queríamos conocer y entender un poco ese clima del que surgió Macondo.
Cuando llegamos a Aracataca me dije: “Efectivamente, esto es Macondo”. Es un
pueblo que está a dos o tres horas de Santa Marta, la localidad cercana más
grande. Pasamos un par de días recorriéndolo. Vi la casa natal de Gabo, vi a la
gente y vi cosas que me empezaron a hacer entender el realismo mágico de García
Márquez. Hay una escena que no voy a olvidar jamás: sucedió en la plaza
principal de Aracataca, una placita como las que hay en todos los pueblos, con
su iglesia, un barcito donde se reúnen los parroquianos, un cementerio detrás
de la iglesia. En un momento, mientras una vaca pasaba caminando sola por el
centro de la plaza como si fuera un peatón más, salieron de la iglesia unos
chicos vestiditos de blanco que aparentemente acababan de tomar su primera
comunión. Y en el mismo instante, mientras esos chicos salían por la vereda
lateral de la iglesia, pasaba en dirección opuesta un cortejo fúnebre llevando
un cajoncito también blanco de un niño que había muerto. La vaca peatón se
detuvo respetuosa en el medio de las dos procesiones. Esa imagen alcanza para
sospechar de dónde sale todo lo que después leemos en la obra de García
Márquez. Aracataca es un pueblo como detenido en el tiempo, donde las mujeres
siguen lavando la ropa en el río con el manduco, que es una especie de palo con
el que le dan golpes a las prendas; estoy hablando de algo que vi hace diez
años, y seguramente todo debe seguir igual. Es una población de unos pocos
miles de habitantes, donde se continúan cultivando bananos y se ven algunos de
los escenarios mencionados en Cien años de soledad. Con esa visita ya tenía un
material muy rico para empezar a entrevistar a García Márquez cuando lo
encontrara, dos o tres días después, en Cartagena de Indias.
Llegamos
a aquella maravillosa ciudad caribeña con Daniel Merle y ya nos estaba
esperando Jorge Halperín, con quien nos reunimos en el hotel Capilla del Mar.
El día previo a la cita convenida, el 7 de junio, llamé a García Márquez para
ver a qué hora nos iba a atender. “Hola Gabo, soy Ezequiel Martínez, ya
llegamos.” “Ah, ya llegaron, ¿dónde están?” “Estamos en tal hotel”. “Y, ¿qué
están haciendo?” “Llegamos ayer, lo llamaba para arreglar el encuentro de
mañana.” “Mira, los paso a buscar, vamos a almorzar, y ahí arreglamos los
horarios de trabajo”. “Bueno, estupendo”, le respondí. Esa cita imprevista e
informal no hizo más que alborotar nuestra ansiedad. El fotógrafo me preguntó:
“¿Llevo cámara o no?”. “Mira, no lleves nada por las dudas, a ver si se ofende.
Quedó claro que la entrevista iba a ser mañana”, le sugerí. Gabo me había dicho
que pasaba en media hora y no estábamos ni bañados. Bajé al hall del hotel
retrasado y le pregunté al botones: “¿No vio por aquí a García Márquez?”. El
hombre me devolvió una sonrisa irónica y me dijo: “No, García Márquez acá no
está”. Justo entonces ingresó al hotel una figura vestida de blanco de pies a
cabeza, absolutamente de blanco, guayabera blanca, pantalón blanco, zapatos
blancos, lapicera blanca, reloj con esfera blanca y malla blanca. Era García
Márquez, que parecía como producido para el encuentro. Como él no me conocía la
cara, me acerqué a presentarme. Me saludó muy efusivamente con un abrazo. Al
rato llegaron Halperín y Merle y nos anunció: “Los voy a llevar a comer a un
lugar fantástico en la bahía de Cartagena; tengo mi auto aquí”. Le dio las
indicaciones al chofer y mientras el auto empezaba a alejarse, alcancé a ver
por la ventanilla a aquel botones corriéndonos con un ejemplar de una novela de
García Márquez para que se la firmara.
El viaje
en auto fue toda una aventura. Mientras avanzábamos notamos que una camioneta
negra con vidrios polarizados nos seguía muy de cerca. Ante la duda, le
preguntamos: “¿Esta camioneta viene con nosotros?”, a lo que respondió: “Sí, es
mi custodia”. El gobierno colombiano le había puesto, aunque no le gustara
demasiado, una custodia permanente mientras permaneciera en el país. Así que
con esa escolta temeraria llegamos hasta un restaurante efectivamente
maravilloso en la bahía de Cartagena, donde había muy pocas personas y cuyo
nombre ahora no recuerdo pero que aparentemente era muy exclusivo. Estábamos en
una terraza almorzando, y él pidió directamente champán y unas exóticas muelas
de cangrejo como entrada, que devoramos mientras comenzamos a contarle mejor el
propósito de la entrevista. El fotógrafo estaba muy preocupado explicándole que
no se puede reflejar bien a un personaje si lo retrataba todo el tiempo sentado
en el mismo lugar, que lo ideal sería tenerlo en diferentes escenarios, poder
mostrarlo en la ciudad, en la casa en la que vive, con la gente con la que
convive. Gabo estaba absolutamente relajado, y se lo notaba contento. Había
terminado de escribir una novela, se había sacado un trabajo de encima, no
estaba en un proceso de escritura de esos que le demandan enclaustrarse sin
atender más compromisos que el de sus rutinas narrativas. La novela andaba muy
bien; incluso hablamos de las cifras de ventas de sus libros. Le habían pasado
en ese momento una cifra estimada de la venta de Cien años de soledad desde que
había salido y ésta rondaba los veinte millones de ejemplares en todos los
idiomas posibles, así que lo encontramos muy bien predispuesto. Cuando Merle le
explicó cuál era su intención con las fotos, Gabo nos sugirió: “Vamos a hacer
una cosa. Cuando terminemos de almorzar, tú te vas al hotel, buscas tus cámaras
y nos encontramos en una casa muy linda que tengo en Cartagena, porque es muy
buena para las fotos y además se ve el Caribe”.
Durante
ese almuerzo pude observar cómo García Márquez interactuaba con la gente en
lugares públicos. Obviamente cuando entró al restaurante, por más exclusivo que
fuera, todo el mundo se dio vuelta a mirarlo. En un momento entró una señora,
cuarenta y pico de años, muy bonita, rubia, vestido con unas calzas deportivas,
con dos hijas adolescentes tan rubias y tan bonitas como ella. Gabo se paró, se
quitó la servilleta del cuello —se la puso para no mancharse la guayabera—, la
fue a saludar, y hablaron en francés. Cuando regresó a nuestra mesa, comentó:
“¡Qué bonitas la madre y las hijas!” y nos explicó que se trataba de la esposa
de un empresario turístico que él conocía. Se sentó nuevamente: “Me han
distraído. Ya no puedo hablar más de nada”. Como periodistas, ese tipo de
anécdotas nos daban un material riquísimo; es más, con esa escena del almuerzo
empieza la nota que escribí después para Viva.
Merle se
fue, y Halperín y yo subimos al auto. García Márquez, que no manejaba, le
indicó al chofer: “Vamos a la Casa Azul”. Y enfilamos para la ciudad antigua de
Cartagena, siempre seguidos por los custodios. Al llegar había un
embotellamiento terrible, no avanzaba el auto, y entonces nos avisó: “Nos
bajamos acá. Vamos caminando así de paso les muestro la casa que me estoy
construyendo”. Él nos habló a nosotros, pero el chofer debió avisarle a los
custodios para que organizaran rápidamente el desplazamiento de García Márquez
a pie por la parte más transitada de Cartagena. Imagínense un día de semana, a
la tarde, en plena ciudad antigua, que hervía de gente como acá puede hervir
Florida a esa misma hora. Bajó Gabo, bajamos nosotros, y bajaron de la camioneta
dos o tres hombres de la custodia que nos seguían a una distancia prudente, sin
estorbar, pero con una presencia muy nítida alrededor. Recorrimos diez cuadras
hasta que llegamos a su casa. En ese trayecto le cantaron vallenatos, le
hicieron declaraciones de amor, le pidieron plata, y cuando le quisieron vender
un billete de lotería, le dijo al vendedor: “Hermano, ¡yo ya me la gané!”. Todo
eso iba pasando en esas diez cuadras, a un paso que ni siquiera era de hombre.
Las señoras se le acercaban: “Yo quiero decirle tantas cosas, por favor”,
entonces él les anotaba un número de teléfono: “Llámeme, aquí me va a
encontrar”. A todos dejaba contentos y felices. Al mendigo que le pidió plata,
diez pesos, le daba cinco y con eso lo dejaba conforme. Periodísticamente, todo
eso era un festín. Pensaba: “Si esto empieza así, estoy hecho, no puedo
pretender nada más”. Y llegamos a la casa que efectivamente se estaba
construyendo frente al convento de Santa Clara, que es un hotel cinco estrellas
y que en ese momento se estaba reciclando todavía, donde transcurre buena parte
de Del amor y otros demonios. Él nos contaba cosas de la novela mientras íbamos
caminando; al pasar por un colegio explicó: “Aquí estudiaba Sierva María de
Todos los Ángeles”, la protagonista, la de la cabellera larga. Describía así
los lugares donde sus personajes habían hecho cosas o transcurrían los sucesos
que contaban sus novelas. La casa que él se estaba haciendo quedaba justo en
frente del Caribe, una residencia fantástica que todavía estaba en construcción,
aunque ya estaba bastante reconocible en sus formas y donde había muchos
obreros trabajando. Nos condujo en visita guiada para explicarnos cómo se hizo
el escritorio, su estudio, por qué quería su habitación así o el baño de
determinada manera, etcétera. Era evidente que trabajó mucho con el arquitecto
porque se estaba haciendo una casa a medida: tenía un microcine, un estudio
para Mercedes Barcha, su esposa, una especie de entrada donde pondrían una
cascada. Yo en ese momento no podía evitar pensar en todo lo que se estaba
perdiendo el fotógrafo, porque cuando narrara en la nota ese recorrido por la
calle y esa visita guiada por su casa en construcción, los editores nos iban a
preguntar: “¿Dónde está todo eso que cuentan?”.
El
encuentro con Merle no sería en esta casa tampoco, sino en otra conocida como
la Casa Azul y que se había comprado García Márquez antes de hacerse construir
ésta, también sobre la misma avenida costera y con vista al Caribe.
Fotográficamente era una casa hermosa porque resaltaba un azul muy fuerte desde
afuera, desde la fachada, y también en sus interiores. Una casa antigua de la
ciudad vieja, vacía de muebles: había un par de sillones y nada más. Nos contó
que él quería una casa grande en Cartagena con vista al Caribe, pero que estas
casas antiguas no eran muy funcionales porque el baño no estaba donde él quería
que esté, otras cuestiones de ventanales, y aunque se trataba de una casa muy
bonita, con un patio interior fantástico, nos aclaró: “Se la dejo a mis hijos
porque nunca sentí esta casa como mía”. Fue un lugar maravilloso para hacer las
fotos. Todo esto sucedía mientras manteníamos con él charlas informales de
cosas muy cotidianas, muy mundanas, muy de todos los días, que era lo que
nosotros estábamos buscando y que no esperábamos conseguir, porque habíamos
convenido dos horas de una entrevista formal para el 8 de junio, y nada más, y
sin embargo estaba dándonos un material inesperado. Él es periodista y sabía
perfectamente que nos estaba dando un material muy rico. Era consciente de eso,
y perfectamente consciente de que todas esas caminatas, encuentros, almuerzos y
demás iban a terminar en el papel. Que lodo lo que dijera, hasta el último
suspiro, iba a ser contado.
Finalmente,
cuando llegó Merle, Gabo le dedicó como dos horas sólo para las fotos; posó,
hizo todo lo que el fotógrafo le pedía y si no se tiró al piso fue porque no
nos animamos a pedírselo. Cuando le preguntamos por sus gestos o sus tics, nos
respondió: “Yo me vivo refregando los ojos todo el tiempo”, y de inmediato
repetía el gesto para la cámara. Aparte se comunica mucho con las manos, es
otro lenguaje paralelo y muy expresivo, y entonces repasaba todos esos ademanes
para las fotos. Una maravilla.
Habíamos
empezado a la una de la tarde y estuvimos como hasta las seis, siete, ya caía
el sol cuando terminamos esa jornada, y quedamos que la entrevista la íbamos a
hacer al día siguiente, a las tres de la tarde, en un departamentito suyo en El
Laguito, un edificio que en Cartagena se conoce como “La máquina de escribir”
por su forma escalonada y que daba la sensación de teclado de máquina de
escribir.
Llegamos
puntualmente a las tres de la tarde. Primero tuvimos que pasar la custodia,
porque también allí había gente de seguridad. Era un departamentito de dos
ambientes, muy pequeñito, que yo había visto en fotografías de entrevistas
anteriores, con un living mínimo donde no había bibliotecas. El piso era como
un tablero de ajedrez con mosaicos muy grandes blancos y negros, con un
ventanal precioso al Caribe: había una cocina tipo americana con una barra que
daba al living, y pocos libros. Aunque no era su residencia permanente (él vive
en México), me llamó la atención la sobriedad del lugar. Después vimos el
dormitorio, donde en un rincón tenía el escritorio con su computadora y la
cabecera de la cama cargada de libros. Desde el dormitorio llegaba el sonido de
un televisor encendido. Cuando terminó de saludarnos en el living, le gritó a
su mujer: “Mercedes, vas a tener que venir a saludar porque aquí está el hijo
de Tomás Eloy, de eso no vas a poder librarte”. Efectivamente salió Mercedes
del dormitorio, nos saludó a los tres y se quedó conversando con nosotros.
Mercedes estuvo fantástica: nos dio un montón de letra para la entrevista y nos
contó acerca del círculo familiar más íntimo: sus hijos, sus nietos. Es más, en
un momento dado, cuando le preguntamos sobre eso a García Márquez, él mismo le
pidió a Mercedes: “Contesta tú, que de estos temas entiendes más”.
Esas dos
horas fueron la entrevista formal, la entrevista que había sido preparada
minuciosamente durante el mes previo en el diario, donde todo el mundo opinaba
sobre qué se le iba a preguntar, qué temas abordar... En fin, había mucha
expectativa por el resultado final y por poner el énfasis en la parte humana,
en el personaje porque, ya les digo, el objetivo principal era lo que
publicaríamos en Viva y después Halperín iba a sacar cosas de ahí para su nota
en el Cultural y para un libro en el que estaba trabajando. Resultó una
entrevista fantástica, Gabo respondió de todo. Es que después de un día como el
anterior, tan relajado y durante el cual se compartieron varias horas, no digo
que se genera una confianza gigantesca, pero sí nace cierto grado de informalidad,
de mayor familiaridad entre el entrevistado y el entrevistador. Cuando le
hablábamos del amor y tratamos de explorar esa veta, Gabo nos paró: “¡No me
jodan más con el amor, no quiero hablar más del amor!”, y esa fue la respuesta
que puse en la nota. Se había generado un clima especial que le permitió
negarse a responder con bastante informalidad acerca de aquellos temas sobre
los que ya no le interesaba abundar. Pero también nos dio mucha libertad, habló
absolutamente de todo y “trabajó” para la entrevista. Como les conté al
principio, se notaba que buscaba dar no sólo respuestas diferentes sino contar
algo nuevo. Imagínense la cantidad de archivo que hicimos antes de ir. No quedó
entrevista, nota o libro sobre García Márquez que no hayamos leído porque
sabíamos que él tenía esta reticencia a los periodistas que siempre le
preguntaban las mismas cosas, que siempre volvían a la misma clase de temas y
de preguntas. No digo que hayamos sido originales, pero sí que él contó cosas
nuevas de su infancia o de su madre, de sus hermanos, de sus miedos y temores.
Por ejemplo, que le tiene mucho miedo, terror casi, a quedarse a oscuras en una
casa: “Yo no puedo estar solo en una casa a oscuras. Si hay gente no hay
problema, pero si estoy solo en una casa tengo que prender las luces porque si
no, no duermo y estoy aterrado”. Son detalles que en un personaje tan grande
por ahí parecen menores, pero el hecho de que se desnudara así en sus temores
era fantástico porque sentíamos que nos estaba dando mucho.
En esas
horas tuvimos la oportunidad de verlo interactuar con su mujer. Mercedes es una
mujer maravillosa, simpática, una asistente diez puntos porque tiene un
entrenamiento para todo y en especial para filtrarle llamadas. Se notaban sus
códigos. Ella atendía el teléfono y siempre negaba que Gabo estuviera, pero
cuando recibía un llamado que Gabo sí podía llegar a atender, decía en voz
alta: “Espere que siento un sonido de alguien abriendo la puerta, tal vez sea
él”. Era una de las tantas escenas domésticas de las que habíamos sido
testigos.
Cuando la
entrevista ya había terminado, nos mostró su computadora: tenía un monitor del
tamaño de un televisor veinte pulgadas, gigantesco. En la pantalla —que él
rápidamente apagó para que no espiáramos—, pudimos llegar a adivinar parte de
los textos de sus memorias. Nos explicó que entre libro y libro había
descubierto que la mejor forma de mantener caliente el brazo (“Porque si no”,
comentó, “se me enfría”) era escribir algo, “y se me ocurrió que podían ser mis
memorias”. Se trataba de Vivir para contarla, pero como dije no nos dio tiempo
a espiar porque en seguida se dio cuenta que nosotros, libreta en mano, íbamos
anotando absolutamente todo: los títulos de los libros que tenía en la mesa de
luz, los discos que había... A eso de las siete u ocho de la tarde él
interrumpió de improviso: “Uy, se me ha hecho tardísimo, me tengo que ir”.
Entonces le dijimos que estábamos agradecidísimos, felices y contentos, pero
que habíamos traído unos libros que queríamos que nos autografiara y que, en
todo caso, se los dejábamos y los pasaríamos a buscar cuando él dijera. “A ver
cuáles son los libros”, preguntó. Le alcanzamos cinco bolsas: cualquier tía,
abuelo, prima o perro que tuviera un libro de García Márquez nos había
encomendado que los autografiara, y nosotros mismos llevábamos también una
buena cantidad propia. ¡Le estábamos dejando un trabajo terrible! Nos propuso
ir al día siguiente, a las diez de la mañana, a retirarlos. Nosotros, prolijos,
habíamos puesto los nombres de cada persona dentro de cada libro y llegamos al
día siguiente puntuales. Esta vez nos recibió Mercedes, y luego apareció él
vestido de jugador de tenis, con pantaloneros cortos, zapatillas, remera: venía
de jugar. Un par de años antes le habían extirpado un tumor en el pulmón y le
habían recomendado que hiciera gimnasia. El médico le dijo que con caminar unos
kilómetros bastaba, pero él dijo: “Es más divertido jugar al tenis cada mañana,
y aparte me dejan ganar”. Cuando Merle lo vio vestido así, rápidamente le
empezó a sacar fotos, y ahí comenzó el trabajo de firmar cada uno de los
libros. Cuando la dedicatoria era para una mujer, se tomaba el trabajo de
dibujarle una flor. Me acuerdo de memoria la dedicatoria que me hizo;
previsiblemente llevé un ejemplar de Cien años de soledad donde me puso: “Para
Ezequiel, el día que cumplió la edad de Cristo (yo cumplía treinta y tres
años), con un abrazo de su tío. Gabriel”. Con eso estaba hecho.
A todo
esto, desde el diario nos habían estado llamando permanentemente a Cartagena:
“¿Cómo va todo?, ¿Ya lo vieron?” Cuando les contamos todo lo que habíamos hecho
el primer día, se quedaron sorprendidos. Merle y yo volvimos al día siguiente a
Buenos Aires, en un vuelo de Avianca que llegó a las cuatro de la mañana.
Halperín, que había viajado con su esposa, se quedaba una semana más de
vacaciones en Colombia. Cuando llegamos a Ezeiza había un señor que alzaba un
cartelito con nuestros nombres. Pensé: “Nos vienen a buscar, qué bueno”. “No,
no, vengo a buscar los casetes”, nos aclaró el hombre. En el diario habían
armado todo un operativo para que al día siguiente estuviese desgrabada toda la
entrevista, pues el lunes (esto fue un sábado) tenía que estar la nota escrita.
Posiblemente iba a ser la primera tapa de Viva, así que necesitaban todo el
material armado y cerradito, incluso las fotos, que en esa época sin cámaras
digitales había que revelar y editar. Pasé un fin de semana de terror, la
felicidad que había tenido esos tres días en Cartagena se derrumbó de puro
trabajo, presión y angustia, porque como además Halperín no estaba tuve que
hacer solo el trabajo más difícil, que no es sólo reconstruir la charla sino
narrar todo ese clima que habíamos vivido con García Márquez.
La nota
finalmente se publicó; no en el primer número de Viva sino el segundo, y se la
mandé a Gabo por correo como me lo había pedido.
Al año
siguiente, García Márquez y Carlos Fuentes inauguraban en la Universidad de
Guadalajara la cátedra Julio Cortázar. Ellos tenían algo así como un subsidio
que les había dado el gobierno mexicano, una especie de pensión que les dan a
algunas personalidades de la cultura, y habían decidido donarla a esa
universidad. En el diario, con total desfachatez, propuse: “Miren, van a estar
juntos García Márquez y Carlos Fuentes en Guadalajara, sería fantástico hacer
una entrevista conjunta”. Por supuesto yo no había arreglado ni preparado nada,
simplemente tiré la idea. Me respondieron: “Buenísimo, andate a Guadalajara”.
Entonces hice un contacto con Carlos Fuentes para entrevistarlo, pero no le
confesé que lo que yo quería era juntarlos a los dos. Ya en Guadalajara, esta
vez con el fotógrafo Eduardo Longoni, pensé que la mejor manera de pescarlos
era estar en el mismo hotel donde ellos se alojaban, un hotel de “veinticinco
estrellas”', algo que nunca más en mi vida volvería a ver. Con Longoni nos
turnábamos para hacer guardia en la puerta y poder agarrarlos, sobre todo a
Gabo, con quien no había hecho ningún tipo de contacto antes de viajar.
Finalmente, como a las ocho de la noche, vino Longoni y me avisó: “Llegó tu
hombre, está en la recepción”. Salí volando y ahí estaba con Mercedes. Me
reconoció en seguida porque no hacía mucho que había estado con él, esto fue en
1995, al año siguiente. “Me han dicho que ibas a andar por aquí”, me dijo,
siempre bien informado. Se lo había adelantado mi padre.
“Vengo a
cubrir la inauguración de la cátedra Julio Cortázar, y me encantaría charlar
con usted.” “Bueno, bueno, después lo vemos.” Y se fue, no pude arreglar nada.
Al día siguiente había una reunión previa de la organización de la cátedra en
el hotel mismo, me lo volví a cruzar y me preguntó: “¿Qué vas a hacer aquí?”.
Le dije que me encantaría hacer una entrevista con él y con Carlos Fuentes
aprovechando que están los dos aquí. “Ah, va a ser difícil”, me dijo, “porque
yo no le doy entrevistas a nadie, y menos al mismo periodista que ya me
entrevistó hace un año. Con la que me hiciste ya tienes suficiente.” “Pero es
que los dos juntos...” Se me venía muy difícil la mano. Lo mismo me pasó con
Carlos Fuentes: “Te doy la entrevista, no tengo ningún problema, pero con Gabo
va a ser complicado...” Ellos son amigos, se estiman mucho; aunque creo que hay
una cuestión de estrellato. Pero en ese momento sentí que había fracasado
absolutamente, habían gastado un dineral metiéndome en ese hotel y no había
logrado lo que había dicho que iba a hacer. Cubrí la inauguración de la
cátedra, estuve un rato con ellos, pero no hubo forma de conseguir lo que yo
quería. Desayuné al día siguiente con Carlos Fuentes y le propuse: “Estoy
interesado en entrevistarlo a usted para la revista”. Como todos nos íbamos de
Guadalajara ese mismo día, me respondió: “Si quieres nos vemos pasado mañana en
el Distrito Federal y ahí hacemos la entrevista”. Fuentes había publicado en
ese momento Diana o la cazadora solitaria, así que tenía una excusa
periodística o literaria para entrevistarlo, pero aún me quedaba Gabo, que no
aflojaba.
Llegué al
DF y en el hotel encontré una decena de mensajes del diario porque ese día —yo
no estaba ni enterado todavía— se divulgó la presunta identidad del
subcomandante Marcos. En México el caos era terrible. La orden del diario fue
clara: había que cubrir esa noticia. Efectivamente había manifestaciones por la
Avenida de la Reforma, y yo —que nunca en mi vida había estado en México— no
tenía idea de qué eran la Reforma, el Zócalo, etcétera. No tenía máquina de
escribir, no tenía nada, pero lo importante para el diario era que había
alguien en el DF que podía contar aunque sea el color de lo que estaba pasando.
El problema era que este tema avanzaba, había más repercusiones, más novedades,
y yo tenía pendiente la entrevista con Fuentes al tiempo que seguía tratando de
concretar algo con García Márquez. Llamé entonces a Gabo a su casa: “Mire,
quisiera retribuirle de alguna manera lo que hizo por nosotros el año pasado,
fue tan generoso que quisiera invitarlo a comer”. “Ay, es que estoy como la
noria”, me contestó, “dando vueltas y vueltas”. Y me ponía una excusa tras
otra. Al final se apiadó de mí: “Bueno, hagamos una cosa, entrevistas no te voy
a dar porque ya te di, pero vente mañana a casa. Eso sí, como amigo, nada de
entrevistas”. Fantástico. Él sabía que un cronista en su casa iba a hacer un
trabajo periodístico aunque la consigna hubiera sido otra. Se lo comenté al
fotógrafo y otra vez la duda: “¿Y yo qué hago, llevo cámara o no?”. “Vos llevá
por las dudas, no sea cosa que te pase como a Merle. Pero no saques si él no
dice nada”. Llamé al diario: “No puedo cubrir lo del subcomandante Marcos;
tengo una entrevista con García Márquez y otra con Carlos Fuentes. Manden a
alguien”. Por suerte al día siguiente enviaron a un cronista de internacionales
porque empezaron a pasar cosas en Chiapas... El tema se agrandó tanto que días
más tarde Longoni terminó atravesando la selva mexicana.
Fui
aquella tarde a la casa de García Márquez que queda en las afueras del DF y es
su lugar de residencia habitual. Había una pareja de cubanos amigos de ellos,
estaba Mercedes, y efectivamente era una reunión de amigos. Parecía un
encuentro para tomar el té de las cinco de la tarde. En un momento los cubanos
empezaron a hablar de política y no sé qué comentario hizo Mercedes cuando
García Márquez le advirtió: “Ojo con lo que dices, recuerda que éstos son
periodistas”. Él tiene siempre presente su oficio de periodista y cuando tiene
uno delante sabe que todo ese material, todo eso que se habla, que se diga, que
se huela, va a terminar en una nota periodística, que fue lo que finalmente
hice después con ese encuentro. Cuando se fueron los cubanos, Mercedes me trajo
un regalito: era una especie de broche con la imagen de Julio Cortázar que le
habían dado a Gabo en la inauguración de la cátedra. Me dijo: “Toma, esto es de
un argentino, tiene que estar con un argentino”. Luego nos quedamos charlando,
y Gabo le recriminó al fotógrafo: “¿Y tú no me vas a hacer ninguna foto?”. A
los dos segundos, Longoni había montado casi un estudio fotográfico en el
living mientras se excusaba: “Yo esperaba que usted me diera permiso”. García
Márquez sabía que aquel encuentro iba a terminar en una nota periodística, por
eso invitó al fotógrafo a retratarlo. Y nos llevó hasta su estudio, donde él
trabaja permanentemente. En el fondo de su casa, pasando un jardín, hay una
casita, una especie de quincho grande donde tiene su gran escritorio, un
monitor enorme como el de Cartagena, una biblioteca gigantesca con libros y
discos, un living... y allí charlamos durante dos horas sobre cualquier cosa.
Tenía sobre el escritorio carpetas numeradas: no nos dijo de qué se trataba
pero eran los originales de Noticia de un secuestro. En ese libro se alternan
los capítulos sobre los secuestrados con los capítulos sobre las negociaciones.
Al ver esas carpetas le pregunté: “¿Y esto?” “Es lo que estoy escribiendo.” En
ese momento no sabía qué significaban esos números que alternaban entre una
fila de pares y otra de impares; después, cuando supe qué era lo que estaba
escribiendo, lo asocié con esas carpetas. Luego dijo, refiriéndose a la
computadora: “Tengo que imprimir el trabajo del día porque yo en estas máquinas
no confío; estos aparatos se devoran todo y uno nunca sabe, todo lo que hago lo
imprimo al final del día y a la noche lo leo tranquilo”. Quiso ponerse a
imprimir pero ninguna de las dos impresoras funcionaba, y yo tampoco me animaba
a ayudarlo para que no pensara que iba a aprovechar para espiar lo que estaba
escribiendo. Al final, terminamos los dos tirados sobre esa alfombra mullida
enchufando cables y viendo qué pasaba con las impresoras, hasta que vino Blanca
—su asistente en México— y resolvió el problema.
Lo cierto
es que pasé otra jornada inolvidable con él hablando de todo y de nada,
mientras pasaban frente a mí sus rutinas cotidianas que es todo lo que,
finalmente, después conté en lo que no fue una entrevista sino una nota
exclusivamente de color y de percepciones, mucho más humana todavía que la de
Cartagena el año anterior, porque se mostró en su intimidad con Mercedes, con
sus pinturas, con sus libros de fotos... Lamentablemente no volví a verlo,
aunque en los años siguientes intercambiamos un par de faxes. A través de mi
padre, que sí lo ve a menudo, recibo siempre saludos cariñosos de Gabo y de
Mercedes. Pero nada se compara con la imagen imborrable y maravillosa de
aquellos encuentros.
Daniel
Santoro
La
coherencia de un tímido metido en la política
A fines
de 1979, cuando la cúpula de la Iglesia católica argentina y el establishment
económico silenciaban el drama de los desaparecidos, Gabriel García Márquez
entregó al papa Juan Pablo II en Roma una carta denunciando la represión ilegal
de la dictadura argentina. Tres años antes, junto a Julio Cortázar, había
integrado el tribunal Russell que condenó a la Argentina.
Este
gesto de Gabo es coherente con un compromiso con la Política con mayúscula,
quizá tan profundo como el de escritor y periodista, y siempre desde la orilla
del pensamiento crítico que busca para América latina, como dijo cuando ganó el
Premio Nobel en 1982: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie
pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el
amor y sea posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de
soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Es un
compromiso que comenzó a nacer en él con los relatos de sus abuelos sobre la
matanza de jornaleros del banano en Aracataca en 1928, que reclamaban mínimos
derechos laborales a la monopólica United Fruit Company. No es un Compromiso de
escritorio, sino de alguien que sufrió hambre, pobreza y las contradicciones
del drama político colombiano en carne propia.
Su
abuelo, Nicolás Márquez Mejía, era un coronel que había peleado la Guerra de
los Mil Días del lado de los liberales. Su padre, el telegrafista Gabriel
Eligio, era miembro activo del Partido Conservador.
Sin
embargo, Gabo nunca militó en ninguno de los dos grandes partidos colombianos,
aunque en su adolescencia caribeña usaba su talento con la palabra para
escribirle discursos a candidatos a concejales y Gaitán era el héroe de su
infancia...
En 1957,
García Márquez viaja por la Alemania comunista y al volver escribe: “Para
nosotros era incomprensible que el pueblo de Alemania oriental hubiera tomado
el poder, los medios de producción, el comercio, la banca, las comunicaciones y
sin embargo fuera un pueblo triste, el más triste que yo había visto jamás”.
Esta misma sensibilidad la mostró luego de mirar el cadáver embalsamado de
Stalin en el Kremlin y escribir: “Nada me impresionó tanto como la fineza de
sus manos, de uñas delgadas y transparentes. Son manos de mujer”.
En 1959,
estuvo entre los fundadores de Prensa Latina, junto al argentino Jorge
Massetti, que es la agencia de noticias de la Revolución Cubana.
En 1996
después de escribir Noticia de un secuestro, un ignoto “Movimiento para la
Dignidad en Colombia” secuestró al hijo de un ex presidente y exigió para
liberarlo que Gabo asumiera la presidencia de Colombia. Su respuesta, frente a
la actitud de otros escritores como Mario Vargas Llosa, que fue candidato a
presidente del Perú por un partido conservador, fue coherente y sabia: no podía
asumir la responsabilidad de convertirse en el peor presidente de Colombia.
Fuentes
Vivir
para contarla, de Gabriel García Márquez, Sudamericana, Buenos Aires, 2002.
Gabriel
García Márquez, de Dagmar Ploetz, Edaf, Madrid, marzo de 2004.
“El poder
de Gabo”, de Jon Lee Anderson, revista The New Yorker, 1999, Nueva York.
Ediciones
de los diarios Clarín y La Nación.
Annamaría
Muchnik
Les voy a
leer la carta dirigida a Francisco Porrúa, su editor en Sudamericana, firmada
en México, octubre 30 de 1965. Dice lo siguiente:
Muy
estimado don Francisco:
El texto
definitivo de La hojarasca, que es el de la última edición, se lo haré llegar
por vía aérea a más tardar en 15 días. Dispongo de un solo ejemplar, muy
apreciado por su propietario, quien me ha hecho el favor de prestármelo para
sacar las copias. Le enviaré a usted dos copias a máquina firmadas por mí, y le
ruego ceñirse a ese texto para la impresión. La primera edición, que en caso de
tenerla será la que le mandará Carmen Balcells, está llena de errores y cambios
que enmendé posteriormente.
Le ruego
ayudarme en mi viejo deseo de centralizar todos mis libros en una sola
editorial. Los funerales de la Mamá Grande —un libro de cuentos en el cual,
para mi gusto, están por lo menos dos de las mejores cosas que he escrito hasta
ahora— fue editado por la Universidad Veracruzana y distribuido por Avándaro.
De acuerdo con el contrato, ellos son los propietarios de los derechos mientras
no se agote la edición, y tienen prioridad para la segunda, pero ignoro por qué
motivos el libro ha sido distribuido en una forma poco dinámica. No creo que
sea imposible adquirir los derechos directamente de ellos, si usted me hace el
favor de tratarles el asunto.
ERA tiene
El coronel y La mala hora. Un mes antes de que usted me escribiera la primera
carta había firmado con ellos para la tercera edición del primero y la segunda
del segundo. Se editarán el año entrante. Ignoro por completo cómo es o cómo se
podría tratar este asunto, pero si usted le ve alguna probabilidad le ruego
hacerles alguna oferta en el sentido de que renuncien a las ediciones planeadas
y le cedan los derechos a Sudamericana. Es la única tentativa que se me ocurre
y créame que me sentiría extraordinariamente complacido de que diera resultado.
Estoy, en
efecto, trabajando en mi quinto libro: CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Es una novela muy
larga y muy compleja en la cual tengo fincadas mis mejores ilusiones. Según mis
cálculos, los originales tendrán unas 700 cuartillas, de las cuales tengo
listas 400. A pesar de las dificultades con que trabajo en este libro que he
planeado durante unos 15 años, estoy haciendo esfuerzos para terminarlo a más
tardar en marzo. Lo tengo comprometido verbalmente desde hace unos seis meses,
pero le prometo seriamente que trataré de deshacer el compromiso para
contraerlo con usted. La señora Balcells debe estar ahora en Frankfurt. Tan
pronto como regrese a Barcelona y pueda ponerme en comunicación con ella, haré
esta gestión, y le aseguro que me dará una gran alegría poder cedérselo a
Sudamericana. Una vez terminado CIEN AÑOS DE SOLEDAD, empezaré a trabajar en EL
OTOÑO DEL PATRIARCA, que será una novela de unas 200 cuartillas —apenas más
larga que El coronel— y que, por supuesto, estoy en condiciones de comprometer
con usted, desde ahora, si a usted le interesa. Tengo tan avanzadas las notas
de esta novela, que no creo necesitar más de cuatro meses para escribirla,
cuando haya terminado la otra.
Le
agradezco su interés de que vaya en marzo al simposio de Buenos Aires. Después
de cinco años de esterilidad absoluta he logrado escribir de nuevo con una
fluidez que no quiero desaprovechar, y tengo la impresión de que un viaje pueda
distraerme demasiado de mi trabajo, pero le aseguro que correré el riesgo si me
invitan a participar de este simposio. Será una magnífica oportunidad para
conocerlo y saludarlo. Le reitero mi gratitud. Cordialmente suyo,
GABRIEL
GARCÍA MÁRQUEZ
Texto
enviado por Juan Carlos Botero
Gabriel
García Márquez es el novelista más importante de Colombia del siglo XX y,
quizá, de toda su historia literaria. Más aún, es probable que este colombiano,
nacido en 1927 en el pueblo ardiente de Aracataca, Magdalena, y ganador del
Premio Nobel de Literatura en 1982, sea el novelista más destacado de toda la
lengua castellana después de Miguel de Cervantes. Así lo señaló Pablo Neruda en
varias ocasiones, y así lo repetía el catedrático de la Universidad de Harvard,
Juan Marichal, cada vez que podía. Incluso, con el paso del tiempo, ese
veredicto no sólo se escucha con mayor frecuencia, sino que parece más acertado
y, ante todo, más justo.
Sin
embargo, un juicio de semejante calibre —aunque por naturaleza polémico y
controversial— resulta defendible en parte, por los altibajos tan particulares
de la historia de la literatura universal. A diferencia de otras culturas y de
otras lenguas, en donde la creación de grandes novelas ha sido una actividad
constante a partir del siglo XVII, en nuestra tradición hispanoamericana los
vacíos que existen en esta materia son abismales. “El idioma inglés posee una
tradición ininterrumpida”, explica Carlos Fuentes. En cambio, “el castellano
sufre un inmenso hiato entre el último gran poeta del Siglo de Oro, que fue una
monja mexicana del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz, y el siguiente gran
poeta que fue un nicaragüense andariego de fines del siglo XIX, Rubén Darío; y
una interrupción todavía mayor entre la más grande novela, la novela fundadora
del Occidente, Don Quijote, publicada en 1605, y los siguientes grandes
novelistas, Galdós y Clarín, en el siglo XIX”.
Para
tener una idea más exacta del tamaño de este vacío que se extiende en nuestro
idioma después de Cervantes, y de la diferencia que existe entre nuestra
tradición y otras culturas con respecto al arte de la novela, recordemos que
Benito Pérez Galdós —la cumbre siguiente en el gigantesco cráter que señala
Fuentes— nace en 1843, el mismo año que el monumental Henry James. Para
entonces, autores de la talla de Jane Austen y Walter Scott ya habían muerto.
Stendhal también. A Balzac le quedaban siete años de vida; a Nikolai Gogol,
nueve. Flaubert ya estaba escribiendo; Tolstoi y Dostoievski igualmente.
Thackeray ya había terminado su primera obra literaria, y Julio Verne, el padre
de la ciencia ficción, fantaseaba con ser un escritor. Además, maestros del tamaño
de Víctor Hugo, Charles Dickens, Alejandro Dumas, las hermanas Brontë y Herman
Melville, ya estaban publicando grandes novelas. El castellano tenía
novelistas, desde luego, pero eran talentos menores en comparación con aquellas
figuras colosales. Inclusive, durante el prodigioso siglo XVIII, ese período
tan fecundo que presenció el florecimiento de novelistas de la importancia de
Daniel Defoe, Jonathan Swift, Henry Fielding y Laurence Sterne en
Inglaterra, no surgió, en cambio, un
solo representante en España o en el Nuevo Mundo que estuviera a la altura de
esos talentos enormes. Y más todavía.
Para situar las cosas en su justa dimensión, vale recordar que cuando Leopoldo
Alas, Clarín (el otro referente que destaca Fuentes), concluye su famosa novela
La Regenta, en 1885, a Robert Louis Stevenson le falta apenas un año para
publicar Dr. Jekyll and Mr. Hyde; Tolstoi ya había escrito La guerra y la paz
16 años antes, y Dostoievski ya había publicado Crimen y castigo 19 años antes.
Pero no sólo eso. En el caso específico de Colombia, el vacío del género es
todavía más evidente. Nuestra primera gran novela, María, de Jorge Isaacs, se
publica en 1867, diez años después de Madame Bovary. Y mientras que en 1924 se
proclama La vorágine de José Eustasio Rivera como un acontecer literario (y
para América latina lo era), ese mismo año morirían dos gigantes de las letras
mundiales: Franz Kafka y Joseph Conrad; William Faulkner concluiría su primer
libro, y Thomas Mann publicaría La montaña mágica. Dos años antes, inclusive,
Marcel Proust había fallecido, Ernest Hemingway se había instalado en París y
aprendía su duro oficio en los cafés de las orillas del Sena, y James Joyce
había publicado su obra cumbre y monumental, Ulysses.
Por lo
tanto, todo parece indicar que es cierto y demostrable: al estudiar la
tradición novelística en español, después de Cervantes se extiende un desierto
de siglos, y luego, cuando el género por fin se sacude y recupera su prestigio,
es sólo a fines del siglo XIX, cuando aparecen las obras más significativas de
Galdós y Clarín. Sin embargo, para que de veras surja una figura de peso
universal, un autor que realmente trascienda las fronteras de su propia lengua
y cultura, un novelista de grandes ligas dotado de la riqueza narrativa de un
Melville, un Dickens, un Flaubert, un Stevenson o cualquiera de los autores
rusos, anglosajones o franceses ya mencionados, eso sólo se verá hasta
comienzos o, según la opinión del lector, hasta mediados del siglo XX. Para
entonces, en América latina ya se escuchaban las voces de narradores tan
distinguidos como Mariano Azuela, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Rómulo
Gallegos, Ricardo Güiraldes, Miguel Ángel Asturias, Roberto Arlt, Eduardo
Mallea y, desde luego, Jorge Luis Borges. No obstante, el grupo de escritores
que finalmente irrumpiría con una potencia arrasadora en el panorama mundial de
la novela, reconquistando el terreno perdido y renovando sus formas de
expresión como pocas veces antes en la historia —con una audacia liberadora y
una madurez asombrosa—, sería el conocido boom latinoamericano. Entre este
selecto cuerpo de escritores, sin discusión alguna, García Márquez ocupa un
lugar preponderante.
Es decir,
uno de los aspectos más relevantes del fenómeno literario conocido como el boom
latinoamericano es que, por primera vez en la historia del género luego de
Cervantes, otras culturas resultarían marcadas, influidas y afectadas por el
trabajo de una serie de novelistas en castellano. Pocas veces se dice y casi
nunca se admite, pero la verdad es que antes del siglo XX los novelistas en
español, gracias a sus innegables méritos y talentos, a lo mejor satisfacían el
apetito de sus lectores naturales, pero después de la publicación de Don
Quijote no hubo un solo representante de nuestro idioma que realmente tuviera
el aliento, la importancia o la universalidad para dejar una huella visible,
provocadora y significativa en la novelística de otros países. Claro: algunos
de estos escritores (entre ellos Isaacs, Gallegos y Rivera) fueron
indudablemente traducidos a otras lenguas, pero por lo visto su resonancia en
las mismas fue más bien menor, y en ningún caso tuvieron la repercusión que sí
tuvieron en otras culturas (incluyendo la nuestra) las obras de estos maestros
novelistas extranjeros que ya hemos señalado. Lo cierto es que las novelas en
español se consumían por quienes leían en español, y sólo con el célebre boom
latinoamericano es que el género en castellano tuvo la fuerza de rebosar
nuestros propios confines y de explayarse sobre otras naciones y otros mercados
de lectores. Entre este grupo de
narradores, repito, García Márquez ocupa un lugar estelar.
Ahora,
¿qué se puede decir que sucede hoy en día? Después de aquel sonado boom que
sacudió los cimientos del género, y no sólo en el idioma castellano sino
también en tantas otras lenguas, América latina ha presenciado una saludable
renovación de novelistas en muchos de sus países. Nuevas generaciones no han
vacilado en seguir el ejemplo de las anteriores, y pueblos como México, Chile,
Perú, Colombia y Argentina han estado a la delantera de la industria editorial.
El caso actual de España es parecido. Desde hace varias décadas la Península ha
gozado de su propio boom de novelistas. Se ha dicho muchas veces que hoy España
se lee a sí misma, ofreciendo una gran cosecha de narradores y una formidable
variedad de estilos. Autores como Camilo José Cela, Juan Benet, los hermanos
Goytisolo, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina, Arturo Pérez-Reverte, Javier
Marías, Enrique Vila-Matas y Almudena Grandes (para sólo mencionar unos cuantos
nombres) han estado claramente a la altura de satisfacer las ansias de un público
sediento de una literatura propia y nacional, de intachable calidad estética y
de verdadera proyección internacional. Aun así, me atrevo a pensar que ninguno
de estos novelistas contemporáneos, ni en América latina ni en España, ha
escrito una obra maestra que se pueda comparar con justicia a Cien años de
soledad, ni ha ofrecido una producción literaria tan rica y abundante, y, más
que nada, tan influyente, como la de García Márquez.
Porque
seamos claros: aun si en nuestro idioma no existe la misma competencia —por
decirlo de alguna manera—, en comparación con otros desde el punto de vista de
la creación de novelas, no por eso el mérito de este colombiano es menos
grande. En medio de la arrolladora avalancha de estupendos escritores que ha
visto el español en el siglo XX, quizás éste es el más leído, el más estudiado
y el más traducido de todos. Por supuesto, muchos otros han escrito novelas
brillantes, extraordinarias y deslumbrantes en castellano, pero casi ninguno
desde Cervantes ha escrito tantas, pues la obra total de García Márquez es
abrumadora, tanto en calidad como en número de páginas. Se trata de un cuerpo
de títulos asombroso, un legado de peso pesado y un conjunto de publicaciones
robusto y rebosante de sustancia. Mejor dicho, pocos autores en nuestra lengua
han creado una obra que sospechamos más perdurable (con la posible excepción de
Juan Rulfo), y a la vez tan vasta, extensa y, sobre todo, de mayor alcance
universal. En términos caseros, son muy contados los novelistas en castellano,
después del autor de Don Quijote, que han escrito tantos y tan buenos libros
como este famoso hijo del telegrafista de Aracataca.
II
Sin
embargo, una pregunta ineludible se impone. ¿Cuál es la explicación de la
importancia de García Márquez?
Lo
primero que habría que decir es que este autor, a través de su obra, no sólo ha
tenido el talento de concebir una visión propia y original de América latina,
sino que esa visión ha sido tan exitosa y persuasiva que la misma ha terminado
por confundirse con la realidad. Y eso no es poca cosa. Hoy en día, no es
extraño que nosotros mismos nos concibamos como descendientes de la estirpe de
los Buendía o como hijos de Macondo, y es probable que la idea que se tenga en
Europa, en el Oriente y en los Estados Unidos acerca de América latina, esté
alimentada, en buena parte, por el trabajo de García Márquez. En ese sentido,
ningún novelista antes del colombiano había tenido un impacto social y cultural
comparable.
Por ese
motivo, no deja de ser sorprendente que en Colombia proliferen juicios del
tipo: “García Márquez es apenas un buen periodista que ha retratado lo que aquí
vemos todos los días”. Es un hecho digno de meditar que esta clase de
afirmación sólo se escuche en nuestro país, pero en cualquier caso tiene algo
importante de cierto: esa realidad macondiana la vemos a diario. Sin embargo,
lo fundamental es que nadie antes que García Márquez la había identificado como
notable, ni la había rescatado de la banalidad de lo cotidiano, ni la había
elevado a las cimas del arte universal. En otras palabras, a pesar de estar tan
presente a nuestro alrededor, nadie antes que él la había vuelto visible, y por
esa razón no éramos conscientes de las particularidades mágicas, insólitas o
fantásticas de esa realidad —hasta que este novelista nos puso un espejo
delante de los ojos y entonces, por primera vez, nos vimos reflejados en el
mismo. Esa es la diferencia, y ése es su mayor aporte a nuestra cultura y a
nuestras letras. “¿Qué es la originalidad?”, se preguntó Nietzsche. “Es ver
algo que carece de nombre y por eso no puede ser mencionado, aunque nos esté
mirando a todos de frente. Tal como son los hombres, éstos requieren un nombre
para que algo les resulte visible. Aquellos con originalidad, son lo que casi
siempre han asignado nombres”. Y el
nombre que García Márquez ha asignado es Macondo.
En
cualquier caso, sabemos que no basta con ser un excelente reportero para
producir una obra de arte inmortal. Y la mejor prueba de ello es que si la
agencia de comunicación más prestigiosa del mundo enviara a su periodista
estrella a la costa atlántica colombiana, y aunque viviera allí el tiempo que
fuera, aquél jamás escribiría Cien años de soledad. Vale la pena insistir en
este punto: la mayor parte de los novelistas, entre otras cosas, describe y
recrea la realidad. Pero hay unos pocos talentos privilegiados que además
logran ofrecer una imagen tan coherente y contagiosa de la misma; una
interpretación personal tan convincente, que la terminan definiendo para los
demás. O sea, si hoy interpretamos nuestra realidad como macondiana, es gracias
a la literatura de García Márquez, y no al revés. Este conjunto de textos tuvo
la fuerza de imponer una manera nueva de percibir nuestro espacio. Se trata de
una obra espejo, mediante la cual los habitantes de América latina nos
identificamos y nos reconocemos. A veces, inclusive, es tan poderosa la
suplantación, que al caminar por el continente, en vez de ver el mundo
tangible, lo que vemos es el ámbito de García Márquez, y entonces decimos:
“Esto es Macondo”.
Sin duda.
Nietzsche tenía razón: para proporcionar un nombre primero hay que ver lo que
resulta invisible a los demás, aun si aquello nos rodea a todos y a cada
instante. Por ejemplo, es innegable que muchos autores han percibido y
retratado la insignificancia del hombre anónimo frente a las apabullantes
maquinarias burocráticas, y han descrito la angustia, la frustración y la
imposibilidad de entrever un sentido, una explicación o una respuesta ante la
implacable persecución de los grandes sistemas judiciales, o de los aplastantes
regímenes totalitarios o de los laberínticos engranajes del poder. Pero por
algo será que sólo asociamos esas situaciones con la obra de un autor nacido en
Praga, y entonces no vacilamos en definirlas como “kafkianas”. Igualmente, muchos autores han tocado el tema
del heroísmo sin esperanza, la actitud valiente aunque quimérica, la ensoñación
tenaz más conmovedora y el idealismo de las causas dignas aunque perdidas. Pero
por algo será que no identificamos esos lances con esos autores y, en cambio,
no dudamos en resumir esa posición como “quijotesca”. Igual sucede con Dante,
Shakespeare, García Lorca, Orwell, Faulkner y Borges: ejemplos muy contados de
artistas que han logrado retratar un aspecto crucial de la vida, de la realidad
o de la condición humana, al punto que esas figuras se convierten en puntos de
referencia, adjetivos y hasta sinónimos de ese mismo aspecto fundamental. Por
esa razón, cuando describimos una situación como kafkiana, quijotesca, dantesca
o borgeana, no tenemos que agregar nada más, pues basta con mencionar uno de
esos nombres para condensar todo un mundo —para resumir un concepto, una idea—
y para expresar lo que queremos decir. De la misma manera, muchos autores han
narrado aspectos, fragmentos o elementos cruciales de la realidad
latinoamericana, y unos, inclusive, han enfatizado su talante desmesurado,
fabuloso o mítico. Pero por algo será
que no denominamos esos aspectos según las obras de esos escritores y, en cambio,
no dudamos en utilizar el vocablo “macondiano” para hacerlo. Y en ese momento,
aquel nombre resulta suficiente para resaltar uno de los rasgos más distintivos
de la vida en América latina: su carácter desbordante, surrealista, onírico o
fantástico.
Además,
el solo hecho de que podamos interpretar nuestra realidad como macondiana de
por sí constituye un enorme reconocimiento al autor de Cien años de soledad. No
en vano, insisto, esa interpretación colectiva no la solemos asociar con ningún
otro escritor. Más aún, de todos los autores que produjo el famoso boom
latinoamericano, quizás el único que ha descrito y definido nuestra realidad
continental, de una forma compartida a un nivel popular sin precedentes, es
García Márquez. Porque, repito: aunque existen grandes escritores que publican
grandes novelas, sólo hay unos cuantos artistas que pueden definir nuestro
espacio común hasta el extremo de imprimirle su sello personal; hasta
relacionar, identificar y semejar la realidad cotidiana con su obra o con su
nombre. Y tal vez eso es lo que más nos da una medida de la importancia del
creador.
III
Sin
embargo, el valor de García Márquez no se limita a su visión tan original y
divulgada de América latina. Como todo gran novelista, a la vez este autor ha
creado un mundo propio. Su genialidad no ha consistido únicamente en reflejar
la realidad (pues para eso basta la prensa), sino en aportar otra: la suya. Es
decir, las grandes novelas reflejan aspectos de la vida, de la condición
humana, de nuestros paisajes y de nuestras pasiones, pero, tal como lo ha
señalado Mario Vargas Llosa en diversos ensayos y artículos, su auténtico valor
radica en lo que añaden. Y en el caso de las de García Márquez, lo que añaden
es un mundo verbal autónomo, original y convincente, rico en personajes,
imaginación y sucesos significativos, que además ilumina, con el misterioso
fulgor de las obras de arte, el mundo real.
Adicionalmente,
García Márquez ha escrito varios libros que sin duda se mantendrán vivos en el
tiempo. O sea, muchos de sus textos seguramente superarán el transcurso de los
años, y no les pasará lo que ha ocurrido con el trabajo de tantos narradores de
nuestro idioma cuyos escritos, por desgracia, han envejecido antes de tiempo.
Numerosos críticos consideran que esa es la prueba de fuego de una obra de
arte, la última y la más difícil: su constante valoración a lo largo de los
años, su permanencia en el tiempo, su capacidad para enfrentarse a los
cambiantes gustos y estilos, a las pasajeras tiranías de las modas y, no
obstante, cada vez impactar, sorprender y deleitar a los siguientes ejércitos
de lectores. Esa calidad literaria, que siempre parece fresca y triunfante
(pero siempre está sujeta a los azares y caprichos de la recepción del
público), es lo que, en concepto del crítico alemán Hans Robert Jauss, hace que
un texto se termine por convertir en un clásico: no tanto un valor absoluto,
eterno e incuestionable, intrínseco a la obra, sino una confrontación
permanente con las nuevas olas de lectores que así como pueden aplaudir ese
poema, cuento, drama o novela —y de esa manera mantenerlo vivo y vigente—,
también, en cualquier momento, lo pueden sepultar con su rechazo o silenciar
con su indiferencia. De ahí el verdadero mérito que una creación artística
sobreviva el flujo de los siglos, porque si lo hace (si se lee, consume,
estudia o aprecia de alguna forma), no es sólo porque la presente masa de espectadores
la ha abrazado como suya, sino porque, mal que bien (y a pesar, tal vez, de
haber vencido períodos y hasta siglos de desprecio, desdén o desconocimiento),
esa obra ha sorteado, previamente, el despiadado examen de todas las
generaciones anteriores. En otras palabras, La Odisea, de Homero, por ejemplo,
es una pieza clásica no porque así lo han decidido una serie de académicos
ilustres, sino porque a pesar de que la realidad que recrea este maravilloso
poema épico —a través de las peripecias, aventuras y desventuras del
incomparable héroe, Odiseo— ha desaparecido, y a pesar de que han pasado casi
tres mil años desde su primera aparición en público, cada generación de
lectores (u oyentes, como sucedió en sus comienzos, dado que éste, al igual que
tantos poemas de su tiempo, era literatura oral destinada no a ser leída sino a
ser escuchada) la ha saludado con admiración y entusiasmo, y ha celebrado la
plasticidad, la belleza, la ternura y la heroicidad de su historia. Así sucede
con todas las piezas que se han conservado actuales y latentes en la
apreciación de una sociedad, aun si ésta haya mudado sin descanso de gustos,
hábitos, sensibilidad, costumbres y preferencias estéticas; si hoy se consumen
esas obras de arte, eso quiere decir que las mismas se han enfrentado a la
larga e incesante sucesión de gentes del pasado... y han emergido victoriosas
de su implacable escrutinio. Lo cual es mucha gracia.
En
verdad, creo que ése es el caso de García Márquez. Todavía resulta algo
temprano en la historia de la literatura para aventurar este tipo de opinión,
pero no creo estar equivocado cuando pienso (junto con incontables críticos y
lectores) que varios de los libros de García Márquez seguramente superarán esta
severa prueba del tiempo. No me cabe duda de que las futuras generaciones
admirarán la paciente dignidad del viejo coronel, podrido en la miseria, de El
coronel no tiene quien le escriba; y se mortificarán con el honor que
esclaviza, como un destino fatal, a los protagonistas de Crónica de una muerte
anunciada; y se deslumbrarán con la prodigiosa espiral de tiempo y palabras que
retrata la soledad del poder en El otoño del patriarca; y apreciarán la tenacidad
del amor que derrota el paso arrasador de los años en El amor en los tiempos
del cólera; pero, sobre todo, quedarán atónitos y boquiabiertos con la
fantasía, la magia y la aventura de la saga de los Buendía en Cien años de
soledad. Estas novelas deleitan, entretienen y apasionan, pero son,
principalmente, grandes obras literarias. Es decir, realidades verbales que
esclarecen los rincones más ocultos del corazón humano.
Como si
todo lo anterior no fuera suficiente, García Márquez ha escrito más de una obra
que parece bordear la perfección. Libros completos, redondos, sin fisuras ni
resquicios, de técnicas magistrales y estructuras inexpugnables, en donde
aparentemente no les falta un punto ni les sobra una coma. En el arte no existe
la perfección, desde luego. Pero el éxito de estas ficciones consiste en
aparentarla, en sugerirla, en imponer una contundencia que no deja espacio para
la incredulidad o la duda en la mente del lector. Al concluir varias de las
novelas de García Márquez queda flotando un aroma de fatalidad, una impresión
final que enmudece, como si el texto dijera: “Así está hecho, y sólo podía ser
de esta manera”. Se trata de un estilo que fluye sin tropiezos, como un río de
aguas recias pero cristalinas que discurre ante nuestra mirada hipnotizada, que
atrapa nuestra atención y absorbe nuestro pensamiento hasta el punto de
silenciar nuestras reservas y de anular nuestra facultad crítica.
Más aún,
dada la naturaleza barroca y exuberante de nuestra lengua, que este autor haya
escrito libros tan apretados y concisos, de una prosa tan limpia y despojada de
adornos como se aprecia en La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba,
Relato de un náufrago y Crónica de una muerte anunciada, es una proeza digna de
admiración. Ahora, no es casual que el colombiano haya escrito estos libros
justamente cuando se encontraba atrapado bajo la poderosa órbita de influencia
de unos de sus más grandes maestros y precursores: Ernest Hemingway. Su prosa
de esa etapa de su formación como novelista (en contraste con la primera,
dominada por la figura de Kafka, como se advierte en su libro de cuentos, Ojos
de perro azul; y también con la segunda, dominada por la obra de Faulkner, como
se nota en su primera novela, La hojarasca), es muy semejante a la del
norteamericano, y por ese motivo comparten las mismas cualidades fácilmente
reconocibles. Se trata, en efecto, de una escritura compacta, transparente,
sobria y concisa, apretada al máximo, en donde se sugiere mucho más de lo que
se lee, lo cual activa aún más la imaginación —y, por ende, la participación—
del lector. Lo que es sorprendente por otra razón: la mayor parte de los
novelistas escribe obras menores durante su respectivo período de formación;
textos garabateados a la sombra abrumadora de esas figuras precursoras y cuyas
deudas con las mismas resultan demasiado notorias; páginas que tienen más de
ajeno y prestado de sus padres literarios que de su propia cosecha. En el caso
de García Márquez, por el contrario, a lo largo de su período de formación (que
culmina con Cien años de soledad), él escribió incontables páginas ejemplares y
varias de estas obras extraordinarias. Algo casi nunca visto, por supuesto, en
la historia de la literatura. Sin duda, esa capacidad de síntesis es lo que tal
vez más se le aplaude a la escritura de Borges, y en el caso de García Márquez
es sorprendente la calidad artística que alcanzó con estos textos. Cuando un
autor llega a apretar nuestro idioma hasta dejar apenas lo esencial, sin
descripciones superfluas o palabras excesivas, y lo hace sin caer en un estilo
exageradamente seco, carente de gracia y riqueza, el resultado final es una
combinación feliz que pocas veces se ha dado en nuestra tradición novelística.
IV
Naturalmente,
unos argumentarán que no todos los libros de García Márquez son geniales. Y
estoy de acuerdo. Desde mi orilla (y seguramente cada lector tendrá su propia
lista de títulos favoritos o aversos), hay dos que considero menos afortunados.
El primero es la colección de relatos publicada en 1992, Doce cuentos
peregrinos. Salvo por el prólogo (que es una exquisitez, además de un texto
esclarecedor sobre el misterioso proceso de cómo escribir un cuento), y el
relato “El rastro de tu sangre en la nieve”,
este libro no parece digno de la pluma de nuestro Premio Nobel de
Literatura. García Márquez es un gran periodista, un maestro cronista y
reportero, escritor de guiones para cine y autor de una obra de teatro, y, como
ya lo hemos dicho, uno de los más grandes novelistas en lengua castellana de
todos los tiempos. Pero no olvidemos que, adicionalmente, él es uno de los
cuentistas más importantes que ha dado nuestro continente en toda su historia.
Junto con Borges, Rulfo y Cortázar. García Márquez ha escrito varios de los
relatos más notables de América latina y algunos de los más bellos del habla
hispana. Cuentos como “La siesta del martes”, “Monólogo de Isabel viendo llover
en Macondo”, “En este pueblo no hay ladrones”, “Ojos de perro azul”, “El último
viaje del buque fantasma”, “La mujer que llegaba a las seis”, y tantos más, son
apenas un muestrario de relatos maestros. Muchas veces se ha dicho que el
género del cuento, debido a sus requisitos de brevedad y concisión, a la
exigencia de comprimir, en un formato muy reducido, una historia cautivante que
pueda subsistir en la imaginación del lector, es uno de los más difíciles de la
literatura. Sin duda eso es cierto. Y tal vez por eso mismo resulta evidente
que la mayoría de estos doce cuentos peregrinos más bien parecen artículos de
prensa que no han sido convertidos, de manera exitosa, en relatos literarios.
El mismo autor, en el prólogo titulado “Por qué doce, por qué cuentos y por qué
peregrinos”, afirma que su intención original era que éstos fueran “cuentos
cortos, basados en hechos periodísticos pero redimidos de su condición mortal
por las astucias de la poesía”. Un poco más adelante confiesa que en otro
momento cambió de opinión, y pensó que “en realidad no debían ser cuentos sino
notas de prensa”, y hasta guiones para el cine o la televisión. En efecto, como
lector uno percibe la crisis de identidad de estos textos, quizá su falta de
autenticidad y su naturaleza ambigua. En varias ocasiones, inclusive, se
sospecha que los mismos fueron llevados a término por la célebre disciplina de
hierro de su autor, pero no porque de veras gozaran de su propia autonomía para
subsistir romo cuentos independientes, y a lo mejor su verdadera índole era la
de ser otra cosa distinta: estupendas notas de prensa (como algunos
efectivamente lo fueron), o buenas anécdotas para después ser llevadas a las
pantallas del cine o la televisión. En todo caso, al concluir la lectura de
estos relatos, la sensación que prevalece, más que cualquier otra, es una de
insatisfacción, como si algo esencial hubiera quedado faltando (una especie de
cena insuficiente), antes que el acostumbrado asombro o la plenitud que se
saborea al cenar tantos libros de García Márquez. En fin, destacados críticos
en su momento señalaron que, más que un genuino libro de cuentos, este volumen
parecía una recopilación de desechos periodísticos. Y probablemente tenían
razón.
Uno de
los relatos sirve para ilustrar esta impresión: “El verano feliz de la señora
Forbes”. Esta es la historia de dos niños que pasan sus vacaciones en manos de
una institutriz alemana, y la mujer es tan rígida e insoportable que ambos
deciden matarla. Sin embargo, en donde el texto realmente encalla es en el tema
marino. Los dos hermanos nadan alrededor de la isla de Pantelaria, en Sicilia,
y con frecuencia bucean en esas aguas del Mediterráneo durante los días de
descanso, pero cada vez que se lanzan al mar salta a la vista que no resulta
verosímil lo que están haciendo. García Márquez siempre ha dicho que la
literatura es una gran mentira que se construye sobre pequeñas verdades, y ésa
es una observación aguda y penetrante. Incluso si la historia que el escritor
nos refiere es de corte fantástico, su ancladero en la realidad tiene que ser
tan sólido que la misma jamás se cuestione ni se ponga en duda, y en eso
estriba el éxito de la ficción. Por ese motivo, cada vez que García Márquez (al
igual que tantos escritores contemporáneos, pues se trata de una práctica casi
obligatoria desde los tiempos de Flaubert) incursiona en un tema o un mundo que
no conoce a fondo, él lo investiga hasta en sus más ínfimos detalles,
justamente para recrear y proporcionar esa atmósfera convincente y esa
perentoria sensación de verosimilitud, porque el maestro sabe que es,
precisamente, en esos detalles pequeños pero veraces que se levantará toda la
narración. No obstante, en este cuento la investigación del deporte acuático no
se hizo o se hizo sin producir los frutos necesarios, porque las
inconsistencias que suceden a la hora de bucear son tan simples y notorias
—empezando con el hecho elemental de que los jóvenes llevan oxígeno en los
tanques y no aire comprimido, lo cual los envenenaría a los pocos pies de
profundidad—, que la ficción termina por perder su credibilidad y de esa manera
sucumbe y se desbarranca por el abismo de nuestra desconfianza. Como bien lo
señaló Vargas Llosa: “La primera obligación de una novela —no la única, pero sí
la primordial, aquella que es requisito indispensable para las demás— no es
instruir sino hechizar al lector: destruir su conciencia crítica, absorber su
atención, manipular sus sentimientos, abstraerlo del mundo real y sumirlo en la
ilusión”. En otras palabras, cuando no
creemos lo que el autor nos está contando, no podemos avanzar con la historia,
pues para seguir leyendo tenemos que seguir creyendo, y creyendo hasta el punto
final. En cambio, cuando un escritor tiene el talento de contarnos las cosas de
una forma persuasiva, creíble y convincente, no lo ponemos en duda en ningún
momento, así nos relate hechos fantásticos e imposibles, como una muchacha que
se eleva por los aires, agarrada de una sábana de bramante, hasta perderse en
los aires del atardecer, como le ocurre a Remedios, la bella, en Cien años de
soledad, o como le pasa a Gregorio Samsa que un buen día, tras un sueño
intranquilo, se despierta en su cama convertido en un gigantesco insecto, como
lo vemos en La metamorfosis, de Kafka. Mientras dura la lectura, en suma, la
condición de la credibilidad resulta insoslayable, pero por desgracia ésta no
se cumple en “El verano feliz de la señora Forbes”. Más aún, sospecho que,
lamentablemente, ese requisito tampoco se manifiesta en casi ninguno de los
otros textos de esta colección de cuentos.
Quizás
otro libro menos logrado (y aquí, desde luego, cada uno opina desde su propia
perspectiva) es Del amor y otros demonios. La idea que originó esta novela
publicada en 1994, sin duda era buena. Se trata de una historia de amor que
toma lugar en Cartagena de Indias en el siglo XVIII, cuando el miedo, la
ignorancia y las supersticiones de la época llevaban a las personas a actuar
contra el sentido común y los sentimientos más puros, y todo ese ambiente
opresivo y asfixiante es contrarrestado por la bella figura de la protagonista
principal, una niña fresca e irreverente llamada Sierva María de Todos los
Ángeles. Esta joven está dotada de una espléndida cabellera color cobre, pero
una mañana es mordida por un perro con mal de rabia en el mercado público, y
eso determina su encierro en un convento de clausura, su proceso de exorcismo
y, finalmente, su muerte. Como tantas obras que ha escrito el maestro
colombiano, ésta prometía ser otra pequeña joya literaria. Sin embargo, la
novela tal y como quedó redactada, tropieza y falla, a mi juicio, por razones
puramente formales. Y tal vez eso es lo más extraño, porque García Márquez es
famoso por sus brillantes soluciones estructurales, sus arquitecturas
narrativas que parecen a prueba de sismos y a toda suerte de catástrofes
naturales.
Perturba,
por ejemplo, que en este libro los personajes sean inconsistentes o equívocos
—cuando esa inconsistencia no obedece a la intención del autor. Es decir, no
estamos hablando de la ambigüedad característica de los protagonistas de la
narrativa moderna, cuyo temperamento, muchas veces contradictorio, busca
iluminar los matices, los dobleces o la complejidad de la psicología humana. En
este caso, más bien, dicho rasgo se asemeja a una falta de identidad clara y
precisa, pues además es una falla compartida entre varios de los actores, tanto
principales como secundarios.
El héroe
Cayetano Delaura, por ejemplo, el sacerdote que se enamora de la niña y lo
arriesga todo por salvarla de su destino, es, en ocasiones, intrépido y audaz,
pero en otras es blando y débil; por momentos su personalidad parece marcada
por el coraje y la valentía, pero en otros parece llevada por la cobardía y el
miedo. Su final es bastante esclarecedor al respecto. Debido a la fuerza de su
pasión, el sacerdote arroja por la borda su vocación y su investidura religiosa
y poco antes de lanzarse a socorrer a la mujer de su vida, es tal su poder y su
determinación que el médico Abrenuncio, “el más notable y controvertido de la
ciudad”, “no pudo ocultar la admiración que le causaba aquel hombre recién
liberado de las servidumbres de la razón”.
No obstante, tan pronto ingresa al convento en donde la muchacha está
recluida, Delaura se encuentra con un grupo de monjas que le gritan “¡Vade
retro!”, y eso parece bastar para derrotarlo. Por alguna razón que no resulta
creíble en alguien que, minutos antes, había demostrado tanta voluntad y tanto
fervor, ahí él entrega sus armas, y el narrador nos informa: “Cayetano llegó al
final de sus fuerzas”. Inclusive, este final que desconcierta es gráficamente
palpable. En la parte superior de la página 188, de la edición de Mondadori,
Cayetano aún despierta esa admiración por su arrojo y energía al médico
Abrenuncio, pero en la parte superior de la página 189, el personaje ya se
encuentra vencido y aniquilado. O sea, como lector uno siente que ese cambio
constituye un viraje incomprensible, un bandazo demasiado repentino,
inexplicable e injustificado en el estado anímico del protagonista.
Por su
lado, Sierva María parece “una criatura invisible”, una niña “sigilosa” y “de
una timidez irredimible”, pero de pronto actúa con un desenfreno y una
seguridad de carácter que no es propia de los tímidos. En efecto, en la mayoría
de las escenas en que vemos a la joven, ella procede con aplomo y hasta con
violencia, pero ante todo con una templanza de personalidad que no corresponde
a sus escasos doce años de edad ni a su timidez supuestamente distintiva. De
igual manera, el marqués de Casalduero, el padre de la inocente víctima, por
fin descubre un verdadero amor en toda su vida (su propia hija), pero tan
pronto lo hace, la encierra en un convento por rumores endebles que no resultan
creíbles ni siquiera para él mismo. Y hasta un personaje menor, como es el
gobernador de la ciudad, adquiere a una esclava abisinia para satisfacer sus
apetitos carnales y masculinos, poro luego os descrito como un sor afeminado y
“mariposón”.
En todo
caso, quizás el problema más grave de la novela es que está rematada antes de
tiempo. La edición de la casa Mondadori consta de 190 páginas, y comienza con
un hermoso prólogo en el que el narrador recuerda el día en que el jefe de
Redacción de su periódico, Clemente Manuel Zabala, le ordenó que fuera al
antiguo convento de Santa Clara, porque “estaban vaciando las criptas
funerarias”. El hecho es que a la altura de la página 160 (cuando apenas faltan
treinta para concluir la lectura y cerrar el libro), aún no han comenzado
varios de los temas más importantes de toda la historia. Por ejemplo, todavía
no ha empezado de verdad la relación de amor entre Sierva María y Cayetano
Delaura, la cual constituye el eje central de la novela y es el asunto principal
de toda la obra. Tampoco se ha iniciado el espeluznante proceso de exorcismo al
que condenan injustamente a la niña, lo cual se pensaría que sería desarrollado
en mayor detalle. Y en esas escasas treinta páginas que restan, como es
inevitable, al autor no sólo le toca desarrollar esos temas cardinales, sino
que además le falta atar los cabos sueltos que subsisten entre todos los
personajes y los asuntos principales y secundarios, como por ejemplo entre el
marqués y su esposa, Bernarda Cabrera, y entre el marqués y su querida loca,
Dulce Olivia. También le falta relatar el desenlace que ya vimos de Cayetano
Delaura, el final de Sierva María y el destino de su amiga, Martina Laborde. En
otras palabras, los últimos fragmentos no alcanzan para liquidar, de manera
equilibrada y verosímil, esa cantidad de cuestiones pendientes, pues si en la
página 160 hay tanto material que ni siquiera ha comenzado y también hay tanto
otro sin resolver y cuyos extremos siguen sin amarrar, en las pocas páginas que
faltan los temas se terminan amontonando y embotellando, y por esa razón muchos
se quedan en el aire, mientras que otros parecen concluidos a la fuerza,
despachados de prisa con dos o tres brochazos del narrador. La sensación que
finalmente queda, entonces, es que la novela concluye abrupta y
artificialmente, de una forma un tanto atropellada, como si antes de llegar al
final de una película de pronto se encendieran las luces en la sala de cine.
Mejor dicho, en vez de transmitir la contundencia definitiva de las obras maestras
de García Márquez, en esta novela la impresión que predomina es la de una
historia inconclusa e inacabada. O, como ya se anotó, terminada antes de
tiempo.
V
Por
suerte, la importancia de cualquier artista depende de sus aciertos y no de sus
posibles deslices. Además, ni siquiera Shakespeare mantuvo el mismo nivel de
calidad en cada una de sus obras. ¿Acaso alguien piensa de veras que Much Ado
About Nothing es comparable a Hamlet? Todo autor, y más aún si es tan prolífico
como García Márquez, escribe libros en distintos registros, con formatos
diferentes, intenciones diversas y expectativas intransferibles. Recuerdo que
cuando se publicó Crónica de una muerte anunciada, en 1981, algunos críticos y
periodistas lanzaron una ofensiva bastante pueril contra la novela, y la punta
de lanza de su argumentación era que ésta era una pieza menor porque claramente
no tenía la importancia de Cien años de soledad. Lo cual no era más que una
tontería. El novelista no pretendía que esta nouvelle se midiera con aquella
obra maestra, pero además ese juicio absurdo impedía una justa valoración de la
misma. Entonces fue necesario quo pasara algo de tiempo (o como suele suceder en
nuestros países, que la crítica extranjera primero celebrara y destacara los
méritos propios de la obra) para que las voces disonantes finalmente
reconocieran las cualidades de esta gema tan valiosa. En efecto, en Crónica de
una muerte anunciada se parecen trenzar, con la destreza de un orfebre
consumado, los testimonios de casi cincuenta personajes sin que se noten por
ningún lado las costuras entre unos y otros, hasta que la suma de todas esas
voces individuales se parecen juntar y traducir en la misma conciencia de la
comunidad. Y así se va llegando, página a página, con una escritura dotada de
una altísima poesía y a la vez de una asombrosa transparencia (salpicada de
imágenes inolvidables, pinceladas brillantes, ideas graciosas y observaciones
geniales), a ese desenlace arrasador e incontenible, el crimen atroz, el
asesinato del protagonista principal, aquella formidable conclusión que, por
cierto, es anunciada, literalmente, desde la primera línea de la novela (y se
reitera poco menos que al final de cada capítulo), pero, aun así,
admirablemente, el libro no se puede soltar un instante... Y eso constituye una
prueba más del enorme talento de este narrador.
De otro
lado, si algunas de las obras de García Márquez no poseen, en la opinión de un
lector, la misma calidad que otras, en aquellas donde sí la tienen es tanta,
que éstas sencillamente quitan el aliento. Además, son la mayoría. Y es en esos
libros donde más se aprecian los aportes del colombiano a la literatura
universal. Y esos aportes, desde luego, son muchos.
Por un
lado, está el realismo mágico, aquel recurso literario que ya comentamos y que
resultó tan apropiado para describir la realidad latinoamericana, en donde lo
mítico, lo fantástico y lo concreto se parecen hilvanar con la sabiduría de un
maestro. Sin embargo, este recurso representó un arma de doble filo, porque fue
tal la excelencia con que García Márquez lo empleó que, irónicamente, él mismo
lo agotó para siempre y lo clausuró para el uso de los demás. Es decir, el
autor le estampó una huella personal tan clara y notable a ese estilo (como
sucede con el de Borges, que no es sólo altamente contagioso, y por ende muy
peligroso para un escritor en ciernes, sino que es uno de los más
inconfundibles del continente), que nadie más pudo seguir su camino sin que se
evidenciara el préstamo y sin que se notara, a leguas, la usurpación. No
siempre se dice, pero ése es, justamente, uno de los parámetros más fidedignos
para medir la trascendencia de un escritor: cuando la potencia de su aliento es
tan avasalladora que parece anular o absorber las voces de sus contemporáneos y
los condena a ser simples imitadores.
Durante muchos años los concursos de cuento y novela, tanto en América
latina en general como en Colombia en particular, estaban plagados de lo que se
llamaba “la persistente sombra de García Márquez”, y las señas de su influencia
eran tantas y tan palpables que las huellas de su prosa se manifestaban por
todos lados en los textos de cientos de jóvenes que trataban de encontrar, como
fuera, una voz propia y original. Creo que dice mucho del peso de esta figura
literaria el que haya tenido semejante impacto entre sus coetáneos, pero hay
que agregar que también dice mucho de la salud de la literatura colombiana,
pues el país ha producido, desde la irrupción de García Márquez en el panorama
mundial de las letras, varias generaciones de narradores que, a pesar de sus
muchísimas diferencias, comparten un rasgo común: sus trabajos no son
“garciamarqueanos”. O sea, estos autores no son meros imitadores. De cualquier
modo, son pocas las veces en nuestro idioma que un novelista haya producido
—paradójicamente— un efecto tan abrumador, tan seductor y pegadizo —y por eso
mismo tan nocivo y amenazador— sobre los aprendices del oficio. Sin duda, ése
es un indicio más que refleja la importancia de nuestro Premio Nobel. Y la
larga lista de talentos menores, de admiradores anónimos que han naufragado en
su estela, vencidos en el campo de batalla de la originalidad; los que no han
logrado desprenderse de las garras de su modo de expresión tan singular y han
perecido en la forma de parodistas, es el botín de guerra de cualquier gigante
literario. El inevitable saldo de toda poderosa influencia artística.
Y todavía
hay más. Como se ha dicho tantas veces, García Márquez ha compuesto (el uso del
verbo es más que intencional) una de las prosas más notables, más bellas y más
musicales del castellano. Así como los estilos de otros narradores se pueden
caracterizar, por ejemplo, por su afinidad al idioma de la calle, y otros por
su eficacia, y otros más por su sencillez o por la dureza de su léxico, el de
García Márquez se reconoce por su lirismo y por el aire imperecedero de su
poesía. Mario Vargas Llosa, al describir el proceso de creación de su maestro y
precursor, Gustave Flaubert, y su esfuerzo por lograr aquella escritura tan
artística que se aprecia en Madame Bovary, nos dice que, para el francés, la
sonoridad era un aspecto esencial, el ingrediente o toque final requerido para
que cada una de sus frases estuvieran satisfactoriamente pulidas. “Si no suena
bien —anota—, si no es melodiosa y envolvente, si sus virtualidades sonoras no
constituyen en sí mismas un valor, [la frase] no es correcta, las palabras no
son las justas, la ‘idea’ no ha sido cabalmente expresada.” Pienso que eso mismo se puede decir de la
escritura de García Márquez. En verdad, su prosa está hecha de una fluidez que
hechiza, cuyo ritmo, luminosidad y armonía ejercen un efecto que deslumbra. En
la frase de Jorge Luis Borges, es su “música verbal” su gran creación: la que
envuelve al lector y lo seduce sin remedio. Sobran dedos en una mano para
contar los autores en español, entre ellos Rulfo y Lezama Lima, que han estado
tan atentos a la musicalidad de la prosa como García Márquez. Y en su caso, esa
escritura es tan poética y melódica, que se puede paladear y saborear, una y
otra vez, sin agotarse jamás.
Ahora, en
el caso específico de la literatura colombiana, García Márquez ha contribuido
con otros aportes igual de trascendentales. En primer lugar, él fue uno de los
primeros autores en entender que la novela de la violencia (sin duda el tema de
mayor relevancia en nuestro tiempo) no se podía reducir a un mero catálogo de
muertos y mutilados. Comprendió, quizás antes que nadie, que la función del
escritor no podía limitarse a escandalizar a los lectores o “ponerles los pelos
de punta”, y que el verdadero drama de los episodios más traumáticos de nuestra
historia no era tanto el de las víctimas asesinadas (que, como él mismo
escribió en octubre de 1959: “los pobrecitos muertos que ya no servían sino
para ser enterrados” ), sino el de los vivos, aquellas personas que tenían que
sobrevivir la tragedia pero paralizadas del pavor, sin saber en qué momento les
iba a corresponder su turno de sufrir, en carne propia, el cuchillo en la
garganta o el impacto del balazo en la cabeza. Por eso, buena parte de los libros
de García Márquez transcurren en paréntesis de paz: lugares en donde acaba de
pasar la guadaña de la violencia y en donde se intuye que muy pronto regresará,
con el énfasis en los seres que todavía respiran pero con los ojos abiertos del
miedo, escuchando los latidos de su propio corazón. Entonces, en medio de la
calma tensa que se percibe en esas páginas, los protagonistas sobreviven como
pueden, tratando de acostumbrarse al terror.
En
segundo lugar, García Márquez fue una de las primeras voces en Colombia que nos
abrió los ojos al mundo moderno de las letras. Le dio bienvenida a lo que
otros, tal vez por el nacionalismo ideológico que imperaba en la década de los
años 50, condenaban, como la saludable influencia de los grandes autores
extranjeros. Hoy en día es difícil de entender, pero en esa época esa actitud
era poco menos que revolucionaria. Lo cual constituye una auténtica ironía,
porque la izquierda política, que era el sector que supuestamente defendía el
concepto de lo revolucionario, era uno de los más reacios a que abriéramos las
ventanas de nuestra cultura y nos asomáramos a las creaciones del resto del
mundo. Gran parte del pensamiento continental de entonces, alimentado por las
tesis nacionalistas y marxistas, mal enfocadas en el campo artístico,
proclamaba la necesidad de rechazar la intromisión de corrientes foráneas por
ser, paradójicamente, subversivas. En cambio, García Márquez tuvo el valor (al
tiempo que los demás integrantes del conocido Grupo de Barranquilla, que
incluyó a Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, el mismo
García Márquez y el sabio catalán Ramón Vinyes), de rechazar esa camisa de
fuerza tan parroquial, y más bien saludar el buen alimento que proporcionaban
novelistas del calibre de James Joyce, Virginia Woolf, Franz Kafka, Ernest
Hemingway y William Faulkner. Y gracias a esa lúcida apropiación de lo foráneo,
junto con su temática personal y colombiana, García Márquez alcanzó la universalidad.
VI
Lo cual
me lleva a un punto final. Siempre he creído, medio en broma, que la calidad de
un libro se puede medir por la cantidad de relecturas que puede soportar. En
ese sentido, Cien años de soledad constituye un verdadero triunfo literario, y
es apto concluir estos apuntes con un reconocimiento a esa novela. Ésta es una
obra tan sabrosa, tan mágica y tan magistralmente ejecutada, que provoca leerla
cuantas veces sea posible —y cada vez resulta fresca y deslumbrante, pues las
páginas parecen latir con el pulso de las cosas vivas. Tiene casi 40 años de
vida, pero ya irradia el aura eterno de una pieza inmortal. Como sucede con
Macbeth y Don Quijote, esta obra cuenta con la calidad y la fuerza necesarias
para desafiar a futuros lectores, conmoverlos y hacerles fluir más de prisa la
sangre en las venas. En eso radica su éxito, pues esta novela encarna todos los
atributos que hemos mencionado más arriba: es un libro en apariencia perfecto,
que no le falta un punto ni le sobra una coma, que sin duda vencerá la prueba
del tiempo y que además silencia la incredulidad del lector, pero a la vez
espoleando su fantasía y su imaginación como pocos otros en nuestra lengua.
Más aún,
al concluir esta novela, creo que son escasos los lectores que no se han
declarado atónitos frente a su lectura. En efecto, al igual que el coronel
Aureliano Buendía, poco antes de morir, cuando escucha a Santa Sofía de la
Piedad anunciar que viene el circo, y él sale a la puerta de su casa para ver
los maromeros y los animales haciendo proezas tristes; cuando pasa el desfile y
sólo quedan los “curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre”, sin saber muy bien qué hacer, así quedamos
nosotros al cerrar el libro. Un poco perdidos e igual de desamparados y
boquiabiertos con el espectáculo que acabamos de presenciar. Y entonces sólo
quedan las ganas de abrir la novela de nuevo, y comenzar otra vez la lectura de
esta obra maestra tan prodigiosa.
Abril de
2004
Índice
Prólogo
del embajador actual de Colombia, Jaime Bermúdez Merizalde 5
Nota de
la edición 7
Miércoles
26 de octubre de 2005
Palabras del
señor embajador de Colombia, Rodrigo Holguín 9
Presentación:
Claudia Cadena 10
Félix Luna 11
Jaime García
Márquez 17
Heriberto
Fiorillo 21
Jueves 27
de octubre de 2005
Presentación:
Claudia Cadena 40
Luis Chitarroni 41
Moisés Melo 46
Alberto Casares 52
Álvaro Castillo
Granada 56
Viernes
28 de octubre de 2005
Presentación:
Claudia Cadena 68
Ezequiel
Martínez 69
Daniel Santoro 83
Annamaría
Muchnik 85
Texto enviado
por Juan Carlos Botero 87
Esta
edición de 4.000 ejemplares
se
terminó de imprimir en
Verlap
S.A.,
Comandante
Spurr 653, Avellaneda, Buenos Aires,
en el mes
de abril de 2007.


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