© Libro No. 451. La Nieve Ardiente.
Bóndarev, Yuri. Colección E. O. Julio 20 de 2013.
Título
original: © La Nieve Ardiente. Yuri Bóndarev
Edición:
Progreso, Moscú 1975. Lengua: Castellano. Digitalización: Koba.
Distribución:
Lluita Comunista. (Partit Comunista del Poble de Catalunya)
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Versión Original: © La Nieve Ardiente. Yurii Bóndarev
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LA
NIEVE ARDIENTE
Yuri
Bóndarev
LA NIEVE ARDIENTE
Al presentar a mis personajes a la atención de
los lectores no puedo por menos de recordar con un sentimiento de profunda
gratitud a los consultantes militares que me prestaron amablemente ayuda y me
dieron valiosos consejos mientras trabajaba en una narración que, naturalmente,
no se traza como meta ser documento único y detalladísimo de los sucesos
militares de Stalingrado y al suroeste de Stalingrado en diciembre de 1942.
Participante de los sucesos que describe, el autor se refiere, en general, a las
acciones del 2° Ejército de la Guardia. Sin embargo, esta narración no es un
libro de recuerdos ni de memorias. Por eso, los números de nuestras unidades
están tomados arbitrariamente, así como los apellidos de los personajes,
excepción hecha de algunos nombres.
Capítulo 1
Kuznetsov no podía conciliar el sueño. Los
embates del viento, borrascosos, golpeaban y retumbaban con fuerza creciente
contra el tejado del vagón, y se espesaba la capa de nieve que cegaba la
ventanilla, apenas visible sobre las literas. Con un rugido salvaje, que
desgarraba la nevasca, la locomotora arrastraba el tren por los campos
nocturnos, a través del opaco cendal blanco que acudía de todas partes, y en la
oscuridad tronante del vagón, sobre el rechinar aterido de las ruedas y los
suspiros inquietos y el balbuceo que exhalaban los soldados entre sueños se
dejaba oír ese bramar continuo de la máquina, como avisando a alguien. Y se le
antojaba a Kuznetsov que delante, más allá de la nevasca, se discernían ya los
confusos resplandores de la ciudad en llamas. Después de la parada en Sarátov
quedó claro para todos que enviaban la división a Stalingrado y no al Frente
Occidental como habían corrido rumores antes; y Kuznetsov sabía ahora que les
quedaban unas horas de viaje. Tiraba hacia la mejilla el cuello del capote,
áspero, desagradablemente punzante, húmedo de la respiración, pero no conseguía
entrar en calor para conciliar el sueño: el aire penetrante soplaba por las
rendijas invisibles de la ventanilla cubierta de nieve y unas corrientes
heladas barrían las literas. "Ahora estaré mucho tiempo sin ver a mamá -
pensó Kuznetsov estremeciéndose de frío-. Hemos pasado de largo...” Todo lo que
constituía la vida anterior -los meses estivales en la escuela del sofocante y
polvoriento Aktiúbinsk con los vientos abrasadores de la estepa, con los
rebuznos de los asnos en los suburbios, sofocados en el silencio vespertino,
tan precisos todas las tardes que, durante los ejercicios tácticos, los .jefes
de la sección, muertos de sed, comprobaban por ellos la hora con un suspiro de
alivio; las marchas en el bochorno aplanador, las guerreras sudadas y
totalmente descoloridas por el sol, el rechinar de la arena entre los dientes;
el patrullaje de los domingos por la ciudad y el parque donde, al atardecer,
tocaba pacíficamente una banda militar en la pista de baile; luego, el egreso
de la escuela, el embarque en vagones, una noche otoñal, a la señal de alarma;
el bosque adusto, todo cubierto de nieve que formaba enormes montones, los
refugios del campamento de organización cerca de Tambov; luego otra señal de
alarma, el embarque precipitado en un tren, por un amanecer de diciembre
sonrosado y gélido y, en fin, la partida. Toda esa vida inestable, provisional,
que alguien dirigía, se tornaba opaca ahora, quedaba muy atrás, en el pasado.
No tenía ya esperanzas de ver a su madre mientras que, hacía poco tiempo,
apenas dudaba de que los llevarían hacia Occidente, pasando por Moscú. "Le
escribiré -pensó Kuznetsov mirando a las tinieblas con una sensación de soledad
repentinamente agudizada- y se lo explicaré todo. Hace nueve meses que no nos
vemos... El vagón entero dormía bajo el chirrido y el rechinar, bajo la férrea
trepidación de las ruedas lanzadas a toda velocidad. Todo crujía y oscilaba
pesadamente; las literas superiores eran sacudidas por la enorme rapidez que
había alcanzado el tren. Tiritando, definitivamente aterido de las corrientes,
allí, junto a la ventanilla, Kuznetsov se bajó el cuello y miró con envidia al
teniente Davlatián, jefe de la segunda sección, que dormía a su lado y cuyo
rostro no se divisaba en la penumbra de la litera. "No; aquí, cerca de la
ventana, no me duermo. Me voy a helar antes de llegar a la primera línea",
pensó Yuri Bóndarev 2 Kuznetsov contrariado, y se movió, rebulló, oyendo cómo
crujía la escarcha en las tablas del vagón. Se apartó de la pared, se liberó de
la estrechez fría y punzante de su rincón y bajóse de la litera de un salto
notando ya que tenía que calentarse junto a la estufa: se le había entumecido
enteramente la espalda. Hacía tiempo que estaba extinguida la lumbre en la
estufa de hierro, colocada junto a la puerta cerrada del vagón que relucía de
una gruesa capa de escarcha. Sólo unas brasas rojeaban en la parrilla como
pupilas inmóviles. De todas maneras, abajo parecía estar más templado. En la
oscuridad del vagón, el resplandor granate de las brasas iluminaba débilmente
las botas de fieltro nuevas que sobresalían en posturas distintas hacia el
pasillo, las calderetas, los macutos bajo las cabezas. El plantón Chíbisov
dormía, en postura muy violenta, en la litera inferior sobre las piernas de los
soldados. Tenía la cara tapada por el cuello del capote hasta lo alto del gorro
y las manos metidas en las mangas. - ¡Chíbisov! -llamó Kuznetsov, y abrió la
portezuela de la estufa, de la que se exhaló un soplo imperceptible de calor
agonizante-. ¡Esto está apagado, Chíbisov! Nadie le contestó. - ¡Plantón! ¿No
oye usted? Chíbisov se incorporó, sobresaltado, todo ajado, soñoliento, con el
gorro encasquetado y las orejeras atadas debajo de la barbilla. Adormilado
todavía, trataba de echarse el gorro hacia la nuca y desatar las cintas, al
tiempo que exclamaba, alelada y tímidamente: - ¿Qué me pasa? ¿Me he dormido? Ha
sido como si de pronto perdiera la noción de las cosas. Disculpe usted, camarada
teniente. Mientras estaba traspuesto, me he quedado enteramente aterido... -
Por dormirse usted van a resfriarse todos en el vagón -reprochó Kuznetsov. -
Camarada teniente, pero si ha sido sin querer, sin mala intención -farfulló
Chíbisov-. Me ha vencido el sueño... Luego, anticipándose a las órdenes de
Kuznetsov, con brío excesivo, como si no hubiese dormido en absoluto, agarró
una tabla del suelo, la partió sobre la pierna y, ajetreado, se puso a meter
astillas en la estufa. Al hacerlo movía sin necesidad los codos y los hombros
igual que si le picaran los costados y, agachándose a cada instante, miraba por
la portezuela hacia el interior de la estufa donde prendía el fuego con
perezosos reflejos. El rostro más animado de Chíbisov, tiznado de hollín, expresaba
una obsequiosidad de conspirador. - Ya verá usted cómo caliento esto ahora,
camarada teniente. Va a parecer un baño de vapor. ¡Con el frío que llevo yo
pasado en la guerra! Tanto, que me duelen todos los huesos, de verdad...
Kuznetsov se sentó junto a la portezuela abierta de la estufa. Le desagradaba
aquella agitación exageradamente acentuada del plantón, aquella clara alusión a
su pasado. Chíbisov era de su sección. Y el hecho de que, con su celo
inmoderado, siempre dispuesto a obedecer, hubiera pasado varios meses
prisionero de los alemanes y desde el día que llegó a la sección pareciese
constantemente deseoso de prestar servicio a todos despertaba suspicaz
compasión hacia él. Chíbisov se sentó en una litera con cuidado, como una
mujeruca. Sus ojos soñolientos parpadeaban: - ¿De manera que vamos a
Stalingrado, camarada teniente? Según los partes, ¡menudo matadero es aquello!
¿No siente aprensión, camarada teniente? - Cuando estemos allí veremos qué
matadero es ése -replicó a desgana Kuznetsov contemplando la lumbre. Le
desasosegaba ver aquella atención aduladora en el rostro de Chíbisov-. Y usted,
¿tiene miedo? ¿Por qué lo pregunta? - Puede decirse que ya no es el miedo de
antes - contestó Chíbisov con ficticia animación y, después de suspirar, apoyadas
las manos pequeñas en las rodillas, habló en tono confidencial, como si
quisiera persuadir a Kuznetsov-: Después de que los nuestros me liberaron
cuando estaba prisionero, me demostraron que tenían confianza en mí. Porque me
pasé tres meses enteros prisionero de los alemanes como un cachorro en un
montón de basura. Tuvieron confianza... En una guerra tan enorme como ésta hay
gente de toda clase. ¿Cómo se va a tener confianza de golpe? -Chíbisov lanzó
una mirada cautelosa de soslayo a Kuznetsov; éste callaba, fingiéndose ocupado
únicamente de la estufa cuyo vivo calor le reanimaba y, absorto, abría y
cerraba los dedos junto a la portezuela abierta-. ¿Sabe usted cómo caí
prisionero de los alemanes, camarada teniente?... No se lo he contado, y se lo
quiero decir. Nos acorralaron en un barranco. Era cerca de Viazma. Y cuando sus
tanques llegaron ya muy cerca, nos rodearon y no nos quedaban proyectiles, el
comisario del regimiento se subió al techo de su coche con la pistola en la
mano y gritó: "¡Antes morir que ser prisionero de los fascistas!", y
se pegó un tiro en la sien. Hasta salpicó de la cabeza. Pero los alemanes
acudían de todas partes. Sus tanques aplastaban a la gente viva. Lo mismo
hicieron el coronel y... otros... - ¿Y luego? -preguntó Kuznetsov. - Yo no pude
pegarme un tiro. Nos juntaron en montón gritando Hände hoch. Y nos llevaron
conducidos... - Comprendido -dijo Kuznetsov con entonación grave que daba a
entender claramente que él, en lugar de Chíbisov, se habría comportado de
manera muy distinta-. ¿Conque ellos gritaron Hände hoch y usted en seguida
entregó su arma? Porque estaría armado, ¿verdad? Chíbisov contestó como si se
defendiera con una semisonrisa: La nieve ardiente 3 - Es usted muy joven,
camarada teniente. Vamos, que no tiene hijos, familia. Los padres, si acaso...
- ¿Qué importan en esto los hijos? -profirió confuso Kuznetsov al advertir
cierta expresión cohibida en el rostro de Chíbisov, y añadió-: Eso no tiene
nada que ver. - ¿Cómo que no, camarada teniente? - Bueno, es posible que no
haya sabido expresarme... Efectivamente, no tengo hijos. Chíbisov le llevaría
unos veinte años. Era "el abuelo", "el viejo", el de más
edad en la sección. Por su servicio, estaba enteramente subordinado a
Kuznetsov. Pero Kuznetsov, aunque recordaba ahora sin cesar los dos nuevos
rombos de los distintivos que le habían cargado una responsabilidad mayor nada
más salir de la escuela, notaba siempre cierta inseguridad al hablar con
Chíbisov, hombre que había vivido ya mucho. - ¿Eres tú, teniente, o es figuración
mía? ¿Arde la estufa? -profirió una voz soñolienta sobre sus cabezas. Se oyó
rebullir en la litera de arriba y luego saltó pesadamente hacia la estufa, como
un oso, el sargento primero Ujánov, comandante de la primera pieza de la
sección de Kuznetsov. - Me he quedado como un carámbano. Al amor de la lumbre,
¿eh, eslavos? -Ujánov bostezó complacida y largamente-. ¿Estáis contando
cuentos? Estremecidos los macizos hombros, apartó el faldón del capote y fue
hacia la puerta por el piso bamboleante. De un tirón entreabrió la pesada y
ruidosa hoja revestida de escarcha y se asomó a la rendija mirando la nevasca.
Inmediatamente entraron remolinos de nieve glacial en el vagón, sopló el viento
frío y corrió vaho por los pies. Con el estrépito y el chirrido gélido de las
ruedas irrumpió el bramar salvaje y amenazador de la locomotora. - ¡Vaya noche
de lobos! Ni se ve una luz ni se ve Stalingrado -pronunció Ujánov sacudiendo
los hombros y volvió a correr ruidosamente la puerta con las esquinas
reforzadas de hierro. Luego pegó unas patadas con las botas, de fieltro,
carraspeó aterido y como extrañado y se aproximó a la estufa ya caliente. Sus
ojos burlones y claros estaban todavía nublados por el sueño y algunos copos de
nieve blanqueaban en sus cejas. Tomó asiento junto a Kuznetsov, se frotó las
manos sobre la estufa, sacó la petaca y se echó a reír al recuerdo de algo,
dejando relucir un diente de metal. - He vuelto a soñar con comida. Estaba
entre duerme y vela, y se me representó que me encontraba en una ciudad vacía.
Yo solo... Entré en un comercio donde había caído una bomba, y aquello estaba
lleno de pan, conservas, vinos, embutidos en los mostradores. "¡Cómo me
voy a poner!", pensé. Pero estaba esmorecido, como un vagabundo debajo de
un puente, y me desperté. 'Es una lástima... Porque la tienda estaba llena de
comida. ¿Te imaginas, Chíbisov? No se dirigía a Kuznetsov sino a Chíbisov, como
dando a entender que el teniente era una cosa aparte. - No tengo nada que
objetar a su sueño, camarada sargento primero. -Y Chíbisov aspiró largamente
por la nariz el aire tibio como si la estufa exhalara un aromático olor a pan.
Echó una mirada tímida a la petaca de Ujánov-. Por la noche, si no se fuma
nada, se ahorra uno lo menos diez cigarrillos. - ¡Buen diplomático estás hecho,
abuelo! - exclamó Ujánov poniéndole la petaca en las manos-. Lía uno aunque sea
como el puño. ¿A qué demonios ahorrar? No tiene sentido. -Encendió el
cigarrillo en las brasas del extremo de una tabla, y con ella removió el fuego
mientras lanzaba una bocanada de humo-. De todas maneras, hermanos, en primera
línea andaremos mejor de rancho. Sin contar los trofeos. Donde hay alemanes,
hay trofeos. Y entonces Chíbisov, no tendremos que rebañar entre todos el plus
del teniente. -Sopló el cigarrillo y guiñó los ojos-. ¿Qué, Kuznetsov, no pesan
mucho las obligaciones de padre de la sección? Para el soldado, la cosa es más
fácil: sólo responde de él. ¿No te arrepientes de haberte echado tantos tíos a
la espalda? - La verdad es que no entiendo por qué no te ascendieron a ti,
Ujánov -replicó Kuznetsov algo picado por su tono burlón-. ¿No me lo puedes
explicar? El sargento primero y él habían cursado juntos la escuela de
artillería; pero, por razones incomprensibles, que nadie conocía, Ujánov no fue
admitido a pasar los exámenes. Llegó al regimiento con el grado de sargento
primero y fue destinado a la primera sección como comandante de pieza, cosa que
coartaba bastante a Kuznetsov. - ¡Ni que lo hubiera soñado toda mi vida! -rió
benévolo Ujánov-. Me has entendido mal, teniente... A ver si echo un sueño de
unos seiscientos minutos. Puede que vuelva a soñar con la tienda esa, ¿eh?
Bueno, hermanos, si algo me pasa, podéis considerar que no he vuelto del
ataque... Ujánov arrojó la colilla a la estufa, se desperezó al levantarse, fue
desmañadamente hacia la litera y subió de un salto pesado a la paja susurrante.
Empujó a los que estaban allí dormidos diciendo: "A ver si dejáis un poco
de espacio vital, hermanos" y, al poco tiempo, no se le oía ya rebullir. -
También usted debía echarse un rato, camarada teniente -aconsejó insinuante
Chíbisov-. De todos modos, se ve que la noche no será larga. No se moleste sin
necesidad. Kuznetsov se levantó, arrebatado el rostro del calor de la estufa,
ajustó con gesto ya habitual la funda nueva de la pistola y dijo a Chíbisov en
tono de mando: - Procure cumplir mejor sus obligaciones de plantón. Yuri
Bóndarev 4 Pero, nada más decirlo, Kuznetsov advirtió la mirada abatida de
Chíbisov, notó que estaba desplazada su brusquedad -durante seis meses le
habían estado habituando al tono de mando en la escuela- y, de pronto, se
enmendó a media voz: - Haga el favor de no dejar que se apague la estufa, ¿me
oye? - Claro que sí, camarada teniente. Puede estar tranquilo. Que duerma
bien... Kuznetsov subió a su litera, a la oscuridad aterida, helada, chirriante
y trémula de la loca carrera del tren, y notó al instante que volvía a quedarse
transido en la corriente de aire. Desde distintos lugares del vagón se
escuchaba el ronquido y el resoplar de los soldados. Kuznetsov empujó un poco
al teniente Davlatián, que dormía al lado y se limitó a suspirar entre sueños y
mover los labios como un niño, y, al acurrucarse echando el aliento dentro del
cuello levantado a cuyo paño húmedo y áspero pegaba la cara, rozó con las
rodillas la capa de escarcha gruesa como sal que recubría la pared. Este solo
contacto le hizo estremecerse de frío. La paja apelmazada resbalaba debajo de
él con un susurro húmedo. Las paredes congeladas tenían un olor metálico. Desde
la ventanilla grisácea que, cegada de nieve por la ventisca, se vislumbraba
sobre la cabeza, le soplaba sin cesar en el rostro un hilo penetrante de frío.
Mientras, desgarrando la noche con su mugido tenaz e imponente, la rauda
locomotora arrastraba el tren por los campos lóbregos, acercándolo más y más al
frente.
Capítulo 2
Kuznetsov se despertó del silencio, del repentino
y extraño estado de quietud, y en seguida se dijo, semiinconsciente aún:
"¡Nos apeamos! ¡Estamos parados! ¿Por qué no me habrán despertado?"
Saltó abajo de la litera. Era una mañana aterida. El frío soplaba por la puerta
del vagón, abierta de par en par. Después de la nevasca, que se había aplacado
al amanecer, ondulaban en torno hasta el horizonte infinitos montones de nieve
quietos como espejos; sobre ellos pendía el pesado globo color frambuesa del
sol, bajo y sin rayos. Y todo -la gruesa capa de escarcha en los herrajes de la
puerta y las minúsculas partículas de hilo que flotaban en el aire como mica
triturada -lanzaba reflejos agudos, hirientes. En el vagón, totalmente helado,
no había nadie. Solamente la paja apelmazada en las literas, las manchas
rojizas de las carabinas en pirámide y, sobre las tablas, los macutos
desatados. Junto al vagón, alguien pegaba con las manoplas palmadas que
parecían cañonazos. En la densa quietud glacial, la nieve rechinaba bajo las
botas de fieltro, recia y fría, y se escuchaban voces: - Pero, ¿dónde está
Stalingrado, hermanos eslavos? - No parece que desembarquemos. No han dado
ninguna orden. Tendremos tiempo de zampar. Se conoce que no hemos llegado. Ya
vienen ahí los nuestros con las marmitas. Una voz algo ronca pronunció
alegremente: - ¡Vaya un cielo despejado! Ideal para los aviones... Despabilado
en seguida, Kuznetsov se aproximó a la puerta. El cegador rutilar de las nieves
desiertas bajo el sol le obligó a cerrar los ojos, y el aire glacial le cortó
la respiración. El tren estaba detenido en medio de la estepa. Junto al vagón,
los soldados formaban grupos en la nieve pulida por la ventisca. Para entrar en
calor se daban empellones los unos a los otros y se pegaban palmadas en los
costados con las manoplas, volviéndose a cada momento todos en la misma
dirección. Allá, en el centro del tren, las cocinas humeaban en el rosa
cristalino de la mañana sobre un vagón descubierto. Frente a ellas rojeaba
delicadamente entre las nieves el tejado de una solitaria caseta de
guardagujas. Los soldados corrían con sus calderetas de aquí para allá, y toda
la nieve en torno al vagón descubierto y al cigoñal de un pozo próximo a la
caseta era un hormiguero de capotes y chaquetones guateados: daba la impresión
de que el tren entero iba a buscar agua y se preparaba para el desayuno. Los
hombres charlaban junto al vagón: - ¡Amigos, como se cuela el frío por todas
partes! Debe hacer lo menos treinta bajo cero. Ahora, una casa con una buena
estufa y una mujer sin remilgos. Y, nada...”en el parque de Chaír se abren las
rosas". - Necháev está siempre con la misma canción. Para él no existen
más que las faldas. Se conoce que en la flota se atiborraba de chocolate y
andaba siempre a la que salta. Ni a palos se le quitan los resabios. - ¡No seas
bárbaro, hermano! ¿Qué entenderás tú? Al parque de Chaír llega la primavera...
¡Paleto! - ¡Anda, so potro! Ya está con lo mismo. - ¿Hace mucho que estamos
parados? -preguntó Kuznetsov sin dirigirse a nadie en particular, y saltó a la
nieve. Al ver al teniente, los soldados no dejaron de empujarse y dar patadas
con las botas de fieltro ni se cuadraron para saludar como exigía el reglamento
("¡Demonios, ya empiezan a tomarse confianza!", pensó Kuznetsov),
sino que se limitaron a suspender por un momento la conversación. La escarcha
se erizaba, plateada, en las cejas de todos, en la piel de las orejeras de los
gorros y en los cuellos subidos de los capotes. El sargento Necháev, apuntador
de la primera pieza, alto y enjuto, antiguo marinero del Extremo Oriente, que
llamaba la atención por sus lunares aterciopelados, las patillas sesgadas y el
bigotito oscuro, dijo: - Nos habían dado orden de no despertarle, La nieve
ardiente 5 camarada teniente. Ujánov ha dicho que había estado usted de guardia
por la noche. De momento, no se observa ningún zafarrancho. - ¿Dónde está
Drozdovski? -A Kuznetsov seguían haciéndole parpadear los reflejos punzantes
del sol en los montones de nieve. - Está aseándose, camarada teniente -contestó
Necháev con un guiño. Kuznetsov vio al teniente Drozdovski, comandante de la
batería, a unos veinte metros del vagón. En la escuela destacaba ya entre los
demás por su aspecto marcial, que parecía innato, y por la expresión imperiosa
del rostro frío y pálido: el mejor discípulo del grupo artillero, el predilecto
de todos los mandos. Ahora, desnudo de cintura para arriba, moviendo los recios
músculos de gimnasta, a la vista de todos los soldados se friccionaba callada y
enérgicamente con nieve. Su torso flexible y juvenil, los hombros, el pecho
limpio de vello y liso despedían un vapor ligero. Había algo ostensiblemente
terco en aquella manera de lavarse y friccionarse con puñados de nieve. - Hace
bien -dijo seriamente Kuznetsov. Pero, sabiendo que él no era capaz de
imitarle, se quitó el gorro que metió en el bolsillo del capote, se desabrochó
el cuello y, apartándose del vagón, cogió unos puñados de nieve dura y áspera
de la cresta de un montón y se frotó los pómulos y la barbilla notando que le
dolía la piel del frío. - ¡Qué sorpresa! ¿Viene usted a vernos? - pronunció a
su espalda la voz de Necháev con exagerada alegría-. Encantados de verla. La
batería entera la saluda a usted, Zoya. Mientras se lavaba, Kuznetsov se había
quedado sin respiración del frío, del sabor soso y amargo de la nieve. Se
enderezaba, jadeante, y sacaba ya el pañuelo a guisa de toalla -no quería
volver al vagóncuando escuchó de nuevo la risa y la charla más animada de los
soldados. Luego, una fresca voz femenina dijo detrás de él: - No comprendo lo
que pasa en esta batería. Kuznetsov volvió la cara. Al lado del vagón, entre
los soldados sonrientes, estaba Zoya Eláguina, instructora sanitaria de la
batería. La coquetona zamarra blanca, las ajustadas botas blancas de fieltro y
las manoplas blancas bordadas le daban un aire nada militar. Era como si,
atildada para una fiesta invernal, perteneciera a otro mundo, tranquilo y
lejano. Zoya contemplaba a Drozdovski con ojos severos, que cortaban la risa.
Pero él, sin hacer caso, se inclinaba y se erguía con movimientos habituales,
se restregaba rápidamente la nieve por el cuerpo recio que se sonrosaba, se
palmoteaba los hombros y el vientre y hacía ejercicios respiratorios abombando
un poco teatralmente la caja torácica en las aspiraciones. Ahora, todos le
miraban con la misma expresión que tenían los ojos de Zoya. - ¡Teniente! -le
interpeló Zoya con su voz sonora-. ¿Se le puede preguntar si piensa terminar
pronto? Porque necesito hablar con usted. El teniente Drozdovski se sacudió la
nieve del pecho y, con el aire contrariado de una persona a quien importunan,
desató la toalla anudada a la cintura y profirió a desgana: - Escucho. - Buenos
días, camarada comandante de la batería -dijo Zoya, y Kuznetsov vio, mientras
se secaba con el pañuelo, que se estremecían levemente los extremos de sus
cejas, abultadas y punzantes de la escarcha-. Le necesito a usted. ¿Puede
atenderme su batería? Sin prisa, Drozdovski se echó la toalla al cuello y fue
hacia el vagón. Los hombros, lavados con la nieve, brillaban como después de un
baño de vapor. El cabello corto de color pajizo estaba húmedo. Al caminar
miraba autoritariamente con sus ojos ahora muy azules, casi transparentes, a
los hombres agrupados junto al vagón. Dejó caer al desgaire: - Me imagino de lo
que se trata. ¿Ha venido a pasar revista según la forma ocho? Pues, no hay
piojos. - Querida Zoya -intervino el sargento Necháev recreando la mirada en la
zamarra tan pulcra de Zoya y en la bolsa sanitaria que llevaba al costado-, en
nuestra batería marcha todo bien. Aquí no encuentra usted insectos parasitarios
ni con un candil. Se equivoca usted de dirección. ¿Qué tal ha dormido hoy? ¿No
la ha molestado nadie? - Habla usted demasiado, Necháev -le atajó Drozdovski y,
pasando delante de Zoya, trepó ágilmente por la escalerilla al vagón lleno de
soldados que acababan de volver de la cocina, animados en espera del desayuno,
con las marmitas de sopa humeante y tres macutos llenos de galletas y panes.
Con el ajetreo habitual en tales casos, los soldados extendían un capote en una
de las literas inferiores para cortar el pan encima. Aquella ocupación ponía en
los rostros, curtidos por el frío, una expresión absorta. Mientras endosaba la
guerrera y se tiraba de ella, Drozdovski ordenó: - ¡Silencio! ¡Ni que estuviéramos
en el mercado! A ver si ponen orden los jefes de pieza. Necháev, ¿qué hace ahí
parado? Ocúpese de los productos. ¿No es usted un hacha en eso de hacer
repartos? Ya habrá quien atienda a la instructora. El sargento Necháev hizo un
gesto de disculpa a Zoya y subió al vagón, donde se le oyó gritar: - ¿Qué pasa
aquí, muchachos? Se acabó el zafarrancho. Armáis tanto ruido como si fuerais
tanques. Y Kuznetsov, violento por aquellas órdenes y porque Zoya había
presenciado el ruidoso alboroto de los soldados que, absortos en el reparto de
la comida, no paraban ya mientes en ella, quiso decir con tono brioso:
"Efectivamente, no tiene usted necesidad de pasar revista sanitaria a
nuestras Yuri Bóndarev 6 secciones. Pero, sencillamente, ha hecho bien en venir".
No habría podido explicarse él mismo con claridad a qué se debía que cada
aparición de Zoya en la batería inspirase ese tono odioso y trivial, al que
también se sentía arrastrado él ahora, tono despreocupado de galanteo, de
alusión disimulada, como si su llegada descubriera celosamente algo a cada uno,
como si en su rostro un poco soñoliento, en las sombras que subrayaban a veces
los ojos, en sus labios, se leyera algo prometedor, pecaminoso y secreto que
pudiera tener con los jóvenes médicos en el vagón sanitario donde se encontraba
la mayor parte del camino. Pero Kuznetsov adivinaba que si venía a la batería a
cada parada no era sólo para la revista sanitaria. Le parecía que la muchacha
buscaba el trato de Drozdovski. - En la batería todo marcha bien, Zoya -profirió
Kuznetsov-. No hay que pasar ninguna revista. Sobre todo, que es la hora del
desayuno. Zoya se encogió de hombros. - ¡Qué vagón tan especial! Nadie se queja
de nada. No ponga usted esa cara de ingenuo, porque no le va -dijo mirando de
arriba abajo a Kuznetsov, y añadió con una extraña sonrisa-: Pues a mí me
parece que, después de ese aseo sospechoso, su querido teniente Drozdovski irá
a parar al hospital y no a la primera línea. - En primer lugar, no es mi
"querido teniente" - replicó Kuznetsov-. En segundo lugar... -
Gracias por su franqueza, Kuznetsov. ¿Y en segundo lugar? ¿Qué piensa usted de
mí en segundo lugar? Vestido ya, el teniente Drozdovski ajustaba el capote con
un cinto del que pendía una flamante funda de pistola. Saltó con ligereza a la
nieve, miró a Kuznetsov, luego a Zoya y terminó lentamente dirigiéndose a ella:
- ¿Quiere usted decir que parezco tener intenciones de automutilarme? Zoya alzó
la cabeza, retadora: - Pues... Por lo menos, no está descartada la posibilidad.
- Mire: ni usted es una maestra de escuela, ni yo soy un escolar -declaró
rotundo Drozdovski-. Le ruego que vuelva al vagón sanitario. ¿Está claro?...
Teniente Kuznetsov, se queda usted en mi lugar. Voy a ver al jefe del grupo
artillero. Impenetrable el rostro, Drozdovski se llevó la mano a la sien y, con
el paso flexible y elástico del oficial perfectamente adiestrado, ceñido por el
cinto y el correaje nuevo, echó a andar entre los soldados que iban y venían
animadamente junto al vagón. Le abrían paso, enmudecían con sólo verle, y él
caminaba lo mismo que si disolviera los grupos al mirarlos, aunque contestando
al mismo tiempo a los saludos con breve y negligente ademán. Sobre la blancura
rutilante de la estepa brillaba el sol al que el frío ponía anillos irisados.
En torno al pozo seguían formándose aglomeraciones que en seguida se disolvían.
Los hombres cogían agua y, después de quitarse el gorro, se lavaban entre
exclamaciones, resoplidos y tiritones, luego corrían hacia las cocinas, cuyo
humo atraía en el centro del tren, eludiendo por si acaso el grupo que formaban
los oficiales cerca del vagón de pasajeros revestido de escarcha. Hacia ese
grupo se dirigía Drozdovski. Kuznetsov vio que Zoya le seguía con una mirada
desvalida en sus ojos muy abiertos y algo estrábicos. - ¿Quiere usted desayunar
con nosotros? -le preguntó. - ¿Cómo? -inquirió ella sin prestar atención. -
Digo que se quede con nosotros. Porque no habrá desayunado todavía, ¿verdad? -
Camarada teniente: se está enfriando todo. Le esperamos a usted -gritó Necháev
desde la puerta del vagón-. Sopa puré de guisantes -añadió tomando una
cucharada de la escudilla metálica y relamiéndose el bigotito-. Si no mata
alimenta. A su espalda, los soldados alborotaban, recogían sus raciones de
encima del capote extendido y se sentaban en las literas, unos con una risita
satisfecha y otros enfurruñados, metiendo las cucharas en las escudillas y
clavando los dientes en las rebanadas heladas de pan moreno. Y nadie le hacía
ya caso a Zoya. - ¡Chíbisov! -llamó Kuznetsov-. Dele mi escudilla a la
instructora. - ¡Hermanita!... No faltaba más -contestó desde el vagón la voz
cantarina de Chíbisov-. Aquí hay buena gente. - Sí... Bueno -dijo Zoya
distraída-. Puede ser... Naturalmente, teniente Kuznetsov. No he desayunado.
Pero..., ¿por qué van a darme su escudilla? ¿Y usted? - Yo, después. No voy a
quedarme sin comer - contestó Kuznetsov. Masticando presurosamente, Chíbisov se
acercó a la puerta y sacó del cuello levantado, hubiérase dicho que con
excesivo afán, su carita negra e hirsuta. Pequeñito, con un capote corto y
ancho que le sentaba pésimamente, movía simpatizante la cabeza de arriba abajo
como si se tratara de un juego infantil. -Suba usted, hermanita. ¡Pues, claro!
- Comeré un poco de su escudilla -dijo Zoya a Kuznetsov-. Pero con usted. De lo
contrario, no acepto... Los soldados desayunaban sorbiendo y carraspeando.
Después de las primeras cucharadas de sopa caliente y de agua hervida con
azúcar volvían a mirar a Zoya inquisitivamente. Se había desabrochado el cuello
de la zamarra dejando al descubierto la garganta blanca y, con los ojos gachos
bajo las miradas que convergían en ella, comía de la escudilla de Kuznetsov
puesta sobre sus rodillas. Kuznetsov comía con ella, procurando no reparar La
nieve ardiente 7 en la delicadeza con que se llevaba la cuchara a la boca ni en
cómo se le contraía la garganta al tragar. Las pestañas bajas estaban húmedas
de la escarcha derretida y negreaban, pegadas unas a otras, cubriendo el brillo
de los ojos que traicionaban su turbación. Tenía calor junto a la estufa al
rojo. Se quitó el gorro, y sus cabellos castaños se desparramaron sobre la piel
blanca del cuello de la zamarra. A pelo apareció de pronto encogida, indefensa,
con los pómulos salientes, la boca grande y un rostro puerilmente turbado, incluso
tímido, que resaltaba de una manera extraña entre las caras de los artilleros,
sudorosas y enrojecidas de la comida. Kuznetsov advirtió por primera vez que
Zoya era fea. Nunca la había visto sin gorro. - "En el parque de Chaír se
abren las rosas, al parque de Chaír llega la primavera"... Abierto de
piernas junto a la litera, el sargento Necháev liaba un cigarrillo después del
desayuno y canturreaba mirando a Zoya con cariñosa ironía. Muy atentamente,
Chíbisov llenó hasta los bordes un jarro de té y se lo ofreció a Zoya. Ella
tomó el cacharro caliente con las puntas de los dedos. - Gracias, Chíbisov
-dijo confusa. Luego levantó hacia Necháev los ojos de brillo húmedo-: Diga
usted, sargento, ¿qué rosas y qué parque son ésos? No comprendo por qué canta
usted siempre lo mismo. Los soldados se alborozaron, estimulando a Necháev: -
Venga, venga, sargento. Contesta. ¿De dónde has sacado esas canciones? -
Vladivostok -contestó Necháev soñador-. Licencia para bajar a tierra, la pista
de baile y...”En el parque de Chaír...” Los tres años que serví allí estuve
escuchando ese tango. Mire usted, Zoya, había unas muchachas en Vladivostok que
era para morirse. Unas reinas, verdaderas bailarinas. No las olvidaré en la
vida. Se ajustó la hebilla con la insignia de la flota, hizo como si enlazara a
alguien para bailar, dio un paso, movió las caderas y se puso a cantar: -
"Al parque de Chaír llega la primavera... Sueño con tus trenzas
doradas"... La-la-la-la... Zoya soltó una risa forzada. - Las trenzas doradas...
Las rosas... todo eso es bastante trivial, sargento. Y lo de las reinas y las
bailarinas, también. ¿Ha visto usted alguna vez a una reina? - Me basta verla a
usted, palabra de honor. Tiene usted todo el aire de una reina -dijo
atrevidamente Necháev guiñándoles a los soldados. "¿Para qué se burlará de
ella? -pensó Kuznetsov-. ¿Cómo no me había fijado yo antes en que es tan
fea?" - Si no fuera por la guerra... ¡Ay, Zoya, usted no me conoce a mí!
Una noche oscura la raptaría a usted, me la llevaría en taxi a alguna parte y
me estaría a sus pies, en cualquier hotel de las afueras, con una botella de
champán, como delante de una reina... Y, entonces, a reírnos del mundo.
¿Aceptaría usted? - ¿En taxi? Muy romántico -replicó Zoya cuando se extinguió
la risa de los soldados. -Nunca he probado. - Conmigo lo probaría todo. El
sargento Necháev había dicho aquello medio en broma, envolviendo a Zoya en la
mirada de sus ojos pardos; pero Kuznetsov le interrumpió en seguida severamente
al notar la desnuda viscosidad de sus palabras: - ¡Déjese de tonterías,
Necháev! ¡Bastantes sandeces ha dicho! ¿A qué demonios viene eso del hotel?
¿Qué relación tendrá?... Zoya: tome usted el té, haga el favor. - ¡Qué
graciosos son ustedes! -replicó Zoya, y en la fina arruga que atravesaba su
frente blanca apareció como un reflejo de su dolor. Seguía sosteniendo el jarro
caliente con las puntas de los dedos delante de los labios, pero había dejado
de tomar el té a pequeños sorbos; y la arruga pesarosa, que parecía fortuita en
su tez clara, no se borraba de su frente. Zoya dejó el jarro sobre la estufa y
preguntó a Kuznetsov con deliberado descaro: - ¿Por qué me mira así? ¿Qué busca
en mi cara? ¿Hollín de la estufa? ¿O acaso recuerda usted también a reinas de
baratillo como Necháev? - De reinas, sólo sé lo que leía en los cuentos de niño
-contestó Kuznetsov, y frunció el ceño para disimular la violencia que le había
causado la inesperada pregunta-. En la vida, no he visto a ninguna. - ¡Qué
graciosos son ustedes! -repitió Zoya. - Y, ¿cuántos años tiene usted, Zoya?
¿Dieciocho? -inquirió Necháev-. ¿De manera que, como decimos en la flota, ha
salido de los astilleros en el 24? Pues le llevo cuatro años, que es bastante
diferencia. - Se equivoca -contestó Zoya, ya sonriente-. Tengo treinta años,
camaradas astilleros. Treinta años y tres meses. El sargento Necháev fingió una
gran sorpresa en su rostro moreno de lunares oscuros, y pronunció
intencionadamente: - ¿Tantas ganas tiene usted de llegar a los treinta?
Entonces, ¿qué edad tiene su mamá? ¿Se parece a usted? ¿Por qué no me da usted
su dirección? -La sonrisa distendía el bigotito fino sobre los dientes
blancos-. Podríamos sostener correspondencia, intercambiaríamos unas fotos.
Zoya observó con una mirada de asco la silueta alta y enjuta de Necháev y dijo,
trémula la voz: - ¡Cuánta trivialidad se le ha pegado en las pistas de baile!
¿La dirección? ¿Por qué no? Peremyshl, segundo cementerio urbano. ¿La apunta
usted o la recordará así? Desde el año cuarenta y uno no tengo Yuri Bóndarev 8
padres -añadió con saña-. Pero tengo marido, ¿sabe usted, Necháev?... ¿Por qué
me miran así? Es verdad, hijitos, es verdad. Tengo marido... Se hizo un
silencio. Los soldados, que escuchaban la conversación ahora sin estimular
benévolamente aquella broma atrevida iniciada por Necháev, dejaron de comer y
se volvieron de golpe hacia Zoya. El sargento Necháev, que mientras fumaba
escrutaba con celosa incredulidad el rostro de la muchacha, sentada con los
ojos gachos, preguntó: - ¿Y quién es su marido, si puede saberse? ¿El comandante
del regimiento, quizá? ¿O es cierto el rumor que corre de que le gusta a usted
nuestro teniente Drozdovski? "Desde luego, debe ser mentira -pensó
Kuznetsov sin dar tampoco crédito a las palabras de Zoya-. Eso, lo acaba de
inventar. No tiene marido. Ni lo puede tener". - ¡Basta, Necháev! -dijo en
voz alta-. ¡Déjese de tonterías! ¿No se da cuenta de que parece un disco
rayado? Se puso en pie y, apartándose de Zoya, observó el vagón, la pirámide de
mosquetones y la ametralladora ligera DP al lado. Al advertir en una litera una
escudilla de sopa sin tocar, una ración de pan y el montoncito blanco de azúcar
sobre un trozo de periódico, preguntó: - ¿Dónde está el sargento Ujánov? - Ha
ido a ver al brigada, camarada teniente - contestó Kasímov, un kazajo muy joven,
desde la litera de arriba donde estaba sentado con las piernas encogidas-.
Dijo: coge la sopa, coge el pan, yo vendré... Con el chaquetón guateado, que le
estaba corto, y el pantalón igual, Kasímov saltó silenciosamente de la litera
superior, patizambo con las botas de fieltro, brillantes las rendijas de los
ojos. - ¿Lo busco, camarada teniente? - No, déjelo. Desayune usted, Kasímov. En
cuanto a Chíbisov, suspiró y habló en tono brioso y cantarín: - ¿Tiene mal
genio su marido, hermanita? Será un hombre serio, ¿verdad? - ¡Gracias por el
desayuno, primera batería! -Zoya sacudió los cabellos y sonrió desarrugando el
entrecejo. Luego se puso su gorro nuevo de piel de liebre, metiendo el pelo
debajo-. Parece que ya viene la locomotora. ¿No oyen? - El último tramo antes
de la primera línea y luego: "¡Hola, muy buenas, fritzes; aquí estoy
yo!" - observó alguien desde la litera de arriba con una risa
desagradable. - ¡Zoya, por Dios, no nos deje usted! -dijo Necháev-. Quédese en
nuestro vagón. ¿Para qué quiere usted un marido? ¿Qué falta le hace en la
guerra? - Quizá enganchen dos locomotoras -volvió a hablar desde la litera una
voz bronca del tabaco-. Ahora nos llevarán aprisa. Esta parada, y luego
Stalingrado... - ¿Y si es ésta la última y nos apeamos aquí?... - Cuanto antes,
mejor -opinó Kuznetsov. - ¿Quién habla de locomotoras? ¡Estáis chiflados!
-profirió en voz alta el apuntador Evstignéev, sargento entrado en años que
tomaba el té de su jarro pausadamente, y se levantó de un salto para asomarse a
la puerta del vagón. - ¿Qué es, Evstignéev? -preguntó Kuznetsov-. ¿Nos apeamos?
Al volverse vio la sien canosa del sargento, la cabeza grande levantada, los
ojos que interrogaban inquietos el cielo, pero no oyó la contestación. En los
dos extremos del tren empezaron a disparar los antiaéreos. - ¡Me parece que nos
hemos caído, hermanos! - gritó alguien saltando abajo de la litera-. ¡Ya están
aquí! - ¡Menuda locomotora! Con bombas y todo... Al ladrido febril de los
antiaéreos se mezcló al instante un sonido fino que se acercaba; luego desgarró
el aire en lo alto, el tableteo emparejado de las ametralladoras, y de la
estepa irrumpieron varias voces que advertían: "¡Aviación! ¡Los
Messer!". El apuntador Evstignéev arrojó el jarro a la litera, se lanzó
hacia la pirámide de las armas empujando al pasar a Zoya hacia la puerta.
Alrededor, los soldados se tiraban desordenadamente de las literas y agarraban
los mosquetones. "¡Calma! Debo salir el último". Esta idea cruzó como
un relámpago la mente de Kuznetsov, y ordenó: - ¡Todos fuera del vagón! Los dos
antiaéreos disparaban tan ensordecedoramente cerca que sus frecuentes
chasquidos repercutían en los oídos en sacudidas sonoras. El zumbido de los
motores se acercaba impetuosamente, y el tableteo de las ráfagas volvió a
desgranarse sobre las cabezas y el techo del vagón. Al abalanzarse hacia la
puerta, Kuznetsov vio a los soldados que saltaban a la nieve con los
mosquetones y se dispersaban por la estepa blanca bañada de sol. Con una
sensación de fría ligereza en el vientre, también se tiró él del vagón, llegó
de unos cuantos saltos a un enorme montón de nieve cuyo flanco se matizaba de
azul y se dejó caer de bruces junto a alguien notando en la nuca el agudo
silbido que desgarraba el aire. De todas maneras, logró superar el peso en la
nuca que le pegaba a la nieve y levantó la cabeza. En el enorme resplandor azul
aterido del cielo invernal, tres Messerschmitt picaban delante sobre el tren.
Sus finas alas de aluminio brillaban y los fanales de plexiglás lanzaban
destellos al sol. Desde la cabeza y la cola del tren, los proyectiles
antiaéreos partían constantemente a su encuentro, dejando una estela
descolorida por los rayos solares, y estallaban junto a ellos en tanto los
cuerpos La nieve ardiente 9 estrechos y alargados de los cazas se precipitaban
cada vez más perpendicularmente, más a pico, precedidos por la trémula y aguda
llama roja de las ametralladoras y los cañones de tiro rápido. Un tupido
abanico de proyectiles trazadores ascendía a lo largo de los vagones, de los
que aún escapaba gente. Pegado ya casi al techo de los vagones, el primer caza
se estabilizó y pasó horizontalmente a lo largo del tren, seguido de los dos
restantes. Delante, al lado de la locomotora, se estremeció el aire, subió el
remolino de una explosión y se formaron trombas de nieve. Los cazas volvieron a
cobrar altura, viraron hacia el sol y se lanzaron de nuevo en picado sobre el
tren. "Ahora nos ven a todos perfectamente -pensó Kuznetsov-. ¡Algo hay
que hacer!" - ¡Fuego! ¡Fuego de mosquetón contra los aviones! -Se
incorporó sobre las rodillas para dar la orden, y al instante vio, al otro lado
del montón de nieve, la cabeza levantada de Zoya con las cejas extrañamente
contraídas y los ojos inquietos muy abiertos-. ¡A la estepa, Zoya! -le gritó-.
¡Apártese de los vagones! Pero ella callaba y, mordiéndose los labios, miraba
hacia el tren donde algo ocurría. También él miró en la misma dirección.
Saltando por encima de los montones de nieve, el teniente Drozdovski corría al
lado de los vagones con su capote ajustado y gritaba algo; pero era imposible
discernir sus palabras. Se metió de un salto por la puerta abierta de su vagón,
y en seguida volvió a echarse fuera con una ametralladora ligera y un cargador
en las manos. Luego se alejó del tren de una carrera y dejóse caer a diez
metros de Kuznetsov. Hundiendo con prisa frenética el bípode de la DP en la
cresta del montón de nieve, colocó el cargador y soltó una larga ráfaga contra
los cazas que picaban desde el azul rutilante del cielo, escupiendo fogonazos
desgarrados. La flecha ígnea de los disparos enfilados hacia la tierra se
aproximaba levantando surtidores de nieve. En la cabeza de Kuznetsov retumbaron
el estrépito ensordecedor de las ráfagas y el sonido penetrante del motor.
Delante de sus ojos brilló un fulgor irisado, lo mismo que visto por un
calidoscopio. Le salpicó la cara el polvo gélido que levantaban las ráfagas de
ametralladora... En la rugiente negrura que cubrió por un momento los montones
de nieve rebotaban las vainas de grueso calibre. Pero lo más inconcebible era
que a Kuznetsov le había dado lugar de advertir, en el fanal de plexiglás del
Messerschmitt que se precipitaba sobre la tierra, la cabeza del piloto, aovada
con el casco. Después de esparcir el ruido férreo de los motores, los aviones
salieron del picado a unos metros de la tierra, se enderezaron y volvieron a
cobrar rápidamente altura sobre la estepa. - ¡Volodia!... ¡No te levantes!
¡Espera! -Nada más escuchar estos gritos a su lado, Kuznetsov vio que
Drozdovski arrojaba el cargador vacío e intentaba incorporarse; pero Zoya,
fuertemente abrazada a él, no lo soltaba-. ¡Volodia! ¡Te lo ruego!... - ¿No ves
que se ha terminado el cargador? - gritaba Drozdovski, contraídas las
facciones, empujando a Zoya y tratando de desasirse de ella-. ¡Suelta! ¡Te digo
que me sueltes! Apartó sus brazos y corrió hacia el vagón dejándola
desconcertada, tendida sobre la nieve. Kuznetsov llegó a rastras hasta ella y
preguntó: - ¿Qué es? ¿Qué le ocurre a la ametralladora? Zoya le miró, y la
expresión de su rostro cambió en seguida, se hizo extremadamente retadora y
desagradable. - ¡Ah, teniente Kuznetsov! ¿Por qué no dispara contra los
aviones? ¿Tiene miedo? Drozdovski es el único... - ¿Quiere usted que dispare
con la pistola? Zoya no le contestó. Los cazas picaban a la cabeza del tren,
giraban sobre la locomotora, y ya humeaban dos vagones Pullman. Los girones de
las llamas se deslizaban por las puertas abiertas y trepaban hacia el techo.
Aquel humo, la llama que prendía en el techo y los Messerchmitt que picaban tozudamente
causaban a Kuznetsov una aguda sensación de odiosa impotencia. Le pareció de
pronto que aquellos tres aviones no se alejarían hasta que no destruyeran e
incendiaran todo el tren. "No, ahora se les agotarán las municiones -se
animaba Kuznetsov-. En seguida terminará todo...” Pero los cazas viraron y de
nuevo enfilaron el tren en vuelo rasante. - ¡Sanitaria! ¡Enfermera! -se oyó
gritar cerca de los vagones en llamas, y varias siluetas se agitaron
caóticamente arrastrando a alguien por la nieve. - Me llaman -dijo Zoya, y se
incorporó mirando la puerta abierta del vagón y la ametralladora emplazada en
el montón de nieve-. ¿Dónde estará Drozdovski? Me voy. Dígale que he ido
allá... Kuznetsov no tenía derecho de retenerla. Y ella, sujetando la bolsa con
la mano, echó a andar rápidamente y luego a correr por la estepa hacia el
incendio, hasta que desapareció entre los montículos de nieve. - ¡Kuznetsov!...
¿Eres tú? El teniente Drozdovski llegó del vagón corriendo a saltos, se dejó
caer junto a la ametralladora y encajó otro cargador. Su rostro, fino y pálido,
estaba afilado de la rabia. - ¡Hijos de...! ¿Dónde está Zoya? - Ha ido hacia
allá por que han herido a alguien - contestó Kuznetsov hundiendo más el bípode
de la ametralladora en la dura capa de nieve-. Ya vuelven... - Canallas... Te
pregunto que dónde está Zoya - gritó Drozdovski apoyando el hombro contra la
Yuri Bóndarev 10 culata. Y a medida que los Messerschmitt picaban uno tras otro
impetuosamente sobre la estepa, sus ojos se estrechaban y sus pupilas se
convertían en dos puntos negros helados en el azul translúcido. El antiaéreo de
la cola del tren enmudeció. Drozdovski soltó una prolongada ráfaga contra el
cuerpo metálico alargado del primer caza que refulgió sobre las cabezas, y no
apartó ya el dedo del gatillo hasta que el estrecho fuselaje del último avión
no pasó como la cegadora hoja de una navaja. - ¡Pero si le he dado! -gritó
Drozdovski con voz ahogada-. ¿Has visto, Kuznetsov? Le he dado, ¿verdad? Los
cazas volaban ya a veinte metros sobre la estepa, desgarrando el aire con las
ametralladoras de grueso calibre, y las lanzas ígneas de los disparos parecían
clavarse bajo los cuerpos tendidos en la tierra nevada y envolverlos en
espirales de nieve. Varios soldados de una batería vecina no pudieron resistir
el ametrallamiento, se levantaron y echaron a correr en distintas direcciones
bajo los cazas. Uno de ellos cayó, luego, se arrastró un poco y quedó quieto,
con los brazos extendidos hacia adelante. Otro corría en zigzags, con extrañas
miradas a derecha e izquierda, pero las balas de un Messerschmitt que atacaba
le daban alcance oblicuamente, desde arriba y le atravesaron como alambres
candentes. El soldado rodó por la nieve con los brazos en cruz y luego se
inmovilizó también. Su chaquetón guateado humeaba. - ¡Esto sí que es absurdo!
¡A dos pasos del frente!... -gritaba Drozdovski arrancando el segundo cargador
vacío. Kuznetsov se incorporó de rodillas y ordenó, volviéndose hacia los
soldados que se arrastraban entre los montones de nieve: - ¡Quietos! ¡Que nadie
se mueva! Y escuchó la orden, escuchó su voz, que irrumpía con todo vigor en el
silencio incomprensible. No tableteaban las ametralladoras. No pesaba sobre el
cráneo el rugido de los aviones al entrar en picado. Comprendió que había terminado
todo... Clavándose en el cielo azul helado, los cazas se alejaban hacia el
suroeste con un débil silbido. De detrás de los montículos de nieve se
levantaban los soldados, todavía indecisos, y se dirigían lentamente hacia el
tren sacudiendo la nieve de los capotes y las armas y mirando los vagones que
ardían delante. El sargento Necháev, con la hebilla de marinero torcida,
golpeaba el gorro contra la rodilla (la nieve cubría su cabello negro y
brillante) y reía con risa forzada, mirando de soslayo con los ojos surcados de
venas rojas al teniente Davlatián, jefe de la segunda sección, muchacho
anguloso, enteco y de ojos grandes. Davlatián sonreía confuso, pero sus cejas
espolvoreadas de nieve intentaban fruncirse. - Parece que ha besado usted la
nieve, ¿eh, camarada teniente? -pronunció Necháev con un brío que no era
natural-. ¡Se ha zambullido en ella como un nadador japonés! ¡Buena nos han
dado! ¡Bien hemos hozado la nieve! -Y al ver al teniente Drozdovski parado allí
cerca, añadió como si se justificara de algo ante él-: ¡Hemos andado a gatas,
ja, ja! - ¿De q-qué se ríe... así, Necháev? N-no lo entiendo -replicó Davlatián
tartamudeando un poco-. ¿Qué le ocurre? - Parece que se despedía usted de la
vida, camarada teniente -volvió a decir Necháev con su risita entrecortada-.
¿Se creía que era el final? El brigada Golovánov, jefe de la sección de mando,
taciturno gigantón que caminaba a un lado de Necháev con el fusil automático
sobre el pecho anchísimo, le reprendió desabridamente. - Estás diciendo
tonterías, marinero. Kuznetsov vio luego a Chíbisov, renqueando tímido y
alicaído por entre los montones de nieve, a Kasímov, que con aire de culpable
iba a su lado enjugándose con la manga del capote los pómulos redondos
sudorosos, el rostro poco sociable y como arrugado de vergüenza del apuntador
Evstignéev, totalmente rebozado en nieve. Y en el alma de Kuznetsov se alzaba
algo asfixiante, amargo, similar a la rabia contra sí mismo por los minutos
humillantes de desvalidez general, porque acababan de obligar a cada uno a
pasar, delante de los demás, por el repulsivo miedo a la muerte. - ¡A formar!
-gritaban a lo lejos-. ¡Pasen lista por baterías! Drozdovski ordenó al
instante: - Jefes de sección, ¡formen las escuadras! - Sección de mando, ¡a
formar! -tronó la voz del brigada Golovánov. - ¡Primera sección, a formar!
-ordenó Kuznetsov. - ¡Segunda sección... ¡Form...! -gritó Davlatián con el tono
cantarín que les habían enseñado en la escuela. Excitados aún después del
peligro, los soldados ocupaban sus sitios, sacudiéndose y reajustándose el
cinto, sin el parloteo de costumbre. Todos miraban todavía hacia la parte
meridional del cielo, pero estaba ya inverosímilmente claro y limpio. Apenas
formada la sección atrajo la atención de Kuznetsov, al recorrer las escuadras
con los ojos, la mirada del apuntador Necháev, que aparecía nervioso en el
flanco derecho, donde debía encontrarse el comandante de la primera pieza. El
sargento primero Ujánov no estaba allí. - ¿Y Ujánov? -preguntó Kuznetsov
acercándose inquieto a la formación-. ¿No le ha visto usted durante el
bombardeo, Necháev? - También yo me pregunto dónde puede estar, camarada
teniente -contestó Necháev en voz baja-. Antes del desayuno fue a ver al
brigada. Puede que esté allí todavía... - ¿Tanto tiempo? -se extrañó Kuznetsov,
y pasó La nieve ardiente 11 por delante de la formación-. ¿Quién ha visto a
Ujánov durante el bombardeo? ¿Lo ha visto alguien? Los soldados, que se
estremecían de frío, se miraban unos a otros en silencio. - Camarada teniente
-volvió a decir en voz baja Necháev con cara de sufrimiento-: mire usted. Puede
que sea él... Igual que antes del bombardeo, el polvillo de la escarcha
refulgía al sol sobre el tren enorme, sobre las nieves y la caseta. Delante,
cerca de dos pullman en llamas, junto a los vagones intactos recubiertos de
hielo, continuaba el ajetreo: las baterías se formaban y a lo largo de ellas
llevaban entre dos soldados a alguien, herido o muerto, tendido en un capote. -
No -dijo Kuznetsov-, no es él. Ujánov lleva chaquetón guateado... - ¡Primera
sección! -pronunció la voz tajante de Drozdovski-. ¡Teniente Kuznetsov! ¿Por
qué no se presenta a la orden? ¿Qué ocurre? Preguntándose cómo debía explicar
la ausencia de Ujánov, Kuznetsov dio cinco pasos; pero, antes de que hubiera
informado a Drozdovski, éste inquirió severamente: - ¿Dónde está el comandante
de pieza Ujánov? ¡No lo veo en la formación! ¡A usted le pregunto, jefe de la
primera sección! - Primero hace falta saber si está vivo o no... -replicó
Kuznetsov, y se acercó a Drozdovski que esperaba su informe. "Por la cara,
parece que no está dispuesto a creerme", se dijo, y recordó su decisión
durante el ataque aéreo, su rostro pálido y afilado cuando rechazaba a Zoya
después de disparar todo un cargador de la ametralladora contra el Messerschmitt.
- Teniente Kuznetsov, ¿ha autorizado usted a Ujánov para que se ausentara? Si
estuviera herido, hace tiempo que la instructora sanitaria Eláguina lo habría
comunicado. Creo yo. - Pues yo creo que Ujánov se ha rezagado donde el brigada
-objetó Kuznetsov-. No puede estar en otra parte. - Envíe inmediatamente a
alguien a la sección de intendencia. ¿Qué puede hacer allí hasta ahora? ¿Se
habrá puesto a guisar con el cocinero? - Iré yo mismo. Y, después de dar media
vuelta, Kuznetsov echó a andar por los montones de nieve hacia las cocinas del
grupo artillero.
Cuando llegó a la sección de intendencia, todavía
estaban encendidas algunas cocinas y, delante de ellas, con expresión atenta,
formaban los arrieros, los escribientes y el cocinero. El brigada de la
batería, Skórik -cara estrecha, ojos verdes penetrantes y muy pegados a la
nariz- iba y venía delante de la formación con las manos detrás de la espalda,
largo capote de oficial y botas nuevas de fieltro que daban un aire felino a su
andar, y miraba a cada momento hacia el coche cama cerca del cual se habían juntado
los mandos y unos ferroviarios militares que hablaban con algún alto jefe
recién llegado en un largo automóvil de trofeo. - ¡Firmes! -gritó Skórik como
si hubiera notado con la espalda la proximidad de Kuznetsov y, girando sobre su
eje igual que en una figura de ballet, se llevó con artístico ademán el puño a
la sien y abrió los dedos-. Camarada teniente: la sección de intendencia... -
¡En su lugar, descansen! -Kuznetsov miró hosco a Skórik, que ponía en su voz la
subordinación correspondiente a la pequeña graduación de teniente-. ¿Está aquí
el sargento primero Ujánov? - ¿Por qué, camarada teniente? -inquirió suspicaz
Skórik-. ¿Cómo va a estar aquí? Yo no consiento esas cosas... ¿Qué ocurre,
camarada teniente? ¿Ha desaparecido? ¡Vaya, con Ujánov! ¿Dónde se habrá metido?
- ¿Ha estado aquí Ujánov a la hora del desayuno? -insistió severamente
Kuznetsov-. ¿Le ha visto usted? La cara estrecha y experimentada del brigada
reflejó el cálculo que hacía mentalmente del grado de responsabilidad que le
incumbía por lo ocurrido en la batería. - Sí, camarada teniente -dijo Skórik
con mucha dignidad-. Me acuerdo perfectamente. El comandante de pieza Ujánov
recogió el desayuno para la escuadra. Y, por cierto, regañó con el cocinero.
Por las raciones. Me vi obligado a hacerle personalmente una observación. Anda
tan desmandado como cuando era civil. Han hecho bien en no ascenderle. Es un
perdulario. Está sin desbastar... A lo mejor se ha largado al caserío. Porque
detrás de la estación, en una hondonada, hay un caserío. -De pronto, adoptando
una postura muy marcial, murmuró-: Camarada teniente: parece que vienen los
generales hacia acá... ¿Pasan revista a las baterías? Haga usted el informe de
reglamento, ¿eh? Desde el coche cama echaba a andar un grupo bastante considerable
por delante de las baterías formadas a lo largo del tren. Kuznetsov reconoció
de lejos al coronel Déev, comandante de la división, hombre muy alto, con el
pecho cruzado por el correaje y unas flamantes botas de fieltro ribeteadas. A
su lado, apoyándose en un bastón, iba un general desconocido, enjuto, de paso
rápido. Su zamarra negra (nadie llevaba otra igual en la división) destacaba
entre las demás zamarras y los capotes. Era el teniente general Bessónov,
comandante del ejército.
Caminaba delante del coronel Déev sin cojear
apenas. Se paraba al lado de cada batería, escuchaba el informe, luego se
pasaba el liviano bastón de bambú de la mano derecha a la izquierda, llevábase
la diestra a la sien y continuaba la revista. Cuando el comandante del ejército
y los jefes que le acompañaban se detuvieron junto al vagón vecino, Kuznetsov
oyó de pronto la voz alta y áspera del
general: - Contestando a su pregunta, quiero decirles una cosa: han tenido
Stalingrado cuatro meses en asedio, pero no lo han tomado. Ahora hemos
comenzado nosotros la ofensiva. El enemigo debe notar nuestra fuerza y nuestro
odio en toda su plenitud. Recuerden también otra cosa: los alemanes comprenden
que aquí, en Stalingrado, defendemos ante el mundo entero la libertad y el
honor de Rusia. No quiero mentir prometiéndoles combates fáciles: los alemanes
pelearán hasta el último. Por eso exijo de ustedes valor y conciencia de la
fuerza propia... El general pronunció las últimas palabras con voz exaltada que
contagiaba a los demás; y Kuznetsov notó de pronto la dura fuerza de convicción
de aquel hombre delgado de la zamarra negra y rostro enfermizo poco agraciado
que se dirigía hacia la sección de intendencia. Sin saber todavía lo que iba a
decir al general allí, cerca de las cocinas, ordenó: - ¡Firmes! ¡Vista a la
derecha! Camarada general: la sección de intendencia de la primera batería del
segundo grupo artillero... No tuvo que terminar la frase. El teniente general
clavó el bastón en la nieve, se detuvo frente a la sección formada y volvió los
ojos duros e inquisitivos hacia Déev, el comandante de la división. Este, muy
erguido, le contestó con gesto tranquilizador, entreabrió en una sonrisa sus
labios rojos y dijo con voz recia y juvenil de barítono: - Aquí no ha habido
pérdidas, camarada general. ¿Es así, brigada? - ¡A nadie le ha pasado nada,
camarada coronel! -lanzó Skórik abriendo mucho los ojos con expresión de
lealtad y pasando a hablar, no se sabe por qué, medio en ucraniano-. ¡El
brigada de la batería Skórik, a la orden! Y, sacando gallardamente el pecho, se
inmovilizó con la misma expresión de total obediencia. Bessónov estaba a cuatro
pasos de Kuznetsov. En las puntas del cuello de astracán, la humedad del
aliento se convertía en escarcha. Tenía las mejillas demacradas y grisáceas muy
bien afeitadas y unas arrugas profundas a los lados de la boca imperiosamente
apretada. Por debajo de las cejas, la mirada inteligente y fatigada de un
hombre de cincuenta años que ha pasado mucho tanteaba las siluetas desgarbadas de
los arrieros y luego la figura pétrea del brigada como si le desnudara. Skórik
sacó todavía más el pecho, juntó los tacones y se echó todo él hacia delante. -
¡No estamos en una revista de gala! -pronunció el general con voz áspera-. ¡En
su lugar, descanso! Bessónov apartó la atención del brigada y de la sección de
intendencia, y sólo entonces se volvió hacia Kuznetsov: - Y usted, camarada
teniente, ¿qué tiene que ver con la sección de intendencia? Kuznetsov se cuadró
sin contestar.
- ¿Le ha sorprendido aquí el ataque aéreo?
-inquirió el coronel Déev como para echarle una mano, aunque sólo se notaba la
intención en la voz. Después del informe del brigada había fruncido el
entrecejo-. ¿Por qué calla? Conteste, teniente. Kuznetsov notó la apremiante
impaciencia del coronel Déev, advirtió que el brigada Skórik y toda la
abigarrada sección de intendencia volvían simultáneamente la cabeza hacia él,
vio cómo rebullían los oficiales, y pronunció al fin: - No, camarada general...
El coronel Déev entornó las pestañas rojizas al mirar a Kuznetsov como a un
obstáculo irritante. - ¿A qué contesta usted "no", teniente? - No
-repitió Kuznetsov-. No me ha sorprendido aquí el ataque. Busco a un jefe de
pieza. Faltaba al pasar lista. Pero creo... - ¡En la sección de intendencia no
hay ningún jefe de pieza, camarada general! -gritó el brigada haciendo una
profunda aspiración y mirando con los ojos muy abiertos a Bessónov. Pero, como
si no le hubiera oído, el general preguntó: - ¿Acaba de salir de la escuela, o
ha combatido ya, teniente? - He combatido... Tres meses en el cuarenta y uno
-profirió Kuznetsov, no muy seguro-. Y ahora he salido de la escuela de
artillería. - De la escuela -repitió Bessónov-. De manera que busca usted a un
jefe de pieza, ¿no? ¿Ha mirado entre los heridos? - En la batería no hay
heridos ni muertos -contestó Kuznetsov notando que la pregunta del general
acerca de la escuela se debía, desde luego, a la impresión de su desvalidez y
su inexperiencia. - Pues en la retaguardia, como usted comprenderá, teniente,
no hay desaparecidos -observó secamente Bessónov-. En la retaguardia, los
desaparecidos no tienen más que un nombre: desertores. ¿Espero que no será éste
el caso, coronel Déev? El comandante de la división tardó un poco en contestar.
Se hizo un silencio. A lo lejos se escuchaban voces confusas y el resoplido
silbante de la locomotora. Delante rechinaron y traquetearon los topes: estaban
desenganchando del tren los dos Pullman en llamas. - No he oído la respuesta.
El coronel Déev habló con recalcada seguridad: - El comandante del regimiento
de artillería es nuevo. Pero no se han dado casos de ésos. Y espero que no se
darán. Estoy seguro, camarada general. A Bessónov se le estremecieron un poco
las comisuras de la boca severa. - Bueno... Le agradezco esa seguridad,
coronel.
La sección de intendencia seguía sin moverse y el
brigada Skórik, petrificado a dos pasos de la formación, hacía señas
desesperadas con las cejas a Kuznetsov, que no las advertía. Notaba cierto descontento refrenado del general al hablar
con el comandante de la división, y una inquieta atención en los oficiales de
estado mayor; pero, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, preguntó de todas
maneras: - ¿Da usted su permiso para retirarme, camarada general? Inmóvil y callado,
Bessónov observaba el rostro pálido de Kuznetsov. Los oficiales de estado
mayor, ateridos, se restregaban a hurtadillas las orejas y movían los pies. No
comprendían muy bien por qué se quedaba innecesariamente tanto tiempo el
comandante en jefe allí, en una sección de intendencia. Ninguno de ellos, como
tampoco el coronel Déev ni Kuznetsov, podía saber lo que pensaba en ese momento
Bessónov. Y él, como le sucedía a menudo en los últimos tiempos, pensaba en su
hijo de dieciocho años, desaparecido en junio en el frente de Vóljov. Y desaparecido
indirectamente por culpa suya, como le parecía al propio Bessónov, aunque con
la mente comprendía que, en la guerra, nada puede salvar de las balas ni del
destino. - Puede retirarse, teniente -profirió Bessónov después de un silencio
al ver los violentos esfuerzos de Kuznetsov por sobreponerse a la perplejidad
que le causaba su mirada-. Puede retirarse. -Y levantó un poco el bastón.
Bessónov se llevó la mano al gorro alto de piel con aire hosco y, rodeado por
el grupo de oficiales de estado mayor, echó a andar a lo largo del tren
cojeando levemente de la pierna herida, que le dolía. El dolor se agudizaba en
cuanto la pierna se le quedaba fría; en los últimos tiempos, esto sucedía con
creciente frecuencia. Pero Bessónov sabía, después de salir del hospital, que
esa sensación en el nervio afectado por el casco de metralla le duraría mucho
tiempo y tendría que habituarse a ella. Aquel dolor molesto y casi constante,
que le entumecía los dedos del pie derecho y a veces le sugería algo parecido
al miedo ante la perspectiva del hospital, con su inacción insensata como el
vacío, adonde temía ir a parar por segunda vez si se le habría la herida, y el
hecho de que, desde que le nombraron comandante del ejército, pensaba sin cesar
en el destino de su hijo, engendraban en él inquietantes sacudidas de
alteración espiritual y una extraña inestabilidad, cosas que no podía soportar
ni en sí mismo ni en los demás.
Las sorpresas no habían sido muy frecuentes en su
vida. Sin embargo, el nombramiento de jefe del ejército fue para él totalmente
inesperado. Se hizo cargo del ejército recién formado en la profunda
retaguardia, cuando se embarcaba ya en los vagones (a diario salían hasta 18
trenes para el frente), y no le había satisfecho plenamente el contacto que
acababa de tomar, después del ataque de los Messerschmitt, con una de sus
divisiones que iba apeándose de los trenes en varias estaciones al noroeste de
Stalingrado. Esta insatisfacción se debía a que en la zona de desembarque no
estaba asegurada la protección desde el aire. Después de escuchar las
explicaciones con que trataba de disculparse el comandante de la estación
-"nuestros cazas acaban de marcharse, camarada comandante del
ejército"-, estalló: "¿Qué quiere decir que acaban de marcharse?
Ellos se han marchado, y los alemanes han aprovechado para venir. ¡A cualquier
cosa le llaman ustedes protección!". Ahora se reprochaba su falta de sangre
fría, pues no era el comandante de la estación quien respondía de la protección
desde el aire. Sencillamente, aquel teniente coronel era la primera persona que
se le había puesto por delante. Bessónov se apartaba ya de la sección de
intendencia con los oficiales de estado mayor cuando oyó a su espalda la voz
sofocada de Déev, que había quedado rezagado: - ¿Qué demonios se ha puesto a
contar aquí, teniente? ¡A buscarlo como las balas! ¿Me ha entendido? Media
hora... No le doy más que media hora. Pero Bessónov fingió no haber oído nada
cuando Déev le dio alcance junto a los vagones descubiertos donde iban las
piezas, diciendo como si tal cosa: - Yo conozco esta batería, camarada
comandante en jefe, y estoy plenamente seguro de ella. La recuerdo por los
ejercicios cuando estaba en formación. Sólo que los jefes son todavía muy
jóvenes. No tienen aún soltura... - ¿De qué se disculpa usted, coronel? -le
interrumpió Bessónov-. Hable más concretamente, se lo ruego. Con claridad... -
Perdone usted, camarada general, yo quería... - ¿Qué quería usted? Diga
-profirió Bessónov con expresión de cansancio-. ¿También me toma a mí por un
chiquillo? Pues le advierto que conmigo es inútil intentar hacer méritos. -
Camarada general... - En cuanto a su división, coronel, sólo me haré una idea
completa de ella después del primer combate. Recuérdelo. Y si se ha molestado
usted, eso me tiene sin cuidado. El coronel Déev repuso desconcertado,
encogiéndose de hombros: - No tengo derecho de molestarme con usted, camarada
general. - Sí que lo tiene; pero, habiendo razón para ello. Y, clavando el
bastón en la nieve, Bessónov posó la mirada en los oficiales de estado mayor
que les seguían, callados, y a los que tampoco conocía aún suficientemente.
Miraban al suelo y no participaban en la conversación. - ¡Firmes! ¡Vista a la
derecha! -La voz de mando estalló delante, junto a una formación que negreaba
al pie de los vagones. - La tercera batería de obuses de 122, camarada general
-dijo el coronel Déev.
- Veamos la de obuses -pronunció Bessónov sin
comentarios.
Capítulo 3
Tampoco estaba Ujánov en el pequeño edificio de
la estación donde entró Kuznetsov por si acaso. Dos salas de techo bajo,
igualmente desiertas y frías, bancos de madera mugrientos, el suelo enfangado
por la nieve que había traído multitud de botas; la estufa de hierro, cuya
chimenea salía por una ventana con chapas de contraplaqué en lugar de
cristales, no estaba encendida, y en el aire flotaba el olor acre y asfixiante
de los capotes: allí había habido soldados de todos los trenes que pasaban.
Cuando Kuznetsov volvió a salir al aire puro, al sol aterido, el tren
continuaba parado en medio de la blanca llanura que fulguraba hasta el
horizonte, y sólo a la izquierda alargaba un cono de humo negro en el ciclo
quieto: los vagones incendiados se consumían en una vía muerta. La locomotora
soltaba el vapor con un silbido agudo delante del semáforo cerrado. A lo largo
de los vagones destacaban las líneas inmóviles de las baterías formadas. Detrás
de la estación, a medio kilómetro, ascendían sobre la estepa las columnas
rectas de humo de un caserío invisible en una hondonada. "¿Dónde le
buscaría yo? ¿Estará de verdad en ese maldito caserío de que hablaba el
brigada? ¿Qué tendrá que hacer allí ahora?", pensó Kuznetsov, y echó a
correr en aquella dirección, ya con rabia desesperada, por las huellas pulidas
que habían dejado en la nieve los patines de los trineos. Delante, en la
hondonada, blanquearon y lanzaron destellos al sol los tejados y refulgieron
como espejos las ventanitas bajas, cegadas por la nieve esponjosa. En todas
partes reinaba la calma matutina, una quietud absoluta. Hubiérase dicho que la
gente dormía todavía o almorzaba sin prisa en las isbas tibias, como si no
hubieran estado allí los Messerschmitt: se conoce que se había acostumbrado ya.
Aspirando el humo acre de las briquetas de estiércol que recordaba el olor del
pan recién cocido, Kuznetsov descendió al barranco y enfiló el único sendero,
salpicado de estiércol de caballo helado, que las pisadas habían abierto entre
los montones de nieve. A lo largo de los salgueros retorcidos, salpicados de
escarcha, plantados delante de las casas que tenían marcos de madera tallada en
las ventanas llegó hasta el extremo de la calleja, y allí se detuvo perplejo,
sin saber a qué puerta llamar ni dónde buscar a Ujánov.
En el caserío, todo parecía inalterablemente
pacífico, arraigado hacía mucho tiempo, lleno de sabor aldeano. Y quizá porque
desde el barranco no se veía el tren ni el apeadero, nació en Kuznetsov una
sensación de desconexión respecto a todos los que habían quedado allí, junto a
los vagones. Era como si no existiese la guerra, sino únicamente la glacial
mañana soleada, el silencio y las sombras violáceas del humo sobre la nieve de
los tejados. - ¿Quería usted algo? -pronunció una vocecilla chillona. Detrás de
una valla, una pequeña forma humana envuelta en una zamarra se inclinaba sobre
un brocal revestido de hielo, haciendo bajar al pozo un cubo suspendido del
cigoñal. - ¿Anda por aquí un combatiente? -preguntó Kuznetsov acercándose al
pozo y pronunciando la frase preparada de antemano-. ¿No ha pasado por aquí un
combatiente? - ¿Qué? De las profundidades del cuello de piel asomaron por una
rendija dos ojos negros y curiosos. Era un chico de unos diez años. Tenía una
vocecilla delicada, y sus dedos finos, con sabañones, empujaban el cigoñal
helado. - Pregunto si no anda por aquí algún combatiente -repitió Kuznetsov-.
Estoy buscando a uno. - Ahora, no -contestó el chico vivamente desde las
entrañas de piel de la enorme zamarra que le llegaba hasta los talones-. Pero
suelen venir muchos. De los trenes. Vienen a cambiar cosas. Si usted tiene una
guerrera o una camiseta, mi madre se la puede cambiar. O jabón... ¿No? Porque
precisamente ha cocido unos panes mi madre... - No -replicó Kuznetsov-. No he
venido a cambiar. Busco a un compañero. - ¿Y algo interior? - ¿Eh? - Ropa
interior, que mi madre quería. Si es de abrigo, claro... Se lo he oído decir. -
No. El chico sacó, colgado del cigoñal crujiente, el cubo lleno de agua
invernal del pozo, densa como el plomo, lo posó salpicando en el brocal
abultado del hielo. Cuando echó a andar con él hacia la casa, encorvado y
arrastrando por la nieve los faldones de la zamarra, dijo: - Que lo pase bien.
-Luego, doblando con los dedos rojos el cuello de piel de carnero, lanzó una mirada
de soslayo y preguntó-: ¿No será ése el compañero que busca usted? Ha estado en
casa de Kaidalik, el cojo. - ¿Cómo? ¿Qué Kaidalik? -se sorprendió Kuznetsov,
pero en esto vio al sargento primero Ujánov tras de la valla de la última isba.
Ujánov bajaba de la terracilla hacia el sendero poniéndose el gorro. Tenía la
cara arrebatada y tranquila del que acaba de comer. Todo su aspecto parecía
decir que había estado a gusto, al calor, y ahora salía a la calle a dar un
paseo. - ¡Ah, teniente! Se te saluda -gritó Ujánov con bonachona cordialidad, y
sonrió-. ¿Cómo tú por aquí? ¿Me buscabas? Pues, nada, que se me ocurrió mirar
por la ventana y te vi.
Se acercó, un poco patizambo, como un muchacho
aldeano, partiendo pipas de calabaza y escupiendo las cáscaras. Luego metió la
mano en un bolsillo del chaquetón guateado, ofreció a Kuznetsov un puñado de
gruesas pepitas amarillas y dijo, conciliador: - Están tostadas. Pruébalas.
Cuatro bolsillos llevo llenos. Tenemos para entretenernos todos hasta
Stalingrado. -Luego, al ver los ojos iracundos de Kuznetsov, añadió medio en
serio-: ¿Qué te pasa? Di lo que sea, teniente, desembucha. Toma pipas... -
¡Déjame de pipas! -profirió Kuznetsov palideciendo-. De manera que estabas
aquí, al calor en una casa, comiendo pipas, mientras los Messer tiroteaban el
tren, ¿eh? ¿Quién te ha dado permiso para marcharte de la sección? ¿Sabes lo
que se puede decir que eres después de esto? La expresión satisfecha se borró
del rostro de Ujánov, que cambió instantáneamente su aire saciado de muchacho
aldeano por otro entre burlón e imperturbable. - ¡Acabáramos!... Pues has de
saber, teniente, que cuando el ataque aéreo estaba allí... Arrastrándome a
cuatro patas alrededor del pozo. Y he venido a la aldea porque un ferroviario
que gateaba a mi lado me dijo que el tren estaría aún mucho tiempo parado...
¡Vamos a dejarnos de averiguaciones! -Con una sonrisa irónica, Ujánov partió
entre los dientes una pepita de calabaza y escupió las cáscaras a sus pies-. Si
no tienes nada que preguntarme, estoy de acuerdo con todo. Hazte cuenta de que
has agarrado a un desertor. Pero, por Dios, que no quería ponerte en un
aprieto, teniente... - Vamos ya para el tren. Y métete las pipas donde te
quepan... -le atajó Kuznetsov-. ¡Vamos! - Bueno, pues vamos. No regañemos,
teniente. A Kuznetsov le irritaba ahora más todavía no haber podido contenerse
al ver la impasibilidad de Ujánov, a quien todo parecía importarle un pepino, y
no comprender esa calma respecto a lo que no era indiferente para él. Y,
dejándose caer en un tono metálico que le desagradaba a él mismo, concluyó: -
Al fin y al cabo, hace falta pensar, ¡qué demonios! En las baterías están
pasando lista, probablemente nos apearemos en la próxima estación, ¡y falta un
jefe de pieza! ¿Quieres decirme cómo se debe entender eso?
- Si alguien se mete en averiguaciones, yo cargo
con la culpa, teniente: había ido a la aldea a cambiar jabón por pipas de
calabaza. ¡Bah! Todo se arreglará. Más allá del frente no me van a mandar ni me
van a pegar más de un balazo -replicó Ujánov. Cuando remontaba ya la cuesta del
barranco se volvió a mirar los tejados refulgentes, las ventanas heladas bajo
los salgueros cubiertos de escarcha y las sombras azules de las columnas de
humo sobre los montones de nieve y dijo-: Parece una aldehuela sacada de algún
cuento. ¡Y vaya chicas guapas, ucranianas o cosacas! Ha entrado una estando yo
en la casa, con las cejas como dibujadas, los ojos azules y unos andares que se
iba la mirada detrás. ¡Hombre! Parece que han venido nuestros cazas -exclamó
levantando la cabeza y entornando los ojos claros, descarados-. Seguro que
desembarcamos aquí. ¡Fíjate qué protección! El disco pálido del sol invernal
brillaba a escasa altura en la estepa sobre el largo tren militar, del que
habían desenganchado ya la locomotora, y sobre las hileras grises de soldados.
Y muy arriba, encima de la llanura y de los dos Pullman que se consumían en la
vía muerta, dos cazas patrullaban el tren. Parecían bañarse en el gélido azul,
unas veces horadando el cenit y otras dejándose caer sobre sus finas alas
plateadas. - ¡Ya estás en el vagón de una carrera! -ordenó Kuznetsov.
Capítulo 4
- ¡Batería! ¡Desembarquen! ¡Bajen los cañones!
¡Saquen los caballos! - Buena suerte tenemos. Todo el regimiento de artillería
está motorizado, y nuestra batería sigue con los caballos. - Al caballo lo ve
mal el tanque. ¿Comprendes la ventaja? - Y qué, eslavos, ¿hay que meterse una
caminata? ¿O están cerca los fritzes? - No tengas prisa, que tiempo hay de irse
al otro mundo. Porque, en la primera línea, no has empezado a templar cuando se
acabó la canción. - ¡Déjate de músicas! Lo que quiero saber es si nos van a dar
tabaco antes del combate o se va a hacer el distraído el brigada. ¡Tío más
tacaño! Han dicho que comeremos durante la marcha. - Este brigada es de
cuidado... - Los nuestros han copado a los alemanes en Stalingrado... Parece
que vamos allá... ¡Mira si los hubiéramos copado en el cuarenta y uno! ¡Dónde
estaríamos ahora! - Se ha levantado aire. A la noche apretará más el frío. - ¡A
la noche estaremos zurrándoles a los alemanes! Conque, no pasarás frío. - ¿Y a
ti, qué? Lo importante es cuidar del chisme personal si no quieres llegar como
un carámbano a la primera línea. Y, a ver cómo te presentas luego a tu mujer
indocumentado. - Chicos, ¿hacia dónde está Stalingrado?
Cuatro horas antes, cuando desembarcaron del tren
en aquel último apeadero de la estepa antes del frente, cuando todos a una, por
secciones, bajaron por unos troncos las piezas de los vagones descubiertos
llenos de nieve y sacaron a los caballos, entumecidos, que daban trompicones al
andar, resoplaban, miraban inquietos a los lados y se pusieron a arrancar nieve
con los labios allí mismo, junto a las vías; cuando la batería entera cargó en
los carros los cajones de proyectiles y sacó de los vagones, ya odiosos, las
armas, la última impedimenta, los macutos y las calderetas y los hombres
formaron luego en columna de marcha, dominaba a todos la febril excitación que
causa siempre un cambio de ambiente. Independientemente de lo que esperara a
cada cual, todos experimentaban un acceso de alegría incontenible y
reaccionaban riendo con excesivo alborozo a las bromas y las pullas lanzadas
sin mala intención. El trabajo les había hecho entrar en calor, y se empujaban
los unos a los otros en la formación, mirando anhelantes a los jefes de sección
como si todos tuvieran el mismo deseo de adivinar el giro nuevo, ignoto, que
tomaría su destino. En aquellos instantes notó de pronto Kuznetsov esa conexión
de decenas, cientos y miles de personas que esperan un combate inminente,
ignorado aún. Y se dijo con cierta emoción que desde entonces, desde esos
minutos antes de ponerse en marcha hacia la primera línea, quedaba unido a
ellos para mucho tiempo y sólidamente. Incluso el rostro siempre pálido de
Drozdovski, que dirigía el desembarque de la batería, no le parecía tan frío e
impenetrable. Se imaginaba remoto y olvidado todo lo que experimentó durante el
ataque de los Messerschmitt y después, y también la reciente conversación con
Drozdovski. En contra de lo que Kuznetsov esperaba, cuando quiso informarle de
que la sección estaba completa (Ujánov había aparecido), Drozdovski le
interrumpió con la impaciencia brusca de alguien dedicado a un asunto urgente:
"Empiece el desembarque de la sección. ¡Y sin el menor incidente! ¿Entendido?"
"Entendido", contestó Kuznetsov, y se dirigió hacia su vagón donde
estaba el jefe de la primera pieza, rodeado de soldados, como si tal cosa. Con
el presentimiento del combate inminente, todo lo pasado en el tren quedaba
opaco, borroso, sin relieve, y era recordado como algo fortuito e
insignificante por Kuznetsov y probablemente también por Drozdovski y la
batería entera, que embargaba el impulso nervioso hacia algo inexperimentado,
nuevo, aparentemente condensado hasta el máximo en una sola palabra metálica:
Stalingrado.
Sin embargo, al cabo de cuatro horas de marcha
por la estepa glacial, en medio de las nieves desiertas hasta el horizonte, sin
caseríos, sin el menor descanso ni las cocinas prometidas, fueron cesando poco
a poco las voces y las risas. Había pasado la excitación, y los hombres
caminaban empapados en sudor, con los ojos doloridos y llorosos de la cruda
reverberación interminable del sol en la blanca llanura. De vez en cuando, a la
izquierda y detrás, se escuchaba un fragor lejano, que luego se extinguió. Era
incomprensible por qué no se aproximaba la primera línea, que debía estar
cercana ya, y por qué se había escuchado aquel fragor detrás. Todos pensaban
ahora en lo mismo: en dónde estaba el frente y en qué dirección marchaba la
columna. Andaban prestando oído y, de tarde en tarde, cogían a los lados del
camino puñados de nieve dura y la comían, la tragaban sorbiendo con los labios;
pero la nieve no saciaba la sed. Diseminada por el cansancio, la enorme columna
se alargaba sin orden. Los soldados caminaban con lentitud e indiferencia
crecientes. Algunos iban ya agarrados a los escudos de las piezas o a la
delantera o los adrales de los carros y arrastraban, sacudiendo mecánicamente
la cabeza, pequeños caballos mongoles peludos con los hocicos húmedos erizados
de agujas de hielo. En los troncos que tiraban de las piezas humeaban los
flancos, lustrosos al sol, de los caballos de varas sobre cuya grupa redonda se
mecían, arrecidos, los arrieros. Rechinaban las ruedas de los cañones,
traqueteaban sordamente los rodillos y, atrás, rugían a cada momento los
motores de los camiones ZIS que patinaban al remontar las hondonadas. El
chasquido de la nieve, triturada por multitud de pies, el martilleo rítmico de
los cascos de los caballos sudorosos y él jadeo entrecortado de los tractores
que remolcaban los pesados obuses se fundían en un rumor uniforme y soporífico.
Y por encima de todo esto -por encima de los ruidos, del camino, de los
cañones, de los coches y los hombres- caía del cielo gélido un pesado cendal
blanquecino, que el sol irisaba a pinceladas, en medio del que se movía
automáticamente, como en sueños, la columna extendida por toda la estepa. Hacía
ya tiempo que Kuznetsov no marchaba ya al frente de su sección, como le
correspondía, sino detrás de la segunda pieza. Iba bañado en sudor: la guerrera
se le pegaba al pecho debajo del chaquetón guateado y del capote, y de las
sienes ardientes le fluían por debajo del gorro chorros cálidos que en seguida
se quedaban helados al contacto del aire, tirando de la piel. En silencio
absoluto, la sección se movía por grupos y no era ya la formación rectilínea
que le había agradado ver al principio cuando habían salido a la estepa
bromeando, con risas injustificadas, después de dejar atrás el apeadero. Ahora,
delante de los ojos de Kuznetsov se mecían desacompasadamente las espaldas con
las gibas monstruosas de los macutos encima de los capotes y los cintos
torcidos por el peso de las granadas. Algunos hombres habían procurado
aliviarse el peso quitándose los macutos y cargándolos sobre la delantera de
los carros.
Kuznetsov caminaba con cansada indiferencia,
esperando sólo una cosa: la orden de hacer alto. Al volver la cabeza de vez en
cuando veía a Chíbisov que renqueaba abatido detrás de los carros y al
apuntador Necháev, el marino tan pinturero hasta poco antes, que iba como a
remolque con una mirada de mal humor inusitada en él y el bigotito húmedo y
abultado de la escarcha al que echaba constantemente el aliento y relamía al
mismo tiempo de una manera extraña. "Pero, ¿cuándo haremos alto?
¿Cuándo?" - Bueno, ¿vamos a hacer alto o se han olvidado? -pronunció a su
espalda la voz sonora e indignada del teniente Davlatián. Era una voz que
siempre sorprendía a Kuznetsov por su ingenua pureza escolar y engendraba en él
recuerdos agradables como el pasado, recuerdos de lo que había sido en tiempos
la época escolar, encantadora y despreocupada, en la que probablemente vivía
aún Davlatián, pero que a Kuznetsov le parecía confusa y remota. Volvió la cara
con dificultad: le oprimía y le enfriaba el cuello la tirilla húmeda de
celuloide que les habían dado con el equipo al salir de la escuela. Davlatián,
el jefe de la 2a sección, muchacho de rostro muy delgado y grandes ojos, que a
diferencia de los demás no llevaba pasamontañas, daba alcance a Kuznetsov
moviendo presuroso las botas de fieltro y royendo sobre la marcha un puñado de
nieve como si fuera un trozo de azúcar. - Escucha Kuznetsov -dijo con su voz
sonora-: como delegado del Komsomol de la batería, quería pedirte un consejo.
Ahora, si te parece. - ¿Qué ocurre, Goga? -preguntó Kuznetsov llamándole
simplemente por el nombre como en la escuela de artillería. - ¿No has leído
todavía prosa alemana? -Sin dejar de chupar la nieve, Davlatián sacó de un
bolsillo del capote una octavilla amarillenta doblada en cuatro y explicó, sombrío-:
La ha encontrado Kasímov en la cuneta. Las lanzaron por la noche desde el aire.
Están que bufan de rabia. - A ver, Goga. Kuznetsov tomó la octavilla, la
desplegó y recorrió con los ojos el texto de gruesos caracteres: "Bandidos
de Stalingrado: Habéis conseguido provisionalmente cercar parte de las tropas
alemanas junto a vuestro Stalingrado, que nuestra flota aérea ha convertido en
ruinas. ¡No os alegréis! ¡No esperéis que vais a atacar ahora vosotros! ¡Ya
veréis la fiesta que os damos en vuestra calle! Os echaremos al otro lado del
Volga, y más allá, para que vayáis a alimentar los piojos siberianos. Sois
débiles ante un glorioso ejército triunfante. ¡Cuidad de vuestras pellejas
agujereadas, degolladores soviéticos!" - ¡Qué sarta de barbaridades! -dijo
Davlatián al ver la sonrisa despectiva de Kuznetsov cuando terminó de leer-. No
pensarían que iban a darles para el pelo en Stalingrado. ¿Qué te parece esta
propaganda? - Tienes razón, Goga. Una composición sobre tema libre -contestó
Kuznetsov devolviéndole la octavilla-. Nunca había leído nada igual. En el 41
utilizaban otro estilo. Escribían: "Entregaos y no os olvidéis de traer la
cuchara y el plato". Todas las noches tiraban montones de octavillas de
ésas.
- ¿Sabes cómo entiendo yo esta propaganda? Que el
perro se huele el palo. Y nada más. Davlatián arrugó la octavilla, la arrojó
más allá de la cuneta y soltó de nuevo la risa ligera, que volvió a recordar a
Kuznetsov algo lejano, familiar y soleado como un día primaveral visto desde
las ventanas de la escuela a través de la enramada de los tilos salpicada de
manchas tibias. - ¿Te has dado cuenta de una cosa? -continuó Davlatián
ajustando su paso al de Kuznetsov-. Primero hemos ido hacia el oeste y luego hemos
vuelto hacia el sur. ¿A dónde vamos? - A la primera línea. - Eso, ya lo sabía
yo. ¡Sí que has hecho un descubrimiento! -Davlatián soltó incluso la risa, pero
sus rasgados ojos oscuros seguían atentos-. Ahora, Stalingrado queda atrás. Tú
que has combatido, dime, ¿por qué no nos han comunicado el punto de destino? ¿A
dónde podemos ir a parar? ¿Es un secreto? ¿Tú sabes algo? ¿Será posible que no
vayamos a Stalingrado? - De todas maneras, iremos a la primera línea, Goga
-contestó Kuznetsov-. A la primera línea, y nada más. Ofendido, Davlatián
torció su afilada nariz. - ¿Eso es un aforismo? ¿Y me tengo que reír? Ya lo sé
yo. Pero, ¿dónde puede estar aquí el frente? Vamos hacia el suroeste. ¿Quieres
ver la brújula? - Ya sé que vamos hacia el suroeste. - Escucha: si no vamos a
Stalingrado, es horrible. Allí están zurrándoles a los alemanes, ¿y a nosotros
nos van a llevar donde el diablo perdió el tenedor? El teniente Davlatián
parecía desear una conversación seria con Kuznetsov, pero esa conversación no
podía dilucidar nada entonces. Ninguno de los dos sabía nada del itinerario
exacto de la división, modificado al parecer sobre la marcha, pero ambos
adivinaban ya que el punto terminal no era Stalingrado: ahora quedaba a la
espalda, donde de vez en cuando retumbaba un cañoneo lejano. - ¡Aprieten
filas!... -La orden era transmitida desde la cabeza de la columna-. ¡Aceleren
el paso! - Hasta ahora, no hay nada claro -contestó Kuznetsov después de una
mirada a la columna, enormemente alargada en medio de la estepa-. A algún sitio
vamos. Y no hacen más que apresurarnos. Es posible que caminemos a lo largo del
anillo. Según el parte de ayer, allí hay otra vez combates. - ¡Ah, entonces,
sería magnífico!... ¡Aprieten las filas, muchachos! -repitió a su vez la orden,
cuando llegó a sus oídos, con cierta entonación aprendida en la escuela de
artillería; pero se atragantó, y dijo alegremente-: ¿Eso ha sido del mantecado?
Prueba tú también. Te advierto que quita la sed. Porque anda uno empapado. -Y
como si fuera azúcar, chupó con deleite el puñado de nieve.
- ¿Te gustaba el mantecado? Déjalo ya, Goga, si
no quieres ir a parar a la enfermería. Incluso me parece que ya estás ronco.
-Kuznetsov no pudo reprimir una sonrisa. - ¿A la enfermería? ¡Nunca! -exclamó
Davlatián-. No me hables de la enfermería. ¡Al diablo, al diablo! Lo mismo que
antes de un examen escolar, escupió supersticiosamente tres veces por encima
del hombro y, poniéndose serio, arrojó el puñado de nieve a sus pies. - Yo sé
lo que es la enfermería. Un horror elevado al cuadrado. Todo un verano me pasé
allí tirado. ¡Como para ahorcarse! Está uno en la cama como un cretino, y no
hace más que oír; "¡Hermanita, el bacín! ¡Hermanita, el orinal!" Algo
de lo más idiota, vaya. Acababa de llegar al frente, en Vorónezh, y al día
siguiente agarré no se qué estupidez. Una enfermedad absurda. ¡Y se acabó el
combatid ¡Por poco me vuelvo loco de vergüenza! Davlatián volvió a reír
despectivamente, pero en seguida lanzó una mirada rápida a Kuznetsov como para
advertirle que no consentiría a nadie burlarse de él, porque la culpa de
aquella enfermedad no era suya. - ¿Y qué tenías, Goga? - ¿No te digo que una
enfermedad absurda? - Alguna enfermedad mala, ¿eh, teniente? -pronunció al lado
la voz burlona de Necháev-. ¿Cómo la pescó? ¿Por novato? Con el cuello
levantado y las manos en los bolsillos caminaba mecánicamente detrás de una
pieza. Se animó un poco al escuchar la conversación, y miró de reojo a
Davlatián. Los labios azulados dibujaban una especie de sonrisa irónica,
tirante del frío. - ¿De veras pescó algo? No se apure, teniente. Son cosas que
ocurren... - ¡Es usted repugnante! -gritó Davlatián, y su nariz afilada apuntó
hacia Necháev-. Está diciendo unas estupideces que meten miedo. ¡Lo que tuve
fue disentería... infecciosa! - Tampoco es un plato de gusto -observó Necháev
sin meterse en discusiones, y pegó con una manopla contra la otra-. ¿Por qué se
pone usted así, teniente? - ¡Déjese de tonterías! ¿Me oye? -ordenó Davlatián
haciendo gallos, y se puso a parpadear como un búho de día-. Siempre está usted
dispuesto a decir cosas raras. A Necháev se le estremeció burlonamente el
bigote escarchado y debajo asomó el brillo azulenco de unos dientes iguales y
jóvenes. - Lo que digo, camarada teniente, es que a cualquiera le puede
pasar... - Le podrá pasar a usted... ¡A usted; pero a mí, no! -declaró
Davlatián con una indignación enteramente absurda-. Oyéndole a usted,
cualquiera diría que nunca se ha ocupado de otra cosa... ¡Como si fuera un
sultán! Seguro que a las mujeres les da ganas de llorar su trivialidad.
- Lloran por otras razones, teniente, según los
momentos. -Bajo el bigote de Necháev volvió a deslizarse una sonrisa-. Si no le
echan a uno el gancho por lo legal, ya se sabe: llanto y pataleta. Las mujeres
son así. Con una mano le atraen a uno haciendo arrumacos, y con la otra le
rechazan: apártese, le odio, qué horror, déjeme en paz, cómo no le da
vergüenza... Y otras cosas por el estilo. Sicología de la encerrona y la
perfidia venenosa. Usted no parece haberla corrido mucho en la práctica,
teniente. Conque, aprenda de Necháev mientras le tenga al lado. Le transmito la
experiencia de mis observaciones. - ¿Con qué derecho... habla usted así de las
mujeres? -Davlatián había llegado al colmo de su indignación y ahora parecía un
gorrión encrespado-. ¿Qué entiende usted por práctica? Tiene unas ideas
asquerosas... El teniente Davlatián empezaba incluso a tartamudear de
indignación, y unas manchas de color escarlata asomaban a sus mejillas. Todavía
se sonrojaba al escuchar a los soldados alguna palabrota o una conversación
crudamente cínica acerca de las mujeres, y también eso pertenecía a lo lejano,
a lo escolar, que perduraba en él y apenas quedaba ya en Kuznetsov, hecho a
muchas cosas después de su bautismo de fuego, en verano, cerca de Róslavl. -
Vaya usted a su pieza, Necháev -intervino Kuznetsov-. ¿No se da cuenta de que
se ha metido donde no le llamaban? - ¡A la orden, camarada teniente! -profirió
de mala gana Necháev y, esbozando un ademán que quería ser un saludo, se apartó
hacia su pieza. - Hombre, Goga, que eres teniente. Debes acostumbrarte -dijo
Kuznetsov haciendo un esfuerzo para no echarse a reír ante la belicosa altivez
con que Davlatián levantó su nariz, morada del frío. - ¡No quiero! ¿Por qué he
de acostumbrarme? ¿A qué vienen esas alusiones? ¡Ni que fuéramos animales! -
¡Aprieten filas! ¡A las piezas! ¡Preparaos para aguantar!
De la cabeza de la columna llegaba Drozdovski a
caballo. Iba en la silla erguido, como fundido con la montura, y su rostro
impenetrable tenía una expresión severa bajo el gorro ligeramente echado hacia
atrás. Abandonó el trote por el paso, detuvo al costado de la columna su
caballo mongol de patas recias y pelo largo, con el hocico húmedo de la
respiración, y estuvo unos minutos viendo pasar, con mirada crítica, la
formación alargada de los soldados que, en hilera o dispersos, andaban en un
soñoliento estado de indiferencia. Todos llevaban ajustado a la barbilla el
pasamontañas abultado por la escarcha y el cuello subido. Los macutos se mecían
desacompasadamente sobre las espaldas encorvadas. Al parecer, salvo la orden de
hacer alto, nada era capaz ya de animar y someter a aquellos hombres
embrutecidos de cansancio. A Drozdovski le irritaba el desorden de la batería,
la indiferencia y la apatía de los hombres hacia todo; pero le irritaba de una
manera especial el que en los avantrenes hubiera macutos apilados y que entre
el montón de mochilas con las calderetas sujetas a los tirantes sobresaliera
incluso un mosquetón como un palo. - ¡Aprieten filas! -Drozdovski se levantó
flexiblemente sobre la silla-. ¡Guarden la distancia! ¿De quiénes son los
macutos del avantrén? ¿De quién es ese mosquetón? ¡A recogerlo todo! Pero nadie
fue hacia los avantrenes, ni nadie echó a correr. Únicamente los que se
hallaban más cerca de él aceleraron un poco el paso o, mejor dicho, hicieron
como si no hubieran entendido la orden. Levantándose más sobre los estribos,
Drozdovski dejó pasar la batería, luego se pegó un fustazo en la caña de la
bota de fieltro y gritó: - ¡Jefes de sección, preséntense a la orden! Kuznetsov
y Davlatián se acercaron juntos. Ligeramente inclinado sobre su silla, como
abrasándolos con sus ojos transparentes enrojecidos por el viento, Drozdovski
habló, áspero: - El hecho de que no se haga alto no es razón para que se
desmande la batería. ¡Incluso hay mosquetones en los avantrenes! ¿Es que ya no
les obedecen a ustedes los hombres? - Todos están rendidos de cansancio. Está
bien claro -dijo Kuznetsov en voz baja. - Hasta al caballo le cuesta trabajo
respirar... -le apoyó Davlatián, y acarició el hocico húmedo, erizado de agujas
de hielo, del caballo, que envolvió su manopla en el vaho del aliento.
Drozdovski tiró de las riendas, y el animal levantó la cabeza. - Tengo unos
jefes de sección de los más líricos -comentó mordaz-. "Los hombres están
cansados", "Al caballo le cuesta trabajo respirar"... ¿Vamos de
visita a tomar el té o vamos a la primera línea? ¿Quieren tener fama de
benévolos? Pues a los oficiales benévolos es a quienes les matan los hombres
como moscas en el frente. ¿Vamos a combatir sin que se nos caiga de los labios
el "usted perdone" y el "tenga la bondad"? En fin... ¡si
dentro de cinco minutos hay todavía mosquetones y macutos en los avantrenes,
van a cargar con ellos ustedes, los jefes de sección! ¿Está todo entendido? -
Todo. Consciente de la rabiosa razón que asistía a Drozdovski, Kuznetsov se
llevó la mano a la sien, dio media vuelta y se dirigió a los avantrenes.
Davlatián fue corriendo hacia las piezas de su sección. - ¿De quién son estos
bártulos? -gritó Kuznetsov quitando de un avantrén un macuto en el que resonó
la escudilla metálica-. ¿De quién es este mosquetón? Los soldados volvían la
cara de mala gana, acomodando maquinalmente el macuto al hombro; alguien
pronunció, sombrío:
- ¿Quién ha dejado aquí sus trastos? ¿Chíbisov?
- ¡Chíbisov! -clamó Necháev con su entonación de
sargento, tensando la garganta de corcho-. ¡Preséntese al teniente! Cojeando,
tropezando con los soldados, bajito y con un capote ancho y corto como una
falda gruesa, Chíbisov venía de los carros de municiones a los avantrenes
mostrando ya desde lejos a todos su petrificada sonrisa de espera. - ¿Es suyo
el macuto? ¿Y el mosquetón? -preguntó sintiéndose de pronto violento de ver a
Chíbisov agitarse junto al avantrén con la conciencia de su falta reflejada en
la mirada y los ademanes. - Sí, camarada teniente, son míos... -El vaho se
condensaba en la lana helada del pasamontañas. Tenía la voz ronca-. Perdone
usted, camarada teniente. Se me han hecho ampollas en un pie. Pensaba que se me
aliviaría un poco el dolor descargándome del peso. - ¿Está cansado? -preguntó
Kuznetsov inesperadamente en voz baja, y miró a Drozdovski que, erguido en la
silla, cabalgaba a lo largo de la columna y los observaba de soslayo. Luego
ordenó calladamente-: No se rezague, Chíbisov. Siga los avantrenes... - A la
orden. Sí. A la orden... Arrastrando blandamente el pie dolorido, como beodo,
Chíbisov aceleró el paso renqueante en pos del avantrén. - Y éste, ¿de quién
es? -inquirió Kuznetsov agarrando otro macuto. En esto oyó detrás unas risas.
Pensó que se burlaban de él, de sus modales de sargento, o de Chíbisov, y
volvió la cabeza. A la izquierda del cañón, Ujánov caminaba junto a la cuneta,
con andar de oso, en compañía de Zoya. Le decía algo, riendo, y ella, como
quebrado el talle por el cinto, le escuchaba distraída y asentía moviendo el
rostro sudoroso y fatigado. No llevaba la bolsa sanitaria en bandolera. Se
conoce que la había dejado en algún carro. Debían haber marchado mucho tiempo
juntos detrás de la retaguardia de la batería, y ahora daban alcance a las
piezas. Los soldados, rendidos, los miraban con censura como si buscaran en la
fingida animación de Ujánov un sentido secreto e irritante. - ¿Por qué
relinchará como un potro? -observó Rubin, arriero ya entrado en años, que mecía
su cuerpo cuadrado en la silla y se frotaba a cada momento con la manopla la
barbilla helada-. Alardea delante de la chica del heroico estado de sus nervios
como si quisiera demostrarle que está vivo. Fíjate, vecino -añadió volviéndose
a Chíbisov-, cómo hacen la rueda los galancetes de la batería delante de la
muchacha. ¡Como si no tuvieran el menor propósito de combatir!
- ¿Qué? -inquirió Chíbisov, que seguía
afanosamente el avantrén y, después de sonarse la nariz, se limpió los dedos en
el faldón del capote-. Perdona, por Dios, pero no te he oído. - ¿No oyes, o es
que te haces el sordo, prisionero? Digo que son unos cachorros -gritó Rubin-. A
nosotros, aunque se nos pusiera ahora delante una mujer dispuesta a todo, ni
hablar... Pero ellos, como si tal cosa... - ¿Eh? Sí, sí, sí -farfulló
Chíbisov-. Como si tal cosa... Es verdad. - ¿A qué dices "es verdad"?
No tienen más que tontunas de la ciudad en la sesera. ¡Eso es! Todo se les
vuelven risas y arrumacos alrededor de las faldas. ¡Qué poco fundamento! - ¡No
diga simplezas, Rubin! -intervino enfadado Kuznetsov, dejando que se adelantara
el avantrén y mirando hacia donde se veía la zamarra blanca de Zoya. Ujánov
seguía contando algo a Zoya, pero ésta no le escuchaba ni asentía ahora.
Levantada la cabeza, miraba con cierta espera a Drozdovski que, como todos, se
había vuelto hacia ellos, y en seguida se dirigió a él lo mismo que si
obedeciera a una orden, olvidándose instantáneamente de Ujánov. Al acercarse a
Drozdovski con una expresión sumisa desconocida pronunció, alterada la voz: -
Camarada teniente... - Y, caminando junto al caballo, murmuró algo más que no
se pudo escuchar. Drozdovski, al parecer contrariado aún, le contestó con algo
que podía ser una mueca o una sonrisa, le acarició recatadamente una mejilla
con el dorso del guante y dijo en voz alta: - Le aconsejo que suba al carro de
la compañía sanitaria. Ahora, no tiene nada que hacer en la batería. Luego
espoleó al caballo y desapareció al trote delante, en la cabeza de la columna,
desde donde llegó la voz de mando: "¡Aguanten para la bajada!" Los
soldados se juntaron en torno a los troncos, junto a los avantrenes y alrededor
de las piezas que frenaban la marcha antes de emprender la bajada. - ¿A la
compañía sanitaria? -repitió Zoya tristemente-. Bueno. Me voy. Hasta la vista,
chicos. Que se diviertan. - ¿Qué necesidad tiene usted de marcharse? -objetó
Ujánov sin ofenderse lo más mínimo de su pasajera desatención-. Súbase a un
avantrén. ¿Por qué le manda que se vaya? Teniente, ¿no habrá un sitio para la
instructora sanitaria? Ujánov llevaba el chaquetón guateado abierto sobre el
pecho hasta la cintura y se había quitado el pasamontañas: el gorro echado
hacia la nuca, con las orejeras desatadas y sueltas, descubría la frente roja,
atezada por el viento, y los ojos claros, entornados, que parecían ignorar la
cortedad. - Para la instructora sanitaria se puede hacer una excepción
-contestó Kuznetsov-. Si está usted cansada, Zoya, suba al avantrén de la
segunda pieza.
- Gracias, muchachos -replicó en seguida Zoya con
animación-. No estoy cansada en absoluto. ¿Quién ha dicho que estaba cansada?
Hasta me dan ganas de quitarme el gorro del calor que tengo. Y también siento
un poco de sed... He probado la nieve, pero deja un sabor a hierro en la boca.
- ¿Quiere usted un trago para remontarse? Ujánov desenganchó la cantimplora del
cinto y la agitó junto a la oreja con aire entendido. En la cantimplora se oyó
el gluglú de un líquido. - ¿Es posible?... ¿Qué hay ahí, Ujánov? -preguntó Zoya
y se le enarcaron las flechas heladas de sus largas cejas-, ¿Agua? ¿Le queda
todavía? - Pruebe usted -Ujánov desenroscó el tapón metálico de la cantimplora-
y, si no se anima con esto, me puede pegar un tiro. Aquí tiene un mosquetón.
¿Sabe disparar? - Ya me las arreglaría para apretar el gatillo, no se preocupe.
A Kuznetsov le desagradaban aquella animación suya artificial después de la
fugaz conversación con Drozdovski, la inclinación y la confianza extrañas que
mostraba hacia Ujánov, y dijo severamente: - Guárdese la cantimplora. ¿Qué
ofrece usted? ¿Agua o vodka? - ¡Quia, hombre! ¿Y si quiero yo? -Zoya sacudió la
cabeza, retadora-. ¿Por qué anda usted siempre como si fuera mi tutor,
teniente? ¿Tiene usted celos? -Le acarició la manga del capote-. Pues, muy mal
hecho, Kuznetsov, palabra. Yo siento por los dos el mismo afecto. - No puedo
tener celos de su marido -objetó Kuznetsov en tono medio irónico, y la frase
resonó como una trivialidad. - ¿De qué marido? -se extrañó Zoya-. ¿Quién le ha
dicho que tengo marido? ¿Qué marido? - Lo ha dicho usted misma. ¿No se acuerda?
Aunque, perdone usted, Zoya: eso no es cosa mía, si bien me alegraría de que
tuviera marido. - ¡Ah, sí! Lo que le dije antes a Necháev. ¡Qué tontería! -Se
echó a reír-. Quiero ser como una pluma al viento. Tener marido significa tener
hijos, cosa absolutamente imposible en la guerra, como un crimen. ¿Comprenden
ustedes? Quiero que lo sepa usted, Kuznetsov, y usted, Ujánov... Simplemente,
tengo confianza en los dos. Ahora que, si lo prefiere usted, Kuznetsov,
pongamos que tengo un marido serio y terrible. ¿De acuerdo? No se nos olvidará
-contestó Ujánov-. Pero, no le hace al caso. - Entonces, gracias, hermanitos.
Son unos buenos chicos. Con ustedes se puede combatir.
Y, cerrando los ojos como quien espera un dolor,
haciendo un esfuerzo sobre sí misma, tomó un sorbo de la cantimplora, tosió, en
seguida se echó a reír y agitó la manopla delante de los labios estirados para
resoplar. Devolvió la cantimplora con repugnancia, según advirtió Kuznetsov,
contempló a través de las pestañas húmedas a Ujánov que enroscaba,
imperturbable, el tapón, pero dijo con cierta sorpresa divertida: - ¡Qué
porquería!... Aunque, de todas maneras, es una buena cosa. En seguida he notado
calor por dentro. - ¿Otro trago? -ofreció benévolo Ujánov-. ¿Es la primera vez
que lo prueba? Zoya sacudió la cabeza. - No. Lo había probado ya... - ¡Guárdese
la cantimplora, y que no la vuelva a ver! -dijo severamente Kuznetsov-. Y
acompañe a Zoya a la compañía sanitaria. Allí estará mejor. - ¿Otra vez quiere
mangonearme, teniente? -protestó Zoya en broma-. Me parece que imita usted a
Drozdovski, aunque no con mucho arte. El habría ordenado con voz férrea:
"¡A la compañía sanitaria!", y Ujánov hubiera contestado "¡A la
orden!" - Eso, me lo habría pensado -dijo Ujánov. - ¡Qué se lo iba a
pensar! "¡A la orden!", y nada mas. - ¡Aguanten!... ¡Una pendiente!
-llegó desde delante la orden imperiosa-. ¡El freno! ¡Todos a las piezas!...
Kuznetsov repitió la voz de mando y fue hacia la cabeza de la batería donde en
torno a la primera pieza se habían aglomerado los soldados, reteniendo con las
manos la flecha del afuste y las ruedas y apoyando los hombros contra el escudo
y el avantrén mientras los arrieros tiraban de las riendas entre blasfemias y
gritos, conteniendo a los caballos, lustrosos de sudor, que plegaban las patas
traseras al emprender la bajada a un barranco profundo. La batería que iba
delante había descendido ya la cuesta helada, pulida y refulgente como un espejo,
y había recorrido sin incidente el fondo del barranco. Ahora, las piezas y los
avantrenes, envueltos en el hormiguero de soldados que los empujaban desde
abajo, remontaban la vertiente opuesta detrás de la cual serpeaba sin fin por
la estepa la columna interminable. Y allá abajo, en medio del camino, estaba a
la expectativa el brigada Golovánov, jefe de la sección de mando, y gritaba con
voz ronca al mismo tiempo que hacía señas: - Venga... ¡Venga, para acá!... -
¡Cuidado! ¡No les partan las patas a los caballos! ¡Aguantar todos! -ordenó
Drozdovski, que llegó cabalgando hasta el borde mismo de la bajada-. ¡A ver los
jefes de sección! Si nos quedamos sin caballos, tendremos que empujar nosotros
las piezas a brazo. ¡Aguanten! ¡Despacio! ¡Despacio!...
"Efectivamente, como les rompamos las patas
a los caballos tendremos que cargar nosotros con las piezas", pensó
excitado Kuznetsov, al percatarse de pronto de que él y todos los demás estaban
plenamente supeditados a una voluntad a la que nadie tenía derecho de oponerse
y que todo estaba fundido en algo enorme, frenéticamente incontenible, en cuyo
torrente no parecían existir ya las personas aisladas, con su impotencia y su
cansancio. Y, arrebatado por esta sensación suya de fusión con los demás,
repitió la voz de mando: - ¡Aguantar! ¡Aguantar!... ¡Todos a las piezas! -y
corrió a las ruedas del primer avantrén, hacia el montón de cuerpos de
soldados, mientras los artilleros con expresión feroz y jadeante, frenaban el
avantrén y las ruedas de la pieza que resbalaba por la cuesta abrupta. - ¡So!
¡caballo! ¡So! -se pusieron a gritar los arrieros. Sobresaltados los arrieros
gritaban abriendo mucho la boca bordeada por los flecos de escarcha de los
pasamontañas. Las ruedas del avantrén y de la pieza estaban inmovilizadas por
las cadenas del freno, pero éstas no agarraban en la superficie pulida del
camino liso, y las botas de fieltro de los soldados resbalaban por el declive
sin encontrar puntos de apoyo. El peso del avantrén cargado de proyectiles y el
peso de la pieza se precipitaban de modo cada vez más tangente e incontenible.
Los rodillos de madera del avantrén pegaban en las tensas patas traseras de los
caballos de varas que doblaban las corvas y levantaban los hocicos hacia el
cielo; los arrieros volvían a gritar, mirando con odio y súplica a los
artilleros. Y toda la maraña de cuerpos jadeantes, colgados de las ruedas, se
lanzó hacia abajo acelerando más y más el movimiento. - ¡Aguanten! -exhaló
Kuznetsov notando el peso de la pieza en el hombro y viendo a su lado el rostro
inyectado en sangre de Ujánov, recostada la ancha espalda en el avantrén, y a
la derecha los ojos oscuros de Necháev, desorbitados del esfuerzo, y su
bigotito blanco. De pronto cruzó su mente febril la idea de que los conocía
desde hacía ya tiempo, quizá desde los meses terribles de la retirada de
Smolensk, cuando él no era teniente, pero cuando también se tiraba así de los
cañones al replegarse. Sin embargo, él no los conocía entonces, y este hecho le
extrañaba-. Las piernas, cuidado con las piernas -profirió casi en un susurro.
La pieza y el avantrén se deslizaban al barranco por la rampa, la cadena
rechinaba contra la nieve, los caballos de varas, sudorosos, se escurrían en la
pendiente y sus cascos arrancaban, con un sonido áspero, chispas agudas de
hielo. Echados hacia atrás, los arrieros conservaban a duras penas el
equilibrio y tiraban de las riendas, pero el caballo delantero de la derecha
cayó de pronto en el camino pesadamente sobre el vientre y, al intentar
levantarse, haciendo grandes esfuerzos con el cuello, se deslizó cuesta abajo y
arrastró a los caballos de varas.
El arriero del delantero de la izquierda se
mantuvo en su silla y se echó de costado con un aire enloquecido de miedo,
incapaz de hacer levantar con sus gritos frenéticos al caballo de la derecha
que se debatía sobre el camino, resbalaba de costado, desgarraba y tensaba los
tirantes. Kuznetsov notó desesperado que
la pieza se precipitaba por el declive, dando alcance al caballo caído; vio al
brigada Golovánov que se lanzaba abajo al encuentro del animal, se apartó en
seguida de un salto y volvió a correr hacia él para intentar agarrarle de la
rienda. - ¡Aguanten!... -gritó Kuznetsov. Al notar de pronto una extraña
ligereza en el hombro tardó en comprender que el avantrén, y la pieza con él,
había quedado parado en el fondo del barranco. Maldiciendo a más y mejor, los
soldados enderezaban las espaldas fatigadas y, apartándose de las piezas, se
frotaban los hombros y miraban adelante, hacia el tronco. - ¿Qué le ha pasado
al delantero? -pronunció penosamente Kuznetsov tambaleándose sobre las piernas
anquilosadas del esfuerzo excesivo, y fue presuroso hacia los caballos. Allí
estaban ya Golovánov, los exploradores, el arriero Sergunénkov y su compañero,
Rubin, que guiaba los caballos de varas. Todos contemplaban al animal tendido
de costado en medio del camino. Sergunénkov, un muchacho delgado, pálido, con
rostro asustado de adolescente y los brazos largos, que miraba desvalido a su
alrededor, empuñó de pronto la rienda. Como si entendiera lo que intentaba
hacer, el animal, que era una yegua joven, sacudió la cabeza para desasirse,
mirando suplicante de lado con ojos húmedos, brillantes e inyectados en sangre
de la inquietud. Sergunénkov retiró la mano, volvió a mirar a su alrededor
buscando tácitamente ayuda y se acurrucó delante del animal. Con los flancos
sudorosos agitados, la yegua arañó el hielo con los cascos traseros y trató
febrilmente de levantarse, pero no lo consiguió. Kuznetsov comprendió que ya no
se levantaría por la forma extraña en que tenía dobladas las patas delanteras.
- ¡Atízale ya, Sergunénkov! ¿A qué esperas? ¿No conoces los resabios de esta
canalla de simuladora? -gritó rabioso Rubin, el arriero de los caballos de
varas, un soldado de rostro ancho y basto, pegándose con el látigo en la
polaina. - ¡El canalla serás tú! -gritó Sergunénkov con voz aguda-. ¿No ves lo
que pasa? - ¿Qué quieres que vea? La conozco muy bien: siempre anda pegando
coces. No quiere más que retozar. ¡Sacúdele con el látigo, y verás cómo se
despabila! - ¡Cierra la boca, Rubin, que ya estamos hartos! -Ujánov le empujó
con el hombro a guisa de advertencia-. Cuando quieras decir algo, piénsalo
primero. - Ni siquiera ha llegado al frente el pobre animal -suspiró compasivo
Chíbisov-. Una lástima... - Sí, me parece que tiene las patas delanteras rotas
-dijo Kuznetsov dando una vuelta alrededor del caballo. ¡Valientes arrieros!
¡Sí que manejan bien las riendas!
- ¿Qué se le va a hacer, teniente? -profirió
Ujánov-. Se acabó el caballo. Nos hemos quedado con tres. No hay ninguno de
reserva. - Ahora, a llevar el cañón a cuestas, ¿no? - preguntó Necháev
mordisqueándose el bigote-. El sueño de toda mi vida. Desde niño. - Ahí viene
el comandante de la batería... -advirtió tímidamente Chíbisov-. El verá lo que
se hace. - ¿Qué más le ha pasado a la primera sección? ¿A qué se debe el
atasco? Drozdovski bajaba el barranco en su caballo mongol. Llegó hasta el
tropel de soldados, que le abrieron paso, lanzó una mirada rápida al caballo
que hinchaba sus flancos y delante del cual seguía Sergunénkov en cuclillas,
encorvado. El rostro delicado de Drozdovski parecía muy tranquilo, y sólo las
pupilas delataban la rabia contenida. - ¡Lo había... advertido... primera
sección! -profirió separando las palabras, y señaló con la fusta la espalda
encorvada de Sergunénkov-. ¿Se les ha ido el santo al cielo? ¿Dónde tenían los
ojos? Y ese arriero, ¿está rezando? ¿Qué le ocurre al caballo? - Ya lo ve
usted, camarada teniente - contestó Kuznetsov. Sergunénkov volvió los ojos como
ciego a Drozdovski. De debajo de las pestañas heladas fluían por sus mejillas
pueriles lágrimas. Callaba y recogía con la lengua aquellas gotitas
transparentes. Se había quitado una manopla y acariciaba con delicada ternura
el hocico del caballo. El animal no se debatía ya, ni trataba de levantarse.
Hinchando el vientre al respirar, yacía quieto, comprensivo. Tenía el cuello
estirado como un perro y la cabeza en el camino y tanteaba con sus labios
blandos los dedos de Sergunénkov que envolvía en su respiración estertórea.
Había algo increíblemente angustioso y agónico en sus ojos húmedos, que miraban
de soslayo a los soldados. Entonces advirtió Kuznetsov que Sergunénkov tenía en
la mano un puñado de avena, guardado probablemente en el bolsillo desde hacía
mucho tiempo. Pero el caballo hambriento no comía: sólo agitaba débilmente las
ventanas de la nariz, olfateaba la mano del arriero e intentaba agarrar con los
labios los granos que dejaba caer mojados en el camino. Se conoce que captaba
el olor olvidado hacía ya tiempo en aquellas estepas nevadas, pero notaba a la
vez otra cosa: lo irremediable que se reflejaba en los ojos y la postura de
Sergunénkov, - Son las patas, camarada teniente -explicó con voz sofocada
Sergunénkov, que no dejaba de sorber con la lengua las lágrimas en las
comisuras de la boca-. Mírela... Sufre como una persona... ¿Por qué tiraría
hacia la derecha? Se asustaría de algo... Porque yo la retenía... Es una yegua
todavía joven, que no estaba hecha a tirar de la pieza...
- ¡Había que retenerla bien, cabeza de erizo, y
no estar pensando en las mozas! -pronunció con rabia Rubin-. ¿A qué viene ahora
lloriquear? ¡El cachorro este!... Dentro de nada va a caer aquí la gente a
puñados, y él llora a un jamelgo... ¡Asco da verlo! Hay que rematarla de un
tiro, para que no sufra, y se acabó. Cuadrado, torpote con el chaquetón y los
pantalones guateados que le abultaban debajo del capote, la funda para el
cuchillo en la bota derecha y el mosquetón a la espalda, este arriero suscitó
súbitamente antipatía en Kuznetsov por su malévola decisión. Lo de
"rematarlo de un tiro" resonó como el fallo de muerte contra un
inocente. - Me parece que no habrá más remedio -profirió alguien-. ¡Lástima de
animal!... Durante la retirada de Róslavl había visto Kuznetsov cómo remataban
los soldados, por compasión, a los caballos que no servían ya para bestias de
tiro. Pero también entonces le había parecido aquello el fusilamiento cruel,
antinatural e injustificado de un ser debilitado. - ¡Largo de aquí! -gritó
Sergunénkov con su vocecilla y, levantándose de un salto, marchó hacia Rubin-.
¿Qué propones, matarife, di? ¿Qué propones? ¡A la yegua, no la tocas! ¿Qué
culpa tiene ella? - Déjese de histerismos, Sergunénkov! Antes debía haberlo
pensado. Nadie tiene la culpa más que usted. ¡Se acabó! -intervino tajante
Drozdovski, y señaló la cuneta con la fusta-. Aparten al caballo del camino
para que no estorbe. ¡Continúen la bajada! ¡Cada cual a su sitio! Kuznetsov
dijo: - La segunda pieza, habría que desengancharla del avantrén y bajarla a
brazo para mayor seguridad. - Por mí, como si la quieren bajar a hombros
-replicó Drozdovski mirando por encima de la cabeza de Kuznetsov a los soldados
que arrastraban torpemente al caballo hacia la cuneta, e hizo una mueca-. ¡Péguenle
un tiro ahora mismo! ¡Rubin! Se hubiera dicho que la yegua comprendía el
sentido de la orden. Su relincho entrecortado y agudo desgarró el aire helado.
Como un grito de dolor, de desamparo, aquel vibrante alarido penetró en los
oídos de Kuznetsov. Sabía que hacían sufrir al animal al arrastrarlo a la
cuneta vivo, con las patas rotas, y casi cerró los ojos al ver su último
esfuerzo por levantarse como para demostrar que aún estaba vivo, que no había
que matarlo. Enseñando los recios dientes, con cierta ferocidad en el rostro
arrebatado, el arriero Rubin estaba delante y movía precipitadamente el cerrojo
del fusil mientras el cañón apuntaba al azar hacia la cabeza levantada de la
yegua, mojada, sudorosa, con los labios trémulos del último relincho implorante.
Restalló un disparo seco. Rubin profirió un juramento y, mirando a la yegua,
metió otro cartucho en la recámara. La yegua no relinchaba ya, sino que movía
lentamente la cabeza de un lado a otro, sin defenderse, y sólo resoplaba,
estremecida la nariz.
- ¡Imbécil! ¿No sabes disparar? -gritó rabioso
Ujánov que estaba cerca de Sergunénkov sobrecogido, y avanzó hacia el arriero-.
¡En un matadero debías trabajar! Arrebató el fusil de manos de Rubin y, después
de apuntar con mucho cuidado, disparó casi a quemarropa contra la cabeza de la
yegua que había dejado caer el hocico en la nieve. Súbitamente pálido, hizo
saltar la vaina que se clavó en la cresta de un montón de nieve y arrojó el
fusil a Rubin. - ¡Toma tu estaca, carnicero! ¿De qué te ríes como un cretino?
¿Te pica la nariz? - El carnicero lo pareces tú, aunque seas hombre de ciudad.
Te pasas de listo -rezongó Rubin agraviado, pero levantó el fusil, doblando su
grueso cuerpo cuadrado, y le quitó la nieve con la manopla. - Pues, cuidado con
la jeta, ¿eh? Ya estás prevenido -replicó Ujánov y, volviéndose hacia
Sergunénkov, le pegó una tosca palmada en el hombro-. Deja, hombre, que no se
ha perdido todo. En Stalingrado te encontraremos caballos de trofeo, muchacho.
Te lo prometo. - Parcherones, que les llaman los alemanes -observó el brigada
Golovánov-. ¡Claro que sí! - Percherones, hombre -le enmendó Ujánov-. ¡Ya lo
podías saber! ¿O acabas de llegar al frente? - ¡Cualquiera los entiende! - Tú
debías entenderlos. - ¡Bajen la segunda pieza! -ordenó Drozdovski y,
apartándose del cañón, añadió-: ¡Bien hecho, Ujánov! - ¡No me alabe mucho,
camarada teniente! -contestó Ujánov con sorna. En sus ojos claros no se había
enfriado aún el brillo rabioso que parecía retar a la querella-. Todavía es
pronto... ¡Se equivoca! Yo no soy un asesino de caballos. Kuznetsov dio orden
de desenganchar el avantrén de la segunda pieza. Se anunció el alto después de
la puesta del sol, cuando la columna se juntó en una aldea anónima incendiada.
Y entonces parecieron sorprender a todos los primeros vestigios de incendio a
los lados de la carretera, los esqueletos solitarios y renegridos de las
estufas rusas bajo los salgueros que alzaban sus ramas agudas a los bordes de
un río. De los agujeros abiertos en el hielo subía como niebla un vapor muy
encarnado. La tierra y el horizonte, hacia el oeste, eran teñidos de rojo
sangriento por el ocaso invernal, tan álgidamente helado, lacinante como un
dolor, que todo -los rostros de los soldados, los cañones recubiertos de hielo,
las grupas de los caballos y los coches detenidos en la cuneta- parecía
atenazado por él, se quedaba yerto en su brillo metálico, en su resplandor frío
sobre la nieve. - Muchachos, ¿adónde vamos? ¿Dónde están los alemanes?
- Aquí había una aldea. Fíjate, no queda ni una
casa. ¿Qué es esto? Íbamos a la boda de Fedka y hemos parado en el entierro de
Sídor. - ¿Qué hablas de entierros? Ya llegaremos a Stalingrado. Los jefes saben
lo que hacen... - ¿Cuándo habrá sido el combate aquí? - Hace mucho tiempo,
según parece. - A ver si podemos calentarnos en algún sitio. Porque nos vamos a
helar antes de llegar a la primera línea. - Primero habría que saber dónde esta
la línea. Unos tres kilómetros antes de la aldea, en el cruce de dos caminos de
la estepa, cuando un grupo considerable de tanques T -34 recién pintados de
blanco detuvo unos minutos la columna atravesándosele en diagonal hacia el
poniente, un proyectil rompedor de regulación del tiro reventó con sordo
crujido, relumbró en el aire como un cometa sobre los tanques y espolvoreó de
negro la nieve a un lado del camino. Al principio, nadie echó cuerpo a tierra,
sin saber de dónde habría venido el proyectil perdido. Sólo miraban los tanques
que atajaban el camino a la columna. Pero, apenas habían pasado las máquinas,
se escucharon atrás golpes sordos de baterías lejanas, y proyectiles de largo
alcance que perforaban el espacio con prolongado ronquido empezaron a estallar
estruendosamente a derecha e izquierda del cruce. Todos pensaron que los
alemanes tenían localizado aquel cruce desde la retaguardia y se tendieron,
rendidos, en la cuneta: nadie tenía fuerzas para alejarse mucho del camino.
Pronto terminó el cañoneo. La columna, que no había sufrido pérdidas, reanudó
la marcha. Los hombres caminaban, arrastrando los pies con esfuerzo, por
delante de los enormes embudos recientes, y el olor a cebolla de la trilita
alemana se disipaba en el aire. Este olor de la muerte eventual no hacía pensar
en el peligro, sino en Stalingrado, ahora inaccesible, y en los alemanes
invisibles en sus misteriosas y lejanas posiciones de fuego desde donde habían
disparado. Y de nuevo Kuznetsov, amodorrado unas veces y escuchando otras sus
pasos y el movimiento monótono de los pies de los demás, sólo pensaba en una
cosa: "¿Cuándo haremos alto? ¿Cuándo haremos alto?"
Sin embargo, nadie experimentó alivio físico
cuando, después de largas horas de marcha, entraron por fin en la aldea
incendiada y llegó volando de la cabeza de la columna la orden tan esperada de
"alto". Enteramente yertos, los arrieros se apeaban de los caballos
humeantes; tropezando, moviendo inseguras las piernas anquilosadas, se
apartaban hacia la cuneta tiritando y orinando allí mismo. En cuanto a los
artilleros, se desplomaban extenuados en la nieve, detrás de los carros y junto
a los cañones, con las espaldas y los costados pegados los unos a los otros, y
contemplaban entristecidos lo que había sido poco antes una aldea: las sombras
tétricas de las estufas, como monumentos funerarios, y los contornos lejanos y
netos de dos graneros intactos, manchones negros en medio del cielo gélido,
inflamado en el poniente. Todo el espacio, que ardía, incendiado por el ocaso,
estaba arrebatado de coches, tractores, katiushas, obuses y carros aglomerados
allí de pronto. No obstante, el descanso en las calles de la aldea inexistente,
sin cobijo, sin las cocinas, sin la sensación de la primera línea próxima,
parecía una mentira, una injusticia que cada cual notaba. El viento soplaba del
poniente trayendo agujas de nieve. Las cenizas exhalaban un olor empalagoso y
triste. Con un enorme esfuerzo para no caerse, Kuznetsov se aproximó a los
arrieros del primer cañón. Rubin, más arrebatado todavía, palpaba con hosco
ensimismamiento los tirantes de los caballos de varas cuyos flancos, pegajosos
del sudor, humeaban. Sergunénkov, muy joven, juntas las cejas pajizas en un
trazo duro, estaba junto al único caballo de tiro que le quedaba. Presentaba a
los labios ávidos del animal hambriento un puñado de avena en una mano y con la
otra le acariciaba y palmoteaba el húmedo cuello inclinado. Kuznetsov observó a
los arrieros, que no reparaban el uno en el otro, quiso decir algo confortante
para ambos, pero calló y fue hacia las escuadras, ansioso de tenderse junto a
los soldados, recostarse contra la espalda de alguno y, alzado el cuello para
protegerse del viento cortante, quedarse allí quieto y respirar dentro del
capote para calentarse así. - ¡Todos arriba! ¡Se acabó el alto! -se escuchó en
la columna-. ¡Preparados para la marcha! - ¡Acabamos de hacer alto, y a
levantarse ya! -rezongaban en la oscuridad voces irritadas-. ¡Qué
atosigamiento! - Habría que comer algo, pero el brigada no aparece en el
horizonte. Se conoce que está haciendo la guerra en la retaguardia. "¡Otra
vez! -pensó Kuznetsov, que inconscientemente había esperado todo el tiempo la
orden de levantarse y notaba, hasta sentir temblor en las piernas, un cansancio
de plomo en todo el cuerpo-. Pero, ¿dónde está el frente? ¿Hacia dónde
vamos?...”
Sin saberlo exactamente, se imaginaba que
Stalingrado había quedado hacía ya mucho tiempo a la espalda, como en la
retaguardia; ignoraba que el ejército entero, y por consiguiente la división de
la que formaban parte el regimiento de artillería, su batería y su sección,
avanzaba a marcha forzada en una dirección, hacia el suroeste, al encuentro de
las divisiones alemanas de tanques que habían comenzado una ofensiva para
levantar el bloqueo del enorme ejército de Paulus, cercado en la zona de
Stalingrado. Ignoraba también aún que su destino y el destino de todos los que
estaban a su lado -los que habían de morir y los que todavía vivirían- se
habían convertido en un destino común, independientemente de lo que esperaba a
cada cual. - ¡Preparados para la marcha! ¡Los jefes de sección, al jefe de la
batería! En el anochecer se levantaban los soldados a desgana, con desmadejada
torpeza. En todas partes se escuchaban toses, carraspeos, reniegos. Los hombres
de las escuadras se aproximaban a las piezas y recogían de los afustes los
fusiles y los mosquetones jurando contra las cocinas y el brigada. Los arrieros
les quitaban ya los zurrones a los caballos que comían y los amenazaban con los
codos diciendo: "Ya está bien, hambrones, que sólo queréis zampar".
Delante empezaron a crepitar los tubos de escape y se pusieron en marcha los
motores: las baterías de obuses formaban lentamente en la calle para ponerse en
movimiento. Con el grupo de exploradores y enlaces, el teniente Drozdovski
estaba en medio del camino junto a una hoguera a punto de extinguirse cuyo humo
blanco les envolvía los pies. Cuando Kuznetsov se acercó, iluminaba con una
linterna de bolsillo un mapa metido debajo del celuloide del portaplanos que
sostenía el enorme brigada Golovánov. Con un tono que no admitía objeciones,
Drozdovski decía: - Huelgan las preguntas. El punto terminal se desconoce, la
dirección a seguir es esta carretera hacia el suroeste. Usted, con su sección,
va delante de la batería. La batería continúa en la retaguardia del regimiento.
- Está claro y entendido -tronó Golovánov con voz profunda, y echó a andar por
el camino, en compañía de sus exploradores y sus enlaces, delante de los bultos
oscuros de los carros. - ¿Teniente Kuznetsov? -Drozdovski levantó la linterna,
cuya luz intensa y cruda hería los ojos. Kuznetsov dijo, apartándose un poco: -
Podríamos pasarnos sin luz. Tengo buena vista. ¿Qué hay de nuevo? - ¿Todo en
orden en la sección? ¿No hay rezagados? ¿No hay enfermos? ¿Están listos para la
marcha? En pocas palabras. Drozdovski hacía las preguntas casi mecánicamente,
pensando quizá en otra cosa, y esto irritó de pronto a Kuznetsov. - Los hombres
no han descansado. Quisiera saber dónde está la cocina. ¿Por qué se ha rezagado
el brigada? Todos tienen un hambre canina. Claro que estamos listos para la
marcha. ¿A qué preguntar? Nadie se ha puesto enfermo ni se ha rezagado. Tampoco
hay desertores... - ¿Qué manera de informar es esa, Kuznetsov? -le atajó
Drozdovski. ¿Está descontento? ¿Le parece que nos quedemos cruzados de brazos esperando
el rancho? ¿Es usted un jefe de sección o un arriero cualquiera? - En lo que
entiendo, soy jefe de sección.
- ¡No se nota! Les sigue usted la corriente a
Ujánov y a otros como él... ¿Qué moral es ésa? ¡Vuelva inmediatamente a la
sección! -ordenó Drozdovski con tono helado-. Y prepare a los hombres a la idea
del combate y no a la de la pitanza. ¡Me sorprende usted, teniente Kuznetsov!
Unas veces se le quedan rezagados los hombres, otras se parten las patas los
caballos. No sé cómo vamos a combatir juntos. - También usted me sorprende a
mí. Se puede hablar de otra manera. Y comprenderé mejor -contestó Kuznetsov con
hostilidad y echó a andar en las tinieblas llenas del zumbido de los motores y
del relincho de los caballos. - Teniente Kuznetsov -gritó Drozdovski-, ¡vuelva
usted aquí! - ¿Qué más quiere? El haz blanco de la linterna, que se acercaba
por detrás humeando en la niebla helada, detuvo en su mejilla la luz
cosquilleante. - ¡Teniente Kuznetsov! -La hoja estrecha de luz le pegó en los
ojos. Drozdovski se le había adelantado y le cortaba el paso, erguido como una
fusta-. ¡Alto! - Quita la linterna -profirió sordamente Kuznetsov notando lo
que podía ocurrir entre ellos en aquel momento; pero cada palabra de Drozdovski
y su voz tan implacable e incisiva despertaban precisamente entonces en
Kuznetsov la misma resistencia sorda e insuperable que si cuanto hiciera, dijese
o le ordenara Drozdovski fuera una tentativa tenaz y premeditada de recordarle
su autoridad y humillarle. "Sí, eso es lo que quiere", pensó
Kuznetsov al tiempo que notaba muy cerca la luz de la linterna detrás de cuyos
deslumbradores círculos anaranjados escuchó el murmullo de Drozdovski: -
Kuznetsov... No se te olvide que en la batería mando yo. ¡Yo!... ¡Solamente yo!
No estamos en la escuela. ¡Se acabaron las familiaridades! Y si te pones tonto,
lo vas a pasar mal. No pienso andarme con miramientos. ¿Queda todo claro? ¡Ya
estás en la sección! -Drozdovski le empujó con la linterna en el pecho-. ¡A la
sección! ¡Corriendo!... Deslumbrado, Kuznetsov no veía los ojos de Drozdovski y
sólo notó en el pecho algo frío y duro como un cuchillo mellado. Entonces pronunció,
apartando rudamente la mano con la linterna y reteniéndola un poco: - De todas
maneras, tendrás que apartar la linterna... En cuanto a las amenazas, ¡me da
risa oírte!
Y echó a andar por el camino invisible,
distinguiendo mal en las tinieblas los contornos de los camiones, los
avantrenes, las piezas y los arrieros junto a los caballos: después de la luz
de la linterna flotaban delante de él unos círculos parecidos a las manchas
chispeantes de hogueras que se extinguiesen en la oscuridad. Cerca de su
sección se tropezó con el teniente Davlatián que, sin detenerse, le preguntó
rápidamente echándole con el aliento un olor casero, suave y agradable, a pan:
- ¿Vienes de ver a Drozdovski? ¿Qué hay por allí? - Acércate tú, Goga. Quiere
conocer la moral de la sección, si hay enfermos, si hay desertores -dijo
Kuznetsov con rabiosa ironía-. En la tuya, si no me equivoco, los hay, ¿verdad?
- ¡Desatinos y tonterías! -protestó Davlatián con su voz de escolar, y añadió
despectivamente royendo una galleta-. ¡Un disparate elevado al cuadrado!
Desapareció en la oscuridad llevándose el tranquilizador olor casero a pan.
"Efectivamente, desatinos y tonterías -pensó Kuznetsov recordando las palabras
de advertencia de Drozdovski y notando en ellas algo antinaturalmente desnudo-.
¿Qué le pasará? ¿Se venga por la ausencia de Ujánov o por la yegua
perniquebrada?" De lejos, transmitida por la columna como por peldaños
ascendentes, se aproximaba la orden habitual de "Al paso, march...” Y
Kuznetsov, acercándose al tiro de la primera pieza, sobre los lomos de cuyos
caballos sobresalían las siluetas de los carreros, la repitió: - ¡Sección, al
paso, march...! Al instante, todo se puso en movimiento, se agitó. Traquetearon
los rodillos y la nieve rechinó bajo las ruedas pegadas a ella. Los pasos de
multitud de pies sonaron desacompasados. Y cuando la sección comenzó a formar
en el camino, alguien puso en la mano de Kuznetsov una galleta áspera. ¿No
tienes un hambre feroz? -oyó la voz de Davlatián-. Toma. Para entretenerla.
Metiéndole en seguida el diente a la galleta y experimentando una dulce
sensación de alivio, Kuznetsov dijo conmovido: - Gracias, Goga. ¿Cómo las
conservabas todavía? - ¡Calla, hombre, valiente cosa! ¿Vamos a la primera
línea, verdad? - Seguramente, Goga. - Estoy deseando que lleguemos, ¿sabes?
Palabra...
Capítulo 5
Mientras en las alturas de los estados mayores
alemanes todo parecía determinado, elaborado y ratificado y las divisiones de
Manstein comenzaban los combates para abrir una brecha, desde la zona de
Kotélnikovo, hacia Stalingrado, mutilado por cuatro meses de batalla, hacia la
agrupación de más de trescientos mil hombres del general Paulus que, esperaba
ansiosamente el desenlace, acorralada entre nieves y ruinas por las tropas
soviéticas al encuentro del grupo de ejércitos de choque alemán Hoth, compuesto
de 13 divisiones, fue lanzado en dirección sur, a través de las estepas
infinitas, otro ejército recién formado en la retaguardia por orden del Cuartel
General Soviético. Las acciones de una y otra parte recordaban los platillos de
una balanza en la que se había puesto ahora todas las posibilidades, que
brindaban las circunstancias. ...Unas veces adelantándose a la columna y otras
quedando rezagado, rodaba un Horch de trofeo, traqueteando por la cuneta. El
general Bessónov, con la cabeza encogida dentro del cuello del capote, iba
inmóvil, mirando a través del parabrisas y callado desde que había salido del
estado mayor del ejército. Este largo silencio del comandante en jefe era
conceptuado por los otros ocupantes del coche de una manera especial, como
hosquedad, como un obstáculo que nadie se decidía a vencer primero. Callaba el
comisario de la división, Vesnín, miembro del Consejo Militar. Y tampoco se
atrevía a romper el mutismo total de los jefes el ayudante de Bessónov, el
joven y comunicativo mayor Bozhichko, que fingía dormir recostado en un rincón
del asiento trasero y, desde el comienzo del viaje, estaba deseando referir la
última anécdota del estado mayor, pero no encontraba ocasión propicia. En
cuanto a Bessónov, no pensaba que su ensimismamiento pudiera tomarse como afán
de rehuir el trato o como engreída indiferencia hacia lo que le rodeaba. Desde
hacía mucho tiempo sabía por experiencia que ni la locuacidad ni el silencio
podrían modificar nada en sus relaciones con las personas. No quería agradar a
todos ni parecerles a todos ameno conversador. Ese mezquino juego de la vanidad
destinado a conquistar simpatías le había repugnado siempre, le había irritado
y repelido siempre en los demás como huera futilidad o flaqueza de una persona
insegura de sí misma. Bessónov había llegado a la firme convicción de que, en
la guerra, las palabras superfluas son polvo que oculta a veces la verdadera
situación de las cosas. Por eso, al hacerse cargo del ejército había inquirido
poco acerca de las cualidades y los defectos de los jefes de cuerpo y de
división. Fue a verlos, se presentó casi secamente y observó a cada uno de
cerca, no satisfecho del todo, aunque tampoco del todo decepcionado.
Lo que Bessónov veía ahora a través del
parabrisas él la luz de los faros que brillaba de vez en cuando en la niebla
helada -los rostros de los soldados y los oficiales envueltos como los de las
mujerucas en los pasamontañas cubiertos de escarcha y el movimiento
interminable de las botas de fieltro arrastradas por la nieve- no le hablaba de
un descenso aterrador de la "moral", sino sencillamente de un
cansancio extremo, agotador, ajeno ya a su poder. Esos soldados envueltos en
los pasamontañas habrían de entrar de todos modos en combate, y quizá le tocase
morir antes de lo que pensaba a uno de cada cinco. No sabían ni podían saber
dónde empezaría el combate ni que muchos de ellos realizaban la última marcha
de su vida antes de entrar en fuego. En cuanto a Bessónov, calibraba clara y
sensatamente el grado del peligro que se aproximaba.
Sabía que en la dirección de Kotélnikovo apenas
aguantaba el frente; que, en tres días, los tanques alemanes habían avanzado
cuarenta kilómetros en dirección a Stalingrado; que ante ellos se encontraba
como único obstáculo el río Míshkova y luego la estepa lisa hasta el Volga.
Bessónov se daba cuenta de que en esos minutos, mientras iba en el coche
pensando en la situación que conocía, su ejército y las divisiones blindadas de
Manstein marchaban ininterrumpidamente y con igual tenacidad hacia ese obstáculo
natural y de que mucho, por no decir todo, dependía de quien llegara primero al
Míshkova. Quiso consultar el reloj, pero se reprimió pensando que ese ademán
alteraría el silencio, daría pábulo a entablar conversación, cosa que no
deseaba. Seguía callado, apoyado en el bastón, tan quieto como si fuera de
piedra, aprovechando que había encontrado una postura cómoda para la pierna
herida, estirada hacia el calor que despedía el motor. El chófer, ya entrado en
años, veía confusamente a la luz débil del tablero de instrumentos, al lanzar
alguna mirada de soslayo, el extremo de un ojo huraño y gris del general, su
mejilla seca, los labios apretados con dureza. Hombre de gran experiencia, el
chófer que había servido a distintos comandantes en jefe interpretaba a su
manera el silencio que reinaba en el automóvil: como consecuencia de una
disputa antes del viaje o de una reprimenda por parte del jefe del frente.
Detrás, de vez en cuando, se encendía una cerilla con un pequeño resplandor,
rojeaba en la oscuridad la lumbre del cigarrillo del comisario o crujía un
correaje. Bozhichko, de trato siempre tan alegre, continuaba fingiendo que
dormía en su rincón. "Algo no le ha gustado, o es huraño -se decía el
chófer y, cada vez que brillaba el cigarrillo a su espalda, le atormentaba el
deseo de dar aunque sólo fuese una chupada-. Y se conoce que no fuma. Tiene la
cara verdosa, de enfermo. ¿Y si le pidiera permiso? Le podría decir:
"Permítame usted echar un cigarrillo, camarada comandante en jefe, porque
hasta me zumban los oídos de no fumar...” - Encienda los faros -dijo de pronto
Bessónov. Sobresaltado por la voz, el chófer obedeció. Una potente franja de
luz tajó delante la neblina helada. La oscuridad, disipada a ras del camino por
los fuertes faros, pegó contra los cristales arremolinándose en oleadas, se
enredó en los limpiabrisas en movimiento y envolvió el automóvil en humo
azulenco. Un instante pareció que el coche caminaba por el fondo del océano y
que el ruido del motor era la materia más sonora en sus profundidades, bajo la
capa de agua.
Luego, la columna se aproximó bruscamente,
apareció a la derecha, creció, negreó, brilló de manera caótica a la luz
intensa, ton las escudillas recubiertas de hielo y los fusiles. Se aglomeraba
en multitud hormigueante delante de unos tanques enormes como almiares nevados
que cegaban todo el camino. Los soldados volvían hacia la inacostumbrada luz
cegadora del coche unos rostros descontentos, fatigados, enmarcados por los
pasamontañas como por esparadrapo blanco, y al mismo tiempo gritaban algo,
agitando los brazos. - Aproxímese a los tanques -ordenó Bessónov al chófer. -
Deben ser muchachos del cuerpo mecanizado -opinó, animándose, Vesnín-. ¿Qué
jaleo han armado aquí los muy canallas? ¿Se meten con la infantería? -Sin
embargo, como sentía debilidad por los tanquistas, pronunció cariñosamente la
palabra "canallas" y en seguida añadió con cautelosa admiración-:
¡Son unos águilas! - Sólo que andan a rastras, camarada comisario -intercaló
zumbón Bozhichko, que se despertó en seguida. - Estas máquinas no son del cuerpo
-advirtió Bessónov sin vacilar-. El cuerpo de Mamin marcha a lo largo del
ferrocarril, a nuestra izquierda. Ahora no pueden estar aquí. De ninguna
manera. - ¿Me permite usted que vaya a enterarme, camarada comandante?
-preguntó Bozhichko con viveza, como si no hubiera dormitado. Harto de la
inactividad y del silencio, parecía encantado de la oportunidad de desplegar
energías de algún modo. Bessónov volvió a ordenar al chófer: - Detenga el
coche. El potente motor del Horch enmudeció y se extinguió en las tinieblas la
luz de los faros como absorbida por el radiador. En seguida cerró la noche y
desaparecieron la columna y los tanques. Bessónov aguardó en el coche hasta
habituarse a la oscuridad, luego abrió la portezuela y sacó primero el bastón
para apoyarse en él. Al apearse tropezó con la pierna en el borde de la
portezuela y, traspasado por el dolor, esperó unos instantes, contrariado
porque, habiendo tenido al apearse la idea de no lastimar la pierna, había
tropezado de todos modos. Todo era opacamente azul en el aire gélido, bajo el
cielo estrellado. Bessónov distinguió de manera confusa entre la oscuridad
nevada la cinta sinuosa de la columna, que se extendía en la estepa bajo las
estrellas, atajada por las moles cuadradas de los tanques: las largas siluetas
de los camiones con los faros camuflados, los carros, los soldados apiñados.
Oyó el ruido de los motores de los camiones y los tractores que giraban en
vacío y voces roncas, como congeladas, que gritaban delante, entre palabrotas:
- ¡Eh, tanquistas de la m...! ¿Qué hacéis aquí agazapados? - ¡Hijos de tal! ¡Si
están que no se pueden lamer! - ¡Fuera del camino con vuestros cacharros! ¡Ni
que estuvierais en una boda! Se habrán hartado de vodka, y ahora no ven ni por
donde se andan. - ¡Paso! ¡A ver si se puede pasar! - Muchachos, parece que
llega algún jefe... Ahí vienen dos coches...
Bessónov avanzó hacia aquellos gritos
discordantes. En las tropas le habían visto poco todavía, y en la zamarra no
llevaba distintivos de general. Sin embargo, el alto gorro de astracán hizo que
se extinguieran poco a poco las blasfemias en la multitud, y una vocecilla de
tenor exclamó muy cerca: - Si es un general... - ¿Quién está al mando de estos
tanques? -preguntó Bessónov con voz fatigada y áspera-. Que se presente a la
orden. Se hizo el silencio completo. Vesnín y Bozhichko, que habían venido del coche
intercambiando unas palabras, también dejaron de hablar. Del segundo coche
saltaron al camino los soldados de la escolta del general. Bessónov esperaba.
Nadie respondía. La mole oscura del último tanque, con manchas grisáceas
chispeantes de nieve en la chapa, exhalaba olor a herrumbre del metal helado y
a combustible frío y rancio. Daba la impresión de que no había nadie en el
tanque: sin luz, parecía muerto. Sólo en la escotilla de la torreta negreó algo
y rebulló ocultando las estrellas; pero sin que llegara ni un sonido. - He
dicho que se presente el jefe de estos tanques -repitió Bessónov en el mismo
tono-. Espero. - ¿Quién habla ahí? ¡Como que me voy a dejar sopapear por la
infantería! Mejor será que deis un rodeo sin meteros con los tanques -replicó
desde arriba una voz iracunda, y el bulto negro confuso que sobresalía de la
escotilla se movió más visiblemente sobre el fondo de las estrellas. - Baja a
presentarte al general, cabeza de chorlito con casco de tanquista. Y déjate de
diálogos -intervino Bozhichko divertido y, agarrando las empuñaduras de hierro,
trepó a la chapa blindada y allí apremió a alguien-: ¡Hala, hala! ¡Al general!
- ¿A qué general? A mí, no me haces picar. Ni que fuera novato... ¿Va el
general con la infantería, o qué? Entonces, ¿quién hay en los estados mayores?
- Anda, anda, hijo, que hablas demasiado. ¡Salta del cielo a la tierra! Arriba
se encendió una linterna cuya luz verdosa camuflada hizo resaltar del vacío la
silueta, que desde abajo parecía muy ancha, enorme, de un hombre vestido con
"mono" probablemente encima del chaquetón guateado. Salió lentamente
de la escotilla a la chapa blindada y saltó al camino. - Bozhichko, alumbre
otra vez -ordenó Bessónov-. Y tráigalo usted. - Vamos, muchacho, vamos.
Acércate sin miedo -le animó Bozhichko.
El tanquista se detuvo delante de Bessónov.
Aunque se había reducido sensiblemente en tierra, le llevaba de todas maneras
la cabeza. El equipo completo le daba un aspecto abotargado; tenía el rostro
excitado con chafarrinones de hollín, los ojos gachos bajo la luz de la
linterna cercados por la negrura de la carbonilla y los labios trémulos,
también negros, resecos. Respiraba fatigosamente, y en seguida se notó tufo de
alcohol. - ¿Está borracho? -preguntó Bessónov-. ¡Míreme usted, tanquista! -
No... camarada general. La norma... sólo la norma... -pronunció trabajosamente
el tanquista hinchando las aletas de la nariz y sin levantar los párpados
renegridos. - ¿El número de la unidad? ¿El grado? ¿De dónde vienen? Los labios
resecos del tanquista se agitaron febriles: - Primer batallón del 45 regimiento
especial de tanques, teniente Azhermáchev, comandante de la tercera compañía...
Bessónov le miró fijamente sin dar todavía crédito a la exactitud de la
respuesta. - ¿Del 45? ¿Cómo ha venido a parar aquí, comandante de la compañía?
-preguntó de manera muy inteligible-. El 45 regimiento ha sido incorporado a
otro ejército y, como es sabido, está delante, en la línea de defensa. Conteste
más claramente. . El tanquista levantó de pronto la cabeza y los párpados descubrieron
los ojos velados por el alcohol en medio de un cerco negro, como si fuera un
clown. Habló sordamente: - Allí no hay línea de defensa. Los alemanes han
ocupado el pueblo. Se nos colaron por la retaguardia. De mi compañía, quedan
estas tres máquinas, dos de ellas con impactos… Las tripulaciones están
incompletas. Yo, he escapado… con los restos de la compañía... - ¿Ha escapado?
-insistió Bessónov y, al comprenderlo todo con suma claridad en ese momento,
insistió en esa palabra, hiriente como si tuviera garras, tan conocida por el
año cuarenta y uno-. ¿Ha escapado? ¿Y los demás han escapado también, teniente?
¿Quién más ha escapado? -volvió a repetir Bessónov recalcando intencionadamente
lo de "escapado". - ¡Cobarde! -lanzó un soldado en la multitud. El tanquista
habló con voz sollozante: - No sé... no sé quien ha escapado. Yo he salido con
estos tanques... No teníamos enlace, camarada general... La radio no
funcionaba. Yo no podía... - ¿Qué más tiene que decir?
Conteniendo la ira, traspasado por el dolor de la
pierna, Bessónov no veía ya a nadie por separado; sólo escuchaba los distantes
sonidos de las voces de mando y, a sus espaldas, el zumbido de los motores de
toda la enorme columna jadeante, detenida como un cuerpo vivo, igual que si la
hubieran seccionado en su camino hacia el lugar de donde habían escapado, en
ciega desesperación, aquel teniente tanquista bebido y los tres tanques que le
cortaban ahora el paso. Y notó como si se cerniera en el aire la sombra negra
de algo venenoso, semejante al propio pánico. Los soldados se habían quedado
silenciosos en torno al tanquista. Bessónov repitió: - ¿No puede añadir nada
más, teniente? El tanquista aspiraba el aire por la nariz como si llorase
silenciosamente. - Mayor Titkov -ordenó Bessónov en la oscuridad con voz
netamente dura e implacable en la que resonaba lo rotundo del fallo-:
¡arréstele usted!... Y al tribunal por cobarde. Conocía la significación
indiscutible de sus órdenes; sabía que la orden sería cumplida al instante, y
volvió involuntariamente la cara, con una mueca, cuando vio que al tanquista se
acercaba el mayor Titkov, de su escolta, bajito, con una fuerza férrea y
complexión de luchador, y dos jóvenes soldados de apostura atlética armados con
metralletas. - Vea cómo se encuentran los otros tanquistas en las máquinas
-lanzó con voz entrecortada al mayor Bozhichko. - ¡A la orden, camarada
comandante en jefe! -contestó Bozhichko en un débil grito de asombro y
obediencia como si en aquel momento partiera del comandante en jefe una oleada
mortífera que con su extremo rozara también al ayudante. Y eso le desagradó a
Bessónov. Avanzó por el camino. - ¿Quién es aquí el jefe? ¿Por qué entorpece el
camino ese camión? -inquirió con frío comedimiento, y echó a andar por un
puente en cuyo piso de tablas se hundía el bastón. Caminaba rápidamente,
procurando no cojear. Los soldados apiñados en el puente le abrieron
respetuosamente paso. Alguien dijo en la oscuridad. - Aquí hay un alférez...
Algo le ha ocurrido al motor. Delante, en medio de la franja azulenca de un
puente estrecho que se divisaba a la luz de las estrellas, un poco de lado,
seguramente después de un patinazo, se dibujaban, opacos, los altos bordes de
un camión. Bajo el capot levantado, una bombilla esparcía una luz amarillenta
casi enteramente oculta por varios rostros preocupados que se inclinaban sobre
el motor. - ¡Que se presente el jefe! ¿De quién es este camión? Una silueta
enjuta, como la de un chiquillo vestido con un largo capote, se incorporó al
instante junto al capot: gorro ladeado sobre una oreja que doblaba, hombros
estrechos que dibujaba por detrás la luz de la bombilla y el rostro invisible.
Sólo el vapor del aliento y una sonora voz juvenil que hacía gallos al decir: -
Alférez Bélenki. El camión es del be-e-erre-ce y está destinado al
aprovisionamiento artillero... Una avería inesperada... Llevamos proyectiles...
"¡Qué voz! Parece que está informando en la
escuela militar", pensó Bessónov, y le interrumpió con cierta ironía: -
¿Qué significa eso de be-e-: etc.? - Erre-cé -terminó el alférez-. Batallón
especial de reparación y construcción... Seis camiones están temporalmente
destinados al aprovisionamiento artillero. - Be-e-erre-ce... ¡Señores, si no
hay quien lo pronuncie! -observó Bessónov-. Se traba la lengua... -Luego
preguntó-: ¿Puede quedar reparado el coche dentro de cinco minutos? - No-no,
camarada general... Sin dejarle terminar, Bessónov ordenó: - Cinco minutos para
descargar los proyectiles y dejar libre el puente. Si no les da tiempo,
precipiten el coche fuera del espacio transitable. Y no pierdan un segundo. El
alférez estaba sobrecogido, y la oreja doblada por el gorro ladeado sobresalía
de una manera extraña. - ¡Camarada general! ¡Camarada comandante en jefe! -se
escuchó cerca de los tanques un alarido implorante que parecía un sollozo-. Le
ruego que me escuche… ¡Déjenme hablar con el general! ¡Déjenme! Y luego...
Aquel grito repercutió de nuevo como una sacudida de dolor en la pierna herida.
Se volvió y, notando súbitamente que podría caerse si daba un paso en falso,
regresó hacia atrás como bajo el dolor de una tortura y se detuvo
involuntariamente al ver, junto a las moles de los tanques, a los hombres de su
escolta que trataban de llevarse por la fuerza al teniente tanquista, aferrado
con ambas manos a una oruga y despatarrado en la nieve. Al mismo tiempo vino
hacia él Vesnín y le habló con persuasivo calor: - Piotr Alexándrovich, te lo
ruego... Es un chico joven. Se conoce que se hallaba en un estado de
prostración cuando arremetieron los alemanes. Pero comprende que ha cometido
una falta, tiene conciencia de ello... Acabo de hablar con él. No hay que ser
tan duro. "Parece que surgen las primeras divergencias entre el comisario
y yo -pensó Bessónov-. Pronto ha descubierto crueldad en mis acciones". El
dolor no amainaba, sino que le oprimía la pierna con unas tenazas
incandescentes. Como a través de un cristal azul, Bessónov veía a un lado el
largo óvalo del rostro de Vesnín y sus gafas brillantes. Cuando se disponía a
subir nuevamente al automóvil dijo con sequedad: - Parece que se te ha olvidado
lo que es el pánico, Vitali Isáevich. ¿Has olvidado el veneno que es? ¿O vamos
a replegarnos hasta Stalingrado en ese estado de postración? A ver, que traigan
al tanquista. Quiero verle otra vez -añadió. - Mayor Titkov, conduzca aquí al
teniente -dispuso Vesnín.
El mayor y los dos soldados condujeron al
tanquista. Su respiración era silbante y entrecortada, y le castañeteaban los
dientes como si le hubieran zambullido desnudo en agua helada. No podía
pronunciar ni una palabra, y cuando por fin intentó hablar sólo se escucharon
los sonidos ahogados que producía al tragar la saliva con dificultad. Vesnín le
tocó en un hombro. - Repóngase, teniente. Hable. El tanquista dio un paso hacia
Bessónov y dijo roncamente: - Camarada comandante en jefe... con toda mi vida pagaré,
con mi sangre... con mi sangre... -Se frotó el pecho con las manos para ayudar
al aire a penetrar en los pulmones-. La primera y última vez. Y si no cumplo...
que me fusilen. Pero, créame. Soy capaz de pegarme yo mismo un tiro en la
sien... Sin dejarle terminar, Bessónov le detuvo con el ademán: - ¡Basta! ¡Al
tanque ahora mismo, y adelante! Al sitio de donde logró "escapar". Y
si se le ocurre otra vez "escapar", se le juzgará por cobarde y
alarmista. ¡Adelante ahora mismo! Bessónov llegó cojeando hasta el coche y le
pareció oír, en el movimiento que se produjo a su espalda, un estallido de risa
histéricamente reprimido y un "gracias" ahogado, tan absurdo,
insensato y desagradable como aquella risa animal, porque era lo mismo que si
Bessónov, en virtud de un capricho perverso, tuviera derecho de quitar o
regalar la vida y, al regalarla, produjera una dicha inmensa a los demás.
"Algo hay en mí que no es como yo quisiera... Esto no debe ser -pensó
Bessónov en el coche estirando la pierna hacia el motor-. Yo quisiera que fuese
de otro modo. Pero, ¿cómo? ¿He provocado miedo o sumisión al miedo? ¿O ese
tanquista se arrepiente sinceramente?" El chófer apuraba a toda prisa un
cigarrillo, aspirando de tal manera que crujía el tabaco chisporroteando y la
lumbre iluminaba sus bigotes. - Perdone usted, camarada general -dijo con aire
culpable-. He llenado esto de humo... Conectó el motor. Vesnín subió en
silencio al coche. - Fume usted si no puede aguantarse -consintió Bessónov con
repugnancia-. En el puente recogeremos al mayor Bozhichko. Vamos. - ¿Qué tabaco
fuma usted, Ignátiev? Deje que pruebe. Será como pólvora, ¿no?, del que llega
hasta los hígados -pronunció Vesnín instalándose en el asiento de atrás. - ¡Ya
lo creo, camarada miembro del Consejo Militar! Si no tiene usted reparo, tome
usted la petaca -contestó encantado el chófer.
Delante rugieron los tanques, que arrojaban haces
de chispas por los tubos de escape, y se agitaron entre el traqueteo de las
orugas. Los faros brillaron como ojos felinos. Envueltas en los remolinos de
nieve que levantaban, las máquinas dieron media vuelta junto a la columna que
se había salido del camino. El tanque delantero enfiló el puente, retumbante
como un tambor debajo de él. Luego aflojó la marcha hasta detenerse frente al
camión que cortaba el paso, atravesado, y en torno al cual iban y venían, ajetreados,
los soldados que descargaban los últimos proyectiles. Los faros destacaron
sobre el puente la silueta del mayor Bozhichko que dirigía el trabajo.
Llevándose las manos a la boca como una bocina, le gritó algo al tanquista
asomado a la torreta. Los soldados se apartaron a la carrera del camión. El
tanque delantero pegó una embestida, golpeó con las orugas en el costado del
camión y lo empujó por el puente con la misma ligereza que si fuera de juguete.
Reventando el parapeto, el camión se precipitó y se estrelló contra el hielo
del río. - ¡Qué monstruo tan devastador es la guerra! Nada tiene valor -observó
amargamente Vesnín que miraba hacia abajo por el cristal. Encorvado en su
sitio, Bessónov no contestó. El Horch frenó haciendo señales con los faros a
los tanques para que se apresuraran. Excitado, envuelto en el olor medicinal
del aire helado, el mayor Bozhichko no entró, sino que se desplomó en el coche
y, cerrada la portezuela y resoplando después de las energías desplegadas en el
puente, informó satisfecho: - Se puede seguir, camarada comandante en jefe. -
Gracias, mayor. El haz brillante de los faros hizo ver a Bessónov, al borde del
puente, junto al parapeto reventado, el largo capote y la silueta erguida del
alférez de la voz atiplada y la oreja doblada por el gorro. Desconcertado,
miraba tan pronto hacia abajo como al Horch igual que si por primera vez no
comprendiera lo que pasaba y pidiese ayuda a alguien. Bessónov ordenó: -
Encienda los faros, Ignátiev, -Y, después de hallar junto al motor tibio una
postura cómoda para la pierna, cerró los ojos y encogió más la cabeza en el
cuello de la zamarra. "Víctor -pensaba-. Víctor...” En los últimos
tiempos, todos los rostros juveniles con que tropezaba fortuitamente Bessónov
le causaban accesos de doloroso vacío por su inexplicable culpabilidad paternal
ante el hijo. Y cuanto más a menudo pensaba ahora en él, más le parecía que
toda la vida del hijo había transcurrido, se había deslizado al lado suyo, de
una manera monstruosamente inadvertida.
Bessónov no podía recordar con exactitud detalles
de la infancia de su hijo, las cosas que le gustaban, los juguetes que tenía,
cuándo empezó a ir a la escuela. Sólo recordaba con particular nitidez que una
noche se había despertado llorando, asustado probablemente por lo que soñaba, y
él había encendido la luz al oírle. El hijo estaba en su cuna, delgadito,
agarrado a los hierros con las manos finas y temblorosas. Bessónov le tomó
entonces en brazos y, percibiendo con su pecho velludo el débil cuerpecito estrechado
contra él, sus finas costillas, notando el olor a gorrión de los cabellos
claros, húmedos en la coronilla, había empezado a pasear por el cuarto mientras
murmuraba una canción de cuna inventada, aturdido por la dulzura del instinto
paternal. "Hijito, no tengas miedo, que nadie te hará nada. Estoy yo
contigo, hijo..." Pero recordaba más netamente aún otro momento, el que
más le hizo sufrir luego: con cara de susto, su esposa trataba de arrebatarle
el cinto que descargaba sobre el pantaloncillo ajustado, barato, rebozado en el
polvo de la buhardilla, del hijo de doce años, que no exhaló ni una queja.
Cuando arrojó la correa, el hijo escapó mordiéndose los labios y volvió la
cabeza en la puerta: en los ojos grises, como los de la madre, temblaban las
lágrimas contenidas de una pueril conmoción. Una vez en su vida le había
causado dolor al hijo, como castigo por haber cogido dinero de la mesa de
escritorio para comprarse palomas... ¿Sería posible que Vitia criara palomas en
la buhardilla? También de esto se enteró más tarde. Era trasladado de una
unidad a otra -del Asia Central al Extremo Oriente, del Extremo Oriente a
Bielorrusia-, viviendo siempre en casas que no eran suyas, con muebles que
tampoco eran suyos. Para la mudanza, les bastaban dos maletas. Su esposa se
había habituado hacía ya tiempo a esa situación, siempre preparada para un
cambio de residencia, para un nuevo nombramiento, y soportaba sin protestar
aquella pesada cruz: la de él y la suya. Parecía que así debía ser. Pero al
cabo de mucho tiempo, hospitalizado después de los combates de Moscú, pensaba
por las noches en la esposa y el hijo y comprendía que muchas cosas no habían
sido conforme podían haber sido, que había vivido como en borrador, esperando
siempre en el fondo de su alma recopiar toda su vida en limpio, después de los
treinta, después de los cuarenta. Pero el cambio dichoso no llegó a producirse.
Por el contrario, ascendía de grado y de puesto, y al mismo tiempo estallaban
guerras: en España, en Finlandia; luego fue el Báltico, Ucrania Occidental y,
en fin, el año cuarenta y uno. Ahora no se fijaba ya plazos de aniversario y
sólo pensaba que esta guerra, desde luego, había de modificar muchas cosas.
También en el hospital se le ocurrió por primera
vez la idea de que su vida, la vida de militar, no era posible seguramente, más
que en la variante adoptada por él de una vez para siempre. En ella no había
pasado nada en vano. No era posible ni hacía falta recopiarla en limpio. Era
como el sino: así, o así. Sin términos medios. Y si hubiera habido que optar de
nuevo, no habría cambiado su destino. Pero, al comprender esto, Bessónov
reconocía lo imperdonable: lo más entrañable en la variante única de la vida
elegida por él había fluido, había pasado rápidamente de largo, como envuelto
en humo, y no encontraba justificación ante el hijo ni ante su esposa. Su
última entrevista con Víctor había tenido lugar precisamente en aquel hospital
próximo a Moscú, en una sala pulcra y blanca para generales. Egresado de una
escuela de infantería y ya destinado, el hijo había ido a verle con la madre
tres horas antes de que su tren saliera para el frente desde la estación de
Leningrado. Resplandeciente con sus rombos de color frambuesa, haciendo
rechinar gallardamente el cinto y correaje flamantes de oficial, todo atildado,
feliz y solemne, un poco de juguete en su brillantez, el alférez de nueva
hornada en el que probablemente se fijaban las muchachas en la calle estaba sentado
en la otra cama (el general que la ocupaba había salido discretamente) y
hablaba con voz de bajo, quebradiza y animada, de que le habían destinado al
ejército de operaciones, de que estaba hasta la coronilla del "¡A
formar!" y del "¡Firmes!" de la escuela y de que ahora, por fin,
le darían una compañía o una sección -como a todos los egresados- y empezaría
la vida de verdad. En la conversación llamaba con cierta negligencia a Bessónov
"padre", cosa que no hacía antes y a la que habría de acostumbrarse.
Y Bessónov contemplaba su rostro vivo, de alegres ojos grises y vello delicado
en las mejillas, su mano fina de chico capaz con que golpeaba, algo preocupado,
el bolsillo del pantalón de montar, y pensaba en otros chicos, alféreces y
tenientes, jefes de sección y de compañía, a los que casi nunca había visto más
de una vez: después del primer combate había ya otros en su lugar... -
Permítele que fume, Petia -intervino la esposa, que observaba al hijo con
inquietud-. Porque ahora fuma, ¿sabes? - ¿De manera que fumas, Víctor?
-preguntó Bessónov con una sensación de desagradable sorpresa, aunque le acercó
sobre la mesita los cigarrillos y los fósforos del otro general-. Pues, aquí
tienes. - Tengo dieciocho años, padre. En la escuela, fumaban todos. No puedo
ser un mirlo blanco. - ¿Y también bebes? ¿Has probado ya? Sin rodeos, hombre,
que ya eres alférez y tienes independencia.
- Sí, he probado... No, deja, tengo los míos:
Pushki. ¿Me permites? ¿No te molesta? -pronunció rápidamente el hijo y,
sonrojándose, sopló en la boquilla; encendió el fósforo de una manera especial,
al estilo del frente, entre las palmas de las manos, como seguramente había
aprendido de alguien en la escuela-. Me imagino -dijo luego animadamente para
disimular su confusión- lo que habría ocurrido si te hubieses enterado antes.
¿Me habrías pegado de correazos? El hijo fumaba inhábilmente, echando el humo hacia
debajo de la cama como si estuviera en el cuartel de la escuela y temiese la
entrada del oficial de guardia. Bessónov y su esposa se miraban en silencio. -
No -replicó sordamente Bessónov-. Después de aquella vez, nunca. ¿O es que me
tienes por un padre severo? - Hiciste bien entonces -afirmó el hijo-. Me
merecía los correazos. Por tonto. Reía al recordar lo que ahora tanto
atormentaba a Bessónov: el dolor físico causado en tiempos al hijo. - Estos
hombres míos... Ahora tengo ya dos hombres hechos y derechos -exclamó a media
voz la madre, y estrechó con sus dedos la mano de Bessónov sobre la colcha-.
Ocurre algo extraño, Petia, sin tu participación. Víctor marcha al frente de
Vóljov, a un ejército desconocido... ¿Cómo no puedes hacer nada... llevártelo a
alguna de tus divisiones? Por lo menos estaría cerca de ti, ¿comprendes? Lo
comprendía todo y sabía mejor que ella el destino efímero de los jefes de
secciones y compañías de tiradores. Más de una vez había pensado en ello, y con
gesto apaciguador quiso acariciar la mano pequeña y tibia de su esposa, pero se
contuvo delante del hijo. - Como verás, Olia, ahora soy un general sin tropas
-dijo Bessónov mirando atentamente al hijo aunque sólo se dirigía a su esposa-.
Cuando esté clara la situación reclamaré a Víctor en caso, naturalmente... El
hijo no le dejó terminar y, atragantado por el humo, sacudió la cabeza
negativamente. - ¡Eso sí que no, padre! ¿Bajo el alita del papá general? ¡Quia!
Ni hablar de eso, madre. ¿Por qué no de ayudante suyo para que me empiece a
condecorar? - De ayudante no te tomaría, pero sí te daría una compañía -dijo
Bessónov-. En cuanto a las condecoraciones, no las reparto si no hay méritos.
Aunque sé que hay distintas maneras de obtenerlas. - ¡Quia, hombre! En la
escuela, los muchachos no hacían más que preguntarme con unas sonrisitas muy
especiales: "Ahora te reclamará tu papá, ¿no?" ¡No quiero, padre!
¿Que importa el sitio donde se manda una compañía? Ya tengo en el bolsillo la
orden de salir para el frente. Somos cuatro de la escuela que vamos para allá,
y queremos estar juntos. Juntos hemos estudiado y juntos marcharemos al ataque.
Y si me ocurre algo, señal de que ese era mi destino. ¡No hay más que un
destino, padre! -dijo, repitiendo probablemente palabras escuchadas a alguien-.
¡Palabra que sólo hay uno, madre!
Bessónov se limitó a mover ligeramente los dedos
bajo la mano de su esposa, súbitamente húmeda. También ella callaba. Lo que al
hijo le parecía ahora claro y sencillo, lo que tanto le excitaba -la espera de
una vida nueva, independiente, la fraternidad de armas y los ataques decididos,
y siempre victoriosos, naturalmente-, cobraba para Bessónov un carácter algo
distinto. Sabía muy bien lo que es el campo de batalla y lo fea que es a veces
la muerte en la guerra. Mas, no tenía derecho de decírselo todo al hijo, de
destruir prosaicamente en él, con su experiencia, la ingenua ilusión de la
juventud. Además, Víctor no lo habría comprendido ahora. Lo único que notaba
probablemente era el susurro cautivador, en el bolsillo de la guerrera, de la
orden de salir para el frente. La guerra era la única que tenía derecho de
introducir enmiendas reales en sus ideas. - El destino -repitió Bessónov-.
Hablas del destino, Víctor. Pero el destino, en la guerra, no es ciego. Por
extraño que te parezca, es una superación de sí mismo cotidiana, de todos los
instantes. Una superación sobrehumana, si lo quieres saber. Aunque no se trata
de eso... - Efectivamente, no se trata de eso. ¿Para qué vamos a meternos en
filosofías? -convino despreocupadamente el hijo, y preguntó señalando la pierna
vendada del padre debajo de la ropa-: Y tú, ¿qué tal ahora? ¿Saldrás pronto?
¡Me figuro lo aburrido que debe ser estarse aquí metido! ¡Te compadezco, padre!
¿No te duele? ¡Demonio, cómo pasa el tiempo! Están esperándome los muchachos.
Tengo que ir a la estación -y lanzó una rápida ojeada al reloj. Por este
movimiento se podía comprender que no se imaginaba aún lo que era el dolor e
incluso que no podía imaginarse siquiera la posibilidad del dolor. - Espero que
saldré pronto -contestó Bessónov-. En cuanto a ti, escribe a tu madre. Aunque
sólo sea una vez al mes. - ¡Cuatro veces al mes, palabra! -Víctor se levantó,
casi feliz de pensar que, al fin, pronto se montaría en el tren con sus
compañeros de la escuela de infantería. - No, Vitia: dos veces -le enmendó la
madre-. No hace falta más. Así sabré, por lo menos... - Te lo prometo, mamá, te
lo prometo. Ya es hora, vamos... Otra cosa se le había quedado grabada. Antes
de marcharse, el hijo estuvo un momento sonriente, indeciso, sin saber si besar
al padre (no era costumbre en la familia). Y no se decidió, no le besó, sino
que le tendió la mano: - ¡Hasta la vista, padre! Fue Bessónov quien,
estrechando los dedos frágiles del hijo, le atrajo hacia él, le presentó la
mejilla enjuta, muy bien afeitada, como siempre, y dijo con un fruncimiento de
cejas: - Bueno. No sé cuando nos volveremos a ver. Es la guerra, hijo.
Por primera vez en toda la conversación le llamó
"hijo", pero no con la entonación que ponía Víctor en la palabra
"padre". Víctor posó inhábilmente sus labios en una comisura de la
boca. Bessónov le besó en la mejilla cálida y notó el olor dulce del limpio
sudor juvenil que exhalaba su guerrera. - Ve -dijo-. Pero acuérdate de que a
las balas y la metralla les repugnan los viejos. Buscan a chicos como tú... Si
cambias de parecer, escríbeme y te buscaré una compañía. Y ahora, suerte, alférez.
- Me parece que hay que contestar mandando al diablo, ¿no, padre?... Que te
repongas pronto. Después del primer combate escribiré. Se echó a reír, pasó la
mano por el correaje que crujía tan agradablemente, alisó los pliegues de la
guerrera de oficial bien confeccionada, y, después de retocar satisfecho la
funda de la pistola de brillante cuero amarillo, tomó de los pies de la cama el
impermeable nuevecito, y se lo echó ágilmente al brazo. En el mismo momento,
algo se desparramó tamborileando por el suelo que iluminaba el sol. Eran
proyectiles de pistola TT, nuevos, relucientes, que llenaban los bolsillos del
impermeable de Víctor. Al salir de la escuela sólo daban dos cargadores, pero
él se las había ingeniado para hacerse con una cantidad que probablemente
habría bastado para muchos meses de guerra. Vuelto hacia la ventana, Bessónov
no dijo nada, pero la madre murmuró con voz lamentable: - ¿Qué es esto? ¿Para
qué quieres tantos? Espera que te ayude. ¿Os han dado todos éstos? - No te
molestes, mamá. Yo los recogeré. Es por si acaso. Algo cohibido, el hijo se
puso a recoger rápidamente del suelo los cartuchos; cuando se levantaba
guardándoselos en los bolsillos vio otro que había rodado más lejos. Volvió la
cara hacia el padre, que miraba por la ventana, y con un leve puntapié de su
bota de tafilete lo mandó a un rincón. Salió con expresión feliz, como quien va
de paseo, solemne, alférez de juguete con crujiente correaje y el impermeable
nuevecito al brazo. Bessónov encontró más tarde debajo de la batería de la
calefacción aquel cartucho pulido y reluciente y lo tuvo un buen rato en la
mano, sopesando su extraña ingravidez. ... -Comisario, ¿cuántos años tendrá?
¿Diecinueve, veinte? -preguntó Bessónov con voz áspera rompiendo el silencio
que reinaba en el coche. - ¿El tanquista? - Y el otro, el del puente. - En
realidad, son unos chiquillos, Piotr Alexándrovich.
Meciéndose blandamente en los baches, el Horch
marchaba con los faros apagados. Los tanques habían desaparecido hacía ya
tiempo en la tiniebla azulenca de la noche aterida. A la derecha se veía el
punteado negro de los camiones, sin luces, que remolcaban los pesados cañones.
De vez en cuando se escuchaba el bufido de las ruedas al patinar sobre el
hielo, y detrás de los cristales helados arrastraba el viento retazos de voces
de mando. Bessónov, que notaba constantemente este movimiento ininterrumpido, pensaba:
"¡Más aprisa, más aprisa!...” El calor suave del motor le subía por la
pierna, calmando el dolor, envolviéndola como en guata tibia. Con un golpeteo
mecánico, los limpiaparabrisas se movían rítmicamente barriendo la escarcha de
los cristales. Toda la estepa azuleaba confusamente bajo las estrellas
relucientes de frío. La luz de un fósforo brilló atrás y se difundió por el
coche el olor del humo de un cigarrillo. - Sí, veinte; eso me ha dicho
-contestó Vesnín, y en seguida inquirió con cautela confidencial-: Dime, Piotr
Alexándrovich, ¿qué ha sido por fin de tu hijo? ¿No se sabe nada? Bessónov se
puso sobre aviso y sus dedos apretaron con fuerza el bastón que tenía entre las
rodillas. - ¿Cómo estás enterado de lo de mi hijo, Vitali Isáevich? -preguntó con
reserva, sin volver la cabeza-. ¿Qué querías saber? ¿Si vive mi hijo? Vesnín
posó delicadamente la mano en el respaldo del asiento, junto al hombro de
Bessónov. - Perdona, Piotr Alexándrovich. Claro que no quería... Naturalmente,
de algo estoy enterado. Sé que tienes un hijo, alférez... Que combatía en el
frente de Vóljov, en el 2° Ejército de choque que... En fin, ya sabes lo que ha
sido de él. Vesnín calló. - Todo es cierto -replicó fríamente Bessónov-. El 2°
Ejército de choque donde servía mi hijo fue derrotado en junio. El comandante
en jefe se entregó prisionero. El miembro del Consejo Militar se pegó un tiro.
El jefe de comunicaciones sacó del cerco a los restos del ejército. Entre los
que salieron no estaba mi hijo. Los que le conocían afirman que murió.
-Bessónov frunció el entrecejo-. Espero que cuanto he dicho morirá en este
automóvil. No quisiera que los sucesos del frente de Vóljov alimentaran los
comentarios de los que andan a la caza de noticias sensacionales. No es el
momento. Se oyó a Vesnín bajar el cristal rechinante para tirar el cigarrillo
sin apurar y al chófer que rebullía en su asiento como si la advertencia se
refiriera sólo a él y murmuraba: - Eso es agraviarme, camarada comandante en
jefe. Estoy bien probado... - Agráviese si no ha entendido -dijo Bessónov-.
Esto se refiere también al mayor Bozhichko. Yo no soporto a mi lado chóferes
demasiado locuaces ni ayudantes demasiado parlanchines. - ¡Todo está entendido,
comandante en jefe! -replicó gallardamente Bozhichko sin molestarse-. Lo tendré
en cuenta si he cometido algún error. - Los cometemos todos -dijo Bessónov.
"Aspero y complicado -pensó Vesnín-. Ha dado
claramente a entender que no piensa adaptarse a nadie. En una palabra, está
cerrado con siete candados y no parece predispuesto a las confidencias. ¿Qué
pensará de mí? Probablemente no le pareceré más que un empollón civil aunque
con uniforme de comisario de división..." - Permíteme otra pregunta, Piotr
Alexándrovich -volvió a hablar Vesnín con el deseo de romper el hielo de cierto
trato oficial entre ellos-. Sé que has estado en el Cuartel General. ¿Cómo es?
Imagínate que le he visto varias veces, pero siempre en las tribunas. De cerca,
nunca. - ¿Qué quieres que te conteste, Vitali Isáevich? -dijo Bessónov-. Así,
de pronto, no se puede contestar a eso. Lo mismo que Vesnín, sondeando todavía
al nuevo comandante en jefe, se imponía involuntariamente cierta cautela.
Tampoco Bessónov estaba dispuesto a descubrirle el alma y hablar de lo que se
refería a él y, en cierta medida, al hijo por quien acababa de preguntarle
Vesnín. Notaba con creciente agudeza que la suerte del hijo se convertía en
cruz para él, como padre, en dolor perenne y, como sucede a menudo, la
atención, la condolencia y la curiosidad de los que le rodeaban enconaban
todavía más la herida. La cuestión de su hijo surgió incluso durante la
conversación sostenida en el Cuartel General, adonde fue convocado Bessónov
antes de ser destinado a aquel ejército.
Capítulo 6
La llamada al Cuartel General fue inesperada para
él. Bessónov no se hallaba en aquel momento en su casa de Moscú, sino en la
academia donde, durante los dos años anteriores a la guerra, había dado clases
de historia del arte militar. Sabiendo que había sido firmada ya la orden de su
nuevo nombramiento, se había acercado a ver al jefe de la academia, general
Vólubov, viejo amigo y compañero de la campaña de Finlandia, conocedor sensato
y sutil de la táctica contemporánea y hombre modesto, de poco renombre en los
círculos militares, pero sumamente entendido, cuyos consejos había estimado
siempre Bessónov. Su charla pausada, intercalada de recuerdos, mientras tomaban
una taza de té en el despacho del general fue interrumpida por una llamada
telefónica. El jefe de la academia, después de decir su habitual "teniente
general Vólubov", levantó hacia Bessónov los ojos con expresión distinta y
añadió en voz baja: - Es para ti, Piotr Alexándrovich... El ayudante del
camarada Stalin. Toma el auricular, por favor.
Bessónov tomó el auricular se nombró, y una voz
que no creía conocía, monótona y baja, de una calma estudiada, saludó sin el
menor matiz de mando, llamando a Bessónov "camarada Bessónov" y no
por su grado, y luego preguntó cortésmente si podría ir a las dos de la tarde a
ver al camarada Stalin y dónde se le debía enviar el coche. - Si puede ser, a
la puerta de la academia -contestó Bessónov y, terminada la conversación,
permaneció un buen rato callado bajo la mirada interrogante del general Vólubov,
procurando no mostrar la emoción que le ernbargaba de pronto y cuyos indicios
externos le habían sido siempre desagradables en las personas. Luego consultó
el reloj y dijo con su voz habitual-: Dentro de hora y media... debo
presentarme al Jefe Supremo. Eso es. - Una cosa te ruego, Piotr Alexándrovich
-advirtió el jefe de la academia agarrando a Bessónov por un codo-: no te
apresures a contestar a nada de lo que te pregunten allí. Todos los que han
estado con él dicen que no le gustan los vivarachos. Y, por Dios, no te olvides
de que no debes llamarle por el nombre y el patronímico, sino oficialmente:
camarada Stalin. No puede soportar los nombres y los patronímicos en el trato.
Esta noche me acercaré por tu casa para que me lo cuentes todo. En la antesala
de Stalin, con las paredes recubiertas de roble y la luz opaca que hacía
penetrar por las ventanas un día grisáceo y frío del otoño avanzado, esperaban
callados dos generales que Bessónov no conocía, sentados con las piernas
encogidas en sillas recias de tapicería dura. Cuando el coronel, ya entrado en
años, de cabello gris, que le había acompañado en el coche hizo pasar a
Bessónov, un hombre de pequeña estatura, calvo, con modesto traje civil y
rostro nada sobresaliente, gris de cansancio, se levantó con sonrisa
inexpresiva de detrás de una ancha mesa de escritorio llena de teléfonos.
Mirando a Bessónov a las pupilas, y después de estrechar su diestra con una
mano blanda, que parecía no tener huesos, dijo que habría de esperar, sin
precisar cuánto tiempo, y le acompañó él mismo hasta una silla libre cerca de
los generales. - Aquí, tenga la bondad... Bessónov se sentó, y el hombre de
civil calvo y cansado -que era quien había telefoneado a la academia- volvió a
sonreírle como disculpándose y, con su cortesía habitual, rozó levemente su
bastón con las puntas de los dedos amarillos. - Permítame usted que lo deje en
un rincón, Piotr Alexándrovich. Así estará usted más cómodo. Se llevó
cuidadosamente el bastón de Bessónov, lo puso sin hacer ruido en un rincón
detrás de la mesa y del mismo modo se sentó para volver a sus papeles y sus
teléfonos. Todo estaba en silencio. Olía un poco a madera y a baterías
calientes. Del rumor diurno del Moscú otoñal, pero ya nevado, no llegaba allí
ni el menor susurro a través de los gruesos muros de piedra; no se oían voces
humanas ni pisadas en el pasillo.
Tampoco en la antesala se escuchaba ni un sonido,
ni un movimiento, ni el crujir de una silla. Detrás de la mesa, el hombre de
civil callaba; callaban los dos generales desconocidos. Callaba igualmente
Bessónov, experimentando en grado creciente la sensación extraña e imperiosa de
su fusión en aquel silencio impenetrable, de su insignificancia ante la idea de
que allí cerca, detrás de la pared, podía estar Stalin, de que se abriría la
puerta y entraría en la antesala el hombre cuyo semblante se había grabado, en
su conciencia de manera más sólida e imborrable que los rostros de su padre y
su madre fallecidos. Probablemente experimentaban lo mismo los generales
desconocidos y el hombre cansado detrás de la mesa. Todo hablaba allí de la
presencia del hombre que regía los destinos de la guerra y los destinos de
millones de personas dispuestas a morir por él con toda convicción, dispuestas
a pasar hambre, a sufrir, a aguantar, dispuestas a reír de felicidad y gritar
con incontenible entusiasmo de reconocimiento sólo ante una débil sonrisa suya,
ante un movimiento de su mano en la tribuna. La intensidad de la espera
experimentada por Bessónov se notaba así también porque el nombre de Stalin,
habitual, duro y sonoro, no pertenecía ya, en cierto modo, a una persona sola.
Al mismo tiempo, ese nombre estaba vinculado a una persona única capaz de hacer
lo que era común a todos, lo que era fe y esperanza. En la antesala, nadie se
decidía a entablar conversación: daba la impresión de que el sonido normal de
una voz humana habría podido llevar a todos a un estado distinto que hubiese
destruido algo sagrado. Un coronel general obeso, entrado en años, con las
gruesas rodillas separadas, que hizo crujir las botas debajo de la silla al
cambiar despacito de postura y, como asustado de aquel ruido, enrojecido, miró
de soslayo a su vecino, un teniente general de artillería joven y marcial.
Cubierto de condecoraciones, pulcro, sin una arruga en la guerrera bien
planchada, éste estaba sentado con el pecho abombado y miraba fijamente al
hombre pequeño, de civil, que seguía hojeando papeles en su mesa. Eran las 14 y
10 cuando el hombre calvo y cansado adivinó, por indicios que sólo él conocía,
la presencia de Stalin allí cerca. Se levantó con movimiento suave, fue al
despacho sin que le hubieran llamado y, al volver, pronunció dejando la puerta
entreabierta: - Haga el favor, camarada Bessónov. Bessónov entró procurando no
cojear.
En el primer instante no vio en detalle este
despacho, enorme como una sala, con los retratos de Suvórov y Kutúzov en las
paredes, una mesa larga para las reuniones, a la que la franja de paño verde
daba un aspecto oficial, un mapa topográfico en otra mesa enorme, aparatos
telefónicos y un cable largo enrollado en anillos sobre el paso de alfombra. En
aquel momento, intensamente concentrado, Bessónov veía sólo a Stalin: de
pequeña estatura, distinto a sus retratos a primera vista, venía a su encuentro
con andar suave, un poco balanceado, calzado de botas blandas que no crujían;
una guerrera de corte militar ceñía sus hombros de forma cónica. Su grueso
bigote y las cejas tupidas tenían un reflejo gris apenas perceptible; los ojos
estrechos, amarillentos, miraban con calma, Bessónov pensó: ¿Que me preguntará
ahora?” Después de saludarle sin apretón de manos, sin invitar a Bessónov a
tomar asiento ni sentarse él, Stalin empezó a ir y venir silenciosa y
mesuradamente por el paso de alfombra a lo largo de la mesa del mapa con el
brazo izquierdo, que parecía no doblarse del todo, delante del vientre. Después
de un silencio bastante largo fue hacia la mesa de escritorio, que estaba al
fondo del despacho y, parado allí de perfil hacia Bessónov, preguntó con
entonación indefinida: - ¿Qué piensa usted de los últimos acontecimientos,
camarada Bessónov? Bessónov, que no comprendía del todo la pregunta, hubiera
querido precisar: "¿De qué acontecimientos, camarada Stalin?", pero
contestó esforzándose por contener la voz: - Si se habla de los últimos
acontecimientos ante Stalingrado, camarada Stalin, pueden dar comienzo a una
gran ofensiva y, me parece, a un período nuevo de la guerra si no permitimos a
los alemanes que abran los frentes interior y exterior del anillo... - ¿Le
parece, o está usted convencido, camarada Bessónov? - Estoy convencido,
camarada Stalin. Pienso que mucho dependerá de la pertinacia con que seamos
capaces de desmembrar y destruir al enemigo en el cerco. Bessónov calló; le
había parecido que la espalda estrecha y redonda de Stalin se había movido
después de esta respuesta como deteniéndole y mostrándose conforme con él. El
ambiente del despacho era fresco y tranquilo. Stalin tomó la pipa del cenicero,
se volvió de espalda a la mesa, prendió un fósforo para encender la pipa y,
mirando fijamente a Bessónov por encima de la llama de la cerilla, pronunció
haciendo hincapié en las palabras, como si no hubiera escuchado su respuesta: -
Si le nombramos a usted para mandar un ejército cerca de Stalingrado, ¿no habrá
objeciones por su parte, camarada Bessónov? Conocemos bien las operaciones de
su cuerpo cerca de Moscú, y hemos pedido consejo a Rokossovski... "De
manera, que son ciertos los rumores acerca de mi nombramiento. Responder que,
de uno u otro modo, no comprendo del todo la razón de mi nombramiento o
responder que ese nombramiento es para mí inesperado resulta una estúpida
franqueza. Quiere decirse que mi candidatura ha sido presentada por
Rokossovski. No pensaba que ocurríría así".
- Camarada Stalin, soy un soldado y el
nombramiento para cualquier puesto es para mí una orden. - Supongo que se habrá
curado en el hospital, y es hora ya de combatir, camarada Bessónov. A mi
entender, tampoco por ese lado hay objeciones. -Stalin agitó levemente la mano
para apagar el fósforo-. Acérquese usted al mapa. Sin bastón, Bessónov superó
como si fuera un obstáculo la breve distancia que le separaba de la mesa. Ahora
estaba tan cerca de Stalin que percibía el olor algo dulzón y especiado a tabaco
que impregnaba su ropa y veía de lado una ceja ancha salpicada de canas y la
piel gris de la mejilla marcada por la viruela; cuando Stalin, después de
permanecer un rato callado contemplando el mapa, levantó lentamente los ojos
amarillentos, había en ellos cierto brillo suave de una sonrisa interior
satisfecha. - No me opongo a sus razonamientos, camarada Bessónov -dijo Stalin
en voz baja-. Delante de Moscú, como se sabe, también pensábamos cercar al
enemigo. Pero no teníamos fuerzas bastantes. Y eso le ocurría al cuerpo de
usted como a los demás. Todo general sueña con un Cannas, camarada Bessónov.
Pero nosotros, los comunistas, creemos en las circunstancias objetivas. A
Hitler le faltó delante de Moscú, según dicen, una división de tanques de
refresco y un largo verano. Hay quien afirma que se ha establecido en la guerra
cierta ley; ellos atacan en verano y nosotros los batimos en invierno. No; en
la guerra no puede existir esa ley. Son cuentos viejos... Conque, ¿dice usted
que Cannas, camarada Bessónov? -repitió Stalin, aunque Bessónov no había
empleado esa palabra, y aspiró la pipa que se había apagado; no volvió a
encenderla, sino que con la boquilla rodeó suavemente sobre el mapa la zona de
Stalingrado-. Los bandidos hitlerianos se han encontrado aquí copados, y este
es nuestro primer Cannas, camarada Bessónov. ¿Está usted de acuerdo? - Sí,
camarada Stalin. Estoy plenamente de acuerdo con usted. - Por eso, el ejército
bien pertrechado que le damos a usted de la reserva del Cuartel General
-prosiguió Stalin después de una larga pausa-, se envía para reforzar los tres
frentes y rematar la derrota de los alemanes cercados. Usted rematará a Paulus
y terminará la operación "Anillo". ¿Cuáles son sus sugerencias a este
respecto, camarada Bessónov?
- Camarada Stalin... -comenzó Bessónov,
comprendiendo por qué se había referido Stalin a la pasada situación delante de
Moscú y repetido tan insistentemente tres veces la palabra Cannas al hablar de
la situación creada en torno a Stalingrado como consecuencia de la
contraofensiva de noviembre de los frentes soviéticos-. Quisiera decir,
camarada Stalin, que todo depende ahora de la rapidez con que liquidemos esta
enorme agrupación alemana. No está excluida la posibilidad de una tentativa de
rotura de los alemanes desde dentro del anillo o de un golpe de desbloqueo
hacia la agrupación cercada a través del frente exterior. Me han dicho que las
acciones de nuestras tropas para liquidar la agrupación cercada se han
ralentizado en los últimos días y que los alemanes resisten encarnizadamente e
incluso contraatacan... "Eso, lo sabe él mejor que yo, y probablemente no
viene a cuento hablar de ello", pensó Bessónov en cuanto pronunció la
última frase, pero Stalin asintió ligeramente con la cabeza al aproximar un
fósforo encendido a la pipa. - ¿Una tentativa de rotura, dice usted? ¿No se
equivoca, camarada Bessónov? Existen datos sobre el traslado de fuerzas
alemanas de Europa Occidental en dirección a Stalingrado... Prosiga. - Por eso
yo quisiera el envío más rápido posible del ejército al frente, camarada
Stalin. Como pensando en algo especial, Stalin se acarició con la boquilla de
la pipa los pelos gruesos del bigote rojizo; al cabo de un minuto empezó a
hablar con un acento particularmente marcado: - La operación "Anillo"
de desmembramiento y liquidación de la agrupación cercada debe realizarse con
las fuerzas del frente de Rokossovski y, en lo fundamental, con las tropas del
ejército de usted, camarada Bessónov. El 23 de diciembre como más tardar.
Porque, hasta Stalingrado, nuestros soldados e incluso los oficiales, no
estaban acostumbrados a cercar debidamente y a golpear a muerte al enemigo
cercado. La palabra "alemán" ha resonado durante mucho tiempo como
una fuerza muy activa. Ese es un factor sicológico. Hay que superarlo en la
conciencia. Para siempre. ¿Es eso, camarada Bessónov? ¿O no es del todo así? -
Creo, camarada Stalin -opinó Bessónov-, que la retirada del cuarenta y uno no
se ha borrado todavía enteramente de la conciencia del soldado. Ni el verano
del cuarenta y dos. Pero el viraje se está produciendo o se ha producido... Los
soldados han empezado a comprender que la guerra es distinta, que cercamos
nosotros, y no los alemanes.
Ni un músculo del rostro impasible de Stalin,
gris amarillento, expresó aquiescencia u objeción. Tosiendo, o más bien
carraspeando, para aclararse la garganta irritada, empezó a ir y venir por el
grueso paso de alfombra que ahogaba las pisadas; sostenía delante del vientre
el brazo izquierdo, un poco impedido, doblado por el codo; los hombros,
estrechos y caídos, estaban algo encorvados. A Bessónov le pareció de pronto
que Stalin se hallaba en ese momento descontento o preocupado por algo -quizá
porque le había recordado el año cuarenta y uno o por la observación de que se
habían ralentizado las acciones de nuestras tropas contra la agrupación cercada
de Paulus-, y la mirada que captó cuando Stalin se acercaba a él era fríamente
reconcentrada y pesaba sobre él con tranquila firmeza. - ¿Cuáles son la tarea y
la meta del militar? -empezó a decir Stalin, no dirigiéndose ya a Bessónov sino
a sí mismo, pensativo, como si pesara las palabras en una balanza de
precisión-. La tarea principal del militar consiste en conocer a fondo y
estudiar al enemigo. En preparar y esperar el momento. En entrenar sus
músculos. En descargar el golpe por sorpresa. Y en lograr la victoria. Subrayó
con el ademán las palabras "lograr la victoria", y su rostro áspero,
lleno de pequeñas marcas de viruela, apareció un instante satisfecho. - Y todos
los incrédulos serán batidos -terminó Stalin subrayando de nuevo las palabras
con el ademán-. Los cobardes y los escépticos pusilámines, camarada Bessónov.
Desgraciadamente, todavía los hay. Con la expresión hosca de una persona que no
está dispuesta a escuchar en ese momento, Stalin se acercó a la mesa de
escritorio que había al fondo del despacho, tomó el auricular de un teléfono,
pero volvió a dejarlo pausadamente en su sitio después de carraspear y toser.
Luego permaneció un par de minutos de costado a Bessónov, indiferente a él,
como olvidado de su presencia. Su mano pequeña, muy morena, cubierta de vello
dorado, sacudió la ceniza de la pipa apagada golpeándola. Abrió una caja de
cigarrillos que había sobre la mesa y, encima del cenicero, se puso a ablandar
cigarrillos con los dedos para llenar la pipa con su tabaco. Me da a entender
que debo retirarme. Se conoce que me ha llamado para echar un vistazo al nuevo
comandante de ejército, y no ha quedado muy satisfecho de mí -pensó Bessónov-.
Eso quiere decir que, como yo suponía, mi nombramiento para jefe de ejército,
por consejo de Rokossovski, ha sido fortuito... Stalin seguía desmenuzando y
aplastando el tabaco en la pipa y, después de una prolongada pausa, empezó a
hablar en voz muy baja: - Dígame, camarada Bessónov, usted ha estudiado y luego
ha sido profesor en la academia... Es un hecho sabido. ¿Conocía usted a un tal
general Vlásov? "¿Por qué me preguntará por Vlásov? ¿Por qué razón lo
habrá recordado?" - Sí, le conocía -contestó con el corazón palpitante
Bessónov, enterado ya por los oficiales del Estado Mayor General de los sucesos
de junio en el Frente de Vóljov y de la tragedia del 2° Ejército de choque al
que pertenecía su hijo desaparecido-. Le conocía -repitió Bessónov-.
Estudiábamos en la academia al mismo tiempo. - ¿Cuál es su opinión personal del
Vlásov de aquellos años? Dicen que era orgulloso y excesivamente susceptible.
- No saltaba a la vista, camarada Stalin. Por
aquellos años no tenía trato íntimo con nadie, que yo recuerde.
- Dicen que ese general orgulloso que se ha
entregado a los alemanes era cobarde, muy tímido en el combate, como aquel
general Ermólov. ¿Es así? - De esas cualidades suyas, no puedo decir nada,
camarada Stalin. No he tenido ocasión de encontrarme con Vlásov en el frente
-contestó Bessónov a media voz-. Una cosa sé de seguro: en la academia no se
distinguía por nada de particular. Era un hombre de aptitudes medianas. - Se ha
sabido que ese aventurero político de aptitudes medianas -profirió Stalin
irritado- se ha pasado al servicio de los alemanes. Por culpa de ese general
tímido, seis mil hombres de su ejército han muerto y ocho mil han desaparecido.
A mi entender, camarada Bessónov, a menudo caen prisioneros los elementos que
son endebles política y moralmente. Los que están en cierta medida descontentos
de nuestro régimen... Con algunas excepciones. ¿Está usted de acuerdo? "No
es posible que Víctor haya caído prisionero entre esos ocho mil
desaparecidos... ¿Por qué habrá hablado de esto Stalin?", volvió a pensar
Bessónov notando en la pierna un dolor como una quemadura y sintiendo el deseo
insuperable de enjugarse el ardiente sudor que le hacía brotar en las sienes.
En Moscú, mientras esperaba su nombramiento después de salir del hospital,
Bessónov, que pensaba constantemente en el hijo, en las probabilidades de que
estuviera vivo o muerto, había hecho toda clase de indagaciones sobre el 2°
Ejército de choque, sobre los que habían salido del cerco; pero, sin perder
todavía las esperanzas, evitaba hablar de aquello incluso con su mujer. La
muerte o el cautiverio de Víctor, sus sufrimientos terminados con la muerte o
comenzados con el cautiverio, eran medidos en la conciencia de Bessónov por
otros calibres: por el sentido de la vida suya, de Bessónov, por el sentido de
su tardío cariño al hijo, por el sentido de la vida de la esposa, por la fe en
lo que creía y quería creer. Bessónov lo recordaba todo como un sueño que se
repitiera: la breve entrevista en el hospital próximo a Moscú antes de la
partida de Víctor para el frente, que le había aproximado al hijo hasta
inspirarle una lancinante ternura, los cartuchos que rodaron de los bolsillos
de su flamante impermeable de oficial, su inhabilidad para fumar, su risa y su
deseo de ir a combatir con sus compañeros de la escuela militar.
Bessónov había experimentado más de una vez él
mismo un estado de impotencia durante los primeros meses del cuarenta y uno;
sabía lo que es el abatimiento general que surge, cuando se está cercado, como
una epidemia de viruela loca; pero sabía, porque lo había visto también, que
tenientes que eran todavía unos chiquillos, jefes imberbes de compañía y de
batallón que, en virtud de muchas causas, habían perdido los hilos de la
dirección, reunían a grupos de soldados en situaciones que parecían sin salida y,
con furia desesperada, rompían las tenazas del cerco o morían ante los retenes
de tanques; y, sin dudar, imaginaba claramente que, en el derrumbamiento de su
ejército, de la misma manera tenía que haberse conducido Víctor, el Víctor que
había visto bajo un aspecto nuevo... - ¿Por qué calla usted, camarada Bessónov?
¿No está de acuerdo? Bessónov se recobró de su ensimismamiento. En su rostro
enjuto se marcaron senilmente las arrugas. No podía despegar los labios, y el
dolor insoportable de la pierna, anquilosada de estar tanto tiempo de pie, se
extendía con tenacidad y fuerza crecientes hacia la cadera y le arañaba allí
con garras incandescentes. Se acordó del bastón, que el cortés hombre calvo de
la antesala había dejado en un rincón, y notó el deseo de sentarse, aunque
sabía que no lo haría. Al fin profirió: - Mi hijo mandaba una compañía en el 2°
Ejército de choque. Ignoro lo que ha sido de él; pero, como padre, no tengo
fundamento, camarada Stalin, para sospecharle de traición incluso si ha caído
prisionero. Tosiendo secamente, Stalin posó de golpe la pipa sobre la mesa y,
como si fuera un ser vivo molesto, la apartó a un lado -eso era, cosa que no
podía saber Bessónov, indicio de descontento refrenado-, y dio unos pasos por
el despacho. Sus párpados, morenos y mates, se habían entornado. - No me
refería a la suerte de su hijo. Según tengo entendido, es muy joven. No pensaba
en lo que ha pensado usted, camarada Bessónov. Me refería a una figura
enteramente distinta. Pienso que las raíces de la traición están siempre en el
pasado. Y los jóvenes no tienen pasado, camarada Bessónov -dijo Stalin.
Bessónov notó que el dolor se le extendía, más ardiente e insoportable, de la
pierna a la cadera, que le corrían chorros de sudor cálido por debajo de las
axilas, y pensó: "Si me pudiera apoyar en el bastón..." - Este Vlásov
estuvo incluso bien considerado durante un tiempo. Nadie descubrió su esencia
podrida. Ni en la academia ni en el ejército -pronunció Stalin, y el frío
cortante de su mirada rozó el rostro de Bessónov de manera que hubiera querido
pasarse la mano por las mejillas para quitarse de la piel aquella frialdad
metálica-. ¿No es cierto, camarada Bessónov? - Me es difícil contestar a esta
pregunta, camarada Stalin. Según la idea que me he hecho de las circunstancias
en que Vlásov ha caído prisionero, lo explico por el aspecto animal de la
degradación humana. Pero acercarse a los alemanes... Eso lo considero ya como
un paso político...
En aquel segundo, al tratar de comprender lógica
y consecuentemente la significación de las palabras de Stalin acerca de los
prisioneros de guerra, Bessónov rechazaba todo lo que podía poner una sombra,
aunque fuera leve, sobre el destino del hijo, no creyendo en su debilidad, en
su cobardía. En la lista de los 16.000 hombres que habían salido del cerco no
figuraba Víctor. Al mismo tiempo, Bessónov rechazaba la ingenuidad rosada, la
seguridad gratuita de que el hijo no había tenido ningún tropiezo. Seguía admitiendo
la idea de que, en aquellas circunstancias, Víctor no había podido evitar el
cautiverio igual que les sucedía a otros en esa trágica situación; pero, por
mucho que le doliera, Bessónov se afirmaba más en la idea de que el hijo había
perecido cuando el 2° Ejército de choque intentaba romper el cerco. Eso se
parecía más a la verdad. Bessónov no podía saber lo que había conducido a
aquella conversación, lo que había suscitado de pronto la curiosidad de Stalin
por el general Vlásov. En todas las guerras ha habido traiciones, cobardía,
entrega de documentos secretos. La traición de Vlásov en junio del cuarenta y
dos no había sido la traición de un ejército que hasta el último hombre había
combatido delante de la aldea de Spásskaya Polist y cuyas divisiones diezmadas
habían salido combatiendo del cerco. La traición de Vlásov había sido la
felonía de un general que abandonó secretamente su estado mayor de noche y
llegó a la aldea de Piátnitsa, ocupada por los alemanes, con estas palabras de
miedo y humillación: "No disparen, soy el general Vlásov". Salvaba su
vida, que desde ese momento se convertía en muerte, pues cualquier traición es
la muerte moral. Pero la traición de Vlásov y el fracaso de un ejército en una
dirección que no era la principal no modificaban, naturalmente, la situación en
todo el frente soviético-alemán. El peligro mayor estaba por entonces en el
sur, y Stalin, ocupado de los frentes meridionales donde los alemanes se
disponían a asestar el golpe principal, no quería concentrar la atención en los
sucesos de Vóljov. Pero cuando en los días de nuestra contraofensiva de
noviembre apareció de nuevo en los informes del servicio de reconocimiento el
nombre del general Vlásov, Stalin volvió a experimentar la ira de antes. Al
mismo tiempo, trataba de imaginar sin poderse calmar, lo que sentiría ahora
Vlásov allí, en la retaguardia de los alemanes, al escuchar la noticia del
éxito del Ejército Rojo. Y, vuelto al pasado bajo el influjo de recuerdos
fijos, Stalin esperaba que Bessónov, general de edad que había consagrado
muchos años al ejército y que conoció al ex comandante del 2° Ejército de
choque cuando estudiaba en la academia, definiese lo visible en las
manifestaciones espirituales del traidor, los gérmenes, incipientes en aquel
tiempo, que explicaran el presente de Vlásov. Y Stalin quería conocer eso con
exactitud.
Al escuchar la respuesta de Bessónov, por una
costumbre educada a lo largo de años no manifestó abiertamente su descontento;
con perezosa calma, fue de un extremo a otro del despacho por el paso de
alfombra, y desde allí pronunció en voz casi inteligible: - ¿Un paso político?
Sí, eso es política... Dicen, camarada Bessónov, que usted expone a veces su
punto de vista... particular sobre distintos sucesos. Como en lo que se refiere
a esos prisioneros de guerra, por ejemplo. ¿Corresponde a la realidad esa opinión
acerca de usted? Bessónov, que esperaba la continuación de la conversación
acerca de Vlásov y no otra pregunta, movió un poco sobre el paso de alfombra la
pierna entumecida. Notó de pronto un soplo de viento en el pecho y, con una
sensación inusitada en él de que iniciaba una caída vertical y destructora,
igual que si estuviera ya conscientemente preparado para un desenlace fatal,
pronunció a duras penas: - Camarada Stalin, seguramente dicen de mí cosas
peores. Conozco la opinión de que tengo mal carácter. Y no dudo de que ha
habido quejas de mí. Stalin levantó sus pesados párpados y en seguida los
volvió a bajar después de una fija mirada de sorpresa. - ¿Por qué no contesta
usted directamente a la pregunta? -inquirió Stalin, y soltó de pronto una risa
silenciosa. Luego, acariciando con el pulgar la pipa que tenía en el puño,
volvió a dirigirse moviendo un poco los hombros hacia la mesa de escritorio del
extremo del despacho. - Es usted comunista, camarada Bessónov, y contésteme
usted como comunista. ¿Ha tenido usted siempre su punto de vista personal sobre
diferentes sucesos? - He procurado tenerlo, camarada Stalin. Pero no siempre he
logrado defenderlo hasta el fin. Stalin le miraba desde la mesa con los ojos
entornados. Acostumbrado como a una norma a que los que le rodeaban aceptasen
sin discutir su punto de vista, a veces permitía a contadísimas personas
allegadas exponer su opinión personal, particular, y la respuesta de Bessónov
le recordó a un representante del Cuartel General que en ocasiones le irritaba
y al mismo tiempo era necesario por su valiente rectitud al decidir las
cuestiones operativas. Pero la experta perspicacia, que a todos sorprendía como
firme y exacta apreciativa de la situación, había enseñado a Stalin a creer en
la infalibilidad de sus juicios. Y los exponía sin vacilación. - Comprendo,
camarada Bessónov... Sus dudas se referían probablemente a la suerte de algunos
jefes militares que castigamos en su tiempo.
- Esto es sólo mi punto de vista, camarada Stalin
-contestó Bessónov como acercándose más al viento gélido que ahora le soplaba
en el rostro y en las piernas; al contestar así, comprendió que Stalin le había
obligado a decir lo que no pensaba decir y añadió con una calma que le
sorprendió a él mismo-: He llegado a este punto de vista porque he servido con
algunos jefes militares que luego fueron víctimas de la calumnia. De eso estoy
seguro, camarada Stalin... Stalin volvió a apartar la pipa sobre la mesa como
algo ajeno que le estorbara y dijo impasible: - Conozco ese género de dudas. La
lucha es una cosa rigurosa. Pero muchos de los que nos inspiraban dudas
entonces eran hombres que tenían en potencia el alma ruin de Vlásov. Las
exageraciones y los errores han sido enmendados hace ya tiempo. Rokossovski y
Tolbujin combaten con buen éxito ante Stalingrado. "¿Y los demás?",
pensó Bessónov. -... Pero si ese loco de Vlásov recobrara la razón y rompiera
con los alemanes, nunca le perdonaríamos... Esta conversación parecía llevar a
Stalin hacia recuerdos irritantes y desagradables. Tosió, se acercó al mapa con
el paso silencioso y suave de sus botas altas que no producían el menor
crujido, estuvo mirando un buen rato la situación detalladamente señalada que
tenían los tres frentes por la mañana y, tratando ahora de dar otro cauce a sus
ideas, pensando en el éxito de aquellos tres frentes de Stalingrado, dijo con
un ademán que ahuyentaba lo demás: - Todo esto ha sido de pasada. En cuanto a
su hijo, camarada Bessónov, no vamos a incluirle en la lista de los
prisioneros. Vamos a considerarle desaparecido. Más adelante haremos
indagaciones detalladas. Y le informaremos a usted. También mi hijo mayor,
Yákov, desapareció al comienzo de la guerra. De manera, que nos hallamos en
situación idéntica, camarada Bessónov. Stalin parecía querer añadir algo acerca
de su hijo mayor; pero, después de una pausa, movió la lupa por el mapa y habló
de algo enteramente distinto: - Haga usted entrar en acción su ejército sin
pérdida de tiempo. Le deseo, camarada Bessónov, buen éxito dentro del frente de
Rokossovski para atenazar y destruir la agrupación de Paulus. Confío en usted
después de las activas operaciones de su cuerpo delante de Moscú, camarada
Bessónov. Lo recuerdo. - No escatimaré fuerzas, camarada Stalin. ¿Puedo
retirarme?
- Al contrario: economice sus fuerzas. Yo pensaba
que era usted muy recio. -Stalin abrió los brazos para mostrar la anchura de
hombros que le suponía a Bessónov, y sonrió inesperadamente. El bigote se
estremeció y en ese instante (el propio Stalin lo notó) desapareció,
fundiéndose, el frío duro y metálico de sus ojos mientras todo el rostro
cubierto de pequeñas manchas de viruela cobró la expresión suave, casera y
bondadosa que Bessónov estaba acostumbrado a verle en los retratos-. Está usted
muy delgado, camarada Bessónov. ¿Es porque tiene usted su punto de vista
propio?... ¿No será úlcera? Seguramente come usted poco. Y alimentará mal a los
soldados. Pero eso es inadmisible, aunque en Stalingrado no anda muy bien el
abastecimiento. - Salgo del hospital, camarada Stalin. Pero siempre he sido
delgado -contestó Bessónov al ver aquella sonrisa de Stalin, que parecía
invitarle a olvidar todo lo que en conversación hubo de fortuito, ajeno al
asunto principal. Tres horas después, Bessónov partía de un aeródromo militar
en un avión de enlace, para la zona de Stalingrado. Pero ni en el avión pudo
analizar hasta el fin la compleja y sorprendente impresión que le había quedado
después de la llamada al Cuartel General y de los cuarenta minutos de
conversación con el Jefe Supremo. Al tercer día de llegar Bessónov a su
destino, en la zona de despliegue del ejército, cambió bruscamente la situación
al suroeste de Stalingrado. Del 24 al 29 de noviembre, las unidades de los
frentes del Don y de Stalingrado sostuvieron combates ofensivos ininterrumpidos
contra la enorme agrupación alemana atenazada que resistía encarnizadamente y
más de una vez pasó al contraataque en distintos sectores. Mas para los
primeros días de diciembre, el territorio ocupado por las tropas cercadas se
había reducido a la mitad y no pasaba ya de 70-80 kilómetros de oeste a este y
de 30-40 de norte a sur. El coronel general Paulus, comandante del 6° ejército
de campo, envió un radiograma urgente al cuartel general de Hitler pidiendo
permiso para salir del "copo" después de reagrupar las fuerzas hacia
el suroeste. Y, contando que Hitler aceptaría, ordenó a su ejército, así como
al 4° ejército de tanques subordinado a él, que se dispusieran a replegarse del
Volga en dirección a Rostov. Durante varios días, estos dos ejércitos
estuvieron quemando a toda prisa cuanto no podía ser aprovechado durante la
rotura -stoks de equipos de verano para los oficiales, tractores y camiones que
habían quedado sin combustible-, volando los depósitos de impedimenta que era
una carga para las tropas y destruyendo los papeles de los estados mayores.
Hitler, informado detalladamente de la situación
de las tropas a través de sus representantes personales, estaba indeciso; pero,
cuando Goering le prometió tender por medio de la aviación un "puente
aéreo" para hacer llegar a Stalingrado hasta 500 toneladas de cargas
diariamente, envió a Paulus un telegrama de respuesta ordenándole no apartarse
de Stalingrado, mantener la defensa circular y combatir hasta el último
soldado. Luego llegó al estado mayor del 6° ejército de campo la orden relativa
a la operación "Tormenta Invernal": se trataba de preparar un
desbloqueo, o sea una rotura hacia la agrupación cercada de Paulus, desde la
parte de Kotélnikovo y Tormosin por el grupo de ejércitos "Don" del
feldmariscal general Manstein, que ahora tenía a su mando todas las unidades
desplegadas hacia el sur desde el curso medio del Don hasta las estepas de
Astrajan, es decir, unas treinta divisiones, de las cuales seis de tanques y
una motorizada, traídas de Alemania, Francia, Polonia y otros sectores del
frente. Esta decisión de Hitler de mantener Stalingrado a toda costa tenía
también el fin estratégico de asegurar el repliegue hacia Rostov a la
agrupación alemana del Norte del Cáucaso que corría el riesgo de ser envuelta
por los flancos. El 11 de diciembre, después de discutirse la situación en la
zona de Stalingrado, Hitler ordenó a Manstein descargar el golpe de desbloqueo.
En las primeras horas del 12 de diciembre, después de concentrar fuerzas
triples en un estrecho sector a lo largo del ferrocarril Tijoretsk-Kotélnikovo-Stalingrado,
el coronel general Hoth, comandante del grupo de choque de desbloqueo, descargó
un golpe en la junción de dos ejércitos del frente de Stalingrado con dos
divisiones de tanques y apoyo masivo de la aviación. Los tanques se lanzaron
por la rotura, llegaron el 15 de diciembre al río Aksái y, después de forzarlo,
avanzaron 45 kilómetros en dirección a Stalingrado durante tres días de ataques
ininterrumpidos. Nuestro servicio de reconocimiento interceptó radiogramas sin
cifrar de Hoth al estado mayor de Paulus: "Aguanten. La liberación está
próxima. Llegaremos". La situación se había complicado mucho en el
suroeste. Debilitadas por los combates defensivos y ofensivos anteriores,
nuestras tropas se replegaban, desangrándose y aferrándose con tremenda
tenacidad a cada cota. A la dirección principal fueron lanzadas todas las
reservas, aunque esto no pudo modificar substancialmente la situación creada:
el grupo de ejércitos del coronel Hoth, reforzado con la 17 división de
tanques, continuaba avanzando rápidamente hacia Stalingrado y hacia el 6°
ejército de Paulus que esperaba de un momento a otro la señal para romper el
cerco desde dentro, al encuentro de las divisiones de tanques que acudían a
desbloquearlo. Cuando el ejército recién formado de Bessónov iniciaba solamente
el desembarque al noroeste de Stalingrado, se habían recibido ya noticias
detalladas de la contraofensiva comenzada por los alemanes en la dirección de
Kotélnikovo y los sangrientos combates en el Aksái. Bessónov y el general mayor
Yatsenko, jefe del estado mayor del ejército, fueron convocados urgentemente al
Consejo Militar del frente donde también se encontraba entonces un
representante del Cuartel General. Después de los informes detallados del
comandante del frente y de los comandantes de los ejércitos se vio con
indiscutible evidencia que las tropas del frente de Stalingrado contra el que
se asestaba el golpe principal no tenían fuerzas suficientes para resistir a la
presión de Manstein, que disponía de una gran superioridad numérica en el
sector de rotura.
Bessónov escuchaba estos informes callado y
pensando que llevar ahora a su ejército a la zona del frente del Don con la
misión de rematar a la agrupación de Paulus cercada sería una acción
impremeditada y un paso arriesgado en el momento de peligro para el sur. Y
cuando el representante del Cuartel General le propuso retirar del frente del
Don a su ejército, bien pertrechado, y trasladarlo al suroeste, contra el grupo
de choque de Manstein, donde se decidía la suerte de la operación, Bessónov
tardó un poco en contestar, aunque estaba dispuesto a ello, que de momento no
veía otra salida. Sin embargo, a renglón seguido pidió que su ejército, sin
foguear todavía, fuera reforzado con un cuerpo de tanques o mecanizado.
Yatsenko le miró con cierto temor y Bessónov advirtió para sus adentros que el
jefe del estado mayor (aún le conocía poco) estaba muy preocupado por la misión
nueva, modificada, que se encomendaba al ejército y que el comandante en jefe
recién llegado había aceptado de un modo tan ligero y, al parecer,
incondicional. "Desde su punto de vista, tiene razón", pensó
Bessónov. El representante del Cuartel General contestó que telefonearía
inmediatamente a Stalin y esperaba recibir aprobación para la propuesta del
Consejo Militar de retirar del frente del Don el ejército de Bessónov y
trasladarlo a la dirección extraordinaria de Kotélnikovo a fin de detener y
aplastar a Manstein en el camino hacia Stalingrado. Bessónov oyó la palabra
acuciante "aplastar" y pensó que, en la primera etapa, incluso la
posibilidad realizada de "detener" equivalía ya a una operación
ganada. El Cuartel General dio inmediatamente su aquiescencia, y el ejército de
Bessónov emprendió una marcha forzada, sin paradas, sin hacer alto, sin
descanso, de norte a sur, hacia el río Míshkova, última línea natural detrás de
la cual se extendería ante los tanques alemanes la estepa lisa hasta
Stalingrado.
Capítulo 7
Eran más de las dos de la madrugada cuando,
después de un fatigoso recorrido por los caminos helados de la estepa que
abarrotaban las columnas de tropas, el coche de Bessónov llegó, descendiendo a
un barranco, al pueblo semidestruido, sin una luz, donde se había instalado el
nuevo puesto de mando del ejército. A la entrada del pueblo, en una
encrucijada, parpadeó la lucecita roja de una linterna, y tres siluetas que
formaban un bulto más oscuro delante salieron al centro del camino. Era una
patrulla. El mayor Bozhichko se apeó y, después de una breve conversación con
el jefe de la patrulla, anunció volviendo a subir al coche:
- La cuarta casa a la derecha. Ya están
instalados. Todos los servicios se encuentran aquí.
Bessónov caminó un poco delante del portal del
estado mayor, para desentumecer las piernas, aspirando el aire helado que se
mezclaba al olor tibio y amargo del estiércol quemado y miró al cielo, cubierto
de estrellas. Las brillantes constelaciones titilaban y lucían en las negras
alturas de diciembre. Un polvillo blanco y punzante de nieve se levantaba del
tejado en espirales. El viento vibraba en los tallos desnudos de maíz que
sobresalían como islotes oscuros de los montones de nieve del huerto. Y a la izquierda,
al sur, un sordo fragor se aproximaba o amainaba como si se meciera en una
balanza aérea. Bessónov oyó zumbido de coches en las callejas del pueblo,
retazos de voces de mando, interpelaciones de los enlaces que tendían un cable
en el camino, crujido de carros en la oscuridad. De la casa vecina llegaba una
voz acatarrada y regañona: se conoce que el brigada de la compañía de
intendencia sermoneaba al cocinero soñoliento por su negligencia. Todo era
habitual y tenía la apariencia que tiene siempre la instalación de un estado
mayor importante. Pero, al mismo tiempo, Bessónov se decía que muchos de
aquellos hombres que daban órdenes relativas al servicio y realizaban su labor
habitual, preocupados sólo de que la instalación fuera eficiente, no se imaginaban
siquiera el grado de peligro que avanzaba desde aquel fragor del sur. - ¿Oye
usted, Piotr Alexándrovich? -dijo Vesnín carraspeando del frío y limpiando los
cristales de las gafas con el pañuelo-. ¡Incluso de noche aprietan! Mucha prisa
tienen. Me parece que por allí está más claro el cielo. Todo arde... -
Efectivamente, tienen prisa -contestó Bessónov y subió, por delante del
centinela, al portal blanqueado por la nieve. La casa donde se había instalado
el jefe de estado mayor estaba ya asfixiante de tanto calor. Olía a piel de
carnero, a madera y, no se sabía por qué, a aceite de linaza caliente. En la
habitación grande, con las ventanas cuidadosamente enmascaradas, ardían con su
intensa luz blanca las bombillas de acumulador. Debajo de ellas, junto a un
mapa y en torno a la mesa, estaban sentados en bancos los jefes de las
secciones y los servicios, probablemente convocados por Yatsenko. Bessónov se
sorprendió al advertir que no se habían quitado las zamarras ni los gorros,
como recalcando un nerviosismo que él no quería ver en su puesto de mando.
Nubes azules de humo flotaban sobre la mesa. Se conoce que la reunión tocaba a
su fin. El general mayor Yatsenko, obeso, con la cabeza grande totalmente
afeitada a pesar del invierno, que resaltaba entre todos por su imponente
reciedumbre, anunció con voz de bajo la presencia de Bessónov. Todos se
levantaron y quedaron en posición de "firmes", ocultando
precipitadamente los cigarrillos, pues sabían que el nuevo comandante en jefe
no fumaba ni soportaba el humo.
Bessónov saludó, sin estrechar la mano de nadie
y, mientras se quitaba la zamarra, dijo descontento: - Yo rogaría no fumar en
esta habitación, no marear con el humo. Y quisiera que, al entrar en el estado
mayor, los oficiales se quitaran los capotes y las zamarras. Estoy seguro de
que así será más cómodo... Si no he interrumpido la reunión, ruego a todos que
acudan inmediatamente a sus obligaciones. - ¡Qué chimeneas! -dijo Vesnín
frotándose las manos y balanceándose sobre sus largas piernas-. Se podría cortar
el humo... - ¿Qué se le va hacer? Siempre están fumando los demonios. ¿Ventilo
un poco, Piotr Alexándrovich? -propuso Yatsenko cuando hubieron salido algunos
oficiales, y volvió su gruesa cabeza afeitada hacia las ventanas enmascaradas.
El no fumaba, gozaba de una envidiable salud indestructible y, siempre absorto
en las infinitas preocupaciones del estado mayor, era condescendiente con los
subordinados a quienes, en la vida corriente, les perdonaba muchas cosas como a
chiquillos traviesos. - Ahora, no -le detuvo Bessónov y se alisó con la mano
los ralos cabellos grises peinados con raya al lado-. Tengan la bondad de
aproximarse al mapa. Creo que mejor será sentarse. Todo los que habían quedado
en la habitación se sentaron cerca del mapa. Bessónov recostó el bastón contra
el borde de la mesa. Las miradas no convergían en Yatsenko que, con aire
importante, se disponía a informar, ni en el mapa donde estaban señalados los
últimos datos, sino en el rostro de Bessónov, enfermizo, seco, al que el frío
no había dado el menor color, comparándolo sin querer con el de Vesnín,
agradablemente sonrosado y juvenil: el comandante del ejército y el miembro del
Consejo Militar se distinguían de manera extraordinaria por el aspecto. -
Tengan la bondad -dijo Bessónov. - Debido a la prohibición de emplear la radio,
el enlace con los cuerpos deja que desear. Los informes se reciben sólo a
través de los oficiales de enlace, camarada comandante en jefe -empezó
Yatsenko, y Bessónov no advirtió en sus ojos pequeños e inteligentes, la
pregunta y la extrañeza que tenían en el Consejo Militar del Frente. Ahora sólo
parecía reflejarse en ellos lo relacionado con los esfuerzos organizativos, con
el febril traslado de cuatro cuerpos de ejército completos a doscientos
kilómetros de norte a sur-. Hace dos horas, el ejército ocupaba la siguiente
posición... El general Yatsenko puso sobre el mapa su mano grande y blanca. Las
uñas planas y anchas estaban cuidadosamente cortadas, como todo él estaba
cuidado, lavado, afeitado con la meticulosa pulcritud del oficial de carrera.
Su informe también era meticulosamente preciso, y su voz resonaba, grave, como
si citara con placer los números de los cuerpos y las divisiones.
- El tercer cuerpo de tiradores de la Guardia ha
llegado a la zona de despliegue en la línea del río Míshkova y ocupa la
defensa. El séptimo cuerpo está en marcha y espero que, al atardecer, llegará
sin contratiempos a la zona de concentración. Se ha creado una situación
sumamente compleja en el cuerpo mecanizado, camarada comandante en jefe. -Y
Yatsenko empezó a enrojecer poco a poco como si, con su amor a la precisión en
el cumplimiento de las órdenes, volviera a experimentar la misma sensación
desagradable que después de recibir el desdichado informe del cuerpo
mecanizado-. El combustible se ha terminado durante la marcha y los tractores y
las máquinas de municiones han quedado atascados en el kilómetro 40... He
enviado dos telegramas al comandante del frente... De corrido, pero haciendo
significativamente hincapié, Yatsenko repitió de memoria el texto de los dos
telegramas y luego lanzó a Bessónov la mirada inquisitiva que ya conocía. Sin
embargo, Bessónov no pidió precisiones, no modificó la expresión impasible de
su rostro delgado ni manifestó extrañeza por el tono inquieto y rotundo de los
telegramas. Observaba distraídamente el mapa extendido sobre la mesa. Pero
Vesnín se volvió de pronto haciendo brillar los cristales de las gafas, y
sugirió: - Y los víveres, Iván Semiónovich. Con este frío infernal, los
soldados se pueden convertir en carámbanos si no tienen comida caliente y su
ración de vodka. - De eso, no hablo siquiera -contestó Yatsenko contrariado-.
En las divisiones hay casos de heladuras... - Entendido -dijo Bessónov. Todo lo
que le comunicaba el jefe de estado mayor coincidía con lo que había visto él
mismo por la mañana y por la tarde en los caminos que seguía el ejército. Pero
estas complicaciones no eran lo que inquietaba ahora a Bessónov. Por
experiencia confiaba en lo que llaman segundo aliento de las tropas en las
marchas forzadas a larga distancia. Mucho más le alarmaba la complicada
situación de una división del ejército vecino que llevaba varios días
defendiéndose con encarnizamiento y estaba totalmente agotada por los ataques
de los tanques alemanes. Conocía su situación, y no sólo a través de las
respuestas incoherentes del tanquista conmocionado por el miedo. De la firmeza
o la muerte de aquella división que contenía el empuje frenético de los
alemanes dependía directamente el tiempo, tan necesario a Bessónov, para llegar
y desplegar todo el ejército en la línea del río Míshkova, último obstáculo
para los alemanes en su camino hacia la agrupación de la zona de Stalingrado.
Después de interrumpir el informe de Yatsenko con
su lacónico "entendido" miró al coronel Dergachov, jefe de la sección
de reconocimiento, hombre bastante joven, cuyas cejas finas, unidas sobre el
ceño, le daban un aire severo e independiente impropio de sus años, y le
preguntó con la entonación de quien espera noticias insatisfactorias: - ¿Qué
puede decir de nuevo el reconocimiento? - La situación al anochecer era la
siguiente, camarada comandante en jefe -comenzó Dergachov en un tono que, efectivamente,
no prometía nada halagüeño-: En el flanco derecho del ejército vecino, los
alemanes han lanzado al combate una división de tanques de repuesto, en la que
forma hasta un batallón de tanques pesados del nuevo modelo "tigre".
Según declaraciones de un oficial hecho prisionero ayer, y según otros datos,
en el golpe de desbloqueo actúan más de diez divisiones, entre ellas dos de
tanques. El ejército vecino no se halla en condiciones de aguantar esa
precisión... - Entendido -volvió a decir Bessónov. - La situación del vecino de
la derecha no es mejor, por no decir que es peor, Piotr Alexándrovich -añadió
Yatsenko resoplando en el silencio que se había hecho-. El cuerpo de caballería
ha sufrido enormes pérdidas y se ha replegado. Da la impresión, camarada
comandante en jefe, de que los alemanes van a descargar el golpe principal
contra el ala derecha de nuestro ejército. Desde aquí es desde donde hay menos
distancia hasta Stalingrado. Bessónov miró con disimulado interés a Yatsenko
fijándose en su cabeza afeitada (costumbre difundida entre los militares antes
de la guerra). Aquel general obeso y pulcro no producía en absoluto a primera
vista la impresión de un jefe de estado mayor entendido y erudito, quizá debido
a su apariencia algo tosca y a su profunda voz que más parecía la de un alférez
ordenando una maniobra. Además, irritaba a Bessónov el intenso olor a agua de
colonia que despedía. "Justo -pensó Bessónov sobreponiéndose a la
prevención contra el jefe de estado mayor-. Precisamente en el flanco derecho
es más probable el golpe". - Sí; desde aquí, Manstein está apenas a
cuarenta kilómetros de la agrupación cercada -confirmó Bessónov en voz alta, y
pensó además: "Si rompen aquí y abren un corredor hasta la agrupación
cercada, en dos o tres días de combates habrá cambiado la situación en la zona
de Stalingrado a favor de los alemanes. Y entonces, ¿qué?" Pero no expresó
este pensamiento en voz alta. La última pregunta, incluso se la hacía a sí
mismo por primera vez, quizá.
Alrededor de la mesa, todos esperaban
hipotetizando sobre lo que haría Bessónov, como ocurre casi siempre que aparece
en un gran estado mayor un hombre nuevo, revestido de plenos poderes, que
todavía tiene entera soltura en sus decisiones y no está cohibido aún por la
opinión de nadie. En cuanto a Bessónov, miraba con expresión de acentuado
cansancio el mapa, cubierto de signos que indicaban la situación, intensa y
eficientemente iluminado por las lámparas de acumuladores y, después del
informe del jefe de estado mayor, callaba y seguía pensando en la posible
correlación de fuerzas en la dirección del supuesto golpe. "Si dos o tres
divisiones alemanas de tanques rompen la defensa en el Míshkova antes de que
nos dé tiempo de llegar y desplegar el ejército en la margen derecha, nos
arrollarán a nosotros también. Eso es evidente". Sin embargo, tampoco
opinó de esto en voz alta, pues no tenía sentido hablar de lo que probablemente
comprendían en ese minuto todos en torno a la mesa. Bessónov levantó la cabeza.
En la espaciosa habitación seguía reinando el silencio. Los cristales vibraban
levemente cuando algún coche del estado mayor pasaba al pie de las ventanas
enmascaradas. El viento soplaba sobre el tejado con el anchuroso zumbido
estepario; las cortinas de enmascaramiento de las ventanas se estremecían
imperceptiblemente de las corrientes de aire. En un rincón, sobre unos bancos,
brillaba ligeramente el semblante ahumado y antiguo de un icono como pesaroso y
eterno recordatorio de los errores humanos, las guerras, las búsquedas de la
verdad y los sufrimientos. Aquel rostro de un santo desconocido sobre las
blancas toallas de lienzo amorosamente bordadas por alguien y colgadas en cruz
lanzaba una triste mirada de soslayo a la luz de las lámparas de acumuladores.
Y Bessónov pensó de pronto con una leve sonrisa irónica: "Y tú, ¿qué
sabes, santo? ¿Dónde está la verdad? ¿En el bien? ¡Ah, en el bien!... ¿En la
virtud de perdonar y amar? ¿A quién? ¿Qué sabes tú de mí, de mi hijo? ¿Qué
sabes de Manstein? ¿De sus divisiones de tanques? Si yo creyera, rezaría,
naturalmente. Pediría de rodillas consejo y ayuda. Pero yo no creo en Dios ni
en los milagros. Cuatrocientos tanques alemanes: ¡esa es la verdad! Y esa
verdad está ahora en un platillo de la balanza: un peso peligroso en la balanza
del bien y del mal. De eso depende ahora mucho: los cuatro meses de defensa de
Stalingrado, nuestra contraofensiva, el cerco de los ejércitos alemanes aquí. Y
eso es verdad, como también es verdad que los alemanes han empezado una contraofensiva,
desde fuera. Pero todavía hay que mover el platillo de la balanza. ¿Me bastarán
fuerzas para eso?...”
El silencio se prolongaba, opresor, en torno a la
mesa. Nadie se decidía a romperlo el primero. Yatsenko posaba una mirada
interrogante en la puerta que daba a la otra parte de la casa donde zumbaban
los teléfonos de campaña y los ayudantes contestaban a cada momento a las
llamadas. Pero Yatsenko seguía sentado, pesadamente, erguido.
Luego se pasó un pañuelo limpísimo, que exhalaba
aroma de colonia, por la cabeza afeitada y lanzó otra mirada de preocupación a
la puerta. Vesnín jugueteaba pensativo con una caja de cigarrillos que había
encima de la mesa y, al captar la extraña y fugitiva mirada de Bessónov al
icono, que se hacía más hostil y dura por momentos, se dijo, muerto de
curiosidad, que hubiera dado cualquier cosa por saber lo que estaba meditando
entonces el comandante en jefe. Bessónov, a su vez, pensó al advertir la atención
de Vesnín que aquel miembro del Consejo Militar, bastante joven y de aspecto
agradable, le observaba con un interés excesivamente franco. Y preguntó otra
cosa que lo que hubiera querido preguntar en primer término: - ¿Está lista la
comunicación con el estado mayor del frente? - Estará dentro de una hora y
media. Me refiero a la comunicación por hilo -aseguró Yatsenko, y puso un dedo
en el reloj de pulsera-. Todo será exacto, camarada comandante en jefe. El jefe
de comunicaciones es un hombre puntual. - Necesito esa puntualidad -Bessónov se
puso en pie-. Puntualidad. Mucha puntualidad... Dio unos pasos apoyado en el
bastón, y recordó de pronto los pasos seguros y pausados de Stalin por la
alfombra roja junto a la mesa enorme en el enorme despacho, su carraspeo y su
tos casi imperceptibles y toda la conversación de cuarenta minutos sostenida en
el Cuartel General. Con las sienes húmedas, Bessónov se detuvo en un rincón del
cuarto. "¿Qué es esto? Me persigue como si estuviera hipnotizado",
pensó irritado consigo mismo, y permaneció algún tiempo así, de espaldas a
todos, observando fijamente las toallas de lienzo bordadas que colgaban debajo
del icono. Luego dio media vuelta y, desde allí, desde el rincón, dijo
recogiendo la mirada que le dirigía Yatsenko y procurando hablar con calma: -
Transmita inmediatamente al jefe del cuerpo mecanizado la orden de no esperar
ni un minuto el combustible y cargar de municiones los camiones y los tanques
en condiciones de moverse. Envíen todos los camiones libres -del estado mayor,
de los servicios de retaguardia- al cuerpo. Comunique al jefe del
abastecimiento artillero y al jefe del cuerpo que si dentro de dos horas no
llegan las brigadas con el amunicionamiento completo a la línea señalada, lo
consideraré como ineptitud suya para desempeñar sus obligaciones. "Es lo
que yo me imaginaba. Empieza a meterle mano al ejército -pensó Vesnín
escuchando la voz áspera de Bessónov-. Y así, sin perder tiempo...”
- Segundo... -prosiguió Bessónov, y se acercó a
la mesa mirando al general Lomidze, comandante de la artillería. Se disponía a
decir: "Desgraciadamente no tenemos en nuestro sector superioridad en
aviación ni tanques, y habremos de conformarnos con que tenemos artillería
bastante", frase que le obsesionaba, que no le salía de la cabeza; pero
dijo otra cosa en voz alta-: Pienso que se debe modificar el plan inicial de la
defensa artillera. Conviene emplazar toda la artillería, a excepción de la del
cuerpo, en tiro directo. En las posiciones de combate de la infantería. Y
destruir tanques. Lo principal es destruirles tanques. Los nuestros sólo los
lanzaremos al combate en el momento crítico. Hasta entonces, hay que cuidarlos
como las niñas de los ojos. - Entendido, camarada comandante en jefe -dijo
Yatsenko. - Ya usted, general..., ¿qué le parece? El comandante de la
artillería, general mayor Lomidze, hombre de cuarenta años, de cabello negro y
aspecto agradable que dibujaba a hurtadillas perfiles de mujer con los labios
entreabiertos y la naricilla respingona, cerró de golpe el bloc, levantó hacia
Bessónov unos ojos vivos y cálidos y objetó: - Camarada comandante en jefe...,
¿no nos quedaremos de esa manera sin artillería? Después del primer combate.
Quiero recordar que los obuses no son bastante eficaces contra los tanques. Por
la velocidad de tiro le ceden, naturalmente, a las piezas antitanques. Había
orden de emplazar en tiro directo las baterías de setenta y seis milímetros.
Bessónov miró a Lomidze atentamente, algo sorprendido de su objeción: - Sí, ese
riesgo correremos. Pero antes que chaquetear, más vale quedarse sin una sola
pieza, general Lomidze. -Empleó deliberadamente esta palabra tan expresiva de
la jerga de los soldados-. ¡Antes que chaquetear con la artillería hasta
Stalingrado! Por eso repito que hace falta destruir por todos los medios los
tanques, que son la principal fuerza de choque de los alemanes. No dejar que ni
uno solo se abra paso hacia Stalingrado. ¡No dejarles levantar cabeza! ¿Sabe usted
el júbilo de los alemanes del "copo" después de que Manstein ha
pasado a la contraofensiva? Están esperando, esperando de hora en hora, la
rotura del cerco. En cuanto a nosotros, debemos tener presente sin cesar que no
se trata de un novato, sino de un general sumamente experto. Les ruego a todos
comprender que, en la primera etapa de los combates, veo la tarea principal del
ejército en la destrucción de los tanques. ¿Hay preguntas? No había preguntas.
- Todo está claro, Piotr Alexándrovich -dijo Vesnín suavizando un poco la
tirantez creada por la explicación de Bessónov. - Los alemanes no son ya los de
antes -murmuró Lomidze-. No se abrirán paso, camarada comandante en jefe. - Los
alemanes son todavía los de antes -objetó Bessónov con calma, e hizo una
mueca-. Le ruego, general, que olvide la teoría de que les podemos a gorrazos.
Hace tiempo que está en desuso.
Lomidze volvió a abrir el bloc y, sombrío, se
puso a trazar líneas con el lápiz muy afilado. Vesnín, sentado a su lado, vio
divertido que el comandante de la artillería añadía a un perfil femenino unos
bigotes frondosos, luego una barba y, en medio, un largo cigarrillo del que
subía una columna de humo ensortijado. Después escribió Con grandes letras
debajo del dibujo: "Sé que tiene razón, pero es muy... Diga usted,
camarada miembro del Consejo Militar, ¿por qué nos martiriza así? Ni fuma ni se
lo permite a los demás. ¿Es esto un convento de monjas?" Vesnín sonrió,
atrajo el bloc de Lomidze y escribió en un pico de la hoja con letra recta y
menuda: "Habrá que perder la costumbre. También yo tengo unas ganas de
fumar que quitan el sentido". De la mina afilada de Lomidze salieron en
seguida letras torcidas que formaron estas breves palabras: "¡Quia,
hombre! ¡Al diablo!" Cojeando un poco, Bessónov caminaba por la habitación
como si no hubiera advertido aquella correspondencia. "Me gustaría saber
si nos comprenderemos hasta el fin", se preguntó y, clavando el bastón en
el suelo, se detuvo delante del coronel Osin, jefe del contraespionaje del
ejército, que estaba sentado callado y modestamente en un rincón y no junto a
la mesa. Era un hombre de ancha complexión, cabello rubio rizado y rostro
redondo, serio y respetuoso. Con las piernas cruzadas, Osin también apuntaba
algo en un bloc que apoyaba en la rodilla ajustada por el pantalón de montar.
Ni una vez levantó la cabeza del bloc, ni pronunció una palabra ni cambió de
postura. Y Bessónov pensó: "Y este coronel, ¿qué tal será?" - ¡Mayor
Bozhichko! -llamó el comandante en jefe. La puerta de la parte de la casa donde
zumbaban los teléfonos se abrió, y Bozhichko entró briosamente. En sus ojos
bailaba todavía la risa de una anécdota recién referida en la otra habitación.
En el umbral, el mayor dio un taconazo pegando con una bota de fieltro contra
la otra. - A la orden, camarada comandante en jefe. El coche. - Camarada
general -objetó Bozhichko con bastante decisión, pues, como ayudante, tenía el
derecho inalienable de preocuparse del comandante en jefe-, la comida está
lista. Había encargado usted pelmeni. Es cuestión de diez minutos. - El mayor
no ha tenido mala idea -dijo Vesnín y se levantó ágilmente, volviendo hacia
Bozhichko su rostro agradable, sonrosado y móvil- . Yo estoy "por". Y
me parece que tampoco vendría mal una copa después del frío. ¡Magnífica idea,
Piotr Alexándrovich! Bessónov rechazó la propuesta con seca cortesía: -
Gracias, Vitali Isáevich. Si tengo hambre, comeré sin reparo en la división de
Déev.
Cambiando el bastón de una mano a la otra se puso
la zamarra que le presentaba el ayudante y, mientras se abrochaba, dijo a
Yatsenko: - Estoy de acuerdo con usted en que asestarán el golpe principal en
el flanco derecho. No cabe duda. Voy al puesto de observación de Déev. Le ruego
que me comuniquen allí todo lo esencial. Todos acompañaron al comandante hasta
la puerta de la habitación, y sólo Yatsenko traspuso el umbral del zaguán
oscuro y frío. Allí no se veía su rostro, pero al cambio de temperatura se notó
más el olor a agua de colonia que exhalaba. A Bessónov le pareció que, al
despedirse, el jefe de estado mayor quería estrecharle la mano en señal de
solidaridad, pero no se decidía. - Esperemos que todo marche bien -dijo
Bessónov y, después de cambiar con Yatsenko un breve apretón de manos, salió a
la calle. La noche ventosa de diciembre negreaba sobre el pueblo y la estepa
bajo el cielo constelado. Bessónov se acercaba ya al automóvil, que formaba una
mancha oscura en el camino, cuando oyó un portazo a sus espaldas y luego el
crujido de la nieve junto al zaguán. Dio media vuelta con la idea que sería el
jefe de estado mayor que quería decirle alguna otra cosa. Pero, era Vesnín. Se
acercó a Bessónov a grandes zancadas de grulla y dijo con cierta confusión: -
Tampoco me importan a mí los pelmeni, Piotr Alexándrovich. ¿No tienes nada en
contra si te acompaño al puesto de observación? No comprendo. En lo que yo sé,
un miembro del Consejo Militar no está obligado a pedirle autorización al jefe
de la unidad para ir a ninguna parte. Puede decidir él las cosas como quiere.
Vesnín se echó a reír sin molestarse. - Me dejas cortado con tu modo tajante de
decir las cosas, Piotr Alexándrovich. ¿Qué debo contestar? - Ahora te
explicaré... -Bessónov se apartó con Vesnín del automóvil-. Quiero hacerte otra
pregunta tajante. De comunista a comunista... Si alguien te ha aconsejado,
Vitali Isáevich, estar al cuidado del nuevo comandante en jefe como si fuera un
niño pequeño, sobre todo en el momento de entrar en funciones, nuestras
relaciones corren el riesgo de complicarse. Difícilmente podremos soportarnos
el uno al otro. -Hizo una pausa, que Vesnín no aprovechó para hablar-. Si no es
así, estoy dispuesto a disculparme inmediatamente por lo que acabo de decir. -
Piotr Alexándrovich -Vesnín se quitó incluso las gafas, y sus ojos miopes
miraron con atención apenada-: gracias por tu franqueza. Pero también te digo
con toda sinceridad que si alguien hubiera intentado prevenir mi atención hacia
ti, habría mandado a ese imbécil al demonio o incluso más lejos. No puedo
añadir nada más. - Gracias -sonrió Bessónov-. Perdona esta conversación.
- Al contrario -dijo Vesnín-. Me gustaría que
encontrásemos tiempo para hablar más circunstanciadamente. Claro que no en el
coche. - Hablaremos en la división -prometió Bessónov y en seguida añadió-: Si
nos lo permiten los alemanes, naturalmente... El mayor Bozhichko les abrió la
portezuela.
Capítulo 8
Eran más de las dos de la madrugada cuando la
división del coronel Déev, después de una marcha de doscientos kilómetros,
llegó a la zona señalada -la margen septentrional del río Míshkova- y, sin
descansar, se puso a ocupar la línea de defensa cavando la tierra helada, dura
como el hierro. Todos sabían ya con qué fin se ocupaba aquella línea que,
imaginariamente, era la última barrera antes de Stalingrado. El fragor del
combate lejano que se escuchaba delante sin cesar se intensificó pasadas las
tres de la madrugada. En el sur esclarecía un poco el cielo donde apareció un
segmento rosado oprimido por la oscuridad contra el horizonte. Durante las
breves pausas que se hacían en el lado de donde se aproximaba lo invisible y lo
desconocido, se escuchaba por toda la orilla el rechinar de las palas contra el
sonoro suelo pedregoso, los golpes sordos de los picos, las voces de mando y el
resoplar de los caballos. Dos batallones de tiradores, tres baterías del
regimiento de artillería y un grupo artillero antitanque habían sido
adelantados, trasladados a través del río por el único puente de la aldea, y se
atrincheraban allí, delante de las fuerzas principales de la división. En la
nueva excitación que se había apoderado de todos, blasfemando a cada paso, los
hombres observaban el resplandor, luego la orilla septentrional, las manchas de
las casas en el altozano y el puente de madera por donde traqueteaban aún los
cañones rezagados del regimiento de artillería. Y el río Míshkova, que dividía
el pueblo, azuleaba en lo hondo bajo las estrellas. La nieve era barrida como
una humareda de sus altas orillas y, arrastrada por la ventisca, se trenzaba a
ras de tierra, se deslizaba por el hielo y envolvía los pilotes del puente
atenazado por él. La batería del teniente Drozdovski, emplazada para disparar
en tiro directo poco detrás de las avanzadillas, escarbaba la tierra en la
orilla misma del río y, al cabo de tres horas de trabajo extenuador, las piezas
estaban atrincheradas a la profundidad de un pala y media.
El teniente Kuznetsov, empapado en sudor,
experimentaba al principio, igual que todos, la exaltación de un apresuramiento
frenético. Al escuchar el fragor de avalancha, apagado por la distancia, en la
parte del segmento claro del cielo, cada cual comprendía que el combate se
aproximaba, que venía inconteniblemente de allá y que, si no les daba tiempo de
atrincherarse, sin la protección de la tierra se quedarían allí como desnudos
en medio de la orilla helada. Pero las palas no penetraban en la tierra endurecida
por los fríos, y sólo los recios golpes de pico hacían pequeños agujeros,
taraceaban la tierra, arrancando pegotes duros como el pedernal. Por la orilla
soplaba un viento bajo. Las siluetas de los artilleros y de sus vecinos de la
infantería se movían en el cendal blancuzco. En todas partes negreaban los
escudos de los cañones. El frío, que había arreciado por la noche, cortaba el
aliento. No era posible hablar. Los hombres tenían la respiración ronca. En
cuanto alguien dejaba de trabajar por un instante, la escarcha formaba una capa
compacta en los rostros sudorosos y el hielo recubría los párpados.
Atormentados por la sed, los hombres cogían de los repechos de las trincheras
puñados de nieve menuda, punzante, sucia de las pellas de tierra, y los masticaban.
La humedad insípida helaba la garganta, rechinaba entre los dientes. Anegado en
sudor, el teniente Kuznetsov pegaba constantemente con el pico en la tierra,
sin poderse detener ni descansar. Por el cuerpo húmedo, bajo la guerrera pegada
a la espalda le corrían escalofríos como culebrillas ásperas. Tragaba nieve,
como todos, pero seguía teniendo la garganta seca y le atormentaba la idea fija
del agua limpia y fragante de un pozo, que hubiera querido beber hasta quedarse
sin respiración de un cubo, metiendo la barbilla en su frío. - Mucha nieve está
usted tragando, camarada teniente -observó tímido Chíbisov, que recogía
torpemente con una pala la tierra que Kuznetsov arrancaba con el pico-. Se va a
resfriar el pecho. La nieve es puro engaño. Una apariencia, y nada más... -
¡Qué va! -exhaló Kuznetsov en un suspiro, y llamó-: ¡Ujánov! El sargento
primero Ujánov que, sin capote, sólo con el chaquetón guateado, cavaba pequeñas
trincheras con el apuntador Necháev acompañando cada golpe de una especie de
ronquido, dejó el pico y saltó a la posición de fuego, todavía poco profunda. -
¿Cómo marcha esto, camarada teniente? ¿Nos vamos metiendo poco a poco en el
globo terráqueo? Respiraba aceleradamente, enardecido por el trabajo. Olía a
sudor sano y le brillaba el rostro húmedo. - No estaría mal -pronunció
Kuznetsov con esfuerzo- mandar a alguien al río para que busque algún agujero
abierto en el hielo y traiga un par de escudillas de agua. - Buena idea -aprobó
Ujánov restregándose con la manga el sudor por las mejillas-. Si no, estos
demonios son capaces de zamparse toda la nieve que hay alrededor de las
posiciones de fuego y luego no habrá con qué camuflarse... A ver, ¿quién hay
aquí que entienda de eso? ¿Tú Chíbisov? Pues, ya estás abajo. Toma una barra de
hierro.
- Sí, claro que sí,.. ¿Qué es eso de estar sin
agua al lado de un río? Ahora mismo, camarada teniente. Todos beberemos -se
apresuró a contestar Chíbisov con voz cantarina, y todos advirtieron la
precipitación con que había accedido. - ¿Y por qué ha de ir Chíbisov? Ese es
capaz de largarse a otra parte -dijo alguien con una risita-. ¿Conoce los
puntos de orientación? - ¡Ya está ese dándole a la lengua! - Es lo que yo digo:
siempre está a la caza de cualquier orden que le mande para la retaguardia.
Pero Chíbisov cogió la barra, trepó al repecho de la trinchera y, callado y
renqueando, fue hacia un cañón a buscar unas calderetas. - Ese tío tiene más
escamas que un galápago -volvió a reír alguien-. Cuando hay que trabajar, no se
le mueve un pelo; pero, cuando tocan a comer, ¡menuda maña se da! - ¿Por qué os
metéis con él? ¿Es que vosotros no queréis beber? ¡Ni que Chíbisov os hubiera
quitado a la mujer! Es un hombre servicial, incapaz de matar a una mosca. ¡Qué
manera de alborotar! - ¡Eh, eslavos! -gritó Ujánov-. Dejad en paz a Chíbisov. Y
tú, Rubin, mejor harías en pensar en los caballos. Más te convendría. Que
todavía no se ha dicho a descansar, ¿eh? A pegarle a la tierra si no queréis
que nos aplasten aquí como a chinches. ¿Tendré que decirlo otra vez? Todos reanudaron
el trabajo en la posición: rechinaron las palas y los picos empezaron a
clavarse con obtusa monotonía en la tierra sonora. Kuznetsov levantó su pico
del suelo, pero en seguida volvió a soltarlo y salió al parapeto mirando hacia
el resplandor a la izquierda de las raras y oscuras casas de la aldea vacía,
aprisionada por el aterido azulear de la noche. - Acércate, Ujánov -dijo
Kuznetsov-. ¿Oyes algo? - ¿Qué hay, teniente? - Escucha... Un silencio extraño,
casi mortal, se difundía en anchas oleadas desde el sitio del resplandor: no
llegaba desde allí ni un rumor, ni un estampido de cañón. En aquel silencio
extraño sólo empezaron a distinguirse con más fuerza y precisión los sonidos de
las palas y los picos, las voces alejadas de los soldados de infantería de las
avanzadillas y, detrás el rugido de los camiones que tiraban de las piezas en
las alturas de la otra orilla, donde la división ocupaba la línea de defensa. -
Parece que se ha calmado -profirió Kuznetsov-. O los han detenido o han roto
los alemanes... - ¿Y a la derecha? -preguntó Ujánov-. También hay algo.
Lejos, junto al horizonte, a la derecha del
resplandor, justo sobre los tejados de la parte del pueblo enclavada en la
margen meridional, aparecía ya otro segmento de cielo iluminado y brillaban,
silenciosas como chispazos redondos, unas luces rojizas que se deslizaban
apoyándose un instante en las nubes bajas. Pero también allí reinaba un
silencio angustioso. - Parecen cohetes -dijo Kuznetsov. - Sí lo parecen
-corroboró Ujánov-. Se diría que han roto. Más a la derecha. Delante de
nosotros. Aprietan con todas sus fuerzas hacia Stalingrado, ¿eh, teniente? Eso
sí está claro. Quieren sacar a los suyos del anillo. Y levantar otra vez la
cabeza. - Es posible. Alguien pronunció a sus espaldas con alegre sorpresa: -
¡Chicos! ¿Cómo está todo tan callado? ¿Es que se han retirado los alemanes? Han
iluminado el cielo, pero todo está callado. Eso es que han dejado la idea de
abrirse paso, ¿no comprendes? - ¡Qué va, hombre! ¿Cómo se van a retirar? - ¡A
ver! ¿Y si los generales de Hitler han echado sus cuentas y han decidido
dejarlo por ahora? - Verás como te aticen después de echar sus cuentas y te
quedes sin un botón hasta en la bragueta -concluyó una voz rabiosa y mordaz. -
¡A trabajar, muchachos, a cavar aunque sea con los dientes! ¡Venga! Kuznetsov y
Ujánov callaron, escuchando a su espalda las frases de los hombres y su
respiración acelerada: con un ruido de yunque, los picos pegaban en la tierra
férrea sobre la que avanzaba aquel silencio enorme y aterrador que se extendía
al sur por todo el cielo. Ujánov hipotetizó, pensativo: - ¿Estarán lejos,
teniente? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Eh? - ¡Cualquiera lo sabe! -contestó Kuznetsov, y
bajó el cuello del capote que le raspaba la nuca húmeda; el frío no pasaba,
sino que le ceñía la espalda como una tela de araña que le helaba, y seguía
teniendo la boca seca y caliente-. ¡Hay que atrincherarse como fieras! ¡De
todas maneras! Lo mismo si están a una hora que a dos. Volvieron a callar. El
silencio, que parecía grávido, llenaba la estepa abarcándola y avanzaba tétrico
sobre la batería desde los dos resplandores encendidos en la negrura de la
noche. Poco a poco fueron perdiendo brío, cortándose y apagándose las voces de
los soldados en las posiciones de fuego. Aquel silencio empezaba a oprimir a
todos... - Otra cosa más haría yo... -Ujánov miró a Kuznetsov y se cruzó el
chaquetón guateado-: Meter de cabeza en una letrina a nuestro brigada y al
cocinero. Con mis propias manos. ¿Dónde está el rancho? Mira si uno cualquiera
de la escuadra se rezagara veinticuatro horas. ¡Al tribunal iba de cabeza por
desertor. Pero los cocineros y los brigadas, como si tal cosa! Y Ujánov bajó,
contoneándose a la plataforma para el cañón donde, resoplando en la oscuridad,
los soldados clavaban los picos en la tierra y arrojaban las pellas heladas
sobre el parapeto.
- El trabajo del soldado, hermanos, es como una
rueda: no tiene principio ni fin -se escuchó abajo la voz de Ujánov-. ¡Dadle a
la rueda, eslavos, y así iremos a parar al paraíso! - ¿Dónde está Chíbisov? ¿No
ha venido Chíbisov con el agua? -preguntó Kuznetsov angustiado por la sequedad
de la boca y pensando con repugnancia en que tendría que tragar nuevamente
aquella nieve insípida, que helaba la garganta. - ¿No se habrá largado el
prisionero a la retaguardia? -zumbó mordazmente desde su agujero el arriero Rubin-.
A lo mejor ha echado a correr tirando las calderetas en cualquier cuneta. A él,
¿qué? ¿Por qué resoplas, Sergunénkov? ¿También ahora se te van a saltar las
lágrimas? - Eres tonto y no dices más que sandeces -gritó con rabia el arriero
Sergunénkov que, al parecer, no le había perdonado aún la maldad con que Rubin
se había brindado a rematar a su caballo de tiro perniquebrado durante la
marcha. - Rubin -intervino severamente Kuznetsov-: antes de hablar, haz el
favor de pensar lo que vas a decir, porque sueltas muchas tonterías. - ¡Lo
harto que me tienes ya, Rubin! -intervino Ujánov como el que previene de algo
desagradable-. Te lo advierto para que lo sepas. Kuznetsov se quitó una
manopla, cogió con la mano húmeda un puñado de nieve esponjosa que parecía
cristal triturado y se puso a sorberla, atragantándose, sintiendo que se le
pasaban los dientes; tuvo por un instante la sensación de que había saciado la
sed y notó todo el cuerpo más fresco y más ligero. - Vamos a cavar otra pala
-dijo. Saltó del parapeto a la plataforma, empuñó el pico y lo clavó con todas
sus fuerzas en la tierra. El esfuerzo le repercutió en la cabeza, en las
sienes, donde le golpeó la sangre. Volvió a clavar el pico otra y otra vez,
abierto de piernas, para no tambalearse del cansancio. A los cinco minutos,
volvía a abrasarle la misma sed, burlada por la nieve, y pensó: "¿Y
Chíbisov? ¿Por qué no vendrá? ¿Dónde estará? Ahora sentaría bien el agua. ¿Qué
me pasa? A ver si me voy a poner enfermo". A través del rechinar de las
palas oía retazos de conversación acerca del brigada y de la cocina; pero
sentía náuseas sólo pensar en la comida y con recordar el olor del mijo
hervido.
La cocina llegó cuando eran más de las cuatro de
la madrugada y la batería entera, extenuada después de cavar las plataformas
para los cañones, abría ya refugios en la pendiente abrupta. La cocina se
detuvo junto a las posiciones del segundo pelotón. Destacaba sobre la nieve
como una mancha oscura, exhalaba un humo oloroso y el hogar ardiente rojeaba.
Sin apearse del pescante, el brigada Skórik gritó al tuntún: "¿Hay alguien
vivo aquí?". Pero, al no recibir contestación, saltó al suelo. El primer
oficial con quien se tropezó en las posiciones fue el teniente Davlatián.
Mirando de reojo hacia los dos resplandores afelpados que se extendían por el
horizonte, el brigada preguntó con la precipitación displicente de un jefe: -
¿Dónde está el comandante de la batería, camarada teniente?.. Necesito ver a
Drozdovski. ¿Dónde está? - Oiga usted... -replicó Davlatián tartamudeando
incluso de la indignación-. ¿Cómo no le da vergüenza? ¿Se ha vuelto usted loco?
¿Dónde ha estado hasta ahora? ¿Por qué viene tan tarde? - ¿Por qué tiene que
darme vergüenza? -replicó Skórik con altivez agresiva sabiendo perfectamente
que la firmeza de su situación no dependía de los jefes de sección a pesar de
sus charreteras de teniente-. ¿Qué me reprocha usted? Los depósitos han quedado
donde el diablo perdió el tenedor... Mientras hemos llegado hasta allí y hemos
recibido las raciones y la vodka... Hace reproches como si fuera usted el único
que combatiera, camarada teniente. Hasta me da risa oírle. Ni que fuera yo un
papanatas cualquiera. Skórik, antiguo comandante de pieza era el único de la
batería condecorado con la Medalla al Valor, tan preciosa para el soldado,
recibida el año anterior por los combates delante de Moscú. Debido a la
condecoración, y también a su aspecto imponente, durante la formación, fue
promovido a brigada, puesto que ocupó con sumo placer. Parecía haber nacido
para brigada. En el fondo, se consideraba muy superior a los comandantes de
sección y en particular al tenientillo Davlatián, pálido, enclenque, de nariz
afilada, que no había olido todavía la pólvora en su corta vida y al que se
podía partir por la mitad de un estornudo. En respuesta a su indignación, el
brigada se limitó a sonreír despectivamente. Aquel tenientillo, que no ofrecía
ningún interés, que no había hecho ningún mérito, galleaba lo mismo que si
llevara todo el pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que si tuviera
algún derecho... Además, nadie tenía derecho a reprocharle nada a Skórik, en la
batería pues, como quien no quiere la cosa, podía desabrocharse el capote para
sacar el encendedor -que llevaba en el bolsillo de la guerrera y no de los
pantalones- y dejar ver la medalla a título de recordatorio. Sólo Drozdovski,
el comandante de la batería, inspiraba a Skórik cierto respeto temeroso e indestructible.
- ¿De verdad no le da vergüenza? -repitió
Davlatián, algo cortado por el tono descarado y la sonrisa altiva de Skórik-.
¿De qué se ríe como un clown en una feria? ¡Encima, se ríe! ¿Piensa usted que
tiene razón? ¿Puede pasarse un día entero en la retaguardia sin hacer nada? De
los servidores de las piezas no había ahora, junto a la sección de Davlatián,
más que el apuntador Kasímov, que estaba de centinela. Para cerciorarse de lo
que era, Kasímov había dado ya varias vueltas en la oscuridad alrededor de la cocina,
aparecida tan inesperadamente en las posiciones con su cálido olor de rancho y
el cocinero algo confuso en el pescante. De pronto, lanzando un grito
frenético, movió el cerrojo de su mosquetón y se lo echó a la cara apuntando al
cocinero: - ¡Márchate! ¡Largo!... ¡No es nuestra cocina! ¡No puede ser nuestra
cocina! ¡Tú eres el diablo! ¡Y el brigada también es un diablo! ¡Fuera! ¡Tú
eres un alemán! ¡No eres un soviético! ¡Los hombres no tienen ni una miga de
pan! ¿Dónde estabas durmiendo, maldito? La batería está muerta de hambre... ¡Te
mato!... - ¡Kasímov! -gritó Davlatián haciendo gallos-. ¿Qué hace usted? -
¡Disparar contra este canalla! Al escuchar gritos allí cerca, el teniente
Kuznetsov llegó corriendo desde sus cañones hacia la posición de Davlatián y la
cocina detenida en la neblina azulenca de la nieve. En seguida vio que el
caballo, asustado por los molinetes del mosquetón de Kasímov, pegaba una
espantada arrastrando el caldero traqueteante y que la figura achaparrada del
cocinero caía como un saco del pescante a la nieve. Desde allí, una vocecilla
quejumbrosa se lamentó: - ¿Eh? ¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto mochales?...
-Luego, el cocinero se levantó presurosamente y corrió hacia el caballo para
calmarle-: ¡So! ¡So! ¡Así te...! - ¿Qué ha ocurrido, Davlatián? -gritó
Kuznetsov-. ¿A qué viene este alboroto? ¡Kasímov! - ¿No ves? Por fin se han
dignado venir -contestó Davlatián ahogado por la indignación-. ¡Veinticuatro
horas sin aparecer! ¿Te imaginas, Kuznetsov? ¡Rata de retaguardia! En cuanto a
Kasímov, se había sentado en el parapeto y, con el mosquetón sobre las
rodillas, se mecía de un lado a otro diciendo: - Esto está muy mal, teniente,
muy mal... No son personas. Personas así defenderán mal la Patria. No tienen
conciencia. No quieren a los demás… - ¡Ah, vamos! Llegaron los aristócratas de
la retaguardia -observó Kuznetsov con sorna-. ¿Qué tal por allí? ¿No disparan?
¿Qué hace usted parado, brigada? Cuéntenos cómo ha estado allí cavando
posiciones de defensa para la cocina, ¡Cuánto tiempo sin verle! Desde que
empezó la marcha, si no me equivoco. Skórik, con un rictus que le daba aire de
ave de rapiña, lanzó a Kuznetsov un relámpago de sus ojos muy juntos. - Mal
ejemplo político da usted a los combatientes, camarada teniente. Esto no entra
en las normas militares. ¿Azuzar a los combatientes contra un brigada? Me
quejaré al comandante de la batería. Kasímov me ha amenazado con el mosquetón.
- ¿Quéjese a quien le dé la gana, aunque sea al
demonio! -profirió Kuznetsov sin poder conservar el tono anterior-. ¡Baje usted
ahora mismo donde están las escuadras y dé en seguida de comer a la batería!
- A mí no tiene que darme órdenes, camarada
teniente. Yo no soy ningún soldado de su sección... Estoy subordinado a
Drozdovski. Al comandante de la batería, y no a usted. Su ración suplementaria,
puede recibirla, no me opongo; pero eso de insultar y alborotar, ¡cuidadito!
Que también yo tengo mi orgullo y conozco el reglamento. -¡Semenujin! -ordenó
al cocinero con voz penetrante-: ¡La ración suplementaria para el teniente! -
¡He dicho que baje a dar de comer a la batería! ¿Me ha entendido, o no? -gritó Kuznetsov
enfurecido-. Pronto, ¿eh? ¡Y déjese de reglamentos! A mí, no me chille usted.
Tengo la obligación de dar de comer primero al comandante de la batería. ¿Dónde
está el puesto de observación? - ¡He dicho que baje! Abajo se enterará de todo.
Y la cocina, abajo también. El descenso está junto al puente. ¡Teniente
Davlatián! Indíquele usted dónde está la batería porque, si no, es capaz de
extraviarse otras veinticuatro horas. Y, luego de ver al brigada que, rebosante
de inquebrantable dignidad seguía a Davlatián hacia la pendiente de la orilla,
Kuznetsov se sentó en una flecha del afuste tratando de calmarse. Experimentaba
una extraña sensación de desmadejamiento e insatisfacción que le preocupaba.
Después de trabajar largas horas en las posiciones de fuego, tenía agujetas en
los hombros y los brazos, le dolía el cuello y le escocían las ampollas de las
manos; le corrían escalofríos punzantes por la piel de la espalda, que parecía
separarse del cuerpo, y no tenía ganas de hacer ni un movimiento. "¿Estaré
poniéndome enfermo?", pensó Kuznetsov y, al encontrar debajo del afuste
una caldereta de agua traída del río por Chíbisov, se la llevó ávidamente a los
labios. En el agua, olorosa a hierro, flotaban pedacitos de hielo, invisibles
en la oscuridad, que tintineaban suavemente como agujas contra el borde de la
caldereta, recordando de una manera confusa momentos lejanos de la infancia, el
sonido tan dulce de los juguetes plateados y el suave susurro de los hilos de
oropel en el árbol de Año Nuevo, la mejor fiesta invernal, con aroma a pino y a
mandarinas, entre las velas encendidas en la habitación tibia, que parecía
haber quedado en otro mundo… Kuznetsov estuvo bebiendo largamente y, cuando el
agua le desgarró el pecho con su frío, pensó para animarse que aquel desmadejamiento
pasaría y todo quedaría claro y real. En la infantería -a derecha e izquierda
de los cañones- reinaba el silencio.
Delante, sobre la estepa, continuaban iluminando
ampliamente el cielo los resplandores. Negros sobre rojo se dibujaban más netos
los tejados bajos y los salgueros, quietos en aquella luz, de la aldea como
sobrecogida. El viento barría la cresta del parapeto blanqueando de nieve las
pellas de tierra. - ¡Camarada teniente!... -pronunció la voz de Kasímov a su
lado. Apartó los ojos del resplandor y miró a Kasímov, que se había aproximado
sin ruido y se sentó encima del afuste con el mosquetón entre las rodillas. Su
rostro imberbe, de tez morena y lisa, parecía sombrío en el tétrico reflejo del
fuego lejano. - No sé cómo he hecho eso... Pero, ¿por qué trata así a la gente?
No quiere a la batería. Es como un extraño. Indiferente. - Ha hecho usted bien
-dijo Kuznetsov-. No piense más en ello. Vaya a la cocina y cene. Yo estaré
aquí entre tanto. - No -Kasímov sacudió la cabeza-. Dos horas todavía haré
guardia. Puedo aguantar. En el sur de Kazajstán también nieva. Grandes nevadas
en las montañas. No me he helado. - Seguramente será otra nieve la de allí,
¿no? -preguntó Kuznetsov sintiendo de pronto el deseo de imaginarse la vida
ignotamente soleada, tranquila y feliz en el sur del Kazajstán, lejano y
fabuloso como otro mundo, donde no podía haber aquel frío cruento, que
atenazaba, el viento que barría infatigablemente la nieve sobre el parapeto,
aquella tierra cementada por los fríos ni aquellos enormes resplandores
corriendo a ras del horizonte-. ¿Hace calor en vuestra tierra? ¿Hace sol?
-volvió a preguntar a sabiendas de que Kasímov lo confirmaría, lo mismo que una
alegría lejana, pero existente en alguna parte. - Mucho calor. Y sol. Estepa.
Montañas... -pronunció Kasímov sonriéndose tímidamente a sí mismo-. En
primavera hay mucha hierba. Y flores. Un mar verde. Por la mañana, el aire es
como agua... Da gusto respirar. Ríos en las montañas. Transparentes... Se puede
pescar peces con las manos... Calló, meciéndose pensativo sobre el afuste: se
conoce que mentalmente se había trasladado allí, a aquella estepa apacible, matinal
y olorosa entre las sierras, donde el sol brillaba el día entero encima de las
hierbas jugosas verdeantes y había impetuosos ríos de montaña, transparentes
como el cristal, llenos de peces en los remansos. - El sol y ríos de montaña
-repitió Kuznetsov imaginándoselo-. Me gustaría verlo. - No volverías para
atrás. Te enamorarías de las montañas -dijo Kasímov-. Hermosa naturaleza. Gente
buena… Por nuestra naturaleza yo podría morir. Pensé al principio de la guerra:
¿vendrá el alemán? Fui muy corriendo al ejército. En el comisariado militar
digo: apúntame, voy a combatir... Y tú, ¿vivías en Moscú?
- Sí, en el barrio de Zamoskvorechie -contestó
Kuznetsov, y al pronunciar esta palabra se imaginó tan netamente las calles
tranquilas, los callejones, los tilos centenarios que crecían en los patios
debajo de las ventanas, los atardeceres translúcidos de abril con las primeras
estrellas tan delicadas sobre las antenas de los tejados ensombrecidos en medio
del poniente tibio, los golpes de un balón de voleybol detrás de una tapia y la
luz saltarina de los faros de bicicleta en la calzada, volvió a ver todo esto
tan claramente que, ahogado por los recuerdos que le embargaban, pronunció en
voz alta-: Toda la clase donde yo estudiaba se marchó al frente en el cuarenta
y uno... - ¿Quién te queda en casa? - Mi madre y una hermana. - ¿Y tu padre? -
Mi padre murió en las obras de Magnitogorsk de un resfriado. Era ingeniero. -
¡Malo cuando ha muerto el padre! Yo tengo padre, madre, cuatro hermanas. Una
familia grande. Cuando nos sentábamos a comer, era todo un pelotón. Así que
termine la guerra, te invito a que vengas, teniente. Te gustará nuestra
naturaleza. Te quedarás allí para siempre. - No; yo no cambio Zamoskvorechie
por nada, Kasímov -protestó Kuznetsov-. Sabes, en las tardes de invierno está
uno sentado en la habitación tibia, con la estufa encendida, leyendo debajo de
la lámpara mientras nieva fuera y la madre trajina en la cocina... No sé por
qué, a mí me gustaba. - Eso es bueno -Kasímov sacudió la cabeza, soñador-. Es
muy bueno cuando la familia vive unida. Callaron. Delante y a la derecha de las
piezas volvieron a rechinar sordamente y a arañar como ratones las palas de la
infantería que se atrincheraba. Nadie andaba ya por la estepa ni llegaba un
solo sonido de las baterías vecinas. Sólo abajo, de la hondonada del río donde
la primera batería abría en la pendiente abrigos para las escuadras, se
escuchaba a veces retazos de voces de los soldados y el entrechocar, apenas
perceptible, de las calderetas. Al otro lado del río, allá en la parte de la
aldea que quedaba en la orilla septentrional, patinaba solitario un camión, y
todo parecía absorbido por el enorme silencio acrecentado que venía del sur
desde la estepa. - Extraño silencio -dijo Kuznetsov-. Desde el cuarenta y uno
no me gusta este silencio. - ¿Por qué no disparan? ¿El alemán viene callado
para acá? - Es verdad, no disparan.
Kuznetsov se levantó, enderezó la espalda
dolorida del trabajo y en seguida se acordó del agua. Ya no tenía sed, aunque
continuaba sintiendo la boca seca; pero se había quedado aterido en lo alto de
la orilla barrida por el viento; la ropa interior y la guerrera totalmente
empapadas se le habían enfriado sobre el cuerpo y empezaba a sentir un temblor
interno desagradable. "¿Tan débil me he quedado, o es del frío? ¡Ahora
vendría bien un trago de vodka para entrar en calor!", pensó Kuznetsov y, por
las pellas de tierra que crujían, heladas, fue hacia la orilla donde habían
sido tallados unos peldaños. Difundiendo un olor tibio a sopa de concentrado de
guisantes, la cocina estaba detenida sobre el hielo del río. Debajo del caldero
abierto, envuelto en vapor, rojeaban apaciblemente las brasas. El cazo resonaba
contra las escudillas. Fundidos en una masa oscura sobre el hielo, los
artilleros se agrupaban en torno a la cocina, rodeando al cocinero que manejaba
el cazo, y charlaban, descontentos pero sin maldad, templados por la vodka: -
¡Otra vez el puré de guisantes de los demonios! ¿No se te ha podido ocurrir
otra cosa? - ¡Echa, hombre, echa, que se te va el santo al cielo pensando en tu
mujer! Chicos, ¿por qué serán tan roñosos los cocineros? - Nos tienes de guisantes
hasta la coronilla. ¿No sabes los casos que se dan con esto de los guisantes? -
Al que trabaja en una profesión insalubre le corresponde leche. - Darle a la
lengua, que no tiene hueso... ¡Qué listo! Hasta quiere leche -replicaba el
cocinero, encontrando contestación para todos-. ¿A qué os metéis conmigo? ¡Ni
que fuera yo una vaca! Kuznetsov aspiró, con la pura lozanía del hielo del río,
el olor a sopa pegada y sintió una náusea. Se apartó de la cocina, hacia la
oscuridad de la alta pendiente, tropezando en las palas y los picos tirados en
la orilla. Al poco tiempo vio brillar una rendija vertical de donde partían
luz, palabras y risas. Encontró a tientas la lona que tapaba la entrada, la
levantó y penetró en un ambiente de arcilla húmeda y también de comida. En el
abrigo, cavado de manera que se pudiera estar de pie, alumbraba un candil de
gasolina, hecho con una vaina de proyectil puesta sobre un cubo boca abajo, que
daba una llamarada blanca y chispeante. Sobre una lona extendida humeaban las
escudillas de la sopa y estaban alineados los jarros con la vodka. Allí
estaban, tendidos con la cabeza cerca de la luz, el teniente Davlatián y el
sargento Necháev y, sentada un poco de costado con las rodillas encogidas
debajo de la zamarra, Zoya que roía una galleta y hojeaba con cuidado un
primoroso álbum tipo monedero, forrado de suave ante negro y con un botón
dorado para cerrar. - ¡Kuznetsov! ¡Por fin!... -exclamó Davlatián, enrojecido
por la comida. Después del agotador trabajo nocturno parecía incluso demacrado,
pero sus ojos y su naricilla puntiaguda brillaban como los de un ratoncito que
mirara el fuego-. ¿Dónde andabas? ¡Siéntate aquí con nosotros! Toma tu
escudilla. La ha traído tu solícito Chíbisov. - Gracias -contestó Kuznetsov y,
bajándose el cuello del capote, se tendió cerca de Davlatián que le dejó sitio
en seguida. Después de la oscuridad hacía todavía daño mirar a la llama blanca
y chispeante de la gasolina-. ¿Dónde hay un jarro libre?
- Cualquiera -dijo Necháev, y guiñó uno de sus
ojos pardos a Zoya-. Aquí estarnos todos de lo más sanos. - Toma el mío,
Kuznetsov -ofreció Davlatián y, mirando también a Zoya, le presentó con los
dedos finos, manchados de tierra, un jarro lleno de vodka-. Ahora no tengo
ganas, ¿sabes? Además, seguramente está bautizada. Huele a no sé qué. Incluso a
kerosén, me parece. - Justo -añadió Necháev con una sonrisa irónica debajo del
bigote-. Es una mezcla. Vodka con agua de colonia. Sólo para señoritas. Procurando
reprimir el temblor de la mano, Kuznetsov tornó un sorbo del jarro y notó el
olor; pero, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, pensó que en seguida se le
pasarían los escalofríos, que la vodka le llevaría a todo el cuerpo un calor
que le aliviaría, y dijo con deliberada animación: - Bueno, pues... ¡mueran los
ocupantes alemanes! A la fuerza ya, apuró el líquido abrasador, que olía a
matarratas y a hierro oxidado, y se puso a toser. Odiaba la vodka, y no podía
acostumbrarse a aquella ración diaria que daban en el frente. - ¡Una porquería!
-exclamó Davlatián-. No se puede beber. ¡Un suicidio! Ya te lo decía yo... - Y
sopa puré para acompañar, camarada teniente. -Necháev le acercó una escudilla
sonriendo-. Se habrá ido por mal sitio. A cualquiera le ocurre. - Seguramente
-contestó Kuznetsov con un hilo de voz; sin tocar la sopa, tomó de encima de la
lona un trocito de galleta que se puso a masticar con la espalda apoyada contra
la pared. - Diga usted, Necháev -preguntó Zoya sin levantar la cabeza-, ¿dónde
ha encontrado usted este álbum? ¿Por qué lo conserva? Es un álbum extraño...
"¿Por qué está aquí y no con Drozdovski? -pensó Kuznetsov como prestando
oído desde lejos a la voz de Zoya y notando el calor que se le extendía por el
vientre-. Todo esto es incomprensible". - Usted no se fía nada de mí,
Zoya. Es como para pegarse un tiro. Usted se cree que soy un tipo vulgar y
jactancioso -pronunció Necháev con alegre convicción-. Pues, se lo puedo
explicar: lo cambié, cuando estábamos de formación, por un paquete de tabaco a
uno que venía del frente. El me dijo que lo había encontrado cerca de Vorónezh
en un coche de estado mayor donde había una alemana muerta. Era curioso, y por
eso lo conservó. Un monumento de mujer era esa alemana. Ya verá usted más
adelante. - Es extraño -dijo Zoya, pensativa, hojeando el álbum-. Muy
extraño... - ¿Qué tiene de extraño? -Necháev se aproximó a Zoya sobre los
codos-. Es muy curioso. - ¡Qué alemana tan guapa! La cara, el tipo... Aquí,
donde está en bañador. ¿Tenía algún grado? -pronunció Zoya mirando las
fotografías-. ¡Con que planta llevaba el uniforme! Como si fuera encorsetada.
- Era de las SS -explicó Necháev-. Esos van
siempre con el pecho sacado. ¡Y qué pecho, Zoya! - ¿Le gusta a usted? - No diré
que mucho; pero, vamos, es un ejemplar... El teniente Davlatián, con unas
manchas morenas en las mejillas, miraba de soslayo con sus ojos rasgados al
álbum, doblando el cuello. En cuanto a Kuznetsov, recostado en la pared,
observaba desde la oscuridad a Zoya, su rostro inclinado, que iluminaba la
llama de la gasolina. Haciendo un extraño esfuerzo de memoria, rebuscaba en las
líneas largas de las cejas, en los ojos gachos y en aquel pequeño álbum de ante
algo imperceptiblemente conocido sucedido ya, como si la hubiera visto alguna
vez en una calma de inverosímil tibieza, a la hora crepuscular en que nieva
detrás de la ventana, en una casa confortable bien calentada para la noche,
sentada a la mesa cubierta por un mantel níveo para alguna fiesta; sobre el
mantel hay un álbum familiar abierto y la lámpara de mesa ilumina unos rostros
amados. A la espalda, detrás de la luz, está la semipenumbra de terciopelo de
la habitación, que huele a suelo fregado, y el rectángulo opaco del viejo
espejo en cuya profundidad misteriosa se reflejan las bolas de níquel de la
alta cabecera de la cama, pasada de moda. Pero la cama niquelada y el espejo
antiguo estaban en el apartamento moscovita de la calle Piátnitksaya, y
Kuznetssov sólo podía haber visto tan cerca, tan tranquilas y familiares, a la
madre o la hermana, pero nunca pudo haber visto en aquella habitación el rostro
inclinado de Zoya en torno a la mesa con la hermana y la madre, al lado del
lujoso y ridículo espejo centenario, amarillo del tiempo, único orgullo de la
madre y recuerdo del padre que, el día que se casaron, lo compró a uno de la
NEP y estaba extraordinariamente satisfecho de su aparatoso regalo... - ¿Debía
ser de una familia rica, no le parece Kuznetsov? ¿Por qué está tan callado? -
Por nada. -Kuznetsov sacudió el blando amodorramiento que le embargaba: Zoya le
miraba con sonrisa interrogante-: ¿Se refiere usted a la alemana? - Sí. Esas fotografías
de la alemana muerta las había visto ya antes, en el tren, donde el álbum había
corrido de mano en mano. A falta de otro entretenimiento, Necháev las mostraba
a toda la sección. Ahora, al escuchar la pregunta de Zoya, Kuznetsov se apartó
de la pared y les lanzó una ojeada sin gran interés. Una joven alemana rubia,
con el uniforme muy ceñido al talle, sonreía al objetivo, retadoramente dichosa
en medio de la familia, sonriente, que formaba semicírculo sentada en sillones
de mimbre en torno a un velador en medio de una pradera intensamente verde que
se extendía delante de una pulcra casita de campo. En otra fotografía había una
playa dorada, velas deslumbradoramente níveas en medio del azul del mar,
tiendas blancas en la orilla y la alemana, muy bronceada, en bañador, un poco
presuntuosa y altiva, abrazando por los hombros a otra, de rostro delicado como
el de una muñeca, con un albornoz de colores echado sobre el cuerpo desnudo y
el abundante cabello suelto. Luego, multitud de rostros femeninos atentos y
severos, multitud de uniformes ceñidos sobre los senos, con el edificio de un
cuartel como fondo. Después, otras cuantas fotografías hechas en el mar: la
vela henchida de una embarcación que se inclinaba, las recias caderas,
salpicadas de agua, de la alemana rubia que manejaba virilmente los aparejos
sobre la cabeza de profusa cabellera de su amiga que, asustada en medio de las
chispas de una ola encrespada, se abrazaba a sus fuertes piernas bronceadas. -
Esta rubita... seguramente gustaría a los hombres -dijo Zoya sin levantar los
ojos del álbum-. Es guapa... Y a usted, ¿le gusta, Davlatián? El teniente
Davlatián que, dedicado a la sopa, no esperaba aquella pregunta, se apresuró a
tragar lo que tenía en la boca y dijo enfadado: - Nuestro querido cocinero
nunca le echa bastante sal a la sopa. No se puede tragar. Se atraviesa en la
garganta... ¡Una cara repugnante! -declaró con una mirada de reojo a las
fotos-. ¿Cómo puede gustar? Era de las SS, y tonta, además. Salta a la vista.
¿Qué puede gustar en ella? Sonríe como una gata. ¡Odio esa jetas fascistas!
¿Cómo será capaz de sonreír? "Sí, tiene razón -pensó Kuznetsov-. También a
mí, cuando veo algo de Alemania, me sube una náusea a la garganta." - Los
gustos no se discuten, Zoya -rió Necháev-. Las del final, las he arrancado. ¡Si
hubiera visto lo que había allí! ¡Para morirse! Toda clase de libertinaje.
Sobre todo femenino. ¿Ha oído usted hablar de Safo, una poetisa de Roma?... -
Sí. -Zoya volvió hacia él, con sorpresa, sus largas cejas-. Sólo que no era de
Roma, sino de Grecia. ¿Por qué? - ¿Ya empieza otra vez? ¿Qué tiene que hablarle
de libertinaje a Zoya, Necháev? -intervino Davlatián sonrojado-. ¡Es una manía!
¿O ha bebido una copa de más? - Sólo lo que me corresponde, camarada teniente.
Estoy más despejado que una novicia. - ¿Me defiende usted, Davlatián? -dijo
Zoya afablemente, y le puso una mano sobre el hombro que acarició con
suavidad-. ¡Qué buen chico es usted! ¿No sabe de estas cosas? Pues yo he visto
ya estas porquerías en un refugio alemán cerca de Járkov... Cuando salíamos del
cerco. Todas las paredes estaban cubiertas de cosas así. Desconcertado,
Davlatián se zafó de los dedos que le acariciaban, condescendientes y dulces,
y, muy rojo, engallado, pronunció con voz sonora:
- ¡Déjese de observaciones desplazadas, camarada
instructora sanitaria! No soy ningún chico. Y no me acaricie, tenga la bondad.
No me gusta... - Bueno, bueno. Lo tendré en cuenta -aseguró Zoya. "Este
Davlatián es, efectivamente, un muchacho magnífico -pensó Kuznetsov notando el
bienestar del calor que la vodka le hacía correr por todo el cuerpo, y sin
intervenir en la conversación-. Siempre me ha agradado." - ¡Zoya! -exclamó
Necháev sonriente y, después de quitarse el gorro, inclinó su hermosa cabeza
negra-. El teniente Davlatián tiene novia y yo estoy solito en el mundo. No
tengo más que a mi madre en Vladivostok. Estoy soltero. Acarícieme, que yo me
dejo. A mí, sí me gusta. - No tiene sentido, Necháev -replicó en broma Zoya
encogiéndose de hombros-. ¿Qué iba a adelantar con eso? Usted comprende siempre
las cosas de otra manera. Además, en Vladivostok andaba usted rodeado de
reinas, de bailarinas... ¿De verdad tiene novia Davlatián? -volvió a preguntar
cariñosamente-. No lo sabía... - Querida Zoya, le aseguro que no me muevo
-murmuró Necháev medio en serio, aunque con cierto apasionamiento impertinente
con la cabeza inclinada-. Sólo con la punta de los dedos. ¿O le da repugnancia?
Mire que me pueden matar mañana sin conocer la suavidad de sus dedos. - ¿Qué tendrá
que ver?.. ¡Valientes tonterismos! -se indignó Davlatián, y miró a Necháev
parpadeando muy de prisa-. ¡Déjese ya de esas vulgares trivialidades
desplazadas, sargento! ¿Qué es esto? ¿No puede encontrar otro empleo para su
cabeza? ¡Absurdo! En lugar de Zoya, yo no haría más que largar bofetadas.
Somos... estúpidos, no comprendemos nada. ¡Sí, sí! - Gracias, teniente... Zoya
soltó la risa, pero en seguida procuró contenerla, mordiéndose los labios. Sus
ojos guiñados resplandecían, clavados en Davlatián confuso. En cuanto a
Necháev, después de ponerse el gorro evidentemente contrariado de que le
hubieran impedido seguir una broma agradable y divertida, fingió agravio en su
rostro fatuo, de lunares morenos, y dijo: - Hace usted mal, camarada teniente.
Yo sólo quería hacer una prueba con Zoya... Todo lo que dice, es cuento: que si
ha estado casada, que si tiene treinta años, que si todo lo sabe... Cuando, en
realidad, es una ingenua... Pero en seguida enmudeció al notar el brillo de la
mirada de Zoya.
- Las pruebas que he pasado yo, no las ha pasado
usted, Necháev -habló Zoya audazmente-. ¡Viértame mi ración de vodka en las
manos! -ordenó con el mismo tono que si hubiera tenido derecho de dar órdenes a
Necháev-, Me parece que tengo los dedos pringosos después de haber tocado ese
álbum. Guárdelo. Y cuando se quiera probar a sí mismo, en los momentos
difíciles contemple a esa alemana desnuda. Riendo para ocultar su confusión,
Necháev se incorporó sobre un codo, tomó el jarro de Zoya y, con vengativa largueza,
virtió hasta la última gota de vodka en el cuenco que formaban sus manos. -
Claro que es una lástima de vodka; pero por usted, Zoya... - Por mí, no hay que
hacer nada. Gracias. -Zoya juntó las rodillas, bien tapadas por la zamarra, y,
mientras acercaba las manos a la llama chispeante que salía de la vaina, se
volvió hacia Kuznetsov y preguntó-: ¿Está usted dormido, camarada teniente?
Resulta raro cuando una persona está callada. Es como un cuerdo entre
borrachos. ¿Es que no tiene apetito? - No duermo -replicó Kuznetsov, sentado
inmóvil en la sombra, con la espalda contra la pared-. Gozo simplemente del
calor. Efectivamente, después de la vodka, se deleitaba con el agradable calor
del refugio, su atmósfera húmeda, la luz viva del improvisado candil, el sonido
de las voces, las sombras angulosas que se movían por las paredes. Había pasado
el temblor interno del frío. Sudoroso después de trabajar con el pico, se había
quedado aterido en la orilla barrida por el viento, y los escalofríos le
corrían aún por las paletillas; pero no podía cambiar de postura, no tenía
fuerzas para moverse. "¿Estuvo cercada en Járkov? ¿Ha combatido? Tiene un
rostro muy particular -pensaba confusamente mirando a Zoya-. En realidad, no es
guapa. Sólo valen los ojos. Y la expresión del rostro, que cambia. Pero les
gusta a Necháev y a Ujánov, y a mí también... ¿Qué tendrá con Drozdovski? Todo
es extraño..." - Escucha, Kuznetsov -dijo Davlatián interrumpiendo el
curso tranquilo de sus pensamientos-, ¿por qué no comes? ¡Se ha enfriado la sopa!
- ¿Quién ha dicho que se ha enfriado la sopa? -inquirió desde fuera una voz
autoritaria-. ¡La sopa está como el fuego! ¿Se puede entrar? - ¡Entra, entra,
brigada! -le animó la voz de Ujánov desde fuera de la tienda-. ¡Cuélate! Unos
pies pesados se movieron a la entrada, haciendo deslizarse hacia abajo pellas
de tierra. Alguien tanteó la lona y, al encontrar el extremo, lo apartó. Por la
rendija asomó la cabeza de Skórik, estrecha, arrebatada del frío como si la
hubieran escaldado, con los ojos próximos a la nariz, un poco al modo de un ave
de rapiña. Llevaba el gorro nuevecito encasquetado según el reglamento,
derecho, a dos dedos de las cejas.
- ¿No se ha extraviado usted, brigada? -preguntó
Kuznetsov que, sólo con ver aquel gorro nuevecito, calado sobre las cejas,
recordaba su llegada tardía-. ¿Qué desea? - Muy severo es usted, camarada
teniente. ¡Incluso más severo que el propio comandante de la batería! -replicó
el brigada con una mordacidad digna de su invulnerable posición y luego
añadió-: Aquí tiene la ración suplementaria. Y la orden de que el teniente
Davlatián y usted se presenten al comandante de la batería. Y la instructora
sanitaria también. Vengo de verle... - Deje la ración suplementaria aquí, y
retírese. - No puedo dejar el macuto. Luego, no encuentra uno ni rastro. Y no
me va a llover otro del cielo. - Pues, entre pronto y vacíe el macuto. El
brigada entró con dificultad en el refugio, haciendo penetrar una bocanada de
frío, puso el macuto de los productos encima de la lona y empezó a extraer de
él, con una importancia recalcada, galletas, mantequilla, azúcar y tabaco en
paquetes, todo un tesoro indiferente entonces para Kuznetsov, que experimentaba
una engañosa saciedad después del aguardiente y de la galleta. - ¡Para dos!
-recordó el brigada-. Para el teniente Davlatián y para usted. - Retírese
-ordenó Kuznetsov-. Ya nos las entenderemos nosotros. ¿O quiere usted añadir
algo más? - Todo está entendido... El brigada dobló el macuto y, estrechándolo
con fuerza contra el pecho, salió del refugio de espaldas, tenso el cuello,
posando al final una mirada reprobadora de sus ojos de pájaro en Zoya, encogida
desde su llegada. Tiró de la lona con rabia, minuciosamente, dando a entender
así, bien a las claras, lo inadecuado de la presencia de Zoya allí. Luego
volvió a escucharse al otro lado la voz de Ujánov: - ¡Cuidado que te tengo
cariño, brigada! No sé por qué, me harías rodar, querido intendente. Te estimo
por lo puntual que eres, por tu amor a la batería. - ¿Qué payasadas son ésas,
sargento primero? -retumbó al otro lado de la lona la voz autoritaria del
brigada-. ¿Qué manera de hablar es ésta? ¿De qué sonríe? ¡Cuádrese como debe
ser! - ¡Calma, calma, brigada! -rió Ujánov-. ¿Por qué gritar así? ¿Dónde debo
cuadrarme como debe ser? - Los jefes de pelotón le dejan la rienda suelta a los
suboficiales y, claro, todo anda manga por hombro. ¡Ya le meteré yo en cintura,
sargento primero! -proseguía su reprimenda el brigada al otro lado de la lona,
y se notaba que no hablaba sólo para Ujánov, sino también para los dos
tenientes que debían estar escuchándole en el refugio-. ¡Más derecho que un
huso van a andar ustedes! A otros más guapos he metido yo en vereda. No
consentiré desmanes ni negligencias en la batería...
- Deja de pegar voces antes de que te tiente yo
las costillas -le aconsejó Ujánov muy divertido-. Por tu solicitud paternal,
brigada... Lo que debes hacer, tesoro, es darles lecciones a los cocineros, que
ellos entenderán en seguida. Y punto final. Poco después, haciendo susurrar la
lona, penetró Ujánov en el abrigo con un aspecto casi enteramente impasible. Se
quitó las manoplas manchadas de tierra y se puso a frotar las manos sobre el
fuego observando a todos con sus ojos atrevidos que siempre parecían objetar
algo. Esa expresión se debía, particularmente, a un diente de acero que lanzaba
un destello frío cuando el sargento primero hablaba o sonreía. - Ya se termina
la faena, teniente. Queda para un par de horas -informó de pasada a Kuznetsov-.
¿Qué es esto? ¿El desayuno, la comida y la cena juntos? ¡Estupendo! Si os
habéis creído que no tengo hambre, estáis equivocados. ¿Dónde está mi enorme
escudilla, Necháev? El refugio pareció al instante más pequeño, por efecto del
enorme y recio cuerpo de Ujánov, de su voz, de su sombra ancha que oscurecía la
mitad de la pared, del olor un poco amargo de escarcha que impregnaba cada hilo
de su capote: desde el comienzo de los trabajos de fortificación no había
entrado ni una vez a calentarse. - Sobre todo, que se enfría la vodka de tanto
esperar -comentó Necháev escanciando generosamente la bebida en un jarro. -
Bueno, hijitos, yo me voy -dijo Zoya abrochándose los corchetes de la zamarra.
- ¿Sabe usted una cosa, Zoya? -Ujánov había tomado asiento a su lado y se instalaba
cómodamente frente a los productos extendidos sobre la lona-. ¡Mándelo todo a
hacer gárgaras y véngase a mi escuadra! Le prometo que no consentiremos que la
moleste nadie. Nuestros chicos son formales. Le cavaremos un refugio aparte y
todo. - No tengo nada en contra -dijo Kuznetsov, y en seguida se levantó. No
sabía por qué había dicho aquello, cómo se le escapó aquella frase. Para
disimular su confusión ante Zoya, se puso a retocar y ajustar la funda de la
pistola colgada del correaje y preguntó-: ¿Va usted a ver al comandante de la
batería, Zoya? Zoya lo miró sorprendida a los dos y preguntó con una sonrisa
forzada: - ¿Contra quién quieren defenderme? ¿Contra los alemanes? Puedo
defenderme sola. Incluso sin armas. ¡Miren las uñas que tengo! -Raspó con las
uñas en una mano de Ujánov que no la retiró ante esta demostración y se limitó
a hacer brillar su diente de acero-: ¿Qué tal? ¿Es buena defensa? - Las uñas
son para hacerse la manicura -concluyó Ujánov-. ¿De qué le pueden servir? -
Eso, según...
- ¡Ay, Zoya! Muy valiente es usted -dijo
insinuante Necháev, que había perdido mucho de su brillantez desde la llegada
de Ujánov-. ¿De qué le servirían las uñas si alguien le preparaba una
encerrona? ¿Iba a arañar? ¿A morder? ¡Tiene gracia! - ¿Otra vez? -inquirió
alerta Davlatián con la expresión de quien ha perdido toda paciencia-. ¿Otra
vez diciendo tonterías? ¡No hay quien aguante! Zoya, tenga la bondad... Sostuvo
la lona sobre la entrada del refugio para dejar pasar a Zoya delante.
Capítulo 9
Salieron a la noche, llena del golpeteo de las
palas y los picos y del susurro de la tierra arrojada a paletadas. La cocina
formaba todavía una mancha oscura sobre el hielo al pie de la orilla, pero las
brasas se habían apagado ya y no resonaba el cazo del cocinero. Allí, no había
nadie. Entumecido de estar tanto tiempo parado, el caballo movía las patas y,
resoplando, masticaba el pienso del zurrón, Sobre la cresta, el cielo ardía de
los resplandores. Un reflejo blanco coronaba los montones de nieve. Kuznetsov
volvió a sentirse desazonado por el silencio profundamente expandido en la
noche sobre la estepa y por el mudo sigilo de los alemanes. Iba callado.
También callaban Davlatián y Zoya. Se oía el débil crujido del hielo que se
partía bajo las botas de fieltro. "De manera que también Zoya tiene orden
de presentarse al comandante de la batería", pensaba Kuznetsov. Conocía la
independencia de las funciones de Zoya en la batería como instructora sanitaria
y la posición especial que le permitía hallarse en cualquier sección, y le
contrariaba ver que, a pesar de todo, iba sumisamente al refugio de Drozdovski
que parecía tener algún derecho particular de subordinación sobre ella. Era una
cosa incomprensible. - Zoya... Usted diría seguramente en broma eso de que
tiene marido, ¿verdad? -acabó por preguntar Kuznetsov. Habían subido por el
hielo a la sombra de la hondonada a la que la nieve hacía azulear bajo las
estrellas, y ahora seguían, muy cerca unos de otros, un sendero abierto por las
pisadas de los soldados a lo largo de la pendiente. - ¿En serio? -La voz de
Zoya se estremeció como si hubiera tropezado en el saliente resbaladizo de la
orilla, pero en seguida se rehizo-: Pues, no fue en broma, no... - ¿Por qué nos
engaña usted? ¡Si no es cierto! -protestó Davlatián, y luego exclamó quedándose
rezagado detrás de Zoya-: Mira, Kuznetsov, el río es aquí como un foso
antitanque. ¡Estupendo! Si se abrieran paso los tanques, aquí quedarían
empantanados. Hay mucha artillería, y por el hielo no se atreverán porque no aguantaría.
¿Hacia qué parte está ahora Stalingrado? ¿Hacia el norte? - A unos cuarenta y
cinco kilómetros al nordeste -explicó Kuznetsov-. Si se abren paso hasta la
otra orilla, es demasiado lejos... ¡No quisiera!
Zoya se detuvo. Su zamarra blanca y su rostro se
fundían en la sombra con el profundo azulear de la nieve en la pendiente
abrupta, y sólo parecían muy negros los ojos, levantados hacia la franja más
clara del resplandor sobre la orilla. - Si se abren paso... -repitió y, cuando
Davlatián llegó a su altura, preguntó sin nexo lógico con la conversación
inicial-: Y a usted, Davlatián ¿no le da en absoluto miedo morir? - ¿Por qué ha
de darme miedo morir? - Como tiene novia... Y seguramente se parece a ella. ¿Es
tan gentil como usted? ¿Una linda gatita? ¿Verdad? - Eso no viene a cuento -se
enfurruñó Davlatián-. En absoluto. ¿Por qué dice usted que soy gentil? Yo no
soy nada gentil... Además, ¿qué tiene que ver aquí una gatita? No me gustan los
gatos. En casa, no los hemos tenido nunca. - ¿Vivía usted en Armenia? ¿Y allí
fue a la escuela? - En Sverdlovsk. Mi padre es armenio y mi madre rusa.
Desgraciadamente, no he estado nunca en Armenia. Ni conozco la lengua. - Diga
usted, Davlatián, si puede saberse, ¿cómo se llama su novia? Natasha o Zina,
seguramente, ¿He acertado? - Murka, como le corresponde a una gata. Bis, bis,
bis, gatita... - ¿Por que se enfada usted, Davlatián? No quería ofenderle,
palabra de honor. -Sonrió tristemente-. Es que me agrada hablar con usted.
Kuznetsov también me mira de una manera extraña. ¿Por qué me miran como si
fueran nubarrones, chicos? ¿Me merezco yo eso? - Es una figuración suya
-protestó Davlatián con más suavidad-. No la miramos como nubarrones, Zoya. -
Parece que hemos llegado -interrumpió la conversación Kuznetsov-. Huele a humo,
¿no lo nota? Tienen una estufa. ¿De dónde la habrán sacado? - ¡Alto! ¿Quién
vive? -gritó perezosamente delante, desde unos montones de tierra, el centinela
cuya silueta se divisaba a tres pasos, desvaída en la oscuridad-. Parece la
instructora sanitaria. - Dos jefes de sección y la instructora sanitaria
-contestó Kuznetsov-. ¿Está el comandante de la batería? - Les espera. Vengan
por aquí. Aquí está la puerta. El refugio estaba enteramente excavado. Había palas
clavadas en montones de tierra y picos tirados en el suelo. A un lado de la
puerta de madera asomaba de la pared el codo de un tubo de hojalata que
difundía por la pendiente un humo tenue, oloroso, casero, tibio en el aire
helado. Se conoce que todo aquel confort había sido recuperado en la aldea por
los exploradores y los enlaces.
"Sí, hasta una estufa", pensó
sorprendido Kuznetsov. La puertecilla rechinó como cualquier puerta aldeana, y
penetraron en un refugio muy espacioso, de la altura de una persona, lleno de
sofocante humedad, de olor a hierro caliente (la pequeña estufa, en un rincón,
estaba al rojo vivo), con una gran lámpara de petróleo, literas de tierra
confortablemente recubiertas de paja y mesa de tierra tapada con una lona. Todo
tenía un aspecto limpio, pulcro y cómodo inusitado en el frente. En un rincón,
cerca de la estufa, un telefonista montaba un aparato sobre un cajón de
proyectiles y soplaba en el auricular. Detrás de la mesa, rodeado de tres
exploradores, estaba el teniente Drozdovski inclinado sobre un mapa. Tenía el
capote desabrochado y los cabellos claros, de matiz pajizo, peinados como si
acabara de asearse. Iluminado muy de cerca por la lámpara, el rostro agraciado
tenía una expresión severa y la sombra de las largas y tupidas pestañas, que no
parecían de hombre, se proyectaba por debajo de los ojos, fijos en el mapa. -
El jefe de la primera sección se presenta a la orden -informó Kuznetsov con el
tono reglamentario que, después de la marcha, había decidido emplear con
Drozdovski porque, de esa manera, todo era más claro y sencillo para ambos. -
¡El jefe de la segunda sección, comparece a la orden! -pronunció como una
exclamación de alegría Davlatián y, sorprendido ante aquel lujo del refugio, se
echó a reír-: ¡Esto es un palacio, camarada teniente! ¡Aquí cabe la batería
entera! - Aquí había una especie de cantera... y la hemos ensanchado un poco
-dijo uno de los exploradores-. Hay que aprovechar. - En primer lugar -empezó
Drozdovski y levantó del mapa la mirada azul transparente como el hielo puro-,
el diablo es el único que comparece del otro mundo, teniente Davlatián. En
cuanto a los oficiales, se presentan a la orden. En segundo lugar -ni siquiera
miró de pasada a Zoya, que se había sentado junto a la estufa, como si no
estuviera en el refugio, y observó de pies a cabeza a Kuznetsov-, hace media
hora he recorrido las posiciones de fuego. Los pasos de comunicación entre las
piezas están cavados negligentemente. ¿Por qué se ha puesto a todos los hombres
a cavar refugios? Desde los refugios no se ven los tanques. ¿O es Ujánov el que
manda la sección y no usted? - Los refugios también hacen falta -objetó
Kuznetsov-. Y, puestos así, Ujánov también podría mandar una sección,
naturalmente. No lo haría peor que otros. Ha cursado, igual que nosotros, la
escuela militar. Sólo que no le dieron el grado de teniente. - Felizmente no se
lo dieron -precisó Drozdovski-. Ya sé, Kuznetsov, ya sé la familiaridad que
existe entre usted y el sargento primero Ujánov.
- ¿En qué sentido?
Zoya, sentada junto a la estufa que despedía
chispas, se quitó el gorro, sacudió los cabellos que se desparramaron por el
cuello blanco de la zamarra y sonrió calladamente al telefonista que la miraba.
Este le contestó al momento con una amplia sonrisa. Sin modificar la expresión
del rostro severo, Drozdovski detuvo un segundo su atención en Zoya y repitió:
- Lo sé todo. teniente Kuznetsov. - ¿A qué viene aquí de la familiaridad?
-inquirió Davlatián encogiéndose de hombros y su nariz se afiló todavía más como
si apuntara belicosamente hacia Drozdovski-. Perdone usted, camarada comandante
de la batería, pero yo estaría encantado de tener un jefe de pieza como ese en
la sección. Además, que al fin y al cabo hemos salido todos de la misma
escuela. Drozdovski arrugó la frente, dando a entender así que no quería hacer
caso de Davlatián en ese momento, y dijo sin dejarle seguir: - De Ujánov, ya
hablaremos en otra ocasión. Ahora, acérquense a la mesa y tomen el mapa.
"Eso es algo nuevo -pensó Kuznetsov-. Eso es que algo se sabe ya". Se
acercaron y sacaron los mapas de los portaplanos y los extendieron encima de la
mesa a la luz vacilante del kerosén. Se hizo un silencio. Al mirar el mapa,
Kuznetsov notó con la sien el calor del cristal y vio a Drozdovski de cerca.
con una claridad y un detalle extraordinarios, como no le había visto quizá
nunca: el pliegue altivo y recto de los labios, el vello juvenil de las
mejillas, las orejas pequeñas, las pupilas duras de sus ojos transparentes, que
nunca sonreían, cuya virginal pureza de lago azul atraía de una manera
insuperable. - Hace una hora, me han telefoneado del puesto de mando del
regimiento -comenzó Drozdovski recalcando cada palabra-. Como se sabe, la
situación delante de nosotros no es nada estable. Los alemanes se han abierto
probablemente paso, en lo que he entendido, en la zona de la carretera. Aquí, a
la derecha del pueblo, hacia Stalingrado. -Señaló en el mapa. Sus manos
nerviosas no estaban muy bien lavadas. En las uñas estrechas se veían pueriles
padrastros-. Pero, de momento, no hay datos exactos. Hace cuatro horas, la
división de infantería ha enviado un grupo de reconocimiento. Se encuentra
delante de nosotros. ¿Está claro? - Casi -contestó Kuznetsov sin apartar la
mirada de los padrastros de las manos de Drozdovski.
- Casi, ¿sabe usted, teniente?, es oropel y
poesía de Tiútchev o de Fet... -replicó Drozdovski-. Continúo. Si todo marcha
normalmente, el grupo de reconocimiento volverá al final de la noche. Para el
regreso, tiene como punto de orientación el puente. Por este barranco, al este
del pueblo. Esto es en la zona de nuestra batería. Aviso: observar y no abrir
fuego en esta zona incluso si empiezan los alemanes.
Ahora, ¿está todo entendido? - Sí -murmuró
Davlatián. - Sí -contestó Kuznetsov-. Pero, una pregunta: ¿de qué manera pueden
abrir fuego los alemanes, si todavía no están delante, en el pueblo? Los ojos
de Drozdovski le bañaron en su frío azul. - Ahora no están, pero pueden estar
dentro de cinco minutos -pronunció con cierta suspicacia, como queriendo
apreciar si la pregunta de Kuznetsov era resistencia a su orden o una precisión
perfectamente natural-. ¿Está claro, Kuznetsov? ¿O todavía no está claro? - Ahora,
sí -Kuznetsov recogió su mapa. - ¿Y para usted, Davlatián? - Absolutamente
claro, camarada comandante de la batería. - Pueden retirarse. -Drozdovski se
enderezó detrás de la mesa-. Dentro de una hora estaré en la batería y lo
comprobaré todo. Los jefes de sección salieron. Los tres exploradores de la
sección de mando que estaban junto a la mesa se miraban como si notasen con la
nuca la presencia de Zoya y comprendían que seguramente estaban ahora de más en
el refugio y era el momento de marcharse al puesto de observación. Pero, en
contra de su costumbre, Drozdovski no les apresuraba, sino que tenía fija la
mirada en un punto invisible delante de él. - ¿Da usted su permiso para
retirarnos al puesto de observación, camarada teniente? - Vayan. Y usted también.
-Hizo un gesto con la cabeza al telefonista-. Diga a Golovánov que den toda la
profundidad a las zanjas. Vaya usted. Estando yo aquí, no tiene sentido que
monte guardia junto al aparato. Cuando le necesite, le llamaré. La puerta,
abierta en la oscuridad, rechinó, se cerró, r los pasos de los exploradores y
del telefonista resonaron en la orilla, alejándose del refugio, hasta perderse
en el callado vacío de la noche. - ¡Qué silencio se ha hecho! -dijo Zoya, y
suspiró-: ¿Oyes chisporrotear la mecha?... Ahora estaban solos en la quietud
del refugio oprimida bajo una capa de tierra, en el ambiente tibio del aire
calentado por la estufa, con el sonoro crepitar de la lámpara. Sin contestar,
Drozdovski, seguía mirando a un punto invisible, y su pálido rostro delicado
iba haciéndose atento y adusto. De pronto profirió, separando con hostilidad
las palabras: - Me gustaría saber cómo va a terminar todo esto. - ¿A qué te
refieres? -preguntó ella con precaución, y levantó la cabeza-. ¿Ya estás otra
vez, Volodia? Sentada de costado a él en un cajón de proyectiles, sostenía las
manos encima de la estufa al rojo y luego se llevaba a las mejillas las palmas
calientes. Desde la semipenumbra del refugio le sonreía con cariño y
prevención, como si supiera lo que iba a decir.
- Me gustaría saber dónde has estado tanto tiempo
-preguntó Drozdovski con el tono celoso y al mismo tiempo exigente de quien
tenía derecho de preguntarle así sin que ella pudiera protestar-. Efectivamente
-prosiguió cuando ella le contestó encogiéndose un poco de hombros-, quiero,
sí, quiero, que no hagas alarde de nuestras relaciones en la batería. Pero es
que tú exageras. No es que tenga celos. No me gustan tus relaciones con la
sección de Kuznetsov. Podías haber elegido, por lo menos, a Davlatián. - Volodia...
- Me imagino lo que ocurriría si fuera Kuznetsov y no yo quien mandase la
batería. ¡Me lo imagino muy bien! Se levantó rápida y ágilmente y se acercó a
ella, no muy alto, pero erguido, con aire de deportista. Llevaba un capote que
le sentaba impecablemente y el cabello pajizo peinado hacia atrás sobre la
frente despejada, límpida, incluso delicada del reflejo del pelo. Con las manos
metidas en los bolsillos, buscaba en el rostro que ella levantaba, tenso, en su
sonrisa algo cohibida, lo que despertaba su suspicacia. Ella comprendió y,
dejando caer la zamarra echada sobre los hombros, se levantó a su encuentro,
osciló hacia él y le abrazó por debajo del capote desabrochado, frotando la
mejilla contra los fríos botones metálicos del pecho. El seguía con las manos
en los bolsillos, y ella, apretando la mejilla contra él, notaba los latidos de
su corazón y el acre olor a sudor de su guerrera. Preocupada de que le oliera
el pelo a humo, echó un poco la cabeza hacia atrás. - Estamos iguales -dijo
Zoya-. ¿No me has visto tres horas? Ni yo a ti tampoco... Pero no estamos
iguales en otra cosa, Volodia. Y tú lo sabes. Hablaba sin protesta, sin
crítica, al mismo tiempo que posaba los ojos suaves, entregados a su voluntad,
en la pura blancura de su frente, sin una arruga, bajo los cabellos claros; esa
juvenil pureza de la frente le parecía a ella puerilmente indefensa. - ¿En qué?
¡Ah, comprendo!... No he inventado yo la guerra. Y, en eso, no puedo hacer
nada. ¡No puedo abrazarte delante de la batería entera! ¿Qué quieres, que todos
se enteren de nuestras relaciones? Drozdovski la desenlazó los brazos, tiró de
ellos hacia abajo con fuerza mal calculada y, abrochándose el capote, asqueado,
dio un paso hacia atrás con los labios prietos. Zoya dijo sorprendida: - ¡Qué
cara de repulsión tienes! ¿Tanto te repele? ¿Por qué me has apretado así los
brazos?
- ¡Déjate de tonterías! Demasiado lo comprendes
todo -replicó, y echó a andar nerviosamente por el refugio en cuya pared se
deslizaba, quebrándose, su sombra-. Nadie debe conocer en el regimiento
nuestras relaciones. Es posible que esto no te agrade, pero yo no quiero ni
puedo hacer otra cosa. Soy el jefe de la batería, y no quiero que cundan
estúpidos rumores y cotilleos a mi respecto. ¡Menuda alegría se llevarían
algunos si pegara un resbalón! ¡Como que lo están esperando! ¿Por qué andan
rondándote esos mocosos? - ¿Tienes miedo? ¿Por qué temes que piensen mal de ti?
¿Por qué no temo yo? - ¡Déjate de tonterías! Yo no tengo miedo de nada. Pero ya
sabes el aspecto que cobra todo eso aquí. ¿Te has creído que hay pocos soplones
en la batería que irían encantados al regimiento o a la división con el cuento
de nuestras...? ¡Perfecto! -Soltó una risa desagradable-. Estamos en guerra, y
ellos revolcándose en la litera. ¡Dos palomos! ¡Los amantes del frente! - Yo no
quiero revolcarme en la litera como acabas de decir -habló Zoya conciliadora, y
se echó la zamarra sobre los hombros igual que si sintiera frío-. Pero no me da
vergüenza ni miedo decirle al jefe del regimiento y al jefe de la división, si
a alguien le interesa tanto, lo de nuestras... -Para no irritarle, repetía sus
propias palabras-. No es eso lo principal, Volodia. Sencillamente, me quieres
poco y de una manera extraña. No sé por qué te gusta atormentarme con tu
suspicacia. Tú no te das cuenta, pero incluso me besas con rabia. ¿De qué te
vengas en mí? Drozdovski se detuvo delante de ella y el capote exhaló, al
moverse, un ligero olor a húmedo. Hizo una mueca. - ¡Valiente tormento! -dijo,
irreconciliable-. ¿A qué le llamas tormento? ¡No me hagas reír! ¿De qué me voy
a vengar? ¿No te beso a tu gusto? ¡Será que no he aprendido o que no me han
enseñado de otra manera! - Yo no puedo enseñarte, ¿verdad? -volvió a decir Zoya
conciliadora, y le sonrió-. Tampoco yo sé. Pero, ¿acaso es eso lo principal?
Perdóname, Volodia. - ¡Tonterías! -Se apartó hacia la mesa y desde allí habló
con burlón encarnizamiento-. Los primeros besos, si quieres saberlo, los
aprendí de una mujer estúpida y alocada cuando tenía yo trece años. Todavía me
dan náuseas al recordar las carnazas de aquella tiarrona. - ¿Qué mujer?
-preguntó Zoya en un murmullo amortiguado, y agachó la cabeza para que no viera
su rostro-. ¿Por qué me has dicho eso? ¿Quién era? - ¿Qué más da? Una parienta
lejana en cuya casa viví dos años en Tashkent cuando mi padre murió en
España... No fui a una casa de niños, sino que viví cinco años en casa de unos
conocidos, durmiendo como un perrillo encima de unos baúles hasta que salí de
la escuela. ¡Eso, no lo olvidaré nunca! - ¿Cuándo tu padre cayó en España había
muerto ya tu madre, Volodia? Con expresión angustiosa de intenso amor y de
comprensión miraba su delicada frente blanca y los cabellos, sin atreverse a
asomarse a los ojos, más azules que nunca.
- Sí. -Sus ojos se posaron apenas en Zoya-. ¡Sí,
se murieron! Y yo los quería. Pero ellos, fue como si me hicieran traición...
¿Comprendes eso? De golpe, me quedé solo en nuestro apartamento vacío de Moscú,
hasta que vinieron a buscarme de Tashkent. Y temo que también tú me hagas
traición alguna vez... Con cualquier mocoso... - Eres tonto, Volodia. Yo te
amo. Y nunca te haré traición. Me conoces ya desde hace más de un mes. ¿Verdad?
Zoya no le comprendía muy bien en los minutos de inexplicable suspicacia, en
sus accesos de celos terribles cuando estaban solos y no tenía sentido hablar
de eso ni había motivo para ello, aunque Zoya notaba y veía a diario, a cada
minuto, las atenciones de toda la batería hacia ella. Y respondía a ellas con
las chanzas que había adoptado para todos y consideraba una forma de
autodefensa. Y aunque quizá comprendiera esto Drozdovski, en sus ataques de
suspicacia había de todas maneras algo de impotencia, de constante desconfianza
en ella como si hubiera estado dispuesta a traicionarle con cualquiera de la
batería. - ¡No! ¡No es verdad! ¡No te creo!... Y Zoya pensó de pronto con
horror que en ese momento no podía demostrar nada ni justificarse con nada. No
tenía fuerzas ni deseo de justificarse y, previendo sus tenaces objeciones, seguía
de pie delante de él, mirando la frente lisa y pura, indefensa en su anchura,
que hubiera deseado acariciar. - Sí, te amo; sí -dijo-. No te imaginas cómo te
quiero. ¿Por qué no me crees? Drozdovski dio un paso hacia ella, sacándose las
manos de los bolsillos. - Demuéstramelo. Demuéstrame que me amas. ¡No quieres
demostrarlo! -dijo y, con una rabia frenética y al mismo tiempo con ternura, la
atrajo por los hombros hacia él-. ¡Tiene que ser! ¡Mes y medio ya!...
¡Demuéstrame que me amas! La enlazó por la espalda, que cedía, la estrechó
recia y duramente y se puso a cubrirle la boca de besos presurosos y
asfixiantes. Ella, con los ojos cerrados y un ronquido como de dolor, le abrazó
dócilmente por debajo del capote desabrochado y se ciñó a él con las rodillas
al mismo tiempo que intentaba arrancar los labios de su boca, que la ahogaba.
Drozdovski le echó la cabeza hacia atrás, se apartó de ella y dijo con voz
ronca: - Voy a apagar la lámpara. No entrará nadie. No temas. ¿Oyes? Nadie
entrará. Estaremos solos... - No, no; no quiero... Perdóname, Volodia, por
favor -pronunció Zoya con los ojos cerrados y jadeante-. No debemos hacer eso.
Ahora no debemos hacerlo... - Yo no puedo así... ¿Comprendes? ¡No puedo!
- Pero si yo te quiero. Mucho -murmuraba ella en
su pecho, resistiéndose y dando diente con diente-. Pero, esto no... Si no,
llegaremos a odiarnos. ¡Y yo te amo! No quiero que lleguemos a odiarnos... De
una breve sacudida, volvía a atraerla por los hombros. - ¿Por qué? ¿Por qué? -
Ya te lo he dicho. Nos ha ocurrido una vez... Luego no podríamos mirarnos a la
cara, Volodia. Me acuerdo del ceño que tenías entonces y de cómo fumabas...
Compréndeme: ahora, eso no debe ser, Volodia. Te lo ruego. Ahora no puedo, ¿comprendes?
Perdóname, anda, perdóname... Y, rogándole con los ojos y con la voz se echó a
llorar sin comprender la causa de sus lágrimas, al mismo tiempo que, como
pidiéndole perdón, le besaba tímida y rápidamente la barbilla y el cuello con
fríos y trémulos roces. - ¡Qué estupidez!... Acabaré odiándote. ¿Por qué
mientes?... ¡Estoy harto! ¡Harto!... Con cara de rabia la apartó de sí y,
después de ponerse el gorro, salió del refugio pegando tal portazo que la llama
de la lámpara parpadeó bajo el cristal ahumado. Capítulo 10 Subió por los
peldaños tallados en la pendiente y, en lo alto de la orilla, un poco enfriado
por el viento gélido que salía al encuentro, repitió entre dientes. - ¡Tonta,
tonta! ¡Qué estupidez! Con asco hacia sí mismo y odio a su impotencia, al
absurdo temor de Zoya, a su negativa a reanudar la intimidad de entonces, en el
botiquín donde estaba ella sola de guardia durante la formación, sentía por
ella una rabia casi ofensiva, el deseo de volver y pegarla para vengarse. Pero,
al mismo tiempo, despreciándose, sufría de no poder sofocarlo todo en su alma;
sus brazos y su cuerpo tenían una memoria propia, independiente, y, después de
aquellos momentos pasados con Zoya en el botiquín -sus ojos cerrados, las
rodillas estremecidas, los tímidos movimientos de su cuerpo flexible-, esa
memoria aceptaba ahora cualquier manifestación humillante de ternura con tal de
que estuviera ella con él... "No; esto se acabó. ¡Se acabó!", se
repetía Drozdovski, recordando ahora lo que más podía inspirar y acentuar
implacablemente su repulsión hacia ella: la boca grande, la expresión asustada
de su rostro, los senos demasiado pequeños y las pantorrillas demasiado
gruesas, como apretadas por la estrecha caña de la botas de fieltro; quería
encontrar en ella algo que le repeliese, después de lo cual habría sido
imposible la reconciliación. "¿Qué habré encontrado en ella? Si por lo
menos fuera guapa. Pero, ni eso... ¡Nada! Tenemos unas relaciones absurdas. Hay
que terminarlo todo de una vez para siempre. ¡De una vez para siempre!"
Acalorado, respiraba profundamente; el frío le abrasaba los pulmones y el vaho
se posaba en escarcha sobre el capote.
Drozdovski no advirtió al pronto que el aire y la
nieve se habían esclarecido, adquiriendo una sequedad de hielo. En su ronda
eterna, las constelaciones de diciembre habían cambiado un poco de sitio y
ardían en enjambres con brillo majestuoso titilando en las alturas gélidas con
el último fuego antes del amanecer. Sobre la tierra parecían haberse acercado
más los tejados de la aldea, que destacaban el negro de la nieve. Encima de
ellos, los dos resplandores habían palidecido, se habían juntado en semicírculo
y llenaban toda la parte meridional del cielo detrás del pueblo. Parecía como
si en los extremos de este semicírculo anduvieran por el horizonte, detrás del
barranco y de las alturas, unas luces, unos fogonazos semejantes al reflejo de
faros lejanos. Luego se le antojó de pronto que el viento traía de allí un
rumor mezclado de motores, de escapes de gases de los tanques y de patinazos de
ruedas: ¿sería que avanzaban ya hacia allí, hacia esa aldea, hacia la batería,
el ejército alemán por una rotura? Se puso a fumar con avidez. Hizo algunas
aspiraciones y prestó oído. El viento barría y empujaba la nieve a ras de
tierra por la orilla hacia las posiciones de la batería; arriba se extendían
las unas hacia las otras como alambre espinoso, retorciéndose, las ramas
heladas y desnudas de los salgueros que agitaban sus sombras al borde de la
pendiente del río. El ruido de motores y de avance invisible, pareció cortarse,
desapareció. "Es un efecto síquico", se dijo, y fue hacia el puesto
de observación que formaba una pequeña altura ya visible en el aire
esclarecido. Cuando subió, por un paso de comunicación que sólo llegaba a la
rodilla, a la cota donde las palas y los picos seguían pegando en la tierra
igual que pájaros carpinteros, el rostro de Drozdovski volvió a adquirir una
fría expresión resuelta. El brigada Golovánov, jefe de la sección de mando,
ancho de pecho, alto, instalaba delante del parapeto el tubo estereoscópico.
Fue el primero que advirtió a Drozdovski en la trinchera. Corrió a él con
envidiable ligereza y le informó: - Camarada teniente, acabo de telefonearle.
La instructora sanitaria ha dicho que había salido usted. Hace cinco minutos
que ha llegado a la zona del puente el willis del comandante de la división. Se
nota un poco de inquietud. El grupo de reconocimiento de la división no ha
pasado todavía... - ¿Por qué me informa tan tarde? -pronunció Drozdovski con
rabia-. ¿Por qué no ha telefoneado hace cinco minutos? - Si he telefoneado
-contestó Golovánov con su vozarrón-. He telefoneado. Y su mujer, camarada
teniente... la instructora sanitaria, quiero decir, contestó...
- ¡Calle, Golovánov! ¿Está trastornado? ¿Qué
mujer?... -le interrumpió Drozdovski comprendiendo perfectamente la franqueza
de Golovánov y comprendiendo por qué los tres exploradores arrojaban ahora
mecánicamente, como sordos, paletadas de tierra encima del parapeto en el foso
contiguo-. ¿Quién difunde rumores acerca de mí? -prosiguió bajando la voz-.
¿Usted Golovánov, o quién? No se crea usted que no voy a enterarme, brigada...
¿Quién ha venido de la división? - Tres willis, camarada teniente. He reconocido
a uno: el del coronel Déev. - Todo hay que saberlo. Por algo es usted
explorador. A grandes zancadas, Drozdovski se dirigió hacia los cañones por
delante de los exploradores que se pegaban con sus palas a las paredes de la
trinchera. "Su mujer... su mujer", iba repitiéndose, y de pronto
pensó, sin poder reprimir una mueca, que probablemente hablaba ahora toda la
batería de ello sin rebozo. Había bajado ya de la cota y corría hacia las
piezas emplazadas a la izquierda del observatorio siguiendo la cresta de la
orilla cuando vio, a través de la transparencia del amanecer, tres willis a lo
lejos y, a unos trescientos metros de ellos, un grupo en la posición de fuego
de la primera pieza. Los soldados, que abrían con los picos pasos de
comunicación entre las posiciones, miraban hacia allá de vez en cuando y uno de
ellos, bajito, con capote demasiado corto y pasamontañas mojado debajo de la
nariz, Chíbisov, volvió su rostro triangular e hirsuto de bichejo extenuado
hacia Drozdovski que pasaba corriendo y le informó: - Camarada teniente: ahí
están el coronel y el general en jefe, el del bastón... Algo esperan. Parece
que empieza. - Tiene usted el pasamontañas... todo mojado. Aséese usted. Da
vergüenza verle. Parece una gallina mojada -replicó Drozdovski-. ¿Dónde está
Kuznetsov? ¿Dónde está Davlatián? - Allí están todos -contestó Chíbisov
sorbiendo por la nariz. Después de comprobar con el deslizamiento habitual de
los dedos los botones del capote, Drozdovski se dirigió presurosamente hacia la
primera pieza y, buscando con la mirada al oficial de más graduación, se llevó
la mano a la sien al reconocer al coronel Déev y al general Bessónov,
comandante en jefe del ejército, y pronunció conteniendo la respiración: -
Camarada general, el jefe de la primera batería, teniente Drozdovski...
Bessónov, que llevaba la zamarra sin distintivos,
se volvió, bajo, enjuto, nada parecido a un general por todo su aspecto. Sus
ojos punzantes y duros, con los párpados un poco hinchados se clavaron,
interrogantes en el rostro quieto y pálido de Drozdovski. El coronel Déev, con
gorro de soldado y correaje, juvenilmente rebosante de salud, subido de color,
levantó un poco contrariado sus cejas pelirrojas y dijo con su jugosa voz de
barítono:
- ¿Dónde anda usted metido, comandante de la
batería? - Estaba en el puesto de observación, camarada coronel -contestó
Drozdovski marcando las palabras-. Se terminan los últimos trabajos de
atrincheramiento. "¿Por qué razón habrán venido? -pensó inquieto-. ¿A
esperar al grupo de reconocimiento? ¿O a inspeccionar la batería? ¡Pero es el
propio comandante del ejército!" - ¿Drozdovski? -repitió Bessónov con su
voz áspera-. Es un apellido que me parece haber oído. Con expresión distraída,
miraba a Drozdovski sin verle, esforzándose por captar el punto lejano de algo
que se le escapaba; pero se conoce que recordó otra cosa porque, frunció el
ceño, apartó la mirada de Drozdovski y dijo a Déev: - Bueno, pero, ¿dónde están
por fin sus exploradores, coronel? Todos los que estaban allí con Bessónov -un
teniente coronel entrado en años, jefe del servicio de reconocimiento de la
división con un mapa desplegado sobre el portaplanos, el miembro del Consejo
Militar Vesnín, alto, largo de piernas, con gafas, y el mayor Cherepánov, muy
jovencito, chato, graciosamente pecoso, jefe del regimiento de tiradores cuyos
batallones ocupaban la línea de defensa en la orilla- se habían vuelto hacia
Drozdovski cuando le habló Bessónov y todos dejaron de mirarle en cuanto el
comandante en jefe se puso a hablar del reconocimiento. Todos miraban hacia el
resplandor donde un zumbido indeterminado, que el viento traía a ramalazos,
surgía y se apagaba por oleadas. - Algo está claro sin la exploración -dijo
Bessónov-. ¿No piensa usted, Vitali Isáevich? - Me parece que sí -contestó
Vesnín-. Más o menos claro. - Es difícil creer en un fracaso, camarada
comandante en jefe -intervino a media voz el coronel Déev-. Han ido a la
operación muchachos muy expertos.
Drozdovski esperaba, con los dientes tan
apretados que le dolían las mandíbulas. Estaba casi seguro de que el general,
que también antes de la guerra se hallaba en activo, tenía que conocer su
apellido; pero sin duda no había estimado ahora necesario preguntar la relación
que tenía con la conocida familia de militares. Le preocupaba otra cosa. En
cuanto a los tenientes Kuznetsov y Davlatián, ambos en posición de
"firmes", unidos ahora por la responsabilidad común de los oficiales
de una batería, miraban solidarios a Drozdovski: el presentimiento del combate
que se cernía los igualaba y los aproximaba. Drozdovski, que en esos segundos
hipotetizaba y pesaba todo lo que podía haber traído al comandante del ejército
y al jefe de la división a su batería, no advertía a Kuznetsov ni a Davlatián;
sin embargo, se decía mentalmente lo que pensaban también ellos: "Sí,
seguramente empezará pronto. Quizá ahora... ¡Que sea de una vez!..." -
¡Camarada general! -dijo de pronto Drozdovski con esa neta voz de militar en la
que se notaba el propósito inquebrantable de cumplir cualquier orden-. ¿Da
usted su permiso? Bessónov se volvió, con la anterior expresión de hacer
memoria, hacia el joven y pálido teniente, esbelto, apuesto según exigía el
reglamento y listo para la acción, y contestó indiferente: - Le escucho. - ¡La
batería está lista para el combate, camarada general! - ¿Para el combate?
-repitió Bessónov sin apartar sus ojos atentos de Drozdovski-. ¿Cree usted en
la buena suerte, teniente? - Yo no creo en la suerte, camarada general. - ¿De
veras? Pues, debía creer... -replicó Bessónov, poniendo en estas palabras
cierto sentido especial que asustó a Drozdovski por su significado
incomprensible-. A los años de usted yo creía incluso en la inmortalidad... ¿Se
da usted cuenta, teniente, de que su batería se encuentra en una dirección
peligrosa por los tanques y que detrás está Stalingrado? - ¡Aquí estaremos
hasta el último, camarada general! -pronunció Drozdovski convencido-. Sé que es
una dirección peligrosa por los tanques. Quiero asegurarle que los artilleros
de la primera batería no regatearemos nuestra vida y sabremos estar a la altura
de la confianza puesta en nosotros. ¡Estamos dispuestos a morir en esta línea,
camarada general! - ¿Por qué a morir? -objetó Bessónov sombrío-. En lugar de la
palabra "morir", me gustaría que empleara otra mucho mejor:
"aguantar". No hay que prepararse de una manera tan resuelta al
sacrificio, teniente. Puede usted retirarse. Drozdovski había contestado a
Bessónov en tono excesivamente resuelto, mirándole a los ojos con franqueza y
lealtad como miran los alumnos de una escuela militar miran, al informarle a un
jefe que se ha hecho querer de ellos. Pero, cuando dio media vuelta para
retirarse, notó en seguida un vacío silencioso a su alrededor y comprendió que
algo no parecía haberle gustado al general en esa resuelta decisión de
combatir, como si hubiera sido deliberada y no enteramente natural. Sin
embargo, el coronel Déev le hizo un guiño bastante aprobador juntando sus
pestañas rojizas. Vesnín, que le observaba con interés a través de los
cristales brillantes de las gafas, le preguntó sin adivinar muy bien la causa
de la excesiva decisión del comandante de batería con modales de cadete:
- ¿A santo de qué se dispone usted a morir,
camarada teniente? No tenemos más que una vida, ¿verdad'? De manera que lo
mejor es tomar esa idea como pauta. A mi entender, camarada teniente el sentido
de cada combate consiste en no ser presa de las seis clases de gusanos de
sepultura que existen, cosa a la que se llega también sin lucha. Porque el
combate, por paradójico que parezca, va contra la muerte. ¿No es verdad? Pero
el teniente Drozdovski no mentía ni fingía. Hacía tiempo que se había
persuadido de que el primer combate, que esperaba, significaría mucho en su
destino o sería el último para él. No creía en la posibilidad de su muerte,
como no cree en ella nadie que no haya estado al borde de la vida, que no haya
visto la muerte ajena como la suya propia reflejada en otro. Y Drozdovski
contestó: - Camarada comisario de división, yo personalmente no me arredraré
ante la muerte... - ¿Es usted komsomol? -preguntó Vesnín-. ¿No me equívoco? -
No sólo yo, camarada comisario de división. Todos los jefes de pelotón y más de
la mitad de las escuadras. El organizador del Komsomol de la batería es el
teniente Davlatián. Con más razón... -dijo Vesnín, y saludó con una sonrisa,
como a un conocido, al teniente Davlatián, que le contestó con otra sonrisa
puerilmente resplandeciente-. Tiene usted toda la vida por delante. Cualquiera
le puede envidiar. La guerra no ha de durar una eternidad. -Y se apartó hacia
el parapeto donde estaban, callados, el jefe del servicio de reconocimiento y
el comandante de la división. Ahora, nadie prestaba atención a Drozdovski. El
coronel Déev, como si perdiera paciencia, movió sus recios hombros, miró al
reloj de pulsera, luego a la parte meridional de la aldea y volvió los ojos
preocupados hacia Bessónov. Bessónov estaba sentado sobre unos cajones de
proyectiles, con las manos apoyadas en el bastón y los párpados cansadamente
entornados. Parecía escuchar, absorto, aquel zumbido desigual, unas veces
lejano y otras próximo, que el viento del amanecer arrastraba sobre la estepa
más clara, y en su frente iban acentuándose dos pliegues verticales que
asustaban a Déev por su expresión de descontento. - ¿Dónde están sus
exploradores, coronel? -preguntó Bessónov, - Creo que debemos volver al puesto
de observación -contestó Déev, cohibido, bajando todo lo posible su voz
sonora-. Algo le ha sucedido al grupo de reconocimiento, camarada comandante en
jefe. Me cuesta trabajo explicar... - ¿Cómo ha dicho usted? Por el tono de
Bessónov se podía comprender sin error que la pregunta no prometía nada bueno,
pero Déev concluyó: - Creo que no tiene sentido esperar aquí al grupo de
exploración, camarada comandante en jefe.
- Es que yo no lo espero -profirió agriamente
Bessónov-. Cuando se tiene un servicio de reconocimiento así, se responde de
él, coronel. ¡Para que lo sepa! - Ya se hace de día -observó Vesnín. Tomó los
prismáticos del teniente coronel Kúryshev, jefe del servicio de reconocimiento
de la división, hombre ya entrado en años, y se puso a observar con curiosidad
el resplandor y la aldea que ahora se veía bien delante. Pero, incluso sin
prismáticos empezaban a adquirir los objetos contornos tangibles. En la batería
-lejos y cerca- aparecían los rostros de los hombres, inexpresivos y grises
como máscaras después de la noche de insomnio, los cañones, los repechos de
tierra en los parapetos, las matas que sacudían al viento, sobre la nieve sus
ramas desnudas. Era ese momento inestable en que del alba de diciembre nace la
mañana que tiñe ya de rosa el oriente. De pronto, como si una gigantesca bola
de hierro rodara por la estepa, se estremeció y empezó a extenderse por todo el
horizonte un zumbido vibrante. En el mismo momento, en medio del resplandor que
se veía delante ascendieron al cielo sobre la aldea, una tras otra, en
semicírculo, bengalas de dos colores que formaron una cascada de luces rojas y
azules. "¡Esto es lo que esperábamos! -pensó excitado Drozdovski-. Son
señales de los alemanes... ¿Será posible que estén tan cerca? ¿Por qué están
tan cerca? ¿Qué zumbido es ése?" Ese nuevo zumbido se ampliaba sin cesar
en el espacio comprendido entre el cielo y la tierra. No recordaba ya el rodar
de una bola de hierro, sino que retumbaba desde lejos como truenos seguidos o
se precipitaba en ecos potentes en el profundo cauce del río, a la espalda, sin
cesar de avanzar, incontenible y pavoroso. Hubiérase dicho que la tierra había
empezado a temblar como un cuerpo vivo. Y, lo mismo que si hicieran señales a
aquel fragor, las bengalas rojas y azules se encendían constantemente en
semicírculo sobre la aldea. "¿Serán tanques o aviones? ¿Empezará ahora?...
¿Ha empezado ya? ¿Hay que ordenar "al combate"? Debo actuar
inmediatamente...” Con un esfuerzo de voluntad para conservar la calma, sin dar
la orden, Drozdovski vio que el general Bessónov pasaba la mirada sombría por
el cielo, que el coronel Déev fruncía las cejas y que los prismáticos de
Vesnín, orientados hacia el resplandor, quedaban quietos en sus manos. Luego
Vesnín devolvió los prismáticos al jefe del servicio de reconocimiento, se
quitó las gafas y, cuando se volvió hacia Bessónov, su rostro, extrañadamente
desarmado sin las gafas, tenía la expresión presurosa y alegre de quien
comunica una noticia ineludible: - Ya están ahí, Piotr Alexándrovich. ¡Y
cuántos son!
Allá, en medio del resplandor, brilló en el cielo
una nube sonrosada y densa. Se aproximaba en línea recta hacia la aldea,
envuelta en el bramido compacto de los motores, y en la nube empezaron a
distinguirse los contornos de los Junkers cargados. Venían del sur, en enormes
bandadas alargadas, y habían dejado atrás el resplandor que ocultaban. Eran
tantos, que Drozdovski no había podido contarlos al pronto. Y cuanto más claro
y definido quedaba que aquellos aviones avanzaban precisamente hacia la aldea,
hacia la batería, cuanto más visiblemente se aproximaban, más duro e implacable
se hacía el semblante de Bessónov, casi petrificado. Los ojos miopes de Vesnín
miraban fijos e inquisitivos al comandante en jefe y no al cielo, y sus dedos
desnudos (se le había olvidado ponerse los guantes que asomaban del bolsillo de
la zamarra), que parecían tener una vida propia, frotaban y deslizaban las
gafas por la piel del cuello de la pelliza. Drozdovski volvió a pensar:
"¿Por qué están aquí sin dar ninguna orden? ¿Qué debo hacer yo estando
ellos?" En esto, el mayor Bozhichko, con su elegante capote de ayudante,
se deslizó por el parapeto como si llevara patines hasta el emplazamiento de
una pieza -se conoce que venía corriendo de donde estaban los willis- y le gritó
a Bessónov con la enérgica tenacidad del ayudante que, según el reglamento
tácito, tenía autoridad para recordar y, a veces, para exigir: - Camarada
comandante en jefe: ¿hago venir aquí el coche? ¡Hay que marcharse, camarada
comandante en jefe! - Quizá conviniera esperar aquí a que pase el bombardeo,
camarada general -pronunció Déev siguiendo bajo sus cejas rojizas el movimiento
de los aviones-. Dudo de que lleguemos al puesto de observación antes de que
empiece... - Estoy seguro de que llegamos, camarada comandante en jefe -afirmó
Bozhichko, y explicó a Déev-: Tres kilómetros justos. Claro que llegamos... -
¡Naturalmente que sí! -Animado, Vesnín se puso las gafas y midió la distancia
entre las bandadas de aviones que nublaban el resplandor hasta la cota redonda que
aparecía al otro lado del río y donde se encontraba el observatorio de la
división-. Pero son cuatro kilómetros, Bozhichko -precisó, y preguntó con
interés a Déev-: ¿Está usted seguro, coronel, que bombardearán aquí? ¿Está
excluida la posibilidad de que vayan a Stalingrado? - No estoy seguro, camarada
miembro del Consejo Militar... Bessónov esbozó una sonrisa y dijo sin dudar:
- Bombardearán aquí. Precisamente aquí. La
primera línea. Eso es absolutamente seguro. A los alemanes no les gusta
arriesgar. No atacan sin aviación. Bueno, vamos. Tres kilómetros o cuatro, lo
mismo da. -Sólo entonces pareció acordarse fortuitamente de nuevo de
Drozdovski, que estaba allí en actitud expectante-. En fin... Todos al refugio,
teniente. ¡A dejar que pase la nube, como se dice! Y luego, lo principal:
atacarán los tanques. De manera, teniente, que su apellido es Drozdovski -dijo
como rememorando algo otra vez-. Me parece conocido. Lo recordaré. ¡Y espero
oír hablar de usted, teniente Drozdovski! ¡Ni un paso atrás! Y a destruir
tanques. ¡Aguantar y olvidarse de la muerte! ¡No pensar en ella en ninguna
circunstancia! Su batería puede hacer aquí mucho, teniente. Espero lo mejor...
Y, después de subir al parapeto, cojeando un poco, Bessónov se dirigió hacia
los willis. Le seguían el ayudante Bozhichko y el coronel Déev. El jefe del
servicio de reconocimiento de la división se quedó un poco rezagado. Con un pie
en el escalón, no recogía de la rodilla el portaplanos con el mapa ni soltaba
los prismáticos con que inspeccionaba el espacio vacío delante de la aldea. No
quería marcharse de allí tan sencilla y tranquilamente sin enterarse de la
suerte corrida por sus exploradores. Vesnín, comprensivo, le rozó entonces el
hombro con una mano y dijo algo a media voz. Sólo después de esto echó a andar
el taciturno teniente coronel, cabizbajo, hacia el paso de comunicación. A unos
cinco pasos de la pieza, cuando subía ya el repecho de la orilla, Vesnín se
detuvo y dijo a Drozdovski con un ardor ahogado por el creciente ruido de los
aviones: - Parece que empieza lo bueno, comandante de la batería. ¿No le da
miedo por ser la primera vez? - No, camarada comisario de división. - Entonces,
perfecto... ¡Enhorabuena! Drozdovski aguardó todavía unos segundos, quieto,
firme; pero, en cuanto se ocultaron al otro lado del parapeto, miró como
deslumbrado al cielo renegrido, donde continuaban el movimiento y el rugido, y
de pronto ordenó con grito tan penetrante que se le quebró la voz: - ¡Batería,
al refugio!... Y corrió hacia el puesto de observación viendo fugazmente los
rostros pálidos cerca de las piezas y las espaldas encorvadas de los soldados
que parecían aplastados por el peso del cielo tronante. Capítulo 11 El potente
rugido de los motores se cernía encima de la cabeza, sofocaba todos los ruidos
sobre la tierra, se estremecía y golpeaba en los oídos.
La primera bandada de aviones comenzó de pronto a
cambiar visiblemente de configuración, a estirarse, a tomar forma circular, y
Kuznetsov vio las bengalas alemanas que subían detrás de las casas del pueblo
como surtidores de luces rojas y azules. Luego, una bengala de respuesta se
desprendió en fogonazo rojo del Junkers de cabeza trazando un hilo humeante
negro y, descolorida por el fulgor de multitud de alas, cayó rápidamente y se
extinguió en el aire sonrosado. Los alemanes hacían señales desde la tierra y
desde el aire, precisando la zona de bombardeo; pero Kuznetsov no intentaba ya
determinar y calcular dónde bombardearían. Estaba claro. Uno tras otro, los
Junkers iban formando un círculo enorme en el que abarcaban el pueblo, la
orilla, las trincheras de la infantería y las baterías vecinas. Toda la primera
línea quedaba encerrada en este compacto anillo aéreo del que parecía ahora
imposible escapar, aunque en la otra margen la anchurosa estepa refulgió antes
de la salida del sol y las alturas resplandecían en la calma matutina. -
¡Aviación! ¡Aviación! -se desgañitaban incesantemente en la batería y abajo, al
pie de la pendiente. Kuznetsov estaba a la izquierda de la pieza, con Ujánov y
Chíbisov en una zanja demasiado pequeña para los tres. Notaban con los pies el
estremecimiento de la tierra. El bramido de los motores, que conmovía el aire,
hacía desprenderse duras pellas de tierra del parapeto. Kuznetsov veía, muy
cerca, desorbitados por el horror, los ojos de Chíbisov, negros como la pizarra
mojada, en el rostro triangular elevado hacia el cielo con una expresión de
apabullamiento, de pasmo; veía al lado el mentón levantado y los ojos claros de
Ujánov que se movían como si estuviera contando algo con rabia y todo su cuerpo
se encogía igual que ocurre en las pesadillas cuando no puede uno moverse del
sitio y se le abalanza encima algo irremediablemente enorme. Sin venir a
cuento, se acordó de la escudilla de agua fragante, que pasaba los dientes,
traída por Chíbisov de un agujero abierto en el río helado y volvió a sentir
una sed abrasadora y sequedad en la boca. - Cuarenta y ocho -terminó de contar
Ujánov con cierto alivio. Volvió hacia Chíbisov sus ojos claros, que parecían
no comprender nada, y le pegó ligeramente con el hombro en el suyo encogido-.
¿Por qué tiemblas como la hoja en el árbol, abuelo? Más terrible que la muerte,
no puede ocurrir nada. Tiembles o no tiembles, lo mismo da... - Si yo lo
comprendo... -replicó Chíbisov haciendo un esfuerzo por sonreír-. Pero... es
una cosa que me da... Si yo pudiera... No puedo sobreponerme. Me ahogo. -Y
señaló la garganta. - Tú piensa que no te va a pasar nada. Y que, si te pasa,
tampoco será nada. Ni siquiera dolor -dijo Ujánov y, sin mirar ya al cielo, se
quitó una manopla con los dientes y sacó la petaca-. Echa un cigarro. Esto
calma. De paso, me calmaré yo. Y tú también, teniente. Verás como sientes
alivio. - No quiero -Kuznetsov apartó la petaca-. Lo que sería bueno ahora es
una escudilla de agua. . . Tengo sed - ¡Para acá vienen! ¡Para nosotros!...
Esta exclamación de Chíbisov y sus ojos inquietos
y vacíos obligaron a Kuznetsov a levantar por un instante la cabeza. Y fue como
si de golpe sintiera en el rostro el hálito ardiente del destino que se
abalanzaba desde el cielo. Algo refulgente y enorme, con cruces blanquinegras
bien visibles -¿sería posible que fuera el Junkers de cabeza?- pareció
detenerse un segundo, como tropezando con algo en el cielo y, alargando
rapazmente las garras negras, ensordeciendo con el sonido agudo de hierro
contra hierro, empezó a caer casi a pico, sobre las pupilas de Kuznetsov,
deslumbrando con el fulgor de toneladas de metal que se precipitaban hacia
tierra, bajo los rayos sangrientos, de abajo arriba, del sol que no se había
elevado aún por encima del horizonte. De entre ese fulgor y ese bramido se
desprendieron y cayeron unos objetos negros y alargados que descendieron pesada
e independientemente, sumando su agudo silbido al fragor de los Junkers. Las
bombas se precipitaban inconteniblemente, caían hacia la batería, hacia la
tierra, aumentando de tamaño por segundos, a ojos vistas, meciéndose
pesadamente en el cielo como troncos pulidos. Después del primero, el segundo
Junkers abandonó el círculo cerrado para picar sobre la orilla. Con un temblor
frío en el vientre encogido, Kuznetsov se dejó caer en la zanja viendo cómo
Ujánov, que seguía con los ojos las bombas, agachaba la cabeza por sacudidas,
igual que eludiendo piedras que cayeran. - ¡Cuerpo a tierra! -En el silbido que
se precipitaba, Kuznetsov no oyó su voz y sintió sólo con los dedos que tiraba
con todas sus fuerzas del capote de Ujánov para abajo. Al caer encima de él,
Ujánov le ocultó el cielo. En el mismo momento un huracán negro cubrió la
zanja, y un golpetazo de calor le cayó desde arriba. La zanja fue sacudida,
lanzada al aire, desplazada lo mismo que si se encabritara, y Kuznetsov se
encontró con que no tenía al lado a Ujánov (no notaba ya el peso de su cuerpo)
sino el rostro de Chíbisov, del color gris de la tierra, con los ojos
petrificados, la boca que pronunciaba como en un estertor: "¡Aquí, no,
Dios mío!...”, y la barba hirsuta de las mejillas, visible hasta el último
pelo, igual que si estuviera separada de la epidermis gris. Se apoyaba en el
pecho de Kuznetsov con ambas manos e, insertándose con un hombro y la espalda,
en un angosto espacio inexistente entre Kuznetsov y la pared de la zanja, que
se deslizaba, gritaba suplicante: - ¡Mis hijos!... ¡Mis hijos!... ¡No tengo
derecho de morir! ¡No!... ¡Mis hijos!...
Kuznetsov, sofocado por la humareda que olía a
ajos y por los brazos de Chíbisov que le oprimían, quiso desprenderse, aspirar
aire puro y gritar "¡Cállese!", pero aspiró el veneno químico de la
trilita y rompió a toser desgarrándose la garganta. A duras penas se arrancó
del pecho las manos de Chíbisov. La zanja estaba llena de espeso humo
asfixiante, y no se veía el cielo, pululante de negrura y de estrépito, en el
que sólo brillaban de una manera confusa e irreal las alas inclinadas de los Junkers
que picaban. De entre el humo caían certeramente negras garras ganchudas, la
trinchera se retorcía y se encabritaba en la avalancha de las explosiones, y en
todas partes cortaban el aire los cascos de metralla con voces variadas,
cariñosas y toscas, de la muerte y se desmoronaba por capas la tierra mezclada
con nieve. "Ahora terminará -se persuadía Kuznetsov notando el rechinar de
la tierra entre los dientes y cerrando los ojos porque así le parecía que iba a
pasar antes el tiempo-. Unos minutos más... Pero los cañones... ¿Y los cañones?
Están preparados para disparar... ¿No romperá la metralla las miras?"
Sabía que era necesario levantarse inmediatamente, mirar los cañones, hacer
algo en seguida; pero el cuerpo grávido estaba apretado, encogido en la trinchera;
le dolía el pecho y los oídos; el aullido de los aviones en picado y los
cálidos golpes de aire en el que silbaban los cascos de metralla le aplastaban
más y más contra el fondo movedizo de la zanja. Acuciado por la idea de que
debía hacer algo, abrió los ojos y vio en el parapeto un trozo de tierra que un
casco había cortado como una navaja. Unos ovillos grises vivos caían por la
pared de tierra desparramando granos de trigo al salir de sus estrechos
agujeros, bajaban corriendo a la zanja, iban y venían por la espalda encorvada
de Chíbisov, tendido boca abajo. Kuznetsov sabía qué ovillos grises eran
aquellos, pero no podía recordar cómo se llamaban ni dónde los había visto de
una manera tan clara. Entonces, en medio del fragor, estalló un grito de Ujánov
que miraba con asombrada atención la espalda de Chíbisov. - Mira, teniente, a
los ratones les ha pegado un bombazo. ¡Venga, venga, a salvarse! La mano grande
de Ujánov, metida en la manopla sucia y endurecida, empezó a cazar y agarrar de
la espalda de Chíbisov a aquellos ovillos grises que de pronto enseñaban los
dientes con rabia, y a arrojarlos de la trinchera al humo. - ¡Chíbisov,
muévete, que te comen los ratones! ¿No te das cuenta, abuelo? - ¡Las miras,
Ujánov! ¿Oyes? ¡Las miras! -gritó Kuznetsov sin hacer caso de Chíbisov, y al
instante pensó que quería y podía ordenar a Ujánov -tenía derecho de hacerlo-
que quitara las miras; es decir, con su autoridad de jefe de sección, obligarle
a levantarse ahora de la tierra salvadora y correr bajo e! bombardeo hacia los
cañones quedándose él en la zanja. Pero no pudo mandárselo. "Tengo derecho
y no lo tengo -le pasó por la mente a Kuznetsov-. Luego, no me lo perdonaría
nunca...”
Ahora, todo se había igualado entre ellos y se
medía por el mismo rasero, enorme, definitivo, fortuito y sencillo: por unos
metros más cerca o más lejos, por la puntería de los Junkers que picaban desde
su círculo mortífero en aquel desierto indefenso y monstruoso de todo un mundo,
sin sol, sin gente, sin bondad, sin compasión, reducido hasta el límite
insoportable de una zanja que las explosiones empujaban desde el extremo de la
vida hasta e! extremo de la muerte. "¡No tengo derecho de seguir así! ¡No!
Esta odiosa impotencia... ¡Hay que quitar las miras! ¿Tengo miedo a morir? ¿Por
qué tengo miedo a morir? Un casco de metralla en la cabeza... ¿Le tengo miedo a
un casco de metralla en la cabeza?... No. Ahora saldré yo de la zanja. ¿Dónde
está Drozdovski?... Ujánov sabe que estoy dispuesto a dar la orden... ¿Para
qué? ¡Vayan al diablo las miras! No tengo fuerzas para salir de la zanja...
Estoy dispuesto a dar la orden y seguir yo aquí. Si salgo de la zanja, nada me
protegerá. ¿Un casco de metralla al rojo en la sien?... ¿Qué es esto?
¿Delirio?" Un estampido de hierro que se desplomaba sobre la cabeza torció
bruscamente la zanja de costado, arrojó al rostro remolinos de humo negro,
Kuznetsov volvió a toser, ahogado por la virulencia de la trilita. Cuando se
disipó el humo, Ujánov, que se limpiaba la tierra de los labios con la manga,
sacudió la cabeza haciendo caer del gorro pellas de nieve sucia; miró de una
manera extraña a Kuznetsov que se desgarraba tosiendo y, haciendo brillar su
diente de acero, gritó como si ambos fueran sordos: - ¡Teniente!... Respira a
través del pañuelo. ¡Así es mejor! "Sí, he tragado humo de trilita. Se me
ha olvidado, y he respirado por la boca. Olor a ajos quemados y hierro. La
primera vez que lo noté fue en 1941. Y no lo olvidaré en la vida... ¿Qué dice?
¿A qué pañuelo se refiere? Tengo el pecho desgarrado de la tos. Ahora, lo que
me haría falta son unos sorbos de agua, de agua fría...” - ¡Bah!... -gritó
Kuznetsov sofocando la tos-. ¡Ujánov! Oye... Habría que quitar las miras. Se
van a hacer polvo. Me gustaría saber cuándo va a terminar esto. - También lo he
pensado yo, teniente. Sin las miras, nos quedamos como mancos... Sentado en la
trinchera, encogidas las piernas, Ujánov se pegó con la manopla en el gorro
encasquetándolo mejor y apoyó una mano en el suelo para levantarse, pero
Kuznetsov le detuvo: - ¡Espera un poco! En cuanto den una vuelta bombardeando,
vamos en una carrera hasta las piezas. Tú a la primera y yo a la segunda. ¡Y
quitamos las miras! ¡Tú a la primera y yo a la segunda! ¿Está claro, Ujánov?
Cuando yo dé la señal, ¿entendido? -Y, conteniendo a duras penas la tos,
también encogió las piernas para que le fuese más fácil levantarse. - Tiene que
ser ahora, teniente. -Los ojos claros de Ujánov miraban entornados al cielo por
debajo del gorro echado sobre la frente-. Ahora...
Por el sonido de los aviones que salían del
picado determinaron los dos al mismo tiempo que había terminado una vuelta de
bombardeo. Del otro lado del parapeto llegaban, como arrastrados por la
ventisca, remolinos de humo ardiente. Conforme salían del picado sobre la
orilla, los Junkers volvían a formar el círculo sobrevolando la estepa en
ininterrumpida noria celestial por encima de la negrura arremolinada. Delante y
detrás, al otro lado del río, ardía el pueblo en enorme incendio. Las llamas
que corrían por las calles se amontonaban y se retorcían. Los tejados se
desplomaban, lanzando al cielo nubes incandescentes de cenizas y chispas y
reventaban estrepitosamente los cristales. A la entrada del pueblo ardían,
mutilados por los cascos de metralla, unos cuantos vehículos que no habían
tenido tiempo de retirarse a un refugio. La gasolina descendía ardiendo, en
arroyuelos, por la pendiente hacia el río. Sobre la batería, sobre la orilla y
sobre las trincheras de la infantería se extendía como paño luctuoso el humo
condensado. Kuznetsov vio todo esto al asomarse fuera de la trinchera y, cuando
oyó el zumbido normalizado de los motores de los Junkers que volvían a formar
detrás del humo para bombardear, ordenó con voz entrecortada: - ¡Ujánov!...
¡Nos da tiempo! ¡Vamos!... Tú a la primera, y yo a la segunda... Y con trémula
ingravidez en todo el cuerpo salió de la zanja, saltó el parapeto de la
posición de la primera pieza y, por la nieve negra de hollín y la tierra que
había salpicado radialmente de los embudos, corrió hacia la segunda pieza desde
donde gritaba alguien: - ¡Teniente!... ¡Aquí! ¡Venga corriendo!... Toda la
posición, los nichos, las zanjas, estaban ocultos por una densa muralla de humo
quieto; en todas partes había pellas de tierra chamuscada arrojada por las
explosiones; en todas partes nieve oscura y tierra: sobre la lona de la pieza,
en la culata, en los cajones de proyectiles... Pero la mira estaba intacta. Y
Kuznetsov, tosiendo y ahogándose, se puso a retirarla con dedos febriles al
mismo tiempo que miraba hacia las zanjas de donde surgió y desapareció una
cabeza como una sombra redonda en el humo. - ¿Quién? ¿Es usted, Chubárikov?
¿Están todos vivos? - ¡Venga aquí, camarada teniente! ¡Venga! De la zanja de la
izquierda, detrás del nicho de los proyectiles, sobresalía una cabeza con el
gorro cubierto de tierra ladeado hacia una oreja. La cabeza se mecía sobre el
cuello largo como sobre un tallo y los ojos saltones brillaban excitados. Era
el sargento Chubárikov, jefe de la segunda pieza. - ¡Camarada teniente! ¡Venga!
¡Aquí hay un explorador!
- ¿Cómo? -gritó Kuznetsov-. ¿Por qué no han
quitado las miras? ¿Piensan disparar sin ellas? - Camarada teniente, está
herido. El explorador está aquí, eh nuestra zanja. Ha venido de allá... Está
herido... - ¿Qué explorador? ¿Está usted contusionado, Chubárikov? - No... Sólo
me zumba un oído. Estoy como un poco atontado. Pero, no es nada... Ha venido
hasta aquí un explorador. - ¡Ah! ¿Un explorador? ¿De la división? ¿Dónde está?
Kuznetsov miró al cielo -la noria gigantesca de los Junkers volvía a formar un
anillo sobre la estepa- y, saltando por encima del nicho, se dejó caer en la
zanja y le pegó a Chubárikov con la mira en el pecho. El sargento la agarró con
ambas manos, agitando las pestañas, que parecían dibujadas con tinta china, al
brusco movimiento que hizo el teniente, y luego se apresuró a guardarla debajo
de la ropa. - ¿Se había olvidado de la mira, Chubárikov? ¡Dónde está el
explorador? En la larga zanja, pegándose cuanto podían a la pared, estaban
acurrucados y fumaban con presurosa avidez gruesos cigarrillos el apuntador
Evstignéev, entrado en años, con las sienes grises, y dos hombres de la
escuadra con los capotes manchados de arcilla. También estaban allí los
arrieros Rubin y Sergunénkov, que no habían tenido tiempo de volver donde los
caballos. Sombríamente silenciosos, ambos miraban con gran atención hacia un
mismo lado. Allí, en el extremo de la zanja, estaba semitendido un muchacho muy
pálido, con bata de camuflaje, el capuchón caído y sin gorro; sus cabellos
rizosos y negros como los de un gitano estaban cubiertos de tierra mezclada con
nieve. Tenía los ojos redondos por el dolor y las mandíbulas apretadas. La
manga izquierda de la bata de camuflaje y la del chaquetón guateado, empapadas
en sangre, estaban desgarradas hasta el hombro por una navaja clavada en la
tierra a sus pies. Torcida la boca, con los dedos amoratados manchados de
sangre, se ligaba inhábilmente la parte alta del brazo con la venda del paquete
individual y decía rechinando los dientes: - ¡Canallas, canallas!... ¡Tengo que
ver al comandante de la división, al coronel!... - Ayúdele usted, ¡pronto!
-gritó Kuznetsov a Chubárikov cuya cabeza seguía moviéndose de un lado para
otro sobre el largo cuello como si le hubiera entrado agua en los oídos y
quisiera hacerla salir-. ¿Qué hace ahí parado? ¡Póngale la venda! - No se deja
-replicó sombríamente el arriero Rubin. Luego se echó un salivazo en la palma
callosa de la mano, apagó en él la colilla y se la guardó bajo la vuelta del
gorro-. ¡Un explorador, ahí es nada! ¡Menudos humos! ¡Cualquiera se acerca!
Grita a todos como si estuviera tocado de la cabeza. ¡Valiente explorador!
- Estaba tronando por todas partes, había por
toda la estepa un fuego que no se veía ni gota, camarada teniente -dijo de
pronto Sergunénkov con voz quebradiza y levantando hacia Kuznetsov con
expresión de asombro y testimonio sus ojos azules pueriles-, y él... como si
estuviera loco... venía tambaleándose y gritando... luego se desplomó, todo
cubierto de sangre. Necesita ver al comandante de la división. Es del grupo de
reconocimiento... - ¡Todo nos lo creemos, como unos pánfilos! "¡Del grupo
de reconocimiento!" -profirió Rubin remedando a Sergunénkov, y volvió su
rostro cuadrado de color castaño hacia el explorador que probablemente no había
oído ni una palabra de su conversación y apretaba con creciente empeño la venda
del brazo que se deslizaba-. Habría que comprobarle bien los documentos.
¡Anda!... Como que puede ser de un reconocimiento muy distinto... - ¡Tonterías!
Está usted diciendo disparates, Rubin -le atajó Kuznetsov y, después de
acercarse al explorador sorteando las piernas de los soldados, dijo en voz
alta-: Deme la venda, que le ayude... ¿De dónde viene? ¿Ha vuelto solo? El
explorador, que trataba de apretar la venda con los dientes, la arrancó rabioso
del brazo. Sus ojos furiosos, negros como el carbón, estaban clavados en el
espacio sobre la trinchera, en las comisuras de la boca asomaba espuma y sólo
entonces, de cerca, advirtió Kuznetsov hilillos de sangre coagulada en los
lóbulos de sus orejas. Se conoce que estaba contusionado. - ¡No me toques!
¡Apártate, teniente! -gritó el explorador ahogando un gemido y, con una mueca
que le descubría los dientes, habló atragantándose-. Necesito ver al comandante
de la división, ¿entiendes? Al coronel... ¿Qué miras como si fuera una mujer?
Vengo de una operación. Soy del servicio de reconocimiento de la división,
¿entiendes? ¡Telefonea al coronel, teniente! ¿Qué me miráis así, canallas? Si
pierdo el conocimiento, ¡se acabó!... Si pierdo el conocimiento... ¿Entiendes,
teniente? -De sus ojos furibundos brotaron lágrimas de dolor. Caída la cabeza
hacia atrás, como en un ataque de nervios, arrancó con la mano válida por
debajo de la bata de camuflaje los botones del chaquetón guateado y los de la
guerrera cerca de la garganta y, con los dedos sucios ensangrentados, se arañó
las clavículas que sobresalían por encima de la camiseta de marinero, desteñida
de las lavaduras. - ¡Pronto, pronto! Mientras tengo conocimiento, ¿comprendes?
Telefonea al coronel. Me llamó Gueórguiev. Telefonea, que tengo que hablarle...
- Habría que evacuarle de aquí, camarada teniente -dijo sensatamente
Evstignéev. En cuanto a Kuznetsov, seguía mirando los dedos del explorador
arañando las clavículas. Ahora comprendía muy bien que aquel marinero era del
grupo de reconocimiento que habían esperado en vano al amanecer.
- Debe tener la cabeza contusionada y ha perdido
mucha sangre -dijo Chubárikov-. ¿Cómo se le va a llevar a la división, camarada
teniente? Puede morirse por el camino... - ¡No le vamos a llevar a cuestas!
Además, para lo que habrá descubierto... -intervino Rubin con su voz desabrida
y tomada del tabaco-. Después de la pelea es necio manotear. ¡Un marinero!
Claro, como en los barcos se habrá dado la gran vida. Y nosotros, en cambio,
pasándolas negras... ¡Explorador!... - ¡Pues quizá lo lleves tú a cuestas, Rubin!
-cortó Kuznetsov viendo muy cerca el rostro ancho y arrebatado de Rubin-.
¿Quién manda aquí? ¿Usted, Rubin? - Hay que hacer las cosas con cabeza,
camarada teniente. - ¿Con la suya? ¿O con la de quién? -gritó Kuznetsov, y se
volvió hacia Chubárikov-: ¿Hay comunicación con Drozdovski? ¿Funciona el
teléfono? Chubárikov no hizo más que mover la cabeza hacia la pared trasera de
la zanja dando a entender que debía haber comunicación. - Hágale una cura,
Chubárikov, y no le deje que se arranque la venda. Voy a ponerme en
comunicación... - ¡Camarada teniente, espere! ¡Vienen hacia aquí! ¡Otra vez!
-avisó Sergunénkov en un grito, y se tapó los oídos. Kuznetsov miró al cielo
cuando estaba ya en la plataforma de la pieza. La enorme noria de los Junkers
giraba sobre la orilla y, de nuevo, separándose del círculo, ofreciendo las
alas relucientes al sol invisible, el avión de cabeza inició el picado sobre
las lejanas trincheras de la infantería y bajó verticalmente hacia la tierra.
Cuando Kuznetsov saltó a la zanja incómodamente estrecha y poco profunda, el
telefonista Sviátov estaba acurrucado con la cabeza pegada al aparato,
reteniendo con su mano el auricular atado a la cabeza por una cinta. Encogido
en la estrecha zanja, obligado a tener sus rodillas pegadas a las de Sviátov,
Kuznetsov se sobresaltó un instante de aquel roce casual -no comprendió al
pronto si le temblaban las rodillas a él o al telefonista- y se esforzó por
retirarse hacia la pared. - ¿Hay comunicación con el puesto de observación? ¿No
se ha cortado? Deme el auricular, Sviátov... - Hay comunicación, camarada
teniente. Pero nadie... Apretando una rodilla contra la otra para que no le
temblaran, Sviátov, asentía con su carita aldeana, puntiaguda, de cejas y
pestañas albinas, granulenta de tan aterida, y hacía ya intención de desatar el
cordel, pero retiró los dedos y hundió la cara en el aparato.
- ¡Tanques! -gritó alguien en la batería, y su
grito fue inmediatamente aplastado y barrido por el trueno opresor de los
aviones. A la par de este ruido que se acercaba impetuosamente a la batería por
la orilla, todo empezó a estallar y encabritarse con el temblor de tierra y el
estrépito de las explosiones. La zanja rebotó como si fuera ingrávida y,
despedido de la tierra, Kuznetsov vio pasar los Junkers, de cuerpo en forma de
cruz, cegando con la llama dentada de las ametralladoras, sobre la orilla empenachada
de explosiones. Clavándose en ella, los gruesos chorros retorcidos iban por las
trincheras de la infantería directamente a la batería. Un instante después
aparecieron ante sus ojos los labios agitados y las rodillas temblorosas de
Sviátov y una venda que se le había soltado en la pierna y cuyo extremo saltaba
y serpeaba por el fondo de la trinchera. - ¡Tanques! ¡Tanques! -susurraban los
labios liliáceos del telefonista-. ¿Ha oído? Se ha dado orden... Kuznetsov
hubiera querido gritar: "¡Atese ahora mismo la venda!" y desviar la
cara para no ver aquellas rodillas, aquel miedo, insuperable como una
enfermedad, que de pronto se clavaba también agudamente en él con la palabra
"tanques", surgida en algún sitio como el viento, que la conciencia
se resistía aún a reconocer. "¡No puede ser! Alguien se ha equivocado. Es
una figuración... ¿Dónde están los tanques? ¿Quién ha gritado eso?... Voy a
salir en seguida de la trinchera... Quiero persuadirme por mí mismo. ¿Dónde
están los tanques?" Pero no pudo salir de la zanja: sobre la cabeza,
sesgadas y a escasa altura, descargaron las ráfagas a lo largo de una franja
estrecha del cielo, a lo largo del parapeto sobre el cual pasaban los Junkers
uno tras otro, con el tren de aterrizaje oblicuo sin escamotear, en compacta
nube ígnea que parecía descargar una lluvia de hierro recalentado de las
ametralladoras de grueso calibre que se atragantaban. - ¡Sviátov! -gritó
Kuznetsov a través del estrépito de las ráfagas de ametralladora, y sacudió por
el hombro al telefonista que ocultaba el rostro en las rodillas-. ¡Póngase en
comunicación con el observatorio!... ¡Con Drozdovski! ¿Qué pasa? ¡Pronto!
Sviátov levantó la carita aterida, con los ojos
extraviados, y se agitó afanosamente, se puso a andar en el aparato telefónico,
soplando en el auricular y gritando: "¡Observatorio, observatorio! Pero,
¿por qué...?" Mas, el sonido sumamente intenso de un avión que picaba los
inclinó a los dos hacia la tierra: algo enorme y oscuro se desplomaba al sesgo
sobre la trinchera. Una ráfaga pespunteó duramente sobre sus cabezas y una
granizada de pellas pegó en las paredes y en el aparato telefónico. Al mismo
tiempo, un extraño pensamiento, casi de vengativa alegoría, le pasó por la
imaginación a Kuznetsov, que esperaba un golpe en la espalda o en la cabeza:
"¡Ha fallado, ha fallado!" La mano de Sviátov sacudía a golpes las
pellas de tierra desmenuzadas en el aparato, y sus labios se entreabrían
empañando el auricular con la respiración jadeante: "Observatorio...
Observatorio... ¿No os ha ocurrido nada?" De pronto, sus ojos volvieron a
quedar extraviados y quietos. - ¡Tanques...! -corrió un grito agudo por el
parapeto. Los labios de Sviátov murmuraban palabras entrecortadas: - Camarada
teniente... alguien se ha puesto al aparato. Hay comunicación... Drozdovski al
habla. Hay orden de que llegan los tanques. ¡Al combate!... Le llaman a
usted... ¡El comandante de la batería! -De un manotón se quitó el gorro
arrugado de la rubia cabeza pueril, arrancó el cordel y, con él colgando,
tendió el auricular a Kuznetsov. - ¡El teniente Kuznetsov al aparato! La
respiración de Drozdovski, como después de una larga carrera, parecía brotar de
la membrana del auricular y abrasar el oído: - ¡Kuznetsov!... ¡Los tanques
vienen derechos! ¡Preparadas las piezas para disparar! ¿Hay pérdidas?
¡Kuznetsov!... ¿Los hombres, los cañones? - De momento, no puedo decir con
exactitud. - ¿Dónde esta usted? ¿Sabe cómo marcha Davlatián? - Estoy donde debo
estar, camarada comandante de la batería: junto a las piezas -contestó
Kuznetsov interrumpiendo la respiración que silbaba en la membrana-. Hasta
ahora, no me he puesto en comunicación con Davlatián. Tenemos a los Junkers
sobre la cabeza. - A Davlatián le han inutilizado una pieza de un impacto
directo -silbó la voz de Drozdovski-. Dos muertos y cinco heridos. Toda la
cuarta escuadra. - "¡Ya ha empezado!... ¡Qué pronto! -La idea le subió
como una bocanada de calor a la cabeza-. De manera que Davlatián ha perdido ya
siete hombres. Y una pieza. ¡Ya!" - ¿A quién han matado? -preguntó
Kuznetsov, aunque sólo conocía a los hombres de la cuarta escuadra de cara y
por los apellidos, pero no la vida de ninguno de ellos. - ¡Ahora, ya es lo
mismo! -resopló Drozdovski en el auricular-. ¡Al combate, Kuznetsov! ¡Ya llegan
los tanques! - Entendido -contestó Kuznetsov-. Quiero informarle de que a mis
piezas ha llegado un explorador herido. - ¿Qué explorador es ése? - Uno de los
que eran esperados. Pide que se le envíe al estado mayor de la división. -
¡Inmediatamente! -gritó Drozdovski-. Que lo traigan aquí, al observatorio.
Kuznetsov tiró el auricular en manos de Sviátov y
salió de la trinchera de un salto. Miró hacia la derecha, donde estaban los
cañones de Davlatián. Allí ardía un camión cargado de proyectiles. El humo se
arremolinaba sobre la orilla, cubría las posiciones y descendía hacia el río
mezclándose con el fuego de las casas del extremo del pueblo. En el camión, las
municiones estallaban, reventaban, y las parábolas de los proyectiles
perforantes subían al cielo como los cohetes en los fuegos artificiales. La noria
de los aviones se había desplazado y giraba ahora en la retaguardia, al otro
lado del río: los Junkers buceaban sobre los caminos de la estepa, detrás de
unas alturas. Agotadas las municiones, parte de los aparatos se marchaba hacia
el sur con zumbido cansino y entrecortado, en el cielo de latón, sobre el
pueblo que ardía delante. Y aunque los Junkers bombardeaban aún la retaguardia
y alguien moría allí, Kuznetsov experimentó un breve alivio como si se hubiera
arrancado al estado antinatural de abatimiento, impotencia y humillación que se
llama en la guerra espera de la muerte. En el mismo instante vio una bengala
roja y otra azul que subían delante sobre la estepa y caían, después de
describir un arco, en los incendios próximos. Toda la ancha cresta y la
pendiente suave del altozano que había delante del barranco, a la izquierda del
pueblo, estaban envueltas en un velo de humo grisáceo y se desplazaban,
rebullían y cambiaban visiblemente de configuración porque en ellas se movían,
apretados y lentos, unos cuadrados grises y amarillentos, al parecer
enteramente inofensivos, fundidos en una enorme sombra encima de la nieve que
iluminaba, opaco en la humareda, el sol al levantarse sobre el horizonte de la
estepa matutina. Kuznetsov comprendió que eran los tanques, aunque sin
experimentar todavía con toda agudeza el nuevo peligro después del ataque
recién sufrido de los Junkers y sin creer aún en ese peligro. La agudeza del
peligro apareció al momento siguiente: a través del cendal ceniciento que se
arremolinaba en las hondonadas en sombra llegó de pronto sordamente un trémulo
sonido bajo, la vibración de multitud de motores, y surgieron más netos los
contornos de aquellos cuadrados, de aquella enorme sombra compacta fundida en
un triángulo oblicuamente alargado cuyo vértice desaparecía detrás del pueblo,
detrás de la cresta de la altura. Kuznetsov vio las máquinas de cabeza, que se
bamboleaban pesadas y torpes, y los remolinos desgreñados de nieve que se
enmarañaban impetuosamente y giraban en torno a las orugas de las máquinas de
costado, cuyos tubos de escape arrojaban chispas.
- ¡A las piezas! -gritó Kuznetsov con una voz de
mando tan vibrante que le pareció a él mismo inexorablemente terrible, ajena,
implacable para él y para los demás-. ¡Al combate!... De todas las zanjas
asomaron cabezas que se movieron sobre los parapetos. El sargento Chubárikov
fue quien primero trepó a la plataforma sacando la mira de debajo del capote.
Tenía el largo cuello estirado y los ojos saltones observaban con temor el
cielo, al otro lado del río, donde los Junkers restantes ametrallaban todavía
los caminos de retaguardia en la estepa. - ¡Al combate!... Y, como impelidos
por esta voz de mando, los soldados empezaron a correr de las zanjas a los
cañones. Nadie podía apreciar en ese momento la situación de una manera exacta
y real. Mecánicamente, arrancaban las fundas de las culatas y abrían en los
nichos los cajones de proyectiles que llevaban luego, tropezando en las pellas
de tierra arrojadas a la plataforma por el bombardeo, más cerca de las flechas
separadas del afuste. El sargento Chubárikov se había quitado las manoplas y
con sus dedos ágiles colocaba la mira en el nido apresurando con la mirada a la
escuadra que preparaba los proyectiles, y el apuntador Evstignéev frotaba ya
paciente y afanosamente el esmalte de la mira como si eso hiciera falta
entonces. - Camarada teniente, ¿preparamos rompedores? -gritó alguien desde el
nicho con voz jadeante-. Pueden hacer falta rompedores, ¿verdad? - Aligeren,
aligeren -les apresuraba Kuznetsov pegando sin darse cuenta con un guante
contra otro tan fuerte que se hacía daño en las palmas de las manos-. ¡Dejen
los rompedores! Perforantes nada más... ¡Sólo perforantes!... En esto
sorprendió con el rabillo del ojo dos cabezas que asomaban de la zanja,
importunas como un obstáculo. Eran los arrieros Sergunénkov y Rubin que, de pie
pero sin salir de la trinchera, contemplaban a la escuadra: Sergunénkov
indeciso -el vaho del aliento traicionaba su agitación-, y Rubin de soslayo,
con los ojos pesados como el hierro en la cara grande y pardusca. - ¿Qué?
-Kuznetsov dio unos pasos presurosos hacia la zanja-. ¿Cómo está el explorador?
- Le hemos vendado... Se conoce que se ha desangrado -dijo Sergunénkov-. Se va
a morir. Se ha quedado quieto... - ¡No se muere! ¿Por qué se va a morir?
-rezongó Rubin con la indiferencia de la persona que ya está harta de algo.-.
No hacía más que delirar y decir que allí, delante de los alemanes, han quedado
todavía siete. ¡Vaya unos héroes!... A eso lo llaman ir de exploración. ¡Qué
risa! El explorador continuaba semitendido en la zanja, con la cabeza echada
hacia atrás y los ojos cerrados. Tenía la bata de camuflaje cubierta de manchas
oscuras y el brazo ya vendado.
- A ver, los dos, agarren al explorador y
llévenlo ahora mismo al observatorio donde está Drozdovski -ordenó Kuznetsov-.
¡Inmediatamente!
- ¿Y los caballos, camarada teniente? -exclamó
Sergunénkov-. Debemos estar con los caballos... No vaya a pegarles una bomba.
Están solos... - De manera que arremeten los tanques, ¿eh? -inquirió interesado
Rubin-. ¡Buena darán ahora! ¡Para fiarse de la exploración! -Luego empujó
duramente a Sergunénkov con su hombro cuadrado-. ¡Los caballos! ¡Calla, hombre!
¡Menuda perra has agarrado! En el otro mundo te harán falta los caballos para
ir al paraíso... Kuznetsov no tuvo tiempo de contestar a Rubin: lo que había
podido pensar de la suerte de los exploradores y de la rabia de Rubin fue
desplazado al instante de su mente por el rostro de Chubárikov, desconocido,
vuelto hacia él, que buscaba algo con esperanza en la mirada de sus ojos
saltones. Luego vio la escuadra apiñada en torno al afuste, la culata de la
pieza, los proyectiles sostenidos firmemente sobre las rodillas, las espaldas
encorvadas al amparo del escudo y al apuntador Evstignéev, ya entrado en años,
que se calentaba con el aliento los dedos entumecidos en los mecanismos. En
todo esto había un triste estado de indefensa hasta el primer disparo y, al
mismo tiempo, una preparación densa hasta el máximo para aceptar la primera voz
de mando y también el destino que de la misma manera y por igual avanzaba sobre
ellos con el rumor de los tanques rodando por la estepa. - ¡Camarada teniente!
¿Por qué no disparan?... ¿Por qué callan? ¡Vienen hacia nosotros!...
Sensaciones contradictorias -el rumor acrecentado de los motores, el rostro
anhelante de Chubárikov, su voz, la opresión en las posturas de los soldados,
la orden de abrir fuego a punto de escapar de su garganta reseca (¡no esperar
más, no esperar más!), el escalofrío helado por la espalda y de nuevo la idea
fija del agua- parecían oprimir el pecho de Kuznetsov que, haciendo un
esfuerzo, gritó a Chubárikov: - ¡Calma! ¡Abrir fuego únicamente con alza fija!
¿Oyen? ¡Con alza fija!... ¡Esperen! ¿Oyen? ¡Esperen!... Todo el espacio a la
izquierda del pueblo en llamas estaba ya densamente lleno de humo, oscurecido
por el enorme triángulo de tanques estirado en ariete hacia el vértice; los
cuadrados amarillos grisáceos surgían y desaparecían en la oscuridad y las
torrecillas se mecían sobre la franja de humo. La nevasca que levantaban las
orugas se alzaba sobre la estepa, y las chispas de los escapes pespunteaban sus
remolinos dispersados por la velocidad. El rechinar y el chirriar del hierro se
acercaban, caldeándose, y ahora era más visible la ondulación lenta de los
cañones de los tanques y las manchas de nieve en el blindaje.
Pero, cosa extraña, en los tanques que se
aproximaban, los que iban junto a las miras aguardaban pacientemente, no abrían
fuego; se conoce que, sabiendo la fuerza del ataque que habían iniciado,
querían obligar a nuestras baterías a descubrirse primero. Sobre la masa de
máquinas que rodaba con estrépito partió súbitamente al cielo la señal de una
bengala roja, y el triángulo se descompuso en culebreos de tanques. Los faros
empezaron a encenderse y apagarse, atravesando como ojos de lobo el cendal de
humo. - ¿Para qué encenderán los faros? -gritó Chubárikov volviendo su rostro
extrañado-. ¿Para atraer el fuego, eh?... - Lobos -pronunció con rabia el
apuntador Evstignéev, de rodillas delante de la mira-. ¡Parecen fieras que nos
rodean!... Kuznetsov veía a través de los prismáticos que todo el humo de los
incendios extendido desde el pueblo por la estepa rebullía de una manera
extraña, centelleando ferozmente con sus pupilas rojizas; vibraba el rugido de
los motores, las pupilas se apagaban y se encendían, en los desgarrones del
humo concentrado se veía por instantes sombras bajas y anchas que avanzaban
bajo la protección del humo hacia las trincheras de las tropas de protección. Y
todo se tensó y apresuró dentro de Kuznetsov, hasta petrificar los músculos:
¡pronto, pronto, fuego! ¡Hacer algo con tal de no esperar, de no contar los
mortales segundos! - ¡Camarada teniente!... -Chubárikov, que no había podido
aguantar más, se apartaba de las pupilas de fuego que avanzaban, deslizándose
sobre el vientre por el parapeto, volvía su rostro juvenil, como aterido,
moviendo la cabeza sobre el fino tallo del cuello-. Novecientos metros...
Camarada teniente... ¿Qué esperamos?... - No veo los tanques, sargento. ¡Los
tapa el humo!... -gritó Evstignéev apartándose de la mira. - Doscientos metros
más -contestó enronquecido Kuznetsov, persuadiéndose también él de que había
que aguantar a toda costa esos doscientos metros sin abrir fuego y
sorprendiéndose al mismo tiempo de la exactitud con que había calculado la
distancia Chubárikov. - ¡Camarada teniente! Le llama el comandante de la
batería... Pregunta por qué no abre fuego, qué ha ocurrido... El telefonista
Sviátov asomaba fuera de su zanja. El gorro, desplazado por el cordel del
auricular, apenas se sostenía sobre su cabeza rubia. Se tapaba un oído con la
manopla y, como si captara con la boca las órdenes que daban por teléfono,
repetía: - ¡Orden de abrir fuego! ¡Orden de abrir fuego! "No; hay que
esperar. Hay que esperar todavía. ¿O es que no lo ve él desde allí? ¿No sabe lo
que son los primeros disparos?... Inmediatamente se descubre uno, y ya
está".
- Traiga, traiga, Sviátov -Kuznetsov corrió hacia
la zanja, apartó el auricular de la oreja sonrosada del telefonista y, captando
la orden que partía cálidamente de la membrana, gritó-: ¿A dónde disparo? ¿Al
humo? ¿Para descubrir la batería antes de tiempo? - ¿Ve usted los tanques,
teniente Kuznetsov, o no los ve? -estalló en el auricular la voz de
Drozdovski-. ¡Abra fuego! ¡Lo ordeno! ¡Fuego! ¡Ahora mismo! ¡Fuego! - Yo veo
mejor desde aquí -contestó Kuznetsov en un susurro, y arrojó el auricular en
manos de Sviátov. Pero, cuando arrojaba el auricular con la idea anterior firme
como una decisión de que "si no aguantamos y descubrimos la batería antes
de tiempo nos aplastan aquí", algo desgarró el aire estrepitosamente con
un fogonazo a la derecha, en la batería. La estela del proyectil se deslizó
sobre la estepa y se clavó, apagándose, en el parpadear lobuno: había abierto
fuego una pieza de Davlatián. Y en seguida, a la derecha, donde había disparado
el cañón, estalló en eco instantáneo un proyectil de tanque de respuesta.
Delante de la batería, la oscuridad fluida fue tajada con las pesadas siluetas
de varios tanques. Sus faros se volvieron hacia las posiciones de fuego de
Davlatián parpadeando rapazmente, y la pieza del extremo zozobró en el hervor
ígneo y negro de las explosiones. - ¡Camarada teniente! "Parece que han
localizado a la segunda sección... -gritó alguien desde una zanja. "¿Por
qué habrá abierto tan pronto fuego? -pensó irritado Kuznetsov al ver que esos
tanques iban en seguida a la junción entre sus piezas y la sección de Davlatián
y, de todas maneras, no dio crédito a que los hubieran aplastado allí a todos.
Por un instante se imaginó a la escuadra al pie del parapeto, pegada a la
tierra por el paso rasante de los cascos de metralla sobre la cabeza, y de
pronto oyó su voz que resonaba penetrante en los oídos: - ¡Apunten a la
derecha... al tanque de cabeza! Alza doce, perforante... -En una fracción de
segundo, antes de gritar "Fuego" con la sensación insoportable de que
se descubría, comprendió ya que no había aguantado la distancia que quería
aguantar, que ahora descubriría sus piezas antes de tiempo a los tanques, pero
ya no tenía derecho a esperar. Y exhaló la última palabra de la orden: -
¡Fuego!... La onda del disparo estalló en los oídos en cálido dolor.
No vio la estela precisa de su proyectil que,
después de un chispazo violeta, se extinguió en la masa gris de tanques que
pululaban como escorpiones enzarzados. Por ella no era posible corregir bien el
tiro, y dio presurosamente otra orden, sabiendo que la demora equivalía a la
muerte. Cuando partió el segundo proyectil, atornillándose incandescente en el
humo, todo el espacio que se extendía delante empezó a brillar y fulgurar
simultánea y frenéticamente, bailoteando ante los ojos con las explosiones de
otros proyectiles trazadores. Desde su orilla, casi al unísono y detrás de
Kuznetsov, habían disparado las baterías vecinas. El aire tronaba al romperse,
arremolinarse y desmenuzarse. Las estelas de los proyectiles perforantes
partían y desaparecían en los rojos golpetazos de fuego que acudían a su
encuentro: los tanques disparaban en respuesta. Embargado por la loca alegría
de la soledad destruida, llena la garganta del grito de las órdenes que daba,
Kuznetsov sólo escuchaba los disparos de sus piezas y no las explosiones
inmediatas, al otro lado del parapeto. El viento cálido le azotó el rostro.
Simultáneamente con las sacudidas abrasadoras se arremolinó sobre la cabeza el
silbido de la metralla. Apenas tuvo tiempo de agacharse: dos embudos negreaban,
humeantes, a dos metros del escudo de la pieza, y la escuadra entera, de bruces
en la plataforma, con los rostros hundidos en la tierra, se estremecía a cada
nueva explosión delante del parapeto. Sólo el apuntador Evstignéev, que no
tenía derecho de abandonar la mira, estaba arrodillado delante del escudo y
frotaba de un modo extraño la sien grisácea contra el ocular, pero sus manos
agarrotadas apretaban el mecanismo de apunte. Con un ojo congestionado miraba
de soslayo a la escuadra tendida, gritaba sin palabras, preguntando algo con la
mirada. - Sargento... El sargento Chubárikov asomó la cabeza fuera de su zanja,
salió de ella y, encogido, salpicado de tierra, con los prismáticos
balanceándose sobre su pecho, cayó de rodillas junto a la pieza, se deslizó hacia
Evstignéev y le sacudió por el hombro como si quisiera despertarle. -
¡Evstignéev, Evstignéev...! - ¿Le ha aturdido? -gritó Kuznetsov deslizándose
también hacia el apuntador-. ¿Qué ha sido, Evstignéevr ¿Puede apuntar? - Sí,
sí, puedo... -pronunció con esfuerzo Evstignéev sacudiendo la cabeza-. Tengo
los oídos taponados... ¡Griten más alto las órdenes! Se limpió con la manga el
hilillo rojo de sangre que le fluía del oído y, sin mirarla, pegó los ojos a la
mira. - ¡A la pieza! -ordenó Kuznetsov con rabiosa impaciencia en la voz,
dispuesto a empujar a los soldados hacia la pieza con sus propias manos y
notando algo asfixiante en la garganta-. ¡Todos arriba!... ¡A la pieza!...
¡Todos a la pieza!... ¡Carguen!... El gigantesco culebreo de los tanques
aparecía, se desplegaba por todo el frente hacia la primera línea de defensa,
contorneando y abarcando por la derecha el extremo del pueblo en llamas. En
medio del humo continuaban parpadeando los faros. Los proyectiles trazadores se
cruzaban, convergían y se separaban en conos radiales, chocando con los bruscos
y frecuentes chispazos de los disparos de los tanques.
En el compacto fragor de los cañones empezaron a
insertarse con seco sonido de madera los débiles chasquidos de los fusiles
antitanque en las trincheras de la infantería. A la izquierda, los tanques
habían superado el barranco, desembocaban en la orilla y marchaban hacia la
trinchera de protección. Las baterías vecinas y las que estaban al otro lado
del río les oponían un fuego móvil de contención, y también se veía que
delante, más allá del pueblo, pasaba sin ruido en el cielo ahumado un grupo de
aviones nuestros de asalto que atacaba desde el aire una segunda oleada de
tanques, invisible de momento. Mas, lo que no sucedía delante de la batería
sólo llegaba ahora a la conciencia como un peligro remoto. La primera oleada de
tanques abarcaba en semicírculo la defensa de la orilla, y la luz de sus faros
pegaba ahora en los ojos, iba en línea recta hacia las piezas. Kuznetsov
distinguió muy cerca, en el humo, los cuerpos grises de las dos máquinas de
cabeza delante mismo de las plataformas de la sección y, después de dar la
orden a la escuadra que se había lanzado hacia la pieza, captó en seguida en
los prismáticos el punteo instantáneo del trazado por debajo de los cuadrados
que salían del hervor brumoso. - ¡Más alto! ¡A ras del corte, a ras del corte!
¡Pronto!... ¡Evstignéev! ¡A ras del corte! ¡Fuego!... Mas, no había ya
necesidad de apresurar a los hombres. La escuadra se movía como en sueños: los
proyectiles aparecían junto a la culata, unas manos tiraban del cerrojo, unos
cuerpos se dejaban caer sobre el afuste en el momento del retroceso, exhalando
ronquidos y jadeos. El sargento Chubárikov captaba las órdenes y, las repetía
de rodillas junto a Evstignéev, que no se apartaba del ocular. - ¡Tres
proyectiles... fuego graneado!... -gritaba Kuznetsov con rabiosa embriaguez, en
un arrebato de fusión total con la escuadra, como si no existiera en el mundo
nada que pudiese unirles más estrechamente. En el mismo instante le pareció que
el tanque delantero, tajando el humo con la torrecilla, tropezó de pronto en algo
con su pecho caído y, en medio del bramido irritado del motor, se puso a virar
en redondo como si se atornillara en la tierra valiéndose de una gigantesca
barrena obtusa. - ¡Las orugas!... -gritó Chubárikov con asombro y alegría
sacudiendo la cabeza sobre su largo cuello y, con un ademán propio de las
mujeres, se pegó una palmada en un costado-. ¡Camarada teniente! - ¡Cuatro
proyectiles, fuego graneado! -ordenó Kuznetsov como enajenado, oyéndole sin
oírle, y viendo sólo cómo eran expulsadas de la culata las vainas humeantes y
la escuadra se dejaba caer, a cada disparo y cada retroceso, sobre el afuste
estremecido.
El tanque seguía girando en redondo y desplegando
la cinta plana de la oruga. La torrecilla giraba también, moviendo a golpes el
largo cañón de la pieza que apuntaba hacia la posición de fuego. Escupió una
llamarada oblicua y, con la explosión y el silbido de los cascos de metralla
por encima del escudo, también se produjo en la chapa del tanque un fogonazo
chispeante como de magnesio y sinuosas llamas se deslizaron por él igual que
lagartijas. Con el mismo arrebato de entusiasmo y odio gritó Kuznetsov: - ¡Evstignéev!...
¡Bien! ¡Así!... ¡Bien!... El tanque pegó un salto ciego hacia adelante y de
costado, estremecido y convulso igual que un ser vivo al notar el aguijonazo
del fuego en las entrañas y quedó atravesado delante de la pieza, a la que
presentaba la cruz blanca sobre la chapa amarilla. En ese momento, toda la
extensión del campo de batalla abarrotada por el alud del ataque de los tanques
y el cañoneo de las baterías vecinas habían desaparecido, desplazados en cierto
modo; en cambio, todo se habría dicho fundido y concentrado en un punto, en el
tanque delantero, y la pieza disparaba interrumpidamente contra el flanco
marcado por la cruz blanca, que presentaba aún palpitante y se antojaba una
enorme araña mortalmente peligrosa, venida de otro planeta. Kuznetsov sólo
detuvo el fuego cuando el segundo tanque, que emergía del humo, creció en unos
segundos con los faros apagados detrás de la máquina delantera humeante, viró
hacia la derecha y hacia la izquierda como para no ofrecer blanco al cañón, y
Kuznetsov tuvo tiempo de anticiparse a su primer disparo: - ¡Contra el segundo,
perforante!... El disparo de respuesta del tanque levantó la tierra tronando
delante del parapeto. Con la idea de que el tanque había localizado el cañón
desde cerca, Kuznetsov se dejó caer en la plataforma, se deslizó hacia la
escuadra en medio del acre humo de la pólvora que fluía por el parapeto sin
distinguir al pronto los rostros vueltos hacia él, embadurnados de hollín,
negros como la pizarra, petrificados en la terrible espera del disparo
siguiente: vio a Evstignéev separarse de la mira, y exhaló con un ronquido: -
¡Apunte! ¡Pronto!... ¡Evstignéev! ¡Chubárikov!... El sargento Chubárikov,
tendido de costado sobre el parapeto, se frotaba los párpados con ambas manos y
repetía, extrañado: - No veo... Se me ha metido arena en los ojos... Ahora, en
seguida... El disparo siguiente del tanque descargó una lluvia de tierra
desmenuzada, arañó el escudo con cascos de metralla, y Kuznetsov, ahogado por
el nauseabundo remolino de humo de la trilita, sin poder recobrar la
respiración, trepó el parapeto para ver el tanque; pero, nada más asomarse, le
sacudió como una descarga eléctrica la idea: "¡Se ha terminado! ¿Será
posible que termine todo ahora?"
- ¡Evstignéev, fuego! ¡Fuego!...
La escuadra, de la que sólo se veía el brillo
aceitoso de los rostros, hormigueaba en el humo, cargaba la pieza sin
levantarse, pesaba sobre el afuste. Hubiérase dicho incluso que habían dejado
de moverse, que estaban quietas en el volante del mecanismo las enormes manos
rojas de Evstignéev, pegado al ocular. Le molestaba el gorro. Lo desplazaba
constantemente con el ocular de goma de la mira, hasta que cayó de su cabeza
sudorosa, deslizándose por la ancha espalda. Evstignéev se puso de rodillas. Su
recia nuca en tensión y los cabellos apelmazados despedían vaho. Luego se puso
en movimiento un hombro. La mano derecha flotaba en el aire, buscando a tientas
el disparador a golpes suaves. Se movía con lentitud inverosímil, igual que en
una pesadilla. Buscaba el disparador con pausada delicadeza, como si no hubiera
combate, ni tanques, y sólo fuera necesario dar con él, persuadirse de que
estaba allí, acariciarlo. - ¡Evstignéev!... ¡Dos proyectiles! ¡Fuego!... Las
ráfagas de ametralladora pegaban en el parapeto, arrojaban arena contra el
escudo. Sobre la cabeza flotaba, mezclado con los escapes, el rugido
ensordecedor del motor. El rechinar se introducía en el pecho, en los oídos, en
los ojos, apretaba contra la tierra de manera que no era posible levantar la cabeza.
Por un instante se imaginó Kuznetsov al tanque surgiendo con implacable
crueldad sobre la pieza, aplastando con las garras férreas de las orugas el
repecho del parapeto sin que a nadie le diera tiempo de retirarse, de escapar,
de gritar...”¿Qué me ocurre? Debo levantarme...” - ¡Evstignéev, dos
proyectiles, fuego!... Dos disparos seguidos, golpes fuertes en los tímpanos,
las vainas que caían, sonoras y humeantes, de la culata al montón de vainas ya
enfriadas, y entonces, arrancándose a la tierra, Kuznetsov se deslizó hasta la
cresta del parapeto para tener tiempo de seguir las trazas y corregir el fuego.
Hacia su rostro avanzaba algo abrasador, agudo, ígneo, que lanzaba chispas y
giraba delante de los ojos igual que una enorme piedra de afilar. Del blindaje
y del tanque brotaban chispas grandes: proyectiles ajenos le pegaban de
costado, de la izquierda, donde se encontraba la pieza de Ujánov, Una explosión
sorda estremeció luego al tanque, lo hizo retroceder, y encima se formó un gran
penacho de humo de petróleo. Con una fe penetrante en su buena suerte y en la
fraternidad comprendida en ese instante, Kuznetsov notó de pronto, como si
fueran lágrimas, una cálida y dulce opresión en la garganta. Vio y comprendió
que, desde la izquierda, el cañón de Ujánov remataba el tanque después de los
dos proyectiles certeros lanzados por Evstignéev.
Delante, todo seguía palpitando con un matiz rojo
oscuro sangriento; en la orilla izquierda se multiplicaban los focos de
incendio; el cañoneo incesante de las baterías abría en este fuego brechas
negras con las explosiones graneadas; el humo del pueblo incendiado se mezclaba
con el humo pesado y grasiento que se alzaba en medio del enorme semicírculo de
tanques y se juntaba sobre la estepa en nube compacta; y de debajo de esa nube,
iluminada por el resplandor de las máquinas que ardían, interrumpida y tenazmente
aparecían tanques y más tanques, estrechando el semicírculo en torno a la
defensa de la orilla meridional. El ataque de los tanques no se ahogaba ni se
debilitaba bajo el fuego constante de la artillería; sólo se había ralentizado
un poco en el vértice del semicírculo y reforzaba y concentraba golpes
simultáneos en los flancos. Allí ascendían impetuosamente una tras otra las
bengalas de señales, y las máquinas torcían en bandadas alargadas, hacia la
derecha, tras de la cota donde estaba el puesto de observación de la batería, y
hacia la izquierda, hacia el puente delante del cual se encontraban las
baterías vecinas. - ¡Tanques a la derecha! ¡Han roto la línea!... Este grito
pareció taladrar la conciencia de Kuznetsov que, sin creerlo todavía, vio algo
que no esperaba. - ¡Tanques en la batería!... -volvió a gritar alguien. Sobre
la estepa, el humo cubría el cielo, ocultaba el sol convertido en opaca moneda
de cobre, y delante era desgarrado en todas partes por disparos, ardía en
remolinos ígneos infernalmente iluminados como desde debajo de tierra, avanzaba
sobre la batería, llegaba a los parapetos... Y de este bullente amasijo
surgieron de pronto las enormes sombras de tres tanques a la derecha, delante
de la posición de Davlatián. Pero la pieza de Davlatián callaba. "¿No
habrá nadie allí? ¿Estarán vivos?" -pensó apenas Kuznetsov, pero la idea
siguiente fue enteramente clara: si los tanques salían a la retaguardia de la
batería, aplastarían todas las piezas una por una. - ¡Tanques a la derecha!
-Hizo una aspiración, atragantado por el grito, comprendiendo que no
conseguiría nada si Davlatián no abría inmediatamente fuego-. ¡Giren la pieza!
¡A la derecha, a la derecha! ¡Pronto! ¡Evstignéev! ¡Chubárikov!
Corrió hacia los artilleros que, empujando con
los hombros las ruedas y el escudo, exhalando juramentos, tiraban con todas sus
fuerzas y desplazaban el afuste para girar la pieza cuarenta y cinco grados a
la derecha al descubrir allí los tanques. Los brazos se movían afanosos; las
botas de fieltro pisaban, patinaban y resbalaban; aparecieron unos ojos
desorbitados del esfuerzo y delante del escudo surgió el rostro congestionado y
sudoroso de Evstignéev que, haciendo hincapié en el parapeto, empujaba con todo
el cuerpo una rueda del cañón mientras el hilillo de sangre continuaba
fluyéndole del oído al cuello del capote. Debía tener afectado el tímpano. -
¡Otra vez!... -jadeaba Evstignéev-. ¡Venga, venga! - ¡A la derecha! ¡Pronto! -
¡Otra vez!... ¡Venga, venga! Los tanques que se habían abierto paso hacia la
batería llegaban de la niebla roja de los incendios, iban hacia la posición de
Davlatián y, en el movimiento, el humo era barrido del blindaje. - ¿Los habrán
matado a todos allí? ¿Por qué no disparan? -gritó alguien con rabia-. ¿Dónde
están? - ¡Aprisa! ¡Hala! ¡Todos a una! - ¡Más a la derecha!... ¡Otra vez!
-repetía roncamente Evstignéev. La pieza estaba ya vuelta hacia la derecha, ya
se metían troncos debajo de los arados, y el cañón sobresalía rápidamente
encima del parapeto, movido por mecanismos cuyos volantes giraba aprisa
Evstignéev. En sus pómulos sucios, cubiertos de sudor, se hinchaban los
músculos. Pero ahora parecía imposible aguantar los segundos, como eternidades,
del apunte. En esos minutos que fluían, Kuznetsov escuchaba sólo su voz de
mando -"¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!"-, que le ensordecía a él mismo y se
hubiera dicho que empujaba a los artilleros en la espalda, en la nuca, en los
hombros, en sus manos febrilmente afanadas, aunque no lograban adelantarse al
avance de los tanques. "¿Será posible que tengamos que morir ahora, que
los tanques lleguen a la batería y empiecen a aplastar las escuadras y las
piezas? -se preguntaba Kuznetsov-. ¿Qué le habrá ocurrido a Davlatián? ¿Por qué
no disparan? ¿Estarán vivos?... Yo tengo que hacer algo... ¿Y qué será la
muerte? ¡No, a mí no me deben matar! Basta pensar que no, y entonces no me.
Debo tomar una decisión, debo hacer algo incluso si no ha quedado allí nadie
junto a la pieza...” - ¡Hay que virar un poco más y no se puede camarada
teniente! -A su conciencia llegó este grito de Chubárikov que, como si llorase
lágrimas rojas, se frotaba los párpados con los dedos y sacudía la cabeza
mirando a Kuznetsov. - ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego contra los tanques! -gritó Kuznetsov
y, súbitamente, como si algo le hubiera impelido, se puso en pie de un salto,
corrió hacia la zanja de comunicación poco profunda, sin terminar de cavar-.
¡Voy allá!... ¡A la segunda sección! Chubárikov se queda en mi lugar. ¡Voy
donde Davlatián!...
Corría por la zanja de comunicación, sin
terminar, hacia los cañones silenciosos de la segunda sección, reptando entre
las estrechas paredes de tierra, sin saber aún lo que haría en las posiciones
de Davlatián, lo que podía hacer y lo que lograría hacer. La zanja de
comunicación le llegaba a la cintura, y ante sus ojos temblaba la maraña de
fuego del combate: disparos, señales, explosiones, prietos remolinos de humo
entre la acumulación de tanques, el incendio en el pueblo. Y a la derecha,
meciéndose, tres tanques avanzaban sin impedimento, como por una brecha
abierta, en el llamado "espacio muerto", fuera de la zona de fuego de
las baterías vecinas. Anchos, amarillos como la arena, peligrosamente
invulnerables, estaban a doscientos metros de la posición de Davlatián. Luego,
sus largos cañones escupieron llamas. Las explosiones contra el parapeto
parecieron alejar el rugido de los motores y, en seguida, sobre la cabeza misma
de Kuznetsov, pasaron las ráfagas de las ametralladoras emparejadas. "¡Qué
no me hieran ahora!... ¡Que no me hieran en la trinchera!... ¿Qué puedo hacer
en estos segundos? ¿Llegar corriendo hasta la pieza y nada más?...” Desesperado
porque ahora no podía volver para atrás ni tenía derecho de hacerlo, sino que
corría al encuentro de los tanques y de su muerte próxima al parecer, sintiendo
heladas las mejillas, Kuznetsov gritó en un llamamiento terrible: -
¡Davlatián!... ¡A la pieza!... -Y, empapado en sudor, negro, con el capote
manchado de arcilla, desembocó de la zanja de comunicación y cayó en la
posición de fuego gritando-: ¡A la pieza! ¡A la pieza! Lo que vio y notó en
seguida era terrible. Dos profundos embudos recientes, bultos de cuerpos entre
los afustes, en medio de las vainas, junto a los parapetos; los artilleros
yacían en posturas extrañas, postradas: rostros pálidos, con la negrura de la
pelambrera como postiza, hundidos en el suelo o en los dedos blancos abiertos;
piernas encogidas debajo del vientre, hombros abatidos como si quisieran
conservar el último calor de la vida... Aquellos cuerpos retorcidos y aquellos
rostros blanquinegros exhalaban el frío hálito de la muerte. Aún debía haber
alguien vivo. Oyó gemidos y quejas en una zanja, pero no le dio tiempo a
asomarse allí. Atraía su mirada una rueda de la pieza, acuchillada por los
cascos de metralla, junto a la cual, al pie del parapeto, se movían dos
siluetas. Ensangrentado, se alzaba lentamente de la tierra el rostro de anchos
pómulos del apuntador Kasímov, con los ojos casi vidriosos, ciegos. Una de sus
manos, agarrotada, se aferraba a la llanta clavando las uñas negras en la goma.
Se conoce que Kasímov intentaba incorporarse, arrastrar hasta la pieza su
cuerpo, y no podía. Sus dedos arañaban con las uñas y resbalaban por la goma
desgarrada; pero, arqueando el pecho, se agarraba de nuevo a la rueda y gritaba
deshilvanadamente: - ¡Suelta, hermana, aparta! Hay que disparar... ¿Por qué me
das por muerto? ¡Soy joven! ¡Quita!... Aún estoy vivo... ¡Viviré!
Su cuerpo recio parecía partido por la cintura.
Algo rojo le fluía de un costado envuelto en vendas. Se hallaba presa de esa
fiebre del herido, en ese estado de inconsciencia que parecía apartarle de la
muerte. - ¡Zoya! -gritó Kuznetsov-. ¿Dónde está Davlatián? Junto a Kasímov
estaba tendida Zoya al pie del parapeto y, reteniéndole, apartaba los bordes
del chaquetón guateado y le ajustaba rápidamente una venda limpia sobre el
vientre, por encima de la guerrera empapada de manchas rojas. Su rostro pálido,
con los rasgos acusados, franjas oscuras de hollín, los labios mordidos y el
cabello que se escapaba debajo del gorro, era un rostro ajeno, carente de
ligereza, feo, de expresión desconocida. Al escuchar el grito de Kuznetsov,
como si hubiera recibido un golpe, levantó los ojos llenos de muda llamada de
socorro y movió los labios exangües, pero Kuznetsov no oyó ni un sonido. -
¡Aparta, aparta, hermana! ¡Quiero vivir!... -gritó Kasímov inconsciente-. ¿Por
qué me das por muerto? ¡Hay que disparar!... Porque no había oído la voz de
Zoya, sino únicamente el grito de Kasímov presa de la fiebre, porque ni ella ni
él sabían que los tanques se habían abierto paso y marchaban directamente hacia
su posición, Kuznetsov volvió a experimentar una extraña sensación de irrealidad.
Tenía la impresión de que le bastaría hacer un esfuerzo sobre sí mismo, sacudir
la cabeza, para despertar de una pesadilla en una mañana callada y tranquila,
con sol tras de las ventanas y paredes tapizadas de papel, y exhalar un suspiro
de alivio porque todo lo que acababa de ver no era más que un sueño. Pero, no
era un sueño. Oyó sobre su cabeza los escapes de los motores de los tanques,
ensordecedoramente próximos, mientras, delante de la pieza, continuaba el
tableteo de las ráfagas de ametralladora, tan penetrantes como si disparasen a
cinco metros del parapeto. Y sólo él tenía conciencia de que esos sonidos eran
los sonidos de la muerte que se aproximaba. - ¡Zoya, Zoya! ¡Ven aquí! ¡Carga la
pieza! ¡Yo voy a la mira, y tú carga! ¡Oyéme! ¡Zoya!... Los rodillos de la mira
estaban viscosos como de grasa; el ocular de goma se le pegó, húmedo, a la
órbita; los volantes de los mecanismos resbalaban entre los dedos. Era sangre
de Kasímov; pero Kuznetsov sólo pensó en ello de pasada; los hilos negros del
localizador se movieron hacia arriba, hacia abajo, luego a un lado, y en la
neta claridad de la mira captó una oruga girando, tan inverosímilmente enorme
con la nieve que se pegaba, compacta, a las aristas de los eslabones y se
desprendía en seguida, tan palpablemente próxima, que daba la impresión de que,
eclipsándolo todo, llegaba ya a la mira misma, rozándola y arañándola. El sudor
cálido le bañaba los ojos, y todo empezó a temblar en la mira, como envuelto en
niebla.
- ¡Zoya, carga! - No puedo... Ahora, en seguida.
En cuanto retire a Kasímov... - ¡Te digo que cargues! ¡Un proyectil!... ¡Un
proyectil!... Se apartó de la mira, impotente: Zoya retiraba de al lado de la
rueda el cuerpo tenso de Kasímov, lo dejaba al pie mismo del parapeto y sólo
entonces se incorporó como si no comprendiera nada todavía, mirando el rostro
de Kuznetsov, torcido por la impotencia y el desasosiego. - ¡Te digo que
cargues! ¿Oyes? ¡Un proyectil, un proyectil!... ¡Del cajón! ¡Un proyectil... -
¡Sí, sí, teniente!... Tambaleándose, echó a andar hacia el cajón abierto junto
al afuste, tiró de un proyectil con dedos firmes, y cuando lo introdujo
inhábilmente en la culata abierta y el cerrojo chascó, cayó de rodillas con los
ojos cerrados, junto al afuste. Kuznetsov no vio nada de eso. La enorme negrura
rodante de la oruga se metía en la mira, giraba en el ocular; el agudo bramido
de los motores de los tanques le aplastaba contra la pieza y entraba, cálido y
asfixiante, en el pecho. La tierra se estremecía y zumbaba como si fuera de
hierro. Le daba la impresión de que lo que temblaban eran sus rodillas,
apoyadas en la tierra removida, quizá la mano dispuesta a oprimir el disparador
y le temblaban las gotas de sudor en los ojos en espera del disparo. Porque
Zoya parecía no ver ni querer ver aquellos tanques que se habían abierto paso a
cincuenta metros del cañón. Y el localizador de la mira no podía captar ya un
punto: algo negro, enorme y rechinante lo llenaba todo, ocultaba el mundo
entero. Oprimió el disparador y no escuchó los disparos de los tanques en tiro
directo. Capítulo 12 Una fuerza terrible apartó a Kuznetsov del cañón y le
estrelló el pecho contra algo férreo, duro. Confusa la conciencia y con la
cabeza retumbante, se vio, sin saber cómo, bajo las ramas oscuras de un tilo
que crecía junto a un portal contra el que rumoreaba la lluvia, y quiso
comprender qué le había golpeado tan odiosamente en el pecho con dolor, qué le
quemaba el pelo en la nuca con oleadas abrasadoras. Notaba náuseas, pero no vomitaba,
y de esa sensación le pasó por la conciencia, en opaco destello, la idea de que
aún estaba vivo. Al instante notó que la boca se le llenaba de algo salado y
tibio y vio, como detrás de un velo, manchas rojas en la mano embadurnada de
tierra pegada a la cara. "¿Es sangre? -pensó-. ¿De dónde? ¿Estoy herido?
¿Qué es esto?" - ¡Teniente!... ¡Querido! ¡Teniente!... ¿Qué te ocurre?...
Escupiendo sangre, levantó la cabeza y trató de comprender lo que le sucedía.
- "¿Por qué llovía y yo estaba debajo de un
tilo? -se preguntó rememorando-. ¿Qué tilo? ¿Dónde era? ¿En Moscú? ¿De niño?...
¿Qué se me ha figurado?" Yacía de bruces sobre un cajón de proyectiles
abierto entre las flechas del afuste, arrojado a dos metros del escudo de la
pieza por la onda expansiva. El extremo derecho del escudo sobresalía,
desgarrado, mutilado por los cascos de metralla con fuerza increíble. La parte
derecha del parapeto estaba tajada en seco, ahondada por un embudo, retorcidamente
calcinada. Detrás, a unos veinte metros, se hallaba envuelta en un incendio
incipiente, pero que cobraba fuerza, la masa rechinante, enorme, férrea, que
poco antes avanzaba de modo implacable sobre el cañón, ocultando el mundo
entero. El segundo tanque, pegado a este incendio, tenía vuelto hacia la
izquierda, hacia el puente, el tubo caído del cañón, y el humo del mazut fluía
de él en hilos largos como tentáculos. En el primer tanque estallaban los
proyectiles con sacudidas silbantes, la torrecilla se estremecía y las orugas
trepitaban rechinando como si el tanque viviera todavía. Por el aire se
extendía el olor repugnante y dulzón de la carne chamuscada mezclado con el del
aceite quemado. "¿He sido yo el que ha destruido los dos tanques?
-recordaba obtusamente Kuznetsov ahogándose del olor nauseabundo y tratando de
imaginarse cómo había ocurrido todo-. ¿Cuándo me han herido? ¿Dónde me han
herido? ¿Dónde está Zoya? Estaba a mi lado...” - ¡Zoya! -llamó, y de nuevo le
acometió la náusea. - ¡Teniente... querido! Estaba sentada al pie del parapeto
y con ambas manos arrancaba los botones del pecho al desabrocharlos,
probablemente aturdida, cerrados los ojos. No tenía puesto el atildado gorro
blanco; los cabellos cubiertos de nieve se le habían desparramado por los hombros
y la cara, y ella los retenía mordiéndolos con los dientes blancos. - ¡Zoya!
-repitió en un susurro, e intentó levantarse, arrancar su cuerpo férreo del
cajón de proyectiles, de las cápsulas de los proyectiles perforantes que le
oprimían el pecho, y no podía hacerlo al pronto. Zoya apartó el cabello de un
movimiento de cabeza, le miró de abajo arriba sobreponiéndose al sufrimiento y
al dolor y murmuró algo. A través del persistente zumbar de los oídos,
Kuznetsov no distinguió su voz y sólo advirtió después que tenía la mirada
dirigida hacia una mano de Kasímov que asomaba por debajo de la rueda de la
pieza y arañaba débilmente la tierra con las uñas.
Kuznetsov vio el bulto oscuro del cuerpo inmóvil,
con la cabeza hundida en el borde del parapeto. Kasímov no gemía ya. Estaba
tendido boca abajo. Tenía el chaquetón acuchillado por los cascos de metralla;
sobre su espalda negreaban puñados de tierra arrojada por la explosión y de
nieve oscura de la pólvora y las puntas de las botas de fieltro estaban vueltas
hacia dentro. Sólo vivía aún su mano, y Kuznetsov veía aquellos dedos que
arañaban. Tragando el líquido salado que le llenaba la boca, quiso gritar a Zoya
lo que había comprendido entonces: un proyectil había estallado en el parapeto,
a los dos los había aturdido y Kasímov se moría y había que llevarlo al nicho
de detrás de la pieza, llevarlo inmediatamente, en seguida. No comprendía por
qué debían hacerlo en seguida ni por qué se demoraba Zoya cuando no se podía
demorar ni un segundo, ya que allí sólo habían quedado ellos dos... - ¡Zoya!
-volvió a gritar y, después de escupir la sangre y recuperar la respiración, se
deslizó del cajón de proyectiles hasta el pie del parapeto y la agarró con
ambas manos por los hombros con esperanza e impotencia-. ¡Zoya! ¿Te ha
aturdido? Zoya, ¿me oyes? ¿Estás herida? ¡Eh!... ¡Zoya! Sus hombros no
resistían entre las manos de Kuznetsov. Resistían sus ojos, sus labios apretados
bajo los mechones de pelo. De pronto le enjugó con el dorso de su manopla la
sangre de la barbilla, y Kuznetsov vio su sangre en la manopla. - No es nada...
Me ha aturdido y he pegado contra el cajón -le gritó en la cara-. Zoya, mira a
ver lo que le pasa a Kasímov. ¿Oyes? ¡Pronto! Yo tengo que ir a la pieza. Me
parece que Kasímov. Se levantó con dificultad, tambaleándose de un vértigo
confuso, y echó a andar hacia el afuste, dispuesto ya a correr al cajón de los
proyectiles, a la mira, pero en esto vio que, a lo largo del parapeto, Zoya se
deslizaba hacia la rueda de la pieza y escuchó su voz: - ¡Teniente, querido,
ayúdame! Entre los dos arrastraron a Kasímov hasta el nicho de los proyectiles,
y Zoya, siempre de rodillas, inclinada, se puso a palparle el pecho y las
vendas sucias del vientre, impregnadas de un líquido pardusco, desgarradas por
los cascos de metralla. Desmayados los brazos, irguió por fin la espalda
mirando al rostro de Kasímov con ojos que todo lo comprendían. Y Kuznetsov
comprendió también que Kasímov había sido muerto por la metralla que le pegó en
el pecho probablemente cuando aún quería levantarse para ir hacia la mira y el
último proyectil estalló en el parapeto...
Ahora, bajo la cabeza de Kasímov había un cajón
de proyectiles y su rostro juvenil, imberbe, animado y moreno poco antes y
ahora lívido, afilado por la belleza ajena y repugnante de la muerte, se miraba
sorprendido, con los ojos como guindas, a medio cerrar, el pecho, el chaquetón
guateado en girones, hecho tiras, como si tampoco después de la muerte pudiera
percatarse de cómo le habían matado y por qué no había podido al fin levantarse
y llegar a la mira. En aquella mirada ciega de Kasímov había asombro hacia su
existencia no vivida sobre esta tierra y, al mismo tiempo, un tranquilo
misterio de la muerte a la que le había precipitado el dolor incandescente que
le pegó en el pecho en el momento mismo en que quería vivir y trataba de
incorporarse para llegar a la mira. "Nuestra naturaleza es hermosa",
recordó Kuznetsov y, al mismo tiempo que el hálito aterido de la muerte,
experimentó un inexplicable sentimiento de insubordinación hacia sí mismo. La
idea de que también a él podían matarle o herirle en ese momento y que perdería
la aptitud de moverse, y sólo estaría tendido, impotente, inmóvil, sin ver
nada, sin oír nada ya, le inspiraba odio a esa posible impotencia suya. Y la
vista de los dos tanques que ardían delante del parapeto, de las bandadas del
fuego cruzadas por toda la estepa, de la masa de humo compacta, movediza,
agitada, donde surgían y desaparecían los flancos rabiosamente amarillos de los
tanques delante del barranco; las cálidas bocanadas de aire abrasador que
notaba con el rostro; el fragor del combate en los oídos taponados, todo
desencadenaba en él una rabia frenética, un ansia de destrucción enfermiza,
imperiosa, desesperada, semejante al delirio, que desconocía antes.
"¡Disparar, disparar! ¡Yo puedo disparar! A ese humo, a los tanques, a
esas cruces, a esa estepa. Con tal de que a la pieza no le haya pasado nada, de
que la mira esté intacta...” -pensaba obsesionado mientras, como ebrio, se
levantó y echó a andar hacia la pieza. Observó y palpó con las manos el anteojo
panorámico, temiendo encontrar en él huellas de avería, y el hecho de que
estuviera intacto, sin impactos de metralla, le hizo apresurarse. Incluso le
temblaban los dedos de impaciencia. Sin voz, sin oírse a sí mismo, ordenó:
"¡Un proyectil, un proyectil!" y, después de cargar la pieza, pegó la
cara tan precipitada y ávidamente a la mira, agarrotó los dedos con tal fuerza
a los volantes de los mecanismos de giro y de elevación que le pareció fundirse
con el tubo del cañón que se movía en el caos de humo, que como un ser vivo le
obedecía y como un ser vivo le comprendía, sumiso y afín. - ¡Fuego!... "Me
vuelvo loco", pensó Kuznetsov al percibir este odio suyo hacia su muerte
posible, esta cohesión con la pieza, esta fiebre de la rabia semejante a un
reto y dándose cuenta sólo remotamente de lo que hacía.
Sus ojos captaban con impaciencia en el
localizador los negros ramalazos de humo, los chispazos de fuego que les salían
al encuentro, los flancos amarillos de los tanques que, en rebaños de hierro,
se arrastraban a derecha e izquierda delante del barranco. Sus manos trémulas
lanzaban los proyectiles a la boca humeante de la culata y los dedos oprimían
el disparador con tanteo nervioso y apresurado. El ocular de goma, todo húmedo
de su sudor, le pegaba en la órbita, y no daba tiempo a seguir la estela de cada
uno de sus proyectiles perforantes que se clavaba en el humo, en el hormigueo
de las trombas de fuego y de los tanques; no podía captar con exactitud los
impactos. Pero no se hallaba ya en condiciones de pensar, de calcular, de
detenerse y, al disparar, se decía que por lo menos uno de los proyectiles
encontraría su blanco. Al mismo tiempo, estaba a punto de reír como de
felicidad cuando, corriendo hacia la culata y cargando la pieza, veía los
cajones de proyectiles y se alegraba de que bastarían para mucho tiempo. -
¡Canallas! ¡Canallas! ¡Os odio! -gritaba en medio del estrépito del cañón. En
cierto intervalo entre los disparos, cuando se apartaba corriendo de la mira,
tropezó a bocajarro con los ojos de Zoya, anchos, extrañados en el rostro de
expresión desconocida, que le detenían y captaban su mirada. En el primer
instante, ni siquiera comprendió por qué estaba ahora allí, por qué estaba
ahora con él. - ¿Qué haces aquí? ¡Ve al refugio! ¿Me oyes? ¡Inmediatamente! ¡Te
lo ordeno!... -Y blasfemó de pronto como no había blasfemado nunca en su
presencia-. ¡Te digo que te vayas! - Te ayudaré, teniente. Ya he cargado
antes... Me quedaré contigo... No había oído claramente las blasfemias y sólo
le miraba de cerca, como si no le hubiera conocido nunca o no le reconociera,
teniente educado, siempre cortés. Con ambas manos sostenía el proyectil
apretado contra el pecho. Luego, esbozó una sonrisa forzada. - ¡No hables así,
teniente! No digas palabrotas. - ¡Al refugio! ¡Aquí no tienes nada que hacer!
¿Oyes? Pero ella le miró con extrañeza que pareció calmarle. La presencia, la
mirada y la voz de Zoya, le quitaban en cierto modo parte de su rabia, parte
del odio tan necesario, tan comprensible de pronto y preciso para notar su
fuerza destructiva que nunca en la vida había percibido así. - ¡Al refugio! ¿Me
estás oyendo? -gritó Kuznetsov-. ¡Yo no quiero ver cómo te matan!...
Y de nuevo, en el calidoscopio monstruosamente
próximo alojo se abalanzaron en el localizador de la mira las humaredas
compactas, las hogueras de las máquinas y las frentes obtusas de los tanques en
los desgarrones de las explosiones... Pero, cuando oprimió el disparador
enviando el proyectil allá, al movimiento que distinguía, a aquellos tanques
que continuaban avanzando, el fulgor intenso de un relámpago tajó enteramente
el cielo y se lanzó hacia la mira con el calor de la trilita que acababa de
arder. De un golpe de costado, Kuznetsov fue apartado de la mira, aplastado
contra el suelo, y pellas de tierra descargaron sobre su espalda. Ya tendido,
le pasó por la imaginación la idea malignamente feliz de que tampoco esta vez
le habían matado. Y otro pensamiento cruzó su cerebro: - ¡Zoya! ¡A la zanja! ¡A
la zanja!... Se incorporó cerca del afuste para ver dónde estaba Zoya, pero en
seguida volvió a deslumbrarle otro relámpago. Algo le pegó en el pecho. Zoya se
dejó caer junto a él de costado, le agarró con ambas manos por las solapas del
capote y, echándole el aliento en el rostro sudoroso, se estrechó contra él tan
apretadamente que Kuznetsov sintió incluso dolor en el pecho. Vio los párpados
negros de pólvora apretados y notó su cuerpo que, pegado al suyo, se
inmovilizaba buscando amparo. - Que no sea en el vientre, ni en el pecho... No
tengo miedo... si es de golpe... Pero eso, no... El apenas oía lo que le decía
con los labios casi pegados a los suyos, captaba débilmente ese murmullo
suplicante, como entre sueños, bajo las muelas giratorias del estrépito. A cada
explosión, el cuerpo de Zoya se ceñía más estrechamente al suyo, y entonces,
apretando los dientes, la abrazó como última defensa instintiva ante el destino
igual que los unía y perdonaba todo, como última ayuda, como un adulto a una
criatura, le ocultó la cabeza contra su cuello sudoroso. Y así, abrazándola con
fuerza, esperaba el segundo supremo. Notaba que la onda expansiva le arrojaba a
la cara los cabellos de Zoya, ahogándole con el olor cálido de la trilita que
ardía. Y, por una fracción de segundo, al percibir su pecho, sus rodillas
redondas encogidas, sus labios fríos en el cuello, pensó con espanto en que el
cuerpo de Zoya podía de pronto desmayarse entre sus brazos del golpe de un
casco de metralla en la espalda. "Aquí, contra la rueda de la pieza... hay
que recostarle la espalda contra la rueda. La protegerá de la metralla si...”
Quiso moverse, aproximarla a la rueda de la pieza, pero en esto le llenó los
oídos un sonido que parecía venir del espacio infinito; la nube negra como la
pizarra que los había pegado contra la pieza se retiraba al otro lado del
parapeto y se posaba detrás de la posición. Y aunque el aire recalentado por la
trilita y la tierra se estremecían zumbantes y trepidaban del combate, un
atisbo sonoro y agudo de silencio cruzó la posición como una bocanada de aire
puro y se insinuó en la estrechez comprimida entre sus cuerpos. No era un
silencio, sino un alivio. Zoya apartó la cabeza, abrió los ojos, rodeados de
pestañas renegridas por el hollín, cuya oscura profundidad sorprendió a
Kuznetsov. Luego se liberó lentamente de sus brazos y recostó la espalda contra
el afuste de la pieza. Con la misma lentitud tiró del chaquetón sobre las
rodillas, oscuras de la arcilla pegada a ellas, y con el revés de los dedos
sucios se echó hacia atrás los cabellos que las explosiones arrojaban poco
antes a la cara de Kuznetsov.
- Ha terminado... -pronunció Kuznetsov
roncamente. - Teniente, teniente -murmuró Zoya entre una aspiración y una
expiración tenues-. Seguro que has pensado mal de mí... Escucha... Si me hieren
en el pecho o en el vientre, aquí -señaló con la mano el cinto de oficial tan
ceñido que Kuznetsov tenía la impresión de que era posible abarcarle el talle
con las dos manos-, una cosa te pido por favor, si es que yo no puedo... Aquí
en la bolsa tengo una pistola alemana. Me la regalaron hace mucho tiempo.
¿Comprendes? Si la herida es aquí... no hay que hacer cura siquiera... Y él,
que un instante atrás se imaginaba con espanto que un casco de metralla pudiera
herirla en la espalda, matarla, callaba sin comprender del todo por qué le
hablaba ahora tan francamente de eso antinatural, terrible, que podía haber
ocurrido pero no había ocurrido. Espantaba a Zoya una herida en el pecho o en
el vientre; temía la debilidad, la humillación, la vergüenza ante la muerte;
temía que la mirasen, que manos masculinas tocasen y vendasen su cuerpo
desnudo. - Comprendo -susurró Kuznetsov-. ¿Qué me pides? Te equivocas: yo no
soy del equipo de enterradores. ¿Quién te ha mandado estar junto a la pieza?
¡Tú no debes estar aquí! El combate no ha terminado todavía, y tú... No pudo
terminar la frase. En el mismo instante, el atisbo de silencio se rompió
delante del parapeto: las explosiones brotaban, negras, ante la pieza.
Kuznetsov llegó de rodillas hasta la mira. El fogonazo de un disparo se clavó
como aguja incandescente en el visor, hubiérase dicho que en el centro mismo
del localizador, y todo desapareció -Zoya, sus cabellos en la mejilla, su
pistola, su extraño ruego-, todo fue barrido de su cabeza y el mundo volvió a
aparecer sumamente real, cruel, mortal, sin bondad, sin esperanza en la bondad,
sin dudas. "Un cañón autopropulsado debe estar aquí cerca", pensó
empuñando los volantes. En aquellos minutos sólo confiaba en la precisión del
localizador que tanteaba los flancos de los tanques y en el odio destructor que
volvía a experimentar pegado a la pieza. "Habría que descubrirlo... Ha
disparado muy cerca... Como desde detrás de los tanques que arden. ¿Dónde
estará?" Pero, al girar los volantes, notó una obtusa resistencia del
mecanismo, cierto desacuerdo entre la mira y el tubo de la pieza. Se apartó del
ocular del anteojo panorámico. El tubo del cañón se había deslizado hacia atrás
con toda su masa. El líquido pardo del mecanismo de retroceso salpicaba en
chorro intermitente el escudo torcido y el tubo recalentado de la pieza.
- ¡Canalla! ¡Eso ha sido el autopropulsado desde
un refugio! -gritó Kuznetsov sin saber qué hacer, a punto de llorar de
impotencia, y pegó con el puño en la culata que se deslizaba hacia abajo: el
mecanismo de retroceso estaba partido por un casco de metralla. Los dos tanques
ardían delante mismo de la pieza, y un vivo fuego emparejado lamía sus
torrecillas. A la derecha, al borde del barranco, el humo salía arremolinado
del flanco de un tercer tanque. De entre esta humareda grasosa brotaba la llama
triangular de los disparos a la izquierda por el frente de la batería, allí
donde estaban los cañones de Chubárikov y Ujánov. Amparado por la cortina de
humo, el cañón autopropulsado disparaba de flanco contra las piezas desde una
distancia de doscientos metros viendo bien el blanco. Más lejos, a cosa de
kilómetro y medio a la izquierda, en las inmediaciones del paso del río, los
tanques surgían del barranco, balanceándose en el humo, pasaban por delante de
las máquinas que ardían a desgana, como almiares mojados, y todas las baterías
vecinas desde la zona del puente, dos piezas de su sección y los fusiles
antitanque en las trincheras de la infantería disparaban simultáneamente: las
estelas de los proyectiles perforantes, las altas explosiones de los obuses
pesados, los trazos fosfóricos de las minas antitanque, los chorros de fuego de
las katiushas que partían de la otra orilla, se fundieron y se cruzaron delante
del paso, mezclándose allí. El cañón autopropulsado, protegido detrás del
tanque, eligiendo el blanco, disparaba tranquila y metódicamente de flanco, y
Kuznetsov lo veía. - ¡Teniente! -oyó el grito de Zoya-. ¿Qué haces parado? ¿No
ves?... Pero Kuznetsov no podía hacer ahora nada. El autopropulsado sostenía
fuego graneado contra la pieza de Chubárikov, que había dejado de disparar y
desaparecía en un cendal cárdeno flotante sobre el que avanzaba, surgido no se
sabía cómo por la izquierda, un tanque que, con la velocidad, despedía breves
llamas de su chapa blindada. Se conoce que lo había incendiado un proyectil
perforante de Chubárikov antes de que el autopropulsado localizara la posición
y la batería. Y ahora, junto a la pieza rodeada de una valla de explosiones,
nadie lo veía. Acelerando la velocidad y envuelto cada vez más en las llamas
que se desmelenaban por la chapa, se hundió como un ariete, penetró en aquel
cendal que envolvía la pieza y empezó a girar a derecha e izquierda sobre un
mismo sitio como aplastando y alisando algo con su peso de muchas toneladas.
Luego sacudió el aire una explosión. De la torrecilla partió un hongo negro de
humo mezclado con llamas, y el tanque se inmovilizó con una oruga atravesada
sobre la pieza que aplastaba. En la hoguera aquella se clavaban uno tras otro
proyectiles de flanco, pespunteando el frente de la batería: era el cañón de
Ujánov, el del extremo, que disparaba contra el tanque. Kuznetsov estaba
sobrecogido y abrumado por la rabiosa embestida del tanque ardiente, y su
conciencia no aceptaba ya nada más que la idea neta y penetrante de que los
alemanes atacaban a muerte en el flanco izquierdo, intentando a toda costa
llegar a la orilla, al puente, y que la escuadra de Chubárikov había perecido
probablemente toda aplastada -ni un sólo hombre había escapado de la
plataforma- y que allá, a la izquierda, quedaba sólo una pieza de la batería:
la de Ujánov, - ¡Zoya! ¡Al refugio, te lo ordeno! Márchate de aquí. ¿Oyes? ¡Yo
voy donde Ujánov! -pronunció Kuznetsov con voz ronca, y en el mismo momento vio
que Zoya se mordía los labios tumefactos, apartaba la bolsa sanitaria hacia la
cadera y echaba a andar de costado y luego corría hacia la zanja de
comunicación que unía las piezas. - ¡Tengo que ir donde Chubárikov, donde
Chubárikov! Puede que haya quedado alguien con vida. No creo que todos... -Y,
sacudiendo los cabellos, se zambulló en la zanja de comunicación como si no
hubiera escuchado su orden. Apretando los labios desesperadamente, Kuznetsov se
alejó corriendo de la plataforma mirando a los tanques en llamas al borde del
barranco y al cañón autopropulsado que rebullía detrás contra el que se hallaba
ahora merme.
Capítulo 13
- ¡Alto!
¿Dónde vas? ¡Atrás, Kuznetsov! Por la alta orilla llegaba a saltos Drozdovski
en dirección a la pieza; sus botas de fieltro parecían volar sobre los montones
de nieve que las rebozaba; en la mancha blanca del rostro negreaba la boca
abierta por el grito: - ¡Atrás! Le seguían, saltando por encima de los embudos,
los arrieros Rubin y Sergunénkov. Con inquieta premura miraban hacia los
tanques que ardían delante de la batería y hacia el incendio del pueblo, y
Sergunénkov se agachaba a cada momento cuando las explosiones se producían
cerca, en la orilla. - ¿Dónde vas?... ¡Atrás! ¡Atrás, Kuznetsov! ¿Vas a
chaquetear? ¿Has abandonado la pieza? -se elevó, intenso, el grito de
Drozdovski-. ¿Por qué ha cesado el fuego? ¿A retroceder? ¡Alto! Drozdovski llegó
corriendo, con la pistola agitada sobre la cabeza. Tenía en los ojos un brillo
turbio de loco, las ventanas de la nariz le palpitaban y la palidez amoratada
de la rabia subrayaba de un modo sorprendente la barba que le había crecido en
aquellas veinticuatro horas. - ¡A la pieza! -ordenó, y su mano izquierda se
clavó como una tenaza en el hombro de Kuznetsov y le atrajo con fuerza hacia
sí-. ¡Ni un paso atrás! ¿Por qué has abandonado la pieza? ¿Dónde vas?
- ¿Estás ciego?... -Kuznetsov sacudió con fuerza
la mano de Drozdovski de su hombro, lanzó una mirada fugaz hacia la pistola que
le temblaba delante del vientre en su mano derecha, y articuló-: ¡Guarda la
pistola! ¿Te has vuelto loco? ¡Mira allá! -Y señaló hacia la pieza de
Chubárikov, en cuya plataforma ardía el tanque alemán escupiendo haces de
chispas-. ¿No ves aquello? Una ráfaga pasó por los montones de nieve en abanico
brillante: se conoce que desde el cañón autopropulsado, oculto detrás de los tanques
destruidos, habían advertido gente en el altozano y ametrallaban la orilla. -
¡Cuerpo a tierra, cuerpo a tierra! -advirtió Kuznetsov, aunque sin tenderse él,
y vio con cierta sensación de venganza satisfecha que Drozdovski se inclinaba y
el arriero Rubin, después de volver su rostro tosco en la dirección de la
ametralladora, se acurrucaba pesadamente sobre sus recias piernas cortas; en
cuanto a Sergunénkov, delgadito, largo de cuello, se tiró al pie de un montón
de nieve al escuchar la voz de mando y se arrastró hacia la plataforma, donde
podía protegerle el parapeto, arando la nieve con el mosquetón. - ¿Por qué te
arrastras como un cachorro? -preguntó irritado Drozdovski, que se enderezó y le
pegó con el pie en una bota de fieltro-. ¡Levántate! ¡Todos a la pieza! ¡A
disparar! ¿Dónde está Zoya? ¿Dónde está la instructora sanitaria? Y, después de
dar un paso hacia el cañón, volvió a tirar del hombro de Kuznetsov, suspicaz, y
le clavó, en la cara los ojos transparentes, que incluso parecían blancos. - ¿A
dónde la has enviado? ¡Estaba aquí hace un momento! - Se ha marchado corriendo
como si la llevara el demonio -dijo Rubin con una tos ronca. - ¡A la pieza,
Kuznetsov! ¡A disparar!... Subieron corriendo a la plataforma, cayeron los dos
de rodillas delante de la pieza con el escudo roto y la culata monstruosamente
caída hacia atrás con las fauces negras abiertas, y Kuznetsov profirió en un
estallido de rabia palpitante aún: - Ahora, mira. ¿Ves el recuperador? ¡Un
cañón autopropulsado dispara desde detrás de los tanques! ¿Está todo entendido?
¡Zoya ha ido donde Chubárikov! Puede que; quede allí alguien... Guardando
precipitadamente la pistola en la funda -las pestañas le temblaban de
agitación-, Drozdovski preguntó en voz alta: - ¿Quién ha disparado contra los
tanques? ¿Dónde está Kasimov? - Le han matado. Está ahí, en el nicho. Y a tres
de la escuadra. - ¿Has disparado tú? ¿Los has destruido tú? - Puede ser...
Kuznetsov contestaba y veía a Drozdovski como a través de un grueso y frío
cristal, de una barrera infranqueable.
- Si no fuera por el autopropulsado... Está
oculto en el humo detrás de los tanques. Y pega de flanco contra Ujánov... Hay
que ir donde Ujánov porque él lo ve mal. ¡Aquí no tenemos nada que hacer! -
¡Espera! ¡Déjate de pánico! Apoyándose en un codo, Drozdovski asomó rápidamente
detrás del parapeto removido y desgarrado por los proyectiles, con cascos de
metralla pulidos clavados en la tierra chamuscada, y las ráfagas de
ametralladora volvieron a pasar en seguida sobre la posición, cortando los
sonidos del combate. Las chispas azules de las balas explosivas refulgieron
detrás del cañón, en las crestas de los montones de nieve. Drozdovski se agachó
al pie del parapeto y paseó por el campo de batalla los ojos entornados,
inquietos. Todo su rostro se había afilado y encogido de pronto. - ¿Dónde están
las granadas? -preguntó con voz entrecortada-. ¿Dónde están las granadas
antitanque? A cada pieza se han repartido tres granadas antitanque. ¿Dónde
están, Kuznetsov? - ¿Para qué demonios van a servir ahora las granadas? ¿Cómo
vas a alcanzar el autopropulsado si está a ciento cincuenta metros? ¿Tampoco
ves la ametralladora? - ¿Y tú te has creído que vamos a esperar así? ¡A ver,
las granadas! ¡Pronto!... En la guerra hay ametralladoras en todas partes,
Kuznetsov... El rostro exangüe de Drozdovski, desfigurado por una mueca de
impaciencia, expresó la decisión a la acción, a todo, y su voz se hizo de
pronto intensamente sonora: - ¡Sergunénkov, las granadas! - Aquí están, en el
nicho. Camarada teniente... - ¡Tráelas aquí! Y cuando el arriero Sergunénkov
retrocedió a rastras hacia la zanja y extrajo del nicho dos granadas antitanque
embadurnadas de tierra y las colocó, después de limpiarlas con el faldón del
capote, delante de Drozdovski, éste ordenó asomando por encima del parapeto: -
¡A ver! ¡Sergunénkov! ¡Tú tienes que hacerlo! O el pecho lleno de
condecoraciones o… ¿Me has entendido, Sergunénkov? Levantada la cabeza,
Sergunénkov contemplaba a Drozdovski con mirada quieta, detenida, y luego
preguntó incrédulo: - Pero... ¿cómo, camarada teniente? Está detrás de los
tanques. ¿Tengo que ir yo allí? - Avanzas a rastras, ¡y dos granadas debajo de
la oruga! ¡Hay que destruirlo! ¡Dos granadas, y se acabó el bicho! Drozdovski
hablaba en tono inapelable. Con gesto inesperadamente brusco de sus manos
trémulas levantó del suelo las granadas y se las presentó a Sergunénkov que
adelantó las manos maquinalmente y, al tomarlas, estuvo a punto de dejarlas
caer como si fueran planchas calientes.
Se conoce que nunca se había afeitado y la
pelusilla dorada que cubría sus mejillas juveniles y el labio superior abultado
parecía ahora oscura y punzante sobre su palidez. Kuznetsov vio muy de cerca el
extraño azul de los ojos, la línea puerilmente delicada de la barbilla, el
cuello largo y también delicado que sobresalía de la tirilla ancha. Luego
escuchó su murmullo: - Pero, si está detrás de los tanques, camarada
teniente... Está lejos... - ¡Agarra las granadas!... En seguida. - Sí...
Sergunénkov se metía las granadas debajo del capote con tanteos de ciego, y el
límpido azul de los ojos se deslizaba por el rostro resuelto y desfigurado de
Drozdovski, por el rostro de Kuznetsov, por la espalda redonda y como
indiferente de Rubin que, semitendido entre las flechas del afuste, resoplaba
pesadamente mirando reconcentrado al parapeto. - Escucha, ¿estás ciego?
-estalló Kuznetsov-. ¡Hay que arrastrarse cien metros al descubierto! ¿No lo
comprendes?... - Pues, ¿qué te habías creído? -replicó Drozdovski con la misma
voz metálica y se pegó un puñetazo en la rodilla-. ¿Qué vamos a estar aquí con
los brazos cruzados mientras ellos nos aplastan? -Luego se volvió brusca y
autoritariamente hacia Sergunénkov-. ¿Está claro lo que tienes que hacer? ¡A
rastras y a carreras breves! ¡Adelante! -La orden restalló como un disparo-:
¡Adelante! Lo que sucedía le parecía a Kuznetsov un paso no sólo estéril como
la desesperación sino monstruoso, absurdo, sin esperanza, que debía dar ahora
Sergunénkov obedeciendo a esa orden de "adelante" que, en virtud de
las leyes férreas vigentes durante el combate, nadie -ni Kuznetsov ni
Sergunénkov- tenía derecho de no cumplir, de aplazar o anular, y pensó de
pronto: "Si la pieza pudiera disparar y tuviéramos un proyectil, no
pasaría nada de esto: nada". - Sergunénkov, escucha... no vayas más que a
rastras, pegado a la tierra... Mira: allí hay muchos arbustos, en esa
hondonada. Tira para la derecha. Hacia la franja de humo, ¿oyes? Con cuidado.
¡No levantes la cabeza!... Kuznetsov había llegado a rastras hasta Sergunénkov,
ordenando a medias, reteniéndole por un codo y mirándole a las pupilas,
perdidas en la profundidad celeste, que no comprendían nada. Sergunénkov
asentía, sonreía con sonrisa débil, quieta, y, no se sabe por qué, se pegaba
con las manoplas en el capote, abultado en el pecho por las granadas, como si
éstas le abrasaran y quisiera aplacar su quemazón. - Camarada teniente,
quisiera pedirle -musitó sólo con los labios- que, si me ocurre algo... se lo
escriban a mi madre... En fin, que le digan que he desaparecido... No tiene a
nadie más que a mí...
- ¡Qué se te quite eso de la cabeza! -gritó
Kuznetsov-. ¿Oyes, Sergunénkov? Pero ve a rastras, ¿eh?, a rastras, metiéndote
en la nieve. - ¡Sergunénkov, venga! -Drozdovski hizo un ademán desde el
parapeto-. ¡En seguida! ¡Adelante!... - Estoy listo, camarada comandante de la
batería. Ahora... Sergunénkov se humedeció los labios resecos, hizo una
aspiración, volvió a palpar las granadas debajo del capote y trepó el parapeto
dejando caer sobre la plataforma, con las botas de fieltro, tierra calcinada
por las recientes explosiones. Tendido sobre el parapeto, lanzó una mirada por
encima del hombro, igual que si se le hubiera olvidado algo, buscó con sus ojos
extraviados el rostro que alzaba Rubin hacia él, helado en hosca inmovilidad, y
dijo de pronto de manera muy sencilla e incluso tranquila: - Y si te ensañas
con los caballos, Rubin, ten en cuenta que daré contigo en el otro mundo. Y,
ahora, adiós... Kuznetsov se pegó de bruces al parapeto. Sergunénkov se deslizó
unos cinco metros hacia los arbustos, entre las negras constelaciones de
embudos que se abrían delante de la pieza, incrustándose en la nieve revuelta
con la tierra arrojada por las explosiones. Se veía el movimiento de su cuerpo
delgado y sinuoso en medio de los arbustos desnudos, medio talados por la
metralla, y Kuznetsov esperaba con todo su ser el resplandor de las ráfagas de
ametralladora lanzadas contra Sergunénkov desde detrás de los tanques. El cañón
autopropulsado disparaba hacia la derecha, en dirección al puente y la pieza de
Ujánov donde las llamas cárdenas desencadenadas lo oscurecían todo, envolviendo
los tanques que atacaban, y el que disparaba con la ametralladora no veía ahora
a Sergunénkov, que se arrastraba entre los embudos y los arbustos, desaparecía
detrás de los montones de nieve, se ocultaba y resurgía desplazando la nieve
con los codos y la cabeza, y ya se había reducido notablemente la distancia que
le separaba de los dos tanques humeantes detrás de los cuales se hallaba la
pieza autopropulsada. "A ver si penetra pronto en la franja de humo
-pensaba Kuznetsov esperanzado mientras, tendido con el corazón palpitante
sobre el parapeto, contaba los metros de espacio que faltaban hasta el
autopropulsado invisible detrás de los tanques-. ¡A ver si llega pronto!...” -
¿A qué espera? ¡Corriendo! ¡De un salto! -pronunciaba entrecortadamente
Drozdovski agarrando con los dedos enguantados pellas endurecidas de tierra y
desmenuzándolas sobre el parapeto en espera de ese último salto hacia el
autopropulsado. - ¡Corriendo! ¡Como para carreras estará él, con el corazón
todo encogido! -articuló entre dientes el arriero Rubin, y sus palabras se
diluyeron, se embotaron, en la niebla cálida.
- ¡Calle usted, Rubin! ¿Oye?
Casi con odio, Kuznetsov vio de soslayo el batir
impaciente de las largas pestañas de Drozdovski y, al lado, el perfil pesado,
como plúmbeo, de Rubin tendido con el ancho cuerpo tan pegado al parapeto que
todo su cuello grueso y pardusco desaparecía dentro del capote. Recordó
entonces su tentativa de rematar de un tiro al caballo perniquebrado durante la
marcha y al mismo tiempo vio que escupía con furia por encima del parapeto; sus
ojuelos como taladros, vueltos hacia Drozdovski, se habían tornado hoscos, huraños.
- Debía haberme mandado a mí, camarada teniente. A mí me da todo igual. No
tengo apego a la vida. Yo no dejo nada atrás... Nadie me llorará. Y, de nuevo,
sus palabras ardieron, se consumieron en la niebla ardiente. Kuznetsov
observaba, sin escuchar ya nada, el espacio delante de los tanques incendiados
y el autopropulsado que había detrás de ellos. El gusanillo gris serpenteante
se arrastraba con mayor lentitud, con mayor precaución y luego se detuvo,
incrustado en la tierra a diez metros de los tanques. No se veía muy bien lo
que hacía Sergunénkov. Luego pareció que levantaba la cabeza, miraba al
autopropulsado desde abajo y movía un hombro, que una mano se agitaba,
presurosa, tiraba de una granada, la arrancaba de debajo del capote. Pero,
desde lejos, aquello debía ser sólo una ilusión visual, y Kuznetsov no captó el
momento en que tiró de la anilla y arrojó la primera granada. En el fragor
general del combate, la granada estalló con el ruido débil y ahogado de una
nuez partida. Una sucia maraña de color naranja brotó de la tierra y la
absorbió el humo compacto de los tanques desde donde el autopropulsado
continuaba disparando hacia el puente. - ¡Falló! -suspiró Rubin, y de nuevo
escupió por encima del parapeto, se frotó los labios con el puño y sus párpados
rojos se entornaron. - ¿Qué hace? ¿Eh? ¿A qué espera? -Los dedos de Drozdovski
no cesaban de triturar pellas de tierra y buscar un apoyo en el parapeto-.
¡Avanza!... ¡Tira la otra!... El cañón autopropulsado había dejado de disparar.
Luego, de detrás de los tanques humeantes se esclareció algo cuadrangular y
ancho, que desplazándose, se volvió pesadamente en el humo graso. En seguida,
el gusanillo gris se arrastró unos metros hacia adelante entre los huecos de
los embudos que negreaban, se encogió en la nieve como un muelle. Al segundo,
la pequeña silueta gris insignificante se incorporó de la tierra y, en alto la
mano, se lanzó sin inclinarse hacia aquello tosco y voluminoso que se movía
entre el humo detrás de los tanques.
En el mismo momento, breves relámpagos partieron
a su encuentro, brillaron impetuosos y oblicuos y detuvieron la silueta echada
hacia adelante en su carrera, con el brazo alzado. La silueta tropezó echando
bruscamente la cabeza hacia atrás como si hubiera dado con el pecho contra
aquellas lanzas incandescentes, y desapareció, se fundió con la tierra... La
granada reventó como una nubecilla de algodón junto al pequeño bulto gris,
inmóvil, delante de los tanques. El humo fue arrastrado hacia un lado. De nuevo
tableteó la ametralladora desde arriba. Las largas ráfagas explosivas empujaron
y desplazaron por la tierra a Sergunénkov, probablemente ya muerto, y se vio
que el capote empezaba a humear sobre su espalda. - ¡Ay, muchacho, muchacho! La
madre que... Se metió en la boca del lobo. ¿Le han matado? Contraída la
garganta, Kuznetsov no podía decir ni palabra y arrancaba con los dedos los
corchetes del cuello del capote para librarse de su cálida estrechez.
"¿Quién ha dicho que le han matado? ¿Ha sido Rubin?" Kuznetsov no
sabía lo que iba a hacer después de ver, aunque sin darle plenamente crédito,
aquella muerte descarnada, monstruosamente clara, percibida por él, de
Sergunénkov. Ahogándose, miró a Drozdovski que, torcida la boca con mueca de
dolor murmuraba desconcertado: "No ha aguantado, no ha podido. ¿Por qué se
habrá levantado?" y, como escalofriado, profirió de pronto con voz reseca
y ajena, sorprendido de lo que decía: - ¿No ha podido? ¿De manera que tú, sí
puedes? Ahí en el nicho queda otra granada, ¿oyes? La última. Yo que tú, la
agarraría y me iría hacia el autopropulsado. Ya que Sergunénkov no ha podido, a
ver si puedes tú. ¿Oyes? "Ha mandado a Sergunénkov porque tenía derecho de
ordenárselo... Pero yo he sido testigo, y toda la vida he de maldecirme por
eso...” Esta idea pasó por la mente de Kuznetsov confusa y lejanamente, sin que
se diera cuenta hasta el fin de lo que decía, ajeno ya a la medida de sensatez
de sus acciones. - ¿Cómo? ¿Qué has dicho? -Drozdovski se agarró con una mano al
escudo del cañón, con la otra al borde de la trinchera, y empezó a
incorporarse, levantando el rostro exangüe y desconcertado con las finas aletas
de la nariz palpitantes-. ¿Deseaba yo acaso su muerte? -La voz de Drozdovski se
quebró en un chillido y resonaron lágrimas en ella-. ¿Por qué se ha levantado?
¿Has visto cómo se ha levantado? ¿Para qué?...
En aquellos segundos, mirando a los ojos
inmóviles y pasmados de Drozdovski, estaba como sordo y no oía los disparos de
las baterías, el ronco zumbido de los tanques que atacaban a la izquierda, las
explosiones en la orilla. Tenía clavados en la imaginación el capote humeante
de Sergunénkov, su cuerpo que las ráfagas de ametralladora hacían rodar como un
saco por la nieve. Lo que le había sucedido a Sergunénkov no se asemejaba a la
muerte de Kasímov ni a la de la escuadra de Chubárikov aplastada por el tanque
junto a la pieza. Esa muerte de Sergunénkov, no se imaginaba verla de manera
tan descarnada e insensatamente sencilla... - ¡No puedo verte, Drozdovski! ¡No
puedo!... Como envuelto en niebla movediza, Kuznetsov fue hacia la zanja de
comunicación dirigiéndose adonde debía encontrarse la pieza de Ujánov, la
última de la izquierda. Agitado por un temblor nervioso, tropezaba al caminar
contra los bordes de los parapetos. Luego echó a correr y surgieron un
enajenamiento que le impelía como una esperanza y la necesidad de lo que aún
podía hacer. No analizaba lo que le había sucedido. Pero, después que volvió a
sentir -igual que entonces, cuando disparaba contra los tanques- la furia
incontenible del ataque perdió en cierto modo el valor especial y único de su vida
que parecía no pertenecerle y cuyo significado no habría podido calibrar en su
imaginación ni aún a escondidas de todos. Había perdido el agudo sentido de
peligro y de miedo instintivo a los tanques, a la muerte o a una herida, a todo
ese mundo que disparaba y mataba, lo mismo que si todo dependiera sobre la
tierra de sus acciones, de su resuelta imprudencia, de la ingravidez
extrañamente sonora en todo el cuerpo. Cuando desembocó de la zanja medio
derruida en la posición de fuego de Ujánov, la pieza disparaba aprisa,
retrocediendo y escupiendo las vainas de la culata, los hombres iban y venían,
se arrastraban junto al afuste. Sin reconocer en el humo los rostros de los
artilleros ni el rostro de Ujánov, Kuznetsov se desplomó sobre el parapeto,
jadeante: - ¡Ujánov! ¿Estáis todos vivos?... Sonoras, echando vapor, las vainas
rebotaban entre las flechas del afuste. - ¡Teniente! ¡Proyectiles!... ¡Sólo
quedan cinco perforantes!... ¿Dónde hay proyectiles? ¡Proyectiles, teniente!...
Gritaba Ujánov; pero, aunque escuchaba su voz, Kuznetsov apenas le conocía. Sin
capote, sólo con el chaquetón guateado, le miraba tendido sobre el parapeto.
Los ojos entornados ardían en el rostro negro y sudoroso. El chaquetón guateado
estaba desabrochado sobre el pecho y el cuello de la guerrera desgarrada. En el
cuello sucio, una vena hinchada de tanto gritar parecía una cuerda. El hollín
de la pólvora se había posado en los párpados y las cejas. - ¡Proyectiles,
teniente! ¡Proyectiles, la madre que los...! ¡Que pasan los tanques de flanco!
¡Proyectiles!
No preguntó a Kuznetsov cómo marchaban las cosas
donde los demás cañones, si estaban vivos allí los artilleros; probablemente
adivinaba lo ocurrido en la batería porque pocos minutos antes, al disparar
contra los tanques que se habían abierto paso hacia los otros cañones, lo había
visto todo. Y ahora sólo pedía a gritos proyectiles, sin los cuales estaban
desvalidos él y cuantos le rodeaban. - ¡Escucha, Ujánov! ¡Toda la escuadra…,
pero toda, a traer proyectiles! De aquellas piezas… Allí han quedado. ¡Todos los
proyectiles aquí! ¡Hasta el último! Me alegro de que no te haya pasado nada,
Ujánov. - La bala que ha de matarme no se ha fundido todavía. -Y Ujánov que se
había incorporado sobre el parapeto, volvió a clavar un segundo con sus pupilas
en los ojos de Kuznetsov. La vena del cuello, surcado de chorritos de sudor, se
abultó más todavía-. De manera que allí... se acabó todo, ¿eh? ¿Hemos quedado
nosotros sólo, teniente? - ¡A traer proyectiles, he dicho! Todos los que estén
aún vivos, ¡a traer proyectiles!
Capítulo 14
Al final del día, por la sostenida tenacidad y el
ardor del combate, por los informes que llegaban de los cuerpos de ejército y
de las divisiones, se vio con toda evidencia que el principal golpe blindado de
los alemanes estaba dirigido hacia la junción entre el ejército de Bessónov y
el vecino de la derecha, que no aguantaba ya la presión. En la zona de la
división del coronel Déev, que estaba en el flanco derecho, la situación tenía
mal cariz al terminar la jornada. Al mediodía, después de ataques incesantes,
los alemanes se habían apoderado de la parte del pueblo enclavada en la margen
meridional, y allí intentaban los tanques forzar el río en dos lugares para
llegar a la margen septentrional del Míshkova, meter dos cuñas en la
profundidad de la defensa, dividir y cercar a nuestras tropas que se defendían
en esta línea. Bessónov estaba sentado junto al teléfono en el refugio bien
caldeado del puesto de observación del ejército consultando el mapa extendido
sobre la mesa al tiempo que escuchaba por el teléfono un informe del general
Yatsenko, cuando entró Vesnín evidentemente agitado y traspuso el umbral con
sus largas piernas. Tenía el rostro cubierto de manchas rojas y no se le veían
los ojos porque se reflejaba en los cristales de las gafas el resplandor
purpúreo del ocaso que penetraba por la ventanuca. Se quitó los guantes de un
tirón, movió los labios y se aproximó a la estufa de hierro. "Es extraño,
pero hay en él algo pueril... -pensó Bessónov y, comprendiendo casi lo que
estaba a punto de decirle Vesnín, interrumpió la conversación con Yatsenko-.
¿Qué le traerá aquí?" - Usted dirá, Vitali Isáevich.
- Los tanques han llegado a la orilla
septentrional, Piotr Alexándrovich. Han ocupado algunas calles de la parte de
allá del pueblo. Desde el observatorio de Déev se ve muy bien. El combate ha
comenzado en esta parte -dijo Vesnín, de pie junto a la estufa-. Exactamente, a
unos diez kilómetros al suroeste de nosotros. Déev ha decidido contraatacar y
ha puesto en acción el regimiento blindado especial de Jojlov. Pero, de
momento, sin resultado positivo... - En cuanto los cuerpos de tanques y
mecanizado lleguen a la zona de concentración, espero que me informe
inmediatamente, Semión Ivánovich -Bessónov dejó el auricular sobre el aparato
y, con la mano encima, añadió-: El representante del Cuartel General está
alarmado por la situación que hay aquí. Además del cuerpo de tanques, nos han
incorporado uno mecanizado. De la reserva del Cuartel General. - Hay para
alarmarse -dijo Vesnín-. La situación es de lo más... Empujan con una fuerza
tremenda. Vesnín se frotó las manos, sacudió los hombros encorvados y pegó con un
pie contra otro como sí no hubiera entrado en calor en el automóvil y sólo
ahora empezara a reaccionar después de haberse pasado dos horas al aire helado
en el observatorio de la división de Déev. - ¿De manera que han llegado a la
orilla septentrional? -repitió Bessónov -. Hum... En la mitad contigua del
refugio zumbaban las voces de los telefonistas y sonaban sin cesar los
teléfonos; todo parecía continuar como siempre. Pero en esta pequeña sección
del observatorio se hizo instantáneamente el silencio. El brigada de enlaces,
de frondoso bigote, giró con cuidado la manilla del aparato, cortando la
comunicación, después de hablar del comandante en jefe con el estado mayor del
ejército. El radista que transmitía las señales de llamada del cuerpo del flanco
derecho bajó en seguida la voz; el mayor Bozhichko, que frotaba distraídamente
con un trapo un cargador de TT sentado en una esquina sobre un catre observó
con mirada entendida a Vesnín, a Bessónov, introdujo el cargador reluciente de
limpio en la culata de la pistola y metió ésta en la funda que abrochó
enérgicamente, dando a entender por todo su aspecto a Bessónov que estaba listo
para el cumplimiento de sus órdenes. Pero Bessónov no paró mientes en
Bozhichko. Sentado ante la mesa, tenía mano pequeña posada sobre el mapa y
pegaba levemente en él con un dedo. - Enteramente claro -dijo al fin sin
apartar los ojos cansados del rostro cubierto de manchas de Vesnín. Luego
preguntó-: ¿Quiere usted decir, Vitali Isáevich, que Déev no cuenta mucho con
el éxito del contraataque de Jojlov? Supongo que ha hablado de ello con Déev. -
Sí, también de ello, Piotr Alexándrovich -contestó Vesnín con una leve sonrisa
ante aquella perspicacia, soplándose en las manos y moviendo los dedos delante
de los labios alargados; su alegría era probablemente fingida, pero una cosa
quedaba clara: el coronel Déev había sido más confiado y franco con Vesnín que
con Bessónov. Se conoce que no se había atrevido a manifestar su inquietud ante
el nuevo comandante en jefe y sólo se había sincerado con Vesnín.
- Mientras estaba usted en el observatorio,
Vitali Isáevich -pronunció Bessónov con voz áspera-, han comunicado del estado
mayor del frente que la aviación alemana ha multiplicado sus vuelos a la
agrupación cercada para lanzar municiones. Parece que se preparan activamente
para una rotura al encuentro de Manstein. ¿Qué piensa usted sobre el
particular, Vitali Isáevich? - Todo dependerá, probablemente, de cómo marchen
las cosas aquí -dijo Vesnín-. De la primera línea de nuestra defensa a
Stalingrado hay cuarenta kilómetros. Una marcha, en caso de rotura. - Para
unidades móviles -precisó Bessónov-. Si es que penetran en la rotura. En ese
caso, sí. - ¿Da usted su permiso, camarada comandante en jefe? El capote que
ocultaba el paso a la mitad contigua se levantó, y por el hueco lleno de la luz
intensa de las lámparas de acumuladores que ardían allí, entró el mayor
Gladilin, segundo jefe de la sección de operaciones, hombre serio de unos
cuarenta años. Su alta frente blanca estaba sudorosa. Aunque su impulso hubiera
sido decir alarmado: "¡Los tanques del enemigo están ya en el pueblo,
camarada comandante en jefe!", pronunció con el recalcado comedimiento del
experto oficial de estado mayor que sabe perfectamente a quién y de qué
informa: - Camarada comandante en jefe… según informes verbales recién
recibidos del 72 y del 33ó regimientos, se ha sabido que los tanques alemanes
han forzado el río hace media hora y se han insertado... - Lo sé, mayor -le
interrumpió Bessónov, un poco irritado ahora por el retraso de la información
de la sección de operaciones, la voz incolora del mayor y su calma fingida e
inexpresiva como si, sólo con su presencia, el comandante del ejército
impidiera a la gente mostrarse natural. Siempre se irritaba al notar en el
trato esa forma de autodefensa de los disciplinados y cautos oficiales de
estado mayor y al sentir su propia soledad, invisible a los demás, debido a su
poder sobre las personas, a su situación especial que subordinaba a todos.
Tamborileando con los dedos sobre el mapa se volvió hacia la ventanuca del
refugio: por todo el suroeste ardían los incendios como quieta e incandescente
muralla de fuego: la proximidad del combate hacía temblar sensiblemente la mesa
bajo la mano, y el lápiz afilado rebotaba en el mapa. "De manera que han
llegado a la orilla septentrional", pensó Bessónov, y cubrió el lápiz con
la mano. Hum...
Vesnín se metió las manos calentadas en los
bolsillos de la zamarra y, levantados los estrechos hombros, balanceándose un
poco de atrás hacia adelante, contempló pensativo a Gladilin y a Bessónov como
si tratara de recordar algo. El mayor Gladilin, interrumpido en medio de una
frase, esperaba callado delante de la mesa. Bessónov apartó de pronto los ojos
de la ventanuca y le miró sombríamente. - Siga usted, mayor. Que los tanques
han llegado a la orilla septentrional, parece claro. ¿Qué más puede añadir? No
he escuchado, y quisiera escuchar, lo esencial, mayor. - Hace una hora ha
entrado en acción el regimiento especial de Jojlov, camarada comandante en
jefe. Los tanques han iniciado el combate, contraatacan en la parte de la
margen derecha, pero el enemigo no ha sido detenido y clava los dientes en
nuestra defensa -pronunció el mayor Gladilin, y las gotitas de sudor brillaron
más visiblemente en su alta frente pálida. - Clava los dientes, clava los
dientes… ¡Miren que fórmula tan bonita! -dijo descontento Bessónov, incapaz de
reprimir el tono irritado-. ¿Cuántos tanques?, pregunto yo. ¿Una compañía, un
batallón? ¿Dos tanques sólo? ¿Cuántos? - Se supone, camarada comandante en
jefe, que los alemanes han lanzado al combate en la segunda mitad del día una
división fresca de tanques. A mi parecer, se han abierto paso hasta dos
batallones, si se juzga... - ¡Precise usted inmediatamente sus suposiciones!
-volvió a interrumpirle Bessónov desplazando el lápiz sobre el mapa, aunque la
observación de Gladilin sobre la nueva división de tanques coincidía con lo que
también suponía él-. Y, en adelante, le ruego no apresurarse a informar sin
haberlo precisado todo. Cedemos a las primeras emociones con excesiva
frecuencia. Puede retirarse, mayor. Gladilin salió calladamente, caminando sin
doblar las piernas: incluso su nuca canosa y su espalda expresaban una
subordinación incondicional; al correr el capote-tienda la estiró
cuidadosamente mientras posaba en Bessónov la mirada apagada de una persona que
sentía timidez en su presencia. Y Bessónov pensó que aquel segundo jefe de la
sección de operaciones, mayor ya entrado en años, llevaba demasiado tiempo con
ese grado, inadecuado a su responsabilidad en el estado mayor, que no era nada
tonto y tenía intuición, pero que su suavidad de modales y su timidez
inspiraban un sentimiento semejante a la insatisfacción. Después de una pausa,
Bessónov buscó a tientas el bastón recostado contra el borde de la mesa y se
levantó apoyado en él. Y Bozhichko, que un segundo antes parecía contemplar
tranquilamente sus uñas, se puso en pie de un salto y descolgó la zamarra de
Bessónov del clavo del que pendía junto a la puerta del refugio. En medio del
silencio general, Vesnín bromeó mientras se ponía los guantes: - Yo estoy hace
tiempo listo para la acción, Piotr Alexándrovich. Y miró a Bessónov, que
endosaba con cierto esfuerzo la zamarra presentada por el ayudante.
El suelo de tierra del refugio se estremecía más
fuerte de las explosiones, y el lápiz rojo, de las sacudidas de la mesa, se
deslizaba por el mapa. - Al observatorio de Déev -dijo Bessónov y añadió
haciendo un gesto imperceptible a Vesnín-: ¿Viene usted en mi coche, Vitali
Isáevich? - Sí, me parece que será más cómodo ir en un mismo coche. - ¿Me
permite avisar a Titkov, camarada comandante en jefe? -preguntó Bozhichko, y
empuñó su metralleta. - No hace falta escolta. Que se quede. Allí no tiene nada
que hacer. Bessónov se dirigió hacia la puerta del refugio. Recorrieron
rápidamente los diez kilómetros que les separaban del puesto de observación de
Déev. Mientras se apeaban del coche, cruzaban una calleja del pueblo que
bordeaba la orilla y empezaban a subir por la zanja de comunicación hacia la
altura donde se encontraba el observatorio de la división, Bessónov no veía en
detalle todo el campo de batalla del otro margen, pero lo que abarcaba con la
mirada a la derecha, en la parte del pueblo de esta orilla, le explicó toda la
gravedad de la situación. Al oeste llameaba intensa y cegadora, la rendija del
ocaso gélido; la parte del pueblo de la orilla septentrional ardía y humeaba en
aquella luz penetrante, en las callejas crepitaban en focos dispersos los incendios
provocados por las balas incendiarias, la nieve rojeaba rabiosamente y las
frecuentes explosiones estallaban, también rojas, entre las casas; abajo
bramaban los tanques invisibles y por todo el extremo del pueblo restallaban,
sonoros, los cañones antitanque. A la derecha, en la misma orilla, envueltos en
humo que iba sonrosándose, ardían cuatro T -34 nuestros recién incendiados,
pero Bessónov no distinguió al pronto de dónde atacaban los tanques alemanes.
Luego lo vio. Escupiendo fuego, las máquinas emergían sucesivamente de detrás
de la pendiente de la orilla, presentando el blindaje a los rayos intensos del
poniente, contorneaban los T -34 en llamas y desaparecían entre las casas del
pueblo. - ¡Mire usted, camarada general! -gritó Bozhichko, que caminaba delante
briosamente, excitado por aquella barahúnda que había comenzado en todas partes
y por el peligro visible-. ¡Las katiushas, camarada general! ¿Ve usted? Detrás
de las casas... -Y señaló hacia abajo, a la derecha de la cota, una calleja
sinuosa que se extendía a lo largo de la margen septentrional. Bessónov no
despegó los labios, pero Vesnín preguntó: - ¿Qué ha visto usted allí,
Bozhichko?
Estaban ya a mitad de la cuesta y desde esa
altura se descubría todo el pueblo, las baterías antitanque que, en los cruces
de caminos que tiraban con fuego graneado, las franjas de las trincheras con
los chispazos de los disparos, nuestros T -34 tras de las esquinas de las casas
desde cuyas ventanas batían la orilla las ametralladoras, la plaza con un grupo
de katiushas listas para actuar. Las dos máquinas del extremo se pusieron
entonces en marcha, salieron al cruce de dos callejas detrás de la infantería y,
con un rechinar estridente y entrecortado, lanzaron al cielo nubes redondas de
humo anaranjado. No se veía contra qué disparaban. Pero en el hueco de una
calle se arremolinó una llama y subió sobre los tejados. Luego se alzó junto a
una de las katiushas la tromba de un disparo de respuesta de un tanque. Brilló
una llamarada. La segunda katiusha dio marcha atrás, viró y se dirigió
velozmente hacia la plaza. Sobre el camino, dándole alcance, brotaban los
remolinos de los disparos. Pero la primera katiusha quedó inmóvil, huérfana y
muerta, en el cruce. La escuadra se alejaba de ella corriendo a lo largo de las
cercas. - ¿Será posible que le hayan dado? -pronunció Bozhichko con
incomprensión contrariada-. ¡La madre de todos ellos!... - No se detenga usted,
Bozhichko -le apresuró Bessónov desde atrás-. Vaya delante. - ¡A la orden,
camarada general! Echó a andar por la zanja de comunicación reteniendo la
correa de la metralleta, pero en toda su silueta ligera y ágil se notaba que
hubiera querido mirar otra vez hacia los tanques alemanes y la katiusha
averiada junto a las trincheras de la infantería. "Tiene razón Déev
-pensaba entre tanto Bessónov, jadeante de la empinada cuesta-. Jojlov cuenta
con veintiuna máquinas, que constituyen un regimiento de tanques...
Difícilmente podrá resistir el empuje y modificar la situación. ¡Si se lograra
contenerlos una hora o dos! De todas maneras, tampoco se aliviará la cosa
cuando lleguen el cuerpo de tanques y el mecanizado. Hay que dejarlos en
reserva todo el tiempo que se pueda, hasta el último límite. Para un
contragolpe. Cuidarlos como las niñas de los ojos. No dispersarlos, no
diseminarlos por las brigadas para tapar brechas. Y Jojlov debe contraatacar
aunque no le quede más que una máquina...” - ¡Piotr Alexándrovich! VesnÍn iba
delante, caminando rápidamente con sus piernas de cigüeña y, cuando se detuvo,
Bessónov estuvo a punto de tropezar con él. El rostro joven e inquieto de
Vesnín expresaba el deseo de decir algo. Parecía haber emergido del estado de
desasosiego, y Bessónov determinó casi exactamente, con su meticulosa
experiencia, lo que le ocurría: por lo visto, el miembro del Consejo Militar se
había percatado en toda su plenitud del peligro real que amenazaba a la
división de Déev en la parte de la orilla septentrional del pueblo. Y Vesnín
dijo:
- Bien quisiera sentirme optimista; pero, ¿quién
sabe cómo se pondrán las cosas? Porque si, en contra de lo esperado, rompieran
penetrando en toda la profundidad y se unieran con la agrupación de
Stalingrado, eso significaría que quedaba reducido a la nada el éxito de la
contraofensiva de noviembre y se iba al cuerno la esperanza del viraje en la
guerra como hemos empezado a decir después de noviembre. ¿A empezar todo de
nuevo? ¡No me lo puedo imaginar!... ¡Ni quiero! ¿Cómo explica usted todo esto?
- De momento, no siento gran optimismo. No quiero hacer de profeta. Manstein
posee evidente superioridad en tanques y aviación -contestó Bessónov-. De todas
maneras, pienso que Stalingrado tiene ahora una importancia primordial para los
alemanes únicamente porque se les han puesto mal las cosas en el Cáucaso. Le
temen al corte. De ahí que esta operación sea para ellos la piedra de toque. -
Yo hablaba de nuestro ejército, Piotr Alexándrovich -dijo con ímpetu Vesnín-.
Perdone, pero ahora no pensaba en el Cáucaso. Además del regimiento de Jojlov,
¿no convendría lanzar al contraataque por lo menos una brigada de nuestro
cuerpo mecanizado? ¿Qué le parece? ¡Es una cosa muy esencial! - No estoy
seguro, no puedo dispersar los tanques. Los alemanes tienen que quedarse empantanados.
¿Y con qué vamos a combatir luego? -objetó firmemente Bessónov, aunque
comprendía lo que inspiraba a Vesnín esta idea. Comprendía también que ni los
jefes de división ni los de cuerpo de ejército sino él únicamente, el
comandante del ejército, y Vesnín en virtud de su cargo, habrían de responder
por igual, en plena medida, en caso de fatal revés, en caso de fracaso de la
operación, independientemente de todo y de todos. Y esto los unía de manera
extraña en un mismo destino ablandaba un poco a Bessónov y, al mismo tiempo, le
hacía suspicaz: ¿podría este joven miembro del Consejo Militar, en la situación
más desesperada, quedarse al lado de él y asumir la responsabilidad lo mismo
que él? Bessónov dijo: - ¿No pondrá usted excesiva atención en los problemas
relativos a las operaciones, Vitali Isáevich? - No comprendo -murmuró Vesnín, y
reajustó el arco de las gafas en el entrecejo-. ¿Por qué ha de ser excesiva? -
Supongo que deben preocuparle en mayor grado las cuestiones de índole moral,
digámoslo así.
- Entre nosotros se han establecido unas extrañas
relaciones, Piotr Alexándrovich -profirió Vesnín en voz baja y con pesar. No me
deja aproximarme a usted ni un milímetro. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? Yo
comprendo que uno rompa una pared de cristal con la cabeza, aunque se hiera;
pero, cuando es de algodón... Entre nosotros hay una pared de algodón, Piotr
Alexándrovich. ¡Sí, sí! Primero nos hablábamos de "tú", luego hemos
empezado a tratarnos de "usted". Y lo ha hecho usted de una manera
imperceptible. - No estoy enteramente de acuerdo. Aunque, quizá sea así mejor,
Vitali Isáevich. Para usted y para mí... Las paredes no se rompen con la
cabeza. Sobre todo porque no tenemos más que una cabeza cada uno. ¡Cuerpo a
tierra, comisario! -Y Bessónov, agachándose, tiró con fuerza de la manga de
Vesnín. Con un mugido animal y estrangulado empezaron su "concierto"
a la derecha, detrás de la cota, los morteros alemanes de seis bocas. Los rabos
de los proyectiles reactivos refulgieron en el horizonte, acuchillando el ocaso
ígneo y brumoso. Las explosiones taladraban en espirales incandescentes la
cumbre de la cota que gimió y tembló pesadamente. Una ráfaga silbante de
metralla se lanzó al encuentro. Bessónov y Vesnín se habían dejado caer en el
fondo de la zanja de comunicación, y así permanecieron unos segundos,
protegidos por la tierra y, al mismo tiempo, indefensos ante el destino y la
casualidad. ¿Quién sabía en cuántas fracciones podía modificar la puntería el
apuntador alemán?... Bessónov notó que estaba tendido incómodamente, pesando
sobre la pierna enferma, y, con repulsión hacia sí mismo y hacia su cuerpo que
sentía el dolor y el miedo a la reiterada posibilidad del dolor, se removió en
la tierra bajo una mirada ajena. Vesnín se había quitado las gafas y le contemplaba,
miope, con una expresión sorprendida e interrogante que quería decir:
"¿También usted le tiene miedo a morir, general? Resulta que todos somos
igualmente débiles ante la muerte". Con una mueca que le arrancaban el
dolor de la pierna y la humillación que sentía todas las veces al "besar
la tierra", Bessónov gimió con la boca cerrada y quiso contestar a la
mirada de Vesnín: "No, querido comisario; no me da miedo morir. Los hilos
que me unen a la vida son muy tenues. Sólo temo los sufrimientos insensatos;
bastante he pasado después del casco de metralla que me partió la pierna".
Pero, al mismo tiempo, sabía que no le diría nada semejante: esa franqueza
habría sido también insensata, como una herida o la muerte en aquella zanja de
comunicación. - Ahora no disparan del sur, sino del oeste, Piotr Alexándrovich
-observó Vesnín y, aparentemente con plena tranquilidad, echó el aliento a los
cristales de las gafas y los frotó con el guante-. Se van metiendo por el
flanco. - Del oeste, sí, del oeste -corroboró Bessónov. De su gorro caía
tierra-. Bueno, vamos -se dijo a sí mismo y sacudió la cabeza. El humo de las
explosiones fluía en espuma amarilla por las pendientes de la cota. Delante se
escuchó la llamada inquieta de Bozhichko: - ¡Camarada comandante! ¡Camarada
comisario! ¿No están heridos? El mayor Bozhichko corría hacia ellos por la
zanja.
- No ha pasado nada, no -rezongó Bessónov
descontento de sí mismo. Empuñó el bastón, se levantó y, sin esperar a Vesnín,
echó a andar resueltamente, cojeando, al encuentro de Bozhichko que llegaba
corriendo-. No grite tanto, mayor. No hay ninguna necesidad. - ¡Alabado sea
Dios! 'Pensaba que le había alcanzado a usted, camarada general -dijo Bozhichko
con un suspiro de alivio-. ¡Qué manera de disparar! Y parece que es de la
retaguardia... El coronel Déev estaba con un grupo de oficiales en el
observatorio, en lo más alto de la cota, y miraba por el tubo estereoscópico el
campo de batalla al otro lado del río, inundado de púrpura por el ocaso que se
extinguía, todo desmenuzado, matizado distintamente por los relámpagos de las
explosiones y los chispazos de los disparos. Pero, en cuanto Bessónov entró en
la profunda trinchera del puesto de observación, los oficiales se cuadraron
delante de él y los telefonistas levantaron la cabeza sin desatender los
aparatos, Déev se apartó rápidamente de los oculares al aviso de "¡El
comandante!", que resonó a sus espaldas, e hinchó el pecho, bajo el
correaje que le cruzaba la zamarra, para informar. Un viento áspero zumbaba por
la altura y desgarraba y dispersaba los sonidos del tiroteo. Todos los rostros,
rojos del poniente, fustigados por el viento, expresaban una espera inquieta y,
al mismo tiempo, una culpabilidad apenas perceptible por la situación creada en
la zona de la división. Bessónov detuvo la mirada en Déev después de pasarla
por los demás rostros. - ¡Camarada comandante en jefe! -empezó a informar Déev
con su voz juvenil de barítono (su nuca cobriza y recia sobresalía del cuello
de piel de la zamarra, y Bessónov advirtió para sus adentros que aquel coronel
pelirrojo, de cuello abultado y anchos hombros de atleta estaba juvenilmente
sano, no había sido probablemente herido aún ni había estado enfermo en su
vida)-. Hace una hora, los alemanes han aplastado las baterías adelantadas en
la otra orilla, han roto la primera trinchera, han forzado el río al este y al
oeste de la cota con fuerzas de hasta dos batallones de tanques y han aparecido
en el extremo del pueblo de la orilla septentrional... Contra ellos ha sido
lanzada la brigada de exterminio de tanques. Se ha puesto en acción un
regimiento de tanques… -Déev se quedó cortado de pronto-: Se ha creado una
situación grave en los flancos de la división, camarada comandante en jefe. -
Lo sé, coronel -replicó Bessónov-. Pero, termine. ¿Se crea una situación
peligrosa de envolvimiento o copo por la espalda? ¿Parece eso? ¿Cortan los
flancos? ¿No es esa la terminología que enseñan en la academia? - Yo no he
cursado la academia, camarada comandante.
- ¿No? Mal hecho. Aunque... -Por una inesperada
asociación de ideas, Bessónov recordó la conversación, que ya le parecía
remota, sostenida en el Cuartel General acerca de sus años de estudio en la
academia, las preguntas sobre el general Vlásov y, clavando el bastón en el
suelo, fue hacia el tubo estereoscópico-. Aunque eso, ahora, no es tan
importante, coronel. -Se volvió hacia los oficiales que se acercaban,
silenciosos, desde distintos puntos de la trinchera-. En fin... la decisión
está tomada, Déev. El regimiento de tanques de Jojlov debe contraatacar y
arrojar a los tanques de la plaza de armas. Hay que traer aquí al regimiento
entero de morteros reactivos. Y haga llegar mi orden personal hasta los jefes
de los regimientos de tiradores. -Bessónov volvió a mirar a Déev como si
clavara de una manera plúmbea cada palabra con la mirada-. Los regimientos
deben pelear en cualquier circunstancia. Hasta el último proyectil. Hasta el
último cartucho. Lo principal es retener a los alemanes y destruir tanques. Por
todos los medios. Sin orden personal, mía ¡ni un paso atrás! No doy derecho a
retroceder. Les ruego que recuerden esto en todos los instantes. ¿Está claro,
coronel Déev? No quería calmar, justificar ni engañarse a sí mismo. Había ido
hacia la altura con esa orden meditada y lista, confiando ya por entero en su
consciente implacabilidad como única decisión posible en la situación creada en
ese momento, imaginándose de antemano las pérdidas que sufrirían los
regimientos aunque parecía posible, arriesgando la hora siguiente, dar otra
orden: lanzar las fuerzas del segundo escalón del cuerpo o la reserva del
ejército. Pero ni Bessónov ni nadie era capaz de prever el cariz que habría
tomado la situación variable dentro de una hora o de dos, o sea, una situación para
todo el ejército en el que sería ya imposible enmendar nada. Lo mismo que una
persona, bajo los embates de la vida, gasta el último dinero sabiendo que no le
queda ningún remanente Bessónov experimentaba, siempre que lanzaba la reserva
al combate, cierto desamparo para el futuro, un espacio que se abría
desvalidamente a su espalda. Todo le parecía entonces inestable y no le quedaba
entre las manos más que el vacío. Por eso, guardaba sus reservas, con singular
avidez hasta la última, hasta la máxima posibilidad, hasta esa situación
insoportablemente arriesgada de cuerda tensa que puede reventar fatal e
irremediablemente de un momento a otro. Antes lo conseguía. Antes tenía suerte.
Y Bessónov terminó: - De momento, esto es todo, coronel. Hasta el final del combate
estaré aquí, en el puesto de observación. Hay que aguantar en las posiciones
ocupadas hasta el último hombre. Para todos sin excepción no puede haber más
que una causa objetiva de abandonar las posiciones: la muerte...
Pronunció estas palabras con la voz que le había
oído Vesnín durante la marcha, cuando se encontraron con los tanquistas, voz
inexorable, que ni siquiera era alta, de la que parecía brotar una ola mortal
de órdenes y cuya entonación inspiraba a Vesnín el deseo de apartar los ojos
para no ver la dureza de su rostro, de color gris enfermizo, y boca cáustica.
"¡Acabáramos! De manera, que no me había equivocado. Por eso se habían
difundido ya, antes de que llegara al ejército, rumores de su dureza",
pensó Vesnín mirando a Déev que saludaba en silencio después de la orden de
Bessónov. Y todavía pensó como justificación: "Quizá no deba,
efectivamente, entrar en detalles. Quiere dejar sentado que será implacable con
todos, incluyéndose así mismo...” Y entonces, como suavizando involuntaria e
indirectamente esta orden de Bessónov que exhalaba un frío férreo, Vesnín dijo
con una leve sonrisa a Déev: - Vaya usted, camarada coronel, y cumpla sus
obligaciones si todo está claro. - Todo está entendido, camarada miembro del
Consejo Militar -contestó Déev con su profunda voz de barítono llevándose el
extremo de los guantes a la sien pelirroja bajo el gorro ladeado. Luego se
dispersaron, volviendo a sus puestos, los demás oficiales. La trinchera quedó
desierta. - Quizá habría hecho falta más delicadeza, Piotr Alexándrovich...
-dijo Vesnín con reproche cuando se quedaron solos. - No creo necesario buscar
otra forma, ya que el contenido es el mismo. Y no puedo ser distinto, Vitali
Isáevich. Estimo que de nosotros depende no sólo el desenlace de esta
operación, como ha dicho usted con acierto, sino mucho más... Aquí hay que
dejarse de ñoñerías. Bessónov se colocó junto al tubo estereoscópico, y Vesnín
volvió a ver su rostro ajeno, frío, que rechazaba toda aproximación. El mayor Bozhichko
-a dos pasos de él- observaba al comandante en jefe con un aire de sumisa
disposición a cumplir al instante cualquier orden suya al menor gesto, a un
ademán, a una palabra de Bessónov. Durante la marcha había notado ya en manos
del general la fuerza recia del amo y había adoptado ya su línea de conducta.
También esto desazonaba a Vesnín, que conocía a Bozhichko hacía ya tiempo, le
estimaba y le había destacado entre los ayudantes por su modo de ser, fácil y
comunicativo.
Entre tanto Bessónov, encogida la cabeza dentro
del cuello de la zamarra, estuvo mirando largamente hacia abajo, al campo de
batalla delante de la altura. Todo el espacio que se extendía tras las
sinuosidades rosáceas del río, con el hielo salpicado de agujeros negros por
las bombas y los proyectiles; la elevada orilla desde donde sostenían
constantemente fuego nuestras baterías, las pendientes suaves de las alturas
más allá del ancho barranco a la izquierda del pueblo donde, en el humo
extendido por el frente, refulgían los disparos de los tanques, todo tenía la
iluminación sangrienta del ocaso, todo se movía, cegaba con resplandores
grandes y pequeños, era velado por las oblicuas humaredas negras del hierro que
ardía, del aceite y la gasolina que ardían sobre la tierra, y se hubiera dicho
que la propia nieve ardía de los incendios y del crepúsculo. Este caos, esta
barahúnda de proyectiles trazadores cerca de la orilla y a escasa distancia
delante de la cota del observatorio de la división, toda la situación visible
del combate y la que, entre el humo, se distinguía mal detrás de la cota, en la
parte septentrional del pueblo adonde habían llegado los tanques alemanes
contra los que disparaban poco antes las katiushas, se le aparecía a Vesnín tan
definida y clara, sin dejar lugar a dudas, que era simplemente incomprensible
por qué callaba Bessónov y su rostro enjuto, liláceo del poniente, expresaba
una extraña repugnancia. Vesnín tampoco decía nada, desasosegado, no por el
peligro del cerco ni por el temor a él, sino porque le parecía que ni Bessónov
ni Bozhichko habían notado ni visto en aquel momento lo que veía y notaba él. Y
Vesnín veía que detrás del río, envolviendo a izquierda y derecha la estepa
delante de la cota, los tanques alemanes avanzaban hacia la orilla, cruzaban el
río a la izquierda y se arrastraban en la tiniebla del humo, adentrándose más y
más en la defensa de la división; que la artillería antitanque de la orilla
septentrional disparaba contra ellos y, en la orilla meridional, varios cañones
envueltos por la retaguardia habían girado ciento ochenta grados y los batían
desde detrás. Los tanques seguían avanzado, surgían de la oscuridad en sombras
rojigrises y cruzaban a la orilla septentrional por un puente semiderruido a la
izquierda de la cota. Luego, en el puente rojeó y se extendió un foco de fuego:
por el puente, un tanque alemán había sido incendiado en el medio. Pero,
inmediatamente, otro tanque que enfilaba el puente tras él pegó sobre la marcha
con el testuz a la máquina incendiada que se zambulló con todo su peso en el
hielo del río, sumergiéndose en el enorme boquete abierto por encima del cual
negreaba la torrecilla; y los otros tanques pasaban y pasaban por el puente
despejado. Entonces Vesnín, al volverse y ver nuevamente la mejilla alumbrada
por el ocaso y azulenca de tan bien afeitada, la mejilla de Bessónov, que
seguía junto al tubo estereoscópico, dijo sin disimular su inquietud. - Piotr
Alexándrovich, mire usted al puente. No comprendo: ¿es que los zapadores no han
tenido tiempo de volarlo o es que los alemanes lo han reparado? Hacia el puente
se deslizó la mirada plomiza de Bessónov que, desde que habían llegado al
puesto de observación, oprimía y aparentemente rechazaba a todos de sí. Su voz
resonó, fatigada:
- También estoy yo aquí preguntándome por qué no
han volado el puente. ¿Se podía haber hecho? ¡Qué se presente el jefe de la
artillería! - El comandante de la artillería, al general -transmitieron por la
trinchera. El comandante de la artillería de la división, coronel de mediana
estatura y rostro grueso e inteligente, se acercó a Bessónov, pegó los brazos a
los costados, miró con cuidado a Vesnín, que conocía desde la época de la
formación, y Vesnín contestó presuroso a esta mirada interrogante, evitando explicaciones
detalladas: - Toda la esperanza está en la artillería ¡Ese puente! ¡Destrúyalo,
incéndielo! ¿Ve usted lo que pasa allí? - Desgraciadamente, el quizá y el por
si acaso son pilares sin derrocar todavía. Aunque debíamos habernos despedido
de ellos ya en el cuarenta y uno -profirió Bessónov con la misma voz fatigada
dirigiéndose al comandante de la artillería-. Me parece que la artillería había
podido destruir antes el puente si no les había dado tiempo a los zapadores,
¿no cree usted, coronel? ¿O es eso pedirle peras al olmo? - Camarada general
-habló el comandante de la artillería procurando contestar a Bessónov con la
dignidad de quien conoce a fondo su cometido-, el puente se halla
constantemente bajo nuestro fuego, pero los alemanes lo reparan. Tenga usted la
bondad de mirar. Nuestra artillería del 152 también dispara ahora. Espero...
Pero Bessónov le interrumpió: - Si los tanques avanzan, coronel, quiere decirse
que el puente está absolutamente intacto. Yo creo lo que veo. -Señaló con el bastón
hacia el puente envuelto en humo-. ¿La ley de la dispersión? ¿Escasa
probabilidad de dar en el blanco? ¿Cómo es que a los alemanes la ley de la
dispersión...? No pudo terminar la frase. Los sonidos rugientes y chirriantes
de los morteros de seis bocas sofocaron y aplastaron todos los sonidos humanos
en la altura. Los rabos de cometa de los proyectiles incendiaron y ocultaron el
cielo crepuscular en el poniente. La cota fue estremecida por un terremoto, y
norias de fuego empezaron a girar locamente por las cuestas. En el mismo
momento, un cuerpo pesado y protector empujó a Bessónov contra la pared
estremecida de la zanja. Era el mayor Bozhichko. Con aire riguroso y resuelto,
pronunció: - ¡Cuerpo a tierra, camarada general! En seguida advirtió Bessónov
la fugaz atención de cuantos estaban allí en la trinchera. Todas las miradas
fijas en él preguntaban: "¿Qué hará? Si echa cuerpo a tierra, nosotros
también. Delante de un alto jefe puede ser mal interpretado el besar la tierra
con excesiva precipitación”.
En cuanto al comandante de la artillería, no se
había apartado del parapeto y miraba con empeño hacia el puente, sin agacharse
siquiera ni encoger la cabeza. Luego echó a andar por la zanja hacia sus
teléfonos con una indiferencia aparentemente absoluta hacia las explosiones que
tronaban sobre la cota. - ¡Coronel! -gritó Vesnín con reproche-. ¿Por qué anda
usted bajo el fuego como si fuera un muchacho de la escuela de cadetes? -y se
inclinó un poco hacia el talud de la trinchera. Contrariado contra sí mismo en
esos instantes, y más aún contra los oficiales que esperaban y contra el
comandante de la artillería al pensar que no querían apresurarse a buscar un
refugio en su presencia, Bessónov apartó sin rudeza a Bozhichko y, después de
sentarse en el fondo de la trinchera haciendo una mueca y ahogando una queja,
entornó cansadamente los ojos y ordenó: - ¡No estén de pie! ¡Todos a los
refugios! No sabía si su orden había sido escuchada en el estrépito que
descargaba sobre la cota, pero el caso es que todos echaron cuerpo a tierra.
Por debajo de los párpados. Bessónov miraba a un punto delante de él -una bota
de fieltro de Bozhichko recostada a sus pies-, y un pensamiento extraño e
irritante le martilleaba la cabeza: "¿Por qué tememos tanto, a veces,
expresar sinceramente nuestros sentimientos en tales momentos? ¿Por qué
queremos a menudo aparecer bajo un aspecto antinatural de estúpida impavidez y
fingir lo que no es? ¿Por qué disimulamos lo normal, lo humano? ¿Qué piensan
ellos de mí? ¿Qué soy una máquina de poder sin corazón y sin nervios? ¿Qué de
mi opinión depende la dicha militar de cada uno y no puede igualarnos ni
siquiera el peligro de muerte? ¿Piensan así de mí, o no?" Pero, al hacerse
estas preguntas sentado en la trinchera, tenía el convencimiento de que él no
habría permitido nunca a nadie un ajetreo excesivo en el observatorio ni ese
excesivo "zambullimiento en la tierra" durante los cañoneos y no lo
habría perdonado como tampoco la inadmisible lentitud en el combate, que no
podía pasar por alto. Y él no podría ya ser de otro modo, supieran esto o no lo
supieran los demás. La bota de fieltro de Bozhichko, embadurnada de tierra, se
movía a cada explosión sobre el fondo de la trinchera delante mismo de sus
ojos, buscando una postura más cómoda. Y de nuevo, al pensar en el puente sin
destruir, Bessónov no pudo refrenar un acceso de contrariedad semejante a la
irritación.
- Que llamen al coronel Déev -dijo a media voz,
haciendo levantar de un salto a Bozhichko. La bota de fieltro manchada de
arcilla desapareció al instante de su vista. Luego Bozhichko volvió a sentarse
ágilmente en el fondo de la trinchera, le informó presuroso: "Todo está en
orden, camarada comandante", y en seguida salió corriendo de la
bifurcación de la trinchera, encorvados el coronel Déev, que se dirigió a
Bessónov y se acurrucó en el suelo. El gorro abollado estaba salpicado de
tierra, el cuello rojo y grueso sobresalía de la zamarra y las cejas pelirrojas
estaban fruncidas. Déev no se apresuró a decir: "¡A la orden, camarada
general", lo que habría resultado absurdo en aquella postura, y Bessónov
se le adelantó: - Se me ocurre, coronel -empezó sin despegar apenas los labios
a fin de que no le oyeran los demás-, que las leyes de la dispersión no impiden
a los alemanes batir con bastante precisión la cota. ¿No cree usted que si los
alemanes estuvieran en este observatorio y nuestros tanques marcharan allí
abajo habrían encontrado algún modo de destruir el puente? ¿No ha pensado usted
en eso? - Se me había ocurrido, camarada comandante; pero, el caso es... Los
anillos restallantes giraban por toda la cota, llenaban la cabeza con un sonido
férreo. La tierra triturada caía en la trinchera, apedreaba los hombros de
Bessónov y fluía en chorros sucios por el cuello de piel de carnero y el pecho
de Déev, que se sacudía sombríamente de la zamarra las pellas de nieve oscura.
- Le escucho. Continúe. - Camarada comandante -profirió al fin Déev-, el caso
es que los alemanes han traído a zapadores en los tanques. Y reparan el puente
en cuanto nuestros cañones lo averían. -Hizo una pausa-. Queda una salida,
camarada comandante en jefe: hacer venir un par de katiushas para que disparen
en tiro directo, si es que, por el camino, no las destruyen en el pueblo los
tanques que se han abierto paso. - ¿Y si las katiushas no pueden llegar ahora?
-preguntó Vesnín limpiando cuidadosamente los cristales de las gafas a los que
se adherían motas del polvo ardiente que penetraban en la trinchera-. Entonces,
¿qué? - Efectivamente, podemos perderlas, camarada miembro del Consejo Militar.
Arriesgamos las katiushas. - Usted es quien las arriesga -le interrumpió
Bessónov sin levantar la voz-. Le doy un minuto para reflexionar en ese riesgo.
Puede usted retirarse. Sin embargo, el coronel Déev no necesitó ni un minuto.
Se apartó de Bessónov a rastras hasta el teléfono inmediato, y en seguida se
oyó desde allí su profunda voz de barítono:
- No se le olvide que a los Don Juanes de pega
siempre les estorban los botones, y perdonen la comparación. Pidan un par de
katiushas para que disparen contra el puente en tiro directo. Correremos el
riesgo. Ellos verán allí el mejor modo de pasar delante de las narices de los
tanques. ¿Me ha entendido? ¡Dentro de veinte minutos, que haya desaparecido ese
puente! ¡Que dentro de veinte minutos no quede ni rastro! ¿Entendido? ¡No
quiero oír hablar más de él! -precisó fogosa e impetuosamente Déev, y Bessónov
volvió la cabeza para no ver su cuello recio y joven congestionado de gritar y
su nuca pelirroja. Con la sensación desagradable de que, permitiéndose la
brusquedad, no la soportaba en los demás, pensó: "¿Será que quiere
imitarme Déev?" - ¡Vaya vozarrón que tiene nuestro Déev! Sería capaz de
dominar un centenar de gramófonos y cualquier cañoneo -observó Vesnín con
zumbona sorpresa, y luego se puso a considerar la pared de la trinchera
orientada al norte, por la que se deslizaban hilillos de tierra. Bessónov vio
en su rostro una expresión atenta, igual que si Vesnín captara o quisiera
captar lo que no escuchaba Bessónov porque estallaban sobre la trinchera el
silbar y el fragor de los morteros de seis bocas que disparaban detrás del río.
- ¡Jojlov! -gritó Vesnín señalando con sus ojos miopes la pared septentrional
de la trinchera-. Nuestros T -34 disparan en el pueblo. Los conozco por el
sonido. ¡Seguro que lo están pasando apurado!... "Sí, veintiún
tanques", pensó Bessónov imaginándose el contraataque del regimiento entre
las callejas del pueblo, y no contestó. Como es natural, el hecho de que el
regimiento de tanques de Jojlov hubiera entrado en combate no podía modificar
la situación, apartar, eliminar, la amenaza real de cerco de la división ni el
peligro en el flanco derecho del ejército. No quería engañarse a sí mismo para
tranquilizarse: el contraataque de Jojlov sólo tenía fuerzas para retener por
algún tiempo a los tanques alemanes que habían llegado a la margen
septentrional y obligarles a empantanarse en combates callejeros. Y nada más.
Pero esto también era un alivio. Y de eso dependía ya mucho. Como en un juego
confuso con pocos datos, atormentaba constantemente a Bessónov la incógnita de
si los alemanes habían lanzado efectivamente al combate una división blindada
de refresco de la reserva en la segunda mitad del día y, en ese caso, de qué
más disponían, qué otra cosa se podía esperar de ellos. "Qué estarán
decidiendo ahora donde Manstein", pensó Bessónov mirando a Bozhichko, que
sacaba pellas de tierra de las cañas de las botas de fieltro, y en seguida, al
acordarse con pesar del grupo de reconocimiento de la división que no había
regresado, levantó los pesados párpados hacia el rostro pensativo de Vesnín
que, con toda atención e incluso parecía que con confianza, no cesaba de captar
los nuevos sonidos del combate, en el pueblo donde el regimiento de Jojlov
intentaba atajar, detener, la marcha de los tanques que habían salido a la
margen septentrional. "¿Cuánto dura este cañoneo? ¿Cinco minutos? ¿Diez? No
escatiman en absoluto los proyectiles...” - El comandante en jefe, ¡al aparato!
-gritaron por la trinchera voces que recogió Bozhichko al instante-: ¡Camarada
comandante en jefe, le llaman!... "Será Yatsenko -adivinó Bessónov, y se
removió inquieto-. Hace mucho que no ha habido comunicación, ¿qué habrá allí?
¿Qué dirá ahora Yatsenko?" Se levantó con cuidado para no hacer fuerza
sobre la pierna herida que se había entumecido, y el mayor Bozhichko le sostuvo
por el codo extremando la solicitud y sin reprimir la expresión suplicante que
significaba: "No se ponga usted de pie, camarada general, se lo
ruego". Con sonrisa irónica, Bessónov dijo: - Quisiera advertirle,
Bozhichko, que no extreme usted los cuidados hacia mí como si fuera una vieja
señora ni me tome por un anciano senil. - ¡Quial ¡Qué va, camarada comandante!
-replicó briosamente Bozhichko; pero era evidente que el ayudante mentía:
debido a los movimientos de Bessónov, a sus arrugas de cansancio, a la voz
áspera y la sequedad del rostro enfermizo, aquel mayor de veintisiete años le
tenía, desde luego, por un anciano. Y contra eso, no había nada que hacer:
entre ellos se alzaba, separándolos, algo más que la diferencia de años. Cuando
llegaba al refugio de los enlaces, Bessónov se detuvo y miró otra vez por
encima del parapeto esperando descubrir cambios en el campo de batalla. Sobre
la estepa, los incendios pegaban bandazos y se mezclaban con el resplandor del
ocaso, que no se había extinguido aún en el horizonte. Y allá lejos, en aquel
resplandor y encima de él, caía y remontaba de nuevo como una irritada bandada
de mosquitos, entretejida de ráfagas, una refulgente maraña de cazas nuestros y
alemanes. Negras estelas de humo se cruzaban, estirándose: se sostenía un
combate aéreo, siempre poco comprensible desde la tierra. Y más abajo del
combate pasaban, por parejas y en grupos, aviones nuestros de asalto y se
zambullían, hubiérase dicho que sobre el fin del mundo. En las cercanías,
delante de la altura y por las pendientes de los barrancos, los tanques iban
abarcando más estrechamente la orilla en lento y ancho arco. A la izquierda, el
puente no se veía en absoluto, envuelto en la tupida empalizada de las
explosiones y el hervor de una niebla como pizarra. Delante del puente, ya
incendiado, se habían apiñado unos diez tanques. En el extremo del pueblo
ardían dos katiushas: probablemente las que habían sido llamadas... Los tanques
se habían dispersado y volvían a concentrarse hacia el puente bajo el fuego
directo, desde la orilla septentrional, de los grupos de piezas antitanque
adelantadas hasta allí; desde la orilla meridional, desde la cresta misma,
disparaba con fuego graneado una pieza que había girado ciento ochenta grados
respecto al frente, y la velaban las explosiones de los cañonazos de respuesta.
La pieza desaparecía, se fundía en la negrura, pero se reanimaba cuando
brillaban los disparos...
Bessónov pensó por un instante que al final de la
noche había estado precisamente en la batería desde donde disparaba ahora una
única pieza y quiso recordar el apellido del jefe de la batería. Pero no lo
consiguió, y no forzó la memoria. Otro pensamiento lo desplazaba todo de su
conciencia: al notar el éxito, los alemanes se apresuraban a ahondar y ampliar
la rotura antes de que se hiciera de noche. Pensó también que probablemente
había llegado esa situación casi crítica, ese estado de punto culminante del combate
en que la cuerda, tensa hasta el máximo, está a punto de romperse de un momento
a otro.
Capítulo 15
En el refugio, donde los sonidos del combate
penetraban notablemente debilitados por las tres capas de troncos y tierra,
todo era más sordo. El lenguaje humano resonaba normalmente y dos
"murciélagos" ardían, como si fuera de noche, meciéndose uniformemente
lo mismo que péndulos debajo de los gruesos troncos y alumbrando de amarillo
los rostros sin afeitar, los mapas y los teléfonos en dos mesas. El comandante
de la artillería, que estaba hablando con el del regimiento de morteros
reactivos, dejó el auricular sobre el mapa y dio media vuelta apartándose de la
mesa dispuesto a informar, pero Bessónov le detuvo de un ademán -sabía que iba
a informarle de que las katiushas habían incendiado el puente- y, seguido por
las atentas miradas de los operadores, fue hacia el compartimento del extremo
donde estaban los teléfonos y las radios que mantenían enlace con el estado
mayor del ejército. Bozhichko, con la educación del ayudante de experiencia, no
siguió a Bessónov, sino que cerró la puerta tras él y, cumpliendo su papel de
guardián, quedó de pie junto a la entrada. Con el aire divertido de muchacho
sencillote le hizo un guiño a un alférez de enlaces muy jovencito que le
observaba curiosamente. Se frotó las manos con energía, extrajo del bolsillo
del capote un lujoso paquete de Pushka e hizo saltar un cigarrillo de un
papirotazo. - Fuma, alférez -dijo Bozhichko con una entonación afable y
misteriosa al mismo tiempo, pasando sin preámbulo al familiar tuteo como si se
conocieran desde hacía mucho tiempo-. ¿Qué tal? - Bien, camarada mayor. ¿Por
qué? -El alférez tomó el cigarrillo con cierta cortedad, no comprendiendo aún
la causa de la conversación iniciada-. Gracias, camarada mayor. - ¡Déjate de
“mayor”! ¿Que significa “mayor”? -dijo en un susurro Bozhichko-. ¿Te has creído
que he sido toda mi vida mayor? Mi nombre humano es Guennadi... ¿Has estado
alguna vez en el circo? ¿Has visto esto? Mira.
Con sonrisa misteriosa, Bozhichko hizo un ligero
ademán, abrió los dedos ante el rostro del alférez que parpadeó, y la caja de
cigarrillos desapareció. Luego hizo otro ademán como si captara un puñado de
aire, y mostró la caja de cigarrillos sobre la palma de su mano. El alférez
ignoraba que Bozhichko, consumido por la inactividad, estaba encantado de
distraerse un poco. Y se quedó algo confuso. - ¿Es usted artista, camarada
mayor? Seguramente habrá sido prestigitador, ¿verdad? - ¡Bah! Diletantismo. Todo
ha pasado -contestó Bozhichko y, después de lanzar el encendedor al aire, le
dio a la rueda y aproximó la llama al cigarrillo-. Escucha, alférez, ¿tenéis
por aquí algún cuento nuevo o son todos de hace un siglo? ¿Os ha llegado el
último de Eva Braun y Goebbels en el paraíso? - No... -contestó el alférez otra
vez confuso-. ¿Qué Eva es ésa? La que... ¿La de la Biblia, camarada mayor? -
¡Tienes gracia! ¡La de la Biblia! Veo que aquí vegetáis en la ignorancia,
chicos. Bueno, pues escucha. Imagínate el paraíso: jardines, el sol, las hojas
de parra... -comenzó en voz baja Bozhichko, divirtiéndose en su inactividad,
encantado de haber encontrado inesperadamente a un oyente benigno, pero
enmudeció de pronto al captar la voz de Bessónov detrás de la puerta. Le hizo un
guiño amistoso al alférez, le pegó una palmada en el hombro como diciéndole:
"Otra vez será" y, después de retocarse el correaje, se cruzó de
brazos y esperó delante de la puerta con el cigarrillo entre los labios. ...
Bessónov no se había equivocado: telefoneaba el general mayor Yatsenko, jefe
del estado mayor. En el compartimento del refugio donde estaban instaladas la
radio y la comunicación por hilo con el estado mayor del ejército y los cuerpos
de ejército se encontraba el teniente coronel Kúrishev, jefe del servicio de
reconocimiento de la división. De pie cerca de una mesita con expresión seria
en su rostro inteligente, oscuro de las preocupaciones y del cansancio, hablaba
por teléfono con Yatsenko repitiendo monótonamente: "Si, camarada cinco.
Comprendido, camarada cinco" mientras sus dedos, amarillos del tabaco,
hacían rodar un lápiz por el mapa. El radista, inadvertido en la sombra, estaba
sentado en un rincón, levemente inclinado sobre la radio, y parecía escuchar
con la espalda y la nuca esta conversación con el puesto de mando del ejército.
- Es para usted, camarada comandante -dijo el teniente coronel Kúrishev, y le
presentó el auricular. - Gracias.
La voz de bajo de Yatsenko resonó neta, como de
costumbre, y aunque ateniéndose a la precaución adoptada en las conversaciones
telefónicas informaba en una jerga enrevesada de la situación existente al
final de la jornada, Bessónov traducía con facilidad al lenguaje corriente lo
que decía. Los alemanes seguían atacando en las alas sur y norte del ejército
con apoyo masivo desde el aire. Los ataques no habían cesado ni se habían
debilitado al caer la tarde y, con un fuerte golpe de más de sesenta tanques,
habían hecho retroceder un poco la división del flanco izquierdo; se sostenían
encarnizados combates en la profundidad de la primera línea de defensa, donde
los alemanes habían metido una cuña de kilómetro y medio o dos. Había sido
preciso lanzar al combate una brigada de infantería motorizada y otra de
tanques del 17 cuerpo mecanizado que cubría el flanco izquierdo, pero la
situación no había sido restablecida aún. En el centro de la defensa del
ejército, la situación podía considerarse estable. La reserva del Cuartel
General -el 1er cuerpo de tanques y el 5° mecanizado- no había llegado aún a
las zonas de concentración. Unas horas atrás, el servicio de reconocimiento del
frente había interceptado un radiograma del grupo de ejércitos alemán
"Don", cuyo estado mayor debía encontrarse ya en Novocherkassk; el
texto, sin cifrar, firmado por Manstein, estaba dirigido al cuartel general de
Paulus: "Aguanten. La victoria está cerca. Vamos en su ayuda. Estén
preparados para la señal de Navidad del tiempo." De momento, era difícil
decir lo que significaba la última frase. Quizá se tratara de un contraataque
de la agrupación cercada de Paulus para unirse con los tanques de Manstein. Se
había activado muy sensiblemente la aviación de transporte alemana, lanzando
combustible y municiones a Paulus, a pesar de que nuestros aviones bloqueaban
enérgicamente los aeródromos alemanes. En la agrupación cercada se notaba
movimiento de tanques hacia la parte suroccidental del copo, hacia la zona de
Marínovka. Bessónov no interrumpió ni una vez este meticuloso y detallado
informe del general Yatsenko. Había recostado el bastón contra el borde de la
mesa y permanecía silencioso, apoyado con una mano en el aparato. Sólo cuando
notó, por la voz, que el jefe de estado mayor terminaba el informe se soltó el
corchete del cuello, tomó asiento junto a la mesa y preguntó después de una
pausa: - ¿Es todo? Se imaginó a Yatsenko, corpulento, con la cabeza afeitada,
bajo la luz intensísima de las lámparas de acumuladores, inclinado en el puesto
de mando sobre el mapa rodeado de los oficiales de la sección de operaciones:
afeitado hasta dejar brillante la piel, tirilla limpia, las manos grandes
escrupulosamente lavadas. Y, adivinando de antemano su respuesta, Bessónov
dijo: - Está bien claro que el golpe principal lo descargan aquí y, a la
izquierda, uno auxiliar. - También yo estoy persuadido de que quieren abrir un
corredor hacia Paulus por las posiciones de Déev. Pienso que Manstein no
cambiará de táctica y pegará el golpe de ariete contra nuestra defensa en un
sector estrecho y allí donde está más próxima la meta. - De acuerdo.
- Procuraré dilucidar con más detalle lo que hay
ahora donde Paulus y cuál es la situación de sus tropas móviles. ¿Está en
condiciones, a pesar de todo, de hacer una rotura al encuentro de Manstein? Eso
tiene bastante importancia ahora, Piotr Alexándrovich. - Eso es más que
importante -confirmó Bessónov, y añadió-: Me interesa también saber cuándo
llegarán al fin el primero y el quinto. ¡Apresúrelos! - No dejo de apresurarles
-contestó Yatsenko con un jadeo que traducía su agitación y su contrariedad porque
los cuerpos de tanques y mecanizado incorporados al ejército no habían llegado
aún a la zona de concentración fijada-. ¿Cuándo le esperamos aquí? - De
momento, no me esperen. Aquí, como suele decirse, está el obstáculo principal,
Semión Ivánovich. Yatsenko carraspeó e hizo una pausa. - Pero, a juzgar por la
situación, no debía usted quedarse demasiado tiempo donde Déev y exponerse... -
Yatsenko respiró ruidosamente en el auricular-. En este caso no tengo derecho
de darle consejos, pero quizá fuera más sensato que se trasladara usted al
puesto de observación del ejército. - Mire usted, Semión Ivánovich -le
interrumpió Bessónov sin escucharle y haciendo una mueca-: le ruego que se haga
cargo por entero del flanco izquierdo, puesto que yo estoy aquí. ¡Hay que
contraatacar sin descanso! Se pasó por la frente los dedos de la mano
izquierda, húmedos, trémulos del cansancio. Notaba punzadas en la pierna,
entumecida del dolor, que había torcido sin querer al caer en el fondo de la
zanja durante el ataque de los morteros de seis bocas. Después de dejar el
auricular, Bessónov estuvo largo tiempo sentado, como absorto estirando con
cuidado la pierna por debajo de la mesa para ver si se pasaba el dolor y podía
levantarse; pero el dolor no pasaba. - El explorador que logró volver, ¿no ha
comunicado nada de nuevo? ¿Tiene su conocimiento? ¿Dónde está? -preguntó
Bessónov a Kúrishev tratando de distraerse de las punzadas abrasadoras en la
pierna. Mirando al mapa cubierto de señales, el teniente coronel Kúrishev habló
sin que su voz traicionara la extrema fatiga de un hombre enervado por una
prolongada inquietud.
- Cuando le trajeron de la batería, estaba
semiinconsciente, camarada comandante en jefe. De sus palabras se puede deducir
que los demás exploradores, cuando regresaban de la operación, fueron
descubiertos por los alemanes, entablaron combate y quedaron atascados, con un
prisionero que habían hecho, delante de las trincheras de la primera línea. El
explorador que ha regresado ha sido enviado al botiquín, pero no es probable
que pueda decir nada nuevo... Desde luego, yo asumo la plena responsabilidad
por la exploración. - Deje usted -Bessónov pegó una ligera palmada sobre la
mesa-. Deje usted de fustigarse, teniente coronel. No tiene sentido y está
enteramente desplazado. Eso no nos sirve de nada, ni a usted ni a mí. No hay
prisioneros, ni puede haberlos puesto que los alemanes atacan y yo necesito a
un alemán serio, decente y bien informado. ¿Qué hacemos, teniente coronel? -
¿Me permite usted que lo piense, camarada comandante en jefe? Bessónov
tamborileaba con los dedos sobre la mesa y observaba al teniente coronel
Kúrishev que pausada y cuidadosamente, recogía del mapa con el canto de la
mano, como si fueran migas de pan, las pequeñas pellas de tierra que caían
entre los troncos. Esta ocupación le parecía a Bessónov anormal e innecesaria
como el reconocimiento fallado, como el candente y punzante dolor de la pierna,
y de pronto pensó: "¡No vendría mal un trago de vodka! Se me despejaría la
cabeza, cedería el dolor y me encontraría mejor". Pero en seguida se
sorprendió él mismo de tan inesperado deseo, de aquel pensamiento de alivio, y
seguía sin levantarse, esperando a que pasara el dolor candente de la pierna
que le impedía concentrarse y le irritaba. Los morteros de seis bocas habían
cesado de batir el observatorio, pero el refugio flotaba, como una balsa en la
oscuridad, entre los cañonazos y las explosiones que le estremecían, en medio
de las oleadas de ametralladora que arremetían sin cesar, delante, contra esta
oscuridad. Y entre los ruidos apagados por los troncos y la tierra Bessónov
destacaba particularmente el zumbido de los tanques y el febril tableteo de las
metralletas que, según el sonido, envolvían al norte y al sur la cota,
aparentemente aislada ya del ejército, de los cuerpos y de las divisiones; de
todo el mundo circundante. -... Y yo te digo que dispares tú mismo con la
pistola si quieres, ¿estamos? Deja que te pasen los tanques por encima, pero
aguanta, ¿entendido? Bessónov levantó la cabeza, y su rostro se contrajo
expresando dolor. En la otra parte del refugio llamaban y zumbaban los teléfonos,
interrumpiéndose, y estallaban voces chillonas; pero la de Déev dominaba
netamente aquella algarabía gritando órdenes entremezcladas de palabrotas y
amenazas: - Si retrocedes un milímetro, más vale que te metas tú mismo siete
gramos de plomo en la frente, Cherepánov. ¿Estamos? Tienes ahí a toda la
artillería, a todos los antitanquistas, que no hay donde rebullir. Ya sé que os
envuelven. ¿Y qué? ¿Vamos a gritar "¡Socorro!", di? Aguanta como...,
en fin, aunque eches el bofe... ¿De dónde van a llegar más tanques si está
destruido el puente? ¿Deliras, o qué?...
Bessónov escuchaba y comprendía que Cherepánov,
el jefe del regimiento de tiradores, informaba de que los tanques le habían
envuelto por los flancos, de que combatía medio cercado, y pedía apoyo; pero
Déev, sin prometerlo ya, le contestaba con palabras coléricas y, en una
situación mortal, le aconsejaba encontrar la salvación en la muerte, si era que
no aguantaba... Y Bessónov, sentado allí, en el otro compartimento, sufriendo
del dolor de la pierna, no tenía derecho a intervenir, no salía. Déev cumplía
la orden que había dado él de aguantar hasta el último, y habría sido
sobrehumanamente difícil mirarle a los ojos, ahora que también esperaba ayuda
para él, para su división, aunque sabía el significado inapelable de la orden
para su regimiento que habían aguantado todo el terrible golpe de los tanques,
sometiéndose al destino como ocurre en la guerra, donde no hay opción. - ¡No me
vengas con lamentaciones, Cherepánov! -gritaba irritado Déev, y su voz se
quebraba en las notas altas-. ¡Como si yo no entendiera las cosas! ¡Te he dicho
que se terminó! ¡Hazte tres nudos en el ombligo y aguanta! La artillería te
apoya con toda su fuerza. ¿No lo ves? ¡Pues, yo sí lo veo! ¡En lugar de
quejarte, aguanta! Resiste como una doncella virgen: muerde, araña, ¡pero
aguanta! ¡No me vuelvas a llamar para esto! ¡No quiero saber nada!...
"Déev cumple mi orden; pero, ¿qué piensa de mí al dar esas
disposiciones?", volvió a pasarle por la imaginación a Bessónov. Sus ojos
se cruzaron por un instante con los del jefe del servicio de reconocimiento, de
pie junto a la mesa, quieto y callado. Ya no barría del mapa las pellas de
tierra. En el rostro inteligente y fatigado del teniente coronel Kúrishev había
algo no expresado y tranquilo como muda crítica y, al mismo tiempo, solicitud
de ayuda. Comprendía perfectamente la situación que se había creado en la
división; lo comprendía por los sonidos del combate y por las órdenes que daba
Déev en el otro compartimento. Bessónov se frotó de pronto la frente con una
mano y dijo, sin que aquello fuera lo que quería decir ni lo que pensaba: - Le
escucho a usted, teniente coronel. - Camarada comandante en jefe -comenzó
Kúrishev con calma-, me parece que se perfila el cerco de la división… - ¿Está
usted seguro? - Sí; me parece que los tanques contornean también el puesto de
observación, camarada comandante en jefe. Bessónov estuvo callado cosa de un
minuto, miró a Kúrishev cansadamente como si se despertara, luego se levantó y
dijo con cierta severa curiosidad: - Usted no lo dice todo. ¿Quiere decir que podemos
convertirnos nosotros mismos en prisioneros? ¿Es eso, teniente coronel?
- Hablo de la situación objetiva, camarada
comandante en jefe -explicó el teniente coronel con la voz tranquila de antes-.
Dentro de algún tiempo, los alemanes pueden cortar la comunicación. Y entonces
perderemos los hilos de dirección. - Gracias por esas palabras objetivas,
teniente coronel. Pero, de momento, los hilos de dirección existen todavía
-dijo Bessónov-. En cuanto a la orden sobre el prisionero, no la he anulado. Ni
la anularía aunque cayésemos nosotros prisioneros, cosa que sería sumamente desagradable.
Tomó el auricular. - El comandante de la artillería... ¿Funciona la
comunicación? Perfectamente. Páseme usted a Lomidze. Luego, al reconocer en el
auricular la voz del general Lomidze que decía con su acento algo gutural:
"Los fritzes están completamente desencadenados, camarada primero...”, le
interrumpió preguntándole: - ¿Existe la posibilidad de emplear el 41 regimiento
de morteros reactivos en la dirección de Déev? - Ahora doy la orden, Piotr
Alexándrovich. ¿Emplearlos contra los tanques? ¿Le he entendido bien? - Me ha
entendido bien. En la otra mitad del refugio, donde el humo del tabaco formaba
una nube compacta en medio de la cual se movían las siluetas de los oficiales y
sonaban los teléfonos, Bessónov no se detuvo. Sólo advirtió entre los oficiales
del servicio de operaciones la silueta del coronel Déev y, sin decir una
palabra, empujó con el bastón la puerta y salió del refugio. El mayor Bozhichko
le siguió. - ¡Camarada comandante en jefe! -De entre el rumor incesante de los
teléfonos resonó a sus espaldas la voz enronquecida de Déev. Bessónov pasó a la
trinchera. No había anochecido enteramente, pero el frío había arreciado de una
manera tremenda al atardecer. Un viento punzante soplaba de la rendija de color
frambuesa oscuro del poniente, aplastada contra la tierra, y el fragor del
combate parecía zarandeado de un lado para otro sobre la cota. Barrida con
fuerza de los parapetos, la nieve desmenuzada y cortante como trozos de cristal
pinchaba los labios y los ojos. De las bengalas de señales, que el viento
impelía en torno al observatorio, daba la sensación de que la cota se
desplazaba sobre los fogonazos y los incendios desencadenados abajo.
Delante y detrás del río ardía el pueblo en
grandes hogueras. Por la nieve escarlata como si fuera un mantel teñido se
arrastraban dispersos, se detenían y tanteaban con las trompas de los cañones
arañas venenosas y pesadas, negras con una cruz blanca, precedidas por una red
de fuego. Este velo ígneo envolvía sinuosamente, toda la orilla que se veía
desde arriba, formaba un anillo en torno; en el centro de este anillo estaban
los bostezos llameantes de nuestras baterías y las ráfagas abrían sus abanicos
por encima de la cota. El mayor Bozhichko, de bruces sobre el parapeto,
observaba con desconfianza la hondonada que se extendía delante del río, como
si tratara de calibrar hasta qué punto se había aproximado el combate al
observatorio. Ahogadas por el viento, las bengalas caían en las pendientes de
la cota; las balas silbaban con piar de pájaro sobre el parapeto. Al parecer,
había ya infantería alemana en esta parte del río. - ¡Camarada comandante en
jefe! ¿Da usted su permiso? Esta voz del coronel Déev, áspera hasta la
ronquera, alcanzó a Bessónov como un dolor físico y le obligó a volverse. Hizo
una pausa de unos segundos, adivinando lo que iba a decirle Déev. Quieta y
enorme, la silueta del coronel parecía obstruir todo el paso de la trinchera.
Cuando las bengalas se remontaban cerca surgía su rostro juvenil, de ojos
calenturientos como de desesperación, que buscaban algo en el semblante de
Bessónov -ayuda, alivio para su división, esperanza-, y en cuanto la luz de las
bengalas se extinguía y la oscuridad borraba esta expresión insoportable,
Bessónov tenía la impresión de que se aflojaban unos dedos ajenos que le
oprimían la garganta. - Todo lo veo, coronel Déev -dijo Bessónov-. ¿Qué desea
añadir? - Camarada comandante en jefe -habló Déev en voz baja, que no era
natural en él-: el regimiento de Cherepánov, dos grupos de artillería y el
regimiento de tanques de Jojlov pelean totalmente cercados. Se les agotan las
municiones... En las compañías hay grandes pérdidas... Ha llegado infantería
alemana en transportadores blindados. -Al brotar, una cascada de bengalas
volvió a revelar el rostro de Déev, que esperaba algo de Bessónov. El coronel
exhaló con un ronquido el aire de su pecho abombado y terminó-: En e!
regimiento del mayor Cherepánov los tanques han atacado el puesto de mando.
Parece que el mayor Cherepánov está herido. La comunicación acaba de
interrumpirse -recobrando el aliento, Déev dio pesadamente un paso hacia
Bessónov-. Camarada commandante en jefe, en esta situación... mucho temo que el
regimiento de Cherepánov no aguante ni una hora, que sea barrido... Perdone,
camarada comandante en jefe, pero quisiera tener su autorización personal... -
¿Para qué exactamente? - Le ruego me autorice -pronunció Déev con voz trémula y
al mismo tiempo tenaz- a abandonar una hora el puesto de observación para
acercarme al regimiento de Cherepánov, ver yo mismo lo que pasa y adoptar allí
la decisión necesaria.
Unas raudas lucecillas de color frambuesa
-reflejo de las balas trazadoras- brillaban en los ojos de Déev. Bessónov le
miró atentamente.
- ¿De qué modo piensa usted hacerlo? ¿Abriéndose
paso hasta el regimiento cercado? - De la cota al regimiento de Cherepánov
habrá unos dos kilómetros, camarada comandante. -Déev señaló hacia abajo-. Me
abriré paso con un grupo de soldados armados de metralletas. En tres saltos
estaré allí. Eso es lo de menos, camarada general. Experimentando de repente
una desconocida punzada de ternura hacia Déev, tan súbita como un espasmo que
volviera a oprimirle la garganta, Bessónov no pudo negarse al pronto. "Buen
comandante de división me ha regalado el destino", pensó y, mirando de
abajo arriba el puntilleo de los reflejos en los ojos desesperados de Déev,
repitió: - ¿Abrirse paso con un grupo de soldados? - Hace poco tiempo mandaba
un batallón, camarada general. En el frente de Briansk. De manera, que no he
perdido la costumbre. - ¿Cuántos años tiene usted? -preguntó sordamente
Bessónov. - Veintinueve, camarada comandante en jefe. - Bueno, pues yo quiero
que llegue usted a los -dijo Bessónov con un ademán tajante-. Retírese y cumpla
sus funciones de jefe de división y no de jefe de regimiento. - Camarada
comandante... -insistió Déev casi suplicante-. Le ruego que me autorice... Pero
Bessónov le volvió a interrumpir en voz baja e inapelable: - ¿Me ha comprendido
usted? Le he dicho que cumpla sus funciones de jefe de división. Envíe
inmediatamente hombres a establecer enlace con Cherepánov. Y hágale saber de mi
parte que confío en su aguante. Hay que resistir, hay que aguantar este empuje,
Déev. No se puede pensar que tienen reservas inagotables. - Camarada comandante
en jefe, yo quisiera... - Retírese, coronel. No me obligue a repetir, - A la
orden, camarada comandante en jefe -pronunció Déev con voz abatida,
desesperada, y su enorme figura, que obstruía todo el paso de la trinchera, dio
media vuelta con excesiva lentitud cuando echó a andar en la oscuridad y
desapareció en el refugio. - ¡Eso sí, que sí, camarada general! -exclamó
entusiasmado Bozhichko mirando con envidia hacia el refugio-. Déev es
efectivamente todo un coronel. Se ha llevado un disgusto. Y la verdad es que en
tres saltos se puede estar allí.
Bessónov no siguió con la mirada a Déev, pues
sabía que no anularía su decisión. Sin embargo, también pensó que aquel jefe de
división, en realidad muy joven, estaba abatido y descorazonado ahora, pues no
dudaba que obtendría del comandante en jefe la autorización de llegar sin
pérdida de tiempo al regimiento cercado con la esperanza de salvar, según le
parecía, del aplastamiento o de la derrota a esa unidad apresada en las tenazas
de los tanques. - En efecto, no hay tanta distancia de aquí a Cherepánov -insistió
Bozhichko-. ¿Y si se corriera el riesgo? Bessónov callaba, observando los
enrevesados fogonazos del duelo de las baterías por toda la margen
septentrional adonde habían sido desplazados los grupos artilleros de
exterminio de tanques y por donde pasaba la línea de defensa de dos regimientos
-uno de tiradores y otro de tanques- tras el confuso hormigueo de las moles
rosadas de los tanques, nuestros y alemanes, en las callecitas de aquella
orilla del pueblo. Los batallones de Cherepánov y el regimiento especial de
tanques de Jojlov habían combatido tenaz y desesperadamente y, sin embargo, no
habían podido soportar el empuje de los alemanes. "Quiere decirse que es
hora de lanzar el segundo escalón, la 305 división. Y antes de que sea
tarde". Sobre la cabeza continuaban el silbido, los bandazos y el fulgor
de los proyectiles trazadores, el chisporroteo desmelenado de las bengalas
arrastradas hacia las pendientes de la cota, y parecía que la infantería
alemana había contorneado el puesto de observación por occidente y se filtraba,
del pueblo, hacia el pie de la altura. - Andan por aquí arrastrándose delante
de las narices -dijo Bozhichko con pensativa suspicacia-. ¿Y si se diera una
batida por la altura, camarada general? ¡Qué desfachatez tienen los muy...! -
Si en tres saltos se pudiera efectivamente aflojar el anillo en torno al
regimiento de Cherepánov... -pronunció allí cerca la voz de Vesnín y, al
volverse, Bessónov le vio a dos pasos-. ¡Ay, Piotr Alexándrovich! ¡Qué bien
entiendo a Déev! Es imposible ver cómo perece el regimiento de Cherepánov ante
los ojos. También alto, pero muy ligero comparado con la mole de Déev, con la
zamarra blanquecina cruzada por el correaje, Vesnín le daba vueltas a las gafas
y sus dientes, que mordían el labio inferior, brillaban azulencos. - La
situación de Cherepánov es efectivamente catastrófica -continuó Vesnín
acercándose más a Bessónov-. En los batallones, las pérdidas son enormes. Y no
parece que las fuerzas de los alemanes vayan a agotarse pronto... No cesan de
empujar. ¿No sería hora de lanzar en ayuda de Déev, la 305? ¡Me parece que sí!
- Póngase las gafas, Vitali Isáevich -dijo de pronto Bessónov y, notando como
una carga férrea todo el peso de su experiencia, que hacía de contención y la
envidiable ligereza juvenil del emotivo Vesnín, añadió-: Hay alemanes rondando
la cota. Así, puede usted no ver la muerte fortuita... En cuanto a la 305, no
se equivoca usted: ya es hora. Sí, es hora. Tengamos esperanza, Vitali
Isáevich...
- De eso vivo, Piotr Alexándrovich -dijo Vesnín,
y repitió-: No, aquí no aflojarán la presión pronto. Para ellos, aquí, no hay
opción...
- Igual que para nosotros -profirió lentamente
Bessonov. La cota resonaba bajo las embestidas del viento, bajo los golpetazos
del combate y parecía unas veces ascender hacia el cielo profusamente iluminado
por la lluvia de bengalas y otras desplomarse en la oscuridad; luces y sombras
raudas andaban por ella, se movían en la trinchera destacando los rostros y se
extinguían lanzando negrura a los ojos por un instante. - ¡Camarada general!
¡Al refugio, haga el favor! ¡Al refugio! -gritó Bozhichko y, levantándose de un
salto, corrió hacia la zanja de comunicación gritando ferozmente a alguien-:
¡Alto! ¿Quién va? Abajo, en la zanja de comunicación, se escuchó netamente un
ruido de pisadas, los gritos de los centinelas, luego se condensaron las
sombras en el paso estrecho y, al llegar corriendo a un recodo, Bozhichko
volvió a gritar frenéticamente con la metralleta preparada: - ¡Alto! ¡Disparo!
¿Quién va? Todo enmudeció, las sombras dejaron de moverse, y la única voz del
centinela anunció desde abajo: - Del estado mayor del ejército. Para el
comandante en jefe. ¿Dejo pasar? - ¡Espera! -le detuvo Bozhichko, y bajó
corriendo para ver lo que era. - ¿Quien da aquí órdenes? ¿Que es eso de
“espera”? -contestó otra voz en la zanja-. ¿Es usted, mayor Bozhichko? ¿Por qué
grita usted contra los suyos como si le hubiera picado algún bicho? ¿Dónde está
el comandante en jefe? ¿Dónde está el miembro del Consejo Militar? - ¡Ah,
camarada coronel! -exclamó Bozhichko, y se echó a reír-. Yo pensaba ya que eran
los fritzes. ¿Cómo usted por aquí, camarada coronel? ¿Nos echaba de menos? - A
usted, hace ya mucho tiempo, mayor Bozhichko. Con esa voz tremebunda, debía
andar mandando una sección de infantería y no de ayudante. ¿Está aquí el
general? ¿Está aquí el miembro del Consejo Militar? - Así me echaron al mundo,
camarada coronel. Le advierto que tampoco iba a asustarme una sección... Aquí
están. Pase usted.
De la zanja de comunicación, sacudiéndose al
desgaire, pasó a la trinchera el coronel Osin, jefe del servicio de
contraespionaje del ejército, y se puso a retocar rápidamente el cinto, la
funda de la pistola y el portaplanos, todo ello desplazado como después de
muchas carreras y caídas y de haberse arrastrado largo tiempo por los montones
de nieve. Su ayudante, pequeño, regordete, armado con una metralleta automática
y rebozado en nieve de arriba abajo estaba detrás de él, resoplando y agachando
la cabeza cuando silbaban las ráfagas, y le ayudaba con cuidado a sacudirse las
blancas capas pegadas a la espalda y los costados. Bozhichko les observaba con
cierto interés y sonreía levemente. Detrás, en la trinchera, resoplando
también, se movían tres más: el mayor Titkov, achaparrado, con férrea silueta
de luchador, y dos muchachos altos y fuertes, armados con metralletas de la
escolta que Bessónov había dejado en el puesto de observación del ejército. -
¿También estáis aquí vosotros, muchachos? -preguntó Bozhichko sorprendido y
algo celoso al mismo tiempo. ¿Os han llamado? - ¿Qué curiosidad es ésa? Quiere
usted saber demasiado, Bozhichko -intervino Osin poniendo fin a las preguntas
y, recobrando al fin aliento, apartó al ayudante que sacudía servicialmente su
zamarra con la mano-: ¡Ya está bien, Kasiankin, ya está bien! Eres capaz de
romperte el espinazo con tanto afán. Quédate aquí, con la escolta -y señaló con
la cabeza hacia la profundidad de la trinchera-. Mayor Bozhichko, condúzcame al
miembro del Consejo Militar. ¿Dónde está su refugio? - Está con el comandante
en jefe, camarada coronel. En el observatorio. - Vamos, mayor -pronunció en
tono de mando Osin, y siguió a Bozhichko a grandes zancadas firmes, con la
dignidad de un hombre que sabe lo que vale y cumple su deber con calma y
seriedad. Los oficiales de la división que se cruzaban con él en la trinchera y
no le conocían le seguían con la mirada tratando de adivinar quién era y qué
orden había traído en ese momento. Cuando se acercaron a Bessónov, encorvado
junto a los oculares del estereoscopio, y Bozhichko informó, no se sabe por qué
con un matiz de asombro divertido, de la llegada de Osin, se movieron los
homoplatos en la espalda estrecha de Bessónov que se volvió, apoyado en el
bastón, consideró atentamente, como si no le reconociera, el rostro de Osin, de
fuertes mejillas, reluciente de sudor, y al poco observó, incrédulo: - No
comprendo... ¿Qué hace usted aquí, coronel? - Quería ver lo que pasaba por
aquí, camarada comandante -contestó Osin, con hablar melodioso que suavizaba su
agradable acento norteño y una sonrisa afable y franca, al tiempo que se
enjugaba el sudor de las mejillas con la mano-. Como todos hablan de la
situación en que se encuentra Déev, no he podido aguantar. Primero en coche y
luego, aquí, en el pueblo, a rastras y a pequeñas carreras, he llegado, cierto
que con peripecias, por que disparan desde todas partes; pero, en fin, ya ha
pasado. - ¿Viene usted directamente del estado mayor del ejército? -preguntó
Bessónov.
- Desde el estado mayor, me acerqué al puesto de
observación del ejército. Luego, he venido directamente aquí. -Osin seguía con
la mirada la estela de los proyectiles trazadores sobre la cota, y la sonrisa
fue borrándose en los labios de contorno acusado-. ¡La que tienen armada los
alemanes! ¿Será posible que esperen abrirse paso hasta Paulus, camarada
comandante en jefe? Bessónov, que no estaba inclinado a las explicaciones y
continuaba sin comprender la razón de la venida del coronel Osin, al que conocía
poco y que no era en absoluto necesario allí, contestó escuetamente: - No se
equivoca usted, coronel. - ¿Es usted, camarada Osin? -preguntó Vesnín
preocupado también por la inesperada aparición del jefe del contraespionaje, y
salió a su encuentro desde la oscuridad de la trinchera, ajustándose las gafas
con un dedo y enarcadas las cejas-. ¿Le trae algún asunto al puesto de
observación? ¿Algo importante? - Camarada miembro del Consejo Militar... Osin
no terminó la frase. Su rostro redondo y sano expresó de pronto seriedad y,
después de mirar por encima del hombro hacia atrás, a los oficiales que había
en la trinchera y a Bozhichko que, aparentando despreocupación, acodado en el
talud, jugueteaba con la correa de la metralleta, pronunció sin expresar del
todo su pensamiento: - Camarada miembro del Consejo Militar: comprendo que no
vengo a menudo por el observatorio; pero, de todas maneras... No quiero
molestar al comandante. ¿Me permite que hable con usted? Es cosa de tres
minutos. Bessónov hizo una mueca: los asuntos del servicio del coronel Osin le
interesaban poco en ese momento. Mucho más importante era dilucidar otra cosa:
de qué modo había llegado hasta allí a través del pueblo donde se combatía en
todas partes. - ¿Qué camino ha seguido, coronel? - He venido por el extremo
noroccidental del pueblo -contestó Osin como penetrando hasta el fondo en el
sentido de la pregunta de Bessónov-. Es el único camino por el que se puede
pasar todavía, camarada comandante en jefe. Lo he comprobado yo mismo. - Pues,
ha corrido usted el riesgo en vano, coronel -profirió indiferente y fríamente
Bessónov y, recostando el bastón contra el muro de la trinchera, se inclinó
hacia el tubo estereoscópico dando a entender así que había terminado la
conversación, pero sonriendo para sus adentros: "Es hombre de coraje este
Osin". Bozhichko se llevó una mano a los labios y disimuló una sonrisa. El
coronel Osin miraba, cuadrado, la espalda de Bessónov. - Venga usted conmigo,
haga el favor, camarada Osin -le apresuró VesnÍn sin manifestar satisfacción,
pero suavizando con su tono la fría indiferencia agraviante de Bessónov, y
señaló hacia el extremo de la trinchera-. Aquí hay un refugio.
Tiró por un codo de Osin que volvió la mirada
sorprendido hacia Bessónov, cuya silueta inmóvil negreaba junto al
estereoscopio fundiéndose con el muro de la trinchera.
Capítulo 16
El pequeño refugio, abierto probablemente por los
artilleros en un extremo de la trinchera, estaba desierto. Olía a tierra helada
y lo alumbraba un "murciélago" colgado del techo. La tierra que fluía
entre los troncos tintineaba contra el cristal de la lámpara, meciéndola
ligeramente. Vesnín se sentó ante una mesa hecha de cajones de proyectiles,
arrojó encima un paquete de cigarrillos y, tomando uno, dijo: - Le escucho a
usted, camarada Osin. Le ruego que se explique lo más concretamente posible. El
coronel Osin paseó una rápida mirada por el refugio y sus rincones oscuros,
tocó con la mano una lona amontonada encima de un catre al lado de las fundas
de estereoscopios y goniómetros, luego ajustó bien el capote que tapaba la
entrada y sólo entonces se sentó a la mesa, quitóse el gorro, se desabrochó el
corchete superior de la zamarra -tenía calor y aún estaba sudoroso después de
las carreras y de arrastrarse por la nieve-, y empezó a hablar bajando la voz:
- Camarada miembro del Consejo Militar, perdone usted una pregunta obvia: ¿cómo
estima usted personalmente la situación de la división en este momento? - ¿No
está claro? - VesnÍn ablandó un cigarrillo, prendió un fósforo y lo encendió-.
Usted mismo se habrá persuadido de la situación creada en la división al caer
la tarde. ¿A qué se debe la pregunta? El coronel Osin se irguió detrás de la
mesa: - Me he persuadido personalmente, camarada miembro del Consejo
Militar.... - Le escucho a usted, le escucho. -Vesnín dio una chupada al
cigarrillo, no interrumpiendo a Osin con estas palabras, sino apremiándole y,
al soltar el humo hacia el "murciélago", le hizo un gesto con la
cabeza porque efectivamente seguía sin comprender la causa de la llegada del
jefe del contraespionaje: la presencia en el observatorio durante el combate no
entraba en sus obligaciones directas-. Siga usted. ¿A qué ha venido usted
exactamente? Me interesa saberlo. Ya comprenderá usted que no resulta muy
corriente. El coronel Osin se pasó un puño por la frente, reflexionando. Sus
cabellos claros y rizosos se habían apelmazado; los pómulos salientes, bien
afeitados, parecían de ladrillo. Aspiró el aire por la nariz y habló con voz
más segura: - Mi venida parecerá probablemente extraña, camarada miembro del
Consejo Militar. Pero yo no soy el único alarmado por la situación de la unidad
de Déev en este momento. También he escuchado la opinión del general Yatsenko y
del miembro del Consejo Militar del Frente, Golubkov.
- ¿De qué se trata? -Vesnín enarcó las cejas-.
¿Qué ha dicho usted de Golubkov? ¿Está en el estado mayor del ejército? ¿Le ha
visto usted? - Sí, ha venido... Y también ha expresado su temor respecto a la
compleja situación de la división. Golubkov no se encuentra ahora en el estado
mayor, sino en el observatorio del ejército. Quería verle, pero estaba usted
aquí... El coronel Osin acarició a derecha e izquierda con su mano grande las
tablas ásperas de la mesa, sonrió a Vesnín como disculpándose con sus ojos
azulencos, que parecían aferrados a los de él, no con la expresión de defensiva
candidez aldeana que tenía cuando hablaba con Bessónov, sino con el deseo de
evitar delicadamente lo que pudiera ofender, de no rebasar ciertos límites de
subordinación. - Se ha hablado de que, para dirigir el combate, al comandante
en jefe y a usted les sería más cómodo encontrarse en un sitio donde, al fin y
al cabo, no hubiera tanto peligro para su seguridad. En el observatorio del
ejército, por ejemplo. - ¿Cómo? ¿Trasladarnos del observatorio de la división
al del ejército? ¿Ahora? - Al observatorio del ejército se puede llegar todavía
por el extremo noroccidental del pueblo. Así he venido yo, precisamente. Allí
hay todavía una calma relativa. No existe ya otro camino. Por mis propios ojos
he visto los tanques alemanes en las calles. Pero también ese camino puede ser
cortado en cualquier momento. - ¿Trasladarnos al observatorio del ejército, ha
dicho usted? ¿Acaso entra esa preocupación en sus obligaciones? -preguntó Vesnín,
y se encogió de hombros. - Camarada miembro del Consejo Militar -replicó Osin
con cierto agravio y reproche, sorprendido de la ingenua franqueza de Vesnín-:
en este caso, como he dicho, no es mi opinión personal. Pero, a menudo, hay
azares del combate que me obligan a preocuparme también a mí. - ¡Ah, sí! Sí, sí
-asintió Vesnín-. La preocupación, sí... Pero, también yo estoy preocupado,
camarada Osin. Y el comandante en jefe tanto como yo. Es natural. Pienso que
también él sabe que la infantería son los brazos, los tanques las piernas y el
jefe militar, la cabeza... Si se pierde la cabeza, se pierde todo. Bessónov no
es de los que pierden la cabeza y arriesgan sin necesidad.
Después de decir esto intencionadamente, observó
unos segundos con curioso interés los cabellos claros y rizosos de Osin, que
parecían todavía húmedos, aplastados por el gorro, su frente ancha, la nariz
algo ganchuda, su rostro redondo, con la sana rubicundez del hombre recio por
naturaleza, con una fuerte afluencia de sangre y nervios fuertes, y le pareció
ver por primera vez las blancas pestañas rectas y las chispas gélidas de tesón
en los ojos azulencos del coronel que, al mismo tiempo, se mostraba precavido
en cada una de sus palabras. De pronto, las mejillas de Vesnín empezaron a
encenderse, a cubrirse de manchas, y algo hostil como una decepción fue
alzándose dentro de él contra Osin, contra su tranquila y sólida salud, la
ancha frente abultada y las cejas blancas, contra sus consejos a medias y esa
reserva y esa cortesía detrás de las cuales se disimulaba una callada y
delicada pertenencia a un poder protector especial que, en virtud de muchas
circunstancias, era preciso, existía al lado, en un mismo ejército con Vesnín,
cumpliendo sus funciones necesarias, sin mezclarse nunca en la situación del
combate. Y Vesnín, se levantó sofocando la irritación. - ¿De manera, camarada
Osin -dijo y, salpicando las mejillas de rojo, dio unos paseos por el refugio con
las manos metidas en los bolsillos de la zamarra-, que en vista de la situación
existente en esta unidad, el general Bessónov y yo debemos abandonar este
puesto de observación? Pero, al fin y al cabo, ya sabe usted que en la guerra
nadie está nunca ni en ninguna parte a salvo de un casco de metralla o de una
bala. Ni en el observatorio de un ejército ni en el de una división. -Vesnín
vio de pronto la nuca rubia de Osin, el cuello redondo afeitado, las orejas
lisas, atentas y sensibles, y prosiguió notándosele ya la irritación en la
voz-: ¡Qué tonterías! ¿De qué está usted hablando? No puedo comprenderlo.
¿Quién le ha aconsejado eso? ¿Golubkov? ¡No creo que haya podido aconsejar nada
semejante! ¡De ninguna manera! - Usted perdone, camarada comisario de división,
pero la mixtificación no entra en mis costumbres. Además, que aparte del
encargo de Golubkov me trae otro asunto de Índole algo distinta... Aquella voz
insinuante y baja del coronel Osin retuvo a Vesnín junto a la mesa. Parecieron
enfriarle un instante la mirada entendida, elevada a su encuentro, y el gélido
azul de los ojos del jefe del contraespionaje, que brilló a la luz del
"murciélago". Entonces se acercó a la mesa y apoyados los dedos en
las tablas, preguntó exigente: - ¿De qué se trata? De los ojos elevados hacia
la lámpara partía cierto fluido vidrioso que chocaba con el rostro de Vesnín;
pero Osin callaba como si con esa mirada midiese precavida y simultáneamente
algo dentro de sí mismo y de Vesnín, sin decidirse aún a hablar, a superar algo
que le retenía. - ¡Hable usted! -exigió Vesnín. Osin se levantó, fue hacia la
salida del refugio, permaneció allí un minuto, luego volvió a sentarse a la
mesa. Las tablas gimieron bajo su cuerpo recio. Y el fluido vidrioso volvió a
rozar a Vesnín al mismo tiempo que la voz apagada de Osin:
- Compréndame usted debidamente, camarada miembro
del Consejo Militar: ¿por qué han de desdeñar la preocupación, usted y el
comandante en jefe, si hay posibilidad de no desdeñarla? Conozco el carácter
del comandante, que no habría querido ni siquiera escucharme, y por eso hablo
con usted, representante autorizado del partido, con absoluta franqueza. -
Bien. Prosiga -dijo Vesnín, y se inclinó más todavía sobre la mesa mirando las
pupilas verificadoras de Osin y, no obstante, sin adivinar del todo algo que no
acababa de decir el jefe del contraespionaje, ya fuera por una reserva
aparentemente habitual o por temor a él, miembro del Consejo Militar, dotado de
un poder incomparablemente mayor. - Camarada comisario de división -la
expresión verificadora no desapareció, pero las cejas claras de Osin se
enarcaron un poco-: para usted no existen datos secretos, usted conoce a la
perfección los fatales sucesos ocurridos en el Frente de Vóljov en junio de
este año. ¿Los recuerda usted, verdad? - ¿Cómo? -Vesnín se apartó
impetuosamente de la mesa haciendo fuerza con los dedos, metió las manos en los
bolsillos de la zamarra y, sin sacarlas, aterido de pronto, dio unos paseos por
el refugio-. Lo cierto es que no entiendo muy bien. ¿Se refiere usted al
Segundo Ejército de choque? - Sí; a los sucesos ocurridos en el Segundo
Ejército de choque. Eso no se puede olvidar. Justamente... -confirmó
significativamente Osin, y miró hacia la cobertura del refugio, que crujía de
las explosiones próximas. El "murciélago" empezó a balancearse a
derecha e izquierda sobre sus cabezas-. Fíjese: los tanques disparan todo el
tiempo contra el puesto de observación... Vesnín se sentó con brusco movimiento
junto a la mesa, con brusco movimiento sacó las manos de los bolsillos y las
adelantó hacia el paquete de cigarrillos sobre el cual caía un hilillo de
tierra desde el techo, pero en seguida lo apartó, se frotó las sienes como para
mitigar un dolor de cabeza y repentinamente posó en Osin una mirada sorprendida
y recta. Algo estalló dentro de Vesnín. Notó que iba a ceder a un arrebato, a
pegar un puñetazo sobre la mesa, pero se limitó a pronunciar, iracundo: - ¿Qué
relación tiene todo eso? ¿Acaso le preocupa a usted, camarada Osin..., acaso
teme que si se produce el cerco de la división nos ocurra a Bessónov y a mí
Dios sabe qué? ¿De dónde le viene esa precaución? - ¿Por qué dice usted esas
cosas, camarada miembro del Consejo Militar? -Osin había bajado las pestañas
blancas y hablaba sinceramente y con agravio-. ¿Por qué? Yo conozco el valor
del general Bessónov también le conozco a usted y no puedo explicarme por qué
piensa usted, perdone que se lo diga, que soy tonto de capirote. No quisiera
que se interpretara mal lo que digo. - ¿Cómo se debe interpretar? - Me refiero
a las eventualidades. ¿Todavía no está enterado de la trágica suerte del hijo
del comandante en jefe, el alférez Bessónov?
Las explosiones de los proyectiles sacudieron el
refugio, de nuevo se agitó la lámpara bajo los troncos que crujían y granos de
tierra repiquetearon en las tablas de la mesa. Alguien pasó corriendo
pesadamente y gritando por la trinchera delante del refugio y se escucharon
voces confusas de respuesta; pero Vesnín no prestaba atención al ajetreo que se
había producido en la trinchera. - No -contestó-. Bueno, sé que el hijo del
comandante en jefe ha desaparecido en el frente de Vóljov. Y usted, ¿qué sabe?
Osin volvió la cabeza hacia la salida del refugio, prestó oído a las
explosiones en la cota y a las voces en la trinchera, luego posó un poco
indeciso sobre la mesa su abultado portaplanos nuevecito, flamante, y lo abrió.
Bajo sus dedos se oyó un ruido de papeles hojeados. - Vea usted el último
hecho, camarada comisario de división. Acabo de recibir esta octavilla y he
querido informarle e inmediatamente. Vea usted... Con leve susurro de ratón la
pequeña hoja cuidadosamente extraída de entre los papeles del portaplanos por
Osin, que la tendió por encima de la mesa a Vesnín, vino a posarse delante de
éste sobre las tablas sin desbastar como un rectángulo amarillo. Saltaba a los
ojos la mancha negruzca de una fotografía, mal reproducida en el papel barato
de periódico, con este pie en gruesos caracteres: "El hijo de un conocido
militar bolchevique es curado en un hospital alemán". En la foto, un
muchacho muy delgado, como si acabara de pasar alguna enfermedad agotadora,
pelado al cero, con distintivos de alférez en la guerrera cuyo cuello
desabrochado dejaba ver una tirilla limpia, torcida, estaba sentado en una
butaca junto a un velador con dos oficiales alemanes que volvían hacia él las
caras de sonrisa falsa. El muchacho sonreía también de una manera extraña, dolorosa,
mirando unas copas altas colocadas en el centro del velador. Junto al brazo del
sillón estaba recostada una muleta. - ¿Está falsificada o es efectivamente el
hijo del general Bessónov? -inquirió Vesnín resistiéndose a creer que aquel
chico pelado, agotado como si hubiera pasado el tifus, pudiera ser el hijo de
Bessónov y, al hacer la pregunta, posó los ojos en Osin advirtiéndole ya
tácitamente que no perdonaría un error. - Todo ha sido comprobado, camarada
comisario de división -le calmó Osin con la expresión seria y rigurosa de la
persona que sabe de lo que responde-. En cuanto a la fotografía, la
equivocación está enteramente excluida. Vea usted el texto. Osin se echó hacia
atrás, haciendo crujir el cajón, y exhaló el aire por la nariz.
Vesnín recorrió con los ojos el breve texto que
acompañaba la fotografía, comprendiendo con trabajo su sentido, releyendo
varias veces las frases que exhalaban el veneno de siempre, el olor extraño, la
mentira intensa y cáustica de la propaganda fascista habitual en las
octavillas; pero su atención escapaba constantemente al texto, no podía
concentrarse. Entonces dejaba de leer y miraba el manchón negro de la
fotografía, la sonrisa dolorosa del muchacho pelado al cero, la muleta
recostada contra el brazo del sillón, la tirilla limpia, cosida torcida al
cuello desabrochado, la pobre garganta juvenil enjuta del hijo del general
Bessónov. La atención de Vesnín se detuvo en algunas frases: "El hijo del
conocido militar soviético Bessónov, que como se sabe manda un grupo de
unidades desde el comienzo de la guerra, ha declarado a representantes del
mando alemán que la compañía que él mandaba, escasamente instruida y mal
armada, fue lanzada al matadero. El último combate fue insoportable... El
alférez Bessónov, que había luchado valerosamente, casi fanáticamente, y fue
herido de gravedad, declaró también: "Me sorprendió mucho que me
hospitalizaran y me curaran. En el hospital vi a muchos prisioneros soviéticos.
Se les presta asistencia médica completa. La propaganda de los comisarios
soviéticos difunde rumores acerca de que los alemanes cometen ferocidades, cosa
que no responde a la realidad. Aquí, en el hospital, he tenido tiempo de
comprender que los alemanes son una nación altamente civilizada, humana, que
quiere imponer la libertad a Rusia después de derrocar el bolchevismo...” - ¿Ha
leído, camarada miembro del Consejo Militar? -resonó la voz grave de Osin que
había observado la larga lectura de Vesnín-. ¿Me permite que recoja la
octavilla? "De manera que es el hijo de Bessónov. Vive, y eso no deja ya
lugar a dudas -pensó Vesnín, incapaz aún de apartar la mirada de la fotografía
grisácea de aquel muchacho extenuado, con distintivos de alférez-. Bessónov no
sabe esto. Quizá se lo imagine, pero no lo sabe. ¿Qué es esto? El texto está
evidentemente falsificado. Una falsificación indudable, como tantas otras.
Algún canalla hecho prisionero al mismo tiempo habrá dicho a los alemanes que
era hijo de un general. Sí, seguro. Es lo más probable. No puede ser de otra
manera. Y entonces le hospitalizaron. En el primer interrogatorio le harían la
fotografía, luego inventaron el texto. ¡No puede ser de otro modo! ¡Si es un
chiquillo, educado por el Komsomol, por el poder soviético! No; otra cosa, no
la creo, no puedo creerla". - Camarada miembro del Consejo Militar: la
octavilla, como usted comprenderá, no debe ser difundida. Es decir... No
quisiera de ningún modo que llegara a conocimiento del comandante en jefe. -
Aguarde usted.
"¡Ay, Bessónov, Bessónov!... Dijo que le
habían informado de que su hijo había desaparecido. Que no figuraba en las
listas de muertos y heridos. ¿Qué fecha tiene la octavilla? 14 de octubre de
1942. Hace unos dos meses." - Perdone usted, pero le ruego que me devuelva
la octavilla. Por si entrara fortuitamente el comandante. No tenemos derecho de
causarle esa herida moral... "¿Se sabía esto o no se sabía en Moscú cuando
estaba allí Bessónov? "La octavilla, como usted comprenderá, no debe ser
difundida"… "No tenemos derecho de causarle esa herida moral"…
De manera que alguien oculta al comandante, de uno u otro modo, la tragedia
verdadera de su hijo. Pero, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene?" - Dígame,
camarada Osin: ¿usted cree en esta octavilla? -preguntó Vesnín a media voz-.
¿Cree que este chico... ha vendido, ha traicionado?... - No lo pienso -contestó
Osin con un ademán despectivo. Pero luego se enmendó-: Pero... en la guerra,
todo es posible. Absolutamente todo. Eso, también lo sé. - ¿También lo sabe?
-repitió Vesnín. Procurando disimular el temblor de los dedos, dobló la
octavilla en cuatro y, después de desabrocharse la zamarra, se la guardó en el
bolsillo del pecho-: Me quedo con la octavilla, aunque "no para ser
difundida", como ha dicho usted. -Vesnín colocó los puños cerrados sobre
la mesa-. Ahora, escuche usted un consejo que le doy: ¡márchese inmediatamente
de aquí! Márchese del observatorio al momento. Así será mejor. Márchese ahora
mismo. Y, apoyándose con los puños en la mesa, Vesnín se levantó. Osin le
imitó, pero empujando la mesa con las rodillas en su excesivo ímpetu. Una
palidez momentánea había ahuyentado la sana afluencia de sangre de su rostro
grueso y la piel estaba tirante en sus mejillas. - Y si algo ocurre en el
cerco, coronel Osin... -terminó Vesnín recalcando las palabras-, si algo
ocurre, la seguridad... está aquí. -Pasó la mano por el cinto y pegó una
palmada sobre la funda de la pistola que llevaba al costado-. Esta es...
Permanecieron algún tiempo callados, de pie a ambos extremos de la mesa. Los
proyectiles de los tanques martilleaban la cota, parecían desplazar el refugio
hacia un lado; hilillos de tierra fluían de entre los troncos por las paredes,
susurraban en los catres; de su balanceo junto al techo, el
"murciélago" tenía el cristal renegrido, ahumado. Dispuesto ya a
salir, después de esta conversación del refugio a la trinchera, al aire frío
donde había gente, donde se escuchaban órdenes y voces vivas, Vesnín vio que
los gruesos labios de Osin esbozaban una sonrisa, aunque no sonreían en
absoluto sus ojos azulencos, y profirió con repugnancia hacia sí mismo por su
rudeza: - A Bessónov, no le llegará ni una palabra de esta conversación.
Osin calló cortésmente. No olvidaba ni por un
instante el gran poder de Vesnín, sus buenas relaciones con Golubkov, miembro
del Consejo Militar del Frente; no olvidaba que tenía derecho de ponerse en
contacto directamente con Moscú, y pensaba al mismo tiempo en Vesnín como en un
hombre excesivamente fogoso, poco perspicaz, incauto, incluso blando: no le
inspiraban confianza la estabilidad de la posición de personas así. Osin estaba
enterado de todo lo relativo a él: sabía que Vesnín no era militar de carrera,
sino hombre civil, profesor de la Escuela Superior del Partido y de la Academia
Política; recordaba perfectamente que su segunda esposa, armenia, era profesora
de química; que tenía una hija de diez años, Nina, de la primera esposa, un
hermano de la cual fue condenado al final de la década del treinta, por cuya
razón se le había impuesto a Vesnín un riguroso apercibimiento retirado tan
sólo en vísperas de la guerra; sabía que en el cuarenta y uno, siendo ya
comisario de división, había salido de un cerco en las proximidades de Elnia
sacando casi un regimiento entero; sabía y recordaba muchas cosas que el propio
Vesnín había olvidado probablemente hacía ya tiempo. Pero, sopesando todo esto
en su tenaz y vasta memoria, Osin se encubría, por costumbre, tras una sonrisa
inexpresiva. Y del mismo modo indefinido contestó a Vesnín: - Personalmente, yo
no hago hincapié en nada, camarada comisario de división. Me limito a cumplir
con mi deber... Por el cargo que desempeño y como miembro del partido. - Pues,
en vista de que su deber está cumplido -profirió sombríamente Vesnín-, no tiene
nada más que hacer aquí. Le repito que se marche inmediatamente del
observatorio y no tema las eventualidades. ¡No se puede imaginar nada más
descabellado que su precaución! ¿Es posible que el sólo concepto de
"cerco" provoque temores místicos? Vesnín se acercó a la mesa
volviendo las gafas hacia el coronel Osin, agarró el paquete de cigarrillos
manchado de tierra y, encorvándose para trasponer la puerta del refugio, salió
a la oscuridad fulgurante de bengalas, al rumor de las ráfagas de metralleta, a
los disparos que el viento dispersaba sobre el parapeto de la trinchera.
Capítulo 17
Al salir del refugio, deslumbrado por los
chispazos rojos y verdes de las bengalas y ensordecido por las ráfagas que
restallaban sonoras, como en el mismo oído, Vesnín tardó un poco en encontrar a
Bessónov en la trinchera. En un recodo de la zanja de comunicación advirtió a
varios hombres en los parapetos, que disparaban con metralletas hacia abajo y,
sin detenerse, inquirió maquinalmente: - ¿Qué han descubierto? ¿A dónde
disparan?
- Andan husmeando por las pendientes -contestó
alguien-. ¡Se están filtrando los muy c...! -y, después de soltar una ráfaga,
pegó con la palma de la mano contra el disco-. Usted perdone, camarada
comisario de división. Vesnín reconoció al mayor Bozhichko: el gorro hacía
equilibrios en la nuca, descubriendo las sienes prematuramente despobladas, y
en todo el rostro brillaba un alegre ardor. - No soy ninguna señorita
remilgada. No veo de qué tengo que perdonarle -dijo Vesnín y sonrió-. Al revés:
le quedo agradecido por su buen ánimo. ¿Dónde está el comandante en jefe? - Un
poco más adelante siguiendo la trinchera. Con Déev -contestó Bozhichko y,
curioso, inquirió-: ¿Y Osin? ¿Dónde está? Vaya héroe, ¿eh? Se ha abierto paso
hasta el observatorio combatiendo, como aquel que dice. ¿Para qué?, pregunto
yo. ¿Quiere ganarse una condecoración por haber participado en los combates?
Aquí tiene usted a Kasiankin, que tampoco lo sabe. No quiere descubrir los
secretos militares. Es todo un tío. Enardecido por el tiroteo, Bozhichko
hablaba sin miramientos y sin disimular su habitual confianza en el trato con
Vesnín. Al referirse a Kasiankin pegó una sonora palmada sobre la espalda de
alguien que formaba un bulto oscuro, tendido junto a él en el parapeto. Luego
dijo riendo: - Quiero convencer a Kasiankin de que mate por lo menos a un
ocupante, como se dice en la poesía, para que pueda contarlo después de la
guerra, camarada comisario de división, y me contesta que a él los versos le
tienen sin cuidado. No te preocupes, que yo te educaré, Kasiankin. No vas a
estar siempre de cagatintas. Perdone usted la expresión, camarada comisario de
división... ¿Me oyes, Kasiankin? Aprende de mí mientras estoy vivo. Venga,
hombre, suelta aquí unas ráfagas cortas. - ¡Déjeme usted en paz, camarada
mayor! -replicó la voz desconcertada de Kasiankin-. Camarada miembro del
Consejo Militar: el mayor Bozhichko no tiene derecho de darme órdenes ni
reprocharme que esté en la retaguardia... - ¿Todavía está usted aquí,
Kasiankin? -profirió Vesnín-. ¿Y por qué precisamente aquí? Siempre benévolo
con la sencillez y la ironía ligera del comunicativo Bozhichko, no paró mientes
en sus pullas y, después de la conversación con Osin y de la noticia súbita y
dolorosa que había dejado brusca y como casualmente al desnudo la suerte del
hijo de Bessónov, sólo pensó al ver a Kasiankin que Osin no se había marchado
aún del puesto de observación. Y cuando Kasiankin se dejó resbalar sobre el
vientre del parapeto ajustándose ofendido el correaje, Vesnín dijo en un tono de
orden:
- Escúcheme atentamente, Kasiankin. Vaya ahora
mismo donde el coronel. Le espera en el refugio de los artilleros. Al final de
la trinchera. Y vuélvanse inmediatamente al estado mayor del ejército. ¡Vaya
corriendo! - ¡A la orden, camarada comisario de división! ¡Voy corriendo!
-exclamó Kasiankin evidentemente encantado. Veía en la orden un alivio para él
y, después de llevarse la mano a la frente, echó a correr torpemente por la
trinchera que iluminaban las bengalas. - ¿Qué ha ocurrido de verdad, camarada
comisario de división? -preguntó Bozhichko, ya serio-. ¿O es un secreto? - El
humor de usted, Bozhichko, puedo comprenderlo yo porque le conozco -dijo
Vesnín-. Pero no se haga muchas ilusiones de que le comprenden todos. ¿No sabe
usted que hay personas que toman las bromas demasiado en serio? - Gracias,
camarada comisario de división. Pero yo me... en esas personas serias, y usted
perdone. Mi vida está límpida como el cristal -exclamó alegremente Bozhichko-.
Estoy solito en el mundo y me siento bien así. De manera que sólo puedo perder
los galones. En cuanto a Kasiankin, es un cretino y un zoquete. Siempre se le
ve el plumero cuando quiere sonsacar algo. Da risa. Se ha creído que iba a
valerle eso de la comunidad de almas entre ayudantes. - ¿Cómo? -Vesnín frunció
las cejas sin entender muy bien-. ¿A qué se refiere? - ¡Valiente imbécil! -rió
Bozhichko-. Pero curioso, ¿eh?... Me dice: "¿Qué tal el comandante? ¿No es
muy exigente el general? ¿No le obliga a que le quite las botas? ¿No empina el
codo a solas?" Y yo: "¿Sabes los versos de Mata al alemán? ¿Eres
capaz de empuñar un fusil automático? ¿Cómo hay que sujetarlo: debajo del
sobaco o más abajo de la cintura?" Y él, vuelta a lo suyo: "Muy
sombrío parece el general, ¿no? Y con el comisario, ¿qué tal? ¿Hacen buenas
migas o están de punta?" Y yo: "¿No te has puesto nunca un orinal en
lugar del casco?" ¡Una conversación encantadora y sincera, camarada
comisario de división! - ¿Está allí Bessónov? -preguntó Vesnín mirando ya hacia
el lugar de la trinchera donde las siluetas humanas surgían y se borraban según
la luz de las bengalas. Echó a andar por la zanja, pero fue aflojando el paso
en contra de su voluntad hasta detenerse de pronto en el nicho del goniómetro
porque era incapaz de decirle ahora a Bessónov lo que sabía él y sabía el
coronel Osin pero no se imaginaba de ningún modo Bessónov: la horrible suerte
antinatural de aquel chico pelado, de sonrisa dolorosa -su hijo-, que no había
muerto sino que vivía prisionero desde hacía ya varios meses.
"Puede preguntar a qué se debe la venida de
Osin, ¿Qué le voy a contestar? ¿Cómo me acerco ahora a él y le miento en su
cara sin tener derecho humano para hacerlo? -pensaba Vesnín-. Entonces, ¿qué
relaciones van a ser las nuestras en adelante? No; no puedo acercarme a él y
fingir que no ha ocurrido nada. Entre nosotros debe haber una franqueza y una
claridad absolutas... Pero, ahora, soy incapaz de hablarle de su hijo; no
puedo...” Vesnín notaba que la patente complejidad y la tirantez de sus relaciones
con Bessónov no le daban ningún derecho ni firmeza para fingir
diplomáticamente, que no era capaz de suavizar nada, de rehuir lo esencial y,
detenido en el nicho del goniómetro, experimentaba una repulsiva vergüenza
abrasadora, como si hubiera vomitado delante de la gente. - ¡Piotr
Alexándrovich! -Inesperadamente para sí mismo, Vesnín salió del nicho y avanzó
rápidamente hacia Bessónov, rodeado de oficiales junto al tubo estereoscópico-.
Piotr Alexándrovich... - Precisamente le necesitaba a usted, Vitali Isáevich
-dijo Bessónov apartándose del estereoscopio, y se limpió con el pañuelo el
rostro salpicado de nieve-. La 305 ha entrado en combate. Veremos ahora cómo se
ponen las cosas. Pero lo principal... -Seguía enjugándose el rostro con aire
distraído de meditación-. Lo principal ahora son los cuerpos de tanques y
mecanizado. ¡Hay que apresurarlos, apresurarlos con todas las fuerzas! Quisiera
pedirle, Vitali Isáevich, que fuera al encuentro del cuerpo de tanques a la
zona de concentración y, si no tiene nada en contra, que se quedara allí de
momento para coordinar mejor las acciones. Me parece imprescindible. Además, en
lo que recuerdo, siente usted simpatías por los tanquistas, ¿no? Contraída la
garganta, Vesnín apenas pudo contestar: - Así lo haré, Piotr Alexándrovich...
Me marcharé inmediatamente... - De acuerdo. Pero, en el pueblo, ande con ojo
porque la situación no ha sido restablecida aún en la margen septentrional. ...
Cuando Vesnín se aproximó al sitio de la trinchera donde acababa de ver al
mayor Bozhichko, éste seguía disparando, tendido sobre el parapeto. De las
ráfagas, el hombro le trepidaba y el gorro se le había deslizado hacia la nuca.
- Mayor Bozhichko, haga el favor. Bozhichko se volvió al oírle, pegó una
palmada en el gorro para sujetárselo en la nuca y lanzó briosamente: - ¡Vaya si
nos cercan los fritzes! Llegan en transportadores blindados y se desparraman
como garrapatas. ¡A la orden, camarada comisario de división! Vesnín estaba de
pie en la trinchera con la cabeza gacha. - Escúcheme, Bozhichko: debo marcharme
ahora mismo al cuerpo de tanques. No se olvide usted de una cosa: debe cuidar
del comandante como de las niñas de sus ojos. Le aconsejo estar cerca de él.
- Entendido, camarada comisario de división
-Bozhichko bajó la metralleta y preguntó-: ¿Se marcha usted ahora mismo?
Perdone, pero ¿no será demasiado?... A la cota, parece que disparan desde todas
partes. - Van conmigo el coronel Osin y la escolta. -Vesnín sacudió levemente a
Bozhichko por un brazo-. Tonterías. Seguiremos el mismo camino que Osin al
venir. Todo saldrá bien, Bozhichko. En momentos peores nos hemos visto... -
¡Suerte, camarada comisario de división! - ¡Al diablo, al diablo, Bozhichko!
-sonrió Vesnín agitando una mano, El coronel Osin y Kasiankin estaban aún en el
refugio de los artilleros sentados ante la mesa y, prestando oído al tiroteo,
esperaban algo en sombrío silencio. Vesnín traspuso el umbral y, sin manifestar
premura, con calma inquisitiva, observó a Osin, que se había puesto de pie de
un salto, antes de decir en tono autoritario ajeno a él: - Voy con usted,
coronel Osin. Hasta el pueblo de Grigórievskaya. ¿Dónde está el automóvil?
¡Tome usted una escolta! - Me alegro, camarada comisario de división… me alegro
mucho. Gracias. Los automóviles están camuflados en un cobertizo al pie de la
cota. Gracias... -pronunció satisfecho Osin, tomó su portaplanos de cuero de
encima de la mesa y, con cierta precaución inquirió-: ¿Y el general Bessónov?
¿Se queda aquí? Vesnín no pudo reprimirse: - Pero, ¿se ha creído que voy con
usted por razones de seguridad personal? ¿Es posible que tenga esa idea? - Hace
usted mal en enfadarse conmigo, camarada comisario de división -observó
ofendido Osin entornando las pestañas blancas-. Pienso que encontrará usted al
miembro del Consejo Militar del frente en el puesto de observación del
ejército. Y él mismo le expondrá su inquietud. - No demoremos, Osin. ¡Vamos al
coche! - Iremos por el extremo noroccidental hasta el camino vecinal -dijo
Osin-. De momento, se puede pasar. Sólo abajo, al pie de la cota, cuando los
automóviles dieron media vuelta en una calleja del pueblo a una orden de Osin y
aceleraron en seguida lanzándose hacia el extremo noroccidental del pueblo comprendió
Vesnín lo precario e inestable de la situación de la división de Déev. Desde
arriba, desde el observatorio, le había parecido algo distinta, no tan grave ni
tan extremadamente aguda. Los golpes retumbantes del combate, ya muy próximo,
pegaban en los oídos sacudidas ininterrumpidas.
Toda aquella parte del pueblo estaba ampliamente
abarcada por los incendios que resultaban más grandes de cerca: todo se
retorcía, se desplomaba, se contorsionaba y se movía en medio de las llamas
encabritadas entre las casas por las explosiones de los proyectiles; las
ráfagas de ametralladora arrancaban de las buhardillas ardientes haces de
chispas que se desparramaban; el ardor amargo y acre del aire recalentado se
notaba también dentro del coche. Mezclado con el humo, picaba en los ojos y los
hacía llorar. Irritaba la garganta que empezaba a escocer. El chófer tosía a
cada memento, apoyando el pecho en el volante. En el extremo más lejano de una
calle, Vesnín divisó un segundo tanques que se deslizaron como un resplandor
rojo detrás de las casas. Apenas entrevistos, desaparecieron alejándose del
coche; mejor dicho, el coche se alejaba de ellos, y Vesnín no tuvo tiempo de
comprobar de quién eran. - ¡Mete todo el acelerador! Y sigue a Titkov, que
conoce el camino. Al salir del pueblo, tuerce a la derecha en seguida -gritó
Osin con la excitación de una persona que ha asumido toda la responsabilidad, y
volvió hacia Vesnín su rostro redondo, de facciones firmes-. ¡Pasaremos,
camarada comisario de división! - No lo dudo. - Todo irá bien -repitió Osin, y
aspiró el aire profunda e intermitentemente-. Son unos tres kilómetros
peligrosos... Tenía ganas de hablar, pero eso era lo que menos deseaba Vesnín.
Iba sentado atrás, al lado de Kasiankin que se encogía, callado, contra el
respaldo del asiento. La metralleta que llevaba el ayudante sobre las rodillas
rebotaba en los baches y le pegaba a Vesnín en un costado. La mirada de
Kasiankin erraba de la nuca del chófer, sacudido por la tos, al camino nevado
que las hogueras de las casas iluminaban. Las palabras de Osin parecieron
estremecerle al imaginarse aquellos tres kilómetros, y miró asustado a derecha
e izquierda. "Qué muchacho tan extraño. ¿Tanto miedo tendrá?" -pensó
Vesnín. - Sujete mejor la metralleta, Kasiankin, o démela a mí -dijo Vesnín-.
Veo que, desgraciadamente, Bozhichka no ha logrado enseñarle a manejarla. - Si
la sujeto... la sujeto, camarada comisario de división -contestó con voz
entrecortada Kasiankin, y añadió obsequioso-: Perdone usted, por favor. - ¡Este
Kasiankin! Cuidado que se lo digo veces... -pronunció Osin con leve
contrariedad y después de mover los músculos de las mejillas y mirar de soslayo
a Kasiankin, dijo conciliador a Vesnín-: Muchas gracias, camarada comisario de
división, por haberme comprendido bien... ¿Qué necesidad hay de arriesgar sin
sentido? Usted mismo ve que ha quedado un solo camino relativamente libre. El
único, y lo tienen...
- Le he comprendido bien, camarada Osin -contestó
Vesnín con calma deliberada-. Tan a fondo le he comprendido, que no tenemos
ahora de qué hablar. Lo dejaremos para luego.
- Bien, camarada comisario de división -accedió
en seguida Osin fingiendo comprensión y calma también. Después se volvió con
deliberada tranquilidad y se arrellanó bien en el asiento. A la derecha
brillaban los incendios menos frecuentes; delante parecía terminar la calle. El
coche corría a lo largo de la orilla. La cota redonda del observatorio se
alzaba ya detrás y, a la izquierda, sobre los tejados de las casas, al otro
lado del río, brotó, amplio y escarlata, el ardiente resplandor del combate,
matizado por los relámpagos de las bengalas; los proyectiles rompedores
estallaban en guedejas y chispas en el cielo incandescente y de aquella parte
llegaba un fragor discordante y compacto. Bañado todo en luz escarlata, el
coche se alejaba de aquel resplandor y del combate del otro lado del río hacia
la derecha trepando una cuesta, en el extremo del pueblo, por delante de las
últimas casitas. Y Vesnín, con una involuntaria sensación de alivio, de cierto
desahogo, veía ahora delante el coche de la escolta que subía a toda velocidad
la cuesta, pulida como un espejo, del altozano donde, a la salida del pueblo,
terminaba la frontera del fuego. Allí rojeaba suavemente la oscuridad de la
noche. Incluso por el rugido profundo del motor, por el traqueteo que
comunicaba al coche la velocidad, por esa anchurosa oscuridad tendida delante
sobre la estepa que llenaba la noche virgen, Vesnín se daba cuenta de que sólo
entonces había pasado el peligro, de que sólo entonces habían quedado atrás la
zona del combate, los tanques alemanes en el pueblo, el río, el puesto de
observación de la división sobre la orilla; y, de pronto, se le apareció con
nitidez palpable el rostro frío y cansado de Bessónov escuchando los informes
de los oficiales, allá en la cota. Después de haber pensado en esto con cierta
alarma, volvió a ver el parabrisas iluminado por el resplandor de las llamas,
la recia espalda de Osin, una oreja pequeña, roja, medio aplastada por el gorro
encima de la piel del cuello de la zamarra y, con toda precisión, un extremo del
ojo clavado intensa, interrogante y atentamente en el chófer. Este, acometido
por una tos nerviosa, se inclinaba sobre el volante, estremecido febrilmente
como en un ataque, aunque no olía ya a quemado. - ¿Qué haces? ¿Estás idiota?
¿Por qué aflojas la marcha? -gritó de pronto Osin, y se acercó con todo el
cuerpo al chófer-. ¿Cómo? ¿Cómo?... ¿Qué pasa? - Camarada coronel... ¡Mire!
-pronunció a duras penas el chófer a través de la tos ininterrumpida-. ¡Mire,
mire ahí delante!...
- Titkov... Parece que da media vuelta...
-anunció con voz chillona Kasiankin, alargando el cuello hacia el chófer. Se
había incorporado y se aferraba con ambas manos al respaldo del asiento
delantero. La metralleta se había deslizado de sus rodillas al suelo del coche
y rebotaba sobre los pies de Vesnín. - ¡Tanques! ... -pronunció roncamente el
chófer mirando enloquecido a los lados-. ¡Los alemanes están delante! - ¿Dónde?
¿Qué alemanes? -gritó Osin-. ¿De dónde? Son nuestros T-34. ¡Adelante! ¿Te has
vuelto loco, imbécil? ¡Mete el acelerador! La metralleta golpeteaba con
creciente rapidez los pies de Vesnín. "¡Sujete usted la metralleta,
hombre!", quería decirle Vesnín a Kasiankin, pero no lo dijo porque vio lo
que sucedía delante. Rugiendo en la cuesta, el coche había trepado al altozano
que dominaba al pueblo. Entonces apareció, alzándose como una muralla, la
oscuridad rosácea de la estepa hasta el horizonte negro. Y en medio de esa
oscuridad, convertida en crepúsculo al diluirla el resplandor del fuego, el
coche delantero donde iba la escolta viraba precipitadamente en el altozano,
pegando sacudidas caóticas a un lado y otro, delante de unas siluetas enormes,
parecidas a almiares. Por fin dio media vuelta y, rebotando en los baches,
emprendió la bajada a toda velocidad. Por la portezuela abierta de la derecha
asomaba medio cuerpo el mayor Titkov, que parecía gritar algo enarbolando la
metralleta. Luego disparó una ráfaga al aire. - ¿También ahora está usted
seguro de que son tanques nuestros, Osin? -profirió Vesnín con una calma tan
inesperada para aquel momento, que apenas, distinguió él mismo su voz. En el
mismo instante, un frenazo le hizo pegarse dolorosamente con el pecho en el
respaldo del asiento delantero; pero le dio tiempo de distinguir, sobre el resplandor
liláceo del cielo, siluetas negras que escupían chispas en la nieve y escuchar
el rumor compacto de los motores de los tanques. En el mismo momento, delante
brotó una llama como un relámpago rojo y estalló un trueno. Un ancho cono de
fuego se alzó ante el coche de la escolta, lo arrojó a un lado y lo volcó en el
altozano. Del coche escapó una sola persona, que echó a correr camino abajo,
zigzagueando y cayéndose. Parecía que gritaba algo agitando la metralleta sobre
la cabeza. - ¡Atrás!... -ordenó furiosamente Osin y, recostándose en el
respaldo, le pegó en el hombro al chófer-. ¡Media vuelta! ¡Pronto! ¡Abajo! ¡Al
pueblo! - ¡Los alemanes! ¡Los alemanes!... ¿Qué es esto?... -gritaba Kasiankin
acurrucándose en un rincón del coche y como intentando incluso encoger las
piernas hacia el vientre. Aquellos movimientos absurdos y su voz ahogada de
espanto transmitían algo agudo y punzante como el miedo que se insinuaba en el
alma de Vesnín. - ¡Cállese, Kasiankin! -Rechazó con rabia y repulsión la
rodilla temblorosa que levantaba, y repitió-: ¡Cállese ya! ¡Domínese!
- ¡Pero si están aquí al lado! ¡Nos hemos dado de
cara con ellos! -gritaba sollozante Kasiankin-. ¿Qué es esto? - ¡Le he dicho
que se calle! Vesnín escuchaba las órdenes de Osin -"¡Atrás! ¡Pronto!
¡Media vuelta! ¡Mete todo el acelerador!"- al mismo tiempo que el convulso
acceso de tos que tan a destiempo agitaba al chófer. Le veía girar el volante
con movimientos bruscos de los brazos y los hombros y veía a Osin, echado hacia
delante como una fiera, pegar puñetazos impacientes sobre el tablero de
instrumentos. Intentó descubrir los tanques por el cristal lateral, pero en ese
instante, al mismo tiempo que notaba que el coche había dado por fin media
vuelta y, un poco torcido, haciendo chirriar las ruedas, se deslizaba cuesta
abajo, quedó deslumbrado por la llama abrasadora de otro relámpago a
quemarropa. La oscuridad tronante se encabritó ante sus ojos, se oyó ruido de
cristales y se extendió el calor asfixiante de un horno. Una sacudida tremenda
hizo botar a Vesnín dentro del coche y le arrojó hacia un lado sobre algo vivo,
blando, que chillaba y rebullía debajo de él. En un intento ímprobo por
librarse de aquella fatal eventualidad, pensó todavía con lucidez: "¡Que
no pierda el conocimiento, que no pierda el conocimiento! ¿Por qué grita
Kasiankin? ¿Estará herido? ¿Por qué chilla así?" Sin embargo, se conoce
que perdió un instante el conocimiento de otro fuerte golpe que se pegó con la
cabeza contra algo metálico y duro. Volvió en sí oyendo gritos, notando que
alguien se removía debajo de él y tardó un poco en comprender que, en una
niebla gris, yacía encima de alguien, extrañamente oprimido, y que la
portezuela del coche no estaba a la derecha, sino sobre su cabeza. Adivinó
confusamente que el coche, volcado, estaba de canto al pie de un montículo.
Todo se difuminaba en el velo del desmayo: no tenía puestas las gafas. Sin
coordinar todavía del todo y mientras buscaba las gafas a tientas, Vesnín vio
confusamente la cabeza inmóvil del chófer, sin gorro, apoyada la mejilla en la
portezuela incrustada en un montón de nieve. El parabrisas estaba saltado y el
capot retorcido. El aire gélido penetraba en el coche al mismo tiempo que un
estrépito incomprensible y próximo que ahogaba los gemidos y los gritos sordos
de Kasiankin, contra quien había sido lanzado Vesnín, y esto le volvió por
completo a la realidad. - ¿Está usted herido, Kasiankin? ¿Por qué grita así?
-preguntó Vesnín, y apenas se oyó a sí mismo. - El pie... ¡El pie! -palpitaba
en los oídos la voz de Kasiankin. - Camarada comisario de división, ¿no está usted
herido? Salga usted, salga usted pronto...
Alguien que ocultaba con su ancho cuerpo el
resplandor del fuego tiraba con fuerza impaciente de la portezuela sobre la
cabeza, tratando de abrirla y, cuando al fin se abrió, penetraron dos manos que
agarraron a Vesnín por los hombros y con resuelto empeño tiraron de él hacia
arriba: ante sus ojos surgió y desapareció el rostro pálido de Osin, que
ordenaba con voz ahogada: - Pronto, pronto, camarada comisario de división...
Hay que retirarse, hay que retirarse... Pronto, por favor. ¿No está herido?
¿Puede andar? - Osin... Mejor será que ayude usted a Kasiankin. Parece que está
herido -murmuró Vesnín. Salió por la portezuela, saltó a la nieve, y un leve
mareo le hizo agarrarse al coche. - ¡Kasiankin! -gritó rabiosa y ferozmente
Osin asomándose a la portezuela-. ¿Estás herido? ¿Estás herido o lo simulas?
¡Sal inmediatamente! ¿Has entendido? ¡Aunque estés medio muerto! ¿Y la
metralleta? ¿Dónde está? En ese momento alguien llegó de un salto a Vesnín,
pronunció a su lado al exhalar la respiración cálida y silbante:
"¡Camarada comisario de división!" y, agarrándole de la mano con
dedos férreos, tiró hacia abajo y ordenó en un grito ahogado: - ¡Tiéndase
detrás del coche, aquí! ¡Por Dios, no siga de pie, camarada comisario de
división!... ¡Hemos tropezado con ellos! No comprendo de dónde han llegado aquí
los tanques. ¿De dónde han llegado? ¡Si no estaban antes!... Era el mayor
Titkov, jefe de la escolta. Vesnín recordó en seguida que venía corriendo hacia
ellos desde el coche volcado cuando estalló el primer proyectil después de su
ráfaga de aviso. Y cuando ahora Titkov empujó a Vesnín hacia el coche,
protegiéndole, y se apoyó él en el capot con el pecho y los codos y dejó caer
la metralleta sobre la mano izquierda puesta bajo el cargador observando la
cresta del montículo de donde se desparramaba y extendía sobre las cabezas el
estrépito de los motores, Vesnín le retuvo: - ¡No abra fuego, Titkov! ¡Espere a
que pasen los tanques! No se acalore. ¿Qué puede hacer con una metralleta
contra los tanques? ¡Espere!... - ¡Qué falta la mía, camarada comisario de
división! -dijo Titkov atragántándose-. ¡Y pensar que yo respondo de su
vida!... - ¡Déjese de disculpas! -le atajó Vesnín-. De mi vida, respondo yo. -
Ahí están... ¡Contornean el pueblo por la izquierda! -exclamó Titkov-. Si no se
dieran cuenta... Son una docena. Con transportadores blindados.
Pero Vesnín, sin gafas, no podía distinguir
detalladamente cuanto veían los ojos felinos de Titkov. Las siluetas enormes y
difusas en los tanques, ahogándolo todo con el rugido de los motores,
escupiendo por los tubos de escape remolinos de chispas, avanzaban lentamente
por el montículo, oscuro en medio del resplandor, hacia la bruma color
frambuesa de la estepa, a cien metros de la hondonada donde estaba volcado el
automóvil. Y Vesnín pensó con una sensación de aguda impotencia que allá, en el
observatorio, Bessónov y Déev ignoraban probablemente aún que estos tanques
habían irrumpido aquí, en el extremo noroccidental del pueblo. Pensaba esto
cuando una ráfaga trazadora pasó en salto fulminante sobre el techo del coche,
y el mayor Titkov fue el primero en ver lo que no podía discernir Vesnín con su
miopía: unos diez alemanes bajaban del montículo hacia el camino. Probablemente
un grupo de reconocimiento enviado a si había quedado alguien con vida. Los
alemanes descendían la cuesta con precaución. Dos se detuvieron arriba con un
fusil ametrallador. Disparaban de pie: uno se inclinó y el otro le posó el
cañón de la ametralladora sobre la espalda, como si fuera un trípode. Titkov,
que un segundo antes esperaba aún que los alemanes pasaran de largo, se volvió
a mirar a Vesnín con desesperación y el fútil deseo de gritar: "¡Vienen
para acá!" Pero Vesnín, callado, se arrancó los guantes y sacó la pistola
de su funda, adivinando ya que los alemanes se aproximaban hacia el coche. -
¡Hay que replegarse! ¡Camarada comisario de división, corra usted hacia
aquellas casas! ¡Márchese de aquí! Nosotros le cubrimos la retirada. Kasiankin,
¡llévate al comisario! ¡Levanta, Kasiankin! ¡Te ordeno que te levantes!... El
coronel Osin, que había sacado a Kasiankin del coche, trataba de recostarle de
espaldas contra el capot con un fuerte tirón de la mano derecha, mientras con
la izquierda sostenía su metralleta. Pero Kasiankin resbalaba por el capot,
retorciéndose, con el afán de sentarse en la nieve, y gritaba suplicante y
enloquecido: - Camarada coronel... por favor… el pie... me he torcido el pie...
No puedo, no puedo -Y se revolvía, rechazaba la mano de Osin, sacudía de un
lado a otro su rostro desfigurado por el llanto. Vesnín sintió repugnancia. -
¡Déjelo! -dijo notando incluso un escalofrío de aquel grito lleno de espanto,
de aquel ruego en el que resonaba la muerte misma. Entonces Osin soltó con asco
y rabia el cuerpo de Kasiankin, reblandecido como un saco, se abalanzó todo él
hacia Titkov, hacia Vesnín, y ordenó con ronco jadeo asumiendo toda la
responsabilidad: - Camarada comisario de división, ¡retírese inmediatamente
hacia las casas! Corriendo, a rastras, vaya usted hacia aquellas casas y
resguárdese en ellas. ¡Son doscientos metros! ¡Titkov! Nosotros nos quedamos
aquí. Con Kasiankin no hay que contar... Todavía zumbaba en los oídos de Vesnín
el alarido agónico de Kasiankin, aunque no hacía ya más que gemir y sollozar,
metido debajo del coche como un bulto oscuro. - No, Osin -contestó Vesnín, de
pie detrás del automóvil, y quitó el seguro de la pistola-. Yo de aquí no me
voy. ¿Para qué? No es una salida, Osin.
- Pero, ¿se da usted cuenta, camarada comisario
de división?... -gritó Osin-. ¿Se da cuenta de lo que es esto?... -Y su rostro
pálido se aproximó al de Vesnín. - Sí... Entablaremos el combate aquí. Vesnín
lo comprendía todo con una desnudez en la que no había ya ninguna esperanza;
comprendía que no podría llegar hasta las casas -doscientos metros por una
hondonada que iluminaba el resplandor del fuego-; comprendía que no había
salida, que en su vida había sucedido algo increíble, inesperado, ocurrido ya a
otros, algo a lo que costaba trabajo dar crédito como en una pesadilla cuando
ve uno que se le cierran herméticamente todas las puertas una tras otra.
Comprendía que los alemanes bajaban la cuesta hacia el coche y que ese combate
sin esperanza, que había decidido entablar porque no había otra salida, no
sería largo. De todas maneras, no se imaginaba que pudiera morir al cabo de
media hora, de una hora, que todo desapareciera de golpe súbitamente y para
siempre, y él dejara de existir. Entornados los ojos miopes, Vesnín estaba de
pie, con la mano que sostenía la pistola encima de una aleta del coche, y
notaba el frío mortal del hierro no en la mano, sino en el pecho, al mismo
tiempo que la presión de los hombros de Titkov y de Osin que le estrechaban a
ambos lados. Estremeciendo la tierra, los tanques rechinantes y estrepitosos
contorneaban el pueblo por la estepa; las sombras de los soldados alemanes
desplegados por el montículo descendían la cuesta hacia el coche; el fusil
ametrallador no disparaba. Al parecer los alemanes habían querido sólo tantear
con algunos disparos previos si quedaba alguien vivo por allí, y ahora,
tranquilizados, caminaban de pie, interpelándose con voces confusas. - ¡Fuego!
-ordenó Osin con una espantosa blasfemia y, de bruces sobre una aleta del
coche, soltó la primera ráfaga, terrible porque los dejaba al descubierto,
contra aquellas siluetas. En los fogonazos intermitentes de los disparos
aparecía su pómulo férreo, con el músculo de la mejilla contraído-. ¡Fuego,
Titkov! ¡Hay que machacar a esos canallas para que no se acerquen! ¡A hacer
p...! ¡A que les den...! ¡Venga, a todos!... Titkov soltó una larga ráfaga a la
izquierda de Vesnín.
Contando los cartuchos, Vesnín disparó dos veces
contra las siluetas vagas sobre el fondo rojizo del montículo, y las siluetas
se fundieron con la tierra. Al instante, chorros ígneos brotaron tupidos de la
nieve con un silbido agudo, pespuntearon el techo del coche; las lucecitas
azules de las balas explosivas salpicaron el camino. La ametralladora alemana
callaba todavía, pero los soldados disparaban las metralletas tan cerca que
daba la impresión de que el viento agitaba la piel del gorro. Luego, una voz ajena
llegó entre el tableteo de las ráfagas chapurreando en un grito intenso:
"¡Russ, no dispara! ¡No dispara!", y en el punto difuminado de la
mira que buscaba Vesnín se alzó de un montón de nieve una silueta, soltó una
ráfaga breve de advertencia al aire, y de nuevo llegó hasta la mente:
"Russ, kaput! ¡Ríndete!" Pero Vesnín hizo dos disparos más contra esa
voz chapurreante, ajena, aborrecida, que prometía compasión, y volvió a
disparar mordiéndose el labio y apuntando cuidadosamente mientras le taladraba
los oídos un grito de Osin que surgía como de una lejanía nebulosa: - ¡Y una
pu... con el kaput! ¡Que se te quite de la cabeza, so...! Cuando el fusil
ametrallador disparó en ráfagas rectas a veinte metros, al otro lado del
camino, aún se resistía Vesnín a admitir que los alemanes estaban muy cerca. Su
conciencia se resistía, rechazaba lo inevitable que se cernía y, al notar en la
mano el retroceso de la pistola, confiaba y se persuadía de que eso inevitable
no se produciría ahora, sino dentro de unos minutos, no de golpe, cuando se les
terminaran todos los cartuchos a Osin y a Titkov y a él le quedara el último...
“¿Cuántos me quedan? ¿Cuántos?... -pensó reteniendo inconscientemente la
presión del dedo sobre el gatillo-. Calma, mucha calma para calcular bien...
Titkov debe tener cartuchos de reserva, debe tener...” - Mayor Titkov, ¿tiene
usted...? De repente se atragantó: un golpe ardiente y rudo en el pecho le
empujó, le sacudió bruscamente hacia atrás. Lo que aún captó Vesnín, ahogándose
de este golpe con sus últimas palabras fueron los ojos del mayor Titkov vueltos
hacia él y gritando, mudos, la noticia de una desgracia imposible. Y, de algún
sitio, otra voz: - ¡Camarada comisario!... ¡Camarada comisario!... “¿Qué ha
visto en mi rostro? -se dijo Vesnín y, extrañado por la mirada de desesperación
y asombro en los ojos de Titkov, se llevó al pecho la mano en que apretaba la
pistola como apartando aún lo inevitable que le había sucedido-. ¿Será posible
que ahora? ¿Será posible que esto...? ¿Tan pronto me ha alcanzado?", pensó
Vesnín y, con el alivio que le causaba cierta comprensión súbita y ya patente
de lo ocurrido ahora con él, quiso mirarse la mano para ver, para distinguir,
la sangre en ella... Pero no vio la sangre.
- ¡Camarada comisario de división! ¿Está herido?
¿Dónde?... -resonaba una voz familiar y enteramente desconocida que se
extinguía y se alejaba en un sordo vacío, mientras oleadas purpúreas se
desplegaban ante sus ojos, invadiendo algo enorme e inabarcable, negro y
titilante, que lo mismo habría podido ser un cálido desierto requemado que el
cielo bajo de una noche meridional. Y, mientras trataba dolorosamente de
comprender lo que era aquello, se vio de pronto con nitidez lancinante en
compañía de su hija Nina en la bochornosa oscuridad de la noche meridional, al
borde del mar, cerca de Sochi, adonde se la había llevado después de
divorciarse de su primera esposa en el treinta y ocho. Con pantalón blanco y
chaqueta negra de luto, estaba en la playa enteramente desierta, en cuya arena
ponían manchas oscuras los colchones húmedos y solitarios y notaba un nudo
amargo y asfixiante de culpa en la garganta porque en aquella playa, después de
los paseos que daba durante el día con su hija, se citaba con la que debía ser
su segunda esposa. Y Nina, adivinando algo, lloraba y tiraba de su padre.
Aferrada a los pantalones blancos, levantaba hacia él su rostro pueril, bañado
en lágrimas, pidiéndole que la llevara a Moscú, con su madre: "Papaíto, yo
no quiero estar aquí. Papaíto, quiero ir a casa, con mamá. Llévame, por
favor...” Al notar las manos trémulas de la niña aferradas a él, y su
cuerpecito débil que le empujaba las piernas, quiso decirle que no había
ocurrido nada, que todo iría bien; pero no pudo ya decir ni hacer nada: la
gravidez de la tierra escapaba bajo sus pies... Con fuerza mortal, la ráfaga de
ametralladora que le había matado le obligó a dar dos pasos atrás y, durante
los segundos en que se cubría con la pistola apretada entre los dedos el lugar
del golpe agudo e inesperado en el pecho, estaba tendido de espaldas en la
nieve y echaba sangre por la boca. - ¡Titkov!... ¿Qué le pasa al comisario?
Vesnín no oyó ni vio que Osin dejaba de disparar y, encorvándose, llegaba hasta
él a enormes saltos cuando el mayor Titkov, ya de rodillas a su lado, pintado
el espanto en el rostro, trataba de palpar, tanteaba sobre su pecho el capote
oscuro y viscoso, hecho girones. Tampoco oyó la breve respuesta de Titkov ni la
voz ronca, furiosa y salvaje de Osin: - ¡Malditos sean los fritzes y la...!
¡Mayor Titkov! Aunque sea muerto, hay que retirar al comisario. ¡Aunque sea
muerto!... ¿Entendido? ¡Llévatelo! Hacia las casas. ¡Por la cuneta! Yo te
alcanzaré... Y Titkov, mordiéndose los labios hasta que casi brotó la sangre,
echó sobre su ancha espalda férrea el cuerpo de Vesnín, atravesado por una
ráfaga de fusil ametrallador y se replegó con él. Osin permaneció unos minutos
tendido junto al coche, disparando largas ráfagas contra los alemanes y
escupiendo los juramentos más espantosos. Cuando la ametralladora alemana
enmudeció, se puso en pie de un salto, pegó con la culata en una aleta del
coche y, rabioso, gritó hacia la oscuridad de debajo del coche, de donde
partían sonidos sordos y lamentables como de alguien medio desmayado: -
Kasiankin, maldito cobarde, ¿todavía estás vivo mientras matan a los demás?
¿Quieres arrastrarte de rodillas delante de los alemanes? ¿Conservar la vida?
¿Te impedía disparar el pie torcido? ¡Sal de ahí, miserable! ¡Sal!
- Camarada coronel, por favor, camarada
coronel... ¡No! ¡Yo no tengo la culpa!... -Kasiankin estalló en sollozos
chillones sin salir de debajo del coche-. ¡Máteme! ¡Sí, máteme!... - ¡Calla!
-gritó Osin con los dientes apretados-. ¡No mereces ni una bala! ¡Sal, cobarde!
¡Corre detrás de Titkov!... ¡Hala! ¡Antes de que haya cambiado de parecer! Y,
de un tirón, extrajo de debajo del coche algo informe, fofo, tembloroso, con
los ojos fijos, que repetía con la voz de Kasiankin: - Camarada coronel,
camarada coronel... - ¡Cállate ya, asqueroso! ¡Corre!... Luego, encorvado, a
saltos, se apartó del coche hacia la cuneta para dar alcance a Titkov que, unas
veces corriendo y otras a rastras, se retiraba cargado con el cuerpo del
comisario Vesnín que iba quedándose ya rígido.
Capítulo 18
La pieza de Ujánov, la única que, como por
milagro, seguía intacta, se hallaba a un kilómetro y medio del puente,
calcinado y mutilado por los proyectiles, y quedó inactiva, ya entrada la
noche, cuando se agotaron todas las municiones traídas de los tres cañones
destruidos. Ni Kuznetsov ni Ujánov podían saber con exactitud que los tanques
del grupo de ejércitos del general coronel Hoth habían forzado en dos sitios el
río Míshkova en el ala derecha del ejército. Luego, sin debilitar la presión,
se adentraron al caer la noche en la defensa de la división de Déev y,
tajándola, atenazaron al regimiento de Cherepánov en la parte de la orilla
meridional del pueblo. Pero bien sabían que, al final de la jornada, parte de
los tanques -hubiera sido difícil calcular cuántos- había aplastado las
baterías vecinas, roto la defensa de los batallones de tiradores delante y a la
izquierda y, llegando hasta las posiciones de la artillería, entre ellas las de
la batería de Drozdovski, había cruzado por el puente a la otra orilla, después
de lo cual ese puente fue semidestruido e incendiado por las katiushas.
Lo más incomprensible era que, al anochecer, el
combate había empezado a alejarse, a amainar gradualmente a la espalda, donde
se alzaba un resplandor henchido de reflejos rojos en semicírculo sobre toda la
extensión de la orilla septentrional que poco antes parecía aún la retaguardia.
En la margen meridional, delante de la primera trinchera de la infantería
espantosamente removida por los tanques y, de las posiciones de las baterías
aplastadas -cosa inconcebible-, el combate se extinguía también y habían cesado
los ataques, aunque todo seguía incandescente y agitado: en islotes, por todas
partes ardía la gasolina sintética, ardían y se consumían los tanques
solitarios o apiñados en los montículos, negreaba el blindaje de los
transportadores, quemado y retorcido por los proyectiles, la llama lamía los
esqueletos de hierro de los camiones Oppel que Kuznetsov no había visto en el
combate y que, probablemente, iban detrás de los tanques. El viento soplaba al
borde del barranco y arrancaba a los coches haces de chispas que la nevasca
extinguía en la hondonada. Herían los ojos hasta saltar las lágrimas la
punzante nieve menuda y los fuegos de la estepa, tétricos en su silencio. Tres
tanques continuaban humeando delante mismo de la posición de la batería y el
humo grasoso rodaba hacia la tierra por el blindaje carbonizado. En todas
partes olía a hierro y goma quemados y a carne humana achicharrada. Kuznetsov
recobró la noción de las cosas después de haber vomitado del hedor dulzón que
le llenaba la nariz. Estuvo mucho tiempo tendido, encima del parepeto hacia
afuera, atormentado por la tos y las arcadas; pero el estómago vacío no tenía
nada que expulsar, y los calambres de las náuseas le desgarraban el pecho y la
garganta. Luego se limpió los labios, y se deslizó del parapeto sin sentirse
cohibido en absoluto de que Ujánov y la escuadra pudieran ver su debilidad: eso
no tenía ninguna importancia. Todo lo que ahora pensaba, sentía y hacía
Kuznetsov parecía pensarlo y hacerlo otra persona que había perdido las sensaciones
anteriores. Durante el día, todo había cambiado, se había vuelto del revés, y
se medía ya por raseros distintos que veinticuatro horas atrás. En todo había
una sensación de penetrante desnudez. - No puedo -murmuró al fin Kuznetsov-.
Tengo todo revuelto por dentro... Sin hacerse cargo aún del silencio que iba
extendiéndose delante de la batería, se frotaba el pecho dolorido por los
esfuerzos inútiles y, casi sordo del combate, miraba a la escuadra. Sentado en
la plataforma, el sargento primero Ujánov tenía recostada la cabeza, en un
agotamiento infinito, contra el borde del parapeto y los ojos quietos,
entreabiertos. Daba la impresión de que dormía sin cerrar los párpados. Media
hora atrás, cuando Necháev gritó que se habían terminado los proyectiles, se había
dejado caer junto al cañón lanzando una risa extraña, y allí seguía, con un
rictus carente de pensamiento y los prismáticos sobre el chaquetón
desabrochado, fija la mirada en el resplandor de las hogueras y los escasos
disparos al otro lado del río, adonde se había trasladado el combate. En el
tubo del cañón, recalentado de tanto disparar, se formaban como burbujas
chispas azulencas que corrían y se apagaban en la oscuridad semejantes a
luciérnagas, y la nieve desmenuzada tintineaba contra el escudo. - ¡Ujánov!...
¿Oyes? -llamó Kuznetsov a media voz.
Distinguiendo mal lo que le decía -también había
perdido el oído en el combate-, Ujánov apartó del resplandor la mirada apática,
contempló largamente a Kuznetsov, luego levantó con flojedad una mano y trazó
un círculo en el aire. Kuznetsov asintió con la cabeza que le zumbaba como si
estuviera ebrio. - Es posible -contestó, y volvió lentamente la mirada hacia la
escuadra para ver por las caras si los hombres comprendían cuál había sido el
desenlace del combate. Pero Necháev y Chíbisov, todo lo que quedaba de los
siete hombres de la escuadra, totalmente agotados, perdida la sensación de la
realidad corriente después de tantas horas de combate, en un estado de suma
extenuación física, no preguntaban nada ni les oían. El apuntador Necháev no se
había apartado de la mira y seguía allí, de rodillas, hundida la frente en el
brazo doblado por el codo; un bostezo nervioso incontenible le desgarraba la
boca. "A-a-ah...”, suspiraba. Al otro lado de la culata estaba medio
tendido Chíbisov, retorcido, con la cabeza tapada por el capote. Debajo del
cuello y del pasamontañas se veía parte de su mejilla gris, cubierta de
pelambrera sucia, y de sus labios escapaban, monótonos y quejumbrosos, suspiros
cansados como si tampoco pudiera recobrar el aliento. - Señor, Señor, no puedo
más... Mirando a Chíbisov, que repetía aquellas palabras confusas como una
plegaria medio desmayado, Kuznetsov notó de pronto que empezaba a helarse: el
cuerpo, húmedo de la larga excitación, con la ropa interior y la guerrera
pegajosas de sudor, perdía rápidamente calor. El viento traspasaba el capote.
Las mandíbulas se le empezaron a contraer del angustioso bostezar de Necháev,
de los accesos de frío penetrante mezclado al persistente olor dulzón de la
carne chamuscada. Después de tragar la saliva con repugnancia, se acercó a
Chíbisov y preguntó en voz baja: - ¿Está usted enfermo, Chíbisov? ¿Qué le pasa?
-y apartó de su cara el cuello del capote. Desorbitado por el susto repentino,
un ojo sobresaltado miró hacia arriba, pero en seguida parpadeó al reconocer a
Kuznetsov, cobró una expresión racional, y luego se escucharon las
exclamaciones de Chíbisov, que se esforzaba por animarse él mismo: - No,
camarada teniente, no me pasa nada. Estoy bien. No lo dude, por Dios. ¡No!
¿Quiere que me levante? ¿Me levanto? Puedo disparar...
- No hay con qué -replicó Kuznetsov recordando
confusamente a Chíbisov durante el combate: el movimiento de sus manos junto a
la culata, tirando para atrás de la manivela del cerrojo, el rostro
estupefacto, como en una última manifestación vital, enmarcado por el
pasamontañas que no se había quitado desde la marcha, y, al mismo tiempo, su
espalda encogida, como preparada para lo más terrible. No era, quizá, mejor ni
peor que los demás cargadores, pero aquella espalda suya, cuando aparecía ante
los ojos de Kuznetsov, hacía brotar en su alma una chispa de cáustica compasión
y todo el tiempo sentía el deseo de gritarle: "¿Por qué se encoge
así?", pero no se le iba de la memoria que Chíbisov tenía el doble de su
edad y cinco hijos... - Descanse, Chíbisov, mientras ha terminado -dijo
Kuznetsov y, al volverse con una contracción de náusea en el pecho, se detuvo
de pronto angustiado por el sordo vacío que le rodeaba... La única pieza que
quedaba de la batería, sin proyectiles, y ellos cuatro, incluido él mismo, habían
sido premiados por el destino favorable con la dicha fortuita de haber
sobrevivido un día y un crepúsculo de combate interminable, de vivir más tiempo
que los demás. Pero la vida no causaba alegría. Era bien evidente que los
alemanes habían roto la defensa, que se combatía en la retaguardia, a sus
espaldas; delante estaban también los tanques alemanes, que habían suspendido
el combate al anochecer, y a ellos no les quedaba ni un proyectil. Después de
todo lo sufrido en aquellas veinticuatro horas habían traspuesto cierta barrera
como en una enfermedad. Aquella sensación nueva, casi inconsciente, le llevaba
a ese estado devastador y embriagador de odio, de deleite por su propia fuerza,
que había experimentado cuando disparaba contra los tanques y los veía arder.
"Es como un delirio. Algo me ha sucedido -pensaba sorprendido Kuznetsov-.
Como si lamentara que ha terminado el combate. Puesto que no pienso ya que
pueden matarme, probablemente me matarán. Hoy o mañana...” Sonrió irónicamente
a esta idea, incapaz todavía de sobreponerse al nuevo sentimiento. -
Teniente... ¡Eh, teniente! ¿Aguantamos, teniente, o la diñamos como cachorros?
¡Tengo un hambre, que no veo! Me muero de hambre. ¿Qué estáis tan callados
todos? ¿Os habéis dormido? Teniente, ¿estás vivo? Hablaba el sargento primero
Ujánov. Se había arrancado del cuello y arrojado sobre el parapeto los
prismáticos inútiles y, abrochándose el chaquetón guateado, se levantaba,
patizambo, y pegaba con una bota de fieltro en la otra. Luego dio sin
miramiento un puntapié en una bota de Necháev que, siempre estremecido por los
bostezos, seguía junto a la mira con la frente hundida en el brazo doblado
sobre la culata. - ¿A qué viene tanto bostezo, marinero? ¡Deja ya esa ocupación
tan aburrida!
Pero Necháev no apartó la frente del brazo, no
contestó ni dejó de bostezar: presa de una profunda modorra, en sus oídos
zumbaban pertinazmente los motores de los tanques; abrasando las pupilas, las
llamaradas sangrientas y candentes de los disparos alcanzaban en la oscuridad
la cruz de la mira, borrosa a través del sudor de los párpados, y a cada
disparo, atrayendo a la muerte, sus manos se apresuraban, agarrando,
acariciando y odiando los volantes del mecanismo. Durante tantas horas pasadas
junto a la mira había aspirado una enorme cantidad de gases de pólvora y ahora
le faltaba aire. Naturalmente, también era un reflejo nervioso. - A éste, con
contarle ahora algo de faldas, se le pasaba todo -observó sin maldad Ujánov, y
le pegó más fuerte en la bota-. ¿Me oyes, Necháev? ¡Levanta, hombre! ¡Mira la
cantidad de chicas que hay por aquí! - No le molestes, Ujánov -profirió
Kuznetsov cansado-. Déjale. Déjalos a los dos. Quédate aquí. -Maquinalmente
retocó en el costado la funda de la pistola-. En seguida vuelvo. Voy a recorrer
la batería. Si es que no andan alemanes por allí. Quiero verlo. Ujánov pegó
unas palmadas con las manoplas y sacudió los hombros caídos. - ¿Quieres ver lo
que ha quedado? Pues, nada de nada. Somos el agujero. Y alrededor está la
rosca. De tanques alemanes. Nosotros estamos aquí, y ellos, fíjate dónde. Se
han colado por la derecha y por la izquierda. Esto sí que es, teniente: los
alemanes, copados en Stalingrado, nos han puesto a nosotros el cerco aquí. Ha
sido un día alegre, ¿no te parece? Dicen que no existe el infierno. ¡Mentira!
En fin, teniente, hemos tenido suerte -dijo Ujánov, y pareció alegrarse de
aquella suerte-. Ya podemos dar gracias. - ¿A quién? -Kuznetsov volvió a
contemplar las figuras quietas de Necháev y de Chíbisov en extremos distintos
del afuste y añadió-: Como arremetan los tanques esta noche, en cinco minutos
nos aplastan aquí sin proyectiles. Y que no hay a donde replegarse. Pídele al
destino que no arremetan... - Es verdad -Ujánov soltó una risita que cortó en
seguida-: ¿Qué propones, teniente? - Voy a ver aquellas piezas. Y luego
decidiremos. - ¿Decidiremos? ¿Vas a decidir conmigo? ¿Y Drozdovski? ¿Dónde está
nuestro comandante de batería? ¿Hay comunicación con el observatorio? -
Decidiremos tú y yo, claro. ¿Quién va a decidir? -confirmó Kuznetsov-. ¿Qué me
miras? ¿No está claro? - Vamos para las piezas. -Ujánov se echó al hombro la
correa de la metralleta-. Ya veremos. Aunque, está claro. Lo mires como lo
mires, un anillo. Pero, una cosa resulta confusa: que delante, en unos
setecientos metros hasta el pueblo, no parece que haya alemanes. - Si han
ocupado el pueblo, ¿qué tienen que hacer en la estepa rasa? Además, ¿qué son
setecientos metros para los tanques? Se pensarán que no ha quedado nadie aquí.
Sobre todo porque han llegado a la otra orilla. - Aunque raro, eres un buen
chico, teniente. Contigo se puede combatir. - Encantado de saberlo. Dime algo
más, hombre. Con otro elogio así, me derrito...
- Bien. Entendido. Oye, a propósito, ¿qué ha sido
de nuestra chica? ¿Dónde está? ¿No le ha pasado nada? - Está en el refugio, con
los heridos. Si ha evacuado a los heridos de tu propia pieza, hombre ¿No te has
dado cuenta? - Aparte de los tanques, yo no veía nada ni me daba cuenta de
nada... Cuando se apartaron de la posición y echaron a andar por la zanja de
comunicación, el sordo y grávido silencio les oprimió de pronto, compacto, en
la estrecha trinchera. Un silencio que pesaba como plomo sobre la cabeza.
Kuznetsov fue el primero en detenerse con la impresión, como en el agua, de que
se le habían taponado los tímpanos. Sacudió la cabeza y le llenó los oídos un
prolongado zumbido. Tras él también se detuvo inmediatamente Ujánov, y en
seguida cesaron definitivamente el susurro de su ropa y el ruido de sus pasos.
Luego, subrayando aquel silencio angustioso e inverosímil, una ráfaga de
ametralladora tableteó y se extinguió a la espalda, hacia el lado del
resplandor, y todo quedó mudo y muerto en la noche. Sólo resonó la voz de
Ujánov en la zumbante vibración del silencio circundante: - ¿Has oído algo,
teniente? ¿Un ametrallador alemán en la retaguardia? - ¿No te zumban los oídos,
Ujánov? -Kuznetsov se quitó indeciso el gorro, pensando ya que se había quedado
enteramente sordo-. ¿Oyes algo? - Tengo grillos en la cabeza, teniente. Eso es
después del cañoneo... - ¿Y nada más? - Oigo que allá en la otra orilla ha
terminado todo. ¿Habrán avanzado más? - Qué silencio en todas partes... - De
muerte -dijo Ujánov-. Cualquiera diría que han empujado a los nuestros hasta
Stalingrado, han roto el frente y nosotros estamos aquí solos... Fíjate hacia
el nordeste, teniente. Eso que arde es sobre Stalingrado. A unos treinta
kilómetros de aquí. - ¡Aguarda!... Escucha... -Kuznetsov fue hacia el parapeto
y alargó la cabeza inquieto-. Parece como si alguien gritara delante... ¿O
serán los oídos? Le había parecido escuchar, más allá de las trincheras de la
infantería, en las colinas, un grito humano que se extinguió inmediatamente en el
silencio, entre las nieves rojeantes. Retenida la respiración, destocado,
Kuznetsov prestaba atención a través del sutil zumbido de los oídos,
contemplaba el resplandor que se henchía en un silencio incomprensible sobre la
otra orilla, la débil luminiscencia del cielo hacia el nordeste, donde estaba
Stalingrado, las pestilentes hogueras de hierro diseminadas por la estepa a lo
largo de toda la orilla y delante de la batería, el fuego, el viento, la nieve
menuda, las siluetas confusamente tétricas de los trasportadores y los tanques
quemados en las alturas. - No es posible que se hayan abierto paso hasta
Stalingrado -murmuró Kuznetsov.
Aquel alarido humano debía haber sido una
figuración. Y al fin suspiró aliviado. Ni un disparo en ninguna parte. Ni un
movimiento. Ni un sonido. Como si la tierra estuviera muerta hasta el último
hálito vivo y, enfriándose a los vientos salvajes, yaciera en el resplandor
examine como el desierto y sólo los cuatro -ellos dos y los que habían quedado
junto a la pieza, a su espalda, rendidos y extenuados- subsistieran en el mundo
entre la muerte y el vacío. Se sintió desasosegado de aquella inmovilidad aterida
de la cadavérica noche de diciembre. Y dijo con una sonrisa que parecía una
mueca: - Ha sido una figuración... -Y se puso el gorro-. Tienes razón: zumban
los oídos. Echaron a andar de nuevo por la zanja de comunicación. De nuevo
resonaban los pasos y susurraba la ropa: al fin y al cabo, eran indicios de
vida. - Si empezamos a tener figuraciones, mala cosa, teniente -rió Ujánov-.
Aunque, puede que gritara algún fritz herido. O alguien de nuestra
infantería... - Creo que poco habrá quedado de ella. Los tanques han estado
todo el día apisonándola. Habría que acercarse allí... - De acuerdo, teniente.
Y tú debías ponerte al habla con el observatorio. Puede que Drozdovski tenga
alguna comunicación con los superiores. - Vamos a recorrer la batería y luego
pensaremos lo que conviene -dijo Kuznetsov y, después de avanzar unos pasos por
la zanja de comunicación, pronunció con voz ajena-: La pieza de Chubárikov...
No llego a comprender cómo no advirtieron ese tanque. - Ni yo tampoco. Yo abrí
fuego contra él cuando lo vi ya delante del parapeto -pensó Ujánov en voz
alta-. Se conoce que todos estaban aquí heridos antes de que arremetiera. - Yo
vi cuando abriste tú fuego. Se aproximaron más. Aquel lugar se denominaba antes
la posición de la segunda pieza, la posición del sargento Chubárikov donde
Kuznetsov, sorprendido allí por el primer ataque de los tanques, había
comenzado el combate aquella mañana. Pero, ahora, era imposible llamarla
posición. La ancha mole requemada del tanque, negra como el carbón, después de
aplastar y desplazar de la plataforma la pieza retorcida, oblicuamente aplanada
por las orugas de acero, se alzaba ajena y terrible allí, en medio de los
parapetos removidos, de las botas de fieltro, los jirones de capotes y
chaquetones guateados y las astillas de los cajones de proyectiles que asomaban
de la tierra. A nadie le había dado tiempo de apartarse de la pieza...
Todo estaba retorcido, chamuscado, mortalmente
quieto en medio de un espeso olor amargo a herrumbre, a pólvora mezclada con la
tierra y la nieve, a pintura quemada. El viento silbaba salvajemente, hurgaba
jugando en los boquetes del escudo medio arrancado, retorcido en espiral,
enfriado hacía ya tiempo por la helada, que rozaba una oruga envuelta en unos
trapos sucios y rechinaba levemente provocando un escalofrío en la espalda con
aquel solitario tintinear del hierro. El metal negro del tanque, templado por
la helada, y la pieza aplastada exhalaban un frío de muerte tan cruento que se
contraía la piel de las mejillas. "¿Cómo habrá ocurrido todo esto? ¿Cómo?
¿Por qué no les dio tiempo a disparar?" Contraída la garganta,
reprochándose el haberse marchado entonces de la pieza, Kuznetsov quería
comprender cómo se habían convertido en muerte los instantes aciagos durante
los cuales habían estado Zoya y él disparando contra los tanques en la posición
de Davlatián, se esforzaba por imaginarse si habían intentado ellos disparar en
los últimos segundos antes de la muerte, por imaginarse sus rostros, sus
movimientos en el momento en que la mole llameante del tanque se irguió sobre
el parapeto. El había visto perecer la escuadra únicamente desde lejos. Y no
pudo hacer nada. Aquellos segundos fulminantes habían borrado instantáneamente
de la tierra a todos los que estaban allí, hombres de su sección a los que no
había tenido todavía tiempo de conocer humanamente: el sargento Chubárikov, con
su cuello ingenuamente largo como el tallo de un girasol y su gesto pueril
cuando se frotaba afanosamente los ojos: "Se me ha metido arena"; el
puntual apuntador Evstignéev, con la espalda tranquilamente pausada y el
hilillo sinuoso de sangre coagulada junto a la oreja contusa: "¡Grite más
al dar las órdenes, camarada teniente!" Aún recordaba sus miradas y sus
voces resonaban en él como si la muerte de aquellos hombres le hubiera engañado
y aún tuviese que oírlos y verlos... Le parecía que debía ocurrir así porque no
le había dado aún tiempo de intimar con ellos, de comprender a cada uno y de
tomarle cariño... A Kuznetsov se le helaba la cara, se le helaban las manos, y
con una condenación casi autoaniquiladora de lo que había sucedido, de lo que
no fue capaz entonces de evitar y detener, hubiera querido saber lo último
sucedido allí, lo que habría explicado todo. Pero lo que veía en la posición
-lo que quedaba de la escuadra y que sólo era algo que se adivinaba, confuso,
oscuro, rebozado en tierra, y que no era necesario ya sepultar- le envolvía en
un silencio mortal. Nadie podía contestar más que ellos. Y ellos no existían
ya... Sólo tintineaba algo a los embates del viento: el escudo retorcido de la
pieza que rozaba la oruga de hierro del tanque y se apartaba de ella.
Kuznetsov levantó el rostro aterido. Había oído
súbitamente a su espalda el estridente raspar de una pala. El sonido era neto y
crudo en el silencio. Ujánov, cuya silueta se recortaba en oscuro sobre el
resplandor, se encorvaba y se enderezaba en el nicho de los proyectiles
clavando la pala en la tierra.
Kuznetsov se acercó lentamente y vio que Ujánov
estaba exhumando de debajo de un montón de tierra un cuerpo humano aplastado
boca abajo que tenía algo abrazado con fuerza. En la espalda, el capote estaba
hecho jirones: se conoce que una ráfaga de ametralladora del tanque le había
segado a quemarropa. - ¿Quién es? -preguntó sordamente Kuznetsov-. ¿Quién es,
Ujánov? Sin decir nada, Ujánov tomó por los hombros el cuerpo endurecido y,
después de arrancarlo a un objeto plano y gris, lo volvió boca arriba. Era imposible
identificar el rostro del muerto: estaba cubierto por una corteza de tierra
helada. El objeto plano y gris era un cajón de proyectiles. - El proveedor
-dijo Ujánov y, con una ronca expiración, clavó la pala en la tierra junto al
cajón-. Una ráfaga en la espalda... Se conoce que cuando estaba agarrando los
proyectiles. Lo que no me imagino, teniente, es cómo no se dieron cuenta.
Estarían ya todos heridos -señaló con la cabeza hacia el tanque-. ¡Tenían
proyectiles! ¡Tenían proyectiles todavía! ¡Y Chubárikov y Evstignéev disparaban
como Dios! ¡Además, el tanque estaba ardiendo ya! Sorprendió a Kuznetsov la
rabia, cierta negación y una cruel protesta en el tono de Ujánov, como si los
que no podían contestarle ya tuvieran la culpa de su propia muerte y él,
Ujánov, no quisiera perdonar de ninguna manera la muerte de toda una escuadra
aplastada por el tanque. Kuznetsov dijo con la voz tomada: - No sabemos lo que
ha pasado. ¿A quién se le va a echar la culpa? - No me lo puedo perdonar.
-Ujánov arrancó el cajón de proyectiles de la tierra y lo arrojó con fuerza
sobre el parapeto-. Tenía yo que haberle disparado otro proyectil. Pero es que
a mi me arremetían siete. De todas maneras, a este tanque de Chubárikov lo vi
como sobre la palma de la mano. Me presentaba el flanco que daba gusto...
-Salió del nicho y contempló el cuerpo oscuro, tendido sobre la tierra, del
proveedor-. ¡Gracias por los proyectiles muchachos! ¿Dónde le entierro,
teniente? - En el nicho -contestó Kuznetsov-. Yo voy hacia las piezas de Davlatián.
En la posición de la segunda escuadra también
estaba todo machacado, mutilado, amontonado; en todas partes había embudos,
agujeros negreantes abiertos por las bombas, y los cascos de metralla crujían
bajo los pies. La posición no existía ya: sólo parapetos removidos, vainas
dispersas y una pieza con la culata deshecha -la pieza con la que había
disparado Kuznetsov- marcaban la posición, abandonada y desierta, en una
quietud sin esperanzas. La zanja del telefonista Sviátov, situada detrás de la
pieza, donde había estado Kuznetsov durante el bombardeo, se hallaba medio
segada por la explosión de un proyectil. Al pasar, Kuznetsov enganchó con un
pie el cable roto y notó de pronto tan aguda y netamente la lacia debilidad del
cable que le seguía, innecesario ahora, que se le oprimió el pecho. Lo más
terrible que experimentaba en aquel instante no era lo pasado durante todo el
combate, sino aquel vacío de soledad que se había producido, aquel silencio
monstruoso de la batería, como si anduviera por un cementerio removido y,
alrededor, no quedara ya nadie en el mundo. Volvió a la pieza de Chubárikov
acelerando el paso para ver y escuchar cuanto antes a Ujánov. Tenían que
decidir juntos lo que debían hacer y en qué orden: trasladar los proyectiles,
intentar ponerse en contacto con el puesto de observación, enterarse de cómo se
las arreglaba Zoya en el refugio con los heridos, de cómo se encontraban
Davlatián y los demás. Ujánov no estaba en la posición, que llenaba el tanque
con su masa calcinada, ni junto al nicho. Únicamente silbaba el viento
jugueteando en los boquetes del metal y, en el nicho, terrible signo de
soledad, una pala sobresalía, oblicua, de un montículo de tierra sin apisonar:
era la sepultura del proveedor de la pieza de Chubárikov: - ¡Ujánov! No hubo
respuesta, Kuznetsov llamó más fuerte: - ¡Ujánov! ¿Me oyes?... Del otro lado
del parapeto le contestó entonces: - ¡Teniente! ¡Ven para acá! - ¿Dónde estás,
Ujánov? Desabrochando la funda de la pistola por si acaso, Kuznetsov trepó al
parapeto y fue en dirección de la voz entre los hoyos de los frecuentes
embudos. Todo estaba quieto. No se remontaba ni una bengala. Ante la batería,
la estepa sembrada de focos de fuego se alejaba más allá del barranco,
hubiérase dicho que hasta el extremo de la tierra; el viento traía un olor acre
a hierro recalentado y costaba trabajo creer que más allá del parapeto
comenzara un espacio sin ocupar por nadie. Delante, sobre el brillo débil de la
nieve, se distinguía apenas la silueta de Ujánov que se movía, desaparecía y volvía
a crecer junto a las siluetas próximas de los tres tanques destruidos. - ¿Qué
hay ahí, Ujánov? - ¡Ven a ver a los fritzes muertos, teniente!
La nieve barrida por el viento se arremolinaba a
los pies y había rellenado hasta arriba las depresiones de las orugas de los
tanques. Y sólo allí, a escasa distancia de sus cañones, distinguió entonces
Kuznetsov algunos cadáveres de alemanes sorprendidos por la muerte en posturas
distintas, aparentemente ya en los instantes del combate en que intentaban
retirarse a rastras, corriendo, del tanque incendiado. El resplandor de las
llamas teñía de rosa estos cadáveres que sobresalían en la nieve como troncos helados.
Se podía distinguir los "monos" negros que vestían.
Kuznetsov dio algunos pasos más y, con una
curiosidad tenaz e insuperable, incomprensible para él mismo, observó el rostro
del primer muerto. El alemán yacía de espaldas, con el pecho henchido de manera
antinatural, apretando con ambas manos el cinto del "mono". Debajo de
las manos tenía algo negro, acharolado del hielo, que Kuznetsov no reconoció al
pronto: era el casco de cuero ensangrentado. La cabeza destocada del muerto
estaba tan echada hacia atrás que la barbilla, recubierta de una costra de
hielo, se alzaba como una cuña; los largos cabellos se habían adherido en hilos
helados a la nieve; el blanco rostro juvenil, estirado hacia el cielo, se
hallaba petrificado en una mueca de sorpresa como si los labios esbozaran un
silbido o un grito. La nieve no recubría la parte izquierda de esta cara, dura
como la escayola, que aparecía limpia y lilácea. En la profundidad del ojo
abierto en un horror postrero ardía una lucecilla vidriosa, reflejo del
resplandor. A juzgar por el correaje, era un oficial. A tres pasos de él
resaltaba en la nieve el embudo abierto por un proyectil al estallar. Cascos de
metralla de ese proyectil le habían herido en el vientre. "¿Quién le mató:
Ujánov o yo? ¿De quién era este proyectil? ¿Mío o suyo? ¿En qué pensaba, qué
esperaba cuando arremetía contra nosotros?", se preguntaba Kuznetsov
contemplando aquel rostro del alemán joven, quieto en el horror del asombro, y
experimentando la mordaz sensación de inaccesibilidad de un misterio ajeno, sin
dilucidar, al percibir de cerca el olor seco y metálico de la muerte. Se notaba
que aquel alemán había tenido una muerte angustiosa, pero la funda de la
pistola, a su costado, estaba abrochada. En los primeros combates, cerca de
Yaroslavl, Kuznetsov se había imaginado a sí mismo así, muerto; había visto
mentalmente cómo tocaba su cuerpo, con asco y tosquedad, la bota de algún
alemán y, al pensar en esto, sólo deseaba una cosa: una herida en la cabeza, en
la sien. Temía por encima de todo que, herido de muerte, conservara su rostro
el gesto del sufrimiento, la mueca inhumana del horror que había visto a menudo
en los rostros de los muertos y que humillaba en cierto modo su muerte. Y, como
en una salvación, como en una ayuda, confiaba en el último cartucho que, desde
entonces, conservaba siempre en la pistola casi supersticiosamente. Así estaba
más tranquilo. "Después de arremeter contra nosotros, saltó fuera del
tanque -se decía Kuznetsov mirando al muerto-. De manera que no creía aún en la
muerte; esperaba salvarse. Incluso cuando el proyectil estalló a tres pasos y
tenía ya la metralla en el vientre coordinaba aún, notaba el dolor y se oprimió
la herida con el casco".
Con la misma sensación obsesionante de curiosidad
insatisfecha hacia el misterio eterno y nunca explicado de la muerte, Kuznetsov
se inclinó y, después de cierta vacilación, sin quitarse el guante de lana, se
puso a desabrochar la funda negra de la pistola, dura como la piedra, pulida
por la nieve. Los dedos no le obedecían y resbalaban, insensibles, sobre la
corteza de hielo. No lograba encontrar el botón; pero, cuando cedió al fin y,
haciendo crujir la piel, extrajo la pistola, sólidamente encajada en la funda,
notó de pronto el olor vivo de la grasa helada, parecido al olor del sudor
humano. "Esta mañana vivían aún este alemán y Chubárikov... Luego, el
alemán lanzó el tanque al ataque y mató a Chubárikov y a toda la escuadra.
Luego, el casco de un proyectil mío o de Ujánov mató a este alemán. Ninguno de
nosotros sabía esta mañana que nos mataríamos así. Cuando yo disparaba, odiaba
a todos estos tanques, odiaba a todos los que iban dentro... ¿Y él, este
alemán?" Reteniendo la respiración, Kuznetsov miró una vez más al alemán
muerto: el estrecho rostro pueril echado hacia atrás desfigurado por el
sufrimiento, por el último asombro de la muerte; los ojos vidriosos que
reflejaban el resplandor en puntos opacos; el casco apretado con ambas manos
contra el vientre para comprimir la herida. "De morir, que no sea
así", volvió a pensar Kuznetsov y, sobreponiéndose a la repugnancia, se
metió la pistola en el bolsillo: al fin y al cabo, era un arma. Luego miró de
reojo a los otros dos alemanes muertos, probablemente de la misma tripulación,
que habían saltado fuera del tanque detrás del oficial, pero sin fijarse en
ellos. ¿Que es esto? ¿Otra figuración?” Hasta su oído llegó súbita y netamente
el sonido aullador de un motor, el rechinar lejano y prolongado de las orugas
allá delante de la batería, en las alturas. Luego enmudeció todo y en seguida
resonó inquieta la voz de Ujánov en el silencio. - ¡Teniente, ven acá! ¡Pronto!
¡Aquí!... Kuznetsov se lanzó hacia las tres siluetas de tanques destruidos
donde estaba Ujánov, saltando por encima de la tierra congelada que habían
levantado los proyectiles, y al acercarse, vio junto al tanque del extremo la
sombra de Ujánov dibujada sobre los incendios lejanos. - ¿Qué?... ¿Qué has
notado, Ujánov? preguntó reteniendo la respiración. - Parece que aquí hay
alguien vivo, teniente... Ahora se podía ver con toda nitidez a Ujánov con el
fusil automático preparado sobre los eslabones de la oruga; a sus pies había
una especie de maletín de cuero redondo, salido no se sabía de dónde, semejante
a un macuto alemán. Ujánov se había metido las manoplas entre los bordes del
chaquetón guateado y se soplaba en los dedos para calentarlos. Lanzó una rápida
mirada de reojo a Kuznetsov y dijo:
- Mira hacia delante, allá... Y escucha. Allí,
teniente, fíjate donde los dos transportadores destruidos en aquella altura.
¿No ves nada? ¿Te das cuenta? - ¡No veo ni jota! Pero me ha parecido oír un
motor. - Justamente... ¡Mira, mira! Se ha encendido una linterna. ¿Has visto?
Ya fuera una linterna o la llama de un encendedor -era difícil determinarlo-,
lo cierto es que un chispazo brilló entre las dos siluetas muertas de los
transportadores sobre la altura delante del barranco. Luego rebulló algo y se hubiera
dicho que varias figuras, difuminadas en la oscuridad de la noche, echaban a
andar por la estepa en fila india llevándose de los transportadores algo largo,
oscuro. Las siluetas fueron precisándose en el reflejo de las llamas. - Sí, son
alemanes -murmuró Kuznetsov. - Fíjate, fíjate -exhaló a su oído Ujánov-. Algo
se traen entre manos los canallas. Misteriosa, fugaz, como oculta bajo el
faldón de un capote, volvió a brillar una lucecita. Respondiendo a esa señal,
en seguida surgió en el barranco el rugido de un motor, y un camión sobre
orugas se arrastró lentamente igual que una mancha negra hacia los
transportadores calcinados. Luego se detuvo y el motor enmudeció. Varias
siluetas se dirigieron inmediatamente hacia él, llevando algo oscuro y largo,
estuvieron manipulando cerca del coche y, cuando terminaron, se alejaron en
hilera a la izquierda de los transportadores, se dispersaron en torno a los
esqueletos de hierro de los tanques, unas veces fundiéndose con la tierra y
otras volviendo a surgir sobre la altura. Pero la linterna no brillaba ya. -
Escucha, teniente, algo se traen entre manos -repitió Ujánov echándole a
Kuznetsov el aliento frío en el oído-. No lo entiendo. ¿Qué hacemos?... Tengo
un cargador enterito, y la metralleta dispara que es un primor. -En la
penumbra, los ojos de Ujánov se deslizaron con un brillo de mercurio por el
rostro de Kuznetsov-. Los dejamos que se acerquen y los mandamos todos a la
madre que los parió. Parece que son unos diez. - ¡No! -En prevención, Kuznetsov
apartó la mano de Ujánov de la metralleta-. ¡Espera! Mira lo que hacen... O son
sanitarios o son un equipo de enterradores. Parece que están recogiendo a los
suyos... De nuevo hizo unas débiles señales en la estepa, delante del barranco,
una lucecilla disimulada por algo, volvió a funcionar el motor en sordina y la
sombra rectangular del camión, haciendo rechinar las orugas, trepó a una altura
de la izquierda y se detuvo; las siluetas confusas se movieron delante, se
agitaron silenciosamente sobre la nieve y, en hilera, llevaron hacia el coche
algo que cargaron en él.
Acodado sobre una oruga, Ujánov miraba hacia la
estepa y, al mismo tiempo, se echaba el aliento en las manos para calentarlas.
- Parece que son ayudantes de la muerte. Recogen a sus fritzes -dijo ya
convencido, y preguntó-: ¿Qué hacemos, teniente? Kuznetsov escuchaba, ceñudo:
no se oía el motor ni voces. El coche y los alemanes estarían a unos
trescientos metros. - No hay que disparar -dijo Kuznetsov sin mucha convicción,
y añadió-: Los sanitarios o los enterradores no son tanques. Que los recojan.
-Hizo una pausa, reflexionando-. ¡Váyanse al demonio! No hay que entablar el
combate antes de tiempo. Volvamos hacia la pieza. - ¡Es una lástima! Ellos no
se imaginan que estamos tú y yo aquí. Con dos ráfagas, se habría terminado.
Estamos en una posición estupenda. ¿Eh? ¿Les damos? -insistió de todas maneras
Ujánov y entornó los ojos-. Para que no se arrastren por aquí... - Te he dicho
que no vamos a disparar contra los enterradores. ¿Entendido? Aunque te cargues
a dos enterradores, ¿qué? ¿Has ganado la batalla con eso? No estamos para
malgastar los cartuchos. ¿Te has creído que ha terminado todo? Mira hacia allá,
donde el pueblo. Y mira también a la espalda. - Déjate de agitación,
teniente... Ujánov sacó de un tirón las manoplas de debajo del chaquetón, se
las puso sin mirar siquiera hacia donde había señalado Kuznetsov -ni hacia
delante, donde, a la derecha, estaba medio quemada la parte del pueblo
enclavada en la margen meridional, ni hacia la orilla norte ocupada también por
los alemanes- y dijo conciliador: - Bueno, entendido. ¿Has visto los trofeos?
-Dio unas palmadas en dos pistolas metidas en el ancho cinto que le ceñía el
chaquetón guateado y levantó del suelo el maletín redondo-. Lo he cogido de uno
de los transportadores. Lo he abierto, y huele a salchichón ahumado. No vendrá
mal. Y esto es para ti, teniente, por tu valor... Te lo regalo como jefe de
pieza. Ujánov se deshebilló el cinto para tirar de una maciza funda acharolada,
pero Kuznetsov le detuvo. - Dásela a alguien de la escuadra. Yo tengo una. -Se
llevó la mano al bolsillo del capote, abultado por la pistola, y recordó el
olor nauseabundo del aceite, parecido al olor del sudor humano-. Los trofeos
son regalos para los escribientes de la retaguardia. Bueno, vamos. Ujánov
sonrió. - Hasta hoy me habías parecido un chico muy delicado, un
intelectualillo... Creo que incluso te sonrojas a veces. Pero, ¡vaya si tienes
arrestos, amigo! ¿De qué tienes esa experiencia? ¿No has cursado más que diez
grados? - Ujánov, ya está bien; que te repites. ¿Quieres que te cuente mi
biografía?
- Tú, contesta. ¿Has cursado diez grados o
estabas en el instituto? Como en la escuela de artillería estábamos en baterías
distintas, sólo te conocía de vista. - He cursado diez grados. Me parece que tú
también... - ¡Quia! Siete nada más. El resto del tiempo lo he pasado entre
delincuentes. Me parece que tengo unos tres años más que tú. -¿Entre
delincuentes? - Dejé la escuela. Me harté de leer a Nat Pinkerton y a Sherlock
Holmes, y tuve suerte. Trabajaba en Leningrado, en la investigación criminal.
Me ayudó un tío mío que trabajaba también allí. Una vida bien ajetreada. Este
diente, me lo saltaron unos bandidos durante una operación. - Sí que era
agitada la vida. - No te extrañes. Es una profesión poco corriente. Tenía que
vérmelas con golfos, ladrones y demás maleantes. Para ti, es incomprensible.
Andaba como por el filo de un cuchillo; pero, me gustaba. Tú no conoces esa
vida. - No. ¿Y qué te ocurrió en la escuela de artillería? ¿Por qué no te
ascendieron? Ujánov se echó a reír. - Puedes no creerme si no quieres, pero
poco antes de los exámenes me marché una vez sin licencia y, al volver, me
tropecé con el jefe del grupo artillero. Cara a cara. ¿Te acuerdas de la
ventana de la primera letrina cerca de la entrada? Bueno, pues no había hecho
más que meterme por allí cuando me encuentro con el mayor en persona, sentado
allí como en un trono... - ¡Mira que marcharte sin licencia cuando estábamos a
punto de salir de la escuela! - De eso, es pueril hablar. La cosa pasó, y ya
está. Pero, ¿te imaginas la comedia? Me metí por la ventana y, en lugar de
largarme en seguida, no pude aguantar la risa al ver al mayor tan ufano en
aquella postura. El me miraba con ojos como platos y yo estaba allí, te
imaginas, hecho un cretino, muerto de risa, sin poderme aguantar, en el poyo de
la ventana, soltando carcajadas igual que un idiota. Luego fueron los gritos y
el escándalo: hizo levantarse de la posición horizontal a Drozdovski, ayudante
de jefe de sección ejemplar en todos los aspectos, y de cabeza al calabozo. ¿Me
crees? - No. - Eso, allá tú -dijo Ujánov, y su diente de acero brilló,
descubierto en la sonrisa. En la orilla septentrional, donde se apagaba y
palidecía poco a poco el resplandor de los incendios, resonaron varios disparos
seguidos, luego tableteó una ráfaga de metralleta alemana y todo enmudeció. Ni
un sonido contestó de la margen meridional. - ¿De dónde puede ser ese tiroteo?
-profirió Kuznetsov alerta y, después de una pausa, preguntó como a
despropósito-: Dime, ¿qué piensas tú de Drozdovski? Era efectivamente un ayudante
de jefe de sección ejemplar...
- El porte, desde luego, es fantástico. Es un
chico cumplidor e inteligente. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te ha pasado algo con
él? El viento recio peinaba y agitaba junto a los pies los tallos secos y
ásperos de hierba, soplaba en la espalda desde las alturas de la estepa donde
iba y venía el equipo de enterradores. Kuznetsov, que se sentía aterido, se
levantó el cuello del capote con aire sombrío. - ¿Sabes cómo murió Sergunénkov?
¡De una manera estúpida, idiota! ¡No puedo pensar en ello! ¡No puedo olvidarlo!
- ¿Qué ocurrió exactamente? - Drozdovski llegó corriendo a la pieza cuando el
cañón autopropulsado había roto la culata y le ordenó destruirlo con una
granada. ¿Te imaginas? ¡Con una granada! Y había que ir a rastras unos ciento
cincuenta metros por un sitio descubierto. Y, claro, con la ametralladora le
segaron como si estuvieran tirando al blanco. - ¡Vaya! Al niño se le ocurrió
combatir con granadas. Me gustaría saber lo que podría haber hecho ese petardo.
Cosquillas en una oruga, si acaso. Espera, teniente, vamos a llevarnos los
proyectiles... Se detuvieron junto a la antigua posición de Chubárikov y de
nuevo les envolvió, denso y palpable, el olor a metal quemado y el ambiente de
angustia y mortal soledad que creaban el estremecimiento uniforme y melancólico
del escudo retorcido de la pieza bajo la oruga levantada, la mole quieta del
tanque, la pala solitaria clavada en el montículo, allí donde estaba enterrado
en el nicho el proveedor al que no habían logrado identificar por la cara. La
nieve que arrastraba el viento había formado pequeñas islas blancas, pero aún
no cubría la desnudez negra de la tierra desgarrada por grandes boquetes.
Kuznetsov contemplaba, por debajo del cuello levantado, el deslizar de la nieve
sobre el afuste aplastado y vio las huellas, inverosímilmente netas y
recientes, de las botas de fieltro de Ujánov cerca del nicho, en los sitios
recubiertos ya por la nieve; y tanto se sorprendió de su indiferente y odiosa
blancura, que hasta se le estremecieron los labios. Ujánov se cargó el cajón de
los proyectiles a la espalda con un carraspeo ronco. Echaron a andar,
silenciosos, hacia la pieza.
Capítulo 19
Cerca de la pieza oyeron una voz asustada que
salía de la zanja: - ¡Alto! ¿Quién anda por ahí? ¡Alto o disparo! - Dispara,
pero de una vez -replicó burlonamente Ujánov y dejó caer el cajón de
proyectiles, de los hombros, entre las flechas del afuste-. Lo que hay que
gritar es: "¡Alto! ¿Quién vive?" Y ahuecando bien la voz para que le
entre canguelo al que sea. A ver, grita otra vez.
- No puedo... No puedo, camarada sargento... No
hacen más que disparar -murmuró Chíbisov desde la zanja, justificándose, con
voz aterida y sollozante-. Hace un rato le di al pedernal para encender un
cigarrillo. ¡Y soltaron una de metralleta! Me pasó encima de la cabeza,
"sss", y se clavó en el parapeto. - ¿Desde dónde? ¿Dónde disparan?
-preguntó severamente Kuznetsov sin ver todavía a Chíbisov y acercándose a la
zanja. La pieza, que negreaba solitaria en la posición, como si la hubieran
abandonado hacía ya tiempo los artilleros, recubierta con un capote tienda que
aleteaba al viento, las vainas entre las flechas separadas y la nieve en las
arrugas de los parapetos, todo adquiría un aspecto salvaje, liláceo del próximo
resplandor de la otra orilla. Y aquella voz de Chíbisov, como aterida de frío,
murmuraba desde la oscuridad: - Se debían agachar. Agáchense... Han descubierto
la pieza y disparan... Chíbisov, que no salía de la zanja, estaba invisible en
ella, se fundía con sus paredes, y sólo rebullía allí, Kuznetsov pronunció en
un tono de mando que le irritó a él mismo: - ¿Qué hace ahí metido como un topo
en la tierra, Chíbisov? ¡No se le puede ver ni por el estereoscopio! Salga
aquí. ¿Dónde está Necháev? Pero, después de esta orden tosca, se sintió avergonzado
y molesto de ver cómo se agitaba Chíbisov en la zanja, cómo se deslizaba de
costado en la plataforma y, agachándose igual que si pegara una zambullida, se
sentaba en el afuste mirando con precaución hacia la orilla opuesta; el capote
corto se abría como una campana, por debajo del guardamontañas asomaba la cara
pequeña, triangular, hirsuta, preparada a los peligros; sostenía el mosquetón
lo mismo que si fuera una estaca. "Es extraño: ¿cómo habrá soportado todo
este combate?", pensó Kuznetsov recordando a Chíbisov durante el bombardeo
cuando se tiró al suelo y los ratones saltaban chillando a su espalda desde los
agujeros del borde del parapeto tajado por un casco de metralla. "¿Qué
decía entonces? ¡Ah, sí!...”Mis hijos, mis hijos". - Yo estoy observando, camarada
teniente. Y Necháev está en el refugio... Allí... Y ha venido la instructora
sanitaria, Zoya... Y Rubin también, el arriero. Están hablando. Aquí disparan
de la otra orilla... Le di al pedernal, y una bala se clavó en el parapeto.
Agáchense, por si acaso... - ¿De dónde disparan? ¿Desde qué sitio exactamente?
-preguntó Kuznetsov. - De aquella orilla, camarada teniente. Están muy cerca,
en las casas. Ven la pieza...
Esta explicación, tímida y obsequiosa de
Chíbisov, su rostro pequeño, de pelambrera descuidada que se volvía tan pronto
hacia él como hacia Ujánov, aquella preocupación suya estúpida o sensata, su
advertencia, todo parecía ajeno, de otra vida, y no existía la anterior
compasión hacia Chíbisov. - Ha descubierto usted a los snipers en la otra
orilla, pero no ve nada delante de las narices -dijo irritado Kuznetsov-. ¡Vaya
un observador! - ¿Eh? -Sobresaltado, Chíbisov adelantó todo el cuerpo sobre el
afuste-. ¿A qué se refiere usted, camarada teniente? - Observe usted con más
atención las alturas: hay una ambulancia alemana allí. Están recogiendo a los
muertos. No mire todo el tiempo a la retaguardia. Mire también hacia adelante,
no vayan a llevarse los alemanes la pieza en sus mismas narices. ¿Me ha
entendido? - Eso de los snipers, vamos a comprobar en seguida si son
figuraciones tuyas, Chíbisov -dijo Ujánov y, después de una pausa, ordenó
tranquilo y bonachón-: Agáchate detrás del parapeto, teniente. Tú, Chíbisov,
zambúllete en la zanja. ¡Hala, pronto! ¿Dices que disparan de la otra orilla
cuando ven luz? Vamos a comprobarlo. Con aire de broma extrajo el encendedor
del bolsillo, lo sopesó en la mano e hizo un gesto a Chíbisov que se levantó
vivamente del afuste, jadeante, y, removiéndose como un animalillo delante de
su agujero, se deslizó en la zanja y quedó allí quieto. Kuznetsov seguía en el
mismo sitio, sin comprender lo que perseguía Ujánov con todo aquello. -
Agáchate por si acaso, teniente. -Ujánov presionó sobre un hombro de Kuznetsov,
inclinándole hacia el parapeto, luego se agachó también él, levantó una mano y
prendió el encendedor sobre su cabeza. En el mismo instante restalló un disparo
de fusil en la otra orilla y brilló una luz cruda y fosforescente. No se
escuchó el silbido de la bala, pero dos pasos a la derecha cayó tierra
desmenuzada del parapeto. - Pues, no era una figuración de Chíbisov -dijo
Kuznetsov. - Muy cerca están, los miserables -replicó Ujánov-. En las primeras
casas. No puede ser más cerca. - Creo que al amanecer habría que localizarlos y
mandarles un par de proyectiles -pronunció Kuznetsov irguiéndose-. Han notado
movimiento en torno a la pieza. No van a dejarnos disparar. - ¿No lo decía yo?
¿No lo decía? -pronunció desde la zanja la voz de Chíbisov confirmando la
desdicha-. Estamos como en un saco. Los tenemos delante, y en la retaguardia,
aquí al ladito... ¡Nos han cortado, teniente! - ¡A observar, Chíbisov! -ordenó
Kuznetsov-. Pero no el fondo de la zanja, ¿eh? Si algo ocurre, haga un disparo
de mosquetón como señal, y al refugio inmediatamente. Repita la orden. - Si
ocurre algo, disparar con el mosquetón, camarada teniente...
- ¡Y no se duerma! Vamos hacia el refugio,
Ujánov.
Emprendieron la bajada por los peldaños de tierra
tallados en la pendiente. Abajo, el hielo del río tenía un tinte encarnado
uniforme del resplandor de los incendios. La entrada del refugio estaba tapada
con un capote tienda. Detrás había un hálito de vida, se escuchaban voces
confusas entre las que Kuznetsov reconoció en seguida la de Zoya. Con un
escalofrío momentáneo recordó al instante cómo había estrechado contra él con
los ojos cerrados su cuerpo que buscaba defensa -entonces tenía las rodillas sucias-
en aquellos segundos que parecían los últimos cuando los localizó el cañón
autopropulsado y de una manera casi inconsciente, instintiva, la protegió con
su cuerpo y estaba dispuesto a morir así, defendiéndola de la metralla. Pero
también ahora tenía una noción incompleta de lo que les había sucedido, a él y
sobre todo a ella. Quizá se remontara aquello a los siglos lejanos: es posible
que entonces, obedeciendo a un instinto insuperable, el hombre protegiera a la
mujer con ese espíritu de sacrificio y de abnegación para que continuara el
género humano sobre la tierra. A la entrada misma, Kuznetsov se preguntó cuál
sería la expresión del rostro y de los ojos de Zoya cuando entraran Ujánov y
él. Fruncido el ceño, levantó un pico del capote-tienda. Callaron las voces y
luego pronunció una, constipada: - Cuidado con el capote-tienda, que están
zumbando los snipers. El refugio estaba húmedo y frío. En una vaina de
artillería brillaba una llama azulenca de gasolina iluminando las paredes
húmedas. Los tres que estaban allí -Zoya, Rubin y Necháev- se apiñaban, para
aprovechar el calor, en torno a la alta llama de la chisporroteante lámpara de
fortuna, y todos volvieron la cabeza hacia la entrada. El sargento Necháev,
semitendido al lado de Zoya, rozándole casi las rodillas con el codo -el capote
desabrochado en el pecho dejaba ver la camiseta de marinero-, la miró de abajo
arriba y dijo con una sonrisa esmaltada bajo el bigote: - ¡Aquí está por fin el
teniente, Zoya!
El arriero Rubin, que estaba sentado encima de un
cajón de proyectiles vacío, se agitó en seguida y se puso a agarrar, con aire
recalcadamente absorto, entre sus grandes dedos retorcidos las lenguas de fuego
que brotaban de la vaina. Zoya levantó la cabeza hacia Kuznetsov tan
impetuosamente, como si no diera crédito a Necháev, que sus pupilas brillaron
de inquietud y luego sonrió suavemente, con expresión de alivio. Su rostro no
recordaba en nada lo ocurrido poco antes junto a la pieza; estaba muy demacrado,
enflaquecido, en las ojeras se marcaban unas sombras semicirculares y los
labios, renegridos, parecían mordidos y ásperos. "No -se dijo Kuznetsov-,
nadie podría besarla ahora en esos labios negros. ¿Qué le ocurre en los labios?
¿Y por qué la mira así Necháev?" - ¡Gracias a Dios que han venido,
hijitos! -dijo Zoya sonriendo con franca alegría-. Estaba deseando que
vinieran, muchachos. Quería verles vivos. Gracias a Dios que han venido. ¿Dónde
han estado? - Aquí cerca. Visitando a los fritzes, Zoya. El teniente y yo hemos
ido a inspeccionar los puestos alemanes -contestó Ujánov y, sin erguirse
todavía después de entrar, arrojó hacia la luz de la lámpara el maletín redondo
de cuero, tan doméstico, con los broches niquelados recubiertos de escarcha-.
Aquí traigo los primeros trofeos, hermanos. ¡Necháev, extiende una lona! Seguro
que tenéis todos un hambre feroz. Y nuestro querido brigada, sin aparecer. El
animal estará en la retaguardia tan campante con su caldero y sus medallas,
dándoselas de valiente, el muy guarro, y compadeciéndose de nosotros. Necháev
soltó la carcajada. Zoya miraba a Kuznetsov desde abajo, mordiéndose los labios
y no sonriendo ya, con una expresión compasiva y angustiada que no disimulaba.
Rubin, cuyo rostro amoratado se hacía más severo, continuaba calentándose las
manos como palas sobre la llama, miraba de reojo a Zoya y resoplaba con fuerza.
- Teniente -llamó Zoya, más que con la voz con los ojos enormes en el rostro
demacrado, y le hizo un gesto con la cabeza-: Siéntese a mi lado, haga el
favor. Necesito hablar con usted. No -se enmendó mordiéndose los labios-: tome
usted esta nota. Es de Davlatián. Me ha pedido que se la entregue. Anoche no me
fue posible. No pude dejar a los heridos. Menos mal que me ayudaba Rubin. Diga
usted, teniente, ¿estamos cercados? Tomó el papel que le tendía y, en lugar de
contestar a la pregunta, inquirió: - ¿Cómo está Davlatián, Zoya? ¿Conserva el
conocimiento? - Tan pronto en este mundo como en el otro -pronunció
sombríamente Rubin-. No hacía más que preguntar por usted. Decía que tenía que
encargarle algo... Kuznetsov conocía el estado del teniente Davlatián,
gravemente herido al comienzo del combate, sabía que estaba casi condenado y,
después de una mirada a Zoya y no a Rubin, comprendió que el estado de Davlatián
continuaba siendo desesperado. Desplegó con cuidado el papel en que estaba
garrapateado en gruesas letras con lápiz tinta:
"Personal. Teniente Kuznetsov, del teniente
Davlatián. Kolia: no me dejes aquí herido. No te olvides de mí. Es lo que te
pido. Y si no nos vemos más, en el bolsillo izquierdo tengo el carnet del
Komsomol, una fotografía dedicada y unas direcciones: la de mi madre y la de
ella. Escríbeles. Ya sabes tú de qué manera. Pero, sin sentimentalismo. Es
todo. No me ha salido nada bien. Soy un fracasado. Un abrazo. Davlatián".
Zoya se levantó. El pliegue de una contracción semejante a una sonrisa rozó sus
labios. - Que sigáis bien, hijitos. Voy donde los heridos. Demasiado tiempo he
pasado aquí. - Zoya -dijo sombríamente Kuznetsov y, metiéndose la nota en el
bolsillo, fue tras ella hacia la salida-, voy con usted. Lléveme donde está
Davlatián. Cuando salían, todos callaban en el refugio. - ¿Qué tal, eslavos,
aún se respira? -preguntó Ujánov-. ¿No hay pánico? El sargento Necháev, que
había seguido atentamente, con sus ojos pardos veteados de rojo por el
cansancio, el movimiento de la zamarra de Zoya, delante del capote-tienda
levantado, sobre sus piernas gruesas, que parecían encajadas en las botas de
fieltro manchadas de arcilla, se sentó de pronto exhalando algo como un suspiro
o una queja entre dientes -todo su aspecto había perdido la anterior
brillantez, presuntuosa y llamativa, el mentón negreaba de la barba crecida y
el bigote y las patillas oblicuas, como borrosos, resultaban desaseados-, y se
rascó la camiseta en el pecho. Dijo, entre zumbón y pesaroso: - ¡Qué vida!
¿Sabéis, chicos, lo que yo le pediría a Dios si nuestro destino está aquí?
"Camarada Dios, le diría, antes de morir quisiera hartarme de besar a
alguna chica". Cuidado que Zoya no tiene nada de particular, ¿verdad? Si
acaso, los ojos y las piernas. Bueno, pues después de una nochecita con ella,
era capaz de echarme para delante contra un tanque a pecho descubierto. Veo que
tampoco pierde el tiempo Kuznetsov. ¿Eh, Rubin? Seguro que en tu aldea andarías
tú bien detrás de las chicas. ¿Has probado a muchas en tu vida? - "No
tiene nada de particular"... -remedó Rubin-. Si que ves tú mucho. En
cuanto a Zoya… Pero ni sus ojos ni sus piernas son para ti. Me parece que esa
cosa se te ha subido a la sesera. De la buena vida que te has pegado en la
flota. - De veras, Rubin; por tu jeta veo que eres de los que andan siempre a
la que salta. ¡Menudo toro! El que te pegue un estacazo en el cuello, rompe la
estaca.
- ¡Ya está bien, eslavos! A nosotros no nos
importa con quién anda Zoya -intervino Ujánov-. Yo te quiero mucho, Necháev,
pero deja tus bromas de marinero para hablar de la instructora sanitaria. A mí,
personalmente, me tienes harto. ¡Cambia el disco! Y tú, Rubin, ¡para el carro!
-Con una expresión de amenaza en el rostro, Ujánov esperó a que se hiciera el
silencio en el refugio, y luego dijo suavizándose hasta la benevolencia-: Así.
Me encanta la concordia en la familia. Toma, Necháev, por los tanques destruidos.
Me he traído un par del transportador. Con el maletín. ¡Te regalo una! Ujánov
se quitó del cinto una gran funda de parabellum y la lanzó a los pies de
Necháev que, sonriendo, curioso, la desabrochó y extrajo una pistola pesada, de
brillante metal bruñido. - ¿Es de oficial, sargento primero? -preguntó
sopesándola sobre la palma de la mano-. ¡Menuda! ¡Lo que pesa!... Rubin miró de
reojo aquel arma ajena, arma personal de un alemán muerto que unas horas atrás
disparaba contra ellos, daba órdenes en su lengua, odiaba, vivía, esperaba
vivir, y pronunció sombrío. - Es una cosa seria. Pero no tenemos derecho de
usar armas alemanas. - ¡Sí que me importa mucho! ¿Y esto? -Necháev señaló con
la cabeza hacia el maletín que manipulaba Ujánov tocando los cierres-. ¿También
de un oficial? ¿Del mismo? - Parece que sí. Desde luego, en el maletín hay
comida. Por eso lo he traído. Vamos a ver. No iba a llevar granadas en un
maletín, ¿verdad? Ujánov tiró de los cierres niquelados del maletín, flamante,
bien relleno, de aspecto pacífico, lo abrió y lo sacudió sobre una lona. Del
maletín cayeron una muda de ropa interior nueva, de seda, un servicio de
afeitar, un salchichón y un pan envuelto en celofán, una jabonera de plástico,
un pomo aplastado de colonia, un cepillo de dientes, dos sobrecitos
transparentes con preservativos, una cantimplora con funda oscura de lana, un
relojito de señora con cadena y un juego de naipes en estuche de cartulina que
tenía pintado un punto de interrogación sobre la orilla de un lago azul donde
un hombre musculoso, con trusa diminuta, corría detrás de una mujer desnuda,
gruesa y rubia. Todo aquello exhalaba un olor dulzón y especiado, como un aroma
ajeno de polvo de arroz. - Lástima que se haya marchado Zoya -dijo Necháev
contemplando el reloj sobre la mano-. ¿Me permites que se lo regale, sargento?
Estará muy bien en su muñeca. ¿Lo puedo coger? - Cógelo si crees que aceptará
el regalo. - ¿Mira tú lo que llevan? -observó Rubin resoplando-. Incluso
condones de reserva. Saltaron a la vista estos objetos íntimos de una vida
ajena y extraña de un alemán muerto desconocido, huellas de su vida reciente,
desnuda, traicionada por aquellas cosas después de su muerte. - ¡Bah, todo son
pingos! -exclamó Ujánov contrariado, y arrojó el maletín a un rincón del
refugio-. Yo esperaba que sería otra cosa. En fin... La mitad de la comida para
nosotros y la otra mitad para Zoya, para los heridos. Con un manotón de asco
apartó todo menos la cantimplora, el servicio de afeitar, el salchichón y el
pan, luego quitó el celofán y extrajo la navaja de su funda.
- De seda, para no criar piojos -dijo Rubin
palpando con aire entendido entre sus dedos toscos la ropa interior alemana, y
su ancho rostro marrón expresó algo como encarnizamiento y dolor-. ¡Fíjate
tú...! - ¿A qué te refieres, Rubin? -preguntó Ujánov. - A lo bien que se había
preparado. Incluso ropa interior de seda. Nosotros, en cambio, pensábamos que
todo iba a ser fácil... Por la radio decían: "Derrotaremos al enemigo en
su territorio". ¡En su territorio! Ya se ve... - Sigue, sigue, Rubin. -Ujánov
levantó sus ojos claros-. Habla. ¿Por qué te has callado? Habla, habla sin
reparo... - Se conoce que eres un lloricón y un alarmista -observó
distraídamente Necháev y soltó la risa-: ¿A ver qué cartas son éstas? -Tomó el
estuche, le pegó un papirotazo, y los naipes de cartulina se deslizaron a su
mano-. ¡Vaya tostón! Siempre te estás quejando. ¿Qué has visto tú en tu aldea?
Las colas de las vacas. - ¡Mentira! Yo no tenía nada que ver con las vacas. Yo
era el caballerizo del koljós -protestó Rubin enfadado-. Y en la vida he visto
cosas que no te pueden ni pasar a ti por la mollera. Mientras tú andabas por
los barcos dándole aire a los pantalones de campana, la guerra me pegó a mí un
mazazo de muerte. De un golpe me echó abajo toda la vida. Como una fiera rugía
yo mientras desenterraba con las uñas a mis dos hijitas después de un
bombardeo. ¡Pero ya era tarde! Hubiera querido ahorcarme, pero la rabia no me
dejó... Ujánov, que cortaba el salchichón con la navaja, miró a Rubin con los
ojos entornados. Necháev tiró los naipes sobre la lona. Había sotas desnudas,
emparejadas, y reinas en cueros, emparejadas, con medias negras y guantes
negros, estrechamente enlazadas en posturas indecentes y antinaturales; reyes
barbudos y musculosos como luchadores tenían sobre las rodillas a muchachitos
delicados que se estrechaban contra ellos con caritas y sonrisitas angelicales.
No podían ser naipes, aunque sí lo eran, un poco manoseados, desgastados por
los dedos en los extremos; sin embargo, era difícil imaginar que se jugara con
ellos en torno a una mesa hablando y riendo, que se ganara y se perdiera con
ellos. - ¡Porquería! ¡Hace falta tener la sesera del revés! Después de esto, se
le quitan a uno las ganas de todo. ¡Esto es el delirio de una medusa
trastornada! Menos mal que Zoya se ha marchado a tiempo. Esto no es para ojos
de mujeres. ¡Qué locura! - ¡Tú siempre con las mujeres metidas en la cabeza!
-Rubin estaba enrojecido-. La guerra no es igual para todos. Necháev recogió
los naipes, los arrojó a un rincón, se restregó las manos en el capote, como
para limpiarlas de algo viscoso, luego tomó la pistola y, recostándose en la
pared del refugio, dijo:
- Tú podrás pensar de mí lo que quieras, Rubin,
pero me gustan las mujeres. Ahora, que también yo tengo mi cuenta que ajustar.
A mi hermano mayor le mataron en el cuarenta y uno. Cerca de Lida. También yo
pensaba entonces que la guerra duraría una semana, que de un empujón llegábamos
a Berlín capitaneados por el mariscal Voroshílov montado en un caballo blanco.
Y resultó... que hasta Moscú fueron contándonos las costillas. -Necháev
jugueteó con la pistola-. Llevamos más de un año sudando, de acuerdo. Pero Stalingrado,
Rubin, es algo serio. Cinco meses han estado empujando los fritzes, seguro que
hasta habían bebido por la victoria; pero ahora somos nosotros los que hemos
empezado a contarles las costillas. - ¡Hemos empezado! -le remedó Rubin-. ¡Pero
no hemos terminado! Y hoy, ¿qué han hecho? Como no se han abierto paso aquí,
nos han contorneado con los tanques. Quiere decirse que tampoco esta vez hemos
tenido en cuenta su fuerza. Y nosotros estamos aquí, igual que ratas, cercados,
mientras ellos avanzan de seguro en sus tanques hacia Stalingrado y se ríen de
ti. - Deja, deja, que no deben estar para mucha risa -se ofendió Necháev-. Con
la de tanques que les hemos cascado aquí, hay para llorar, agotar todos los
pañuelos y tener que echar mano de los calzones. - ¡Tú sí que eres un calzones!
¡Mira que alegrarse de tener ese trozo de hierro alemán! -gritó Rubin a
Necháev-. ¿Por qué te alegras tanto de ese trofeo? - ¿Por qué no? -objetó
Necháev-. La parabellum es una pistola de las buenas. Rubin se levantó, corto
de piernas, cuadrado, paseando por el refugio los ojos inyectados en sangre,
terrible en su franca rabia a todo -a la guerra, a aquella ropa alemana de
seda, a aquel combate, al cerco, a Necháev- y, dirigiéndose hacia la salida del
refugio, levantó su mosquetón del suelo y añadió vuelto hacia Ujánov: - ¿Qué yo
coma de esos trofeos? Antes me muero de hambre que llevarme nada de eso a la
boca. Que yo... - Rubin, ¡vuelve aquí y siéntate! Al decir esto, Ujánov dejó de
serrar con la navaja rodajas de salchichón helado, duro como un palo, con
puntitos blancos de grasa, y clavó la navaja en el pan de un golpe fuerte.
Necháev dejó en seguida de jugar con la pistola, comprendiendo que algo iba a
pasar. Y algo desagradable, a juzgar por la rabia con que Ujánov había clavado
la navaja en el pan y por el cambio de expresión en su mirada. Detenido por
aquella orden de "siéntate" y por aquella mirada, Rubin dobló la
cabeza, excitado todavía, dispuesto todo él a oponer resistencia; pero
hubiérase dicho que brillaban lágrimas en sus ojos.
- No se te olvide, Rubin, que también yo vengo
caminando desde la frontera y sé lo que es pasarlas apuradas. Pero, aunque
tengamos que quedarnos aquí hasta el último, no consentiré histerismos
-pronunció Ujánov, serio y tranquilo-. De todas maneras, a los alemanes los
hemos acorralado junto al Volga. ¿Es así o no? La guerra es la guerra. Hoy nos
zumban ellos a nosotros y mañana nosotros a ellos. ¿Has peleado alguna vez a
puñetazos? Cuando te atizaban a ti el primero en la jeta, ¿te resonaba la
claraboya, te hacían chiribitas los ojos? Seguro que se te encogía el ombligo.
Lo esencial es ser capaz de levantarse, limpiarse la sangre de los hocicos y
sacudir uno. Y nosotros hemos sacudido, ¿eh, Rubin? La pelea de ahora es
distinta. El anillito que les hemos regalado a los fritzes no es de boda.
Bueno. A mí me tiene sin cuidado tu cháchara. Otro que yo quizá te colgara el
sambenito de alarmista. Pero yo he oído cosas peores. Siéntate. Echa un trago
de esta cantimplora. Y, a ver si embridas los nervios. ¡Se acabó! ¡Ni una
palabra más! - Ya está, claro... Alarmismo. La palabra tremebunda. A la menor
cosa, ¡alarmismo! -pronunció acerbo Rubin-. Pues te advierto, sargento, que a
mí me cuesta menos trabajo morir que beberme un vaso de agua. No puede haber
nada más terrible que eso de haber desenterrado a mis hijitas con las uñas. Y
piensa de mí lo que quieras... - Pienso lo que debo pensar. Ya que han matado a
tus caballos, pasas a mi escuadra. Y moriremos juntos. -Ujánov sonrió-. Así
será menos aburrido... Puede que bailemos, incluso. - Sí, hombre, y... Sin
concluir la frase, Rubin dejó el mosquetón en un rincón oscuro del refugio, se
sentó allí en la sombra quitándose disimuladamente de los ojos las lágrimas de
rabia, tomó la petaca y se puso a liar un cigarrillo con los dedos retorcidos y
temblones. - Zoya, ¿cómo se encuentra Davlatián? ¿Se puede hablar con él? -
Ahora, no. Quería decirte... Cuando recobra el conocimiento, no hace más que
preguntar si tú estás todavía vivo, teniente. ¿Sois de la misma escuela? - Sí...
Pero, ¿hay esperanza? ¿Vivirá? ¿Dónde está herido? - Es el que tiene las
heridas más graves: en la cabeza y en una cadera. Si no se le manda
inmediatamente al botiquín, puede terminar mal. Lo mismo que los demás. Yo no
puedo ya prestarles ningún auxilio. ¡No puedo nada! Les engaño diciéndoles que
pronto vendrán las ambulancias. Pero me parece que estamos enteramente cortados
de los servicios de retaguardia. ¿A dónde los vamos a llevar? ¿Quién sabe dónde
está el botiquín? - Escucha, ¿tienen comunicación con alguien en el puesto de
observación? - No. Están todo el tiempo tratando de enlazar por radio. Eso, sí
lo sé. Los enlaces están allí, con Drozdovski. ¿Tú dónde has estado después de
que yo me fui para la pieza de Chubárikov? ¿Viste el tanque que aplastó la
pieza?
- Yo no sabía que tú... - Olvida eso, teniente.
Yo no me acuerdo de nada. Era una sensación horrible, hasta me temblaban las
rodillas. ¡Ah, sí! Me parece que te dije algo acerca de mi pistola. Eso es
tonto, naturalmente. Quiero vivir cien años y tener diez hijos, para que rabie
yo misma y todo el mundo. ¿Te imaginas diez caritas encantadoras en torno a la
mesa, todas rubitas y con la boca embadurnada de papilla? Como en las cajas de
"Kornflex", ¿sabes? - No sé... Me parece que te estás quedando
helada, Zoya. Vamos. No sigamos parados. - Allá, en Járkov, tuvimos que dejar a
los heridos. ¿Sabes, teniente? Me acuerdo de cómo gritaban... - Esto no es
Járkov, Zoya. Nosotros no nos replegaremos ni tenemos adónde. Nos quedan
todavía siete proyectiles. Nadie dejará a nadie. Eso, no hay ni que pensarlo.
Se detuvieron a veinte pasos del refugio en un sendero estrecho que las botas
de fieltro habían abierto al borde de la orilla. El hielo del río exhalaba un
intenso frío primitivo, y los enormes agujeros negros abiertos en él -huellas
del bombardeo de por la mañana- lanzaban abajo remolinos de vapor. En la orilla
opuesta, el resplandor de los incendios se había reducido. En aquellas horas de
la noche parecía ahogarlo el frío, que arreciaba hasta adquirir la dureza del hierro.
Sobre la depresión del río se extendía el silencio nocturno inquebrantable, y
les costaba trabajo hablar y respirar en aquel frío cruento. Kuznetsov no
habría podido explicarse por qué tranquilizaba a Zoya en una situación tan
confusamente inestable, incomprensible para él mismo, en la que no se sabía lo
que ocurriría dentro de una hora o de dos ni quién viviría hasta por la mañana.
Pero no se mentía a sí mismo ni le mentía a ella: estaba persuadido de que no
tenían adonde replegarse ni miedo de romper el cerco desde allí. Delante y
detrás estaban los tanques alemanes y más allá, tras ellos, a la espalda,
también estaban los alemanes, cercados en un copo, hacia donde había estado
orientada aquel día la ofensiva que parecía un año entero de guerra. ¿Qué
habría en Stalingrado? ¿Por qué habían hecho los alemanes una pausa durante la
noche? ¿Hasta dónde habían avanzado?... - Hace un frío de todos los demonios
-murmuró-. Me parece que estás aterida, ¿eh? - No. Es nervioso. Yo sé que ahora
no me marcharé del lado de ellos. ¿No has dicho tú que no había adonde?
Reprimiendo el castañeteo de los dientes, levantó el cuello de la zamarra y
miró el resplandor, a la orilla opuesta, ocupada por los alemanes; su rostro
blanco, estrechado por la piel de carnero, las largas líneas de las cejas y los
ojos extrañamente oscuros, ausentes, expresaban un sufrimiento cansado y
absorto.
- No quiero dejar por segunda vez a los heridos.
No quiero... No hay nada más terrible que eso.
Con un escalofrío en todo el cuerpo, Kuznetsov se
imaginó de pronto que los alemanes, después de rodear la batería, dándose
órdenes los unos a los otros conforme iban corriendo, irrumpían con sus fusiles
automáticos en el refugio de los heridos y ella, sin tiempo para empuñar la
pistola, se replegaba a un rincón y se pegaba con la espalda y los brazos a la
pared como crucificada. Preguntó bajando la voz: - Díme, ¿sabes manejar una
pistola o una metralleta? Zoya le lanzó una mirada fugaz y soltó una risa incomprensible
hundiendo los labios en la piel del cuello. Se veía las líneas estremecidas de
las cejas. - ¡Muy mal!... Oye, ¿por qué me abrazaste de una manera tan extraña
allá junto a la pieza cuando sentí tanto miedo? ¿Me protegías? Gracias,
teniente. Buen miedo pasé. - No me di cuenta. - ¡Espera!... -Apartó el cuello
de los labios. Sus cejas no eran estremecidas ya por aquella risa inesperada-.
¿Y qué ocurrió cuando me marché hacia la pieza de Chubárikov? - Murió
Sergunénkov, - ¿Sergunénkov? ¿Ese chico tímido, arriero? ¿El del caballo con la
pata partida? Ahora recuerdo una cosa. Cuando veníamos para acá, Rubin me dijo
una frase terrible: "Ni en el otro mundo perdonará a nadie Sergunénkov su
muerte”. ¿Que quería decir? - ¿A nadie? -repitió Kuznetsov y, al volverse, notó
el cuello del capote cubierto de escarcha que le arañaba la mejilla como papel
de lija mojado-. ¿Por qué te dijo eso? "Sí, también yo tengo la culpa, y
no me perdonaré -pensó Kuznetsov-. Si hubiera tenido fuerza de voluntad bastante
para detenerle... Pero, ¿qué puedo decir a Zoya de la muerte de Sergunénkov? En
cuanto le hable de ello, tengo que decirle cómo sucedió todo. ¿Por qué me
acuerdo de esto habiendo perecido los dos tercios de la batería? No; no sé por
qué, no lo puedo olvidar...” - No quiero hablar de la muerte de Sergunénkov
-contestó resueltamente Kuznetsov-. Ahora, no tiene sentido. - Señor -murmuró
ella-, ¡qué lástima me da de todos vosotros, muchachos!... Al escuchar su voz,
en la que resonaba dolor y compasión por todos ellos, incluido él mismo,
Kuznetsov pensaba: "¿Será posible que ame a Drozdovski? ¿Es posible que
haya podido rozar él sus labios que parecen mordisqueados, hinchados? ¿Y cómo
no ha advertido ella que Drozdovski tiene unos ojos fríos, implacables,
desagradables de ver?" - ¿Por qué me miras así, hijito? -preguntó en un
murmullo que le pareció suavemente onduloso-. No haces más que mirarme como si
no me hubieras visto nunca... Contestó sordamente: - Luego me acercaré a ver a
Davlatián. Y no me llames hijito. ¿También sientes compasión de mí? Todavía no
estoy herido ni muerto. Además, no quiero morir de una manera insensata y
estúpida. - ¿Hay alguna muerte que no sea estúpida, teniente? Quiero que quedes
con vida. Que vivas mucho. Ciento cincuenta años. Yo tengo suerte para
predecir. Vivirás ciento cincuenta años. Y te casarás y tendrás cinco hijos.
Bueno, adiós. Voy con los heridos... De verdad, ¿por qué me miras así,
teniente? ¿Te gusto un poco? ¿Sí? ¡No lo sabía! -Se acercó a él, apartó de los
labios la piel del cuello con una mano y le observó con curioso asombro-. ¡Qué
tonto y qué extraño es todo esto, grillo! - ¿Por qué me llamas grillo? - Porque
eso significa tu apellido. ¿No te gustan los grillos? Yo, cuando los oigo,
siempre me pongo muy contenta. Me imagino una noche oscura, el heno en el campo
y una luna rojiza encima de un lago. Y grillos por todas partes... Del hielo
del río soplaba un viento aterido, a ras de tierra, que movía el bajo de su
zamarra. Sus ojos brillaban, sonrientes y oscuros, sobre la piel del cuello que
doblaba hacia abajo una mano con manopla blanca. La escarcha blanquecina
abultaba las cejas y alargaba las pestañas endurecidas. Kuznetsov volvió a
tener la impresión de que le castañeteaban débilmente los dientes y que se
estremecían un poco sus hombros como si estuviera toda ella helada. Y se
imaginó con toda nitidez que los dientes que castañeteaban así no eran los de
ella, y que no era ella quien hablaba, sino otra muchacha y con otra voz; que
no existían la orilla, ni el resplandor de los incendios ni los tanques
alemanes, sino que se hallaba él con otra muchacha junto al portal por una
noche de diciembre, después de haber estado patinando. La nieve barrida de los
tejados era como humo y, sobre las vallas nevadas de la calleja, los faroles
daban una luz difusa... ¿Cuándo había sido eso? ¿Había sucedido? ¿Quién estaba
con él? - ¿Quieres darme un beso? Me había parecido... ¿No tienes ninguna
hermana? Podrían matarnos a los dos, grillito... - Escucha, ¿a qué viene esto?
¿Por quién me has tomado? ¿Por un chiquillo? ¿Vas a andarte con coqueterías? -
¡Qué va! En absoluto. -Ahogó la risa en la piel del cuello cubriéndose con él
la mitad del rostro, y sus ojos se dilataron-. A coquetar, se empieza con los
ojos. Se mira a un lado, luego a la nariz, luego al objeto. Si el objeto eres
tú... Pero yo no hago eso, ¿ves? No; allí, junto a la pieza, me protegías como
si hubiera sido tu hermana, teniente. Yo así lo noté. ¿No tienes hermanas?
"Junto a la pieza... avanzaban los tanques.
Estábamos disparando. Mataron a Kasímov. Ella estaba al lado, luego fue
corriendo hacia la pieza de Chubárikov cuando arremetió el tanque. Luego, la
ráfaga de ametralladora revolcó varias veces a Sergunénkov delante del cañón
autopropulsado… Le empezó a humear el capote en la espalda. Y el rostro
contraído, sobrecogido de Drozdovski: "¿Deseaba yo acaso su muerte?"
- ¡Te equivocas! "¡Drozdovski! No me puedo imaginar: tú y
Drozdovski", estuvo a punto de decir, pero el rostro de Zoya, levantado
hacia él, que le observaba inquieto, fue iluminado de pronto por un fogonazo
rojo que hizo resaltar tan netamente los ojos muy abiertos, los labios, la
escarcha en las cejas finas, que en el primer momento no comprendió lo que
había sucedido. - Teniente... -murmuraron sus labios-. ¿Los alemanes?... En el
mismo segundo, tras de la altura de la orilla tabletearon ráfagas de metralleta
y otra vez se remontaron bengalas. Kuznetsov miró hacia arriba, donde estaba la
pieza, y quiso gritarle que había empezado, que los alemanes habían empezado y
aquello sería probablemente lo último, lo que remataría todo, pero gritó con
voz aguda otra cosa que lo que acudía a su mente: ¡Corre al refugio!... ¡Ahora
mismo! Y recuerda que no tengo hermana. ¡No tengo hermana! ¡Y no digas
tonterías! Ni la tengo ni la he tenido. Sin saber por qué, vengándose de ella
con una mentira y odiándose por eso, la rechazó casi de un empujón al echar a
andar por el sendero, Zoya se tambaleó, retrocedió un paso y, con cara
compungida, murmuró: - No me has entendido, teniente. No es eso... Pero él
corría ya por el borde de la orilla hacia el refugio de la escuadra oyendo el
angustioso y prolongado sonido de las metralletas arriba. A la izquierda, según
los saltos de la luz de las bengalas, el hielo del río se aproximaba unas veces
a sus pies y otras resbalaba impetuosamente, zambulléndose en la penumbra.
Luego en el emplazamiento de la pieza resonó un disparo de mosquetón, seguido
de otro, y llegó desde arriba una llamada, una especie de grito de liebre. Era
la señal de Chíbisov. Había disparado él. "Eso es un ataque Ahora, ya...
Sólo tenemos siete proyectiles, sólo siete…" Kuznetsov corrió hacia el
refugio, tiró del capote tienda, vio la luz violácea de la lámpara improvisada,
el pan cortado sobre la lona, los ojos de Ujánov, Rubin y Necháev clavados en
él, que lo comprendían todo, y gritó la orden: - ¡A la pieza!...
Capítulo 20
Kuznetsov esperó a que salieran todos del
refugio. Sobre la orilla, unos frecuentes ramalazos de luz atravesaban la noche
y se juntaban en el cielo. Allá junto a la pieza sonó asustado un tercer
disparo de mosquetón, crepitaron las metralletas unánimes y airadas y una
bandada de balas pasó brillando sobre la orilla: - ¡Pronto! ¡Pronto! -ordenaba
impaciente Kuznetsov-. ¡A la pieza! ¡Vamos! En el refugio, como un eco, se
escuchó la voz ronca de Ujánov repitiendo la orden. Igual que si los empujara
esa orden, Necháev y Rubin salieron de un salto al sendero mascando algo.
Ujánov fue el último que apareció, después de apagar la lámpara, se echó la
metralleta al hombro y, terminando también de masticar algo, soltó un
juramento: - ¡Ni comer le dejan a uno los muy...! Toma un trozo de salchichón
por lo menos, teniente -añadió metiendo en la mano de Kuznetsov un extraño
pegote-. ¡A la pieza! ¡A ver si nos movemos! - ¡Vamos! ¡Corriendo! Kuznetsov se
guardó maquinalmente aquel pegote en un bolsillo del capote, corrió delante por
la orilla hacia los peldaños de tierra que llevaban arriba. Entre el ruido de
pisadas y el jadeo que le seguían surgió luego la voz de bajo de Rubin,
profunda, tomada del tabaco: - En el otro mundo comeremos, sargento. Con Dios
nuestro Señor. La voz cáustica de Necháev contestó: - Pues, ¿qué te habías
creído, pánfilo de koljosiano, que ibas a vivir cien años? - Marino-cretino,
que tienes el trasero comido de los cangrejos. ¡Charlatán! Kuznetsov hubiera
querido detenerse y gritarle a Rubin en la cara con un estallido de rabia:
"¡Basta de palabras estúpidas!", pero en la orilla misma le arrojó el
viento a los ojos nieve punzante y desmenuzada, refulgieron delante las estelas
bajas de las metralletas y de aquel fulgor entretejido sobre la posición
artillera estalló a su encuentro un grito frenético: - ¡Camarada teniente!
¡Camarada teniente! Era Chíbisov. Las bengalas iluminaban la pieza, la
plataforma y la zanja tan en relieve, como si fuera de día, que Kuznetsov vio,
diez metros antes de llegar, una silueta oscura inclinada hacia el suelo al
borde de la plataforma y, a dos pasos, delante del parapeto, algo oscuro
también que sobresalía, tendido en la nieve, semejante a un cuerpo humano que
yaciera boca abajo. "¡Un alemán! ¿Ha llegado arrastrándose hasta aquí?
¿Han atacado la pieza?", le pasó por la mente a Kuznetsov y, sin
comprender nada, agachado, corrió hacia Chíbisov y se dejó caer a su lado junto
a la rueda del cañón. - ¿Qué? ¿Qué? Chíbisov temblaba febrilmente, acurrucado
al pie del parapeto, sin el mosquetón. Se pegaba con ambas manos en el pecho y,
levantando la cabeza, gritó sollozante:
- ¡Le he matado!... ¡Camarada teniente!... Venía
para acá corriendo. Yo estaba en la zanja, enteramente aterido. ¡Y él venía
para acá!... Los alemanes disparaban, y él venía hacia la pieza... Gritaba:
"¡No disparéis! ¡Soy ruso!" ¿Cómo iba yo a creerlo?... Los alemanes
empezaron a disparar... Kuznetsov agarró a Chíbisov por un hombro y le zarandeó
con todas sus fuerzas. - ¡Hable con calma! ¿Me oye? ¡Explíquese! - ¡Le he
matado, le he matado! -repetía Chíbisov temblando, frotándose el pecho con las
manoplas, y sus ojos parpadeaban de la conmoción-. Corría gritando: "¡Soy
ruso!" Y yo... ¿Cómo iba a creerlo?... ¡Le he matado! - Mira, teniente, la
metralleta es nuestra -dijo Ujánov y, arrodillándose al borde del parapeto,
atrajo una de cargador redondo y se la mostró a Kuznetsov-. Efectivamente, ¿de
dónde podía venir este eslavo? - Sí, es nuestra -confirmó Kuznetsov después de
contemplar la metralleta cubierta de escarcha-. ¡Tráelo para aquí, Ujánov! Pero
con cuidado. No salgas al parapeto. - Probaré, teniente. De rodillas, Ujánov
adelantó medio cuerpo, se tendió en el parapeto, agarró con ambas manos por los
hombros el cuerpo humano inanimado, tendido boca abajo, que parecía de piedra,
y con un esfuerzo lo atrajo lentamente hasta la plataforma de la pieza. Cuando
le daba la vuelta para recostarlo mejor contra el parapeto, la cabeza del
hombre, ceñida por un casco negro de tanquista alemán, redondo, ancho en las
sienes, se desmayó hacia atrás. Sin abrir los ojos, exhaló un gemido prolongado
y débil, y los blancos dientes apretados aparecieron en estrecha rendija.
Inclinado hacia su rostro, Ujánov pronunció afirmando a medias: - Parece que
está vivo. Apiñados delante de la pieza, todos miraban con suspicacia tan
pronto al hombre que gemía como a Kuznetsov o a los chispazos de los disparos,
delante. Kuznetsov callaba, sin comprender del todo lo que había sucedido, pero
convencido ya de que no era un alemán. Podía verse, debajo del casco negro
alemán, el rostro juvenil, de nariz chata, un rostro ruso de pómulos salientes
desfigurado por el dolor. La barbilla hirsuta y la nuez, en el cuello echado
hacia atrás, estaban recubiertas de nieve, el chaquetón guateado todo
acharolado por una costra de hielo, las manos sin manoplas se agarrotaban sobre
el pecho igual que las de un difunto y las botas de fieltro tenían las punteras
vueltas hacia los lados como si no calzaran a un ser vivo. Daba la impresión de
que había pasado muchas horas tendido en la nieve, en plena helada. - ¿Quién
será, teniente? ¿Alguno de la infantería? ¿Un tanquista? -preguntó Necháev-.
¿Está herido? ¿O se ha congelado? Tiene las manos retorcidas... - ¡He disparado
contra él! ¡He disparado contra él! -sollozaba Chíbisov tras ellos-. Venía
corriendo, gritando, y yo...
- ¡Deje ya de lamentarse, Chíbisov! -le
interrumpió Kuznetsov-. ¡Ni una palabra! - ¿De dónde iba a venir uno de la
infantería o un tanquista? Delante no hay nadie de los nuestros... ¡Muchacho!
-llamó Ujánov, y le dio una ligera palmada en la mejilla-. ¿Oyes, muchacho? ¿Te
das cuenta de algo? El hombre rechinó los dientes, la nuez se le movió en el
cuello, y de nuevo dejó escapar entre los dientes un gemido prolongado. - Mira
a ver si tiene documentos, Ujánov -ordenó Kuznetsov. Regístrale los bolsillos. -
¿Por Qué le disparaste, zoquete? -zumbó reprobadora la voz de Rubin
dirigiéndose a Chíbisov-. Si gritaba que era ruso, ¿qué tenías que darle
estúpidamente al gatillo? ¿Te lo habías hecho ya en los pantalones? - ¿Yo qué
sabía? Nunca me lo perdonaré. ¿Yo qué sabía?... - ¡Rubin! Busque inmediatamente
a Zoya -decidió Kuznetsov-. ¡Traiga aquí a Zoya! - A la orden -replicó Rubin no
de muy buen grado-. La traeremos, si es que sirve para algo... - Corriendo a
buscar a Zoya, Rubin. ¿Ha oído? En cuclillas, Ujánov desabrochó el chaquetón
guateado del herido, palpó y volvió del revés los bolsillos de su guerrera y de
los pantalones guateados y, después de explicar extrañado "¡Nada!",
lanzó a Necháev como reprochando algo con rabia: - ¡Trae aquí la cantimplora de
ron alemán, la que llevas al cinto. ¡Venga! Luego, con el cuello de la
cantimplora separó los dientes del muchacho que echaba la cabeza hacia atrás
con un gemido, resistiéndose inconscientemente, igual que si le torturaran.
Pero Ujánov le sujetó la cabeza con una mano y, resuelta e incluso bruscamente,
le vertió en la boca unos sorbos al tiempo que decía: - Ahora. Espera,
muchacho. Todos aguardaban. El muchacho se atragantó, aspiró aire con la boca,
tosió, enarcó todo el cuerpo y estuvo un rato restregándose la nuca contra el
borde del parapeto. Sus párpados se entreabrieron y debajo aparecieron los ojos
turbios, hundidos, que sorprendían por la expresión enajenada que tienen los
enfermos de gravedad en la semiinconsciencia; las manos agarrotadas se movieron
hacia donde debía estar la metralleta. Entonces le preguntó Kuznetsov: -
Escucha, muchacho, ¿quién eres? ¿De dónde venías? Nosotros somos rusos, rusos.
Y tú, ¿quién eres? La mirada del muchacho erraba por los rostros. Probablemente
no oía nada ni se daba cuenta de dónde estaba ni de lo que le ocurría. Al fin
se escuchó como un silbido: - El casco... El casco... Quítamelo... - Se conoce
que no oye, teniente. ¿Por qué llevará casco alemán? ¡Eh, eslavo!
Ujánov le quitó el casco de la cabeza y se lo
puso debajo de la nuca. El muchacho gimió entre dientes, estiró las piernas,
paseó los ojos por el cielo que cortaba la luz inquieta de las bengalas sobre
la orilla, luego contempló el cañón, a Kuznetsov y Ujánov, y por su rostro
pareció que lo había comprendido todo. - Muchachos..., artilleros -jadeó-. ¿He
llegado a la batería? Hacia aquí venía corriendo ¿Y Gueórguiev? ¿Dónde está
Gueórguiev? Esta mañana. Enmudeció, preguntando sólo con la mirada. Al oírle decir
"esta mañana" acudió a la mente a Kuznetsov, como una quemadura, el
recuerdo del bombardeo, la zanja de la posición de Chubárikov, el explorador
contusionado que, casi inconsciente, pedía ver al coronel, al jefe de la
división: en efecto, aquel explorador había hablado de otros que quedaban
delante de la posición... Un minuto atrás, aquel muchacho se parecía mucho a un
prisionero fugitivo o a un soldado de infantería de la protección extraviado
por alguna causa. Sin embargo, también ahora parecía inverosímil e imposible la
idea que había acometido entonces a Kuznetsov de que se trataba de uno de los
exploradores atascados durante la operación de que hablara el primero, el que,
por la mañana, logró llegar a la batería al principio del combate. ¿Cómo había
quedado con vida? ¿Dónde estuvo durante el combate? Allá delante de las
posiciones habían pasado decenas de tanques removiendo toda la estepa; durante
el día entero los proyectiles habían triturado cada metro de tierra... -
Ujánov, dale otro trago de ron -dijo Kuznetsov-. Le cuesta trabajo hablar. - Me
parece que está todo congelado, teniente. Hasta las uñas -replicó Ujánov
vertiendo en la boca del muchacho algunos tragos más de ron de la cantimplora.
En cuanto recobró el aliento, el muchacho echó la cabeza hacia atrás y
Kuznetsov le preguntó entonces, en voz alta y articulando bien las palabras: -
¿Puedes hablar? Yo te haré preguntas, y tú contestas. Así será más fácil.
¿Gueórguiev es un explorador? Esta mañana llegó a nuestra batería. ¿Tú también
eres explorador? El muchacho seguía restregando la nuca contra el casco. Luego
se entreabrieron sus labios: - Muchachos... allí han quedado dos en un embudo…
Nuestros, con un alemán. El alemán está medio muerto… Heridos. Congelados
todos. Todo el día hemos andado con el alemán. Le agarramos al amanecer. En la
carretera. De un coche. Un alemán importante... Mandamos a Gueórguiev... a
decirlo. - ¿Comprendes, teniente? -Ujánov intercambió una mirada con
Kuznetsov-. Debe ser el explorador que llegó esta mañana donde Chubárikov,
¿verdad? ¡Qué cosas ocurren, eslavos, la madre...! ¿De manera que son del grupo
de exploración?
- Sí -contestó Kuznetsov, y posó la mano sobre el
hombro del muchacho que estaba recostado inánime en el parapeto con los ojos
cerrados-. ¿Dónde están los demás? ¿Lejos de aquí? ¿Estás herido? ¿Dices que
traen a un alemán? ¿Han disparado contra ti? No abría los ojos, pero el sentido
de las preguntas llegó hasta él. Exhaló un gemido, y Kuznetsov captó fijándose
en sus labios entreabiertos: - Quinientos metros... de aquí. Delante del
barranco. Yo podía moverme. Me mandaron a mí acá. Eché a correr... Pero allí
hay alemanes por todas partes. Dos camiones. No podía disparar. Tengo las manos
heladas como tarugos. A mí sí me dispararon. Hay que traerlos para acá. Hay dos
nuestros allí... Y un alemán que debe ser un pez gordo... - ¿A quinientos
metros? Pero, ¿hacia dónde? -insistió Kuznetsov, y se asomó por encima del
parapeto. El viento seco y helado pegaba en el rostro, desgarraba las ráfagas
de fusil automático que se aplacaban y barría a ramalazos la nieve del campo.
Toda la estepa se desnudaba, tornadiza, bajo la luz de las bengalas, serpeaba,
acudía arrastrándose en blanco oleaje desde detrás de las negras moles de los
tanques quemados, más allá de los cuales se alzaba como una muralla el cielo
bajo en los momentos de oscuridad. La ventisca había arreciado a esa hora feroz
de la noche decembrina, había dispersado y extinguido los últimos incendios del
combate. Y era imposible creer que allá en la tierra aplastada por los tanques
y abrasada por la helada pudiera haber aún gente, quedasen dos exploradores
nuestros... Kuznetsov quería comprender hacia dónde disparaban los alemanes,
localizar la dirección de las balas trazadoras; pero se lo impedían las moles
hurañas de los tanques quemados. ¿Unos quinientos metros? -volvió a preguntar y
se inclinó hacia el rostro mismo del explorador-. ¿No podrías explicarte más
exactamente? El explorador se echaba el aliento en los dedos retorcidos,
agarrotados, para tratar de hacerlos entrar en calor, de moverlos, pero no le
obedecían. Sin apartar los dedos de la barbilla, hizo un movimiento con la
pierna para levantarse, pero se debilitó en seguida de la tentativa y se
recostó en el borde del parapeto murmurando: - Ayudadme a levantarme,
hermanos... Tengo también las piernas… Dos transportadores blindados... delante
del barranco… Daos prisa, artilleros... - ¿Dónde está Zoya? -preguntó
Kuznetsov-. ¿Dónde está Rubin? - Me parece que el chico se va a quedar sin
manos, teniente. Habría que friccionarle con nieve -dijo Ujánov, y miró a los
lados-. ¡Chíbisov! ¡Una caldereta de nieve, pronto! Pero nieve limpia, sin
pólvora. Cógela fuera de la posición. ¿Me has entendido?
Chíbisov, que mientras intercambiaban esas
palabras con el explorador se había acurrucado junto a la pieza, lanzó a Ujánov
una mirada medrosa de animalillo y empezó a estrujar el capote sobre el pecho.
De debajo del pasamontañas punteado de carámbanos en la boca y la barbilla
salió, con el vaho, un sonido débil y lastimero. Y con ese gemido se apartó de
la pieza de rodillas, como aplastado, arrastrando las botas de fieltro,
extendidos por la tierra los faldones del capote. Y en todo esto había algo
repugnante, mísero, como si no se percatara ya de nada, hubiera perdido la
aptitud de moverse como las personas y de comprender. - Chíbisov, ¿qué es eso?
-se sorprendió Kuznetsov-. ¿Qué le ocurre? ¡Levántese y vaya a la carrera! Pero
Chíbisov, gimoteante, con un murmullo incoherente, llegó de rodillas hasta la
zanja y se zambulló en su oscuridad. Mordiendo las agujas de escarcha del
bigote blanqueado, Necháev murmuró a su espalda: - Está helado hasta los
huesos. Y, después de disparar contra el muchacho, se ve que se ha quedado
enteramente lelo. Iré yo, sargento. - ¡Quieto! -le detuvo Ujánov-. Que corra un
poco. Le hará bien. Y tú, Necháev, frótate las mejillas. Tampoco te vendrá mal,
porque parece que te has dado polvos. -Mientras hablaba, volvió con un leve
golpe de la manopla el rostro de Necháev hacia él-. Frótate si no quieres
despedirte de las mejillas. El frío, que había arreciado hasta el máximo,
traspasaba también a Kuznetsov: se le empezaban a entumecer las manos en los
guantes y los pies en las botas de fieltro, y eran más crueles los arañazos que
le desgarraba el rostro. Contemplando al explorador, sus dedos de dureza fría y
osificada agarrotados delante de la barbilla, se imaginaba detalladamente su
carrera de quinientos metros hasta la batería, sin disparar porque los dedos no
habrían podido probablemente oprimir el gatillo del fusil automático... Los
cabellos del muchacho parecían encanecidos de la nieve dura mezclada en ellos,
en las ventanas de la nariz se le formaba una escarcha espesa y el hielo soldaba
sus pestañas. Con las bocanadas de vaho salía de entre sus labios un susurro: -
¡Pronto, artilleros!... A quinientos metros de aquí... Dos nuestros. Con un
alemán. Detrás de los transportadores. En el embudo de una bomba. - Ponle el
casco, Ujánov -ordenó Kuznetsov y, sentado en el afuste, dijo a media voz
después de esperar a que Ujánov le obedeciera-: ¿Qué hacemos, Ujánov?
Quinientos metros... A la izquierda están los alemanes del equipo de
enterradores. ¿Y si vamos cuatro con cuatro metralletas?... Llevaremos
granadas. Dejaremos a Necháev junto a la pieza, por si acaso. Hay que ir. ¿Qué
te parece?
Sabía adonde habrían de ir y, al mismo tiempo, se
convencía a sí mismo de que tenían la obligación de ir, de intentar llegar
hasta los dos exploradores heridos de quienes les había hablado el muchacho
después de recorrer quinientos metros sin un tiro para buscar ayuda. La alusión
de Kuznetsov a las armas -cuatro metralletas, granadas- resonaba un poco como a
autoengaño. Sin embargo, comprendía que ninguno de ellos -ni él, jefe de la
sección, ni Ujánov- podría vivir luego tranquilamente si no adoptaban ambos
aquella decisión. No había otra salida. Esperaba la respuesta de Ujánov
confiando más que en sí mismo, en su sensatez y su experiencia. - Eso es lo que
yo propongo. Vamos a decidir, Ujánov. Porque los exploradores venían hacia
nuestra batería... ¿Probamos? Callado, Ujánov soplaba con fuerza en las
manoplas que se había quitado para echar dentro el calor del aliento. Luego se
las puso, palmoteó con ellas en las rodillas y, con una especie de hostil
contrariedad, miró a Kuznetsov por debajo de la costra helada que blanqueaba
sus cejas. - ¿Qué otra cosa sensata se puede hacer? No hay más narices,
teniente. Aunque, quinientos metros no son cinco metros. Lo principal es que no
se endurezca la grasa de las metralletas. Escucha, teniente: los fritzes se han
calmado. Todo estaba callado y quieto delante: ni una bala trazadora, ni un
disparo, ni una bengala. Solamente los contornos grises y muertos de los
tanques quemados en la estepa, el serpear y las ondulaciones de la nieve entre
ellos, el viento, la helada, el seco susurro contra el parapeto... - ¡Chíbisov!
-gritó Ujánov-. ¿Qué haces ahí a rastras? ¡Ven aquí ahora mismo! ¿Dónde está la
nieve? ¡Qué joroba de...! La pequeña silueta de Chíbisov emergió con absurda
premura por detrás del parapeto. Los ojos eran dos negros boquetes de horror en
la coraza chispeante del pasamontañas. Tirando de las botas de fieltro y
arrastrando por el suelo la escudilla llena de nieve, se lanzó a cuatro patas
hacia la pieza exclamando ahogadamente: - Alguien corre allí... Por la orilla...
Hacia acá... - ¿Quién va a correr? -Ujánov le arrebató la caldereta de nieve-.
¡No sabes ya lo que dices! Necháev, dale un trago de la cantimplora a ver si se
recobra. - Sí... Vienen para acá corriendo. No he visto quienes eran...
-repetía en un murmullo Chíbisov al mismo tiempo que se alejaba tímidamente,
arrastrándose de espaldas, del explorador que exhaló un fuerte gemido cuando
Ujánov le metió las manos en la caldereta de nieve.
Kuznetsov también escuchaba ahora el ruido de una
carrera y el crujido de la nieve que se aproximaba a la derecha de la pieza.
Gritó: "¿Quién va?" al tiempo que empuñaba la metralleta del
explorador, pero en la semipenumbra se dibujaron dos siluetas sobre la nieve y
llegó un grito seco de respuesta:
- ¡Somos nosotros! ¿No lo veis? Los reconoció.
Eran Drozdovski y el brigada Golovánov, jefe de la sección de mando. Cerca ya,
a la altura de la orilla, los dibujó netamente el resplandor moribundo del otro
lado del pueblo. Llegaron corriendo a la posición, y Drozdovski con su capote
impecable, ceñido, bien abrochado, profirió jadeante: - ¿Quién ha disparado?
Sólo de oír su voz autoritaria, Kuznetsov notó de pronto una punzante sacudida
nerviosa. Estrechando la metralleta contra el pecho dio media vuelta y se sentó
en el afuste dándole a entender con los labios apretados y con su silencio que
no había olvidado lo ocurrido entre ellos. - ¿Qué pasa? Sargento primero
Ujánov, ¿qué hace usted aquí? ¿Un herido? ¿De dónde? Al tiempo que hacía estas
preguntas, Drozdovski pasó impetuosamente por delante de Kuznetsov que notó,
con el viento, el olor de su capote helado, y, para persuadirse por sí mismo de
lo que ocurría, se inclinó sobre Ujánov y el explorador y conectó una linterna.
La luz atravesó la neblina amarilla que se arremolinó en su hacedillo plano
haciendo resaltar los dientes apretados en el rostro chato del muchacho,
contraído, desmayado contra el parapeto, y brillar en los pómulos los puntitos
de hielo formados por las lágrimas de dolor. - ¡Artilleros!... ¡Artilleros!...
Están en el embudo de una bomba... ¿Por qué me habéis puesto el casco? No oigo.
- ¡Apaga la linterna, teniente! ¿A qué viene eso? -Sin dejar de frotar con
nieve las manos del muchacho, Ujánov apartó, rabioso, la linterna con el
hombro. En el mismo instante restallaron en la otra orilla dos disparos que
parecían esperar aquella señal, unas lucecitas se deslizaron sobre el parapeto
y Drozdovski inclinó ligeramente la cabeza guardándose la linterna apagada;
pero, nada sorprendido, profirió irónico: - ¡Sí que estáis divertidos! -Luego
preguntó con su exigencia habitual-: ¿Quién es este muchacho? ¿Cómo ha llegado
aquí? - Rubin es el único para mandarle en busca de la muerte. ¡Su abuela!
-pronunció Ujánov y, con excesiva pereza, contestó a Drozdovski-: Este muchacho
es un explorador, teniente. Del grupo que salió anoche y no volvió. Te
acordarás que el primero llegó hasta nosotros esta mañana durante el bombardeo.
Se llama Gueórguiev. Este es otro. Y resulta que allí hay dos más, todavía
vivos. Pero no pueden andar... Dice que están congelados y heridos. Y, además,
tienen un prisionero. Veinticuatro horas llevan por ahí. Ya ves que cuadro,
teniente. - ¿Dos exploradores? ¿Con un prisionero? -repitió Drozdovski-. ¿Y
qué? ¿Es cierto? - ¿Que tienen un prisionero? ¿Estás trastornado, Ujánov?
-intervino incrédulo el enorme brigada Golovánov y se agachó, torpote,
observando al explorador que gemía débilmente-. ¿Y lo ha dicho él? Pero, si
está sin conocimiento. Eso es que delira. Los tanques no han dejado allí nada
de nada. ¿Dónde van a estar los exploradores? - También se dan casos de que
para una soltera. ¿No lo has oído decir? - ¿Vas a creer ese disparate, Ujánov?
¿De dónde ha venido este muchacho? - Si no entiende las cosas, cállese,
Golovánov. -Drozdovski alzó la voz y se irguió tan brusca y ágilmente como si
le moviera un resorte-. ¿Se ha olvidado del explorador que enviamos a la
división? ¿Se ha olvidado de que vinieron del ejército a esperar aquí al grupo?
¡Valiente memoria! Y, eso, siendo el jefe de la sección de mando. Traiga aquí a
dos telefonistas. Y, aunque se parta el pecho, póngame en comunicación con el
estado mayor de la división. ¿Me ha entendido, Golovánov? Diez minutos le doy
para todo. Repita la orden. El brigada Golovánov irguió toda su figura torpona
con inesperada ligereza, repitió la orden, saltó ágilmente al parapeto y, con
andar de elefante, se dirigió hacia el observatorio de la batería. Reteniendo
con los dedos que perdían el tacto la culata de la metralleta colocada sobre
las rodillas, Kuznetsov dijo al fin: - Escucha, Drozdovski: como siempre, has
llegado un poco tarde. Ujánov y yo hemos decidido ya salir a buscarlos. Conque,
cálmate. Instala la radio, informa... - ¿Dónde está el herido, hijitos?
Kuznetsov calló: haciendo crujir la nieve, con un resoplar entrecortado, Rubin
llegó más bien rodando que corriendo sobre sus piernas cortas a la plataforma,
y en seguida blanqueó al lado la zamarra de Zoya. Su voz resonó como un
recitativo cristalino en el aire aterido y se cortó instantáneamente. Luego la
mancha blanca de la zamarra se movió sobre la tierra a la izquierda del cañón,
y de nuevo se alzó la voz de Zoya, ya con otra entonación: - Deje la escudilla,
Ujánov. Está herido. Deme su navaja... Sujétele así el pie mientras corto la bota
de fieltro. Con cuidado. Por el talón. ¿Ve cómo se ha empapado de sangre?
"¿Será posible que le haya herido Chíbisov?", pensó Kuznetsov
imaginándose esa absurda eventualidad, y apretó los dientes hasta hacerse daño.
Sabía ya lo que iba a hacer y la orden que iba a dar porque no era posible
esperar -el frío raspaba la cara como papel de lija y se congelaban la espalda,
el pecho y las manos sobre la metralleta- y había que actuar, que arriesgarse,
que moverse sencillamente a pesar de todo.
Estaba convencido de que, al amparo de los
tanques quemados delante de la batería, recorrerían los quinientos metros que
los separaban de los dos transportadores averiados detrás de los cuales debían
estar los dos exploradores en el embudo de una bomba. Pero, ¿los encontrarían
vivos?... ¿Por qué habría cesado el tiroteo delante? "Tiene que ser
ahora... Lo que hace falta es no tropezar con los alemanes ni descubrirse antes
de llegar al embudo. Pasar sin disparos". Sin mirar siquiera a Drozdovski
pegó con el puño en el cargador, se levantó, fue hacia la zanja con una leve
angustia en el pecho y llamó a media voz, roncamente: - Ujánov, Rubin,
Chíbisov, ¡cojan granadas y metralletas y síganme! De la oscura rendija de la
zanja le contestó un confuso gañido perruno y tuvo la impresión de que alguien
se quejaba allí sordamente tapándose la boca. Kuznetsov se acercó. En un rincón
de la zanja estaba Chíbisov medio tendido de costado. Al escuchar pasos
retrocedió hacia lo más hondo del refugio y sus pies, al moverse, tropezaron en
las botas de fieltro de Kuznetsov como buscando un punto de apoyo para pegarse
todavía más a la tierra. - ¡Chíbisov, levántese! -ordenó Kuznetsov-. ¿Qué le
ocurre? ¿Dónde está su mosquetón? Déjelo aquí. Tome la metralleta de Necháev. -
Camarada teniente: Zoya ha dicho que la bota de fieltro está empapada de
sangre. He disparado yo... ¿Cómo me iba a imaginar? ¿Yo qué sabía?... Pobre
muchacho... - ¡Levántese, Chíbisov! Chíbisov surgía de la oscuridad.
Desfigurado por el llanto, su rostro aparecía bajo el pasamontañas cubierto de
escarcha húmeda. Para sofocar la voz mordía una manopla revestida de hielo y
con la otra tanteaba débilmente el repecho nevado tratando de encontrar a
ciegas el mosquetón sobre el parapeto; por fin dio con él, lo atrajo, pero en
seguida lo soltó desmayadamente, y por poco lo dejó caer: se notaba que sus
manos entumecidas no le obedecían. - ¿Se ha quedado helado, Chíbisov?
-Kuznetsov sujetó el mosquetón, lo puso entre las manos que Chíbisov adelantaba
como anquilosadas. Chíbisov estrechó tan torpemente la culata contra el pecho
que el cañón le pegó en la mejilla. - Estoy totalmente helado... No puedo mover
las manos ni los pies...
De los ojos parpadeantes de Chíbisov corrieron
las lágrimas por la desaseada pelambrera de sus mejillas hacia el pasamontañas
ajustado al mentón, y sorprendió a Kuznetsov, en su semblante, una expresión
indefensa de angustia perruna, de incomprensión de lo ocurrido, de lo que
estaba ocurriendo y lo que exigían de él. En aquel momento no se percató
Kuznetsov de que aquello no era desvalidez física que agota el alma, ni
siquiera espera de la muerte, sino desesperación animal después de todo lo
pasado por Chíbisov en aquella jornada interminable -después del bombardeo, de
los ataques de tanques, de la muerte de otras escuadras, después de la
penetración de los alemanes en la retaguardia, cosa que se asemejaba a un
cerco-, desesperación ante algo que no asimilaba ya el entendimiento: la
necesidad de ir todavía a alguna parte y hacer todavía algo... El hecho de que,
en el horror de la soledad, hubiera disparado contra el explorador sin dar
crédito a que fuera uno de los suyos, un ruso, fue lo último, lo que le quebró
definitivamente. -¡No puedo! -sollozó Chíbisov tapándose la boca con la manopla
y ahogándose-. ¡Camarada teniente!... Algo me ocurre con la cabeza. No
comprendo las órdenes... - Recóbrese, Chíbisov. ¡Cállese! -gritó Kuznetsov
sofocando la voz. Miraba compasivo a Chíbisov, pero sabía por sí mismo que
ablandarse entonces equivalía a perder la esperanza de vivir. Y concluyó-: Lo
que debe hacer es moverse para entrar en reacción ¿Me oye, Chíbisov? Si no, se
acabó. - Camarada teniente... Déjeme aquí, por Dios... - ¡No puedo, Chíbisov!
Comprenda usted que no hay gente. ¿A quién llevo en su lugar? Necháev es
apuntador. Debe quedarse junto a la pieza. Usted no podría disparar si hiciera
falta. ¿Comprende? En cuanto a Ujánov y Rubin, cuyos nombres había pronunciado,
estaban ya a su lado en la zanja. Los capotes susurraban, arañaban la tierra
petrificada. Absortos y callados, ambos se metían en los bolsillos los
"limones", granadas redondas y estriadas. Luego Rubin se echó al
hombro, rabioso, la correa de la metralleta, pronunció con tranquila
hostilidad: "¡Así le dieran!... ¡Lástima de tiro!" y, carraspeando y
escupiendo, movió los pies pesadamente como si apisonara la tierra con sus
botas de fieltro. Ujánov calentaba con el aliento el hierro frío del cerrojo,
verificó su funcionamiento, levantó luego la mirada hacia el rostro de
Chíbisov, míseramente desfigurado por el llanto sofocado y la angustia, y dijo,
al parecer compasivo: - Si tuviéramos más gente, en conciencia habría que
mandarte al refugio de los heridos para ayudar allí. Pero, así, ¿qué se va a
hacer? - Ya no vivo. Estoy todo helado. -En un arranque de desesperación,
suplicante, Chíbisov hizo un movimiento hacia Ujánov, como buscando amparo en
su fuerza, mientras repetía-: Me quedo helado. Estoy aterido. Noto que me va a
ocurrir algo... Ya no tengo fuerza, sargento...
- Comprendo -replicó tranquilamente Ujánov-.
Verás, Chíbisov, lo que vamos a hacer si no tienes nada en contra. Ahora te
froto las manos con nieve, entrarás un poco en calor, y todo se arreglará.
Porque primero se hielan las manos y luego el resto del cuerpo. Es cosa sabida.
-Su diente de acero brilló, y hasta pareció que sonreía-. En seguida, teniente.
Es un par de minutos. ¿Permites? Porque, si no, va a convertirse en un
carámbano. Vamos a un lado, Chíbisov, para no estorbar.
- Esperaremos dos minutos, Ujánov -contestó
Kuznetsov con un sentimiento de compasión y desprecio procurando no ver la
sumisión con que echaba a andar Chíbisov renqueando por la zanja igual que si
fuera en busca de su salvación, ni el estremecimiento que imprimía a su cabeza
el llanto silencioso. Lo que le ocurría a Chíbisov, lo había presenciado en
otras circunstancias, en su bautismo de fuego cerca de Róslavl, y en otros
hombres a quienes la angustia ante los sufrimientos interminables quebrantaba
el aguante, como un eje, y por regla general eso era el presentimiento de su
muerte. A ésos, los miraban de antemano como si no estuvieran vivos, los
consideraban muertos. Y entonces él, sin compasión, solo con asqueado asombro
hacia la debilidad humana llevada hasta una humillación infinita, temía
únicamente que le sucediera alguna vez algo parecido. - ¡Apañados estamos con
ese tío blando! ¡Baboso! ¡Había para pegarle un tiro! - ¡Cállese, Rubin!
-ordenó Kuznetsov volviéndose hacia él-. ¿Por qué le tiene tirria a todo el
mundo? No lo entiendo. Y a usted, ¿le obedecen las manos? ¿Puede apretar el
gatillo? Si dice que no, a usted no le creo. ¿Entendido? - ¡Sí que me tiene
cariño, teniente! ¡Vaya! No es como a Chíbisov, ¿Es rencor por lo de antes? -
Crea usted lo que quiera -replicó Kuznetsov y miró sombríamente hacia el sitio
donde, junto al explorador a quien estaba curando Zoya, negreaba tras del
escudo de la pieza la silueta erguida de Drozdovski y, con cierto reto, pensó
que, en realidad, le tenía sin cuidado que hubiera escuchado o no aquella
conversación con Chíbisov. - ¡Teniente Kuznetsov! ¿Quién anda aquí
lamentándose? ¿Chíbisov? ¿Qué le pasa? ¿Se niega a ir? Drozdovski se acercó
rápidamente y se detuvo a un paso de él, derecho como un huso según su
costumbre, dispuesto todo él a la acción, reconcentrado, exhalando frialdad, lo
mismo que había estado antes en el tren y durante la marcha; por su aspecto se
podía pensar que no dudaba de nada, que estaba tranquilo, seguro de sí mismo,
que no le había sucedido ni le sucedería nada, y Kuznetsov contestó lo más
secamente que pudo: - Tú oyes lo que no es. De Chíbisov respondo yo. -
Supongamos que es así... Escucha, Kuznetsov -habló Drozdovski en tono
afirmativo y resuelto-. A buscar a los exploradores hay que ir en grupo grande.
Tres hombres no pueden traer a tres. Iré yo también con dos enlaces. Detrás de
vosotros. Más a la derecha de los dos transportadores quemados. - No te
preocupes -replicó Kuznetsov con frío enajenamiento-. Si ha quedado allí
alguien vivo, ya lo traeremos.
- ¡No me preocupo, Kuznetsov, no me preocupo!
Pero iré detrás de vosotros -profirió Drozdovski y, agitadas las aletas de la
nariz, le miró de arriba abajo moviendo sus largas pestañas de muchacha, luego
apartó al pasar a Rubin, callado con aire ajeno en la zanja, y se dirigió a
grandes zancadas hacia la pieza donde, al pie del parapeto, Zoya vendaba,
ayudada por Necháev, al explorador que había dejado de gemir. "Si me matan
hoy, será que así tenía que ser -pensó Kuznetsov apretando la culata de la metralleta;
pero en seguida espantó esa idea-. ¿Por qué se me ha ocurrido eso?" -
Listos, camarada teniente. Como para ir de boda. Ujánov salió de la zanja de
comunicación. Le seguía Chíbisov, pequeño, callado, con aire abatido y
culpable, encogida la cabeza entre los hombros; sujetaba el mosquetón a un
costado como si fuera un palo inútil, que le estorbara. - Perfecto... Deje su
mosquetón a Necháev y llévese su metralleta -ordenó Kuznetsov, y añadió
dirigiéndose a Ujánov-: Usted irá al lado de él, y yo con Rubin. Nada más.
¡Adelante! Junto a la pieza se produjo cierto movimiento, se agitaron unas
siluetas en la plataforma, y Zoya y Necháev pasaron de lado llevando en
volandas hacia la orilla al explorador con las piernas increíblemente abultadas
por las vendas. Como un hálito llegó hasta Kuznetsov un susurro apenas
perceptible: - ¡Suerte, hijitos! ¡Que volváis! ¡Suerte! Kuznetsov no contestó a
Zoya. Capítulo 21 - ¡Adelante! Esta fue la última orden de Kuznetsov que oyó
Chíbisov cuando treparon al parapeto. Al otro lado, a los diez pasos, todo se
descuajó, retrocedió, se apartó, dejó de proteger -los refugios al pie de la
orilla, las trincheras, el cañón, las zanjas de comunicación-, y se impuso al
instante la sensación de la propia desvalidez, del desnudo desgajamiento
respecto a los hombres, a todo lo que era propio. Con una angustiosa opresión
en el vientre, Chíbisov renqueaba detrás de Ujánov sobre las piernas
vacilantes, hundiéndose a cada momento en los profundos embudos como en abismos
que dejaban el corazón en suspenso y, después de salir espantado de ellos con
el grito de "¿Dónde vamos?" atascado en la garganta, se tambaleaba de
un lado para otro.
Delante, algo se aproximaba más y más desde la
encogida incógnita de la estepa, llena de una noche feroz pululante de las
siluetas del combate reciente que hacía resaltar una media luz de tinte hostil.
Todo se congelaba en el susurro viperino de la nieve barrida a ras del suelo,
en el callado resplandor que ardía a la espalda, y a veces daba la impresión de
que unas sombras expectantes, calladas, salpicadas de nieve, salían al
encuentro, serpeaban sin ruido entre las moles quietas de los tanques que tintineaba
levemente el hierro y delante se alzaban unas cabezas blancas con los contornos
cornudos de los cascos cuadrados... Chíbisov se desplomaba de bruces, tanteando
como ebrio el disparador del fusil automático: "¡Los alemanes! ¡Los
alemanes!" Pero no había disparos. Ujánov no se dejaba caer en la nieve,
no daba ninguna orden, sino que caminaba en silencio, inclinado hacia el
viento, pasando por encima de las sombras que serpeaban envueltas en nieve.
Respirando apenas, Chíbisov se arrancaba entonces la escarcha de los párpados
húmedos: en torno se veían cadáveres, helados bajo la ligera capa de nieve que
los había recubierto desde por la mañana; probablemente los de los alemanes que
habían tenido tiempo de tirarse de los tanques incendiados. "Son muertos,
gracias a Dios -palpitaba en la mente de Chíbisov con los latidos del corazón
que parecían golpearle en las sienes-. Por encima de estos muertos vamos hacia
los vivos... ¡Señor! ¿A dónde vamos? ¿Será posible que a Ujánov no le dé miedo
tropezar con los alemanes? Porque también andan por aquí vivos agazapados...
¿Voy a caer prisionero otra vez? Mira que si nos rodeasen de pronto y se
pusieran a gritar...” Y, agonizante otra vez de aquel pensamiento, debilitado
hasta el punto que le temblaban los músculos del vientre, miraba trémulo hacia
la derecha, deseoso de ver por dónde caminaban Kuznetsov y Rubin. Pero no se
les veía. "Otra vez, no lo soporto. ¡Me mato! ¡Señor, ten compasión de mí
y de mis hijos! Si yo no soy una mala persona. Nunca en la vida he hecho daño a
nadie: ni a un gato ajeno, ni a un perro siquiera... Ni a mi mujer ni a mis
hijos les he rozado el pelo de la ropa. Incluso de joven me llamaban cachazudo
y se reían de que no me gustara la camorra... Lo del muchacho ese, del
explorador, ha sido sin querer, del susto... ¡Estaba transido! ¿Por él es este
castigo?" -murmuraba mentalmente Chíbisov dirigiendo una súplica a alguien
que dispusiera de su vida, de su destino, y veía ya confusamente adónde iba: a
golpes se mecían los contornos de los tanques y algo de color lila claro, como
el vacío delante de los ojos cerrados. ¡Alto, Chíbisov! ¡Cuerpo a tierra! -La
orden de Ujánov resonó como un golpe en la cabeza-. ¡Alemanes! Ensordecido por
los martillazos de la sangre en la nuca, Chíbisov tropezó con ambos pies contra
algo duro, que crujió como una hoja de col, cayó de bruces en el movimiento de
la nieve, se levantó desconcertado, sin comprender nada: delante tembló una
luz, que se difuminó y titiló a través de la humedad de los párpados. Allá en
un altozano surgieron sobre la estepa unas confusas siluetas blancas y con
ellas parecieron mecerse los contornos oscuros de un camión.
Luego, estremeciéndole, llegó un grito entre
asustado e imperioso en una lengua extraña: - Wer ist da? Halt! "¡Ellos
son!", pasó como un chispazo por la mente de Chíbisov, y, retrocediendo a
rastras, tiró enloquecido con los dedos rígidos del cerrojo de la metralleta;
pero, en el mismo instante, una mano le atenazó por el hombro y escuchó un
susurro silbante en el oído: - ¡Quieto! ¡No dispares! ¡Ven aquí! ¡Detrás del
tanque! ¿A dónde vas como un cangrejo? ¡Tira a la derecha, a la derecha te digo!
Tendido a su lado, Ujánov le empujaba con todas sus fuerzas en un hombro.
Entonces se arrastró sumiso sobre el vientre hacia la derecha, ahogando un
sollozo en la garganta, sin atreverse a mirar hacia arriba, llenándose de nieve
las botas de fieltro y las manoplas, y volvió a clavársele en el tímpano la voz
ajena: - Halt! Ensordecedora, resonó una ráfaga de metralleta que silbó en los
oídos y brilló con luces intensas. En seguida, una luz cegadora, que todo lo
desnudaba, se alzó implacable encima de la estepa. Durante unos segundos, esta
luz, que se había desplegado bogó por el firmamento, y durante unos segundos se
repitió lo mismo en el cerebro de Chíbisov: "¡Nos ven! ¡Nos están viendo!
Ahora llegarán corriendo y ni siquiera nos dará tiempo a disparar". -
¡Estáte quieto! ¿Qué mascullas? ¿Salmos? -La voz de Ujánov le llegó como a
través de una gruesa almohada. - ¡Los alemanes, sargento!... - ¡Te digo que te
estés quieto! ¿A qué vienen tantas lamentaciones, abuelo? La nieve resplandecía
insoportablemente. Angustiado, desfallecido, Chíbisov encogió las piernas. A
sus pies se consumía una bengala en la nieve, diez metros detrás del tanque
junto al cual se encontraban tendidos. Silbando, la bengala escupía chispas
contra el blindaje gris del tanque y las monstruosas orugas quietas y vertía
una luz azulenca sobre un tronco recubierto de hielo, con una rama apuntando
hacia arriba y una chispa de brillo fosforescente encima de ella. El tronco se
veía precisamente en el lugar donde Chíbisov tropezó y cayó sobre algo crujiente:
era el cadáver de un tanquista alemán. - Fíjate en el reloj que tiene el fritz,
Chíbisov -musitó Ujánov dándole un leve codazo-. Se pierde tontamente. ¿Qué te
pasa que tiemblas como el rabo de una cabra? ¿Te has quedado helado otra vez?
Palpa el disparador. ¿Lo notas? Mira, lo principal es que no le entre a uno
canguelo. Peor que la muerte, no te va a pasar nada. ¿Cuántos años tienes?
Parece que pasas ya de los treinta, ¿eh? - He cumplido los cuarenta y ocho.
Estoy todo congelado, sargento...
- No eres ningún mozalbete. Mueve los dedos,
muévelos sin parar. Ya queda poco que aguantar. En cuanto se calmen, seguimos
adelante. Ahora hay que tirar hacia la derecha y llegar de un salto a los
transportadores que están delante del barranco. No te preocupes, abuelo, que
todo saldrá bien... La bengala se extinguió. En torno se hizo una oscuridad
mayor que antes, y en esa oscuridad que se desplomaba, condensada, y que el
resplandor lejano no había vencido aún, una linterna parpadeó inquietante en un
altozano; el viento que llegaba arrastrando nieve trajo desde arriba retazos de
una conversación en lengua extraña y la risa de alguien que parecía dar ánimos;
se repitió el chispazo de la señal de la linterna sobre la estepa, entre
sombras que parecían rebullir. - ¡Vienen para acá! ¡Vienen para acá!...
¡Dispara, sargento, dispara!... -exhaló Chíbisov entre los dientes que le
castañeteaban inconteniblemente. Enloquecido, empuñó la metralleta que temblaba
entre sus manos y, resistiéndose ya todo él, con cada una de las células de su
cuerpo, al horror de lo que podía suceder en ese momento, confuso el
entendimiento por aquél horror y por el odio a las voces y a la risa de los
alemanes que parecían caminar a cien pasos de ellos por el altozano, buscó a
tientas el disparador y tiró de él. En el mismo momento Ujánov se sintió como
abrasado por una llama próxima, retazos de gritos aletearon delante,
respondieron ráfagas que pespuntearon el blindaje del tanque sobre su cabeza,
la nieve le salpicó el rostro y una voz delirante dijo a su lado: "¡Dales,
sargento! ¡Pégales bien!...” Sin comprender todavía lo sucedido, vio a la luz
diluida de una bengala a Chíbisov tendido de costado delante de una oruga.
Temblaba como presa de un ataque y con una mano se oprimía un hombro mientras
con la otra trataba de atraer la metralleta que alguna fuerza parecía haber
arrojado a un lado. - ¡No grites! ¡Cállate ya! -ordenó Ujánov en rabioso
murmullo y, llegando a rastras hasta Chíbisov, le apartó la manopla del brazo-.
¿Por qué gritas? ¿Te han herido? ¿Por qué te agarras el hombro? - El brazo...
se me ha entumecido. No puedo disparar, sargento. - No se te ha entumecido el
brazo. Es que te han pegado de refilón. ¿No lo notas? Déjame ver lo que es.
-Ujánov palpó con cuidado alrededor de un desgarrón del capote de Chíbisov,
humedecido ya por la sangre, y le reprendió enfadado-: ¿Por qué has disparado,
abuelo del demonio? ¿Te lo había mandado yo? ¿Por qué diablos tenías que
disparar, di? - Perdóname, sargento... No puedo escuchar su jerga... Ha sido
más fuerte que yo. Perdóname...
Ujánov le contempló algún tiempo con reprobadora
compasión. Luego levantó del suelo el cuerpo retorcido y trémulo de Chíbisov
que, en el primer momento, no se había dado aún cuenta de su herida, le recostó
de espaldas contra la oruga y dijo con rabia: - ¿Es que te has acordado de
cuando estuviste prisionero? ¡Sí que tienes una suerte negra, abuelo! Nada más
salir, te has ganado una bala. -Quitó el cargador de la metralleta de Chíbisov,
que le colgó del cuello, y se pasó por la cara, como para calmarse, una manopla
endurecida del frío. - Bueno, abuelo, vuelve para atrás -dijo luego-. Hace
tiempo que debías estar ocupándote del rancho en la cocina y no aquí... Lárgate
a rastras y pegado a la tierra para que no te peguen otra vez. ¡A la
retaguardia, abuelo! Allí te vendarán. ¡Lárgate pronto! Le apartó del tanque y,
después de verle zigzaguear entre los embudos al alejarse, arrastrando
torpemente su cuerpo de costado, se dejó caer de bruces en la nieve agarrando
con los dientes su insípida humedad, impregnada de pólvora, como si le
atormentara la sed. - ¡Ujánov, Ujánov!... Se incorporó un poco al escuchar
cerca esta llamada inquieta que llegaba de la derecha, de donde pasaba la
trinchera de protección de la infantería, y miró para allá: Kuznetsov y Rubin
venían corriendo como sombras inclinadas hacia delante. Conteniendo la
respiración entrecortada, ambos se tendieron al lado de Ujánov, que notó como
una bocanada de aire. Adelantándose a las preguntas, y pronunció rápidamente y
con voz ronca: - Chíbisov está herido. Poca cosa. En un brazo. Lo he mandado
para atrás. Ya nos arreglaremos, teniente. - ¡Estaba seguro! -Kuznetsov hizo
incluso una mueca-. En fin, puede que sea mejor así. -Luego se puso a hablar de
prisa, acercándose más-. Escucha, Ujánov, me he encontrado aquí con unos
muchachos de la unidad de protección. He hablado con un ametrallador de bigote.
Andan recogiendo cartuchos por toda la trinchera. En las ametralladoras se ha
helado la grasa. La están calentando. Pensaba que no habría nadie, pero resulta
que están aquí. Unos cuantos. Aunque no ha quedado vivo ni un oficial. Me han
dicho que de aquí a los transportadores habrá unos ciento cincuenta metros.
Vamos a esperar a que se calmen los alemanes y seguimos luego adelante, sin
disparos. - ¡Mira si ha terminado pronto de combatir el animal ese! -pronunció
Rubin con sombría decepción-. ¡Menuda alegría le habrá entrado al tío de ver
que se ha salvado!
- ¿Sin disparos, teniente? -repitió Ujánov, que
seguía escupiendo del sabor asqueroso a trilita que le había dejado la nieve en
la boca y, con aire impasible, adelantó la mano hacia el cargador de la
metralleta de Chíbisov, que se guardó en el pecho-. De acuerdo. Estos
enterradores sólo disparan para meter miedo. Seguro que llegamos, teniente. De
las casas extremas del pueblo, a la derecha, llegó el sonido aullador de los
motores de tanques, ese sonido tan metálico y entrecortado que tienen cuando
funcionan en vacío, y su eco desmenuzó la oscuridad de la noche y su calma
momentánea. - Están calentando los motores -dijo Kuznetsov prestando oído-.
Aquí al lado. En fin... Tendido de bruces, Rubin rebulló, descubrió ferozmente
sus dientes menudos con la intención de replicar algo, pero en seguida se puso
en pie de un salto, erguido por la orden tajante: - ¡Adelante! ¡Vamos! A breves
carreras cubrieron los ciento cincuenta metros, estrecha franja de estepa que
les separaba de los transportadores quietos al borde del barranco; luego
esperaron tendidos en la nieve y se deslizaron entre los embudos, muy numerosos
allí. Los enterradores alemanes que iban cargando los cadáveres en el camión
habían dejado de disparar y quedaban ahora a la izquierda, un poco atrás. Sin embargo,
a la derecha y delante, sobre el extremo del pueblo de la margen meridional
donde zumbaban los motores de los tanques al ser calentados, comenzaron a
ascender en distintos lugares series de bengalas que iluminaban inquietas la
estepa cada cinco segundos. Se conoce que delante y a la derecha había alarmado
a los alemanes el tiroteo de la orilla. Observaban la estepa desde dos
direcciones, pero no abrían ellos fuego por temor a pegar a los suyos de cerca.
Eso era, al menos, lo que se imaginaba Kuznetsov cuando, después de unas
carreras, llegaron por fin junto a los transportadores y se dejaron caer,
extenuados, en la nieve. Rubin, con la respiración ronca, aspiraba el aire por
la boca. Kuznetsov tenía el rostro totalmente endurecido por los fustazos de la
nieve y el corazón le latía a golpes redoblados. Permanecieron tendidos un par
de minutos: les daba la impresión de que les sería imposible incorporarse.
Ujánov, que fue el primero en recobrar el aliento, se apoyó con la culata de la
metralleta en el suelo y se levantó. Recostado en el borde del transportador,
profirió con ronco susurro: - Parece que hay un embudo a unos cincuenta metros
a la derecha, teniente. Delante del barranco. Algo sobresale allí como el
reborde del embudo. ¿En qué otro sitio puede ser? Todo está liso por aquí...
Habrá que andar otra vez a rastras. Y que alumbran como si fuera de día.
Cualquiera diría que nos huelen, los perros...
Después de echarse la metralleta al brazo -los
dedos le picoteaban como si tuvieran agujas- Kuznetsov se puso de pie al lado
de Ujánov escrutando el vasto espacio intensamente inflamado detrás de los
transportadores donde sobresalían los bordes blancuzcos del presunto embudo. A
la derecha destacaban, como almiares semiesféricos de escasa altura, los
primeros tejados del pueblo, azulencos de la nieve, sobre los cuales, después
de elevarse y ametrallar de fuegos el cielo, caían dispersas las chispas de las
bengalas en los gélidos remolinos de niebla iluminada. Kuznetsov, a quien
aquella proximidad casi inverosímil de los alemanes causaba una sensación
opresora y lancinante en el pecho, creyó distinguir netamente en los pasadizos
y entre las primeras casas las torrecillas oscuras de los tanques que estaban
calentando y un confuso movimiento oscuro de siluetas junto a ellos y oír, a
través del traqueteo y el zumbido de los motores, voces que se interpelaban.
"¡No puede ser! ¡No puede ser que los exploradores estén ahí en ese
embudo, tan cerca de los alemanes! Seguramente hay en alguna parte otros dos
transportadores y no son éstos...” Y, al pensar que se habían equivocado de
dirección, que habían llegado a otro sitio, que era inútil e insensato cuanto
acababan de hacer con tanta tenacidad, Kuznetsov, a quien seguía causando una
sensación lancinante en el pecho el funcionamiento de los motores de los
tanques a doscientos metros de ellos, no acababa de decidirse a ordenar el
último salto hacia el embudo. Hubo de hacer un esfuerzo sobre sí mismo para
mandar: - Ujánov, avanza un poco a rastras para ver... El demonio sabe si es
este embudo. No vaya a terminar mal esto de andar aquí delante de las narices
de los fritzes. - Parece que es ese, teniente. - Compruébalo. Te esperamos
aquí... - Vaya ver, teniente. Ujánov no dijo nada más, pero en cuanto se alejó
a rastras de los transportadores y su ancha espalda empezó a fundirse
lentamente con la nieve, a diluirse en sus ondulaciones, Kuznetsov se puso
alerta, con la culata de la metralleta apretada debajo del brazo. Se quitó la
manopla, encontró con el dedo casi insensible el disparador, tanteó la firmeza
del gatillo y recostó más el hombro contra el borde del transportador. "Si
nos hemos equivocado -pensó-, dejo a Rubin y a Ujánov aquí y voy yo a buscar el
embudo... Yo los he traído. No tengo derecho de exponer ahora ni a un solo
hombre...”
Los bultos de tierra blanqueada que se advertían
delante podían ser los parapetos de las trincheras avanzadas de los alemanes,
Kuznetsov, tensado hasta el máximo cada músculo, sin apartar la mirada de
Ujánov que se arrastraba en los remolinos de nieve, observándole, estaba
dispuesto a cubrirle con el fuego de la metralleta al primer disparo hecho
desde las trincheras alemanas. Le perdió de vista por un instante en el
intervalo, oscuro como la ceguera, entre dos bengalas, y hasta se estremeció.
Era como si le hubiera golpeado un incomprensible silencio. Luego brilló un
nuevo resplandor sobre los tejados del pueblo y se vio en torno el manto liso e
iluminado de la nieve, el zarandeo de las matas bajo el viento que barría la
estepa, pero no el bulto blanco que se movía delante. Los motores de los
tanques habían enmudecido en el pueblo. - Rubin, ¿ves a Ujánov? ¿Le ves o no? -
¿Por qué habrá callado todo, teniente? No se le ve, no; parece que ha
desaparecido -jadeó Rubin incorporándose un poco y adelantando hacia Kuznetsov
su rostro grande, aterido, inquieto-. ¿Le habrán echado mano? ¿Eh? Teniente...
Pero, en el mismo momento, de entre la nieve ondulosa que susurraba en los
tallos de las matas, de la profunda oscuridad que se había hecho después de la
luz química que tiñó la estepa, llegó una exclamación o una llamada
entrecortada y acuciante: - ¡Aquí! ¡Venid! - ¡Adelante, Rubin! -ordenó
Kuznetsov y, sin tener conciencia ya del grado de peligro o de alivio que
significaba aquel inesperado "aquí", se lanzó con un áspero
escalofrío por la espalda, obedeciendo a la llamada de Ujánov, en la salvadora
oscuridad de cinco segundos. Rubin preparó la metralleta y corrió tras él
resoplando pesadamente a su espalda.
Capítulo 22
El enorme embudo abierto a unos cien metros del
barranco era precisamente el embudo donde los exploradores de la división se
habían visto obligados a refugiarse, al regresar con retraso de la operación,
cuando los sorprendió el combate. Entonces, al principio del combate, debía
humear, negreando horrible y desgarrado, en medio de la blancura soleada de la
estepa, y los tanques que atacaban desde el barranco la contorneaban cuando
subían al altozano. Luego pasaron a unos metros los dos transportadores, y las
piezas de la batería que disparaban contra ellos en tiro directo los
incendiaron rápidamente... Cuando Kuznetsov, acompañado de Rubin, llegó de un
salto al borde del embudo, marcado por la tierra removida y recubierta de
nieve, y vio desde arriba en la profundidad grisácea a Ujánov que hacía algo en
lo más hondo, sólo le preocupaba una cosa: si se había salvado alguien más de
los exploradores, si estaban allí. Descendió a la carrera por la empinada
pendiente y exhaló: - ¿Viven? - Aquí hay dos -contestó Ujánov.
Aquellos dos, que blanqueaban apenas la
oscuridad, estaban tendidos en el fondo del embudo como abrazados en la muerte.
Acurrucado, Ujánov hacía vanos esfuerzos por separar, por desgajar uno de otro
aquellos dos cuerpos que parecían fundidos y sacudía por los brazos a los dos
hombres que, por extraño que pareciese, todavía daban señales de vida. Uno de
ellos llevaba bata de camuflaje. Por debajo del capuchón bordeado de una espesa
capa de escarcha escapaba el vaho del aliento; hacia Ujánov se volvían unos ojos
casi invisibles entre abultadas excrecencias de hielo, las cejas subían y
bajaban como gruesas orugas esponjosas, y de la garganta escapaba un ronco
bisbiseo incoherente. - ¡Suelta los brazos, muchacho, suelta! ¡Somos rusos! ¿Me
oyes? -decía Ujánov persuasivo-. ¡Escucha, muchacho, mírame! - ¡Qué cosas,
señores! Este de la bata es nuestro y el otro parece alemán -pronunció
sorprendido Rubin-. ¡Y respiran! ¡Su abuela, y qué cosas! - El segundo es un
fritz -informó Ujánov-. ¡Fíjate, teniente! Sólo entonces distinguió Kuznetsov a
duras penas el uno del otro a los hombres tendidos en el fondo del embudo en
rígido abrazo. Eran un explorador nuestro y un alemán bastante corpulento,
recio, con gorro de piel y capote enteramente grises de la nieve, parecida a la
sal gruesa, que se había incrustado en la tela. Las manos del alemán, con
guantes de piel, estaban atadas a la espalda y el rostro pálido y huesudo medio
oculto por el cuello de piel. No tenía mordaza y, al notar gente por allí, no
hacía más que exhalar un sordo ronquido, sin separar las acusadas mandíbulas de
bulldog, y restregar la mejilla contra la nieve. De las anchas ventanas de la
nariz salían agujas de hielo como largos bigotes húmedos. - Muchacho, suelta
los brazos... Te digo que somos rusos. Hemos venido a buscaros... A la fuerza,
Ujánov liberó por fin al alemán de los brazos que le atenazaban como un aro. El
explorador exhaló entonces un leve gemido. Debía llevar ya horas abrazando así
al prisionero por la espalda, procurando conservar el último calor en sí mismo
y en él. Después de apartar un poco al explorador, Ujánov dijo a Kuznetsov: -
¡Vaya un fritz agarrado a la vida! Pero nuestro muchacho está mal. ¿Por qué
demonios no le quitaría a este bulldog el capote? Mira: tiene forro de piel.
¡Cuántos miramientos para esta joya! ¿Le desato las patas? Ahora no se va
escapar... ¿Dónde está el tercero? No veo al tercero -dijo presuroso
Kuznetsov-. Aquel nos dijo que había aquí dos exploradores. Rubin, pronto,
suba. ¿Se habrá alejado de aquí? Observe alrededor del embudo.
Kuznetsov contemplaba al explorador, tendido de
espaldas sin un sonido. El capuchón, calado hasta los ojos cerrados, se había
recubierto de una capa de hielo como una máscara de azúcar; toda la bata de
camuflaje, sin cinturón, estaba hecha tiras sobre el pecho y el vientre y la
nieve se había metido por los desgarrones, helándose en capas sobre el
chaquetón guateado. Tenía separadas las piernas, semejantes a troncos debido a
los pantalones guateados, y las botas de fieltro manchadas de tierra revuelta con
nieve. Llamaba sobre todo la atención una pierna: algo tenía enrollado varias
veces junto a la rodilla y de ésta pendía a la nieve lo que debía ser el
extremo de una correa, retorcido y fino. En efecto, era un cinto que ajustaba,
debajo de la rodilla, un vendaje inhábil hecho mucho tiempo atrás y
precipitadamente por encima de los pantalones guateados. Seguramente había
intentado contener la sangre sólo con aquella ligadura sin quitarse la bota de
fieltro ni cortar los pantalones con aquella ligadura. Se conoce que habían
tropezado con los alemanes a primera hora de la mañana en el pueblo y apenas
pudieron llegar hasta allí cuando comenzó el bombardeo. Pero, ¿y las armas?
¿Cuántos eran? ¿Dónde estaba el otro? El armamento del explorador no estaba
allí, en el embudo. Sólo se veía en el declive del embudo una funda de pistola
extraña, maciza, con el cinto -se conoce que se la habían quitado al alemán-,
medio sepultada ya, que asomaba un extremo sobre el montón de nieve formado a
su alrededor. Kuznetsov tiró de ella. Estaba vacía, y la volvió a tirar. Luego
se inclinó sobre el explorador y trató de apartar ligeramente de su rostro el
extremo de la capucha, pero no lo consiguió -en el rostro todo estaba helado,
crujía como si fuera de hojalata- y retiró la mano. - Escucha, muchacho -habló
Kuznetsov con la vaga esperanza de que el explorador le oyera-. Nosotros somos
rusos... Aquí estabais dos. ¿Y el otro? ¿Adónde ha ido el otro? Pero lo que
pudo percibir en el estertor que llegaba a través de la capucha no formaba una
palabra coherente. En el estertor se repetía: - A-lem... a-lem...
"¿Alemán? -trató de adivinar Kuznetsov-. ¿Quiere decir algo del alemán? ¿O
me toma a mí por un alemán?" - ¿Empezamos a sacarlos de aquí, teniente?
-pronunció la voz de Ujánov-. ¿A este animal también habrá que llevarlo a
cuestas? Oye, teniente, fíjate en lo que hace el fritz. ¿Se habrá vuelto loco o
será de rabia? ¿Le largo un puñetazo entre las dos cejas para que se calme?
Tampoco Kuznetsov comprendió al principio lo que le sucedía al alemán. Desatado
por Ujánov, se revolcaba como un tronco blanco por el fondo del embudo,
golpeando frenéticamente la nieve con las botas forradas de piel y con las
manos, agitaba la cabeza como un epiléptico, se retorcía y se pegaba con el
pecho contra el suelo exhalando un aullido sollozante, animal; los dientes
azuleaban, descubiertos en un rictus silencioso, y los ojos, desorbitados,
parecían los de un histérico. Estaba enloquecido del frío o quizá tratara de
entrar en calor, experimentando una dicha animal de que hubiera terminado el
tormento de estar tendido en el fondo del barranco, en el pétreo abrazo del
explorador ruso, esperando la muerte.
- Verflüchter, Verflüchter!... -farfullaba ronco
el alemán con espumarajos en las comisuras de la boca, revolcándose de un lado
para otro-. Russ!... Russ!... Verflüchter!... - Parece que el alemán es algún
mando -profirió Ujánov, que observaba al prisionero con curiosidad
condescendiente-. ¿Está soltando tacos, teniente? - Eso parece -contestó
Kuznetsov. Luego el alemán se tendió de costado, desmadejado, y sus manos
enfundadas en los guantes de piel empezaron a moverse debajo del vientre, a
apartar el faldón del capote; su espalda se tensó y de pronto echó la cabeza
hacia atrás poniendo los ojos en blanco y articuló algo extraño, entre sollozos
y aullidos, pataleando en la nieve con las botas altas forradas de piel. -
¡Háztelo en los pantalones, fritz, y así andarás más caliente! -observó
zumbonamente Ujánov al comprender aquel gesto-. Aquí no hay nadie para
desabrocharte la bragueta. Aguántate, chinche hitleriana, que no va a venir el
ordenanza con el orinal. - Verflüchter, Russ, Verflüchter!... Ich sterbe, Russ...
- Steht auf! -ordenó de pronto Kuznetsov recordando con esfuerzo las palabras
alemanas aprendidas en la escuela, y se acercó al prisionero que había quedado
quieto en el fondo del hoyo-. Steht auf! -repitió-. ¡Levanta! El alemán volvió
hacia su lado, de abajo arriba, los ojos vidriosos en el rostro huesudo y los
fijó en el fusil automático de Kuznetsov. Luego, apretando las mandíbulas que
castañeteaban de frío, hizo salir de la garganta, en respuesta, un sonido
ahogado. Kuznetsov le empujó la metralleta en el hombro y repitió más
rudamente: - Steht auf, schnell! ¡Te digo que schnell! Entonces el alemán se
sentó, sobrecogido, y en seguida trató de incorporarse, pero le fallaron las
piernas y, como si le hubieran empujado, se desplomó de lado en la vertiente
del embudo; volvió a apoyarse en las manos con un sollozo entrecortado, se puso
a cuatro patas y se incorporó lentamente, haciendo pausas. Una vez incorporado
permaneció en pie vacilante. Muy alto -le llevaba la cabeza a Kuznetsov-, tenía
una corpulencia acentuada por el capote forrado de piel. Se veía muy cerca su
mirada ajena, una mirada que esperaba un golpe, inquieta, y que al mismo tiempo
quería ser aún altiva. - Le acompañarás tú, Ujánov. Se ve que es un canalla de
los gordos -dijo Kuznetsov con una sensación cáustica por hallarse cerca de él
un hitleriano vivo, aborrecido incluso en pensamiento. Así se los había
imaginado a todos, y por eso no dudaba ahora ni por un instante de que en el
alma de aquel prisionero no quedaba nada natural, humano, inherente a todas las
personas normales.
Entre ellos había un abismo de sufrimientos, y de
sangre, una opinión recíproca basada en el odio, una vida ajena y mutuamente
incomprensible, unas concepciones irreconciliables, antagónicas. Entre ellos
estaba la guerra y las armas listas para disparar. - ¡Y respondes de él! -lanzó
con rabia Kuznetsov. - Llegará, teniente. Como la seda va a andar -prometió
Ujánov y, acercándose al alemán, le palpó toscamente y sin miramientos los
bolsillos, de los que extrajo un encendedor y un paquete arrugado de cigarrillos;
desabrochó tranquilamente el capote y sacó una cartera de la guerrera cuyas
condecoraciones tintinearon. Luego volvió la bocamanga del capote, endurecido
del hielo, y medio preguntó: - Mira cuántas contemplaciones han tenido con él
los exploradores. Le han dejado todo... ¿Le quito el reloj, teniente? -
¡Dejálo! ¡Al diablo! ¡Y el encendedor y los cigarrillos! ¡Y todo! -pronunció
rápidamente Kuznetsov, con repugnancia-. ¿Para qué queremos nada de un
miserable fascista piojoso? - No parece tan piojoso. -Ujánov soltó la manga del
alemán con una sonrisa irónica y abrió la cartera-. Mira qué fotografías,
teniente... ¿Has visto? En todas las fotografías que llevan los alemanes, los
chicos parecen ángeles. Sobre todo las niñas. Y todos con calcetines blancos. -
No me había dado cuenta. Devuélvele todo eso -ordenó Kuznetsov sin manifestar
la menor curiosidad por las fotografías, como si tampoco en la cartera de un
alemán pudiera haber nada corriente, humano. - Contéstame, teniente: ¿por qué
joroba los tratamos siempre con tantos miramientos? Algo debió comprender el
alemán. Al repetirse la palabra "teniente" desapareció en seguida de
sus ojos la expresión de forzada altivez que se cambió por otra de ruego
indeciso, y se tambaleó hacia el lado de Kuznetsov -aquel ruso tan joven,
sombrío, que daba órdenes enfadado- y pronunció roncamente: - Zígaretten...
meine Zígaretten... Herr Leutnant!... Rauchen, rauchen... lch will rauchen,
Herr Leutnant! Rauchen! También esta vez le fallaron las piernas y quedó sentado
en la nieve mirando desde abajo a Kuznetsov y alargando el cuello como si
notara dolor al tragar, pero tragando convulsivamente la saliva. -
Devuélveselo. ¿No ves que quiere fumar? -dijo despectivamente Kuznetsov.
Frunció el ceño, se aproximó al explorador que continuaba en la misma postura,
de espaldas, con las piernas separadas. Encima de la capucha, echada sobre el
rostro, palpitaba una nubecilla desgarrada de vaho. Había que evacuarle
inmediatamente, pero no se imaginaba cómo hacerlo sin que sufriera la pierna herida
y ligada. "¿Dónde puede estar el otro explorador? ¿Y si se ha equivocado
aquel muchacho? ¿Dónde andará Rubín?"
Todo el borde superior del agujero parecía humear
intensamente de extremo a extremo en las corrientes de nieve iluminada por los
metódicos chispazos de las bengalas, invisibles desde el fondo. Abajo susurraba
la nieve endurecida al deslizarse por las vertientes; arriba se extendía el
amplio zumbido estepario del viento a ras de tierra sobre el embudo y sobre la
llanura nocturna y a doscientos pasos estaban los alemanes con sus tanques y
sus puestos de imaginaria en el extremo de la aldea. Rubin no regresaba.
"¡Hay que volver! No es posible esperar... Hay que llamar a Rubin y
regresar. No podemos arriesgar mas", pensó Kuznetsov y, en un acceso
momentáneo de inquietud, de rabiosa angustia por llevar tanto tiempo él y los
demás burlando el peligro, quiso decir a Ujánov que había que evacuar
inmediatamente al explorador, pero no le dio tiempo. Una ráfaga de
ametralladora que resonó casi en su oído le obligó a trepar instintivamente
hacia la boca del embudo, ordenando sólo con un ademán a Ujánov que se quedara
de momento abajo. Cuando llegó arriba, entre la nieve menuda y opaca que se
arremolinaba como humo encima del hoyo, su primer pensamiento fue: "Rubin
ha tropezado con los alemanes". Una ametralladora de grueso calibre
disparaba sorda y aceleradamente desde el extremo del pueblo; a la izquierda
del embudo, fundiéndose, volaban los proyectiles trazadores sobre los contornos
de los transportadores blindados incendiados. Todo titilaba y relucía en el
resplandor de las bengalas que bañaba aquella zona, pero no se veía a nadie a
la izquierda del embudo, que era adonde disparaban los alemanes. - ¡Rubin!
-llamó Kuznetsov levantándose sobre los codos-. ¡Rubin! En el mismo momento,
unas siluetas humanas surgieron confusas de los montones de nieve, unos
cincuenta metros a la izquierda de los dos transportadores, dieron unos pasos
corriendo hacia el embudo, en seguida se dejaron caer en la nieve donde
quedaron ocultas, y las estelas de las balas trazadoras de grueso calibre se
desplazaron, brillando fulminantemente allí donde acababan de correr. "¡Es
Drozdovski! -adivinó Kuznetsov-. Pero, ¿por qué se habrá apartado de los
transportadores? ¿No estaba claro?" - ¡A la derecha, a la derecha! ¡A
rastras! -gritó Kuznetsov incorporándose más sobre los codos para verlos mejor.
Iban a rastras hacia el agujero, y las ráfagas de ametralladora, bajando sobre
la estepa, se desplazaban tras ellos en un estrecho sector entre los
transportadores y el embudo sin dejarles levantar cabeza. A unos diez metros,
el que iba delante se irguió un poco y gritó: - ¡Teniente! Somos nosotros...
Kuznetsov distinguió entre las matas a Rubin con
los hombros recios cubiertos de nieve, luego advirtió más a la izquierda a
Drozdovski que se arrastraba ágilmente como fina y sinuosa lagartija hacia el
embudo seguido de dos enlaces de la sección de mando. A su lado, bajo un gorro
blanco, blanqueó de manera extraña un rostro inverosímilmente conocido y
desconocido, que no debía estar allí: el rostro de Zoya, como ficticiamente
animado por el peligro superado, con una expresión excitada y contraída. Su rostro
parecía decir entonces que no la inquietaba en absoluto el que la pudieran
herir o matar allí sino que, por el contrario, en todo aquello no había ningún
peligro. "¿Por qué la habrá traído? ¿De qué puede servir ahora? ¿Para qué
está aquí?", pensó Kuznetsov, enojado más que sorprendido por lo
innecesario de su llegada y, al ver que, con la misma expresión, los ojos de
Zoya seguían la estela de las balas sobre sus cabezas, ordenó haciendo un
movimiento con la metralleta: - ¡Pronto, pronto! ¡Al embudo! - Camarada
teniente -gritó ahogadamente Rubin al llegar a rastras-: he buscado... he
buscado alrededor, lo he recorrido todo sobre la barriga. El otro no está por
ninguna parte... Lo he recorrido todo metro a metro. En esto vi a los nuestros
corriendo. Pero habían tirado más a la izquierda. Me lancé hacia ellos, los
alemanes se dieron cuenta y han armado este zafarrancho. - Pues, ¿qué se había
usted creído, Rubin? ¿Que estaba en su casa para andar corriendo por aquí? -le
atajó Kuznetsov recalcando con hostil firmeza las palabras "corriendo por
aquí"-. ¡Menudo concierto han armado! ¡Abajo! ¡Abajo todos! Los cuerpos
nevados que llegaban presurosamente a rastras jadearon y se removieron en el
borde del embudo, luego rodaron y corrieron hacia abajo todos a la vez, y se
escuchó la voz agitada de Drozdovski: - ¿Todo en orden, Kuznetsov? ¿Están aquí
los exploradores? No tenía sentido contestar y, sin bajar al hoyo, irritado por
aquel fuego que habían provocado, Kuznetsov observaba hacia la orilla las
estelas radiales de las ráfagas que brillaban a la izquierda de los
transportadores por delante de los cuales tenían que regresar a la pieza,
recordando visualmente y calculando el sector batido. En esto notó que alguien
se había rezagado en el borde del agujero y se acercaba a él; luego una
respiración precipitada y cercana y un bisbiseo junto al oído: - ¡Kuznetsov,
hijito!... ¿Eres tú? Gracias a Dios... Hola, grillo. ¡Mírame! - Ya nos hemos
visto -contestó casi desabridamente volviendo la cara-. ¿Qué pasa?
Zoya se sentó a su lado, con las piernas colgando
dentro del embudo. Tenía el gorro ladeado, el cabello y las largas cejas
cubiertos de nieve y, de la escarcha dura y punzante que erizaba las puntas de
las pestañas, sus ojos un poco estrábicos y de reflejo oscuro parecían
extrañamente interrogantes, desorbitados por la agitación. Había algo pueril y
retador en el gorro ladeado y en los labios sonrientes. - ¡Hola, grillo!
-repitió igual de cariñosa, pronunciando con alegre satisfacción aquella
palabra ligera, como de juguete, que se le había ocurrido, y observó su rostro
deliberadamente hosco, que parecía no comprender-. ¡No pensaba verte ya vivo!
Como llegó Chíbisov herido diciendo que habíais tropezado en seguida con los
alemanes... Además, escuché el tiroteo. Por eso he venido. ¿Ujánov no está
herido? ¿Me oyes, grillo? - ¡Deja de llamarme grillo! A Ujánov no le ha pasado
nada. Ni a mí tampoco. ¿No está claro? ¡Cualquiera hace caso de Chíbisov! ¡Aquí
no tienes nada que hacer! -Y preguntó con excesiva rudeza-: ¿Has venido a
evacuarnos porque estábamos heridos? ¡Qué insensatez! ¿Quién te ha pedido
recorrer a rastras quinientos metros hasta aquí? - No me grites, grillo. -Sus
labios abultados se entreabrieron y volvieron a sonreir-. Soy la instructora
sanitaria y no tu mujer para que me trates con esos modales. Porque tú no
quieres gritarme, ¿verdad, grillo? Y sin embargo me gritas. Has empezado a
darme órdenes, grillo. ¿Acaso te estoy subordinada? - ¡Abajo! -ordenó
Kuznetsov-. Allí hay un explorador herido. Pero, ahora, es imposible hacerle
una cura. Primero hay que evacuarlo. Baja, que en seguida vamos a marcharnos.
-Esperó con aire inabordable a que Zoya bajara y llamó-: ¡Rubin! - ¿Vamos a
marcharnos ahora, camarada teniente? -preguntó dudoso Rubin deslizándose hacia
él, y, al carraspear, exhaló una espesa bocanada de vaho-. ¿No sería mejor
esperar? Porque están muy alborotados... - Sí, esperaremos a que se calmen. Por
eso, quédese aquí observando. Después de dar esta orden, Kuznetsov se apartó a
rastras del borde del embudo, pero en la pendiente se puso en pie y bajó
echándose la metralleta sobre el pecho. Todos parecían esperarle. Medio
tendidos en la nieve, procurando recobrar la respiración después del peligro
pasado, los dos enlaces con los gorros atados debajo de la barbilla lanzaban
inquietas miradas de soslayo hacia el explorador herido, Zoya y el alemán
prisionero que estaba sentado junto a Ujánov con la cabeza tocada por el alto
gorro, muy inclinada sobre las piernas y las manos enguantadas metidas bajo las
solapas de su capote forrado de piel. De espaldas a ellos, arrodillada, Zoya
palpaba las piernas extrañamente abultadas del explorador; pero su bolsa
sanitaria, sin deshebillar, continuaba a su costado. No se decidía a hacer allí
una cura. Algo le decía al explorador en voz baja. Los demás callaban,
prestando oído a la ametralladora que disparaba cerca e ininterrumpidamente.
Drozdovski se retocaba el correaje con la funda
de la pistola torcida hacia atrás de tanto arrastrarse por la nieve y, de pie
entre el explorador herido y el alemán, miraba sucesivamente a uno y otro,
indeciso. En la media luz mortecina, su rostro delicadamente pálido y agitado
expresaba la impaciencia. Al ver que Kuznetsov descendía al fondo del agujero,
dio un paso hacia él y preguntó medio exigentemente: - ¿Dónde está el otro
explorador? Según he entendido, debía haber dos con el alemán. ¿Dónde está el otro?
- ¡Cualquiera sabe "dónde" está! Se ha buscado en torno al embudo,
pero sin encontrarle -contestó Kuznetsov como si, más que a Drozdovski, se
dirigiera a Ujánov que, sentado junto al alemán, parecía absorto en la
operación de quitar con la manga de su chaquetón guateado la escarcha del
cerrojo del fusil automático-. Me imagino que no se habrá ido donde los
fritzes. Probablemente habrá intentado llegar hasta nosotros, pero le habrán
fallado las fuerzas. Una de dos: o se ha quedado a mitad de camino o sólo ha
llegado hasta las trincheras de la infantería. - ¡Hay que buscarle! ¡Hay que
buscarle sin falta! -pronunció Drozdovski haciendo una aspiración-. ¡Y
encontrarle, Kuznetsov! Me he puesto en comunicación por radio con el puesto de
mando de la división y he informado de que veníamos para acá. A buscarlos. Y me
han ordenado que, en cuanto los evacuemos, los hagamos llegar a los dos al
puesto de mando sin perder un momento. A ellos y al prisionero. ¡Al jefe de la
sección de reconocimiento! Sí, hay que buscar, Kuznetsov... ¡A toda costa!
¡Mientras no encontremos al segundo, no tenemos derecho de retirarnos de aquí!
- ¡No hay que buscar aquí, sino retirarnos todos antes de que amanezca! ¡Antes
de que la hayamos diñado hasta el último en esta ratonera! -le interrumpió
Kuznetsov-. ¿No está claro que nos encontramos a doscientos metros de los
alemanes? Desde el pueblo lo ven todo incluso sin prismáticos. En cuanto haya
un poco de calma tenemos que replegarnos todos rápidamente hacia los
transportadores y luego, en breves carreras, detrás de los tanques y hacia la
pieza. Aquí había que haber buscado antes y no corretear a tontas y a locas por
la estepa. ¡Mira que no haber encontrado los dos transportadores! - De acuerdo,
teniente -dijo tranquilamente Ujánov limpiando el cerrojo con la manga.
Kuznetsov aludía al error de Drozdovski, a que había llegado tarde con los
enlaces, a que se había apartado de los transportadores provocando de esta
manera el fuego de los alemanes y aquel zafarrancho tan mal a propósito, precisamente
en el momento en que había que retirar al explorador.
Drozdovski permaneció un instante callado,
mordiéndose los labios, y luego pronunció con inexorable convicción. -
¡Mientras viva, yo respondo de la batería! Respondo de todo, Kuznetsov.
Incluida tu vida... - ¿De veras? ¡Quia! ¡De mí y de mis hombres, ya sabré
responder yo si tengo suerte!... -replicó Kuznetsov sin poderse contener, y en
seguida se cortó. No quería proseguir la conversación en presencia de Zoya y de
los enlaces; no quería mostrar delante de todos su franca animadversión a
Drozdovski-. Vamos a dejarlo -concluyó-. ¿Dices que se busque? En el extremo
del pueblo, la ametralladora continuaba pespunteando y fustigando con fuego
metódico la estepa desierta a la izquierda del agujero, y lo extraño era que el
denso silbido de las balas no se apartaba, sino que parecía quieto; se hubiera
dicho que las ráfagas tanteaban, sin moverse en su sector, algo que habían
encontrado. - Conque, ¿quieres que se busque aquí? -repitió Kuznetsov, y paseó
la mirada por todos los que estaban en el hoyo. Los enlaces volvían inquietos
la cabeza hacia él; el alemán prisionero había apartado de las rodillas el
rostro huesudo, con manchas grises congeladas, y procuraba comprender,
atentamente y de soslayo, el sonido de sus palabras; Zoya se incorporó
súbitamente con una pregunta desvalida en las cejas enarcadas y miraba con ojos
muy oscuros bajo el gorro blanco de nieve. "¿Por qué me mirará de esa
manera?", se preguntó Kuznetsov apretando los dientes. - ¡Decidido!
-profirió con una calma antinatural que le extrañó a él mismo-. Yo me quedo
aquí con Rubin. Observaremos otra vez los alrededores. Y todos vosotros, en
cuanto haya un poco de calma, os largáis de aquí. ¡Hala, hala! Ujánov, ¡los
guías tú! No vaya a ser que se extravíen otra vez en tres palmos de terreno.
"Esto es una locura -pensó comprendiendo cuerdamente en su fuero interno
la inconsecuencia de sus decisiones-. ¿Qué me ocurre? He dejado de dominarme.
Sé que es inútil buscar al explorador, pero accedo, incluso quiero hacerlo yo
mismo...” - Sí, hay que buscar. Kuznetsov: ordene otra vez a Rubin que mire
alrededor. Y nosotros esperaremos. Drozdovski tiró nerviosamente del cinto que
le ajustaba el fino talle, se apartó de todos y estuvo un buen rato en la
pendiente, recto, impenetrable, peligroso, como infalible en sus órdenes y en
su tenacidad inquebrantable. - El segundo explorador no ha podido alejarse
mucho -dijo-. ¡No tenemos derecho de informar a la división de que le hemos
dejado aquí, no tenemos derecho de marcharnos sin él! ¡Llévese también a los
enlaces, Kuznetsov! - No hace falta -replicó Kuznetsov-. Nos bastamos los dos.
¿Para qué demonios poner en guardia a los alemanes?
- Comandante...
A pasos precavidos, Zoya se deslizó por delante
de Kuznetsov tan cerca que le rozó el capote con el extremo de su zamarra y,
detenida frente a Drozdovski, habló conciliadora, con voz baja de súplica: -
Hay que evacuar ahora mismo por lo menos a este explorador. Está muy mal. Tiene
congeladuras y ha perdido mucha sangre. No sé si encontraremos vivo al otro;
pero, a éste, hay que.... - ¡Levanta, fritz de la porra! -ordenó Ujánov y, de
un fuerte tirón, levantó al alemán del suelo; luego se incorporó él como un oso
y se echó la metralleta al hombro-. Patalea o baila un poco, canalla, sacude
las patas, no vaya a ser que la diñes antes de tiempo. ¡Muévete, muévete como
si fueras joven! Empujaba y revolcaba al alemán de un lado para otro por el
fondo del agujero; pero de pronto le soltó y, patizambo, arramblando nieve con
las botas de fieltro, con toda su masa voluminosa fue hacia Drozdovski. Apartó
ligeramente a Zoya, aunque al hacerlo sonrío con benévola pereza, mostrando el
diente de acero de delante. - ¿Tú sabes lo que eres, comandante? ¿O no te has
parado nunca a pensarlo? Mira, Zoya, apártate, haz el favor, porque me
cohíbes... - Ujánov... ¡Ujánov! -No se apartaba sino que, adelantando un poco
el pecho, protegía como temerosa a Drozdovski con su fina figura tensa y, a la
defensiva, rechazaba a Ujánov con la mirada-. ¿Qué quiere usted?... ¿Por qué? -
Apártate, Zoya. ¡Si no le voy a hacer nada! ¿Qué sentido tiene? No lo veo. Yo
soy sargento, él teniente. Y el reglamento, nos lo hemos aprendido de memoria
él y yo en la escuela. Pues, mira... Ujánov apartó a Zoya con mucho cuidado, se
inclinó hacia el hombro de Drozdovski, recto como el de un gimnasta, le dijo
algo imperceptible y breve y añadió luego más netamente: -... Y si te importan
un comino todos los que han quedado de tu batería, piensa de todas maneras con
la cabecita, con la cabecita y no con el trasero. Y entonces, informa a la
división como debes informar. - ¿Qué has dicho? -Una mueca desfiguró el rostro
de Drozdovski que, echándose hacia atrás tan impetuosamente que casi se cayó en
la pendiente, repitió con voz chillona-: ¿Cómo has dicho? - Calma, calma,
comandante -le apaciguó Ujánov sonriendo sólo con los ojos-. Ahora podemos
hablar a las claras. No estamos en unos ejercicios de la escuela. Aquí hay muy
poco camino para llegar a Dios. El Todopoderoso es testigo. Y no hay ninguna
infracción al reglamento. Tu orden no se discute. Únicamente, ya sabes lo que
pienso de ti, comandante. Métetelo entre ceja y ceja, que de algo te servirá un
día...
- ¡Calla, Ujánov! ¡Basta! -intervino
resueltamente Kuznetsov y, acercándose, tiró de Ujánov por una manga-. Ya está
bien, delante del alemán... ¡Anda! ¿Qué le pasa al fritz? ¿Se ha vuelto loco?
Drozdovski estaba erguido, con el rostro tan pálido que hasta parecía
demacrado. El alemán, que como un autómata se movía lenta y obtusamente en un
sitio, pisoteando con las botas de piel, iba debilitando los golpes que se
pegaba en los brazos con los puños, y sus ojos atentos, que parecían captar los
sonidos de la lengua extraña, se tornaban salvajes, vidriosos, iban de Ujánov a
Kuznetsov. Debía pensar que se trataba de él, de su destino, y respiraba
aceleradamente, abriendo mucho la boca, como en un ataque cardíaco. Pero, de
pronto, se tambaleó y cayó desplomado en la nieve, pronunciando con voz ronca
palabras incoherentes de las que sólo se podía distinguir: "Russ, Schwein,
ich sterbe, es ist kalt". - El bicho está simulando -adivinó Ujánov-. No
quiere verse prisionero. Está atontado del frío. ¿Qué es eso que ha dicho de
schwein, Kuznetsov? - ¡Levanta! -ordenó Kuznetsov, y le hizo un gesto al alemán
con el cañón del fusil-. Steht auf! ¡De prisa! Steht auf! ¡Vamos, muévete! Sin
levantarse, apretando convulsivamente las rodillas contra la barba, el alemán
se limitaba a exhalar la respiración ronca dentro del cuello de piel levantado.
Entonces Ujánov fue hacia él como calculando la distancia, sorprendido, le
agarró por el cuello del capote y tiró hacia arriba con tanta fuerza que saltó
la costura. Cuando le zarandeaba diciendo: "¡Ahora verás tu
Schwein!", el alemán se puso a lanzar gritos confusos de agonía.
Atenazándole, Ujánov le tapó la boca con toda la manopla. El alemán se limitó a
mugir estúpidamente, retorciéndose entre sus manos. - ¡Jeta de hitleriano! Yo
te hago olvidar a ti el Schwein y hasta la hora en que has nacido. - ¡Suéltele,
Ujánov! ¡Que le va a ahogar!... Chicos, ¿qué hacéis? ¡Muchachos, hijitos!...
-decía Zoya desconcertada, casi llorando, al tiempo que se volvía hacia unos y
otros-. ¿Por qué estáis tan rabiosos? No os reconozco, chicos... ¿Qué os ha
ocurrido? -Adelantando todo el cuerpo hacia Drozdovski, le agarró suplicante
por una manga del capote-. Volodia, explícales tu por lo menos que no eres así.
Es que no te conocen, Volodia. - ¡Quita! ¿en qué te metes? -Arrancó de la manga
los dedos de la muchacha y se apartó un paso, como si fuera un obstáculo,
enseñando los dientes blancos en un rictus-: Me revienta que se metan las...
Más vale que calmes a Kuznetsov. El es muy bueno y tú también. ¡Dos santos! Pero,
que sepan tus chicos, y sobre todo Kuznetsov, que no te acostarás con ninguno
de ellos. ¡Que se te quite de la cabeza, hermanita de la caridad! Después del
combate, te irás de la batería al botiquín. ¡Ni un día te quedarás! ¡Te
marcharás inmediatamente!
Su rostro, desfigurado por una mueca de asco, se
había vuelto repelente. Drozdovski retrocedió otro paso, como para humillarla
así, y, sacudiendo los hombros con rabia inexorable, emprendió la subida tan
precipitadamente que rodaron pellas de tierra bajo sus botas. En el borde mismo
del embudo se detuvo unos instantes y, sacando bruscamente la pistola de su
funda, ordenó con voz de falsete: - ¡Enlaces! ¡Tomen al prisionero alemán y
síganme a la carrera! Sin esperar a nadie, trepó por los bordes de tierra y desapareció
detrás, en la oscuridad. Abajo todos callaban. La ametralladora no escupía ya
sus ráfagas tanteadoras por la estepa, y sobre el hoyo flotaban, barridas por
el viento, blancas nubecillas de nieve. Desde arriba, la orden de Drozdovski
resonó con nitidez implacable. Los enlaces se pusieron en pie al mismo tiempo
y, de costado para eludir a Kuznetsov y Ujánov, avanzaron torpemente hacia el
alemán con las manos extendidas como si intentaran cazar a una liebre por dos
lados. - ¡Atrás! -los detuvo resueltamente Kuznetsov poniéndose delante del
alemán-. Agarren al explorador y sigan a Drozdovski. Al alemán, lo llevará
Ujánov. -Para mayor claridad, empujó a los enlaces hacia el explorador-. Y con
la cabeza responderán si no le hacen llegar. ¡Zoya! Debía decirle que iría al
lado de Ujánov, que precisamente con él sería menos peligroso volver hacia la
pieza, pero enmudeció cuando su mirada tropezó en ella. Zoya no le veía ni le
escuchaba probablemente, aunque le miraba tirando del extremo de una manopla.
Tenía los ojos secos, insoportablemente enormes, y las largas cejas enarcadas
con asombro igual que si prestara oído a un dolor ignorado dentro de ella sin
saber aún dónde había aparecido ese dolor. - ¿Has corrido alguna vez los cien
metros, fritz? Pues, a ver cómo te portas... Ujánov había conducido al alemán
al pie de la pendiente y chascaba la correa de la metralleta como si jugara con
ella, pero no decía nada a Zoya, no la apresuraba. Esperaba. - Zoya -pronunció
Kuznetsov con voz ronca-: debes marcharte. Mientras hay calma. Irás con Ujánov.
¿Oyes? - Sí, ahora, en seguida voy. -Sobresaltada, Zoya inclinó el rostro
ocultándolo en el cuello de la zamarra, y dijo a los enlaces con forzada
animación, inclinándose hacia el explorador-: Haced el favor de llevarle con
cuidado, que tiene la pierna izquierda herida. No la apretéis. Por favor,
chicos... Los enlaces levantaron al explorador y, a tientas, buscaron la manera
de sostenerle mejor. - Adelante -dijo Kuznetsov-. Yo os daré alcance con Rubin
si puedo...
- Pero que no caigas en manos de los alemanes...
y que quedes con vida. No hagas locuras y síguenos, grillo -rogó Zoya
sonriéndole desvalida y débilmente por encima del hombro, y él habría dado
mucho en ese momento para no ver su sonrisa forzada. - Bueno, fritz, a ver ese
heroísmo. Del brazo vamos a ir. Sprechen, Schwein? -dijo Ujánov atrayendo al
alemán con gesto amenazador-. Hasta pronto, teniente. - Adelante, Ujánov. Ten
cuidado por ahí. Kuznetsov los acompañó al borde del hoyo y se tendió allí con
Rubin, observándolos hasta que desaparecieron tras las siluetas de los dos
transportadores.
Capítulo 23
- ¿Lo ha explorado todo con atención, Rubin? -
¿Por qué no me cree usted, camarada teniente? Todo lo he olisqueado a rastras
en torno al embudo. Fíjese como tengo el capote. Si le han matado, el viento le
habrá recubierto de nieve. Aunque, ni siquiera hay muertos por aquí. ¿Dónde
buscarle? - Entendido, Rubin. Mientras están tranquilos, vamos a ver otra vez
hacia el barranco. ¿Quién sabe si, a rastras, no perdió lo orientación y tiró
para otro lado?... Aunque, es difícil de suponer. Por las bengalas podía comprender
dónde estaban los nuestros. - Donde el barranco hay que ir con ojo. También los
alemanes pueden andar por allí si no están roncando. ¡Maldita sea! En cuanto me
descuido, me quedo dormido, camarada teniente. Es una modorra... Estoy helado y
parece que tengo pesos colgados de los párpados. - Frótese el rostro con nieve.
Fuerte. - ¡Si no hago más que frotarme! Tengo la jeta como si le hubiera pasado
una escofina, camarada teniente. Son veinticuatro horas sin dormir. Si acaso,
alguna cabezada esta noche. Estaban tendidos sobre el borde del hoyo vacío y,
en torno, el aire se difuminaba y blanqueaba sobre la estepa. El denso silencio
de la noche decembrina quebrada al amanecer extendía sobre ambos la aterida
inmovilidad de un momento de sueño insuperable. Y, embargado paulatinamente por
ese engaño del silencio que disolvía todo lo que le rodeaba y envolvía el
cerebro con la calma anterior al amanecer y el dulce sopor, Kuznetsov notó que,
en contra de su voluntad, la conciencia dejaba de resistirse a ese desmadejamiento
apaciguador en el cuerpo transido, y se asustó de ese oscuro instante de
amodorramiento.
- ¡Vamos hacia el barranco, Rubin! -Se puso en
pie y, al hacerlo, comprendió que no podría dar ni cinco pasos: después de toda
la noche insomne, la tensión nerviosa que cedía de pronto apartaba el peligro,
le zambullía en una niebla tibia, y aún permaneció un poco en esa irrealidad
del sopor momentáneo-. ¡Vamos! -repitió con más tenacidad y en voz más alta, y
para recobrar de algún modo la anterior sensación de realidad movió dentro de
los guantes los dedos que se le empezaban a helar y pegó con ellos contra la
culata-. ¡Vamos, vamos! -dijo por tercera vez para persuadirse a sí mismo y
persuadir a Rubin, con el sonido de su voz, de que de todas maneras tendrían
que echar a andar, tendrían que ir hacia aquel extremo del barranco. - Ahora,
en seguida, teniente... -Arrancando con esfuerzo su cuerpo cuadrado de la
tierra, Rubin se puso al fin de pie y esbozó una sonrisa torcida mirando a
Kuznetsov-. No te molestes por lo que te digo, teniente, pero te tambaleas del
aire. Aunque eres tan fuerte... Cualquiera diría que te han dado cuerda. ¿Es
que te violentas o quieres demostrarte algo a ti mismo? - ¡Vamos! Está usted
diciendo tonterías, Rubin. Tonterías. Sí, vamos. Hay que ir. No se puede
esperar. Hay que ir. - No te molestes por lo que te digo, teniente. Ya voy...
La nieve cedía bajo sus pies y, al andar, Kuznetsov escuchaba el constante
resoplar de Rubin junto a su hombro y el crujido de la capa de nieve bajo sus
botas. Contemplando el blanco y frío desierto de la noche callada se le volvió
a ocurrir que cuanto hacía en ese momento no lo hacía él, sino otra persona y
que Rubin y él no cumplían las ordenes suyas, sino las de otro. Y eso les daba
la calma, tan necesaria para los dos. En las largas ondulaciones de la nieve
barrida por la estepa, en el callado desierto de nieve sin iluminar por las
bengalas que se mecía delante de los ojos había un sosiego confuso, un silencio
feliz y plácido de descanso después de lo ocurrido hacía ya tiempo y ahora
desaparecido. Un cendal tibio, oscuro y pegajoso acudía a su encuentro y le
enlazaba. Pero en esa placidez del descanso y en esa blanca envoltura del
sopor, algo parecía abrirse paso y agitarse inquieto hacia un lado para luego
diluirse, arder en chispas doradas como el brillo del sol, a través de las
ramas de un tilo, en los charcos azules después de un chaparrón estival en una
calleja lejana y entrañable -¿Qué calleja era?-, y unas cejas como rayas
enarcadas en un rostro familiar, y una voz que resonaba aparte: "¡Grillo,
hijito!... ¿Sabes hacia dónde vamos? ¿Es que te violentas?" "¿Por qué
me llamas grillo? ¿A qué viene esa palabra pueril, de juguete?... Bueno, pero,
¿adónde vamos? ¿Adónde vamos tanto tiempo? ¿Adónde?" Kuznetsov abrió los
ojos sobresaltado. Silencio, nieve y el ruido de los pasos como si crujieran en
los oídos... Miró asustado a su alrededor y se detuvo en seguida, sin dar
crédito todavía a que se había amodorrado unos instantes, escuchando cerca el
rítmico caminar de Rubin a su lado y horrorizándose de su sopor. Rubin también
se detuvo. Se miraban en silencio. Rubin tenía la respiración silbante.
- Rubin -dijo Kuznetsov sin poder mover apenas la
lengua-: camine usted unos diez metros a la derecha. Mire por allí, no vaya a
ser que... No precisó lo que significaba "no vaya a ser que", pues
para ambos estaba claro: "No vaya a ser que nos metamos en una trinchera
de los alemanes". - No sabemos lo que hacemos, teniente -pronunció
sumisamente Rubin y, hundiéndose en los montones de nieve, echó a andar a su
derecha mientras Kuznetsov, temiendo quedarse nuevamente amodorrado y procurando
no perder la renovada sensación de peligro que le había hecho recobrarse
después de aquel instante de sueño, pensaba al tiempo que caminaba a impulsos:
"¿Por qué ha preguntado si me violento? Sí, Rubin, sí; lo que más temo es
parecer débil, mostrarme débil delante de ti y de los demás. Eso es lo que más
temo. Y cuanto hago, no lo hago yo, sino que lo hace otro, aunque no sé quién
es ese otro que llevo dentro. No lo sé, no lo quiero saber. Que siga la cosa
así... Compréndeme, Rubin: tampoco yo sé ahora lo que hago. Pero llegaremos al
barranco y nos quedaremos tranquilos por haberlo hecho todo... Aunque estoy
seguro de que es absolutamente insensato. Y por eso comprendo mi culpa ante ti,
Rubin...” Unos fustazos secos cortaron el silencio de la noche a su espalda, y
estos sonidos impelieron a Kuznetsov hacia delante. Medio en sueños y medio en
vela todavía, comprendió al momento que disparaban desde detrás, y la primera
idea de que habían penetrado inadvertidamente en las avanzadillas de los
alemanes le echó contra el suelo movido por el instinto, arrancándose del
cuello la correa de las metralletas y gritando: - ¡Atrás, Rubin! Pero entonces
vio que Rubin venía corriendo del extremo del barranco. - Teniente, teniente,
algo les ha pasado a los nuestros. ¡Fíjate! ¡Mira para atrás! - Vamos allá,
Rubin ¡Sígueme! -ordenó Kuznetsov. Oía ya a su espalda el pespunteo
entrecortado de la metralleta y dos explosiones de granadas, que se sucedieron
sonoras, y se lanzó para atrás, hacia el embudo y los dos transportadores, en
la dirección que había seguido el grupo de Drozdovski, pensando mientras
corría: "¿Qué será? ¿Habrán tropezado con los alemanes? ¿Es posible que no
hayan podido pasar?" Luego, a su espalda, desde el extremo del pueblo, el
ladrido sordo y tosco de la ametralladora pesada estremeció la estepa que,
animada toda de luces, se ensanchaba y se estrechaba precipitadamente. Las
luces brotaban sobre la cabeza, apartaban y ahuyentaban la oscuridad del cielo.
Oblicuas, delante de Kuznetsov y Rubin galopaban sus propias sombras, que pisaban
al correr y que les escapaban con un deslizamiento ingrávido.
- ¡A los transportadores, Rubin, a la derecha!
-gritó Kuznetsov al distinguir delante el hoyo y, a la derecha, los
transportadores oscuros donde la nieve era pespunteada a ras de tierra por los
disparos. Con estallido desmenuzado volvieron a reventar algunas granadas
delante y se oyó el fino cacareo precipitado de ráfagas dispares. Cuando
Kuznetsov llegó, jadeante, a uno de los transportadores, lo vio todo desde
allí. Unos hombres escapaban en fila de los tanques alemanes incendiados hacia
dos camiones sobre orugas que había en un altozano y que la luz de las bengalas
hacía resaltar hasta el último detalle; en el espacio comprendido entre los dos
transportadores y el cementerio de tanques alemanes se veía deslizarse por la
nieve, en la hondonada, varias figuras humanas oscuras. Desde allí disparaban,
broncas, nuestras metralletas contra los dos camiones y los alemanes que
corrían hacia ellos. Se puso en marcha el motor de uno de los camiones que, con
gente colgada de los bordes, arrancó y comenzó a girar, apartándose. El otro
seguía quieto, y de él partían febriles chispazos; los alemanes batían con
metralletas toda la hondonada delante de los tanques. - ¡Rubin, a los
camiones!... ¡Dispara! -gritó Kuznetsov clavando con una especie de frenesí los
dedos ateridos en el disparador. La culata le martilleó el hombro, del
retroceso, y la estepa osciló, cegadora, en ese fuego. Hubo de hacer un enorme
esfuerzo para detenerse y no soltar el disco entero de una vez. - ¡Víboras!
¡Bichos!... -roncaba Rubin junto a su hombro-. ¡Habría que ahogaros, sí,
ahogaros!... - ¡Las granadas, Rubin! ¡Tira una al camión! ¡Pronto! En la
llamarada de las ráfagas bailoteaban al lado el brillo purpúreo de los recios
dientes de Rubin y su rostro grande, terrible, como ebrio, con un pómulo pegado
a la recámara de la metralleta. En el primer momento, Rubin no oyó o no
comprendió la orden de Kuznetsov porque sólo cuando éste le pegó en el hombro y
volvió a gritar acaloradamente: "¡Las granadas, las granadas!" se
cortó en seco su ráfaga y la mano derecha de Rubin se puso a tirar del bolsillo
del capote, a volverlo del revés. Luego, apartándose dos pasos del
transportador, se echó hacia atrás, arrancó el seguro y, con una expiración
ronca, arrojó una granada hacia el altozano. En seguida empuñó otra y la lanzó
detrás con feroz impulso. Una al lado de la otra, las dos explosiones
estallaron, rojas, en la cuesta: no habían llegado hasta los camiones. -
¡Canallas, miserables!
Gritando, Rubin se tendió junto a Kuznetsov al
pie de una oruga del transportador y soltó largas ráfagas contra los camiones.
Comprendiendo que pronto agotarían las municiones -no tenían ni un cargador de
reserva-, Kuznetsov pensó en seguida que debían ir hacia lo hondonada donde,
bajo el fuego, yacía en la nieve el grupo de Drozdovski, aunque también estaba
ya claro que Rubin y él distraían la atención de los alemanes. Pero, al mismo
tiempo, su oído percibía que, en la hondonada, iban haciéndose menos frecuentes
los disparos de respuesta. Apartó el dedo de la sumisa elasticidad del
disparador y se incorporó sobre los codos mirando hacia el sitio donde se
debilitaban los disparos delante de los transportadores. - ¡Rubin! ¡Quédate
aquí! Aquí... Distrae su atención. Yo voy con aquéllos. ¿Me has entendido? ¿Me
oyes? Ojo con los cartuchos. No los malgastes. Voy para allá... Sí, teniente,
corre. Yo me quedo aquí -profirió como enajenado Rubin, y el rictus inhumano de
su rostro se modificó, queriendo expresar una especie de sonrisa-. ¡Yo estaré
aquí tendido! Un par de discos más y a todos esos bichos los aplastaría como
chinches... - ¡Toma una parabellum! Tiene el cargador completo. -Al acordarse
de ella y palpar su peso anguloso a través del capote, Kuznetsov sacó del
bolsillo la pistola de trofeo y la arrojó sobre la nieve delante de Rubin-. Yo
tengo mi TT cargada. Pero, no malgastes los cartuchos, ¿me oyes, Rubin? Detrás,
desde el extremo del pueblo, cubriendo tronante y bronca el ladrido atragantado
de las metralletas disparaba contra la hondonada la ametralladora de grueso
calibre. Desde las ventanas de las casas de la izquierda empezaron a disparar
también atropelladamente tres o cuatro ametralladoras más, cuyas balas pasaban
en estelas un poco al lado de los transportadores y desaparecían, enterrándose
en los montones de nieve formados en las vertientes, o subían verticalmente
hacia las nubes iluminadas al rebotar en la chapa blindada de los tanques
incendiados que negreaban tras la hondonada. Cayéndose y levantándose,
hudiéndose en los agujeros, Kuznetsov corrió unos cincuenta metros hacia la
hondonada donde, bajo la luz que arrojaban las bengalas, los alemanes
disparaban desde arriba, desde el camión. De pronto sintió que dentro de él
todo adquiría más peso, se hacía de plomo, como si le hubiera oprimido la
respiración un fardo inusitadamente grande. Conforme iba corriendo, se dejó
caer varias veces de rodillas para soltar breves ráfagas centra el altozano.
Las palpitaciones del corazón que estallaba le pegaban en los oídos como
sonoros martillos ahogando los sonidos exteriores. Los ojos buscaban la causa
de los chispazos que brillaban en torno al camión del altozano, y con los
sonoros martillos de los oídos parecía latir en su mente una misma idea tenaz: "¿Por
qué no se repliegan hacia los tanques? ¿Por qué no se mueven? ¿Por qué siguen
tendidos bajo el fuego? Hay que avanzar, avanzar hasta detrás de los
tanques".
A quien primero vio Kuznetsov cuando llegó
corriendo hasta la suave pendiente de la hondonada delante de los tanques fue a
Ujánov. Estaba tendido detrás de un montón de nieve, a unos ciento cincuenta
pasos del altozano y, acodado sobre el alemán que mantenía así en la nieve, de
bruces encima de él, soltaba ráfagas bien calculadas contra el camión que
quedaba arriba. Después de cada ráfaga se deslizaba un poco a la izquierda,
hacia los tanques, blasfemando. De unos fuertes tirones se llevaba al alemán detrás,
volvía a hundirle en la nieve y a echarse de bruces encima. Un cargador vacío
estaba tirado a unos metros. - ¡Ujánov, corre hacia los tanques! -Ahogado,
Kuznetsov apenas pudo gritar estas palabras al dejarse caer de golpe junto a
él-. ¡Corre hacia los tanques!... Aquí no hay que estar ni un minuto más. ¡A
los tanques! ¡Corre!... Ujánov, ¿me oyes? Ujánov volvió hacia Kuznetsov un
rostro excitado y frenético, totalmente extraño y ausente, en el que rojeaba el
diente de acero. - ¡Teniente! Mira a ver qué les pasa a Drozdovski y a Zoya. He
mandado a un enlace, pero no creo que sirva de nada. Parece que están heridos.
Yo me quedo aquí... ¡Ve para allá! - ¿A quién han herido? ¿Eh? - Ve para allá,
teniente. ¡A ver qué le ocurre a Zoya! -De nuevo llegó hasta Kuznetsov la voz,
desconocida de tan bronca, de Ujánov que, manteniendo al alemán en la nieve con
su propio cuerpo, pegó la cara a la metralleta apuntando al camión.
"¿Zoya? ¿Está herida? ¡No puede ser! ¡Eso no puede ser!" Con un
escalofrío que le helaba la espalda, sin comprender muy bien lo que hacía,
Kuznetsov corrió sin inclinarse, como si tuviera las piernas de algodón, hacia
los cuerpos dispersos que se movían abajo. Sólo comprendía una cosa: allí había
pasado algo que él no quería, que no tenía derecho de suceder, que no debía
haber ocurrido. Con la misma incredulidad, con una rabia feroz, apartó
furiosamente, cuando llegó corriendo hasta el fondo de la hondonada, a alguien
que, encorvado cerca de un montón de nieve, hacía algo con las manos junto a la
boca. Comprendió vagamente que era uno de los enlaces que desgarraba con los
dientes el paquete de una cura individual y en seguida vio al pie del montón de
nieve, como a través de un velo onduloso, la zamarra blanca, las botas de
fieltro blancas y la bolsa totalmente envuelta en nieve. - ¿Qué demonios hacen
aquí? - Está herida... Habría que vendarla -contestó el enlace, asustado por el
grito-. Pero, ya ve cómo está... Zova yacía de costado, hecha un ovillo, con
los ojos cerrados y las piernas encogidas como si tuviera frío. Tenía las manos
cruzadas sobre el vientre, la pequeña pistola estaba tirada junto a sus
rodillas redondas, quietas, y algo oscuro, que espantó a Kuznetsov, se extendía
por la nieve debajo de ella.
Al principio pensó que aquello espantoso y oscuro
de la nieve no era sangre, sin poder imaginarse que fuera la sangre de Zoya,
que estuviera viendo la sangre de ella, y en seguida trató de persuadirse,
incluso de decirse, que nada irreparable había ocurrido, que no podía estar
mortalmente herida o muerta ni podía estrechar las manos contra el vientre de
un modo tan horrible. - Zoya... ¿Qué te pasa, Zoya? - No habla, teniente... Ha
sido de una ráfaga... En el vientre, parece... Al principio hablaba. Me dijo que
me apartara, que se vendaría ella sola. No me dejó hacerle la cura... Ahora, no
dice ya nada. -El bisbiseo del enlace parecía llegar desde otro mundo-. Todo
estaba tranquilo, pero cuando llegamos a la hondonada se pusieron a disparar
desde arriba. Y entonces empezó… - ¿Dónde está Drozdovski? -preguntó Kuznetsov
sin oír su propia voz-. ¿Dónde está? - ¿No le ve usted? Ahí sentado en la
nieve... Parece que también le han herido. Los alemanes lanzaron granadas. -
¿Dónde está Drozdovski? -volvió a preguntar Kuznetsov en voz baja y, al
volverse, sólo distinguió entonces, a unos cinco metros, a Drozdovski sentado
en la nieve, sin gorro. Tenía todavía la pistola en la mano izquierda. Con la
derecha, enguantada, se palpaba a cada momento el cuello y luego se llevaba los
dedos a los ojos murmurando algo entrecortado e incoherente. El otro enlace,
encorvado, trataba de levantar a Drozdovski ciñéndolo debajo de los brazos por
la espalda. Una metralleta yacía junto al bulto grisáceo de la bata de
enmascaramiento del explorador congelado. Resistiendo al enlace, debatiéndose,
Drozdovski se puso a hablar acaloradamente, con el tesón del contuso: -
Necesito que me curen... ¿Dónde está Zoya? ¡Que me curen! Estoy herido. Que me
cure ella. ¡Quita! Desabrochándose mecánicamente el capote sin saber todavía
para qué, Kuznetsov fue también mecánicamente hacia él y, al inclinarse y ver
que tenía la piel arrancada debajo de una oreja y sangraba, pronunció con
labios de hielo: - ¡Drozdovski! ¿Me oyes? ¿Puedes tenerte de pie? ¿No estás
herido en las piernas? Ha sido un rasguño. ¡Levántate, Drozdovski, levántate! -
¿Dónde está Zoya, Kuznetsov? ¿Dónde? Necesito una cura... - Levántate,
Drozdovski, levántate.
Kuznetsov se quitó luego el capote y lo extendió
sobre la nieve. Entre Drozdovski y él depositaron encima a Zoya hecha un ovillo
y la llevaron así. Pero él no podía mirarla. Temblaba como si tuviera un ataque
de paludismo. Drozdovski iba delante, tambaleándose desmadejadamente, sus
hombros siempre rectos estaban encorvados, y los brazos vueltos hacia atrás
sostenían el extremo del capote. La venda, que destacaba como extraña blancura
en el cuello acortado por ella, le impedía a Drozdovski volver la cabeza. A
cada momento se tambaleaba igual que un borracho y, tropezando a menudo, no
decía ni palabra. Sólo de vez en cuando se tensaba su espalda, y su garganta
exhalaba un sonido extraño, ahogado, entre gemido y tos ronca que le causaba a
Kuznetsov un lancinante dolor en el pecho. Una vez, cuando se encontraban ya
entre los tanques alemanes destruidos hasta donde no llegaban las balas,
Drozdovski rogó en un susurro: - Vamos a descansar... No puedo. Haz el favor,
Kuznetsov... Depositaron a Zoya sobre la nieve, y Kuznetsov tampoco tuvo fuerza
de voluntad para mirarla: el nudo intenso de un espasmo le cortaba la
respiración. De pie, recostado con el hombro en la chapa fundida de un tanque
alemán, notaba que se le doblaban las piernas. Sentía el deseo de sentarse en
la nieve, cerrar los ojos, no moverse ni pensar en nada. Ahora todo le daba
igual, todo había perdido su valor, se había vuelto insensato e insignificante
en un segundo. El explorador congelado, el prisionero alemán, la noche
siguiente al combate, el frío, el embudo delante del barranco... todo parecía
una injusticia monstruosa e inhumana que sólo había hecho falta para que
ocurriera aquello... "La hirieron en el vientre -se explicaba exaltado,
restableciendo con vana lógica cómo había podido suceder aquello-. Pero, al
principio, cuando llegaron a la hondonada, ¿estuvo disparando con su pistola?
¿Y luego?... Pero, ¿por qué a ella precisamente? ¿Por qué precisamente a
ella?" - Kuznetsov... Como en sueños, Kuznetsov empuñó mecánicamente el
extremo del capote y echó a andar sin decidirse tampoco a mirar delante, hacia
abajo, donde yacía Zoya y de donde subía un vacío callado, frío, mortal: ni una
voz, ni un gemido, ni un hálito vivo. Aunque, no; algo engañosamente vivo
existía aún; en los brazos, la sensación del peso de su cuerpo sobre el capote.
Y eso era todo lo que notaba en aquellos minutos mientras la llevaba con
Drozdovski hacia la pieza. Cuando llegaron con ella hasta la pieza, el rostro
de Necháev asomó delante, por encima del parapeto. Con una expresión hosca e
inquisitiva salió de la plataforma a su encuentro y echó a andar junto a ellos
contemplando asustado a Zoya, y luego estuvo un buen rato paseando su mirada
quieta y desconcertada de Drozdovski a Kuznetsov como si esperase que le
explicaran cómo le había ocurrido eso a ella. Pero ni Kuznetsov ni Drozdovski
le explicaban nada.
Kuznetsov continuaba procurando no mirarla.
Tampoco miró cuando la depositaron en un nicho, ni recordaba quién había
aconsejado depositarla allí para que la nieve no recubriera su rostro.
Permanecía de pie, caída la metralleta hacia el suelo, y tardó cierto tiempo en
distinguir una voz incorpórea, semejante a la voz de Necháev, que le murmuraba:
"Está usted aterido, camarada teniente. Se va a quedar enteramente
helado." Sólo entonces vio de pronto, en el repecho del nicho, su capote
con manchas oscuras, y pensó que nunca podría ponerse ya aquel capote con
huellas de su sangre, con huellas de su muerte. - ¿Por qué han retirado mi
capote? -murmuró Kuznetsov haciendo un esfuerzo-. Déjenlo en el nicho... - Está
tiritando con el chaquetón sólo, camarada teniente... -objetó a un lado
Necháev, también en un murmullo-. ¿Cómo ha sido lo de Zoya, eh? ¿Cómo? Fuertes
tiritones sacudían a Kuznetsov. No daba diente con diente. Tenía todo el cuerpo
helado y no le abandonaba el deseo de sentarse, cerrar los ojos y no pensar en
nada. Le parecía que sólo así notaría alivio. Arrojó la metralleta a sus pies,
se sentó en el parapeto cerca del nicho -no tenía fuerzas para llegar hasta el
afuste de la pieza- y, temblando, se puso a frotarse sin necesidad el rostro
con el guante sucio y a apretar y alisar la garganta. "Grillo -le pareció
escuchar neta y suavemente-. Síguenos. ¡Que quedes con vida, grillo! Y que no
caigas en manos de los alemanes". Ahogó un sollozo en el guante y por
primera vez se atrevió a mirar al nicho, a mirar a Zoya. Yacía allí sobre un
capote-tienda extendido por Necháev. Un extremo la cubría hasta el pecho, y
Kuznetsov no veía ahora la sangre que le había horrorizado. Sin gorro
-probablemente quedaría en la hondonada-, yacía de costado, infantilmente hecha
un ovillo como si durmiera, como si se hubiese quedado helada durmiendo. El
viento agitaba los cabellos finos sobre su rostro, blanco como el mármol,
perdida toda viveza, con las cejas particularmente netas, algo contraídas por
un dolor momentáneo. Tanto las cejas como las pestañas endurecidas parecían
temblar también y estremecerse levemente. Las acariciaba y las blanqueaba la
nieve desmenuzada y seca que el viento hacía fluir del parapeto. Kuznetsov
volvió la cara tan rápidamente, cerrando los ojos, y estrechó de tal modo la
barbilla y los labios entre sus dedos, que la piel se contrajo de dolor bajo
sus guantes ásperos. Temía no aguantar, hacer algo furiosamente loco en su
estado de desesperación y de culpa inconcebible, como si hubiera terminado la
vida y no existiera ya nada.
Aquellos cabellos suaves de Zoya le habían
azotado en golpes cálidos los labios y los ojos cuando Zova le abrazó y se
estrechó contra él buscando amparo en la posición de Davlatián y él la
recostaba de espalda contra la rueda de la pieza, protegiéndola instintivamente
de algún casco de metralla. Entonces, la viva frescura de los labios y el
aliento tibio de Zoya rozaban su cuello sudoroso y sus mejillas. ¿Cómo podía
saber él en aquellos segundos lo que ocurriría más tarde, al cabo de muchas
horas? ¿Cómo podía saber que la herirían en la hondonada y que ella sacaría su
pistola de la bolsa? Alguien le echó un capote sobre los hombros por detrás. El
continuaba sentado en el parapeto, sin moverse, sin contestar a una voz que
parecía ser de nuevo la de Necháev y decía: - Camarada teniente, está temblando
mucho. Debería levantarse de ahí... Estaría mejor en el refugio, donde los
heridos. Allí hay una estufa encendida... Todos han llegado, gracias a Dios.
Mírelo... ¿Me oye, camarada teniente? Necesita entrar un poco en calor. Digo
que han vuelto todos... - ¿Todos?... ¿Han llegado? -profirió Kuznetsov a través
del nudo de la garganta como sacudido por las palabras de "todos han
llegado, gracias a Dios". Vio de pronto, muy cerca, una expresión
enteramente aturdida en el lívido rostro de Necháev con el bigote mordisqueado,
y murmuró de una manera casi ininteligible-: Tape el rostro de Zoya... El
viento trae nieve. Tápelo en seguida... Necháev bajó al nicho, intimidado, tiró
de un extremo del capote-tienda y, después de tapar cuidadosamente con él a
Zoya, se apartó hacia el parapeto. Y Kuznetsov parecía notar así alivio, probó
a levantarse, pero le fallaban las piernas y volvió a caer sin fuerzas en el
repecho del parapeto. El capote que Necháev le había echado sobre los hombros
se deslizó detrás de la espalda. De pronto había cedido en él todo lo que le
mantuvo aquellas veinticuatro horas en tensión artificial, obligándole a hacer
lo que era imposible hacer. Ahora no intentaba siquiera levantarse, y sólo se
frotaba y palpaba la garganta, apretada como un nudo. Y si los tanques alemanes
hubieran iniciado entonces un ataque o se hubiera acercado la infantería a la
pieza, probablemente no habría podido sobreponerse y moverse del sitio para dar
orden de disparar... "¿Por qué callan todos y se miran? ¿Qué piensan? ¿Han
visto cómo ha ocurrido eso? ¿Dónde estaba Drozdovski? Estaba al lado de
ella...”
Por delante del nicho, por el parapeto pasaron
los dos enlaces llevando al explorador congelado, según comprendió Kuznetsov,
al refugio de los heridos. Iban callados, volviendo la cabeza, desconfiados,
hacia donde yacía Zoya recubierta por el capote-tienda. Luego uno de ellos
dijo: "Se acabó la enfermera", y se detuvieron indecisos como
esperando todavía que pudiera apartar el capote-tienda y contestarles con una
sonrisa, con un ademán, con la voz cariñosa y cantarina que conocía toda la
batería: "¿Por qué me miráis así, hijitos? Si estoy viva...” Pero el
milagro no se producía, y ellos continuaban allí, mirando desde arriba,
interrogantes y extrañados, el capote-tienda en el nicho, cambiando de postura
y sosteniendo de modo incómodo al explorador que se quejaba sordamente. - ¿Qué
demonios hacéis ahí parados? ¡Llevadle al refugio! -ordenó irritado Ujánov y,
después de una pausa, añadió a media voz-: Y tu también, Necháev, ¿qué haces
ahí como un poste? Échale el capote al teniente sobre los hombros. O tú, Rubin,
ayúdale... - Camarada teniente, póngase el capote -volvió a resonar la voz de
Necháev, y otra vez le echaron el capote sobre los hombros por detrás. - Debía
usted levantarse, camarada teniente -zumbó sombríamente Rubin sobre su cabeza-.
Se va a quedar ahí como un carámbano. - Dejen el capote en paz. He dicho que no
hace falta. Que se quede aquí. Déjenlo. De todas maneras se levantó y
comprendió por esta insistencia de Necháev y Rubin que, de lejos, algo nuevo y
extraordinario advertían en él, algo que les asustaba y no habían visto antes.
Sentía escalofríos. Le seguían castañeteando los dientes y hacía movimientos
deglutivos sin conseguir dominar el espasmo que le cortaba la respiración. En
torno, todo iba manifestándose corpóreamente en el aire azul desenrarecido, y
el denso silencio que precede el amanecer flotaba ya sobre la posición, sobre
la estepa, sobre los tanques quemados. Ujánov y Rubin, blancos de pies a cabeza
de la nieve incrustada en su ropa, pero con las caras negras del humo de la
pólvora, estaban sentados en el afuste y parecían calentarse los dedos, sin
quitarse las manoplas, en las metralletas aún calientes puestos sobre las
rodillas. Ambos miraban a Kuznetsov sin parpadear. A dos pasos de ellos, en la
plataforma de la pieza, estaba tendido de costado el alemán, también rebozado
en nieve, con las manos atadas a la espalda por un cinto. Vuelta la cabeza,
parecía pedir algo con lastimera voz afónica, pero nadie le desataba. No le
oían ni notaban su presencia. Era como si no existiera. Aquellos sonidos
silbantes del alemán, su temor y sus sufrimientos, no tenían ahora ninguna
significación, ningún valor. Y Kuznetsov se sorprendió, como de pasada, de que
estuviera vivo, de que aún ronqueara y volviera la cabeza al lado del nicho
donde descansaba Zoya recubierta por el capote-tienda. "A él, sí le hemos
salvado -pensó con un acceso inesperado de rabia-. De haberlo sabido, todo
habría sido de otra manera. ¿Vio Drozdovski cómo la hirieron?...” -
¡Comandante! -llamó Kuznetsov y, con paso vacilante, fue hacia la zanja-. ¿Me
oyes, comandante?
Drozdovski estaba de espaldas en el extremo de la
zanja, sin levantar la cabeza; la venda que le había puesto a toda prisa el
enlace en la hondonada blanqueaba extrañamente en su cuello, que abultaba,
estrechando los hombros; las paletillas sobresalían, encorvadas y agudas,
debajo del capote, y los brazos colgaban inertes. - ¿Qué quieres? -preguntó en
voz baja. - Sólo saber una cosa... ¿Ibas tú al lado de Zoya? - Sí. - ¿Viste
cómo la hirieron? - Nos hirieron juntos. - ¿Y cuándo sacó la pistola? ¿Estuvo disparando?
- ¿La pistola? ¿Qué pistola? ¿Qué preguntas? -Se volvió. En el óvalo blanco del
rostro se redondeaban sus ojos azules húmedos-. ¿Qué tenías tú con ella,
Kuznetsov?... Yo me lo imaginaba... ¡Sabía lo que tú querías! Sólo que
esperabas en vano, ¡en vano!... A Drozdovski le temblaba y le saltaba la
mandíbula. Estaba contuso y pronunciaba aquellas palabras entrecortadas en
cierto desvarío de abatimiento y celos, tan descabellados ahora que Kuznetsov
se recostó contra la pared de la zanja y cerró los ojos. Era imposible ver
aquella mirada quieta y enfermiza de Drozdovski, esa venda que se deslizaba,
esas manchas de sangre en el cuello del capote. Un segundo antes, Kuznetsov
estaba dispuesto a comprender, a perdonar, a olvidar muchas cosas que había
entre ellos. Pero se recobró porque Drozdovski, herido al mismo tiempo que
ella, no había visto cómo moría Zoya por aquellos celos, a los que nadie tenía
derecho ahora. Después de una pausa, dijo sordamente: - ¡Mejor será que no
contestes! -y se alejó para no preguntar más, para ahogar en su alma el
estallido contra él, para no oírle ni verle, para no proseguir la conversación.
- ¡Todo por ese bicho! ¡Todo por él!... ¡Por esta basura ha muerto! Drozdovski
apartó de un rudo codazo a Kuznetsov contra la pared de la zanja y,
adelantándosele, torcida la boca como en un ataque, se lanzó hacia el alemán
que yacía al pie del parapeto y mugía largamente en el cuello de piel. Un grito
atronó la posición. - ¡Ah, canalla!... Su hombro se estremecía, anguloso, su
espalda se tambaleaba y una mano trataba de arrancar de la funda, con
movimiento de émbolo, la pistola encajada en ella. Al comprender el significado
de ese gesto, Kuznetsov se abalanzó tras él. - ¡Alto! ¡Atrás!... -Apenas le dio
tiempo de agarrar la mano de Drozdovski, logró apartarle aunque parecía
llenarle, como plomo, una fuerza salvaje, frenética. Drozdovski pegó con la
cintura contra el borde de la zanja, pero se enderezó impetuosamente,
desfigurado el rostro blanco. - ¡Quita, Kuznetsov! ¡Quita!...
Por ambos lados, Ujánov y Rubin se lanzaron hacia
Drozdovski, le agarraron de los codos y le estrecharon con sus cuerpos contra
un rincón de la zanja; pero él sacudía la cabeza a un lado y a otro,
desenrollando la venda desatada, y, sin reprimir ya las lágrimas de impotencia,
no paraba de gritar: - ¡Por él! ¡Por él la han matado! - ¿Vas a disparar contra
un hombre inerme, comandante? -decía Ujánov persuasivo, como si se tratara de
un borracho, sacudiendo a Drozdovski por los hombros-. ¡Eso lo puede hacer cualquiera!
¡Cálmate, comandante, cálmate! ¿Estás contuso? ¿Qué tiene que ver el fritz?
¡Recóbrate! ¿Qué tiene que ver el fritz? Drozdovski quedó efectivamente
alicaído de pronto, abatido, y, después de desprenderse, extenuado, de los
brazos de Ujánov y de Rubin, hizo unas cuantas aspiraciones convulsivas y dijo:
- Sí, estoy contuso. Me zumba la cabeza. Me duele la garganta al tragar, me
ahogo... -Luego añadió, desmadejado y débil-: Ahora se me pasará. Voy al puesto
de observación... - Se te ha deshecho la venda, comandante -dijo Ujánov-.
Rubin, acompaña al comandante al puesto de observación y hazle allí bien la
cura. - Vamos, camarada teniente -invitó Rubin y, ceñudo, echó a andar detrás
de Drozdovski por la zanja de comunicación. El alemán se removía al pie del
parapeto y exhalaba un estertor prolongado. En cuanto a Necháev, inadvertido,
como extraño, con una expresión distinta, estaba sentado en el paso del nicho
mirando fijamente un relojito de oro, redondo, con una fina cadena, que parecía
conmovedoramente pequeño sobre su manopla, y callaba todo el tiempo. - Y tú,
¿qué haces ahí quieto? -preguntó severamente Ujánov-. ¿Estás mirando la hora?
¿Para qué? ¿Qué te importa la hora? - Es el reloj ese de trofeo... el del
maletín, ¿te acuerdas, sargento? -contestó Necháev mordiéndose el bigote, y
sonrió triste y amargamente-. Ya no hay a quien regalárselo. ¿Qué hago con él?
Quería dárselo a Zoya... ¡Cuidado que soy tonto! ¿Para qué inventaría esas
cosas? ¿Para qué le diría que había tenido mujeres a montones? Cuentos. Puros
cuentos, sargento. Ni una sola ha habido de verdad... - Tira el reloj, y basta.
¡Allá, al otro lado del parapeto! ¡Qué yo no vea esa porquería de trofeo!
Volviendo la cara para no ver la sonrisa quieta y amarga de Necháev, Ujánov
sacó el paquete arrugado de cigarrillos que le había quitado al alemán, lo
olió, miró con repugnancia la etiqueta donde aparecía una caravana de camellos
caminando sobre la arena amarilla y caliente por delante de las pirámides de
Egipto, y dijo: - Será paja. -Hizo saltar unos cigarrillos y ofreció a
Kuznetsov-. Fuma. Kuznetsov sacudió la cabeza. - No puedo. No quiero fumar.
Escucha, Ujánov: a este alemán hay que hacerle llegar a la división. ¿Con quién
le mandamos?
Encorvándose cuanto pudo detrás del parapeto,
Ujánov protegió el encendedor debajo del chaquetón desabrochado y, después de
prender el cigarrillo, miró con los ojos entornados hacia la orilla opuesta. -
¿Dormirán o no dormirán allí los fritzes? -pronunció pensativo después de dar
la primera chupada, y en seguida escupió-. ¡Puah! ¿Qué demonios de hierba será
ésta? ¡Un veneno! - ¿A quién mandamos con el alemán, Ujánov? -repitió
Kuznetsov-. ¿A Rubin o a Necháev? ¿O a estos enlaces? Ujánov volvió a hacer una
aspiración profunda, con todo el pecho, y expelió el humo por la nariz. - Poco
hay que decidir, teniente. Al fritz, tenemos que mandarlo a la división. Eso no
tiene vuelta de hoja. Si no, ¿para qué nos hemos andado con tantos miramientos?
Quédate tú en la pieza con Necháev y Rubin. Por si hay que disparar. Yo le
llevaré. Pero, escucha una cosa, teniente... -Ujánov pisoteó en la tierra la
colilla del cigarrillo, apurado hasta las uñas en unas cuantas chupadas, y miró
hacia el nicho con lenta y dolorosa atención-. Bueno, es todo, teniente.
Demasiado comprendes tú. Es la guerra, así le den... Hoya éste, mañana a otro,
pasado a uno mismo. - Llévate a Rubin -aconsejó sordamente Kuznetsov-. Ve con
él. Y cuidado en la otra orilla, no vayáis a tropezar con los alemanes. Yo me
acercaré al refugio de los heridos. - A mí, los besos entre hombres no me
gustan; conque, nos dejaremos de despedidas, teniente. -De un amplio gesto,
Ujánov se echó la metralleta al hombro y sonrió sólo con los ojos-. ¡Que no te
pase nada, teniente! Me llevaré a Rubin. Esta sonrisa tranquilizadora de Ujánov
después de convenir en que había que llevar al prisionero al puesto de mando de
la división y este ofrecimiento de conducirlo él a la orilla opuesta en aquella
situación, arrastrando el peligro por enésima vez en veinticuatro horas; el
ataque de vengativo odio de Drozdovski; el sobrecogimiento de Necháev que
contemplaba fascinado el minúsculo reloj de señora en su enorme manopla...
Parecían episodios de una vida extraña, irreal, vista en el delirio de una
enfermedad, mientras que la vida verdadera, con el sol habitual, los sonidos
habituales, la luz clara y tranquila, se había alejado en las tinieblas de
aquella noche, que no podía medirse por horas. Se imponía el deseo de sentarse
en el afuste del cañón o de tenderse sin fuerzas en la nieve, cerrar los ojos y
callar. "Sí, tengo que ir donde los heridos. Allí está Davlatián...
¿Vivirá todavía? Tengo que ir donde los heridos. Ahora mismo...” -se persuadía
Kuznetsov y, después de levantar la metralleta como si fuera un peso tremendo,
teniéndolo con el cañón hacia abajo en la mano caída, miró sin querer al nicho.
El viento rastrero arrugaba y movía los extremos
del capote-tienda que cubría el rostro de Zoya, y Kuznetsov se espantó de que
un embate pudiera levantarlo de pronto y descubrirla nuevamente con implacable
nitidez, inánime, desvalida, hecha un ovillo, en aquel frío nicho para los
proyectiles. Y, pegando en los montones de nieve con el cañón de la metralleta,
sacudido por los escalofríos, encorvado, se encaminó hacia los escalones
tallados en la pendiente de la orilla. En el umbral del refugio le asaltó, desde
la cueva confusamente iluminada por dos lámparas de kerosén humeantes, un aire
asfixiante, agrio, metálico, irrespirable después del frío, impregnado del olor
a sudor, a vendas sucias y a capotes calientes. Era el tufo de la desvalidez
humana y del dolor, pero en él se notaba todavía la vida y la esperanza de
vivir. El refugio estaba abarrotado: había heridos en las literas de tierra, en
el suelo, en los rincones. Eran todos los que habían sido llevados allí durante
el día, a partir del bombardeo y del primer ataque de los tanques, los que
habían sido sorprendidos por el destino junto a las piezas. La fría corriente
de aire que penetró como vano por abajo al abrir la puerta desgarró el ambiente
viciado y, en la semipenumbra, rebulleron en el suelo los cuerpos debajo de los
capotes, se oyeron suspiros, quejas y voces bajas, sofocadas por la larga lucha
contra el dolor. - ¿Quién ha venido? ¿Es la enfermera? Acércate. Estoy otra vez
empapado. No hago más que sangrar. Habría que ligar la pierna con un cinto, porque
estoy nadando en un charco. - Zoya, Zoya, ¿queda alguien vivo en la batería?
¿Qué tal allí? ¿Por qué han disparado y se han callado luego? Kuznetsov
permanecía parado en aquel asfixiante rebullir de voces y tenía la impresión de
mecerse sobre unas olas cálidas: ninguno de los que estaban allí tendidos sabía
nada aún. Por el refugio corrió un murmullo, alejado de él, como ligeros golpes
en el pecho: - No es Zoya, muchachos. Ha venido un teniente. - ¿Qué teniente?
¿El nuestro? - El jefe de la primera sección. Se conoce que está herido. Casi
no se puede tener. ¿Será el último que queda? Pero, ¿y Zoya? Kuznetsov callaba.
Sólo dos en el refugio estaban en pie: el telefonista Sviátov, herido en un
hombro, ese muchacho rubio que disimulaba inhábilmente su primer miedo en la
guerra cuando Kuznetsov llegó a su zanja durante el bombardeo, y Chíbisov con
un brazo vendado sostenido por una gasa sucia.
Con la mano válida, Chíbisov partía unos cajones
de proyectiles cerca de la estufa al rojo en la que hervían unas calderetas de
nieve derretida. Al ver a Kuznetsov, vacilante junto a la puerta, con el
chaquetón guateado y unos círculos negros de mortal cansancio debajo de los
ojos, en seguida metió la cabeza entre los hombros, parpadeó igual que si
esperara un golpe o una reprimenda, y murmuró incoherentemente, justificándose
como si Kuznetsov no supiera nada: - Camarada teniente... No aguanté, no lo pude
remediar... Tengo hijos, camarada teniente... - ¿Dónde está Davlatián?
-preguntó Kuznetsov a media voz. Tiró hacia la pared el fardo de la metralleta
que le abrumaba como plomo y, desabrochándose bruscamente el cuello, volvió a
rozarse la garganta con el guante frío-. El teniente Davlatián... ¿dónde está?
- Aquí, camarada teniente, aquí en la litera. Venga para acá, haga el favor
-llamó una voz susurrante desde la semioscuridad del refugio-. Vive. "No
hacía más que preguntar por usted. El telefonista Sviátov estaba curando a un
herido en el suelo -también él tenía vendado un hombro y el cuello-;
limpiándose la mano en el chaquetón, dirigió a Kuznetsov una sonrisa de
alegría, pueril, luminosa, como si éste hubiera traído un alivio al refugio. En
el modo de mirar y de hablar de Sviátov se notaba la franca dicha del hombre
que ha quedado con vida. - Camarada teniente: aquí está el jefe de la segunda
sección. Pasando por encima de los heridos, Kuznetsov se acercó a la litera y
allí, en la sombra, reconoció a Davlatián por el ardiente brillo antinatural de
los ojos entre las vendas blancas que le envolvían la cabeza. - Goga, ¿qué tal?
-profirió Kuznetsov-. He venido a verte, Goga. No he podido antes... Davlatián
estaba envuelto en una extraña e inusitada blancura de hospital: además de la
cabeza, tenía vendada una cadera que resultaba muy abultada. El capote le
tapaba las piernas, y a sus pies estaban el gorro, el macuto de lona que les
dieron al equiparlos, el cinto con la funda de la pistola vacía y la caldereta
con nieve derretida. - Kolia -susurró Davlatián-. ¿Has venido, verdad? No sabes
lo que me alegro de que hayas venido, Kolia, Le había pedido a Zoya que te lo
dijera. Incluso te escribí una nota. Los ojos agrandados de Davlatián brillaban
enormes, secos y negros en su rostro ahora pequeño, como infantil en el marco
de las vendas, que había perdido el color bronceado y la viva movilidad
habitual. Sus labios, resecos y amoratados de morderlos, pronunciaban las
palabras, pero la nueva entonación de su voz había perdido las notas puras,
conmovedoras como el recuerdo de algo escolar, pacífico, soleado, anterior a la
guerra, que tanto sorprendía y extrañaba antes a Kuznetsov. Y, sin saber para
qué, deseando inconscientemente escuchar las notas escolares y tranquilizadoras
de antes, preguntó: - ¿Te encuentras mejor, Goga?
- Sí, estoy mejor, sí -se apresuró a murmurar
Davlatián volviendo un poco la cabeza-. Ahora viviré, estoy seguro... Ahora no
es más que el dolor, ¿sabes? Ha terminado ese delirio estúpido. Tonterías,
tonterías. Lástima que no pueda levantarme. ¡Maldito casco de metralla!... No
me lo puedo perdonar. Me da pena de mis muchachos. Todo empezó cuando el
bombardeo... ¿Qué tal allá arriba, Kolia? Cuentámelo todo... - Normal, Goga. Ha
terminado el combate. Por la noche. No pienses en eso. Todo ha terminado. - Ha
terminado... ¿Cuántos tanques has destruido tú? Cuéntame cómo fue. - No sé. No
los he contado. Eran muchos los que atacaban. Ha habido varios ataques. Se
replegaban al barranco y volvían... - ¿Hay muchas pérdidas? ¿Sí? Dime la
verdad. Por favor... ¡Cuéntalo todo! Si es que puedes, claro... - Sí, hay
pérdidas. - ¿Por qué contestas así? ¿No quieres hablar? - No es eso, Goga.
Luego... No puedo. Estoy cansado. En el refugio se había hecho el silencio: las
quejas eran más sofocadas; había cesado, se había aplacado el crujir de la paja
en el suelo. Los heridos prestaban oído a la conversación de los tenientes. Los
que aún eran capaces de incorporarse se esforzaban por captar palabras de
alivio y un hálito de esperanza del teniente que había venido inesperadamente de
la batería sin ninguna herida, agraciado por la envidiable suerte de hablar con
voz normal, de andar, de sentir su cuerpo íntegro. Incluso el hecho de que
aquel teniente, jefe de una sección, no estuviera herido engendraba la
esperanza de verse ellos libres de padecimientos; quería decirse que la batería
vivía aún; quería decirse que todavía quedaba gente arriba. Pero nadie
intervenía en la conversación ni la interrumpía. Únicamente los heridos graves,
sin recobrar el conocimiento, gemían monótonamente en los rincones. "Algo
esperan de mí -pensó Kuznetsov-. Pero tampoco yo sé lo que ocurrirá dentro de
una hora. No sé cuándo habrá posibilidad de mandarlos a todos al botiquín. No
sé dónde está ahora el botiquín". En cuanto a Davlatián, sordo de tantas
vendas, se conoce que no percibía el silencio que se había hecho paulatinamente
en el refugio. Sus ojos que le comían la mitad de la cara, erraban, con el
brillo enfermizo y ardiente de la excitación, por el techo del refugio, por la
frente de Kuznetsov, encontraban sus ojos y preguntaban avergonzados lo que
pensaba de él: ¿le criticaba, le compadecía? Davlatián se puso a hablar,
acalorada y no muy claramente:
- Compréndeme, Kolia: es la segunda vez que me
falla la suerte... No soy afortunado. Entonces, en Vorónezh, me dio esa
estúpida enfermedad, y ahora me han herido... ¿Qué es esto? No he tenido
suerte, no he tenido suerte. ¡Yo que soñaba con encontrarme en la primera línea
y tantos deseos tenía de destruir por lo menos un tanque! No me ha dado tiempo
de nada. A ti no te han herido, ¿ves? Tú has tenido mucha suerte. Y mi
sección... A partir del bombardeo... ¿Me comprendes, Kolia? ¡Es insensato, es
insensato todo lo que me ocurre! ¿Por qué no tengo suerte? ¿Por qué tengo tan
mala suerte, Kolia? Kuznetsov callaba. Por los ojos humedecidos y la voz de
Davlatián se daba cuenta de que Goga podía echarse a llorar entonces a causa de
su desdicha, de su mala suerte, de la contrariedad. Y un confuso sentimiento de
división según la diferencia de edad embargaba a Kuznetsov. Estaban unidos y al
mismo tiempo separados por una infinidad de años. Davlatián se hallaba en una
suave, traslúcida y agradable lejanía, allá en lo anterior y lo pasado, en lo
ingenuo y pueril: la escuela, la marcha, la noche anterior al combate... Había
quedado allí. El no había visto la muerte de su apuntador Kasímov, ni la muerte
de Sergunénkov, ni la muerte de la escuadra de Chubárikov bajo las orugas del
tanque, ni al alemán prisionero, ni al explorador en el embudo de la bomba ni
tampoco, en aquella hondonada mortífera, a Zoya hecha un ovillo en la nieve
cuando bajo su costado se extendía una mancha oscura y cerca estaba tirada una
pistola niquelada, pequeña como un juguete. Los separaban veinticuatro horas,
como otros tantos años interminables, y la dicha de Davlatián era la desdicha
de Kuznetsov porque su memoria no se liberaba, sino que lo conservaba todo
dentro. "¿Ha dicho insensato? Insensato... Pero, ¿y si hubiera una
sensatez en eso insensato ocurrido? Es así, y Davlatián no lo sabe. No, no; no
puede ser insensato. Entonces, ¿por qué y para qué todo? ¿Para qué, entonces,
he disparado y he visto un sentido en ello? Yo los odiaba, los he matado, he
incendiado tanques, y yo quería ese sentido. Y cuando fuimos hacia el embudo de
la bomba, también. Sí, había un sentido; lo sé. Pero la muerte de Zoya es algo
insensato, absolutamente insensato. ¿Por qué es así? El sentido y lo
insensato... Sí, así es. No sé por qué, no puedo decirle esto a Davlatián. Si
la hubiera visto allí en la hondonada, hecha un ovillo y con las manos sobre el
vientre...” - Te envidio, Goga -profirió con dificultad Kuznetsov, y se levantó
con una sonrisa petrificada; nunca había sonreído así-. Quizá hayas tenido
suerte... La guerra no ha terminado todavía, Goga. En el hospital te curarán, y
todos los tanques para ti... ¿Por qué decía eso y trataba de calmar a
Davlatián? - ¿Dices que he tenido suerte? -gritó haciendo gallos Davlatián, y
movió la cabeza vendada-. ¿Para qué dices eso? ¿Para qué? Es como hecho a
propósito contra mí... ¡He disparado cuatro veces! No me ha dado tiempo de
nada. ¡Yo no quería esa suerte! Tú no me comprendes. ¡Yo no quiero esa suerte!
Pero, es mi destino.
- Que te mejores, Goga... Perdona, pero tengo que
regresar a la pieza -dijo Kuznetsov-. Volveré por aquí. Espero que esta mañana
os evacuarán a todos al botiquín. ¡A todos! -añadió más rotundo para responder
de algún modo a las miradas angustiadas y pacientes que desde distintos
rincones le lanzaban los heridos, que no interrumpían su conversación y,
después de decir esto, se dirigió hacia la salida porque no encontraba en el
alma otras palabras esperanzadoras. - ¡Kolia! -gritó Davlatián con voz suplicante
desde la litera-. Te espero, ¿oyes? ¡Te espero! Compréndeme, Kolia: así, hay
para volverse loco. Si por lo menos nos llevaran pronto al botiquín... Y
mándanos a Zoya para acá. ¿Han herido a alguien junto a la pieza? - Pasaré por
aquí, Goga, sí... Luego... A todos os enviaremos al botiquín. En cuanto lleguen
las ambulaneras, Al lado de la puerta estaban, muy cerca el uno del otro, como
reciamente unidos por el mismo destino de vivir, Sviátov y Chíbisov; el rostro
del telefonista Sviátov, juvenil, que no sabía disimular nada, iluminado por
una alegría interior, y su cuello largo, muy estirado fuera del chaquetón
guateado, le daban cierto aire a Sergúnenkov. Sí; todo expresaba en Sviátov la
franca esperanza de vivir, decía que, gracias a Dios, le habían herido
levemente y, por eso, estaba dispuesto a atender a todos con afán y bondad, a
cuidarlos y vendarlos y a cumplir diligentemente cualquier disposición de
Kuznetsov. Pero Kuznetsov no disponía nada. Fue hacia la salida del refugio, se
detuvo brevemente allí, tanteó con la mano junto a la pared hasta dar a la
metralleta y abrió la puerta que rechinó. - Camarada teniente... A su espalda
fue otra vez el rechinar de la puerta, cierto movimiento, unos pasos que
sonaban como las patas de un perro por la nieve. - ¿Qué? ¿Es usted, Chíbisov?
Chíbisov, que había salido detrás de él, se veía en el aire blancuzco del
amanecer difuminado y desvaído: estrechando contra el pecho el brazo que
blanqueaba de las vendas, se balanceaba sobre una pierna y sobre la otra
alternativamente y movía los hombros, las cejas y toda su cara, pequeña y
sucia, como si le consumiera un sufrimiento y, no pudiendo aguantar ni resistir
más, hubiera decidido confesárselo secretamente a Kuznetsov allí y no en el
refugio. - ¿Qué es, Chíbisov? ¿Qué quería decirme? - Camarada teniente...
perdóneme por amor de Dios... -empezó Chíbisov con lágrimas en la voz que le
cortaban la respiración-. No pude dominarme, no pude... Me da vergüenza... ¿Qué
haría yo? Fue sin querer, camarada teniente. ¿No se lo dijo todo el sargento?
Fue espantoso, espantoso. ¡Señor!... Agarró una manga de Kuznetsov y pegó a
ella los labios con un débil estremecimiento perruno.
- ¿Qué hace usted? ¡Suelte ahora mismo! -dijo
Kuznetsov, y retiró el brazo-. Vaya al refugio y cuide de los heridos. Vaya,
Chíbisov, vaya... - Me da cargo de conciencia. No le olvidaré a usted en la
vida, camarada teniente. ¡Había para matarme en el sitio! Y aún era poco. No
pude dominarme... "¿Qué le pasa a este hombre? A ver si se marcha
pronto". - Vaya usted al refugio. Le he dicho que vaya. ¿A qué espera?
Otra vez unos pasos y el crujido de la nieve al lado. Sonó un portazo. Silencio
en el refugio. Silencio en la orilla. Ni un disparo en ninguna parte. Las
blancas ondulaciones de la nieve barrida por el viento se deslizaban
bailoteando sobre la pista azulenca del río helado con las depresiones negras
de enormes boquetes abiertos por las bombas. En los más próximos le parecía que
tintineaban, se entrechocaban y se frotaban unas contra otras esquirlas de
hielo que producían un sonido agudo lo mismo que cuando salió con Zoya del
refugio de la escuadra y la acompañó por la orilla sin llegar al refugio de los
heridos. ¡Qué angustia y qué vacío de noche decembrina había en aquel silencio
sin un disparo, en aquella orilla nevada sin un soldado, en la nieve barrida
por el viento, en el tintinear de los trocitos de hielo, en aquellas ramas
retorcidas de los sauces que se recortaban en la grisura del aire ya
crepuscular, inerte y quieto! ¡Y qué trabajo le costaba respirar en aquel aire
que lo atenazaba todo! Estaba parado, con los ojos cerrados y con la metralleta
caída hacia la tierra. Entonces dijo: "Bésame como si fuera tu hermana.
¿No tienes una hermana?" ¿Y qué contesté yo? "No tengo
hermanas"... ¿Por qué dije eso? Pensó esto, y le pareció que Zoya estaba
allí cerca, viva, que no había sucedido nada aquella noche, que eran
figuraciones suyas y Zoya iba a salir de la oscuridad, ceñida, casi quebrada
por el cinto de oficial que ajustaba su zamarra en el talle; levantaría los
ojos, cuya negrura brillaría tras de los flecos de escarcha de las pestañas,
los labios y las largas cejas se estremecerían en una sonrisa y murmuraría:
"Grillo, los dos hemos soñado que me habían matado. ¿Sentirás un poco de
compasión por mí?" Pero, en torno, todo estaba desierto y mortalmente
callado.
Tropezando, subió por los peldaños a la orilla,
penetró en la zanja de comunicación y, a unos metros de la pieza, se dejó caer
súbitamente de bruces sobre el repecho de la trinchera, luego pegó la frente a
los guantes fríos y ásperos con una obtusa desesperación. Algo cálido y amargo
le subía a la garganta. Hizo una mueca, rechinando los dientes, y estuvo largo
rato frotando los labios y la frente contra la lana helada, áspera y dura de
los guantes, tragándose las lágrimas calladamente, con una especie de voluptuosidad.
Era la primera vez en su vida que lloraba tan solitaria, sentido y
desesperadamente. Y cuando se enjugó el rostro, la nieve de la manga del
chaquetón guateado estaba caliente de sus lágrimas.
Capítulo 24
Entrada ya la noche, quedó evidente para Bessónov
que, a pesar de haber lanzado al combate el regimiento especial de tanques y la
305 división de infantería de reserva, a pesar de la rapidez y la abnegación de
las acciones de la brigada especial de destrucción de tanques, a pesar del
fuego intenso de los dos regimientos de morteros reactivos que habían llegado,
no se habían logrado expulsar a los alemanes de la plaza de armas ocupada por
ellos al final de la jornada en la orilla izquierda ni expulsar sus tanques de
la parte septentrional del pueblo; sin embargo, aunque con enorme esfuerzo, se
había conseguido abrir las tenazas que apretaban a muerte los flancos de la
división de Déev y abrir un estrecho corredor hasta el regimiento cercado del
mayor Cherepánov que se desangraba en la defensa circular. A medianoche, los
combates habían cesado poco a poco en todas partes sobre la franja ocupada por
el ejército. A esa hora, desconfiando de la calma pero algo satisfecho después
del informe sobre las acciones de la 305 división, que había tajado un paso
hasta el regimiento de Cherepánov, Bessónov estaba en su refugio y escuchaba,
fatigado, el informe del mayor Gladilin, jefe adjunto de la sección de
operaciones, acerca de la situación. El informe era eficientemente seco.
Bessónov no le interrumpió ni una vez. De la tensión nerviosa, la pierna le
dolía por lanzadas. Estos dolores se habían repetido durante la velada entera
sobre todo después de haberse dejado caer en mala postura, torciéndose la
pierna, unas horas atrás en una trinchera durante el ataque de los morteros de
seis bocas. De estas lanzadas, el rostro seco de Bessónov se había vuelto más
seco, demacrado y gris; por momentos le bañaba el sudor, que enjugaba del
cuello y de las sienes con el pañuelo, rehuyendo la insistente atención del
mayor Bozhichko que desde hacía tiempo se había dado cuenta de que algo le
sucedía al comandante en jefe. - No está claro, mayor -dijo Bessónov después de
escuchar el informe, y estiró la pierna debajo de la mesa buscándole una
postura cómoda. La observación "no está claro" no se refería al
informe ni a la situación creada en los cuerpos de ejército; sin embargo, toda
la silueta magra de Gladilin, con su continencia de hombre civil, tranquilo,
equilibrado, entrado en años, acostumbrado a comunicar datos objetivos, sin
emociones en la medida de lo posible, expresó una turbación momentánea, como si
se le hubiera olvidado señalar algo esencial al comandante en jefe, algo que no
tuviera derecho de no señalar o no saber.
- Perdone usted, camarada comandante en jefe,
pero no comprendo. -La frente alta se tornó sonrosada y resaltó, más visible,
el gris brillante de sus cabellos cuidadosamente alisados hacia atrás. - Anoche
-terminó Bessónov con su voz áspera-, no suspendieron las operaciones ni una
hora. Hoy, después de lanzar reservas al combate según nuestros datos y de
haber ocupado incluso una cómoda plaza de armas, se han calmado. ¿No le parece
eso ilógico, mayor? ¿No le parece inconsecuente? - Pienso que se debe a las acciones
de nuestros vecinos en el Don medio, camarada comandante en jefe. A las
acciones del Frente Suroccidental y del de Vorónezh. Cierto que el comienzo de
su ofensiva de hoy no ha sido muy brillante; pero, de todos modos... - Es
posible -profirió Bessónov. Estaba claro que, después de veinticuatro horas de
presionar con éxito y de acrecentar presurosamente el golpe -se notaba su prisa
por llegar a la meta-, los alemanes no habían suspendido los ataques en la
franja del ejército porque llegara la noche ni para que los tanquistas tomaran
un café caliente con galletas, ni porque el general Hoth, comandante del grupo
de choque, se hubiera resfriado en su puesto de mando (Bessónov sonrió
irónicamente al pensar en ello), sino por razones indudablemente distintas,
imprevistas, de mucho peso y nuevas. Y, aunque fuera arriesgado, se inclinaba a
pensar que el enemigo, después de poner en acción su reserva principal en el
flanco derecho de su ejército y de avanzar unos kilómetros, agotó sus
posibilidades al llegar la noche. De esa realidad nueva dependía el momento del
contragolpe, acordado con el jefe del frente, que no se debía comenzar más
tarde ni antes, sino en el momento en que se evidenciaran los indicios de que
el enemigo había utilizado todas sus reservas y en que la ofensiva empezara a
ahogarse. Sin embargo, muchas cosas podían quedar claras sólo en el curso de
las horas próximas, posiblemente hacia la mañana: ¿empezarían los alemanes de
nuevo o no empezarían? ¿Y no sería orientada la nueva presión, con una premura
ya inconsecuente hacia la meta, contra el flanco izquierdo del ejército donde,
durante el día, un grupo de tanques alemanes había logrado aplastar la
protección de infantería, llegar al atardecer a la orilla meridional y meter
una cuña en nuestra defensa? Sin embargo, Bessónov no confiaba, intuitivamente,
en este cambio de la dirección del golpe principal; además, no se había
recibido ningún dato sobre la reagrupación de las fuerzas del enemigo contra el
ala izquierda del ejército. ¿Dónde estaba la verdad en todo aquello? ¿La firme
verdad? - Camarada comandante en jefe: aquí tiene usted el té que había pedido.
Perdone usted, ¿cuántas cucharaditas de azúcar? - Sí... Dos cucharaditas.
Gracias.
El mayor Bozhichko llenó, de una tetera que había
hervido sobre la estufa de hierro, un jarro entero de té humeante que exhaló un
fuerte aroma. Después de pensarlo un poco, echó tres cucharaditas de azúcar y
colocó el jarro sobre la mesa, delante de Bessónov. Alrededor, en el refugio,
las voces de los telefonistas revoloteaban como un aleteo de libélulas llamando
a la 305, al regimiento de tanques de Jojlov, a la brigada especial de
artillería, o imitaban el roer de un ratón en el aire asfixiante, húmedo y caliente,
repitiendo en voz alta los últimos telefonemas de las divisiones y de los
cuerpos de ejército acerca de las pérdidas, acerca de los tanques destruidos,
del complemento de municiones; las llamas intensas de cuatro lámparas se mecían
sobre las mechas requemadas bañando de luz, hasta evidenciar las arrugas, los
rostros terrosos del insomnio de los oficiales de operaciones inclinados sobre
el mapa, los cabellos plateados y la alta frente de Gladilin, que tampoco se
apartaba del mapa extendido sobre la mesa, la espalda encorvada del brigada
radista en un rincón y el manejo de Bozhichko con la tetera. Mas, esto se
hallaba un poco aparte de la conciencia de Bessónov, aunque escuchaba y veía
cuanto ocurría en el refugio al tiempo que removía distraídamente la cucharilla
en el jarro. "¿Se han calmado porque han agotado las fuerzas? -pensaba
Bessónov mirando fijamente al brillantísimo resplandor de las lámparas-. ¿O no
es aún todo y van a comenzar de nuevo?" No había respuesta exacta a estas
preguntas; pero él sabía que si los alemanes no habían empleado todas las
reservas y al día siguiente, o sea, por la mañana, empezaban una nueva ofensiva
contra el ala derecha del ejército, en la plaza de armas del sector de la
división de Déev, él se vería obligado a poner en acción los últimos recursos
-de lo contrario no podrían aguantar-, es decir, las brigadas de los cuerpos de
tanques y mecanizado que le habían dado de la reserva del Cuartel General para
la ofensiva y que habían llegado ya y estaban concentrados a diez o quince
kilómetros de la primera línea. Como resultado, se diseminarían las fuerzas
móviles destinadas al contragolpe y entonces no descargaría el golpe de
respuesta con el puño apretado, sino con los dedos abiertos, cosa que nunca
había tenido éxito aunque se había practicado más de una vez. Así había
ocurrido el otoño anterior cerca de Moscú, donde él mandaba un cuerpo de
ejército: bajo la presión de los tanques de Guderian se despedazó
atropelladamente el Frente de Reserva entero, tapando brechas en todas las
direcciones, pero sin contener la presión. Bessónov sacó la cucharilla caliente
del jarro de té fuerte y preguntó: - ¿Cuándo habrá por fin comunicación con el
estado mayor del frente? ¿Dónde está el jefe de comunicaciones?
- Según todas las probabilidades, camarada
comandante en jefe -contestó el mayor Gladilin con cierto grado de precisión-,
al avanzar en la oscuridad hacia las líneas el cuerpo de tanques ha derribado
los postes... La reparación quedará terminada de un momento a otro. El jefe de
comunicaciones ha salido hace ya tiempo a verificar la línea. - A mí no me
interesan en absoluto las causas de la avería. ¡Yo necesito que haya
comunicación! Bessónov palpó el jarro para ver si estaba caliente, bebió unos
sorbos (aquel té sabía, a pesar de todo, a hojalata y hasta parecía que a
pólvora) y, volviendo a dejarlo, se enjugó con el pañuelo el sudor que le brotó
en seguida en las sienes y en el cuello. Agotado por aquellas veinticuatro
horas, por las comunicaciones infinitas del puesto de mando del ejército, los
informes de los cuerpos de ejército y la preocupación de ensanchar el estrecho
pasillo abierto con las fuerzas de la 305 división hacia el regimiento cercado
de Cherepánov, Bessónov no había cesado de sentir el ardor de la pierna. Pesada
e hinchada, le molestaba; para distraerse del dolor y olvidar sus inquietantes
señales recordó que unos meses atrás, en esos casos, sólo encontraba alivio en
el hospital fumando sin cesar. Después de operarle, le habían prohibido terminantemente
fumar, y la incontinencia respecto al malhadado narcótico equivalía a poner
voluntariamente la pierna en manos del cirujano, En el hospital le habían
advertido que, dada la débil pulsación de los vasos en la pierna derecha, el
hábito de tantos años se hacía funesto para él. Pero ahora, al recordar la
nicotina, que siempre le calmaba y le estimulaba, Bessónov miró de soslayo a un
fascinante paquete de Kazbek, azul y blanco. Olvidados por alguien -por el jefe
de servicio de reconocimiento o por Vesnín-, los cigarrillos estaban encima de
la mesa sin que los tocara nadie en presencia del comandante, que no fumaba.
Como absorto, avanzó de todas maneras las manos hacia el paquete, lo abrió,
tomó un cigarrillo grueso y duro y aspiró el olor seco del tabaco con un
voluptuoso placer inolvidado. "Solamente uno... Antes no podía pasarme sin
el tabaco. Para probar. Un cigarrillo... Sobre todo, que no está Vesnín -se
dijo Bessónov imaginándose la agradable sorpresa que habría causado este
descubrimiento al miembro del Consejo Militar, terrible fumador. Seguramente se
habría quitado las gafas para preguntar enarcando las cejas: "Pero, ¿usted
fuma, Piotr Alexándrovich?" - Pero, ¿usted fuma, camarada comandante en
jefe? -preguntó el mayor Gladilin con tímido asombro tomando una caja de
fósforos de encima de la mesa para darle fuego. Y todos -Bozhichko, los
oficiales de operaciones y los telefonistas, mudos por un instante- le miraron
con atención.
Al notarlo, Bessónov estrujó la boquilla del
cigarrillo, descontento de sí mismo, irritado por aquellas miradas: sus
aficiones, sus costumbres y sus debilidades eran probablemente conocidas ya en
el estado mayor del ejército y allí, en la división de Déev, y los oficiales se
prevenían los unos a los otros para no quedar en situación violenta ni dar
lugar a una observación superflua o una expresión de descontento. - Bueno,
pues... lo que me gustaría saber por encima de todo es cuándo va a haber
comunicación con el estado mayor del frente. Bessónov reprimió la irritación de
su voz, que en seguida resonó con excesiva cortesía, y, después de estirar
carraspeando debajo de la mesa la pierna que parecía aumentar de peso, dijo
dirigiéndose no sólo a Gladilin-: También me interesa mucho por qué no se sabe
hasta ahora si ha llegado el miembro del Consejo Militar a la zona de
concentración de las reservas del ejército. ¿Dónde está? Pregunten una vez más
al cuerpo de tanques y al mecanizado. Ya debía estar allí. ¿Cómo tarda tanto?
El mayor Gladilin contestó, muy educado: - Estoy enterado, camarada comandante
en jefe, de que el miembro del Consejo Militar no ha pasado por el estado mayor
del ejército. De camino hacia el cuerpo de tanques, quizá se haya detenido
Vitali Isáevich en algún lugar en las tropas de primera fila. Es muy
probable... - Pregunte a los cuerpos de ejército, a la 305, al regimiento de
Jojlov... y la comunicación con el frente, haga el favor. Espero. Enfadado,
Bessónov volvió a guardar el cigarrillo arrugado en el paquete y repiqueteó con
los dedos en la mesa. En aquella situación de calma indeterminada necesitaba,
como la corriente de la sangre en las venas, comunicación directa con el estado
mayor del frente, además, necesitaba saber, al fin, dónde se encontraba Vesnín
que no informaba desde hacía tres horas. Esta circunstancia que le inquietaba,
aunque no lo dijera en voz alta, le parecía sumamente inexplicable. - Acabo de
hablar con la 305, camarada comandante. El mayor Gladilin, sereno, reservado,
con el rostro incoloro ajado por el insomnio y el cansancio, movimientos
silenciosos y diligentes, hombre cumplidor, acostumbrado a trabajar con el
mapa, a la meticulosa precisión de estado mayor, tomó sin embargo el auricular
al telefonista. Entre las preguntas, las respuestas y las preguntas repetidas
de Gladilin se escuchaba la voz del radista que llamaba al estado mayor del
frente, y lo que más quería escuchar Bessónov en ese momento era la noticia de
que Vesnín había llegado al cuerpo de tanques o, por lo menos, a la división
305 para quitarse de la cabeza esa preocupación.
Llamando al estado mayor del frente, el brigada
radista se inclinaba todavía más sobre el aparato: la experiencia del contacto
permanente con los jefes le privaba de locuacidad excesiva y de presencia
remarcable: se diluía en cierto modo en un rincón del refugio; era invisible,
estaba ausente, y únicamente vivía su voz monótona: - ¡"Antena",
"Antena"!... ¡Aquí "Altura", aquí "Altura"!
Sintonizó: uno, dos, tres. Bessónov prestaba oído a las señales y sentía
incluso un poco de compasión por los estériles esfuerzos del radista. Por
debajo de la mesa se frotaba y acariciaba la pierna: el dolor extenuante le
subía hacia la cadera. - ¿Qué hay de "Antena", brigada? ¿No les
funciona la emisora? - Hay algo incomprensible en la atmósfera, camarada
comandante. Capto la emisora, pero no nos oímos... Hay interferencias de radios
alemanas y rumanas. No paran de hablar. Escuche usted... Las descargas y el
crepitar de la radio irrumpieron en el aire tibio y húmedo del refugio. El
radista había conectado la clavija de recepción: la rápida habla rumana se
mezcló como suave serpentina en el chisporroteo eléctrico y desapareció;
emergió y se extinguió una orden áspera en alemán pronunciada en recitativo,
como si estuvieran dictando un radiograma, pero fue ahogada por las descargas
atmosféricas y barrida por el precipitado piar del morse... Se sostenían
conversaciones ajenas; para la hora, eran demasiado numerosas las emisoras
alemanas y rumanas que funcionaban. Aquello no era corriente antes de unos
preparativos serios de ofensiva, porque entonces están mudas todas las radios y
en el éter reinan la calma y el sosiego. Ahora, en cambio, el éter estaba
extraordinariamente animado y, entornados los párpados de cansancio, escuchando
las claves desconocidas y tratando inútilmente de adivinar la causa de las
conversaciones ajenas por radio, Bessónov pensaba: "¿Por qué se traerán
este lío de noche? ¿Se preparan para por la mañana? ¿Por qué funcionan las
emisoras rumanas?" Voces, pasos y rumores en el conpartimento vecino, donde
se encontraba Déev con sus oficiales de operaciones y luego una fuerte llamada
en la puerta hicieron salir a Bessónov de su estado de ensimismamiento. - ¿Dá
usted su permiso, camarada comandante en jefe?
Sin gorro, inclinándose debido a su imponente
estatura al trasponer el umbral, entró el coronel Déev y ocupó una tercera
parte del refugio con su corpachón. Sus cejas de color cobrizo claro se
enarcaban con una expresión de alegría. Aunque desde hacía muchas horas estaba
en contacto, con él en el puesto de observación, le había tratado de cerca y no
olvidaba la punzada de ternura que le inspiró con su intento de llegar hasta
Cherepánov cercado, Bessónov preguntó de todas maneras secamente sin traicionar
su simpatía por aquel jefe de división, el más joven del cuerpo: - ¿Alguna
novedad, coronel? Le escucho. - ¿Me permite usted informar, camarada comandante
en jefe? -empezó Déev con su voz jugosa y plena de barítono en la que, lo mismo
que en los ojos dorados, traslucía algo admirado y victorioso-. Los artilleros
del 204 regimiento de artillería, camarada comandante en jefe, han retirado
hace hora y media, puede decirse que delante de las barbas de los alemanes, a
un explorador nuestro herido y a un prisionero que capturaron la noche pasada.
Al prisionero, lo han traído ya al observatorio. ¡Es obra de mi grupo de
reconocimiento que no había regresado!... -Déev, sin disimular ya el contento y
la admiración, resplandeció y sonrió enseñando todos los dientes blancos-.
Cierto que el alemán está muy congelado, pero todavía mueve la lengua y sabe lo
que hace. Se le ha prestado asistencia médica y se ha llamado al intérprete.
¡No han fallado mis muchachos! ¡Claro que en mis chicos se puede confiar! ¿Qué
ordena usted, camarada comandante en jefe? Cuantos había en el refugio -los
telefonistas, los oficiales de operaciones, el apacible mayor Gladilin- se
volvieron hacia Déev: su voz de barítono y su cuerpo recio despedían una oleada
lozana y chispeante de sólida juventud; en todo su informe e incluso en la
pregunta "¿Qué ordena usted?" traslucía una franca satisfacción por
el servicio de reconocimiento de su división, por el hecho de que el alemán
hubiera resultado de los que tienen aguante y de que él, jefe de la división, sabía
naturalmente lo que se hacía. Bessónov recordó de pronto cómo le presentó Déev
su división por primera vez en el apeadero, antes del desembarco: tenía algo de
húsar, una pueril arrogancia, una seguridad ingenuamente jactanciosa en los
hombres que mandaba él, joven coronel afortunado, que poco antes era jefe de un
batallón. "Este Déev tiene la cualidad defensiva de todos los jóvenes:
lleva el honor del uniforme hasta la exageración", pensó de pasada y,
después de perdonarle fácilmente esta debilidad ingenua, sin picardía, preguntó
sorprendido, pues no esperaba oír hablar ya del grupo de exploración enviado la
noche anterior: - ¿Por qué han sido artilleros los que han traído al
prisionero? ¿Qué artilleros? ¿Quiénes son? - Artilleros de la orilla meridional,
de los emplazados para disparar en tiro directo. Han llegado al observatorio
puede decirse que rompiendo el cerco. -Déev miraba por encima de la lámpara a
Bessónov con ojos triunfantes, penetrados de luz hasta el fondo, rodeados de
pestañas pajizas, alegres como rayitos de sol estival. - ¿Dónde están esos
artilleros?
- Han vuelto a la batería. Sólo quedan cuatro. A
propósito, camarada comandante, el alemán ha confirmado... - ¿Qué ha
confirmado? - Que ayer fue lanzada al combate una división de tanques de
refresco. - Veamos qué clase de prisionero es ese... Cierto que traído con
retraso, pero al fin y al cabo es un prisionero. Bessónov dobló la rodilla
debajo de la mesa para que le fuera más cómodo levantarse, se apoyó en el
bastón y, al hacerlo, notó un punzante hormiguillo en la pierna. Escuchó unos
instantes las llamadas del radista -¡"Antena"...”Antena"!- y,
después de echarse sobre los hombros la zamarra que le presentaba Bozhichko,
fue cojeando hacia la puerta, abierta delante de él por el coronel Déev.
Capítulo 25
El prisionero alemán estaba sentado junto a la
mesa del jefe del servicio de reconocimiento: largo capote con forro y solapas
de piel, la mano izquierda vendada posada sobre las rodillas, mejillas
abotargadas, con manchas grisáceas, ojos legañosos en las comisuras, muy
separados del entrecejo, actitud de indiferencia hacia todo, cabeza caída cuyo
cabello revuelto ocultaba el pequeño círculo de la calva. Al levantarse,
obedeciendo a la orden del intérprete, cuando entró Bessónov en el refugio y al
reconocer sus distintivos, el alemán levantó ligeramente el pesado mentón
hirsuto y dijo algo, profiriendo con dificultad unos sonidos mal articulados.
El intérprete tradujo a Bessónov: - Se alegra de que le interrogue un general
ruso. Sólo pide una cosa: el hospital o el fusilamiento. Después de todos los
sufrimientos que ha pasado, nada le asusta. - Que se siente -dijo Bessónov-. No
le amenaza nada. Para él, la guerra ha terminado. Será enviado a un hospital.
Para prisioneros de guerra. - Mayor Erich Dietz, oficial de enlace del estado
mayor de la sexta división del 57 cuerpo de tanques -informó el teniente
coronel Kúryshev, jefe del servicio de reconocimiento.
Kúryshev, que durante aquellas veinticuatro horas
había estado muy preocupado -como no recordaba desde hacía mucho tiempo- por su
grupo de exploración, aumentó, sereno, la mecha de las dos lámparas de kerosén
y, con la escrupulosidad de un hombre que conoce lo arduo, nervioso y
arriesgado de su servicio en la guerra, consultó un pequeño cuaderno que tenía
abierto sobre la mesa, con anotaciones probablemente del interrogatorio
comenzado antes de la llegada de Bessónov. Luego, leyendo cansada y meticulosamente
del cuaderno, explicó al comandante en jefe que el mayor Dietz era de
Dusseldorf, tenía cuarenta y dos años, estaba condecorado con la Cruz de Hierro
de segunda por los combates de Moscú, pertenecía al partido nazi desde 1939, y
añadió bajando la voz que según todo esto debía ser un hueso duro de roer y que
los exploradores le habían capturado la víspera al amanecer, en la carretera,
cuando regresaba en automóvil del estado mayor del cuerpo de ejército al estado
mayor de la división. Con esta explicación, Kúryshev prevenía en cierto modo al
comandante en jefe de que no estaba excluida la posibilidad de que intentara
desinformar durante el interrogatorio. Pero Bessónov, que no pareció recoger
los detalles deliberadamente recalcados de la biografía del prisionero, dio
unos pasos pensativo, de una pared a otra del refugio, desentumeciendo la
pierna, y sin pararse preguntó al intérprete, un capitán de mejillas
sonrosadas: - ¿Ha dicho si fue lanzada ayer al combate la sexta división? - No,
camarada comandante en jefe. Según sus palabras, ayer entró en combate la 17
división de tanques. De la reserva del Grupo de ejércitos "Don".
Reinaba el silencio. En el refugio olía a medicamentos, a paño frío de capote
ajeno, a sudor ajeno. Se veía arder la llama a través de la puertecilla abierta
de la estufa por cuyo hierro rojo corrían chispas de color guinda. Los
exploradores esperaban, callados, las preguntas siguientes de Bessónov. El
joven capitán intérprete, que destacaba enormemente por los ojos vivarachos y
reposados de hombre que ha dormido, más atildado de lo necesario, con la
tirilla de celuloide lavada con agua de colonia que brillaba en su cuello
cuando volvía la cabeza hacia Bessónov o hacia el alemán, estaba rojo como la
grana, debido sin duda a que Bessónov continuaba un tiempo angustiosamente
largo sin hacer ninguna pregunta y se limitaba a ir y venir cojeando por el
refugio, apoyado en el bastón crujiente y con la zamarra echada sobre los
hombros, mirando de vez en cuando al alemán a través de los párpados rojizos y
abultados. "¿Qué clase de alemán es éste? ¿Oficial de carrera? ¿Ha
combatido cerca de Moscú? Empezó en el cuarenta y uno...” El alemán seguía sin
cambiar la postura adoptada: indiferente a todo, con la mirada apagada y fija
como muerta en un rincón del refugio, y, la mano izquierda recién vendada
sostenida por la derecha, enfundada en el guante de piel, procuraba conservar
el aspecto digno de un oficial alemán desarmado, hecho prisionero y al mismo
tiempo indiferente por entero a su destino como se lo debían imaginar los
rusos. Pero su modo de aspirar trémula y profundamente el aire del refugio con
la nariz muy abierta decía sin error a Bessónov a lo que se había preparado el
alemán.
Desde el cuarenta y uno, Bessónov había
experimentado un mismo sentimiento de interés insatisfecho y secreto durante el
interrogatorio, fortuito o no, de los prisioneros. Aparte del deseo de
enterarse de lo necesario, de lo que le importaba utilitariamente saber acerca
de tales o cuales detalles de las acciones proyectadas por el ejército enemigo
frente al cual llevaba combatiendo más de un año, en él despertaba cada vez un
agudo deseo de precisar y llegar hasta el fondo de la verdad, hasta el fondo
del estado de espíritu de la parte contraria: ¿quiénes eran esos alemanes que
se habían apoderado de casi toda Europa, que combatían en Africa y habían
comenzado la guerra contra nosotros? ¿Qué diría y pensaría en ese momento aquel
mayor físicamente fuerte, recio de cuerpo, con una mano y las mejillas
congeladas, capturado la noche anterior en su automóvil? Pero, absteniéndose de
preguntar lo que pensaba el mayor alemán acerca de los pasados combates de
Moscú y los de ahora ante Stalingrado, Bessónov inquirió otra cosa: - ¿Cuándo
se ha incorporado la sexta división de tanques al grupo de ejércitos
"Don" cerca de Stalingrado? El capitán de las mejillas coloradas
tradujo rápidamente. Con invariable indiferencia, el alemán se puso a
contestar, dejando caer parsimoniosamente las palabras, sosteniendo por debajo
la mano vendada con el guante de piel, y el capitán intérprete sonrió con
alegría inmotivada a Bessónov y empezó a traducir, evidentemente satisfecho de
la respuesta comprensible del prisionero. - Hace semana y media, la división
llegó de Francia a Kotélnikovo. No nos llevaron por París sino dando un rodeo.
En Berlín, no hubo parada... En Baránovichi, todos notamos que estaban cerca
sus guerrilleros: había vagones y locomotoras descarrilados. En ningún sitio
funcionaba normalmente la luz. Las centrales eléctricas estaban paradas.
Briansk estaba sepultado en la nieve. Cruzamos Kursk y Bélgorod. Luego
empezaron las estepas. Infinitas estepas salvajes. Nos imaginábamos que íbamos
hacia Stalingrado. - ¿Desde Francia? -insistió Bessónov. - En Francia, la
división fue completada y reequipada después de los combates de Moscú... Las
estepas infinitas, en invierno, nos parecieron decenas de Francias. Estepas
desiertas y nieves infinitas. Y el mismo frío en Stalingrado que en Moscú.
"Sí, decenas de Francias -asentía amargamente Bessónov después de
calcular, como delante de un mapa, aquel espacio de nieves, bosques y estepas
mortalmente yerto, el territorio infinito, la colosal profundidad de la tierra
ocupada por las tropas alemanas. Y, como le pasaba siempre que volvía a esta
idea, pensó aún-: Pero, ¿qué sienten ellos? ¿Terror ante la inmensidad del
espacio ocupado? ¿A que no podrán conservar semejante territorio y, tarde o
temprano, tendrán de todas maneras que replegarse? ¿Por qué ha recordado con
tanto detalle este mayor el camino que siguió para venir a Rusia?"
- Pregúntele también -dijo Bessónov al intérprete
después de dar unos pasos por el refugio- qué le irrita tanto al recordar su
camino desde Francia. - Zigaretten, meine Zigaretten! -exclamó el alemán
entrechocando aterido las mandíbulas, apenas tradujo el capitán la pregunta de
Bessónov, y por primera vez apartó la mirada del rincón del refugio y sus ojos
opacos y huidizos recorrieron la mesa al tiempo que, tragando saliva, explicaba
algo indignada y largamente. El intérprete callaba. - ¿Qué le pasa? -preguntó
Bessónov. Confuso, encarnado hasta el borde mismo de su cuello de celuloide, el
capitán de las mejillas rojas encogió un hombro y tradujo, atascándose: - Sus
soldados me han quitado los cigarrillos franceses y el encendedor. Lo principal
es que me han dejado sin cigarrillos. Me tienen prisionero y pueden hacer
conmigo lo que quieran. Pero pido una pequeña caridad: que me den un solo
cigarrillo. En Francia, incluso a los criminales les dan tabaco y vino antes de
morir. Claro que Francia... Francia es el sol, el sur, la alegría... En cambio,
en Rusia arde la nieve. Pero me he pasado veinticuatro horas sin fumar en el
agujero donde sus soldados me han tenido tanto tiempo atado con cuerdas como un
desdichado cerdo. Pido una mínima caridad de cinco minutos. Para fumar un
cigarrillo... "Caridad... -sonrió irónicamente para sus adentros Bessónov
a ese probo concepto lejano destruido por ese mismo mayor hitleriano más de un
año atrás-. ¿Pide caridad? Después de la Francia soleada...” - Dénle
cigarrillos -dijo Bessónov con aire descontento-. Se conoce que los ha pedido
ya antes. ¿Dónde están sus cigarrillos? ¿Por qué no se los han devuelto,
teniente coronel? - Es la primera vez que los pide, camarada teniente
comandante en jefe. Cuando le trajeron y le curaron no hacía más que rechinar
los dientes y maldecir. Como verá usted, no es un alemán de los corrientes.
Todas sus cosas están delante de él.
Como prueba, el jefe del servicio de
reconocimiento dio más luz a la lámpara y se puso a mover innecesariamente de
un lado para otro los objetos y los documentos del prisionero que ocupaban
parte de la mesa: la cartera abierta, con cartas y fotografías, un medallón,
una navajilla minúscula colgada de una cadenita; todo lo que entregaron los
artilleros cuando trajeron al prisionero. Cigarrillos no habían entregado.
Extenuado por la noche insomne, con manchas amarillentas en las sienes hundidas
y bolsas debajo de los ojos, Kúryshev clavó una mirada severa en el medallón
del mayor y suspiró. Su aspecto decía a Bessónov: "Mis muchachos han
perecido, camarada comandante en jefe. Pero si estuvieran vivos los castigaría
por negligentes". El alemán interpretaba probablemente a su manera la
severidad y el suspiro de Kúryshev. En las comisuras de su boca grande,
cubierta de una costra azulenca, se retorcían dos muecas: la rabia contra sí
mismo y el odio a los rusos que le habían hecho humillarse, padecer de frío
veinticuatro horas enteras y orinarse allí encima en aquel embudo. - Vamos,
pronto, denle de fumar -dijo Bessónov. - ¿Me permite usted, camarada general?
-preguntó el capitán intérprete y extrajo diligentemente del bolsillo del
capote un paquete de "Pushka". Primero hizo intención de ofrecérselo
al prisionero para que eligiera él mismo un cigarrillo, pero cambió de parecer,
sacudió los cigarrillos, dejó el paquete sobre la mesa y sonrió todo colorado.
Echándose hacia delante, el alemán tragó ruidosamente la saliva, metió los
dedos rígidos en el paquete abierto, tomó un cigarrillo con la torpeza de la
intangibilidad y dijo algo al mismo tiempo. - Pide fuego. También le han
quitado el encendedor -explicó cohibido el capitán de las mejillas coloradas y,
después de sacar con cierta vacilación su encendedor, también alemán, hizo
brotar la llama que acercó al prisionero pronunciando: Bitte sehr. - Mis
muchachos conocían las instrucciones -dijo Kúryshev que seguía estudiando el
medallón del prisionero sobre la mesa-. Habrán sido los artilleros los que han
obrado a su antojo, camarada comandante en jefe. "Caridad -pensó Bessónov
irritándose-. Precisamente tenemos demasiada caridad. Somos demasiado benévolos
y poco rencorosos. Excesivamente". - De manera que los soldados rusos le
han ofendido a usted. Han quitado dura y cruelmente los cigarrillos a un
bondadoso oficial alemán venido de Francia a Rusia con las mejores intenciones.
Desgraciadamente, no sabían que el derecho puede más que la fuerza -profirió
Bessónov irónicamente, sin estimar necesario mostrar descontento por la acción
de sus soldados, que no conocían las instrucciones y contra los cuales, al fin
y al cabo, se mostraba un poco contrariado el teniente coronel Kúryshev, algo
pedante en estos asuntos-. Puede dar gracias a Dios por la suerte que ha
tenido, señor mayor. El intérprete de mejillas coloradas se apresuró a
traducir, mientras el rostro grande y linajudo del mayor se distendía de la
primera chupada al cigarrillo, profunda y ávida, envuelto en el humo que expiraba
largamente por la nariz. Pero, apenas el capitán jovencito tradujo las palabras
de Bessónov, el alemán arrancó súbitamente el cigarrillo de los labios, lo
arrugó sin terminar de fumarlo y lo arrojó a sus pies con rabioso frenesí. Una
risita medio histérica resonó en su pecho enderezado.
- No, no he tenido suerte, señor general. Sus
soldados, que no me han matado en el embudo, sino que me han tenido como un
cerdo al frío, helándose también ellos, son fanáticos. ¡Son implacables para
con ellos mismos! Les he pedido que me mataran, porque matarme habría sido una
buena acción, pero no me han matado. Esto no es por el misterio del alma
eslava; esto es porque yo era una presa. ¿No es cierto? Ustedes nos tienen por
malvados y crueles; nosotros les tenemos a ustedes por engendros del infierno...
La guerra es un juego comenzado en la infancia. Los hombres son crueles desde
que nacen. ¿No ha advertido usted, señor general, la excitación de los
adolescentes, y el brillo de sus ojos, cuando ven un incendio o cualquier cosa
por el estilo? Los hombres débiles se crecen con la violencia, se creen dioses
cuando destruyen... Será una paradoja, será monstruoso, pero es así. Los
alemanes, al matar, rinden culto al führer; los rusos también matan en nombre
de Stalin. Nadie considera que hace mal. Por el contrario, el mutuo asesinato
es proclamado buena acción. ¿Dónde buscar la verdad, señor general? ¿Quién está
en posesión de la verdad? Usted, general ruso, también ordena a los soldados
que maten. En ninguna guerra tiene nadie razón. Sólo existe el sangriento instinto
del sadismo. ¿No es cierto? - ¿Quiere que le conteste, señor mayor? -preguntó
secamente Bessónov deteniéndose delante del alemán-. Entonces, dígame antes
¿cuál es el sentido de su vida, ya que habla del bien y del mal? - Soy nazi,
señor general... un nazi especial: soy partidario de la unificación de la
nación alemana y enemigo de la parte del programa que habla de la violencia.
Pero vivo en mi sociedad y, desgraciadamente, pertenezco, como muchos de mis
compatriotas, al tipo masoquista, es decir, me someto. Yo no soy el jinete,
sino el caballo, señor general. Estoy embridado... - Muy curiosa correlación
-sonrió Bessónov apoyándose cansadamente con todo el cuerpo en el bastón-. La
paradójica correlación del caballo y del jinete. Un nazi, venido a Rusia con la
violencia, es enemigo de la violencia, pero cumple la orden de saquear y quemar
en tierra ajena. ¡Es, efectivamente, una paradoja, señor mayor! Pero, como me
ha hecho una pregunta, le contestaré. Me es odiosa la afirmación de la
personalidad por la crueldad; pero soy partidario de la violencia sobre el mal,
y en esto veo el sentido del bien. Cuando se irrumpe en mi casa con las armas
en la mano para matar... incendiar y deleitarse con el espectáculo del incendio
y de la destrucción, como ha dicho usted, yo debo matar, ya que las palabras
son aquí un sonido huero. ¡Digresiones líricas, señor mayor!... Bessónov no
escuchó hasta el fin al capitán de mejillas rojas que traducía su respuesta al
alemán: la puerta del refugio se abrió ruidosamente, y penetró frío de la zanja
de comunicación. - Camarada comandante en jefe, ¿da usted su permiso?...
Sin esperar la respuesta, el mayor Bozhichko
entró presuroso en el refugio y por su modo de cuadrarse y repetir con voz
alterada "camarada comandante en jefe", por la palidez que invadía su
rostro, siempre enérgico y sonriente, por la mirada vacía que lanzó al alemán
saliendo inmediatamente del refugio, Bessónov notó con el corazón oprimido que
había pasado algo de inusitada importancia. - Prosiga el interrogatorio -lanzó
Bessónov al jefe del servicio de reconocimiento que le miraba inquieto, y se
dirigió cojeando hacia la salida-. Sin filosofías astutas -añadió desde el
umbral. Detrás de él, se hizo el silencio. En la zanja de comunicación,
Bozhichko parecía indeciso, aplastaba con el pie invisibles pellas de tierra. A
solas con el ayudante, cada vez más embargado por el presentimiento de una
desgracia, Bessónov le apremió: - ¿Por qué calla usted, Bozhichko? ¿Qué ocurre?
- Vesnín... camarada comandante en jefe. - ¿Dónde? ¡No puede ser! ¡Explíquese
normalmente! ¿Dónde está? - Camarada comandante en jefe... Acaba de llegar el
mayor Titkov al puesto de observación, herido... Ha dicho que el miembro del
Consejo Militar... - ¿Qué? ¿Está herido? ¿Muerto? Gacha la cabeza, Bozhichko
aplastaba con el talón las pellas de tierra bajo sus pies, y Bessónov,
sintiendo que le bañaba el sudor y le abrasaba la pierna un dolor lancinante,
le levantó la voz por primera vez en aquel tiempo, perdiendo el dominio sobre
sí mismo: - Le pregunto si está herido o muerto. ¿Se ha quedado mudo? ¿Muerto?
- Sí, camarada comandante en jefe... Por el camino tropezaron con los alemanes.
En el refugio de los enlaces le espera el mayor Titkov -dijo Bozhichko-. Quiere
informarle a usted personalmente. "¿Vesnín muerto? ¿Han tropezado con los
alemanes por el camino? ¿Dónde? ¿En el pueblo? ¿Qué dice Bozhichko? ¿Cómo ha
ocurrido?" Con el entendimiento, Bessónov rechazaba esta noticia
inesperada, imprevista como una avalancha, dudando aún de que hubiera ocurrido
aquello de verdad y de que dentro de unos segundos, como prueba irrefutable de
la muerte de Vesnín, vería al mayor Titkov, jefe de la escolta, contra el que
se sentía de antemano iracundo por lo ocurrido y porque el propio Titkov
pudiera ser prueba de ello. - En fin, vamos, Bozhichko -pronunció Bessónov-.
Vamos...
Las luces de las lámparas, los aparatos
telefónicos, la radio, el mapa sobre la mesa y los rostros se mecían como si
bogaran en el aire quieto y tibio del refugio. Todos enmudecieron al entrar
Bessónov. En seguida, la sombra corta, tajada, de una silueta humana se
estremeció a un lado con el sonido incorpóreo de "camarada general...” que
era hálito de una desgracia consumada. Bessónov se sentó a la mesa, sacó el
pañuelo y se enjugó la barbilla y el cuello para dejar pasar un poco de tiempo,
no estallar de pronto, no descargar la ira que le ahogaba sobre aquella voz que
partía de la sombra inertamente plana, de funesto color gris, que debía
informarle de la muerte de Vesnín. Y, enjugándose el sudor, preguntó después de
aguantar una larga pausa: - ¿Dónde tropezaron con los alemanes, mayor Titkov? -
En el extremo noroccidental del pueblo, camarada comandante en jefe... El coche
de la escolta iba delante... Costaba trabajo volver la cabeza y mirar hacia
aquella voz que resonaba, solitaria y justificándose como ante un tribunal, en
el refugio ahora pardusco y nebuloso. Sintió de pronto el deseo de ver a Titkov
entero -el rostro, los ojos-, de penetrar a través de las palabras en la verdad
de lo sucedido, de imaginarse los últimos minutos de lo que había presenciado
él personalmente. El mayor Titkov, oscilando como una sombra a la derecha de la
puerta del refugio, estaba desconocido: la cabeza redonda vendada hasta el
entrecejo, la figura baja, ancha de pecho, semejante a un tocho de hierro,
envuelta en los jirones de la zamarra con los faldones desgarrados,
desflecados, y la manga izquierda dejando asomar guedejas de piel de borrego
por el boquete que había abierto probablemente una bala explosiva; bajo el
turbante gris de vendas maculadas, unos ojos desesperados, inyectados en
sangre; y, de nuevo, la voz llena de angustia: - Un grupo de exploración alemán
avanzó hacia los coches. El camarada miembro del Consejo Militar se negó a
replegarse hacia las casas. Estaban a unos doscientos metros. En un sitio
descubierto... Ordenó entablar el combate... - ¿Cómo ha muerto? -interrumpió
Bessónov-. ¿Cómo ha muerto Vesnín? - Estuvimos disparando unos diez minutos.
Luego, al volverme, vi al camarada miembro del Consejo Militar tendido de
espaldas junto al coche, con la mano que empuñaba la pistola apretada contra el
pecho, y le salía sangre por la garganta...
- ¿Y luego? -le apremió Bessónov en contra de su
voluntad, como si quisiera descubrir lo esencial en aquella muerte, pero eso
esencial escapara, no se definiera con entera claridad, no penetrara en la
conciencia. Le informaban de que Vesnín estaba muerto, y él no había visto su
muerte ni se lo imaginaba muerto, porque no había nada tan inconcebible como
ese hecho inesperado ni parecía haber nada menos dilucidado que las relaciones
entre ellos -dos hombres que respondían por igual de todo en el ejército-, relaciones
breves que, por culpa suya, de Bessónov, en virtud de su suspicaz repulsa a un
segundo poder a su lado, no eran lo que hubiera deseado Vesnín y lo que debían
haber sido. Es posible que el afán de no discutir, la blandura de Vesnín, sus
consejos ligeros, como de pasada, el empeño de no recalcar que su puesto estaba
al lado del comandante del ejército, fueran el escalón que, por experiencia,
procurando no herir su amor propio, Vesnín colocaba inadvertidamente bajo sus
pies para consolidarle en el nuevo ejército, entre personas desconocidas aún
por sus hechos, que no se habían manifestado desde el momento de conocerlas.
¿Había sido todo así? Si no lo había sido, cuanto pudo existir entre ellos lo
había frenado él y no Vesnín, y ahora no se lo podía perdonar... De allí lejos,
de la luz de las lámparas, del aire tibio como el de un baño llegaba la voz
quebrada del mayor Titkov: - Unas veces el coronel Osin y otras veces yo
llevamos a cuestas al camarada miembro del Consejo Militar. El coronel Osin fue
herido en un hombro cuando estábamos ya en el pueblo. Una bala explosiva le
fracturó el hueso. Cuando llegamos hasta nuestros tanques, detuvimos un camión
de aprovisionamiento de municiones y fuimos hasta el botiquín de la 305
división. Las condecoraciones y los documentos del camarada miembro del Consejo
Militar están aquí... los tengo yo. El coronel Osin, al que han dejado en el
botiquín, dijo que se los entregara tal y como están. ¿Qué hago yo ahora,
camarada general?... ¿A dónde voy?... El mayor Titkov, en cada una de cuyas
palabras se estremecía el tormento de la impotencia ante lo sucedido, no
necesitaba probablemente enseñar las condecoraciones y los documentos de
Vesnín. Puesto sobre la mesa, el envoltorio ensangrentado de un pañuelo
pegajoso era una realidad implacable e irremediable, como un golpe en los ojos
que confirmaba con toda crudeza la verdad de la muerte de Vesnín. Y Bessónov,
que involuntariamente se había protegido con una mano de la luz intensa de las
lámparas y de las miradas fijas en él, adelantó la otra mano, sin saber por
qué, hasta las pastas húmedas del carnet de identidad de Vesnín y permaneció un
buen rato sin atreverse a abrirlo: las páginas estaban pegadas, hinchadas de la
sangre, oscurecidas.
Bessónov acabó por abrirlo y lo primero que vio
fue una pequeña foto de aficionados metida entre las páginas. También estaba
cubierta de manchas parduscas, pero podía verse lo que representaba. Vesnín
debía estar retratado con su hija: él, con camisa blanca y pantalón blanco de
verano, muy joven como debía ser antes de la guerra, sonreía a alguien con su
móvil sonrisa pueril que le arrugaba alegremente la nariz, empuñaba los remos
de una lancha en una bahía soleada a cuyo borde se veía, entre cipreses, el edificio
blanco de un sanatorio. Y en la popa de la lancha, una niña de unos siete años,
delgadita, muy bronceada, con el cabello rubio descolorido por el sol cayéndole
sobre las mejillas por debajo del gorro de piqué blanco y las frágiles
clavículas asomando por el escote del vestidito, se había inclinado por encima
del borde para meter una mano delgada en el agua y, a la sombra del gorro, los
ojos alerta miraban de soslayo hacia el mismo sitio que miraba y sonreía
Vesnín, lejano y desconocido en su juventud, y las comisuras de los labios de
la niña se contraían un poco, caprichosas: se negaba a sonreír a una persona
extraña que hacía la fotografía y seguramente insistía: "¡Pero,
sonríe!" En una esquina de la fotografía estaba escrito en letras blancas:
"Sochi, 1938". "¿Por qué llevaba precisamente aquella
fotografía? ¿Era su hija aquella niña? ¿Había entre los documentos una
fotografía de su esposa? Aunque, ¿qué podría añadir ni explicar? No, no puedo
mirar, no quiero conocer detalles de su vida después de su muerte. ¿Por qué
queremos saber siempre de las personas, cuando han muerto, más de lo que
sabíamos durante su vida?" - Camarada comandante en jefe... Se apartó la
mano de la frente. En el refugio se escuchaba el sonido bronco del aparato de
alta frecuencia y el telefonista, con el auricular en la mano, miraba a
Bessónov invitándole tímidamente a acercarse con los ojos y diciendo en voz
baja: - Le llaman a usted del estado mayor del frente, camarada comandante en
jefe. - Sí, sí... En seguida. Sí, sí... Su codo se deslizó por la mesa. Buscó a
tientas el bastón recostado contra el borde, se apoyó en él y, bajo las miradas
de cuantos se encontraban en el refugio, se levantó en medio del silencio
pegajoso y denso como el cieno. El bastón crujió cuando fue hacia el aparato.
El auricular, calentado por la mano del telefonista, estaba tibio y vivo, pero
dentro vibraban y susurraban los sonidos ligeros del espacio, del vacío
infinito y fluido, y Bessónov pronunció, con el deseo incontenible de romper
aquel silencio en el refugio y en el auricular: - El cinco al aparato. - Un
momento, camarada cinco. Le pongo en comunicación con el uno. En el extremo
opuesto del espacio dividido por la noche, el auricular cambió rápidamente de
manos y, en seguida, otra voz llena de la firmeza de los jugos vitales de un
hombre sano y dedicado a asuntos inaplazables pronunció excitada: - ¡Hola,
Piotr Alexándrovich! ¿Has preparado las abarcas? ¿Te has dejado la barba? ¿Has
ajustado la anguarina con la faja?
Era el comandante del frente. Bessónov le
reconoció por el acento ucraniano, la "f" suave y la cantarina
pronunciación meridional. No se hablaban todavía de "tú", y este
trato nuevo y no oficial por teléfono cohibía un poco a Bessónov, le quitaba
algo, le privaba de cierta independencia, por lo menos en el trato inicial. En
cuanto al comandante del frente, al hablar de ese modo con él, como con un
viejo compañero, aludía medio en broma con sus preguntas a que el ejército de
Bessónov se consideraba, en cierto modo, en la situación de
"cercado". Pero Bessónov no estaba en absoluto dispuesto en ese
momento ni a las medias bromas y, sin poder pasar al tuteo, contestó: -
Siguiendo la vieja costumbre, llevo la navaja de afeitar conmigo, camarada uno.
En cuanto a las abarcas y la anguarina, el jefe de la retaguardia no las ha
asegurado... Acerca de la situación, he podido informarle a usted, camarada
uno, hace cosa de dos horas. - ¡Ya lo sé! Lo he estudiado y lo apruebo. -El
comandante del frente soltó una risa sonora, sin ponerse al tono seco y oficial
de Bessónov-. Así estamos, Piotr Alexándrovich. Me parece que ahora vas a poder
respirar. Tus vecinos del noroeste han lanzado cuatro cuerpos de tanques por
una rotura, avanzan brillantemente para destruir las reservas operativas y
salen al flanco y a la retaguardia del Grupo de ejércitos "Don"...
Así están las cosas. Apruebo tus ideas. Si están empantanados, ha llegado el
momento. Empezarás después de ciertas precisiones. Recibirás la orden. Y, por
haber aguantado, os estrecho de todo corazón la mano a ti y a Vitali Isáevich.
¡Ah, sí! Puedo darte una alegría: anoche telefoneó el Jefe Supremo, preguntó
por la situación de tu ejército, está satisfecho y apremia... En el estado
mayor del frente no sabían nada aún. En el estado mayor del frente, Vesnín
vivía aún y era necesario. Los frentes Suroccidental y de Vorónezh habían roto
al fin la defensa de los alemanes después de una tentativa fracasada y habían
lanzado cuerpos de tanques por la rotura. En el Cuartel General habían
preguntado, estaban satisfechos y apremiaban. Ya se imaginaba Bessónov que
preguntarían por la situación de su ejército... Bessónov sostenía el auricular
pegado a los dedos húmedos, y le daba la impresión de que respiraba aún el olor
entre salado y metálico del envoltorio húmedo y pardusco de las condecoraciones
y los documentos en el pañuelo, de la foto donde se contraían caprichosamente
los labios de una niña delgadita, la hija de Vesnín, de sus propios dedos que
apretaban el auricular hasta el punto que blanqueaban las articulaciones. -
¿Por qué callas, Piotr Alexándrovich? ¿Hay algo que te preocupa? Objeta si
tienes otras ideas. Te escucho. ¿Qué más? ¿Quieres pedir algo? Tu meticuloso
Yatsenko ha pedido ya todo lo que se podía pedir. ¡Vaya si es ansioso el
hombre! - ¿Me permite usted interrumpirle, camarada uno? -dijo Bessónov con voz
reseca-. Tengo la obligación de informarle... El miembro del Consejo Militar
Vitali Isáevich Vesnín ha sido muerto hace tres horas cuando se dirigía hacia
el cuerpo de tanques.
- ¿Cómo? ¿Muerto? ¿Qué me estás diciendo? -En el
otro extremo del cable estalló el grito del jefe del ejército, que en seguida
se convirtió en murmullo-: ¿De qué modo? ¿De qué estás informándome? - Le
informo a usted, camarada uno, -repitió Bessónov- de que Vitali Isáevich Vesnín
ha sido muerto en el pueblo cuando se dirigía al cuerpo de tanques. Acaban de
comunicármelo. - ¿Muerto? ¿Vesnín? ¡Le habéis dejado exponerse! ¿No sabías tú
que siempre tiene que meterse en todos los líos? ¿No lo sabías? ¡Había que retenerle,
que estar siempre al tanto con él! ¡Qué hombre hemos perdido! ¡Lo que valía!...
Es lo que menos esperaba yo. ¡Menudo mazazo! Pero, ¿qué clase de escolta tienes
ahí? ¿En qué estaban pensando? - Le ruego que no me haga reproches, camarada
uno. Desgraciadamente, ya no sirven de nada. Ni a usted ni a mí. -Bessónov hizo
una pausa-. ¿Me permite que le exponga brevemente algunas ideas complementarias
a mi informe? - ¿Qué otra novedad tienes? Pero, ¿de qué modo ha ocurrido eso,
eh, Piotr Alexándrovich? ¡Me has matado! De verdad que me has matado... - ¿Me
permite usted, camarada uno? Le ruego que me escuche. - Sí, habla. Informa. Te
escucho. Bessónov pasó bruscamente a otro tema, eludió la conversación acerca
de Vesnín: no tenía fuerzas morales suficientes para repetir los detalles de su
muerte. Y se puso a informar sin estimar necesario explicar que, al final de la
jornada, debido a la situación de la división de Déev, partida por los tanques
alemanes, estaba dispuesto a establecer allí la defensa circular y era lo que
más temía (lo mismo que Vesnín que, a diferencia de él, no disimulaba sus
temores); pero, de todas maneras, no se había arriesgado ni siquiera entonces a
"mover" resueltamente, a dispersar por las brigadas el cuerpo de
tanques y el mecanizado, destinados al contragolpe. Sólo dijo que consideraba
llegado el momento de emplear las unidades móviles, que Hoth había utilizado
sus reservas -noticia confirmada por un mayor alemán prisionero, oficial de
enlace- y que se debía descargar un contragolpe aquella misma mañana, antes de
que ellos reanudaran su actividad en la margen septentrional. No había que
dejar pasar el momento ni darles tregua, sino empezar por expulsar a los
alemanes de las plazas de armas, antes de que se hubieran reagrupado, con un
súbito contragolpe de los cuerpos de tanques y mecanizado, sin la preparación
artillera habitual... - ¿Por qué sin preparación artillera? ¿Qué quieres
conseguir? -preguntó el jefe del frente-. ¿No tienes confianza en la
artillería? - Los alemanes saben muy bien que la preparación artillera es una
especie de advertencia de la ofensiva. La artillería desempeñará su papel
cuando los tanques hayan llegado a la línea de ataque.
- Lo estudiaremos -dijo el jefe del frente-. Está
bien. Le pediré consejo al representante del jefe supremo. Recibirás la
orden... Pero, ¡mira que lo de Vesnín! ¿De qué manera? ¡Menudo disgusto me has
dado con la noticia, Piotr Alexandrovich! Ahora tienes que tomar la decisión tú
solo. Sin Vesnín. Sé que tenía mucha confianza en ti, aunque tú... Francamente,
no eres un hombre fácil de tratar, Piotr Alexándrovich. ¡No es fácil hacer
migas contigo! "Sí, Vesnín... -pensó Bessónov entornando los párpados
pesados-. En efecto, me he quedado solo. Nadie me sustituirá ahora a Vesnín.
¿Tenía confianza en mí? Yo, en cambio, no me atrevía a mostrarme como soy, me
encerraba dentro de mí mismo. ¡Ay, Vitali Isáevich, querido! Por mucho que se
viva, siempre hay algo que aprender. ¡Tarde empezamos a apreciar lo que vale!
Si puedes, perdóname mi frialdad y mi aspereza. Bastante padezco yo de ellas.
Pero no puedo cambiar de ser". Bessónov no le dijo esto al jefe del
frente. Era algo suyo, personal, que no quería descubrir a nadie ni poner a
juicio de los demás, como tampoco los dolorosos recuerdos acerca del hijo y de
la esposa, semejantes a insoportables remordimientos de conciencia. Después de
terminar la conversación con el estado mayor del frente, Bessónov permaneció
todavía un buen rato delante del aparato, ausente en medio de las voces
sofocadas y las llamadas de los enlaces, en medio de los rostros que le
observaban a hurtadillas y notando él su rostro gris de cansancio, envejecido
en aquellas veinticuatro horas, que no se abría a nadie. Al mismo tiempo,
comprendía muy bien en qué pensaban ahora el reservado y cumplidor mayor
Gladilin, que concentraba su atención en el mapa, y los otros oficiales de
operaciones, los enlaces, el ayudante Bozhichko y el jefe de la escolta,
Titkov, que, en una tensión sobrehumana, esperaba la decisión de su suerte. Con
él, lo mismo esperaban todos. Parecía una sombra negra a la derecha de la
puerta, y su cabeza vendada se movía como una bola blanca. Sin poder aguantar
más, Titkov recordó en un susurro: - ¿Y yo... camarada comandante en jefe?
¿Adónde voy? - Al hospital -contestó duramente Bessónov-. Vaya usted al
hospital, mayor Titkov.
Luego, en sombrío ensimismamiento, Bessónov
estuvo tendido en un catre del caldeado refugio de Déev, sin cambiar de
postura, contemplando los troncos húmedos del vaho; de vez en cuando escuchaba
una tosecita insinuante de Bozhichko, sus manejos con la tetera sobre la estufa
de hierro, el roce húmedo de su capote, pero no contestaba nada a eso. A través
de la tierra llegaban sordamente los sonidos del refugio contiguo, pero él
quería callar y pensar, acompañado por el runrún despreocupadamente tranquilo de
la llama de la estufa, conservar por lo menos el equilibrio exterior, la calma
que tanto necesitaría al amanecer y que empezaba a fallarle ya después de la
noticia de la muerte de Vesnín. Esforzándose por olvidar, aunque fuera un
instante, el informe del mayor Titkov, Bessónov procuraba pensar en el
inminente contragolpe y en su informe al jefe del ejército; pero sus ideas
volvían a Vesnín, al desacuerdo entre ellos, imperdonable como una maldita
insensatez, al oscuro envoltorio de las condecoraciones y los documentos que
había dejado Titkov sobre la mesa, a la ligera y caprichosa sonrisa de la niña
en la foto guardada en el carnet de identidad de Vesnín. Y, al pensar en todo
aquello, volvía a lo mismo, a cuando fueron juntos, recién presentados, del
estado mayor del frente al estado mayor del ejército, adelantándose a las
columnas de las divisiones en marcha y sondeándose el uno al otro por el gesto,
por las frases, por el silencio. Resurgía en su memoria el muchacho tanquista,
desconcertado y bebido, del ejército vecino, jefe de compañía si no recordaba
mal, que le debía la vida a Vesnín. Se conoce que en el alma de Vesnín había
menos encarnizamiento que en la de Bessónov contra las personas desesperadas
que, independientemente de las razones, habían perdido la voluntad de
resistencia. Después de la tragedia de los primeros meses del cuarenta y uno,
Bessónov había extirpado dentro de sí la condescendencia y la compasión por la
debilidad humana, llegando a una conclusión de una vez para siempre: o una cosa
u otra. Fuera como fuera, al recordar el episodio del tanquista, su reserva y
su suspicacia en el trato inicial con Vesnín -hecho que, según comprendía ya
entonces, era contrario a su suave naturaleza intelectual-, Bessónov no trataba
de dilucidar si tenía o no razón. Sólo notaba, con los ojos cerrados, que algo
doloroso se había removido dentro de él y, con suma nitidez, emergían las
palabras de Titkov, que la razón rechazaba: "El miembro del Consejo
Militar dio orden de entablar el combate y no quiso replegarse". "No
quiso replegarse", se repetía Bessónov, sorprendido de que Vesnín hubiera
dado esa orden cuando, en su situación de miembro del Consejo Militar, no
estaba obligado a entablar un combate condenado de antemano al fracaso, sino
que debía haberse replegado sin arriesgarse en tales circunstancias; pero el
caso era que Vesnín entabló el combate y ocurrió lo ocurrido tres horas atrás.
- Camarada comandante en jefe: tome usted un poco de té... El olor de la
infusión. Unos pasos suaves. El resoplido apenas perceptible de la tetera sobre
la estufa, el roce de la cucharilla en el jarro. - Camarada comandante en jefe:
le convendría dormir cosa de media hora... Aquí no le molestará nadie. Tomar el
té y dormir. En media hora no pasará nada. Yo estoy aquí para que no le
despierten...
- Gracias. Ahora voy.
Bessónov había abierto los ojos, pero no se
levantaba. Sin embargo, se decía que debía levantarse, tomar el jarro de té
preparado para él, bebérselo y, con el aire anterior y habitual para todos,
pasar al refugio contiguo donde ahora esperaban sus últimas disposiciones antes
de la mañana, donde había la luz conocida de los acumuladores, los mapas, los
teléfonos, la radio y las llamadas, pues bien sabía que un golpe implacable de
la eternidad que abrasa el alma no hace cesar la guerra ni los sufrimientos ni libra
a los vivos de la obligación de vivir. Así ocurrió también después de la
noticia de la suerte corrida por su hijo. Haciendo un esfuerzo de voluntad para
levantarse, bajó los pies del catre, se sentó y buscó algo inútilmente a la
cabecera. - Sí. Ahora voy. Gracias, mayor. -Una sonrisa amarga distendió las
comisuras de los labios, marcadas profundamente por arrugas de mortal
cansancio-. ¿Por qué me mira usted así. Bozhichko? Bozhichko, que había
levantado con el gorro la tetera de la estufa y dirigía al jarro de hojalata el
recio chorro de color marrón que exhalaba un fuerte olor a té, ocultó sus ojos
pesarosos, de puntitos amarillos, bajo las pestañas caídas. - Por nada,
camarada comandante -dijo-. Los documentos de Vitali Isáevich... Los entregaré.
Nunca en la vida habría osado decirle a Bessónov que entre los documentos de
Vesnín, que había guardado en el portaplanos para enviarlos al estado mayor,
había encontrado la octavilla desvaída, arrugada, pegajosa: lo más terrible, lo
que no debía conocer Bessónov. Capítulo 26 Cuarenta minutos después de que
Bessónov ordenara dar la señal de ataque al cuerpo de tanques y al mecanizado,
el combate alcanzó su punto de viraje en la parte del pueblo enclavada en la
margen septentrional.
Desde el puesto de observación se veía el combate
de tanques entablado en las callejas del pueblo y de su extremo. Desde arriba,
en la oscuridad, parecía sobrecogedoramente monstruoso por la proximidad, la
mescolanza, la frenética tenacidad y esencialmente quizá, porque en ninguna
parte se veía gente. Por todo el extremo del pueblo refulgían los disparos
directos de los cañones, y entre las casas estallaban las explosiones
arremolinadas de las katiushas; fundidos en mutua embestida, ardían los tanques
en las encrucijadas; por la orilla, en medio de un incendio incipiente, se
arrastraban los cuerpos de hierro sonrosados, brillantes, como sudorosos,
juntándose unas veces y dispersándose otras, disparaban a bocajarro desde
escasa distancia, perforándose casi unos a otros con los cañones, destruyendo
con las orugas las casas y los cobertizos, giraban en los patios, se apartaban
y repetían los ataques, estrechando y envolviendo la plaza de armas. Los
alemanes resistían, aferrados a la orilla septentrional, pero el combate se
deslizaba ya hacia el río. Algo había cambiado a los cuarenta minutos: el rumor
concentrado y el rugido de los motores llenaban de ecos quebrados el cauce del
río. En algunos sitios, los alemanes empezaban a replegarse hacia los pasos del
río. Bessónov miró de pronto hacia la margen meridional y no hacia el norte,
temiendo aún equivocarse y hacer conclusiones prematuras. Al otro lado del río,
hacia donde se replegaban lentamente los tanques alemanes y donde parecía que
durante las veinticuatro horas anteriores todo había sido barrido, aplastado,
destruido, removido por los bombardeos, por los ataques de los tanques y los
cañoneas, donde la estepa daba la impresión de estar abrasada, totalmente
desierta, sin un hálito vivo, surgían ahora en distintos puntos hacecillos de
disparos de fusil, los anchos jirones purpúreos de llama que escupían
horizontalmente varios cañones y las estrechas y punzantes lenguas de fuego de
los fusiles antitanque. Luego, en los lugares por donde pasaban la víspera las
trincheras de la infantería, alzaron la voz de golpe tres ametralladoras que
aletearon en la estepa como rojas mariposas y fueron volando hacia abajo sobre
las trincheras. Lo que se creía muerto, destruido, comenzaba lentamente a
removerse, a dar señales de vida, aunque era imposible imaginarse cómo se había
conservado esa vida, cómo había palpitado, desde el comienzo hasta el final del
combate, allí, en aquellas trincheras, en aquellas posiciones de artillería a
través de las cuales habían pasado los tanques o que habían sido contorneadas
por ellos, quedando cortadas, cuando al final de la jornada anterior cerraron
sus tenazas en la margen sur. El viento del amanecer todavía oscuro pegaba en
cortantes ramalazos contra el parapeto del puesto de observación y fustigaba
los ojos de Bessónov, impidiéndole ver y arrancándole lágrimas. Tomó el
pañuelo, se enjugó el rostro y los ojos y se aproximó a los oculares del
estereoscopio. Quería persuadirse definitivamente de lo que costaba trabajo
creer pero no dejaba ya ningún lugar a dudas. En la margen meridional, en las
trincheras apisonadas por los tanques y las posiciones de las baterías
aplastadas empezaban a hacer fuego, entraban en combate los que habían quedado
cercados, cortados de la división, los que según todos los cálculos no podían
de ninguna manera haberse salvado ni eran contados entre los vivos.
- ¡Son los míos! ¡Son mis muchachos! ¿Ve usted,
camarada comandante en jefe? ¡Resulta que respiran! ¡Qué chicos tan magníficos!
¡Unos águilas! -decía allí al lado, conmovida y emocionada, la recia voz
juvenil de Déev entre el zumbido del viento que batía el parapeto, entre los
gritos de los enlaces y la agitada animación en torno.
Este súbito estallido de ternura de Déev unido a
la juvenil jactancia por aquellos muchachos suyos de las primeras trincheras
que parecían condenados hacía ya tiempo pero continuaban luchando, esta franca
debilidad suya no irritaban a Bessónov. Al contrario: cuando escuchó las
exclamaciones de Déev no se volvió, pero pensó de nuevo con una contracción
amarga de la garganta que el destino se había mostrado favorable al darle aquel
jefe de división. En la penumbra de la mañana decembrina brillaban las rojas lanzadas
de los disparos de los tanques, tronaba el eco del fragor cuyas oleadas se
juntaban sobre la estepa, bramaban los motores con creciente amplitud y
refulgían las luces intensas de las bengalas alemanas que desgarraban
desordenadamente el cielo aquí y allá. Igual que fieras despertadas y
levantadas por una batida, los tanques alemanes se replegaban de la orilla,
soltando fogonazos rabiosos, por aislado o en bandadas, bajo la presión de los
T-34 soviéticos que, según una información recibida cinco minutos atrás por
Bessónov, se habían apoderado ya de dos pasos sobre el río. Cuando llegaban a
la orilla meridional, los T-34 se lanzaban oblicuamente, acelerando la marcha,
a cortar el paso, a abarcar a derecha e izquierda los flancos descubiertos de
los tanques alemanes apiñados y como pegados los unos a los otros delante del
barranco. De aquella aglomeración de máquinas que rugían metálica y
horriblemente, como una bandada acosada, detenida ante el barranco desde donde
habían atacado por la mañana, y que disparaban a cada momento hacia atrás,
contra las dos orillas, empezaban a separarse, aislados, tanques que no
aguantaban la detención y se dispersaban en distintas direcciones. En seguida,
encima de las máquinas aglomeradas en la otra orilla subió impetuosamente muy
arriba una bengala de señales que se consumió en el cielo y se desgranó en
lluvia verde sobre la estepa. Y, al momento, un poco al lado y delante de los
tanques alemanes, en la altura que precedía el barranco, parpadeó una llamarada
y ráfagas de ametralladora de color frambuesa pespuntearon el cielo
oblicuamente hacia la oscuridad de la estepa, hacia la retaguardia de los
alemanes. Pero allí, en la altura, no podían estar los nuestros. Disparaba una
ametralladora alemana de grueso calibre; desde un puesto de observación, según
podía verse por las estelas. - ¿Qué les pasará, camarada comandante en jefe?
¿Están atontados? ¿Les atizan a los suyos? -dijo Bozhichka, que iba y venía al
lado de Bessónov, excitado y alegre del combate, de que los alemanes se
replegaban, del éxito del avance de nuestros tanques, y hasta soltó la
carcajada-. ¡Vaya unas ocurrencias!
Bessónov se apartó del estereoscopio y se fijó en
las ráfagas de ametralladora, que no se desplazaban horizontalmente en la
altura sobre el barranco, tan preocupado como Bozhichko al principio. Pero, al
ver que la masa de tanques se ponía en marcha por la orilla en dirección a las
ráfagas continuas, comprendió que la ametralladora alemana señalaba
probablemente a los tanques en la oscuridad, con la dirección de las ráfagas,
el camino para replegarse por la carretera detrás del barranco. No se lo
explicó a Bozhichko porque cualquier explicación distraía de lo esencial, era
superflua, podía alterar dentro de él algo tan agudizado ahora, algo comprimido
y cálido como la sensación del éxito desconcertante, de descubrimiento del
misterio ajeno, de satisfacción ante la sola idea de que había ocurrido lo que
se esperaba, de que los cuerpos lanzados al combate, apoyados por el fuego de
la artillería desde el comienzo del ataque, habían expulsado a los alemanes de
las plazas de armas con su golpe inesperado, se habían apoderado de los pasos
del río, habían llegado a la orilla meridional y ahora, avanzando por ella,
envolvían por los flancos a los alemanes que se replegaban hacia el sur, en la
dirección de las ráfagas de ametralladora. Siempre había temido la suerte fácil
en la guerra, la dicha ciega del éxito, la fatal protección del destino; no
creía en ello, como también negaba el huero maximalismo de algunos compañeros y
los dulces sueños proyectistas en los pasillos de los estados mayores queriendo
ver un Cannas en cada operación planeada. Bessónov estaba lejos de las
ilusiones irrefrenables, pues todo en la guerra -los reveses y los éxitos- se
paga con sangre. Y no existe otra moneda; no se puede sustituir con nada.
"¡Esperar, esperar! -pensaba-. ¡Hay que esperar más informes de los
cuerpos! Y no apresurarse a dar un parte detallado al estado mayor del
frente...” Pero cuando, después de la jornada anterior de presión alemana que
había colocado toda la defensa a un pelo de la catástrofe, después de la rotura
de los alemanes en la orilla septentrional, después de las pérdidas, de la
tensión, del corte de la división de Déev, veía ahora los camiones Oppel de la
infantería alemana incendiados en el camino estepario, los tanques alemanes que
se retiraban hacia el sur; cuando veía en la orilla meridional, poco antes
cortada de la división, los fogonazos de los disparos de cañón y las lenguas
como puñales de los fusiles antitanques detrás de las máquinas que reculaban
hacia el barranco, todos los músculos de la espalda de Bessónov se contraían en
una sensación de calor, casi de sudor, y, esforzándose aún por contenerse,
escuchando con expresión impenetrable las informaciones recientes que se
recibían por radio, hundía el bastón en la tierra con los dedos humedecidos
dentro del guante de piel.
"Hay que esperar, esperar todavía",
contenía al mismo tiempo los impulsos cada vez más inmoderados de ir
inmediatamente al refugio y, sin adelantarse a la alegría, informar al
comandante del frente, a quien había comunicado media hora antes el comienzo
del contragolpe. Informarle de que los alemanes se replegaban de la orilla, de
que el cuerpo de tanques y el mecanizado desarrollaban el éxito y habían
recibido orden de ocupar enteramente la parte del pueblo enclavada en la margen
meridional, avanzar y cortar la carretera al sur del pueblo. En la orilla sur
prendían por todas partes incendios, guedejas de fuego saltaban sobre los
tejados en el pueblo, y en las callejas donde ahora estaba entablado el combate
de tanques subían y se entrechocaban los remolinos de las explosiones. Esperó
unos minutos, aparentemente tranquilo, escuchando los partes de los cuerpos,
envuelto en un airecillo friolero de órdenes, de la excitación general en el
puesto de observación, de voces sonoras, incluso de sonrisas triunfantes y de
risa satisfecha. Había ya quien se ponía a fumar abiertamente, con alivio; aquí
y allá chascaban los cierres de las pitilleras, ardían débiles puntos de lumbre
en la oscuridad de la trinchera, como si el frente se hubiera apartado decenas
de kilómetros y todos aspiraran, con el humo del tabaco, el olor de la suerte
alcanzada al fin. Al oír y ver este júbilo en el puesto de observación,
Bessónov, que aún se resistía a él en contra de su voluntad, dijo en voz baja y
seca: - Ruego que no se fume en el puesto de observación y que cada cual se
dedique a sus obligaciones. El combate no ha terminado. Ni mucho menos. Lo
dijo, y notó la gruñona insensatez de esta observación, la innecesaria
tendencia a enfriar el tono; ceñudo, maldiciendo para sus adentros la reserva
senilmente cuerda que le inspiraba su larga experiencia, echó a andar aprisa
hacia el refugio de los enlaces por delante de los oficiales de estado mayor
que escondían los cigarrillos en la manga. A los diez minutos, después de
informar en detalle al jefe del frente del avance de los cuerpos y de hablar
con Yatsenko, el jefe de estado mayor, Bessónov volvió a salir del refugio
tranquilamente iluminado por las lámparas a la trinchera -helada, batida por el
viento, gris- y percibió de pronto que, durante esos minutos, algo se había
modificado de manera sensible, había adquirido un estado nuevo, se había
desplazado en el cielo y en la tierra.
Triturado por el combate, por el bramido de los
motores de los tanques, el aire se había esclarecido y se matizaba, al llegar
el día, de un frío azul tirando a violeta, ateridamente translúcido en torno a
la altura, atravesado por las brillantes hogueras, alegres y juguetonas a la
luz del día naciente, de los tanques que ardían delante del barranco, al otro
lado del río. Se había aproximado, puro incendio, la parte del pueblo de la
margen meridional por cuyo extremo llegaban constantemente del lado de la estepa,
aparentes ahora a simple vista, bamboleándose y levantando una verdadera
nevasca los T-34 seguidos por los camiones ZIS de la infantería, teñidos de
blanco como la nieve. Lejos de todo esto, extrañamente delicada y lenta, surgía
una circunspecta franja luminosa en el este, encendiendo como blanca llamarada
las nieves del horizonte y, según las leyes eternas, recordando unos
sentimientos humanos distintos, olvidados hacía ya tiempo por Bessónov y
cuantos estaban con él en la trinchera del puesto de observación.
"Amanece". Al salir al viento desencadenado sobre la cumbre de la
cota y notar que llegaba la mañana, una mañana helada y clara de diciembre que
prometía sol y cielo despejado, Bessónov pensó en la vulnerabilidad de los
tanques en la estepa desnuda, en la aviación alemana y la nuestra.
Probablemente pensaba lo mismo el representante del ejército aéreo, llegado al
puesto de observación al final de la noche, coronel de rostro estrecho y humor
cordial, con un enorme portaplanos, botas de pieles para volar y boquilla
empalmada de plexiglas en los labios sonrientes. A la mirada de Bessónov, que
significaba "¿y dónde están nuestros aparatos de asalto?", contestó
en seguida que todo marcharía bien, que felizmente no había neblina y dentro de
quince minutos pasarían los aviones de asalto sobre el puesto de observación.
Después de lo cual, se puso a mordisquear la boquilla con una sonrisa
esperanzadora. - Siendo así, bien -dijo Bessónov sobreponiéndose al deseo de
recordar que tampoco para la aviación alemana había neblina. - Camarada
comandante, mire usted: ¡esa gente ha resucitado! ¡Parece que viene una cocina!
-dijo con triste alegría Bozhichko que, desde el comienzo del combate, no se
apartaba ni un paso de Bessónov, y señaló con la manopla el puente semi
derruido a la izquierda de la cota. - ¿Cómo? -inquirió Bessónov, que en ese
momento pensaba en la aviación. Distraído, levantó los prismáticos resbaladizos
de la escarcha y los puso a punto.
Al otro lado de la cota, abajo, en la orilla sur,
a la izquierda del pueblo, en el espacio de delante del barranco cortado la
víspera por los alemanes y donde poco antes habían resucitado unos cañones,
unos fusiles antitanque y tres ametralladoras, una cocina de campaña
traqueteaba en los embudos de los proyectiles, después de cruzar el puente y
galopaba a lo largo de las zanjas de comunicación humeando de un modo terrible
en la semioscuridad de la mañana y dejando en la nieve un rastro de chispas
ardientes. Galopaba con el frenesí de la locura, haciendo regates entre las
explosiones de los morteros que reventaban en la cota como amapolas. Un brigada
temerario había llegado a la otra orilla detrás de los tanques y corría hacia
la primera línea. En las trincheras de infantería del flanco izquierdo se vio
levantarse a cinco o seis hombres que agitaron los fusiles para llamar la
atención, pero la cocina pasaba a toda velocidad por delante de ellos, rebotaba
en los hoyos, iba inconteniblemente lanzada hacia las posiciones artilleras de
la derecha del puente. Allí se detuvo, como clavada. Al instante se apeó del
pescante un hombre que corrió hacia una pieza que acababa de estar disparando,
agitados al viento los faldones de su capote de oficial. - ¡Ya lo creo que es
la batería donde estuvimos! -afirmó Bozhichko acodándose en el parapeto-. ¿Se
acuerda usted de aquellos muchachos, camarada comandante en jefe? Mandaba la
batería un teniente jovencito... Drozdov creo que se llamaba. - No recuerdo
-murmuró Bessónov-. ¿Drozdov?... A ver si puede recordar algo más, Bozhichko. -
Había estado usted allí esperando al grupo de exploración -continuó Bozhichko-.
Son los que fueron a recoger al alemán. Dos de ellos lo trajeron hasta aquí.
Una batería del 76. - ¿Una batería? Ya recuerdo. Pero, no era Drozdov... Era
otro apellido parecido... Creo que Drozdovski. ¡Sí, justo! Drozdovski...
Bessónov bajó bruscamente los prismáticos pensando en cómo habría aguantado
desde el principio del combate aquella batería del 76 mandada por un muchacho
de ojos azules que le había sorprendido la mañana anterior, en el que se notaba
la disciplina de la escuela, gallardo como para un desfile, dispuesto a morir
sin la menor vacilación, que llevaba el apellido de un general famoso entre los
militares, y se imaginó por un instante lo que habrían aguantado los hombres
allí, junto a las piezas, en la dirección principal del golpe de los tanques.
Y, después de pasarse con deliberada lentitud el pañuelo por el rostro que
picoteaba la nieve desmenuzada y notando el cutis tirante de la emoción y del
frío, dijo por fin con esfuerzo: - Quiero pasar ahora por aquellas posiciones.
Bozhichko; precisamente ahora... Quiero ver lo que ha quedado allí... Coja
usted condecoraciones. Todas las que haya aquí. Todas las que haya -repitió-. Y
dígale a Déev que venga conmigo. Bozhichko estuvo viendo con cierta sorpresa
callada cómo arrugaba y estrujaba el pañuelo la mano pequeña de Bessónov, sin
dar con el bolsillo de la zamarra; luego asintió con la cabeza y salió corriendo
en busca del coronel Déev.
Bessónov estimaba que no tenía derecho de ceder a
las impresiones personales, es decir, de ver el combate muy de cerca, en todos
sus pormenores, de ver por sus propios ojos los sufrimientos, la sangre, la
muerte en primera línea de los hombres que cumplían sus órdenes; estaba seguro
de que las impresiones directas, subjetivas, corroían el alma debilitándola,
engendraban la compasión en él, dedicado por su deber a la marcha general de la
operación, y que respondía de la suerte de ésta en otras proporciones y en
plena medida. El sufrimiento, el valor y la muerte de algunos hombres en una
zanja, en una trinchera o en una batería podían ser tan trágicamente
insoportables que, después de ello, habría sido superior a la fuerza humana dar
firmemente nuevas órdenes y de mandar a los hombres obligados a cumplir sus
disposiciones y su voluntad. No se había persuadido de ello la víspera, ni
aquel día, sino en el complejo e inolvidable año cuarenta y uno cuando, en el
Frente Occidental, tenía él mismo que levantar a los hombres de las trincheras
para romper las líneas enemigas -entre la sangre, los gritos y las llamadas de
auxilio, entre las quejas de los heridos-, sofocando en el alma la compasión
por su impotencia ante los copos grandes y pequeños de los tanques no detenidos
en la frontera, ante la aviación alemana que casi rozaba sus cabezas. Pero
Bessónov se hizo traición a sí mismo en aquella mañana helada de su
contragolpe, a treinta y cinco kilómetros al suroeste de Stalingrado, cuando
veía esbozarse el éxito de su ejército. ...Cuando cruzaron el río sobre el
hielo y subieron a la orilla, barrida toda por un viento que calaba hasta los
huesos, y salieron luego, desde una zanja de comunicación poco profunda, a una
trinchera semiderruida, cuando Bessónov se representó allí, sólo con la
imaginación, que se hallaba en las primeras líneas de la infantería, aflojó el
paso porque las palpitaciones del corazón le cortaban el resuello. Bessónov no
lo vio todo al principio con nitidez, allí, en la margen meridional, donde los
ataques de los tanques no habían cesado en muchas horas y las máquinas habían
pasado varias veces en distintas direcciones, excavando, surcando y removiendo
hasta tal punto con sus orugas las trincheras, antes mutiladas por las bombas,
que sólo quedaban ametralladoras aplastadas en sus nidos, trozos y retazos de
chaquetones guateados, jirones de camisetas de marinero mezclados con la
tierra, recámaras de fusil hechas astillas, caretas antigás y calderetas como
obleas, vainas renegridas amontonadas, cuerpos recubiertos por la nieve. Todos
estos detalles, restos de armas y de reciente vida humana, estaban medio
sepultados, igual que si hubiera pasado allí un arado gigantesco, por los
caballones de tierra que habían formado en todas partes los embudos de las bombas
y la presión de muchas toneladas de las orugas de los tanques.
Al caminar con creciente cuidado entre los
montones de tierra que había en la trinchera y pasar por encima de los bultos
nevados, redondos o planos, que surgían bajo los pies, Bessónov procuraba no
pisarlos ni rozarlos con el bastón, adivinando debajo los cadáveres de los que
habían muerto por la mañana. Y, sin esperanzas ya de encontrar allí a nadie
vivo, pensó con torturante amargura que se había equivocado, que, desde el
observatorio, sólo se le había figurado ver un débil latido de vida allí, en
las trincheras. "No, aquí no ha quedado nadie, ni un hombre -se decía
Bessónov-. Las ametralladoras y los fusiles antitanque disparaban desde las
trincheras de la izquierda, más a la izquierda de la batería. Hay que ir
allá...” Pero, al instante, oyó un ruido metálico tras un recodo de la
trinchera y le pareció escuchar voces. Con fuertes latidos del corazón,
Bessónov revolvió el recodo y se detuvo. Blancos fantasmas, dos hombres
cubiertos de nieve de pies a cabeza se levantaban a su encuentro de un nido de
ametralladoras. Enmarcaban sus rostros congelados los pasamontañas
cristalizados del hielo y, debajo de los pasamontañas, los ojos congestionados
por el frío y el viento, en medio de abultados cercos de escarcha, se clavaban
en Bessónov expresando igual estupefacción: se conoce que no esperaban ver
allí, en la trinchera muerta, a un general vivo acompañado de oficiales vivos.
Las hebillas cuadradas de marino brillaban opacamente. Sobre un capote-tienda
roto y chamuscado extendido en el repecho de la trinchera había un montón de
cargadores de ametralladora, recogidos en toda la posición; junto a la
ametralladora estaba emplazado un fusil antitanque. Por todas partes había
tiradas vainas de proyectiles recién disparados. Al parecer, los dos que habían
quedado, al servicio de la ametralladora y del fusil ametrallador, habían
estado disparando cierto tiempo desde un mismo nido, unidos en un último
esfuerzo, codo con codo. A juzgar por las hebillas, eran dos de los marineros
del Extremo Oriente pasados a la infantería dos meses atrás cuando se formó el
ejército, y que sólo habían conservado como recuerdo del pasado las camisetas y
las hebillas de la marina. Los dos se levantaron pasmados ante Bessónov, casi
idénticos con los capotes abultados y endurecidos por la nieve y la escarcha, y
sus manoplas, osificadas como moldes por el hielo, subieron indecisas hacia los
gorros. Ambos respiraban jadeantes, sin pronunciar ni una palabra, como si no
pudieran dar crédito a sus ojos al descubrir a su lado a un general seguido de
oficiales. Entonces el enorme Déev, violando las leyes tácitas de la reserva en
presencia del comandante en jefe, fue el primero que avanzó hasta el
emplazamiento de la ametralladora de aquella trinchera de infantería y estrechó
con fuerza entre sus brazos al uno y al otro. Su voz quebrada resonó conmovida,
procurando encontrar firmeza.
- ¿Habéis aguantado, muchachos? ¡Estáis vivos!
Camarada comandante en jefe, la segunda compañía... -Y, sin terminar, miró a
los ojos de Bessónov con expresión de enternecimiento y conmoción. Las palabras
que debía haber pronunciado en ese momento Bessónov huían todas de su mente
como sombras, no formaban las frases capaces de expresar lo que sentía, le
parecían insignificantes, nimias, hueras, muy por debajo de la esencia inmortal
de lo que acababa de ver, y sólo pronunció con dificultad: - ¿Ha quedado alguien
más? ¿Está vivo alguno de los oficiales? - Nadie... Nadie más, camarada
general. - ¿Dónde están los heridos? - Hemos mandado unos veinte a la otra
orilla, camarada general. Somos los únicos que quedamos de la compañía... -
¡Gracias! ¡Gracias en mi nombre! ¿Cómo se llaman ustedes? ¡Quiero conocer sus
nombres! Apenas oyó los apellidos y se volvió hacia Bozhichko. Este contemplaba
en silencio a los dos afortunados con la envidiosa y torturante satisfacción
del hombre que comprendía lo que significaba haber quedado con vida allí, en la
primera línea, después del combate de la víspera. Y cuando Bessónov dijo
sordamente, haciendo un esfuerzo: "Déme dos órdenes de la Bandera Roja. Y
usted, coronel Déev, rellene hoy los diplomas de condecoración", Bozhichko
extrajo con alegría del macuto y presentó a Bessónov dos cajitas. El general
recostó el bastón contra la pared de la trinchera, se adelantó hacia aquellos
dos hombres petrificados, estupefactos, puso las condecoraciones en sus
manoplas tiesas y, dando media vuelta, disimulando de pronto bajo las cejas
contraídas la angustia, dulce y amarga, que le oprimía el pecho, echó a andar
cojeando por la trinchera, sin volver la cara. El viento que soplaba del norte,
se llevaba más allá del pueblo en llamas los sonidos del combate a la derecha,
detrás del barranco, traía de la orilla bocanadas de punzante polvo de nieve y
arrancaba lágrimas a las comisuras de los ojos de Bessónov. Este aceleraba el
paso para que no vieran su semblante los que le seguían. No sabía ser sensible
ni sabía llorar, y el viento le ayudaba, daba salida a las lágrimas de
admiración, dolor y gratitud porque allí, en las trincheras, los hombres vivos
habían cumplido la orden dada por él, Bessónov, de luchar en cualquier
situación hasta el último cartucho, y habían peleado allí y muerto allí con
esperanza. Y sólo por unas horas no habían vivido hasta el comienzo del
contragolpe. "Todo lo que puedo, todo lo que puedo -repetía para sus
adentros-. ¿Y qué puedo hacer por ellos aparte de darles las gracias?"
- ¡La cocina!... Los artilleros, camarada
comandante. La batería. ¡La misma!... -gritó Bozhichko llegando a él de una
carrera; pero se quedó cortado, sorprendido, evitando mirar al rostro húmedo de
Bessónov, desconocido, como no le había visto nunca. En seguida se quedó
rezagado y caminó hacia la pendiente de la orilla donde humeaba, solitaria, una
cocina de campaña. Esta cocina, que había aparecido en la margen sur detrás de
los tanques, era la de la batería, conducida allí por el brigada Skórik. Cuando
el combate alcanzó su punto culminante a la espalda, en la plaza de armas
ocupada por los alemanes, cuyos tanques empezaron a salir luego de allí
cruzando el río a derecha e izquierda de la batería, Drozdovski abandonó sus
vanas tentativas de ponerse en comunicación por radio con el puesto de mando
del regimiento de artillería: bien claro estaba lo que ocurría. Y Kuznetsov,
sin esperar ninguna orden, soltó en media hora los siete proyectiles que le
quedaban contra los tanques que habían llegado a la orilla sur y luego ordenó a
la escuadra empuñar las metralletas y, desde las trincheras, acoger con su
fuego a la infantería que iniciaba la retirada. En pesados todoterrenos
cubiertos de lona y en camiones Oppel, la infantería alemana se replegaba por
un camino vecinal, lejos a la izquierda, y en aquel flanco disparaban contra
ella algunas piezas solitarias que habían quedado de las baterías vecinas y dos
ametralladoras que se habían salvado, delante, como por milagro. Los cuatro -la
escuadra de Ujánov, los restos de la sección-, yertos, extenuados, agotados por
toda la noche anterior, no se daban todavía plena cuenta de cómo había
comenzado aquello en la margen septentrional, de por qué abandonaban tan
precipitadamente sus posiciones los alemanes, y ocuparon sus puestos en las
zanjas, echando constantemente el aliento en las manos y en los cerrojos de las
metralletas para que no se helara la grasa. Kuznetsov estaba escalofriado.
Ujánov se pegaba con las manoplas en los hombros. Necháev y Rubin alisaban con
las palas el repecho del parapeto. Todo lo hacían en silencio: no tenían
fuerzas para pensar ni para hablar. Así transcurrió más de una hora. Y en el
momento en que, en la media luz violeta de la mañana, detrás de nuestros
tanques, a la izquierda apareció en el altozano, como lo más inverosímil, una
cocina de campaña al galope y se lanzó hacia las baterías rebotando como loca
en los agujeros de las bombas en los segundos en que el brigada Skórik detuvo
con cara feroz la cocina a diez pasos de la pieza, maldiciendo del caballo que
respiraba con dificultad, se apeó del pescante y corrió hacia ellos enredándose
en los largos faldones de su capote de oficial, la conciencia no se percataba
aún de la alegría real de lo ocurrido. Ni siquiera cuando el brigada gritó: "¡Aquí
estoy con la comida, muchachos!...” fueron interpretados como realidad su
llegada y su grito. Eran débiles reflejos de otro mundo, apartado, apenas
perceptible. Nadie le contestó. - ¿Y la gente? Pero, ¿sois cuatro nada más?
¿Cuatro?
El brigada pasó los ojos por las posiciones
desierta de la batería, por los tanques alemanes destruidos y calcinados, se
movió un poco por la posición con sus elegantes botas de fieltro de oficial,
exhaló una especie de mugido inarticulado y volvió corriendo hacia la cocina.
Allí se echó a la espalda un termo y dos macutos, al parecer llenos de panes y
galletas, y se lanzó de nuevo hacia la pieza con las piernas dobladas. Dejó
caer su carga sobre un montón de vainas, entre las flechas del afuste, y murmuró,
totalmente desconcertado: - Para toda la batería... Pan, galletas, vodka... ¿Es
posible que sólo quedéis cuatro? ¿Qué hago con los productos, camarada
teniente? ¿Y Drozdovski? ¿Dónde está el jefe de la batería? - En el puesto de
observación. Allí hay tres más. Y en el refugio están los heridos. Vaya usted
para allá, brigada -contestó Kuznetsov con la lengua casi paralizada, y se
sentó en el afuste, tiritando, indiferente a aquella abundancia de productos y
a las exclamaciones del brigada. - Habría que hacer un poco de lumbre, teniente
-dijo Ujánov-. Sin fuego, nos vamos a quedar arrecidos. También tú tiemblas
como una hoja. Tenemos cajones de los proyectiles. ¡Y menudo meneo vamos a
darle a la vodka, teniente! Parece que están zumbando los nuestros. - ¿Vodka?
-replicó indiferente Kuznetsov-. Sí, vodka a todos... Sin el brigada, que había
echado a correr vivamente hacia el refugio de los heridos, mientras Necháev y
Rubin partían los cajones y encendían una hoguera en la plataforma de la pieza,
Ujánov echó a un lado el montón de vainas, extendió una lona debajo de la
culata y empezó a disponer el termo de la vodka y la increíble profusión de
productos: escanció vodka en la única escudilla que encontró en la zanja,
desató el macuto de las galletas, luego se sentó junto a Kuznetsov en el afuste
y le presentó la caldereta. - Echa un trago para entrar en calor, teniente. Si
no, la vamos a diñar aquí todos, nos vamos a convertir en estatuas. Bebe que te
hará bien.
Kuznetsov tomó la escudilla con las dos manos,
notó el acre olor a matarratas y, conteniendo el aliento, precipitadamente,
tomó unos sorbos con avidez, con la esperanza de que la vodka aplacaría los
escalofríos, le haría entrar en calor, distendería algo que, como muelle de
acero, estaba contraído dentro de él. La vodka helada le abrasó como fuego,
aturdiéndole momentáneamente con una niebla cálida y, mientras roía una galleta
como la piedra, Kuznetsov recordó que una vez, hacía mucho tiempo, durante la
marcha, en aquella estepa infinita que refulgía al sol, Ujánov había ofrecido
vodka a Zoya y ella, después de tomar un sorbo de la cantimplora, cerrando los
ojos con repugnancia, había dicho riendo que sentía calor por dentro, aunque le
daba asco aquella vodka... ¿Cuándo había sido? Unos cien años atrás. Hacía
tanto tiempo, que la memoria humana no lo podía precisar. Pero lo recordaba
igual que si todo hubiera ocurrido una hora atrás; sentía en el rostro, de
abajo arriba, el brillo húmedo de los ojos de Zoya, y su risa suave resonaba en
sus oídos tan netamente como si no hubiese ocurrido nada luego... ¿Había soñado
lo demás, una enorme vida entera, cien años enteros? Había soñado lo que no
había existido nunca... Porque, no había pasado nada: Zoya había ido al
botiquín a recoger medicamentos y volvería en seguida a la batería con su
atildada zamarra muy ceñida por el cinto, como entonces en el tren: "¿Qué
hay, hijitos? ¿Cómo lo habéis pasado sin mí?" Pero, al mismo tiempo, en el
fondo de su razón confusa comprendía que se engañaba, que Zoya no volvería de
ninguna parte, de ningún botiquín, que estaba allí al lado, a su espalda, allí
junto a la pieza, sepultada en el nicho, al final de la noche, por Ujánov,
Rubin, Necháev y él. Recubierta con el capote tienda, yacía allí, sola para
siempre, toda tapada de tierra, y sobre el montículo semiesférico blanqueaba su
bolsa sanitaria, medio recubierta ya por la nieve. Aquella bolsa, todo lo que
quedó de ella después que se hizo lo último, la depositó Rubin sobre el túmulo recién
levantado, diciendo con aire sombrío y experimentado: Luego habrá que escribir
"Zoya Eláguina, instructora sanitaria". A Necháev le ocurría algo
extraño entonces: cuando estaban rellenando el nicho de tierra clavó de pronto
la pala en el parapeto, se apartó tres pasos encorvado y, después de sacar con
rabia algo del bolsillo, lo arrojó a sus pies y lo hundió en la nieve con las
botas de fieltro de tal modo que se oyó un crujido. Nadie preguntó qué hacía y
por qué. Era el relojito de señora, con cadena dorada, encontrado en el maletín
de trofeo... Ahora, hermanados por aquella noche, los tres hombres que quedaban
de su sección estaban sentados alrededor de Kuznetsov en el afuste junto a la
pequeña hoguera que chisporroteaba. El fuego, escaso, despedía un humo ligero,
amargamente tibio. Animándose ya de la vodka, calentados por la lumbre,
masticaban las galletas y hablaban en voz más alta y animada del chaqueteo de
los alemanes, observaban el incendio del pueblo y prestaban oído al fragor del
combate que iba adentrándose más y más en la estepa, al sur de la batería.
Ujánov disponía de todo resueltamente, como dueño
absoluto: untaba de manteca combinada las galletas y les echaba azúcar por
encima, vertía en la caldereta vodka del termo y la ofrecía a todos con
generosidad ilimitada, sin norma. A él, la bebida no le embriagaba. Únicamente
palidecía al contemplar a su escuadra -Rubin y Necháev- algo reanimada. A
Kuznetsov la vodka no le hacía nada, no distendía el muelle de acero ni le
calmaba los escalofríos aunque, ahogándose del olor repugnante, continuaba
bebiendo a grandes tragos por consejo de Ujánov. - Teniente, parece que vienen
unos jefes para acá. -Ujánov fue el primero que advirtió, a la derecha, a un
grupo de personas en las posiciones de la batería-: Andan por los parapetos...
¡Fíjate, teniente! - ¡Ya lo creo que vienen para acá! -confirmó Rubin, mareado,
del color de la remolacha, y, por si acaso, apartó con su mano callosa la
escudilla de la vodka detrás de la rueda de la pieza-. Parece que es el general
aquel del bastón... - Sí, ya lo veo -dijo Kuznetsov con extraña calma-. No hay
por qué esconder la vodka, Rubin. Bessónov, tropezando a cada paso con lo que
aún era la víspera una batería completa, caminaba a lo largo de las posiciones,
por delante de los parapetos tajados y barridos como por guadañas de acero, por
delante de los cañones destruidos, taraceados de metralla, de los montones de
tierra, de las negras fauces abiertas de los embudos, por delante de la quieta
mole de acero del tanque alemán montado sobre la posición removida de
Chubárikov, y ahora recordaba netamente que había estado allí por la mañana,
antes del bombardeo, y la breve conversación sostenida con el jefe de la
batería, muchacho resuelto, con la misma apostura que si se hallara en unos
ejercicios en la escuela, que llevaba el apellido de un general conocido.
"De manera que, desde estas posiciones, disparaba contra los tanques la
batería mandada por ese muchacho". Y, por una asociación de ideas, volvió
a pensar en el hijo, en su última entrevista en el hospital, en el amargo reproche
de su esposa, cuando le dieron de alta, porque Bessónov no había insistido, no
había hecho nada por llevárselo a su ejército, lo que según ella habría sido
mejor y más seguro. Pero, al imaginarse por un instante al hijo como jefe de
una compañía en aquellas trincheras de la infantería donde habían quedado dos
hombres vivos o allí, en la batería, donde en cada metro de tierra estaba todo
inverosímilmente mutilado, como después de un huracán de fuego, aflojó el paso
para respirar un poco. La amarga opresión del pecho no cedía, y se puso a
soltar los corchetes del cuello de la zamarra que le ahogaban. "Ahora
volverá la respiración... Ahora pasará todo, en cuanto no piense en
Víctor", se decía tenazmente Bessónov, apoyándose cada vez más en el
bastón. - ¡Firmes! Camarada general... Se detuvo. Le saltaron a la vista cuatro
artilleros que, con los capotes manchados, ahumados y arrugados hasta más no
poder, se cuadraban ante él junto a la última pieza de la batería. Una pequeña
hoguera se consumía en la misma plataforma, y allí había también un termo y dos
macutos sobre una lona extendida. Olía a vodka.
En los cuatro semblantes se veían chispas de
carbonilla incrustadas en la piel atezada, el sudor oscuro congelado y un
brillo enfermizo en las pupilas. El humo de la pólvora ribeteaba las mangas y
los gorros. El que, al ver a Bessónov, había ordenado a media voz
"¡Firmes!", un teniente de mediana estatura, sombríamente tranquilo,
dio un paso por encima del afuste y un poco erguido, se llevó la mano al gorro
disponiéndose a informar. Y entonces, al observarle con curioso asombro,
Bessónov le reconoció. No era el joven comandante de la batería, que le había
quedado en la memoria debido al apellido, sino otro teniente al que también
había visto antes, con el que había tropezado. Si no recordaba mal, un jefe de
sección, el que buscaba en el apeadero a uno de sus jefes de pieza después del
ataque de los Messerschmitt y, desconcertado, no sabía dónde buscarle.
Interrumpiendo el informe de un ademán al reconocer a aquel teniente huraño, de
ojos grises, con los labios resecos, la nariz afilada en el rostro demacrado,
el capote con los botones arrancados y manchas parduscas de la grasa de los
proyectiles en los faldones, con los distintivos de esmalte cuarteado
recubiertos por la mica de la escarcha, Bessónov profirió: - No necesita
informar. Lo comprendo todo. A usted, le vi en la estación. Recuerdo el
apellido del jefe de la batería, pero he olvidado el suyo... - Teniente
Kuznetsov, jefe de la primera sección... - Estos tanques, ¿los ha destruido su
batería? - Sí, camarada general. Hoy hemos disparado contra los tanques, pero
sólo nos quedaban siete proyectiles... Los tanques fueron destruidos ayer...
Trataba todavía de dar a su voz la firmeza
imperturbable e igual que exigía el reglamento. En el tono y en la mirada había
una seriedad de adulto, sin asomo de timidez ante el general como si aquel
muchacho, jefe de una sección, hubiera pasado al precio de su vida por encima
de algo y ahora ese algo que había comprendido quedara seco en sus ojos,
quieto, sin desbordar. Con una punzante contracción que le producían en la
garganta aquella voz, la mirada del teniente, la expresión idéntica, como
repetida, en los rostros bastos, rojigrises de los tres artilleros en pie entre
las flechas del afuste detrás de su jefe de sección, Bessónov hubiera querido
preguntar si había quedado vivo el jefe de la batería y dónde estaba, quién
había evacuado al explorador y al alemán; pero no preguntó nada, no pudo... El
viento cortante batía frenéticamente la posición, doblaba el cuello y los
faldones de la zamarra, arrancaba lágrimas a sus ojos congestionados. Y
Bessónov, sin enjugar aquellas lágrimas abrasadoras, agradecidas y amargas, sin
cohibirle ya la atención de los oficiales callados a su alrededor, se apoyó con
fuerza en el bastón y se volvió hacia Bozhichko. Luego, al entregar a cada uno
de los cuatro una
http://www.scribd.com/Insurgencia La nieve
ardiente 167 Orden de la Bandera Roja en nombre del poder supremo que le daba
el derecho grande y peligroso de mandar y decidir la suerte de decenas de miles
de hombres, pronunció haciendo un esfuerzo: - Todo lo que puedo
personalmente... Todo lo que puedo... Gracias por los tanques destruidos. Eso
era lo principal: destruirles tanques. Eso era lo principal... Y, poniéndose el
guante, echó a andar rápidamente por la zanja de comunicación hacia el puente.
Kuznetsov callaba, todavía ceñudo, apretando la cajita de la condecoración
entre los dedos helados, sorprendido todavía de la humedad de las lágrimas en
los párpados del comandante del ejército, fenómeno nuevo, inesperado en el
general que, la víspera en la estación y aquella mañana en la batería, le había
impresionado por su atención penetrante y por su voz áspera y fría. En esto, el
brigada Skórik y el teniente Drozdovski aparecieron en lo alto de la orilla y,
al divisar desde allí a los jefes junto a la pieza, corrieron hacia la batería.
Sin llegar a las posiciones, el brigada Skórik tomó otra dirección y se puso a
trepar hacia la cocina mientras Drozdovski llegaba hasta el grupo de oficiales
que se habían apartado ya unos cien metros por la orilla. De pie delante de
Bessónov, cuadrado, con el capote abrochado hasta arriba y ceñido por el
correaje, tieso como un huso, con el cuello vendado, blanco como la escayola,
Drozdovski se llevó impecablemente la mano a la sien. No podía oírse lo que
informaba. Pero desde la plataforma de la pieza se vio que el general le
abrazaba y le entregaba una cajita, presentada por el ayudante, igual a las que
había entregado a los cuatro junto a la pieza y a los dos en la trinchera. - ¡A
todos por igual! -rió sin maldad Ujánov sentándose en el afuste; pero Rubin
soltó tal retahíla de tacos que Ujánov le observó con interés, guiñando los
ojos-. ¡Vaya con el arriero! ¡Ni que se te hubiera desbocado el caballo de
varas! ¿A qué viene eso? - A nada, sargento. Que necesitaba desahogarme... - Bueno,
chicos, vamos a remojar las condecoraciones como es debido -dijo Ujánov-.
¡Porque los nuestros les han cascado a los fritzes! ¡Porque se les ha visto el
plumero a los alemanes! ¡Ahora, ya está! ¿Verdad, teniente? ¿Qué dices?
Siéntate a mi lado. ¡Rubin, trae la escudilla! No te preocupes, teniente. Todo
pasa en esta vida. Y nosotros tenemos que vivir. - ¿Todo? -repitió a media voz
Kuznetsov, y su rostro se contrajo. - Algo raro le pasa a nuestro comandante de
batería -dijo Necháev tirándose del bigote y mirando hacia la cota-. Anda como
si estuviera ciego... El general y los oficiales que le acompañaban se alejaban
de la batería hacia el puente. Por la altura, dirigiéndose hacia el borde de la
orilla, hacia los escalones que conducían al refugio de los heridos, caminaba
Drozdovski, ahora enteramente distinto al Drozdovski habitual, esbelto y
erguido, un Drozdovski a quien seguramente le había costado enorme esfuerzo
llegar hasta el general y, todavía con la ligereza de antes, llevarse la mano a
la sien e informar. Caminaba ahora con andar desmadejado y flojo, gacha la
cabeza, doblados los hombros, sin mirar ni una vez hacia la pieza, como si no
hubiera nadie en torno. - Efectivamente, desde que ha muerto Zoya le pasa algo
raro -dijo Ujánov-. Bueno, se acabó. Vamos a dejarlo. Las condecoraciones,
amigos míos, deben remoj arse seguramente así... Colocó en medio de la lona la
escudilla que llenó hasta la mitad de vodka del termo, abrió la cajita de su
condecoración y, con dos dedos, como si fuera un terrón de azúcar, la dejó caer
al fondo. Luego hizo lo mismo con las condecoraciones de Rubin, Necháev y
Kuznetsov. Todos bebieron por turno. Kuznetsov fue el último que tomó la
caldereta. Drozdovski, entretanto, tambaleándose débilmente como un borracho,
había bajado los escalones y no se veía ya en el altozano su silueta estrecha,
extrañamente encorvada. El viento soplaba del río, y le pareció a Kuznetsov que
algo chascaba detrás, como el capote-tienda al fondo del nicho cuando
depositaron a Zoya. La escudilla se estremeció entre sus manos y, en el fondo,
las condecoraciones tintinearon lo mismo que si fueran trocitos de hielo.
Siguió bebiendo, pero sus ojos se volvieron, interrogantes, hacia atrás, hacia
el bulto blanquecino de la bolsa sanitaria salpicada ya de nieve; se atragantó,
dejó la escudilla, se puso en pie y se alejó de la pieza por la zanja de
comunicación, frotándose la garganta. - ¿Qué te pasa, teniente? ¿Adónde vas?
-gritó a su espalda Ujánov. - Nada... -contestó en voz baja-. En seguida
vuelvo. Sólo... quiero recorrer la batería. Sobre la cabeza, desplegando un
zumbido bajo, pasaron grupos de aviones de asalto que descendían detrás del
pueblo. Haciendo brillar sus alas sonrosadas que bañaba desde abajo el frío
incendio del sol naciente, giraban al nivel del horizonte y picaban sobre
objetivos invisibles, desgarrando el aire matutino con sus ráfagas secas. Y
allá delante, tras los tejados del pueblo en llamas, tiñeron de pizarra el
cielo sobre una vasta extensión los remolinos de humo negro, con ramalazos
rojos, que se desplegaba hacia occidente donde la luna menguante, translúcida,
se diluía en el vacío del firmamento.
1965-1969.


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