© Libro No. 452. Sobre
el arte y la literatura. Carlos Marx, Federico Engels. Colección
E. O. Julio 20 de 2013.
Título original: © SOBRE LA LITERATURA Y EL ARTE. Carlos Marx, Federico Engels se
basó en la edición que se terminó de imprimir el 13 de diciembre de 1965, en La
Habana, Cuba. Todo el texto ha sido tomado de aquella edición salvo los
extractos del Manifiesto del Partido Comunista, los cuales provienen de la
versión publicada en internet por el Marxists Internet Archive en 1999
(http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm).
Digitalización: José F. Polanco (Manifiesto
del Partido Comunista), Julio Rodríguez (todo lo demás).
Versión Original: © Carlos Marx, Federico
Engels. SOBRE LA LITERATURA Y EL ARTE
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CARLOS MARX FEDERICO ENGELS
SOBRE EL ARTE Y LA LITERATURA
La edición de SOBRE LA LITERATURA Y EL ARTE se
basó en la edición que se terminó de imprimir el 13 de diciembre de 1965, en La
Habana, Cuba.
Todo el texto ha sido tomado de aquella edición
salvo los extractos del Manifiesto del Partido Comunista, los cuales provienen
de la versión publicada en internet por el Marxists Internet Archive en 1999
(http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm).
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Partido Comunista), Julio Rodríguez (todo lo demás).
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I . EL MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
Sumario
1.- Prólogo a la edición alemana de 1872
2.- Prólogo a la edición polaca de 1892
3.- Literatura socialista y comunista
1
Prólogo a la edición alemana de 1872
La Liga Comunista, una organización obrera
internacional, que en las circunstancias de la época -huelga decirlo- sólo
podía ser secreta, encargó a los abajo firmantes, en el congreso celebrado en
Londres en noviembre de 1847, la redacción de un detallado programa teórico y
práctico, destinado a la publicidad, que sirviese de programa del partido. Así nació el Manifiesto, que se reproduce a
continuación y cuyo original se remitió a Londres para ser impreso pocas semanas
antes de estallar la revolución de febrero.
Publicado primeramente en alemán, ha sido reeditado doce veces por los
menos en ese idioma en Alemania, Inglaterra y Norteamérica. La edición inglesa no vio la luz hasta 1850,
y se publicó en el Red Republican de Londres, traducido por miss Elena
Macfarlane, y en 1871 se editaron en Norteamérica no menos de tres traducciones
distintas. La versión francesa apareció por vez primera en París poco antes de
la insurrección de junio de 1848; últimamente ha vuelto a publicarse en Le
Socialiste de Nueva York, y se prepara una nueva traducción. La versión polaca apareció en Londres poco
después de la primera edición alemana.
La traducción rusa vio la luz en Ginebra en el año sesenta y tantos. Al
danés se tradujo a poco de publicarse.
Por mucho que durante los últimos veinticinco
años hayan cambiado las circunstancias, los principios generales desarrollados
en este Manifiesto siguen siendo substancialmente exactos. Sólo tendría que
retocarse algún que otro detalle. Ya el propio Manifiesto advierte que la
aplicación práctica de estos principios dependerá en todas partes y en todo
tiempo de las circunstancias históricas existentes, razón por la que no se hace
especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo
II. Si tuviésemos que formularlo hoy, este pasaje presentaría un tenor distinto
en muchos respectos. Este programa ha quedado a
trozos anticuado por efecto del inmenso
desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco
años, con los
consiguientes progresos ocurridos
en cuanto a la
organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias
prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la
Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político
en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente,
que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del
Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”. (V. La guerra
civil en Francia, alocución del Consejo general de la Asociación Obrera
Internacional, edición alemana, pág. 51, donde se desarrolla ampliamente esta
idea) . Huelga, asimismo, decir que la crítica de la literatura socialista
presenta hoy lagunas, ya que sólo llega hasta 1847, y, finalmente, que las
indicaciones que se hacen acerca de la actitud de los comunistas para con los
diversos partidos de la oposición (capítulo IV), aunque sigan siendo exactas en
sus líneas generales, están también anticuadas en lo que toca al detalle, por
la sencilla razón de que la situación política ha cambiado radicalmente y el
progreso histórico ha venido a eliminar del mundo a la mayoría de los partidos
enumerados.
Sin embargo, el Manifiesto es un documento
histórico, que nosotros no nos creemos ya autorizados a
modificar. Tal vez
una edición posterior
aparezca precedida de una
introducción que abarque el período que va desde 1847 hasta los tiempos
actuales; la presente reimpresión nos ha sorprendido sin dejarnos tiempo para
eso.
Londres, 24 de junio de 1872.
C.
Marx, F. Engels:
Manifiesto del Partido
Comunista. Prólogo a
la edición alemana
de
1872
2
Prólogo a la edición polaca de 1892
La necesidad de reeditar la versión polaca del
Manifiesto Comunista, requiere un comentario. Ante todo, el Manifiesto ha
resultado ser, como se proponía, un medio para poner de relieve
el desarrollo de la gran industria en Europa.
Cuando en un país, cualquiera que él sea, se
desarrolla la gran industria brota al mismo
tiempo entre los obreros industriales el deseo de explicarse sus relaciones
como clase, como la clase de los que viven del trabajo, con la clase de los que
viven de la propiedad. En estas
circunstancias, las ideas socialistas se extienden entre los trabajadores y
crece la demanda del Manifiesto Comunista.
En este sentido, el número de ejemplares del Manifiesto que circulan en
un idioma dado nos permite apreciar bastante aproximadamente no sólo las
condiciones del movimiento obrero de clase en ese país, sino también el grado
de desarrollo alcanzado en él por la gran industria.
La necesidad de hacer una nueva edición en lengua
polaca acusa, por tanto, el continuo proceso
de expansión de
la industria en
Polonia. No puede
caber duda acerca
de la importancia de este proceso
en el transcurso de los diez años que han mediado desde la
aparición de la edición anterior. Polonia se ha convertido en una región
industrial en gran escala bajo la égida del Estado ruso.
Mientras que en la Rusia propiamente dicha la
gran industria sólo se ha ido manifestando esporádicamente (en las costas del
golfo de Finlandia, en las provincias centrales de Moscú y Vladimiro, a lo
largo de las costas del mar Negro y del mar de Azov), la industria polaca se ha
concentrado dentro de los confines de un área limitada, experimentando a la par
las ventajas y los inconvenientes de su situación. Estas ventajas no pasan inadvertidas para los
fabricantes rusos; por eso alzan el grito pidiendo aranceles protectores contra
las mercancías polacas, a despecho de su ardiente anhelo de rusificación de
Polonia. Los inconvenientes (que tocan
por igual los industriales polacos y el Gobierno ruso) consisten en la rápida
difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en una demanda
sin precedente del Manifiesto Comunista.
El rápido desarrollo de la industria polaca (que
deja atrás con mucho a la de Rusia) es una clara prueba de las energías vitales
inextinguibles del pueblo polaco y una nueva garantía de su futuro
renacimiento. La creación de una Polonia fuerte e independiente no interesa
sólo al pueblo polaco, sino a todos y cada uno de nosotros. Sólo podrá establecerse una estrecha
colaboración entre los obreros todos de Europa si en cada país el pueblo es
dueño dentro de su propia casa. Las
revoluciones de 1848 que, aunque reñidas bajo la bandera del proletariado,
solamente llevaron a los obreros a la lucha para sacar las castañas del fuego a
la burguesía, acabaron por imponer, tomando por instrumento a Napoleón y a
Bismarck (a los enemigos de la revolución), la independencia de Italia,
Alemania y Hungría. En cambio, a
Polonia, que en
1791 hizo por la causa revolucionaria más que
estos tres países juntos, se la dejó sola cuando en 1863 tuvo que enfrentarse
con el poder diez veces más fuerte de Rusia.
La nobleza polaca ha sido incapaz para mantener,
y lo será también para restaurar, la independencia de Polonia. La burguesía va
sintiéndose cada vez menos interesada en este asunto. La independencia polaca sólo podrá ser
conquistada por el proletariado joven, en cuyas manos está la realización de
esa esperanza. He ahí por qué los
obreros del occidente de Europa no están
menos interesados en la liberación de Polonia que los
obreros polacos mismos.
Londres, 10 de febrero 1892.
F.
Engels: Manifiesto del
Partido Comunista. Prólogo a la edición
polaca de 1892
3
Literatura socialista y comunista
1. El socialismo reaccionario
a) El socialismo feudal
La aristocracia francesa e inglesa, que no se
resignaba a abandonar su puesto histórico, se dedicó, cuando ya no pudo hacer
otra cosa, a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa. En la revolución francesa de julio de 1830,
en el movimiento reformista inglés, volvió a sucumbir, arrollada por el odiado
intruso. Y no pudiendo dar ya ninguna
batalla política seria, no le quedaba más arma que la pluma. Mas también en la palestra literaria habían
cambiado los tiempos; ya no era posible seguir empleando el lenguaje de la
época de la Restauración. Para ganarse
simpatías, la aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar
a la burguesía, sin tener presente más interés que el de la clase obrera explotada. De este modo, se daba el gusto de provocar a
su adversario y vencedor con amenazas y de musitarle al oído profecías más o
menos catastróficas.
Nació así, el socialismo feudal, una mezcla de
lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir; un socialismo que de vez en
cuando asestaba a la burguesía un golpe en medio del corazón con sus juicios
sardónicos y acerados, pero que casi siempre movía a risa por su total
incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.
Con el fin de atraer hacia sí al pueblo,
tremolaba el saco del mendigo proletario por bandera. Pero cuantas veces lo
seguía, el pueblo veía brillar en las espaldas de los caudillos las viejas
armas feudales y se dispersaba con una risotada nada contenida y bastante
irrespetuosa.
Una parte de los legitimistas franceses y la
joven Inglaterra, fueron los más perfectos organizadores de este espectáculo.
Esos señores feudales, que tanto insisten en
demostrar que sus modos de explotación no se parecían en nada a los de la
burguesía, se olvidan de una cosa, y es de que las circunstancias y
condiciones en que
ellos llevaban a
cabo su explotación
han desaparecido. Y, al
enorgullecerse de que bajo su régimen no existía el moderno proletariado, no
advierten que esta burguesía moderna que tanto abominan, es un producto
históricamente necesario de su orden social.
Por lo demás, no se molestan gran cosa en
encubrir el sello reaccionario de sus doctrinas, y así se explica que su más
rabiosa acusación contra la burguesía sea precisamente el crear y fomentar bajo
su régimen una clase que está llamada a derruir todo el orden social heredado.
Lo que más reprochan a la burguesía no es el
engendrar un proletariado, sino el engendrar un proletariado revolucionario.
Por eso, en la práctica están siempre dispuestos
a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y
en la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a
recolectar también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor
caballerescos por el vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente.
Como los curas van siempre del brazo de los
señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudal venga a confluir
el socialismo clerical.
Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un
barniz socialista. ¿No combatió también el cristianismo contra la propiedad
privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó frente a las
instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la carne, la
vida monástica y la Iglesia? El
socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del
aristócrata.
b) El socialismo pequeñoburgués
La aristocracia feudal no es la única clase
derrocada por la burguesía, la única clase cuyas condiciones de vida ha venido
a oprimir y matar la sociedad burguesa moderna.
Los villanos medievales y los pequeños labriegos fueron los precursores
de la moderna burguesía. Y en los países
en que la industria y el comercio no han alcanzado un nivel suficiente de
desarrollo, esta clase sigue vegetando al lado de la burguesía ascensional.
En aquellos otros países en que la civilización
moderna alcanza un cierto grado de progreso, ha venido a formarse una nueva
clase pequeñoburguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que, si
bien gira constantemente en torno a la sociedad burguesa como satélite suyo, no
hace más que brindar nuevos elementos al proletariado, precipitados a éste por
la concurrencia; al desarrollarse la gran industria llega un momento en que
esta parte de la sociedad moderna pierde su substantividad y se ve suplantada
en el comercio, en la manufactura, en la agricultura por los capataces y los
domésticos.
En países como Francia, en que la clase labradora
representa mucho más de la mitad de la población, era natural que ciertos
escritores, al abrazar la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen
por norma, para criticar el régimen burgués, los intereses de los pequeños
burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa obrera con el ideario de
la pequeña burguesía. Así nació el
socialismo pequeñoburgués. Su representante más caracterizado, lo mismo en Francia
que en Inglaterra, es Sismondi.
Este socialismo ha analizado con una gran agudeza
las contradicciones del moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las
argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto
de relieve de modo irrefutable, los efectos aniquiladores del maquinismo y la
división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad
inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los
pequeños burgueses y labriegos, la
miseria del proletariado,
la anarquía reinante
en la producción,
las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza,
la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución
de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas
nacionalidades.
Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas,
este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de
producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la
sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los
modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de
propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar. En uno y otro caso peca, a la par, de
reaccionario y de utópico.
En la manufactura, la restauración de los viejos
gremios, y en el campo, la implantación de un régimen patriarcal: he ahí sus
dos magnas aspiraciones.
Hoy, esta corriente socialista ha venido a caer
en una cobarde modorra.
c) El socialismo alemán o "verdadero" socialismo
La literatura socialista y comunista de Francia,
nacida bajo la presión de una burguesía gobernante y expresión literaria de la
lucha librada contra su avasallamiento, fue importada en Alemania en el mismo
instante en que la burguesía empezaba a sacudir el yugo del absolutismo feudal.
Los filósofos, pseudofilósofos y grandes ingenios
del país se asimilaron codiciosamente aquella literatura, pero olvidando que
con las doctrinas no habían pasado la frontera también las condiciones
sociales a que
respondían. Al enfrentarse
con la situación
alemana, la literatura socialista
francesa perdió toda su importancia práctica directa, para asumir una fisonomía
puramente literaria y convertirse en una ociosa especulación acerca del
espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad. Y así, mientras que los postulados de la
primera revolución francesa eran, para los filósofos alemanes del siglo XVIII,
los postulados de la “razón práctica” en general, las aspiraciones de la
burguesía francesa revolucionaria representaban a sus ojos las leyes de la
voluntad pura, de la voluntad ideal, de una voluntad verdaderamente humana.
La única preocupación de los literatos alemanes
era armonizar las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o,
por mejor decir, asimilarse desde su punto de vista filosófico aquellas ideas.
Esta asimilación se llevó a cabo por el mismo
procedimiento con que se asimila uno una lengua extranjera: traduciéndola.
Todo el mundo sabe que los monjes medievales se
dedicaban a recamar los manuscritos que atesoraban las obras clásicas del
paganismo con todo género de insubstanciales historias de santos de la Iglesia
católica. Los literatos alemanes procedieron con la literatura francesa profana
de un modo inverso. Lo que hicieron fue
empalmar sus absurdos filosóficos a los originales franceses. Y así, donde el
original desarrollaba la crítica del dinero, ellos pusieron: “expropiación del
ser humano”; donde se criticaba el Estado burgués: “abolición del imperio de lo
general abstracto”, y así por el estilo.
Esta interpelación de locuciones y galimatías
filosóficos en las doctrinas francesas, fue bautizada con
los nombres de
“filosofía del hecho”
, “verdadero socialismo”,
“ciencia alemana del socialismo”, “fundamentación filosófica del
socialismo”, y otros semejantes.
De este modo, la literatura socialista y
comunista francesa perdía toda su virilidad.
Y como, en manos de los alemanes, no expresaba ya la lucha de una clase
contra otra clase, el profesor germano se hacía la ilusión de haber superado el
“parcialismo francés”; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la
verdad, y a falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del
ser humano, del hombre en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha
dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la
fantasía filosófica.
Sin embargo, este socialismo alemán, que tomaba
tan en serio sus desmayados ejercicios escolares y que tanto y tan solemnemente
trompeteaba, fue perdiendo poco a poco su pedantesca inocencia.
En la lucha de la burguesía alemana, y
principalmente, de la prusiana, contra el régimen feudal y la monarquía
absoluta, el movimiento liberal fue tomando un cariz más serio.
Esto deparaba al “verdadero” socialismo la
ocasión apetecida para oponer al movimiento político las reivindicaciones
socialistas, para fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo,
contra el Estado representativo, contra la libre concurrencia burguesa, contra
la libertad de Prensa, la libertad, la igualdad y el derecho burgueses,
predicando ante la masa del pueblo que con este movimiento burgués no saldría
ganando nada y sí perdiendo mucho. El
socialismo alemán se cuidaba de olvidar oportunamente que la crítica francesa,
de la que no era más que un eco sin vida, presuponía la existencia de la
sociedad burguesa moderna, con sus peculiares condiciones materiales de vida y
su organización política adecuada, supuestos previos ambos en torno a los cuales
giraba precisamente la lucha en Alemania.
Este “verdadero” socialismo les venía al dedillo
a los gobiernos absolutos alemanes, con toda su cohorte de clérigos, maestros
de escuela, hidalgüelos raídos y cagatintas, pues les servía de espantapájaros
contra la amenazadora burguesía. Era una
especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil
con que esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.
Pero el “verdadero” socialismo, además de ser,
como vemos, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana,
encarnaba de una manera directa un interés reaccionario, el interés de la baja
burguesía del país. La pequeña
burguesía, heredada del siglo XVI y que desde entonces no había cesado de
aflorar bajo diversas formas y modalidades, constituye en Alemania la verdadera
base social del orden vigente.
Conservar esta clase es conservar el orden social
imperante. Del predominio industrial y político de la burguesía teme la ruina
segura, tanto por la concentración de capitales que ello significa, como
porque entraña la
formación de un
proletariado
revolucionario. El “verdadero”
socialismo venía a cortar de un tijeretazo -así se lo imaginaba ella- las dos
alas de este peligro. Por eso, se
extendió por todo el país como una verdadera epidemia.
El ropaje ampuloso en que los socialistas
alemanes envolvían el puñado de huesos de sus “verdades eternas”, un ropaje
tejido con hebras especulativas, bordado con las flores retóricas de su
ingenio, empapado de nieblas melancólicas y románticas, hacía todavía más
gustosa la mercancía para ese público.
Por su parte, el socialismo alemán comprendía más
claramente cada vez que su misión era la de ser el alto representante y
abanderado de esa baja burguesía.
Proclamó a la nación alemana como nación modelo y
al súbdito alemán como el tipo ejemplar de hombre. Dio a todos sus servilismos
y vilezas un hondo y oculto sentido socialista, tornándolos en lo contrario de
lo que en realidad eran. Y al alzarse curiosamente contra las tendencias
“barbaras y destructivas” del comunismo, subrayando como contraste la
imparcialidad sublime de sus propias doctrinas, ajenas a toda lucha de clases,
no hacía más que sacar la última consecuencia lógica de su sistema. Toda la pretendida literatura socialista y
comunista que circula por Alemania, con poquísimas excepciones, profesa estas
doctrinas repugnantes y castradas.
2. El socialismo burgués o conservador
Una parte de la burguesía desea mitigar las
injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la
sociedad burguesa.
Se
encuentran en este
bando los economistas,
los filántropos, los
humanitarios, los que aspiran
a mejorar la
situación de las
clases obreras, los
organizadores de actos
de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores
de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de
toda laya.
Pero, además, de este socialismo burgués han
salido verdaderos sistemas doctrinales.
Sirva de ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon.
Los
burgueses socialistas considerarían
ideales las condiciones
de vida de
la sociedad moderna sin las
luchas y los peligros
que encierran. Su
ideal es la
sociedad existente, depurada de
los elementos que la corroen y revolucionan: la burguesía sin el
proletariado. Es natural que la
burguesía se represente el mundo en que gobierna como el mejor de los mundos
posibles. El socialismo burgués eleva
esta idea consoladora a sistema o semisistema. Y al invitar al proletariado a
que lo realice, tomando posesión de la nueva Jerusalén, lo que en realidad
exige de él es que se avenga para siempre al actual sistema de sociedad, pero
desterrando la deplorable idea que de él se forma.
Una segunda modalidad, aunque menos sistemática
bastante más práctica, de socialismo, pretende ahuyentar a la clase obrera de
todo movimiento revolucionario haciéndole ver que lo que a ella le interesa no
son tales o cuales cambios políticos, sino simplemente determinadas mejoras en
las condiciones materiales, económicas, de su vida. Claro está que este socialismo se cuida de no
incluir entre los cambios que afectan a las “condiciones materiales de vida” la
abolición del régimen burgués de producción, que sólo puede alcanzarse por la
vía revolucionaria; sus aspiraciones se contraen a esas reformas
administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que,
por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo
asalariado, sirviendo sólo -en el mejor de los casos- para abaratar a la
burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto.
Este socialismo burgués a que nos referimos, sólo
encuentra expresión adecuada allí donde se convierte en mera figura retórica.
¡Pedimos el librecambio en interés de la clase
obrera! ¡En interés de la clase obrera pedimos aranceles protectores! ¡Pedimos
prisiones celulares en interés de la clase trabajadora! Hemos dado, por fin, con la suprema y única
seria aspiración del socialismo burgués.
Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en
efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo... en
interés de la clase trabajadora.
3. El socialismo y el comunismo crítico-utópico
No queremos referirnos aquí a las doctrinas que
en todas las grandes revoluciones modernas abrazan las aspiraciones del
proletariado (obras de Babeuf, etc.).
Las primeras tentativas del proletariado para
ahondar directamente en sus intereses de clase, en momentos de conmoción
general, en el período de derrumbamiento de la sociedad feudal, tenían que
tropezar necesariamente con la falta de desarrollo del propio proletariado, de
una parte, y de otra con la ausencia de las condiciones materiales
indispensables para su emancipación, que habían de ser el fruto de la época
burguesa. La literatura revolucionaria
que guía estos primeros pasos vacilantes del proletariado es, y necesariamente
tenía que serlo, juzgada por su contenido, reaccionaria. Estas doctrinas profesan un ascetismo
universal y un torpe y vago igualitarismo.
Los verdaderos sistemas socialistas y comunistas,
los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., brotan en la primera
fase embrionaria de las luchas entre el proletariado y la burguesía, tal
como más arriba
la dejamos esbozada.
(V. el capítulo
“Burgueses y proletarios”).
Cierto es que los autores de estos sistemas
penetran ya en el antagonismo de las clases y en la acción de
los elementos disolventes
que germinan en el seno
de la propia
sociedad gobernante. Pero no
aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica independiente,
un movimiento político propio y peculiar.
Y como el antagonismo de clase se desarrolla
siempre a la par con la industria, se encuentran con que les faltan las
condiciones materiales para la emancipación del proletariado, y es en vano que
se debatan por crearlas mediante una ciencia social y a fuerza de leyes
sociales. Esos autores pretenden suplantar la acción social por su acción
personal especulativa, las condiciones históricas que han de determinar la
emancipación proletaria por condiciones fantásticas que ellos mismos se forjan,
la gradual organización del proletariado como clase por una organización de la
sociedad inventada a su antojo. Para
ellos, el curso universal de la historia que ha de venir se cifra en la
propaganda y práctica ejecución de sus planes sociales.
Es cierto que en esos planes tienen la conciencia
de defender primordialmente los intereses de la clase trabajadora, pero sólo
porque la consideran la clase más sufrida.
Es la única función en que existe para ellos el proletariado.
La forma embrionaria que todavía presenta la
lucha de clases y las condiciones en que se desarrolla la vida de estos autores
hace que se consideren ajenos a esa lucha de clases y como situados en un plano
muy superior. Aspiran a mejorar las
condiciones de vida de todos los individuos de la sociedad, incluso los mejor
acomodados. De aquí que no cesen de
apelar a la sociedad entera sin distinción, cuando no se dirigen con preferencia
a la propia clase gobernante. Abrigan la seguridad de que basta conocer su
sistema para acatarlo como el plan más perfecto para la mejor de las sociedades
posibles.
Por eso, rechazan todo lo que sea acción
política, y muy principalmente la revolucionaria; quieren realizar sus
aspiraciones por la vía pacífica e intentan abrir paso al nuevo evangelio
social predicando con el ejemplo, por medio de pequeños experimentos que,
naturalmente, les fallan siempre.
Estas descripciones fantásticas de la sociedad
del mañana brotan en una época en que el proletariado no ha alcanzado aún la
madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de ideas fantásticas
acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos,
puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad.
Y, sin embargo, en estas obras socialistas y
comunistas hay ya un principio de crítica, puesto que atacan las bases todas de
la sociedad existente. Por eso, han
contribuido notablemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora. Mas, fuera de esto, sus doctrinas de carácter
positivo acerca de la sociedad futura, las que predican, por ejemplo, que en
ella se borrarán las diferencias entre la ciudad y el campo o las que proclaman
la abolición de la familia, de la propiedad privada, del trabajo asalariado, el
triunfo de la armonía social, la transformación del Estado en un simple
organismo administrativo de la producción.... giran todas en torno a la
desaparición de la lucha de clases, de esa lucha de clases que empieza a
dibujarse y que ellos apenas si conocen en su primera e informe vaguedad. Por eso, todas sus doctrinas y aspiraciones
tienen un carácter puramente utópico.
La importancia de este socialismo y comunismo
crítico-utópico está en razón inversa al desarrollo histórico de la
sociedad. Al paso que la lucha de clases
se define y acentúa, va perdiendo importancia práctica y sentido teórico esa
fantástica posición de superioridad respecto a ella, esa fe fantástica en su
supresión. Por eso, aunque algunos de
los autores de estos sistemas socialistas fueran en muchos respectos verdaderos
revolucionarios, sus discípulos forman hoy día sectas indiscutiblemente
reaccionarias, que tremolan y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus
maestros frente a los nuevos derroteros históricos del proletariado. Son, pues, consecuentes cuando pugnan por
mitigar la lucha de clases y por conciliar lo inconciliable. Y siguen soñando con la fundación de
falansterios, con la colonización interior, con la creación de una pequeña
Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén... . Y para levantar todos esos
castillos en el aire, no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad
de los corazones y los bolsillos burgueses.
Poco a poco van resbalando a la categoría de los socialistas
reaccionarios o conservadores, de los cuales sólo se distinguen por su
sistemática pedantería y por el fanatismo supersticioso con que comulgan en las
milagrerías de su ciencia social. He ahí
por qué se enfrentan rabiosamente con todos los movimientos políticos a que se
entrega el proletariado, lo bastante ciego para no creer en el nuevo evangelio
que ellos le predican.
En Inglaterra, los owenistas se alzan contra los
cartistas, y en Francia, los reformistas tienen enfrente a los discípulos de
Fourier.
C. Marx, F. Engels: Manifiesto del Partido
Comunista. Parte III: Literatura
socialista y cominista. 1848
II. NACIMIENTO Y DESARROLLO DEL ARTE
Sumario
1.- Por el conocimiento del mundo exterior el
hombre aprende a conocerse
2.- El carácter histórico y social de los órganos
de los sentidos
3.- La educación de los cinco sentidos ha
permitido el nacimiento de las artes
4.- La política, el arte, la literatura, no
podrían ser estudiados al margen de la historia del trabajo y de la industria
5.- La verdadera riqueza está en la plenitud de
la vida
6.- El trabajo y el nacimiento del arte
7.- El hombre, antes de ejecutar, concibe
8.- El arte y la división del trabajo
9.- El arte, monopolio de las clases dominantes
10.- El sentido estético y los metales preciosos
11.- La obra de arte, objeto de cambio en la
sociedad capitalista
12.- El capitalismo hace de la obra de arte una
mercancía
13.- Efectos de la obra de arte
14.- La relación desigual entre el desarrollo de
la producción material y el arte
15.- La producción capitalista es contraria al
arte y la poesía
16.- La última fase de una forma histórica: su
comedia
17.- El recurso de antiguas formas literarias y
artísticas para exaltar las luchas nuevas
18.- Lo que el presente toma prestado al pasado
19.- El señor Dühring hace tabla rasa del pasado
20.- La «estética» de Hegel
1
Por el conocimiento del mundo exterior el hombre aprende a conocerse
De marzo a septiembre de 1844, Marx redacta sus
Manuscritos económicos y filosóficos, reunidos
y publicados bajo
este título en
1932, por el
Instituto Marx-Engels-Lenin. Se
encuentra ya en estas páginas, de una lectura a
veces difícil en razón de su carácter filosófico aún pronunciado, los primeros
elementos del materialismo histórico. Marx subraya la importancia de la
actividad práctica, siendo la historia «ninguna otra cosa más que la producción
del hombre por el trabajo humano». Analizando el origen y el desarrollo del
arte, Marx ve en él una forma superior de la actividad práctica.
El hombre se apropia su ser universal de una
manera universal, o sea en tanto que hombre total. Cada una de sus relaciones
humanas con el mundo: ver, oír, querer, actuar, amar, en fin, todos los órganos
de su individualidad, que son inmediatos en su forma como órganos comunes, son,
en su relación objetiva o el comportamiento ante el objeto, la apropiación de
ese objeto. La apropiación de la realidad humana, la manera de comportarse ante
el objeto, es la manifestación de la realidad humana.
C.
Marx: Manuscritos económicos
y filosóficos de 1844,
2
El carácter histórico y social de los órganos de los sentidos
El ojo ha devenido ojo humano cuando su objeto ha
devenido un objeto social humano, que viene del hombre y se destina al hombre.
Los sentidos, pues, han devenido directamente, en la práctica, teorizadores. Se
relacionan con la cosa por el amor de la cosa; pero la cosa es, en sí misma,
una relación humana objetiva, con ella misma y con el hombre, y viceversa. La
necesidad o el espíritu han perdido, pues, su naturaleza egoísta, y la
naturaleza ha perdido su simple utilidad por el hecho de que la utilidad ha devenido
utilidad humana.
Igualmente, los sentidos y el espíritu de los
otros hombres han devenido mi propia apropiación. Además de estos órganos
inmediatos, se constituyen, pues, en la forma de la sociedad, órganos sociales;
así, por ejemplo, la actividad en sociedad inmediata con otros, etc... ha
devenido un órgano de manifestación de la vida y un modo de apropiación de la
vida humana.
Es así que el ojo humano es considerado de otra
manera que el ojo grosero, no humano; y el
oído humano distinto que el oído grosero, etc...
Tal como lo hemos visto, el hombre no se pierde
en su objeto cuando éste deviene para él objeto humano u hombre objetivo. Esto
no es posible más que si este objeto deviene para él objeto social, y si él
mismo deviene, para él, ser social; como la sociedad deviene ser para él, en
este objeto.
Desde el momento en que por doquier, en la
sociedad, la realidad objetiva deviene para el hombre la realidad de las
fuerzas humanas, la realidad humana y por consecuencia la realidad de sus
propias fuerzas, todos los objetos devienen para él la objetivación de sí
mismo; los objetos que manifiestan y realizan su individualidad, son sus
objetos, o sea el objeto de sí mismo. La manera como devienen suyos depende de
la naturaleza de cada objeto y de la naturaleza, de la fuerza del ser que le
corresponde; porque es precisamente la certidumbre de esa relación la que forma
el modo particular, real, de la afirmación. Para el ojo, el objeto no es el
mismo que para el oído; y el objeto del ojo es otro que el del oído. La
particularidad de
la fuerza de todo ser es precisamente su esencia
particular. Así pues, es, también, el modo particular de su objetivación, de su
ser viviente objetivo y real. En consecuencia, no es, pues, sólo en el
pensamiento, sino por medio de todos los sentidos, que el hombre se ha afirmado
en el mundo objetivo.
C. Marx: Manuscritos económicos y filosóficos de 1844
3
La educación de los cinco sentidos ha permitido el nacimiento de las artes
Por otra parte, desde el punto de vista
subjetivo: el sentido musical del hombre no se despertó más que por la música;
la más bella música no tiene ningún sentido para el oído no musical; no es un
objeto para él, porque mi objeto no puede ser más que la manifestación de una
de las fuerzas de mi ser. La fuerza de mi ser es una disposición subjetiva para
sí, porque el sentido de un objeto, para mí, no tiene sentido más que para un
sentido correspondiente; y sólo tan lejos como mi sentido. Es por ello que los sentidos
del hombre social son diferentes de los del hombre que no vive en sociedad.
Sólo por el despliegue objetivo de la riqueza del ser hu- mano, la riqueza de
los sentidos humanos subjetivos, (un oído musical, un ojo sensible a la belleza
de las formas, en una palabra, los sentidos capaces de goces humanos), deviene
en sentidos que se manifiestan como formas del ser humano; y, o son
desarrollados o son producidos. Porque no son sólo los cinco sentidos, son
además los sentidos llamados espirituales, los sentidos prácticos (voluntad,
amor, etc...), en una palabra, el sentido humano, el carácter humano de los
sentidos, que no se forma más que por la existencia de un objeto, por la
naturaleza devenida humana. La formación de los cinco sentidos es el trabajo de
toda la historia del mundo hasta este día. El sentido sujeto a las necesidades
prácticas groseras no es, así, más que un sentido limitado. Para el hombre que
se muere de hambre, no existe la forma humana de los alimentos, sino únicamente
su existencia abstracta de alimentos; podrían éstos existir bajo la forma más
grosera, y no se puede decir en qué esta actividad nutritiva difiere de la de
los animales. El hombre abrumado de inquietudes, necesitado, no tiene sentidos
para el más bello espectáculo; el comerciante de minerales no ve más que el
valor comercial del mineral, pero no la belleza ni la naturaleza particular del
mineral: no tiene el sentido mineralógico; así, pues, hace falta la
objetivación del ser humano, a la vez desde el punto de vista teórico y
práctico, para hacer humano el sentido del hombre y, también, para crear un
sentido humano correspondiente a toda la riqueza del ser humano y natural.
C.
Marx: Manuscritos económicos
y filosóficos de 1844,
4
La política, el arte, la literatura, no podrían ser estudiados al margen de
la historia del trabajo y de la industria
Como se ve, la historia de la industria y la
existencia objetiva a la cual ha llegado la industria, son el libro abierto de
las fuerzas del ser humano, la psicología humana presentada de manera
sensible, la que se había considerado hasta hoy,
no en su conexión con el ser del hombre, sino siempre únicamente en una
relación exterior de utilidad; porque —situándose en el punto de vista de la
alienación— no se había considerado más que la existencia general del hombre,
la religión o la historia en su ser abstracto y general, la política, el arte,
la literatura, etc..., como una realidad de las fuerzas del ser humano y como actos de la especie humana. En la industria
ordinaria, material (que se puede considerar bien como una parte del movimiento
general o bien como una parte particular
de la industria, por haber sido toda actividad humana, hasta ahora, trabajo, o
sea industria, actividad alienada en sí misma) , no tenemos más que bajo formas
de objetos materiales, extraños, útiles, no tenemos más que bajo la forma de
alienación, las fuerzas objetivadas del ser humano. Una psicología para la cual
este libro, es decir, la parte más materialmente presente, la más accesible de
la historia, está cerrada, no puede devenir una ciencia verdaderamente
sustancial y real.
C.
Marx: Manuscritos económicos
y filosóficos de 1844,
5
La verdadera riqueza está en la plenitud de la vida
Se ve cómo, en lugar de la riqueza y de la
miseria de la economía política, está el hombre rico y la necesidad humana
rica. El hombre rico es a la vez el que necesita de una totalidad de
manifestaciones humanas de la vida. El hombre en quien su propia realización
existe como una necesidad interior, como una necesidad.
C.
Marx: Manuscritos económicos
y filosóficos de 1844, pp.
El trabajo y el nacimiento del arte
Por eso, las funciones, para las que nuestros
antepasados fueron adaptando poco a poco sus manos durante los muchos miles de
años que dura el período de transición del mono al hombre, sólo pudieron ser,
en un principio, funciones sumamente sencillas. Los salvajes más primitivos,
incluso aquellos en los que puede presumirse el retorno a un estado más próximo
a la animalidad, con una degeneración física simultánea, son muy superiores a
aquellos seres del período de transición. Antes de que el primer trozo de sílex
hubiese sido convertido en cuchillo por la mano del hombre, tuvo que pasar un
período de tiempo tan largo que, en comparación con él, el período histórico
conocido por nosotros resulta insignificante. Pero se había dado ya el paso
decisivo: la mano era libre y podía adquirir ahora cada vez más destreza y
habilidad; y esta mayor flexibilidad adquirida se transmitía por herencia y se
acrecentaba de generación en generación.
Vemos, pues, que la mano no es sólo el órgano del
trabajo; es también el producto de él. Únicamente por el trabajo, por la
adaptación a nuevas y nuevas funciones, por la transmisión hereditaria del
perfeccionamiento especial así adquirido por los músculos, los ligamentos y, en
un período más largo, también los huesos, y por la aplicación siempre renovada
de estas habilidades heredadas a funciones nuevas y cada vez más complejas, ha
sido como la mano
del hombre ha alcanzado ese grado de perfección
que la ha hecho capaz de dar vida, como por arte de magia, a los cuadros de
Rafael, a las estatuas de Thorwaldsen y a la música de Paganini
F. Engels: Dialéctica de la naturaleza, pp.
7
El hombre, antes de ejecutar, concibe
El trabajo es, a primera vista, un acto que
sucede entre el hombre y la naturaleza. En él el hombre tiene el papel, ante la
naturaleza, de una fuerza natural. Las fuerzas de que su cuerpo está dotado,
brazos y piernas, cabeza y manos, los pone en movimiento, a fin de apropiarse
las materias dándoles una forma útil a su vida. Al mismo tiempo que actúa por
este movimiento sobre la naturaleza exterior y la modifica, modifica su propia
naturaleza, y desarrolla las facultades que en ella dormitan. No nos detendremos
en este estado primordial del trabajo en que aún no ha decantado su modo
puramente instintivo. Nuestro punto de partida es el trabajo bajo una forma que
pertenece exclusivamente al hombre. Una araña hace operaciones que se parecen a
las del tejedor, y la abeja se parece, por la estructura de sus celdillas de
cera, a muchos hábiles arquitectos. Pero lo que desde el principio distingue al
peor arquitecto de la abeja más experta, es que él ha construido la celdilla en
su cabeza, antes de construirla en la colmena. El resultado al que llega el
trabajador preexiste idealmente en la imaginación del trabajador. No es sólo
que opera un cambio de forma en las materias naturales; también realiza en
ellas, a la vez, su propio fin, del que tiene conciencia, que determina como
ley su modo de acción, y al cual debe subordinar su voluntad. Y esta
subordinación no es momentá- nea. La obra exige durante toda su duración,
además del esfuerzo de los órganos que actúan, una atención sostenida, la cual
no puede resultar más que de una tensión constante de la voluntad.
C. Marx: «La producción de la plusvalía
absoluta», El Capital, tomo I, cap. V, sección tercera, pp.
8
El arte y la división del trabajo
Como siempre, Sancho,1 no tiene fortuna con sus
ejemplos prácticos. Piensa que nadie puede «componer en tu lugar tus partituras
musicales, ejecutar tus bocetos pictóricos. Nadie puede reemplazar los trabajos
de Rafael». Sancho debería saber, sin embargo, que no fue Mozart el que compuso
en su mayor parte y terminó completamente el Réquiem de Mozart; que Rafael no
ha «ejecutado» por sí mismo más que una ínfima cantidad de sus frescos.
Se imagina que aquellos a los que se llama los
organizadores del trabajo, quieren organizar la actividad entera de cada
individuo, cuando son ellos, precisamente, los que distinguen entre el
trabajo directamente productivo,
que es necesario
organizar, y el
trabajo que no es directamente
productivo. En lo que concierne a esta última categoría, no piensan, como se
imagina Sancho, que cada uno debe reemplazar a Rafael, sino que cada uno que
lleva en sí un Rafael debe poder desarrollarse libremente. Sancho se imagina
que Rafael ha ejecutado sus pinturas independientemente de la división del
trabajo que existía en Roma en su época. Si compara a Rafael con Leonardo da
Vinci y con el Tiziano, verá hasta qué punto las obras de arte del primero han
sido condicionadas por el desenvolvimiento de Roma, debido entonces a la
influencia florentina; las de Leonardo, por el estado social de Florencia; y,
más tarde, las del Tiziano, por el desarrollo completamente distinto de
Venecia. Rafael, como todos los demás artistas, ha sido condicionado por los
progresos técnicos del arte, cumplidos antes de él, por la organización de la
sociedad y la división del trabajo en su país, y finalmente por la división del
trabajo en todos los países con los cuales estaba en relaciones el suyo. Que un
individuo como Rafael pueda desarrollar su talento, depende enteramente de la
demanda, la cual depende a su vez de la división del trabajo y de las
condiciones de educación de los hombres, que derivan de ella.
Stirner, al proclamar el carácter único del
trabajo científico y artístico, se sitúa muy por debajo de la burguesía. Ya en
nuestros días se ha considerado necesario organizar esta actividad «única».
Horace Vernet no hubiera tenido el tiempo para ejecutar la décima parte de sus
cuadros si los hubiera considerado como trabajos «que sólo este ser único puede
cumplir». La gran demanda de vodeviles y de novelas en París, ha hecho nacer
una organización del trabajo para la producción de estos artículos, que, pese a
todo, resultan mejores que sus competidores «únicos» en Alemania. En
astronomía, hombres como Arago, Herschel, Enke y Bessel, encontraron necesario
organizarse para realizar observaciones comunes, y sólo entonces llegaron a
resultados satisfactorios. En historia, es completamente imposible para el
«único» realizar algo; y los franceses también
han dado en esto, hace mucho tiempo, un adelanto sobre las demás naciones,
gracias a la organización del trabajo. Cae por sí mismo, por lo demás, que
todas estas organizaciones basadas en la división moderna del trabajo, no
alcanzan más que resultados aún muy limitados y no constituyen un progreso más
que en relación a la fragmentación limitada que existía hasta ahora.
Debemos subrayar aún, que Sancho confunde la
organización del trabajo con el comunismo y llega a asombrarse de que «el
comunismo» no responda a sus dudas sobre tal organización. Así se asombra un
joven campesino de la Gascuña de que Arago no sepa decirle en qué estrella ha
fijado el buen Dios su residencia.
La concentración exclusiva del talento artístico
en algunos individuos y su estancamiento en las grandes masas, de las que
deriva, es un efecto de la división del trabajo. Aun cuando en ciertas
condiciones sociales, cada cual pudiera devenir un excelente pintor, esto no
impediría que cada cual fuese también un pintor original, de modo que también
aquí la diferencia entre el trabajo «humano» y el trabajo «único» se reduce a
un absurdo. Con una organización comunista de la sociedad finalizan, en todos
los casos, las sujeciones del artista a la estrechez local y
nacional, que proviene
únicamente de la
división del trabajo;
y la sujeción del individuo o tal arte determinado, que lo
convierte exclusivamente en un pintor, un escultor, etc. Tales nombres expresan
ya por sí solos la estrechez de su desarrollo profesional y su dependencia de
la división del trabajo. En una sociedad comunista, ya no habrá pintores, sino,
cuando mucho, hombres que, entre otras cosas, practiquen la pintura.
1 Nombre con el que Marx ridiculiza a Max
Stirner, autor de El único y su propiedad.
C. Marx-F. Engels: La ideología alemana, pp.
444-445, Ediciones Pueblos Unidos,
Montevideo, 1958.
9
El arte, monopolio de las clases dominantes
Únicamente la esclavitud hizo posible en gran
escala la división del trabajo entre agricultura e industria y, en
consecuencia, el apogeo del mundo antiguo, el helenismo. Sin esclavitud, ningún
Estado griego, ningún arte, ninguna ciencia griegos; sin esclavitud, ningún
Imperio romano. Mas, sin la base del helenismo y del Imperio romano, no habría
Europa moderna. No debemos olvidar que toda nuestra evolución económica,
política e intelectual, tiene como condición previa una situación en la que la
esclavitud era tan necesaria como generalmente admitida. En este sentido,
tenemos el derecho de decir: sin esclavitud antigua, no habría socialismo
moderno.
No es difícil lanzarse aguerridamente con
fórmulas generales contra la esclavitud y cosas similares, y volcar un torrente
de indignación sobre tamaña infamia. Desgraciadamente, no se diría nada que
nadie no supiera, es decir, que esas instituciones antiguas no corresponden ya
a nuestras condiciones actuales ni a los sentimientos que determinan en
nosotros esas condiciones. Mas ello
no nos enseñaría
nada sobre la
manera como esas
instituciones nacieron, sobre las causas por las cuales han subsistido y
sobre el papel que han tenido en la historia.
Y si nos
inclinamos sobre este
problema, estamos obligados
a decir, por contradictorio y
herético que parezca,
que la introducción
de la esclavitud,
en las circunstancias de
entonces, era un gran progreso. Es un hecho admitido que la humanidad ha
comenzado por el animal y que ha necesitado de medios bárbaros, casi animales,
para salir de la barbarie. Las
antiguas comunidades, allí
donde subsistieron, constituyen
desde hace milenios la base de la
forma de Estado más grosera: el despotismo oriental, desde las Indias hasta
Rusia. Sólo allí donde se disolvieron han progresado los pueblos; y su primer
progreso económico ha consistido en el crecimiento y el desarrollo de la producción mediante el
trabajo esclavo. La cosa es clara, mientras el trabajo humano era aún tan poco
productivo que aportaba muy poco excedente por encima de los medios de
subsistencia necesarios, el crecimiento de las fuerzas productivas, la
extensión del tráfico, el desarrollo del Estado y del derecho, la fundación del
arte y de la ciencia, no eran posibles sino gracias a una división reforzada
del trabajo; lo que debía necesariamente tener por fundamento la gran división
del trabajo entre las masas que garantizaban el trabajo manual simple y algunos
privilegiados dedicados a la dirección del trabajo, al comercio, a los asuntos
del Estado, y más tarde a las ocupaciones artísticas y científicas. La forma
más sencilla, más natural, de esta división del trabajo, era precisamente la
esclavitud. Dados los antecedentes históricos del mundo antiguo, especialmente
del mundo griego, la marcha progresiva hacia una sociedad fundada sobre las
oposiciones de las clases, no podía cumplirse más que bajo la forma de la esclavitud.
Aun para los esclavos, esto fue un progreso: los prisioneros de guerra entre
los cuales se reclutaba la masa de esclavos, conservaban al menos la vida,
mientras que antes se les masacraba, y, anteriormente, aún, se les quemaba
vivos.
Añadiremos, en esta ocasión, que hasta hoy todas
las contradicciones históricas entre clases explotadoras y explotadas, entre
dominadores y oprimidos, hallan su
explicación en esta misma
productividad relativamente poco
desarrollada del trabajo
humano. Mientras la
población que efectivamente trabaja, está a tal
punto acaparada por su trabajo necesario que no le queda tiempo sobrante para
ocuparse de los asuntos comunes de la sociedad —dirección del trabajo, asuntos
del Estado, cuestiones jurídicas, arte, ciencia, etc...—, se ha requerido
siempre una clase particular que, liberada del trabajo efectivo, pueda atender
esos asuntos; lo cual no le impidió nunca imponer a las clases trabajadoras,
para propio provecho, una carga de trabajo cada vez más pesado. Sólo el enorme
crecimiento de las fuerzas productoras alcanzado por la gran industria, permite
repartir el trabajo sobre todos los miembros de la sociedad sin excepción; y,
gracias a ello, limitar el tiempo de trabajo de cada cual, de modo que quede a
todos tiempo suficiente para tomar parte en los asuntos generales de la
sociedad, tanto teóricos como prácticos. Sólo hasta ahora, pues, toda clase
explotadora y dominante ha devenido superflua, y es incluso un obstáculo al
desarrollo social; y sólo ahora será implacablemente eliminada, por dueña que
sea aún de la «violencia inmediata».
F. Engels: Anti-Dühring, pp.
10
El sentido estético y los metales preciosos
Por otra parte, el oro y la plata no tienen
únicamente el carácter negativo de las cosas superfluas, es decir, de las
cuales se puede prescindir: sus cualidades estéticas los convierten en los
materiales naturales del lujo., de la vestimenta, de la suntuosidad, de las
necesidades de los días de fiesta; en una palabra: la forma positiva de lo
superfluo y de la riqueza. En cierto modo son la luz en su pureza nativa, que
el hombre extrae de las entrañas de la tierra: la plata reflejando todos los
rayos luminosos en su mezcla primitiva; y el oro irradiando el rojo, la fuerza
más alta del color. Ahora bien, el sentido de los colores es la forma más
popular del sentido estético en general: El lazo etimológico que existe en las
diferentes lenguas indoeuropeas entre los nombres de los metales preciosos y
las relaciones de color, ha sido expuesto por Jacob Grimm2 (véase su Historia
de la lengua alemana).
2 Jacob Grimm: (1785-1863): Filólogo alemán. En
su Historia de la lengua alemana (1848) estudia particularmente las
modificaciones sufridas por ciertas palabras de las lenguas indoeuropeas en los
idiomas germánicos, como consecuencia de un desplazamiento de consonantes.
C. Marx: Contribución a la crítica de la economía
política, pp.
11
La obra de arte, objeto de cambio en la sociedad capitalista
I
El valor de cambio aparece en principio como una
relación de cantidad, en la que los valores de uso se intercambian los unos con
los otros. En esta relación, representan una misma cantidad de uso. Así, un
volumen de Propercio y 8 onzas de tabaco pueden tener el mismo
valor de cambio, a pesar de la diferencia de
valores de uso del tabaco y de la elegía. Como valor de cambio, un valor de uso
vale como otro si son cambiados en proporciones exactas. El valor de cambio de
un palacio puede expresarse en un cierto número de cajas de betún. Los
fabricantes de betún londinenses han expresado el valor de cambio de sus
múltiples cajas de betún en sus palacios. Así, pese a su carácter particular, y
sin atender a la naturaleza espe- cífica de la necesidad a la cual sirven de
valor de cambio, las mercancías, consideradas en ciertas cantidades, son
iguales unas a otras, se reemplazan mutuamente en el intercambio, aparecen como
equivalentes y presentan, pues, no obstante su aspecto abigarrado, una común
unidad.
II
Puesto que el comercio consiste en el
intercambio, por ejemplo, de productos del trabajo del zapatero, del minero,
del obrero textil, del pintor, etc., ¿el valor de las botas será más
exactamente apreciado por el trabajo del pintor? Franklin consideraba, por el
contrario, que el valor de las botas, de los productos de la mina, de los
cuadros, etc…, está determinado por el trabajo abstracto, que no posee ninguna
cualidad particular y se mide, en consecuencia, sólo por la cantidad.
C. Marx: Contribución a la crítica de la economía
política, pp. 20-21,
12
El capitalismo hace de la obra de arte una mercancía
El aspecto de la moneda no revela lo que ha sido
transformado en ella; mas todo, mercancía o no, se transforma en moneda. ¡Nada
hay que no devenga venal, que no se haga vender o comprar! La circulación
deviene la gran retorta social en la que todo se precipita para salir
transformado en cristal-moneda. Nada se resiste a esta alquimia, ni siquiera
los huesos de los santos, y aun menos las cosas sacrosantas más delicadas, res
sacrosanctae extra comniercium hominum.3
Igual que toda diferencia de calidad entre las mercancías se borra en el
dinero, éste, nivelador radical,
borra todas las
distinciones.4 Pero el
dinero es él
mismo una mercancía, una cosa que
puede caer en las manos de cualquiera. El poder social deviene así poder
privado de los particulares. Además, la sociedad antigua lo denuncia como el
agente
subversivo, como el disolvente más activo de su
organización económica y de sus maneras populares.5
La sociedad moderna que, apenas nacida, «tira por
los cabellos al dios Plutón de las entrañas de la tierra»,6 saluda en el oro a su Santo Grial,
encarnación deslumbrante del principio mismo de su vida.
3 Cosas sacrosantas fuera del comercio de los
hombres.
4 «¡Oro!, ¡oro amarillo, brillante, precioso!...
¡He aquí bastante para convertir lo negro en blanco, lo feo en bello, lo
injusto en justo, lo vil en noble, el viejo en joven, el cobarde en
valiente!... ¿Qué es esto, oh dioses inmortales? Es lo que saca de vuestros
altares a los sacerdotes y sus acólitos... Este esclavo amarillo construye y
destruye vuestras religiones, hace bendecir a los malditos, adorar la lepra
blanca; sienta a los ladrones en el escaño de los senadores y les da títulos
homenajes y genuflexiones. Es el que hace una novel casada de la viuda vieja y
gastada... ¡Vamos, arcilla maldita, ramera del género humano!...» (Shakespeare:
Timón de Atenas) (Nota de Carlos Marx.)
5 «Nada como el dinero ha suscitado entre los
hombres malas leyes y malas maneras; es él el que lleva la discusión a las
ciudades y lanza a los habitantes fuera de las casas; es él el que desvía a las
almas bellas hacia todo lo que hay de vergonzoso y de funesto en el hombre y le
enseña a extraer de cada cosa el mal y la impiedad». (Sófocles: Aa. tigona.)
(Nota de Carlos Marx.)
6 Ateneo: El banquete de los sofistas.
C. Marx: «El dinero o la circulación de
mercancías», El Capital, tomo I, cap. III, sección primera, apartado 3, pp.
13
Efectos de la obra de arte
La «Introducción a la crítica de la economía
política», a la cual Marx hace alusión en el prefacio de la Contribución a la
crítica de la economía política (1859), ha sido encontrada en los manuscritos
de Marx y publicada por primera vez por Kautsky en la revista Die Neue Zeit en
1903. Contiene páginas notables sobre el arte. En esta época, Marx se
interesaba particularmente en los problemas del arte y su desarrollo, como
atestiguan su lectura y sus citas de la Estética de Vischer (1857-1858).
La producción no aporta sólo materiales a las
necesidades; aporta también una necesidad a los materiales. Cuando el consumo
sale de su tosquedad primitiva, pierde su carácter inmediato,
—y retardarse en ello sería el resultado de una
producción hundida aún en la grosería primitiva— y es solicitado por el objeto
como causa excitadora. La necesidad del que siente, es creada por la percepción
de este objeto. La obra de arte —y paralelamente cualquier otro producto— crea
un público sensible al arte y capaz de gozar la belleza,; La producción no
produce, pues, sólo un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el
objeto.
C.
Marx: «Introducción a
la crítica de
la economía política», Contribución a la crítica de la economía
política, pp. 246-247
14
La relación desigual entre el desarrollo de la producción material y el
arte
En las últimas páginas de la «Introducción a la
crítica de la economía política», Marx expone una serie de problemas de una
importancia mayor (papel intermedia del mito por el arte, relaciones desiguales
entre el desarrollo de la producción material y el desarrollo de la producción
artística, valor permanente del arte griego) que es necesario estudiar y
resolver para elaborar una filosofía del arte y una estética basadas en el
materialismo histórico.
De una manera general, no tomar la idea de
progreso bajo la forma abstracta habitual. Arte moderno, etc... Esta
desproporción está lejos de ser tan importante ni tan difícil de captar como la
que se produce en el interior de las relaciones sociales prácticas. Por
ejemplo, en la cultura. Relaciones de los
Estados Unidos con
Europa. Pero la verdadera dificultad por
resolver es ésta: cómo las relaciones de
producción, tomando la forma de relaciones jurídicas, siguen un desarrollo
desigual. Así, por ejemplo, la relación entre el derecho privado romano (para
el derecho criminal y el derecho público es menor el caso) y la producción
moderna.
........................
En cuanto al arte, se sabe que períodos de
florecimiento determinados no están absolutamente en relación con el desarrollo
general de la sociedad, ni en consecuencia, con la base material, el esqueleto,
digamos, de su organización. Por ejemplo, los griegos comparados a los
modernos, o mejor Shakespeare. En lo que se refiere a ciertos géneros del arte,
por ejemplo la epopeya, se admite que no pueden ser producidos bajo su forma
clásica, haciendo época en el mundo, desde que la producción artística como tal
aparece; así pues, que en el dominio del arte mismo, ciertas manifestaciones
importantes no son posibles más que en un grado inferior del desarrollo del
arte. Si esto es verdad en cuanto a la relación de los diferentes géneros del
arte en el dominio del arte mismo, es menos asombroso que lo sea, igualmente,
en cuanto a la relación del dominio total del arte con el desarrollo general de
la sociedad. La dificultad no estriba sino en la formulación general de tales
contradicciones. Cuando se las especifica, éstas se explican.
Tomemos, por ejemplo, la relación del arte griego
y luego del arte de Shakespeare con el tiempo presente. Se sabe que la
mitología griega no ha sido sólo el arsenal del arte griego, sino su tierra
nutricia. La concepción de la naturaleza y de las relaciones sociales que hay
en el fondo de la imaginación griega y, en consecuencia, del (arte) griego, ¿es
compatible con los oficios
automáticos, los ferrocarriles, las
vías férreas y el telégrafo
eléctrico? ¿Qué son Vulcano ante Roberts y Cía., Júpiter ante
el pararrayos, y Hermes ante el crédito mobiliario? Toda mitología somete,
domina y moldea las fuerzas de la naturaleza en la imaginación y por la
imaginación: pero desaparece en cuanto se llega a dominarlas realmente. ¿Qué
deviene la Fama respecto de Printing House Square?7 El arte griego supone la
mitología griega, es decir la naturaleza y las formas sociales moldeadas ya de
una manera inconscientemente artística por
la fantasía popular.
Estos son sus
materiales. No cualquier
mitología, es decir,
no cualquier elaboración inconscientemente artística de la naturaleza
(el término implica aquí todo lo que es objeto, así pues, también la sociedad).
La mitología egipcia no hubiera podido ser nunca el terreno o el seno materno
del arte griego. Pero, en todo caso, hacía falta una mitología. En ningún caso,
en consecuencia, el arte griego podía nacer en un desarrollo social que excluye
toda relación mitológica con la naturaleza, toda relación productora de
mitología con ella; que,
lógicamente, demandaría al
artista una imaginación
independiente de la
mitología.
Por otro lado: ¿es posible Aquiles con la pólvora
y el plomo? O, en general, ¿la Ilíada es posible con la prensa gráfica y la
rotativa? Los cantos y las leyendas y la Musa, ¿no desaparecen necesariamente
ante el lingote del tipógrafo, y las condiciones necesarias a la poesía épica
no se desvanecen?
Pero la dificultad no consiste en comprender que
el arte griego y la epopeya están ligados a ciertas formas del desarrollo
social. La dificultad estriba en comprender que puedan procurarnos aún goces
estéticos y sean considerados de algún modo como norma y modelos inimitables.
Un hombre no puede volver a ser niño sin caer en
la infancia. Pero, ¿no disfruta con la ingenuidad del niño y no debe aspirar a
reproducir, en un nivel superior, su verdad? ¿No revive en la naturaleza
infantil el carácter propio de aquélla, en su verdad natural? ¿Por qué la
infancia social de la humanidad, en lo más bello
de su florecimiento, no ejerced, como una fase que no volverá, un eterno
atractivo? Hay niños mal educados y niños precoces. Muchos pueblos antiguos
pertenecen a esta categoría. Los griegos eran niños normales. La atracción que
ejerce sobre nosotros su arte no está en contradicción con el débil desarrollo
de la sociedad en que creció. Es más bien su resultado. Está indisolublemente
ligado al hecho de que las condiciones sociales inacabadas en que este arte nació
y en las que sólo podía nacer, no podrán volver nunca más.
7 Imprenta del diario The Times.
C.
Marx: «Introducción a
la crítica de
la economía política», Contribución a la crítica de la economía
política, pp. 267-270
15
La producción capitalista es contraria al arte y la poesía
Muerto antes de la redacción definitiva de El
Capital, Marx deja a Engels el cuidado de acabarlo. Este último redacta los
libros II (1885) y III (1894) y, a su vez, confía a Karl Kautsky la redacción
del libro IV consagrado a la historia de las doctrinas económicas.
Tras diez años de trabajo, Kautsky renuncia a
continuar la obra gigantesca de Marx y Engels. Se limita a clasificar las notas
de Marx y a subdividirlas sin tener en cuenta el plan general de El Capital.
«Es bajo su forma actual —dice en el prefacio
(1904)— una obra paralela a los tres primeros libros, como el primer capítulo
de la Crítica de la economía política lo es a la primera parte del libro I de
El Capital».
Esta obra ha sido titulada Historia crítica de la
teoría de la plusvalía.
En este pasaje, Marx critica la teoría de la
civilización y las concepciones generales de Henri Storch (1766-1835),
economista rusoalemán, autor de un Curso de economía política, colección de
conferencias pronunciadas por él para el gran duque Nicolás.
Cuando
se quiere examinar
la relación entre
la producción intelectual
y la producción material, es ante todo necesario
considerar ésta no como una categoría, sino bajo una forma histórica
determinada. Es así, por ejemplo, que al modo de producción capitalista
corresponde una especie de producción intelectual diferente que al modo de
producción de la Edad Media, Si no se considera la producción material misma
bajo su forma histórica específica, es impo- sible captar
las características de la producción
intelectual que le
corresponde ni sus reacciones recíprocas. Si no
permaneceremos en las superficies.
Dicho sea esto a propósito de la «civilización».
Además, de una forma determinada de la producción
material deriva, primero, una organización determinada de la sociedad; y luego
una relación determinada entre el hombre y
la naturaleza. El sistema político y las
concepciones intelectuales son determinadas por estos dos factores. Así pues,
también el género de producción intelectual.
… Cuando Storch considera la producción material,
no desde el punto de vista histórico; cuando la considera como una producción
de bienes materiales en general y no como una forma determinada, históricamente
desarrollada y específica de esa producción, abandona el terreno que únicamente
permite comprender tanto los elementos ideológicos de las clases dominantes
como la libre8 producción intelectual de una formación social dada. No consigue
elevarse sobre los malvados lugares comunes. Las relaciones no son del todo tan
simples como él se imagina en principio. Por ejemplo, la producción capitalista
es hostil a ciertas ramas de la producción intelectual, como el arte y la
poesía. Si esto no se comprende, se llega a la quimera de los franceses del
siglo XVIII, tan bien ridiculizados por Lessing. Ya que en la mecánica y
en otros aspectos
hemos sobrepasado a
los antiguos, ¿por
qué no seríamos capaces también de escribir un poema
épico? ¡Y he aquí a La Henríada reemplazando a la Ilíada!
8 Una nota de Kautsky dice: «Esta palabra puede
leerse también como 'refinada'».
C. Marx: Historia crítica de la teoría de la
plusvalía, tomo I, pp. 381-382
16
La última fase de una forma histórica: su comedia
La historia no hace nada a medias, y atraviesa
muchas fases cuando quiere conducir una vieja forma social a la tumba. La
última fase de una forma histórica, es su comedia. Los dioses de Grecia, por
primera vez trágicamente heridos de muerte en el Prometeo encadenado de
Esquilo, debieron sufrir una segunda muerte cómica en los Diálogos de Luciano.
¿Por qué esta marcha de la historia? Por que la humanidad se separa alegremente
de su pasado.
C. Marx: «Contribución a la crítica de la
filosofía del derecho de Hegel», Obras, tomo I, p. 611, Mega.
17
El recurso de antiguas formas literarias y artísticas para exaltar las
luchas nuevas
A continuación del golpe de estado del 2 de
diciembre, Marx comienza a escribir sobre este hecho una
serie de artículos,
destinados a la
revista La Revolución
que su amigo Weydemeyer emigrado a América, se
proponía editar. La Revolución de Weydemeyer sólo lanzó dos
números, los dos
publicados en enero
de 1852; luego,
bajo el mismo
título, apareció una serie de folletos, el primero de los cuales,
editado en Nueva York en mayo de
1852, fue El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
El 18 Brumario de Luis Bonaparte, analiza
magistralmente la lucha de clases en Francia de
1848 a 1851, desenmascara implacablemente las
ilusiones democráticas y pequeño- burguesas. Las páginas famosas del comienzo
nuestran cómo, en el curso de la historia, los novadores, en su lucha por el
futuro, utilizan las tradiciones literarias y artísticas del pasado.
Hegel dice en alguna parte que todos los grandes
hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos,
dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como
farsa. Caussidiére, por Dantón, Louis Blanc, por Robespierre; la Montaña de
1848 a 1851, por la Montaña de 1793 a 1795; el
sobrino, por el tío. ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan
a la segunda edición del Dieciocho Brumario!
Los hombres hacen su propia historia, pero no la
hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por
ellos mismos, sino
bajo aquellas circunstancias en
que se encuentran directamente, que existen y que
trasmite el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como
una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos se disponen precisamente
a revolucionarse y revolucionar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas
épocas de crisis revolucionaria, es precisamente cuando conjuran temerosos en
su auxilio a los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus
consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y
este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.
Así, Lutero se disfrazó de apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió
alternativamente con el ropaje de la República Romana y del Imperio Romano, y
la revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar aquí al 1789 y allá
la tradición revolucionaria de 1793 a 1795. Es como el principiante que ha
aprendido un idioma nuevo: lo traduce siempre a su idioma nativo; pero sólo se
asimila el espíritu del nuevo idioma y es capaz de producir libremente en él,
cuando se mueve en su interior sin reminiscencias y olvida su lengua natal.
Si examinamos aquellos conjuros de los muertos en
la historia universal, observamos en seguida una diferencia que salta a la
vista. Camille Desmoulins, Dantón, Robespierre, Saint- Just, Napoleón, lo mismo
los héroes que los partidos y la masa de la antigua revolución francesa,
cumplieron, bajo el ropaje romano y con frases romanas, la misión de su tiempo:
librar de las cadenas a la sociedad burguesa moderna e instaurarla. Los unos
parcelaron el suelo feudal y segaron las cabezas feudales que habían brotado en
él. El otro creó en el interior de Francia las condiciones bajo las cuales ya
podía desarrollarse la libre competencia, explotarse la propiedad territorial
parcelada, aplicarse las fuerzas productivas industriales de la nación, que
habían sido liberadas; y, del otro lado de las fronteras francesas, barrió por
todas partes las formaciones feudales, en el grado en que esto era necesario
para rodear a la sociedad burguesa de
Francia, en el
continente europeo, de
un ambiente adecuado, acomodado a los tiempos. Una vez
instaurada la nueva formación social, desaparecieron los colosos
antediluvianos, y con ellos el romanismo resucitado: los Brutos, los Gracos,
los Publícolas, los tribunos, los senadores y hasta el mismo César. Con su
sobrio realismo, la sociedad burguesa se había creado sus verdaderos
intérpretes y portavoces en los Say, los Cousin, los Royer-Collard, los
Benjamín Constant y los Guizot: sus verdaderos generalísimos estaban en las
oficinas comerciales, y la cabeza atocinada de Luis XVIII era su
cabeza política. Totalmente absorbida por la producción de la riqueza y por la
lucha pacífica de la competencia, ya no se daba cuenta de que los espectros del
tiempo de los romanos habían velado su cuna. Mas, por poco heroica que sea la
sociedad burguesa, para hacerla nacer habían sido necesarios, sin embargo, el
heroísmo, la abnegación, el terror, la guerra civil y las batallas de los
pueblos. Y sus gladiadores encontraron en las tradiciones clásicamente severas
de la República Romana, los ideales y las formas artísticas, las ilusiones que
necesitaban para
ocultarse a sí mismos el contenido burguesamente
limitado de sus luchas, y para mantener su pasión a la altura de la gran
tragedia histórica. Así, en otra fase de desarrollo, un siglo antes, Cromwell y
el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las
pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzaba la verdadera
meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke
desplazó a Habacue.
En aquellas revoluciones, la resurrección de los
muertos servía, pues, para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las
antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder
en la realidad ante su cumplimiento, para recuperar el espíritu de la
revolución y no para evocar su espectro.
C. Marx-F. Engels: Obras Escogidas, tomo I, C.
Marx: «El 18 Brumario de Luis Bonaparte»,
pp.
250-251
18
Lo que el presente toma prestado al pasado
En 1861, Lassalle publica una obra filosófica y
jurídica: Teoría sistemática de los derechos adquiridos, cuya segunda parte
está dedicada al derecho sucesora! romano y germánico. Para Lassalle, toda
evolución histórica se reduce a una limitación creciente del derecho de
propiedad, limitación que finalizará en uno o dos siglos con su desaparición
completa. Marx, al cual había enviado su libro, señala la debilidad de las
concepciones de Lassalle, cuya tragedia Frans von Sickingen había criticado dos
años antes.
Has demostrado que la apropiación del testamento
romano originaliter9 (y también en la medida en que se puede tener en cuenta el
espíritu científico de los juristas) se apoya en una interpretación errónea.
Pero de ello no se sigue de ningún modo que el testamento en su forma moderna
—cualesquiera que fuesen los errores de los juristas modernos en la
interpretación del derecho romano por llevar a bien sus construcciones— sea el
testamento romano mal comprendido. Aparte de eso, se podría decir que toda adquisición
de un período anterior, apropiada por un período ulterior, es la antigüedad mal
comprendida. Es verdad, por ejemplo, que la regla de las tres unidades, tal
como la concebían los autores trágicos de la época de Luis XIV, se apoya en la
tragedia griega mal comprendida (y en Aristóteles, que la expuso). Por otra
parte, es también cierto que se comprendía a los griegos precisamente de la
manera que correspondía a las necesidades artísticas; y he aquí por qué se
atuvieron mucho tiempo aún a la tragedia llamada «clásica», después que Dacier
y otros interpretaron para ellos, de manera exacta, a Aristóteles. Es
igualmente seguro que todas las Constituciones modernas se apoyan en gran parte
en la Constitución inglesa mal comprendida y que toman como esencial lo que
aparece como una alteración de la Constitución inglesa —y que, ahora todavía,
no
existe de manera formal más que per abusum10 en
Inglaterra—, por ejemplo lo que se llama un Gabinete responsable. La forma mal
comprendida es precisamente la más general y, en un cierto grado de desarrollo
de la sociedad, se presta a un use11 general.
9 En el origen.
10 Por abuso.
11 En inglés en el texto. Use: uso. .
C. Marx: Carta a Lassalle del 22 de julio de
1861, en F. Lassalle: Cartas y escritos, tomo III, p. 375
19
El señor Dühring hace tabla rasa del pasado
En cuanto al aspecto estético de la enseñanza, el
señor Dühring tendrá que creer todo de nuevo. La poesía del pasado no vale
nada. Allí donde toda religión es prohibida, «los aderezos de carácter
mitológico o en general religioso», que son corrientes entre los poetas
antiguos, no pueden evidentemente ser tolerados en la escuela. Incluso el
«misticismo poético, que Goethe, por ejemplo, tanto ha cultivado», es
reprobable. El señor Dühring deberá, pues, decidirse él mismo a aportarnos esas
obras maestras poéticas que «responden a las exigencias superiores de una
imaginación equilibrada con el entendimiento» y representan el ideal auténtico,
el cual
«significa el perfeccionamiento del mundo». ¡Que
no dude en hacerlo! La comuna económica sólo podrá actuar por la conquista del
mundo cuando marche al paso de carga del alejandrino equilibrado con el
entendimiento.
F. Engels: Anti-Dühring, p. 389,
20
La «Estética» de Hegel
Como cada categoría en Hegel representa un grado
en la historia de la filosofía (a lo cual la reduce la mayor parte de las
veces), hará bien en leer sus conferencias sobre la historia de la filosofía
(una de las obras más geniales). Para descansar, le recomiendo la Estética.
Cuando la haya estudiado de cerca, se asombrará usted.
F. Engels: Carta a Conrad Schmidt, del 1 de
noviembre de 1891,
III. LA LITERATURA Y EL ARTE REFLEJOS DE LAS RELACIONES SOCIALES
Sumario
1.- Homero y la sociedad griega
2.- El paso del matriarcado al patriarcado
revelado por la tragedia antigua
3.- La ignorancia y el error en la tragedia
antigua
4.- El amor en la antigüedad
5.- Hegel y el arte griego
6.- Lucrecio
7.- Espartaco juzgado por Apiano
8.- Luciano
9.- Los cantos de los vikings y el matriarcado
10.- El amor en el «Canto de los Nibelungos»
11.- El anonadamiento por la dimensión
12. - Dante
13.- La poesía provenzal de la Edad Media
14.- La literatura de los malotrus
15.- El renacimiento
16.- Corneille, Shakespeare y la Edad Media
17.- Robinson Crusoe y el capitalismo naciente
18.-Con el mercado mundial aparece una literatura
universal
19.- Burton
20.- La Rochefoucauld
21.- Los precursores del siglo XVIII francés
22.- Pierre Bayle
23.- La ideología de la burguesía ascendente
24.- Diderot y Rousseau, dialécticos progresistas
25.- «El sobrino de Rameau»
26.- Los orígenes del materialismo francés y sus
prolongaciones: el socialismo, el comunismo
27.- La literatura materialista del siglo XVIII,
apogeo de la literatura francesa
28.- El teatro clásico francés utilizado por la
reacción
29.- La literatura alemana antes de Lessing
30.- La importación de la literatura francesa a
Alemania
31.- La literatura alemana al final del siglo
XVIII
32.- Walter Scott, novelista de los clanes
escoceses
33.- Goethe y la miseria alemana
34.- Goethe visto por Grün
35.- Las contradicciones de Goethe
36.- Shakespeare y Goethe sobre el dinero
37.- El idealismo de Schiller y el idealismo de
Hegel
38.- Fourier, crítico de la sociedad burguesa
39.- Guizot e Inglaterra
40.- El amor caballeresco y el matrimonio burgués
en la literatura
41.- El capitalismo no inspira a los poetas
42.- La lengua y la literatura rusas
43.- Puschkin
44.- Chernichevski
45.- Flerovski
46.- El porvenir de China
1
Homero y la sociedad griega
I
En los poemas homéricos, principalmente en la
Ilíada, aparece ante nosotros la época más floreciente del estadio superior de
la barbarie. La principal herencia que los griegos llevaron de la barbarie a la
civilización, la constituyen instrumentos perfeccionados de hierro, los fuelles
de fragua, cl molino de brazo, la rueda de alfarero, la preparación del aceite
y del vino, el labrado de los metales elevado a la categoría de arte, la
carreta y el carro de guerra, la construcción de barcos con tablones y vigas,
los comienzos de la arquitectura como arte, las ciudades amuralladas con torres
y almenas, las epopeyas homéricas y toda la mitología. Si comparamos con esto
las descripciones hechas por César, y hasta por Tácito, de los germanos, que se
hallaban en el umbral del estadio de cultura que los griegos de Homero se
disponían a pasar, veremos cuán espléndido fue el desarrollo de la producción
en el estadio superior de la barbarie.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, pp.
II
Entre los griegos encontramos en todo su rigor la
nueva forma de la familia. Mientras que, como señala Marx, la situación de las
diosas en la mitología nos habla de un período anterior, en que las mujeres
ocupaban todavía una posición más libre y más estimada. En los tiempos heroicos
vemos ya a la mujer humillada por el predominio del hombre y la competencia de
las esclavas. Léase en la Odisea cómo Telémaco interrumpe a su madre y le
impone silencio. En Homero, los vencedores aplacan sus apetitos sexuales en las
jóvenes capturadas; los jefes elegían para sí, por turno y conforme a su
categoría, las más hermosas; sabido es que la Ilíada entera gira entorno a la
disputa sostenida entre Aquiles y Agamenón a causa de una esclava. Junto a cada
héroe, más o menos importante, Homero habla de la joven cautiva con la cual
comparte su tienda y su lecho. Esas jóvenes eran también conducidas al país
nativo de los héroes, a la casa conyugal, como hizo Agamenón con Casandra, en
Esquilo; los hijos nacidos de esas esclavas reciben una pequeña parte de la
herencia paterna y son considerados como hombres libres; así, Teucro es hijo
natural de Telamón, y tiene derecho a llevar el nombre de su padre. En cuanto a
la mujer legítima, se exige de ella que tolere todo esto y, a la vez, guarde
una castidad y una fidelidad conyugal rigurosas. Cierto es que la mujer griega
de la época heroica es más respetada que la del período civilizado; sin
embargo, para el hombre no es, en fin de cuentas, más que la madre de sus hijos
legítimos, sus herederos; la que gobierna la casa y vigila a las esclavas de
quienes él tiene derecho a hacer, y hace, concubinas siempre que se le antoje.
La existencia de la esclavitud junto a la monogamia, la presencia de jóvenes y
bellas cautivas que pertenecen en cuerpo y alma al hombre, es lo que imprime
desde su origen un carácter específico a la monogamia, que sólo es monogamia
para la mujer y no para el hombre. En la actualidad, conserva todavía este
carácter.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, pp. 78-80,
III
En la Ilíada, el jefe de los hombres, Agamenón,
aparece no como el rey supremo de los griegos, sino como el general en jefe de
un ejército confederado ante una ciudad sitiada. Y Ulises, cuando estallan
disensiones entre los griegos, apela a esta calidad en el famoso pasaje.
«No es bueno que muchos manden a la vez, uno solo
debe dar las órdenes», etc. (El tan conocido verso en que se trata del cetro es
un postizo intercalado después):
Ulises no da aquí una conferencia acerca de la
forma de gobernar, sino que pide que se obedezca al general en jefe en campaña.
Entre los griegos, que no aparecen ante Troya más
que como ejército, el orden imperante en el ágora es bastante democrático.
Cuando Aquiles habla de presentes, es decir, del reparto del botín, no encarga
de ese reparto ni a Agamenón ni a ningún otro basileus, sino
a «los hijos
de los Aqueos»,
es decir, al
pueblo. Los atributos
«engendrado por Zeus», «criado por Júpiter», nada
prueban, desde el momento en que cada gens desciende de un dios, y la gens del
jefe de la tribu, de uno «más alto»: en el caso presente, de Zeus. Hasta los
individuos que no gozan de la libertad personal, como Eumeo y otros, son
«divinos» (dioi y theioi), y eso en la Odisea, es decir, en una época muy
posterior a la descrita por la Ilíada. También en la Odisea, se llama «heros»
al mensajero Mulios y al cantor ciego Demodoco. En resumen: la palabra
basileia, que los escritores griegos emplean para la sedicente realeza
homérica, acompañada de un consejo y de una asamblea del pueblo, significa,
sencillamente, democracia militar (porque el mando de los ejércitos era su
distintivo principal). (Marx)1
1 Marx-Engels Archiv, tomo IX, pp. 143-145.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, p. 136,
2
El paso del matriarcado al patriarcado revelado por la tragedia antigua
Lewis Morgan, el autor de Ancient Society (1877),
había llegado, a su manera y cuarenta años después de Marx, a una concepción
materialista de la historia. Apoyándose en sus trabajos, dejados en la sombra
por los corifeos de la ciencia, Engels estudia en El origen de la familia, la
propiedad privada y el estado (1884) el desarrollo de la sociedad primitiva
hasta la aparición de las clases y del Estado.
Para la cuarta edición aparecida en 1891, Engels
escribió un prefacio en el que analiza las obras de los primeros historiadores
de la familia: Bachofen, Mac Lennan, Lewis Morgan. No es inútil recordar que
los trabajos recientes de historiadores y de sociólogos reputados vienen a
apuntalar las opiniones de Bachofen, declaradas desde hace mucho tiempo viejas
por los que esperaban disminuir así el valor científico de la obra de Engels.
El
estudio de la
historia de la
familia comienza en
1861, con el
Derecho materno de Bachofen. El autor formula allí las
siguientes tesis: 1) primitivamente los seres humanos vivieron en promiscuidad
sexual, a la que Bachofen da, impropiamente, el nombre de heterismo; 2)
tales relaciones excluyen
toda posibilidad de
establecer con certeza
la paternidad, por lo que la filiación sólo podía contarse por línea
femenina, según el derecho materno; esto se dio entre los pueblos antiguos; 3)
a consecuencia de este hecho, las mujeres, como madres, como únicos
progenitores conocidos de la joven generación, gozaban de un gran aprecio y
respeto, que llegaba, según Bachofen, hasta el dominio femenino absoluto
(ginecocracia) ; 4) el paso a la monogamia, en la que la mujer pertenece a un
solo hombre, encerraba la transgresión de una antiquísima ley religiosa (es
decir, del derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella
mujer), transgresión que debía ser castigada o cuya tolerancia se resarcía con
la posesión de la mujer por otros durante determinado tiempo.
Bachofen halló las pruebas de estas tesis en
numerosas citas de la literatura clásica antigua, reunidas por él con singular
celo. El paso del «heterismo» a la monogamia y del derecho materno al paterno
se produce, según Bachofen —concretamente entre los griegos—, a consecuencia
del desarrollo de las concepciones religiosas, a consecuencia de la
introducción de nuevas divinidades que representan ideas nuevas, en el grupo de
los dioses tradicionales, encarnación de las viejas ideas; poco a poco los
viejos dioses van siendo relegados a segundo
plano por los primeros. Así, pues, según
Bachofen, no fue el desarrollo de las condiciones reales de existencia entre
los hombres, sino el reflejo religioso de esas condiciones en el cerebro de
ellos, lo que determinó los cambios históricos en la situación social recíproca
del hombre y de la mujer. En correspondencia con esta idea, Bachofen interpreta
la Orestíada de Esquilo como un cuadro dramático de la lucha entre el derecho
materno agonizante y el derecho paterno, que nació y logró la victoria sobre el
primero en la época de las epopeyas. Llevada de su pasión por su amante Egisto,
Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, al regresar éste de la guerra de
Troya; pero Orestes, hijo de ella y de Agamenón, venga al padre quitando la
vida a su
madre. Ello hace
que se vea
perseguido por las
Erinias, seres demoníacos que
protegen el derecho materno, según el cual el matricidio es el más grave e
imperdonable de los crímenes. Pero Apolo, que por mediación de su oráculo ha
incitado a Orestes a matar a su madre, y Atenea, que interviene como juez,
ambas divinidades representando aquí el nuevo derecho paterno, defienden a
Orestes. Atenea escucha a ambas partes. Todo el litigio está resumido en la
discusión que sostienen Orestes y las Erinias. Orestes dice que Clitemnestra ha
cometido un crimen doble por haber matado a su marido y padre de su hijo. ¿Por
qué las Erinias lo persiguen a él cuando ella es mucho más culpable? La
respuesta es sorprendente:
«No estaba unida por los vínculos de la sangre al
hombre que ella mató».
El asesinato de una persona con la que no se está
ligada por lazos de sangre, incluso si es el marido de la asesina, puede
expiarse y no concierne en lo más mínimo a las Erinias. La misión de éstas es
perseguir el homicidio entre consanguíneos; y el peor de estos crímenes, el
único imperdonable, según el derecho materno, es el matricidio. Pero aquí
interviene Apolo, el defensor de Orestes. Atenea somete el caso al aerópago, el
tribunal jurado de Atenas; hay el mismo número de votos en pro de la absolución
y en pro de la condena; entonces, Atenea, en calidad de presidente del
tribunal, vota en favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno obtiene la
victoria sobre el materno, los «dioses de la joven generación», según se
expresan las propias Erinias, vencen a éstas, que, al fin y a la postre, se
resignan a ocupar un puesto diferente al que han venido ocupando y se ponen al
servicio del nuevo orden de cosas.
Esta nueva y muy acertada interpretación de la
Orestíada es uno de los más bellos y mejores pasajes del libro de Bachofen,
pero al mismo tiempo es la prueba de que Bachofen cree, como en su
tiempo Esquilo, en
las Erinias, en
Apolo y en
Atenea; es decir,
cree que estas divinidades realizaron
en la época
heroica griega el
milagro de echar
abajo el derecho materno y de sustituirlo por el
paterno. Es evidente que tal concepción, que estima la religión como palanca
decisiva de la historia mundial, se reduce, en fin de cuentas, al más puro
misticismo. Por ello, estudiar a fondo el voluminoso tomo de Bachofen es una
labor ardua y, en muchos casos, poco provechosa. Sin embargo, lo dicho no
disminuye su mérito como investigador que ha abierto una nueva senda, ya que ha
sido el primero en sustituir las frases acerca de aquel ignoto estadio
primitivo con promiscuidad sexual, por la demostración de que en la literatura
clásica griega hay muchas huellas de que entre los griegos y entre los pueblos
asiáticos existió en efecto, antes de la monogamia, un estado social en el que
no solamente el hombre mantenía relaciones sexuales con varias mujeres, sino
que también la mujer mantenía relaciones
sexuales con varios
hombres, sin faltar
por ello a
los hábitos establecidos. Bachofen probó que este uso no
desapareció sin dejar huellas bajo la forma de la necesidad, para la mujer, de
entregarse por un período determinado a otros hombres, entrega que era el
precio de su derecho al matrimonio único; que, por tanto, primitivamente no
podía contarse la descendencia sino en línea femenina, de madre a madre; que
esta validez exclusiva de la filiación femenina se mantuvo largo tiempo,
incluso en el período de la monogamia con la
paternidad establecida, o por lo menos,
reconocida; y, por último, que esa situación primitiva de las madres, como
únicos genitores ciertos de sus hijos, aseguró a aquéllas y, al mismo tiempo, a
las mujeres en general, una posición social más elevada de la que entonces acá
nunca han tenido. Es cierto que Bachofen no emitió esos principios con tanta
claridad, por impedírselo el misticismo de sus concepciones; pero los demostró,
y ello, en 1861, fue toda una revolución.
F. Engels: El origen de la familia, la propiedad
privada y el estado, pp. 12-15,
3
La ignorancia y el error en la tragedia antigua
La ignorancia es un demonio que, tememos,
provocará aún numerosas tragedias. Con razón los más grandes poetas griegos lo
han representado como el destino-trágico en los dramas terribles de las
dinastías reales de Micenas y Tebas.
C. Marx: «Editorial de la Gaceta Renana del 14 de
julio de 1842», Obras, tomo I, p. 249, Mega.
4
El amor en la antigüedad
El amor, en el sentido moderno de la palabra, no
se presenta en la antigüedad sino fuera de la sociedad oficial. Los pastores
cuyas alegrías y penas de amor nos cantan Teócrito y Moscos o Longo en su
Dafnis y Cloe, son simples esclavos que no tienen participación en el Estado,
esfera en que se mueve el ciudadano libre.
F. Engels: El origen de la familia, la propiedad
privada y el estado, pp. 97-98,
5
Hegel y el arte griego
La filosofía de la historia, principalmente la
representada por Hegel, reconoce que los móviles ostensibles y aun los móviles
reales y efectivos de los hombres que actúan en la historia no son, ni mucho
menos, las últimas causas de los acontecimientos históricos, sino que detrás de
ellos están otras fuerzas determinantes, que hay que investigar; lo que le
ocurre es que no va a buscar estas fuerzas a la misma historia, sino que las
importa de fuera, de la ideología filosófica. En vez de explicar la historia de
la antigua Grecia por su propia concatenación
interna, Hegel afirma, por ejemplo,
sencillamente, que esta historia no es más que la elaboración de las «formas de
la bella individualidad», la realización de la «obra de arte» como tal. Con
este motivo dice muchas cosas hermosas y profundas acerca de los antiguos
griegos, pero esto
no impide que
hoy no nos
demos por satisfechos
con semejante explicación, que no
es más que una frase.
F. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la
filosofía clásica alemana, pp. 48-49,
Lucrecio
Lucrecio es el verdadero poeta épico de los
romanos, porque canta la sustancia del espíritu romano; en lugar de las figuras
alegres, poderosas, enteras, de Homero, tenemos héroes sólidos, armados de
manera impenetrable, que no poseen otras cualidades; la guerra omnim contra
omnes,2 la forma rígida del ser-para-sí,
una naturaleza privada de lo divino y de un dios desligado del mundo.
2 Todos contra todos.
C. Marx: «Trabajos preparatorios de Diferencia de
la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro», Obras, t. I, p. 126,
Mega.
7
Espartaco juzgado por Apiano
Por el contrario, en la noche leía, por
descansar, la historia de las dos guerras civiles romanas de Apiano en el
original griego. Libro de gran valor. El autor es de origen egipcio. Schlosser
dice que no tiene «edad», sin duda porque se esfuerza en explicar las guerras
civiles por las condiciones materiales. El retrato que nos hace de Espartaco,
nos lo muestra como el tipo más bello que encontramos en toda la historia
antigua. Es un gran capitán (no un Garibaldi), un noble carácter, un verdadero
representante del proletariado antiguo.
Correspondencia Marx-Engels, tomo III, Carta de
Marx a Engels, 27 de febrero de
1861. p. 15, Mega.
8
Luciano
Una de las mejores fuentes para conocer a los
primeros cristianos es Luciano de Samosata, ese Voltaire de la antigüedad
clásica, que dio prueba de un igual escepticismo ante todas las
variedades de supersticiones religiosas y que, en
consecuencia, no tenía razón alguna dictada por convicciones paganas o
políticas para considerar a los cristianos distintos a las demás comunidades
religiosas. Al contrario, se burla de ellos a causa de su superstición, tanto
de los adoradores de Júpiter como de los adoradores de Cristo; desde su punto
de vista personal sin profundidad, cada una de esas supersticiones es tan necia
como la otra.
C. Marx-F. Engels: Sobre la religión, F. Engels:
«Sobre la historia del cristianismo primitivo»,
en p. 274, Editora Política, La Habana, 1963.
9
Los cantos de los vikings y el matriarcado
Aún más decisivo, por ser unos ochocientos años
posteriores, es un pasaje de la Völuspá, antiguo canto escandinavo acerca del
ocaso de los dioses y el fin del mundo. En esta Visión de la profetisa, en la
que hay entrelazados elementos cristianos, según está demostrado hoy por Bang y
Bugge, se dice al describir los tiempos depravados y de corrupción general,
preludio de la gran catástrofe:
«Broedhr munu berjask ok at Bónum verdask munu
systrungar sifjum spilla».
«Los hermanos se harán la guerra y se convertirán
en asesinos unos de otros; hijos de hermanas romperán sus lazos de estirpe».
Systrungar quiere decir el hijo de la hermana de la madre; y que esos hijos de
hermanas renieguen entre sí de su parentesco sanguíneo, lo considera el poeta
como un crimen mayor que el propio fratricidio. La agravación del crimen la
expresa la palabra systrungar, que subraya el parentesco por línea materna; si
en lugar de esa palabra estuviese syskinaborn (hijos de hermanos y hermanas),
la segunda línea del texto citado no encarecería la primera línea, sino la
atenuaría. Así pues, hasta en los tiempos de los vikings, en que apareció la
Völuspá, el recuerdo del matriarcado no había desaparecido aún en Escandinavia.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, pp. 176-
177,
10
El amor en el «Canto de los Nibelungos»
La Edad Media arranca del punto mismo en que se
detuvo la antigüedad, con su amor sexual en embrión, es decir, arranca del
adulterio. Ya hemos pintado el amor caballeresco, que engendró los Tagelieder.
De este amor, que tiende a destruir el matrimonio, hasta aquel que debe
servirle de base, hay un largo trecho que la caballería nunca cubrió hasta el
fin. Incluso cuando pasamos de los frívolos pueblos latinos a los virtuosos
alemanes, vemos en el poema de los Nibelungos que Krimhilda, aunque en silencio
está tan enamorada de Sigfrido como éste de ella, responde sencillamente a
Gunther, cuando éste le anuncia que le ha prometido a
un caballero, de quien calla el nombre: «No
tenéis necesidad de suplicarme; haré lo que queráis; estoy dispuesta de buena
voluntad, señor, a unirme con aquel que me deis por marido». No se le ocurre de
ningún modo a Krimhilda la idea de que su amor pueda ser tenido en cuenta para
nada. Gunther pide en matrimonio a Brunilda y Etzel a Krimhilda, sin haberlas
visto nunca. De igual manera Sigebant de Irlanda busca en Gudrun a la noruega
Ute, Hetel de Hegeligen a Hilda de Irlanda, y, en fin, Sigfrido de Morlandia,
Hartmut de Ormania y Herwig de Seelandia piden los tres la mano de Gudrun; sólo
aquí sucede que ésta se pronuncia libremente a favor del último. Por lo común,
la futura del joven príncipe es elegida por los padres de éste si aún viven, o,
en caso contrario, por él mismo, aconsejado por los grandes feudatarios, cuya
opinión, en estos casos, tiene gran peso. Y no puede ser de otro modo, por
supuesto. Para el caballero o el barón, como para el mismo príncipe, el
matrimonio es un acto político, una cuestión de aumento de poder mediante
nuevas alianzas; el interés de la casa es lo que decide, y no las inclinaciones
del individuo. ¿Cómo podía entonces corresponder al amor la última palabra en
la concertación del matrimonio?
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y
el estado, pp.
99-
100,
11
El anonadamiento por la dimensión
¡Sin duda! Nuestra época ya no tiene el sentido
efectivo de la grandeza que admiramos a la Edad Media. Ved nuestros minúsculos
tratados pietistas, ved nuestros sistemas filosóficos en sus pequeños inoctavo,
y ahora volved los ojos hacia los veinte infolios gigantes de Duns Sotus. No
necesitáis leer esos libros; sólo su aspecto extraordinario toca vuestro
corazón, golpea vuestros sentidos, como algún monumento gótico. Esas obras
gigantes, que parecen surgidas de la naturaleza, actúan materialmente sobre el
espíritu: éste se siente aplastado bajo su masa, y el sentimiento de
anonadamiento es el comienzo de la veneración. No poseéis esos libros, son
ellos los que os poseen. Sois únicamente su accesorio: así, piensa la
Staatszeitung prusiana, el pueblo debería ser el accesorio de su literatura
política.
C. Marx: «Debates sobre la libertad de prensa»,
Obras, tomo I, p. 181, Mega.
12
Dante
En el último párrafo que ha escrito para la
edición italiana del Manifiesto del Partido Comunista, prefacio fechado en
Londres, el 1 de febrero de 1893, Engels recuerda que las épocas de transición
son favorables a la eclosión de los genios literarios.
El Manifiesto rinde plena justicia al papel
revolucionario que el capitalismo ha tenido en el pasado. La primera nación
capitalista ha sido Italia. El fin de la edad media feudal, la llegada de la
era capitalista moderna, son señaladas por una figura colosal: un italiano,
Dante, es a la vez el último poeta de la Edad Media y el primer poeta de los
tiempos modernos. Hoy, como hacia
1300, una nueva
era histórica va
a abrirse. ¿Italia
nos dará un
nuevo Dante que anunciará el nacimiento de esta nueva era
proletaria?
C.
Marx-F. Engels: Obras
escogidas, tomo I, Manifiesto
del Partido Comunista,
F. Engels:
«Prefacio a la edición italiana de 1893» en pp.
30-31
13
La poesía provenzal de la Edad Media
Tras las jornadas de marzo de 1848, un parlamento
nacional alemán fue elegido y se reunió en Francfort, sobre el Meno. Engels lo
llama, en un artículo del New York Tribune del 27 de febrero de 1852, una
«asamblea de viejas» que «tenía más miedo del menor movimiento popular que de
todas las conspiraciones reaccionarias de los gobiernos alemanes juntos». Esta
asamblea de cobardes y parlanchines sancionó la partición de Polonia. Marx y
Engels, en la Nueva Gaceta Renana que editaban en Colonia, consagran del 7 de
agosto al 6 de septiembre de 1848, una serie de artículos a los debates de la
asamblea sobre Polonia. A propósito de la ocupación de Polonia por la Rusia
zarista, Marx y Engels recuerdan la historia de Provenza, que conoció en la
Edad Media una civilización brillante y refinada, pero fue aplastada por los
franceses del Norte, relativamente atrasados, y por sus reyes despóticos (Luis
XI).
La nacionalidad de Francia meridional y la de
Francia septentrional eran, en la Edad Media, así desiguales como lo son en
nuestros días los polacos y los rusos. La nación de Francia meridional, llamada
ordinariamente nación provenzal, no sólo había alcanzado en la Edad Media un
«desarrollo precioso», sino que se hallaba, incluso, a la cabeza del desarrollo
europeo. Y de todas las naciones nuevamente aparecidas, poseía una lengua
cultivada. Su arte poética servía de modelo entonces inaccesible a todos los pueblos
romanos, incluso a los alemanes y a los ingleses. Por el refinamiento de las
maneras caballerescas, rivalizaba con los castellanos, los franceses del norte
y los normandos ingleses: por la industria y el comercio, no cedía en nada a
los italianos. No sólo es «una fase de la vida de la Edad Media» la que ha
desarrollado «hasta su forma más brillante», incluso ha lanzado un reflejo de
la antigüedad griega en el corazón de la más profunda Edad Media. La nación de
la Francia meridional ha adquirido, pues, méritos, no sólo inmensos, sino
verdaderamente inconmensurables, «en el seno de la familia de los pueblos
europeos». Sin embargo, como Polonia, ha sido primero escindida entre la
Francia del Norte y los ingleses; más tarde, enteramente subyugada por los
franceses del Norte.
F. Engels: «Los debates sobre Polonia en
Francfort», Obras, t. VII, pp. 332-333, Mega.
14
La literatura de los malotrus
Karl
Heinzen (1809-1880), publicista
demócrata, había atacado
a los comunistas
en la
Deutsche Brüsseler Zeitung. Engels, luego Marx,
le responden en el mismo periódico y denuncian el carácter abstracto y
antihistórico de sus concepciones políticas y sociales. Para Heinzen, la
monarquía no se debe sino a una aberración secular del espíritu humano y toda
cuestión social se reduce a este dilema: monarquía o república.
Marx da, en octubre y noviembre de 1847, en la
misma revista, una serie de artículos bajo el titulo general: La crítica
moralizante y la moral crítica. Contribución a la historia de la cultura
alemana. Contra Karl Heinzen. En su primer artículo del 28 de octubre de 1847,
Marx ve en los escritos de Heinzen una resurrección de la literatura de los
malotrus del siglo XV1.
Un poco antes y durante la época de la reforma,
se formó entre los alemanes una literatura cuyo nombre por sí solo es
impresionante: la literatura de los malotrus. Vamos hacia una época de
trastornos, análoga a la del siglo XVI. No hay nada de asombroso, pues, que la
literatura de los malotrus surja de nuevo. El interés por el desarrollo
histórico importa más que el disgusto estético que este género de escritos
provoca y provocaba ya en los siglos XV y XVI, incluso entre la gente de un
gusto poco evolucionado.
Plano, jactancioso, lleno de fanfarronería,
pretenciosamente grosero en el ataque, histéricamente sensible a la grosería de
los demás; blandiendo la espada y gesticulando con un derroche inaudito de
fuerzas para dejarla caer tranquilamente; predicando constantemente la moral y
constantemente violándola, mezclando de la manera más cómica lo patético y lo
vulgar; preocupada solamente de la cosa en sí misma y perdiéndola de vista
continuamente; oponiendo con la misma suficiencia la semieducación libresca pequeñoburguesa
a la sabiduría popular, y lo que se llama el «sentido común» a la ciencia;
desbordando infinitamente con no sé
qué ligereza satisfecha;
dando una forma
plebeya a un
contenido pequeñoburgués;
luchando contra la lengua literaria a fin de darle, por así decirlo, un
carácter puramente corporal; dejando gustosamente aparecer al fondo la persona
física del escritor que arde por ejecutar cualquier tour de force, de mostrar
sus vastos hombros, de estirar públicamente sus miembros; jactándose de un
espíritu sano en un cuerpo sano; inconscientemente infectado por las querellas
más sutiles y la fiebre física del siglo XVI; encadenada por nociones
dogmáticas estrechas, apelando, contra
la idea, a
una práctica mezquina;
desgañitándose contra la reacción, reaccionando contra el progreso;
en su incapacidad de describir al adversario bajo una luz ridícula, cubriéndole
ridículamente, bajo una gama de injurias; Salomón y Marcolph, Don Quijote y
Sancho Panza, el idealista y el comodón en la misma persona; una forma de
indignación grosera, una forma de grosería indignada; y sobre todo esto, la
conciencia honesta del hombre de bien contento de sí mismo: tal era la
literatura de los malotrus del siglo XVI. Si nuestra memoria no nos falla, el
espíritu popular le ha erigido un monumento lírico en la canción de Heineke, el
bravo mozo. El señor Heinzen tiene el mérito de ser uno de los restauradores de
la literatura de los malotrus y de aparecer, en esta relación, como una de las
golondrinas alemanas de la primavera de los pueblos que se acerca.
C. Marx: «La crítica moralizante y la moral
crítica», Obras, t. VI, pp. 298-299, Mega.
15
El renacimiento
El estudio moderno de la naturaleza, el único que
ha alcanzado un desarrollo científico, sistemático y completo, en contraste con
las geniales intuiciones filosóficas que los antiguos aventuraran acerca de la
naturaleza, y con los descubrimientos de los árabes, muy importantes pero
esporádicos y, en la mayoría de los casos, perdidos sin aportar el menor
resultado positivo; este estudio moderno de la naturaleza, como casi toda la
nueva historia, data de la gran época que nosotros, los alemanes, llamamos la Reforma
—según la desgracia nacional que entonces nos aconteciera—, los franceses
Renaissance y los italianos Cinquecento, si bien ninguna de estas
denominaciones refleja con toda plenitud su contenido. Es ésta la época que
comienza con la segunda mitad del siglo XV. El Poder real, apoyándose en los
habitantes de las ciudades, quebrantó el poderío de la nobleza feudal y
estableció grandes monarquías, basadas esencialmente en el principio nacional y
en cuyo seno se desarrollaron las naciones europeas modernas y la moderna
sociedad burguesa. Mientras los habitantes de las ciudades y los nobles
hallábanse aún enzarzados en su lucha, la guerra campesina en Alemania apuntó
proféticamente las futuras batallas de clase: en ella no sólo salieron a la
arena los campesinos insurreccionados —esto no era nada nuevo—, sino que tras
ellos aparecieron los antecesores del proletariado moderno, enarbolando la
bandera roja y con reivindicación de la propiedad común de los bienes en sus
labios. En los manuscritos salvados en las ruinas de Bizancio, en las estatuas
antiguas encontradas en las ruinas de Roma, un nuevo mundo —la Grecia antigua—
se ofreció a los ojos atónitos de Occidente. Los espectros del Medioevo se
desvanecieron ante aquellas formas luminosas; en Italia se produjo un inusitado
florecimiento del arte, que vino a ser como un reflejo de la antigüedad clásica
y que nunca volvió a repetirse. En Italia, Francia y Alemania, nació una
literatura nueva, la primera literatura moderna. Poco después llegaron las
épocas clásicas de la literatura en Inglaterra y España. Los límites del viejo
«orbis terrarum» fueron rotos; sólo entonces fue descubierto el mundo, en el
sentido propio de la palabra, y se sentaron las bases para el subsecuente
comercio mundial y para el paso del artesanado a la manufactura, que a su vez
sirvió de punto de partida a la
gran industria moderna. Fue
abatida la dictadura espiritual
de la iglesia; la mayoría de los
pueblos germanos se sacudió de su yugo y abrazó la religión protestante,
mientras que entre los pueblos románticos iba echando raíces cada vez más
profundas y desbrozando el camino al materialismo del siglo XVIII una serena
libertad de pensamiento heredada de los árabes y nutrida por la filosofía
griega, de nuevo descubierta.
Fue ésta la mayor revolución progresiva que la
humanidad había conocido hasta entonces; fue una época que requería titanes y
que engendró titanes por la fuerza del pensamiento, por la pasión y el
carácter, por la universalidad y la erudición. De los hombres que echaron los
cimientos del actual dominio de la burguesía podrá decirse lo que se quiera,
pero de ningún modo que pecasen de limitación burguesa. Por el contrario, todos
ellos se hallan dominados, en mayor o menor medida, por el espíritu de aventuras
inherente a la época. Entonces casi no había ni un solo gran hombre que no
hubiera realizado lejanos viajes, no hablara cuatro o cinco idiomas y no
brillase en varios dominios de la ciencia y de la técnica. Leonardo da Vinci no
sólo fue un gran pintor, sino un eximio matemático, mecánico e ingeniero, al
que debemos importantes descubrimientos en las más distintas ramas de la
física. Alberto Durero fue pintor, grabador, escultor, arquitecto, y además
ideó un sistema de fortificaciones que encerraba pensamientos desarrollados
mucho después por Montalembert y la moderna ciencia alemana de la
fortificación. Maquiavelo fue hombre de estado, historiador, poeta y, por
añadidura el primer escritor militar digno de
mención en los tiempos modernos. Lutero no sólo limpió los establos de augias
de la iglesia, sino también los del idioma alemán, fue el padre de la prosa
alemana contemporánea y compuso la letra y la música del himno triunfa que
llegó a ser La marsellesa del siglo XVI. Los héroes de aquellos tiempos aún no
eran esclavos de la división del trabajo, cuya influencia comunica a la
actividad de los hombres, como podemos observarlo en muchos de sus sucesores,
un carácter limitado y unilateral. Lo que más caracterizaba a dichos héroes era
que casi todos ellos vivían plenamente los intereses de su tiempo, participaban
de manera activa en la lucha política, se sumaban a un partido u otro y
luchaban unos con la palabra y la pluma y otros con la espada, cuando no con
ambas cosas a la vez. De aquí la plenitud y la fuerza de carácter que hace de
ellos hombres de una sola pieza. Los sabios de gabinete eran entonces una
excepción: eran hombres de segunda o tercera fila o prudentes filisteos que no
querían quemarse los dedos.
F. Engels: Introducción a Dialéctica de la
naturaleza, pp. 3-4,
16
Corneille, Shakespeare y la Edad Media
En abril de 1841, el joven Engels, que firma
Friedrich Oswald en la revista Telegraph für
Deutschland escribe un artículo sobre las
Memorabilia, obra póstuma de Inmermann (1796-
1840), poeta, autor dramático y novelista. Engels
subraya cuán complejos son los escritores de transición.
Parecerá siempre ficticio hacer salir a Corneille
de la Edad Media romántica y pretender que
Shakespeare debe a la Edad Medía más que la
materia bruta que encuentra en ella.
F.
Engels: «Las memorabilia
de Inmermann», Obras, t. II, p.
116, Mega.
17
Robinson Crusoe y el capitalismo naciente
El cazador y el pescador individuales y aislados,
por los cuales comienzan Smith y Ricardo, forman parte de las triviales
imaginaciones del siglo XVIII. Las robinsonadas no expresan de ninguna manera,
como ciertos historiadores de la civilización se lo imaginan, una simple
reacción contra excesos de refinamientos y un retorno a un estado natural mal
comprendido. Tampoco se apoya
sobre semejante naturalismo
El contrato social
de Rousseau, que estableció relaciones
y lazos, por
medio de un pacto entre
temas independientes por naturaleza. Esta es la apariencia, y la
apariencia de orden puramente estético, de las pequeñas y las grandes
robinsonadas. Estas son sobre todo una anticipación de la «sociedad burguesa»,
que se preparaba desde el siglo XV1 y que en el siglo XVIII marchaba a paso de
gigante hacia su madurez. En esta sociedad en la que reina la libre
competencia, el individuo aparece desligado de los lazos naturales, etc., que
en épocas históricas anteriores hacen de él una parte integrante de un
conglomerado humano determinado y delimitado. Para los profetas del siglo XVIII
—Smith y Ricardo se sitúan aun completamente en sus posiciones— este individuo
del
siglo XVIII —producto de una parte de la
disolución de las formas de la sociedad feudal, y de otra parte de las fuerzas
productivas nuevamente desarrolladas desde el siglo XVI— aparece como un ideal
pasado. No como un cumplimiento histórico, sino como el punto de partida de la
historia. Porque consideran a este individuo como algo natural, conforme a su
concepción de la naturaleza humana, no como un producto de la historia, sino
como algo dado por la naturaleza. Esta ilusión ha sido compartida hasta aquí por
toda época nueva. Steuart que, por más de una razón, se opone al siglo XVIII y,
en su calidad de aristócrata se mantiene más en el terreno histórico, escapó a
esta ilusión ingenua.
C. Marx: Contribución a la crítica de la economía
política, pp.
18
Con el mercado mundial aparece una literatura universal
En lugar del antiguo aislamiento de las
provincias y de las naciones suficientes en sí mismas, se desarrollan
relaciones universales, una interdependencia universal de las naciones. Y lo
que es verdad de la producción material no lo es menos de las producciones del
espíritu. Las obras intelectuales
de una nación
devienen propiedad común
de todas. La
estrechez y el exclusivismo nacionales devienen cada día
más imposibles; y de la multiplicidad de las literaturas nacionales y locales nace
una literatura universal.
C. Marx-F. Engels: Obras escogidas, tomo I,
Manifiesto del Partido Comunista, Burgueses y proletarios, p.
19
Burton
Su envío ha sido para mí una agradable sorpresa.
¡Muchas gracias! Me avergüenza confesarle que, en mi ignorancia, me imaginaba
que la Anatomía de la melancolía,3 era
una de esas serias disertaciones sicológicas del siglo XVIII que me dan horror.
Ahora, veo que es una obra que pertenece a la más grande época de la literatura
inglesa, el principio del siglo XVII. La leeré con placer y por lo que he visto
puedo decir con certidumbre que esta obra será para mí una fuente de continuo
placer.
3 Obra aparecida en 1621. Su autor, Burton
(1576-1639), eclesiástico inglés muy erudito, consagró su vida al estudio y a
la meditación. Se le llama a veces «el Montaigne inglés». (N. de la Red.)
F. Engels: Carta a Lamphlugh del 10 de enero de
1894, escrita en inglés.
20
La Rochefoucauld
Arreglando
mis libros en
el anaquel, hallé
por azar un
tomito de La
Rochefoucauld: Reflexiones, etc.,4 en una vieja edición. Hojeándolo,
hallé lo siguiente:
«La gravedad es un misterio del cuerpo, inventado
para ocultar los defectos del espíritu».5
Así, Sterne ha picado en La Rochefoucauld.6
Otras máximas son bellas:
«Tenemos todos fuerza en demasía para soportar
los males de otros».
«Los
viejos gustan de
dar buenos consejos
para consolarse de no poder
dar ya malos ejemplos».
«Los reyes hacen hombres como piezas de moneda;
los hacen valer lo que quieren; hay la obligación de recibirlos porque están en
curso, y no por su verdadero valor».
«Cuando
los vicios nos
abandonan, nos enorgullecemos con
la creencia de
que somos nosotros los que los
dejamos a ellos».
«La moderación es la languidez y la pereza del
alma, como la ambición es la actividad y el ardor».
«Perdonamos a veces a los que nos aburren; pero
no podemos perdonar a los que aburrimos».
«Lo que hace que los amantes y las amantes no se
aburran de estar juntos es que hablan siempre de sí mismos».
.4 Reflexiones o sentencias y máximas morales.
5 Todas estas máximas de la La Rochefoucauld son
citadas por Marx en su texto francés.
6 Se encuentra esta frase en Vida y opiniones de
Tristram Shandy, de Sterne es pronunciada por Yorick que atribuye su pa-
ternidad a «un francés ingenioso». Marx había citado este pensamiento en su
artículo, aparecido en 1843, «Notas sobre la reciente reglamentación de la
censura prusiana», Obras, tomo I, p. 154.
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Marx a Engels, 26 de
junio de 1869. p. 197, Mega
21
Los precursores del siglo XVIII francés
Si Francia, a finales del siglo pasado, ha dado
un glorioso ejemplo al mundo entero, no podemos dejar pasar en silencio el
hecho de que Inglaterra ciento cincuenta años antes dio ese ejemplo, y eso en
una época en que Francia no estaba incluso preparada a seguirlo. Y, en lo que
se refiere a las ideas, esas ideas que precisamente los filósofos franceses del
siglo XVIII
—Voltaire, Rousseau, Diderot, D'Alembert y otros—
tanto han popularizado, ¿dónde fueron concebidas si no en Inglaterra? No
dejemos nunca palidecer la memoria de Milton, el primer defensor del regicidio,
de Algernon Sydney, de Bolingbroke y de Shaftesbury, ante el brillo de sus
sucesores franceses.
F. Engels: «Reform Movement in France. Banquet of
Dijon», Obras, tomo VI, pp.
367 y 375, Mega.
22
Pierre Bayle
El hombre que, teóricamente, hizo perder su
crédito a la metafísica del siglo XVII y a toda metafísica, fue Pierre Bayle.
Su arma era el escepticismo, forjado con ayuda de las fórmulas mágicas de la
metafísica misma. El mismo tomó su punto de partida de la metafísica
cartesiana. Fue combatiendo la teología especulativa como Feuerbach se lanzó a
combatir la filosofía especulativa, precisamente porque reconocía en la
especulación el último apoyo de la teología, y necesitaba forzar a los teólogos
a renunciar a su seudociencia para volver a la fe grosera y repugnante; e
igualmente fue porque sentía dudas religiosas, que Bayle se puso a dudar de la
metafísica que apuntalaba esta fe. Así pues, sometió la metafísica a la
crítica, en toda su evolución histórica. Se ha hecho el historiador para
escribir la historia de su muerte. Rechazó sobre todo a Spinoza y a Leibnitz.
Disolviendo la metafísica por el escepticismo, Pierre Bayle ha hecho algo mejor
que preparar al materialismo y a la filosofía del buen sentido su adopción en
Francia. Ha anunciado la sociedad atea que debía establecerse luego,
demostrando que podía existir una sociedad de puros ateos, que un ateo podía
ser hombre honesto, que el hombre se rebajaba, no por el ateísmo, sino por la
superstición y la idolatría.
Como dice un autor francés, Pierre Bayle ha sido
«el último de los metafísicos del siglo
XVII» y el «primero de los filósofos en el
sentido del siglo XVIII».
C. Marx-F. Engels: La sagrada familia, p.
207
23
La ideología de la burguesía ascendente
Sabemos hoy que este reino de la razón no era
otra cosa que el reino idealizado de la burguesía; que la justicia eterna
encontró su cumplimiento en la justicia burguesa; que la igualdad terminó en la
igualdad burguesa ante la ley; que se proclamó como uno de los derechos esenciales
del hombre, la ... propiedad
burguesa; y que el
Estado racional, el contrato social de Rousseau, no vino y no
podía venir al mundo sino bajo la forma de una República democrática burguesa.
Como sus antecesores, los grandes pensadores del siglo XVIII, no podían
sobrepasar los límites que les había asignado su época.
F. Engels: Anti-Dühring, pp. 26-27,
24
Diderot y Rousseau, dialécticos y progresistas
I
Sin embargo, al lado y como consecuencia de la
filosofía francesa del siglo XVIII, la filosofía alemana moderna había nacido y
había hallado su perfección en Hegel. Su mayor mérito fue volver a la
dialéctica como forma superior del pensamiento. Los filósofos griegos de la
antigüedad eran todos, de nacimiento, por naturaleza, dialécticos; y el
espíritu más universal entre ellos, Aristóteles, ha estudiado ya las formas más
esenciales del pensamiento dialéctico. La filosofía moderna, por el contrario,
aunque la dialéctica tuviera en ella ilustres representantes (por ejemplo,
Descartes y Spinoza), se había atascado cada vez más, sobre todo bajo la
influencia inglesa, en el modo de pensar llamado metafísico, que domina también
casi sin excepción entre los franceses del siglo XVIII, al menos en sus obras
especialmente filosóficas. Al margen de la filosofía propiamente dicha, sin
embargo, estaban en condiciones de producir obras maestras de dialéctica; sólo
recordaremos El sobrino de Rameau de Diderot y el Discurso sobre el origen y
los fundamentos de la desigualdad entre los hombres de Rousseau.
F. Engels: Anti-Dühring, pp. 29-30,
II
La convicción de que la humanidad, al menos por
el momento, se mueve, de modo general, en el sentido del progreso, no tiene
absolutamente nada que ver con el antagonismo del materialismo y el idealismo.
Los materialistas franceses tenían esta convicción a un grado casi fanático, lo
mismo que los deístas Voltaire y Rousseau, y le hicieron, incluso,
frecuentemente, los mayores sacrificios personales. Si alguien consagró toda su
vida al «amor de la verdad y el derecho»
—tomando la frase
en su buen
sentido— fue, por
ejemplo, Diderot. En consecuencia, si Starcke declara que todo
eso es idealismo, tal cosa prueba solamente que la palabra materialismo, así
como el antagonismo entre las dos orientaciones, han perdido aquí todo sentido
para él.
F. Engelas: Ludwig Feuerbach y el fin de
la filosofía clásica alemana, pp. 28-29,
25
«El sobrino de Rameau»
De los escritores franceses, son Diderot y Balzac
los que Marx y Engels prefieren. Marx, trazando en La sagrada familia la
historia del materialismo francés, recuerda su influencia sobre Fourier y
Cabet. Al lado de la filosofía alemana y de la economía política inglesa, está
el socialismo utópico francés, (y a través de él el materialismo francés del
siglo XVIII), que es la tercera fuente del marxismo. «Por su forma teórica (el
socialismo moderno) aparece en sus comienzos como una continuación más desarrollada
y si se quiere más consecuente, de los principios establecidos por los grandes
filósofos de las luces en la Francia del siglo XVIII». (ENGELS: Anti-Dühring,
p. 25, Editora Política, 1963). Diderot, el materialista y el realista, puede,
a justo título, ser considerado como un precursor.
El sobrino de Rameau es una viva y destellante
crítica de la sociedad francesa del siglo XVIII, hecha con una verba
extraordinaria por un parásito, especie de genio abortado que se venga de su
degradación y de su miseria tratando sin miramientos a los poderosos del día
como a sus protegidos.
Esta novela dialogada no apareció en vida de
Diderot. Goethe la reveló en 1805 en una excelente traducción en alemán. Hegel
ha hecho un interesante análisis en la Fenomenología del Espíritu. El sobrino
de Rameau fue editado en francés en 1821.
Encuentro hoy by accident dos Sobrinos de Rameau
en la casa y te envío un ejemplar. La obra maestra única te placerá de nuevo.
… Más divertido que el comentario de Hegel, es el
del señor Jules Janin, del que encontrarás un fragmento en el apéndice del
volumen. Este cardinal de la mer deplora en el Rameau de Diderot la falta de
puntos morales, y ha arreglado el asunto descubriendo que todo lo absurdo de
Rameau viene de su despecho de no ser «un gentil hombre de nacimiento»… De
Diderot a Jules Janin, he aquí lo que los fisiólogos llaman una metamorphosis
regresiva. ¡El espíritu francés antes de la Revolución Francesa y bajo Luis Felipe!
Correspondencia Marx-Engels, tomo IV, Carta de
Marx a Engels del 15 de abril de 1869, pp. 183-
184, Mega.
26
Los orígenes del materialismo francés y sus prolongaciones: el socialismo,
el comunismo
En su artículo titulado «Tres fuentes y tres
partes integrantes del marxismos (marzo 1913), Lenin escribe:
«El marxismo es el heredero de todo lo que la
humanidad ha creado de mejor en el siglo XIX
en la filosofía alemana, la economía política
inglesa, el socialismo francés».7
Marx, en La sagrada familia, muestra el lazo que
liga al socialismo francés del siglo XIX con el materialismo francés del siglo
XVIII.
La distinción entre el materialismo francés y el
materialismo inglés es la distinción entre estas dos nacionalidades. Los
franceses han dado al materialismo inglés el espíritu, la carne y la sangre, la
elocuencia. Lo dotan del temperamento que le faltaba, y de la gracia. Lo
civilizan.
Con Helvetius, que parte a su vez de Locke, el
materialismo toma su carácter específicamente francés. Helvetius lo concibe en
principio en relación con la vida social (Helvetius: Del hombre). Las
propiedades sensibles y el amor propio, el gozo y el interés personal bien
comprendidos son el fundamento de toda moral. La igualdad natural de las
inteligencias humanas, la unidad entre el progreso y la razón y el progreso de
la industria, la bondad natural del hombre, el todopoderío de la educación, he
aquí los factores principales de su sistema.
Los escritos de La Mettrie, nos dan una
combinación del materialismo cartesiano y del materialismo inglés. Utiliza
hasta en detalle la física de Descartes. Su «hombre máquina» está calcado sobre
el «animal máquina» de Descartes. En el Sistema de la naturaleza de Holbach, la
parte física es igualmente una amalgama de los materialismos inglés y francés,
así como la parte moral está fundada esencialmente sobre la moral de Helvetius.
El materialista francés que se relaciona más frecuentemente a la metafísica, y
recibe por esto mismo los elogios de Hcgel, Robinet. (De la naturaleza), se
refiere expresamente a Leibniz.
No vamos a hablar de Volney, de Dupuis, de
Diderot, etc.... ni de los fisiócratas, ahora que hemos demostrado el doble
origen del materialismo francés salido de la física de Descartes y del
materialismo inglés, así como de la oposición del materialismo francés a la
metafísica del siglo XVII, a la metafísica de Descartes, Spinoza, Malebranche y
Leibniz. Esta oposición no podía aparecer a los alemanes sino después de que
estuvieran ellos mismos en oposición con la metafísica especulativa.
Lo mismo que el materialismo cartesiano tiene
cumplimiento en la ciencia de la naturaleza propiamente dicha, la otra
tendencia del materialismo francés desemboca directamente en el socialismo y el
comunismo.
Cuando se estudian las enseñanzas del
materialismo sobre la bondad original y sobre los dones intelectuales iguales
de los hombres, sobre el todopoderío de la experiencia, del hábito, de la
educación, sobre la influencia de las circunstancias exteriores sobre el
hombre, sobre la alta significación de la industria, sobre la legitimidad del
goce, etc., no se necesita una gran sagacidad para descubrir lo que lo liga
necesariamente al comunismo y al socialismo. Si el hombre extrae todo
conocimiento, sensación, etc., del mundo sensible y de la experiencia en el
seno del mundo sensible, lo que importa, pues, es organizar el mundo empírico
de tal manera que el hombre haga en él la experiencia y tome el hábito de lo
que es verdaderamente humano, que se pruebe en calidad de hombre. Si el interés
bien comprendido es el principio de toda moral, lo que importa es que el
interés privado del hombre se confunda con el interés humano. Si el hombre es
no libre en el sentido materialista, es decir, si es libre no por la fuerza
negativa de evitar esto o lo otro, sino por la fuerza positiva de hacer valer
su verdadera individualidad, no hay que castigar el crimen en el individuo,
sino destruir los hogares antisociales del crimen y dar a cada uno el espacio
social necesario para la manifestación
esencial de su vida. Si el hombre está formado
por las circunstancias, hay que formar las circunstancias humanamente. Si el
hombre es por naturaleza sociable, no desarrolla su verdadera naturaleza sino
en la sociedad, y la fuerza de su naturaleza debe medirse no por la fuerza del
individuo singular, sino por la fuerza de la sociedad.
Estas tesis y otras análogas se encuentran casi
literalmente, incluso entre los más antiguos materialistas franceses.
No es lugar
adecuado para juzgarlos.
Podemos caracterizar la tendencia socialista del materialismo por
la Apología de los vicios de Mandeville, un discípulo inglés bastante antiguo
de Locke. Mandeville demuestra que los vicios son indispensables y útiles en la
sociedad actual. Y esto no constituye una apología de la sociedad actual.
Fourier parte inmediatamente de la doctrina de
los materialistas franceses. Los babouvistas eran materialistas groseros, no
civilizados, pero incluso el comunismo desarrollado procede directamente del
materialismo francés. Bajo la figura que Helvetius le ha dado, éste gana en
efecto a la madre patria, Inglaterra. Bentham funda su sistema del interés bien
comprendido en la moral de Helvetius, lo mismo que Owen funda el comunismo
inglés partiendo del sistema de Bentham. Exilado en Inglaterra, el francés Cabet
es estimulado allí por las ideas comunistas en crudo y vuelve a Francia para
devenir allí el representante más popular, aunque el más superficial del
comunismo. Los comunistas franceses más científicos, Dézamy, Gay, etc.,
desarrollan, como Owen, la doctrina del materialismo en tanto que doctrina del
humanismo real y base lógica del comunismo.
7 V. I. Lenin: Tres fuentes y tres Partes
integrantes del marxismo, p. 18,
C. Marx-F. Engels: La sagrada familia, pp.
211-214,
27
La literatura materialista del siglo XVIII, apogeo de la literatura
francesa
Engels publica, en el órgano socialdemócrata
alemán Der Volksstaat, n• 7, 1874, un artículo:
«Programa de los refugiados blanquistas de la
Comuna», donde denuncia las concepciones políticas, los métodos conspirativos,
la fraseología exagerada y el ateísmo verbal de los blanquistas. Mientras
critica su programa, Engels subraya su importancia, porque «es el primer manifiesto
en que los
obreros franceses se
adhieren al programa
actual del comunismo alemán».
A los socialistas franceses, Engels recomienda
difundir largamente las obras de los grandes materialistas del siglo XVIII.
Nada más sencillo que organizar la difusión en
masa, entre los obreros, de la magnífica literatura materialista francesa del
siglo pasado, en la que el genio francés, por la forma tanto como por el
contenido, ha alcanzado su punto culminante en el pasado. Esta literatura —si
se toma en consideración el nivel de la ciencia en la época— se encuentra, aún
hoy, en un nivel infinitamente elevado desde el punto de vista del contenido y,
desde el punto de vista de la forma, no ha sido superada hasta hoy.
8 Órgano central de la Organización de Eisenach,
luego, del Partido Socialdemócrata. Apareció de 1869 a 1876 bajo la
redacción de W. Liebknecht.
F. Engels: «Programa de los refugiados
blanquistas de la
Comuna», Der Volksstaat,8 n• 7, 1874.
28
El teatro clásico francés utilizado por la reacción
Engels, en un artículo del Telegraph für
Duetscland (febrero 1840), titulado «Signos retrógrados de la época», evoca la
supervivencia de las ideas reaccionarias en Francia y Alemania.
Vino Víctor Hugo, vino Alejandro Dumas, y con
ellos el tropel de sus imitadores; la monstruosidad de las Ifigenia
y de las Atalía cedió el lugar a la monstruosidad de una Lucrecia
Borgia. Al entorpecimiento sucedió una fiebre calurosa; se probó que los
clásicos franceses habían plagiado a los antiguos; y he aquí que aparece
Mademoiselle Rachel y todo es olvidado, Hugo y Dumas, Lucrecia Borgia y los
plagios; Fedra y el Cid se pasean con pasos bien medidos por la escena,
emitiendo alejandrinos bien cortados, Aquiles parodia con sus alusiones a Luis
el Grande, y Ruy Blas y Mademoiselle de Belle-Isle9 no salen de las bambalinas sino
para refugiarse en
fábricas alemanas de
traducción y sobre
escenas nacionales alemanas. Debe ser un sentimiento bienhechor para un
legitimista, al escuchar las obras de Racine, poder olvidar la revolución,
Napoleón y la gran semana; la gloria de l'ancien régime brota del suelo, el
mundo se cubre de tapicerías de lizo alto, Luis el absoluto se pasea en traje
de brocado y con peluca de cola a travás de avenidas talladas de Versalles, y
el abanico todopoderoso de una amante rige a la corte dichosa y a Francia
desdichada.
9 Este tema también es rococó. (N. de Engels.)
F.
Engels: «Signos retrógrados
de la época», Obras, t. II, pp.
64-65, Mega.
29
La literatura alemana antes de Lessing
Si un alemán lanza una ojeada hacia atrás sobre
su historia, descubrirá que una de las causas principales de la lentitud de su
desarrollo político, así como del estado
miserable de la literatura antes de
Lessing, incumbe a
los «escritores competentes». Los
eruditos profesionales, patentados, privilegiados, los doctores y otros
pontífices, los escritores de universidad sin carácter de los siglos XVII y
XVIII, con sus pelucas raídas y su pedantería distinguida y sus disertaciones
microscópicas, se interpusieron entre el pueblo y el espíritu, entre la vida y
la ciencia, entre la libertad y el hombre. Son los escritores incompetentes los
que han creado nuestra literatura. Entre Gottsched o Lessing, ¡escoged vosotros
mismos al autor «competente» y al autor «incompetente»!
C. Marx: «Los debates de la 6a. Dieta
Renana», Obras, t. I, pp. 225-226, Mega.
30
La importación de la literatura francesa a Alemania
La literatura socialista y comunista de Francia,
que nació bajo el yugo de una burguesía dominante y es la expresión literaria
de la lucha contra dicha dominación, fue introducida en Alemania en el momento
en que la burguesía acababa de comenzar su lucha contra el absolutismo feudal.
Filósofos, semifilósofos e ingenios de salón
alemanes se lanzaron ávidamente sobre esta literatura; pero olvidaron que con
la importación de la literatura francesa no habían sido importadas a Alemania,
al mismo tiempo, las condiciones sociales de Francia. En las condiciones
alemanas, la literatura francesa perdió toda significación práctica inmediata y
tomó un carácter puramente literario. Debía parecer más bien una especulación
ociosa sobre la sociedad verdadera, sobre la realización de la esencia humana. De
este modo, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, las reivindicaciones de
la primera revolución francesa no eran más que las reivindicaciones de la
«razón práctica» en general; y las manifestaciones de la voluntad de la
burguesía revolucionaria de Francia no expresaban, a sus ojos, más que las
leyes de la voluntad tal como debe ser, de la voluntad verdaderamente humana.
Toda la labor de los literatos alemanes se redujo
únicamente a poner de acuerdo las nuevas ideas francesas con su vieja
conciencia filosófica, o, más exactamente, asimilarse las ideas francesas
partiendo de sus propias opiniones filosóficas.
Y se las asimilaron como se asimila por lo
general una lengua extranjera: por la traducción.
Se sabe cómo los frailes superpusieron sobre los
manuscritos de las obras clásicas del antiguo paganismo las
absurdas descripciones de
la vida de
los santos católicos.
Los literatos alemanes
procedieron inversamente con respecto a la literatura profana francesa.
Deslizaron sus absurdos filosóficos bajo el original francés. Por ejemplo: bajo
la crítica francesa de las funciones del dinero, escribían: «enajenación de la
esencia humana»; bajo la crítica francesa del Estado burgués, decían: «eliminación
del poder de lo universal abstracto», y así sucesivamente.
A esta interpolación de su fraseología filosófica
en la crítica francesa le dieron el nombre de
«filosofía
de la acción»,
«socialismo verdadero», «ciencia
alemana del socialismo»,
«fundamentación filosófica del socialismo», etc.
De esta manera fue completamente castrada la
literatura socialista-comunista francesa. Y como en manos de los alemanes dejó
de ser la expresión de la lucha de una clase contra otra, los alemanes se
imaginaron estar muy por encima de la «estrechez francesa» y haber defendido,
en lugar de las verdaderas necesidades, la necesidad de la verdad, en lugar de
los intereses del proletariado, los intereses de la esencia humana, del hombre
en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase ni a ninguna realidad y
que no existe más que en el cielo brumoso de la fantasía filosófica.
… (El «socialismo verdadero») pudo lanzar los
anatemas tradicionales contra el liberalismo,
contra el Estado representativo, contra la
concurrencia burguesa, contra la libertad burguesa de prensa, contra el derecho
burgués, contra la libertad y la igualdad burguesas y predicar a las masas
populares que ellas no tenían nada que ganar, y que más bien perderían todo, en
este movimiento burgués.
El socialismo alemán
olvidó muy a
propósito que la
crítica francesa, de la cual era un simple eco insípido, presuponía la
sociedad burguesa moderna, con las
correspondientes condiciones materiales
de existencia y
una constitución política adecuada, es decir, precisamente las
premisas que todavía se trataba de conquistar en Alemania.
Para los gobiernos absolutos de Alemania, con su
séquito de clérigos, de pedagogos, de hidalgos rústicos y de burócratas, este
socialismo se convirtió en un espantajo propicio contra la burguesía que se
levantaba amenazadora.
C. Marx-F. Engels: Obras escogidas, tomo I,
Manifiesto del Partido Comunista, el socialismo pequeñoburgués, pp.
31
La literatura alemana al final del Siglo XVIII
Engels, en The Northern Star, órgano carlista
publicado en Londres, hace aparecer tres artículos consagrados a la situación
en Alemania. En el primero de ellos, del 25 de octubre de 1845, muestra el
marasmo de este país durante la segunda mitad del siglo XVIII, el entusiasmo
ficticio de las clases medias por las ideas de la Revolución Francesa y el
carácter reaccionario de la «gloriosa guerra de liberación» de 1813-1814 y de
1815.
Tal era la situación de Alemania hacia finales
del siglo pasado. No era sino una masa en putrefacción y en asquerosa
descomposición. Nadie se sentía a gusto. Los negocios, el comercio, la
industria y la agricultura del país estaban reducidos a casi nada; el
campesinado, los comerciantes y los industriales, soportaban el doble yugo de
un gobierno sanguinario y del mal estado de los negocios; la nobleza y los
príncipes hallaban que sus rentas, pese a que extorsionaban a sus súbditos, no
se mantenían al nivel de sus gastos crecientes; todo iba mal y un descontento
general reinaba en el país. No había ni instrucción, ni medios de actuar sobre
el espíritu de las masas, ni libertad de prensa, ni espíritu público, ni
incluso relaciones comerciales importantes con los demás países; nada salvo la
ignominia y el egoísmo; un espíritu de bajo tendero, rampante, miserable, había
penetrado a todo el pueblo. Todo estaba apolillado, vacilante, próximo al
derrumbe, y no había ni siquiera la menor esperanza de un cambio favorable, ni
siquiera fuerza bastante en la nación para despejar los cadáveres envenenados
de las instituciones muertas.
La sola esperanza de un mejor porvenir residía en
la literatura de la nación. Esta época vergonzosa desde el punto de vista
político y social fue, a la vez, la gran época de la literatura alemana.
Alrededor de 1750 nacieron todos los grandes espíritus de Alemania, los poetas
Goethe y Schiller, los filósofos Kant y Fichte y, apenas veinte años más tarde,
el último gran metafísico alemán: Hegel. Cada obra notable de ese tiempo está
penetrada de un espíritu de protesta contra toda la sociedad alemana tal como existía
entonces. Goethe escribía Goetz von Berlichingen, homenaje dramático a la
memoria de un rebelde. Schiller, en Los bandidos, glorificaba a un generoso
joven que declaraba abiertamente la guerra a toda la sociedad. Mas eran obras
de juventud. Con la edad, estos autores perdieron toda esperanza: Goethe se
limitó
a hacer sátiras extremadamente agudas, y Schiller
hubiera caído en la desesperación si no hubiera hallado un refugio en la
ciencia, y en particular en la gran historia de la Grecia antigua y de Roma.
Estos dos hombres pueden ser tomados como ejemplos para todos los demás.
Incluso los espíritus más fuertes y los mejores de la nación habían perdido
toda esperanza en el porvenir de su país.
F.
Engels: «The State
of Germany», Obras, t. IV, pp.
482-483, Mega.
32
Walter Scott, novelista de los clanes escoceses
En Escocia, la ruina del orden gentilicio procede
del aplastamiento de la insurrección de
1745.10 Habría que establecer aún qué eslabón del
orden gentilicio representa en particular el clan escocés; pero que sea un
eslabón, esto no presenta duda alguna.
Vemos vivir ante nosotros este clan alto-escocés en las novelas de
Walter Scott. Es, dice Morgan, un tipo perfecto de la gens por su organización
y su espíritu, un ejemplo impresionante del ascendente de la vida gentilicia
sobre los gentiles ... En sus querellas y vendettas, en su participación del
territorio por clanes, en su explotación común del suelo, en la fidelidad de
los miembros del clan hacia el jefe y ante los otros, encontramos los rasgos de
la sociedad gentilicia, rasgos que se repiten por doquier... La filiación era
contada según el derecho paternal, y los hijos de los maridos permanecían en
sus clanes, mientras que los de las mujeres pasaban a los clanes de sus padres.
10 Se trata de la insurrección de los Jacobitas,
partidarios de la Casa de los Estuardos. Carlos Eduardo, hijo de Jacoba
Estuardo, logró, tras haber desembarcado en Escocia, levantar algunos clanes
montañeses. Vencido en Culloden en 1746 por el ejército del duque de
Chamberland, debió huir.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, pp.
33
Goethe y la miseria alemana
Karl Grün, uno de los principales representantes
del socialismo «verdadero», había hecho aparecer, en 1846, un libro: Sobre
Goethe desde el punto de vista humano. Pequeñoburgués limitado, Grün admira los
aspectos más débiles y mezquinos del poeta. Engels consagra al libro de Griin
seis folletones en la Deutsche Brüsseler Zeitung (21 de noviembre de 1847 - 9
de diciembre de 1847). ¡Era propio del señor Grün, exclama Engels, hacer de
Goethe un discípulo de Feucrbach y un socialista «verdadero»!
Engels, en su tercer folletín del 28 de noviembre
de 1847, caracteriza así a Goethe:
En sus obras, Goethe se comporta de dos maneras
en relación con la sociedad alemana de su tiempo. Bien le es hostil, busca huir
de lo que le contraría, como en Ifigenia y en general durante su viaje a
Italia, se rebela contra ella bajo los rasgos de Goetz, de Prometeo y de
Fausto, vuelca sobre ella por boca de Mefistófeles su burla más amarga; o bien,
por el contrario, la trata de manera amistosa, se «hace» a ella, como en la
mayor parte de sus Dulces Xénias y en numerosos escritos en prosa, la festeja como
en las Mascaradas, más aún la defiende contra el movimiento histórico que la
amenaza, como hace particularmente en todas las obras en que le ocurre hablar
de la Revolución Francesa. No son sólo ciertos aspectos de la sociedad alemana
los que aprecia Goethe en contra de otros que le repugnan. Con más frecuencia
son estados de espíritus diferentes por los que pasa. Es una lucha continua
entre el poeta genial, al que asquea la miseria de su
contorno, y el hijo
circunspecto del señor consejero de Francfort o el consejero
privado de Weimar que se ve obligado a concluir un armisticio con ella y
habituársele. Así Goethe es ora colosal, ora pueril; ora un genio altivo,
irónico, que desprecia el mundo, ora un filisteo precavido, satisfecho,
estrecho. El mismo Goethe fue incapaz de vencer la miseria alemana; por el
contrario, fue ella la que lo venció. Y esta victoria de la miseria sobre el
más grande de los alemanes, es la mejor prueba de que no se podría
llegar a su
fin «desde el
interior». Goethe era
demasiado universal, de una
naturaleza demasiado activa, era demasiado carnal para buscar, como Schiller,
la salvación de la miseria en una huida hacia el ideal de Kant; era demasiado
clarividente para no ver que esta huida se reducía finalmente a cambiar la
miseria de la plenitud por la miseria del énfasis. Su temperamento, sus
fuerzas, toda la dirección de su espíritu, le destinaban a la vida práctica, y
la vida práctica que encontraba frente a él era miserable. En este dilema:
existir en un mundo al que sólo podía despreciar, y ser sin embargo prisionero
de este mundo como del único en el que podía manifestar su actividad, en ese
dilema, Goethe estuvo preso siempre; y cuanto más envejecía, más el poeta
prodigioso, de guerre lasse,11 se borraba tras el insignificante ministro de
Weimar. No reprochamos a Goethe, como lo hicieron Boerne y Menzel, no haber
sido un liberal, sino haber podido ser a veces un filisteo; no el no haber sido
capaz de ningún entusiasmo por la libertad alemana, sino el haber sacrificado
su sentido estético más justo, y que
a veces se
afirmaba impetuosamente, a
un temor de
pequeñoburgués ante todo movimiento histórico importante de la
época; no el haber sido un cortesano, sino el haber podido, en una época en que
Napoleón barría los grandes establos de Augias alemanes, ocuparse, con una
solemne seriedad, de asuntos minúsculos y de los menos plaisirs12 de una de las
cortes alemanas más pequeñas. No le hacemos reproches, en general, desde el
punto de vista moral ni desde una posición de partido, sino desde un punto de
vista estético e histórico.
No lo medimos según una escala moral, ni según
una escala política, ni según una escala «hu-
mana». No podemos demorarnos en analizar las
relaciones de Goethe con toda su época, con sus precursores literarios y sus
contemporáneos, ni su evolución, ni su actitud ante la vida.
Nos limitamos sencillamente a constatar el hecho.
11 De la guerra fatigado. (En francés en el
original.)
12 Pequeños placeres. (En francés en el
original.)
F. Engels: «Karl Grün: Sobre Goethe desde el
punto de vista humano», Obras, t. VI, pp. 56-58, Mega.
34
Goethe visto por Grün
I
Para terminar, pasemos a las Afinidades
electivas. Esta novela, ya moral, el señor Grün la hace más moral aún, hasta el
punto que se podría creer que tiende a recomendarla como manual para uso de las
chicas de los establecimientos de enseñanza superior. El señor Grün explica que
Goethe ha «establecido la diferencia entre el amor y el matrimonio, y de la
manera siguiente: para él el amor era la búsqueda del matrimonio; y el
matrimonio, el amor hallado, cumplido» (p. 286). «Si el ser humano ha tenido
realmente la libertad de elección..., si dos seres han fundado su unión sobre
la voluntad razonable de cada uno de los dos» (no es cuestión aquí de pasión,
de carne y de sangre),
es necesario la mentalidad de un libertino para
considerar la violación de esta unión como una bagatela, y no como un
sufrimiento y una desgracia, como pensaba Goethe. Pero no puede tratarse en
Goethe de libertinaje (p. 288).
… «Mentalidad de un libertino», «libertinaje». Se
ve al hombre en persona, poniéndose la mano al pecho y proclamando con alegre
orgullo: ¡No!, ¡yo soy puro de toda frivolidad, de todo desenfreno; nunca he
turbado por ligereza de corazón la dicha de un hogar satisfecho; siempre actué
con lealtad y corrección y nunca deseé la mujer de mi prójimo; no soy, pues, un
libertino!
«El hombre» tiene razón. No ha sido hecho para
las aventuras galantes con lindas mujeres, nunca ha especulado sobre la
seducción o el adulterio, no es un libertino, sino un hombre de conciencia, un
pequeño burgués alemán repleto de honor y de virtud. Es
le marchand pacifique
Fumant sa pipe au fond de sa boutique! Il craint
sa f entme et son ton arrogant; De la Maison il lui lasse i'empire,
Au moindre signe obéit sons mot dice, Et vit
ainsi, cocu, battu, content.
Parny: Goddam!, canto III.13
Es necesario aún hacer una advertencia. Si en las
líneas precedentes hemos considerado a Goethe sólo en un aspecto, la falta es
del señor Grün. Este no representa de ningún modo a Goethe visto desde su
grandeza. Sobre todas las cosas en que Goethe fue verdaderamente inmenso y
genial, se desliza rápidamente, como sobre las elegías romanas del «libertino»
Goethe; o bien vuelca sobre ellas un vasto torrente de banalidades que sólo
prueba que nada tiene que decir. Por el contrario, busca con un celo que no le
es habitual, todo lo que hay de filisteo,
de pequeñoburgués, de
mezquino, lo reúne,
lo exagera según
todas las reglas literarias, y goza cada vez que puede
apoyar su pobre estupidez sobre la autoridad de Goethe que, para colmo, deforma
frecuentemente.
No son los ladridos de Menzel ni la polémica
limitada de Boerne los que representan la venganza de la historia por el hecho
de que esta última haya sido desaprobada por Goethe
cada vez que se encontró con ella cara a cara.
No.
Como Titania en el mágico, feérico país,
Se encontró con Klaus Zettel en los brazos,14
así Goethe, una bella mañana se encontró con el
señor Grün en los brazos. La apología del señor Grün, el cálido agradecimiento
que balbuce hacia Goethe cada vez que le halla una expresión de espíritu
filisteo, he aquí la más amarga venganza que la historia ofendida podía ejercer
sobre el más grande poeta alemán.
En cuanto al señor Grün, puede «cerrar los ojos
con la conciencia de no haber avergonzado a su destino de ser hombre» (p. 248).
13 Parny: Obras Completas, t. II, p. 172, París,
1831. Traducción:
… el pacífico comerciante ¡fumando su pipa al
fondo de su tienda! Teme a su mujer y su tono arrogante; de su casa le deja el
imperio; al menor signo obedece sin decir palabra y vive así, cornudo, golpeado
y contento. (En francés en el original.)
14 En francés en el original.
F. Engels: «Karl Grün: Sobre Goethe desde el
punto de vista humano», Obras, t. VI, pp. 69-71, Mega.
II
A propos15 de Grün, voy a reelaborar el artículo
sobre Goethe, reducirlo a una media cuartilla o a tres cuartos de cuartilla y
ponerlo a punto para nuestra publicación, si ello te conviene. Respóndeme lo
antes posible. El libro es muy característico. Grün celebra todas las ideas de
filisteo de Goethe, ve en ellas ideas humanas, hace de Goethe un francfortense
y un funcionario, el «hombre verdadero», mientras olvida o ensucia incluso lo
que hay en él de gigantesco y de genial. A tal punto que este libro prueba de
la manera más brillante que el hombre = el pequeñoburgués alemán.
15 En francés en el original
Correspondencia Marx-Engels, tomo I, Carta de
Engels a Marx, 15 de enero de
1847., p. 65, Mega.
35
Las contradicciones de Goethe
Los tres juicios abajo emitidos por Engels sobre
Gcethe en 1839, 1844 y 1888 (tenía entonces
18, 23 y 67 años) concuerdan con el análisis
fundamental que hizo en 1847, sobre el poeta en lucha con la «miseria alemana».
I
Cuando los acontecimientos lo presionaban y lo
incitaban a creer que algo nuevo iba a surgir, se retiraba a su recámara y se
encerraba bajo llave para no ser molestado. Esto niega mucho a Goethe: tenía
cuarenta años cuando la Revolución estalló y era un hombre hecho; no le da
gravedad.
F. Engels: Carta a Wilhelm Gräber, 30 de julio de
1839. Obras, t. II, pp. 537-538, Mega.
II
Goethe no amaba tener que ver con «Dios». Esta
palabra le disgustaba. Sólo se complacía en lo
humano, y la
grandeza de Goethe
reside precisamente en
esta humanidad, esta emancipación del arte liberado de las
cadenas de la religión. Ni los antiguos ni Shakespeare pueden en este aspecto
medirse con él. Pero esta humanidad cumplida, esta victoria sobre el dualismo
religioso, no pueden ser comprendidos en toda su significación histórica sino
por aquel que conoce el otro aspecto del desarrollo nacional alemán, la
filosofía. Lo que Goethe ha podido en
principio expresar directamente,
y sin duda,
pues, en cierto
sentido
«proféticamente», eso ha sido fundado y
desarrollado por la filosofía alemana moderna.
F. Engels: «La situación en Inglaterra. Pasado y
presente de Carlyle», Obras, t. II, p. 428, Mega.
III
En Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía
clásica alemana, aparecido en 1888, Engels expone las relaciones entre e!
marxismo y la filosofía hegeliana. El primer capítulo está consagrado a la
evolución del pensamiento alemán de Hegel a Feuerbach. Engels señala la
contradicción profunda que existe entre el sistema idealista de Hegel, de
tendencia conservadora, y su método dialéctico revolucionario.
Las necesidades internas del sistema bastan por
sí mismas para explicar cómo se puede llegar a una conclusión política muy
moderada por medio de un método de pensamiento profundamente revolucionario. La
forma específica de esta conclusión proviene del hecho de que Hegel era alemán
y que llevaba detrás de la cabeza, como su contemporáneo Goethe, un cabo de
trenza de filisteo. Goethe como Hegel eran, cada uno en su dominio, Júpiteres
olím- picos, pero ni uno ni otro se despojaron completamente del filisteo alemán.
F. ENGELS: Ludwig Feuerbach y el fin de la
filosofía clásica alemana, pp. 11-12,
36
Shakespeare y Goethe sobre el dinero
Shakespeare describe muy bien la naturaleza del
dinero. Para comprenderlo, comencemos por la explicación del pasaje de
Goethe.16 Lo que existe para mí mediante el dinero, lo que puedo pagar, es
decir, lo que el dinero puede comprar, yo lo soy: yo, el poseedor del dinero
mismo. Tan grande como sea la fuerza del dinero, es mi fuerza. Las virtudes del
dinero son mis virtudes y mi poder, lo de su poseedor. Lo que soy y lo que
puedo no está de ningún modo determinado por mi individuo. Soy feo, pero puedo
comprarme la mujer más bella. Así pues, no soy feo, porque el efecto de la
fealdad, su fuerza repulsiva, es anulada por el dinero. Soy
—mi individuo es— cojo, pero el dinero ¡me
procura 24 pies!; así que no soy cojo. Soy un mal hombre, deshonesto, sin
conciencia, sin espíritu, pero el dinero es honrado; luego, su posesor lo es
igualmente. El dinero es el mayor bien, luego su posesor es bueno; el dinero me
ahorra la pena de ser deshonesto, luego se me supone honesto; estoy desprovisto
de espíritu, pero el dinero es el espíritu verdadero de todas las cosas, ¿cómo
va a estar desprovisto de espíritu su posesor? Y además, puede comprarse personas
espirituales, ¿no es más espiritual que lo más espiritual? Yo, que gracias al
dinero, puedo todo a lo que aspira un corazón humano, ¿no tengo en mi posesión
todos los poderes humanos? Mi dinero ¿no transforma todas mis insuficiencias en
su contrario?
Si el dinero es el lazo que me liga a la vida
humana, a la sociedad, a la naturaleza y al hombre, ¿no es el lazo de todos los
lazos? ¿No puede anudar y desanudar todos los lazos?
¿No es por esto mismo el medio universal de
separación? Es la verdadera moneda divisio- naria, así como el verdadero medio
de unión, la fuerza galvanoquímica de la sociedad.
Shakespeare anota sobre todo dos particularidades
del dinero:
1. Es la divinidad visible, la transformación de
todas las virtudes humanas y naturales en su contrario, la confusión y la
falsificación generales de todas las cosas; reconcilia a los inconciliables.
2. Es la prostituta universal, el entremetido
universal de los hombres y los pueblos.
El trastorno y la confusión de todas las
cualidades humanas y naturales, la fraternización de los imposibles —la
potencia divina— del dinero, se basan en su esencia, en tanto que esencia
específica del hombre hecho extranjero, que aliena y se aliena. Es el poder
alienado de la humanidad.
16 Marx alude a dos párrafos de Fausto y de Timón
de Atenas, que ha citado anteriormente.
C.
Marx: Manuscritos económicos
y filosóficos de 1844, pp. 145-146,
37
El idealismo de Schiller y el idealismo de Hegel
Nadie ha criticado de manera más acerba «el
imperativo categórico» impotente de Kant —
impotente porque pide lo imposible, y en
consecuencia no llega nunca a nada real—, nadie se ha mofado más cruelmente del
extremo afán filisteo por los ideales irrealizables, trasmitidos por Schiller
(ver, por ejemplo, la «Fenomenología») que, precisamente, el cumplido idealista
Hegel.
F. Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la
filosofía clásica alemana, p. 28,
38
Fourier, crítico de la sociedad burguesa
Si hallamos en Saint-Simon una vastedad de miras
genial que hace que casi todas las ideas no estrictamente económicas de los
socialistas posteriores estén contenidas en germen en él, encontramos en
Fourier una crítica de las condiciones sociales existentes que, por estar hecha
con una verba totalmente francesa, no resulta menos penetrante.
Fourier la emprende con la burguesía, sus
profetas entusiastas de antes de la Revolución y sus adulones interesados.
Devela sin piedad la miseria material y moral del mundo burgués y la confronta
con las promesas halagüeñas de los filósofos de las luces, sobre la sociedad en
la que debía reinar sólo la razón, sobre la civilización que aportaría la dicha
universal, sobre la perfectibilidad ilimitada del hombre, así como sobre las
expresiones color de rosa de los ideólogos burgueses, sus contemporáneos; demuestra
cómo por doquier la realidad más lamentable corresponde a la fraseología más
grandilocuente y vuelca su ironía mordaz sobre ese fiasco irremediable de la
frase. Fourier no es sólo un crítico: su naturaleza eternamente jovial hace de
él un satírico, y uno de los mayores satíricos de todos los tiempos. Pinta con
maestría17 y con encanto a la vez la loca especulación que floreció al declinar
la Revolución, así como el espíritu mercachifle universalmente esparcido en el
comercio francés de ese tiempo. Más magistral
aún es la
crítica que hace
del giro dado
por la burguesía
a las relaciones sexuales y de la
posición de la mujer en la sociedad burguesa. Es el primero en enunciar que en
una sociedad determinada, el grado de emancipación de la mujer es la medida
natural de la emancipación general. Pero allí donde resulta más grande, es en
su concepción de la historia de la sociedad. Divide toda su evolución pasada en
cuatro fases: salvajismo, bar- barie, patriarcado, civilización, la cual
coincide con lo que se llama ahora sociedad burguesa,
y demuestra
que el orden civilizado da a cada uno de los
vicios, a los cuales la barbarie se libra con sencillez, una forma compleja,
ambigua e hipócrita;
que la civilización se mueve en un «círculo
vicioso»; en contradicciones que reproduce sin cesar, sin poder sobrepasarlos,
de suerte que siempre alcanza lo contrario de lo que desea obtener o pretende
desear obtener; y por ejemplo «la pobreza nace en la civilización de la
abundancia misma».18 Fourier, como se ve, maneja la dialéctica con la misma
maestría que su contemporáneo Hegel.
17 En español en el original.
18 Fourier: El nuevo mundo industrial y
societario, p. 35, París, 1870.
F. Engels: Anti-Dühring, pp. 316-317,
39
Guizot e Inglaterra
Guizot, rencoroso por haber sido derrocado por la
revolución de febrero, envidia la estabilidad del régimen inglés y descubre la
causa en el carácter religioso y conservador de la revolución inglesa del siglo
XVII. Marx consagra a la obra de Guizot: Discursos sobre la historia de la
revolución de Inglaterra (París, 1850), un estudio publicado por La Nueva
Revista Renana, periódico que Marx y Engels, entonces en Londres, hacían editar
en Hamburgo. La Nueva Revista Renana tuso una breve existencia: cuatro números
de marzo a mayo de 1850 y un número doble en noviembre de 1850.
Y mientras el señor Guizot cumplimenta a los
ingleses porque los excesos condenables de la vida social francesa, el
republicanismo y el socialismo, no han derribado las columnas de la monarquía,
fuente de toda felicidad, durante este tiempo las contradicciones de clases en
la sociedad inglesa se han desarrollado hasta un grado desconocido en todos los
demás países; frente a una burguesía cuya riqueza y fuerzas productivas son sin
igual, se yergue un proleta- riado cuya fuerza y concentración son también sin
iguales. El homenaje que rinde el señor Guizot a Inglaterra se refiere
finalmente al hecho de que, bajo la protección de la monarquía
constitucional, se han
desarrollado elementos de
una revolución social,
mucho más numerosos, mucho más
radicales que en los demás países del mundo. Allí donde los hilos del
desarrollo inglés se unen en un nudo que él mismo no puede, para salvar las
apariencias, cortar con sólo la frase política, el señor Guizot se evade, en la
frase religiosa, hacia la intervención armada de Dios. Así, por ejemplo, el
espíritu de Dios aparece repentinamente por encima del ejército e impide a
Cromwell proclamarse rey, etc ... El señor Guizot se salva delante de su
conciencia gracias a Dios, delante del público profano gracias a su estilo. De
hecho, no sólo los reyes se van, sino también las capacidades de la burguesía
se van.
C. Marx: «Guizot: Discurso sobre la historia de
la revolución de Inglaterra», en F. Mehring: La herencia literaria de Marx,
Engels y Lassalle, t. III, pp. 413-414.
40
El amor caballeresco y el matrimonio burgués en la literatura
La primera forma del amor sexual aparecida en la
historia, el amor sexual como pasión, y por cierto como pasión posible para
cualquier hombre (por lo menos de las clases dominantes), como pasión que es la
forma superior de la atracción sexual (lo que constituye precisamente su
carácter específico), esa primera forma, el amor caballeresco de la Edad Media,
no fue de ningún modo amor conyugal. Muy por el contrario, en su forma clásica,
entre los provenzales, marcha a toda vela hacia el adulterio, que es cantado
por sus poetas. La flor de la poesía amorosa provenzal son las Albas, en alemán
Tagelieder (cantos de la alborada). Pintan con encendidos colores cómo el
caballero comparte el lecho de su amada, la mujer de otro, mientras en la calle
está apostado un vigilante que lo llama apenas clarea el alba, para que pueda
escapar sin ser visto; la escena de la separación es el punto culminante del
poema. Los franceses del Norte y nuestros valientes alemanes adoptaron este
género de poesías, al mismo
tiempo que la manera caballeresca de amor
correspondiente a él, y nuestro antiguo Wolfram von Eschenbach dejó sobre este
sugestivo tema tres encantadores Tagelieder, que prefiero a sus tres largos
poemas épicos.
El matrimonio de la burguesía es de dos modos, en
nuestros días. En los países católicos, ahora, como antes, los padres son
quienes proporcionan al joven burgués la mujer que le conviene, de lo cual
resulta naturalmente el más amplio desarrollo de la contradicción que encierra
la monogamia; heterismo exuberante por parte del hombre y adulterio exuberante
por parte de la mujer. Y si la Iglesia católica ha abolido el divorcio, es
probable que sea porque ha reconocido que contra el adulterio, como contra la
muerte, no hay remedio que valga. Por el contrario, en los países protestantes
la regla general es conceder al hijo del burgués más o menos libertad para
buscar mujer dentro de su clase; por ello el amor puede ser, hasta
cierto punto, la base del matrimonio, y se supone
siempre, para guardar las apariencias, que así es; lo cual está muy en
correspondencia con la hipocresía protestante. Aquí el marido no practica el
heterismo tan enérgicamente y la infidelidad de la mujer se da con menos
frecuencia; pero como en todas clases de matrimonios, los seres humanos siguen
siendo lo que antes eran, y como los burgueses de los países protestantes son
en su mayoría filisteos, esa monogamia protestante viene a parar, aun tomando
el término medio de los mejores casos, en un aburrimiento mortal sufrido en
común y que se llama felicidad doméstica. El mejor espejo de estos dos tipos de
matrimonio es la novela: la novela francesa para la manera católica; la novela
alemana para la protestante. En los dos casos, el hombre «consigue lo Suyo»: en
la novela alemana, el mozo logra a la joven; en la novela francesa, el marido
obtiene su cornamenta. ¿Cuál de los dos sale peor librado? No siempre es
posible decirlo. Por eso el aburrimiento de la novela alemana inspira a los
lectores de la burguesía francesa el mismo horror que la «inmoralidad» de la
novela francesa inspira al filisteo alemán. Sin embargo, en estos últimos
tiempos, desde que «Berlín se está haciendo una gran capital», la novela alemana
comienza a tratar algo menos tímidamente el heterismo y el adulterio, bien
conocidos allí desde hace largo tiempo.
F.
Engels: El origen
de la familia,
la propiedad privada y el estado, pp. 88-90,
41
El capitalismo no inspira a los poetas
Los antiguos poetas griegos de Sicilia, los
Teócrito, los Moschus, han cantado la vida idílica de los pastores esclavos,
sus contemporáneos. Eran sin duda bellos sueños poéticos. ¿Mas hay algún poeta
moderno bastante audaz para cantar la vida idílica de los trabajadores libres
de la Sicilia moderna? ¿No serían dichosos los campesinos si pudieran laborar
sus granjas, aun en las duras condiciones de la mezzadria romana? He aquí a
donde nos ha llevado el sistema capitalista: los hombres libres evocan la servidumbre
con nostalgia.
¡Que estén seguros! La aurora de una nueva y
mejor sociedad se eleva para las clases oprimidas de todos los países. Y por
doquier los oprimidos cierran sus filas, por doquier se entienden por encima de
las fronteras, a través de las diferentes lenguas. El ejército del proletariado
universal se forma —el nuevo siglo que va a abrirse lo llevará a la victoria.19
19 Este llamado a los trabajadores sicilianos fue
enteramente redactado en francés por
Engels. (N. de la Red.)
F. Engels: Borrador de un llamado a los
trabajadores de Sicilia tras el terremoto de 1894, Londres, 26 de septiembre de
1894. Según el original.
42
La lengua y la literatura rusas
Marx y Engels han visto crecer el movimiento
revolucionario en Rusia, ampliarse el círculo de los primeros luchadores
—Herzen, Chernichevski—, y cómo los populistas de «Tierra y libertad» iniciaban
con bombazos el combate contra el zarismo. De la escisión en el interior de
«Tierra y libertad» (1879) debían nacer «La Voluntad del Pueblo», que
preconizaba la acción directa, y «La Repartición de la Tierra», que detendría
en 1883, bajo el impulso de Plejanov y de Vera Zassulitch, el primer grupo
marxista ruso: «Emancipación del Trabajo».
En 1882, Plejanov y Vera Zassulitch tradujeron al
ruso el Manifiesto de Marx y Engels. En un prefacio escrito para esta edición,
Marx saludaba el nuevo papel de Rusia en la avanzada del movimiento
revolucionario de Europa.
Engels escribía en 1885 a Vera Zassulitch: «Estoy
orgulloso de que exista entre la juventud rusa un partido que haya adoptado
sinceramente y sin reserva las grandes teorías políticas y económicas de
Marx... Marx hubiera
estado también orgulloso
si hubiera podido
vivir algunos años más. Es un progreso que tendrá una gran importancia
para el impulso del movimiento revolucionario en Rusia».
Así pues, no hay que asombrarse de que Marx, que
en 1868 se había interesado en la cuestión agraria en Rusia, se haya puesto a
estudiar, como Engels, en 1869, la lengua rusa para poder leer a Chernichevski
en los originales.
I
Una multitud de fenómenos extraños que se han
producido hasta aquí en el movimiento ruso se puede explicar por el hecho de
que durante mucho tiempo todo escrito ruso estaba, para Occidente, sellado como
un libro arcangélico: he aquí por qué era fácil a Bakunin y sus consocios
disimular al Occidente sus manejos, conocidos por los rusos desde hace mucho
tiempo. Asiduamente han pretendido que los aspectos turbios del movimiento ruso
debían ser ocultados a Occidente, en interés del mismo movimiento. Aquel que revelara
a Europa cosas sobre Rusia, en la medida en que éstas tuvieran un carácter
desagradable, era un traidor. Ahora esto ha terminado. El conocimiento de la
lengua rusa —lengua que merece un vasto estudio, tanto por sus cualidades
propias, pues es una de las lenguas vivas más poderosas y ricas, como por la
literatura que revela— no es ya una rareza, al menos entre los socialdemócratas
alemanes.
F.
Engels: «Literatura de
emigrados»,
Der Volksstaat del 8 de octubre de 1874.
II
Vuestra traducción de mi folleto20 me parece excelente. ¡Qué bella lengua es la
rusa! Todas las ventajas del alemán sin su horrible grosería.
20 F. Engels: Socialismo utópico y socialismo
científico.
F. Engels: Carta a Vera Zassulitch, 6 de marzo de
1884, escrita en francés.
43
Puschkin
I
En el poema de Puschkin, el padre del héroe no
llega a comprender que la mercancía sea dinero. Mas que el dinero sea una
mercancía, hace mucho tiempo que lo han comprendido los rusos, lo cual está
probado no sólo por la importación de cereales a Inglaterra en 1838-1842, sino
por toda su historia comercial.
C. Marx: Contribución a la crítica de la economía
política, p. 194, Dietz Verlag, Berlín, 1951.
II
Cuando estudiamos ... las relaciones económicas
reales en los diferentes países y en grados diversos de la civilización, cuán
falsas e insuficientes nos parecen las generalizaciones de los racionalistas
del siglo XVIII, como por ejemplo las del viejo Adam Smith, que tomó las
condiciones de Edimburgo y de Lothiam por las condiciones normales del universo
entero. Vuestro Puschkin lo sabía ya...21
21 Engels cita un pasaje de Oneguin sobre la
economía política. (N. de la Red.)
F. Engels: Carta a Danielson del 29 de
octubre de 1891.
Cartas de Marx
y Engels a Danielsan, p. 54, Leipzig, 1929.
44
Chernichevski
I
Un país que ha producido dos escritores de la
grandeza de Dobroliubov, de Chernichevski, dos Lessing socialistas, no se hunde
por haber creado un aventurero como Bakunin y algunos pequeños estudiantes sin
caletre que, ayudándose de grandes frases, se inflan como ranas y terminan por
devorarse unos a otros. En la joven generación rusa conocemos hombres dotados
de admirables capacidades teóricas y prácticas y de una alta energía, hombres
que, gracias a su conocimiento de las lenguas, sobrepasan a los franceses y los
ingleses en el conocimiento del movimiento de los demás países, y a los
alemanes en el saber vivir. Los rusos que comprenden el movimiento obrero y
participan en él, verán sólo en el hecho de que no se les tiene por
responsables de las imposturas bakuninistas, un servicio que se les hace.
F.
Engels: «Literatura de
emigrados», Der Volksstaat del 6 de octubre de 1874.
II
Hoy la comuna rural rusa ha retenido la atención
y el interés de hombres infinitamente superiores a Herzen y a Katchev. Entre
ellos, se encuentra Nicolás Chernichevski, el gran pensador al que Rusia debe
tanto y cuya deportación durante largos años entre los yakutas de Siberia —que
constituye un lento asesinato— quedará como un oprobio eterno sobre la memoria
de Alejandro II, el «liberador». Chernichevski, como consecuencia de las
prohibiciones intelectuales en la frontera rusa, nunca conoció las obras de Marx,
y cuando apareció El Capital, se hallaba desde hacía mucho tiempo en Viluisk,
entre los yakutas. Todo su desarrollo intelectual debía desarrollarse en el
medio cerrado que creaban estas prohibiciones intelectuales. Lo que la censura
rusa no dejaba entrar era apenas conocido o absolutamente desconocido en Rusia.
Así pues, si se encuentran en él algunas debilidades, cierta estrechez de
perspectiva, sólo hay que asombrarse de que no haya más.
F.
Engels: Apéndice al
artículo «Lo social en Rusia», Der
Volksstaat, 1875.
III
Chernichevski, como he sabido por
L (opatin), fue condenado en 1864 a ocho años de trabajos forzados en las minas de Siberia,
y le quedan aún dos años de castigo. El primer tribunal ha sido lo bastante
prudente para declarar que no había absolutamente nada contra él y que las
pretendidas cartas secretas concernientes a las maniobras conspiradoras, sólo
eran falsas evidencias (y lo eran realmente). Pero el Senado, por orden del
Zar, ha zanjado este juicio y expedido a Siberia a este hombre astuto, «tan hábil»,
según dice el decreto, «que presenta en sus obras un texto que no cae dentro de
la acción de la ley y al mismo tiempo vuelca abiertamente su veneno». Voilá la
justice russe.22
Flerovski está en una mejor situación. ¡Se halla
en residencia forzada en un pequeño agujero entre Moscú y Petersburgo!
22 Esa es la justicia rusa. En francés en el
original.
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Marx a Engels, 5 de
julio de 1870. pp. 333-
334, Mega.
IV
Quisiera publicar algo sobre la vida, la
personalidad, etc ... de Cher(nichevski) para suscitar la simpatía hacia él en
Occidente. Mas para ello necesito datos.
Cartas
de Marx-Engels a
Danielson, Carta de
Marx a Danielson, 12 de diciembre de 1872. p.
12, Leipzig, 1929.
45
Flerovski
I
Del libro de Flerovski,23 he leído las primeras
150 páginas (consagradas a Siberia, a Rusia del Norte y a Astrakán). Es la
primera obra que dice la verdad sobre la situación económica de Rusia. El autor
es un enemigo declarado de lo que se llama «el optimismo ruso». Jamás me
representé bajo colores alegres ese Eldorado comunista,24 pero Fle (rovski) sobrepasa todas mis
suposiciones. En verdad uno se asombra y de cualquier modo es el signo de un
cambio, que un libro parecido haya sido publicado en Petersburgo.
Existen pocos proletarios entre nosotros, pero,
por el contrario, la clase laboriosa está compuesta de trabajadores cuya suerte
es peor que la de todo proletario.25
La manera de exponer es muy original, a veces
recuerda la de Monteil, sobre todo. Se ve que el hombre ha viajado mucho y que
ha observado las cosas con sus propios ojos. Un odio ardiente contra
los propietarios de
la tierra, los
capitalistas y los funcionarios.
Ninguna doctrina socialista, ningún
misticismo agrario (aunque
sea partidario de
la propiedad comunal), ninguna
desmesura nihilista. Aquí y allá se encuentra alguna benévola puerilidad que
conviene al grado de desarrollo de las personas a las cuales está destinada la
obra. En todo caso, es
el libro más
importante que haya
aparecido después de tu
obra sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra. La vida
familiar de los campesinos rusos está igualmente bien descrita, con las
abominables correcciones infligidas a sus mujeres, la vodka y las concubinas.
23 Vassili Flerovski (1829-1918): Escritor
populista que acababa de publicar en 1869 una obra, sobre las condiciones de
vida del pueblo ruso: La situación de la clase obrera en Rusia.
24 Alusión irónica a los asertos de los
eslavófilos, los bakuninistas y aquellos que elogiaban las virtudes de la
comuna agraria rusa, el mir, institución precapitalista.
25 Esta frase extraída de la obra de Flerovski
está citada en ruso.
Correspondencia Marx-Engels, Carta de Marx a
Engels,
10 de febrero de 1870.
t. IV, p.
275,
Mega.
II
«El optimismo ruso» esparcido por el continente
por los sedicentes revolucionarios, es implacablemente denunciado en esta obra.
Su mérito no se ve aminorado si digo que algunos pasajes no satisfacen
enteramente la crítica desde el punto de vista puramente teórico. Es la obra de
un observador serio, de un trabajador al que nada asusta, de un crítico
imparcial, de un artista poderoso y, sobre todo, de un hombre indignado por la
opresión bajo todas sus formas, que se niega a entonar cualquier himno nacional
y comparte con pasión todos los sufrimientos y todas las aspiraciones de la
clase productora.
Obras como la de Flerovski y de vuestro maestro
Chernichevski honran verdaderamente a Rusia y demuestran que vuestro país
comienza, él también, a participar en el movimiento general de nuestro siglo.26
26 Este llamado apareció en ruso en el Narodnoe
Dielo.
C. Marx: «A los miembros del comité de la sección
rusa de la Internacional en Ginebra». El Narodnoe Dielo (La Causa del Pueblo),
periódico del comité, número del 24 de marzo de 1870.
46
El porvenir de China
En un corto artículo escrito en 1850, Marx prevé,
con una perspicacia genial, la importancia que tomará, como consecuencia del
descubrimiento de las minas de oro de California, el Océano Pacífico en la
historia del mundo. «El Océano Pacífico tendrá el papel que tiene hoy el
Atlántico y que tuvo el Mediterráneo en la antigüedad y en la Edad Media».
Luego habla del porvenir de China, llamada, pese a las diferencias de religión
y de filosofía, a seguir, bajo la influencia de los factores económicos, el camino
de los demás pueblos, y quizás a precederlos.
Este artículo de Marx apareció en 1850 en la
Nueva Revista Renana, editada en Hamburgo.
El socialismo chino, sin duda, es al socialismo
europeo lo que la filosofía china es a la filosofía de Hegel. Pero es, no
obstante, un hecho alentador que el régimen más antiguo e inquebrantable de la
tierra haya sido llevado en ocho años, por las balas de algodón de los
burgueses ingleses, hacia la víspera de un movimiento revolucionario que, de
cualquier manera, debe tener los resultados más considerables para la
civilización. Cuando nuestros reaccionarios europeos, en su próxima huida a
través del Asia, lleguen al fin ante la gran muralla china, ante las puertas
que dan acceso a la ciudadela de la más antigua reacción y del más antiguo
conservadorismo, quizá lean allí la inscripción:
República China
Libertad, Igualdad, Fraternidad.
F.
Mehring: La herencia
literaria de Marx, Engels y Lassalle, t. III, p. 445,
Stuttgart, 1913.
IV. LA CONDICION DEL ESCRITOR
Sumario
1.- La situación del escritor en la sociedad
2.- Los escritores deben estudiar las ciencias
económicas y sociales, para dar a la clase obras dignas de ella
3.- La libertad de la creación literaria
4.- La libertad del escritor
5.-Misión revolucionaria del pensador y del
escritor (Tesis sobre Feuerbach)
6.-Importancia del estilo
7.- No publicar nada que no esté bien acabado
1
La situación del escritor en la sociedad capitalista
I
El proceso de producción capitalista no es, pues,
sólo una producción de mercancías. Es un proceso que absorbe trabajo no pagado
y transforma los medios de producción en medios de absorción del trabajo no
pagado.
Como consecuencia, el carácter específico del
trabajo productivo no está de ningún modo ligado al contenido determinado del
trabajo, a su utilidad particular o al valor de uso especial en que se
presenta.
El mismo género de trabajo puede ser productivo o
improductivo. Así Milton, que escribió El paraíso perdido, era un trabajador
improductivo. Por el contrario, el escritor que trabaja para su editor como un
asalariado de la industria, es un trabajador productivo. Milton hizo El paraíso
perdido como el gusano de seda hace seda. Era una manifestación de su
naturaleza. Vendió más tarde su producto por 5 libras esterlinas. Pero el
escritor proletario de Leipzig que, bajo la
dirección de su
editor, fabrica libros
(por ejemplo, manuales
de economía política), es un
obrero productivo, ya que su producción es, desde el comienzo, subordinada al
capital y sólo se cumple para su provecho. Una cantante que vende su voz por
cuenta propia, es un trabajador improductivo. Pero la misma cantante,
contratada por un empresario que la hace cantar para ganar su dinero, es un
trabajador productivo. Porque produce capital.
C. Marx: Historia crítica de la teoría de la
plusvalía, t. I, p. 416, Stuttgart, 1905.
II
Un actor, por ejemplo, incluso un clown, es,
pues, un trabajador productivo, si trabaja al servicio de un capitalista (de un
empresario) al cual da más en trabajo de lo que recibe en salario; mientras que
un sastre remendón que va al domicilio del capitalista para repararle los
pantalones, no le procura más que un valor de uso y no es más que un obrero
improductivo. El trabajo del primero se cambia contra capital, el del segundo
contra renta. En el primer caso, hay creación de plusvalía; en el segundo, consumo
de renta.
La distinción entre trabajo productivo y trabajo
improductivo no se hace aquí sino desde el punto de vista del detentador de
dinero, no desde el del obrero. De ahí los delirios de Ganilh y consortes, que
comprenden tan poco el asunto que preguntan si el trabajo o el oficio de mujer
pública o el latín, etc ... , dan dinero.
Un escritor es un obrero productivo, no porque
produce ideas sino porque enriquece al editor que se encarga de la impresión y
de la venta de los libros; es decir, porque es el asalariado de un capitalista.
C.
Marx: Historia crítica
de la teoría
de la plusvalía, t. I, p. 260,
Stuttgart, 1905.
2
Los escritores deben estudiar las ciencias económicas y sociales para dar a
la clase obrera obras dignas de ella
En general, la palabra «materialista» sirve a
muchos escritores recientes en Alemania de simple frase con la cual se etiqueta
toda clase de cosas sin estudiarlas antes, pensando que basta con pegar esta
etiqueta para que todo esté dicho. Mas nuestra concepción de la historia es,
ante todo, una directiva para el estudio, y no una palanca para hacer
construcciones a la manera de los hegelianos. Hay que estudiar de nuevo toda la
historia, hay que someter a una investigación detallada las condiciones de existencia
de las diversas formaciones sociales, antes de intentar deducir de ellas los
modos de concepción políticos, jurídicos, estéticos) filosóficos, religiosos,
etcétera, que les corresponden. En este punto no se ha hecho hasta ahora sino
muy poca cosa, porque muy poca gente se ha dedicado a ello seriamente. En este
punto necesitamos de una ayuda de masa. El dominio es infinitamente vasto, y el
que quiera trabajar seriamente puede hacer mucho y distinguirse en ello. Pero
en lugar de esto, las frases vacías sobre el materialismo histórico (se puede,
precisamente, transformar todo en frases) por un número demasiado grande de
jóvenes alemanes, no sirven más que para hacer lo más rápidamente posible de
sus propios conocimientos históricos relativamente magros —la historia
económica ¿no está aún en las lenguas?— una construcción sistemática artificial
y para imaginarse luego ser espíritus enteramente poderosos...
Usted que ha hecho ya realmente algo, debe de
haber notado, seguramente, qué pequeño es el número de los jóvenes literatos
adheridos al partido, que se permiten el esfuerzo de estudiar la economía, la
historia de la
economía y la
historia del comercio,
de la industria,
de la
agricultura,
de las formaciones
sociales. ¿Cuántos conocen
de Maurer algo
más que el nombre? ¡Es la suficiencia del periodista
que debe resolver todas las dificultades, pero los resultados son en proporción
a ella! Se diría, a veces, que estos señores creen que todo es siempre demasiado
bueno para los obreros. ¡Si esos señores supieran a qué punto Marx consideraba
que sus mejores producciones no eran aún bastante buenas para los obreros, y
cómo veía como un crimen el ofrecer a los obreros algo que estuviera por debajo
de lo perfecto!...
C. Marx-F. Engels, Obras Escogidas, tomo III,
Carta de
F. Engels a
Conrad Schmidt, 5 de
agosto de 1890 en pp. 362-363,
3
La libertad de la creación literaria
La instrucción prusiana a los censores del 24 de
diciembre de 1841 había sido saludada con alegría por los intelectuales
liberales; se imaginaban que el gobierno concedía una cierta libertad a la
prensa. Marx subraya la incompatibilidad que existe entre la libertad de prensa
y el régimen de la censura, incompatibilidad que intenta ocultar la instrucción
del rey de Prusia, Federico Guillermo IV. El artículo de Marx, escrito al
comienzo de 1842 y dirigido el 10 de febrero de 1842 a Ruge para sus Anales
alemanes, no pudo aparecer allí, a causa de la censura: sólo pudo publicarse en
febrero de 1843 en Anekdota, colección de artículos filosóficos y políticos,
editada en Suiza por Ruge.
Mi propiedad es la forma, ella constituye mi
individualidad espiritual. Le style, c'est l'homme.1
¡Y de qué manera! ¡La ley me permite escribir,
pero en otro estilo que el mío! Tengo el derecho de mostrar la figura de mi
espíritu, ¡pero a condición de darle primero los pliegues prescritos! ¿Qué
hombre de honor no enrojecería ante parecida pretensión y no preferiría ocultar
la cabeza bajo la toga? La toga, al menos, deja suponer una cabeza de Júpiter.
Los pliegues prescritos no significan otra cosa que bonne mine a mauvais jeu.2
Admiráis la encantadora variedad, la riqueza
inagotable de la naturaleza. No exigís que la rosa tenga el perfume de la
violeta, pero lo que hay de más rico, el espíritu, ¿no debe tener la facultad
de existir más que de una sola manera? Soy un humorista, pero la ley me ordena
escribir seriamente. Soy osado, pero la ley ordena que mi estilo sea modesto.
Gris sobre gris, he aquí el color único, el color autorizado de la libertad. La
menor gota de rocío en la que el sol se refleja, escintila en un inagotable juego
de colores, pero el sol del espíritu, cualquiera que sea el número de
individuos y la naturaleza de los objetos en que se quiebra, sólo podría dar un
color, ¡el color oficial!
La forma esencial del espíritu es la alegría, la
luz, y vosotros hacéis sólo de la sombra su manifestación adecuada; sólo puede
ir vestido de negro, mas no hay flor negra entre las flores. La esencia del
espíritu es siempre la verdad misma. ¿Y qué le fijáis como esencia? La
modestia. Sólo el mendigo es modesto, dice Goethe; ¿y queréis transformar el
espíritu en tal mendigo? ¿O la modestia no sería sino esta modestia del genio
de que habla Schiller? Entonces, transformad primero a todos vuestros conciudadanos
en genios.
1 «El estilo es el hombre». En francés en el
original. Esta cita está tomada del Discurso sobre el estilo pronunciado por
Buffon en 1753 en la Academia francesa: «Las
cosas están fuera del hombre, el estilo es el hombre mismo».
2 «Buena cara falso juego». En francés en el
original. En español diríamos: «a mal tiempo, buena cara».
C.
Marx: «Notas sobre
la reciente instrucción prusiana relativa a la censura»,
Obras, tomo I, p.
154, Mega.
4
La libertad del escritor
Marx publica en 1842, en la Gaceta Renana, una
serie de artículos en los que critica la posición tomada hacia la censura por
la Dieta Renana, asociación provincial mediocre, donde, en el curso de los
debates, no se había hallado, en el seno de los diferentes partidos,
ningún defensor verdadero
de la libertad
de la prensa.
Cuando Marx declara
que la literatura es «un fin en
sí», no es la teoría del arte por el arte lo que defiende, sino la
independencia del escritor que no debe ni ser avasallado ni venderse, sino
poder libremente servir su ideal.
El escritor debe naturalmente ganar dinero para
poder vivir y escribir, pero en ningún caso vivir y escribir para ganar dinero.
Cuando Béranger canta:
Sólo vivo para hacer canciones;
Si me quitáis mi lugar, Monseñor, Haré canciones
para vivir,
hay en esta amenaza la confesión irónica de que
el poeta mengua cuando la poesía deviene para él un medio.
El escritor no considera de ningún modo sus
trabajos como un medio. Son fines en sí, a tal grado no son un medio para sí
mismo y para los otros, que sacrifica su existencia a la existencia de ellos,
cuando es necesario, y de otra manera, como el predicador religioso, se pliega
al principio: «Obedecer a Dios más que a los hombres», a los hombres entre los
cuales está confinado él mismo con sus necesidades y deseos de hombre. Por el
contrario, quisiera ver a un sastre al que hubiera encargado un frac parisién y
que me trajera una toga romana, bajo el pretexto de que responde más a la ley
eterna de lo bello. La primera libertad para la prensa consiste en no ser una
industria. El escritor que la rebaja hasta hacerla un medio material, merece,
como castigo de esta cautividad interior, la cautividad exterior, la censura; o
más bien: su existencia es ya su castigo.
C. Marx: «Debates sobre la libertad de prensa»,
Obras, tomo I, pp. 222-223, Mega.
5
Misión revolucionaria del pensador y del escritor (Tesis sobre Feuerbach)
Redactadas por Marx a su llegada a Bruselas en
marzo de 1845, las tesis sobre Feuerbach
denuncian la insuficiencia del antiguo
materialismo. Las ideas expresadas por Marx en esas once tesis —y
particularmente en las cuatro últimas—interesan no sólo a los filósofos, sino
también a los escritores, abocados a pintar el inundo en su movimiento y a
luchar por su transformación.
VIII
La vida social es esencialmente práctica. Todos
los misterios que desvían la teoría hacia el
misticismo hallan su solución racional en la
práctica humana y en la comprensión de esta práctica.
IX
El punto más elevado al que alcanza el
materialismo intuitivo, es decir, el materialismo que
no concibe el mundo material como actividad
práctica, es la manera de ver a los individuos tomados aisladamente en la
«sociedad burguesa».
X
El punto de vista del antiguo materialismo es la
sociedad «burguesa». El punto de vista del
nuevo materialismo, es la sociedad humana o la
humanidad socializada.
XI
Los filósofos no han hecho más que interpretar el
mundo de diferentes maneras, pero se trata
de transformarlo.
C. Marx: «Tesis sobre Feuerbach», en F. Engels:
Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, p. 64-65,
6
Importancia del estilo
La primera obra de Proudhon: ¿Qué es la
propiedad? es seguramente su mejor obra. Hace época, si no por la novedad de su
contenido, al menos por la manera nueva y osada de expresar viejas cosas. En
las obras de los socialistas y comunistas franceses que él conoce, la
«propiedad»,
naturalmente, era no
sólo criticada de
diversas maneras, sino
además,
«sobrepasada» de manera utópica. Proudhon, en
este escrito, es, en relación a Saint-Simon y a Fourier, lo que es Feuerbach en
relación a Hegel. Si se le compara a Hegel, Feuerbach es muy pobre. Sin
embargo, hace época después de Hegel, porque ha puesto el acento sobre ciertos
puntos desagradables para la conciencia cristiana, e importantes para el
progreso de la crítica, que Hegel había dejado en un claroscuro místico.
Si puedo expresarme así, en este escrito de
Proudhon se afirma además, un estilo fuertemente musculado. Y considero el
estilo de esta obra como su cualidad principal. Se ve que aún allí donde
reproduce viejas cosas, Proudhon descubre por sí mismo: lo que dice le parece
ser una verdad nueva y original.
Una audacia provocadora que las emprende contra
el «santo de los santos» económico, paradojas ingeniosas que le permiten
mistificar la razón burguesa vulgar, juicios implacables,
una ironía amarga, un sentimiento profundo y
verdadero de indignación, que estalla aquí y allá contra la infamia de lo
existente, un serio revolucionario, es por todo esto que su libro
¿Qué es la propiedad? ha electrizado y removido
los espíritus desde su publicación. En una historia estrictamente científica de
la economía política, este escrito no valdría la pena de ser mencionado. Pero
libros sensacionales como éste tienen su papel en las ciencias, como en la
literatura novelesca. ¡Que se piense, por ejemplo, en la obra de Malthus sobre
la «población»! En su primera edición no es más que un «panfleto sensacional»,
y además un plagio de principio a fin. ¡Y sin embargo, qué efecto ha producido
esta pasquinada sobre el género humano!
C. Marx: Carta a Schweitzer, 24 de enero de 1865,
en C. Marx-F. Engels: Ausgewhälte Briefe, pp. 138-139, Moscú, 1934.
7
No publicar nada que no esté bien acabado
No puedo, sin embargo, enviar lo que sea, en
tanto que no tenga ante mí todo el trabajo completamente terminado.
Cualesquiera sean las insuficiencias de mis escritos,3 tienen el mérito de
constituir un todo artístico completo, y no llego a ello más que no publicando
nunca nada que no esté enteramente terminado en mi mesa.
3 En inglés en el original.
Correspondencia
Marx-Engels, tomo III,
Carta de Marx a
Engels, 31 de julio de 1865. pp. 333-334, Dietz
Verlag, Berlín.
V. EL MATERIALISMO HISTORICO Y LAS
SUPERESTRUCTURAS IDEOLOGICAS
Sumario
1.- La filosofía, conquistadora al servicio del
hombre
2.- La filosofía no es exterior al mundo
3.- Hay que dar a los hombres la conciencia de sí
mismos
4.- La teoría deviene fuerza material tan pronto
penetra en las masas
5.- Impotencia del pensamiento puro
6.- Límite de las ideas
7.- No es la conciencia la que determina la vida,
sino la vida la que determina la conciencia
8.- La evolución de la conciencia
9.- Las ideas dominantes son las de la clase
dominante
10.- Las concepciones ideológicas cambian con las
condiciones sociales
11.- El materialismo histórico
12.- Respuesta a un detractor del materialismo
histórico
13.- No existen verdades eternas
14.- La moral ha sido siempre una moral de clase
15.- Base económica y superestructura ideológica
16.-
Entre la infraestructura económica
y las superestructuras ideológicas
hay acción y reacción recíprocas
17.- Las relaciones económicas, la raza y el
individuo
18.- Las tareas de la crítica marxista
1
La filosofía, conquistadora al servicio del hombre
En el prefacio de su tesis de doctorado,
Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, presentada
en la Universidad de Jena en abril de 1841, Marx definió el papel que asignaba
a la filosofía.
La filosofía, en tanto que una gota de sangre
haga latir su corazón absolutamente libre y dueño del universo, no se cansará
de lanzar a sus adversarios el grito de Epicuro:
«El impío no es el que desprecia los dioses de la
multitud, sino el que se adhiere a la idea de que la multitud se hace de los
dioses».1
La filosofía ya no se oculta. Hace suya la
profesión de fe de Prometeo: En una palabra, ¡odio a todos los dioses!2
Y esta divisa la opone a todos los dioses del
cielo y de la tierra, que no reconocen
la conciencia humana como la divinidad suprema. Esta divinidad no sufre rival
alguno.
Pero a los tristes poltrones que se regocijan de
que en apariencia la situación social de la filosofía haya empeorado, ella
hace, a su vez, la respuesta que Prometeo dio a Hermes, servidor de los dioses:
Está seguro de que jamás querría cambiar
Por tu servidumbre mi miserable suerte.
Porque prefiero mejor estar clavado a esta roca
Que ser el fiel criado, el mensajero de Zeus
Padre ...3
Prometeo es el primer santo, el primer mártir del
calendario filosófico.
1Carta de Epicuro a Menoikos. Citado en griego.
2 Verso de la tragedia de Esquilo Prometeo
encadenado. De este héroe mitológico Esquilo hizo el símbolo de un luchador por
el bien de la humanidad. Citado en griego.
3 Esquilo: Prometeo encadenado citado en griego
en el texto.
C. MARX: «Diferencia de la filosofía de la
naturaleza en Demócrito y Epicuro», Obras, t. I, p. 10, Mega.
2
La filosofía no es exterior al mundo
La Gaceta de Colonia, órgano reaccionario, en un
artículo del 28 de junio de 1842, había acusado a la Gaceta Renana de atacar al
cristianismo, fundamento del Estado; invitaba al gobierno prusiano a prohibir
toda discusión de los problemas filosóficos y religiosos en la prensa.
Max le responde en tres editoriales de la Gaceta
Renana, aparecidos el 10, el 12 y el 14 de julio de 1842.
Los filósofos no salen de la tierra como hongos,
son los frutos de su época, de su pueblo, cuyos
jugos más sutiles,
más preciosos y
los menos visibles
se expresan en
las ideas filosóficas. El mismo
espíritu que construye los sistemas filosóficos en el cerebro de los filósofos,
construye las vías férreas con las manos de los obreros. La filosofía no es
exterior al
mundo. . .
C. Marx: La Gaceta Renana, 14 de julio de 1842,
Obras, t. I, p. 242, Mega.
3
Hay que dar a los hombres la conciencia de sí mismos
Durante los meses que precedieron la publicación
en París de los Anales Franco-alemanes, de los que sólo debía aparecer un
número doble en marzo de 1844, Marx Ruge, Feuerbach y Bakunin, cambiaron, de
marzo a septiembre de 1843, cartas que tenían el fin de establecer una unidad
de puntos de vista y de doctrina entre los colaboradores de la revista. Sobre
estas ocho cartas, situadas por Ruge a la cabeza de los Anales Francoalemanes,
tres son de Marx, el verdadero animador de la empresa.
No llegamos al mundo como doctrinarios con un
nuevo principio: ¡ésta es la verdad; ahora, arrodíllate! Desarrollamos, para el
mundo, principios nuevos que extraemos de los principios del mundo. No le
decimos: abandona tus luchas, sólo son tonterías; queremos hacer resonar en tus
oídos la verdadera palabra de lucha. Le mostramos sólo aquello por lo que
verdaderamente lucha; y esa conciencia es una cosa que debe adquirir, incluso
aunque no quiera.
C.
Marx: Carta a
Ruge, septiembre de
1843, Obras, t. I, pp. 574-575, Mega.
4
La teoría deviene fuerza material tan pronto penetra en las masas
Marx publica en los Anales Francoalemanes (marzo
de 1844) su Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel: la
filosofía tiene aún aquí un lugar esencial, pero Marx critica ya la realidad
económica y social.
El arma de la crítica no puede, evidentemente,
reemplazar la crítica por las armas, la fuerza material debe ser subvertida por
la fuerza material; pero la teoría también deviene fuerza material en cuanto
penetra en las masas. La teoría es capaz de penetrar las masas cuando ella
hace demostraciones ad
hominem; y hace
demostraciones ad hominem
cuando deviene radical. Ser radical
es tomar las cosas por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo.
C.
Marx: «Contribución a
la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel», Obras, t. I, p.
614, Mega.
5
Impotencia del pensamiento puro
La sagrada familia o Crítica de la crítica
crítica, escrita en los últimos meses de 1844, publicada en febrero de 1845,
debería ser un corto panfleto contra los jóvenes Hegelianos Bruno y Edgar
Bauer, Max Stirnes, etc. Marx —la colaboración de Engels se reduce a una
veintena de páginas al comienzo del libro—, empujado por su temperamento
combativo y, sin duda, para escapar a la censura dando más de veinte hojas de
impresión, hizo del panfleto proyectado una gruesa obra donde ataca la crítica
abstracta: ésta desprecia las necesidades de los hombres, opone el Espíritu a
la masa, se contenta con una supresión verbal de la propiedad, cree regenerar
el mundo por la conciencia de los filósofos y el milagro de la especulación
pura..
Denunciando a través de esta parodia del
idealismo especulativo al idealismo especulativo mismo, Marx liquidaba su
período de joven-hegeliano.
Esas masas de obreros comunistas que trabajan en
los talleres de Manchester y de Lyon, por ejemplo, no creen que podrán nunca
desembarazarse de sus patronos y de su propia degradación de
hecho, por medio
del «pensamiento puro».
Sienten dolorosamente la diferencia entre el ser y el pensamiento,
entre la conciencia y la vida. Saben que la propiedad, el capital, el dinero,
el trabajo asalariado, etcétera, no son en lo absoluto simples quimeras, sino
productos de hechos reales, de hechos tangibles de su alienación, que deben ser
suprimidos de una manera real, tangible; porque no sólo en el pensamiento, en
la conciencia, sino además en su existencia de masa, en su vida, el hombre
deviene hombre.
C. Marx-F. Engels: La sagrada familia, p. 92,
6
Límite de las ideas
Las ideas no pueden nunca llevar más allá del
antiguo estado de cosas, sólo pueden llevar más allá de las ideas del antiguo
estado de cosas. Las ideas, por tanto, no pueden realizar nada. Para la
realización de las ideas, faltan los hombres que ponen en juego una fuerza
práctica.
C. Marx-F. Engels: Idem, pp. 194-195.
7
No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina
la conciencia
Tras haber redactado, en marzo de 1845, once
tesis sobre Feuerbach para denunciar la insuficiencia de su materialismo, Marx
emprendió con Hegel la tarea de escribir una obra con el fin de precisar sus
concepciones nuevas. Encabezando Ludwig Feuerbach (1888), Engels recuerda cómo
fue concebida, en 1845, La ideología alemana y por qué no vio la luz.
«En su prefacio a la Contribución a la crítica de
la economía política, Berlín, 1859, Marx
cuenta cómo emprendimos los dos, en Bruselas, en
1845, desprender en un trabajo común el antagonismo existente entre nuestra
manera de ver (se trataba de la concepción materialista de la historia,
elaborada sobre todo por Marx) y la concepción ideológica de la filosofía
alemana: de hecho, terminar con nuestra conciencia filosófica de antes. Este
designio fue realizado bajo la forma de una
crítica de la filosofía poshegeliana. El manuscrito, dos gruesos
volúmenes en octavo, estaba desde hacía tiempo entre las manos del editor, en
Westfalia, cuando supimos que nuevas circunstancias no permitían la impresión.
Abandona- mos tanto más gustosamente el manuscrito a la crítica roedora de los
ratones, en cuanto habíamos alcanzado nuestro fin principal: ver claro en
nosotros mismos». Esta obra, que debía formar dos gruesos volúmenes, no vio la
luz sino 86 años después de haber sido escrita. El Instituto Marx-Engels-Lenin
aseguró en 1932 la publicación integral bajo el título La ideología alemana,
tomado de un artículo de Marx contra Karl Grün. Es en La ideología alemana
donde Marx y Engels dan la primera exposición de conjunto del materialismo
histórico.
El hecho es el siguiente: individuos
determinados, que tienen una actividad productora según un modo determinado,
entran en esas relaciones sociales y políticas determinadas. En cada caso aislado,
la observación empírica
debe mostrar empíricamente, y
sin ninguna especulación ni
mistificación, el lazo entre la estructura social y política y la producción.
La estructura social y el Estado resultan, constantemente, del proceso vital de
individuos determinados; pero estos individuos, no tales como pueden aparecer a
sus propios ojos o a los ojos de otro, sino tales como son en realidad; es
decir, tales como obran y producen materialmente; es decir, tales como actúan
sobre bases y en condiciones y límites materiales determinados e independientes
de su voluntad.
La producción de las ideas, de las
representaciones y de la conciencia está, en principio, directamente, íntimamente
ligada a la
actividad material y
al comercio material
de los hombres; es el lenguaje de
la vida real. Las representaciones, el pensamiento, el comercio intelectual de
los hombres, aparecen aún aquí como la emanación directa de su comportamiento
material. Lo mismo sucede en la producción intelectual, tal como se presenta en
el lenguaje de la política, las leyes, la moral, la religión, la metafísica,
etc., de un pueblo. Son los hombres los productores de sus representaciones, de
sus ideas, etc.; pero los hombres reales, actuantes, en tanto son condicionados
por un desarrollo determinado de sus fuerzas productivas y de relaciones que
les corresponden, comprendidas las formas más vastas que éstas puedan tomar. La
conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente (das bewusste
Sein), y el ser de los hombres es su proceso de vida real. Y si, en toda la
ideología, los hombres y sus relaciones nos aparecen situados cabeza abajo,
como en una cámara negra, este fenómeno emana de su proceso de vida histórica;
igual en absoluto a como la inversión de los objetos en la retina, emana de su
proceso de vida directamente física.
Al contrario de la filosofía alemana que
desciende del cielo a la tierra, es de la tierra al cielo que se asciende aquí.
Dicho de otro modo, no se parte de lo que los hombres dicen, se imaginan, se
representan, ni tampoco de lo que son en las palabras, el pensamiento, la
imaginación y la representación de otro, para llegar luego a los hombres de
carne y hueso; no, se parte de los hombres en su actividad real, y es desde sus
procesos de vida real que se representa el desarrollo de los reflejos y de los
ecos ideológicos de ese proceso vital. Incluso las fantasmagorías del cerebro
humano son sublimaciones que resultan, necesariamente, de su proceso de vida
material, que se puede constatar empíricamente y que reposa en bases
materiales. Ante este hecho, la moral, la religión, la metafísica y todo el
resto de la ideología, así como las formas de la conciencia que les
corresponden, pierden inmediatamente toda
apariencia de autonomía. No tienen historia, no
tienen desarrollo; son, por el contrario, los hombres los que, desarrollando su
producción material y sus relaciones materiales, transforman, con esta realidad
que les es propia, su pensamiento y los productos de su pensamiento.
No es la conciencia la que determina la vida,
sino la vida la que determina la conciencia. En la primera manera de considerar
las cosas, se parte de la conciencia como Individuo viviente; en la segunda,
que corresponde a la vida real, se parte de individuos reales y vivientes ellos
mismos, y se considera la conciencia únicamente como la conciencia de ellos.
C. Marx-F. Engels: La ideología alemana,
Ediciones Pueblos Unidos,
Montevideo, 1959, pp. 25-26,
8
La evolución de la conciencia
El hombre tiene también una «conciencia». Pero no
una conciencia que sea de entrada una conciencia «pura». Desde el principio,
una maldición pesa sobre «el espíritu»: la de ser
«obstaculizado» por una materia que se presenta
aquí bajo las
formas de capas de aire agitadas, sonidos, lenguaje, en una
palabra. El lenguaje es tan viejo como la conciencia —el lenguaje es la
conciencia real, práctica, existente también para otros hombres, existente
pues, igualmente para mí mismo por la primera vez; y, como la conciencia, el
lenguaje no aparece sino con la necesidad de trato con los demás hombres. Allí
donde existe una relación, existe para mí. El animal «no está en relación» con
nada, no conoce, en suma, ninguna relación. Para el animal, sus relaciones con
los otros no existen en tanto que relaciones. La conciencia es, pues, de
entrada, un producto social, y seguirá siéndolo durante todo el tiempo en que
existan hombres, en general. Por supuesto, la conciencia no es, en principio,
sino la conciencia del medio sensible más cercano, y la del lazo limitado con
otras personas y otras cosas situadas fuera del individuo que toma conciencia;
es, al mismo tiempo, la conciencia de la naturaleza que se yergue al principio
ante los hombres como una fuerza pujantemente extraña, todopoderosa e
inatacable, hacia la cual los hombres se comportan de una manera puramente
animal, y que
se les impone
como al ganado;
por consecuencia, una
conciencia de la naturaleza puramente animal (religión de
la naturaleza) . Se ve inmediatamente que esa religión de
la naturaleza, o
estas relaciones determinadas hacia
la naturaleza, son condicionadas por la forma de la
sociedad y viceversa. Aquí, como en todas partes por lo demás, la identidad del
hombre y la naturaleza aparece también bajo esta forma en que el comportamiento
limitado de los hombres ante la naturaleza condiciona su comportamiento
limitado entre ellos; y en que el comportamiento limitado entre ellos
condiciona, a su vez, sus relaciones limitadas con la naturaleza. Precisamente
porque la naturaleza está aún apenas modificada por la historia. Y por otra
parte, la conciencia de la necesidad de entrar en relación con los individuos
que lo rodean, marca para el hombre el inicio de la conciencia del hecho de que
vive, en suma, en sociedad.
Este inicio es tan animal como lo es la vida
social en este estadio mismo; es una simple conciencia gregaria, y el hombre se
distingue del borrego sólo por el hecho de que su conciencia toma en él el
lugar del instinto, o en que su instinto es un instinto consciente. Esta
conciencia borreguil o
tribal recibe su
desarrollo y su
perfeccionamiento ulteriores, del
crecimiento de la productividad, del aumento de
las necesidades; y del crecimiento de la población, que es la base de los dos
precedentes. Así se desarrolla la división del trabajo, que no era
primitivamente otra cosa que la división del trabajo en el acto sexual, y luego
deviene en división del
trabajo que se
hace a sí
misma o «naturalmente», en
virtud de las disposiciones naturales (vigor corporal,
por ejemplo), de las necesidades, los azares, etc. La división del trabajo no
deviene efectivamente división del trabajo más que a partir del momento en que
se opera una división del trabajo material e intelectual. A partir de este
momento, la conciencia puede verdaderamente imaginarse que es otra cosa que la
conciencia de la práctica existente, que representa realmente alguna cosa, sin
representar nada real. A partir de este momento, la conciencia se halla en
estado de emanciparse del mundo y de pasar a la formación de la teoría «pura»:
teología, filosofía, moral, etc. Pero incluso cuando esta teoría, esta
teología, esta filosofía, esta moral, etc., entran en contradicción con las
relaciones existentes, eso sólo puede producirse ante el hecho de que las
relaciones sociales existentes han entrado en contradicción con la fuerza
productiva existente; por lo demás, en un círculo de relaciones nacional
determinado, esto puede suceder así porque, en este caso, la contradicción se
produce, no en el interior de esta esfera nacional, sino entre esta conciencia
nacional y la práctica de las otras naciones; es decir, entre la conciencia
nacional y la conciencia universal.
C. Marx-F. Engels: La ideología alemana,
Ediciones Pueblos Unidos,
Montevideo, 1959, pp. 30-32,
9
Las ideas dominantes son las de la clase dominante
Las ideas de la clase dominante son también las
ideas dominantes de cada época; o dicho de otro modo: la clase que es la fuerza
material dominante de la sociedad es también la fuerza dominante espiritual. La
clase que dispone de los medios de la producción material dispone, a la vez, de
los medios de la producción intelectual; tanto así que, lo uno en lo otro, las
ideas de aquéllos a quienes les son negados los medios de producción
intelectual están sometidas, por eso mismo, a esa clase dominante. Las ideas
dominantes no son más que la expresión ideal de las relaciones materiales
dominantes; son esas relaciones dominantes, captadas bajo la forma de idea. Así
pues, son la expresión de relaciones que hacen de una clase la clase dominante;
o sea, son las ideas de su dominio. Los individuos que constituyen la clase
dominante poseen, entre otras cosas, una conciencia; y, en consecuencia,
piensan. En tanto que dominan como clase
y determinan una
época histórica en
toda su amplitud,
es de suponer
que estos individuos dominan en
toda la extensión de su clase, como seres pensantes, como productores de ideas,
que rigen la producción y la distribución de las ideas de su época; sus ideas
son, pues, las ideas dominantes de su época. Tomemos como ejemplo, una época y
un país en el que el poder real, la aristocracia y la burguesía, se disputan el
dominio y en la que éste es, pues, compartido; resulta que el pensamiento
dominante es la doctrina de la división de poderes, que entonces es anunciada
como una «ley eterna». He aquí la división del trabajo
que hemos encontrado precedentemente4 como una de
las fuerzas capitales de la historia. Esta división de poderes se manifiesta
igualmente como la división entre el trabajo intelectual y el trabajo material;
de modo que tendremos dos categorías de individuos en el interior de esta misma
clase. Uno son sus pensadores, los ideólogos activos, capaces de elevarse a la
teoría, y obtienen su sustento principal de la elaboración de la ilusión que
esta clase se hace sobre sí
misma; mientras que los otros tendrán una actitud
más pasiva y receptiva ante estos pensamientos y estas ilusiones, porque son
los miembros realmente activos de esta clase y tienen menos tiempo para hacerse
ilusiones e ideas sobre sus propias personas. En el interior de esta clase, tal
división puede llegar a desembocar en una cierta oposición y una cierta
hostilidad entre las dos partes en presencia. Pero cuando ocurre una colisión
práctica en que la clase por entero es amenazada, esta oposición cae por sí
misma, mientras se ve desvanecerse la ilusión de que las ideas dominantes no
son las ideas de la clase dominante, y de que tienen un poder distinto al poder
de esta clase. La existencia de ideas revolucionarias en determinada época,
supone ya la existencia de una clase revolucionaria; y ya hemos dicho
anteriormente todo lo necesario sobre las condiciones previas para darles
nacimiento.
Admitamos que, en la manera de concebir la marcha
de la historia, se aíslen las ideas de la clase dominante de esta misma clase
dominante, y se hagan independientes. Si nos atenemos al hecho de que tales o
cuales ideas han dominado en dicha época, sin inquietarnos por las condiciones
de la producción ni por los productores de esas ideas, haciendo abstracción de
los individuos y las circunstancias mundiales que dan base a tales ideas, se
llegará entonces a decir, por ejemplo, que el tiempo en que la aristocracia
reinaba, era el reino de los conceptos de honor, de fidelidad, etc., y que el
tiempo en que la burguesía reina, es el reino de los conceptos de libertad,
igualdad, etc. Eso es imaginar a la clase dominante misma en su conjunto. Esta
concepción de la historia, común a todos los historiadores, muy especialmente
desde el siglo XVIII, chocará necesariamente con el fenómeno de que los
pensamientos reinantes son cada vez más abstractos, es decir, que toman cada
vez más la forma de la universalidad. En efecto, cada nueva clase que toma el
lugar de la que dominaba antes de ella es obligada, aunque sólo sea para
alcanzar su fin, a representar su interés como el interés común de todos los
miembros de la sociedad; o, para expresar las cosas en el plano de las ideas:
esta clase está obligada a dar a sus pensamientos la forma de la universalidad,
a representarlos como los únicos razonables y únicos válidos de manera
universal. Por el simple hecho de que se enfrenta a una clase, la clase
revolucionaria se presenta, de entrada, no como clase, sino como representante
de la sociedad entera, como la masa entera de la sociedad frente a la única
clase dominante. Esto le es posible porque, al principio, su interés está
realmente ligado aún al interés común de todas las otras clases no dominantes;
y porque, bajo la presión de circunstancias anteriores, este interés todavía no
ha podido desarrollarse como interés particular de una clase particular. Por
esto, la victoria de esta clase es también útil a muchos individuos de las demás
clases, que no alcanzan a apoderarse del dominio; pero lo es en la sola medida
en que los pone en estado de elevarse hasta la clase dominante. Cuando la
burguesía francesa derrocó el dominio de la aristocracia, permitió a muchos
proletarios elevarse por encima del proletariado, pero únicamente en el sentido
de devenir burgueses. Cada nueva clase establece, pues, su dominio sobre una
base más amplia que la anterior clase dominante; pero en revancha, la oposición
entre la clase que domina ahora y las que no dominan, se agrava en profundidad
y agudeza. De ello resulta que el combate que se trata de conducir contra la
nueva clase dirigente tiene por fin, a su vez, que destruir las condiciones
sociales anteriores de una manera más decisiva y más radical que lo que habían
podido hacer, hasta entonces, todas las clases precedentes que habían buscado
la dominación.
La ilusión que consiste en creer que el dominio
de una clase determinada es únicamente el dominio de ciertas ideas, termina
naturalmente desde el momento en que el dominio de clase en general deja de ser
la forma del régimen social; es decir, tan pronto ya no es necesario
representar un interés particular como si fuera el interés general, o
representar «lo universal» como dominante.
Una vez separadas las ideas dominantes de los
individuos que dominan, y sobre todo de las relaciones que derivan de un
estadio determinado del modo de producción, se obtiene como resultado que son
las ideas, constantemente, las que dominan en la historia; y entonces es muy
fácil abstraer, de estas diferentes ideas, la «Idea»; o sea, la Idea por
excelencia, etc. como elemento que domina en la historia; y concebir por este
medio todas estas ideas y conceptos aislados como «autodeterminaciones» del
Concepto que se desarrolla en la historia. Es igualmente natural, luego, llegar
a hacer derivar todas las relaciones humanas del concepto del hombre, del
hombre representado, de la esencia del hombre, del Hombre, en una palabra. Esto
es lo que ha hecho la filosofía especulativa. Hegel mismo confiesa, al final de
la filosofía de la historia, que
«examina sólo la
progresión del Concepto»
y que ha
representado la «verdadera
teodicea» en la historia.
4 C. Marx: La ideología alemana, Ediciones
Pueblos Unidos, Montevideo, 1959, pp. 31-34
C. Marx-F. Engels: La ideología alemana,
Ediciones Pueblos Unidos,
Montevideo, 1959, pp. 48-52,
10
Las concepciones ideológicas cambian con las condiciones sociales
El segundo congreso de la Liga de comunistas,
realizado en Londres a finales de noviembre de 1847, había encargado a Marx y
Engels redactar el manifiesto del que Engels había elaborado ya un primer
esbozo, aparecido más tarde bajo el título: Principios del comunismo (25
preguntas seguidas de 25 respuestas). Marx termina la redacción del Manifiesto
del Partido Comunista al principio de febrero de 1848.. El Manifiesto aparece
en alearán, en Londres, en los últimos días de febrero, mientras que la
revolución ha estallado el 24 de febrero en París.
Se necesita una gran perspicacia para comprender
que con toda modificación sobrevenida en las condiciones de vida, en las
relaciones sociales, en la existencia social, cambian también las ideas, las
nociones y las concepciones, en una palabra, la conciencia del hombre. ¿Qué
demuestra la historia de las ideas sino que la producción intelectual se
transforma con la producción material? Las ideas dominantes en cualquier época
no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante.
Cuando se habla de ideas que revolucionan toda
una sociedad, se expresa solamente el hecho de que en el seno de la vieja
sociedad se han formado los elementos de una nueva, y la disolución de las
viejas ideas marcha a la par con la disolución de las antiguas condiciones de
vida.
En el ocaso del mundo antiguo las viejas
religiones fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVIII
las ideas cristianas fueron vencidas por las ideas de la ilustración, la
sociedad feudal libraba una lucha a muerte contra la burguesía, entonces
revolucionaria. Las ideas de libertad religiosa y de libertad de conciencia no
hicieron más que reflejar el reinado de la libre competencia en el dominio de
la conciencia.
«Sin duda —se nos dirá—, las ideas religiosas,
morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc.,
se han ido modificando en el curso del desarrollo
histórico. Pero la religión, la moral, la filosofía, la política, el derecho,
se han mantenido siempre a través de estas transformaciones.
«Existen
además verdades eternas,
tales como la
libertad, la justicia,
etcétera, que son comunes
a todo estado de la sociedad. Pero
el comunismo quiere abolir estas verdades eternas, quiere abolir la religión y
la moral, en lugar de darles una forma nueva, y por eso contradice a todo el
desarrollo histórico anterior».
¿A qué se reduce esta acusación? La historia de
todas las sociedades pasadas se desenvuelve en medio de contradicciones de
clase, de contradicciones que revisten formas diversas en las diferentes
épocas.
Pero cualquiera que haya sido la forma de estas
contradicciones, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un
hecho común a todos los siglos anteriores. Por consiguiente, no tiene nada de
asombroso que la conciencia social de todas las edades, a despecho de toda
variedad y de toda diversidad, se haya movido siempre dentro de ciertas formas
comunes, dentro de unas formas —formas de conciencia—, que no desaparecerán
completamente más que con la desaparición definitiva de los antagonismos de clase.
C. Marx-F. Engels: Obras escogidas, tomo I,
Manifiesto del Partido Comunista, proletarios y comunistas, pp.
11
El materialismo histórico
En el prefacio a la Contribución a la crítica de
la economía política (1859), Marx expone su concepción materialista de la
historia. Este texto constituye la exposición más concisa y más célebre del
materialismo histórico.
En la producción social de su vida, los hombres
contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad,
relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo
de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de
producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la
que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden
determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material
condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No
es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, su
ser social es el que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase
de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las
relaciones de producción existentes, o lo que no es más que la expresión
jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han
desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas,
estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de
revolución social. Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos
rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se
estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios
materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden
apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas
jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las
formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y
luchan para resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo
por lo que
él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a
estas épocas de revolución por su conciencia, sino que, por el contrario, hay
que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por
el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones
de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen
todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas
y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales
para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por
eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede
alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo
brotan cuando ya se dan, o por lo menos se están gestando, las condiciones
materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras
tantas épocas de progreso, en la formación económica de la sociedad, el modo de
producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones
burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de
producción; antagónica no en el sentido de un antagonismo individual, sino de
un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los
individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la
sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la
solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto,
la prehistoria de la sociedad humana.
Marx-Engels, Obras Escogidas, tomo I, C. Marx:
«Prólogo
a la Contribución
a la crítica
de la economía política», pp.
373-374,
C. MARX Y F. ENGELS: Estudios filosóficos, pp.
72-74, Editions Sociales, 1951.
12
Respuesta a un detractor del materialismo histórico
El Capital (1867) no es sólo el libro que devela
el misterio de la producción capitalista, la obra fundamental que analiza las
leyes del desarrollo de la sociedad fundada en la explotación del proletariado,
es también una aplicación magistral de Marx de su método dialéctico.
«Ahora, desde la aparición de El Capital, la
concepción materialista de la historia no es ya una hipótesis, sino una tesis
científicamente probada», ha escrito Lenin.5
Aprovecho esta ocasión para refutar brevemente
una objeción que me ha hecho un diario germano-americano cuando
la publicación de
mi obra Contribución
a la crítica
de la economía política,
aparecida en 1859. Según él mi opinión es que el determinado modo de producción
y las relaciones sociales que derivan de él, en suma, que «la estructura
económica de la sociedad es la base concreta sobre la cual se eleva una
superestructura jurídica y política, y a la cual corresponden formas de
conciencia social determinadas»; que «es el modo de producción de la vida
material el que condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual
en general». Según él, esta opinión es, sin duda, exacta para el mundo moderno,
en el que predominan los intereses materiales; pero no para la Edad Media, en
la que reinaba el catolicismo, ni para Atenas y Roma, en donde reinaba la
política. De inicio, es extraño que cualquiera se complazca en suponer que es
posible ignorar estas expresiones, archiconocidas,
relativas a la Edad Media o al mundo antiguo. Lo
que está claro es que la Edad Media no podía vivir de catolicismo, ni el mundo
antiguo de política. Las condiciones económicas de entonces explican, al
contrario, por qué aquí el catolicismo y allá la política, jugaban el papel
principal. Basta con conocer, al menos un poco, por ejemplo, la historia de la
república romana, para saber que el secreto de su historia se apoya enteramente
en la historia de su propiedad territorial. Por otra parte, Don Quijote ha expiado
ya el error de creer que la caballería andante era compatible con todas las
formas económicas de la sociedad.
5 V. I. Lenin: Del materialismo histórico, p. 20,
Bureau d'éditions, 1935. (N. de la Red.)
C. MARX: El Capital, «Mercancía y Dinero», tomo
I, cap. I, sección primera, apartado D, apartado 4, pp. 48-49,
13
No existen verdades eternas
En su obra Anti-Dühring (E. Dühring trastorna la
ciencia), aparecida en 1878, Engels opone las concepciones del marxismo a la
fraseología seudorrevolucionaria del socialista pequeño- burgués Dühring, que
negaba la dialéctica y afirmaba que «las verdades auténticas son absolutamente
inamovibles».
«Ludwig Feuerbach y el Anti-Dühring —como el
Manifiesto del Partido Comunista— son los libros de cabecera de cada obrero
consciente». LENIN: Las tres fuentes y las tres partes constitutivas del
marxismo, en Karl Marx y su doctrina.
Pero las cosas van peor todavía para las verdades
eternas en el tercer grupo de ciencias, las ciencias históricas, que estudian
en su sucesión histórica y en su resultado presente las condiciones de vida de
los hombres, las relaciones sociales, las formas del derecho y del Estado con
su superestructura ideal hecha de filosofía, de religión, de arte, etcétera ...
En la naturaleza orgánica tenemos al menos una sucesión de procesos que, en la
medida en que podemos observarlos directamente, se repiten regularmente en el
interior de límites muy vastos. Desde Aristóteles, las especies de organismos
han permanecido iguales, a grandes rasgos. Por el contrario, en la historia de
la sociedad, la repetición de las situaciones es la excepción y no la regla,
desde el momento en que sobrepasamos la edad primitiva de la humanidad, lo que
se llama la edad de piedra; y allí donde tales repeticiones se presentan, nunca
se producen en las mismas condiciones. Así sucede con el encuentro de la
propiedad colectiva primitiva de la tierra en todos los pueblos civilizados, y
con la forma de su desaparición. Es por ello que en el dominio de la historia
de la humanidad, nuestra ciencia está aún más atrasada que en el de la
biología. Cuando, por excepción, se llega conocer el encadenamiento interno de
las formas de existencia sociales y políticas de un período, esto se produce
regularmente en el momento en que esas formas han vivido ya la mitad de su
tiempo, en que están ya declinando. El conocimiento es aquí, pues,
esencialmente relativo, ya que se limita a penetrar el encadenamiento y las
consecuencias de ciertas formas de sociedad y de Estado que no existen más que
en un tiempo dado y en pueblos dados, y perecederas por naturaleza. Cualquiera
que se lance en este dominio a cazar verdades definitivas en último análisis,
verdades auténticas y absolutamente inmutables, volverá con una magra caza,
salvo vulgaridades y lugares comunes de la peor especie; por ejemplo: que los
hombres no pueden
vivir sin trabajar, que hasta ahora la mayor
parte del tiempo se ha dividido en dominadores y dominados, que Napoleón murió
el 5 de mayo de 1821, etc...
F. Engels: Anti-Dühring, pp. 109-110,
14
La moral ha sido siempre una moral de clase
De pueblo en pueblo, de edad en edad, las ideas
de bien y mal han variado tanto que frecuentemente han llegado a la
contradicción. Mas, se nos objetará, el bien no es el mal, y el mal no es el
bien; si se confunde el bien y el mal, eso es el fin de toda moralidad, y cada
uno puede actuar a su antojo. Esta es, despojada de toda sibilina solemnidad,
la opinión del señor Dühring. Pero la cosa no es tan sencilla. Si lo fuera, no
se discutiría sobre el bien y el mal, y todo el mundo sabría lo que está bien y
lo que está mal. Pero ¿dónde estamos hoy? ¿Qué moral se nos predica hoy? Es en
principio, la moral feudal cristiana, heredera de siglos de fe anteriores, la
cual se divide a su vez en morales católica y protestante, sin prejuicio de
subdivisiones nuevas que van de la moral jesuítica católica y la protestante
ortodoxa a la moral latitudinaria. Al lado de ella figura la moral burguesa
moderna, y al lado de ésta, la moral del porvenir, la del proletariado, de
manera que pasado, presente y futuro aportan, sólo en los países más avanzados
de Europa, tres grandes grupos de teorías morales simultáneamente y en
competencia de vigor. ¿Cuál es, pues, la verdadera? Ninguna, en el sentido de
un absoluto definitivo; pero, seguramente, la moral que tiene más elementos
duraderos, o sea, la que en el presente representa el trastorno del presente,
el porvenir: la moral del proletariado.
Mas cuando vemos que las tres clases de la
sociedad moderna, la aristocracia feudal, la burguesía y
el proletariado, tienen
cada una su
propia moral, sólo
podemos sacar en conclusión que, consciente o
inconscientemente, los hombres extraen en última instancia sus ideas morales de
las condiciones materiales sobre las cuales reposa la situación de su clase, de
las condiciones económicas de su producción y sus intercambios.
Hay, sin embargo, muchos elementos comunes a
estas tres teorías morales; ¿no constituirían un fragmento de la moral fijada
de una vez por todas? Estas teorías morales representan tres estadios
diferentes de una misma evolución histórica,
y tienen, pues, un fondo
histórico común y, por consecuencia, necesariamente, muchos elementos comunes.
Aún más. En estadios idénticos o aproximadamente idénticos de la evolución
económica deben correspon- der teorías morales que necesariamente concuerdan
más o menos. A partir del momento en que se había desarrollado la propiedad
privada de los objetos mobiliarios, era necesario que todas las
sociedades en que
esta sociedad privada
prevalece tuvieran en
común el mandamiento moral: No
robarás. Pero, ¿este mandamiento deviene por ello un mandamiento moral eterno?
De ninguna manera. En una sociedad en la que ya no hay motivos para robar, en
la que, a la larga, los robos sólo pueden ser cometidos por locos, cómo se
reiría del predicador de moral que quisiera proclamar solamente esta verdad
eterna: «¡No robarás!»
En consecuencia, rechazamos toda pretensión de
imponernos un sistema cualquiera de moral dogmática como ley moral eterna,
definitiva, inmutable en adelante, bajo el pretexto de que el mundo moral
tiene también sus
principios permanentes, superiores
a la historia
y a las
diversidades étnicas. Afirmamos, por el
contrario, que toda teoría moral ha sido hasta aquí, el producto, en último
análisis, del estado económico de la sociedad. Y como la sociedad de su tiempo
ha evolucionado siempre en antagonismos de clases, la moral ha sido siempre una
moral de clases; o bien, ha justificado el dominio y los intereses de la clase
dominante, o bien ha representado, desde que la clase oprimida devenía muy
poderosa, la revuelta contra este dominio y los intereses del futuro de los oprimidos.
Que, en conjunto, se ha realizado así un progreso en la moral como en todas las
demás ramas del conocimiento humano, no hay lugar a duda. Pero aún no hemos
superado la moral de clase. Una moral realmente humana, superior a los
antagonismos de clases y a sus supervivencias, no será posible más que en una
sociedad que habrá, no sólo sobrepasado sino incluso, olvidado en la práctica
de la vida la oposición de las clases. Y ahora se puede medir la presunción del
señor Dühring que, desde el seno de la vieja sociedad dividida en clases,
pretende, en vísperas de una revolución social, imponer a la sociedad sin
clases del porvenir una moral eterna, ¡independientemente del tiempo y de los
cambios materiales! Si se supone —y hasta ahora lo ignoramos— que comprende al
menos en sus líneas esenciales la estructura de esa sociedad futura.
F. Engels: Anti-Dühring, pp. 114-116
15
Base económica y superestructura ideológica
Conrad Schmidt había atraído la atención de
Engels sobre el libro del socióloga burgués, el profesor Paul Barth: La
filosofía de la historia de Hegel y de los hegelianos hasta Marx y Hartmann
inclusive. El autor de esta obra afirmaba que el marxismo no admite una acción
de las ideologías sobre
la infraestructura económica.
Desde Londres, Engels
respondió a Conrad Schmidt en una
carta del 27 de octubre de 1890.
Con el derecho ocurre algo parecido: al
plantearse la necesidad de una nueva división del trabajo que crea los juristas
profesionales, se abre otro campo independiente más que, pese a su vínculo
general de dependencia de la producción y del comercio, posee una cierta
reactibilidad sobre estas esferas. En un estado moderno, el Derecho no sólo
tiene que corresponder a la situación económica general, ser expresión suya,
sino que tiene que ser, además, una expresión coherente en sí misma, que no
ande a puñetazos con contradicciones internas. Para conseguir esto, la
fidelidad en el reflejo de las condiciones económicas tiene que sufrir cada vez
más quebranto. Y esto tanto más cuanto más raramente acontece que un Código sea
la expresión ruda, sincera, descarada, de la supremacía de una clase: tal cosa
iría de por sí contra el «concepto del Derecho». Ya en el Código de Napoleón
aparece falseado en muchos aspectos el concepto puro y consecuente que tenía
del Derecho la burguesía revolucionaria de 1792 a 1796; y en la medida en que
toma cuerpo allí, tiene que someterse diariamente a las atenuaciones de toda
clase que le impone el creciente poder del proletariado. Lo cual no es
obstáculo para que el Código de Napoleón sea el que sirva de base a todas las
nuevas codificaciones emprendidas en
todos los continentes. Por donde la marcha de la
«evolución jurídica» sólo estriba, en gran parte,
en la tendencia a eliminar las contradicciones que se desprenden de la
traducción directa de las relaciones económicas a conceptos jurídicos,
queriendo crear un
sistema armónico de
Derecho, hasta que
irrumpen nuevamente la influencia y la fuerza del desarrollo
económico ulterior y rompen de nuevo este sistema y lo envuelven en nuevas
contradicciones (por el momento, sólo me refiero aquí al Derecho civil).
El reflejo de las condiciones económicas en forma
de principios jurídicos es también, forzosamente, un reflejo invertido: se
opera sin que los sujetos agentes tengan conciencia de ello; el jurista cree
manejar normas apriorísticas, sin darse cuenta de que estas normas no son más
que simples reflejos económicos; todo al revés. Para mí, es evidente que esta
inversión, que mientras no se la reconoce constituye lo que llamamos concepción
ideológica, repercute a su vez sobre la base económica y puede, dentro de ciertos
límites, modificarla. La base del derecho de herencia, presuponiendo el mismo
grado de evolución de la familia, es una base económica. A pesar de eso, será
difícil demostrar que en Inglaterra, por ejemplo, la libertad absoluta de
testar y en Francia sus grandes restricciones, responden en todos sus detalles
a causas puramente económicas. Y ambos sistemas repercuten de modo muy
considerable sobre la economía, puesto que influyen en el reparto de bienes.
Por lo que se refiere a las esferas ideológicas
que flotan aún más alto en el aire: la religión, la filosofía, etc., éstas
tienen un fondo prehistórico de lo que hoy llamaríamos necedades, con que la
historia se encuentra y acepta. Estas diversas ideas falsas acerca de la
naturaleza, el carácter del hombre mismo, los espíritus, las fuerzas mágicas,
etc., se basan siempre en factores económicos de aspecto negativo; el
incipiente desarrollo económico del período prehistórico tiene por complemento,
y también parte por condición, e incluso por causa, las falsas ideas acerca de
la naturaleza. Y aunque las necesidades económicas habían sido, y lo siguieron
siendo cada vez más, el acicate principal del conocimiento progresivo de la
natura- leza, sería, no obstante, una pedantería querer buscar a todas estas
necedades primitivas una explicación económica. La historia de las ciencias es
la historia de una gradual superación de estas necedades, o bien de su
sustitución por otras nuevas, aunque menos absurdas. Los hombres que se cuidan
de esto pertenecen, a su vez, a órbitas especiales de la división del trabajo y
creen laborar en un campo independiente. Y en cuanto forman un grupo
independiente dentro de la división social del trabajo, sus producciones, sin
exceptuar sus errores, influyen de rechazo sobre todo el desarrollo social,
incluso el económico. Pero, pese a todo, también ellos se hallan bajo la
influencia dominante del desarrollo económico. En la filosofía, por ejemplo,
donde más fácilmente se puede comprobar esto, es en el período burgués. Hobbes
fue el primer materialista moderno (en el sentido del siglo XVIII), pero
absolutista, en una época en que la monarquía absoluta florecía en toda Europa
y en Inglaterra empezaba a dar la batalla al pueblo. Locke era, lo mismo en
religión que en política, un hijo de
la transacción de
clases de 1688.
Los deístas ingleses
y sus más
consecuentes continuadores, los materialistas franceses, eran los
auténticos filósofos de la burguesía, y los franceses lo eran incluso de la
Revolución Francesa. En la filosofía alemana, desde Kant hasta Hegel, se impone
el filisteo alemán, unas veces positiva y otras negativamente. Pero como campo
circunscrito de la división del trabajo, la filosofía de cada época tiene como
premisa un determinado material de ideas que le legan sus predecesores y del
que arranca. Así se explica que países económicamente atrasados puedan, sin
embargo, llevar la batuta en materia de filosofía: primero fue Francia, en el
siglo XVIII, respecto a Inglaterra, en cuya filosofía se apoyaban los
franceses; más tarde, Alemania respecto a ambos países. Pero en Francia, como
en Alemania, la filosofía, como el florecimiento general de la literatura
durante aquel período, era también el resultado de un auge económico. Para mí,
la supremacía final del desarrollo económico,
incluso sobre estos
campos, es incuestionable, mas
se opera dentro
de condiciones impuestas por el campo concreto: en la filosofía, por
ejemplo, por la acción de influencias económicas (que a su vez, en la mayoría
de los casos, sólo operan bajo su disfraz político, etcétera), sobre el
material filosófico existente, suministrado por los predecesores. Aquí, la economía no
crea nada a
novo, pero determina
el modo cómo
se modifica y desarrolla el material de ideas
preexistente, y aun esto casi siempre de un modo indirecto, ya que son
los reflejos políticos,
jurídicos, morales, los
que en mayor
grado ejercen una
influencia directa sobre la filosofía. Respecto a
la religión, ya he dicho lo más necesario en el último capítulo de mi libro
sobre Feuerbach.
Por tanto, si Barth cree que negamos todas y cada
una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento
económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de
viento. Le bastará con leer El 18 Brumario de Marx, obra que trata casi
exclusivamente del papel especial que desempeñan las luchas y los
acontecimientos políticos, claro está que dentro de su supeditación general a
las condiciones económicas. O El Capital, por ejemplo, el capítulo que trata de
la jornada de trabajo, donde la legislación, que es, desde luego, un acto
político, ejerce una influencia tan tajante. O el capítulo dedicado a la
historia de la burguesía (capítulo 24). Si el Poder político es económicamente
impotente, ¿por qué entonces luchamos por la dictadura política del
proletariado? ¡La violencia (es decir, el Poder del Estado) es también una
potencia económica!
Pero no dispongo de tiempo ahora para criticar el
libro de Barth. Hay que aguardar a que aparezca el tercer tomo;6 por lo demás, creo que también Bernstein, por
ejemplo, podrá hacerlo cumplidamente. De lo que adolecen todos estos señores es
de falta de dialéctica. No ven más que causas aquí y efectos allí. Que esto es
una abstracción, que en el mundo real esas antítesis polares metafísicas sólo
se dan en los momentos de crisis y que la gran trayectoria de las cosas
discurre toda ella bajo forma de acciones y reacciones —aunque de fuerzas muy
desiguales, la más
fuerte, más primaria
y decisiva de
las cuales es
el movimiento económico—, que
aquí no hay nada absoluto y todo es relativo, es cosa que ellos no ven; para
ellos, no ha existido Hegel.
6 De El Capital
F. Engels: Carta a Conrad Schmidt del 27 de
octubre de 1890
16
Entre la infraestructura económica y las superestructuras ideológicas hay
acción y reacción recíprocas
Joseph Bloch, un socialdemócrata alemán que
debía, también, devenir más tarde revisionista, había, en una carta del 3 de
septiembre de 1890, preguntado a Engels lo que Marx y él entendían por
materialismo histórico, y si «da producción y la reproducción de la vida real»
constituían a sus ojos el único factor determinante. Engels le responde por una
carta desde Londres, fechada el 21-22 de septiembre de 1890.
Según la concepción materialista de la historia,
el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la
reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto.
Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único
determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda.
La situación económica es la base, pero los diversos factores de la
superestructura que sobre ella se levanta
—las formas políticas de la lucha de clases y sus
resultados, las Constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la
clase triunfante, etcétera, las formas jurídicas, e incluso los reflejos de
todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías
políticas, jurídicas, religiosas y el
desarrollo ulterior de éstas
hasta convertirlas en un sistema
de
dogmas— ejercen también su influencia sobre el
curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos,
su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos
factores, en el que, a través de toda la muchedumbre infinita de casualidades
(es decir, de cosas y acaecimientos cuya trabazón interna es tan remota o tan
difícil de probar, que podemos considerarla como inexistente, no hacer caso de
ella), acaba siempre imponiéndose como necesidad el movimiento histórico. De otro
modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que
resolver una simple ecuación de primer grado.
Somos nosotros mismos quienes hacemos nuestra
historia, pero la hacemos en primer lugar, con arreglo a premisas y condiciones
muy concretas. Entre ellas son las económicas las que deciden en última
instancia. Pero también desempeñan su papel, aunque no son decisivas, las
condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las
cabezas de los hombres. También el Estado prusiano ha nacido y se ha
desarrollado por causas históricas, que son, en última instancia, causas
económicas. Pero apenas podrá afirmarse, sin incurrir en pedantería, que de los
muchos pequeños estados del norte de Alemania fuese precisamente Brandenburgo,
por imperio de la necesidad económica, y no también por la intervención de
otros factores (y principalmente su complicación, mediante la posesión de
Prusia, en los asuntos de Polonia, y a través de esto, en las relaciones
políticas internacionales, que fueron también
decisivas en la
formación de la
potencia dinástica austriaca),
el destinado a convertirse en la gran potencia en que
tomaron cuerpo las diferencias económicas, lingüística, y desde la Reforma,
también las religiosas, entre el Norte y el Sur. Difícilmente se conseguirá
explicar económicamente, sin caer en el ridículo, la existencia de todos los pequeños
estados alemanes del pasado y el presente o los orígenes de las permutaciones
de consonantes en el alto alemán, que convierten en una línea de ruptura que
corre a lo largo de Alemania la muralla geográfica formada por las montañas que
se extienden de los Sudetes al Tauno.
En segundo lugar, la historia se hace de tal
modo, que el resultado final siempre deriva de los conflictos entre muchas
voluntades individuales, cada una de las cuales, a su vez, es lo que es por
efecto de una multitud de condiciones especiales de la vida; son, pues,
innumerables fuerzas que se entrecruzan las unas con las otras, un grupo
infinito de paralelogramos de fuerzas, de las que surge una resultante —el
acontecimiento histórico—, que, a su vez, puede considerarse producto de una
potencia única, que, como en todo, actúa sin conciencia y sin voluntad. Pues lo
que uno quiere tropieza con la resistencia que le opone otro, y lo que resulta
de todo ello es algo que nadie ha querido. De este modo, hasta aquí toda la
historia ha discurrido a modo de un proceso natural y sometida también,
sustancialmente, a las mismas leyes dinámicas. Pero del hecho de que las
distintas voluntades individuales —cada una de las cuales apetece aquello a que
le impulsa su constitución física y una serie de circunstancias externas, que
son, en última instancia, circunstancias económicas (o las suyas propias
personales o las generales de la sociedad) no alcancen lo que desean, sino que
se fundan todas en una media total, en una resultante común, no debe inferirse
que estas voluntades son igual a cero. Por el contrario, todas contribuyen a la
resultante y se hallan, por tanto, incluidas en ella. Además, me permito
rogarle que estudie usted esta teoría en las fuentes originales y no en obras
de segunda mano; es, verdaderamente, mucho más fácil. Marx apenas ha escrito
nada en que esta teoría no desempeñe su papel. Especialmente, El 18 Brumario de
Luis Bonaparte es un magnífico ejemplo de aplicación de ella. También en El
Capital se encuentran muchas referencias. En segundo término, me permito
remitirle también a mis obras La subversión de las ciencias por el señor E.
Dühring y Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, en las que
se contiene, a mi modo de ver, la exposición más detallada que existe del
materialismo histórico.
El que los discípulos hagan a veces más hincapié
del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la
culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este
principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y
ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en
el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de
exponer una época histórica, y por tanto de aplicar prácticamente el principio,
cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error. Desgraciadamente, ocurre
con harta frecuencia, que se cree haber entendido totalmente y que se puede
manejar sin más una teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre
exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos
muchos de los nuevos
«marxistas» y así
se explican muchas
de las cosas
peregrinas que han aportado...
F. Engels: Carta a Joseph Bloch del 21 de
septiembre de 1890.
17
Las relaciones económicas, la raza y el individuo
Heinz Starkenburg, socialdemócrata alemán,
colaborador de la Neue Zeit, había planteado a Engels las dos preguntas
siguientes: 1) ¿En qué medida las relaciones económicas pueden actuar como
causas? ¿Son causas suficientes, motores, condiciones permanentes, etc., de la
evolución? 2) ¿Qué lugar ocupan la raza y el individuo en la concepción de la
historia de Marx y Engels? Engels responde a Heinz Starkenburg en una carta
fechada en Londres el 25 de enero de 1894.
He aquí la respuesta a sus preguntas.
1) Por relaciones económicas, en las que nosotros
vemos la base determinante de la historia de
la sociedad, entendemos
el modo como
los hombres de
una determinada sociedad producen el sustento para su vida y
cambian entre sí los productos (en la medida en que rige la división del
trabajo). Por tanto, toda la técnica de la producción y del transporte va
incluida aquí. Esta técnica determina también, según nuestro modo de ver, el
régimen de cambio, así como la distribución de los productos y, por tanto,
después de la disolución de la sociedad gentilicia, la división en clases
también, y, por consiguiente, las relaciones de dominación y sojuzgamiento, y
con ello, el Estado, la Política, el Derecho, etc. Además, entre las relaciones
económicas se incluye también la base geográfica sobre la que aquéllas se
desarrollan y los vestigios efectivamente legados por anteriores fases
económicas de desarrollo que se han
mantenido en pie, muchas veces sólo por la
tradición o la vis inertiae,7 y también,
naturalmente, el medio ambiente que rodea a esta forma de sociedad.
Si es cierto que la técnica, como usted dice,
depende en parte considerable del estado de la ciencia, más aún depende ésta
del estado y las necesidades de la técnica. El hecho de que la sociedad sienta
una necesidad técnica, estimula más a la ciencia que diez universidades. Toda
la hidrostática (Torricelli, etc.) surgió de la necesidad de regular el curso
de los ríos de las montañas de Italia, en los siglos XVI y XVII. Acerca de la
electricidad, hemos comenzado a saber algo racional desde que se descubrió la
posibilidad de su aplicación técnica. Pero, por desgracia, en Alemania la gente
se ha acostumbrado a escribir la historia de las ciencias como si éstas
hubieran caído del cielo.
2) Nosotros vemos en las condiciones económicas
lo que condiciona en última instancia el desarrollo histórico. Pero la raza es,
de suyo, un factor económico. Ahora bien, hay aquí dos puntos que no deben
pasarse por alto:
a) El desarrollo político, jurídico, filosófico,
religioso, literario, artístico, etc., descansa en el desarrollo económico.
Pero todos ellos repercuten también los unos sobre los otros y sobre su base
económica. No es que la situación económica sea la causa, lo único activo, y
todo lo demás, efectos puramente pasivos. Hay un juego de acciones y
reacciones, sobre la base de la necesidad económica, que se impone siempre en
última instancia. El estado, por ejemplo, actúa por medio de los aranceles
protectores, el librecambio, el buen o mal régimen fiscal; y hasta la mortal
agonía y la impotencia del filisteo alemán por efecto de la mísera situación
económica de Alemania desde 1648 hasta 1830, y que se revelaron primero en el
pietismo y luego en el sentimentalismo y en la sumisión servil a los príncipes
y a la nobleza, no dejaron de surtir su efecto económico. Fue éste uno de los
principales obstáculos para el renacimiento del
país, que sólo
pudo ser sacudido
cuando las fuerzas
revolucionarias y napoleónicas
vinieron a agudizar la miseria crónica. No es pues, como de vez en cuando, por
razones de comodidad se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un
efecto automático; no, son los mismos hombres los que hacen su historia, aunque
dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones
efectivas con que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última
instancia, y las que nos dan el único hilo de engarce que pueda servirnos para
entender los acontecimientos, son las económicas, por mucho que en ellas pueda
influir, a su vez, las demás, las políticas e ideológicas.
b) Los hombres hacen ellos mismos su historia,
pero, hasta ahora, no con una voluntad colectiva y con arreglo a un plan
colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada y circunscrita. Sus
aspiraciones se entrecruzan; por eso en todas estas sociedades impera la
necesidad, cuyo complemento y forma de manifestación es la casualidad. La
necesidad que aquí se impone a través de la casualidad es también, en última
instancia, la económica. Y aquí es donde debemos hablar de los llamados grandes
hombres. El hecho de que surja uno de éstos, precisamente éste y en un momento
y un país determinados, es, naturalmente, una pura casualidad. Pero si lo
suprimimos, se planteará la necesidad de reemplazarlo, y aparecerá un
sustituto, más o menos bueno,8 pero a la larga, aparecerá. Que fuese Napoleón,
precisamente este corso, el dictador militar que exigía la República francesa,
agotada por su propia guerra, fue una casualidad; pero que si no hubiese habido
un Napoleón habría venido otro a ocupar su puesto, lo demuestra el hecho de que
siempre que ha sido necesario un hombre: César,
Augusto, Cromwell, etc., este hombre ha surgido.
Marx descubrió la concepción materialista
de la historia, pero Thierry, Mignet, Guizot y
todos los historiadores ingleses hasta 1850 demuestran que ya se tendía a ello;
y el descubrimiento de la misma concepción por Morgan prueba que se daban ya
todas las condiciones para que se descubriese, y necesariamente tenía que ser
descubierta.
Otro tanto acontece con las demás casualidades y
aparentes casualidades de la historia. Y cuanto más alejado está de lo
económico el campo concreto que investigamos, y más se acerque a lo ideológico
puramente abstracto, más casualidades advertiremos en su desarrollo, más
zigzagueos presentará su curva. Pero si traza usted el eje medio de la curva,
verá que, cuanto más largo sea el período en cuestión y más extenso el campo
que se estudia, más paralelamente discurre este eje al eje del desarrollo
económico.
El mayor obstáculo que en Alemania se opone a la
comprensión exacta es el desdén imperdonable que se advierte en la literatura
hacia la historia económica. Resulta muy difícil
de acostumbrarse a las ideas históricas que le
meten a uno en la cabeza en la escuela, pero es todavía más difícil acarrear
los materiales necesarios para ello. ¿Quién, por ejemplo, se ha molestado en
leer siquiera el viejo G. von Gülich, en cuya árida colección de materiales se
contiene, sin embargo, tanta materia para explicar incontables hechos
políticos?
Por lo demás, creo que el hermoso ejemplo que nos
ha legado Marx con El 18 Brumario podrá orientarlo a usted bastante bien acerca
de sus problemas, por tratarse, precisamente, de un ejemplo práctico. También
creo haber tocado yo la mayoría de los puntos en el Anti- Dühring, I, cap. 9-11
y II, 2-4, y también en el III, cap. 10 en la Introducción, así como en el
último capítulo del Feuerbach.
7 La fuerza de la inercia. (N. de !a Red.)
8 En francés en el original
F. Engels: Carta a Heinz Starkenburg del
25 de enero de 1894.
18
Las tareas de la crítica marxista
En una carta a Franz Mehring, del 14 de julio de
1893, carta que éste último publicó en su Historia de la Socialdemocracia
Alemana (tomo 1, pág. 385, edición de 1903), Engels pide a los marxistas que
estudien cómo se hacen las ideologías, cómo nacen, sobre una base económica
determinada, las corrientes filosóficas, artísticas, literarias, etc... y cómo
actúan sobre el medio social.
Falta, además, un solo punto, en el que, por lo
general, ni Marx ni yo hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por
lo que la culpa nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más
insistíamos —y no podíamos por menos de hacerlo así— era en derivar de los
hechos económicos básicos las ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos
condicionados por ellas. Y al proceder de esta manera, el contenido nos hacía
olvidar la forma, es decir, el proceso de génesis de estas ideas, etc. Con ello
proporcionamos a nuestros adversarios un buen pretexto para sus errores y
tergiversaciones. Un ejemplo patente lo tenemos en Paul Barth.
La ideología es un proceso que se opera por el
llamado pensador conscientemente, en efecto, pero con
una conciencia falsa.
Las verdaderas fuerzas
propulsoras que lo
mueven, permanecen ignoradas para él; de otro modo, no sería tal proceso
ideológico. Se imagina, pues, fuerzas propulsoras falsas o aparentes. Como se
trata de un proceso discursivo, deduce su contenido y su forma del pensar puro,
sea el suyo propio o el de sus predecesores. Trata exclusivamente con material
discursivo, que acepta sin mirarlo, como creación del pensamiento, sin
someterlo a otro proceso de investigación, sin buscar otra fuente más alejada e
independiente del pensamiento; para él, esto es evidente, puesto que para él
todos los actos, en cuanto les sirva de mediador el pensamiento, tienen también
en éste su fundamento último.
El ideólogo histórico (empleando la palabra
histórico como síntesis de político, filosófico, jurídico, teológico, en una
palabra, de todos los campos que pertenecen a la sociedad, y no sólo a la
naturaleza), el ideólogo histórico encuentra, pues, en todos los campos
científicos, un material que se ha formado independientemente, por obra del
pensamiento de generaciones
anteriores y que ha atravesado en el cerebro de
estas generaciones sucesivas por un proceso propio e
independiente de evolución.
Claro está que a esta
evolución pueden haber contribuido también ciertos hechos
externos, enclavados en el propio campo o en otro, pero según la premisa tácita
de que se parte, estos hechos son, a su vez, simples frutos de un proceso
discursivo, y así no salimos de los dominios del pensar puro, que parece haber
digerido admirablemente hasta los hechos más tenaces.
Esta apariencia de una historia independiente de
las constituciones políticas, de los sistemas jurídicos, de los conceptos
ideológicos en cada campo específico de investigación, es la que más fascina a
la mayoría de la gente. Cuando Lutero y Calvino «superan» la religión católica
oficial, cuando Hegel «supera» a Fichte y Kant, y Rousseau, con su Contrato
Social republicano, «supera» indirectamente al constitucional Montesquieu,
trátase de un proceso que se mueve dentro de la teología, de la filosofía, de
la ciencia política, que representa una etapa en la historia de esas esferas
del pensar y no trasciende para nada del campo del pensamiento. Y desde que a
esto se ha añadido la ilusión burguesa de la perennidad e inapelabilidad de la
producción capitalista, hasta la «superación» de los mercantilistas por los
fisiócratas y A. Smith se considera simplemente como un triunfo exclusivo del
pensamiento; no como el reflejo ideológico de un cambio de hechos económicos,
sino como la visión justa, por fin alcanzada, de condiciones efectivas que
rigen siempre y en todas partes. Si Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto,
en vez de liarse con las Cruzadas hubiesen implantado el librecambio, nos
hubieran ahorrado quinientos años de miseria e ignorancia.
Este aspecto del asunto, que aquí no he podido
tocar más que de pasada, lo hemos descuidado todos, me parece, más de lo
debido. Es la historia de siempre: en los comienzos, se descuida siempre la
forma, para atender más al contenido. También yo lo he hecho, como queda dicho,
y la falta me ha saltado siempre a la vista post factum.9 Así, pues, no sólo
está muy lejos de mi ánimo hacerle un reproche por esto, pues, por haber pecado
antes que usted, no tengo derecho alguno a hacerlo, sino todo lo contrario; pero
quería llamar su atención para lo futuro hacia este punto.
Con esto se halla relacionado también el necio
modo de ver de los ideólogos: como negamos un desarrollo histórico
independiente a las distintas esferas ideológicas, que desempeñan un papel en
la historia, les negamos también todo efecto histórico. Este modo de ver se
basa en una representación vulgar antidialéctica de la causa y el efecto como
dos polos fijamente opuestos, en un olvido absoluto del juego de acciones y
reacciones. Que un factor histórico, una
vez alumbrado por
otros hechos, que
son en última
instancia hechos económicos, repercute a su vez sobre lo que
le rodea, e incluso sobre sus propias causas, es cosa que olvidan, a veces muy
intencionadamente, esos caballeros como, por ejemplo, Barth al hablar del
testamento sacerdotal y la religión, pág. 475 de la obra de usted.
9 Tras el hecho consumado. (N. de la Red.)
F. Engels: Carta a Mehring del 14 de julio de
1893.
VI. POR UNA LITERATURA REVOLUCIONARIA
Sumario
1.- Crítica y literatura militantes
2.- La leyenda de Sigfrido y el movimiento
revolucionario alemán
3.- La literatura popular
4.- Thomas Hood
5.- El proletariado inglés y la literatura
6.- Béranger
7.- Por una nueva sátira Menipea
8.- Henri Heine
9.- Georg Weerth
10.- Freiligrath en 1848-1849
11.- La oposición mediante la canción bajo el
Segundo Imperio
12.- Una vieja canción de los campesinos daneses
13.- La canción revolucionaria
1
Crítica y literatura militantes
En lucha contra estas condiciones sociales, la
crítica no es una pasión de la cabeza, es la cabeza de la pasión. No es un
escalpelo, sino un arma. Su objeto es alcanzar al enemigo; no refutar, sino
destruir. Porque el espíritu de estas condiciones sociales ha sido refutado. En
sí, estas condiciones sociales no constituyen temas dignos de atención, sino un
estado de hecho tan despreciable como despreciado. La crítica en sí no necesita
fatigarse en comprender este objeto, puesto que está inmóvil ante él. No se da
más como un fin en sí, sino únicamente como un medio. Su pasión esencial es la
indignación; su labor esencial, la denuncia.
… La crítica que se ocupa de este objeto es una
crítica en combate; y en combate no se trata de saber si el adversario es un
adversario noble, un adversario de vuestro rango, un adversario
interesante: Se trata de alcanzarlo. Se trata de
no dejar a los alemanes un solo instante de ilusión ni de resignación. Hay que
convertir la opresión real en más opresiva aún, añadiéndole la conciencia de la opresión real
en más opresiva aún,
añadiéndole la conciencia de la
opresión; y hacer la vergüenza más vergonzosa aún, haciéndola pública. Hay que
representar cada esfera de la sociedad alemana como la partie honteuse1 de la
sociedad alemana; y estas condiciones sociales petrificadas, hay que obligarlas
a danzar, haciéndolas oír su propia melodía. Hay que enseñar al pueblo a estar
asustado de sí mismo, a fin de darle coraje.
1 Parte vergonzosa, En francés en el original
C.
Marx: «Contribución a
la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel», Obras, t. I, pp.
609-610, Mega.
2
La leyenda de Sigfrido y el movimiento revolucionario alemán
A la edad de veinte años, Engels, bajo el
seudónimo de Friedrich Oswald, colabora en la revista Telegraph für
Deutschland. Allí hace aparecer, en el número de diciembre de 1840, un artículo
donde, cuando románticos y teutómanos reclamaban como suyos Los Nibelungos,
busca en el
lejano pasado germánico
motivos de exaltación
para el movimiento revolucionario alemán.
¿Por qué nos toca tan profundamente la leyenda de
Sigfrido? No es a causa de la historia misma ni de la ignominiosa traición de
que es víctima el joven héroe; es a causa de la significación profunda de su
persona. Sigfrido es el representante de la juventud alemana. Todos los que
llevamos en el pecho un corazón que la vida, en su estrechez, no ha logrado
domar, sabemos lo que esto quiere decir. Todos sentimos la misma sed de acción,
el mismo espíritu de independencia ante la rutina, que empujó a Sigfrido fuera
del castillo de su padre; la eterna deliberación, el miedo pusilánime de la
acción nos repugna; queremos lanzarnos a través del mundo libre, queremos
destruir las barreras de la circunspección y combatir por la corona de la vida,
la acción. Los filisteos han hecho lo necesario para aportarnos gigantes y
dragones, sobre todo en el dominio de la iglesia y del estado. Mas nosotros
vivimos en otra época: se nos mete en prisiones llamadas escuelas, donde, en
lugar de golpear a nuestro alrededor, debemos, irrisoriamente, conjugar en
griego el verbo golpear en todos los modos y todos los tiempos; y cuando
escapamos a la disciplina, caemos en los brazos de la diosa del siglo, la
Policía. Policía cuando se piensa, policía cuando se habla, policía cuando se
anda, a caballo o en vehículo; policía para los pasaportes, los permisos de
estadía, las carpetas de la aduana... ¡El diablo tire por tierra gigantes y
dragones! No nos han dejado más que la apariencia de la acción, el florete en
lugar de la espada: ¿Para qué diablos el arte más perfeccionado de la esgrima,
si sólo se tiene un florete y si no se tiene el derecho de ejercer este arte
con la espada? Cuando un día se rompan las barreras, cuando el filisteísmo y la
indiferencia sean abolidos, cuando el deseo de acción estalle a plena luz.
¿Veis allá abajo, del otro lado del Rhin, la torre de Wesel? La ciudadela de la
ciudad que se ha llamado una fortaleza de la libertad alemana, se ha convertido
en una tumba de la juventud alemana. ¡Y es ella, precisamente, la que da frente
a la cuna del más grande joven alemán! ¿Quiénes han sido encarcelados?
Estudiantes que no querían haber aprendido en vano la esgrima .. .
Mas quiero descender al Rhin y dar oído a lo que
las olas de la tierra natal de Sigfrido, empurpuradas por el sol poniente,
cuentan sobre el tema de su tumba en Worms y del tesoro escondido. ¡Quizá
cualquier bienhechora hada Morgana hará de nuevo surgir ante mis ojos el
castillo de Sigfrido o centellear las acciones heroicas reservadas a sus
descendientes del siglo XIX.
F. Engels: «La patria de Sigfrido», Obras, t. II,
pp. 94-95, Mega.
3
La literatura popular
Si la crítica conociera mejor el movimiento de
las clases populares inferiores, sabría que la resistencia extrema que éstas
encuentran en la vida práctica, las modifica cada día. La nueva literatura en
prosa o en verso que, en Inglaterra y en Francia, viene de las clases populares
inferiores, le probaría que las clases populares inferiores saben elevarse
intelectualmente sin la protección inmediata del santo Espíritu de la crítica
crítica.
C. Marx-F. Engels: La sagrada familia, p. 219
4
Thomas Hood
En La situación de la clase obrera en Inglaterra
(1845) Engels no deja de señalar las manifestaciones literarias del sufrimiento
y de la revuelta proletarios. Cita Obras, t. IV. pp.
177-178, Mega) la poesía de un obrero de
Birmingham, Edward P. Mead, contra el «rey
Vapor» y sus intendentes, los capitalistas:
«Es música para sus oídos el grito del pobre en
lucha contra la muerte; esqueletos de niñas y de chiquillos
el infierno del rey Vapor llenan totalmente».
El poema se termina con un llamado a la
insurgencia:
«Y sus furiosos intendentes, los altivos señores
de las fábricas, rebosantes de oro y rojos de sangre,
deben ser abatidos por la cólera del pueblo, así
como el monstruo, ¡su Dios!»
«Es la expresión exacta del sentimiento que reina
entre los obreros», escribe Engels. Más lejos, habla de Thomas Hood
(1799-1845), el autor de la Canción de la Camisa.
Thomas Hood,2
el más dotado de todos los humoristas ingleses contemporáneos y, como
todos los humoristas, pleno de sentimientos humanos, mas sin ninguna energía
intelectual, ha publicado al comienzo del año 1844, en el momento en que la
miseria de las costureras
henchía todos los periódicos, una bella poesía:
The son of the shirt (La canción de la camisa), que extrae de los ojos de las
muchachas de la burguesía no pocas lágrimas de compasión, mas sin utilidad. Me
falta el espacio para reproducirla aquí: apareció primero en el Punch y
recorrió luego toda la prensa. Habiéndose tratado, por lo demás, la situación
de las costureras en todos los periódicos, las citas especiales serían
superfluas.
2
Thomas Hood (1799-1845): Poeta y
humorista inglés, célebre
sobre todo por
la Canción de
la camisa, de
la que reproducimos el sexto y el
décimo (penúltimo) cuplé:
Trabajar, trabajar, trabajar, mi labor no cesa
nunca;
¿cuál es mi salario? Una cama de paja, un
mendrugo de pan, andrajos,
esta choza devastada, este piso desnudo, una
mesa, una silla rota,
un muro tan blanco que agradezco
a mi sombra que se interponga entre él y yo.
¡Oh, sólo una breve hora,
un momento de respiro, por corto que sea!
Nunca un momento para amar y esperar;
¡más tiempo y más para gemir!
Las lágrimas aliviarían mi corazón, mas cada gota
se detiene
en su frente amarga,
porque demoraría mi trabajo.
F.
Engels: «La situación
de la clase obrera
en Inglaterra», Obras,
t. IV, p.
201, Mega.
5
El proletariado inglés y la literatura
Por supuesto, la gran masa de los obreros no
quiere oír hablar de esas instituciones3 y sólo se dirige a las verdaderas
salas de lectura proletarias, a las discusiones que tocan directamente sus
intereses propios. Entonces la burguesía, en su suficiencia, pronuncia su Dixi
et salvavi, y da la espalda con desprecio a una clase «que prefiere las
explosiones de rabia apasionada de demagogos malintencionados a las ventajas de
una sólida educación». Además, los obreros tienen también gusto por una «sólida
instrucción» cuando se les presenta pura de toda la prudencia interesada
de la burguesía,
como lo prueban
las conferencias sobre
temas de ciencias naturales, de
estética o de economía política, frecuentemente realizadas en todas las
instituciones obreras —sobre todo socialistas— y seguidas por un vasto público.
Más de una vez he escuchado
a obreros, cuyos
trajes se caían
en jirones, hablar
de geología, de astronomía y de otros temas, con más
conocimientos que los que poseen muchos burgueses de Alemania que han hecho sus
estudios. Y, cosa que muestra a qué punto el proletariado inglés ha llegado a
adquirir una cultura independiente, las manifestaciones más importantes de la
nueva literatura filosófica, política y poética, no son leídas casi
exclusivamente más que por obreros. El burgués, esclavo del régimen social y de
los prejuicios que comporta, tiembla y se persigna delante de todo lo que
señala verdaderamente el punto de partida de un progreso: el proletario tiene
los ojos abiertos sobre ello y estudia con placer y éxito. En este sentido, los
socialistas, particularmente, han hecho mucho por
la cultura del proletariado; han traducido a los materialistas franceses
Helvetius, Holbach, Diderot, etc., y los han difundido, al mismo tiempo que las
mejores obras inglesas, en ediciones baratas. La Vida de Jesús de Strauss y La
Propiedad de Proudhon, circulan igualmente sólo entre los proletarios. Shelley,
el genial y profético Shelley, y Byron, con su ardor sensual y su amarga sátira
de la sociedad existente, encuentran la mayoría de sus lectores entre los
obreros; de ellos los burgueses poseen sólo ediciones expurgadas, family
editions, acomodadas al gusto de la moral hipócrita del día. Los dos más
grandes filósofos prácticos de los últimos tiempos, Bentham y Godwin, son
también, sobre todo este último, propiedad casi exclusiva del proletariado.
Aunque Bentham haya hecho también escuela entre la burguesía radical, sólo el
proletariado y los socialistas han logrado obtener de él una evolución
progresiva.
Sobre estas bases el proletariado se ha creado
una literatura que le es propia, continuada principalmente por los periódicos y
los folletos, y cuyo valor sobrepasa en mucho el de la literatura burguesa.
3 Engels, en sus líneas precedentes, hace el
proceso de instituciones burguesas que se dan por labor instruir a los obreros,
«espartiendo entre ellos nociones provechosas a
la burguesía».
F. Engels: «La situación de la clase obrera en
Inglaterra», Obras, t. IV, pp. 227-228, Mega.
6
Béranger
El comité de la «Asociación democrática con el
fin de alcanzar la unión y la fraternidad de todos los pueblos», establecida en
Bruselas, envió el 28 de febrero de 1848, unos días después de la caída de Luis
Felipe, un llamado al Gobierno Provisional de la República francesa, llamado
redactado en francés y firmado por Karl Marx, su vicepresidente.
Béranger ha caído en nuestros días en un injusto
descrédito. La burguesía, a la que criticó, lo reduce al rango de un cancionero
sentimental o picaresco, mediocre o vulgar. En realidad, fue el poeta popular y
nacional de su época, expresó las aspiraciones de la gente pequeña, la revuelta
de los explotados. No hay que separar nunca las canciones de Béranger del
público popular que hallaba en ellas, al mismo tiempo que una vieja tradición
de la literatura francesa, sus pensamientos, sus sentimientos, sus esperanzas.
Balzac comprendió la importancia y la
significación de esta poesía de combate, cuya fuerza toda reside en el contacto
directo con las masas: «El verdadero panfletario —escribe— fue Béranger; los
otros han ayudado más o menos a la zapa de los liberales; mas él solo ha
golpeado, porque predicó a las masas».
Goethe elogió varias veces a Béranger por la
perfección de su arte, su espíritu y su lengua, que han suscitado «la
admiración no sólo de Francia, sino de toda la Europa cultivada» (Eckermann:
Conversaciones con Goethe, 3 de mayo de 1827). «Béranger, en sus poesías
políticas, se ha mostrado como el bienhechor de su nación» (ibidem, 4 de mayo
de 1827).
A
vosotros, franceses, a
vosotros el honor,
a vosotros la
gloria de haber
sentado los
principales fundamentos de esa alianza de los
pueblos tan proféticamente cantada por vuestro inmortal Béranger.
C.
Marx: «Llamado de
la Asociación democrática. . .»,
Obras, t. VI, Mega.
7
Por una nueva/Sátira Menipea
La prensa londinense, parece, se preocupaba
ansiosamente de ocultar al mundo entero que los lords de la industria
movilizaban sistemáticamente su clase contra la clase laboral, y que las
sucesivas medidas tomadas por ellos no eran la consecuencia directa de las
circunstancias,
¡sino los efectos premeditados de una
conspiración de ramificaciones profundas, de una Liga antiobrera! Esta Liga de
los capitalistas ingleses del siglo XIX4 espera aún su historiador: La Liga
Católica ha encontrado los suyos, a finales del siglo XVI, en los autores de la
Sátira Menipea.5
4 Se trata de la Unión para la Defensa de la
Industria, creada en 1853 por los industriales textiles de Manchester a fin de
oponerse por la fuerza a las reivindicaciones de las organizaciones obreras.
5 Panfleto político debido a la pluma de diversos
autores que habían tomado por modelos las sátiras de Menipo, filósofo griego
del siglo II1 antes de C., discípulo de Diógenes. Obra erudita, burlesca y
popular, la Sátira Menipea (1594), grito de la Francia herida en su sentimiento
nacional y su razón, fustigó los furores de la guerra civil y religiosa, el
fanatismo, la tontería, las locuras y los crímenes de la Liga.
C. Marx: «La cuestión obrera», New York Daily
Tribune, 21 de octubre de 1853.
8
Henri Heine
Marx ejerció, en diversos grados, una cierta
influencia sobre cuatro poetas revolucionarios de la Alemania del siglo XIX:
Heine (1797-1856), Weerth (1821-1856), Freiligrath (1810-
1876), Herwegh (1817-1875).
La hija de Marx, Eleonor Marx Aveling, que ha
dejado un testimonio emocionante sobre las relaciones entre Marx y Heine,
escribe en sus recuerdos que su padre era:
«un gran admirador de Heine. Quería tanto al
hombre como a sus obras y era muy indulgente para sus debilidades políticas.
Decía que los poetas son hombres originales, que había que dejarlos ir por su
camino, y que no se les debía aplicar la misma medida que a las personas
ordinarias».6
Fue durante su estadía en París (1843-1845)
cuando Marx entabló relación con Heine. «No necesitamos muchos signos para
comprendernos», escribía el poeta a Marx, durante un viaje que hizo
a Alemania, en
1844. Cuando fue
expulsado, en enero
de 1845, Marx,
en la
agitación de su viaje hacia Bélgica, envió una
nota a Heine: «De todas las personas que dejo aquí, es el abandono de Heine el
que me resulta más triste. Quisiera llevármelo en mis maletas...»7 Más tarde,
en su correspondencia con Engels, Marx señaló algunas debilidades de Heine el
que me resulta más triste. Quisiera llevármelo en mis maletas.. '. verse
vendido al extranjero porque el gobierno de Luis Felipe había concedido una
pensión al poeta hundido en la miseria; Heine respondió a esta calumnia invocando
en Lutecio la autoridad de Marx, tomándose, de paso, ciertas libertades con los
hechos reales. Marx no fue por ello severo con él (carta de Marx a Engels del
17 de enero de 1855), mas criticó las fallas debidas a la enfermedad, la
«conversión» de Heine, «la inmoralidad» de su testamento con retorno al
«Dios viviente» y «retractación honorable ante
Dios y ante los hombres» (carta de Marx a Engels del 8 de mayo de 1856).
Marx y Engels siempre guardaron una muy viva
admiración por el escritor revolucionario cuya creación poética alcanzó
verdaderamente su apogeo durante ese año de 1844, en el que frecuentó a Marx en
París y sufrió su influencia directa. La áspera y sombría queja de los
Tejedores, escrita un día después de la revuelta de los tejedores de Silesia
que tuvo lugar los días 4 y 5 de julio de 1844, en Peterswaldau y en
Langenbielau, publicada por el Worwarts de París del 10 de julio, ha entrado en
el fondo común de las obras maestras de la poesía revolucionaria.
El poema satírico, Alemania. Un cuento de
invierno, del que Heine envió las pruebas a Marx en septiembre de 1844, expresa
las preocupaciones sociales del poeta, atraído por el comunismo:
¡Amigos, para vosotros quiero componer Una nueva
canción, una canción mejor! Queremos sobre esta tierra desde ahora Instaurar el
reino de los ciclos.
Queremos ser dichosos sobre esta tierra, De
hambre no queremos sufrir;
El vientre perezoso no debe devorar Lo que
amasaron manos laboriosas. Crece aquí abajo bastante pan
Para todos los hijos de los hombres. También hay
mirtos, belleza y alegría E igualmente guisantes azucarados.
¡Sí, guisantes azucarados para cada uno
Cuando las vainas estallan!
El cielo lo abandonamos nosotros
A los ángeles y a los gorriones.
¡Una nueva canción, una canción mejor! Diríanse
flautas y violines
El miserere ha concluido, Callan las fúnebres
campanas.
6 Grunberg: Archiv für die Geschichte des
Sozialismus und der Arbeiterbewegung, tomo IV, 1913, pp. 215-219.
7 ídem, t. IX, p. 132, 1920.
I
Henri Heine, el más grande de todos los poetas
alemanes vivos, se ha unido a nuestras filas y ha publicado un volumen de
poemas políticos que contiene algunos trozos que proclaman el socialismo. Es el
autor del célebre Canto de los tejedores silesianos, del que os doy una
traducción prosaica, pero
que, temo, será
considerado una blasfemia
en Inglaterra. De cualquier modo os lo entrego, llamando
sólo vuestra atención sobre el hecho de que se refiere al grito de guerra de
los prusianos en 1813: «Con Dios, por el Rey y por la Patria», que ha sido
después la consigna preferida del partido en el poder. En cuanto al canto, helo
aquí:
Ni una lágrima en el ojo sombrío
Están sentados en su oficio y rechinan los
dientes,
«Alemania, tejemos tu sudario, Tejemos la triple
maldición
¡Tejemos, tejemos!
Una maldición por el falso dios a quien hemos
rezado
En los días de frío y en las escaseces; Hemos
esperado y confiado en vano,
El nos ha burlado y estafado, se ha reído de
nosotros— ¡Tejemos, tejemos! Una maldición al rey, al rey de los ricos,
Que nuestra miseria izo ha podido doblegar, Que
exprime de nosotros el último centavo
Y nos hace matar a tiro de fusil como a los
perros
¡Tejemos, tejemos!
Una maldición por la falsa patria
Donde sólo prosperan el envilecimiento y la
desvergüenza, Donde cada flor se marchita prematuramente
Donde la podredumbre y el cieno reconfortan al
gusano—
¡Tejemos, tejemos!
Vuela la lanzadera, rechina el telar, Asiduamente
tejemos día y noche— Vieja Alemania, tejemos tu sudario, Tejemos la triple
maldición.
¡Tejemos, tejemos!8
Con este canto, que en el original alemán es uno
de los poemas más poderosos que conozco, me despido de vosotros por esta vez,
con la esperanza de poder pronto hablaron de nuestros progresos ulteriores y de
nuestra literatura social.
8 Engels traduce el original alemán en muy bellos
versos ingleses.
F. Engels: «Rapid Progress of Communism in
Germany», 1844, Obras, tomo IV, pp. 341-342, Mega.
II
El programa de la izquierda, como el de los
radicales, tiene el mérito de haber comprendido esta necesidad. Los dos
programas proclaman con Heine:
Bien mirada la cosa de cerca
Veo que para nada necesitamos al Káiser.9
9 Estos dos versos están tomados del poema de
Heine: Alemania. Un cuento de invierno.
C.
Marx y F.
Engels: «El programa
del partido radical demócrata y de la izquierda en
Francfort», Obras, t. VII, p. 29, Mega.
III
Como en Francia en el siglo XVIII, la revolución
filosófica ha preparado igualmente, en Alemania, en el siglo XIX, el
hundimiento político. ¡Mas qué diferencia en los dos casos! Los franceses
estaban en lucha abierta contra toda la ciencia oficial, contra la Iglesia,
incluso a veces contra el Estado; sus obras eran impresas del otro lado de la
frontera, en Holanda o en Inglaterra, y ellos mismos con frecuencia se veían
obligados a pasar un tiempo en la Bastilla. Los alemanes, en cambio, son
profesores, maestros de la juventud nombrados por el Estado, y sus obras
reconocidas como manuales
de enseñanza, y
el sistema que
corona todo el desarrollo, el de Hegel, elevado incluso,
de algún modo, ¡a la categoría de filosofía oficial de la monarquía prusiana!
¿Y será detrás de sus frases pedantes y oscuras, detrás de sus períodos pesados
y fastidiosos, donde la revolución se habrá ocultado? Los hombres que en su
época pasaron por representantes de la revolución, los liberales, ¿no eran,
precisamente, los más encarnizados adversarios de esa filosofía, que sembraba
la inquietud en los espíritus? Mas lo que no vieron ni el gobierno ni los
liberales, un hombre, al menos, lo vio desde 1833: es verdad que se llamaba
Henri Heine.10
10 Engels alude a la obra de Heine: Contribución
a la historia de la religión y de la filosofía en Alemania, (1832). Allí Heine
definía el papel jugado por la filosofía alemana y declaraba:
«Nuestra revolución filosófica está terminada.
Hegel ha cerrado su gran ciclo».
F.
Engels: Ludwig Feuerbach
y el fin
de la filosofía clásica alemana,
pp. 6-7,
9
Georg Weerth
De todos los poetas socialistas o que se dicen
tales entre 1840 y 1850, Georg Weerth es sin duda, el que se distinguía, en
economía política, por la extensión de sus conocimientos y, en política, por la
nitidez de sus ideas.
Bajo la influencia de Engels y de Marx, con los
cuales tuvo frecuentes contactos en Bruselas, a partir de 1845, Weerth se
liberó de sus caprichos de juventud: Feuerbach y el socialismo
«verdadero». Los poemas que escribió desde esta
época prueban una justa comprensión del desarrollo de la sociedad capitalista
que multiplica los sufrimientos del proletariado; mas crea, por
otra parte, las
condiciones de su
liberación. También ha
celebrado el papel
progresivo de la industria. Cuando estalla la
revolución de 1848, el poeta combate primero con las armas, luego con la pluma.
Da a la Nueva Gaceta Renana folletines en verso y en prosa, ingeniosos e
incisivos, dirigidos más particularmente contra la pequeña burguesía,
«ese peso muerto de la revolución», contra el
oscurantismo feudal, contra los grandes propietarios de tierras, etc...
Caricaturiza brillantemente al junker prusiano en
una serie de folletines intitulados La vida y las hazañas del célebre caballero
Schnapphanski, lo cual le valió persecuciones judiciales y una condena.
Georg Weerth murió en 1856, de una meningitis, en
La Habana. Tenía sólo 35 años. Una poesía de Weerth, hallada por Engels en los
papeles de Marx, que acababa de morir, el 14 de marzo de 1883, le inspira un
articulo publicado en el Sozial-Demokrat de Zurich, el 7 de junio de 1883.
«CANTO DEL COMPAÑERO» DE GEORG WEERTH (1846)
Fue en la época de los cerezos en flor Que nos
instalamos allá; Fue en la época de los cerezos en flor
Cuando nos instalamos en Francfort. El posadero
dice:
«¡Estáis muy mal vestidos!»
—«Posadero piojoso,
¡no es asunto tuyo! llanos de tu vino, llanos de
tu cerveza;
Danos de tu cerveza y de tu vino y un animal
asado». El grifo rechina en el tonel.
He aquí un excelente río.
La bebida tiene en nuestra boca Un gusto a orina.
Nos trajo entonces una liebre
Guarnecida de perejil y coles
Y esta liebre muerta
Nos aterró enormemente.
Y cuando estuvimos acostados,
Con una plegaria nocturna en los labios, Fuimos
picados en el lecho
Por pulgas, de la noche a la mañana. Esto sucedió
en Francfort, Una hermosísima ciudad.
Lo que sabe quien lo ha vivido
Y quien lo ha sufrido.
He encontrado esta poesía de nuestro amigo Weerth
en el legado literario de Marx. Weerth, el primero y el más importante poeta
del proletariado alemán, ha nacido de padres renanos en Detmold, donde su padre
era superintendente de iglesia. Cuando, en 1843, yo vivía en Manchester, Weerth
vino a Bradford como representante de una casa alemana, y pasamos juntos muchos
alegres domingos. En 1845, cuando Marx y yo vivíamos en Bruselas, Weerth fue
encargado por su compañía de representarla en los países del continente, y
selas arregló para establecer su cuartel general igualmente en Bruselas. Tras
la revolución de marzo de
1848, nos encontramos todos de nuevo en Colonia,
para la fundación de la Nueva Gaceta
Renana. Weerth se encargó del folletín, y dudo
que un periódico haya tenido nunca folletines
tan alegres y mordaces. Una de sus principales
obras fue La vida y las hazañas del célebre caballero Schnapphanski, donde
describe las aventuras del príncipe Lichnovski, que Heine, en Atta
Troll,11 evocó bajo este nombre.12 Los hechos son todos verídicos; ya diré otra
vez cómo nos enteramos de ello. Estos folletines sobre Schnapphanski han sido
editados en un libro por Hoffmann y Campe en 1849 y aún hoy son muy divertidos
de leer. Mas como Schnapphanski-Lichnovski, el 18 de septiembre de 1848, había
ido a caballo en compañía del general prusiano von Auerswald (igualmente
miembro del Parlamento) a espiar las columnas de campesinos
que se dirigían
sobre Francfort para
unirse a los
combatientes de las barricadas, y como en esa circunstancia,
él y Auerswald fueron, según sus méritos, abatidos como espías por los
campesinos, la justicia del Imperio planteó una demanda contra Weerth por haber
ofendido la memoria de Lichnovski; y Weerth, que desde hacía tiempo estaba en
Inglaterra, fue condenado a tres meses de prisión, bastante después de que la
reacción había liquidado la Nueva Gaceta Renana. Tuvo, efectivamente, que
cumplir esos tres meses de prisión, porque sus negocios le obligaban a volver a
Alemania de vez en vez.
De 1850 a 1851, emprendió, por cuenta de otra
casa de Bradford, un viaje a España, luego a las Indias occidentales, y
recorrió casi toda la América del Sur. Tras una corta estadía en Europa, volvió
a sus queridas Indias occidentales. Allí, no pudo resistir el placer de ver en
Haití al rey negro Soulouque, el verdadero prototipo de Louis-Napoleón III. Sin
embargo, como Wilhelm Wolff le escribió a Marx el 28 de agosto de 1856, tuvo
problemas con las autoridades de cuarentena,
debió renunciar a su proyecto y, habiendo contraído en el curso del viaje la
fiebre amarilla, volvió a La Habana. Hubo de encamarse, se le declaró una
meningitis y el 30 de julio nuestro Weerth moría en La Habana.
Lo he llamado el primero y el más importante
poeta del proletariado alemán. En efecto, sus poemas socialistas y políticos
sobrepasan en mucho los de Freiligrath por su originalidad, su humor y, sobre
todo, su ardor sensual. Frecuentemente se servía de formas empleadas por Heine,
mas únicamente para llenarlas de un contenido original, enteramente
independiente. Además, se distinguía de la mayoría de los poetas en que sus
poesías, una vez escritas, se le convertían en totalmente indiferentes. Tras
haber enviado una copia a Marx o a mí mismo, no se ocupaba más de sus versos y,
a veces, era incluso difícil forzarlo a publicarlos. Las cosas sucedieron de
otro modo sólo
durante el período
de la Nueva
Gaceta Renana. La
cita siguiente, de una carta de Weerth a Marx, nos da las razones:
Por lo demás, espero volver a verte en Londres a
comienzos del mes de julio, porque ya no puedo soportar más en Hamburgo a estos
grasshoppers.13 Una existencia brillante
me amenaza aquí,
pero me da
miedo. Cualquiera se agarraría a ella con las dos manos. Mas
soy demasiado viejo para convertirme en filisteo, y del otro lado del mar se
halla el lejano Occidente. En estos últimos tiempos he escrito un montón de
cosas, mas no he terminado nada, porque no veo ninguna utilidad en escribir,
ningún fin. Cuando tú escribes algo sobre
la economía política,
eso tiene un
sentido y una
razón. ¿Pero yo? Fabricar indigentes frases ingeniosas y
malas farsanterías para arrancar una risa imbécil a los rostros contorsionados
de nuestros compatriotas — decididamente no conozco algo más triste. Mi actividad
literaria, sin duda, murió con la Nueva Gaceta Renana.
Debo confesarlo, cuanto más lamento haber
perdido, sin razón y por nada,
estos tres últimos años, más me regocijo cuando
pienso en nuestra existencia en Colonia.
No nos comprometimos. ¡Eso es lo esencial! Desde
Federico el Grande, nadie trató nunca al pueblo alemán en canaille14 como la
Nueva Gaceta Renana. No quiero decir que todo el mérito era mío, pero contribuí
a ello …
¡Oh Portugal! ¡Oh España! (Weerth volvía de allí
precisamente). ¡Si al menos tuviéramos tu bello cielo, tu vino, tus naranjas y
tus mirtos! ¡Pero ni eso tenemos! ¡Sólo la lluvia y largas narices y carne
ahumada! Bajo la lluvia con una larga nariz, tu
G.Weerth
En lo que Weerth había llegado a la maestría, en
lo que sobrepasaba a Heine (porque era más sano y más verdadero), en lo que no
ha sido sobrepasado en la literatura alemana salvo por Goethe, era en la
expresión de una sensualidad de apetitos carnales sanos y robustos. Algunos
lectores del Social-Demócrata se
horrorizarían si me
pusiera a reproducir
aquí ciertos folletines de la
Nueva Gaceta Renana.
Mas no pienso hacerlo. Sin embargo, no puedo
dejar de señalar que para los socialistas alemanes también vendrá el momento en
que deberán rechazar abiertamente ese último prejuicio filisteo alemán, la
hipócrita prudencia moral pequeñoburguesa que sólo sirve, por lo demás, para
encubrir obscenidades secretas.
Cuando, por ejemplo, se leen los poemas de
Freiligrath, se podría realmente creer que los hombres no tienen órganos
sexuales. Y sin embargo, nadie amaba más las picardías contadas bajo capa como
Freiligrath, cuyos poemas son ultrapúdicos. Es tiempo, realmente, de que los
obreros alemanes, se habitúen, al menos, a hablar de las cosas naturales,
necesarias y extremadamente agradables que hacen ellos mismos por el día o por
la noche, con una libertad tan grande como la de los pueblos latinos, Homero y
Platón, Horacio y Juvenal, el Antiguo Testamento y la Nueva Gaceta Renana.
Por lo demás, Weerth ha escrito también cosas
menos reprensibles y me permitiré enviar, de cuando en cuando, algunas páginas
para el folletín del Social-Demócrata.
11 Poema humorístico de Heine, escrito en 1841 y
publicado algunos años más tarde. Sus adversarios han acusado a Heine de haber,
con el truco del oso misántropo Ana Troll, hecho el proceso de las ideas del
progreso. El poeta escribe en su prefacio que siempre ha luchado por la
libertad y la justicia, pero que la risa se apoderó de él ante «las formas
pesadas y groseras con que las fatigan sus contemporáneos tudescos: se burla,
por decirlo así, de la piel de oso de esas ideas». (Ver el pasaje consagrado por
Marx y Engels al socialismo «verdadero» en el manifiesto de 1848 y el juicio de
Engels sobre la Joven Alemania). En nombre de la verdadera poesía, Heine se
levanta contra quienes la ahogan y no obedecen sino a las consideraciones más
prosaicas.
12 El príncipe Lichnovski (1814-1848), primer
oficial prusiano, se había alistado en 1838 bajo las banderas de Don Carlos,
del que devino ayuda de campo general. Tras la abdicación de Carlos, escribió
sus recuerdos de España. («Schnapphanski
devino autor», dice un verso de Atta Troll en el
cap. 1.) Nombrado miembro del Parlamento de Francfort en 1848, se distinguió
por sus rabiosos ataques contra las ideas progresistas y su acritud provocadora
ante el partido democrático. Fue muerto en las circunstancias que relata
Engels.
13 Saltamontes. (N. de la Red.)
14 En francés en el original.
F.
Engels: «Canto del
compañero de Georg
Weerth (1846) », Der Sozial-Demokrat, Zurich,
7 de junio de 1883.
10
Freiligrath en 1848-1849
Si se quisiera, contrariamente a la verdad,
atribuirme alguna influencia sobre ti, sólo se podría remitir, a lo mucho, al
corto período de la Nueva Gaceta Renana, donde has escrito admirables poesías,
ciertamente las más populares que han salido de tu pluma.
C. Marx: Carta a Freiligrath del 23 de noviembre
de 1859. F. Mehring: Freiligrath und Marx in ihrent Bricfwechsel, p. 32, 1912.
11
La oposición mediante la canción bajo el Segundo Imperio
Cuando últimamente se apeló a la infantería
contra los estudiantes que reconducían a su domicilio al señor Nisard, la
tropa, en respuesta al grito de «¡Viva la línea!» descansó las armas, y hubo
que retirarla precipitadamente para que la fraternización no deviniera un fait
accompli.15 El reciente complot en el Sudeste, que acarreó 5,000 arrestos
(según los datos bonapartistas) tenía numerosas ramificaciones en el ejército:
la escuela de los suboficiales de La Flecha fue cerrada, casi todos sus alumnos
habían participado y debieron ser reenviados a sus regimientos; de hecho, fue
muy difícil encontrar regimientos seguros para reprimirlos. Cuando Bonaparte
asistía hace poco con su esposa a una representación del Odeón, los estudiantes que
abarrotaban la galería
cantaron durante toda
la velada El
Señor de Francboissy, poniendo
intención en los pasajes más significativos. Los obreros parisinos cantan una
canción cuyo refrán es el siguiente:
Vedlo marchar, vedlo marchar
Al pequeño vendedor de mostaza, Vedlo partir a su
país
Con todas sus cosas.
Para que se sepa bien quién es «el pequeño
vendedor de mostaza», la policía ha prohibido la canción.
15 Hecho cumplido. En francés en el texto. (N. de
la Red.)
Correspondencia Marx-Engels, tomo II, Carta de
Engels a Marx, 7 de febrero de 1856. p. 104, Mega.
12
Una vieja canción de los campesinos daneses
El primer número del Sozial-Demokrat, órgano de
la «Asociación de los trabajadores alemanes», salió el 15 de diciembre de 1864,
en Berlín, unos meses después de la muerte de Lassalle. Scbweitzer, redactor en
jefe, había pedido a Marx y a Engels colaborar en él. Marx, que se había
levantado contra los elogios ditirámbicos otorgados en el último número a
Lassalle, no dio más que un artículo sobre Proudhon, que acababa de morir
(enero de 1865) y Engels una nota sobre el Señor Tidmann, texto elegido intencionalmente
para empujar al periódico a emprender la lucha contra los hidalguetes y
Bismarck.
Engels prestó siempre una gran atención al
folklore revolucionario; se esforzaba en utilizar para el presente, poemas y
canciones del pasado. Así, en el Sozial-Demokrat que aparece en Zurich,
publica, el 7 de septiembre de 1882, la traducción de una vieja canción inglesa
sobre un eclesiástico, el cual cambia de convicciones y de religión según sean
los reyes en el poder.
«Esta canción no ha envejecido de ningún modo en
la situación actual de Alemania», añade Engels, aludiendo al servilismo de los
funcionarios prusianos. Señor Tidmann es una vieja canción danesa. Engels la
transcribe a la cabeza de su comentario. Este es el resumen: Señor Tidmann se
levanta muy temprano, se pone una linda camisa, su traje de seda, sus botas de
cuero, sus espuelas doradas y se va al Thing. De cada campesino exige siete
medidas de cereales y un puerco de cada cuatro. «Ninguno de nosotros puede dar
eso. ¡Que Señor Tidmann no vuelva del Thing vivol», dice, levantándose, un
anciano.
Al primer golpe, el viejo lo alcanza. Señor
Tidmann lo tira a tierra.
Señor Tidmann cae, su sangre corre a mares. Y
todo esto, los hombres de Suder lo elogian. Señor Tidmann yace, su sangre corre
a mares. Mas la reja libremente desgarra la tierra negra.
Los cerdos libremente van al engordadero en el
bosque. Y todo esto, los hombres del Suder lo elogian.
I
Este fragmento de la guerra de los campesinos
durante la Edad Media tiene como teatro la Suderharde (harde es una
circunscripción judicial) en el norte de Aarhus en Jutlandia. Sobre el Thing,
en la asamblea de justicia de la circunscripción, se juzgaban, al margen de los
asuntos judiciales, los asuntos de impuestos y de administración; la canción
muestra cómo la nobleza, una vez establecida, se conducía ante los Edeling, es
decir, los campesinos libres, y al mismo tiempo cómo los campesinos sabían
poner término a la arrogancia de los nobles. A un país como Alemania, donde la
clase poseedora comprende tanto a la nobleza feudal como a la burguesía, y el
proletariado tanto o más de proletarios agrícolas como de obreros industriales,
la vieja y fuerte canción campesina le iría como un guante.
F. Engels: «Señor Tidmann», Sozial-Demokrat,
Berlín, 5 de febrero de 1865. (Texto aportado por el Instituto
Marx-Engels-Lenin.)
II
Envío a los tunantes16 una cancioncilla popular danesa sobre
Tidmann, abatido por un viejo en el Thing, porque quiere hacer pagar a los
campesinos nuevos impuestos. Esto es revolucio- nario y no cae, sin embargo, bajo
el golpe de la ley; y antes que nada, está dirigido contra la nobleza
feudal, contra la cual el
periódico debe absolutamente
lanzarse. Le he añadido algunas
observaciones.
16 Schweitzer y la redacción del Sozial-Demokrat.
Correspondencia Marx-Engels, tomo III, Carta de
Engels a Marx, 27 de enero de
1865. p. 218, Mega.
13
La canción revolucionaria
El Partido Socialdemócrata había decidido, en
1885, editar una colección de poemas revolucionarios y se dirigió a Engels para
pedirle consejos. Engels señala las debilidades de la canción revolucionaria en
el pasado.
La marsellesa de la guerra de los campesinos ha
sido Eine feste Burg ist unser Gott;17 el texto y la melodía de este canto
respiran victoria, mas hoy es imposible e inútil interpretarlo en este sentido.
Otras canciones de la época se hallan en colecciones de canciones populares, El
cuerno de la abundancia del niño,18 etc... Allí encontraréis quizá cosas que os
interesen. Mas ya en esta época el lansquenete confiscaba nuestra poesía
popular.
En lo que concierne a las canciones extranjeras,
conozco sólo la vieja y bella canción danesa Señor Tidmann, que traduje en el
Sozial-Demokrat de Berlín, en 1865.
Ha habido toda clase de canciones cartistas, mas
no se pueden hallar ahora. Una de ellas comenzaba así:
Britannia's sons, though slave you be, God, your
creator, made your free,
To all he life and freedom gave, But never, never
made a slave.l9
No recuerdo lo que sigue.
Todo esto ha caído en el olvido; por lo demás,
esta poesía no valía gran cosa.
En 1848, dos canciones se habían esparcido
singularmente, y tenían la misma melodía:
1. Schleswig-Holstein
2. El canto de Hecker:
Hecker, ¡resuene bien alto tu nombre
Sobre todo el Rhin alemán!
Tu magnanimidad, tu mirada misma
Inspiran ya confianza. Pienso que esto basta.
Luego la variante:
Hecker, Struve, Blenzer, Zitz y Blum,
¡Matad a los príncipes alemanes!
En general, la poesía de revoluciones pasadas
(con la excepción de La Marsellesa) ejerce rara vez una influencia
revolucionaria en épocas posteriores, porque para actuar sobre las masas, está
obligada a reflejar también los prejuicios que tienen en ese momento las masas.
De ahí las tonterías religiosas, incluso entre los cartistas.
17 «Nuestro Dios es una fortaleza sólida...»,
himno de Lucero.
18 Colección de leyendas y canciones populares
alemanas, editada en 1806 por los poetas románticos Achim von Arnin y Clemens
Brentano.
19 En inglés en el original:
Hijos de la Gran Bretaña.
Dios, vuestro creador. os hizo libres, a todos
nos dio vida y libertad,
pero nunca, nunca hizo un esclavo.
F. Engels: Carta a Schlüter, 1885.
VII. MARX, FREILIGRATH Y EL PARTIDO
Sumario
1.- Marx pide a Freiligrath que atestigüe contra
su calumniador Vogt
2.- Freiligrath rompe con la clase obrera
3.- Marx defiende al partido del proletariado
4.- Freiligrath, poeta de la guerra de 1870
Ferdinand Freiligrath (1810-1876) se había dejado
seducir por el milagro romántico del Oriente y había publicado versos
inspirados en las Orientales de Víctor Hugo.
En 1841, en su poema España, consagrado a la
muerte del general Diego León, fusilado por haber conspirado
contra el regente
Espartero, Freiligrath proclama
la independencia absoluta del
poeta, que debe mantenerse por encima de todos los partidos:
El (el poeta) dobla la rodilla ante el héroe
Bonaparte y oye con cólera el grito de agonía del duque D'Enghien: El poeta
está erguido sobre una torre más elevada que las almenas del Partido.1
Georg Herwegh, el cantor de la libertad, al que
habían hecho célebre sus Poesías de un viviente, le respondió el 27 de febrero
de 1842 en la Gaceta Renana, afirmando los lazos del poeta con su partido:
Tú debes también librar esta batalla.
La poesía es una espada en tus manos.. Yo he
escogido, yo he decidido,
Y mis laureles me los trenza el partido.
Freiligrath no fue convencido por Herwegh. Mas
dos afros más tarde, indignado por las condiciones sociales y políticas que
reinaban en Alemania, abandonó la concepción del poeta por encima de los
partidos y se declaró demócrata en su libro de versos Una profesión de fe
(1844). «De mi torre —dice en el prefacio—, he descendido tras las almenas del
partido».
Rechaza la pensión que le concedió el rey y,
previendo que será perseguido por su libro, se va a Bélgica, donde conoce a
Marx en febrero de 1845, y luego se va a Suiza. Los seis poemas de su nuevo
libro Eso marchará (1846) atestiguan su alianza con el socialismo
«verdadero». Engels, con razón, se rió de las
ingenuidades del poeta, demasiado visiblemente alejado de las luchas reales.
Cuando estalla la revolución de 1848,
Freiligrath, que se encuentra en París, vuelve a Alemania, toma parte en el
movimiento revolucionario, se adhiere a la Liga de los Comunistas, colabora en
la Nueva Gaceta Renana, y vive, de octubre de 1848 a mayo de
1849, en contacto estrecho con Marx. Los versos
que entonces escribe cuentan entre sus mejores. Cuando la Nueva Gaceta Renana
se ve obligada a desaparecer, Freiligrath, el 19 de mayo de 1849, a la cabeza
del primer número impreso en rojo, lanza un adiós triunfante en el que vibra la
certidumbre de las revanchas futuras.
Tras la partida de Marx para París, Freiligrath
continúa cumpliendo en Alemania las tareas que le confía la Liga de los
Comunistas, y publica dos libros de versos. Amenazado de detención en diciembre
de 1851, emigra a Inglaterra, donde se reúne con Marx y Engels.
Pronto su ardor revolucionario se enfría. Primero
empleado de comercio, logra en 1856 hacerse nombrar director de la agencia
londinense de un banco suizo. De golpe, su situación material devino
floreciente y Freiligrath más y más circunspecto... Cuando Marx le pide
testimoniar contra Vorgt, Freiligrath, temiendo comprometerse, se niega, puesto
que Vogt es amigo del director general del banco suizo donde trabaja.
Al mismo tiempo envía a Marx su dimisión oficial
de miembro del partido. El poeta, que había perdido su fe y su inspiración, se
declaraba, como ayer, «fuera y por encima de los partidos».
Marx, en su respuesta del 29 de febrero de 1860,
refuta las malas razones de Freiligrath. Sin recordarle que su gran período
poético concidió con su lucha revolucionaria en el seno de la Liga de los
Comunistas, Marx le demuestra que abandonando el partido proletario «por
sentimiento de higiene», no hace más que aliarse a la «infame respetabilidad»
burguesa.
Por lo demás, la carrera poética de Freiligrath
estaba t'rminada. Como había previsto Marx, su «libertad» respecto al partido
no significó otra cosa que su avasallamiento a la clase dominante.
«Fuera de la jaula», Freiligrath glorificó a
Bismarck, el militarismo prusiano, los junkers que había execrado, y celebró
las victorias alemanas de 1870... ¡Triste fin para el poeta de la Revolución de
1848.
1 Tras esta toma de posición, Federico Guillermo
IV otorgó una pensión anual al poeta «por encima del partido»... (N. de la
Red.)
1
Marx pide a Freiligrath que atestigüe contra su calumniador Vogt
¡Querido Freiligrath!
Te escribo una vez más, y esta vez es la última,
sobre el asunto Vogt. No has ni siquiera acusado recibo de mis dos primeras
cartas, lo que hubieras hecho en atención a cualquier filisteo. No puedo
comprender cómo has podido imaginar que yo quería de ti una carta para
publicarla. Sabes que
poseo al menos
200 cartas tuyas,
y que es
un material más
que
suficiente para atestiguar, si hiciera falta, de
las relaciones que mantienes conmigo y con el partido.
Te escribo esta carta, porque como poeta y
también como hombre muy ocupado que eres, parece que te equivocas sobre la
significación de los procesos que he intentado en Berlín y en Londres. Tienen
una importancia decisiva para la reivindicación histórica del partido y para su
porvenir en Alemania …
Te lo repito una vez más: esta carta no concierne
a intereses privados. En el proceso de Londres
puedo, sin tu
autorización, obtener que
se te obligue
a declarar bajo
pena de sanciones. Para el
proceso de Berlín dispongo de tus cartas, que puedo, en caso de necesidad, unir
al caso. En esta batalla no estoy solo. En todos lados —en Bélgica, en Suiza,
en Francia e Inglaterra— la innoble agresión de Vogt me ha procurado aliados
inesperados, personas muy alejadas de mí.
Mas en nuestro interés común y por el mismo
asunto, más valdría actuar en pleno entendimiento.
Por otra parte, te confieso francamente que no
puedo decidirme a perder, como consecuencia de malentendidos sin importancia,
uno de los raros hombres a los que he querido como amigo, en el más elevado
sentido de la palabra.
Si en algo me he hecho culpable ante ti, estoy
dispuesto a reconocer, en todo momento, mis faltas. Nihil humani a me alienum
puto.2
Comprendo muy bien que en tu situación actual un
asunto como éste, sólo puede contrariarte. Mas, por tu parte, podrás comprender
que es imposible dejarte completamente fuera del
juego.
Primero porque Vogt se hace de un capital
político con tu nombre, y aparenta lanzar, con tu asentimiento, fango contra
todo el partido que se glorifica al contarte entre sus miembros.
Además, sucede que tú eres el único miembro del
antiguo Comité Central de Colonia que vivió en Colonia de finales de 1849 a la
primavera de 1851, y desde esta fecha hasta ahora en Londres.
Si ambos estamos conscientes de haber, —cada uno
a su manera, despreciando nuestros intereses personales y empujados por los
móviles más puros—, enarbolado durante años el estandarte de la «clase más
laboriosa y la más miserable», por encima de la cabeza de los filisteos, sería,
según yo, un
pecado indigno contra
la historia, si
nos enzarzamos por bagatelas que descansan en malentendidos.
2 Nada humano me es ajeno. (N. de la Redacción.)
C. Marx: Carta a Freiligrath del 23 de enero de
1860. F. Mehring: Correspondencia entre
Freiligrath y Marx, pp. 37-39, Stuttgart, 1912.
2
Freiligrath rompe con la clase obrera
Cuando a finales de 1852, tras el proceso de
Colonia, la Liga de los Comunistas fue disuelta, me liberé de todos los lazos
que me imponía el partido en tanto que tal, y sólo he mantenido relaciones
personales contigo, el amigo y camarada cuyas convicciones compartía. Durante
siete años, me
he mantenido aparte
del partido; no
asistí a sus
reuniones; sus actos
y decisiones me fueron ajenos. Así, mis relaciones con el partido han
dejado de hecho de existir hace tiempo, y no nos hemos inducido en esto al
error: era una especie de convención tácita entre nosotros. Y sólo puedo decir
que me sentía muy bien con este estado de cosas. ¡Mi naturaleza, como a la de
todo poeta, le hace falta la libertad! FA partido se parece hoy a una jaula, y
los cantos, aun los cantos por el partido, más vale cantarlos fuera de la jaula
que dentro. He sido un poeta del proletariado y de la revolución, mucho tiempo
antes de haber sido miembro de la Liga de los Comunistas y de la redacción de
la Nueva Gaceta Renana. Quiero, pues, continuar volando con mis propias alas;
sólo quiero pertenecer a mí mismo y quiero disponer enteramente de mí.
Hay otra consideración que no me hace lamentar
haberme mantenido alejado del partido. Cuando pienso en todos los elementos
dudosos y abyectos que lograron deslizarse en él, a pesar de todas las
precauciones, cuando considero a los Tellering, los Fleury y todos los demás …,
me regocijo mucho, aunque sólo sea por espíritu de higiene, de no pertenecer de
hecho desde hace mucho tiempo, a una organización que me expondría
cotidianamente a tales contactos.
Freiligrath: Carta a Marx del 28 de febrero de
1860. F. Mehring: Correspondencia entre
Freiligrath y Marx, p. 40, Stuttgart, 1912.
3
Marx defiende al partido del proletariado
¡Querido Freiligrath!
Me ha sido muy agradable recibir tu carta: no
mantengo relaciones de amistad sino con muy pocas personas, pero soy fiel a mis
amigos. Los que lo fueron en 1844 lo siguen siendo hoy. En lo que concierne a
la parte oficial de tu carta, descansa sobre graves malentendidos. Subrayo,
para comenzar, que a partir del momento en que la Liga, por proposición mía,
fue disuelta en noviembre de 1852, nunca he pertenecido a ninguna asociación
secreta o pública, y que hoy no pertenezco a ninguna; también el partido, entendido
en este sentido efímero, ha cesado desde hace ocho años de existir para mí. Las
conferencias sobre economía política que he dado, tras la publicación de mi
obra (desde el otoño de 1859), a algunos obreros escogidos, entre los cuales se
hallaban antiguos miembros de la Liga, no presentaban nada en común con una
organización cerrada: menos que las conferencias del señor Gerstenberg en el
seno del comité Schiller.
Recuerdas que he recibido de los dirigentes de la
Liga de los Comunistas de New York, que cuenta numerosas ramificaciones (entre
sus dirigentes estaba Albrecht Komp, director del
General Bank, 44, Exchange Place, New York) una
carta que pasó por tus manos y en la que se me pedía que reorganizara en cierta
medida la antigua Liga. Transcurrió un año antes de que respondiera, y entonces
respondí que desde 1852 yo no me hallaba en relación con ninguna organización,
y que tenía la firme convicción de que mis trabajos teóricos eran más útiles a
la clase obrera que una colaboración con organizaciones que ya no tenían razón
de ser en el continente.
Después de lo cual, en la Neue Zeit londinense de
mister Scherzer, fui varias veces atacado violentamente a causa de esta
«inactividad», si no con mi nombre, al menos de un modo en que nadie pudo
equivocarse…
Así, pues, desde 18 52, no conozco nada de un
«partido» en el sentido de tu carta. Si tú eres poeta, yo soy crítico, y tenía
ya realmente suficiente con mis experiencias de 1849 a 1852. La
«Liga», como la «Sociedad de las Estaciones» de
París y como cien otras sociedades, no ha sido más que un episodio en la
historia del partido, el cual nace espontáneamente del suelo de la sociedad
moderna.
… La única acción que he continuado desde 1852,
tanto tiempo como fue necesario, es decir, hasta el final de 1853, con algunos
camaradas que pensaban como yo, del otro lado del océano, ha sido el «system of mockery and contempt»,3 como el señor Louis Simon lo calificó en 1851
en la Tribuna, contra el bluff democrático de la emigración y el juego a la
revolución. Tu poema contra Kinkel, corno las cartas que me dirigiste en la misma
época, demuestran que estabas perfectamente de acuerdo conmigo.
Por lo demás, esto no tiene nada que ver con el
proceso.
Tellering, Bangya, Fleury, no han pertenecido
nunca a la Liga. Bien es verdad que las tempestades remueven el fango, que
ningún período revolucionario huele a agua de rosas, que, en cierto momento, se
acopia toda clase de desechos. Aut, aut.4 Por lo demás, cuando se piensa en los
gigantescos esfuerzos dirigidos contra nosotros por todo el mundo oficial que,
para perdernos, no se contenta con rozar el código penal, sino que lo enmaraña
completa- mente; cuando se piensa en las calumnias esparcidas por la «democracia
de la imbecilidad», que nunca ha podido perdonar a nuestro partido el tener más
inteligencia y carácter que ella; cuando se conoce la historia contemporánea de
todos los demás partidos, y cuando, en fin, uno se pregunta qué se podría
realmente reprochar al partido entero (y no son las infamias de
un
Vogt o de
un Tellering, que
se pueden refutar
ante los tribunales),
se llegará a la
conclusión de que el partido, en este siglo XIX,
se distingue brillantemente por su limpieza.
¿Se puede, en el mundo de los negocios y de la
burguesía, evitar cl fango? Es allí donde tiene su lugar natural.
… A mis ojos, la honesta infamia o la infame
honestidad de la moral solvente (y esto, además, como lo muestra cada crisis
comercial, con reservas muy equivocas) no es nada superior a la abyecta infamia
que ni las primeras comunidades cristianas, ni el Club de los Jacobinos, ni
nuestra difunta Liga han logrado eliminar de su seno. Sólo cuando se vive en el
medio burgués, uno se habitúa a perder el sentimiento de la infamia respetable
o de la infame respetabilidad ...
He expresado abiertamente mi opinión y espero que
la compartas en lo esencial. He intentado también disipar el malentendido sobre
el «partido»; como si por este término se entendiera
una «Liga» desaparecida desde hace ocho años o
una redacción de periódico disuelta desde hace doce años. Por partido, yo
entendía el partido en el gran sentido histórico de la palabra.
3 Sistema de burla y desprecio. En inglés en el
original.
4 Y bien, y bien.
C. Marx: Carta a Freiligrath del 29 de febrero de
1860. F. Mehring: Correspondencia entre Freiligratl, y Marx, pp. 42-46,
Stuttgart, 1912.
4
Freiligrath, poeta de la guerra de 1870
Freiligrath: ¡Hurra!, ¡Germania!5 «Dios» mismo no falta en su poema engendrado
con tanto esfuerzo, ni «el Galés».
Preferiría ser un minino y maullar
Que ser uno de esos fabricantes de baladas.6
C. Marx: Carta a Engels del 22 de agosto de 1870.
Correspondencia entre Marx y Engels, t. IV, p. 373, Mega.
5 Cuando las tropas alemanas invadieron en 1870
Francia, Freiligrath entonó la trompeta guerrera en un poema titulado ¡Hurra
Germania!, cuyos primeros cuatro versos son:
¡Hurra, mujer altiva y bella, Hurra, Germania!
¡Con qué audacia, inclinado el cuerpo, te yergues
sobre el Rhin!
La palabra «hurra» es repetida 36 veces en este
poema en el que se siente la influencia
de Arndt, que fue, en la época de las guerras
contra Napoleón 1, uno de los más encarnizados
»devoradores de franceses».
6 Marx estigmatiza al poeta pasado al servicio
del nacionalismo prusiano asestándole dos versos de Shakespeare:
I had rather be a kitten, and cry-new,
Than one of these lame metre ballad-mongers.
El rey Enrique IV, parte I, acto III.
VIII. CONTRA EL IDEALISMO PEQUEÑOBURGUES
Sumario
1.- Los escritores pequeñoburgueses
2.- El partido obrero y los literatos
3.- El carnet del partido no basta para ser
marxista
4.- El mundo intelectual y moral del
pequeñoburgués
5.- El misterio de la construcción especulativa
6.- La falsificación de los tipos y de las
relaciones sociales en «Los misterios de París»
7.- La idealización burguesa de la modistilla
8.- Los misterios de la economía política
9.- Rodolphe
10.- La «Joven Alemania
11.- El socialismo «verdadero»
12.- La poesía del socialismo «verdadero»
13.- El canto del tambor
14.- La revolución acaramelada por Freiligrath
15.- Louis Blanc, orador e historiador
16.- Víctor Hugo y Proudhon, historiadores del 2
de diciembre
17.- Dos filisteos ingleses: Jeremy Bentham y
Martin Tupper
18.- Renáo, novelista eclesiástico
1
Los escritores pequeñoburgueses
No hay que compartir la idea estrecha de que la
pequeña burguesía tiene por principio querer hacer triunfar un interés egoísta
de clase. Por el contrario, ella cree que las condiciones particulares de
su liberación son
las condiciones generales,
al margen de las cuales
la sociedad moderna no puede ser salvada ni la lucha de clases evitada.
No hay que imaginarse tampoco a todos los representantes demócratas como
shopkeepers1 o como entusiastas de
éstos. Pueden, por su cultura y su situación personal, estar separados de ellos
por un abismo. Lo que los convierte en representantes de la pequeña burguesía,
es que su cerebro no puede
sobrepasar los límites que el pequeñoburgués
mismo no sobrepasa en su vida y, en consecuencia, se
ven teóricamente empujados
a los mismos
problemas y las
mismas soluciones a los cuales su interés material y su situación social
empujan a, prácticamente, todos los burgueses. Esta es, de una manera general,
la relación que existe entre los representantes políticos y literarios de una
clase y la clase que representan.
1 Tenderos.
C. Marx-F. Engels: Obras Escogidas, tomo I, «El
18 Brumario de Luis Bonaparte», p. 279
2
El partido obrero y los literatos
Las elecciones de 1884 en Alemania habían sido
señaladas por una progresión de los socialdemócratas. Intelectuales y literatos
pequeñoburgueses adheríanse en masa al socialismo, pero guardando sus hábitos,
sus gustos, sus prejuicios. Desde 1878, la obra de Engels contra Dühring,
representante del socialismo pequeñoburgués, suscitaba sus críticas indignadas.
Engels, que jamás dejó de combatirlos, veía en este afluencia de intelectuales
y literatos un peligro de oportunismo para el partido proletario.
Todas estas inmundicias se las debemos,
principalmente, a Liebknecht, con su debilidad por los razonadores instruidos y
por las personas dotadas de situaciones burguesas, con lo cual se epata al
filisteo. No se resiste a un literato o a un comerciante que guiña el ojo al
socialismo. Estas son precisamente en Alemania las personas más peligrosas, y
Marx y yo no hemos dejado de combatirlas desde 1845. Puesto que se les ha
admitido en el Partido, donde surgen por doquier en los primeros lugares, hay
que esforzarse en rebajarlos sin cesar, porque oponen en todo instante su punto
de vista pequeñoburgués al de las masas proletarias, o porque pueden falsificar
éste. Sin embargo,
creo que Liebknecht,
cuando necesite realmente decidirse, se colocará en nuestro
lado y afirmará, por encima de todo, que siempre lo había dicho, y que nosotros
le habíamos impedido golpear antes. Es bueno, mientras tanto, que reciba una
breve advertencia.
C. Marx-F. Engels: Cartas a A. Bebel, W.
Liebknecht, K. Kautsky y otros, t. I, p. 396, Moscú, 1933.
3
El carnet del partido no basta para ser marxista
En el seno del Partido Socialdemócrata de
Alemania, se había formado, hacia 1888, una oposición pequeñoburguesa,
compuesta sobre todo de intelectuales de tendencias anarquizantes. En un
artículo del Social-Demócrata de Londres, del 13 de septiembre de
1890, titulado: «Una revuelta de estudiantes y
literatos», Engels escribe que esta oposición se caracteriza por la
incomprensión de su propia posición política, por su ignorancia de la
historia y por
la seguridad, muy
esparcida entre los
literatos alemanes, de
su infinita
superioridad. Denuncia el arribismo y la
presunción de estos jóvenes en una carta de las más ingeniosas, enviada a Paul
Lafargue.
Ya en una carta enviada a Engels el 25 de mayo de
1876, Marx, a propósito de Dühring, se había levantado contra los «arribistas
literarios imbéciles» en el seno del partido y contra las debilidades de
Liebknecht ante ellos.
Ha habido revuelta de estudiantes en el partido
alemán. Desde hace dos o tres años, multitud de estudiantes, literatos y otros
jóvenes burgueses desclasados se han lanzado al partido, han llegado a tiempo
para ocupar la mayoría de los puestos de redactores en los nuevos periódicos
que pululan y, como de costumbre, consideran la universidad burguesa como una
escuela de Saint-Cyr socialista que les da el derecho de entrar en las filas
del partido con título de oficial, si no de general. Estos señores practican
todos el marxismo, pero de la especie que se conoce en Francia desde hace diez
años, y del que Marx decía: «Todo lo que sé es que yo no soy marxista». Y
probablemente diría de estos señores lo que Heine decía de sus imitadores:
«Sembré dragones y coseché pulgas».
F.
Engels: Carta a
Paul Lafargue del
27 de octubre de 1890, escrita en
francés.
4
El mundo intelectual y moral del pequeñoburgués
El pequeñoburgués es, como el historiador Raumer,
un ser compuesto de dos elementos: de una parte y por otra parte. Así aparece
en sus intereses económicos y por esta razón en su política, sus concepciones
religiosas, científicas y artísticas. Así aparece en su moral, así aparece en
todo. Es la contradicción viva. Si, además, es, como Proudhon, un hombre
ingenioso, aprenderá pronto a arreglárselas con sus propias contradicciones y a
hacer de ellas, según las circunstancias, paradojas sorprendentes, tramposas, a
veces escandalosas, a veces destellantes. El charlatanismo científico y la
adaptación política son, desde este punto de vista, inseparables. No queda en
esta clase de individuos más que un solo móvil: la vanidad; y, como todos los
vanidosos, sólo se inquietan por el éxito del momento, por la sensación que
provocan. Así desaparece necesariamente el simple tacto moral que ha
preservado, por ejemplo, a Rousseau de todo lo que podría aparecer como un
compromiso con el poder existente.
C.
Marx: Carta a Schweitzer, 24
de enero de
1865.
5
El misterio de la construcción especulativa
Szeliga (1816-1900), joven hegeliano del grupo de
los hermanos Bauer, había hecho en la Allgemeine Literaturzeitung (Berlín,
junio de 1844), el elogio de Los misterios de París, novela de Eugene Sue, que
acababa de obtener un inmenso éxito.
Eugene Sue pretendía, sumergiéndose en los más
tenebrosos bajos fondos de la sociedad, descubrir la causa de los males que
afligían a la humanidad. Rudolphe, príncipe de Gerolstein, encuentra en un
tabuco parisino a la joven Fleur de Marie, que no es otra que su hija natural.
La defiende contra un forzado liberado, el Chourineur. Luego se ocupa de la
rehabilitación de la prostituta y de la enmienda del forzado, hace reventar los
ojos del
«Maestro de esquela», criminal incorregible...
Fleur de Marie es confinada por Rodolfo a un sacerdote; luego, instalada en una
granja. Un día, Rodolphe descubre que es su hija. Ella deviene, pues, princesa
de Gerolstein. Para purgar, mediante la plegaria, sus pecados involuntarios,
renuncia al amor humano, entra en un convento y mucre allí como una santa,
implorando en su último suspiro el perdón de sus pecados. La virtud
recompensada, el vicio castigado, la redención por el perfeccionamiento
individual —o sea: la sumisión al orden establecido—, la caridad predicada a
los privilegiados y la pureza moral a los miserables,
¡éstas son las soluciones pueriles que debían dar
fin a la lucha de clases!
En esta novela del idealismo pequeñoburgués,
Szeliga saludaba la revelación de los misterios de la sociedad y declaraba que
la solución filantrópica aportada por Eugene Sue era, en realidad, una solución
«especulativa».
Marx muestra irónicamente que «el misterio de la
construcción especulativa» y Los misterios de París se inspiran en las mismas
concepciones generales y en los mismos métodos. La estética especulativa opera
sólo con abstracciones y mistificaciones: Eugene Sue, también, transforma los
caracteres vivientes en alegorías, cree resolver los antagonismos sociales por
la afirmación dogmática de la honestidad y la virtud. Marx se levanta contra
las deformaciones de Eugene Sue, que da una imagen errónea de la vida, extraña
a la realidad, y contra las deformaciones de Szeliga, que transforma en
«misterios» las realidades más banales.
El misterio de la exposición crítica de Los
misterios de París es el misterio de la construcción especulativa, la
construcción hegeliana. Tras haberla calificado de «misterio», es decir: tras
haberla resuelto en la categoría «misterio», «el salvajismo en el interior de
la civilización» y la impotencia jurídica en el Estado, el señor Szeliga lanza
«el misterio» a su carrera especulativa. Unas cuantas palabras bastarán para
caracterizar la construcción especulativa en general. En su discusión de Los
misterios de París, el señor Szeliga nos dará la aplicación en detalle.
Cuando, operando sobre realidades, manzanas,
peras, fresas, almendras, me formo la idea general «fruto»; cuando, yendo más
lejos, me imagino que mi idea abstracta, «el fruto», extraída de los frutos
reales, es una entidad que existe fuera de mí, además, constituye la verdadera
entidad de la pera, de la manzana, etc , declaro, —en lenguaje especulativo—
que el fruto es la «sustancia» de la pera, la manzana, la almendra, etc ...
Digo entonces que lo que hay de esencial en la pera o en la manzana no es ser
pera o manzana. Lo que les es esencial no es su ser real, que cae en la esfera
de los sentidos, sino la entidad que les he abstraído y que les he atribuido
falsamente, la entidad de mi idea «el fruto». Declaro entonces la manzana, la
pera, la almendra, etc …, simples modos de existencia del «fruto». Mi
entendimiento finito, apoyado por los sentidos, distingue, es verdad, una
manzana de una pera y una pera de una almendra; mas mi razón especulativa
declara que esta diferencia sensible no es esencial y no presenta interés
alguno. Ve en la manzana la misma cosa que en la pera, y en la pera la misma
cosa que en la almendra, es decir, «el fruto». Los frutos particulares reales
no pasan de ser más que frutos aparentes, cuya verdadera esencia es «la
sustancia», «el fruto».
No se llega, de esta manera, a una particular
riqueza de determinaciones. El mineralogista, cuya ciencia se limitará a
declarar que todos los minerales son en verdad el mineral, no sería
mineralogista salvo en su imaginación. Ante cada mineral, el mineralogista
especulativo dice: el mineral, y su ciencia se limita a repetir este término
tantas veces como minerales reales hay.
Después de haber hecho un «fruto» abstracto de
diferentes frutos reales —el fruto—, la especulación, para llegar a la
apariencia de un contenido real, debe intentar, de una u otra manera, volver
del «fruto», de la sustancia, a los frutos reales, de especies diferentes,
profanas: la pera, la manzana, la almendra, etc
... Pero cuanto más fácil es, partiendo de los frutos reales, engendrar la idea
abstracta, «el fruto», más difícil es, partiendo de la idea abstracta «el
fruto», engendrar frutos reales. Incluso es imposible, a menos de renunciar a
la abstracción y pasar de la abstracción a lo contrario de la abstracción.
El filósofo especulativo, directamente, renuncia,
pues, a la abstracción del «fruto», pero renuncia de manera especulativa,
mística, tomando el aire de no renunciar a ella. Así, sólo en apariencia,
sobrepasa la abstracción. He aquí, más o menos, cómo razona:
Si la pera, la manzana, la almendra, la fresa, no
son, en verdad más que «la sustancia», «el fruto», me pregunto cómo sucede que
«el fruto» aparezca ora como manzana, ora como pera, ora como almendra; de
donde viene esta apariencia de diversidad, tan manifiestamente contraria a mi
intuición especulativa de la unidad, de la sustancia, «del fruto».
La razón está, responde el filósofo especulativo,
en que «el fruto» no es una entidad muerta, indiferenciada, en
reposo, sino una
entidad viviente, diferenciada
en sí, dotada
de movimiento. La diferencia de los frutos profanos importa no sólo a mi
entendimiento sensible, sino también «al fruto» en sí mismo, a la razón
especulativa. Los diversos frutos profanos son diferentes manifestaciones
vitales del «fruto único»; son cristalizaciones que forma «el fruto»
mismo. Así es,
por ejemplo, que la manzana,
«el fruto» se
concede una existencia
de manzana, en la pera una existencia de pera. No hay, pues, que decir,
como desde el punto de vista de la sustancia: la pera es «el fruto», la manzana
es «el fruto», la almendra es «el fruto»; por el contrario, hay que decir: «el
fruto» se presenta como pera, «el fruto» se presenta como manzana, «el fruto»
se presenta como almendra, y las distinciones que separan manzanas, peras, almendras,
son las diferenciaciones propias
«del fruto», y hacen de
los frutos particulares otras
tantas articulaciones diferentes en el proceso vital «del fruto».
...
El hombre común
no cree proponer
nada extraordinario diciendo
que hay peras
y manzanas. Pero el filósofo, expresando estas existencias de manera
especulativa, ha dicho algo extraordinario. Ha cumplido un milagro: a partir
del ser de razón irreal, «el fruto», ha engendrado los seres de naturaleza
reales, la manzana, la pera, etcétera ... En otros términos: de su propio
entendimiento abstracto, que se representa como un sujeto absoluto fuera de sí
mismo, aquel «el fruto», ha creado estos frutos; y en toda existencia que
enuncia, cumple un acto de creación.
Por supuesto, el filósofo especulativo no puede
concluir esta creación continua, si no es haciendo intervenir furtivamente,
como determinaciones de su propia invención, propiedades de la manzana, de la
pera, etc ..., universalmente conocidas y dadas en lo concreto real,
atribuyendo los nombres de las cosas reales a lo que sólo el entendimiento
abstracto puede crear, es decir, a las fórmulas abstractas del entendimiento; y
declarando que su propia actividad, por la cual pasa de la idea manzana a la
idea pera, es la actividad propia del sujeto absoluto, «el fruto».
En lenguaje especulativo esta operación se llama:
concebir la sustancia como sujeto, como proceso interior, como persona
absoluta, y esta concepción constituye el carácter esencial del método
hegeliano.
Era necesario hacer estas advertencias
preliminares para hacer concebible al señor Szeliga. Hasta aquí, el señor
Szeliga ha resuelto relaciones reales, corno, por ejemplo, el derecho y la
civilización, en la
categoría del misterio,
y de esta
manera ha hecho
«del misterio» la sustancia; mas
sólo ahora se eleva a la altura realmente especulativa, a la altura hegeliana,
y metamorfosea «el misterio» en un sujeto autónomo que se encarna en las
situaciones y las personas reales, y cuyas manifestaciones vitales son
condesas, marquesas, modistillas, porteros, notarios, charlatanes, así como
intrigas de amor, bailes, puertas de madera, etc ... Tras haber engendrado a
partir del mundo real la categoría «misterio», engendra el mundo real a partir
de esta categoría.
Los misterios de la construcción especulativa se
revelarán en la exposición del señor Szeliga con tanta más evidencia en cuanto
tiene indiscutiblemente una doble ventaja sobre Hegel. De un lado, en presencia
del proceso por el cual pasa el filósofo, mediante la intuición sensible y la
representación de un objeto a otro, Hegel se la entiende, con una maestría de
sofista, en exponerlo como el proceso del ser de razón imaginario en sí mismo,
del sujeto absoluto. Mas luego, le sucede con harta frecuencia el dar, en el
interior de su exposición especulativa, una exposición real que prende la cosa
misma. Este desarrollo real en el interior del desarrollo especulativo arrastra
al lector a tomar el desarrollo especulativo por real, y el desarrollo real por
especulativo.
En el señor Szeliga las dos dificultades
desaparecen. Su dialéctica evita toda hipocresía y simulación. Ejecuta su
número con una loable honestidad y la rectitud de un corazón de oro. Tras de lo
cual, no desarrolla ninguna parte de contenido real, aunque en él la
construcción especulativa salta a los ojos sin ninguna molesta floritura, sin
nada de ambiguo que nos oculte su bella desnudez.
C. Marx y F. Engels: La sagrada familia, pp.
98-100, 102, 104.
6
La falsificación de los tipos y de las relaciones sociales en «Los
misterios de París»
El Chourineur era carnicero de oficio.2 Diversas
colisiones hacen de esta criatura, de instintos violentos por naturaleza, un
asesino. Rodolphe lo encuentra por azar precisamente en el instante en que
maltrata a Fleur de Marie. Rodolphe aplica sobre la cabeza del hábil matarife
unos cuantos puñetazos magistrales e imponentes. Así se asegura el respeto del
Chourineur. Más tarde, las cosas en calma, el natural buen talante del
Chourineur se revela. Rodolphe le dice: «¡Tienes siempre coraje y honor!» Con estas
palabras le insufla el respeto de sí mismo. El
Chourineur se enmienda
o, para hablar
como el señor
Szeliga, se metamorfosea
en
«entidad moral». Rodolphe lo toma bajo su
protección. Sigamos la nueva educación del
Chourineur dirigida por Rodolphe.
Primer estadio. La primera lección que recibe el
Chourineur es una lección de hipocresía, de
perfidia, de traición y de disimulación. Rodolphe
utiliza al Chourineur moralizado, tal como utilizaba Vidocq a los criminales
tras moralizarlos: hace de él un mouchard y un agent provocateur.3 Le aconseja «poner cara», ante el Maestro de
Escuela,4 de haber cambiado de
principios —principios de «no robar»—, de proponer al mismo personaje un golpe
audaz y atraerlo así a una trampa tendida por Rodolphe. El Chourineur tiene la
impresión de que se quiere abusar de él para una «farsa». Protesta contra la
proposición de representar el papel de mouchard y de agent provocateur.
Rodolphe persuade fácilmente a esta criatura de la natu- raleza, por la «pura»
casuística de la crítica crítica, de que un mal golpe no es un mal golpe cuando
se le ejecuta por «buenas razones morales». Agente provocador, el Chourineur,
bajo la apariencia de la camaradería y la confianza, empuja a su antiguo
compañero a su perdición. Por primera vez en su vida comete una infamia.
Segundo estadio. Volvemos a encontrar al
Chourineur como gardemalade5 de
Rodolphe, al que acaba de arrancar a la muerte.
El Chourineur se ha convertido en un ser moral, a
tal punto conveniente, que cuando David, el doctor negro, le propone sentarse
sobre el parqué, él se niega, por miedo a ensuciar el tapiz. Y además es tan
tímido que no se atreve a sentarse en una silla. No deja de excusarse cada vez
que le dice al señor Rodolphe, al que salvó la vida, perdición. Por primera vez
en su vida comete una infamia.
¡Maravillosa rehabilitación del brutal hijo de la
naturaleza! El Chourineur enuncia el misterio más íntimo de su metamorfosis
crítica, cuando confiesa a Rodolphe que siente por él el apego de un
bouledogue6 por su amo. «Je me sens por vous comme qui dirait l'attachement
d'un bouledogue pour son maitre».7 El ex carnicero se ha convertido en perro. A
partir de este momento todas sus virtudes se resolverán en la virtud del perro,
en el puro «dévouement»8 a su amo. Su independencia, su individualidad, desaparecerán
completamente. Pero, como en el caso de los malos pintores que se ven obligados
a indicar por un letrerito situado sobre la boca el sentido de su retrato,
Eugene Sue pondrá en la boca del bulldog, el Chourineur, un letrerito con esta
inscripción constante: «Las palabras: tienes corazón y honor han hecho de mí un
hombre». Hasta su último suspiro, el Chourineur hallará el móvil de sus actos,
no en su individualidad humana, sino en este letrerito. Como prueba de su
enmienda moral, tendrá múltiples reflexiones sobre su excelencia y sobre la
perversidad de los demás; y cada vez que maneje locuciones morales, Rodolphe no
dejará de decirle: «Me gusta oírte hablar así». El Chourineur no es un bulldog
ordinario: se ha convertido en un bulldog moral.
Tercer estadio. Acabamos de admirar la decencia
de pequeñoburgués que ha reemplazado a la inconciencia grosera, pero audaz, del
Chourineur. Ahora sabemos que, como conviene a una «entidad moral», se ha
asegurado así el camino y el tren de vida de un pequeñoburgués.
«A le voir marchen … on l'eut pris pour le bourgeois le
plus inoffensif du monde»9
El fondo que Rodolphe da a esta vida reformada
según la Crítica, es más lamentable aún que la forma. Lo expide al África,
donde podrá «dar al mundo incrédulo el espectáculo vivo y saludable del
arrepentimiento». Ya no es su propia naturaleza humana lo que debe representar
ahora, sino un dogma cristiano.
Cuarto estadio. La metamorfosis crítico-moral ha
hecho del Chourineur un hombre tranquilo y prudente, que organiza su conducta
según las reglas del temor y la sabiduría práctica.
«Le Chourineur», nos informa Murph que, en su
indiscreta sencillez, quema siempre la pólvora, «n'a pas dit un mot de
1'execution du maitre d'école, de peur de se trouver compromis».10
El Chourineur sabe, pues, que la ejecución del
Maestro de Escuela ha sido un acto contrario a la ley. Si no dice una palabra
de ello, es por temor a comprometerse. ¡Prudente Chourineur!
Quinto estadio. El Chourineur ha perfeccionado
bastante su cultura moral como para que sus relaciones de perro con Rodolphe,
bajo una forma civilizada, asciendan ... a la conciencia. Dice a Germain, tras
arrancarlo a la muerte:
«Tengo un protector que es para mí lo que Dios es
para los sacerdotes ...; es como para arrojarse de rodillas ante él». Y helo
aquí, en pensamiento, de rodillas ante su Dios. «El señor Rodolphe —continúa
ante Germain— te
protege. Cuando digo
señor ... debería
decir monsebor ... pero tengo la costumbre de llamarle Señor Rodolphe, y
él me lo permite».
Y el señor Szeliga exclama en un éxtasis crítico:
«¡Espléndido despertar, espléndido florecimiento!»
Sexto estadio. El Chourineur termina dignamente
su carrera de pur dévouement,11 de bulldog moral, haciéndose apuñalar
finalmente por monseñor. En el instante en que «El Esqueleto amenaza al
príncipe con su cuchillo, el Chourineur detiene el brazo del asesino. El
Esqueleto lo apuñala. Pero en el momento de morir, el Chourineur le dice a
Rodolphe: «Tenía razón cuando decía que un gusano como yo (un bulldog) podría
ser alguna vez útil a un gran señor como vos».
A esta declaración de perro, que resume toda la
carrera crítica del Chourineur en un solo
epigrama, el Chourineur, o más bien el letrerito
que tiene en la boca, añade:
«Estamos en paz, señor Rodolphe. Usted me había
dicho que yo tenía corazón y honor».
Y el señor Szeliga grita con todas sus fuerzas:
«¡Qué mérito para Rodolphe el haber devuelto al Chourineur (?) a la humanidad
(?)!
2 Chourineur viene de surin, cuchillo en argot.
3 Delator y agente provocador. En francés en el
original.
4 Forzado evadido que se ha desfigurado para
hacerse irreconocible.
5 Enfermero. En francés en el original.
6 Bulldog. En francés en el original.
7 Tiene el sentido indicado en la frase anterior.
La frase entera está citada en francés.
8 Consagración. En francés en el original.
9 Al verlo caminar... se le tomaría por el más
inofensivo burgués del mundo. En francés en el original.
10 «El Chourineur no ha dicho una palabra sobre
la ejecución del Maestro de Escuela, por miedo a comprometerse». En francés en
el original.
C. Marx y F. Engels: La sagrada familia, pp.
262-266,
7
La idealización burguesa de la modistilla
El misterio de la Rigolette no especulativa,
Eugene Sue lo hace enunciar por Murph. Es «una lindísima grisette».12 Eugene
Sue ha pintado en ella el carácter amable, humano, de la modistilla parisina.
Pero, por devoción a la burguesía y por un énfasis que le es particular, ha
necesitado idealizar a la modistilla desde el punto de vista moral. Ha tenido
que destruir el punto notable en la vida y el carácter de Rigolette: su
desprecio del matrimonio legal, sus relaciones ingenuas con 1'etudiant o el
ouvrier.13 Precisamente por estas relaciones es que ella forma un contraste
realmente humano con la esposa hipócrita, de corazón cerrado y egoísta, del
burgués; con todo el medio burgués, o sea, con todo el medio oficial.
11 Consagración pura. En francés en el original.
12 Modistilla. En francés en el original.
C. Marx y F. Engels: La sagrada familia, p. 128
8
Los misterios de la economía política
a) Revelación teórica de los misterios de la
economía política.
Primera revelación: La riqueza conduce
frecuentemente a la prodigalidad, la prodigalidad a la ruina.
Segunda revelación: Las consecuencias arriba
descritas de la riqueza tienen su fuente en una educación insuficiente de la
juventud rica.
Tercera
revelación: La herencia
y la propiedad
privada son y
deben ser inviolables
y sagradas.
Cuarta revelación: El rico debe moralmente
cuentas a los trabajadores del empleo de su fortuna. Una gran fortuna es un
depósito hereditario —un feudofeudal— confiado a manos avisadas, firmes,
rectas, generosas, encargadas, al mismo tiempo, de hacerla fructificar y de
utilizarla de tal manera que todo lo que tiene la oportunidad de encontrarse en
la esfera de la irradiación brillante y saludable de la gran fortuna sea
fecundado, vivificado, mejorado.
Quinta revelación: El Estado debe dar a la
juventud rica inexperta los rudimentos de la
economía individual. Es necesario que moralice la
fortuna.
Sexta revelación: En fin, es necesario que el
Estado se interese en el enorme problema de la organización del
trabajo. Es necesario
que dé el sano
ejemplo de la
asociación de los capitales y del trabajo, y de una asociación
que sea honesta, inteligente, equitativa, que asegure el bienestar del obrero
sin negar la fortuna del rico; que establezca entre estas dos clases, lazos de
simpatía, de gratitud, y garantice así para siempre la tranquilidad del Estado.
Cómo el Estado, en este momento, no se interesa
en esta teoría, Rodolphe da él mismo varios ejemplos prácticos. Estos develarán
el misterio de que, para el señor Sue, el señor Rodolphe y la crítica,
las relaciones económicas
más conocidas por
todo el mundo
sigan siendo
«misterios».
13 El estudiante, el obrero. En francés en el
original.
C. Marx y F. Engels: La sagrada familia, pp.
315-316.
9
Rodolphe
El
medio mágico, gracias
al cual Rodolphe
opera todas sus
redenciones y sus
curas milagrosas, no son bellas palabras, es su dinero contante. He aquí
cómo son todos los moralistas, dice Fourier. Hay que ser millonario para poder
imitar a sus héroes.
La moral es «la impotencia puesta en acción».
Cada vez que se lanza contra un vicio, queda debajo de él. Y Rodolphe no se
eleva siquiera desde el punto de vista de la moral independiente, que reposa,
al menos, en la conciencia de la dignidad humana. Su moral reposa, por el
contrario, sobre la conciencia de la debilidad humana. Es la moral teológica.
Las hazañas que cumple por sus ideas fijas cristianas que le sirven para medir
el mundo: la caridad, el sacrificio, la abnegación, el arrepentimiento, los buenos
y los malos, la recompensa y el castigo, las penitencias terribles, el
aislamiento, la salvación del alma, etcétera..., las hemos seguido en detalle
demostrando que sólo son bufonerías. Sólo nos queda ocuparnos del carácter
personal de Rodolphe, el «misterio develado de todos los misterios» o el
misterio develado de la «Crítica pura».
... Si en la realidad, todas las distinciones se
confunden cada vez más en la distinción de pobre y rico, en la idea, todas las
distinciones aristocráticas se resuelven en la oposición bien y mal. Esta
distinción es la última forma que la aristocracia da a sus prejuicios. Rodolphe
se considera a sí mismo como hombre de bien, y los malos están aquí para
garantizar el goce de su propia excelencia. Examinemos más de cerca al «hombre
de bien».
El señor Rodolphe practica una beneficencia y una
prodigalidad del género de las del Califa de Bagdad en Las Mil y Una Noches. Le
es imposible llevar esta vida sin agotar, como un vampiro, su pequeño rincón de
tierra alemán hasta la última gota. Según el señor Sue mismo, figuraría entre
los príncipes alemanes mediatizados si la protección de un marqués francés no
lo hubiera salvado de la abdicación involuntaria. Esta indicación nos permite evaluar el tamaño de su tierra. La
crítica con la cual Rodolphe juzga su situación, puede ser apreciada gracias al
hecho de que él, el Serenísimo alemán, cree deber guardar en París un incógnito
a medias para no armar sensación. Se hace acompañar especialmente de un
canciller con el solo fin crítico de que represente «el aspecto teatral y
pueril del poder soberano»; como si, aparte de sí mismo y de su espejo, un
pequeño Serenísimo tuviera necesidad de un representante del aspecto teatral y
pueril del poder soberano.
… Después de estos esquemas del mal que está en
él, Rodolphe vuelve a sus ideas fijas del
«bien» y el «mal» y da cuenta del progreso que
hace en el bien. Llama a la limosna y a la
caridad castas y piadosas consoladoras de su alma
herida. Pero prostituir la limosna y la piedad al contacto de los seres
depravados, indignos, sería horrible, impío, sacrílego. Ni qué decir tiene que
la piedad y las limosnas son consoladoras de su alma. Profanarlas sería
entonces un sacrilegio. Esto, «haría dudar de Dios; y el que da debe hacer
creer en él». ¡Dar limosna a un depravado: la idea es insostenible!
… Es el natural aventurero de Rodolphe el que nos
aporta la primera explicación de las aventuras y las situaciones a las que se
expone. Ama «la excitación novelesca, la distracción, la aventura, el disfraz»;
su «curiosidad» es «insaciable», necesita «emociones fuertes y exci- tantes»;
está «ávido de violentas sacudidas nerviosas».
Este natural está apoyado por el furor de jugar a
la Providencia y de enderezar el mundo de acuerdo a sus ideas fijas.
... Todo el carácter de Rodolphe se resume
finalmente en la «pura» hipocresía con la cual pretende presentarse a sí mismo
y a otro las explosiones de sus malas pasiones como explosiones contra
las pasiones de los malos, así
como la Crítica crítica representa
sus propias necedades corzo las necedades de la masa; sus rencores biliosos
contra la evolución del mundo al margen de ella, como rencores del mundo al
margen de ella contra la evolución; en fin: su egoísmo, que se figura haber
absorbido todo espíritu, como la egoísta contradicción de la masa erguida
contra el espíritu.
C. Marx y F. Engels: Idem, pp.
322, 325-326, 327, 328, 329-330.
10
La «Joven Alemania»
El movimiento de la Joven Alemania, que se
desarrolló sobre todo de 1831 a 1835, agrupaba escritores —Karl Gutzkov
(1811-1878), Heinrich Laube (1806-1884), Theodor Mundt (1808-
1861), Ludolf Wiembarg (1802-1872) que
reprochaban al romanticismo el oponer el arte a la vida e idealizar el pasado:
se ufanaban de traducir en sus obras las aspiraciones nuevas de su época y
pretendían actuar sobre la sociedad mediante la literatura. Los Aesthetische
Feldzüge (1834) de Wiembarg, dedicados «a la Joven Alemania», dieron su nombre
al grupo.
Los escritores de la Joven Alemania se
proclamaban seguidores de Boerne, demócrata y republicano alemán,
y de Henri
Heine, entonces en
todo su fervor
saintsimoniano. Predicaban el socialismo, el ateísmo, los «derechos de
la carne».
Este movimiento literario, de un brillo
superficial, se apoyaba en la burguesía liberal alemana, impaciente de adquirir
una importancia política y social en relación con el papel económico que
empezaba a adquirir. Mas tan vacilante, tan débil y timorato como la clase de
la cual era la derivación, el grupo de la Joven Alemania se hundió desde el
momento en que se las vio
con las persecuciones
gubernamentales. Acusado de
propagar ideas revolucionarias e
inmorales, Laube había debido purgar una pena de un año de cárcel. Gutzkov fue
detenido el 30 de noviembre de 1835 y, en diciembre, la Dieta de la
Confederación Germánica, con sede en Francfort, prohibía la impresión y la
venta de las obras de Gutzkov, Laube, Wiembarg, Mundt y, además, de Reine y Boerne,
considerados
como sus inspiradores. El 1 de enero de 1836,
bajo la firma de Laube («Programa» de La Gaceta de Medianoche), la Joven
Alemania declaraba que la literatura no debía servir a fines políticos.
Del 25 de octubre de 1851 al 22 de diciembre de
1852, aparecieron en inglés, bajo la firma de Marx, en la New York Tribune,
periódico democrático burgués de Norteamérica, veinte artículos de Engels,
reunidos más tarde en volumen bajo el título Revolución y contrarre- volución
en Alemania.
En el segundo artículo de esta serie, Engels
describe las relaciones sociales y las luchas políticas en Prusia en la víspera
de la revolución de 1848.
También la literatura alemana sufría la
influencia de la efervescencia política que los acontecimientos de 1830 habían
esparcido por toda Europa. Un constitucionalismo mal asimilado, incluso un
republicanismo menos asimilado aún, he aquí lo que predicaban casi todos los
escritores de la época. Fue más o menos la moda, sobre todo entre los literatos
de segundo plano, suplir la mediocridad de sus producciones por alusiones
políticas, siempre seguros de llamar la atención. La poesía, la novela, la
crítica, el drama, en una palabra, toda la producción literaria, desbordaban lo
que se llamaba la «tendencia», o sea, manifestaciones más o menos tímidas de un
espíritu de oposición. Y para colmar la confusión de ideas que reinaba en
Alemania después de 1830, se mezclaban a estos elementos de oposición política
reminiscencias universitarias de filosofía alemana mal asimilada y migajas de
socialismo francés mal comprendido, particularmente de saintsimonismo, y la
claque de escritores que disertaban
sobre estos enredos
de ideas heterogéneas,
se intitulaba presuntuosamente la
«Joven Alemania» o la «Escuela Moderna». Desde
aquellos días se han arrepentido de sus pecados de juventud, pero no han
mejorado su estilo.
F. Engels: «El estado prusiano», New York
Tribune, 28 de octubre de 1851. La revolución democrática burguesa en Alemania,
p. 213,
11
El socialismo «verdadero»
Tejido con los hilos de araña de la especulación,
bordado de flores retóricas y bañado por un rocío sentimental, ese ropaje
fantástico en que los socialistas alemanes envolvieron sus tres o cuatro
descarnadas «verdades eternas», no hizo sino aumentar la demanda de su
mercancía entre semejante público.
Por su parte, el socialismo alemán comprendió
cada vez mejor que estaba llamado a ser el representante pomposo de esta
pequeña burguesía.
Proclamó que la nación alemana era la nación
modelo y el mesócrata alemán el hombre modelo. A todas las infamias de este
hombre modelo les dio un sentido oculto, un sentido superior y socialista,
contrario a lo que era en realidad. Fue consecuente hasta el fin,
manifestándose de un modo abierto contra la tendencia «brutalmente destructiva»
del comunismo y declarando su imparcial elevación por encima de todas las
luchas de clases. Salvo muy raras excepciones, todas las obras llamadas
socialistas que circulan en Alemania pertenecen a esta inmunda y enervante
literatura.
12
La poesía del socialismo «verdadero»
C. Marx-F. Engels: Obras escogidas, tomo I,
Manifiesto del Partido Comunista, el socialismo alemán o socialismo
«verdadero», pp.
Los numerosos poetas del socialismo «verdadero»,
que interpretó un papel en Alemania hasta
1848, querían resolver
el problema social
mediante la «reeducación»
de los capitalistas, ya que todo
el mal venía, según ellos, de la mala voluntad de los ricos y del carácter
inmoral del dinero. De ahí sus llamados patéticos e interminables a los
industriales y a los financieros, a los que suplican «tener piedad del pobre».
Creen remediar los males del capitalismo predicando el retorno a las virtudes
de la familia, a las maneras patriarcales y aldeanas, al modo de producción
artesanal.
Contra el libro de Beck, Lieder von armen Mann
(Cantos del pobre), Engels publica en la
Deutsche Brüsseler Zeitung dos folletines, el 12
y el 16 de septiembre de 1847.
Los Cantos del pobre comienzan por un canto a una
casa rica.
A la casa Rothschild.
Para evitar todo malentendido, el poeta llama a
Dios «SEÑOR» y a la casa Rothschild Señor. Desde el
comienzo expresa la
ilusión pequeñoburguesa de que el
oro «reina según
los
caprichos de los Rothschild»; ilusión que
arrastra a toda una serie de falsas concepciones sobre el poder de la casa
Rothschild.
No es la abolición del poder real de los
Rothschild, de las relaciones sociales sobre las que se asienta, lo que exige
el poeta; sólo desea un ejercicio humano de este poder. Deplora que los
banqueros no sean filántropos socialistas, soñadores, bienhechores de la
humanidad, sino simplemente
banqueros. Beck canta
la poltrona miseria
pequeño-burguesa, el «pobre hombre», el pauvre honteuxl14con sus
pobres deseos, piadosos e inconsecuentes, el «hombre
pequeño» bajo todas sus formas: no el proletario
orgulloso, amenazante y revolucionario. Las amenazas y los reproches que Beck
profiere contra la casa Rothschild actúan sobre el lector, pese a todas las
buenas intenciones del autor, de manera más burlesca aún que un sermón de
capuchino. Se apoyan sobre una ilusión pueril en cuanto al poder de los
Rothschild, sobre una ignorancia completa del lazo entre este poder y las
relaciones existentes, en un error profundo en lo que concierne a los medios
que los Rothschild deben emplear para devenir una fuerza y seguir siéndolo. La
pusilanimidad y la incomprensión, un sentimentalismo femenino, una mediocridad
pequeñoburguesa e irrisoria, plana e insípida, éstas son las musas de esta
lira, que en vano se esfuerzan por parecer terribles. Sólo son ridículas.
La apoteosis de Laffitte, que opone a Rothschild,
revela hasta qué punto Beck permanece prisionero de las ilusiones
pequeñoburguesas:
Muy cerca de tu palacio envidiado
Se halla una bendecida casa burguesa.
Es decir, la casa de Laffitte. El pequeñoburgués
entusiasmado está orgulloso del carácter burgués de su casa ante el palacio
envidiado que es el chalet Rothschild. Su ideal, el Laffitte de su imaginación,
debe naturalmente vivir en modestas condiciones burguesas: cl chalet Laffitte
se reduce a las dimensiones de una casa de burgués alemán. El mismo Laffitte es
representado como un patriarca dispensador de buenas acciones, un corazón puro:
se le compara a Mucius Scaevola; habría sacrificado su
fortuna para erguir sobre sus
pies al hombre y al siglo (
¿quizá Beck piensa en el Siécle de París?)15
Llama a Laffitte un niño soñador y finalmente un
mendigo. Sus funerales son descritos de un modo emocionante:
La Marsellesa con pasos sordos. Seguía al fúnebre
cortejo.
A los lados de la Marsellesa venían los carruajes
de la familia real e, inmediatamente después, el señor Sauzet, el señor
Duchatel y todos los ventrus y los loups-cerviersl6 de la Cámara de Diputados.
Mas a qué punto no habrá ensordecido sus pasos la Marsellesa cuando, tras la
revolución de julio, Laffitte condujo triunfalmente a su compadre, el Duque de
Orleans, al ayuntamiento y pronunció esta frase sensacional: Ahora va a
comenzar el reinado de los banqueros.
14 El pobre vergonzante. En francés en el
original.
15 Periódico de la época. Siécle significa siglo.
16 Panzudos y lobos cervales. En francés en el
original.
F. Engels: «El socialismo alemán en verso y en
prosa», Obras, t. VI, pp. 33-36, Mega.
13
El canto del tambor
En este poema, nuestro poeta socialista muestra
de nuevo cómo, encerrado en el horizonte limitado de la miseria pequeñoburguesa
alemana, está continuamente forzado a echar a perder el poco efecto que
produce.
Un regimiento desfila al son del tambor. El
pueblo llama a los soldados a hacer causa común con él. Place ver que el poeta,
al fin, ha adquirido coraje. Pero, ¡ay!, finalmente sabemos que se trata
solamente de la
fiesta del emperador
y que el
llamado del pueblo
es sólo la ensoñación improvisada y secreta de un
joven que asiste a la ceremonia. De un estudiante de liceo, probablemente.
Así sueña un joven, cuyo corazón se inflama.
Mientras el mismo tema, con la misma sal, tratado
por Heine, hubiera sido una sátira amarga
sobre el pueblo alemán, no hay en Beck más que
una sátira sobre el poeta mismo que se identifica con el joven, soñador
impotente. En Heine, las ensoñaciones del burgués hubieran sido intencionalmente elevadas
hasta las nubes
para dejarlas luego,
no menos intencionalmente, caer
en la realidad; en Beck, es el mismo poeta el que se asocia a estas fantasías y
el que, naturalmente, sufre también los daños cuando vuelve a caer en la
realidad. En el primero, el burgués se siente indignado por la audacia del
poeta, en el segundo se tranquiliza al comprobar su afinidad de alma con él. La
insurrección de Praga le ofrecía, sin embargo, la ocasión de reproducir cosas
muy distintas de esta farsa.
F. Engels: «El socialismo alemán en verso y en
prosa», Obras, t. VI, p. 42, Mega.
14
La revolución acaramelada por Freiligrath
Tras haber condenado el absolutismo en Una
profesión de fe, volumen de versos aparecido en 1844, Ferdinand Freiligrath
emigra a Bélgica, luego a Suiza. De demócrata burgués pasa pronto a ser
socialista «verdadero» y publica, en 1846, una colección de seis poemas, bajo
el título de Marchará. Engels no vacila en denunciar las ilusiones, las
ingenuidades, las debilidades del socialismo idílico de Freiligrath: contribuyó
así entonces a precipitar su evolución hacia el socialismo revolucionario.
El poema más característico es Cómo se hace eso,
es decir, cómo Freiligrath hace una revolución. Tiempos difíciles llegaron, el
pueblo tiene hambre, marcha arrodillado. «¿Dónde obtendrá pan y vestimenta?» En
estas andanzas se encuentra «un osado muchacho» de buen juicio. Conduce a toda
la banda al arsenal de la Landwehr y distribuye los uniformes, que cada uno se
pone. «Por simulacro», se toman fusiles y se descubre que «sería una excelente
travesura» si se los llevaran. En ese momento, una idea acude a la mente de
nuestro «osado muchacho»: podría hacer que «se llamara rebelión, infracción y
robo a esta farsa de vestimentas», y entonces habría que «mostrar los dientes a
causa de esa vestimenta». Así los shakos, los sables y las cartucheras son
sustraídos en una alforja de mendigo enarbolada a guisa de bandera. Llegan así
a la calle. Entonces se presenta la «tropa de línea real», el general ordena
disparar, mas los soldados se lanzan, jubilosos, en los brazos de esta Landwehr
que hace soplar el espíritu hasta en sus uniformes. Y ya que se está en tan
bello camino, se dirigen, siempre «en broma», hacia la capital, allí se
encuentran refuerzos, y así es como, gracias a una «farsa de vestimentas»:
«El trono es volcado, la corona cae, el Imperio
se estremece en sus fundamentos», y «el pueblo yergue victoriosamente su cabeza
por tanto tiempo pisoteada». Todo ocurre tan rápidamente, que durante toda esta
maniobra, las pipas, en las bocas del «batallón proletario», no tienen tiempo
de apagarse. Hay que reconocer que en ninguna parte las revoluciones se hacen
con tanta alegría y facilidad como en la cabeza de nuestro Freiligrath. Se
necesita realmente toda la hipocondria atrabiliaria de la Allgemeine Preussische
Zeitung para olfatear la alta traición en una salida campestre tan inocente e
idílica.
F. Engels: «Los socialistas 'verdaderos'», Obras,
t. VI, pp. 105-106, Mega.
15
Louis Blanc, orador e historiador
Entre los socialistas franceses que tuvieron un
papel en la revolución de 1848, Louis Blanc (1811-1882) representa la tendencia
más moderada, cercana al radicalismo pequeñoburgués de Ledru-Rollin. Partidario
de la intervención del Estado, organizador de los talleres nacionales,
presidente de la Comisión de Luxemburgo, se esfuerza en canalizar el movimiento
obrero para apartarlo de sus objetivos de clase. Ruin orador y ruin
historiador, ha sido, en el plano político, en junio de 1848 como en mayo de
1871, un enemigo declarado del pro- letariado revolucionario.
Luisa17 nunca improvisa. Escribe sus discursos
palabra a palabra sobre el papel y los aprende de memoria ante el espejo. Ledru
(-Rollin), por su lado, improvisa siempre y sólo en los casos importantes se
sirve de algunas notas matter of fact.18 Sin tomar en cuenta sus diferencias
exteriores, Luisa es absolutamente incapaz, por ello, de producir el menor
efecto al lado de Ledru (-Rollin). Así, todo pretexto le resulta bueno para
sustraerse a la comparación con ese peligroso rival.
En cuanto a sus trabajos históricos, los escribe
como A. Dumas sus folletines. Estudia sólo el material para el capítulo
siguiente. De este modo aparecen libros como la Historia de diez años. Por una
parte, esto da a su relato una cierta frescura. Porque todo lo que cuenta es,
para él, por lo menos, tan nuevo como para el lector. Por otra parte, el
conjunto es débil.
17 Louis Blanc.
18 Como cuestión de hecho.
Correspondencia Marx y Engels, tomo I, Carta de
Marx a Engels, 23 de febrero de 1851. p. 152, Mega.
16
Víctor Hugo y Proudhon, historiadores del 2 de diciembre
Entre las obras que, poco más o menos en la misma
época, trataban el mismo tema, sólo dos merecían ser mencionadas: Napoleón el
Pequeño, de Víctor Hugo, y El Golpe de Estado, de Proudhon. Víctor
Hugo se limita
a invectivas amargas
e ingeniosas contra
el autor responsable del golpe de
estado. El suceso mismo se le aparece como un relámpago en el cielo sereno.
Sólo se ve el golpe de fuerza de un individuo. No se da cuenta de que así lo
engrandece, en lugar de disminuirlo, atribuyéndole una fuerza de iniciativa
personal sin ejemplo en la historia. Proudhon, por su parte, intenta
representar el golpe de estado como el resultado de un desarrollo histórico
anterior. Pero, bajo su pluma, la historia del golpe de Estado se transforma en
una apología del Golpe de Estado. Cae así en el error que cometen nuestros
historiadores que se autotitulan objetivos. En cuanto a mí, muestro, por el
contrario, cómo la lucha de clases en Francia creó circunstancias y una
situación tales que permitieron a un personaje mediocre y grotesco hacer figura
de héroe.
Marx-Engels, Obras Escogidas, tomo I, C. Marx:
«El 18 Brumario de Luis Bonaparte», págs. 246-
249,
17
Dos filisteos ingleses: Jeremy Bentham y Martin Tupper
I
Mas Bentham, el oráculo filisteo del siglo
décimonono, ha elevado este prejuicio al rango de dogma. Bentham es entre los
filósofos lo que su compatriota Martin Tupper es entre los poetas. El lugar
común razonador, he aquí la filosofía y la poesía de uno y otro.
C.
Marx: El Capital,
tomo I, «Reproducción
Simple», cap. XXII, ap. 5, pág. 554,
II
Jeremy Bentham es un fenómeno inglés. En ningún
país, en ninguna época, nadie, ni siquiera el filósofo alemán Christian Wolff,
ha sacado tanto partido del lugar común. No sólo se deleita: también se
pavonea. El famoso principio de utilidad no es de su invención. Lo único que
hace es reproducir sin espíritu el espíritu de Helvetio y de otros escritores
franceses del siglo XVIII.
Para saber, por ejemplo, lo que es útil a un
perro, hay que estudiar la naturaleza canina; pero no se debe deducir esta
naturaleza misma del principio de utilidad. Si se quiere hacer de este
principio el criterio supremo de los movimientos y de las relaciones humanas,
se trata primero de profundizar la naturaleza humana en general y de captar
luego las modificaciones propias a cada época histórica. Bentham no se embaraza
con tan poco. Lo más secamente y lo más ingenuamente del
mundo, plantea como
hombre-tipo al pequeño-burgués moderno,
al tendero, y, especialmente, al tendero inglés. Todo lo que se acomoda
a este curioso hombre- modelo y a su mundo es declarado útil en sí y por sí.
Con este metro mide el pasado, el presente y el porvenir. La religión
cristiana, por ejemplo, es útil. ¿Por qué? Porque reprueba, desde el punto de
vista religioso, las mismas fechorías que el código penal reprime desde el
punto de vista jurídico. La crítica literaria, por el contrario, es nociva,
porque es una verdadera aguafiestas para las personas honradas que saborean la
prosa rimada de Martin Tupper. Con
esos materiales Bentham, que había tomado por
divisa nulla dios sine linea19 ha apilado mon- tañas de volúmenes. Es la
tontería burguesa elevada hasta el genio.20
19 Ni un día sin una línea.
20 En la edición alemana de El Capital, Marx, en
lugar de esta última frase, había escrito: «Si tuviera el coraje de mi amigo
H. Heine, llamaría al Sr. Jeremy el genio de la
tontería burguesa.
C. Marx: « El Capital, tomo I, El proceso de
acumulación del capital», cap. XXII, sección séptima, pág. 554.
18
Renán, novelista eclesiástico
En
una carta dirigida
a Víctor Adler
(1852-1918), fundador de la socialdemocracia austriaca, Engels juzga a
Renán. En ese momento prepara un estudio que debía aparecer en
1896
en El Devenir
Social bajo el
título: Contribución a la historia
del cristianismo primitivo.
Engels escribe allí que la obra de Renán: Los orígenes del cristianismo es una
«novela eclesiástica».
Ahora me ocupo del cristianismo primitivo; leo a
Renán y la Biblia; Renán es terriblemente plano; pero, como laico, más
penetrante que nuestros teólogos alemanes. En general, su libro es una novela …
Se le puede utilizar como una fuente histórica
del mismo modo que se puede utilizar las novelas de Alejandro Dumas padre para
estudiar la época de la fronda. Encontré en él, entre otras cosas, pasajes
espantosos. Plagia a los alemanes sin vergüenza alguna.
F. Engels: Carta a Víctor Adler, del 19 de agosto
de 1892. Víctor Adler: Artículos, discursos y cartas, tomo I, p. 40, Viena,
1922.
IX. POR EL REALISMO
Sumario
1.- ¡Ni coturnos en los pies, ni aureolas en la
cabeza!
2.- Shakespeare y la literatura alemana
3.- Los realistas ingleses
4.- Franz von Sickingen» y la realidad histórica
5.- La tendencia en literatura
6.- El realismo de Balzac
7.- Ibsen y el pequeñoburgués alemán
1
¡Ni conturnos en los pies, ni aureolas en la cabeza!
Sería en gran medida deseable que los hombres que
han estado a la cabeza del partido en el movimiento, tanto antes de la
revolución, en las sociedades secretas o en la prensa, como después de la
revolución, en puestos oficiales, sean, al fin, representados bajo los rudos
colores de Rembrandt, en toda su vivacidad. Las descripciones hechas hasta
ahora nunca nos muestran a esos personajes en su aspecto real, sino sólo en su
aspecto oficial, con coturnos en los pies y una aureola alrededor de la cabeza.
De estos retratos rafaelescos y divinizados desaparece toda verdad en la
representación.
Las dos obras que tenemos ante los ojos1 rechazan, es verdad, los coturnos y la
aureola con los que hasta ahora los «grandes hombres» de la revolución de
febrero estaban acostumbrados a aparecer adornados. Nos introducen en la vida
privada de esos personajes, nos los hacen ver en ropa íntima, en medio de todos
sus subalternos, tan diferentes unos de otros. Pero no se quedan menos alejados
de una representación realista y fiel de los hombres y de los aconte- cimientos.
1 A. Chenu: Los conspiradores, París, 1850;
Lucien de la Hodde: El nacimiento de la República en febrero de 1848, París,
1850. Los autores de estas dos obras habían sido
agentes de la policía de Louis-Philippe.
C. Marx Y F. Engels: Artículo de la Nueva Revista
Renana, 1850. F. Mehring: La herencia literaria de Marx, Engels y Lassalle, t.
III, pp.
426-427, Stuttgart, 1913.
2
Shakespeare y la literatura alemana
Ese
pillo de Roderick
Benedix ha publicado
un libro espeso
y maloliente contra
la
«shakespearomanía», donde demuestra, con lujo de
detalles, que Shakespeare no puede ser comparado a nuestros grandes poetas, ni
siquiera a los poetas modernos. Aparentemente, hay que arrancar a Shakespeare
de su pedestal para situar en él el grueso trasero de R. Benedix. Sólo en el
primer acto de las Merry Wives2 existe más vida y realidad que en toda la
literatura alemana; Launce, él sólo con su perro Crab, vale más que todas las
comedias alemanas en conjunto. Pero este pesado de Benedix se extiende en razonamientos
tan serios como fútiles sobre la manera alegre con que Shakespeare precipita
frecuentemente los dénoueinents3 y abrevia así una palabrería fastidiosa
—aunque en verdad indispensable. Habeat sibi.
2 Las alegres comadres de Windsor.
3 Desenlace. En francés en el original.
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Engels a Marx, 10 de
diciembre de 1873. p.
413, Mega.
3
Los realistas ingleses
La brillante escuela moderna de los novelistas
ingleses, cuyas páginas demostrativas y elocuentes han revelado al mundo más
verdades que todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas
juntos, ha descrito todas las capas de la clase media, desde el rentista
«altamente respetable» y el detentador de bienes
del Estado, que considera con desprecio cualquier otro tipo de negocio, hasta
el pequeño tendero y al clérigo confesional. ¿Y cómo Dickens y Thackeray, Miss
Bronte y Miss Gaskell los han pintado? Llenos de vanidad, de afectación, de
tiranía mezquina y de ignorancia; y el mundo civilizado ha confirmado sus
juicios con un epigrama reprobador, aplicado a esta clase: «servil ante los superiores, y tiránica ante los inferiores».
C. Marx: «La clase media inglesa», New
York Tribune, del 1 de agosto de 1854.
4
«Franz von Sickingen» y la realidad histórica4
En 1859, Ferdinand Lassalle hace aparecer su
tragedia histórica, Franz von Sickingen, que envía a Marx el 6 de marzo de
1859, acompañada de una nota «sobre la idea trágica» y a Engels el 21 de marzo.
Lassalle toma por asunto el levantamiento de la
caballería contra los príncipes en el otoño de
1522 —dos años antes de la guerra de los
campesinos (1524-1525). Este movimiento de la pequeña nobleza
empobrecida —reaccionaria por
sus fines de
clase, puesto que
los caballeros querían resucitar el pasado— no habría podido vencer a
los príncipes de no apoyarse en la burguesía ascendente y sobre los campesinos.
Pero esto era imposible, los caballeros habían emprendido su lucha,
precisamente, para conservar sus privilegios. La coalición de los príncipes los
aplastó, Sickingen fue mortalmente herido y su otro jefe, Ulrich von Hutten,
huyó a Suiza, donde murió.
«Tras esta derrota y la muerte de sus dos jefes,
la fuerza de la nobleza, como clase independiente de los príncipes, fue
quebrada. A partir de esta época, la nobleza no actúa más que al servicio y
bajo la dirección de los príncipes. La guerra de los campesinos que estalló
inmediatamente después, los obligó, más aun, a situarse bajo la protección de
los príncipes y mostró, al mismo tiempo, que la nobleza alemana gustaba más de
continuar explotando los campesinos, bajo el dominio de los príncipes, que derribar
a los príncipes y los sacerdotes por medio de una alianza abierta con los
campesinos emancipados».5
Parece singular que Lassalle haya escogido dos
jefes de la caballería hacia su ocaso, y no los héroes plebeyos de la guerra de
los campesinos, para escribir «la tragedia de la Revolución». Además, Lassalle,
contrariamente a la realidad histórica, hace de Sickingen y de Hutten, los
portavoces de la burguesía ascendente, los campeones de la unidad política de
Alemania y de la lucha contra el Papado.
Marx y Engels, que no se habían puesto de
acuerdo, expresan, en sus cartas respectivas del
19 de abril y del 18 de mayo de 1859, una opinión
idéntica sobre la pieza de Lassalle.
I
Paso ahora a tu Franz von Sickingen. D'abord6
debo elogiar la composición y la acción, y esto es más de lo que puede decirse
de cualquier drama alemán contemporáneo. In the second instance,7 aparte de
toda actitud de crítica, la obra me ha emocionado vivamente en la primera
lectura, y la impresión que producirá sobre los lectores, en quienes dominan
más los sentimientos, será más fuerte aún. Y este es un segundo punto muy
importante. Y ahora, the other side of the medal:8 primeramente —esto es
puramente formal—, desde el momento en que escribías en verso, habrías podido
dar a tus yambos una forma un poco más artística. Pero, al fin y al cabo, por
mucho que les choque a los poetas profesionales tu negligencia, la
considero, a final de cuentas, como una ventaja,
porque nuestros epígonos poéticos no han guardado más que una forma cuidada.
Secundariamente: el conflicto, tal como lo has concebido, no es sólo trágico;
es este mismo conflicto trágico el que acarreó su pérdida al partido
revolucionario de 1848-49. Sólo puedo, pues, aprobarte enteramente cuando tú
quieres hacer de él el punto central de una tragedia moderna. Pero me pregunto
si tu asunto estaba bien escogido para traducir ese conflicto. Balthasar puede,
sin duda, creer que, si Sickingen, en lugar de disimular su revuelta bajo la
máscara de una querella entre caballeros, hubiera izado la bandera de la guerra
abierta contra el emperador y los príncipes, hubiera vencido.
¿Podemos compartir esta ilusión? Sickingen (y más
o menos con él Hutten) no ha sucumbido a
causa de su
astucia. Ha sucumbido
porque se había
rebelado como caballero
y representante de una clase moribunda contra lo existente; o, sobre
todo, contra la nueva forma de lo
existente. Si se le quita a Sickingen lo que pertenece al individuo, con su
educación particular, sus disposiciones
naturales, etc., tendríamos a Goetz von Berlichingen. En éste, individuo
lamentable, la oposición trágica entre la caballería, de una parte, y el
emperador y los príncipes, de otra, se expresa en una forma adecuada, y es por
ello que Goethe tenía razón al escogerlo como héroe. En la medida en que
Sickingen —y en parte Hutten mismo, aunque para él, como para todos los
ideólogos de su clase, parecidos juicios deberían ser sensiblemente
modificados— combate a los príncipes (porque si se dirige contra el emperador,
es sólo porque el emperador de los caballeros se convierte en emperador de
príncipes), no es de hecho sino un Quijote; aunque un Quijote históricamente
justificado. Que comience su revuelta bajo la forma de una querella de
caballeros, esto significa sólo que la comienza en tanto que caballero. Para
comenzarla de otro modo, debía haber hecho, directamente y desde el principio,
un llamado a las ciudades y a los campesinos; es decir, precisamente a las
clases cuyo desarrollo significa la negación de la caballería.
Si tu querías, pues, no reducir tu conflicto al
de Goetz von Berlichingen —y esto no entraba en tu plan—, Sickingen y Hutten
debían morir porque en su imaginación ellos eran revolucionarios (lo cual no
puede decirse de Goetz) y, como la nobleza instruida de la Polonia de 1830, se
habían hecho, por una parte, los instrumentos de las ideas modernas, y, por
otra, representaban el interés de una clase reaccionaria. En estas condiciones,
los representantes nobles de la revolución —cuyas frases de orden, de unidad y
de libertad ocultaban aún el sueño del antiguo Imperio y del derecho del más
fuerte— no deberían haber absorbido la atención hasta el punto en que lo hacen
en tu obra: los representantes del campesinado (éstos sobre todo) y elementos
revolucionarios de las ciudades, deberían haber constituido un fondo
escénico activo muy importante. Habrías
podido entonces expresar,
y en un
grado más elevado, precisamente
las ideas más modernas en su forma más pura, mientras que ahora, al margen de
la libertad religiosa, es la unidad política la que de hecho resulta la idea
principal de tu drama. Debías haber shakespearizado más, mientras que ahora
considero como tu mayor error la schillerización, la transformación de los
individuos en simples portavoces del espíritu del siglo. ¿Tú mismo, en cierta
medida, no has caído, como tu Franz von Sickingen, en el error diplomático de
dar más importancia a la oposición de Lutero y de los caballeros, que a la
oposición de los plebeyos y de Münzer?
Lamento, además, la ausencia de rasgos
característicos en los caracteres. Hago una excepción para Carlos V, Balthasar
y Ricardo de Tréves. Y sin embargo, ¿hubo nunca una época tan rica en
caracteres fuertemente señalados como el siglo XVI? Hutten representa, a mis
ojos, demasiado exclusivamente el «entusiasmo», lo cual es fastidioso. ¿No fue
al mismo tiempo un hombre con mucha sal, un verdadero demonio de ingenio, y no
has sido, en consecuencia, demasiado injusto hacia él?
Hasta qué punto tu Sickingen, representado por lo
demás de manera demasiado abstracta, es víctima de un conflicto independiente
de sus cálculos personales, se deduce de la manera en que se ve obligado a
predicar a sus caballeros la amistad con las ciudades, etc., y, por otra parte,
del placer que siente en ejercer él mismo el derecho del más fuerte sobre las
ciudades.
En
cuanto al detalle,
te reprocho hacer,
aquí y allá,
reflexionar exageradamente a tus
personajes sobre ellos mismos, lo cual proviene de tu predilección por
Schiller. Así, por ejemplo, en la página 121, cuando Hutten cuenta a María la
historia de su vida, hubiera sido perfectamente natural hacer decir a María:
Toda la gama de sensaciones,
etc., hasta
Y ella es más pesada que la carga de los años.
Los versos que preceden: «Se dicen», hasta «ha
envejecido», podrían seguir luego; pero la observación: «Sólo
es necesaria una
noche a una
muchacha para convertirse
en mujer» (aunque muestra que
María conocía el amor algo más que como una noción abstracta) es ente- ramente
inútil; y es absolutamente inadmisible que María comience por la reflexión
sobre su propio «envejecimiento». Tras haber dicho todo lo que cuenta sobre esa
«única» hora, podría resumir su estado de espíritu con la reflexión sobre su
envejecimiento. Más adelante, en las líneas siguientes, las palabras «lo
considero como un derecho» (la felicidad) me chocan. ¿Por qué quitar a María la
concepción ingenua del mundo que ella afirma haber tenido hasta entonces y
transformarla en doctrina de derecho? Quizá expondré otra vez mi opinión de
manera más detallada.
Encuentro particularmente lograda la escena entre
Sickingen y Carlos V, aunque el diálogo de los dos lados se transforma un poco
demasiado en alegato; y lo mismo las escenas en Tréves. Las sentencias de
Hutten sobre la espada son muy bellas.
Basta por esta vez.
Has ganado con tu drama un partidario absoluto en
la persona de mi mujer. Sólo María no la deja muy contenta.
4 Véase el presente libro, pp. 347-352.
5 F. Engels: «La guerra de los campesinos», La revolución democrática burguesa en
Alemania, pp. 70-71. Engels había escrito esta obra en Londres en 1850.
6 En primer lugar. En francés en el original.
7 En segundo lugar. En inglés en el original.
8 El reverso de la medalla. En inglés en el
original.
C. Marx: Carta a Lassalle, 19 de abril de 1859,
en F. Lassalle: Cartas y escritos, t. III, p. 183, Gustav Mayer, Stuttgart,
1922.
II
Debe usted estar un poco asombrado de mi silencio
prolongado, tanto más cuando le debía mi apreciación sobre su Sickingen. Pero
esto es precisamente lo que me ha impedido escribirle. En el empobrecimiento
hoy general de las bellas letras, rara vez tengo ocasión de leer una obra de
este género, y desde hace años no me ha ocurrido leer de manera de emitir un
juicio profundo, una opinión precisa y determinada. Los mamarrachos que
aparecen no valen la pena. Incluso las mejores novelas inglesas, que leo de cuando
en cuando, como por ejemplo, las de Thackeray, pese a su importancia literaria
y su significación cultural e histórica indudables, nunca me han podido
despertar este interés. Mi juicio se ha embotado mucho como consecuencia de
esta larga inacción, y necesito tiempo para permitirme expresar una opinión. Su
Sickingen merece, sin embargo, que se le aborde de otro modo que toda esa
confección literaria, y por eso me he tomado un tiempo. La primera y la segunda
lectura de su drama, nacional alemán desde todos los puntos de vista, según el
tema y la manera de tratarlo, me han emocionado de tal manera, que he debido
ponerlo a un lado por algún tiempo, tanto
más cuando en las miserables coyunturas presentes
mi gusto debilitado (debo reconocerlo con vergüenza) me ha reducido a un estado
en que incluso las cosas de poco valor, me hacen a la primera lectura una
cierta impresión. Para llegar a un juicio imparcial, enteramente «crítico» he
puesto Sickingen a un lado, o, más exactamente, lo he prestado a ciertos amigos
(se encuentran aún aquí algunos alemanes con una cultura literaria más o menos
grande). Habent sua fata libelli.9
Cuando uno los presta rara vez los vuelve a ver, y no he podido tener mi
Sickingen más que por
fuerza. Puedo decirle
que a la tercera y a la
cuarta lecturas, la impresión siguió siendo la misma y, en la
convicción de que su Sickingen puede soportar la crítica, le doy mi juicio.
Sé que no le haré un gran cumplido diciendo que
ningún poeta oficial de la Alemania contemporánea podría, ni de lejos, escribir
un drama parecido. He aquí, sin embargo, un hecho que caracteriza demasiado
bien nuestra literatura para que se le deje pasar en silencio. Para abordar
inmediatamente el aspecto formal, he sido muy agradablemente sorprendido por la
habilidad con la cual se anuda la intriga y por el carácter dramático de la
acción de un extremo al otro. En lo que concierne a la versificación, usted se
ha permitido, es verdad, ciertas libertades, pero éstas chocan más en la
lectura que en la escena. Hubiera querido leer la pieza para el teatro, porque
tal como es presentada en el libro, probablemente no podría ser representada.
He recibido aquí la visita de un joven poeta alemán (Karl Siebel) , un
compatriota y pariente
lejano, que ha
trabajado mucho para
el teatro; irá,
quizá, como reservista de la
guardia prusiana, a Berlín, y entonces me permitiré darle unas palabras para
usted. Admira mucho su drama, mas lo considera totalmente irrepresentable a
causa de la extensión de los
monólogos, mientras que
los otros actores
se ven obligados,
para no reducirse a meros
figurantes, a agotar, volviendo a ellos dos o tres veces, sus procedimientos
mímicos. Los dos últimos actos prueban abundantemente que le será fácil hacer
el diálogo vivo y animado, y como la cosa puede ser hecha igualmente para los
tres primeros actos, estoy persuadido de que lo tomará en consideración al adaptar
su drama para la escena. El contenido ideológico se resentirá de ellos,
seguramente, mas es una cosa inevitable, y la síntesis perfecta de la
profundidad ideológica, del contenido histórico consciente, que usted atribuye
justamente al drama alemán, y la vivacidad, la amplitud de la acción
shakespeariana, no será, sin duda, realizada más que en el porvenir y quizá ni
siquiera por los alemanes. Es precisamente en estas síntesis donde veo el
porvenir del drama. Su Sickingen está en el buen camino; los principales personajes
representan, efectivamente, clases y corrientes determinadas, por consecuencia
ideas determinadas de su época, y los móviles de sus actos no son pequeñas
pasiones individuales, sino la corriente histórica que los arrastra. El
progreso, sin embargo, consistiría
en que esos
móviles sean llevados
al primer plano
de manera viviente, activa, por
así decirlo, natural, por el curso mismo de la acción, y que, al contrario, los
discursos de la argumentación (en los cuales he descubierto con placer, por
otro lado, su viejo talento de abogado y de tribuno) devinieran más y más
inútiles. Usted mismo parece darse este ideal por fin, cuando hace la
distinción entre drama escénico y drama literario: creo que se podría, aunque
difícilmente (porque la perfección no es, realmente pequeña cosa) transformar
de esta manera Sickingen en un drama escénico. Esto va ligado a la manera de
caracterizar los personajes.
Tiene usted razón
en ponerse en
contra de la
mala individualización esparcida actualmente, que se reduce a pobres
argucias y es el signo distintivo de la literatura estéril de los epígonos. Me
parece, sin embargo, que el individuo es caracterizado, no sólo por lo que
hace, sino también por la manera como lo hace; y, desde este punto de vista, el
contenido ideológico de su drama no perdería nada, creo, si los caracteres de
los diferentes personajes se distinguieran más entre ellos y se opusieran unos
a otros. No nos basta ya la manera de los antiguos en nuestros días, y en esto,
pienso, pudo usted haber tenido más en cuenta la significación de Shakespeare
en la historia del drama.
Pero estas son cuestiones secundarias y las
planteo sólo para mostrarle que he reflexionado también en el aspecto formal
del drama.
En cuanto al contenido histórico, usted ha
mostrado muy claramente, e indicado con justa razón su desarrollo ulterior, los
dos aspectos del movimiento de la época que le interesan más: el movimiento
nacional de la nobleza, representado por Sickingen, y el movimiento teórico del
humanismo con el desarrollo que ha recibido en el dominio teológico y
eclesiástico, la Reforma. Las escenas que más me gustan son las escenas entre
Sickingen y el emperador, entre el legado del Papa y el arzobispo de Tréves
(oponiendo aquí el legado laico con su extensa cultura, estética y clásica,
teórica y políticamente clarividente, al príncipe eclesiástico alemán limitado,
usted ha logrado dar una excelente pintura de los caracteres individuales, que,
sin embargo, deriva directamente del carácter representativo de los dos
personajes); en la escena Sickingen y Carlos, los caracteres resaltan
igualmente de una manera sorprendente. Introduciendo la autobiografía de
Hutten, que tiene usted razón de considerar como muy importante en cuanto a su
contenido, usted ha escogido, sin embargo, un medio muy riesgoso para insertar
este contenido en su drama. Muy importante también es la conversación de
Balthasar con Franz en el quinto acto, en el que el primero expone a su amo la
política verdaderamente revolucionaria que hubiera debido seguir. Aquí se
revela lo que es verdaderamente
trágico; y a
causa de su
significación, me parece
que se debiera
haber indicado más desde el tercer acto, en que las ocasiones de hacerlo
no faltan. Pero vuelvo a caer en cuestiones secundarias. La situación de las
ciudades y de los príncipes de la época está igualmente descrita, en muchos
pasajes, con mucha claridad, y así se encuentran más o menos consumidos los
elementos oficiales del movimiento de entonces. Pero lo que usted, a lo que me
parece, no ha puesto bastante en relieve, son los elementos no oficiales,
plebeyos y campesinos, así como su expresión teórica correspondiente. El
movimiento campesino ha sido a su manera también nacional, tan dirigido contra
los príncipes como el de la nobleza, y la envergadura inmensa de la lucha en la
cual ha sucumbido, contrasta considerablemente con la ligereza con la cual los
nobles, abandonando a Sickingen a su suerte, aceptaron su papel histórico de
cortesanos. Aun según su concepción del drama, que es a mi juicio, como usted
lo ha notado, un poco demasiado abstracta, no muy realista, el movimiento
campesino me parece merecer más atención. La escena campesina con Joss Fritz
es, sin duda, muy característica, y la personalidad de este «agitador» está muy
bien mostrada; pero no basta para representar con el suficiente peso, ante el
movimiento de la nobleza, la marea ya hirviente de la agitación campesina.
Según mi concepción del drama, que no admite que se olvide lo real por lo ideal
y Shakespeare por Schiller, la utilización de esta parte plebeya de la sociedad
de entonces, tan asombrosamente colorida, habría aportado elementos enteramente
nuevos para animar el drama,
un fondo inapreciable
al movimiento nacional
de la nobleza
que se desarrolla en el primer
plano escénico, y por primera vez habría hecho aparecer bajo su verdadera luz
el movimiento mismo. Qué asombrosos cuadros de caracteres nos ofrece esta época
de descomposición de las relaciones feudales en la persona de sus reyes
mendigos, de sus lansquenetes sin pan, de sus aventureros de toda especie —un
verdadero trasfondo a lo Falstaff que, en un drama histórico de este género,
debe producir más efecto aún que en Shakespeare. Mas, al margen de esto, es a
mi juicio este desconocimiento del movimiento campesino el que le ha conducido
a representar también inexactamente en un cierto sentido, por lo que me parece,
el movimiento nacional de la nobleza, y a dejar escapar lo que presenta de
verdaderamente trágico el destino de Sickingen.
A mi juicio, la masa de la
nobleza imperial de la época, no planeaba de ningún modo concluir una alianza
con el campesinado, imposible porque vivía de los ingresos obtenidos gracias a
la opresión de los campesinos. Una alianza con las ciudades hubiera pertenecido
más al dominio de las posibilidades, pero no se realizó, o sólo de manera
incompleta. Sin embargo, la revolución nacional de la nobleza no
era posible sino gracias a una alianza con las
ciudades y los campesinos, con éstos, sobre todo; y en esto reside,
precisamente, a mi juicio, lo trágico; a saber: que esta condición esencial, la
alianza con los campesinos, era imposible; que, en consecuencia, la política de
la nobleza debía inevitablemente ser mezquina; que en el momento mismo en que
la nobleza quiso tomar la dirección del movimiento nacional, la masa de la
nación, los campesinos, protestaron contra esta dirección y su pérdida devino
inevitable. No quiero juzgar aquí hasta qué punto su suposición de que
Sickingen mantuvo realmente ciertas relaciones con los campesinos está
históricamente fundada; y por lo demás no es esencial. Mas, si recuerdo bien,
los escritos de Hutten en los cuales se dirige a los campesinos, dejan de lado
la cuestión espinosa de la nobleza y buscan volver la cólera de los campesinos,
sobre todo, contra los curas. No le discuto, de ninguna manera, el derecho de
concebir a Sickingen y a Hutten como habiendo querido emancipar a los
campesinos. Pero usted tiene aquí inmediatamente la contradicción trágica en
que se encuentran los dos, entre la nobleza, de una parte, que se oponía
resueltamente, y los campesinos, de otra parte. Aquí residía, a mi entender, el
conflicto trágico entre el postulado históricamente necesario y la
imposibilidad práctica de su realización. Al descartarlo, usted reduce el
conflicto trágico a dimensiones menores, a saber: que Sickingen, en lugar de
atacar a la vez al emperador y al imperio, busca querella con un solo príncipe
(aunque aquí también, con un sentimiento justo, usted ha introducido a los
campesinos), y lo hace
sucumbir como resultado de la
cobardía y la indiferencia de la nobleza. Mas esta actitud
de la nobleza hubiera estado motivada de otro modo, si usted hubiera hecho
surgir antes la amenaza del movimiento de campesinos y el estado de ánimo
devenido indudablemente conservador de la nobleza tras el «Bundschuh» y el
«pobre Conrad».10 No es, por lo demás, sino uno de los medios de introducir en
el drama el movimiento campesino y plebeyo, y existen, por lo menos, una docena
de otros igualmente buenos o mejores.
Ya ve usted, aplico una escala de valores muy
elevada a su obra; es incluso la más elevada posible desde el punto de vista
estético e histórico; y el hecho de que me vea obligado a hacerlo para poder
formular por aquí y por allá cualquier objeción, le será la mejor prueba de mi
aprobación. La crítica entre nosotros se ha hecho, desde hace años, en interés
del partido mismo, necesariamente tan
franca como sea posible; en
cuanto a lo demás,
yo y todos nosotros, nos
regocijamos siempre de cada nueva confirmación de que nuestro partido, en todos
los dominios en que se manifiesta, da siempre la prueba de superioridad. Y
usted lo ha hecho una vez más.
9 Los libros tienen su destino.
10 Antes de las insurrecciones campesinas de la
Selva Negra y del Alto Suavo (1518-1523) y la guerra de campesinos en la
Alemania del Sur (1525), dos grandes asociaciones secretas de campesinos y de
plebeyos se levantaron contra la nobleza. El Bundschuh, cuya influencia se
ejerció sobre todo en Alsacia y en el país de Bade, descubierto y aplastado en
1493 y en 1502, se reforma, bajo la dirección de Joss Fritz, pera ser de nuevo
diezmado en 1513. El Pobre Conrad, constituido en Wurtemberg en 1503, organiza
las insurrecciones de 1513 y 1514. Habiendo los burgueses traicionado a los
campesinos, sus aliados, la insurrección fue vencida por los príncipes y los
caballeros.
F. Engels: Carta a Lassalle del 18 de mayo de
1859, en F. Lassalle: Cartas y escritos, t. III,
p.
179, Gustav Mayer, Stuttgart, 1922.
5
La tendencia en literatura
La madre de Karl Kautsky, Minna Kautsky
(1835-1912), autora de muchas novelas, había, tras su adhesión al socialismo,
abordado los problemas sociales en su obra literaria. Stefan Grillenhof (1879)
el mejor de sus libros, describe de manera realista los sufrimientos y las
luchas de los campesinos de Austria.
Los viejos y los nuevos, aparecido en 1885, a
propósito del cual Engels escribe su carta del
26 de noviembre de 1885, cuenta la vida de los
obreros austriacos en las minas de sal. Minna Kautsky evoca la opresión de los
trabajadores sometidos al yugo del empresario y de la iglesia, siempre a merced
de un posible despido, privados del derecho de leer los periódicos y los
libros.
Para la autora, el antagonismo que opone «viejos»
a «nuevos» no es una manifestación de la lucha de clases, sino de la lucha de
«dos principios» —la fe, representada por los viejos, y el ateísmo,
representado por los nuevos. De ahí el carácter libresco y esquemático de la
novela que tiende a
reemplazar los conflictos
reales por abstracciones
y prédicas sobre
el socialismo.
Al fin he leído Los viejos y los nuevos, cuyo
envío le agradezco cordialmente. La vida de los trabajadores de las minas de
sal está descrita con el mismo arte que la de los campesinos de Stefan. La
mayoría de las escenas de la sociedad vienesa son igualmente muy bellas. Viena
es la única ciudad alemana donde se encuentra una sociedad; Berlín no tiene más
que «ciertos medios», y sobre todo, medios inciertos, y por ello, no se
encuentra allí materia más que para una novela sobre la vida de los literatos, los
funcionarios y los actores. Usted puede juzgar mejor que yo si, en esta parte
de su obra, la exposición de la acción no se desarrolla, en ciertos lugares, de
una manera un poco demasiado precipitada; ciertas cosas que pueden darnos esta
impresión parecen enteramente naturales en Viena, con su carácter internacional
particular y su mezcla de elementos de Europa meridional y oriental. Encuentro
en los medios descrito11 esa fuerza de individualización de los caracteres que
le es habitual; cada uno de sus caracteres es un tipo, pero al mismo tiempo un
individuo distinto, «éste», según decía el viejo Hegel,12 y así debe ser. Sin
embargo, para ser imparcial, debo hallar algo que decir, y llego entonces a
Arnold. Este es un hombre demasiado admirable, y cuando se mata finalmente
cayendo desde
un
precipicio, no se
puede conciliar esto
con la justicia
poética salvo diciéndose:
era
demasiado bueno para este mundo. Ahora bien,
siempre es malo que el poeta se entusiasme mucho con su propio héroe, y me
parece que, en cierta medida, usted ha caído en esta trampa. En Elsa se
encuentran aún ciertos rasgos individuales, aunque idealizados también, pero en
Arnold la personalidad se disuelve aún más en el principio.
La lectura de la novela nos revela de dónde viene
este defecto. Usted siente probablemente la necesidad de tomar públicamente
partido en este libro, de proclamar ante el mundo entero sus opiniones. Está ya
hecho, es pasado, y no necesita usted repetirlo en esa forma. No soy adversario
de la poesía de tendencia como tal. El padre de la tragedia, Esquilo, y el
padre de la comedia, Aristófanes, fueron los dos vigorosamente poetas de
tendencia, lo mismo que Dante y Cervantes, y lo que hay de mejor en La intriga
y el amor de Schiller, es que se trata del primer drama político alemán de
tendencia. Los rusos y los noruegos modernos, que escriben novelas excelentes,
son todos poetas de tendencia. Mas creo que la tendencia debe surgir de la
situación y de la acción en sí mismas, sin que esté explícitamente formulada, y
el poeta no
está obligado a dar hecha al lector la solución
histórica futura de los conflictos sociales que describe. Tanto más cuando en
las circunstancias actuales la novela se dirige, sobre todo, a los lectores de
los medios burgueses, es decir, a medios que no son directamente los nuestros,
y entonces, a mi juicio, una novela de tendencia socialista cumple
perfectamente su misión cuando, por una pintura fiel de las relaciones reales,
destruye las ilusiones convencionales sobre la naturaleza de tales relaciones,
quiebra el optimismo del mundo burgués, obliga a dudar de la perennidad del
orden existente, incluso si el autor no indica directamente la solución,
incluso si, dado el caso, no toma ostensiblemente partido. Su conocimiento
exacto y sus descripciones maravillosamente frescas y vivientes del campesinado
austriaco y de la
«sociedad» vienesa encontrarán aquí una rica
materia, y usted ha probado en Stefan que sabe tratar a sus héroes con esa fina
ironía que da fe del señorío del poeta sobre su creación.
11 La aristocracia austriaca y los obreros de las
minas de sal.
12 Engels alude a la célebre fórmula de Hegel en
su Estética: «El hombre, y este hombre en particular».
C. Marx-F. Engels: Cartas a A. Bebel, W.
Liebknecht, K. Kautsky y otros, tomo I, F. Engels: Carta a Minna Kautsky, 26 de
septiembre de 1885 en pp. 413-414, Moscú, 1933.
6
El realismo de Balzac
La carta de Engels a Miss Harkness sobre Balzac
(abril de 1888), escrita en inglés, y de la que sólo se ha conservado el
borrador, precisa una vez más, el pensamiento de Marx y Engels sobre el
realismo y la tendencia en la literatura.
Margaret Harkness, hija de un pastor protestante
de Londres, se había adherido a la Social Democratic Federation, fundada en
1880 por Hyndman. Mientras la Sociedad Fabiana, constituida en
1884, no veía
en el socialismo
más que una
prolongación del ideal democrático burgués, la Federación
Social Demócratd propagaba las ideas del marxismo.
Bajo el seudónimo de John Low, Margaret Harkness
publicó cuentos y novelas de inspiración socialista que le aseguraron en
aquella época, en Inglaterra, una muy vasta notoriedad. Miss Harkness se había
encontrado, cara a cara, con la miseria del pueblo en los hospitales donde
había servido como enfermera, y en los barrios adonde la había conducido una
serie de encuestas sobre la mano de obra femenina y la explotación de las
obreras. En sus libros City Girl, 1887; Out
of Work, 1888;
Captain Lobe, 1889;
Manchester Shirtmaker, 1890;
In darkest London, 1891, describe el sufrimiento proletario, desde las
sombrías fábricas de Manchester hasta el sórdido East-End; los dramas del
desempleo y, sobre todo, tema que debía tentar a una socialista, el destino de
las muchachas en el trabajo desde las 8 de la mañana a las 7 de la noche, con
salarios de hambre que variaban, según las ramas de la industria y la
calificación de las obreras, ¡de 4 a 14 ;chelines por semana!
En City Girl, o Muchacha de la ciudad, Margaret
Harkness indica por qué el Ejército de Salvación ejerce influencia sobre las
capas laborales menos ilustradas, pero no subraya el carácter filantrópico
burgués de esta organización, a la cual debía consagrar en 1889 un libro
elogioso (Capitán Lobe).
Resaltando los méritos de Muchacha de la ciudad,
Engels indica a la autora sus defectos y la manera de
corregirlos. Por su
solicitud, demuestra la
importancia que concede
a la educación de los escritores
pequeñoburgueses. Al mismo tiempo, le envía un ejemplar de su Socialismo
utópico y socialismo científico, para que pueda asimilarse el marxismo y
comprender el desarrollo de los fenómenos sociales.
I
Le agradezco el que me haya enviado, por
intermedio del señor Vizetelly, su Muchacha de la ciudad. Lo he leído con el
mayor placer y la mayor avidez. Es, como dice mi amigo y su traductor Eichhoff,
una pequeña obra maestra; añade, y esto le debe satisfacer a usted, que su
traducción se esfuerza en ser literal, porque toda omisión o toda tentativa de
modificación sólo disminuiría el valor del original.
Lo que, sobre todo, me impresiona en su relato,
al lado de su gran veracidad realista, es que se manifiesta en él la audacia de
un verdadero artista. No sólo en la manera con que usted habla del Ejército de
Salvación ante las barbas de esa respetabilidad altanera que aprenderá, quizá
por vez primera, por qué el Ejército de Salvación encuentra un apoyo tan
considerable en las masas populares. Mas, sobre todo, en las forma sin adornos
que usted da a la trama de su libro, a la vieja, muy vieja historia de una muchacha
proletaria, seducida por un hombre de la clase media. Un autor mediocre hubiera
intentado disimular el carácter banal de la fábula amontonando sobre ella
complicaciones artificiales y ornamentos, lo cual no le hubiera impedido
ponerse al descubierto. Usted ha sentido que podía permitirse contar una vieja
historia porque era capaz de renovarla por la veracidad del relato.
Su Míster Grant es una obra maestra.
Si encuentro algo que criticar es sólo el hecho
de que su relato no es suficientemente realista. EL realismo, a mi juicio,
supone, además de la exactitud de los detalles, la representación exacta de los
caracteres típicos en circunstancias típicas. Sus caracteres son
suficientemente típicos en los límites en que están descritos por usted; mas,
sin duda, no se puede decir lo mismo de las circunstancias en que se encuentran
sumergidos y en las que actúan. En City Girl la clase obrera aparece como una
masa pasiva, incapaz de ayudarse a sí misma y ni siquiera intentando hacerlo.
Todas las tentativas de arrancarla a la miseria embrutecedora vienen de fuera,
de arriba. [En efecto, es la clase más pobre, la más dolorida y la más
numerosa, como dice Saint-Simon, la clase más pobre, la más humillada, como
dice Robert
Owen.]13 Mas si esta descripción era justa allá
por 1800 o 1810, en la época de Saint-Simon y de Robert Owen, no lo es ya en
1887 para un hombre que ha tenido el honor de tomar una parte activa, durante
más de cincuenta años, en la mayoría de los combates del proletariado militante
[y se ha dejado siempre guiar por el principio de que la liberación de la clase
obrera debe ser siempre obra de la clase obrera misma]. La resistencia
revolucionaria que la clase obrera opone a lo que la oprime, sus tentativas —espasmódicas,
semiconscientes o conscientes— de obtener sus derechos humanos, pertenecen a la
historia y pueden pretender un lugar en el dominio del realismo.
Estoy lejos de reprocharle no haber escrito un
relato puramente socialista, una «novela de tendencia», como
decimos los alemanes,
en la que
se glorificarían las
ideas políticas y sociales del autor. No pienso tal cosa. Es mejor para la obra de
arte que las opiniones [políticas] del autor permanezcan ocultas. El realismo
de que hablo se manifiesta enteramente
al margen de las opiniones del autor. Permítame
[ilustrarlo con] un ejemplo. Balzac, a quien considero un maestro
del realismo infinitamente más
grande que todos los Zola passés,
irésents et à venir,14 nos da en La comedia humana la historia más
maravillosamente realista de la sociedad francesa, [especialmente del mundo
parisino], describiendo bajo la forma de una crónica de maneras, casi de año en
año, de 1816 a 1848, la presión cada vez más fuerte que la burguesía en ascenso
ha ejercido sobre la nobleza que se había reconstituido desde
1815 y que [tan bien que mal],15 en la medida de lo posible, levantaba el
estandarte de la víeille politesse francaise.16
Describe cómo los últimos vestigios de esta sociedad, ejemplar para él,
han sucumbido poco a poco ante la intrusión del arribista vulgar repleto de
dinero o han sido corrompidos por él; cómo la grande dame17 cuyas infidelidades conyugales no habían sido
más que un medio de afirmarse, medio que respondía a la manera como se había
dispuesto de ella para el matrimonio, ha cedido el lugar a la burguesa que se
procura un marido con el fin de tener dinero o afeites; en torno a este cuadro
central, esboza toda la historia de la sociedad francesa, donde he aprendido
más, incluso en lo que concierne a los detalles económicos (por ejemplo, la redistribución
de la propiedad real y personal tras la revolución) que en todos los libros de
los historiadores, economistas, estadísticos profe- sionales de la época, todos
juntos. Sin duda, en política, Balzac era legitimista; su gran obra es una
perpetua elegía que deplora la descomposición irremediable de la alta sociedad;
todas sus simpatías van hacia la clase condenada a desaparecer. Mas, pese a
todo ello, su sátira no es nunca más hiriente, su ironía más amarga, que cuando
hace, precisamente, actuar a los aristócratas, esos hombres y esas mujeres por
los cuales sentía una simpatía tan profunda. Y [al margen
de algunos provincianos],18 los
únicos hombres de
los que habla
con una admiración no disimulada,
son sus adversarios políticos más encarnizados, los héroes republicanos del
Cloitre-Saint-Merri,19 los hombres que en esa época (1830-1836) representaban
verdaderamente a las masas populares. Que Balzac se haya visto forzado a
contrariar sus propias simpatías de clase y sus prejuicios políticos, que haya
visto la ineluctabilidad del fin de sus aristócratas queridos y que los haya
descrito como no merecedores de mejor suerte; que no haya visto los mejores
hombres del porvenir, sino únicamente donde podía encontrarlos en aquella
época, esto, lo considero uno de los grandes triunfos del realismo y una de las
características más señaladas del viejo Balzac.
Sin embargo, debo argüir, en defensa de usted,
que en ninguna parte en el mundo civilizado la clase obrera manifiesta menos
resistencia activa, más pasividad ante su destino, y que en ninguna parte los
obreros están más hébétés20 que en el East-End de Londres. ¿Y quién sabe si no
ha tenido usted excelentes razones para limitarse, por esta vez, con mostrar
sólo el aspecto pasivo de la vida de la clase obrera, reservando el aspecto
activo de esta vida para otra
obra?
13 Las frases entre paréntesis cuadrados han sido
tachadas por Engels.
14 Pasado, presente y porvenir. En francés en el
original.
15 Ora bien, ora mal. En francés en el original.
16 La vieja cortesía francesa. En francés en el
original.
17 La gran señora. En francés en el original.
18 Tachado por Engels.
19 La calle del Cloitre-Saint-Merri es famosa por
la insurrección del 5 y el 6 de junio de 1832, después de los funerales del
general Lamarque. Víctor Hugo ha hecho de esta insurrección uno de los
episodios principales de Los miserables. Balzac ha hecho justicia a los
republicanos en Ilusiones perdidas y Los secretos de la princesa de Cadignan.
Sobre Michel Chrestien,
caído en Cloitre-Saint-Merri, Daniel D'Arthez,
uno de los personajes de esta segunda novela, lanza el juicio siguiente: .No
conozco, entre los héroes de la antigüedad, hombre que sea superior a él.
20 Embrutecidos. En francés en el original.
F. Engels: Carta a Miss Harkness, abril de 1888
escrita en inglés.
Según el
original.
II
Por mucho tiempo he intentado tener del personaje
una buena opinión, pero es imposible.21
¿Qué se puede decir de un señor que tras haber
leído por primera vez una novela de Balzac (y se trataba nada menos que del
Cabinet des antiques y de Pére Goriot) habla de una manera desdeñosa y con gran
desprecio de ellas, como si fueran obras comunes y de una gran banalidad ... ?
21 Se trata de Pindar, seudónimo de un socialista
ruso que Engels califica en la misma carta de ignorante y de pedante.
Correspondencia Marx-Engels, tomo I, Carta de
Engels a Marx, 4 de octubre de 1852. pp. 405-
406, Mega.
III
No puedo escribirte en este momento más que unas
pocas líneas porque el agente del propietario está aquí y debo interpretar ante
él el papel de Mercadet en la comedia de Balzac. A propos22
de Balzac, te
aconsejo leer de
él la Chef
d'oeuvre inconnu23 y
Melmoth reconcilié.24 Son dos pequeñas chefs d'oeuvre,25 plenas de una
deliciosa ironía.
22 A propósito. En francés en el original.
23 La obra maestra desconocida. En francés en el
original.
24 Melmoth reconciliado. En francés en el
original.
25 Obras maestras. En francés en el original.
Correspondencia
Marx-Engels, tomo III,
Carta de Engels a Marx, 25 de febrero de 1867. p. 376, Mega.
IV
En el Cura de aldea, de Balzac, se encuentra lo
que sigue:
«Si el producto industrial no fuera el doble en
valor de su precio de costo en dinero, el comercio no existiría». Qu'en
dis-tu?26
26 ¿Qué dices de esto? La cita y la frase final
están en francés en el original.
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Engels a Marx, 14 de
diciembre de 1868. p.
141, Mega.
V
Es así como en Balzac, que tan profundamente ha
estudiado todos los matices de la avaricia, el viejo usurero Gobseck ha caído
ya en la infancia cuando comienza a amontonar mercancías con el fin de reunir
un tesoro.
C. Marx: El Capital, tomo I, «El proceso de
acumulación del capital», sección séptima, cap. XXI, apartado 2, llamada 12, p.
534,
VI
En una sociedad dominada por la producción
capitalista, el productor no capitalista es dominado por las concepciones
capitalistas. En su última novela, Los campesinos, Balzac, notable por su
comprensión profunda de las relaciones reales, describe con una gran precisión
cómo el pequeño campesino, con el fin de conservar la benevolencia de su
usurero, ejecuta gratuitamente para él toda clase de trabajos, sin figurarse
por ello hacerle regalos, porque su propio trabajo no le impone gastos
propiamente dichos. El usurero, de su lado, hace así dos tiros con una misma
piedra. Se ahorra la inversión en un salario y envuelve cada vez más en las
redes de la usura al campesino arruinado progresivamente porque deja el trabajo
sobre su propio campo.
C. Marx: El Capital, tomo III, «Transformación de
la plusvalía en ganancia y de la cuota de plusvalía en
cuota de ganancia»,
sección primera, cap. I, p. 61,
7
Ibsen y el pequeñoburgués alemán
La carta de Engels a Paul Ernst del 5 de junio de
1890 sobre Ibsen está dirigida contra las aplicaciones mecánicas del marxismo
en literatura y contra el eclecticismo.
Paul Ernst, joven escritor austroalcmán, que
acaba de hacer representar con éxito dos dramas naturalistas, Los hombres
nuevos y El gran pecado, se había adherido al socialismo. Si colaboraba en La
Escena Libre, teatro y revista en las que se hallaban reunidos naturalistas,
expresionistas y anarquistas, daba a la Neue Zeit, revista teórica del Partido
Socialdemócrata artículos de crítica literaria. Estos artículos,
particularmente los que consagra a los dramas de Ibsen, están marcados por un
esquematismo absolutamente contrario al espíritu del marxismo.
Una controversia, abierta por La Escena Libre a
propósito de las mujeres en la literatura escandinava, debía aportar a Engels
la ocasión de su carta. Paul Ernst, escribiendo sobre
«La mujer y la cuestión social», había, con
razón, dado un lugar primordial a los factores sociales sobre los factores
biológicos. Pero daba prueba también de su pasividad y de su fatalismo
acostumbrados.
El escritor expresionista Hermann Bahr atacó
violentamente a Paul Ernst en un artículo de La Escena Libre del 28 de mayo de
1890, titulado «Los epígonos del marxismo». Balar no está de acuerdo ni con
Marx ni con los epígonos. Al margen de la herencia (el hombre natural) y de la
influencia del medio (el hombre económico), es necesario, dice, tener en cuenta
el factor biológico. En cada mujer se encuentra «la tercera mujer, la mujer tal
cual es», la hembra.
Paul Ernst envió
a Engels los
dos números de
La Escena Libre,
que contenían su artículo y el de Bahr. Le pidió, en una carta del 31 de
mayo de 1880, decir si sus opiniones, las de Paul Ernst, «coincidían con las de
Marx».
Cuando recibió la respuesta pedida, afirmó que
Engels le había dado la razón. Y además, continuó perseverando en sus errores y
falsificando el marxismo. El mismo año pactó con la oposición pequeñoburguesa
calificada por Engels de «revuelta de literatos y estudiantes» y se atrajo una
nueva reprimenda de Engels (Berliner Volksblatt, 5 de octubre de 1890). Pronto
los literatos que se habían adherirlo al partido, lo abandonaron por el
democratismo burgués o la anarquía (1891). Paul Ernst, en el fondo, había adoptado
su punto de vista. Abandonó más tarde el Partido Socialdemócrata, evolucionó
hacia el idealismo, se afirmó reaccionario durante la guerra de 1914-1918, y
predicó el retorno a Dios. Su antiguo adversario Hermann Bahr se hundió, a su
vez, en la mística religiosa y patriotera.
Desgraciadamente, no puedo satisfacer su deseo
escribiéndole una carta que usted pudiera utilizar contra el señor Bahr. Me
arrastraría a una polémica abierta con éste, y para ello debería robarme
literalmente mi tiempo. Lo que le escribo está sólo destinado a su uso
personal.
Por lo demás, lo que usted llama el movimiento
feminista escandinavo me resulta totalmente desconocido; sólo conozco algunos
dramas de Ibsen y no sé en qué medida Ibsen debe ser considerado como
responsable de las efusiones más o menos histéricas de los arribistas burgueses
y pequeñoburgueses.
Por otra parte, el dominio designado generalmente
bajo el nombre de problema femenino es demasiado extenso para que se pueda, en
el marco de una carta, tratar a fondo este tema, o decir sobre él algo que
pueda ser un poco satisfactorio. Lo que es seguro, es que Marx no habría podido
«tomar la actitud» que Bahr le atribuye. No estaba tan loco.
En cuanto a su tentativa de explicar la cosa de
una manera materialista, tengo que decirle que, en principio de cuentas, el
método materialista se convierte en su contrario si, en lugar de servir de hilo
conductor en los estudios históricos, es aplicado como un modelo ya hecho sobre
el cual se cosen los hechos históricos. Y si el señor Bahr cree haberlo tomado
a usted en falta, me parece que tiene un poco de razón.
Usted encierra a toda Noruega, con todo lo que
allí sucede, en una sola categoría: la pequeña burguesía, y, sin la menor
vacilación, usted aplica a esta pequeña burguesía noruega sus ideas sobre la
pequeña burguesía alemana. Mas dos hechos se oponen aquí.
Primero: mientras que en toda Europa la victoria
sobre Napoleón marcaba la victoria de la reacción sobre la revolución, y sólo
en su patria francesa la revolución inspiraba aún bastante temor como para
arrancar a la legitimidad en retorno una Constitución burguesa liberal, Noruega
hallaba el modo de conquistar una Constitución mucho más democrática que
cualquier otra Constitución europea de la época.
Y segundo: Noruega ha conocido en el curso de
estos últimos veinte años, un auge literario como ningún
otro país en
el mismo período,
salvo Rusia. Pequeñoburgueses o
no, los noruegos producen más que
en otros sitios y marcan con su sello las literaturas de otros países, incluso
la alemana.
(Si usted examina atentamente estos hechos,
deberá reconocer que son incompatibles con la manera de situar a los noruegos
en la clase de los pequeñoburgueses y, sobre todo, de los pequeñoburgueses de
modelo alemán.) Estos hechos nos obligan, a mi juicio, a analizar la pequeña
burguesía noruega en lo que tiene de particular.
Entonces, probablemente, se dará usted cuenta de
que estamos en presencia de una diferencia muy importante. En Alemania, la
pequeña burguesía es el fruto de una revolución abortada, de un desarrollo
interrumpido, rechazado: debe su carácter específico y anormalmente
pronunciado de cobardía,
de estrechez, de
impotencia y de
incapacidad de tomar
una iniciativa cualquiera, a la guerra de Treinta Años y al período que
la ha seguido, en el curso del cual casi todos los demás pueblos, por el
contrario, se han elevado rápidamente. Este carácter ha quedado en ella incluso
después de que Alemania fue arrastrada por el desarrollo histórico; fue
bastante acentuado para imponerse, más o menos, como tipo alemán general, a
todas las demás clases sociales alemanas; hasta el día en que, finalmente,
nuestra clase obrera rompió estos estrechos límites. Los obreros alemanes son,
sobre todo, «sin patria» precisamente, en la medida en que están desembarazados
de la estrechez pequeñoburguesa alemana.
La pequeña burguesía alemana no constituye, pues,
una etapa histórica normal, sino una caricatura llevada al extremo, un fenómeno
de degeneración, como el judío polaco es una caricatura de los judíos. [Es
clásica sólo por la exageración de su carácter pequeñoburgués llevado al
extremo.]27 El pequeñoburgués inglés, francés, etc., no está del todo al mismo
nivel que el pequeñoburgués alemán.
En Noruega, al contrario, el pequeño campesinado
y la pequeña burguesía, mezclados con una pequeña proporción de burguesía media
—lo mismo que tuvo lugar en Inglaterra y en Francia en el siglo XVII—
representan, desde hace muchos siglos, el estado normal de la sociedad. No es
cuestión aquí de un violento retorno a condiciones anticuadas como consecuencia
de algún gran movimiento abortado o de una guerra de Treinta Años. El país se
ha quedado atrasado como consecuencia
de su aislamiento
y de las
condiciones naturales, mas su
situación ha correspondido a sus condiciones de producción, y ha sido, pues,
normal. Sólo recientemente la gran industria aparece en el país, en poca
cantidad y de manera espóradica; mas la palanca más poderosa de la
concentración de capital, la Bolsa, hace falta, y, además, la poderosa
extensión del comercio marítimo actúa como factor de conservación. Porque, mientras
por doquier el vapor suplanta los barcos de vela, Noruega desarrolla
considerablemente su navegación a vela y posee, si no la más fuerte, en todo
caso la segunda flota a vela del mundo, que pertenece, sobre todo, a pequeños
armadores, como en Inglaterra allá por 1870. Sin embargo, la vieja existencia
inmóvil ha sido puesta por ello en movimiento, y este movimiento se traduce
también en el auge literario.
El campesino noruego no ha conocido nunca la
servidumbre, y esta circunstancia da a todo el desarrollo del país, como en
Castilla, un fondo muy diferente. El pequeñoburgués noruego es hijo del
campesino libre, y es por ello que es un hombre al lado del pequeño-burgués
decaído. E igualmente, la
pequeñoburguesa noruega es
infinitamente superior a
la esposa del
pequeñoburgués alemán. Y cualesquiera que sean
las fallas de los dramas de Ibsen, por ejemplo, reflejan, sin duda, el mundo de
la pequeña y de la media burguesía; mas un mundo totalmente diferente del mundo
alemán, un mundo donde las personas tienen todavía carácter e iniciativa y
actúan de una manera independiente, incluso si su conducta puede parecer, a
veces, rara a un observador extranjero. Prefiero estudiar todo esto a fondo
antes de pronunciarme.
Para volver a mis borregos, es decir, al señor
Bahr, estoy sorprendido de que las personas en Alemania se tomen unas a otras
tan terriblemente en serio. La broma y el humor parecen aquí más que nunca
prohibidos, [incluso los judíos parecen hacer todo lo posible para enterrar
profundamente su humor innato],28 y el
aburrimiento parece haberse convertido en un deber cívico. De otro modo, usted
hubiera examinado más de cerca la «Mujer» del señor Bahr, de la que se ha desprendido
todo lo que se ha «desarrollado históricamente». Pues bien, lo que se ha
desarrollado, históricamente, es su piel, que debe ser blanca o negra,
amarilla, bruna o roja
—y ella no puede tener, entonces, piel humana. Lo
que se ha desarrollado históricamente son sus cabellos, rizados y lanosos,
ondulados o lacios, negros, rojos o rubios. Luego, le están prohibidos los
cabellos humanos. ¿Qué queda aún, pues, si desprendéis con su piel y sus
cabellos todo lo que se ha desarrollado históricamente?; y si «la mujer se
muestra tal como es», ¿qué aparece? Simplemente la mona anthropopitheca. Y que
el señor Bahr la lleve a su lecho, «absolutamente palpable y transparente», ¡a
ella y a sus «instintos naturales»!
27 La frase entre corchetes ha sido tachada por
Engels.
28 idem
F. Engels: Carta a Paul Ernst, 5 de junio de
1890.
X. CONTRA EL ROMANTICISMO REACCIONARIO
Sumario
1.- Censura y romanticismo
2.- Las fechorías del romanticismo
3.- La «Joven Inglaterra» y Thomas Carlyle
4.- La concepción del mundo de Carlyle
5.- Thomas Carlyle y el culto de los héroes
6.- Las jeremíadas del socialismo feudal
7.- El retorno a la naturaleza
8.- La impotencia literaria de la pequeña
burguesía
9.- Contra los teutómanos
10.- El romanticismo reaccionario
11.- Chateaubriand escritor
12.- Chateaubriand, diplomático e historiador
13.- Lamartine, hombre político
14.- La escuela histórica romántica en Alemania
15.- Richard Wagner y los tiempos antiguos
16.- Richard Wagner y la música del porvenir
1
Censura y romanticismo
En la nueva instrucción1 sobre la censura se expresa otra clase de
profundidad, que llamaríamos el romanticismo del espíritu. Mientras el antiguo
edicto sobre la censura exigía cauciones exteriores, prosaicas, que podían ser
definidas por la ley, garantías que permitían incluso el consentimiento del
redactor indeseable, la instrucción, al contrario, despoja al editor de un periódico
de toda voluntad
propia y ordena a
la prudencia preventiva
del gobierno, a la gran previsión y a la profundidad intelectual de las
autoridades, basar sus decisiones en cualidades interiores, subjetivas,
exteriormente indeterminables. Mas si la imprecisión, la delicadeza íntima, el
énfasis subjetivo del romanticismo se transforman en
algo puramente exterior, en el sentido sólo de
que la contingencia exterior aparece, no ya en su precisión y sus límites
prosaicos, sino en una gloria maravillosa, un esplendor y una profundidad
imaginarios, la instrucción tampoco escapará, salvo muy difícilmente a este
destino romántico.
Precedentemente, la instrucción entraba en
conflicto con el edicto sobre la censura, a causa de su ortodoxia; ahora es a
causa de su romanticismo, que es siempre, al mismo tiempo, poesía tendenciosa.
La caución de dinero, que es una garantía propiamente dicha, prosaica, deviene
una garantía ideal, y esta garantía ideal se transforma en situación muy real e
individual, que adquiere una significación mágica y ficticia ... El antiguo
edicto toca a los trabajos del redactor, trabajos de los que responde la caución
en dinero aportada por el empresario. La instrucción no se ocupa del trabajo,
sino de la persona del redactor. Exige una personalidad individual determinada,
que debe procurarle el dinero del empresario.
1 Mientras el antiguo edicto sobre la censura del
18 de octubre de 1819 ponía en causa, no al redactor, sino a sus escritos, de
los que respondía la caución en dinero depositada por el editor del periódico,
la instrucción del 24 de diciembre de 1841 se preocupaba no de los escritos,
sino de la persona del redactor. Además de la caución en dinero del editor,
exigía del redactor una triple garantía: capacidad literaria, carácter,
situación social. De hecho, el censor se guiaba por la situación social. Marx
observa con mucha justicia que «la garantía ideal se transforma en situación
muy real e individual.
C.
Marx: «Anotaciones sobre
la nueva instrucción prusiana relativa a la censura»,
1842, Obras, t. I, pp.
168-170, Mega.
2
Las fechorías del romanticismo
No estamos sorprendidos de hallarnos ante una de
las numerosas aplicaciones actuales del principio cristiano caballesco, moderno
y feudal, o, en una palabra: del principio romántico.
Estos señores, porque no quieren reconocer la
libertad como un don natural debido a la luz general de la razón, sino como un
presente sobrenatural de una constelación de astros particularmente favorable,
porque consideran la libertad sólo como el hecho individual de ciertas personas
y ciertos órdenes,2 se ven obligadas,
para ser consecuentes, a subordinar la razón a los malos designios y a las
quimeras de «sistemas lógicamente ordenados». Para salvar las libertades
particulares de los privilegiados, proscriben la libertad general de la
naturaleza humana. Mas,
como la mala
casta del siglo
XIX y la propia
conciencia del caballero moderno,
infectado por este siglo, no pueden comprender lo que es incomprensible en sí,
puesto que está desprovisto de todo sentido, a saber: cómo determinaciones
interiores, esenciales, generales, pueden ser ligadas a ciertos individuos
humanos por contingencias exteriores, accidentales, particulares, sin ser
ligadas a la esencia del hombre, ni a la razón en general, sin ser, en
consecuencia, comunes a todos los individuos, buscan necesariamente refugio en
lo maravilloso y lo místico. Como, además, la situación verdadera de estos
señores en el Estado moderno, no corresponde de ninguna manera a la idea que se
hacen de su situación, porque viven en un mundo situado fuera de la realidad y,
en consecuencia, la imaginación les reemplaza la cabeza y el corazón, se
aferran necesariamente, insatisfechos de la práctica, a la teoría, mas a una
teoría del más allá, a la religión que, sin embargo, entre sus manos, adquiere
una amargura polémica, impregnada de tendencias políticas, y deviene sólo,
de manera más o menos consciente, un velo sagrado
para ocultar deseos muy profanos, mas, al mismo tiempo, muy fantásticos.
2 La sociedad feudal se caracteriza por la
división en órdenes. En la Francia de antes de 1789, existían tres órdenes: la
nobleza, el clero, el tercer estado.
C. Marx: «Los debates de la 6a. Dieta Renana»,
Obras, tomo I, pp. 198-199, Mega.
3
La «Joven Inglaterra» y Thomas Carlyle
La situación de la clase obrera en Inglaterra,
obra escrita por Engels de noviembre de 1844 a
marzo de 1845,
y aparecida en
junio de 1845,
da una visión
de las condiciones
de existencia del proletariado en el país más evolucionado de la época.
Este estudio económico constituye una etapa importante en el desarrollo del
pensamiento de Engels hacia el socialismo científico, mientras que el
pensamiento de Marx había adoptado los caminos de la filosofía.
Analizando al final de su libro la actitud
implacable de la burguesía frente al proletariado, Engels habla de las críticas
que se han elevado del seno de la clase dominante contra las condiciones de
vida inhumanas impuestas a los trabajadores. Esta «fronda» anticapitalista
de elementos aristocráticos reaccionarios, calificada
por el Manifiesto
del Partido Comunista de
«socialismo feudal», agrupaba a cierto número de tories humanitarios», Disraeli
entre ellos, constituido en el partido de la Joven Inglaterra».
Las intenciones de la «Joven Inglaterra»
consisten en una restauración de la merry England3 con sus lados brillantes y
su feudalidad romántica; este fin es, por supuesto, irrealizable e incluso
risible, es un desafío a todo el desarrollo histórico, mas la buena intención,
el coraje de alzarse contra lo que es y contra los prejuicios existentes, ya
valen algo. Enteramente aislado se yergue el germano-inglés Thonzas Carlyle
que, tory de origen, va más lejos que los precedentes. Va más profundamente que
cualquier otro burgués inglés hacia la causa del desorden social y reclama la
organización del trabajo. Espero que Carlyle, que ha hallado la buena vía, sea
capaz de seguir en ella. ¡Mis votos y los de muchos alemanes lo acompañan!
(Nota de 1892) Más la revolución de febrero ha
hecho de él un completo reaccionario: el justo iracundo contra los filisteos se
ha transformado en un rencoroso filisteo agriado contra la ola histórica que lo
ha lanzado al margen.
3 Alegre Inglaterra.
F.
Engels: «La situación
de la clase obrera en Inglaterra», Obras, tomo IV,
p.
278, Mega.
4
La concepción del mundo de Carlyle
Thomas Carlyle (1795-1881), escritor inglés,
conocido sobre todo, por su obra Los héroes y el culto de los héroes y su
Historia de la Revolución Francesa, denunció el capitalismo, »mas desde un
punto de vista reaccionario. A la burguesía insaciable, a la aristocracia
ociosa, opone «la verdadera aristocracia» y el «culto a los héroes». Su
concepción idealista de la historia, entendida como «una mina inagotable de
biografías», tiende a sustituir el análisis realista de los hechos por el
partidarismo y la apología, la exaltación de la Edad Media y el elogio de las
virtudes feudales. El romanticismo pequeñoburgués de Carlyle contiene los ele-
mentos de crítica revolucionaria que ha anotado Engels, particularmente en La
situación de la clase obrera en Inglaterra; mas, como muestra Engels en sus
artículos, es sobre todo, y cada vez más, reaccionario. «El hombre fuerte» de
Carlyle debe quebrar el movimiento revolucionario de las masas.
Engels ha consagrado dos artículos al escritor
inglés. El primero, aparecido en los Anales Franco-Alemanes (París, 1844) ha
sido escrito sobre el libro de Carlyle Pasado y Presente, aparecido en Londres
en 1843.
Un residuo de romanticismo tory y ciertos juicios
humanitarios, por un lado; por otro, la Inglaterra escéptica y empírica: he
aquí los factores que bastan para hacer comprender toda la concepción de
Carlyle.
… Carlyle se queja del vacío y de la inanidad de
la época, de la descomposición interior de todas las instituciones sociales. Su
queja está fundada, pero las quejas solas no hacen nada; para remediar el mal,
hay que buscar la causa y si Carlyle lo hubiera hecho, habría encontrado que
esta disolución y esta inanidad, esta «falta de alma», está irreligión y este
«ateísmo» tienen por causa la religión misma.
… Mas porque sabemos que toda esta mentira y esta
inmoralidad vienen de la religión, que la hipocresía religiosa, la teología,
son el prototipo de todas las demás mentiras e hipocresías, tenemos el derecho
de englobar bajo el término de teología toda la mentira y la hipocresía del
presente, como hizo
por primera vez Feuerbach y luego
B. Bauer. Que Carlyle lea sus escritos, si
quiere saber de
dónde viene la
inmoralidad que envenena
todas nuestras relaciones.
Una nueva religión, un culto panteísta del héroe,
un culto del trabajo, deben ser creados o esperados: imposible; todas las
posibilidades de la religión están agotadas.
F. Engels: «La situación en Inglaterra. Pasado y
Presente de Carlyle», Obras, tomo II, pp. 424-
426, Mega.
5
Thomas Carlyle y el culto de los héroes
La revolución de 1848 y las jornadas de junio
precipitaron la evolución de muchos ideólogos burgueses. Así es como las
tendencias reaccionarias se acentuaron aún más. Volviendo sobre Carlyle que
acaba de publicar sus Panfletos del último día: el tiempo presente y Prisiones
modelo, Engels escribió, en 1850, un estudio para la Nueva Revista Renana,
editada en Hamburgo. Apareció bajo la firma de Marx y Engels.
Thomas Carlyle es el único escritor inglés sobre
el cual la literatura alemana ha ejercido una influencia directa y muy
importante. Aunque sólo fuera por cortesía, un alemán no puede dejar pasar sus
obras sin concederles su atención.
Hemos visto, por la última obra de Guizot, cómo
se van las capacidades de la burguesía. En los dos folletos de Carlyle que
tenemos ante los ojos, asistimos a la declinación del genio literario ante las
luchas históricas que se han hecho extremadamente agudas y a las cuales intenta
oponer sus inspiraciones desconocidas, inmediatas, proféticas.
Thomas Carlyle tiene el mérito de haberse
erguido, con sus escritos, contra la burguesía, y esto en una época en que las
concepciones, los gustos y las ideas de ésta dominaban enteramente la
literatura inglesa oficial, e incluso lo ha hecho de una manera, a veces, revo-
lucionaria. Así, en su Historia de la Revolución Francesa, en su apología de
Cromwell, en su panfleto sobre el cartismo, en Past and Present. Mas en todos
estos escritos la crítica del presente está estrechamente ligada a una apología
extraordinariamente poco histórica de la Edad Media, muy frecuente, por cierto,
entre los revolucionarios ingleses, por ejemplo en Cobbett y en una parte de
los cartistas. Mientras que en el pasado admira, al menos, las épocas clásicas
de una cierta fase social, el presente lo desespera y el futuro lo asusta. Allí
donde reconoce e incluso llega a glorificar la revolución, ésta se concentra,
según él, en un individuo aislado, sea un Cromwell, sea un Dantón. Es a ellos a
quienes dedica ese culto a los héroes, predicado en sus Lectures on Heroes and
Hero-Workship4 como el solo refugio fuera de un presente saturado de
desesperación, como una religión nueva.
El estilo de Carlyle se parece a sus ideas. Es
una reacción directa, violenta, contra el estilo Pecksniff5 de los burgueses
ingleses modernos, cuya enfática vulgaridad, prolijidad prudente y confuso
fastidio, sentimentalista y moralizador, ha pasado de los cockneys instruidos
que lo inventaron a toda la literatura inglesa. Carlyle, al contrario, trata la
lengua inglesa como una materia enteramente en bruto que hay que volver a
moldear. Giros y palabras envejecidos
fueron resucitados; otros fueron inventados según
el modelo alemán, especialmente según Jean-Paul.6 El nuevo estilo era, con
frecuencia, grandilocuente y de mal gusto, mas, con frecuencia también,
brillante y siempre original. En esta relación, igualmente, los Latter-Day Pana
phlets7 acusan un singular retroceso.
Por lo demás, es significativo que de toda la
literatura alemana, el hombre que ha ejercido la mayor influencia sobre Carlyle
haya sido, no Hegel sino el farmacéutico literario Jean-Paul.
El culto del genio que Carlyle comparte con
Strauss ha sido, en los folletos en cuestión, abandonado por el genio. Sólo
queda el culto.
... Ya se ve que el «noble» Carlyle toma de punto
de partida una concepción enteramente panteísta. Todo
el proceso histórico
es determinado, no por el
desarrollo de las
masas vivientes en sí mismas, que depende, por supuesto, de condiciones
determinadas, mas, a su vez. históricamente creadas y cambiantes; es
determinado por una ley de la naturaleza, eterna,
invariable en todos los tiempos, una ley de la
que hoy se aparta y a la que se acerca mañana, y cuyo conocimiento exacto
decide todo. Este conocimiento exacto de la ley eterna de la naturaleza, es la
verdad eterna, y todo lo demás es falso. Esta concepción reduce todas las
contradicciones reales entre las clases, por diferentes que sean según
diferentes épocas, en una sola contradicción eterna entre aquellos que han
descubierto la ley eterna de la naturaleza y actúan conforme a esa ley, o sea,
los sabios y los nobles, y los que deforman esa ley y actúan contrariamente a
ella, o sea, los necios y los pillos. La diferencia de clases, que se ha
desarrollado históricamente, deviene así una diferencia natural que se debe
aceptar y venerar como una parte de la ley eterna de la naturaleza, rindiendo
homenaje a los sabios y a los nobles de la naturaleza: es el culto al genio.
Toda la concepción del proceso histórico se reduce a la plana trivialidad de la
sabiduría de los iluminados y de los francmasones del siglo pasado, a la moral
simplista de La flauta mágica y a un saintsimonismo infinitamente decaído y
banalizado. Y he aquí que se plantea naturalmente la vieja cuestión de saber
quién debe gobernar; de ahí esta conclusión que se plantea súbitamente: se debe
gobernar mucho, realmente mucho; nunca se gobernará demasiado, porque el
gobierno es la revelación y la afirmación continuas de la ley de la naturaleza
ante las masas. Mas, ¿cómo descubrir a los nobles y a los sabios? No los revela
un milagro sobrenatural; hay que buscarlos. Volvemos a hallar aquí las
diferencias de clases históricas transformadas en diferencias puramente
naturales. El noble es noble porque es sabio, porque es iniciado. Hay que
buscarlo, pues, entre las clases que detentan el monopolio de la instrucción,
es decir, entre las clases privilegiadas; y serán estas mismas clases las que
deberán hallarlo en su seno, que deberán pronunciarse sobre sus pretensiones al
título de noble y de sabio. Las clases privilegiadas devienen así, de entrada,
si no directamente nobles y sabias, al menos, clases «articuladas»; mientras
que las clases oprimidas son, naturalmente, clases «mudas y desarticuladas», y
así se consagra nuevamente el dominio de clase. Toda esta estrepitosa
indignación se transforma en un reconocimiento ligeramente velado del dominio
de clase existente; si uno se aflige y gruñe, es sólo porque los burgueses no
dan a sus genios desconocidos una plaza a la cabeza de la sociedad y, por
razones muy prácticas, no prestan atención alguna a los delirios quiméricos de
esos señores. Cómo aquí la palabrería pomposa se transforma en su contrario,
cómo el noble, el iniciado y el sabio devienen en la práctica un sinvergüenza,
un ignorante y un loco, Carlyle nos lo enseña con un ejemplo impresionante.
.. La era nueva, donde domina el genio, se
distingue, pues, de la era antigua, principalmente, por el hecho de que el
látigo se imagina que es genial. El genio de Carlyle se distingue de cualquier
cancerbero de prisión o de cualquier inspector de los pobres, por la
indignación virtuosa y la conciencia moral que lo empujan a maltratar a los
pobres sólo para elevarlos a su nivel. Vemos así cómo, en su cólera liberadora,
este genio altamente protestatario justifica y amplía fantásticamente las
infamias del burgués. Si la burguesía inglesa ha asimilado los pobres a los
criminales para desanimar el pauperismo, si en 1834 ha promulgado una ley
contra los pobres, Carlyle, por su parte, acusa a los pobres de alta traición,
porque el pauperismo produce el pauperismo. Como anteriormente la clase de la
cual la historia había hecho una clase dominante, la burguesía industrial,
participaba en el genio por la sola razón de ser clase dominante, ahora cada
clase oprimida es tanto más excluida del genio, tanto más objeto de la cólera
desencadenada de nuestro desconocido reformador, en cuanto está más oprimida.
Así sucede con los pobres. Pero su noble cólera moral alcanza su punto
culminante cuando se trata de individuos enteramente innobles e infames,
«pillos» o sea, criminales. De ellos se trata en el folleto consagrado a las
prisiones modelos.
Este folleto sólo se distingue del primero por su
mayor furor, y tanto más cuanto que está dirigido contra lo que rechaza
oficialmente la sociedad existente: contra personas tenidas tras
los barrotes. Un furor que ha renunciado incluso
al débil pudor que pregonan aún, por conveniencia, los burgueses ordinarios. Lo
mismo que en su primer panfleto establece una jerarquía completa de los nobles
y se lanza a la busca del más noble entre los nobles, Carlyle establece aquí
una jerarquía igualmente completa de pillos y de infames y se esfuerza en poner
la mano sobre el más malvado de los malvados, sobre el mayor pillo de
Inglaterra, para tener la voluptuosidad de colgarlo. Supongamos que lo atrapa y
que lo cuelga; viene luego otro a ser el más malvado, y debe ser, a su vez,
colgado; luego otro, y así hasta que se llega a los nobles; luego a los más
nobles, y ya no queda nadie, salvo Carlyle, el más noble, que al perseguir a
los pillos deviene el asesino de los nobles, y que ha asesinado, además, en los
pillos lo que tenían de noble; el más noble de los nobles que deviene, a veces,
el más infame de los pillos y, como tal, debe colgarse él mismo. Así se
resolverían todos los problemas relativos al gobierno, al Estado, a la
organización del trabajo, a la jerarquía de los nobles, y la ley eterna de la
naturaleza se realizaría al fin.
4 Los héroes y el culto a los héroes.
5 Personaje de la novela de Dickens Martin
Chuzzlewit. Prototipo del pequeñoburgués de la época victoriana, cuyos rasgos
sobresalientes son el egoísmo, la hipocresía y la cobardía.
6 Jean-Paul Richter (1763-1825): Poeta y
novelista alemán, autor de las novelas Hespérus y La vida de Quintus Pixlein.
7 Panfletos del último día.
C. Marx -F. Engels: «Thomas Carlyle: Panfletos
del último día, núm. 1: El tiempo presente, núm.
2: Prisiones Modelos», Londres, 1850. F. Mehring:
La herencia literaria de Marx, Engels y
Lassalle, tomo III,
pp. 414-426, Stuttgart,
1913.
6
Las jeremiadas del socialismo feudal
Por su situación histórica, las aristocracias
inglesa y francesa se vieron llamadas a escribir panfletos contra la sociedad
burguesa moderna. En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento
inglés por la reforma, habían sucumbido, una vez más, bajo los golpes del
aborrecido advenedizo. De ellas no podía esperarse una lucha política seria. No
les quedaba más que la lucha literaria. Mas, incluso en el dominio literario,
la vieja fraseología de la Restauración
se había hecho
imposible. Para crearse
simpatías, se necesitaba
que la aristocracia aparentara
perder de vista sus intereses propios y dirigir su acta de acusación contra la
burguesía, por el solo interés de la clase obrera explotada. Se agenciaba de
tal suerte la satisfacción de canturrear burlonamente a su nuevo amo y osar
zumbarle en las orejas con profecías de muy mal augurio.
Así nació el socialismo feudal, mezcla de
jeremiadas y de pasquinadas, de reminiscencias del pasado y de amenazas del
porvenir. Si, a veces, su crítica amarga, mordaz e ingeniosa, golpeaba a la
burguesía en el corazón, su impotencia absoluta para comprender la marcha de la
historia moderna la ha cubierto constantemente de ridículo.
A guisa de bandera, estos señores enarbolaban la
alforja del mendigo para agrupar tras ellos al pueblo. Mas tan pronto el pueblo
les seguía el paso, percibía sobre el trasero de esos señores los viejos
blasones feudales y se dispersaba con grandes carcajadas irreverentes.
C. Marx-F. Engels: Obras escogidas, tomo I,
Manifiesto del Partido Comunista, el socialismo feudal, pp. 84-85.
7
El retorno a la naturaleza
Marx y Engels, en un artículo publicado por la
Nueva Revista Renana (1850), critican el romanticismo pequeñohurgués de Daumer
que, en su obra La religión de la nueva edad, se levanta contra la religión
tradicional y preconiza el retorno a la naturaleza y el culto de la mujer. Este
adversario del cristianismo debía más tarde devenir un clerical militante.
«Sería deseable —exclaman Marx y Engels en el
artículo de la Nueva Revista Renana— que la indolente economía campesina
bávara, que ese suelo que hace crecer igualmente los curas y los Daumer, sean,
al fin, removidos hasta el fondo por la agricultura moderna y las máquinas
modernas».
Vemos aquí como la vulgar ignorancia del fundador
especulativo de religión se transforma en una cobardía pronunciadísima. El
señor Daumer ante la tragedia de la historia que le amenaza y le compulsa, se
evade en la pretendida naturaleza, es decir, en el estúpido idilio campesino, y
predica el culto de la mujer para disimular su propia resignación de mujer.
C. Marx Y F. Engels: «Daumer: La religión de la
edad nueva» en F. Mehring: La herencia literaria de Marx, Engels y Lassalle,
tomo III, p. 403, Stuttgart, 1913.
8
La impotencia literaria de la pequeña burguesía
La «civilización» cuya ruina provoca las
jeremiadas del señor Daumer, es la civilización del tiempo en que Nuremberg
florecía como ciudad libre, en que la industria de Nuremberg, ese género
híbrido entre el arte y el oficio, tenía un papel considerable, es la
civilización de la pequeña burguesía alemana que perece al mismo tiempo que esa
clase. Si la caída de las clases del pasado, por ejemplo, la caballería, ha
podido aportar la materia de grandiosas obras de arte trágicas, la pequeña
burguesía no puede, naturalmente, conducir a otra cosa que a manifestaciones
impotentes de su maldad fanática, a colecciones de sentencias y proverbios en
el estilo de Sancho Panza. El señor Daumer es la continuación seca, desprovista
de todo humor, de Hans Sachs. La filosofía alemana, torciéndose las manos y
lamentándose a la cabecera de su padre nutricio —el pequeñoburgués alemán—:
este es el cuadro conmovedor que nos presenta la religión de la nueva edad.
F. Engels: «Daumer: La religión de la edad
nueva», en F. Mehring: La herencia literaria de Marx, Engels y Lassalle, t.
III, p. 404, Stuttgart, 1913.
9
Contra los teutómanos
Los revolucionarios italianos de 1848 invocaban,
a propósito de sus luchas contra Austria, las
«guerras de liberación» emprendidas por Alemania
en 1813-1815 contra Napoleón. Engels, en un artículo de la Deutsche Brüsseler
Zeitung («Unas palabras a La Riforma»), el 24 de febrero de 1848, recuerda al
periódico italiano La Riforma que no se podría comparar la lucha emancipadora
de Italia contra Austria con las guerras reaccionarias que concluyeron en los
«tratados infames de 1815». Estas guerras que
Engels ha fustigado en The Northern Star (25 de octubre de 1845) sólo han
reforzado, en Alemania, la ideología de los teutómanos, han exasperado el
nacionalismo de los poetas «patriotas» (Kórner, Arndt, Schenkendorf,
Eichendorff, etc.) y de las asociaciones de estudiantes.
Son precisamente esos diarios, son precisamente
esos rabioso devoradores de franceses de
1813 los que lanzan ahora contra los italianos
los mismos gritos que antes lanzaban contra los franceses, cantan las loas de
Austria, de la Austria cristiana y
germánica, y predican la cruzada contra
la perfidia welche y la frivolidad welche —¡porque los italianos son welches al
mismo título que los franceses!
¿Quieren saber los italianos qué simpatía pueden
hallar entre estos groseros gritones, qué idea se hacen
estos fanáticos de
bucles rojos, de
la nación italiana?
Sólo citaremos la muy
conocida canción de A. A. L. Follen:
Que canten las maravillas del país
Que suenen la mandolina y la guitarra
Donde la naranja dorada brilla en la sombría
fronda
Yo canto la purpúrea ciruela alemana
Y la manzana de Borstorf en el árbol hojoso.
Y este furor poético de un hombre que, sin
embargo, es sobrio, continúa desatinado. Luego vienen las evocaciones cómicas
de bandidos, puñales, montañas que escupen llamaradas, de la perfidia welche,
de la infidelidad de las mujeres italianas, de las pulgas, los alacranes, el
veneno, las serpientes, asesinatos, etc., que este virtuoso amigo de las
ciruelas ve correr por docenas por todas las rutas italianas y, finalmente,
este pequeñoburgués exaltado agradece a su Dios por hallarse en el país del
amor y de la amistad, de las trifulcas a taburetazos, de hijas de pastor fieles
y con ojos azules, de la lealtad y la dulzura íntima, en una palabra, en el
país de la fidelidad alemana. He aquí las invenciones y los prejuicios de los
héroes de 1813 sobre la Italia que, naturalmente, nunca han visto.
F.
Engels: «Unas palabras
a La Riforma», Obras, t. VI, p. 416, Mega.
10
El romanticismo reaccionario
Sucede en la historia humana como en la
paleontología. Cosas que se hallan bajo nuestra nariz no son, en principio,
percibidas, ni siquiera por los espíritus más eminentes, y esto a causa de a
certain judicial blindness.8 Más tarde, cuando el tiempo es llegado, uno se
asombra de que lo que no se vio
antes aparezca por doquier. La primera reacción contra la Revolución
Francesa y la obra emancipadora que a ella se alía, ha sido naturalmente la de
ver todo de manera medievalesca, romántica, e incluso hombres como Grimm no
están exentos de ello. La segunda reacción es —y esto corresponde a la
dirección socialista, aunque estos sabios no suponen ni el camino que toman— la
de mirar por encima de la Edad Media hacia las épocas primitivas de cada
pueblo. Entonces se sorprenden de hallar lo más nuevo en lo más antiguo, hasta
egalitarians to a degree9 de los que se estremecería Proudhon.
8 Una cierta ceguera debida a prejuicios.
9 Iguales hasta cierto punto.
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Marx a Engels, 25 de
marzo de 1868. p. 33, Mega.
11
Chateaubriand escritor
Marx y Engels veían en el romanticismo
reaccionario que exaltaba el pasado por odio al presente, la expresión de los
intereses de clase de la nobleza, abatida y despojada por la Revolución
Francesa de 1789. Chateaubriand es el representante más calificado de este
romanticismo reaccionario que ilustra su vida y su obra.
I
En mis momentos perdidos practico ahora el
español. He comenzado por Calderón; de su Mágico prodigioso —el Fausto
católico—Goethe ha utilizado no sólo ciertos pasajes, sino también la
disposición de escenas enteras, para su Fausto. Luego he leído —horribile
dictu— en español, pues me hubiera sido imposible en francés, Atala y René de
Chateaubriand y algunas selecciones de Bernardin de Saint-Pierre.
Correspondencia Marx-Engels, tomo II, Carta de
Marx a Engels, 3 de mayo de 1854. p. 28, Mega.
II
He leído el libro de Saint-Beuve sobre
Chateaubriand, un escritor por el que siempre he sentido repulsión. Si el
hombre se ha hecho tan célebre en Francia, es porque desde todos los puntos de
vista es la encarnación más clásica de la vanité francesa, y porque reviste
esta vanité, no con el ropaje ligero y frívolo del siglo XVIII, sino con un
ropaje romántico, y la hace pavonearse en giros de frases nuevamente
fabricadas; se halla en él la falsa profundidad,
una
exageración bizantina, una
coquetería sentimental, un
tornasol multicolor, word painting,10 lo teatral, lo sublime, en
una palabra: un fárrago de mentiras como nunca ha existido, ni en la forma ni
en el fondo.
10 Pintura verbal. (N. de la Red.)
Correspondencia Marx-Engels, tomo
IV, Carta de Marx a Engels, 30 de
noviembre de 1873. p.
409, Mega.
12
Chateaubriand, diplomático e historiador
Estudiando la cloaca española, he caído sobre las
maniobras del digno Chateaubriand, este fabricante de
bella literatura que
alía, de la
manera más repugnante,
el escepticismo distinguido y el
voltaireanismo del siglo dieciocho, al sentimentalismo distinguido y al
romanticismo del siglo decimonono. Esta alianza no podía dejar de hacer época
en Francia, desde el punto de vista del estilo; aunque, incluso en el estilo,
lo falso salta a los ojos, pese a todos los artificios.
En cuanto a su lado político, el buen hombre se
ha puesto en plena luz en su Congreso de Verona,11 y la cuestión reside
sencillamente en saber si ha tocado «dinero contante» de parte de Alejandro
Pavlovich12 o si se ha dejado comprar por simples flatteries13 a las que este
vanidoso fatuo era más sensible que nadie. Ha recibido at all instances14 desde
Petersburgo la orden de Saint-André. La vainitas del señor «Vizconde» (?) le
sale por los poros, aunque sea en coquetería ora mefistofélica, ora cristiana
con la vanitatum vanitas. Ya sabes que en el momento del congreso, Villele era
primer ministro de Luis XVIII y Chateaubriand embajador francés en Verona. En
su Congreso de Verona —que quizá ya has leído— comunica actas, debates,
etcétera. Comienza por una corta historia de la revolución española de 1820 a
1823. Para caracterizar esta «historia», basta con decir que el autor sitúa a
Madrid sobre el Tajo (únicamente para recordar el proverbio español de que este
río cría oro)15 y cuenta que Riego fue a la cabeza de 10,000 hombres (en
realidad 5,000) al encuentro del general Freyre que se hallaba a la cabeza de
13,000 hombres; que Riego había sido vencido y se había retirado con
15,000 hombres. Lo hace batirse en retirada, no
en la Sierra de Ronda, sino en Sierra Morena, a
fin de poder
compararlo con el
héroe de la
Mancha. Señalo esto
en passant16 para caracterizar la manera. Casi ningún
dato es exacto.
… Y lo que es más divertido es que este fraseador
del Dieu de Saint Louis,17 que debe conservar el trono de España para un petit
fils d'Henri IV18 escribe muy
cavalierement19 al general Guilleminot
que «no se moleste» y que no tema, bombardeando a Cádiz, que una bala vaya a
golpear a Fernando VII, etc.
Le queda, en todo caso, a este ami intime20 de
los grandes Carrel, Lammenais, Béranger, etc., el honor de haber —con su amigo
Alejandro— cocinado por diez años en España la mayor porquería que se haya
visto, y a riesgo de hacer saltar a sus Borbones.
Otro rasgo de este peregrino del Santo Sepulcro:
él mismo cuenta en El Congreso de Verona que impuso a Luis XVIII y a Villele,
como embajador de Londres, a Polignac, al que ninguno de los dos deseaba. Más
tarde, bajo Carlos X, cuando era él mismo embajador en Roma, da
bruscamente y con gran estruendo su dimisión, al
devenir ministro Polignac, porque declara que ahora la «libertad» está perdida.
Si relees el libro es improbable que tu desprecio
por los crapauds y los grands hommes21
disminuya.
11 En esta obra Chateaubriand hace la historia
del Congreso de Verona, último congreso de la Santa Alianza, consagrado a la
lucha contra el movimiento revolucionario en España. En él, Chateaubriand
estaba en representación de Francia.
12 El zar Alejandro I.
13 En francés en el texto.
14 En todo caso.
15 En español en el original.
16 En francés en el texto.
17 Dios de San Luis.
18 Hijito de Enrique IV.
19 Caballerosamente. En francés en el original.
20 Amigo íntimo. En francés en el original.
21 Sapos y grandes hombres. En francés en el
original.
Correspondencia Marx-Engels, tomo II, Carta de
Marx a Engels, 26 de octubre de 1854. pp. 58-
62, Mega.
13
Lamartine, hombre político
Lamartine, en fin, en el gobierno provisional, no
representaba, en principio, ningún interés real, ninguna clase determinada: era
la revolución de febrero misma, la insurrección general con sus ilusiones, su
poesía, su contenido imaginario y sus frases. Pero, en el fondo, este portavoz
de la revolución de febrero, por su posición como por sus opiniones, pertenecía
a la burguesía.
C. Marx: Las luchas de clases en Francia
1848-1850, p. 37,
14
La escuela histórica romántica en Alemania
El romanticismo feudal se servía, a veces, en su
polémica contra la burguesía liberal, de argumentos que parecían más
«materialistas» que los de los liberales. Lavergne-Peguilhen, en su libro Las
leyes del movimiento y de la producción (1838) había escrito que «la forma de
la economía constituía la base de la organización de la sociedad y del estado».
Lo que Lavergne-Peguilhen y, con él, toda la escuela romántica —Haller, Adam
Müller, Marwitz, etc.— querían demostrar, era que la forma verdadera y natural
de la economía era la forma feudal: faltaba que cl régimen político
correspondiera a ella; ¡era, pues, necesario volver al estado feudal de los
siglos XIII y XIV! En su carta a Mehring del 28 de septiembre de 1892, Engels
recuerda que el materialismo histórico de Marx no tiene nada en común con el
seudomaterialismo de la escuela
histórica romántica que oculta, bajo su fraseología de
pretensiones científicas, concepciones
espiritualistas y retrógradas.
Marx, durante su estadía en Bonn y en Berlín,
había aprendido a conocer a Adam Müller y a la Restauración del señor Haller;
no hablaba sino de paso, con desprecio, de ese plagio insulso, enfático,
inflado, de los románticos franceses, Joseph de Maistre y Bonald.
F.
ENGELS: Carta a
Mehring, 28 de
septiembre de
1892. Die Lessing Legende, p. 440, Stuttgart,
1893.
15
Richard Wagner y los tiempos antiguos
Marx
y Engels han
juzgado severamente a
Richard Wagner, «el
músico imperial de Bismarck»,
al cual reprochan
haber falsificado la
realidad con fines
de apología nacionalista. En el
Anti-Dühring, Engels llama a Eugenio Dühring «un Richard Wagner filosófico»,
tan vanidoso como el otro.
En una carta escrita en los comienzos de 1882,
Marx se expresa en los términos más vivos sobre el texto de los Nibelungen de
Wagner, que falsifica completamente los tiempos primitivos. «¿Se ha oído nunca
que el hermano abrazara a la hermana como a su esposa?»22 A estos «dioses de
lujuria» de Wagner que, de una manera muy moderna dan, con una brizna de
incesto, más picardía a sus intrigas amorosas, Marx responde: «En los tiempos
primitivos, la hermana era la esposa, y esto era moral.
22 Palabras de Sigmund en los Nibelungos.
F. Engels: El origen de la familia, la propiedad
privada y el estado, p. 47,
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Richard Wagner y la música del porvenir
La cuestión de Oriente (que terminará con la
revolución en Rusia, cualquiera que sea la salida de la guerra contra Turquía)
y la revista de las fuerzas de combate de la socialdemocracia deberían bastar
para convencer al filisteo alemán culto de que hay cosas más importantes en el
mundo que Richard Wagner y su música del porvenir.
C. Marx: Carta al profesor Freund, 21 de enero de
1877.


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