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© Libro No. 732. El Fin de la Infancia. Arthur C. Clarke Colección E.O. Abril 26 de 2014.

 

Título original: © EL FIN DE LA INFANCIA. Arthur C. Clarke

 

Versión Original: © EL FIN DE LA INFANCIA. Arthur C. Clarke

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

http://www.fleming.cl/mat-ped/el%20fin%20de%20la%20infancia.pdf

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL FIN DE LA INFANCIA

 

 

 

 

 

Arthur C. Clarke

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

 

 

1

 

 

 

El volcán que había alzado a Taratua desde los fondos del Pacífico dormía desde hacía medio  millón  de  años.  Sin  embargo,  muy  pronto,  pensó  Reinhold,  unos  fuegos  más violentos arrasarán otra vez la isla. Miró la plataforma y alzó los ojos hacia la pirámide de andamios que rodeaba aún al Columbus. La proa de la nave, a sesenta metros de altura, reflejaba  los últimos  rayos  del sol.  Era una  de las últimas  noches  del cohete.  Luego flotaría en la eterna luz solar del espacio.

Todo estaba tranquilo aquí, bajo las palmeras, en lo más alto del rocoso espinazo de la isla. Sólo se oía el silbido intermitente de los compresores neumáticos o la voz apagada de los obreros. Reinhold se había encariñado con estas apretadas palmeras. Venía aquí casi todas las noches a vigilar su pequeño imperio. Le entristecía pensar que cuando el Columbus  se  elevara  hacia  los  astros,  envuelto  en  furiosas  llamas,  estos  árboles quedarían reducidos a átomos.

A un kilómetro de la costa, el James Forrestal había encendido los reflectores y barría las aguas oscuras. El sol había desaparecido, y la rápida noche tropical se elevaba desde el este. Reinhold se preguntó, con un poco de sorna, si esperarían encontrar submarinos rusos tan cerca de la orilla.

Rusia le hizo pensar, como siempre, en Konrad y aquella mañana de la catastrófica primavera de 1945. Habían pasado más de treinta años, pero no podía olvidar los días en que el Reich se tambaleaba bajo las olas que venían del Este y del Oeste. Todavía podía ver los cansados ojos azules de Konrad y su barbita de oro mientras se daban la mano y se separaban en la arruinada aldea de Prusia atravesada incesantemente por columnas de refugiados.  Había sido una separación  que simbolizaba  todo lo que había ocurrido desde entonces en el mundo... la grieta abierta entre el Este y el Oeste. Konrad había elegido el camino de Moscú. Reinhold había pensado que Konrad estaba loco, pero ahora ya no se sentía tan seguro.

Durante treinta años había creído que Konrad ya no vivía. Hacía una semana el coronel Sandmeyer, del Servicio Secreto, le había traído las últimas novedades. Sandmeyer no le gustaba, y estaba seguro de que el otro sentía lo mismo. Pero ninguno de los dos permitía que los sentimientos interfirieran en el trabajo.

- Señor Hoffmann  - había comenzado  a decir el coronel exhibiendo  lo mejor de su cortesía profesional -, acabo de recibir algunos alarmantes informes de Washington. Es

 

un secreto de Estado, naturalmente, pero hemos decidido comunicárselo al cuerpo de ingenieros. Así comprenderán que es necesario darse prisa. - Sandmeyer se detuvo, tratando de impresionar a Hoffmann, pero fue inútil. Hoffmann ya sabía, de algún modo, lo que iba a seguir. - Los rusos casi nos han alcanzado.  Han desarrollado  un propulsor atómico, quizá más eficiente que el nuestro y están construyendo una nave en las costas del lago Baikal. No sabernos hasta dónde han llegado, pero el Servicio Secreto cree que podrán lanzar la nave dentro de unos meses. Ya sabe lo que eso significa.

Si, ya lo sé, pensó Reinhold. Se ha alargado la carrera... y podemos perder.

 

- ¿Sabe usted quién dirige el equipo ruso? - había preguntado, sin esperar realmente una respuesta.

El  coronel  Sandmeyer  había  mostrado  al  sorprendido  Reinhold  una  hoja  escrita  a máquina y allí, encabezando una lista, estaba el nombre: Konrad Schneider.

- Usted conoció muy bien a esos hombres de Peenemünde  ¿no es cierto? - dijo el coronel -. Eso puede servirnos.  Me gustaría que preparase usted unas notas sobre el mayor número posible de esos hombres. La especialidad de cada uno, el grado de inteligencia,  y  otras  cosas  similares.    que  es  demasiado  pedir,  después  de  tanto tiempo, pero haga lo posible.

- Konrad  Schneider  es el único  que  importa  - había  respondido  Reinhold  -. Tenía talento, los otros no eran más que ingenieros competentes. Sólo el cielo sabe la que ha hecho en treinta años. No lo olvide... Schneider conoce, probablemente, todos nuestros resultados,  y  nosotros  no  conocemos  ninguno  de  los  suyos.  Eso  le da  una  decidida ventaja.

Reinhold no había pretendido criticar el Servicio Secreto, pero durante unos instantes

 

Sandmeyer pareció ofendido. Al fin, el coronel se encogió de hombros.

 

- Puede no servirles de nada, me lo ha dicho usted mismo. Nuestro intercambio de información significa progreso más rápido, aunque dejemos escapar algunos secretos. Es posible que las oficinas rusas de investigación ignoren la mayor parte del tiempo lo que hace su propia gente. Les mostraremos que la democracia puede ser la primera en llegar a la Luna.

¡La democracia! ¡Tonterías!, pensó Reinhold, pero calló, prudentemente. Un Konrad Schneider  valía  un  millón  de  votos.  ¿Y  qué  no  habría  hecho  Konrad  con  todos  los recursos  de  la  U.R.S.S.  a  su  alcance?  Quizá  en  ese  mismo  instante  su  nave  se desprendía de la Tierra...

 

El sol que había dejado Taratua brillaba aún sobre el lago Baikal cuando Konrad Schneider y el comisario del Instituto de Ciencia Nuclear se alejaron lentamente de la plataforma donde se había probado el motor. Aún sentían una dolorosa vibración en los oídos aunque los últimos y atronadores ecos se habían perdido en el lago hacía ya diez minutos.

- ¿Por qué esa cara larga? - preguntó de pronto Grigorievitch -. Tendría que estar contento. Otro mes más y habremos iniciado el viaje mientras los yanquis estarán mordiéndose los puños.

- Es usted optimista, como de costumbre - dijo Schneider -. Aunque el motor funcione no es tan fácil como parece. Es cierto que no veo ante mí ningún obstáculo serio, pero... me  preocupan  los  informes  que  vienen  de  Taratua.  Ya  le  he  hablado  del  valor  de Hoffmann,  y  dispone  de  billones  de  dólares.  Esas  fotografías  de  la  nave  son  algo borrosas, pero no parece hablarles mucho. Y sabemos que probó su motor hace ya cinco semanas.

- No se preocupe - dijo riéndose Grigorievitch -. Se van a llevar la gran sorpresa. Recuérdelo... no saben nada de nosotros.

Schneider se preguntó si sería cierto, pero decidió no expresar ninguna duda. La mente de Grigorievitch comenzaría a explorar unos canales tortuosos y complicados, y si llegaba a encontrar una gotera, el mismo Schneider se vería en dificultades.

Schneider entró en el edificio de la administración. Había aquí tantos soldados, pensó sombríamente, como técnicos. Pero así hacían las cosas los rusos, y mientras no se le cruzasen en el camino no tenía por qué quejarse. Todo, con algunas exasperantes excepciones, se había desarrollado tal como lo habla previsto. Sólo el futuro podía decir quién había elegido mejor: él o Reinhold.

Redactaba  un  último  informe  cuando  unos  gritos  lo  interrumpieron.  Durante  unos instantes permaneció inmóvil, sentado ante su escritorio, preguntándose qué podía haber alterado la rígida disciplina del campamento. Luego se incorporó y se acercó a la ventana. Y por primera vez en su vida supo lo que era la desesperación.

 

 

Rodeado de estrellas, Reinhold descendió por la falda de la colina. Afuera, en el mar, el Forrestal barría todavía el agua con unos dedos luminosos. En la bahía los andamios que rodeaban el Columbus eran ahora un brillante árbol de Navidad. Sólo la elevada proa de la nave se alzaba como una sombra oscura entre los astros.

Una radio lanzaba una estridente música de baile desde los animados cuarteles y los pasos de Reinhold se aceleraron mecánicamente siguiendo el ritmo de la música. Había

 

llegado casi al estrecho sendero que bordeaba las arenas, cuando algún presentimiento, algo apenas atisbado, lo obligó a detenerse.  Perplejo, miró primero el mar, y luego la tierra. Pasaron unos instantes antes que pensara en mirar el cielo.

Reinhold  Hoffmann  supo entonces,  como Konrad Schneider  en ese mismo instante, que había perdido la carrera. Y supo que la había perdido no por esas pocas semanas o meses que habían estado amenazándolo, sino por milenios. Las sombras enormes y silenciosas que navegaban bajo las estrellas, a una altura que Reinhold era incapaz de imaginar,  estaban  tan  alejadas  del  pequeño  Columbus  como  éste  de  las  canoas paleolíticas.  Durante  un  instante  que  pareció  eterno,  Reinhold  observó,  junto  con  el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora, hasta que oyó al fin el débil chillido de la fricción en el enrarecido aire de la estratosfera.

Reinhold no se sintió apenado porque el trabajo de toda una vida se le derrumbase de pronto. Había luchado para que el hombre llegase a las estrellas, y ahora, en el instante del triunfo,  las estrellas  - las apartadas  e indiferentes  estrellas  - venían  a él. En ese instante la historia suspendía su aliento, y el presente se abría en dos separándose del pasado como un témpano que se desprende de los fríos acantilados paternos y se lanza al mar, a navegar solitario y orgulloso. Todo lo obtenido en las eras del pasado no era nada ahora. En el cerebro de Reinhold sonaban y resonaban los ecos de un único pensamiento: La raza humana ya no estaba sola.

 

 

 

 

I - La tierra de los superseñores

 

 

 

2

 

 

 

El secretario general de las Naciones Unidas, de pie e inmóvil junto a la larga ventana, miraba fijamente el apretado tránsito de la calle Cuarenta y tres. A veces se preguntaba si convendría que un hombre trabajase a una altura tal por encima de sus semejantes. El aislamiento estaba muy bien, pero podía convertirse fácilmente en indiferencia. ¿O sólo estaba tratando de racionalizar su desagrado por los rascacielos, aún intacto después de veinte años de vivir en Nueva York?

Oyó que se abría la puerta, pero no se volvió. Pieter Van Ryberg entró en la oficina. Sobrevino la inevitable pausa mientras Pieter miraba con desaprobación  el termostato. Todo el mundo repetía la broma de que al secretario  general le gustaba  vivir en una

 

heladera. Stormgren esperó a que su ayudante se acercase y al fin apartó los ojos de aquel familiar, pero siempre fascinante panorama.

- Se han retrasado - dijo -. Wainwright debía de estar aquí desde hace cinco minutos.

 

- Acabo de hablar con la policía. Lo acompaña una verdadera procesión y han desordenado el tránsito. Llegará de un momento a otro. - Van Ryberg se detuvo y luego añadió, abruptamente: - ¿Está usted todavía seguro de que es una buena idea la de verse con él?

-  Temo  que  sea  un  poco  tarde  para  arrepentirse.  Al  fin  y  al  cabo  me  mostré  de acuerdo... Aunque usted sabe que no fui yo quien tuvo esa idea.

Stormgren se había acercado al escritorio y estaba jugando con su famoso pisapapeles de uranio. No estaba nervioso, sólo indeciso. Hasta le alegraba que Wainwright llegase tarde, pues eso le daría una pequeña ventaja moral en el momento de iniciarse la conferencia. Tales trivialidades tienen más importancia en los asuntos humanos que la deseada por cualquier persona lógica y razonable.

- ¡Ahí están! - dijo de pronto Van Ryberg, apretando la cara contra la ventana - Vienen por la avenida... Son casi unos tres mil, me parece.

Stormgren recogió una libreta de notas y se unió a su ayudante. A casi un kilómetro de distancia, una pequeña, pero compacta multitud venía hacia el edificio del secretariado. Traían unos estandartes y carteles desde aquí indescifrables, pero Stormgren sabía muy bien qué decían. Ahora ya se podía oír, elevándose por encima de los ruidos del tránsito, el inevitable coro de voces. Stormgren se sintió bañado por una repentina ola de disgusto.

¿No estaba hartó el mundo de ese desfile de multitudes y de esos inflamados lemas?

 

La multitud había llegado ahora frente al edificio. Debían de saber que Stormgren los miraba, pues aquí y allí unos puños se elevaron en el aire. No estaban desafiándolo, aunque indudablemente querían que Stormgren viese el ademán. Como pigmeos que amenazasen a un gigante, esos puños airados se alzaban directamente contra el cielo, contra la brillante  nube de plata que flotaba a cincuenta  kilómetros  de altura: la nave enseña de la flota de los superseñores.

Y probablemente, pensó Stormgren, Karellen observaba también la escena, y muy divertido. La reunión no se hubiera celebrado nunca sin la intervención del supervisor.

Stormgren se encontraba por primera vez con el jefe de la Liga de la Libertad. Ya no se preguntaba si eso sería prudente. Los planes del supervisor eran a veces excesivamente sutiles  para  el  mero  entendimiento  humano.  Por  lo  menos  Stormgren  no  creía  que pudiese  nacer de allí mal alguno. Si se hubiese  rehusado  a ver a Wainwright  la Liga hubiera utilizado esa actitud como un arma.

 

Alexander   Wainwright   era  un  hombre   alto,  elegante,   de  unos  cincuenta   años, totalmente honesto, y por lo mismo doblemente peligroso. Pues su obvia sinceridad hacía difícil no gustar de él, aunque uno no simpatizara con sus ideales... y con algunos de los hombres que había atraído a sus filas.

Stormgren no perdió tiempo, una vez que Van Ryberg los presentó brevemente y con cierta tirantez.

- Supongo - comenzó a decir - que el objeto principal de su visita es el de protestar formalmente contra el esquema de la federación. ¿No es así?

Wainwright asintió gravemente con un movimiento de cabeza.

 

- Esa es mi intención, señor secretario. Como usted sabe hemos tratado durante todo este último lustro de hacer comprender a la raza humana el peligro que la acecha. Ha sido una tarea  difícil,  pues  casi nadie  parece  lamentar  que los superseñores  gobiernen  el mundo  a su antojo.  Sin embargo,  más de cinco millones  de patriotas,  y de todos los países, han firmado nuestra petición,

- No es un número muy impresionante en una población de dos billones y medio.

 

- Es un número que no puede ser ignorado, señor. Y por cada persona que ha decidido firmar, hay otros muchos que dudan de la sabiduría, para no mencionar la justicia, de este proyecto de federación. Ni el supervisor Karellen, con todos sus poderes, puede borrar mil años de historia de un solo plumazo.

- ¿Quién conoce los poderes de Karellen? - replicó Stormgren -. Cuando yo era niño la Federación Europea parecía un sueño, pero antes de que yo llegase a la madurez ya era realidad. Y eso ocurrió antes de la llegada de los superseñores. Karellen no hace más que terminar el trabajo comenzado por nosotros.

- Europa era una unidad geográfica y cultural. El mundo, no. Esa es la diferencia.

 

-  Para  los  superseñores  -  replicó  Stormgren  sarcásticamente  -  la  Tierra  es  quizá bastante más pequeña que Europa para nuestros padres, y el punto de vista de esas criaturas, hay que reconocerlo, es más evolucionado que el nuestro.

- No me opongo a la idea de una federación como último objetivo, aunque muchos de mis adherentes no estén de acuerdo. Pero esa federación tiene que nacer desde dentro; no puede ser impuesta desde fuera. Hemos de elaborar nuestro propio destino. ¡No queremos interferencias en los asuntos humanos!

Stormgren suspiró. Había oído todo eso cientos de veces, y sabía que sólo había una respuesta, una antigua respuesta que la Liga no estaba dispuesta a aceptar. El confiaba en Karellen, y ellos no. Esa era la diferencia más importante, y nada podía hacerse a ese respecto. Por suerte la Liga tampoco podía hacer nada.

 

- Permítame hacerle algunas preguntas - dijo -. ¿Puede negar que los superseñores han traído seguridad, paz y prosperidad a todo el mundo?

- Es cierto. Pero nos han privado de la libertad. No sólo de pan...

 

- ...vive el hombre. Ya lo sé. Pero por primera vez el hombre está seguro de poder conseguir  por  lo  menos  eso.  Y  de  cualquier  modo,  ¿qué  libertad  hemos  perdido  en relación con la que nos han dado los superseñores?

- La libertad de gobernar nuestras propias vidas, guiados por la mano de Dios.

 

Al  fin,  pensé  Stormgren,  hemos  llegado  a  la  raíz  del  asunto.  El  conflicto  era esencialmente religioso, aunque adoptase numerosos disfraces. Wainwright no permitía olvidar que era un clérigo. Aunque ya no usase el cuellito clerical, se tenía la constante impresión de que el aditamento estaba todavía allí.

- El mes pasado - apuntó Stormgren - un centenar de obispos, cardenales y rabinos firmaron una declaración en apoyo de la política del supervisor. El mundo religioso está contra usted.

Wainwright sacudió agriamente la cabeza.

 

- Muchos jefes están ciegos. Han sido corrompidos por los superseñores. Cuando comprendan el peligro será demasiado tarde, La humanidad habrá perdido su iniciativa y será sólo una raza subyugada.

El silencio se prolongó durante un rato. Al fin Stormgren replicó:

 

-  Dentro  de  tres  días  volveré  a  encontrarme  con  el  supervisor.  Le  explicaré  sus objeciones, pues es mi deber representar los puntos de vista de todo el mundo. Pero eso no alterará nada, puedo asegurárselo.

- Hay otra cuestión - dijo Wainwright lentamente -. Tenemos muchas quejas contra los superseñores, pero detestamos, sobre todas las cosas, esa manía de ocultarse. Usted es el único hombre que ha hablado con Karellen, ¡y ni siquiera usted lo ha visto¡¿Puede sorprender acaso nuestra desconfianza?

- ¿A pesar de todo lo que ha hecho en favor de la humanidad?

 

- Si, a pesar de eso. No sé que nos ofende más, su omnipotencia, o esa vida secreta. Si no tiene nada que ocultar ¿por qué no se muestra abiertamente? ¡La próxima vez que hable con el supervisor, señor Stormgren, pregúntele eso!

Stormgren calló. No tenía nada que decir, nada por lo menos que pudiera convencer a ese hombre. A veces se preguntaba si él mismo, Stormgren, estaría convencido.

 

 

Fue, por supuesto, una operación sin importancia desde el punto de vista de los superseñores, pero para la Tierra no hubo, en toda su historia, un acontecimiento  más

 

extraordinario. Las grandes naves descendieron desde los inmensos y desconocidos abismos del espacio sin ningún aviso previo. Innumerables veces se había descrito ese día en cuentos y novelas,  pero nadie había creído que llegaría a ocurrir. Y ahora allí estaban: las formas silenciosas y relucientes, suspendidas sobre todos los países como símbolos de una ciencia que el hombre no podría dominar hasta después de muchos siglos. Durante seis días habían flotado inmóviles sobre las ciudades, sin reconocer, aparentemente, la existencia del hombre. Pero no era necesario. Esas naves no habían ido a pararse tan precisamente y sólo por casualidad sobre Nueva York, Londres, París, Moscú, Roma, Ciudad del Cabo, Tokio, Camberra...

Aún antes que aquellos días aterradores terminaran, algunos ya habían sospechado la verdad. No se trataba de un primer intento de contacto por parte de una raza que nada sabía  del  hombre.  Dentro  de  esas  naves  inmóviles  y  silenciosas,   unos  expertos psicólogos estaban estudiando las reacciones humanas. Cuando la curva de la tensión alcanzase su cima, algo iba a ocurrir.

Y en el sexto día, Karellen, supervisor de la Tierra, se hizo conocer al mundo entero por medio de una transmisión de radio que cubrió todas las frecuencias. Habló en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas controversias se sucedieron a través  del Atlántico.  Pero  el contexto  del discurso  fue aún  más  sorprendente  que  su forma.  Fue,  desde  cualquier  punto  de  vista,  la obra  de un genio  superlativo,  con  un dominio  total  y completo  de los asuntos  humanos.  No cabía  duda  alguna  de que  su erudición y su virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad supiese  que  se  hallaba  ante  una  abrumadora  potencia  intelectual.  Cuando  Karellen concluyó su discurso las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podrían retener sus poderes, pero en el campo  más amplio  de los asuntos  internacionales  las decisiones  supremas  habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.

Era difícil que todas las naciones fuesen a aceptar mansamente semejante limitación de sus poderes. Pero una resistencia activa presentaba dificultades insuperables, pues la destrucción  de las naves, si eso fuese posible, aniquilaría a las ciudades que estaban debajo. Sin embargo, una gran potencia hizo la prueba. Quizá los responsables pensaban matar dos pájaros de un tiro, pues el blanco se hallaba suspendido sobre las capital de una vecina nación enemiga.

Mientras  la imagen  de la enorme  nave  se agrandaba  en  la  pantalla  televisora  del secreto cuarto de control, el pequeño grupo de oficiales y técnicos debió de haber experimentado muy diversas sensaciones. Si tenían éxito ¿qué acción emprenderían las

 

otras naves? ¿Podrían ser también destruidas? ¿Volvería la humanidad a ser dueña de sus  destinos?  ¿O  lanzaría  Karellen  alguna  terrible  venganza  contra  aquellos  que  lo habían atacado?

La pantalla se apagó de pronto. El proyectil atómico estalló ante el impacto y la imagen pasó de una cámara a otra que flotaba en el aire a varios kilómetros de altura. En esa fracción de segundo la bola de fuego ya se habría formado y estaría cubriendo el cielo con su fuego solar.

Sin embargo, no había pasado nada. La enorme nave flotaba intacta bañada por el intenso sol de las orillas del espacio. No sólo la bomba no había dado en el blanco, sino que nadie  supo qué había  ocurrido  con el proyectil.  Por otra parte,  Karellen  no tomó ninguna represalia, ni dio muestras de haberse enterado del ataque. Lo ignoró totalmente, dejando que los responsables se preguntasen cuándo llegaría la venganza. Fue un tratamiento más eficaz, y más desmoralizador que cualquier posible acción punitiva. El gobierno de la nación atacante se derrumbó pocas semanas después entre mutuas recriminaciones.

Hubo  también  alguna  resistencia  pasiva  a  la  política  del  supervisor.  Comúnmente Karellen vencía todas las dificultades dejando en libertad de acción a los rebeldes, hasta que estos comprendían que se estaban dañando a sí mismos al rehusarse a cooperar. Sólo una vez actuó en forma directa contra un gobierno recalcitrante.

Durante  más de cien años la república  sudafricana  había sido el escenario  de una lucha racial. Hombres de buena voluntad, de los dos bandos, habían tratado en vano de levantar  un  puente.  El  miedo  y  los  prejuicios  eran  demasiado  profundos  como  para permitir alguna cooperación. Los sucesivos gobiernos sólo se habían distinguido por su mayor o menor intolerancia; el país estaba envenenado por el odio y la amenaza de la guerra civil.

Cuando se hizo evidente que nada se intentaría para terminar con la discriminación racial, Karellen lanzó su advertencia. Se trataba sólo de una fecha y de una hora; nada más. Hubo alguna aprensión, pero no miedo ni pánico, pues nadie creía que los superseñores fuesen a emprender una acción que destruiría por igual a culpables e inocentes.

Y no lo hicieron. Sólo ocurrió que en el momento en que pasaba por el meridiano de la Ciudad del Cabo el sol desapareció de pronto. Sólo se veía un rojizo y pálido fantasma que no daba luz ni calor. De algún modo, allá en el espacio, la luz del sol había sido polarizada por dos campos cruzados que detenían todas las radiaciones. El área afectada era de unos quinientos kilómetros cuadrados, y perfectamente circular.

 

La  demostración   duró  treinta   minutos.   Fue  suficiente.   Al  otro  día  el  gobierno sudafricano anunciaba que la minoría blanca gozaría de nuevo de todos sus derechos civiles.

Aparte de esos aislados incidentes, la raza humana había aceptado a los superseñores como parte del orden natural de las cosas. La conmoción  inicial se desvaneció  en un tiempo sorprendentemente  corto, y el mundo siguió otra vez su curso. El mayor cambio que hubiese podido advertir algún nuevo Rip Van Winkle era el de una silenciosa expectación, un mental mirar sobre el hombro, como si la humanidad estuviese esperando la aparición de los superseñores, el momento en que saliesen de sus relucientes navíos.

Cinco años después aún estaba esperando. Eso, pensaba Stormgren, era la causa de todas las dificultades.

 

 

Cuando el coche de Stormgren entró en el aeropuerto ya estaban allí los habituales curiosos y las cámaras filmadoras. El secretario general cambió unas pocas palabras con su ayudante, recogió su portafolios, y atravesó la rueda de espectadores.

Karellen nunca lo hacía esperar. La multitud rompió en un - ¡oh! - de asombro y la burbuja de plata se agrandó allá en el cielo con pasmosa velocidad. Una ráfaga de aire movió las ropas de Stormgren cuando la navecilla fue a detenerse a cincuenta metros de distancia, flotando delicadamente a unos pocos centímetros del suelo, como si temiese contaminarse  con  la  Tierra.  Mientras  se  adelantaba  lentamente,  Stormgren  advirtió aquellos pliegues ya familiares del inconsútil casco metálico, y enseguida apareció ante él la abertura que tanto había preocupado a los mejores hombres de ciencia. Dio un paso adelante y entró en la cámara única, débilmente iluminada. La entrada volvió a cerrarse, como si nunca hubiese estado allí, borrando los ruidos y las escenas del mundo exterior.

Cinco minutos más tarde volvió a abrirse. Aunque no había tenido ninguna sensación de movimiento, Stormgren sabía que estaba ahora a una altura de cincuenta kilómetros, en el mismo corazón de la nave de Karellen. Los superseñores iban y venían alrededor de Stormgren  ocupados  en sus misteriosos  asuntos. Se había acercado  a ellos más que nadie, y sin embargo sabía tan poco de su aspecto físico como los millones que vivían allá abajo.

La salita de conferencias, situada en el fondo de un corto pasillo, no tenía más muebles que una silla y una mesa instaladas ante una pantalla. Nada informaba la pantalla acerca de las criaturas  que  la habían  construido.  Estaba  en blanco  ahora,  como  siempre.  A veces, en sueños, Stormgren había imaginado que aquella oscura superficie se animaba de pronto, revelando el secreto que atormentaba al mundo entero. Pero el sueño no se

 

había realizado nunca; detrás del rectángulo en sombras se ocultaba un misterio impenetrable. Aunque se ocultaba también allí poder y sabiduría, y sobre todo, quizá, un enorme y divertido cariño por aquellas criaturas que se arrastraban por la Tierra.

De la oculta rejilla vino aquella voz serena, y sin prisa, que Stormgren conocía tan bien, aunque el mundo la había oído en una única ocasión.  Su profundidad  y resonancia  - únicos  indicios  acerca  de  la  naturaleza  física  de  Karellen  -  daban  una  abrumadora impresión de gran tamaño. Karellen era grande, quizá mucho más grande que un ser humano. Aunque algunos hombres de ciencia, después de haber analizado los registros de su único discurso, habían sugerido que la voz provenía de una máquina. Stormgren nunca había podido creerlo.

- Sí, Rikki, me he enterado de esa pequeña entrevista. ¿Qué le ha hecho usted al señor

 

Wainwright?

 

- Es un hombre honesto, aunque muchos de sus partidarios no lo sean. ¿Qué hacemos con él? La Liga en sí no encierra ningún peligro; pero algunos de sus miembros, los más extremistas,   predican  abiertamente   la  violencia.  Me  he  estado  preguntando   si  no convendrá que instale una guardia en mi casa. Aunque espero que no será necesario.

Karellen eludió la cuestión con ese modo fastidioso en que caía algunas veces.

 

-  Los  detalles  de  la  Federación  Mundial  se  conocen  desde  hace  un  mes.  ¿Ha aumentado sustancialmente ese siete por ciento que no está de acuerdo conmigo o ese otro indeciso doce por ciento?

- No todavía. Pero eso no tiene importancia. Lo que me preocupa es ese sentimiento, difundido aun entre nuestros partidarios, de que esta ocultación tiene que terminar.

El suspiro de Karellen fue técnicamente perfecto, pero le faltó convicción.

 

- Usted opina lo mismo, ¿no es así?

 

La pregunta era tan retórica que Stormgren no se molestó en responder.

 

- Me pregunto si apreciará usted realmente - continuó, muy serio - cómo complica mi tarea este estado de cosas.

A mí tampoco me ayuda mucho - dijo Karellen -. Desearía que dejaran de verme como un  dictador,  y recordaran  que  sólo  soy  un  funcionario  encargado  de  administrar  una política colonial que no he preconizado.

Era, pensó Stormgren, una descripción bastante atractiva. Se preguntó hasta qué punto sería verdadera.

-  ¿No  puede,  por  lo  menos,  explicarnos  de  algún  modo  esa  ocultación?  No  la entendemos, y nos preocupa y da origen a incesantes rumores.

 

Karellen emitió aquella risa rica y profunda, de una resonancia excesiva para ser realmente humana.

- ¿Qué se supone que soy ahora? ¿Todavía circula la teoría del robot? Puede que sea una masa de válvulas electrónicas y no esa especie de ciempiés... oh, sí, he visto esa caricatura del Chicago Tribune. He estado pensando en solicitar el original.

Stormgren apretó los labios. En ciertas ocasiones Karellen se tomaba sus deberes muy a la ligera.

- Esto es serio - dijo con un tono de reproche,

 

- Mi querido Rikki - replicó Karellen -, sólo no tomándome en serio a la raza humana he logrado conservar en parte mi antigua e inconmensurable inteligencia.

Stormgren sonrió a pesar de sí mismo.

 

- Eso no me ayuda mucho, ¿no es cierto? Tendré que decirles a mis semejantes que aunque usted no se muestra en público no tiene nada que ocultar. No será una tarea muy sencilla.  La  curiosidad  es  una  de  las  características  humanas  dominantes.  Usted  no puede desafiarla indefinidamente.

- De todos los problemas que hemos encontrado en la Tierra, éste es el más difícil - admitió Karellen. Usted ha creído en nuestra sabiduría en otras ocasiones. Seguramente también ahora confía en nosotros.

-  Yo  confío  en  ustedes  -  dijo  Stormgren  -,  pero  no  Wainwright,  ni  tampoco  sus partidarios. ¿Puede usted acusarlos si interpretan mal su poco deseo de mostrarse en público?

Durante un momento Karellen guardó silencio. Stormgren oyó luego un débil sonido

 

(¿un crujido?) causado quizá por un leve movimiento del cuerpo del supervisor.

 

- Usted sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? - preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja caer sus notas desde la alta nave de una catedral - Hay seres como él en todas las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos  la razón y la ciencia, y por más   que   crean   en   sus   doctrinas,   temen   que   echemos   abajo   sus   dioses.   No necesariamente  mediante un acto de violencia, sino de un modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado,  me parece, la no existencia de Zeus o de Thor, y sin embargo tienen   pocos   seguidores   ahora.   Los   Wainwrights   temen,   también,   que   nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a Mahoma en el momento en que iniciaba

 

su  hégira  o  a  Moisés  cuando  entregaba  las  tablas  de  la  ley  a  los  judíos?  ¿No conoceremos la falsedad de las historias en que ellos creen?

- ¿Y la conocen ustedes? - murmuró Stormgren, casi para sí mismo.

 

- Ese, Rikki, es el miedo que los domina, aunque nunca lo admitirán abiertamente. Créame,  no  nos  causa  ningún  placer  destruir  la  fe  de  los  hombres,  pero  todas  las religiones del mundo no pueden ser verdaderas, y ellos lo saben. Tarde o temprano, el hombre tendrá que admitir la verdad; pero ese tiempo no ha llegado aún. - En cuanto a nuestro ocultamiento - y usted tiene razón al afirmar que agrava nuestros problemas - es una cuestión que escapa a mi dominio. Lamento la necesidad de este secreto tanto como usted,  pero  los  motivos  son  suficientes.  De  todos  modos  trataré  de  obtener  una declaración de mis... superiores que pueda satisfacerlo a usted y que quizá aplaque a la Liga de la Libertad. Ahora, por favor, ¿podemos empezar con los asuntos del día?

 

 

- ¿Y bien? - preguntó Van Ryberg con ansiedad -. ¿Ha tenido suerte?

 

-  No  lo    -  respondió  Stormgren,  cansado,  mientras  tiraba  sus  papeles  sobre  el escritorio y se dejaba caer en su sillón -. Karellen consultará con sus superiores, quienesquiera que sean. No quiso prometerme nada.

-  Escúcheme  -  dijo  Pieter  bruscamente  -  Se  me  acaba  de  ocurrir.  ¿Qué  motivos tenemos para creer que existe alguien por encima de Karellen? Suponga que todos los superseñores,  como los hemos  bautizado,  estén aquí sobre la Tierra, en esas naves. Quizá no tienen adonde ir y lo están ocultando.

- Una teoría ingeniosa - dijo Stormgren haciendo una mueca -. Pero no está de acuerdo con lo poco que sé, o creo saber, de la posición de Karellen.

- ¿Qué sabe usted?

 

- Bueno, Karellen habla a menudo de su posición como si fuese algo transitorio que le impide dedicarse a su verdadero trabajo, algo así como matemática, me parece. En una ocasión  le cité las palabras  de Acton sobre la corrupción  del poder, y cómo el poder absoluto corrompe de un modo absoluto. Me interesaba conocer su reacción. Karellen se rió con esa su risa cavernosa, y dijo: "No hay peligro de que me pase eso. Ante todo, cuanto antes termine aquí mi trabajo más pronto podré volver al lugar donde resido. Y además yo no gozo de absoluto poder, de ningún modo. Sólo soy... un supervisor." Claro que podía estar engañándome. Nunca puedo estar seguro.

- Karellen es inmortal ¿no?

 

- Sí, de acuerdo con nuestro punto de vista. Pero hay algo en el futuro que Karellen parece temer. No puedo imaginármelo. Y eso es todo.

 

- No es muy terminante. Según mi teoría su flota se ha extraviado en el espacio y anda en busca de un nuevo hogar. No quiere que sepamos que él y sus compañeros son realmente unos pocos. Quizá todas las otras naves son automáticas, sin tripulantes. Una fachada imponente y nada más.

- Me parece que ha estado usted leyendo mucha ciencia - ficción - dijo Stormgren. Van Ryberg sonrió con timidez.

- La invasión  del espacio  no resultó  lo que esperábamos,  ¿no es cierto?  Mi teoría podría explicar por qué Karellen no se muestra nunca. Desea que ignoremos que no hay otros superseñores.

Stormgren sacudió la cabeza con una divertida incredulidad.

 

- Su teoría, como de costumbre, es demasiado ingeniosa para ser verdadera. Aunque sólo podemos suponerlo, tiene que haber una gran civilización detrás del supervisor, una civilización que conoce desde hace mucho la existencia del hombre. Karellen mismo ha estado estudiándonos desde hace siglos. Fíjese en su dominio del inglés. ¡Me enseña a mí cómo tengo que hablarlo!

- ¿Ha descubierto usted alguna vez algo que Karellen no sepa?

 

- Oh, sí, muchas veces, pero sólo trivialidades. Me parece que tiene una memoria absolutamente perfecta, aunque hay algunas cosas que no ha tratado de aprender. Por ejemplo, el inglés es el único lenguaje que entiende de veras, aunque en los dos últimos años  se  ha  metido  en  la  cabeza  unas  buenas  porciones  de  finlandés  sólo  para fastidiarme. Y el finlandés no se aprende rápidamente. Karellen es capaz de citar largos trozos del Kalevala. Me avergüenza confesar que yo sólo sé unas pocas líneas. Conoce también las biografías de todos los estadistas vivientes y a veces soy capaz de identificar las fuentes que ha usado. Su dominio de la historia y de la ciencia parece completo… Ya sabe usted cuánto hemos aprendido de él. Sin embargo, consideradas aisladamente, no creo que sus dotes sobrepasen las de los seres humanos. Pero no hay hombre capaz de hacer todo lo que él hace.

- En eso ya hemos estado de acuerdo otras veces - convino Van Ryberg -. Podemos discutir incansablemente acerca de Karellen y siempre llegamos al mismo punto: ¿por qué no se muestra en público? Mientras no se decida a hacerlo yo seguiré elaborando mis teorías y la Liga de la Libertad seguirá lanzando sus anatemas.

Van Ryberg echó una mirada rebelde hacia el cielo raso.

 

- Espero, señor supervisor, que en una noche oscura un periodista llegue en un cohete hasta su nave y entre por la puerta de atrás con una cámara fotográfica. ¡Qué primicia sería!

 

Si Karellen estaba escuchando no lo demostró. Pero, naturalmente, no lo demostraba nunca.

En el primer año, el advenimiento de los superseñores, contra todo lo que podía esperarse, apenas había alterado la vida humana. Sus sombras estaban en todas partes, pero eran unas sombras poco molestas. Aunque había escasas ciudades en las que los hombres no pudiesen ver uno de esos navíos de plata, relucientes bajo el cenit, al cabo de un cierto tiempo todos aceptaron su existencia así como aceptaban la existencia del Sol, la Luna o las nubes. La mayoría de los hombres apenas advirtió que la elevación constante del nivel de vida se debía a los superseñores. Cuando pensaban en eso, lo que ocurría raramente, advertían que gracias a esas naves silenciosas reinaba por primera vez  en  toda  la  historia   una  paz  universal,   y  se  sentían   entonces   debidamente agradecidos.

Pero  estos  beneficios,  negativos  y poco  espectaculares,  eran  olvidados  tan  pronto como se los aceptaba. Los superseñores seguían allá en lo alto, ocultando sus caras a la humanidad.  Karellen  podía  obtener  respeto  y  admiración,  pero  nada  más  profundo mientras siguiese con esa política. Era difícil no sentirse resentido contra esos dioses olímpicos que hablaban con los hombres sólo a través de las radioteletipos desde la sede de las Naciones Unidas. Lo que ocurría entre Karellen y Stormgren nunca se revelaba públicamente   y  a  veces  Stormgren   mismo  se  preguntaba   por  qué  el  supervisor consideraba   necesarias   tales   entrevistas.   Quizá   Karellen   sentía   la   necesidad   de mantenerse en contacto por lo menos con un hombre; quizá comprendía que Stormgren necesitaba  esta  forma  de  apoyo  personal.  Si  ésta  era  la  explicación  el  secretario  la apreciaba de veras. No le importaba a Stormgren que la Liga de la Libertad lo llamase "el mandadero de Karellen".

 

 

Los superseñores no trataban nunca separadamente con Estados o gobiernos. Habían tomado la organización de las Naciones Unidas tal como la habían encontrado al llegar, habían dado sus instrucciones para instalar el indispensable equipo de radio, y habían comunicado sus órdenes por boca del secretario de la organización. El delegado soviético había apuntado  correctamente,  en largos discursos  y en innumerables  ocasiones,  que este proceder contradecía las disposiciones de la carta. Karellen no parecía preocuparse.

Era  asombroso  que  tantos  abusos,  locuras  y  maldades  pudiesen  ser  borradas totalmente por esos mensajes del cielo. Con la llegada de los superseñores las naciones supieron que ya no tenían por qué temerse unas a otras, y adivinaron - aún antes que se hiciese aquella tentativa - que las armas existentes por ese entonces eran inútiles ante

 

una  civilización  capaz  de  tender  un  puente  estelar.  De  modo  que  el  mayor  y  único obstáculo para la felicidad de los hombres fue prontamente anulado.

Los superseñores parecieron despreocuparse de las formas de gobierno, una vez que comprobaron que no se utilizarían para oprimir o corromper a los hombres. Siguieron funcionando en la Tierra las democracias, las monarquías, las dictaduras benévolas, el comunismo y el capitalismo. Muchas almas simples, que estaban convencidas de que la suya era la única forma posible de vida, recibieron una gran sorpresa. Otros creían que Karellen estaba dejando pasar el tiempo para introducir luego un sistema que borraría todos los otros sistemas sociales, y que por la misma razón no se molestaba en hacer reformas políticas sin importancia. Pero ésta como todas las otras especulaciones sobre aquellos seres eran meras hipótesis. Nadie conocía sus motivos, y nadie sabía hacia qué futuro estaban arreando a la humanidad.

 

 

3

 

 

 

Stormgren dormía mal aquellas noches, lo que era raro, pues pronto dejaría definitivamente sus tareas. Había servido a la humanidad durante cuarenta años, y a sus amos durante seis, y pocos hombres podían rememorar una vida en la que se hubiesen cumplido  tantas ambiciones.  Quizá  ése era el problema:  en sus días de jubilado,  por muchos que fuesen, no tendría ante sí el aliciente de una meta. Desde la muerte de su mujer,  Marta,  y con  sus hijos  establecidos  en sus  propios  hogares,  sus  lazos  con  el mundo parecían haberse debilitado. Era posible, también, que estuviese comenzando a identificarse con los superseñores, y desinteresándose así de la humanidad.

Ésta era otra de esas noches inquietas en las que el cerebro le daba vueltas como una máquina abandonada por su operario. Sabía que era inútil tratar de conciliar el sueño, y abandonó pesaroso la cama. Se puso una bata y subió a la terraza jardín que coronaba sus modestas habitaciones. Cualquiera de sus subordinados  disfrutaba de una morada más amplía y lujosa, pero ésta bastaba para las necesidades de Stormgren había llegado a una posición en la que ningún bien personal, ni ninguna ceremonia, podían añadir algo a su estatura.

La noche  era  calurosa,  casi  sofocante,  pero  el cielo  era claro  y una  luna  amarilla colgaba allá en el sudoeste. Las luces de Nueva York brillaban en el horizonte como un amanecer inmóvil.

Stormgren alzó los ojos sobre la ciudad dormida, hacia las alturas que sólo él, entre todos los hombres, había alcanzado. Allá, muy lejos, se vislumbraba el casco de la nave

 

de Karellen, iluminado por el claro de luna. Stormgren se preguntó qué estaría haciendo el supervisor. No creía que los superseñores durmiesen.

Más arriba aún un meteoro lanzó su dardo brillante a través de la bóveda del cielo. La estela luminosa brilló débilmente durante un rato, y luego murió dejando sólo la luz de las estrellas. El símbolo era brutal: dentro de cien años Karellen seguiría dirigiendo a la humanidad  hacia ese fin que sólo él conocía,  pero dentro  de sólo cuatro meses  otro hombre ocuparía el cargo de secretario general. Esto en sí mismo no le importaba demasiado a Stormgren; pero era indudable que no le quedaba mucho tiempo para saber qué había detrás de aquella pantalla.

Sólo  en  estos  últimos  días  se  había  atrevido  a  admitir  que  ese  secreto  estaba comenzando a obsesionarlo. Hasta hacía poco, su fe en Karellen había borrado todas las dudas; pero ahora, reflexionó con un poco de cansancio, las protestas de la Liga de la Libertad  estaban  influyendo  en  él.  Era  indudable  que  la  propaganda  acerca  de  la esclavitud  del  hombre  no  era  más  que  propaganda.  Pocos  hombres  creían  en  esa esclavitud, o deseaban volver realmente a los viejos días. La gente comenzaba a acostumbrarse al imperceptible gobierno de Karellen; pero comenzaba también a sentirse impaciente por saber quién la gobernaba. ¿Y de qué podía acusársele?

Aunque  la  más  importante,  la  Liga  de  la  Libertad  era  sólo  una  de  las  tantas organizaciones que se oponían a Karellen y, consecuentemente, a los hombres que cooperaban con los superseñores. Las objeciones y propósitos de esos grupos eran enormemente variados: algunos sostenían un punto de vista religioso, mientras que otros eran  mera  expresión  de  un  sentimiento  de  inferioridad.  Se  sentían,  con  razonables motivos,  como el hindú culto del siglo xix ante el rajá británico.  Los invasores  habían traído  paz  y  prosperidad...   ¿Pero  quién  sabía  a  qué  costo?  La  historia  no  era tranquilizadora. Los contactos más pacíficos entre razas de distinto nivel cultural habían terminado siempre con la destrucción de la raza más atrasada. Las naciones, como los individuos, podían perder su vida misma al enfrentarse con un desafío inaceptable.

 

 

Y la civilización de los superseñores, aún envuelta en el misterio, era el mayor de todos los desafíos.

En la habitación vecina se oyó un débil "clic" con que la teletipo lanzaba el informe horario de la agencia Central News. Stormgren entró en la habitación y hojeó desanimadamente el informe. En el otro extremo del mundo la Liga de la Libertad había inspirado   un   encabezamiento   no   muy   original:   ¿Está   el   hombre   gobernado   por monstruos?  preguntaba  el  periódico  y  seguía  con  esta  cita:  "Dirigiéndose  al  público

 

reunido en Madrás el doctor C. V. Krishnan, presidente de la sección oriental de la Liga de la Libertad, dijo: La explicación de la conducta de los superseñores es muy simple. Su aspecto es tan extraño y repulsivo que no se atreven a mostrarse ante los ojos de la humanidad. Desafío al supervisor a negar mis palabras.

Stormgren, disgustado, arrojó lejos de sí las hojas del informe. Aun en el caso de que la acusación fuese cierta, ¿qué importaba eso? La idea era muy vieja, pero nunca le había preocupado. No creía que hubiera ninguna forma biológica, por más rara que fuese, que él, Stormgren, no pudiese aceptar con el tiempo y hasta llegar a encontrar hermosa. La mente, no el cuerpo, era lo importante. Si por lo menos pudiese convencer a Karellen de esta verdad, los superseñores cambiarían de opinión. No podían ser tan horribles como aparecían en los dibujos de los periódicos.

Sin embargo,  como bien lo sabía Stormgren,  su ansiedad  por asistir al fin de este estado de cosas no nacía únicamente de la idea de librar a sus sucesores de algunos problemas. Era bastante honesto como para confesárselo a sí mismo. En última instancia su motivo principal era la simple curiosidad. Había llegado a admitir a Karellen como una persona,  y  no  se  sentiría  satisfecho  hasta  descubrir  qué  clase  de  criatura  era  el supervisor.

Cuando a la mañana siguiente Stormgren no llegó a la hora acostumbrada, Pieter Van Ryberg se sintió sorprendido y un poco molesto. Aunque el secretario general solía hacer un cierto número de llamadas antes de llegar a su oficina, siempre dejaba dicho algo. Esta mañana,   para  empeorar   las  cosas,  había  habido  varios  mensajes   urgentes   para Stormgren. Van Ryberg trató de localizarlo en media docena de oficinas y al fin abandonó disgustado su búsqueda.

Al mediodía se sintió alarmado y envió un coche a casa de Stormgren. Diez minutos más tarde oyó, sobresaltado, el sonido de una sirena, y una patrulla policial apareció en la avenida  Roosevelt.  Las  agencias  noticiosas  debían  de  tener  algunos  amigos  en  ese coche, pues mientras Van Ryberg observaba cómo se acercaba la patrulla, la voz de la radio anunciaba al mundo que Pieter Van Ryberg ya no era un simple asistente, sino secretario general interino de las Naciones Unidas.

Si Van Ryberg no hubiese tenido tantas preocupaciones hubiera podido entretenerse en estudiar las reacciones de la prensa ante la desaparición de Stormgren. Durante este último mes los periódicos terrestres se habían dividido en dos facciones. La prensa occidental, en su conjunto, aprobaba el plan de Karellen de que fuesen todos los hombres ciudadanos  del  mundo.  Los  países  orientales,  por  el  contrario,  mostraban  violentos, aunque  artificiales  espasmos  de  orgullo  nacional.  Algunos  de  ellos  no  habían  sido

 

independientes  sino  por  poco  más  de  una  generación,  y  sentían  que  ahora  se  les arrebataba el triunfo de las manos. La crítica a los superseñores era amplia y enérgica: después de un corto período inicial de extremas precauciones la prensa había descubierto rápidamente que podía afrontar a Karellen con todos los extremos de la rudeza sin que nunca ocurriese nada. Ahora estaba superándose a sí misma.

La mayoría de estos ataques, aunque enunciados  en voz alta, no representaban  la opinión  de  la  mayoría  del  pueblo.  A  lo  largo  de  las  fronteras,  que  muy  pronto desaparecerían  para  siempre,  se  habían  doblado  las  guardias;  pero  los  soldados  se miraban de reojo, con una aún inarticulada amistad. Los políticos y los generales podían gritar  y  enfurecerse,  pero  los  silenciosos  y  expectantes  millones  sentían  que  -  no demasiado pronto - iba a cerrarse un largo y sangriento capítulo de la historia.

 

 

Y ahora Stormgren se había ido, nadie sabía adónde. El tumulto cesó de pronto, como si  el  mundo  comprendiese   que  había  perdido  al  único  ser  mediante  el  cual  los superseñores, por sus propios y extraños motivos, hablaban con la Tierra. Una parálisis parecía haberse apoderado de los comentaristas de la prensa y la radiotelefonía; pero en medio del silencio la voz de la Liga de la Libertad proclamaba ansiosamente su inocencia.

 

 

Stormgren despertó envuelto por unas sombras muy densas. Todavía soñoliento, no se sorprendió. Luego, al recuperar totalmente la conciencia, se incorporó de un salto, buscó la llave  de la luz junto  a su cama,  y tocó en la oscuridad  un muro  de piedra,  frío y desnudo. Se sintió helado de pronto, con la mente y el cuerpo paralizados por el impacto de la sorpresa. Luego, sin creer casi en sus sentidos, se arrodilló en la cama y comenzó a explorar con las puntas de los dedos esa pared inesperadamente desconocida.

Estaba recién entregado a esa tarea cuando de pronto se sintió un clic, y una parte de la oscuridad se hizo a un lado. Stormgren alcanzó a distinguir la silueta de un hombre, recortado contra la luz pálida del fondo. Enseguida la puerta se cerró de nuevo, y las sombras  volvieron  a  su  sitio.  Todo  había  sido  tan  rápido  que  Stormgren  no  había alcanzado a ver cómo era su habitación.

Un instante después, le cegó el resplandor de una poderosa linterna eléctrica. El rayo le iluminó la cara, se detuvo allí un momento, y luego descendió. Stormgren vio entonces que el techo no era más que una manta extendida sobre unos toscos tablones.

Una suave  voz le habló  desde  la oscuridad.  Su inglés  era excelente,  pero con un acento que Stormgren no pudo identificar al principio.

 

- Ah, señor secretario. Me alegra que ya esté despierto. Espero que se encuentre muy bien.

Había algo en esa última frase que llamó la atención a Stormgren. La airada pregunta que estaba a punto de hacer le murió en los labios. Miró fijamente las sombras y dijo al fin con calma:

- ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? El otro lanzó una risita.

- Varios días. Nos prometieron que no habría complicaciones.  Me alegro de que así sea.

En parte para ganar tiempo, en parte para estudiar sus propias reacciones, Stormgren sacó  las  piernas  fuera  de  la  cama.  Llevaba  aún  su  pijama,  pero  estaba  ahora terriblemente arrugado y bastante sucio. Sintió al moverse una ligera pesadez, no tanta como para sentirse molesto, pero sí suficiente como para probarle que le habían administrado alguna droga.

Se volvió hacia la luz.

 

- ¿Dónde estoy? - preguntó con una voz cortante - ¿Es esto obra de Wainwright?

 

- Por favor, no se excite - replicó la sombría figura - Por ahora no hablaremos de eso. Me imagino que sentirá hambre. Vístase y venga a comer.

El óvalo de luz corrió por las paredes y Stormgren tuvo por primera vez una idea cabal de las dimensiones del cuarto. Era apenas un cuarto en verdad, pues los muros parecían de roca viva, toscamente tallada. Comprendió que estaba bajo tierra, posiblemente a gran profundidad, Y si había pasado varios días inconsciente, podía encontrarse en cualquier lugar del mundo.

La linterna iluminó unas ropas apiladas sobre una valija.

 

- Esto le bastará por ahora - dijo la voz desde la oscuridad -. El lavado es aquí un verdadero problema, así que le hemos traído un par de sus trajes y una media docena de camisas.

- Ha sido usted muy considerado - dijo Stormgren con cierto humor.

 

-  Lamentamos  la  ausencia  de  muebles  y  de  luz  eléctrica.  El  lugar  es  bastante conveniente, aunque es cierto que carece de amenidad.

- ¿Conveniente para qué? - preguntó Stormgren mientras se ponía una camisa. El contacto de la ropa familiar era curiosamente tranquilizador.

- Conveniente, nada más - dijo la voz -. Y a propósito, ya que vamos a pasar bastante tiempo juntos, será mejor que me llame Joe.

 

- A pesar de su nacionalidad - replicó Stormgren -. Es usted polaco, ¿no es cierto? Creo que podría pronunciar su verdadero nombre. No será peor que algunos nombres fineses.

Hubo una pequeña pausa, y la luz osciló un instante.

 

-  Bueno,  podía  esperarme  esto  -  dijo  Joe  resignadamente  -.  Tiene  usted  mucha práctica en esta clase de cosas.

- Es un entretenimiento bastante útil para un hombre como yo. Me parece que podría asegurar que vivió usted en los Estados Unidos, pero que no dejó Polonia hasta la edad de...

- Basta - dijo Joe con firmeza -. Ya que ha terminado de vestirse...

 

La puerta se abrió y Stormgren fue hacia la salida sintiéndose algo reconfortado con su pequeña victoria. Mientras Joe se apartaba para dejarlo pasar, se preguntó si su guardián estaría armado. Seguramente, y además tendría algunos amigos no muy lejos.

El corredor estaba débilmente iluminado por unas lámparas de aceite, y Stormgren, por primera  vez, pudo ver a Joe con claridad.  Era un hombre  de unos cincuenta  años, y pesaba quizá. más de cien kilos. Todo en él era enorme, desde el manchado traje de faena, que podía pertenecer al ejército de por lo menos doce países, hasta el asombroso anillo de sello que llevaba en la mano izquierda. Un hombre de tales proporciones no necesitaba llevar un arma. No sería difícil dar con él más tarde, ya fuera de aquí, pensó Stormgren. Se sintió un poco deprimido al darse cuenta de que Joe no podía ignorar este hecho.

Las paredes del corredor, aunque a veces cubiertas de cemento, eran casi siempre de roca viva. Se encontraban evidentemente en una mina abandonada, pensó. Stormgren. Sería difícil encontrar una cárcel mejor. Hasta ahora su rapto no le había preocupado mayormente. Había pensado que, pasase lo que pasase, los inmensos recursos de los superseñores lo localizarían con rapidez y le devolverían la libertad. Ahora no estaba tan seguro. Habían transcurrido  varios días y no había pasado nada. Aun los poderes de Karellen debían de tener un límite, y si estaba en verdad enterrado en algún continente remoto, toda la ciencia de los superseñores sería impotente para encontrarlo.

En la habitación desnuda, pobremente iluminada, había otros dos hombres sentados a la mesa.  Cuando  Stormgren  entró,  alzaron  los ojos con interés  y hasta  con bastante respeto. Uno de ellos le alcanzó una bandeja de sándwiches que Stormgren aceptó de buena gana. Aunque se sentía muy hambriento, hubiese preferido una comida más interesante, pero era obvio que sus acompañantes no se habían servido nada mejor.

 

Mientras comía, Stormgren lanzó una rápida ojeada a los tres hombres. Joe era, sin ninguna duda, el más notable de los tres, y no sólo por su tamaño. Los otros eran evidentemente   sus   ayudantes...   individuos   indescriptibles,   cuyo   origen   Stormgren descubrió en seguida tan pronto como los sintió hablar.

Le sirvieron un poco de vino en un vaso bastante sucio, y Stormgren devoró el último de los sándwiches. Sintiéndose más dueño de sí mismo, se volvió hacia el enorme Joe.

- Bueno - dijo distraídamente -, quizá pueda decirme ahora qué significa todo esto, y qué espera obtener.

Joe carraspeó.

 

- Quiero dejar aclarado un punto - dijo el hombre -. Esto no tiene nada que ver con

 

Wainwright. Wainwright se sorprenderá tanto como cualquiera.

 

Stormgren había esperado algo parecido, pero se preguntó por qué Joe estaría confirmando sus sospechas. Había imaginado, desde hacía mucho tiempo, la existencia de un movimiento extremista en el interior - o en las fronteras - de la Liga de la Libertad.

- Me interesaría saber - inquirió - cómo me han raptado.

 

Stormgren no esperaba que le respondiesen  y quedó sorprendido  ante la rapidez, y hasta el entusiasmo, con que el otro le contestó.

- Fue todo como en una película de Hollywood - dijo Joe alegremente -. No estábamos seguros  de que  Karellen  no  estuviese  vigilándolo,  así  que  tomamos  muchas precauciones. Lo desmayamos introduciendo gas en el acondicionador de aire... Asunto sencillo. Luego lo llevamos al coche. Ninguna dificultad. Todo esto, debo advertírselo, no fue  hecho  por  nuestra  propia  gente.  Alquilamos...  este...  profesionales  para  hacer  el trabajo. Podían haber caído en manos de Karellen - en realidad suponíamos que pasaría eso -, pero no se hubiera enterado entonces de nuestra existencia. El auto dejó su casa y fue hacia un túnel situado a unos mil kilómetros de Nueva York. Salió por el otro extremo del túnel llevando a un hombre inconsciente, extraordinariamente parecido al secretario general. Poco después un camión cargado de cajas metálicas salía en dirección opuesta y se encaminaba hacia un aeropuerto donde cargaron las cajas en un aeroplano. Una operación comercial perfectamente legítima. Estoy seguro de que los propietarios de esas cajas se sentirían horrorizados al saber qué uso les dimos.

"Mientras tanto el auto que había iniciado el trabajo continuaba su evasivo viaje hacia la frontera de Canadá. Quizá Karellen ya lo haya capturado. No lo sé ni me importa. Como usted puede ver - y espero que aprecie mi franqueza - todo nuestro plan dependió de una sola cosa. Estamos bastante seguros de que Karellen puede oír y ver todo lo que pasa en la superficie del mundo, pero a menos que utilice la magia, y no la ciencia, no podrá ver

 

bajo tierra. Por lo tanto no se habrá enterado del cambio efectuado en el túnel, no antes que fuese demasiado tarde. Naturalmente, corrimos un riesgo, pero tomamos también algunas otras precauciones de las que prefiero no hablar. Quizá tengamos que utilizarlas otra vez, y sería una lástima revelar ahora el secreto.

Joe había relatado su historia con una satisfacción tan evidente que Stormgren no pudo evitar una sonrisa. Sin embargo, sintió también una gran preocupación. El plan era muy ingenioso, y era bastante posible que hubiesen engañado a Karellen. Stormgren no tenía la seguridad de que los superseñores ejerciesen sobre él alguna especie de vigilancia protectora. Tampoco la tenía Joe, era indudable. Quizá por eso se había mostrado tan franco;  quería  estudiar  las  reacciones   de  Stormgren.   Bueno,  tenía  que  aparentar confianza, cualesquiera que fuesen sus verdaderos sentimientos.

- Tienen que ser un atajo de tontos - dijo Stormgren desdeñosamente  - si creen que van a engañar con tanta facilidad a los superseñores. Y en cualquier caso ¿qué beneficio piensan obtener con todo esto?

Stormgren rehusó un cigarrillo. Joe encendió otro y se sentó en el borde de una silla. Se oyó. un sospechoso crujido y el hombre se incorporó otra vez rápidamente.

- Nuestros motivos - comenzó a decir - son bastante claros. Descubrimos que los argumentos son inútiles, así que tuvimos que tomar otras medidas. Ya ha habido varios movimientos secretos, y hasta Karellen, con todos sus poderes, no ha podido dominarlos con  facilidad.  Vamos  a  luchar  por  nuestra  independencia.   No  interprete  mal.  No ejerceremos ninguna violencia física, al principio por lo menos, pero recuerde que los superseñores  tienen que usar a seres humanos  como agentes.  Nosotros  nos encargaremos de que esa tarea sea bastante incómoda.

Y empiezan  conmigo,  supongo,  pensó  Stormgren.  Se preguntó  si el otro  le habría contado algo más que una fracción de toda la historia. ¿Pensaban realmente que estos métodos  criminales  llegarían  a  influir  en  Karellen?  Por  otra  parte  era  cierto  que  un movimiento  de  resistencia  bien  organizado  traería  problemas  muy  difíciles.  Pues  Joe había señalado con exactitud el punto débil de la política de los superseñores. En última instancia todas sus órdenes eran ejecutadas por seres humanos. Si se aterrorizase a los hombres hasta llevarlos a la desobediencia, podría derrumbarse todo el sistema. Pero era sólo una débil posibilidad.  Stormgren confiaba en que Karellen encontraría  muy pronto alguna solución.

- ¿Qué  intentan  hacer  conmigo?  - preguntó  Stormgren  al  fin  -. ¿Estoy  aquí  como rehén?

 

- No se preocupe. Lo vamos a cuidar. Dentro de unos días vendrán algunas visitas y hasta entonces trataremos de entretenerlo del mejor modo posible.

Añadió algunas palabras en su propio idioma y uno de los otros sacó un paquete de naipes todavía sin abrir.

- Los hemos comprado especialmente para usted - explicó Joe - Leí en el Times el otro día que es usted un buen jugador de póker. - Su voz se hizo grave de pronto. - Espero que tenga bastante dinero en su cartera - añadió con ansiedad - No la hemos revisado. Después de todo nos sería difícil aceptar cheques.

Stormgren, confuso, miró inexpresivamente a sus guardianes. Luego, mientras iba comprendiendo la comicidad de la situación, le pareció sentir que le estaban sacando de encima todos los cuidados y preocupaciones de su cargo. Todo quedaba en manos de Ryberg. Cualquier cosa que ocurriese, él ya nada podía hacer. Y ahora estos fantásticos criminales lo invitaban ansiosamente a jugar al póker.

De pronto, alzó la cabeza y rió como no lo hacía desde muchos años atrás.

 

 

 

Era indudable,  pensó Van Ryberg - malhumorado,  que Wainwright  decía la verdad. Podía  tener  sus  sospechas,  pero  no sabía  quién  había  secuestrado  a Stormgren.  Ni siquiera  aprobaba  el  secuestro.  Van  Ryberg  suponía  que  los  extremistas  de  la  Liga habían tratado durante un tiempo de que Wainwright adoptara una política más activa. Ahora estaban tomando el asunto entre sus propias manos.

La organización del secuestro había sido excelente. Stormgren podía estar en cualquier lugar del mundo, y había muy pocas esperanzas de encontrarlo. Sin embargo algo había que hacer, decidió Van Ryberg, y rápido. A pesar de sus bromas ocasionales, Karellen lo aterrorizaba.   La  idea   de  comunicarse   directamente   con   el  supervisor   le  parecía espantosa, pero no había aparentemente otra alternativa.

Las secciones de comunicación ocupaban todo el último piso del edificio. Hileras de máquinas de imprimir, algunas silenciosas, otras sonoramente ocupadas, se perdían en la distancia. De ellas brotaba un río infinito de estadísticas: cifras de producción, censos, y toda la contabilidad del sistema económico de la Tierra. Allá arriba, en algún lugar de la nave de Karellen, debía de extenderse el equivalente de esta enorme habitación, y Van Ryberg se preguntaba, mientras un estremecimiento le corría por la médula, qué móviles sombras irían a recoger los mensajes terrestres.

Pero hoy no tenía interés en estas máquinas ni en el trabajo de rutina que estaban realizando.  Fue  hacia  la  pequeña  habitación  privada  en  la  que,  se  suponía,  sólo

 

Stormgren  podía  entrar.  Habían  forzado  la cerradura  y el jefe  de comunicaciones  ya estaba esperando.

- Es una teletipo común - le dijo el hombre -, con el teclado de una máquina de escribir. Hay también una máquina facsimilar, por si se deseara enviar alguna información tabular, o alguna fotografía, pero me ha dicho usted que no va a necesitarla.

Van Ryberg asintió distraídamente.

 

- Eso es todo, gracias - dijo - No espero estar aquí mucho tiempo. Luego vuelva a cerrar y entrégueme las llaves.

Esperó a que el jefe de comunicaciones se alejara y se sentó ante la teletipo. Era una máquina, como Van Ryberg lo sabía, muy poco usada, ya que todos los asuntos entre Karellen y Stormgren se discutían en las reuniones semanales. Como se trataba en cierto modo de un circuito de emergencia, esperaba una respuesta rápida.

Tras  algunos  titubeos  comenzó  a  transcribir  con  dedos  inseguros  su  mensaje.  La máquina ronroneó serenamente y las palabras brillaron durante algunos segundos en la pantalla oscurecida. Luego Van Ryberg se echó hacia atrás y esperó la respuesta.

Había pasado apenas un minuto, cuando la máquina comenzó nuevamente a zumbar. Van Ryberg se preguntó, no por primera vez, si el supervisor dormiría en algún momento.

El mensaje era tan breve como desalentador.

 

NO HAY INFORMACIÓN. DEJO EL ASUNTO ENTERAMENTE EN SUS MANOS. K. Con bastante  amargura,  y sin ninguna satisfacción,  Van Ryberg comprendió  cuánta

responsabilidad había caído sobre él.

 

 

 

Durante los últimos tres días Stormgren había estado estudiando atentamente a sus guardias. Joe era el único importante. Los otros eran seres totalmente prescindibles, la gentuza que suele merodear alrededor de los movimientos ilegales. El ideal de la Liga de la libertad no tenía ningún significado para ellos. Sólo les preocupaba una cosa: ganarse la vida con un mínimo de trabajo.

Joe era indudablemente un individuo más complejo, aunque a veces le recordaba a Stormgren un bebé excesivamente desarrollado. Las interminables partidas de póker alternaban con violentas discusiones sobre política, y pronto fue evidente para Stormgren que el enorme  polaco no había pensado  nunca  con seriedad  en la causa por la que estaba luchando. La emoción y un extremo conservadurismo nublaban todos sus argumentos.  La larga lucha  por la independencia  que había  sobrellevado  su patria  lo había  condicionado  de  tal  modo  que  Joe  vivía  en  otra  época.  Era  un  pintoresco

 

sobreviviente, un ser completamente inútil dentro de un sistema ordenado. Si ese tipo de hombre desapareciese, el mundo sería un lugar más seguro, pero menos interesante.

No había ninguna duda, por lo menos para Stormgren, de que Karellen no había podido encontrarlo. Había tratado de alardear ante sus guardianes pero estos no se convencían. Stormgren estaba seguro de que lo habían retenido para ver si Karellen actuaba. Ahora que nada había ocurrido seguirían adelante con sus planes.

No se sorprendió cuando unos pocos días después Joe le dijo que esperaban visitas. Durante  el  último  tiempo  el  grupo  había  mostrado  una  nerviosidad  creciente,  y  el prisionero sospechó que los líderes del movimiento, viendo que había pasado el peligro, venían a buscarlo.

Estaban  esperando,  reunidos  alrededor  de  la  desvencijada  mesita,  cuando  Joe  le indicó cortésmente que pasara al vestíbulo. A Stormgren le causó gracia advertir que su carcelero llevaba ahora, muy ostentosamente, una enorme pistola. Los dos compinches habían desaparecido, y hasta Joe parecía intimidado.

Stormgren  advirtió  en  seguida  que  se  encontraba  ante  hombres  de  mucho  mayor calibre. El grupo le recordó una fotografía de Lenin y sus compañeros en los primeros días de la revolución rusa. Había en esos seis hombres la misma fuerza intelectual, la misma férrea determinación,  y la misma dureza. Joe y sus cómplices eran inofensivos. Estos eran los verdaderos cerebros de la organización.

Con  un  breve  movimiento  de  cabeza  Stormgren  caminó  hacia  la  única  silla  vacía tratando de revelar cierto dominio de sí mismo. Mientras se acercaba, el más grueso de los hombres sentado en el otro extremo de la mesa, se inclinó hacia adelante y clavó en él unos  ojos  penetrantes  y  grises.  Stormgren  se  sintió  tan  incómodo  que  olvidó  sus propósitos y habló inmediatamente.

- Me imagino que han venido ustedes a discutir mi situación. ¿Cuál es el precio de mi rescate?

Advirtió  que  en  el  fondo  del  vestíbulo  alguien  tomaba  notas  en  un  cuaderno  de taquigrafía. Todo tenía un aspecto muy comercial.

El líder replicó con un musical acento galés:

 

- Puede usted plantearlo así, señor secretario. Pero no tenemos interés en el dinero, sino en la información.

Ah, pensó Stormgren, era un prisionero de guerra, y esto un interrogatorio.

 

- Ya sabe cuáles son nuestros motivos - continuó el otro con su suave voz cantarina - Llámenos,  si quiere,  un movimiento  de resistencia.  Creemos  que tarde o temprano  la Tierra tendrá que luchar por su libertad, pero comprendemos que esa lucha sólo puede

 

utilizar métodos indirectos tales como la desobediencia y el sabotaje. Lo hemos raptado en parte para mostrarle a Karellen que estamos decididos a todo, y bien organizados; pero, principalmente, porque usted es el único hombre que puede informarnos sobre los superseñores.  Es  usted  un  ser  razonable,  señor  secretario.  Coopere  con  nosotros  y pronto lo pondremos en libertad.

- ¿Qué quieren saber con exactitud? - Preguntó Stormgren cauteloso, sintiendo que aquellos ojos extraordinarios le horadaban la mente. Nunca había visto unos ojos semejantes. Enseguida volvió a oírse aquella voz cadenciosa:

- ¿Sabe usted qué o quiénes son realmente los superseñores? Stormgren casi sonrió.

- Créame - dijo -. Estoy tan ansioso como usted por saberlo.

 

- ¿Entonces contestará nuestras preguntas?

 

- No hago promesas. Pero trataré.

 

Hubo un leve suspiro de alivio de parte de Joe, y un murmullo de expectación corrió alrededor del vestíbulo.

- Tenemos  una idea general  - continuó  el otro -, acerca  de las circunstancias  que rodean  su  encuentro  con  Karellen.  Le  agradeceríamos  que  nos  las  describiera  con cuidado sin olvidar ningún detalle importante.

Esto era bastante inofensivo, pensó Stormgren. Lo había explicado ya centenares de veces, y parecería que quería cooperar. Todas éstas eran inteligencias agudas y quizá podrían  descubrir  algo  nuevo.  Si  llegaban  a  adivinar  algo  interesante   se  sentiría agradecido. Por el momento no creía que su explicación pudiera dañar a Karellen.

Stormgren buscó en sus bolsillos y sacó un lápiz y un sobre usado. Dibujando rápidamente comenzó a decir:

- Usted sabe, por supuesto,  que una pequeña  máquina  voladora,  sin ningún medio visible de propulsión, viene a buscarme a intervalos regulares y me lleva hasta la nave de Karellen.  Entra en el casco y... usted ha visto sin duda los films telescópicos  que se tomaron  de esa operación.  La puerta se abre de nuevo - Si eso puede llamarse  una puerta - y yo entro en un cuartito donde hay una mesa, una silla y una pantalla. La distribución es más o menos ésta.

Stormgren  acercó  el plano  hacia  el viejo  galés,  pero  aquellos  ojos  extraños  no se volvieron hacia el sobre. Siguieron fijos en el rostro del secretario. Mientras Stormgren los miraba, algo pareció cambiar en el interior de esas pupilas. Un profundo silencio reinaba ahora en el cuarto. Stormgren oyó que Joe, sentado a sus espaldas, lanzaba un hondo y repentino suspiro.

 

Preocupado y confuso, Stormgren volvió a mirar al galés, y entonces, lentamente, comprendió. Aturdido, arrugó el sobre y lo dejó caer.

Ahora comprendía por qué esos ojos grises le habían afectado de un modo tan raro. El hombre era ciego.

 

 

Van Ryberg no había tratado de comunicarse  otra vez con Karellen. Gran parte del trabajo de su departamento - la transmisión de la información estadística, los resúmenes de la prensa mundial, y otras cosas semejantes - habían continuado automáticamente. En París los abogados estaban todavía discutiendo el proyecto de Constitución del Mundo, pero eso, por el momento, no le preocupaba.  Faltaban dos semanas para terminar los últimos  borradores,  de  acuerdo  con  la  fecha  indicada  por  el  supervisor.  Si  por  ese entonces el trabajo no estaba todavía listo, ya haría Karellen lo que creyese más conveniente.

Y todavía no había noticias de Stormgren.

 

Van Ryberg se encontraba dictando un informe cuando el teléfono de emergencia comenzó a sonar. Tomó el receptor y escuchó con una creciente sorpresa. En seguida dejó. caer el aparato y corrió hacia la ventana.  A lo lejos se elevaban  unos gritos de asombro, y el tránsito estaba deteniéndose en las calles.

Era verdad. La nave de Karellen, aquel invariable símbolo de los superseñores, ya no estaba en el cielo. Examinó el espacio, hasta donde le alcanzaba la vista, y no vio ni una huella de la nave. Y luego, pareció como si la noche hubiese caído de pronto. Desde el norte, con su vientre sombrío tan negro como una nube de tormenta, la enorme nave volaba a baja altura sobre los rascacielos de Nueva York. Involuntariamente, Van Ryberg se encogió como esquivando la embestida del monstruo. Sabía que las naves de los superseñores eran realmente muy grandes; pero contemplarlas en lo alto del cielo no era lo mismo que verlas pasar sobre la propia cabeza como una nube de demonios.

 

 

Envuelto por la oscuridad de ese eclipse parcial Van Ryberg siguió con los ojos puestos en el horizonte hasta que la nave y su monstruosa sombra se perdieron en el sur. No se oía ningún ruido, ni siquiera el silbido del aire y Van Ryberg comprendió que la nave, a pesar de su aparente cercanía, había pasado por lo menos a un kilómetro de altura. En seguida una ola de aire estremeció el edificio. En alguna parte una ventana estalló hacia adentro, y se oyó el ruido de unos vidrios rotos.

 

Todos los teléfonos de la oficina habían comenzado a sonar, pero Van Ryberg no se movió. Apoyado en el borde de la ventana, clavaba los ojos en el sur, paralizado por la presencia del poder ilimitado.

 

 

Stormgren hablaba con la impresión de que su mente recorría a la vez dos caminos distintos. En uno de ellos desafiaba a los hombres que lo habían capturado, en el otro esperaba que estos hombres lo ayudasen a descubrir el secreto de Karellen. Era un juego peligroso. Sin embargo, y ante su sorpresa, estaba gozando con ese juego.

El galés ciego había dirigido casi todo el interrogatorio. Era fascinante ver cómo esa mente ágil probaba una puerta tras otra, examinando y rechazando todas las teorías abandonadas ya por Stormgren. Al fin se echó hacia atrás con un suspiro.

- Así no vamos a ninguna parte - dijo resignada. mente -. Necesitamos más hechos, y estos   requieren   acción   y   no   discusiones.   -   Los   ojos   ciegos   parecieron   fijarse pensativamente en el secretario. Luego, durante un momento, sus dedos tamborilearon nerviosamente sobre la mesa. El primer indicio de inseguridad advirtió Stormgren. Al fin el galés continuó: - Estoy un poco sorprendido,  señor secretario, de que no haya tratado usted de saber algo más acerca de Karellen.

- ¿Y qué sugiere usted? - preguntó Stormgren fríamente, tratando de ocultar su interés

 

-.  Ya  le  he  dicho  que  ese  cuarto  tiene  una  sola  salida...  y  que  esa  salida  conduce directamente a la Tierra.

- Me  imagino  que  seria  posible  - reflexionó  el otro  - diseñar  algunos  instrumentos capaces de ayudarnos.

No soy hombre de ciencia, pero el problema merece investigarse. ¿Si le devolvemos la libertad colaborará con nosotros?

- De una vez por todas - dijo Stormgren agriamente, aclaremos mi posición. Karellen está trabajando por un mundo unido, y yo no voy a ayudar a quienes lo combaten. No sé cuáles serán los propósitos del supervisor, pero creo que son buenos.

- ¿Qué pruebas tiene usted?

 

- Todos sus actos, desde que las naves aparecieron en el cielo. Lo desafío a que me mencione uno solo que no haya resultado, en última instancia, beneficioso. - Stormgren calló unos instantes dejando que su mente recorriera los sucesos de los últimos años y al fin sonrió. - Si quiere usted una sola prueba de la esencial... cómo diría... benevolencia de los superseñores, recuerde aquella orden que lanzaron al mes escaso de su llegada prohibiendo la crueldad con los animales. Si hubiese tenido hasta entonces alguna duda

 

sobre Karellen esa orden la hubiese borrado del todo, aunque le aseguro que me costó más preocupaciones que ninguna otra.

Esto era apenas una exageración, pensó Stormgren. El incidente había sido en verdad extraordinario, el primer indicio del odio que los superseñores sentían por la crueldad. Ese odio, y su pasión por la justicia y el orden, parecían ser las emociones que dominaban sus vidas... si uno podía juzgarlos por sus actos.

Y sólo aquella vez se mostró Karellen enojado o al menos con la apariencia del enojo. "Pueden matarse entre ustedes si les gusta - había dicho el mensaje, "ese es un asunto que queda entre ustedes y sus leyes. Pero si matan, salvo que sea para comer o en defensa  propia,  a los animales  con quienes  ustedes  comparten  el mundo...  entonces tendrán que responder ante mí".

Nadie sabía exactamente la amplitud que podía tener este edicto o qué haría Karellen para asegurar su cumplimiento. No hubo mucho que esperar.

La plaza de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los trajes tradicionales, la muchedumbre, como tantas otras veces, alentaba a sus favoritos. Sin embargo, aquí y allá algunos rostros estaban vueltos ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a cincuenta kilómetros por encima de Madrid.

Los matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la arena. Los flacos caballos, con las narices dilatadas por el terror, daban vueltas a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen  al enemigo.  Se dio el primer lanzazo - se produjo el contacto - y en ese momento se oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.

Era la voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil personas que, al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos. Pero aquel fue el fin de la corrida y en verdad de todas las corridas, pues la novedad se extendió rápidamente.  Es bueno recordar que los aficionados  estaban tan confundidos  que sólo uno  de  cada  diez  se  acordó  de  pedir  que  le  devolvieran  el  dinero,  y  que  el  diario londinense  Daily  Mirror  empeoró  aún  más  las  cosas  sugiriendo  que  los  españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.

- Quizá tenga usted razón - replicó el viejo galés -. Posiblemente los motivos de los superseñores son buenos, de acuerdo con sus puntos de vista, que a veces pueden ser similares a los nuestros; pero son unos entrometidos. Nunca les pedimos que viniesen a poner el mundo patas arriba, a destrozar ideales (sí, y naciones) que tantos sacrificios costaron.

 

- Soy de un pequeño país que ha tenido que luchar duramente por su libertad - replicó Stormgren -. Sin embargo, estoy de parte de Karellen. Usted podrá molestarlo, hasta oponerse al cumplimiento  de sus fines, pero al fin todo será igual. Creo que es usted sincero. Teme que la tradición y la cultura de los pequeños países puedan desaparecer cuando el Estado Mundial sea una realidad. Pero se equivoca. Aún antes que los superseñores llegasen a la Tierra el Estado soberano ya estaba agonizando. Los superseñores  no han hecho más que apresurar su fin. Nadie puede salvarlo ahora... y nadie tiene que tratar de salvarlo.

No hubo respuesta. El hombre sentado ante Stormgren no se movió ni habló. Se quedó allí,  inmóvil,  con  los  labios  entreabiertos,  y los  ojos  ciegos  ahora  sin  vida.  Los  otros parecían también petrificados, con unas posturas forzadas y antinaturales. Con un gemido de horror Stormgren se incorporó y retrocedió hacia la puerta. Y de pronto algo rompió el silencio.

- Un hermoso discurso, Rikki. Gracias. Y ahora creo que podemos irnos.

 

Stormgren giró sobre sus talones y clavó los ojos en el sombrío corredor. Una esfera de metal, pequeña y lisa, flotaba a la altura de sus ojos; la fuente, sin duda alguna, de las misteriosas fuerzas a que habían recurrido los superseñores. Era difícil estar seguro, pero Stormgren creía oír un débil zumbido, como una colmena de abejas en un somnoliento día de verano.

- ¡Karellen! ¡Gracias a Dios!¿Pero qué ha hecho usted?

 

- No se preocupe.  Todos están bien. Puede llamarlo  una parálisis,  aunque es algo mucho más sutil. Están viviendo mil veces más lentamente que de costumbre. Cuando nos hayamos ido no sabrán qué pasó.

- ¿Los va a dejar aquí hasta que llegue la policía?

 

- No. Tengo un plan muy superior. Los dejaré en libertad.

 

Stormgren se sintió aliviado de algún modo. Lanzó una mirada de despedida al cuartito y sus helados ocupantes. Joe se sostenía en un pie, mirando estúpidamente el vacío. De pronto Stormgren se echó a reír y se revisó los bolsillos.

- Gracias por la hospitalidad, Joe - dijo -. Quiero dejarle un recuerdo.

 

Examinó varias hojas de papel hasta que encontró los números que buscaba. Luego, en una hoja razonablemente limpia, escribió cuidadosamente:

 

 

BANCO DE MANHATTAN

 

Páguese a Joe la suma de ciento treinta y cinco dólares y cincuenta centavos (135,50). R. Stormgren.

 

Mientras dejaba la hoja de papel al lado del polaco, oyó la voz de Karellen que preguntaba:

- ¿Qué está usted haciendo, exactamente?

 

- Los Stormgren siempre pagan sus deudas. Los otros dos hacían trampa, pero Joe jugaba con corrección. Por lo menos nunca lo sorprendí trampeando.

Stormgren caminó hacia la puerta aliviado y alegre, como con cuarenta años menos. La esfera de metal se apartó para dejarlo pasar. Pensó que se trataba de una especie de robot. Eso explicaba que Karellen hubiese podido entrar en el túnel subterráneo.

- Siga derecho cien metros - dijo la esfera, con la voz de Karellen -. Luego doble hacia la izquierda y recibirá nuevas instrucciones.

Stormgren  se  adelantó  con  rapidez  aunque  comprendía  que  no  había  por  qué apresurarse. La esfera se quedó allí, suspendida en el corredor, cubriéndole, quizá, la retirada.

Un minuto después se encontró con una segunda esfera, que lo esperaba en un ramal del corredor.

- Le falta un kilómetro - dijo la esfera -. Conserve la izquierda hasta que volvamos a vernos.

Seis veces se encontró Stormgren con las esferas mientras caminaba hacia la salida. Al principio se preguntó si el robot estaría adelantándosele. Luego pensó que se trataba de un circuito de máquinas instalado en las profundidades de la mina. A la salida, algunos guardianes formaban un grupo de increíble estatuaria, vigilados por otra de las ubicuas esferas. En la falda de una loma, a unos pocos metros, descansaba la máquina volante que llevaba a Stormgren a la nave de Karellen.

Stormgren  se  detuvo  un  momento,  parpadeando  a  la  luz  del  sol.  Luego  vio  las arruinadas maquinarias, y más lejos un camino abandonado que se perdía entre unos montes. A unos pocos kilómetros de distancia un bosque muy denso rozaba la base de los  montes,  y  mucho  más  allá  se  podía  ver  el  agua  brillante  de  un  extenso  lago. Stormgren sospechó que se encontraba en algún lugar de Sudamérica, aunque no era fácil decir de dónde nacía esa impresión.

Mientras subía a la máquina volante, lanzó una última mirada a los hombres helados. Luego la puerta se cerró y Stormgren se dejó caer, con un suspiro de alivio, en el asiento familiar.

Esperó un rato, mientras recobraba el aliento, y luego emitió una expectante y única sílaba:

 

- ¿Bien?

 

- Lamento no haberlo rescatado antes. Pero usted comprenderá que era importantísimo que se reuniesen todos los jefes.

- ¿Quiere usted decir - balbuceó Stormgren - que supo siempre dónde estaba yo? Si lo hubiese pensado...

- No se apresure - dijo Karellen -. Por lo menos déjeme terminar.

 

- Muy bien - dijo Stormgren sombríamente -, escucho.

 

Estaba empezando a sospechar que había sido sólo un cebo en una trampa preparada de antemano.

- Yo tenía un... quizá "rastreador" es la palabra más apropiada... que lo seguía a usted a todas partes - comenzó a decir Karellen -. Aunque sus últimos amigos suponían correctamente que yo no podría seguirlo bajo tierra, logré mantener el contacto hasta que lo metieron a usted en la mina. El traspaso en el túnel fue algo ingenioso, pero cuando el primer automóvil dejó de reaccionar el plan quedó al descubierto y volví a localizarlo a usted inmediatamente.  Luego todo se redujo a esperar.  Era indudable  que tan pronto como  creyesen  que  yo  lo  había  perdido,  los  jefes  vendrían  a  la  mina  y  podríamos capturarlos.

- ¡Pero los dejó escapar!

 

- Hasta  ahora  - continué  Karellen  - yo no podía  decir  quiénes  eran,  entre  los dos billones que habitan en este planeta, las verdaderas cabezas de la organización. Ahora que han sido identificados podré seguir con facilidad sus movimientos y estudiar detenidamente, si así lo deseo, todos sus actos. Será mejor que meterlos en la cárcel. Si dejan de actuar traicionarán a sus otros camaradas. Están totalmente neutralizados, y no lo ignoran. El rescate les parecerá inexplicable, pues usted se habrá desvanecido ante ellos.

Los ecos de aquella risa profunda llenaron la minúscula habitación.

 

- El  asunto  parece  una  comedia,  pero  tiene  un  propósito  muy  serio.  Más  que  los hombres  de esta organización  me importa  el efecto  moral que esto ejercerá  en otros grupos.

Stormgren se quedó callado unos instantes. No estaba totalmente satisfecho, pero comprendía el punto de vista de Karellen, y ya no se sentía tan irritado.

- Lamento tener que hacerlo en estos últimos días - dijo al fin -, pero voy a instalar una guardia permanente  en mi casa. Que la próxima vez secuestren  a Peter. A propósito,

¿cómo se ha portado?

 

- Lo he observado con atención durante esta última semana sin mezclarme en sus asuntos. En general ha llevado todo muy bien, pero no es hombre para ese puesto.

- Suerte para él - dijo Stormgren, aún un poco molesto -. Y a propósito, ¿le ha llegado algún mensaje de sus superiores... acerca de esa ocultación? He visto que sus enemigos se apoyan  principalmente  en ese argumento.  "Nunca  creeremos  en los superseñores hasta que se muestren en público" me decían, una y otra vez.

Karellen suspiró.

 

- No. No he recibido nada. Pero ya sé cuál será la respuesta.

 

Stormgren, como otras veces, no insistió; pero se le ocurría que ahora podía esbozar un   plan.   Recuerdo   las   palabras   del   galés.   Sí,   quizá   podían   inventar   algunos instrumentos...

Se había rehusado ante la presión de aquellos hombres, y ahora lo intentaría quizá voluntariamente.

 

 

4

 

 

 

Nunca se le hubiera ocurrido a Stormgren, aun unos pocos días antes, que hubiese podido  considerar  seriamente  la  acción  que  estaba  planeando.  Ese  melodramático  y ridículo rapto, que ahora le parecía un folletín de televisión de tercera categoría, era probablemente  una  de  las  causas  principales  de  su  cambio  de  opinión.  Stormgren, enemigo hasta de las batallas verbales de la sala de conferencias, había estado expuesto por primera vez a la violencia física. El virus debía de haberle contaminado la sangre, o simplemente estaba acercándose con demasiada rapidez a la segunda infancia.

Motivos también muy importantes eran su curiosidad y la determinación de devolver el golpe. Indudablemente lo habían utilizado como cebo, y aunque la mejor de las razones hubiese guiado a Karellen, Stormgren no estaba dispuesto a perdonarlo en seguida.

Pierre Duval no se sorprendió cuando Stormgren entró en su oficina sin anunciarse. Eran viejos amigos y nada tenía de raro que el secretario visitase personalmente al jefe del departamento científico. Si Karellen, o algún subordinado, apuntase sus instrumentos de vigilancia hacia esta determinada oficina no tendría, en verdad, por qué sorprenderse.

Los dos hombres hablaron un rato de generalidades e hicieron algunos comentarios políticos. Al fin, Stormgren se decidió a encarar la cuestión. El viejo francés se reclinó en su silla y mientras  su visitante  hablaba  las cejas  se le fueron  levantando  milímetro  a milímetro hasta confundírsele casi con la melena. Una o dos veces estuvo a punto de interrumpir a Stormgren, pero lo pensó mejor y continuó escuchando en silencio.

 

Cuando Stormgren terminó, el hombre de ciencia miró con nerviosismo a su alrededor.

 

- ¿Crees que nos estará escuchando? - preguntó.

 

- No. No creo que sea posible. Me protege algo que Karellen llama un rastreador. Pero no funciona bajo tierra. Ese es uno de los motivos por los que he venido a verte a este sótano tuyo. Se supone que está protegido contra toda clase de radiaciones, ¿no es así? Bueno, Karellen no es un mago. Sabe dónde estoy, pero nada más.

- Ojalá tengas razón. Pero, aparte de eso, ¿no habrá dificultades cuando Karellen descubra tus intenciones? Pues las descubrirá, lo sabes muy bien.

- Correré ese riesgo. Además, nos entendemos bien.

 

El físico jugueteó con su lápiz y se quedó mirando un rato el vacío.

 

- Es un bonito problema. Me gusta - dijo simplemente. Buscó luego en un cajón y sacó un enorme bloc de papel. Stormgren nunca había visto otro más grande.

- Bueno - comenzó a decir Duval, garrapateando furiosamente en una especie de taquigrafía privada -. Tengo que conocer todos los pormenores. Háblame de ese cuarto en  el  que  celebran  las  entrevistas.  No  omitas  ningún  detalle,  por  más  trivial  que  te parezca.

- No  hay  mucho  que  decir.  Es  de  metal,  y tiene  unos  ocho  metros  cuadrados  de superficie, por cuatro de altura. La pantalla tiene un metro de ancho y delante hay un escritorio... Mira, será mejor que te lo dibuje.

Stormgren trazó un rápido esbozo del cuartito y le pasó el dibujo a Duval. Estremeciéndose ligeramente recordó la última vez que había hecho un movimiento semejante.  Se preguntó  qué habría ocurrido  con el galés ciego y sus socios, y cómo habrían reaccionado cuando descubrieron que él, Stormgren, había desaparecido.

El francés estudió el dibujo frunciendo el ceño.

 

- ¿Y eso es todo lo que puedes decirme?

 

- Sí.

 

Duval bufó disgustado.

 

- ¿Qué hay de la luz? ¿Estás en una total oscuridad? ¿Y qué pasa con la ventilación, la temperatura...?

Stormgren sonrió ante esa explosión familiar.

 

- El cielo raso es luminoso, y creo que el aire entra por la rejilla del altavoz. No sé por dónde sale. Quizá de cuando en cuando cambia la dirección de la corriente. No lo he notado. No hay señales de un aparato de calefacción, pero la temperatura es siempre normal.

 

- Eso quiere  decir,  supongo,  que el vapor  de agua  se ha condensado,  pero no el anhídrido carbónico.

Stormgren trató de sonreír.

 

- Creo que te lo he dicho todo - concluyó - En cuanto a la máquina que me lleva hasta Karellen, tiene tan poco carácter como la caja de un ascensor. Sin la silla y la mesa bien podría ser eso.

Hubo un silencio de varios minutos mientras el físico adornaba su lápiz con minuciosos y microscópicos mordiscos. Stormgren se preguntó, observándolo, cómo un hombre como Duval, de mente mucho más brillante que la suya, no había alcanzado un puesto más alto en el mundo de la ciencia. Recordó una frase malévola y probablemente inexacta, de un amigo   del   Departamento   de   Estado:   "Los   franceses   producen   los   más   grandes segundones del mundo". Duval era una prueba de esa aseveración.

El físico sonrió satisfecho, se inclinó hacia adelante y apunto con su lápiz a Stormgren.

 

- ¿Qué te hace pensar, Rikki - preguntó -, que la pantalla de Karellen sea realmente una pantalla?

- Siempre me pareció eso. Es exactamente igual a una pantalla. ¿Qué otra cosa podía ser por otra parte?

- Cuando afirmas que se parece a una pantalla quieres decir, ¿no es cierto?, que se parece a una pan. talla de las nuestras.

- Claro.

 

- Eso me parece sospechoso. No creo que los superseñores usen algo tan tosco como una pantalla. Probablemente materializan las imágenes directamente en el espacio. Y además ¿por qué va a usar Karellen un sistema de televisión? La solución más simple es siempre la más adecuada. ¿No te parece mucho más probable que tu "pantalla" sea sólo una hoja de vidrio?

Stormgren sintió tanta vergüenza que guardó silencio unos instantes, rememorando el pasado. Nunca había dudado de la historia narrada por Karellen. Pero ahora que miraba hacia atrás, ¿cuándo le había dicho el supervisor que estaba usando un sistema de TV? Le habían tendido una trampa psicológica, y él, Stormgren, había caído inocentemente. Admitiendo, es claro, que Duval no se equivocaba. Pero ya estaba otra vez, sacando conclusiones. Aún nadie había probado nada.

- Si tienes razón - dijo -, basta romper el vidrio. Duval suspiró.

 

- ¡Estos salvajes! ¿Crees que podrás romper, ese material sin explosivos? Y si tuvieras éxito ¿supones que Karellen respira el mismo aire que nosotros? No será muy bonito para ambos si vive en una atmósfera de cloro.

Stormgren se sintió un poco tonto. Podía haber pensado en eso.

 

- Bueno, ¿qué sugieres? - preguntó algo exasperado.

 

- Tengo que pensarlo. Es necesario descubrir ante todo si mi teoría es correcta, y si lo es, averiguar de qué material es la pantalla. Encargaré ese trabajo a dos de mis hombres. A propósito, tú llevas un portafolios cuando vas a visitar a Karellen. ¿Es ése que tienes ahí?

- Si.

 

- Alcanzará. No tenemos que llamar la atención cambiándolo  por otro, sobre todo si

 

Karellen está acostumbrado a verlo.

 

- ¿Qué quieres que haga? - preguntó Stormgren -. ¿Que lleve conmigo un aparato de rayos X?

El físico sonrió con una mueca.

 

- No lo sé todavía, pero pensaremos en algo. Te avisaré dentro de quince días. - Duval se rió. - ¿Sabes qué me recuerda todo esto?

- Si - respondió en seguida Stormgren -, la época en que fabricabas aparatos ilegales de radio, durante la ocupación alemana.

Duval pareció decepcionado.

 

- Bueno, supongo que alguna vez he hablado de eso. Pero hay otra cosa.

 

- ¿De qué se trata?

 

- Cuando te capturen, yo no sabré nada.

 

- Pero cómo, ¿después de hablar tanto acerca de la responsabilidad de los inventores? Realmente, Pierre, me avergüenzas.

Stormgren dejó caer el pesado informe con un suspiro de alivio.

 

- Gracias a Dios ya está listo - dijo - Es raro pensar que estos pocos centenares de páginas  encierren  el  futuro  de  la  humanidad.  ¡El  Estado  mundial!  Nunca  pensé  que llegaría a verlo.

Metió el informe en su portafolios. El fondo no estaba a más de diez centímetros del rectángulo oscuro de la pantalla. De vez en cuando sus dedos jugueteaban con las cerraduras  en una semiconsciente  y nerviosa  reacción.  Pero no tenía el propósito  de apretar la llavecita hasta que la reunión hubiese terminado. Era posible que todo saliese mal. Aunque Duval había jurado que Karellen no sospecharía nada, no se podía estar seguro.

 

- Bueno, me ha dicho usted que tenía algunas novedades - continuó Stormgren con una impaciencia mal disimulada - Se trata de...

- Sí - dijo Karellen - Recibí una respuesta hace unas pocas horas.

 

¿Qué quería decir con eso? se preguntó Stormgren. No era posible indudablemente que el supervisor se hubiera comunicado ya con su distante morada, a través de esos innumerables  años-luz. O quizá - de acuerdo con la teoría de Van Ryberg - se habla limitado a consultar una enorme máquina computadora,  capaz de predecir las consecuencias de cualquier acto político.

- No creo - continuó Karellen - que la Liga de la Libertad y sus asociados se sientan muy satisfechos, pero ayudará a reducir la tensión. No registraremos esto.

"Me ha dicho usted muy a menudo, Rikki, que la raza humana se acostumbraría muy pronto a nosotros, no importa cual fuese nuestro aspecto físico. Eso demuestra que le falta a usted imaginación. Sería así, probablemente, en su caso, pero tiene que recordar que la mayor parte del mundo no está todavía bastante educada y que los prejuicios y supersticiones que la dominan sólo desaparecerán dentro de varias décadas.

"Admitirá usted que algo conocemos de psicología humana. Sabemos, con bastante exactitud, qué pasaría si nos reveláramos hoy al mundo. No puedo entrar en detalles, ni con usted, así que tiene que aceptar la verdad de este análisis. Podemos, sin embargo, hacer una promesa definida, que le dará alguna satisfacción: Dentro de cincuenta años - de aquí a dos generaciones - saldremos de nuestras naves y la humanidad nos verá al fin tal cual somos.

Stormgren  guardó  silencio  durante  un  rato,  asimilando  las  palabras  del  supervisor. Sentía muy poco de esa satisfacción que le hubiesen causado en otro tiempo las palabras de Karellen. En realidad, hasta estaba un poco confundido por su éxito parcial, y durante un instante casi dejó de lado su proyecto. La verdad llegaría con el paso de los años. Todo este complot era inútil y quizá muy poco prudente. Si lo llevaba a cabo, sería sólo por la egoísta razón de que dentro de medio siglo él, Stormgren, ya no existiría.

Karellen debió de advertir su irresolución, porque continuó:

 

- Lamento desilusionarlo, pero al menos no será usted responsable de los problemas políticos del futuro. Quizá aún piense usted que nuestros temores son infundados; pero créame, hemos comprobado que sería muy peligroso seguir otro camino.

Stormgren se inclinó hacia adelante, respirando pesadamente.

 

- ¡Entonces el hombre los vio alguna vez!

 

- No diría eso - respondió Karellen rápidamente -. No hemos supervisado solamente este planeta.

Pero Stormgren no se daba por vencido con tanta facilidad.

 

- Hay muchas leyendas que sugieren que la Tierra ha sido visitada ya por otras razas.

 

- Lo sé. He leído el informe del departamento  de Investigaciones  Históricas. Parece como si este mundo fuese el cruce de carreteras del universo.

- Quizá ustedes no se enteraron de algunas de esas visitas - dijo Stormgren insistiendo aún ansiosamente -. Aunque como nos observan desde hace mucho tiempo, es poco verosímil.

- Supongo que sí - replicó Karellen con una voz muy poco alentadora. En ese momento Stormgren tomó su decisión.

- Karellen  - dijo  de  pronto  -, redactaré  la declaración  y se  la enviaré  para  que  la apruebe.   Pero  me  reservo   el  derecho   de  seguir  molestándolo,   y  si  veo  alguna oportunidad, haré lo que pueda para descubrir su secreto.

- Me doy cuenta perfectamente - replicó el supervisor con una leve risita.

 

- ¿Y no le importa?

 

- En lo más mínimo. Aunque le prohíbo usar armas nucleares, gases venenosos o cualquier otra cosa que pueda estropear nuestra amistad.

Stormgren se preguntó si Karellen habría sospechado algo. Detrás de esa broma había creído advertir un tono de comprensión, o quizá - ¿quién podría decirlo? - aun de aliento.

- Me alegra saberlo - replicó Stormgren con toda la tranquilidad de que fue capaz. -

 

Se incorporó, cerrando al mismo tiempo la cubierta de su portafolios. Deslizó el pulgar a lo largo de la correa.

- Redactaré  la declaración  en seguida  - repitió  - y se la enviaré  más  tarde  por el teletipo. -

Mientras hablaba apretó el botón, y comprendió que todos sus temores habían sido infundados.  Los  sentidos  de  Karellen  no  eran  más  sutiles  que  los  de un  hombre.  El supervisor no había advertido nada, pues se despidió, y pronunció las palabras familiares que abrían la puerta del cuarto con la misma voz de siempre.

Sin embargo, Stormgren se sentía como un ratero que sale de una tienda observado por un detective. Cuando la lisa pared se cerró a sus espaldas, lanzó un suspiro de alivio.

- Admito - dijo Van Ryberg - que algunas de mis teorías no han sido muy felices. Pero dígame lo que piensa de ésta.

- ¿Es necesario? - suspiró Stormgren. Pieter no lo oyó.

 

- No es una idea mía realmente - dijo con modestia - La saqué de un cuento de Chesterton. Suponga que los superseñores  estén ocultando el hecho de que no tienen nada que ocultar.

- Un poco complicado, me parece - dijo Stormgren comenzando a interesarse.

 

- Lo que quiero decir es esto - continuó Van Ryberg con entusiasmo - Creo que físicamente son seres humanos como nosotros. Han comprendido que toleraríamos que nos gobernasen unas criaturas... bueno, extrañas y superinteligentes. Pero, tal como es, la raza humana no admitiría ser manejada por seres de su misma especie.

- Muy ingeniosa, como todas sus teorías - dijo Stormgren -. Me gustaría que las enumerase, así yo podría recordarlas mejor. Las objeciones a ésta...

Pero en aquel momento entraba Wainwright.

 

Stormgren  se  preguntó  qué  estaría  pensando.  Se  preguntó  también  si  Wainwright habría  tenido  algún  contacto  con  los  hombres  de  la  mina.  Lo  dudaba,  pues  tenía  la seguridad de que Wainwright se oponía genuinamente a toda forma de violencia. Los extremistas del movimiento se habían desacreditado totalmente, y había pasado mucho tiempo sin que el mundo hubiese oído hablar de ellos.

El jefe de la Liga de la Libertad escuchó cuidadosamente mientras Stormgren le leía el anuncio. Stormgren esperaba que Wainwright apreciara este gesto, que había sido idea de Karellen. El mundo conocería la promesa que los superseñores hacían a los nietos de los hombres actuales sólo doce horas después.

- Cincuenta años - dijo Wainwright pensativamente -. Es mucho tiempo para esperar.

 

- Para la humanidad quizá, pero no para Karellen - respondió Stormgren.

 

Sólo ahora comenzaba a comprender la sutileza de la solución ofrecida por los superseñores. Se tomaban el tiempo que creían necesario, y privaban de su base a la Liga  de  la  Libertad.  Stormgren  no  creía  que  la  Liga  capitulara,  pero  su  posición  se debilitaría muchísimo. Era indudable que Wainwright no pensaba otra cosa.

- En cincuenta años - dijo el hombre amargamente - el daño estará hecho. Aquellos que aún recuerdan nuestra independencia habrán desaparecido; la humanidad habrá olvidado sus tradiciones.

Palabras, palabras vacías, pensó Stormgren. Palabras por las que los hombres habían luchado y habían muerto, y por las que nunca volverían a luchar y a morir otra vez. Y el mundo sería mejor así.

Mientras veía alejarse a Wainwright, Stormgren se preguntó cuánto daño haría aún la Liga  de  la  Libertad.  Pero  ése,  pensó  aliviado,  era  un  problema  que  concernía  a  su sucesor.

 

Había algunas cosas que sólo el tiempo podría curar. Era posible destruir la maldad, pero nada podía hacerse con los que vivían engañados.

 

 

- Aquí está tu portafolio - dijo Duval -. Intacto.

 

- Gracias - respondió Stormgren, examinándolo cuidadosamente  -. Ahora espero que me digas de qué se trata y qué nos queda todavía por hacer.

El físico parecía más interesado en sus propios pensamientos.

 

- Lo que no puedo comprender - dijo - es lo fácil que ha resultado todo. Si yo fuese

 

Karellen...

 

- Pero no lo eres. Vamos, al asunto ¿Qué hemos descubierto?

 

- ¡Ay, estas excitables y supersensitivas razas nórdicas! - suspiró Duval - Hemos usado un aparato de radar de baja potencia. junto con las ondas de radio de frecuencia muy alta, utilizamos  las  infrarrojas...  en  fin,  todas  las  ondas  que  deben  de  ser  invisibles  para cualquier criatura, aun aquellas dotadas de ojos muy raros.

- ¿Cómo puedes  estar seguro?  - preguntó  Stormgren,  interesándose  a pesar de sí mismo en aquel problema técnico.

- Bueno... no podemos estar completamente  seguros - admitió Duval con desgano - Pero Karellen te ve bajo una luz normal, ¿no es as¡? Así que sus ojos, con relación al espectro,  tienen  que  ser  parecidos  a  los  ojos  de  los  terrestres.  De  todos  modo,  dio resultado. Hemos comprobado que detrás de esa pantalla hay una gran habitación. La pantalla tiene unos tres centímetros de espesor, y el espacio que se extiende al otro lado tiene por lo menos unos diez metros de longitud. No pudimos recoger ningún eco de esa distante  pared, ya que usamos  un radar de muy poca potencia.  Sin embargo,  hemos obtenido esto.

Duval mostró un trozo de papel fotográfico en el que se veía una simple línea ondulada. En un punto la línea se torcía levemente como la gráfica de un débil terremoto.

- ¿Ves esa irregularidad?

 

- Sí, ¿qué es?

 

- Karellen.

 

- ¡Dios mío! ¿Estás seguro?

 

- Podemos suponerlo. Está sentado, o de pie, o de cualquier otro modo, a dos metros de la pantalla.  Si hubiésemos  obtenido  un registro  mejor hasta podríamos  calcular  su tamaño.

 

Los sentimientos de Stormgren eran algo confusos mientras observaba aquella leve inflexión de la línea. Hasta ahora no había podido saber si el cuerpo de Karellen era de naturaleza material. La evidencia era todavía indirecta, pero la aceptó sin más dudas.

- También hemos calculado - dijo Duval - la transparencia de la pantalla con relación a una luz común. Creo que tenemos una idea bastante exacta. De todos modos no importa. El error no puede ser muy grande. Ya comprenderás, es claro, que esos vidrios transparentes por una cara y opaca por la otra no existen en realidad. Se trata sólo de un modo de arreglar las luces. Karellen se sienta en una habitación a oscuras, tú en una iluminada. Eso es todo. Duval rió entre dientes. - Bueno, vamos a cambiar eso.

Con los ademanes de un mago que hace aparecer una camada de conejos, Duval se inclinó sobre el escritorio y extrajo de un cajón una linterna enorme. Uno de los extremos terminaba en una cabeza. El aparato parecía un trabuco.

Duval sonrió mostrando los dientes.

 

- No es tan peligrosa como parece. Sólo tienes que apuntar la boca hada la pantalla y apretar el gatillo. La linterna lanza un rayo de luz muy poderoso que dura unos diez segundos.  Ese tiempo te basta para que ilumines  toda la habitación.  La luz pasará a través de la pantalla e iluminará magníficamente a tu amigo.

- ¿No le hará daño a Karellen?

 

- Será  mejor  que  primero  apuntes  hacia  abajo.  Así  se le irán  adaptando  los  ojos. Supongo que tiene reflejos como nosotros, y no hay por qué dejarlo ciego.

Stormgren miró el arma con ciertas dudas y la tomó en la mano. Durante estas últimas semanas la conciencia había estado molestándolo bastante. Karellen lo había tratado siempre con mucho cariño, a pesar de su ocasional y abrumadora franqueza, y ahora que se acercaban al fin no quería que nada estropease aquella amistad. Pero el supervisor ya había sido advertido, y Stormgren estaba seguro que, si de Karellen dependiese, ya se hubiese mostrado ante él. Ahora la decisión quedaba en sus propias manos. Cuando la última sesión estuviese concluyendo, Stormgren vería la cara de Karellen.

Siempre, es claro, que Karellen tuviese cara.

 

 

 

El nerviosismo que Stormgren había sentido en un comienzo ya se había desvanecido. Karellen   hablaba   casi  continuamente,   entretejiendo   las  intrincadas   frases   que  se complacía en usar. En un tiempo éste le había parecido a Stormgren uno de los más asombrosos, y ciertamente el más inesperado, de los dones de Karellen. Ahora ya no le parecía tan maravilloso, pues sabía que, como casi todas las habilidades del supervisor, se debía más a una inteligencia muy desarrollada que a un talento especial.

 

Cuando Karellen daba a sus pensamientos  la lentitud del lenguaje de los hombres, poco le costaba adornarlos con cierto brillo literario.

- No es necesario que usted o sus sucesores se preocupen indebidamente por las actividades  de  la  Liga  de  la  Libertad,  ni  siquiera  cuando  se  recobre  de  su  actual decaimiento. Ha estado muy tranquila durante este último mes, y aunque volverá a revivir, no representará  ningún  verdadero  peligro.  Al contrario,  como  es siempre  conveniente saber qué hacen nuestros enemigos, la Liga no deja de ser una institución muy útil. Si llegara a tener dificultades financieras creo que tendríamos que subvencionarla.

Stormgren  nunca  sabía  bien  en  qué  momento  bromeaba  Karellen.  Se  mantuvo impasible y siguió escuchando.

- Muy pronto la Liga perderá otro de sus argumentos. Se ha criticado mucho, a veces de un modo muy infantil, la posición especial que ha tenido usted durante estos últimos años. En los primeros días de mi administración me pareció inevitable, pero ahora que el mundo ya está casi organizado, adoptaré otra política. En el futuro, todas mis relaciones con la Tierra serán indirectas y la oficina del secretario general podrá volver a su forma anterior.

"Durante los próximos cincuenta años habrá muchas crisis, pero pasarán. La estructura del futuro es bastante clara, y un día, aun una raza como la suya, que tiene recuerdos tan remotos, habrá olvidado todas estas dificultades.

Las últimas palabras fueron pronunciadas con un énfasis tan particular que Stormgren se quedó helado en su asiento. Karellen, estaba seguro, nunca caía en un desliz; sus indiscreciones estaban calculadas en todos sus detalles. Pero no hubo tiempo para hacer preguntas  -  que  indudablemente  no  obtendrían  respuesta  -.  El  supervisor  ya  estaba hablando de otra cosa.

- Muy a menudo ha tratado usted de saber cuáles eran mis planes a largo plazo - continuó  Karellen  -. La fundación  del Estado mundial  es, por supuesto,  sólo el primer escalón. Usted llegará a verlo; pero el cambio será tan imperceptible que muy pocos se darán cuenta. Luego sobrevendrá un período de lenta consolidación, durante el cual los hombres se prepararán para recibirnos. Y luego llegará ese día. Lamento que usted no vaya a estar allí.

Stormgren,  con los ojos  muy  abiertos,  miraba  más allá de la oscura  barrera  de la pantalla. Estaba mirando el futuro, imaginando el día que nunca iba a ver, cuando las grandes naves de los superseñores bajasen al fin a la Tierra y abriesen sus puertas ante el mundo expectante.

 

- Ese día - siguió diciendo Karellen -, la raza humana experimentará lo que sólo puede llamarse una discontinuidad psicológica. Pero no se producirá realmente ningún daño. Seremos parte de sus vidas, y cuando se encuentren con nosotros no les pareceremos... extraños... como les pareceríamos a ustedes.

El supervisor no se había mostrado nunca tan contemplativo, pero Stormgren no se sorprendió. No creía haber conocido más que unos pocos rasgos del carácter de Karellen. El verdadero Karellen era un ser desconocido - y quizá incognoscible - para las mentes humanas. Y Stormgren sintió una vez más que los verdaderos intereses del supervisor estaban en otra parte, y que gobernaba la Tierra con sólo una fracción de su mente, con tan poco esfuerzo como el que un maestro del ajedrez tridimensional emplea en jugar una partida de damas.

- ¿Y después? - preguntó Stormgren suavemente.

 

- Entonces comenzará nuestro verdadero trabajo.

 

- Me he preguntado  muchas  veces qué trabajo  será ése. Ordenar  nuestro  planeta, civilizar la raza humana, son sólo medios... Tienen ustedes que tener un fin. ¿Podremos salir al espacio y ver otros mundos y hasta quizá colaborar con ustedes?

- Puede usted explicarlo de ese modo - dijo Karellen, y hubo en su voz una clara y sin embargo inexplicable nota de tristeza que perturbó singularmente a Stormgren.

- Pero suponga que al fin su experimento fracase. En nuestras relaciones con las razas primitivas nos ocurrió algo parecido. Seguramente han tenido ustedes sus fracasos.

- Sí  - dijo  Karellen  tan  débilmente  que  Stormgren  apenas  lo  oyó  -. Hemos  tenido nuestros fracasos.

- ¿Y qué hacen entonces?

 

- Esperamos... y probamos de nuevo.

 

Hubo una pausa que duró quizá cinco segundos. Cuando Karellen volvió a hablar, sus palabras fueron tan inesperadas que durante un instante Stormgren no reaccionó.

- ¡Adiós, Rikki!

 

Karellen  le  había  tendido  una  trampa.  Quizá  era  ya  muy  tarde.  La  parálisis  de Stormgren duró sólo un momento. En seguida, con un movimiento rápido, bien ensayado, encendió la linterna y la apretó contra el vidrio.

 

 

Los pinos llegaban casi a la orilla del agua, dando paso a una estrecha franja de hierba de unos pocos metros de ancho. Todas las noches, cuando aún hacía bastante calor, Stormgren, a pesar de sus noventa años caminaba rápidamente a lo largo de esta franja de hierbas hasta el desembarcadero,  y observaba cómo el sol se ponía sobre el lago.

 

Luego, antes que el viento frío se levantara desde el bosque, volvía a su casa. Este rito sencillo le proporcionaba una gran satisfacción, y esperaba repetirlo mientras le durasen las fuerzas.

Allá lejos, sobre el lago, algo venía desde el oeste, volando a baja altura y a gran velocidad. Los aeroplanos eran raros en esta región. Sólo las líneas transpolares pasaban por allá arriba a toda hora, de día y de noche. Pero nada se advertía de su presencia, salvo  una  ocasional  estela  de  vapor  que  atravesaba  el  azul  de  la  estratosfera.  Esta máquina era un pequeño helicóptero, y estaba viniendo hacia él con una innegable determinación. Stormgren miró a lo largo de la playa Y vio que era imposible escapar. Se encogió de hombros y se sentó en el banco de madera, en la punta del muelle.

El periodista se mostró tan deferente que Stormgren se sorprendió. Había olvidado que no era sólo un viejo estadista sino casi un mito.

- Señor Stormgren - comenzó a decir el intruso -, lamento molestarlo; pero quisiéramos hacerle una pregunta sobre algo que acabamos de saber. Se trata de los superseñores.

Stormgren  frunció  levemente  el  ceño.  Después  de  tantos  años  aún  compartía  el desagrado de Karellen por esa palabra.

- No creo - dijo - que pueda añadir mucho a lo que ya se ha escrito. El periodista lo observaba con mucha curiosidad.

- Creo que podría. Ha llegado recientemente  a nosotros  una historia bastante  rara. Parece que, hace unos treinta años, uno de los técnicos del departamento científico construyó para usted un equipo notable. ¿Qué puede decirnos sobre ese asunto?

Stormgren guardó silencio mientras rememoraba aquellos días. No era raro que se hubiese  descubierto  el secreto.  Al contrario,  le sorprendía  que  no se hubiese  sabido antes.

Se incorporó y echó a caminar a lo largo del muelle. El periodista lo seguía a unos pasos de distancia.

- La historia - dijo Stormgren - encierra una parte de verdad. En mi última visita a la nave de Karellen llevé conmigo cierto aparato, con la esperanza de ver al supervisor. Era una actitud bastante tonta pero... bueno, yo no tenía más de sesenta años. - Stormgren rió entre dientes y luego continuó: - No es una historia de tanto valor como para justificar el viaje de usted. Pues verá, no obtuve ningún resultado.

- ¿No vio nada?

 

- No, absolutamente nada. Temo que tendrá que esperar; pero al fin y al cabo faltan sólo veinte años.

 

Veinte años. Sí, Karellen tenía razón. Para ese entonces el mundo estaría preparado. No lo estaba cuando Stormgren le había dicho la misma mentira a Pierre, treinta años atrás.

Karellen  había  confiado  en  Stormgren  y  éste  no  había  traicionado  esa  confianza. Estaba  totalmente  seguro.  El supervisor  había  conocido  el plan desde  un principio,  y había previsto todos los momentos de aquella última entrevista.

¿Por qué si no aquel enorme asiento vacío, cuando el círculo de luz cayó sobre él? Stormgren había movido en seguida la linterna. Quizá ya era tarde. La puerta metálica, dos  veces  más  alta  que  un  hombre,  estaba  cerrándose  con  rapidez...  pero  no  con bastante rapidez.

Sí, Karellen había confiado en Stormgren; no había querido que se hundiese en el largo crepúsculo  de  la  existencia  obsesionado  por  un  misterio  que  había  sido  incapaz  de resolver. Karellen no se había atrevido a desafiar abiertamente a aquellos desconocidos poderes que lo gobernaban. (¿Serían ellos también de la misma raza?) Pero algo había hecho. Si había cometido un acto de desobediencia  nunca podrían probárselo. Aquélla había sido la prueba final, Stormgren lo sabía, del cariño que le tenía Karellen. Aunque del cariño de un hombre por un perro fiel, no era menos sincero por eso, y Stormgren no había sentido en toda su vida una mayor satisfacción.

- Hemos tenido nuestros fracasos.

 

Sí, Karellen, es cierto. ¿Y fuiste tú el que fracasó antes que comenzase la historia de los hombres? Tiene que haber sido un fracaso de veras, pensó Stormgren, para que sus ecos hayan traspasado las edades hasta venir a asustar a los niños de todas las razas.

¿Podrás superar, aun dentro de veinte años, el poder de todos los mitos y leyendas del mundo?

Sin  embargo,  Stormgren  sabía  que  no  había  otro  fracaso.  Cuando  las  dos  razas volvieran a encontrarse, los superseñores se habrían ganado la confianza y la amistad de los hombres, y ni siquiera el terror del reconocimiento  podría deshacer esa obra. Irían juntos  hacia  el  futuro,  y  la  desconocida  tragedia  que  debió  de  oscurecer  el  pasado quedaría sepultada para siempre en los oscuros corredores prehistóricos.

Y Stormgren esperaba que cuando Karellen volviese a caminar libremente por la Tierra, vendría un día a estos bosques del norte, y se detendría un momento junto a la tumba del primer hombre que había sido su amigo.

 

II - La edad de oro

 

 

 

5

 

 

 

- ¡Ha llegado el día! - Murmuraban las radios en un centenar de lenguas -. ¡Ha llegado el día! - decían los encabezamientos de un millar de periódicos -. ¡Ha llegado el día! - pensaban  los  fotógrafos  mientras  probaban  una  y  otra  vez  las  cámaras  agrupadas alrededor del vasto espacio vacío donde descendería la nave de Karellen.

Sólo  había  una  nave  ahora,  suspendida  sobre  Nueva  York.  En realidad,  como  los hombres acababan de descubrirlo, las naves que habían flotado sobre las otras ciudades no habían existido nunca. El día anterior esas naves habían desaparecido convirtiéndose en nada, deshaciéndose como la niebla en una mañana de sol. Las naves de aprovisionamiento que iban y venían por las lejanías del espacio eran verdaderamente reales;  pero  las  nubes  de  plata  que  habían  flotado.  durante  toda  una  vida  sobre  las capitales terrestres sólo habían sido una ilusión. Nadie podía explicarlo, pero parecía que esas naves no fueron más que una imagen de la embarcación de Karellen. Sin embargo, había habido algo más que un simple juego de luces, pues también el radar había sido engañado, y aún vivían algunos que creían haber oído el silbido del aire mientras la flota bajaba del cielo.

No importaba.  Karellen ya no tenía necesidad  de ese despliegue  de fuerzas. Había dejado a un lado las armas psicológicas.

- ¡La nave se mueve! - gritaron las voces, transmitidas inmediatamente a todos los rincones del planeta -. ¡Va hacia el oeste!

A menos de mil kilómetros Por hora, abandonando lentamente las vacías alturas de la estratosfera, la nave marchaba hacia las grandes llanuras y hacia su segunda cita con la historia. Descendió dócilmente ante las cámaras expectantes y los apretados millares de espectadores. Entre estos muy pocos podrían ver mejor que los millones de personas reunidos en todo el mundo ante las pantallas de televisión.

El  suelo  debió  de  temblar  y  crujir  ante  el  enorme  peso,  pero  la  nave  estaba  aún sostenida por las fuerzas que la habían lanzado a través de las estrellas. Tocó la tierra con tanta suavidad como un copo de nieve.

Una de las curvas paredes de la nave, a una altura de veinte metros, pareció moverse y brillar; donde momentos antes sólo había habido una superficie resplandeciente y lisa, apareció una vasta abertura. Nada se veía por esa abertura ni aun con la ayuda del inquisitivo ojo de la cámara. Era tan negra como la entrada de una caverna.

 

Una rampa ancha y brillante salió del orificio y descendió lentamente hacia el suelo. Parecía una sólida hoja de metal con barandillas a los lados. No tenía escalones. Era tan lisa y empinada  corno un tobogán  y - pensamos  los hombres  - subir o bajar por ella parecía imposible.

El mundo se quedó mirando aquella puerta oscura, donde nada aún se había movido. En seguida, la poco escuchada, pero inolvidable voz de Karellen brotó dulcemente desde un oculto altoparlante. El mensaje no pudo ser, quizá, más inesperado.

- Hay algunos niños al pie de la rampa. Quisiera que dos de ellos subieran a recibirme. Todos  callaron  unos  instantes.  Luego,  un niño  y una  niña  se  desprendieron  de  la

multitud y caminaron naturalmente hacia la rampa y la historia. Otros niños empezaron a seguirlos, pero la voz risueña de Karellen los detuvo.

- Dos son suficientes.

 

Entusiasmados  con la inesperada aventura, los niños - no podían tener más de seis años - saltaron sobre la hoja metálica. Y entonces ocurrió el primer milagro.

 

 

Saludando  alegremente  a  las  multitudes  que  aguardaban  abajo,  y  a  los  ansiosos padres - quienes un poco tarde recordaron quizá la leyenda del flautista que se había llevado consigo a todos los niños del pueblo -, los chicos comenzaron a subir rápidamente por la cuesta empinada. Sin embargo no movían las piernas, y todos advirtieron que los cuerpos formaban un ángulo recto con la superficie de aquella rampa singular. La rampa tenía una gravedad propia, una gravedad que podía ignorar la gravedad de la Tierra. Los niños  estaban  aún  disfrutando  de  la  novedosa  experiencia,  y preguntándose  qué  los llevaría hacia arriba, cuando desaparecieron en el interior de la nave.

Un vasto silencio cayó sobre el mundo entero durante veinte segundos. Nadie, más tarde, pudo creer que ese tiempo hubiese sido tan corto. Al fin, la oscuridad de la abertura pareció adelantarse, y Karellen salió a la luz del sol. El niño estaba sentado en el brazo izquierdo; la niña, en el derecho. Ambos, demasiado ocupados, jugando con las alas de Karellen, no advirtieron las miradas de la multitud.

Los conocimientos psicológicos de los superseñores y aquellos largos años de preparación tuvieron su premio: sólo algunas personas se desmayaron. Sin embargo, no fueron pocas, sin duda, y en todas las regiones del mundo, las que sintieron durante un terrible instante, que un viejo espanto les rozaba las mentes, antes de desvanecerse en forma definitiva.

No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado. Sin

 

embargo, allí estaba, sonriendo, con todo su enorme cuerpo bañado por la luz del sol, y con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos.

 

 

6

 

 

 

Un mundo y sus habitantes pueden ser trasformados profundamente en sólo cincuenta años,  hasta  tal  punto  que  nadie  pueda  reconocerlos.  Sólo  se  requiere  un  hondo conocimiento de los sistemas sociales, una clara visión de los fines que uno se propone... y poder.

Los superseñores tenían todo esto. Aunque sus fines eran un secreto, sabían lo que querían, y disfrutaban de poder.

Ese poder tomó muchas formas, y los hombres cuyos destinos eran manejados ahora por los superseñores no advirtieron muchas de ellas. El poder de las grandes naves había sido evidente para todos. Pero detrás de esa exhibición de fuerzas dormidas había otras armas mucho más sutiles.

- Todos los problemas políticos - le había dicho una vez Karellen a Stormgren - pueden ser solucionados con una correcta aplicación de la fuerza.

- Me parece una afirmación bastante cínica - había replicado Stormgren, incrédulo -. Se parece demasiado a aquélla de "El derecho de la fuerza". En nuestro propio pasado el uso de la fuerza nunca resolvió nada.

- La palabra clave es "correcta". Ustedes nunca tuvieron verdadera fuerza, ni los conocimientos necesarios para aplicarla. Hay siempre modos correctos e incorrectos de encarar un problema. Supongamos, por ejemplo, que una de sus naciones, guiadas por algún jefe fanático, trata de rebelarse contra mí. El modo incorrecto de responder a ese desafío sería el de unos pocos billones de caballos de fuerza bajo la forma de bombas atómicas. Si uso bastantes bombas la solución sería completa y definitiva. Pero sería también, como ya lo he señalado, incorrecta... aunque no tuviera otros defectos.

- ¿Y la solución correcta?

 

- Requeriría el poder de un pequeño trasmisor de radio, y otros dispositivos similares. Pues es la aplicación de la fuerza, y no su cantidad, lo que importa. ¿Cuánto hubiese durado, pregunto, la carrera de Hitler como dictador de Alemania si una voz le hubiese hablado constantemente al oído? ¿O si una única nota musical, bastante alta como para borrar todos los otros ruidos e impedirle dormir, le hubiese traspasado el cerebro día y noche? Nada brutal, como ve. Sin embargo, en última instancia, tan irresistible como una bomba de tritio.

 

- Ya veo - dijo Stormgren -. ¿Y no hubiera podido esconderse?

 

- En ningún sitio al que yo no pudiese enviar mis... este... aparatos. Y por esa misma razón nunca tuve que usar realmente métodos drásticos para mantener mi poder.

Las grandes naves, pues, no habían sido más que símbolos. Ahora el mundo sabía que todas  menos  una  habían  sido  unos  barcos  fantasmas.  Sin  embargo,  por  su  sola presencia, habían alterado la historia de la humanidad. Habían cumplido su labor, y sus triunfos habían sobrevivido como para resonar a través de las edades.

Los cálculos de Karellen habían sido exactos. La primera reacción desapareció rápidamente, aunque había aún muchos hombres orgullosos de su falta de prejuicios que no se atrevían a enfrentar a los superseñores. Era algo extraño, algo que estaba más allá de la lógica y la razón. En la Edad Media las gentes creían en el demonio, y lo temían. Pero éste era el siglo veintiuno. ¿Habría, realmente, algo así como una memoria racial?

Se aceptaba, por supuesto, universalmente, que los superseñores, o unos seres de la misma  especie,  habían  tenido  un  violento  conflicto  con  los  primeros  hombres.  El encuentro debía de haberse producido en el pasado más remoto, pues no había dejado huellas. Karellen no ayudaba a solucionar este problema.

Los superseñores,  aunque  se habían  mostrado  al hombre,  dejaban  pocas veces la nave.  Quizá  se  sentían  físicamente  incómodos  en  la  Tierra,  pues  su  tamaño,  y  la existencia de alas, indicaban que venían de un mundo de menor gravedad. Nunca se los veía sin un cinturón provisto de complicados mecanismos que, - se creía generalmente - controlaba el peso de sus cuerpos y les ayudaba a comunicarse. La luz del sol les hacía daño, y nunca se exponían a ella sino durante unos pocos segundos. Cuando tenían que salir al aire libre durante cierto tiempo, se ponían unos anteojos oscuros, lo que les daba una apariencia algo incongruente. Aunque parecían capaces de respirar el aire terrestre, a veces llevaban consigo unos pequeños cilindros de gas con los que se refrescaban de cuando en cuando.

Quizá se mantenían apartados a causa de estos problemas meramente físicos. Sólo una pequeña fracción del género humano se había encontrado con ellos, y nadie sabía exactamente cuántos vivían en la nave. Nunca se los veía en grupos mayores de cinco, pero en aquella enorme embarcación podían caber cientos, y miles.

En muchos sentidos el aspecto de estos seres había traído más problemas que soluciones. Su origen era todavía desconocido; su biología, una fuente de especulaciones infinitas.  Hablaban  libremente  de  muchas  cosas,  pero  de  otras  guardaban  un  celoso secreto. En general, sin embargo, esto no preocupaba a nadie, salvo a los hombres de

 

ciencia.  El hombre  común,  aunque  prefería  no  encontrarse  con  los  superseñores,  se sentía agradecido por los beneficios que habían traído al mundo.

Comparada con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.

Con todas las energías de la humanidad encauzadas hacia un trabajo constructivo, el rostro del mundo se había transformado totalmente. Era, casi al pie de la letra, un nuevo mundo. Las ciudades en que habían habitado las generaciones anteriores habían sido reconstruidas, o conservadas como ejemplares de museo cuando no servían para ningún propósito útil. Muchas otras habían sido abandonadas, pues se había alterado toda la estructura de la industria y el comercio. La producción era en su mayor parte automática; las fábricas de robots producían bienes de consumo en una corriente incesante, de modo que todas las necesidades ordinarias de la vida estaban virtualmente satisfechas. Los hombres trabajaban para procurarse algunos lujos, o no trabajaban.

Era un mundo unido. Los antiguos nombres de los antiguos países se usaban todavía, pero sólo para designar distritos postales. No había nadie en la Tierra que no supiese hablar inglés, que no supiese leer, que no tuviese a su alcance un aparato de televisión, que no pudiese visitar el otro extremo del planeta antes de veinticuatro horas...

Los crímenes habían desaparecido prácticamente. Se habían hecho tan innecesarios como imposibles. Cuando a nadie le falta nada, no hay motivo para robar. Por otra parte, todos los criminales en potencia sabían muy bien que no podrían escapar a la vigilancia de los superseñores. En los primeros días de su gobierno estos habían intervenido con tanta eficacia en defensa del orden y de la ley que nadie había olvidado la lección.

Los crímenes pasionales, aunque no inexistentes, eran muy raros, La mayor parte de los problemas psicológicos había desaparecido, y la humanidad era mucho más cuerda, y menos irracional. Y aquello que en otras edades se hubiese llamado vicio no era más que excentricidad o, cuanto más... malos modales.

Un cambio muy notable era la desaparición de aquel ritmo enloquecido que había caracterizado al siglo veinte. La vida transcurría con más lentitud que nunca. Había, por lo tanto, menos alicientes para algunos pocos; pero mayor paz para la mayoría. El hombre occidental había vuelto a aprender lo que el resto del mundo nunca había olvidado: que la holganza no era algo pecaminoso, y que la pereza no era un signo de degeneración.

Cualesquiera  que fuesen  los problemas  que trajese  el futuro,  el tiempo  no pesaba sobre  los  hombres.  La  educación  era  mucho  más  larga  y  profunda.  Pocas  personas

 

abandonaban  el colegio  antes de los veinte años. Y esto era simplemente  la primera etapa, ya que después. de algunos viajes, y cuando la experiencia les había ensanchado las mentes, volvían a los veinticinco por otros tres años. Y no dejaban de seguir algunos cursos, de cuando en cuando, y durante toda la vida, para estudiar algunos temas que les interesaban muy particularmente.

Esta prolongación de la educación, hasta mucho más allá del fin de la adolescencia, había  traído  consigo  varios  cambios  sociales.  Generaciones  y  generaciones  habían advertido  la  necesidad  de  algunos  de  esos  cambios,  pero  se  había  evitado  siempre enfrentar el problema... o se lo había ignorado. En particular, las costumbres sexuales - hasta  donde  es  posible  hablar  aquí  de  costumbres  -  habían  sufrido  una  profunda alteración. Dos inventos, que irónicamente eran de origen puramente humano, y que nada debían a los superseñores, las habían hecho trizas. El primero era un infalible contraconceptivo, una píldora; el segundo era un método igualmente seguro - tan exacto como el sistema dactiloscópico y basado en un minucioso análisis de la sangre - para identificar al padre de cualquier niño. El efecto de esos dos inventos sobre la sociedad terrestre sólo puede ser descrito como devastador; los dos habían borrado definitivamente los últimos restos de las aberraciones puritanas.

Otro gran cambio: la extrema movilidad de los habitantes del mundo. Gracias al perfeccionamiento del transporte aéreo todos podían ir a cualquier parte y en cualquier momento. Había más espacio en los cielos que en los caminos, y el siglo veintiuno había repetido,  a gran escala, la gran proeza americana  de poner a toda una nación sobre ruedas. Había dado alas al mundo.

Aunque no literalmente. El avión común de uso privado carecía de alas, y de todo plano visible de suspensión. Hasta las incómodas paletas de los viejos helicópteros habían desaparecido.   Sin   embargo,   los   hombres   no  conocían   la  antigravedad;   sólo   los superseñores  gozaban  de  este  último  secreto.  Los  vehículos  aéreos  de  los  hombres estaban impulsados por fuerzas que los hermanos Wright hubiesen podido entender. Las turbinas de reacción, usadas tanto directamente como en forma más sutil, en distintas posiciones, impulsaban los aparatos hacia adelante y los mantenían en el espacio. Con una eficacia que los edictos y leyes de Karellen nunca habían alcanzado, la ubicuidad de los aparatitos había hecho caer las últimas barreras entre las diferentes tribus de la humanidad.

Habían ocurrido también algunas cosas más profundas. Se vivía una época totalmente secular. De todas las creencias que habían existido hasta poco antes de la llegada de los superseñores sólo subsistía una especie de budismo - quizá la más austera de todas las

 

doctrinas religiosas -, aunque un budismo purificado. Los credos basados en milagros y revelaciones  habían desaparecido  totalmente,  desvaneciéndose  poco a poco a medida que  crecía  el  nivel  de  educación.  Los  superseñores  no  tenían  intervención  en  estos cambios. Muy a menudo se le preguntaba a Karellen qué opinaba sobre la religión, pero el superseñor  se  limitaba  a  declarar  que  las  creencias  humanas  eran  asunto  privado mientras no interfiriesen en la libertad de los demás.

Si no hubiese intervenido la curiosidad humana, las antiguas creencias se hubiesen mantenido  quizá  en  pie.  Era  sabido  que  los  superseñores  habían  tenido  acceso  al pasado, y en más de una ocasión se había recurrido a Karellen para que solucionara alguna controversia. Pudo haber ocurrido que Karellen se cansase al fin de responder a tales preguntas, pero es más probable que no hubiese ignorado cuáles serían las consecuencias de su generosidad...

El instrumento que entregó en préstamo al Instituto de Historia Universal no era más que un receptor de televisión con un complicado  sistema de controles para establecer ciertas coordenadas en el tiempo y el espacio. El aparato debía de estar conectado de algún modo con una máquina mucho más compleja, instalada en la nave de Karellen, y que  funcionaba  de  acuerdo  con  principios  inimaginables.  Sólo  había  que  ajustar  los controles e inmediatamente se abría una ventana al pasado. De este modo casi toda la historia humana de los últimos cinco mil años era accesible a los hombres. La máquina no funcionaba   más   allá   de   los   cinco   mil   años,   y   había   además   algunos   blancos desconcertantes  en  todas  las  edades.  El  fenómeno  se  debía  quizá  a  alguna  causa natural, aunque también podía tratarse de alguna censura deliberada, ejercida por los superseñores.

Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban - vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores - los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. Casi todas eran nobles e inspiradoras... pero eso no bastaba. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres.

La humanidad  había perdido  sus antiguas  divinidades.  Ahora  era ya bastante  vieja como para no necesitar dioses nuevos.

 

Aunque muy pocos lo notaron, la pérdida de la fe fue seguida por una declinación de la ciencia. Había muchos técnicos, pero pocos pensadores originales que extendiesen las fronteras  del conocimiento  humano.  Aún persistía  la curiosidad,  y había bastante  ocio como para complacerse en ella, pero el motivo fundamental de la investigación científica había desaparecido. Parecía totalmente inútil pasarse la vida investigando secretos ya descubiertos, probablemente, por los superseñores.

Esta  decadencia  había  sido  ocultada,  en  parte,  por  un  enorme  desarrollo  de  las ciencias descriptivas, como la zoología, la botánica y la observación astronómica. Nunca había habido tantos aficionados a coleccionar hechos científicos; pero muy pocos teóricos trataban de relacionar esos hechos.

El fin de las luchas y conflictos de toda especie había significado también el fin virtual del arte creador. Había millares de ejecutantes, aficionados y profesionales; pero, sin embargo, durante toda una generación, no se había producido en verdad ninguna obra sobresaliente en literatura, música, pintura o escultura. El mundo vivía aún de las glorias de un pasado perdido.

Nadie   se  preocupaba,   excepto   unos   pocos   filósofos.   La  raza   humana   estaba demasiado entretenida saboreando  la libertad recién descubierta como para mirar más allá de los placeres del presente. La utopía había llegado al fin, y no había sido atacada aún por el enemigo supremo de todas las utopías... el aburrimiento.

Quizá Karellen tenía también una respuesta para este problema. Nadie sabía aún, después de toda una vida, cuál podría ser el propósito final de los superseñores. La humanidad había aprendido a confiar en ellos, y a aceptar sin más el altruismo supremo que había traído a Karellen y a sus compañeros a este destierro tan prolongado.

Si se trataba, realmente, de altruismo. Pues todavía había algunos que se preguntaban si la política de los superseñores coincidiría siempre con los verdaderos intereses de la humanidad.

 

 

7

 

 

 

Las  invitactones   que  envió  Rupert  Boyre  recorrieron   un  impresionante   total  de kilómetros.  Los  doce  primeros  huéspedes,  por  ejemplo,  fueron  estos:  los  Foster  de Adelaida, los Sboenberger de Haití, los Farran de Stalingrado, los Moravia de Cincinnati, los Ivanko de París, y los Sullivan que vivían en las vecindades  de la isla de Pascua, aunque a cuatro kilómetros bajo el fondo del mar. Rupert tuvo la satisfacción de recibir a

 

más  de  cuarenta  huéspedes,  aunque  sólo  había  invitado  a  treinta.  Sólo  faltaron  los

 

Krause, pero porque olvidaron el calendario internacional y llegaron un día después.

 

Hacia el mediodía, una imponente colección de máquinas aéreas se había reunido en el  parque,  y  los  rezagados,  una  vez  que  encontraron  donde  aterrizar,  tuvieron  que recorrer a pie un largo camino. Los vehículos agrupados en el parque variaban desde las cucarachas  volantes  de  un  solo  asiento,  a  los  Cadillac  familiares  que  más  parecían palacios  aéreos  que sensibles  máquinas  voladoras.  Pero  en esta época  el transporte nada decía de la posición social de sus usuarios.

- Es una casa realmente fea - dijo Jean Morrel mientras el aparato Meteor descendía en espiral -. Parece una caja de cartón aplastada.

George Greggson, quien sentía un anticuado disgusto por los aterrizajes automáticos, ajustó los controles de descenso.

- Es difícil juzgarla desde este ángulo - dijo luego con bastante sentido común -. Desde el nivel del suelo quizá parezca otra cosa.

Se posaron entre otro Meteor y algo que no pudieron identificar. Parecía un aparato muy rápido y, pensó Jean, muy incómodo. Lo habrá construido alguno de esos técnicos amigos de Rupert, concluyó. Creía recordar una ley que prohibía esas cosas.

Salieron de la máquina y el calor los golpeó como la llama de un soldador. Parecía como si el sol les estuviese sacando el agua del cuerpo, y George creyó oír que le crujía la piel. Era en parte culpa de ellos, naturalmente.  Habían salido de Alaska tres horas antes y tenían que haber ajustado la temperatura de la cabina.

- ¡Qué lugar para vivir! - jadeó Jean -. Yo creía que aquí controlaban el clima.

 

- Así es - replicó George -. Esto fue una vez un desierto, y mira ahora. Vamos, adentro estaremos mejor.

La voz de Rupert un poco más alta que lo normal, les resonó en los oídos. El dueño de casa estaba de pie junto a la máquina, con un vaso en cada mano, y mirándolos desde lo alto con una expresión divertida. Los miraba desde lo alto por la sencilla razón de que medía cuatro metros de altura; el cuerpo, además, era translúcido.

- ¡Bonita triquiñuela para recibir a tus invitados! - protestó George y trató de tomar las bebidas.  La mano,  como  es natural,  pasó  a través  de los  vasos  -. ¡Espero  que  nos ofrezcas algo más sustancial cuando entremos en la casal

- No te preocupes - dijo Rupert riéndose -. Haz tu pedido y cuando llegues tendrás las bebidas preparadas.

- Dos grandes vasos de cerveza, enfriados en aire líquido - dijo George rápidamente -. En seguida estaremos ahí.

 

Rupert asintió con un movimiento de cabeza, puso los vasos sobre una mesa invisible, movió unos controles también invisibles, y desapareció.

- ¡Bueno! - dijo Jean -. Primera vez que veo funcionar uno de esos aparatos. ¿Cómo lo consiguió? Pensaba que sólo los tenían los superseñores.

- ¿Qué no tendrá Rupert? - replicó George -. Este es justo el juguete que le faltaba. Puede  quedarse  cómodamente  sentado  en su estudio,  y recorrer  al mismo  tiempo  la mitad del continente africano. Sin calor, sin cucarachas, sin esfuerzo... y con una heladera cerca. Me pregunto qué habrían dicho Stanley y Livingstone.

El sol  puso  fin  a la  conversación.  Cuando  llegaron  a la  puerta  principal  (difícil  de distinguir del resto del muro de vidrio) ésta se abrió automáticamente con una fanfarria de trompetas. Jean pensó, con exactitud, que esa fanfarria terminaría por enfermarla, aun antes que terminara el día.

La actual señora Boyre los recibió en la deliciosa frescura del vestíbulo. La mujer era, para decir la verdad, la razón que había atraído a tantos invitados. Quizá la mitad de ellos había venido a ver la nueva casa; el resto se había decidido por la noticia de una nueva esposa.

Sólo había un adjetivo capaz de describir adecuadamente a la señora Boyce: perturbadora. Aun en ese mundo, donde la belleza era un lugar común, los hombres volvieron las cabezas cuando ella entró en el cuarto. La mujer, sospechó George, era negra por lo menos en una cuarta parte. Tenía unas facciones prácticamente griegas y un cabello   largo  y  lustroso.   Sólo  la  piel,  brillante   y  oscura   -  ese  gastado   adjetivo “achocolatado” era el único que le convenía -, revelaba la posible ascendencia.

- Ustedes son Jean y George, ¿no es así? - les dijo la mujer extendiendo la mano -. Tanto  gusto.  Rupert  está  haciendo  algo  complicado  con  las  bebidas...  Vengan,  les presentaré a los demás.

La mujer tenía una rica voz de contralto, y George sintió que un ligero cosquilleo le subía y le bajaba por la espalda, como si alguien le pasase los dedos por la espina dorsal, tocando una flauta. Miró nerviosamente a Jean, que había logrado adoptar una sonrisa un tanto artificiosa, y al fin recobró la voz:

- Mucho... mucho gusto en conocerla - dijo débilmente -. Hemos esperado con ansia esta fiesta.

- Rupert da siempre tan hermosas fiestas - anotó Jean.

 

Jean acentuó de tal modo la palabra "siempre" que no era difícil adivinar lo que estaba pensando: cada vez que se casaba. George enrojeció ligeramente y le lanzó a Jean una mirada  de  reproche,  pero  la  mujer  no  dio  muestras  de  haber  advertido  el  alfilerazo.

 

Amablemente,   los   llevó   hasta   el   salón   principal,   donde   se   había   reunido   una representativa colección de los amigos de Rupert. Rupert mismo estaba sentado ante una mesa que parecía ser el tablero de un aparato de televisión. Se trataba, concluyó George, del proyector de aquella imagen que había ido a encontrarlos. Rupert estaba dedicado por entero a sorprender a otros dos; pero se interrumpió el tiempo necesario para saludar a Jean y a George, y disculparse por haberle dado las bebidas a algún otro.

- Encontrarán  más por ahí - dijo señalando  vagamente  hacia atrás con una mano, mientras que con la otra ajustaba los controles -. Están en su casa. Ya conocen a casi toda la gente…, Maia los presentará a los demás. Gracias por haber venido.

- Gracias a ti por habernos invitado - dijo Jean sin mucha convicción. George ya había partido hacia el bar y Jean lo siguió cambiando ocasionalmente algunos saludos con las gentes amigas. Las tres cuartas partes de los presentes  eran perfectos  desconocidos, cosa común en las fiestas de Rupert.

- Vayamos a explorar - le dijo a George cuando terminaron de refrescarse y de saludar desde lejos a todas las caras familiares - Quiero conocer la casa.

George  la  siguió  lanzando,  con  no  mucho  disimulo,  una  última  mirada  hacia  Maia Boyce. Tenía un aire ausente en los ojos que a Jean no le gustaba nada. Era tan molesto que  los  hombres  fuesen  fundamentalmente  polígamos.  Pero  por  otra  parte,  si  no  lo fuesen... Sí, quizá era mejor así, al fin y al cabo.

George volvió pronto a la normalidad mientras investigaban las maravillas de la nueva residencia de Rupert. La casa parecía muy grande para dos personas; pero era necesario que fuese así, ya que soportaba frecuentes sobrecargas. Había dos pisos; el de arriba era mucho más amplio para que los salientes sombrearan los alrededores del piso bajo. El grado  de  mecanización  era  considerable,  y  la  cocina  se  parecía  estrechamente  a  la cámara de pilotos de un transporte aéreo.

- ¡Pobre Ruby! - dijo Jean - Le hubiese encantado esta casa.

 

- Por lo que he oído - replicó George, quien no le tenía mucha simpatía a la anterior señora Boyce juzgo que Ruby es perfectamente feliz con su amiguito australiano.

Esto era algo tan sabido que Jean no pudo replicar. Así que cambié de tema.

 

- Es terriblemente bonita, ¿no es cierto?

 

George estaba bastante prevenido como para evitar la trampa.

 

- Oh, supongo que sí - replicó indiferentemente -. Siempre, claro, que a uno le gusten las morenas.

- Lo que a ti no te pasa, naturalmente - dijo Jean con suavidad.

 

- No seas celosa, querida - rió George, acariciándole el pelo platinado -. Vamos a ver la biblioteca. ¿En qué piso crees que estará?

- Arriba, seguramente. No - hay más cuartos aquí. Además, eso está de acuerdo con el plan general. El vivir, el comer y el dormir han sido relegados al piso inferior. Arriba está la sección juegos y diversiones, aunque eso de instalar una piscina en un primer piso sigue pareciéndome una locura.

- Sospecho  que  hay  algún  motivo  - dijo George  abriendo  una  puerta  cualquiera  -. Alguien tuvo que haber guiado a Rupert en la construcción de la casa. El solo no hubiese sido capaz.

- Probablemente tienes razón. Si no fuese así, habría cuartos sin puertas, y escaleras que  no  llevarían  a ninguna  parte.  En  realidad,  tendría  miedo  de  entrar  en  una  casa diseñada por Rupert.

- Aquí estamos - dijo George con el orgullo de un navegante al pisar tierra firme -, la fabulosa colección Boyce en su nueva casa. Me pregunto cuántos de estos libros habrá leído Rupert realmente.

La biblioteca abarcaba todo el ancho de la casa, pero los estantes colmados de libros la dividían  virtualmente  en  media  docena  de  pequeñas  dependencias.  Había  aquí,  si George no recordaba mal, unos quince mil volúmenes... casi todas las publicaciones importantes sobre temas tan nebulosos como magia, investigación psíquica, adivinación, telepatía y todo ese conjunto de huidizos fenómenos que pueden ser clasificados como parafísicos. Era una distracción muy peculiar en esta edad de la razón. Se trataba, presumiblemente, del método utilizado por Rupert para huir de la realidad.

George notó enseguida el olor. Era débil, pero penetrante, y no tan desagradable como misterioso. Jean, que también lo había advertido, fruncía el ceño tratando de identificarlo. Ácido acético, pensó George... es lo que más se le parece. Pero es, sin embargo, otra cosa...

La biblioteca terminaba en un espacio abierto, bastante amplio como para contener una mesa, dos sillas y algunos almohadones. Éste, seguramente, era el lugar donde leía casi siempre Rupert. Alguien estaba leyendo aquí ahora, con una luz demasiado débil.

Jean ahogó un grito y tomó la mano de George. Esta reacción tenía algún sentido. Una cosa era mirar una pantalla de televisión, y otra encontrarse con la realidad. George, que muy pocas veces se sorprendía por algo, se recuperó enseguida.

- Espero que no lo hayamos molestado, señor - dijo cortésmente -. No sabíamos que hubiese alguien aquí. Rupert no nos dijo nada.

 

El superseñor abandonó el libro un momento, los miró fijamente, y volvió a su lectura. Como  era alguien  capaz  de leer, hablar  y hacer  probablemente  varias otras cosas  al mismo  tiempo,  no  había  en  este  acto  ninguna  descortesía.  Sin  embargo,  para  un observador humano, el espectáculo era inquietantemente esquizofrénico.

- Mi nombre es Rashaverak - dijo el superseñor amablemente -. Temo no ser muy sociable, pero no es fácil dejar la biblioteca de Rupert.

Jean  alcanzó  a  evitar  una  risita  nerviosa.  El  inesperado  huésped  estaba  leyendo, advirtió, a razón de una página cada dos segundos. Jean tenía la seguridad de que el superseñor asimilaba todas las palabras, y se preguntó si sería capaz de leer una página con cada ojo. Y luego, naturalmente, se dijo a si misma, aprendería el sistema Braille para usar también los dedos... La imagen mental resultante era demasiado cómica como para recrearse en ella, así que trató de evitarla entrando en la conversación. Al fin y al cabo no todos los días se tenía la ocasión de hablar con uno de los amos de la Tierra.

Jean hizo las presentaciones y George dejó. que la muchacha siguiera la charla esperando  que  no  cayese  en  alguna  falta  de  tacto.  Como  Jean,  nunca  se  había encontrado con un superseñor. Aunque los superseñores  solían verse con funcionarios del  gobierno,  hombres  de  ciencia  y  otras  gentes  parecidas,  nunca  había  oído  que asistiesen  a  fiestas  privadas.  Podía  concluirse  que  esta  fiesta  no  era  realmente  tan privada.  La  posesión,  por  parte  de  Rupert,  de  aquel  aparato  contribuía  a  afirmar  la sospecha,  y  George  comenzó  a  preguntarse,  con  letras  mayúsculas:  Qué  Estaba Pasando. Tenía que interrogar a Rupert, tan pronto como lo viese en algún rincón.

Como no cabía en las sillas, Rashaverak se había sentado en el piso, donde se sentía, aparentemente, bastante cómodo, pues no había prestado atención a los almohadones cercanos. Tenía, pues, la cabeza a unos dos metros del suelo, y George tuvo una oportunidad  verdaderamente  única  para estudiar  biología  extraterrestre. Desgraciadamente,  como sabía muy poco de biología terrestre, nada pudo añadir a sus conocimientos. Sólo ese olor, peculiar, pero no desagradable, fue algo nuevo para él. Se preguntó qué olor tendrían los seres humanos para los superseñores, y esperó lo mejor.

No   había   nada   realmente   antropomórfico   en   Rashaverak.   George   alcanzó   a comprender cómo, vistos desde lejos por ignorantes y aterrorizados salvajes, los superseñores podían haber parecido hombres alados, y dar pie, de esa manera, al convencional retrato del demonio. Desde cerca, sin embargo, gran parte de esa ilusión se desvanecía totalmente. Los cuernitos (¿qué función tendrían?) eran menos específicos, pero el cuerpo no se parecía al del hombre ni al de ningún animal que hubiese habitado la Tierra. Como procedentes de una rama evolutiva totalmente extraña, los superseñores no

 

eran  ni  mamíferos,  ni  insectos,  ni  reptiles.  Ni  siquiera  se  podía  afirmar  que  fuesen vertebrados. Esa armadura externa bien podía ser la única estructura de sostén.

Las alas de Rashaverak estaban plegadas de modo que George no podía verlas claramente,  pero la cola, semejante  a una delgada  tubería  estaba  enrollada  con todo cuidado sobre el piso. La famosa barba. en que terminaba el apéndice era menos una punta de flecha que un largo y chato diamante. Servía, se creía comúnmente, para dar estabilidad  al vuelo,  como  la cola  de los pájaros.  De algunos  hechos  y suposiciones aisladas  semejantes,  los  hombres  de  ciencia  habían  concluido  que  los  superseñores venían de un mundo de escasa gravedad y muy densa atmósfera.

La voz de Rupert brotó de pronto de un altavoz oculto:

 

- ¡Jean! ¡George! ¿Dónde se han escondido? Bajen y únanse a la fiesta. La gente está empezando a murmurar.

- Quizá sea mejor que vaya yo también - dijo Rashaverak devolviendo el libro al estante sin moverse de su sitio. George notó por vez primera que Rashaverak tenía dos pulgares en oposición, con cinco dedos entre ellos. Qué espantosa aritmética, pensó, basada en el número catorce.

Rashaverak, de pie, era un espectáculo imponente, Como los superseñores tenían que inclinarse para no tocar los cielos rasos con la cabeza, era indudable que por más que quisiesen acercarse a los hombres siempre encontrarían dificultades.

En la última media hora habían llegado algunos otros cargamentos de invitados y la sala estaba casi repleta. La entrada de Rashaverak empeoró aún más las cosas, pues todos  los que se encontraban  en las habitaciones  vecinas  vinieron  corriendo  a verlo. Rupert se sentía muy complacido. Jean y George no estaban tan felices, ya que nadie los atendía.   En  realidad   muy  pocos  podían   verlos,  pues  se  encontraban   detrás  del superseñor.

- Ven, acércate, Rashy, te presentaré a unos compinches - gritó Rupert -. Siéntate en este diván, así dejarás de rascar el cielo raso.

Rashaverak,  con  la  cola  recogida  sobre  un  hombro,  se  abrió  paso  a través  de  la habitación como un rompehielos a través de unos témpanos. Cuando se sentó, junto a Rupert, la habitación pareció agrandarse de pronto. George suspiró aliviado.

-  Me  da  claustrofobia  cuando  lo  veo  de  pie.  Me  pregunto  cómo  Rupert  habrá conseguido traerlo. Esta puede ser una fiesta interesante.

- Es raro que Rupert le hable de ese modo, y más aún en público. Pero a Rashaverak no parece importarle.

 

- Apuesto a que le importa. Pero Rupert adora las exhibiciones y carece totalmente de tacto. ¡Ah, y eso me recuerda algunas de tus preguntas¡

- ¿Como por ejemplo?

 

- ¿Cuánto tiempo hace que está aquí? ¿Qué relaciones tiene usted con el supervisor

 

Karellen? ¿Le gusta la Tierra? ¡No es modo de hablar con los superseñores!

 

- ¿Y por qué no? Ya es hora de que alguien lo haga.

 

Antes  que  la  discusión  se  hiciese  más  violenta  los  Shoenberger  se  acercaron  a hablarles, y en seguida ocurrió la fisión. Las mujeres se unieron en un grupo para discutir a la señora Boyce; los hombres en otro para hacer exactamente lo mismo, aunque desde un  punto  de  vista  diferente.  Benny  Shoenberger,  viejo  amigo  de  George,  tenía  una abundante información al respecto.

- Por favor no se lo vayas a decir a nadie - le dijo -. Ruth no sabe nada, pero yo se la presenté a Rupert.

- Me parece - señaló George con envidia - que vale demasiado para Rupert. De todos modos,  no puede  durar.  Pronto  estará  harta  de él. - Esta  última  observación  pareció animarlo considerablemente.

- No lo creas. Además de ser una belleza es una excelentísima persona. Es hora de que alguien se encargue de Rupert y Maia es la mujer indicada.

Rupert y Maia estaban sentados al lado de Rashaverak atendiendo solemnemente a los huéspedes. Las fiestas de Rupert tenían muy pocas veces algún centro de atracción, ya que consistían casi siempre en una media docena de grupos independientes que sólo se ocupaban  de sus propios  asuntos.  Esta vez, sin embargo,  todos tenían  un mismo interés. George lo sintió bastante por Maia. Éste tenía que haber sido el día de la joven, pero Rashaverak la había eclipsado parcialmente.

- Oye - dijo George mordisqueando un sándwich -, ¿cómo demonios logró Rupert traer aquí a un superseñor?  Nunca oí nada semejante.  Pero Rupert parece aceptarlo como algo natural. Ni siquiera nos avisó al invitarnos.

Benny rió entre dientes.

 

- Otra de sus sorpresas. Mejor será que se lo preguntes a él. Pero esta no es la primera vez, al fin y al cabo. Karellen ha estado en algunas fiestas, en la Casa Blanca, en el palacio de Buckingham, en...

- ¡Eh, pero esto es diferente! Rupert es un ciudadano perfectamente común.

 

- Y quizá Rashaverak es un superseñor de menor importancia. Pero será mejor que se lo preguntes a ellos.

- Lo haré - dijo George -, tan pronto como me encuentre a solas con Rupert.

 

- Entonces tendrás que esperar mucho.

 

Benny no se equivocaba, pero como la fiesta estaba animándose era más fácil tener paciencia. La leve parálisis ocasionada por la aparición de Rashaverak se había borrado. Se veía aún a un grupito cerca del superseñor, pero ya se habían producido las fragmentaciones de costumbre, y todos se comportaban con bastante naturalidad.

Sin mover la cabeza, George podía ver un famoso productor cinematográfico, un poeta menor, un matemático, dos actores, un ingeniero de energía atómica, el editor de un semanario de noticias, un virtuoso del violín, un profesor de arqueología, y un astrofísico. No había ningún representante de la profesión de George - escenógrafo de televisión -, y era mejor así, ya que no quería volver a sus preocupaciones  habituales.  A George le gustaba mucho su trabajo; en realidad, en esa época, y por primera vez en la historia humana,  nadie  trabajaba  en  algo  que  no  le  gustase;  pero  George  era  uno  de  esos hombres capaces de olvidar la oficina una vez terminada la tarea diaria.

Al fin logró atrapar a Rupert, que estaba experimentando con algunas botellas. Era una lástima traerlo a la realidad, en momentos en que tenía una mirada casi soñadora, pero George sabía ser rudo si era necesario.

- Óyeme, Rupert - le dijo, apoyándose en la mesa más cercana -. Creo que nos debes algunas explicaciones.

- Hum - dijo Rupert pensativamente, mientras hacia rodar la lengua por el interior de la boca -. Sobra un poquitito de gin, me parece.

- No te hagas el distraído, ni finjas que estás borracho, porque sé perfectamente que no lo estás. ¿De dónde has sacado a ese superseñor amigo tuyo? ¿Y qué está haciendo aquí?

- ¿No te lo he dicho? - dijo Rupert -. Creí habérselo explicado a todos. No podías estar muy lejos... Claro, estabas escondido en la biblioteca. - Rupert emitió una risita que a George le pareció ofensiva. - La biblioteca, ¿sabes?, eso ha traído a Rashy.

- ¡Qué cosa más rara!

 

- ¿Por qué?

 

George calló un momento comprendiendo  que esto requeriría cierto tacto. Rupert se sentía muy orgulloso de su original colección.

- Este... Bueno, cuando uno considera los conocimientos científicos que poseen los superseñores, es difícil pensar que puedan sentirse atraídos por los fenómenos psíquicos y todos esos disparates.

- Disparates o no - replicó Rupert - les interesa la psicología humana, y tengo algunos libros que pueden enseñarles  muchas cosas. Pero antes de mudarme,  cierto enviado,

 

subalterno  de los  superseñores,  o superseñor  de los  subalternos,  fue  a verme  y me preguntó si podía prestarle cincuenta de mis más caros volúmenes. Uno de los conservadores  del Museo  Británico  le había  dicho que yo los tenía.  Naturalmente,  ya puedes imaginarte lo que le dije.

- No, no me lo imagino.

 

- Bueno, le repliqué  muy cortésmente  que había tardado veinte años en reunir mis libros. Yo permitiría con mucho gusto que los leyesen, pero tendrían que hacerlo aquí. De modo que Rashy vino a mi casa y ha estado absorbiendo unos veinte volúmenes por día. Me gustaría saber qué conclusiones saca.

George pensó un momento, y luego se encogió de hombros, disgustado.

 

- Francamente - dijo -, mi opinión sobre los superseñores ha descendido mucho. Pensé que emplearían mejor el tiempo.

- Eres un materialista incorregible. No creo que Jean esté de acuerdo contigo. Pero aún desde tu oh - tan - práctico punto de vista podrás encontrarle algún sentido. Me imagino que estudiarías  las supersticiones  de cualquier  raza primitiva  con la que tuvieras  que tratar.

- Supongo que sí - dijo George, no muy convencido.

 

La mesa le estaba resultando un poco dura, así que se incorporó. Rupert había hallado al fin una mezcla satisfactoria y marchaba ya hacia sus huéspedes. Unas voces quejosas lo reclamaban.

- ¡Eh! - protestó George -. Antes que te vayas tengo que hacerte otra pregunta. ¿Cómo conseguiste ese transmisor - receptor de televisión con que trataste de asustarnos?

- Fue algo así como una permuta. Indiqué que uno de esos dispositivos me ayudaría mucho en mi trabajo, y Rashy transmitió mi sugerencia a los cuarteles centrales.

- Perdóname por ser tan obtuso, ¿pero de qué te ocupas ahora? Me imagino, es claro, que tiene alguna relación con animales.

- Eso es. Soy un superveterinario.  Tengo a mi cargo diez kilómetros  cuadrados  de selva, y como mis pacientes no vienen a mí, voy yo hacia ellos.

- Un trabajo bastante pesado.

 

- Oh, claro que no resulta práctico ocuparse de la fauna menor. Sólo leones, elefantes, rinocerontes, y otros animales parecidos. Todas las mañanas preparo los controles para examinar  unos cien metros cuadrados,  me siento ante la pantalla  y recorro la región. Cuando encuentro algún enfermo subo a mi máquina voladora con la esperanza de que mi tratamiento tenga éxito. A veces es bastante difícil. Los leones por ejemplo no ofrecen

 

dificultades,   pero  tratar  de  aplicar  una  inyección  a  un  rinoceronte   con  un  dardo anestesiado es un trabajo de todos los demonios.

- ¡Rupert! - gritó alguien desde la habitación vecina.

 

- Mira, mira lo que has hecho. Me he olvidado de mis huéspedes. Toma, lleva tú esta bandeja. Esos son los que tienen vermouth. No quiero que se mezclen.

 

 

Poco antes de la caída del sol George logró escaparse a la terraza. Algunos muy justificados motivos le habían provocado un ligero dolor de cabeza y. sentía la necesidad de alejarse del ruido y la confusión. Jean, que bailaba mucho mejor que él, estaba todavía divirtiéndose, y no quería irse. George, ya alcohólicamente sentimental, se sintió molesto y decidió meditar en paz bajo las estrellas. Se llegaba a la terraza tomando la escalera mecánica hasta el primer piso, y subiendo luego por los peldaños en espiral que rodeaban el aparato de aire acondicionado. Los peldaños terminaban en una puerta que daba a la ancha y lisa terraza. La máquina volante de Rupert descansaba en uno de los extremos; el área central era un jardín - que ya mostraba signos de abandono - y el resto era simplemente  una plataforma de observación con unas pocas sillas de lona. George se echó  en  una  de  estas  sillas  y  lanzó  a  su  alrededor  una  mirada  imperial.  Se  sentía realmente dueño y señor de toda la escena. Era, para decirlo con sencillez, todo un espectáculo. La casa de Rupert había sido construida a orillas de una enorme represa que  a unos  cinco  kilómetros  de distancia,  hacia  el este,  se convertía  en  pantanos  y lagunas. Por el oeste el terreno era llano, y la selva llegaba casi hasta la casa. Pero más allá de la selva, a más de cincuenta kilómetros, una cadena montañosa se extendía como un muro, hacia el norte y el sur, hasta perderse de vista. Las cimas estaban veteadas de nieve, y más arriba, mientras caía el sol, ya en los últimos instantes de su carrera diaria, se encendían  las nubes.  Mientras  contemplaba  aquellos  lejanos  baluartes,  George  se sintió dominado por una repentina sobriedad.

 

 

Las  estrellas  que  asomaron   con  una  prisa  indecente,   tan  pronto  como  el  sol desapareció, eran para George totalmente desconocidas. Buscó la Cruz del Sur, pero no pudo encontrarla. Aunque sus conocimientos astronómicos eran muy escasos, y no podía reconocer   sino   unas   pocas   constelaciones,   la   ausencia   de   amigos   familiares   lo perturbaban excesivamente. Lo mismo podía decirse de los ruidos que venían de la selva, demasiado  cercana.  Basta  de  aire  fresco,  pensó.  Volveré  a  la  fiesta  antes  que  un murciélago sediento de sangre, o algo igualmente desagradable, venga a examinar la terraza.

 

Iba hacia la escalera cuando otro huésped surgió de la abertura. La oscuridad era ya tan grande que George no pudo reconocerlo.

- Hola - dijo -. ¿También usted se siente harto? Su invisible acompañante se rió.

- Rupert ha comenzado a exhibir una de sus películas. Ya las he visto todas.

 

- Sírvase un cigarrillo - dijo George.

 

- Gracias.

 

A  la  luz  del  encendedor  -  George  era  muy  aficionado  a  esas  antiguallas  -  pudo reconocer al otro huésped, un joven negro de facciones sorprendentemente perfectas. Se lo habían presentado unas horas antes, pero había olvidado el nombre en seguida, junto con los de otros veinte desconocidos. Sin embargo, la cara le recordaba algo, y de pronto George sospechó la verdad.

- No sé si nos han presentado realmente - dijo -, ¿pero no es usted el nuevo cuñado de

 

Rupert?

 

- Exactamente. Soy Jan Rodricks. Todo el mundo dice que Maia y yo nos parecemos mucho.

George  pensó  si  debía  lamentar  con  Jan  la  adquisición  del  nuevo  pariente.  Al  fin decidió que sería mejor que el pobre hombre descubriese  solo la verdad. Después de todo era posible que Rupert se decidiese a sentar cabeza.

- Yo soy George Greggson. ¿Es la primera vez que concurre a una de las famosas fiestas de Rupert?

- Sí. Indudablemente se conoce aquí a mucha gente nueva.

 

- Y no sólo a seres humanos - añadió George -. Nunca me habían presentado a un superseñor.

El otro titubeó un momento antes de contestar y George se preguntó qué lugar sensible habría tocado. Pero la respuesta no reveló nada.

- Nunca habla visto a ninguno. Excepto, es claro, en una pantalla de televisión.

 

La. conversación languideció y George comprendió al fin que Jan deseaba estar solo. Por otra parte, sintió frío, así que dejó la terraza y volvió a la fiesta.

La selva estaba ahora en silencio. Jan se reclinó contra la curva pared de la toma de aire y sólo oyó el débil murmullo de los pulmones mecánicos de la casa. Se sintió muy solo, como lo había deseado. Se sintió también muy desilusionado, y esto no lo había deseado de ningún modo.

 

 

8

 

Ninguna  utopía  puede  satisfacer  siempre  a  todos.  A  medida  que  mejoraron  las condiciones materiales los hombres se hicieron más ambiciosos y ya no se contentaron con el poder y los bienes que en otra época habían parecido inalcanzables. Y aunque el mundo exterior se había ajustado a casi todos los deseos, la curiosidad de la mente y la inquietud del corazón seguían aún muy vivas.

Jan Rodricks, aunque raras veces apreciaba su suerte, se hubiese sentido aún más descontento en una época anterior. Un siglo antes el color de su piel hubiese sido un impedimento enorme y hasta quizá aplastante. Hoy no significaba nada. La inevitable reacción  que  había  dado  a  los  negros  del  siglo  veintiuno  un  leve  sentimiento  de superioridad también se había desvanecido. La palabra "negro" ya no era tabú en las reuniones sociales y todos la usaban sin embarazo. No tenía más contenido emocional que adjetivos tales como republicano, o metodista, conservador o liberal.

El padre de Jan había sido un escocés encantador,  aunque algo desordenado,  que había  logrado  obtener  bastante  renombre  como  mago  profesional.  Su  muerte,  a  la temprana edad de cuarenta y cinco años, había tenido como causa el consumo excesivo del más famoso producto del país. Aunque Jan nunca había visto borracho a su padre, no estaba seguro de haberlo visto sobrio alguna vez.

La señora Rodricks, todavía muy viva, enseñaba teoría de la probabilidad en la Universidad de Edimburgo. Como ejemplo típico de la extrema movilidad del hombre del siglo  veintiuno,  la  señora  Rodricks,  que  era  negra  como  el  carbón,  había  nacido  en Escocia, mientras que su expatriado y rubio marido se había pasado toda la vida en Haití. Maia y Jan nunca habían tenido un hogar fijo, y habían oscilado entre las familias de sus progenitores  como  dos  rueditas  volantes.  Se  habían  divertido  bastante,  naturalmente, pero no habían llegado a corregir la inestabilidad heredada del señor Rodricks.

A los veintisiete de edad, Jan tenía aún por delante varios años de estudio antes de que tuviese que pensar seriamente en su carrera. Había obtenido fácilmente el título de bachiller,   siguiendo   un   plan   de   estudios   que   un   siglo   antes   hubiese   parecido verdaderamente extraño. Sus más importantes materias habían sido matemática y física, pero había estudiado también filosofía y apreciación musical. Aun para el alto nivel de aquella época, Jan era un pianista aficionado de primera categoría.

Dentro de tres años obtendría el doctorado en física aplicada, con astronomía como ciencia  auxiliar.  Esto  supondría  bastante  trabajo,  pero  Jan  lo  prefería  así.  Estaba estudiando en la que era quizá la institución más hermosamente situada del mundo, la Universidad de la Ciudad del Cabo, construida en la falda de la montaña de la Mesa.

 

No tenía preocupaciones materiales; sin embargo se sentía descontento, y su situación le parecía irremediable. Para empeorar las cosas, la felicidad de Maia - aunque no la envidiaba, de ningún modo había subrayado la causa principal de sus disgustos.

Pues Jan sufría a causa de la romántica ilusión - motivo de tanta desgracia y de tanta poesía - de que todo hombre tiene realmente un solo amor verdadero. A una edad desacostumbradamente tardía había entregado su corazón, por vez primera, a una dama más  renombrada  por  su  belleza  que  por  su  constancia.  Rosita  Tsien  declaraba,  con perfecta verdad, que corría por sus venas la sangre de los emperadores Manchú. Todavía tenía  muchos  súbditos,  incluida  la  mayor  parte  de  los  estudiantes  de  la  Facultad  de Ciencias, en el Cabo. Jan había sido hechizado por su delicada belleza floral, y la historia había progresado lo bastante como para tener un fin verdaderamente triste. Jan no podía imaginar qué había fallado.

Saldría   de  eso,  naturalmente.   Otros  hombres   habían  sobrevivido   a  catástrofes parecidas sin sufrir daños irreparables,  y hasta habían llegado a esa época en que se dice: - ¡Nunca pude haberme tomado en serio a una mujer como ésa! - Pero Jan no veía aún la posibilidad de tal desprendimiento,  y actualmente estaba muy disgustado con la vida.

Su otro motivo de preocupación era más difícil de remediar, pues tenía como origen la relación  existente  entre  sus  ideales  y  los  superseñores.  La  mente  de  Jan  era  tan romántica  como  su  corazón.  Como  tantos  otros  hombres  de  su  edad,  desde  que  la conquista del aire era realmente posible, había dejado que sus sueños y su imaginación recorrieran los inexplorados mares del espacio.

Un siglo antes el hombre había puesto un pie en la escalera que llevaba a las estrellas; en ese mismo instante - ¿podía - haber sido una coincidencia?  - le habían cerrado la puerta de los planetas en las narices. Los superseñores habían puesto pocas barreras a las actividades humanas (la guerra era quizá la mayor excepción) pero los estudios sobre viajes  interplanetarios  se  habían  casi,  interrumpido.  La  ciencia  de  los  superseñores parecía inalcanzable. Por el momento, al menos, el hombre se había desanimado y había vuelto la atención hacia otras esferas. No había por qué desarrollar cohetes cuando los superseñores tenían medios de propulsión infinitamente superiores, basados en principios ignorados por todos.

Unos  pocos  centenares  de  hombres  habían  visitado  la  Luna  con  el  propósito  de establecer allí un observatorio astronómico. Habían viajado como pasajeros en una nave pequeña, manejada por superseñores e impulsada por cohetes. Era obvio que muy poco

 

podía aprenderse del estudio de un vehículo tan primitivo, aunque sus dueños permitiesen que los hombres de ciencia terrestre lo examinasen a su gusto.

El hombre era, por lo tanto, prisionero de su propio planeta; un planeta mucho más hermoso, pero más pequeño que hacía un siglo junto con la guerra, el hambre y la enfermedad, los superseñores habían abolido la aventura.

La luna naciente teñía ya el cielo oriental con un resplandor pálido y blanquecino. Allá arriba, se dijo Jan, estaba la base central de los superseñores,  entre las montañas de Platón. Aunque las naves de aprovisionamiento habían estado yendo y viniendo durante más  de  setenta  años,  sólo  en  vida  de  Jan  se  había  revelado  el  secreto,  y  los superseñores  iniciaban  ahora  sus  viajes  ante  los  mismos  ojos  de  la  Tierra.  En  el telescopio de cinco metros de abertura podía verse cómo el sol de la mañana o de la tarde proyectaba sobre las planicies de la Luna la sombra de aquellas enormes naves. Como todo lo que hacían estos seres era de gran interés para la humanidad, se llevó una cuenta  minuciosa  de  sus  idas  y  venidas,  y  ya  comenzaba  a  descubrirse  una  cierta relación  entre  los  diversos  movimientos,  aunque  no  su  causa.  Una  de  esas  grandes sombras había desaparecido unas horas antes. Eso significaba, como lo sabía Jan, que en un lugar del espacio, ya fuera de la Luna, la nave de los superseñores estaba preparándose para iniciar el viaje hacia el hogar distante y desconocido.

Jan nunca  había  visto a una de esas naves  en el momento  de elevarse  hacia  los astros. En las noches claras, la nave era visible desde una de las mitades del mundo; pero  Jan  nunca  había  tenido  suerte.  Uno  nunca  podía  decir  con  exactitud  cuándo comenzaría el verdadero viaje, y los superseñores no adelantaban la noticia. Jan decidió esperar otros diez minutos antes de volver a la fiesta.

¿Qué  era  eso?  Sólo  un  meteoro  que  atravesaba  la  constelación  de  Eridano.  Jan suspiró, descubrió que se le había apagado el cigarrillo, y encendió otro.

Ya  se  había  fumado  la  mitad  cuando,  a  un  millón  de  kilómetros,  el  navío  estelar comenzó a moverse. Desde el mismo centro de la creciente luna iluminada una chispita comenzó a ascender hacia el cenit. Al principio el movimiento era tan lento que apenas se lo advertía, pero poco a poco la nave fue ganando velocidad. Siguió subiendo cada vez con mayor brillo, hasta que de pronto desapareció. Momentos después volvió a aparecer, más  veloz  y  brillante.  Encendiéndose  y  apagándose,  con  un  ritmo  peculiar,  subió rápidamente por el cielo, dibujando una fluctuante línea luminosa entre los astros. Aunque uno ignorase la distancia real. la impresión de velocidad quitaba el aliento. Sabiendo que la nave se encontraba más allá de la Luna, el cálculo de las velocidades y energías confundían la mente.

 

Jan sabía que estaba viendo un subproducto de esas energías. La nave misma era invisible, ya muy por encima de esa luz ascendente. Así como un cohete estratosférico deja una estela de vapor, del mismo modo el resuelto navío de los superseñores dejaba también su huella. La teoría generalmente aceptada - y había muy pocas dudas sobre su veracidad - decía que las enormes aceleraciones de la nave provocaban una distorsión local del espacio. Jan sabía que estaba viendo nada menos que la luz de unas estrellas distantes, reunidas y enfocadas hacia la Tierra, cada vez que en el camino recorrido por la nave  se  cumplían  ciertas  condiciones.  Era  una  prueba  visible  de  la  relatividad:  la curvatura de la luz en presencia de un colosal campo gravitatorio.

Ahora el extremo de esa inmensa lente, delgada como una línea de lápiz,. parecía moverse con mayor lentitud, aunque sólo a causa de la perspectiva. En realidad la nave ganaba velocidad. Sólo su huella parecía detenerse; la nave misma se precipitaba ahora hacia  los  astros.  Jan  sabía  que  muchos  telescopios  le  estaban  siguiendo,  pues  los hombres  de  ciencia  querían  descubrir  los  secretos  de  la nave  estelar.  Ya  se  habían publicado docenas de estudios sobre ese tema; sin duda los superseñores  los habían leído con el mayor interés.

La luz fantasmal  estaba  apagándose.  Ahora era una raya muy débil que apuntaba como siempre hacia el centro de la constelación Carina. El hogar de los superseñores estaba  aproximadamente  por  allí,  pero  en  cualquiera  del  millar  de estrellas  de  aquel sector del espacio. No era posible calcular la distancia que había entre esa estrella y el sistema solar.

Todo había acabado. Aunque la nave apenas había comenzado su viaje, ya ningún ojo terrestre podía seguirla. Pero en la mente de Jan el recuerdo de la estela brillante ardía aún,  como  un  faro  que  no  se  apagaría  nunca  mientras  hubiese  en  él  ambiciones  y deseos.

 

 

La fiesta había terminado. Casi todos los huéspedes habían vuelto a elevarse por los aires  y  se  desparramaban  ahora  hacia  los  cuatro  rincones  del  globo.  Aunque  había algunas excepciones.

Una era Norman Dodsworth, el poeta, que se había emborrachado, de un modo desagradable, pero que había sido bastante cuerdo como para abandonar la sala antes de que fuera necesario recurrir a la violencia. Lo habían depositado sobre el césped, con mucha suavidad, y con la esperanza de que una hiena lo despertase bruscamente. En fin, no se contaba con él.

 

Entre los que se habían quedado se incluían George y Jean. No había sido idea de George: él quería volverse a casa. Desaprobaba la amistad entre Rupert y Jean, aunque no por  las  razones  comunes.  George  se  enorgullecía  de ser  un hombre  práctico,  de juicioso carácter, y pensaba que el interés que unía a Jean y a Rupert no era sólo infantil, en esta edad de la ciencia, sino también enfermizo. Que alguien pudiese atribuir alguna sombra de verdad a los hechos llamados supranormales  le parecía extraordinario,  y el haber encontrado aquí a Rashaverak había disminuido su fe en los superseñores.

Era  indudable  ahora  que  Rupert  había  estado  planeando  alguna  sorpresa, probablemente con la connivencia de Jean. George se resignó tristemente a las tonterías que pudiesen sobrevenir.

- Probé toda clase de objetos antes de llegar a esto - decía Rupert con orgullo -. El mayor problema era el de reducir la fricción y facilitar así los movimientos. La anticuada mesita y la copa no estaban mal; pero habían sido usadas durante siglos y era indudable que la ciencia moderna podía mejorarlas. Y aquí está el resultado. Acercad las sillas...

¿Estás seguro de que no quieres unirte a nosotros, Rashy?

 

El superseñor pareció titubear durante una fracción de segundo. Luego sacudió negativamente  la  cabeza.  (¿Había  aprendido  ese  gesto  en  la  Tierra?  se  preguntó George.)

- No, gracias - replicó -, prefiero mirar. Quizá en otra ocasión.

 

- Muy bien. Hay tiempo de sobra para que cambies de parecer. Oh, ¿hay tiempo? pensó George mirando tristemente su reloj.

Rupert había reunido a sus amigos alrededor de una mesita maciza, perfectamente circular. Levantó la superficie de material plástico y reveló un brillante mar de apretados y redondos cojinetes. El borde un poco saliente de la mesa impedía que escaparan. George no podía imaginar para qué servía todo eso. La luz se reflejaba sobre los cojinetes en centenares de puntos, formando fascinantes e hipnóticas figuras. George se sintió ligeramente mareado.

Mientras los demás acercaban  las sillas, Rupert buscó debajo de la mesa, sacó un disco de unos diez centímetros de diámetro, y lo colocó sobre los cojinetes.

-  Eso  es  -  dijo  -.  Vosotros  ponéis  los  dedos  aquí,  y  el  disco  gira  sin  encontrar resistencia.

George lanzó una mirada de profundo disgusto al dispositivo. Advirtió que las letras del alfabeto habían sido colocadas sobre la mesa a intervalos regulares, aunque sin ningún orden. Además, distribuidos entre las letras, se veían varios números, del 1 al 9, y en dos extremos opuestos unas tarjetas con las palabras "Sí y "No".

 

- Todo esto me parece magia barata - murmuró George -. Me sorprende que alguien se lo tome en serio en esta época.

Luego de haber emitido esta débil protesta, George se sintió un poco mejor. Rupert pretendía no sentir por estos fenómenos más que una desinteresada  curiosidad. Tenía una mente amplia, pero no era un crédulo. Jean, en cambio... bueno, George se sentía un poco preocupado. La muchacha creía, en apariencia, que en este asunto de la telepatía y de la segunda visión había algo realmente.

George no advirtió, hasta después de haber hablado, que la frase implicaba también una censura a Rashaverak.  - Lo miró nerviosamente,  pero no había en el superseñor ningún signo de reacción. Lo que no probaba nada en absoluto.

Ya todos ocupaban sus sitios. Alrededor de la mesa y en el sentido de las agujas del reloj, se habían instalado Rupert, Maia, Jan, Jean, George y Benny Shoenberger. Ruth Shoenberger  estaba  sentada  aparte  con  un  anotador.  Se  había  opuesto,  parecía,  a participar  de  la  sesión,  lo  que  había  provocado  ciertos  comentarios   oscuramente sarcásticos de Benny a propósito de los que todavía se tomaban el Talmud en serio. Sin embargo, no se oponía de ningún modo a actuar como cronista.

- Ahora escuchen - comenzó a decir Rupert -; para beneficio de los escépticos como George, pongamos las cosas en claro. Haya o no algo anormal en todo esto, funciona. Personalmente creo que se trata de un simple fenómeno mecánico. Cuando ponemos nuestras manos sobre el disco, aunque tratemos de no influir en sus movimientos, nuestro subconsciente comienza a hacer trampa. He analizado centenares de sesiones y no he descubierto una sola respuesta que no fuese conocida, o sospechada, por alguno de los participantes, aunque a veces no conscientemente. Tengo interés en llevar a cabo el experimento en esta peculiar... este... circunstancia.

La “peculiar circunstancia” estaba observándolos en silencio, pero, indudablemente, no con indiferencia. George se preguntó qué pensaría Rashaverak de estas antiguas supersticiones. ¿Ocupaba la posición de un antropólogo ante un rito primitivo? La escena era fantástica, y George se sintió verdaderamente tonto.

Si  los  otros  se  sentían  como  él,  lo  ocultaban  perfectamente.  Sólo  Jean  estaba encendida y excitada, aunque quizá el alcohol fuese el culpable.

- ¿Todos listos? - preguntó Rupert -. Muy bien. Guardó, durante unos instantes, lo que quería  ser  un  impresionante  silencio,  y  luego,  sin  dirigirse  particularmente  a  nadie, exclamó: - ¿Hay alguien aquí?

 

George pudo sentir que el disco temblaba ligeramente bajo sus dedos. No era nada sorprendente si se tenía en cuenta la presión ejercida por las seis personas del círculo. El disco osciló trazando la figura de un 8 y al fin se detuvo.

- ¿Hay alguien aquí? - repitió Rupert. Con un tono de voz más normal añadió -: A

 

menudo pasan diez o quince minutos sin que haya una respuesta, pero otras veces...

 

- Chist... - dijo Jean.

 

El disco se estaba moviendo. Comenzó a balancearse trazando un amplio arco entre las tarjetas del "Sí" y del "No". A George le costó trabajo ocultar una risita. ¿Qué quedaría demostrado  si  la  respuesta  fuese  "No”?  Recordó  aquel  viejo  chiste:  "Sólo  estamos nosotras, las gallinas..."

Pero la respuesta era "Sí". El disco volvió rápidamente al centro de la mesa. Parecía como si estuviese vivo, de algún modo, y esperase la próxima pregunta. A pesar de sí mismo, George se sintió impresionado.

- ¿Quién eres? - preguntó Rupert.

 

Esta vez las letras se sucedieron sin titubeos. El disco se movió a través de la mesa, como un ser consciente, y con tanta rapidez que George encontraba difícil mantener el contacto.  Podía jurar que no contribuía  al movimiento.  Miró rápidamente  a los demás, pero no pudo ver nada sospechoso  en sus caras. Parecían tan atentos y expectantes como él.

- Todos - respondió el disco, y volvió a su lugar de descanso.

 

- Todos - repitió Rupert -. Una respuesta típica. Evasiva, pero estimulante. Significa, quizá, que no hay nadie aquí, salvo una combinación de nuestras mentes. - Calló un momento mientras elegía la próxima pregunta. Luego dijo, dirigiéndose al aire: - ¿Tienes un mensaje para alguno de nosotros?

- No - replicó el disco con rapidez. Rupert miró alrededor de la mesa.

- Deja el asunto en nuestras manos. A veces habla voluntariamente, pero esta noche tendremos que hacerle preguntas definidas. ¿Alguien quiere comenzar?

- ¿Lloverá mañana? - dijo George en broma.

 

El disco comenzó a oscilar en la línea del SÍ - NO.

 

- Es una pregunta tonta - protestó Rupert -. Es posible que llueva en alguna parte, y que  no  llueva  en  alguna  otra.  No  hagan  preguntas  cuyas  respuestas  puedan  ser ambiguas.

George se sintió apropiadamente aplastado. Decidió esperar a que algún otro hiciese la pregunta siguiente.

 

- ¿Cuál es mi color favorito? - preguntó Maia.

 

- Azul - fue la respuesta.

 

- Es exacto.

 

- Pero eso no prueba nada. Tres de los presentes, por lo menos, ya lo sabían.

 

- ¿Cuál es el color favorito de Ruth? - preguntó Benny.

 

- Rojo.

 

- ¿Es cierto eso, Ruth?

 

La mujer alzó la vista de su anotador.

 

- Sí, así es. Pero Benny lo sabe, y está en la mesa.

 

- Yo no lo sabía - replicó Benny.

 

- Lo sabías muy bien. Te lo he dicho un millón de veces.

 

- Recuerdo subconsciente  - murmuró Rupert -. Ocurre a menudo. ¿Pero no pueden hacer preguntas más inteligentes, por favor? Todo ha comenzado tan bien, que no quiero que perdamos esta mina.

Curiosamente, la misma trivialidad del fenómeno comenzaba a interesar a George. No se trataba de nada supranormal, era indudable. Como decía Rupert, el disco estaba respondiendo a los movimientos musculares inconscientes. Pero este hecho mismo era asombroso.  George  nunca  hubiese  creído  que  fuera  posible  obtener  respuestas  tan rápidas y precisas. En una ocasión trató de influir en el disco para que éste deletreara su nombre. Obtuvo la "G", pero eso fue todo; el texto no tenía sentido. Era virtualmente imposible, decidió, que una persona gobernara la mesa sin la colaboración de los demás.

Al cabo de media hora, Ruth había anotado más de una docena de mensajes, algunos bastante largos. Había ocasionales faltas de ortografía, y rarezas de sintaxis, pero pocas. Cualquiera  que fuese la explicación,  George - estaba seguro - no contribuía conscientemente a obtener esos resultados. Algunas veces, cuando el disco comenzaba a deletrear una palabra, creía adivinar las letras subsiguientes, y de ahí el significado total del mensaje. Y todos las veces el disco había cambiado de dirección y había deletreado algo totalmente distinto. Muy a menudo - pues no había pausa ninguna que indicase el fin de una palabra y el comienzo de otra - el mensaje parecía ininteligible hasta que Ruth lo leía en voz alta.

La experiencia, en su conjunto, le daba a George la impresión de encontrarse ante una mente independiente y dotada de voluntad. Y sin embargo no había ninguna prueba definitiva. Las réplicas eran tan ambiguas, tan triviales... Qué podía significar esto por ejemplo:

CREEDHOMBRESLANATURALEZAOSACOMPAÑA

 

Aunque a veces se sucedían profundas y hasta perturbadoras verdades: RECORDADQUEELHOMBRENOESTASOLONOLEJOSHAYOTRAPATRIA

Pero naturalmente todos lo sabían. Aunque ¿quién podía asegurar que el mensaje se refiriese a los superseñores?

George estaba sintiéndose cansado. Era hora, pensó somnoliento, de que volviesen a casa. Todo esto parecía muy curioso, pero no los llevaba a ninguna parte y ya estaban abusando. Miró alrededor de la mesa. Benny parecía sentirse como él. Maia y Rupert tenían una mirada un poco apagada, y Jean... bueno, se lo tomaba muy en serio. La expresión de Jean lo preocupó. Parecía como si tuviese miedo de terminar, y también como si tuviese miedo de seguir.

Quedaba sólo Jan. George se preguntó qué pensaría de las excentricidades de su cuñado. El joven ingeniero no hacía preguntas, ni mostraba ninguna sorpresa ante las respuestas. Parecía estar estudiando los movimientos del disco como si se tratase de un fenómeno científico.

Rupert salió de su aparente letargo.

 

- Hagamos  otra pregunta  - dijo -, después  podemos  darnos  por satisfechos.  ¿Qué dices, Jan? No has preguntado nada.

Jan, sorprendentemente,  no titubeó, como si tuviese la pregunta ya preparada. Lanzó una mirada hacia la impresionante mole de Rashaverak y luego dijo con una voz clara y tranquila:

- ¿Qué estrella es el sol de los superseñores?

 

Rupert lanzó un silbido de sorpresa. Maia y Benny no reaccionaron. Jean había cerrado los ojos y parecía dormir. Rashaverak  se había inclinado hacia adelante de modo que podía mirar por encima del hombro de Rupert.

Y el disco comenzó a moverse.

 

Cuando  volvió  al  centro  de  la  mesa,  hubo  un  momento  de  silencio  y  al  fin  Ruth preguntó con una voz perpleja:

- ¿Qué significa NGS 549672?

 

No obtuvo respuesta, pues en ese momento George dijo ansiosamente:

 

- Ayúdenme. Me parece que Jean se ha desmayado.

 

 

 

9

 

 

 

- Ese hombre, Boyce - dijo Karellen -. Hábleme de él.

 

El supervisor no usó, naturalmente, estas mismas palabras, y expresó además unos pensamientos  mucho  más  sutiles.  Un  hombre  hubiese  oído  una  corta  explosión  de sonidos rápidamente modulados, no muy diferentes de los de un transmisor Morse de alta velocidad. Aunque se habían grabado numerosos ejemplos de ese lenguaje su extrema complejidad había desafiado todos los análisis. Y la velocidad era tal, que nadie hubiese podido,  aunque  dominase  los  elementos  de  esa  lengua,  sostener  una  conversación normal con los superseñores.

El supervisor de la Tierra estaba de pie, de espaldas a Rashaverak, mirando a través del abismo  multicolor  del Gran  Cañón.  Diez  kilómetros  más  allá,  algo  velados  por  la distancia, los pétreos terraplenes reflejaban toda la violencia del sol. Abajo, a centenares de  metros  del  borde  rocoso  en  el  que  se  encontraba  Karellen,  una  rastra  de  mulas descendía con lentitud hacia las profundidades del valle. Era curioso, pensó Karellen, que los seres humanos aprovechasen aún todas las ocasiones para volver a las costumbres primitivas. Hubiesen podido llegar al fondo del cañón en una fracción de segundo, y con más comodidad. Pero preferían arrastrarse por senderos que parecían muy peligrosos, y que quizá lo eran.

Karellen movió apenas la mano. El gran panorama se desvaneció dejando sólo un sombrío vacío de profundidad indeterminada. La realidad de su empleo y de su posición volvieron a él.

- Rupert Boyce es, en cierto modo, un curioso personaje - respondió Rashaverak - Profesionalmente  está  a cargo  de  una  importante  sección  de  la reserva  africana.  Es bastante eficiente, y tiene interés en su trabajo. Como debe vigilar varios kilómetros cuadrados, está usando uno de los quince visores panorámicos que hemos entregado en préstamo; con los resguardos  usuales, como es natural. El visor, además, es el único capaz de emitir toda clase de proyecciones. Boyce puede aprovechar muy bien estas facilidades, por eso le hemos permitido emplear el aparato.

- ¿Qué razones ha dado?

 

- Quería aparecerse a los animales salvajes, para que fueran acostumbrándose, y no lo atacaran cuando se presentase ante ellos. La teoría resultó exacta con animales que reaccionan más con los estímulos visuales que con los olfativos... Aunque probablemente un día terminarán por matarlo. Y, naturalmente, le hemos dejado el aparato por otras razones.

- ¿Para que cooperase con nosotros?

 

- Precisamente.  Me  puse  en contacto  con  Boyce  porque  es  dueño  de  una  de  las mejores  bibliotecas  del mundo  en cuestiones  de parapsicología  y otros  temas  afines.

 

Cortésmente, pero con firmeza, rehusó a prestarnos sus libros, y tuve que visitarlo. Me he leído la mitad de su biblioteca. Ha sido una prueba bastante dura.

- Lo creo - dijo Karellen secamente -. ¿Ha descubierto algo entre toda esa bazofia?

 

- Sí. Once casos seguros, y veintisiete probables. Pero como el material sólo recoge casos  aislados  no  es  posible  utilizarlos  con  fines  estadísticos.  Y  la  evidencia  está mezclada  a  menudo  con  cierto  misticismo...  quizá  la  mayor  aberración  de  la  mente humana.

- ¿Y cuál es la actitud de Boyce ante todo esto?

 

- Pretende ser un hombre de mente libre y escéptica, pero el tiempo y el esfuerzo que ha dedicado a sus libros revelan cierta fe subconsciente. Lo desafié a que me lo negase y me respondió que quizá yo tenía razón. Boyce anda buscando una prueba decisiva. Por eso realiza esas experiencias, aunque pretenda que sólo se trata de juegos.

- ¿Y Boyce cree que nuestro interés es sólo académico? ¿Está usted seguro?

 

- Totalmente seguro. La mente de Boyce es, en muchos sentidos, bastante simple y obtusa. Por eso mismo su interés por esta esfera particular tiene un carácter algo patético. No es necesario tomar ninguna medida especial.

- Ya veo. ¿Y qué hay de la muchacha que se desmayó?

 

- Esto es lo más interesante. Jean Morrel fue, casi con seguridad, el canal por el que vino la información. Pero ya tiene veintiséis años. Excesivamente mayor para que se la considere, de acuerdo con nuestras experiencias anteriores, un contacto primario. Tiene que haber, por lo tanto, alguien muy unido a ella. La conclusión es obvia. No tendremos que esperar  muchos  años. Habrá  que transferirla  a la categoría  púrpura.  Jean Morrel puede convertirse en el ser humano más importante de esta época.

- Así lo haré. ¿Y qué hay de ese joven que hizo la pregunta? ¿Fue simple curiosidad o tuvo otro motivo?

- Estaba allí por casualidad. Su hermana acababa de casarse con Rupert Boyce. No conocía a los otros huéspedes. Estoy seguro de que no hubo nada premeditado. Sólo las condiciones  excepcionales,  y probablemente  mi  presencia,  inspiraron  la  pregunta.  De modo que su conducta es apenas sorprendente. Tiene un único interés: la navegación interplanetaria. Es secretario del grupo de astronáutica de la Universidad del Cabo, y evidentemente dedicará a este tema toda su vida.

- Su carrera puede ser interesante. Mientras tanto, ¿qué actitud cree usted que tomará

 

Rodricks?

 

- El ingeniero hará indudablemente algunas comprobaciones, tan pronto como le sea posible. Pero no podrá probar la exactitud de la información, y es difícil, a causa de su

 

origen tan peculiar, que se decida a publicarla. Y aunque lo hiciese, ¿nos afectaría de algún modo?

- Estudiaré las dos posibilidades - replicó Karellen -. Se nos ha ordenado no revelar la posición de nuestra base, aunque la información no podrá, en este caso, volverse contra nosotros.

- Estoy de acuerdo. Rodricks posee cierta información que es de dudosa veracidad, y sin ningún valor práctico.

- Así parecerá al menos - dijo Karellen -. Pero no nos sintamos muy seguros. Los seres humanos   son   notablemente   ingeniosos,   y  a  veces   muy   pacientes.   No   conviene subestimarlos y será interesante seguir la carrera del señor Rodricks.

 

 

Rupert Boyce nunca llegó realmente al fondo de la cuestión. Cuando sus huéspedes dejaron la casa, con menos ruido que de costumbre, Rupert pensativo, arrastró la mesita hasta el rincón. Una leve niebla alcohólica  le impedía analizar de veras lo ocurrido,  y hasta los mismos hechos se le habían borrado ya ligeramente.  Tenía la vaga idea de haber asistido a algo muy importante, pero huidizo, y se preguntó si discutiría el incidente con Rashaverak. En seguida pensé que sería una falta de tacto. Al fin y al cabo su cuñado tenía la culpa de todo. Se sintió vagamente enojado con Jan. ¿Pero era Jan responsable?

¿O algún otro? Rupert recordó, con cierta vergüenza,  que había sido su experimento. Decidió entonces, con bastante éxito, olvidar el asunto.

Quizá habría hecho algo si hubiese encontrado la última página del anotador de Ruth. Pero la hoja se había extraviado en medio de la discusión. Jan se declaró inocente y... bueno, uno no podía acusar a Rashaverak. Y nadie recordaba qué había deletreado el disco, salvo que el mensaje no tenía, aparentemente, ningún significado...

 

 

El experimento afectó ante todo a George Greggson. Nunca pudo olvidar el terror que sintió en aquel instante, cuando Jean cayó en sus brazos. El repentino desamparo  de Jean transformó a la amable compañera en un ser que invitaba a la ternura y al afecto. Las  mujeres   se  habían   desmayado   -  no  siempre   sin  intención   -  desde   épocas inmemoriales, y los hombres habían respondido siempre adecuadamente. El colapso de Jean fue totalmente espontáneo, pero no habría tenido más éxito si hubiese obedecido a un plan. En ese instante, como pudo comprenderlo más tarde, George tomó una de las decisiones más importantes de su vida. Jean era, definitivamente, la muchacha que más le importaba, a pesar de sus raras ideas y de sus más raros amigos. No tenía intención de abandonar a Naomi o Joy o Elsa o - ¿cómo se llamaba? - Denise; pero había llegado la

 

hora de decidirse por algo más permanente. Jean estaría sin duda de acuerdo, pues los sentimientos dé ambos habían sido muy claros desde un principio.

Su decisión tenía otro motivo que George ignoraba. La experiencia de esa noche había debilitado  el orgullo y el desprecio  que le inspiraban  los peculiares  intereses de Jean. Nunca lo reconocería, pero era así; el hecho había suprimido las últimas barreras.

Miró a Jean, pálida, pero repuesta, reclinada en el asiento de la máquina voladora. Abajo  reinaban  las  sombras;  arriba,  los  astros.  George  ignoraba  totalmente  dónde estaban, dentro de un radio de mil kilómetros. Pero ésa era tarea del robot. Estaba guiándolos  hacia  la  casa  y  los  haría  aterrizar  dentro  de  (así  anunciaba  el  tablero) cincuenta y siete minutos.

Jean le devolvió la sonrisa y retiró suavemente su mano de la de George.

 

- Deja que me circule la sangre - pidió frotándose los dedos -. Tranquilízate, me siento muy bien.

- ¿Qué crees que habrá pasado? ¿No recuerdas nada?

 

- No. Un vacío total. Oí la pregunta de Jan... y luego los vi a todos haciendo un alboroto a mi alrededor. Fue, estoy segura, una especie de trance. Al fin y al cabo...

Jean se interrumpió y decidió al fin no decirle que ya le había ocurrido otras veces. Sabía qué pensaba George de estas cosas y no quería trastornarlo todavía más, o hasta asustarlo quizá.

- ¿Al fin y al cabo qué? - preguntó George.

 

- Oh, nada. Me pregunto qué habrá pensado aquel superseñor. Probablemente no esperaba tanto.

Jean se estremeció ligeramente, y se le nublaron los ojos.

 

- Les tengo miedo a los superseñores, George. Oh, no quiero decir que sean malvados, ni nada  parecido.  Creo  que están  bien  intencionados,  y que hacen  lo que quizá  nos conviene más. Sólo me pregunto qué planes tendrán realmente.

George se movió, incómodo.

 

- El hombre se ha preguntado lo mismo desde que los superseñores llegaron a la Tierra

 

- dijo - Nos lo dirán cuando llegue el momento... y francamente no tengo tanta curiosidad. Me preocupan ahora otras cosas más importantes. - Se volvió hacia Jean y le tomó las manos. - ¿Qué te parece si vamos mañana a los Archivos y firmamos un contrato por, digamos, cinco años?

Jean lo miró fijamente y decidió que, en general, lo que estaba viendo le gustaba.

 

- Hazlo de diez - le dijo.

 

Jan dejó pasar un tiempo. No había prisa y quería pensarlo. Era, casi, como si temiera llevar adelante aquella investigación y que la fantástica esperanza que le ocupaba ahora la mente se desvaneciese de pronto.

Mientras no estaba seguro, podía soñar al menos.

 

Además, para hacer sus comprobaciones, tendría que ir a la biblioteca del observatorio. La   mujer   lo   conocía,   sabía   muy   bien   cuales   eran   sus   intereses   y   se   sentiría verdaderamente  intrigada.  Quizá  no importaba  tanto,  pero  Jan estaba  decidido  a que nada quedara  librado  al azar. Dentro  de una semana  tendría  una oportunidad  mucho mejor.

Sus precauciones eran excesivas, lo sabía, pero de este modo la empresa adquiría un sabor de travesura juvenil. Por otra parte Jan temía más el ridículo que cualquier posible amenaza de los superseñores. Si se estaba embarcando en una empresa descabellada, nadie llegaría a saberlo.

Tenía motivos perfectamente justificados para ir a Londres; el viaje estaba preparado desde hacía varias semanas. Aunque demasiado joven, y poco apto para ejercer las funciones de delegado, Jan era uno de los tres estudiantes del grupo que, en nombre de la universidad, asistiría al congreso de la Unión Astronómica Internacional. El congreso coincidía con la temporada de vacaciones y hubiese sido una lástima desperdiciar esa ocasión,  pues  Jan no visitaba  Londres  desde  la niñez.  Sabía  que muy  pocos  de los informes lograrían interesarle, aun en el caso de que pudiese entenderlos.

 

 

Como   cualquier   otro   delegado   a   un   congreso   científico   oiría   algunas   de   las conferencias y se pasaría el resto del tiempo hablando con los colegas más entusiastas o recorriendo la ciudad.

Londres había cambiado enormemente en los últimos cincuenta años. Tenía sólo dos millones de habitantes, y un número cien veces mayor de máquinas. Ya no era un gran puerto, pues todos los países se bastaban ahora a sí mismos y el mundo tenía otra estructura comercial. Algunas regiones disponían de mejores productos, pero estos eran transportados directamente por aire. Las rutas comerciales que habían convergido alguna vez  hacia  los  grandes  puertos,  y  luego  hacia  los  grandes  aeródromos,  se  habían dispersado transformándose en una red intrincada y uniforme que cubría todo el planeta.

Sin embargo, algunas cosas no habían cambiado. La ciudad era aún un centro administrativo, universitario y artístico. En estas cuestiones ninguna de las capitales del continente  podía  rivalizar  con  Londres,  ni  siquiera  París,  a  pesar  de  que  muchos afirmasen  lo  contrario.  Un  londinense  del  siglo  anterior  hubiera  podido  orientarse

 

fácilmente en la ciudad, por lo menos en el centro. Las grandes y horribles estaciones de ferrocarril habían desaparecido. Pero, el Parlamento era el mismo; la mirada solitaria de Nelson estaba todavía clavada en Whitehall; la cúpula de San Pablo se alzaba todavía sobre Ludgate Hill, aunque ahora otros edificios más altos desafiaban su preeminencia.

Y la guardia desfilaba todavía ante el palacio de Buckingham.

 

Todas estas cosas, pensaba Jan, podían esperar. Estaba de vacaciones y se alojaba, con  sus  dos  compañeros,  en  uno  de  los  albergues  universitarios.   El  carácter  de Bloomsbury tampoco había cambiado en este último siglo: era todavía una isla de hoteles y casas de huéspedes, no apretujadas como antes, pero que aún formaban unas largas e idénticas hileras de ladrillos manchados de hollín.

Jan no encontró su oportunidad hasta el segundo día de sesiones. Las comunicaciones más importantes eran leídas en el Centro de la Ciencia, no lejos del Concert Hall, que tanto había ayudado a que Londres se convirtiese en la metrópoli musical del mundo. Jan quería escuchar la primera de las conferencias del día. De acuerdo con los rumores, destruiría por completo la teoría entonces vigente sobre la formación de los planetas.

Quizá así fue, pero cuando llegó el intervalo, Jan no lo sabía. Corrió a las oficinas del directorio mirando las puertas.

Algún humorístico funcionario civil había instalado la Real Sociedad Astronómica en el último piso del edificio, decisión que los miembros del consejo apreciaban debidamente, pues tenían así una magnífica vista del Támesis y toda la parte norte de la ciudad. Las oficinas  parecían  desiertas,  pero Jan, llevando  en una mano,  como  un pasaporte,  su tarjeta de socio, por si alguien llegaba a detenerlo - encontró fácilmente la biblioteca.

Tardó casi una hora en aprender a manejar los grandes catálogos de millones de entradas. Al acercarse al final de la búsqueda le temblaban ligeramente las manos. Por suerte no había nadie allí.

Puso otra vez el catálogo entre los otros ejemplares, y durante un largo rato se quedó sentado, mirando sin ver el muro de volúmenes. Luego caminó lentamente hasta los tranquilos corredores, pasó ante la oficina del secretario (había alguien allí ahora, empaquetando  unos  libros)  y  fue  hacia  las  escaleras.  No  tomó  el  ascensor,  quería sentirse libre y sin trabas. Había tenido interés en escuchar otra conferencia, pero ya no importaba ahora.

Con  los  pensamientos  todavía  alborotados,  llegó  al  paredón  y  dejó  que  sus  ojos siguieran al Támesis, que fluía tranquilamente hacia el mar. Para alguien educado dentro de la ciencia ortodoxa, era difícil aceptar lo que ahora tenía en las manos. Nunca podría

 

estar seguro de su verdad, pero, sin embargo, la probabilidad era abrumadora. Mientras caminaba lentamente junto al muro del río, puso en orden los hechos.

Uno: nadie en la fiesta de Rupert sabía que iba a hacer esa pregunta. Ni siquiera él mismo;  había  sido una reacción  espontánea  ante determinadas  circunstancias.  Por lo tanto nadie podía haber preparado una respuesta, ni conocerla con anterioridad.

Dos: "NGS 549672" significaba algo probablemente Sólo para un astrónomo. Aunque el Archivo  Geográfico  Nacional  había  sido  completado  hacía  ya  medio  siglo,  sólo  unos pocos miles de especialistas conocían su existencia. Y ninguno de ellos hubiese podido decir dónde se encontraba ese astro determinado.

Y tres, lo que acababa de saber: la pequeña e insignificante estrella conocida como NGS 549672 estaba precisamente en el lugar indicado, en el centro de la constelación Carina, en el extremo de esa estela brillante que el mismo Jan había visto, hacía sólo unas noches, y que partiendo del sistema solar había atravesado los abismos del espacio.

La  coincidencia   era  imposible.   NGS  549672   tenía  que  ser  la  morada   de  los superseñores.  Sin embargo,  ese hecho  significaba  violar  el respeto  que sentía  por el método  científico.  Bueno,  que fuese violado.  Tenía  que aceptar  este hecho:  de algún modo, la fantástica  experiencia  de Rupert había señalado  una fuente de conocimiento hasta ahora desconocida.

¿Rashaverak? Parecía la explicación más probable. El superseñor no había formado parte  del  círculo,  pero  eso  no  tenía  gran  importancia.  Por  otra  parte,  a  Jan  no  le interesaba el mecanismo de la parafísica, sólo le importaban los resultados.

Muy poco se sabía de NGS 549672; nada la diferenciaba de otras muchas estrellas. Pero el catálogo daba la magnitud, las coordenadas, y el tipo espectral. Jan tendría que llevar a cabo una pequeña investigación y hacer unos cuantos cálculos; entonces podría saber, por lo menos aproximadamente,  a qué distancia de la Tierra estaba el mundo de los superseñores.

Una lenta sonrisa - se extendió  por el rostro de Jan mientras daba las espaldas  al Támesis y se enfrentaba con la blanca y reluciente fachada del Centro de la Ciencia. El conocimiento era poder... y él era el único hombre en la Tierra que conocía el origen de los superseñores. No sabía cómo iba a usar ese poder. Lo guardaría a salvo en su mente, aguardando la hora del destino.

 

 

10

 

La raza humana continuaba calentándose al sol en el largo y claro mediodía estival de la paz y la prosperidad. ¿Habría otra vez un invierno? Era inconcebible. La edad de la razón,  saludada  prematuramente  por  los  jefes  de la revolución  francesa  dos  siglos  y medio antes, había llegado al fin. Esta vez era cierto.

Había algunos inconvenientes, es claro, aunque se los aceptaba de buena gana. Uno tenía que ser muy viejo, realmente, para advertir que los periódicos que los teletipos imprimían en todos los hogares eran bastante aburridos. Las crisis que alguna vez habían originado los grandes titulares ya no eran posibles. No existían ya asesinatos misteriosos para confundir a la policía y hacer nacer en todos los pechos una indignación moral que a menudo  sólo  era  envidia  reprimida.  Cuando  había  algún  asesinato,  no  era  nunca misterioso;  bastaba  con  mover  una  perilla...  y  el  crimen  volvía  a  representarse.  La existencia de instrumentos capaces de estas hazañas había causado en un principio considerable pánico entre gentes que vivían en un todo de acuerdo con las leyes. Esto era algo que los superseñores, que conocían la mayor parte, pero no todos los recovecos de la psicología humana, no habían previsto. Tuvo que ponerse perfectamente en claro que ningún curioso podía espiar a sus semejantes, y que los pocos aparatos manejados por los hombres serían estrictamente controlados. El proyector de Rupert Boyce, por ejemplo, no podía operar más allá de las fronteras de la reserva, de modo que Rupert y Maia eran las únicas personas que entraban en su dominio.

Aun los pocos crímenes de importancia que ocurrían a veces no recibían gran atención de los periódicos. Pues la gente educada no tiene interés, al fin y al cabo, en enterarse de las gaffes sociales del prójimo.

La semana laborable tenía ahora veinte horas, pero esas veinte horas no eran una prebenda. Había muy poco trabajo de naturaleza rutinaria y mecánica. Las mentes de los hombres eran demasiado valiosas para gastarlas en tareas que podían ser realizadas por unos pocos miles de transmisores, algunas células fotoeléctricas, y un metro cúbico de circuitos. Había algunas fábricas capaces de funcionar durante semanas enteras sin ser visitadas por ningún ser humano. Los hombres sólo eran necesarios para eliminar dificultades, tomar decisiones o trazar nuevos planes. Los robots hacían el resto.

La existencia de tanto ocio hubiese creado tremendos problemas un siglo antes. La educación  había  eliminado  la  mayoría  de  esos  problemas,  ya  que  una  mente  bien equipada  no  cae  en  el  aburrimiento.  El  nivel  general  de  la  cultura  hubiese  parecido fantástico  en otra época. No había pruebas  de que la inteligencia  de la raza humana hubiese  mejorado,  pero  por  primera  vez  todos  tenían  la  oportunidad  de  emplear  el cerebro.

 

La mayor parte de la gente tenía dos casas, en dos Puntos muy apartados del globo terráqueo. Ahora que habían sido habilitadas las zonas polares, una considerable fracción de la raza humana oscilaba del Ártico al Antártico en busca de un verano largo y sin noches. Otros vivían en los desiertos, en lo alto de las montañas, o aun debajo del mar. No había sitio alguno en el planeta donde la ciencia y la tecnología no pudiesen instalar, si alguien lo deseaba, una cómoda morada.

Las noticias más excitantes provenían de las casas que se alzaban en los lugares más raros. Aun en una sociedad perfectamente  ordenada, siempre habrá accidentes. Quizá era un buen signo que la gente diera cierto valor a arriesgar el pescuezo, y a veces a quebrárselo, en beneficio de una cómoda villa colgada de la cima del Everest o en medio de la espuma del salto de la Victoria. Como resultados, siempre rescataban a alguien, en alguna parte. Se trataba de una especie de juego, casi un deporte planetario.

La gente podía permitirse tales caprichos, pues le sobraba por igual tiempo y dinero. La abolición de los ejércitos había doblado casi el bienestar efectivo del mundo, y la mayor producción había hecho lo demás. Era difícil comparar el nivel de vida del hombre del siglo veintiuno  con el de sus predecesores.  Todo era tan barato que las necesidades vitales se satisfacían gratuitamente, como había ocurrido en otro tiempo con los servicios públicos: caminos, agua, iluminación de las calles y sanidad. Un hombre podía viajar a cualquier parte, comer cualquier cosa... sin ningún gasto. El ser miembro productor de la sociedad le daba esos derechos.

Había, naturalmente, algunos zánganos; pero el número de personas de voluntad suficiente como para entregarse a una vida de ocio total es mucho más pequeño de lo que comúnmente se supone. Soportar a tales parásitos era una carga muchísimo menos pesada  que  sostener  todo  un  ejército  de  recolectores  de  formularios,  contadores, empleados  de  banco,  corredores  de  bolsa,  y  otros  similares  cuya  función  principal, cuando se lo considera globalmente, consiste en pasar los asientos de un libro a otro.

Se  había  calculado  que  un  cuarto  casi  de  la  actividad  humana  se  empleaba  en deportes  de toda especie,  desde ocupaciones  tan sedentarias  como el ajedrez,  hasta otras  mortales  como  la de esquiar  por valles  montañosos.  Como  inesperada consecuencia los deportistas profesionales se habían extinguido. Había muchos brillantes aficionados y el cambio de las condiciones económicas había hecho totalmente anticuado el viejo sistema.

Junto con los deportes, el entretenimiento, en todas sus formas, era la mayor de las industrias. Durante más de un siglo mucha gente había podido creer que la capital del mundo era Hollywood. Tenían ahora más razones aún para esta creencia; pero es bueno

 

declarar que la mayor parte de las producciones del año 2050 hubiesen parecido incomprensiblemente complejas en 1950. Había habido algunos progresos: las ganancias ya no eran lo más importante.

Sin embargo, en medio de todas las distracciones y diversiones de un planeta a punto de convertirse en un inmenso campo de juegos, había algunos que todavía encontraban tiempo para repetir una vieja y nunca contestada pregunta:

- ¿A dónde vamos por este camino?

 

 

 

11

 

 

 

Jan se apoyó en el elefante y tocó la piel, rugosa como la corteza de un árbol. Luego alzó los ojos hacia los grandes colmillos y la trompa ondulada, admirando la habilidad del taxidermista que había logrado reproducir el momento del desafío o del saludo. ¿Qué extrañas  criaturas,  se  preguntó,  de  qué  mundos  desconocidos,   admirarían  a  este desterrado?

- ¿Cuántos animales les has enviado a los superseñores? - le preguntó a Rupert.

 

- Cincuenta por lo menos, aunque, claro éste es el más grande. Es magnífico, ¿no es cierto?  Casi  todos  los  otros  eran  bastante  pequeños:  mariposas,  serpientes,  monos, etcétera. Aunque el año pasado cacé un hipopótamo.

Jan sonrió cansadamente.

 

- Es una idea enfermiza, pero supongo que ya deben de tener un grupo bien disecado del Homo Sapiens. ¿Quiénes habrán tenido ese honor?

- Tienes razón probablemente - dijo Rupert con bastante indiferencia. Los hospitales podrían suministrar fácilmente el material.

- ¿Qué pasaría - continuó Jan pensativamente - si alguien se ofreciera como voluntario para ir como ejemplar vivo? Con la garantía del regreso, es claro.

Rupert se rió con simpatía.

 

- ¿Es una oferta? ¿Debo de transmitírsela a Rashaverak?

 

Jan consideró la idea un momento, casi seriamente. Al fin sacudió la cabeza.

 

- Este... no. Estaba pensando en voz alta. Seguro que no me aceptarían. A propósito,

 

¿has visto a Rashaverak recientemente?

 

-  Me  llamó  hace  unas  seis  semanas.  Había  descubierto  un  libro  que  yo  estaba buscando. Muy simpático de su parte.

Jan caminó  lentamente  alrededor  del monstruo  disecado,  admirando  la técnica que había paralizado para siempre al animal en el momento de su mayor vigor.

 

- ¿Has  descubierto  qué  estaba  buscando?  - preguntó  - Quiero  decir,  es  tan  difícil conciliar la ciencia de los superseñores con todo ese interés por el ocultismo.

Rupert   miró  a  Jan  sospechosamente,   preguntándose   si  su  cuñado   no  estaría tomándole el pelo.

- La explicación de Rashy parece correcta. Como antropólogo, está interesado en todos los  aspectos  de  nuestra  cultura.  Recuerda  que  les  sobra  tiempo.  Pueden  entrar  en detalles a los que nunca ha llegado la investigación humana. Leer toda mi biblioteca ha sido apenas un esfuerzo para Rashy.

Podía ser ésa la respuesta,  aunque  Jan no se convenció.  A veces  había deseado confiarle el secreto a Rupert, pero era de naturaleza reservada y había callado. Cuando volviera a encontrarse con el amigo Rashy, Rupert dejaría escapar algo probablemente. La tentación sería demasiado grande.

- Otra cosa - dijo Rupert, cambiando repentinamente el tema -, si crees que éste es un gran trabajo, tendrías que ver el que le encargaron a Sullivan. Ha prometido entregar dos enormes criaturas: una ballena y un pulpo gigante. Aparecerán trabados en un combate mortal. ¡Qué cuadro!

Por un momento Jan no contestó. La idea que le había estallado en el cerebro era demasiado desaforada y fantástica para tomársela en serio. Sin embargo, por ser precisamente tan osada, podía tener éxito...

- ¿Qué te pasa? - dijo Rupert, ansioso -. ¿Te está haciendo daño el calor? Jan se sacudió volviendo a la realidad.

- Estoy  bien  - dijo - Me preguntaba  solamente  cómo  harán  los superseñores  para recoger un paquetito semejante.

- Oh - dijo Rupert  -, descenderán  en una de esas  naves  de carga,  se abrirá  una escotilla, y lo meterán adentro.

- Exactamente lo que yo pensaba - dijo Jan.

 

 

 

Hubiese podido ser la cabina de una nave del espacio. Las paredes estaban cubiertas con medidores e instrumentos; no había ventanas, sólo una vasta pantalla ante el asiento del piloto. El navío podía llevar a seis personas, pero Jan era el único pasajero.

 

 

Estaba mirando atentamente la pantalla, absorbiendo el desfile de imágenes de esa extraña y desconocida región. Desconocida, sí, tan desconocida como la que podría encontrar más allá de las estrellas, si ese plan alocado tenía éxito. Estaba entrando en un reino de pesadilla, pasando de una a otra criatura en medio de una oscuridad que no

 

había sido perturbada desde los orígenes del mundo. Era un reino sobre el que habían navegado los hombres durante miles de años; un reino que se extendía a un kilómetro de profundidad, bajo las quillas de las naves, y que sin embargo, hasta los últimos cien años, había sido menos conocido que la cara visible de la Luna.

El piloto estaba descendiendo desde las cimas oceánicas hacia la vastedad todavía inexplorada de la cuenca del Pacífico sur. Seguía, como lo sabía Jan, una red invisible de ondas sonoras creadas por rayos que recorrían el fondo del océano. Navegaban aún tan lejos de ese fondo como las nubes de la superficie de la Tierra...

Había poco que ver; los aparatos registradores del submarino investigaban en vano las aguas. Las perturbaciones creadas por las turbinas de reacción habían asustado probablemente a los peces menores; si se acercaba alguna criatura sería bastante grande como para no conocer el significado del miedo.

La  pequeña  cabina  vibraba  sacudida  por  la  energía...  la  energía  que  sostenía  el inmenso peso de las aguas y creaba la burbujita de luz y aire en la que podían vivir los hombres.  Si esa energía  fallaba,  pensó  Jan, quedarían  encerrados  en una tumba  de metal, hundidos en el cieno del fondo del mar.

- Vamos a parar un momento - dijo el piloto. Movió una serie de llaves y el submarino comenzó a detenerse suavemente mientras las turbinas dejaban de funcionar. El navío estaba inmóvil ahora, flotando como un globo atmosférico.

Le llevó sólo un instante registrar la posición con el sonar.

 

- Antes de poner otra vez en marcha los motores, veamos si se puede oír algo - dijo el piloto cuando terminó de leer los instrumentos.

El altavoz llenó el silencioso cuartito con un apagado y continuo murmullo. Jan no distinguía ningún ruido especial. Era un fluir tranquilo en el que se confundían todos los sonidos individuales. Estaban escuchando, sabía Jan, cómo hablaban entre ellas las miríadas de criaturas marinas. Era como si se encontrase en el centro de un bosque lleno de vida, pero allí hubiese podido reconocer algunas de las voces. Aquí ningún hilo del tapiz sonoro podía ser separado e identificado. Era algo tan extraño, tan distinto de todo lo que había conocido, que Jan sintió que un estremecimiento le recorría el espinazo. Y sin embargo aquello era parte del mundo terrestre.

El chillido se destacó sobre el fondo vibrante como un rayo luminoso sobre una oscura nube  de  tormenta.  Se  apagó  rápidamente  hasta  convertirse  en  un  largo  gemido,  un murmullo ululante que tembló y murió, pero que poco después se repitió, más lejos. En seguida estalló un coro de gritos, un pandemónium que obligó al piloto a lanzarse hacia el control del volumen.

 

- ¿Qué era eso, en nombre de Dios? - exclamó Jan.

 

-  ¿Extraño,  eh?  Un  cardumen  de  ballenas,  a  unos  diez  kilómetros.  Sabía  que  no estaban muy lejos, y pensé que le gustaría escucharlas.

Jan se estremeció.

 

- ¡Y yo que siempre creí que en el mar no había ruidos! ¿Por qué organizaban ese alboroto?

- Hablaban entre ellas, me imagino. Así lo afirma Sullivan. Dice que hasta se puede identificar  a  las  ballenas  por  sus  voces,  aunque  me  cuesta  creerlo.  ¡Hola,  tenemos compañía!

Un pez con mandíbulas increíblemente exageradas apareció en la pantalla. Parecía bastante  grande,  pero Jan ignoraba  la escala de la imagen.  Justo bajo las agallas  le colgaba un largo apéndice terminado en un órgano irreconocible, de forma acampanada.

- Estamos viéndolo con luz infrarroja - dijo el piloto -. Veamos la imagen normal.

 

El pez desapareció. Sólo era visible ahora el órgano colgante, de una vívida fosforescencia. Luego, durante un instante muy breve, la forma de la criatura osciló hasta hacerse visible mientras una línea de luces le recorría el cuerpo.

- Es un pejesapo.  Usa ese cebo para atraer a los otros peces. ¿Fantástico,  no es verdad? Aunque no entiendo cómo el cebo no atrae a peces más grandes, capaces de comérselo a él. Pero no podemos pasarnos aquí todo el día. Mire cómo se escapa cuando enciendo las turbinas.

La cabina volvió a vibrar mientras la nave se deslizaba hacia adelante. El gran pez luminoso  encendió  de pronto todas sus luces, como una frenética  señal de alarma,  y partió como un meteoro hacia la oscuridad de los abismos.

Luego de otros veinte minutos de lento descenso los invisibles dedos de los rayos registradores tocaron por primera vez el lecho del océano. Allá abajo, muy lejos, desfilaba una hilera de bajas colinas de bordes curiosamente suaves y redondos. Cualesquiera que fuesen sus antiguas irregularidades, habían sido borradas por la incesante lluvia que caía sobre  ellas  desde  las  cimas  acuosas.  Aun  aquí,  en  medio  del  Pacífico,  lejos  de  los grandes estuarios que barrían lentamente los continentes hacia el mar, esa lluvia nunca dejaba de caer. Venía de las tormentosas faldas de los Andes, de los cuerpos de un billón de criaturas vivientes, del polvo de los meteoros que había errado por el espacio durante años y años y al fin había llegado a descansar aquí. En esa noche eterna estaban depositándose los cimientos de las tierras futuras.

 

Las colinas quedaron atrás. Eran los puestos de avanzada, como Jan podía ver en los mapas,  de  una  ancha  llanura  muy  profunda  a  la  que  no  llegaban  los  aparatos registradores.

El submarino continuó adelantándose suavemente.

 

 

 

Ahora otra imagen comenzaba a formarse en la pantalla. A causa de la posición de la nave, Jan tardó en interpretar lo que estaba viendo. Luego comprendió que se acercaban a una montaña sumergida.

Las  imágenes  eran  ahora  más  claras  y  precisas.  Jan  alcanzaba  a  ver  los  peces extraños que se perseguían entre las rocas. En una ocasión una criatura de venenoso aspecto y mandíbulas entreabiertas cruzó lenta. mente ante un arrecife semiescondido. Un largo tentáculo surgió de las rocas, con tanta rapidez que el ojo no pudo seguirlo, y arrastró al pez hacia su destino mortal.

- Estamos cerca - dijo el piloto -. Podrá ver el laboratorio dentro de un minuto.

 

Estaban navegando  lentamente  sobre unas estribaciones  que se elevaban desde la base  de  la  montaña.  La  llanura  comenzaba  a  hacerse  visible.  Jan  juzgó  que  se encontraban a unos pocos centenares de metros sobre el lecho del mar. A un kilómetro de distancia, aproximadamente,  se veía un grupo de esferas sostenidas por trípodes y unidas entre sí por tubos de conexión. Parecían exactamente iguales a los tanques de alguna fábrica de productos químicos, y en realidad estaban diseñados según principios semejantes.  Sólo  había  una  diferencia:  estos  tanques  resistían  unas  presiones  que estaban afuera y no adentro.

- ¿Qué es eso? - exclamó Jan súbitamente. Señaló con un dedo tembloroso la esfera más cercana. La curiosa estructura lineal se había transformado en una red de tentáculos gigantescos.   Mientras  el  submarino   se  acercaba   pudieron   ver  que  los  tentáculos terminaban en un saco grande y pulposo en donde asomaba un par de ojos enormes.

- Ése - dijo el piloto con indiferencia - es probablemente Lucifer. Alguien ha estado alimentándolo de nuevo. - Movió una llave y se inclinó sobre el tablero de controles. - S.2 llamando a laboratorio. ¿Quiere alejar a su mascota?

La respuesta llegó en seguida.

 

- Laboratorio a S.2, adelante y establezca contacto. Lucey se apartará en seguida.

 

Las curvas  paredes  de metal comenzaron  a llenar la pantalla.  Jan tuvo una última visión de un brazo gigantesco, tachonado de ventosas, que se sacudía alejándose. Se oyó  una  sorda  campana  y  una  serie  de  chirriantes  ruidos  mientras  unas  grampas buscaban un punto de apoyo en el casco liso y ovalado del submarino. En unos pocos

 

minutos la nave se apretó fuertemente contra la pared de la base; los portalones de la entrada se unieron y comenzaron a moverse alrededor del casco del submarino como una tuerca gigantesca. Se oyó luego la señal que indicaba "presión compensada", se abrieron las escotillas y quedó libre el camino hacia el Laboratorio Abisal Uno.

Jan encontró al profesor Sullivan en un desordenado cuartito que parecía reunir los atributos de una oficina, un taller y un laboratorio. Sullivan examinaba a través de un microscopio  lo que parecía  ser una bomba  pequeña:  seguramente  se trataba  de una cápsula  de  presión  que  contenía   algunos  especímenes   submarinos   que  nadaban felizmente bajo una presión de varias toneladas por centímetro cuadrado.

- Bueno - dijo Sullivan apartándose del visor -, ¿cómo está Rupert? ¿Y qué podemos hacer por usted?

- Rupert está muy bien - respondió Jan - y le envía sus saludos. Le hubiese gustado visitarlo si no fuese por su claustrofobia.

- Sí, se sentiría un poco incómodo aquí, con cinco kilómetros de agua encima de la cabeza. ¿A usted no le importa?

Jan se encogió de hombros.

 

- No más que estar en un cohete estratosférico.  Si algo anduviese mal, el resultado sería el mismo.

- Un juicio correcto, pero es sorprendente que tan pocas personas se den cuenta. - Sullivan jugó un rato con los controles del microscopio y al fin lanzó hacia Jan una mirada inquisitiva  - Le  mostraré  con  gusto  el laboratorio,  pero  le confieso  que  me  sorprendí cuando Rupert me comunicó el deseo de usted. No pude entender qué razones tendría un explorador del espacio para interesarse en nuestra tarea. ¿No se habrá usted equivocado de camino? - Sullivan lanzó un risita divertida. - Personalmente nunca he comprendido por qué tienen ustedes tanta prisa por salir al espacio.

Pasarán siglos antes que hayamos encasillado y clasificado correctamente todo lo que hay en los océanos.

Jan suspiró,  aliviado.  Le alegraba  que Sullivan hubiese tocado espontáneamente  el tema, pues eso le facilitaba las cosas. A pesar de las bromas del ictiólogo tenían mucho en común. No sería demasiado difícil levantar un puente y atraerse la simpatía y la ayuda de  Sullivan.  Era  un  hombre  de  imaginación,  si  no  no  hubiese  invadido  este  mundo sumergido. Pero Jan tenía que ser prudente, pues el pedido que iba a hacer era, para juzgarlo con benevolencia, bastante poco convencional.

Había algo que le inspiraba cierta confianza. Aunque Sullivan se rehusase a cooperar, guardaría seguramente el secreto. Y aquí, en esta oficinita, en el fondo del Pacífico, no

 

había peligro aparentemente de que los superseñores - aunque gozasen de muy extraños poderes - fuesen capaces de escuchar la conversación.

- Profesor Sullivan - comenzó a decir Jan -, si estuviese usted interesado en el océano, pero los superseñores le prohibiesen acercarse a él, ¿cómo se sentiría?

- Muy molesto, sin duda alguna.

 

- Sí, estoy seguro. Y suponga que un día se le ofrece la oportunidad de realizar sus deseos sin que los superseñores se enteren. ¿Qué haría entonces? ¿Aprovecharía la oportunidad?

Sullivan nunca dudaba.

 

- Claro que sí. Ya vendrían más tarde las discusiones.

 

Has caído en mis manos, pensó Jan. Sullivan ya no podía retroceder, a no ser que temiese a los superseñores. Y era difícil que Sullivan tuviese miedo de algo. Se inclinó sobre el desorden de la mesa y se dispuso a exponer su proyecto.

El profesor Sullivan no era tonto. Antes que Jan comenzase a hablar los labios se le retorcieron en una sonrisa sardónica.

- ¿Así que éste es el juego, eh? - dijo lentamente -. Muy, pero muy interesante. Bueno, comience y dígame cómo puedo ayudarlo.

 

 

12

 

 

 

Una edad anterior hubiese considerado al profesor Sullivan como un lujo excesivo. Sus operaciones  costaban  tanto  como  una  pequeña  guerra;  podía  comparársele  con  un general  que conducía  una campaña  perpetua  contra  un enemigo  que no descansaba nunca. El enemigo del profesor Sullivan era el mar, que luchaba con las armas del frío, la oscuridad y, sobre todo, la presión. A su vez el profesor contraatacaba a su adversario con inteligencia y habilidad mecánica. Había ganado muchas batallas; pero el mar era paciente: podía esperar. Un día Sullivan cometería un error. Lo sabía. Se consolaba pensando que no iba a morir ahogado. Todo ocurriría con demasiada rapidez.

Sullivan no hubiera querido comprometerse, pero sabía muy bien qué le respondería a Jan.  Se le ofrecía  la oportunidad  de hacer  un experimento  muy  interesante.  Era una lástima que no pudiese conocer el resultado; sin embargo, eso ocurría a menudo en la investigación   científica,   y   él   mismo   había   iniciado   algunos   trabajos   que   serían completados sólo después de varias décadas.

El profesor Sullivan era un hombre inteligente y capaz, pero al lanzar una mirada retrospectiva  a su carrera observaba que ésta no le había dado la fama que salva un

 

nombre del paso de los siglos. Tenía aquí una oportunidad, totalmente inesperada y por lo mismo más atractiva, de establecerse realmente en los libros de historia. Nunca hubiese admitido ante nadie esa ambición, y para hacerle justicia, hubiese ayudado a Jan aunque su participación en el complot pudiese pasar inadvertida.

 

 

En cuanto a Jan, ya se estaba enfrentando  con las consecuencias  de su proyecto. Aquella primitiva ocurrencia lo había llevado bastante lejos. Había realizado sus investigaciones,   pero  sin  tomar   ninguna   medida   como   para  que  sus  sueños   se convirtiesen en realidad. Dentro de unos días, sin embargo, tendría que decidirse. Si el profesor  Sullivan  aceptaba,  Jan  no podría  retroceder.  Tendría  que  enfrentarse  con  el futuro que había elegido, con todas sus implicaciones.

Finalmente se decidió al pensar que, si desdeñaba esta increíble oportunidad, nunca se lo perdonaría a sí mismo. Se pasaría el resto de la vida lamentándose en vano, y no podía haber nada peor.

La respuesta de Sullivan llegó horas más tarde, y Jan comprendió que su suerte estaba echada. Lentamente, pues había aún mucho tiempo, comenzó a ordenar sus asuntos.

 

 

Querida Maia (comenzaba la carta): Esto va a ser - para decirlo con suavidad - una verdadera sorpresa para ti. Cuando recibas esta carta, ya no estaré en la Tierra. Con eso no quiero decir que habré ido a la Luna, como tantos otros. No. Estaré en viaje hacia la morada de los superseñores. Seré el primer hombre que haya dejado el sistema solar.

Le daré esta carta al amigo que me está ayudando; la guardaré hasta estar seguro de que mi Plan ha tenido éxito - en su primera fase, por lo menos -, y - entonces ya será muy tarde como para que los superseñores intervengan. Estaré tan lejos, y viajando a tal velocidad, que no creo que algún mensaje pueda alcanzarme. Aunque así ocurriera, me parece difícil que la nave pueda volver. Y no creo tampoco que yo sea tan importante.

Ante todo, déjame explicarte qué me ha llevado a esto. Tú sabes que siempre me ha interesado la astronáutica, y que siempre he sentido cierta desilusión por no habérsenos dejado visitar otros planetas o aprender algo de la civilización de los superseñores. Si no hubiesen intervenido, hubiésemos llegado a Marte y a Venus por este entonces. Admito que es igualmente probable que nos hubiésemos destruido con bombas de cobalto y las otras  armas  globales  que estaba  desarrollando  el siglo  veinte.  Sin embargo,  a veces deseo que hubiésemos tenido la oportunidad de arreglárnoslas solos.

 

Probablemente los superseñores tenían sus razones para no dejarnos salir de la cuna, y probablemente esas razones son excelentes. Pero aunque yo las conociera dudo que eso cambiase mis sentimientos o mis actitudes.

Todo comenzó realmente en aquella fiesta, en casa de Rupert. (No sabe nada de todo esto,  aunque  fue  quien  me  enseñó  el  camino.)  Recordarás  aquella  tonta  sesión  que preparó Rupert y cómo todo terminó cuando la muchacha - he olvidado su nombre - cayó desmayada. Pregunté de qué estrella venían los superseñores y la respuesta fue "NGS

549672".  Yo  no  esperaba  ninguna  respuesta,  y  hasta  entonces  me  había  tomado  el asunto  en broma. Pero cuando  comprendí  que se trataba  del número  de un catálogo estelar,  decidí  buscarlo.  Encontré  que  la  estrella  está  en  la  constelación  Carina...  y sabemos, por lo menos, que los superseñores vienen de esa dirección.

No  pretendo  comprender  cómo  esa  información  llegó  hasta  nosotros,  o  dónde  se originó. ¿Leyó alguien la mente de Rashaverak? Aunque hubiese ocurrido así, es difícil creer que Rashaverak conociese el número de referencia de su sol en uno de nuestros catálogos.  Es un  verdadero  misterio,  y dejo  su resolución  a gentes  como  Rupert,  ¡si pueden resolverlo! Me contento con tener la información, y con actuar de acuerdo con ella.

Sabemos bastante, gracias a nuestras observaciones, acerca de la velocidad de esas grandes naves. Dejan el sistema solar con aceleraciones tan tremendas que se acercan a la velocidad de la luz en menos de una hora. Eso significa que los superseñores deben de poseer algún sistema de propulsión  que actúa por igual sobre todos los átomos de la nave, pues si no todo se haría pedazos a bordo, instantáneamente. Me pregunto por qué emplearán  esas  aceleraciones  tan  colosales  cuando  disponen  de  todo  el  espacio  y podrían ir aumentando lentamente su velocidad. Quizá puedan aprovechar de algún modo los campos de energía que rodean los astros, y tienen que partir o detenerse mientras se encuentran cerca de algún sol. Pero esto no interesa...

Lo importante es que he averiguado a qué distancia se encuentra el punto de destino, y cuánto tiempo lleva el viaje. NGS 549672 está a cuarenta años-luz de la Tierra. Las naves de los superseñores alcanzan a más del 99% de la velocidad de la luz, así que su viaje debe de durar cuarenta años de los nuestros. De los nuestros: ésa es la cuestión.

Como ya sabrás, cuando uno se acerca a la velocidad de la luz ocurren cosas muy raras. El tiempo mismo comienza a fluir con un ritmo diferente, de modo que los meses terrestres no son más que días en esas naves. El efecto es fundamental: fue descubierto por el gran Einstein hace más de cien años.

 

He hecho algunos cálculos basados en lo que sabemos acerca de la nave interestelar de los superseñores, y utilizando los resultados firmemente establecidos de la teoría de la relatividad. Desde el punto de vista de los pasajeros situados en esa nave el - viaje a NGS

549672 no durará más de dos meses, aunque para la Tierra hayan pasado cuarenta años. Sé que es una paradoja, pero, si esto te sirve de consuelo, ha preocupado a los mejores cerebros del mundo desde que Einstein anunció su teoría.

Quizá este ejemplo logre mostrarte lo que puede pasar, y aclararte la situación. Si los superseñores  me devuelven  en seguida a la Tierra, llegaré a casa cuatro meses más viejo. Pero en la Tierra habrán pasado ochenta años. Así que comprenderás, Maia, que de cualquier modo, esto es una despedida... Pocos lazos me atan aquí, como lo sabes muy bien, así que puedo irme sin remordimientos. Aún no se lo he dicho a nuestra madre; se pondría histérica, y yo no podría aguantarlo. Es mejor de este otro modo. Aunque he tratado  de  acercarme  a  ella  desde  la  muerte  de  papá...  oh,  no  es  necesario  que empecemos de nuevo.

He terminado mis estudios y les he dicho a las autoridades que me voy a Europa por razones de familia. No tienes pues por qué preocuparte.

A esta  altura  creerás  que  estoy  loco,  ya  que  parece  imposible  que  alguien  pueda meterse en una nave de los superseñores. Pero he encontrado cómo hacerlo. No ocurre muy a menudo, y es posible que no ocurra otra vez, pues tengo la seguridad de que Karellen no volverá a cometer el mismo error. ¿Conoces la leyenda del caballo de madera que llevó a unos soldados griegos al interior de Troya? Pero hay un episodio en el Antiguo Testamento que se parece más aún...

 

 

- Estará usted indudablemente mucho más cómodo que Jonás - dijo Sullivan -. No creo que hubiese tenido luz eléctrica y servicios sanitarios. Pero usted necesitará bastantes provisiones y veo aquí que quiere llevar oxígeno. ¿Cómo meter oxígeno para dos meses en un espacio tan pequeño?

Sullivan golpeó con un dedo los cuidadosos  dibujos que Jan había dejado sobre la mesa. El microscopio servía de pisapapeles en uno de los extremos; en el otro se veía el cráneo de algún pez inverosímil.

-  Espero  que  el  oxígeno  no  sea  muy  necesario  -  dijo  Jan  -.  Sabemos  que  los superseñores pueden respirar nuestra atmósfera, pero no parece gustarles mucho y quizá yo no pueda utilizar el aire de la nave. En cuanto a las provisiones, el uso de narcosamina solucionará  el  problema.  Es  perfectamente  segura.  Cuando  estemos  en  camino,  me tomaré una dosis que me dormirá por unas seis semanas, días más o menos. Por ese

 

entonces no faltará mucho para llegar. No es tanto el oxígeno o la comida lo que me preocupa, sino el aburrimiento.

El profesor Sullivan asintió pensativamente con un movimiento de cabeza.

 

- Sí, la narcosamina es bastante segura, y sus efectos pueden ser calculados con cierta exactitud. Pero recuerde que tendrá que dejar bastante comida a mano. Se sentirá muerto de hambre  al despertar,  y tan débil como un gato recién  nacido.  ¿Y si se muere  de hambre por no tener fuerzas para manejar un abrelatas?

- He  pensado  en  eso  - dijo  Jan,  un  poco  molesto  -. Me  alimentaré  con  azúcar  y chocolate.

- Muy bien. Me alegra ver que ha estudiado a fondo el problema y que no piensa que al fin y al cabo siempre puede echarse atrás, si no le gusta el cariz que toma el asunto. Es usted el que se juega la vida; no me gusta sentir que estoy ayudándolo  a suicidarse. Sullivan alzó pensativamente el cráneo de pescado. Jan puso la mano sobre los dibujos para evitar que se enrollaran.

- Por suerte - continuó el profesor Sullivan - el equipo que usted necesita es bastante común,  y nuestro  taller  podrá  construirlo  en unas  pocas  semanas.  Y si decide  usted cambiar de idea...

- No lo haré - dijo Jan.

 

 

 

...He considerado todos los riesgos, y el plan no parece tener ninguna falla. Al cabo de seis semanas saldré de mi escondite como un polizón cualquiera. Por ese entonces - en mi tiempo, recuérdalo - el viaje estará tocando a su fin. Estaremos a punto de descender en el país de los superseñores.

Por supuesto, lo que pase entonces es cosa de ellos. Probablemente  me envíen de vuelta en la primera nave; pero algo espero ver. Llevaré conmigo una cámara de cuatro milímetros y miles de metros de films. No será culpa mía si no puedo usarlos. En el peor de los casos habré probado que el hombre no puede vivir indefinidamente en cuarentena. Habré creado un precedente que obligará a Karellen a tomar alguna decisión.

Esto es, mi querida Maia, todo lo que tengo que decirte. Sé que no me extrañarás mucho; seamos honestos y admitamos que nunca nos unieron lazos muy fuertes. Y ahora que te has casado con Rupert podrás ser realmente feliz en tu universo privado. Por lo menos, así lo espero.

Adiós,  entonces,  y  buena  suerte.  Espero  encontrarme  algún  día  con  tus  nietos. Háblales de mí, ¿lo harás?

Tu hermano que te quiere, Jan.

 

13

 

 

 

Cuando  Jan  vio  el  esqueleto  de  metal,  creyó  estar  observando  el  fuselaje  de  un pequeño crucero aéreo. Tenía veinte metros de largo y era perfectamente aerodinámico. Estaba rodeado por ligeros andamios en los que se encaramaban algunos hombres, armados de poderosas herramientas.

- Sí - dijo Sullivan, respondiendo a la pregunta de Jan - Usamos las técnicas comunes de la aerodinámica, y la mayor parte de esos hombres procede de la industria de la navegación aérea. Es difícil creer. que exista un ser de este tamaño ¿no es cierto? O que pueda saltar limpiamente del agua como yo lo he visto.

Todo eso era muy fascinante, pero Jan tenía otras cosas en qué pensar. Buscó con los ojos, a lo largo del gigantesco esqueleto, un lugar conveniente para su celdita. "El ataúd de aire acondicionado", como la había bautizado Sullivan. En un punto, por lo menos, se sintió tranquilo. Había bastante espacio como para una docena de polizones.

- La armadura  parece  casi completa  - dijo Jan -. ¿Cuándo  le pondrán  la piel? Me imagino que ya habrán cazado la ballena, pues si no no hubiesen sabido qué longitud tendría el esqueleto.

Sullivan pareció muy divertido ante esta observación.

 

- No pensamos cazar ninguna ballena. Por otra parte, estos animales no tienen piel, en el sentido común del término. Sería muy poco práctico envolver esa armadura con una manta de grasa de veinte centímetros de espesor. No, imitaremos la piel con materiales plásticos, pintados adecuadamente. Nadie notará la diferencia.

En ese caso, pensó Jan, hubiera sido más razonable que los superseñores llevasen algunas fotografías y armasen ellos mismos el modelo, allá, en su planeta. Pero quizá las naves  de  aprovisionamiento  volvían  vacías,  y  una  ballenita  de  veinte  metros  apenas ocupaba lugar. Cuando se tiene tanto poder, y tantos recursos, es inútil preocuparse por pequeñas economías...

 

 

El profesor Sullivan se encontraba no muy lejos de una de las grandes estatuas que habían desafiado, todos los conocimientos arqueológicos desde el descubrimiento de la isla de Pascua.  Rey, dios, o quienquiera  que fuese, su mirada  sin ojos parecía  estar clavada  en  la  suya  cada  vez  que  dejaba  su  trabajo  y  levantaba  la  cabeza.  Estaba orgulloso de su obra. Lamentablemente, pronto desaparecería de la vista de los hombres.

 

El cuadro  podía  haber  sido creado  por algún artista  loco, en uno de sus confusos delirios. Sin embargo era una copia fiel de la realidad. El artista era, en este caso, la naturaleza. Hasta el perfeccionamiento de la televisión submarina muy pocos hombres habían visto esa escena, y esos pocos sólo durante algunos segundos, en aquellos raros momentos en que los gigantescos antagonistas salían a la superficie. Las batallas se llevaban a cabo en la noche interminable de las profundidades del océano, donde las ballenas   buscaban   su  comida.  Una  comida  que  se  oponía  vigorosamente   a  ser devorada...

La larga mandíbula inferior de la ballena, de dientes serrados, colgaba dispuesta a clavarse en la presa. La cabeza del animal casi había desaparecido bajo los blancos y enredados brazos del pulpo gigante que luchaba desesperadamente  por su vida. Unas lívidas marcas, de veinte centímetros o más de diámetro, moteaban la piel de la ballena en los sitios en que se habían posado los brazos. Uno de los tentáculos  era sólo un muñón, y ya podía adivinarse el resultado final de la batalla. Cuando las dos bestias más grandes de la Tierra se trababan en combate, la ballena era siempre la ganadora. A pesar de toda la fuerza de su bosque de tentáculos,  la única esperanza del pulpo era la de escapar antes que la paciente y demoledora mandíbula lo hiciese trizas. Los grandes ojos inexpresivos,  separados  por  medio  metro,  miraban  al  verdugo;  aunque,  muy probablemente en esas sombras abisales ninguna de las criaturas podía ver a la otra.

La escena, rodeada por vigas de aluminio, abarcaba más de treinta metros de largo. Unos ganchos unidos a las vigas facilitarían el trabajo de la grúa. Todo estaba terminado, esperando  las  órdenes  de  los  superseñores.  Sullivan  tenía  la  esperanza  de  que  no tardasen mucho; el suspense se estaba haciendo un poco incómodo.

Alguien  salió  de las oficinas,  a la luz brillante  del sol, buscando  indudablemente  a

 

Sullivan. El profesor reconoció a su asistente principal, y fue hacia él.

 

- Hola, Bill. ¿Qué pasa?

 

El hombre traía una hoja en la mano y parecía muy contento.

 

- Buenas noticias, profesor. Un honor para nosotros. El supervisor vendrá a ver nuestra obra antes que la embarquemos. ¡Piense en la publicidad que esto significa! Será de gran ayuda para nuestro próximo contrato. He estado deseando una cosa semejante.

El profesor Sullivan tragó saliva. No se oponía a la publicidad, pero temía que esta vez fuese algo exagerada.

Karellen se detuvo junto a la cabeza de la ballena y observó la hinchada prominencia de la mandíbula tachonada de dientes. Sullivan, ocultando su inquietud, se preguntó qué estaría  pensando  el  supervisor.  No  parecía  sospechar  nada,  y  la  visita  podía  ser

 

enteramente  normal.  Pero Sullivan  se sentiría  muy contento  cuando  el superseñor  se fuera.

- En nuestro planeta no hay animales tan grandes - dijo Karellen -. Por eso le pedimos que arreglase este grupo. Mis... este... compatriotas lo encontrarán fascinante.

- Pero ustedes viven en un mundo de poca gravedad - replicó Sullivan -. Yo pensaba que  debían  de  tener  algunos  animales  enormes.  Ustedes  mismos  son  mucho  más grandes que nosotros.

- Sí... pero no tenemos océanos. Y en lo que se refiere al tamaño, la tierra no podrá nunca competir con el mar.

Esto era perfectamente cierto, pensó Sullivan. Y no creía que nadie conociese esa característica del mundo de los superseñores. Jan, maldito fuese, se interesaría mucho. En ese momento  el joven se encontraba  a un kilómetro  de distancia,  en una cabaña, mirando ansiosamente a través de unos binoculares. Se decía continuamente a sí mismo que no había nada que temer. Ninguna inspección de la ballena, aun desde muy cerca, podía revelar el escondite. Pero existía siempre la posibilidad de que Karellen sospechase algo... y estuviese jugando con ellos.

Era una sospecha que crecía también en la mente de Sullivan mientras el supervisor espiaba en la cavernosa garganta.

- En la Biblia - dijo Karellen - hay una notable historia sobre un profeta hebreo, Jonás, que fue tragado por una ballena y llevado a salvo a la costa. ¿Esa leyenda tendrá alguna base?

- Creo - replicó Sullivan cautelosamente - que una vez un ballenero fue tragado y expulsado sin sufrir daño alguno. Pero naturalmente, si hubiese estado en el interior de la ballena unos pocos instantes, habría muerto sofocado. Y no sé cómo no chocó con los dientes. Es una historia increíble casi, pero no totalmente imposible.

- Muy interesante - dijo Karellen. Se quedó un momento mirando la mandíbula y al fin se volvió hacia el pulpo. Sullivan confió en que el supervisor no hubiese oído su suspiro de alivio.

- Si hubiese sabido en qué me estaba metiendo - dijo el profesor Sullivan - lo hubiese echado de la oficina tan pronto como trató usted de contagiarme su locura.

- Lo siento - dijo Jan -. Pero ya hemos salido de eso.

 

- Espero que si. Buena suerte, de todos modos. Si cambia de parecer, tiene por lo menos unas seis horas.

- No las necesito. Ahora sólo Karellen puede detenerme. Gracias por todo - Si vuelvo y escribo un libro sobre los superseñores se lo dedicaré a usted.

 

- No me servirá de nada - dijo Sullivan de mal humor - Por ese entonces ya estaré bien muerto.

Sullivan descubrió sorprendido, y con cierta consternación, pues no era un sentimental, que  la  despedida  comenzaba  a  afectarlo.  Durante  estas  semanas  en  que  habían conspirado juntos había llegado a encariñarse con Jan. Además temía haberse convertido en el instrumento de un complicado suicidio.

Sostuvo firmemente la escalera mientras Jan subía hacia la boca del animal, evitando la hilera de dientes. A la luz de la linterna eléctrica vio que el joven se volvía y lo saludaba con la mano antes de perderse en la cavernosa abertura. Se oyó el sonido con que se abría y se cerraba la cámara de aire, y, luego, silencio.

A  la  luz  de  la  luna,  que  había  transformado  la  inmóvil  batalla  en  una  escena  de pesadilla, el profesor Sullivan caminó lentamente hacia su oficina. Se preguntaba aún qué había hecho, y cómo terminaría este asunto. Pero, naturalmente, no lo sabría nunca. Jan volvería a caminar por aquí, pues el viaje hasta el hogar de los superseñores y el retorno a la Tierra no le llevarían más que unos meses. Pero si lo lograba, se encontraría del otro lado de la infranqueable barrera del tiempo, ya que habrían pasado ochenta años.

Las luces del cilindro metálico se encendieron tan pronto como Jan cerró la puerta. No quiso entregarse a meditaciones de ninguna clase y comenzó enseguida a revisar los alrededores. Los objetos y los alimentos habían sido almacenados con anterioridad, pero luego de una nueva revisión se sentiría más tranquilo.

Una hora después,  se declaró satisfecho.  Se acostó de espaldas  en la hamaca de goma, e hizo una recapitulación de sus planes. Sólo se oía el débil murmullo del reloj calendario que le advertiría el momento en que el viaje tocaba a su fin.

Sabía que no podía sentir nada aquí, dentro de su celda, pues las tremendas fuerzas que impulsaban las naves de los superseñores tenían que estar perfectamente compensadas. Sullivan había confirmado esta suposición, advirtiendo que su escena se haría pedazos si se la sometía a una presión de unas pocas atmósferas. Sus... clientes le habían asegurado que no había ningún peligro.

Tendría que producirse, sin embargo, una considerable alteración de la presión atmosférica. Esto no tenia importancia, ya que los modelos podían "respirar" a través de varios orificios. Antes de dejar su celda, Jan tendría que uniformar la presión. Era posible, además, que la atmósfera del interior de las naves fuese irrespirable. Una simple máscara y un cilindro de oxígeno evitarían esos inconvenientes; no había necesidad de mayores complicaciones. Si podía respirar sin la ayuda de aparatos, mucho mejor.

 

No había por qué seguir esperando; sólo se pondría más nervioso. Sacó la jeringa con la solución cuidadosamente preparada. La narcosamina había sido descubierta mientras se estudiaba la hibernación de los animales; no era cierto - como se decía comúnmente - que suspendiese la vida. Sólo hacía más lentos los procesos vitales; el metabolismo continuaba a un reducido nivel. Ocurría algo así como si alguien cubriese de cenizas el fuego de la vida, reduciéndolo a rescoldos. Pero cuando, después de semanas o meses, se borraba el efecto de la droga, el fuego se encendía otra vez y el durmiente volvía a vivir. La narcosamina era totalmente inofensiva. La naturaleza la había usado durante un millón de años para proteger a sus criaturas del estéril invierno.

Así que Jan se durmió. No llegó a sentir el tirón de los cables cuando la gigantesca armazón de metal comenzó a elevarse hacia el carguero. No oyó las puertas que se cerraban, para no volver a abrirse durante trescientos billones de kilómetros. No oyó, a lo lejos y débilmente, a través de las fuertes paredes, el grito de protesta de la atmósfera cuando la nave se elevó con rapidez hacia su natural elemento.

- Y no advirtió el movimiento de la nave.

 

 

 

14

 

 

 

La sala de conferencias estaba siempre repleta en estas reuniones semanales, pero la aglomeración era tanta ese día que los periodistas apenas podían escribir. Por centésima vez se gruñeron unos a otros a propósito del conservadorismo de Karellen y de su falta de consideración. En cualquier otra parte del mundo hubiesen podido usar cámaras de TV, aparatos grabadores, y todos los otros instrumentos  de su tan mecanizado oficio. Pero aquí tenían que contentarse con herramientas tan arcaicas como lápiz, papel, y - parecía increíble - taquigrafía..

Se habían concebido, por supuesto, distintos planes para introducir subrepticiamente algunos grabadores. Pero, una vez afuera, una simple ojeada a las cámaras humeantes había bastado para comprobar la inutilidad de la experiencia. Todos entendieron entonces por qué se les había advertido que no entrasen en la sala con relojes y otros objetos metálicos...

Para hacer las cosas más incómodas, el mismo Karellen registraba todas las palabras. Los periodistas culpables de algún descuido, o de alguna mala interpretación - aunque esto era muy raro -, habían sido sometidos a cortas y desagradables sesiones con los ayudantes  de  Karellen.  Durante  esas  sesiones  se  les  había  obligado  a  escuchar

 

atentamente todo lo que el supervisor había realmente dicho. No era necesario repetir la lección.

Era  curioso  cómo  corrían  los  rumores.  No  se  hacía  ningún  anuncio  previo,  pero siempre había un lleno cuando Karellen anunciaba algo importante. Esto ocurría dos o tres veces al año.

El silencio descendió sobre la murmurante multitud. La puerta se abrió de par en par y Karellen se adelantó hacia el estrado. La luz era escasa - sin duda bastante similar a la del distante sol de los superseñores -, de modo que Karellen no traía los anteojos oscuros que solía usar al aire libre.

- Buenos días a todos - respondió Karellen al desordenado coro de saludos. Luego se volvió hacia la alta y distinguida figura situada en primera fila. El señor Golde, decano del Club de la Prensa, podía haber inspirado a aquel mayordomo que había anunciado una vez -: Dos periodistas, milord, y un caballero del Times. - Golde se vestía y actuaba como un diplomático de la vieja escuela: nadie hubiese dudado en darle su confianza, y nadie lo hubiese lamentado después.

- Una verdadera multitud, señor Golde. Deben de estar faltos de noticias. El caballero del Times sonrió y carraspeó.

- Espero que pueda usted rectificar esa falta, señor.

 

El señor Golde observó a Karellen atentamente mientras éste meditaba su respuesta. Parecía  tan  raro  que  los  rostros  de  los  superseñores,  rígidos  como  máscaras,  no traicionasen  ninguna  emoción.  Los  grandes  ojos  abiertos,  las  pupilas  contraídas  con fuerza, aun en esta luz tan débil, se clavaban profundamente en los ojos francamente curiosos de los hombres. Los dos orificios gemelos entre las mejillas - si esas estriadas superficies de basalto podían llamarse mejillas - emitian unos silbidos casi imperceptibles, mientras los hipotéticos pulmones respiraban el tenue aire terrestre. Golde alcanzaba a ver  la  móvil  cortina  de  finos  pelos  blancos,  mientras  respondían  al  doble  y  rápido movimiento del ciclo respiratorio de Karellen. Se decía comúnmente que eran filtros de polvo, y sobre esa débil suposición se habían construido unas complicadas teorías a propósito de la atmósfera natal de los superseñores.

- Sí, tengo algunas noticias para ustedes. Como ya lo sabrán, una de mis naves de aprovisionamiento  dejó recientemente la Tierra, en viaje de vuelta a la base. Acabamos de descubrir que llevaba un polizón.

Cien lápices se detuvieron de pronto; cien pares de ojos se clavaron en Karellen.

 

- ¿Un polizón ha dicho? - preguntó Golde -. ¿Podemos saber quién es? ¿Y cómo llegó a bordo?

 

- Se llama Jan Rodricks, estudiante de ingeniería de la Universidad del Cabo. Ustedes mismos podrán averiguar otros detalles utilizando esos métodos propios, tan eficientes.

Karellen sonrió. Su sonrisa era muy curiosa. La mayor parte del efecto residía en los ojos; la boca inflexible y sin labios apenas se movía. ¿Era ésta, se preguntó Golde, otra imitación de las costumbres humanas, imitación que Karellen hacía con mucha habilidad? Pues el efecto total era, indudablemente, el de una sonrisa, y como tal se la aceptaba enseguida.

- En lo que se refiere a cómo entró en la nave - continuó  el supervisor  -, no tiene realmente importancia. Puedo asegurarles a ustedes, o a cualquier otro astronauta en potencia, que no hay posibilidad de que la operación se repita.

- ¿Qué ocurrirá con ese joven? - insistió Golde - ¿Será enviado de vuelta a la Tierra?

 

-  Eso  está  fuera  de  mi  jurisdicción,  pero  espero  que  vuelva  en  la  primera  nave. Descubrirá que las condiciones del lugar de destino son demasiado... extrañas. Y esto me lleva al principal propósito de la reunión de hoy.

Karellen calló un momento y el silencio se hizo aún más profundo.

 

- Hemos recibido algunas quejas de los elementos más jóvenes y más románticos de la población terrestre por haber impedido el acceso al espacio exterior. Tenemos nuestras razones; no levantamos murallas por placer. ¿Pero han pensado ustedes, si me permiten una analogía poco halagadora, qué hubiese sentido un hombre de la Edad de Piedra si se hubiese encontrado de pronto en una ciudad actual?

- Pero hay una diferencia - protestó el representante del Herald Tribune -. Estarnos acostumbrados a la ciencia. Hay en su mundo, seguramente, muchas cosas que no podríamos entender; pero no nos parecerían obra de magia.

. - ¿Está realmente seguro? - dijo Karellen tan débilmente que fue difícil escuchar sus palabras  -.  Sólo  un  centenar  de  años  separa  la  edad  del  vapor  de  la  edad  de  la electricidad, ¿y qué hubiese hecho un ingeniero victoriano con un aparato de televisión o una calculadora electrónica? ¿Y cuánto hubiese vivido si comenzara a examinar esos aparatos? El abismo que separa a dos tecnologías puede ser tan grande como para convertirse en algo... mortal.

(- Hola - murmuró el agente de Reuter al de la B.B.C. -. Tenemos suerte hoy. Va a hacer una declaración importante. Conozco los síntomas.)

- Y hemos  impedido  que los seres humanos  salgan de la Tierra por otras razones también. Observen.

 

Las luces  disminuyeron  hasta  apagarse.  Una lechosa  opaIescencia  se formó  en el centro del cuarto. Al fin se transformó en un torbellino de estrellas, una nebulosa espiral vista desde un punto situado mucho más allá de su sol más exterior.

- Ningún ser humano ha visto esta escena hasta ahora - dijo la voz de Karellen desde la oscuridad -. Están mirando el universo de ustedes, la isla galáctica de la cual el sol terrestre es sólo un miembro desde una distancia de medio millón de años-luz. Hubo un largo silencio. Luego Karellen continuó, y su voz encerraba ahora algo que no era precisamente piedad, pero tampoco desprecio.

- La raza humana ha demostrado no poder resolver los problemas de este planeta minúsculo. Cuando llegamos, estaban ustedes a punto de destruirse a sí mismos con los poderes que la ciencia les había entregado temerariamente.  Sin nuestra intervención la Tierra seria ahora un baldío radiactivo.

"Ahora tienen ustedes un mundo en paz y una raza unida. Pronto serán bastante civilizados como para gobernar el planeta sin nuestra ayuda. Quizá hasta puedan dirigir todo un sistema solar, digamos unas cincuenta lunas y planetas. ¿Pero creen realmente que podrían enfrentarse con esto?

La   nebulosa   aumentó   de   tamaño.   Ahora   las   estrellas   pasaban   rápidamente, apareciendo y desvaneciéndose como las chispas de una fragua. Y cada una de esas chispas fugaces era un sol, con quién sabe cuántos mundos circundantes...

- En esta galaxia - murmuró Karellen - hay ochenta y siete mil millones de soles. Pero aun ese número sólo da una débil idea de la inmensidad del espacio. Ante ella serían ustedes como hormigas que intentasen clasificar todos los granos de arena de todos los desiertos del mundo.

"La raza humana,  en el estado actual, no puede tener esa pretensión.  Uno de mis deberes ha sido el de proteger a los hombres de las fuerzas y poderes que hay entre los astros... fuerzas que ningún hombre es capaz de imaginar.

La imagen de los giratorios y nebulosos fuegos de la galaxia se apagaron lentamente. En el silencio repentino de la cámara se encendió otra vez la luz.

Karellen se volvió para irse. La reunión había terminado. Al llegar a la puerta se detuvo y miró a la apretada multitud.

- Es un pensamiento doloroso, pero tienen que aceptarlo. Un día podrán poseer los planetas. Pero las estrellas no son para el hombre.

 

Las estrellas no son para el hombre. Sí, no les gustaría que se les cerrasen las puertas del cielo en las narices. Pero tenían que aprender a enfrentarse con la verdad... o con la pizca de verdad que se les podía ofrecer, misericordiosamente.

Desde las solitarias alturas de la estratosfera, Karellen miró al mundo y la gente que había aceptado vigilar de no muy buena gana. Pensó en todo lo que había por delante, y en lo que sería este mundo, dentro de doce años.

Nunca lo apreciarían. Durante toda una vida los hombres habían conocido una felicidad ignorada por todas las otras razas. Había sido la Edad de Oro. Pero el oro es también el color del crepúsculo,  del otoño,  y sólo los oídos de Karellen  eran capaces  de oír los primeros gemidos de las tormentas invernales.

Y sólo Karellen sabía con qué inexorable rapidez la Edad de Oro se acercaba a su fin.

 

 

 

 

 

III - La última generación

 

 

 

15

 

 

 

- ¡Mira esto! - estalló George lanzando el papel hacia Jean. La hoja, a pesar de los esfuerzos de la mujer, vino a posarse indiferentemente  en la mesa del desayuno. Jean quitó con paciencia la jalea, y comenzó a leer el pasaje ofensivo, haciendo todo lo posible por mostrar  algún signo de desaprobación.  No lo hacía muy bien, pues demasiado  a menudo estaba de acuerdo con los críticos. Comúnmente trataba de guardarse estas opiniones herejes para sí misma, y no solamente en beneficio de su paz y tranquilidad. George estaba perfectamente  dispuesto a aceptar elogios de ella (o de cualquier otro), pero si Jean aventuraba alguna critica recibiría una conferencia aplastante acerca de su ignorancia.

Leyó dos veces la crónica, y al fin se dio por vencida. Parecía bastante favorable y así se lo dijo a George.

- Parece que la representación le gustó. ¿De qué te quejas?

 

- De esto - gruñó George señalando con el dedo la mitad de la columna -. Vuelve a leerlo.

- "El delicado color verde pastel del fondo en la escena del ballet era particularmente agradable." ¿Y bien?

 

- ¡No era verde! ¡Tardé mucho tiempo en conseguir ese matiz exacto de azul ¿Y qué pasa? ¡O alguno de esos técnicos malditos destruyó el equilibrio de los colores o ese crítico idiota tiene un miserable receptor ¿De qué color parecía en nuestro aparato?

- Este... no me acuerdo - confesó Jean, Poppet comenzaba a gritar en ese momento y tuve que ir a verla.

- Oh - dijo George cayendo en una hirviente aquiescencia. Jean sabía que en cualquier momento estallaría otra erupción. Cuando ocurrió, sin embargo, fue bastante suave.

- He inventado una nueva definición de la TV - murmuró George tenebrosamente -. Un aparato para impedir la comunicación entre el artista y el público.

- ¿Y qué quieres hacer? - replicó Jean -. ¿Resucitar el teatro?

 

- ¿Y por qué no? - preguntó George -. Eso es exactamente lo que estaba pensando.

 

¿Recuerdas  aquella  carta  que  me  escribieron  los  de  Nueva  Atenas?  Volvieron  a escribirme. Y esta vez voy a contestarles.

- ¿De veras? - dijo Jean algo alarmada -. Pensé que eran un montón de maniáticos.

 

- Bueno, sólo hay un modo de averiguarlo. Pienso ir a verlos antes de dos semanas. Las obras  que  representan  son perfectamente  normales,  hay  que reconocerlo.  Y hay entre ellos algunos hombres de mucho valor.

- Si crees que voy a cocinar sobre un fuego de leña y a vestirme con pieles tendrás que...

- ¡Oh, no seas tonta! Esas historias son ridículas. La colonia tiene todo lo necesario para una vida civilizada. No creen en adornitos inútiles, eso es todo. Además, ha pasado un par de años desde mi último viaje al Pacífico. Será un bonito paseo para los dos.

- En eso estoy de acuerdo - dijo Jean -. Pero no tengo la menor intención de que Junior y Poppet se conviertan en un par de polinesios.

- No se convertirán - dijo George -. Te lo prometo. Tenía razón, pero no en el sentido que él creía.

- Como habrá notado al descender - dijo el hombrecito en el otro extremo de la veranda

 

- la colonia abarca dos islas unidas por un arrecife. Esta es Atenas. A la otra la hemos bautizado Esparta. Es bastante salvaje y rocosa; un lugar ideal para ejercicios y deportes.

- Los ojos del hombre pasaron por sobre la línea del cinturón de George, que se movió en la silla de paja. - Esparta es un volcán apagado. Por lo menos los geólogos dicen que es apagado. ¡Ja, ja!

“Pero volvamos a Atenas. El propósito de la colonia, como usted habrá comprendido, es establecer un grupo cultural estable e independiente, con tradiciones artísticas propias. Le advierto que antes de iniciar esta empresa se realizó una intensa investigación.  Se

 

trata realmente de una obra de ingeniería social, basada en una ciencia matemática muy compleja  que  no  pretendo  entender.  Sólo    que  los  sociólogos  matemáticos  han calculado el tamaño ideal de la colonia, cuántos tipos de gente deben habitarla, y, sobre todo, qué constitución ha de dársele para que tenga un carácter permanente.

"Estamos  gobernados  por  un  consejo  de  ocho  directores,  representantes   de  la producción, la energía, la ingeniería social, el arte, la economía, la ciencia, los deportes y la filosofía. No hay primer director ni presidente estable. Todos los directores ocupan la presidencia durante un año y por rotación.

"Nuestra población actual es de unas cincuenta mil almas, poco menos que el nivel óptimo. Por eso estamos buscando todavía nuevos reclutas. Y claro, se producen ciertas mermas. Aún nos faltan algunos talentos especializados.

"Estamos  tratando  de  salvar  la  independencia  de  la  humanidad,  sus  tradiciones artísticas. No somos enemigos de los superseñores: sólo queremos que se nos permita seguir nuestro propio camino. Cuando destruyeron las viejas naciones, y esas costumbres que databan de los comienzos de la historia, barrieron muchas cosas buenas junto con las malas.  Hoy vivimos  en un mundo  plácido,  uniforme,  y culturalmente  muerto:  nada nuevo en verdad ha sido creado desde la llegada de esos seres. La razón es obvia. No hay nada por qué luchar y sobran distracciones  y entretenimientos.  ¿Ha advertido que todos  los  días  salen  al  aire  unas  quinientas  horas  de  radio  y  televisión?  Si  uno  no durmiese, y no hiciese ninguna otra cosa, no podría seguir más de una vigésima parte de los  programas.  No  es raro  que  los  seres  humanos  se hayan  convertido  en esponjas pasivas, absorbentes, pero no creadoras. ¿Sabe usted que el tiempo medio que pasa un hombre ante una pantalla es ya de tres horas por día? Pronto la gente no tendrá vida propia. ¡Vivirá siguiendo los episodios de la televisión!

- Aquí en Atenas, los entretenimientos  ocupan su justo lugar. Además son algo vivo, nada  mecánico.  En  una  comunidad  de  estas  proporciones   es  posible  lograr  una participación   casi  total  del  público,  con  todo  lo  que  eso  significa  para  artistas  y ejecutantes. A propósito, tenemos una magnífica orquesta sinfónica que se cuenta quizá entre las seis mejores del mundo.

Pero no quiero que acepte sin más mis palabras. Los posibles ciudadanos suelen pasar aquí unos pocos días respirando la atmósfera del lugar. Si deciden unirse a nosotros los atacamos  con  nuestra  batería  de  pruebas  psicológicas,  la  que  es  en  verdad  nuestra principal línea de defensa. Rechazamos, aproximadamente, un tercio de los solicitantes, casi siempre por razones que no implican ningún desmerecimiento personal, y que fuera de aquí no tienen ninguna importancia. Los que son aceptados, vuelven a sus casas para

 

arreglar sus asuntos y luego se unen a nosotros. A veces cambian de parecer, pero es muy  raro,  y  casi  siempre  por  motivos  personales  que  no  nos  conciernen.  Nuestras pruebas  tienen  actualmente  una eficacia  del ciento  por ciento:  la gente  que pasa las pruebas es la que quiere de veras vivir aquí.

- ¿Y si alguien cambia de parecer más tarde? - preguntó Jean ansiosamente.

 

- Pueden irse. No hay dificultades. Ha ocurrido una o dos veces.

 

Hubo una pausa, y Jean miró a George que se frotaba pensativamente  las patillas, adorno común entre los que frecuentaban los círculos artísticos. Como no se trataba de quemar  las  naves,  Jean  no  se  preocupó  demasiado.  La  colonia  parecía  un  lugar interesante, y ciertamente no tan chiflado como había temido. Y a los chicos les gustaría mucho. Eso, en última instancia, era todo lo que importaba.

 

 

Se mudaron seis semanas más tarde. La casa, de un solo piso, era pequeña, pero adecuada para una familia de cuatro miembros que no tenía intenciones de aumentar. Todos  los aparatos  domésticos  estaban  a la vista;  al menos,  admitió  Jean,  no había peligro de que volviesen a las oscuras edades de los trabajos hogareños. Era algo perturbador, sin embargo, descubrir que había una cocina. En una comunidad de este tamaño  bastaba  comúnmente  con  sintonizar  Central  de  Comidas,  y  esperar  cinco minutos, para recibir el plato elegido. El individualismo estaba muy bien, pero esto, temió Jean, era llevar las cosas demasiado lejos. Se preguntó oscuramente si tendría que tejer las ropas además de preparar las comidas. Pero no había telares entre la máquina de lavar platos y el aparato de radar, así que no había que temer eso por lo menos.

Naturalmente,  el  resto  de  la  casa  parecía  bastante  desnudo.  Eran  los  primeros ocupantes y pasaría algún tiempo antes que esta limpieza aséptica se convirtiese en un hogar cálido y humano. Los niños, sin duda, catalizarían el proceso con eficacia. Ya se había producido (aunque Jean no lo sabía) la muerte infortunada de un joven animal en la bañera. Jeffrey no conocía la fundamental diferencia que existe entre el agua dulce y el agua salada.

Jean se acercó a las ventanas, todavía sin cortinas, y contempló la colonia. Era un lugar muy hermoso, eso no se podía discutir. La casa se alzaba en la falda oriental de una loma que dominaba, a causa de la ausencia de competidores, la isla de Atenas. Dos kilómetros  más al norte podía ver los arrecifes:  una línea delgada  como el filo de un cuchillo  que llevaban  a Esparta.  Esta isla rocosa,  con su rumiante  cono volcánico,  la asustaba a veces. Se preguntó cómo los hombres de ciencia podían asegurar que no despertaría otra vez, sepultándolos a todos.

 

Vio de pronto una figura oscilante que subía por la colina, siguiendo la sombra de las palmeras  y  desafiando  abiertamente  la  existencia  del  camino.  George  volvía  de  su primera conferencia. Era hora de interrumpir los sueños y ocuparse de la casa.

Un golpe metálico anunció la llegada de la bicicleta. Jean se preguntó cuánto tardarían en aprender a manejar ese vehículo. Este era otro de los inesperados aspectos de la isla. Los coches privados estaban prohibidos, y realmente eran innecesarios, ya que la mayor distancia que se podía recorrer en línea recta no pasaba de quince kilómetros. Había en cambio varios vehículos públicos: camiones, ambulancias y coches de bomberos, que no podían viajar, salvo en casos de emergencia, a más de cincuenta kilómetros por hora. Como  resultado,  los habitantes  de Atenas  hacían  mucho  ejercicio,  las  calles  estaban siempre descongestionadas, y no había accidentes de tránsito.

George le dio a su mujer un rápido beso y se dejó caer en la silla más próxima.

 

- ¡Uf! - exclamó secándose la frente -. Todos me pasaban cuesta arriba, así, que me imagino que uno al fin se acostumbra. Me parece que ya he perdido diez kilos.

- ¿Cómo has pasado el día? - preguntó Jean cortésmente. Esperaba que su marido no estuviese demasiado fatigado para ayudarla a desempaquetar.

- Muy bien. Ha sido muy estimulante. Claro, no recuerdo la mitad de las gentes que me presentaron,  pero  eran  todos  muy  agradables.  Y  el  teatro  es  tan  bueno  como  yo  lo esperaba.  La  semana  que  viene  comenzamos  a  trabajar  en  Vuelta  a  Matusalén  de Bernard Shaw. La escenografía estará enteramente a mi cargo. Me parecerá increíble no estar rodeado por una docena de personas que me dicen lo que tengo que hacer. Sí, creo que esto nos va a gustar.

- ¿A pesar de las bicicletas?

 

George reunió bastante energía como para sonreír.

 

- Sí - dijo -. Dentro de un par de semanas ni notaré que existe esta loma.

 

No lo creía de veras, pero era perfectamente cierto. Pasó otro mes sin embargo antes que Jean dejara de extrañar el coche y descubriese todo lo que se podía hacer en una cocina.

Nueva Atenas no había aparecido de un modo natural y espontáneo como aquella otra ciudad del mismo nombre. Todo en la isla había sido planeado deliberadamente, como consecuencia del estudio emprendido durante varios años por un grupo de hombres notables. El proyecto había comenzado como una conspiración contra los superseñores, un implícito desafío a su política, si no a su Poder. En un principio los fundadores de la colonia habían tenido casi la seguridad de que Karellen se opondría totalmente, pero el supervisor no había hecho nada, nada en absoluto. Esto no había tranquilizado a nadie.

 

Karellen disponía de mucho tiempo: podía estar preparando un contragolpe. O estaba tan seguro del fracaso del proyecto que no había creído necesario intervenir.

Casi todos  habían  predicho  que la colonia  iba a fracasar.  Sin embargo,  aun en el pasado, mucho antes de que se conociese realmente la dinámica social, habían existido numerosas comunidades dedicadas a fines determinados, religiosos o filosóficos. Cierto era  que  el  índice  de  mortalidad  había  sido  muy  alto,  pero  algunas  habían  llegado  a sobrevivir. Y las bases de la nueva colonia tenían toda la garantía de la. ciencia moderna.

Había muchas  razones  para haber escogido  una isla. Las psicológicas  no eran las menos importantes. En una época de transporte aéreo universal, el océano ya no era una barrera, pero aún daba sin embargo una cierta impresión de aislamiento. Además, la limitación del terreno impedía que la colonia albergara a demasiada gente. La población máxima había sido fijada en cien mil habitantes. Un poco más y se perderían las ventajas de una comunidad reducida y compacta. Los fundadores habían pensado que todos los miembros de Nueva Atenas tenían que conocer a los ciudadanos que compartían sus mismos intereses, y además, y Por lo menos, a un uno o dos por ciento de los otros habitantes.

El hombre que había hecho posible Nueva Atenas era judío. Y, como Moisés, no había vivido lo bastante como para entrar en la tierra prometida. La colonia había sido fundada tres años después de su muerte.

Había nacido en Israel, la más joven de las naciones independientes. El fin de las soberanías nacionales se había sentido allí con más amargura que en ninguna otra parte. Es difícil abandonar un sueño por el que se ha luchado durante siglos.

Ben Salomon  no era un fanático,  pero  los recuerdos  de la niñez  debían  de haber influido, y no poco, en la filosofía que había llevado a la práctica. Podía recordar aún cómo era el mundo antes de la llegada de los superseñores, y no quería volver a él. Como otros  muchos  hombres,  inteligentes  y  bien  intencionados,  sabía  apreciar  todo  lo  que Karellen había hecho por la raza humana, aunque los planes del supervisor no lo hiciesen feliz. ¿No era posible, se decía a veces a sí mismo, que a pesar de su enorme inteligencia los superseñores  no entendieran,  realmente, a la humanidad y estuviesen cometiendo, con la mejor de las intenciones, un terrible error? ¿Y si en nombre de una altruista pasión por  el  orden  y  la  justicia  hubiesen  decidido  reformar  el  mundo  sin  comprender  que estaban destruyendo el alma humana?

El declive apenas había comenzado, pero ya era fácil descubrir los primeros indicios. Salomón no era un artista, pero sabía apreciar finamente el arte, y sabía que esta época no había alcanzado, en ese orden, las cimas del pasado. Quizá todo se arreglase un día,

 

cuando desapareciera el aturdimiento provocado por la llegada de los superseñores. Pero un hombre prudente tenía que tomar algunas medidas.

Nueva  Atenas  era  esas  medidas.  Había  costado  veinte  años  de trabajo  y algunos billones de libras, fracción relativamente pequeña del total de las riquezas mundiales. Durante quince años no había pasado nada; todo había ocurrido en el último lustro.

La tarea de Salomón hubiera sido irrealizable si algunos de los artistas más famosos del mundo no hubiesen comprendido que el proyecto era realmente posible. Los artistas le habían dado su apoyo porque el plan satisfacía sus aspiraciones, no porque fuera importante para la salud de la raza. Pero, una vez convencidos, el mundo ya no regateó su ayuda moral y material. Tras esta espectacular fachada de talentos temperamentales, los verdaderos arquitectos de la colonia comenzaron su tarea.

 

 

Una sociedad está formada por seres humanos cuya conducta individual es imposible predecir. Pero si se toman algunos grupos básicos comienzan a aparecer ciertas leyes, como ya lo habían descubierto, en otros tiempos, las compañías de seguros. Nadie puede decir quién morirá en determinada  época, pero es posible predecir el número total de muertes con considerable exactitud.

Había otras leyes, más sutiles, ya sospechadas en el siglo anterior por matemáticos como  Wiener  y  Rashavesky.   Estos  habían   argüido   que  sucesos   tales  como  las depresiones económicas, el resultado de las carreras armamentistas, la estabilidad de los grupos sociales, las elecciones políticas, etc., podían ser analizadas con ciertas técnicas matemáticas.   La  gran  dificultad   era  el  enorme   número   de  variables,   difíciles   de representar en términos numéricos. No era posible trazar una serie de curvas y declarar definitivamente: - Cuando se llegue a esta línea estallará la guerra -. Y no era posible tampoco tener en cuenta el asesinato de un hombre clave o los efectos de un nuevo descubrimiento científico... Menos aún terremotos e inundaciones, los que pueden tener un efecto  muy  profundo  en gran  número  de personas  y en el correspondiente  grupo social.

Sin embargo, gracias a los conocimientos pacientemente acumulados durante el último siglo, podían hacerse muchas cosas. La tarea no hubiese sido posible sin la ayuda de las máquinas gigantescas capaces de realizar el trabajo de mil matemáticos en unos pocos segundos, A esa ayuda se había recurrido principalmente cuando se planeó la colonia.

Aun así, los fundadores de Nueva Atenas sólo podían proporcionar el suelo y el clima en el cual la planta que deseaban cultivar llegaría - o no - a florecer. Como el mismo Salomón había dicho: - El talento lo tenemos asegurado. Esperemos conseguir el genio.

 

Pero en una sociedad tan concentrada tendrían que producirse, necesariamente, algunas interesantes  reacciones.  Pocos  artistas  progresan  en  la  soledad,  y  nada  es  más estimulante que el encuentro con mentes de intereses parecidos.

Hasta ahora ese encuentro había producido valiosos resultados en escultura, música, crítica  literaria  y cinematografía.  Era  aún  demasiado  pronto  para  apreciar  si el grupo dedicado a la historia satisfaría las esperanzas de los animadores del proyecto, que deseaban francamente que la humanidad recobrase el orgullo de sus hazañas. La pintura languidecía aún, lo que parecía apoyar la opinión de que un arte estático y bidimensional ya no tenía posibilidades.

Era evidente  - aunque aún no se había dado una explicación  satisfactoria  - que el tiempo  tenía  una  gran  importancia  en  las  obras  mejor  realizadas.  Hasta  la  misma escultura era pocas veces inmóvil. Los intrigantes volúmenes y curvas de Andrew Carson cambiaban   lentamente   ante  los  ojos  del  espectador,   de  acuerdo  con  estructuras complejas  que la mente era capaz de apreciar aunque no las comprendiese  del todo. Carson decía, con un poco de verdad, que había llevado los “móviles” del siglo anterior a sus últimas consecuencias, uniendo de este modo escultura y ballet.

Muchos de los experimentos musicales de la colonia estaban conscientemente relacionados  con  lo  que  podría  llamarse  “dimensión  temporal”.  ¿Cuál  era  la  nota perceptible más breve, o cuál la más larga que pudiese ser tolerada sin aburrimiento?

¿Podía variarse el resultado alternando las condiciones de la audición o mediante un uso apropiado de la orquesta? Tales problemas eran discutidos interminablemente, y los argumentos no eran sólo académicos. Habían dado como resultado algunas obras en extremo interesantes.

Pero los experimentos más exitosos se habían realizado en el campo de los dibujos animados,  arte de posibilidades  infinitas.  Desde  las épocas  de Disney  poco se había hecho en este medio tan flexible. En el aspecto  meramente  realista los resultados  no podían distinguirse de los del arte fotográfico, para gran alegría de los que estaban desarrollando  ciertas formas abstractas. El grupo de hombres de ciencia y artistas que menos  había  hecho  hasta  ahora  era el que despertaba  el mayor  interés,  y la mayor alarma. Este equipo estaba trabajando en la identificación total. La historia del cine guiaba sus pasos. Primero el sonido, luego el color, la estereoscopia y el cinerama habían dado a las películas un aspecto cada vez más realista. ¿A dónde se iba por ese camino? Se llegaría  seguramente  a  la  última  etapa  cuando  el  público  olvidara  que  era  público  y participara  de la acción. Sería necesario  estimular todos los sentidos, y quizá también recurrir a la hipnosis, pero muchos creían que era posible. Cuando se alcanzase la meta,

 

la experiencia humana se enriquecería notablemente. Un hombre podría convertirse - por un rato al menos  - en cualquier  otra persona,  y tomar  parte  en cualquier  concebible aventura, real o imaginaria.  Hasta podría ser una planta o un animal, si fuese posible recoger  y  registrar  las  sensaciones  de  todas  las  criaturas  vivientes.  Y  cuando  el "programa"  hubiese  terminado,  habría  adquirido  un  recuerdo  tan  vívido  como  el  de cualquiera de sus propias experiencias, en verdad idéntico a un recuerdo real.

El proyecto era deslumbrante. Muchos lo encontraban asimismo terrible, y esperaban que la empresa terminara en un fracaso. Pero sabían muy bien que una vez que la ciencia declara que algo es posible, nada puede impedir que se lleve a cabo.

Esto,  pues,  era  Nueva  Atenas,  y  algunos  de  sus  sueños.  La  colonia  esperaba convertirse en lo que hubiese sido la antigua Atenas si hubiese contado con máquinas en lugar de esclavos, y ciencia en vez de superstición. Pero era aún muy pronto para saber si la experiencia tendría éxito.

 

 

16

 

 

 

Jeffrey Greggson era un isleño que, hasta ahora, no se había preocupado por los problemas estéticos o científicos, los dos supremos intereses de sus mayores. Pero aprobaba  de  todo  corazón  la  vida  en  la  colonia,  aunque  por  razones  puramente personales. El mar, nunca a más de unos pocos kilómetros, lo fascinaba de veras. Había pasado la mayor parte de sus pocos años en el interior de un continente, y no se había acostumbrado aún a la novedad de vivir rodeado de agua. Era un buen nadador, y salía muy a menudo con otros amigos, armado de su máscara y sus paletas a explorar las aguas poco profundas de la bahía. En un principio Jean no se había sentido muy feliz, pero después de zambullirse ella misma varias veces, perdió el temor al océano y a sus extrañas criaturas, y dejó que Jeffrey disfrutara a su gusto, siempre que no nadase solo.

Otro miembro de la familia de Greggson que parecía muy contento con el cambio era Fey, una hermosa sabuesa dorada que nominalmente pertenecía a George, pero que era difícil separar de Jeffrey. Ambos estaban siempre juntos, durante el día y - si Jean no se opusiera firmemente - durante la noche. Cuando Jeffrey salía en bicicleta Fey se echaba ante la puerta, con unos ojos tristes y húmedos clavados en el camino, y el hocico entre las patas. George se sentía entonces bastante mortificado, pues había pagado un buen precio por Fey y su pedigree. Tendría que esperar hasta la próxima generación - dentro de tres meses - para tener un perro propio. Jean tenía otra idea. Le gustaba Fey, pero pensaba que un perro por casa era suficiente.

 

Sólo Jennifer Anne no había decidido aún si le gustaba la colonia. Esto, sin embargo, no era muy raro, pues no había visto del mundo más que los paneles plásticos de la cuna, y apenas sospechaba que existiese un lugar semejante.

 

 

Los recuerdos no absorbían a George; estaba muy ocupado con sus planes para el futuro, y muy entretenido con su trabajo y sus hijos. Su mente no retrocedía casi nunca hasta aquella noche africana, y jamás hablaba de eso con Jean. Ambos evitaban el tema de común acuerdo, y desde aquel día no habían vuelto a visitar a Boyce, a pesar de sus repetidas invitaciones. Lo habían llamado varias veces al año, excusándose siempre, y últimamente  Boyce  ya  no  los  molestaba.  Su  matrimonio  con  Maia  Rodricks,  ante  la sorpresa de casi todos parecía más floreciente que nunca.

Luego de aquella noche, Jean perdió todo deseo de investigar los misterios situados en las fronteras de la ciencia. La ingenua curiosidad que la había llevado a relacionarse con Rupert y sus experimentos se había desvanecido. Quizá estaba ya convencida, y no necesitaba más pruebas; George prefería no preguntárselo. Era posible que los cuidados de la maternidad le hubiesen hecho olvidar esos intereses.

No había que preocuparse, se decía George, por misterios irresolubles. Sin embargo, a veces se despertaba en medio del silencio de la noche, y se ponía a pensar. Recordaba su encuentro con Jan Rodricks en la terraza de la casa de Rupert, y su corta conversación con el único hombre que había logrado desafiar la prohibición de los superseñores. Nada en el reino de lo sobrenatural, pensaba George, podía ser más extraño que ese simple hecho científico. Aunque había hablado con Jan hacía ya diez años, para este tan distante viajero apenas habían transcurrido unos pocos días.

El universo era enorme, pero su tamaño no lo asustaba tanto como su misterio. George no tenía la costumbre de meditar sobre tales asuntos; sin embargo, pensaba a veces que los hombres eran como niños que jugaban dentro de un parque, lejos de las terribles realidades del mundo exterior. Jan Rodricks, resentido contra esta protección, había escapado. Nadie sabía hacia dónde. Pero en este caso George se encontraba del lado de los superseñores. No deseaba de ningún modo enfrentarse con lo que acechaba quizá en esa oscuridad desconocida, en el borde del círculo de luz lanzado por la lámpara de la ciencia.

 

 

- ¿Por qué - se quejó George - Jeff está siempre afuera cuando yo llego a casa? ¿A

 

dónde ha ido hoy?

 

Jean alzó los ojos del tejido, una ocupación arcaica que había sido resucitada recientemente con mucho éxito. Esas modas aparecían y desaparecían en la isla con bastante rapidez. Como resultado de esta locura particular los hombres llevaban ahora unos  sweaters  multicolores,  demasiado  abrigados  para  el  día,  pero,  bastante  útiles después de la caída del sol.

- Ha ido a Esparta con algunos amigos - respondió Jean - Me prometió estar de vuelta para la hora de la cena.

- En realidad vine a casa a trabajar - dijo George pensativamente -. Pero es un día muy hermoso. Me parece que iré hasta allí y me daré un baño yo también. ¿Qué pescado deseas?

George nunca había pescado nada, y los peces de la bahía eran demasiado astutos. Jean iba a decírselo cuando un sonido que, aun en esta pacífica edad, era capaz de helar la sangre estremeció la quietud del atardecer.

Era el gemido de una sirena, que subía y bajaba, extendiendo hacia el mar, en círculos concéntricos, un mensaje de peligro.

Aquí, en la ardiente oscuridad, bajo el piso del océano, la presión de las rocas había crecido lentamente durante casi un siglo. Aunque el cañón oceánico se había formado en una   de   las   primeras   edades   geológicas,   las   piedras   torturadas   no   se   habían acostumbrado aún a su nueva posición. Los estratos habían crujido innumerables veces, moviéndose  un  poco  cuando  el  inimaginable  peso  del  agua  perturbaba  su  precario equilibrio. Estaban listos para volver a moverse.

Jeff estaba explorando los hoyos rocosos que corrían a lo largo del mar, ocupación que siempre lo fascinaba. Nunca podía saber con qué exóticas criaturas se iba a encontrar aquí, traídas por las olas que venían una detrás de otra, y a través del Pacífico, a romper contra los acantilados. La bahía era un país de hadas, y en ese momento Jeff se sentía el único dueño, pues los otros niños habían subido a las colinas.

El día era sereno y claro. No había ni un soplo de viento, y hasta el perpetuo gruñido que sonaba bajo los arrecifes era ahora sólo un sordo murmullo. Un sol ardiente colgaba en el cielo, pero el oscuro cuerpo de Jeff era ya inmune a sus ataques.

La playa era aquí un delgado cinturón de arena, que descendía hacia la bahía. Bajo las aguas claras como el cristal, Jeff podía ver las formaciones rocosas, tan familiares para él como el suelo terrestre. A unos diez metros de profundidad el esqueleto curvo y cubierto de  algas  de  una  vieja  goleta  se  elevaba  hacia  el  mundo  que  había  dejado  hacía doscientos años. Jeff y sus amigos habían explorado a menudo estos restos, pero sus

 

esperanzas   de  encontrar   un  tesoro   no  se  habían   realizado   nunca.   Sólo  habían descubierto una brújula cubierta de mejillones.

Algo asió con firmeza la bahía, como con ambas manos, y la sacudió brevemente. El temblor de las aguas pasó con tanta rapidez que Jeff se preguntó si no se lo habría imaginado. Quizá había sido un vértigo pasajero, pues a su alrededor todo seguía igual. Nada  turbaba  la  superficie  del  agua;  en  el cielo  no  se  veía  una  nube.  Y de  pronto, comenzó algo muy raro.

El agua estaba alejándose de la costa con una rapidez muy superior a la de cualquier marea. Jeff se quedó mirando, con un profundo asombro, pero sin miedo, como aparecían las arenas húmedas, y yacían brillantes al sol. Siguió a las aguas, decidido a aprovechar todo lo posible ese milagro que le había abierto las puertas del mundo submarino. Tanto había descendido el nivel del mar que el mástil roto del náufrago estaba subiendo hacia el cielo, y sus algas, faltas del apoyo del agua, colgaban ya verticalmente. Jeff se apresuró, ansioso por contemplar las maravillas que no tardarían en aparecer.

Fue entonces cuando oyó aquel ruido que venía de los arrecifes. Nunca había oído nada semejante, y se detuvo intrigado. Los pies comenzaron a hundírsele lentamente en las arenas húmedas. Un pez grande estaba luchando con la muerte, unos pocos metros más allá, pero Jeff lo miró apenas. El ruido de los arrecifes crecía a su alrededor.

Era un gorgoteo, un sonido de succión, como el de un río que corre por un estrecho canal. Era la voz del mar, que se retiraba protestando, enojado al perder, aunque fuese sólo por un momento, aquellas tierras suyas. Por entre las graciosas ramas de coral, a través de las ocultas cavernas submarinas, millones de toneladas de agua pasaban de la bahía a la vastedad del océano.

Regresarían muy pronto, y muy rápidamente.

 

 

 

Horas más tarde, una de las patrullas de salvamento encontró a Jeff en el banco de coral. El agua había llegado a subir hasta veinte metros sobre su nivel de costumbre. Jeff no estaba  asustado,  aunque  sí afligido  por  la pérdida  de su bicicleta.  Tenía  además mucha hambre. La destrucción parcial de los arrecifes había cortado el camino. Cuando llegó la patrulla, Jeff estaba pensando en regresar a nado, y si las corrientes no hubiesen cambiado mucho habría podido atravesar el canal con bastante facilidad.

Jean y George habían estado mirando cuando el tsunami golpeó la isla. Aunque los daños  en  las  zonas  más  bajas  de  Atenas  habían  sido  severos,  no  había  habido desgracias personales. Los sismógrafos habían dado aviso con una anticipación de sólo quince minutos,  pero eso bastó para que todos se pusieran  a salvo. Ahora la colonia

 

estaba curándose las heridas y reuniendo una colección de leyendas que los años harían más y más espeluznantes.

Jean estalló en sollozos cuando le devolvieron a su hijo, pues tenía la seguridad de que el mar se lo había llevado. Había visto, horrorizada, como el negro muro de agua, con su capa de espuma, había venido desde el horizonte a golpear la base de la isla. Parecía imposible que Jeff se hubiera salvado.

No era raro que el niño no pudiese hacer un relato coherente de lo ocurrido. Después de cenar, y cuando ya estaba a salvo en cama, Jean y George se sentaron a sus pies.

- Duérmete, querido, y no pienses más - dijo Jean - ya ha pasado todo.

 

- Pero fue divertido, mamá - protestó Jeff -. No estaba realmente asustado.

 

- Magnífico - dijo George -. Eres un chico valiente. Por suerte no perdiste la cabeza y corriste a tiempo. He oído hablar de esas olas. Muchas gentes mueren ahogados por salir a la playa a ver qué pasa.

- Eso es lo que hice - confesó Jeff -. Me pregunto quién me habrá ayudado.

 

- ¿Qué quieres decir? No había nadie contigo. Los otros muchachos  estaban en la colina.

Jeff parecía perplejo.

 

- Pero alguien me dijo que corriese.

 

Jean y George se miraron con cierta alarma.

 

- ¿Quieres decir que imaginaste oír algo?

 

- Oh, no lo molestes más - dijo Jean con ansiedad, y muy rápidamente. Pero George era porfiado.

- Un momento. Cuéntame todo lo que pasó, Jeff.

 

- Bueno, yo estaba allí en la playa, junto a ese barco, cuando oí la voz.

 

- ¿Qué decía?

 

-  No  recuerdo  muy  bien,  pero  algo  así  como  Jeffrey,  sube  a  la  loma,  rápido.  Te ahogarás si te quedas aquí -. Estoy seguro de que me llamó Jeffrey, no Jeff. Así que no era ninguno de mis amigos.

- ¿Era la voz de un hombre? ¿De dónde venía?

 

- Estaba muy cerca de mí. Y parecía un hombre... Jeff titubeó y George lo incitó a que siguiera.

- Adelante... Imagina que estás en la playa, y dinos exactamente qué pasó entonces.

 

- Bueno, no se parecía a ninguna voz conocida. Me pareció que era un hombre grande.

 

- ¿Y no dijo nada más?

 

- No... hasta que comencé a subir por la loma.

 

Entonces ocurrió otra cosa rara. ¿Conoces el camino de los acantilados?

 

- Sí.

 

- Yo estaba subiendo por ahí, pues es el más corto. Yo ya sabía lo qué pasaba. Había visto la ola. Además, hacía un ruido horrible. Y de pronto descubrí, que en medio del camino había una roca enorme. Nunca había estado. Y no me dejaba pasar.

- La habría hecho caer el terremoto - dijo George.

 

- Chist... Sigue, Jeff.

 

- No sabía qué hacer, y sentía que se acercaba la ola. Entonces la voz dijo: "Cierra los ojos, Jeffrey, y ponte una mano delante de la cara”. Parecía un chiste, pero lo hice. Y entonces hubo como un gran fuego - alcancé a sentirlo - y cuando abrí los ojos la roca ya no estaba.

- Ya no estaba.

 

- No. Así que empecé a correr de nuevo, y por eso casi me quemo los pies, pues las rocas  del  camino  estaban  terriblemente  calientes.  El agua  silbó  cuando  llegó  a esas rocas, pero ya no podía alcanzarme, yo estaba muy alto. Y eso es todo. Bajé cuando la ola se retiró. Entonces descubrí que mi bicicleta no estaba más, y que se había roto el camino de los arrecifes.

- No te preocupes por la bicicleta, querido - dijo Jean abrazando a su hijo -. Te compraremos otra. Lo único que importa es que no te hiciste daño. No nos interesa saber cómo pasó.

Esto no era verdad, por supuesto, pues la conferencia comenzó tan pronto como Jean y George dejaron el cuarto. No sacaron nada en limpio, pero la reunión tuvo dos consecuencias. A la mañana siguiente, sin decirle nada a George, Jean llevó a su hijito al psicólogo  de niños de la colonia.  Jeff volvió a narrar su historia,  sin azorarse  ante la novedad  del  escenario.  Más  tarde,  mientras  su  paciente  rechazaba  uno  tras  otro  los juguetes amontonados en otra habitación, el psicólogo tranquilizó a Jean.

- Nada permite suponer la existencia de alguna anormalidad. Tenga en cuenta que el niño acaba de pasar por una experiencia terrible, y ha salido de ella notablemente bien. Es un niño muy imaginativo, y quizá cree que dice la verdad. Así que acepte la historia, y no se preocupe si no aparecen otros síntomas. En ese caso llámeme en seguida.

Esa misma noche Jean comunicó el veredicto a su marido. George no se mostró muy contento, y Jean atribuyó su preocupación a los destrozos sufridos por su amado teatro.

- Muy bien - se limitó a gruñir George y se puso a hojear el último número de La escena y el taller. Parecía como si hubiese perdido todo interés en el asunto, y Jean se sintió molesta.

 

Pero tres semanas más tarde, cuando se reabrió el camino, George y su bicicleta se encaminaron hacia Esparta. Trozos de coral cubrían las arenas y había un hueco en la hilera  de  los  arrecifes.  George  se  preguntó  cuánto  tiempo  tardarían  las  miríadas  de pacientes pólipos en reparar esos daños.

Sólo un sendero llevaba a la cima de los acantilados, y una vez que recobró el aliento, George comenzó la ascensión. Unas algas secas, atrapadas entre las piedras, señalaban el límite alcanzado por la ola.

George contempló largo rato, de pie en aquel solitario sendero, el sitio donde se veían las huellas de una roca hundida. Trató de decirse a sí mismo que se trataba de algún capricho volcánico, pero abandonó enseguida su idea. Su mente volvió a aquella noche, años atrás, en la que se había unido, junto con Jean, al tonto experimento de Rupert. Nadie había entendido de veras qué había pasado, pero George sabía, de algún modo, que esos dos sucesos tenían cierta relación. Primero, Jean; luego, su hijo. No supo si tenía que sentirse asustado o contento y murmuró entre dientes una silenciosa plegaria:

- Gracias, KarelIen, por lo que tu gente ha hecho por Jeff. Pero me gustaría saber por qué lo hicieron.

Bajó lentamente a la playa y las grandes gaviotas blancas volaron a su alrededor, decepcionadas al ver que no les arrojaba un poco de comida.

 

 

17

 

 

 

El pedido  de Karellen,  aunque  se lo esperaba  desde  un principio,  cayó  como  una bomba. Representaba, para todos, una crisis en los asuntos de la isla, y era imposible imaginar sus consecuencias.

Los superseñores no habían intervenido nunca en la colonia. La habían dejado completamente sola, ignorándola como a todas aquellas otras actividades que no tenían un carácter subversivo o no transgredían las leyes. No se sabía bien si los propósitos de la colonia podían llamarse subversivos. No tenía una intención política, pero representaba un anhelo de cierta independencia artística e intelectual. ¿Y quién podía saber qué saldría de eso? Karellen era capaz de prever el futuro de la colonia con más claridad que sus fundadores, y quizá no le gustaba.

Claro, si Karellen quería enviar un observador, inspector, o como se lo quisiera llamar, nadie  podía  impedírselo.  Veinte  años  atrás  los  superseñores  habían  anunciado  el abandono de todos los aparatos de observación, de modo que la humanidad no tenía por

 

qué  seguir  pensando  que  vivía  espiada.  Sin  embargo,  la  mera  existencia  de  esos aparatos significaba que, si así lo querían los superseñores, no habría secretos.

Algunos de los isleños habían recibido con agrado el anuncio de esta visita, ante la posibilidad de aclarar un problema menor acerca de los superseñores: su actitud ante el arte. ¿Lo consideraban  una aberración infantil de la raza humana? ¿Cultivaban alguna forma artística? En ese caso, ¿era el propósito de la visita puramente estético, o serían las intenciones de Karellen menos inocentes?

 

 

Todo esto era tema de interminables discusiones mientras se hacían los preparativos para recibir al superseñor. Nada se sabía de él, pero se daba por sentado que sería capaz de absorber cultura en enormes dosis. Se intentaría llevar a cabo algún experimento, y las reacciones de la víctima serían estudiadas por todo un batallón de mentes agudas.

En ese entonces el presidente del consejo era el filósofo Charles Yan Sen, un hombre irónico,  pero  fundamentalmente  amable,  que  aún  no  había  cumplido  sesenta  años  y estaba por lo tanto en lo mejor de su vida. Platón hubiese aprobado a Sen como un buen ejemplo de estadista - filósofo, aunque Sen no aprobaba siempre a Platón en quien creía ver una grosera deformación de Sócrates. Sen era uno de los tantos isleños que tenían el propósito  de  sacar  todo  el  provecho  posible  de  la  visita,  aunque  sólo  fuese  para mostrarles a los superseñores que los seres humanos conservaban aún su poder de iniciativa y no estaban "totalmente domesticados".

En Atenas no se podía hacer nada sin la autorización de un comité, esa piedra fundamental  del sistema  democrático.  Ya  alguien  había  definido  la colonia  como  una cadena de comités. Pero el sistema daba resultado, gracias a los pacientes estudios de los psicólogos sociales, los verdaderos fundadores de Nueva Atenas. Como la comunidad era bastante reducida, todos podían tomar parte en su dirección, y ser de ese modo verdaderos ciudadanos.

Era inevitable que George Greggson, como miembro principal. de la jerarquía artística, estuviese en el comité de recepción. Pero para evitar cualquier error movió algunas influencias. Si los superseñores querían estudiar la colonia, George quería estudiar a los superseñores. Jean no se sentía muy feliz con este proyecto. Desde aquella noche, en casa de Boyce, había sentido una vaga hostilidad  hacia los superseñores,  aunque no podía explicar sus motivos. Deseaba relacionarse con ellos lo menos posible, y una de las principales atracciones de la isla había sido la posible independencia. Ahora temía que esta independencia estuviese amenazada.

 

El superseñor, para decepción de los que esperaban algo más espectacular, llegó sin ceremonias en una ordinaria máquina volante de fabricación humana. Podía haber sido el mismo Karellen, pues nadie era capaz de distinguir a un superseñor de otro con bastante seguridad. Todos parecían duplicados de un molde original y único. Quizá, y mediante ciertos desconocidos procedimientos biológicos, lo eran de veras.

Después del primer día los isleños dejaron de prestar atención al coche oficial cuando atravesaba  la colonia de camino hacia alguna visita. El nombre del visitante, Thanthalteresco,  demostró  ser  poco  práctico  para  usarlo  diariamente,  y  pronto  se  lo designó como "el inspector". Era un nombre bastante exacto, pues su apetito por las estadísticas parecía insaciable.

Charles  Yan  Sen  estaba  totalmente  agotado  cuando,  bastante  después  de medianoche, acompañó al inspector hasta la máquina voladora que le servía de base. Allí, sin duda, continuaría su trabajo, durante toda la noche, mientras sus anfitriones humanos se permitían la debilidad de dormir.

La señora Sen estaba esperando ansiosamente a su marido. Formaban una cariñosa pareja, a pesar de que Sen tenía la costumbre de llamarla Xantipa, y en presencia de invitados. La mujer había tratado de replicarle en forma apropiada, sirviéndole una copa de cicuta; pero por suerte este brebaje herbívoro era menos común en la nueva Atenas que en la vieja.

- ¿Todo estuvo bien? - preguntó mientras Sen se sentaba ante una comida fría.

 

- Creo que sí, aunque nunca se puede saber qué pasa por el interior de esas notables mentes. Mostró mucho interés, hasta hizo algunos cumplidos. Le pedí disculpas por no traerlo a casa, y me dijo que comprendía, y que no deseaba golpearse la cabeza contra el techo.

- ¿Qué le mostraste hoy?

 

- El aspecto material de la colonia, que no le pareció aburrido como a mí. Hizo las preguntas más inimaginables sobre producción, presupuestos, recursos minerales, índice de nacimientos, alimento de la población, etc. Por suerte me acompañaba Harrison. el secretario,  que se había llevado todos los informes  anuales  desde los orígenes  de la colonia. Tendrías que haberlos oído, intercambiando estadísticas. El inspector nos pidió que  le  prestáramos  los  informes  y  apuesto  a  que  mañana  será  capaz  de  citarnos cualquier cifra de memoria. Esas hazañas mentales me parecen terriblemente depresivas.

Sen bostezó y comenzó a comer con desgano.

 

- Mañana será un día más interesante. Vamos a visitar los colegios y la Academia. Entonces seré yo quien hará las preguntas. Me gustaría saber cómo educan los superseñores a sus niños... Siempre, es claro, que tengan niños.

Charles Sen no llegó a saberlo, pero en otros asuntos el inspector se mostró bastante hablador. Evadía las cuestiones embarazosas con una amabilidad realmente agradable, y de pronto, de un modo inesperado, parecía confiarse de veras.

El  primer  momento  real  de  intimidad  sobrevino  cuando  estaba  alejándose  de  la escuela.

- Es una gran responsabilidad  - había hecho notar el doctor Sen - entrenar a estas jóvenes  mentes  para  el  futuro.  Por  suerte  los  seres  humanos  tienen  una  resistencia notable. Se necesita una educación muy mala para que el daño sea permanente. Aun en el caso de que nuestras miras sean erróneas, nuestras pequeñas víctimas sabrán probablemente superarlas. Como usted ha visto, parecen ser perfectamente felices. - Sen hizo una pausa y lanzó una mirada intencionada hacia la alta figura de su pasajero. El inspector estaba totalmente envuelto en una brillante ropa plateada, de tal modo que no exponía a la luz del sol ni un sólo centímetro de su piel. Detrás de los anteojos oscuros el doctor Sen sintió la presencia de dos grandes ojos que lo miraban sin emoción, O con una emoción que él no entendía. - Nuestros problemas al educar a estos niños tienen que ser, me parece, muy similares a los de ustedes cuando se enfrentaron con la raza humana.

¿Está usted de acuerdo conmigo?

 

- En ciertos aspectos - admitió el superseñor gravemente -. En otros puede encontrarse una comparación más exacta en la historia de las potencias coloniales. Por esta razón el imperio romano y el británico nos han interesado siempre mucho. El caso de la India es particularmente instructivo. Lo que más nos diferencia de los británicos es que estos no tenían  verdaderas  razones  para  meterse  en  la  India;  no  razones  conscientes,  por  lo menos,  excepto  algunos  objetivos  triviales  y  sin  importancia,  como  el  comercio  y  la hostilidad hacia las otras potencias europeas. Se encontraron en posesión de un imperio antes de tiempo y no fueron realmente felices hasta que se libraron de él.

- ¿Y se librarán ustedes de su imperio - preguntó el doctor Sen sin poder resistir la oportunidad - cuando llegue la hora?

- Sin la menor duda - replicó el inspector.

 

El doctor  Sen  no insistió.  El tono  de la respuesta  no invitaba  a seguir  indagando. Además, habían llegado en ese momento a la Academia donde los esperaba un grupo de pedagogos dispuestos a afilar sus ingenios ante un verdadero superseñor.

 

-  Como  le  habrá  dicho  nuestro  distinguido  colega  -  comentó  el  profesor  Chance, decano  de la Universidad  - queremos  que  las  mentes  de nuestros  ciudadanos  estén siempre alertas, y puedan desarrollar así sus verdaderas potencialidades. Fuera de esta colonia - su ademán indicó y rechazó el resto del globo - temo que la raza humana haya perdido su iniciativa. Tiene paz, tiene bienestar, pero no tiene horizontes.

- En cambio aquí, naturalmente... - intervino con suavidad el superseñor.

 

El profesor Chance, a quien le faltaba el sentido del humor, y lo sabía, miró con desconfianza a su visitante.

- No pensamos - continuó - que el ocio sea un pecado. Pero no creemos que baste ser un público pasivo. Todos en esta isla tienen una ambición que puede ser resumida de un modo muy simple. Es la de hacer algo, aunque sea algo muy pequeño, mejor que los demás.  Claro,  se  trata  de  un  ideal  que  no  todos  alcanzamos.  Pero  en  este  mundo moderno lo importante es tener un ideal. Alcanzarlo o no es casi indiferente.

El inspector no parecía inclinado a hacer comentarios. Se había sacado sus ropas protectoras, pero tenía puestos todavía los anteojos oscuros, aunque la luz del cuarto era bastante  débil. El decano se preguntó  si serían fisiológicamente  necesarios  o sólo un disfraz. Ciertamente, hacían casi imposible la ya difícil tarea de leer los pensamientos del superseñor. Este, sin embargo, no parecía oponerse a las desafiantes declaraciones que se le habían hecho, ni a las críticas que esas declaraciones implicaban.

El decano estaba a punto de volver al ataque cuando el jefe del departamento científico decidió participar en la lucha.

- Como usted sin duda sabe, señor, uno de los mayores problemas de nuestra cultura ha sido el de la dicotomía que separa el arte de la ciencia. Me gustaría de veras conocer sus puntos de vista a este respecto. ¿Está usted de acuerdo con los que afirman que todos  los  artistas  son  anormales?  ¿Qué  sus  obras  - o por  lo menos  el impulso  que engendra sus obras - son el resultado de alguna profunda insatisfacción psicológica?

El profesor Chance se aclaró la garganta, pero el inspector se le adelantó.

 

- Dicen ustedes que todos los hombres son artistas hasta cierto punto, de tal modo que no hay nadie incapaz de crear algo, aunque sea algo primitivo. Ayer, en las escuelas, por ejemplo, advertí el énfasis con que se insiste en la expresión personal, tanto en el dibujo como en la pintura y el modelado. Ese estímulo parece alcanzar a todos, aun a aquellos destinados a ser hombres de ciencia. De modo que si todos los artistas son anormales, y todos los hombres son artistas, tenemos aquí un interesante silogismo -.

Todos esperaron a que el inspector terminase de hablar. Pero, cuando les convenía, los superseñores podían mostrar un tacto impecable.

 

El inspector aguantó el concierto con todo éxito, lo que no se podía decir de muchos de los seres humanos que formaban el auditorio. La única concesión al gusto popular había sido la Sinfonía de los salmos de Stravinsky; el resto del programa era agresivamente actual.  Cualesquiera  que  fuesen  los  méritos  de  la  música,  la  ejecución  había  sido magnífica.  La  satisfacción  que  sentía  la  colonia  de  poseer  algunos  de  los  mejores músicos del mundo, tenía su base. Había habido numerosas disputas entre varios compositores  por  el  honor  de  ser  incluidos  en  el  programa,  aunque  algunos  cínicos pensaban si se trataría realmente de un honor. Pues nadie podía afirmar que los superseñores no fuesen musicalmente sordos.

Sin embargo, después del concierto, Thanthalteresco  buscó a los tres compositores que habían figurado en el programa y los felicitó por su "gran inventiva". Los músicos se retiraron complacidos, pero también un poco desconcertados.

George Greggson no pudo encontrarse con el inspector hasta tres días más tardé. El teatro había preparado algo así como distintas carnes a la parrilla, antes que un plato único: dos piezas en un acto, un número por un imitador mundialmente  famoso, y una escena de ballet. Una vez más todas las partes fueron insuperablemente ejecutadas y la predicción de uno de los críticos: - Al fin descubriremos si los superseñores bostezan - no se cumplió. En realidad, el inspector se rió varias veces, y en los momentos adecuados.

Y sin embargo, nadie podía estar seguro. Era posible que el superseñor interpretara una  comedia,  guiándose  sólo  por  la  lógica,  y  manteniendo  al  margen  sus  propias  y extrañas emociones, como un antropólogo que participa en un rito primitivo. El hecho de que emitiese los sonidos apropiados, y de que reaccionara correctamente no demostraba nada.

Aunque  George  estaba  decidido  a  conversar  con  el  inspector  no  pudo  hacerlo. Después de la representación intercambiaron unas pocas palabras, a modo de saludo, y luego el visitante fue arrebatado por el público. Era imposible separarlo de su círculo, y George volvió a su casa sintiéndose totalmente derrotado. No sabía muy bien qué podría haber dicho, si hubiese encontrado una oportunidad; pero de algún modo, estaba seguro, hubiese desviado la conversación hacia Jeff. Y ahora ya nada era posible.

El  mal  humor  le  duró  dos  días.  La  máquina  voladora  del  inspector  partió  entre numerosas protestas de mutuo respeto antes que se produjera el episodio. A nadie se le había ocurrido hacerle a Jeff alguna pregunta, y el niño lo pensó bastante, seguramente, antes de decidirse a hablar.

- Papá - le dijo a George, poco antes de irse a la cama -, ¿te acuerdas del superseñor que vino a vernos?

 

- Sí - replicó George ásperamente.

 

- Bueno, - fue a nuestro colegio, y oí como hablaba con uno de los profesores.  No entendí realmente lo que decía, pero reconocí la voz. Fue la que me dijo que corriera cuando venía la ola.

- ¿Estás seguro?

 

Jeff titubeó un momento.

 

- No del todo. Pero si no era él, era otro de los superseñores. No sabía realmente si tenía que darle las gracias. Pero ahora ya se ha ido ¿no?

- Sí - dijo George -, temo que sí. Quizá tengamos, sin embargo, alguna otra ocasión. Ahora véte a la cama como un buen muchacho, y no vuelvas a pensar en eso.

Cuando Jeff, felizmente, desapareció, y luego de haber atendido a Jenny, Jean vino a sentarse en la alfombra junto a la silla de George, apoyándose en sus piernas. George pensaba  que era una costumbre  espantosamente  sentimental,  pero no había por qué hacer una escena. Se contentó con mostrar la dureza de sus rodillas.

- ¿Qué piensas ahora? - preguntó Jean con voz fatigada y sin entonación -. ¿Crees que ha ocurrido de veras?

- Ha ocurrido - replicó George -, pero quizá nos preocupamos tontamente. Al fin y al cabo, la mayor parte de los padres tienen razones para mostrarse agradecidos... y, por supuesto,  yo  también  me  siento  agradecido.  La  explicación  puede  ser  muy  simple. Sabemos que los superseñores tenían interés en la colonia, así que podían estar observándonos,  a  pesar  de  aquella  promesa.  Si  alguno  rondaba  con  uno  de  esos aparatos, y vio venir la ola, es natural que advirtiesen a Jeff que estaba en peligro.

- Pero conocían el nombre de Jeff, no lo olvides. No, nos observan. Hay algo raro en nosotros, algo que atrae su atención. Lo he sentido desde la fiesta de Rupert. Es gracioso ver cómo aquella fiesta alteró nuestra existencia.

George miró a su mujer con simpatía, pero nada más. Cuánto se podía cambiar, pensó, en tan poco tiempo. Le tenía cariño a Jean; había educado a sus hijos y era ahora parte de su vida. Pero de aquel amor que una persona no muy claramente  recordaba, y de nombre George Greggson, había sentido una vez hacia un sueño descolorido  llamado Jean Morrel, ¿qué quedaba ahora? Su amor estaba dividido entre Jeff y Jennifer por una parte...  y Carolle  por  la otra.  No  creía  que  Jean  supiese  algo  de  Carolle,  y tenía  la intención de decírselo antes que alguien se le adelantase. Pero por algún motivo nunca encontraba el momento adecuado.

 

- Muy bien, observan  a Jeff, lo protegen  en realidad.  ¿No crees que eso debe de ponernos orgullosos? Quizá los superseñores han planeado un gran futuro para nuestro hijo.

Estaba hablando para tranquilizar a Jean, lo sabía. No se sentía muy inquieto, pero sí un poco desconcertado. Y de pronto otro pensamiento cayó sobre él, algo que podía habérsele ocurrido antes. Volvió los ojos hacia el cuarto de los niños.

- Me pregunto si sólo andarán detrás de Jeff - dijo.

 

 

 

A  su  debido   tiempo   el  inspector   presentó   su  informe.   Los   isleños   le  habían proporcionado gran cantidad de material. Todas las estadísticas y registros fueron a parar a la insaciable memoria de las grandes máquinas calculadoras, parte de los poderes invisibles que sostenían a Karellen. Aún antes que esas impersonales mentes eléctricas hubiesen sacado sus conclusiones, el inspector dio sus propios consejos. Expresados con los pensamientos y el lenguaje de la raza humana se hubiesen presentado así:

- No tenemos por qué intervenir en la colonia. Es un experimento interesante, pero que no puede afectar el futuro. Sus esfuerzos artísticos no nos conciernen, y no hay pruebas de que la investigación científica siga un camino peligroso.

"De acuerdo con nuestros planes, estudié con gran curiosidad los registros escolares del sujeto Cero. Las estadísticas que más nos interesan figuran en esos registros, pero no he podido encontrar indicio alguno de desarrollos insólitos. Aunque, como ya sabemos, estas eclosiones suelen producirse sin previo aviso.

- Me encontré también con el padre del sujeto y tuve la impresión de que deseaba hablarme.   Por  suerte  pude  evitarlo.  Es  indudable   que  algo  sospecha   -,  aunque, naturalmente, nunca podrá adivinar la verdad, ni afectar de ningún modo el desarrollo de los acontecimientos.

"Siento cada vez más lástima por toda esta gente.

 

 

 

George Greggson hubiese estado de acuerdo con el veredicto del inspector. No había nada anormal en Jeff. Sólo aquel desconcertante incidente, tan sorpresivo como un trueno aislado en un día de calma perfecta. Y después... nada.

Jeff tenía la energía y la curiosidad propias de un niño de siete años. Era inteligente - cuando se molestaba en serlo -, pero no había peligro de que se convirtiese en un genio precoz. A veces, pensaba Jean con un poco de cansancio, se ajustaba perfectamente a la clásica definición de un niño: "un ruido rodeado de suciedad". Aunque no era muy fácil

 

darse cuenta de la suciedad; ésta se acumulaba en forma considerable confundiéndosele con el color tostado de la piel.

Jeff se mostraba alternativamente  cariñoso y de mal humor, reservado y efusivo. No tenía  preferencia  por  ninguno  de sus  padres,  y la llegada  de  su hermanita  no había acarreado ninguna muestra de celos. Su tarjeta médica no tenía una mancha: no había estado enfermo ni un solo día. Pero en esta época, y en este clima, eso no era nada raro.

A diferencia de otros niños, Jeff no se aburría en seguida en compañía de su padre, ni lo dejaba, en todas las ocasiones posibles, para reunirse con otros compañeros  de su edad. Era obvio que tenía el talento artístico de George, y casi tan pronto como aprendió a caminar se hizo un asiduo visitante del teatro de la colonia. El teatro lo había adoptado como mascota, y Jeff había desarrollado una gran habilidad en presentar ramos de flores a las celebridades de la pantalla y de la escena que visitaban la isla.

Sí, Jeff era un niño perfectamente común. Así se lo decía George a sí mismo después de algún paseo, a pie o en bicicleta, por los restringidos terrenos de la isla. George y Jeff hablaban como lo habían hecho padres e hijos desde los tiempos más remotos, sólo que en esta época había mucho más de qué hablar. Aunque Jeff nunca salía de la isla, podía ver todo lo que deseaba a través de los ubicuos ojos de las cámaras televisoras. Sentía, como todos los colonos, un vago desdén por el resto de la humanidad. Ellos eran los elegidos, la vanguardia del progreso. Llevarían a la humanidad a las cimas alcanzadas por los superseñores, y quizá aún más lejos. No mañana, seguramente, pero un día...

No sospechaban que ese día llegaría demasiado pronto.

 

 

 

18

 

 

 

Los  sueños  comenzaron  seis  semanas  más  tarde.  En  la  oscuridad  de  la  noche subtropical, George Greggson emergió lentamente hacia la superficie de la conciencia. Ignoraba qué lo había despertado, y durante un momento se quedó en cama, inmóvil, sumido en un pesado sopor. Al fin advirtió que estaba solo. Jean se había levantado y había entrado silenciosamente en el cuarto de los niños. Estaba hablando con Jeff en voz baja, demasiado baja como para que George pudiese oírla. Salió de la cama y fue en busca de Jean. Esas excursiones nocturnas eran bastante comunes, a causa de Poppet; pero hasta ahora no se había dado el caso de que George siguiese durmiendo en medio del alboroto.  Esto era algo completamente  distinto,  y George  se preguntó  qué podría haber perturbado el sueño de su mujer.

 

Sólo las figuras fluorescentes de los muros iluminaban el cuarto. George alcanzó a ver a Jean sentada en la cama de Jeff. La mujer se dio vuelta y murmuró:

- No despiertes a Poppet.

 

- ¿Qué pasa?

 

- Sentí que Jeff me necesitaba y me desperté.

 

La simplicidad de la frase llenó a George de aprensión. Sentí que Jeff me necesitaba.

 

¿Cómo lo sentiste?, preguntó para sí mismo. Pero todo lo que dijo fue:

 

- ¿Alguna pesadilla?

 

- No estoy segura - dijo Jean - Parece que está bien ahora. Pero cuando llegué estaba asustado.

- No estaba asustado,  mamá - dijo una vocecita  indignada  -, Pero era un sitio tan curioso.

- ¿Cómo era? - preguntó George -. Cuéntame.

 

- Había montañas - dijo Jeff con voz soñadora -. Muy altas, y no eran de nieve como las otras montañas que he visto. Algunas estaban ardiendo.

- ¿Quieres decir... volcanes?

 

- No  del todo.  Ardían  por  todas  partes,  con  unas  llamas  azules  muy  graciosas.  Y

 

mientras estaba mirando, salió el sol.

 

- Sigue, ¿por qué te has detenido?

 

- Otra cosa que no puedo  entender,  papá.  El sol salió  tan rápidamente,  y era tan grande. Y... no era del color del sol. Era de un azul muy hermoso.

Hubo un prolongado y helado silencio. Al fin George preguntó en voz baja:

 

- ¿Eso es todo?

 

- Sí. Comencé a sentirme solo, y en ese momento vino mamá y me despertó.

 

George acarició el pelo desordenado de su hijo con una mano, mientras le cerraba el camisón con la otra. Se sintió de pronto frío y pequeño. Pero cuando le habló a Jeff su voz era normal.

- Fue sólo un sueño tonto. Has comido demasiado. Olvídate de todo y duérmete.

 

- Sí, papá - dijo Jeff. Hizo una pausa y luego añadió pensativo -: Creo que trataré de ir allá otra vez.

 

 

- ¿Un sol azul? - dijo Karellen, no muchas horas más tarde -. La identificación no puede ser muy difícil.

 

- No - contestó Rashaverak -. Se trata sin duda de Alfanidón Dos. Las montañas de azufre lo confirman. Y es interesante notar la distorsión de la escala del tiempo. El planeta gira con bastante lentitud así que ha observado muchas horas en unos pocos minutos.

- ¿Eso es todo lo que pudo descubrir?

 

- Sí. No he querido hablar con el niño.

 

- No podemos hacerlo. Los acontecimientos tienen que seguir su curso natural, y sin interferencias.   Cuando  los  padres  quieran  hablar  con  nosotros...   entonces,   quizá, podamos preguntarle algo al niño.

- Es posible que la pareja no intente nada. Y quizá cuando lo hagan, sea ya demasiado tarde.

- Temo  que  eso  no  se  pueda  evitar.  No  tenemos  que  olvidarlo:  en  estos  asuntos nuestra  curiosidad  no tiene importancia.  No es más importante,  por lo menos,  que la felicidad de los hombres. - La mano de Karellen se extendió para interrumpir la conexión. - Continúen la vigilancia, por supuesto, y háganme saber todos los resultados. Pero no intervengan nunca.

 

 

Cuando  estaba  despierto,  Jeff  parecía  el  de  antes.  Por  esto,  al  menos,  pensaba

 

George, podían sentirse agradecidos. Pero el temor estaba dominándolo, cada día más.

 

Para Jeff se trataba sólo de un juego; todavía no había comenzado a asustarse. Un sueño era sólo un sueño,  por más raro que fuese. Ya no se sentía solo en aquellos mundos.   La  primera  noche  había  llamado   a  Jean  a  través  de  quién  sabe  qué desconocidos abismos. Pero ahora entraba solo y sin temor en el universo que se alzaba ante él.

A la mañana sus padres le preguntaban qué había soñado, y él les contaba lo que era capaz de recordar. A veces, mientras trataba de describir escenas situadas más allá de su experiencia, y aun de la imaginación del hombre, Jeff tartamudeaba y se le confundían las palabras.  George  y  Jean  tenían  que  ayudarle  con  palabras  nuevas,  y  le  mostraban colores e imágenes para refrescarle la memoria. Luego trataban de poner en claro lo que resultaba  de las  respuestas  del niño.  Muy  a menudo  no  sabían  qué  pensar,  aunque parecía que en la mente de Jeff aquellos mundos de ensueño eran claros y simples. Se trataba,  solamente,  de  que  el  niño  era  incapaz  de  comunicar  sus  experiencias.  Sin embargo, algo era indudable...

Espacio, ningún planeta, ningún paisaje alrededor, ningún mundo a sus pies. Sólo las estrellas en la noche de terciopelo, y ante ellas un enorme sol rojo que latía como un corazón.  Grande  y tenue  en un determinado  momento,  se encogía  luego  lentamente,

 

brillando a la vez, como si alguien añadiese combustible a los fuegos interiores. El color recorría todas las franjas del espectro, hasta la raya del amarillo, y luego el ciclo volvía a repetirse, hacia atrás. La estrella se expandía y enfriaba, haciéndose otra vez una nube desgarrada y roja...

 

 

(- Una estrella variable pulsátil típica - dijo Rashaverak ansiosamente -. Y vista desde una tremenda aceleración temporal. No puedo identificarla con precisión, pero la estrella que más se le parece es Rhamsandron 9. O podría ser Pharanidon 12.

- Una u otra - replicó KarelIen -, está alejándose de la Tierra.

 

- Está alejándose mucho - dijo Rashaverak...)

 

 

 

Podría haber sido la Tierra. Un sol blanco pendía de un cielo azul manchado de nubes, que corrían ante una tormenta. Una colina descendía suavemente hacia un océano espumoso  mordido por un viento voraz. Sin embargo nada se movía; era una escena inmóvil, como vista a la luz de un relámpago. Y lejos, muy lejos, en el horizonte, había algo que no era terrestre: una hilera de columnas envueltas en niebla que se afilaban ligeramente al salir del océano y se perdían en las nubes. Sé alineaban con perfecta precisión a lo largo del bordé del planeta... demasiado grandes para ser artificiales; demasiado regulares para ser naturales.

(- Sideneo 4 y los Pilares del Alba - dijo Rashaverak, y había angustia en su voz -. Ha llegado al centro del universo.

- Y apenas ha iniciado el viaje - respondió Karellen.)

 

 

 

El planeta era totalmente chato. Su enorme gravedad había reducido, hacía ya mucho tiempo, a una llanura uniforme las montañas de su orgullosa juventud... montañas cuyos picos nunca habían pasado de unos cuantos metros de altura. Sin embargo había vida aquí,  pues  la  superficie   del  planeta   estaba  cubierta  por  una  miríada  de  figuras geométricas que se arrastraban, se movían y cambiaban de color. Era un mundo de dos dimensiones, habitado por seres que no tenían más que una fracción de centímetro de alto.

Y en aquel cielo había un sol que un fumador  de opio, en el más extraño  de sus sueños, no hubiese podido imaginar. Demasiado caliente para ser blanco, era como un fantasma marchito, situado no muy lejos de las fronteras del ultravioleta, y lanzaba sobre sus mundos unas radiaciones que hubiesen sido instantáneamente letales para cualquier forma de vida terrestre. En un alrededor de millones de kilómetros extendía unos grandes

 

velos de gas y polvo, que al ser atravesados por los rayos ultravioletas se convertían en innumerables colores fluorescentes. Era una estrella ante la cual el pálido sol terrestre hubiese parecido tan débil como una luciérnaga en pleno mediodía.

(- Hexanerax Dos, y ya fuera del universo conocido - dijo Rashaverak -. Sólo un puñado de nuestras  naves  han llegado  hasta  ahí, y nunca  se arriesgaron  a aterrizar.  ¿Quién hubiese pensado que podía haber vida en esos planetas?

- Parece - dijo Karellen - que ustedes, los dedicados a la ciencia, no han investigado mucho. Si esas... figuras... son inteligentes, el problema de comunicarse con ellas tiene que ser muy interesante. Me pregunto si se imaginarán una tercera dimensión.)

 

 

Era  un  mundo  que  no  podía  conocer  el  significado  del  día  y de  la noche,  de  las estaciones y los años. Seis soles de color poblaban el cielo, de tal modo que sólo había cambios de luz, nunca oscuridad. A través de los tirones y golpes de los opuestos campos gravitatorios, el planeta seguía los nudos y las curvas de una órbita inconcebiblemente compleja, sin recorrer dos veces el mismo camino. Cada momento era único: la figura que ahora formaban los soles en el cielo no se volvería a repetir por toda la eternidad.

Y aún aquí había vida. Aunque el planeta podía llegar a chamuscarse cuando se encontraba  entre  los  seis  soles,  y  helarse  luego  en  los  bordes  del  sistema,  era  sin embargo morada de seres inteligentes. Los grandes cristales polifacéticos se agrupaban formando   intrincadas   figuras   geométricas.   Inmóviles   en  las  eras  de  frío,  crecían lentamente a lo largo de las vetas minerales cuando volvía el calor. No importaba que completar un pensamiento llevase un millón de años. El universo era todavía joven, y disponían de un tiempo infinito...

(- He revisado  todos nuestros  registros  - dijo Rashaverak  -. Nada sabemos  de ese mundo, ni de esa combinación de soles. Si existiese en el interior de nuestro universo los astrónomos habrían advertido su presencia, aunque estuviese fuera del alcance de las naves.

- Entonces ha dejado la galaxia.

 

- Sí. Seguramente ya no falta mucho.

 

- ¿Quién sabe? Sueña nada más. Cuando despierta, es todavía el mismo. Está en la primera fase. Pronto sabremos cuándo comenzará el cambio.)

 

 

- Nos hemos encontrado antes, señor Greggson - dijo el superseñor gravemente -. Mi nombre es Rashaverak. Sin duda usted me recuerda.

 

- Sí - dijo George -. Aquella fiesta en casa de Rupert Boyce. No podría olvidarla. Y

 

siempre pensé que volveríamos a encontrarnos.

 

- Dígame, ¿por qué me pidió esta entrevista?

 

- Creí que usted ya lo sabría.

 

- Quizá. Pero será mejor que me lo diga usted. Se sorprenderá usted bastante, pero yo también  estoy  tratando  de  comprender,  y  en  algunos  aspectos  mi  ignorancia  es  tan grande como la suya.

George miró asombrado al superseñor. Jamás se le había ocurrido un pensamiento semejante. Había creído, subconscientemente, que los superseñores poseían todos los conocimientos,  y todo el poder... que entendían  lo que le pasaba a su hijo y eran los únicos responsables.

- Supongo  - continuó  George  - que ha visto usted los informes  que le entregué  al psicólogo de la isla. Así que estará enterado de esos sueños.

- Sí, estoy enterado.

 

- Nunca creí que fueran producto de su imaginación. Son tan increíbles, y sé que esto parece ridículo, que tienen que estar basados en la realidad.

 

 

George miró ansiosamente a Rashaverak, sin saber qué sería mejor: una confirmación o una negativa. El superseñor no dijo nada. Se contentó con mirarlo con sus grandes ojos serenos. Estaban sentados casi cara a cara, pues la habitación - diseñada obviamente para tales entrevistas - tenía dos niveles; la maciza silla del superseñor estaba situada a un metro por debajo de la de George. Era una amable atención para con los hombres que pedían tales entrevistas, y que muy pocas veces se sentían mentalmente cómodos.

- Al principio nos sentimos preocupados, aunque no alarmados de veras. Cuando despertaba, Jeff parecía normal, y sus sueños no lo molestaban, aparentemente.  Y de pronto una noche... - George se detuvo y lanzó una mirada defensiva hacia el superseñor

-. Nunca he creído en lo sobrenatural. No soy un hombre de ciencia, pero creo que existe una explicación racional para todo.

- Existe - dijo Rashaverak -. Conozco lo que usted ha visto. Estaba mirando.

 

- Siempre lo sospeché. Pero Karellen nos prometió que nunca nos volverían a espiar.

 

¿Por qué han roto ustedes esa promesa?

 

- No la hemos roto. El supervisor afirmó que la raza humana no volvería a ser vigilada. Hemos mantenido nuestra promesa. Yo sólo observaba a su hijo, no a usted.

Pasaron varios segundos antes de que George entendiera las palabras de Rashaverak.

 

- ¿Quiere decir...? - dijo entrecortadamente y poniéndose pálido. Se le apagó la voz y comenzó de nuevo -. ¿Qué son mis hijos entonces, en nombre de Dios?

- Eso - dijo Rashaverak con solemnidad - es lo que tratamos de descubrir.

 

 

 

Jennifer Anne Greggson, hasta hace poco conocida como Poppet, descansaba de espaldas con los ojos fuertemente cerrados. No los había abierto durante mucho tiempo y nunca volvería a abrirlos. La vista era para ella tan inútil como para las criaturas que poblaban los oscuros fondos del océano. Tenía perfecta conciencia del mundo que la rodeaba; en realidad, tenía conciencia de mucho más.

De su breve niñez, por quién sabe qué capricho de su desarrollo, le quedaba un reflejo. El sonajero, que la había deleitado alguna vez, sonaba ahora incesantemente,  con un ritmo complejo y siempre distinto. Fue esa síncopa extraña lo que despertó a Jean y le hizo correr hacia el cuarto. Pero no fue sólo aquel sonido lo que le hizo llamar a gritos a George.

El común y brillante sonajero se agitaba continuamente en el aire, a medio metro de todo apoyo, mientras Jennifer Anne, con sus manitas regordetas apretadas y juntas, descansaba con una sonrisa de serena satisfacción en el rostro.

Había comenzado tarde, pero estaba progresando rápidamente. Y pronto sobrepasaría a su hermano, ya que tenía mucho menos que olvidar.

- Obraron ustedes con prudencia - dijo Rashaverak - al no tocar su juguete. No creo que hubiesen podido moverlo. Pero si lo hubiesen hecho, la niña se habría sentido muy molesta. Y entonces no sé qué pasaría.

- ¿Quiere decir - preguntó George aturdidamente que ustedes no pueden hacer nada?

 

- No lo engañaré. Podemos estudiar y observar, como ya lo estamos haciendo. Pero no podemos intervenir, pues no entendemos qué pasa.

- ¿Entonces qué vamos a hacer? ¿Por qué nos ha ocurrido a nosotros?

 

- Tenía que ocurrirle a alguien. No hay nada excepcional en ustedes, como no lo hay tampoco en el primer neutrón que origina la reacción en cadena de una bomba atómica. Ocurre  simplemente  que  es  el  primero.  Cualquier  otro  neutrón  hubiese  servido.  Fue Jeffrey, pero podía haber sido cualquier otro niño del mundo. Ya no hay necesidad de guardar ningún secreto, y es mejor así. Hemos estado esperando que pasara esto casi desde que llegamos a la Tierra. No había modo de saber cuándo y cómo aparecería, hasta que - por pura casualidad - nos encontramos en la fiesta de Rupert. Entonces supe, casi con certeza, que el hijo de su mujer sería el primero.

- Pero entonces... no estábamos casados. Ni siquiera...

 

- Sí, ya sé. Pero la mente de la señorita Morrel fue el canal por el que pasé, aunque sólo por un momento, algo que ningún ser vivo sabía en ese entonces. Tenía que venir de otra mente, ligada con la suya. El hecho de que fuese una mente que todavía no había nacido no tenía importancia. El tiempo es mucho más extraño de lo que usted cree.

- Comienzo a entender. Jeff conoce estas cosas... puede ver otros mundos y puede decir de dónde vienen ustedes. Y Jean, de algún modo, recibió el pensamiento de Jeff, aún antes que Jeff hubiese nacido.

- Habría mucho que añadir, pero no creo que usted pueda acercarse más a la verdad. En  toda  la  historia  ha  habido  siempre  alguien  dueño  de  poderes  inexplicables  que parecían trascender los límites del tiempo y el espacio. Los hombres nunca entendieron esos poderes. Cuando quisieron explicarlos se confundieron todavía más. Lo sé muy bien, he leído bastante sobre ellos.

"Pero hay una comparación que es... bueno, sugestiva, y de cierta ayuda. Se repite una y otra vez en la literatura terrestre. Imagine usted que la mente de cada hombre es una isla,  rodeada  de  océano.  Todas  esas  islas  parecen  aisladas,  pero  en  realidad  están unidas  por un lecho común.  Si el océano  desapareciese,  no habría  más islas. Todas serían parte de un mismo continente, habrían perdido su carácter de individuos.

"La telepatía, como ustedes la llaman, es algo semejante. En ciertas circunstancias las mentes pueden fundirse y luego, en los momentos en que vuelven a aislarse, recordar esa experiencia. En su forma más alta este poder no está sujeto a las limitaciones del tiempo y el espacio. Por eso Jean pudo obtener esa información de su hijo, que aún no había nacido.

Hubo un largo silencio durante el cual George luchó con esas asombrosas ideas. La figura comenzaba a adquirir forma. Era una figura increíble, pero tenía su lógica interna. Y explicaba - si podía usarse esta palabra para algo tan incomprensible - todo lo que había pasado  desde  aquella  noche  en  casa  de  Rupert.  Explicaba  también,  ahora  se  daba cuenta, el interés de Jean por los temas sobrenaturales.

- ¿Qué ha originado todo esto? - preguntó George -. ¿Y a dónde conduce?

 

- No se lo puedo decir. Pero hay muchas razas en el universo, y algunas descubrieron esos poderes mucho antes que la especie humana o la nuestra apareciera en escena. Esas razas han estado esperándolos a ustedes, y la hora ha llegado.

- ¿Y qué papel tienen ustedes?

 

- Probablemente, como todos los hombres, usted nos ha mirado siempre como a amos. No lo somos. No hemos sido más que guardianes, encargados de un trabajo que se nos impuso desde... arriba. Este trabajo es difícil de definir; quizá pueda usted entendernos

 

mejor si le digo que somos como unas parteras. Estamos ayudando a que nazca algo maravilloso y nuevo.

Rashaverak titubeó. Por un momento pareció como si le faltaran las palabras.

 

- Sí, parteras. Pero nosotros mismos somos estériles.

 

En ese momento George comprendió que estaba en presencia. de una tragedia mayor que la suya. Era increíble, y sin embargo justo. A, pesar de todos sus poderes y su inteligencia, los superseñores estaban atrapados en algo así como un estancamiento evolutivo.  Era ésta una raza grande  y noble,  superior  a la humana  en casi todos  los sentidos; sin embargo no tenía futuro, y lo sabía. Ante esto los problemas de George parecían de pronto triviales.

- Ahora sé - dijo - por qué han estado observando a Jeffrey. Era el conejillo de indias de este experimento.

- Exacto, aunque el experimento escapa a nuestro control. No lo hemos provocado, simplemente nos limitamos a observar. No hemos intervenido en él sino cuando era necesario.

 

 

Sí, pensó George, aquella ola. Hay que cuidar a los ejemplares valiosos. En seguida se sintió avergonzado de sí mismo. Esta amargura no tenía sentido.

- Sólo. otra pregunta - dijo -. ¿Qué haremos con nuestros hijos?

 

- Disfruten de ellos mientras puedan - respondió Rashaverak -. Dentro de muy poco tiempo ya no les pertenecerán.

Era un consejo que podía habérsele dado a cualquier padre en cualquier época; pero ahora encerraba una terrible amenaza que nunca había tenido antes.

 

 

19

 

 

 

Llegó un día en que el mundo de los sueños comenzó a invadir la existencia cotidiana de Jeffrey. Dejó de ir a la escuela. La rutina diaria se interrumpió también para George y Jean, como pronto se interrumpiría para todo el mundo.

Comenzaron  a evitar a sus amistades,  como si comprendiesen  que dentro de poco nadie tendría tiempo para simpatizar con los demás. A veces, en la quietud de la noche, cuando  casi todos estaban  recluidos  en sus casas,  salían juntos  para hacer  un largo paseo. Desde los primeros días de su matrimonio nunca habían estado tan cerca el uno del otro. Vivían unidos, otra vez, por la desconocida tragedia que muy pronto habría de abrumarlos.

 

Al principio se sintieron un poco culpables por abandonar a Jeff y Jenny, pero luego comprendieron que estos podían cuidarse a sí mismos. Y, naturalmente, los superseñores estaban  siempre  alertas.  Este  pensamiento  los  tranquilizaba;  sentían  que  no estaban solos, que aquellos ojos sabios y compasivos compartían esa vigilia.

Jennifer dormía. No había otra palabra para describir su estado actual. En apariencia era todavía una niña, pero se percibía a su alrededor un poder latente tan terrible que Jean ya no se atrevía a entrar en aquel cuarto.

No había necesidad de hacerlo. La entidad constituida por Jennifer Anne Greggson no se había desarrollado del todo, pero aun en este estado de dormida crisálida dominaba bastante su ambiente como para poder satisfacer sus necesidades. Jean sólo había intentado alimentarla una vez, sin éxito. La niña prefería nutrirse en el momento que creía más oportuno, y con métodos propios.

La comida salía de la congeladora  en una corriente  lenta y continua.  Sin embargo, Jennifer Anne no se movía de la cuna.

El ruido del sonajero había dejado de oírse, y el juguete yacía ahora en el piso. Nadie se había atrevido a tocarlo. Jennifer Anne podía necesitarlo de nuevo. A veces la niña movía los muebles (y estos dibujaban ciertas figuras), y a George le parecía que la pintura fluorescente de las paredes brillaba más que antes.

La niña no daba ningún trabajo; estaba más allá del posible cuidado de sus padres, y más allá también de su cariño. Esto no podía durar, y ante la certeza de que ya no faltaba mucho, George y Jean se ataban desesperadamente a Jeff.

Jeff  estaba  cambiando  también,  pero  aún  los  reconocía.  El  niño,  a  quien  habían vigilado desde las informes nieblas de los primeros meses, estaba perdiendo su personalidad, disolviéndose hora tras hora ante la mirada de los padres. Sin embargo, a veces  conversaba  con  ellos  como  en  otra  época  y  hablaba  de  juguetes  como  si  no supiese lo que iba a ocurrir. Pero la mayor parte del tiempo ni los veía, o no advertía que estaban a su lado. Había dejado de dormir, y ellos tenían que hacerlo, a pesar de la abrumadora necesidad de no desperdiciar las pocas horas que quedaban.

A diferencia de Jenny, Jeff no tenía aparentemente ningún poder anormal sobre los objetos físicos. Como había crecido un poco, quizá no necesitaba esos poderes. No tenía otra rareza que una peculiar vida mental, y ya no se trataba sólo de los sueños. Solía quedarse quieto durante horas y horas, con los ojos muy cerrados, como si escuchase unos sonidos que nadie podía oír. El conocimiento entraba en su mente - de alguna parte o de algún tiempo -, un conocimiento  que pronto abrumaría  y destruiría  la todavía no formada criatura que había sido Jeffrey Angus Greggson.

 

Y la perra Fey, echada a sus pies, lo miraba con ojos trágicos y asombrados, preguntándose dónde estaría su amo y cuándo volvería.

Jeff y Jenny fueron los primeros, pero muy pronto se les unieron muchos otros. Como una epidemia, extendiéndose rápidamente de país en país, la metamorfosis infectó a toda la raza humana. No alcanzó prácticamente a nadie de más de diez años, y no se salvó prácticamente nadie de menos de esa edad.

Era el fin de la civilización, el fin de los ideales que los hombres venían persiguiendo desde los orígenes del tiempo. En sólo unos pocos días la humanidad había perdido su futuro. Cuando a una raza se la priva de sus hijos, se le destruye el corazón, y pierde todo deseo de vivir.,

No hubo pánico. Lo hubiese habido, sí, un siglo antes. El mundo estaba ahora como entumecido;  las  grandes  ciudades  tranquilas  y  silenciosas.  Sólo  las  industrias  vitales seguían funcionando. Como si todo el planeta fuese un sollozo, un lamento por lo que ya nunca sería.

Y entonces, como lo había hecho en una ocasión ya olvidada, Karellen le habló por última vez a la humanidad.

 

 

20

 

 

 

- Mi tarea aquí está casi terminada - dijo la voz de Karellen por un millón de aparatos de radio -. Al fin, después de un siglo, puedo deciros en qué consistía.

"Tuvimos que ocultaros muchas cosas, como nosotros mismos nos ocultamos durante la mitad de nuestra estancia en la Tierra. Algunos de vosotros, lo sé, pensasteis que ese ocultamiento era inútil. Estáis acostumbrados a nuestra presencia; ya no podéis imaginar cómo hubiesen reaccionado  vuestros antecesores.  Pero al menos podéis entender por qué nos ocultamos.

"Pero nuestro mayor secreto fue el propósito que nos trajo a la Tierra... ese propósito sobre el que habéis especulado interminablemente. Tuvimos que callar hasta ahora, pues no nos concernía a nosotros deciros la verdad.

"Hace un siglo vinimos a vuestro mundo y os salvamos de la autodestrucción. No creo que  nadie  pueda  negarlo.  Pero  nunca  sospechasteis  en  qué  consistía  esa autodestrucción.

"Cuando prohibimos las armas nucleares y todos los peligrosos juguetes que amontonabais  en  vuestros  armarios,  desapareció  el  peligro  de  la  destrucción  física. Creíais que ése era el único peligro. Hicimos todo lo posible para que lo creyeseis así,

 

pero no era cierto. El mayor peligro con que os habéis enfrentado es de un carácter muy diferente. Y no concierne sólo a vuestra raza.

"Muchos mundos llegaron a la encrucijada de la fuerza nuclear, evitaron el desastre, lograron levantar una civilización pacifica y feliz... y fueron luego destruidos por fuerzas de las que no tenían noticia.

En el siglo veinte comenzasteis a investigar seriamente esas fuerzas. Fue necesario entonces tomar una determinación.

"A lo largo de ese siglo la raza humana estuvo acercándose lentamente al abismo... sin sospechar siquiera su existencia. Sobre ese abismo sólo hay un puente. Pocas razas lo han encontrado sin ayuda. Algunas se echaron atrás, evitando así a la vez el desastre y el triunfo. Sus mundos se convirtieron en islas elíseas, cómodamente satisfechas, que ya no desempeñaban ningún papel en la historia del universo. Ese nunca hubiera sido vuestro destino, o vuestra suerte. Vuestra raza tenía demasiada vitalidad. Se hubiese precipitado en la ruina, arrastrando a otros, pues nunca hubieseis encontrado ese puente.

"Lamento tener que hablaros por medio de analogías. No tenéis palabras, ni conceptos, para lo que deseo deciros, y nosotros mismos no sabemos mucho.

"Para entenderme tendríais que retroceder y resucitar muchas cosas que vuestros antecesores conocían, pero que vosotros habéis olvidado... que, en realidad, os hemos ayudado a olvidar. Pues nuestra estancia en la Tierra ha estado basada en una vasta decepción, un ocultamiento de verdades con las que no podríais enfrentaros.

"En los siglos anteriores a nuestra llegada vuestros hombres de ciencia descubrieron los secretos  del mundo  físico y os llevaron  rápidamente  de la energía  del vapor a la energía del átomo. Dejasteis atrás la superstición. La ciencia fue la única religión de la humanidad, el regalo (de una minoría al resto de los hombres) - que destruyó todas las creencias. Aquellas que aún existían cuando llegamos nosotros, ya estaban agonizando. La ciencia, se decía, podía explicarlo todo. No había fuerzas que no comprendiese,  no había acontecimientos de los que en última instancia no pudiese dar cuenta. El origen del universo  podía  seguir  siendo  un hecho  desconocido,  pero todo lo que había  ocurrido desde entonces obedecía a las leyes de la física.

"Sin   embargo,   vuestros   místicos,   aunque   extraviados   en   sus   propios   errores, vislumbraron parte de la verdad. Hay poderes mentales (y también otros, más allá de la mente) que la ciencia no hubiese podido encerrar. Esos poderes hubiesen roto los límites de la ciencia. En todas las edades se recogieron innumerables informes sobre fenómenos extraños, - telekinesis, telepatía, precognición - que vosotros bautizasteis, pero que nunca pudisteis explicar. Al principio la ciencia los ignoró, hasta negó su existencia, a pesar del

 

testimonio  de quinientos  años. Pero existen,  y una teoría  total del universo  tiene que contar con ellos.

Durante la primera mitad del siglo veinte algunos de vuestros hombres de ciencia comenzaron a estudiar estos fenómenos. No lo sabían, pero estaban jugando con la cerradura de la caja de Pandora. Las fuerzas que podían haber liberado eran mayores que todos los peligros atómicos. Pues los físicos sólo hubieran destruido la Tierra; los parafísicos hubiesen extendido el desastre al universo.

"Había que impedirlo. No puedo explicar la verdadera naturaleza de esa amenaza. No hubiese sido una amenaza para nosotros, y por esa misma razón no alcanzamos a comprenderla.  Digamos  que  os  hubieseis  convertido  en  un  cáncer  telepático,  una mentalidad - maligna - que en su inevitable disolución hubiese envenenado otras mentes más poderosas.

"Y así vinimos - fuimos enviados - a la Tierra. Interrumpimos vuestro desenvolvimiento en todos los niveles culturales, pero vigilamos muy particularmente la investigación de los fenómenos  parafísicos.  Estoy  convencido  de  que  evitamos  también,  al  ponernos  en contacto, todo trabajo creador. Pero ése fue un efecto secundario, y no tiene ninguna importancia.

"Ahora tengo que deciros algo que os parecerá muy sorprendente, quizá casi increíble. Todas esas Potencialidades, todos esos poderes latentes... nosotros no los poseemos, no los entendemos. Nuestras inteligencias son mucho más poderosas que las vuestras - pero hay en vuestras  mentes  algo que siempre  se nos ha escapado.  Os hemos estudiado desde que llegamos a la Tierra; hemos aprendido mucho, y aprenderemos más aún. Dudo sin embargo que podamos conocer toda la verdad..

"Nuestras razas tienen mucho en común; por eso nos eligieron para esta tarea. Pero, en otro sentido, somos los extremos de dos evoluciones distintas. Nuestras mentes han cumplido su desarrollo. Lo mismo que las vuestras, en su forma actual. Sin embargo, vosotros podéis dar otro paso, y esto es lo que nos distingue. Nuestras potencialidades están exhaustas; en cambio las vuestras no se han revelado todavía. Están unidas, de un modo que no podemos  entender,  a los poderes que he mencionado,  los poderes que ahora están despertando en el mundo.

"Detuvimos vuestros relojes, interrumpimos el curso del tiempo mientras esos poderes se desenvolvían y comenzaban a fluir por sus verdaderos canales. Mejoramos vuestros planetas, elevamos vuestros niveles de vida, os trajimos paz y justicia, hicimos lo que nos pareció  necesario,  cuando  nos  vimos  obligados  a  intervenir.  Pero  toda  esta  vasta

 

transformación os apartó de la verdad, y sirvió así para que pudiésemos cumplir nuestros propósitos.

"Somos  vuestros  guardianes,  nada más. Muy a menudo  os habéis preguntado  qué lugar ocuparía vuestra raza en la jerarquía del universo. Hay algo que está por encima de nosotros,  y  que  nos  utiliza  para  sus  propios  fines.  Nunca  hemos  descubierto  su naturaleza, aunque hemos sido sus instrumentos durante siglos. No nos atrevemos a desobedecerle.  Una y otra vez hemos recibido sus órdenes, hemos ido a algún mundo que se encontraba en la primera fase de su cultura, y le hemos enseñado el camino que nosotros nunca podremos seguir, el camino que vais a emprender ahora.

"Hemos  estudiado  muchas  veces  el proceso  que  se nos ordenó  vigilar,  esperando poder   huir   un  día   de  nuestras   propias   limitaciones.   Pero   sólo   hemos   percibido lineamientos de la verdad. Nos llamasteis los superseñores ignorando la ironía del título. Digamos que sobre nosotros hay una supermente que nos utiliza como el alfarero utiliza su rueda.

"Y vuestra raza es, la arcilla modelada por esa rueda.

 

"Creemos - aunque es sólo una teoría - que la supermente trata de crecer, de extender sus poderes y su conciencia a todo el universo. Es hoy la suma de muchas razas, y ya ha dejado  atrás  la  tiranía  de  la  materia.  Advierte  en  seguida  la  presencia  de  seres inteligentes. Cuando supo que estabais casi preparados, nos envió a ejecutar esta orden, a disponeros para las transformaciones cercanas.

La raza humana cambió al principio con lentitud, durante siglos y siglos. Pero esta es una  transformación  de  la  mente,  no  del  cuerpo.  Si  se  la  compara  con  la  evolución orgánica, es un cataclismo, algo instantáneo. Ha comenzado ya. La vuestra es la última generación del Homo sapiens.

"En cuanto  a la naturaleza  del cambio,  es muy  poco  lo que podemos  deciros.  No sabemos  cómo  se produce,  qué  impulso  emplea  la  supermente  cuando  cree  que  ha llegado el momento. Sólo hemos descubierto que comienza con un simple individuo - un niño siempre - y luego se extiende de un modo instantáneo, como se forman los cristales alrededor del núcleo en una solución saturada. Los adultos no son afectados; el molde de sus mentes es inalterable.

"Dentro de unos pocos años habrá pasado todo, y la raza humana se habrá dividido en dos. Este mundo que conocéis ya no puede volver atrás, y ya no tiene tampoco futuro. Han  terminado  los  sueños  y  las  esperanzas  de  vuestra  raza.  Habéis  dado  origen  a vuestros sucesores, y vuestra tragedia consiste en que nunca podréis entenderlos, que nunca  podréis  comunicaros  con  sus  mentes.  En  realidad  no  tendrán  mentes.  Serán,

 

todos,  una  simple  entidad,  como  vosotros  sois  las  sumas  de  miríadas  de  células. Pensaréis que no son seres humanos, y tendréis razón.

"Dentro de una pocas horas se habrá producido la crisis. Mi tarea y mi deber es cuidar a  aquellos  por  los  que  he  venido.  A  pesar  de  sus  nacientes  poderes  podrían  ser destruidos  por las multitudes...  sí, y aun por los padres  cuando  estos comprendan  la verdad. Debo llevármelos y aislarlos, para su protección, y la vuestra. Mañana nuestras naves comenzarán la evacuación. No os acusaré si tratáis de intervenir, pero todo será inútil. Esos poderes que ahora están despertando son mayores que los míos; yo sólo soy su instrumento.

"Y luego, ¿qué haré con vosotros, los sobrevivientes, cuando haya concluido nuestra tarea?  Sería  lo más  simple,  y quizá  también  lo más  misericordioso,  destruiros,  como vosotros  mismos  destruiríais  un cachorro  al que queréis  mucho  y que ha sufrido  una herida mortal. Pero no haré eso. Podréis elegir vuestro futuro en los pocos años que os quedan. Tengo la esperanza de que la humanidad se encaminará a la paz, hacia su descanso, con la idea de que no ha vivido. inútilmente. Lo que habéis traído al mundo es algo terriblemente  extraño que no comparte vuestros deseos y esperanzas, que puede juzgar vuestras más grandes hazañas como juguetes infantiles. Sin embargo es algo maravilloso, y es obra vuestra.

"Cuando  vuestra  raza  esté  totalmente   olvidada,  una  parte  de  vosotros  seguirá existiendo.  No  nos  condenéis,  entonces,  por  lo  que  estamos  obligados  a  hacer.  Y recordad: siempre os envidiaremos.

 

 

21

 

 

 

Jean había dejado de llorar. La isla dorada yacía bajo la luz cruel e indiferente del sol cuando la nave apareció sobre las cimas mellizas de Esparta.  En esa isla rocosa,  no hacia  mucho  tiempo,  su  hijo  había  escapado  a  la  muerte  por  un  milagro  que  Jean entendía ahora demasiado bien. A veces se preguntaba si no hubiese sido mejor haber dejado a Jeffrey en manos del destino. Jean podía hacer frente a la muerte, como ya lo había  hecho  en  otras  ocasiones.  Pero  esto  era  más  extraño  que  la  muerte,  y  más definitivo. Los hombres habían muerto hasta hoy, y sin embargo la raza había seguido viviendo.

Los niños  permanecían  inmóviles  y silenciosos.  Estaban  desparramados  en grupos sobre la arena, sin mostrar ningún interés por sus compañeros ni por los hogares que estaban dejando. Muchos llevaban en brazos a bebés que aún no sabían caminar, o que

 

no deseaban poner en evidencia otros poderes. Pues seguramente, pensaba George, si podían  mover  la materia,  podrían  mover  también  sus  propios  cuerpos.  ¿Por  qué,  en verdad, estaban recogiéndolos las naves?

No tenía importancia. Se iban y éste era el modo que habían elegido para irse. Y de pronto, George recordó una escena. En alguna parte, hacía ya mucho tiempo, había visto un viejo noticiero cinematográfico en el que aparecía un éxodo semejante. Podría haberse tratado del comienzo de la primera guerra mundial, o de la segunda. Largas hileras de trenes, repletos de niños, se alejaban lentamente de las amenazadas ciudades, dejando atrás  a  sus  padres,  en  muchos  casos  para  siempre.  Algunos  pocos  lloraban;  otros estaban desconcertados, y asían con fuerza las valijitas, pero la mayoría parecía mirar valientemente hacia adelante, hacia alguna gran aventura.

Y sin embargo... la analogía era falsa. La historia no se repetía nunca. Los que ahora se alejaban ya no eran niños. Y esta vez no había ninguna posibilidad de regreso.

La nave había aterrizado junto a la orilla del agua, hundiéndose profundamente en las blandas arenas. Los grandes paneles curvos se abrieron simétricamente y las rampas se extendieron  hacia  la  playa  como  lenguas  de  metal.  Las  desparramadas  e indescriptiblemente  solitarias figuras comenzaron a converger, a unirse en una multitud que se movía como cualquier otra multitud humana.

¿Solitarias? George se preguntó por qué habría tenido esa idea. Pues eso era lo que nunca volverían a ser únicamente los individuos pueden sentirse solos, únicamente los seres  humanos.  Cuando  las  barreras  cayeran  al  fin,  la  soledad  se  desvanecería  del mismo modo que la personalidad. Las innumerables gotas de lluvia se habrían confundido con las aguas del océano.

Sintió que la mano de Jean lo apretaba con más fuerza en un espasmo de emoción.

 

- Mira - murmuró la mujer -. Puedo ver a Jeff. junto a la segunda puerta.

 

La distancia era grande y no era posible estar seguro. George sintió que una niebla le cubría los ojos. Pero era Jeff, sí. Podía reconocerlo ahora. El niño apoyaba un pie en la rampa metálica.

Y en ese momento Jeff se volvió y miró hacía atrás., Su cara era sólo una mancha blanca;  era  imposible  saber  si  había  en  ella  algún  gesto  de  reconocimiento,  algún recuerdo de todo lo que estaba dejando. George tampoco sabría nunca si se había vuelto hacia ellos por pura casualidad o si había sentido, en esos últimos instantes, mientras era todavía el hijo de George y Jean, que estaban mirando cómo entraba en un país que ellos nunca podrían visitar.

 

Las grandes puertas comenzaron a cerrarse. Y en ese instante Fey alzó la cabeza y lanzó un largo y desolado gemido. Volvió los hermosos y límpidos ojos hacia George. La perra había perdido a su amo. George ya no tenía rivales.

 

 

Los que se quedaron tenían muchos caminos, pero sólo una meta. Había algunos que pensaban: el mundo es hermoso, ¿por qué tenemos que dejarlo, o por qué tenemos que apresurar nuestra partida? Pero otros, que habían puesto sus ojos más en el futuro que en  el  presente,  de  tal  modo  que  sus  vidas  habían  perdido  todo  valor,  no  deseaban quedarse. Partieron solos, o en compañía de sus amigos.

Así ocurrió con Atenas. La isla había nacido con el fuego. Con el fuego decidió morir. Aquellos que querían seguir viviendo salieron de la colonia, pero la mayor parte se quedó allí, para encontrar el fin entre fragmentos de sueños.

 

 

Nadie podía saber cuándo llegaría la hora. Sin embargo, Jean despertó en medio de la tranquilidad de la noche y se quedó un momento con los ojos clavados en la claridad fantasmal del cielo raso. Luego extendió una mano y tocó a su marido. George tenía habitualmente un sueño pesado, pero esta vez se despertó enseguida. No se hablaron; no había palabras para ese momento.

Jean no se sentía asustada, ni siquiera triste. Estaba rodeada como por las aguas profundas y calmas de un océano, más allá de toda emoción. Pero había algo que hacer, y faltaba muy poco.

Sin una palabra, George la siguió a través de la casa tranquila. Atravesaron el estudio iluminado  por la luna, tan silenciosamente  como sus sombras, y entraron en el cuarto vacío.

Todo estaba igual. Las figuras fluorescentes, pintadas por George con tanto cuidado, todavía brillaban en los muros. Y el sonajero que había pertenecido a Jennifer Anne aún yacía en el suelo, donde lo había dejado la niña cuando se volvió hacia aquellas lejanías desconocidas.

Ha abandonado sus juguetes, pensó George, pero nosotros no los dejaremos nunca. Pensó en los hijos de los faraones, enterrados hacía quince mil años con sus abalorios y sus muñecas.  Así sería otra vez. Nadie, se dijo a sí mismo, volverá  a amar nuestros tesoros.

Jean se volvió lentamente y puso la Cabeza en el hombro de su marido. George la tomó por la cintura y el amor que había sentido en otro tiempo volvió a él, débil, pero claro, como el eco de una distante cadena de montañas. Ya no había por qué decir que

 

Jean había sido la causa de todo, y George sintió un remordimiento que se debía no tanto a sus engaños como a su pasada indiferencia. Jean dijo entonces en voz baja:

- Adiós, querido mío - y se abrazó a George.

 

George no tuvo tiempo para contestar, pero aún en ese último instante se sintió brevemente  asombrado  mientras  se  preguntaba  cómo  había  sabido  Jean  que  había llegado el momento.

En  lo  profundo  de  las  rocas,  allá  abajo,  los  segmentos  de  uranio  comenzaron  a moverse buscando la unión que nunca alcanzarían.

Y la isla subió al encuentro del alba.

 

 

 

22

 

 

 

La nave de los superseñores vino, dejando una brillante estela meteórica, desde el corazón  de  Carina  había  iniciado  su  tremenda  deceleración  al  llegar  a  los  planetas exteriores, pero al pasar junto a Marte aún poseía una apreciable fracción de la velocidad de  la  luz.  Lentamente,   los  inmensos   campos   gravitatorios   que  rodeaban   el  Sol absorbieron las fuerzas creadas por la nave, mientras la energía dejada atrás, y por un millón de kilómetros, pintaba el firmamento con sus fuegos.

Jan  Rodricks   estaba  regresando,   seis  meses  más  viejo,  al  mundo  que  había abandonado ochenta años atrás.

Esta vez ya no era un polizón, escondido en una cámara secreta. De pie, detrás de los tres pilotos (¿por qué, se preguntaba,  necesitarían  tantos?)  observaba  las figuras que iban y venían por la pantalla, con colores y formas que. no tenían, para él, ningún sentido. Jan presumía  que encerraban  la información  que en una nave diseñada  por hombres hubiese requerido varios tableros de instrumentos. Pero a veces la pantalla mostraba los campos estelares más próximos, y Jan tenía la esperanza de que muy pronto apareciese allí la Tierra.

Estaba contento  de volver a pesar del trabajo que le había costado  salir. En estos pocos  meses  había  cambiado  mucho.  Había  visto  muchas  cosas,  había  recorrido distancias muy largas, y ahora sentía la nostalgia del viejo hogar. Comprendía ya por qué los superseñores habían cerrado a los hombres el camino de las estrellas,

Era posible - aunque se rehusaba a aceptarlo - que la humanidad nunca pudiese ser sino  una  especie  inferior,  preservada   en  un  alejado  parque  zoológico  donde  los superseñores harían de guardianes. Quizá era eso lo que había querido decirle Vindarten cuando le advirtió ambiguamente, poco antes de su partida:

 

- Pueden haber pasado muchas cosas en la Tierra. Quizá no la reconozca.

 

Quizá no, reflexionó Jan. Había pasado mucho tiempo, y aunque era joven y adaptable, podía tardar en comprender todos los cambios. Pero de algo estaba seguro: los hombres querrían oír su historia, saber qué había visto en el. mundo de los superseñores.

Lo habían tratado bien, tal como lo había esperado. Del viaje de ida había sabido muy poco. Cuando se desvanecieron los efectos de la inyección, la nave estaba entrando ya en  el  sistema   de  los  superseñores.   Había   emergido   de  su  fantástico   escondite descubriendo  con alivio que no necesitaba  recurrir  al aparato  de oxígeno.  El aire era denso y pesado, pero podía respirar sin dificultad. En la enorme bodega de la nave, iluminada de rojo, había otras innumerables cajas y todo el cargamento que era posible encontrar en un crucero del espacio o en un crucero marítimo. Había tardado casi una hora en encontrar el cuarto de navegación.

Los pilotos no demostraron ninguna sorpresa. Jan se asombró. Sabía que estos seres tenían aparentemente muy pocas emociones, pero había esperado alguna reacción. En cambio   los   tripulantes   siguieron   observando   la  extensa   pantalla   y  moviendo   las innumerables llaves de sus tableros. Fue entonces cuando Jan comprendió que estaban aterrizando, pues a veces la imagen de un planeta mayor en cada aparición brillaba en la pantalla.   Sin  embargo   no  se  sentía  el  menor  movimiento,   ni  ningún  cambio   de aceleración;  sólo  una  gravedad  perfectamente  constante  que  Jan  estimó  unas  cinco veces menor que la de la Tierra. Las inmensas fuerzas que gobernaban, el navío tenían que estar compensadas con una perfección exquisita.

Y de pronto, y a la vez, los tres pilotos se levantaron de sus asientos y Jan comprendió que el viaje había terminado. No pronunciaron una sola palabra, y cuando uno de ellos le hizo una seña indicándole que los siguiera, Jan se dio cuenta de algo que tenía que haber pensado antes. Era posible que aquí, en el extremo de esta enormemente larga línea de abastecimientos, nadie entendiese una palabra de inglés.

Los tripulantes lo observaron gravemente mientras las grandes puertas se abrían ante los ojos ansiosos de Jan. Era éste el momento supremo de su vida: pronto iba a ser el primer ser humano que contemplase un mundo iluminado por otro sol. La luz de rubí de NGS 549672 entró en la nave, y allí, ante él, se extendió el planeta de los superseñores.

¿Qué había esperado? No estaba seguro. Vastos edificios, ciudades con torres que se perdían entre las nubes, máquinas que sobrepasaban toda imaginación. Todo esto no lo hubiese  sorprendido.  Pero  sólo  vio  una  llanura  uniforme,  que  se  extendía  hasta  un horizonte demasiado cercano, y rota únicamente por otras naves, a unos pocos kilómetros de distancia.

 

Durante un momento Jan se sintió decepcionado. Luego se encogió de hombros, comprendiendo que, después de todo, era natural que un aeródromo se encontrase en un desierto.

Hacía frío, aunque no mucho. La luz que venía del sol rojo, muy bajo en el horizonte, no  era  demasiado  escasa;  pero  Jan  se  preguntó  cuánto  tiempo  podría  soportar  la ausencia de verdes y azules. De pronto vio el enorme creciente, delgado como una oblea, que subía en el cielo como un arco colocado a un lado del sol. Jan lo miró durante un rato hasta que comprendió que su viaje no había concluido aún. Ese era el mundo de los superseñores. Este tenía que ser un satélite.

Lo llevaron  a través  de la llanura  hasta  una  nave  no más  grande  que  un crucero terrestre. Sintiéndose un pigmeo, Jan se subió a uno de los grandes asientos para tratar de ver, a través de las ventanillas, el cercano planeta.

El viaje fue tan breve que poco pudo apreciar de ese globo que se alzaba ante él, cada vez más grande. Aun en las cercanías de su planeta los superseñores utilizaban alguna versión del navío interestelar, pues en el espacio de unos pocos minutos Jan se encontró descendiendo a través de una ancha y nublada atmósfera. Se abrieron las puertas de la nave y una rampa los llevó hasta una cámara abovedada El techo giró, quizá, cerrándose rápidamente, pues no se advertía ninguna otra entrada posible.

Pasaron dos días antes de que Jan dejara el edificio. Era un visitante inesperado, y no tenían  dónde  ponerlo.  Para  empeorar  las  cosas,  ninguno  de  los  superseñores  sabía inglés. Toda comunicación era prácticamente imposible, y Jan comprendió amargamente que establecer contacto con una raza extraña no era tan fácil como a veces se decía en las  novelas.  El  lenguaje  de  los  signos  demostró  ser  singularmente  infructuoso,  pues dependía en gran parte de todo un sistema de ademanes, expresiones y actitudes que los superseñores y la humanidad no tenían en común.

Sería realmente desalentador, pensó Jan, que de todos estos seres sólo los que se encontraban  en la Tierra  conociesen  su idioma.  No le quedaba  más que aguardar,  y esperar lo mejor. Seguramente algún especialista, algún entendido en razas extrañas, vendría  a  encargarse  de  él.  ¿O  era  él,  Jan,  tan  poco  importante  que  nadie  iba  a molestarse?

No  había  modo  de salir  del edificio,  pues  las grandes  puertas  no tenían  controles visibles. Cuando un superseñor  se acercaba,  las puertas se abrían, simplemente.  Jan había tratado de repetir el mismo truco, había agitado en lo alto diversos objetos para interceptar  algún  rayo  de  luz,  había  hecho  todas  las  cosas  imaginables  sin  ningún resultado. Comprendió que un hombre de la Edad de Piedra, perdido en una ciudad o un

 

edificio modernos, sentiría un desamparo semejante. En una ocasión trató de salir junto con uno de los superseñores, pero fue rechazado con mucha suavidad. Como no quería molestar a sus anfitriones, Jan no insistió.

Vindarten  llegó  antes  que  Jan  comenzara  a  sentirse  desesperado.  El  superseñor hablaba muy mal el inglés, con una rapidez excesiva, pero sus progresos fueron sorprendentes. Al cabo de unos días eran capaces de sostener, sin grandes dificultades, conversaciones sobre cualquier tema, siempre que no demandasen un vocabulario especializado.

Una  vez  que  Vindarten  se  hizo  cargo  de  Jan,  éste  no  tuvo  más  preocupaciones. Tampoco pudo hacer lo que quería, pues se pasaba la mayor parte del tiempo entrevistándose con superseñores que parecían ansiosos por realizar unos oscuros experimentos con el auxilio de complicados aparatos. Jan se cansaba mucho con esas máquinas, y después de una sesión ante una especie de dispositivo hipnótico sintió un terrible dolor de cabeza que le duró varias horas. Estaba dispuesto a cooperar, pero no estaba  seguro  de  que  sus  investigadores   comprendiesen   que  él,  Jan,  tenía  sus limitaciones,  tanto  mentales  como  físicas,  Pasó  en  verdad  mucho  tiempo  antes  que pudiera convencerlos de que necesitaba dormir a intervalos regulares.

Entre  estas  investigaciones  alcanzó  a ver,  a ratos,  la ciudad,  y advirtió  enseguida cuántas dificultades y peligros encontraría allí un ser humano. Las calles prácticamente no existían,  y  en  la  superficie  no  se  veía  ningún  medio  de  transporte.  Vivían  allí  unas criaturas que gozaban de la propiedad del vuelo, y que no temían la gravedad. Era fácil encontrar, sin aviso previo, un vertiginoso precipicio de varios centenares de metros, o descubrir que la única entrada en una habitación era una ventana abierta en lo alto de una pared. De mil modos Jan comenzó a comprender  que la psicología de una raza alada tenía que ser fundamentalmente distinta a la de unas criaturas atadas a la tierra.

Era raro ver cómo volaban los superseñores como grandes pájaros entre las torres de la ciudad,  con lentos y poderosos  aletazos.  Y había aquí un problema  científico.  Este planeta era mayor que la Tierra. Sin embargo Su gravedad era escasa, y Jan se preguntó cómo tenía una atmósfera tan densa. Se lo dijo a Vindarten y éste le respondió lo que Jan casi había supuesto. Los superseñores no habían nacido en este planeta. Se habían desarrollado en un mundo mucho más pequeño y luego habían conquistado este otro, cambiando no sólo la atmósfera, sino también la gravedad.

La  arquitectura  de  los  superseñores  era  claramente  funcional.  Jan  no  vio  ningún adorno, nada que no tuviera un propósito determinado, aunque éste no fuese muy comprensible. Si un hombre de la Edad Media hubiese visto esta ciudad, bañada por una

 

luz roja, y a esos seres que se movían en ella, se hubiera creído seguramente  en el infierno. Aun Jan, con toda su curiosidad y desprendimiento científicos, se sorprendía a veces a sí mismo a punto de caer en un terror irracional. La ausencia total de puntos conocidos de referencia podía ser enervante de veras, hasta para las mentes más frías y claras.

Y había  tantas  cosas  que Jan no entendía,  y que Vindarten  no podía  o no quería explicar. ¿Qué eran esas luces fugaces, esas cambiantes formas, esos objetos que atravesaban el aire con tanta rapidez que Jan no sabía en verdad si existían? Podían ser algo terrible y angustioso,  o tan espectaculares  y triviales como las luces de neón del antiguo Broadway.

Jan sentía también que el mundo de los superseñores estaba poblado de sonidos que no alcanzaba a percibir. Algunas veces captaba unas complejas estructuras rítmicas que subían y bajaban a lo largo del espectro sonoro, para desvanecerse en el borde superior o inferior del mismo. Vindarten no parecía comprender lo que Jan llamaba música, de modo que éste nunca pudo resolver satisfactoriamente el problema.

La ciudad no era muy grande. Era, por cierto, mucho más pequeña que el viejo Londres o la vieja Nueva York. Según Vindarten, había miles de esas ciudades en la superficie del planeta, y cada una de ellas estaba diseñada con un fin específico. En la Tierra lo más semejante  hubiese  sido  una  ciudad  universitaria,  aunque  la  especialización  era  aquí mucho  mayor.  Toda  esta  ciudad  estaba  dedicada,  descubrió  Jan,  al  estudio  de  las culturas de otros mundos.

Una de las primeras salidas de Jan tuvo como objeto visitar un museo. Encontrarse en un lugar cuyo propósito podía entender enteramente, le fue de gran ayuda. Aparte de su tamaño,  el museo  podía  muy  bien  haberse  encontrado  en la Tierra.  Tardaron  mucho tiempo en llegar, descendiendo serenamente en una plataforma que se movía como un pistón  a  lo  largo  de  un  cilindro  vertical  de  longitud  desconocida.  No  había  controles visibles, y los cambios de aceleración, al comienzo y al fin del descenso, fueron bastante notables.  Posiblemente  los  superseñores  no  querían  gastar  sus  compensadores  de gravedad en usos domésticos. Jan se preguntó si todo el interior de este mundo estaría lleno de túneles y por qué habrían limitado el tamaño de la ciudad construyendo tantos subterráneos  en  vez  de  elevarla  hacia  el  cielo.  Nunca  pudo  resolver  tampoco  este enigma.

Hubiese  sido  necesaria  toda  una  vida  para  explorar  esas  salas  enormes.  Aquí  se guardaba todo el botín traído de los otros planetas. Jan no hubiese podido imaginar tantas civilizaciones.  Pero  no  había  tiempo  para  ver  muchas  cosas:  Vindarten  lo  depositó

 

cuidadosamente   en  una  franja  del  piso  que  a  primera  vista  parecía  una  guarda ornamental. Enseguida Jan recordó que aquí no había ornamentos, y al mismo tiempo algo invisible se apoderó de él, gentilmente, y lo arrastró hacia adelante. Jan comenzó a moverse ante grandes vitrinas, ante escenas de mundos inimaginables, a una velocidad de veinte o treinta kilómetros por hora.

Los superseñores habían solucionado el problema de la fatiga en los museos. No había necesidad de caminar.

Habrían viajado así varios kilómetros, cuando el guía de Jan lo tomó nuevamente entre sus brazos y con un impulso de sus grandes alas lo arrebató a esa fuerza que estaba arrastrándolos. Ante ellos se extendía un vasto vestíbulo semivacío, bañado por una luz familiar que Jan no había visto desde su salida de la Tierra. Era muy débil, de modo que no podía lastimar los sensibles ojos de los superseñores, pero era, sin duda alguna, la luz del sol terrestre. Jan nunca hubiese creído que algo tan simple y común hubiera podido despertar en él tanta nostalgia.

Así que éste era el pabellón de la Tierra. Caminaron unos pocos metros, pasaron ante un  hermoso  modelo  de  París,  ante  los  tesoros  artísticos  de  doce  siglos incongruentemente  agrupados,  ante  modernas  máquinas  calculadoras  y hachas paleolíticas, ante receptores de televisión y la turbina de vapor de Hero de Alejandría. Una gran puerta se abrió ante ellos. Se encontraban en la oficina del conservador del museo de la Tierra.

¿Estaría viendo, este superseñor, por primera vez a un ser humano? se preguntó Jan.

 

¿Habría estado alguna vez en la Tierra, o sería ese planeta uno de los tantos que estaban a su cargo y de cuya posición  no estaba  quizá seguro?  Por lo menos  no hablaba  ni entendía inglés y Vindarten tuvo que servir de intérprete.

Jan se pasó allí varias horas hablando ante un aparato grabador mientras los superseñores le presentaban varios objetos terrestres. Muchos de ellos, descubrió avergonzado, le eran totalmente desconocidos. Su ignorancia acerca de su propia raza y sus obras era enorme. Se preguntó si los superseñores,  con todas sus extraordinarias dotes mentales, serían realmente capaces de aprehender todo el conjunto de la cultura humana.

Vindarten lo sacó del museo por una ruta distinta. Una vez más flotaron sin esfuerzo a través de grandes corredores abovedados, pero en esta ocasión pasaban ante las obras de la Naturaleza, no ante productos del esfuerzo consciente. Sullivan, pensó Jan, hubiese dado  su  vida  por  estar  aquí,  por  ver  las  maravillas  creadas  por  la  evolución  en  un centenar de mundos. Pero Sullivan, recordó, probablemente ya estaba muerto...

 

De pronto, se encontraron en una galería, en lo alto de una cámara circular de unos cien metros de diámetro. No había, como de costumbre, parapeto protector, y durante un momento Jan dudó en acercarse al borde. Pero Vindarten estaba de pie en la misma orilla, mirando serenamente hacia abajo, y Jan se le acercó prudentemente.

El piso estaba a unos veinte metros, demasiado, demasiado cerca. Jan comprendió, después,  que su guía no había  intentado  sorprenderlo,  y que no había  esperado,  de ningún modo, esa reacción. Pues Jan había lanzado un grito terrible, alejándose de un salto del borde de la galería, en un esfuerzo involuntario  por ocultar lo que había allá abajo. Sólo cuando los apagados ecos de su alarido se perdieron en la densa atmósfera, se atrevió Jan a adelantarse otra vez.

No tenía vida, por supuesto; no estaba, como había creído en el primer momento de terror,  mirándolo  fijamente.  Llenaba  casi  todo  el gran  espacio  circular,  y la luz  rojiza brillaba y temblaba en sus abismos cristalinos.

Era un ojo solitario y gigantesco.

 

- ¿Por qué hizo ese ruido? - preguntó Vindarten.

 

- Me asusté - respondió Jan humildemente.

 

- ¿Pero por qué? No pensará que aquí puede haber algún peligro.

 

Jan se preguntó si podría explicarle lo que era una acción refleja, pero decidió no intentarlo.

- Todo lo inesperado es terrible. Mientras no se lo analiza se puede siempre presumir lo peor.

El  corazón  le  latía  aún  con  violencia  mientras  miraba  una  vez  más  aquel  ojo monstruoso. Era indudable, tenía que ser un modelo, enormemente ampliado, como los microbios  y los  insectos  que  solían  verse  en los  museos  de la Tierra.  Sin  embargo, mientras se lo preguntaba a Vindarten, Jan supo, con enfermiza certeza, que el ojo era de tamaño natural.

Vindarten no pudo decirle mucho; ésta no era su especialidad y nunca había sido particularmente curioso. De su descripción Jan sacó en claro la imagen de una bestia ciclópea que vivía en los asteroides de un sol distante, con un crecimiento limitado por la gravedad y que dependía para su alimentación existencia del alcance y el poder de su ojo único.

No parecía haber nada que, bajo ciertas condiciones, la Naturaleza no pudiese llevar a cabo, y Jan sintió una alegría irracional  al descubrir  algo que los superseñores  no se atrevían  a hacer.  Habían  traído  de la Tierra  una ballena  de tamaño  natural,  pero  no habían querido completar esto.

 

Y en una ocasión Jan subió, subió sin descanso, hasta que las paredes del ascensor se  hicieron  más  y  más  opalescentes  y  adquirieron  la  transparencia  del  cristal.  Se encontraba  ahora,  parecía,  sostenido  en el aire,  entre  las más  elevadas  cimas  de la ciudad,  sin  que  nada  lo  protegiese  del  abismo.  Pero  no  sentía  más  vértigo  que  si estuviese en un aeroplano, pues no había ninguna sensación de contacto con el suelo distante.

Estaba entre las nubes, compartiendo el cielo con unas pocas agujas de metal o de piedra. Allá abajo, perezosamente, la capa de nubes fluía como un mar rojizo. En el cielo se veían dos pálidas lunitas, no lejos del sol oscuro. Cerca del centro de ese hinchado disco rojo había una sombra pequeña, perfectamente  redonda. Podía ser una mancha solar, u otra luna en tránsito.

Jan recorrió  lentamente  con los ojos  la línea  del horizonte.  El manto  de nubes  se extendía casi hasta los bordes del enorme planeta, pero en un sitio, a una insospechada distancia, se alzaba una sombra moteada que podía ser las torres de una ciudad. Jan la miró durante un rato y luego continuó su examen.

Había dado casi media vuelta cuando vio la montaña. No estaba en el horizonte, sino más allá. Era un único pico de borde dentado que asomaba en la orilla del mundo, con las laderas escondidas como el cuerpo de un témpano de hielo bajo la línea del agua. Trató de calcular su tamaño, pero era imposible. Aun en un planeta de tan escasa gravedad, parecía  increíble  que  pudiese  haber  una  montaña  semejante.  ¿Jugarían  los superseñores, se preguntó, en sus laderas, y se moverían como águilas alrededor de las inmensas estribaciones?

Y entonces,  despacio,  la montaña  comenzó  a cambiar.  Cuando  la había  visto  por primera vez, era de un oscuro color rojo, casi siniestro, con unas pocas débiles marcas cerca de la cúspide que Jan no pudo distinguir claramente.  Estaba tratando de verlas mejor, cuando advirtió que se movían.

En un principio no pudo creerlo. Luego se obligó a sí mismo a recordar que todas sus preconcebidas ideas eran aquí totalmente inútiles; no tenía que permitir que la mente rechazara los mensajes enviados por los sentidos a las escondidas cámaras del cerebro. No tenía que tratar de entender; sólo tenía que observar. La comprensión llegaría más tarde, o no llegaría.

La montaña - pensaba todavía que era una montaña, pues no había otro término adecuado - parecía estar viva. Recordó aquel ojo monstruoso encerrado en su bóveda... pero  no,  era  inconcebible.  No  era  vida  orgánica  lo  que  estaba  observando;  no  era tampoco, sospechó, la materia familiar.

 

El  rojo  sombrío  estaba  cambiando  y  era  ahora  de  un  tinte  colérico.  De  pronto aparecieron  unas  rayas  de  vívido  amarillo.  Por  un  instante  Jan  pensó  que  estaba observando un volcán y unas corrientes de lava que bajaban por las laderas. Pero estas corrientes, como lo demostraban ciertas motas y chispas ocasionales, se movían hacia arriba.

Ahora  algo  más  comenzaba  a elevarse  desde  las  nubes  rojizas,  en la base  de la montaña.  Era  un  enorme  anillo,  perfectamente  horizontal  y perfectamente  redondo,  y tenía el color de algo que Jan había dejado allá lejos, aunque los cielos de la Tierra no eran de un azul tan hermoso. En ninguna otra parte, en este mundo de los superseñores, había visto matices semejantes, y Jan sintió soledad y nostalgia ante esos colores.

El anillo se hacía más grande a medida que ascendía. Estaba sobre la montaña ahora, y su arco más cercano estaba acercándose con rapidez hacia Jan. Seguramente, pensó Jan, debe de ser alguna especie de torbellino, un anillo de humo de varios kilómetros de diámetro.  Pero  no se veía ningún  movimiento  de rotación  y el anillo,  al aumentar  de tamaño, no parecía menos sólido.

La sombra se acercó rápidamente antes que el anillo mismo pasase por encima de la cabeza de Jan, elevándose todavía más en el espacio. Jan continuó mirándolo hasta que el anillo fue sólo un hilo azul, difícil de ver en ese cielo rojo. Cuando al fin se desvaneció, ya debía de encontrarse a muchos miles de kilómetros de altura. Y seguía creciendo.

Jan miró otra vez la montaña. Era de oro y no se veía en ella ninguna señal. Quizá se engañaba  - ya podía creer cualquier  cosa - pero parecía  más alta y más estrecha,  y giraba, aparentemente, como el embudo de un ciclón. Sólo entonces, todavía aturdido, y con la razón en suspenso, recordó Jan su cámara. Elevó el aparato al nivel de los ojos y enfocó el imposible y estremecedor enigma.

Vindarten se movió rápidamente ocultándole la escena. Con implacable firmeza las manazas cubrieron el lente y lo obligaron a bajar la cámara. Jan no se resistió, hubiese sido inútil; pero sintió un terror repentino por aquello que se alzaba en las márgenes del mundo, y no quiso volver a mirarlo.

No hubo ninguna otra cosa, a lo largo de esos viajes, que no le dejaran fotografiar. Vindarten no le dio explicaciones. En cambio dejó que Jan le contara, una y otra vez, y con todos sus detalles lo que había observado.

Al fin Jan comprendió que los ojos de Vindarten habían visto algo totalmente distinto, y sospechó, por primera vez, que los superseñores también tenían amos.

 

Ahora  Jan  estaba  volviendo  al  hogar,  y  todas  las  maravillas,  terrores  y  misterios quedaban atrás. Era la misma nave, creía, aunque no quizá la misma tripulación. Por más largas  que  fueran  sus  vidas,  era  difícil  creer  que  los  superseñores  dejasen voluntariamente la patria. El viaje interestelar consumía varias décadas.

El efecto de la dilatación del tiempo se manifestaba en ambos sentidos, naturalmente. Los superseñores tardarían sólo cuatro meses en hacer el viaje de ida y vuelta, pero se encontrarían al regresar con unos amigos ochenta años más viejos.

Hubiera podido quedarse allá, sin duda alguna, por el resto de sus días. Pero Vindarten le advirtió que pasarían varios años antes que otra nave volviese a la Tierra, y que sería mejor que aprovechara esta ocasión. Quizá los superseñores advirtieron que aun en este tiempo relativamente corto la mente de Jan había llegado casi al límite de sus recursos. O se había convertido simplemente en una molestia, y ya no podían atenderlo.

Todo eso no tenía importancia ahora, pues la Tierra estaba muy cerca. La había visto así, desde lo alto, un centenar de veces, pero siempre a través del ojo remoto y mecánico de la cámara de televisión. Ahora, al fin, él mismo estaba aquí, en el espacio, mientras caía el telón sobre el último acto del drama, y la Tierra giraba a sus pies, siguiendo una órbita eterna.

El enorme creciente verdeazulado estaba en su primera fase; y más de la mitad del disco se perdía en la sombra. Las nubes eran escasas; sólo unas pocas franjas a lo largo de la línea de los vientos. La capa de los hielos árticos brillaba intensamente, pero parecía apagada al lado del reflejo del sol sobre las aguas del norte del Pacífico.

Se hubiese podido pensar que era un mundo de agua; el hemisferio estaba casi desprovisto de tierra. Australia era el único continente visible: una niebla oscura envuelta en el resplandor atmosférico que cubría el limbo del astro.

La nave se estaba acercando hacia el extenso cono de sombra; el luminoso creciente disminuyó, se encogió en un ardiente arco de fuego, y se hundió en la oscuridad. Allá abajo reinaba la noche. El mundo dormía.

Sólo entonces  comprendió  Jan qué era lo que estaba  mal. Había  tierra  allá abajo,

 

¿pero dónde estaban los collares de luz, las resplandecientes espirales que habían sido las ciudades del hombre? En todo este sombrío hemisferio, ni una sola chispa interrumpía las  sombras.  Los  millones  de  kilovatios  que  habían  salpicado  descuidadamente  las estrellas, habían desaparecido. Jan pensó que podía estar mirando la Tierra antes del advenimiento del hombre.

No era éste el regreso que había esperado. No podía hacer nada sino mirar y aguardar, mientras sentía el temor de lo desconocido. Algo había pasado, algo inimaginable. Y la

 

nave seguía descendiendo a lo largo de una curva que la llevaba otra vez al hemisferio iluminado.

No vio nada del lugar de aterrizaje, pues la imagen de la Tierra desapareció de pronto y fue reemplazada por esas líneas y luces incomprensibles. Cuando la pantalla se aclaró, estaban en tierra. A lo lejos se veían unos grandes edificios, unas cuantas máquinas y un grupo de superseñores que estaban observándolo.

En alguna parte rugió el aire que uniformaba la presión; luego se oyó el sonido con que se abrían las grandes puertas. Jan no quiso esperar. Los silenciosos gigantes lo miraron con tolerancia o indiferencia mientras salía corriendo del cuarto de controles.

Estaba en su hogar, mirando otra vez la chispeante luz de su propio sol, respirando aquel aire, el primero que había entrado en sus pulmones. Ya habían bajado la rampa, pero Jan tuvo que aguardar un momento hasta que los ojos se le acostumbraran a aquel resplandor.

Karellen estaba de pie, un poco apartado de sus compañeros, junto a un gran vehículo de transporte cargado de canastos. Jan no se preguntó cómo había reconocido al superseñor,  ni se sorprendió  al ver que no había cambiado  en absoluto. Sólo esto se parecía a lo que había imaginado.

- He estado esperándolo - dijo Karellen.

 

 

 

23

 

 

 

- En los primeros días - dijo Karellen - podíamos andar entre ellos. Pero ya no nos necesitan; nuestra tarea terminó cuando los reunimos y les entregamos  un continente. Mire.

La  pared  situada  ante  Jan  desapareció.  Estaba  mirando  un  valle  hermosamente arbolado  desde  una  altura  de  unos  pocos  centenares  de  metros.  La  ilusión  era  tan perfecta que sufrió un vértigo momentáneo.

- Han pasado cinco años y se ha iniciado la segunda fase.

 

Había unas móviles  figuras allá abajo, y la cámara  descendió  hacia ellas como un pájaro de presa.

- Sentirá usted cierta angustia - dijo Karellen -, pero recuerde que no puede aplicar aquí sus normas mentales. No está viendo a niños humanos.

Sin embargo, ésa fue la primera impresión que tuvo Jan, y ningún razonamiento lógico pudo impedirlo. Podían haber sido salvajes, entregados a una danza ritual muy compleja. Estaban desnudos y sucios y unos mechones de pelo les caían sobre los ojos. Jan creyó

 

notar que los había de todas las edades, desde los cinco a los quince años; sin embargo todos se movían con la misma rapidez, la misma precisión, y una total indiferencia.

Entonces Jan les vio las caras. Tragó saliva con dificultad y se obligó a sí mismo a no darse vuelta. Eran unas caras más vacías que las de los muertos, pues las facciones de los cadáveres están cinceladas por los años, y siguen hablando cuando los labios han enmudecido. No había aquí más emoción o sentimiento que en la cara de un insecto o una serpiente. Hasta los superseñores eran más humanos.

- Está usted buscando algo que ya no está ahí - dijo Karellen -. Recuerde que no tienen más individualidad que las células de un cuerpo.

- ¿Por qué se mueven así?

 

- Lo llamamos la danza larga - replicó Karellen. Nunca duermen, y esto duró casi un año. Son trescientos millones que se mueven en determinadas figuras. Hemos analizado esas figuras una y otra vez, pero no descubrimos nada. Quizá porque sólo advertimos la apariencia física, la porción que está aquí, en la Tierra. Es posible que lo que llamamos la supermente  esté  todavía  preparándolos,  moldeándolos  para  que  formen  una  simple unidad antes de absorberlos.

- ¿Pero cómo hacían con la comida? ¿Y qué ocurría si chocaban con algún obstáculo como árboles o rocas, o si caían en el agua?

- El agua no importaba, no podían ahogarse. Cuando encontraban un obstáculo se lastimaban a veces, pero no lo advertían. En cuanto a la comida... bueno, los animales y las frutas abundaban allí. Pero ahora dejaron atrás esas necesidades. Pues la comida es ante todo una fuente de energía, y han aprendido a recurrir a fuentes mayores.

La escena tembló como si una nube de calor hubiese pasado sobre ella, Cuando volvió a aclararse, el movimiento había cesado.

- Mire otra vez - dijo Karellen -. Tres años mas tarde.

 

Las figuritas, tan desamparadas y patéticas si uno no conocía la verdad, se alzaban inmóviles en el bosque, el valle y la llanura. La cámara vagó incansablemente de una a otra. Ya, pensó  Jan, los rostros  están adaptándose  a un molde.  Había  visto una vez algunas  fotografías  donde  docenas  de  imágenes  superpuestas  formaban  un  rostro "común". El resultado había sido algo tan vacío y tan falto de carácter como esto.

Aparentaban estar durmiendo o en trance. Tenían los ojos muy cerrados, y no parecían más   conscientes   que   los   árboles   que   se   alzaban   por   encima   de   ellos.   ¿Qué pensamientos, se preguntó Jan, se estarían entrecruzando en esa complicada red en la que aquellas mentes eran ahora no más - y sin embargo no menos - que los hilos de un

 

vasto  tapiz?  Y un tapiz,  comprendía  ahora,  que abarcaba  muchos  mundos  y muchas razas, y que crecía todavía.

Ocurrió con una rapidez que lo deslumbró y lo aturdió. En un momento Jan estaba mirando una región hermosa y fértil con un único elemento extraño: las innumerables estatuitas,  dispersas,  aunque  no  sin  cierto  orden.  Y luego,  en  un  instante,  árboles  y pastos, todas las vivientes criaturas que habían habitado esa tierra desaparecieron. Quedaron  solamente  los lagos tranquilos,  los tortuosos  ríos, las quebradas  y terrosas colinas - ahora desprovistas del manto verde - y las silenciosas e indiferentes figuras que habían causado esa destrucción.

- ¿Por qué han hecho eso? - murmuró Jan.

 

- Quizá los perturbaba la presencia de otras mentes, aun esas tan rudimentarias de las plantas y los animales. Un día, creemos, descubrirán que también el mundo material les molesta. Y entonces quién sabe qué ocurrirá. Comprenderá usted ahora por qué nos retiramos una vez, que cumplimos nuestra tarea. Seguimos estudiándolos, pero nunca entramos  en esas tierras ni metemos  allí nuestros  instrumentos.  Sólo los observamos desde el espacio.

- Esto ocurrió hace muchos años - dijo Jan -. ¿Qué ha pasado desde entonces?

 

- Muy poco. No se han movido en todo este tiempo, ni han advertido los cambios del día y de la noche, del verano y el invierno. Están todavía probando fuerzas; algunos ríos han cambiado de curso, y hay uno ahora que fluye hacia arriba. Pero no han hecho nada que parezca tener algún propósito determinado.

- ¿Y los han ignorado a ustedes totalmente?

 

- Sí, aunque  es natural.  La... entidad...  de la que forman  parte  no ignora  nada de nosotros. No le preocupa, aparentemente, que tratemos de estudiarla. Cuando desea que nos alejemos, o quiere encargarnos un nuevo trabajo, se manifiesta claramente. Hasta ese entonces nos quedaremos aquí, para que nuestros especialistas puedan recoger toda la información posible.

Así que éste es, pensó Jan con una resignación que superaba toda tristeza, el fin del hombre.  Era un fin no previsto  por ningún  profeta,  un fin que se oponía  por igual  al optimismo y al pesimismo.

Era, sin embargo, un fin adecuado; tenía la sublime inevitabilidad de una obra de arte. Jan había alcanzado  a vislumbrar  el universo  en toda su inmensidad  terrible,  y sabía ahora que no había allí lugar para el hombre. Comprendía al fin qué vano, si se lo volvía a analizar, había sido el sueño que lo había llevado a las estrellas.

 

Pues el camino hacia las estrellas se dividía en otros dos, y ninguno llevaba adonde pudieran cumplirse los deseos o los temores del hombre.

En el extremo de uno de los senderos estaban los superseñores. Habían preservado su individualidad, su independencia, tenían conciencia de sí mismos y el pronombre "yo" significaba algo en su lenguaje. Tenían emociones, algunas de las cuales por lo menos eran compartidas por la humanidad; pero estaban atrapados, Jan se daba cuenta ahora, en un callejón sin salida del que nunca podrían salir. Las mentes de los superseñores eran diez, o quizá cien veces más poderosas que las del hombre. Al hacer la cuenta final no había ninguna diferencia. Ambos estaban igualmente desamparados, igualmente abrumados por la inimaginable complejidad de una galaxia de cien mil millones de soles y de un cosmos de cien mil millones de galaxias.

¿Y al fin del otro sendero? La supermente, cualquier cosa que fuese, relacionada con el hombre del mismo modo que el hombre con la ameba. Potencialmente infinita, inmortal,

¿durante  cuánto  tiempo  había  estado  absorbiendo  una  raza  tras  otra,  mientras  se extendía entre los astros? Tenía también deseos, tenía metas que presentía oscuramente pero que no alcanzaría jamás? Ahora contenía todas las obras de la raza humana. No era una  tragedia,  sino  una  culminación.  Los  billones  de  conciencias  que  como  chispas fugaces habían formado la humanidad, no volverían a temblar como luciérnagas contra el cielo de la noche. Pero no habrían vivido totalmente en vano.

Aún faltaba, como lo sabía Jan, el último acto. Podía comenzar mañana, o dentro de varios siglos. Ni siquiera los superseñores podían estar seguros.

Jan comprendía ahora los propósitos de estos seres, qué habían hecho con el hombre, y el motivo que los ataba todavía a la Tierra. Sentía ante ellos una gran humildad, y una gran admiración por aquella paciencia inflexible.

Nunca llegó a entender cómo se efectuaba esa extraña simbiosis entre la supermente y sus servidores. Según Rashaverak ese ser los había acompañado siempre, aunque no los había  utilizado  hasta  que  lograron  desarrollar  una  verdadera  civilización  y  pudieron recorrer el espacio.

- ¿Pero por qué los necesita? - inquirió Jan -. Con esos tremendos  poderes podría hacer cualquier cosa.

- No - dijo Rashaverak -, tiene sus límites. Sabemos que en el pasado intentó actuar de un  modo  directo  sobre  las  mentes  de  otras  razas,  e influir  en  su  desarrollo  cultural. Siempre fracasó, quizá porque el abismo es demasiado grande. Nosotros somos los intérpretes, los guardianes. O, para usar una metáfora de ustedes, cuidamos el campo mientras   madura   la   cosecha.   La   supermente   recoge   esa   cosecha,   y   nosotros

 

comenzamos otro trabajo. Esta es la quinta raza a cuya apoteosis asistimos. Cada vez aprendemos un poco más.

- ¿Y no se sienten resentidos porque los utilicen como simples instrumentos?

 

- El arreglo  tiene  ciertas  ventajas.  Por  otra  parte,  ningún  ser  inteligente  se siente resentido ante lo inevitable.

La humanidad, reflexionó Jan torciendo la cara, jamás había aceptado totalmente esa proposición.  Había  muchas  cosas,  más  allá  de toda  lógica,  que  los  superseñores  no habían entendido nunca.

- Parece  extraño  - dijo Jan - que la supermente  los haya elegido  para hacer  este trabajo, cuando no hay en ustedes traza de esos latentes poderes parafísicos. ¿Cómo se comunica con ustedes y les hace saber sus deseos?

- Lamento no poder responderle, ni explicarle mi silencio. Un día conocerá quizá parte de la verdad.

Jan reflexionó un momento, pero comprendió que era inútil seguir preguntando. Tenía que cambiar de tema, y quizá más tarde pudiese averiguar algo más.

- Explíqueme  esto,  entonces  - dijo -, Hay  algo  que  ustedes  nunca  nos  han  dicho. Cuando su raza vino por primera vez a la Tierra, en el pasado, ¿qué ocurrió? ¿Por qué se convirtieron en el símbolo del terror y el mal?

Rashaverak  sonrió.  No  lo  hacía  tan  bien  como  Karellen,  pero  era  una  imitación aceptable.

- Nadie lo sospechó nunca, y ya ve usted ahora por qué no podíamos referirnos a eso. Sólo un hecho pudo haber impresionado de tal modo a la humanidad. Y ese hecho ocurrió no en el alba de la historia, sino en su atardecer.

- ¿Qué quiere decir? - preguntó Jan.

 

- Cuando nuestras naves aparecieron en el cielo terrestre, hace un siglo y medio, se produjo el primer encuentro de nuestras dos razas, aunque como es natural habíamos estado   estudiándolos   desde   lejos.   Y  sin   embargo,   ustedes   nos  temieron   y  nos reconocieron, como lo habíamos esperado. No se trataba precisamente de un recuerdo. Ya  sabe  usted  que  el  tiempo  es  mucho  más  complejo  de  lo  que  suponía  la  ciencia terrestre. Pues ese recuerdo no venía del pasado, sino del futuro... de esos últimos años en que la raza humana comprendía  que todo había concluido. Hicimos todo lo posible para aliviar ese final, pero no fue fácil. Y de ese modo fuimos identificados con el fin de la raza. Sí, aunque aún faltaban diez mil años. Fue como si las reverberaciones de un eco distorsionado hubieran recorrido el círculo cerrado del tiempo, desde el futuro al pasado. Llamémosle no un recuerdo, sino una premonición.

 

La idea no era muy fácil de entender, y durante unos instantes Jan luchó con ella en silencio. Sin embargo ya debía de estar preparado: había comprobado bastantes veces que causas y efectos pueden trastocarse.

Tenía que existir algo así como una memoria racial, y esa memoria era de algún modo independiente del tiempo. Para ella el futuro y el pasado eran uno solo. Por eso, hacía miles de años, los hombres habían alcanzado a vislumbrar una distorsionada imagen de los superseñores, a través de una niebla de miedo y terror.

- Ahora entiendo - dijo el último hombre.

 

¡El último hombre! Jan apenas podía imaginarlo. Al lanzarse al espacio había pensado en alejarse definitivamente de la raza humana, y sin embargo no había aceptado, aun entonces, la soledad. Con el paso de los años el deseo de ver a otros seres humanos podía llegar a abrumarlo,  pero por ahora la compañía de los superseñores  le impedía sentirse completamente solo.

Hasta hacia sólo diez años había habido hombres en la Tierra, unos sobrevivientes degenerados.  Jan nada había perdido con ellos. Por motivos que los superseñores  no podían  explicar,  pero  que  sospechaban  eran  principalmente  psicológicos,  ningún  niño había  venido  a reemplazar  a los  que  se  habían  ido.  El Homo  sapiens  era  una  raza extinguida.

Quizá, en una de las ciudades todavía intactas, se encontraba el manuscrito de algún nuevo Gibbon que historiaba los últimos días de la raza humana. Aunque fuese así, Jan no tenía, aparentemente, ningún interés en leerlo. Rashaverak le había contado lo más importante.

Aquellos   que  no  se  habían   destruido   a    mismos   habían   tratado   de  olvidar dedicándose a las actividades más febriles, como deportes salvajes y suicidas, bastante parecidos a guerras menores. A medida que la población descendía con rapidez los cada vez más ancianos sobrevivientes se habían ido agrupando como un ejército derrotado que cierra filas en la última retirada.

El acto final, antes que el telón cayese para siempre, había sido iluminado, quizá, por relámpagos de heroísmo y devoción y oscurecido por la ferocidad y el egoísmo. Jan no sabría nunca si había terminado en medio del terror o la resignación.

Tenía  muchas  ocupaciones.  La  base  de  los  superseñores  estaba  instalada  a  un kilómetro  de  una  casa  abandonada,  y  Jan  se  pasó  varios  meses  equipándola  con aparatos que traía de la ciudad más próxima, situada a unos treinta kilómetros. Se había instalado  allí con  Rashaverak,  cuya  amistad,  sospechaba  Jan,  no era completamente

 

desinteresada.  El  psicólogo  de  los  superseñores  estaba  todavía  estudiando  el  último ejemplar de Homo sapiens.

La  ciudad  había  sido  evacuada,  indudablemente,  antes  del  fin,  pues  las  casas  y muchos de los servicios públicos estaban todavía en orden. No le costaría mucho volver a hacer funcionar los generadores, de modo que las anchas calles volvieran a iluminarse con la ilusión de la vida. Jan jugó con la idea y al fin la abandonó  como demasiado mórbida. Lo único que no deseaba era añorar el pasado. Había aquí todo lo necesario como para mantenerlo por el resto de sus días, pero lo que más ansiaba era un piano electrónico  y  ciertas  partituras  de  Bach.  Nunca  hasta  ahora  había  podido  dedicarse realmente a la música. Pronto, cuando no se encontraba ejecutando él mismo, escuchaba grabaciones de las grandes sinfonías y conciertos, de tal modo que la villa nunca estaba silenciosa. La música se había convertido en un talismán contra la soledad; esa soledad que un día lo aplastaría, seguramente.

A menudo paseaba por las colinas imaginando lo que había ocurrido en esos pocos meses en que había faltado de la Tierra. Nunca hubiera pensado, cuando se despidió de Sullivan hacía ochenta años terrestres, que la última generación humana estuviese ya en las entrañas de las madres.

¡Qué alocado había sido! Sin embargo, no creía estar arrepentido de su conducta. Si se hubiese quedado en la Tierra, habría sido testigo de esos últimos años velados ahora por el tiempo. En cambio había saltado por encima de ellos hasta el futuro, y había conocido las respuestas que ningún otro hombre llegaría a saber. La curiosidad de Jan estaba casi satisfecha, aunque a veces se preguntaba por qué los superseñores seguirían esperando, y qué pasaría cuando esa paciencia recibiera al fin su premio.

 

 

Pero la mayor parte del tiempo, con esa tranquila resignación que comúnmente sólo se conoce al fin de una vida larga y activa, Jan se sentaba ante el teclado y poblaba el aire con  el  amado  Bach.  Quizá  se  estaba  engañando  a    mismo,  quizá  era  alguna misericordiosa trampa que le tendía la mente, pero le parecía ahora que esto era lo que siempre había deseado. La más secreta de las ambiciones se había atrevido al fin a salir a la luz.

Jan siempre había sido un buen pianista... y ahora era el mejor del mundo.

 

 

 

24

 

Fue  Rashaverak  quien  trajo  a  Jan  las  noticias.  Jan  ya  las  había  sospechado.  Al comenzar la madrugada se había despertado en medio de una pesadilla y no había vuelto a dormirse. No podía recordar el sueño, lo que era muy raro, pues Jan creía que era posible  acordarse  de  todos  los  sueños,  por  lo  menos  enseguida  de  despertar.  Sólo recordaba  que había  vuelto  a ser niño y que se encontraba  en una vasta  y desierta llanura, escuchando una voz potente que lo llamaba en un lenguaje desconocido.

El sueño  lo había  perturbado;  se preguntó  si no sería  la primera  embestida  de la soledad. Salió impaciente de la villa y fue hacia los prados solitarios.

Una luna llena bañaba el campo con una luz dorada tan brillante que Jan podía ver sin dificultad. El inmenso y resplandeciente cilindro de la nave de Karellen descansaba entre los edificios de la base, alzándose por encima de ellos y reduciéndolos a proporciones humanas. Jan miró la nave tratando de recordar las emociones que le había despertado alguna vez. Tiempo atrás, esta nave le había parecido una meta inaccesible, un símbolo de lo que nunca llegaría a realizar. Y ahora no significaba nada.

¡Qué silenciosa y tranquila parecía! Los superseñores, naturalmente, estarían tan ocupados  como de costumbre,  pero por el momento no se advertía su presencia.  Era como si Jan estuviese solo... Y lo estaba de veras, y en un sentido muy real. Alzó los ojos hacia la luna buscando algo conocido y amable.

Allá  estaban  los  viejos  y  bien  recordados  mares.  Había  estado  en  el  espacio,  a cuarenta  años-luz  de la Tierra,  y nunca  había  pisado  esas  silenciosas  y polvorientas llanuras  situadas  a menos  de dos segundos  - luz. Durante  un momento  se entretuvo tratando  de localizar  el cráter  Tycho.  Cuando  llegó  a descubrirlo  le asombró  ver que aquella mancha brillante se encontraba lejos del centro de la Luna. Y notó entonces que faltaba el óvalo oscuro del Mare Crisium.

La cara que el satélite volvía ahora hada la Tierra no era la que había mirado al mundo desde los comienzos de la vida. La Luna había comenzado a girar sobre su eje.

Eso sólo podía significar una cosa. En el otro extremo de la Tierra, en los campos a los que habían despojado tan rápidamente de toda vida, ellos estaban saliendo del trance. Así como  un niño al despertar  estira sus brazos  para saludar  el nuevo  día, así ellos estaban también flexionando músculos y ensayando poderes recientemente descubiertos.

 

 

- Su suposición es correcta - dijo Rashaverak -. Es peligroso que sigamos aquí. Pueden ignorarnos un tiempo, pero no queremos arriesgarnos. Saldremos tan pronto como terminemos de cargar nuestro equipo, probablemente dentro de dos o tres horas.

 

Rashaverak miró el cielo como si temiese la aparición de un nuevo milagro. Pero todo estaba tranquilo. La luna se había puesto, y sólo unas pocas nubes rodaban impulsadas por el viento del oeste.

- No importa tanto si se meten sólo con la Luna - añadió Rashaverak -, pero suponga que comiencen a interferir con el Sol. Dejaremos unos instrumentos aquí, naturalmente; así podremos saber qué ocurre.

- Yo me quedaré - dijo Jan de pronto -. He visto bastante del universo. Ahora sólo me interesa una cosa: el destino de mi propio planeta.

El suelo se estremeció suavemente.

 

-  Estaba  esperando  esto  -  continuó  Jan  -.  Si  alteran  la  rotación  de  la  Luna  el momentum   angular   cambiará   de   algún   modo.   La   velocidad   de   la   Tierra   está disminuyendo. No sé qué me asombra más: si cómo lo hacen o por qué.

- Están todavía jugando - dijo Rashaverak -. ¿Qué lógica hay en la conducta de un niño? Y en cierto

modo la entidad en que se ha convertido la raza humana es todavía un niño. No está preparada aún para unirse con la supermente. Pero lo estará muy pronto, y usted será entonces el único dueño de la Tierra...

Rashaverak no completó su frase, y Jan la terminó en su lugar.

 

-...si la Tierra, es claro, existe todavía.

 

- ¿Se da cuenta del peligro, y sin embargo quiere quedarse?

 

- Sí. Llevo en la Tierra cinco - ¿o son seis? - años. Cualquier cosa que ocurra, no me quejaré.

- Hemos estado esperando - dijo Rashaverak con lentitud - que deseara quedarse. Hay algo que puede hacer por nosotros.

 

 

El resplandor del navío interestelar se apagó y murió, más allá de la órbita de Marte. Sólo él, pensó Jan, entre todos los billones de seres humanos que vivieron y murieron en la Tierra, había recorrido ese camino. Y ningún otro lo recorrería de nuevo.

El mundo era suyo. Todo lo que necesitaba, todos los bienes materiales que uno puede desear, estaban allí a su alcance. Pero Jan no tenía ningún interés. No temía la soledad del planeta desierto, ni la presencia del ser que estaba pasando aquí sus últimos instantes antes de ir en busca de su desconocido patrimonio. No creía que él o sus problemas sobreviviesen a la inconcebible conmoción que produciría esa partida.

Estaba bien así. Había hecho todo lo que había deseado hacer, y arrastrar una vida sin objeto en este mundo vacío hubiese sido un inconcebible anticlímax. Podía haberse ido

 

con los superseñores, ¿pero para qué? Pues sabía, como ningún otro lo había sabido, que Karellen había dicho la verdad al afirmar que las estrellas no eran para el hombre.

Se volvió dejando la noche a sus espaldas y caminó a través de la vasta entrada de la base. El tamaño no lo afectaba; la inmensidad ya no tenía ningún poder sobre su mente. Las luces rojas estaban encendidas, alimentadas por energías que podrían no agotarse durante siglos. A cada lado, abandonadas por los superseñores, se alzaban las máquinas cuyos secretos Jan nunca comprendería. Pasó de largo y subió torpemente la escalinata que llevaba al cuarto de control.

El espíritu de los superseñores seguía allí: las máquinas estaban todavía vivas, ejecutando las tareas de unos amos ahora distantes. ¿Qué podría añadir él, se preguntó Jan, a la información que las máquinas lanzaban al espacio?

Se subió a la silla enorme y se instaló tan cómodamente como pudo. El micrófono, ya preparado, estaba esperándolo. Algo que era el equivalente de una cámara de televisión debía de estar observando la Tierra, pero Jan no pudo localizarla.

Más allá de los tableros y sus incomprensibles instrumentos, los grandes ventanales se abrían a la noche estrellada, mirando a un valle dormido bajo una luna convexa y a una distante cadena montañosa. Un río se retorcía a lo largo del valle, brillando aquí y allí, cuando la luz de la luna caía sobre las aguas revueltas. Todo parecía tan pacífico. Así podía haber sido el mundo al aparecer el hombre, como era ahora al llegar el fin.

Allá  a  quién  sabe  cuántos  millones  de  kilómetros,  Karellen  esperaba.  Era  extraño pensar que la nave de los superseñores se alejaba de la Tierra casi con la rapidez con que la seguían las señales que él, Jan, enviaba. Casi... pero no la misma. Sería una larga persecución, pero esas palabras alcanzarían al supervisor y pagarían así aquella deuda.

¿Cuánto de todo esto, se preguntó Jan, había sido planeado por Karellen y cuánto era una obra maestra de improvisación? ¿Lo había dejado el supervisor entrar en el espacio hacía casi un siglo, para que pudiese representar este papel? No, era increíble. Pero Jan tenia la certeza de que Karellen estaba envuelto en un complot muy vasto y complicado. Aún mientras servía a la supermente seguía estudiándola con todos los instrumentos que tenía a su alcance. Jan sospechaba que no era sólo curiosidad científica lo que inspiraba al supervisor: quizá los superseñores tenían la esperanza de escapar un día a esos lazos singulares, cuando hubiesen aprendido bastante de los poderes que estaban sirviendo.

Era difícil creer que Jan pudiese añadir algo a ese conocimiento.

 

- Cuéntenos lo que vea - había dicho Rashaverak -. Las figuras que lleguen a sus ojos serán duplicadas por nuestras cámaras. Pero el mensaje que entre en su cerebro quizá sea muy diferente, y puede servirnos de mucho.

 

Bueno, trataría de hacerlo lo mejor posible.

 

- Nada  que  informar  aún  - comenzó  - Hace  unos  minutos  vi la estela  de la nave interestelar que desaparecía en el cielo. Hay casi luna llena y la mitad de la cara familiar del satélite ha comenzado a desaparecer. Pero supongo que ya saben esto.

Jan se detuvo, sintiéndose ligeramente tonto. Había algo incongruente, hasta casi absurdo, en lo que hacía. La historia había llegado a su clímax y aquí estaba él, como si fuese un comentarista  de radio ante una carrera o ante un cuadrilátero  de boxeo. Se encogió de hombros y dejó de lado esa idea. En todos los momentos de grandeza, sospechaba, lo sublime no está muy separado de lo ridículo, y por otra parte sólo él podía notarlo ahora.

- Ha habido tres ligeros terremotos en la última hora - continuó -. Controlan la rotación de la Tierra de un modo maravilloso, pero no perfecto... Sabe usted, Karellen, me parece muy difícil que pueda decirles algo que usted no sepa ya por sus instrumentos.  Quizá habría sido mejor que me hubiesen dicho qué pasaría según ustedes y cuánto tiempo tendría yo que esperar. Si no ocurre nada, volveré a informar dentro de seis horas...

"¡Hola! Parece que hubiesen esperado a que ustedes se fueran. Algo ha comenzado. Las estrellas se han oscurecido. Como si una nube estuviese subiendo, muy rápidamente, hacia el cielo. Pero no es realmente una nube. Tiene aparentemente alguna estructura, puedo vislumbrar una borrosa red de líneas y franjas que cambian continuamente de posición.  Es casi como si las estrellas  estuviesen  envueltas  en una fantasmal  tela de araña.

 

 

"La red está comenzando a brillar, encendiéndose  y apagándose, como si estuviese viva. Y supongo que está realmente viva. ¿O se trata de algo que está tan lejos de la vida como de la materia?

"El resplandor parece moverse hacia una parte del cielo. Esperen mientras voy a la otra ventana.

"Si, debí de suponerlo. Es una gran columna ardiente, como un árbol de fuego, sobre el horizonte oriental. Está muy lejos; se alza desde el otro lado del mundo. Ya sé de dónde surge; están al fin en camino, para convertirse en parte de la supermente. El tiempo de prueba ha terminado: están dejando atrás los últimos restos de materia.

"A medida que los fuegos suben desde la tierra puedo ver que la red se hace más firme y menos  borrosa.  En algunos  lugares  parece  casi sólida,  sin embargo  todavía  puede verse el débil brillo de las estrellas.

 

"Acabo de darme cuenta. No es exactamente  igual, pero aquello que vi surgir en el mundo de ustedes, Karellen, era algo parecido. ¿Una parte de la supermente? Supongo que me ocultaron la verdad, para que yo no tuviera ideas preconcebidas, para que fuese un observador objetivo. Desearía saber qué están mostrándoles a ustedes las cámaras para compararlo con lo que creo estar viendo.

"¿Es así como se le aparece a usted, Karellen, con estos colores y formas? Recuerdo las pantallas de su cuarto de navegación, y aquellas figuras que hablaban para ustedes algo así como un lenguaje visual.

"Ahora se parece a las cortinas de una aurora polar. Las cortinas bailan y se agitan contra los astros. Pero cómo es eso exactamente, estoy seguro: una tormenta eléctrica. El paisaje se ha iluminado... hay más luz que de día... rojos y dorados y verdes se persiguen unos a otros a través del cielo. Oh, no puedo describirlo, no está bien que sólo yo lo vea. Nunca imaginé colores semejantes.

"La tormenta cesa ya, pero esa red borrascosa está todavía ahí. Creo que la aurora era sólo un subproducto de esas energías, cualesquiera que sean, liberadas en las fronteras del espacio...

"Un minuto. He notado algo más. Mi peso está disminuyendo. ¿Qué significa esto? He dejado caer un lápiz... cae lentamente. Algo ocurre con la gravedad. Se está levantando un viento enorme. Puedo ver los árboles del valle, cómo inclinan sus cabezas.

"Naturalmente, la atmósfera escapa. Ramitas y piedras están subiendo hacia el cielo, casi como si la Tierra tratara también de salir al espacio. Una inmensa nube de polvo se levanta con el viento. Es difícil ver... Quizá aclare dentro de poco y pueda descubrir qué ocurre.

"Sí, ahora está mejor. Todo lo que se puede mover ha sido arrastrado  fuera de la Tierra; las nubes de polvo se han desvanecido. Me pregunto cuánto aguantará esta casa. Y cuesta respirar ahora, tendré que hablar más despacio.

"Veo claro otra vez. La columna ardiente está todavía ahí, pero se está constriñendo, estrechando. Parece el embudo de un tornado, a punto de perderse en las nubes. Y... oh, es difícil de describir, pero me he sentido inundado por una enorme ola de emoción. No fue alegría ni pena; fue como si algo se realizase de pronto. ¿Lo he imaginado? ¿O me vino desde fuera? No lo sé.

"Y ahora - y esto no puede ser sólo imaginación - el mundo parece vacío. Totalmente vacío. De pronto enmudeció como una radio. Y el cielo ha vuelto a aclararse. ¿Cuál será el próximo mundo, Karellen? ¿Y estarán ustedes allí otra vez?

"Es raro. Todo a mi alrededor parece igual. No sé por qué, pero creí...

 

Jan se detuvo. Durante un momento le faltaron las palabras; luego cerró los ojos para recuperar el dominio de sí mismo. Ya no era momento de sentir pánico o miedo. Tenía que cumplir un deber... un deber para con el hombre, y para con Karellen.

Lentamente  al principio,  como  alguien  que despierta  de un sueño,  Jan comenzó  a hablar.

- Los edificios de alrededor, el terreno, las montañas... todo es como vidrio. Puedo ver a través de las cosas. La Tierra se está disolviendo. Pierdo todo mi peso. Tenían razón. Los juegos terminaron.

 

 

- Sólo quedan unos pocos instantes. Allá van las montañas, como mechones de humo. Adiós, Karellen, Rashaverak. Lo siento por ustedes. Aunque no puedo entenderlo he visto en qué se ha convertido mi raza. Todo lo que hemos logrado se ha ido a las estrellas. Quizá esto es lo que trataban de decir las antiguas religiones. Pero todas estaban equivocadas;  creían que la humanidad  era algo tan importante;  sin embargo  nosotros somos sólo una raza en... ¿Saben ustedes en cuántas? Y nos hemos convertido en algo que ustedes nunca podrán ser.

"Allá va el río. No hay ningún cambio en el cielo, aunque apenas puedo respirar. Es raro ver la luna, todavía brillante ahí arriba, Me alegro de que la hayan dejado, aunque se sentirá muy sola ahora...

"¡La luz! Bajo mis pies... del interior de la Tierra... nace brillando, a través de las rocas, el piso, todo... cada vez más brillante, cegadora...

 

 

En una explosión de luz el centro de la Tierra soltó sus atesoradas energías. Durante un rato las ondas gravitatorias cruzaron una y otra vez el sistema solar, perturbando ligeramente las órbitas de los planetas. Luego los hijos del Sol continuaron sus antiguos caminos, una vez más, como corchos que flotan en un lago sereno, enfrentando las ondas causadas por la caída de una piedra.

No quedaba nada de la Tierra. Los últimos átomos de sustancia habían sido absorbidos por ellos. La Tierra había nutrido los terribles momentos de aquella increíble metamorfosis como el alimento acumulado en la espiga o el grano nutre a la planta joven que crece hacia el sol.

A seis millones de kilómetros, más allá de la órbita de Plutón, Karellen se sentó ante una pantalla repentinamente oscurecida. Nada faltaba en el informe; la misión había terminado. Volvía a su hogar después de tanto tiempo. El peso de los siglos había caído sobre él junto con una tristeza que ninguna lógica podría vencer. No lloraba el destino del

 

hombre: estaba apenado por su propia raza, alejada para siempre de la grandeza por fuerzas insuperables.

A pesar de todas sus hazañas, a pesar de dominar todo el universo físico, el pueblo de Karellen no era mejor que una tribu que se hubiese pasado toda la vida en una llanura chata y polvorienta. Allá lejos estaban las montañas, donde moraban el poder y la belleza, donde  el  trueno  sonaba  alegremente  por  encima  de  los  hielos  y  el  aire  era  claro  y penetrante. Allá, cuando la tierra ya estaba envuelta en sombras, brillaba todavía el sol, transfigurando las cimas. Y ellos sólo podían observar y maravillarse. Nunca escalarían esas alturas.

Sin embargo, Karellen lo sabía, seguirían hasta el fin; esperarían sin desesperación el cumplimiento  del destino,  cualquiera  que  fuese.  Servirían  a la supermente  porque  no podían hacer otra cosa, pero aún entonces no se perderían del todo.

La  gran  pantalla  del  cuarto  de  navegación  se  encendió  un  momento  con  una  luz carmesí y sombría. Sin ningún esfuerzo consciente Karellen leyó el mensaje contenido en aquellas cambiantes figuras. La nave estaba dejando las fronteras del sistema solar. Las energías que movían la nave disminuían rápidamente, pero ya habían hecho su trabajo.

 

 

Karellen alzó una mano y la imagen volvió a transformarse. Una estrella solitaria brilló en el centro de la pantalla; nadie hubiese podido decir, desde tan lejos, que el Sol tuviese algún planeta, o que uno de ellos se hubiese perdido. Durante mucho tiempo Karellen miró fijamente aquel abismo que se agrandaba con rapidez, mientras los recuerdos le pasaban en tropel por la vasta mente laberíntica. Con un adiós silencioso saludó a los hombres que había conocido, tanto a los que lo habían ayudado como a quienes habían tratado de impedir su trabajo.

Nadie se atrevió a perturbarlo o a interrumpirlo. Y al fin Karellen volvió la espalda al Sol diminuto.

 

 

FIN

 

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