© Libro No. 732. El Fin de la Infancia. Arthur C. Clarke
Colección E.O. Abril 26 de 2014.
Título original: © EL FIN DE
LA INFANCIA. Arthur C. Clarke
Versión Original: © EL FIN DE LA INFANCIA. Arthur C. Clarke
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
EL FIN DE LA INFANCIA
Arthur C. Clarke
Prólogo
1
El volcán
que había alzado a Taratua desde los fondos del Pacífico dormía desde hacía
medio millón de
años. Sin embargo,
muy pronto, pensó
Reinhold, unos fuegos
más violentos arrasarán otra vez la isla. Miró la plataforma y alzó los
ojos hacia la pirámide de andamios que rodeaba aún al Columbus. La proa de la
nave, a sesenta metros de altura, reflejaba
los últimos rayos del sol.
Era una de las últimas noches
del cohete. Luego flotaría en la
eterna luz solar del espacio.
Todo
estaba tranquilo aquí, bajo las palmeras, en lo más alto del rocoso espinazo de
la isla. Sólo se oía el silbido intermitente de los compresores neumáticos o la
voz apagada de los obreros. Reinhold se había encariñado con estas apretadas
palmeras. Venía aquí casi todas las noches a vigilar su pequeño imperio. Le
entristecía pensar que cuando el Columbus
se elevara hacia
los astros, envuelto
en furiosas llamas,
estos árboles quedarían reducidos
a átomos.
A un
kilómetro de la costa, el James Forrestal había encendido los reflectores y
barría las aguas oscuras. El sol había desaparecido, y la rápida noche tropical
se elevaba desde el este. Reinhold se preguntó, con un poco de sorna, si
esperarían encontrar submarinos rusos tan cerca de la orilla.
Rusia le
hizo pensar, como siempre, en Konrad y aquella mañana de la catastrófica
primavera de 1945. Habían pasado más de treinta años, pero no podía olvidar los
días en que el Reich se tambaleaba bajo las olas que venían del Este y del
Oeste. Todavía podía ver los cansados ojos azules de Konrad y su barbita de oro
mientras se daban la mano y se separaban en la arruinada aldea de Prusia
atravesada incesantemente por columnas de refugiados. Había sido una separación que simbolizaba todo lo que había ocurrido desde entonces en
el mundo... la grieta abierta entre el Este y el Oeste. Konrad había elegido el
camino de Moscú. Reinhold había pensado que Konrad estaba loco, pero ahora ya
no se sentía tan seguro.
Durante
treinta años había creído que Konrad ya no vivía. Hacía una semana el coronel
Sandmeyer, del Servicio Secreto, le había traído las últimas novedades.
Sandmeyer no le gustaba, y estaba seguro de que el otro sentía lo mismo. Pero
ninguno de los dos permitía que los sentimientos interfirieran en el trabajo.
- Señor
Hoffmann - había comenzado a decir el coronel exhibiendo lo mejor de su cortesía profesional -, acabo
de recibir algunos alarmantes informes de Washington. Es
un
secreto de Estado, naturalmente, pero hemos decidido comunicárselo al cuerpo de
ingenieros. Así comprenderán que es necesario darse prisa. - Sandmeyer se
detuvo, tratando de impresionar a Hoffmann, pero fue inútil. Hoffmann ya sabía,
de algún modo, lo que iba a seguir. - Los rusos casi nos han alcanzado. Han desarrollado un propulsor atómico, quizá más eficiente que
el nuestro y están construyendo una nave en las costas del lago Baikal. No
sabernos hasta dónde han llegado, pero el Servicio Secreto cree que podrán
lanzar la nave dentro de unos meses. Ya sabe lo que eso significa.
Si, ya lo
sé, pensó Reinhold. Se ha alargado la carrera... y podemos perder.
- ¿Sabe
usted quién dirige el equipo ruso? - había preguntado, sin esperar realmente
una respuesta.
El coronel
Sandmeyer había mostrado
al sorprendido Reinhold
una hoja escrita
a máquina y allí, encabezando una lista, estaba el nombre: Konrad
Schneider.
- Usted
conoció muy bien a esos hombres de Peenemünde
¿no es cierto? - dijo el coronel -. Eso puede servirnos. Me gustaría que preparase usted unas notas
sobre el mayor número posible de esos hombres. La especialidad de cada uno, el
grado de inteligencia, y otras
cosas similares. Sé
que es demasiado
pedir, después de
tanto tiempo, pero haga lo posible.
-
Konrad Schneider es el único
que importa - había
respondido Reinhold -. Tenía talento, los otros no eran más que
ingenieros competentes. Sólo el cielo sabe la que ha hecho en treinta años. No
lo olvide... Schneider conoce, probablemente, todos nuestros resultados, y
nosotros no conocemos
ninguno de los
suyos. Eso le da
una decidida ventaja.
Reinhold
no había pretendido criticar el Servicio Secreto, pero durante unos instantes
Sandmeyer
pareció ofendido. Al fin, el coronel se encogió de hombros.
- Puede
no servirles de nada, me lo ha dicho usted mismo. Nuestro intercambio de
información significa progreso más rápido, aunque dejemos escapar algunos
secretos. Es posible que las oficinas rusas de investigación ignoren la mayor
parte del tiempo lo que hace su propia gente. Les mostraremos que la democracia
puede ser la primera en llegar a la Luna.
¡La
democracia! ¡Tonterías!, pensó Reinhold, pero calló, prudentemente. Un Konrad
Schneider valía un
millón de votos.
¿Y qué no
habría hecho Konrad
con todos los recursos
de la U.R.S.S.
a su alcance?
Quizá en ese
mismo instante su
nave se desprendía de la
Tierra...
El sol
que había dejado Taratua brillaba aún sobre el lago Baikal cuando Konrad
Schneider y el comisario del Instituto de Ciencia Nuclear se alejaron
lentamente de la plataforma donde se había probado el motor. Aún sentían una
dolorosa vibración en los oídos aunque los últimos y atronadores ecos se habían
perdido en el lago hacía ya diez minutos.
- ¿Por
qué esa cara larga? - preguntó de pronto Grigorievitch -. Tendría que estar
contento. Otro mes más y habremos iniciado el viaje mientras los yanquis
estarán mordiéndose los puños.
- Es
usted optimista, como de costumbre - dijo Schneider -. Aunque el motor funcione
no es tan fácil como parece. Es cierto que no veo ante mí ningún obstáculo
serio, pero... me preocupan los
informes que vienen
de Taratua. Ya
le he hablado
del valor de Hoffmann,
y dispone de
billones de dólares.
Esas fotografías de
la nave son
algo borrosas, pero no parece hablarles mucho. Y sabemos que probó su
motor hace ya cinco semanas.
- No se
preocupe - dijo riéndose Grigorievitch -. Se van a llevar la gran sorpresa.
Recuérdelo... no saben nada de nosotros.
Schneider
se preguntó si sería cierto, pero decidió no expresar ninguna duda. La mente de
Grigorievitch comenzaría a explorar unos canales tortuosos y complicados, y si
llegaba a encontrar una gotera, el mismo Schneider se vería en dificultades.
Schneider
entró en el edificio de la administración. Había aquí tantos soldados, pensó
sombríamente, como técnicos. Pero así hacían las cosas los rusos, y mientras no
se le cruzasen en el camino no tenía por qué quejarse. Todo, con algunas
exasperantes excepciones, se había desarrollado tal como lo habla previsto.
Sólo el futuro podía decir quién había elegido mejor: él o Reinhold.
Redactaba un
último informe cuando
unos gritos lo
interrumpieron. Durante unos instantes permaneció inmóvil, sentado
ante su escritorio, preguntándose qué podía haber alterado la rígida disciplina
del campamento. Luego se incorporó y se acercó a la ventana. Y por primera vez
en su vida supo lo que era la desesperación.
Rodeado
de estrellas, Reinhold descendió por la falda de la colina. Afuera, en el mar,
el Forrestal barría todavía el agua con unos dedos luminosos. En la bahía los
andamios que rodeaban el Columbus eran ahora un brillante árbol de Navidad.
Sólo la elevada proa de la nave se alzaba como una sombra oscura entre los
astros.
Una radio
lanzaba una estridente música de baile desde los animados cuarteles y los pasos
de Reinhold se aceleraron mecánicamente siguiendo el ritmo de la música. Había
llegado
casi al estrecho sendero que bordeaba las arenas, cuando algún presentimiento,
algo apenas atisbado, lo obligó a detenerse.
Perplejo, miró primero el mar, y luego la tierra. Pasaron unos instantes
antes que pensara en mirar el cielo.
Reinhold Hoffmann
supo entonces, como Konrad
Schneider en ese mismo instante, que
había perdido la carrera. Y supo que la había perdido no por esas pocas semanas
o meses que habían estado amenazándolo, sino por milenios. Las sombras enormes
y silenciosas que navegaban bajo las estrellas, a una altura que Reinhold era
incapaz de imaginar, estaban tan
alejadas del pequeño
Columbus como éste
de las canoas paleolíticas. Durante
un instante que
pareció eterno, Reinhold
observó, junto con el
mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora,
hasta que oyó al fin el débil chillido de la fricción en el enrarecido aire de
la estratosfera.
Reinhold
no se sintió apenado porque el trabajo de toda una vida se le derrumbase de
pronto. Había luchado para que el hombre llegase a las estrellas, y ahora, en
el instante del triunfo, las estrellas - las apartadas e indiferentes estrellas
- venían a él. En ese instante la
historia suspendía su aliento, y el presente se abría en dos separándose del
pasado como un témpano que se desprende de los fríos acantilados paternos y se
lanza al mar, a navegar solitario y orgulloso. Todo lo obtenido en las eras del
pasado no era nada ahora. En el cerebro de Reinhold sonaban y resonaban los
ecos de un único pensamiento: La raza humana ya no estaba sola.
I - La
tierra de los superseñores
2
El
secretario general de las Naciones Unidas, de pie e inmóvil junto a la larga
ventana, miraba fijamente el apretado tránsito de la calle Cuarenta y tres. A
veces se preguntaba si convendría que un hombre trabajase a una altura tal por
encima de sus semejantes. El aislamiento estaba muy bien, pero podía
convertirse fácilmente en indiferencia. ¿O sólo estaba tratando de racionalizar
su desagrado por los rascacielos, aún intacto después de veinte años de vivir
en Nueva York?
Oyó que
se abría la puerta, pero no se volvió. Pieter Van Ryberg entró en la oficina.
Sobrevino la inevitable pausa mientras Pieter miraba con desaprobación el termostato. Todo el mundo repetía la broma
de que al secretario general le
gustaba vivir en una
heladera.
Stormgren esperó a que su ayudante se acercase y al fin apartó los ojos de
aquel familiar, pero siempre fascinante panorama.
- Se han
retrasado - dijo -. Wainwright debía de estar aquí desde hace cinco minutos.
- Acabo
de hablar con la policía. Lo acompaña una verdadera procesión y han desordenado
el tránsito. Llegará de un momento a otro. - Van Ryberg se detuvo y luego
añadió, abruptamente: - ¿Está usted todavía seguro de que es una buena idea la
de verse con él?
- Temo
que sea un
poco tarde para
arrepentirse. Al fin y al
cabo me mostré
de acuerdo... Aunque usted sabe que no fui yo quien tuvo esa idea.
Stormgren
se había acercado al escritorio y estaba jugando con su famoso pisapapeles de
uranio. No estaba nervioso, sólo indeciso. Hasta le alegraba que Wainwright
llegase tarde, pues eso le daría una pequeña ventaja moral en el momento de
iniciarse la conferencia. Tales trivialidades tienen más importancia en los
asuntos humanos que la deseada por cualquier persona lógica y razonable.
- ¡Ahí
están! - dijo de pronto Van Ryberg, apretando la cara contra la ventana -
Vienen por la avenida... Son casi unos tres mil, me parece.
Stormgren
recogió una libreta de notas y se unió a su ayudante. A casi un kilómetro de
distancia, una pequeña, pero compacta multitud venía hacia el edificio del
secretariado. Traían unos estandartes y carteles desde aquí indescifrables,
pero Stormgren sabía muy bien qué decían. Ahora ya se podía oír, elevándose por
encima de los ruidos del tránsito, el inevitable coro de voces. Stormgren se
sintió bañado por una repentina ola de disgusto.
¿No
estaba hartó el mundo de ese desfile de multitudes y de esos inflamados lemas?
La
multitud había llegado ahora frente al edificio. Debían de saber que Stormgren
los miraba, pues aquí y allí unos puños se elevaron en el aire. No estaban
desafiándolo, aunque indudablemente querían que Stormgren viese el ademán. Como
pigmeos que amenazasen a un gigante, esos puños airados se alzaban directamente
contra el cielo, contra la brillante
nube de plata que flotaba a cincuenta
kilómetros de altura: la nave
enseña de la flota de los superseñores.
Y
probablemente, pensó Stormgren, Karellen observaba también la escena, y muy
divertido. La reunión no se hubiera celebrado nunca sin la intervención del
supervisor.
Stormgren
se encontraba por primera vez con el jefe de la Liga de la Libertad. Ya no se
preguntaba si eso sería prudente. Los planes del supervisor eran a veces
excesivamente sutiles para el
mero entendimiento humano.
Por lo menos
Stormgren no creía
que pudiese nacer de allí mal
alguno. Si se hubiese rehusado a ver a Wainwright la Liga hubiera utilizado esa actitud como un
arma.
Alexander Wainwright
era un hombre
alto, elegante, de
unos cincuenta años, totalmente honesto, y por lo mismo
doblemente peligroso. Pues su obvia sinceridad hacía difícil no gustar de él,
aunque uno no simpatizara con sus ideales... y con algunos de los hombres que
había atraído a sus filas.
Stormgren
no perdió tiempo, una vez que Van Ryberg los presentó brevemente y con cierta
tirantez.
- Supongo
- comenzó a decir - que el objeto principal de su visita es el de protestar
formalmente contra el esquema de la federación. ¿No es así?
Wainwright
asintió gravemente con un movimiento de cabeza.
- Esa es
mi intención, señor secretario. Como usted sabe hemos tratado durante todo este
último lustro de hacer comprender a la raza humana el peligro que la acecha. Ha
sido una tarea difícil, pues
casi nadie parece lamentar
que los superseñores
gobiernen el mundo a su antojo.
Sin embargo, más de cinco millones de patriotas,
y de todos los países, han firmado nuestra petición,
- No es
un número muy impresionante en una población de dos billones y medio.
- Es un
número que no puede ser ignorado, señor. Y por cada persona que ha decidido
firmar, hay otros muchos que dudan de la sabiduría, para no mencionar la
justicia, de este proyecto de federación. Ni el supervisor Karellen, con todos
sus poderes, puede borrar mil años de historia de un solo plumazo.
- ¿Quién
conoce los poderes de Karellen? - replicó Stormgren -. Cuando yo era niño la
Federación Europea parecía un sueño, pero antes de que yo llegase a la madurez
ya era realidad. Y eso ocurrió antes de la llegada de los superseñores.
Karellen no hace más que terminar el trabajo comenzado por nosotros.
- Europa
era una unidad geográfica y cultural. El mundo, no. Esa es la diferencia.
- Para
los superseñores -
replicó Stormgren sarcásticamente -
la Tierra es
quizá bastante más pequeña que Europa para nuestros padres, y el punto
de vista de esas criaturas, hay que reconocerlo, es más evolucionado que el
nuestro.
- No me
opongo a la idea de una federación como último objetivo, aunque muchos de mis
adherentes no estén de acuerdo. Pero esa federación tiene que nacer desde
dentro; no puede ser impuesta desde fuera. Hemos de elaborar nuestro propio
destino. ¡No queremos interferencias en los asuntos humanos!
Stormgren
suspiró. Había oído todo eso cientos de veces, y sabía que sólo había una
respuesta, una antigua respuesta que la Liga no estaba dispuesta a aceptar. El
confiaba en Karellen, y ellos no. Esa era la diferencia más importante, y nada
podía hacerse a ese respecto. Por suerte la Liga tampoco podía hacer nada.
-
Permítame hacerle algunas preguntas - dijo -. ¿Puede negar que los superseñores
han traído seguridad, paz y prosperidad a todo el mundo?
- Es
cierto. Pero nos han privado de la libertad. No sólo de pan...
- ...vive
el hombre. Ya lo sé. Pero por primera vez el hombre está seguro de poder
conseguir por lo
menos eso. Y
de cualquier modo,
¿qué libertad hemos
perdido en relación con la que
nos han dado los superseñores?
- La
libertad de gobernar nuestras propias vidas, guiados por la mano de Dios.
Al fin,
pensé Stormgren, hemos
llegado a la
raíz del asunto.
El conflicto era esencialmente religioso, aunque adoptase
numerosos disfraces. Wainwright no permitía olvidar que era un clérigo. Aunque
ya no usase el cuellito clerical, se tenía la constante impresión de que el
aditamento estaba todavía allí.
- El mes
pasado - apuntó Stormgren - un centenar de obispos, cardenales y rabinos
firmaron una declaración en apoyo de la política del supervisor. El mundo
religioso está contra usted.
Wainwright
sacudió agriamente la cabeza.
- Muchos
jefes están ciegos. Han sido corrompidos por los superseñores. Cuando
comprendan el peligro será demasiado tarde, La humanidad habrá perdido su
iniciativa y será sólo una raza subyugada.
El
silencio se prolongó durante un rato. Al fin Stormgren replicó:
- Dentro
de tres días
volveré a encontrarme
con el supervisor.
Le explicaré sus objeciones, pues es mi deber representar
los puntos de vista de todo el mundo. Pero eso no alterará nada, puedo asegurárselo.
- Hay
otra cuestión - dijo Wainwright lentamente -. Tenemos muchas quejas contra los
superseñores, pero detestamos, sobre todas las cosas, esa manía de ocultarse.
Usted es el único hombre que ha hablado con Karellen, ¡y ni siquiera usted lo
ha visto¡¿Puede sorprender acaso nuestra desconfianza?
- ¿A
pesar de todo lo que ha hecho en favor de la humanidad?
- Si, a
pesar de eso. No sé que nos ofende más, su omnipotencia, o esa vida secreta. Si
no tiene nada que ocultar ¿por qué no se muestra abiertamente? ¡La próxima vez
que hable con el supervisor, señor Stormgren, pregúntele eso!
Stormgren
calló. No tenía nada que decir, nada por lo menos que pudiera convencer a ese
hombre. A veces se preguntaba si él mismo, Stormgren, estaría convencido.
Fue, por
supuesto, una operación sin importancia desde el punto de vista de los
superseñores, pero para la Tierra no hubo, en toda su historia, un
acontecimiento más
extraordinario.
Las grandes naves descendieron desde los inmensos y desconocidos abismos del
espacio sin ningún aviso previo. Innumerables veces se había descrito ese día
en cuentos y novelas, pero nadie había
creído que llegaría a ocurrir. Y ahora allí estaban: las formas silenciosas y
relucientes, suspendidas sobre todos los países como símbolos de una ciencia
que el hombre no podría dominar hasta después de muchos siglos. Durante seis
días habían flotado inmóviles sobre las ciudades, sin reconocer, aparentemente,
la existencia del hombre. Pero no era necesario. Esas naves no habían ido a
pararse tan precisamente y sólo por casualidad sobre Nueva York, Londres,
París, Moscú, Roma, Ciudad del Cabo, Tokio, Camberra...
Aún antes
que aquellos días aterradores terminaran, algunos ya habían sospechado la
verdad. No se trataba de un primer intento de contacto por parte de una raza
que nada sabía del hombre.
Dentro de esas
naves inmóviles y
silenciosas, unos expertos psicólogos estaban estudiando las
reacciones humanas. Cuando la curva de la tensión alcanzase su cima, algo iba a
ocurrir.
Y en el
sexto día, Karellen, supervisor de la Tierra, se hizo conocer al mundo entero
por medio de una transmisión de radio que cubrió todas las frecuencias. Habló
en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas
controversias se sucedieron a través del
Atlántico. Pero el contexto
del discurso fue aún más
sorprendente que su forma.
Fue, desde cualquier
punto de vista,
la obra de un genio superlativo,
con un dominio total
y completo de los asuntos humanos.
No cabía duda alguna
de que su erudición y su
virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad
supiese que se
hallaba ante una
abrumadora potencia intelectual.
Cuando Karellen concluyó su
discurso las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria
soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podrían retener sus poderes,
pero en el campo más amplio de los asuntos internacionales las decisiones supremas
habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.
Era
difícil que todas las naciones fuesen a aceptar mansamente semejante limitación
de sus poderes. Pero una resistencia activa presentaba dificultades
insuperables, pues la destrucción de las
naves, si eso fuese posible, aniquilaría a las ciudades que estaban debajo. Sin
embargo, una gran potencia hizo la prueba. Quizá los responsables pensaban
matar dos pájaros de un tiro, pues el blanco se hallaba suspendido sobre las
capital de una vecina nación enemiga.
Mientras la imagen
de la enorme nave se agrandaba
en la pantalla
televisora del secreto cuarto de
control, el pequeño grupo de oficiales y técnicos debió de haber experimentado
muy diversas sensaciones. Si tenían éxito ¿qué acción emprenderían las
otras
naves? ¿Podrían ser también destruidas? ¿Volvería la humanidad a ser dueña de
sus destinos? ¿O
lanzaría Karellen alguna
terrible venganza contra
aquellos que lo habían atacado?
La
pantalla se apagó de pronto. El proyectil atómico estalló ante el impacto y la
imagen pasó de una cámara a otra que flotaba en el aire a varios kilómetros de
altura. En esa fracción de segundo la bola de fuego ya se habría formado y
estaría cubriendo el cielo con su fuego solar.
Sin
embargo, no había pasado nada. La enorme nave flotaba intacta bañada por el
intenso sol de las orillas del espacio. No sólo la bomba no había dado en el
blanco, sino que nadie supo qué había ocurrido
con el proyectil. Por otra
parte, Karellen no tomó ninguna represalia, ni dio muestras
de haberse enterado del ataque. Lo ignoró totalmente, dejando que los
responsables se preguntasen cuándo llegaría la venganza. Fue un tratamiento más
eficaz, y más desmoralizador que cualquier posible acción punitiva. El gobierno
de la nación atacante se derrumbó pocas semanas después entre mutuas
recriminaciones.
Hubo también
alguna resistencia pasiva
a la política
del supervisor. Comúnmente Karellen vencía todas las
dificultades dejando en libertad de acción a los rebeldes, hasta que estos
comprendían que se estaban dañando a sí mismos al rehusarse a cooperar. Sólo
una vez actuó en forma directa contra un gobierno recalcitrante.
Durante más de cien años la república sudafricana
había sido el escenario de una
lucha racial. Hombres de buena voluntad, de los dos bandos, habían tratado en
vano de levantar un puente.
El miedo y
los prejuicios eran
demasiado profundos como
para permitir alguna cooperación. Los sucesivos gobiernos sólo se habían
distinguido por su mayor o menor intolerancia; el país estaba envenenado por el
odio y la amenaza de la guerra civil.
Cuando se
hizo evidente que nada se intentaría para terminar con la discriminación
racial, Karellen lanzó su advertencia. Se trataba sólo de una fecha y de una
hora; nada más. Hubo alguna aprensión, pero no miedo ni pánico, pues nadie
creía que los superseñores fuesen a emprender una acción que destruiría por
igual a culpables e inocentes.
Y no lo
hicieron. Sólo ocurrió que en el momento en que pasaba por el meridiano de la
Ciudad del Cabo el sol desapareció de pronto. Sólo se veía un rojizo y pálido
fantasma que no daba luz ni calor. De algún modo, allá en el espacio, la luz
del sol había sido polarizada por dos campos cruzados que detenían todas las
radiaciones. El área afectada era de unos quinientos kilómetros cuadrados, y
perfectamente circular.
La demostración
duró treinta minutos.
Fue suficiente. Al
otro día el
gobierno sudafricano anunciaba que la minoría blanca gozaría de nuevo de
todos sus derechos civiles.
Aparte de
esos aislados incidentes, la raza humana había aceptado a los superseñores como
parte del orden natural de las cosas. La conmoción inicial se desvaneció en un tiempo sorprendentemente corto, y el mundo siguió otra vez su curso.
El mayor cambio que hubiese podido advertir algún nuevo Rip Van Winkle era el
de una silenciosa expectación, un mental mirar sobre el hombro, como si la humanidad
estuviese esperando la aparición de los superseñores, el momento en que
saliesen de sus relucientes navíos.
Cinco
años después aún estaba esperando. Eso, pensaba Stormgren, era la causa de
todas las dificultades.
Cuando el
coche de Stormgren entró en el aeropuerto ya estaban allí los habituales
curiosos y las cámaras filmadoras. El secretario general cambió unas pocas
palabras con su ayudante, recogió su portafolios, y atravesó la rueda de
espectadores.
Karellen
nunca lo hacía esperar. La multitud rompió en un - ¡oh! - de asombro y la
burbuja de plata se agrandó allá en el cielo con pasmosa velocidad. Una ráfaga
de aire movió las ropas de Stormgren cuando la navecilla fue a detenerse a
cincuenta metros de distancia, flotando delicadamente a unos pocos centímetros
del suelo, como si temiese contaminarse
con la Tierra.
Mientras se adelantaba
lentamente, Stormgren advirtió aquellos pliegues ya familiares del
inconsútil casco metálico, y enseguida apareció ante él la abertura que tanto
había preocupado a los mejores hombres de ciencia. Dio un paso adelante y entró
en la cámara única, débilmente iluminada. La entrada volvió a cerrarse, como si
nunca hubiese estado allí, borrando los ruidos y las escenas del mundo
exterior.
Cinco
minutos más tarde volvió a abrirse. Aunque no había tenido ninguna sensación de
movimiento, Stormgren sabía que estaba ahora a una altura de cincuenta
kilómetros, en el mismo corazón de la nave de Karellen. Los superseñores iban y
venían alrededor de Stormgren
ocupados en sus misteriosos asuntos. Se había acercado a ellos más que nadie, y sin embargo sabía
tan poco de su aspecto físico como los millones que vivían allá abajo.
La salita
de conferencias, situada en el fondo de un corto pasillo, no tenía más muebles
que una silla y una mesa instaladas ante una pantalla. Nada informaba la
pantalla acerca de las criaturas que la habían
construido. Estaba en blanco
ahora, como siempre.
A veces, en sueños, Stormgren había imaginado que aquella oscura
superficie se animaba de pronto, revelando el secreto que atormentaba al mundo
entero. Pero el sueño no se
había
realizado nunca; detrás del rectángulo en sombras se ocultaba un misterio
impenetrable. Aunque se ocultaba también allí poder y sabiduría, y sobre todo,
quizá, un enorme y divertido cariño por aquellas criaturas que se arrastraban
por la Tierra.
De la
oculta rejilla vino aquella voz serena, y sin prisa, que Stormgren conocía tan
bien, aunque el mundo la había oído en una única ocasión. Su profundidad y resonancia
- únicos indicios acerca
de la naturaleza
física de Karellen
- daban una
abrumadora impresión de gran tamaño. Karellen era grande, quizá mucho
más grande que un ser humano. Aunque algunos hombres de ciencia, después de
haber analizado los registros de su único discurso, habían sugerido que la voz
provenía de una máquina. Stormgren nunca había podido creerlo.
- Sí,
Rikki, me he enterado de esa pequeña entrevista. ¿Qué le ha hecho usted al
señor
Wainwright?
- Es un
hombre honesto, aunque muchos de sus partidarios no lo sean. ¿Qué hacemos con
él? La Liga en sí no encierra ningún peligro; pero algunos de sus miembros, los
más extremistas, predican abiertamente
la violencia. Me he estado
preguntando si no convendrá que instale una guardia en mi
casa. Aunque espero que no será necesario.
Karellen
eludió la cuestión con ese modo fastidioso en que caía algunas veces.
- Los
detalles de la
Federación Mundial se
conocen desde hace
un mes. ¿Ha aumentado sustancialmente ese siete por
ciento que no está de acuerdo conmigo o ese otro indeciso doce por ciento?
- No
todavía. Pero eso no tiene importancia. Lo que me preocupa es ese sentimiento,
difundido aun entre nuestros partidarios, de que esta ocultación tiene que
terminar.
El
suspiro de Karellen fue técnicamente perfecto, pero le faltó convicción.
- Usted
opina lo mismo, ¿no es así?
La
pregunta era tan retórica que Stormgren no se molestó en responder.
- Me
pregunto si apreciará usted realmente - continuó, muy serio - cómo complica mi
tarea este estado de cosas.
A mí
tampoco me ayuda mucho - dijo Karellen -. Desearía que dejaran de verme como
un dictador, y recordaran
que sólo soy
un funcionario encargado
de administrar una política colonial que no he preconizado.
Era,
pensó Stormgren, una descripción bastante atractiva. Se preguntó hasta qué
punto sería verdadera.
- ¿No
puede, por lo
menos, explicarnos de
algún modo esa
ocultación? No la entendemos, y nos preocupa y da origen a
incesantes rumores.
Karellen
emitió aquella risa rica y profunda, de una resonancia excesiva para ser
realmente humana.
- ¿Qué se
supone que soy ahora? ¿Todavía circula la teoría del robot? Puede que sea una
masa de válvulas electrónicas y no esa especie de ciempiés... oh, sí, he visto
esa caricatura del Chicago Tribune. He estado pensando en solicitar el
original.
Stormgren
apretó los labios. En ciertas ocasiones Karellen se tomaba sus deberes muy a la
ligera.
- Esto es
serio - dijo con un tono de reproche,
- Mi
querido Rikki - replicó Karellen -, sólo no tomándome en serio a la raza humana
he logrado conservar en parte mi antigua e inconmensurable inteligencia.
Stormgren
sonrió a pesar de sí mismo.
- Eso no
me ayuda mucho, ¿no es cierto? Tendré que decirles a mis semejantes que aunque
usted no se muestra en público no tiene nada que ocultar. No será una tarea muy
sencilla. La curiosidad
es una de
las características humanas
dominantes. Usted no puede desafiarla indefinidamente.
- De
todos los problemas que hemos encontrado en la Tierra, éste es el más difícil -
admitió Karellen. Usted ha creído en nuestra sabiduría en otras ocasiones.
Seguramente también ahora confía en nosotros.
- Yo
confío en ustedes
- dijo Stormgren
-, pero no
Wainwright, ni tampoco
sus partidarios. ¿Puede usted acusarlos si interpretan mal su poco deseo
de mostrarse en público?
Durante
un momento Karellen guardó silencio. Stormgren oyó luego un débil sonido
(¿un
crujido?) causado quizá por un leve movimiento del cuerpo del supervisor.
- Usted
sabe por qué Wainwright y los hombres como él me tienen miedo, ¿no es así? -
preguntó Karellen. Hablaba ahora con una voz apagada, como un órgano que deja
caer sus notas desde la alta nave de una catedral - Hay seres como él en todas
las religiones del universo. Saben muy bien que nosotros representamos la razón y la ciencia, y por más que
crean en sus
doctrinas, temen que
echemos abajo sus
dioses. No necesariamente mediante un acto de violencia, sino de un
modo más sutil. La ciencia puede terminar con la religión no sólo destruyendo
sus altares, sino también ignorándolas. Nadie ha demostrado, me parece, la no existencia de Zeus o de
Thor, y sin embargo tienen pocos seguidores
ahora. Los Wainwrights
temen, también, que
nosotros conozcamos el verdadero origen de sus religiones. ¿Cuánto
tiempo, se preguntan, llevan observando a la humanidad? ¿Habremos visto a
Mahoma en el momento en que iniciaba
su hégira
o a Moisés
cuando entregaba las
tablas de la ley a
los judíos? ¿No conoceremos la falsedad de las historias
en que ellos creen?
- ¿Y la
conocen ustedes? - murmuró Stormgren, casi para sí mismo.
- Ese,
Rikki, es el miedo que los domina, aunque nunca lo admitirán abiertamente.
Créame, no nos
causa ningún placer
destruir la fe de los hombres, pero
todas las religiones del mundo no
pueden ser verdaderas, y ellos lo saben. Tarde o temprano, el hombre tendrá que
admitir la verdad; pero ese tiempo no ha llegado aún. - En cuanto a nuestro
ocultamiento - y usted tiene razón al afirmar que agrava nuestros problemas -
es una cuestión que escapa a mi dominio. Lamento la necesidad de este secreto
tanto como usted, pero los
motivos son suficientes.
De todos modos
trataré de obtener
una declaración de mis... superiores que pueda satisfacerlo a usted y
que quizá aplaque a la Liga de la Libertad. Ahora, por favor, ¿podemos empezar
con los asuntos del día?
- ¿Y
bien? - preguntó Van Ryberg con ansiedad -. ¿Ha tenido suerte?
- No
lo sé -
respondió Stormgren, cansado,
mientras tiraba sus
papeles sobre el escritorio y se dejaba caer en su sillón
-. Karellen consultará con sus superiores, quienesquiera que sean. No quiso
prometerme nada.
- Escúcheme
- dijo Pieter
bruscamente - Se
me acaba de ocurrir. ¿Qué
motivos tenemos para creer que existe alguien por encima de Karellen?
Suponga que todos los superseñores, como
los hemos bautizado, estén aquí sobre la Tierra, en esas naves.
Quizá no tienen adonde ir y lo están ocultando.
- Una
teoría ingeniosa - dijo Stormgren haciendo una mueca -. Pero no está de acuerdo
con lo poco que sé, o creo saber, de la posición de Karellen.
- ¿Qué
sabe usted?
- Bueno,
Karellen habla a menudo de su posición como si fuese algo transitorio que le
impide dedicarse a su verdadero trabajo, algo así como matemática, me parece.
En una ocasión le cité las palabras de Acton sobre la corrupción del poder, y cómo el poder absoluto corrompe
de un modo absoluto. Me interesaba conocer su reacción. Karellen se rió con esa
su risa cavernosa, y dijo: "No hay peligro de que me pase eso. Ante todo,
cuanto antes termine aquí mi trabajo más pronto podré volver al lugar donde
resido. Y además yo no gozo de absoluto poder, de ningún modo. Sólo soy... un
supervisor." Claro que podía estar engañándome. Nunca puedo estar seguro.
-
Karellen es inmortal ¿no?
- Sí, de
acuerdo con nuestro punto de vista. Pero hay algo en el futuro que Karellen
parece temer. No puedo imaginármelo. Y eso es todo.
- No es
muy terminante. Según mi teoría su flota se ha extraviado en el espacio y anda
en busca de un nuevo hogar. No quiere que sepamos que él y sus compañeros son
realmente unos pocos. Quizá todas las otras naves son automáticas, sin
tripulantes. Una fachada imponente y nada más.
- Me
parece que ha estado usted leyendo mucha ciencia - ficción - dijo Stormgren.
Van Ryberg sonrió con timidez.
- La
invasión del espacio no resultó
lo que esperábamos, ¿no es
cierto? Mi teoría podría explicar por
qué Karellen no se muestra nunca. Desea que ignoremos que no hay otros
superseñores.
Stormgren
sacudió la cabeza con una divertida incredulidad.
- Su
teoría, como de costumbre, es demasiado ingeniosa para ser verdadera. Aunque
sólo podemos suponerlo, tiene que haber una gran civilización detrás del
supervisor, una civilización que conoce desde hace mucho la existencia del
hombre. Karellen mismo ha estado estudiándonos desde hace siglos. Fíjese en su
dominio del inglés. ¡Me enseña a mí cómo tengo que hablarlo!
- ¿Ha
descubierto usted alguna vez algo que Karellen no sepa?
- Oh, sí,
muchas veces, pero sólo trivialidades. Me parece que tiene una memoria
absolutamente perfecta, aunque hay algunas cosas que no ha tratado de aprender.
Por ejemplo, el inglés es el único lenguaje que entiende de veras, aunque en
los dos últimos años se ha
metido en la
cabeza unas buenas
porciones de finlandés
sólo para fastidiarme. Y el
finlandés no se aprende rápidamente. Karellen es capaz de citar largos trozos
del Kalevala. Me avergüenza confesar que yo sólo sé unas pocas líneas. Conoce
también las biografías de todos los estadistas vivientes y a veces soy capaz de
identificar las fuentes que ha usado. Su dominio de la historia y de la ciencia
parece completo… Ya sabe usted cuánto hemos aprendido de él. Sin embargo,
consideradas aisladamente, no creo que sus dotes sobrepasen las de los seres
humanos. Pero no hay hombre capaz de hacer todo lo que él hace.
- En eso
ya hemos estado de acuerdo otras veces - convino Van Ryberg -. Podemos discutir
incansablemente acerca de Karellen y siempre llegamos al mismo punto: ¿por qué
no se muestra en público? Mientras no se decida a hacerlo yo seguiré elaborando
mis teorías y la Liga de la Libertad seguirá lanzando sus anatemas.
Van
Ryberg echó una mirada rebelde hacia el cielo raso.
- Espero,
señor supervisor, que en una noche oscura un periodista llegue en un cohete
hasta su nave y entre por la puerta de atrás con una cámara fotográfica. ¡Qué
primicia sería!
Si
Karellen estaba escuchando no lo demostró. Pero, naturalmente, no lo demostraba
nunca.
En el
primer año, el advenimiento de los superseñores, contra todo lo que podía
esperarse, apenas había alterado la vida humana. Sus sombras estaban en todas
partes, pero eran unas sombras poco molestas. Aunque había escasas ciudades en
las que los hombres no pudiesen ver uno de esos navíos de plata, relucientes
bajo el cenit, al cabo de un cierto tiempo todos aceptaron su existencia así
como aceptaban la existencia del Sol, la Luna o las nubes. La mayoría de los
hombres apenas advirtió que la elevación constante del nivel de vida se debía a
los superseñores. Cuando pensaban en eso, lo que ocurría raramente, advertían
que gracias a esas naves silenciosas reinaba por primera vez en
toda la historia
una paz universal,
y se sentían
entonces debidamente
agradecidos.
Pero estos
beneficios, negativos y poco
espectaculares, eran olvidados
tan pronto como se los aceptaba.
Los superseñores seguían allá en lo alto, ocultando sus caras a la
humanidad. Karellen podía
obtener respeto y
admiración, pero nada
más profundo mientras siguiese
con esa política. Era difícil no sentirse resentido contra esos dioses
olímpicos que hablaban con los hombres sólo a través de las radioteletipos
desde la sede de las Naciones Unidas. Lo que ocurría entre Karellen y Stormgren
nunca se revelaba públicamente y a
veces Stormgren mismo
se preguntaba por
qué el supervisor consideraba necesarias
tales entrevistas. Quizá
Karellen sentía la
necesidad de mantenerse en
contacto por lo menos con un hombre; quizá comprendía que Stormgren
necesitaba esta forma
de apoyo personal.
Si ésta era
la explicación el
secretario la apreciaba de veras.
No le importaba a Stormgren que la Liga de la Libertad lo llamase "el
mandadero de Karellen".
Los
superseñores no trataban nunca separadamente con Estados o gobiernos. Habían
tomado la organización de las Naciones Unidas tal como la habían encontrado al
llegar, habían dado sus instrucciones para instalar el indispensable equipo de
radio, y habían comunicado sus órdenes por boca del secretario de la
organización. El delegado soviético había apuntado correctamente, en largos discursos y en innumerables ocasiones,
que este proceder contradecía las disposiciones de la carta. Karellen no
parecía preocuparse.
Era asombroso
que tantos abusos,
locuras y maldades
pudiesen ser borradas totalmente por esos mensajes del
cielo. Con la llegada de los superseñores las naciones supieron que ya no
tenían por qué temerse unas a otras, y adivinaron - aún antes que se hiciese
aquella tentativa - que las armas existentes por ese entonces eran inútiles
ante
una civilización
capaz de tender
un puente estelar.
De modo que
el mayor y
único obstáculo para la felicidad de los hombres fue prontamente
anulado.
Los
superseñores parecieron despreocuparse de las formas de gobierno, una vez que
comprobaron que no se utilizarían para oprimir o corromper a los hombres.
Siguieron funcionando en la Tierra las democracias, las monarquías, las
dictaduras benévolas, el comunismo y el capitalismo. Muchas almas simples, que
estaban convencidas de que la suya era la única forma posible de vida,
recibieron una gran sorpresa. Otros creían que Karellen estaba dejando pasar el
tiempo para introducir luego un sistema que borraría todos los otros sistemas
sociales, y que por la misma razón no se molestaba en hacer reformas políticas
sin importancia. Pero ésta como todas las otras especulaciones sobre aquellos
seres eran meras hipótesis. Nadie conocía sus motivos, y nadie sabía hacia qué
futuro estaban arreando a la humanidad.
3
Stormgren
dormía mal aquellas noches, lo que era raro, pues pronto dejaría
definitivamente sus tareas. Había servido a la humanidad durante cuarenta años,
y a sus amos durante seis, y pocos hombres podían rememorar una vida en la que
se hubiesen cumplido tantas
ambiciones. Quizá ése era el problema: en sus días de jubilado, por muchos que fuesen, no tendría ante sí el
aliciente de una meta. Desde la muerte de su mujer, Marta,
y con sus hijos establecidos
en sus propios hogares,
sus lazos con el
mundo parecían haberse debilitado. Era posible, también, que estuviese
comenzando a identificarse con los superseñores, y desinteresándose así de la
humanidad.
Ésta era
otra de esas noches inquietas en las que el cerebro le daba vueltas como una
máquina abandonada por su operario. Sabía que era inútil tratar de conciliar el
sueño, y abandonó pesaroso la cama. Se puso una bata y subió a la terraza
jardín que coronaba sus modestas habitaciones. Cualquiera de sus
subordinados disfrutaba de una morada
más amplía y lujosa, pero ésta bastaba para las necesidades de Stormgren había
llegado a una posición en la que ningún bien personal, ni ninguna ceremonia,
podían añadir algo a su estatura.
La
noche era calurosa,
casi sofocante, pero
el cielo era claro y una
luna amarilla colgaba allá en el sudoeste.
Las luces de Nueva York brillaban en el horizonte como un amanecer inmóvil.
Stormgren
alzó los ojos sobre la ciudad dormida, hacia las alturas que sólo él, entre
todos los hombres, había alcanzado. Allá, muy lejos, se vislumbraba el casco de
la nave
de
Karellen, iluminado por el claro de luna. Stormgren se preguntó qué estaría
haciendo el supervisor. No creía que los superseñores durmiesen.
Más
arriba aún un meteoro lanzó su dardo brillante a través de la bóveda del cielo.
La estela luminosa brilló débilmente durante un rato, y luego murió dejando
sólo la luz de las estrellas. El símbolo era brutal: dentro de cien años
Karellen seguiría dirigiendo a la humanidad
hacia ese fin que sólo él conocía,
pero dentro de sólo cuatro
meses otro hombre ocuparía el cargo de
secretario general. Esto en sí mismo no le importaba demasiado a Stormgren;
pero era indudable que no le quedaba mucho tiempo para saber qué había detrás
de aquella pantalla.
Sólo en
estos últimos días
se había atrevido
a admitir que
ese secreto estaba comenzando a obsesionarlo. Hasta hacía
poco, su fe en Karellen había borrado todas las dudas; pero ahora, reflexionó
con un poco de cansancio, las protestas de la Liga de la Libertad estaban
influyendo en él.
Era indudable que
la propaganda acerca
de la esclavitud del
hombre no era
más que propaganda.
Pocos hombres creían
en esa esclavitud, o deseaban
volver realmente a los viejos días. La gente comenzaba a acostumbrarse al
imperceptible gobierno de Karellen; pero comenzaba también a sentirse
impaciente por saber quién la gobernaba. ¿Y de qué podía acusársele?
Aunque la
más importante, la
Liga de la
Libertad era sólo
una de las
tantas organizaciones que se oponían a Karellen y, consecuentemente, a
los hombres que cooperaban con los superseñores. Las objeciones y propósitos de
esos grupos eran enormemente variados: algunos sostenían un punto de vista
religioso, mientras que otros eran
mera expresión de
un sentimiento de
inferioridad. Se sentían,
con razonables motivos, como el hindú culto del siglo xix ante el
rajá británico. Los invasores habían traído
paz y prosperidad... ¿Pero
quién sabía a
qué costo? La
historia no era tranquilizadora. Los contactos más
pacíficos entre razas de distinto nivel cultural habían terminado siempre con
la destrucción de la raza más atrasada. Las naciones, como los individuos,
podían perder su vida misma al enfrentarse con un desafío inaceptable.
Y la
civilización de los superseñores, aún envuelta en el misterio, era el mayor de
todos los desafíos.
En la
habitación vecina se oyó un débil "clic" con que la teletipo lanzaba
el informe horario de la agencia Central News. Stormgren entró en la habitación
y hojeó desanimadamente el informe. En el otro extremo del mundo la Liga de la
Libertad había inspirado un encabezamiento no
muy original: ¿Está
el hombre gobernado
por monstruos? preguntaba el
periódico y seguía
con esta cita:
"Dirigiéndose al público
reunido
en Madrás el doctor C. V. Krishnan, presidente de la sección oriental de la
Liga de la Libertad, dijo: La explicación de la conducta de los superseñores es
muy simple. Su aspecto es tan extraño y repulsivo que no se atreven a mostrarse
ante los ojos de la humanidad. Desafío al supervisor a negar mis palabras.
Stormgren,
disgustado, arrojó lejos de sí las hojas del informe. Aun en el caso de que la
acusación fuese cierta, ¿qué importaba eso? La idea era muy vieja, pero nunca
le había preocupado. No creía que hubiera ninguna forma biológica, por más rara
que fuese, que él, Stormgren, no pudiese aceptar con el tiempo y hasta llegar a
encontrar hermosa. La mente, no el cuerpo, era lo importante. Si por lo menos
pudiese convencer a Karellen de esta verdad, los superseñores cambiarían de
opinión. No podían ser tan horribles como aparecían en los dibujos de los
periódicos.
Sin
embargo, como bien lo sabía
Stormgren, su ansiedad por asistir al fin de este estado de cosas no
nacía únicamente de la idea de librar a sus sucesores de algunos problemas. Era
bastante honesto como para confesárselo a sí mismo. En última instancia su
motivo principal era la simple curiosidad. Había llegado a admitir a Karellen
como una persona, y no
se sentiría satisfecho
hasta descubrir qué
clase de criatura
era el supervisor.
Cuando a
la mañana siguiente Stormgren no llegó a la hora acostumbrada, Pieter Van
Ryberg se sintió sorprendido y un poco molesto. Aunque el secretario general
solía hacer un cierto número de llamadas antes de llegar a su oficina, siempre
dejaba dicho algo. Esta mañana,
para empeorar las
cosas, había habido
varios mensajes urgentes
para Stormgren. Van Ryberg trató de localizarlo en media docena de
oficinas y al fin abandonó disgustado su búsqueda.
Al
mediodía se sintió alarmado y envió un coche a casa de Stormgren. Diez minutos
más tarde oyó, sobresaltado, el sonido de una sirena, y una patrulla policial
apareció en la avenida Roosevelt. Las
agencias noticiosas debían
de tener algunos
amigos en ese coche, pues mientras Van Ryberg observaba
cómo se acercaba la patrulla, la voz de la radio anunciaba al mundo que Pieter
Van Ryberg ya no era un simple asistente, sino secretario general interino de
las Naciones Unidas.
Si Van
Ryberg no hubiese tenido tantas preocupaciones hubiera podido entretenerse en
estudiar las reacciones de la prensa ante la desaparición de Stormgren. Durante
este último mes los periódicos terrestres se habían dividido en dos facciones.
La prensa occidental, en su conjunto, aprobaba el plan de Karellen de que
fuesen todos los hombres ciudadanos
del mundo. Los
países orientales, por
el contrario, mostraban
violentos, aunque
artificiales espasmos de
orgullo nacional. Algunos
de ellos no
habían sido
independientes sino
por poco más de una
generación, y sentían
que ahora se les
arrebataba el triunfo de las manos. La crítica a los superseñores era amplia y
enérgica: después de un corto período inicial de extremas precauciones la
prensa había descubierto rápidamente que podía afrontar a Karellen con todos
los extremos de la rudeza sin que nunca ocurriese nada. Ahora estaba
superándose a sí misma.
La
mayoría de estos ataques, aunque enunciados
en voz alta, no representaban la
opinión de la
mayoría del pueblo.
A lo largo
de las fronteras,
que muy pronto desaparecerían para
siempre, se habían
doblado las guardias;
pero los soldados
se miraban de reojo, con una aún inarticulada amistad. Los políticos y
los generales podían gritar y enfurecerse,
pero los silenciosos
y expectantes millones
sentían que - no
demasiado pronto - iba a cerrarse un largo y sangriento capítulo de la
historia.
Y ahora
Stormgren se había ido, nadie sabía adónde. El tumulto cesó de pronto, como
si el
mundo comprendiese que
había perdido al
único ser mediante
el cual los superseñores, por sus propios y extraños
motivos, hablaban con la Tierra. Una parálisis parecía haberse apoderado de los
comentaristas de la prensa y la radiotelefonía; pero en medio del silencio la
voz de la Liga de la Libertad proclamaba ansiosamente su inocencia.
Stormgren
despertó envuelto por unas sombras muy densas. Todavía soñoliento, no se
sorprendió. Luego, al recuperar totalmente la conciencia, se incorporó de un
salto, buscó la llave de la luz junto a su cama,
y tocó en la oscuridad un
muro de piedra, frío y desnudo. Se sintió helado de pronto,
con la mente y el cuerpo paralizados por el impacto de la sorpresa. Luego, sin
creer casi en sus sentidos, se arrodilló en la cama y comenzó a explorar con
las puntas de los dedos esa pared inesperadamente desconocida.
Estaba
recién entregado a esa tarea cuando de pronto se sintió un clic, y una parte de
la oscuridad se hizo a un lado. Stormgren alcanzó a distinguir la silueta de un
hombre, recortado contra la luz pálida del fondo. Enseguida la puerta se cerró
de nuevo, y las sombras volvieron a
su sitio. Todo
había sido tan
rápido que Stormgren
no había alcanzado a ver cómo era
su habitación.
Un
instante después, le cegó el resplandor de una poderosa linterna eléctrica. El
rayo le iluminó la cara, se detuvo allí un momento, y luego descendió.
Stormgren vio entonces que el techo no era más que una manta extendida sobre
unos toscos tablones.
Una
suave voz le habló desde
la oscuridad. Su inglés era excelente, pero con un acento que Stormgren no pudo
identificar al principio.
- Ah,
señor secretario. Me alegra que ya esté despierto. Espero que se encuentre muy
bien.
Había
algo en esa última frase que llamó la atención a Stormgren. La airada pregunta
que estaba a punto de hacer le murió en los labios. Miró fijamente las sombras
y dijo al fin con calma:
- ¿Cuánto
tiempo he estado inconsciente? El otro lanzó una risita.
- Varios
días. Nos prometieron que no habría complicaciones. Me alegro de que así sea.
En parte
para ganar tiempo, en parte para estudiar sus propias reacciones, Stormgren
sacó las
piernas fuera de
la cama. Llevaba
aún su pijama,
pero estaba ahora terriblemente arrugado y bastante
sucio. Sintió al moverse una ligera pesadez, no tanta como para sentirse
molesto, pero sí suficiente como para probarle que le habían administrado
alguna droga.
Se volvió
hacia la luz.
- ¿Dónde
estoy? - preguntó con una voz cortante - ¿Es esto obra de Wainwright?
- Por
favor, no se excite - replicó la sombría figura - Por ahora no hablaremos de
eso. Me imagino que sentirá hambre. Vístase y venga a comer.
El óvalo
de luz corrió por las paredes y Stormgren tuvo por primera vez una idea cabal
de las dimensiones del cuarto. Era apenas un cuarto en verdad, pues los muros
parecían de roca viva, toscamente tallada. Comprendió que estaba bajo tierra,
posiblemente a gran profundidad, Y si había pasado varios días inconsciente,
podía encontrarse en cualquier lugar del mundo.
La
linterna iluminó unas ropas apiladas sobre una valija.
- Esto le
bastará por ahora - dijo la voz desde la oscuridad -. El lavado es aquí un
verdadero problema, así que le hemos traído un par de sus trajes y una media
docena de camisas.
- Ha sido
usted muy considerado - dijo Stormgren con cierto humor.
- Lamentamos
la ausencia de
muebles y de
luz eléctrica. El
lugar es bastante conveniente, aunque es cierto que
carece de amenidad.
-
¿Conveniente para qué? - preguntó Stormgren mientras se ponía una camisa. El
contacto de la ropa familiar era curiosamente tranquilizador.
-
Conveniente, nada más - dijo la voz -. Y a propósito, ya que vamos a pasar
bastante tiempo juntos, será mejor que me llame Joe.
- A pesar
de su nacionalidad - replicó Stormgren -. Es usted polaco, ¿no es cierto? Creo
que podría pronunciar su verdadero nombre. No será peor que algunos nombres
fineses.
Hubo una
pequeña pausa, y la luz osciló un instante.
- Bueno,
podía esperarme esto - dijo
Joe resignadamente -.
Tiene usted mucha práctica en esta clase de cosas.
- Es un
entretenimiento bastante útil para un hombre como yo. Me parece que podría
asegurar que vivió usted en los Estados Unidos, pero que no dejó Polonia hasta
la edad de...
- Basta -
dijo Joe con firmeza -. Ya que ha terminado de vestirse...
La puerta
se abrió y Stormgren fue hacia la salida sintiéndose algo reconfortado con su
pequeña victoria. Mientras Joe se apartaba para dejarlo pasar, se preguntó si
su guardián estaría armado. Seguramente, y además tendría algunos amigos no muy
lejos.
El
corredor estaba débilmente iluminado por unas lámparas de aceite, y Stormgren,
por primera vez, pudo ver a Joe con
claridad. Era un hombre de unos cincuenta años, y pesaba quizá. más de cien kilos. Todo
en él era enorme, desde el manchado traje de faena, que podía pertenecer al
ejército de por lo menos doce países, hasta el asombroso anillo de sello que
llevaba en la mano izquierda. Un hombre de tales proporciones no necesitaba
llevar un arma. No sería difícil dar con él más tarde, ya fuera de aquí, pensó
Stormgren. Se sintió un poco deprimido al darse cuenta de que Joe no podía
ignorar este hecho.
Las
paredes del corredor, aunque a veces cubiertas de cemento, eran casi siempre de
roca viva. Se encontraban evidentemente en una mina abandonada, pensó.
Stormgren. Sería difícil encontrar una cárcel mejor. Hasta ahora su rapto no le
había preocupado mayormente. Había pensado que, pasase lo que pasase, los
inmensos recursos de los superseñores lo localizarían con rapidez y le
devolverían la libertad. Ahora no estaba tan seguro. Habían transcurrido varios días y no había pasado nada. Aun los
poderes de Karellen debían de tener un límite, y si estaba en verdad enterrado
en algún continente remoto, toda la ciencia de los superseñores sería impotente
para encontrarlo.
En la
habitación desnuda, pobremente iluminada, había otros dos hombres sentados a la
mesa. Cuando Stormgren
entró, alzaron los ojos con interés y hasta
con bastante respeto. Uno de ellos le alcanzó una bandeja de sándwiches
que Stormgren aceptó de buena gana. Aunque se sentía muy hambriento, hubiese
preferido una comida más interesante, pero era obvio que sus acompañantes no se
habían servido nada mejor.
Mientras
comía, Stormgren lanzó una rápida ojeada a los tres hombres. Joe era, sin
ninguna duda, el más notable de los tres, y no sólo por su tamaño. Los otros
eran evidentemente sus ayudantes... individuos
indescriptibles, cuyo origen
Stormgren descubrió en seguida tan pronto como los sintió hablar.
Le
sirvieron un poco de vino en un vaso bastante sucio, y Stormgren devoró el
último de los sándwiches. Sintiéndose más dueño de sí mismo, se volvió hacia el
enorme Joe.
- Bueno -
dijo distraídamente -, quizá pueda decirme ahora qué significa todo esto, y qué
espera obtener.
Joe
carraspeó.
- Quiero
dejar aclarado un punto - dijo el hombre -. Esto no tiene nada que ver con
Wainwright.
Wainwright se sorprenderá tanto como cualquiera.
Stormgren
había esperado algo parecido, pero se preguntó por qué Joe estaría confirmando
sus sospechas. Había imaginado, desde hacía mucho tiempo, la existencia de un
movimiento extremista en el interior - o en las fronteras - de la Liga de la
Libertad.
- Me
interesaría saber - inquirió - cómo me han raptado.
Stormgren
no esperaba que le respondiesen y quedó
sorprendido ante la rapidez, y hasta el
entusiasmo, con que el otro le contestó.
- Fue
todo como en una película de Hollywood - dijo Joe alegremente -. No estábamos
seguros de que Karellen
no estuviese vigilándolo,
así que tomamos
muchas precauciones. Lo desmayamos introduciendo gas en el
acondicionador de aire... Asunto sencillo. Luego lo llevamos al coche. Ninguna
dificultad. Todo esto, debo advertírselo, no fue hecho
por nuestra propia
gente. Alquilamos... este...
profesionales para hacer
el trabajo. Podían haber caído en manos de Karellen - en realidad
suponíamos que pasaría eso -, pero no se hubiera enterado entonces de nuestra
existencia. El auto dejó su casa y fue hacia un túnel situado a unos mil
kilómetros de Nueva York. Salió por el otro extremo del túnel llevando a un
hombre inconsciente, extraordinariamente parecido al secretario general. Poco
después un camión cargado de cajas metálicas salía en dirección opuesta y se
encaminaba hacia un aeropuerto donde cargaron las cajas en un aeroplano. Una
operación comercial perfectamente legítima. Estoy seguro de que los
propietarios de esas cajas se sentirían horrorizados al saber qué uso les
dimos.
"Mientras
tanto el auto que había iniciado el trabajo continuaba su evasivo viaje hacia
la frontera de Canadá. Quizá Karellen ya lo haya capturado. No lo sé ni me
importa. Como usted puede ver - y espero que aprecie mi franqueza - todo
nuestro plan dependió de una sola cosa. Estamos bastante seguros de que
Karellen puede oír y ver todo lo que pasa en la superficie del mundo, pero a
menos que utilice la magia, y no la ciencia, no podrá ver
bajo
tierra. Por lo tanto no se habrá enterado del cambio efectuado en el túnel, no
antes que fuese demasiado tarde. Naturalmente, corrimos un riesgo, pero tomamos
también algunas otras precauciones de las que prefiero no hablar. Quizá
tengamos que utilizarlas otra vez, y sería una lástima revelar ahora el
secreto.
Joe había
relatado su historia con una satisfacción tan evidente que Stormgren no pudo
evitar una sonrisa. Sin embargo, sintió también una gran preocupación. El plan
era muy ingenioso, y era bastante posible que hubiesen engañado a Karellen.
Stormgren no tenía la seguridad de que los superseñores ejerciesen sobre él
alguna especie de vigilancia protectora. Tampoco la tenía Joe, era indudable.
Quizá por eso se había mostrado tan franco;
quería estudiar las
reacciones de Stormgren.
Bueno, tenía que
aparentar confianza, cualesquiera que fuesen sus verdaderos
sentimientos.
- Tienen
que ser un atajo de tontos - dijo Stormgren desdeñosamente - si creen que van a engañar con tanta
facilidad a los superseñores. Y en cualquier caso ¿qué beneficio piensan
obtener con todo esto?
Stormgren
rehusó un cigarrillo. Joe encendió otro y se sentó en el borde de una silla. Se
oyó. un sospechoso crujido y el hombre se incorporó otra vez rápidamente.
-
Nuestros motivos - comenzó a decir - son bastante claros. Descubrimos que los
argumentos son inútiles, así que tuvimos que tomar otras medidas. Ya ha habido
varios movimientos secretos, y hasta Karellen, con todos sus poderes, no ha
podido dominarlos con facilidad. Vamos
a luchar por
nuestra independencia. No
interprete mal. No ejerceremos ninguna violencia física, al
principio por lo menos, pero recuerde que los superseñores tienen que usar a seres humanos como agentes.
Nosotros nos encargaremos de que
esa tarea sea bastante incómoda.
Y
empiezan conmigo, supongo,
pensó Stormgren. Se preguntó
si el otro le habría contado algo
más que una fracción de toda la historia. ¿Pensaban realmente que estos
métodos criminales llegarían
a influir en
Karellen? Por otra
parte era cierto
que un movimiento de
resistencia bien organizado
traería problemas muy
difíciles. Pues Joe había señalado con exactitud el punto
débil de la política de los superseñores. En última instancia todas sus órdenes
eran ejecutadas por seres humanos. Si se aterrorizase a los hombres hasta
llevarlos a la desobediencia, podría derrumbarse todo el sistema. Pero era sólo
una débil posibilidad. Stormgren
confiaba en que Karellen encontraría muy
pronto alguna solución.
-
¿Qué intentan hacer
conmigo? - preguntó Stormgren
al fin -. ¿Estoy
aquí como rehén?
- No se
preocupe. Lo vamos a cuidar. Dentro de unos días vendrán algunas visitas y
hasta entonces trataremos de entretenerlo del mejor modo posible.
Añadió
algunas palabras en su propio idioma y uno de los otros sacó un paquete de
naipes todavía sin abrir.
- Los
hemos comprado especialmente para usted - explicó Joe - Leí en el Times el otro
día que es usted un buen jugador de póker. - Su voz se hizo grave de pronto. -
Espero que tenga bastante dinero en su cartera - añadió con ansiedad - No la
hemos revisado. Después de todo nos sería difícil aceptar cheques.
Stormgren,
confuso, miró inexpresivamente a sus guardianes. Luego, mientras iba
comprendiendo la comicidad de la situación, le pareció sentir que le estaban
sacando de encima todos los cuidados y preocupaciones de su cargo. Todo quedaba
en manos de Ryberg. Cualquier cosa que ocurriese, él ya nada podía hacer. Y
ahora estos fantásticos criminales lo invitaban ansiosamente a jugar al póker.
De
pronto, alzó la cabeza y rió como no lo hacía desde muchos años atrás.
Era
indudable, pensó Van Ryberg -
malhumorado, que Wainwright decía la verdad. Podía tener
sus sospechas, pero
no sabía quién había
secuestrado a Stormgren. Ni siquiera
aprobaba el secuestro.
Van Ryberg suponía
que los extremistas
de la Liga habían tratado durante un tiempo de que
Wainwright adoptara una política más activa. Ahora estaban tomando el asunto
entre sus propias manos.
La
organización del secuestro había sido excelente. Stormgren podía estar en
cualquier lugar del mundo, y había muy pocas esperanzas de encontrarlo. Sin
embargo algo había que hacer, decidió Van Ryberg, y rápido. A pesar de sus
bromas ocasionales, Karellen lo aterrorizaba.
La idea de
comunicarse directamente con
el supervisor le
parecía espantosa, pero no había aparentemente otra alternativa.
Las
secciones de comunicación ocupaban todo el último piso del edificio. Hileras de
máquinas de imprimir, algunas silenciosas, otras sonoramente ocupadas, se
perdían en la distancia. De ellas brotaba un río infinito de estadísticas:
cifras de producción, censos, y toda la contabilidad del sistema económico de
la Tierra. Allá arriba, en algún lugar de la nave de Karellen, debía de
extenderse el equivalente de esta enorme habitación, y Van Ryberg se
preguntaba, mientras un estremecimiento le corría por la médula, qué móviles
sombras irían a recoger los mensajes terrestres.
Pero hoy
no tenía interés en estas máquinas ni en el trabajo de rutina que estaban
realizando. Fue hacia
la pequeña habitación
privada en la
que, se suponía,
sólo
Stormgren podía
entrar. Habían forzado
la cerradura y el jefe de comunicaciones ya estaba esperando.
- Es una
teletipo común - le dijo el hombre -, con el teclado de una máquina de
escribir. Hay también una máquina facsimilar, por si se deseara enviar alguna
información tabular, o alguna fotografía, pero me ha dicho usted que no va a
necesitarla.
Van
Ryberg asintió distraídamente.
- Eso es
todo, gracias - dijo - No espero estar aquí mucho tiempo. Luego vuelva a cerrar
y entrégueme las llaves.
Esperó a
que el jefe de comunicaciones se alejara y se sentó ante la teletipo. Era una
máquina, como Van Ryberg lo sabía, muy poco usada, ya que todos los asuntos
entre Karellen y Stormgren se discutían en las reuniones semanales. Como se
trataba en cierto modo de un circuito de emergencia, esperaba una respuesta
rápida.
Tras algunos
titubeos comenzó a
transcribir con dedos
inseguros su mensaje.
La máquina ronroneó serenamente y las palabras brillaron durante algunos
segundos en la pantalla oscurecida. Luego Van Ryberg se echó hacia atrás y
esperó la respuesta.
Había
pasado apenas un minuto, cuando la máquina comenzó nuevamente a zumbar. Van
Ryberg se preguntó, no por primera vez, si el supervisor dormiría en algún
momento.
El
mensaje era tan breve como desalentador.
NO HAY
INFORMACIÓN. DEJO EL ASUNTO ENTERAMENTE EN SUS MANOS. K. Con bastante amargura,
y sin ninguna satisfacción, Van
Ryberg comprendió cuánta
responsabilidad
había caído sobre él.
Durante
los últimos tres días Stormgren había estado estudiando atentamente a sus
guardias. Joe era el único importante. Los otros eran seres totalmente
prescindibles, la gentuza que suele merodear alrededor de los movimientos
ilegales. El ideal de la Liga de la libertad no tenía ningún significado para
ellos. Sólo les preocupaba una cosa: ganarse la vida con un mínimo de trabajo.
Joe era
indudablemente un individuo más complejo, aunque a veces le recordaba a
Stormgren un bebé excesivamente desarrollado. Las interminables partidas de
póker alternaban con violentas discusiones sobre política, y pronto fue
evidente para Stormgren que el enorme
polaco no había pensado
nunca con seriedad en la causa por la que estaba luchando. La emoción
y un extremo conservadurismo nublaban todos sus argumentos. La larga lucha por la independencia que había
sobrellevado su patria lo había
condicionado de tal
modo que Joe
vivía en otra
época. Era un
pintoresco
sobreviviente,
un ser completamente inútil dentro de un sistema ordenado. Si ese tipo de
hombre desapareciese, el mundo sería un lugar más seguro, pero menos
interesante.
No había
ninguna duda, por lo menos para Stormgren, de que Karellen no había podido
encontrarlo. Había tratado de alardear ante sus guardianes pero estos no se
convencían. Stormgren estaba seguro de que lo habían retenido para ver si
Karellen actuaba. Ahora que nada había ocurrido seguirían adelante con sus
planes.
No se
sorprendió cuando unos pocos días después Joe le dijo que esperaban visitas.
Durante el último
tiempo el grupo
había mostrado una
nerviosidad creciente, y el
prisionero sospechó que los líderes del movimiento, viendo que había pasado el
peligro, venían a buscarlo.
Estaban esperando,
reunidos alrededor de la desvencijada
mesita, cuando Joe le
indicó cortésmente que pasara al vestíbulo. A Stormgren le causó gracia
advertir que su carcelero llevaba ahora, muy ostentosamente, una enorme
pistola. Los dos compinches habían desaparecido, y hasta Joe parecía
intimidado.
Stormgren advirtió
en seguida que se encontraba
ante hombres de
mucho mayor calibre. El grupo le
recordó una fotografía de Lenin y sus compañeros en los primeros días de la
revolución rusa. Había en esos seis hombres la misma fuerza intelectual, la
misma férrea determinación, y la misma
dureza. Joe y sus cómplices eran inofensivos. Estos eran los verdaderos
cerebros de la organización.
Con un
breve movimiento de
cabeza Stormgren caminó
hacia la única
silla vacía tratando de revelar
cierto dominio de sí mismo. Mientras se acercaba, el más grueso de los hombres
sentado en el otro extremo de la mesa, se inclinó hacia adelante y clavó en él
unos ojos penetrantes
y grises. Stormgren
se sintió tan
incómodo que olvidó
sus propósitos y habló inmediatamente.
- Me
imagino que han venido ustedes a discutir mi situación. ¿Cuál es el precio de
mi rescate?
Advirtió que
en el fondo
del vestíbulo alguien
tomaba notas en
un cuaderno de taquigrafía. Todo tenía un aspecto muy
comercial.
El líder
replicó con un musical acento galés:
- Puede
usted plantearlo así, señor secretario. Pero no tenemos interés en el dinero,
sino en la información.
Ah, pensó
Stormgren, era un prisionero de guerra, y esto un interrogatorio.
- Ya sabe
cuáles son nuestros motivos - continuó el otro con su suave voz cantarina -
Llámenos, si quiere, un movimiento
de resistencia. Creemos que tarde o temprano la Tierra tendrá que luchar por su libertad,
pero comprendemos que esa lucha sólo puede
utilizar
métodos indirectos tales como la desobediencia y el sabotaje. Lo hemos raptado
en parte para mostrarle a Karellen que estamos decididos a todo, y bien
organizados; pero, principalmente, porque usted es el único hombre que puede
informarnos sobre los superseñores.
Es usted un
ser razonable, señor
secretario. Coopere con
nosotros y pronto lo pondremos en
libertad.
- ¿Qué
quieren saber con exactitud? - Preguntó Stormgren cauteloso, sintiendo que
aquellos ojos extraordinarios le horadaban la mente. Nunca había visto unos
ojos semejantes. Enseguida volvió a oírse aquella voz cadenciosa:
- ¿Sabe
usted qué o quiénes son realmente los superseñores? Stormgren casi sonrió.
- Créame
- dijo -. Estoy tan ansioso como usted por saberlo.
-
¿Entonces contestará nuestras preguntas?
- No hago
promesas. Pero trataré.
Hubo un
leve suspiro de alivio de parte de Joe, y un murmullo de expectación corrió
alrededor del vestíbulo.
-
Tenemos una idea general - continuó
el otro -, acerca de las
circunstancias que rodean su encuentro
con Karellen. Le
agradeceríamos que nos
las describiera con cuidado sin olvidar ningún detalle
importante.
Esto era
bastante inofensivo, pensó Stormgren. Lo había explicado ya centenares de
veces, y parecería que quería cooperar. Todas éstas eran inteligencias agudas y
quizá podrían descubrir algo
nuevo. Si llegaban
a adivinar algo
interesante se sentiría agradecido. Por el momento no creía
que su explicación pudiera dañar a Karellen.
Stormgren
buscó en sus bolsillos y sacó un lápiz y un sobre usado. Dibujando rápidamente
comenzó a decir:
- Usted
sabe, por supuesto, que una pequeña máquina
voladora, sin ningún medio
visible de propulsión, viene a buscarme a intervalos regulares y me lleva hasta
la nave de Karellen. Entra en el casco
y... usted ha visto sin duda los films telescópicos que se tomaron de esa operación. La puerta se abre de nuevo - Si eso puede
llamarse una puerta - y yo entro en un
cuartito donde hay una mesa, una silla y una pantalla. La distribución es más o
menos ésta.
Stormgren acercó
el plano hacia el viejo
galés, pero aquellos
ojos extraños no se volvieron hacia el sobre. Siguieron
fijos en el rostro del secretario. Mientras Stormgren los miraba, algo pareció
cambiar en el interior de esas pupilas. Un profundo silencio reinaba ahora en
el cuarto. Stormgren oyó que Joe, sentado a sus espaldas, lanzaba un hondo y
repentino suspiro.
Preocupado
y confuso, Stormgren volvió a mirar al galés, y entonces, lentamente,
comprendió. Aturdido, arrugó el sobre y lo dejó caer.
Ahora
comprendía por qué esos ojos grises le habían afectado de un modo tan raro. El
hombre era ciego.
Van
Ryberg no había tratado de comunicarse
otra vez con Karellen. Gran parte del trabajo de su departamento - la
transmisión de la información estadística, los resúmenes de la prensa mundial,
y otras cosas semejantes - habían continuado automáticamente. En París los
abogados estaban todavía discutiendo el proyecto de Constitución del Mundo,
pero eso, por el momento, no le preocupaba.
Faltaban dos semanas para terminar los últimos borradores,
de acuerdo con la fecha
indicada por el
supervisor. Si por
ese entonces el trabajo no estaba todavía listo, ya haría Karellen lo
que creyese más conveniente.
Y todavía
no había noticias de Stormgren.
Van
Ryberg se encontraba dictando un informe cuando el teléfono de emergencia
comenzó a sonar. Tomó el receptor y escuchó con una creciente sorpresa. En
seguida dejó. caer el aparato y corrió hacia la ventana. A lo lejos se elevaban unos gritos de asombro, y el tránsito estaba
deteniéndose en las calles.
Era
verdad. La nave de Karellen, aquel invariable símbolo de los superseñores, ya
no estaba en el cielo. Examinó el espacio, hasta donde le alcanzaba la vista, y
no vio ni una huella de la nave. Y luego, pareció como si la noche hubiese
caído de pronto. Desde el norte, con su vientre sombrío tan negro como una nube
de tormenta, la enorme nave volaba a baja altura sobre los rascacielos de Nueva
York. Involuntariamente, Van Ryberg se encogió como esquivando la embestida del
monstruo. Sabía que las naves de los superseñores eran realmente muy grandes;
pero contemplarlas en lo alto del cielo no era lo mismo que verlas pasar sobre
la propia cabeza como una nube de demonios.
Envuelto
por la oscuridad de ese eclipse parcial Van Ryberg siguió con los ojos puestos
en el horizonte hasta que la nave y su monstruosa sombra se perdieron en el
sur. No se oía ningún ruido, ni siquiera el silbido del aire y Van Ryberg
comprendió que la nave, a pesar de su aparente cercanía, había pasado por lo
menos a un kilómetro de altura. En seguida una ola de aire estremeció el
edificio. En alguna parte una ventana estalló hacia adentro, y se oyó el ruido
de unos vidrios rotos.
Todos los
teléfonos de la oficina habían comenzado a sonar, pero Van Ryberg no se movió.
Apoyado en el borde de la ventana, clavaba los ojos en el sur, paralizado por
la presencia del poder ilimitado.
Stormgren
hablaba con la impresión de que su mente recorría a la vez dos caminos
distintos. En uno de ellos desafiaba a los hombres que lo habían capturado, en
el otro esperaba que estos hombres lo ayudasen a descubrir el secreto de
Karellen. Era un juego peligroso. Sin embargo, y ante su sorpresa, estaba
gozando con ese juego.
El galés
ciego había dirigido casi todo el interrogatorio. Era fascinante ver cómo esa
mente ágil probaba una puerta tras otra, examinando y rechazando todas las
teorías abandonadas ya por Stormgren. Al fin se echó hacia atrás con un
suspiro.
- Así no
vamos a ninguna parte - dijo resignada. mente -. Necesitamos más hechos, y
estos requieren acción
y no discusiones. -
Los ojos ciegos
parecieron fijarse
pensativamente en el secretario. Luego, durante un momento, sus dedos
tamborilearon nerviosamente sobre la mesa. El primer indicio de inseguridad
advirtió Stormgren. Al fin el galés continuó: - Estoy un poco sorprendido, señor secretario, de que no haya tratado
usted de saber algo más acerca de Karellen.
- ¿Y qué
sugiere usted? - preguntó Stormgren fríamente, tratando de ocultar su interés
-. Ya
le he dicho
que ese cuarto
tiene una sola
salida... y que
esa salida conduce directamente a la Tierra.
- Me imagino
que seria posible
- reflexionó el otro - diseñar
algunos instrumentos capaces de
ayudarnos.
No soy
hombre de ciencia, pero el problema merece investigarse. ¿Si le devolvemos la
libertad colaborará con nosotros?
- De una
vez por todas - dijo Stormgren agriamente, aclaremos mi posición. Karellen está
trabajando por un mundo unido, y yo no voy a ayudar a quienes lo combaten. No
sé cuáles serán los propósitos del supervisor, pero creo que son buenos.
- ¿Qué
pruebas tiene usted?
- Todos
sus actos, desde que las naves aparecieron en el cielo. Lo desafío a que me
mencione uno solo que no haya resultado, en última instancia, beneficioso. -
Stormgren calló unos instantes dejando que su mente recorriera los sucesos de
los últimos años y al fin sonrió. - Si quiere usted una sola prueba de la
esencial... cómo diría... benevolencia de los superseñores, recuerde aquella
orden que lanzaron al mes escaso de su llegada prohibiendo la crueldad con los
animales. Si hubiese tenido hasta entonces alguna duda
sobre
Karellen esa orden la hubiese borrado del todo, aunque le aseguro que me costó
más preocupaciones que ninguna otra.
Esto era
apenas una exageración, pensó Stormgren. El incidente había sido en verdad
extraordinario, el primer indicio del odio que los superseñores sentían por la
crueldad. Ese odio, y su pasión por la justicia y el orden, parecían ser las
emociones que dominaban sus vidas... si uno podía juzgarlos por sus actos.
Y sólo
aquella vez se mostró Karellen enojado o al menos con la apariencia del enojo.
"Pueden matarse entre ustedes si les gusta - había dicho el mensaje,
"ese es un asunto que queda entre ustedes y sus leyes. Pero si matan,
salvo que sea para comer o en defensa
propia, a los animales con quienes
ustedes comparten el mundo...
entonces tendrán que responder ante mí".
Nadie
sabía exactamente la amplitud que podía tener este edicto o qué haría Karellen
para asegurar su cumplimiento. No hubo mucho que esperar.
La plaza
de toros estaba colmada cuando los matadores y sus acompañantes iniciaron su
desfile. Todo parecía normal. La brillante luz del sol chispeaba sobre los
trajes tradicionales, la muchedumbre, como tantas otras veces, alentaba a sus
favoritos. Sin embargo, aquí y allá algunos rostros estaban vueltos
ansiosamente hacia el cielo, hacia la lejana sombra de plata que flotaba a
cincuenta kilómetros por encima de Madrid.
Los
matadores habían ocupado ya sus lugares y el toro había entrado bufando en la
arena. Los flacos caballos, con las narices dilatadas por el terror, daban
vueltas a la luz del sol mientras sus jinetes trataban de que enfrentasen al enemigo.
Se dio el primer lanzazo - se produjo el contacto - y en ese momento se
oyó un ruido que jamás hasta entonces había sonado en la Tierra.
Era la
voz de diez mil personas que gritaban de dolor ante una misma herida; diez mil
personas que, al recobrarse de su sorpresa, descubrieron que estaban ilesos.
Pero aquel fue el fin de la corrida y en verdad de todas las corridas, pues la
novedad se extendió rápidamente. Es
bueno recordar que los aficionados
estaban tan confundidos que sólo
uno de
cada diez se
acordó de pedir
que le devolvieran
el dinero, y
que el diario londinense Daily
Mirror empeoró aún
más las cosas
sugiriendo que los
españoles adoptaran el cricket como nuevo deporte nacional.
- Quizá
tenga usted razón - replicó el viejo galés -. Posiblemente los motivos de los
superseñores son buenos, de acuerdo con sus puntos de vista, que a veces pueden
ser similares a los nuestros; pero son unos entrometidos. Nunca les pedimos que
viniesen a poner el mundo patas arriba, a destrozar ideales (sí, y naciones)
que tantos sacrificios costaron.
- Soy de
un pequeño país que ha tenido que luchar duramente por su libertad - replicó
Stormgren -. Sin embargo, estoy de parte de Karellen. Usted podrá molestarlo,
hasta oponerse al cumplimiento de sus
fines, pero al fin todo será igual. Creo que es usted sincero. Teme que la
tradición y la cultura de los pequeños países puedan desaparecer cuando el
Estado Mundial sea una realidad. Pero se equivoca. Aún antes que los
superseñores llegasen a la Tierra el Estado soberano ya estaba agonizando. Los
superseñores no han hecho más que
apresurar su fin. Nadie puede salvarlo ahora... y nadie tiene que tratar de
salvarlo.
No hubo
respuesta. El hombre sentado ante Stormgren no se movió ni habló. Se quedó
allí, inmóvil, con
los labios entreabiertos, y los
ojos ciegos ahora
sin vida. Los
otros parecían también petrificados, con unas posturas forzadas y
antinaturales. Con un gemido de horror Stormgren se incorporó y retrocedió
hacia la puerta. Y de pronto algo rompió el silencio.
- Un
hermoso discurso, Rikki. Gracias. Y ahora creo que podemos irnos.
Stormgren
giró sobre sus talones y clavó los ojos en el sombrío corredor. Una esfera de
metal, pequeña y lisa, flotaba a la altura de sus ojos; la fuente, sin duda
alguna, de las misteriosas fuerzas a que habían recurrido los superseñores. Era
difícil estar seguro, pero Stormgren creía oír un débil zumbido, como una
colmena de abejas en un somnoliento día de verano.
-
¡Karellen! ¡Gracias a Dios!¿Pero qué ha hecho usted?
- No se
preocupe. Todos están bien. Puede
llamarlo una parálisis, aunque es algo mucho más sutil. Están
viviendo mil veces más lentamente que de costumbre. Cuando nos hayamos ido no
sabrán qué pasó.
- ¿Los va
a dejar aquí hasta que llegue la policía?
- No.
Tengo un plan muy superior. Los dejaré en libertad.
Stormgren
se sintió aliviado de algún modo. Lanzó una mirada de despedida al cuartito y
sus helados ocupantes. Joe se sostenía en un pie, mirando estúpidamente el
vacío. De pronto Stormgren se echó a reír y se revisó los bolsillos.
- Gracias
por la hospitalidad, Joe - dijo -. Quiero dejarle un recuerdo.
Examinó
varias hojas de papel hasta que encontró los números que buscaba. Luego, en una
hoja razonablemente limpia, escribió cuidadosamente:
BANCO DE
MANHATTAN
Páguese a
Joe la suma de ciento treinta y cinco dólares y cincuenta centavos (135,50). R.
Stormgren.
Mientras
dejaba la hoja de papel al lado del polaco, oyó la voz de Karellen que
preguntaba:
- ¿Qué
está usted haciendo, exactamente?
- Los
Stormgren siempre pagan sus deudas. Los otros dos hacían trampa, pero Joe
jugaba con corrección. Por lo menos nunca lo sorprendí trampeando.
Stormgren
caminó hacia la puerta aliviado y alegre, como con cuarenta años menos. La
esfera de metal se apartó para dejarlo pasar. Pensó que se trataba de una
especie de robot. Eso explicaba que Karellen hubiese podido entrar en el túnel
subterráneo.
- Siga
derecho cien metros - dijo la esfera, con la voz de Karellen -. Luego doble
hacia la izquierda y recibirá nuevas instrucciones.
Stormgren se
adelantó con rapidez
aunque comprendía que
no había por
qué apresurarse. La esfera se quedó allí, suspendida en el corredor,
cubriéndole, quizá, la retirada.
Un minuto
después se encontró con una segunda esfera, que lo esperaba en un ramal del
corredor.
- Le
falta un kilómetro - dijo la esfera -. Conserve la izquierda hasta que volvamos
a vernos.
Seis
veces se encontró Stormgren con las esferas mientras caminaba hacia la salida.
Al principio se preguntó si el robot estaría adelantándosele. Luego pensó que
se trataba de un circuito de máquinas instalado en las profundidades de la
mina. A la salida, algunos guardianes formaban un grupo de increíble
estatuaria, vigilados por otra de las ubicuas esferas. En la falda de una loma,
a unos pocos metros, descansaba la máquina volante que llevaba a Stormgren a la
nave de Karellen.
Stormgren se
detuvo un momento,
parpadeando a la
luz del sol. Luego vio
las arruinadas maquinarias, y más lejos un camino abandonado que se
perdía entre unos montes. A unos pocos kilómetros de distancia un bosque muy
denso rozaba la base de los montes, y
mucho más allá
se podía ver
el agua brillante
de un extenso
lago. Stormgren sospechó que se encontraba en algún lugar de Sudamérica,
aunque no era fácil decir de dónde nacía esa impresión.
Mientras
subía a la máquina volante, lanzó una última mirada a los hombres helados.
Luego la puerta se cerró y Stormgren se dejó caer, con un suspiro de alivio, en
el asiento familiar.
Esperó un
rato, mientras recobraba el aliento, y luego emitió una expectante y única
sílaba:
- ¿Bien?
- Lamento
no haberlo rescatado antes. Pero usted comprenderá que era importantísimo que
se reuniesen todos los jefes.
- ¿Quiere
usted decir - balbuceó Stormgren - que supo siempre dónde estaba yo? Si lo
hubiese pensado...
- No se
apresure - dijo Karellen -. Por lo menos déjeme terminar.
- Muy
bien - dijo Stormgren sombríamente -, escucho.
Estaba
empezando a sospechar que había sido sólo un cebo en una trampa preparada de
antemano.
- Yo
tenía un... quizá "rastreador" es la palabra más apropiada... que lo
seguía a usted a todas partes - comenzó a decir Karellen -. Aunque sus últimos
amigos suponían correctamente que yo no podría seguirlo bajo tierra, logré
mantener el contacto hasta que lo metieron a usted en la mina. El traspaso en
el túnel fue algo ingenioso, pero cuando el primer automóvil dejó de reaccionar
el plan quedó al descubierto y volví a localizarlo a usted inmediatamente. Luego todo se redujo a esperar. Era indudable
que tan pronto como creyesen que
yo lo había
perdido, los jefes
vendrían a la
mina y podríamos capturarlos.
- ¡Pero
los dejó escapar!
-
Hasta ahora - continué
Karellen - yo no podía decir
quiénes eran, entre
los dos billones que habitan en este planeta, las verdaderas cabezas de
la organización. Ahora que han sido identificados podré seguir con facilidad
sus movimientos y estudiar detenidamente, si así lo deseo, todos sus actos.
Será mejor que meterlos en la cárcel. Si dejan de actuar traicionarán a sus
otros camaradas. Están totalmente neutralizados, y no lo ignoran. El rescate
les parecerá inexplicable, pues usted se habrá desvanecido ante ellos.
Los ecos
de aquella risa profunda llenaron la minúscula habitación.
- El asunto
parece una comedia,
pero tiene un
propósito muy serio.
Más que los hombres
de esta organización me importa el efecto
moral que esto ejercerá en otros
grupos.
Stormgren
se quedó callado unos instantes. No estaba totalmente satisfecho, pero
comprendía el punto de vista de Karellen, y ya no se sentía tan irritado.
- Lamento
tener que hacerlo en estos últimos días - dijo al fin -, pero voy a instalar
una guardia permanente en mi casa. Que
la próxima vez secuestren a Peter. A
propósito,
¿cómo se
ha portado?
- Lo he
observado con atención durante esta última semana sin mezclarme en sus asuntos.
En general ha llevado todo muy bien, pero no es hombre para ese puesto.
- Suerte
para él - dijo Stormgren, aún un poco molesto -. Y a propósito, ¿le ha llegado
algún mensaje de sus superiores... acerca de esa ocultación? He visto que sus
enemigos se apoyan principalmente en ese argumento. "Nunca
creeremos en los superseñores
hasta que se muestren en público" me decían, una y otra vez.
Karellen
suspiró.
- No. No
he recibido nada. Pero ya sé cuál será la respuesta.
Stormgren,
como otras veces, no insistió; pero se le ocurría que ahora podía esbozar
un plan. Recuerdo
las palabras del
galés. Sí, quizá
podían inventar algunos instrumentos...
Se había
rehusado ante la presión de aquellos hombres, y ahora lo intentaría quizá
voluntariamente.
4
Nunca se
le hubiera ocurrido a Stormgren, aun unos pocos días antes, que hubiese
podido considerar seriamente
la acción que
estaba planeando. Ese
melodramático y ridículo rapto,
que ahora le parecía un folletín de televisión de tercera categoría, era
probablemente una de
las causas principales
de su cambio
de opinión. Stormgren, enemigo hasta de las batallas
verbales de la sala de conferencias, había estado expuesto por primera vez a la
violencia física. El virus debía de haberle contaminado la sangre, o
simplemente estaba acercándose con demasiada rapidez a la segunda infancia.
Motivos
también muy importantes eran su curiosidad y la determinación de devolver el
golpe. Indudablemente lo habían utilizado como cebo, y aunque la mejor de las
razones hubiese guiado a Karellen, Stormgren no estaba dispuesto a perdonarlo
en seguida.
Pierre
Duval no se sorprendió cuando Stormgren entró en su oficina sin anunciarse.
Eran viejos amigos y nada tenía de raro que el secretario visitase
personalmente al jefe del departamento científico. Si Karellen, o algún
subordinado, apuntase sus instrumentos de vigilancia hacia esta determinada
oficina no tendría, en verdad, por qué sorprenderse.
Los dos
hombres hablaron un rato de generalidades e hicieron algunos comentarios
políticos. Al fin, Stormgren se decidió a encarar la cuestión. El viejo francés
se reclinó en su silla y mientras su
visitante hablaba las cejas
se le fueron levantando milímetro
a milímetro hasta confundírsele casi con la melena. Una o dos veces
estuvo a punto de interrumpir a Stormgren, pero lo pensó mejor y continuó
escuchando en silencio.
Cuando
Stormgren terminó, el hombre de ciencia miró con nerviosismo a su alrededor.
- ¿Crees
que nos estará escuchando? - preguntó.
- No. No
creo que sea posible. Me protege algo que Karellen llama un rastreador. Pero no
funciona bajo tierra. Ese es uno de los motivos por los que he venido a verte a
este sótano tuyo. Se supone que está protegido contra toda clase de
radiaciones, ¿no es así? Bueno, Karellen no es un mago. Sabe dónde estoy, pero
nada más.
- Ojalá
tengas razón. Pero, aparte de eso, ¿no habrá dificultades cuando Karellen
descubra tus intenciones? Pues las descubrirá, lo sabes muy bien.
- Correré
ese riesgo. Además, nos entendemos bien.
El físico
jugueteó con su lápiz y se quedó mirando un rato el vacío.
- Es un
bonito problema. Me gusta - dijo simplemente. Buscó luego en un cajón y sacó un
enorme bloc de papel. Stormgren nunca había visto otro más grande.
- Bueno -
comenzó a decir Duval, garrapateando furiosamente en una especie de taquigrafía
privada -. Tengo que conocer todos los pormenores. Háblame de ese cuarto
en el
que celebran las
entrevistas. No omitas
ningún detalle, por
más trivial que te
parezca.
- No hay
mucho que decir.
Es de metal,
y tiene unos ocho
metros cuadrados de superficie, por cuatro de altura. La
pantalla tiene un metro de ancho y delante hay un escritorio... Mira, será mejor
que te lo dibuje.
Stormgren
trazó un rápido esbozo del cuartito y le pasó el dibujo a Duval. Estremeciéndose
ligeramente recordó la última vez que había hecho un movimiento semejante. Se preguntó
qué habría ocurrido con el galés
ciego y sus socios, y cómo habrían reaccionado cuando descubrieron que él,
Stormgren, había desaparecido.
El
francés estudió el dibujo frunciendo el ceño.
- ¿Y eso
es todo lo que puedes decirme?
- Sí.
Duval
bufó disgustado.
- ¿Qué
hay de la luz? ¿Estás en una total oscuridad? ¿Y qué pasa con la ventilación,
la temperatura...?
Stormgren
sonrió ante esa explosión familiar.
- El
cielo raso es luminoso, y creo que el aire entra por la rejilla del altavoz. No
sé por dónde sale. Quizá de cuando en cuando cambia la dirección de la
corriente. No lo he notado. No hay señales de un aparato de calefacción, pero
la temperatura es siempre normal.
- Eso
quiere decir, supongo,
que el vapor de agua se ha condensado, pero no el anhídrido carbónico.
Stormgren
trató de sonreír.
- Creo
que te lo he dicho todo - concluyó - En cuanto a la máquina que me lleva hasta
Karellen, tiene tan poco carácter como la caja de un ascensor. Sin la silla y
la mesa bien podría ser eso.
Hubo un
silencio de varios minutos mientras el físico adornaba su lápiz con minuciosos
y microscópicos mordiscos. Stormgren se preguntó, observándolo, cómo un hombre
como Duval, de mente mucho más brillante que la suya, no había alcanzado un
puesto más alto en el mundo de la ciencia. Recordó una frase malévola y
probablemente inexacta, de un amigo
del Departamento de
Estado: "Los franceses
producen los más
grandes segundones del mundo". Duval era una prueba de esa
aseveración.
El físico
sonrió satisfecho, se inclinó hacia adelante y apunto con su lápiz a Stormgren.
- ¿Qué te
hace pensar, Rikki - preguntó -, que la pantalla de Karellen sea realmente una
pantalla?
- Siempre
me pareció eso. Es exactamente igual a una pantalla. ¿Qué otra cosa podía ser
por otra parte?
- Cuando
afirmas que se parece a una pantalla quieres decir, ¿no es cierto?, que se
parece a una pan. talla de las nuestras.
- Claro.
- Eso me
parece sospechoso. No creo que los superseñores usen algo tan tosco como una
pantalla. Probablemente materializan las imágenes directamente en el espacio. Y
además ¿por qué va a usar Karellen un sistema de televisión? La solución más
simple es siempre la más adecuada. ¿No te parece mucho más probable que tu
"pantalla" sea sólo una hoja de vidrio?
Stormgren
sintió tanta vergüenza que guardó silencio unos instantes, rememorando el
pasado. Nunca había dudado de la historia narrada por Karellen. Pero ahora que
miraba hacia atrás, ¿cuándo le había dicho el supervisor que estaba usando un
sistema de TV? Le habían tendido una trampa psicológica, y él, Stormgren, había
caído inocentemente. Admitiendo, es claro, que Duval no se equivocaba. Pero ya
estaba otra vez, sacando conclusiones. Aún nadie había probado nada.
- Si
tienes razón - dijo -, basta romper el vidrio. Duval suspiró.
- ¡Estos
salvajes! ¿Crees que podrás romper, ese material sin explosivos? Y si tuvieras
éxito ¿supones que Karellen respira el mismo aire que nosotros? No será muy
bonito para ambos si vive en una atmósfera de cloro.
Stormgren
se sintió un poco tonto. Podía haber pensado en eso.
- Bueno,
¿qué sugieres? - preguntó algo exasperado.
- Tengo
que pensarlo. Es necesario descubrir ante todo si mi teoría es correcta, y si
lo es, averiguar de qué material es la pantalla. Encargaré ese trabajo a dos de
mis hombres. A propósito, tú llevas un portafolios cuando vas a visitar a
Karellen. ¿Es ése que tienes ahí?
- Si.
-
Alcanzará. No tenemos que llamar la atención cambiándolo por otro, sobre todo si
Karellen
está acostumbrado a verlo.
- ¿Qué
quieres que haga? - preguntó Stormgren -. ¿Que lleve conmigo un aparato de
rayos X?
El físico
sonrió con una mueca.
- No lo
sé todavía, pero pensaremos en algo. Te avisaré dentro de quince días. - Duval
se rió. - ¿Sabes qué me recuerda todo esto?
- Si -
respondió en seguida Stormgren -, la época en que fabricabas aparatos ilegales
de radio, durante la ocupación alemana.
Duval
pareció decepcionado.
- Bueno,
supongo que alguna vez he hablado de eso. Pero hay otra cosa.
- ¿De qué
se trata?
- Cuando
te capturen, yo no sabré nada.
- Pero
cómo, ¿después de hablar tanto acerca de la responsabilidad de los inventores?
Realmente, Pierre, me avergüenzas.
Stormgren
dejó caer el pesado informe con un suspiro de alivio.
- Gracias
a Dios ya está listo - dijo - Es raro pensar que estos pocos centenares de
páginas encierren el
futuro de la
humanidad. ¡El Estado
mundial! Nunca pensé
que llegaría a verlo.
Metió el
informe en su portafolios. El fondo no estaba a más de diez centímetros del
rectángulo oscuro de la pantalla. De vez en cuando sus dedos jugueteaban con
las cerraduras en una semiconsciente y nerviosa
reacción. Pero no tenía el
propósito de apretar la llavecita hasta
que la reunión hubiese terminado. Era posible que todo saliese mal. Aunque
Duval había jurado que Karellen no sospecharía nada, no se podía estar seguro.
- Bueno,
me ha dicho usted que tenía algunas novedades - continuó Stormgren con una
impaciencia mal disimulada - Se trata de...
- Sí -
dijo Karellen - Recibí una respuesta hace unas pocas horas.
¿Qué
quería decir con eso? se preguntó Stormgren. No era posible indudablemente que
el supervisor se hubiera comunicado ya con su distante morada, a través de esos
innumerables años-luz. O quizá - de
acuerdo con la teoría de Van Ryberg - se habla limitado a consultar una enorme
máquina computadora, capaz de predecir
las consecuencias de cualquier acto político.
- No creo
- continuó Karellen - que la Liga de la Libertad y sus asociados se sientan muy
satisfechos, pero ayudará a reducir la tensión. No registraremos esto.
"Me
ha dicho usted muy a menudo, Rikki, que la raza humana se acostumbraría muy
pronto a nosotros, no importa cual fuese nuestro aspecto físico. Eso demuestra
que le falta a usted imaginación. Sería así, probablemente, en su caso, pero
tiene que recordar que la mayor parte del mundo no está todavía bastante
educada y que los prejuicios y supersticiones que la dominan sólo desaparecerán
dentro de varias décadas.
"Admitirá
usted que algo conocemos de psicología humana. Sabemos, con bastante exactitud,
qué pasaría si nos reveláramos hoy al mundo. No puedo entrar en detalles, ni
con usted, así que tiene que aceptar la verdad de este análisis. Podemos, sin
embargo, hacer una promesa definida, que le dará alguna satisfacción: Dentro de
cincuenta años - de aquí a dos generaciones - saldremos de nuestras naves y la
humanidad nos verá al fin tal cual somos.
Stormgren guardó
silencio durante un
rato, asimilando las
palabras del supervisor. Sentía muy poco de esa
satisfacción que le hubiesen causado en otro tiempo las palabras de Karellen.
En realidad, hasta estaba un poco confundido por su éxito parcial, y durante un
instante casi dejó de lado su proyecto. La verdad llegaría con el paso de los
años. Todo este complot era inútil y quizá muy poco prudente. Si lo llevaba a
cabo, sería sólo por la egoísta razón de que dentro de medio siglo él,
Stormgren, ya no existiría.
Karellen
debió de advertir su irresolución, porque continuó:
- Lamento
desilusionarlo, pero al menos no será usted responsable de los problemas
políticos del futuro. Quizá aún piense usted que nuestros temores son
infundados; pero créame, hemos comprobado que sería muy peligroso seguir otro
camino.
Stormgren
se inclinó hacia adelante, respirando pesadamente.
-
¡Entonces el hombre los vio alguna vez!
- No
diría eso - respondió Karellen rápidamente -. No hemos supervisado solamente
este planeta.
Pero
Stormgren no se daba por vencido con tanta facilidad.
- Hay
muchas leyendas que sugieren que la Tierra ha sido visitada ya por otras razas.
- Lo sé.
He leído el informe del departamento de
Investigaciones Históricas. Parece como
si este mundo fuese el cruce de carreteras del universo.
- Quizá
ustedes no se enteraron de algunas de esas visitas - dijo Stormgren insistiendo
aún ansiosamente -. Aunque como nos observan desde hace mucho tiempo, es poco
verosímil.
- Supongo
que sí - replicó Karellen con una voz muy poco alentadora. En ese momento
Stormgren tomó su decisión.
-
Karellen - dijo de
pronto -, redactaré la declaración y se
la enviaré para que la
apruebe. Pero me
reservo el derecho
de seguir molestándolo, y si veo
alguna oportunidad, haré lo que pueda para descubrir su secreto.
- Me doy
cuenta perfectamente - replicó el supervisor con una leve risita.
- ¿Y no
le importa?
- En lo
más mínimo. Aunque le prohíbo usar armas nucleares, gases venenosos o cualquier
otra cosa que pueda estropear nuestra amistad.
Stormgren
se preguntó si Karellen habría sospechado algo. Detrás de esa broma había
creído advertir un tono de comprensión, o quizá - ¿quién podría decirlo? - aun
de aliento.
- Me
alegra saberlo - replicó Stormgren con toda la tranquilidad de que fue capaz. -
Se
incorporó, cerrando al mismo tiempo la cubierta de su portafolios. Deslizó el
pulgar a lo largo de la correa.
-
Redactaré la declaración en seguida
- repitió - y se la enviaré más
tarde por el teletipo. -
Mientras
hablaba apretó el botón, y comprendió que todos sus temores habían sido
infundados. Los sentidos
de Karellen no
eran más sutiles
que los de un
hombre. El supervisor no había
advertido nada, pues se despidió, y pronunció las palabras familiares que
abrían la puerta del cuarto con la misma voz de siempre.
Sin
embargo, Stormgren se sentía como un ratero que sale de una tienda observado
por un detective. Cuando la lisa pared se cerró a sus espaldas, lanzó un
suspiro de alivio.
- Admito
- dijo Van Ryberg - que algunas de mis teorías no han sido muy felices. Pero
dígame lo que piensa de ésta.
- ¿Es
necesario? - suspiró Stormgren. Pieter no lo oyó.
- No es
una idea mía realmente - dijo con modestia - La saqué de un cuento de
Chesterton. Suponga que los superseñores
estén ocultando el hecho de que no tienen nada que ocultar.
- Un poco
complicado, me parece - dijo Stormgren comenzando a interesarse.
- Lo que
quiero decir es esto - continuó Van Ryberg con entusiasmo - Creo que
físicamente son seres humanos como nosotros. Han comprendido que toleraríamos
que nos gobernasen unas criaturas... bueno, extrañas y superinteligentes. Pero,
tal como es, la raza humana no admitiría ser manejada por seres de su misma
especie.
- Muy
ingeniosa, como todas sus teorías - dijo Stormgren -. Me gustaría que las
enumerase, así yo podría recordarlas mejor. Las objeciones a ésta...
Pero en
aquel momento entraba Wainwright.
Stormgren se
preguntó qué estaría
pensando. Se preguntó
también si Wainwright habría tenido
algún contacto con
los hombres de
la mina. Lo
dudaba, pues tenía
la seguridad de que Wainwright se oponía genuinamente a toda forma de
violencia. Los extremistas del movimiento se habían desacreditado totalmente, y
había pasado mucho tiempo sin que el mundo hubiese oído hablar de ellos.
El jefe
de la Liga de la Libertad escuchó cuidadosamente mientras Stormgren le leía el
anuncio. Stormgren esperaba que Wainwright apreciara este gesto, que había sido
idea de Karellen. El mundo conocería la promesa que los superseñores hacían a
los nietos de los hombres actuales sólo doce horas después.
-
Cincuenta años - dijo Wainwright pensativamente -. Es mucho tiempo para
esperar.
- Para la
humanidad quizá, pero no para Karellen - respondió Stormgren.
Sólo
ahora comenzaba a comprender la sutileza de la solución ofrecida por los
superseñores. Se tomaban el tiempo que creían necesario, y privaban de su base
a la Liga de la
Libertad. Stormgren no
creía que la
Liga capitulara, pero
su posición se debilitaría muchísimo. Era indudable que
Wainwright no pensaba otra cosa.
- En
cincuenta años - dijo el hombre amargamente - el daño estará hecho. Aquellos
que aún recuerdan nuestra independencia habrán desaparecido; la humanidad habrá
olvidado sus tradiciones.
Palabras,
palabras vacías, pensó Stormgren. Palabras por las que los hombres habían
luchado y habían muerto, y por las que nunca volverían a luchar y a morir otra
vez. Y el mundo sería mejor así.
Mientras
veía alejarse a Wainwright, Stormgren se preguntó cuánto daño haría aún la
Liga de
la Libertad. Pero
ése, pensó aliviado,
era un problema
que concernía a su
sucesor.
Había
algunas cosas que sólo el tiempo podría curar. Era posible destruir la maldad,
pero nada podía hacerse con los que vivían engañados.
- Aquí
está tu portafolio - dijo Duval -. Intacto.
- Gracias
- respondió Stormgren, examinándolo cuidadosamente -. Ahora espero que me digas de qué se trata
y qué nos queda todavía por hacer.
El físico
parecía más interesado en sus propios pensamientos.
- Lo que
no puedo comprender - dijo - es lo fácil que ha resultado todo. Si yo fuese
Karellen...
- Pero no
lo eres. Vamos, al asunto ¿Qué hemos descubierto?
- ¡Ay,
estas excitables y supersensitivas razas nórdicas! - suspiró Duval - Hemos
usado un aparato de radar de baja potencia. junto con las ondas de radio de
frecuencia muy alta, utilizamos las infrarrojas... en
fin, todas las
ondas que deben
de ser invisibles
para cualquier criatura, aun aquellas dotadas de ojos muy raros.
- ¿Cómo
puedes estar seguro? - preguntó
Stormgren, interesándose a pesar de sí mismo en aquel problema
técnico.
-
Bueno... no podemos estar completamente
seguros - admitió Duval con desgano - Pero Karellen te ve bajo una luz
normal, ¿no es as¡? Así que sus ojos, con relación al espectro, tienen
que ser parecidos
a los ojos
de los terrestres.
De todos modo,
dio resultado. Hemos comprobado que detrás de esa pantalla hay una gran
habitación. La pantalla tiene unos tres centímetros de espesor, y el espacio
que se extiende al otro lado tiene por lo menos unos diez metros de longitud.
No pudimos recoger ningún eco de esa distante
pared, ya que usamos un radar de
muy poca potencia. Sin embargo, hemos obtenido esto.
Duval
mostró un trozo de papel fotográfico en el que se veía una simple línea
ondulada. En un punto la línea se torcía levemente como la gráfica de un débil
terremoto.
- ¿Ves
esa irregularidad?
- Sí,
¿qué es?
-
Karellen.
- ¡Dios
mío! ¿Estás seguro?
- Podemos
suponerlo. Está sentado, o de pie, o de cualquier otro modo, a dos metros de la
pantalla. Si hubiésemos obtenido
un registro mejor hasta
podríamos calcular su tamaño.
Los
sentimientos de Stormgren eran algo confusos mientras observaba aquella leve
inflexión de la línea. Hasta ahora no había podido saber si el cuerpo de
Karellen era de naturaleza material. La evidencia era todavía indirecta, pero
la aceptó sin más dudas.
- También
hemos calculado - dijo Duval - la transparencia de la pantalla con relación a
una luz común. Creo que tenemos una idea bastante exacta. De todos modos no
importa. El error no puede ser muy grande. Ya comprenderás, es claro, que esos
vidrios transparentes por una cara y opaca por la otra no existen en realidad.
Se trata sólo de un modo de arreglar las luces. Karellen se sienta en una
habitación a oscuras, tú en una iluminada. Eso es todo. Duval rió entre
dientes. - Bueno, vamos a cambiar eso.
Con los
ademanes de un mago que hace aparecer una camada de conejos, Duval se inclinó
sobre el escritorio y extrajo de un cajón una linterna enorme. Uno de los
extremos terminaba en una cabeza. El aparato parecía un trabuco.
Duval
sonrió mostrando los dientes.
- No es
tan peligrosa como parece. Sólo tienes que apuntar la boca hada la pantalla y
apretar el gatillo. La linterna lanza un rayo de luz muy poderoso que dura unos
diez segundos. Ese tiempo te basta para
que ilumines toda la habitación. La luz pasará a través de la pantalla e
iluminará magníficamente a tu amigo.
- ¿No le
hará daño a Karellen?
-
Será mejor que
primero apuntes hacia
abajo. Así se le irán
adaptando los ojos. Supongo que tiene reflejos como
nosotros, y no hay por qué dejarlo ciego.
Stormgren
miró el arma con ciertas dudas y la tomó en la mano. Durante estas últimas
semanas la conciencia había estado molestándolo bastante. Karellen lo había
tratado siempre con mucho cariño, a pesar de su ocasional y abrumadora
franqueza, y ahora que se acercaban al fin no quería que nada estropease
aquella amistad. Pero el supervisor ya había sido advertido, y Stormgren estaba
seguro que, si de Karellen dependiese, ya se hubiese mostrado ante él. Ahora la
decisión quedaba en sus propias manos. Cuando la última sesión estuviese
concluyendo, Stormgren vería la cara de Karellen.
Siempre,
es claro, que Karellen tuviese cara.
El
nerviosismo que Stormgren había sentido en un comienzo ya se había desvanecido.
Karellen hablaba casi
continuamente,
entretejiendo las intrincadas
frases que se complacía en usar. En un tiempo éste le
había parecido a Stormgren uno de los más asombrosos, y ciertamente el más
inesperado, de los dones de Karellen. Ahora ya no le parecía tan maravilloso,
pues sabía que, como casi todas las habilidades del supervisor, se debía más a
una inteligencia muy desarrollada que a un talento especial.
Cuando
Karellen daba a sus pensamientos la
lentitud del lenguaje de los hombres, poco le costaba adornarlos con cierto
brillo literario.
- No es
necesario que usted o sus sucesores se preocupen indebidamente por las
actividades de la
Liga de la
Libertad, ni siquiera
cuando se recobre
de su actual decaimiento. Ha estado muy tranquila
durante este último mes, y aunque volverá a revivir, no representará ningún
verdadero peligro. Al contrario,
como es siempre conveniente saber qué hacen nuestros
enemigos, la Liga no deja de ser una institución muy útil. Si llegara a tener
dificultades financieras creo que tendríamos que subvencionarla.
Stormgren nunca
sabía bien en qué momento
bromeaba Karellen. Se
mantuvo impasible y siguió escuchando.
- Muy
pronto la Liga perderá otro de sus argumentos. Se ha criticado mucho, a veces
de un modo muy infantil, la posición especial que ha tenido usted durante estos
últimos años. En los primeros días de mi administración me pareció inevitable,
pero ahora que el mundo ya está casi organizado, adoptaré otra política. En el
futuro, todas mis relaciones con la Tierra serán indirectas y la oficina del
secretario general podrá volver a su forma anterior.
"Durante
los próximos cincuenta años habrá muchas crisis, pero pasarán. La estructura
del futuro es bastante clara, y un día, aun una raza como la suya, que tiene
recuerdos tan remotos, habrá olvidado todas estas dificultades.
Las
últimas palabras fueron pronunciadas con un énfasis tan particular que
Stormgren se quedó helado en su asiento. Karellen, estaba seguro, nunca caía en
un desliz; sus indiscreciones estaban calculadas en todos sus detalles. Pero no
hubo tiempo para hacer preguntas - que
indudablemente no obtendrían
respuesta -. El
supervisor ya estaba hablando de otra cosa.
- Muy a
menudo ha tratado usted de saber cuáles eran mis planes a largo plazo -
continuó Karellen -. La fundación del Estado mundial es, por supuesto, sólo el primer escalón. Usted llegará a
verlo; pero el cambio será tan imperceptible que muy pocos se darán cuenta.
Luego sobrevendrá un período de lenta consolidación, durante el cual los
hombres se prepararán para recibirnos. Y luego llegará ese día. Lamento que
usted no vaya a estar allí.
Stormgren, con los ojos
muy abiertos, miraba
más allá de la oscura
barrera de la pantalla. Estaba
mirando el futuro, imaginando el día que nunca iba a ver, cuando las grandes
naves de los superseñores bajasen al fin a la Tierra y abriesen sus puertas
ante el mundo expectante.
- Ese día
- siguió diciendo Karellen -, la raza humana experimentará lo que sólo puede
llamarse una discontinuidad psicológica. Pero no se producirá realmente ningún
daño. Seremos parte de sus vidas, y cuando se encuentren con nosotros no les
pareceremos... extraños... como les pareceríamos a ustedes.
El
supervisor no se había mostrado nunca tan contemplativo, pero Stormgren no se
sorprendió. No creía haber conocido más que unos pocos rasgos del carácter de
Karellen. El verdadero Karellen era un ser desconocido - y quizá incognoscible
- para las mentes humanas. Y Stormgren sintió una vez más que los verdaderos
intereses del supervisor estaban en otra parte, y que gobernaba la Tierra con
sólo una fracción de su mente, con tan poco esfuerzo como el que un maestro del
ajedrez tridimensional emplea en jugar una partida de damas.
- ¿Y
después? - preguntó Stormgren suavemente.
-
Entonces comenzará nuestro verdadero trabajo.
- Me he
preguntado muchas veces qué trabajo será ése. Ordenar nuestro
planeta, civilizar la raza humana, son sólo medios... Tienen ustedes que
tener un fin. ¿Podremos salir al espacio y ver otros mundos y hasta quizá
colaborar con ustedes?
- Puede
usted explicarlo de ese modo - dijo Karellen, y hubo en su voz una clara y sin
embargo inexplicable nota de tristeza que perturbó singularmente a Stormgren.
- Pero
suponga que al fin su experimento fracase. En nuestras relaciones con las razas
primitivas nos ocurrió algo parecido. Seguramente han tenido ustedes sus
fracasos.
- Sí - dijo
Karellen tan débilmente
que Stormgren apenas
lo oyó -. Hemos
tenido nuestros fracasos.
- ¿Y qué
hacen entonces?
-
Esperamos... y probamos de nuevo.
Hubo una
pausa que duró quizá cinco segundos. Cuando Karellen volvió a hablar, sus
palabras fueron tan inesperadas que durante un instante Stormgren no reaccionó.
- ¡Adiós,
Rikki!
Karellen le
había tendido una
trampa. Quizá era
ya muy tarde.
La parálisis de Stormgren duró sólo un momento. En
seguida, con un movimiento rápido, bien ensayado, encendió la linterna y la
apretó contra el vidrio.
Los pinos
llegaban casi a la orilla del agua, dando paso a una estrecha franja de hierba
de unos pocos metros de ancho. Todas las noches, cuando aún hacía bastante
calor, Stormgren, a pesar de sus noventa años caminaba rápidamente a lo largo
de esta franja de hierbas hasta el desembarcadero, y observaba cómo el sol se ponía sobre el
lago.
Luego,
antes que el viento frío se levantara desde el bosque, volvía a su casa. Este
rito sencillo le proporcionaba una gran satisfacción, y esperaba repetirlo
mientras le durasen las fuerzas.
Allá
lejos, sobre el lago, algo venía desde el oeste, volando a baja altura y a gran
velocidad. Los aeroplanos eran raros en esta región. Sólo las líneas
transpolares pasaban por allá arriba a toda hora, de día y de noche. Pero nada
se advertía de su presencia, salvo
una ocasional estela
de vapor que
atravesaba el azul
de la estratosfera.
Esta máquina era un pequeño helicóptero, y estaba viniendo hacia él con
una innegable determinación. Stormgren miró a lo largo de la playa Y vio que era
imposible escapar. Se encogió de hombros y se sentó en el banco de madera, en
la punta del muelle.
El
periodista se mostró tan deferente que Stormgren se sorprendió. Había olvidado
que no era sólo un viejo estadista sino casi un mito.
- Señor
Stormgren - comenzó a decir el intruso -, lamento molestarlo; pero quisiéramos
hacerle una pregunta sobre algo que acabamos de saber. Se trata de los
superseñores.
Stormgren frunció
levemente el ceño.
Después de tantos
años aún compartía
el desagrado de Karellen por esa palabra.
- No creo
- dijo - que pueda añadir mucho a lo que ya se ha escrito. El periodista lo
observaba con mucha curiosidad.
- Creo
que podría. Ha llegado recientemente a
nosotros una historia bastante rara. Parece que, hace unos treinta años, uno
de los técnicos del departamento científico construyó para usted un equipo
notable. ¿Qué puede decirnos sobre ese asunto?
Stormgren
guardó silencio mientras rememoraba aquellos días. No era raro que se
hubiese descubierto el secreto.
Al contrario, le sorprendía que no
se hubiese sabido antes.
Se
incorporó y echó a caminar a lo largo del muelle. El periodista lo seguía a
unos pasos de distancia.
- La
historia - dijo Stormgren - encierra una parte de verdad. En mi última visita a
la nave de Karellen llevé conmigo cierto aparato, con la esperanza de ver al
supervisor. Era una actitud bastante tonta pero... bueno, yo no tenía más de
sesenta años. - Stormgren rió entre dientes y luego continuó: - No es una
historia de tanto valor como para justificar el viaje de usted. Pues verá, no
obtuve ningún resultado.
- ¿No vio
nada?
- No,
absolutamente nada. Temo que tendrá que esperar; pero al fin y al cabo faltan
sólo veinte años.
Veinte
años. Sí, Karellen tenía razón. Para ese entonces el mundo estaría preparado.
No lo estaba cuando Stormgren le había dicho la misma mentira a Pierre, treinta
años atrás.
Karellen había
confiado en Stormgren
y éste no
había traicionado esa
confianza. Estaba totalmente seguro.
El supervisor había conocido
el plan desde un principio, y había previsto todos los momentos de
aquella última entrevista.
¿Por qué
si no aquel enorme asiento vacío, cuando el círculo de luz cayó sobre él?
Stormgren había movido en seguida la linterna. Quizá ya era tarde. La puerta
metálica, dos veces más
alta que un
hombre, estaba cerrándose
con rapidez... pero
no con bastante rapidez.
Sí,
Karellen había confiado en Stormgren; no había querido que se hundiese en el
largo crepúsculo de la
existencia obsesionado por
un misterio que
había sido incapaz
de resolver. Karellen no se había atrevido a desafiar abiertamente a
aquellos desconocidos poderes que lo gobernaban. (¿Serían ellos también de la
misma raza?) Pero algo había hecho. Si había cometido un acto de
desobediencia nunca podrían probárselo.
Aquélla había sido la prueba final, Stormgren lo sabía, del cariño que le tenía
Karellen. Aunque del cariño de un hombre por un perro fiel, no era menos
sincero por eso, y Stormgren no había sentido en toda su vida una mayor
satisfacción.
- Hemos
tenido nuestros fracasos.
Sí,
Karellen, es cierto. ¿Y fuiste tú el que fracasó antes que comenzase la
historia de los hombres? Tiene que haber sido un fracaso de veras, pensó
Stormgren, para que sus ecos hayan traspasado las edades hasta venir a asustar
a los niños de todas las razas.
¿Podrás
superar, aun dentro de veinte años, el poder de todos los mitos y leyendas del
mundo?
Sin embargo,
Stormgren sabía que no había
otro fracaso. Cuando
las dos razas volvieran a encontrarse, los
superseñores se habrían ganado la confianza y la amistad de los hombres, y ni
siquiera el terror del reconocimiento
podría deshacer esa obra. Irían juntos
hacia el futuro,
y la desconocida
tragedia que debió
de oscurecer el
pasado quedaría sepultada para siempre en los oscuros corredores
prehistóricos.
Y Stormgren
esperaba que cuando Karellen volviese a caminar libremente por la Tierra,
vendría un día a estos bosques del norte, y se detendría un momento junto a la
tumba del primer hombre que había sido su amigo.
II - La
edad de oro
5
- ¡Ha
llegado el día! - Murmuraban las radios en un centenar de lenguas -. ¡Ha
llegado el día! - decían los encabezamientos de un millar de periódicos -. ¡Ha
llegado el día! - pensaban los fotógrafos
mientras probaban una y otra
vez las cámaras
agrupadas alrededor del vasto espacio vacío donde descendería la nave de
Karellen.
Sólo había
una nave ahora,
suspendida sobre Nueva
York. En realidad, como
los hombres acababan de descubrirlo, las naves que habían flotado sobre
las otras ciudades no habían existido nunca. El día anterior esas naves habían
desaparecido convirtiéndose en nada, deshaciéndose como la niebla en una mañana
de sol. Las naves de aprovisionamiento que iban y venían por las lejanías del
espacio eran verdaderamente reales;
pero las nubes
de plata que
habían flotado. durante
toda una vida
sobre las capitales terrestres
sólo habían sido una ilusión. Nadie podía explicarlo, pero parecía que esas
naves no fueron más que una imagen de la embarcación de Karellen. Sin embargo,
había habido algo más que un simple juego de luces, pues también el radar había
sido engañado, y aún vivían algunos que creían haber oído el silbido del aire
mientras la flota bajaba del cielo.
No
importaba. Karellen ya no tenía
necesidad de ese despliegue de fuerzas. Había dejado a un lado las armas
psicológicas.
- ¡La
nave se mueve! - gritaron las voces, transmitidas inmediatamente a todos los
rincones del planeta -. ¡Va hacia el oeste!
A menos
de mil kilómetros Por hora, abandonando lentamente las vacías alturas de la
estratosfera, la nave marchaba hacia las grandes llanuras y hacia su segunda
cita con la historia. Descendió dócilmente ante las cámaras expectantes y los
apretados millares de espectadores. Entre estos muy pocos podrían ver mejor que
los millones de personas reunidos en todo el mundo ante las pantallas de
televisión.
El suelo
debió de temblar
y crujir ante
el enorme peso,
pero la nave
estaba aún sostenida por las
fuerzas que la habían lanzado a través de las estrellas. Tocó la tierra con
tanta suavidad como un copo de nieve.
Una de
las curvas paredes de la nave, a una altura de veinte metros, pareció moverse y
brillar; donde momentos antes sólo había habido una superficie resplandeciente
y lisa, apareció una vasta abertura. Nada se veía por esa abertura ni aun con
la ayuda del inquisitivo ojo de la cámara. Era tan negra como la entrada de una
caverna.
Una rampa
ancha y brillante salió del orificio y descendió lentamente hacia el suelo.
Parecía una sólida hoja de metal con barandillas a los lados. No tenía
escalones. Era tan lisa y empinada corno
un tobogán y - pensamos los hombres
- subir o bajar por ella parecía imposible.
El mundo
se quedó mirando aquella puerta oscura, donde nada aún se había movido. En
seguida, la poco escuchada, pero inolvidable voz de Karellen brotó dulcemente
desde un oculto altoparlante. El mensaje no pudo ser, quizá, más inesperado.
- Hay
algunos niños al pie de la rampa. Quisiera que dos de ellos subieran a
recibirme. Todos callaron unos
instantes. Luego, un niño
y una niña se
desprendieron de la
multitud
y caminaron naturalmente hacia la rampa y la historia. Otros niños empezaron a
seguirlos, pero la voz risueña de Karellen los detuvo.
- Dos son
suficientes.
Entusiasmados con la inesperada aventura, los niños - no
podían tener más de seis años - saltaron sobre la hoja metálica. Y entonces
ocurrió el primer milagro.
Saludando alegremente
a las multitudes
que aguardaban abajo,
y a los
ansiosos padres - quienes un poco tarde recordaron quizá la leyenda del
flautista que se había llevado consigo a todos los niños del pueblo -, los
chicos comenzaron a subir rápidamente por la cuesta empinada. Sin embargo no
movían las piernas, y todos advirtieron que los cuerpos formaban un ángulo
recto con la superficie de aquella rampa singular. La rampa tenía una gravedad
propia, una gravedad que podía ignorar la gravedad de la Tierra. Los niños estaban
aún disfrutando de
la novedosa experiencia,
y preguntándose qué los llevaría hacia arriba, cuando
desaparecieron en el interior de la nave.
Un vasto
silencio cayó sobre el mundo entero durante veinte segundos. Nadie, más tarde,
pudo creer que ese tiempo hubiese sido tan corto. Al fin, la oscuridad de la
abertura pareció adelantarse, y Karellen salió a la luz del sol. El niño estaba
sentado en el brazo izquierdo; la niña, en el derecho. Ambos, demasiado
ocupados, jugando con las alas de Karellen, no advirtieron las miradas de la
multitud.
Los
conocimientos psicológicos de los superseñores y aquellos largos años de
preparación tuvieron su premio: sólo algunas personas se desmayaron. Sin
embargo, no fueron pocas, sin duda, y en todas las regiones del mundo, las que
sintieron durante un terrible instante, que un viejo espanto les rozaba las
mentes, antes de desvanecerse en forma definitiva.
No había
error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba
allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un
desconocido pasado. Sin
embargo,
allí estaba, sonriendo, con todo su enorme cuerpo bañado por la luz del sol, y
con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos.
6
Un mundo
y sus habitantes pueden ser trasformados profundamente en sólo cincuenta
años, hasta tal
punto que nadie
pueda reconocerlos. Sólo
se requiere un
hondo conocimiento de los sistemas sociales, una clara visión de los
fines que uno se propone... y poder.
Los
superseñores tenían todo esto. Aunque sus fines eran un secreto, sabían lo que
querían, y disfrutaban de poder.
Ese poder
tomó muchas formas, y los hombres cuyos destinos eran manejados ahora por los
superseñores no advirtieron muchas de ellas. El poder de las grandes naves
había sido evidente para todos. Pero detrás de esa exhibición de fuerzas
dormidas había otras armas mucho más sutiles.
- Todos
los problemas políticos - le había dicho una vez Karellen a Stormgren - pueden
ser solucionados con una correcta aplicación de la fuerza.
- Me
parece una afirmación bastante cínica - había replicado Stormgren, incrédulo -.
Se parece demasiado a aquélla de "El derecho de la fuerza". En
nuestro propio pasado el uso de la fuerza nunca resolvió nada.
- La
palabra clave es "correcta". Ustedes nunca tuvieron verdadera fuerza,
ni los conocimientos necesarios para aplicarla. Hay siempre modos correctos e
incorrectos de encarar un problema. Supongamos, por ejemplo, que una de sus
naciones, guiadas por algún jefe fanático, trata de rebelarse contra mí. El
modo incorrecto de responder a ese desafío sería el de unos pocos billones de
caballos de fuerza bajo la forma de bombas atómicas. Si uso bastantes bombas la
solución sería completa y definitiva. Pero sería también, como ya lo he
señalado, incorrecta... aunque no tuviera otros defectos.
- ¿Y la
solución correcta?
-
Requeriría el poder de un pequeño trasmisor de radio, y otros dispositivos
similares. Pues es la aplicación de la fuerza, y no su cantidad, lo que
importa. ¿Cuánto hubiese durado, pregunto, la carrera de Hitler como dictador
de Alemania si una voz le hubiese hablado constantemente al oído? ¿O si una
única nota musical, bastante alta como para borrar todos los otros ruidos e
impedirle dormir, le hubiese traspasado el cerebro día y noche? Nada brutal,
como ve. Sin embargo, en última instancia, tan irresistible como una bomba de
tritio.
- Ya veo
- dijo Stormgren -. ¿Y no hubiera podido esconderse?
- En
ningún sitio al que yo no pudiese enviar mis... este... aparatos. Y por esa
misma razón nunca tuve que usar realmente métodos drásticos para mantener mi
poder.
Las
grandes naves, pues, no habían sido más que símbolos. Ahora el mundo sabía que
todas menos una
habían sido unos
barcos fantasmas. Sin
embargo, por su
sola presencia, habían alterado la historia de la humanidad. Habían
cumplido su labor, y sus triunfos habían sobrevivido como para resonar a través
de las edades.
Los
cálculos de Karellen habían sido exactos. La primera reacción desapareció
rápidamente, aunque había aún muchos hombres orgullosos de su falta de
prejuicios que no se atrevían a enfrentar a los superseñores. Era algo extraño,
algo que estaba más allá de la lógica y la razón. En la Edad Media las gentes
creían en el demonio, y lo temían. Pero éste era el siglo veintiuno. ¿Habría,
realmente, algo así como una memoria racial?
Se aceptaba,
por supuesto, universalmente, que los superseñores, o unos seres de la
misma especie, habían
tenido un violento
conflicto con los
primeros hombres. El encuentro debía de haberse producido en el
pasado más remoto, pues no había dejado huellas. Karellen no ayudaba a solucionar
este problema.
Los
superseñores, aunque se habían
mostrado al hombre, dejaban
pocas veces la nave. Quizá se
sentían físicamente incómodos
en la Tierra,
pues su tamaño,
y la existencia de alas,
indicaban que venían de un mundo de menor gravedad. Nunca se los veía sin un
cinturón provisto de complicados mecanismos que, - se creía generalmente -
controlaba el peso de sus cuerpos y les ayudaba a comunicarse. La luz del sol
les hacía daño, y nunca se exponían a ella sino durante unos pocos segundos.
Cuando tenían que salir al aire libre durante cierto tiempo, se ponían unos
anteojos oscuros, lo que les daba una apariencia algo incongruente. Aunque
parecían capaces de respirar el aire terrestre, a veces llevaban consigo unos
pequeños cilindros de gas con los que se refrescaban de cuando en cuando.
Quizá se
mantenían apartados a causa de estos problemas meramente físicos. Sólo una
pequeña fracción del género humano se había encontrado con ellos, y nadie sabía
exactamente cuántos vivían en la nave. Nunca se los veía en grupos mayores de
cinco, pero en aquella enorme embarcación podían caber cientos, y miles.
En muchos
sentidos el aspecto de estos seres había traído más problemas que soluciones.
Su origen era todavía desconocido; su biología, una fuente de especulaciones
infinitas. Hablaban libremente
de muchas cosas,
pero de otras
guardaban un celoso secreto. En general, sin embargo, esto
no preocupaba a nadie, salvo a los hombres de
ciencia. El hombre
común, aunque prefería
no encontrarse con
los superseñores, se sentía agradecido por los beneficios que
habían traído al mundo.
Comparada
con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la
enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo
de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el
alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.
Con todas
las energías de la humanidad encauzadas hacia un trabajo constructivo, el
rostro del mundo se había transformado totalmente. Era, casi al pie de la
letra, un nuevo mundo. Las ciudades en que habían habitado las generaciones
anteriores habían sido reconstruidas, o conservadas como ejemplares de museo
cuando no servían para ningún propósito útil. Muchas otras habían sido
abandonadas, pues se había alterado toda la estructura de la industria y el
comercio. La producción era en su mayor parte automática; las fábricas de
robots producían bienes de consumo en una corriente incesante, de modo que
todas las necesidades ordinarias de la vida estaban virtualmente satisfechas.
Los hombres trabajaban para procurarse algunos lujos, o no trabajaban.
Era un
mundo unido. Los antiguos nombres de los antiguos países se usaban todavía,
pero sólo para designar distritos postales. No había nadie en la Tierra que no
supiese hablar inglés, que no supiese leer, que no tuviese a su alcance un
aparato de televisión, que no pudiese visitar el otro extremo del planeta antes
de veinticuatro horas...
Los
crímenes habían desaparecido prácticamente. Se habían hecho tan innecesarios
como imposibles. Cuando a nadie le falta nada, no hay motivo para robar. Por
otra parte, todos los criminales en potencia sabían muy bien que no podrían
escapar a la vigilancia de los superseñores. En los primeros días de su
gobierno estos habían intervenido con tanta eficacia en defensa del orden y de
la ley que nadie había olvidado la lección.
Los
crímenes pasionales, aunque no inexistentes, eran muy raros, La mayor parte de
los problemas psicológicos había desaparecido, y la humanidad era mucho más
cuerda, y menos irracional. Y aquello que en otras edades se hubiese llamado
vicio no era más que excentricidad o, cuanto más... malos modales.
Un cambio
muy notable era la desaparición de aquel ritmo enloquecido que había
caracterizado al siglo veinte. La vida transcurría con más lentitud que nunca.
Había, por lo tanto, menos alicientes para algunos pocos; pero mayor paz para
la mayoría. El hombre occidental había vuelto a aprender lo que el resto del
mundo nunca había olvidado: que la holganza no era algo pecaminoso, y que la
pereza no era un signo de degeneración.
Cualesquiera que fuesen
los problemas que trajese el futuro,
el tiempo no pesaba sobre los
hombres. La educación
era mucho más
larga y profunda.
Pocas personas
abandonaban el colegio
antes de los veinte años. Y esto era simplemente la primera etapa, ya que después. de algunos
viajes, y cuando la experiencia les había ensanchado las mentes, volvían a los
veinticinco por otros tres años. Y no dejaban de seguir algunos cursos, de
cuando en cuando, y durante toda la vida, para estudiar algunos temas que les
interesaban muy particularmente.
Esta
prolongación de la educación, hasta mucho más allá del fin de la adolescencia,
había traído consigo
varios cambios sociales.
Generaciones y generaciones
habían advertido la necesidad
de algunos de
esos cambios, pero
se había evitado
siempre enfrentar el problema... o se lo había ignorado. En particular,
las costumbres sexuales - hasta donde es
posible hablar aquí
de costumbres -
habían sufrido una
profunda alteración. Dos inventos, que irónicamente eran de origen
puramente humano, y que nada debían a los superseñores, las habían hecho
trizas. El primero era un infalible contraconceptivo, una píldora; el segundo
era un método igualmente seguro - tan exacto como el sistema dactiloscópico y
basado en un minucioso análisis de la sangre - para identificar al padre de
cualquier niño. El efecto de esos dos inventos sobre la sociedad terrestre sólo
puede ser descrito como devastador; los dos habían borrado definitivamente los
últimos restos de las aberraciones puritanas.
Otro gran
cambio: la extrema movilidad de los habitantes del mundo. Gracias al
perfeccionamiento del transporte aéreo todos podían ir a cualquier parte y en
cualquier momento. Había más espacio en los cielos que en los caminos, y el
siglo veintiuno había repetido, a gran
escala, la gran proeza americana de
poner a toda una nación sobre ruedas. Había dado alas al mundo.
Aunque no
literalmente. El avión común de uso privado carecía de alas, y de todo plano
visible de suspensión. Hasta las incómodas paletas de los viejos helicópteros
habían desaparecido. Sin embargo,
los hombres no
conocían la antigravedad; sólo
los superseñores gozaban de
este último secreto.
Los vehículos aéreos
de los hombres estaban impulsados por fuerzas que
los hermanos Wright hubiesen podido entender. Las turbinas de reacción, usadas
tanto directamente como en forma más sutil, en distintas posiciones, impulsaban
los aparatos hacia adelante y los mantenían en el espacio. Con una eficacia que
los edictos y leyes de Karellen nunca habían alcanzado, la ubicuidad de los
aparatitos había hecho caer las últimas barreras entre las diferentes tribus de
la humanidad.
Habían
ocurrido también algunas cosas más profundas. Se vivía una época totalmente
secular. De todas las creencias que habían existido hasta poco antes de la
llegada de los superseñores sólo subsistía una especie de budismo - quizá la
más austera de todas las
doctrinas
religiosas -, aunque un budismo purificado. Los credos basados en milagros y
revelaciones habían desaparecido totalmente,
desvaneciéndose poco a poco a
medida que crecía el
nivel de educación.
Los superseñores no
tenían intervención en
estos cambios. Muy a menudo se le preguntaba a Karellen qué opinaba
sobre la religión, pero el superseñor
se limitaba a
declarar que las
creencias humanas eran
asunto privado mientras no
interfiriesen en la libertad de los demás.
Si no
hubiese intervenido la curiosidad humana, las antiguas creencias se hubiesen
mantenido quizá en
pie. Era sabido
que los superseñores
habían tenido acceso
al pasado, y en más de una ocasión se había recurrido a Karellen para
que solucionara alguna controversia. Pudo haber ocurrido que Karellen se
cansase al fin de responder a tales preguntas, pero es más probable que no
hubiese ignorado cuáles serían las consecuencias de su generosidad...
El
instrumento que entregó en préstamo al Instituto de Historia Universal no era
más que un receptor de televisión con un complicado sistema de controles para establecer ciertas
coordenadas en el tiempo y el espacio. El aparato debía de estar conectado de
algún modo con una máquina mucho más compleja, instalada en la nave de
Karellen, y que funcionaba de
acuerdo con principios
inimaginables. Sólo había
que ajustar los controles e inmediatamente se abría una
ventana al pasado. De este modo casi toda la historia humana de los últimos
cinco mil años era accesible a los hombres. La máquina no funcionaba más
allá de los
cinco mil años,
y había además
algunos blancos
desconcertantes en todas
las edades. El
fenómeno se debía
quizá a alguna
causa natural, aunque también podía tratarse de alguna censura
deliberada, ejercida por los superseñores.
Aunque
las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no
podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la
revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban - vistos gracias
a una desconocida magia de los superseñores - los verdaderos comienzos de todas
las grandes religiones del mundo. Casi todas eran nobles e inspiradoras... pero
eso no bastaba. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano
perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad
las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil
años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados
por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de
los hombres.
La
humanidad había perdido sus antiguas
divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.
Aunque
muy pocos lo notaron, la pérdida de la fe fue seguida por una declinación de la
ciencia. Había muchos técnicos, pero pocos pensadores originales que
extendiesen las fronteras del
conocimiento humano. Aún persistía
la curiosidad, y había
bastante ocio como para complacerse en
ella, pero el motivo fundamental de la investigación científica había
desaparecido. Parecía totalmente inútil pasarse la vida investigando secretos
ya descubiertos, probablemente, por los superseñores.
Esta decadencia
había sido ocultada,
en parte, por
un enorme desarrollo
de las ciencias descriptivas,
como la zoología, la botánica y la observación astronómica. Nunca había habido tantos
aficionados a coleccionar hechos científicos; pero muy pocos teóricos trataban
de relacionar esos hechos.
El fin de
las luchas y conflictos de toda especie había significado también el fin
virtual del arte creador. Había millares de ejecutantes, aficionados y
profesionales; pero, sin embargo, durante toda una generación, no se había
producido en verdad ninguna obra sobresaliente en literatura, música, pintura o
escultura. El mundo vivía aún de las glorias de un pasado perdido.
Nadie se
preocupaba, excepto unos
pocos filósofos. La
raza humana estaba demasiado entretenida saboreando la libertad recién descubierta como para
mirar más allá de los placeres del presente. La utopía había llegado al fin, y
no había sido atacada aún por el enemigo supremo de todas las utopías... el
aburrimiento.
Quizá
Karellen tenía también una respuesta para este problema. Nadie sabía aún,
después de toda una vida, cuál podría ser el propósito final de los
superseñores. La humanidad había aprendido a confiar en ellos, y a aceptar sin
más el altruismo supremo que había traído a Karellen y a sus compañeros a este
destierro tan prolongado.
Si se
trataba, realmente, de altruismo. Pues todavía había algunos que se preguntaban
si la política de los superseñores coincidiría siempre con los verdaderos
intereses de la humanidad.
7
Las invitactones
que envió Rupert
Boyre recorrieron un
impresionante total de kilómetros. Los
doce primeros huéspedes,
por ejemplo, fueron
estos: los Foster
de Adelaida, los Sboenberger de Haití, los Farran de Stalingrado, los
Moravia de Cincinnati, los Ivanko de París, y los Sullivan que vivían en las
vecindades de la isla de Pascua, aunque
a cuatro kilómetros bajo el fondo del mar. Rupert tuvo la satisfacción de
recibir a
más de
cuarenta huéspedes, aunque
sólo había invitado
a treinta. Sólo
faltaron los
Krause,
pero porque olvidaron el calendario internacional y llegaron un día después.
Hacia el
mediodía, una imponente colección de máquinas aéreas se había reunido en
el parque, y
los rezagados, una
vez que encontraron
donde aterrizar, tuvieron
que recorrer a pie un largo camino. Los vehículos agrupados en el parque
variaban desde las cucarachas
volantes de un
solo asiento, a
los Cadillac familiares
que más parecían palacios aéreos
que sensibles máquinas voladoras.
Pero en esta época el transporte nada decía de la posición
social de sus usuarios.
- Es una
casa realmente fea - dijo Jean Morrel mientras el aparato Meteor descendía en
espiral -. Parece una caja de cartón aplastada.
George
Greggson, quien sentía un anticuado disgusto por los aterrizajes automáticos,
ajustó los controles de descenso.
- Es
difícil juzgarla desde este ángulo - dijo luego con bastante sentido común -.
Desde el nivel del suelo quizá parezca otra cosa.
Se
posaron entre otro Meteor y algo que no pudieron identificar. Parecía un
aparato muy rápido y, pensó Jean, muy incómodo. Lo habrá construido alguno de
esos técnicos amigos de Rupert, concluyó. Creía recordar una ley que prohibía
esas cosas.
Salieron
de la máquina y el calor los golpeó como la llama de un soldador. Parecía como
si el sol les estuviese sacando el agua del cuerpo, y George creyó oír que le
crujía la piel. Era en parte culpa de ellos, naturalmente. Habían salido de Alaska tres horas antes y
tenían que haber ajustado la temperatura de la cabina.
- ¡Qué
lugar para vivir! - jadeó Jean -. Yo creía que aquí controlaban el clima.
- Así es
- replicó George -. Esto fue una vez un desierto, y mira ahora. Vamos, adentro
estaremos mejor.
La voz de
Rupert un poco más alta que lo normal, les resonó en los oídos. El dueño de
casa estaba de pie junto a la máquina, con un vaso en cada mano, y mirándolos
desde lo alto con una expresión divertida. Los miraba desde lo alto por la
sencilla razón de que medía cuatro metros de altura; el cuerpo, además, era
translúcido.
- ¡Bonita
triquiñuela para recibir a tus invitados! - protestó George y trató de tomar
las bebidas. La mano, como
es natural, pasó a través
de los vasos -. ¡Espero
que nos ofrezcas algo más
sustancial cuando entremos en la casal
- No te
preocupes - dijo Rupert riéndose -. Haz tu pedido y cuando llegues tendrás las
bebidas preparadas.
- Dos
grandes vasos de cerveza, enfriados en aire líquido - dijo George rápidamente
-. En seguida estaremos ahí.
Rupert
asintió con un movimiento de cabeza, puso los vasos sobre una mesa invisible,
movió unos controles también invisibles, y desapareció.
- ¡Bueno!
- dijo Jean -. Primera vez que veo funcionar uno de esos aparatos. ¿Cómo lo
consiguió? Pensaba que sólo los tenían los superseñores.
- ¿Qué no
tendrá Rupert? - replicó George -. Este es justo el juguete que le faltaba.
Puede quedarse cómodamente
sentado en su estudio, y recorrer
al mismo tiempo la mitad del continente africano. Sin calor,
sin cucarachas, sin esfuerzo... y con una heladera cerca. Me pregunto qué
habrían dicho Stanley y Livingstone.
El
sol puso
fin a la conversación.
Cuando llegaron a la
puerta principal (difícil
de distinguir del resto del muro de vidrio) ésta se abrió
automáticamente con una fanfarria de trompetas. Jean pensó, con exactitud, que
esa fanfarria terminaría por enfermarla, aun antes que terminara el día.
La actual
señora Boyre los recibió en la deliciosa frescura del vestíbulo. La mujer era,
para decir la verdad, la razón que había atraído a tantos invitados. Quizá la
mitad de ellos había venido a ver la nueva casa; el resto se había decidido por
la noticia de una nueva esposa.
Sólo
había un adjetivo capaz de describir adecuadamente a la señora Boyce:
perturbadora. Aun en ese mundo, donde la belleza era un lugar común, los
hombres volvieron las cabezas cuando ella entró en el cuarto. La mujer,
sospechó George, era negra por lo menos en una cuarta parte. Tenía unas
facciones prácticamente griegas y un cabello
largo y lustroso.
Sólo la piel,
brillante y oscura
- ese gastado
adjetivo “achocolatado” era el único que le convenía -, revelaba la
posible ascendencia.
- Ustedes
son Jean y George, ¿no es así? - les dijo la mujer extendiendo la mano -.
Tanto gusto. Rupert
está haciendo algo
complicado con las
bebidas... Vengan, les presentaré a los demás.
La mujer
tenía una rica voz de contralto, y George sintió que un ligero cosquilleo le
subía y le bajaba por la espalda, como si alguien le pasase los dedos por la
espina dorsal, tocando una flauta. Miró nerviosamente a Jean, que había logrado
adoptar una sonrisa un tanto artificiosa, y al fin recobró la voz:
-
Mucho... mucho gusto en conocerla - dijo débilmente -. Hemos esperado con ansia
esta fiesta.
- Rupert
da siempre tan hermosas fiestas - anotó Jean.
Jean
acentuó de tal modo la palabra "siempre" que no era difícil adivinar
lo que estaba pensando: cada vez que se casaba. George enrojeció ligeramente y
le lanzó a Jean una mirada de reproche,
pero la mujer
no dio muestras
de haber advertido
el alfilerazo.
Amablemente, los
llevó hasta el
salón principal, donde
se había reunido
una representativa colección de los amigos de Rupert. Rupert mismo
estaba sentado ante una mesa que parecía ser el tablero de un aparato de
televisión. Se trataba, concluyó George, del proyector de aquella imagen que
había ido a encontrarlos. Rupert estaba dedicado por entero a sorprender a
otros dos; pero se interrumpió el tiempo necesario para saludar a Jean y a
George, y disculparse por haberle dado las bebidas a algún otro.
-
Encontrarán más por ahí - dijo
señalando vagamente hacia atrás con una mano, mientras que con la
otra ajustaba los controles -. Están en su casa. Ya conocen a casi toda la
gente…, Maia los presentará a los demás. Gracias por haber venido.
- Gracias
a ti por habernos invitado - dijo Jean sin mucha convicción. George ya había
partido hacia el bar y Jean lo siguió cambiando ocasionalmente algunos saludos
con las gentes amigas. Las tres cuartas partes de los presentes eran perfectos desconocidos, cosa común en las fiestas de
Rupert.
- Vayamos
a explorar - le dijo a George cuando terminaron de refrescarse y de saludar
desde lejos a todas las caras familiares - Quiero conocer la casa.
George la
siguió lanzando, con no mucho
disimulo, una última
mirada hacia Maia Boyce. Tenía un aire ausente en los ojos
que a Jean no le gustaba nada. Era tan molesto que los
hombres fuesen fundamentalmente polígamos.
Pero por otra
parte, si no lo
fuesen... Sí, quizá era mejor así, al fin y al cabo.
George
volvió pronto a la normalidad mientras investigaban las maravillas de la nueva
residencia de Rupert. La casa parecía muy grande para dos personas; pero era
necesario que fuese así, ya que soportaba frecuentes sobrecargas. Había dos
pisos; el de arriba era mucho más amplio para que los salientes sombrearan los
alrededores del piso bajo. El grado
de mecanización era
considerable, y la
cocina se parecía
estrechamente a la cámara de pilotos de un transporte aéreo.
- ¡Pobre
Ruby! - dijo Jean - Le hubiese encantado esta casa.
- Por lo
que he oído - replicó George, quien no le tenía mucha simpatía a la anterior
señora Boyce juzgo que Ruby es perfectamente feliz con su amiguito australiano.
Esto era
algo tan sabido que Jean no pudo replicar. Así que cambié de tema.
- Es
terriblemente bonita, ¿no es cierto?
George
estaba bastante prevenido como para evitar la trampa.
- Oh,
supongo que sí - replicó indiferentemente -. Siempre, claro, que a uno le
gusten las morenas.
- Lo que
a ti no te pasa, naturalmente - dijo Jean con suavidad.
- No seas
celosa, querida - rió George, acariciándole el pelo platinado -. Vamos a ver la
biblioteca. ¿En qué piso crees que estará?
- Arriba,
seguramente. No - hay más cuartos aquí. Además, eso está de acuerdo con el plan
general. El vivir, el comer y el dormir han sido relegados al piso inferior.
Arriba está la sección juegos y diversiones, aunque eso de instalar una piscina
en un primer piso sigue pareciéndome una locura.
-
Sospecho que hay
algún motivo - dijo George
abriendo una puerta
cualquiera -. Alguien tuvo que
haber guiado a Rupert en la construcción de la casa. El solo no hubiese sido
capaz.
-
Probablemente tienes razón. Si no fuese así, habría cuartos sin puertas, y
escaleras que no llevarían
a ninguna parte. En
realidad, tendría miedo
de entrar en
una casa diseñada por Rupert.
- Aquí
estamos - dijo George con el orgullo de un navegante al pisar tierra firme -,
la fabulosa colección Boyce en su nueva casa. Me pregunto cuántos de estos
libros habrá leído Rupert realmente.
La
biblioteca abarcaba todo el ancho de la casa, pero los estantes colmados de
libros la dividían virtualmente en
media docena de
pequeñas dependencias. Había
aquí, si George no recordaba mal,
unos quince mil volúmenes... casi todas las publicaciones importantes sobre
temas tan nebulosos como magia, investigación psíquica, adivinación, telepatía
y todo ese conjunto de huidizos fenómenos que pueden ser clasificados como
parafísicos. Era una distracción muy peculiar en esta edad de la razón. Se trataba,
presumiblemente, del método utilizado por Rupert para huir de la realidad.
George
notó enseguida el olor. Era débil, pero penetrante, y no tan desagradable como
misterioso. Jean, que también lo había advertido, fruncía el ceño tratando de
identificarlo. Ácido acético, pensó George... es lo que más se le parece. Pero
es, sin embargo, otra cosa...
La
biblioteca terminaba en un espacio abierto, bastante amplio como para contener
una mesa, dos sillas y algunos almohadones. Éste, seguramente, era el lugar
donde leía casi siempre Rupert. Alguien estaba leyendo aquí ahora, con una luz
demasiado débil.
Jean
ahogó un grito y tomó la mano de George. Esta reacción tenía algún sentido. Una
cosa era mirar una pantalla de televisión, y otra encontrarse con la realidad.
George, que muy pocas veces se sorprendía por algo, se recuperó enseguida.
- Espero
que no lo hayamos molestado, señor - dijo cortésmente -. No sabíamos que
hubiese alguien aquí. Rupert no nos dijo nada.
El
superseñor abandonó el libro un momento, los miró fijamente, y volvió a su
lectura. Como era alguien capaz
de leer, hablar y hacer probablemente
varias otras cosas al mismo tiempo,
no había en
este acto ninguna
descortesía. Sin embargo,
para un observador humano, el
espectáculo era inquietantemente esquizofrénico.
- Mi
nombre es Rashaverak - dijo el superseñor amablemente -. Temo no ser muy
sociable, pero no es fácil dejar la biblioteca de Rupert.
Jean alcanzó
a evitar una
risita nerviosa. El
inesperado huésped estaba
leyendo, advirtió, a razón de una página cada dos segundos. Jean tenía
la seguridad de que el superseñor asimilaba todas las palabras, y se preguntó
si sería capaz de leer una página con cada ojo. Y luego, naturalmente, se dijo
a si misma, aprendería el sistema Braille para usar también los dedos... La
imagen mental resultante era demasiado cómica como para recrearse en ella, así
que trató de evitarla entrando en la conversación. Al fin y al cabo no todos
los días se tenía la ocasión de hablar con uno de los amos de la Tierra.
Jean hizo
las presentaciones y George dejó. que la muchacha siguiera la charla
esperando que no
cayese en alguna
falta de tacto.
Como Jean, nunca
se había encontrado con un
superseñor. Aunque los superseñores
solían verse con funcionarios del
gobierno, hombres de ciencia y
otras gentes parecidas,
nunca había oído
que asistiesen a fiestas
privadas. Podía concluirse
que esta fiesta
no era realmente
tan privada. La posesión,
por parte de
Rupert, de aquel
aparato contribuía a
afirmar la sospecha, y
George comenzó a
preguntarse, con letras
mayúsculas: Qué Estaba Pasando. Tenía que interrogar a
Rupert, tan pronto como lo viese en algún rincón.
Como no
cabía en las sillas, Rashaverak se había sentado en el piso, donde se sentía,
aparentemente, bastante cómodo, pues no había prestado atención a los
almohadones cercanos. Tenía, pues, la cabeza a unos dos metros del suelo, y
George tuvo una oportunidad
verdaderamente única para estudiar
biología extraterrestre.
Desgraciadamente, como sabía muy poco de
biología terrestre, nada pudo añadir a sus conocimientos. Sólo ese olor,
peculiar, pero no desagradable, fue algo nuevo para él. Se preguntó qué olor
tendrían los seres humanos para los superseñores, y esperó lo mejor.
No había
nada realmente antropomórfico en
Rashaverak. George alcanzó
a comprender cómo, vistos desde lejos por ignorantes y aterrorizados
salvajes, los superseñores podían haber parecido hombres alados, y dar pie, de
esa manera, al convencional retrato del demonio. Desde cerca, sin embargo, gran
parte de esa ilusión se desvanecía totalmente. Los cuernitos (¿qué función
tendrían?) eran menos específicos, pero el cuerpo no se parecía al del hombre
ni al de ningún animal que hubiese habitado la Tierra. Como procedentes de una
rama evolutiva totalmente extraña, los superseñores no
eran ni
mamíferos, ni insectos,
ni reptiles. Ni
siquiera se podía
afirmar que fuesen vertebrados. Esa armadura externa bien
podía ser la única estructura de sostén.
Las alas
de Rashaverak estaban plegadas de modo que George no podía verlas
claramente, pero la cola, semejante a una delgada
tubería estaba enrollada
con todo cuidado sobre el piso. La famosa barba. en que terminaba el
apéndice era menos una punta de flecha que un largo y chato diamante. Servía,
se creía comúnmente, para dar estabilidad
al vuelo, como la cola
de los pájaros. De algunos hechos
y suposiciones aisladas
semejantes, los hombres
de ciencia habían
concluido que los
superseñores venían de un mundo de escasa gravedad y muy densa
atmósfera.
La voz de
Rupert brotó de pronto de un altavoz oculto:
- ¡Jean!
¡George! ¿Dónde se han escondido? Bajen y únanse a la fiesta. La gente está
empezando a murmurar.
- Quizá
sea mejor que vaya yo también - dijo Rashaverak devolviendo el libro al estante
sin moverse de su sitio. George notó por vez primera que Rashaverak tenía dos
pulgares en oposición, con cinco dedos entre ellos. Qué espantosa aritmética,
pensó, basada en el número catorce.
Rashaverak,
de pie, era un espectáculo imponente, Como los superseñores tenían que
inclinarse para no tocar los cielos rasos con la cabeza, era indudable que por
más que quisiesen acercarse a los hombres siempre encontrarían dificultades.
En la
última media hora habían llegado algunos otros cargamentos de invitados y la
sala estaba casi repleta. La entrada de Rashaverak empeoró aún más las cosas,
pues todos los que se encontraban en las habitaciones vecinas
vinieron corriendo a verlo. Rupert se sentía muy complacido.
Jean y George no estaban tan felices, ya que nadie los atendía. En
realidad muy pocos
podían verlos, pues
se encontraban detrás
del superseñor.
- Ven,
acércate, Rashy, te presentaré a unos compinches - gritó Rupert -. Siéntate en
este diván, así dejarás de rascar el cielo raso.
Rashaverak, con
la cola recogida
sobre un hombro,
se abrió paso a
través de la habitación como un rompehielos a través de
unos témpanos. Cuando se sentó, junto a Rupert, la habitación pareció
agrandarse de pronto. George suspiró aliviado.
- Me
da claustrofobia cuando
lo veo de
pie. Me pregunto
cómo Rupert habrá conseguido traerlo. Esta puede ser una
fiesta interesante.
- Es raro
que Rupert le hable de ese modo, y más aún en público. Pero a Rashaverak no
parece importarle.
- Apuesto
a que le importa. Pero Rupert adora las exhibiciones y carece totalmente de
tacto. ¡Ah, y eso me recuerda algunas de tus preguntas¡
- ¿Como
por ejemplo?
- ¿Cuánto
tiempo hace que está aquí? ¿Qué relaciones tiene usted con el supervisor
Karellen?
¿Le gusta la Tierra? ¡No es modo de hablar con los superseñores!
- ¿Y por
qué no? Ya es hora de que alguien lo haga.
Antes que
la discusión se
hiciese más violenta
los Shoenberger se
acercaron a hablarles, y en
seguida ocurrió la fisión. Las mujeres se unieron en un grupo para discutir a
la señora Boyce; los hombres en otro para hacer exactamente lo mismo, aunque
desde un punto de
vista diferente. Benny
Shoenberger, viejo amigo
de George, tenía
una abundante información al respecto.
- Por
favor no se lo vayas a decir a nadie - le dijo -. Ruth no sabe nada, pero yo se
la presenté a Rupert.
- Me
parece - señaló George con envidia - que vale demasiado para Rupert. De todos
modos, no puede durar.
Pronto estará harta
de él. - Esta última observación
pareció animarlo considerablemente.
- No lo
creas. Además de ser una belleza es una excelentísima persona. Es hora de que
alguien se encargue de Rupert y Maia es la mujer indicada.
Rupert y
Maia estaban sentados al lado de Rashaverak atendiendo solemnemente a los
huéspedes. Las fiestas de Rupert tenían muy pocas veces algún centro de
atracción, ya que consistían casi siempre en una media docena de grupos
independientes que sólo se ocupaban de
sus propios asuntos. Esta vez, sin embargo, todos tenían
un mismo interés. George lo sintió bastante por Maia. Éste tenía que
haber sido el día de la joven, pero Rashaverak la había eclipsado parcialmente.
- Oye -
dijo George mordisqueando un sándwich -, ¿cómo demonios logró Rupert traer aquí
a un superseñor? Nunca oí nada
semejante. Pero Rupert parece aceptarlo
como algo natural. Ni siquiera nos avisó al invitarnos.
Benny rió
entre dientes.
- Otra de
sus sorpresas. Mejor será que se lo preguntes a él. Pero esta no es la primera
vez, al fin y al cabo. Karellen ha estado en algunas fiestas, en la Casa
Blanca, en el palacio de Buckingham, en...
- ¡Eh,
pero esto es diferente! Rupert es un ciudadano perfectamente común.
- Y quizá
Rashaverak es un superseñor de menor importancia. Pero será mejor que se lo
preguntes a ellos.
- Lo haré
- dijo George -, tan pronto como me encuentre a solas con Rupert.
-
Entonces tendrás que esperar mucho.
Benny no
se equivocaba, pero como la fiesta estaba animándose era más fácil tener
paciencia. La leve parálisis ocasionada por la aparición de Rashaverak se había
borrado. Se veía aún a un grupito cerca del superseñor, pero ya se habían
producido las fragmentaciones de costumbre, y todos se comportaban con bastante
naturalidad.
Sin mover
la cabeza, George podía ver un famoso productor cinematográfico, un poeta
menor, un matemático, dos actores, un ingeniero de energía atómica, el editor
de un semanario de noticias, un virtuoso del violín, un profesor de
arqueología, y un astrofísico. No había ningún representante de la profesión de
George - escenógrafo de televisión -, y era mejor así, ya que no quería volver
a sus preocupaciones habituales. A George le gustaba mucho su trabajo; en
realidad, en esa época, y por primera vez en la historia humana, nadie
trabajaba en algo
que no le
gustase; pero George
era uno de
esos hombres capaces de olvidar la oficina una vez terminada la tarea
diaria.
Al fin
logró atrapar a Rupert, que estaba experimentando con algunas botellas. Era una
lástima traerlo a la realidad, en momentos en que tenía una mirada casi
soñadora, pero George sabía ser rudo si era necesario.
- Óyeme,
Rupert - le dijo, apoyándose en la mesa más cercana -. Creo que nos debes
algunas explicaciones.
- Hum -
dijo Rupert pensativamente, mientras hacia rodar la lengua por el interior de
la boca -. Sobra un poquitito de gin, me parece.
- No te
hagas el distraído, ni finjas que estás borracho, porque sé perfectamente que
no lo estás. ¿De dónde has sacado a ese superseñor amigo tuyo? ¿Y qué está
haciendo aquí?
- ¿No te
lo he dicho? - dijo Rupert -. Creí habérselo explicado a todos. No podías estar
muy lejos... Claro, estabas escondido en la biblioteca. - Rupert emitió una
risita que a George le pareció ofensiva. - La biblioteca, ¿sabes?, eso ha
traído a Rashy.
- ¡Qué
cosa más rara!
- ¿Por
qué?
George
calló un momento comprendiendo que esto
requeriría cierto tacto. Rupert se sentía muy orgulloso de su original
colección.
- Este...
Bueno, cuando uno considera los conocimientos científicos que poseen los
superseñores, es difícil pensar que puedan sentirse atraídos por los fenómenos
psíquicos y todos esos disparates.
-
Disparates o no - replicó Rupert - les interesa la psicología humana, y tengo
algunos libros que pueden enseñarles
muchas cosas. Pero antes de mudarme,
cierto enviado,
subalterno de los
superseñores, o superseñor de los
subalternos, fue a verme
y me preguntó si podía prestarle cincuenta de mis más caros volúmenes.
Uno de los conservadores del Museo Británico
le había dicho que yo los
tenía. Naturalmente, ya puedes imaginarte lo que le dije.
- No, no
me lo imagino.
- Bueno,
le repliqué muy cortésmente que había tardado veinte años en reunir mis
libros. Yo permitiría con mucho gusto que los leyesen, pero tendrían que
hacerlo aquí. De modo que Rashy vino a mi casa y ha estado absorbiendo unos
veinte volúmenes por día. Me gustaría saber qué conclusiones saca.
George
pensó un momento, y luego se encogió de hombros, disgustado.
-
Francamente - dijo -, mi opinión sobre los superseñores ha descendido mucho.
Pensé que emplearían mejor el tiempo.
- Eres un
materialista incorregible. No creo que Jean esté de acuerdo contigo. Pero aún
desde tu oh - tan - práctico punto de vista podrás encontrarle algún sentido.
Me imagino que estudiarías las
supersticiones de cualquier raza primitiva con la que tuvieras que tratar.
- Supongo
que sí - dijo George, no muy convencido.
La mesa
le estaba resultando un poco dura, así que se incorporó. Rupert había hallado
al fin una mezcla satisfactoria y marchaba ya hacia sus huéspedes. Unas voces
quejosas lo reclamaban.
- ¡Eh! -
protestó George -. Antes que te vayas tengo que hacerte otra pregunta. ¿Cómo
conseguiste ese transmisor - receptor de televisión con que trataste de
asustarnos?
- Fue
algo así como una permuta. Indiqué que uno de esos dispositivos me ayudaría
mucho en mi trabajo, y Rashy transmitió mi sugerencia a los cuarteles
centrales.
-
Perdóname por ser tan obtuso, ¿pero de qué te ocupas ahora? Me imagino, es
claro, que tiene alguna relación con animales.
- Eso es.
Soy un superveterinario. Tengo a mi
cargo diez kilómetros cuadrados de selva, y como mis pacientes no vienen a
mí, voy yo hacia ellos.
- Un
trabajo bastante pesado.
- Oh,
claro que no resulta práctico ocuparse de la fauna menor. Sólo leones,
elefantes, rinocerontes, y otros animales parecidos. Todas las mañanas preparo
los controles para examinar unos cien
metros cuadrados, me siento ante la
pantalla y recorro la región. Cuando
encuentro algún enfermo subo a mi máquina voladora con la esperanza de que mi
tratamiento tenga éxito. A veces es bastante difícil. Los leones por ejemplo no
ofrecen
dificultades, pero
tratar de aplicar
una inyección a
un rinoceronte con
un dardo anestesiado es un
trabajo de todos los demonios.
-
¡Rupert! - gritó alguien desde la habitación vecina.
- Mira,
mira lo que has hecho. Me he olvidado de mis huéspedes. Toma, lleva tú esta
bandeja. Esos son los que tienen vermouth. No quiero que se mezclen.
Poco
antes de la caída del sol George logró escaparse a la terraza. Algunos muy
justificados motivos le habían provocado un ligero dolor de cabeza y. sentía la
necesidad de alejarse del ruido y la confusión. Jean, que bailaba mucho mejor
que él, estaba todavía divirtiéndose, y no quería irse. George, ya
alcohólicamente sentimental, se sintió molesto y decidió meditar en paz bajo
las estrellas. Se llegaba a la terraza tomando la escalera mecánica hasta el
primer piso, y subiendo luego por los peldaños en espiral que rodeaban el
aparato de aire acondicionado. Los peldaños terminaban en una puerta que daba a
la ancha y lisa terraza. La máquina volante de Rupert descansaba en uno de los
extremos; el área central era un jardín - que ya mostraba signos de abandono -
y el resto era simplemente una
plataforma de observación con unas pocas sillas de lona. George se echó en una de
estas sillas y
lanzó a su
alrededor una mirada
imperial. Se sentía realmente dueño y señor de toda la
escena. Era, para decirlo con sencillez, todo un espectáculo. La casa de Rupert
había sido construida a orillas de una enorme represa que a unos
cinco kilómetros de distancia,
hacia el este, se convertía
en pantanos y lagunas. Por el oeste el terreno era llano,
y la selva llegaba casi hasta la casa. Pero más allá de la selva, a más de
cincuenta kilómetros, una cadena montañosa se extendía como un muro, hacia el
norte y el sur, hasta perderse de vista. Las cimas estaban veteadas de nieve, y
más arriba, mientras caía el sol, ya en los últimos instantes de su carrera
diaria, se encendían las nubes. Mientras
contemplaba aquellos lejanos
baluartes, George se sintió dominado por una repentina
sobriedad.
Las estrellas
que asomaron con
una prisa indecente,
tan pronto como
el sol desapareció, eran para
George totalmente desconocidas. Buscó la Cruz del Sur, pero no pudo
encontrarla. Aunque sus conocimientos astronómicos eran muy escasos, y no podía
reconocer sino unas
pocas constelaciones, la
ausencia de amigos
familiares lo perturbaban
excesivamente. Lo mismo podía decirse de los ruidos que venían de la selva,
demasiado cercana. Basta
de aire fresco,
pensó. Volveré a la
fiesta antes que un
murciélago sediento de sangre, o algo igualmente desagradable, venga a examinar
la terraza.
Iba hacia
la escalera cuando otro huésped surgió de la abertura. La oscuridad era ya tan
grande que George no pudo reconocerlo.
- Hola -
dijo -. ¿También usted se siente harto? Su invisible acompañante se rió.
- Rupert
ha comenzado a exhibir una de sus películas. Ya las he visto todas.
- Sírvase
un cigarrillo - dijo George.
-
Gracias.
A la
luz del encendedor
- George era
muy aficionado a esas antiguallas
- pudo reconocer al otro huésped,
un joven negro de facciones sorprendentemente perfectas. Se lo habían
presentado unas horas antes, pero había olvidado el nombre en seguida, junto
con los de otros veinte desconocidos. Sin embargo, la cara le recordaba algo, y
de pronto George sospechó la verdad.
- No sé
si nos han presentado realmente - dijo -, ¿pero no es usted el nuevo cuñado de
Rupert?
-
Exactamente. Soy Jan Rodricks. Todo el mundo dice que Maia y yo nos parecemos
mucho.
George pensó
si debía lamentar
con Jan la
adquisición del nuevo
pariente. Al fin decidió que sería mejor que el pobre
hombre descubriese solo la verdad.
Después de todo era posible que Rupert se decidiese a sentar cabeza.
- Yo soy
George Greggson. ¿Es la primera vez que concurre a una de las famosas fiestas
de Rupert?
- Sí.
Indudablemente se conoce aquí a mucha gente nueva.
- Y no
sólo a seres humanos - añadió George -. Nunca me habían presentado a un
superseñor.
El otro
titubeó un momento antes de contestar y George se preguntó qué lugar sensible
habría tocado. Pero la respuesta no reveló nada.
- Nunca
habla visto a ninguno. Excepto, es claro, en una pantalla de televisión.
La.
conversación languideció y George comprendió al fin que Jan deseaba estar solo.
Por otra parte, sintió frío, así que dejó la terraza y volvió a la fiesta.
La selva
estaba ahora en silencio. Jan se reclinó contra la curva pared de la toma de
aire y sólo oyó el débil murmullo de los pulmones mecánicos de la casa. Se
sintió muy solo, como lo había deseado. Se sintió también muy desilusionado, y
esto no lo había deseado de ningún modo.
8
Ninguna utopía
puede satisfacer siempre
a todos. A
medida que mejoraron
las condiciones materiales los hombres se hicieron más ambiciosos y ya
no se contentaron con el poder y los bienes que en otra época habían parecido
inalcanzables. Y aunque el mundo exterior se había ajustado a casi todos los
deseos, la curiosidad de la mente y la inquietud del corazón seguían aún muy
vivas.
Jan
Rodricks, aunque raras veces apreciaba su suerte, se hubiese sentido aún más
descontento en una época anterior. Un siglo antes el color de su piel hubiese
sido un impedimento enorme y hasta quizá aplastante. Hoy no significaba nada.
La inevitable reacción que había
dado a los
negros del siglo
veintiuno un leve
sentimiento de superioridad
también se había desvanecido. La palabra "negro" ya no era tabú en
las reuniones sociales y todos la usaban sin embarazo. No tenía más contenido
emocional que adjetivos tales como republicano, o metodista, conservador o
liberal.
El padre
de Jan había sido un escocés encantador,
aunque algo desordenado, que
había logrado obtener
bastante renombre como
mago profesional. Su
muerte, a la temprana edad de cuarenta y cinco años,
había tenido como causa el consumo excesivo del más famoso producto del país.
Aunque Jan nunca había visto borracho a su padre, no estaba seguro de haberlo
visto sobrio alguna vez.
La señora
Rodricks, todavía muy viva, enseñaba teoría de la probabilidad en la
Universidad de Edimburgo. Como ejemplo típico de la extrema movilidad del
hombre del siglo veintiuno, la
señora Rodricks, que
era negra como
el carbón, había
nacido en Escocia, mientras que
su expatriado y rubio marido se había pasado toda la vida en Haití. Maia y Jan
nunca habían tenido un hogar fijo, y habían oscilado entre las familias de sus
progenitores como dos
rueditas volantes. Se
habían divertido bastante,
naturalmente, pero no habían llegado a corregir la inestabilidad
heredada del señor Rodricks.
A los
veintisiete de edad, Jan tenía aún por delante varios años de estudio antes de
que tuviese que pensar seriamente en su carrera. Había obtenido fácilmente el
título de bachiller, siguiendo un
plan de estudios
que un siglo
antes hubiese parecido verdaderamente extraño. Sus más
importantes materias habían sido matemática y física, pero había estudiado
también filosofía y apreciación musical. Aun para el alto nivel de aquella
época, Jan era un pianista aficionado de primera categoría.
Dentro de
tres años obtendría el doctorado en física aplicada, con astronomía como
ciencia auxiliar. Esto
supondría bastante trabajo,
pero Jan lo
prefería así. Estaba estudiando en la que era quizá la
institución más hermosamente situada del mundo, la Universidad de la Ciudad del
Cabo, construida en la falda de la montaña de la Mesa.
No tenía
preocupaciones materiales; sin embargo se sentía descontento, y su situación le
parecía irremediable. Para empeorar las cosas, la felicidad de Maia - aunque no
la envidiaba, de ningún modo había subrayado la causa principal de sus
disgustos.
Pues Jan
sufría a causa de la romántica ilusión - motivo de tanta desgracia y de tanta
poesía - de que todo hombre tiene realmente un solo amor verdadero. A una edad
desacostumbradamente tardía había entregado su corazón, por vez primera, a una
dama más renombrada por
su belleza que
por su constancia.
Rosita Tsien declaraba,
con perfecta verdad, que corría por sus venas la sangre de los
emperadores Manchú. Todavía tenía muchos súbditos,
incluida la mayor
parte de los
estudiantes de la
Facultad de Ciencias, en el Cabo.
Jan había sido hechizado por su delicada belleza floral, y la historia había
progresado lo bastante como para tener un fin verdaderamente triste. Jan no
podía imaginar qué había fallado.
Saldría de
eso, naturalmente. Otros
hombres habían sobrevivido
a catástrofes parecidas sin
sufrir daños irreparables, y hasta
habían llegado a esa época en que se dice: - ¡Nunca pude haberme tomado en
serio a una mujer como ésa! - Pero Jan no veía aún la posibilidad de tal
desprendimiento, y actualmente estaba
muy disgustado con la vida.
Su otro
motivo de preocupación era más difícil de remediar, pues tenía como origen la
relación existente entre
sus ideales y
los superseñores. La
mente de Jan
era tan romántica como
su corazón. Como
tantos otros hombres
de su edad,
desde que la conquista del aire era realmente posible,
había dejado que sus sueños y su imaginación recorrieran los inexplorados mares
del espacio.
Un siglo
antes el hombre había puesto un pie en la escalera que llevaba a las estrellas;
en ese mismo instante - ¿podía - haber sido una coincidencia? - le habían cerrado la puerta de los planetas
en las narices. Los superseñores habían puesto pocas barreras a las actividades
humanas (la guerra era quizá la mayor excepción) pero los estudios sobre
viajes interplanetarios se
habían casi, interrumpido.
La ciencia de
los superseñores parecía
inalcanzable. Por el momento, al menos, el hombre se había desanimado y había
vuelto la atención hacia otras esferas. No había por qué desarrollar cohetes
cuando los superseñores tenían medios de propulsión infinitamente superiores,
basados en principios ignorados por todos.
Unos pocos
centenares de hombres
habían visitado la
Luna con el
propósito de establecer allí un
observatorio astronómico. Habían viajado como pasajeros en una nave pequeña,
manejada por superseñores e impulsada por cohetes. Era obvio que muy poco
podía
aprenderse del estudio de un vehículo tan primitivo, aunque sus dueños
permitiesen que los hombres de ciencia terrestre lo examinasen a su gusto.
El hombre
era, por lo tanto, prisionero de su propio planeta; un planeta mucho más
hermoso, pero más pequeño que hacía un siglo junto con la guerra, el hambre y
la enfermedad, los superseñores habían abolido la aventura.
La luna
naciente teñía ya el cielo oriental con un resplandor pálido y blanquecino.
Allá arriba, se dijo Jan, estaba la base central de los superseñores, entre las montañas de Platón. Aunque las
naves de aprovisionamiento habían estado yendo y viniendo durante más de
setenta años, sólo
en vida de
Jan se había
revelado el secreto,
y los superseñores iniciaban
ahora sus viajes
ante los mismos
ojos de la
Tierra. En el telescopio de cinco metros de abertura
podía verse cómo el sol de la mañana o de la tarde proyectaba sobre las
planicies de la Luna la sombra de aquellas enormes naves. Como todo lo que
hacían estos seres era de gran interés para la humanidad, se llevó una
cuenta minuciosa de
sus idas y
venidas, y ya
comenzaba a descubrirse
una cierta relación entre
los diversos movimientos,
aunque no su
causa. Una de
esas grandes sombras había
desaparecido unas horas antes. Eso significaba, como lo sabía Jan, que en un
lugar del espacio, ya fuera de la Luna, la nave de los superseñores estaba
preparándose para iniciar el viaje hacia el hogar distante y desconocido.
Jan
nunca había visto a una de esas naves en el momento
de elevarse hacia los astros. En las noches claras, la nave era
visible desde una de las mitades del mundo; pero Jan
nunca había tenido
suerte. Uno nunca
podía decir con
exactitud cuándo comenzaría el
verdadero viaje, y los superseñores no adelantaban la noticia. Jan decidió
esperar otros diez minutos antes de volver a la fiesta.
¿Qué era
eso? Sólo un
meteoro que atravesaba
la constelación de
Eridano. Jan suspiró, descubrió
que se le había apagado el cigarrillo, y encendió otro.
Ya se
había fumado la
mitad cuando, a
un millón de
kilómetros, el navío
estelar comenzó a moverse. Desde el mismo centro de la creciente luna
iluminada una chispita comenzó a ascender hacia el cenit. Al principio el
movimiento era tan lento que apenas se lo advertía, pero poco a poco la nave
fue ganando velocidad. Siguió subiendo cada vez con mayor brillo, hasta que de
pronto desapareció. Momentos después volvió a aparecer, más veloz
y brillante. Encendiéndose
y apagándose, con
un ritmo peculiar,
subió rápidamente por el cielo, dibujando una fluctuante línea luminosa
entre los astros. Aunque uno ignorase la distancia real. la impresión de
velocidad quitaba el aliento. Sabiendo que la nave se encontraba más allá de la
Luna, el cálculo de las velocidades y energías confundían la mente.
Jan sabía
que estaba viendo un subproducto de esas energías. La nave misma era invisible,
ya muy por encima de esa luz ascendente. Así como un cohete estratosférico deja
una estela de vapor, del mismo modo el resuelto navío de los superseñores
dejaba también su huella. La teoría generalmente aceptada - y había muy pocas
dudas sobre su veracidad - decía que las enormes aceleraciones de la nave
provocaban una distorsión local del espacio. Jan sabía que estaba viendo nada
menos que la luz de unas estrellas distantes, reunidas y enfocadas hacia la
Tierra, cada vez que en el camino recorrido por la nave se
cumplían ciertas condiciones.
Era una prueba
visible de la
relatividad: la curvatura de la
luz en presencia de un colosal campo gravitatorio.
Ahora el
extremo de esa inmensa lente, delgada como una línea de lápiz,. parecía moverse
con mayor lentitud, aunque sólo a causa de la perspectiva. En realidad la nave
ganaba velocidad. Sólo su huella parecía detenerse; la nave misma se
precipitaba ahora hacia los astros.
Jan sabía que
muchos telescopios le
estaban siguiendo, pues
los hombres de ciencia
querían descubrir los
secretos de la nave
estelar. Ya se
habían publicado docenas de estudios sobre ese tema; sin duda los
superseñores los habían leído con el
mayor interés.
La luz
fantasmal estaba apagándose.
Ahora era una raya muy débil que apuntaba como siempre hacia el centro
de la constelación Carina. El hogar de los superseñores estaba aproximadamente por
allí, pero en
cualquiera del millar
de estrellas de aquel sector del espacio. No era posible
calcular la distancia que había entre esa estrella y el sistema solar.
Todo
había acabado. Aunque la nave apenas había comenzado su viaje, ya ningún ojo
terrestre podía seguirla. Pero en la mente de Jan el recuerdo de la estela
brillante ardía aún, como un
faro que no
se apagaría nunca
mientras hubiese en él ambiciones
y deseos.
La fiesta
había terminado. Casi todos los huéspedes habían vuelto a elevarse por los
aires y
se desparramaban ahora
hacia los cuatro
rincones del globo.
Aunque había algunas excepciones.
Una era Norman
Dodsworth, el poeta, que se había emborrachado, de un modo desagradable, pero
que había sido bastante cuerdo como para abandonar la sala antes de que fuera
necesario recurrir a la violencia. Lo habían depositado sobre el césped, con
mucha suavidad, y con la esperanza de que una hiena lo despertase bruscamente.
En fin, no se contaba con él.
Entre los
que se habían quedado se incluían George y Jean. No había sido idea de George:
él quería volverse a casa. Desaprobaba la amistad entre Rupert y Jean, aunque
no por las razones
comunes. George se
enorgullecía de ser un hombre
práctico, de juicioso carácter, y
pensaba que el interés que unía a Jean y a Rupert no era sólo infantil, en esta
edad de la ciencia, sino también enfermizo. Que alguien pudiese atribuir alguna
sombra de verdad a los hechos llamados supranormales le parecía extraordinario, y el haber encontrado aquí a Rashaverak había
disminuido su fe en los superseñores.
Era indudable
ahora que Rupert
había estado planeando
alguna sorpresa, probablemente
con la connivencia de Jean. George se resignó tristemente a las tonterías que
pudiesen sobrevenir.
- Probé
toda clase de objetos antes de llegar a esto - decía Rupert con orgullo -. El
mayor problema era el de reducir la fricción y facilitar así los movimientos.
La anticuada mesita y la copa no estaban mal; pero habían sido usadas durante
siglos y era indudable que la ciencia moderna podía mejorarlas. Y aquí está el
resultado. Acercad las sillas...
¿Estás
seguro de que no quieres unirte a nosotros, Rashy?
El
superseñor pareció titubear durante una fracción de segundo. Luego sacudió
negativamente la cabeza.
(¿Había aprendido ese
gesto en la
Tierra? se preguntó George.)
- No,
gracias - replicó -, prefiero mirar. Quizá en otra ocasión.
- Muy
bien. Hay tiempo de sobra para que cambies de parecer. Oh, ¿hay tiempo? pensó
George mirando tristemente su reloj.
Rupert
había reunido a sus amigos alrededor de una mesita maciza, perfectamente
circular. Levantó la superficie de material plástico y reveló un brillante mar
de apretados y redondos cojinetes. El borde un poco saliente de la mesa impedía
que escaparan. George no podía imaginar para qué servía todo eso. La luz se
reflejaba sobre los cojinetes en centenares de puntos, formando fascinantes e
hipnóticas figuras. George se sintió ligeramente mareado.
Mientras
los demás acercaban las sillas, Rupert
buscó debajo de la mesa, sacó un disco de unos diez centímetros de diámetro, y
lo colocó sobre los cojinetes.
- Eso
es - dijo
-. Vosotros ponéis
los dedos aquí,
y el disco
gira sin encontrar resistencia.
George
lanzó una mirada de profundo disgusto al dispositivo. Advirtió que las letras
del alfabeto habían sido colocadas sobre la mesa a intervalos regulares, aunque
sin ningún orden. Además, distribuidos entre las letras, se veían varios
números, del 1 al 9, y en dos extremos opuestos unas tarjetas con las palabras
"Sí y "No".
- Todo
esto me parece magia barata - murmuró George -. Me sorprende que alguien se lo
tome en serio en esta época.
Luego de
haber emitido esta débil protesta, George se sintió un poco mejor. Rupert
pretendía no sentir por estos fenómenos más que una desinteresada curiosidad. Tenía una mente amplia, pero no
era un crédulo. Jean, en cambio... bueno, George se sentía un poco preocupado.
La muchacha creía, en apariencia, que en este asunto de la telepatía y de la
segunda visión había algo realmente.
George no
advirtió, hasta después de haber hablado, que la frase implicaba también una
censura a Rashaverak. - Lo miró
nerviosamente, pero no había en el
superseñor ningún signo de reacción. Lo que no probaba nada en absoluto.
Ya todos
ocupaban sus sitios. Alrededor de la mesa y en el sentido de las agujas del
reloj, se habían instalado Rupert, Maia, Jan, Jean, George y Benny Shoenberger.
Ruth Shoenberger estaba sentada
aparte con un
anotador. Se había
opuesto, parecía, a participar
de la sesión,
lo que había
provocado ciertos comentarios
oscuramente sarcásticos de Benny a propósito de los que todavía se
tomaban el Talmud en serio. Sin embargo, no se oponía de ningún modo a actuar
como cronista.
- Ahora
escuchen - comenzó a decir Rupert -; para beneficio de los escépticos como
George, pongamos las cosas en claro. Haya o no algo anormal en todo esto,
funciona. Personalmente creo que se trata de un simple fenómeno mecánico.
Cuando ponemos nuestras manos sobre el disco, aunque tratemos de no influir en
sus movimientos, nuestro subconsciente comienza a hacer trampa. He analizado
centenares de sesiones y no he descubierto una sola respuesta que no fuese
conocida, o sospechada, por alguno de los participantes, aunque a veces no
conscientemente. Tengo interés en llevar a cabo el experimento en esta
peculiar... este... circunstancia.
La
“peculiar circunstancia” estaba observándolos en silencio, pero,
indudablemente, no con indiferencia. George se preguntó qué pensaría Rashaverak
de estas antiguas supersticiones. ¿Ocupaba la posición de un antropólogo ante
un rito primitivo? La escena era fantástica, y George se sintió verdaderamente
tonto.
Si los
otros se sentían
como él, lo
ocultaban perfectamente. Sólo
Jean estaba encendida y excitada,
aunque quizá el alcohol fuese el culpable.
- ¿Todos
listos? - preguntó Rupert -. Muy bien. Guardó, durante unos instantes, lo que
quería ser un
impresionante silencio, y
luego, sin dirigirse
particularmente a nadie, exclamó: - ¿Hay alguien aquí?
George
pudo sentir que el disco temblaba ligeramente bajo sus dedos. No era nada sorprendente
si se tenía en cuenta la presión ejercida por las seis personas del círculo. El
disco osciló trazando la figura de un 8 y al fin se detuvo.
- ¿Hay
alguien aquí? - repitió Rupert. Con un tono de voz más normal añadió -: A
menudo
pasan diez o quince minutos sin que haya una respuesta, pero otras veces...
-
Chist... - dijo Jean.
El disco
se estaba moviendo. Comenzó a balancearse trazando un amplio arco entre las
tarjetas del "Sí" y del "No". A George le costó trabajo
ocultar una risita. ¿Qué quedaría demostrado
si la respuesta
fuese "No”? Recordó
aquel viejo chiste:
"Sólo estamos nosotras, las
gallinas..."
Pero la
respuesta era "Sí". El disco volvió rápidamente al centro de la mesa.
Parecía como si estuviese vivo, de algún modo, y esperase la próxima pregunta.
A pesar de sí mismo, George se sintió impresionado.
- ¿Quién
eres? - preguntó Rupert.
Esta vez
las letras se sucedieron sin titubeos. El disco se movió a través de la mesa,
como un ser consciente, y con tanta rapidez que George encontraba difícil
mantener el contacto. Podía jurar que no
contribuía al movimiento. Miró rápidamente a los demás, pero no pudo ver nada
sospechoso en sus caras. Parecían tan
atentos y expectantes como él.
- Todos -
respondió el disco, y volvió a su lugar de descanso.
- Todos -
repitió Rupert -. Una respuesta típica. Evasiva, pero estimulante. Significa,
quizá, que no hay nadie aquí, salvo una combinación de nuestras mentes. - Calló
un momento mientras elegía la próxima pregunta. Luego dijo, dirigiéndose al
aire: - ¿Tienes un mensaje para alguno de nosotros?
- No -
replicó el disco con rapidez. Rupert miró alrededor de la mesa.
- Deja el
asunto en nuestras manos. A veces habla voluntariamente, pero esta noche
tendremos que hacerle preguntas definidas. ¿Alguien quiere comenzar?
-
¿Lloverá mañana? - dijo George en broma.
El disco
comenzó a oscilar en la línea del SÍ - NO.
- Es una
pregunta tonta - protestó Rupert -. Es posible que llueva en alguna parte, y
que no
llueva en alguna
otra. No hagan
preguntas cuyas respuestas
puedan ser ambiguas.
George se
sintió apropiadamente aplastado. Decidió esperar a que algún otro hiciese la
pregunta siguiente.
- ¿Cuál
es mi color favorito? - preguntó Maia.
- Azul -
fue la respuesta.
- Es exacto.
- Pero
eso no prueba nada. Tres de los presentes, por lo menos, ya lo sabían.
- ¿Cuál
es el color favorito de Ruth? - preguntó Benny.
- Rojo.
- ¿Es
cierto eso, Ruth?
La mujer
alzó la vista de su anotador.
- Sí, así
es. Pero Benny lo sabe, y está en la mesa.
- Yo no
lo sabía - replicó Benny.
- Lo
sabías muy bien. Te lo he dicho un millón de veces.
-
Recuerdo subconsciente - murmuró Rupert
-. Ocurre a menudo. ¿Pero no pueden hacer preguntas más inteligentes, por
favor? Todo ha comenzado tan bien, que no quiero que perdamos esta mina.
Curiosamente,
la misma trivialidad del fenómeno comenzaba a interesar a George. No se trataba
de nada supranormal, era indudable. Como decía Rupert, el disco estaba
respondiendo a los movimientos musculares inconscientes. Pero este hecho mismo
era asombroso. George nunca
hubiese creído que
fuera posible obtener
respuestas tan rápidas y
precisas. En una ocasión trató de influir en el disco para que éste deletreara
su nombre. Obtuvo la "G", pero eso fue todo; el texto no tenía
sentido. Era virtualmente imposible, decidió, que una persona gobernara la mesa
sin la colaboración de los demás.
Al cabo
de media hora, Ruth había anotado más de una docena de mensajes, algunos
bastante largos. Había ocasionales faltas de ortografía, y rarezas de sintaxis,
pero pocas. Cualquiera que fuese la
explicación, George - estaba seguro - no
contribuía conscientemente a obtener esos resultados. Algunas veces, cuando el
disco comenzaba a deletrear una palabra, creía adivinar las letras
subsiguientes, y de ahí el significado total del mensaje. Y todos las veces el
disco había cambiado de dirección y había deletreado algo totalmente distinto.
Muy a menudo - pues no había pausa ninguna que indicase el fin de una palabra y
el comienzo de otra - el mensaje parecía ininteligible hasta que Ruth lo leía
en voz alta.
La
experiencia, en su conjunto, le daba a George la impresión de encontrarse ante
una mente independiente y dotada de voluntad. Y sin embargo no había ninguna
prueba definitiva. Las réplicas eran tan ambiguas, tan triviales... Qué podía
significar esto por ejemplo:
CREEDHOMBRESLANATURALEZAOSACOMPAÑA
Aunque a
veces se sucedían profundas y hasta perturbadoras verdades:
RECORDADQUEELHOMBRENOESTASOLONOLEJOSHAYOTRAPATRIA
Pero
naturalmente todos lo sabían. Aunque ¿quién podía asegurar que el mensaje se
refiriese a los superseñores?
George
estaba sintiéndose cansado. Era hora, pensó somnoliento, de que volviesen a
casa. Todo esto parecía muy curioso, pero no los llevaba a ninguna parte y ya
estaban abusando. Miró alrededor de la mesa. Benny parecía sentirse como él.
Maia y Rupert tenían una mirada un poco apagada, y Jean... bueno, se lo tomaba
muy en serio. La expresión de Jean lo preocupó. Parecía como si tuviese miedo
de terminar, y también como si tuviese miedo de seguir.
Quedaba
sólo Jan. George se preguntó qué pensaría de las excentricidades de su cuñado.
El joven ingeniero no hacía preguntas, ni mostraba ninguna sorpresa ante las
respuestas. Parecía estar estudiando los movimientos del disco como si se
tratase de un fenómeno científico.
Rupert
salió de su aparente letargo.
-
Hagamos otra pregunta - dijo -, después podemos
darnos por satisfechos. ¿Qué dices, Jan? No has preguntado nada.
Jan,
sorprendentemente, no titubeó, como si
tuviese la pregunta ya preparada. Lanzó una mirada hacia la impresionante mole
de Rashaverak y luego dijo con una voz clara y tranquila:
- ¿Qué
estrella es el sol de los superseñores?
Rupert
lanzó un silbido de sorpresa. Maia y Benny no reaccionaron. Jean había cerrado
los ojos y parecía dormir. Rashaverak se
había inclinado hacia adelante de modo que podía mirar por encima del hombro de
Rupert.
Y el
disco comenzó a moverse.
Cuando volvió
al centro de la mesa,
hubo un momento
de silencio y
al fin Ruth preguntó con una voz perpleja:
- ¿Qué
significa NGS 549672?
No obtuvo
respuesta, pues en ese momento George dijo ansiosamente:
-
Ayúdenme. Me parece que Jean se ha desmayado.
9
- Ese
hombre, Boyce - dijo Karellen -. Hábleme de él.
El
supervisor no usó, naturalmente, estas mismas palabras, y expresó además unos
pensamientos mucho más
sutiles. Un hombre
hubiese oído una
corta explosión de sonidos rápidamente modulados, no muy
diferentes de los de un transmisor Morse de alta velocidad. Aunque se habían
grabado numerosos ejemplos de ese lenguaje su extrema complejidad había
desafiado todos los análisis. Y la velocidad era tal, que nadie hubiese
podido, aunque dominase
los elementos de esa lengua,
sostener una conversación normal con los superseñores.
El
supervisor de la Tierra estaba de pie, de espaldas a Rashaverak, mirando a
través del abismo multicolor del Gran
Cañón. Diez kilómetros
más allá, algo
velados por la distancia, los pétreos terraplenes
reflejaban toda la violencia del sol. Abajo, a centenares de metros
del borde rocoso
en el que
se encontraba Karellen,
una rastra de
mulas descendía con lentitud hacia las profundidades del valle. Era
curioso, pensó Karellen, que los seres humanos aprovechasen aún todas las
ocasiones para volver a las costumbres primitivas. Hubiesen podido llegar al
fondo del cañón en una fracción de segundo, y con más comodidad. Pero preferían
arrastrarse por senderos que parecían muy peligrosos, y que quizá lo eran.
Karellen
movió apenas la mano. El gran panorama se desvaneció dejando sólo un sombrío
vacío de profundidad indeterminada. La realidad de su empleo y de su posición
volvieron a él.
- Rupert
Boyce es, en cierto modo, un curioso personaje - respondió Rashaverak -
Profesionalmente está a cargo
de una importante
sección de la reserva
africana. Es bastante eficiente,
y tiene interés en su trabajo. Como debe vigilar varios kilómetros cuadrados,
está usando uno de los quince visores panorámicos que hemos entregado en
préstamo; con los resguardos usuales,
como es natural. El visor, además, es el único capaz de emitir toda clase de
proyecciones. Boyce puede aprovechar muy bien estas facilidades, por eso le
hemos permitido emplear el aparato.
- ¿Qué
razones ha dado?
- Quería
aparecerse a los animales salvajes, para que fueran acostumbrándose, y no lo
atacaran cuando se presentase ante ellos. La teoría resultó exacta con animales
que reaccionan más con los estímulos visuales que con los olfativos... Aunque
probablemente un día terminarán por matarlo. Y, naturalmente, le hemos dejado
el aparato por otras razones.
- ¿Para
que cooperase con nosotros?
-
Precisamente. Me puse
en contacto con Boyce
porque es dueño
de una de las
mejores bibliotecas del mundo
en cuestiones de
parapsicología y otros temas
afines.
Cortésmente,
pero con firmeza, rehusó a prestarnos sus libros, y tuve que visitarlo. Me he
leído la mitad de su biblioteca. Ha sido una prueba bastante dura.
- Lo creo
- dijo Karellen secamente -. ¿Ha descubierto algo entre toda esa bazofia?
- Sí.
Once casos seguros, y veintisiete probables. Pero como el material sólo recoge
casos aislados no
es posible utilizarlos
con fines estadísticos.
Y la evidencia
está mezclada a menudo
con cierto misticismo...
quizá la mayor
aberración de la
mente humana.
- ¿Y cuál
es la actitud de Boyce ante todo esto?
-
Pretende ser un hombre de mente libre y escéptica, pero el tiempo y el esfuerzo
que ha dedicado a sus libros revelan cierta fe subconsciente. Lo desafié a que
me lo negase y me respondió que quizá yo tenía razón. Boyce anda buscando una
prueba decisiva. Por eso realiza esas experiencias, aunque pretenda que sólo se
trata de juegos.
- ¿Y
Boyce cree que nuestro interés es sólo académico? ¿Está usted seguro?
-
Totalmente seguro. La mente de Boyce es, en muchos sentidos, bastante simple y
obtusa. Por eso mismo su interés por esta esfera particular tiene un carácter
algo patético. No es necesario tomar ninguna medida especial.
- Ya veo.
¿Y qué hay de la muchacha que se desmayó?
- Esto es
lo más interesante. Jean Morrel fue, casi con seguridad, el canal por el que
vino la información. Pero ya tiene veintiséis años. Excesivamente mayor para
que se la considere, de acuerdo con nuestras experiencias anteriores, un
contacto primario. Tiene que haber, por lo tanto, alguien muy unido a ella. La
conclusión es obvia. No tendremos que esperar
muchos años. Habrá que transferirla a la categoría púrpura.
Jean Morrel puede convertirse en el ser humano más importante de esta
época.
- Así lo
haré. ¿Y qué hay de ese joven que hizo la pregunta? ¿Fue simple curiosidad o
tuvo otro motivo?
- Estaba
allí por casualidad. Su hermana acababa de casarse con Rupert Boyce. No conocía
a los otros huéspedes. Estoy seguro de que no hubo nada premeditado. Sólo las
condiciones excepcionales, y probablemente mi
presencia, inspiraron la
pregunta. De modo que su conducta
es apenas sorprendente. Tiene un único interés: la navegación interplanetaria.
Es secretario del grupo de astronáutica de la Universidad del Cabo, y
evidentemente dedicará a este tema toda su vida.
- Su
carrera puede ser interesante. Mientras tanto, ¿qué actitud cree usted que
tomará
Rodricks?
- El ingeniero
hará indudablemente algunas comprobaciones, tan pronto como le sea posible.
Pero no podrá probar la exactitud de la información, y es difícil, a causa de
su
origen
tan peculiar, que se decida a publicarla. Y aunque lo hiciese, ¿nos afectaría
de algún modo?
-
Estudiaré las dos posibilidades - replicó Karellen -. Se nos ha ordenado no
revelar la posición de nuestra base, aunque la información no podrá, en este
caso, volverse contra nosotros.
- Estoy
de acuerdo. Rodricks posee cierta información que es de dudosa veracidad, y sin
ningún valor práctico.
- Así
parecerá al menos - dijo Karellen -. Pero no nos sintamos muy seguros. Los
seres humanos son notablemente ingeniosos,
y a veces
muy pacientes. No
conviene subestimarlos y será interesante seguir la carrera del señor
Rodricks.
Rupert
Boyce nunca llegó realmente al fondo de la cuestión. Cuando sus huéspedes
dejaron la casa, con menos ruido que de costumbre, Rupert pensativo, arrastró
la mesita hasta el rincón. Una leve niebla alcohólica le impedía analizar de veras lo
ocurrido, y hasta los mismos hechos se
le habían borrado ya ligeramente. Tenía
la vaga idea de haber asistido a algo muy importante, pero huidizo, y se
preguntó si discutiría el incidente con Rashaverak. En seguida pensé que sería
una falta de tacto. Al fin y al cabo su cuñado tenía la culpa de todo. Se
sintió vagamente enojado con Jan. ¿Pero era Jan responsable?
¿O algún
otro? Rupert recordó, con cierta vergüenza,
que había sido su experimento. Decidió entonces, con bastante éxito,
olvidar el asunto.
Quizá
habría hecho algo si hubiese encontrado la última página del anotador de Ruth.
Pero la hoja se había extraviado en medio de la discusión. Jan se declaró
inocente y... bueno, uno no podía acusar a Rashaverak. Y nadie recordaba qué
había deletreado el disco, salvo que el mensaje no tenía, aparentemente, ningún
significado...
El
experimento afectó ante todo a George Greggson. Nunca pudo olvidar el terror
que sintió en aquel instante, cuando Jean cayó en sus brazos. El repentino
desamparo de Jean transformó a la amable
compañera en un ser que invitaba a la ternura y al afecto. Las mujeres
se habían desmayado
- no siempre
sin intención -
desde épocas inmemoriales, y los
hombres habían respondido siempre adecuadamente. El colapso de Jean fue
totalmente espontáneo, pero no habría tenido más éxito si hubiese obedecido a
un plan. En ese instante, como pudo comprenderlo más tarde, George tomó una de
las decisiones más importantes de su vida. Jean era, definitivamente, la
muchacha que más le importaba, a pesar de sus raras ideas y de sus más raros
amigos. No tenía intención de abandonar a Naomi o Joy o Elsa o - ¿cómo se
llamaba? - Denise; pero había llegado la
hora de
decidirse por algo más permanente. Jean estaría sin duda de acuerdo, pues los
sentimientos dé ambos habían sido muy claros desde un principio.
Su
decisión tenía otro motivo que George ignoraba. La experiencia de esa noche
había debilitado el orgullo y el
desprecio que le inspiraban los peculiares intereses de Jean. Nunca lo reconocería, pero
era así; el hecho había suprimido las últimas barreras.
Miró a
Jean, pálida, pero repuesta, reclinada en el asiento de la máquina voladora.
Abajo reinaban las
sombras; arriba, los
astros. George ignoraba
totalmente dónde estaban, dentro
de un radio de mil kilómetros. Pero ésa era tarea del robot. Estaba
guiándolos hacia la
casa y los
haría aterrizar dentro
de (así anunciaba
el tablero) cincuenta y siete
minutos.
Jean le
devolvió la sonrisa y retiró suavemente su mano de la de George.
- Deja
que me circule la sangre - pidió frotándose los dedos -. Tranquilízate, me
siento muy bien.
- ¿Qué
crees que habrá pasado? ¿No recuerdas nada?
- No. Un
vacío total. Oí la pregunta de Jan... y luego los vi a todos haciendo un
alboroto a mi alrededor. Fue, estoy segura, una especie de trance. Al fin y al
cabo...
Jean se
interrumpió y decidió al fin no decirle que ya le había ocurrido otras veces.
Sabía qué pensaba George de estas cosas y no quería trastornarlo todavía más, o
hasta asustarlo quizá.
- ¿Al fin
y al cabo qué? - preguntó George.
- Oh,
nada. Me pregunto qué habrá pensado aquel superseñor. Probablemente no esperaba
tanto.
Jean se
estremeció ligeramente, y se le nublaron los ojos.
- Les
tengo miedo a los superseñores, George. Oh, no quiero decir que sean malvados,
ni nada parecido. Creo
que están bien intencionados, y que hacen
lo que quizá nos conviene más.
Sólo me pregunto qué planes tendrán realmente.
George se
movió, incómodo.
- El
hombre se ha preguntado lo mismo desde que los superseñores llegaron a la
Tierra
- dijo -
Nos lo dirán cuando llegue el momento... y francamente no tengo tanta
curiosidad. Me preocupan ahora otras cosas más importantes. - Se volvió hacia
Jean y le tomó las manos. - ¿Qué te parece si vamos mañana a los Archivos y
firmamos un contrato por, digamos, cinco años?
Jean lo
miró fijamente y decidió que, en general, lo que estaba viendo le gustaba.
- Hazlo
de diez - le dijo.
Jan dejó
pasar un tiempo. No había prisa y quería pensarlo. Era, casi, como si temiera
llevar adelante aquella investigación y que la fantástica esperanza que le
ocupaba ahora la mente se desvaneciese de pronto.
Mientras
no estaba seguro, podía soñar al menos.
Además,
para hacer sus comprobaciones, tendría que ir a la biblioteca del observatorio.
La mujer lo
conocía, sabía muy
bien cuales eran
sus intereses y
se sentiría verdaderamente intrigada.
Quizá no importaba tanto,
pero Jan estaba decidido
a que nada quedara librado al azar. Dentro de una semana
tendría una oportunidad mucho mejor.
Sus
precauciones eran excesivas, lo sabía, pero de este modo la empresa adquiría un
sabor de travesura juvenil. Por otra parte Jan temía más el ridículo que
cualquier posible amenaza de los superseñores. Si se estaba embarcando en una
empresa descabellada, nadie llegaría a saberlo.
Tenía
motivos perfectamente justificados para ir a Londres; el viaje estaba preparado
desde hacía varias semanas. Aunque demasiado joven, y poco apto para ejercer
las funciones de delegado, Jan era uno de los tres estudiantes del grupo que,
en nombre de la universidad, asistiría al congreso de la Unión Astronómica
Internacional. El congreso coincidía con la temporada de vacaciones y hubiese
sido una lástima desperdiciar esa ocasión,
pues Jan no visitaba Londres
desde la niñez. Sabía
que muy pocos de los informes lograrían interesarle, aun en
el caso de que pudiese entenderlos.
Como cualquier
otro delegado a un congreso
científico oiría algunas
de las conferencias y se pasaría
el resto del tiempo hablando con los colegas más entusiastas o recorriendo la
ciudad.
Londres
había cambiado enormemente en los últimos cincuenta años. Tenía sólo dos
millones de habitantes, y un número cien veces mayor de máquinas. Ya no era un
gran puerto, pues todos los países se bastaban ahora a sí mismos y el mundo
tenía otra estructura comercial. Algunas regiones disponían de mejores
productos, pero estos eran transportados directamente por aire. Las rutas
comerciales que habían convergido alguna vez
hacia los grandes
puertos, y luego
hacia los grandes
aeródromos, se habían dispersado transformándose en una red
intrincada y uniforme que cubría todo el planeta.
Sin
embargo, algunas cosas no habían cambiado. La ciudad era aún un centro
administrativo, universitario y artístico. En estas cuestiones ninguna de las
capitales del continente podía rivalizar
con Londres, ni
siquiera París, a
pesar de que
muchos afirmasen lo contrario.
Un londinense del
siglo anterior hubiera
podido orientarse
fácilmente
en la ciudad, por lo menos en el centro. Las grandes y horribles estaciones de
ferrocarril habían desaparecido. Pero, el Parlamento era el mismo; la mirada
solitaria de Nelson estaba todavía clavada en Whitehall; la cúpula de San Pablo
se alzaba todavía sobre Ludgate Hill, aunque ahora otros edificios más altos
desafiaban su preeminencia.
Y la
guardia desfilaba todavía ante el palacio de Buckingham.
Todas
estas cosas, pensaba Jan, podían esperar. Estaba de vacaciones y se alojaba,
con sus
dos compañeros, en
uno de los
albergues universitarios. El
carácter de Bloomsbury tampoco
había cambiado en este último siglo: era todavía una isla de hoteles y casas de
huéspedes, no apretujadas como antes, pero que aún formaban unas largas e
idénticas hileras de ladrillos manchados de hollín.
Jan no
encontró su oportunidad hasta el segundo día de sesiones. Las comunicaciones
más importantes eran leídas en el Centro de la Ciencia, no lejos del Concert
Hall, que tanto había ayudado a que Londres se convirtiese en la metrópoli
musical del mundo. Jan quería escuchar la primera de las conferencias del día.
De acuerdo con los rumores, destruiría por completo la teoría entonces vigente
sobre la formación de los planetas.
Quizá así
fue, pero cuando llegó el intervalo, Jan no lo sabía. Corrió a las oficinas del
directorio mirando las puertas.
Algún
humorístico funcionario civil había instalado la Real Sociedad Astronómica en
el último piso del edificio, decisión que los miembros del consejo apreciaban
debidamente, pues tenían así una magnífica vista del Támesis y toda la parte
norte de la ciudad. Las oficinas
parecían desiertas, pero Jan, llevando en una mano,
como un pasaporte, su tarjeta de socio, por si alguien llegaba a
detenerlo - encontró fácilmente la biblioteca.
Tardó
casi una hora en aprender a manejar los grandes catálogos de millones de
entradas. Al acercarse al final de la búsqueda le temblaban ligeramente las
manos. Por suerte no había nadie allí.
Puso otra
vez el catálogo entre los otros ejemplares, y durante un largo rato se quedó
sentado, mirando sin ver el muro de volúmenes. Luego caminó lentamente hasta
los tranquilos corredores, pasó ante la oficina del secretario (había alguien
allí ahora, empaquetando unos libros)
y fue hacia
las escaleras. No
tomó el ascensor,
quería sentirse libre y sin trabas. Había tenido interés en escuchar
otra conferencia, pero ya no importaba ahora.
Con los
pensamientos todavía alborotados,
llegó al paredón
y dejó que
sus ojos siguieran al Támesis,
que fluía tranquilamente hacia el mar. Para alguien educado dentro de la
ciencia ortodoxa, era difícil aceptar lo que ahora tenía en las manos. Nunca
podría
estar
seguro de su verdad, pero, sin embargo, la probabilidad era abrumadora.
Mientras caminaba lentamente junto al muro del río, puso en orden los hechos.
Uno:
nadie en la fiesta de Rupert sabía que iba a hacer esa pregunta. Ni siquiera él
mismo; había sido una reacción espontánea
ante determinadas
circunstancias. Por lo tanto
nadie podía haber preparado una respuesta, ni conocerla con anterioridad.
Dos:
"NGS 549672" significaba algo probablemente Sólo para un astrónomo.
Aunque el Archivo Geográfico Nacional
había sido completado
hacía ya medio
siglo, sólo unos pocos miles de especialistas conocían su
existencia. Y ninguno de ellos hubiese podido decir dónde se encontraba ese astro
determinado.
Y tres,
lo que acababa de saber: la pequeña e insignificante estrella conocida como NGS
549672 estaba precisamente en el lugar indicado, en el centro de la
constelación Carina, en el extremo de esa estela brillante que el mismo Jan
había visto, hacía sólo unas noches, y que partiendo del sistema solar había
atravesado los abismos del espacio.
La coincidencia
era imposible. NGS
549672 tenía que
ser la morada
de los superseñores. Sin embargo,
ese hecho significaba violar
el respeto que sentía por el método
científico. Bueno, que fuese violado. Tenía
que aceptar este hecho: de algún modo, la fantástica experiencia
de Rupert había señalado una
fuente de conocimiento hasta ahora desconocida.
¿Rashaverak?
Parecía la explicación más probable. El superseñor no había formado parte del
círculo, pero eso
no tenía gran
importancia. Por otra
parte, a Jan
no le interesaba el mecanismo de
la parafísica, sólo le importaban los resultados.
Muy poco
se sabía de NGS 549672; nada la diferenciaba de otras muchas estrellas. Pero el
catálogo daba la magnitud, las coordenadas, y el tipo espectral. Jan tendría
que llevar a cabo una pequeña investigación y hacer unos cuantos cálculos;
entonces podría saber, por lo menos aproximadamente, a qué distancia de la Tierra estaba el mundo
de los superseñores.
Una lenta
sonrisa - se extendió por el rostro de
Jan mientras daba las espaldas al
Támesis y se enfrentaba con la blanca y reluciente fachada del Centro de la
Ciencia. El conocimiento era poder... y él era el único hombre en la Tierra que
conocía el origen de los superseñores. No sabía cómo iba a usar ese poder. Lo
guardaría a salvo en su mente, aguardando la hora del destino.
10
La raza
humana continuaba calentándose al sol en el largo y claro mediodía estival de
la paz y la prosperidad. ¿Habría otra vez un invierno? Era inconcebible. La
edad de la razón, saludada prematuramente por
los jefes de la revolución francesa
dos siglos y medio antes, había llegado al fin. Esta vez
era cierto.
Había
algunos inconvenientes, es claro, aunque se los aceptaba de buena gana. Uno
tenía que ser muy viejo, realmente, para advertir que los periódicos que los
teletipos imprimían en todos los hogares eran bastante aburridos. Las crisis
que alguna vez habían originado los grandes titulares ya no eran posibles. No
existían ya asesinatos misteriosos para confundir a la policía y hacer nacer en
todos los pechos una indignación moral que a menudo sólo
era envidia reprimida.
Cuando había algún
asesinato, no era
nunca misterioso; bastaba con
mover una perilla...
y el crimen
volvía a representarse. La existencia de instrumentos capaces de
estas hazañas había causado en un principio considerable pánico entre gentes
que vivían en un todo de acuerdo con las leyes. Esto era algo que los
superseñores, que conocían la mayor parte, pero no todos los recovecos de la
psicología humana, no habían previsto. Tuvo que ponerse perfectamente en claro
que ningún curioso podía espiar a sus semejantes, y que los pocos aparatos
manejados por los hombres serían estrictamente controlados. El proyector de
Rupert Boyce, por ejemplo, no podía operar más allá de las fronteras de la
reserva, de modo que Rupert y Maia eran las únicas personas que entraban en su
dominio.
Aun los
pocos crímenes de importancia que ocurrían a veces no recibían gran atención de
los periódicos. Pues la gente educada no tiene interés, al fin y al cabo, en
enterarse de las gaffes sociales del prójimo.
La semana
laborable tenía ahora veinte horas, pero esas veinte horas no eran una
prebenda. Había muy poco trabajo de naturaleza rutinaria y mecánica. Las mentes
de los hombres eran demasiado valiosas para gastarlas en tareas que podían ser
realizadas por unos pocos miles de transmisores, algunas células
fotoeléctricas, y un metro cúbico de circuitos. Había algunas fábricas capaces
de funcionar durante semanas enteras sin ser visitadas por ningún ser humano.
Los hombres sólo eran necesarios para eliminar dificultades, tomar decisiones o
trazar nuevos planes. Los robots hacían el resto.
La
existencia de tanto ocio hubiese creado tremendos problemas un siglo antes. La
educación había eliminado
la mayoría de
esos problemas, ya
que una mente
bien equipada no cae
en el aburrimiento.
El nivel general
de la cultura
hubiese parecido fantástico en otra época. No había pruebas de que la inteligencia de la raza humana hubiese mejorado,
pero por primera
vez todos tenían
la oportunidad de
emplear el cerebro.
La mayor
parte de la gente tenía dos casas, en dos Puntos muy apartados del globo
terráqueo. Ahora que habían sido habilitadas las zonas polares, una
considerable fracción de la raza humana oscilaba del Ártico al Antártico en
busca de un verano largo y sin noches. Otros vivían en los desiertos, en lo
alto de las montañas, o aun debajo del mar. No había sitio alguno en el planeta
donde la ciencia y la tecnología no pudiesen instalar, si alguien lo deseaba,
una cómoda morada.
Las
noticias más excitantes provenían de las casas que se alzaban en los lugares
más raros. Aun en una sociedad perfectamente
ordenada, siempre habrá accidentes. Quizá era un buen signo que la gente
diera cierto valor a arriesgar el pescuezo, y a veces a quebrárselo, en
beneficio de una cómoda villa colgada de la cima del Everest o en medio de la
espuma del salto de la Victoria. Como resultados, siempre rescataban a alguien,
en alguna parte. Se trataba de una especie de juego, casi un deporte
planetario.
La gente
podía permitirse tales caprichos, pues le sobraba por igual tiempo y dinero. La
abolición de los ejércitos había doblado casi el bienestar efectivo del mundo,
y la mayor producción había hecho lo demás. Era difícil comparar el nivel de
vida del hombre del siglo veintiuno con
el de sus predecesores. Todo era tan
barato que las necesidades vitales se satisfacían gratuitamente, como había
ocurrido en otro tiempo con los servicios públicos: caminos, agua, iluminación
de las calles y sanidad. Un hombre podía viajar a cualquier parte, comer
cualquier cosa... sin ningún gasto. El ser miembro productor de la sociedad le
daba esos derechos.
Había,
naturalmente, algunos zánganos; pero el número de personas de voluntad
suficiente como para entregarse a una vida de ocio total es mucho más pequeño
de lo que comúnmente se supone. Soportar a tales parásitos era una carga
muchísimo menos pesada que sostener
todo un ejército
de recolectores de
formularios, contadores,
empleados de banco,
corredores de bolsa,
y otros similares
cuya función principal, cuando se lo considera
globalmente, consiste en pasar los asientos de un libro a otro.
Se había
calculado que un
cuarto casi de
la actividad humana
se empleaba en deportes
de toda especie, desde
ocupaciones tan sedentarias como el ajedrez, hasta otras
mortales como la de esquiar
por valles montañosos. Como
inesperada consecuencia los deportistas profesionales se habían
extinguido. Había muchos brillantes aficionados y el cambio de las condiciones
económicas había hecho totalmente anticuado el viejo sistema.
Junto con
los deportes, el entretenimiento, en todas sus formas, era la mayor de las
industrias. Durante más de un siglo mucha gente había podido creer que la
capital del mundo era Hollywood. Tenían ahora más razones aún para esta
creencia; pero es bueno
declarar
que la mayor parte de las producciones del año 2050 hubiesen parecido
incomprensiblemente complejas en 1950. Había habido algunos progresos: las
ganancias ya no eran lo más importante.
Sin
embargo, en medio de todas las distracciones y diversiones de un planeta a
punto de convertirse en un inmenso campo de juegos, había algunos que todavía
encontraban tiempo para repetir una vieja y nunca contestada pregunta:
- ¿A
dónde vamos por este camino?
11
Jan se
apoyó en el elefante y tocó la piel, rugosa como la corteza de un árbol. Luego
alzó los ojos hacia los grandes colmillos y la trompa ondulada, admirando la
habilidad del taxidermista que había logrado reproducir el momento del desafío
o del saludo. ¿Qué extrañas
criaturas, se preguntó,
de qué mundos
desconocidos, admirarían a este
desterrado?
-
¿Cuántos animales les has enviado a los superseñores? - le preguntó a Rupert.
-
Cincuenta por lo menos, aunque, claro éste es el más grande. Es magnífico, ¿no
es cierto? Casi todos
los otros eran
bastante pequeños: mariposas,
serpientes, monos, etcétera.
Aunque el año pasado cacé un hipopótamo.
Jan
sonrió cansadamente.
- Es una
idea enfermiza, pero supongo que ya deben de tener un grupo bien disecado del
Homo Sapiens. ¿Quiénes habrán tenido ese honor?
- Tienes
razón probablemente - dijo Rupert con bastante indiferencia. Los hospitales
podrían suministrar fácilmente el material.
- ¿Qué
pasaría - continuó Jan pensativamente - si alguien se ofreciera como voluntario
para ir como ejemplar vivo? Con la garantía del regreso, es claro.
Rupert se
rió con simpatía.
- ¿Es una
oferta? ¿Debo de transmitírsela a Rashaverak?
Jan
consideró la idea un momento, casi seriamente. Al fin sacudió la cabeza.
- Este...
no. Estaba pensando en voz alta. Seguro que no me aceptarían. A propósito,
¿has
visto a Rashaverak recientemente?
- Me
llamó hace unas
seis semanas. Había
descubierto un libro
que yo estaba buscando. Muy simpático de su parte.
Jan
caminó lentamente alrededor
del monstruo disecado, admirando
la técnica que había paralizado para siempre al animal en el momento de
su mayor vigor.
-
¿Has descubierto qué
estaba buscando? - preguntó
- Quiero decir, es
tan difícil conciliar la ciencia
de los superseñores con todo ese interés por el ocultismo.
Rupert miró
a Jan sospechosamente, preguntándose si
su cuñado no
estaría tomándole el pelo.
- La
explicación de Rashy parece correcta. Como antropólogo, está interesado en
todos los aspectos de
nuestra cultura. Recuerda
que les sobra
tiempo. Pueden entrar
en detalles a los que nunca ha llegado la investigación humana. Leer
toda mi biblioteca ha sido apenas un esfuerzo para Rashy.
Podía ser
ésa la respuesta, aunque Jan no se convenció. A veces
había deseado confiarle el secreto a Rupert, pero era de naturaleza
reservada y había callado. Cuando volviera a encontrarse con el amigo Rashy,
Rupert dejaría escapar algo probablemente. La tentación sería demasiado grande.
- Otra
cosa - dijo Rupert, cambiando repentinamente el tema -, si crees que éste es un
gran trabajo, tendrías que ver el que le encargaron a Sullivan. Ha prometido
entregar dos enormes criaturas: una ballena y un pulpo gigante. Aparecerán
trabados en un combate mortal. ¡Qué cuadro!
Por un
momento Jan no contestó. La idea que le había estallado en el cerebro era
demasiado desaforada y fantástica para tomársela en serio. Sin embargo, por ser
precisamente tan osada, podía tener éxito...
- ¿Qué te
pasa? - dijo Rupert, ansioso -. ¿Te está haciendo daño el calor? Jan se sacudió
volviendo a la realidad.
-
Estoy bien - dijo - Me preguntaba solamente
cómo harán los superseñores para recoger un paquetito semejante.
- Oh -
dijo Rupert -, descenderán en una de esas naves
de carga, se abrirá una escotilla, y lo meterán adentro.
-
Exactamente lo que yo pensaba - dijo Jan.
Hubiese
podido ser la cabina de una nave del espacio. Las paredes estaban cubiertas con
medidores e instrumentos; no había ventanas, sólo una vasta pantalla ante el
asiento del piloto. El navío podía llevar a seis personas, pero Jan era el
único pasajero.
Estaba
mirando atentamente la pantalla, absorbiendo el desfile de imágenes de esa
extraña y desconocida región. Desconocida, sí, tan desconocida como la que
podría encontrar más allá de las estrellas, si ese plan alocado tenía éxito.
Estaba entrando en un reino de pesadilla, pasando de una a otra criatura en
medio de una oscuridad que no
había
sido perturbada desde los orígenes del mundo. Era un reino sobre el que habían
navegado los hombres durante miles de años; un reino que se extendía a un
kilómetro de profundidad, bajo las quillas de las naves, y que sin embargo,
hasta los últimos cien años, había sido menos conocido que la cara visible de
la Luna.
El piloto
estaba descendiendo desde las cimas oceánicas hacia la vastedad todavía
inexplorada de la cuenca del Pacífico sur. Seguía, como lo sabía Jan, una red
invisible de ondas sonoras creadas por rayos que recorrían el fondo del océano.
Navegaban aún tan lejos de ese fondo como las nubes de la superficie de la
Tierra...
Había
poco que ver; los aparatos registradores del submarino investigaban en vano las
aguas. Las perturbaciones creadas por las turbinas de reacción habían asustado
probablemente a los peces menores; si se acercaba alguna criatura sería
bastante grande como para no conocer el significado del miedo.
La pequeña
cabina vibraba sacudida
por la energía...
la energía que
sostenía el inmenso peso de las
aguas y creaba la burbujita de luz y aire en la que podían vivir los
hombres. Si esa energía fallaba,
pensó Jan, quedarían encerrados
en una tumba de metal, hundidos
en el cieno del fondo del mar.
- Vamos a
parar un momento - dijo el piloto. Movió una serie de llaves y el submarino
comenzó a detenerse suavemente mientras las turbinas dejaban de funcionar. El
navío estaba inmóvil ahora, flotando como un globo atmosférico.
Le llevó
sólo un instante registrar la posición con el sonar.
- Antes
de poner otra vez en marcha los motores, veamos si se puede oír algo - dijo el
piloto cuando terminó de leer los instrumentos.
El
altavoz llenó el silencioso cuartito con un apagado y continuo murmullo. Jan no
distinguía ningún ruido especial. Era un fluir tranquilo en el que se
confundían todos los sonidos individuales. Estaban escuchando, sabía Jan, cómo
hablaban entre ellas las miríadas de criaturas marinas. Era como si se
encontrase en el centro de un bosque lleno de vida, pero allí hubiese podido
reconocer algunas de las voces. Aquí ningún hilo del tapiz sonoro podía ser
separado e identificado. Era algo tan extraño, tan distinto de todo lo que
había conocido, que Jan sintió que un estremecimiento le recorría el espinazo.
Y sin embargo aquello era parte del mundo terrestre.
El
chillido se destacó sobre el fondo vibrante como un rayo luminoso sobre una
oscura nube de tormenta.
Se apagó rápidamente
hasta convertirse en
un largo gemido,
un murmullo ululante que tembló y murió, pero que poco después se
repitió, más lejos. En seguida estalló un coro de gritos, un pandemónium que
obligó al piloto a lanzarse hacia el control del volumen.
- ¿Qué
era eso, en nombre de Dios? - exclamó Jan.
- ¿Extraño,
eh? Un cardumen
de ballenas, a
unos diez kilómetros.
Sabía que no estaban muy lejos, y pensé que le gustaría
escucharlas.
Jan se
estremeció.
- ¡Y yo
que siempre creí que en el mar no había ruidos! ¿Por qué organizaban ese
alboroto?
-
Hablaban entre ellas, me imagino. Así lo afirma Sullivan. Dice que hasta se
puede identificar a las
ballenas por sus
voces, aunque me
cuesta creerlo. ¡Hola,
tenemos compañía!
Un pez
con mandíbulas increíblemente exageradas apareció en la pantalla. Parecía
bastante grande, pero Jan ignoraba la escala de la imagen. Justo bajo las agallas le colgaba un largo apéndice terminado en un
órgano irreconocible, de forma acampanada.
- Estamos
viéndolo con luz infrarroja - dijo el piloto -. Veamos la imagen normal.
El pez
desapareció. Sólo era visible ahora el órgano colgante, de una vívida
fosforescencia. Luego, durante un instante muy breve, la forma de la criatura
osciló hasta hacerse visible mientras una línea de luces le recorría el cuerpo.
- Es un
pejesapo. Usa ese cebo para atraer a los
otros peces. ¿Fantástico, no es verdad?
Aunque no entiendo cómo el cebo no atrae a peces más grandes, capaces de
comérselo a él. Pero no podemos pasarnos aquí todo el día. Mire cómo se escapa
cuando enciendo las turbinas.
La cabina
volvió a vibrar mientras la nave se deslizaba hacia adelante. El gran pez
luminoso encendió de pronto todas sus luces, como una frenética señal de alarma, y partió como un meteoro hacia la oscuridad
de los abismos.
Luego de
otros veinte minutos de lento descenso los invisibles dedos de los rayos
registradores tocaron por primera vez el lecho del océano. Allá abajo, muy
lejos, desfilaba una hilera de bajas colinas de bordes curiosamente suaves y
redondos. Cualesquiera que fuesen sus antiguas irregularidades, habían sido
borradas por la incesante lluvia que caía sobre
ellas desde las
cimas acuosas. Aun
aquí, en medio
del Pacífico, lejos
de los grandes estuarios que
barrían lentamente los continentes hacia el mar, esa lluvia nunca dejaba de
caer. Venía de las tormentosas faldas de los Andes, de los cuerpos de un billón
de criaturas vivientes, del polvo de los meteoros que había errado por el
espacio durante años y años y al fin había llegado a descansar aquí. En esa
noche eterna estaban depositándose los cimientos de las tierras futuras.
Las
colinas quedaron atrás. Eran los puestos de avanzada, como Jan podía ver en los
mapas, de una
ancha llanura muy
profunda a la que no
llegaban los aparatos registradores.
El
submarino continuó adelantándose suavemente.
Ahora
otra imagen comenzaba a formarse en la pantalla. A causa de la posición de la
nave, Jan tardó en interpretar lo que estaba viendo. Luego comprendió que se
acercaban a una montaña sumergida.
Las imágenes
eran ahora más
claras y precisas.
Jan alcanzaba a
ver los peces extraños que se perseguían entre las
rocas. En una ocasión una criatura de venenoso aspecto y mandíbulas
entreabiertas cruzó lenta. mente ante un arrecife semiescondido. Un largo
tentáculo surgió de las rocas, con tanta rapidez que el ojo no pudo seguirlo, y
arrastró al pez hacia su destino mortal.
- Estamos
cerca - dijo el piloto -. Podrá ver el laboratorio dentro de un minuto.
Estaban
navegando lentamente sobre unas estribaciones que se elevaban desde la base de
la montaña. La
llanura comenzaba a
hacerse visible. Jan
juzgó que se encontraban a unos pocos centenares de
metros sobre el lecho del mar. A un kilómetro de distancia,
aproximadamente, se veía un grupo de
esferas sostenidas por trípodes y unidas entre sí por tubos de conexión.
Parecían exactamente iguales a los tanques de alguna fábrica de productos
químicos, y en realidad estaban diseñados según principios semejantes. Sólo
había una diferencia:
estos tanques resistían
unas presiones que estaban afuera y no adentro.
- ¿Qué es
eso? - exclamó Jan súbitamente. Señaló con un dedo tembloroso la esfera más
cercana. La curiosa estructura lineal se había transformado en una red de
tentáculos gigantescos. Mientras el
submarino se acercaba
pudieron ver que
los tentáculos terminaban en un
saco grande y pulposo en donde asomaba un par de ojos enormes.
- Ése -
dijo el piloto con indiferencia - es probablemente Lucifer. Alguien ha estado
alimentándolo de nuevo. - Movió una llave y se inclinó sobre el tablero de
controles. - S.2 llamando a laboratorio. ¿Quiere alejar a su mascota?
La
respuesta llegó en seguida.
-
Laboratorio a S.2, adelante y establezca contacto. Lucey se apartará en
seguida.
Las
curvas paredes de metal comenzaron a llenar la pantalla. Jan tuvo una última visión de un brazo
gigantesco, tachonado de ventosas, que se sacudía alejándose. Se oyó una
sorda campana y
una serie de
chirriantes ruidos mientras
unas grampas buscaban un punto de
apoyo en el casco liso y ovalado del submarino. En unos pocos
minutos
la nave se apretó fuertemente contra la pared de la base; los portalones de la
entrada se unieron y comenzaron a moverse alrededor del casco del submarino
como una tuerca gigantesca. Se oyó luego la señal que indicaba "presión
compensada", se abrieron las escotillas y quedó libre el camino hacia el
Laboratorio Abisal Uno.
Jan
encontró al profesor Sullivan en un desordenado cuartito que parecía reunir los
atributos de una oficina, un taller y un laboratorio. Sullivan examinaba a
través de un microscopio lo que parecía ser una bomba
pequeña: seguramente se trataba
de una cápsula de presión
que contenía algunos
especímenes submarinos que
nadaban felizmente bajo una presión de varias toneladas por centímetro
cuadrado.
- Bueno -
dijo Sullivan apartándose del visor -, ¿cómo está Rupert? ¿Y qué podemos hacer
por usted?
- Rupert
está muy bien - respondió Jan - y le envía sus saludos. Le hubiese gustado
visitarlo si no fuese por su claustrofobia.
- Sí, se
sentiría un poco incómodo aquí, con cinco kilómetros de agua encima de la
cabeza. ¿A usted no le importa?
Jan se
encogió de hombros.
- No más
que estar en un cohete estratosférico.
Si algo anduviese mal, el resultado sería el mismo.
- Un
juicio correcto, pero es sorprendente que tan pocas personas se den cuenta. -
Sullivan jugó un rato con los controles del microscopio y al fin lanzó hacia
Jan una mirada inquisitiva - Le mostraré
con gusto el laboratorio, pero
le confieso que me
sorprendí cuando Rupert me comunicó el deseo de usted. No pude entender
qué razones tendría un explorador del espacio para interesarse en nuestra
tarea. ¿No se habrá usted equivocado de camino? - Sullivan lanzó un risita
divertida. - Personalmente nunca he comprendido por qué tienen ustedes tanta
prisa por salir al espacio.
Pasarán
siglos antes que hayamos encasillado y clasificado correctamente todo lo que
hay en los océanos.
Jan
suspiró, aliviado. Le alegraba
que Sullivan hubiese tocado espontáneamente el tema, pues eso le facilitaba las cosas. A
pesar de las bromas del ictiólogo tenían mucho en común. No sería demasiado
difícil levantar un puente y atraerse la simpatía y la ayuda de Sullivan.
Era un hombre
de imaginación, si
no no hubiese
invadido este mundo sumergido. Pero Jan tenía que ser
prudente, pues el pedido que iba a hacer era, para juzgarlo con benevolencia,
bastante poco convencional.
Había
algo que le inspiraba cierta confianza. Aunque Sullivan se rehusase a cooperar,
guardaría seguramente el secreto. Y aquí, en esta oficinita, en el fondo del
Pacífico, no
había
peligro aparentemente de que los superseñores - aunque gozasen de muy extraños
poderes - fuesen capaces de escuchar la conversación.
-
Profesor Sullivan - comenzó a decir Jan -, si estuviese usted interesado en el
océano, pero los superseñores le prohibiesen acercarse a él, ¿cómo se sentiría?
- Muy
molesto, sin duda alguna.
- Sí,
estoy seguro. Y suponga que un día se le ofrece la oportunidad de realizar sus
deseos sin que los superseñores se enteren. ¿Qué haría entonces? ¿Aprovecharía
la oportunidad?
Sullivan
nunca dudaba.
- Claro
que sí. Ya vendrían más tarde las discusiones.
Has caído
en mis manos, pensó Jan. Sullivan ya no podía retroceder, a no ser que temiese
a los superseñores. Y era difícil que Sullivan tuviese miedo de algo. Se
inclinó sobre el desorden de la mesa y se dispuso a exponer su proyecto.
El
profesor Sullivan no era tonto. Antes que Jan comenzase a hablar los labios se
le retorcieron en una sonrisa sardónica.
- ¿Así
que éste es el juego, eh? - dijo lentamente -. Muy, pero muy interesante.
Bueno, comience y dígame cómo puedo ayudarlo.
12
Una edad
anterior hubiese considerado al profesor Sullivan como un lujo excesivo. Sus
operaciones costaban tanto
como una pequeña
guerra; podía comparársele
con un general que conducía
una campaña perpetua contra
un enemigo que no descansaba
nunca. El enemigo del profesor Sullivan era el mar, que luchaba con las armas
del frío, la oscuridad y, sobre todo, la presión. A su vez el profesor
contraatacaba a su adversario con inteligencia y habilidad mecánica. Había
ganado muchas batallas; pero el mar era paciente: podía esperar. Un día
Sullivan cometería un error. Lo sabía. Se consolaba pensando que no iba a morir
ahogado. Todo ocurriría con demasiada rapidez.
Sullivan
no hubiera querido comprometerse, pero sabía muy bien qué le respondería a
Jan. Se le ofrecía la oportunidad de hacer
un experimento muy interesante.
Era una lástima que no pudiese conocer el resultado; sin embargo, eso
ocurría a menudo en la investigación
científica, y él
mismo había iniciado
algunos trabajos que
serían completados sólo después de varias décadas.
El
profesor Sullivan era un hombre inteligente y capaz, pero al lanzar una mirada
retrospectiva a su carrera observaba que
ésta no le había dado la fama que salva un
nombre
del paso de los siglos. Tenía aquí una oportunidad, totalmente inesperada y por
lo mismo más atractiva, de establecerse realmente en los libros de historia.
Nunca hubiese admitido ante nadie esa ambición, y para hacerle justicia,
hubiese ayudado a Jan aunque su participación en el complot pudiese pasar
inadvertida.
En cuanto
a Jan, ya se estaba enfrentando con las
consecuencias de su proyecto. Aquella
primitiva ocurrencia lo había llevado bastante lejos. Había realizado sus
investigaciones, pero sin
tomar ninguna medida
como para que
sus sueños se convirtiesen en realidad. Dentro de unos
días, sin embargo, tendría que decidirse. Si el profesor Sullivan
aceptaba, Jan no podría
retroceder. Tendría que
enfrentarse con el futuro que había elegido, con todas sus
implicaciones.
Finalmente
se decidió al pensar que, si desdeñaba esta increíble oportunidad, nunca se lo
perdonaría a sí mismo. Se pasaría el resto de la vida lamentándose en vano, y
no podía haber nada peor.
La
respuesta de Sullivan llegó horas más tarde, y Jan comprendió que su suerte
estaba echada. Lentamente, pues había aún mucho tiempo, comenzó a ordenar sus
asuntos.
Querida
Maia (comenzaba la carta): Esto va a ser - para decirlo con suavidad - una
verdadera sorpresa para ti. Cuando recibas esta carta, ya no estaré en la
Tierra. Con eso no quiero decir que habré ido a la Luna, como tantos otros. No.
Estaré en viaje hacia la morada de los superseñores. Seré el primer hombre que
haya dejado el sistema solar.
Le daré
esta carta al amigo que me está ayudando; la guardaré hasta estar seguro de que
mi Plan ha tenido éxito - en su primera fase, por lo menos -, y - entonces ya
será muy tarde como para que los superseñores intervengan. Estaré tan lejos, y
viajando a tal velocidad, que no creo que algún mensaje pueda alcanzarme.
Aunque así ocurriera, me parece difícil que la nave pueda volver. Y no creo
tampoco que yo sea tan importante.
Ante
todo, déjame explicarte qué me ha llevado a esto. Tú sabes que siempre me ha
interesado la astronáutica, y que siempre he sentido cierta desilusión por no
habérsenos dejado visitar otros planetas o aprender algo de la civilización de
los superseñores. Si no hubiesen intervenido, hubiésemos llegado a Marte y a
Venus por este entonces. Admito que es igualmente probable que nos hubiésemos
destruido con bombas de cobalto y las otras
armas globales que estaba
desarrollando el siglo veinte.
Sin embargo, a veces deseo que
hubiésemos tenido la oportunidad de arreglárnoslas solos.
Probablemente
los superseñores tenían sus razones para no dejarnos salir de la cuna, y
probablemente esas razones son excelentes. Pero aunque yo las conociera dudo
que eso cambiase mis sentimientos o mis actitudes.
Todo
comenzó realmente en aquella fiesta, en casa de Rupert. (No sabe nada de todo
esto, aunque fue
quien me enseñó
el camino.) Recordarás
aquella tonta sesión
que preparó Rupert y cómo todo terminó cuando la muchacha - he olvidado
su nombre - cayó desmayada. Pregunté de qué estrella venían los superseñores y
la respuesta fue "NGS
549672". Yo
no esperaba ninguna
respuesta, y hasta
entonces me había
tomado el asunto en broma. Pero cuando comprendí
que se trataba del número de un catálogo estelar, decidí
buscarlo. Encontré que
la estrella está
en la constelación
Carina... y sabemos, por lo
menos, que los superseñores vienen de esa dirección.
No pretendo
comprender cómo esa
información llegó hasta
nosotros, o dónde
se originó. ¿Leyó alguien la mente de Rashaverak? Aunque hubiese
ocurrido así, es difícil creer que Rashaverak conociese el número de referencia
de su sol en uno de nuestros catálogos.
Es un verdadero misterio,
y dejo su resolución a gentes
como Rupert, ¡si pueden resolverlo! Me contento con tener
la información, y con actuar de acuerdo con ella.
Sabemos
bastante, gracias a nuestras observaciones, acerca de la velocidad de esas
grandes naves. Dejan el sistema solar con aceleraciones tan tremendas que se
acercan a la velocidad de la luz en menos de una hora. Eso significa que los
superseñores deben de poseer algún sistema de propulsión que actúa por igual sobre todos los átomos de
la nave, pues si no todo se haría pedazos a bordo, instantáneamente. Me
pregunto por qué emplearán esas aceleraciones
tan colosales cuando
disponen de todo
el espacio y podrían ir aumentando lentamente su
velocidad. Quizá puedan aprovechar de algún modo los campos de energía que
rodean los astros, y tienen que partir o detenerse mientras se encuentran cerca
de algún sol. Pero esto no interesa...
Lo
importante es que he averiguado a qué distancia se encuentra el punto de
destino, y cuánto tiempo lleva el viaje. NGS 549672 está a cuarenta años-luz de
la Tierra. Las naves de los superseñores alcanzan a más del 99% de la velocidad
de la luz, así que su viaje debe de durar cuarenta años de los nuestros. De los
nuestros: ésa es la cuestión.
Como ya
sabrás, cuando uno se acerca a la velocidad de la luz ocurren cosas muy raras.
El tiempo mismo comienza a fluir con un ritmo diferente, de modo que los meses
terrestres no son más que días en esas naves. El efecto es fundamental: fue
descubierto por el gran Einstein hace más de cien años.
He hecho
algunos cálculos basados en lo que sabemos acerca de la nave interestelar de
los superseñores, y utilizando los resultados firmemente establecidos de la
teoría de la relatividad. Desde el punto de vista de los pasajeros situados en
esa nave el - viaje a NGS
549672 no
durará más de dos meses, aunque para la Tierra hayan pasado cuarenta años. Sé
que es una paradoja, pero, si esto te sirve de consuelo, ha preocupado a los
mejores cerebros del mundo desde que Einstein anunció su teoría.
Quizá
este ejemplo logre mostrarte lo que puede pasar, y aclararte la situación. Si
los superseñores me devuelven en seguida a la Tierra, llegaré a casa cuatro
meses más viejo. Pero en la Tierra habrán pasado ochenta años. Así que
comprenderás, Maia, que de cualquier modo, esto es una despedida... Pocos lazos
me atan aquí, como lo sabes muy bien, así que puedo irme sin remordimientos.
Aún no se lo he dicho a nuestra madre; se pondría histérica, y yo no podría
aguantarlo. Es mejor de este otro modo. Aunque he tratado de
acercarme a ella
desde la muerte
de papá... oh,
no es necesario
que empecemos de nuevo.
He terminado
mis estudios y les he dicho a las autoridades que me voy a Europa por razones
de familia. No tienes pues por qué preocuparte.
A
esta altura creerás
que estoy loco,
ya que parece
imposible que alguien
pueda meterse en una nave de los superseñores. Pero he encontrado cómo
hacerlo. No ocurre muy a menudo, y es posible que no ocurra otra vez, pues
tengo la seguridad de que Karellen no volverá a cometer el mismo error.
¿Conoces la leyenda del caballo de madera que llevó a unos soldados griegos al
interior de Troya? Pero hay un episodio en el Antiguo Testamento que se parece
más aún...
- Estará
usted indudablemente mucho más cómodo que Jonás - dijo Sullivan -. No creo que
hubiese tenido luz eléctrica y servicios sanitarios. Pero usted necesitará
bastantes provisiones y veo aquí que quiere llevar oxígeno. ¿Cómo meter oxígeno
para dos meses en un espacio tan pequeño?
Sullivan
golpeó con un dedo los cuidadosos
dibujos que Jan había dejado sobre la mesa. El microscopio servía de
pisapapeles en uno de los extremos; en el otro se veía el cráneo de algún pez
inverosímil.
- Espero
que el oxígeno
no sea muy
necesario - dijo
Jan -. Sabemos
que los superseñores pueden
respirar nuestra atmósfera, pero no parece gustarles mucho y quizá yo no pueda
utilizar el aire de la nave. En cuanto a las provisiones, el uso de narcosamina
solucionará el problema.
Es perfectamente segura.
Cuando estemos en
camino, me tomaré una dosis que
me dormirá por unas seis semanas, días más o menos. Por ese
entonces
no faltará mucho para llegar. No es tanto el oxígeno o la comida lo que me
preocupa, sino el aburrimiento.
El
profesor Sullivan asintió pensativamente con un movimiento de cabeza.
- Sí, la
narcosamina es bastante segura, y sus efectos pueden ser calculados con cierta
exactitud. Pero recuerde que tendrá que dejar bastante comida a mano. Se
sentirá muerto de hambre al despertar, y tan débil como un gato recién nacido.
¿Y si se muere de hambre por no
tener fuerzas para manejar un abrelatas?
- He pensado
en eso - dijo
Jan, un poco
molesto -. Me alimentaré
con azúcar y chocolate.
- Muy
bien. Me alegra ver que ha estudiado a fondo el problema y que no piensa que al
fin y al cabo siempre puede echarse atrás, si no le gusta el cariz que toma el
asunto. Es usted el que se juega la vida; no me gusta sentir que estoy
ayudándolo a suicidarse. Sullivan alzó
pensativamente el cráneo de pescado. Jan puso la mano sobre los dibujos para
evitar que se enrollaran.
- Por
suerte - continuó el profesor Sullivan - el equipo que usted necesita es
bastante común, y nuestro taller
podrá construirlo en unas
pocas semanas. Y si decide
usted cambiar de idea...
- No lo
haré - dijo Jan.
...He
considerado todos los riesgos, y el plan no parece tener ninguna falla. Al cabo
de seis semanas saldré de mi escondite como un polizón cualquiera. Por ese
entonces - en mi tiempo, recuérdalo - el viaje estará tocando a su fin.
Estaremos a punto de descender en el país de los superseñores.
Por
supuesto, lo que pase entonces es cosa de ellos. Probablemente me envíen de vuelta en la primera nave; pero
algo espero ver. Llevaré conmigo una cámara de cuatro milímetros y miles de
metros de films. No será culpa mía si no puedo usarlos. En el peor de los casos
habré probado que el hombre no puede vivir indefinidamente en cuarentena. Habré
creado un precedente que obligará a Karellen a tomar alguna decisión.
Esto es,
mi querida Maia, todo lo que tengo que decirte. Sé que no me extrañarás mucho;
seamos honestos y admitamos que nunca nos unieron lazos muy fuertes. Y ahora
que te has casado con Rupert podrás ser realmente feliz en tu universo privado.
Por lo menos, así lo espero.
Adiós, entonces,
y buena suerte.
Espero encontrarme algún
día con tus
nietos. Háblales de mí, ¿lo harás?
Tu
hermano que te quiere, Jan.
13
Cuando Jan
vio el esqueleto
de metal, creyó
estar observando el
fuselaje de un pequeño crucero aéreo. Tenía veinte metros
de largo y era perfectamente aerodinámico. Estaba rodeado por ligeros andamios
en los que se encaramaban algunos hombres, armados de poderosas herramientas.
- Sí -
dijo Sullivan, respondiendo a la pregunta de Jan - Usamos las técnicas comunes
de la aerodinámica, y la mayor parte de esos hombres procede de la industria de
la navegación aérea. Es difícil creer. que exista un ser de este tamaño ¿no es
cierto? O que pueda saltar limpiamente del agua como yo lo he visto.
Todo eso
era muy fascinante, pero Jan tenía otras cosas en qué pensar. Buscó con los
ojos, a lo largo del gigantesco esqueleto, un lugar conveniente para su
celdita. "El ataúd de aire acondicionado", como la había bautizado
Sullivan. En un punto, por lo menos, se sintió tranquilo. Había bastante
espacio como para una docena de polizones.
- La
armadura parece casi completa
- dijo Jan -. ¿Cuándo le pondrán la piel? Me imagino que ya habrán cazado la
ballena, pues si no no hubiesen sabido qué longitud tendría el esqueleto.
Sullivan
pareció muy divertido ante esta observación.
- No
pensamos cazar ninguna ballena. Por otra parte, estos animales no tienen piel,
en el sentido común del término. Sería muy poco práctico envolver esa armadura
con una manta de grasa de veinte centímetros de espesor. No, imitaremos la piel
con materiales plásticos, pintados adecuadamente. Nadie notará la diferencia.
En ese
caso, pensó Jan, hubiera sido más razonable que los superseñores llevasen
algunas fotografías y armasen ellos mismos el modelo, allá, en su planeta. Pero
quizá las naves de aprovisionamiento volvían
vacías, y una
ballenita de veinte
metros apenas ocupaba lugar.
Cuando se tiene tanto poder, y tantos recursos, es inútil preocuparse por
pequeñas economías...
El
profesor Sullivan se encontraba no muy lejos de una de las grandes estatuas que
habían desafiado, todos los conocimientos arqueológicos desde el descubrimiento
de la isla de Pascua. Rey, dios, o
quienquiera que fuese, su mirada sin ojos parecía estar clavada
en la suya
cada vez que
dejaba su trabajo
y levantaba la
cabeza. Estaba orgulloso de su
obra. Lamentablemente, pronto desaparecería de la vista de los hombres.
El
cuadro podía haber
sido creado por algún
artista loco, en uno de sus confusos
delirios. Sin embargo era una copia fiel de la realidad. El artista era, en
este caso, la naturaleza. Hasta el perfeccionamiento de la televisión submarina
muy pocos hombres habían visto esa escena, y esos pocos sólo durante algunos
segundos, en aquellos raros momentos en que los gigantescos antagonistas salían
a la superficie. Las batallas se llevaban a cabo en la noche interminable de
las profundidades del océano, donde las ballenas buscaban
su comida. Una
comida que se
oponía vigorosamente a ser
devorada...
La larga
mandíbula inferior de la ballena, de dientes serrados, colgaba dispuesta a
clavarse en la presa. La cabeza del animal casi había desaparecido bajo los
blancos y enredados brazos del pulpo gigante que luchaba desesperadamente por su vida. Unas lívidas marcas, de veinte
centímetros o más de diámetro, moteaban la piel de la ballena en los sitios en
que se habían posado los brazos. Uno de los tentáculos era sólo un muñón, y ya podía adivinarse el
resultado final de la batalla. Cuando las dos bestias más grandes de la Tierra
se trababan en combate, la ballena era siempre la ganadora. A pesar de toda la
fuerza de su bosque de tentáculos, la
única esperanza del pulpo era la de escapar antes que la paciente y demoledora
mandíbula lo hiciese trizas. Los grandes ojos inexpresivos, separados
por medio metro,
miraban al verdugo;
aunque, muy probablemente en esas
sombras abisales ninguna de las criaturas podía ver a la otra.
La
escena, rodeada por vigas de aluminio, abarcaba más de treinta metros de largo.
Unos ganchos unidos a las vigas facilitarían el trabajo de la grúa. Todo estaba
terminado, esperando las órdenes
de los superseñores.
Sullivan tenía la
esperanza de que no
tardasen mucho; el suspense se estaba haciendo un poco incómodo.
Alguien salió
de las oficinas, a la luz
brillante del sol, buscando indudablemente a
Sullivan.
El profesor reconoció a su asistente principal, y fue hacia él.
- Hola,
Bill. ¿Qué pasa?
El hombre
traía una hoja en la mano y parecía muy contento.
- Buenas
noticias, profesor. Un honor para nosotros. El supervisor vendrá a ver nuestra
obra antes que la embarquemos. ¡Piense en la publicidad que esto significa!
Será de gran ayuda para nuestro próximo contrato. He estado deseando una cosa
semejante.
El
profesor Sullivan tragó saliva. No se oponía a la publicidad, pero temía que
esta vez fuese algo exagerada.
Karellen
se detuvo junto a la cabeza de la ballena y observó la hinchada prominencia de
la mandíbula tachonada de dientes. Sullivan, ocultando su inquietud, se
preguntó qué estaría pensando el supervisor. No
parecía sospechar nada,
y la visita
podía ser
enteramente normal.
Pero Sullivan se sentiría muy contento
cuando el superseñor se fuera.
- En
nuestro planeta no hay animales tan grandes - dijo Karellen -. Por eso le
pedimos que arreglase este grupo. Mis... este... compatriotas lo encontrarán
fascinante.
- Pero
ustedes viven en un mundo de poca gravedad - replicó Sullivan -. Yo pensaba
que debían de
tener algunos animales
enormes. Ustedes mismos
son mucho más grandes que nosotros.
- Sí...
pero no tenemos océanos. Y en lo que se refiere al tamaño, la tierra no podrá
nunca competir con el mar.
Esto era
perfectamente cierto, pensó Sullivan. Y no creía que nadie conociese esa
característica del mundo de los superseñores. Jan, maldito fuese, se
interesaría mucho. En ese momento el
joven se encontraba a un kilómetro de distancia,
en una cabaña, mirando ansiosamente a través de unos binoculares. Se
decía continuamente a sí mismo que no había nada que temer. Ninguna inspección
de la ballena, aun desde muy cerca, podía revelar el escondite. Pero existía
siempre la posibilidad de que Karellen sospechase algo... y estuviese jugando
con ellos.
Era una
sospecha que crecía también en la mente de Sullivan mientras el supervisor
espiaba en la cavernosa garganta.
- En la
Biblia - dijo Karellen - hay una notable historia sobre un profeta hebreo,
Jonás, que fue tragado por una ballena y llevado a salvo a la costa. ¿Esa
leyenda tendrá alguna base?
- Creo -
replicó Sullivan cautelosamente - que una vez un ballenero fue tragado y
expulsado sin sufrir daño alguno. Pero naturalmente, si hubiese estado en el
interior de la ballena unos pocos instantes, habría muerto sofocado. Y no sé
cómo no chocó con los dientes. Es una historia increíble casi, pero no
totalmente imposible.
- Muy
interesante - dijo Karellen. Se quedó un momento mirando la mandíbula y al fin
se volvió hacia el pulpo. Sullivan confió en que el supervisor no hubiese oído
su suspiro de alivio.
- Si
hubiese sabido en qué me estaba metiendo - dijo el profesor Sullivan - lo
hubiese echado de la oficina tan pronto como trató usted de contagiarme su
locura.
- Lo
siento - dijo Jan -. Pero ya hemos salido de eso.
- Espero
que si. Buena suerte, de todos modos. Si cambia de parecer, tiene por lo menos
unas seis horas.
- No las
necesito. Ahora sólo Karellen puede detenerme. Gracias por todo - Si vuelvo y
escribo un libro sobre los superseñores se lo dedicaré a usted.
- No me
servirá de nada - dijo Sullivan de mal humor - Por ese entonces ya estaré bien
muerto.
Sullivan
descubrió sorprendido, y con cierta consternación, pues no era un sentimental,
que la
despedida comenzaba a
afectarlo. Durante estas
semanas en que
habían conspirado juntos había llegado a encariñarse con Jan. Además
temía haberse convertido en el instrumento de un complicado suicidio.
Sostuvo
firmemente la escalera mientras Jan subía hacia la boca del animal, evitando la
hilera de dientes. A la luz de la linterna eléctrica vio que el joven se volvía
y lo saludaba con la mano antes de perderse en la cavernosa abertura. Se oyó el
sonido con que se abría y se cerraba la cámara de aire, y, luego, silencio.
A la
luz de la
luna, que había
transformado la inmóvil
batalla en una
escena de pesadilla, el profesor
Sullivan caminó lentamente hacia su oficina. Se preguntaba aún qué había hecho,
y cómo terminaría este asunto. Pero, naturalmente, no lo sabría nunca. Jan
volvería a caminar por aquí, pues el viaje hasta el hogar de los superseñores y
el retorno a la Tierra no le llevarían más que unos meses. Pero si lo lograba,
se encontraría del otro lado de la infranqueable barrera del tiempo, ya que
habrían pasado ochenta años.
Las luces
del cilindro metálico se encendieron tan pronto como Jan cerró la puerta. No
quiso entregarse a meditaciones de ninguna clase y comenzó enseguida a revisar
los alrededores. Los objetos y los alimentos habían sido almacenados con
anterioridad, pero luego de una nueva revisión se sentiría más tranquilo.
Una hora
después, se declaró satisfecho. Se acostó de espaldas en la hamaca de goma, e hizo una
recapitulación de sus planes. Sólo se oía el débil murmullo del reloj
calendario que le advertiría el momento en que el viaje tocaba a su fin.
Sabía que
no podía sentir nada aquí, dentro de su celda, pues las tremendas fuerzas que
impulsaban las naves de los superseñores tenían que estar perfectamente
compensadas. Sullivan había confirmado esta suposición, advirtiendo que su
escena se haría pedazos si se la sometía a una presión de unas pocas
atmósferas. Sus... clientes le habían asegurado que no había ningún peligro.
Tendría
que producirse, sin embargo, una considerable alteración de la presión
atmosférica. Esto no tenia importancia, ya que los modelos podían
"respirar" a través de varios orificios. Antes de dejar su celda, Jan
tendría que uniformar la presión. Era posible, además, que la atmósfera del
interior de las naves fuese irrespirable. Una simple máscara y un cilindro de
oxígeno evitarían esos inconvenientes; no había necesidad de mayores
complicaciones. Si podía respirar sin la ayuda de aparatos, mucho mejor.
No había
por qué seguir esperando; sólo se pondría más nervioso. Sacó la jeringa con la
solución cuidadosamente preparada. La narcosamina había sido descubierta
mientras se estudiaba la hibernación de los animales; no era cierto - como se
decía comúnmente - que suspendiese la vida. Sólo hacía más lentos los procesos
vitales; el metabolismo continuaba a un reducido nivel. Ocurría algo así como
si alguien cubriese de cenizas el fuego de la vida, reduciéndolo a rescoldos.
Pero cuando, después de semanas o meses, se borraba el efecto de la droga, el
fuego se encendía otra vez y el durmiente volvía a vivir. La narcosamina era
totalmente inofensiva. La naturaleza la había usado durante un millón de años
para proteger a sus criaturas del estéril invierno.
Así que
Jan se durmió. No llegó a sentir el tirón de los cables cuando la gigantesca
armazón de metal comenzó a elevarse hacia el carguero. No oyó las puertas que
se cerraban, para no volver a abrirse durante trescientos billones de
kilómetros. No oyó, a lo lejos y débilmente, a través de las fuertes paredes,
el grito de protesta de la atmósfera cuando la nave se elevó con rapidez hacia
su natural elemento.
- Y no
advirtió el movimiento de la nave.
14
La sala
de conferencias estaba siempre repleta en estas reuniones semanales, pero la
aglomeración era tanta ese día que los periodistas apenas podían escribir. Por
centésima vez se gruñeron unos a otros a propósito del conservadorismo de
Karellen y de su falta de consideración. En cualquier otra parte del mundo
hubiesen podido usar cámaras de TV, aparatos grabadores, y todos los otros
instrumentos de su tan mecanizado
oficio. Pero aquí tenían que contentarse con herramientas tan arcaicas como
lápiz, papel, y - parecía increíble - taquigrafía..
Se habían
concebido, por supuesto, distintos planes para introducir subrepticiamente
algunos grabadores. Pero, una vez afuera, una simple ojeada a las cámaras
humeantes había bastado para comprobar la inutilidad de la experiencia. Todos
entendieron entonces por qué se les había advertido que no entrasen en la sala
con relojes y otros objetos metálicos...
Para
hacer las cosas más incómodas, el mismo Karellen registraba todas las palabras.
Los periodistas culpables de algún descuido, o de alguna mala interpretación -
aunque esto era muy raro -, habían sido sometidos a cortas y desagradables
sesiones con los ayudantes de Karellen.
Durante esas sesiones
se les había
obligado a escuchar
atentamente
todo lo que el supervisor había realmente dicho. No era necesario repetir la
lección.
Era curioso
cómo corrían los
rumores. No se
hacía ningún anuncio
previo, pero siempre había un
lleno cuando Karellen anunciaba algo importante. Esto ocurría dos o tres veces
al año.
El
silencio descendió sobre la murmurante multitud. La puerta se abrió de par en
par y Karellen se adelantó hacia el estrado. La luz era escasa - sin duda
bastante similar a la del distante sol de los superseñores -, de modo que
Karellen no traía los anteojos oscuros que solía usar al aire libre.
- Buenos
días a todos - respondió Karellen al desordenado coro de saludos. Luego se
volvió hacia la alta y distinguida figura situada en primera fila. El señor
Golde, decano del Club de la Prensa, podía haber inspirado a aquel mayordomo
que había anunciado una vez -: Dos periodistas, milord, y un caballero del
Times. - Golde se vestía y actuaba como un diplomático de la vieja escuela:
nadie hubiese dudado en darle su confianza, y nadie lo hubiese lamentado
después.
- Una
verdadera multitud, señor Golde. Deben de estar faltos de noticias. El
caballero del Times sonrió y carraspeó.
- Espero
que pueda usted rectificar esa falta, señor.
El señor
Golde observó a Karellen atentamente mientras éste meditaba su respuesta.
Parecía tan raro
que los rostros
de los superseñores,
rígidos como máscaras,
no traicionasen ninguna emoción.
Los grandes ojos
abiertos, las pupilas
contraídas con fuerza, aun en
esta luz tan débil, se clavaban profundamente en los ojos francamente curiosos
de los hombres. Los dos orificios gemelos entre las mejillas - si esas
estriadas superficies de basalto podían llamarse mejillas - emitian unos silbidos
casi imperceptibles, mientras los hipotéticos pulmones respiraban el tenue aire
terrestre. Golde alcanzaba a ver la móvil
cortina de finos
pelos blancos, mientras
respondían al doble
y rápido movimiento del ciclo
respiratorio de Karellen. Se decía comúnmente que eran filtros de polvo, y
sobre esa débil suposición se habían construido unas complicadas teorías a
propósito de la atmósfera natal de los superseñores.
- Sí,
tengo algunas noticias para ustedes. Como ya lo sabrán, una de mis naves de
aprovisionamiento dejó recientemente la
Tierra, en viaje de vuelta a la base. Acabamos de descubrir que llevaba un
polizón.
Cien
lápices se detuvieron de pronto; cien pares de ojos se clavaron en Karellen.
- ¿Un
polizón ha dicho? - preguntó Golde -. ¿Podemos saber quién es? ¿Y cómo llegó a
bordo?
- Se
llama Jan Rodricks, estudiante de ingeniería de la Universidad del Cabo.
Ustedes mismos podrán averiguar otros detalles utilizando esos métodos propios,
tan eficientes.
Karellen
sonrió. Su sonrisa era muy curiosa. La mayor parte del efecto residía en los
ojos; la boca inflexible y sin labios apenas se movía. ¿Era ésta, se preguntó
Golde, otra imitación de las costumbres humanas, imitación que Karellen hacía
con mucha habilidad? Pues el efecto total era, indudablemente, el de una
sonrisa, y como tal se la aceptaba enseguida.
- En lo
que se refiere a cómo entró en la nave - continuó el supervisor
-, no tiene realmente importancia. Puedo asegurarles a ustedes, o a
cualquier otro astronauta en potencia, que no hay posibilidad de que la
operación se repita.
- ¿Qué
ocurrirá con ese joven? - insistió Golde - ¿Será enviado de vuelta a la Tierra?
- Eso
está fuera de
mi jurisdicción, pero
espero que vuelva
en la primera
nave. Descubrirá que las condiciones del lugar de destino son
demasiado... extrañas. Y esto me lleva al principal propósito de la reunión de
hoy.
Karellen
calló un momento y el silencio se hizo aún más profundo.
- Hemos
recibido algunas quejas de los elementos más jóvenes y más románticos de la
población terrestre por haber impedido el acceso al espacio exterior. Tenemos
nuestras razones; no levantamos murallas por placer. ¿Pero han pensado ustedes,
si me permiten una analogía poco halagadora, qué hubiese sentido un hombre de
la Edad de Piedra si se hubiese encontrado de pronto en una ciudad actual?
- Pero
hay una diferencia - protestó el representante del Herald Tribune -. Estarnos
acostumbrados a la ciencia. Hay en su mundo, seguramente, muchas cosas que no
podríamos entender; pero no nos parecerían obra de magia.
. - ¿Está
realmente seguro? - dijo Karellen tan débilmente que fue difícil escuchar sus
palabras -. Sólo
un centenar de
años separa la
edad del vapor
de la edad
de la electricidad, ¿y qué
hubiese hecho un ingeniero victoriano con un aparato de televisión o una
calculadora electrónica? ¿Y cuánto hubiese vivido si comenzara a examinar esos
aparatos? El abismo que separa a dos tecnologías puede ser tan grande como para
convertirse en algo... mortal.
(- Hola -
murmuró el agente de Reuter al de la B.B.C. -. Tenemos suerte hoy. Va a hacer
una declaración importante. Conozco los síntomas.)
- Y
hemos impedido que los seres humanos salgan de la Tierra por otras razones
también. Observen.
Las
luces disminuyeron hasta
apagarse. Una lechosa opaIescencia
se formó en el centro del cuarto.
Al fin se transformó en un torbellino de estrellas, una nebulosa espiral vista
desde un punto situado mucho más allá de su sol más exterior.
- Ningún
ser humano ha visto esta escena hasta ahora - dijo la voz de Karellen desde la
oscuridad -. Están mirando el universo de ustedes, la isla galáctica de la cual
el sol terrestre es sólo un miembro desde una distancia de medio millón de
años-luz. Hubo un largo silencio. Luego Karellen continuó, y su voz encerraba
ahora algo que no era precisamente piedad, pero tampoco desprecio.
- La raza
humana ha demostrado no poder resolver los problemas de este planeta minúsculo.
Cuando llegamos, estaban ustedes a punto de destruirse a sí mismos con los
poderes que la ciencia les había entregado temerariamente. Sin nuestra intervención la Tierra seria
ahora un baldío radiactivo.
"Ahora
tienen ustedes un mundo en paz y una raza unida. Pronto serán bastante
civilizados como para gobernar el planeta sin nuestra ayuda. Quizá hasta puedan
dirigir todo un sistema solar, digamos unas cincuenta lunas y planetas. ¿Pero
creen realmente que podrían enfrentarse con esto?
La nebulosa
aumentó de tamaño.
Ahora las estrellas
pasaban rápidamente, apareciendo
y desvaneciéndose como las chispas de una fragua. Y cada una de esas chispas
fugaces era un sol, con quién sabe cuántos mundos circundantes...
- En esta
galaxia - murmuró Karellen - hay ochenta y siete mil millones de soles. Pero
aun ese número sólo da una débil idea de la inmensidad del espacio. Ante ella
serían ustedes como hormigas que intentasen clasificar todos los granos de
arena de todos los desiertos del mundo.
"La
raza humana, en el estado actual, no
puede tener esa pretensión. Uno de mis
deberes ha sido el de proteger a los hombres de las fuerzas y poderes que hay
entre los astros... fuerzas que ningún hombre es capaz de imaginar.
La imagen
de los giratorios y nebulosos fuegos de la galaxia se apagaron lentamente. En
el silencio repentino de la cámara se encendió otra vez la luz.
Karellen
se volvió para irse. La reunión había terminado. Al llegar a la puerta se
detuvo y miró a la apretada multitud.
- Es un
pensamiento doloroso, pero tienen que aceptarlo. Un día podrán poseer los
planetas. Pero las estrellas no son para el hombre.
Las
estrellas no son para el hombre. Sí, no les gustaría que se les cerrasen las
puertas del cielo en las narices. Pero tenían que aprender a enfrentarse con la
verdad... o con la pizca de verdad que se les podía ofrecer,
misericordiosamente.
Desde las
solitarias alturas de la estratosfera, Karellen miró al mundo y la gente que
había aceptado vigilar de no muy buena gana. Pensó en todo lo que había por
delante, y en lo que sería este mundo, dentro de doce años.
Nunca lo
apreciarían. Durante toda una vida los hombres habían conocido una felicidad
ignorada por todas las otras razas. Había sido la Edad de Oro. Pero el oro es
también el color del crepúsculo, del
otoño, y sólo los oídos de Karellen eran capaces
de oír los primeros gemidos de las tormentas invernales.
Y sólo
Karellen sabía con qué inexorable rapidez la Edad de Oro se acercaba a su fin.
III - La
última generación
15
- ¡Mira
esto! - estalló George lanzando el papel hacia Jean. La hoja, a pesar de los
esfuerzos de la mujer, vino a posarse indiferentemente en la mesa del desayuno. Jean quitó con
paciencia la jalea, y comenzó a leer el pasaje ofensivo, haciendo todo lo
posible por mostrar algún signo de
desaprobación. No lo hacía muy bien,
pues demasiado a menudo estaba de
acuerdo con los críticos. Comúnmente trataba de guardarse estas opiniones
herejes para sí misma, y no solamente en beneficio de su paz y tranquilidad.
George estaba perfectamente dispuesto a
aceptar elogios de ella (o de cualquier otro), pero si Jean aventuraba alguna
critica recibiría una conferencia aplastante acerca de su ignorancia.
Leyó dos
veces la crónica, y al fin se dio por vencida. Parecía bastante favorable y así
se lo dijo a George.
- Parece
que la representación le gustó. ¿De qué te quejas?
- De esto
- gruñó George señalando con el dedo la mitad de la columna -. Vuelve a leerlo.
-
"El delicado color verde pastel del fondo en la escena del ballet era
particularmente agradable." ¿Y bien?
- ¡No era
verde! ¡Tardé mucho tiempo en conseguir ese matiz exacto de azul ¿Y qué pasa?
¡O alguno de esos técnicos malditos destruyó el equilibrio de los colores o ese
crítico idiota tiene un miserable receptor ¿De qué color parecía en nuestro
aparato?
- Este...
no me acuerdo - confesó Jean, Poppet comenzaba a gritar en ese momento y tuve
que ir a verla.
- Oh -
dijo George cayendo en una hirviente aquiescencia. Jean sabía que en cualquier
momento estallaría otra erupción. Cuando ocurrió, sin embargo, fue bastante
suave.
- He
inventado una nueva definición de la TV - murmuró George tenebrosamente -. Un
aparato para impedir la comunicación entre el artista y el público.
- ¿Y qué
quieres hacer? - replicó Jean -. ¿Resucitar el teatro?
- ¿Y por
qué no? - preguntó George -. Eso es exactamente lo que estaba pensando.
¿Recuerdas aquella
carta que me
escribieron los de
Nueva Atenas? Volvieron
a escribirme. Y esta vez voy a contestarles.
- ¿De veras?
- dijo Jean algo alarmada -. Pensé que eran un montón de maniáticos.
- Bueno,
sólo hay un modo de averiguarlo. Pienso ir a verlos antes de dos semanas. Las
obras que representan
son perfectamente normales, hay
que reconocerlo. Y hay entre
ellos algunos hombres de mucho valor.
- Si
crees que voy a cocinar sobre un fuego de leña y a vestirme con pieles tendrás
que...
- ¡Oh, no
seas tonta! Esas historias son ridículas. La colonia tiene todo lo necesario
para una vida civilizada. No creen en adornitos inútiles, eso es todo. Además,
ha pasado un par de años desde mi último viaje al Pacífico. Será un bonito
paseo para los dos.
- En eso
estoy de acuerdo - dijo Jean -. Pero no tengo la menor intención de que Junior
y Poppet se conviertan en un par de polinesios.
- No se
convertirán - dijo George -. Te lo prometo. Tenía razón, pero no en el sentido
que él creía.
- Como
habrá notado al descender - dijo el hombrecito en el otro extremo de la veranda
- la
colonia abarca dos islas unidas por un arrecife. Esta es Atenas. A la otra la
hemos bautizado Esparta. Es bastante salvaje y rocosa; un lugar ideal para
ejercicios y deportes.
- Los
ojos del hombre pasaron por sobre la línea del cinturón de George, que se movió
en la silla de paja. - Esparta es un volcán apagado. Por lo menos los geólogos
dicen que es apagado. ¡Ja, ja!
“Pero
volvamos a Atenas. El propósito de la colonia, como usted habrá comprendido, es
establecer un grupo cultural estable e independiente, con tradiciones
artísticas propias. Le advierto que antes de iniciar esta empresa se realizó
una intensa investigación. Se
trata
realmente de una obra de ingeniería social, basada en una ciencia matemática
muy compleja que no
pretendo entender. Sólo
sé que los
sociólogos matemáticos han calculado el tamaño ideal de la colonia,
cuántos tipos de gente deben habitarla, y, sobre todo, qué constitución ha de
dársele para que tenga un carácter permanente.
"Estamos gobernados
por un consejo
de ocho directores,
representantes de la producción, la energía, la ingeniería
social, el arte, la economía, la ciencia, los deportes y la filosofía. No hay
primer director ni presidente estable. Todos los directores ocupan la
presidencia durante un año y por rotación.
"Nuestra
población actual es de unas cincuenta mil almas, poco menos que el nivel
óptimo. Por eso estamos buscando todavía nuevos reclutas. Y claro, se producen
ciertas mermas. Aún nos faltan algunos talentos especializados.
"Estamos tratando
de salvar la
independencia de la
humanidad, sus tradiciones artísticas. No somos enemigos de
los superseñores: sólo queremos que se nos permita seguir nuestro propio
camino. Cuando destruyeron las viejas naciones, y esas costumbres que databan
de los comienzos de la historia, barrieron muchas cosas buenas junto con las
malas. Hoy vivimos en un mundo
plácido, uniforme, y culturalmente muerto:
nada nuevo en verdad ha sido creado desde la llegada de esos seres. La
razón es obvia. No hay nada por qué luchar y sobran distracciones y entretenimientos. ¿Ha advertido que todos los
días salen al
aire unas quinientas
horas de radio
y televisión? Si
uno no durmiese, y no hiciese
ninguna otra cosa, no podría seguir más de una vigésima parte de los programas.
No es raro que
los seres humanos
se hayan convertido en esponjas pasivas, absorbentes, pero no
creadoras. ¿Sabe usted que el tiempo medio que pasa un hombre ante una pantalla
es ya de tres horas por día? Pronto la gente no tendrá vida propia. ¡Vivirá
siguiendo los episodios de la televisión!
- Aquí en
Atenas, los entretenimientos ocupan su
justo lugar. Además son algo vivo, nada
mecánico. En una
comunidad de estas
proporciones es posible
lograr una participación casi
total del público,
con todo lo
que eso significa
para artistas y ejecutantes. A propósito, tenemos una
magnífica orquesta sinfónica que se cuenta quizá entre las seis mejores del
mundo.
Pero no
quiero que acepte sin más mis palabras. Los posibles ciudadanos suelen pasar
aquí unos pocos días respirando la atmósfera del lugar. Si deciden unirse a
nosotros los atacamos con nuestra
batería de pruebas
psicológicas, la que
es en verdad
nuestra principal línea de defensa. Rechazamos, aproximadamente, un
tercio de los solicitantes, casi siempre por razones que no implican ningún
desmerecimiento personal, y que fuera de aquí no tienen ninguna importancia.
Los que son aceptados, vuelven a sus casas para
arreglar
sus asuntos y luego se unen a nosotros. A veces cambian de parecer, pero es
muy raro, y
casi siempre por
motivos personales que no nos
conciernen. Nuestras pruebas tienen
actualmente una eficacia del ciento
por ciento: la gente que pasa las pruebas es la que quiere de
veras vivir aquí.
- ¿Y si
alguien cambia de parecer más tarde? - preguntó Jean ansiosamente.
- Pueden
irse. No hay dificultades. Ha ocurrido una o dos veces.
Hubo una
pausa, y Jean miró a George que se frotaba pensativamente las patillas, adorno común entre los que
frecuentaban los círculos artísticos. Como no se trataba de quemar las
naves, Jean no
se preocupó demasiado.
La colonia parecía
un lugar interesante, y
ciertamente no tan chiflado como había temido. Y a los chicos les gustaría
mucho. Eso, en última instancia, era todo lo que importaba.
Se
mudaron seis semanas más tarde. La casa, de un solo piso, era pequeña, pero
adecuada para una familia de cuatro miembros que no tenía intenciones de
aumentar. Todos los aparatos domésticos
estaban a la vista; al menos,
admitió Jean, no había peligro de que volviesen a las
oscuras edades de los trabajos hogareños. Era algo perturbador, sin embargo,
descubrir que había una cocina. En una comunidad de este tamaño bastaba
comúnmente con sintonizar
Central de Comidas,
y esperar cinco minutos, para recibir el plato elegido.
El individualismo estaba muy bien, pero esto, temió Jean, era llevar las cosas
demasiado lejos. Se preguntó oscuramente si tendría que tejer las ropas además
de preparar las comidas. Pero no había telares entre la máquina de lavar platos
y el aparato de radar, así que no había que temer eso por lo menos.
Naturalmente, el
resto de la
casa parecía bastante
desnudo. Eran los
primeros ocupantes y pasaría algún tiempo antes que esta limpieza
aséptica se convirtiese en un hogar cálido y humano. Los niños, sin duda,
catalizarían el proceso con eficacia. Ya se había producido (aunque Jean no lo
sabía) la muerte infortunada de un joven animal en la bañera. Jeffrey no
conocía la fundamental diferencia que existe entre el agua dulce y el agua
salada.
Jean se
acercó a las ventanas, todavía sin cortinas, y contempló la colonia. Era un
lugar muy hermoso, eso no se podía discutir. La casa se alzaba en la falda
oriental de una loma que dominaba, a causa de la ausencia de competidores, la
isla de Atenas. Dos kilómetros más al
norte podía ver los arrecifes: una línea
delgada como el filo de un cuchillo que llevaban
a Esparta. Esta isla rocosa, con su rumiante cono volcánico, la asustaba a veces. Se preguntó cómo los
hombres de ciencia podían asegurar que no despertaría otra vez, sepultándolos a
todos.
Vio de
pronto una figura oscilante que subía por la colina, siguiendo la sombra de las
palmeras y desafiando
abiertamente la existencia
del camino. George
volvía de su primera conferencia. Era hora de
interrumpir los sueños y ocuparse de la casa.
Un golpe
metálico anunció la llegada de la bicicleta. Jean se preguntó cuánto tardarían
en aprender a manejar ese vehículo. Este era otro de los inesperados aspectos
de la isla. Los coches privados estaban prohibidos, y realmente eran
innecesarios, ya que la mayor distancia que se podía recorrer en línea recta no
pasaba de quince kilómetros. Había en cambio varios vehículos públicos:
camiones, ambulancias y coches de bomberos, que no podían viajar, salvo en
casos de emergencia, a más de cincuenta kilómetros por hora. Como resultado,
los habitantes de Atenas hacían
mucho ejercicio, las
calles estaban siempre
descongestionadas, y no había accidentes de tránsito.
George le
dio a su mujer un rápido beso y se dejó caer en la silla más próxima.
- ¡Uf! -
exclamó secándose la frente -. Todos me pasaban cuesta arriba, así, que me
imagino que uno al fin se acostumbra. Me parece que ya he perdido diez kilos.
- ¿Cómo
has pasado el día? - preguntó Jean cortésmente. Esperaba que su marido no
estuviese demasiado fatigado para ayudarla a desempaquetar.
- Muy
bien. Ha sido muy estimulante. Claro, no recuerdo la mitad de las gentes que me
presentaron, pero eran
todos muy agradables.
Y el teatro
es tan bueno
como yo lo esperaba.
La semana que
viene comenzamos a
trabajar en Vuelta
a Matusalén de Bernard Shaw. La escenografía estará
enteramente a mi cargo. Me parecerá increíble no estar rodeado por una docena
de personas que me dicen lo que tengo que hacer. Sí, creo que esto nos va a gustar.
- ¿A
pesar de las bicicletas?
George
reunió bastante energía como para sonreír.
- Sí -
dijo -. Dentro de un par de semanas ni notaré que existe esta loma.
No lo
creía de veras, pero era perfectamente cierto. Pasó otro mes sin embargo antes
que Jean dejara de extrañar el coche y descubriese todo lo que se podía hacer
en una cocina.
Nueva
Atenas no había aparecido de un modo natural y espontáneo como aquella otra
ciudad del mismo nombre. Todo en la isla había sido planeado deliberadamente,
como consecuencia del estudio emprendido durante varios años por un grupo de
hombres notables. El proyecto había comenzado como una conspiración contra los
superseñores, un implícito desafío a su política, si no a su Poder. En un
principio los fundadores de la colonia habían tenido casi la seguridad de que
Karellen se opondría totalmente, pero el supervisor no había hecho nada, nada
en absoluto. Esto no había tranquilizado a nadie.
Karellen
disponía de mucho tiempo: podía estar preparando un contragolpe. O estaba tan
seguro del fracaso del proyecto que no había creído necesario intervenir.
Casi
todos habían predicho
que la colonia iba a
fracasar. Sin embargo, aun en el pasado, mucho antes de que se
conociese realmente la dinámica social, habían existido numerosas comunidades
dedicadas a fines determinados, religiosos o filosóficos. Cierto era que
el índice de
mortalidad había sido
muy alto, pero
algunas habían llegado
a sobrevivir. Y las bases de la nueva colonia tenían toda la garantía de
la. ciencia moderna.
Había
muchas razones para haber escogido una isla. Las psicológicas no eran las menos importantes. En una época
de transporte aéreo universal, el océano ya no era una barrera, pero aún daba
sin embargo una cierta impresión de aislamiento. Además, la limitación del
terreno impedía que la colonia albergara a demasiada gente. La población máxima
había sido fijada en cien mil habitantes. Un poco más y se perderían las
ventajas de una comunidad reducida y compacta. Los fundadores habían pensado
que todos los miembros de Nueva Atenas tenían que conocer a los ciudadanos que
compartían sus mismos intereses, y además, y Por lo menos, a un uno o dos por
ciento de los otros habitantes.
El hombre
que había hecho posible Nueva Atenas era judío. Y, como Moisés, no había vivido
lo bastante como para entrar en la tierra prometida. La colonia había sido
fundada tres años después de su muerte.
Había nacido
en Israel, la más joven de las naciones independientes. El fin de las
soberanías nacionales se había sentido allí con más amargura que en ninguna
otra parte. Es difícil abandonar un sueño por el que se ha luchado durante
siglos.
Ben
Salomon no era un fanático, pero
los recuerdos de la niñez debían
de haber influido, y no poco, en la filosofía que había llevado a la
práctica. Podía recordar aún cómo era el mundo antes de la llegada de los
superseñores, y no quería volver a él. Como otros muchos
hombres, inteligentes y bien intencionados, sabía
apreciar todo lo que
Karellen había hecho por la raza humana, aunque los planes del supervisor no lo
hiciesen feliz. ¿No era posible, se decía a veces a sí mismo, que a pesar de su
enorme inteligencia los superseñores no
entendieran, realmente, a la humanidad y
estuviesen cometiendo, con la mejor de las intenciones, un terrible error? ¿Y
si en nombre de una altruista pasión por
el orden y
la justicia hubiesen
decidido reformar el
mundo sin comprender
que estaban destruyendo el alma humana?
El
declive apenas había comenzado, pero ya era fácil descubrir los primeros
indicios. Salomón no era un artista, pero sabía apreciar finamente el arte, y
sabía que esta época no había alcanzado, en ese orden, las cimas del pasado.
Quizá todo se arreglase un día,
cuando
desapareciera el aturdimiento provocado por la llegada de los superseñores.
Pero un hombre prudente tenía que tomar algunas medidas.
Nueva Atenas
era esas medidas.
Había costado veinte
años de trabajo y algunos billones de libras, fracción
relativamente pequeña del total de las riquezas mundiales. Durante quince años
no había pasado nada; todo había ocurrido en el último lustro.
La tarea
de Salomón hubiera sido irrealizable si algunos de los artistas más famosos del
mundo no hubiesen comprendido que el proyecto era realmente posible. Los
artistas le habían dado su apoyo porque el plan satisfacía sus aspiraciones, no
porque fuera importante para la salud de la raza. Pero, una vez convencidos, el
mundo ya no regateó su ayuda moral y material. Tras esta espectacular fachada
de talentos temperamentales, los verdaderos arquitectos de la colonia
comenzaron su tarea.
Una
sociedad está formada por seres humanos cuya conducta individual es imposible
predecir. Pero si se toman algunos grupos básicos comienzan a aparecer ciertas
leyes, como ya lo habían descubierto, en otros tiempos, las compañías de
seguros. Nadie puede decir quién morirá en determinada época, pero es posible predecir el número
total de muertes con considerable exactitud.
Había
otras leyes, más sutiles, ya sospechadas en el siglo anterior por matemáticos
como Wiener y
Rashavesky. Estos habían
argüido que sucesos
tales como las depresiones económicas, el resultado de
las carreras armamentistas, la estabilidad de los grupos sociales, las
elecciones políticas, etc., podían ser analizadas con ciertas técnicas
matemáticas. La gran
dificultad era el
enorme número de
variables, difíciles de representar en términos numéricos. No era
posible trazar una serie de curvas y declarar definitivamente: - Cuando se
llegue a esta línea estallará la guerra -. Y no era posible tampoco tener en
cuenta el asesinato de un hombre clave o los efectos de un nuevo descubrimiento
científico... Menos aún terremotos e inundaciones, los que pueden tener un
efecto muy profundo
en gran número de personas
y en el correspondiente grupo
social.
Sin
embargo, gracias a los conocimientos pacientemente acumulados durante el último
siglo, podían hacerse muchas cosas. La tarea no hubiese sido posible sin la
ayuda de las máquinas gigantescas capaces de realizar el trabajo de mil
matemáticos en unos pocos segundos, A esa ayuda se había recurrido
principalmente cuando se planeó la colonia.
Aun así,
los fundadores de Nueva Atenas sólo podían proporcionar el suelo y el clima en
el cual la planta que deseaban cultivar llegaría - o no - a florecer. Como el
mismo Salomón había dicho: - El talento lo tenemos asegurado. Esperemos
conseguir el genio.
Pero en
una sociedad tan concentrada tendrían que producirse, necesariamente, algunas
interesantes reacciones. Pocos
artistas progresan en
la soledad, y
nada es más estimulante que el encuentro con mentes
de intereses parecidos.
Hasta
ahora ese encuentro había producido valiosos resultados en escultura, música,
crítica literaria y cinematografía. Era
aún demasiado pronto
para apreciar si el grupo dedicado a la historia satisfaría
las esperanzas de los animadores del proyecto, que deseaban francamente que la
humanidad recobrase el orgullo de sus hazañas. La pintura languidecía aún, lo
que parecía apoyar la opinión de que un arte estático y bidimensional ya no
tenía posibilidades.
Era
evidente - aunque aún no se había dado
una explicación satisfactoria - que el tiempo tenía
una gran importancia
en las obras
mejor realizadas. Hasta
la misma escultura era pocas
veces inmóvil. Los intrigantes volúmenes y curvas de Andrew Carson
cambiaban lentamente ante
los ojos del
espectador, de acuerdo
con estructuras complejas que la mente era capaz de apreciar aunque no
las comprendiese del todo. Carson decía,
con un poco de verdad, que había llevado los “móviles” del siglo anterior a sus
últimas consecuencias, uniendo de este modo escultura y ballet.
Muchos de
los experimentos musicales de la colonia estaban conscientemente
relacionados con lo
que podría llamarse
“dimensión temporal”. ¿Cuál
era la nota perceptible más breve, o cuál la más
larga que pudiese ser tolerada sin aburrimiento?
¿Podía
variarse el resultado alternando las condiciones de la audición o mediante un
uso apropiado de la orquesta? Tales problemas eran discutidos
interminablemente, y los argumentos no eran sólo académicos. Habían dado como
resultado algunas obras en extremo interesantes.
Pero los
experimentos más exitosos se habían realizado en el campo de los dibujos
animados, arte de posibilidades infinitas.
Desde las épocas de Disney
poco se había hecho en este medio tan flexible. En el aspecto meramente
realista los resultados no podían
distinguirse de los del arte fotográfico, para gran alegría de los que estaban
desarrollando ciertas formas abstractas.
El grupo de hombres de ciencia y artistas que menos había
hecho hasta ahora
era el que despertaba el
mayor interés, y la mayor alarma. Este equipo estaba
trabajando en la identificación total. La historia del cine guiaba sus pasos.
Primero el sonido, luego el color, la estereoscopia y el cinerama habían dado a
las películas un aspecto cada vez más realista. ¿A dónde se iba por ese camino?
Se llegaría seguramente a
la última etapa
cuando el público
olvidara que era
público y participara de la acción. Sería necesario estimular todos los sentidos, y quizá también
recurrir a la hipnosis, pero muchos creían que era posible. Cuando se alcanzase
la meta,
la
experiencia humana se enriquecería notablemente. Un hombre podría convertirse -
por un rato al menos - en cualquier otra persona,
y tomar parte en cualquier
concebible aventura, real o imaginaria.
Hasta podría ser una planta o un animal, si fuese posible recoger y
registrar las sensaciones
de todas las
criaturas vivientes. Y
cuando el
"programa" hubiese terminado,
habría adquirido un
recuerdo tan vívido
como el de cualquiera de sus propias experiencias, en
verdad idéntico a un recuerdo real.
El
proyecto era deslumbrante. Muchos lo encontraban asimismo terrible, y esperaban
que la empresa terminara en un fracaso. Pero sabían muy bien que una vez que la
ciencia declara que algo es posible, nada puede impedir que se lleve a cabo.
Esto, pues,
era Nueva Atenas,
y algunos de
sus sueños. La
colonia esperaba convertirse en
lo que hubiese sido la antigua Atenas si hubiese contado con máquinas en lugar
de esclavos, y ciencia en vez de superstición. Pero era aún muy pronto para
saber si la experiencia tendría éxito.
16
Jeffrey
Greggson era un isleño que, hasta ahora, no se había preocupado por los
problemas estéticos o científicos, los dos supremos intereses de sus mayores.
Pero aprobaba de todo
corazón la vida
en la colonia,
aunque por razones
puramente personales. El mar, nunca a más de unos pocos kilómetros, lo
fascinaba de veras. Había pasado la mayor parte de sus pocos años en el
interior de un continente, y no se había acostumbrado aún a la novedad de vivir
rodeado de agua. Era un buen nadador, y salía muy a menudo con otros amigos,
armado de su máscara y sus paletas a explorar las aguas poco profundas de la
bahía. En un principio Jean no se había sentido muy feliz, pero después de
zambullirse ella misma varias veces, perdió el temor al océano y a sus extrañas
criaturas, y dejó que Jeffrey disfrutara a su gusto, siempre que no nadase
solo.
Otro
miembro de la familia de Greggson que parecía muy contento con el cambio era
Fey, una hermosa sabuesa dorada que nominalmente pertenecía a George, pero que
era difícil separar de Jeffrey. Ambos estaban siempre juntos, durante el día y
- si Jean no se opusiera firmemente - durante la noche. Cuando Jeffrey salía en
bicicleta Fey se echaba ante la puerta, con unos ojos tristes y húmedos
clavados en el camino, y el hocico entre las patas. George se sentía entonces
bastante mortificado, pues había pagado un buen precio por Fey y su pedigree.
Tendría que esperar hasta la próxima generación - dentro de tres meses - para
tener un perro propio. Jean tenía otra idea. Le gustaba Fey, pero pensaba que
un perro por casa era suficiente.
Sólo
Jennifer Anne no había decidido aún si le gustaba la colonia. Esto, sin
embargo, no era muy raro, pues no había visto del mundo más que los paneles
plásticos de la cuna, y apenas sospechaba que existiese un lugar semejante.
Los
recuerdos no absorbían a George; estaba muy ocupado con sus planes para el
futuro, y muy entretenido con su trabajo y sus hijos. Su mente no retrocedía
casi nunca hasta aquella noche africana, y jamás hablaba de eso con Jean. Ambos
evitaban el tema de común acuerdo, y desde aquel día no habían vuelto a visitar
a Boyce, a pesar de sus repetidas invitaciones. Lo habían llamado varias veces
al año, excusándose siempre, y últimamente
Boyce ya no
los molestaba. Su
matrimonio con Maia
Rodricks, ante la sorpresa de casi todos parecía más
floreciente que nunca.
Luego de
aquella noche, Jean perdió todo deseo de investigar los misterios situados en
las fronteras de la ciencia. La ingenua curiosidad que la había llevado a
relacionarse con Rupert y sus experimentos se había desvanecido. Quizá estaba
ya convencida, y no necesitaba más pruebas; George prefería no preguntárselo.
Era posible que los cuidados de la maternidad le hubiesen hecho olvidar esos
intereses.
No había
que preocuparse, se decía George, por misterios irresolubles. Sin embargo, a
veces se despertaba en medio del silencio de la noche, y se ponía a pensar.
Recordaba su encuentro con Jan Rodricks en la terraza de la casa de Rupert, y
su corta conversación con el único hombre que había logrado desafiar la
prohibición de los superseñores. Nada en el reino de lo sobrenatural, pensaba
George, podía ser más extraño que ese simple hecho científico. Aunque había
hablado con Jan hacía ya diez años, para este tan distante viajero apenas
habían transcurrido unos pocos días.
El
universo era enorme, pero su tamaño no lo asustaba tanto como su misterio.
George no tenía la costumbre de meditar sobre tales asuntos; sin embargo,
pensaba a veces que los hombres eran como niños que jugaban dentro de un
parque, lejos de las terribles realidades del mundo exterior. Jan Rodricks,
resentido contra esta protección, había escapado. Nadie sabía hacia dónde. Pero
en este caso George se encontraba del lado de los superseñores. No deseaba de
ningún modo enfrentarse con lo que acechaba quizá en esa oscuridad desconocida,
en el borde del círculo de luz lanzado por la lámpara de la ciencia.
- ¿Por
qué - se quejó George - Jeff está siempre afuera cuando yo llego a casa? ¿A
dónde ha
ido hoy?
Jean alzó
los ojos del tejido, una ocupación arcaica que había sido resucitada
recientemente con mucho éxito. Esas modas aparecían y desaparecían en la isla
con bastante rapidez. Como resultado de esta locura particular los hombres
llevaban ahora unos sweaters multicolores,
demasiado abrigados para
el día, pero,
bastante útiles después de la
caída del sol.
- Ha ido
a Esparta con algunos amigos - respondió Jean - Me prometió estar de vuelta
para la hora de la cena.
- En
realidad vine a casa a trabajar - dijo George pensativamente -. Pero es un día
muy hermoso. Me parece que iré hasta allí y me daré un baño yo también. ¿Qué
pescado deseas?
George
nunca había pescado nada, y los peces de la bahía eran demasiado astutos. Jean
iba a decírselo cuando un sonido que, aun en esta pacífica edad, era capaz de
helar la sangre estremeció la quietud del atardecer.
Era el
gemido de una sirena, que subía y bajaba, extendiendo hacia el mar, en círculos
concéntricos, un mensaje de peligro.
Aquí, en
la ardiente oscuridad, bajo el piso del océano, la presión de las rocas había
crecido lentamente durante casi un siglo. Aunque el cañón oceánico se había
formado en una de las
primeras edades geológicas,
las piedras torturadas
no se habían acostumbrado aún a su nueva posición.
Los estratos habían crujido innumerables veces, moviéndose un
poco cuando el
inimaginable peso del
agua perturbaba su
precario equilibrio. Estaban listos para volver a moverse.
Jeff
estaba explorando los hoyos rocosos que corrían a lo largo del mar, ocupación
que siempre lo fascinaba. Nunca podía saber con qué exóticas criaturas se iba a
encontrar aquí, traídas por las olas que venían una detrás de otra, y a través
del Pacífico, a romper contra los acantilados. La bahía era un país de hadas, y
en ese momento Jeff se sentía el único dueño, pues los otros niños habían
subido a las colinas.
El día
era sereno y claro. No había ni un soplo de viento, y hasta el perpetuo gruñido
que sonaba bajo los arrecifes era ahora sólo un sordo murmullo. Un sol ardiente
colgaba en el cielo, pero el oscuro cuerpo de Jeff era ya inmune a sus ataques.
La playa
era aquí un delgado cinturón de arena, que descendía hacia la bahía. Bajo las
aguas claras como el cristal, Jeff podía ver las formaciones rocosas, tan
familiares para él como el suelo terrestre. A unos diez metros de profundidad
el esqueleto curvo y cubierto de
algas de una
vieja goleta se
elevaba hacia el
mundo que había
dejado hacía doscientos años.
Jeff y sus amigos habían explorado a menudo estos restos, pero sus
esperanzas de
encontrar un tesoro
no se habían
realizado nunca. Sólo
habían descubierto una brújula cubierta de mejillones.
Algo asió
con firmeza la bahía, como con ambas manos, y la sacudió brevemente. El temblor
de las aguas pasó con tanta rapidez que Jeff se preguntó si no se lo habría
imaginado. Quizá había sido un vértigo pasajero, pues a su alrededor todo
seguía igual. Nada turbaba la
superficie del agua;
en el cielo no
se veía una
nube. Y de pronto, comenzó algo muy raro.
El agua
estaba alejándose de la costa con una rapidez muy superior a la de cualquier
marea. Jeff se quedó mirando, con un profundo asombro, pero sin miedo, como
aparecían las arenas húmedas, y yacían brillantes al sol. Siguió a las aguas,
decidido a aprovechar todo lo posible ese milagro que le había abierto las
puertas del mundo submarino. Tanto había descendido el nivel del mar que el
mástil roto del náufrago estaba subiendo hacia el cielo, y sus algas, faltas
del apoyo del agua, colgaban ya verticalmente. Jeff se apresuró, ansioso por
contemplar las maravillas que no tardarían en aparecer.
Fue
entonces cuando oyó aquel ruido que venía de los arrecifes. Nunca había oído
nada semejante, y se detuvo intrigado. Los pies comenzaron a hundírsele
lentamente en las arenas húmedas. Un pez grande estaba luchando con la muerte,
unos pocos metros más allá, pero Jeff lo miró apenas. El ruido de los arrecifes
crecía a su alrededor.
Era un
gorgoteo, un sonido de succión, como el de un río que corre por un estrecho
canal. Era la voz del mar, que se retiraba protestando, enojado al perder,
aunque fuese sólo por un momento, aquellas tierras suyas. Por entre las
graciosas ramas de coral, a través de las ocultas cavernas submarinas, millones
de toneladas de agua pasaban de la bahía a la vastedad del océano.
Regresarían
muy pronto, y muy rápidamente.
Horas más
tarde, una de las patrullas de salvamento encontró a Jeff en el banco de coral.
El agua había llegado a subir hasta veinte metros sobre su nivel de costumbre.
Jeff no estaba asustado, aunque
sí afligido por la pérdida
de su bicicleta. Tenía además mucha hambre. La destrucción parcial
de los arrecifes había cortado el camino. Cuando llegó la patrulla, Jeff estaba
pensando en regresar a nado, y si las corrientes no hubiesen cambiado mucho
habría podido atravesar el canal con bastante facilidad.
Jean y
George habían estado mirando cuando el tsunami golpeó la isla. Aunque los
daños en
las zonas más
bajas de Atenas
habían sido severos,
no había habido desgracias personales. Los sismógrafos
habían dado aviso con una anticipación de sólo quince minutos, pero eso bastó para que todos se
pusieran a salvo. Ahora la colonia
estaba
curándose las heridas y reuniendo una colección de leyendas que los años harían
más y más espeluznantes.
Jean
estalló en sollozos cuando le devolvieron a su hijo, pues tenía la seguridad de
que el mar se lo había llevado. Había visto, horrorizada, como el negro muro de
agua, con su capa de espuma, había venido desde el horizonte a golpear la base
de la isla. Parecía imposible que Jeff se hubiera salvado.
No era
raro que el niño no pudiese hacer un relato coherente de lo ocurrido. Después
de cenar, y cuando ya estaba a salvo en cama, Jean y George se sentaron a sus
pies.
-
Duérmete, querido, y no pienses más - dijo Jean - ya ha pasado todo.
- Pero
fue divertido, mamá - protestó Jeff -. No estaba realmente asustado.
-
Magnífico - dijo George -. Eres un chico valiente. Por suerte no perdiste la
cabeza y corriste a tiempo. He oído hablar de esas olas. Muchas gentes mueren
ahogados por salir a la playa a ver qué pasa.
- Eso es
lo que hice - confesó Jeff -. Me pregunto quién me habrá ayudado.
- ¿Qué
quieres decir? No había nadie contigo. Los otros muchachos estaban en la colina.
Jeff
parecía perplejo.
- Pero
alguien me dijo que corriese.
Jean y
George se miraron con cierta alarma.
-
¿Quieres decir que imaginaste oír algo?
- Oh, no
lo molestes más - dijo Jean con ansiedad, y muy rápidamente. Pero George era
porfiado.
- Un
momento. Cuéntame todo lo que pasó, Jeff.
- Bueno,
yo estaba allí en la playa, junto a ese barco, cuando oí la voz.
- ¿Qué
decía?
- No
recuerdo muy bien,
pero algo así
como Jeffrey, sube
a la loma,
rápido. Te ahogarás si te quedas
aquí -. Estoy seguro de que me llamó Jeffrey, no Jeff. Así que no era ninguno
de mis amigos.
- ¿Era la
voz de un hombre? ¿De dónde venía?
- Estaba
muy cerca de mí. Y parecía un hombre... Jeff titubeó y George lo incitó a que
siguiera.
-
Adelante... Imagina que estás en la playa, y dinos exactamente qué pasó
entonces.
- Bueno,
no se parecía a ninguna voz conocida. Me pareció que era un hombre grande.
- ¿Y no
dijo nada más?
- No...
hasta que comencé a subir por la loma.
Entonces
ocurrió otra cosa rara. ¿Conoces el camino de los acantilados?
- Sí.
- Yo estaba
subiendo por ahí, pues es el más corto. Yo ya sabía lo qué pasaba. Había visto
la ola. Además, hacía un ruido horrible. Y de pronto descubrí, que en medio del
camino había una roca enorme. Nunca había estado. Y no me dejaba pasar.
- La
habría hecho caer el terremoto - dijo George.
-
Chist... Sigue, Jeff.
- No
sabía qué hacer, y sentía que se acercaba la ola. Entonces la voz dijo:
"Cierra los ojos, Jeffrey, y ponte una mano delante de la cara”. Parecía
un chiste, pero lo hice. Y entonces hubo como un gran fuego - alcancé a
sentirlo - y cuando abrí los ojos la roca ya no estaba.
- Ya no
estaba.
- No. Así
que empecé a correr de nuevo, y por eso casi me quemo los pies, pues las
rocas del camino
estaban terriblemente calientes.
El agua silbó cuando
llegó a esas rocas, pero ya no
podía alcanzarme, yo estaba muy alto. Y eso es todo. Bajé cuando la ola se
retiró. Entonces descubrí que mi bicicleta no estaba más, y que se había roto
el camino de los arrecifes.
- No te
preocupes por la bicicleta, querido - dijo Jean abrazando a su hijo -. Te
compraremos otra. Lo único que importa es que no te hiciste daño. No nos
interesa saber cómo pasó.
Esto no
era verdad, por supuesto, pues la conferencia comenzó tan pronto como Jean y
George dejaron el cuarto. No sacaron nada en limpio, pero la reunión tuvo dos
consecuencias. A la mañana siguiente, sin decirle nada a George, Jean llevó a
su hijito al psicólogo de niños de la
colonia. Jeff volvió a narrar su
historia, sin azorarse ante la novedad del
escenario. Más tarde,
mientras su paciente
rechazaba uno tras
otro los juguetes amontonados en
otra habitación, el psicólogo tranquilizó a Jean.
- Nada
permite suponer la existencia de alguna anormalidad. Tenga en cuenta que el
niño acaba de pasar por una experiencia terrible, y ha salido de ella
notablemente bien. Es un niño muy imaginativo, y quizá cree que dice la verdad.
Así que acepte la historia, y no se preocupe si no aparecen otros síntomas. En
ese caso llámeme en seguida.
Esa misma
noche Jean comunicó el veredicto a su marido. George no se mostró muy contento,
y Jean atribuyó su preocupación a los destrozos sufridos por su amado teatro.
- Muy
bien - se limitó a gruñir George y se puso a hojear el último número de La
escena y el taller. Parecía como si hubiese perdido todo interés en el asunto,
y Jean se sintió molesta.
Pero tres
semanas más tarde, cuando se reabrió el camino, George y su bicicleta se
encaminaron hacia Esparta. Trozos de coral cubrían las arenas y había un hueco
en la hilera de los
arrecifes. George se
preguntó cuánto tiempo
tardarían las miríadas
de pacientes pólipos en reparar esos daños.
Sólo un
sendero llevaba a la cima de los acantilados, y una vez que recobró el aliento,
George comenzó la ascensión. Unas algas secas, atrapadas entre las piedras,
señalaban el límite alcanzado por la ola.
George
contempló largo rato, de pie en aquel solitario sendero, el sitio donde se
veían las huellas de una roca hundida. Trató de decirse a sí mismo que se
trataba de algún capricho volcánico, pero abandonó enseguida su idea. Su mente
volvió a aquella noche, años atrás, en la que se había unido, junto con Jean,
al tonto experimento de Rupert. Nadie había entendido de veras qué había
pasado, pero George sabía, de algún modo, que esos dos sucesos tenían cierta
relación. Primero, Jean; luego, su hijo. No supo si tenía que sentirse asustado
o contento y murmuró entre dientes una silenciosa plegaria:
-
Gracias, KarelIen, por lo que tu gente ha hecho por Jeff. Pero me gustaría
saber por qué lo hicieron.
Bajó
lentamente a la playa y las grandes gaviotas blancas volaron a su alrededor,
decepcionadas al ver que no les arrojaba un poco de comida.
17
El
pedido de Karellen, aunque
se lo esperaba desde un principio,
cayó como una bomba. Representaba, para todos, una
crisis en los asuntos de la isla, y era imposible imaginar sus consecuencias.
Los
superseñores no habían intervenido nunca en la colonia. La habían dejado
completamente sola, ignorándola como a todas aquellas otras actividades que no
tenían un carácter subversivo o no transgredían las leyes. No se sabía bien si
los propósitos de la colonia podían llamarse subversivos. No tenía una
intención política, pero representaba un anhelo de cierta independencia
artística e intelectual. ¿Y quién podía saber qué saldría de eso? Karellen era
capaz de prever el futuro de la colonia con más claridad que sus fundadores, y
quizá no le gustaba.
Claro, si
Karellen quería enviar un observador, inspector, o como se lo quisiera llamar,
nadie podía impedírselo.
Veinte años atrás
los superseñores habían
anunciado el abandono de todos
los aparatos de observación, de modo que la humanidad no tenía por
qué seguir
pensando que vivía
espiada. Sin embargo,
la mera existencia
de esos aparatos significaba que,
si así lo querían los superseñores, no habría secretos.
Algunos
de los isleños habían recibido con agrado el anuncio de esta visita, ante la
posibilidad de aclarar un problema menor acerca de los superseñores: su actitud
ante el arte. ¿Lo consideraban una
aberración infantil de la raza humana? ¿Cultivaban alguna forma artística? En
ese caso, ¿era el propósito de la visita puramente estético, o serían las
intenciones de Karellen menos inocentes?
Todo esto
era tema de interminables discusiones mientras se hacían los preparativos para
recibir al superseñor. Nada se sabía de él, pero se daba por sentado que sería
capaz de absorber cultura en enormes dosis. Se intentaría llevar a cabo algún
experimento, y las reacciones de la víctima serían estudiadas por todo un
batallón de mentes agudas.
En ese
entonces el presidente del consejo era el filósofo Charles Yan Sen, un hombre
irónico, pero fundamentalmente amable,
que aún no
había cumplido sesenta
años y estaba por lo tanto en lo
mejor de su vida. Platón hubiese aprobado a Sen como un buen ejemplo de
estadista - filósofo, aunque Sen no aprobaba siempre a Platón en quien creía
ver una grosera deformación de Sócrates. Sen era uno de los tantos isleños que
tenían el propósito de sacar
todo el provecho
posible de la
visita, aunque sólo
fuese para mostrarles a los
superseñores que los seres humanos conservaban aún su poder de iniciativa y no
estaban "totalmente domesticados".
En Atenas
no se podía hacer nada sin la autorización de un comité, esa piedra
fundamental del sistema democrático.
Ya alguien había
definido la colonia como
una cadena de comités. Pero el sistema daba resultado, gracias a los
pacientes estudios de los psicólogos sociales, los verdaderos fundadores de
Nueva Atenas. Como la comunidad era bastante reducida, todos podían tomar parte
en su dirección, y ser de ese modo verdaderos ciudadanos.
Era
inevitable que George Greggson, como miembro principal. de la jerarquía
artística, estuviese en el comité de recepción. Pero para evitar cualquier
error movió algunas influencias. Si los superseñores querían estudiar la
colonia, George quería estudiar a los superseñores. Jean no se sentía muy feliz
con este proyecto. Desde aquella noche, en casa de Boyce, había sentido una
vaga hostilidad hacia los
superseñores, aunque no podía explicar
sus motivos. Deseaba relacionarse con ellos lo menos posible, y una de las
principales atracciones de la isla había sido la posible independencia. Ahora
temía que esta independencia estuviese amenazada.
El
superseñor, para decepción de los que esperaban algo más espectacular, llegó
sin ceremonias en una ordinaria máquina volante de fabricación humana. Podía
haber sido el mismo Karellen, pues nadie era capaz de distinguir a un
superseñor de otro con bastante seguridad. Todos parecían duplicados de un
molde original y único. Quizá, y mediante ciertos desconocidos procedimientos
biológicos, lo eran de veras.
Después
del primer día los isleños dejaron de prestar atención al coche oficial cuando
atravesaba la colonia de camino hacia
alguna visita. El nombre del visitante, Thanthalteresco, demostró
ser poco práctico
para usarlo diariamente,
y pronto se lo
designó como "el inspector". Era un nombre bastante exacto, pues su
apetito por las estadísticas parecía insaciable.
Charles Yan
Sen estaba totalmente
agotado cuando, bastante
después de medianoche, acompañó
al inspector hasta la máquina voladora que le servía de base. Allí, sin duda,
continuaría su trabajo, durante toda la noche, mientras sus anfitriones humanos
se permitían la debilidad de dormir.
La señora
Sen estaba esperando ansiosamente a su marido. Formaban una cariñosa pareja, a
pesar de que Sen tenía la costumbre de llamarla Xantipa, y en presencia de
invitados. La mujer había tratado de replicarle en forma apropiada, sirviéndole
una copa de cicuta; pero por suerte este brebaje herbívoro era menos común en
la nueva Atenas que en la vieja.
- ¿Todo
estuvo bien? - preguntó mientras Sen se sentaba ante una comida fría.
- Creo
que sí, aunque nunca se puede saber qué pasa por el interior de esas notables
mentes. Mostró mucho interés, hasta hizo algunos cumplidos. Le pedí disculpas
por no traerlo a casa, y me dijo que comprendía, y que no deseaba golpearse la
cabeza contra el techo.
- ¿Qué le
mostraste hoy?
- El
aspecto material de la colonia, que no le pareció aburrido como a mí. Hizo las
preguntas más inimaginables sobre producción, presupuestos, recursos minerales,
índice de nacimientos, alimento de la población, etc. Por suerte me acompañaba
Harrison. el secretario, que se había
llevado todos los informes anuales desde los orígenes de la colonia. Tendrías que haberlos oído,
intercambiando estadísticas. El inspector nos pidió que le
prestáramos los informes
y apuesto a
que mañana será
capaz de citarnos cualquier cifra de memoria. Esas
hazañas mentales me parecen terriblemente depresivas.
Sen
bostezó y comenzó a comer con desgano.
- Mañana
será un día más interesante. Vamos a visitar los colegios y la Academia.
Entonces seré yo quien hará las preguntas. Me gustaría saber cómo educan los
superseñores a sus niños... Siempre, es claro, que tengan niños.
Charles
Sen no llegó a saberlo, pero en otros asuntos el inspector se mostró bastante
hablador. Evadía las cuestiones embarazosas con una amabilidad realmente
agradable, y de pronto, de un modo inesperado, parecía confiarse de veras.
El primer
momento real de
intimidad sobrevino cuando
estaba alejándose de la
escuela.
- Es una
gran responsabilidad - había hecho notar
el doctor Sen - entrenar a estas jóvenes
mentes para el
futuro. Por suerte
los seres humanos
tienen una resistencia notable. Se necesita una
educación muy mala para que el daño sea permanente. Aun en el caso de que
nuestras miras sean erróneas, nuestras pequeñas víctimas sabrán probablemente
superarlas. Como usted ha visto, parecen ser perfectamente felices. - Sen hizo
una pausa y lanzó una mirada intencionada hacia la alta figura de su pasajero.
El inspector estaba totalmente envuelto en una brillante ropa plateada, de tal
modo que no exponía a la luz del sol ni un sólo centímetro de su piel. Detrás
de los anteojos oscuros el doctor Sen sintió la presencia de dos grandes ojos
que lo miraban sin emoción, O con una emoción que él no entendía. - Nuestros
problemas al educar a estos niños tienen que ser, me parece, muy similares a
los de ustedes cuando se enfrentaron con la raza humana.
¿Está
usted de acuerdo conmigo?
- En
ciertos aspectos - admitió el superseñor gravemente -. En otros puede
encontrarse una comparación más exacta en la historia de las potencias
coloniales. Por esta razón el imperio romano y el británico nos han interesado
siempre mucho. El caso de la India es particularmente instructivo. Lo que más
nos diferencia de los británicos es que estos no tenían verdaderas
razones para meterse
en la India;
no razones conscientes,
por lo menos, excepto
algunos objetivos triviales
y sin importancia,
como el comercio
y la hostilidad hacia las otras
potencias europeas. Se encontraron en posesión de un imperio antes de tiempo y
no fueron realmente felices hasta que se libraron de él.
- ¿Y se
librarán ustedes de su imperio - preguntó el doctor Sen sin poder resistir la
oportunidad - cuando llegue la hora?
- Sin la
menor duda - replicó el inspector.
El
doctor Sen no insistió.
El tono de la respuesta no invitaba
a seguir indagando. Además,
habían llegado en ese momento a la Academia donde los esperaba un grupo de
pedagogos dispuestos a afilar sus ingenios ante un verdadero superseñor.
- Como
le habrá dicho
nuestro distinguido colega
- comentó el
profesor Chance, decano de la Universidad - queremos
que las mentes
de nuestros ciudadanos estén siempre alertas, y puedan desarrollar
así sus verdaderas potencialidades. Fuera de esta colonia - su ademán indicó y
rechazó el resto del globo - temo que la raza humana haya perdido su
iniciativa. Tiene paz, tiene bienestar, pero no tiene horizontes.
- En
cambio aquí, naturalmente... - intervino con suavidad el superseñor.
El
profesor Chance, a quien le faltaba el sentido del humor, y lo sabía, miró con
desconfianza a su visitante.
- No
pensamos - continuó - que el ocio sea un pecado. Pero no creemos que baste ser
un público pasivo. Todos en esta isla tienen una ambición que puede ser
resumida de un modo muy simple. Es la de hacer algo, aunque sea algo muy
pequeño, mejor que los demás.
Claro, se trata
de un ideal
que no todos
alcanzamos. Pero en
este mundo moderno lo importante
es tener un ideal. Alcanzarlo o no es casi indiferente.
El
inspector no parecía inclinado a hacer comentarios. Se había sacado sus ropas
protectoras, pero tenía puestos todavía los anteojos oscuros, aunque la luz del
cuarto era bastante débil. El decano se
preguntó si serían fisiológicamente necesarios
o sólo un disfraz. Ciertamente, hacían casi imposible la ya difícil
tarea de leer los pensamientos del superseñor. Este, sin embargo, no parecía
oponerse a las desafiantes declaraciones que se le habían hecho, ni a las
críticas que esas declaraciones implicaban.
El decano
estaba a punto de volver al ataque cuando el jefe del departamento científico
decidió participar en la lucha.
- Como
usted sin duda sabe, señor, uno de los mayores problemas de nuestra cultura ha
sido el de la dicotomía que separa el arte de la ciencia. Me gustaría de veras
conocer sus puntos de vista a este respecto. ¿Está usted de acuerdo con los que
afirman que todos los artistas
son anormales? ¿Qué
sus obras - o por
lo menos el impulso que engendra sus obras - son el resultado de
alguna profunda insatisfacción psicológica?
El
profesor Chance se aclaró la garganta, pero el inspector se le adelantó.
- Dicen
ustedes que todos los hombres son artistas hasta cierto punto, de tal modo que
no hay nadie incapaz de crear algo, aunque sea algo primitivo. Ayer, en las
escuelas, por ejemplo, advertí el énfasis con que se insiste en la expresión
personal, tanto en el dibujo como en la pintura y el modelado. Ese estímulo
parece alcanzar a todos, aun a aquellos destinados a ser hombres de ciencia. De
modo que si todos los artistas son anormales, y todos los hombres son artistas,
tenemos aquí un interesante silogismo -.
Todos
esperaron a que el inspector terminase de hablar. Pero, cuando les convenía,
los superseñores podían mostrar un tacto impecable.
El
inspector aguantó el concierto con todo éxito, lo que no se podía decir de
muchos de los seres humanos que formaban el auditorio. La única concesión al
gusto popular había sido la Sinfonía de los salmos de Stravinsky; el resto del
programa era agresivamente actual.
Cualesquiera que fuesen
los méritos de
la música, la
ejecución había sido magnífica. La
satisfacción que sentía
la colonia de
poseer algunos de
los mejores músicos del mundo,
tenía su base. Había habido numerosas disputas entre varios compositores por
el honor de ser incluidos
en el programa,
aunque algunos cínicos pensaban si se trataría realmente de
un honor. Pues nadie podía afirmar que los superseñores no fuesen musicalmente
sordos.
Sin
embargo, después del concierto, Thanthalteresco
buscó a los tres compositores que habían figurado en el programa y los
felicitó por su "gran inventiva". Los músicos se retiraron
complacidos, pero también un poco desconcertados.
George
Greggson no pudo encontrarse con el inspector hasta tres días más tardé. El
teatro había preparado algo así como distintas carnes a la parrilla, antes que
un plato único: dos piezas en un acto, un número por un imitador
mundialmente famoso, y una escena de
ballet. Una vez más todas las partes fueron insuperablemente ejecutadas y la
predicción de uno de los críticos: - Al fin descubriremos si los superseñores bostezan
- no se cumplió. En realidad, el inspector se rió varias veces, y en los
momentos adecuados.
Y sin
embargo, nadie podía estar seguro. Era posible que el superseñor interpretara
una comedia, guiándose
sólo por la
lógica, y manteniendo
al margen sus
propias y extrañas emociones,
como un antropólogo que participa en un rito primitivo. El hecho de que
emitiese los sonidos apropiados, y de que reaccionara correctamente no
demostraba nada.
Aunque George
estaba decidido a
conversar con el
inspector no pudo
hacerlo. Después de la representación intercambiaron unas pocas
palabras, a modo de saludo, y luego el visitante fue arrebatado por el público.
Era imposible separarlo de su círculo, y George volvió a su casa sintiéndose
totalmente derrotado. No sabía muy bien qué podría haber dicho, si hubiese
encontrado una oportunidad; pero de algún modo, estaba seguro, hubiese desviado
la conversación hacia Jeff. Y ahora ya nada era posible.
El mal
humor le duró
dos días. La
máquina voladora del
inspector partió entre numerosas protestas de mutuo respeto
antes que se produjera el episodio. A nadie se le había ocurrido hacerle a Jeff
alguna pregunta, y el niño lo pensó bastante, seguramente, antes de decidirse a
hablar.
- Papá -
le dijo a George, poco antes de irse a la cama -, ¿te acuerdas del superseñor
que vino a vernos?
- Sí -
replicó George ásperamente.
- Bueno,
- fue a nuestro colegio, y oí como hablaba con uno de los profesores. No entendí realmente lo que decía, pero
reconocí la voz. Fue la que me dijo que corriera cuando venía la ola.
- ¿Estás
seguro?
Jeff
titubeó un momento.
- No del
todo. Pero si no era él, era otro de los superseñores. No sabía realmente si
tenía que darle las gracias. Pero ahora ya se ha ido ¿no?
- Sí -
dijo George -, temo que sí. Quizá tengamos, sin embargo, alguna otra ocasión.
Ahora véte a la cama como un buen muchacho, y no vuelvas a pensar en eso.
Cuando
Jeff, felizmente, desapareció, y luego de haber atendido a Jenny, Jean vino a
sentarse en la alfombra junto a la silla de George, apoyándose en sus piernas.
George pensaba que era una costumbre espantosamente sentimental,
pero no había por qué hacer una escena. Se contentó con mostrar la
dureza de sus rodillas.
- ¿Qué
piensas ahora? - preguntó Jean con voz fatigada y sin entonación -. ¿Crees que
ha ocurrido de veras?
- Ha
ocurrido - replicó George -, pero quizá nos preocupamos tontamente. Al fin y al
cabo, la mayor parte de los padres tienen razones para mostrarse agradecidos...
y, por supuesto, yo también
me siento agradecido.
La explicación puede
ser muy simple. Sabemos que los superseñores tenían
interés en la colonia, así que podían estar observándonos, a
pesar de aquella
promesa. Si alguno
rondaba con uno
de esos aparatos, y vio venir la
ola, es natural que advirtiesen a Jeff que estaba en peligro.
- Pero
conocían el nombre de Jeff, no lo olvides. No, nos observan. Hay algo raro en
nosotros, algo que atrae su atención. Lo he sentido desde la fiesta de Rupert.
Es gracioso ver cómo aquella fiesta alteró nuestra existencia.
George
miró a su mujer con simpatía, pero nada más. Cuánto se podía cambiar, pensó, en
tan poco tiempo. Le tenía cariño a Jean; había educado a sus hijos y era ahora
parte de su vida. Pero de aquel amor que una persona no muy claramente recordaba, y de nombre George Greggson, había
sentido una vez hacia un sueño descolorido
llamado Jean Morrel, ¿qué quedaba ahora? Su amor estaba dividido entre
Jeff y Jennifer por una parte... y
Carolle por la otra.
No creía que
Jean supiese algo
de Carolle, y tenía
la intención de decírselo antes que alguien se le adelantase. Pero por
algún motivo nunca encontraba el momento adecuado.
- Muy
bien, observan a Jeff, lo protegen en realidad.
¿No crees que eso debe de ponernos orgullosos? Quizá los superseñores
han planeado un gran futuro para nuestro hijo.
Estaba
hablando para tranquilizar a Jean, lo sabía. No se sentía muy inquieto, pero sí
un poco desconcertado. Y de pronto otro pensamiento cayó sobre él, algo que
podía habérsele ocurrido antes. Volvió los ojos hacia el cuarto de los niños.
- Me
pregunto si sólo andarán detrás de Jeff - dijo.
A su
debido tiempo el
inspector presentó su
informe. Los isleños
le habían proporcionado gran
cantidad de material. Todas las estadísticas y registros fueron a parar a la
insaciable memoria de las grandes máquinas calculadoras, parte de los poderes
invisibles que sostenían a Karellen. Aún antes que esas impersonales mentes
eléctricas hubiesen sacado sus conclusiones, el inspector dio sus propios
consejos. Expresados con los pensamientos y el lenguaje de la raza humana se
hubiesen presentado así:
- No
tenemos por qué intervenir en la colonia. Es un experimento interesante, pero
que no puede afectar el futuro. Sus esfuerzos artísticos no nos conciernen, y
no hay pruebas de que la investigación científica siga un camino peligroso.
"De
acuerdo con nuestros planes, estudié con gran curiosidad los registros
escolares del sujeto Cero. Las estadísticas que más nos interesan figuran en
esos registros, pero no he podido encontrar indicio alguno de desarrollos
insólitos. Aunque, como ya sabemos, estas eclosiones suelen producirse sin
previo aviso.
- Me
encontré también con el padre del sujeto y tuve la impresión de que deseaba
hablarme. Por suerte
pude evitarlo. Es
indudable que algo
sospecha -, aunque, naturalmente, nunca podrá adivinar la
verdad, ni afectar de ningún modo el desarrollo de los acontecimientos.
"Siento
cada vez más lástima por toda esta gente.
George
Greggson hubiese estado de acuerdo con el veredicto del inspector. No había
nada anormal en Jeff. Sólo aquel desconcertante incidente, tan sorpresivo como
un trueno aislado en un día de calma perfecta. Y después... nada.
Jeff
tenía la energía y la curiosidad propias de un niño de siete años. Era
inteligente - cuando se molestaba en serlo -, pero no había peligro de que se
convirtiese en un genio precoz. A veces, pensaba Jean con un poco de cansancio,
se ajustaba perfectamente a la clásica definición de un niño: "un ruido
rodeado de suciedad". Aunque no era muy fácil
darse
cuenta de la suciedad; ésta se acumulaba en forma considerable confundiéndosele
con el color tostado de la piel.
Jeff se
mostraba alternativamente cariñoso y de
mal humor, reservado y efusivo. No tenía
preferencia por ninguno
de sus padres, y la llegada
de su hermanita no había acarreado ninguna muestra de celos.
Su tarjeta médica no tenía una mancha: no había estado enfermo ni un solo día.
Pero en esta época, y en este clima, eso no era nada raro.
A
diferencia de otros niños, Jeff no se aburría en seguida en compañía de su
padre, ni lo dejaba, en todas las ocasiones posibles, para reunirse con otros
compañeros de su edad. Era obvio que
tenía el talento artístico de George, y casi tan pronto como aprendió a caminar
se hizo un asiduo visitante del teatro de la colonia. El teatro lo había
adoptado como mascota, y Jeff había desarrollado una gran habilidad en
presentar ramos de flores a las celebridades de la pantalla y de la escena que
visitaban la isla.
Sí, Jeff
era un niño perfectamente común. Así se lo decía George a sí mismo después de
algún paseo, a pie o en bicicleta, por los restringidos terrenos de la isla.
George y Jeff hablaban como lo habían hecho padres e hijos desde los tiempos
más remotos, sólo que en esta época había mucho más de qué hablar. Aunque Jeff
nunca salía de la isla, podía ver todo lo que deseaba a través de los ubicuos
ojos de las cámaras televisoras. Sentía, como todos los colonos, un vago desdén
por el resto de la humanidad. Ellos eran los elegidos, la vanguardia del
progreso. Llevarían a la humanidad a las cimas alcanzadas por los superseñores,
y quizá aún más lejos. No mañana, seguramente, pero un día...
No
sospechaban que ese día llegaría demasiado pronto.
18
Los sueños
comenzaron seis semanas
más tarde. En
la oscuridad de
la noche subtropical, George
Greggson emergió lentamente hacia la superficie de la conciencia. Ignoraba qué
lo había despertado, y durante un momento se quedó en cama, inmóvil, sumido en
un pesado sopor. Al fin advirtió que estaba solo. Jean se había levantado y
había entrado silenciosamente en el cuarto de los niños. Estaba hablando con
Jeff en voz baja, demasiado baja como para que George pudiese oírla. Salió de
la cama y fue en busca de Jean. Esas excursiones nocturnas eran bastante
comunes, a causa de Poppet; pero hasta ahora no se había dado el caso de que
George siguiese durmiendo en medio del alboroto. Esto era algo completamente distinto,
y George se preguntó qué podría haber perturbado el sueño de su
mujer.
Sólo las
figuras fluorescentes de los muros iluminaban el cuarto. George alcanzó a ver a
Jean sentada en la cama de Jeff. La mujer se dio vuelta y murmuró:
- No
despiertes a Poppet.
- ¿Qué
pasa?
- Sentí
que Jeff me necesitaba y me desperté.
La
simplicidad de la frase llenó a George de aprensión. Sentí que Jeff me
necesitaba.
¿Cómo lo
sentiste?, preguntó para sí mismo. Pero todo lo que dijo fue:
- ¿Alguna
pesadilla?
- No
estoy segura - dijo Jean - Parece que está bien ahora. Pero cuando llegué
estaba asustado.
- No
estaba asustado, mamá - dijo una
vocecita indignada -, Pero era un sitio tan curioso.
- ¿Cómo
era? - preguntó George -. Cuéntame.
- Había
montañas - dijo Jeff con voz soñadora -. Muy altas, y no eran de nieve como las
otras montañas que he visto. Algunas estaban ardiendo.
-
¿Quieres decir... volcanes?
- No del todo.
Ardían por todas
partes, con unas
llamas azules muy
graciosas. Y
mientras
estaba mirando, salió el sol.
- Sigue,
¿por qué te has detenido?
- Otra
cosa que no puedo entender, papá.
El sol salió tan rápidamente, y era tan grande. Y... no era del color del
sol. Era de un azul muy hermoso.
Hubo un
prolongado y helado silencio. Al fin George preguntó en voz baja:
- ¿Eso es
todo?
- Sí.
Comencé a sentirme solo, y en ese momento vino mamá y me despertó.
George
acarició el pelo desordenado de su hijo con una mano, mientras le cerraba el
camisón con la otra. Se sintió de pronto frío y pequeño. Pero cuando le habló a
Jeff su voz era normal.
- Fue
sólo un sueño tonto. Has comido demasiado. Olvídate de todo y duérmete.
- Sí,
papá - dijo Jeff. Hizo una pausa y luego añadió pensativo -: Creo que trataré
de ir allá otra vez.
- ¿Un sol
azul? - dijo Karellen, no muchas horas más tarde -. La identificación no puede
ser muy difícil.
- No -
contestó Rashaverak -. Se trata sin duda de Alfanidón Dos. Las montañas de
azufre lo confirman. Y es interesante notar la distorsión de la escala del
tiempo. El planeta gira con bastante lentitud así que ha observado muchas horas
en unos pocos minutos.
- ¿Eso es
todo lo que pudo descubrir?
- Sí. No
he querido hablar con el niño.
- No
podemos hacerlo. Los acontecimientos tienen que seguir su curso natural, y sin
interferencias. Cuando los
padres quieran hablar
con nosotros... entonces,
quizá, podamos preguntarle algo al niño.
- Es
posible que la pareja no intente nada. Y quizá cuando lo hagan, sea ya
demasiado tarde.
-
Temo que
eso no se
pueda evitar. No
tenemos que olvidarlo:
en estos asuntos nuestra curiosidad
no tiene importancia. No es más
importante, por lo menos, que la felicidad de los hombres. - La mano de
Karellen se extendió para interrumpir la conexión. - Continúen la vigilancia,
por supuesto, y háganme saber todos los resultados. Pero no intervengan nunca.
Cuando estaba
despierto, Jeff parecía
el de antes.
Por esto, al
menos, pensaba
George,
podían sentirse agradecidos. Pero el temor estaba dominándolo, cada día más.
Para Jeff
se trataba sólo de un juego; todavía no había comenzado a asustarse. Un sueño
era sólo un sueño, por más raro que
fuese. Ya no se sentía solo en aquellos mundos. La
primera noche había
llamado a Jean
a través de
quién sabe qué desconocidos abismos. Pero ahora entraba
solo y sin temor en el universo que se alzaba ante él.
A la
mañana sus padres le preguntaban qué había soñado, y él les contaba lo que era
capaz de recordar. A veces, mientras trataba de describir escenas situadas más
allá de su experiencia, y aun de la imaginación del hombre, Jeff tartamudeaba y
se le confundían las palabras.
George y Jean
tenían que ayudarle
con palabras nuevas,
y le mostraban colores e imágenes para refrescarle
la memoria. Luego trataban de poner en claro lo que resultaba de las
respuestas del niño. Muy a
menudo no sabían
qué pensar, aunque parecía que en la mente de Jeff
aquellos mundos de ensueño eran claros y simples. Se trataba, solamente,
de que el
niño era incapaz
de comunicar sus
experiencias. Sin embargo, algo
era indudable...
Espacio,
ningún planeta, ningún paisaje alrededor, ningún mundo a sus pies. Sólo las
estrellas en la noche de terciopelo, y ante ellas un enorme sol rojo que latía
como un corazón. Grande y tenue
en un determinado momento, se encogía
luego lentamente,
brillando
a la vez, como si alguien añadiese combustible a los fuegos interiores. El
color recorría todas las franjas del espectro, hasta la raya del amarillo, y
luego el ciclo volvía a repetirse, hacia atrás. La estrella se expandía y
enfriaba, haciéndose otra vez una nube desgarrada y roja...
(- Una
estrella variable pulsátil típica - dijo Rashaverak ansiosamente -. Y vista
desde una tremenda aceleración temporal. No puedo identificarla con precisión,
pero la estrella que más se le parece es Rhamsandron 9. O podría ser Pharanidon
12.
- Una u
otra - replicó KarelIen -, está alejándose de la Tierra.
- Está
alejándose mucho - dijo Rashaverak...)
Podría
haber sido la Tierra. Un sol blanco pendía de un cielo azul manchado de nubes,
que corrían ante una tormenta. Una colina descendía suavemente hacia un océano
espumoso mordido por un viento voraz.
Sin embargo nada se movía; era una escena inmóvil, como vista a la luz de un
relámpago. Y lejos, muy lejos, en el horizonte, había algo que no era
terrestre: una hilera de columnas envueltas en niebla que se afilaban
ligeramente al salir del océano y se perdían en las nubes. Sé alineaban con
perfecta precisión a lo largo del bordé del planeta... demasiado grandes para
ser artificiales; demasiado regulares para ser naturales.
(-
Sideneo 4 y los Pilares del Alba - dijo Rashaverak, y había angustia en su voz
-. Ha llegado al centro del universo.
- Y
apenas ha iniciado el viaje - respondió Karellen.)
El
planeta era totalmente chato. Su enorme gravedad había reducido, hacía ya mucho
tiempo, a una llanura uniforme las montañas de su orgullosa juventud...
montañas cuyos picos nunca habían pasado de unos cuantos metros de altura. Sin
embargo había vida aquí, pues la
superficie del planeta
estaba cubierta por
una miríada de
figuras geométricas que se arrastraban, se movían y cambiaban de color.
Era un mundo de dos dimensiones, habitado por seres que no tenían más que una
fracción de centímetro de alto.
Y en
aquel cielo había un sol que un fumador
de opio, en el más extraño de sus
sueños, no hubiese podido imaginar. Demasiado caliente para ser blanco, era
como un fantasma marchito, situado no muy lejos de las fronteras del
ultravioleta, y lanzaba sobre sus mundos unas radiaciones que hubiesen sido
instantáneamente letales para cualquier forma de vida terrestre. En un
alrededor de millones de kilómetros extendía unos grandes
velos de
gas y polvo, que al ser atravesados por los rayos ultravioletas se convertían
en innumerables colores fluorescentes. Era una estrella ante la cual el pálido
sol terrestre hubiese parecido tan débil como una luciérnaga en pleno mediodía.
(-
Hexanerax Dos, y ya fuera del universo conocido - dijo Rashaverak -. Sólo un
puñado de nuestras naves han llegado
hasta ahí, y nunca se arriesgaron a aterrizar.
¿Quién hubiese pensado que podía haber vida en esos planetas?
- Parece
- dijo Karellen - que ustedes, los dedicados a la ciencia, no han investigado
mucho. Si esas... figuras... son inteligentes, el problema de comunicarse con
ellas tiene que ser muy interesante. Me pregunto si se imaginarán una tercera
dimensión.)
Era un
mundo que no
podía conocer el
significado del día y
de la noche, de las
estaciones y los años. Seis soles de color poblaban el cielo, de tal modo que
sólo había cambios de luz, nunca oscuridad. A través de los tirones y golpes de
los opuestos campos gravitatorios, el planeta seguía los nudos y las curvas de
una órbita inconcebiblemente compleja, sin recorrer dos veces el mismo camino.
Cada momento era único: la figura que ahora formaban los soles en el cielo no
se volvería a repetir por toda la eternidad.
Y aún
aquí había vida. Aunque el planeta podía llegar a chamuscarse cuando se
encontraba entre los
seis soles, y
helarse luego en los bordes
del sistema, era
sin embargo morada de seres inteligentes. Los grandes cristales
polifacéticos se agrupaban formando
intrincadas figuras geométricas. Inmóviles
en las eras
de frío, crecían lentamente a lo largo de las vetas
minerales cuando volvía el calor. No importaba que completar un pensamiento
llevase un millón de años. El universo era todavía joven, y disponían de un
tiempo infinito...
(- He
revisado todos nuestros registros
- dijo Rashaverak -. Nada sabemos de ese mundo, ni de esa combinación de soles.
Si existiese en el interior de nuestro universo los astrónomos habrían
advertido su presencia, aunque estuviese fuera del alcance de las naves.
-
Entonces ha dejado la galaxia.
- Sí.
Seguramente ya no falta mucho.
- ¿Quién
sabe? Sueña nada más. Cuando despierta, es todavía el mismo. Está en la primera
fase. Pronto sabremos cuándo comenzará el cambio.)
- Nos
hemos encontrado antes, señor Greggson - dijo el superseñor gravemente -. Mi
nombre es Rashaverak. Sin duda usted me recuerda.
- Sí -
dijo George -. Aquella fiesta en casa de Rupert Boyce. No podría olvidarla. Y
siempre
pensé que volveríamos a encontrarnos.
- Dígame,
¿por qué me pidió esta entrevista?
- Creí
que usted ya lo sabría.
- Quizá.
Pero será mejor que me lo diga usted. Se sorprenderá usted bastante, pero yo
también estoy tratando
de comprender, y
en algunos aspectos
mi ignorancia es tan
grande como la suya.
George
miró asombrado al superseñor. Jamás se le había ocurrido un pensamiento
semejante. Había creído, subconscientemente, que los superseñores poseían todos
los conocimientos, y todo el poder...
que entendían lo que le pasaba a su hijo
y eran los únicos responsables.
-
Supongo - continuó George
- que ha visto usted los informes
que le entregué al psicólogo de
la isla. Así que estará enterado de esos sueños.
- Sí,
estoy enterado.
- Nunca
creí que fueran producto de su imaginación. Son tan increíbles, y sé que esto
parece ridículo, que tienen que estar basados en la realidad.
George
miró ansiosamente a Rashaverak, sin saber qué sería mejor: una confirmación o
una negativa. El superseñor no dijo nada. Se contentó con mirarlo con sus
grandes ojos serenos. Estaban sentados casi cara a cara, pues la habitación -
diseñada obviamente para tales entrevistas - tenía dos niveles; la maciza silla
del superseñor estaba situada a un metro por debajo de la de George. Era una
amable atención para con los hombres que pedían tales entrevistas, y que muy
pocas veces se sentían mentalmente cómodos.
- Al
principio nos sentimos preocupados, aunque no alarmados de veras. Cuando
despertaba, Jeff parecía normal, y sus sueños no lo molestaban,
aparentemente. Y de pronto una noche...
- George se detuvo y lanzó una mirada defensiva hacia el superseñor
-. Nunca
he creído en lo sobrenatural. No soy un hombre de ciencia, pero creo que existe
una explicación racional para todo.
- Existe
- dijo Rashaverak -. Conozco lo que usted ha visto. Estaba mirando.
- Siempre
lo sospeché. Pero Karellen nos prometió que nunca nos volverían a espiar.
¿Por qué
han roto ustedes esa promesa?
- No la
hemos roto. El supervisor afirmó que la raza humana no volvería a ser vigilada.
Hemos mantenido nuestra promesa. Yo sólo observaba a su hijo, no a usted.
Pasaron
varios segundos antes de que George entendiera las palabras de Rashaverak.
- ¿Quiere
decir...? - dijo entrecortadamente y poniéndose pálido. Se le apagó la voz y
comenzó de nuevo -. ¿Qué son mis hijos entonces, en nombre de Dios?
- Eso -
dijo Rashaverak con solemnidad - es lo que tratamos de descubrir.
Jennifer
Anne Greggson, hasta hace poco conocida como Poppet, descansaba de espaldas con
los ojos fuertemente cerrados. No los había abierto durante mucho tiempo y
nunca volvería a abrirlos. La vista era para ella tan inútil como para las
criaturas que poblaban los oscuros fondos del océano. Tenía perfecta conciencia
del mundo que la rodeaba; en realidad, tenía conciencia de mucho más.
De su
breve niñez, por quién sabe qué capricho de su desarrollo, le quedaba un
reflejo. El sonajero, que la había deleitado alguna vez, sonaba ahora
incesantemente, con un ritmo complejo y
siempre distinto. Fue esa síncopa extraña lo que despertó a Jean y le hizo
correr hacia el cuarto. Pero no fue sólo aquel sonido lo que le hizo llamar a
gritos a George.
El común
y brillante sonajero se agitaba continuamente en el aire, a medio metro de todo
apoyo, mientras Jennifer Anne, con sus manitas regordetas apretadas y juntas,
descansaba con una sonrisa de serena satisfacción en el rostro.
Había
comenzado tarde, pero estaba progresando rápidamente. Y pronto sobrepasaría a
su hermano, ya que tenía mucho menos que olvidar.
- Obraron
ustedes con prudencia - dijo Rashaverak - al no tocar su juguete. No creo que
hubiesen podido moverlo. Pero si lo hubiesen hecho, la niña se habría sentido
muy molesta. Y entonces no sé qué pasaría.
- ¿Quiere
decir - preguntó George aturdidamente que ustedes no pueden hacer nada?
- No lo
engañaré. Podemos estudiar y observar, como ya lo estamos haciendo. Pero no
podemos intervenir, pues no entendemos qué pasa.
-
¿Entonces qué vamos a hacer? ¿Por qué nos ha ocurrido a nosotros?
- Tenía
que ocurrirle a alguien. No hay nada excepcional en ustedes, como no lo hay
tampoco en el primer neutrón que origina la reacción en cadena de una bomba
atómica. Ocurre simplemente que es el
primero. Cualquier otro
neutrón hubiese servido.
Fue Jeffrey, pero podía haber sido cualquier otro niño del mundo. Ya no
hay necesidad de guardar ningún secreto, y es mejor así. Hemos estado esperando
que pasara esto casi desde que llegamos a la Tierra. No había modo de saber
cuándo y cómo aparecería, hasta que - por pura casualidad - nos encontramos en
la fiesta de Rupert. Entonces supe, casi con certeza, que el hijo de su mujer
sería el primero.
- Pero
entonces... no estábamos casados. Ni siquiera...
- Sí, ya
sé. Pero la mente de la señorita Morrel fue el canal por el que pasé, aunque
sólo por un momento, algo que ningún ser vivo sabía en ese entonces. Tenía que
venir de otra mente, ligada con la suya. El hecho de que fuese una mente que
todavía no había nacido no tenía importancia. El tiempo es mucho más extraño de
lo que usted cree.
-
Comienzo a entender. Jeff conoce estas cosas... puede ver otros mundos y puede
decir de dónde vienen ustedes. Y Jean, de algún modo, recibió el pensamiento de
Jeff, aún antes que Jeff hubiese nacido.
- Habría
mucho que añadir, pero no creo que usted pueda acercarse más a la verdad.
En toda
la historia ha
habido siempre alguien
dueño de poderes
inexplicables que parecían
trascender los límites del tiempo y el espacio. Los hombres nunca entendieron
esos poderes. Cuando quisieron explicarlos se confundieron todavía más. Lo sé
muy bien, he leído bastante sobre ellos.
"Pero
hay una comparación que es... bueno, sugestiva, y de cierta ayuda. Se repite
una y otra vez en la literatura terrestre. Imagine usted que la mente de cada
hombre es una isla, rodeada de
océano. Todas esas
islas parecen aisladas,
pero en realidad
están unidas por un lecho
común. Si el océano desapareciese, no habría
más islas. Todas serían parte de un mismo continente, habrían perdido su
carácter de individuos.
"La
telepatía, como ustedes la llaman, es algo semejante. En ciertas circunstancias
las mentes pueden fundirse y luego, en los momentos en que vuelven a aislarse,
recordar esa experiencia. En su forma más alta este poder no está sujeto a las
limitaciones del tiempo y el espacio. Por eso Jean pudo obtener esa información
de su hijo, que aún no había nacido.
Hubo un
largo silencio durante el cual George luchó con esas asombrosas ideas. La
figura comenzaba a adquirir forma. Era una figura increíble, pero tenía su
lógica interna. Y explicaba - si podía usarse esta palabra para algo tan
incomprensible - todo lo que había pasado
desde aquella noche
en casa de
Rupert. Explicaba también,
ahora se daba cuenta, el interés de Jean por los temas
sobrenaturales.
- ¿Qué ha
originado todo esto? - preguntó George -. ¿Y a dónde conduce?
- No se
lo puedo decir. Pero hay muchas razas en el universo, y algunas descubrieron
esos poderes mucho antes que la especie humana o la nuestra apareciera en
escena. Esas razas han estado esperándolos a ustedes, y la hora ha llegado.
- ¿Y qué
papel tienen ustedes?
-
Probablemente, como todos los hombres, usted nos ha mirado siempre como a amos.
No lo somos. No hemos sido más que guardianes, encargados de un trabajo que se
nos impuso desde... arriba. Este trabajo es difícil de definir; quizá pueda
usted entendernos
mejor si
le digo que somos como unas parteras. Estamos ayudando a que nazca algo
maravilloso y nuevo.
Rashaverak
titubeó. Por un momento pareció como si le faltaran las palabras.
- Sí,
parteras. Pero nosotros mismos somos estériles.
En ese
momento George comprendió que estaba en presencia. de una tragedia mayor que la
suya. Era increíble, y sin embargo justo. A, pesar de todos sus poderes y su
inteligencia, los superseñores estaban atrapados en algo así como un
estancamiento evolutivo. Era ésta una
raza grande y noble, superior
a la humana en casi todos los sentidos; sin embargo no tenía futuro, y
lo sabía. Ante esto los problemas de George parecían de pronto triviales.
- Ahora
sé - dijo - por qué han estado observando a Jeffrey. Era el conejillo de indias
de este experimento.
- Exacto,
aunque el experimento escapa a nuestro control. No lo hemos provocado,
simplemente nos limitamos a observar. No hemos intervenido en él sino cuando
era necesario.
Sí, pensó
George, aquella ola. Hay que cuidar a los ejemplares valiosos. En seguida se
sintió avergonzado de sí mismo. Esta amargura no tenía sentido.
- Sólo.
otra pregunta - dijo -. ¿Qué haremos con nuestros hijos?
-
Disfruten de ellos mientras puedan - respondió Rashaverak -. Dentro de muy poco
tiempo ya no les pertenecerán.
Era un
consejo que podía habérsele dado a cualquier padre en cualquier época; pero
ahora encerraba una terrible amenaza que nunca había tenido antes.
19
Llegó un
día en que el mundo de los sueños comenzó a invadir la existencia cotidiana de
Jeffrey. Dejó de ir a la escuela. La rutina diaria se interrumpió también para
George y Jean, como pronto se interrumpiría para todo el mundo.
Comenzaron a evitar a sus amistades, como si comprendiesen que dentro de poco nadie tendría tiempo para
simpatizar con los demás. A veces, en la quietud de la noche, cuando casi todos estaban recluidos
en sus casas, salían juntos para hacer
un largo paseo. Desde los primeros días de su matrimonio nunca habían
estado tan cerca el uno del otro. Vivían unidos, otra vez, por la desconocida
tragedia que muy pronto habría de abrumarlos.
Al
principio se sintieron un poco culpables por abandonar a Jeff y Jenny, pero
luego comprendieron que estos podían cuidarse a sí mismos. Y, naturalmente, los
superseñores estaban siempre alertas.
Este pensamiento los
tranquilizaba; sentían que no
estaban solos, que aquellos ojos sabios y compasivos compartían esa vigilia.
Jennifer
dormía. No había otra palabra para describir su estado actual. En apariencia
era todavía una niña, pero se percibía a su alrededor un poder latente tan
terrible que Jean ya no se atrevía a entrar en aquel cuarto.
No había
necesidad de hacerlo. La entidad constituida por Jennifer Anne Greggson no se
había desarrollado del todo, pero aun en este estado de dormida crisálida
dominaba bastante su ambiente como para poder satisfacer sus necesidades. Jean
sólo había intentado alimentarla una vez, sin éxito. La niña prefería nutrirse
en el momento que creía más oportuno, y con métodos propios.
La comida
salía de la congeladora en una
corriente lenta y continua. Sin embargo, Jennifer Anne no se movía de la
cuna.
El ruido
del sonajero había dejado de oírse, y el juguete yacía ahora en el piso. Nadie
se había atrevido a tocarlo. Jennifer Anne podía necesitarlo de nuevo. A veces
la niña movía los muebles (y estos dibujaban ciertas figuras), y a George le
parecía que la pintura fluorescente de las paredes brillaba más que antes.
La niña
no daba ningún trabajo; estaba más allá del posible cuidado de sus padres, y
más allá también de su cariño. Esto no podía durar, y ante la certeza de que ya
no faltaba mucho, George y Jean se ataban desesperadamente a Jeff.
Jeff estaba
cambiando también, pero
aún los reconocía.
El niño, a
quien habían vigilado desde las
informes nieblas de los primeros meses, estaba perdiendo su personalidad,
disolviéndose hora tras hora ante la mirada de los padres. Sin embargo, a veces conversaba
con ellos como
en otra época
y hablaba de
juguetes como si no
supiese lo que iba a ocurrir. Pero la mayor parte del tiempo ni los veía, o no
advertía que estaban a su lado. Había dejado de dormir, y ellos tenían que
hacerlo, a pesar de la abrumadora necesidad de no desperdiciar las pocas horas
que quedaban.
A
diferencia de Jenny, Jeff no tenía aparentemente ningún poder anormal sobre los
objetos físicos. Como había crecido un poco, quizá no necesitaba esos poderes.
No tenía otra rareza que una peculiar vida mental, y ya no se trataba sólo de
los sueños. Solía quedarse quieto durante horas y horas, con los ojos muy
cerrados, como si escuchase unos sonidos que nadie podía oír. El conocimiento
entraba en su mente - de alguna parte o de algún tiempo -, un conocimiento que pronto abrumaría y destruiría
la todavía no formada criatura que había sido Jeffrey Angus Greggson.
Y la
perra Fey, echada a sus pies, lo miraba con ojos trágicos y asombrados,
preguntándose dónde estaría su amo y cuándo volvería.
Jeff y
Jenny fueron los primeros, pero muy pronto se les unieron muchos otros. Como
una epidemia, extendiéndose rápidamente de país en país, la metamorfosis
infectó a toda la raza humana. No alcanzó prácticamente a nadie de más de diez
años, y no se salvó prácticamente nadie de menos de esa edad.
Era el
fin de la civilización, el fin de los ideales que los hombres venían
persiguiendo desde los orígenes del tiempo. En sólo unos pocos días la
humanidad había perdido su futuro. Cuando a una raza se la priva de sus hijos,
se le destruye el corazón, y pierde todo deseo de vivir.,
No hubo
pánico. Lo hubiese habido, sí, un siglo antes. El mundo estaba ahora como
entumecido; las grandes
ciudades tranquilas y
silenciosas. Sólo las
industrias vitales seguían
funcionando. Como si todo el planeta fuese un sollozo, un lamento por lo que ya
nunca sería.
Y
entonces, como lo había hecho en una ocasión ya olvidada, Karellen le habló por
última vez a la humanidad.
20
- Mi
tarea aquí está casi terminada - dijo la voz de Karellen por un millón de
aparatos de radio -. Al fin, después de un siglo, puedo deciros en qué
consistía.
"Tuvimos
que ocultaros muchas cosas, como nosotros mismos nos ocultamos durante la mitad
de nuestra estancia en la Tierra. Algunos de vosotros, lo sé, pensasteis que
ese ocultamiento era inútil. Estáis acostumbrados a nuestra presencia; ya no
podéis imaginar cómo hubiesen reaccionado
vuestros antecesores. Pero al
menos podéis entender por qué nos ocultamos.
"Pero
nuestro mayor secreto fue el propósito que nos trajo a la Tierra... ese
propósito sobre el que habéis especulado interminablemente. Tuvimos que callar
hasta ahora, pues no nos concernía a nosotros deciros la verdad.
"Hace
un siglo vinimos a vuestro mundo y os salvamos de la autodestrucción. No creo
que nadie pueda
negarlo. Pero nunca
sospechasteis en qué
consistía esa autodestrucción.
"Cuando
prohibimos las armas nucleares y todos los peligrosos juguetes que
amontonabais en vuestros
armarios, desapareció el
peligro de la
destrucción física. Creíais que
ése era el único peligro. Hicimos todo lo posible para que lo creyeseis así,
pero no
era cierto. El mayor peligro con que os habéis enfrentado es de un carácter muy
diferente. Y no concierne sólo a vuestra raza.
"Muchos
mundos llegaron a la encrucijada de la fuerza nuclear, evitaron el desastre,
lograron levantar una civilización pacifica y feliz... y fueron luego
destruidos por fuerzas de las que no tenían noticia.
En el
siglo veinte comenzasteis a investigar seriamente esas fuerzas. Fue necesario
entonces tomar una determinación.
"A
lo largo de ese siglo la raza humana estuvo acercándose lentamente al abismo...
sin sospechar siquiera su existencia. Sobre ese abismo sólo hay un puente.
Pocas razas lo han encontrado sin ayuda. Algunas se echaron atrás, evitando así
a la vez el desastre y el triunfo. Sus mundos se convirtieron en islas elíseas,
cómodamente satisfechas, que ya no desempeñaban ningún papel en la historia del
universo. Ese nunca hubiera sido vuestro destino, o vuestra suerte. Vuestra
raza tenía demasiada vitalidad. Se hubiese precipitado en la ruina, arrastrando
a otros, pues nunca hubieseis encontrado ese puente.
"Lamento
tener que hablaros por medio de analogías. No tenéis palabras, ni conceptos,
para lo que deseo deciros, y nosotros mismos no sabemos mucho.
"Para
entenderme tendríais que retroceder y resucitar muchas cosas que vuestros
antecesores conocían, pero que vosotros habéis olvidado... que, en realidad, os
hemos ayudado a olvidar. Pues nuestra estancia en la Tierra ha estado basada en
una vasta decepción, un ocultamiento de verdades con las que no podríais
enfrentaros.
"En
los siglos anteriores a nuestra llegada vuestros hombres de ciencia
descubrieron los secretos del mundo físico y os llevaron rápidamente
de la energía del vapor a la
energía del átomo. Dejasteis atrás la superstición. La ciencia fue la única
religión de la humanidad, el regalo (de una minoría al resto de los hombres) -
que destruyó todas las creencias. Aquellas que aún existían cuando llegamos
nosotros, ya estaban agonizando. La ciencia, se decía, podía explicarlo todo.
No había fuerzas que no comprendiese, no
había acontecimientos de los que en última instancia no pudiese dar cuenta. El
origen del universo podía seguir
siendo un hecho desconocido,
pero todo lo que había ocurrido
desde entonces obedecía a las leyes de la física.
"Sin embargo,
vuestros místicos, aunque
extraviados en sus
propios errores, vislumbraron
parte de la verdad. Hay poderes mentales (y también otros, más allá de la
mente) que la ciencia no hubiese podido encerrar. Esos poderes hubiesen roto
los límites de la ciencia. En todas las edades se recogieron innumerables
informes sobre fenómenos extraños, - telekinesis, telepatía, precognición - que
vosotros bautizasteis, pero que nunca pudisteis explicar. Al principio la
ciencia los ignoró, hasta negó su existencia, a pesar del
testimonio de quinientos
años. Pero existen, y una
teoría total del universo tiene que contar con ellos.
Durante
la primera mitad del siglo veinte algunos de vuestros hombres de ciencia
comenzaron a estudiar estos fenómenos. No lo sabían, pero estaban jugando con
la cerradura de la caja de Pandora. Las fuerzas que podían haber liberado eran
mayores que todos los peligros atómicos. Pues los físicos sólo hubieran
destruido la Tierra; los parafísicos hubiesen extendido el desastre al
universo.
"Había
que impedirlo. No puedo explicar la verdadera naturaleza de esa amenaza. No
hubiese sido una amenaza para nosotros, y por esa misma razón no alcanzamos a
comprenderla. Digamos que
os hubieseis convertido
en un cáncer
telepático, una mentalidad -
maligna - que en su inevitable disolución hubiese envenenado otras mentes más
poderosas.
"Y
así vinimos - fuimos enviados - a la Tierra. Interrumpimos vuestro
desenvolvimiento en todos los niveles culturales, pero vigilamos muy
particularmente la investigación de los fenómenos parafísicos.
Estoy convencido de
que evitamos también,
al ponernos en contacto, todo trabajo creador. Pero ése
fue un efecto secundario, y no tiene ninguna importancia.
"Ahora
tengo que deciros algo que os parecerá muy sorprendente, quizá casi increíble.
Todas esas Potencialidades, todos esos poderes latentes... nosotros no los
poseemos, no los entendemos. Nuestras inteligencias son mucho más poderosas que
las vuestras - pero hay en vuestras
mentes algo que siempre se nos ha escapado. Os hemos estudiado desde que llegamos a la
Tierra; hemos aprendido mucho, y aprenderemos más aún. Dudo sin embargo que
podamos conocer toda la verdad..
"Nuestras
razas tienen mucho en común; por eso nos eligieron para esta tarea. Pero, en
otro sentido, somos los extremos de dos evoluciones distintas. Nuestras mentes
han cumplido su desarrollo. Lo mismo que las vuestras, en su forma actual. Sin
embargo, vosotros podéis dar otro paso, y esto es lo que nos distingue.
Nuestras potencialidades están exhaustas; en cambio las vuestras no se han
revelado todavía. Están unidas, de un modo que no podemos entender,
a los poderes que he mencionado,
los poderes que ahora están despertando en el mundo.
"Detuvimos
vuestros relojes, interrumpimos el curso del tiempo mientras esos poderes se
desenvolvían y comenzaban a fluir por sus verdaderos canales. Mejoramos
vuestros planetas, elevamos vuestros niveles de vida, os trajimos paz y
justicia, hicimos lo que nos pareció
necesario, cuando nos
vimos obligados a
intervenir. Pero toda
esta vasta
transformación
os apartó de la verdad, y sirvió así para que pudiésemos cumplir nuestros
propósitos.
"Somos vuestros
guardianes, nada más. Muy a
menudo os habéis preguntado qué lugar ocuparía vuestra raza en la
jerarquía del universo. Hay algo que está por encima de nosotros, y que nos
utiliza para sus
propios fines. Nunca
hemos descubierto su naturaleza, aunque hemos sido sus
instrumentos durante siglos. No nos atrevemos a desobedecerle. Una y otra vez hemos recibido sus órdenes,
hemos ido a algún mundo que se encontraba en la primera fase de su cultura, y
le hemos enseñado el camino que nosotros nunca podremos seguir, el camino que
vais a emprender ahora.
"Hemos estudiado
muchas veces el proceso
que se nos ordenó vigilar,
esperando poder huir un
día de nuestras
propias limitaciones. Pero
sólo hemos percibido lineamientos de la verdad. Nos
llamasteis los superseñores ignorando la ironía del título. Digamos que sobre
nosotros hay una supermente que nos utiliza como el alfarero utiliza su rueda.
"Y
vuestra raza es, la arcilla modelada por esa rueda.
"Creemos
- aunque es sólo una teoría - que la supermente trata de crecer, de extender
sus poderes y su conciencia a todo el universo. Es hoy la suma de muchas razas,
y ya ha dejado atrás la
tiranía de la
materia. Advierte en
seguida la presencia
de seres inteligentes. Cuando
supo que estabais casi preparados, nos envió a ejecutar esta orden, a
disponeros para las transformaciones cercanas.
La raza
humana cambió al principio con lentitud, durante siglos y siglos. Pero esta es
una transformación de la mente,
no del cuerpo.
Si se la
compara con la
evolución orgánica, es un cataclismo, algo instantáneo. Ha comenzado ya.
La vuestra es la última generación del Homo sapiens.
"En
cuanto a la naturaleza del cambio,
es muy poco lo que podemos deciros.
No sabemos cómo se produce,
qué impulso emplea
la supermente cuando
cree que ha llegado el momento. Sólo hemos descubierto
que comienza con un simple individuo - un niño siempre - y luego se extiende de
un modo instantáneo, como se forman los cristales alrededor del núcleo en una
solución saturada. Los adultos no son afectados; el molde de sus mentes es
inalterable.
"Dentro
de unos pocos años habrá pasado todo, y la raza humana se habrá dividido en
dos. Este mundo que conocéis ya no puede volver atrás, y ya no tiene tampoco
futuro. Han terminado los
sueños y las
esperanzas de vuestra
raza. Habéis dado
origen a vuestros sucesores, y
vuestra tragedia consiste en que nunca podréis entenderlos, que nunca podréis
comunicaros con sus
mentes. En realidad
no tendrán mentes.
Serán,
todos, una
simple entidad, como
vosotros sois las
sumas de miríadas
de células. Pensaréis que no son
seres humanos, y tendréis razón.
"Dentro
de una pocas horas se habrá producido la crisis. Mi tarea y mi deber es cuidar
a aquellos por
los que he
venido. A pesar
de sus nacientes
poderes podrían ser destruidos por las multitudes... sí, y aun por los padres cuando
estos comprendan la verdad. Debo
llevármelos y aislarlos, para su protección, y la vuestra. Mañana nuestras
naves comenzarán la evacuación. No os acusaré si tratáis de intervenir, pero
todo será inútil. Esos poderes que ahora están despertando son mayores que los
míos; yo sólo soy su instrumento.
"Y
luego, ¿qué haré con vosotros, los sobrevivientes, cuando haya concluido
nuestra tarea? Sería lo más
simple, y quizá también
lo más misericordioso, destruiros,
como vosotros mismos destruiríais
un cachorro al que queréis mucho
y que ha sufrido una herida
mortal. Pero no haré eso. Podréis elegir vuestro futuro en los pocos años que
os quedan. Tengo la esperanza de que la humanidad se encaminará a la paz, hacia
su descanso, con la idea de que no ha vivido. inútilmente. Lo que habéis traído
al mundo es algo terriblemente extraño
que no comparte vuestros deseos y esperanzas, que puede juzgar vuestras más
grandes hazañas como juguetes infantiles. Sin embargo es algo maravilloso, y es
obra vuestra.
"Cuando vuestra
raza esté totalmente
olvidada, una parte
de vosotros seguirá existiendo. No
nos condenéis, entonces,
por lo que
estamos obligados a
hacer. Y recordad: siempre os
envidiaremos.
21
Jean
había dejado de llorar. La isla dorada yacía bajo la luz cruel e indiferente
del sol cuando la nave apareció sobre las cimas mellizas de Esparta. En esa isla rocosa, no hacia
mucho tiempo, su
hijo había escapado
a la muerte
por un milagro
que Jean entendía ahora demasiado
bien. A veces se preguntaba si no hubiese sido mejor haber dejado a Jeffrey en
manos del destino. Jean podía hacer frente a la muerte, como ya lo había hecho
en otras ocasiones.
Pero esto era
más extraño que la
muerte, y más definitivo. Los hombres habían muerto
hasta hoy, y sin embargo la raza había seguido viviendo.
Los
niños permanecían inmóviles
y silenciosos. Estaban desparramados
en grupos sobre la arena, sin mostrar ningún interés por sus compañeros
ni por los hogares que estaban dejando. Muchos llevaban en brazos a bebés que
aún no sabían caminar, o que
no
deseaban poner en evidencia otros poderes. Pues seguramente, pensaba George, si
podían mover la materia,
podrían mover también
sus propios cuerpos.
¿Por qué, en verdad, estaban recogiéndolos las naves?
No tenía
importancia. Se iban y éste era el modo que habían elegido para irse. Y de
pronto, George recordó una escena. En alguna parte, hacía ya mucho tiempo,
había visto un viejo noticiero cinematográfico en el que aparecía un éxodo
semejante. Podría haberse tratado del comienzo de la primera guerra mundial, o
de la segunda. Largas hileras de trenes, repletos de niños, se alejaban
lentamente de las amenazadas ciudades, dejando atrás a
sus padres, en
muchos casos para
siempre. Algunos pocos
lloraban; otros estaban
desconcertados, y asían con fuerza las valijitas, pero la mayoría parecía mirar
valientemente hacia adelante, hacia alguna gran aventura.
Y sin
embargo... la analogía era falsa. La historia no se repetía nunca. Los que
ahora se alejaban ya no eran niños. Y esta vez no había ninguna posibilidad de
regreso.
La nave
había aterrizado junto a la orilla del agua, hundiéndose profundamente en las
blandas arenas. Los grandes paneles curvos se abrieron simétricamente y las
rampas se extendieron hacia la
playa como lenguas
de metal. Las
desparramadas e
indescriptiblemente solitarias figuras
comenzaron a converger, a unirse en una multitud que se movía como cualquier
otra multitud humana.
¿Solitarias?
George se preguntó por qué habría tenido esa idea. Pues eso era lo que nunca
volverían a ser únicamente los individuos pueden sentirse solos, únicamente los
seres humanos. Cuando
las barreras cayeran
al fin, la
soledad se desvanecería
del mismo modo que la personalidad. Las innumerables gotas de lluvia se
habrían confundido con las aguas del océano.
Sintió
que la mano de Jean lo apretaba con más fuerza en un espasmo de emoción.
- Mira -
murmuró la mujer -. Puedo ver a Jeff. junto a la segunda puerta.
La
distancia era grande y no era posible estar seguro. George sintió que una
niebla le cubría los ojos. Pero era Jeff, sí. Podía reconocerlo ahora. El niño
apoyaba un pie en la rampa metálica.
Y en ese
momento Jeff se volvió y miró hacía atrás., Su cara era sólo una mancha
blanca; era imposible
saber si había
en ella algún
gesto de reconocimiento, algún recuerdo de todo lo que estaba dejando.
George tampoco sabría nunca si se había vuelto hacia ellos por pura casualidad
o si había sentido, en esos últimos instantes, mientras era todavía el hijo de
George y Jean, que estaban mirando cómo entraba en un país que ellos nunca
podrían visitar.
Las
grandes puertas comenzaron a cerrarse. Y en ese instante Fey alzó la cabeza y
lanzó un largo y desolado gemido. Volvió los hermosos y límpidos ojos hacia
George. La perra había perdido a su amo. George ya no tenía rivales.
Los que
se quedaron tenían muchos caminos, pero sólo una meta. Había algunos que
pensaban: el mundo es hermoso, ¿por qué tenemos que dejarlo, o por qué tenemos
que apresurar nuestra partida? Pero otros, que habían puesto sus ojos más en el
futuro que en el presente,
de tal modo
que sus vidas
habían perdido todo
valor, no deseaban quedarse. Partieron solos, o en
compañía de sus amigos.
Así
ocurrió con Atenas. La isla había nacido con el fuego. Con el fuego decidió
morir. Aquellos que querían seguir viviendo salieron de la colonia, pero la
mayor parte se quedó allí, para encontrar el fin entre fragmentos de sueños.
Nadie
podía saber cuándo llegaría la hora. Sin embargo, Jean despertó en medio de la
tranquilidad de la noche y se quedó un momento con los ojos clavados en la
claridad fantasmal del cielo raso. Luego extendió una mano y tocó a su marido.
George tenía habitualmente un sueño pesado, pero esta vez se despertó
enseguida. No se hablaron; no había palabras para ese momento.
Jean no
se sentía asustada, ni siquiera triste. Estaba rodeada como por las aguas
profundas y calmas de un océano, más allá de toda emoción. Pero había algo que
hacer, y faltaba muy poco.
Sin una
palabra, George la siguió a través de la casa tranquila. Atravesaron el estudio
iluminado por la luna, tan
silenciosamente como sus sombras, y
entraron en el cuarto vacío.
Todo
estaba igual. Las figuras fluorescentes, pintadas por George con tanto cuidado,
todavía brillaban en los muros. Y el sonajero que había pertenecido a Jennifer
Anne aún yacía en el suelo, donde lo había dejado la niña cuando se volvió
hacia aquellas lejanías desconocidas.
Ha
abandonado sus juguetes, pensó George, pero nosotros no los dejaremos nunca.
Pensó en los hijos de los faraones, enterrados hacía quince mil años con sus
abalorios y sus muñecas. Así sería otra
vez. Nadie, se dijo a sí mismo, volverá
a amar nuestros tesoros.
Jean se
volvió lentamente y puso la Cabeza en el hombro de su marido. George la tomó
por la cintura y el amor que había sentido en otro tiempo volvió a él, débil,
pero claro, como el eco de una distante cadena de montañas. Ya no había por qué
decir que
Jean
había sido la causa de todo, y George sintió un remordimiento que se debía no
tanto a sus engaños como a su pasada indiferencia. Jean dijo entonces en voz
baja:
- Adiós,
querido mío - y se abrazó a George.
George no
tuvo tiempo para contestar, pero aún en ese último instante se sintió
brevemente asombrado mientras
se preguntaba cómo
había sabido Jean
que había llegado el momento.
En lo
profundo de las
rocas, allá abajo,
los segmentos de
uranio comenzaron a moverse buscando la unión que nunca
alcanzarían.
Y la isla
subió al encuentro del alba.
22
La nave
de los superseñores vino, dejando una brillante estela meteórica, desde el
corazón de Carina
había iniciado su
tremenda deceleración al
llegar a los
planetas exteriores, pero al pasar junto a Marte aún poseía una
apreciable fracción de la velocidad de
la luz. Lentamente,
los inmensos campos
gravitatorios que rodeaban
el Sol absorbieron las fuerzas
creadas por la nave, mientras la energía dejada atrás, y por un millón de
kilómetros, pintaba el firmamento con sus fuegos.
Jan Rodricks
estaba regresando, seis
meses más viejo,
al mundo que
había abandonado ochenta años atrás.
Esta vez
ya no era un polizón, escondido en una cámara secreta. De pie, detrás de los
tres pilotos (¿por qué, se preguntaba,
necesitarían tantos?) observaba
las figuras que iban y venían por la pantalla, con colores y formas que.
no tenían, para él, ningún sentido. Jan presumía que encerraban la información que en una nave diseñada por hombres hubiese requerido varios tableros
de instrumentos. Pero a veces la pantalla mostraba los campos estelares más
próximos, y Jan tenía la esperanza de que muy pronto apareciese allí la Tierra.
Estaba
contento de volver a pesar del trabajo
que le había costado salir. En estos
pocos meses había
cambiado mucho. Había
visto muchas cosas,
había recorrido distancias muy
largas, y ahora sentía la nostalgia del viejo hogar. Comprendía ya por qué los
superseñores habían cerrado a los hombres el camino de las estrellas,
Era
posible - aunque se rehusaba a aceptarlo - que la humanidad nunca pudiese ser
sino una
especie inferior, preservada
en un alejado
parque zoológico donde
los superseñores harían de guardianes. Quizá era eso lo que había
querido decirle Vindarten cuando le advirtió ambiguamente, poco antes de su
partida:
- Pueden
haber pasado muchas cosas en la Tierra. Quizá no la reconozca.
Quizá no,
reflexionó Jan. Había pasado mucho tiempo, y aunque era joven y adaptable,
podía tardar en comprender todos los cambios. Pero de algo estaba seguro: los
hombres querrían oír su historia, saber qué había visto en el. mundo de los
superseñores.
Lo habían
tratado bien, tal como lo había esperado. Del viaje de ida había sabido muy
poco. Cuando se desvanecieron los efectos de la inyección, la nave estaba
entrando ya en el sistema
de los superseñores. Había
emergido de su
fantástico escondite
descubriendo con alivio que no
necesitaba recurrir al aparato
de oxígeno. El aire era denso y
pesado, pero podía respirar sin dificultad. En la enorme bodega de la nave,
iluminada de rojo, había otras innumerables cajas y todo el cargamento que era
posible encontrar en un crucero del espacio o en un crucero marítimo. Había
tardado casi una hora en encontrar el cuarto de navegación.
Los
pilotos no demostraron ninguna sorpresa. Jan se asombró. Sabía que estos seres
tenían aparentemente muy pocas emociones, pero había esperado alguna reacción.
En cambio los tripulantes
siguieron observando la
extensa pantalla y
moviendo las innumerables llaves
de sus tableros. Fue entonces cuando Jan comprendió que estaban aterrizando,
pues a veces la imagen de un planeta mayor en cada aparición brillaba en la
pantalla. Sin embargo
no se sentía
el menor movimiento,
ni ningún cambio
de aceleración; sólo una
gravedad perfectamente constante
que Jan estimó
unas cinco veces menor que la de
la Tierra. Las inmensas fuerzas que gobernaban, el navío tenían que estar
compensadas con una perfección exquisita.
Y de
pronto, y a la vez, los tres pilotos se levantaron de sus asientos y Jan
comprendió que el viaje había terminado. No pronunciaron una sola palabra, y
cuando uno de ellos le hizo una seña indicándole que los siguiera, Jan se dio
cuenta de algo que tenía que haber pensado antes. Era posible que aquí, en el
extremo de esta enormemente larga línea de abastecimientos, nadie entendiese
una palabra de inglés.
Los
tripulantes lo observaron gravemente mientras las grandes puertas se abrían
ante los ojos ansiosos de Jan. Era éste el momento supremo de su vida: pronto
iba a ser el primer ser humano que contemplase un mundo iluminado por otro sol.
La luz de rubí de NGS 549672 entró en la nave, y allí, ante él, se extendió el
planeta de los superseñores.
¿Qué
había esperado? No estaba seguro. Vastos edificios, ciudades con torres que se
perdían entre las nubes, máquinas que sobrepasaban toda imaginación. Todo esto
no lo hubiese sorprendido. Pero
sólo vio una
llanura uniforme, que
se extendía hasta
un horizonte demasiado cercano, y rota únicamente por otras naves, a
unos pocos kilómetros de distancia.
Durante
un momento Jan se sintió decepcionado. Luego se encogió de hombros,
comprendiendo que, después de todo, era natural que un aeródromo se encontrase
en un desierto.
Hacía
frío, aunque no mucho. La luz que venía del sol rojo, muy bajo en el horizonte,
no era
demasiado escasa; pero
Jan se preguntó
cuánto tiempo podría
soportar la ausencia de verdes y
azules. De pronto vio el enorme creciente, delgado como una oblea, que subía en
el cielo como un arco colocado a un lado del sol. Jan lo miró durante un rato
hasta que comprendió que su viaje no había concluido aún. Ese era el mundo de
los superseñores. Este tenía que ser un satélite.
Lo
llevaron a través de la llanura
hasta una nave
no más grande que un
crucero terrestre. Sintiéndose un pigmeo, Jan se subió a uno de los grandes asientos
para tratar de ver, a través de las ventanillas, el cercano planeta.
El viaje
fue tan breve que poco pudo apreciar de ese globo que se alzaba ante él, cada
vez más grande. Aun en las cercanías de su planeta los superseñores utilizaban
alguna versión del navío interestelar, pues en el espacio de unos pocos minutos
Jan se encontró descendiendo a través de una ancha y nublada atmósfera. Se
abrieron las puertas de la nave y una rampa los llevó hasta una cámara
abovedada El techo giró, quizá, cerrándose rápidamente, pues no se advertía
ninguna otra entrada posible.
Pasaron
dos días antes de que Jan dejara el edificio. Era un visitante inesperado, y no
tenían dónde ponerlo.
Para empeorar las
cosas, ninguno de
los superseñores sabía inglés. Toda comunicación era
prácticamente imposible, y Jan comprendió amargamente que establecer contacto
con una raza extraña no era tan fácil como a veces se decía en las novelas.
El lenguaje de
los signos demostró
ser singularmente infructuoso,
pues dependía en gran parte de todo un sistema de ademanes, expresiones
y actitudes que los superseñores y la humanidad no tenían en común.
Sería
realmente desalentador, pensó Jan, que de todos estos seres sólo los que se
encontraban en la Tierra conociesen
su idioma. No le quedaba más que aguardar, y esperar lo mejor. Seguramente algún
especialista, algún entendido en razas extrañas, vendría a
encargarse de él.
¿O era él,
Jan, tan poco
importante que nadie
iba a molestarse?
No había
modo de salir del edificio,
pues las grandes puertas
no tenían controles visibles.
Cuando un superseñor se acercaba, las puertas se abrían, simplemente. Jan había tratado de repetir el mismo truco,
había agitado en lo alto diversos objetos para interceptar algún
rayo de luz,
había hecho todas
las cosas imaginables
sin ningún resultado. Comprendió
que un hombre de la Edad de Piedra, perdido en una ciudad o un
edificio
modernos, sentiría un desamparo semejante. En una ocasión trató de salir junto
con uno de los superseñores, pero fue rechazado con mucha suavidad. Como no
quería molestar a sus anfitriones, Jan no insistió.
Vindarten llegó
antes que Jan
comenzara a sentirse
desesperado. El superseñor hablaba muy mal el inglés, con una
rapidez excesiva, pero sus progresos fueron sorprendentes. Al cabo de unos días
eran capaces de sostener, sin grandes dificultades, conversaciones sobre
cualquier tema, siempre que no demandasen un vocabulario especializado.
Una vez
que Vindarten se
hizo cargo de
Jan, éste no
tuvo más preocupaciones. Tampoco pudo hacer lo que
quería, pues se pasaba la mayor parte del tiempo entrevistándose con
superseñores que parecían ansiosos por realizar unos oscuros experimentos con
el auxilio de complicados aparatos. Jan se cansaba mucho con esas máquinas, y
después de una sesión ante una especie de dispositivo hipnótico sintió un
terrible dolor de cabeza que le duró varias horas. Estaba dispuesto a cooperar,
pero no estaba seguro de
que sus investigadores comprendiesen que
él, Jan, tenía
sus limitaciones, tanto mentales
como físicas, Pasó
en verdad mucho
tiempo antes que pudiera convencerlos de que necesitaba
dormir a intervalos regulares.
Entre estas
investigaciones alcanzó a ver,
a ratos, la ciudad, y advirtió
enseguida cuántas dificultades y peligros encontraría allí un ser
humano. Las calles prácticamente no existían,
y en la
superficie no se
veía ningún medio
de transporte. Vivían
allí unas criaturas que gozaban
de la propiedad del vuelo, y que no temían la gravedad. Era fácil encontrar,
sin aviso previo, un vertiginoso precipicio de varios centenares de metros, o
descubrir que la única entrada en una habitación era una ventana abierta en lo
alto de una pared. De mil modos Jan comenzó a comprender que la psicología de una raza alada tenía que
ser fundamentalmente distinta a la de unas criaturas atadas a la tierra.
Era raro
ver cómo volaban los superseñores como grandes pájaros entre las torres de la
ciudad, con lentos y poderosos aletazos.
Y había aquí un problema
científico. Este planeta era
mayor que la Tierra. Sin embargo Su gravedad era escasa, y Jan se preguntó cómo
tenía una atmósfera tan densa. Se lo dijo a Vindarten y éste le respondió lo
que Jan casi había supuesto. Los superseñores no habían nacido en este planeta.
Se habían desarrollado en un mundo mucho más pequeño y luego habían conquistado
este otro, cambiando no sólo la atmósfera, sino también la gravedad.
La arquitectura
de los superseñores
era claramente funcional.
Jan no vio
ningún adorno, nada que no tuviera un propósito determinado, aunque éste
no fuese muy comprensible. Si un hombre de la Edad Media hubiese visto esta
ciudad, bañada por una
luz roja,
y a esos seres que se movían en ella, se hubiera creído seguramente en el infierno. Aun Jan, con toda su
curiosidad y desprendimiento científicos, se sorprendía a veces a sí mismo a
punto de caer en un terror irracional. La ausencia total de puntos conocidos de
referencia podía ser enervante de veras, hasta para las mentes más frías y
claras.
Y
había tantas cosas
que Jan no entendía, y que
Vindarten no podía o no quería explicar. ¿Qué eran esas luces
fugaces, esas cambiantes formas, esos objetos que atravesaban el aire con tanta
rapidez que Jan no sabía en verdad si existían? Podían ser algo terrible y
angustioso, o tan espectaculares y triviales como las luces de neón del
antiguo Broadway.
Jan
sentía también que el mundo de los superseñores estaba poblado de sonidos que
no alcanzaba a percibir. Algunas veces captaba unas complejas estructuras
rítmicas que subían y bajaban a lo largo del espectro sonoro, para desvanecerse
en el borde superior o inferior del mismo. Vindarten no parecía comprender lo
que Jan llamaba música, de modo que éste nunca pudo resolver satisfactoriamente
el problema.
La ciudad
no era muy grande. Era, por cierto, mucho más pequeña que el viejo Londres o la
vieja Nueva York. Según Vindarten, había miles de esas ciudades en la
superficie del planeta, y cada una de ellas estaba diseñada con un fin
específico. En la Tierra lo más semejante
hubiese sido una
ciudad universitaria, aunque
la especialización era
aquí mucho mayor. Toda
esta ciudad estaba
dedicada, descubrió Jan,
al estudio de las
culturas de otros mundos.
Una de
las primeras salidas de Jan tuvo como objeto visitar un museo. Encontrarse en
un lugar cuyo propósito podía entender enteramente, le fue de gran ayuda.
Aparte de su tamaño, el museo podía
muy bien haberse
encontrado en la Tierra. Tardaron
mucho tiempo en llegar, descendiendo serenamente en una plataforma que
se movía como un pistón a lo
largo de un cilindro vertical
de longitud desconocida.
No había controles visibles, y los cambios de
aceleración, al comienzo y al fin del descenso, fueron bastante notables. Posiblemente
los superseñores no
querían gastar sus
compensadores de gravedad en usos
domésticos. Jan se preguntó si todo el interior de este mundo estaría lleno de
túneles y por qué habrían limitado el tamaño de la ciudad construyendo tantos
subterráneos en vez
de elevarla hacia
el cielo. Nunca
pudo resolver tampoco
este enigma.
Hubiese sido
necesaria toda una
vida para explorar
esas salas enormes.
Aquí se guardaba todo el botín
traído de los otros planetas. Jan no hubiese podido imaginar tantas
civilizaciones. Pero no
había tiempo para
ver muchas cosas:
Vindarten lo depositó
cuidadosamente en
una franja del
piso que a
primera vista parecía
una guarda ornamental. Enseguida
Jan recordó que aquí no había ornamentos, y al mismo tiempo algo invisible se
apoderó de él, gentilmente, y lo arrastró hacia adelante. Jan comenzó a moverse
ante grandes vitrinas, ante escenas de mundos inimaginables, a una velocidad de
veinte o treinta kilómetros por hora.
Los
superseñores habían solucionado el problema de la fatiga en los museos. No
había necesidad de caminar.
Habrían
viajado así varios kilómetros, cuando el guía de Jan lo tomó nuevamente entre
sus brazos y con un impulso de sus grandes alas lo arrebató a esa fuerza que
estaba arrastrándolos. Ante ellos se extendía un vasto vestíbulo semivacío,
bañado por una luz familiar que Jan no había visto desde su salida de la
Tierra. Era muy débil, de modo que no podía lastimar los sensibles ojos de los
superseñores, pero era, sin duda alguna, la luz del sol terrestre. Jan nunca
hubiese creído que algo tan simple y común hubiera podido despertar en él tanta
nostalgia.
Así que
éste era el pabellón de la Tierra. Caminaron unos pocos metros, pasaron ante
un hermoso modelo
de París, ante
los tesoros artísticos
de doce siglos incongruentemente agrupados,
ante modernas máquinas
calculadoras y hachas
paleolíticas, ante receptores de televisión y la turbina de vapor de Hero de
Alejandría. Una gran puerta se abrió ante ellos. Se encontraban en la oficina
del conservador del museo de la Tierra.
¿Estaría
viendo, este superseñor, por primera vez a un ser humano? se preguntó Jan.
¿Habría
estado alguna vez en la Tierra, o sería ese planeta uno de los tantos que
estaban a su cargo y de cuya posición no
estaba quizá seguro? Por lo menos
no hablaba ni entendía inglés y
Vindarten tuvo que servir de intérprete.
Jan se
pasó allí varias horas hablando ante un aparato grabador mientras los
superseñores le presentaban varios objetos terrestres. Muchos de ellos,
descubrió avergonzado, le eran totalmente desconocidos. Su ignorancia acerca de
su propia raza y sus obras era enorme. Se preguntó si los superseñores, con todas sus extraordinarias dotes mentales,
serían realmente capaces de aprehender todo el conjunto de la cultura humana.
Vindarten
lo sacó del museo por una ruta distinta. Una vez más flotaron sin esfuerzo a
través de grandes corredores abovedados, pero en esta ocasión pasaban ante las
obras de la Naturaleza, no ante productos del esfuerzo consciente. Sullivan,
pensó Jan, hubiese dado su vida
por estar aquí,
por ver las
maravillas creadas por
la evolución en un
centenar de mundos. Pero Sullivan, recordó, probablemente ya estaba muerto...
De
pronto, se encontraron en una galería, en lo alto de una cámara circular de
unos cien metros de diámetro. No había, como de costumbre, parapeto protector,
y durante un momento Jan dudó en acercarse al borde. Pero Vindarten estaba de
pie en la misma orilla, mirando serenamente hacia abajo, y Jan se le acercó
prudentemente.
El piso
estaba a unos veinte metros, demasiado, demasiado cerca. Jan comprendió,
después, que su guía no había intentado
sorprenderlo, y que no había esperado,
de ningún modo, esa reacción. Pues Jan había lanzado un grito terrible,
alejándose de un salto del borde de la galería, en un esfuerzo
involuntario por ocultar lo que había
allá abajo. Sólo cuando los apagados ecos de su alarido se perdieron en la
densa atmósfera, se atrevió Jan a adelantarse otra vez.
No tenía
vida, por supuesto; no estaba, como había creído en el primer momento de
terror, mirándolo fijamente.
Llenaba casi todo
el gran espacio circular,
y la luz rojiza brillaba y
temblaba en sus abismos cristalinos.
Era un
ojo solitario y gigantesco.
- ¿Por
qué hizo ese ruido? - preguntó Vindarten.
- Me
asusté - respondió Jan humildemente.
- ¿Pero
por qué? No pensará que aquí puede haber algún peligro.
Jan se
preguntó si podría explicarle lo que era una acción refleja, pero decidió no
intentarlo.
- Todo lo
inesperado es terrible. Mientras no se lo analiza se puede siempre presumir lo
peor.
El corazón
le latía aún
con violencia mientras
miraba una vez
más aquel ojo monstruoso. Era indudable, tenía que ser
un modelo, enormemente ampliado, como los microbios y los
insectos que solían
verse en los museos
de la Tierra. Sin embargo, mientras se lo preguntaba a
Vindarten, Jan supo, con enfermiza certeza, que el ojo era de tamaño natural.
Vindarten
no pudo decirle mucho; ésta no era su especialidad y nunca había sido
particularmente curioso. De su descripción Jan sacó en claro la imagen de una
bestia ciclópea que vivía en los asteroides de un sol distante, con un
crecimiento limitado por la gravedad y que dependía para su alimentación
existencia del alcance y el poder de su ojo único.
No
parecía haber nada que, bajo ciertas condiciones, la Naturaleza no pudiese
llevar a cabo, y Jan sintió una alegría irracional al descubrir
algo que los superseñores no se
atrevían a hacer. Habían
traído de la Tierra una ballena
de tamaño natural, pero
no habían querido completar esto.
Y en una
ocasión Jan subió, subió sin descanso, hasta que las paredes del ascensor
se hicieron más
y más opalescentes
y adquirieron la
transparencia del cristal.
Se encontraba ahora, parecía,
sostenido en el aire, entre
las más elevadas cimas
de la ciudad, sin que
nada lo protegiese
del abismo. Pero
no sentía más
vértigo que si estuviese en un aeroplano, pues no había
ninguna sensación de contacto con el suelo distante.
Estaba
entre las nubes, compartiendo el cielo con unas pocas agujas de metal o de
piedra. Allá abajo, perezosamente, la capa de nubes fluía como un mar rojizo.
En el cielo se veían dos pálidas lunitas, no lejos del sol oscuro. Cerca del
centro de ese hinchado disco rojo había una sombra pequeña, perfectamente redonda. Podía ser una mancha solar, u otra
luna en tránsito.
Jan
recorrió lentamente con los ojos
la línea del horizonte. El manto
de nubes se extendía casi hasta
los bordes del enorme planeta, pero en un sitio, a una insospechada distancia,
se alzaba una sombra moteada que podía ser las torres de una ciudad. Jan la
miró durante un rato y luego continuó su examen.
Había
dado casi media vuelta cuando vio la montaña. No estaba en el horizonte, sino
más allá. Era un único pico de borde dentado que asomaba en la orilla del
mundo, con las laderas escondidas como el cuerpo de un témpano de hielo bajo la
línea del agua. Trató de calcular su tamaño, pero era imposible. Aun en un
planeta de tan escasa gravedad, parecía
increíble que pudiese
haber una montaña
semejante. ¿Jugarían los superseñores, se preguntó, en sus
laderas, y se moverían como águilas alrededor de las inmensas estribaciones?
Y
entonces, despacio, la montaña
comenzó a cambiar. Cuando
la había visto por primera vez, era de un oscuro color rojo,
casi siniestro, con unas pocas débiles marcas cerca de la cúspide que Jan no
pudo distinguir claramente. Estaba
tratando de verlas mejor, cuando advirtió que se movían.
En un
principio no pudo creerlo. Luego se obligó a sí mismo a recordar que todas sus
preconcebidas ideas eran aquí totalmente inútiles; no tenía que permitir que la
mente rechazara los mensajes enviados por los sentidos a las escondidas cámaras
del cerebro. No tenía que tratar de entender; sólo tenía que observar. La
comprensión llegaría más tarde, o no llegaría.
La
montaña - pensaba todavía que era una montaña, pues no había otro término
adecuado - parecía estar viva. Recordó aquel ojo monstruoso encerrado en su
bóveda... pero no, era
inconcebible. No era
vida orgánica lo
que estaba observando;
no era tampoco, sospechó, la
materia familiar.
El rojo
sombrío estaba cambiando
y era ahora
de un tinte
colérico. De pronto aparecieron unas
rayas de vívido
amarillo. Por un
instante Jan pensó
que estaba observando un volcán y
unas corrientes de lava que bajaban por las laderas. Pero estas corrientes,
como lo demostraban ciertas motas y chispas ocasionales, se movían hacia
arriba.
Ahora algo
más comenzaba a elevarse
desde las nubes
rojizas, en la base de la montaña. Era
un enorme anillo,
perfectamente horizontal y perfectamente redondo,
y tenía el color de algo que Jan había dejado allá lejos, aunque los
cielos de la Tierra no eran de un azul tan hermoso. En ninguna otra parte, en
este mundo de los superseñores, había visto matices semejantes, y Jan sintió
soledad y nostalgia ante esos colores.
El anillo
se hacía más grande a medida que ascendía. Estaba sobre la montaña ahora, y su
arco más cercano estaba acercándose con rapidez hacia Jan. Seguramente, pensó
Jan, debe de ser alguna especie de torbellino, un anillo de humo de varios
kilómetros de diámetro. Pero no se veía ningún movimiento
de rotación y el anillo, al aumentar
de tamaño, no parecía menos sólido.
La sombra
se acercó rápidamente antes que el anillo mismo pasase por encima de la cabeza
de Jan, elevándose todavía más en el espacio. Jan continuó mirándolo hasta que
el anillo fue sólo un hilo azul, difícil de ver en ese cielo rojo. Cuando al
fin se desvaneció, ya debía de encontrarse a muchos miles de kilómetros de
altura. Y seguía creciendo.
Jan miró
otra vez la montaña. Era de oro y no se veía en ella ninguna señal. Quizá se
engañaba - ya podía creer cualquier cosa - pero parecía más alta y más estrecha, y giraba, aparentemente, como el embudo de un
ciclón. Sólo entonces, todavía aturdido, y con la razón en suspenso, recordó
Jan su cámara. Elevó el aparato al nivel de los ojos y enfocó el imposible y
estremecedor enigma.
Vindarten
se movió rápidamente ocultándole la escena. Con implacable firmeza las manazas
cubrieron el lente y lo obligaron a bajar la cámara. Jan no se resistió,
hubiese sido inútil; pero sintió un terror repentino por aquello que se alzaba
en las márgenes del mundo, y no quiso volver a mirarlo.
No hubo
ninguna otra cosa, a lo largo de esos viajes, que no le dejaran fotografiar.
Vindarten no le dio explicaciones. En cambio dejó que Jan le contara, una y
otra vez, y con todos sus detalles lo que había observado.
Al fin
Jan comprendió que los ojos de Vindarten habían visto algo totalmente distinto,
y sospechó, por primera vez, que los superseñores también tenían amos.
Ahora Jan
estaba volviendo al
hogar, y todas
las maravillas, terrores
y misterios quedaban atrás. Era
la misma nave, creía, aunque no quizá la misma tripulación. Por más largas que
fueran sus vidas,
era difícil creer
que los superseñores
dejasen voluntariamente la patria. El viaje interestelar consumía varias
décadas.
El efecto
de la dilatación del tiempo se manifestaba en ambos sentidos, naturalmente. Los
superseñores tardarían sólo cuatro meses en hacer el viaje de ida y vuelta,
pero se encontrarían al regresar con unos amigos ochenta años más viejos.
Hubiera
podido quedarse allá, sin duda alguna, por el resto de sus días. Pero Vindarten
le advirtió que pasarían varios años antes que otra nave volviese a la Tierra,
y que sería mejor que aprovechara esta ocasión. Quizá los superseñores
advirtieron que aun en este tiempo relativamente corto la mente de Jan había
llegado casi al límite de sus recursos. O se había convertido simplemente en
una molestia, y ya no podían atenderlo.
Todo eso
no tenía importancia ahora, pues la Tierra estaba muy cerca. La había visto
así, desde lo alto, un centenar de veces, pero siempre a través del ojo remoto
y mecánico de la cámara de televisión. Ahora, al fin, él mismo estaba aquí, en
el espacio, mientras caía el telón sobre el último acto del drama, y la Tierra
giraba a sus pies, siguiendo una órbita eterna.
El enorme
creciente verdeazulado estaba en su primera fase; y más de la mitad del disco
se perdía en la sombra. Las nubes eran escasas; sólo unas pocas franjas a lo
largo de la línea de los vientos. La capa de los hielos árticos brillaba
intensamente, pero parecía apagada al lado del reflejo del sol sobre las aguas
del norte del Pacífico.
Se
hubiese podido pensar que era un mundo de agua; el hemisferio estaba casi
desprovisto de tierra. Australia era el único continente visible: una niebla
oscura envuelta en el resplandor atmosférico que cubría el limbo del astro.
La nave
se estaba acercando hacia el extenso cono de sombra; el luminoso creciente
disminuyó, se encogió en un ardiente arco de fuego, y se hundió en la
oscuridad. Allá abajo reinaba la noche. El mundo dormía.
Sólo
entonces comprendió Jan qué era lo que estaba mal. Había
tierra allá abajo,
¿pero
dónde estaban los collares de luz, las resplandecientes espirales que habían
sido las ciudades del hombre? En todo este sombrío hemisferio, ni una sola
chispa interrumpía las sombras. Los
millones de kilovatios
que habían salpicado
descuidadamente las estrellas,
habían desaparecido. Jan pensó que podía estar mirando la Tierra antes del
advenimiento del hombre.
No era
éste el regreso que había esperado. No podía hacer nada sino mirar y aguardar,
mientras sentía el temor de lo desconocido. Algo había pasado, algo
inimaginable. Y la
nave
seguía descendiendo a lo largo de una curva que la llevaba otra vez al
hemisferio iluminado.
No vio
nada del lugar de aterrizaje, pues la imagen de la Tierra desapareció de pronto
y fue reemplazada por esas líneas y luces incomprensibles. Cuando la pantalla
se aclaró, estaban en tierra. A lo lejos se veían unos grandes edificios, unas
cuantas máquinas y un grupo de superseñores que estaban observándolo.
En alguna
parte rugió el aire que uniformaba la presión; luego se oyó el sonido con que
se abrían las grandes puertas. Jan no quiso esperar. Los silenciosos gigantes
lo miraron con tolerancia o indiferencia mientras salía corriendo del cuarto de
controles.
Estaba en
su hogar, mirando otra vez la chispeante luz de su propio sol, respirando aquel
aire, el primero que había entrado en sus pulmones. Ya habían bajado la rampa,
pero Jan tuvo que aguardar un momento hasta que los ojos se le acostumbraran a
aquel resplandor.
Karellen
estaba de pie, un poco apartado de sus compañeros, junto a un gran vehículo de
transporte cargado de canastos. Jan no se preguntó cómo había reconocido al
superseñor, ni se sorprendió al ver que no había cambiado en absoluto. Sólo esto se parecía a lo que
había imaginado.
- He
estado esperándolo - dijo Karellen.
23
- En los
primeros días - dijo Karellen - podíamos andar entre ellos. Pero ya no nos
necesitan; nuestra tarea terminó cuando los reunimos y les entregamos un continente. Mire.
La pared
situada ante Jan
desapareció. Estaba mirando
un valle hermosamente arbolado desde
una altura de
unos pocos centenares
de metros. La
ilusión era tan perfecta que sufrió un vértigo
momentáneo.
- Han
pasado cinco años y se ha iniciado la segunda fase.
Había
unas móviles figuras allá abajo, y la
cámara descendió hacia ellas como un pájaro de presa.
- Sentirá
usted cierta angustia - dijo Karellen -, pero recuerde que no puede aplicar
aquí sus normas mentales. No está viendo a niños humanos.
Sin
embargo, ésa fue la primera impresión que tuvo Jan, y ningún razonamiento
lógico pudo impedirlo. Podían haber sido salvajes, entregados a una danza
ritual muy compleja. Estaban desnudos y sucios y unos mechones de pelo les
caían sobre los ojos. Jan creyó
notar que
los había de todas las edades, desde los cinco a los quince años; sin embargo
todos se movían con la misma rapidez, la misma precisión, y una total
indiferencia.
Entonces
Jan les vio las caras. Tragó saliva con dificultad y se obligó a sí mismo a no
darse vuelta. Eran unas caras más vacías que las de los muertos, pues las
facciones de los cadáveres están cinceladas por los años, y siguen hablando
cuando los labios han enmudecido. No había aquí más emoción o sentimiento que
en la cara de un insecto o una serpiente. Hasta los superseñores eran más
humanos.
- Está
usted buscando algo que ya no está ahí - dijo Karellen -. Recuerde que no
tienen más individualidad que las células de un cuerpo.
- ¿Por
qué se mueven así?
- Lo
llamamos la danza larga - replicó Karellen. Nunca duermen, y esto duró casi un
año. Son trescientos millones que se mueven en determinadas figuras. Hemos
analizado esas figuras una y otra vez, pero no descubrimos nada. Quizá porque
sólo advertimos la apariencia física, la porción que está aquí, en la Tierra.
Es posible que lo que llamamos la supermente
esté todavía preparándolos, moldeándolos
para que formen
una simple unidad antes de
absorberlos.
- ¿Pero
cómo hacían con la comida? ¿Y qué ocurría si chocaban con algún obstáculo como
árboles o rocas, o si caían en el agua?
- El agua
no importaba, no podían ahogarse. Cuando encontraban un obstáculo se lastimaban
a veces, pero no lo advertían. En cuanto a la comida... bueno, los animales y
las frutas abundaban allí. Pero ahora dejaron atrás esas necesidades. Pues la
comida es ante todo una fuente de energía, y han aprendido a recurrir a fuentes
mayores.
La escena
tembló como si una nube de calor hubiese pasado sobre ella, Cuando volvió a
aclararse, el movimiento había cesado.
- Mire
otra vez - dijo Karellen -. Tres años mas tarde.
Las
figuritas, tan desamparadas y patéticas si uno no conocía la verdad, se alzaban
inmóviles en el bosque, el valle y la llanura. La cámara vagó incansablemente
de una a otra. Ya, pensó Jan, los
rostros están adaptándose a un molde.
Había visto una vez algunas fotografías
donde docenas de
imágenes superpuestas formaban
un rostro "común". El
resultado había sido algo tan vacío y tan falto de carácter como esto.
Aparentaban
estar durmiendo o en trance. Tenían los ojos muy cerrados, y no parecían
más conscientes que
los árboles que
se alzaban por
encima de ellos.
¿Qué pensamientos, se preguntó Jan, se estarían entrecruzando en esa
complicada red en la que aquellas mentes eran ahora no más - y sin embargo no
menos - que los hilos de un
vasto tapiz?
Y un tapiz, comprendía ahora,
que abarcaba muchos mundos
y muchas razas, y que crecía todavía.
Ocurrió
con una rapidez que lo deslumbró y lo aturdió. En un momento Jan estaba mirando
una región hermosa y fértil con un único elemento extraño: las innumerables
estatuitas, dispersas, aunque
no sin cierto
orden. Y luego, en
un instante, árboles
y pastos, todas las vivientes criaturas que habían habitado esa tierra
desaparecieron. Quedaron solamente los lagos tranquilos, los tortuosos
ríos, las quebradas y terrosas
colinas - ahora desprovistas del manto verde - y las silenciosas e indiferentes
figuras que habían causado esa destrucción.
- ¿Por
qué han hecho eso? - murmuró Jan.
- Quizá
los perturbaba la presencia de otras mentes, aun esas tan rudimentarias de las
plantas y los animales. Un día, creemos, descubrirán que también el mundo
material les molesta. Y entonces quién sabe qué ocurrirá. Comprenderá usted
ahora por qué nos retiramos una vez, que cumplimos nuestra tarea. Seguimos
estudiándolos, pero nunca entramos en
esas tierras ni metemos allí
nuestros instrumentos. Sólo los observamos desde el espacio.
- Esto
ocurrió hace muchos años - dijo Jan -. ¿Qué ha pasado desde entonces?
- Muy
poco. No se han movido en todo este tiempo, ni han advertido los cambios del
día y de la noche, del verano y el invierno. Están todavía probando fuerzas;
algunos ríos han cambiado de curso, y hay uno ahora que fluye hacia arriba.
Pero no han hecho nada que parezca tener algún propósito determinado.
- ¿Y los
han ignorado a ustedes totalmente?
- Sí,
aunque es natural. La... entidad... de la que forman parte
no ignora nada de nosotros. No le
preocupa, aparentemente, que tratemos de estudiarla. Cuando desea que nos
alejemos, o quiere encargarnos un nuevo trabajo, se manifiesta claramente.
Hasta ese entonces nos quedaremos aquí, para que nuestros especialistas puedan
recoger toda la información posible.
Así que
éste es, pensó Jan con una resignación que superaba toda tristeza, el fin del
hombre. Era un fin no previsto por ningún
profeta, un fin que se
oponía por igual al optimismo y al pesimismo.
Era, sin
embargo, un fin adecuado; tenía la sublime inevitabilidad de una obra de arte.
Jan había alcanzado a vislumbrar el universo
en toda su inmensidad
terrible, y sabía ahora que no
había allí lugar para el hombre. Comprendía al fin qué vano, si se lo volvía a
analizar, había sido el sueño que lo había llevado a las estrellas.
Pues el
camino hacia las estrellas se dividía en otros dos, y ninguno llevaba adonde
pudieran cumplirse los deseos o los temores del hombre.
En el
extremo de uno de los senderos estaban los superseñores. Habían preservado su
individualidad, su independencia, tenían conciencia de sí mismos y el pronombre
"yo" significaba algo en su lenguaje. Tenían emociones, algunas de
las cuales por lo menos eran compartidas por la humanidad; pero estaban
atrapados, Jan se daba cuenta ahora, en un callejón sin salida del que nunca
podrían salir. Las mentes de los superseñores eran diez, o quizá cien veces más
poderosas que las del hombre. Al hacer la cuenta final no había ninguna
diferencia. Ambos estaban igualmente desamparados, igualmente abrumados por la
inimaginable complejidad de una galaxia de cien mil millones de soles y de un
cosmos de cien mil millones de galaxias.
¿Y al fin
del otro sendero? La supermente, cualquier cosa que fuese, relacionada con el
hombre del mismo modo que el hombre con la ameba. Potencialmente infinita,
inmortal,
¿durante cuánto
tiempo había estado
absorbiendo una raza
tras otra, mientras
se extendía entre los astros? Tenía también deseos, tenía metas que
presentía oscuramente pero que no alcanzaría jamás? Ahora contenía todas las
obras de la raza humana. No era una
tragedia, sino una
culminación. Los billones
de conciencias que
como chispas fugaces habían
formado la humanidad, no volverían a temblar como luciérnagas contra el cielo
de la noche. Pero no habrían vivido totalmente en vano.
Aún
faltaba, como lo sabía Jan, el último acto. Podía comenzar mañana, o dentro de
varios siglos. Ni siquiera los superseñores podían estar seguros.
Jan
comprendía ahora los propósitos de estos seres, qué habían hecho con el hombre,
y el motivo que los ataba todavía a la Tierra. Sentía ante ellos una gran
humildad, y una gran admiración por aquella paciencia inflexible.
Nunca
llegó a entender cómo se efectuaba esa extraña simbiosis entre la supermente y
sus servidores. Según Rashaverak ese ser los había acompañado siempre, aunque
no los había utilizado hasta
que lograron desarrollar
una verdadera civilización
y pudieron recorrer el espacio.
- ¿Pero
por qué los necesita? - inquirió Jan -. Con esos tremendos poderes podría hacer cualquier cosa.
- No -
dijo Rashaverak -, tiene sus límites. Sabemos que en el pasado intentó actuar
de un modo directo
sobre las mentes
de otras razas,
e influir en su
desarrollo cultural. Siempre
fracasó, quizá porque el abismo es demasiado grande. Nosotros somos los
intérpretes, los guardianes. O, para usar una metáfora de ustedes, cuidamos el
campo mientras madura la
cosecha. La supermente
recoge esa cosecha,
y nosotros
comenzamos
otro trabajo. Esta es la quinta raza a cuya apoteosis asistimos. Cada vez
aprendemos un poco más.
- ¿Y no
se sienten resentidos porque los utilicen como simples instrumentos?
- El
arreglo tiene ciertas
ventajas. Por otra
parte, ningún ser
inteligente se siente resentido
ante lo inevitable.
La
humanidad, reflexionó Jan torciendo la cara, jamás había aceptado totalmente
esa proposición. Había muchas
cosas, más allá
de toda lógica, que
los superseñores no habían entendido nunca.
-
Parece extraño - dijo Jan - que la supermente los haya elegido para hacer
este trabajo, cuando no hay en ustedes traza de esos latentes poderes
parafísicos. ¿Cómo se comunica con ustedes y les hace saber sus deseos?
- Lamento
no poder responderle, ni explicarle mi silencio. Un día conocerá quizá parte de
la verdad.
Jan
reflexionó un momento, pero comprendió que era inútil seguir preguntando. Tenía
que cambiar de tema, y quizá más tarde pudiese averiguar algo más.
-
Explíqueme esto, entonces
- dijo -, Hay algo que
ustedes nunca nos
han dicho. Cuando su raza vino
por primera vez a la Tierra, en el pasado, ¿qué ocurrió? ¿Por qué se
convirtieron en el símbolo del terror y el mal?
Rashaverak sonrió.
No lo hacía
tan bien como
Karellen, pero era
una imitación aceptable.
- Nadie
lo sospechó nunca, y ya ve usted ahora por qué no podíamos referirnos a eso.
Sólo un hecho pudo haber impresionado de tal modo a la humanidad. Y ese hecho
ocurrió no en el alba de la historia, sino en su atardecer.
- ¿Qué
quiere decir? - preguntó Jan.
- Cuando
nuestras naves aparecieron en el cielo terrestre, hace un siglo y medio, se
produjo el primer encuentro de nuestras dos razas, aunque como es natural
habíamos estado estudiándolos desde
lejos. Y sin
embargo, ustedes nos
temieron y nos reconocieron, como lo habíamos esperado.
No se trataba precisamente de un recuerdo. Ya
sabe usted que el tiempo
es mucho más
complejo de lo
que suponía la
ciencia terrestre. Pues ese recuerdo no venía del pasado, sino del
futuro... de esos últimos años en que la raza humana comprendía que todo había concluido. Hicimos todo lo
posible para aliviar ese final, pero no fue fácil. Y de ese modo fuimos
identificados con el fin de la raza. Sí, aunque aún faltaban diez mil años. Fue
como si las reverberaciones de un eco distorsionado hubieran recorrido el
círculo cerrado del tiempo, desde el futuro al pasado. Llamémosle no un
recuerdo, sino una premonición.
La idea
no era muy fácil de entender, y durante unos instantes Jan luchó con ella en
silencio. Sin embargo ya debía de estar preparado: había comprobado bastantes
veces que causas y efectos pueden trastocarse.
Tenía que
existir algo así como una memoria racial, y esa memoria era de algún modo
independiente del tiempo. Para ella el futuro y el pasado eran uno solo. Por
eso, hacía miles de años, los hombres habían alcanzado a vislumbrar una
distorsionada imagen de los superseñores, a través de una niebla de miedo y
terror.
- Ahora
entiendo - dijo el último hombre.
¡El
último hombre! Jan apenas podía imaginarlo. Al lanzarse al espacio había
pensado en alejarse definitivamente de la raza humana, y sin embargo no había
aceptado, aun entonces, la soledad. Con el paso de los años el deseo de ver a
otros seres humanos podía llegar a abrumarlo,
pero por ahora la compañía de los superseñores le impedía sentirse completamente solo.
Hasta
hacia sólo diez años había habido hombres en la Tierra, unos sobrevivientes
degenerados. Jan nada había perdido con
ellos. Por motivos que los superseñores
no podían explicar, pero
que sospechaban eran
principalmente psicológicos, ningún
niño había venido a reemplazar
a los que se
habían ido. El Homo
sapiens era una
raza extinguida.
Quizá, en
una de las ciudades todavía intactas, se encontraba el manuscrito de algún
nuevo Gibbon que historiaba los últimos días de la raza humana. Aunque fuese
así, Jan no tenía, aparentemente, ningún interés en leerlo. Rashaverak le había
contado lo más importante.
Aquellos que
no se habían
destruido a sí
mismos habían tratado
de olvidar dedicándose a las
actividades más febriles, como deportes salvajes y suicidas, bastante parecidos
a guerras menores. A medida que la población descendía con rapidez los cada vez
más ancianos sobrevivientes se habían ido agrupando como un ejército derrotado
que cierra filas en la última retirada.
El acto
final, antes que el telón cayese para siempre, había sido iluminado, quizá, por
relámpagos de heroísmo y devoción y oscurecido por la ferocidad y el egoísmo.
Jan no sabría nunca si había terminado en medio del terror o la resignación.
Tenía muchas
ocupaciones. La base
de los superseñores
estaba instalada a un
kilómetro de una
casa abandonada, y
Jan se pasó
varios meses equipándola
con aparatos que traía de la ciudad más próxima, situada a unos treinta
kilómetros. Se había instalado allí con Rashaverak,
cuya amistad, sospechaba
Jan, no era completamente
desinteresada. El
psicólogo de los superseñores estaba
todavía estudiando el
último ejemplar de Homo sapiens.
La ciudad
había sido evacuada,
indudablemente, antes del
fin, pues las
casas y muchos de los servicios
públicos estaban todavía en orden. No le costaría mucho volver a hacer
funcionar los generadores, de modo que las anchas calles volvieran a iluminarse
con la ilusión de la vida. Jan jugó con la idea y al fin la abandonó como demasiado mórbida. Lo único que no
deseaba era añorar el pasado. Había aquí todo lo necesario como para mantenerlo
por el resto de sus días, pero lo que más ansiaba era un piano electrónico y
ciertas partituras de
Bach. Nunca hasta
ahora había podido
dedicarse realmente a la música. Pronto, cuando no se encontraba
ejecutando él mismo, escuchaba grabaciones de las grandes sinfonías y
conciertos, de tal modo que la villa nunca estaba silenciosa. La música se había
convertido en un talismán contra la soledad; esa soledad que un día lo
aplastaría, seguramente.
A menudo
paseaba por las colinas imaginando lo que había ocurrido en esos pocos meses en
que había faltado de la Tierra. Nunca hubiera pensado, cuando se despidió de
Sullivan hacía ochenta años terrestres, que la última generación humana
estuviese ya en las entrañas de las madres.
¡Qué
alocado había sido! Sin embargo, no creía estar arrepentido de su conducta. Si
se hubiese quedado en la Tierra, habría sido testigo de esos últimos años
velados ahora por el tiempo. En cambio había saltado por encima de ellos hasta
el futuro, y había conocido las respuestas que ningún otro hombre llegaría a
saber. La curiosidad de Jan estaba casi satisfecha, aunque a veces se
preguntaba por qué los superseñores seguirían esperando, y qué pasaría cuando
esa paciencia recibiera al fin su premio.
Pero la
mayor parte del tiempo, con esa tranquila resignación que comúnmente sólo se
conoce al fin de una vida larga y activa, Jan se sentaba ante el teclado y
poblaba el aire con el amado
Bach. Quizá se
estaba engañando a
sí mismo, quizá
era alguna misericordiosa trampa
que le tendía la mente, pero le parecía ahora que esto era lo que siempre había
deseado. La más secreta de las ambiciones se había atrevido al fin a salir a la
luz.
Jan
siempre había sido un buen pianista... y ahora era el mejor del mundo.
24
Fue Rashaverak
quien trajo a Jan las
noticias. Jan ya
las había sospechado.
Al comenzar la madrugada se había despertado en medio de una pesadilla y
no había vuelto a dormirse. No podía recordar el sueño, lo que era muy raro, pues
Jan creía que era posible acordarse de
todos los sueños,
por lo menos
enseguida de despertar.
Sólo recordaba que había vuelto
a ser niño y que se encontraba en
una vasta y desierta llanura, escuchando
una voz potente que lo llamaba en un lenguaje desconocido.
El
sueño lo había perturbado;
se preguntó si no sería la primera
embestida de la soledad. Salió
impaciente de la villa y fue hacia los prados solitarios.
Una luna
llena bañaba el campo con una luz dorada tan brillante que Jan podía ver sin
dificultad. El inmenso y resplandeciente cilindro de la nave de Karellen
descansaba entre los edificios de la base, alzándose por encima de ellos y
reduciéndolos a proporciones humanas. Jan miró la nave tratando de recordar las
emociones que le había despertado alguna vez. Tiempo atrás, esta nave le había
parecido una meta inaccesible, un símbolo de lo que nunca llegaría a realizar.
Y ahora no significaba nada.
¡Qué
silenciosa y tranquila parecía! Los superseñores, naturalmente, estarían tan
ocupados como de costumbre, pero por el momento no se advertía su
presencia. Era como si Jan estuviese
solo... Y lo estaba de veras, y en un sentido muy real. Alzó los ojos hacia la
luna buscando algo conocido y amable.
Allá estaban
los viejos y bien recordados
mares. Había estado
en el espacio,
a cuarenta años-luz de la Tierra,
y nunca había pisado
esas silenciosas y polvorientas llanuras situadas
a menos de dos segundos - luz. Durante un momento
se entretuvo tratando de
localizar el cráter Tycho.
Cuando llegó a descubrirlo
le asombró ver que aquella mancha
brillante se encontraba lejos del centro de la Luna. Y notó entonces que
faltaba el óvalo oscuro del Mare Crisium.
La cara
que el satélite volvía ahora hada la Tierra no era la que había mirado al mundo
desde los comienzos de la vida. La Luna había comenzado a girar sobre su eje.
Eso sólo
podía significar una cosa. En el otro extremo de la Tierra, en los campos a los
que habían despojado tan rápidamente de toda vida, ellos estaban saliendo del
trance. Así como un niño al despertar estira sus brazos para saludar
el nuevo día, así ellos estaban
también flexionando músculos y ensayando poderes recientemente descubiertos.
- Su
suposición es correcta - dijo Rashaverak -. Es peligroso que sigamos aquí.
Pueden ignorarnos un tiempo, pero no queremos arriesgarnos. Saldremos tan
pronto como terminemos de cargar nuestro equipo, probablemente dentro de dos o
tres horas.
Rashaverak
miró el cielo como si temiese la aparición de un nuevo milagro. Pero todo
estaba tranquilo. La luna se había puesto, y sólo unas pocas nubes rodaban
impulsadas por el viento del oeste.
- No
importa tanto si se meten sólo con la Luna - añadió Rashaverak -, pero suponga
que comiencen a interferir con el Sol. Dejaremos unos instrumentos aquí,
naturalmente; así podremos saber qué ocurre.
- Yo me
quedaré - dijo Jan de pronto -. He visto bastante del universo. Ahora sólo me
interesa una cosa: el destino de mi propio planeta.
El suelo
se estremeció suavemente.
- Estaba
esperando esto -
continuó Jan -.
Si alteran la
rotación de la
Luna el momentum angular
cambiará de algún
modo. La velocidad
de la Tierra
está disminuyendo. No sé qué me asombra más: si cómo lo hacen o por qué.
- Están
todavía jugando - dijo Rashaverak -. ¿Qué lógica hay en la conducta de un niño?
Y en cierto
modo la
entidad en que se ha convertido la raza humana es todavía un niño. No está
preparada aún para unirse con la supermente. Pero lo estará muy pronto, y usted
será entonces el único dueño de la Tierra...
Rashaverak
no completó su frase, y Jan la terminó en su lugar.
-...si la
Tierra, es claro, existe todavía.
- ¿Se da
cuenta del peligro, y sin embargo quiere quedarse?
- Sí.
Llevo en la Tierra cinco - ¿o son seis? - años. Cualquier cosa que ocurra, no
me quejaré.
- Hemos
estado esperando - dijo Rashaverak con lentitud - que deseara quedarse. Hay
algo que puede hacer por nosotros.
El
resplandor del navío interestelar se apagó y murió, más allá de la órbita de
Marte. Sólo él, pensó Jan, entre todos los billones de seres humanos que
vivieron y murieron en la Tierra, había recorrido ese camino. Y ningún otro lo
recorrería de nuevo.
El mundo
era suyo. Todo lo que necesitaba, todos los bienes materiales que uno puede
desear, estaban allí a su alcance. Pero Jan no tenía ningún interés. No temía
la soledad del planeta desierto, ni la presencia del ser que estaba pasando
aquí sus últimos instantes antes de ir en busca de su desconocido patrimonio.
No creía que él o sus problemas sobreviviesen a la inconcebible conmoción que
produciría esa partida.
Estaba
bien así. Había hecho todo lo que había deseado hacer, y arrastrar una vida sin
objeto en este mundo vacío hubiese sido un inconcebible anticlímax. Podía
haberse ido
con los
superseñores, ¿pero para qué? Pues sabía, como ningún otro lo había sabido, que
Karellen había dicho la verdad al afirmar que las estrellas no eran para el
hombre.
Se volvió
dejando la noche a sus espaldas y caminó a través de la vasta entrada de la
base. El tamaño no lo afectaba; la inmensidad ya no tenía ningún poder sobre su
mente. Las luces rojas estaban encendidas, alimentadas por energías que podrían
no agotarse durante siglos. A cada lado, abandonadas por los superseñores, se
alzaban las máquinas cuyos secretos Jan nunca comprendería. Pasó de largo y
subió torpemente la escalinata que llevaba al cuarto de control.
El
espíritu de los superseñores seguía allí: las máquinas estaban todavía vivas,
ejecutando las tareas de unos amos ahora distantes. ¿Qué podría añadir él, se
preguntó Jan, a la información que las máquinas lanzaban al espacio?
Se subió
a la silla enorme y se instaló tan cómodamente como pudo. El micrófono, ya
preparado, estaba esperándolo. Algo que era el equivalente de una cámara de
televisión debía de estar observando la Tierra, pero Jan no pudo localizarla.
Más allá
de los tableros y sus incomprensibles instrumentos, los grandes ventanales se
abrían a la noche estrellada, mirando a un valle dormido bajo una luna convexa
y a una distante cadena montañosa. Un río se retorcía a lo largo del valle,
brillando aquí y allí, cuando la luz de la luna caía sobre las aguas revueltas.
Todo parecía tan pacífico. Así podía haber sido el mundo al aparecer el hombre,
como era ahora al llegar el fin.
Allá a
quién sabe cuántos
millones de kilómetros,
Karellen esperaba. Era
extraño pensar que la nave de los superseñores se alejaba de la Tierra
casi con la rapidez con que la seguían las señales que él, Jan, enviaba.
Casi... pero no la misma. Sería una larga persecución, pero esas palabras
alcanzarían al supervisor y pagarían así aquella deuda.
¿Cuánto
de todo esto, se preguntó Jan, había sido planeado por Karellen y cuánto era
una obra maestra de improvisación? ¿Lo había dejado el supervisor entrar en el
espacio hacía casi un siglo, para que pudiese representar este papel? No, era
increíble. Pero Jan tenia la certeza de que Karellen estaba envuelto en un
complot muy vasto y complicado. Aún mientras servía a la supermente seguía
estudiándola con todos los instrumentos que tenía a su alcance. Jan sospechaba
que no era sólo curiosidad científica lo que inspiraba al supervisor: quizá los
superseñores tenían la esperanza de escapar un día a esos lazos singulares,
cuando hubiesen aprendido bastante de los poderes que estaban sirviendo.
Era
difícil creer que Jan pudiese añadir algo a ese conocimiento.
-
Cuéntenos lo que vea - había dicho Rashaverak -. Las figuras que lleguen a sus
ojos serán duplicadas por nuestras cámaras. Pero el mensaje que entre en su
cerebro quizá sea muy diferente, y puede servirnos de mucho.
Bueno,
trataría de hacerlo lo mejor posible.
-
Nada que
informar aún - comenzó
- Hace unos minutos
vi la estela de la nave
interestelar que desaparecía en el cielo. Hay casi luna llena y la mitad de la
cara familiar del satélite ha comenzado a desaparecer. Pero supongo que ya
saben esto.
Jan se
detuvo, sintiéndose ligeramente tonto. Había algo incongruente, hasta casi
absurdo, en lo que hacía. La historia había llegado a su clímax y aquí estaba
él, como si fuese un comentarista de
radio ante una carrera o ante un cuadrilátero
de boxeo. Se encogió de hombros y dejó de lado esa idea. En todos los
momentos de grandeza, sospechaba, lo sublime no está muy separado de lo
ridículo, y por otra parte sólo él podía notarlo ahora.
- Ha
habido tres ligeros terremotos en la última hora - continuó -. Controlan la
rotación de la Tierra de un modo maravilloso, pero no perfecto... Sabe usted,
Karellen, me parece muy difícil que pueda decirles algo que usted no sepa ya
por sus instrumentos. Quizá habría sido
mejor que me hubiesen dicho qué pasaría según ustedes y cuánto tiempo tendría
yo que esperar. Si no ocurre nada, volveré a informar dentro de seis horas...
"¡Hola!
Parece que hubiesen esperado a que ustedes se fueran. Algo ha comenzado. Las
estrellas se han oscurecido. Como si una nube estuviese subiendo, muy
rápidamente, hacia el cielo. Pero no es realmente una nube. Tiene aparentemente
alguna estructura, puedo vislumbrar una borrosa red de líneas y franjas que
cambian continuamente de posición. Es
casi como si las estrellas
estuviesen envueltas en una fantasmal tela de araña.
"La
red está comenzando a brillar, encendiéndose
y apagándose, como si estuviese viva. Y supongo que está realmente viva.
¿O se trata de algo que está tan lejos de la vida como de la materia?
"El
resplandor parece moverse hacia una parte del cielo. Esperen mientras voy a la
otra ventana.
"Si,
debí de suponerlo. Es una gran columna ardiente, como un árbol de fuego, sobre
el horizonte oriental. Está muy lejos; se alza desde el otro lado del mundo. Ya
sé de dónde surge; están al fin en camino, para convertirse en parte de la
supermente. El tiempo de prueba ha terminado: están dejando atrás los últimos
restos de materia.
"A
medida que los fuegos suben desde la tierra puedo ver que la red se hace más
firme y menos borrosa. En algunos
lugares parece casi sólida,
sin embargo todavía puede verse el débil brillo de las estrellas.
"Acabo
de darme cuenta. No es exactamente
igual, pero aquello que vi surgir en el mundo de ustedes, Karellen, era
algo parecido. ¿Una parte de la supermente? Supongo que me ocultaron la verdad,
para que yo no tuviera ideas preconcebidas, para que fuese un observador
objetivo. Desearía saber qué están mostrándoles a ustedes las cámaras para
compararlo con lo que creo estar viendo.
"¿Es
así como se le aparece a usted, Karellen, con estos colores y formas? Recuerdo
las pantallas de su cuarto de navegación, y aquellas figuras que hablaban para
ustedes algo así como un lenguaje visual.
"Ahora
se parece a las cortinas de una aurora polar. Las cortinas bailan y se agitan
contra los astros. Pero cómo es eso exactamente, estoy seguro: una tormenta
eléctrica. El paisaje se ha iluminado... hay más luz que de día... rojos y
dorados y verdes se persiguen unos a otros a través del cielo. Oh, no puedo
describirlo, no está bien que sólo yo lo vea. Nunca imaginé colores semejantes.
"La
tormenta cesa ya, pero esa red borrascosa está todavía ahí. Creo que la aurora
era sólo un subproducto de esas energías, cualesquiera que sean, liberadas en
las fronteras del espacio...
"Un
minuto. He notado algo más. Mi peso está disminuyendo. ¿Qué significa esto? He
dejado caer un lápiz... cae lentamente. Algo ocurre con la gravedad. Se está
levantando un viento enorme. Puedo ver los árboles del valle, cómo inclinan sus
cabezas.
"Naturalmente,
la atmósfera escapa. Ramitas y piedras están subiendo hacia el cielo, casi como
si la Tierra tratara también de salir al espacio. Una inmensa nube de polvo se
levanta con el viento. Es difícil ver... Quizá aclare dentro de poco y pueda
descubrir qué ocurre.
"Sí,
ahora está mejor. Todo lo que se puede mover ha sido arrastrado fuera de la Tierra; las nubes de polvo se han
desvanecido. Me pregunto cuánto aguantará esta casa. Y cuesta respirar ahora,
tendré que hablar más despacio.
"Veo
claro otra vez. La columna ardiente está todavía ahí, pero se está
constriñendo, estrechando. Parece el embudo de un tornado, a punto de perderse
en las nubes. Y... oh, es difícil de describir, pero me he sentido inundado por
una enorme ola de emoción. No fue alegría ni pena; fue como si algo se
realizase de pronto. ¿Lo he imaginado? ¿O me vino desde fuera? No lo sé.
"Y
ahora - y esto no puede ser sólo imaginación - el mundo parece vacío.
Totalmente vacío. De pronto enmudeció como una radio. Y el cielo ha vuelto a
aclararse. ¿Cuál será el próximo mundo, Karellen? ¿Y estarán ustedes allí otra
vez?
"Es
raro. Todo a mi alrededor parece igual. No sé por qué, pero creí...
Jan se
detuvo. Durante un momento le faltaron las palabras; luego cerró los ojos para
recuperar el dominio de sí mismo. Ya no era momento de sentir pánico o miedo.
Tenía que cumplir un deber... un deber para con el hombre, y para con Karellen.
Lentamente al principio,
como alguien que despierta
de un sueño, Jan comenzó a hablar.
- Los
edificios de alrededor, el terreno, las montañas... todo es como vidrio. Puedo
ver a través de las cosas. La Tierra se está disolviendo. Pierdo todo mi peso.
Tenían razón. Los juegos terminaron.
- Sólo
quedan unos pocos instantes. Allá van las montañas, como mechones de humo.
Adiós, Karellen, Rashaverak. Lo siento por ustedes. Aunque no puedo entenderlo
he visto en qué se ha convertido mi raza. Todo lo que hemos logrado se ha ido a
las estrellas. Quizá esto es lo que trataban de decir las antiguas religiones.
Pero todas estaban equivocadas; creían
que la humanidad era algo tan
importante; sin embargo nosotros somos sólo una raza en... ¿Saben
ustedes en cuántas? Y nos hemos convertido en algo que ustedes nunca podrán
ser.
"Allá
va el río. No hay ningún cambio en el cielo, aunque apenas puedo respirar. Es
raro ver la luna, todavía brillante ahí arriba, Me alegro de que la hayan
dejado, aunque se sentirá muy sola ahora...
"¡La
luz! Bajo mis pies... del interior de la Tierra... nace brillando, a través de
las rocas, el piso, todo... cada vez más brillante, cegadora...
En una
explosión de luz el centro de la Tierra soltó sus atesoradas energías. Durante
un rato las ondas gravitatorias cruzaron una y otra vez el sistema solar,
perturbando ligeramente las órbitas de los planetas. Luego los hijos del Sol
continuaron sus antiguos caminos, una vez más, como corchos que flotan en un
lago sereno, enfrentando las ondas causadas por la caída de una piedra.
No
quedaba nada de la Tierra. Los últimos átomos de sustancia habían sido
absorbidos por ellos. La Tierra había nutrido los terribles momentos de aquella
increíble metamorfosis como el alimento acumulado en la espiga o el grano nutre
a la planta joven que crece hacia el sol.
A seis
millones de kilómetros, más allá de la órbita de Plutón, Karellen se sentó ante
una pantalla repentinamente oscurecida. Nada faltaba en el informe; la misión
había terminado. Volvía a su hogar después de tanto tiempo. El peso de los
siglos había caído sobre él junto con una tristeza que ninguna lógica podría
vencer. No lloraba el destino del
hombre:
estaba apenado por su propia raza, alejada para siempre de la grandeza por
fuerzas insuperables.
A pesar
de todas sus hazañas, a pesar de dominar todo el universo físico, el pueblo de
Karellen no era mejor que una tribu que se hubiese pasado toda la vida en una
llanura chata y polvorienta. Allá lejos estaban las montañas, donde moraban el
poder y la belleza, donde el trueno
sonaba alegremente por
encima de los
hielos y el
aire era claro
y penetrante. Allá, cuando la tierra ya estaba envuelta en sombras, brillaba
todavía el sol, transfigurando las cimas. Y ellos sólo podían observar y maravillarse.
Nunca escalarían esas alturas.
Sin
embargo, Karellen lo sabía, seguirían hasta el fin; esperarían sin
desesperación el cumplimiento del
destino, cualquiera que
fuese. Servirían a la supermente porque
no podían hacer otra cosa, pero aún entonces no se perderían del todo.
La gran
pantalla del cuarto
de navegación se
encendió un momento
con una luz carmesí y sombría. Sin ningún esfuerzo
consciente Karellen leyó el mensaje contenido en aquellas cambiantes figuras.
La nave estaba dejando las fronteras del sistema solar. Las energías que movían
la nave disminuían rápidamente, pero ya habían hecho su trabajo.
Karellen
alzó una mano y la imagen volvió a transformarse. Una estrella solitaria brilló
en el centro de la pantalla; nadie hubiese podido decir, desde tan lejos, que
el Sol tuviese algún planeta, o que uno de ellos se hubiese perdido. Durante
mucho tiempo Karellen miró fijamente aquel abismo que se agrandaba con rapidez,
mientras los recuerdos le pasaban en tropel por la vasta mente laberíntica. Con
un adiós silencioso saludó a los hombres que había conocido, tanto a los que lo
habían ayudado como a quienes habían tratado de impedir su trabajo.
Nadie se
atrevió a perturbarlo o a interrumpirlo. Y al fin Karellen volvió la espalda al
Sol diminuto.
FIN


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