© Libro No.518. Un enemigo del pueblo. Ibsen,
Henrik.
Colección E.O. Noviembre 16 de
2013.
Título original: © Henrik Ibsen. Un enemigo del pueblo.
Versión Original: © Henrik Ibsen. Un
enemigo del pueblo.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Henrik IBSEN
(1828-1906)
Un enemigo del pueblo
Drama en cinco
actos (1882)
El hombre más fuerte
es el que está más solo.
(Un enemigo del pueblo - Henrik Ibsen)
PERSONAJES
El DOCTOR STOCKMANN, médico de un
balneario.
SEÑORA STOCKMANN, su mujer.
PETRA, su hija,
maestra.
EJLIF, hermano de
Petra.
MORTEN, ídem.
PEDRO STOCKMANN, hermano mayor del doctor, alcalde,
presidente de la Sociedad del Balneario.
MORTEN KUL, curtidor, padrastro de la señora Stockmann.
HOVSTAD, director de La Voz del Pueblo.
BILLING, redactor de1
mismo periódico.
HORSTER, capitán de
barco.
ASLAKSEN, impresor.
Gentes del pueblo, Hombres de todas las clases sociales, Mujeres,
Escolares.
La acción transcurre en un pueblo costero del sur de Noruega. Época actual.
ACTO PRIMERO
Salón del doctor
Stockmann, modestamente amueblado, pero atractivo.
En el lateral derecho,
dos puertas; la de primer término comunica con el despacho, y la otra, con el
vestíbulo.
En el lateral
opuesto, frente a esta última, otra puerta que da a las restantes habitaciones.
Hacia el centro
del mismo lateral, una estufa, y más en primer término, un sofá; ante él, mesa
ovalada, cubierta con un tapete. Sobre ella, una lámpara encendida, con
pantalla. Al foro, puerta abierta al comedor, por encima de cuya mesa,
dispuesta para cenar, hay otra lámpara encendida también.
Anochece.
En el comedor está sentado BILLING, con
la servilleta anudada al cuello.
La SEÑORA STOCKMANN, en pie junto
a la mesa, le ofrece una fuente con asado de buey.
Los cubiertos, en desorden sobre el mantel, muestran claramente que ya
han comido los demás.
SEÑORA STOCKMANN.
- Como ha llegado con una hora de retraso, señor Billing, tendrá que aceptar
la comida fría.
BILLING. (Comiendo.)
- ¡Mejor! Esto está exquisito.
SEÑORA STOCKMANN.
- Ya sabe usted lo puntual que es mi marido siempre, y...
BILLING.
- Si quiere que le diga la verdad, no me importa en manera alguna. Al contrario,
casi prefiero comer solo. Así estoy más tranquilo.
SEÑORA STOCKMANN.
- Bien, bien; si come usted más a gusto.... (Escucha.) Debe de ser
Hovstad que llega.
BILLING.
- Es probable.
(Entra el ALCALDE PEDRO STOCKMANN, con
abrigo, gorra de uniforme y bastón.)
EL ALCALDE.
- Se la saluda con todos los respetos, querida cuñada.
SEÑORA STOCKMANN. (Pasando al salón.)
- ¡Ah! ¿Es usted? Buenas noches. ¡Qué amable lo de venir a vernos!
EL ALCALDE.
- Pasaba por aquí... (Mira hacia el comedor.) ¡Ah! ¿Tiene usted invitados, según veo?
SEÑORA STOCKMANN. (Algo confusa.)
- No, no; es que ha dado la casualidad... (Con precipitación.) ¿No quiere usted tomar algo?
EL ALCALDE.
- ¿Yo? No, muchas gracias, ¡Dios me libre! ¡Comida seria por la noche!
¡Buena digestión iba a hacer!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Oh!, por una vez....
EL ALCALDE.
- No, no, muchísimas gracias. Yo me limito a mi té y mi pan con mantequilla.
A la larga es más sano... y más económico.
SEÑORA STOCKMANN. (Sonriente.)
- ¿No irá usted a decir que Tomás y yo somos unos derrochadores?
EL ALCALDE.
- ¡Por Dios, querida cuñada! Usted, no; lejos de mí esa idea. (Señala al
despacho del doctor.) ¿Está en casa?
SEÑORA STOCKMANN.
- No; ha salido a dar una vuelta con los chicos después de cenar.
EL ALCALDE.
- ¿Está usted segura de que eso es higiénico? (Escuchando.) Parece que
ahí viene.
SEÑORA STOCKMANN.
- No, no es él. (Llaman a la puerta.) ¡Adelante! (Entra el
periodista HOVSTAD.) ¡Ah! ¿Es usted, Hovstad? Pues...
HOVSTAD.
- Sí, tiene usted que perdonarme; pero me entretuvieron en la imprenta,
y... Buenas noches, señor alcalde.
EL ALCALDE. (Saluda y se muestra algo
inquieto.)
- Viene usted por algún asunto importante, ¿no?
HOVSTAD.
- Hasta cierto punto. Se trata de un artículo para el periódico.
EL ALCALDE.
- Me lo figuraba; he oído contar que mi hermano está dando buen resultado
como colaborador de la Voz del Pueblo.
HOVSTAD.
- En efecto, escribe cada vez que tiene que decir una verdad.
SEÑORA STOCKMANN. (A HOVSTAD, señalando el comedor.)
- ¿No quiere usted... ?
EL ALCALDE.
- Por supuesto, no seré yo quien se lo reproche. Escribe para el círculo de
lectores del cual puede esperar mejor acogida. Por lo demás, personalmente no
tengo ninguna animadversión contra su periódico; créame, señor Hovstad.
HOVSTAD.
- Le creo.
EL ALCALDE.
- Al fin y al cabo, en nuestra ciudad reina un loable espíritu de
tolerancia que es el auténtico espíritu de ciudadanía. Y eso gracias a que nos
une un interés común, un interés que comporta la esperanza de todo ciudadano
honrado...
HOVSTAD.
- ¿Alude usted al balneario?
EL ALCALDE.
- ¡Exacto! El establecimiento es algo magnífico. Estoy seguro de que estos
baños constituirán una riqueza vital para la ciudad; no lo dude.
SEÑORA STOCKMANN.
- Lo mismo afirma Tomás.
EL ALCALDE.
- Y es un hecho. Dígalo, si no, el gran desarrollo que ha experimentado la
ciudad en no más que los dos últimos años. Se nota que hay gente, vida, movimiento.
De día en día va subiendo el valor de los terrenos y de los inmuebles.
HOVSTAD.
- Y disminuye el paro.
EL ALCALDE.
- Ciertamente. Además, por fortuna para los burgueses, las contribuciones
han disminuido también, y disminuirán todavía sólo en cuanto este año tengamos
un buen verano, con forasteros y una crecida cantidad de enfermos que
consoliden la fama de los baños.
HOVSTAD.
- Por lo que he oído, existen bastantes probabilidades de que sea así.
EL ALCALDE.
- Las primeras impresiones son, por lo pronto, muy prometedoras. Todos los
días llegan peticiones de alojamiento.
HOVSTAD.
- El artículo del doctor viene muy a tiempo.
EL ALCALDE.
- ¡Ah! ¿sí? ¿Conque ha escrito algo más?
HOVSTAD.
- Sí; lo escribió este invierno. Es
un artículo en que recomienda el balneario, y hace un resumen de sus
excelentes condiciones sanitarias. Entonces no se lo publiqué, porque...
EL ALCALDE.
- ¡Ah! Diría algo inconveniente, y no me extraña.
HOVSTAD.
- No, nada de eso. Es que conceptué preferible aguardar hasta la primavera,
cuando empieza la gente a preparar el veraneo.
EL ALCALDE.
- Muy acertado, verdaderamente acertado, señor Hovstad.
SEÑORA STOCKMANN.
- Tomás es incansable si se trata del balneario.
EL ALCALDE.
- Para esa está a su servicio.
HOVSTAD.
- Y no olvidemos que, en realidad, fue él quien lo fundó.
EL ALCALDE.
- ¿Él? ¿Usted cree? No es la primera vez que oigo esa opinión. Pero entiendo,
en resumidas cuentas, que yo a mi vez tengo una pequeña parte en esa fundación.
SEÑORA STOCKMANN.
- Nunca ha dejado de reconocerlo Tomás.
HOVSTAD.
- ¿Quién lo niega, señor alcalde? Usted puso el asunto en marcha. Lo que
quise decir es que la primera idea fue del doctor.
EL ALCALDE.
- ¡Sí, sí! Jamás le han faltado ideas a mi hermano... Desgraciadamente.
Pero, si se trata de ponerlas en práctica, hay que buscar otros hombres, señor
Hovstad. Con franqueza, no pensaba que aquí, en esta misma casa...
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, querido cuñado...
HOVSTAD.
- Señor alcalde, ¿cómo puede... ?
SEÑORA STOCKMANN.
- Pase usted y tome algo mientras llega mi marido, señor Hovstad. Espero
que no tardará ya mucho.
HOVSTAD.
- Gracias. Tomaré un bocado únicamente. (Pasa al comedor.)
EL ALCALDE. (Aparte.)
- ¡Estos hijos de campesinos tienen siempre tan poco tacto!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Vamos, cuñado, déjese ya de pequeñeces! No vale la pena preocuparse por
semejante cosa. Usted y Tomás pueden compartir los honores de la fundación como
buenos hermanos.
EL ALCALDE.
- Así debiera ser, pero, por lo visto, el mundo no nos otorga un honor equivalente.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Qué más da! Usted y Tomás se hallan de completo acuerdo, y eso es lo
que importa. (Presta atención.) Creo que ya está aquí. (Se dirige a abrir la puerta del
vestíbulo.)
DOCTOR STOCKMANN. (Desde fuera.)
- Mira, Catalina; viene conmigo otro convidado: nada menos que el capitán
Horster. ¿Qué te parece? Tenga la bondad, señor Horster, cuelgue el abrigo ahí
en la percha. ¡Oh! ¿no lleva abrigo? Figúrate, Catalina: le encontré en la
calle, y casi no quería subir. (Entra HORSTER y saluda a la SEÑORA
STOCKMANN, en tanto que el doctor dice desde la puerta:) ¡Andad, niños,
adentro! ¡Fíjate, ya se les abre otra vez el apetito! Venga, señor Horster; va
a probar un rosbif que... (Empuja a HORSTER hacia el comedor. EJLIF y MORTEN los
siguen.)
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás, ¿no ves que...?
DOCTOR STOCKMANN. (Volviéndose en el umbral.)
- ¡Ah! ¿Tú aquí, Pedro? (Va hacia él y le tiende, la mano.) ¡Cuánto me alegro de verte !
EL ALCALDE.
- Sí. Lo peor es que tengo que irme en seguida a comer.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero, hombre, ¿qué estás diciendo? Oye, quédate un momento, ahora mismo
nos traen el ponche. Supongo que no te habrás olvidado del ponche, Catalina.
SEÑORA STOCKMANN.
- No, no, descuida; ya está hirviendo el agua. (Va al comedor.)
EL ALCALDE.
- ¿Ponche? ¡No faltaba más que eso!
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, sí. Ya verás qué buen rato pasamos.
EL ALCALDE.
- Gracias. No me gustan estos festines de ponche y...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Pero si no es ningún festín!
EL ALCALDE.
Pues yo diría... (Mira hacia el comedor.) ¡Y que comen lo suyo esos
tragones!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Verdad que resulta una bendición ver comer a la gente joven? Sirve de
aperitivo, ¿sabes? ¡Eso es vida! Deben comer, Pedro. Necesitan fuerzas. El día
de mañana habrán de enfrentarse con la materia para arrancarle nuevos
secretos, y...
EL ALCALDE.
- ¿Podrías decirme qué secretos puede tener aquí la materia?
DOCTOR STOCKMANN.
- Pregúntaselo a la juventud. Y ella te responderá cuando llegue el
momento. Aunque entonces, probablemente, ya no existiremos ni tú ni yo. Dos
viejos esperpentos como nosotros...
EL ALCALDE.
- ¡Hum! No empleas una expresión muy delicada, que digamos.
DOCTOR STOCKMANN.
- En puridad, no conviene tomar al pie de la letra mis palabras. Como estoy
tan alegre... Entre tanta animación me siento de veras feliz. Vivimos tiempos
prodigiosos. Diríase, ni más ni menos, que de un momento a otro va a surgir un
nuevo mundo...
EL ALCALDE.
- ¿Esas tenemos?
DOCTOR STOCKMANN.
- Claro, tú no puedes comprenderlo como yo. Te has pasado aquí toda tu
vida, y es natural que el medio te haya adormecido la sensibilidad. Pero yo,
que he debido permanecer todos estos años en el Norte, casi en el Polo, sin ver
a nadie, sin nadie que me dijera una palabra para hacerme reflexionar, tengo
la percepción palpable de que ahora vivo en medio de la actividad y el
movimiento de una de las ciudades más grandes del mundo.
EL ALCALDE.
- ¿Una gran ciudad? ¿La juzgas así?
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya sé que las condiciones de existencia son deficientes, máxime en comparación
con otras lugares. Pero aquí hay vida, y el futuro se acusa positivamente
prometedor. Lo principal es un futuro por el cual luchar y trabajar... (A su mujer.) Catalina, ¿ha venido el
cartero?
SEÑORA STOCKMANN. (Desde el comedor.)
- No, no ha venido.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Y para colmo, tener asegurado el pan de cada día! Pedro: eso es algo que
sólo se sabe apreciar cuando, como nosotros, se ha vivido precariamente.
EL ALCALDE.
- El caso es que...
DOCTOR STOCKMANN.
- Según puedes imaginarte, la vida allá en el Norte no se nos hizo muy
fácil siempre. ¡Y ahora nos vemos convertidos en magnates o cosa así! Hoy
mismo, sin ir más lejos, hemos comido rosbif. ¿No quieres probar un bocado?
Anda, ven aunque no sea sino para verlo...
EL ALCALDE.
- No, hombre, no.
DOCTOR STOCKMANN.
- Bueno; acércate, por lo menos... ¿Ves?... Tenemos un tapete flamante.
EL ALCALDE.
- Sí, ya me he fijado.
DOCTOR STOCKMANN.
- Y una estupenda pantalla para la lámpara. ¿Qué tal? Pues te diré que todo
esto se debe a la economía de Catalina. ¿A que así resulta la habitación doble
de simpática? Mira desde aquí... No, hombre, ahí no. Aquí, ¡ajajá! ¿Lo ves?
Con la luz como está, medio velada... resulta, a mi entender, hasta más
elegante, ¿no crees?
EL ALCALDE.
- En fin, cuando uno se permite esos lujos...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡No faltaba más! Puesto que puedo... Catalina dice que gano casi tanto
como gastamos.
EL ALCALDE.
- ¡Casi!
DOCTOR STOCKMANN.
- Un hombre de ciencia ha de vivir con cierto decoro. No me cabe duda de
que cualquier ue cualquier alcalde gasta al año mucho más que nosotros.
EL ALCALDE.
- ¡Y tanto! Pero es que un alcalde, un alto magistrado...
DOCTOR STOCKMANN.
- No ya un alcalde: un simple negociante, si quieres. Puedes estar seguro
de que un negociante gasta muchísimo más.
EL ALCALDE.
- Evidentemente dada la situación...
DOCTOR STOCKMANN.
- Por otra parte, no se puede decir que seamos unos dispendiosos, Pedro. Me
gusta tener en mi casa gente que me anime, y nada más. ¿Comprendes? Lo
necesito. ¡He estado mucho tiempo solo! Créeme: Para mí es una verdadera
necesidad hablar con gente joven, con gente activa... Los que están ahí lo
son. Me gustaría que conocieras un poco mejor a Hovstad...
EL ALCALDE.
- Le conozco. Por cierto que me ha dicho que va a publicar otro artículo
tuyo.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Un artículo mío?
EL ALCALDE.
- Si, acerca del balneario. Un artículo que habías escrito este invierno.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah! Sí. Pero no quiero que lo publiquen por ahora...
EL ALCALDE.
- ¡Cómo! Ahora es la ocasión mejor.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, puede que tengas razón; en circunstancias normales... (Se pasea.)
EL ALCALDE. (Siguiéndole con la mirada.)
- ¿Y qué anormalidad hay aquí?
DOCTOR STOCKMANN. (Se detiene.)
- Pedro, francamente, aún no puedo decirte algo concreto; al menos, esta
noche no. Quizá se trate de grandes cosas; quizá no tenga nada de particular.
¡Quién sabe si no es más que una alucinación mía!
EL ALCALDE.
- Bien mirado, se me antoja un misterio excesivo esto. Di, ¿qué pasa? ¿Algo
que no deba yo saber? Estimo que, como presidente de la Sociedad, tengo derecho
a...
DOCTOR STOCKMANN.
- Y yo estimo que... ¡Vaya! no hay motivo para que nos
pongamos a discutir, Pedro.
EL ALCALDE.
- Harto sabes que no es esa mi intención. Pero, por
de contado… exijo que todo se resuelva según los reglamentos y a través de las autoridades instituidas
para ello. Nada de pasos clandestinos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Es que he dado alguna vez un paso a espaldas de...
?
EL ALCALDE.
- No digo que lo hayas hecho; pero tienes una
tendencia inveterada a tomar las cosas por tu propia cuenta,
y eso, en una Sociedad correctamente estatuida, no se
puede tolerar bajo ningún concepto. Las iniciativas particulares deben supeditarse al interés
general, o mejor dicho, a las autoridades, pues para tal fin han sido
designadas.
DOCTOR STOCKMANN.
- No lo niego. Aun así, ¿puedes decir me qué demonios
me importa todo eso?
EL ALCALDE.
- Te importa mucho, querido Tomás, porque parece que
no quieres comprenderlo. Más tarde o más temprano has de arrepentirte, ya lo
verás. Por mi parte, ya te he prevenido. Adiós.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero, hombre, ¿te has vuelto loco? Te aseguro que
estás de todo punto equivocado...
EL ALCALDE.
- No acostumbro estarlo. Además, no quiero discutir...
(Saluda hacia el comedor.) Adiós,
cuñada. Adiós, señores. (Vase.)
SEÑORA STOCKMANN. (Entrando en el salón. ..)
- ¿Se ha marchado?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, y muy furioso, por añadidura.
SEÑORA STOCKMANN.
- Vamos Tomás: ¿qué le has dicho?
DOCTOR STOCKMANN.
- Nada. No puede exigir que le rinda cuentas antes de
tiempo.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Rendirle cuentas? ¿De qué?
DOCTOR STOCKMANN:
- Eso es asunto mío, Catalina. ¡Qué raro que no haya
venido el cartero!
(HOVSTAD,
BILLING y HORSTER se han levantado de la mesa
y entran en el salón. Los siguen EJLIF y MORTEN.)
BILLING. (Desperezándose y estirando los brazos.)
- ¡Ah, vive Dios! ¡Después de una comida así, se queda
uno como un reloj!
HOVSTAD.
- Por las trazas, el alcalde no estaba hoy de muy buen
talante, ¿eh?
DOCTOR STOCKMANN.
- El pobre suele tener malas digestiones.
HOVSTAD.
- Me temo que sea a nosotros, los de La Voz del Pueblo, a quienes
no puede digerir.
SEÑORA STOCKMANN.
- Sin embargo, usted, al parecer, se llevaba muy bien
con él esta noche.
HOVSTAD.
- ¡Quia, no lo crea! No es más que una especie de
armisticio.
BILLING.
- Esa es la palabra. ¡Un armisticio!
DOCTOR STOCKMANN.
- Se ha de tomar en consideración que Pedro es un
hombre solitario; el pobre no posee un hogar confortable ni por asomo. Siempre enfrascado en asuntos y
más asuntos... Para concluir, ¿qué
se va a esperar de un hombre que no bebe
más que té? ¡Agua sucia, como si dijéramos! ¡Ea, muchachos!, vamos a poner
las sillas alrededor de la mesa. Y tú, Catalina, nos traerás el ponche,
¿verdad?
SEÑORA STOCKMANN. (Que se encamina hacia el comedor.)
- Al instante.
DOCTOR STOCKMANN.
- Venga al sofá, capitán.¡Eso es! A mi lado. No se
tiene todos los días un huésped como usted... Siéntense donde les acomode.
(Todos se sientan en torno a la mesa. La SEÑORA STOCKMANN aparece con el servicio en una bandeja)
SEÑORA STOCKMANN.
- Aquí traigo todo. Arréglese cada uno como pueda.
DOCTOR STOCKMANN. (Tomando un vaso.)
- No pases cuidado, que nos arreglaremos. (Mezcla los ingredientes del ponche.) ¡Ya está! Y ahora, puros. Ejlif, tú sabes
dónde guardo la caja, eh? Y tú,
Morten, tráeme la pipa, ¿estamos? (Los dos niños salen por la puerta
de la derecha.) ¿Atinarán? Tengo
la leve sospecha de que Ejlif me birla de cuando en cuando un puro... (Levantando la voz.) ¡Y mi gorro,
Morten! Catalina, ¿quieres decirle dónde lo he puesto? ¡Nada, nada! ¡Déjalo! ¡Ya lo trae! (Aparecen los niños con las cosas
pedidas.) Bueno, señores;
sírvanse. (Ofrece los puros.) Yo, como
siempre, fiel a mi pipa. Con ella he sorteado no pocas tempestades, allá en el
Norte... (Alzando el vaso.) ¡Salud!¡Cuánto
mejor es estar aquí, tranquilo y sin molestias!
SEÑORA STOCKMANN. (Sentada, mientras hace punto.)
- ¿Se marcha usted pronto, capitán?
HORSTER.
- Supongo que la semana próxima estaré dispuesto para
salir.
SEÑORA STOCKMANN.
- Va usted a América, ¿no?
HORSTER.
- Sí, ése es mi propósito...
BILLING.
- Entonces no estará usted aquí para las elecciones
municipales.
HORSTER. .
- ¡Ah! ¿Es que va a haber otra elección?
BILLING.
- ¿No lo sabía usted?
HORSTER.
- No; yo no me mezclo en esas cosas.
BILLING.
- ¿No se interesa por los asuntos públicos?
HORSTER.
- No. Confieso que de esos asuntos no entiendo nada.
BILLING.
- En todo caso, hay que votar.
HORSTER.
- ¿Aunque no se entienda nada?
BILLING.
- ¡Hombre! Entender, entender... ¿A qué llama usted entender?
Oiga: la sociedad es como un navío, y cada cual
tiene que participar en la dirección del timón, según sus fuerzas.
HORSTER.
Puede que eso esté bien aquí en tierra; pero a bordo,
realmente no daría muy buen resultado.
HOVSTAD.
- Es curioso. La mayoría de los marinos no se desvelan nada
por los asuntos del país.
BILLING.
- ¡Muy curioso! Está comprobado.
DOCTOR STOCKMANN.
- Los marinos son aves de paso. Se sienten como en casa igual
en el Sur que en el Norte. Razón de más para que nosotros trabajemos con mayor
empeño, ¿no le parece, señor Hovstad? (Pausa.)
¿Publica La Voz del Pueblo de mañana
algo interesante?
HOVSTAD.
- Cuestiones municipales; nada. Pero pasado mañana pienso
publicar el artículo de usted.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Dichoso artículo! Escuche: más vale que espere un poco.
Todavía no debe publicarse.
HOVSTAD.
- ¡Cómo! Pero si justamente es el momento oportuno.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí sí; no digo que no. Pero, de todos modos espere; ya le
explicaré más tarde...
(PETRA,
con abrigo y sombrero y unos cuantos
cuadernas bajo el brazo, entra por la puerta del vestíbulo.)
PETRA.
- Buenas noches.
DOCTOR STOCKMANN.
- Buenas noches, Petra. ¿Ya estás aquí?
(Saludos
recíprocos. PETRA se pone a cuerpo Y deja los cuadernos sobre una silla al
lado de la puerta.)
PETRA.
- ¿Conque dándoos aquí buena vida, mientras yo trabajo como
una negra?
DOCTOR STOCKMANN.
- Pues date buena vida también.
BILLING. (A PETRA.)
- ¿Quiere usted que le prepare un ponche?
PETRA. (Se acerca a la
mesa.)
- Gracias; prefiero prepararlo yo misma: usted los hace
demasiado fuertes. ¡Ah! Se me olvidaba, papá: traigo una carta para ti. (Se dirige a la silla donde ha dejado sus efectos.)
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Una carta! ¿De quién?
PETRA. (Buscando en el
bolsillo de su abrigo.)
- Me la dió el cartero cuando salía yo.
DOCTOR STOCKMANN. (Se
levanta y se encara con ella.)
- ¿Y me la traes a esta hora.?
PETRA.
- No podía subir de nuevo; iba con prisa. Ten; aquí está.
DOCTOR STOCKMANN. (Coge
la carta ansiosamente.)
- Vamos a ver, vamos a ver… (Mirando el sobre.) ¡Sí!, ésta es.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿La que estabas esperando?
DOCTOR STOCKMANN.
- La misma. Perdón; no tardaré en venir... ¿Dónde hay una
vela, Catalina? Han vuelto a quitar la lámpara del despacho, y...
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero si está encendida sobre el escritorio.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah!, bien. Con permiso de ustedes; es sólo un momento... (Sale por la puerta de la derecha.)
PETRA.
- ¿Qué podrá ser esa carta?
SEÑORA STOCKMANN.
- No sé; estos últimos días no ha hecho más que preguntar
por el cartero.
BILLING.
- Será de algún cliente de fuera.
PETRA.
- ¡Pobre papá! ¡Cada vez tiene más trabajo! (Preparándose un ponche.) ¡Se me hace la
boca agua!
HOVSTAD.
- ¿Ha estado usted hoy dando clase en la escuela nocturna?
PETRA. (Mientras bebe a
sorbitos.)
- Durante dos horas.
BILLING.
- Y esta mañana cuatro horas en el Instituto.
PETRA. (Sentándose
junto a la mesa.)
- No; cinco...
SEÑORA STOCKMANN.
- Y por lo que veo, has traído ejercicios para corregir esta
noche.
PETRA.
- Sí, un montón.
HORSTER.
- Por las trazas, trabaja usted asimismo demasiado.
PETRA.
- Es saludable. Después se queda una perfectamente cansada.
BILLING.
- ¿Y le gusta a usted eso?
PETRA.
- Sí; ¡se duerme
tan bien…!
MORTEN.
- Tú cometes muchos pecados, ¿verdad, Petra?
PETRA.
- ¿Yo?
MORTEN.
- Sí; como trabajas tanto... El señor Korlund dice que el
trabajo es un castigo, de nuestros pecados.
EJLIF. (Resoplando.)
- ¡Huy qué tonto! Te lo has creído.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Ejlif !
BILLING. (Riendo.)
- ¡Vaya una ocurrencia!
HOVSTAD.
- A ti no te gustaría trabajar tanto, ¿eh, Morten?
MORTEN.
- No. ¡Qué idea!
HOVSTAD.
- Entonces ¿qué piensas ser cuando te hagas mayor?
MORTEN.
¿Qué? Yo quiero ser vikingo
EJLIF.
- Tendrás que ser pagano.
MORTEN.
- Bueno; no importa.
BILLING.
- De acuerdo Morten. Lo mismo digo yo.
SEÑORA STOCKMANN. (Haciéndoles
señas.)
- No, estoy segura de que no, señor Billing.
BILLING.
- ¡Lléveme el diablo si no! Soy pagano, y a mucha honra. Y
cuidado, porque le advierto que dentro de poco será pagano todo el mundo.
MORTEN.
- ¿Y haremos todo lo que nos dé la gana?
BILLING.
- Comprenderás, Morten, que lo que se dice todo...
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Basta, hijos! Sin duda tendréis algo que estudiar para
mañana.
EJLIF.
- Escucha mamá: yo podría quedarme un poquito más...
SEÑORA STOCKMANN.
- Nada, nada; tú tampoco. Andad, marchaos los dos.
(Ambos
dan las buenas noches y vanse, por la puerta de la izquierda.)
HOVSTAD.
- Sinceramente, ¿piensa usted que puede perjudicar a los
chicos oír esas cosas?
SEÑORA STOCKMANN.
- Lo ignoro; pero, en fin, no me hace buena impresión.
PETRA.
- Creo que exageras, mamá.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Quién sabe! Si he
de ser franca, no me gunta oír
hablar así en casa.
PETRA.
- Se miente tanto en casa como en el colegio. En casa hay que
callarse, y en el colegio hay que mentir a los niños.
HORSTER.
- ¿Está usted forzada a mentir?
PETRA.
- ¿Supone que no les enseñamos muchas cosas en que no
creemos nosotros mismos?
BILLING.
- Es incontestable.
PETRA.
- Si tuviera medios, fundaría por mi cuenta una escuela
organizada de otro modo.
BILLING.
- Pero ¿y esos medios?...
HORSTER.
- Pues bien, señorita Stockmann: piénselo despacio, y si en
serio se decide, me comprometo a proporcionarle local: la casona de mi difunto padre. Esta casi
vacía, y en el piso bajo hay un comedor muy grande.
PETRA. (Riendo.)
- Muchas gracias. Aunque, si he de ser sincera, nunca se
realizará mi proyecto.
HOVSTAD.
- Se explica; la señorita Stockmann prefiere cultivar el
periodismo, ¿no es así? A propósito, ¿ha leído usted ya aquella novelita
inglesa que nos prometió traducir?
PETRA.
- No, todavía no; pero descuide, que la tendrá a tiempo.
(El
DOCTOR STOCKMANN vuelve de su despacho con una carta abierta en la mano.)
DOCTOR STOCKMANN. (Agitando
la carta.)
- Va a haber noticias sensacionales en la ciudad.
BILLING.
- ¿Noticias sensacionales?
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Qué noticias?
DOCTOR STOCKMAN
- ¡Un gran descubrimiento, Catalina!
HOVSTAD.
- ¿Sí?
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Un descubrimiento tuyo?
DOCTOR STOCKMANN
- Sí, mío efectivamente. (Paseándose.)
¡Que vengan hoy a decirme como siempre, que son fantasías de loco!
Esta vez no se atreverán. ¡Qué han de
atreverse !
PETRA.
- Papá, ¿qué es lo que pasa?
DOCTOR STOCKMANN.
- Vais a saberlo todo al punto. ¡Si estuviera aquí Pedro!
Esto demuestra a las claras cuán torpes y ciegos somos. Peor que topos!
HOVSTAD.
- ¿Qué está usted diciendo?
DOCTOR STOCKMANN. (Se
detiene al lado de la mesa.)
- ¿No opina todo el mundo que nuestra ciudad es muy sana?
HOVSTAD.
- A la vista está.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Que su clima es inmejorable, y que debe recomendarse tanto
para enfermos como para gente con salud?
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás...
DOCTOR STOCKMANN.
- Todos hemos elogiado la localidad sin reservas. Yo mismo he
escrito en La Voz del Pueblo y en
otros sitios…
HOVSTAD.
- Sí, ¿y qué?
DOCTOR STOCKMANN.
- Al balneario se le ha llamado la arteria de la ciudad, el
nervio vital de la ciudad, y sepa el diablo cuántas cosas más...
BILLING.
- Cierta vez, en ocasión solemne, me permití llamarle el
corazón palpitante de la ciudad.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah! ¿sí? El corazón, ¿eh? Bien; ¿sabe usted lo que es, en
realidad, este... magnífico balneario tan cacareado y donde se ha invertido
tanto dinero? ¿Lo sabe?
HOVSTAD.
- ¿Qué es?
SEÑORA STOCKMANN.
- Acaba ya. ¿Qué es?
DOCTOR STOCKMANN.
- Un foco de infección.
PETRA.
- ¡Papá! ¿Que el
balneario... ?
SEÑORA STOCKMANN. (Al
mismo tiempo.)
- ¡Nuestro balneario!
HOVSTAD. (Igualmente.)
- Pero, señor doctor...
BILLING:
- ¡Increíble!
DOCTOR STOCKMANN.
- Pues he aquí la verdad. El balneario es un sepulcro
blanqueado, así como suena. Créanme. Las aguas son peligrosísimas para la
salud. Todas las inmundicias del valle y de los molinos van a parar a las
cañerías, envenenan el líquido, y tanta
porquería desemboca en el mar, en la playa...
HORSTER.
- ¡Precisamente donde se bañan!
DOCTOR STOCKMANN.
- Precisamente.
HOVSTAD.
- ¿Cómo está usted tan persuadido de cuanto dice?
DOCTOR STOCKMANN.
- He examinado todo a conciencia. Hace ya bastante tiempo
que empecé a desconfiar. El año pasado hubo varios casos alarmantes de tifus y de fiebres
gástricas entre los bañistas.
SEÑORA STOCKMANN.
- Es cierto.
DOCTOR STOCKMANN.
- Al principio creí que los bañistas habían traído las
enfermedades; pero más tarde, este invierno, me entraron nuevos recelos, y decidí analizar el agua.
Deduje que era lo mejor que podía hacer.
SEÑORA STOCKMANN.
- Por eso estabas tan preocupado últimamente.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí; bien puedes decir que me preocupé. ¡Y mucho Catalina!
Pero faltaban aparatos modernos para analizarla, y por ende, hube de enviar muestras de agua
potable y de agua de mar a la Universidad con el fin de tener un análisis
terminante de un técnico.
HOVSTAD.
- ¿Y tiene usted ese análisis?
DOCTOR STOCKMANN. (Enseñando
la carta.)
- Aquí está. El análisis señala, sin el menor género de dudas
la existencia de sustancias en descomposición y de grandes cantidades de infusorios en el agua.
Por consiguiente, su uso, tanto interno como externo, resulta a todas luces peligroso.
PETRA.
- Pues ha sido una verdadera bendición del cielo que lo
supieras a tiempo.
DOCTOR STOCKMANN.
- No cabe negarlo.
HOVSTAD.
- ¿Y qué va a hacer usted ahora, señor doctor?
DOCTOR STOCKMANN.
- Intentaré reparar el daño, como es lógico.
HOVSTAD,
- ¿Lo considera hacedero?
DOCTOR STOCKMANN.
- Ha de ser hacedero. Si no, será la ruina del balneario.
Pero no hay que apurarse. Estoy resuelto por completo.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Cómo has tenido todo esto tan callado, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN .
- Mujer, no soy tan loco que haga público un caso así sin
haber adquirido antes la certeza absoluta.
PETRA.
- Pero a nosotros...
DOCTOR STOCKMANN.
- A nadie en el mundo. Al presente, sí. Mañana mismo puedes
ir a visitar al Hurón...
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás...
DOCTOR STOCKMANN.
- ... al abuelo, si te parece mejor. ¡Ya verás qué sorpresa
va a llevarse! Dirá que estoy loco... Y no será el único que lo diga... ¡Va a ver esta buena gente! (Se pasea, frotándose las manos.)
¡Menudo alboroto se va a armar en la ciudad,
Catalina! Pero, por lo pronto, hay que levantar toda la cañería.
HOVSTAD. (Poniéndose de
pie.)
- ¿Toda la cañería?
DOCTOR STOCKMANN.
Sí; el manantial está demasiado bajo; hay que trasladarlo a
un sitio más alto.
PETRA.
- ¡Ah! De manera que
tenías razón en aquello que dijiste hace tiempo.
DOCTOR STOCKMANN
- Sí; ¿te acuerdas, Petra? Escribí oponiéndome a su plan de
construcción. Pero nadie me hizo caso. Naturalmente, hoy tendrán que oírme, quieran o no. He
escrito una memoria sobre la administración del balneario; hace más de
una semana que la acabé. Sólo esperaba
que llegara el análisis. (Mostrando la
carta.) Desde luego voy a enviarla. (Pasa a su despacho, y vuelve con un rollo de
papeles.) Miren: cuatro hojas de letra menuda. Incluiré, además, la carta.
Un periódico, Catalina, para envolverlo
todo. ¡Ea, ya está! Toma, dáselo a... (Patea
el suelo.) ¿cómo demonios se llama?... Bueno, dáselo a la muchacha y dile
que lo lleve ahora mismo al alcalde.
(La
SEÑORA STOCKMANN sale con el paquete por la puerta del comedor.)
PETRA.
- ¿Qué crees que dirá tío Pedro, papá?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué va a decir? De cualquier modo, deberá alegrarse de
que tamaña verdad salga a la luz del día.
HOVSTAD.
- ¿Me permite publicar en La
Voz del Pueblo un suelto acerca de su descubrimiento?
DOCTOR STOCKMANN
- Sí; le agradeceré que lo haga.
HOVSTAD.
- Cuanto antes lo sepa el público, mejor.
DOCTOR STOCKMANN.
- Claro que sí.
SEÑORA STOCKMANN. (Volviendo.)
- Ya ha ido con el encargo.
BILLING.
- ¡Lléveme el diablo si no se trueca usted en primer
personaje de la ciudad!
DOCTOR STOCKMANN. (Paseándose
alegremente.)
- ¡Bah! A la postre, no he hecho más que cumplir con mi
deber. He tenido suerte; pero…
BILLING.
- Hovstad, ¿no opina usted que la ciudad debería organizar
una manifestación, con los estandantes de todas las entidades al frente en honor del doctor?
HOVSTAD.
- Yo, por mi parte, pienso proponerlo.
BILLING.
- Se lo diré a Aslaksen.
DOCTOR STOCKMANN.
- No, queridos amigos; déjense de mascaradas. No quiero
saber nada de esa manifestación. Es más, desde ahora les prevengo que, si a la administración del
balneario se le ocurriese ofrecerme un aumento de sueldo… no lo aceptaría. ¿Oyes lo que digo Catalina? No lo aceptaré.
SEÑORA STOCKMANN.
Harías muy bien, Tomás.
PETRA. (Alzando su
vaso.)
- ¡Salud, papá!
HOVSTAD y BILLING.
- ¡Salud, señor doctor!
HORSTER. (Brindando por
el doctor.)
- ¡Dios le dé toda la felicidad posible!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Gracias, gracias, amigos míos! Estoy plenamente
satisfecho. Mi conciencia me dice con claridad que he hecho algo útil por mi pueblo natal y por mis
conciudadanos. ¡Catalina!
(Echa
los brazos al cuello de CATALINA, haciéndole dar vueltas. La SEÑORA STOCKMANN
grita y se resiste. Risas, aplausos y vivas al doctor. Los niños asoman sus caras
de asombro por la puerta de la derecha.)
FIN
DEL ACTO PRIMERO
ACTO
SEGUNDO
La
misma decoración que en el acto anterior. La puerta del comedor está cerrada.
Es por la mañana.
SEÑORA STOCKMANN. (Con
una carta cerrada en la mano sale del comedor, se dirige a la primera puerta
de la derecha y la entreabre.)
- ¿Estás ahí, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN. (Desde
dentro.)
- Sí; acabo de llegar. (Saliendo.)
¿Qué pasa?
SEÑORA STOCKMANN.
- Carta de tu hermano. (Se
la da.)
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah, vamos! A ver... (Abre
el sobre y lee.) "Adjunto la memoria..." (Sigue leyendo a media voz.) ¡Hum!...
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Qué dice?
DOCTOR STOCKMANN. (Guardándose
la carta en el bolsillo.)
- Nada; que vendrá a verme a mediodía.
SEÑORA STOCKMANN.
- No te olvides de estar en casa para cuando llegue.
DOCTOR STOCKMANN.
- Me es muy fácil; ya he acabado todas las visitas de la
mañana.
SEÑORA STOCKMANN.
- Tengo verdadera curiosidad por saber qué impresión le ha
producido.
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya verás cómo le molesta que haya sido yo y no él quien ha
hecho el descubrimiento.
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí, de fijo; y eso te preocupa, ¿no?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Pchs!... En el fondo le alegrará, como es de suponer.
Aunque, de todos modos, te consta la poca gracia que hace a Pedro que no se cuente con él cuando se trata
de prestar un servicio a la ciudad.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Sabes una cosa, Tomás? Quizá sea preferible que tengas la
delicadeza de compartir con él los honores. Di, por ejemplo, que ha sido él quien te ha puesto
sobre la pista, o algo así.
DOCTOR STOCKMANN.
- Por mí, no hay ningún inconveniente. Con tal de conseguir
que se hagan todas las reformas necesarias...
MORTEN KUL. (Asomando
la cabeza por la puerta del vestíbulo, con malicia mal disimulada.)
- ¿Es verdad lo que me han dicho?
SEÑORA STOCKMANN. (Yendo
hacia él.)
- ¡Padre! ¿Tú aquí?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Caramba! Mira por dónde aparece mi señor suegro. Buenos
días.
SEÑORA STOCKMANN.
- Pasa, padre, pasa.
MORTEN KUL.
- Si es verdad, paso; si no, me marcho.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué quiere usted saber si es verdad?
MORTEN KUL.
- La historia esa de las cañerías. ¿Lo es?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí que es verdad. Oiga: ¿cómo se ha enterado usted?
MORTEN KUL. (Decidido a
pasar.)
- Ha entrado a contármelo Petra, al ir al colegio...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah!
MORTEN KUL.
- Sí, me ha explicado que... El caso es que al principio yo
me dije para mi capote: "Ésta está tomándome el pelo." Aun cuando,
ciertamente, no creo que Petra sea capaz...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Qué idea! ¿Cómo se imagina...?
MORTEN KUL.
- Más vale no fiarse nunca de nadie. Después le engañan a
uno, y hace el ridículo. Pero ¿en serio...?
DOCTOR STOCKMANN.
- Completamente en serio... ¡Ea! siéntese. (Le obliga a sentarse en el sofá.) ¿No ha sido una suerte para la ciudad?
MORTEN KUL. (Que
contiene la risa.)
- ¿Una suerte?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, señor, por haberlo descubierto a tiempo.
MORTEN KUL. (Reportándose
a duras penas.)
- ¡Claro, claro! ¡Qué duda cabe! Jamás habría creído que
fuese usted capaz de darle ese chasco, a su hermano.
DOCTOR STOCKKMANN.
- ¿Chasco?
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, padre, si...
MORTEN KUL. (Mientras
apoya las manos y el mentón sobre el puño de su bastón y guiña un ojo al
doctor, con picardía.)
- Ande; cuente, cuente. ¿De manera que se han colado unos
bichitos en las cañerías?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, unos infusorios.
MORTEN KUL.
- Eso me ha dicho Petra; que se habían colado no sé qué
animalitos. Un montón, ¿no?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Millares y millares!
MORTEN KUL.
- Y no se puede verlos, ¿eh?
DOCTOR STOCKMANN.
- En efecto, no se puede.
MORTEN KUL. (Con una
risita zumbona.)
- ¡Diablo! ¡Esta sí que es buena!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo ! ¿Qué dice usted?
MORTEN KUL.
- Nada: que eso, no se lo traga ni el alcalde.
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya lo veremos.
MORTEN KUL.
- ¡Ni que se hubiera vuelto loco!
DOCTOR STOCKMANN.
- Si eso es volverse loco, tendrá que volverse loca toda la
ciudad.
MORTEN KUL.
- ¿Toda la ciudad? ¡Diantre! ¡Quién sabe! Son capaces. Por
cierto que no les vendría nada mal. ¿No se creen más sabios que nosotros los viejos? Me echaron
del Consejo Municipal como a un perro; sí, señor, como a un perro. Pero ahora van a pagármelas todas juntas. Sí, sí;
ande, hágales esa jugada.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero, suegro de mi alma...
MORTEN KUL.
- Nada, nada; hágasela. ¡Pues, no faltaba más! (Se levanta.) Si consigue poner al
alcalde y a toda su pandilla en un buen
aprieto, aunque no tengo mucho dinero, le juro a usted que doy cien coronas
para los pobres.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Hombre, qué generoso!
MORTEN KUL.
- En fin, realmente, no estoy ahora para derrochar. Pero,
sea como sea, ya lo sabe usted: si lo hace, estoy dispuesto a regalar a los pobres cincuenta coronas como
aguinaldo de Nochebuena.
(Aparece
HOVSTAD por la puerta del vestíbulo.)
HOVSTAD.
- Buenos días. (Se
detiene.) ¡Oh, perdón! ...
DOCTOR STOCKMANN.
- Pase usted, amigo. Sin cumplidos.
MORTEN KUL. (Con
sorna.)
- ¡Vaya! ¿También éste anda metido en el ajo?
HOVSTAD.
- ¡Cómo! ¿Qué está usted diciendo?
DOCTOR STOCKMANN.
- Por supuesto. Éste también es de los nuestros.
MORTEN KUL.
- ¡Ya decía yo! De modo que saldrá en el periódico y todo,
¿eh? ¡Qué listo es usted, señor Stockmann! Bueno, los dejo: para que puedan conspirar a su antojo.
Me voy.
DOCTOR STOCKMANN.
- No, hombre, no se vaya. Aguarde un momento.
MORTEN KUL.
- Nada, nada; me, voy. ¡Qué diablo! a ver si se les ocurre
una buena trastada. (Vase, acompañado,
de la SEÑORA STOCKMANN.)
DOCTOR STOCKMANN. (Risueño.)
- El viejo no quiere creer ni una palabra del asunto de las
aguas.
HOVSTAD.
- ¡Ah! ¿Era de eso de lo que estaban hablando?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, de eso era. Y quizá venga usted a hablar de lo mismo.
HOVSTAD.
- Efectivamente. ¿Puede usted concederme unos segundos?
DOCTOR STOCKMANN.
- Estoy a su entera disposición. Cuando usted guste.
HOVSTAD.
- ¿Ha tenido noticias del alcalde?
DOCTOR STOCKMANN.
- Aún no. Pero me prometió venir a mediodía.
HOVSTAD.
- He estado pensando más despacio respecto a lo de ayer, y...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y qué?
HOVSTAD.
- En resumidas cuentas, para usted, como médico, como hombre
de ciencia, este asunto de las aguas no es más que una cuestión de estudio. Pero, ¿acaso no ve
las gravísimas consecuencias que puede acarrear?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo! Venga aquí, al sofá, y siéntese. ¿Qué decía? (HOVSTAD se sienta en el sofá, el doctor, en
un sillón, al otro lado de la mesa.) ¿De suerte que usted cree...?
HOVSTAD.
- Dijo usted ayer que la descomposición del agua se debía a
las inmundicias del suelo, ¿no?
DOCTOR STOCKMANN.
- Así es. Esas inmundicias provienen, sin duda del pantano
del Valle de los Molinos.
HOVSTAD.
- Pues yo presumo que provienen de otro pantano muy distinto.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿De cuál?
HOVSTAD.
- Del Pantano donde está pudriéndose toda nuestra sociedad.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero, hombre de Dios, ¿qué dice usted?
HOVSTAD.
- Poco a poco todos los asuntos de la ciudad han ido a parar
a manos de un cotarro de funcionarios...
DOCTOR STOCKMANN.
- No; no son funcionarios todos.
HOVSTAD.
- Da lo mismo: los que no son funcionarios, son amigos y
partidarios suyos. Todos son ricos o personas destacadas del país, y nos gobiernan y dirigen a su
albedrío.
DOCTOR STOCKMANN.
- Los hay positivamente capaces, personas expertas...
HOVSTAD.
- ¿Capaces?... ¿Expertos? ¿Lo han demostrado al establecer
la conducción de agua?
DOCTOR STOCKMANN.
- Por descontado, eso fue una equivocación. Pero ahora vamos
a repararla.
HOVSTAD,
- ¿Supone usted que será tan fácil?
DOCTOR STOCKMANN,
- Fácil o no, se ha de reparar.
HOVSTAD.
- Sobre todo si la prensa toma cartas en el asunto. .
DOCTOR STOCKMANN.
- No será menester. Estoy seguro de que mi hermano...
HOVSTAD.
- Dispense usted, señor doctor, pero le advierto que me
propongo ocuparme de ello.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿En el periódico?
HOVSTAD.
- Sí. Cuando me hice cargo de la dirección de La Voz del Pueblo mi único pensamiento
era acabar de una vez para siempre con
esa camarilla de viejos testarudos que monopolizan todo el poder.
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo sabía. Sin embargo, usted mismo me dijo que el resultado
de esa campaña fue llevar el periódico casi a la ruina.
HOVSTAD.
- Tuvimos que callarnos y transigir, es cierto; sin esos
señores habría sido imposible la fundación del balneario. Pero ahora que lo tenemos en plena marcha, muy
bien podemos prescindir de tan honorables caballeros
DOCTOR STOCKMANN.
Prescindir de ellos sí; pero les debemos nuestra gratitud.
HOVSTAD.
- Y nos hallamos dispuestos a reconocerlo cortésmente. No
obstante, un periodista que, como yo, profesa ideas populares, no puede dejar pasar una
oportunidad como esta de echar abajo para lo sucesivo la vieja fábula de la
infalibilidad de los dirigentes. Hay que terminar con todas esas
supersticiones.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sinceramente, estoy de acuerdo con usted, siempre que no
haya sino supersticiones.
HOVSTAD.
- Con franqueza, me disgustaría mucho verme obligado a
combatir al alcalde, puesto que es su hermano. Pero usted mismo reconocerá
que la verdad debe estar por encima de todas las conveniencias. ¿No es así?
DOCTOR STOCKMANN.
- Tiene usted razón. Aunque, al fin y al cabo...
HOVSTAD.
- No debe usted pensar mal de mí. No soy ni más egoísta ni
más ambicioso que la mayoría de la gente.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Por Dios! ¿Quién va a sospechar que...?
HOVSTAD,
- Como usted sabrá, soy de origen humilde, y he tenido
ocasión de comprender claramente que las clases inferiores deben participar en
el gobierno. Dirigiendo los asuntos públicos es como se desarrollan las
facultades naturales
y la confianza en sí mismo...
DOCTOR STOCKMANN.
- Conforme por completo.
HOVSTAD.
- Por eso opino que entraña una gran responsabilidad para un
periodista perder cualquier coyuntura de trabajar por la emancipación de los
débiles, de los oprimidos. Ya sé que los poderosos dirán que eso es una
insurrección o algo por el estilo. ¡Digan lo que quieran! No me importa; tengo
la conciencia tranquila.
DOCTOR .STOCKMANN.
- ¡Muy bien hablado, Hovstad! Pero en todo caso, yo...
¡Caray! (Llaman a la puerta.)
¡Adelante!
(El
impresor ASLAKSEN se presenta por el vestíbulo. Viste un modesto aunque
correcto traje negro. Trae una bufanda
blanca levemente arrugada, guantes, chistera, todo en la mano.)
ASLAKSEN. (Inclinándose.)
- Usted sabrá disculparme, señor doctor, que me haya tomado
la libertad...
DOCTOR STOCKMANN. (Se
pone de pie.)
- ¡Toma! ¡Ya tenemos aquí al señor Aslaksen!
ASLAKSEN.
- El mismo, señor doctor.
HOVSTAD. (Se levanta a
su vez.)
- ¿Viene usted por mí, Aslaksen?
ASLAKSEN.
- No; no tenía la menor noticia de que estuviera usted aquí.
Sólo deseaba hablar con el señor doctor...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿En qué puedo servirle?
ASLAKSEN.
- Me han notificado que pretende usted reformar la
instalación de la traída de aguas. ¿Es cierto eso?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí; de las del balneario...
ASLAKSEN.
- Perfectamente. Entendido. De ser así, vengo a comunicarle
que apoyaré con todas mis fuerzas su proyecto.
HOVSTAD. (Al doctor.)
- ¿Lo ve usted?
DOCTOR STOCKMANN.
- Muchas gracias; pero...
ASLAKSEN.
- Sin que esto signifique que ponga en duda su valía ni mucho
menos, creo, señor doctor, que no dejará de serle útil el apoyo de los ciudadanos humildes. Unidos,
constituimos una mayoría compacta, y nunca está de más poder contar con la
mayoría, doctor.
DOCTOR STOCKMANN.
- Evidente; pero, si bien se mira, no creo que haga falta
prepararse tanto. Por mi parte, espero que un asunto tan claro y tan
sencillo...
ASLAKSEN.
- ¡Ah! Por lo que pueda tronar, siempre es bueno prevenirse.
Conozco de sobra a las autoridades municipales. Los potentados no acceden de
buena gana a una proposición que no provenga de ellos. Por consiguiente, me
parece que sería muy oportuno, organizar una manifestación.
HOVSTAD.
- Eso es. De acuerdo.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Una manifestación? Pero… ¿qué entiende usted por una
manifestación?
ASLAKSEN.
- Como es lógico,
sugiero una cosa moderada. Usted sabe muy bien que considero la
moderación como la principal de las virtudes cívicas; tal es mi criterio, al
menos.
DOCTOR STOCKMANN.
- Su moderación es proverbial, señor Aslaksen; todos lo
sabemos.
ASLAKSEN.
- ¡Y tanto! Sin pecar de inmodesto, creo que puedo preciarme
de ello. En suma, esta cuestión de las aguas es de máxima importancia para
nosotros los pequeños ciudadanos. Diríase que el balneario va a convertirse en
una auténtica mina de oro para la ciudad. Todos disfrutaremos sus beneficios,
y en particular, los que somos dueños de inmuebles. Así, pues, estoy decidido
a defender el establecimiento por cuantos medios haya a mi alcance, y
como soy presidente de la Sociedad de
Propietarios... Además, soy agente de la Sociedad de Moderación. ¿Sabe usted
el trabajo que me da la causa de la moderación?
DOCTOR STOCKMANN.
- Por supuesto; lo sé.
ASLAKSEN.
- Como comprenderá, estoy relacionado con mucha gente. Se me
conceptúa un ciudadano honrado y pacífico, y naturalmente, tengo cierto poder
en la ciudad... una pequeña influencia... con perdón sea dicho.
DOCTOR STOCKMANN.
- Me consta, señor Aslaksen.
ASLAKSEN.
- Le comunico todo esto, porque me sería fácil conseguir un
manifiesto público de gratitud, si fuese necesario.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Un manifiesto de gratitud?
ASLAKSEN.
- Sí, una especie de carta, agradeciéndole haber dado
impulso al asunto de los baños, firmada por nuestros conciudadanos. Huelga
añadir que debería redactarse en términos suaves para no ofender a las
autoridades, a las personas que asumen el poder. Haciéndolo con las suficientes
precauciones, colijo que nadie podría tomarlo a mal, ¿no cree usted?
HOVSTAD.
- ¡Bah! Y aunque lo tomasen...
ASLAKSEN.
- ¡No, no! Nada de
ataques a la autoridad, señor Hovstad. Nada de oposiciones contra personas
con las cuales hemos de convivir. Tengo una triste experiencia de lo que son
esas cosas; nunca dan buenos resultados. Basta con las opiniones razonables y sinceras de los
ciudadanos.
DOCTOR STOCKMANN. (Estrechándole
la mano.)
- No sabe usted cuánto me satisface contar con la adhesión de
mis conciudadanos, señor Aslaksen. Me encuentro verdaderamente satisfecho...
¿no quiere tomar una copita de jerez?
ASLAKSEN.
- No, muchas gracias; no tomo nunca esa clase de alcohol.
DOCTOR STOCKMANN.
- No insisto; un vaso de cerveza, entonces. ¿Lo acepta?
ASLAKSEN.
- Tampoco, señor doctor; muchas gracias. No acostumbro tomar
nada a estas horas del día. Bien; voy a la ciudad para hablar con los
propietarios y prepararlos.
DOCTOR STOCKMANN.
- Es usted muy amable, señor Aslaksen; pero, confieso que no
me cabe en la cabeza la necesidad de tantos preparativos. Confío en que el
asunto se resolverá por sí solo.
ASLAKSEN.
- Las autoridades trabajan con cierta lentitud, señor doctor.
Y no lo digo como crítica, ¡Dios me libre!...
HOVSTAD.
- Mañana se insertará todo en el periódico, Aslaksen.
ASLAKSEN.
- Pero… con moderación, Hovstad, con moderación... Hay que
proceder prudentemente; si no, no logrará usted nada. Créanme: he cosechado no
pocas enseñanzas a este respecto en la escuela de la vida... ¡Vaya!, me retiro.
Pero acuérdese, señor doctor, de que los ciudadanos modestos estaremos detrás
de usted como un muro. Cuenta con una mayoría compacta.
DOCTOR STOCKMANN.
- Muchas gracias, querido amigo. (Le da la mano.) Hasta la vista.
ASLAKSEN.
- ¿Viene usted conmigo a la imprenta, señor Hovstad?
HOVSTAD.
- Iré más tarde; todavía tengo algo que hacer.
ASLAKSEN.
- Como guste. (Saluda y
vase. El doctor le acompaña al vestíbulo.)
HOVSTAD. (En cuanto
vuelve el doctor.)
- Veamos: ¿qué me dice usted, señor doctor? ¿ No estima que
ya es hora de sacudir un poco todas esas flaquezas, esas cobardías?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Se refiere usted a Aslaksen?
HOVSTAD.
- Sí. Es uno de esos individuos que se hunden en el pantano,
aunque, por lo demás, resulte una bellísima persona. Aquí todos son por el
estilo: siempre nadando entre dos aguas, sin atreverse jamás a dar un paso en
firme, por culpa de esas malditas consideraciones...
DOCTOR STOCKMANN.
- Con todo, se me figura que Aslaksen está muy bien
dispuesto. ¿No le parece a usted?
HOVSTAD.
- Para mí, hay cosas más importantes que la buena
disposición, y son el valor y la confianza en sí mismo.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sobre ese particular, le sobra razón a usted.
HOVSTAD.
- Pues por eso voy a aprovechar la ocasión y estimular a las
personas de buena voluntad. En esta ciudad hay que dar ya al traste en
definitiva con el culto a las autoridades. Ese maldito desatino de la traída de
aguas debe ser puesto en evidencia ante todo ciudadano con derecho a votar.
DOCTOR STOCKMANN.
- Bueno; si usted cree que con ello sirve al bien común,
hágalo. No obstante, aguarde a que hable con mi hermano.
HOVSTAD. .
- De todos modos, prepararé el artículo, y si el alcalde no
quiere ocuparse del asunto...
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero ¿cómo cree usted... ?
HOVSTAD.
- ¡Cualquiera sabe! Y en ese caso...
DOCTOR STOCKMANN.
- En ese caso..., óigame bien... publicaría usted mi
artículo íntegro.
HOVSTAD.
- ¿De veras? ¿Palabra?
DOCTOR STOCKMANN. (Entregándole
el manuscrito.)
- Aquí lo tiene.. Lléveselo, léalo y devuélvamelo después.
HOVSTAD.
- Descuide, querido, doctor. Adiós.
DOCTOR STOCKMANN.
- Adiós. Ya verá usted que todo va a ir como una seda, señor
Hovstad... como una seda.
HOVSTAD.
- Ya lo veremos, ya lo veremos. (Saluda y vase por la puerta del vestíbulo.)
DOCTOR STOCKMANN. (Se
dirige hacia el comedor.)
- ¡Catalina!... ¡Ah! ¿Estás ya aquí, Petra ?
PETRA. (Entrando.)
- Sí, acabo de llegar del colegio.
SEÑORA STOCKMANN. (Que
entra con ella.)
- ¿No ha venido aún?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Pedro? No, aún no. Pero he estado hablando con Hovstad. No
sabes cuánto le ha impresionado mi
descubrimiento. Dice que va a tener un alcance mucho mayor del que yo
había previsto al pronto. Y ha puesto su periódico a mi disposición, si fuere
necesario.
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero ¿tú crees que lo será?
DOCTOR STOCKMANN.
- No, mujer; aun así, siempre es una satisfacción saber que
tengo de mi parte a la prensa liberal e independiente. Además, ha venido a
verme el presidente de la Sociedad de Propietarios.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Ah! ¿sí? ¿Y qué quería?
DOCTOR STOCKMANN.
- Apoyarme también. Todos me ofrecen su apoyo para cuando lo
necesite. ¿Sabes por quién estoy respaldado,
Catalina?
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Respaldado? ¿Por quién? Di.
DOCTOR STOCKMANN.
- Nada menos que por la mayoría compacta de los ciudadanos.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Es posible? ¿Y crees que eso te conviene, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo no! (Se frota
las manos, paseándose.) ¡Santo Dios! No sabes lo dichoso que me hace
sentirme unido a mis conciudadanos en espíritu.
PETRA.
- ¡Y llevar a cabo tantas cosas buenas y útiles, papá!
DOCTOR STOCKMANN.
- Sobre todo cuando se trata de mi ciudad, de la ciudad donde
he nacido. (Suena un timbre.)
SEÑORA STOCKMANN.
- Han llamado.
DOCTOR STOCKMANN.
- Debe de ser él... (Golpean
la puerta.) ¡Adelante!
EL ALCALDE. (Entrando
por la puerta del vestíbulo)
- Buenos días.
DOCTOR STOCKMANN.
- Bien venido, Pedro.
SEÑORA STOCKMANN.
- Buenos días, cuñado. ¿Cómo le va?
EL ALCALDE.
- ¡Oh! Así, así; gracias… (Al
doctor.) Ayer recibí tu memoria sobre las condiciones del agua en el
balneario.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿La has leído?
EL ALCALDE.
- Desde luego.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y qué opinas?
EL ALCALDE. (Mirando en
torno suyo.)
- ¡Ejem! ...
SEÑORA STOCKMANN
- Ven Petra. (Pasan
ambas a la habitación de la izquierda.) .
EL ALCALDE. (Después de
un corto silencio.)
- ¿Era indispensable hacer todas esas investigaciones a
espaldas mías?
DOCTOR STOCKMANN.
- Mientras no tuviera una seguridad absoluta...
EL ALCALDE.
- ¿La tienes ahora?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Hombre ahora ni tú mismo puedes dudarlo!
EL ALCALDE.
- ¿Abrigas la intención de someter de manera oficial el
informe a la directiva del balneario?
DOCTOR STOCKMANN.
- Seguramente. Hay que hacer algo, y sin demora.
EL ALCALDE.
- En tu memoria empleas, como de costumbre, palabras
demasiado fuertes. Dices, entre otras cosas, que envenenamos a los bañistas.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué menos podía decir? Piensa que hacemos tomar agua
infectada a pobres enfermos que han depositado en nosotros su confianza y que, además, nos
pagan cantidades fabulosas para que les devolvamos la salud.
EL ALCALDE.
- Y sacas la consecuencia de que tenemos que construir una
cloaca para recoger todas las inmundicias pestilentes del Valle de los Molinos, y trasladar las tuberías
del agua.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Conoces tú otro remedio? Yo no.
EL ALCALDE.
- Esta mañana he hecho una visita al ingeniero municipal, y
medio en serio, medio en broma, planteé en la
conversación el tema de las reconstrucciones, como si decidiéramos
hacerlas mas adelante...
DOCTOR STOCKMANN. .
- ¿Qué dices? ¿Más adelante?
EL ALCALDE.
- Naturalmente se ha reído de mi ocurrencia. ¿Te has tomado
la molestia de calcular lo que puede costar esa obra? Según los informes que he
recibido, cientos de miles de coronas.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Tanto?
EL ALCALDE.
- Sí. Y lo peor es que tardarán un plazo mínimo de dos años
en llevarse a cabo esas reconstrucciones.
DOCTOR STOCKMA NN.
- ¿Dos años? ¿Cómo es posible?
EL ALCALDE.
- Dos años por lo menos. Y mientras, ¿qué haríamos con el
balneario? Habría que cerrarlo. No tendríamos más remedio. ¿Quién crees que iba a venir aquí
sabiendo que el agua está contaminada?
DOCTOR STOCKMA NN.
- Esa es la verdad,
Pedro.
EL ALCALDE.
- Y ello sin contar con que precisamente ahora empezaba a
prosperar el establecimiento. Las ciudades vecinas asimismo tienen sus pretensiones de
convertirse en balnearios. Como es de suponer, harían todo lo posible por atraerse el torrente de forasteros. Entonces
nosotros nos veríamos obligados a renunciar totalmente a una empresa a la cual
hemos sacrificado tantos esfuerzos, Y terminarías por arruinar tu ciudad natal.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Arruinar mi ciudad? ¿Yo?
EL ALCALDE.
- Los baños constituyen su único porvenir. Lo sabes igual
que yo lo sé.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué quieres que hagamos, pues?
EL ALCALDE.
- Si he de serte sincero, no puedo creer que el asunto de las
aguas sea tan grave como afirmas en tu memoria.
DOCTOR STOCKMANN.
- Más bien he atenuado su gravedad. En verano, con el calor,
aumenta el peligro.
EL ALCALDE.
- Te repito que creo que exageras bastante. Un médico con
aptitudes debe tomar sus medidas para evitar cualquier influencia nociva, y en
casa de que ésta se presente, combatirla...
DOCTOR STOCKMANN.
- Bien. ¿Y qué?
EL ALCALDE.
- La disposición actual de las tuberías del balneario es un
hecho consumado, y debe considerarse como tal. Pero, de todos modos, eso no es
obstáculo para que la dirección tenga en cuenta tu informe y vea la
posibilidad de mejorar esa situación sin sacrificios por encima de sus fuerzas.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Te imaginas que seré capaz de tolerar tamaña farsa?
EL ALCALDE.
- ¿Farsa?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, una farsa, un fraude... algo peor: un crimen contra la
sociedad...
EL ALCALDE.
- Francamente, insisto en que no puedo convencerme de que el
peligro sea tan grave. .
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, Pedro; estás convencido, no cabe la menor duda. Mi
memoria es concluyente; sé muy bien lo que afirmo. Y tú a tu vez lo entiendes
muy bien, Pedro; pero no quieres confesarlo. Fuiste tú quien hizo construir el
balneario y la conducción de agua donde están, y hoy te empeñas en no reconocer
tu error: lo he comprendido en seguida.
EL ALCALDE.
- ¿Y si así fuese? A la postre no hago sino defender mi
reputación por bien de la ciudad. Sin autoridad moral no podría dirigir los
asuntos de un modo que, a mi entender, redunde en interés común. Por eso, y por
otras razones, me importa mucho que no se entregue tu memoria a la dirección del
balneario. El bienestar público lo requiere. Ya la presentaré yo más tarde
para que la discutan con arreglo a su parecer, pero con la mayor reserva; el público no debe saber
una sola palabra de la cuestión.
DOCTOR STOCKMANN.
- No podrás impedir que se sepa, Pedro.
EL ALCALDE.
- Es indispensable.
DOCTOR STOCKMANN.
- Te digo que será imposible; ya están enteradas muchas
personas.
EL ALCALDE.
- ¡Cómo! ¿Quién está enterado? Quiero creer que no serán
esos tipos de La Voz del Pueblo...
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, ésos inclusive. La prensa independiente y liberal se
encargará de haceros cumplir vuestro deber.
EL ALCALDE. (Luego de
una corta pausa.)
- ¡Has sido un imprudente, Tomás! ¿No se te ha ocurrido
reflexionar en los perjuicios que esto puede acarrearte?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿A mí?
EL ALCALDE.
- A ti y a los tuyos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué demonios estás diciendo? ¡Explícate!
EL ALCALDE.
- Contigo me he comportado siempre como un hermano
complaciente y bueno. ¿No es exacto?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, es exacto y te lo agradezco.
EL ALCALDE.
- No pido tanto. En parte, lo hacía por egoísmo, además.
Tenía esperanzas de frenar un poco tu carácter, ayudándote a mejorar tu
situación económica.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah! ¿Conque tú...?
EL ALCALDE.
- Ya. te he dicho que sólo en parte. Para un funcionario del
Estado, no es, créeme, muy agradable tener parientes que se comprometan a cada
momento.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Tú piensas que me comprometo?
EL ALCALDE.
- Sí, por desgracia. Lo haces sin darte cuenta. Tienes un
carácter intranquilo, rebelde, belicoso, aparte de tu propensión fatal a escribir públicamente
todo lo que se te pasa por la cabeza. Basta que se te ocurra una idea para que
no puedas menos de componer un artículo, o un folleto entero, si a mano viene,
sobre la cuestión.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Quizá no es obligación de todo ciudadano dar a conocer al
pueblo las ideas nuevas?
EL ALCALDE.
- ¡Bah! El pueblo no necesita ideas nuevas. El pueblo está
mejor servido con las ideas viejas y buenas que le son familiares ya.
DOCTOR, STOCKMANN.
- ¡Y osas decir eso!
EL ALCALDE.
- Sí, Tomás; ha llegado por fin el momento de hablarte claro.
Como conozco tu irritabilidad, nunca me he atrevido a ser franco de lleno
contigo; pero ahora tengo que decirte la verdad. No puedes figurarte cómo te
perjudica tu genio impetuoso. Te quejas de las autoridades, te quejas del gobierno mismo; todo lo
insultas, todo lo criticas, y encima te lamentas de que no se ha sabido
apreciarte, de que se te ha perseguido... ¿Qué otra cosa esperabas que se
hiciera con un hombre tan inquieto, tan insufrible como tú?
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero, en resumidas cuentas, ¿resulta que soy un hombre
insufrible?
EL ALCALDE.
- Sí, Tomás; eres un hombre difícil de aguantar. No se puede
trabajar contigo. Yo mismo he tenido que tolerarte mucho. Te saltas todas las
consideraciones y pareces olvidar del todo que me debes el nombramiento de
médico del balneario.
DOCTOR STOCKMANN.
- Creo que era yo el indicado. ¡Yo y nadie más! Fui el
primero que vio cómo podía convertirse la ciudad en una excelente estación
balnearia. Fui el único que lo vio. Luché por mi idea durante muchos años y
la defendí en los periódicos sin descanso...
EL ALCALDE.
- No lo niego; pero aún no había llegado la ocasión
propicia. Desde lejos no podías juzgar bien la oportunidad. Cuando fue
favorable el momento, mis amigos y yo asumimos la dirección del asunto.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, y estropeasteis a más no poder mis proyectos, que eran
magníficos. ¡Ahora se ve toda vuestra inteligencia!
EL ALCALDE.
- Y yo entiendo que lo que se ve son tus deseos de desahogar
tu belicosidad. Por costumbre atacas a tus superiores. No puedes soportar
ninguna autoridad sobre ti, miras con aversión a cualquiera que desempeñe un
alto cargo, le miras como a un enemigo personal y le atacas sin reparar en las
armas con que lo haces. Pero, puesto que te he señalado los intereses que
peligran por tu causa, te exijo, Tomás, en nombre del bien público y del mío
propio, una resolución inmediata; te la exijo enérgicamente.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué estás diciendo? ¿Qué resolución?
EL ALCALDE.
- Como has cometido la imprudencia de confiar a personas
ajenas este asunto, que era un secreto exclusivo de la dirección, ya no es posible ocultarlo. Circularán
toda clase de rumores que las malas lenguas de la población se encargarán de alimentar y abultar. Es indispensable
que lo desmientas públicamente.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Yo? ¡Cómo! No te comprendo.
EL ALCALDE.
- Puedes hacer creer que, después de nuevos análisis, has
llegado a la conclusión de que el caso no es tan crítico como de primera
intención habías supuesto.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿ Sí? Por lo visto, esperas que yo...
EL ALCALDE.
- No sólo eso; quiero, además, que declares en público tu
completa confianza en que la dirección tomará a conciencia todas las oportunas medidas
radicales para que desaparezca hasta el último vestigio de peligro.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Muy bien! Pero no conseguiréis hacer desaparecer el
peligro con engaños y paliativos. Créeme, Pedro; de eso estoy plenamente
convencido.
EL ALCALDE.
- Como empleado del establecimiento, no tienes derecho a una
opinión individual.
DOCTOR STOCKMANN. (Perplejo.)
- ¿Que no tengo derecho a ...?
EL ALCALDE.
- Como empleado, digo. Como simple particular, sí, sin duda.
Pero, como subordinado de la dirección del balneario, no puedes tener otra
opinión que la de tus jefes.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Esto ya es demasiado! ¿Cómo puedes decir que un médico,
un hombre de ciencia, no tiene derecho a ...?
EL ALCALDE.
- La cuestión que se debate no es únicamente científica; es
una cuestión técnica y económica a la vez.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Oh! ¡Llámala como quieras! Pues bien: yo te digo que soy
libre en absoluto de tener opinión sobre todas las cosas del mundo.
EL ALCALDE.
- ¡Allá tú! Pero no sobre la dirección del balneario. Te lo
prohibimos.
DOCTOR STOCKMANN. (En
el colmo de la indignación.)
- ¿Que me lo prohibís?... ¡Vosotros!
EL ALCALDE.
- ¡Te lo prohibo yo, y basta! Soy tu superior, y cuando te
prohibo una cosa, te toca obedecer.
DOCTOR STOCKMANN. (Dominándose:
con esfuerzo.)
- ¡Pedro! Si no
recordara que eres mi hermano...
PETRA. (Abre la puerta
bruscamente.)
- ¡Papá, no puedes tolerar eso!
SEÑORA STOCKMANN. (Que
viene tras ella.)
- ¡Petra!
EL ALCALDE.
- Al parecer, estaban acechándonos.
SEÑORA STOCKMANN.
- Se oye todo a través del tabique. No podíamos evitar que...
PETRA.
- Yo, sí; me he quedado, a escuchar.
EL ALCALDE.
- Bueno, en realidad más vale así.
DOCTOR STOCKMANN. (Acercándose
a su hermano.)
- Me hablabas de prohibir y de obedecer.
EL ALCALDE.
- Me has forzado a adoptar ese tono.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Exiges que me desautorice a mí mismo?
EL ALCALDE.
- Lo estimo de todo punto imprescindible. Tienes que
publicar esa declaración.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y si me negase a ello?
EL ALCALDE.
- Nosotros nos encargaríamos de hacer otra declaración para
tranquilizar al público.
DOCTOR STOCKMANN.
- Convenido. Escribiré contra vosotros. Sostendré mi opinión,
demostraré que es la verdadera, y que estáis
equivocados. ¿Qué haréis entonces?
EL ALCALDE.
- Entonces no podré evitar que decreten tu cesantía.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo!
PETRA.
- ¡Te echarán, papá!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Tu cesantía?
EL ALCALDE.
- Más aún: me veré obligado a reclamarla en seguida como
médico del establecimiento, y a negarte todo derecho a intervenir en
cualquiera de sus asuntos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Lo. harías sin escrúpulos?
EL ALCALDE.
- Eres tú mismo quien te arriesgas.
PETRA. (A su tío.)
- Pero... ¡tú no puedes portarte de esa manera tan repugnante
con un hombre como papá!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Por Dios, Petra, cállate!
EL ALCALDE. (Observando
a PETRA.)
- ¿De manera que también la niña empieza a manifestar
opiniones subversivas? ¡Claro! Es naturalísimo. (A la SEÑORA STOCKMANN.) Cuñada, espero que, como la persona más
razonable de esta casa, procurará usted influir sobre su marido para que
comprenda que su actitud puede traer consecuencias muy perniciosas a su familia
y...
SEÑORA STOCKMANN.
- Lo que pase a mi familia no importa a nadie más que a mí.
EL ALCALDE.
- Repito que a tu familia y a tu ciudad natal, por cuyos
intereses velo.
DOCTOR STOCKMANN.
- No. El que se preocupa del bienestar de la ciudad soy yo.
Revelaré todos vuestros errores, que tarde o temprano han de salir a la luz.
¡Por fin se verá bien quién es el que ama la ciudad!
EL ALCALDE.
- ¿Tú? De ser así, ¿por qué intentas con tanto ahínco,
destruir su principal fuente de riqueza?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Es una fuente emponzoñada ! Pero ¿te has vuelto loco?
Traficamos con inmundicias y podredumbre. ¡Nuestra entera vida social, tan
floreciente, se funda en una mentira!
EL ALCALDE.
- ¡Todo eso no son más que locuras! El hombre capaz de lanzar
semejantes blasfemias contra su propio país es y será siempre un enemigo del
pueblo.
DOCTOR STOCKMANN. (Va
hacia él.)
- ¿Te atreves. a…?
SEÑORA STOCKMANN. (Interponiéndose.)
- ¡Tomás!
PETRA. (Coge de un
brazo a su padre.)
- ¡Cálmate, papá!
EL ALCALDE.
- No quiero exponerme a violencias. Ya estás advertido.
Recapacita lo que te debes a ti mismo y a los tuyos. Adiós. (Vase.)
DOCTOR STOCKMANN. (Según
se pasea de un lado a otro.)
- ¡Y tener que tolerar todas esas insolencias! ¡En mi propia
casa! Catalina, ¿qué te parece?
SEÑORA STOCKMANN.
- Lo que a ti: es una verdadera vergüenza, un escándalo...
PETRA.
- ¡Me siento con arrestos para jugarle cualquier mala
pasada!
DOCTOR STOCKMANN.
- La culpa ha sido mía; debí haberme librado de todos ellos
hace mucho tiempo. ¡Atreverse a llamarme enemigo del pueblo! ¡A mí! ¡Por la
salvación de mi alma, esto no queda así!
SEÑORA STOCKMANN.
- Tomás, tu hermano tiene el poder.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero yo tengo la razón.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Y de qué te sirve la razón si no tienes el poder?
PETRA.
- Mamá, por ti misma, ¿cómo puedes hablar así?
DOCTOR STOCKMANN.
- Luego, en una sociedad libre, ¿es inútil tener la razón de
parte de uno? ¿Acaso no están a mi lado la prensa independiente y liberal, la
mayoría compacta? Ellas implican un poder.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Dios mío! Pero, Tomás, confío en que no pretenderás...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué?
SEÑORA STOCKMANN.
- Ponerte en contra de tu hermano.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Que quieres que haga, si no, para defender la justicia y
la verdad?
PETRA.
- ¡Eso, mamá! ¿Qué quieres que haga?
SEÑORA STOCKMANN.
- No te serviría de
nada. Cuando no se avienen, no se avienen.
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya verás, ya verás, Catalina; tú espera, y ya verás lo que
consigo.
SEÑORA STOCKMANN.
- Conseguirás que te dejen cesante; eso es lo que veré.
DOCTOR STOCKMANN.
- Si así sucede, al menos habré cumplido con mi deber para
el pueblo, para la sociedad. ¡Mira que llamarme enemigo del pueblo!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Y tu familia, Tomás? ¿Y nosotros? ¿Y tu casa? ¿Es tu deber
ir contra los tuyos?
PETRA.
- Oye, mamá: no debemos pensar sólo en nosotros mismos.
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí; a ti no te cuesta mucho decirlo. En último trance,
puedes mantenerte tú misma. Pero ¿y los niños,
Tomás? Piensa en los niños, en ti, en mí...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Has perdido el seso, Catalina? Si fuese tan miserable, tan
cobarde como para arrojarme a los pies de Pedro y sus malditos amigos, ¿crees
que volvería a gozar de un momento de felicidad en mi vida?
SEÑORA STOCKMANN.
- No lo sé; pero, por Dios, dime: ¿qué felicidad esperas que
disfrutemos si continúas en esa posición de desafío? Te quedarás otra vez sin
recursos, sin ingresos fijos. Por mi parte, creo que ya hemos pasado
demasiadas escaseces. Piénsalo bien, Tomás; piensa en las consecuencias.
DOCTOR STOCKMANN. (Aprieta
los puños y se los retuerce, presa de desesperación.)
- ¡Y esos empleaduchos pueden aplastar así a un hombre
libre, a un hombre honrado! ¿No es una conducta miserable, Catalina?
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí, por cierto; te han tratado miserablemente. ¡Santo
Dios, hay tantas injusticias en este mundo! Fuerza es ceder, Tomás. Acuérdate de los niños. ¡Míralos! ¿Qué
sería de ellos? No, no; no serías capaz...
(EJLIF
y MORTEN han entrado con sus libros de colegio.)
DOCTOR STOCKMANN.
¡Los niños! (Recobrándose
de repente.) Ni aunque se hundiera el mundo, doblarán mi cabeza bajo el
yugo. (Se
dirige a su despacho.)
SEÑORA STOCKMANN. (Siguiéndole.)
- Tomás, ¿qué vas a hacer?
DOCTOR STOCKMANN. (A la
puerta.)
- Quiero conservar el derecho a mirar con la frente erguida a
mis hijos cuando lleguen a ser hombres. (Entra
en el despacho.)
SEÑORA STOCKMANN. (Rompe
a llorar.)
- ¡Dios mío, Dios mío, apiádate de nosotros!
PETRA.
- ¡Papá es un hombre! ¡No cederá!
(Los
niños, asombrados, preguntan qué pasa. PETRA les hace señas para que se
callen.)
FIN
DEL ACTO SEGUNDO
ACTO
TERCERO
Redacción
de La Voz del Pueblo. En el foro, a la izquierda, la puerta de entrada. Al otro lado,
puerta de cristales, a través de cuya vidriera se ve la imprenta. En el
lateral derecho, otra puerta. En medio de la estancia, mesa grande, llena de
papeles, periódicos y libros. En el lateral izquierdo, una ventana, y un pupitre
alto. Un par de butacas junto a la mesa grande. Sillas dispersas alrededor. La
redacción es sombría y desapacible; los muebles, viejos, y las butacas,
descoloridas y gastadas. Se trabaja en la imprenta y funcionan las máquinas.
El director HOVSTAD escribe, sentado a su pupitre. Acto
seguido, aparece BILLING por la derecha, con el manuscrito del doctor en la
mano.
BILLING.
- El caso es que...
HOVSTAD. (Conforme
escribe.)
- ¿Lo ha leído usted?
BILLING. (Deja el
manuscrito sobre la mesa.)
- De cabo a rabo.
HOVSTAD.
- Se muestra mordaz el doctor, ¿eh?
BILLING.
- ¿Mordaz? Cruel, querrá usted decir. Los aplasta. Cada
palabra equivale a. un mazazo implacable.
HOVSTAD.
- Sí; pero esa gente no cae a los primeros golpes.
BILLING.
- Así es. Sin embargo., seguiremos dando golpe tras golpe,
hasta que se derrumbe para siempre el poder de esos burgueses presuntuosos.
Cuando leí la memoria, me pareció que sentía venir la revolución popular.
HOVSTAD. (Volviéndose.)
- ¡Chist! No digas esas cosas en presencia de Aslaksen,
porque...
BILLING. (Que apaga la
voz.)
- Aslaksen es un timorato, un cobarde. No tiene ni pizca de
virilidad. Pero supongo que esta vez llevará usted hasta el fin su deseo, ¿no?
Creo que se publicará el artículo del doctor.
HOVSTAD.
- De no ser que ceda el alcalde.
BILLING.
- ¡Diablo! Eso sí que sería una lástima.
HOVSTAD.
- Por fortuna, de todos modos, podemos aprovecharnos de la
situación. Si el alcalde no cede, se le echarán encima los ciudadanos
modestos, la Sociedad de Propietarios, etcétera. Y si cede, se pondrá a mal
con un considerable número de grandes
accionistas del balneario, quienes hasta ahora han constituido su principal
apoyo...
BILLING.
- Sí, sí, claro. Seguramente, tendrán que desembolsar
bastante dinero.
HOVSTAD.
- No le quepa la menor duda. Y entonces se disolverá la
Sociedad, ¿comprende? El periódico evidenciará la ineptitud del alcalde y de los suyos, y
sacará la consecuencia de que deben entregarse a los liberales todos los
puestos importantes de la entidad y del Ayuntamiento.
BILLING.
- Esto es el principio de una revolución! ¡Salta a los ojos!
(Llaman a la puerta.)
HOVSTAD.
- ¡Chist! (En voz alta.) ¡Adelante! (El DOCTOR STOCKMANN entra por la puerta del
foro a la izquierda. HOVS-TAD va a su encuentro.) ¡Ah! aquí tenemos al
doctor. ¿Qué hay?
DOCTOR STOCKMANN.
- Puede usted publicarlo, señor Hovstad.
HOVSTAD.
- ¿Ha sido ése el resultado definitivo?
BILLING.
- ¡Hurra !
DOCTOR STOCKMANN.
- Repito que puede usted imprimirlo. Sí, ése ha sido el
resultado definitivo. Ellos lo han querido. ¡Esto es la guerra, señor Billing!
BILLING.
- ¡Una guerra sin cuartel, señor doctor! ¡Pluma en ristre!
DOCTOR STOCKMANN.
- La memoria no es más que un comienzo. Tengo la cabeza
llena de ideas para cuatro o cinco artículos. ¿Por dónde anda Aslaksen?
BILLING. (Llama hacia
la imprenta.)
- ¡Aslaksen! Venga usted un momento.
HOVSTAD.
- ¿Cuatro o cinco artículos sobre el mismo asunto?
DOCTOR STOCKMANN.
- No; todo lo contrario, querido Hovstad: sobre cuestiones
muy distintas. Pero, en el fondo, todos relacionados con la toma de aguas y la
cloaca. Cada cosa trae otra consigo, ¿comprende usted?, como los muros de una
ruina caen unos tras otros al menor
embate.
BILLING,
- ¡Eso es! Nunca se siente uno satisfecho hasta haber
demolido por completo la ruina.
ASLAKSEN. (Desde la
imprenta.)
- ¿Demoler? No pensará el doctor demoler el balneario,
¿verdad'?
HOVSTAD.
- Pierda usted cuidado.
DOCTOR STOCKMANN.
- No; se trata de otra cosa. Veamos, ¿qué opina usted de mi
artículo, señor Hovstad?
HOVSTAD.
- ¡Una obra maestra!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿De veras? Me alegro.
HOVSTAD.
- Es muy preciso. No hace falta ser un profesional para
comprenderlo. Me atrevo a afirmar que tendrá usted de su lado a todos los
intelectuales.
ASLAKSEN.
- Y presumo que a todos los ciudadanos moderados y
razonables.
BILLING.
- Razonables e irrazonables, todos estarán con usted.
ASLAKSEN.
- Entonces, ¿habrá que arriesgarse?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Claro que sí!
HOVSTAD.
- Se publicará mañana por la mañana.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Sí, diantre! No podemos perder un solo día.... Oiga, señor
Aslaksen; quería pedirle que se ocupara personalmente del manuscrito.
ASLAKSEN.
- Cuente con ello. Lo haré.
DOCTOR STOCKMANN.
- Cuídemelo como oro en paño. ¡Que no haya ni una errata!
Cada palabra ofrece su valor. Volveré luego a
corregirlo... ¡No sabe usted las ganas que tengo de ver impreso ese
artículo! ¡Lanzado de una vez!
ASLAKSEN.
- ¡Lanzado! He aquí la palabra: lanzado, como una bomba.
DOCTOR STOCKMANN. .
- Y sometido a la sentencia de todos los ciudadanos cultos.
¡Si usted supiera a lo que me he expuesto! Me han amenazado, no han respetado
mis derechos más íntimos...
BILLING.
- ¿Qué dice usted?
DOCTOR STOCKMANN.
- Han hecho todo lo posible por rebajarme, por convertirme
en un miserable. Hasta me han acusado de poner mi lucro personal por encima
de mis convicciones más sagradas.
BILLING.
- ¡Cielos! ¡Eso es una
infamia!
HOVSTAD.
- Esa gente se denota capaz de todo.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero conmigo no podrán. Ya lo comprenderán de sobra en
cuanto lean mi artículo. De ahora en lo sucesivo me instalaré aquí, en La Voz del Pueblo, y desde esta
trinchera les dispararé mis descargas fulminantes...
ASLAKSEN.
- Pero oiga usted...
BILLING.
- ¡Hurra! ¡Habrá guerra, habrá guerra!
DOCTOR STOCKMANN.
- Los derribaré a todos. Los aplastaré, arrasaré sus
fortalezas ante los ojos de la gente honrada...
ASLAKSEN.
- Pero con moderación, señor doctor, con moderación...
BILLING.
- ¡No, no! ¡No escatime usted la pólvora!
DOCTOR STOCKMANN. (Continúa
sin poder contenerse.)
- Ya no sólo está en juego el asunto de las aguas, ¿comprende
usted? Es menester purificar la sociedad entera.
BILLING.
- ¡Ha pronunciado la palabra liberadora!
DOCTOR STOCKMANN.
- Hay que eliminar a todos los viejos de ideas anticuadas,
sin excepción de ninguna clase. El futuro presenta una perspectiva sin límites.
No sabría definirlo bien; pero lo veo, lo veo... Se impone buscar hombres
jóvenes y sanos que enarbolen nuestras banderas; se requieren nuevos jefes en
todos los puestos avanzados.
BILLING.
- ¡Muy bien! Escuche...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Si no nos separamos, irá todo como una seda! Pondremos en
marcha la revolución igual que se bota una barca
al mar. ¿De acuerdo?
HOVSTAD.
- Entiendo que conseguiremos traer el mando de la ciudad a
buenas manos.
ASLAKSEN.
- Y si obramos con moderación no correremos el menor
peligro.
DOCTOR STOCKMANN.
- Con o sin peligro, ¡qué más da! Hablo en nombre de la
razón, en nombre de la conciencia.
HOVSTAD.
- Merece usted que se le apoye.
ASLAKSEN.
- Está fuera de toda duda que el doctor es el mejor amigo de
la ciudad, de la sociedad.
BILLING.
- El doctor Stockmann es un verdadero amigo del pueblo,
Aslaksen.
ASLAKSEN.
- Espero que la Sociedad de Propietarios le dará pronto ese
título.
DOCTOR STOCKMANN. (Sinceramente
emocionado, les estrecha la mano.)
- ¡Gracias, gracias! Son ustedes unos buenos amigos. Me
siento feliz, en realidad, escuchándoles. Mi hermano ha tenido la osadía de
llamarme de otra manera. Pero lo pagará. ¡Ea! me voy. He de visitar a un
enfermo pobre. Volveré, como ya he
dicho. Ponga usted mucho tiento con mi artículo, Aslaksen, y no quite ni una
tilde por nada del mundo. Hasta luego. Adiós.
(Le
acompañan a la puerta.)
HOVSTAD.
- Este hombre puede convenirnos mucho.
ASLAKSEN.
- Mientras ataque al establecimiento con moderación, sí. Pero
hay que andarse con tino para no seguirle si pretende ir más lejos.
HOVSTAD.
- ¡Hombre! Según y cómo...
BILLING.
- Lo que usted tiene es miedo, Aslaksen.
ASLAKSEN.
- ¿Miedo? Sí, lo reconozco. Tratándose de autoridades
locales, sí. La experiencia me ha enseñado muchas cosas. Si estuviera metido
en la gran política, en contra del mismo gobierno, ya verían ustedes cómo no
retrocedería.
BILLING.
- No lo creo. Usted se contradice a sí mismo.
ASLAKSEN.
- Yo, ante todo, soy moderado. Atacando al gobierno, no se
perjudica a nadie. Sigue y se ríe de todos los ataques. Pero, en cambio, las
autoridades locales pueden ser destituídas, y los agitadores, encargados de
sustituirlas. Y eso tal vez se tradujera en un daño irreparable para los
propietarios y para los que no lo son.
HOVSTAD.
- La mejor educación de cada ciudadano es que aprendan a
conducir la nave del Estado.
ASLAKSEN.
- Cuando se posee algún bien, señor Hovstad, importa
guardarlo y no mezclarse en las cuestiones públicas.
HOVSTAD.
- Pues me place. Yo no tengo nada que guardar.
BILLING.
- ¡Eso!
ASLAKSEN. (Sonriente.)
- El actual jefe del Municipio ha sido su antecesor; me
acuerdo muy bien de haberle oído idénticos alardes, sentado en esa butaca de
cuero.
BILLING. (Desdeñoso.)
- No me hable usted de ese miserable.
HOVSTAD.
- Jamás seré veleta que gire al soplo de cualquier viento.
ASLAKSEN.
- Eso no puede asegurarlo un político, Hovstad. Y usted,
Billing, haga todo lo posible por contenerse; nadie ignora que desea ser
secretario del Ayuntamiento.
HOVSTAD.
- ¿Es posible?
BILLING.
- Sí, es cierto; pero ya comprenderán que lo hago para
burlarme de esos burgueses intransigentes.
ASLAKSEN.
- ¡Da lo mismo! Yo, a pesar de haber sido motejado de
cobardía y de inconsecuencia en mi actitud, puedo decir bien alto: “El pasado
político del impresor Aslaksen está de par en par abierto a los ojos de todo
el mundo.” Mis ideas no cambian; sólo que me he vuelto moderado. Estoy de
corazón con el pueblo; pero no puedo negar el derecho a estar de parte de
nuestras autoridades. (Vuelve a la
imprenta.)
BILLING.
- ¿Por qué no nos deshacemos de ese hombre, Hovstad?
HOVSTAD.
- ¿Sabe usted de otro dispuesto a adelantarnos el papel y
los gastos de imprenta?
BILLING.
- Es una lamentable incomodidad que no dispongamos del
capital necesario.
HOVSTAD. (Se sienta al
escritorio.)
- ¡Ah! Por supuesto, si lo encontráramos...
BILLING.
- ¿ Y por qué no se dirige usted al doctor Stockmann?
HOVSTAD. (Hojeando, los
papeles.)
- Tampoco dispone de nada.
BILLING.
- Pero hay a espaldas suyas un hombre útil: el viejo Morten
Kul, el Hurón, como suelen. llamarle.
HOVSTAD.
- ¿Está usted seguro de que tiene dinero?
BILLING.
- Que me cuelguen si no lo tiene. Una gran parte de su
fortuna corresponderá a la familia de Stockmann. Por lo menos, habrá de pensar
en la dote de su hija.
HOVSTAD. (Da media
vuelta.)
- ¿Y usted cuenta con ese dinero?
BILLING.
- ¿Contar? Yo no cuento con nada.
HOVSTAD.
- Y hace bien. Además, le advierto que tampoco debe contar
con el puesto de secretario del Ayuntamiento, créame.
BILLING.
- Lo sé, lo sé, y casi me alegro. Esa injusticia es la que me
mueve a luchar. Ha llenado mi alma de amargura y de irritación. Aquí, donde hay
tan pocas cosas que le animen a uno, es indispensable ese estimulante.
HOVSTAD. (Torna a
escribir.)
- En efecto.
BILLING.
- Entre tanto, prepararé un aviso a la Sociedad de
Propietarios. (Vase por la puerta de la
derecha.)
HOVSTAD.
- Cómo se le ve venir!
(Llaman
a la puerta.)
PETRA. (Aparece por la
izquierda del foro.)
- Perdón, señor Hovstad.
HOVSTAD. (Brindándole
una silla.)
- Siéntese.
PETRA.
- Gracias. En seguida me voy.
HOVSTAD.
- ¿Trae usted algún recado de su padre?
PETRA.
- No, no; vengo por mi cuenta. (Saca del bolsillo de su abrigo un manuscrito.) Aquí tiene la
novelita inglesa. Se la devuelvo.
HOVSTAD.
- ¿Por qué?
PETRA.
- Ya no me agrada traducirla.
HOVSTAD.
- Pero si me había prometido usted...
PETRA.
- En verdad, no la he leído, y usted tampoco, estoy segura.
HOVSTAD.
- No, por de contado; harto le consta a usted que no sé
inglés.
PETRA.
- Pues bien: a ver si me encuentra usted otra; sinceramente,
me parece que ésta no le va a La Voz del
Pueblo.
HOVSTAD.
- ¿Por qué dice usted eso?
PETRA.,
- Contraría las ideas de ustedes.
HOVSTAD.
- ¿Y qué más da?
PETRA.
- No quiere usted percatarse. Esa novela intenta demostrar
que hay un poder sobrenatural que favorece a los que llama buenos y los
recompensa, y que indefectiblemente castiga a los que llama malos.
HOVSTAD.
- Pero ¡si ésa es una tesis encantadora! Por añadidura, está
muy dentro de los gustos del pueblo.
PETRA.
- Entonces, ¿no tiene
ningún reparo en ofrendar esa obra a sus lectores? Adivino, con todo, que usted
no lo cree así y sabe muy bien que en la vida real no ocurren las cosas de ese
modo.
HOVSTAD.
- Exacto. Pero un director de periódico no puede hacer
siempre lo que se le antoje. Cuando se trata de cuestiones tan poco
trascendentales, hay que inclinarse ante la opinión del público. Por el
contrario, la política --y ésa sí que es la cuestión más trascendental del mundo,
al menos para un periódico-- debe llevarse con habilidad, halagando al público para conseguir que acepte las ideas
liberales y progresistas. En cuanto los lectores se encuentren en el diario con
una historia moral como ésa, se tranquilizarán y acabarán aceptando las ideas
políticas que publicamos junto a ella.
PETRA.
- ¿Es usted capaz de emplear tamaños trucos para captarse a
sus lectores? En tal caso, semejaría una araña que está al acecho de su presa
y la atrae con ardides.
HOVSTAD. (Sonriendo.)
- ¡Vaya! Le agradezco el concepto que tiene usted de mí,
aunque, en suma, esa teoría no es la mía, sino de Billing.
PETRA.
- ¿ De Billing?
HOVSTAD,
- Hace un rato me decía algo análogo: él quiere que se
publique esa novelita, la cual, en resumidas cuentas, no conozco.
PETRA.
- ¿Acaso no es Billing liberal?
HOVSTAD.
- ¡Oh! Billing es oportunista. Está deseando que le den un
cargo en la secretaría del Ayuntamiento.
PETRA.
- Eso, no parece posible, señor Hovstad. ¿Cómo sería capaz de
ceder a las exigencias del cargo?
HOVSTAD.
- Pregúnteselo a él.
PETRA.
- Con franqueza, nunca lo habría creído.
HOVSTAD. (Observándola
fijamente.)
- ¿En serio, no lo esperaba usted?
PETRA.
- No, sé... sí...
quizá; pero a duras penas, en fin.
HOVSTAD.
- Señorita, créame; los periodistas no valemos nada.
PETRA.
- ¿Cómo puede usted pensar eso?
HOVSTAD.
- No lo pienso sino algunas veces.
PETRA.
- En las cuestiones sin importancia concedo que pueda
cambiarse de opinión fácilmente; pero en un asunto tan grave como el que
tienen ustedes entre manos...
HOVSTAD,
- ¿ Habla del de su padre?
PETRA.
- Sí. ¿Es que no se eleva usted sobre el nivel de los demás
respecto a ese conflicto ?
HOVSTAD,
- Por supuesto; hoy, sí.
PETRA.
- La misión que ha elegido usted es grandiosa: la de abrir la
puerta a la verdad y al progreso, defendiendo sin temor al genio incomprendido
y humillado.
HOVSTAD.
- Máxime, cuando ese genio es un... un... ¿cómo diría yo?
PETRA.
- Cuando ese hombre es honrado y leal, ¿no quiere usted decir
eso?
HOVSTAD. (Bajando la
voz.)
- Más bien quiero decir... cuando ese hombre... es su
padre...
PETRA. (Asombrada.)
- ¡Cómo!
HOVSTAD,
- Sí. Petra... señorita Petra... cuando...
PETRA.
- ¿Conque no lo hace usted por defender la verdad, por
admiración a la honradez de mi padre, por la causa en pro de la cual lucha?
HOVSTAD.
- Sí, sin duda; eso influye asimismo...
PETRA.
- ¡Basta, Hovstad! Ha hablado de más. He perdido toda la fe
que en usted tenía.
HOVSTAD.
- Pero ¡si lo hice... por usted! ¿Se ha enfadado conmigo?
PETRA.
- ¿Por qué no ha sido sincero con mi padre? Le ha inducido a
creer que sólo le impelía su amor a la verdad y al provecho público. Y eso es
mentira. Nunca se lo podré perdonar.
HOVSTAD.
- ¡Por Dios, señorita! No me dirija usted esas palabras tan
duras. Sobre todo ahora que…
PETRA.
- ¿Por qué ahora?
HOVSTAD.
- Porque ahora me necesita su padre.
PETRA. (Retándole can
la mirada.)
- ¿Será capaz de eso, además? ¡Se porta usted como un
bellaco!
HOVSTAD.
- Le suplico que olvide lo que acabo de decirle, Petra.
PETRA.
- No me diga nada. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Adiós.
(Reaparece
ASLAKSEN con aire misterioso.)
ASLAKSEN.
- Señor Hovstad, al fin y al cabo, no sale esto tan a pedir
de boca...
PETRA.
- Aquí tiene su novelita. Encargue la traducción a otra
persona, si quiere. (Se aproxima a la
puerta.)
HOVSTAD. (Tras ella.)
- Señorita...
PETRA.
- Adiós. (Vase.)
ASLAKSEN.
- Señor Hovstad, ¿me permite un momento?
HOVSTAD.
- Diga.
ASLAKSEN.
- El señor alcalde está ahí, en la imprenta.
HOVSTAD.
- ¿El alcalde?
ASLAKSEN.
- Sí; dice que desea hablar con usted reservadamente. Ha
entrado por la puerta trasera, ¿sabe? Para que no le viesen.
HOVSTAD,
- ¿Qué querrá? Bien; que pase. O mejor, aguarde; iré yo
mismo... (Se encamina a la imprenta, abre
la puerta, saluda y hace pasar al ALCALDE.) Aslaksen, usted se encargará
de que no nos estorbe nadie, ¿comprende?
ASLAKSEN.
- Comprendido. (Se
reintegra a la imprenta.)
EL ALCALDE.
- ¿No esperaba usted verme aquí, señor Hovstad?
HOVSTAD.
- No, por cierto.
EL ALCALDE. (Mira
recelosamente en torno suyo.)
- Está usted bien instalado. Un despacho muy discreto...
HOVSTAD.
-¿Discreto? ¡Bah!
EL ALCALDE.
- Usted me disculpará que no le haya prevenido de mi visita;
acaso le haga perder el tiempo.
HOVSTAD.
- Estoy a su completa disposición, señor alcalde. Con su
permiso. (Le toma la gorra y el bastón, y
los coloca sobre una silla.) Siéntese, por favor.
EL ALCALDE.
- Gracias. (Se sienta
ante la mesa. HOVSTAD lo hace a su vez.) Acabo de llevarme un gran
disgusto, señor Hovstad.
HOVSTAD.
- Me lo figuro. ¡Tiene usted tantas cosas de qué preocuparse,
señor alcalde!...
EL ALCALDE.
- En particular, quien me causa más preocupaciones es el
médico del balneario.
HOVSTAD.
- ¿El señor doctor?
EL ALCALDE.
- Sí; ha enviado a la dirección una memoria donde pretende
que el balneario está mal construido.
HOVSTAD.
- ¡Ah! ¿Dice eso el doctor?
EL ALCALDE.
- ¿No lo sabía usted? Pues recuerdo que él me contó...
HOVSTAD.
- Sí, tiene usted razón; pero sólo me insinuó unas palabras.
ASLAKSEN. (A voces,
desde la imprenta.)
- ¿Está por ahí ese manuscrito?
HOVSTAD. (Sin poder
disimular, su contrariedad.)
- Sí, aquí está, en el escritorio.
ASLAKSEN. (Viene, a
recogerlo.)
- ¡Ah! ya lo veo.
EL ALCALDE.
- ¿Es la memoria?
ASLAKSEN.
- Es un artículo del doctor, señor alcalde.
HOVSTAD.
- ¿Se refería usted a ese artículo?
EL ALCALDE.
- Sí. ¿Qué opina usted de él?
HOVSTAD.
- No sé bien de qué trata. Como que no he hecho más que
hojearlo.
EL ALCALDE.
- Y a pesar de eso, ¿lo publica?
HOVSTAD.
- No puedo negarle nada al doctor, y mucho menos acerca de un
artículo firmado.
ASLAKSEN.
- Le advierto, señor alcalde, que yo no tengo nada que ver
con los asuntos de la redacción; ya lo sabe usted.
EL ALCALDE.
- Lo sé.
ASLAKSEN.
- No hago más que imprimir lo que me dan.
EL ALCALDE.
- Claro; es su obligación.
ASLAKSEN.
- ¡Ni más ni menos!... (Va
hacia la imprenta.)
EL ALCALDE.
- Un momento, señor Aslaksen; con su permiso, señor
Hovstad...
HOVSTAD.
- ¡No faltaba más, señor alcalde! Está usted en su casa.
EL ALCALDE.
- Usted, que es un hombre serio y razonable, señor
Aslaksen...
ASLAKSEN.
- Le agradezco mucho esa apreciación.
EL ALCALDE.
- Usted, que tiene tanta influencia...
ASLAKSEN.
- Entre la clase media nada más.
EL ALCALDE.
- La clase media es la más numerosa aquí y en todas partes.
ASLAKSEN.
- Evidentemente.
EL ALCALDE.
- ¿Podría exponerme la opinión de la clase media? Usted debe
de conocerla.
ASLAKSEN.
- Creo que sí, señor alcalde.
EL ALCALDE.
- Bueno; puesto que
los ciudadanos menos ricos acceden a sacrificarse, yo...
ASLAKSEN.
- ¡Cómo! ¿A qué se refiere?
HOVSTAD.
- ¿ Se sacrifican?
EL ALCALDE.
- Es una loable prueba
de solidaridad que no esperaba. Por lo demás, usted conoce mejor que yo la
manera de pensar de esa gente.
ASLAKSEN.
- Pero, señor alcalde...
EL ALCALDE.
- ¡Ah ! La ciudad necesitará
hacer grandes sacrificios...
HOVSTAD.
- ¿Qué la ciudad...?
ASLAKSEN.
- No comprendo. El. balneario, querrá usted decir...
EL ALCALDE.
- Según un cálculo provisional, parece ser que el costo de
las reformas preconizadas por el doctor del balneario ascenderá a doscientas
mil coronas.
ASLAKSEN.
- Es demasiado.
EL ALCALDE.
- No va a haber más remedio que hacer un empréstito comunal.
HOVSTAD. (Poniéndose de
pie.)
- Realmente, no estimo que deba ser la ciudad...
ASLAKSEN.
- ¿Qué? ¿Obligar a pagar al pueblo? ¿Con el dinero de.los
comerciantes modestos?
EL ALCALDE.
- ¿Qué otra cosa podemos hacer, señor Aslaksen? ¿De dónde
vamos a sacar el dinero, si no?
ASLAKSEN.
- Yo, por mí, juzgo que eso es cuestión del consejo del
balneario.
EL ALCALDE.
- Los accionistas no pueden con nuevos quebrantos. Si se
resuelve llevar a cabo el plan de reformas tan considerable que ha propuesto
el doctor, habrá de pagarlo la ciudad.
ASLAKSEN.
- ¡Eh! ¡Poco a poco, señor Hovstad! Creo que el asunto toma
un giro muy diferente.
HOVSTAD.
- Sí, muy diferente.
EL ALCALDE.
- Lo peor de todo es que no habrá más remedio que
clausurar el balneario durante dos
años, por lo menos.
HOVSTAD.
- ¿Cerrarlo, quiere usted decir?
ASLAKSEN.
- ¿Durante dos años?
EL ALCALDE.
- Sí; ése es el tiempo que durará la reparación.
ASLAKSEN.
- Pero, señor alcalde, ¡esto ya pasa de la raya! ¿De qué
viviremos, entonces, nosotros los propietarios, en todo ese tiempo?
EL ALCALDE
- ¡Oh! Eso no puedo decirlo, señor Aslaksen. ¡Qué le vamos a
hacer! ¿Cree usted que tendremos un solo bañista si se hace circular la especie de que el agua es
nociva, de que la ciudad está infectada?...
ASLAKSEN.
- ¿No habrá sido todo eso una fantasía del doctor?...
EL ALCALDE.
- Así lo creo yo.
ASLAKSEN.
- En ese caso, el doctor ha cometido una falta imperdonable.
EL ALCALDE.
- Por desgracia, tiene usted razón, señor Aslaksen. Mi
hermana ha sido siempre muy irreflexivo.
ASLAKSEN.
- ¡Y usted se proponía defenderle, señor Hovstad !
HOVSTAD.
- ¡Quién iba a suponer...!
EL ALCALDE.
- He preparado una explicación en que aclaro el asunto,
mirándolo desde un punto de vista imparcial, que es como debe enfocarse. Digo
también que, en proporción con los recursos del establecimiento, se pueden
corregir de una manera más paulatina los defectos señalados.
HOVSTAD.
- ¿Trae usted esa exposición, señor alcalde?
EL ALCALDE. (Buscando
en su bolsillo.)
- S,í la he traído, por casualidad...
ASLAKSEN. (Con
precipitación, asustado.)
- ¡Que viene el doctor!
EL ALCALDE,
- ¡Mi hermano! ¿Dónde está?
ASLAKSEN.
- En la imprenta.
EL ALCALDE.
- Verdaderamente, habría sido preferible no encontrarme con
él. Aún tenía que hablar a usted de muchas cosas...
HOVSTAD. (Indicando la
puerta de la derecha.)
- Puede usted pasar ahí y esperar un poco.
EL ALCALDE.
- Pero...
HOVSTAD.
- No hay nadie más que Billing.
ASLAKSEN.
- ¡De prisa, señor alcalde! ¡Ya está aquí!
EL ALCALDE.
- Bien bien. A ver si consiguen que se marche pronto, ¿eh? (Desaparece por la derecha.)
(ASLAKSEN
cierra la puerta aceleradamente tras él.)
HOVSTAD.
- Aslaksen, haga usted como si trabajara; hay que disimular.
(Se pone a escribir.)
(ASLAKSEN
hojea los papeles.)
DOCTOR STOCKMANN. (Que
entra en la imprenta.)
- Ya estoy de vuelta. (Deja
el sombrero y el bastón.)
HOVSTAD. (Según
escribe.)
- ¡Ah! ¿es usted, doctor? (A
ASLAKSEN.) Dese prisa, termine pronto su trabajo; no hay tiempo que
perder.
DOCTOR STOCKMANN. (A
ASLAKSEN.)
- Me han dicho que todavía no estaban las pruebas.
ASLAKSEN. (Sin cesar de
afanarse.)
- Sí, sí, señor doctor; efectivamente, aún no...
DOCTOR STOCKMANN
- Es igual... Pero hágase cargo de mi impaciencia. No tendré
tranquilidad hasta que haya visto el artículo impreso.
HOVSTAD.
- Sospecho que no va a ser posible imprimirlo tan pronto.
¿Verdad, señor Aslaksen?
ASLAKSEN.
- Yo temo que no.
DOCTOR STOCKMANN.
- Bueno, amigos míos. Volveré otra vez, dos, tres veces si es
necesario. Cuando media el interés público, no puede uno permitirse el lujo de
descansar. Además voy a decirles otra cosa.
HOVSTAD.
- Usted sabrá disculparme, señor doctor; pero ¿no le parece preferible que nos veamos
después?
DOCTOR STOCKMANN.
- No son más que dos palabras. En cuanto salga mi artículo en
el periódico, todo el mundo conocerá que he estado laborando durante el
invierno por el bien común...
HOVSTAD.
- Señor doctor...
DOCTOR STOCKMANN.
- No he hecho más que cumplir con mi deber de ciudadano, y
usted, como yo, lo encuentra natural. Pero mis buenos paisanos, que tanto me
quieren...
ASLAKSEN.
- Crea, señor doctor, que hasta ahora todos le han tenido en
gran aprecio.
DOCTOR STOCKMANN.
- Me alarma que, cuando las jóvenes lo lean, deduzcan que
intento poner en sus manos la dirección de la sociedad... Y hasta son capaces
de organizar una manifestación. Desde este mismo momento les digo que me
opongo rotundamente. Nada de
manifestaciones, ni banquetes, ni estandartes, ni suscripciones. Prométanme
ustedes que harán todo lo posible por impedirlo. Usted lo mismo señor Aslaksen.
¿Me dan su palabra de que lo harán así?
HOVSTAD.
- Un momento, señor doctor. Será mejor que sepa usted la
verdad cuanto antes.
(Por
la puerta de la izquierda del foro aparece CATALINA, puesto el abrigo y tocada
con un sombrero.)
SEÑORA STOCKMANN. (Notando
la presencia del doctor.)
- Estaba segura de que te encontraría aquí.
HOVSTAD. (Levantándose.)
- ¡Ah! ¿es usted, señora?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿A qué has venido Catalina?
SEÑORA STOCKMANN.
- Ya puedes figurártelo.
HOVSTAD.
- ¿Quiere usted sentarse?
SEÑORA STOCKMANN.
- Gracias. Les ruego que me excusen por venir aquí en busca
de mi marido. Pero soy madre de tres hijos, y...
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya lo sabemos.
SEÑORA STOCKMANN.
- A pesar de todo, has sido capaz de olvidarte de ellos y de
mí. Vas a labrar nuestra desdicha.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué locura es esa Catalina? Pero ¿quizá, por tener mujer e
hijos, ya no tengo derecho a decir la verdad, derecho a ser útil a la ciudad
donde nací y vivo?
SEÑORA STOCKMANN.
- En otro momento, Tomás...
ASLAKSEN.
- Sí, con moderación y templanza...
SEÑORA STOCKMANN.
- Señor Hovstad, nos está haciendo usted un grave perjuicio
con eso de atraer a mi marido a las luchas políticas, alejándole de la familia.
HOVSTAD.
- Señora, yo no atraigo a nadie, créame.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Tú crees que yo me dejo arrastrar, Catalina?
SEÑORA STOCKMANN.
- Eres el más inteligente de la ciudad, aunque a la par el
más fácil de engañar. (A HOVSTAD.)
¿Ignora usted que perderá su plaza de doctor del balneario si se publica el
artículo?
ASLAKSEN.
- ¡Cómo! ¿Es posible? Piénselo bien, señor doctor,
entonces...
DOCTOR STOCKMANN. (Riéndose.)
- ¡Bah! No se atreverán. Tengo de mi parte mayoría compacta.
SEÑORA STOCKMANN.
- Es una desventura deplorable.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Catalina, por lo que más quieras, haz el favor de regresar
a casa y de pensar en tus cosas en vez de mezclarte en este asunto! ¿Cómo
puedes estar tan triste, cuando yo estoy tan alegre? (Se frota las manos y pasea de
un extremo a otro de la estancia.) La verdad saldrá adelante, y créeme, el
pueblo vencerá. ¡Me imagino ver a todos los liberales reunidos en batallones prietos y
victoriosos! (Se detiene ante una silla.)
¿Qué es esto?
ASLAKSEN. (Mirando.)
- ¡Oh! es que...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Los emblemas de la autoridad aquí! (Coge y muestra la
gorra y el bastón del ALCALDE.)
HOVSTAD.
- Puesto que no tiene remedio...
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya lo comprendo todo. Ha venido a sobornarlos, pero
inútilmente, ¿no es eso? y al verme llegar... (Rompe a reír.) se ha largado. ¿A que sí, señor Aslaksen?
ASLAKSEN. (Con
azoramiento.)
- Sí, se ha largado, señor doctor.
DOCTOR STOCKMANN. (Deja
el bastón.)
- No. No lo creo posible. Pedro no es capaz de huir. ¿Dónde
le han escondido ustedes? ¡Ahí! Un momento; voy a buscarle. (El
doctor se pone la gorra, empuña el bastón, dirigiéndose a la puerta por la
cual ha desaparecido el ALCALDE, y la abre.)
(Este
último muy irritado entra, seguido de BILLING.)
EL ALCALDE.
- ¿Qué broma es ésta?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Más respeto, Pedro! Ahora el alcalde soy yo. (Se pavonea, enarbolando ostensiblemente el
bastón.)
SEÑORA STOCKMANN.
- Acaba de una vez, Tomás.
EL ALCALDE.
- ¡Devuélveme mi gorra y mi bastón!
DOCTOR STOCKMANN.
- Si tú eres el jefe de policía, yo soy el jefe de la ciudad.
¿Me oyes? Has venido a luchar contra mí a escondidas. Pues no conseguirás
nada. Mañana haremos la revolución, ya lo sabes. Querías despedirme, y te
destituyo de todos tus cargos. ¿Es que creías que yo no era capaz de tomar una
determinación? Tengo de mi parte a todas las invencibles fuerzas populares.
Hovstad y Billing van a clamar desde La
Voz del Pueblo, y el impresor Aslaksen se pondrá al frente de la Sociedad
de Propietarios, que a su. vez me apoya.
ASLAKSEN. (Trémulo.)
- Señor doctor, yo...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Usted lo hará, y ustedes también, queridos amigos! (A HOVSTAD y a BILLING.)
EL ALCALDE.
- ¿Que el señor Hovstad es capaz de sumarse a esos
agitadores?
HOVSTAD.
- No, señor alcalde, no lo crea usted.
ASLAKSEN.
- El señor Hovstad es incapaz de arruinarse ni de arruinar
el diario por una niñería.
DOCTOR STOCKMANN. (Asombrado.)
- ¿Qué están ustedes diciendo?
HOVSTAD.
- Usted me había presentado la cuestión bajo un aspecto
falso. Me es imposible en absoluto defenderle.
BILLING.
- Sobre todo después de las explicaciones que el alcalde ha
tenido la amabilidad de darme en la pieza contigua. No podemos apoyarle.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Bajo un aspecto falso? ¡Oh! ¡Nada de eso! Publique usted
mi artículo. Ya sabré yo enseñar cómo se defiende una idea cuando se está
convencido de que es cierta.
ASLAKSEN.
- Imposible. No puedo imprimirlo. Ni puedo ni me atrevo.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah! ¿no se atreve? Es usted el director del periódico, el
que manda, ¿no?
ASLAKSEN.
- No; los que mandan son los suscriptores, señor doctor.
EL ALCALDE.
- ¡A Dios gracias!
ASLAKSEN.
- La opinión pública, el público culto, los propietarios,
son los que dirigen los periódicos.
DOCTOR STOCKMANN. (Conmovido.)
- ¿Y todas esas fuerzas están contra mí?
ASLAKSEN.
- Por supuesto. Si su artículo se publicara, sería la ruina
de la clase media.
DOCTOR STOCKMANN.
- No puedo creerlo.
EL ALCALDE.
- ¡Mi gorra y mi bastón, por favor! (El DOCTOR STOCKMANN deja ambas cosas sobre la silla, y PEDRO
STOCKMANN las recoge.) No ha durado mucho tu autoridad.
DOCTOR STOCKMANN.
- Todavía no hemos terminado, Pedro. (A HOVSTAD.) ¿De modo que no va a publicarse mi artículo en La Voz del Pueblo?
HOVSTAD.
- De ninguna manera. Basta que pueda ser pernicioso para su
familia...
SEÑORA STOCKMANN.
- Le agradecería que se olvidara en este momento de la
existencia de esa familia, caballero.
EL ALCALDE. (Entregando
un papel a HOVSTAD.)
- Para compensar al público, conviene que se. inserte esta
nota oficial. Es una aclaración auténtica. ¿Querría usted encargarse de ella?
HOVSTAD. (Tomándola.)
- La haré imprimir. Gracias, señor alcalde.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y mi artículo, no? Piensan que lograrán hacerme callar,
que ahogarán la verdad. Pero va a ser más difícil de lo que se figuran. Señor
Aslaksen, aquí tiene usted el manuscrito; imprímalo bajo mi responsabilidad.
Tire cuatrocientos... o mejor, quinientos
ejemplares.
ASLAKSEN.
- Por nada del mundo me prestaría a imprimirlo, señor doctor.
No puedo ir contra la opinión pública. No encontrará usted en la ciudad un
solo impresor dispuesto a hacérselo.
DOCTOR STOCKMANN. (A
HOVSTAD.)
- Devuélvame el manuscrito.
HOVSTAD. (Se lo
devuelve.)
- Aquí lo tiene.
DOCTOR STOCKMANN. (Tomando
el sombrero.)
- Es indispensable que se conozcan mis opiniones. Convocaré
una reunión popular. Mis conciudadanos deben oír la voz de la verdad.
EL ALCALDE.
- Ninguna sociedad te cederá local; estoy seguro.
ASLAKSEN.
- De fijo.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Es una vergüenza! ¿Por qué se han vuelto todos contra ti,
Tomás?
DOCTOR STOCKMANN. (Con.
ira.)
- ¡Porque aquí no hay hombres! ¡Aquí sólo hay gentes que,
corno tú, Catalina, no piensan sino en su familia y son incapaces de
preocuparse del bien común!
SEÑORA STOCKMANN. (Dándole
el brazo.)
- Pues yo les demostraré que una... pobre mujer vale a veces
tanto o más que un hombre. Estoy de tu parte, Tomás.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Bravo, Catalina! Mi dictamen tiene que hacerse público.
Si no hay otro recurso, recorreré la ciudad como un pregonero Y lo leeré en
todas las esquinas.
EL ALCALDE.
- Espero que no seas tan loco.
ASLAKSEN.
- No conseguirá usted que le siga un solo hombre.
SEÑORA STOCKMANN.
- No importa, Tomás. Haré que tus hijos te acompañen.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Muy bien pensado!
SEÑORA STOCKMANN.
- Estoy convencida de que tanto Morten como Ejlif te
seguirán con alegría.
DOCTOR STOCKMANN.
- Igualmente vendréis tú y Petra.
SEÑORA STOCKMANN.
Yo no, Tomás. Saldré al balcón para veros pasar.
DOCTOR STOCKMANN. (Abrazándola
y besándola.)
- ¡Gracias, Catalina! Señores, ha empezado la batalla. Ya
veremos si la cobardia es capaz de ahogar la voz de un ciudadano que lucha por
el bien común.
(El
doctor y su mujer vanse por el foro.)
EL ALCALDE. (En tanto
que mueve la cabeza con preocupación.)
- ¡Ha acabado por volverla loca a ella misma!
FIN
DEL ACTO TERCERO
ACTO
CUARTO
Amplia
sala, de estilo antiguo, en casa del capitán Horster. Al foro, puerta de dos
hojas, abierta, que comunica con la antesala. En el lateral izquierdo, tres
ventanas. En el derecho, un estrado con una mesita, sobre la cual hay dos
candeleros con bujías, un jarro de agua, un vaso y un reloj. La sala está
alumbrada por dos candelabros entre ventana y ventana. A la izquierda, en
primer término, otra mesa, y sobre ella, una vela; al lado, una silla. En
primer término derecha, otra puerta, e inmediatas, dos sillas mas.
Gran reunión de ciudadanos de todas las categorías sociales.
Algunas mujeres y algunos
escolares. De continuo entra concurrencia por la puerta del
foro, llenando completamente el local.
CIUDADANO 1.° (A otro
con quien ha tropezado al entrar.)
- ¿También tú has venido esta noche, Lamstad?
LAMSTAD.
- Sí. No falto a ninguna reunión pública.
CIUDADANO 2.°
- Supongo que habrá traído usted el pito, ¿no? .
CIUDADANO 3.°
- ¡Hombre, no faltaba más! ¿Y usted?
CIUDADANO 2.º
- ¡Pues qué se ha creído! El capitán Evensen dijo que traería
una bocina como una casa.
CIUDADANO 1."
- ¡Qué bromista es ese Evensen! (Todos ríen.)
CIUDADANO 4.° (Aproximándose.)
- Oiga, ¿puede usted decirme qué es lo que pasa aquí esta
noche?
LAMSTAD.
- Nada, que el doctor Stockmann pronuncia una conferencia
contra el alcalde.
CIUDADANO 4.°
- ¿Contra su hermano?
CIUDADANO 1.°
- Es igual. Al doctor Stockmann no le da miedo nada.
CIUDADANO 5.º
- Pero esta vez no tiene razón. Así dice La Voz del Pueblo.
CIUDADANO 6.°
- Sin duda, por eso no han querido cederle local en la
Sociedad de Propietarios ni en la de Ciudadanos.
CIUDADANO 1.°
- Hasta le han negado el salón del balneario.
CIUDADANO 2°
- Naturalmente...
HOMBRE 1.º (En otro
grupo.)
- ¿Con quién debe uno estar de acuerdo en este asunto?
HOMBRE 2.° (Del mismo
grupo.)
- No tiene usted más que observar a Aslaksen y hacer lo que
él haga.
BILLING. (Con una
cartera bajo el brazo, se abre paso entre la multitud.)
- ¡Perdón, señores! Con permiso. Vengo a tomar notas para La Voz del Pueblo... Muchas gracias. (Se sienta junto a la mesa de la izquierda.)
OBRERO l.°
- ¿Quién es?
OBRERO 2.0
- Pero ¿no le conoces? Ese Billing que está colocado en el
periódico de Aslaksen.
(El
capitán HORSTER entra por la primera puerta del lateral derecho, acompañando a
la SEÑORA STOCKMANN y a PETRA. EJLIF y MORTEN vienen detrás.)
HORSTER.
- Supongo que aquí estarán ustedes bien. Desde su sitio
pueden salir fácilmente en caso de que ocurriese algo.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Cree usted que habrá tumulto?
HORSTER.
- Nunca se puede saber. Entra tanta gente... Pero siéntese y
no se impaciente.
SEÑORA STOCKMANN. (Sentándose.)
- Ha sido usted muy amable al ofrecer a mi marido la sala.
HORSTER.
- Nadie quería hacerlo, y pensé que...
PETRA. (Quien a su vez
se ha sentado.)
- ¡Y sobre todo ha sido usted muy valiente!
HORSTER.
- ¡Bah!, no creo que se necesite tanto valor para esto.
(HOVSTAD
y ASLAKSEN llegan a través de la multitud por diferentes puntos.)
ASLAKSEN. (Dirigiéndose
hacia HORSTER.)
- ¿No ha venido todavía el doctor?
HORSTER.
- Está esperando ahí dentro. (Movimiento cerca de la puerta del foro.)
HOVSTAD. (A BILLING.)
- Ahí tenemos al alcalde. ¿Le ve usted?
BILLING.
- ¡Sí, demonio! ¿Cómo se le ha ocurrido venir, a pesar de
todo?
(El
ALCALDE STOCKMANN se abre con lentitud camino entre los reunidos, saluda
cortésmente y se acomoda junto al lateral izquierdo. Poco después aparece el
DOCTOR STOCKMANN por la primera puerta del otro lateral. Viste abrigo negro y
lleva al cuello un pañuelo blanco. Algunos de los circunstantes aplauden con
timidez; pero los acalla un siseo discreto. Silencio.)
DOCTOR STOCKMANN. (A
media voz.)
- ¿Cómo te encuentras, Catalina?
SEÑORA STOCKMANN. (Conmovida.)
- Bien, gracias. (Baja
la voz.) ¡Ten calma, Tomás, por lo que más quieras !
DOCTOR STOCKMANN.
- Descuida. Sabré dominarme. (Consulta su reloj, sube al estrado y saluda.) Es la hora.
Empiezo. (Abre el manuscrito.)
ASLAKSEN.
- Habrá que elegir antes un presidente.
DOCTOR STOCKMANN.
- No hace falta.
ALGUNAS VOCES.
- ¡Sí, sí! ¡Que se elija!
EL ALCALDE.
- Yo asimismo considero oportuno que se elija un presidente
para encauzar las discusiones.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pedro, esto es una conferencia, y yo soy quien ha invitado
al público.
EL ALCALDE.
- Sí; pero una conferencia sobre el balneario puede originar
disputas.
UNOS CUANTOS.
- ¡Que se elija un presidente, que se elija un. presidente!
HOVSTAD.
- La opinión pública reclama un presidente.
DOCTOR STOCKMANN. (Conteniéndose.)
- Bien, ¡sea! Acatemos la opinión del pueblo.
ASLAKSEN.
- ¿Desearía el señor alcalde encargarse de la presidencia?
EL ALCALDE.
- No puedo aceptar, por diversas causas que es fácil
comprender. Pero tenemos la suerte de contar entre nosotros con una persona
que todos aclamarán como presidente. Hablo del señor impresor Aslaksen,
representante de la Sociedad de Propietarios.
OTROS MUCHOS.
- ¡Sí, sí! ¡Eso es! ¡Viva Aslaksen! (El doctor baja del estrado con el manuscrito en la mano.)
ASLAKSEN.
- Nombrado por la confianza de mis conciudadanos, acepto. (Sube al estrado.)
BILLING. (Tomando
nota.)
- El señor Aslaksen... impresor... es… designado...
presidente... entre aclamaciones de la multitud...
ASLAKSEN.
- En calidad de presidente, voy a permitirme dirigiros unas
breves palabras. Soy un hombre moderado, que desea en todo una moderación
reflexiva y... una reflexión moderada. Cuantos me conocen tienen ocasión de
comprobarlo.
MUCHAS VOCES.
- ¡Muy bien, muy bien!
ASLAKSEN.
- Mi experiencia me ha enseñado que la moderación es el
principal deber del ciudadano.
EL ALCALDE.
- ¡Muy bien!
ASLAKSEN.
- La reflexión y la moderación son de todo punto
indispensables a la sociedad. De modo que invitaré al honorable ciudadano que
ha tenido a bien convocarnos aquí a mantenerse dentro de los límites estrictos
de la moderación.
UN HOMBRE CERCA DE LA PUERTA. (Con sorna.)
- ¡Viva la Sociedad de la Moderación!
VOCES.
- ¡Silencio!
ASLAKSEN,
- ¡Silencio, señores! ¿Quién desea hacer uso de la palabra?
EL ALCALDE.
- Yo, señor presidente.
ASLAKSEN.
- El señor alcalde tiene la palabra.
EL ALCALDE.
- En cuanto a mí, dado el cercano parentesco que me une al
médico del balneario, como todo el mundo sabe, entiendo que hubiera sido
preferible abstenerme de hablar en esta velada. Pero, por bien del balneario,
por bien de toda la ciudad, estimo deber mío hacer la siguiente declaración: a
mi juicio, ninguno de los ciudadanos presentes quiere que circulen rumores
tendenciosos de la población y del balneario.
MUCHAS VOCES,
- ¡No! ¡Protestamos! ¡No, no!
EL ALCALDE,
- Así, pues, elevo a la asamblea el ruego de que se niegue al
médico del balneario el permiso de leer su memoria y de hablar de esta
cuestión.
DOCTOR STOCKMANN. (Sobresaltado.)
- ¡Cómo! ¿Prohibirme...?
EL ALCALDE.
- En la síntesis que he escrito y ha aparecido en La Voz del Pueblo, he aclarado las
partes principales del asunto, para que todos los ciudadanos conscientes
puedan someterlo a su juicio imparcial. En ella he demostrado que la denuncia
del doctor, además de constituir un gesto hostil contra las personas que
están en el poder, no traerá
otra consecuencia práctica que la de obligar a los
contribuyentes a un gasto inútil de más de cien mil coronas.
(Gritos
y silbidos.)
ASLAKSEN. (Haciendo
sonar la campanilla.)
- ¡Silencio, señores! Apruebo la protesta del señor alcalde.
A mi entender, el doctor Stockmann procura producir una agitación con otro
fin al hablar de los baños. Pretende que se realice una modificación en el
poder, y que recaiga éste en otras personas. Lógicamente, nadie duda de la
honorabilidad del doctor Stockmann. Incluso yo soy partidario del
parlamentarismo, si no ha de ser muy gravoso, claro está. Pero es que esto nos
costaría demasiado dinero, y sería imperdonable en absoluto prestar apoyo a
las ideas del doctor.
(Se
oyen aplausos.)
HOVSTAD.
- Por mi parte, deseo hablar con sinceridad de mis
apreciaciones personales. Confieso que he querido incitar al doctor Stockmann
para conseguir la agitación, que al principio contaba con muchos partidarios.
Pero nos hemos dado cuenta de que había
sido sorprendida nuestra buena fe con datos falsos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Falsos?
HOVSTAD.
- Inexactos, al menos. Así lo demuestra la síntesis
publicada por el señor alcalde. Presumo que nadie podrá dudar de mis
sentimientos liberales. Todo el mundo sabe que La Voz del Pueblo siempre ha defendido esos sentimientos; pero los
hombres de experiencia, los hombres reflexivos, me han enseñado que los
asuntos locales hay que tratarlos con tacto.
ASLAKSEN.
- Estoy conforme por completo con las palabras del orador.
HOVSTAD.
- Por tanto, no cabrá la menor duda de que el doctor no
piensa como la mayoría de los ciudadanos. Y yo pregunto: ¿cuál es la primera
obligación de un periodista, señores, si no es estar siempre de acuerdo con el
público? ¿Verdad que la misión de un periodista se reduce a ser útil a sus
lectores? ¿Me equivoco opinando así? Decid.
MUCHOS.
- ¡Muy bien, muy bien!
HOVSTAD.
- Francamente, deploro mucho verme obligado a combatir contra
el doctor, de quien he sido huésped. Se trata de una persona honrada que creo
merece toda la consideración de sus conciudadanos. Su único error consiste en
hacer más caso a su corazón que a su cabeza.
VOCES.
- ¡Muy bien! ¡Eso es! ¡Viva el doctor Stockmann!
HOVSTAD.
- Si he roto mis relaciones con él, lo he hecho en beneficio
de todos. Pero hay otra razón que, a pesar mío, me fuerza a combatirle. Y esa
razón, que me impele a detenerle en el mal camino que ha emprendido, es que me
preocupa la felicidad de su familia.
DOCTOR STOCKMANN.
- Hágame el favor de no hablar más que de la toma de aguas y
de la cloaca.
HOVSTAD.
- Me preocupa el porvenir de su mujer y de sus hijos, que
aún no pueden valerse por sí mismos.
MORTEN. (Aparte, a
CATALINA.)
- Está hablando de nosotros, mamá.
ASLAKSEN.
- Va a someterse a discusión la propuesta del señor alcalde,
señores.
DOCTOR STOCKMANN.
- No es menester. Ya no pienso hablar del balneario. Voy a
hablar de otra cosa.
EL ALCALDE. (En voz
baja.)
- ¿Qué es eso?
UN BORRACHO. (Desde la
puerta.)
- ¡Hombre! Yo pago mis impuestos como otro cualquiera y tengo
derecho a votar. Esa es mi opinión. Quiero votar...
VARIAS VOCES.
- ¡Silencio!
OTRAS VOCES,
- ¡A la calle! Está borracho.
¡Largo de ahí! (Le expulsan de la sala.)
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Puedo hablar?
ASLAKSEN. (Volviendo a
tocar la campanilla.)
- Tiene la palabra el doctor Stockmann.
DOCTOR STOCKMANN.
- Hace algunos días habría defendido valerosamente mis
derechos si hubieran querido hacerme callar, como aquí acaba de ocurrir. Pero
hoy ya no me importa. La cuestión de que voy a hablar es muy importante. (La multitud se agrupa alrededor suyo. Se ve
entre ella al viejo MORTEN KUL.) Estos últimos días he estado pensando
mucho. Tanto he pensado, que, en suma, he tenido miedo de volverme loco. Pero a
la postre ha triunfado la verdad en mi espíritu, a pesar de todo. Por eso estoy
aquí. ¡Ciudadanos!, repito que voy a hablaros de algo muy importante. En
comparación con lo que voy a decir, no tiene ninguna importancia haber demostrado
que las aguas del balneario están contaminadas, y que el balneario está mal
construído.
VARIAS VOCES. (A
gritos.)
- ¡Nada del balneario! ¡No queremos que se hable del
balneario!
DOCTOR STOCKMANN.
- Como gustéis. Sólo voy a hablaros de un descubrimiento que
acabo de hacer. He descubierto que la base de nuestra vida moral está
completamente podrida, que la base de nuestra sociedad está corrompida por la
mentira.
VARIAS VOCES. (Cuchichean
con asombro.)
- ¿Qué es lo que dice?
EL ALCALDE.
- Esa insinuación...
ASLAKSEN. (Agitando la
campanilla.)
- Se invita al orador a que se exprese con mayor moderación.
DOCTOR STOCKMANN.
- He querido a mi ciudad tanto como a mis hijos. Cuando tuve
que dejarla, era yo muy joven, y la
distancia, la nostalgia, el recuerdo del pasado siempre me la hacían ver
transfigurada por el cariño. (Se oyen
aplausos.) Después, he vivido largos
años una vida melancólica, muy lejos, en una ciudad triste, y cada vez que
veía a la pobre gente que vegetaba entre aquellas montañas, pensaba que habría
sido mejor dar a aquellos seres salvajes un veterinario era vez de un médico como yo.
(Suenan
murmullos.)
BILLING. (Dejando a un
lado su pluma.)
- ¡Lléveme el diablo si jamás he oído cosas parecidas!
HOVSTAD.
- ¡Eso es insultar a una población honorable!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Un momento! Me parece que nadie podrá decir que he perdido
allá el cariño a mi país natal. La imaginación elaboraba ideas constantemente
e hizo germinar en mí el propósito de fundar un balneario. (Hay aplausos y protestas.) Cuando tuve la dicha de regresar,
creí, queridos conciudadanos, que se habían realizado todos mis deseos. Me animaba una ambición sincera, y
ardiente de consagrar toda mi inteligencia, toda mi vida al bien público.
EL ALCALDE.
- ¡Bonito modo de hacerlo!
DOCTOR STOCKMANN.
- Con mi extraña ceguera vivía yo dichoso. Pero desde ayer,
mejor dicho, desde anteayer, se han abierto mis ojos,
y lo primero que he visto ha sido la incapacidad total, la
crasa ignorancia de las autoridades.
(Se
oyen ruidos, gritos y carcajadas.)
EL ALCALDE.
- Señor presidente...
ASLAKSEN. (Tocando de
nuevo la campanilla.)
- En mi calidad de presidente... pido al señor doctor no
emplee palabras que...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Es una ridiculez preocuparse por las palabras que debo
emplear, señor Aslaksen! Únicamente quería decir que
me asusta la inmensa villanía de que han sido culpables las
personas que ostentan el poder. Las detesto; no puedo con ellas. Son como
cabras a las que se dejara invadir un jardín recién plantado. No hacen más que
estropearlo todo. Un hombre libre no puede adelantar nada sin chocar con ellas
a cada paso. Quisiera acabar de una vez con esa casta de personas como se hace
con los animales dañinos...
(Se
perciben murmullos.)
EL ALCALDE.
- Señor presidente, ¿cómo permite usted que se digan
semejantes palabras?
ASLAKSEN. (Vuelve a
tocar fuertemente la campanilla.)
- ¡Señor doctor!
DOCTOR STOCKMANN. (Imponiéndose.)
- Lo que más me extraña es que antes no me haya dado cuenta
del valor de esos individuos, a pesar de tener ante mi vista un ejemplar
perfecto de su especie en la persona de mi hermano Pedro... ese hombre que
nunca retrocede ante sus yerros…
(Se
oyen risas y silbidos. ASLAKSEN hace sonar la campanilla con más fuerza aún.
EL BORRACHO vuelve a entrar.)
EL BORRACHO.
- ¿Me llaman? Mi nombre es Pedro, y he oído que el doctor...
(Suenan
diferentes gritos hasta que consiguen echar otra vez al BORRACHO.)
EL ALCALDE.
- ¿Quién es ese tipo?
UNO.
- No lo sé, señor alcalde; no le conozco.
OTRO.
- No debe de ser de aquí.
ASLAKSEN. (Al ALCALDE.)
- Ese interruptor habrá bebido demasiada cerveza, al
parecer. (Al doctor.) Ahora, doctor,
puede seguir usted, y procure ser más moderado en sus expresiones.
DOCTOR STOCKMANN.
- No pienso denigrar más a nuestros superiores; quien crea
que he de seguir haciéndolo, se equivoca de medio a medio. Estoy seguro de que
todos ellos, todos esos reaccionarios, sucumbirán tarde o temprano. No es necesario
atacarlos aún para que llegue su fin, y por ende, opino que no constituyen el
peligro más inminente de la sociedad. No, no son ellos los más peligrosos
destructores de las fuerzas vivas; no son ellos los más temibles enemigos de
la razón y de la libertad. ¡No!
MUCHAS VOCES.
- Entonces, ¿quiénes? ¡Diga sus nombres!
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo haré. Precisamente es este el gran descubrimiento que
hice ayer. El enemigo más peligroso de la razón y de la libertad de nuestra
sociedad es el sufragio universal. El mal está en la maldita mayoría liberal
del sufragio, en esa masa amorfa. He dicho.
(Gran
alboroto. La multitud patea y silba. Algunos ancianos parecen aprobar de un
modo furtivo. La SEÑORA STOCKMANN se levanta con ansiedad. EJLIF y MORTEN se
dirigen en actitud amenazadora a los escolares
alborotadores. ASLAKSEN agita la campanilla y reclama silencio. HOVSTAD
y BILLING gritan a la par, sin que se les pueda entender. Pasado un largo rato
de escándalo, se restablece la calma.)
ASLAKSEN.
- La presidencia exige que el orador retire lo que ha dicho,
porque, de fijo, ha ido más allá de lo que quería.
DOCTOR STOCKMANN.
- Me niego terminantemente, señor Aslaksen. ¿Acaso no es la
mayoría de esta sociedad la que me roba mi derecho y pretende arrebatarme la
libertad de decir la verdad?
HOVSTAD.
- La mayoría siempre tiene razón.
BILLING.
- Sí. La mayoría siempre tiene razón..
DOCTOR STOCKMANN.
- No; la mayoría no tiene razón nunca. Esa es la mayor
mentira social que se ha dicho. Todo ciudadano libre debe protestar contra
ella. ¿Quiénes suponen la mayoría en el sufragio? ¿Los estúpidos o los
inteligentes? Espero que ustedes me concederán que los estúpidos están en
todas partes, formando una mayoría aplastante. Y creo que eso no es motivo
suficiente para que manden los estúpidos sobre los demás. (Escándalo, gritos.) ¡Ahogad mis palabras con vuestro vocerío! No
sabéis contestarme de otra manera. Oíd: la: mayoría tiene la fuerza, pero no
tiene la razón. Tenemos la razón yo y algunas otros. La minoría siempre tiene
razón. (Tumulto.)
HOVSTAD,
- ¿Desde cuándo se ha convertido usted en un aristócrata,
señor doctor?
DOCTOR STOCKMANN.
- Os juro que no otorgaré ni una palabra de limosna a los
desgraciados de pecho comprimido y respiración vacilante, quienes no tienen
nada que ver con el movimiento de la vida. Para ellos no son posibles la acción
ni el progreso. Me refiero a la aristocracia intelectual que se apodera de
todas las verdades nacientes. Los hombres de esa aristocracia están siempre en
primera línea, lejos de la mayoría, y luchan por las nuevas verdades, demasiado
nuevas para que la mayoría las comprenda y las admita. Pienso dedicar todas mis
fuerzas y toda mi inteligencia a luchar contra esa mentira de que la voz del
pueblo es la voz de la razón. ¿Qué valor ofrecen las verdades proclamadas por
la masa? Son viejas y caducas. Y cuando una verdad es vieja, se puede decir que
es una mentira, porque acabará convirtiéndose en mentira. (Se oyen risas, burlas, murmullos y exclamaciones de sorpresa.) No
me importa lo más mínimo que me creáis o no. En general, las verdades no tienen
una vida tan larga como Matusalén. Cuando una verdad es aceptada per todos,
sólo le quedan de vida unos quince o veinte años a lo sumo, y esas verdades,
que se han convertido así en viejas y caducas, son las que impone la mayoría
de la sociedad como buenas, como sanas. ¿De qué sirve asimilar tamaña
podredumbre? Soy médico, y les aseguro que es un alimento desastroso, créanme,
tan malo como los arenques salados y el jamón rancio. Esa es la razón por la
cual las enfermedades morales acaban con el pueblo.
ASLAKSEN.
- Estimo que el orador se aleja mucho del tema del programa.
EL ALCALDE.
- Conforme. Lo mismo estimo yo.
DOCTOR STOCKMANN.
- Y yo estimo, Pedro, que eres un loco de atar. Voy
justamente al meollo del asunto, puesto que estoy hablando de la repugnante
mayoría que envenena las fuentes de nuestra vida intelectual y el terreno
sobre el cual nos movemos.
HOVSTAD.
- La mayoría del pueblo tiene buen cuidado de no aceptar una
verdad más que cuando es evidente.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Por Dios, señor Hovstad, no me hable usted ahora de
verdades evidentes, reconocidas por todos! Las verdades que acepta la mayoría
no son otras que las que defendían los pensadores de vanguardia en tiempos de
nuestros tatarabuelos. Ya no las queremos. No nos sirven. La única verdad
evidente es que un cuerpo social no puede desarrollarse con regularidad si no
se alimenta más que de verdades disecadas.
HOVSTAD.
- Bueno, doctor; concrete usted. ¿De qué verdades disecadas
se alimenta nuestro cuerpo social?
(Suenan
murmullos aprobatorios.)
DOCTOR STOCKMANN.
- Podría nombrar muchas, si quisiera. Bastará que diga una,
de la cual viven el señor Hovstad, La Voz
del Pueblo y todos sus lectores.
HOVSTAD.
- Diga. ¿Cuál es?
DOCTOR STOCKMANN.
- La creencia heredada de sus antepasados, y que usted
defiende impensadamente sin descanso: me refiero a la creencia según la cual
la plebe, la mayoría, constituye la esencia del pueblo; a su juicio, el hombre
del pueblo, el que encarna la ignorancia y todas las enfermedades sociales,
debe tener el mismo derecho a condenar y a aprobar, a dirigir y a gobernar,
que los seres elegidos que forman la aristocracia intelectual.
BILLING.
- ¿Qué está usted diciendo?
HOVSTAD. (Al mismo
tiempo, gritando.)
- ¿Habéis oído, ciudadanos?
VOCES IRACUNDAS DEL PUEBLO.
- ¡Nosotros somos el pueblo! ¿Es que quieres que gobiernen
solamente los nobles?
UN OBRERO.
- ¡Echémosle a la calle! ¡No toleramos que nos trate así!
VOCES.
- ¡A la calle! ¡Afuera! ¡A la calle!
UNO.
- Toca tu bocina, Evensen.
(Se
oyen gritos, pitidos, y un escándalo tremendo.)
DOCTOR STOCKMANN. (Cuando
se calma el tumulto.)
- ¿Es que no podéis oír por una sola vez en vuestra vida una
verdad sin encolerizaros? Realmente, no esperaba convenceros a todos en el
primer momento; pero creía que, por lo menos, estaría de acuerdo conmigo el
señor Hovstad, que es librepensador...
ALGUNOS. (Asombrados.)
- ¡Cómo! ¿El periodista Hovstad, librepensador?...
HOVSTAD. (Rabioso.)
- Demuéstrelo, señor doctor. Yo nunca he escrito semejante
cosa.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, tiene usted razón, es cierto. Nunca denotó esa
sinceridad. En fin, no quiero comprometerle, señor Hovstad. Por lo visto, aquí
no hay más librepensador que yo. Os voy a probar que La Voz del Pueblo se burla cuando dice que la mayoría es la esencia
del pueblo. Eso no implica sino una adulación, un truco periodístico. ¿Se dan
cuenta ustedes? La plebe es la materia prima que hay que transformar en
pueblo. (Escándalo.) ¿No se han
fijado en la diferencia que existe entre los animales de lujo y los animales
vulgares? Piensen en la gallina de un campesino. ¿Qué clase de huevos pone? No
mayores que los de una paloma. Imaginaos, por el contrario, una gallina
japonesa o española, de casta selecta, y comparadlas. ¿No habéis visto a los
perros, esos amigos de quienes casi puede decirse que pertenecen a la familia? Tomad un mastín
grande, sucio, vulgar, que mancha todas las esquinas, y comparadle con un perro
de raza, cuyos ascendentes se han alimentado bien durante varias generaciones
y han vivido entre voces armoniosas y música. ¿No opinan que el cráneo de ese
perro de lujo estará desarrollado de un modo muy diferente al del mastín?
Creedme: los cachorros de esos perros de lujo son aquellos a quienes los
titiriteros y los saltimbanquis enseñan las habilidades más extraordinarias
que los otros no podrían aprender jamás.
(Ruido
y burlas.)
UN CIUDADANO. (A
gritos.)
- ¡Nos compara con perros!
OTRO CIUDADANO.
- ¡No somos animales, señor doctor!
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Condéneme si no sois animales! Todos somos animales. Lo
que pasa es que hay una gran distancia entre los hombres-mastines y los hombres
de raza. Y lo más gracioso es que estoy seguro de que el periodista Hovstad me
dará la razón... tratándose de cuadrúpedos.
HOVSTAD.
- Sí, tratándose de animales, le doy la razón.
DOCTOR STOCKMANN.
- Perfectamente; pero cuando se trata de animales de dos
patas, el señor Hovstad no se atreve a compartir mi opinión. Predica en seguida
en La Voz del Pueblo que la gallina
del campesino y el mastín callejero son más distinguidos y mejores que la
gallina y el perro de lujo. Así será siempre con el hombre, mientras no
eliminen lo que hay de vulgar en él, para alcanzar su verdadera distinción
espiritual.
HOVSTAD.
- No aspiro a distinción de ninguna clase. Soy hijo de una
simple familia de campesinos, y estoy orgulloso de pertenecer al cogollo de esa
plebe a la que se insulta aquí.
MUCHOS OBREROS.
- ¡Viva Hovstad! ¡Viva! ¡Muy bien!
DOCTOR STOCKMANN.
- La plebe a que me refiero no se encuentra sólo en las
clases bajas; también bulle en torno nuestro, aun entre las clases más
elevadas de la sociedad. Básteos mirar a vuestro propio alcalde. Mi hermano
Pedro es tan plebeyo como cualquier otro bípedo calzado con zapatos.
(Risas.)
EL ALCALDE.
¡Protesto! Están prohibidas las alusiones personales.
DOCTOR STOCKMANN. (Sin
inmutarse.) Con todo, en el fondo, no lo es; él como yo, desciende de un
viejo pirata de Pomerania. No lo duden ustedes.
EL ALCALDE.
- Esa es una patraña estúpida que niego rotundamente.
¡Falso!
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero es un plebeyo, porque piensa lo que piensan sus
superiores, porque opina lo que opinan sus superiores. Quienes hacen eso serán
siempre plebeyos morales. Por ello digo que mi queridísimo hermano Pedro es
tan poco noble en realidad, y por consiguiente, tan poco liberal.
EL ALCALDE.
-¡Señor presidente...!
HOVSTAD.
- ¡Los liberales, nobles! ¡Qué descubrimiento acaba usted de
hacer, señor doctor!
(Se
oyen burlas.)
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, en efecto, ése ha sido otro de mis descubrimientos;
sólo el liberalismo tiene valores morales. Así, pues, conceptúo indisculpable por parte de La Voz del Pueblo afirmar que la
mayoría, únicamente la mayoría, está en posesión de los principios del
liberalismo y de la moral; que la corrupción, la vileza y todos los vicios son
patrimonio de las clases altas de la sociedad, y que de ellas proviene toda la
podredumbre, como el veneno que corrompe y contamina el agua del balneario
proviene de las porquerías del Valle de los Molinos. (Escándalo. El DOCTOR STOCKMANN, sin turbarse, prosigue sus palabras,
arrastrado por sus pensamientos.) La misma Voz del Pueblo pide para la mayoría una educación superior y cabal.
Pero la verdad es que, según la tesis del propio periódico, eso sería envenenar
al pueblo. He aquí una vieja equivocación popular: creer que la cultura
intelectual es contraproducente, que debilita al pueblo. Lo que de veras
debilita al pueblo es la miseria, la pobreza, y todo lo que se hace para
embrutecerle. Cuando en una casa no se barre ni se friega el suelo, sus
habitantes acaban por perder en un par de años toda noción de moralidad. La
conciencia, como los pulmones, vive de oxígeno, y el oxígeno falta en casi
todas las casas del pueblo, porque una mayoría compacta, que es harto inmoral,
quiere basar el progreso de nuestra ciudad sobre fundamentos arteros y
engañosos.
ASLAKSEN.
- No puedo permitir que injurie usted de tan grave manera a
los presentes.
CIUDADANO 1°
- ¡Señor presidente, haga callar al orador!
CIUDADANO 2.°
- ¡Eso es! ¡Que se calle!
DOCTOR STOCKMANN. (Poniéndose
nervioso.)
- Nadie puede impedir que diga la verdad. Apelaré a los
periódicos de las poblaciones cercanas. Todo el mundo sabrá lo que pasa aquí.
HOVSTAD.
- Quiere usted arruinar nuestra ciudad, ¿no es eso, señor
doctor?
DOCTOR STOCKMANN.
- Amo a mi ciudad lo suficiente para preferir que se arruine
a que prospere por medio de engaños.
ASLAKSEN.
- ¡Esto pasa de la raya!
(Se
oyen protestas, silbidos y gritos. La SEÑORA STOCKMANN tose en balde, pues no
la escucha el doctor.)
HOVSTAD. (Con voz que
sobresale de todos los ruidos.)
- La persona que ataca así el bien común es un enemigo del
pueblo.
DOCTOR STOCKMANN. (Más
violento.)
- ¿Y qué importa que se arruine una sociedad podrida? Lo
mejor que se puede hacer es acabar con ella, acabar con todos los que viven de
la mentira como bestias dañinas. Terminaréis por contaminar todo el país, y
sois capaces de llevar también a él la ruina de la ciudad; si se llega a tal
punto de corrupción, gritaré con toda mi alma que este país debe ser
aniquilado, que nuestro pueblo debe desaparecer de una vez para siempre.
CIUDADANO 1.°
- ¡Está hablando usted como un auténtico enemigo del pueblo!
BILLING.
- Esa voz que hemos oído es la voz del pueblo, señor doctor.
TODOS.
- ¡Odia a su país, odia al pueblo!
ASLAKSEN.
- ¡Basta ! Como persona y como ciudadano, me sorprende
dolorosamente oír lo que ha dicho el doctor Stockmann. Por desgracia, se nos ha
aparecido ahora bajo un nuevo aspecto. Contra mi voluntad, me veo obligado a
hacerme solidario de los sentimientos de todos los conciudadanos honrados,
sentimientos que creo pueden resumirse en la siguiente conclusión: "La
presente asamblea declara que el doctor Tomás Stockmann, médico del balneario,
debe ser considerado como un enemigo del pueblo."
(Gritos
y escándalo. Varios ciudadanos se agrupan en torno al doctor, silbando. La
SEÑORA STOCKMANN y PETRA se ponen de pie. MORTEN y EJLIF se pegan con los demás
escolares que silban también. Se los separa.)
DOCTOR STOCKMANN. (A
quienes silban.)
- ¡Sois unos estúpidos; digo que sois...!
ASLAKSEN. (Tocando una
vez más la campanilla.)
- Retiro la palabra al doctor. En seguida se procederá a la
votación. Se votará por escrito y sin firma, para evitar cualquier
susceptibilidad. Señor Billing, ¿tiene usted papel blanco? Yo lo tengo azul. (Baja del estrado.) Así concluiremos pronto. Vaya cortando el papel.
(Al público.) El azul significa
"no"; el blanco, "sí". Yo recogeré todos los votos.
(El
ALCALDE sale de la sala. ASLAKSEN y muchos concurrentes meten papeles dentro
de sus sombreros y los reparten entre la multitud.)
CIUDADANO 1.° (A
HOVSTAD.)
- Dígame, ¿se ha vuelto loco el doctor?
HOVSTAD.
- Es tan violento...
CIUDADANO 2.° (A
BILLING.)
- Usted, que frecuentaba la casa del doctor, ¿podrá decirme
si bebía?
BILLING.
- No, no podré. Pero, ahora que recuerdo, en su casa siempre
había ponche preparado para las visitas.
CIUDADANO 3.°
- Yo creo que tiene accesos de locura.
BILLING.
- Puede ser.
CIUDADANO 4.°
- No; el doctor ha dicho todo eso por maldad o por vengarse.
¡Vaya usted a saber!
BILLING.
- Quiso que le subieran el sueldo, y no lo ha conseguido...
TODOS. (A un tiempo.)
- ¡Claro! ¡Ya se comprende todo!
EL BORRACHO. (Entre la
multitud.)
- Un papel azul... y otro blanco.
VARIOS CIUDADANOS.
- ¡Otra vez el borracho! ¡Afuera! ¡ A la calle !
MORTEN KUL. (Que se
encara con el doctor.)
- ¿Está usted viendo, Stockmann, adónde le han llevado sus
jugarretas?
DOCTOR STOCKMANN.
- No he hecho más que cumplir con mi deber.
MORTEN KUL.
- ¿Decía usted que las tenerías del Valle de los Molinos...?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Es que no lo ha comprendido usted? La infección provenía
de ellas.
MORTEN KUL.
- ¿De la mía también?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, sobre todo de la suya, desgraciadamente.
MORTEN KUL.
- Si lo publica usted, le va a costar muy caro, Stockmann.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Pues no me callaré!
UN NEGOCIANTE. (Hablando
al capitán, sin saludar a las señoras.)
- Capitán, ¿cómo ha sido usted capaz de ofrecer su casa a ese
enemigo del pueblo?
HORSTER.
- Señor mío, en mi casa hago lo que me da la gana.
EL NEGOCIANTE.
- Entonces no le extrañe que yo haga lo mismo.
HORSTER.
- ¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?
EL NEGOCIANTE.
- Mañana lo sabrá. (Le
da la espalda y vase.)
PETRA.
- Capitán, ése es su armador.
HORSTER.
- Sí, el armador Vik.
ASLAKSEN. (Volviendo a
agitar la campanilla, en el estrado, con todos los votos en la mano.)
- Señores, vean el resultado: por unanimidad, menos un voto.
CIUDADANO 1.°
- El del borracho.
ASLAKSEN.
- Sí; por unanimidad, menos el voto del borracho, esta
asamblea declara que Tomás Stockmann, médico del balneario, debe ser
considerado como un enemigo del pueblo. (Resuenan
aplausos.) Honremos, pues, a nuestra vieja y distinguida sociedad. (Aclamaciones.) Honremos al alcalde,
hombre constante y trabajador, que con toda lealtad y valentía no ha dudado un
momento para reprimir sus íntimos sentimientos familiares en aras del bien
público. Señores, la reunión ha
terminado. (Baja de la tribuna.)
BILLING.
- ¡Viva el presidente!
TODOS.
- ¡Viva el impresor Aslaksen!
DOCTOR STOCKMANN.
- Petra, hazme el favor de darme mi abrigo y mi sombrero. Y
usted, capitán, ¿tendrá sitio en su barco para unos emigrantes a América?
HORSTER.
- Para usted y para los suyos siempre hay sitio.
DOCTOR STOCKMANN (Mientras
PETRA le ayuda a ponerse el abrigo.)
- Vámonos, Catalina, y vosotros, hijos míos, venid aquí. (Ofrece el brazo a su mujer.)
SEÑORA STOCKMANN. (En
voz baja.)
- Tomás, será mejor que salgamos por la puerta excusada.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Nada de caminos extraviados! (Levantando la voz.) ¡Muy pronto tendréis noticias del enemigo del
pueblo! Yo no soy tan bueno como Aquel que dijo: "Perdónalos, porque no
saben lo que hacen."
ASLAKSEN. (Gritando.)
- ¡Eso es una blasfemia, doctor Stockmann!
BILLING. (Lo mismo.)
- ¡Dios nos guarde! Eso es algo que no puede escuchar ningún
hombre razonable.
UNA VOZ RONCA.
- ¡Hasta nos amenaza!
GRITOS AIRADOS.
- ¡Vayamos a tirar piedras a sus ventanas! ¡Hay que
arrojarlos al fiordo!
UN HOMBRE. (Entre la
multitud.)
¡Toca tu bocina,
Evensen! ¡Toca!
(Se
oyen bocinazos, silbidos y gritos salvajes. El doctor se dirige a la puerta
con los suyos. HORSTER va abriéndoles paso.)
LA MULTITUD. (Grita
tras ellos.)
- ¡Enemigo del pueblo, enemigo del pueblo!
BILLING. (Mientras
ordena sus notas.)
- ¡Que me cuelguen si me equivoco; pero me parece que esta
noche no voy a tomar el ponche en casa de los
Stockmann!
(Todos
se precipitan hacia la salidas. El alboroto se extiende afuera. Desde la calle
se oye resonar un grito: "¡Enemigo del pueblo, enemigo del pueblo!")
FIN
DEL ACTO CUARTO
ACTO
QUINTO
Despacho
del doctor, con estanterías y vitrinas abarrotadas de libros e instrumentos
quirúrgicos. Al foro, puerta que comunica con el vestíbulo. En primer término
del lateral izquierdo, la del salón. En el lateral derecho, un par de ventanas
con los cristales rotos. En medio de la estancia, escritorio lleno de volúmenes
y papeles. Todo aparece revuelto. Es por la mañana.
DOCTOR STOCKMANN. (Hablando,
a la puerta abierta del salón.)
- ¡Aquí he encontrado otra, Catalina¡
SEÑORA STOCKMANN. (Desde
el salón.)
- ¡Oh! todavía has de encontrar muchas más.
DOCTOR STOCKMANN. (Que
deja una piedra en un montón de ellas sobre la mesa.)
- Guardaré estas piedras como una cosa sagrada. Ejlif y
Morten las tendrán siempre ante sus ojos. Cuando sean mayores, las heredarán. (Mete un paraguas cerrado por debajo de las
estanterías.) Oye, ¿no ha ido, cómo se llama esa... muchacha..., no ha
ido a buscar al vidriero aún?
SEÑORA STOCKMANN. (Entrando.)
- Sí. Pero le ha contestado que no sabía si podría venir
hoy.
DOCTOR STOCKMANN.
- No se atreverá; ya lo verás.
SEÑORA STOCKMANN.
- No; también Randina creía que no se atrevería. Por los
vecinos, ¿sabes? (Habla hacia el salón.)
¿Qué quieres, Randina?... ¡Ah!, está bien. (Sale
al salón y vuelve a los pocos momentos.) Aquí hay una carta para ti, Tomás.
DOCTOR STOCKMANN.
- Vamos a ver. (La abre
y lee.) ¡Oh!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿De quién es?
DOCTOR STOCKMANN.
- Del casero. Nos despide.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Es posible? Con lo decente que era...
DOCTOR STOCKMANN. (Mientras
mira la carta.)
- Dice que no se atreve a obrar de otro modo. Lo hace muy a
pesar suyo; pero no se atreve a tenernos de inquilinos. Teme a los ciudadanos,
a la opinión pública. Está esclavizado; no se atreve a ir contra los
poderosos...
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Lo ves, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, sí; lo veo. En esta ciudad todos son cobardes; nadie
se atreve a nada por consideración al que dirán. (Arroja la carta sobre la mesa.) Es igual, Catalina. Emigraremos al
Nuevo Mundo, y entonces...
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Tú crees prudente irnos de esta manera, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN.
- Después de haberme injuriado con el nombre de enemigo del
pueblo, después de haberme puesto en la picota, después de haber hecho añicos
los vidrios de mi casa, ¿entiendes que puedo quedarme, Catalina? Hasta me
han desgarrado mi pantalón negro.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Ay, Dios mío! Pues era el mejor que tenías.
DOCTOR STOCKMANN.
- No debería uno nunca ponerse su mejor pantalón para luchar
por la libertad y la verdad. Pero lo del pantalón es lo de menos, porque ya
lo zurcirás tú. Lo más difícil de soportar para mí es ver cómo el populacho,
la plebe, ha sido capaz de acorralarme, tratándome de igual a igual.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Nos han insultado! Han sido realmente groseros, Tomás.
Pero, aun así, no hay razón para que nos vayamos.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sospecho que la plebe debe de ser tan insolente allá como
acá. En todas partes ocurrirá lo mismo. ¡Bah!, no
me importa que los perros me enseñen los colmillos. Me río de
ellos. Pero eso no es lo peor; lo peor es que de una punta a otra del país
todos los hombres resultan esclavos de los partidos. El mal no se acusa tan
malo por sí. Es posible que en América
los asuntos públicos no se lleven mejor; allí hay asimismo mayoría
aplastante, uniones liberales y todas esas patrañas. Matan, pero no queman a
fuego lento, no encadenan un alma libre, como aquí, y siempre el individuo
puede apartarse, abstraerse. (Se pasea
por la estancia.) ¡Ah, si supiera de un bosque virgen o de alguna isla
solitaria en los mares del Sur, donde pudiese vivir solo!
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, ¿y los niños, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN. (Deteniéndose.)
- ¿Qué dices, Catalina? Es que prefieres verlos vivir en una
atmósfera como ésta? La otra noche, tú misma has podido comprobar que la mitad
de la población está loca de atar, y que, si la otra mitad no ha perdido la
razón, es porque los imbéciles carecen
de razón que perder.
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí, Tomás. Estás en lo cierto; pero confiesa que dijiste
cosas más que fuertes…
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué quieres insinuar? ¿Que no es exacto lo que dije, lo
que digo? ¿Que esas ideas no trastornan el juicio? ¿Acaso no son una mezcla de
justicia e injusticia? ¿No han llamado mentira a lo que yo sé que es verdad?
Por último, la mayor insensatez de esos hombres de edad madura, de todos esos
liberales, de toda esa masa infecta, es que se creen y se hacen pasar por
espíritus libres. ¿Dónde se habrá visto nada semejante, Catalina?
SEÑORA STOCKMANN.
- Realmente, es absurdo, es muy lamentable; pero... (Entra PETRA en el salón.) ¿Ya has
vuelto de la escuela?
PETRA.
- Sí. Acaban de echarme.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Que te han echado?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿A ti también?
PETRA.
- Así me lo ha indicado la señora Busk, y me ha parecido lo
mejor marcharme en seguida.
DOCTOR STOCKMANN.
- No llego a creer que la señora Busk haya sido capaz de
hacer eso contigo.
PETRA.
- La señora Busk, en el fondo, no es mala. Se veía muy bien
que sufría al obrar en esta forma. Ella misma me lo ha dicho, pero no se atreve
a hacer otra cosa. En fin, el caso es que me han echado...
DOCTOR STOCKMANN. (Riéndose
y frotándose las manos.)
- ¡Tampoco se ha atrevido ella! ¡Estupendo!
SEÑORA STOCKMANN.
- Se comprende. Después del tumulto de ayer...
PETRA.
- Aún no he terminado, papá.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Tienes algo más que decir? ¡Habla!
PETRA.
- La señora Busk me ha enseñado unas cartas que había
recibido hoy por la mañana.
DOCTOR STOCKMANN.
- Anónimas, supongo, ¿eh?
PETRA
- Sí.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Lo estás viendo, Catalina? Ni siquiera se atreven a dar
su nombre.
PETRA.
- Dos de ellas contaban que anoche, en el círculo, uno de
nuestros amigos había dicho que yo profesaba ideas harto libres sobre ciertas
cuestiones.
DOCTOR STOCKMANN.
- Presumo que no lo habrás negado.
PETRA.
- Sin duda. Me consta que a su vez la señora Busk tiene ideas
libres en la intimidad. Pero, como las mías son
conocidas, no se ha atrevido a conservarme junto a ella.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Oyes? ¡Nada menos que un amigo nuestro! Así nos agradecen,
Tomás, nuestra hospitalidad...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡No aguanto un momento más entre tanta porquería! Anda,
prepara las maletas al punto y vámonos de aquí; hoy, mejor que mañana.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Chis! Alguien viene por el comedor. Petra, ve a ver quién
es.
PETRA. (Abriendo la
puerta del vestíbulo.)
- ¡Ah! ¿Usted aquí, capitán? Pase, por favor.
HORSTER. (Que entra.)
- Quería saber cómo seguían ustedes.
DOCTOR STOCKMANN. (Le
estrecha cordialmente la mano.)
- ¡Gracias, capitán! Es usted muy amable.
SEÑORA STOCKMANN.
- Le agradecemos de todo corazón habernos ayudado anoche a
entrar en casa, capitán.
PETRA.
- ¿Cómo pudo entrar usted luego en la suya?
HORSTER.
- ¡Oh!, muy fácilmente. Tengo buenos puños, y esa gente lo
único que tiene robusto son las gargantas.
DOCTOR STOCKMANN.
- Le sobra a usted razón. Son cobardes; tan cobardes, que
mueven a risa. Venga; le voy a enseñar una cosa. ¿Ve usted? ¡Nos han tirado
piedras! Le costará trabajo encontrar entre ellas piedras de combate. No
obstante, hablaban de hacerme pasar un mal rato, y cuando se ha tratado de
llegar a los hechos... En esta ciudad miserable no hay ni un hombre de acción.
HORSTER.
- Mejor que sea así, doctor; al menos, por esta vez.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, efectivamente, pero es una vergüenza. Si un día
hubiera que librar una batalla decisiva para el país, ya vería usted cómo la
opinión pública, esa mayoría compacta, huía cual un rebaño de borregos. ¡Es
triste pensarlo! Pero no; a la postre su estupidez me da risa. ¿Dicen que soy
un enemigo del pueblo? Bien; pues seguiré siendo un enemigo del pueblo siempre.
SEÑORA STOCKMANN.
- No, Tomás, no lo serás nunca.
DOCTOR STOCKMANN.
- Yo que tú, no lo diría con tanta convicción, Catalina. Una
frase venenosa puede hacer tanta daño como una punzada en los pulmones, y esa
frase maldita se me ha clavado en el corazón, ¡Nadie podrá arrancarla ya!
PETRA.
- Conviene tomar la cosa a broma, papá, ¡Ríete de ellos!
HORSTER.
- Con el tiempo se cambia de ideas, señor doctor.
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí, capitán; ha dicho usted una gran verdad.
DOCTOR STOCKMANN.
- Entonces será demasiado tarde y tendrán que arreglárselas
como puedan. Que sigan entre sus abominaciones, con el remordimiento de haber
desterrado a un buen patriota. ¡Peor para ellos! ¿Cuándo saldremos, capitán
Horster?
HORSTER.
- Justamente he venido para hablar de eso.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Alguna avería en el barco?
HORSTER.
- No; pero ya no salgo con él.
PETRA.
- Espero que no le hayan despedido.
HORSTER. (Sonriente.)
- Sí, me han despedido.
PETRA.
- ¿Cómo es posible? ¿También a usted?
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Lo ves, Tomás?
DOCTOR STOCKMANN.
- Le pasa esto por su lealtad. Si lo hubiera sabido antes...
HORSTER.
- No se preocupe. No me será difícil conseguir colocarme con
cualquier armador de otra ciudad.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ese Vik es un miserable! ¡Hacer una cosa así siendo rico y
libre!
HORSTER.
- Yo creo que, al fin y al cabo, es un hombre honrado. Me
dijo que me habría mantenido en mi puesto si no fuese porque no se atrevía…
DOCTOR STOCKMANN,
- ¡Claro! ¡No se ha atrevido! ¡Era de creer!
HORSTER.
- Me dijo que, cuando se pertenece a un partido, no es tan
fácil atreverse…
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Y ésas son las palabras de un hombre honrado! ¡Vaya!
¿Sabe usted lo que es un partido? Un partido es un instrumento para hacer
picadillo de carne... de carne humana.
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás...
PETRA. (A HORSTER.)
- Estoy segura de que no le habría acaecido esto si no nos
hubiese acompañado usted a casa.
HORSTER.
- No lo lamento.
PETRA. (Estrechándole
la mano.)
- ¡Muchas gracias!
HORSTER. (Al doctor.)
- He venido a decirle que, si está usted resuelto a
marcharse, tengo un medio.
DOCTOR STOCKMANN.
- Con tal de salir de aquí, bueno será.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Chis! Han llamado.
PETRA.
- Debe de ser el tío Pedro.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah! (En voz alta.)
¡Adelante!
EL ALCALDE. (Asomando
por la puerta.)
- Como tienes visita, volveré después.
DOCTOR STOCKMANN.
- No, no; puedes pasar.
EL ALCALDE.
- Es que iba a decirte algo confidencial.
SEÑORA STOCKMANN.
- Nosotros nos retiraremos al salón.
HORSTER.
- Yo vendré más tarde.
DOCTOR STOCKMANN.
- No, capitán; quédese con ellas. Todavía tengo que hablar
con usted. Aguárdeme en el salón, se lo ruego.
HORSTER.
- Bueno, bueno. Aguardaré. (Pasa tras la SEÑORA STOCKMANN y PETRA al salón.)
(El
ALCALDE, sin decir palabra, mira disimuladamente los vidrios rotos.)
DOCTOR STOCKMANN.
- Si te molesta la corriente, puedes cubrirte.
EL ALCALDE.
- Gracias. Con tu permiso. (Se pone la gorra.) Ayer me enfrié.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pues a mí se me antojó que hacía demasiado calor en la
sala.
EL ALCALDE.
- No sabes cuánto deploro no haber podido evitar lo de
anoche.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Era eso lo que ibas a decirme tan confidencialmente?
EL ALCALDE. (Sacando
una carta del bolsillo.)
- Aquí te traigo una carta de la dirección del balneario.
DOCTOR STOCKMANN.
- Estoy despedido, ¿no es eso?
EL ALCALDE.
- Sí, desde hoy. Lo sentimos mucho; pero no nos atrevemos a
obrar de otro modo ante el ambiente que ha creado la opinión pública.
DOCTOR STOCKMANN. (Con
una sonrisa.)
- ¡Ah!, ¿no os atrevéis? No es la primera vez que oigo decir
eso.
EL ALCALDE.
- Tomás, te suplico que te hagas cargo de tu situación. De
hoy en adelante no tendrás un solo cliente en toda la ciudad.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y qué me importa la clientela?... Pero ¿cómo das por tan
seguro eso?
EL ALCALDE.
- La Sociedad de Propietarios está haciendo circular de casa
en casa un documento, según el cual los ciudadanos dignos deben comprometerse
a no llamarte. Nadie osará negar su firma. En resumen, no se atreverán.
DOCTOR STOCKMANN.
- No lo dudo. ¿Y qué más?
EL ALCALDE.
- Si me lo permites, yo te aconsejaría que te marcharas de
la ciudad por algún tiempo.
DOCTOR STOCKMANN.
- Eso pienso hacer.
EL ALCALDE.
- Perfectamente. Y si, después de reflexionar durante un
año, te decides a escribir unas palabras de arrepentimiento y a retractarte de
tus errores...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Piensas que volvería a tener mi puesto?
EL ALCALDE.
- Puede ser. Por lo menos, no es del todo imposible.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo! ¿Y la opinión pública? ¿Te atreverías a retar a la
opinión pública?
EL ALCALDE.
- ¡Bah! La opinión pública es muy mudable. Además, a la
postre, lo que importa es entonces el mea culpa.
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo creo. Ya sabes muy bien lo que pienso de estas mentiras.
EL ALCALDE.
- Sí, sí, ya lo sé. Pero, cuando decías eso, tu situación era
buena, y estabas convencido de contar con una mayoría inmensa.
DOCTOR STOCKMANN.
- Y ahora, en cambio, la tengo contra mí. Pues bien: no.
¡Nunca lo haré, nunca en la vida!
EL ALCALDE.
- Sin embargo, Tomás, un padre de familia no puede
arriesgarse a conducirse así.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Crees que no me atreveré? Sólo hay una cosa en el mundo a
la que no debe atreverse un hombre libre. ¿Sabes cuál es?
EL ALCALDE.
- No.
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo suponía. ¡Ea!, voy a exponértela: un hombre libre no
debe jamás atreverse a obrar vilmente, de modo que tenga él mismo que
escupirse a su propia cara, que avergonzarse de sí propio.
EL ALCALDE.
- Lo estimo muy justo; y si no hubiera otra razón para tu
empeño en defender una mala causa... Pero es que precisamente hay una.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué quieres decir?
EL ALCALDE.
- Demasiado me entiendes. Te estoy dando un consejo de
hermano y de hombre razonable: no te entregues a esperanzas inútiles que,
probablemente, jamás se realizarán.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué quieres decir, repito?
EL ALCALDE.
- ¿Es que intentas persuadirme de que no conoces el
testamento de Kul, del viejo Kul?
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo único que sé es que lega lo poco que posee al Asilo de
Ancianos. Pero, en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo eso?
EL ALCALDE.
- ¿Lo poco que posee, dices? El viejo Kul es rico, muy rico.
DOCTOR STOCKMANN.
- No lo sabía. Da lo mismo.
EL ALCALDE.
- ¿Y tampoco sabías que una gran parte de su fortuna iba a
ser para tus hijos, y que tú y tu mujer compartiríais el usufructo? ¿No te lo
había dicho nunca el viejo Kul?
DOCTOR STOCKMANN.
- No, nunca. Al
contrario, siempre estaba fingiéndose pobre; no hacía más que protestar contra
los impuestos... ¿Estás seguro, Pedro,
de no equivocarte?
EL ALCALDE.
- Puedes creer que mis informes son dignos de crédito.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿De suerte que Catalina y los niños quedarán al abrigo de
toda necesidad? Tengo que darles esa buena noticia. (A voces.) ¡Catalina, Catalina!
EL ALCALDE.
- ¡Chis! ¡Cállate!, no
digas nada aún.
SEÑORA STOCKMANN. (Apareciendo
a la puerta.)
- ¿Me llamabas? ¿Qué querías?
DOCTOR STOCKMANN.
- Nada, nada. Puedes retirarte. (La SEÑORA STOCKMANN cierra de nuevo la puerta. STOCKMANN se pasea
nerviosamente de un lado a otro.) ¡Al abrigo de toda necesidad! ¡Libres, a
pesar de todo! ¡Qué alegría! ¡Esa noticia me ha hecho feliz!
EL ALCALDE.
- Todavía no es seguro. Kul puede muy bien anular el
testamento el día que se le antoje.
DOCTOR STOCKMANN.
- No, Pedro, no lo hará. El Hurón estaba muy contento viendo
cómo luchaba yo contra ti y tus inteligentes amigos.
EL ALCALDE. (Asombrado.)
- ¡Ah, sí! Ya empiezo a explicarme...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué...?
EL ALCALDE.
- No, nada. Tenías esto preparado hace mucho tiempo. Todos
los ataques que has emprendido contra las autoridades en nombre de la verdad
formaban parte de un plan premeditado, ¿eh?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Cómo!
EL ALCALDE.
- Deseabas heredar a ese viejo huraño.
DOCTOR STOCKMANN. (Con
voz alterada.)
- Pedro, eres el ser más vil y más inmundo que he conocido
en mi vida.
EL ALCALDE.
- Ahora todo ha terminado entre nosotros. Estás destituido
definitivamente. Disponemos de armas poderosas contra ti, después de lo que
acabo de saber. (Se marcha.)
DOCTOR STOCKMANN. (Al
ALCALDE.)
- ¡Vete! ¡Sí, vete de una vez! ¡Eres un ser repugnante! (A voces.) ¡Catalina! Que frieguen el
suelo que acaba de pisar ese hombre. Que traigan un cubo de agua. Llama a esa
muchacha, a la criada...
SEÑORA STOCKMANN. (Desde
el salón.)
- ¡Por Dios, Tomás, cálmate!
PETRA. (Que asoma a la
puerta.)
- Papá, el abuelo quiere hablarte un momento.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Eh? ¡Cómo! (Se
dirige hacia la puerta.) Pase. (MORTEN
KUL entra y STOCKMANN cierra la puerta tras él.) Siéntese, tenga la bondad.
¿Qué quería usted?
MORTEN KUL.
- Nada; no vale la pena. (Mira
en torno suyo.) Tiene usted la casa muy ventilada, Stockmann.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Ah!, ¿usted cree?
MORTEN KUL.
- Sí, por de contado; no le falta aire fresco. Estará usted
furioso, ¿no? Pero, en todo caso, no le remorderá la conciencia.
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, eso es evidente.
MORTEN KUL.
- Estoy convencido. (Golpeándose
el pecho.) ¿Adivina lo que hay aquí?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Otra conciencia tranquila?
MORTEN KUL.
- No, algo mucho mejor. (Saca
una cartera y enseña varios papeles.)
DOCTOR STOCKMANN. (Mirándole,
extrañado.)
- ¿Acciones de la Sociedad del Balneario?
MORTEN KUL.
- Hoy están muy baratas.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y las ha comprado usted?
MORTEN KUL.
- Todas las que he podido.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pero ¿no se percata del miserable estado en que se
encuentra el establecimiento?
MORTEN KUL.
- Si es usted listo y razonable, todo puede conciliarse.
DOCTOR STOCKMANN.
- Bien sabe que hago cuanto puedo. Pero en esta ciudad todos
están locos.
MORTEN KUL.
- Ayer me dijo usted que era mi tenería la que en particular
causaba la infección. Si eso fuese cierto, resultaría que mi abuelo, mi padre
y yo seríamos desde hace años la plaga de la ciudad. ¿Cree que puedo tolerar semejante
deshonra sobre mi nombre?
DOCTOR STOCKMANN.
- Lo que creo es que, desgraciadamente, no tendrá usted más
remedio que conformarse.
MORTEN KUL.
- Pues no. Estoy muy preocupado con el prestigio de mi
nombre. Por lo visto, hasta me han puesto de mote el de
un animal inferior. Pero les demostraré que no merezco ese
apodo, y que viviré según he vivido: en la más cabal limpieza.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Cómo hará para conseguirlo?
MORTEN KUL.
- Eso ya es cuestión suya.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Mía?
MORTEN KUL.
- Sabe usted con qué dinero he comprado esas acciones? Pues
con el que heredarán de mí su mujer y sus hijos.
DOCTOR STOCKMANN. (Denotando
creciente nerviosismo.)
- ¡Cómo! ¿Con el dinero que destina usted a Catalina ha sido
capaz de hacer eso?
MORTEN KUL.
- Sí. Todo ese dinero se halla invertido desde hoy en el
establecimiento. Ahora vamos a ver si está usted verdaderamente loco. Si continúa diciendo
que las basuras de mi tenería infectan las aguas del balneario, perjudica así
los intereses de su mujer y de sus hijos...
DOCTOR STOCKMAAN. (Enojado.)
- Pues, naturalmente, lo haré. Lo que digo es verdad. No se
trata de ninguna locura.
MORTEN KUL.
- Usted no tiene derecho a hacer semejante cosa, por su
mujer, por sus hijos.
DOCTOR STOCKMANN. (Parándose
ante él.)
- Antes de comprar todos esos papeluchos, debería usted
haberme consultado.
MORTEN KUL.
- Lo mejor es hacer las cosas en seguida, sin demora.
DOCTOR STOCKMANN. (Se
pasea nerviosamente de un lado a otro.)
- Si no fuese porque estoy convencido de que lo que digo es
exacto... Pero tengo la seguridad absoluta de que me asiste la razón.
MORTEN KUL. (Enseña la
cartera.)
- Si continúa usted insistiendo en su locura, todo esto se
convertirá en papeles mojados.
DOCTOR STOCKMANN.
- Ha de haber un medio científico...
MORTEN KUL.
- ¿Para exterminar los microbios?
DOCTOR STOCKMANN.
- Para evitar que perjudiquen, cuando menos.
MORTEN KUL.
- ¡Arsénico, hombre! ¿Por qué no emplea usted arsénico?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Qué tontería! Pero quizá me equivoque; como todo el mundo
dice que no soy más que un soñador... ¡Oh! no vale la pena molestarse. ¡Peor para
ellos! ¿No han dicho que soy un enemigo del pueblo esos majaderos? ¿No han
hecho todo lo posible por destrozarme la ropa, y no han querido asaltar mi
casa? Por si acaso, debo decírselo a Catalina, de todos modos.
MORTEN KUL.
- Sí, hable usted con su mujer. Es bastante juiciosa.
DOCTOR STOCKMANN. (Abalanzándose
repentinamente sobre KUL.)
- Dígame: ¿cómo se le ha podido ocurrir tamaña treta? ¿Cómo
ha sido capaz de causarme este dolor, arriesgando el dinero de Catalina?
Cuando le miro, se me figura ver al mismísimo diablo.
MORTEN KUL.
- Será mejor que me vaya. Sólo quiero saber antes de dos
horas su decisión: sí o no. Y si es negativa, depositaré inmediatamente las
acciones en el Asilo de Ancianos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué piensa usted dejar a Catalina, pues?
MORTEN KUL.
- Ni una moneda.
(ASLAKSEN
y HOVSTAD aparecen por la puerta del vestíbulo.)
DOCTOR STOCKMANN. (Observando
a los recién venidos.)
- ¿Cómo se atreven ustedes a venir a mi casa después de todo
lo que ha pasado?
MORTEN KUL.
- ¡Ellos aquí!
HOVSTAD.
- Queríamos hablarle.
MORTEN KUL. (Aparte, al
doctor.)
- Ya lo sabe usted. Antes de dos horas: sí o no. (Vase.)
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué pretenden ustedes? ¡Pronto, hablen!
HOVSTAD.
- ¿Está usted enfadado con nosotros por nuestra actitud de
anoche? Lo comprendemos sin esfuerzo.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿A eso llaman ustedes actitud? ¡Valiente actitud! ¿No
sienten la menor vergüenza por haber obrado así?
HOVSTAD.
- No podíamos obrar de otra guisa.
DOCTOR STOCKMANN.
- No se atreverían, querrá decir usted.
HOVSTAD.
- Pues sí, eso es.
ASLAKSEN.
- Pero ¿por qué no nos previno usted? Bastaba con una
palabra a Hovstad o a mí, con una leve indicación...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿A qué se refiere usted?
ASLAKSEN.
- Debía habernos notificado el asunto de que iba a tratar.
DOCTOR STOCKMANN.
- No sé de qué están hablando ustedes.
ASLAKSEN. (Con un gesto
de inteligencia.)
- De sobra lo sabe usted, señor doctor.
HOVSTAD.
- Ya no es menester mentir.
DOCTOR STOCKMANN. (Mirándolos
alternativamente.)
- Vamos, ¿qué quieren ustedes decir con todo eso?
ASLAKSEN.
- ¿Es cierto que el viejo Kul anda por toda la ciudad
comprando las acciones del balneario?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, ha estado comprándolas hoy; pero...
ASLAKSEN.
- ¿No habría sido preferible encargar la cosa a otra persona menos allegada a usted, señor
doctor?
HOVSTAD.
- Además, pudo usted muy bien no intervenir en el asunto. No
hacían ninguna falta sus ataques al balneario. ¿Por qué no nos consultó, señor
doctor?
DOCTOR STOCKMANN. (Comprende,
y tras de una pausa, exclama, exaltado:)
- ¿Cómo es posible que...?
ASLAKSEN. (Sonriendo.)
- ¡Debería haber sido usted más hábil!
HOVSTAD.
- Lo mejor sería hacer que mediaran en el caso muchas
personas; así disminuirían las responsabilidades individuales.
DOCTOR STOCKMANN. (Sereno.)
- Vamos a ver, ¿qué desean ustedes?
ASLAKSEN.
- Hovstad se lo dirá.
HOVSTAD.
- No, no; mejor será que hable usted, Aslaksen.
ASLAKSEN.
- ¡Sea! Puesto que ya sabemos en qué consiste el negocio,
estamos dispuestos a ofrecer el apoyo de La
Voz del Pueblo.
DOCTOR STOCKMANN.
- Entendido; pero ¿y la opinión pública? ¿No tienen miedo de
que se levante la opinión pública contra ustedes?
HOVSTAD.
- ¡Oh! Descuide. Ya procuraremos conjurar la tormenta.
ASLAKSEN.
- Además, el señor doctor tendrá que evolucionar lentamente,
¿me comprende? Como su ataque ha producido ya el efecto necesario...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Vaya!, lo que usted quiere decir es que, como Morten Kul y
yo hemos adquirido ya a buen precio las accciones del balneario...
HOVSTAD.
- Serán motivos puramente científicos los que le obliguen a
tomar de nuevo su dirección...
DOCTOR STOCKMANN.
- Eso; y por tales motivos es por lo que he decidido al viejo
Kul a meterse en el asunto. Reforzaremos ligeramente las tuberías y
excavaremos un poco el lecho del río, sin que el Ayuntamiento tenga que hacer
mayor gasto. ¿No les parece que así irá todo como una seda?
HOVSTAD.
- Creo que sí, máxime contando con el apoyo de La Voz del Pueblo.
ASLAKSEN.
- En toda sociedad libre, la prensa es una gran fuerza, señor
doctor.
DOCTOR STOCKMANN.
- No lo dudo. Y la opinión pública igualmente. Usted, señor
Aslaksen, se encargará de atraerse a la Sociedad de Propietarios, ¿eh?
ASLAKSEN.
- Por supuesto. Y a la de la Moderación. Cuente con ello.
DOCTOR STOCKMANN.
- Permítanme, señores; casi me ruboriza preguntarlo.
¿Podrían especificarme cuáles serán sus honorarios en este negocio?
HOVSTAD.
- ¡Oh! Excuso decir que nosotros habríamos preferido
apoyarle gratis; pero La Voz del Pueblo
está pasando por un momento crítico, y francamente, sería una pena verla
sucumbir, sobre todo ahora que tiene tantas batallas políticas que librar y
tantos asuntos importantes que solucionar.
DOCTOR STOCKMANN.
- Comprendido; sería una verdadera lástima para los amigos
del pueblo, como ustedes... (Estallando.)
Pero ¡yo soy un enemigo de ese pueblo ! ¿No lo sabían ya? ¿Dónde está mi
bastón? ¿Dónde he dejado mi bastón? (Atraviesa
rápidamente la escena.) iA ver! ¿dónde está mi bastón?
HOVSTAD.
- ¡Cómo! ¿Qué se propone?
ASLAKSEN.
- No irá a...
DOCTOR STOCKMANN. (Se
detiene.)
- ¿Y qué sucedería si yo no quisiera cederles ni una sola de
las acciones? Acuérdense de que los ricos no dan tan fácilmente su dinero.
HOVSTAD.
- Con todo, considere que esa cuestión de las acciones puede
explicarse de... dos maneras.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Osará usted...? Y si no subvenciono La Voz del Pueblo, presentarán ustedes el asunto al público en la
forma menos airosa. Son capaces de lanzarse sobre mí para acosarme y acabar de
una vez conmigo.
HOVSTAD.
- Es una ley natural: la lucha por la vida.
ASLAKSEN.
- Hay que buscar el pan donde se encuentre...
DOCTOR STOCKMANN.
- Pues entonces búsquenlo en la cloaca. (Se pasea por la estancia.) Ahora hemos de ver cuál de los tres es
el animal más fuerte. Voy a enseñarles cómo trata a los pillos la gente honrada
de mi especie: ¡a palos! (Alcanza su
paraguas y los amenaza con él)
HOVSTAD.
- Confío en que no atentará usted contra nuestras
personas...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Afuera! ¡Largo de aquí!
ASLAKSEN.
- Pero ¿por dónde?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Por la ventana!
HOVSTAD. (Desde la
puerta de entrada.)
- ¿Es que se ha vuelto usted loco?
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Por la ventana! ¡De prisa!
ASLAKSEN. (Aturdido, da
la vuelta al escritorio.)
- Tenga moderación, señor doctor; soy un hombre débil,
indefenso... (A grandes voces.)
¡Socorro, socorro!
(CATALINA,
PETRA y HORSTER se precipitan en la habitación.)
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Calma, Tomás! ¿Qué pasa?
DOCTOR STOCKMANN. (Paraguas
en ristre.)
- ¡Salten ustedes a la calle! ¡Pronto! ¿Me oyen?
HOVSTAD.
- El capitán Horster es testigo de que ha agredido usted a un
hombre inocente. (Desaparece por el
vestíbulo como alma que lleva el diablo.)
ASLAKSEN. (Sin saber
qué hacer.)
- Si conociera la distribución de las habitaciones... (Se desliza cautelosamente hacia el salón.)
SEÑORA STOCKMANN. (Reteniendo
a su marido.)
- ¡Sosiégate, Tomás! ¡Por Dios, tranquilízate!
DOCTOR STOCKMANN. (Tira
el paraguas.)
- ¡Han huído!
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero ¿qué es lo que querían?
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya te lo diré luego. Al presente tengo otra cosa que
hacer. (Se acerca a su escritorio y
escribe en una tarjeta de visita.) Lee, Catalina. ¿Qué pone?
SEÑORA STOCKMANN. (Lee.)
- ¡ No, no y mil veces no! Por triplicado en letra muy
grande. ¿Qué es esto?
DOCTOR STOCKMANN.
- Ya lo sabrás. (Entrega
la tarjeta a su hija.) Petra, dile a... la... criada, como se llame... que
lleve esta tarjeta al curtidor Kul. ¡Sin
perder un momento! (PETRA sale.) ¿Por
qué han de venir hoy a verme todos esos malditos mensajeros? En lo sucesivo voy a afilar bien
mi... pluma y a mojarla en... pus y veneno...
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás. ¿No te acuerdas de que nos marchamos?
(Vuelve
PETRA.)
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué hay?
PETRA.
- Ya está hecho.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Marcharnos, decías? No, Catalina, no; nos quedaremos aquí.
PETRA.
- ¡Nos quedamos!
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Aquí, en la ciudad?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí. Ha comenzado la batalla, y aquí he de conseguir la
victoria. En cuanto hayas zurcido mi pantalón, saldré a buscar casa; tenemos que procurarnos un
refugio para pasar el invierno.
HORSTER.
- Puede usted aprovechar la mía.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿En serio?...
HORSTER.
- No hay inconveniente. Me sobra espacio, y rara vez estoy
en casa.
SEÑORA STOCKMANN.
- ¡Qué amable es usted!
PETRA.
- ¡Gracias, muchísimas gracias, Horster!
DOCTOR STOCKMANN. (Estrechando
la mano al capitán.)
- ¡Muchas gracias! Ya han cesado todas mis preocupaciones.
Ahora voy a empezar a trabajar de firme; cuanto antes, mejor. Catalina, aún me
quedan muchos descubrimientos por hacer. Ya podré al cabo disponer de todo el
tiempo que quiera. Porque has de saber, Catalina, que me han dada la cesantía
de mi cargo en el balneario.
SEÑORA STOCKMANN. (Suspirando.)
- Me lo temía.
DOCTOR STOCKMANN.
- Y quieren quitarme la clientela, por añadidura. ¡Bah, hagan
lo que gusten! Siempre me quedarán los pobres, los que no pagan. Son los
pobres, principalmente, los que me necesitan, y como no tendrán más remedio
que escucharme, les sermonearé a diestro y siniestro, con su aprobación o sin
ella.
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, querido Tomás, te consta adónde te conduce...
sermonear.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Y qué quieres que le haga, Catalina? ¿O es que prefieres
que me arrastre por el fango, dependiendo de la opinión pública, de la mayoría
compacta y de todas esas paparruchas? No; lo que deseo es bien sencillo: deseo
meter en la cabeza a esos estúpidos a quienes llaman aquí liberales, que son
los peores enemigos de las hombres libres, que los programas de partido abortan
toda verdad capaz de vivir, que la forma como interpretan ciertas conveniencias
está fuera de toda moral y de toda justicia, y que acabarán por tornar la vida
de todo punto insoportable. ¿No opina, capitán, que lograré hacérselo
comprender?
HORSTER.
- Quizá. Yo no entiendo nada de esas cosas.
DOCTOR STOCKMANN.
- Pues va a entenderlo en seguida. Se impone que desaparezcan
los cabecillas de partido. Todo cabecilla es un lobo, un lobo hambriento que
necesita para vivir cierto número de gallinas y cordederos. Y si no, díganlo
Aslaksen y Hovstad. ¿Cuántos corderos devoran? Y los que no devoran, los
inutilizan, convirtiéndolos en propietarios de casas y en suscriptores de La Voz del Pueblo. (Se sienta en el borde de la mesa.) Ven aquí, Catalina. ¿Ves cómo
nos envía el sol sus rayos generosos, y cómo nos refresca la brisa de
primavera que entra por esa ventana?
SEÑORA STOCKMANN.
- Sí; pero no podemos vivir únicamente de rayos de sol y
brisas de primavera.
DOCTOR STOCKMANN.
- Conque economices un poco más, ya verás cómo se arregla
todo. Eso es lo que menos me preocupa. Lo malo es que no sé de ningún hombre lo
bastante libre, lo bastante leal para proseguir mi misión cuando yo muera.
PETRA.
- No pienses de momento en eso, papá. Todavía tienes mucho
tiempo por delante para actuar. Mira, ya están aquí los niños.
(Pasan
EJLIF y MORTEN.)
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Habéis terminado las clases tan temprano?
MORTEN.
- Es que hemos tenido una riña con los otros chicos en el
recreo, y...
EJLIF.
- Porque ellos se metieran con nosotros.
MORTEN.
- Sí, y entonces el señor Korlund ha dicho que sería
conveniente que nos quedásemos en casa algunos días.
DOCTOR STOCKMANN. (Chasca
los dedos y baja de la mesa.)
- ¡Mejor! Me alegro. No volveréis a pisar la escuela.
LOS NIÑOS.
- ¿No? ¿Nunca?
SEÑORA STOCKMANN.
- Pero, Tomás...
DOCTOR STOCKMANN.
- Nunca. Les enseñaré yo mismo. Ya no tendréis que estudiar
nada de nada; pero, eso sí, haré de vosotros hombres libres y superiores. Para
ello, Petra, necesitaré tu ayuda, ¿me oyes?
PETRA.
- Cuenta conmigo, papá.
DOCTOR STOCKMANN.
- Instalaremos la escuela en la sala donde me insultaron
llamándome enemigo del pueblo. Pero se requerirá que vengan más alumnos aún;
me hace falta lo menos una docena de muchachos para empezar.
SEÑORA STOCKMANN.
- No los encontrarás en toda la ciudad.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Eso, lo veremos! (A
sus hijos.) ¿No conocéis vosotros algunos granujillas?
MORTEN.
- Sí, papá, yo conozco algunos.
DOCTOR STOCKMANN.
- ¡Magnífico! A ver si puedes traérmelos. Quiero ensayarme
con ellos. A veces se encuentran verdaderos prodigios.
MORTEN.
- ¿Y qué vamos a hacer cuando seamos hombres libres y
superiores?
DOCTOR STOCKMANN.
- Entonces, hijos míos, iréis a la caza de lobos, que por
aquí abundan.
SEÑORA STOCKMANN.
- Con tal que no sean los lobos los que te cacen a ti,
Tomás...
DOCTOR STOCKMANN.
- ¿Qué locuras estás diciendo, Catalina? ¿Cazarme? ¿A mí,
que ahora soy el hombre más poderoso de la ciudad?
SEÑORA STOCKMANN.
- ¿Poderoso?... ¿Tú?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí. Y hasta me aventuro a decir que soy uno de los hombres
más poderosos del mundo.
MORTEN.
- ¿De veras, papá?
DOCTOR STOCKMANN. (En
voz baja.) ¡Chis! ¡Silencio! Todavía es un secreto; pero vengo de hacer un
gran descubrimiento...
SEÑORA STOCKMANN. (Extrañada.)
- ¿Otro descubrimiento?
DOCTOR STOCKMANN.
- Sí, otro. (Congregando
a todos en torno suyo.) Helo aquí. Escuchad. El hombre más poderoso del
mundo es el que está más solo.
SEÑORA STOCKMANN. (Sonríe
y mueve la cabeza.)
- ¡Tomás, Tomás!
PETRA. (Tomándole
cariñosamente las manos.)
- ¡Papá!
FIN DE "UN ENEMIGO DEL PUEBLO"
El dramaturgo Henrik Ibsen
Henrik
Ibsen (1828-1906) publicó su última obra dramática "Cuando despertemos los
muertos" en 1899, llamándola epílogo dramático. Quedó como el epílogo de
su producción, la enfermedad le impidió escribir más. A lo largo de medio siglo
había dedicado su vida y empeño al arte dramático, y había conquistado una
posición internacional como el dramaturgo más grande e influyente de su época.
El mismo sabía que era él quien había llevado el nombre de Noruega más lejos en
el mundo.
Por
Bjørn Hemmer
Henrik Ibsen también fue un poeta importante, publicando un
libro de poemas en 1871, pero empeñó toda su energía literaria en el género
dramático. Durante largos años afrontó una fuerte resistencia, pero venció al
conservadurismo y prejuicios éticos de los críticos y el público. Más que
ningún otro dio nuevas fuerzas al arte del teatro, aportando al drama burgués
europeo una seriedad ética y profundidad psicológica que el teatro no había
poseído desde los tiempos de Shakespeare. Ibsen contribuyó fuertemente a dar al
género dramático europeo una vitalidad y una calidad artística comparables con
las de las grandes tragedias griegas de la antigüedad.
Es en esta perspectiva que debemos situar el esfuerzo de
Ibsen en la historia del teatro. Sus dramas contemporáneos realistas
representan la continuación de la tradición europea de la tragedia. En estas
obras describe las personas en el ambiente burgués de su tiempo, personas que
en su vida cotidiana afrontan de repente una crisis profunda. Con su falta de
visión y por sus acciones previas han contribuido ellos mismos a crear esta
crisis. A través de un análisis retrospectivo del pasado quedan forzados a verlo.
No obstante, Ibsen también ha creado otro tipo muy diferente de dramática, y
llevaba más de 25 años como autor antes de que publicara su primera obra
contemporánea realista, “Los pilares de la
sociedad”, en 1877.
Vida
y obra
La biografía de Ibsen es escasa en cuanto a grandes e
importantes acontecimientos externos. Su vida de artista podrá parecer una
larga e intensa lucha hasta la victoria y la fama, un camino espinoso desde la
pobreza hasta el éxito internacional. Pasó 27 años en el extranjero, en Italia
y Alemania. Abandonó la patria cuando tenía 36 años, en 1864. Regresó a los 63
años a su hogar, Cristianía, donde falleció en en 1906, a la edad de 78 años.
En la última obra dramática de Ibsen, “Cuando los muertos nos despertemos”, describe una vida artística que en muchas cosas podría
parecerse a su propia línea de vida. El famoso escultor, el catedrático Rubek,
ha regresado a Noruega tras haber permanecido muchos años en el extranjero.
Está cansado de su vida artística, y no siente ninguna felicidad verdadera por
su éxito y fama. En la obra central de su vida ha modelado una imagen de sí
mismo, titulándola "el
arrepentimiento sobre una vida desperdiciada". Durante el transcurso
de la obra se le obliga a admitir que ha hecho desperdiciar su felicidad y la
de otros. Ha renunciado a todo por el arte, tanto al amor de su juventud como a
su antiguo idealismo. Pero con esto también ha traicionado una parte esencial
de su propio arte. Justamente la que era el amor de su juventud y su modelo,
Irene, le visita a la hora del desenlace y le dice la verdad: Hasta que los
muertos no nos despertamos, no vemos lo irremediable, que es que nunca hemos
vivido.
Es la misma sensación trágica que es característica de los
dramas de Ibsen, la sensación de una vida irreal y una forma de muerte viva.
Como contrapartida se vislumbra una existencia utópica en libertad, verdad y
amor, en resumen una vida feliz. En el mundo de Ibsen, los protagonistas
aspiran a alcanzar una meta, pero la misma aspiración conduce a la frialdad y
la soledad. No obstante, siempre ha existido la posibilidad de elegir otro
camino, una vida con calor humano e intimidad. El problema para el personaje de
Ibsen es que ambas posibilidades pueden aparentar como la alternativa feliz,
pero el individuo no ve las consecuencias de su elección.
En “Cuando los muertos nos despertemos” la frialdad del arte se contrasta con el calor de la vida.
El arte, bajo una perspectiva podrá parecer una cárcel de la que el artista no
puede ni quiere salir. Como dice Rubek a Irene:
"Soy artista,
Irene. Y no me avergüenzo de la fragilidad que quizás me acompaña. Porque soy
artista innato, ves. Y nunca seré nada más que artista de todas formas".
Pero para la traicionada Irene no es excusa suficiente. Su perspectiva es otra,
ella le llama un lírico, uno que crea su propio mundo ficticio y por lo tanto,
traiciona al ser humano dentro de sí mismo y en la persona que le ama.
Es exactamente la misma acusación que hizo Ella Rentheim en “Juan Gabriel Borkman” (1896) al hombre que la sacrificó por su carrera. Lo trágico
de la perspectiva de Ibsen parece ser que para el tipo de personaje que el
describe, el conflicto aparentemente es imposible de solucionar, pero esto no
le exime de responsabilidad por las elecciones que uno ha hecho.
Aunque “Cuando los muertos nos despertemos” plantea una confrontación con el egoísmo artístico, no hay
ninguna razón para ver el drama como la amarga autocrítica del autor. Rubek no
es ningún autorretrato. Pero algunos de los investigadores de Ibsen le
consideran como el portavoz de los conceptos artísticos del autor mismo. Rubek
dice en otro lugar que el público solamente se fija en la "verdad"
real exterior de su descripción de las personas. Lo que no entiende la gente es
la dimensión escondida de estos retratos de personas; todos los agentes
impulsores oscuros escondidos tras las altivas fachadas burguesas respetadas.
En su juventud, Rubek se había inspirado en una visión idealista de una forma
superior de la existencia humana. La experiencia de la vida le ha convertido en
un desvelador desilusionado de las personas, que en su opinión describe la vida
tal como es. Lo animal gobierna a la persona, en la versión de Rubek de
"La bête humaine" de Zola, y describe los cambios en su arte en esta
forma: "Inventaba lo que veía con mis propios ojos a mi alrededor. Tenía
que incluirlo (....) Y surgiendo de las grietas de la tierra un torbellino de
personas con caras de animal bajo el rostro. Mujeres y hombres tal como les conocí en la vida misma".
Es comprensible que algunos investigadores de Ibsen no hayan
resistido la tentación de ver paralelos entre vida y obra, considerando este
drama como la autocrítica despiadada del escritor. Como he mencionado, “Cuando los muertos nos despertemos” no tiene ninguna base autobiográfica. El parentesco entre
Rubek y su autor tendría que buscarse, en su caso, a un nivel más profundo, en
la materia conflictiva que Ibsen al final de su vida veía como un problema
general e importante en la existencia humana.
Ibsen
como psicólogo
En las obras del anciano escritor nos encontramos con una
serie de personas que atraviesan conflictos similares. Juan Gabriel Borkman
sacrifica su amor por su sueño del poder y la gloria de su obra. “Solness el constructor” destruye la vida y la felicidad de sus próximos, para
exponerse como el artista célebre de su profesión. Y “Hedda Gabler”
interviene soberanamente en los destinos de otros para llevar a cabo su sueño
de libertad e independencia propias.
Estos ejemplos de personas que persiguen su meta, teniendo
que pisar a otros irremediablemente, son todos sacados de la última década de
su obra. Ibsen desvela mediante su análisis psicológico las fuerzas negativas
en las mentes de estas personas (los llama "demonios", "ogros").
Las descripciones de los personajes en estas últimas obras dramáticas son
extremadamente complicadas, cosa que es muy característica en todas sus obras
posteriores al “El
pato silvestre” (1884). En los
últimos 15 años de su obra literaria Ibsen desarrolla su maestría dialéctica y
su forma dramática peculiar, en la que el realismo, el simbolismo y la
profundidad psicológica convergen. Es por esta fase de su obra literaria que le
han llamado un "Freud en el teatro", con o sin justificación.
En todo caso es un hecho que Freud y una serie de psicólogos
han podido usar las descripciones de los personajes de Ibsen para ilustrar sus
propias teorías o servir de fundamento para el análisis de carácter. Es sobre
todo conocido el análisis que hizo Freud de Rebekka West en “La casa Rosmer” (1886), un caso que trató en 1916 con otros tipos de
carácter "que se hunden debido a la prosperidad". Freud considera a
Rebekka como una víctima trágica del complejo de Edipo y de un pasado
incestuoso. El análisis dice quizás más sobre Freud que sobre Ibsen. Pero la
influencia de Freud y del psicoanálisis en general ha sido considerable en el
criterio del dramaturgo noruego.
Este interés por Ibsen como psicólogo podría facilmente
ocultar otros aspectos esenciales de su arte. Su presentación de la existencia
humana ha sido situada en una clara perspectiva social e ideológica . Quizás
sea justamente esto lo que es la esencia de su arte y lo convierte en poesía
existencial, con horizontes hacia muchos aspectos de la existencia. Esto vale
en realidad para todo lo que escribió, incluso antes de que llegara a ser un
dramaturgo conocido a nivel internacional en el período de los 1880.
“Una
poesía desesperada”
La obra literaria de Ibsen representa una clara reflexión
poética sobre la necesidad del ser humano de vivir en otra forma de la que
realmente vive. Por eso, hay un profundo trasfondo de desesperación, pasión y
añoranza en su poesía. "Una poesía
desesperada" llamó Benedetto Croce a estos relatos de personas que
viven en constante esperanza y se consumen por la añoranza de "algo más" de lo que la vida les
ofrece.
Justamente la distancia entre lo que desean y lo que es
posible lograr es motivo tanto de lo trágico como de lo cómico en muchos casos
de la vida de estos personajes. Ibsen mismo pensaba que era efectivamente en la
contradicción entre voluntad y posibilidad que su obra estaba realmente
arraigada. En 1875, haciendo una mirada atrás de sus 25 años como escritor,
afirma que la mayor parte de lo que había escrito había tratado sobre la "contradicción entre la capacidad y la
ambición, entre la voluntad y la posibilidad". En esta relación
contradictoria opinaba que "veía la
tragedia y comedia de la humanidad y del individuo a la vez". Una
década más tarde creó la unión tragicómica entre el sacerdote Rosmer y su
profesor destartalado Ulrik Brendel. Estos dos hombres, que representan el
reflejo mutuo del otro, terminan ante un abismo en el que solamente ven la
soledad y falta de sentido total de la vida.
En las 12 obras contemporáneas — desde “Los Pilares de la sociedad” (1877) hasta “Cuando
los muertos nos despertemos”
(1899) nos introduce constantemente dentro de un tipo similar de entorno
social. Las condiciones de vida de sus personajes están marcadas por una
burguesía sólida y bien establecida. Pero a pesar de esto, el mundo en el que
viven está amenazado y es amenazador. Porque resulta que es un mundo en
movimiento, los antiguos valores y anterior interpretación de la vida ya no son
fijos. El movimiento crea trastornos en la vida de cada uno y amenaza el orden
social establecido. Es aquí donde podemos ver que este proceso tiene un aspecto
tanto psicológico como social e ideológico.
El motor que pone todo en marcha es la necesidad de cambio,
cosa que surge en la consciencia de cada uno. En este sentido, Ibsen es
obviamente un autor de ideas. Esto no quiere decir que su tarea principal como
dramaturgo fuera usar el teatro con fines didácticos ni para un debate
ideológico abstracto. (Algunos de sus críticos, tanto en su tiempo como
después, han formulado esta acusación contra él, y es obvio que Ibsen de vez en
cuando ha sentido la tentación didáctica). No obstante, lo más importante sigue
siendo que el punto de partida para la descripción de los personajes de Ibsen
son las nociones que tienen los mismos personajes sobre lo que hace merecer la
pena vivir, sus valores y su comprensión de la vida. Las nociones de las que
disponen ellos mismos para describir sus posturas pueden ser difusas, y su
auto-comprensión puede ser intuitiva y deficiente.
Un buen ejemplo de ello es la descripción de Ellida Wangel
sobre su atracción ambivalente hacia el mar en “La
dama del mar” (1888). Pero en
la consciencia de Ellida se ha venido madurando desde hace mucho tiempo un
anhelo hacia una vida más libre, con otros valores morales y sociales que los
que representan la existencia burguesa del doctor Wangel. Y esta confesión
origina oleajes que la sacuden tanto a nivel psicológico como social.
“Los
conflictos humanos”
La mejor característica del procedimiento dramático de Ibsen
la ha expresado en realidad él mismo en la crítica de una obra de teatro en
1857: "No es la lucha consciente de
ideas que pasan por nuestra mente, como tampoco sucede en la realidad; sino que
lo que vemos son los conflictos humanos, y entremezclados en el trasfondo
ellos, están las ideas, luchando, siniestras o victoriosas".
Esto toca indudablemente el fundamento de los requisitos
exigidos por Ibsen al arte dramático: Debería unir en una forma lo más realista
posible lo psicológico, lo ideológico y lo social. En sus mayores logros es
justamente la síntesis orgánica de estos tres elementos la médula del drama de
Ibsen. En realidad quizás lo logra en una minoría de sus dramas, como en “Espectros”, “El pato silvestre” y “Hedda
Gabler”.
Resulta interesante, sin embargo, que él mismo, al contrario
de todos los demás, consideraba “Emperador
y Galileo” como su obra
maestra. Podría ser una indicación del énfasis que ponía a lo ideológico, no
como reflexión, sino como conflictos entre interpretaciones de la vida. Ibsen
opinaba que había hecho un relato totalmente "realista" del conflicto interior del descarriado Julián.
Supongo que la verdad es que el personaje de Julián está demasiado marcado por
ideas que el autor mismo había pensado, lo que denominó su "visión positiva del mundo". Su
éxito como dramaturgo lo logró Ibsen cuando siguió en serio otro procedimento,
el que ha descrito en torno a la obra “Hedda Gabler” (1890). "Lo esencial para mí ha sido describir a
seres humanos, sentimientos humanos y destinos humanos basados en ciertas
condiciones y posturas sociales".
Ibsen tardó varios años tras “Emperador
y Galileo” en orientarse
en esta dirección. A los cinco años después del gran drama histórico y de
pensamiento llegó “Los
Pilares de la sociedad”, el inicio de la reputación europea de Ibsen como
dramaturgo.
El
triunfo internacional de Ibsen
En 1879 Ibsen lanzó a Nora Helmer al mundo con la exigencia
de que también una mujer debería tener la libertad de desarrollarse como
persona adulta, independiente y responsable. El dramaturgo tenía ya 50 años, y
es ahora cuando llega a ser realmente conocido fuera de los países nórdicos. “Los pilares de la sociedad” le había abierto las fronteras alemanas, pero es con “Casa de muñecas” y “Espectros” (1881) que se sitúa a la vanguardia europea en los años
1880.
“Casa de muñecas” muestra lo que llegó a ser una pauta constante en las obras
siguientes, fase en la que cultiva el así llamado "realismo crítico".
Es el individuo que queda en oposición con la mayoría, con la autoridad
opresiva de la sociedad. Nora lo dice así: "Tendré que mirar quién tiene razón, la sociedad o yo". Como he
mencionado antes, es el individuo que se libera intelectualmente del
pensamiento tradicional y, por lo tanto, surgen los conflictos.
En un período corto, alrededor de 1880, parece que Ibsen
consideraba con relativo optimismo la posibilidad de que el individuo pudiera
vencer por sus propias fuerzas. Parece que Nora puede tener una posibilidad
real de ganar la libertad e independencia que sale a buscar en su muy incierto
futuro. Se le podría acusar a Ibsen de haber tratado con demasiada facilidad
los problemas con los que una mujer divorciada y sin recursos iba a afrontar la
sociedad de aquel entonces. Pero es el problema moral el que le preocupa como
dramaturgo, y no el práctico ni el económico.
Un
exito asombroso
A pesar de las perspectivas dudosas de su futuro, Nora ha
servido en una serie de países como objeto de identificación para mujeres que
luchan por la liberación e igualdad de derechos. En este sentido es seguramente
el más internacional de los personajes de Ibsen. A pesar de esto, es un éxito
asombroso. El público burgués ha acogido con entusiasmo a esta mujer que
abandona a su marido e hijos, rompiendo con la misma institución básica de la
socieda burguesa: La familia.
Esto apunta también hacia lo que fue la base del éxito
internacional de Ibsen. Sacó a la vista en el escenario las divergencias
profundas y los problemas acosadores de la familia burguesa. El hogar burgúes
podría aparentar éxito social superficialmente y, por ende, representar el
reflejo de la sociedad sana y estable. Pero Ibsen dramatiza los conflictos
ocultos en esta sociedad, justamente abriendo las puertas a las habitaciones
secretas y privadas del hogar burgués. Muestra lo que puede esconderse tras las
fachadas impecables: La doble moral, falta de libertad, traición y estafa. Y
una constante inseguridad. Fueron estos aspectos de la vida burguesa, que
preferentemente no se debían mencionar en público, al igual que el padre
Manders quería que la señora Alving reprimiera su lectura y todo lo demás
amenazante en el ambiente de Rosenvold (“Espectros”). En la misma forma, los representantes de la sociedad en “La casa Rosmer” presionan a Rosmer para hacerle silenciar que él, el
sacerdote, ha renunciado a la fe cristiana.
Pero Ibsen no se reprimió y sus obras dramáticas pusieron a
la vista fenómenos de la vida contemporánea. Irrumpía la tranquilidad de la
vida burguesa recordándole que habían llegado a sus posiciones de poder
sosteniendo ideas completamente ajenas a la tranquilidad, el orden y la
estabilidad. La burguesía misma había traicionado sus ideas de libertad,
igualdad y fraternidad y, sobre todo después del año revolucionario 1848, se
había convertido en defensora de lo tradicional.
No obstante, se sabe que existía una oposición liberal dentro
de la burguesía e Ibsen se afilió abiertamente a ella en sus primeros dramas
contemporáneos modernos. Fue este movimiento para la libertad y el progreso el
que consideró como verdadera postura "europea". Ya en 1870 había
escrito al crítico danés Georg Brandes que era necesario volver a las ideas de
la gran revolución francesa, de libertad, igualdad y fraternidad. Los conceptos
deberían tener un nuevo contenido de acuerdo con las necesidades de la época. Y
en 1875 escribe, esta vez también a Brandes:
"¿Por
qué Vd. y los que tenemos una postura europea estamos tan aislados en nuestros
países?"
A medida que Ibsen fue envejeciendo tuvo ciertos problemas
con algunas manifestaciones de la forma de liberalismo que en parte exageraba
el derecho soberano del individuo de desarrollo personal, y en parte hizo un
ajuste radical de las normas y valores del pasado. En “La casa Rosmer” señala los peligros de un radicalismo basado en normas
morales enteramente individuales. Es obvio que Ibsen enfatiza aquí que la
cultura europea está basada en una tradición moral inspirada por el
cristianismo. El autor parece dar a entender que hay que continuar basándose en
ella, aunque se haya renunciado a la fe cristiana. Esta parece la confesión que
hace Rebekka West.
Pero al mismo tiempo es este drama, al igual que “Espectros”,
un ajuste doloroso con la falta de alegría, con lo que aniquila la felicidad,
justamente en los ambientes en los que la tradición cristiana-burguesa ha
oprimido a la gente. Estas dos obras abarcan, a pesar de su pesadumbre, una
cálida defensa de la felicidad y la alegría de vivir — en contra de la postura
de la sociedad burguesa del deber, la ley y el orden.
Fue en los años 1870 que Ibsen se orientó hacia su postura
"europea". Y aunque vive en el extranjero, elige consecuentemente
ambientes noruegos como escenario de sus dramas contemporáneos. Por lo general
nos encontramos en un pueblo noruego de la costa, el tipo de pueblo que Ibsen
mismo conoció tan bien tras su infancia en Skien y su adolescencia en Grimstad.
El pasado del joven Ibsen le ha proporcionado una vista aguda para las
contradicciones sociales y conceptuales de la vida. En este tipo de pueblo, como
pueblo típico noruego de la costa, las estructuras y contradicciones sociales
son mucho más aparentes que en sociedades más grandes. Fue en las localidades
pequeñas que Ibsen tuvo sus primeras experiencias dolorosas. Había visto como
las convenciones, tradiciones y normas podían ejercer un control negativo del
individuo, creando temor y angustia ante el desarrollo natural de la vida y el
gozo. Este es el ambiente de “Espectros”, como lo vive la señora Alving. Hace que las personas "teman la luz del día", como afirma
ella.
Fue precisamente en este tipo de ambiente que Ibsen en su
juventud había formado la base de su obra literaria y posterior fama mundial.
Fue en un ambiente noruego reducido, siendo autor y dramaturgo inseguro, donde
había tenido la tarea de crear un nuevo arte dramático noruego. Empieza con
esta perspectiva nacional. Pero al mismo tiempo se orienta desde el principio
hacia la tradición teatral europea.
Los
años de aprendizaje de Ibsen
Desde la óptica de la historia del teatro, Ibsen continúa
desde principios de los años 1850 la línea de dos autores muy diferentes entre
sí, el francés Eugène Scribe (1791-1861) y el alemán Friedrich Hebbel
(1813-1863). El joven Ibsen estuvo vinculado al trabajo práctico diario del
teatro durante 11 años, con lo cual tenía que estar bien enterado de todas las
obras dramáticas actuales de Europa. Trabajaba con la instrucción de obras
nuevas, al mismo tiempo que tenía obligación de escribir para el teatro.
De Scribe pudo aprender como se debía construir la intriga
interna del drama en secuencias escenográficas motivadas por la lógica. Hebbel
le dio un ideal de como se podía construir el drama en la dialéctica actual de
la vida misma, para que fuese así un dramatismo de ideas de su tiempo. El
esfuerzo pionero de Hebbel fue que trasladó los conflictos ideológicos de su
tiempo al teatro, creando un "drama de problemas" que apunta hacia
delante. Mostró cómo un dramaturgo moderno también podía aplicar la técnica retrospectiva
de la tragedia griega.
De modo que Ibsen estuvo en estrecho contacto con el arte del
escenario durante un período largo y continuo. Sus seis años en el teatro de
Bergen (1851-57) y los siguientes cuatro-cinco años en el teatro de Cristianía
(1857-62) fueron una escuela dura, pero le proporcionaron una gran visión
acerca de los medios y posibilidades del teatro.
Durante un viaje de estudios a Copenhague y Dresden en 1852,
dió con una obra dramática que acababa de salir en Alemania. Fue "El Drama
Moderno" de Herrmann Hettner (1851). Este cambio de programa hacia un
teatro nuevo y actual dejó huellas profundas en el desarrollo de Ibsen como
dramaturgo. También en Hettner encontramos influencias importantes de Scribe y
Hebbel, combinadas con un interés fervoroso por Shakespeare. Ibsen aprendió
también de otros autores, en primer lugar de Schiller y los dos daneses Adam
Oehlenschläger (1779-1850) y Johan Ludvig Heiberg (1791-1860).
El aprendizaje de Ibsen fue largo (aproximadamente 15 años)
con un trabajo teatral que posteriormente caracterizó como "aborto provocado repetido diariamente",
y con una presión de producir que resultó en intentos titubeantes en muchas
direcciones diferentes. Experimentó algunas victorias artísticas, pero muchas
más derrotas. Muy pocos creyeron que tuviera condiciones para ser algo más que
un autor teatral accidental con cierto talento.
A pesar de toda la inseguridad titubeante de estos años, nos
encontramos ante un joven autor muy decidido a perseguir sus objetivos. El
objetivo es claramente nacional. Él y su amigo y colega Bjørnstjerne Bjørnson
(1832-1910) han elaborado un programa común para su actividad. En 1859
constituyen La Sociedad Noruega, un organismo para el arte y cultura noruegas.
Ibsen se preocupa sobre todo del papel del teatro en el intento de la joven
nación noruega de encontrar su propia identidad. En este trabajo de "construcción
nacional" buscaba materia de la edad media del país, y es allí donde logra
más como dramaturgo. Esto está muy claro en la obra que marcó el fin del largo
aprendizaje de Ibsen, “Los
Pretendientes al Trono” de
1863. La acción tiene lugar en la Noruega del siglo XIII, un período con
conflictos internos desgarradores para el país. Pero la perspectiva de Ibsen
también es la Noruega de los años 1860, cuando permite al rey Haakon Haakonssøn
manifestar su gran pensamiento de unidad nacional: "Noruega fue un reino, será un pueblo. (...) ¡todos serán uno en
adelante, y todos serán conscientes de que son uno!"
“Los Pretendientes del Trono” representa el triunfo artístico de Ibsen, pero tuvo que
esperar un par de años más para ser reconocido como uno de los autores más
importantes de la nación. Esto sucede en 1866 cuando publica “Brand”. “Los Pretendientes del Trono” marca el final de su estrecha relación con el teatro
noruego. Fue también su representación de despedida, ya que a partir de ese
momento inicia su larga estancia en el extranjero. Durante los años siguientes
da la espalda al teatro en primer lugar, y busca un público lector.
Los
grandes dramas de ideas
Los dos grandes dramas de lectura, “Brand”
(1866) y “Peer Gynt” (1867), surgieron en realidad de la relación problemática
que Ibsen tenía con su patria. Los acontecimientos políticos de 1864 hicieron
que Ibsen perdiera su fe optimista en las posibilidades futuras de la nación.
Incluso empezó a dudar si sus compatriotas tenían justificación histórica para
existir como pueblo propio.
Lo que anteriormente había tratado como un problema de
identidad nacional, es para él ahora una cuestión de la integridad personal del
individuo. Ya no era suficiente basarse en un remoto tiempo histórico de
grandeza, mostrando la continuación de la vida de la nación. Ibsen abandona la
historia y plantea lo que él entiende como el problema principal de su tiempo:
Un pueblo solo podrá levantarse culturalmente a través de la fuerza de voluntad
del individuo. “Brand” es más que nada un drama acerca de que cada uno debe seguir
el camino de la voluntad para realizarse como persona verdadera. Es también el
único camino a la libertad auténtica para el individuo y, por ende, para la
comunidad.
Las dos obras gemelas “Brand” y “Peer
Gynt”, que son bastante diferentes entre
sí, enfocan todo el tiempo el problema de la personalidad. Ibsen dramatiza el
conflicto entre el entrar de modo oportunista en una actuación falsa y el comprometerse a una exigente tarea
vital. En “Peer Gynt” el autor ha creado con gran acierto artístico una escena que
demuestra esta situación conflictiva. Es la escena en la que el envejecido Peer
Gynt se ve obligado a hacer un ajuste de cuentas consigo mismo, camino a casa a
su punto de partida noruego. Empieza a verse a sí mismo como el que ha sido en
su vida, y en la mencionada escena recoge una cebolla de la tierra. Mirando
atrás su vida desperdiciada, empieza a pelar la cebolla. Cada capa representa
un papel diferente que ha jugado. Pero no encuentra ningún centro. Tiene que
admitir que ha llegado a ser un "nadie", y que no tiene ningún
"yo".
"Tan
extremadamente pobre puede un alma volver a la nada en la niebla gris. Tú,
tierra deliciosa, no te enfurezcas por haber pisado tu hierba en vano. Tú, sol
delicioso, has rociado con tus rayos lucientes una cabaña deshabitada. No había
nadie dentro para calentar y entonar el dueño, dicen, estaba siempre lejos del
hogar...."
Peer es la persona débil, sin voluntad, el opuesto a Brand.
Pero justamente en la descripción de Ibsen de la "desintegración" de
la personalidad en una serie de papeles diferentes, han visto algunos
historiadores del teatro el presagio de una imagen modernista de la persona. El
investigador británico de dramas Ronald Gaskell lo dice así: "Peer Gynt inaugura el drama de la mente
moderna", y continúa: "Si
se puede decir que el surrealismo y el expresionismo en el teatro tuviera una
sola fuente, esta fuente sería indudablemente Peer Gynt".
En este sentido, este drama temprano de Ibsen — por muy
noruego y romántico que sea — tiene su lugar esencial en la historia del
teatro, aunque no está escrito para el escenario. Justamente “Peer Gynt” ha
demostrado que Ibsen sigue siendo un autor vivo y actual también en esta época
moderna. Por lo tanto, no son solamente sus dramas contemporáneos que le han
convertido en una de las personalidades más destacadas de la historia del
teatro. Aunque serán estas obras las que tiene en mente el investigador sueco
de dramas Martin Lamm cuando afirma:
"El drama de Ibsen
es la Roma del drama moderno; todos los caminos conducen hasta y desde allí".
A pesar de que Ibsen se distanció de su fundamento noruego en
los años 1870 y se convirtió en "europeo", estuvo profundamente
marcado por el país que abandonó en 1864, al que volvió como anciano famoso. No
fue fácil volver a su patria. Los largos años en el extranjero y la larga lucha
para ganar aceptación habían marcado sus evidentes huellas. En el período en el
que terminó su obra literaria expresó que realmente no sentía ninguna felicidad
por el destino de aventura que había forjado. Se sentía sin hogar aun en su
patria.
Pero justamente el antagonismo en Ibsen entre lo noruego y lo
extranjero (con una cultura más libre) probablemente le ha marcado más que
ninguna otra cosa como persona y autor. Su posición independiente en lo que
llamó "los ambientes culturales
amplios y libres", le aportó la perspectiva clarificante de la
distancia. Y la libertad. No obstante, al mismo tiempo lo noruego en él creó el
anhelo de una vida más libre y feliz. Este es el anhelo por el sol en el mundo
literario de este autor serio. Nunca denegó su carácter noruego. Hacia el final
de su vida dijo a un amigo alemán: "El
que me quiera entender del todo tendrá que conocer Noruega. La naturaleza
grandiosa, pero severa, que rodea a las personas que viven allí en el norte, la
vida solitaria, aislada — muchas de las granjas quedan muy distanciadas una de
otra — les obliga a desinteresarse por los demás, y ocuparse exclusivamente de
sí mismos. Por eso son introvertidos y serios, cavilan y dudan — y muchas veces
pierden el ánimo. En nuestro país en una de cada dos personas hay un filósofo.
Además están los inviernos largos y oscuros con niebla densa que cubren las
casas — ah, ¡cuanto añoran el sol!"


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