© Libro N° 15020. La Dama De Espadas. Pushkin, Alexander. Emancipación. Abril 11 de 2026
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LA
DAMA DE ESPADAS
Alexander
Pushkin
La Dama De Espadas
Alexander Pushkin
LA DAMA DE ESPADAS
ALEXANDER PUSHKIN
Moscú-Rusia, 1799-San Petersburgo, 1837
Aleksandr
Sergéyevich Pushkin fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso, fundador de la
literatura rusa moderna. Fue pionero en el uso de la lengua vernácula en sus
obras, creando un estilo narrativo —mezcla de drama, romance y sátira— que fue
desde entonces asociado a la literatura rusa e influyó notablemente en
posteriores figuras literarias como Gógol, Dostoyevski, Tolstói y Tiútchev, así
como en los compositores rusos Chaikovski y Músorgski.
Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas.
La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar
pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado comían con gran apetito;
los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con aire distraído. Pero
apareció el champán, la conversación se animó y todos tomaron parte en ella.
-¿Qué has hecho, Surin? -preguntó el amo de la casa.
-Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin
subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de
todos modos sigo perdiendo!
-¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a
una carta?... Me asombra tu firmeza...
-¡Pues ahí tenéis a Guermann! -dijo uno de los presentes señalando a un
joven oficial de ingenieros-. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las
manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta
las cinco a mirar cómo jugamos!
-Me atrae mucho el juego -dijo Guermann-, pero no estoy en condiciones
de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.
-Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! -observó Tomski-.
Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna
Fedótovna.
-¿Cómo?, ¿quién? -exclamaron los contertulios.
-¡No me entra en la cabeza -prosiguió Tomski-, cómo puede ser que mi
abuela no juegue!
-¿Qué tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? -dijo Narúmov.
-¿Pero no sabéis nada de ella?
-¡No! ¡De verdad, nada!
-¿No? Pues, escuchad:
«Debéis saber que mi abuela, hará unos sesenta años, vivió en París e
hizo allí auténtico furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus
moscovite; Richelieu estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se
pega un tiro por la crueldad con que ella lo trató.
«En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Cierta vez, jugando en la
corte, perdió bajo palabra con el duque de Orleáns no sé qué suma inmensa. La
abuela, al llegar a casa, mientras se despegaba los lunares de la cara y se
desataba el miriñaque, le comunicó al abuelo que había perdido en el juego y le
mandó que se hiciera cargo de la deuda.
«Por cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una especie de mayordomo de
la abuela. Le temía como al fuego y, sin embargo, al oír la horrorosa suma,
perdió los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras mostrarle que en
medio año se habían gastado medio millón y que ni su aldea cercana a Moscú ni
la de Sarátov se encontraban en las afueras de París, se negó en redondo a
pagar. La abuela le dio un bofetón y se acostó sola en señal de enojo.
«Al día siguiente mandó llamar a su marido con la esperanza de que el
castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró incólume. Por
primera vez en su vida la abuela accedió a entrar en razón y a dar
explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dignó a demostrarle que había deudas
y deudas, como había diferencia entre un príncipe y un carretero. ¡Pero ni
modo! ¡El abuelo se había sublevado y seguía en sus trece! La abuela no sabía
qué hacer.
«Anna Fedótovna era amiga íntima de un hombre muy notable. Habréis oído
hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos prodigios se cuentan. Como
sabréis, se hacía pasar por el Judío errante, por el inventor del elíxir de la
vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas más. La gente se reía de él
tomándolo por un charlatán, y Casanova en sus Memorias dice que era un espía.
En cualquier caso, a pesar de todo el misterio que lo envolvía, Saint-Germain
tenía un aspecto muy distinguido y en sociedad era una persona muy amable. La
abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se enfada cuando hablan de él sin el
debido respeto, sabía que Saint-Germain podía disponer de grandes sumas de
dinero, y decidió recurrir a él. Le escribió una nota en la que le pedía que
viniera a verla de inmediato.
«El estrafalario viejo se presentó al punto y halló a la dama sumida en
una horrible pena. La mujer le describió el bárbaro proceder de su marido en
los tonos más negros, para acabar diciendo que depositaba todas sus esperanzas
en la amistad y en la amabilidad del francés.
«Saint-Germain se quedó pensativo.
«-Yo puedo proporcionarle esta suma -le dijo-, pero como sé que usted no
se sentiría tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querría yo abrumarla con
nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su
deuda.
«-Pero, mi querido conde -le dijo la abuela-, si le estoy diciendo que
no tenemos nada de dinero.
«-Ni falta que le hace -replicó Saint-Germain-: tenga la bondad de
escucharme.
«Y entonces le descubrió un secreto por el cual cualquiera de nosotros
daría lo que fuera...
Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa,
dio una bocanada y prosiguió su relato:
-Aquel mismo día la abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine.
El duque de Orleáns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no
haberle satisfecho la deuda, para justificarse se inventó una pequeña historia
y se sentó enfrente apostando contra él. Eligió tres cartas, las colocó una
tras otra: ganó las tres manos y recuperó todo lo perdido.
-¡Por casualidad! -dijo uno de los contertulios.
-¡Esto es un cuento! -observó Guermann.
-¿No serían cartas marcadas? -añadió un tercero.
-No lo creo -respondió Tomski con aire grave.
-¡Cómo! -dijo Narúmov-. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas
seguidas y hasta ahora no te has hecho con su cabalística?
-¡Qué más quisiera! -replicó Tomski-. La abuela tuvo cuatro hijos, entre
ellos a mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los
cuatro les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco
a mí, conocerlo.
«Pero oíd lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, asegurándome por
su honor la veracidad de la historia. El difunto Chaplitski -el mismo que murió
en la miseria después de haber despilfarrado sus millones-, cierta vez en su
juventud y, si no recuerdo mal, con Zórich, perdió cerca de trescientos mil
rublos. El hombre estaba desesperado. La abuela, que siempre había sido muy
severa con las travesuras de los jóvenes, esta vez parece que se apiadó de
Chaplitski. Le dio tres cartas para que las apostara una tras otra y le hizo
jurar que ya no jugaría nunca más. Chaplitski se presentó ante su ganador; se
pusieron a jugar. Chaplitski apostó a su primera carta cincuenta mil y ganó;
hizo un pároli y lo dobló en la siguiente jugada, y así saldó su deuda y aún salió
ganado...
«Pero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.
En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.
II
La vieja condesa *** se hallaba en su tocador ante el espejo. La
rodeaban tres doncellas. Una sostenía un tarro de arrebol; otra, una cajita con
horquillas, y la tercera, una alta cofia con cintas de color de fuego. La
condesa no pretendía en lo más mínimo verse hermosa, su belleza hacía tiempo
que se había marchitado, pero conservaba todos los hábitos de sus años jóvenes,
seguía rigurosamente la moda de los setenta y se vestía con la misma lentitud,
con el mismo esmero de hace sesenta años. Junto a la ventana se sentaba ante su
labor una señorita, su pupila.
-Buenos días, grand'maman -dijo al entrar un joven oficial-. Bonjour,
mademoiselle Lise. Grand' maman, he venido a pedirle un favor.
-¿Qué, Paul?
-Quisiera presentarle a uno de mis compañeros para que lo invite usted a
su baile el viernes.
-Tráelo directamente a la fiesta y allí me lo presentas. ¿Estuviste ayer
en casa de ***?
-¡Cómo no! Fue una fiesta muy alegre; bailamos hasta las cinco.
¡Yelétskaya estuvo encantadora!
-¡Qué dices, querido! ¡Qué tiene de encantadora esa muchacha? Ni
comparar con su abuela, la princesa Daria Petrovna... Por cierto, ¿la princesa
Daria Petrovna se verá muy envejecida?
-¿Cómo, envejecida? -respondió distraído Tomski-, si se murió hará unos
siete años.
La señorita levantó la cabeza e hizo una seña al joven. Éste recordó que
a la vieja condesa le ocultaban la muerte de las mujeres de su edad y se mordió
el labio. Pero la condesa escuchó la noticia, nueva para ella, con gran
indiferencia.
-¡Ha muerto! -dijo-. Y yo sin saberlo. Pues cuando nos hicieron damas de
honor a las dos, su majestad...
Y por centésima vez empezó a contar la anécdota a su nieto.
-Bien Paul -dijo luego-, ahora ayúdame a levantarme. Liza, ¿dónde está
mi tabaquera?
La condesa se dirigió con sus doncellas detrás del biombo para acabar de
arreglarse y Tomski se quedó con la señorita.
-¿A quién le quiere presentar? -preguntó en voz baja Lizaveta Ivánovna.
-A Narúmov. ¿Lo conoce?
-¡No! ¿Es militar o civil?
-Militar.
-¿Ingeniero?
-No. De caballería. ¿Y por qué ha creído usted que era ingeniero?
La señorita se rió, pero no dijo ni palabra.
-¡Paul! -gritó la condesa desde detrás del biombo-, mándame alguna
novela nueva, pero, por favor, que no sea de las de ahora.
-¿Cómo es eso, grand'maman?
-Quiero decir, una novela en la que el héroe no estrangule a su padre o
a su madre, y en la que no haya ahogados. ¡Tengo un pánico terrible a los
ahogados!
-Novelas así hoy ya ni existen. ¿No querrá una novela rusa?
-¿Pero es que hay novelas rusas?... ¡Pues mándame una, querido, te lo
ruego, mándamela!
-Le ruego que me excuse, grand'maman: tengo prisa... Perdone, Lizaveta
Ivánovna. Pero, ¿por qué ha pensado usted que Narúmov era ingeniero?
Y Tomski abandonó el tocador.
Lizaveta Ivánovna se quedó sola: abandonó su labor y se puso a mirar por
la ventana. Al poco, a un lado de la calle, desde la casa de la esquina,
apareció un joven oficial. Un rubor cubrió las mejillas de la señorita, que
retornó a su labor e inclinó la cabeza hasta la misma trama. En este momento
entró la condesa ya del todo arreglada.
-Liza -se dirigió a la señorita-, manda que enganchen la carroza, vamos
a dar un paseo.
Liza se levantó y se puso a recoger su labor.
-¡Pero, por Dios, chiquilla, ¿estás sorda?! -gritó la condesa-. Manda
que enganchen cuanto antes la carroza.
-¡Ahora mismo! -respondió con voz queda la señorita y echó a correr
hacia el recibidor.
Entró un sirviente y entregó a la condesa unos libros de parte del
príncipe Pável Aleksándrovich.
-¡Bien! Que le den las gracias -dijo la condesa-. ¡Liza, Liza! Pero
¿adónde vas corriendo?
-A vestirme.
-Ya tendrás tiempo, chiquilla. Siéntate aquí. Abre el primer tomo; lee
en voz alta...
La señorita tomó el libro y leyó varias líneas.
-¡Más alto! -dijo la condesa-. ¿Qué te pasa, chiquilla? ¿Has perdido la
voz, o qué?... Espera; acércame el banco un poco más... ¡más cerca!
Lizaveta Ivánovna leyó dos páginas más. La condesa bostezó.
-Deja ese libro -dijo-, ¡qué estupidez! Devuélvele eso al príncipe Pável
y di que se lo agradezcan de mi parte... Pero, ¿qué pasa con la carroza?
-Ya está lista -dijo Lizaveta Ivánovna lanzando una mirada hacia la
ventana.
-¿Y qué haces que no estás vestida? -dijo la condesa-. ¡Siempre hay que
esperarte! Chiquilla, esto resulta insoportable.
Liza corrió a su habitación. No pasaron ni dos minutos que la condesa se
puso a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Las tres doncellas entraron
corriendo por una puerta, y el ayuda de cámara, por otra.
-¿Qué pasa que no hay modo de que vengáis cuando se os llama? -les dijo
la condesa-. Decidle a Lizaveta Ivánovna que la estoy esperando.
Entró Lizaveta Ivánovna, con la capa y el sombrero.
-¡Por fin, muchacha! -dijo la condesa-. ¡Qué emperifollada! ¿Para
qué?... ¿A quién quieres engatusar?... ¿Y el tiempo, qué tal? Parece que haga
viento.
-¡De ningún modo, excelencia! ¡Todo está en calma! -replicó el ayuda de
cámara.
-Siempre habláis sin ton ni son. Abrid la ventanilla. Lo que yo decía:
¡hace viento! ¡Y helado!
¡Que desenganchen la carroza! No vamos a salir, Liza, te está bien por
disfrazarte tanto.
«¡Qué vida!», pensó Lizaveta Ivánovna.
En efecto, Lizaveta Ivánovna era una criatura desdichada. Amargo sabe el
pan ajeno, dice Dante, y pesados los escalones de una casa extraña, ¿y quién
mejor que la pobre pupila de una vieja aristócrata para conocer la amargura de
la dependencia? La condesa *** no tenía mal corazón, por supuesto, pero era
antojadiza, como toda mujer mimada por la alta sociedad, avara y llena de frío
egoísmo, como toda la gente mayor, que tras haber agotado en su tiempo el amor,
hoy vive de espaldas al presente. Participaba en todas las vanidades del gran
mundo, asistía a los bailes, donde se sentaba en un rincón, con la cara pintada
y vestida a la vieja moda, igual que un ornamento deforme e imprescindible del
salón; los invitados al llegar se le acercaban entre profundas reverencias,
como si lo mandara el ceremonial, pero luego ya nadie se ocupaba de ella.
Recibía en su casa a toda la ciudad, observando la más rigurosa etiqueta y no
reconocía a nadie por la cara. Su numerosa servidumbre, que engordaba y
encanecía en su antesala y en el cuarto de las doncellas, hacía lo que le venía
en gana y desplumaba a cuál más a la moribunda anciana.
Lizaveta Ivánovna era la mártir de la casa. Ella servía el té y recibía
las reprimendas por el excesivo gasto de azúcar; leía en voz alta las novelas y
era la culpable de todos los errores del autor; acompañaba a la vieja en sus
paseos y respondía del tiempo y por el estado del empedrado. Se le había
asignado un sueldo que nunca le acababan de pagar; en cambio, se le exigía que
fuera vestida como todas, es decir, como muy pocas. En sociedad desempeñaba el
papel más lamentable. Todos la conocían, pero nadie notaba su presencia; en las
fiestas sólo bailaba cuando faltaba alguien para un vis-à-vis y las damas se la
llevaban del brazo siempre que, para recomponer algo de sus atuendos, debían ir
al tocador. Tenía mucho amor propio, se apercibía vivamente de su condición y
miraba a su alrededor esperando con impaciencia a su salvador. Pero los jóvenes
calculadores en su despreocupada vanidad, no le prestaban atención, aunque
Lizaveta Ivánovna era cien veces más hermosa que las descaradas y frías
muchachas casaderas en cuyo derredor aquellos revoloteaban. ¡Cuántas veces,
tras abandonar imperceptiblemente el aburrido y suntuoso salón, se retiraba a
llorar a su modesto cuarto con un biombo empapelado, una cómoda, un pequeño
espejo y una cama pintada, y donde la vela de sebo ardía mortecina sobre una
palmatoria de bronce!
En cierta ocasión -esto sucedía a los dos días de la velada descrita al
comienzo del relato y una semana antes de la escena en que nos hemos detenido-,
Lizaveta Ivánovna, sentada junto a la ventana con su bastidor, miró casualmente
a la calle y vio a un joven oficial de ingenieros que inmóvil mantenía fija la
mirada en su ventana. La joven bajó la cabeza y retornó a su labor; al cabo de
cinco minutos miró de nuevo: el joven oficial seguía en el mismo lugar. Como no
tenía costumbre de coquetear con cualquier oficial, dejó de mirar al exterior y
estuvo bordando cerca de dos horas sin levantar la cabeza. Llamaron a comer. La
joven se levantó, comenzó a recoger el bastidor y, al echar un vistazo casual a
la calle, de nuevo vio al oficial. El hecho le pareció bastante extraño.
Después de comer se acercó a la ventana con sensación de cierto desasosiego,
pero el oficial ya no estaba, y se olvidó de él... Al cabo de dos días, al
salir con la condesa a tomar la carroza, lo vio de nuevo. Estaba justo delante
del portal, con la cara cubierta con un cuello de piel de castor: sus ojos
negros centelleaban bajo el gorro. Lizaveta Ivánovna, ella misma sin saber por
qué, se asustó y subió a la carroza con un temblor inexplicable.
Al regresar a casa, corrió a la ventana: el oficial estaba donde
siempre, con la mirada fija en ella. La joven se apartó venciendo la
curiosidad, turbada por un sentimiento completamente nuevo para ella.
Desde entonces no había día en que el joven, a la misma hora, no
apareciera bajo las ventanas de la casa. Entre ambos se estableció una relación
inadvertida. Sentada junto a su labor, ella notaba su llegada, levantaba la
cabeza y lo miraba cada vez más largo rato. El joven parecía estarle agradecido
por ello: la muchacha, con la aguda mirada de la juventud, veía cómo un
repentino rubor cubría las pálidas mejillas del oficial cada vez que sus
miradas se encontraban. Al cabo de una semana ella le sonrió...
Cuando Tomski vino a pedir permiso a la condesa para presentarle a su
amigo, el corazón de la pobre muchacha latió con fuerza. Pero, al enterarse de
que Narúmov no era un oficial de ingenieros, sino de caballería, lamentó que
con aquella indiscreta pregunta hubiera descubierto al alocado Tomski su
secreto.
Guermann era hijo de un alemán afincado en Rusia que había dejado a su
hijo un pequeño capital. Firmemente convencido como estaba de la necesidad de
afianzar su independencia, Guermann no tocaba siquiera los intereses del
dinero, vivía de su paga y no se permitía el menor de los caprichos. Pero dado
su carácter reservado y ambicioso, sus compañeros rara vez tenían ocasión de
burlarse de su desmedido sentido del ahorro. Era un hombre de fuertes pasiones
y con una desbocada imaginación, pero su entereza lo había salvado de los
acostumbrados extravíos de la juventud. Así, por ejemplo, siendo en el fondo de
su alma un jugador, nunca había tocado unas cartas, pues estimaba que su
fortuna no le permitía (como solía decir) sacrificar lo imprescindible con la
esperanza de salir sobrado, y, entretanto, se pasaba noches enteras en torno a
las mesas de juego y seguía con frenesí febril cada una de las evoluciones de
la partida.
La anécdota de las tres cartas impresionó poderosamente su imaginación y
en toda la noche no le salió de la cabeza.
«¡Qué pasaría si la vieja condesa me descubre su secreto! -pensaba en la
tarde del día siguiente vagando por Petersburgo-, ¡o si me indica las tres
cartas de la suerte! ¿Por qué no puedo yo probar fortuna?... Podría presentarme
a ella, ganarme su favor, tal vez convertirme en su amante; aunque para todo
esto se necesita tiempo, y la vieja tiene ochenta y siete años, puede morirse
en una semana, ¡o dentro de dos días!... Y la historia misma... ¿Se puede creer
en ella?... ¡No! ¡Las cuentas claras, la moderación y el amor al trabajo: éstas
son mis tres cartas de la suerte! ¡Esto es lo que triplicará, lo que
multiplicará por siete mi capital y me permitirá alcanzar el sosiego y la
independencia!»
Pensando de este modo se encontró en una de las calles principales de
Petersburgo, ante una casa de estilo antiguo. El paseo estaba abarrotado de
coches, las carrozas se detenían una tras otra ante el iluminado portal. De
ellas a cada instante asomaba o la esbelta pierna de una bella joven, o una
estruendosa bota, ya una media a rayas, ya los botines de un diplomático.
Abrigos de piel y capotes se deslizaban ante un majestuoso portero. Guermann se
detuvo.
-¿De quién es esta casa? -preguntó al guardia de la garita de la
esquina.
-De la condesa *** -contestó el de la garita.
Guermann se estremeció. De nuevo en su imaginación se dibujó la
asombrosa historia. Se puso a rondar junto a la casa pensando en su dueña y en
su mágico don. Regresó tarde a su humilde rincón, tardó mucho en dormirse, y
cuando le venció el sueño se le aparecieron unas cartas, una mesa verde
montañas de billetes y montones de monedas. Tiraba una carta tras otra, doblaba
las apuestas con decisión, ganaba sin parar, recogía el oro a manos llenas y
atestaba de billetes los bolsillos.
Al despertar, tarde ya, suspiró ante la pérdida de su fantástica
fortuna, se marchó a vagar de nuevo por la ciudad y otra vez se encontró ante
la casa de la condesa ***. Al parecer, una fuerza invisible lo atraía hacia el
lugar. Se detuvo y se puso a mirar a las ventanas. En una de ellas vio una
cabecita de cabellos morenos, inclinada seguramente sobre algún libro o una
labor. La cabecita se alzó. Guermann vio un rostro fresco y unos ojos negros.
Aquel instante decidió su suerte.
III
No había tenido tiempo Lizaveta Ivánovna de quitarse la capa y el
sombrero que ya la condesa la había mandado llamar para ordenarle que
engancharan de nuevo los caballos. En el preciso momento en que dos lacayos
levantaban a la vieja y la introducían a través de las portezuelas en la
carroza, Lizaveta Ivánovna vio junto a la misma rueda a su ingeniero; él la
asió de la mano, ella no pudo reaccionar del susto, y el joven desapareció: en
la mano de la muchacha quedó una carta. La escondió dentro del guante y durante
todo el paseo ni vio ni oyó nada.
En la carroza la condesa tenía la costumbre de hacer preguntas sin
parar: ¿quién es ese que se ha cruzado con nosotros?, ¿cómo se llama este
puente?, ¿qué dice ese anuncio? En esta ocasión Lizaveta Ivánovna contestaba
sin ton ni son y a destiempo a las preguntas y enojó a la condesa.
-¡¿Qué te ocurre, chiquilla?! ¿O es que te ha dado un pasmo? ¿Qué pasa,
no me oyes o no me entiendes?... ¡Gracias a Dios que no soy tartamuda ni he
perdido la razón!
Lizaveta Ivánovna no la escuchaba. De regreso a casa corrió a su cuarto,
sacó del guante la carta: no estaba sellada. Lizaveta Ivánovna la leyó. La nota
contenía una declaración de amor: unas palabras tiernas, respetuosas y tomadas
letra por letra de una novela alemana. Pero Lizaveta Ivánovna no sabía alemán y
quedó muy satisfecha.
Y, sin embargo, la carta, que ella había aceptado, la dejó sumamente
preocupada. Era la primera vez que entablaba una relación secreta y estrecha
con un hombre joven. El atrevimiento de éste la horrorizaba. Se reprochaba su
imprudente conducta y no sabía qué hacer: ¿dejar de sentarse junto a la ventana
y, con su desdén, enfriar en el joven oficial su afán de proseguir con el
acoso?, ¿devolverle la carta?, ¿o bien responderle en tono frío y decidido? No
tenía a quién pedir consejo, ni una amiga, o mentora. Lizaveta Ivánovna optó
por contestar.
Se sentó a la mesa del escritorio, tomó pluma y papel y se puso a
pensar. Comenzó la carta varias veces y la rompió otras tantas: unas su tono le
parecía demasiado condescendiente, otras en exceso cruel. Por fin logró
escribir varias líneas de las que se sintió satisfecha:
Estoy convencida de que sus intenciones son honestas -escribía- y que
con este paso irreflexivo no ha querido usted ofenderme; pero nuestro trato no
debería dar comienzo de este modo. Le devuelvo la carta esperando no tener
motivos para lamentar en el futuro una inmerecida falta de respeto por su
parte.
Al día siguiente, al ver pasar a Guermann, Lizaveta Ivánovna se levantó
abandonando su labor, entró en la sala, abrió la ventanilla y, confiando en la
destreza del joven oficial, arrojó la carta a la calle. Guermann se lanzó hacia
el lugar, recogió el sobre y entró en una confitería. Arrancando el sello
encontró su carta y la respuesta de Lizaveta Ivánovna. Era justo lo que
esperaba, y muy absorto en su intriga regresó a su casa.
Tres días después, una mademoiselle jovencita y de ojos vivarachos trajo
de una tienda de modas una nota para Lizaveta Ivánovna. Ésta la abrió
preocupada temiendo encontrarse con algún pago que le reclamaban, pero, de
pronto, reconoció la letra de Guermann.
-Se ha equivocado usted, jovencita -dijo-; esta nota no es para mí.
-No. ¡Es para usted, seguro! -respondió la valiente chica sin esconder
una sonrisa maliciosa-. ¡Tenga la bondad de leerla!
Lizaveta Ivánovna recorrió la hoja de papel. Guermann le pedía una cita.
-¡No puede ser! -dijo Lizaveta Ivánovna asustada tanto por lo apremiante
de la petición como por el método empleado para hacerla-. ¡Seguro que no es
para mí! -y rompió la carta en pequeños pedacitos.
-Si no era para usted, entonces ¿por qué ha roto la carta? -dijo la
mademoiselle-. Se la habría devuelto a quien la ha mandado.
-Le ruego, jovencita -replicó Lizaveta Ivánovna ruborizándose ante
aquella observación-, que en adelante no me traiga más notas. Y a quien la
envía dígale que debería darle vergüenza...
Pero Guermann no se dio por vencido. Lizaveta Ivánovna, de un modo o de
otro, recibía notas suyas cada día. Ya no eran cartas traducidas del alemán.
Guermann las escribía inspirado por la pasión, hablaba con sus propias
palabras: en ellas se expresaba tanto lo irrenunciable de su deseo, como el
desorden de su desbocada imaginación. Lizaveta Ivánovna abandonó la idea de
devolver las cartas: se embriagaba con ellas; comenzó a contestarlas, y sus
notas por momentos se tornaban más largas y más tiernas. Por fin le arrojó por
la ventanilla la carta siguiente:
Hoy se celebra un baile en casa del embajador de ***. La condesa irá.
Nos quedaremos hasta las dos. He aquí la ocasión para verme a solas. En cuanto
la condesa se haya marchado, lo más probable es que los sirvientes también se
vayan; en el zaguán se queda el conserje, pero acostumbra a encerrarse en su
cuartucho. Venga usted hacia las once y media. Diríjase directamente a la
escalinata. Si se encuentra a alguien en el recibidor pregunte usted si la
condesa está en casa. Le dirán que no y, ¡qué le vamos a hacer!. deberá usted
marcharse. Pero es probable que no encuentre usted a nadie. Las doncellas se
recluyen todas en su alcoba. Del recibidor diríjase hacia la izquierda, siga
todo recto hasta el dormitorio de la condesa. Allí, tras el biombo verá usted
dos pequeñas puertas. La de la derecha da al despacho, donde la condesa no
entra nunca; la de la izquierda, a un pasillo, allí verá una estrecha escalera
de caracol. La escalera conduce a mi cuarto.
Guermann se estremecía como un tigre, en espera del momento señalado. A
las diez de la noche ya se encontraba ante la casa de la condesa. El tiempo era
horroroso: aullaba el viento, una nieve húmeda caía a grandes copos, las
farolas ardían mortecinas, las calles estaban desiertas. De vez en cuando se
arrastraba un coche de alquiler con su flaco jamelgo en busca de algún cliente
rezagado. Guermann permanecía de pie, sólo con su levita, sin notar ni el
viento ni la nieve.
Por fin apareció la carroza de la condesa. Guermann vio cómo los lacayos
sacaron a la encorvada dama llevándola del brazo, envuelta en un abrigo de
marta cebellina, y cómo, tras ella, cubierta por una capa liviana, con la
cabeza adornada de flores naturales, se deslizó su pupila. Se cerraron las
portezuelas. La carroza arrancó pesadamente por la fláccida nieve. El conserje
cerró la puerta. La luz de las ventanas se apagó.
Guermann echó a andar junto a la casa vacía; se acercó a una farola,
miró el reloj, eran las once y veinte. Se quedó junto a la farola con los ojos
clavados en la aguja del reloj esperando que transcurrieran los minutos
restantes.
Justo a las once y media Guermann pisó el porche de la condesa y subió
al zaguán brillantemente iluminado. El conserje no estaba. Guermann subió
corriendo por la escalinata, abrió la puerta y vio a un criado que dormía bajo
la lámpara en un sillón vetusto y manchado. Con paso ligero y firme Guermann
pasó junto a aquel. El salón y el recibidor estaban a oscuras. La lámpara los
iluminaba débilmente desde la entrada.
Guermann entró en el dormitorio. En el rincón de los iconos, repleto de
imágenes antiguas, ardía tenue una lamparilla de oro. Unos desteñidos sillones
y divanes damasquinos con cojines de plumas y dorados desgastados se disponían
en triste simetría junto a las paredes cubiertas de seda china. En una de ellas
colgaban dos retratos pintados en París por madame Lebrun. Un cuadro
representaba a un hombre de unos cuarenta años, sonrosado y grueso, con
uniforme verde claro y una estrella; el otro, a una joven belleza de nariz
aguileña, las sienes peinadas hacia arriba y una rosa en el empolvado cabello.
Por todas partes asomaban pastorcillas de porcelana, un reloj de mesa obra del
célebre Leroy, cofrecillos, yoyós, abanicos y diversos juguetes de señora
inventados a finales del siglo pasado a la par que el globo de los Montgolfier
y el magnetismo de Mesmer.
Guermann se dirigió detrás del biombo. Tras éste se encontraba una
pequeña cama de hierro; a la derecha se veía una puerta que conducía al
despacho; a la izquierda, otra, que daba a un pasillo. Guermann la abrió y vio
la estrecha escalera de caracol que conducía al cuarto de la pobre pupila...
Pero regresó y entró en el oscuro despacho.
El tiempo pasaba lentamente. Todo estaba en silencio. En el salón
sonaron doce campanadas; en todas las habitaciones, uno tras otro, los relojes
dieron las doce, y de nuevo todo quedó en silencio. Guermann esperaba de pie,
apoyado en la fría estufa. Estaba sereno, su corazón latía acompasado, como el
de un hombre decidido a una empresa peligrosa, pero necesaria.
Los relojes dieron la una, luego las dos de la madrugada, y el joven oyó
el lejano ruido de la carroza. Le dominó una emoción incontenible. La carroza
se acercó a la casa y se detuvo. Guermann oyó el ruido del estribo al bajar.
La casa se puso en movimiento. Los criados echaron a correr, sonaron
voces y la casa se iluminó. Entraron corriendo en la habitación las tres viejas
doncellas, y apareció la condesa que, más muerta que viva, se dejó caer en el
sillón Voltaire. Guermann miraba a través de una rendija: Lizaveta Ivánovna
pasó a su lado. Guermann oyó sus apresurados pasos subiendo por la escalera. En
su corazón brotó y se apagó de nuevo algo parecido a un remordimiento. El joven
estaba petrificado.
La condesa comenzó a desvestirse ante el espejo. Le desprendieron las
agujas de la cofia adornada de rosas; le quitaron la empolvada peluca de su
cabeza canosa y de pelo muy corto. Los alfileres volaban como una lluvia a su
alrededor. El vestido amarillo, bordado de plata, cayó a sus pies hinchados.
Guermann era testigo de los repugnantes misterios de su tocador; por fin la
condesa se quedó en camisón y gorro de dormir; con este atuendo, más propio de
sus muchos años, parecía menos horrorosa y deforme.
Como toda la gente mayor, también la condesa padecía de insomnio. Una
vez desvestida, se sentó junto a la ventana en su sillón Voltaire y despidió a
las doncellas. Se llevaron las velas y de nuevo la habitación quedó sólo
iluminada con la mariposa. La condesa, toda amarilla, sentada en su sillón,
meneaba sus labios fláccidos balanceándose a izquierda y derecha. En su turbia
mirada se reflejaba la ausencia de todo pensamiento; al verla se podría pensar
que el balanceo de la espantosa vieja, más que deberse a su propia voluntad,
era fruto de un oculto galvanismo.
De pronto su rostro muerto se alteró de manera indescriptible. Sus
labios dejaron de moverse, la mirada cobró vida: ante la condesa se encontraba
un desconocido.
-¡No se asuste, por Dios, no se asuste! -dijo éste con voz clara y
queda-. No tengo la intención de hacerle daño; he venido a implorarle que me
conceda una merced.
La vieja lo miraba en silencio y parecía como si no lo oyera. Guermann
pensó que era sorda e, inclinándose hasta casi tocar su oreja le repitió las
mismas palabras. La vieja seguía callada.
-Usted puede hacerme feliz para el resto de mi vida -prosiguió
Guermann-, y no le va a costar nada: yo sé que usted puede adivinar tres cartas
seguidas...
Guermann calló. La condesa, al parecer, comprendió lo que querían de
ella; se diría que buscaba las palabras para responder.
-¡Aquello fue una broma! -dijo al fin-. ¡Se lo juro! ¡Una broma!
-¡Con cosas así no se bromea! -replicó enojado Guermann-. Acuérdese de
Chaplitski, al que ayudó usted a recuperar su deuda.
La condesa pareció turbarse. Los rasgos de su cara reflejaron una
poderosa emoción en su alma pero en seguida la anciana se sumergió en la
impasividad de antes.
-¿Puede usted indicarme estas tres cartas seguras? -añadió Guermann.
La condesa seguía callada; Guermann prosiguió:
-¿Para quién quiere usted guardarse su secreto? ¿Para los nietos? ¿Qué
falta les hace si ya son ricos? Si ni siquiera conocen el valor del dinero. A
manirrotos como ellos sus tres cartas no les serán de ayuda. Quien no sabe
cuidar de la herencia paterna, por muchas artes diabólicas que tenga a su
alcance, de todos modos ha de morir en la miseria. Pero yo no soy un
derrochador; yo sé el valor del dinero. Conmigo sus tres cartas no caerán en
saco roto. ¡¿Y bien?!...
Guermann calló y esperó anhelante la respuesta. La condesa callaba;
Guermann se arrodilló.
-Si alguna vez -dijo- su corazón ha conocido el sentimiento del amor, si
recuerda usted cuánta emoción el amor depara, si ha sonreído siquiera una vez
ante el primer llanto de su hijo recién nacido, si algún sentimiento humano ha
palpitado en su pecho, le imploro a usted, por su amor de esposa, de amante y
de madre, por lo más sagrado que haya en este mundo, ¡no rechace mi súplica!
¡Descúbrame su secreto! ¿Qué más le da a usted?... ¿Quizá el secreto entrañe un
pecado horrible, la pérdida de la dicha eterna, un pacto con el diablo?...
Piénselo; usted ya es vieja, no le queda mucho de vida; yo, en cambio, estoy
dispuesto a cargar con su pecado. Lo único que le pido es que me revele su
secreto. Piense que la felicidad de un hombre se halla en sus manos, que no
sólo yo, sino mis hijos, mis nietos y biznietos bendecirán su nombre y honrarán
su memoria como a una santa...
La vieja no decía ni palabra.
Guermann se levantó.
-¡Vieja bruja! -dijo apretando los dientes-. ¡Yo te haré hablar!...
Dicho esto, sacó del bolsillo una pistola.
Al ver el arma, la condesa mostró de nuevo en su rostro una poderosa
emoción. Movió de arriba abajo la cabeza y levantó una mano como si se
protegiera del disparo... Después cayó hacia atrás y se quedó inmóvil.
-Déjese de chiquilladas -dijo Guermann tomándola de la mano-. Se lo
pregunto por última vez: ¿quiere usted decirme sus tres cartas? ¿Sí o no?
La condesa no contestaba. Guermann vio que estaba muerta.
IV
Lizaveta Ivánovna, sentada en su habitación aún con el vestido de baile,
se hallaba sumida en profundos pensamientos. Al llegar a casa, se apresuró a
despedir a la soñolienta doncella que le había ofrecido con desgana sus
servicios, diciéndole que ella misma se desvestiría, entró temblorosa en su
cuarto con la esperanza de ver allí a Guermann y deseando no encontrarlo.
Comprobó a primera vista su ausencia y agradeció al destino por el contratiempo
que había impedido aquella cita. Se sentó sin quitarse el vestido y se puso a
rememorar todas las circunstancias que en tan poco tiempo tan lejos la habían
llevado.
No habían pasado ni tres semanas desde que viera por primera vez tras la
ventana a aquel joven, y ya mantenía con él correspondencia, ¡y éste ya le
había arrancado una cita nocturna! Sabía su nombre sólo porque algunas de sus
cartas iban firmadas; nunca le había dirigido la palabra, no conocía su voz y
no había oído hablar de Guermann... hasta aquella misma noche. ¡Qué raro!
Justo aquella noche, en el baile, Tomski, enojado con la joven princesa
Polina *** que, en contra de lo habitual, coqueteaba con otro, quiso vengarse
de ella mostrándose indiferente: invitó a Lizaveta Ivánovna y bailó con ella
una interminable mazurca. Durante todo el rato se burló de su interés por los
oficiales de ingenieros. Le confesó que sabía muchas más cosas de las que ella
podía suponer, y algunas de sus bromas fueron tan atinadas que Lizaveta
Ivánovna pensó varias veces que Tomski conocía su secreto.
-¿Por quién se ha enterado de todo esto? -le preguntó ella entre risas.
-Por un compañero de quien usted sabe -contestó Tomski-, ¡una persona
muy notable!
-¿Y quién es esta persona notable?
-Se llama Guermann.
Lizaveta Ivánovna no dijo nada, pero las manos y los pies se le
helaron...
-Este Guermann -prosiguió Tomski- es un personaje en verdad romántico:
tiene el perfil de Napoleón y el alma de Mefistófeles. Creo que sobre su
conciencia pesan al menos tres crímenes. ¡Cómo ha palidecido usted!
-Me duele la cabeza... ¿Qué es lo que le decía su Guermann, o como se
llame?...
-Guermann está muy disgustado con su compañero: dice que en su lugar él
se hubiera comportado de muy otro modo... Yo supongo, incluso, que el propio
Guermann le ha echado a usted el ojo; al menos escucha sin perder detalle las
expansiones amorosas de su amigo.
-¿Y dónde me habrá visto?
-En la iglesia, tal vez... en algún paseo... ¡El diablo lo sabe! A lo
mejor, en su habitación, mientras usted dormía: él es capaz...
Tres damas se acercaron a ellos con la pregunta «oubli ou regret?» e
interrumpieron aquella charla que aguijoneaba cada vez de modo más torturante
la curiosidad de Lizaveta Ivánovna. La dama elegida por Tomski fue la propia
princesa ***. Ésta se tomó el tiempo suficiente para aclarar sus malentendidos
en las varias vueltas que dio y en el largo camino que recorrió con él hasta la
silla, de modo que Tomski al regresar a su lugar ya no pensaba ni en Guermann
ni en Lizaveta Ivánovna. Ella quería reanudar sin falta la charla interrumpida,
pero la mazurca había llegado a su fin y al poco rato la condesa decidió irse.
Las palabras de Tomski no eran otra cosa que pura palabrería de salón,
pero calaron muy hondo en el alma de la joven soñadora. El retrato esbozado por
Tomski se asemejaba al que se había formado ella, y, gracias a las novelas más
recientes, este rostro entonces ya vulgar espantaba y atraía a la vez su
imaginación.
Se hallaba sentada con los brazos cruzados inclinando sobre el pecho
descubierto su cabeza aún adornada de flores... De pronto la puerta se abrió y
entró Guermann. Lizaveta Ivánovna se echó a temblar...
-Pero, ¿dónde estaba usted? -preguntó ella en un susurro espantado.
-En el dormitorio de la vieja condesa -respondió Guermann-; ahora vengo
de verla. La condesa está muerta.
-¡Dios santo!... ¿Qué dice usted?
-Y, al parecer -prosiguió Guermann-, yo soy la causa de su muerte.
Lizaveta Ivánovna lo miró y las palabras de Tomski resonaron en su alma:
«¡Este hombre lleva sobre su conciencia tres crímenes al menos!» Guermann se
sentó en el alféizar de la ventana y se lo contó todo.
Lizaveta Ivánovna lo escuchó llena de horror. De modo que todas aquellas
apasionadas cartas, aquellos encendidos ruegos, aquella persecución osada y
tenaz, ¡todo eso no era amor! ¡Dinero: he aquí lo que ansiaba aquella alma! ¡La
pobre pupila no era otra cosa que la ciega cómplice de un bandido, del asesino
de su anciana protectora!...
La joven lloró amargamente en un acceso de tardío y torturado
arrepentimiento. Guermann la miraba en silencio: también su corazón se sentía
desgarrado, pero ni las lágrimas de la desdichada muchacha ni la asombrosa
belleza de su amargura conmovían su espíritu severo. Guermann no sentía
remordimientos de conciencia ante la idea de la vieja muerta. Sólo una cosa lo
llenaba de espanto: la irreparable pérdida del secreto con el que había soñado
enriquecerse.
-¡Es usted un monstruo! -dijo al fin Lizaveta Ivánovna.
-Yo no quería matarla -dijo Guermann-. La pistola no estaba cargada.
Ambos callaron.
Llegaba el amanecer. Lizaveta Ivánovna apagó la vela mortecina: una luz
pálida iluminó la habitación. Se enjugó los ojos llorosos y alzó la mirada
hacia Guermann: éste seguía sentado en el alféizar de la ventana, las manos
cruzadas y el severo ceño fruncido. En esta postura recordaba asombrosamente el
retrato de Napoleón. Su parecido sorprendió incluso a Lizaveta Ivánovna.
-¿Cómo podrá salir de la casa?-dijo finalmente Lizaveta Ivánovna-.
Pensaba conducirlo por una escalera secreta, pero hay que pasar por el
dormitorio, y me da miedo.
-Dígame cómo encontrar esta escalera y me iré.
Lizaveta Ivánovna se levantó, sacó de la cómoda una llave, se la entregó
a Guermann y le hizo una detallada descripción del camino. Guermann estrechó su
fría e insensible mano. Besó su cabeza inclinada y salió.
Bajó por la escalera de caracol y entró de nuevo en el dormitorio de la
condesa. La vieja muerta seguía sentada, su rostro petrificado expresaba una
serenidad profunda. Guermann se detuvo ante ella, la miró largamente, como si
quisiera cerciorarse de la horrible verdad; por fin entró en el despacho,
encontró a tientas tras el tapizado de la pared una puerta y comenzó a bajar
por una oscura escalera, abrumado por extrañas sensaciones.
«Tal vez por esta misma escalera -pensaba- hará unos sesenta años, a
este mismo dormitorio y a la misma hora, con un caftán bordado, peinado à
l'oiseau royal, estrechando contra el pecho un sombrero de tres picos, se
habría deslizado el joven afortunado que desde hace tiempo se pudre en su
tumba; en cambio, ha sido hoy cuando el corazón de su anciana amante ha dejado
de latir...»
A final de la escalera Guermann encontró una puerta que abrió con la
llave, y se encontró en un largo corredor que lo condujo a la calle.
V
Tres días después de la fatídica noche, a las nueve de la mañana,
Guermann se dirigió al monasterio de ***, donde debían celebrarse los funerales
de la difunta condesa. Sin sentirse arrepentido, no podía sin embargo ahogar
del todo la voz de su conciencia que le repetía: ¡eres el asesino de la vieja!
No era hombre de verdadera fe, pero sí muy supersticioso. Creía que la condesa
muerta podía ejercer un influjo maléfico sobre su vida, y para conseguir de
ella el perdón decidió presentarse al entierro.
La iglesia estaba llena. Guermann logró a duras penas abrirse paso entre
la multitud. El féretro se alzaba sobre un rico catafalco bajo un baldaquino de
terciopelo. La difunta yacía en el ataúd, las manos cruzadas sobre el pecho,
con una cofia de encaje y un vestido de raso blanco. A su alrededor se
encontraban los suyos: la servidumbre, en caftanes negros con cintas blasonadas
sobre el hombro y sosteniendo los candelabros; los familiares: hijos, nietos y
biznietos, de luto riguroso. Nadie lloraba; las lágrimas hubieran sido une
affectation. La condesa era tan vieja que su muerte ya no podía extrañar a
nadie, y desde hacía tiempo, los familiares la veían como más del otro mundo
que de éste.
Un joven prelado pronunció la oración fúnebre. Glosó con expresiones
sencillas y emotivas el tránsito de la hija de Dios por este mundo, cuyos
largos años de vida habían sido un callado y conmovedor preparativo para una
cristiana muerte.
-El ángel de la muerte la ha tomado en plena vigilia -dijo el orador-,
entregada a la piadosa reflexión y en espera del novio de la medianoche.
El servicio se desarrolló con la tristeza y el decoro merecido. Los
familiares fueron los primeros en dirigirse a dar el último adiós a la difunta.
Tras ellos se puso en movimiento la numerosa muchedumbre reunida para
inclinarse ante la dama que desde hacía tantos años había sido partícipe de sus
mundanas diversiones. Después también siguió toda la servidumbre. Finalmente se
acercó el ama de llaves de la señora, una anciana de sus mismos años. Dos
jóvenes doncellas la conducían sujetándola de los brazos. No tuvo fuerzas para
inclinarse hasta el suelo, y fue la única en dejar caer unas cuantas lágrimas
al besar la fría mano de su señora.
Tras ella, Guermann se decidió a acercarse al féretro. Hizo una
reverencia hasta tocar el suelo y permaneció varios minutos sobre las frías
losas cubiertas de ramas de abeto. Al fin se levantó, pálido como la propia
difunta, subió los escalones del catafalco y se inclinó... En aquel instante le
pareció que la muerta lo miró con expresión burlona y le guiñó un ojo. Guermann
retrocedió con premura, tropezó y cayó de espaldas sobre el suelo. Lo
levantaron. En aquel mismo instante sacaron al exterior a Lizaveta Ivánovna
desmayada.
El episodio perturbó por varios minutos la solemnidad de la lúgubre
ceremonia. Entre los asistentes se alzó un sordo rumor, y un escuálido
chambelán, pariente cercano de la difunta, le susurró al oído a un inglés que
se encontraba a su lado que el joven oficial era un hijo natural de la condesa,
a lo que el inglés respondió con frialdad: ¿Oh?
Todo el día Guermann se sintió extraordinariamente disgustado. Durante
el almuerzo en una apartada hostería, en contra de su costumbre, bebió
muchísimo con la esperanza de ahogar su desasosiego interior. Pero el vino
enardecía aún más su imaginación. Al regresar a casa, se dejó caer sin
desnudarse sobre la cama y se durmió profundamente.
Se despertó cuando ya era de noche: la luna iluminaba su habitación.
Miró el reloj: eran las tres menos cuarto. Le había abandonado el sueño; se
sentó en la cama y se quedó pensando en el entierro de la vieja condesa.
En aquel momento alguien miró desde la calle a través de la ventana y se
retiró al instante. Guermann no prestó atención alguna al hecho. Al cabo de un
minuto oyó que abrían la puerta de la entrada. Guermann pensó que su ordenanza,
borracho como de costumbre, regresaba de un paseo nocturno. Pero oyó unos pasos
desconocidos: alguien andaba arrastrando silenciosamente los zapatos. La puerta
se abrió, entró una mujer vestida de blanco. Guermann la tomó por su vieja aya
y se asombró de verla en casa a aquellas horas. Pero la mujer de blanco, en un
abrir y cerrar de ojos, de pronto apareció ante él, ¡y Guermann reconoció a la
condesa!
-He venido a verte en contra de mi voluntad -dijo la condesa con voz
firme-. Pero se me ha mandado que cumpla tu deseo. El tres, el siete y el as,
uno tras otro, te harán ganar; pero, con una condición: que no apuestes más de
una carta al día y que en lo sucesivo no juegues nunca más. Te perdono mi
muerte con tal de que te cases con mi protegida Lizaveta Ivánovna...
Tras estas palabras se dio la vuelta en silencio, se dirigió hacia la
puerta y desapareció arrastrando los zapatos. Guermann oyó cómo resonó la
puerta en el zaguán y vio que alguien lo miró de nuevo por la ventana.
Guermann tardó mucho rato en recobrarse. Salió a la habitación contigua.
Su ordenanza dormía en el suelo; Guermann lo despertó a duras penas. El
ordenanza, como de costumbre, estaba borracho, de modo que no pudo sacar de él
nada en claro. La puerta del zaguán estaba cerrada. Guermann regresó a su
cuarto, encendió una vela y anotó su visión.
VI
Dos ideas fijas no pueden existir al mismo tiempo en el ámbito de lo
moral, de igual modo que en el mundo físico dos cuerpos no pueden ocupar
idéntico lugar. El tres, el siete y el as pronto desplazaron en la mente de
Guermann la imagen de la vieja muerta. El tres, el siete y el as no salían de
su imaginación y le brotaban constantemente en los labios. Al ver a una joven,
decía:
-¡Qué esbelta es!... Un auténtico tres de corazones.
Le preguntaban la hora y contestaba:
-Faltan cinco minutos para... un siete.
Cualquier hombre barrigudo le recordaba a un as. El tres, el siete y el
as lo perseguían en sueños adoptando todos los aspectos posibles: el tres
florecía ante sus ojos en forma de suntuosa magnolia; el siete se le aparecía
como un portal gótico, y el as, como una enorme araña. Y todos sus pensamientos
confluían en uno: cómo sacar provecho del secreto que tan caro le había
costado.
Comenzó a pensar en pedir el retiro, en marchar de viaje. Quería hacerse
con el tesoro de la encantada fortuna en alguna casa de juegos de París. Pero
una ocasión le ahorró los quebraderos de cabeza.
En Moscú se había formado una sociedad de ricos jugadores bajo la
presidencia del célebre Chekalinski, un hombre que se había pasado la vida
jugando a las cartas y que en su tiempo había amasado millones ganando con
talones y perdiendo en dinero contante y sonante. Los largos años de
experiencia le granjearon la confianza de sus compañeros, y la casa siempre
abierta, su famoso cocinero y el trato amable y jovial le proporcionaron el
respeto del público. Chekalinski se instaló en Petersburgo. Los jóvenes inundaron
sus salones abandonando los bailes por las cartas y prefiriendo las tentaciones
del faraón al atractivo del galanteo. Allí llevó Narúmov a Guermann.
Atravesaron una serie de salas espléndidas llenas de corteses camareros.
Varios generales y consejeros privados jugaban al whist; los jóvenes se
sentaban recostados en mullidos sofás, comían helado y fumaban en pipa. En el
salón, tras una larga mesa alrededor de la cual se agolpaban unos veinte
jugadores, se sentaba el dueño, que llevaba la banca. Era un hombre de unos
sesenta años, de la más respetable apariencia; unas canas plateadas cubrían su
cabeza; su cara oronda y fresca era todo afabilidad; sus ojos, animados de una
constante sonrisa, brillaban. Narúmov le presentó a Guermann. Chekalinski le
estrechó amistosamente la mano, le rogó que se sintiera como en su casa y
siguió tallando.
La partida duró largo rato. Sobre el tapete había más de treinta cartas.
Chekalinski se detenía tras cada tirada para dar tiempo a los jugadores a que
hicieran sus apuestas; apuntaba las pérdidas, atendía cortésmente las
reclamaciones y con aún mayor cortesía alisaba más de un pico doblado por
alguna mano distraída. Finalmente terminó la partida. Chekalinski barajó las
cartas y se dispuso a tallar de nuevo.
-Permítame jugar una mano -dijo Guermann alargando su brazo de detrás de
un señor gordo que estaba jugando. Chekalinski sonrió, inclinó en silencio la
cabeza en señal de sumiso asentimiento. Narúmov felicitó entre risas a Guermann
por haber roto su largo ayuno y le deseó un buen comienzo.
-¡Voy! -dijo Guermann tras escribir con tiza la apuesta en su carta.
-¿Cuánto? -preguntó entornando los ojos el de la banca-. Perdone, no lo
veo bien.
-Cuarenta y siete mil -contestó Guermann.
Al oír aquellas palabras, al instante, todas las cabezas y todas las
miradas se dirigieron hacia Guermann. «¡Se ha vuelto loco!», pensó Narúmov.
-Permítame advertirle -dijo Chekalinski con su imborrable sonrisa-, que
juega usted muy fuerte; aquí nunca nadie ha apostado más de doscientos setenta
y cinco a una sola carta.
-¿Y bien? -replicó Guermann-. ¿Acepta usted mi carta a no?
Chekalinski inclinó la cabeza con el aspecto de sumiso asentimiento de
siempre.
-Sólo quería informarle -dijo- que la confianza con que me honran los
compañeros no me permite jugar con nada que no sea dinero en efectivo. Por mi
parte, claro está, estoy seguro de que con su palabra basta, pero, para el buen
orden del juego y de las cuentas, le ruego que coloque la suma sobre la carta.
Guermann extrajo del bolsillo un billete de banco y lo entregó a
Chekalinski, quien, tras echarle un simple vistazo, lo colocó sobre la carta de
Guermann. Lanzó dos cartas. A la derecha cayó un nueve, a la izquierda un tres.
-¡La mía gana! -dijo Guermann mostrando su carta.
Entre los jugadores se alzó un murmullo. Chekalinski frunció el ceño,
pero al momento la sonrisa retornó a su cara.
-¿Desea retirar sus ganancias? -le preguntó a Guermann.
-Si tiene la bondad.
Chekalinski sacó del bolsillo varios billetes de banco y saldó la deuda
al punto. Guermann tomó su dinero y se alejó de la mesa. Narúmov no podía
recobrarse de su perplejidad. Guermann se bebió un vaso de limonada y se marchó
a casa.
Al día siguiente por la noche se presentó de nuevo en casa de
Chekalinski. El dueño llevaba la banca. Guermann se acercó a la mesa; los
jugadores en seguida le hicieron sitio. Chekalinski lo saludó con una cariñosa
reverencia.
Guermann esperó la nueva partida, colocó su carta poniendo sobre ella
sus cuarenta y siete mil rublos y lo ganado el día anterior.
Chekalinski lanzó las cartas. A la derecha cayó un valet, a la izquierda
un siete.
Guermann descubrió su siete.
Todos lanzaron un ¡ah! Chekalinski se turbó visiblemente. Contó noventa
y cuatro mil rublos y los entregó a Guermann. Este los tomó impasible y al
punto se alejó.
A la noche siguiente Guermann apareció de nuevo ante la mesa. Todos lo
esperaban. Los generales y consejeros privados abandonaron su whist para ver
aquella inusitada partida. Los jóvenes oficiales saltaron de sus divanes; todos
los camareros se reunieron en el salón. Todos rodeaban a Guermann. Los demás
jugadores abandonaron sus cartas impacientes por ver cómo acabaría aquel joven.
Guermann, de pie junto a la mesa, se disponía a apuntar él solo contra el
pálido pero todavía sonriente Chekalinski. Cada uno desempaquetó una baraja de
cartas. Chekalinski barajó. Guermann tomó y colocó su carta cubriéndola de un
montón de billetes de banco. Aquello parecía un duelo. Reinaba un profundo
silencio.
Chekalinski lanzó las cartas, las manos le temblaban. A la derecha se
posó una dama, a la izquierda un as.
-¡El as ha ganado! -dijo Guermann y descubrió su carta.
-Han matado a su dama -dijo cariñoso Chekalinski.
Guermann se estremeció: en efecto, en lugar de un as tenía ante sí una
dama de espadas. No daba crédito a sus ojos, no comprendía cómo había podido
confundirse.
En aquel instante le pareció que la dama de espadas le guiñó un ojo y le
sonrió burlona. La inusitada semejanza lo fulminó...
-¡La vieja! -gritó lleno de horror.
Chekalinski se acercó los billetes. Guermann seguía inmóvil. Cuando se
apartó de la mesa, se alzó un rumor de voces.
-¡Una jugada divina! -comentaban los jugadores.
Chekalinski barajó de nuevo las cartas; el juego siguió su curso.
EPÍLOGO
Guermann ha perdido la razón. Está en la clínica Obújov, en la
habitación número 17. No contesta a ninguna pregunta y murmura con inusitada
celeridad: «¡Tres, siete, as! ¡Tres, siete, dama!...»
Lizaveta Ivánovna se ha casado con un joven muy afable que sirve en
alguna parte y posee una fortuna considerable: es el hijo del que fuera el
administrador de la difunta condesa. Lizaveta Ivánovna tiene de pupila a una
pariente pobre.
Tomski ha ascendido a capitán y se ha casado con la princesa Polina.
FIN


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