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Libro N° 15010. El Duque Y Yo. Quinn, Julia.

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© Libro N° 15010. El Duque Y Yo. Quinn, Julia. Emancipación. Abril 11 de 2026

 

Título Original: © El Duque Y Yo. Julia Quinn

 

Versión Original: © El Duque Y Yo. Julia Quinn

 

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Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL DUQUE Y YO

Julia Quinn  


El Duque Y Yo

Julia Quinn 

Idearon un plan perfecto en el que el amor no tenía cabida…

Desde que fue presentada en sociedad, Daphne no tiene un momento de respiro. La culpa es de su madre, a la que adora, pero que está obsesionada con encontrarle un marido cuanto antes. Lo peor del caso es que los hombres razonablemente deseables no están interesados, y los que sí lo están son unos

incansables pesados de los que tiene que librarse… incluso a golpes. Por eso acepta encantada la idea del duque de Hastings de fingir un noviazgo que ahuyente a los pretendientes. Aunque quizá también tenga algo que ver el hecho de que el joven duque comienza a resultarle cada vez más seductor.

Pero hay cosas de las que es imposible escapar.

Marcado por una infancia llena de soledad y resentimiento, Simon Basset, el nuevo duque de Hastings, no quiere saber nada de la vida social de Londres ni, desde luego, de los intentos de las elegantes damas de «cazarlo» como marido para sus hijas. Cuando conoce a Daphne, cree haber encontrado el plan perfecto: un compromiso ficticio que mantenga alejadas a las pretendientes que lo agobian. Y cuando la atracción fingida comienza a convertirse en algo demasiado real, Simon deberá enfrentarse a los fantasmas del pasado que le impiden disfrutar la felicidad que el destino pone al alcance de su mano.

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Titivillus 18.09.2020

Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15

quedarse de pie, darme la mano y mirarme mientras doy vueltas.

¡Ánimo, Elizabeth!

Clyvedon, fue recibido con grandes celebraciones. Las campanas repicaron durante horas, hubo champán para todos para festejar la llegada del recién nacido y todo el pueblo de Clyvedon dejó sus labores para unirse a la fiesta

organizada por el padre del joven conde.

—Este no es un niño cualquiera—ledijo el panadero al herrero.

Y no lo era porque Simon Arthur Henry Fitzranulph Basset no sería conde de Clyvedon para siempre. El título era pura cortesía. Simon Arthur Henry Fitzranulph Basset, el niño con más nombres de los que cualquier niño pudiera necesitar, era el heredero de uno de los ducados más antiguos y ricos de Inglaterra. Y su padre, el duque de Hastings, había estado esperando este momento durante años.

Mientras se paseaba con su hijo en brazos frente a la habitación de su mujer, al duque no le cabía el corazón en el pecho de lo orgulloso que estaba. Pasados los cuarenta años, había visto a todos sus amigos duques y condes engendrar herederos. Algunos habían tenido que ver nacer varias hijas antes de la llegada del esperado varón pero, al final, todos se habían asegurado la línea sucesoria, que su sangre perduraría en las próximas generaciones de la alta sociedad británica.

Pero el duque de Hastings, no. A pesar de que su mujer había conseguido concebir cinco hijos, solo dos de esos embarazos llegaron a los nueve meses y, en ambos casos, los niños nacieron sin vida. Después del quinto embarazo, que acabó al quinto mes con un aborto en el que la madre perdió mucha sangre, todos los médicos comunicaron a los duques que no era aconsejable volver a intentar concebir. La vida de la duquesa corría peligro. Estaba demasiado débil y quizá, según los médicos, era demasiado mayor. El duque

temporalmente.

Esta vez, el duque no estaba dispuesto a correr ningún riesgo. Tendría ese hijo y el ducado se quedaría en la familia Basset.

La duquesa empezó a tener dolores al octavo mes y las enfermeras le colocaron almohadas debajo de la cadera. El doctor Stubbs les explicó que la gravedad haría que el niño se mantuviera dentro. Al duque le pareció un argumento lógico y, cuando el doctor se marchaba por las noches, colocaba

otra almohada, dejándola formando un ángulo de veinte grados. Y asípermaneció durante un mes.

Y, por fin, llegó la hora de la verdad. Todos rezaban por el duque, que tanto deseaba un heredero, y pocos se acordaron de la duquesa que, a medida que le había crecido la barriga, había ido perdiendo peso hasta quedarse en los huesos. Nadie quería ser demasiado optimista porque, al fin y al cabo, la duquesa ya había dado a luz y enterrado dos niños. Además, aunque todo saliera bien, podía perfectamente ser una niña.

Cuando los gritos de la duquesa fueron más fuertes y frecuentes, el duque, haciendo caso omiso de las quejas del doctor, la comadrona y la doncella de la duquesa, entró en la habitación de su mujer. Todo estaba lleno de sangre, pero estaba decidido a estar presente cuando se conociera el sexo del bebé.

Salió la cabeza, luego los hombros. Todos se inclinaron para ver el fruto

de los dolores y empujones de la duquesa y, entonces…

Y entonces el duque supo que Dios existía y que estaba con los Basset. Dejó que la comadrona lo limpiara y luego cogió al niño en brazos y saliófuera para enseñárselo a todo el mundo.

—¡Esun niño!—gritó—.¡Un niño perfecto!

había querido, por supuesto, ni ella a él, pero habían mantenido una bonita amistad desde la distancia. Del matrimonio, el duque solo esperaba un hijo y heredero y, en ese aspecto, su mujer había demostrado ser todo un ejemplo de conducta. Dio órdenes de que cada semana hubiera flores frescas en su tumba, todo el año, y trasladaron su retrato del salón al vestíbulo, a un lugar prominente encima de la escalera.

Y luego el duque se dedicó a la tarea de criar a su hijo.

Obviamente, el primer año no pudo hacer casi nada. El bebé era demasiado pequeño para los libros de administración de las tierras y responsabilidades, así que lo dejó al cuidado de la niñera y se fue a Londres, donde continuó con la vida que llevaba antes de ser padre, salvo que ahora

obligaba a todo el mundo, incluido el rey, a mirar el retrato en miniatura que le había hecho a su hijo poco después de nacer.

Visitaba Clyvedon de vez en cuando y, para el segundo aniversario de Simon, regresó con la intención de encargarse personalmente de la educación del conde. Le había comprado un pony, una pistola para cuando fuera mayor y acudiera a la caza del zorro y había contratado maestros para que le enseñaran todo lo que un hombre puede saber.

—¡Esdemasiado joven para todo esto! —exclamó la niñera Hopkins.

—Bobadas —respondió el duque de un modo condescendiente—. Obviamente, no espero que se especialice en ninguna de estas materias en los próximos años, pero nunca es demasiado temprano para iniciar la educación de un duque.

—Noes un duque —dijo la niñera.—Loserá.

—Aalgunos niños les cuesta más que a otros, señor. Pero está claro que es un chico brillante.

—Claro que lo es. Es un Basset.

La niñera asintió. Siempre lo hacía cuando el duque hablaba de la supuesta superioridad de los Basset.

—Alo mejor —sugirió—, no tiene nada que decir.

El duque no pareció demasiado convencido, pero le dio a Simon un soldado de juguete, le acarició la cabeza y se fue a montar la nueva yegua que le había comprado a lord Worth.

Sin embargo, dos años después no tuvo tanta paciencia.—¿Porqué no habla? —gritó.

—Nolo sé —respondió la niñera, retorciendo las manos.—¿Quéle ha hecho?

—¡Yono le he hecho nada!

—Sihubiera hecho bien su trabajo, mi hijo —dijo, señalando a Simon con un enfurecido dedo— hablaría.

El niño, que estaba practicando con las letras en su pequeño escritorio, no se perdía detalle de la conversación.

—¡Porel amor de Dios, tiene cuatro años!—gruñóel duque—. Se supone que ya debería hablar.

—Sabe escribir—seapresuró a decir la niñera Hopkins—. He criado cinco niños, y ninguno aprendió a escribir tan rápido como el señorito Simon.

—Sino puede hablar, va a necesitar escribir mucho —dijo, y añadió, dirigiéndose al niño, con los ojos encendidos—: ¡Di algo, maldita sea!

Simon se echó hacia atrás, con los labios temblorosos.

Simon cerró los puños y la mandíbula y empezó a moverse cuando dijo:

—Nome p-p-p-p-p-p-p…El duque palideció.

—¿Quéestá diciendo? Simon volvió a intentarlo.

—N-n-n-n-n-n-n…

—¡Dios mío! —susurró el duque, horrorizado—. Es tonto.—¡Noes tonto! —dijo la niñera, abrazando al niño.

—N-n-n-n-n-n-n-no me p-p-p-p-p-p-p —Simon respiró hondo—, p-p- pegues.

Hastings se dejó caer en una silla, con la cabeza entre las manos.

—¿Quéhe hecho yo para merecer esto? ¿Qué podría haber hecho para…?—¡Debería alegrarse por él!—lerecriminó la niñera—. Lleva cuatro años

esperando a que hable y, ahora, cuando lo hace…

—¡Esidiota! —gritó Hastings—. ¡Un maldito idiota! Simon se echó a llorar.

—Elcondado de Hastings va a ir a parar a manos de un tonto —dijo el duque—. Tantos años esperando un heredero y todo para nada. Debería haberle dado el título a mi primo.—Ledio la espalda a su hijo, que se estaba secando las lágrimas con las manos, intentando ser fuerte ante su padre—. No puedo mirarlo. Ni siquiera soporto mirarlo.

Y, entonces, se fue.

La niñera abrazó al niño.

—No eres tonto —le susurró, furiosa—. Eres el niño más listo que conozco. Y si alguien puede aprender a hablar correctamente, ese eres tú.

palabras enteras.

Pero Simon estaba decidido, era inteligente y, lo más importante, era muy testarudo. Aprendió a respirar hondo antes de cada frase y a pensar lo que iba a decir antes de abrir la boca. Memorizó la sensación que tenía en la boca cuando hablaba bien e intentó analizar qué era lo que no funcionaba cuando tartamudeaba.

Y, al final, a los once años, miró a la niñera a los ojos, respiró hondo, y dijo:

—Creo que ha llegado la hora de ir a ver a mi padre.

La niñera lo miró muy seria. El duque no había venido a ver a su hijo en siete años. Y tampoco había respondido ninguna de las cartas que Simon le había enviado. Y fueron cerca de un centenar.

—¿Estásseguro?—lepreguntó. Simon asintió.

—Está bien. Diré que preparen el carruaje. Saldremos hacia Londres mañana por la mañana.

El viaje duró un día y medio, y cuando cruzaron la verja de Basset House era casi de noche. Simon observó maravillado el ir y venir de carruajes en las calles de Londres mientras subía la escalera de la entrada de la mano de la niñera Hopkins. Ninguno de los dos había estado antes en Basset House, asíque, cuando llegaron a la puerta principal, a la niñera solo se le ocurrió llamar al picaporte.

La puerta se abrió enseguida y se vieron observados por un mayordomo más bien imponente.

indignación que puede mostrar un niño de once años.

El mayordomo lo miró y enseguida reconoció la mirada de los Basset. Los hizo entrar.

—¿Porqué creía que estaba m-muerto? —preguntó Simon, maldiciéndose por tartamudear, aunque no le sorprendió porque era lo que le pasaba cuando se enfadaba.

—No me corresponde a mí contestar a esa pregunta —respondió el mayordomo.

—Por supuesto que sí —dijo la niñera—. No puede decirle algo así a un niño de su edad y no explicárselo.

El mayordomo se quedó callado, y luego dijo:

—Elduque no lo ha mencionado en años. Lo último que dijo fue que no tenía ningún hijo. Parecía muy afectado, así que nadie le hizo más preguntas. Nosotros, bueno, los criados, supusimos que había muerto.

Simon apretó la mandíbula e intentó calmar la rabia que sentía en su interior.

—Sisu hijo hubiera muerto, ¿no le habría llevado duelo? —preguntó la niñera—. ¿No se le ocurrió pensar eso? ¿Cómo pudo pensar que el niño estaba muerto si su padre no llevaba duelo?

El mayordomo se encogió de hombros.

—Elduque suele vestirse de negro. El duelo no habría alterado su manera de vestir.

—Esto es una ofensa —dijo la niñera—. Le exijo que vaya a buscar al duque inmediatamente.

controlar…

—Veo que sigue mimándolo como siempre —dijo una imponente voz desde la puerta.

La niñera se levantó y, lentamente, se giró. Intentó encontrar algo respetuoso que decir. Intentó encontrar algo que suavizara aquella situación tan tensa. Pero, cuando miró al duque, vio a Simon en sus ojos y la invadió la rabia. Puede que el duque se pareciera a su hijo, pero no era un padre para él.

—Usted, señor, es un ser despreciable —dijo, al final.—Yusted, señora, está despedida.

La niñera retrocedió.

—Nadie le habla así al duque de Hastings—dijo—.¡Nadie!—¿Nisiquiera el rey? —dijo Simon.

Hastings se dio la vuelta, sin apenas darse cuenta de que su hijo había pronunciado perfectamente esas palabras.

—Tú—dijo el duque, en voz baja.

Simon asintió. Había conseguido decir bien una frase, pero era una corta y no quería tentar su suerte. No mientras estuviera tan enfadado. Normalmente,

podía hablar durante días sin tartamudear, pero ahora…

La manera en que su padre lo miraba lo hizo sentirse un niño. Un niño idiota.

Y, de repente, se sintió la lengua muy pesada. El duque sonrió con crueldad.

—Dime, chico, ¿qué tienes que decir? ¿Eh? ¿Qué quieres decir?

—Nopasa nada, Simon—lesusurró la niñera, lanzándole una mirada envenenada al duque—. No dejes que te afecte. Puedes hacerlo, cariño.

que lo mantenga alejado de mí.—¡Espera!

Lentamente, al oír la voz de Simon, se dio la vuelta.

—¿Hasdicho algo? —preguntó, arrastrando las palabras.

Simon tomó aire por la nariz tres veces, los labios apretados por la rabia. Se obligó a relajar la mandíbula y se rascó la lengua con la parte superior del paladar, intentando recordar la sensación de hablar bien. Al final, justo cuando el duque estaba a punto de volverlo a rechazar, abrió la boca y dijo:

—Soy tu hijo.

Escuchó cómo la niñera Hopkins soltaba un resoplido de alivio y en los

ojos de su padre vio algo que no había visto nunca. Orgullo. No demasiado pero, en el fondo, brillaba una chispa de orgullo; eso le dio a Simon un poco de esperanza.

—Soy tu hijo —repitió, un poco más alto—. Y noq…De repente, se le cerró la garganta. Y le entró el pánico.«Puedes hacerlo. Puedes hacerlo.»

Pero notaba un nudo en la garganta, la lengua le pesaba y se le empezaron a cerrar los ojos.

—Yno q-q-q…

—Vete a casa —dijo el duque, en voz baja—. Aquí no hay sitio para ti. Simon sintió el rechazo de su padre hasta la médula, sintió una punzada

de dolor que le invadía el corazón. Y, mientras el odio nacía en su interior y se le reflejaba en los ojos, hizo una reverencia.

Si no podía ser el hijo que su padre quería, juraba por Dios que sería todo

lo contrario…

Los Bridgerton son, de lejos, la familia más prolífica de las altas esferas sociales de Londres. Tanta productividad por parte de la vizcondesa y el difunto vizconde es de agradecer, a pesar de que la elección de los nombres solo puede calificarse de banal. Anthony, Benedict, Colin, Daphne, Eloise, Francesca, Gregory y Hyacinth; el orden alfabético, obviamente, resulta beneficioso en todos los aspectos, aunque uno podría creer que los padres deberían ser lo bastante inteligentes como para reconocer a sus hijos sin necesidad de alfabetizarlos.

Es más, cuando uno se encuentra con la vizcondesa y sus

ocho hijos en una sala, teme que esté viendo doble, triple o peor. Esta autora nunca ha visto una colección de hermanos con tanto parecido físico entre ellos. Aunque esta autora nunca se ha detenido a observar el color de ojos detenidamente, los ochos tienen una estructura ósea muy similar y el mismo cabello grueso y castaño. Cuando la vizcondesa empiece a buscar buenos partidos para casar a sus hijas me dará mucha lástima por no haber tenido ni un solo hijo con un color de pelo más extraordinario. Sin embargo, tanto parecido tiene sus ventajas:

no hay ninguna duda de que los ocho son hijos legítimos.

Ah, querido lector, tu devota autora ya querría que en todas

las grandes familias fuera igual…

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

26 de abril de 1813

la semana pasada de los Featherington, esto es una auténtica bendición.

—¿Cómo se supone que voy a encontrarte marido si esa mujer va difamando tu nombre?

Daphne suspiró. Después de dos temporadas en los bailes de Londres, la palabra «marido» bastaba para ponerla de los nervios. Quería casarse, claro que sí, y ni siquiera albergaba esperanzas de casarse por amor. Pero ¿era mucho pedir casarse con alguien por quien sintiera un mínimo afecto?

Hasta ese momento, cuatro hombres habían pedido su mano, pero cuando Daphne se planteaba pasar el resto de su vida al lado de cualquiera de ellos, sencillamente no podía. Había bastantes hombres a los que ella consideraba razonablemente aceptables como maridos, pero había un problema: ninguno de ellos parecía interesado. Sí, claro, todos la apreciaban. Todo el mundo lo hacía. Todos pensaban que era graciosa, amable e ingeniosa, y nadie pensaba que no fuera atractiva pero, al mismo tiempo, nadie quedaba maravillado ante su belleza, nadie se quedaba sin palabras ante su presencia o escribía poesía en su honor.

Los hombres, pensó ella disgustada, solo se interesaban por las mujeres que les daban miedo. Nadie parecía interesado en cortejarla a ella. Todos la querían, o eso decían, porque era muy fácil hablar con ella y siempre parecía entender lo que los hombres sentían. Como dijo uno de los hombres que ella pensaba que podría ser un buen marido: «Créeme, Daff, no eres como las demás mujeres. Eres, en el buen sentido de la palabra, de lo más normal».

Y lo habría considerado un cumplido si, inmediatamente después, él no se hubiera ido a buscar a alguna belleza rubia.

hasta que Daphne llegó a la edad casadera, Violet había sido la mejor madre del mundo. Y lo seguía siendo, menos cuando se desesperaba ante la realidad que, detrás de Daphne, tenía que casar a tres hijas más.

Violet se colocó una mano encima del pecho.—Pone en entredicho tu origen noble.

—No —dijo Daphne, lentamente. Siempre era recomendable ir con cautela a la hora de contradecir a su madre—. En realidad, lo que ha dicho es que no cabe ninguna duda de que todos somos hijos legítimos. Y eso es mucho más de lo que puede decirse de las demás familias numerosas de la alta sociedad.

—Nisiquiera debería haber sacado el tema —lloriqueó Violet.

—Madre, escribe una columna de cotilleos. Su trabajo es sacar temas como este.

—Nisiquiera es una persona real—añadióViolet, muy enfadada. Apoyólas manos en las caderas, aunque luego cambió de opinión y empezó a agitar un dedo en el aire—. Whistledown, ¡ja! Nunca he oído hablar de ningún Whistledown. Sea quien sea esta depravada mujer, dudo mucho de que sea de los nuestros. Nadie con un mínimo de educación escribiría semejantes mentiras.

—Claro que es de los nuestros —dijo Daphne, a quien se le notaba en los

ojos que estaba disfrutando con aquella conversación—. Si no fuera de la alta sociedad, sería imposible que supiera todo lo que sabe. ¿Pensabas que era alguna impostora que se dedicaba a espiar por las ventanas y a escuchar detrás de las puertas?

—Megustaría descubrirla y dejarla sin trabajo.

—Side verdad es lo que quieres —dijo Daphne, sin poder resistirse al comentario—, no deberías apoyarla comprando su revista.

—¿Yqué conseguiría con eso? —preguntó Violet—. Todo el mundo la compra. Mi insignificante boicot solo serviría para hacerme quedar como una ignorante cuando los demás comentaran sus chismes.

En eso tenía razón, pensó Daphne. La alta sociedad de Londres estaba totalmente enganchada a la Revista de sociedad de lady Whistledown. La misteriosa publicación había aparecido en la puerta de las mejores casas de Londres hacía tres meses. Durante dos semanas, se entregó de manera gratuita los lunes, miércoles y viernes. Y entonces, al tercer lunes, los mayordomos de todo Londres esperaron en vano a los chicos del reparto porque, para sorpresa de todo el mundo, la revista se empezó a vender al desorbitado precio de cinco peniques el ejemplar.

Daphne solo podía admirar la astucia de la ficticia lady Whistledown. Cuando empezó a vender sus chismes, todo Londres estaba ya tan enganchado a ellos que todos desembolsaban los cinco peniques para leerlos mientras, en algún lugar, alguna señora entrometida se estaba haciendo de

oro.

Mientras Violet se paseaba por el salón refunfuñando sobre aquel «terrible desaire» en contra de su familia, Daphne la miró para asegurarse de que no le prestaba atención y aprovechó para seguir leyendo los relatos de lady Whistledown. La publicación era una mezcla de comentarios, noticias sociales, mordaces insultos y algún que otro cumplido. Lo que la diferenciaba de otras revistas similares es que la autora daba los nombres completos de los

torre de copas de champán ayer por la noche.

—¿Deverdad? —preguntó Violet, intentando disimular su interés.

—Hum…—contestó Daphne—. Da bastante buena cuenta del baile en casa de los Middlethorpe. Quién habló con quién, los vestidos que llevaban

las señoras…

—Ysupongo que sintió la necesidad de dar su opinión a ese respecto, ¿no es así?

Daphne esbozó una sonrisa maliciosa.

—Venga, mamá, sabes tan bien como yo que a la señora Middlethorpe nunca le ha favorecido el púrpura.

Violet intentó no sonreír. Daphne vio cómo la comisura de los labios se apretaba mientras su madre intentaba mantener la compostura propia de una vizcondesa y madre. Sin embargo, a los dos segundos estaba sonriendo y sentándose al lado de su hija en el sofá.

—Déjame verlo —dijo, quitándole la revista de las manos a Daphne—.¿Pasó algo más? ¿Nos perdimos algo importante?

—Mamá, de verdad, con una reportera como lady Whistledown, ya no hace falta acudir a las fiestas —dijo Daphne, agitando la revista—. Esto es casi como haber estado allí. Incluso mejor. Estoy segura de que nosotros comimos mejor que ellos. Y devuélveme eso —gritó, quitándole la revista de las manos a su madre.

—¡Daphne!

Daphne le hizo una mueca.—Loestaba leyendo yo.

—¡Estábien!

creo que él y Anthony eran amigos en Oxford. Y en Eton también, creo.—Arrugó una ceja y entrecerró los ojos—. Si no recuerdo mal, era bastante revoltoso. Siempre estaba en desacuerdo con su padre, pero era un chico brillante. Estoy casi segura de que Anthony dijo que sacó nota de honor en Matemáticas. Y eso —dijo, con una mirada maternal—, es más de lo que puedo decir de ninguno de mis hijos.

—Estoy segura de que, si en Oxford aceptaran mujeres, yo también sacaría notas excelentes —bromeó Daphne.

Violet soltó una risita.

—Te corregía los deberes de aritmética cuando la institutriz estaba enferma, Daphne.

—Deacuerdo, quizás en Historia —dijo Daphne, sonriendo. Volvió a mirar el papel y releyendo una y otra vez el nombre del nuevo duque—. Parece interesante.

Violet la miró, muy seria.

—Noes adecuado para una señorita de tu edad.

—Escurioso cómo, en un segundo, soy tan mayor que te desesperas porque crees que no me voy a casar con nadie y, al mismo tiempo, soy demasiado joven para conocer a los amigos de Anthony.

—Daphne Bridgerton, nome…

—…gusta mi tono, lo sé —dijo Daphne, sonriendo—. Pero me quieres. Violet también sonrió y abrazó a su hija.

—Escierto.

Daphne le dio un beso en la mejilla a su madre.

sentimental en gracioso.

—Seguiré tu ejemplo en lo que al matrimonio y los hijos se refiere, madre, siempre que no tenga que tener ocho.

En ese mismo momento, Simon Basset, el nuevo duque de Hastings y antiguo tema de conversación de las mujeres Bridgerton, estaba sentado en White’s. Y estaba acompañado, ni más ni menos, que por Anthony Bridgerton, el hermano mayor de Daphne. Eran bastante parecidos; los dos altos, fuertes y con el cabello grueso y oscuro. Sin embargo, Anthony tenía los ojos del mismo color chocolate que su hermana y Simon los tenía de un azul intenso.

Y, precisamente, era esa mirada fría la que le antecedía. Cuando miraba a alguien directamente a los ojos, los hombres se sentían incómodos y las mujeres empezaban a temblar.

Pero Anthony, no. Hacía años que se conocían, y Anthony se limitaba a sonreír cuando Simon levantaba una ceja y lo miraba fijamente.

—Teolvidas de que te he visto con la cabeza metida en un orinal —le había dicho Anthony—. Desde entonces, me cuesta tomarte en serio.

—Sí,y si no recuerdo mal, fuiste tú el que me sujetaba mientras llevaba aquel repugnante recipiente en la cabeza. —Fue la respuesta de Simon.

—Uno de los mejores momentos de mi vida, te lo aseguro. Sí, pero a la noche siguiente te tomaste la revancha en forma de doce anguilas en mi cama.

Simon sonrió al recordar tanto el incidente como la consiguiente charla con el director. Anthony era un buen amigo, el tipo de hombre que uno

vida había intentado defraudar las expectativas de su padre, y ahora le parecía ridículo hacer honor a su nombre.

—Esuna maldita carga, eso es lo que es—gruñó,al final.

—Pues será mejor que te vayas acostumbrando —dijo Anthony, a modo de consejo—, porque todos te van a llamar por su nombre.

Simon sabía que era verdad, pero dudaba de que algún día pudiera llevar con dignidad aquel título.

—Bueno, en cualquier caso —dijo Anthony, respetando la privacidad de su amigo en algo de lo que obviamente no le gustaba hablar—, me alegro de que hayas vuelto. Así, por fin, encontraré un poco de paz la próxima vez que acompañe a mi hermana a un baile.

Simon se echó hacia atrás y cruzó las largas y musculosas piernas por los tobillos.

—Uncomentario muy intrigante —dijo. Anthony levantó una ceja.

—Yestás seguro de que te lo explicaré, ¿no es así?—Por supuesto.

—Debería dejar que lo adivinaras por ti mismo, pero nunca he sido un hombre cruel.

Simon se rio.

—¿Yesto lo dice el que me metió la cabeza en un orinal? Anthony agitó la mano en el aire para quitarle importancia.—Era joven.

—¿Yahora eres el ejemplo del decoro y la respetabilidad? Anthony sonrió.

—Yaveo. Así que no tienes intención de presentarte en sociedad. Estoy impresionado por tu determinación. Pero permíteme que te diga una cosa:

aunque no quieras ir a los bailes de la alta sociedad, ellas vendrán a ti.

Simon, que había elegido ese momento para beber un trago de brandy, se atragantó ante la mirada de Anthony cuando dijo «ellas». Después de un mal rato tosiendo, dijo:

—¿Quiénes son ellas? Anthony se estremeció.—Las madres.

—Como yo no tuve, creo que no te entiendo.

—Las madres, imbécil. Esos dragones que sacan fuego por la nariz con hijas, Dios nos asista, casaderas. Puedes correr, pero no podrás esconderte. Y, debo avisarte, la mía es la peor de todas.

—¡Dios santo! Y yo pensaba que África era peligrosa. Anthony le lanzó a su amigo una compasiva mirada.

—Te perseguirán y, cuando te encuentren, te verás atrapado en una conversación con una joven pálida con un vestido blanco que solo sabe hablar del tiempo, del baile anual en Almack’s y de cintas de pelo.

Simon miró a su amigo, divertido.

—Deduzco, de tus palabras, que mientras he estado fuera, te has convertido en una especie de buen partido, ¿no?

—Noes que aspire a ello, te lo aseguro. Si dependiera de mí, evitaría los bailes como si fueran plagas. Pero mi hermana se presentó en sociedad el año pasado y, de vez en cuando, me veo obligado a acompañarla a los bailes.

—Terefieres a Daphne, ¿verdad?

Simon levantó una ceja.

—¿Nome acabas de prevenir sobre las madres y sus hijas casaderas? Anthony se rio.

—Pondré a mi madre sobre aviso y, respecto a Daff, no tienes nada de quépreocuparte. Es la excepción que confirma la regla. Te encantará.

Simon frunció el ceño. ¿Estaría Anthony jugando a las casamenteras? No estaba seguro.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Anthony se rio.

—¡Dios mío! Crees que quiero emparejarte con Daphne, ¿no? Simon no dijo nada.

—Noencajaríais. Eres demasiado callado para sus gustos.

A Simon le pareció un comentario algo extraño, pero decidió hacer otra pregunta.

—Entonces, ¿ha tenido otras ofertas?

—Unas cuantas. —Anthony se bebió de un trago lo que le quedaba de brandy y suspiró, satisfecho—. Le he dado mi permiso para rechazarlas.

—Esun acto bastante indulgente por tu parte. Anthony se encogió de hombros.

—Enesta época, esperar un matrimonio por amor quizá sea demasiado, pero no veo por qué no debería ser feliz con su marido. Hemos recibido

ofertas de un hombre que podría ser su padre, otra de uno que podría ser el hermano de su padre, y otra de uno que era demasiado tranquilo para nuestro bullicioso clan y, esta semana, ¡Dios, este ha sido el peor!

—¿Quéha pasado? —preguntó Simon, muy curioso. Anthony se rascó la sien energéticamente.

—¿Incluso si eso implica acompañarla a Almack’s? —dijo Simon, malicioso.

Anthony hizo una mueca.—Incluso.

—Megustaría consolarte diciéndote que todo esto terminará pronto, pero te recuerdo que tienes tres hermanas más que vienen detrás.

Anthony se hundió en el sillón.

—AEloise le toca dentro de dos años, a Francesca un año después y luego podré tomarme un descanso hasta que le toque a Hyacinth.

Simon se rio.

—Note envidio esa responsabilidad.

Sin embargo, incluso cuando pronunció esas palabras, sintió un punto de añoranza y se preguntó cómo sería no estar tan solo en el mundo. No tenía intención de formar una familia aunque, si hubiera tenido una de pequeño, quizá todo habría sido distinto.

—Entonces, ¿vendrás a cenar? —dijo Anthony, levantándose—. Algo informal, por supuesto. Nunca organizamos cenas formales cuando estamos en familia.

Simon tenía muchas cosas que hacer esos días pero, antes incluso de pensar en lo que tenía que arreglar, ya estaba diciendo:

—Seráun placer.

—Excelente. Pero primero te veré en el baile de los Danbury, ¿no? Simon se estremeció.

—No, si puedo evitarlo. Mi intención es llegar, saludar y marcharme a la media hora.

El nuevo duque de Hastings es de lo más interesante. A pesar de que su enemistad con su padre siempre fue del dominio público, ni siquiera esta autora ha podido descubrir la razón del distanciamiento.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

26 de abril de 1813

A finales de semana, Daphne estaba de pie en el baile de lady Danbury, bastante alejada de la pista y de los grupos de gente. Estaba más cómoda así.

En cualquier otra situación, habría disfrutado del baile como cualquier chica de su edad; sin embargo, hacía unas horas Anthony le había confesado que Nigel Berbrooke lo había ido a ver hacía dos días y le había pedido formalmente su mano. Otra vez. Obviamente, Anthony lo había rechazado,¡otra vez!, pero Daphne tenía el presentimiento de que Nigel insistiría. Al fin y al cabo, dos propuestas de matrimonio en dos semanas no eran propias de un hombre que aceptara la derrota fácilmente.

Lo vio al otro lado del salón, mirando de un lado a otro, y aquello hizo que Daphne se difuminara más entre las sombras.

No tenía ni idea de cómo tratarlo. No era muy listo pero tampoco era rudo ni tosco y, a pesar de que sabía que tenía que acabar con aquel encaprichamiento, le resultaba mucho más fácil comportarse como una cobarde: sencillamente, lo evitaba.

Daphne soltó una risita.

—Sí,Anthony, la queremos.

—Es una locura temporal —dijo—. Tiene que ser así. No hay otra explicación. Hasta que alcanzaste la edad casadera, era una madre perfectamente razonable.

—¿Yo?—exclamó Daphne—. Entonces, ¿todo es culpa mía?¡Tútienes

ocho años más que yo!

—Sí,pero esta fiebre matrimonial no se había apoderado de ella hasta ahora.

Daphne se rio.

—Perdona que no sienta compasión por ti. Pero yo también recibí una lista el año pasado.

—¿Deverdad?

—Por supuesto. Y últimamente me está amenazando con darme una cada semana. Me da la lata con lo del matrimonio mucho más de lo que te puedas imaginar. Los solteros son un reto, pero las solteronas son patéticas. Y, por si no te habías dado cuenta, soy una mujer.

Anthony soltó una carcajada.

—Soy tu hermano. No me doy cuenta de esas cosas —dijo, y la miró de reojo—. ¿La has traído?

—¿Lalista? ¡Cielos, no! ¿En qué estás pensando? La sonrisa se hizo más amplia.

—Yohe traído la mía.

Daphne contuvo la respiración.—¡Nome lo creo!

golpear fuerte —dijo, cruzando los brazos—. Déjame ver la lista.—¿Después de haberme golpeado?

Daphne puso los ojos en blanco e inclinó la cabeza en un gesto de impaciencia.

—Ah, está bien. —Metió la mano en el bolsillo del chaleco, sacó un papel doblado y se lo dio—. Dime qué te parece. Estoy seguro de que no ahorrarás detalles.

Daphne desdobló el papel y leyó los nombres escritos con la elegante escritura de su madre. La vizcondesa Bridgerton había escrito los nombres de

ocho mujeres. Ocho mujeres solteras y de muy buena familia.—Justo lo que suponía —murmuró Daphne.

—¿Estan horrorosa como creo?

—Peor. Philipa Featherington habla menos que una calabaza.—¿Ylas demás?

Daphne lo miró con las cejas arqueadas.

—Enrealidad, tú no querías casarte este año, ¿verdad? Anthony hizo una mueca.

—Yla tuya, ¿cómo era?

—Hoy, gracias a Dios, anticuada. Tres de los cinco se casaron el año pasado. Mamá todavía me riñe por dejar que se me escaparan.

Los dos hermanos resoplaron de forma idéntica mientras se apoyaban en la pared. Violet Bridgerton estaba decidida a casar a sus hijos. Anthony, el mayor, y Daphne, la mayor de las chicas, tenían que soportar toda la presión, aunque Daphne sospechaba que su madre casaría a la pequeña Hyacinth, de diez años, si recibía una oferta lo bastante buena.

desapercibida,y…

—¿Tratando de pasar desapercibida? —repitió Benedict, mofándose de su hermana.

Ella les puso mala cara.

—Vine aquí para esconderme de Nigel Berbrooke —les explicó—. Dejé a mamá en compañía de lady Jersey, así que todavía estará ocupada un buen

rato. Pero Nigel…

—Esmás primate que humano —dijo Benedict, en broma.

—Bueno, yo no lo diría así, exactamente —dijo Daphne, intentando ser educada—, pero tampoco es ningún lumbreras y es más fácil apartarse de su camino que herir sus sentimientos. Aunque, claro, ahora que los dos me habéis encontrado, no me va a resultar fácil evitarlo mucho más.

—Oh—dijo Anthony.

Daphne miró a sus hermanos mayores, los dos de más de metro ochenta, de espaldas anchas y ojos marrones. Tenían el pelo castaño y grueso, igual que ella, y en los bailes no podían ir a ningún sitio sin que los siguiera un grupo de jóvenes parloteando.

Y donde había un grupo de chicas jóvenes, allí estaba Nigel Berbrooke. Daphne ya veía cabezas que se giraban hacia ellos. Las ambiciosas

madres cogían a sus hijas por el brazo y señalaban a los hermanos Bridgerton, sin más compañía que su hermana.

—Sabía que me tendría que haber ido al salón de mujeres —murmuróDaphne.

—¿Qué es ese papel que tienes en la mano, Daphne? —preguntóBenedict.

esperábamos hasta la semana que viene.

Levantó un hombro, un gesto que iba a juego con la sonrisa torcida.—París ya no era divertido.

—Ya—dijo Daphne, con una mirada muy perspicaz—. Te has quedado sin dinero.

Colin se rio y levantó las manos.—Culpable de todos los cargos.

Anthony abrazó a su hermano y dijo:

—Estoy muy contento de volver a tenerte en casa, Colin. A pesar de que

el dinero que te envié debería haberte durado, al menos, hasta…

—Basta —dijo Colin, todavía riendo—. Te prometo que mañana podrás decirme lo que quieras. Esta noche solo quiero disfrutar de la compañía de mi querida familia.

Benedict soltó una risa.

—Para llamarnos «querida familia» debes de estar completamente arruinado —dijo pero, al mismo tiempo, se avanzó para abrazarlo—. Bienvenido a casa.

Colin, el más despreocupado de la familia, sonrió y los ojos verdes le brillaron de alegría.

—Esun placer estar de vuelta en casa, aunque debo reconocer que el tiempo no tiene ni punto de comparación con el del continente. Y en cuanto a las mujeres, bueno, a las inglesas les costaría mucho competir con las

signorinas quehe…

Daphne le dio un golpe en el brazo.

—Recuerda que hay una dama, maleducado.

para mirar hacia el salón. Igual que los demás hombres de la familia, era muy alto, así que no tuvo que estirarse demasiado.

—Enla esquina, con lady Jersey —dijo Daphne. Colin se encogió de hombros.

—Meesperaré a que esté un poco más cansada. No quiero que ese dragón me despelleje vivo.

—Hablando de dragones —dijo Benedict. No movió la cabeza, pero señaló hacia el lado con los ojos.

Daphne miró y vio que lady Danbury se dirigía lentamente hacia ellos. Llevaba bastón, pero Daphne tragó saliva, muy nerviosa, y se puso rígida. El sarcástico ingenio de lady Danbury era ya conocido por todos. Daphne siempre había sospechado que, debajo de aquella coraza, latía un corazón sensible pero, aun así, uno siempre se ponía nervioso cuando se le acercaba.

—Nohay salida —murmuró uno de los hermanos.

Daphne lo hizo callar y sonrió tímidamente hacia la señora.

Lady Danbury levantó las cejas y, cuando estaba a un metro de ellos, se paró y dijo:

—¡Nodisimuléis! ¡Ya me habéis visto!

A continuación, dio un golpe tan fuerte con el bastón en el suelo que Daphne dio un saltito hacia atrás y pisó a Benedict.

—¡Ay!—exclamó su hermano.

Ante la repentina mudez de sus hermanos, excepto Benedict, aunque aquel quejido no podía considerarse una palabra articulada, Daphne respiróhondo y dijo:

—Espero no haberle dado esa impresión, lady Danbury, porque…

—Siempre supe que me gustarías. Y no, no se lo he dicho.—Gracias —dijo Daphne, agradecida.

—Site ataras a ese bobalicón, todos perderíamos a una persona muy sensata —dijo lady Danbury—. Y Dios sabe que lo último que necesitamos es echar a perder la poca sensatez que nos rodea.

—Muchas gracias —dijo Daphne.

—Encuanto a vosotros —dijo lady Danbury, agitando el bastón frente a los hermanos de Daphne—, me reservo la opinión. Tú —dijo, dirigiéndose a Anthony— me resultas simpático por el mero hecho de haber rechazado la

oferta de Berbrooke por el bien de tu hermana, pero los demás… ¡Buf! Y se fue.

—¿Buf? —repitió Benedict—. ¿Buf? ¿Pretende cuantificar mi inteligencia y lo único que se le ocurre es Buf?

Daphne sonrió.—Meaprecia.

—Leresultas agradable —refunfuñó Benedict.

—Hasido muy amable al ponerte sobre aviso con lo de Berbrooke—reconoció Anthony.

Daphne asintió.

—Creo que eso quiere decir que tengo que irme.—Segiró hacia Anthony

con una mirada de ruego—. Si pregunta pormí…

—Yome encargo —dijo su hermano—. No te preocupes.—Gracias.

Y después, con una sonrisa, se alejó de sus hermanos.

Y no porque no hubiera disfrutado de sus viajes. Había cruzado Europa a lo largo y ancho, había surcado las deliciosas aguas azules del Mediterráneo y se había perdido en los misterios del norte de África. De allí fue a Tierra Santa y luego, cuando sus informaciones le revelaron que todavía no había llegado el momento de volver a casa, cruzó el Atlántico y se fue a explorar las Indias Occidentales. Llegados a ese punto, pensó en instalarse en los Estados Unidos de América, pero la joven nación estaba a punto de entrar en conflicto con Gran Bretaña, así que Simon se mantuvo alejado de aquellas tierras. Además, fue por aquel entonces cuando recibió la noticia de que su padre, después de una larga enfermedad, había muerto.

Realmente irónico. Simon no cambiaría sus años de exploración por el mundo por nada. Un hombre tenía mucho tiempo para pensar en seis años, mucho tiempo para aprender qué significaba ser un hombre. Y, aun así, laúnica razón que lo había empujado a marcharse a los veintidós años fue el repentino deseo de su padre de, finalmente, aceptar a su hijo.

Sin embargo, Simon no tenía ningún deseo de aceptar a su padre, así que se limitó a hacer las maletas y marcharse del país, prefiriendo el exilio a las repentinas e hipócritas muestras de afecto del duque.

Todo empezó cuando acabó en Oxford. Al principio, el duque no quería pagarle una educación a su hijo; un día, Simon vio una carta que su padre había enviado a un tutor diciéndole que no quería que el idiota de su hijo dejara en ridículo a los Basset en Eton. Sin embargo, Simon era muy testarudo, así que ordenó que prepararan un carruaje y se fue a Eton, se presentó en el despacho del director y anunció su presencia.

Aquello fue lo más espantoso que había hecho en su vida pero, de alguna manera, consiguió convencer al director de que la confusión había sido culpa

Simon ya estaba totalmente instalado en Eton y si decidía sacar al chico del colegio sin ningún motivo estaría muy mal visto.

Y al duque no le gustaba estar mal visto.

Simon siempre se había preguntado por qué el duque no se acercó a él en esa época. Obviamente, a Simon las cosas le iban muy bien en Eton; si no hubiera podido seguir el ritmo de los estudios, el director se lo habría comunicado al duque. En ocasiones, todavía se encallaba en alguna palabra, pero había desarrollado la suficiente habilidad para disimularlo con una

oportuna tos o, si estaba comiendo, con un sorbo de leche o té.

Pero el duque jamás le escribió una carta. Simon supuso que ya estaba tan acostumbrado a ignorarlo que ni siquiera importaba que estuviera demostrando que él no era ninguna vergüenza para la familia Basset.

Después de Eton, Simon continuó la progresión natural hacia Oxford, donde se ganó la reputación de empollón y vividor. Para ser totalmente honestos, no se merecía la etiqueta de vividor más que cualquiera de los otros chicos jóvenes de la Universidad, pero el carácter distante de Simon alimentóla leyenda.

Sin saber muy bien cómo, se fue dando cuenta de que sus compañeros ansiaban su aprobación. Era inteligente y atlético pero, al parecer, lo que provocaba tanta admiración era su forma de ser. Como no le gustaba hablar si no era necesario, la gente creía que era arrogante, como debía ser un futuro duque. Como prefería rodearse solo de aquellos amigos con los que realmente se sentía cómodo, la gente dijo que era excesivamente selecto a la hora de elegir compañía, como debía ser un futuro duque.

desaprobaría todas.

Sin embargo, resultó que su padre no desaprobaba del todo su comportamiento. Sin que Simon se enterara, el duque de Hastings se había empezado a interesar por el progreso de su único hijo. Empezó a pedir informes académicos a la Universidad y contrató a un detective de Bow Street para que lo mantuviera informado de las actividades ociosas de Simon. Y, al final, dejó de esperar que cada carta que recibía detallara episodios de la estupidez de su hijo.

Sería imposible establecer con exactitud cuándo se produjo el cambio, pero un día el duque se dio cuenta de que, después de todo, su hijo no había salido tan mal.

El duque se hinchó de orgullo. Como siempre, al final la sangre que le corría por las venas había acabado triunfando. Debería haber sabido que nadie con su sangre podía ser un imbécil.

Cuando acabó la Universidad con mención honorífica en Matemáticas, Simon volvió a Londres con sus amigos. Obviamente, se instaló en sus aposentos de soltero, porque lo último que le apetecía era vivir bajo el mismo techo que su padre. Cuando empezó a acudir a fiestas, cada vez más gente malinterpretó sus pausas como arrogancia y su reducido círculo de amigos como carácter exclusivo.

Sin embargo, acabó de sellar su reputación el día que Beau Brummel, el que en aquella época era el líder de la alta sociedad, le hizo una pregunta bastante complicada sobre alguna nueva y trivial moda. Brummel utilizó un tono bastante condescendiente y su intención era, obviamente, dejar en ridículo al joven conde. Como todo Londres sabía, la afición preferida de

respuesta más extensa si hubiera estado seguro de hacerlo sin tartamudear. Y, sin embargo, en esa situación menos había resultado ser más, y la escueta respuesta de Simon resultó ser más letal que cualquier elaborado discurso que hubiera pronunciado.

Naturalmente, la inteligencia y el éxito del heredero de Hastings llegó a

oídos del duque. Y, aunque no fue a buscar a su hijo inmediatamente, Simon empezó a escuchar rumores sobre que la distante relación con su padre pronto podría cambiar. El duque soltó una carcajada cuando se enteró del incidente con Brummel y dijo:

—Natural. Es un Basset.

Alguien incluso comentó que el duque iba presumiendo de la mención honorífica de su hijo en Oxford.

Y llegó el día que los dos se vieron las caras en un baile en Londres. El duque no iba a permitir que Simon le plantara cara.

Aunque Simon lo intentó. Lo intentó de veras. Pero nadie tenía la capacidad de mermar su confianza como su padre y, cuando lo miró y vio su propio reflejo, aunque más mayor, no pudo moverse ni hablar.

Notó la lengua pesada, tenía una sensación extraña en la boca, como si el tartamudeo no solo le hubiera invadido la boca, sino también todo el cuerpo.

El duque aprovechó aquella situación y lo abrazó pronunciando un sentido«hijo».

Al día siguiente, Simon abandonó el país.

Sabía que sería imposible evitar del todo a su padre si se quedaba en Inglaterra. Y se negó a jugar el papel de hijo después de haberle negado durante tantos años un padre.

reafirmado su idea de no participar de forma activa en la vida social de Londres.

No quería casarse. Nunca. Y no tenía sentido frecuentar los bailes si no buscaba una esposa.

Aun así, pensó que le debía cierta lealtad a lady Danbury después de lo bien que se había portado con él de pequeño y, para ser honesto, tenía que reconocer que sentía un gran cariño por aquella señora que hablaba sin tapujos. Rechazar su invitación habría sido de muy mala educación, sobre todo teniendo en cuenta que había llegado acompañada de una nota personal dándole la bienvenida a casa.

Como conocía la casa, entró por la puerta lateral. Si todo iba bien, podría acercarse a lady Danbury tranquilamente, saludarla y marcharse.

Sin embargo, al girar una esquina, escuchó voces y se detuvo en seco. Contuvo un gemido. Había interrumpido un encuentro de enamorados.

¡Maldita sea! ¿Cómo escabullirse sin ser visto? Si lo descubrían, la consiguiente escena estaría llena de histrionismo, vergüenzas y un sinfín de emociones aburridas que no podría resistir. Sería mejor quedarse allíescondido entre las sombras y dejar que los amantes siguieran su camino.

Sin embargo, cuando se disponía a retroceder pausadamente, escuchó algo que le llamó la atención.

—No.

¿No? ¿Alguien había llevado a una dama a un solitario pasillo en contra de su voluntad? Simon no tenía grandes deseos de ser el héroe de nadie, pero ni siquiera él podía permitir tal insulto a una dama. Estiró el cuello y ladeó la cabeza, para escuchar mejor. Al fin y al cabo, a lo mejor no lo había

Simon parpadeó, sorprendido. Dentro del abanico de proposiciones, esta no entraría en el apartado de las románticas.

Al parecer, a la chica tampoco le gustó.

—Bueno —dijo, algo contrariada—, no es que sea la única chica en el baile de lady Danbury. Estoy segura de que alguna estaría encantada de casarse contigo.

Simon se inclinó un poco para intentar ver algo de la escena. La chica estaba en la sombra, pero pudo ver al hombre bastante bien. Parecía abatido, con los brazos colgándole a los lados. Despacio, agitó la cabeza.

—No—dijo, muy triste—. No es verdad. ¿No lo ves? Ellas… ellas…Simon sufría en silencio mientras Nigel intentaba encontrar las palabras

adecuadas. Su titubeo era debido a la emoción, pero nunca era agradable ver a alguien que no conseguía acabar una frase.

—Ninguna es tan agradable como tú —dijo Nigel, por fin—. Eres la única que me sonríe.

—Oh, Nigel —dijo la chica, suspirando profundamente—. Estoy segura de que eso no es verdad.

Pero Simon sabía que solo lo decía por ser amable. Y, cuando ella volvióa suspirar, le quedó claro que no necesitaba que la rescataran. Parecía tener la situación bajo control y, aunque Simon sentía lástima por el pobre Nigel, sabía que no podía hacer nada.

Además, empezaba a sentirse como un voyeur.

Empezó a retroceder, con la mirada fija en una puerta que sabía que daba a la biblioteca. Al otro lado de la biblioteca había otra puerta que comunicaba con el jardín de invierno. De allí podría ir a la entrada principal y volver al

dio un sorprendentemente y efectivo puñetazo a Nigel en la mandíbula.

Nigel cayó al suelo, agitando los brazos en el aire mientras caía. Simon se quedó ahí, de pie, observando incrédulo cómo la chica se arrodillaba junto aél.

—¡Dios mío! —dijo, con voz temblorosa—. Nigel, ¿estás bien? No quería golpearte tan fuerte.

Simon se rio. No pudo evitarlo.

La chica levantó la mirada, sorprendida.

Simon contuvo la respiración. No la había visto hasta ahora, y lo miraba fijamente con unos enormes y oscuros ojos. Tenía la boca más grande y exuberante que Simon había visto en la vida, y tenía la cara triangular. Según los estrictos estándares sociales, no podía considerarse guapa, pero tenía algo que lo dejó sin respiración.

Lo miraba con el ceño fruncido.

—¿Quiénes usted? —preguntó, demostrando que no se alegraba lo más mínimo de verlo.

Ha llegado a oídos de esta autora que Nigel Berbrooke acudió a la joyería Moreton a comprar un anillo con un precioso diamante. ¿Es posible que muy pronto conozcamos a la futura señora Berbrooke?

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

28 de abril de 1813

En ese momento, Daphne pensó que la noche no podía ir peor. Primero se había visto casi obligada a pasarse la noche en un oscuro rincón del baile, cosa nada fácil porque lady Danbury apreciaba las cualidades estéticas y lumínicas de las velas; después, mientras intentaba huir, había tropezado con el pie de Philipa Featherington y se había caído, y eso provocó que Philipa, una de las chicas más escandalosas que conocía, exclamara: «¡Daphne Bridgerton! ¿Te has hecho daño?». Nigel debió de oírla porque levantó la cabeza como un pájaro asustado y empezó a recorrer el salón con la mirada buscándola. Daphne deseó, no, rezó, que pudiera llegar al salón de las damas antes que él la encontrara, pero no pudo. Nigel la acorraló en aquel rincón y empezó a confesarle su amor entre lloriqueos.

Todo aquello ya era lo bastante vergonzoso, pero ahora había aparecido ese hombre, un extraño increíblemente apuesto y elegante, que lo había visto todo. ¡Y lo que era peor, se estaba riendo!

Daphne lo miró mientras él se reía a su costa. No lo había visto nunca, asíque tendría que ser nuevo en Londres. Su madre se había asegurado de

sabía con certeza que un hombre así nunca se fijaría en una chica como ella. O porque allí, frente a él, se sentía la criatura más pequeña del mundo. A lo mejor, sencillamente, era porque él estaba allí riéndose como si ella fuera algún entretenimiento cirquense.

Fuera por lo que fuera, nació en ella una ira poco común, frunciendo el ceño, y dijo:

—¿Quiénes usted?

Simon no sabía por qué no había respondido su pregunta directamente, pero algo en su interior le hizo decir:

—Miprimera intención fue rescatarla, pero ha quedado claro que usted no necesitaba mis servicios.

—Oh —dijo ella, algo más calmada. Apretó ligeramente los labios, pensando mucho las palabras que iba a decir—. Bueno, muchas gracias, supongo. Es una lástima que no apareciera diez segundos antes. Así no tendría que haberle golpeado.

Simon miró al hombre que estaba tendido en el suelo. Ya le estaba empezando a aparecer un moratón en la barbilla y, gimiendo, dijo:

—Laffy, oh, Laffy. Te quiero, Laffy.

—Supongo que usted debe de ser Laffy —dijo Simon, mirándola a los

ojos.

Realmente, era una joven bastante atractiva y, desde ese ángulo, el corpiño del vestido parecía descaradamente escotado.

—Noes cierto —respondió ella—. Él solo… Solo… De acuerdo, intentóatacarme. Pero nunca me hubiera hecho daño.

Simon levantó una ceja. De verdad, las mujeres eran las criaturas más extrañas del mundo.

—¿Ycómo puede estar tan segura?

La observó mientras ella buscaba las palabras más adecuadas.

—Nigel es incapaz de hacerle daño a nadie —dijo Daphne, lentamente—. Solo es culpable de malinterpretar mis sentimientos.

—Entonces, usted es un alma mucho más generosa que yo —dijo Simon. La chica suspiró; un sonido suave que, de alguna manera, Simon notó en

todo su cuerpo.

—Nigel no es mala persona —dijo ella, con dignidad—. Lo que sucede es que no siempre entiende bien las cosas y, a lo mejor, confundió mi amabilidad con algo que no es.

Simon sintió una gran admiración por esa chica. A estas alturas, la mayoría de las mujeres que conocía ya estarían histéricas pero ella, quienquiera que fuera, había mantenido la situación bajo control y ahora demostraba una generosidad de espíritu que era sorprendente. Que todavía pensara en defender a ese tal Nigel era algo que él no entendía.

Daphne se levantó y se sacudió la falda de seda verde. Le habían recogido el pelo de modo que le caía un mechón encima del hombro, rizándose de manera muy seductora encima de los pechos. Simon sabía que tendría que estar escuchándola, hablaba sin parar, como casi todas las mujeres, pero no podía apartar la mirada de aquel mechón. Era como una cinta de seda

—No—dijo Simon.

Del fondo de la garganta de Daphne surgió una especie de rugido.—Entonces, ¿por qué ha dicho que sí?

Él se encogió de hombros.

—Pensé que era lo que quería escuchar.

Simon la observó, fascinado, cómo suspiraba y refunfuñaba algo. No pudo

oír lo que dijo, aunque dudaba de que fuera un cumplido. Al final, con una voz casi cómica, Daphne dijo:

—Sino desea ayudarme, le ruego que se marche.

Simon decidió que ya era hora de dejar de actuar como un grosero, y dijo:

—Lepido disculpas. Claro que la ayudaré.

Ella suspiró y miró a Nigel, que seguía en el suelo articulando sonidos incoherentes. Simon también lo miró y, durante unos segundos, los dos se quedaron allí, observando a aquel hombre inconsciente, hasta que ella dijo:

—Enrealidad, el golpe tampoco fue tan fuerte.—Alo mejor ha bebido más de la cuenta.

Ella lo miró, dubitativa.

—¿Deverdad? El aliento le olía a licor, pero jamás lo había visto ebrio. Simon no tenía nada más que añadir, así que le preguntó:

—Bueno, ¿qué quiere hacer?

—Supongo que podríamos dejarlo aquí —dijo Daphne, aunque con los

ojos decía que no lo tenía tan claro.

A Simon le pareció una idea brillante, pero resultaba obvio que ella prefería asegurarse un poco más de que aquel hombre estaba bien. Y Dios le asistiera, pero él sentía el irrefrenable impulso de hacerla feliz.

—¿Sucuerpo? ¡Dios santo, señor, no es necesario que lo diga como si estuviera muerto!

—Como iba diciendo —continuó Simon, ignorándola por completo—, usted se quedará en la biblioteca. Cuando yo vuelva, cogeremos a Nigel y lo llevaremos hasta el carruaje.

—¿Ycómo vamos a hacerlo?

Simon le sonrió, una sonrisa torcida capaz de desarmar a cualquiera.—Notengo ni la menor idea.

Por un segundo, Daphne se olvidó de respirar. Justo cuando había decidido que su rescatador potencial era un arrogante, tuvo que sonreírle así. Fue una sonrisa infantil, de las que derriten los corazones de las damas en un radio de diez kilómetros.

Y encima, para más desgracia, era terriblemente difícil seguir irritada con alguien bajo la influencia de aquella sonrisa. Después de criarse con cuatro hermanos, y todos con la capacidad de seducir a cualquier dama, Daphne creía que ella sería inmune a los encantos masculinos.

Pero, al parecer, estaba equivocada. Sentía un cosquilleo en el pecho, el estómago le daba saltos de alegría y, de repente, tenía las rodillas flácidas como si fueran de mantequilla.

—Nigel —susurró, desesperada, obligándose a centrar su atención lejos del hombre anónimo que estaba frente a ella—. Tengo que ver cómo estáNigel.—Seagachó y lo zarandeó por el hombro de un modo bastante poco delicado—. ¿Nigel? ¿Nigel? Nigel, tienes que despertarte.

—Daphne—gruñóNigel—. Oh, Daphne. Simon se giró de golpe.

Bridgerton. Y eso por no hablar de la nariz, los pómulosy…¡Por el amor de Dios, era la hermana de Anthony!

Maldita sea.

Entre amigos había ciertas reglas, no, mejor mandamientos, y el más importante era: «No desearás a la hermana de tu amigo».

Mientras la observaba, seguramente con cara de idiota, ella puso los brazos en jarras y preguntó:

—¿Yusted quién es?

—Simon Basset —dijo él.

—¿Elduque? —exclamó ella. Simon asintió con una sonrisa.—Oh, Dios mío.

Simon presenció, horrorizado, cómo palidecía.

—Por favor, señorita, no irá a desmayarse, ¿verdad?

En realidad, Simon no sabía muy bien por qué tendría que hacerlo, pero Anthony, su hermano, se había pasado casi toda la tarde advirtiéndole sobre los efectos que un duque joven y soltero podría producir entre las jóvenes solteras de Londres. Anthony le había dejado claro que Daphne era la excepción que confirmaba la regla pero, aun así, estaba muy pálida.

—¿Verdad? —repitió, cuando vio que ella no decía nada—. ¿Va a desmayarse?

Ella parecía ofendida de que se le hubiera pasado esa idea por la cabeza.—¡Claro que no!

—Bien.

—Esque…

—Querida señorita Bridgerton —dijo Simon, con una voz más controlada—.Me cuesta bastante creerla.

Ella volvió a encogerse de hombros, y él tuvo la irritante sensación de que se estaba divirtiendo con su angustia.

—Piense lo que quiera —dijo ella, risueña—. Pero eso es lo que ponía hoy en el periódico.

—¿Qué?

—EnWhistledown —dijo ella, como si eso lo explicara todo.—¿Whistle qué?

Daphne lo miró desconcertada hasta que recordó que acababa de llegar a la ciudad.

—Claro, no debe de conocerla —dijo, suavemente, con una maliciosa sonrisa—. Me alegro.

El duque dio un paso adelante y la miró de manera bastante amenazadora.—Señorita Bridgerton, debo advertirle de que estoy a punto de cogerla

por el cuello y sonsacarle la información.

—Es una revista de chismes —respondió ella, retrocediendo—. En realidad, es bastante estúpida, pero todo el mundo la lee.

Simon no dijo nada, solo arqueó una ceja. Daphne se apresuró a añadir:

—Ellunes había una reseña de su regreso a Londres.

—¿Yqué era —entrecerró los ojos peligrosamente—, exactamente—ahora la mirada era gélida—, lo que decía?

—Nodemasiado, eh, exactamente —dijo Daphne.

—Notiene por qué enfadarse —dijo Daphne, intentando sonar compasiva, aunque no lo consiguió del todo—. Solo dijo que era usted un vividor, algo que estoy segura de que no me negará, porque con los años he aprendido que a los hombres incluso les gusta que se lo digan.

Hizo una pausa y le dio la oportunidad de negarlo. No lo hizo.

—Yluego mi madre, a la que estoy segura de que debió de conocer en un momento u otro antes de irse de viaje, me lo confirmó todo.

—¿Ah,sí? Daphne asintió.

—Yme prohibió mostrarme públicamente en su compañía.—¿Deverdad? —dijo, arrastrando las palabras.

Había algo en el tono de su voz, y la manera tan intensa en que la miraba, que la hacía sentirse terriblemente incómoda, y lo único que podía hacer era cerrar los ojos.

Se negó en redondo a permitir que él viera cómo la había afectado. Simon esbozó una leve sonrisa.

—Aver si lo he entendido bien. Su madre le dijo que soy un hombre muy malo y que no debería permitir, bajo ninguna circunstancia, que la vieran conmigo.

Aturdida, Daphne asintió.

—Entonces —dijo, haciendo una larga pausa—, ¿qué cree que diría su madre ante esta situación?

Daphne parpadeó.—¿Cómodice?

—Noestoy demasiado preocupado por Nigel —susurró—. ¿Y usted? Simon la observó mientras ella miraba a Nigel. Tenía que quedarle claro

que si él decidía empezar una acción amorosa, su pretendiente rechazado no podría hacer nada por ella. No es que fuera a empezar nada, claro. Era la hermana pequeña de Anthony. A lo mejor tendría que recordárselo más a menudo de lo que querría, pero estaba seguro de que no lo olvidaría.

Simon sabía que tenía que terminar con ese juego. No es que temiera que ella se lo fuera a explicar a Anthony; en el fondo sabía que no se lo diría nadie, que se lo guardaría para ella con, a lo mejor, y eso era lo que él deseaba, un poco de ilusión.

Sin embargo, a pesar de que sabía que tenía que terminar con ese flirteo y volver al tema que les ocupaba: sacar de ahí a Nigel, no pudo reprimir unúltimo comentario. Quizás era la manera en que apretaba los labios cuando estaba enfadada. O quizás era la manera como los abría cuando se sorprendía. Solo sabía que, ante esa mujer, no podía evitar echar mano de su naturaleza libertina.

Así que se inclinó y, con los ojos entrecerrados y seductores, dijo:

—Creo que sé lo que diría su madre.

Daphne parecía aturdida por aquella arremetida pero, aun así, consiguiópronunciar un desafiador:

—¿Ah,sí?

Simon asintió lentamente y le tocó la barbilla con un dedo.—Lediría que tuviera mucho, mucho miedo.

Se produjo un silencio y, entonces, Daphne abrió los ojos. Apretó los

labios, como si se estuviera callando algo, levantó los hombros y entonces…

—Claro que sí. Aunque debo decirle que con cualquier otra mujer habría tenido éxito, pero no conmigo.

A ese comentario no pudo resistirse.—¿Porqué no?

—Tengo cuatro hermanos —dijo, y se encogió de hombros como si eso lo explicara todo—. Soy inmune a todos esos juegos.

—¿Ah,sí?

Daphne le dio un golpecito en el hombro.

—Pero su intento ha sido realmente admirable. Y, sinceramente, me halaga que haya creído que era merecedora de tal despliegue de libertinaje ducal.—Yle sonrió, una sonrisa amplia y sincera.

Simon se acarició la mandíbula, pensativo, intentando recuperar el ánimo de depredador.

—Señorita Bridgerton, ¿sabía que es una criatura de lo más impertinente? Ella le mostró la más impertinente de sus sonrisas.

—Lamayoría cree que soy la amabilidad personificada.—Lamayoría —dijo Simon sin rodeos— son estúpidos.

Daphne inclinó la cabeza hacia un lado, obviamente considerando aquellas palabras. Después miró a Nigel y suspiró:

—Metemo que, por mucho que me duela, tengo que darle la razón. Simon reprimió una sonrisa.

—¿Leduele darme la razón o que los demás sean estúpidos?

—Las dos cosas —dijo, sonriendo otra vez; una sonrisa encantadora que tenía unos extraños efectos en el corazón de Simon—. Pero básicamente lo primero.

—¿Separece a usted?

—Esa es una pregunta muy extraña.

—Notanto —respondió Simon, pensando que Daphne tenía razón. Era una pregunta muy extraña y no sabía por qué se la había hecho. Sin embargo, como ya lo había dicho, añadió—: Al fin y al cabo, he oído que todos los Bridgerton se parecen.

Daphne frunció el ceño, solo un poco, y a Simon le pareció un gesto muy misterioso.

—Escierto. Nos parecemos todos, excepto mi madre. Es bastante pálida y tiene los ojos azules. Nuestro pelo oscuro es herencia de mi padre. Sin embargo, me dicen que tengo la sonrisa de mi madre.

Se produjo una incómoda pausa. Daphne cambiaba el peso de un pie al

otro, sin saber qué más decirle al duque cuando, por primera vez en su vida, Nigel apareció en el momento oportuno.

—¿Daphne? —dijo, parpadeando como si no viera del todo bien—. Daphne, ¿eres tú?

—¡Dios mío, señorita Bridgerton! —exclamó Simon—. ¿Tan fuerte le ha golpeado?

—Losuficiente para hacerlo caer, pero solo eso, lo juro —dijo, arrugando las cejas—. A lo mejor está ebrio.

—Oh, Daphne—gruñóNigel.

El duque se agachó junto a él y justo después retrocedió, tosiendo.—¿Estáebrio? —preguntó Daphne.

El duque se levantó.

bastante lúcido como para hacer ruido, algo que ya estaba haciendo. Y bastante, además.

—Oh, Daphne. Te quiedo tanto, Daffery —dijo Nigel, que consiguióponerse de rodillas y avanzó hacia ella arrastrando las piernas de modo que parecía más un penitente pidiendo clemencia que un enamorado—. Por favor, Duffne, cásate conmigo. Tienes que hacerlo.

—Levántate, hombre —dijo Simon, cogiéndolo del cuello de la camisa—. Esto empieza a ser embarazoso.—Segiró hacia Daphne—. Voy a tener que sacarlo fuera. No podemos dejarlo aquí. Es posible que empiece a gruñir

como una vaca enferma…

—Creía que ya había empezado —dijo Daphne.

Simon notó que levantaba un poco la comisura de los labios y sonreía. Puede que Daphne Bridgerton fuera una chica casadera y, por lo tanto, un desastre a la vista para un hombre como él, pero realmente era muy divertida.

En realidad, pensó, era la clase de persona que escogería como amigo si fuera un hombre.

Pero, como resultaba tremendamente obvio, tanto a los ojos como al cuerpo, que no era un hombre, Simon decidió que era mejor para los dos terminar con ese juego lo antes posible. Si los descubrían, la reputación de Daphne quedaría dañada de por vida pero, además, Simon no estaba muy seguro de poder controlarse y evitar acariciarla mucho más tiempo.

Aquella era una sensación muy extraña. Especialmente para un hombre que valoraba tanto su capacidad de controlarse. El control lo era todo. Sin él, nunca le habría podido hacer frente a su padre ni habría conseguido una

mención de honor en la Universidad. Sin él, todavía…

¿qué culpa tenía ella de que los dictados de la moda hubieran impuesto unos pantalones tan ceñidos? Tenía cierto aire predatorio, con la mandíbula alta, algo que presagiaba una fuerza y un poder muy bien controlados.

Daphne llegó a la conclusión de que podría levantar a Nigel perfectamente.

—Muy bien —dijo, asintiendo—. Y muchas gracias. Es usted muy amable por ayudarme.

—Nosuelo ser muy amable —dijo él entre dientes.

—¿Deveras? —preguntó ella, permitiéndose esbozar una sonrisa—. Es extraño. No se me hubiera ocurrido ninguna otra palabra para definir su

comportamiento. Pero, claro, he aprendido que los hombres…

—Parece ser toda una experta en hombres —dijo él, en un tono algo mordaz, y luego gruñó mientras ponía a Nigel de pie.

Nigel se inclinó hacia Daphne, pronunciando su nombre prácticamente entre sollozos. Simon tuvo que agarrarlo con fuerza para que no la embistiera.

Daphne retrocedió un poco.

—Sí,bueno, tengo cuatro hermanos. No creo que haya mejor educación que esa.

Se quedó sin saber si el duque quería responderle porque Nigel eligió ese instante para recuperar las fuerzas, que no el equilibrio, se soltó de los brazos de Simon y se abalanzó sobre Daphne con sonidos incoherentes.

Si ella no hubiera estado pegada a la pared, habría ido a parar al suelo. Pero, al estar de pie, se dio un fuerte golpe contra la pared que la dejó sin aire unos instantes.

—Gracias.

—Hasido un placer —dijo Simon, mirando de reojo a Nigel.

—¿Yahora qué vamos a hacer? —dijo, y los dos miraron al hombre que yacía, esta vez totalmente inconsciente, en el suelo.

—Volvemos al plan original —dijo Simon—. Lo dejamos aquí y usted se va a la biblioteca. No quiero moverlo hasta que no tenga el carruaje en la puerta.

Daphne asintió.

—¿Necesita ayuda para levantarlo o quiere que me vaya directamente a la biblioteca?

El duque se quedó callado un momento. La cabeza le iba de un lado a otro mientras estudiaba la posición de Nigel.

—Enrealidad, agradecería mucho un poco de ayuda.

—¿Deverdad? —preguntó Daphne, sorprendida—. Estaba convencida de que diría que no.

Aquello hizo que el duque la mirara divertido.—¿Ypor eso lo ha preguntado?

—No, por supuesto que no —respondió Daphne, ofendida—. No soy tan estúpida como para ofrecer mi ayuda si no tengo la intención de darla. Solo

iba a decir que los hombres, por mi experiencia…

—Tiene mucha experiencia —dijo el duque, en voz baja.—¿Disculpe?

—Le ruego que me perdone —dijo él—. Cree que tiene mucha experiencia.

Daphne lo miró fijamente a los ojos.

—Meestoy planteando correr ese riesgo —dijo Daphne, poniendo muchoénfasis en cada palabra.

Simon cruzó los brazos y se apoyó en la pared.—¿Deverdad?—dijo—.Me gustaría verlo.

Daphne estuvo a punto de levantar los brazos en gesto de rendición.—Olvídelo. Olvídeme. Olvídese de esta noche. Me voy.

Se giró pero, antes de que pudiera dar un paso, la voz del duque la detuvo.—Creíque iba a ayudarme.

¡Maldición! No tenía salida. Lentamente, se giró otra vez.

—Claro que sí —dijo, con falsa educación—. Será un placer.

—Bueno —dijo Simon, inocentemente—. Si no quería ayudarme, no

debería haber…

—Lehe dicho que le ayudaré—lointerrumpió ella. Simon sonrió. Era muy fácil hacerla enfadar.

—Esto es lo que vamos a hacer—dijo—.Lo levantaré y pasaré su brazo derecho por encima de mi espalda. Usted se pondrá detrás de mí y lo aguantará.

Daphne hizo lo que le dijo Simon y, aunque en sus adentros le echara en cara aquella actitud tan autoritaria, no dijo nada. Después de todo, por mucho que le pesara, el duque de Hastings la estaba ayudando a escabullirse de una situación de lo más comprometedora.

Si alguien la descubriera allí, estaría en grandes apuros.

—Tengo una idea mejor —dijo ella, de repente—. Dejémoslo aquí.

El duque se giró hacia ella. La miró como si quisiera tirarla por una ventana, preferiblemente una que estuviera abierta.

Ella asintió, dubitativa, mirando a Nigel.—Parece un poco incómodo, ¿no cree? Simon la miró. Solo la miró.

—¿Estápreocupada por su comodidad? —preguntó, al final.

Daphne agitó la cabeza, nerviosa, luego asintió y después volvió a agitar la cabeza.

—Quizá debería… Quiero decir… Espere un momento. —Se agachójunto a Nigel y le desdobló las piernas—. No merecía un viaje en su carruaje—dijo, mientras le arreglaba el abrigo—, pero me parecía demasiado cruel dejarlo aquí en esa postura. Bueno, ya está.

Se puso de pie y levantó la mirada.

Lo único que pudo ver fue al duque mientras se alejaba murmurando algo sobre Daphne y algo sobre las mujeres en general y algo más que no pudo oír.

Aunque quizá fue mejor así porque dudaba de que fuera algún cumplido.

Estos días, Londres está invadido por todas las madres ambiciosas. En el baile de lady Worth de la semana pasada, esta autora vio, al menos, once solteros convencidos escondiéndose por los rincones y marcharse corriendo de la casa con esas madres ambiciosas pisándoles los talones.

Es muy difícil decidir quién es, precisamente, la peor de todas aunque esta autora sospecha que, al final, la lucha va a ser muy cerrada entre lady Bridgerton y la señora Featherington, con victoria de esta última por una nariz en el último metro. Al fin y al cabo, hay tres Featherington casaderas en el mercado, mientras que lady Bridgerton solo tiene que ocuparse de una.

Sin embargo, sería recomendable que todas aquellas personas con dos dedos de frente se mantuvieran muy, muy alejadas de los hombres solteros cuando las hermanas E, F y H Bridgerton se presenten en sociedad. Lady B no es de las que miran a ambos lados antes de entrar en un salón de baile con tres hijas detrás, y que el Señor nos asista si decide ponerse botas con la punta de metal.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

28 de abril de 1813

Simon pensó que la noche no podía empeorar. Nunca lo hubiera dicho, pero el extraño encuentro con Daphne Bridgerton acabó por convertirse en lo

mujer era una joven encantadora aunque, desafortunadamente, tenía grandes aspiraciones sociales y se ve que, en cuanto lo conoció, decidió que su camino a la felicidad pasaba por ser la que introdujera al nuevo duque en sociedad. Y Simon, aunque solía definirse como un hombre de mundo y bastante cínico, descubrió que no era lo bastante maleducado como para insultar a la mujer de un viejo amigo de Universidad.

Y así, dos horas más tarde, le había presentado a todas las chicas casaderas del baile, a todas las madres de las chicas casaderas y, por supuesto, a cada hermana mayor casada de cada chica casadera. Simon no sabría decir qué grupo había sido peor. Las chicas casaderas eran terriblemente aburridas,

las madres eran descaradamente ambiciosas y las hermanas… bueno, Simon llegó a plantearse si había ido a parar a un burdel. Seis de ellas le habían hecho insinuaciones sin ningún tipo de paliativos, dos le habían dado notas invitándolo a los tocadores y una incluso le había acariciado el muslo.

En conjunto, Daphne Bridgerton empezaba a parecerle de lo mejorcito.

Y hablando de Daphne, ¿dónde se había metido? Creía haberla visto de reojo hacía más o menos una hora rodeada de sus hermanos, un grupo que intimidaba. No es que, por separado, intimidaran a Simon, pero tenía claro que uno tendría que ser imbécil para provocarlos en grupo.

Pero desde entonces parecía que se la había tragado la tierra. De hecho, era la única chica casadera del baile que no le habían presentado.

No creía que Berbrooke la volviera a molestar después de haberlo dejado en el pasillo. Al fin y al cabo, le había dado un buen puñetazo en la mandíbula y tardaría un rato en despertarse. Y más teniendo en cuenta la cantidad de alcohol que había ingerido durante toda la noche. E incluso, aunque Daphne

montones de lazos.

Pensó en Daphne, con su sencillo a la par que elegante vestido verde.

Daphne, con esos ojos marrones y esa sonrisa…—¡Duque! —exclamó la madre—. ¡Duque!

Simon parpadeó para volver a la realidad. La familia cubierta de lazos lo había rodeado con tanta eficacia que no fue capaz ni de echar un vistazo hacia Anthony.

—Duque —repitió la madre—, es un honor conocerlo.

Simon asintió con la cabeza. No tenía palabras. Las mujeres estaban tan cerca de él que tenía miedo de ahogarse.

—Nos envía Georgiana Huxley —insistió la mujer—. Me dijo que tenía que presentarle a mis hijas.

Simon no recordaba quién era Georgiana Huxley, pero pensó que le apetecía estrangularla.

—Normalmente, no sería tan atrevida —continuó la señora—, pero su padre era muy, muy buen amigo mío.

Simon se agarrotó.

—Era un hombre maravilloso —continuó, mientras sus palabras se clavaban en la cabeza de Simon como uñas—. Siempre estaba tan pendiente de sus obligaciones para con el título que ostentaba. Debió de ser un padre fabuloso.

—Nosabría decirle —dijo Simon, escuetamente.

—¡Oh!—Laseñora tuvo que toser para aclararse la garganta varias veces antes de poder continuar—. Ya veo. Bueno. ¡Dios mío!

mujeres por donde escapar.

—Lepresento a mis hijas —dijo, señalando a las tres jóvenes.

Dos de ellas eran bastante guapas, pero la tercera todavía tenía granos en la cara y llevaba un vestido naranja que no la favorecía en absoluto. Al parecer, no estaba disfrutando de la velada como sus dos hermanas.

—¿No son preciosas? —continuó la señora—. Son mi orgullo y mi

alegría. Y son tan cariñosas…

Simon tuvo la extraña sensación de haber escuchado aquella descripción una vez, cuando fue a comprar un perro.

—Duque, permítame que le presente a Prudence, Philipa y Penelope.

Las jóvenes hicieron una reverencia, pero ninguna se atrevió a mirarlo a los ojos.

—Tengo otra hija en casa —dijo la señora Featherington—. Se llama Felicity. Pero solo tiene diez años y no la dejo venir a estas fiestas.

Simon no entendía por qué esa mujer sentía la necesidad de compartir aquella información con él, así que adquirió un tono aburrido que, con los años, había aprendido que era la mejor manera de ocultar el enfado, y dijo:

—¿Yusted es…?

—¡Oh,le pido disculpas! Soy la señora Featherington, claro. Mi marido

falleció hace tres años, pero era uno de los mejores amigos de su padre…—El final de la frase fue casi como un susurro, porque recordó la anterior reacción de Simon al mencionarle a su padre.

Simon asintió.

—Prudence toca muy bien el piano —dijo ella, cambiando de tema.

alguna alfombra. Simon decidió que si se veía obligado a bailar con alguna, se lo pediría a Penelope.

—Señora Featherington —dijo una voz seca e imponente que no podía pertenecer a nadie más que a lady Danbury—, ¿está acosando al duque con preguntas?

Simon quería responder que sí, pero el recuerdo de la cara mortificada de Penelope Featherington le hizo decir:

—Por supuesto que no.

Lady Danbury levantó una ceja mientras se giraba lentamente hacia él.—Mentiroso.

Se giró hacia la señora Featherington, que se había quedado pálida. La señora Featherington no dijo nada. Lady Danbury no dijo nada. Al final, la señora Featherington murmuró que acababa de ver a su prima, cogió a sus tres hijas y se marchó.

Simon se cruzó de brazos, pero no pudo evitar mirar a su anfitriona con una sonrisa.

—Eso no ha estado demasiado bien, ya lo sabe —dijo.

—¡Bah! Tiene la cabeza llena de pájaros, igual que sus hijas, excepto la más feúcha. —Lady Danbury agitó la cabeza—. Si la vistieran con otro

color…

Simon intentó contener una risa, pero no pudo.

—Nunca aprendió a ocuparse de sus asuntos, ¿verdad?

—Nunca. ¿Qué diversión tendría ocuparme solo de mis cosas? —dijo, y sonrió. Simon juraría que no quería hacerlo, pero sonrió—. Y en cuanto a ti

—¿Disculpe?

—Podías haber venido antes y salvar a tu amigo del cuarteto de las mujeres Featherington.

—Pero estaba disfrutando mucho al verlo en dificultades.—¡Buf!

Y sin decir nada más, o sin emitir ningún sonido más, se fue.

—Esuna mujer de lo más extraña —dijo Anthony—. No me sorprendería que fuera esa maldita lady Whistledown.

—¿Terefieres a la de la columna de chismorreos?

Anthony asintió mientras guiaba a Simon hasta donde se encontraban sus dos hermanos. Mientras caminaban, Anthony sonrió y le dijo:

—Tehe visto hablando con un buen número de respetables señoritas. Simon murmuró algo bastante obsceno entre dientes.

Sin embargo, Anthony solo se rio.—Nodirás que no te había avisado.

—Yame mortifica lo suficiente admitir que tenías razón, así que no me pidas que lo diga en voz alta.

Anthony soltó una carcajada.

—Por ese comentario, creo que yo mismo te presentaré a todas las debutantes de la ciudad.

—Silo haces—leadvirtió Simon—, te prometo que pronto morirás de un modo lento y extremadamente doloroso.

Anthony sonrió.

—¿Espadas o revólveres?

—No, veneno. Veneno del bueno.

una sonrisa.

—Anthony nos ha dicho muchas cosas insultantes sobre usted—añadióColin, con una maliciosa sonrisa en la cara—. Y por eso estoy seguro de que seremos grandes amigos.

Anthony puso los ojos en blanco.

—Estoy seguro de que entiendes por qué mi madre está convencida de que Colin será el primero de sus hijos en volverla loca.

—Enrealidad, me enorgullezco de eso —dijo Colin.

—Afortunadamente, mamá ha podido tomarse un descanso de los innegables encantos de Colin —dijo Anthony—. Acaba de regresar de un largo viaje por Europa.

—Hellegado esta misma noche —dijo Colin, con una sonrisa infantil. Tenía un aire juvenil y despreocupado. Simon pensó que no debía de ser mucho mayor que Daphne.

—Yotambién acabo de regresar de mis viajes —dijo Simon.

—Sí,bueno, pero según tengo entendido usted ha viajado por todo el mundo —dijo Colin—. Me encantaría escucharle hablar de las tierras lejanas.

—Seráun placer —dijo Simon, educadamente.

—¿Ha conocido a Daphne? —preguntó Benedict—. Es la única Bridgerton que está desaparecida.

Simon estaba considerando cuál sería la mejor respuesta a esa pregunta cuando Colin soltó una carcajada y dijo:

—Pobre Daphne; no está desaparecida. Ya le gustaría, pero no.

Simon miró hacia el otro lado del baile, donde estaba Daphne junto a una mujer que debía de ser su madre, y parecía completamente agobiada.

—¿Diez minutos? —dijo Anthony—. Pobre Macclesfield. Simon lo miró con curiosidad.

—Y no lo digo porque Daphne sea aburrida —se apresuró a añadir

Anthony—. Pero cuando mamá se empecinaen…

—Perseguir —dijo Benedict, para ayudar a su hermano.

—…a un caballero —dijo, con un gesto de agradecimiento hacia su

hermano—, puede ser de lomás…—Exasperante —dijo Colin. Anthony sonrió.

—Exacto.

Simon miró a Daphne, su madre y el conde. Daphne parecía muy agobiada; Macclesfield no dejaba de mirar a un lado y otro en busca de la salida más cercana; mientras lady Bridgerton tenía un brillo tan ambicioso en los ojos que Simon sintió pena por el pobre conde.

—Deberíamos salvar a Daphne —dijo Anthony.—Yotambién lo creo—añadióBenedict.

—Ya Macclesfield —dijo Anthony.—Por supuesto—añadióBenedict.

Pero Simon vio que ninguno de los dos hacía ningún movimiento.—Solo palabras, ¿no? —dijo Colin, sonriendo.

—Tútampoco estás corriendo para salvarla —respondió Anthony.

—Nilo sueñes. Pero yo no he dicho que quisiera hacerlo. En cambio,

vosotros…

—¿Quédiablos os pasa? —preguntó Simon, al final.

mamá, y en ese caso estaré perdido.

Simon se atragantó con la súbita risa que le provocó la idea de la madre de Anthony paseándolo por el baile y presentándolo a todas las jóvenes solteras.

—Ahora entiendes por qué huyo de estas fiestas como de la plaga —dijo Anthony—. Me atacan por los dos lados. Si las jóvenes casaderas y sus madres no me encuentran, mi madre se asegura de que sea yo quien las encuentre.

—¡Oye! —exclamó Benedict—. Hastings, ¿por qué no vas tú?

Simon lanzó una mirada a lady Bridgerton, que en ese momento tenía a Macclesfield agarrado por el brazo, y decidió que prefería que lo tacharan de cobarde.

—Nonos han presentado, así que creo que sería de lo más inapropiado—dijo.

—Yono estoy tan seguro —dijo Anthony—. Eres un duque.—¿Y?

—¿Y?—repitió Anthony—. Mamá perdonaría cualquier comportamiento inapropiado si eso significara que un duque le dedicara su tiempo a Daphne.

—Escúchame atentamente —dijo Simon, muy serio—. No soy ningún cordero al que sacrificar en el altar de tu madre.

—Has pasado mucho tiempo en África, ¿no? —interrumpió Colin. Simon lo ignoró.

—Además, tu hermana dijo…

Los tres Bridgerton se giraron inmediatamente hacia él. En ese mismo instante, Simon supo que había metido la pata. Y bien metida.

Anthony se giró hacia Benedict.

—Debió de ser cuando huía de Berbrooke. Benedict se giró hacia Colin.

—Por cierto, ¿qué ha pasado con Berbrooke? ¿Lo sabes? Colin se encogió de hombros.

—Notengo la menor idea. Posiblemente, se ha marchado a casa a curarse el corazón roto.

«O la cabeza rota», pensó Simon.

—Bueno, eso lo explica todo —dijo Anthony, dejando el semblante de hermano mayor para volver a ser el amigo del alma.

—Excepto —dijo Benedict, algo receloso— por qué no nos lo había dicho.

—Porque no he tenido la oportunidad —respondió Simon, levantando los brazos en señal de rendición—. Por si no te has dado cuenta, Anthony, tienes muchos hermanos y se necesita mucho tiempo para que te los presenten a todos.

—Solo estamos dos —puntualizó Colin.

—Mevoy a casa —dijo Simon—. Estáis locos los tres.

Benedict, que parecía el hermano más protector, sonrió de repente.—Notienes hermanas, ¿verdad?

—No, gracias a Dios.

—Cuando tengas una hija, lo entenderás.

Simon estaba seguro de que nunca tendría una hija, pero no dijo nada.—Una hermana sirve de prueba —dijo Anthony.

que vuestra madre le ha prohibido que la vieran en mi compañía en público.

—¿Mamáha hecho eso? —preguntó Colin—. Debe de precederte una reputación horrible.

—Dela cual una gran parte es inmerecida —dijo Simon, sin saber por quése estaba defendiendo.

—Es una lástima —dijo Colin—. Pensaba pedirte que me dejaras acompañarte algún día por ahí.

Simon preveía un largo y próspero futuro de pícaro para ese chico. Anthony le clavó el puño en la espalda a Simon y lo empujó hacia delante.—Estoy seguro de que, si le muestras todos tus encantos y tu buena

educación, mamá cambiará de idea. Vamos.

A Simon no le quedó otra opción que caminar hacia Daphne. La alternativa suponía montar una escena y ya hacía tiempo que Simon había descubierto que las escenas no se le daban demasiado bien. Además, si hubiera estado en la posición de Anthony, seguramente habría hecho lo mismo.

Y, después de todo, comparada con las hermanas Featherington y sus semejantes, Daphne no sonaba tan mal.

—¡Mamá!—exclamó Anthony, cuando se acercaron a la vizcondesa—. No te he visto en toda la noche.

Simon vio que a lady Bridgerton se le iluminaron aquellos ojos azules cuando vio a su hijo. Mamá ambiciosa o no, lo que quedaba claro era que lady Bridgerton quería a sus hijos.

—¡Anthony! —exclamó—. Casi no te he visto en toda la noche. Daphne y yo estábamos aquí charlando con lord Macclesfield.

Anthony lo miró divertido y comprensivo.

—Entonces vaya con él, por el amor de Dios.

Y el conde se marchó sin perder ni un segundo.

—Creía que odiaba a su padre —dijo lady Bridgerton, desconcertada.—Ylo odia —dijo Daphne.

Simon contuvo una risa. Daphne levantó las cejas, retándolo a hacer un comentario.

—Bueno, en cualquier caso, le precedía una no muy brillante reputación—dijo lady Bridgerton.

—Alparecer, es algo que flota en el ambiente, últimamente —murmuróSimon.

Daphne abrió los ojos y en esta ocasión fue Simon el que levantó las cejas y la retó a que hiciera un comentario.

Daphne no dijo nada, por supuesto, pero su madre lo miró fijamente, y Simon supo que estaba intentando decidir si el ducado que acababa de recibir era suficiente para borrar su mala reputación.

—Creo que no pude conocerla personalmente antes de abandonar el país, lady Bridgerton —dijo Simon—, pero es un placer hacerlo ahora.

—El placer es mío —respondió, y se giró hacia Daphne—. Mi hija Daphne.

Simon cogió la mano enguantada de Daphne y depositó un escrupuloso beso en los nudillos.

—Esun honor conocerla de manera oficial, señorita Bridgerton.—¿Demanera oficial? —exclamó lady Bridgerton.

Daphne abrió la boca para responder, pero Simon se le adelantó.

Entonces, volvía a sonreír.

Simon reprimió sus ganas de huir de allí. Anthony se le acercó y le susurró al oído:

—Losiento.

Entre dientes, Simon le respondió:

—Voy a matarte.

La mirada de hielo de Daphne decía que los había oído y que no le había hecho gracia.

Sin embargo, lady Bridgerton no se percató de nada, porque ya tenía la cabeza llena de imágenes de la boda del año.

Entonces, entrecerró los ojos y se concentró en algo que sucedía detrás de los hombres. Parecía tan enfadada que Simon, Anthony y Daphne se giraron para ver qué pasaba.

La señora Featherington se dirigía muy decidida hacia el duque, acompañada por Prudence y Philipa. Simon vio que no había ni rastro de Penelope.

Las situaciones desesperadas, pensó Simon, exigían medidas desesperadas.

—Señorita Bridgerton —dijo, dirigiéndose a Daphne—, ¿me concede este baile?

¿Fueron al baile de lady Danbury anoche? Si no es así, es una lástima. Porque se perdieron el acontecimiento de la temporada. A todos los asistentes les quedó claro, y sobre todo a esta autora, que la señorita Daphne Bridgerton ha llamado la atención del recién llegado de Europa duque de Hastings.

Suponemos el alivio de lady Bridgerton. ¡Sería horroroso si Daphne se quedara soltera una temporada más! Además, lady B aún tiene que casar a tres hijas más. ¡Qué horror!

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

30 de abril de 1813

Daphne no tuvo otra opción.

En primer lugar, su madre la miraba como diciendo «Si dices que no, te arrepentirás».

En segundo lugar, estaba claro que el duque no le había explicado toda la verdad sobre su encuentro a Anthony, así que negarse a bailar con él levantaría muchas suspicacias.

Eso sin mencionar la poca gracia que le hacía verse inmersa en una conversación con las Featherington, algo que irremediablemente iba a suceder si no salía de allí de inmediato.

Y, por último, la idea de bailar con el duque le resultaba un poco atractiva. Además, el muy arrogante no le dio ni tiempo para responder. Antes de

que pudiera decir «encantada» o un simple«sí»,el duque ya se la había

que ninguno de los dos queramos eso.

Simon ladeó la cabeza y la miró con aceptación, como si hubiera analizado su personalidad en un instante y le estuviera dando su aprobación. A Daphne le pareció de lo más desconcertante.

Y entonces la orquesta empezó a tocar las primeras notas de un vals. Simon hizo una mueca.

—¿Laschicas jóvenes todavía necesitan permiso para bailar un vals? Para más incomodidad de Simon, Daphne lo miró sonriendo.

—¿Cuánto tiempo ha estado fuera?—Cinco años. ¿Lo necesitan?

—Sí.

—¿Yusted lo tiene?

La miró horrorizado ante la perspectiva de ver su plan arruinado.—Por supuesto.

La tomó en sus brazos y empezó a girar junto con las demás parejas.—Bien.

Cuando habían dado la vuelta entera al salón, Daphne preguntó:

—¿Quéles ha explicado a mis hermanos de nuestro encuentro? Le he visto hablando con ellos, ¿sabe?

Simon sonrió.

—¿Dequé se ríe? —preguntó ella.

—Meestaba maravillando de su aguante.—¿Disculpe?

Simon se encogió de hombros y ladeó la cabeza.

—Elúnico villano de esta historia es Nigel, sin duda.—Por supuesto.

Daphne se mordió el labio inferior.

—¿Cree que todavía estará en el pasillo?

—Leaseguro que no tengo ninguna intención de ir a verificarlo. Se produjo un extraño silencio, y entonces Daphne dijo:

—Hacía mucho que no asistía a un baile en Londres, ¿verdad? Nigel y yo hemos debido de ser un recibimiento lastimoso.

—Usted ha sido el mejor recibimiento. Él no. Daphne sonrió por el cumplido.

—Dejando aparte nuestra pequeña aventura, ¿ha disfrutado de la velada? La respuesta negativa de Simon fue tan obvia que incluso, antes de

responder, soltó una risa.

—¿Deverdad? —dijo Daphne, arqueando las cejas con curiosidad—. Eso sí que es interesante.

—¿Mi agonía le resulta interesante? Recuérdeme que, en caso de enfermedad, nunca recurra a usted.

—Oh, por favor —dijo Daphne, burlándose—. No ha podido estar tan mal.

—Síque ha podido.

—Seguro que no ha sido peor que la mía.

—Debo admitir que parecía bastante aburrida cuando estaba con Macclesfield —admitió él.

—Esusted muy amable por decir eso —dijo ella.—Pero sigo creyendo que mi velada ha sido peor.

más interesante.

—Seme ocurren muchos adjetivos para describir a todos los «quienes»que he conocido esta noche, pero le aseguro que interesante no es uno de ellos.

—Bueno —dijo ella—, no sea maleducado. También le he visto hablando con mis hermanos.

Él asintió galantemente, acercándola más a él por la cintura mientras giraban por el salón.

—Lepido disculpas. Los Bridgerton, por supuesto, quedan excluidos de mis insultos.

—Eso nos tranquiliza a todos, se lo aseguro.

Simon sonrió ante la absoluta inexpresividad de Daphne.—Vivo para hacer feliz a la familia Bridgerton.

—Esa es una afirmación que algún día puede volverse en su contra—respondió ella—. Pero, hablando en serio, ¿qué es lo que le molesta tanto? Si su noche ha ido tan a mal desde nuestro encuentro con Nigel, debe de estar en una situación realmente desesperada.

—¿Cómopodría decirlo sin ofenderla? —preguntó.

—Ah, no se preocupe por mí —dijo Daphne, quitándole importancia—. Prometo no sentirme ofendida.

Simon le lanzó una sonrisa maliciosa.

—Una afirmación que algún día puede volverse en su contra.

Daphne se sonrojó. La rojez apenas era perceptible a la luz de las velas, pero Simon la había observado muy de cerca. Ella no dijo nada, así que Simon añadió:

—¿Esuna proposición?

Simon sintió que la sangre no le llegaba a la cabeza.

—Yalo sabía.—Lomiró y soltó un suspiro de impaciencia—. Por el amor de Dios. Ya puede respirar, Hastings. Solo bromeaba.

Simon quería hacer un comentario irónico y sarcástico pero lo cierto es que la pregunta de Daphne lo había dejado helado.

—Respondiendo a su pregunta —continuó ella, con una voz más apagada de lo que le había oído hasta ahora—. Una chica debe considerar todas las

opciones. Tenemos a Nigel, obviamente, pero creo que estará de acuerdo conmigo en que no es el mejor candidato.

Simon agitó la cabeza.

—Aprincipios de año, estuvo lord Chalmers.

—¿Chalmers? —preguntó Simon, frunciendo el ceño—. ¿No está…?

—¿Cerca de la setentena? Sí. Y, como algún día me gustaría tener hijos,

me pareció que…

—Unhombre de esa edad todavía puede engendrar hijos—ledijo Simon.—Era un riesgo que no estaba dispuesta a correr. Además —dijo,

estremeciéndose, con una expresión de revulsión—, la idea de engendrarlos con él no me atraía demasiado.

Simon se imaginó a Daphne en la cama con el viejo Chalmers y, muy a su pesar, sintió una punzada en el corazón. Era una imagen bastante desagradable que lo enfureció un poco, no sabía muy bien con quién; a lo

mejor consigo mismo por atreverse a imaginarse tal cosa, pero…

—Y antes de lord Chalmers —continuó Daphne y, afortunadamente, interrumpió los pensamientos de Simon—, hubo dos más, aunque igual de

Simon se encogió de hombros.—¿Quéle pasa al título?

—Sino se casa y engendra un heredero, desaparecerá. O irá a parar a cualquier primo despiadado.

Ante eso, Simon levantó una ceja.

—¿Ycómo sabe que mis primos son despiadados?

—Todos los primos que siguen en la línea de sucesión de un título nobiliario lo son. —Ladeó la cabeza—. O, al menos, lo son para con el poseedor de dicho título.

—¿Yeso lo ha aprendido de su profundo conocimiento de los hombres?—bromeó él.

Daphne lo miró con una superioridad aplastante.—Por supuesto.

Simon se quedó callado unos momentos y, al rato, dijo:

—¿Vale la pena?

Daphne lo miró desconcertada por el repentino cambio de tema.—¿Elqué?

Le soltó la mano lo justo para agitar la suya en el aire.

—Esto. Este interminable desfile de fiestas. Con su madre pisándole los talones siempre.

Daphne abrió la boca, sorprendida.

—Dudo de que ella lo viera igual —dijo y luego, con la mirada perdida en algún asunto del salón, añadió—: Pero sí, supongo que vale la pena. Tiene que valerla.

negarse eso. Pero debería dejarla intacta para otro hombre.

—¿Duque? —preguntó Daphne y, cuando Simon la miró, añadió—:

¿Dónde estaba?

Simon inclinó la cabeza.

—Pensaba en lo que ha dicho.—¿Yle parece bien?

—En realidad, no recuerdo la última vez que hablé con alguien que tuviera tanto sentido común —dijo, lentamente—. Está muy bien saber qué se quiere en la vida.

—¿Yusted lo sabe?

¿Cómo responder a esa pregunta? Simon sabía que había ciertas cosas que no podía decir. Pero es que era tan fácil hablar con esta chica. Estaba cómodo con ella, aunque algo en su interior ardiera de deseo por ella. Habitualmente, no era normal mantener ese tipo de conversaciones cuando se acababa de conocer a alguien pero, de algún modo, entre ellos surgió de manera natural.

Al final, Simon dijo:

—Cuando era más joven, hice una serie de promesas. Y ahora intento vivir mi vida acorde a esas promesas.

Ella lo miró con curiosidad, pero la buena educación le prohibió hacer más preguntas.

—Dios mío —dijo ella, con una sonrisa un tanto forzada—, nos hemos puesto muy serios. Y yo que creía que estábamos hablando de quién lo había pasado peor esta noche.

En ese momento, Simon se dio cuenta de que los dos estaban atrapados. Atrapados por las convenciones y las expectativas sociales.

—¿Vaa eliminar a mi madre de la vida social? ¿No le parece una decisión un poco extrema?

—Noestoy hablando de eliminar a su madre de la vida social, sino a usted.

Daphne se tropezó con su propio pie y, cuando recuperó el equilibrio, tropezó con los de Simon.

—¿Cómodice?

—Cuando volví, mi intención era evitar todo este circo—leexplicó—. Pero estoy descubriendo que me va a resultar totalmente imposible.

—¿Porque de repente no puede pasar sin ratafía y limonada aguada? —se burló ella.

—No—dijo Simon, ignorando todo el sarcasmo de Daphne—. Más bien porque me he encontrado con que la mitad de mis amigos de la Universidad se han casado y, ahora, sus esposas parecen obsesionadas con ofrecer una

gran fiesta…

—Yle han invitado. Simon asintió, sonriente.

Daphne se le acercó, como si le fuera a confesar un secreto.—Esun duque—dijo—.Puede decir que no.

Observó con fascinación cómo se le tensaba la mandíbula.

—Esos hombres—dijo—,sus maridos… son mis amigos. Daphne notó que se estaba riendo, aunque estuviera mal.—Yusted no quiere herir los sentimientos de sus esposas. Simon hizo una mueca, incómodo por el cumplido.

Daphne asintió.

—Alo mejor hay una manera de que me pueda librar de las hermanas Featherington y sus semejantes y, al mismo tiempo, usted pueda ahorrarse los intentos de emparejarla de su madre.

Daphne lo miró a los ojos.—Continúe.

Simon la miró con intensidad.—Nos comprometeremos.

Daphne se quedó callada. Sencillamente, lo miraba intentando decidir si era el hombre más maleducado que había conocido o si estaba loco.

—Noserá un compromiso de verdad—añadióSimon, impaciente—. Dios mío, ¿qué clase de hombre cree que soy?

—Bueno, ya me habían advertido sobre su reputación —dijo Daphne—. Y esta misma noche trató de intimidarme con sus encantos, en el pasillo.

—Noes verdad.

—Claro que lo es —dijo ella, dándole un golpe en el brazo—. Pero le perdono. Estoy segura de que no pudo evitarlo.

Simon parecía sorprendido.

—Ninguna mujer me había tratado nunca con tal condescendencia. Ella levantó los hombros.

—Seguro que sí, pero hace mucho tiempo y no lo recuerda.

—¿Sabe una cosa? Al principio, creí que seguía soltera porque sus hermanos habían ahuyentado a todos sus pretendientes, pero ahora empiezo a preguntarme si no lo habrá hecho usted solita.

Para su sorpresa, Daphne solo rio.

me libraré de las debutantes porque ya no seré un hombre disponible.

—Eso no es así—lerectificó Daphne—. No lo verán como tal hasta que esté delante del obispo pronunciando sus votos.

Solo la idea hizo que se le revolviera el estómago.

—Tonterías—dijo—.A lo mejor tardan un poco de tiempo, pero estoy seguro de que, al final, podré convencer a toda la sociedad de que no estoy disponible para el matrimonio.

—Excepto conmigo—añadióDaphne.

—Excepto con usted—dijo—,pero nosotros sabremos que no es verdad.—Por supuesto —dijo Daphne—. Honestamente, no creo que funcione,

pero si está tan convencido…—Loestoy.

—¿Yyo qué consigo?

—Enprimer lugar, si su madre cree que estoy interesado en usted, dejaráde pasearla de hombre en hombre.

—Algo engreído de su parte —dijo ella sonriendo—, pero cierto. Simon ignoró, una vez más, el comentario.

—Yen segundo lugar —continuó—, los hombres están más interesados en una mujer cuando otro hombre se interesa por ella.

—¿Yeso qué quiere decir?

—Quiere decir, sencillamente, y perdone el engreimiento —dijo, lanzándole una sardónica mirada para demostrar que había escuchado su sarcástico comentario anterior—, que si todos creen que voy a convertirla en mi duquesa, todos esos hombres que solo la consideran una buena amiga, empezarán a mirarla con otros ojos.

algún posible pretendiente.

—Sí—dijo, con firmeza—. Lo haré.

—¿Porqué crees que tardan tanto?

Violet Bridgerton tiró de la manga de la chaqueta de su hijo, incapaz de apartar la mirada de su hija, que, al parecer, había llamado la atención del duque de Hastings. Solo llevaban una semana en Londres y ya se habían convertido en la bomba de la temporada.

—Nolo sé —respondió Anthony, mirando aliviado las espaldas de las mujeres Featherington, que se alejaban hacia su próxima víctima—. Pero parece que lleven horas caminando.

—¿Crees que al duque le gusta Daphne? —preguntó Violet, emocionada—. ¿Crees que nuestra Daphne realmente tiene alguna posibilidad de convertirse en duquesa?

A Anthony se le llenaron los ojos de impaciencia e incredulidad.

—Madre, tú misma le dijiste a Daphne que ni siquiera debían verla en público con el duque y ahora piensas en casarlos. Increíble.

—Mis palabras fueron prematuras —dijo, agitando la mano en el aire—. Está claro que es un hombre muy refinado y con buen gusto. Y, si puedo preguntarlo, ¿cómo sabes tú lo que le dije a Daphne?

—Melo dijo ella, claro —mintió Anthony.

—¡Hum! Está bien. Además, estoy convencida que Portia Featherington no olvidará esta noche mientras viva.

Anthony abrió los ojos como platos.

Anthony, compórtate. ¡Daphne! ¡Duque! —Hizo una pausa hasta que la pareja se detuvo frente a ella—. Por lo que veo, habéis disfrutado del baile.

—Mucho —dijo Simon—. Su hija es grácil y encantadora en partes iguales.

Anthony dio un resoplido de incredulidad. Simon lo ignoró.

—Espero que tengamos el placer de volver a bailar juntos muy pronto. A Violet se le iluminó la mirada.

—Estoy convencida que a Daphne le encantaría.—Ycomo Daphne no dijo nada, Violet añadió—: ¿No es verdad, Daphne?

—Por supuesto —respondió ella, con recato.

—Seguro que su madre no sería tan permisiva de dejar que me concediera

otro baile —dijo Simon, con ese aire de cortés duque—, pero espero que nos dé su permiso para dar un paseo por el salón de baile.

—Acabáis de dar un paseo por el salón —dijo Anthony. Simon volvió a ignorarlo.

—Nos mantendremos siempre donde usted pueda vernos, por supuesto—le dijo a Violet.

El abanico de seda que Violet tenía en la mano empezó a agitarse a toda velocidad.

—Sería un honor. Bueno, para Daphne sería un honor. ¿No es así, querida?

Daphne era la viva imagen de la inocencia.—Por supuesto.

Entonces, bastante malhumorado, Anthony dijo:

—¿Quédiablos crees que estás haciendo?—ledijo, en voz baja.—¡Proteger a mi hermana!

—¿Delduque? No puede ser tan malo. En realidad, me recuerda a ti. Anthony hizo una mueca.

—Entonces, puedes estar convencida de que necesita mi protección. Violet le dio un golpe en el brazo.

—Noseas tan sobreprotector con ella. Si Hastings hace el más mínimo intento de sacarla al balcón, te prometo que te dejaré ir a rescatarla. Sin embargo, hasta que eso, que es tan improbable, suceda te pido por favor que dejes que tu hermana disfrute de su momento de gloria.

Anthony miró a Simon.

—Mañana mismo lo mataré.

—¡Dios mío! —dijo Violet, agitando la cabeza—. No sabía que fueras tan

obsesivo. Se supone que, como madre tuya que soy, debería saberlo, sobre

todo porque eres el mayor y, por lo tanto, eres al que más conozco, pero…—¿Eseno es Colin?—lainterrumpió Anthony.

Violet parpadeó y luego entrecerró los ojos.

—Sí.Sí que lo es. ¿No es magnífico que haya regresado antes de tiempo?

Cuando lo vi, hace una hora, casi no me lo podía creer. De hecho, pensaba…—Serámejor que vaya con él —dijo Anthony—. Parece aburrido. Adiós,

madre.

Violet observó cómo Anthony se alejaba, posiblemente huyendo de su charla aleccionadora.

—Tonto —dijo, en voz baja.

¡Maldición! ¿Qué diablos hacía Hastings bailando con Penelope Featherington?

Ha llegado a oídos de esta autora que ayer por la noche el duque de Hastings dijo, al menos en seis ocasiones, que no tenía ninguna intención de casarse. Si lo que pretendía era desanimar a las madres ambiciosas, estaba equivocado. Ellasúnicamente verán en esas palabras un reto aún mayor.

Y, en una interesante nota adjunta, la media docena de declaraciones de principios se produjeron antes de que el duque conociera a la encantadora y sensible señorita (Daphne) Bridgerton.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

30 de abril de 1813

Al día siguiente, por la tarde, Simon estaba en la escalera de casa de Daphne, con una mano en el picaporte y la otra sosteniendo un precioso ramo de tulipanes de los más caros. A él no se le había ocurrido que esta pequeña farsa que habían organizado requeriría sus atenciones durante las horas del día pero, durante el breve paseo que dio con Daphne por el baile, ella acertadamente le dijo que si no la visitaba al día siguiente nadie, y mucho menos su madre, se creerían que realmente estaba interesado en ella.

Simon supuso que tenía razón, ya que creía que ella tenía más experiencia que él en todos esos detalles. Él, muy obediente, fue a comprar las flores y se dirigió hacia la casa de los Bridgerton en Grosvenor Square. Nunca le había

Daphne y le estaba recitando una poesía.

A juzgar por la naturaleza floral de los versos, era de esperar que, en cualquier momento, le saliera un rosal por la boca.

Simon decidió que la escena era de lo más desagradable.

Miró fijamente a Daphne, que le estaba dedicando su espléndida sonrisa al bufón que recitaba poesía, y esperó a que lo viera.

No lo hizo.

Simon miró la mano que tenía libre y vio que estaba cerrada en un puño. Miró a todos los hombres que rodeaban a Daphne y trató de decidir en la cara de quién clavarlo.

Daphne volvió a sonreír y, otra vez, la sonrisa no fue para él.

Ese estúpido poeta. Simon inclinó la cabeza para estudiar mejor la cara del joven. ¿El morado le quedaría mejor en la cuenca del ojo derecho o en la del izquierdo? A lo mejor eso era demasiado violento. Quizá sería más apropiado un certero derechazo en la mandíbula. Como mínimo, lograría que se levantara del suelo.

—Este poema —anunció el chico con grandilocuencia—, lo escribí en su honor ayer por la noche.

Simon resopló. El anterior había sido una grandiosa rendición a un soneto de Shakespeare, pero uno original era más de lo que podía soportar.

—¡Duque!

Simon levantó la mirada para ver que Daphne por fin se había percatado de su llegada.

Simon asintió, un poco extraño de estar con ella en presencia de aquellos cachorros.

su presencia.

—Nome imagino en cualquier otro lugar —dijo, al tiempo que le cogía la enguantada mano y se la besaba—. Su hija es una joven excepcional.

La vizcondesa suspiró con satisfacción.

—¡Yqué flores tan bonitas! —dijo, después del manifiesto de orgullo materno—. ¿Son de Holanda? Han debido de costarle mucho.

—¡Madre! —interrumpió Daphne. Apartó la mano de la de un pretendiente particularmente fuerte y se levantó—. ¿Y qué respuesta va a darte el duque ahora?

—Podría decirle lo que me han costado —dijo Simon, con una maliciosa sonrisa.

—Nolo haría.

Simon se acercó, de modo que solo Daphne pudiera oírlo.

—¿Nome recordó usted misma ayer por la noche que soy un duque?—dijo—. Pensaba que me había dicho que podía hacer lo que quisiera.

—Sí,pero eso no —dijo Daphne, agitando la mano—. Usted no sería tan grosero.

—¡Claro que no es grosero! —exclamó Violet, horrorizada de que Daphne se atreviera a pronunciar esa palabra delante del duque—. ¿De quéhablabais? ¿Qué resultaría grosero?

—Las flores —dijo Simon—. El precio. Daphne cree que no debería decirle lo que me han costado.

—Yame lo dirá luego—lesusurró la vizcondesa al oído—. Cuando no nos escuche.

carruajes por las calles.

Simon, sumándose a la conversación, dijo:

—Lopeor que puede hacer un hombre es hacer esperar a su madre.

—Muy bien dicho, duque —dijo Violet—. Puede estar seguro de que les he dicho eso mismo a mis propios hijos.

—Ysi no está seguro —dijo Daphne—, para mí sería un placer responder por ella.

Violet se limitó a sonreír.

—Sialguien debería saberlo, eres tú, Daphne. Y ahora, si me disculpan, tengo que atender algunos asuntos. ¡Señor Crane! ¡Señor Crane! Su madre jamás me perdonaría que no le dejara marcharse a tiempo. —Violet salió, llevándose al pobre señor Crane por el brazo, que apenas tuvo tiempo de despedirse.

Daphne miró a Simon sonriente.

—No sabría decirle si es terriblemente educada o exquisitamente maleducada.

—¿Exquisitamente educada? —preguntó Simon. Daphne agitó la cabeza.

Entonces, como por arte de magia, los demás hombres que estaban en el salón se levantaron y se despidieron.

—Muy eficaz, ¿no le parece? —dijo Daphne.—¿Sumadre? Es una maravilla.

—Volverá, no crea.

—Lástima. Y ahora que creía que ya la tenía en mis garras. Daphne se rio.

—He estado muy lejos de aquí. —Simon tuvo que hacer grandes esfuerzos para no volver a perderse en sus ojos—. Esto es totalmente distinto.

Daphne se rio; un sonido muy musical.

—Haestado en países muy lejanos, ¿verdad? Y yo nunca he ido más alláde Lancashire. Debo parecerle de lo más provinciana.

Simon prefirió hacer caso omiso de ese comentario.

—Debe disculpar mi actitud. Creo que estábamos discutiendo acerca de mi absoluta falta de sentido del humor.

—Noes cierto, y lo sabe —dijo Daphne, colocando los brazos en jarra—. Le he dicho, concretamente, que tiene un sentido del humor muy superior al de la media de los vividores.

Simon arqueó una ceja.

—¿Ypondría a sus hermanos en ese saco de vividores?

—Ellos creen que lo son—locorrigió—. Hay una gran diferencia con serlo.

Simon resopló.

—SiAnthony no lo es, compadezco a la mujer que se cruce con uno en su vida.

—Unvividor es mucho más que seducir a una legión de mujeres —dijo Daphne, alegremente—. Si un hombre no sabe hacer otra cosa que meterle la

lengua a una mujer hasta el esófago y besarla…

A Simon se le hizo un nudo en la garganta pero, aun así, consiguió decir:

—Nodebería hablar de esas cosas. Daphne levantó los hombros.

—Nisiquiera debería saberlas —dijo él.

—Nosé si darle las gracias o ahogarla.

—¿Ahogarme? Santo Dios, ¿por qué? —dijo Daphne, riéndose, un sonido que a Simon le llegó a lo más profundo.

Simon suspiró profundamente, pero no le sirvió para calmarle el pulso tan acelerado que tenía. Si Daphne no dejaba de sonreír, juraba que no podría responder de las consecuencias.

Sin embargo, ella no dejó de mirarlo y sonreír, una de aquellas sonrisas que parecían estar perpetuamente al límite de la risa.

—Basándome en el principio general, voy a ahogarla—gruñóSimon.—¿Yqué principio es ese?

—Elprincipio general de todo hombre —respondió él. Ella arqueó las cejas, curiosa.

—¿Unoopuesto al principio general de toda mujer? Simon miró a su alrededor.

—¿Dóndeestá su hermano? Está siendo muy descarada. Seguramente, debería venir alguien para controlarla.

—Estoy segura de que no tardará demasiado en ver a Anthony. En realidad, estoy sorprendida de que todavía no haya venido. Anoche estaba bastante enfadado. Tuve que soportar una charla de una hora sobre sus defectos y pecados.

—Leaseguro que los pecados son, en gran parte, exagerados.—¿Ylos defectos?

—Posiblemente sean ciertos —admitió Simon.

Aquel comentario hizo que Daphne volviera a sonreír.

—Bueno, ciertos o no, mi hermano piensa que usted quiere algo.

—Miquerida Daphne…

Daphne abrió la boca, sorprendida.

—¿Nopretenderás que te llame señorita Bridgerton? —dijo Simon—. Después de todo lo que hemos pasado.

—Nohemos pasado nada, no diga tonterías, pero supongo que puede llamarme Daphne.

—Excelente —dijo Simon, asintiendo con condescendencia—. Tú puedes llamarme duque.

Daphne le dio un golpe en el brazo.

—Deacuerdo —dijo él, sonriendo—. Si te parece mejor, llámame Simon.—Sí,me parece mucho mejor.

Simon se inclinó un poco, y la miró con fuego en los ojos.—¿Deverdad?—dijo—.Me gustaría mucho oírtelo decir.

De repente, Daphne tuvo la extraña sensación de que Simon hablaba de algo mucho más íntimo que la mera mención de su nombre propio. Empezó a notar un extraño calor en los brazos e, inconscientemente, dio un paso atrás.

—Las flores son preciosas —dijo.—Síque lo son.

—Meencantan.—Noson para ti.

Daphne se quedó de piedra. Simon sonrió.—Son para tu madre.

Ella abrió la boca, sorprendida.

—Eres muy listo. Así seguro que cae rendida a tus pies. Pero este gesto te va a salir muy caro, lo sabes, ¿no?

Hubo algo en ese comentario que hizo sonreír a Simon, y Daphne le devolvió la sonrisa.

—Por cierto, debería darte las gracias antes de que vuelva mi madre.—¿Ah,sí? ¿Por qué?

—Tuplan ha sido todo un éxito. Al menos para mí. ¿Has visto cuántos hombres han venido a verme esta mañana?

Simon cruzó los brazos, y los tulipanes quedaron hacia abajo.—Yalo he visto.

—Esbrillante, de verdad. Nunca había recibido tantas visitas en un mismo día. Mamá estaba muy orgullosa. Incluso Humboldt, el mayordomo, sonreía, y nunca antes lo había visto sonreír. ¡Uy, cuidado! El ramo está goteando.

Daphne se inclinó y colocó el ramo hacia arriba pero, al hacerlo, rozó con el antebrazo la parte delantera del abrigo de Simon. Inmediatamente retrocedió, sorprendida por el calor y el poder que desprendía.

¡Dios mío! Si podía sentir todo eso a través de la ropa y el abrigo, cómo

debía de ser…

Se sonrojó. Se puso roja como un tomate.

—Daría todo lo que tengo por ese pensamiento —dijo Simon, levantando las cejas, curioso.

Afortunadamente, Violet escogió ese preciso instante para entrar en el salón.

—Siento mucho haberos abandonado tanto tiempo —dijo—, pero el caballo del señor Crane había perdido una herradura y, naturalmente, tuve que acompañarlo a las cuadras para que alguien se la arreglara.

—Nosé qué decir —dijo Violet, casi sollozando.

—Di«gracias»—lesusurró Daphne al oído, sonriendo.

—Oh, Daff, eres de lo que no hay. —Violet le dio una palmadita en el brazo, y Daphne la vio mucho más rejuvenecida que nunca—. Pero muchas gracias, duque. Son unas flores preciosas pero, ante todo, ha sido usted muy considerado. Recordaré este momento toda la vida.

Pareció como si Simon fuera a decir algo, pero al final solo sonrió e inclinó la cabeza.

Daphne miró a su madre y vio el indudable brillo de la alegría reflejado en sus ojos azul lavanda y se dio cuenta, algo avergonzada, de que ninguno de sus hijos había hecho nada tan considerado hacia su madre como aquel hombre que tenía de pie a su lado.

El duque de Hastings. Allí mismo, Daphne decidió que sería una tonta si no se enamoraba de él.

Obviamente, sería mucho mejor si el sentimiento fuera correspondido.—Madre —dijo Daphne—. ¿Quieres que vaya a buscar un jarrón?

—¿Perdón? —Violet estaba demasiado ensimismada oliendo las flores como para prestarle atención a su hija—. Oh. Sí, claro. Pídele a Humboldt el jarrón de cristal de mi abuela.

Daphne le lanzó una sonrisa de agradecimiento a Simon y se fue hacia la puerta pero, antes de que pudiera dar ni dos pasos, apareció la enorme e imponente figura de su hermano mayor.

—Daphne—dijo—.Justo la persona que necesitaba ver.

Daphne decidió que la mejor estrategia era ignorar aquella grosería.

—¿Quiere mantener esta conversación con mi hijo?—Noespecialmente.

—Deacuerdo, entonces. Anthony, cállate.

Daphne se tapó la boca con la mano pero, aun así, no pudo reprimir una risa.

—¡Tú!—gritó Anthony, señalándola con un dedo—. Cállate.—Alo mejor debería ir a buscar el jarrón —dijo.

—¿Ydejarme a merced de tu hermano? —dijo Simon—. No creo. Daphne arqueó una ceja.

—¿Quieres decir que no eres lo bastante hombre como para enfrentarte aél?

—Nada de eso. Pero es tu hermano, y debería ser tu problema, no el mío y…

—¿Quédiablos está pasando aquí? —gritó Anthony.

—¡Anthony! —exclamó Violet—. No toleraré esa clase de vocabulario malsonante en mi casa.

Daphne se rio.

Simon ladeó la cabeza y miró a Anthony para ver cómo reaccionaba. Anthony hizo una mueca y se giró hacia su madre.

—Nopuedes confiar en él. ¿Tienes alguna idea de lo que está pasando?—lepreguntó.

—Claro que sí —respondió Violet—. El duque ha venido a ver a tu hermana.

—Yhe traído un ramo de flores para tu madre—añadióSimon.

—Nomás de lo que has hecho tú, de eso estoy segura —dijo Violet.

—¡Exacto! —exclamó Anthony—. Dios, sé exactamente lo que estápensando y te prometo que no tiene nada que ver con rosas y poesía.

Simon se imaginó a Daphne tendida en una cama de pétalos de rosas.—Con rosas, a lo mejor —susurró.

—Voy a matarlo —dijo Anthony.

—Esto son tulipanes —dijo Violet—. De Holanda. Y Anthony, tienes que aprender a controlar tus emociones. Tu comportamiento es de lo más impropio.

—Noes digno ni de limpiarle las botas a Daphne con la lengua.

La cabeza de Simon se llenó de más imágenes eróticas, esta vez con él lamiéndole los pies a Daphne. Decidió no hacer ningún comentario.

Además, ya había decidido que no iba a permitir que sus pensamientos fueran en esa dirección. Daphne era la hermana de Anthony, por el amor de Dios, no podía seducirla.

—Meniego a escuchar otro descalificativo sobre el duque —dijo Violet, muy seria—. Y punto.

—Pero…

—¡Anthony Bridgerton, no me gusta tu tono!

Simon creyó oír la risa de Daphne desde la puerta y se preguntó qué le había hecho tanta gracia.

—Sia mi señora madre no le importa —dijo Anthony, muy serio, aunque burlándose un poco de su madre—. Me gustaría hablar en privado con el duque.

—Ahora sí que voy a buscar el jarrón —dijo Daphne, y desapareció.

Se dejó caer en el sofá—. Este es mi salón y estoy muy cómoda aquí. Si queréis embarcaros en ese necio intercambio que los machos de vuestra especie entendéis por conversación, tendréis que hacerlo en otra parte.

Simon parpadeó sorprendido. Obviamente, la madre de Daphne tenía mucho carácter.

Anthony, con un gesto con la cabeza, le indicó a Simon que le siguiera, y este lo hizo.

—Midespacho está por aquí —dijo Anthony.—¿Tienes un despacho aquí?

—Soy el cabeza de familia.

—Claro —dijo Simon—. Pero no vives aquí. Anthony se detuvo y miró muy serio a Simon.

—Tehabrás dado cuenta de que mi posición como cabeza de familia conlleva serias responsabilidades.

Simon lo miró a los ojos.—¿Hablas de Daphne?—Exacto.

—Sino recuerdo mal —dijo Simon—, a principios de semana tú mismo me dijiste que querías presentarnos.

—¡Esofue antes de pensar que podría interesarte!

Simon no dijo nada hasta que llegaron al despacho y Anthony cerró la puerta.

—¿Ypor qué dabas por sentado que no iba a interesarme?

—¿Aparte de porque me has jurado mil veces que no quieres casarte?—dijo Anthony.

Anthony empezó a emitir unos extraños sonidos, así que Simon lo soltó.

—Además —dijo Simon, frotándose las manos—, Daphne me explicó por qué no atrae a ningún pretendiente adecuado.

—¿Ah,sí? —dijo Anthony, con sorna.

—Personalmente, creo que tiene que ver con tu forma de comportarte, tan primate, y la de tus hermanos. Sin embargo, ella dice que es porque todos la ven como a una amiga, y nadie se la imagina como una heroína romántica.

Anthony hizo una larga pausa antes de decir:

—Entiendo.—Yluego, tras otra pausa, añadió, pensativo—: Puede que tenga razón.

Simon no dijo nada, solo observó a su amigo cómo intentaba solucionar todo eso. Al final, Anthony dijo:

—Aun así, no me gusta verte olfateando alrededor suyo.—Madre mía, me haces parecer un perro y no un hombre. Anthony cruzó los brazos.

—Note olvides que éramos del mismo grupo en Oxford. Sé exactamente lo que has hecho.

—¡Porel amor de Dios, Bridgerton! ¡Teníamos veinte años! Todos los hombres son unos imbéciles a esa edad. Además, sabes perfectamente que

hab… hab…

Simon notó algo raro en la lengua, y tosió para camuflar el tartamudeo. Maldita sea. Le pasaba muy de vez en cuando, pero cuando lo hacía, siempre era cuando estaba enfadado o disgustado por algo. Si perdía el control de sus emociones, perdía el control de su habla. Era tan sencillo como eso.

Simon tragó saliva, con la esperanza de poder controlar su ira.

—Solo quería decir que tú, mejor que nadie, sabes que al menos la mitad de mi reputación es falsa.

—Sí,pero yo estaba allí en la mitad que es verdadera y, aunque no me importa que trates a Daphne esporádicamente, no quiero que la cortejes.

Simon miró a su amigo o, como mínimo, al hombre que creía que era su amigo, con incredulidad.

—¿Deverdad crees que seduciría a tu hermana?

—Nosé qué creer. Sé que casarte no entra en tus planes. Y sé que Daphne sí quiere casarse.—Seencogió de hombros—. Honestamente, para mí ese es motivo suficiente para manteneros a cada uno en un lado de la pista de baile.

Simon suspiró. Aunque la actitud de Anthony lo irritaba, supuso que era totalmente comprensible e, incluso, plausible. Al fin y al cabo, él solo intentaba hacer lo mejor para su hermana. A Simon le costaba verse haciéndose cargo de alguien más que no fuera él pero pensó que, si tuviera una hermana, también sería terriblemente escrupuloso con quién la cortejaba.

Entonces, alguien llamó a la puerta.—¡Adelante! —dijo Anthony.

En lugar de la sirvienta con el té, apareció Daphne.

—Mamáme ha dicho que estabais de mal humor y que os dejara en paz, pero he pensado que tenía que venir a ver si alguno había matado al otro.

—No—dijo Anthony, con una sonrisa—. Solo unos estrangulamientos de nada.

Daphne no movió ni una pestaña, y eso decía mucho de ella.—¿Quiénha estrangulado a quién?

—Creo que tienes razón. Y, si te acuerdas, ya te lo dije.—Esmuy amable de tu parte mencionarlo —dijo Simon. Ella sonrió, juguetona.

—No pude evitarlo. Con cuatro hermanos, una siempre tiene que aprovechar la ocasión de decir «Ya te lo dije» cuando se presenta.

Simon miró a Daphne y a Anthony.

—Nosé a cuál de los dos compadezco más.

—¿Quédemonios está pasando? —preguntó Anthony, y luego añadió—:

y, para tu información, compadéceme a mí, porque soy mucho más amable como hermano que ella como hermana.

—¡Noes verdad!

Simon la ignoró y se centró en Anthony.

—¿Quieres saber qué demonios está pasando? Pues escucha…

Los hombres son como las ovejas. Donde va uno, los demás lo siguen.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

30 de abril de 1813

Daphne pensó que, después de todo, Anthony se lo había tomado bastante bien. Desde que Simon terminó de explicarle su plan (con, tenía que admitirlo, frecuentes intervenciones por su parte), Anthony solo había levantado la voz siete veces.

Eran unas siete menos de las que Daphne había esperado.

Al final, después de rogarle a su hermano que estuviera callado hasta que Simon y ella hubieran terminado, Anthony asintió, cruzó los brazos y cerró la boca durante el resto de la explicación. Su ceño fruncido bastaría para hacer temblar a las paredes pero, cumpliendo su palabra, no dijo nada.

Hasta que Simon terminó con un:

—Yeso es todo.

Silencio. Silencio sepulcral. Durante unos diez segundos, nadie pronuncióuna palabra, aunque Daphne hubiera jurado que había oído el crujir de lasórbitas oculares mientras movía los ojos de Anthony a Simon.

Y entonces, Anthony dijo:

—¿Estáis locos?

—Yame esperaba que reaccionaría así —dijo Daphne.

—Noseas ridículo.

—Hay quien se ha batido en duelo por mucho menos.—¡Sí,pero eran idiotas!

—Novoy a discutir el calificativo en lo que a él respecta.—Sipuedo decir algo —dijo Simon, tranquilamente.

—¡Estu mejor amigo! —exclamó Daphne.

—No—dijo Anthony, y esa sílaba salió de su boca con una voz de lo más contenida—. Ya no.

Daphne se giró hacia Simon.

—¿Esque no vas a decir nada? Simon dibujó una media sonrisa.

—¿Cuándo? Si no me habéis dejado. Anthony le dijo:

—Quiero que salgas de esta casa.—¿Antes de poder defenderme?

—También es mi casa —dijo Daphne, bastante alterada—. Y quiero que se quede.

Anthony miró a su hermana y la exasperación se hizo evidente en cada centímetro de su cuerpo.

—Estábien—dijo—.Os doy dos minutos para defenderos. No más. Daphne miró a Simon, preguntándose si querría utilizar los dos minutos

él. Sin embargo, Simon solo se encogió de hombros y dijo:

—Adelante. Es tu hermano.

Daphne respiró hondo, apoyó las manos en las caderas sin darse ni cuenta, y dijo:

pretendientes—ledijo Simon.

—Ya. —Daphne se mordió un labio mientras pensaba si era algo por lo que debía estar enfadada—. Bueno, debería haberlo visto él mismo.

Simon emitió un extraño ruido que perfectamente pudo ser una risa. Daphne miró muy seria a los dos hombres.

—Espero que mis dos minutos no incluyan todas estas interrupciones. Simon se encogió de hombros.

—Eldel tiempo es él.

Anthony se agarró al escritorio para, según Daphne, evitar saltarle a la yugular a Simon.

—Yél —dijo Anthony, en tono amenazador—, va a salir disparado por la ventana si no se calla de una vez.

—Siempre sospeché que los hombres eran idiotas —explicó Daphne—, pero no he tenido la certeza hasta hoy.

Simon sonrió.

—Dejando de lado las interrupciones —dijo Anthony, lanzándole otra mirada asesina a Simon a pesar de que estaba hablando con Daphne—, te queda un minuto y medio.

—Bien —dijo Daphne—. Entonces reduciré toda la conversación a un punto. Hoy he recibido seis visitas. ¡Seis! ¿Recuerdas la última vez que pasóesto?

Anthony la miró sin decir nada.

—Yono —dijo Daphne, más tranquila—. Porque no ha pasado nunca. Seis hombres han subido por la escalera de la entrada, han llamado a la puerta

—¿Ycómo lo pondrías? Simon solo pudo decir:

—Yo…

Porque, enseguida, Daphne añadió:

—Porque te aseguro que a ninguno de estos hombres se le había pasado nunca por la cabeza hacerme una visita.

—Sison tan miopes —dijo Simon—, ¿por qué te preocupas por ellos? Daphne no dijo nada y retrocedió. Simon tuvo la sensación de que había

dicho algo muy, muy inapropiado, pero no estuvo seguro hasta que vio cómo se le humedecían los ojos.

Maldita sea.

Daphne se secó un ojo. Hizo ver que tosía y se tapaba la boca para camuflar el gesto, pero Simon se sintió el hombre más canalla del mundo.

—Mira lo que has hecho —dijo Anthony. Acarició el brazo de su hermana mientras miraba a Simon—. No le hagas caso, Daphne. Es un malnacido.

—Alo mejor —dijo Daphne, entre sollozos—. Pero es un malnacido muy inteligente.

Anthony se quedó de piedra. Daphne lo miró, irritada.

—Sino querías que lo repitiera, no haberlo dicho. Anthony suspiró.

—¿Deverdad tuviste seis visitas? Daphne asintió.

—Siete, contando a Hastings.

imbéciles y que, por lo tanto, no debería ni siquiera plantearse el matrimonio con ninguno de ellos. Sin embargo, teniendo en cuenta que fue él el primero que dijo que su interés haría que los demás se fijaran en ella, bueno, francamente, no era el comentario más adecuado.

—Nada —dijo, levantando la mano—. No me hagas caso.

Daphne lo miró unos instantes, como si esperara que cambiara de opinión, y luego se giró hacia su hermano.

—Entonces, ¿admites que es un plan inteligente?

—Bueno, «inteligente» es un poco exagerado pero—aAnthony parecía saberle mal tener que decir eso—, veo los beneficios que puede comportarte.

—Anthony, tengo que encontrar un marido. Aparte del hecho de que mamá me lo esté repitiendo a cada momento, yo también quiero un marido. Quiero casarme y tener mi propia familia. Lo deseo más de lo que puedas imaginarte. Y, hasta ahora, nadie más o menos aceptable me lo ha propuesto.

Simon no sabía cómo Anthony podía resistirse a esos ojos castaños suplicantes. Y, lógicamente, Anthony se derrumbó allí mismo y dijo:

—Estábien —dijo, cerrando los ojos como si no pudiera creerse lo que estaba diciendo—. Lo acepto.

Daphne dio un salto y se abalanzó sobre su hermano.

—Oh, Anthony, sabía que eras el mejor hermano del mundo.—Ledio un beso en la mejilla—. Solo es que a veces te equivocas.

Anthony miró al techo antes de dirigirse a Simon.

—¿Veslo que tengo que aguantar? —dijo, ladeando la cabeza. Lo dijo en el tono en el que un hombre agobiado habla con otro.

nada.

Anthony lo atravesó con la mirada.

—Ensegundo lugar, no estaréis solos nunca, jamás, en ningún caso.

—Bueno, eso será fácil —dijo Daphne—. En cualquier caso, si nuestra relación fuera verdadera, tampoco podríamos hacerlo.

Simon se acordó del breve encuentro que tuvieron en el pasillo de lady Danbury y pensó que era una lástima que no pudiera disfrutar de más tiempo a solas con Daphne, pero reconocía un muro de piedra cuando lo veía, sobre todo si ese muro se llamaba Anthony Bridgerton. Así que asintió y calló.

—Entercer lugar…

—¿Aúnhay más condiciones? —preguntó Daphne.—Sise me ocurren, habrá treinta —dijo Anthony.

—Deacuerdo —dijo Daphne, ofendida—. Como quieras.

Por un momento, Simon pensó que Anthony iba a estrangularla.—¿Dequé te ríes?—lepreguntó Anthony.

Solo entonces Simon se dio cuenta de que había estado sonriendo.—Denada —dijo, rápidamente.

—Bien—gruñóAnthony—, porque la tercera condición es esta: si alguna vez, solo una, te descubro en una posición que pueda comprometer a mi

hermana… Si alguna vez te veo besándole la mano sin la presencia de un acompañante, te juro que te corto la cabeza.

Daphne parpadeó.

—¿Nocrees que es un poco excesivo? Anthony la miró, muy serio.

—No.

—Bueno, entonces tienes que quedarte —dijo Daphne, firmemente—. Mamá estará encantada. Y tú —pellizcó a Anthony en el brazo—, deja de pensar la manera de envenenarle la comida.

Antes de que Anthony pudiera responder, Simon agitó la mano en el aire y dijo:

—No te preocupes por mí, Daphne. Olvidas que fuimos juntos a la escuela durante casi diez años. Nunca entendió demasiado bien los principios químicos.

—Voy a matarlo—sedijo Anthony—. Antes de que acabe la semana, voy a matarlo.

—Nolo harás —dijo Daphne, sonriendo—. Mañana os habréis olvidado de esto y estaréis fumando juntos en White’s.

—Nolo creo —dijo Anthony, en tono inquietante.—Claro que sí. ¿No estás de acuerdo, Simon?

Simon observó la cara de su mejor amigo y se dio cuenta de que había algo nuevo. Algo en sus ojos. Algo serio.

Hacía seis años, cuando Simon se fue de Inglaterra, él y Anthony eran unos críos. Críos que se creían hombres. Jugaban a las cartas, iban con mujeres y se paseaban dándoselas de grandes hombres por las fiestas, cegados por su soberbia, pero ahora eran distintos.

Ahora eran hombres.

Simon había experimentado su propio cambio durante sus viajes. Fue una transformación lenta que fue madurando a medida que se iba enfrentando a nuevos retos. Pero ahora se daba cuenta de que había vuelto recordando al Anthony de veintidós años que había dejado aquí.

Daphne se había puesto un vestido de noche de terciopelo verde oscuro que alguien, una vez, le dijo que hacía que le cambiara el color de los ojos y estaba en la entrada intentando encontrar la manera de tranquilizar a su madre.

—Nopuedo creer —dijo Violet, con una mano apoyada en el pecho—que Anthony se olvidara de decirme que había invitado al duque a cenar. No he tenido tiempo de preparar nada. Nada de nada.

Daphne echó un vistazo al menú que tenía en la mano y que empezaba por una sopa de tortuga, seguía con otros tres platos hasta terminar con cordero con bechamel, seguido, por supuesto, de cuatro postres a elegir. Intentó hablar sin un ápice de sarcasmo.

—Nocreo que el duque tenga ningún motivo de queja.

—Espero que no —dijo Violet—. Pero si hubiera sabido que venía, me hubiera asegurado de servir también carne de ternera. No se puede invitar a nadie sin ofrecerle ternera.

—Sabe que es una cena informal.

Violet le lanzó una mirada de incredulidad.

—Cuando se invita a un duque, no hay cenas informales.

Daphne observó a su madre. Violet se estaba retorciendo las manos y hacía rechinar los dientes.

—Mamá—ledijo—, no creo que el duque sea de los que espera que alteremos nuestros planes de cena familiar por él.

—Alo mejor él no —dijo Violet—, pero yo sí. Daphne, existen ciertas normas sociales. Y, sinceramente, no puedo entender cómo puedes estar tan tranquila y despreocupada.

—¡Nolo sé! —Violet casi se echó a llorar. Daphne agitó la cabeza.

—Voy a buscar a Eloise.

—Sí,ve a buscarla —dijo Violet, distraída—. Y asegúrate de que Gregory va limpio. Nunca se lava detrás de las orejas. Y Hyacinth, ¡Santo Dios!, ¿quévamos a hacer con ella? Seguro que Hastings no espera a una niña de diez años en la mesa.

—Síque lo hace—lecontestó Daphne, pacientemente—. Anthony le ha dicho que cenaremos toda la familia.

—Muchas familias no dejan que los más pequeños se sienten a la mesa con los mayores —dijo Violet.

—Bueno, entonces es su problema.—Alfinal, Daphne se desesperó y suspiró fuerte—. Mamá, he hablado con el duque. Entiende que no es una cena formal. Y me dijo, claramente, que le apetecía mucho un cambio. Él no tiene familia, así que nunca ha vivido nada parecido a una comida como las de los Bridgerton.

—¡QueDios nos asista! —Violet palideció.

—Vamos, mamá —dijo Daphne—. Sé lo que estás pensando y no tienes que preocuparte por si Gregory le tirará las patatas a Francesca por la cabeza. Estoy segura de que ya ha superado esa etapa.

—¡Lohizo la semana pasada!

—Entonces —dijo Daphne, con tono de eficiencia—, seguro que ha aprendido la lección.

Violet miró a su hija con toda la inseguridad del mundo.

—Espero que esta cena salga bien, Daphne. Creo que Hastings sería un gran partido para ti.

—¿Sería? —bromeó Daphne—. Creía que los duques siempre eran un buen partido, incluso si tenían dos cabezas y escupían al hablar.—Serio—.¡Por las dos bocas!

Violet sonrió.

—Alo mejor te cuesta creerlo, Daphne, pero no quiero que te cases con cualquiera. Puede que te presente a muchos hombres, pero solo lo hago para que tengas el mayor número de pretendientes entre los que escoger un marido—sonrió—.Mi mayor deseo es verte tan feliz como yo lo fui con tu padre.

Y entonces, antes de que Daphne pudiera responder, Violet desapareció. Daphne se quedó en el vestíbulo, pensando.

A lo mejor este plan con Simon no eran tan buena idea. Su madre se iba a disgustar mucho cuando rompieran su falso compromiso. Simon le había dicho que sería ella la que lo rompería, pero empezaba a preguntarse si no sería mejor al revés. Para ella sería terrible que Simon la dejara, pero al menos así se ahorraría todos los porqués de su madre.

Violet creería que se había vuelto loca al dejar escapar a Simon. Y Daphne se quedaría pensando si su madre tenía razón.

Simon no estaba preparado para cenar con los Bridgerton. Fue una comida ruidosa y escandalosa, con muchas risas y, afortunadamente, solo un episodio de un guisante volador.

Simon estaba sentado en el lado de la mesa opuesto a los dos hermanos mayores, y estaba seguro de que no era una casualidad, así que era relativamente fácil ignorarlos y disfrutar de las conversaciones de Daphne con el resto de la familia. De vez en cuando, alguien le hacía una pregunta directa y él respondía, y luego volvía a su posición de silencioso observador.

Al final, Hyacinth, que estaba sentada a la derecha de Daphne, lo miró a los ojos y dijo:

—Usted no es muy hablador, ¿verdad? Violet se atragantó con el vino.

—Elduque—ledijo Daphne—, es mucho más educado que nosotros, que estamos constantemente cambiando de conversación e interrumpiéndonos unos a los otros como si nos diera miedo que no nos fueran a oír.

—Amí no me da miedo que no me vayan a oír —dijo Gregory.

—A mí tampoco —dijo Violet, muy seca—. Gregory, cómete los guisantes.

—Pero Hyacinth…

—Lady Bridgerton —dijo Simon, en voz alta—, ¿le importaría que me sirviera un poco más de estos deliciosos guisantes?

—Enabsoluto. —Violet le lanzó una mirada aleccionadora a Gregory—.¿Ves? El duque se come todos sus guisantes.

Gregory se comió todo el plato de legumbres.

Simon sonrió mientras se servía otra cucharada de guisantes, agradecido de que lady Bridgerton hubiera decidido no servir una cenaàla russe. Habría sido difícil camuflar la acusación de Gregory si hubiera tenido que llamar a un criado para que le sirviera otro plato.

Daphne volvió a reírse detrás de la servilleta.

Simon decidió que la vida era mucho más divertida que nunca.

—Osvoy a decir una cosa —anunció de repente Violet—. Creo que esta noche es una de las más agradables del año. A pesar —dijo, mirando a Hyacinth— de que mi hija pequeña tire los guisantes debajo de la mesa.

Simon levantó la mirada del plato justo cuando Hyacinth exclamó:

—¿Cómolo has sabido?

Violet agitó la cabeza y puso los ojos en blanco.

—Mipequeña—dijo—,¿cuándo aprenderás que yo lo sé todo?

En ese instante, Simon decidió que Violet Bridgerton merecía todo su respeto.

Sin embargo, aun así, consiguió confundirlo con una pregunta y una sonrisa.

—Dígame, duque—dijo—.¿Hace algo mañana?

A pesar del pelo rubio y los ojos azules, cuando le hizo esa pregunta era tan igual a Daphne, que lo dejó aturdido. Y esa debió de ser la razón por la que no pensó antes de responder, tartamudeando:

—N-no. No que yo sepa.

—¡Magnífico! —exclamó Violet, emocionada—. Entonces debe venir con nosotros a Greenwich.

—¿AGreenwich? —repitió Simon.

—Sí,llevamos varias semanas organizando una salida familiar. Habíamos pensado alquilar un barco y comer un pícnic a orillas del Támesis. —Violet le sonrió—. Vendrá, ¿verdad?

Violet sonrió y le dio unos golpecitos en el brazo.

Y Simon tuvo la extraña sensación de que acababa de firmar su destino.

Ha llegado a oídos de esta autora que, el sábado, toda la familia Bridgerton (¡más un duque!) se embarcaron rumbo a Greenwich.

Y también ha llegado a oídos de esta autora que el mencionado duque, así como determinado miembro de la familia Bridgerton, volvieron a Londres con la ropa empapada.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

3 de mayo de 1813

—Site disculpas otra vez —dijo Simon, echando la cabeza hacia atrás y tapándose la cara con las manos—, tendré que matarte.

Daphne le lanzó una irritada mirada desde la silla donde estaba sentada en la cubierta del pequeño barco que su madre había alquilado para llevar a toda la familia, y al duque, claro, a Greenwich.

—Discúlpame—dijo—,si soy lo bastante educada como para pedirte perdón por las obvias manipulaciones de mi madre. Creía que el propósito de esta farsa era no tener que someterte a la merced de estas madres desesperadas.

Simon agitó la mano en el aire mientras se acomodaba todavía más en su silla.

—Solo supondría un problema si no me lo estuviera pasando bien. Daphne abrió la boca, sorprendida.

—Oh—dijo, estúpidamente, a su parecer—. Me alegro.

—Meparece un poco prepotente por nuestra parte, ¿no crees, eso de posicionarnos como el centro del mundo?

—Enrealidad, cuando se sale a navegar por alta mar es bastante útil tener un punto de referencia universal.

Ella lo miró, dubitativa.

—¿Ytodos estuvieron de acuerdo? Me cuesta creer que los franceses no

hubieran preferido París y estoy segura que el Papa hubiera preferido Roma…—Bueno, no fue algo acordado —dijo Simon, riéndose—. No hubo ningún tratado oficial, si es eso a lo que te refieres. Resulta que el Observatorio Real cada año publica unos mapas con datos perfectamente detallados; se llama el Almanaque náutico. Y un marinero tendría que estar loco para salir a navegar sin uno a bordo. Y, como el Almanaque náutico

mide las longitudes tomando Greenwich como el punto cero…, bueno, pues todo el mundo ha adoptado este sistema.

—Parece que sabes mucho sobre este tema. Simon se encogió de hombros.

—Sipasas mucho tiempo en un barco, al final acabas aprendiéndolo.

—Bueno, me temo que en la habitación de los niños de mi casa no se enseñaban estas cosas —ladeó la cabeza, pensativa—. Casi toda mi educación se limitó a lo que la institutriz sabía.

—Lástima —dijo Simon, y luego preguntó—: ¿Casi toda?

—Sihabía algo que me interesara especialmente, solía encontrar libros sobre esa materia en la biblioteca de mi padre.

—Entonces, supongo que las matemáticas abstractas no eran una de esas cosas.

—LaHistoria nunca me entusiasmó demasiado.—¿Deverdad? ¿Por qué?

Simon se quedó pensativo, preguntándose si su falta de interés por la historia tendría que ver con su aversión a su ducado y todas las tradiciones que suponía. Su padre siempre había sido tan apasionado con su título.

Sin embargo, solo dijo:

—Nolo sé. Supongo que no me gustaba.

Compartieron un agradable silencio mientras la brisa les agitaba el pelo. Entonces, Daphne sonrió y dijo:

—Estábien, no volveré a disculparme, pero solo porque estoy demasiado

orgullosa de mi vida como para sacrificarla bajo tus manos sin ningún motivo, pero estoy contenta de que te lo estés pasando bien después de que mi madre casi te obligara a que nos acompañaras.

Simon la miró con sarcasmo.

—Si no hubiera querido venir, no habría nada que tu madre hubiera podido hacer o decir para convencerme.

Daphne se rio.

—Yeso lo dice el hombre que hace ver que me está cortejando, a mí de entre todas las chicas, y todo porque es demasiado educado para rechazar la invitación de las esposas de sus amigos.

Simon se puso serio e hizo una mueca.

—¿Quéquieres decir con «a ti de entre todas las chicas»?

—Bueno,yo…—Parpadeó, sorprendida. No tenía ni idea de lo que quería decir—. No lo sé —dijo, al final.

—Pues deja de decirlo —refunfuñó, y se apoyó en el respaldo de la silla.

—Yla compañía no está nada mal —bromeó.

Daphne miró a Anthony, que estaba apoyado en la barandilla, al otro lado de la cubierta, fulminándolos con la mirada.

—¿Toda la compañía? —preguntó ella.

—Site refieres a tu beligerante hermano —respondióél—,debo decir que su angustia me parece de lo más divertida.

Daphne intentó reprimir una sonrisa, pero no pudo.—Eso no es muy amable de tu parte, que digamos.

—Nunca dije que fuera amable. Además, fíjate. —Simon indicó hacia donde estaba Anthony con un levísimo movimiento de cabeza. Aunque pareciera imposible, el gesto de Anthony se torció todavíamás—.Sabe que estamos hablando de él. Y eso lo está matando.

—Creía que erais amigos.

—Ylo somos. Esto es lo que los amigos se hacen entre ellos.—Los hombres están locos.

—Engeneral, sí—añadióél. Daphne puso los ojos en blanco.

—Pensaba que la primera regla de la amistad era no coquetear con la hermana de tu amigo.

—Ah, pero yo no coqueteo. Solo lo hago ver. Daphne asintió y miró a Anthony.

—Y,aun así, todo esto lo está matando, a pesar de que sabe la verdad.—Yalo sé —sonrió Simon—. ¿No es brillante?

Justo entonces, Violet apareció en la cubierta.

agitándole el pelo y las mejillas rosadas del sol, estaba tan encantadora que Simon se olvidó de respirar.

Su gran boca estaba a medio camino entre la risa y la sonrisa, y el sol le teñía el pelo con reflejos rojizos. Allí en el río, lejos de las opulentas fiestas de Londres, rodeados de naturaleza, estaba tan natural y bonita que, el mero hecho de estar a su lado, provocó que Simon no pudiera dejar de sonreír como un tonto.

Si no hubieran estado a punto de llegar al embarcadero y rodeados de su familia, la habría besado allí mismo. Sabía que no podía coquetear con ella, sabía que nunca se casaría con ella pero, aun así, no podía evitar inclinarse hacia ella más y más. No se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que perdió el equilibrio y tuvo que echarse hacia atrás para no caer.

Desgraciadamente, Anthony lo presenció todo y enseguida se interpuso entre ellos y cogió a Daphne por el brazo con fuerza.

—Como tu hermano mayor —dijo, muy serio—, creo que debo escoltarte a tierra.

Simon hizo una reverencia y se apartó del camino de Anthony, demasiado afectado y enfadado por su momentánea pérdida de control para discutir con su amigo.

El barco atracó junto al embarcadero y la tripulación colocó una estrecha pasarela de madera hasta tierra. Simon observó cómo desembarcaba toda la familia Bridgerton y luego bajó él y los siguió por las verdes laderas del Támesis.

El Observatorio Real estaba en lo alto de la colina, un edificio antiguo construido con ladrillos rojos. Las torres estaban cubiertas de cúpulas grises y

—¿Yyo dónde iría?

—Así,a primera vista, posiblemente cerca de Anthony.—Dios no lo quiera —dijo Simon.

Colin lo miró con una mezcla de diversión y curiosidad.—¡Anthony! —exclamó Violet—. ¿Dónde está Anthony? Anthony se identificó con un malhumorado sonido.

—Oh, aquí estás. Ven, acompáñame.

Anthony dejó a Daphne a regañadientes y se colocó junto a su madre.—Notiene remedio, ¿no crees?—lesusurró Colin a Simon.

Simon decidió que lo mejor sería no contestar.

—Bueno, no la decepciones —dijo Colin—. Después de todas sus maquinaciones, lo mínimo que puedes hacer es ofrecerle tu brazo a Daphne.

Simon se giró y lo miró levantando una ceja.—Eres igual de malo que tu madre.

Colin solo se rio.

—Sí,excepto que yo no finjo ser sutil.

Daphne escogió ese momento para acercarse a ellos.—Mehe quedado sin acompañante —dijo.

—Nome lo creo —respondió Colin—. Bueno, si me perdonáis, voy a buscar a Hyacinth. Si me veo obligado a acompañar a Eloise, volveré a Londres a nado. Desde que cumplió los catorce, está insoportable.

Simon parpadeó, sorprendido.

—¿Novolviste de Europa la semana pasada? Colin asintió.

—Sí,pero su decimocuarto cumpleaños fue hace un año y medio.

Hyacinth y diciendo algo sobre barro y venganza—. Es, bueno, una nueva experiencia.

—Por decirlo de manera educada, ¿verdad, duque? —dijo Daphne—. Me has dejado impresionada.

—Sí,bueno… —Dio un salto hacia atrás cuando Hyacinth pasó corriendo por su lado y gritando tan fuerte que Simon pensó que todos los perros desde Greenwich hasta Londres empezarían a aullar—. Yo no tengo hermanos.

Daphne suspiró, melancólica.

—Sin hermanos —dijo—. Ahora mismo esas palabras me parecen celestiales. —Siguió con la mirada perdido unos instantes más, luego se

irguió y volvió a la realidad—. Sin embargo, en cualquier caso… —Alargó el brazo justo en el instante en el que Gregory pasaba corriendo junto a ella y lo cogió con fuerza por la parte alta del brazo—. Gregory Bridgerton—leriñó—,deberías saber que no puedes ir corriendo así entre la gente. Puedes hacerle daño a alguien.

—¿Cómolo has hecho? —preguntó Simon.—¿Elqué? ¿Cogerlo?

—Sí.

Ella se encogió de hombros.—Añosde práctica.

—¡Daphne! —gritó Gregory. Todavía lo tenía agarrado por el brazo. Lo soltó.

—Pero no corras.

Gregory dio dos grandes pasos y salió al trote.

—¿Nohay reprimenda para Hyacinth? —preguntó Simon.

Simon no dijo nada.

—Nome imagino teniendo solo un hijo —dijo Daphne.—Aveces —dijo Simon, triste—, no queda otra opción. Daphne se sonrojó.

—Losiento mucho —dijo, parándose en seco sin poder avanzar—. Tu

madre. Lo había olvidado…Simon se quedó a su lado.

—Nollegué a conocerla —dijo, encogiéndose de hombros—. Por eso tampoco la eché de menos.

Sin embargo, el dolor se reflejaba en sus pálidos ojos azules, y Daphne supo que estaba mintiendo.

Y, al mismo tiempo, sabía que Simon se creía totalmente aquellas palabras.

Y ella se preguntó qué le habría podido pasar a ese hombre para que se mintiera a sí mismo durante tantos años.

Observó su cara, ladeando un poco la cabeza. El viento le había sonrojado las mejillas y alborotado el pelo. No parecía sentirse cómodo bajo la mirada de Daphne, así que dijo:

—Nos estamos quedando atrás.

Daphne miró hacia lo alto de la colina. Su familia estaba bastante más adelantada que ellos.

—Sí—dijo, irguiéndose—. Será mejor que nos demos prisa.

Sin embargo, mientras caminaba por la colina, no pensaba en su familia ni en el observatorio ni en la longitud. Solo se preguntaba por qué sentía aquella irrefrenable necesidad de abrazar al duque y no soltarlo jamás.

—Bueno, yo no lo llamaría una conferencia —dijo Simon, sintiéndose viejo y aburrido con esa palabra.

Al otro lado de la manta, Daphne se estaba riendo de la situación. Hyacinth sonrió de manera insinuante y dijo:

—¿Sabe que Greenwich también tiene su propia historia de amor? Daphne, la muy traidora, estaba riéndose a carcajadas.

—¿Deverdad? —consiguió decir Simon.

—Deverdad —respondió Hyacinth, en un tono tan culto que Simon se preguntó si dentro de aquel cuerpo de diez años se escondería una mujer de cuarenta—. Fue aquí donde Sir Walter Raleigh se quitó la capa y la dejó en el suelo para que la reina Isabel no se manchara los pies con los charcos.

—¿Ah,sí? —Simon se levantó y miró a su alrededor.

—¡Duque!—Lacara de Hyacinth reflejó la impaciencia de los diez años cuando se puso de pie—. ¿Qué está haciendo?

—Estudiando el terreno —respondió él.

Le lanzó una mirada secreta a Daphne. Lo estaba mirando con regocijo, humor y algo más que lo hizo sentir el hombre más importante del mundo.

—Pero ¿qué está buscando? —insistió Hyacinth.—Charcos.

—¿Charcos? —Lentamente, se le fue iluminando la cara cuando empezó a entender lo que Simon pretendía—. ¿Charcos?

—Muy cierto. Si voy a tener que echar a perder mi capa para salvar sus zapatos, señorita Hyacinth, me gustaría saberlo de antemano.

—Pero si no lleva capa.

—¡Portodos los santos! —dijo Simon, con una voz que hizo que Daphne explotara de risa a su lado—. ¿No pretenderá que me quite la camisa?

Hyacinth se quedó pensativa un instante.

—Sidecide casarse con mi hermana…Daphne se atragantó con la tarta.

—…tendrá mi visto bueno. Simon estaba perplejo.

—Pero si no es así —continuó Hyacinth, con una tímida sonrisa—, le quedaría muy agradecida si me esperara.

Afortunadamente para Simon, que era bastante inexperto con las jóvenes y no tenía ni idea de cómo responder a eso, apareció Gregory y le tiró del pelo a Hyacinth, que salió disparada tras él.

—Nunca creí que diría esto —dijo Daphne, riéndose—, pero creo que mi hermano pequeño acaba de salvarte el pescuezo.

—¿Cuántos años tiene tu hermana? —preguntó Simon.—Diez, ¿por?

Simon agitó la cabeza.

—Porque, por un momento, habría jurado que tenía cuarenta. Daphne sonrió.

—Aveces, se parece tanto a mi madre que da un poco de miedo.

En ese momento, Violet se levantó y empezó a llamar a sus hijos para volver al barco.

—¡Venga! ¡Se hace tarde! Simon miró su reloj.

—Solo son las tres.

Daphne se encogió de hombros mientras se levantaba.

—Oh —dijo ella, con un gesto sorprendido—. Sabía que no tenías hermanos, pero creía que habrías conocido algún niño en tus viajes.

—No.

Daphne se quedó callada, pensando si debería seguir con la conversación. La voz de Simon se había convertido en un sonido duro y prohibitivo, y su

cara…

No parecía el mismo hombre que había estado bromeando con Hyacinth hacía diez minutos.

Sin embargo, por alguna razón, a lo mejor porque habían pasado una tarde muy agradable o a lo mejor sencillamente porque hacía buen día, sonrió y dijo:

—Bueno, hayas tratado con niños o no, está claro que se te dan bien. Algunos adultos no saben cómo hablar a los niños, pero tú sí.

Simon no dijo nada.

Daphne le colocó la mano encima del brazo.

—Algún día, serás un padre excelente para algún niño con suerte. Simon se giró hacia ella y la mirada que le clavó la dejó helada.

—Creo haberte dicho que no tengo ninguna intención de casarme —dijo—.Nunca.

—Pero seguro que…

—Por lo tanto, es muy poco probable que vaya a tener hijos.

—En…Entiendo.

Daphne tragó saliva e intentó sonreír, pero había algo en su interior que le hacía temblar los labios. Y, aunque sabía que su relación era una farsa, sintióuna pequeña punzada de desilusión.

—Simon, estoy segura de que estará bien.

—Nosi resbala y queda atrapado entre las cuerdas —dijo, señalando con la cabeza un montón de cuerdas enredadas que colgaban del barco.

Simon llegó a la pasarela, caminando tranquilamente, como el hombre más despreocupado del mundo.

—¿Vasa moverte para que pueda pasar? —dijo Simon, en un extremo de la plancha.

Gregory parpadeó.

—¿Notienes que acompañar a Daphne?

Simon hizo una mueca y dio un paso adelante pero, justo entonces, Anthony, que ya estaba en el barco, apareció en el otro extremo.

—¡Gregory! —exclamó—. ¡Sube al barco de una vez!

Desde el embarcadero, Daphne observó horrorizada cómo Gregory se giraba sorprendido y perdía el equilibrio. Anthony estiró los brazos para intentar cogerlo, pero Gregory ya tenía el culo en la pasarela, y Anthony solo abrazó el aire.

Anthony intentó no perder el equilibrio mientras Gregory resbalaba pasarela abajo y golpeó a Simon en las piernas.

—¡Simon! —exclamó Daphne, corriendo hacia él.

Simon cayó a las turbias aguas del río mientras a Gregory le salía del alma un:

—Losiento.

Subió por la pasarela de espaldas, como un cangrejo, sin mirar por dónde iba.

a hacerme nada.

Anthony y Simon salieron indignados del agua, empapados y mirándose el uno al otro.

Gregory siguió subiendo hasta el barco y se escondió.

—Alo mejor deberías interceder—ledijo Violet a Daphne.—¿Yo?—dijo Daphne.

—Meparece que van a llegar a las manos.—Pero ¿por qué? Ha sido culpa de Gregory.

—Yalo sé —dijo Violet, con impaciencia—. Pero son hombres y los dos están furiosos y ofendidos, y no pueden desahogarse con un niño de doce años.

Ya entonces, Anthony estaba diciendo:

—Mehabría encargado yo solo. Y Simon decía:

—Sino lo hubieras asustado…

Violet puso los ojos en blanco y le dijo a Daphne:

—Pronto aprenderás que, ante una situación en que quedan en ridículo, todos los hombres tienen la imperativa necesidad de echarle la culpa a otra persona.

Daphne empezó a caminar para intentar razonar con ellos, pero una simple mirada a sus caras bastó para saber que no podría decir nada para imbuirlos de la inteligencia y sensibilidad con las que una mujer afrontaría una situación así, de modo que sonrió y cogió a Simon por el brazo.

—¿Meayudas a subir? Simon miró a Anthony.

bata y bajó a la cocina a buscar un vaso de leche caliente y alguien con quien hablar. Con tantos hermanos, pensó, seguro que todavía habría alguno despierto.

Sin embargo, de camino a la cocina escuchó ruidos en el despacho de Anthony y se asomó. Su hermano mayor estaba en su escritorio, respondiendo correspondencia y con los dedos manchados de tinta. No era habitual encontrarlo allí tan tarde. Había preferido mantener el despacho en Bridgerton House incluso después de trasladarse a su casa de soltero pero, normalmente, despachaba sus asuntos durante el día.

—¿Notienes una secretaria para hacer esas cosas?—lepreguntó, con una sonrisa.

Anthony levantó la cabeza.

—Lamuy tonta se casó y se fue a Bristol —dijo.

—Ya—dijo ella, entrando y sentándose en una silla frente a su hermano—.Eso explica tu presencia aquí a altas horas de la madrugada.

Anthony miró el reloj.

—Las doce de la noche no son altas horas. Además, he estado toda la tarde quitándome el olor a río de encima.

Daphne hizo un esfuerzo por no reír.

—Pero tienes razón —dijo Anthony, suspirando, y dejó la pluma—. Es tarde y no hay nada de esto que no pueda esperar hasta mañana.—Sehundióen la silla y se desperezó—. ¿Qué haces despierta?

—Nopodía dormir —dijo Daphne, encogiéndose de hombros—. Había bajado por un vaso de leche caliente y te he oído maldecir.

Anthony hizo una mueca.

—Estábien, pero tendrás que hacerlo todo tú. No tengo ni la más mínima idea de cómo hervir leche.

—Creo que no tenemos que hervirla —dijo Daphne, frunciendo el ceño. Giró la última esquina antes de llegar a la cocina y abrió la puerta.

No se veía nada, excepto lo que la luz de la luna iluminaba.

—Ve a buscar una lámpara mientras yo busco la leche —le dijo a Anthony. Sonrió levemente—. Podrás encontrar una lámpara, ¿verdad?

—Creo que sí —respondió él.

Daphne sonrió para sí mientras buscaba un cazo a tientas. Anthony y ella solían mantener una relación sincera y amigable, y era agradable volver a verlo contento. La última semana había estado de muy mal humor, en gran parte por ella.

Y por Simon, claro, pero Simon casi nunca estaba presente para recibir los sermones de Anthony.

Una luz detrás de ella devolvió la vida a la cocina y Daphne se giró para ver a Anthony sonriendo triunfante.

—¿Has encontrado la leche o tendré que ir a buscar una vaca? —preguntó.

Ella se rio y levantó una botella.—¡Latengo!

Miró la cocina, un moderno artilugio que la cocinera había comprado a principios de año.

—¿Sabes cómo funciona? —preguntó.—Niidea. ¿Y tú? —dijo Anthony. Daphne agitó la cabeza.

de leche.

—No, aún me queda la mitad —dijo Daphne, bebiendo otro sorbo.

Se limpió los labios con la lengua y se acomodó en el taburete. Ahora que estaba sola con Anthony, y que él parecía estar de buen humor, creía que era

un buen momento para… Bueno, la verdad era que…«Maldita sea—pensó—.Pregúntaselo.»

—Anthony —dijo, algo dubitativa—. ¿Puedo hacerte una pregunta?—Claro.

—Esacerca del duque.

Anthony dejó la taza en la mesa dando un buen golpe.—¿Quépasa con el duque?

—Yasé que no te gusta… —Empezó, aunque no pudo terminar la frase.—Noes que no me guste —dijo Anthony, suspirando—. Es uno de mis

mejores amigos.

Daphne arqueó las cejas.

—Cualquiera lo diría después de haberos visto hoy.

—Noconfío en él cuando se trata de mujeres. Y si se trata de ti, menos.

—Anthony, supongo que sabes que eso es una de las mayores tonterías que has dicho en la vida. Puede que el duque haya sido un vividor y, por lo que sé, es posible que aún lo sea, pero nunca me seduciría, aunque solo sea porque soy tu hermana.

Anthony no parecía demasiado convencido.

—Aunque no existiera ningún código de honor masculino sobre estas cosas —insistió Daphne, reprimiendo las ganas de poner los ojos en blanco—,él sabe que si me toca lo matarás. No es estúpido.

—Tendría que ser medio tonta para no entenderte —dijo ella.—Bien. Final de la discusión.

—¡No!—exclamó ella—. Todavía no me has respondido a mi pregunta. Anthony le lanzó una mirada desde el otro lado de la mesa.

—¿Porqué no quiere casarse? —insistió.

—¿Porqué te interesa tanto?—lepreguntó su hermano.

Daphne se temía que la verdad se acercaba bastante a las acusaciones de Anthony, pero se limitó a decir:

—Por curiosidad; además, tengo derecho a saberlo porque, si no encuentro un pretendiente aceptable pronto, cuando el duque me deje me convertiré en una paria.

—Creía que serías tú la que iba a dejarlo a él —dijo Anthony. Daphne se rio.

—¿Quiénse lo iba a creer?

Anthony no salió en su defensa inmediatamente, y eso a Daphne la molestó un poco. Sin embargo, Anthony dijo:

—Nosé por qué Hastings no quiere casarse. Solo sé que ha mantenido esa

opinión desde que lo conozco.

Daphne abrió la boca para decir algo, pero Anthony la interrumpió.

—Ysiempre lo ha dicho de un modo que dudo de que sea una promesa sin fundamento de un soltero agobiado por las pretendientes.

—¿Yeso qué quiere decir?

—Quiere decir que, a diferencia de la mayoría de hombres, cuando él dice que nunca se casará, lo dice en serio.

—Entiendo.

El duque de Hastings fue visto, una vez más, con la señorita Bridgerton (Daphne Bridgerton para los que, como a esta autora, les cueste diferenciar a todas las hermanas Bridgerton). Ha pasado ya mucho tiempo desde que esta autora vio una pareja tan enamorada como esta.

Sin embargo, es extraño que, a excepción de la excursión familiar a Greenwich, que relatábamos en estas páginas hace diez días, solo se les vea juntos en bailes y fiestas. Esta autora sabe de buena tinta que, aunque el duque visitó a la señorita Bridgerton en su casa hace dos semanas, no lo ha vuelto a hacer y, además, ¡no se les ha visto paseando juntos por Hyde Park ni una sola vez!

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

14 de mayo de 1813

Dos semanas después, Daphne estaba en Hampstead Heath, entre las columnas del salón de lady Trowbridge, apartada de todo el mundo. Le gustaba estar allí.

No quería ser el centro de la fiesta. No quería encontrarse con las decenas de hombres que ahora matarían por un baile con ella. Honestamente, no quería estar en ese baile.

Porque Simon no estaba.

del futuro».

Sin embargo, aunque ahora tenía la tarjeta de baile llena a los pocos minutos de llegar a una fiesta y aunque los hombres se pelearan por traerle un vaso de limonada, la primera vez que le pasó, estuvo a punto de echarse a reír a carcajada limpia, descubrió que ninguna noche era memorable a menos que Simon estuviera allí.

No importaba que a él le pareciera necesario mencionar, al menos una vez cada noche, su completa oposición a la institución del matrimonio. Aunque, muy a su favor, normalmente lo mencionaba junto con su agradecimiento a Daphne por salvarlo de las garras de todas esas madres desesperadas. Y tampoco importaba que, a veces, se quedara callado o fuera maleducado con determinados miembros de la sociedad.

Solo importaban los momentos en que estaban casi solos, porque nunca estaban los dos solos, pero que podían hacer lo que quisieran. Una divertida conversación en una esquina, un vals alrededor del salón. Daphne podía mirarlo a los pálidos ojos y olvidarse que estaba rodeada de quinientos testigos, todos inexplicablemente interesados en el estado de su cortejo.

Y casi olvidaba que ese cortejo era todo fachada.

Daphne no había vuelto a intentar hablar de Simon con Anthony. La hostilidad de su hermano salía a relucir siempre que el nombre de Simon

aparecía en la conversación. Y cuando se encontraban…, bueno, Anthony lo trataba con cordialidad, pero de ahí no pasaba.

Y, aun a pesar de toda esa rabia, Daphne todavía veía destellos de su amistad entre ellos. Ella solo esperaba que cuando todo esto terminara, y ella

Sin embargo, Simon entendió el juego de Anthony y le dijo a Daphne que quería que encontrara un marido apropiado.

Así que Simon desapareció.

Y Daphne se quedó destrozada.

Supuso que tendría que haber sabido que, tarde o temprano, aquello iba a pasar. Debería haber sabido los peligros de ser cortejada, aunque no fuera de verdad, por el hombre que la sociedad había bautizado como el «irresistible duque».

Todo empezó cuando Philipa Featherington lo describió como«irresistiblemente apuesto» y como el concepto de hablar en voz baja no existía en la cabeza de Philipa, todo el mundo la escuchó. En pocos minutos, el recién llegado se convirtió en el príncipe azul de la temporada, y ahí nacióel irresistible duque.

A Daphne el nombre le pareció tristemente irónico, porque el duque irresistible le estaba destrozando el corazón.

Y no era culpa de Simon. Él la trataba con mucho respeto, honor y sentido del humor. Incluso Anthony tuvo que admitir que no le daba ningún motivo de queja. Simon nunca intentaba quedarse a solas con Daphne y sus contactos se habían limitado a un casto beso en la mano enguantada, y para mayor desespero de Daphne, aquello solo había sucedido dos veces.

Se habían convertido en la mejor compañía para el otro, compartiendo desde largos silencios hasta la más divertida de las conversaciones. Cada fiesta, bailaban juntos dos veces, el máximo permitido sin escandalizar a la sociedad.

Y Daphne supo, sin ninguna duda, que se estaba enamorando.

¡Y esos ojos! A todos les gustaba ese color parecido al hielo y cuando Daphne lo observaba mientras hablaba con otra gente, entendía por qué. Simon no era tan locuaz con los demás como con ella. Cortaba las palabras, hablaba en un tono más brusco y sus ojos reflejaban la dureza de su carácter.

Sin embargo, cuando reían juntos, los dos burlándose de alguna estúpida norma social, le brillaban los ojos. Eran más cálidos y acogedores. Incluso, en los momentos más felices, Daphne creía que iban a derretirse.

Suspiró y se hundió todavía más en la pared. Tenía la sensación de que, en los últimos días, cada vez había más momentos felices.

—Daff, ¿qué haces escondiéndote aquí?

Daphne levantó la mirada y vio que Colin se acercaba, con su habitual sonrisa engreída en la atractiva cara. Desde su regreso a Londres, había arrasado por toda la ciudad, y Daphne podía fácilmente citar una decena de chicas que estaban seguras de estar enamoradas de él y que se morían por disfrutar de sus atenciones. Sin embargo, no estaba preocupada porque su hermano se encaprichara con alguna de ellas, porque todavía tenía que probar muchas flores antes de sentar la cabeza.

—Nome escondo—locorrigió—. Evito a determinadas personas.—¿Aquién? ¿A Hastings?

—Claro que no. Además, esta noche no ha venido.—Síque ha venido.

Como se trataba de Colin, cuyo principal objetivo en la vida, aparte de correr detrás de las chicas y apostar a los caballos, claro, era atormentar a su hermana, Daphne quiso ignorarlo, pero acabó sucumbiendo y preguntó:

—¿Deverdad?

en él.

—Estás por él, ¿verdad?—Nosé qué quieres decir.

Colin sonrió, seguro de sí mismo.—Yalo descubrirás.

—¡Colin!

—Mientras tanto —dijo él, mirando hacia la puerta—, ¿por qué no vas a buscarlo? Estoy convencido de que mi compañía palidece ante la perspectiva de la de él. ¿Ves? Hasta tus pies se están alejando de mí.

Daphne miró al suelo, horrorizada de que su cuerpo la traicionara de aquella manera.

—¡Ja!Te he hecho mirar.

—Colin Bridgerton —dijo Daphne—. A veces te prometo que creo que no puedes tener más de tres años.

—Eso es interesante —dijo él, riéndose—. Porque querría decir que estarías en la tierna edad de un año y medio, hermanita.

A falta de una respuesta lo bastante seca, Daphne se limitó a mirarlo con el ceño fruncido.

Sin embargo, Colin solo pudo reírse.

—Una expresión muy atractiva, Daff, pero estoy segura de que tus mejillas preferirían sustituirla por una sonrisa. El irresistible duque viene hacia aquí.

Daphne se dijo que no tropezaría dos veces con la misma piedra. No iba a hacerla mirar.

Colin se acercó a ella y le susurró:

título —murmuró Colin.

—¿Notienes que ir a ningún sitio?—lepreguntó Daphne. Colin se encogió de hombros.

—Enrealidad, no.

—¿Nome acabas de decir —preguntó Daphne, entre dientes— que le habías prometido un baile a Prudence Featherington?

—¡Dios, no! Lo has debido de escuchar mal.

—A lo mejor mamá te está buscando. Es más, creo que la he oído llamarte.

Para su desgracia, Colin se rio.

—Nodeberías ser tan obvia—ledijo en voz baja, aunque no tan baja como para que Simon no pudiera oírlos—. Descubrirá que te gusta.

El cuerpo de Simon se sacudió con un poco disimulado regocijo.

—Noes su compañía la que intento asegurar —dijo Daphne, mordaz—. Es la tuya la que quiero evitar.

Colin se colocó una mano en el corazón.

—Mematas, Daff.—Segiró hacia Simon—. ¡Cómo me mata!

—Tehas equivocado de profesión, Bridgerton —dijo Simon, que estuvo genial—. Deberías haber sido actor.

—Habría sido interesante —respondió Colin—. Aunque a mi madre le hubiera dado algo.—Sele iluminó la mirada—. Tengo una idea. Justo ahora que empezaba a aburrirme. Buenas noches a los dos.—Seinclinó y se fue.

Daphne y Simon se quedaron callados mientras observaban cómo Simon se perdía entre el gentío.

carretera estaba en buenas condiciones y más en noches como esa, en la que todo el mundo se dirigía al mismo sitio—. Perdóname si empiezo a cuestionarme tu salud mental.

—Yotambién estoy empezando a cuestionármela —dijo él.

—Bueno, en cualquier caso —dijo ella, con un suspiro de felicidad—, me alegro de que hayas venido. Ha sido una noche espantosa.

—¿Deverdad? Ella asintió.

—Mehan avasallado con preguntas sobre ti.—Bueno, esto se pone interesante.

—Yono iría tan deprisa. La primera ha sido mi madre. Quiere saber por qué nunca vienes a verme por la tarde.

Simon frunció el ceño.

—¿Crees que es necesario? Pensaba que mi total dedicación a ti en estas fiestas bastaría para perpetrar nuestro engaño.

Daphne se sorprendió a sí misma al reprimir una mueca de frustración. Simon no tenía que decirlo como si aquello fuera un trabajo muy pesado paraél.

—Tutotal dedicación habría bastado para engañar a cualquiera menos a mi madre. Y posiblemente no habría dicho nada si tu ausencia diurna no hubiera aparecido en Whistledown.

—¿Deverdad? —preguntó Simon, muy interesado.

—Sí.Así que será mejor que vengas mañana por la tarde o todo el mundo empezará a hacerse preguntas.

públicamente que se alegran por mi felicidad, claramente intentaban adivinar las probabilidades que había de que no acabáramos juntos.

—Supongo que les has dicho a todos que estoy desesperadamente enamorado de ti, ¿verdad?

Daphne sintió una sacudida en su interior.

—Sí—mintió, ofreciéndole una sonrisa tremendamente dulce—. Al fin y al cabo, tengo que mantener una reputación.

Simon se rio.

—Ydime, ¿quién fue el único hombre que te interrogó? Daphne se puso seria.

—Enrealidad, era otro duque. Un hombre mayor de lo más extraño que dice que era un buen amigo de tu padre.

Los músculos de la cara de Simon se tensaron de inmediato.

Daphne se encogió de hombros y no se percató del cambio en la expresión de Simon.

—Meempezó a decir lo «buen duque» que era tu padre. —Daphne se rio mientras intentaba imitar la voz del hombre—. No tenía ni idea de que los duques teníais que salir en defensa de los demás. Bueno, tampoco queremos que un duque incompetente desmerezca su título, ¿no?

Simon no dijo nada.

Daphne empezó a darse golpecitos con un dedo en la mejilla mientras pensaba.

—¿Sabes? Nunca te he oído mencionar a tu padre.

—Eso es porque no me gusta hablar de él —dijo Simon, muy seco. Ella parpadeó, preocupada.

—Sí.

—Mepregunto si las cultivará ella.

—Notengo ni idea. —Otro incómodo silencio.—Los rosales son muy difíciles de cuidar.

Esta vez, la respuesta se limitó a un sonido gutural.

Daphne se aclaró la garganta y entonces, cuando Simon ni siquiera la miraba, preguntó:

—¿Hasprobado la limonada?—Nobebo limonada.

—Bueno, pues yo sí —respondió ella, muy seca, porque ya había soportado bastante—. Y tengo sed. Así que, si me disculpas, voy a buscar un vaso de refresco y te dejo aquí con tu mal humor. Estoy segura de que encontrarás a alguien más divertido que yo.

Se giró para marcharse, pero no pudo dar ni un paso porque sintió una fuerte mano que la agarraba por el brazo. Bajó la vista, fascinada por un momento por la visión de la mano enguantada de Simon, apoyada en la seda anaranjada de su vestido. La miró fijamente, casi deseando que se moviera, que le recorriera el brazo hasta la parte desnuda del codo.

Sin embargo, Simon no iba a hacerlo. Solo hacía esas cosas en sueños.—Daphne, por favor—dijo—.Mírame.

Hablaba en voz baja y con una intensidad que la hizo estremecer. Se giró y, cuando sus ojos se encontraron, Simon dijo:

—Por favor, acepta mis disculpas. Ella asintió.

Sin embargo, Simon sentía la necesidad de explicarse más.

sobre todo las líneas que se le habían acentuado alrededor de la boca. Tragósaliva—. Me enfado conmigo mismo.

—Y,al parecer, también con tu padre —dijo ella, suavemente.

Él no dijo nada. Daphne no esperaba que lo hiciera. Simon todavía la tenía cogida del brazo, así que ella le cubrió la mano con la suya.

—¿Te gustaría salir a tomar el aire? —le preguntó—. Parece que lo necesitas.

Él asintió.

—Tú quédate. Si sales conmigo a la terraza, Anthony me cortará la cabeza.

—Anthony puede decir misa —dijo Daphne, irritada—. Estoy harta de su vigilancia constante.

—Solo intenta ser un buen hermano.—¿Dequé lado estás?

Ignorando esa pregunta, Simon dijo:

—Estábien. Pero solo un paseo. Con Anthony puedo, pero si acuden todos tus hermanos, soy hombre muerto.

A unos cuantos metros, había una puerta que daba a la terraza. Daphne la señaló y la mano de Simon descendió por su brazo hasta llegar al codo.

—Además, posiblemente haya decenas de parejas en la terraza —dijo ella—,así que no podrá decir nada.

Sin embargo, antes de que pudieran salir, oyeron una voz masculina a sus espaldas:

—¡Hastings!

lengua. Sabía, sin ningún tipo de duda, que si intentaba hablar, sonaría igual que cuando tenía ocho años.

Y, por nada del mundo, quería avergonzarse así delante de Daphne.

Sin saber cómo, quizá porque nunca había tenido demasiados problemas con las vocales, dijo:

—Oh.

Se alegró de que su voz sonara seca y condescendiente.

Sin embargo, si el hombre se percató del rencor en su voz, lo pasó por alto.

—Estuve con él cuando murió —dijo Middlethorpe. Simon no dijo nada.

Daphne, bendita sea, intervino en la conversación con un compasivo:

—¡Dios mío!

—Mepidió que te diera unos mensajes. En casa, tengo varias cartas.—Quémelas.

Daphne se sorprendió y cogió a Middlethorpe por el brazo.

—Oh, no, no lo haga. A lo mejor no quiere leerlas ahora, pero seguro que en el futuro cambiará de opinión.

Simon la atravesó con la mirada y se giró hacia Middlethorpe.—Hedicho que las queme.

—Yo…eh…—Middlethorpe parecía totalmente confundido. Debía de saber que el duque y su hijo no se llevaban bien, pero obviamente el difunto duque no le había explicado la verdadera naturaleza de su relación. Miró a Daphne, reconociendo a una posible aliada, y le dijo—: Aparte de las cartas, me dijo que le explicara varias cosas. Podría decírselas ahora.

—Alparecer, sí que lo hacía—dijo—.Será mejor que vaya con él. Middlethorpe asintió.

—Por favor, no queme las cartas —dijo ella.

—Nunca se me habría ocurrido. Pero…

Daphne ya se iba hacia la terraza, pero se detuvo al ver que el hombre tenía algo más que decir.

—¿Quésucede?

—Yasoy mayor y estoy enfermo —dijoél—.Los médicos dicen que no me queda demasiado tiempo. ¿Podría dejarle a usted las cartas?

Daphne lo miró sorprendida y horrorizada. Sorprendida porque no podía creerse que le confiara una correspondencia tan personal a una chica joven a la que apenas conocía. Y horrorizada porque sabía que, si las aceptaba, Simon jamás la perdonaría.

—Nolo sé —dijo, indecisa—. No estoy segura de ser la persona indicada. Los ancianos ojos de Middlethorpe se arrugaron como los de alguien que

sabe lo que va a decir.

—Creo que usted es exactamente la persona más indicada —dijo—. Además, creo que sabrá encontrar el momento adecuado para dárselas.¿Puedo hacérselas llegar a su casa?

Daphne asintió. No sabía qué otra cosa hacer. Middlethorpe levantó el bastón y señaló hacia la terraza.—Serámejor que vaya con él.

Daphne lo miró, asintió y se fue. La terraza estaba iluminada por unos pocos apliques en la pared, así que estaban casi en la penumbra y solo vio a Simon ayudada por la luz de la luna. Estaba de pie, muy enfadado, con los

barandilla y dijo:

—Ojalá pudiera ver las estrellas.

Simon la miró, primero con sorpresa y después con curiosidad.

—EnLondres no se ven nunca —continuó ella, hablando en voz baja—. Las luces de la ciudad son demasiado brillantes o la niebla ya está muy baja. O, a veces, el aire está demasiado contaminado para ver a través de él. —Se encogió de hombros y miró al cielo, que estaba tapado—. Esperaba poder verlas aquí pero, por desgracia, las nubes no quieren colaborar.

Se quedaron callados un buen rato. Entonces, Simon se aclaró la garganta y dijo:

—¿Sabías que las estrellas son completamente distintas en el hemisferio sur?

Daphne no se había dado cuenta de lo tensa que estaba hasta que sintióque, ante esa pregunta, su cuerpo se relajaba. Simon estaba intentando retomar la noche donde la habían dejado, y ella estaba encantada. Lo miró, burlona, y dijo:

—Estás bromeando.

—No. Míralo en un libro de astronomía.

—Hum…

—Ylo más interesante —continuó Simon, cada vez más relajado— es

que, aunque no seas un experto en astronomía, y no lo soy…

—Y, obviamente —lo interrumpió Daphne, con una sonrisa—, yo tampoco.

Simon la cogió de la mano y sonrió, y Daphne respiró satisfecha de ver que sus ojos habían recuperado la alegría. Entonces, la satisfacción se

mujer sobre la que los hombres escriben poesía, supongo que me gustaría viajar.

—Yaeres el tipo de mujer sobre la que los hombres escriben poesía —le recordó Simon, en un tono sarcástico—. Lo que pasa es que era una poesía muy mala.

Daphne se rio.

—No te rías de mí. Fue muy emocionante. Mi primer día con seis pretendientes en casa y Neville Binsby me escribió una poesía.

—Siete pretendientes —dijoél—,incluyéndome a mí.—Siete incluyéndote a ti. Pero tú no cuentas.

—Mematas —bromeó él, imitando a Colin—. ¡Cómo me matas!—Quizá deberías plantearte empezar una carrera en el teatro.

—Quizá no —respondió él. Daphne sonrió.

—Quizá no. Pero lo que iba a decirte es que, aunque soy una chica inglesa de lo más aburrida, no tengo ningún deseo de ir a ningún sitio. Aquí soy feliz.

Simon agitó la cabeza y una extraña luz, casi eléctrica, le iluminó los ojos.—Noeres aburrida. Y —redujo la voz a un suspiro emocional— me

alegro de que seas feliz. No he conocido a demasiadas personas realmente felices.

Daphne lo miró y, lentamente, se dio cuenta de que Simon se había acercado a ella. Dudaba de que él se hubiera dado cuenta, pero su cuerpo tendía a acercarse al de ella, y Daphne descubrió que no podía apartar la mirada de él.

—¿Simon? —susurró.

—Demos un paseo por el jardín —dijo, suavemente.—Nopodemos.

—Tenemos que hacerlo.—Nopodemos.

La desesperación en la voz de Simon le dijo todo lo que necesitaba saber. La quería. La deseaba. Estaba loco por ella.

Daphne tuvo la sensación de que su corazón había empezado a cantar La flauta mágica y daba saltos de alegría.

Y pensó: ¿y si lo besaba? ¿Qué pasaría si se adentraran en el jardín, levantara la cara y dejara que sus labios tocaran los de ella? ¿Vería él lo mucho que lo quería? ¿Vería lo mucho que podría llegar a quererla? Y a lo mejor, solo a lo mejor, vería lo feliz que lo haría.

Entonces quizás dejaría de hablar de lo decidido que estaba a no pasar por la vicaría.

—Voy a dar un paseo por el jardín —dijo ella—. Si quieres, puedes acompañarme.

Mientras se alejaba, lentamente para que él pudiera seguirla, lo escuchómaldecir desde lo más profundo de su alma, y luego escuchó sus pasos detrás de ella.

—Daphne, esto es una locura —dijo Simon, pero la voz ronca delataba que más que convencerla a ella, intentaba convencerse a sí mismo.

Ella no dijo nada, solo siguió adentrándose en las profundidades del jardín.

—¡Porel amor de Dios, Daphne! ¿Quieres escucharme?—Lacogió con fuerza por la muñeca y la obligó a mirarlo—. Le hice una promesa a tu

le falló en el último momento. Nunca la habían besado y ahora que había invitado a Simon a que fuera el primero, no sabía qué hacer.

La mano de Simon se aflojó un poco pero enseguida volvió a cerrarse con fuerza sobre su muñeca, llevándola consigo detrás de un gran seto.

Susurró su nombre, le acarició la mejilla. Daphne abrió los ojos y separó los labios. Y, al final, fue inevitable.

Un beso ha arruinado a más de una dama.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

14 de mayo de 1813

Simon no estaba seguro de en qué momento supo que iba a besarla. Posiblemente, era algo que nunca supo, solo algo que sintió.

Hasta el último momento, había sido capaz de convencerse de que solo la había llevado detrás de aquel seto para regañarla, para reprenderla por su comportamiento tan despreocupado que solo podía traerles graves problemas a los dos.

Sin embargo, había sucedido algo o, a lo mejor, llevaba sucediendo desde hacía mucho y él se había esforzado en ignorarlo. Los ojos de Daphne eran distintos, casi brillaban. Y había abierto la boca, solo un poco, aunque lo suficiente para que Simon no pudiera dejar de mirarla.

Su mano empezó a subir por el brazo, por encima del guante blanco, por encima de la piel del codo y, al final, por encima de las mangas del vestido. La rodeó por la espalda y la atrajo hacia sí, eliminando por completo la distancia que los separaba. Quería tenerla más cerca. Quería tenerla a su alrededor, encima de él, debajo de él. La quería tanto que le daba miedo.

La amoldó a su cuerpo y la rodeó con los brazos. La notaba de arriba abajo contra su cuerpo. Era bastante más baja que él, así que sus pechos le

quedaban a la altura de las costillas y el muslo de Simon…Se estremeció de deseo.

que se perdía en ella. Estaba demasiado oscuro para diferenciar los colores exactos de aquella cara inolvidable, pero Simon sabía que los labios eran suaves y rosados, con un toque anaranjado en las comisuras. Sabía que los

ojos tenían mil matices de marrones, con un precioso círculo verde que constantemente lo invitaba a mirarlo más de cerca para ver si realmente estaba allí o era un producto de su imaginación.

Pero el resto, cómo sería abrazarla, cómo sería saborearla, solo podía imaginárselo.

Y Dios sabía que lo había imaginado. A pesar de su actitud serena, a pesar de las promesas que le había hecho a Anthony, se moría por ella. Cuando la veía al otro lado de una sala llena de gente, la piel le quemaba y, cuando la veía en sueños, su cuerpo se encendía.

Y ahora, ahora que la tenía en sus brazos, ahora que la respiración de Daphne era entrecortada por el deseo y que sus ojos brillaban con una pasión que seguro no podía entender, ahora creía que iba a estallar.

De modo que besarla se convirtió en un asunto de supervivencia. Era muy sencillo. Si no la besaba, si no la devoraba, moriría. Podía parecer melodramático, pero en aquel instante Simon habría jurado que era así. El deseo que sentía en el estómago estallaría y se lo llevaría con él.

La necesitaba hasta ese extremo.

Cuando, al final, cubrió su boca con sus labios, no fue nada suave. Tampoco fue cruel, pero tenía el pulso demasiado acelerado, demasiado urgente, y el beso fue el de un amante hambriento, no el de un educado pretendiente.

Y su cuerpo se dio cuenta de que ella también lo deseaba.

Las manos le recorrieron todo el cuerpo, la boca la devoró. No parecía saciarse de ella.

Sintió que la mano enguantada de Daphne subía con cautela hasta la parte alta de su espalda, deteniéndose en la nuca. Por donde pasaba, Simon sentía que la piel se estremecía y, después, quemaba.

Y quería más. Sus labios abandonaron su boca y bajaron por el cuello hacia el hueco encima de las clavículas. Ante cada caricia, Daphne emitía un gemido, y eso hacía que el deseo de Simon creciera todavía más.

Con las manos temblorosas, acarició el borde del escote del vestido. Era una tela muy delicada y sabía que solo necesitaría un ligero movimiento para que la delicada seda se deslizara bajo la turgencia de sus pechos.

Era una visión a la que no tenía derecho, un beso que no le correspondía, pero no podía evitarlo.

Le dio la oportunidad de detenerlo. Se movió con una lentitud agonizante, deteniéndose antes de desnudarla para darle una última oportunidad de decir que no. Sin embargo, Daphne arqueó la espalda y soltó un suspiró de lo más suave y seductor.

Simon estaba perdido.

Dejó caer la tela del vestido y en un sorprendente y estremecedor momento de deseo, la observó. Y entonces, mientras su boca descendía para acariciar su premio, escuchó:

—¡Cabrón!

Daphne, al reconocer la voz antes que Simon, se asustó y se apartó.—¡Dios mío! —suspiró—. ¡Anthony!

Sin embargo, Anthony estaba poseído. Golpeó a Simon; la rabia se le reflejaba en la cara, en los puños, en los sonidos tan primitivos que emitía.

En cuanto a Simon, se defendía de los golpes pero no los devolvía.

Daphne, que hasta ahora había estado allí quieta, como una idiota, se dio cuenta de que tenía que intervenir. De otro modo, Anthony mataría a Simon allí mismo, en el jardín de lady Trowbridge. Se agachó para intentar separar a su hermano del hombre que quería, pero justo en ese momento los dos rodaron por el suelo, golpearon a Daphne en las rodillas y la enviaron contra el seto.

—¡Aaaaaaaahhhhhhhh! —gritó, dolorida en más partes del cuerpo de las que creía posible.

El grito debió de contener una nota de agonía porque los dos hombres se detuvieron de inmediato.

—¡Oh, Dios mío! —Simon, que estaba encima de Anthony, fue el primero en reaccionar—. ¡Daphne! ¿Estás bien?

Ella se quejó, intentando no moverse. Tenía zarzas clavadas por todo el cuerpo y cada movimiento abría más las heridas.

—Creo que está herida—ledijo Simon a Anthony, muy preocupado—. Tenemos que levantarla recta. Si la doblamos, se hará más daño.

Anthony asintió, dejando momentáneamente de lado su enfado con Simon. Daphne estaba herida y ella iba antes que nada.

—Note muevas, Daff —dijo Simon, con una voz suave y dulce—. Voy a rodearte con los brazos. Luego te levantaré y te sacaré de ahí. ¿De acuerdo?

Ella agitó la cabeza.—Tevas a pinchar.

Necesitará tu abrigo.

Anthony ya se lo estaba quitando.

Simon se giró hacia Daphne y la miró fijamente.—¿Estáslista?—lepreguntó, dulcemente.

Ella asintió y, quizá fue una imaginación suya, pero tuvo la sensación de que estaba mucho más calmada ahora que lo miraba fijamente a los ojos.

Después de asegurarse de que no quedaba ninguna zarza enganchada a su piel, la acabó de rodear con los brazos.

—Ala de tres —dijo. Ella volvió a asentir.

—Una…Dos…

La levantó y la atrajo hacia sí con tanta fuerza que los dos rodaron por el suelo.

—¡Dijiste a la de tres! —gritó Daphne.—Mentí. No quería que te tensaras.

Daphne hubiera seguido con la discusión pero, justo entonces, vio que tenía el vestido destrozado y se apresuró a cubrirse con los brazos.

—Coge esto —dijo Anthony, dándole su abrigo.

Daphne lo aceptó de inmediato y se envolvió en él. A él le quedaba de maravilla, pero a ella le iba tan grande que parecía una capa.

—¿Estásbien?—lepreguntó, con brusquedad. Ella asintió.

—Bien. —Anthony se giró hacia Simon—. Gracias por sacarla de ahí. Simon no dijo nada, solo hizo un gesto con la cabeza.

Anthony volvió a mirar a Daphne.

pechos! ¡Su hermano! Aquello iba contra natura.

—Levántate —gritó Anthony—, para que pueda volver a pegarte.

—¿Estásloco? —gritó Daphne, interponiéndose entre él y Simon, que todavía estaba en el suelo, con la mano sobre el ojo morado—. Anthony, te juro que si le vuelves a pegar, no te lo perdonaré jamás.

Anthony la apartó.

—Elpróximo—dijo—es por traicionar nuestra amistad. Lentamente, ante el horror de Daphne, Simon se puso en pie.—¡No!—gritó ella, colocándose delante de Simon.

—Apártate, Daphne —le dijo Simon, suavemente—. Esto es entre nosotros dos.

—¡Noes verdad! Por si no lo recordáis, soy yo la que…—Dejóla frase a medias porque vio que ninguno de los dos la estaba escuchando.

—Apártate, Daphne —dijo Anthony, más brusco. Ni siquiera la miró, porque tenía los ojos fijos en los de Simon.

—¡Esto es ridículo! ¿No podemos hablarlo como personas adultas?—Miró a Simon y a su hermano y, al final, otra vez a Simon—. ¡Por el amor de Dios, Simon! ¡Tienes un ojo horrible!

Se le acercó y le tocó el ojo, que estaba sangrando.

Simon se quedó inmóvil, sin mover ni un músculo mientras ella le tocaba el ojo, preocupada. Sus dedos le rozaron la piel, un contacto que le calmaba el dolor. Ese contacto le dolía, aunque esta vez no era de deseo. Tenerla a su

lado era tan agradable; era tan buena, honorable y pura…

Y estaba a punto de hacer lo más deshonroso de su vida.

—Nopuedo—dijo—.No cuando está ahí pidiéndomelo. Simon dio un paso adelante, acercándose peligrosamente.—Pégame. Házmelo pagar.

—Lopagarás en el altar —respondió Anthony.

Daphne dio un grito ahogado que llamó la atención de Simon. ¿De qué se sorprendía? ¿Acababa de entender las consecuencias de, si no sus acciones, su estupidez al permitir ser descubiertos?

—Nolo obligaré —dijo Daphne.—Yosí —dijo Anthony.

Simon agitó la cabeza.

—Mañana por la mañana ya me habré marchado.—¿Tevas? —preguntó Daphne.

El tono dolido de su voz se clavó como un cuchillo de culpabilidad en el corazón de Simon.

—Sime quedo, estarás empeñada por mi presencia para siempre. Serámejor que me vaya.

El labio inferior de Daphne estaba tembloroso. Simon no podía soportar que temblara. De sus labios solo salió una palabra: su nombre, y lo dijo con una melancolía que a Simon se le partió el corazón.

Simon tardó unos segundos en poder decir:

—Nopuedo casarme contigo, Daff.

—¿Nopuedes o no quieres? —preguntó Anthony.—Las dos cosas.

Anthony volvió a pegarle.

¿Qué quieres decir?

Simon cerró el ojo y suspiró. A esa hora, al día siguiente, ya estaría muerto, porque no iba a disparar contra Anthony y dudaba de que Anthony se hubiera calmado lo suficiente como para disparar al aire.

Y, aun así, de un modo extraño y patético, conseguiría lo que siempre quiso. Por fin se vengaría de su padre.

Curiosamente, sin embargo, no era así como lo había pensado. Había

pensado… Bueno, no sabía qué había pensado. La mayoría no intentaba predecir cómo sería su muerte, pero sabía que no quería morir así. No quería morir con los ojos de su mejor amigo inundados de odio. No quería morir en un campo desierto al alba.

No quería morir deshonrado.

Las manos de Daphne, que le habían estado acariciando tan delicadamente el ojo, se apoyaron en sus hombros y lo zarandearon. Aquello hizo que abriera el humedecido ojo y vio su cara, muy cerca y muy furiosa.

—¿Quéte pasa, Simon?—lepreguntó. Tenía una cara que nunca había visto, con los ojos llenos de rabia, angustia y desesperación—. ¡Te va a matar! Os reuniréis en algún campo perdido y te matará. Y te comportas como si quisieras que lo hiciera.

—N-no q-q-quiero m-morir —dijo, demasiado cansado para preocuparse por el tartamudeo—. P-pero no puedo casarme contigo.

Las manos de Daphne le resbalaron por los brazos y ella se alejó. La mirada de dolor y rechazo en sus ojos era casi insoportable. Estaba tan abatida, envuelta en el abrigo de su hermano, con ramas de zarza colgadas del

Pero tenía que hablar con Daphne. Asegurarse de que lo entendía. Sin embargo, Anthony agitó la cabeza.

—Espera. —Simon colocó una mano encima del brazo del que una vez

fue su mejor amigo—. No puedo arreglar esto. He hecho… —suspiró con rabia, intentando aclarar sus pensamientos—. He hecho una promesa. Sé que

no puedo arreglarlo, pero puedo decirle…

—¿Decirle qué? —preguntó Anthony, imperturbable.

Simon apartó la mano de la manga de Anthony y se la pasó por el pelo. No podía decírselo a Daphne, no lo entendería. O peor, sí que lo entendería y, entonces, Simon solo tendría su compasión. Al final, dándose cuenta de que Anthony lo estaba mirando impaciente, dijo:

—Alo mejor puedo arreglarlo un poco. Anthony no se movió.

—Por favor.—YSimon se preguntó si alguna vez había querido decir algo con tanta intensidad como ahora.

Anthony no se movió durante un rato pero, al final, se apartó.

—Gracias —dijo Simon, con voz solemne, mirando a Anthony brevemente antes de concentrarse en Daphne.

Había pensado que a lo mejor no querría mirarlo a la cara y castigarlo con su rechazo, pero se encontró con que Daphne lo miró con la barbilla bien alta, con los ojos desafiantes. Nunca la había admirado tanto.

—Daff —empezó a decir, sin estar muy seguro de lo que iba a decir, pero con la confianza de que las palabras saldrían por sí solas—. N-no es por ti. Si pudiera ser cualquiera, serías tú. Pero si te casaras conmigo, te destruirías.

Anthony la rodeó con el brazo y le dio la vuelta, como si quisiera protegerla con evitar que lo mirara.

—Tellevaré a casa —dijo, suavemente—. Te meteré en la cama y te daréun vaso de coñac.

—Noquiero coñac —dijo ella, muy brusca—. Solo quiero pensar.

A Simon le dio la sensación de que aquel comentario molestó un poco a Anthony, pero lo único que hizo fue apretarla contra sí y dijo:

—Deacuerdo.

Y Simon se quedó allí, golpeado y ensangrentado, hasta que Anthony y Daphne desaparecieron en la noche.

El baile anual que lady Trowbridge ofreció en Hampstead Heath la noche del sábado fue, como siempre, uno de los puntos álgidos de la temporada de chismorreos. Esta autora vio a Colin Bridgerton bailar con las tres hermanas Featherington (por separado, claro), aunque debemos reconocer que no parecía demasiado complacido con su destino. Además, también se pudo ver a Nigel Berbrooke cortejando a una joven que no era Daphne Bridgerton; quizá, por fin, el señor Berbrooke se ha dado cuenta de la futilidad de su persecución.

Y hablando de la señorita Daphne Bridgerton: abandonó la fiesta bastante temprano. Benedict Bridgerton dijo a los curiosos que su hermana se había marchado por un dolor de cabeza, aunque esta autora la vio al principio de la noche hablando con el anciano duque de Middlethorpe y parecía gozar de una salud estupenda.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

17 de mayo de 1813

Por supuesto, fue imposible dormir.

Daphne iba de un lado a otro de su habitación, dejando huellas en la alfombra azul y blanca que tenía desde que era pequeña. Tenía mil cosas en la cabeza, pero había algo que estaba claro: tenía que detener ese duelo como fuera.

horas en casa, era buena señal. Si alguien hubiera presenciado la escena con Simon en el jardín, seguro que la voz hubiera corrido como pólvora y su madre habría vuelto a casa inmediatamente.

A lo mejor, Daphne podía pasar la noche únicamente con el vestido destrozado, y no su reputación.

Sin embargo, lo que menos le preocupaba era su buen nombre. Quería que su familia regresara por otra razón: no podía detener aquel duelo ella sola. Solo una loca cruzaría Londres a altas horas de la madrugada para intentar razonar con dos hombres beligerantes ella sola. Necesitaría ayuda.

Mucho se temía que Benedict se pondría del lado de Anthony; en realidad, le sorprendería si no fuera su testigo.

Pero Colin… Colin a lo mejor lo veía como ella. Posiblemente refunfuñaría y diría que Simon se merecía que le dispararan, pero Daphne sabía que si se lo rogaba, la ayudaría.

Y tenían que detener el duelo. Daphne no entendía qué le había pasado a Simon por la cabeza, seguramente tenía algo que ver con su padre. Ya hacía tiempo que ella se había dado cuenta de que había algún demonio interno que lo estaba torturando. Intentaba aparentar que estaba bien, sobre todo con ella, pero Daphne le había visto demasiadas veces una mirada desesperada en los

ojos. Además, tenía que haber alguna razón por la que se quedara callado tan a menudo. A veces, le daba la sensación de que ella era la única persona con la que estaba realmente relajado y era capaz de reír, bromear y hablar.

Y quizá también Anthony. Bueno, Anthony sí, pero antes de que pasara todo esto.

clamores.

Daphne sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a su madre. Violet oiría algo. Alguien se encargaría de que oyera algo. Ella solo esperaba que para cuando los rumores llegaran a oídos de su madre, y la mayoría fueran desgraciadamente ciertos, ella ya estuviera prometida con un duque.

La gente lo perdonaría todo si estaba relacionada con un duque.

Y ese sería el argumento principal de la estrategia de Daphne para salvarle la vida a Simon. A lo mejor él no quería salvarse, pero podía salvarla a ella.

Colin Bridgerton avanzó por el pasillo de puntillas, andando muy despacio por encima de la alfombra que cubría el suelo. Su madre se había ido a la cama y Benedict estaba con Anthony en el despacho de este. Sin embargo, no estaba interesado en ninguno de ellos; a quien quería ver era a Daphne.

Llamó cuidadosamente a la puerta, esperanzado por el hilo de luz que veía por debajo de la puerta. Obviamente, tenía las velas encendidas y como sabía que su hermana era terriblemente sensible a la luz y no podía dormir sin antes apagar todas las luces, entonces tenía que estar despierta.

Y si estaba despierta, tendría que hablar con él.

Levantó la mano para volver a llamar, pero se abrió la puerta y Daphne lo hizo pasar.

—Tengo que hablar contigo —dijo ella, casi susurrando y muy preocupada.

—Yotambién tengo que hablar contigo.

—¿Deveras?

Colin asintió, sonriendo.

—Nodirá nada. Estoy seguro. Somos amigos desde hace casi diez años. Pero, si él te vio, pudo hacerlo cualquiera. Lady Danbury nos estaba mirando bastante extrañada mientras el conde me explicaba lo que había visto.

—¿Lady Danbury me vio? —preguntó Daphne, muy exaltada.

—Nolo sé. Solo sé que me estaba mirando como si estuviera al corriente de todos mis pecados.

Daphne ladeó la cabeza.

—Ella es así. Además, si vio algo, dudo de que lo diga.—¿Lady Danbury? —preguntó Colin, incrédulo.

—Puede que sea una bruja, pero no es la clase de persona que va arruinando la vida de la gente por placer. Si vio algo, vendrá a decírmelo en persona.

Colin no parecía demasiado convencido.

Daphne se aclaró la garganta varias veces mientras intentaba encontrar la manera de formular la siguiente pregunta.

—¿Quées lo que vio Macclesfield, exactamente? Colin la miró, intrigado.

—¿Quéquieres decir?

—Loque he dicho —dijo Daphne, bastante enfadada y bastante nerviosa después de toda la noche en ascuas—. ¿Qué vio?

Colin se irguió y levantó la barbilla.

—Loque te he dicho —respondió—. Te vio adentrarte en el jardín con Hastings.

—Noutilices ese tono conmigo —dijo Daphne—, y no me acuses de autocompasión. Por el amor de Dios, un hombre va a morir mañana. Tengo derecho a estar triste.

Colin cogió una silla y se sentó delante de ella, mirándola inmediatamente con una inmensa preocupación.

—Serámejor que me lo expliques todo.

Daphne asintió y empezó a explicarle lo que había pasado. Sin embargo, no entró en detalles. Colin no necesitaba saber lo que Anthony había visto; con decirle que los había descubierto en una situación comprometedora habría bastante.

Terminó con un:

—¡Yahora van a batirse en duelo y Simon va a morir!—Nolo sabes, Daphne.

Ella agitó la cabeza, miserable.

—Nole disparará a Anthony. Estoy segura. Y Anthony…—Sele cortó la voz, y tuvo que tragar un par de veces antes de continuar—. Anthony estámuy furioso. No creo que rectifique.

—¿Quéquieres hacer?

—Nolo sé. Ni siquiera sé dónde va a celebrarse el duelo. ¡Solo sé que tengo que detenerlo!

Colin maldijo en voz baja y luego, más tranquilo, dijo:

—Nosé si podrás, Daphne.

—¡Tengo que hacerlo! —exclamó ella—. Colin, no puedo quedarme aquímirando las musarañas mientras Simon muere. —Hizo una pausa, y continuó—:Le quiero.

convencida.

—Noconozco a Hastings como Anthony —dijo Colin—. Ni como tú. Pero nunca he oído nada de ningún secreto oscuro de su pasado. ¿Estás segura

de que…?—Nopudo continuar. Dejó caer la cabeza entre las manos y, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono de lo más dulce—. ¿Estás segura de que esos sentimientos hacia ti no son imaginaciones tuyas?

Daphne no se ofendió. Sabía que esa historia parecía una fantasía. Pero, en su corazón, sabía que tenía razón.

—Noquiero que muera —dijo, en voz baja—. Al fin y al cabo, eso es loúnico que importa.

Colin asintió, pero le hizo una última pregunta:

—¿Noquieres que muera o no quieres cargar con las culpas de su muerte? Daphne se levantó, muy seria.

—Creo que será mejor que te vayas. —Utilizando sus últimas energías para mantener una voz serena—. No puedo creerme que me hayas preguntado eso.

Pero Colin no se fue. Alargó un brazo y apretó la mano de su hermana.—Teayudaré, Daff. Sabes que haría lo que fuera por ti.

Y Daphne se abalanzó sobre él y soltó todas las lágrimas que había estado reprimiendo.

Media hora más tarde, ya se le habían secado los ojos y tenía la cabeza más clara. Se había dado cuenta de que necesitaba llorar. Había ido guardando demasiadas cosas en su interior: sentimientos, confusión, dolor y rabia. Tenía

—¿Telo han dicho? —preguntó Daphne, impaciente. Colin asintió.

—No tenemos mucho tiempo. Supongo que querrás llegar antes que nadie, ¿no?

—SiSimon llega antes que Anthony, a lo mejor puedo convencerlo de que se case conmigo antes de que nadie desenfunde las armas.

Colin suspiró.

—Daff—dijo—,¿te has planteado la posibilidad de que, a lo mejor, no lo consigues?

Daphne tragó saliva.

—Intento no pensar en eso.

—Pero…

Daphne lo interrumpió.

—Silo pienso —dijo, preocupada—, me descentro; pierdo los nervios y no puedo hacer eso. Por Simon, no puedo hacerlo.

—Espero que sepa lo que vales —dijo Colin—. Porque si no lo sabe, yo mismo le dispararé.

—Serámejor que nos vayamos —dijo ella. Colin asintió y se fueron.

Simon fue por Broad Walk hasta el rincón más remoto y lejano de Regent’s Park. Anthony le había propuesto arreglar sus asuntos lejos de Mayfair, y a él le había parecido bien. El sol aún no había salido, claro, y era

—¿Dóndeestá tu testigo? —preguntó Benedict.—Nome preocupé de traer uno —dijo Simon.

—¡Pero tienes que tener un testigo! Sin testigo, un duelo no es un duelo. Simon se encogió de hombros.

—Nome pareció necesario. Habéis traído las pistolas. Confío en vosotros. Anthony se acercó a él.

—Noquiero hacer esto —dijo.—Notienes otra opción.

—Pero tú sí —dijo Anthony, impaciente—. Podrías casarte con ella. A lo mejor no la quieres, pero sé que la aprecias mucho. ¿Por qué no lo haces?

Simon se planteó explicárselo todo; las razones por las que había jurado que nunca se casaría ni tendría hijos. Pero no lo entendería. Los Bridgerton no, porque para ellos la familia solo era algo bueno y verdadero. No conocían las palabras crueles y los sueños rotos. No conocían el horroroso sentimiento del rechazo.

Entonces se le ocurrió decir algo cruel que hiciera enfurecer a Anthony y Benedict para acabar con todo aquello lo antes posible. Sin embargo, eso implicaría despreciar a Daphne, y eso sí que no podía hacerlo.

De modo que, al final, miró a Anthony Bridgerton, el hombre que había sido su amigo desde los primeros años en Eton, y le dijo:

—Solo quiero que sepas que no es por Daphne. Tu hermana es la mujer más maravillosa que jamás he conocido.

Y después, con un breve asentimiento hacia Anthony y Benedict, cogióuna de las pistolas de la caja que Benedict había dejado en el suelo y empezóa caminar hacia el otro lado.

sido aparecer así? —Sin darse cuenta de lo que hacía, la cogió por los hombros y empezó a temblar—. Uno de los dos podría haberte disparado.

—Oh, por favor —dijo ella, quitándole importancia—. Si ni siquiera habíais llegado a vuestras posiciones.

Tenía razón, pero Simon estaba demasiado furioso para dársela.

—Yvenir aquí a estas horas—gritó—.Deberías ser más prudente.—Soy prudente —respondió ella—. Colin me ha acompañado.

—¿Colin? —Simon empezó a buscar en todas las direcciones al pequeño de los Bridgerton—. ¡Voy a matarlo!

—¿Antes o después de que Anthony te atraviese el pecho con una bala?—Antes, te juro que antes —dijo Simon—. ¿Dónde está? ¡Bridgerton! Tres cabezas se giraron hacia él.

Simon empezó a caminar hacia ellos, con odio en los ojos.—Elidiota.

—Creo —dijo Anthony, levantando la barbilla hacia Colin—, que se refiere a ti.

Colin lo miró, desafiante.

—¿Yqué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejarla en casa ahogándose en lágrimas?

—¡Sí!—dijeron los tres hombres a la vez.

—¡Simon! —gritó Daphne, corriendo detrás deél—.¡Vuelve aquí! Simon miró a Benedict.

—Llévatela de aquí. Benedict parecía indeciso.

—Hazlo—leordenó Anthony.

Al final, hizo lo único que se le ocurrió para retrasar el duelo. Le dio un puñetazo a Simon.

En el ojo bueno.

Simon gritaba de dolor mientras retrocedía.—¿Porqué has hecho eso?

—Tírate al suelo, tonto—ledijo ella en voz baja. Si estaba en el suelo, Anthony no sería capaz de dispararle.

—¡No voy a tirarme al suelo! —dijo Simon, tapándose el ojo—. Derribado por una mujer. Intolerable.

—¡Hombres!—gruñóella—. Todos unos idiotas.—Segiró hacia sus hermanos, que la miraban con idénticas caras de sorpresa—. ¿Qué estáis mirando? —dijo.

Colin empezó a aplaudir.

Anthony le dio un codazo en el costado.

—¿Seríaposible que pudiera hablar un momento con el duque? —dijo, casi susurrando.

Colin y Benedict asintieron y se alejaron. Anthony no se movió. Daphne lo miró.

—Tepegaré a ti también.

Y lo habría hecho, pero Benedict volvió y casi le desencajó el brazo a su hermano del tirón que le dio.

Daphne miró a Simon, que se estaba tapando el ojo con una mano, como si así pudiera hacer desaparecer el dolor.

—Nopuedo creerme que me golpearas —dijo él.

Daphne miró a sus hermanos para asegurarse de que no los oían.

Simon se relajó visiblemente.—Nodirá nada.

—¡Pero había más gente!—Semordió el labio. No era una mentira. Podrían haber habido más. De hecho, posiblemente hubiera más gente.

—¿Quién?

—Nolo sé —admitió ella—. Pero me han llegado rumores. Y mañana lo sabrá todo Londres.

Simon soltó tantas palabras malsonantes seguidas que Daphne retrocedióun paso.

—Sino te casas conmigo —dijo ella, en voz baja—, estaré perdida.—Eso no es cierto —dijo él, aunque sin demasiada convicción.

—Escierto, y tú lo sabes.—Seobligó a mirarlo. Todo su futuro, ¡y la vida de él!, estaba en juego en ese momento. No podía fallar—. Nadie me

querrá. Me enviarán a algún rincón perdido delpaís…—Sabes que tu madre nunca haría eso.

—Pero nunca me casaré. —Dio un paso adelante, obligándolo a sentirla cerca—. Seré para siempre un objeto de segunda mano. Nunca tendré un

marido, nunca tendré hijos…

—¡Basta! —gritó Simon—. ¡Por el amor de Dios, basta!

Anthony, Benedict y Colin empezaron a correr hacia ellos cuando escucharon el grito, pero la mirada helada de Daphne los detuvo.

—¿Porqué no puedes casarte conmigo?—lepreguntó suavemente—. Séque me quieres. ¿Qué te pasa?

Simon escondió la cara entre las manos y empezó a apretarse la frente con

los dedos. Le dolía la cabeza. Y Daphne…, Dios, no dejaba de acercarse más

Un duelo, un duelo, un duelo. ¿Hay algo más emocionante,

más romántico… o más estúpido?

Ha llegado a oídos de esta autora que, a principios de semana, se produjo un duelo en Regent’s Park. Como se trata de una actividad ilegal, esta autora no revelará el nombre de los implicados, aunque expresa su más profundo rechazo hacia la violencia.

Por supuesto, mientras se publica este acontecimiento, parece que los dos idiotas (me niego a llamarlos «caballeros»porque eso implicaría cierto nivel de inteligencia; una cualidad que, si alguna vez poseyeron, obviamente olvidaron esa mañana) están sanos y salvos.

Una se pregunta si algún ángel sensible y racional les sonrióaquella fatídica mañana.

Si fuera así, esta autora cree que ese ángel debería repartir su influencia entre muchos más hombres. Con eso lograríamos una sociedad más pacífica y afable y así mejoraríamos este mundo de un modo inimaginable.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

19 de mayo de 1813

Simon levantó sus devastados ojos y la miró.

—Mecasaré contigo —dijo, en voz baja—, pero has de saber que…

Renunciaría a mucho más de lo que jamás había soñado.

Simon tenía que darle la oportunidad de rechazarlo. Ella se lo merecía. Tragó saliva porque tenía el sentimiento de culpabilidad a flor de piel. Ella se merecía mucho más que eso, pero eso era todo lo que le podía dar.

—Daphne —dijo, tranquilizándose un poco, como siempre, al pronunciar

su nombre—, si te casas conmigo…

Ella dio un paso adelante y levantó la mano, aunque tuvo que esconderla ante la mirada de precaución de Simon.

—¿Quépasa?—lesusurró ella—. No puede ser tan horrible como…—Nopuedo tener hijos.

Ya está. Ya lo había dicho. Y era casi la verdad.

Daphne abrió la boca pero, aparte de eso, su cuerpo no daba ninguna otra señal de que lo hubiera oído.

Sabía que esas palabras serían brutales, pero no había otra manera de hacerla entrar en razón.

—Site casas conmigo, nunca tendrás hijos. Nunca podrás tener un niño

en los brazos y saber que es fruto del amor. Nunca…

—¿Cómo lo sabes? —lo interrumpió Daphne, con una voz natural y extrañamente alta.

—Losé.

—Pero…

—No puedo tener hijos —repitió él, cruelmente—. Necesito que lo entiendas.

—Deacuerdo.

—No.

Todos los ojos se centraron en ella.

—Nohabrá ningún duelo—dijo—.El duque y yo nos casamos.

—Deacuerdo. —Parecía que Anthony quería reaccionar con mucho más alivio, pero la solemne cara de Daphne mantuvo una cierta quietud en el ambiente—. Se lo diré a los demás —dijo, y se alejó.

Simon sintió una oleada de algo extraño en los pulmones. Aire. Había estado aguantando la respiración y ni siquiera se había dado cuenta.

Y también sentía algo más. Algo cálido y terrible, algo triunfante y maravilloso. Era emoción, pura y dura, una extraña mezcla de alivio, alegría, deseo y miedo. Y él, que se había pasado gran parte de su vida evitando tales sentimientos, no sabía qué hacer con ellos.

Miró a Daphne.

—¿Estássegura?—lepreguntó, casi en un suspiro.

Ella asintió, con una cara carente de cualquier tipo de emoción.—Túlo vales.

Y se alejó lentamente hacia su caballo.

Y Simon se quedó allí preguntándose si acababa de subir al cielo o había descendido al más oscuro rincón del infierno.

Daphne se pasó el resto de día rodeada de su familia. Naturalmente, todos estaban muy emocionados por la noticia de su compromiso. Todos menos sus hermanos mayores, claro, que estaban un poco apagados. Y no los culpaba.

cayó la noche, sus respuestas se habían reducido a monosílabos. Al final, cuando Hyacinth le preguntó qué rosas quería para el ramo y Daphne respondió «tres», sus hermanas se dieron por vencidas y la dejaron sola.

El alcance de sus acciones la había dejado sin palabras. Había salvado la vida de un hombre. Se había comprometido en matrimonio con el hombre que adoraba. Y había accedido a una vida sin hijos.

Todo en un mismo día.

Se rio, un poco desesperada. Se preguntó qué haría al día siguiente. Pensaba que ojalá pudiera saber qué le había pasado por la cabeza en esos

últimos momentos antes de girarse hacia Anthony y decirle que no habría ningún duelo pero, honestamente, no creía que pudiera recordarlo. Fuera lo que fuera, no fueron palabras, frases o pensamientos conscientes. Fue como si estuviera rodeada de color. Rojos y amarillos con un toque anaranjado donde se encontraban. Puro sentimiento e instinto. No hubo razón ni lógica.

Y de algún modo, mientras todas esas sensaciones se apoderaban de ella, supo lo que tenía que hacer. Podía vivir sin los hijos que todavía no habían nacido, pero no podía vivir sin Simon. Los hijos eran amorfos, seres desconocidos que no podía ver ni tocar.

Simon, en cambio, era real y estaba allí. Sabía qué se sentía al acariciarle la mejilla y al reír delante de él. Conocía el dulce sabor de sus besos y el gesto irónico de su sonrisa.

Y lo quería.

Y, aunque apenas se atrevía a pensarlo, quizá Simon estaba equivocado. Quizá sí que podía tener hijos. Quizás un médico incompetente había fallado en el diagnóstico o quizá Dios estaba esperando el momento adecuado para

sabido escoger.

Daphne esbozó una sonrisa. Era cierto; había sabido escoger. Y sería muy

feliz en su matrimonio. Si Dios no los bendecía con un hijo…, bueno, a lo mejor ella también era estéril. Sabía de varios matrimonios que nunca habían tenido hijos y dudaba de que ninguno de ellos lo supiera antes de pronunciar sus votos matrimoniales. Además, con siete hermanos, seguro que no le faltarían sobrinos y sobrinas con los que jugar.

Era mejor vivir con el hombre al que quería, que tener hijos con uno al que no quisiera.

—¿Porqué no te acuestas un rato? —dijo Violet—. Pareces muy cansada. No me gusta verte con esas ojeras en la cara.

Daphne asintió y se puso de pie. Seguro que su madre tenía razón. Necesitaba dormir.

—Seguro que me sentiré mejor dentro de un par de horas —dijo, bostezando.

Violet se levantó y la cogió del brazo.

—No creo que puedas llegar a tu habitación sola —dijo, sonriendo mientras acompañaba a Daphne por la escalera—. Y, sinceramente, dudo de que te veamos dentro de un par de horas. Daré órdenes explícitas a todos de que nadie te moleste hasta mañana por la mañana.

Daphne asintió, casi dormida.

—De acuerdo —murmuró, entrando en su habitación—. Mañana estábien.

Violet la tendió en la cama y le quitó los zapatos, pero nada más.

contemplado todas las consecuencias.

Sin embargo, había tomado la decisión en un minuto. ¿Cómo podía haberlo pensado todo en tan solo un minuto?

A menos que estuviera enamorada de él. ¿Renunciaría al sueño de formar una familia por amor?

O, a lo mejor, lo hacía por culpabilidad. Si él hubiera muerto en ese duelo, estaba seguro de que Daphne pensaría que había sido culpa suya. Demonios, Daphne le gustaba. Era una de las personas más extraordinarias que había conocido. No creía que pudiera vivir con su muerte en su conciencia. A lo mejor, ella sentía lo mismo respecto a él.

Sin embargo, fueran cuales fueran sus motivos, la verdad es que el próximo sábado —lady Bridgerton ya le había enviado una nota comunicándole que no sería un noviazgo largo— estaría unido a Daphne para siempre.

Y ella a él.

Ahora ya no había marcha atrás. Daphne nunca se echaría atrás a estas alturas, y él tampoco. Y, para sorpresa de él, aquella realidad casi fatalista lo

hacía sentirse…Bien.

Daphne sería suya. Ella ya conocía sus defectos, sabía lo que no podría darle y, aun así, lo había escogido a él.

Aquello le abrigaba el corazón más de lo que hubiera creído nunca.—¿Señor?

Simon levantó la mirada desde el sillón del despacho donde estaba hundido. No es que necesitara hacerlo, porque ya sabía que era su

Simon esbozó una media sonrisa. No era sencillo. Le dolía mucho la cara.—Medoy cuenta de que es difícil ver la diferencia, pero el ojo derecho

está un poco peor que el izquierdo. Jeffries se inclinó un poco, curioso.—Confía en mí.

El mayordomo recuperó su postura.

—Por supuesto. ¿Quiere que lleve a lord Bridgerton al salón?

—No, hazlo pasar aquí—yante el claro nerviosismo de Jeffries, Simon dijo—: Y no tienes que preocuparte por mi seguridad. No creo que, a estas alturas, lord Bridgerton vaya a darme otro puñetazo. Aunque creo que le costaría un poco encontrar alguna parte ilesa donde dármelo.

Jeffries abrió los ojos y se fue.

Al cabo de un momento, Anthony Bridgerton entró por la puerta. Miró a Simon y le dijo:

—Estás horrible.

Simon arqueó una ceja, algo no demasiado sencillo dado su estado.—¿Yte sorprende?

Anthony se rio. Fue un sonido algo triste y apagado, pero todavía conservaba la esencia de aquel viejo amigo que fue. Una sombra de su vieja amistad. Le sorprendió lo agradecido que estaba por eso.

Anthony le señaló los ojos.—¿Cuáles el mío?

—Elderecho —respondió Simon, cubriéndoselo con la mano—. Daphne pega bastante fuerte para ser chica, pero no es tan fuerte y grande como tú.

¿Qué podía decir? ¿Que la seductora había sido ella y no él? ¿Que había sido ella la que había insistido en salir a la terraza y adentrarse en el jardín? Nada de eso importaba. Él era mucho más experimentado que ella. Debería haberla detenido.

No dijo nada.

—Espero que podamos olvidarnos de esto —dijo Anthony.—Seguro que a Daphne le gustaría mucho.

Anthony entrecerró los ojos.

—¿Yahora tu principal objetivo en la vida es cumplir sus deseos?

«Todos menos uno —pensó Simon—. Todos menos el que realmente importa.»

—Yasabes que haré todo lo que esté en mi mano para hacerla feliz—dijo, pausadamente.

Anthony asintió.

—Sile hacesdaño…

—Nunca le haré daño —dijo Simon, con los ojos brillantes. Anthony lo miró larga y fijamente.

—Estaba dispuesto a matarte por deshonrarla. Si le rompes el corazón, te garantizo que nunca más encontrarás la paz mientras vivas. Y no será mucho, te lo prometo.

—¿Lo suficiente para provocarme un dolor insoportable? —preguntóSimon, suavemente.

—Exacto.

Simon asintió. A pesar de que Anthony le estaba jurando torturarlo y matarlo, Simon no podía evitar respetarlo por eso. La devoción hacia una

era tan complicada? ¿Desde cuándo los amigos eran enemigos y los flirteos se convertían en lujuria?

¿Y qué iba a hacer con Daphne? No quería hacerle daño; en realidad, no podía soportar hacerle daño y, a pesar de todo, estaba destinado a hacérselo casándose con ella. La deseaba, suspiraba por el día que pudiera tenerla debajo de su cuerpo y pudiera penetrarla lentamente hasta que ella gritara su

nombre…

Se estremeció. Esos pensamientos no podían ser buenos para la salud.—¿Señor?

Jeffries otra vez. Simon estaba demasiado cansado para levantar la mirada, así que se limitó a hacer un gesto con la mano.

—Quizá le gustaría retirarse a su dormitorio, señor.

Simon miró el reloj, pero solo porque no tenía que mover la cabeza para hacerlo. Apenas eran las siete de la tarde. Todavía era temprano para acostarse.

—Estemprano —dijo.

—Sí—dijo el mayordomo—, pero pensaba que quizá querría descansar. Simon cerró los ojos. Jeffries tenía razón. A lo mejor, lo que necesitaba

era descansar en su colchón de plumas y sábanas de hilo. Podría irse a su habitación, donde seguramente pasaría una noche sin ver a ningún Bridgerton.

En su estado, podría dormir varios días seguidos.

¡El duque de Hastings y la señorita Bridgerton se casan!

Esta autora aprovecha la oportunidad para recordarles, queridos lectores, que esta boda ya se predijo en esta columna. Ha quedado demostrado que cuando en esta columna se predice un nuevo noviazgo entre una dama y un caballero, las apuestas de los clubes de hombres cambian en cuestión de horas, y siempre a favor del matrimonio.

Aunque esta autora no tenga permiso para entrar en White’s, tiene motivos para creer que las apuestas oficiales del matrimonio entre el duque y la señorita Bridgerton estaban 2 a 1.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

19 de mayo de 1813

La semana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Daphne no vio a Simon durante días. Si Anthony no le hubiera dicho que había estado en Hastings House arreglando los detalles del contrato de matrimonio, Daphne habría pensado que se había fugado del país.

Para sorpresa de Anthony, Simon no había aceptado ni un penique como dote. Al final, los dos decidieron que Anthony pondría el dinero que su padre había dejado para la boda de Daphne en una cuenta aparte de la que él sería el fideicomisario. Ella podría gastarlo o guardarlo para lo que quisiera.

—Puedes dárselo a tus hijos —dijo Anthony.

estómago le daba saltos y la piel le ardía, pero aquellas señales eran de deseo, no de incomodidad. Primero y más importante, Simon había sido su amigo y Daphne sabía que la felicidad que sentía siempre que él estaba cerca no era nada común.

Confiaba en que, entre los dos, volvieran a ser los mismos de antes pero, después de la escena en Regent’s Park, se temía que eso llegaría más tarde que pronto.

—Buenos días, Daphne.

Simon apareció en la puerta y llenó el salón con su maravillosa presencia. Bueno, igual no era tan maravillosa como siempre. Todavía tenía los ojos morados y el golpe de la mandíbula estaba adquiriendo una impresionante tonalidad verdosa.

Pero eso era mejor que una bala en el corazón.

—Simon —respondió ella—. Me alegro de verte. ¿Qué te trae por Bridgerton House?

Simon la miró sorprendido.

—¿Noestamos comprometidos? Ella se sonrojó.

—Sí,claro.

—Tenía entendido que los hombres tienen que ir a visitar a sus prometidas.—Sesentó delante de ella—. ¿No dijo nada al respecto lady Whistledown?

—Nocreo —dijo Daphne—. Pero seguro que mi madre, sí.

Los dos se rieron y, por un momento, Daphne creyó que todo volvería a ser como antes pero, cuando las risas desaparecieron, un incómodo silencio se

—Sí—dijoél—.Ya me han dicho varias veces que provoco esa reacción en las mujeres.

Daphne sonrió, aliviada. Si podían reírse de eso, seguro que todo volvería a ser como antes.

Simon se aclaró la garganta.

—Tenía un motivo para venir a verte.

Daphne lo miró, expectante, y esperó a que continuara.Él sacó del bolsillo una caja de una joyería.

—Esto es para ti.

Se quedó sin respiración cuando cogió la caja de terciopelo.—¿Estásseguro?

—Creo que los anillos de compromiso suelen ser habituales en esta situación —dijo él.

—¡Oh,qué tonta! No me di cuenta…

—¿Deque era un anillo de compromiso? ¿Qué pensabas que era?—Nopensaba —admitió ella.

Simon nunca le había hecho ningún regalo. Se había quedado tan conmovida por el gesto que se había olvidado completamente de que le debía un anillo de compromiso.

«Debía». No le gustaba esa palabra, ni siquiera le gustaba pensar en ella. Pero sabía que era lo que debió de pensar Simon al comprarlo.

Aquello la deprimió un poco. Se obligó a sonreír.

—¿Esuna antigüedad de tu familia?

—¡No!—dijo él, con tanta vehemencia que Daphne parpadeó.

aclararse la vista, deshizo el lazo y abrió la caja. Y solo pudo decir:

—¡Dios mío!—E,incluso eso, salió entre suspiros.

En la caja había un aro de oro blanco adornado con una esmeralda tallada que tenía, a cada lado, un perfecto diamante. Era la joya más bonita que había visto en su vida; brillante pero elegante, preciosa pero sin ser opulenta.

—Espreciosa —susurró—. Me encanta.

—¿Seguro? —Simon se quitó los guantes, se inclinó y lo sacó de la caja—.Porque es tu anillo. Lo vas a tener que llevar tú y debería ir acorde con tus gustos, no con los míos.

Daphne dijo, con la voz un poco temblorosa:

—Obviamente, tenemos los mismos gustos.

Simon respiró hondo, relajado, y la cogió de la mano. No se había dado cuenta de lo mucho que significaba para él que a Daphne le gustara el anillo hasta ese momento. Odiaba sentirse tan nervioso al estar junto a ella cuando, durante las últimas semanas, habían sido tan buenos amigos. Odiaba que se quedaran callados sin saber qué decir mientras, antes, ella era la única persona con la que nunca había sentido la necesidad de hacer pausas para hablar bien.

Y no es que ahora tuviera ningún problema para hablar. Es que no sabía qué decir.

—¿Mepermites?—lepreguntó.

Daphne asintió y empezó a quitarse el guante.

Pero Simon la detuvo y empezó a hacerlo él. Dio un ligero tirón en el extremo de cada dedo y luego, lentamente, le quitó el guante. Fue un gesto

iría bien entre ellos.

—¿Cómosupiste que me gustaban las esmeraldas? —preguntó ella.—Nolo sabía —dijoél—.Me recordaron a tus ojos.

—Amis… —ladeó la cabeza y la boca dibujó lo que solo podía ser una sonrisa irónica—. Simon, yo tengo los ojos marrones.

—Engran parte, sí—lacorrigió.

Daphne se giró hasta que pudo verse en el mismo espejo que él había usado antes y parpadeó varias veces.

—No—dijo, lentamente, como si hablara con alguien de poco intelecto—.Son marrones.

Él alargó un brazo y le rozó la parte inferior del ojo con un dedo, frotándole las pestañas como en un beso de mariposa.

—Por fuera, no.

Ella lo miró incrédula, aunque un poco esperanzada. Respiró hondo y se levantó.

—Voy a mirarlo mejor.

Simon observó divertido cómo se levantaba, se acercaba al espejo y se examinaba los ojos. Parpadeó, abrió los ojos y volvió a parpadear.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Nunca lo había visto!

Simon se levantó y se colocó junto a ella, inclinándose sobre la mesa que había delante del espejo.

—Pronto aprenderás que siempre tengo razón. Ella le lanzó una mirada sarcástica.

—¿Cómolo has visto?

Él se encogió de hombros.

Daphne le lanzó una sonrisa cómplice.—Sí,pero ellas no importan, ¿no? Simon reprimió una risa.

—Sitú lo dices, no.

—Pronto aprenderás —dijo ella— que siempre tengo razón.

Esta vez, Simon sí que soltó una carcajada. No pudo evitarlo. Al final, paró y se dio cuenta de que Daphne estaba callada. Lo estaba mirando con calidez aunque, al mismo tiempo, tenía una sonrisa nostálgica en los labios.

—Haestado bien —dijo ella, colocando su mano encima de la de Simon—.Como antes, ¿no te parece?

Él asintió y giró la mano para tomar la de ella y apretarla.

—Volverá a ser así, ¿no? —dijo ella, con los ojos temerosos—. Volveremos a ser como antes, ¿verdad? Todo volverá a ser igual.

—Sí—dijo él, aunque sabía que no era cierto. A lo mejor serían felices, pero nada volvería a ser lo mismo.

Ella sonrió, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro.—Bien.

Simon miró su imagen reflejada en el espejo un rato. Y casi creyó que sería capaz de hacerla feliz.

El día siguiente por la noche, la última noche de Daphne como señorita Bridgerton, Violet llamó a su puerta.

Daphne estaba sentada en su cama, con recuerdos de su infancia repartidos encima de la colcha.

matrimonio. En el último momento, las madres aceptaban a las hijas en el club de las mujeres y les confesaban todas las deliciosas verdades que tan escrupulosamente callaban frente a los oídos de las chicas solteras. Algunas de sus amigas ya se habían casado y Daphne y las demás habían intentado que les dijeran lo que nadie más les decía, pero las jóvenes señoras casadas solo reían y les decían: «Pronto lo descubriréis».

Pronto era ahora, y Daphne estaba impaciente.

En cambio, Violet parecía que fuera a devolver la cena de los últimos días en cualquier momento.

Daphne dio unos golpecitos en la cama.—¿Quieres sentarte aquí, mamá?

Violet parpadeó, distraída.

—Sí,sí, perfecto.—Sesentó, aunque casi en el límite del colchón. No parecía demasiado cómoda.

Daphne decidió apiadarse de ella y empezar la conversación.—¿Essobre el matrimonio? —preguntó.

El movimiento de cabeza de Violet fue casi imperceptible.

Daphne hizo un esfuerzo para reprimir el tono de fascinación escondido.—¿Lanoche de bodas?

Esta vez, Violet consiguió mover la barbilla arriba y abajo un par de centímetros.

—Nosé muy bien cómo decirte esto. Es algo muy indiscreto e íntimo. Daphne intentó tener paciencia. Seguro que, tarde o temprano, su madre

iría al grano.

—Entu noche de bodas—dijo—,tu marido esperará que cumplas con tu deber matrimonial.

Aquello no era nada que Daphne no supiera antes.—Tendrás que consumar tu matrimonio.

—Claro —dijo Daphne.—Élse acostará contigo.

Daphne asintió. Eso también lo sabía.

—Ytehará…—Violet buscaba la palabra agitando las manos en el aire—cosas íntimas.

Daphne abrió ligeramente la boca. Por fin la cosa se ponía interesante.

—Hevenido a decirte —dijo Violet, con una voz un poco más brusca—que el deber matrimonial no tiene por qué ser doloroso.

Pero ¿qué era?

Violet tenía las mejillas ardiendo.

—Séque a algunas mujeres el, eh, acto les parece algo desagradable,

pero…

—¿Deverdad? —preguntó Daphne, curiosa—. Entonces, ¿por qué veo tantas doncellas irse a solas con los lacayos?

Inmediatamente, a Violet le salió la vena de propietaria de una casa.—¿Quédoncellas hacen eso?

—Nointentes cambiar de tema—leadvirtió Daphne—. Llevo toda la semana esperando esto.

Su madre se quedó sin respiración un momento.—¿Deverdad?

La mirada de Daphne decía:«¿quéesperabas?».

un momento muy bonito y especial. —Violet empezó a moverse hacia los pies de la cama—. Y no debes estar nerviosa. Estoy segura de que el duque será un caballero.

Daphne se acordó del beso de Simon y pensó que «caballero» no era la primera palabra que le venía a la cabeza.

—Pero…

De repente, Violet se levantó.

—Muy bien. Buenas noches. Eso es lo que quería decirte.—¿Esoes todo?

Violet se fue hacia la puerta.

—Eh, sí —parpadeó, sintiéndose culpable—. ¿Esperabas algo más?

—¡Sí!—Daphne corrió detrás de su madre y se colocó delante de la puerta para que no pudiera escapar—. ¡No puedes irte sin explicarme algo más!

Violet miró a la ventana desesperadamente. Daphne agradeció que su habitación estuviera en el segundo piso, si no habría jurado que su madre habría saltado por ella.

—Daphne —dijo Violet, con la voz apagada.—Pero ¿qué hago?

—Tumarido lo sabrá —dijo Violet.—Mamá, no quiero hacer el ridículo. Violet hizo una mueca.

—Nolo harás. Confía en mí. Los hombres son…Daphne se agarró con fuerza a esa frase inacabada.

—¿Loshombres son qué? ¿Qué, mamá? ¿Qué ibas a decir?

—Estábien. Tu deber matrimonial, eh, la consumación, eh, es cómo se hacen los hijos.

Daphne se apoyó en la pared.

—Osea, que tú lo hiciste ocho veces.—¡No!

Daphne parpadeó, confundida. Las explicaciones de su madre eran muy vagas y todavía seguía sin saber qué era eso del deber matrimonial.

—Pero ¿no se supone que, para tener ocho hijos, tendrías que haberlo hecho ocho veces?

Violet empezó a abanicarse con furia.

—Sí.¡No! Daphne, esto es muy personal.

—Pero ¿cómo pudiste tener ocho hijos si…?

—Lohice más de ocho veces —dijo Violet, con una cara como si quisiera que la tierra la tragara en ese mismo instante.

Daphne miró a su madre, incrédula.—¿Deverdad?

—Aveces —dijo Violet, casi sin mover los labios y sin levantar la mirada del suelo—, la gente lo hace solo porque quiere.

Daphne abrió los ojos como platos.—¿Ah,sí?

—Eh…,sí.

—¿Como cuando un hombre y una mujer se besan?

—Sí,exacto —dijo Violet, respirando aliviada—. Es muy parecidoa…—Entrecerró los ojos y recuperó el tono de voz normal—. Daphne, ¿has besado al duque?

que estabas haciendo.

—¡Pero sí que tengo más preguntas!

Sin embargo, Violet ya estaba en la puerta.

Y Daphne, por muchas ganas que tuviera de descubrir los secretos del deber matrimonial, no estaba dispuesta a hacerlo en el pasillo delante de toda la familia y los sirvientes.

Además, la charla con su madre la había dejado algo preocupada. Violet le había dicho que el acto matrimonial era un requisito indispensable para tener hijos. Si Simon no podía tener hijos, ¿querría decir que tampoco podrían realizar las intimidades de las que le había hablado su madre?

Y, maldita sea, ¿en qué consistían esas intimidades? Daphne sospechaba que tenían que ver con los besos, porque la sociedad hacía especial hincapiéen que las chicas jóvenes guardaran sus labios puros y castos. Y también, pensó, sonrojándose al recordar la noche en el jardín con Simon, debían estar relacionadas con los pechos de una mujer.

Daphne hizo una mueca. Su madre prácticamente le había ordenado que no estuviera nerviosa, pero era imposible no estarlo, no cuando iba a firmar ese contrato sin tener ni idea de cómo llevar a cabo sus deberes.

¿Y Simon? Si no podía consumar el matrimonio, ¿sería un matrimonio de verdad?

Aquello era suficiente para hacer de Daphne una novia muy inquieta.

Al final, recordó muy pocos detalles del día de la boda. Vio las lágrimas en los ojos de su madre, que le resbalaron por las mejillas, y recordó la voz ronca de Anthony cuando la entregó a Simon. Hyacinth esparció los pétalos

Ella asintió, un movimiento de barbilla tan discreto que solo él lo vio.

Daphne vio un brillo especial en sus ojos… ¿Podía ser alivio?

«Yo os declaro…»

Gregory estornudó por cuarta, quinta y sexta vez, obligando al arzobispo a hacer una pausa antes del «marido y mujer». Daphne sintió una oleada de felicidad apoderarse de ella. Sin embargo, apretó los labios e intentó mantener la compostura. Al fin y al cabo, el matrimonio era una institución solemne y no debía ser tomada a broma.

Miró a Simon y vio que él la estaba mirando de una forma muy extraña. Tenía sus pálidos ojos azules fijos en su boca y la comisura de los labios le temblaba.

Daphne sintió que no podría reprimir mucho más esa oleada de felicidad.«Puedes besar a la novia.»

Simon la cogió con desesperación y la besó con tanto ímpetu que los presentes exclamaron sorprendidos.

Y entonces, los dos pares de labios, los del novio y los de la novia, empezaron a reír, aunque seguían mezclados.

Violet Bridgerton dijo que había sido el beso más extraño que jamás había visto.

Gregory Bridgerton, cuando dejó de estornudar, dijo que había sido asqueroso.

El arzobispo, que ya empezaba a ser mayor, se quedó perplejo.

Sin embargo, Hyacinth Bridgerton, que a los diez años no debería saber nada de besos, parpadeó y dijo:

Nos han dicho que la boda del duque de Hastings con la antigua señorita Bridgerton, aunque fue íntima, fue muy festiva. La señorita Hyacinth Bridgerton (de diez años) le confesó a la señorita Felicity Featherington (también de diez años) que el novio y la novia no dejaron de reír en toda la ceremonia. La señorita Felicity se lo dijo a su madre y esta, a todo el mundo.

Esta autora confiará en la palabra de la señorita Hyacinth, ya que no recibió una invitación para acudir al feliz acontecimiento.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

24 de mayo de 1813

No habría viaje de novios. Después de todo, no habían tenido demasiado tiempo para preparar la boda. En lugar de eso, Simon lo había arreglado todo para que pasaran algunas semanas en Clyvedon Castle, el feudo ancestral de los Basset. A Daphne le pareció bien porque se moría de ganas de escaparse de Londres y de los escrutiñadores ojos y oídos de la sociedad inglesa.

Además, tenía mucha curiosidad por conocer el lugar donde se había criado Simon.

Se lo imaginó de pequeño. ¿Había sido tan irrefrenable como era con ella?¿O había sido un niño tranquilo y reservado como se mostraba delante de los demás?

—¿No sería mejor pasar esta noche en Londres y viajar mañana a Clyvedon? —preguntó.

—Yaestá todo arreglado —dijo él.

—Ah…,está bien —dijo Daphne, haciendo esfuerzos para esconder su decepción. Estuvo callada durante un buen rato, mientras el carruaje se ponía en movimiento. Cuando llegaron a la esquina de Park Lane, preguntó—:

¿Pararemos en alguna posada?

—Claro —respondió Simon—. Tendremos que cenar. No estaría bien hacerte pasar hambre en nuestro primer día de casados, ¿no crees?

—¿Ypasaremos la noche en la posada? —insistió ella.

—No, iremos… —Simon cerró la boca y luego relajó la expresión. Se giró hacia ella y la miró con una cara muy tierna—. Soy un bruto, ¿verdad?

Ella se sonrojó. Siempre que la miraba así, se sonrojaba.

—No, no, es que me sorprendió que…

—No, tienes razón. Pasaremos la noche en la posada. Conozco una que está bastante bien y nos queda a medio camino. Tienen comida caliente y las camas están limpias.—Letocó la barbilla—. No abusaré de ti obligándote a hacer todo el viaje hasta Clyvedon en un día.

—Noes que no pueda aguantarlo —dijo, sonrojándose todavía más por las palabras que iba a pronunciar—. Es que nos acabamos de casar y, si no

nos paramos en una posada, tendremos que pasar la noche en el carruaje,y…—Nodigas más —dijo él, colocándole un dedo sobre los labios.

Daphne asintió, agradecida. No le apetecía hablar de su noche de bodas así. Además, parecía que lo propio era que fuera el hombre el que sacara el tema. Después de todo, de los dos, Simon era el experto.

Esa idea la hizo estremecer.

Simon miró a Daphne, su mujer, se recordó, aunque todavía le costaba creérselo. Nunca había planeado tener una mujer. En realidad, había planeado

no tener ninguna. Pero allí estaba, con Daphne Bridgerton… No, Daphne Basset. Era la duquesa de Hastings, eso es lo que era.

Posiblemente, eso era lo más raro de todo. Su ducado no había tenido nunca una duquesa. Y el título sonaba extraño, viejo.

Simon suspiró y se deleitó observando el perfil de Daphne. Entonces, frunció el ceño.

—¿Tienes frío? —preguntó. Estaba temblando.

Daphne tenía los labios separados, así que Simon vio cómo la lengua subía hasta el paladar para pronunciar una «n», pero rectificó y dijo:

—Sí.Bueno, solo un poco. No tienes que…

Simon la arropó con la manta un poco más, preguntándose por qué iba a mentirle en algo tan trivial como eso.

—Ha sido un día muy largo —dijo, y no porque lo sintiera aunque, cuando se paró a pensarlo, sí que había sido un día muy largo, sino porque le pareció lo más adecuado en ese momento.

Había estado pensando mucho en lo más apropiado en cada momento. Intentaría ser un buen marido. Era lo mínimo que ella se merecía. Había muchas cosas que, desgraciadamente, no podría darle como, por ejemplo, una

disfrutado.

Él la miró sin decir nada.

La cara de Daphne se torció con una frustración tan encantadora que Simon notó una sonrisa a punto de aparecer en sus labios.

—Túhas dicho que había sido un día muy largo —repitió ella—. Y yo he dicho que lo he disfrutado. —Cuando él siguió sin decir nada, ella resopló y añadió—: A lo mejor lo entiendes mejor si te digo que las palabras«sí»y«pero» estaban implícitas. Síiiiii, pero lo he disfrutado.

—Entiendo —dijo él, con toda la solemnidad que pudo.

—Metemo que entiendes muchas cosas —dijo ella—, pero que ignoras la mitad, como mínimo.

Él arqueó una ceja, lo que hizo que ella mostrara su descontento, lo que hizo que él quisiera besarla.

Cualquier cosa hacía que quisiera besarla.

En realidad, empezaba a ser bastante doloroso.

—Deberíamos estar en la posada cuando anochezca —dijo él, muy resuelto, como si estuviera hablando de negocios y aquello pudiera relajar la tensión.

Obviamente, no fue así. Lo único que consiguió fue recordarle que había retrasado la noche de bodas un día. Un día de deseo, de necesidad, de tener que soportar que su cuerpo la pidiera a gritos. Pero estaría loco si la hiciera suya en una pensión de carretera, por muy limpia y aseada que estuviera.

Daphne se merecía algo mejor. Sería su primera y única noche de bodas, yél quería que fuera perfecta.

Ella lo miró, sorprendida por el repentino cambio de tema.

Ella parpadeó y dijo:

—Yalo has dicho.

—Cierto —dijo él, y tosió—. Creo que voy a dormir un rato.

Ella abrió los ojos y, en realidad, adelantó toda la cara cuando preguntó:

—¿Ahora? Simon asintió.

—Parece que me repito pero ya te he dicho, como tú muy bien me has recordado, que ha sido un día muy largo.

—Esverdad.—Loobservó, curiosa, cómo intentaba encontrar la mejor postura. Y al final le preguntó—: ¿Estás seguro de que vas a poder dormir con el carruaje en marcha? ¿No te molesta el traqueteo?

Él se encogió de hombros.

—Soy capaz de dormirme donde sea. Es algo que aprendí en mis viajes.—Pues es una suerte —murmuró ella.

—Yque lo digas —asintió él.

Entonces, cerró los ojos y, durante casi tres horas, hizo ver que dormía.

Daphne lo miraba. Fijamente. No estaba durmiendo. Con siete hermanos, se sabía de memoria todos los trucos y Simon no estaba dormido.

Respiraba muy tranquilo y emitía los sonidos exactos de cuando uno duerme.

Pero Daphne se la sabía larga.

Cada vez que se movía, hacía un ruido inesperado o respiraba demasiado fuerte, Simon movía la barbilla. Era casi imperceptible, pero lo hacía. Y

matemáticas siempre acertaban en esas cosas, deberían estar a mitad de camino de Clyvedon y bastante cerca de la posada.

Cerca de su noche de bodas.

Por el amor de Dios, tendría que dejar de pensar en esos términos tan melodramáticos. Aquello era ridículo.

—¿Simon?

Él no se movió. Eso la irritó.

—¿Simon? —repitió, un poco más alto.

Vio cómo torcía la comisura de los labios, pero no se movió. Daphne estaba segura de que estaba decidiendo si lo había dicho lo bastante fuerte como para terminar con la farsa.

—¡Simon!—ledio un golpe, bastante fuerte, justo donde el brazo se une al pecho.

Seguro que estaría de acuerdo con ella en que nadie seguiría durmiendo después de eso.

Abrió los ojos e hizo un sonido bastante curioso, una respiración profunda como si se acabara de despertar.

Era muy bueno, pensó Daphne, admirada. Simon bostezó.

—¿Daff?

Daphne no se andó con rodeos.—¿Hemos llegado?

Él intentó desperezarse de la inexistente pereza.—¿Qué?

—¿Sihemos llegado?

Daphne no sabía cómo iba a aprobarla si no la veía por dentro pero, en cualquier caso, dijo que sí. Simon la llevó hasta dentro y la dejó junto a la puerta mientras él fue a hablar con el dueño.

Daphne se quedó mirando los que iban y venían. Primero pasó un matrimonio joven, que parecía de la pequeña nobleza, al que acompañaron a un comedor privado. También había una madre subiendo la escalera con sus cuatro hijos; Simon estaba discutiendo con el dueño de la posada y había un

caballero alto y desgarbado apoyado en una…

Daphne se giró hacia su marido. ¿Simon estaba discutiendo con el dueño de la posada? Estiró el cuello. Los dos hablaban en voz baja pero estaba claro que Simon estaba enfadado. Parecía que el dueño iba a fundirse de la vergüenza de no poder satisfacer al duque de Hastings.

Daphne frunció el ceño. Aquello no pintaba bien.¿Debería intervenir?

Los observó discutir un poco más y luego decidió que sí, que debía intervenir.

Con pasos que no eran dubitativos, pero que tampoco se podrían definir como determinados, se acercó a su marido.

—¿Hayalgún problema? —preguntó. Simon la miró brevemente.

—Creía que estabas esperando en la puerta.—Asíera—sonrió—.Pero me he movido.

Simon hizo una mueca y se volvió a girar hacía el dueño.

Daphne tosió un poco, solo para comprobar si Simon le hacía caso. No fue así. Ella frunció el ceño. No le gustaba que la ignoraran.

—¿Laseñora Weatherby es la que acaba de entrar con cuatro niños? El dueño asintió.

—Sino fuera por los niños…

Daphne lo interrumpió porque no quería oír el resto de una frase que, indudablemente, implicaba echar a la calle a una mujer sola en plena noche.

—Noveo ninguna razón por la que no podamos arreglarnos con una habitación. Tampoco somos tan importantes.

A su lado, Simon apretó la mandíbula hasta que Daphne le oyó rechinar los dientes.

¿Quería habitaciones separadas? La sola idea valía para que una recién casada se sintiera lo bastante despreciada.

El dueño miró a Simon y esperó su aprobación. Simon asintió y el dueño juntó las manos encantado, y también aliviado porque no había nada peor para un negocio que un duque descontento con el servicio. Cogió la llave y salió de detrás del mostrador.

—Sihacen el favor de seguirme…

Simon dejó que Daphne pasara primero, así que ella subió la escalera detrás del dueño. Después de girar un par de esquinas, llegaron a una habitación amplia, muy bien amueblada y con vistas al pueblo.

—Bueno —dijo Daphne, cuando el dueño se fue—. A mí me parece perfecta.

La respuesta de Simon fue un gruñido.

—¡Quéelocuente! —murmuró Daphne, y después desapareció detrás del biombo.

Simon la miró un rato hasta que fue consciente de dónde se había metido.

—Unpoco —dijo. Tragó saliva, muy nerviosa—. Aunque no sé si podrécomer algo.

—Laúltima vez que vine la comida era excelente. Te aseguro que…—Nome preocupa la comida—lointerrumpió—, sino mis nervios. Simon la miró sin entender nada.

—Simon —dijo ella, intentando esconder su impaciencia, aunque según Simon, no lo consiguió—, nos hemos casado hoy.

Por fin todo tuvo sentido.

—Daphne —dijo él, amablemente—. No tienes que preocuparte. Daphne parpadeó.

—¿No?

Simon respiró hondo. Ser un marido amable y cuidadoso no era tan fácil como parecía.

—No consumaremos nuestro matrimonio hasta que lleguemos a Clyvedon.

—¿No?

Simon abrió los ojos, sorprendido. ¿Eran imaginaciones suyas o Daphne parecía decepcionada?

—Novoy a acostarme contigo en una posada de carretera—dijo—.Te respeto más que eso.

—¿No?¿Sí?

Simon contuvo la respiración. Estaba decepcionada.—Hum, no.

Ella se inclinó.

—¿Ypor qué no?

abrazarla, cayó de cara encima de la cama.

—¿Daphne? —dijo con la boca pegada al colchón.

—Debería haberlo sabido —dijo ella, lloriqueando—. Lo siento mucho.¿Lo sentía? Simon se sentó derecho. ¿Estaba lloriqueando? ¿Qué estaba

pasando? Daphne nunca lloriqueaba.

Ella se giró y lo miró con ojos temblorosos. Simon se hubiera preocupado más, pero es que no tenía ni idea de qué le pasaba a Daphne. Y como no tenía ni idea, dio por sentado que no sería nada serio.

Una actitud muy arrogante, pero cierta.

—Daphne —dijo, con dulzura—, ¿qué te pasa? Daphne se sentó a su lado y le acarició la mejilla.

—Soy tan insensible —susurró—. Debería haberlo sabido. No tendría que haber dicho nada.

—¿Quédeberías haber sabido? —dijo él. Daphne apartó la mano.

—Que no puedes… Que no podrías…—¿Queno puedo qué?

Ella bajó la mirada y la fijó en las manos que tenía encima de las rodillas.—Por favor, no me hagas decirlo —dijo.

—Esta debe de ser la razón —murmuró Simon— por la que los hombres evitan el matrimonio.

Aquellas palabras eran para él pero, desafortunadamente, Daphne las escuchó y se echó a llorar.

—¿Quédiablos te pasa? —preguntó él, más serio, al final.—Que no puedes consumar el matrimonio —susurró ella.

—¡Sobre todo cuando no es verdad! —exclamó él. Daphne levantó la cabeza.

—¿Nolo es?

Simon entrecerró los ojos.—¿Telo dijo tu hermano?

—¡No!—Ella apartó la mirada de su cara—. Mi madre.

—¿Tu madre? —Simon se quedó boquiabierto. Seguro que ningún hombre había tenido que soportar aquello en su noche de bodas—. ¿Tu madre te dijo que yo era impotente?

—¿Es esa la palabra? —preguntó ella, curiosa. Sin embargo, ante la penetrante mirada de Simon, se apresuró a añadir—: No, no, no lo dijo con esas mismas palabras.

—¿Yqué fue —preguntó Simon, recalcando cada palabra— lo que dijo, exactamente?

—Bueno, no demasiado —admitió Daphne—. En realidad, fue muy raro,

pero me dijo que el acto matrimonial…—¿Lollamó «acto»?

—¿Noes así como todo el mundo lo llama? Simon agitó la mano en el aire y dijo:

—¿Quémás te dijo?

—Medijo que el, eh, como quieras llamarlo…

A Simon le pareció encantador que, en tales circunstancias, todavía echara mano del sarcasmo.

—…está, de alguna manera, relacionado con la procreacióny…—¿Dealguna manera? —interrumpió Simon.

—Sí—dijo él.

—Nolo pareces.

Simon agitó una mano en el aire para que continuara.

—Bueno —dijo ella, lentamente—. Le pregunté si eso quería decir que

ella había participado en ese acto ocho veces y se puso muy coloraday…—¿Lepreguntaste eso? —estalló Simon, sin poder reprimirse.

—Sí.—Daphne entrecerró los ojos—. ¿Te estás riendo?—No—dijo él, entrecortadamente.

Daphne hizo una mueca.

—Pues parece que te estés riendo. Simon agitó la cabeza.

—Está bien —continuó Daphne, claramente contrariada—. A mí me pareció que la pregunta tenía sentido, porque tiene ocho hijos. Pero entonces

me dijo que…

Simon agitó la cabeza y levantó una mano, con una expresión que ni siquiera él sabía si era de reír o llorar.

—Nome lo digas. Te lo ruego.

—Oh. —Daphne no supo qué decir, así que se limitó a quedarse con las manos juntas sobre el regazo y a cerrar la boca.

Al final, escuchó que Simon respiraba hondo y le decía:

—Séque voy a arrepentirme de preguntártelo. De hecho, ya me estoy arrepintiendo, pero ¿por qué pensabas que era—seestremeció— incapaz de consumar nuestro matrimonio?

—Bueno, dijiste que no podías tener hijos.

Simon hundió la cara entre las manos y, por un momento, Daphne creyóque estaba llorando. Sin embargo, mientras ella estaba allí sentada castigándose a sí misma por haber hecho llorar a su marido en su noche de bodas, se dio cuenta de que se estaba riendo.

El muy desconsiderado.

—¿Teestás riendo de mí? —exclamó ella. Simon agitó la cabeza, sin levantarla.

—Entonces, ¿de qué te ríes?

—Oh, Daphne—dijo—.Tienes tanto que aprender…—Nunca dije lo contrario—gruñóella.

Si la gente no se preocupara tanto por mantener a las chicas jóvenes tan ignorantes respecto a las realidades del matrimonio, se evitarían escenas como esta.

Él se inclinó, apoyó los codos en las rodillas y la miró profundamente.—Puedo enseñarte —susurró.

A Daphne le dio un vuelco el estómago.

Sin apartar la mirada de sus ojos, Simon le cogió una mano y se la acercóa los labios.

—Teaseguro —dijo, recorriéndole un dedo con la lengua— que soy perfectamente capaz de satisfacerte en la cama.

De repente, a Daphne le costaba respirar. ¿Y desde cuándo hacía tanto calor en esa habitación?

—No-no sé muy bien lo que quieres decir.Él la atrajo contra su cuerpo.

—Yalo sabrás.

Londres ha estado de lo más tranquilo esta semana, ahora que nuestro duque favorito y la duquesa favorita del duque se han ido a la costa. Esta autora les puede explicar que vieron al señor Nigel Berbrooke invitando a bailar a la señorita Penelope Featherington o que la señorita Featherington, a pesar de la alegre mirada de su madre casi forzándola a aceptar y su aceptación posterior, no parecía excesivamente alegre.

Pero ¿quién quiere oír hablar del señor Berbrooke o la señorita Penelope? No nos engañemos. Todos estamos ansiosos por saber algo del duque y la duquesa.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

28 de mayo de 1813

Era como volver a estar en el jardín de lady Trowbridge, pensó Daphne, aunque esta vez no habría interrupciones, ni hermanos mayores, ni temor de ser descubiertos; solo un marido y una mujer y una promesa de pasión desbordada.

Los labios de Simon encontraron los suyos, suaves pero penetrantes. Con cada caricia, cada movimiento de lengua, Daphne sentía escalofríos por todo el cuerpo y pequeños espasmos de deseo que cada vez eran más frecuentes.

—¿Tehe dicho alguna vez—lesusurró Simon— lo enamorado que estoy de la comisura de tus labios?

sonríes, te ocupa la mitad de la cara.

—¡Simon! —exclamó ella—. Eso suena horrible.—Esencantador.

—Deforme.—Deseable.

Daphne se puso seria pero, al mismo tiempo, no podía dejar de sonreír.—Obviamente, no tienes ni idea de los cánones de belleza femeninos. Simon arqueó una ceja.

—Enlo relativo a ti, a partir de ahora solo importan mis cánones. Por un momento, Daphne no supo qué decir y luego estalló a reír.

—Oh, Simon—dijo—,parecías tan feroz. Tan maravillosa, perfecta y absurdamente feroz.

—¿Absurdo? —repitióél—.¿Me estás llamando absurdo?

Daphne apretó los labios para reprimir otra risa, pero no lo consiguió.—Escasi tan malo como que te llamen impotente—gruñó.

Daphne se puso seria inmediatamente.

—Simon, sabes que yono…—noinsistió más y dijo—: Lo siento mucho.—No lo sientas —dijo él, agitando la mano en el aire para restarle

importancia—. A quien tendría que matar es a tu madre, pero tú no tienes que excusarte por nada.

Daphne soltó una risita.

—Mamáhizo lo que pudo y si yo no hubiera estado tan confundida por lo

que dijiste…

—Encima, ¿es culpa mía? —dijo él, en tono burlón. Pero luego, su rostro adquirió una expresión más seductora. Se acercó a ella, se inclinó sobre ella

Daphne—, serás mía.

Daphne empezó a respirar más deprisa, cada sonido más inapreciable. Simon estaba tan cerca, cada centímetro de su cuerpo cubriéndola. Había imaginado esta noche miles de veces desde que él aceptó casarse con ella en Regent’s Park, pero nunca pensó que el peso de su cuerpo sobre el suyo fuera tan excitante. Simon era grande y estaba muy musculado; era imposible escapar de ese ataque seductor, ni que Daphne hubiera querido.

Era muy extraño sentir tanta felicidad por tener tan poco poder. Podía hacer con ella lo que quisiera, y ella se dejaría.

Sin embargo, cuando el cuerpo de Simon se estremeció y abrió la boca

para pronunciar su nombre y lo único que pudo decir fue «D-D-Daph…», ella se dio cuenta de que también tenía un poder. Simon la quería tanto que no podía ni respirar, la deseaba tanto que apenas podía articular palabra.

Y, sin saber cómo, al ser consciente de ese poder, descubrió que su cuerpo sabía qué tenía que hacer. Levantó las caderas en busca de él y, mientras las manos de Simon le subían la falda hasta la cintura, ella lo rodeó con las piernas para acercarlo más al centro de su feminidad.

—Dios mío, Daphne —dijo Simon, entrecortadamente, levantándose un

poco y apoyándose sobre los codos—. Quiero… No puedo…

Daphne lo rodeó por la espalda, intentando acercarlo otra vez. Hacía frío en el vacío que su cuerpo había dejado.

—Nopuedo ir despacio—gruñó.—Nome importa.

—A mí sí —la pasión se reflejaba en sus ardientes ojos—. Estamos perdiendo la cabeza.

Daphne rezó para que no esperara que se lo dijera ella, porque era incapaz de articular palabra.

—O—dijo Simon, lentamente, metiendo un dedo debajo del corsé— ¿las dos cosas?

Y entonces, antes de que ella pudiera reaccionar, le dejó caer la parte del vestido de modo que quedó atrapada en la cintura. Si no fuera por la fina camisola de seda, estaría totalmente desnuda.

—Vaya, vaya. Esto sí que es una sorpresa —dijo Simon, acariciándole un pecho por encima de la seda—. No es que sea una mala sorpresa, por supuesto. La seda nunca es tan suave como la piel, pero tiene sus ventajas.

Daphne contuvo la respiración mientras observaba cómo Simon movía la camisola de lado a lado, provocando que la fricción le endureciera los pezones.

—Notenía ni idea —suspiró Daphne, acalorada. Simon empezó a acariciarle el otro pezón.

—¿Niidea de qué?

—Deque eras tan malvado.

Simon sonrió, lenta y ampliamente. Sus labios se acercaron a sus oídos y susurraron:

—Eras la hermana de mi mejor amigo. Totalmente prohibida. ¿Quéquerías que hiciera?

Daphne se estremeció de deseo. La respiración de Simon le acariciaba el

oído, pero la sensación le recorría todo el cuerpo.

—Nopodía hacer nada —continuó él, apartando un tirante de la camisola—.Excepto imaginarte.

pecho, y luego el otro—. Esta noche todos mis sueños se harán realidad. Daphne apenas tuvo tiempo de resoplar antes de que la boca de Simon

encontró su pecho y empezó a lamerle el pezón endurecido.

—Esto es lo que quería hacer en el jardín de lady Trowbridge—dijo—.¿Lo sabías?

Ella agitó con fuerza la cabeza, apoyándose en sus hombros. Se balanceaba de lado a lado, y apenas podía mantener la cabeza erguida. Espasmos de puro deseo le recorrían el cuerpo haciéndole perder la respiración, el equilibrio y hasta el juicio.

—Claro que no lo sabías —dijoél—.Eres tan inocente…

Con sus hábiles dedos, Simon le sacó el resto de la ropa hasta que Daphne quedó desnuda en sus brazos. Con suavidad, porque sabía que debía estar tan nerviosa como excitada, la dejó en la cama.

Cuando empezó a desnudarse, sus movimientos fueron más torpes. Tenía la piel ardiendo y el cuerpo agitado de deseo. Ella estaba en la cama, una tentación como no había visto otra. Su piel brillaba sonrosada a la luz de las velas y el pelo, que hacía mucho que había perdido la forma, le caía alrededor de la cara.

Los mismos dedos que la habían desnudado con tanta presteza, ahora parecían atontados a la hora de desabotonar sus propios botones.

Cuando se disponía a quitarse los pantalones, vio que Daphne se estaba tapando con las sábanas.

—No—dijo Simon, con una voz irreconocible.

Los ojos de Daphne encontraron los suyos y él dijo:

—Yoseré tu manta.

—Teestás riendo —dijo ella—, y no me digas que te ríes conmigo porque esa excusa no funciona.

—Mereía —dijo él, suavemente, apoyándose en los codos para mirarla a la cara—, porque estaba pensando en lo mucho que me alegro de que seas tan ignorante.—Seacercó a ella y le dio un tierno beso—. Es un honor ser elúnico hombre que te ha tocado así.

Los ojos de Daphne brillaron con tanta pureza que Simon se rindió a sus pies.

—¿Deverdad? —susurró ella.

—Sí —respondió él, sorprendido de lo grave que sonaba su voz—. Aunque honor es solo la mitad de lo que siento.

Ella no dijo nada, pero sus ojos eran terriblemente curiosos.

—Mataré al próximo hombre que se atreva a mirarte de reojo —dijo él. Para su sorpresa, Daphne se echó a reír.

—Oh, Simon —resopló—. Es maravilloso ser el objeto de esos celos irracionales. Gracias.

—Yame darás las gracias luego —dijo él.

—Y, a lo mejor —murmuró ella, con unos ojos insoportablemente seductores—, tú también me las darás a mí.

Simon notó que separaba los muslos cuando volvió a dejarse caer, con su erección dura, contra ella.

—Yalo hago —dijo, difuminando las palabras en su piel mientras le besaba el hueco del hombro—. Créeme, ya lo hago.

Nunca había estado tan agradecido por el control de su cuerpo que tanto le había costado aprender. Todo su cuerpo pedía hundirse en ella y hacerla suya,

más caliente y húmeda de lo que Simon jamás hubiera imaginado. Sin embargo, para asegurarse, o sencillamente porque no podía resistir el perverso impulso de torturarse, metió un dedo dentro de su cuerpo, comprobando su calidez, acariciándola por dentro.

—¡Simon! —exclamó ella, retorciéndose bajo su cuerpo.

Ya tenía los músculos tensos y Simon supo que ya estaba lista. Apartó la mano de golpe, ignorando las quejas de Daphne.

Se sirvió de sus muslos para separar los de ella y, con un gemido, se colocó en posición para penetrarla.

—P-Puede que te duela un poco —susurró, agitadamente—, pero te p-

prometo que…

—Hazlo —dijo, meneando la cabeza de lado a lado.

Y así lo hizo. Con un poderoso movimiento, la penetró. Sintió cómo se abrían sus músculos, pero ella no dio ninguna señal de dolor.

—¿Estásbien? —dijo, tensando todos sus músculos para no moverse dentro de ella.

Daphne asintió, soltando el aire despacio.—Esmuy extraño —admitió.

—Pero ¿no te duele? —preguntó él, casi avergonzado por la desesperación de sus palabras.

Ella agitó la cabeza, con una pequeña y femenina sonrisa en la cara.

—Nome duele—dijo—.Pero antes… cuando has… con el dedo…Incluso a la luz de las velas, Simon apreció que se había sonrojado.

—¿Esesto lo que quieres? —dijo, retirándose hasta que solo estaba dentro de ella a medias.

empujón, ella alcanzó el orgasmo y se dejó llevar por el poder de su propia liberación.

En contra de su buen juicio, Simon la penetró una última vez, hundiéndose en ella hasta el fondo y saboreando la dulzura de su cuerpo.

Después, dándole un beso terriblemente apasionado, se apartó y se derramó en las sábanas, junto a ella.

Esa fue la primera de muchas noches de pasión. Los recién casados fueron a Clyvedon y allí, para mayor vergüenza de Daphne, se encerraron en la habitación de matrimonio durante más de una semana.

Por supuesto, la vergüenza no fue tanta porque Daphne solo hizo un intento desganado por, realmente, salir de la habitación.

Cuando salieron de su reclusión de luna de miel, a Daphne le enseñaron Clyvedon, y lo necesitaba porque, el día que llegaron, lo único que pudo ver fue el camino de la puerta principal al dormitorio ducal. También se pasóvarias horas presentándose a los sirvientes de más rango. Obviamente, la habían presentado oficialmente al llegar pero a Daphne le pareció mejor conocer de manera más individualizada a los miembros más importantes del servicio.

Como Simon solo había pasado allí su niñez, muchos de los sirvientes que se habían incorporado más tarde no lo conocían, pero los que ya estaban en Clyvedon cuando era pequeño parecía, a los ojos de Daphne, que sentían una auténtica devoción por él. Mientras paseaba por el jardín con Simon se rio de

despertado esa devoción eterna en el servicio. Simon no dijo nada.

Daphne insistió.

—AColin también le pasa. Cuando era pequeño, era como un diablillo pero tan insoportablemente encantador que los sirvientes lo adoraban. Un

día…

Se calló y se quedó con la boca abierta. No tenía demasiado sentido continuar porque Simon se había dado la vuelta y se había marchado.

Las rosas no le interesaban lo más mínimo. Y tampoco nunca había reflexionado sobre las violetas, pero ahora Simon estaba apoyado en una baranda de madera admirando los famosos jardines florales de Clyvedon como si se planteara seriamente una carrera de horticultor.

Y todo porque no podía soportar las preguntas de Daphne sobre su infancia.

Sin embargo, la verdad era que odiaba los recuerdos. Despreciaba todo y todos los que le recordaban a aquella época. La única razón por la que había traído aquí a Daphne era porque era la única de sus residencias que estaba a dos días de viaje desde Londres y estaba lista para vivir en ella.

Los recuerdos hacían renacer los sentimientos. Y Simon no quería volver a sentirse como aquel niño pequeño. No quería recordar las muchas veces que le había enviado cartas a su padre y había esperado en vano una respuesta. No quería recordar las amables sonrisas de los sirvientes; sonrisas que siempre

tenía ningún motivo oculto para interrogarlo sobre su infancia. ¿Cómo iba a tenerlo? No sabía nada de sus ocasionales dificultades en el habla. Se había esforzado mucho para que ella no se diera cuenta.

No, pensó, no se había tenido que esforzar demasiado. Siempre se había sentido muy cómodo con ella, se sentía libre. Desde que la conocía, casi no había tartamudeado, excepto durante algún episodio de rabia y enfurecimiento.

Y cuando estaba con Daphne, la vida era cualquier cosa menos rabia y enfurecimiento.

Se apoyó todavía más en la barandilla, curvando la espalda por el peso de la culpabilidad. Había sido muy maleducado con ella. Al parecer, estaba destinado a hacerlo una y otra vez.

—¿Simon?

Había notado su presencia incluso antes de que dijera su nombre. Daphne se acercó por detrás de él, caminando suave y silenciosamente por la hierba, pero Simon sabía que estaba ahí. Pudo oler su fragancia y escuchar el viento enredado en su pelo.

—Estas rosas son muy bonitas —dijo ella.

Simon sabía que aquella era su manera de intentar suavizar su mal carácter de antes. Sabía que Daphne se moría por seguir haciéndole preguntas. Sin embargo, y a pesar de su edad, era muy lista y, aunque a él le gustaba burlarse de ella por eso, sabía mucho sobre los hombres y sus cambios de humor. Daphne no le preguntaría nada más. Al menos por hoy.

—Dicen que las plantó mi madre —respondió él.

Un poco más tarde, mientras Simon se encargaba de los asuntos de las propiedades con el contable, Daphne decidió que podría ir a conocer mejor a la señora Colson, el ama de llaves. Aunque todavía no había hablado con Simon de dónde iban a fijar su residencia, Daphne creyó que, en algún momento, siempre volverían a Clyvedon y si había aprendido algo de su madre era que una señora debía tener una buena relación laboral con el ama de llaves.

Y no es que Daphne tuviera miedo de no llevarse bien con la señora Colson. La había conocido brevemente cuando Simon le había presentado al servicio y, en esos pocos instantes, le había dado la sensación de ser una persona muy amable y habladora.

Se presentó en la puerta del despacho de la señora Colson, una pequeña habitación junto a la cocina, un poco antes de la hora del té. El ama de llaves, una señora bastante guapa de unos cincuenta años, estaba en el escritorio elaborando los menús de la semana.

Daphne golpeó la puerta abierta.—¿Señora Colson?

El ama de llaves levantó la cabeza e, inmediatamente, se puso en pie.

—Señora —dijo, haciendo una pequeña reverencia—. Debería haberme llamado.

Daphne sonrió, incómoda, porque todavía no se acostumbraba al cambio de trato de mera señorita a duquesa.

incómoda.

—Me he encargado personalmente de ese salón todos estos años —continuó la señora Colson—. Cambié la tapicería hace tres años —dijo, levantando la barbilla, satisfecha—. Fui a Londres a buscar la misma tela.

—Entiendo —dijo Daphne, saliendo del despacho—. El difunto duque debió de querer mucho a su mujer para ordenar un mantenimiento tan detallado de su salón favorito.

La señora Colson le respondió sin mirarla a los ojos.

—Fue decisión mía —dijo, pausadamente—. El duque siempre me daba un presupuesto para el mantenimiento de la casa y a mí me pareció un buen uso del dinero.

Daphne se esperó mientras el ama de llaves llamaba a una doncella y le daba instrucciones para el té.

—Es una habitación preciosa —dijo Daphne, cuando empezaron a caminar juntas—. Y, aunque el actual duque no llegó a conocer a su madre, estoy segura de que le gustará mucho que usted haya tomado esa decisión.

—Eslo mínimo que podía hacer —dijo la señora Colson, a medida que avanzaban por el pasillo—. Después de todo, yo no siempre serví a la familia Basset.

—¿No?—preguntó Daphne, curiosa.

Los sirvientes de alto rango solían ser muy leales y servían a una misma familia durante generaciones.

—No, yo era la doncella personal de la duquesa —dijo, deteniéndose en la puerta del salón amarillo para que Daphne pasara primero—. Y, antes de eso,

saber más cosas sobre la infancia de Simon. Él decía muy poco pero ella sentía que significaba mucho paraél—.Por favor, continúe. Me encantaría escuchar más cosas de la difunta duquesa.

A la señora Colson se le humedecieron los ojos.

—Era la persona más buena que ha habido. Ella y el duque, bueno, no fue un matrimonio por amor, pero se apreciaban. A su manera, eran amigos.—Miró a Daphne—. Los dos conocían perfectamente cuáles eran sus

obligaciones como duques y se tomaron sus responsabilidades muy en serio. Daphne asintió.

—Ella estaba decidida a darle un hijo. Siguió intentándolo incluso después de que los médicos le dijeran que no lo hiciera. Cada mes, cuando veía que no estaba en estado, lloraba desconsolada en mis brazos.

Daphne volvió a asentir, deseando que el movimiento ocultara su expresión tensa. Le costaba escuchar historias sobre una mujer que no podía tener hijos sin que le afectaran. Pero se dijo que tendría que ir acostumbrándose. Sería mucho peor tener que responder a las preguntas que llegarían.

Porque llegarían, indudablemente. Preguntas lastimosamente educadas y dolorosamente compasivas.

Sin embargo, por fortuna, la señora Colson no se percató del gesto de Daphne. Se sorbió la nariz antes de continuar.

—Siempre decía que cómo iba a ser una buena duquesa si no podía engendrar un heredero. Aquello me rompía el corazón. Cada mes igual.

Daphne se preguntó si su corazón también se rompería cada mes. Posiblemente no. Ella, al menos, ya sabía de antemano que no iba a tener

—Pero entonces, por fin, nació el señorito Simon.—Laseñora Colson soltó un suspiro maternal y miró a Daphne, avergonzada—. Le ruego que me disculpe. No debería llamarlo así. Ahora es el duque.

—Nose preocupe por mí —dijo Daphne, contenta de tener algo de lo que reírse.

—Esdifícil cambiar de costumbres a mi edad —dijo, suspirando—. Y me temo que una parte de mí siempre lo recordará como aquel pobre niño.—Miró a Daphne y agitó la cabeza—. No lo habría pasado tan mal si la duquesa no hubiera muerto.

—¿Pasado mal? —dijo Daphne, deseando que eso sirviera de empujón para que la señora Colson siguiera explicándole cosas.

—Elduque nunca lo comprendió —dijo el ama de llaves, con energía—.

Se enfadaba con él y lo llamaba estúpidoy…Daphne levantó la cabeza.

—¿Elduque pensaba que Simon era estúpido?—lainterrumpió.

Aquello era absurdo. Simon era una de las personas más inteligentes que conocía. Una vez le había preguntado cosas sobre sus estudios en Oxford y se había quedado asombrada de que en su clase de matemáticas ni siquiera utilizaran números.

—Eldifunto duque no veía más allá de su nariz —dijo la señora Colson, con un resoplido—. Nunca le dio una oportunidad al chico.

Daphne notaba que se inclinaba hacia delante, como si no quisiera perderse ni una de las palabras del ama de llaves. ¿Qué le había hecho el duque a Simon? ¿Era por eso que siempre se ponía de mal humor cuando alguien mencionaba a su padre?

tapicería que la señora Colson había cuidado con tanto esmero. Al final, cuando la doncella se fue, la señora Colson bebió un sorbo de té y dijo:

—Bueno, ¿qué le estaba diciendo?

—Meestaba hablando del difunto duque —dijo Daphne, rápidamente—. Que nada de lo que hiciera mi marido era lo bastante bueno para él y que en

su opinión…

—¡Dios mío! Me estaba escuchando atentamente —dijo la señora Colson—.Me alaba.

—Pero ¿decía…?

—Sí,claro. Solo iba a decir que, durante mucho tiempo, he creído que el duque no le perdonó a su hijo que no fuera perfecto.

—Pero, señora Colson —dijo Daphne—, nadie es perfecto.

—Claro que no, pero… —Los ojos del ama de llaves miraron al vacío un momento con una expresión de total desprecio hacia el difunto duque—. Si lo hubiera conocido, lo entendería. Había esperado tanto tiempo un hijo. Y, en su opinión, el nombre de los Basset era sinónimo de perfección.

—¿Ymi marido no era el hijo que quería? —preguntó Daphne.—Noquería un hijo. Quería una pequeña y perfecta réplica suya. Daphne no pudo contener más su curiosidad.

—Pero ¿por qué el duque repudiaba tanto a Simon? ¿Qué había hecho? La señora Colson abrió los ojos y se colocó una mano encima del pecho.—¿Nolo sabe?—dijo—.Claro, ¿cómo iba a saberlo?

—¿Elqué?

—Que no podía hablar. Daphne se quedó boquiabierta.

época, yo era la ayudante del ama de llaves, pero me solía dejar entrar y ayudarla con las clases.

—¿Yle costaba? —susurró Daphne.

—Algunos días, pensaba que explotaría de la frustración. Pero era muy testarudo. Sí señor, era un chico muy testarudo. Nunca he visto a nadie tan entregado a una tarea.—Laseñora Colson agitó la cabeza con tristeza—. Y

su padre seguía rechazándolo. Seme…

—Rompía el corazón —dijo Daphne, terminando la frase por ella—. A míme habría pasado lo mismo.

La señora Colson bebió un sorbo de té durante el largo e incómodo silencio que se produjo.

—Muchas gracias por permitirme tomar el té con usted, señora —dijo, malinterpretando el silencio de Daphne—. Ha sido muy poco habitual por su

parte invitarme, pero muy…

Daphne la miró mientras el ama de llaves buscaba la palabra adecuada.—Amable —dijo, la señora Colson, al final—. Ha sido muy amable.

—Gracias —murmuró Daphne, distraída.

—Pero no le he dicho nada de Clyvedon —dijo, de repente, la señora Colson.

Daphne agitó la cabeza.

—Otro día, quizás —dijo.

Ahora tenía muchas cosas en las que pensar.

La señora Colson, consciente de que Daphne deseaba estar sola, se levantó, hizo una reverencia y, sigilosamente, se marchó.

El asfixiante calor que ha hecho esta semana en Londres ha sido un verdadero impedimento para los actos sociales. Esta autora vio cómo la señorita Prudence Featherington se desmayaba en el baile de Huxley, pero es imposible saber si fue por el calor o por la presencia de Colin Bridgerton, que ya ha roto más de un corazón desde su regreso del continente.

Lady Danbury también ha caído víctima de las sofocantes temperaturas y se fue de Londres hace varios días, alegando que su gato (una criatura con mucho pelo) no soportaba el calor. Es de suponer que se habrá refugiado en su casa de campo de Surrey.

Cualquiera diría que a los duques de Hastings no les han afectado las altas temperaturas; están en la costa, donde la brisa marina siempre se agradece. Sin embargo, esta autora no puede estar segura porque, en contra de lo que muchos piensan, no tiene espías en todas las familias y, mucho menos, fuera de Londres.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de junio de 1813

Era extraño, pensó Simon, que no llevaban casados ni quince días y ya habían adquirido unas rutinas y costumbres muy agradables. Ahora mismo, él

—Megusta ver cómo te cepillas el pelo—dijo—,pero me gusta más hacerlo yo mismo.

Daphne lo miró fijamente. Lentamente, soltó el cepillo.

—¿Hasacabado con las cuentas? Estuviste con el contable mucho tiempo.

—Sí,fue un trabajo duro pero necesario,y…—Sequedó inmóvil—.¿Qué estás mirando?

Daphne apartó los ojos de su cara.

—Nada —dijo ella, con la voz claramente entrecortada.

Simon agitó levemente la cabeza; un movimiento más dirigido a él que a ella, y luego empezó a peinarla. Por un momento, le había parecido que Daphne le estaba mirando la boca.

Intentó controlar la necesidad de tartamudear. Cuando era pequeño, la gente siempre le miraba la boca. Lo miraban con una fascinación horrorizada, mirándolo ocasionalmente a los ojos, pero siempre acababan volviendo a la boca, como si no pudieran creerse que un niño con un aspecto tan normal pudiera producir esos sonidos.

Pero ahora debía haber sido su imaginación. ¿Por qué iba Daphne a mirarle la boca?

Le pasó el cepillo suavemente por el pelo, acariciándolo también con los dedos.

—¿Telo has pasado bien con la señora Colson?—lepreguntó.

Daphne se estremeció. Fue un movimiento muy pequeño y pudo controlarlo bastante bien, pero Simon igualmente se dio cuenta.

—Sí—dijo—.Sabe muchas cosas de la casa.

—Yalo creo. Ha vivido aquí desde siem… ¿Qué estás mirando?

—Sí,claro —dijo ella—. Los echo de menos. Nunca me había separado de ellos tanto tiempo. Aunque siempre he sabido que, cuando me casara,

tendría mi familiay…

Se produjo un silencio algo extraño.

—Bueno, ahora tú eres mi familia —dijo ella, con una voz un poco triste. Simon suspiró mientras seguía peinándola.

—Daphne—dijo—,tu familia siempre será tu familia. Yo nunca podré

ocupar su lugar.

—No—dijo ella. Se giró hacia él y, con unos ojos ardientes, le susurró—:

Pero puedes ser algo más.

Y Simon se dio cuenta de que sus intentos de seducción no iban a ir a ningún sitio porque su mujer estaba intentando seducirlo a él.

Daphne se levantó y dejó caer la bata de seda. Debajo, llevaba un camisón a juego que dejaba entrever casi tanto como lo que escondía.

Una de las grandes manos de Simon empezó a acariciarle un pecho y sus

oscuros dedos contrastaban con el verde salvia del camisón.

—Este color te gusta mucho, ¿no? —dijo él, con la voz ronca. Ella sonrió y él se olvidó de respirar.

—Vaa juego con mis ojos —dijo ella, riéndose—. ¿Recuerdas?

Simon le devolvió la sonrisa, aunque no supo cómo. Nunca antes había creído que fuera posible sonreír cuando uno estaba a punto de morir por falta de oxígeno. A veces, la necesidad de tocarla era tan grande que solo mirarla le dolía.

La acercó a su cuerpo. Tenía que hacerlo. Si no, se habría vuelto loco.

Lo que Daphne quería decir, y quería decir algo porque ya había abierto la boca, se perdió en el aire cuando llegó a la cama.

Simon la cubrió en un segundo. Puso una mano a cada lado de las caderas y las fue subiendo hasta colocarle los brazos encima de la cabeza. Se detuvo en los antebrazos.

—Eres muy fuerte—dijo—.Más fuerte que la mayoría de las mujeres. Daphne le lanzó una pícara mirada.

—Nome importan las demás mujeres.

Entonces, con un movimiento muy rápido, la cogió por las muñecas y se las inmovilizó encima de la cabeza.

—Pero no tanto como yo.

Ella inspiró de golpe, sorprendida, un sonido que Simon encontraba especialmente seductor y enseguida le rodeó las dos muñecas con una mano, dejando la otra libre para recorrerle el cuerpo.

Y eso hizo.

—Sino eres la mujer perfecta—gruñó,arremangando el camisón hasta la

cintura—, entonces el mundoes…

—Basta —dijo ella, temblorosa—. Sabes que no soy perfecta.

—¿No?—dijo él, con una sonrisa malvada mientras deslizaba la mano

hasta debajo de una nalga—. Debes de estar mal informada porque esto…—le dio un apretón— es perfecto.

—¡Simon!

—Yen cuanto a estos.—Seincorporó y le cubrió un pecho con la mano, jugando con el pezón a través de la seda—. Bueno, creo que no tengo que decirte lo que pienso de estos.

—Soy muy feliz por haberme casado contigo —dijo ella, en una oleada de ternura—. Estoy muy orgullosa de que seas mío.

Simon se quedó quieto, sorprendido por aquellas palabras tan serias. Habló con voz grave.

—Yotambién estoy orgulloso de que seas mía. —Estiró los pantalones—. Y te lo demostraría si pudiera quitarme estos malditos pantalones.

Daphne sintió otra carcajada en la garganta.

—Alo mejor, si usaras las dos manos… —sugirió. Simon la miró, muy travieso.

—Pero eso querría decir soltarte. Ella ladeó la cabeza.

—¿Ysi te prometo que no moveré los brazos?—Note creo.

Daphne sonrió, maliciosamente.

—¿Ysi te prometo que los moveré?

—Bueno, eso suena más interesante. —Saltó de la cama y se quitó los pantalones en menos de tres segundos. Se tendió de lado junto a ella—. Bueno, ¿por dónde íbamos?

Daphne volvió a reírse.—Justo por aquí, creo.

—Ajá—dijo él, con una divertida expresión acusatoria—. No estabas prestando atención. Estábamos—secolocó encima de ella— justo aquí.

La risa se convirtió en una carcajada.

—¿Nadie te ha dicho que no debes reírte de un hombre cuando estáintentando seducirte?

Cuando logró decir algo, tenía la voz totalmente rota.

—D-Daphne,yo…

—Shhh —dijo ella, cubriéndole los labios con un dedo—. No digas nada. Espera hasta que estés bien.

Y entonces se preguntó si había pronunciado las peores palabras posibles porque, ¿alguna vez estaba bien Simon al hablar?

—Solo bésame —le susurró ella con urgencia para dejar atrás aquel extraño momento—. Por favor, bésame.

Y Simon lo hizo.

La besó con una intensidad feroz, ardiendo con la pasión y el deseo que fluía entre los dos. No quedó un lugar que labios y manos no recorrieran hasta que el camisón acabó a los pies de la cama con las sábanas.

Sin embargo, a diferencia de las otras noches, Daphne no quedó como un pelele en sus brazos. Aquel día tenía muchas cosas en la cabeza y nada, ni siquiera los más ardientes deseos de su cuerpo, podían detener el frenético ritmo de sus pensamientos. Flotaba en el deseo, cada nervio expertamente excitado por Simon y, aun así, su cabeza seguía analizándolo todo.

Cuando Simon la miró con esos ojos, tan azules que incluso a la luz de las velas brillaban, ella se preguntó si aquella intensidad se debía a emociones que no sabía expresar con palabras. Cuando pronunció su nombre entre gemidos, Daphne no podía evitar escucharlo atentamente por si tartamudeaba. Y cuando la penetró y echó la cabeza hacia atrás tensando todos los músculos del cuello, Daphne se preguntó por qué parecía que estaba sufriendo.

¿Sufriendo?

—Por favor—lerogó él, colocando la otra mano debajo de ella para

apretarla todavía más contraél—.Necesito que… ¡Ahora, Daphne, ahora!

Y ella lo hizo. El mundo explotó a su alrededor y ella cerró los ojos tan

fuerte que vio puntos de luz y estrellas. Escuchó música… o a lo mejor solo fueron sus gemidos y gritos cuando alcanzó el orgasmo, que eran más potentes que el latido de su propio corazón.

Simon, con un gruñido que parecía que se lo arrancaban directamente del alma, se separó de ella justo un segundo antes de derramarse encima de las sábanas, como siempre.

Dentro de unos instantes, Simon la giraría y la abrazaría. Era un ritual que Daphne había llegado a adorar. Él la abrazaría fuerte; la espalda de ella contra su pecho y hundiría su cara en su pelo. Y luego, cuando la respiración entrecortada se calmara, se dormirían.

Pero esta noche fue distinto. Esta noche, Daphne estaba un poco nerviosa. Estaba cansada y saciada, pero algo estaba mal. Había algo que le rondaba por la cabeza y le remordía el inconsciente.

Simon se giró y se colocó junto a ella, llevándola hacia la parte limpia de la cama. Siempre hacía lo mismo, sirviéndose de su cuerpo como barrera para que ella nunca estuviera en contacto con su semen. Ella pensaba que era muy

considerado por su partey…

Daphne abrió los ojos. Estuvo a punto de gritar.

«Un útero no crecerá sin una semilla fuerte y sana.»

Daphne no le había dado importancia a las palabras de la señora Colson. Se había quedado demasiado impactada por la historia de la infancia de

Ella alargó un dedo.

—¿Quées eso? —preguntó, en una voz casi inaudible.

—¿Quées qué? —Los ojos de Simon seguían la dirección del dedo y solo veían la cama—. ¿De qué estás hablando?

—¿Porqué no puedes tener hijos, Simon? Simon abrió los ojos. No dijo nada.

—¿Porqué, Simon? —Daphne estaba casi gritando.—Los detalles no importan, Daphne.

Hablaba en voz baja y suave, con un pequeño tono de condescendencia. Daphne sintió que algo dentro de ella se rompía.

—¡Fuera! —dijo.

Simon abrió la boca, sorprendido.—Esmi dormitorio.

—Entonces, me iré yo. —Salió de la cama, envuelta con una sábana. Simon dio un salto y se levantó de inmediato.

—Note atrevas a salir de esta habitación—ledijo.—Mementiste.

—Yonunca…

—Mementiste —gritó ella—. Me mentiste y no te lo voy a perdonar nunca.

—Daphne…

—Teaprovechaste de mi estupidez. —Soltó un suspiro muy profundo, de aquellos que salen del fondo de la garganta antes de que esta se cierre—. Debiste de alegrarte mucho cuando viste lo poco que sabía de las relaciones matrimoniales.

—Érase una vez, había una chica joven. La llamaremos Daphne.

Simon se fue al vestidor y cogió una bata. Había ciertas cosas que un hombre no quería discutir completamente desnudo.

—Daphne era muy, muy estúpida.—¡Daphne!

—Estábien —dijo ella, agitando la mano en el aire—. Ignorante. Era muy, muy ignorante.

Simon se cruzó de brazos.

—Daphne no sabía nada de lo que sucedía entre un hombre y una mujer. No sabía lo que hacían, solo que lo hacían en una cama y que, eventualmente, el resultado de eso sería un hijo.

—Yabasta, Daphne.

La única señal que demostraba que lo había oído era la rabia reflejada en los ojos.

—Pero, además, no sabía cómo se hacía ese hijo, así que, cuando su

marido le dijo que no podía tener hijos…

—Telo dije antes de casarnos. Te di la oportunidad de echarte atrás. No lo olvides —dijo él, acalorado—. No te atrevas a olvidarlo.

—¡Mehiciste sentir lástima por ti!

—¡Québien! Justo lo que un hombre quiere escuchar.

—¡Porel amor de Dios, Simon! —dijo ella—. Ya sabes que no me casécontigo por eso.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque te quería —respondió, aunque la amargura de su voz le quitóromanticismo a la declaración—. Y porque no quería verte morir, algo que

—Nunca tendré hijos —dijo, entre dientes—. Nunca. ¿Lo puedes entender?

—No.

Simon sintió que la rabia se apoderaba de él, le revolvía el estómago y le quemaba la piel. No era rabia hacia ella, ni siquiera hacia él mismo. Era, como siempre, rabia hacia el hombre cuya presencia, o la ausencia de ella, siempre había conseguido controlar su vida.

—Mipadre —dijo Simon, haciendo un gran esfuerzo para mantener el control— no era un hombre cariñoso.

Daphne le aguantó la mirada.—Yasé lo de tu padre —dijo. Aquello lo cogió por sorpresa.—¿Quésabes?

—Séque te hizo mucho daño. Que te rechazó. —Había algo en sus ojos; no era lástima pero era algo parecido—. Sé que creía que eras estúpido.

El corazón de Simon dio un vuelco. No sabía cómo era capaz de hablar, ni siquiera estaba seguro de cómo podía respirar, pero consiguió decir:

—Entonces, sabes lode…

—¿Tutartamudeo? —dijo ella, terminando la frase por él.

Él le dio las gracias en silencio. Irónicamente, «tartamudeo» era una palabra que nunca había conseguido pronunciar.

Daphne se encogió de hombros.—Era un idiota.

Simon la miró boquiabierto, incapaz de comprender cómo Daphne podía dar por terminada la rabia de décadas con tal afirmación.

Intentó ignorar el dolor que sentía en el estómago, la rabia que nacía en ella por la manera tan brutal en que habían tratado a Simon.

—Pero ahora ya se ha ido —dijo ella, con la voz temblorosa—. Se ha ido y tú estás aquí.

—Dijo que no s-soportaba verme. Había rezado muchos años por tener un heredero. No un hijo —dijo, levantando la voz peligrosamente—. Un heredero. ¿Y p-para qué? Hastings iría a parar a un tonto. ¡Su preciado ducado s-sería para un idiota!

—Pero estaba equivocado —dijo Daphne.

—¡Nome importa si estaba equivocado! —gritó Simon—. Lo único que le importaba era el título. Nunca, ni una sola vez, pensó en mí, en cómo debía sentirme, ¡atrapado con una boca que no f-funcionaba!

Daphne retrocedió, incómoda con tanta rabia. Era la furia desatada después de varias décadas conteniéndola.

De repente, Simon se acercó a ella y le habló a escasos centímetros de la cara.

—Pero, ¿sabes una cosa? —preguntó, con una voz irreconocible—. Quien ríe el último, ríe mejor. Él pensó que no podía haber nada peor que ver cómo

Hastings iba a parar a manos de un tonto…

—Simon, no eres…

—¿Meestás escuchando? —gritó.

Daphne, muy asustada, retrocedió hasta la puerta y cogió el pomo por si tenía que escapar.

—Yasé que no soy tonto —dijo él, muy seco—. Y, al final, creo qu-queél también lo supo. Y estoy seguro de que eso lo dejó m-morir en paz.

Bridgerton House, en Londres. Y así estaban bien, porque de este modo no tenía que decidir qué hacer con ellas ahora.

—Noimporta —dijo Simon, con ligereza—. Cuando me muera, el título se extinguirá. Y nada podría hacerme más f-feliz.

Y con eso, salió de la habitación por el vestidor, porque Daphne bloqueaba la puerta.

Ella se sentó en una silla, todavía envuelta con la sábana que había arrancado de la cama. ¿Qué iba a hacer?

Sintió que le temblaba todo el cuerpo y no podía controlarlo. Y entonces, se dio cuenta de que estaba llorando. En silencio.

Dios, ¿qué iba a hacer?

Decir que los hombres son tercos como mulas sería insultar a las mulas.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de junio de 1813

Al final, Daphne hizo lo único que sabía hacer. Los Bridgerton siempre habían sido una familia muy escandalosa, y ninguno de ellos era muy dado a guardar secretos o rencor.

Así que intentó hablar con Simon. Razonar con él.

Por la mañana—notenía ni idea de dónde había dormido Simon; aunque sí sabía dónde no lo había hecho: en su cama— lo encontró en el despacho. Era una habitación oscura y terriblemente masculina, seguramente decorada por el padre de Simon. Daphne estaba muy sorprendida de que estuviera a gusto allí porque odiaba todo lo que le recordaba al difunto duque.

Sin embargo, Simon no estaba a disgusto. Estaba sentado en la butaca del escritorio, con las dos piernas insolentemente apoyadas encima de la piel que protegía la preciosa madera de la mesa. En la mano tenía una piedra pulida que hacía girar una y otra vez. En la mesa, junto a él, había una botella de whisky y Daphne supo que llevaba allí toda la noche.

Sin embargo, no había bebido demasiado. Daphne lo agradeció.

La puerta estaba entreabierta, de modo que no llamó. Pero tampoco fue tan atrevida como para entrar directamente sin decir nada.

—¿Simon? —dijo, de pie, cerca de la puerta.

La miró fijamente.

—Daphne, sé que no has venido para hablar del tiempo en el Caribe.

Tenía razón, sí, pero Daphne sabía que no iba a ser una conversación fácil y no creía que fuera una cobarde por querer retrasarla unos minutos.

Respiró hondo.

—Tenemos que hablar de lo que pasó ayer por la noche.—Estoy seguro de que crees que tenemos que hacerlo.

Daphne hizo un esfuerzo por no abalanzarse sobre él y quitarle aquella impasible expresión de la cara.

—Noes que lo crea. Lo sé.

Simon se quedó callado un rato y luego dijo:

—Lamento mucho que sientas que he traicionado…—Noes eso, exactamente.

—…pero debes recordar que intenté evitar este matrimonio.—Esuna bonita manera de decirlo, sí señor —musitó ella. Simon habló como si estuviera dando un discurso.

—Sabes que nunca quise casarme.—Ese no es el problema, Simon.

—Esexactamente el problema.—Derepente, bajó las piernas al suelo, se levantó y la silla, que se había estado balanceando sobre las dos patas posteriores, cayó hacia atrás haciendo mucho ruido—. ¿Por qué crees que quería evitar el matrimonio con tanta determinación? Era porque no quería tener una esposa y después hacerle daño negándole los hijos.

—Nunca pensaste en tu esposa potencial —respondió Daphne—. Solo pensabas en ti.

demasiado honor como para haberle disparado a Anthony.

Y Anthony valoraba demasiado el honor de su hermana como para haberle disparado en otro sitio que no fuera el corazón.

—Lohice —dijo Simon— porque sabía que nunca podría ser un buen marido para ti. Sabía que querías tener hijos. Me lo habías dicho en numerosas ocasiones, y no te culpo. Vienes de una familia numerosa y cariñosa.

—Tútambién podrías tener una familia así. Simon continuó como si no la hubiera oído.

—Pero entonces, cuando interrumpiste el duelo y me rogaste que me

casara contigo, te lo advertí. Te dije que no quería tener hijos…

—Medijiste que no podías tenerlos —interrumpió ella, muy enfadada—. Hay una gran diferencia.

—Para mí, no —dijo Simon, muy frío—. No puedo tener hijos. Mi alma no me lo permitiría.

—Entiendo.

Daphne notó que algo en su interior se marchitaba, y mucho se temía que era su corazón. No sabía cómo se suponía que tenía que discutir contra eso. El

odio que Simon sentía por su padre era mucho mayor que cualquier atisbo de amor que pudiera sentir por ella.

—Muy bien —dijo ella, con voz ahogada—. Está claro que no es un tema del que estés dispuesto a hablar abiertamente.

Simon asintió.

Ella le devolvió el gesto.

—Entonces, que tengas un buen día.

atormentada (y eso quería decir que se pasaba el día con el estómago malo), sentía que se había quitado un gran peso de encima.

Los secretos pueden resultar mortificadores y ahora ya no había ninguno entre ellos. Seguro que eso tenía que ser algo bueno.

Cuando anocheció, casi se había convencido de que él no había hecho nada malo. Casi. Había aceptado este matrimonio a sabiendas de que le rompería el corazón a Daphne, y aquello nunca le había gustado demasiado. Quería a Daphne. Demonios, posiblemente la quería más que a cualquier otra persona que había conocido, y por eso se había mostrado tan reacio a casarse con ella. No quería destrozarle sus sueños. No quería privarla de la familia que ella tanto deseaba. Se había preparado para apartarse de su camino y ver cómo se casaba con otro, alguien que pudiera darle una casa llena de hijos.

De repente, se estremeció de arriba abajo. La imagen de Daphne con otro hombre no era tan soportable como lo había sido hacía un mes.

Claro que no, pensó, intentando utilizar la parte racional del cerebro. Ahora era su mujer. Era suya.

Ahora todo era distinto.

Sabía lo mucho que quería tener hijos y se había casado con ella, sabiendo de antemano que no iba a darle ninguno.

«Pero—sedijo— se lo advertiste». Ella sabía perfectamente dónde se metía.

Simon, que se había pasado el día en su despacho, jugueteando con aquella estúpida piedra, de repente se levantó. No la había decepcionado. No era así. Le había dicho que no tendrían hijos y ella, aun así, había aceptado casarse con él. Entendía que pudiera enfadarse un poco al saber las razones,

—¿Daphne? —gritó, dirigiéndose al vestidor—. ¿Daphne?

No hubo respuesta. No se veía luz entre el suelo y la puerta. Era imposible que se cambiara a oscuras.

Abrió la puerta. Tampoco estaba allí.

Simon tocó la campana. Muy fuerte. Entonces, salió al pasillo a esperar al sirviente que hubiera tenido la mala suerte de responder a su llamada.

Fue una de las doncellas, una chica rubia y menuda cuyo nombre no recordaba. Lo miró a la cara y palideció.

—¿Dóndeestá mi mujer? —gritó.—¿Sumujer, señor?

—Sí—respondió él, impaciente—. Mi mujer. La chica lo miró sin decir nada.

—Supongo que ya sabe de quién le hablo. Es más o menos de su altura,

con el pelo largo y oscuro… —Él hubiera seguido, pero la cara tan horrorizada de la chica le hizo avergonzarse de su sarcasmo. Respiró hondo—.¿Sabe dónde está? —preguntó, más calmado, aunque nadie calificaría ese tono como amable.

—¿Noestá en la cama, señor?

Simon movió la cabeza hacia el dormitorio vacío.—Estáclaro que no.

—Pero la señora no duerme aquí, señor. Simon arqueó las cejas a la vez.

—¿Cómodice?

—¿Nose ha…?—Ladoncella abrió los ojos, horrorizada.

—Y—añadióSimon, muy serio— yo no soy mi padre.—Cla-claro señor.

—¿Leimportaría indicarme qué habitación ha escogido mi mujer como dormitorio de la duquesa?

La doncella señaló con un tembloroso dedo una puerta al final del pasillo.—Gracias.—Sealejó unos pasos y luego se giró—. Ya puede retirarse. Estaba seguro de que los sirvientes ya tendrían suficiente tema de

conversación al día siguiente con el cambio de dormitorio de Daphne, y no necesitaba darles más carnaza permitiendo que la doncella presenciara lo que sabía que iba a ser una discusión en toda regla.

Simon esperó hasta que la chica desapareció por la escalera y entonces se fue, fuera de sí, hacia la nueva habitación de Daphne. Se detuvo frente a la puerta, pensó en lo que iba a decir y se dio cuenta de que no lo sabía, así que llamó.

Nada.

Volvió a llamar. Nada.

Levantó el puño para volver a llamar cuando pensó que a lo mejor no

habría cerrado la puerta con llave. ¿No parecería un estúpido si…? Giró el pomo.

La había cerrado con llave. Simon empezó a maldecir en silencio. Era gracioso, pero cuando maldecía nunca tartamudeaba.

—¡Daphne! ¡Daphne! —Su voz estaba en un punto medio entre la llamada y el grito—. ¡Daphne!

Al final, escuchó pasos en la habitación.

Simon se quedó boquiabierto. Empezó a calcular mentalmente cuánto pesaría la puerta y el impulso que tendría que tomar para echarla abajo.

—Daphne —dijo, tan pausado que se asustó incluso a él mismo—, si no abres la puerta ahora mismo la tiraré abajo.

—Nolo harás.

No dijo nada, solo se cruzó de brazos y miró la puerta fijamente, convencido de que ella sabría exactamente la cara que tenía en esos momentos.

—Nolo harás, ¿verdad?

Él decidió que el silencio era la respuesta más eficaz.

—Megustaría que no lo hicieras—añadióella, casi en un ruego. Simon miró la puerta, incrédulo.

—Teharás daño—añadióella.

—Entonces abre la maldita puerta —gritó él.

Se quedaron en silencio hasta que se oyó el ruido de la llave. Simon era lo bastante reflexivo como para no abrir la puerta de golpe, porque sabía que Daphne debía de estar muy cerca. Entró despacio y la encontró a unos dos metros de él, con los brazos cruzados y las piernas separadas, como los militares.

—Nunca jamás vuelvas a cerrarme una puerta —dijo él, amenazador. Daphne se encogió de hombros. ¡Se encogió de hombros!

—Quería privacidad. Simon avanzó un poco.

—Quiero que trasladen tus cosas a nuestro dormitorio por la mañana. Y túvendrás esta misma noche.

Sin embargo, ella continuó. Caminó hasta la puerta y, con un gesto bastante brusco, le indicó que saliera.

—Sal de mi dormitorio.

Simon empezó a temblar de rabia.

—Este dormitorio es mío—dijo—.Tú eres mía.

—Aquíno hay nada tuyo excepto el título de tu padre —respondió ella—. Ni siquiera tú mismo.

A Simon, de la ira, le empezaron a silbar los oídos. Retrocedió un paso, temeroso de que, si no lo hacía, era capaz de hacerle daño a Daphne.

—¿Quédemonios quieres d-decir?

Ella volvió a encogerse de hombros, maldita sea.—Descúbrelo tú mismo —dijo.

Todas las buenas intenciones de Simon cayeron en saco roto porque caminó hacia ella y la cogió por los brazos con mucha fuerza. Sabía que le estaba haciendo daño, pero no podía hacer nada contra la rabia que le corría por las venas.

—Explícate —dijo, entre dientes porque no podía ni mover la mandíbula—.Ahora.

Los ojos de Daphne encontraron los de él con una mirada tan explícita que Simon estuvo a punto de derretirse.

—No eres tú mismo —dijo ella, sencillamente—. Tu padre sigue dirigiéndote desde la tumba.

Simon se estremeció, pero no dijo nada.

—Tus acciones, tus decisiones… —continuó Daphne, con ojos llenos de tristeza— no tienen nada que ver contigo, con lo que quieres o lo que

—Cuando te toco así —susurró, su voz peligrosamente cerca del oído de Daphne—, no tiene nada que ver con él.

Daphne se estremeció, odiándose por quererlo. Odiándolo por hacer que lo quisiera.

—Cuando mis labios te acarician la oreja —dijo, mordiéndole el lóbulo—,no tiene nada que ver con él.

Daphne intentó zafarse de él, pero cuando le colocó las manos en los hombros para separarse, solo pudo agarrarse a él con más fuerza.

Él empezó a empujarla, lenta e inexorablemente, hacia la cama.

—Ycuando te llevo a la cama —añadió, con la voz ardiendo contra el

cuello de Daphne— y estamos piel con piel, solo estamos los dos…—¡No!—gritó ella, separándose de él con todas sus fuerzas.

Simon retrocedió, sorprendido.

—Cuando me llevas a la cama —dijo ella—, nunca estamos solo los dos. Tu padre siempre está presente.

Simon, que había metido las manos por debajo de las grandes mangas de la bata, le clavó los dedos contra la carne. No dijo nada, pero tampoco era necesario. El frío odio que se reflejaba en sus ojos lo decía todo.

—¿Puedes mirarme a la cara —susurró ella— y decirme que cuando te apartas de mí para derramarte encima de las sábanas estás pensando en mí?

Simon tenía todos los músculos de la cara tensos y la estaba mirando fijamente a la boca.

Daphne agitó la cabeza y se soltó de sus manos, que se habían aflojado.—Melo suponía —dijo, en voz baja.

Daphne lo miró y dijo:

—Escierto.

Simon redujo el espacio que los separaba a nada en un segundo y apoyólas manos en sus hombros.

—Puedo hacer que me quieras—lesusurró.—Losé.

Habló todavía más bajo, con un toque de urgencia.

—Y,aunque no pudiera, eres mía. Me perteneces. Podría obligarte a dejarme quedar.

Daphne se sintió como una mujer de cien años cuando dijo:

—Nunca harías algo así.

Y Simon sabía que tenía razón, así que se alejó de ella y salió de la habitación.

¿Son imaginaciones de esta autora o los caballeros de la alta sociedad londinense están bebiendo más de la cuentaúltimamente?

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

4 de junio de 1813

Simon salió y se emborrachó. No solía hacerlo demasiado a menudo. En realidad, no era algo que le gustara especialmente, pero de todos modos lo hizo.

Junto al mar, a pocos kilómetros de Clyvedon, había muchos bares. Y también había muchos marineros buscando pelea. Dos de ellos encontraron a Simon.

Los apaleó a los dos.

Sentía una rabia en su interior que había estado alimentando su alma durante años. Ahora, por fin había encontrado una vía de escape y había necesitado muy poca provocación para hacer saltar la chispa.

Para entonces, ya estaba muy borracho así que, cuando golpeaba las caras coloradas de los marineros, no los veía a ellos, sino a su padre. Cada puñetazo iba dirigido a aquella eterna mirada de rechazo. Y le gustaba. Nunca se había considerado un hombre particularmente violento pero, demonios, le gustaba.

Cuando acabó con los dos marineros, nadie más se atrevió a acercársele. La gente del pueblo sabía reconocer la fuerza pero, ante todo, sabía reconocer

Simon eructó, algo bastante poco atractivo. Bueno, tendría que bastar con seducirla y ganársela, porque estaba demasiado borracho para pensar en otra cosa.

Cuando llegó al castillo de Clyvedon estaba muy, muy ebrio. Y, cuando se presentó en la puerta de Daphne, hizo tanto ruido que podría haber despertado a los muertos.

—¡Daphneeeeeeeeeeee! —gritó, intentando ocultar la nota de desesperación que había en su voz. Tampoco hacía falta sonar tan patético.

Frunció el ceño, pensativo. Por otro lado, si sonaba desesperado, tendría más posibilidades de que ella abriera la puerta. Gimoteó un par de veces, y luego volvió a gritar:

—¡Daphneeeeeeeee!

Cuando no obtuvo respuesta inmediatamente, se apoyó en la puerta, básicamente, porque su sentido del equilibrio estaba nadando en whisky.

—Oh, Daphne —dijo, suspirando, con la frente apoyada en la puerta de

madera—. Sitú…

Se abrió la puerta y Simon cayó al suelo.

—¿Tenías que…? ¿Tenías que abrir tan… tan rápido? —farfulló.

Daphne, que seguía de pie, con el camisón, miró el deshecho humano que había en el suelo y casi no reconoció a su marido.

—Dios mío, Simon—dijo—.¿Qué te ha…?—Searrodilló para ayudarlo, pero retrocedió de golpe cuando olió su aliento—. ¡Estás borracho! —dijo, acusándolo.

Simon asintió.—Asíes.

Simon intentó levantarse otra vez, con el mismo resultado.

—Meparece que las piernas no me funcionan demasiado bien —dijo.

—¡Loque no te funciona bien es el cerebro! —exclamó Daphne—. ¿Quévoy a hacer contigo?

Simon la miró y sonrió.

—¿Quererme? Dijiste que me querías, ¿recuerdas? —Frunció el ceño—. No creo que puedas retirarlo ahora.

Daphne suspiró. Debería estar furiosa con él, ¡maldita sea, lo estaba!, pero era difícil mantener unos niveles de enfado normales cuando tenía tan mal aspecto.

Además, con tres hermanos mayores, ya tenía algo de experiencia con los borrachos. Solo tenía que dormir, nada más. Se levantaría con un dolor de cabeza horrible, que posiblemente se lo merecería, e insistiría en tomarse algún mejunje que estaba convencido de que lo curaría.

—¿Simon? —preguntó, pacientemente—. ¿Estás muy borracho?Él sonrió.

—Mucho.

—Melo imaginaba —dijo ella, entre dientes. Se agachó y le pasó las manos por debajo de los brazos—. Venga, levántate; tenemos que ir a la cama.

Pero él no se movió; se quedó ahí sentado mirándola con la cara más tonta que pudo.

—¿Porqué tengo que levantarme?—dijo—.¿No puedes sentarte aquíconmigo?—Leabrazó las piernas—. Siéntate conmigo, Daphne.

—¡Simon!

—Hablaremos de eso mañana, Simon.

Él parpadeó varias veces a gran velocidad.

—Creo que ya es mañana.—Giróla cabeza de un lado a otro, buscando la ventana. Las cortinas estaban corridas, pero la luz del nuevo día asomaba entre las costuras—. ¿Ves? Ya es mañana.

—Entonces, hablaremos por la noche —dijo ella, un poco desesperada. Estaba tan cansada de intentar levantarlo que sentía como si le hubieran pasado el corazón por un molino de viento; no creía que pudiera aguantar muchomás—.Simon, por favor, dejémoslo por ahora.

—Verás, Daphne… —Agitó la cabeza, como si quisiera aclararse un poco.

Daphne no pudo reprimir una sonrisa.—Dime, Simon.

—Elproblema…—Serascó la cabeza—. No lo entiendes.—¿Quéno entiendo? —dijo ella, con ternura.

—Por qué no puedo hacerlo —dijo.

Levantó la cara para mirarla a los ojos y Daphne estuvo a punto de abalanzarse sobre él al ver la mirada tan triste de sus ojos.

—Nunca quise hacerte daño, Daff —dijo, sinceramente—. Lo sabes,¿verdad?

Ella asintió.

—Yalo sé, Simon.

—Bien, porque la verdad es que… —Respiró tan hondo que se le estremeció todo el cuerpo—. No puedo hacer lo que tú quieres.

Daphne no dijo nada.

con la duquesa perfecta y tuvieran hijos p-perfectos.

Daphne se mordió el labio inferior. Ya volvía a tartamudear. Debía de estar realmente enfadado. Sintió que se le rompía el alma por él, por el niño que no quería otra cosa que la aprobación de su padre.

Simon ladeó la cabeza y la miró con una sorprendente mirada.—Lehabrías gustado.

—Oh—dijo Daphne, sin saber demasiado bien cómo tomárselo.

—Y…—seencogió de hombros y la miró, riéndose—, de todos modos, me casé contigo.

Parecía tan sincero que era difícil no abrazarlo y darle cariño. Pero no importaba el dolor que sintiera o había sentido, porque lo estaba enfocando todo muy mal. La mejor venganza contra su padre sería, sencillamente, vivir una vida plena y feliz, y alcanzar todas las metas que su padre tanto se había esforzado en negarle.

Daphne se tragó su frustración. No veía cómo Simon podía llevar una vida feliz si todas sus decisiones se basaban en amargar los deseos de un hombre muerto.

Pero no quería pensar en eso. Estaba cansada y él estaba ebrio, y no era el mejor momento.

—Vamos a acostarte —dijo, al final.

Él la miró un buen rato con los ojos llenos de las ganas de cariño acumuladas durante años.

—Nome dejes —susurró.—Simon —dijo ella.

Ya lo había hecho antes con sus hermanos, de modo que sabía que tenía que tirar del talón, no de la punta, pero eran muy justas y acabó rodando por el suelo cuando el calzado cedió.

—¡Dios mío! —dijo, levantándose para repetir el proceso con la otra bota—.Y luego dicen que las mujeres somos esclavas de la moda.

Simon hizo un ruido que pareció un ronquido.

—¿Estásdormido? —preguntó Daphne, incrédula.

Tiró de la otra bota, que costó un poco menos de sacar; entonces le levantó las piernas, que pesaban como dos muertos, y se las colocó encima de la cama.

Simon parecía más joven y tranquilo con los mechones de pelo rozándole las mejillas. Daphne se acercó a él y le apartó el pelo de la frente.

—Buenas noches, amor mío.

Pero, cuando se giró para marcharse, Simon estiró un brazo y la cogió por la muñeca.

—Dijiste que te quedarías.

—¡Pensaba que estabas dormido!

—Eso no te da derecho a romper tu promesa.

La estiró con fuerza y Daphne, al final, no se resistió y se estiró junto a él. Estaba allí y era suyo y, por mucha incertidumbre que sintiera sobre su futuro, en ese momento no pudo resistirse a su cariñoso abrazo.

Daphne se despertó una hora más tarde, sorprendida de haberse quedado dormida. Simon estaba a su lado, roncando suavemente. Los dos estaban

le resbalaban por las mejillas.

Debería levantarse. Estaba convencida de que debería levantarse y dejarlo solo. Entendía por qué era tan contrario a traer un niño a este mundo, pero no lo había perdonado y, sobre todo, no compartía su opinión. Si se despertaba y la encontraba allí entre sus brazos, podría pensar que estaba de acuerdo con su idea de familia.

Muy despacio, intentó separarse de él. Pero Simon la abrazó con más fuerza y, con la voz dormida, dijo:

—No.

—Simon,yo…

La atrajo más y Daphne vio que estaba totalmente excitado.—¿Simon? —dijo, abriendo los ojos—. ¿Estás despierto?

Su respuesta fue un gruñido somnoliento y, aunque no hizo ningún intento de seducción, la atrajo más hacia él.

Daphne parpadeó sorprendida. Nunca se había dado cuenta de que un hombre podía desear a una mujer estando dormido.

Ella se giró para mirarlo a la cara, luego alargó la mano y le acarició la mandíbula. Simon emitió un gruñido. Un sonido profundo que hizo perder la cabeza a Daphne. Lentamente, le desabotonó la camisa, con una única pausa para acariciarle el ombligo.

Él se acomodó un poco más y Daphne tuvo una extraña y arrolladora sensación de poder. Lo tenía bajo su control. Estaba dormido, profundamente dormido por la borrachera, así que podía hacer con él lo que quisiera.

Podía obtener de él lo que quisiera.

Sintió un cosquilleo en el estómago, luego un nudo y entonces supo que lo necesitaba.

Quería tenerlo dentro, llenándola, dándole todo lo que un hombre tiene que darle a una mujer.

—Oh, Daphne —dijo él, agitando la cabeza de un lado a otro—. Te necesito. Te necesito ahora.

Ella se colocó encima de él y se apoyó en sus hombros mientras se sentaba a horcajadas encima. Con la mano, lo guio hasta ella, que ya estaba húmeda de deseo.

Simon se arqueó debajo de ella y Daphne, lentamente, se deslizó hacia abajo hasta que Simon la había penetrado casi totalmente.

—Más—gruñóél—.Ahora.

Daphne echó la cabeza hacia atrás y pegó sus caderas a las suyas. Lo agarraba con fuerza por los hombros mientras recuperaba la respiración. Simon estaba completamente dentro de ella y Daphne creyó que se moriría del placer que sentía. Nunca se había sentido tan plena ni tan mujer.

Apoyó las rodillas en el colchón mientras empezó a moverse, arqueando el cuerpo. Se puso las manos encima del estómago mientras se retorcía y luego, en un momento dado, las subió y se cubrió los pechos con ellas.

Simon emitió un gemido gutural mientras la observaba, con la mirada fija en ella mientras el pecho subía y bajaba con respiraciones entrecortadas.

—¡Dios mío! —dijo, con la voz ahogada—. ¿Qué me estás haciendo?

¿Qué has…? —Entonces Daphne se acarició un pezón y el cuerpo de Simon se levantó con fuerza—. ¿Dónde has aprendido eso?

Ella lo miró y le sonrió, descarada.

—¡Oh,Dios! —exclamó, de repente, Simon—. Voya…No puedo.

Miró a Daphne con ojos suplicantes e hizo un débil intento por separarse. Daphne se hundió contra él con todas sus fuerzas.

Él se derramó en su interior, levantando las caderas con tanto ímpetu que también la levantó a ella. Daphne lo rodeó con los brazos para aferrarse todavía más a él. Esta vez, no iba a perderlo. No iba a perder esta

oportunidad.

En ese momento, Simon abrió los ojos para darse cuenta de lo que había hecho, aunque ya era demasiado tarde. No había ninguna manera de frenar el poder del clímax. Si hubiera estado encima de ella, a lo mejor habría encontrado fuerzas para separarse pero, al estar debajo y observarla juguetear con su cuerpo y encendiéndolo de deseo, no pudo controlar la fuerza de su propio deseo.

Mientras apretaba los dientes y su cuerpo se sacudía, sintió las manos de Daphne que lo rodeaban y lo aferraban con fuerza hacia ella. Vio la expresión

de puro éxtasis en la cara de Daphne y entonces, de repente, se dio cuenta…Lo había hecho a propósito. Lo había planeado todo.

Daphne lo había excitado mientras dormía, se había aprovechado de su embriaguez y lo había apretado contra ella hasta que se había derramado en su interior.

Abrió los ojos y la miró fijamente.—¿Cómohas podido? —susurró.

Ella no dijo nada, pero Simon vio que le cambió la cara y supo que lo había oído.

—¿Simon? —susurró.

Él no quería eso. No quería que ella lo mirara como si fuera un bicho raro. Maldita sea, se sintió como cuando tenía siete años. No podía hablar. No podía hacer funcionar la boca. Estaba perdido.

El rostro de Daphne se impregnó de preocupación. Una preocupación protectora y no deseada.

—¿Estásbien? —preguntó—. ¿Puedes respirar?

—N-n-n-n-n… —Estaba lejos del «No me compadezcas» que quería gritarle.

Sentía la presencia burlona de su padre cerrándole la garganta e inmovilizándole la lengua.

—¿Simon? —corrió a su lado, muy asustada—. ¡Simon, di algo! Alargó un brazo para acariciarle la espalda, pero él se lo rechazó.—¡Nome toques! —exclamó.

Daphne retrocedió.

—Supongo que hay cosas que sí puedes decir —dijo ella, muy triste. Simon se odiaba a sí mismo, odiaba la voz que lo había abandonado y

odiaba a su mujer porque tenía el poder para reducir su control a nada. Esta

pérdida del habla, el nudo en la garganta, la extraña sensación… Había trabajado mucho toda su vida para eliminarlos y ahora ella los había hecho aparecer otra vez, y con fuerza.

No podía dejar que le hiciera esto. No podía permitir que Daphne lo convirtiera en lo que había sido una vez.

Intentó decir su nombre, pero no consiguió nada.

Confío en que, si tus intentos de concepción dan su fruto, me lo notifiques.

Mi asistente te dará mi dirección, por si la necesitas.

Simon

La hoja de papel se escurrió entre los dedos de Daphne y cayó lentamente al suelo. Se le escapó un sollozo y se tapó la boca con las manos, como si asípudiera detener la oleada de emociones que sentía.

La había dejado. La había dejado de verdad. Sabía que estaba enfadado y que, quizá, nunca la perdonaría, pero nunca se había planteado que fuera a dejarla.

Había pensado, incluso cuando salió hecho una fiera del dormitorio, que podrían solucionar sus diferencias, pero ahora ya no estaba tan segura.

A lo mejor había sido demasiado idealista. Egoístamente, había pensado que podría curarlo, que podría llenarle el corazón. Pero ahora se daba cuenta de que se había atribuido más valor del que en realidad tenía. Creía que su amor era tan puro y bueno que Simon olvidaría inmediatamente tantos años de resentimiento y dolor que le habían amargado la vida.

Se había creído demasiado importante. Y ahora se sentía muy estúpida. Había cosas que quedaban fuera de su alcance. En su apacible vida, nunca

hasta ahora se había dado cuenta de eso. No esperaba que le sirvieran el mundo en bandeja de plata, pero siempre había creído que si se esforzaba lo suficiente por conseguir algo, obtendría una recompensa.

Pero esta vez no había sido así. Simon estaba fuera de su alcance.

—¿Señora?

Daphne levantó la mirada y vio a una doncella joven esperando en la puerta. La chica hizo una pequeña reverencia y miró a Daphne un poco a la expectativa.

—Té,por favor —dijo Daphne, pausadamente—. Sin galletas, solo té. La doncella asintió y se fue.

Mientras esperaba que la chica regresara, Daphne se acarició el abdomen y bajó la cabeza. Cerró los ojos y rezó una oración:

—Por favor, Dios mío, por favor; haz que haya quedado embarazada. A lo mejor no tendría otra oportunidad.

No se arrepentía de sus actos. Suponía que debería hacerlo, pero no era así.

No lo había planeado. No lo había mirado mientras dormía y pensado:

«Seguramente, todavía estará ebrio. Puedo hacerle el amor, obtener su semen y él nunca lo sabrá».

No había ocurrido así.

No sabía demasiado bien cómo había ocurrido pero, en un momento, estaba encima de él y, al momento siguiente, se dio cuenta de que Simon no

iba a poder retirarse a tiempo y se aseguró de que no podría…

O, a lo mejor… Cerró los ojos. Muy fuerte. A lo mejor, había sido al revés. A lo mejor sí que se había aprovechado de algo más que del momento; a lo mejor se había aprovechado de él.

No lo sabía. Todo había pasado muy deprisa. El tartamudeo de Simon, su

deseo desesperado por tener un hijo, el odio de Simon hacia su padre… Tenía

modos.

—Selo agradezco —dijo Daphne, sin reconocer el sonido de su voz. Le parecía muy plana, como si fuera de otra persona.

—Nome supone ningún problema, se lo aseguro. —Pareció que el ama de llaves quería decir algo más pero, al final, se irguió y preguntó—: ¿Necesitaráalgo más?

Daphne negó con la cabeza.

La señora Colson se fue hacia la puerta y, por un momento, Daphne estuvo a punto de llamarla. Casi pronunció su nombre y le pidió que se sentara con ella y se tomara una taza de té. Entonces, habría podido explicarle su secreto y sus miserias, y habría podido llorar.

Y no porque fuera particularmente íntima con ella, sino porque no tenía a nadie más.

Pero no lo hizo y la señora Colson se fue.

Daphne cogió una galleta y la mordió. A lo mejor, pensó, era hora de volver a casa.

Hoy han visto a la nueva duquesa de Hastings en Mayfair. Philipa Featherington vio a la anterior señorita Daphne Bridgerton tomando un poco el aire por los alrededores de su casa. La señorita Featherington la llamó, pero la duquesa hizo ver que no la había oído.

Y sabemos que lo hacía ver porque uno tendría que ser sordo para no oír los gritos de la señorita Featherington.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

9 de junio de 1813

Con el paso de los días, Daphne descubrió que el dolor de cabeza era continuo. La punzada de dolor que sentía con cada respiración daba paso a un dolor más amortiguado como los que uno casi puede ignorar, aunque no del todo.

Se marchó de Clyvedon al día siguiente de la partida de Simon, y se fue a Londres con la intención de volver a Bridgerton House. Sin embargo, volver a casa de su familia supondría aceptar que había fracasado, de modo que, en elúltimo momento, le dijo al cochero que se dirigiera a Hastings House. Si necesitaba a su familia la tendría cerca, pero ahora era una mujer casada y tenía que estar en su casa.

Así que se presentó al servicio, que la aceptó sin rechistar, aunque no sin mucha curiosidad, y se zambulló en su nueva vida de esposa abandonada.

A Daphne se le pasó por la cabeza mentirle a su madre. Quiso negar descaradamente lo evidente y explicarle a su madre alguna tontería sobre una emergencia con los arrendatarios o una enfermedad del ganado o cualquier

otra cosa. Pero, al final, le empezaron a temblar los labios, a resbalarle lágrimas por las mejillas y, con un hilo de voz, dijo:

—Porque no quiso llevarme con él. Violet le cogió las manos.

—Oh, Daff —dijo, suspirando—. ¿Qué ha pasado?

Daphne se dejó caer en el sofá llevándose a su madre consigo.—Másde lo que podría explicar.

—¿Quieres intentarlo?

Daphne agitó la cabeza. Nunca, ni una vez en su vida, le había escondido algo a su madre. Siempre lo había podido hablar todo con ella.

Sin embargo, esto no.

Le dio unos golpecitos en la mano.—Estaré bien.

Violet no pareció demasiado convencida.—¿Estássegura?

—No—dijo Daphne, mirando al suelo—. Pero tengo que creérmelo. Violet se fue y Daphne se cubrió el abdomen con la mano y rezó.

Colin fue el siguiente en ir a verla. Una semana después, Daphne volvió de un rápido paseo por el parque y se lo encontró en el salón, con los brazos cruzados y muy furioso.

que «Me ha dejado».

—Daphne…—Eltono de Colin iba cargado de advertencia.—¿Hasvenido solo? —preguntó ella, ignorando la pregunta.

—Anthony y Benedict estarán en el campo todo el mes, si es eso lo que quieres saber —dijo Colin.

Daphne estuvo a punto de suspirar aliviada. Lo último que necesitaba en esos momentos era enfrentarse a sus hermanos mayores. Ya había evitado que Anthony matara a Simon una vez y no estaba segura de poder volver a hacerlo. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, Colin añadió:

—Daphne, te ordeno que me digas ahora mismo dónde está escondido ese bastardo.

Daphne notó que enfurecía. Ella tenía el derecho a llamar a su marido como quisiera, pero su hermano, no.

—Supongo que cuando dices «ese bastardo» te refieres a mi marido—dijo ella, muy seria.

—¡Maldita sea! ¡Claro que sí!

—Voy a tener que pedirte que te marches.

Colin la miró como si, de repente, a su hermana le hubieran salido cuernos.

—¿Cómodices?

—Notengo ninguna intención de discutir mi matrimonio contigo, así que si no puedes guardarte tu opinión cuando nadie te la ha pedido, tendrás que marcharte.

—Nopuedes pedirme que me vaya —dijo él, incrédulo. Ella se cruzó de brazos.

Dentro de quince días tendría la respuesta a todo.

Cada mañana, Daphne se levantaba conteniendo la respiración. Incluso antes de la fecha señalada, se mordía el labio inferior, rezaba una oración y levantaba las sábanas buscando manchas de sangre.

Y cada mañana solo veía sabanas blancas impolutas.

Una semana después del día que le tenía que venir la menstruación, empezó a albergar esperanzas. Sus ciclos nunca habían sido puntuales, de modo que, pensó, todavía podía venirle. Sin embargo, nunca se le había

retrasado tanto…

Una semana después, se despertaba cada día sonriendo y se aferraba a su secreto como si fuera un tesoro. Todavía no estaba preparada para compartirlo con nadie. Ni con su madre, ni con sus hermanos ni mucho menos con Simon.

No se sintió demasiado culpable por escondérselo. Después de todo, él le había negado su semen. Pero, lo más importante, temía que su reacción fuera muy negativa y no estaba preparada para dejar que su decepción le arruinara su alegría. Sin embargo, le hizo llegar una misiva a su asistente pidiéndole la dirección de Simon.

Y entonces, por fin, a la tercera semana, se cargó de valor y se sentó en la mesa para escribirle una carta.

Desgraciadamente para ella, la cera todavía no se había secado cuando su hermano Anthony, que obviamente había regresado de su estancia en el

Daphne se levantó.—¡No,no lo harás!

Anthony, que hasta ahora se había quedado junto a la puerta con las manos apoyadas en las caderas, avanzó hacia ella.

—Antes de que se casara contigo, le hice una promesa a Hastings, ¿lo sabías?

Daphne agitó la cabeza.

—Le recordé que había estado dispuesto a matarlo por arruinar tu reputación y que se preparara si se atrevía a romperte el corazón.

—Yno lo ha hecho, Anthony.—Secubrió el abdomen con la mano—. Todo lo contrario, más bien.

Sin embargo, nunca pudo saber si a Anthony le extrañaron sus palabras porque él estaba mirando fijamente los papeles encima de la mesa.

—¿Quées eso? —preguntó.

Daphne siguió la dirección de su mirada y vio los primeros intentos de escribir la carta.

—Nada —dijo, cogiendo las pruebas.

—Le estás escribiendo una carta, ¿verdad? —La oscura expresión de Anthony se volvió amenazadora—. Oh, por el amor de Dios, no intentes mentirme. Vi su nombre en el encabezamiento.

Daphne hizo una bola con los papeles y los tiró a la basura.—Noes asunto tuyo.

Anthony miró la papelera como si fuera a abalanzarse sobre ella y recuperar las cartas sin terminar. Al final, miró a Daphne y dijo:

—Novoy a dejar que se salga con la suya así como así.

cajón—. Dejaré que le entregues esto.

—Bien —alargó la mano para coger el sobre. Daphne lo apartó.

—Pero solo si me prometes dos cosas.

—¿Queson…?

—Enprimer lugar, tienes que prometerme que no la leerás.

Anthony la miró tremendamente ofendido de que se le hubiera pasado por la cabeza.

—Esa expresión tan honorable no funciona conmigo —dijo Daphne, riéndose—. Anthony Bridgerton, te conozco y sé que lo leerías a la primera

oportunidad que tuvieras. Anthony la miró.

—Pero también sé —continuó ella— que nunca romperías una promesa explícita que me hubieras hecho. Así que necesito que me lo prometas, Anthony.

—Todo esto no es necesario, Daff.—¡Prométemelo! —ordenó ella.

—Estábien —refunfuñó Anthony—. Te lo prometo.

—Bien —dijo ella, y le dio la carta. Anthony la miró un buen rato.

—Ensegundo lugar —dijo Daphne, en voz alta, obligándolo a prestarle atención—, tienes que prometerme que no le harás daño.

—Unmomento, Daphne —dijo Anthony—. Me pides demasiado. Ella levantó la mano.

—Mequedaré la carta.

Él se la escondió detrás de la espalda.

—Dilo.

—Eres una mujer muy dura, Daphne Bridgerton.

—Ahora es Daphne Basset y he tenido buenos maestros.—Loprometo —dijo, rápidamente.

—Necesito algo más que eso —dijo Daphne. Descruzó los brazos e hizo un gesto con la mano derecha como si quisiera tirar de sus palabras—.

Prometono…

—Prometo no hacerle daño al idiota de tu marido —dijo Anthony—. Ya está. ¿Satisfecha?

—Mucho —dijo ella.

Abrió un cajón y sacó la carta que había recibido hacía pocos días del asistente de Simon.

—Toma.

Anthony la cogió con un gesto malhumorado. La leyó y levantó la mirada.—Volveré dentro de cuatro días.

—¿Tevas hoy? —preguntó Daphne, sorprendida.

—Nosé cuánto tiempo podré contener mis impulsos violentos.—Entonces vete, no pierdas tiempo.

Y se fue.

—Dame una buena razón por la que no debería sacarte los pulmones por la boca.

Simon levantó la mirada del escritorio y vio a un Anthony Bridgerton cubierto de polvo de viaje.

Ya hacía dos meses que se había marchado de Clyvedon. Dos meses desde que había mirado a Daphne sin poder articular palabra. Dos meses de total vacío.

Sinceramente, a Simon le extrañaba que Daphne hubiera tardado tanto en ponerse en contacto con él, aunque para ello hubiera escogido al beligerante de su hermano mayor. Simon no sabía por qué, pero pensaba que lo haría mucho antes, aunque solo fuera para cantarle las cuarenta. Daphne no era el tipo de mujer que se quedaba callada cuando se enfadaba; casi había esperado que lo siguiera hasta allí y le explicara de seis maneras distintas lo estúpido que era.

Y, en verdad, pasado un mes, le hubiera gustado.

—Sino le hubiera prometido a Daphne que no te pondría la mano encima—dijo Anthony, interrumpiendo los pensamientos de Simon—, te cortaría la cabeza.

—Estoy seguro de que no fue una promesa fácil de hacer —dijo Simon. Anthony se cruzó de brazos y miró a Simon fijamente.

—Nifácil de mantener —dijo.

Simon se aclaró la garganta mientras buscaba alguna manera de preguntar por Daphne sin parecer demasiado obvio. La echaba de menos. Se sentía como un idiota y un estúpido, pero la echaba de menos. Echaba de menos su risa y su olor y cómo, en mitad de la noche, siempre acababa enredando sus piernas con las de él.

Simon estaba acostumbrado a estar solo, pero no estaba acostumbrado a esta soledad.

—¿Teha enviado para hacerme volver? —preguntó, al final.

Anthony lo miró fijamente, con una mezcla entre rabia y preocupación reflejada en el rostro. Después de aclararse la garganta varias veces, dijo, en un tono muy suave:

—¿Estásenfermo?—Claro que no.

Anthony palideció.

—¿EsDaphne? ¿Está enferma? Simon levantó la cabeza de golpe.

—Que yo sepa, no. ¿Por qué? ¿Parece enferma? ¿Es que ha…?

—No, está bien.—AAnthony se le llenaron los ojos de curiosidad—. Simon —dijo, al final—, ¿qué estás haciendo aquí? Es obvio que la quieres. Y, por mucho que me cueste entenderlo, ella parece que también te quiere.

Simon se apretó la sien con los dedos para intentar aliviar el dolor de cabeza que parecía perseguirlo.

—Hay cosas que no sabes —dijo, al final, cerrando los ojos por el dolor—.Cosas que no entenderías.

Anthony se quedó callado un buen rato. Al final, cuando Simon abrió los

ojos, Anthony se levantó y se dirigió hacia la puerta.

—Note obligaré a volver a Londres —dijo, en voz baja—. Debería, pero no voy a hacerlo. Daphne necesita saber que vuelves por ella, no porque su hermano mayor te haya puesto una pistola en la espalda.

Simon estuvo a punto de decir que fue por eso que se casó con ella, pero se mordió la lengua. No era verdad. Al menos, no del todo. En otras circunstancias, se habría arrodillado frente a ella rogándole que se casara conél.

Daphne lo hizo estremecerse de dolor.

¡Maldita sea! No sabía que la iba a echar tanto de menos.

Sin embargo, eso no quería decir que no estuviera enfadado con ella. Le había robado algo que él nunca había querido darle. Él no quería hijos. Se lo había dicho. Daphne se había casado con él sabiéndolo. Y lo había engañado.

¿O no? Se rascó con fuerza los ojos y la frente mientras intentaba recordar los detalles exactos de aquella desgraciada mañana. Daphne fue la que llevóla voz cantante en la cama, pero recordaba perfectamente haberla animado a seguir. No debería haber alentado algo que sabía que no podría parar.

Seguramente no estaría embarazada, pensó. ¿No había tardado más de diez años su madre en dar a luz a un hijo sano?

Pero, por la noche, solo en su cama, se enfrentaba a toda la verdad. No había huido solo porque Daphne lo hubiera desobedecido o porque cabía la posibilidad de haber engendrado un hijo.

Había huido porque no soportaba lo que le había pasado con ella. Su mujer lo había reducido al estúpido tartamudo de su niñez. Lo había dejado sin palabras y había recuperado aquel horrible sentimiento de no poder decir lo que sentía.

No sabía si podría vivir con ella otra vez si eso implicaba volver a ser ese niño que apenas podía articular palabra. Intentaba acordarse de su noviazgo, de su falso noviazgo, mejor dicho, y de lo fácil que era estar y hablar con ella. Pero cada recuerdo estaba teñido de dolor por la conclusión a donde los había llevado: al dormitorio de Daphne aquella terrible mañana, con Simon hablando a trompicones.

Y se odiaba cuando le pasaba eso.

Daphne

Simon no estaba seguro de cuánto tiempo se quedó allí sentado, casi sin respiración, sosteniendo el papel entre los dedos. Y entonces, al final, sintió la caricia de la brisa, o la luz cambió o quizá fue un ruido de la casa, pero algo lo despertó del ensueño y lo hizo levantarse. Salió al pasillo y llamó al mayordomo.

—Que preparen el carruaje—leordenó cuando apareció—. Me voy a Londres.

Parece que el matrimonio de la temporada se ha echado a perder. La duquesa de Hastings regresó a Londres hace dos meses y esta autora todavía no ha visto por ningún lado a su marido, el duque.

Se rumorea que no está en Clyvedon, el castillo donde la feliz pareja pasó la luna de miel. En realidad, esta autora no encuentra por ninguna parte a nadie que la pueda informar de su paradero. Si la duquesa lo sabe, no se lo ha dicho a nadie y, es más, apenas se presenta la oportunidad de preguntárselo porque solo acepta la compañía de su extensa familia.

Por supuesto, el objetivo e incluso el deber de esta autora es descubrir las razones de este distanciamiento, aunque esta autora debe confesar que incluso ella está perpleja. Parecían tan

enamorados…

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

2 de agosto de 1813

El viaje duró dos días, que fueron dos días más de los que a Simon le hubiera gustado estar a solas con sus pensamientos. Se había llevado varios libros para entretenerse durante el largo viaje, pero cada vez que abría uno, se quedaba abierto encima de las rodillas.

Era difícil concentrarse en otra cosa que no fuera Daphne.

—Quiero decir, señor, que no está en casa.

—Tengo una carta de mi mujer… —Simon empezó a buscar por los bolsillos pero, maldita sea, no encontraba el papel—. Bueno, en alguna parte tengo una carta de mi mujer—dijo—.Y en ella me comunica que se ha trasladado a Londres.

—Yasí es, señor.

—¿Ydónde demonios está? —gritó Simon. El mayordomo se limitó a arquear una ceja.—EnHastings House, señor.

Simon cerró la boca. Había pocas cosas más humillantes que quedar en ridículo ante un mayordomo.

—Después de todo —continuó el mayordomo, disfrutando de la situación—,está casada con usted, ¿no es cierto?

Simon lo miró.

—Debe de estar bastante seguro de su posición.—Bastante.

Simon asintió, ya que su honor no le permitía darle las gracias al mayordomo, y se fue, sintiéndose el mayor estúpido del mundo. Claro que se había ido a Hastings House. Al fin y al cabo, no lo había abandonado; solo quería estar cerca de su familia.

Si hubiera podido, él mismo se habría golpeado de vuelta al carruaje.

Sin embargo, dentro del carruaje sí que lo hizo. Hastings House estaba al

otro lado de Grosvenor Park. Habría tardado la mitad si hubiera ido a pie.

Pero al llegar a su casa descubrió que eso tampoco hubiera solucionado gran cosa porque, cuando abrió la puerta y entró, descubrió que su mujer

—¿Alguno en especial? —preguntó Jeffries.

—Uno rápido —respondió Simon—. Y deprisa. O no, mejor, lo haré yo mismo.—Segiró y salió de la casa.

Pero, camino a los establos, empezó a aligerar el paso presa del pánico y acabó corriendo.

No era lo mismo que cabalgar a horcajadas, pensó Daphne, pero así también iba deprisa.

De pequeña, en el campo, se ponía unos pantalones de Colin y acompañaba a sus hermanos en sus largas cabalgatas. A su madre le solía dar un desvanecimiento cada vez que veía llegar a su hija mayor llena de barro y con algún moratón nuevo, pero a Daphne nunca le importó. Nunca preguntaba adónde iban o de qué huían. Lo único que quería era sentir la velocidad.

En la ciudad, obviamente, no podía ponerse unos pantalones, así que tuvo que conformarse con montar a mujeriegas, pero si salía muy temprano, cuando la alta sociedad aún dormía, y se aseguraba de ir por algún remoto rincón de Hyde Park, cambiaba de silla, montaba a horcajadas y hacía que el caballo corriera muy deprisa. El viento le deshacía el moño y la hacía llorar pero, al menos, podía olvidar otras cosas.

A lomos de su yegua favorita, se sentía libre. Era la mejor medicina para un corazón roto.

Ya hacía mucho rato que había dejado atrás al mozo al hacer ver que no lo

oía mientras este le gritaba: «¡Espere, Señora! ¡Espere!».

pájaros, después los rápidos desplazamientos de las ardillas mientras iban en

busca de nueces para el invierno, y luego…

Frunció el ceño y abrió los ojos. Maldita sea. Identificó perfectamente el ruido de un caballo aproximándose.

Daphne no quería compañía. Quería estar a solas con sus pensamientos y su dolor y, sobre todo, no quería dar explicaciones a un desconocido de por qué estaba sola en el parque. Oyendo con atención, adivinó por dónde venía el

otro jinete y salió corriendo hacia el otro lado.

Hizo que la yegua fuera al trote y pensó que si conseguía desviarse del camino del otro jinete, pasaría de largo y no la vería. Sin embargo, fuera donde fuera, parecía perseguirla.

Daphne fue un poco más deprisa, más de lo que debería haber ido por esta zona. Había muchas ramas y árboles caídos. Pero ella empezaba a estar asustada. Podía sentir su pulso latiendo con fuerza en los oídos mientras cientos de ideas horribles le pasaban por la cabeza.

¿Y si el jinete no era, como ella había supuesto al principio, alguien de la alta sociedad? ¿Y si era un criminal? ¿O un borracho? Era temprano; la gente no solía salir a pasear a esa hora. Si gritaba, ¿quién iba a oírla? ¿Se habría alejado mucho del mozo? ¿Se habría quedado donde lo había dejado o habría intentado seguirla? Y si lo había hecho, ¿habría ido en la misma dirección?

¡Su mozo! Estuvo a punto de gritar aliviada. Tenía que ser el mozo. Obligó a la yegua a dar media vuelta para intentar ver al jinete. La librea de

los Hastings era roja, muy vistosa; seguramente podría verlosi…¡Crac!

—¡Daphne!

Ella no respondió. Los únicos sonidos que le salían de la boca eran gemidos. Incluso los gruñidos estaban fuera de su alcance.

—¡Daphne! ¡Dios mío, Daphne!

Escuchó que alguien bajaba de un caballo y entonces escuchó movimiento en las hojas alrededor de su cuerpo.

—¿Daphne?

—¿Simon? —susurró, incrédula.

No tenía sentido que estuviera allí, pero era su voz. Y a pesar de que todavía no había abierto los ojos, podía sentirlo. El aire era distinto cuando él estaba cerca.

Simon empezó a acariciarla con cuidado, mirando si tenía algún hueso roto.

—Dime dónde te duele —dijo.—Por todas partes —dijo ella.

Simon maldijo en voz baja, pero las manos seguían tocándola con mucha delicadeza.

—Abre los ojos —dijo, pausadamente—. Mírame. Concéntrate en mi cara.

Ella agitó la cabeza.—Nopuedo.

—Claro que puedes.

Daphne oyó que se quitaba los guantes y luego sintió sus cálidos dedos sobre su sien, aliviando el dolor. Después le acarició las cejas y, luego, la nariz.

hueso roto ni ningún esguince.

Y lo hizo a tientas, porque no apartó la mirada de su cara ni un segundo.

Al parecer, solo tenía moratones y el susto de haberse quedado sin

respiración, pero toda precaución era poca, y con elbebé…

Palideció de golpe. En su preocupación por Daphne, se había olvidado del bebé. De su hijo.

El hijo de los dos.

—Daphne —dijo, despacio—. ¿Crees que ya estás bien? Ella asintió.

—¿Todavía te duele?

—Unpoco —dijo ella, tragando saliva mientras parpadeaba—. Pero me siento mejor.

—¿Estássegura? Daphne volvió a asentir.

—Bien —dijo él, tranquilamente. Se quedó callado un buen rato y entonces, gritó—: ¡¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo?!

Daphne se quedó boquiabierta y dejó de parpadear. Hizo un intento de decir algo, pero Simon la interrumpió.

—¿Quédiablos haces por aquí sin mozo? ¿Y por qué ibas al trote por un terreno tan peligroso como este? —frunció el ceño—. Y, por el amor de Dios, Daphne, ¿qué estabas haciendo encima de un caballo?

—¿Montando? —respondió Daphne.

—¿Esque no te preocupa nuestro hijo? ¿Es que no te has parado ni un momento a pensar en su seguridad?

—Simon —dijo Daphne, con un hilo de voz.

—¿No estás…? —No pudo terminar la frase. Sintió una cosa muy extraña. No creía que fuera decepción, pero no estaba demasiado seguro—.¿Me mentiste? —susurró.

Daphne agitaba la cabeza negando con fuerza, mientras se sentaba frente aél.

—¡No!—gritó—.No, no te mentí. Lo juro. Creí que me había quedado

embarazada. De verdad que lo creí. Pero… —empezó a sollozar y cerró los

ojos mientras las lágrimas empezaban a resbalarle por las mejillas. Se apretólas piernas contra el pecho y hundió la cabeza entre las rodillas.

Simon nunca la había visto así, tan dolida. La miró y se sintióterriblemente impotente. Solo quería que se sintiera mejor y no ayudaba mucho saber que la causa de ese dolor era él.

—Pero ¿qué, Daff? —preguntó.

Cuando, al final, lo miró, tenía unos ojos inmensos y llenos de dolor.

—No lo sé. Quizá quería un hijo con tantas fuerzas que, inconscientemente, mi cuerpo no siguió con sus ciclos. El mes pasado estaba tan feliz. —Suspiró temblorosa, a punto de volver a sollozar—. Esperé y esperé, incluso lo tenía todo preparado por si era una falsa alarma, pero no pasó nada.

—¿Nada? —Simon nunca había oído algo así.

—Nada. —Daphne esbozó una sonrisa temblorosa—. Nunca en mi vida me había alegrado tanto por nada.

—¿Tenías náuseas?

Daphne negó con la cabeza.

—Nosé qué otra cosa te esperabas.

—Yo-yo-yo… —Tragó saliva, intentó tranquilizarse y, al final, dijo loúnico que sentía en lo más profundo de su corazón—: Quiero recuperarte.

Ella no dijo nada. Simon rogó en silencio que dijera algo, pero ella no lo hizo. Y Simon maldijo su silencio porque significaba que tendría que seguir hablando.

—Cuando nos peleamos —dijo, lentamente— perdí el control. N-no podía hablar. —Cerró los ojos, angustiado, porque sentía que se le volvía a cerrar la garganta. Al final, después de un largo suspiro, continuó—: Me odio a mímismo cuando me pasa.

Daphne ladeó la cabeza mientras fruncía el ceño.—¿Espor eso que te fuiste?

Simon asintió.

—¿Nofue por… por lo que hice? La miró a los ojos.

—Nome gustó lo que hiciste.

—Pero ¿no te fuiste por eso? —insistió ella. Hubo un largo silencio y entonces él dijo:

—Nome fui por eso.

Daphne se apretó las rodillas contra el pecho, considerando esas palabras. Todo este tiempo, había pensado que la había abandonado porque la odiaba,

odiaba lo que había hecho, pero la verdad era que se odiaba a sí mismo. Suavemente, dijo:

—Sabes que no te infravaloro cuando tartamudeas.—Yosí que lo hago.

—¡Maldita sea, Daphne, ya losé…!—Secalló y empezó a temblar. Por un momento, Daphne pensó que iba a llorar. Pero las lágrimas que se le acumulaban en los ojos nunca llegaron a caer y, cuando la miró, solo pudo

decir—: Lo odio, Daphne. Lo o-o-o…

Daphne le tomó la cara entre las manos y lo obligó a mirarla.

—Estábien—dijo—.Parece que fue un hombre horroroso. Pero tienes que olvidarlo.

—Nopuedo.

—Sípuedes. Está bien sentir odio, pero no puedes permitir que sea lo que rija tu vida. Incluso ahora estás dejando que él dicte tus acciones.

Simon apartó la cara.

Daphne lo soltó pero apoyó las manos en sus rodillas. Necesitaba estar en contacto con él. Era extraño, pero sentía que si lo dejaba ahora, lo perdería para siempre.

—¿Tehas parado alguna vez a pensar si querías una familia? ¿Si querías tener hijos? Serías un padre maravilloso, Simon y, aun así, nunca te has permitido ni planteártelo. Crees que así te estás vengando de él, pero lo que en realidad estás haciendo es dejar que te siga controlando desde la tumba.

—Sile doy un nieto, gana él —susurró Simon.

—No. Si tú tienes un hijo, ganas tú —dijo Daphne—. Ganamos todos. Simon no dijo nada, pero Daphne vio que estaba temblando.

—Sino quieres hijos porque no los quieres, es una cosa. Pero si te estás negando el placer de la paternidad por un hombre muerto, es que eres un cobarde.

Simon se rio, burlón.

—¿Noes gracioso? Lo odio. Lo odio con todas mis fuerzas y, a pesar de todo, es la única razón que me ha hecho seguir adelante.

Daphne negó con la cabeza.

—Eso no es cierto—dijo—.Habrías seguido adelante de cualquier modo. Eres tozudo y brillante, y te conozco. Aprendiste a hablar por ti, no por él.—Cuando vio que Simon no decía nada, añadió—: Si te hubiera demostrado su amor, todo hubiera sido más fácil.

Simon empezó a agitar la cabeza, pero Daphne lo interrumpió alzando la mano y cogiéndole la cara.

—Amí, de pequeña, solo me demostraron amor y devoción. Confía en mí, así todo es más fácil.

Simon se quedó inmóvil un buen rato, respirando profundamente mientras se tranquilizaba. Al final, cuando Daphne empezaba a temerse que lo estaba perdiendo, levantó la cabeza y la miró.

—Quiero ser feliz —dijo.

—Ylo serás—leprometió ella, abrazándolo—. Lo serás.

¡El duque de Hastings ha vuelto!

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

6 de agosto de 1813

Simon no dijo nada en el camino de vuelta. Encontraron a la yegua de Daphne pastando tranquilamente a unos treinta metros y, aunque Daphne insistió en que podía montar, Simon dijo que no le importaba. Así que ató la yegua a su caballo, subió a Daphne a la silla y él se sentó detrás de ella. Y asíse fueron hasta Grosvenor Square.

Además, necesitaba abrazarla.

Empezaba a darse cuenta de que tenía que abrazarse a algo en la vida y a lo mejor Daphne tenía razón; a lo mejor el odio no era la mejor solución. Quizá, solo quizá, podía aprender a abrazarse al amor.

Cuando llegaron a Hastings House, salió un mozo a encargarse de los caballos y Simon y Daphne subieron la escalera y entraron en casa.

Y allí se encontraron frente a los tres hermanos Bridgerton.

—¿Quédiablos estáis haciendo en mi casa? —preguntó Simon.

Lo que más quería en ese momento era subir la escalera y hacerle el amor a su mujer y, en lugar de eso, se había encontrado con aquel beligerante trío. Estaban de pie con la misma postura: piernas separadas, manos en las caderas y la barbilla levantada. Si no estuviera tan enfadado con ellos por verlos allí, seguramente habría tenido tiempo de preocuparse.

—Primero fue nuestra hermana —dijo Anthony—, y la has hecho infeliz.—Esto no es asunto vuestro —insistió Daphne.

—Túeres asunto nuestro —dijo Benedict.

—Esmi asunto —dijo Simon—, así que fuera de mi casa de una vez.

—Cuando los tres tengáis vuestros propios matrimonios, entonces podréis venir a darme consejos —dijo Daphne, enfadada—. Pero, hasta entonces, guardaros vuestros impulsos de entrometeros.

—Losiento, Daff —dijo Anthony—, pero en esto no vamos a cambiar de

opinión.

—¿Enqué? —dijo ella—. Aquí no tenéis ninguna opinión. ¡No es asunto vuestro!

Colin dio un paso adelante.

—Nonos iremos hasta que estemos convencidos de que te quiere.

Daphne palideció de golpe. Simon nunca le había dicho que la quería. Se lo había demostrado, de mil maneras, pero nunca se lo había dicho con palabras. Y quería que, cuando lo hiciera, fuera porque lo sintiera y no porque los estúpidos de sus hermanos lo hubieran obligado.

—Colin, no lo hagas —susurró, odiando el tono de súplica de su voz—. Tienes que dejar que pelee mis propias batallas.

—Daff…

—Por favor—lerogó ella. Simon se interpuso entre los dos.

—Sinos disculpas—ledijo a Colin y, por extensión, a Anthony y a Benedict.

Simon se acercó todavía más, hasta que su nariz rozó la de Daphne.—Tequiero, Daff —susurró.

Daphne volvió a sentir los latidos de su corazón, aunque ahora muy acelerados.

—¿Deverdad?

Simon asintió, acariciándola con la nariz.—Nopude evitarlo.

Daphne sonrió.

—Eso no es muy romántico.

—Esla verdad —dijo él, encogiéndose de hombros—. Sabes mejor que nadie que yo no quería nada de esto. No quería una esposa, no quería una familia y, sobre todo, no quería enamorarme.—Ledio un suave beso en los labios, haciendo que los dos cuerpos se estremecieran—. Pero lo que me encontré—labesó otra vez—, para mi desgracia—yotra—, es que era casi imposible no quererte.

Daphne cayó rendida a sus brazos.—Oh, Simon —susurró.

Simon la besó en la boca, intentando demostrarle con su beso lo que todavía estaba aprendiendo a expresar con palabras. La quería. La adoraba.

Podría caminar sobre fuego por ella. Tenía…

…a sus tres hermanos mirándolos.

Separándose de ella, se giró de lado. Anthony, Benedict y Colin seguían allí. Anthony estaba mirando el techo, Benedict hacía ver que se miraba las uñas y Colin los estaba mirando abiertamente.

Simon abrazó con más fuerza a Daphne y dijo:

—Dios nos asista —dijo él.

Pero antes de que llegaran al primer peldaño, la puerta principal se abrióseguido de una serie de improperios típicamente femeninos.

—¿Mamá?—dijo Daphne, sin acabárselo de creer. Pero Violet solo tenía ojos para sus hijos.

—Sabía que os encontraría aquí —dijo, señalándolos—. De todos los

estúpidos y tercos…

Daphne no escuchó el resto del discurso de su madre. Simon estaba riéndose demasiado fuerte en su oído.

—¡Laha hecho infeliz! —protestó Benedict—. Como hermanos suyos, es

nuestro deber…

—Respetar su inteligencia para resolver sus propios problemas —lo interrumpió Violet—. Y ahora no parece demasiado infeliz.

—Eso es porque…

—Ysi me dices que es por vuestras amenazas después de irrumpir en su casa como un rebaño de ovejas, te prometo que renegaré de los tres.

Los tres se quedaron en silencio.

—Estábien —continuó Violet—. Creo que es hora de marcharnos, ¿no? Cuando sus hijos no se movieron lo bastante deprisa como para seguirla,

se giró y cogió…

—¡Mamá,por favor! —gritó Colin—. Por la oreja…Lo cogió por la oreja.

—…no.

Daphne agarró a Simon por el brazo. Estaba riéndose con tantas ganas que tenía miedo de que fuera a caerse.

obligarme a decir algo que no siento.—Sequedó en silencio y añadió—:

Bueno, no sin una pistola.

Daphne lo golpeó en el hombro. Simon la ignoró y la atrajo hacia sí.

—Lohe dicho de verdad —dijo, rodeándole la cintura con los brazos—.

Te quiero. Lo sé desde hace un tiempo pero…

—Nopasa nada —dijo Daphne, apoyando la mejilla en su pecho—. No tienes que explicarte.

—Sí,tengo que hacerlo —insistióél—.Yo…—Pero no pudo encontrar las palabras. Tenía demasiadas emociones en su interior, demasiados sentimientos a la vez—. Déjame demostrártelo —dijo, con voz ronca—. Déjame demostrarte lo mucho que te quiero.

Daphne respondió a eso ladeando la cabeza para recibir un beso. Cuando sus labios se tocaron, dijo:

—Yotambién te quiero.

La boca de Simon la devoró con pasión y las manos se aferraron a ella como si tuviera miedo de que, en cualquier momento, fuera a desaparecer.

—Vamos arriba —susurró—. Ven conmigo.

Daphne asintió, pero antes de que pudiera subir un escalón, Simon la levantó a peso y la subió en brazos.

Cuando llegó al segundo piso, su cuerpo ya estaba duro como una roca y le pedía a gritos que lo liberase.

—¿Quédormitorio has usado?—lepreguntó.

—Eltuyo —respondió ella, extrañada por la pregunta.

mientras la besaba—, quiero que me mates.—Nunca —respondió ella, riendo.

La boca de Simon se movió hacia el hueco donde la mandíbula se une al lóbulo de la oreja.

—Entonces, pégame —le dijo—. Retuérceme un brazo, rómpeme un tobillo.

—Noseas tonto —dijo ella, acariciándole la barbilla y obligándolo a mirarla—. No volverás a hacerme daño.

El amor por esa mujer lo llenaba. Le hinchaba el pecho, le hacía cosquillas en los dedos y le cortaba la respiración.

—Aveces —susurró—, te quiero tanto que me asusto. Te daría el mundo entero, sabes que lo haría, ¿verdad?

—Todo lo que quiero eres tú —dijo ella—. No necesito el mundo, solo tu amor. Y, a lo mejor —añadió, con una maliciosa sonrisa—, que te quites las botas.

Simon sintió una gran sonrisa en la cara. De algún modo, su mujer siempre parecía saber exactamente qué era lo que necesitaba. Justo cuando estaba abrumado por tantas emociones y estaba a punto de llorar, ella lo había hecho reír.

—Tus deseos son órdenes —dijo, dándose la vuelta para quitarse el molesto calzado.

Una bota cayó al suelo, y la otra la siguió.—¿Algo más, señora? —preguntó.

Ella ladeó la cabeza.

—Bueno, supongo que también podrías quitarte la camisa.

Ella le obedeció y, a los pocos segundos, Simon le estaba sacando el vestido por la cabeza.

—Bueno —dijo Simon, mirándole los pechos—. Esto está mucho mejor. Estaban los dos de rodillas encima de la cama. Daphne miraba a su

marido, con el pulso acelerado al ver cómo le subía y bajaba el pecho a Simon con cada respiración. Con una mano temblorosa, lo acarició suavemente.

Simon contuvo la respiración hasta que el dedo de Daphne le tocó el pezón y entonces él hizo lo mismo con el suyo.

—Tequiero —dijo.

Daphne bajó la mirada y sonrió.—Losé.

—No—dijo él, atrayéndolamás—.Quiero estar en tu corazón. Quiero…—Todo su cuerpo se estremeció cuando tocó su piel—. Quiero estar en tu alma.

—Oh, Simon —dijo ella, enredando los dedos en su pelo negro—. Ya estás ahí.

Y entonces ya no hubo más palabras, solo labios y manos y piel contra piel.

Simon la adoró de todas las formas que conocía. Le recorrió las piernas con las manos y le besó la parte posterior de las rodillas. Le apretó las caderas y le hizo cosquillas en el ombligo. Y cuando todo su cuerpo clamaba penetrarla, cuando el deseo más ardiente que jamás había sentido se apoderóde él, la miró con tan devoción que casi se le saltaron las lágrimas.

—Tequiero—lesusurró—. En toda mi vida, solo has existido tú.

que empujaba.

Solo podía gemir y esos sonidos apasionados encendían todavía más el cuerpo de Simon. Estaba empezando a perder el control, con movimientos cada vez más feroces.

—Nopodré aguantar mucho más—ledijo.

Quería esperarla, necesitaba saber que le había dado todo el placer antes de permitirse sentirlo él.

Pero entonces, justo cuando creía que su cuerpo no podría resistir el esfuerzo, Daphne se sacudió debajo de él y sus músculos más íntimos se aferraron a él mientras gritaba su nombre.

Simon contuvo la respiración al contemplarla. Siempre había estado demasiado ocupado de calcular el momento justo de separarse de ella para no derramarse en su interior que nunca había visto su cara cuando alcanzaba el

orgasmo. Tenía la cabeza hacia atrás y las elegantes líneas de su garganta se tensaban mientras abría la boca con un grito ahogado.

Se quedó maravillado.

—Tequiero—dijo—.¡Oh, Dios, cómo te quiero!—Yentonces se hundióen ella.

Daphne abrió los ojos de golpe cuando vio que Simon retomaba el ritmo.—¿Simon? —preguntó, con un tono un poco urgente—. ¿Estás seguro? Los dos sabían qué quería decir.

Simon asintió.

—Noquiero que lo hagas solo por mí —dijo ella—. También tienes que hacerlo por ti.

la cabeza y vio que alguien había corrido las cortinas. Debió de haber sido Simon, pensó mientras bostezaba. La luz se filtraba por los lados y teñía la habitación con una tenue luz.

Levantó la cabeza y se ahuecó el pelo; se levantó y fue al vestidor a ponerse la bata. Era muy extraño en ella dormir hasta bien entrada la mañana. Aunque no había sido un día como cualquier otro.

Se puso la bata y se anudó el cinturón alrededor de la cintura. ¿Dónde estaba Simon? No debía de hacer demasiado que se había levantado porque recordaba haberse acurrucado en sus brazos no hacía mucho.

El dormitorio principal constaba de cinco habitaciones: dos dormitorios, cada uno con su respectivo vestidor, y un salón que los conectaba. La puerta del salón estaba entreabierta y se veía luz, como si esas cortinas estuvieran descorridas. Sigilosamente, Daphne abrió la puerta y se asomó.

Simon estaba junto a la ventana, observando la ciudad. Se había puesto una bata color burdeos pero todavía iba descalzo. Tenía la mirada perdida y un poco apagada.

Daphne arrugó la frente, preocupada. Se acercó a él y dijo:

—Buenos días.

Simon se giró y, al verla, suavizó un poco su expresión.—Buenos días —dijo, abrazándola.

Daphne acabó con la espalda pegada al torso de Simon, mirando a la calle mientras Simon apoyaba la barbilla en su cabeza.

Daphne tardó unos segundos en reunir el coraje para preguntar:

—¿Algúnremordimiento?

No podía verlo, pero notó cómo él negaba con la cabeza.

Simon no dijo nada, pero sus ojos se entristecieron un poco más y, acto seguido, los cerró cuando se acercó la mano a la cara y se rascó las cejas.

El pánico se apoderó de Daphne y empezó a hablar muy deprisa.

—Noes que quisiera un hijo inmediatamente—dijo—.Solo…, bueno, me gustaría tener hijos, algún día, solo eso; y creo que, si lo piensas, tútambién querrás. Estaba disgustada porque nos negaras una familia por el

mero hecho de fastidiar a tu padre. No es que…Simon le puso la mano encima de la rodilla.—Basta, Daphne—dijo—.Por favor.

En su voz había la suficiente emoción como para que ella se callara de inmediato. Se mordió el labio inferior y lo retorció nerviosa. Ahora le tocaba hablar a él. Estaba claro que había algo importante que le daba vueltas por la cabeza y si tardaba todo el día en encontrar las palabras para expresarlo, ella se esperaría.

Por él, esperaría eternamente.

—Nopuedo decir que me entusiasme la idea de tener un hijo —dijo Simon, lentamente.

Daphne vio que respiraba con alguna que otra dificultad y apoyó la mano en su brazo para tranquilizarlo.

Simon la miró con unos ojos que clamaban comprensión.

—Verás, me he pasado tanto tiempo evitando tener un hijo—dijo—,que ahora n-no sé ni cómo planteármelo.

Daphne le sonrió, confiada, y se dio cuenta de que era una sonrisa para los dos.

—Aprenderás—dijo—.Y yo contigo.

—P-pero, ¿y si…?—Surostro, su maravilloso rostro, que siempre estaba

controlado, se derrumbó—. ¿Ysi…si tenemos un hijo y es como yo?

Por un momento, Daphne no podía decir nada. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se llevó la mano a la boca, para cubrírsela por la sorpresa.

Simon se giró, pero no antes de que ella viera el tormento en sus ojos. No antes de que escuchara la respiración entrecortada o el suspiro final que soltóen un intento de no perder la compostura.

—Sitenemos un hijo tartamudo —dijo Daphne, cuidadosamente—, lo

querré muchísimo. Y lo ayudaré.Y…—Tragó saliva y rezó por que estuviera haciendo lo correcto—. Y le diré que se fije en ti porque, obviamente, has aprendido a superarlo perfectamente.

Simon se giró hacia ella de inmediato.

—Noquiero que mi hijo sufra tanto como yo.

De forma inconsciente, Daphne sonrió con calidez, como si su cuerpo se hubiera dado cuenta de que sabía exactamente qué hacer antes que su mente.

—Pero no sufrirá—dijo—,porque tú serás su padre.

Simon no cambió la cara, pero en sus ojos brilló una nueva y esperanzadora luz.

—¿Podrías rechazar a un niño por ser tartamudo?—lepreguntó Daphne. La respuesta negativa de Simon fue muy contundente y vino acompañada

con una pizca de blasfemia. Daphne sonrió.

—Entonces no tengo ningún miedo sobre nuestro hijo.

Simon se quedó en silencio un rato más y entonces, en un rápido movimiento, la rodeó con los brazos y hundió la cara en el hueco de su cuello.

Simon. El duque de Middlethorpe le había dicho, cuando se las había entregado, que ella sabría cuándo dárselas.

Se zafó de los grandes brazos de Simon y se fue al dormitorio de la duquesa.

—¿Adónde vas? —le preguntó Simon, medio dormido. Se había ido relajando bajo el sol de la tarde.

—Eh…Tengo que ir a buscar algo.

Debió de darse cuenta de la inseguridad en su voz, porque abrió los ojos y se giró para mirarla.

—¿Quévas a buscar? —preguntó, curioso.

Daphne evitó responder la pregunta escabulléndose hacia la otra habitación.

—Espera un momento —dijo, desde su dormitorio.

Había guardado las cartas, atadas con una cinta roja y dorada, los colores de la familia Hastings, en el fondo del último cajón de su mesa. Las primeras semanas en Londres se había olvidado de ellas y estaban intactas en Bridgerton House. Pero las había encontrado un día que había ido a visitar a su madre y esta le había dicho que subiera a su habitación a recoger algunas de sus cosas y, mientras recogía unos perfumes y una funda de almohadón que había bordado a los diez años, las encontró.

Muchas veces había estado tentada de abrir alguna, aunque solo fuera para entender mejor a su marido. Y, para ser sincera, si los sobres no hubieran estado sellados, se habría tragado sus escrúpulos y las habría leído.

Cogió el paquete y volvió lentamente hacia el salón. Simon todavía estaba sentado en el sillón, pero estaba derecho y más despierto, y la miraba con

—¿Quieres leerlas?

Simon se pensó la respuesta unos segundos y, al final, optó por ser honesto.

—Nolo sé.

—Podría ayudarte a dejarle definitivamente en el pasado.—Opodría empeorar la situación.

—Quizá —dijo ella.

Simon miró las cartas. Esperaba sentir animadversión. Esperaba sentir

odio. Pero lo único que sentía era…Nada.

Fue la sensación más extraña de su vida. Tenía enfrente una colección de cartas, todas escritas por el puño y letra de su padre. Y, aun así, no sentía ni la más mínima intención de tirarlas al fuego o romperlas a pedacitos.

Y, al mismo tiempo, tampoco sentía ninguna intención de leerlas.—Creo que esperaré un poco —dijo Simon, sonriendo.

Daphne parpadeó varias veces como si sus ojos no dieran crédito a sus

oídos.

—¿Noquieres leerlas? —preguntó. Simon negó con la cabeza.

—¿Yno quieres quemarlas? Simon se encogió de hombros.—Noespecialmente.

Daphne miró las cartas y luego a Simon.—¿Quéquieres hacer con ellas?

—Nada.

tartamudez.

—Las cartas pueden esperar —dijo, mientras el paquete resbalaba desde las rodillas de Daphne hasta el suelo—. Por fin he conseguido, gracias a ti, apartar a mi padre de mi vida. —Agitó la cabeza, sonriendo—. Leer las cartas ahora significaría volver a pensar en él.

—Pero ¿no sientes curiosidad por lo que tenía que decirte? —insistió ella—.A lo mejor te pedía perdón. ¡A lo mejor incluso se rendía a tus pies!

Se inclinó hacia delante para recoger las cartas, pero Simon la tiró del cinturón para impedírselo.

—¡Simon! —exclamó ella.Él arqueó una ceja.

—¿Sí?

—¿Quéestás haciendo?

—Intentando seducirte. ¿Lo estoy consiguiendo? Daphne se sonrojó.

—Posiblemente —dijo.

—¿Solo posiblemente? Maldita sea, debo de estar perdiendo mi toque.

Le colocó una mano debajo de las nalgas, lo que provocó un grito de ella.—Creo que tu toque está bien —dijo Daphne.

—¿Bien? —Hizo ver que el comentario le había roto el corazón—.«Bien» es una palabra muy neutra, ¿no te parece? Casi inexpresiva.

—Bueno —admitió ella—. Puede que me haya equivocado.

Simon sintió que el corazón le daba un brinco. Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba de pie y guiando a su mujer hacia la cama.

—Creo que es muy resistente. ¿Cuál es la segunda parte?

—Lasegunda parte me temo que conlleva un compromiso temporal por tu parte.

Daphne entrecerró los ojos, pero sin dejar de sonreír.—¿Quétipo de compromiso temporal?

Con un gesto rápido, él la tendió de espaldas contra el colchón.—Deunos nueve meses.

Ella abrió la boca, sorprendida.—¿Estásseguro?

—¿Queson nueve meses? —sonrióél—.Es lo que siempre me han dicho. Pero Daphne ya no se reía.

—Sabes que no me refiero a eso —dijo.

—Yalo sé —dijo, muy serio también—. Y sí, estoy seguro. Y estoy muerto de miedo. Y terriblemente emocionado. Y un millón de cosas más que nunca me había permitido sentir hasta que tú llegaste.

A Daphne se le llenaron los ojos de lágrimas.—Eslo más bonito que me has dicho.

—Esla verdad —dijoél—.Antes de conocerte, solo estaba vivo a medias.—¿Yahora? —susurró ella.

—¿Y ahora? —repitió él—. De repente, «ahora» significa felicidad, alegría y una mujer a la que adoro. Pero ¿sabes una cosa?

Daphne agitó la cabeza, demasiado emocionada para hablar.Él se inclinó y la besó.

—«Ahora» no tiene comparación con mañana. Y mañana no podrácompetir con el día siguiente. Tal y como me siento en este momento, mañana

Después de tres niñas, a la pareja más enamorada de Londres por fin le ha llegado un heredero. Esta autora puede imaginarse el descanso que habrán sentido en Hastings House; después de todo, es una verdad universal que un hombre casado y con una gran fortuna lo que quiere es un heredero.

Todavía no se conoce el nombre del pequeño, pero esta autora se siente cualificada para especular. Después de todo, con hermanas llamadas Amelia, Belinda y Carolina, ¿podría en nuevo conde de Clyvedon recibir otro nombre que no fuera David?

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

15 de diciembre de 1817

Simon levantó los brazos sorprendido, mientras la hoja de papel caía al suelo.

—¿Cómolo sabe? —preguntó—. No le hemos dicho a nadie nuestra decisión de llamarlo David.

Daphne intentó no reírse mientras observaba a su marido ir y venir por la habitación.

—Estoy segura de que ha sido un golpe de suerte —dijo, mirando con cariño al recién nacido que tenía entre los brazos.

Era demasiado temprano para saber si mantendría los ojos azules o se le volverían marrones, como a sus hermanas, pero ya era igualito que su padre; Daphne no podía imaginarse que se oscurecieran y rompieran el encanto.

deberías apoyarla comprando su revista.

—Yo…

—Yno te atrevas a decir que la compras para mí.—Lalees —dijo Simon.

—Y tú también. —Daphne le dio un beso a David en la cabeza—. Normalmente, antes de que caiga en mis manos. Además, estos días estoy bastante orgullosa de lady Whistledown.

Simon la miró con el ceño fruncido.—¿Porqué?

—¿Hasleído lo que ha escrito de nosotros? Nos ha llamado «la pareja más enamorada de Londres». —Daphne sonrió—. Me gusta.

Simon hizo una mueca.

—Eso es porque Philipa Featherington…

—Ahora es Philipa Berbrooke—lerecordó Daphne.

—Bueno, como se llame, tiene la boca más grande de Londres y, desde que me oyó llamarte «cariño mío» en el teatro, no he podido aparecer más por los clubes.

—¿Tan poco corriente es estar enamorado de tu mujer? —se burlóDaphne.

Simon hizo cara de niño contrariado.

—Esigual—dijo—.No quiero oír tu respuesta.

La sonrisa de Simon era entre avergonzada y traviesa.

—Toma —dijo Daphne, ofreciéndole el niño—. ¿Quieres cogerlo?

—Claro. —Simon cruzó la habitación y tomó al pequeño en brazos. Lo abrazó un instante y luego miró a Daphne—. Creo que se parece a mí.

19 de diciembre de 1817

¡Ah!, amable lector, esta autora está encantada de

comunicarle que…


JULIA QUINN (1970, Nueva York, Estados Unidos), este es el seudónimo más utilizado por la escritora Julie Pottinger (de soltera Julie Cotler), la cual se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard, iniciando estudios de Medicina en la de Yale, que no concluyó por el inesperado éxito de sus novelas románticas de corte histórico —comenzó a escribir mientras intentaba ingresar en la universidad de Medicina—. En unos meses abandonóla universidad. En el mismo período en que fue llamada por la universidad,

obtuvo su primer contrato con una editorial. Finalmente, decidió seguir una carrera literaria.

Julia Quinn ha sido traducida a más de 25 idiomas y es una habitual de las listas de los más vendidos del New York Times. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar varios premios Rita.

Julia Quinn es autora de novelas feministas dentro del género histórico- romántico, donde es considerada una maestra de los diálogos.

Actualmente, Julia vive con su familia en el noroeste del Pacífico.


FIN

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