© Libro N° 15006. El Corazón De Una Bridgerton. Quinn, Julia. Emancipación. Abril 11 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.co/book/el-corazon-de-una-bridgerton/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://ww3.lectulandia.co/book/el-corazon-de-una-bridgerton/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
EL
CORAZÓN DE UNA BRIDGERTON
Julia
Quinn
El Corazón De Una Bridgerton
Julia Quinn
Francesca no entiende por qué el mejor amigo de John y en quien ella misma siempre ha buscado apoyo, no está a su lado para consolarla. Algo en su interior le dice que debe dar un pequeño paso, apenas un gesto, para que el secreto de Michael salga por fin a la luz. Pero esa misma voz le dice también que cuando lo haga su propia vida cambiará para siempre.
ePub r1.0
Titivillus 13.01.2021
Primera parte Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4
Segunda parte Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24
Tiempos de la malaria.
en los campos de las enfermedades infecciosas y neurología respectivamente.
… no diría que la vida es maravillosa, pero no es tan terrible. Hay mujeres, al fin y al cabo, y donde hay mujeres,
seguro que lo paso bien…
De una carta de Michael Stirling, Regimiento de Infantería 52, a su primo John, conde de Kilmartin, durante las guerras napoleónicas
En la vida de toda persona hay un momento crucial, decisivo. Un momento tan fundamental, tan fuerte y nítido que uno se siente como si le hubieran golpeado el pecho, dejándolo sin aliento, y sabe, sabe con la más absoluta certeza, sin la menor sombra de duda, que su vida nunca volverá a ser igual.
En la vida de Michael Stirling, ese momento ocurrió la primera vez que vio a Francesca Bridgerton.
Después de toda una vida seduciendo a mujeres, de sonreír ladinamente cuando ellas le seducían a él, de dejarse atrapar y luego volver las tornas hasta ser el vencedor, de acariciarlas, besarlas y hacerles el amor, pero sin comprometer jamás su corazón, le bastó una sola mirada a Francesca Bridgerton para enamorarse tan total y perdidamente de ella que fue una maravilla que se las arreglara para mantenerse en pie.
Pero, por desgracia para él, el apellido de Francesca continuaría siendo Bridgerton solo treinta y seis horas más, porque la ocasión en que la conoció las que alguien podría contar, y se las había arreglado para hacerlo sin que ni una sola vez lo retaran a duelo), bueno, la amarga verdad era que nunca antes había estado enamorado, y si hay una ocasión en que un hombre puede perder su capacidad de mantener la fachada ante preguntas francas, probablemente era esa.
Así pues, se reía, se mostraba muy alegre y animado, y continuaba seduciendo a mujeres, procurando no fijarse en que tendía a cerrar los ojos cuando les hacía el amor. Y había dejado de asistir a los servicios religiosos en la iglesia, puesto que no le veía ningún sentido ni siquiera a pensar en una
oración por su alma. Además, la iglesia parroquial cercana a Kilmartin era muy vieja, databa de 1432, y seguro que las piedras, a punto de desmoronarse, no resistirían el golpe directo de un rayo.
Y si Dios quería hacer sufrir a un pecador, no podría haber elegido a otro peor que él.
Michael Stirling. Pecador.
Veía su nombre acompañado por ese adjetivo en una tarjeta de visita. Incluso la habría hecho imprimir (ese era justamente su tipo de humor negro) si no hubiera estado convencido de que eso mataría a su madre en el acto.
Bien podía ser un libertino, pero no había ninguna necesidad de torturar a la mujer que lo dio a luz.
Era extraño que nunca hubiera considerado pecado la seducción de todas esas otras mujeres. Y seguía no considerándolo. Todas habían estado bien dispuestas, por supuesto; es imposible seducir a una mujer no dispuesta, por lo menos si se entiende la seducción en su verdadero sentido y se tiene buen cuidado de no confundirla con violación. Tenían que desearlo, y si no lo
ennegrecer el alma o, como mínimo, se la dejaría parecida al carbón, y eso suponiendo que mantuviera la fuerza para no actuar nunca según sus deseos.
Porque eso… eso…
Deseaba a la mujer de su primo. Deseaba a la mujer de John.
De John.
De John, el que, maldita sea, era para él más de lo que habría sido un hermano si lo tuviera. John, cuya familia lo acogió en su seno cuando muriósu padre. John, cuyo padre lo crio y le enseñó a ser un hombre. John, con
quien…
Vamos, infierno y condenación, ¿es que necesitaba hacerse eso? Podía pasar una semana enumerando todos los motivos de por qué se iba a ir derecho al infierno por haber elegido a la mujer de John para enamorarse. Y ninguno de ellos cambiaría jamás una simple realidad.
No podía tenerla.
Nunca podría tener a Francesca Bridgerton Stirling.
Pero sí podría servirse otra copa, pensó, emitiendo un bufido para sus adentros. Acomodándose en el sofá, se cruzó de piernas, observándolos, los dos sentados enfrente de él, riendo y sonriendo, echándose esas nauseabundas miraditas amorosas. Sí, otra copa le sentaría bien.
—Creo que sí —declaró, apurándola de un solo trago.
—¿Qué has dicho, Michael? —preguntó John, su audición excelente, como siempre, maldita sea.
Michael esbozó una sonrisa excelentemente fingida y levantó su vaso de whisky.
nombre a nada.
Emitió otro bufido dentro del vaso de whisky. Era curioso que no bebiera Té Kilmartin ni estuviera sentado en un sillón estilo Kilmartin. En realidad, era probable que sí existieran esas cosas si su abuela hubiera encontrado la manera de hacerlas sin involucrar a la familia en el comercio. La formalista anciana era tan quisquillosa y orgullosa que cualquiera habría creído que era una Stirling por nacimiento y no simplemente por matrimonio. Por lo que a ella se refería, la condesa de Kilmartin (ella) era tan importante como cualquier personaje elevado y más de una vez sorbió por la nariz disgustada cuando le tocó entrar en el comedor para una cena detrás de una marquesa o duquesa que también habían adquirido sus títulos por matrimonio.
La Reina, pensó Michael, objetivamente; seguro que su abuela se habría arrodillado ante la reina, pero de ninguna manera se la podía imaginar siendo deferente con ninguna otra mujer.
Habría aprobado a Francesca Bridgerton. Seguro que la abuela Stirling habría arrugado altivamente la nariz al enterarse de que el padre de Francesca era un simple vizconde, pero los Bridgerton eran una familia muy antigua e inmensamente popular y, cuando les daba la gana, poderosa. Además, Francesca llevaba la espalda muy erguida, se comportaba con orgullo y tenía un sentido del humor irónico y subversivo. Si tuviera cincuenta años más y no fuera tan atractiva, habría sido una muy buena acompañante para la abuela Stirling.
Y ahora Francesca era la condesa de Kilmartin, casada con su primo John, que era un año menor que él, pero en la familia Stirling siempre se le había tratado con la deferencia debida al mayor; era el heredero, después de todo.
sesgada, lo que hacía con frecuencia.
Nadie lo tomaba en serio cuando sonreía así, y de eso justamente se trataba.
—¿Sete ocurre alguna idea? —preguntó ella.—¿Para qué?
—Para nuestro aniversario.
Si ella le hubiera arrojado una flecha, no podría habérsela clavado en el corazón con más fuerza. Pero se limitó a encogerse de hombros, puesto que era muy bueno disimulando.
—Noes mi aniversario —dijo.
—Losé —dijo ella, y aunque él no la estaba mirando, tuvo la impresión de que había puesto los ojos en blanco.
Pero no los había puesto. Él sabía que no; esos dos años pasados había llegado a conocer dolorosamente bien a Francesca, y sabía que nunca ponía los ojos en blanco. Cuando quería ser sarcástica o irónica o guasona, solo lo manifestaba en su voz y en un curioso gesto de la boca; no necesitaba poner los ojos en blanco. Simplemente miraba con esa mirada franca, sus labios un
poco curvadosy…
Tragó saliva, por acto reflejo, y se apresuró a llevarse el vaso a los labios para disimularlo. No hablaba nada bien de él que se hubiera pasado tanto tiempo analizando la curva de los labios de la mujer de su primo.
—Te aseguro que sé muy bien con quién estoy casada —continuóFrancesca, pasando las yemas de los dedos por el teclado sin presionar ninguna tecla.
—Nome cabe duda —masculló él.
está claro que no tengo talento para el matrimonio.—Eso no está nada claro.
—Yaestáis riñendo —comentó John riendo, y reclinándose en su asiento con el Times de esa mañana.
—Nunca has estado casado —continuó Francesca—. ¿Cómo puedes saber, entonces, que no tienes talento para el matrimonio?
Michael consiguió esbozar una sonrisa satisfecha.
—Creo que está muy claro para todas las personas que me conocen.
Además, ¿qué necesidad hay? No tengo título, ni propiedad…
—Tienes propiedad —interrumpió John, demostrando que continuaba
oyendo aunque tuviera la cara tapada por el diario.
—Solo un trocito de propiedad —enmendó Michael—, que me hará muy feliz dejarlo a vuestros hijos, puesto que me lo regaló John.
Francesca miró a John, y Michael comprendió lo que estaba pensando:
que John le había dado esa propiedad porque quería que él se considerara poseedor de algo, que sintiera que tenía una finalidad en su vida, de verdad. Desde que se retiró del ejército hacía unos años había estado desocupado, sin nada que hacer. Y aunque John nunca lo había dicho, él sabía que se sentía culpable por no haber tenido que luchar por Inglaterra en el continente, por haberse quedado en casa mientras él se enfrentaba al peligro solo.
Pero John era el heredero de un condado; tenía el deber de casarse, de ser fructífero y multiplicarse. Nadie había esperado que fuera a la guerra.
Muchas veces había pensado si al regalarle esa propiedad, una hermosa y cómoda casa solariega con ocho hectáreas de terreno, John no habría querido castigarse. Y sospechaba que Francesca pensaba lo mismo.
—¿Por qué no? —preguntó, en un tono de la más absoluta despreocupación—. Os encanta estar allí. A John le gusta. Y no es un trayecto muy largo, si están bien las ballestas.
—¿Vendrías tú? —preguntó John.—Creo que no —contestó.
Como si a él le interesara ser testigo de la celebración de su aniversario de bodas. En realidad, lo único que le haría eso sería recordarle lo que no podría tener jamás; y eso le recordaría su sentimiento de culpa. O se lo intensificaría. No necesitaba ningún recordatorio; vivía con él cada día.
«No desearás a la mujer de tu primo».
Moisés debió olvidarse de escribir ese mandamiento.—Tengo mucho que hacer aquí —dijo.
—¿Sí?—exclamó Francesca, con los ojos iluminados por el interés—.¿Qué?
—Ah, pues, lo sabes —dijo él, travieso—. Todas esas cosas que tengo que hacer para prepararme para una vida de disipación y ocio.
Francesca se levantó.
Santo Dios, se levantó, y venía caminando hacia él. Eso era lo peor de todo: cuando lo tocaba.
Ella le puso la mano en el brazo; él hizo un esfuerzo para no encogerse.—Cómome gustaría que no hablaras así —dijo ella.
Michael miró por encima del hombro de ella hacia John, que había levantado el diario lo bastante alto para simular que no estaba oyendo.
—¿Esque quieres convertirme en tu obra? —preguntó, con muy poca amabilidad.
—Francesca, cariño, Michael es un hombre adulto. Encontrará la felicidad como lo vea conveniente. Cuando lo vea conveniente.
Francesca frunció los labios y Michael comprendió que estaba irritada. No le gustaba que le frustraran sus planes, ni le gustaba reconocer que podría ser incapaz de ordenar a su satisfacción su mundo, y a las personas que lo habitaban.
—Debería presentarte a mi hermana —dijo. Buen Dios.
—Conozco a tu hermana—seapresuró a decir—. En realidad las conozco a todas, incluso a aquella que todavía llevan con rienda corta.
—Nola llevan con…—seinterrumpió y apretó los dientes—. Admito
que Hyacinth no te conviene, pero Eloisees…
—Nome voy a casar con Eloise —dijo él secamente.
—Noquiero decir que tengas que casarte con ella. Solo que bailes con ella una o dos veces.
—Hebailado con ella. Y eso es lo único que voy a hacer.
—Pero…
—Francesca —dijo John, en tono muy amable pero con un sentido muy claro: «Basta».
Michael podría haberlo besado por su intervención. Claro que John solo creía que lo salvaba de una innecesaria y molesta intromisión femenina. No podía de ninguna manera saber la verdad: que él estaba intentando calcular cuál sería la magnitud de su sentimiento de culpa si estuviera enamorado de la mujer de su primo«y»de la hermana de esa mujer.
—Los dos siempre lo pasáis muy bien juntos—añadióJohn.
Francesca se volvió hacia Michael y le sonrió, introduciéndose otro poco más en su corazón.
—¿Meharás ese favor?—lepreguntó—. Estoy desesperada por salir a tomar aire fresco ahora que se fue la lluvia. Además, me he sentido un poco rara todo el día, debo decir.
—Sí,por supuesto —repuso Michael.
¿Qué otra cosa podía decir, si todos sabían que no tenía ninguna reunión ni cita? La suya era una vida de disipación esmeradamente cultivada.
Además, le era imposible resistirse a ella. Sabía muy bien que debía mantenerse alejado, que no debía permitirse nunca estar solo en compañía de ella. Nunca actuaría según sus deseos, pero ¿de veras necesitaba someterse a ese tipo de sufrimiento? Igual acabaría solo en su cama, atormentado por la culpa y el deseo a partes iguales.
Pero cuando ella le sonreía, no podía decir que no. Y, la verdad, no era tan fuerte como para negarse una hora en su presencia.
Porque su presencia era lo único que tendría en su vida. Nunca habría un beso, jamás una mirada significativa ni una caricia. No habría palabras de amor susurradas, ni gemidos de pasión.
Lo único que podía tener de ella era su sonrisa y su compañía, y, patético idiota que era, estaba dispuesto a conformarse con eso.
—Dame un momento —dijo ella, deteniéndose en la puerta—. Tengo que ir a buscar algo de abrigo.
—Date prisa —dijo John—. Ya son pasadas las siete.
Michael se giró a mirarle la cara. No podía ser que se refiriera a la traviesa insinuación de Francesca.
—Suintromisión—añadióJohn—. Eres bastante joven. No tienes por quécasarte todavía.
—Túeres más joven que yo —dijo Michael, simplemente por llevar la contraria.
—Sí,pero conocí a Francesca —dijo John, encogiéndose de hombros, en gesto de impotencia, como si eso lo explicara todo.
Y claro que lo explicaba.
—Nome fastidia su intromisión —dijo Michael.—Síque te fastidia. Lo veo en tus ojos.
Y ese era el problema; John se lo veía en los ojos. No había nadie en el mundo que lo conociera mejor que él. Si algo le molestaba, John siempre lo notaba. El milagro era que no comprendiera la causa de su molestia.
—Lediré que te deje en paz —dijo John—, aunque tienes que saber que solo te regaña porque te quiere.
Michael solo consiguió esbozar una sonrisa, aunque le salió tensa. No logró encontrar palabras para contestar.
—Gracias por acompañarla en el paseo —continuó John, levantándose—. Ha estado irritable todo el día, por la lluvia. Me dijo que se sentía muy encerrada.
—¿Aqué hora tienes tu reunión?—lepreguntó Michael, cuando iban saliendo al vestíbulo.
—Alas nueve. Mi reunión es con lord Liverpool.—¿Asuntos parlamentarios?
John negó con la cabeza.
—Detesto esa porquería. Me embota la mente y necesito estar despierto para la reunión con Liverpool.
Michael asintió.
—Estás pálido —dijo.
Vamos, ¿qué sabía él? No era probable que hiciera cambiar de opinión a John respecto al láudano.
—¿Sí?—preguntó John, haciendo un mal gesto al presionarse con más fuerza la sien—. Creo que me voy a acostar un rato, si no te importa. Tengo toda una hora todavía, antes de salir.
—Muy bien. ¿Quieres que le diga a alguien que te despierte? John negó con la cabeza.
—Yomismo se lo pediré a mi ayuda de cámara.
Justo en ese momento Francesca bajó la escalera, envuelta en una capa larga color azul medianoche.
—Buenas noches, señores —dijo alegremente, encantada por tener toda la atención masculina. Pero al llegar al pie de la escalera, frunció el ceño.
—¿Tepasa algo, cariño?—lepreguntó a John.—Meduele un poco la cabeza. No es nada.
—Deberías echarte un rato.
John se las arregló para esbozar una sonrisa.
—Acababa de decirle a Michael que eso es lo que pienso hacer. Le diré a Simons que me despierte a tiempo para ir a la reunión.
—¿Conlord Liverpool?—Sí,a las nueve.
Él volvió a besarla.
—Teprefiero como un libro abierto.
Michael carraspeó para aclararse la garganta. Eso no debería resultarle tan difícil; después de todo John y Francesca no estaban actuando de modo distinto a lo normal. Eran, como se comentaba en la alta sociedad, como dos guisantes en una vaina, maravillosamente de acuerdo y espléndidamente enamorados.
—Sehace tarde —dijo Francesca—. Debería salir ya, si quiero tomar un poco de aire fresco.
John asintió y cerró los ojos un momento.—¿Seguro que estás bien?
—Estoy bien. Es solo un dolor de cabeza.
Francesca cogió el brazo que le ofrecía Michael y cuando iban llegando a la puerta, dijo a John por encima del hombro:
—Noolvides tomar láudano cuando vuelvas de la reunión. Sé que ahora no tomarás.
John asintió, con la expresión cansada y comenzó a subir la escalera.
—Pobre John —dijo Francesca cuando salieron al fresco aire nocturno. Hizo una inspiración profunda y exhaló un largo suspiro—. Detesto los dolores de cabeza. Siempre me dejan especialmente deprimida.
—Yonunca tengo dolor de cabeza —comentó Michael, llevándola por la escalinata hasta la acera.
Ella levantó la cara hacia él, con una comisura de la boca levantada en esa sonrisa tan dolorosamente conocida.
—¿No?Qué suerte la tuya.
…y si fuera tan terrible, sospecho que no me lo dirías. En cuanto a las mujeres, por lo menos cerciórate de que son limpias y no tienen ninguna enfermedad. Aparte de eso, haz todo lo que sea necesario para hacerte soportable este tiempo. Y, por favor, procura que no te maten. A riesgo de parecer sensible, no sé qué haría sin ti.
De una carta del conde de Kilmartin a su primo Michael Stirling, Regimiento de Infantería 52, durante las guerras napoleónicas
Con todos sus defectos, y Francesca estaba dispuesta a reconocer que Michael Stirling tenía muchos, era francamente un hombre simpatiquísimo.
Era un conquistador terrible (lo había visto en acción, e incluso ella tenía que reconocer que mujeres, por lo demás inteligentes, perdían todo vestigio de sensatez cuando decidía ser encantador), y estaba claro que no abordaba su vida con la seriedad que les habría gustado a ella y a John, pero incluso a pesar de todo eso, ella no podía evitar quererlo.
Michael era el mejor amigo que había tenido John en su vida, hasta que se casó con ella, por supuesto, y en esos dos años se había convertido también en confidente íntimo de ella.
Y eso era extraño. ¿Quién podría pensar que un hombre se convertiría en una de sus amistades más íntimas? Normalmente no se sentía cómoda en
las palabras. Se había creado la fama de irónica e ingeniosa y, tenía que reconocerlo, rara vez lograba pasar por alto una oportunidad de pinchar a sus hermanos con algún comentario sarcástico. Eso lo hacía con cariño, por supuesto, y tal vez con algo de la desesperación que viene de haber pasado demasiado tiempo con su familia, pero ellos le gastaban bromas también, asíque todo era justo.
Esa era la manera de ser de su familia: risas, bromas, piques. Lo que ella aportaba al bullicio en la conversación era simplemente algo más tranquilo que lo de los demás, un poquitín más irónico y subversivo.
Muchas veces pensaba si una parte de su atracción por John no habría sido simplemente que él la sacó del caos que solía haber con tanta frecuencia en la familia Bridgerton. Y no era que no lo amara; lo amaba; lo adoraba con todas las partículas de su ser, de su cuerpo. Él era su espíritu afín, muy parecido a ella en muchos sentidos. Pero en cierto modo extraño, había sido un alivio dejar la casa de su madre y escapar a una existencia más serena con John, cuyo sentido del humor era exactamente igual al de ella.
Él la entendía, contaba con ella, se anticipaba a sus necesidades. La completaba.
Cuando lo conoció tuvo una extrañísima sensación, como si ella fuera una pieza mellada de un rompecabezas que por fin encontraba a su pareja. Su primer encuentro no fue uno de amor o pasión avasalladores, sino que más bien sintió que por fin había encontrado a la única persona con la que podía ser totalmente ella misma.
Y eso ocurrió en un instante; fue totalmente repentino. No recordaba quéfue lo que le dijo él, pero desde el instante en que salieron las primeras
había envidiado ninguna de sus ventajas o privilegios.
Y ese era el motivo de que ella lo quisiera tanto. Seguro que Michael se mofaría si ella intentara elogiarlo por eso, y estaba totalmente segura de queél se apresuraría a señalar sus defectos (ninguno de los cuales, temía, sería exagerado) para demostrar que tenía el alma negra y que era un consumado sinvergüenza. Pero la verdad era que Michael Stirling poseía una generosidad de espíritu y una capacidad de amor que pocos hombres poseían.
Y se volvería loca si no le encontraba una esposa pronto.
—¿Quétiene de malo mi hermana?—lepreguntó, muy consciente de que su voz perforaba repentinamente el silencio de la noche.
—Francesca —dijo él, y ella detectó irritación, aunque también algo de diversión en su voz—, no me voy a casar con tu hermana.
—Nohe dicho que tengas que casarte con ella.—Noha hecho falta. Tu cara es un libro abierto. Ella lo miró, sonriendo.
—Nisiquiera me estabas mirando.
—Pues sí que te estaba mirando, y aunque no lo hubiera estado, no habría importado. Sé qué te propones.
Tenía razón, y eso la asustó. A veces temía que él la entendiera tan bien como John.
—Necesitas una esposa.
—¿Noacabas de prometerle a tu marido que vas a dejar de acosarme con eso?
—Enrealidad no se lo prometí —repuso ella, mirándolo con cierto aire de
superioridad—. Él me lo pidió, claro…
—Tus responsabilidades como condesa de Kilmartin no incluyen el encontrarme esposa —dijo.
—Pues deberían.
Él se echó a reír, lo que le encantó. Siempre lograba hacerlo reír.
—Muy bien —dijo, renunciando por el momento—. Cuéntame algo perverso, entonces. Algo que John no aprobaría.
Ese era el juego al que jugaban, incluso delante de John, aunque este siempre simulaba intentar desviarlos del tema. Pero ella sospechaba que John disfrutaba tanto como ella de las historias de Michael. Una vez que terminaba el sermón obligatorio, siempre era todo oídos.
Aunque Michael nunca les contaba mucho, era muy discreto, siempre dejaba caer insinuaciones aquí y allá, y tanto ella como John se entretenían muchísimo. No cambiarían por nada su dicha conyugal, pero, ¿a quién no le gusta que le regalen los oídos con picantes historias de seducción y libertinaje?
—Creo que esta semana no he hecho nada perverso —dijo Michael, guiándola para dar la vuelta a la esquina de King Street.
—¿Tú?Imposible.—Solo es martes.
—Sí,pero descontando el domingo, en el que seguro no pecarías —lo miró con una expresión que decía que estaba muy segura de que ya había pecado de todas las maneras posibles, aunque fuera en domingo—, eso te deja el lunes, y un hombre puede hacer bastantes cosas un lunes.
—Noeste hombre. Y no este lunes.—¿Quéhas hecho, entonces?
Y al instante desapareció esa intensidad y él volvió a ser el mismo de siempre, aunque ella sospechó que Michael Stirling no era en absoluto el hombre que hacía creer que era.
Incluso que lo creyera ella, a veces.
—Tendríamos que volver a casa —dijoél—.Se ha hecho tarde, y John querrá mi cabeza si permito que cojas un catarro por enfriamiento.
—John le echaría la culpa a mi estupidez, lo sabes bien. Eso es solo tu manera de decirme que hay una mujer esperándote, probablemente con nada encima aparte de la sábana de su cama.
Él la miró y sonrió, con esa sonrisa pícara, diabólica, y ella comprendiópor qué la mitad de la aristocracia, es decir, la mitad femenina, estaba enamorada de él, aunque no tuviera título ni fortuna a su nombre.
—Dijiste que querías oír algo perverso, ¿no? —dijo él, entonces—.¿Querías más detalles? ¿El color de las sábanas, tal vez?
Ella sintió subir el rubor a las mejillas, maldición. Detestaba ruborizarse, pero al menos la oscuridad de la noche ocultaba esa reacción.
—Noamarillas, espero —dijo, porque no soportaba que la conversación acabara debido a su azoramiento—. Ese color te apaga.
—Nosoy yo el que se va a poner las sábanas —dijo él con la voz arrastrada.
—Eso da igual.
Él se rio, y ella comprendió que sabía que había dicho eso solo para tener la última palabra. Y entonces, justo cuando pensó que él le permitiría esa pequeña victoria, y comenzaba a encontrar alivio en el silencio, él dijo:
—Rojas.
—Eres la única mujer que conozco que nunca se desviaría en su comportamiento —dijo él entonces, tocándole el mentón—. No tienes idea de cuánto te admiro por eso.
—Amo a tu primo —musitó ella—. Jamás lo traicionaría.Él bajó la mano hasta el costado.
—Losé.
Estaba tan guapo, tan atractivo, a la luz de la luna, y se veía tan insoportablemente necesitado de amor que a ella casi se le rompió el corazón. Seguro que ninguna mujer sería capaz de resistírsele, con esa cara perfecta y ese cuerpo alto y musculoso. Y cualquiera que se tomara el tiempo para mirar lo que había debajo de esa belleza llegaría a conocerlo tan bien como ella:
como un hombre bueno, amable, leal.
Todo eso mezclado con un poquito de picardía diabólica, claro, pero tal vez eso era justamente lo que atraía a las damas.
—¿Nosvolvemos? —dijo él de repente, todo encantador, haciendo un gesto hacia la casa.
Suspirando, ella se dio media vuelta.
—Gracias por acompañarme —dijo, pasados unos cuantos minutos de agradable y amistoso silencio—. No exageré cuando dije que me iba a volver loca con la lluvia.
—Nodijiste eso —dijo él.
Al instante se dio una patada mentalmente. Lo que ella dijo fue que se había sentido algo rara, no que se iba a volver loca, pero solo un intelectual idiota o un tonto enamorado habría notado la diferencia.
Ella frunció el ceño.
Kilmartin.
—Tengo que irme—dijo—.Tengo mucho que hacer.
—Notienes nada que hacer, y bien que lo sabes. Solo deseas portarte mal.—Esun pasatiempo admirable —masculló él.
Ella abrió la boca para replicar, pero justo en ese momento bajó la escalera Simons, el ayuda de cámara de John, contratado hacía poco.
—¿Milady?
Francesca se giró hacia él y le hizo un gesto de asentimiento, indicándole que podía continuar.
—Hellamado a la puerta de su señoría, dos veces, pero parece que estádurmiendo muy profundamente. ¿Quiere que le despierte de todos modos?
Francesca asintió.
—Sí.Me encantaría dejarlo dormir. Ha trabajado muchísimo estos últimos días —esa información iba dirigida a Michael—, pero sé que esa reunión con
lord Liverpool es muy importante. Deberías… No, espera, yo iré a despertarlo. Será mejor así. ¿Te veré mañana? —preguntó a Michael.
—Enrealidad, si John no se ha marchado todavía, esperaré. Vine a pie, asíque me iría muy bien servirme de su coche una vez que lo desocupe.
Asintiendo, ella empezó a subir a toda prisa la escalera.
No teniendo nada que hacer, aparte de canturrear en voz baja, Michael comenzó a pasearse por el vestíbulo, mirando los cuadros.
Y entonces oyó el grito de ella.
—Francesca —musitó, avanzando lentamente hacia ella. Sentía el cuerpo raro, las piernas pesadas—. Francesca.
Ella lo miró, con los ojos muy abiertos, afligidos.—Despiértalo, Michael.
—Francesca, yono…
—¡Ahora! —gritó ella, abalanzándose sobre él—. ¡Despiértalo! Túpuedes. ¡Despiértalo! ¡Despiértalo!
Lo único que pudo hacer él fue quedarse inmóvil donde estaba, mientras ella le golpeaba el pecho con los puños, y continuar ahí cuando ella le cogióla corbata y comenzó a tirar de ella, una y otra vez, hasta que comenzó a ahogarse, sin poder respirar. Ni siquiera podía abrazarla, no podía darle ningún consuelo, porque él se sentía tan destrozado, tan confundido como ella.
De pronto a ella la abandonó la energía y se desplomó en sus brazos, mojándole la camisa con sus lágrimas.
—Tenía un dolor de cabeza —gimió—. Solo eso. Solo un dolor de cabeza.—Lomiró suplicante, escrutándole la cara, buscando respuestas queél no podría darle jamás—. Solo un dolor de cabeza —repitió.
Y se veía destrozada.
—Losé —dijo él, sabiendo que eso no era suficiente.—Oh, Michael —sollozó ella—. ¿Qué voy a hacer?—Nolo sé —contestó él, porque no lo sabía.
Entre Eton, Cambridge y el ejército, lo habían formado para todo lo que debe ofrecer la vida de un caballero inglés, pero no lo habían formado para«eso».
—John no.—¿Porqué?—¿Porqué?
—¿Cree que podría estar embarazada?
Michael miró fijamente a lord Winston, el vehemente hombrecillo, miembro, al parecer recién nombrado, del Comité de Privilegios de la Cámara de los Lores, tratando de encontrarle sentido a sus palabras. Solo hacía un día que había muerto John; todavía le resultaba difícil encontrarle sentido a algo. Y venía ese hombrecillo hinchado exigiéndole una audiencia para perorar acerca de unos deberes sacrosantos hacia la Corona.
—Su señoría —explicó lord Winston—. Si está embarazada, eso lo complicará todo.
—Nolo sé. No se lo he preguntado.
—Debe preguntárselo. No me cabe duda de que usted está impaciente por asumir el título y el control de sus nuevas propiedades, pero debemos determinar si ella está embarazada. Además, si lo está, un miembro de nuestro comité deberá estar presente en el parto.
Michael sintió que se le aflojaban todos los músculos de la cara.—Perdón, ¿qué ha dicho? —logró decir.
—Cambio de bebé —dijo lord Winston, lúgubremente—. Ha habido
casos…
—Vamos, por el amor de Dios…
—¡Quéel diablo se lleve el condado! —aulló Michael.
Lord Winston ahogó una exclamación y retrocedió unos pasos, horrorizado.
—Olvida sus modales, milord.
—Nosoy su lord. No soy el lord de nadie…
Interrumpió el torrente de palabras que lo ahogaban y se sentó en una silla, esforzándose por contener las lágrimas que amenazaban con brotarle de los ojos. Sentía deseos de echarse a llorar, ahí mismo, en el despacho de John, delante de ese maldito hombrecillo que al parecer no entendía que había muerto un hombre, no solo un conde, sino un hombre.
Y lloraría, seguro. Tan pronto como se marchara lord Winston y él pudiera cerrar la puerta con llave y asegurarse de que no lo vería nadie, se cubriría la cara con las manos y lloraría.
—Alguien tiene que preguntárselo —dijo lord Winston.—Noseré yo —repuso Michael en voz baja.
—Entonces se lo preguntaré yo.
Michael se levantó de un salto, cogió al hombre por el cuello de la camisa y lo aplastó contra la pared.
—Nose va a acercar a lady Kilmartin—gruñó—.Ni siquiera va a respirar el mismo aire que respira ella. ¿He hablado claro?
—Muy claro —logró decir el hombrecillo, en un gorgoteo.
Michael lo soltó, vagamente consciente de que la cara se le estaba poniendo morada.
—Márchese.
—Vaa tener que…
nadie entendía eso.
A excepción, tal vez, de Francesca. Pero ella estaba tan inmersa en su propia aflicción que no podía comprender del todo el sufrimiento de él.
Y no le pediría que lo comprendiera, lógicamente, estando ella tan sumergida en su sufrimiento.
Se cruzó de brazos, pensando en ella. Nunca, en lo que le quedara de vida,
olvidaría la expresión en la cara de Francesca cuando finalmente comprendióla verdad: que John no estaba durmiendo; que no despertaría.
Y Francesca Bridgerton era, a la tierna edad de veintidós años, la criatura más triste imaginable.
Sola.
Él entendía su sufrimiento mejor de lo que nadie podría imaginarse.
La habían llevado a la cama entre él y la madre de ella, la que llegócorriendo gracias a un mensaje urgente que le envió él. Y había dormido como un bebé, sin siquiera emitir un gemido, con su cuerpo agotado por toda la conmoción.
Pero esa mañana al despertar, ya había adquirido la proverbial cara impasible, resuelta a mantenerse fuerte y firme, para atender a todos los detalles de las actividades que habían caído como lluvia sobre la casa por la muerte de John.
El problema era que ninguno de los dos sabía cuáles eran esos detalles. Eran jóvenes; habían vivido libres de preocupaciones. Jamás se les había pasado por la mente que tendrían que afrontar la muerte.
¿Quién sabía, por ejemplo, que intervendría ese dichoso Comité de Privilegios? ¿O que exigirían un asiento de palco en un momento y lugar que
Y la respuesta a eso la tuvo con la visita de lord Winston, pero no soportaba pensar en eso en ese momento. Lo encontraba absolutamente horrible, de mal gusto. No quería pensar en todo lo que ganaba con la muerte de John. ¿Cómo podía alguien hablar como si de todo eso hubiera resultado algo «bueno»?
Se le fue deslizando el cuerpo y fue bajando y bajando por la pared hasta que quedó sentado en el suelo, con las piernas dobladas y la cabeza apoyada en las rodillas. No había deseado eso, ¿verdad?
Había deseado a Francesca. Solo eso. Pero no de esa manera. No a ese precio.
Jamás le había envidiado a John su buena suerte. Jamás había deseado su título, su dinero o su poder.
Solamente había deseado a su mujer.
Y ahora estaba destinado a tener su título, a meterse en su piel. Y el sentimiento de culpa le atenazaba sin piedad el corazón como un puño de hierro.
¿Habría deseado eso de alguna manera? No, no habría podido. No lo había deseado.
¿Lo habría deseado?—¿Michael?
Levantó la cabeza. Era Francesca, todavía con esa mirada vacía, su cara era una máscara sin expresión que le rompía el corazón más que si estuviera llorando desconsolada.
—Lepedí a Janet que viniera.
Él asintió. La madre de John; se sentiría destrozada.
—Francesca —dijo, no en tono de pregunta, sino más como un suspiro. Y entonces ella se lo dijo. Lo dijo sin que él tuviera que preguntárselo:
—Estoy embarazada.
…lo amo con locura, ¡con locura! De verdad, me moriría sin él.
De una carta de Francesca, condesa de Kilmartin, a su hermana Eloise Bridgerton, una semana después de su boda
—Tengo que decir, Francesca, que eres la futura madre más sana que han visto mis ojos en toda mi vida.
Francesca sonrió a su suegra, que acababa de entrar en el jardín de la mansión en Saint James que ahora compartían. Daba la impresión de que, de la noche a la mañana, la casa Kilmartin se había convertido en una residencia de mujeres. La primera en llegar había sido Janet, y después Helen, la madre de Michael. Era una casa llena de mujeres Stirling, o por lo menos de aquellas que habían adquirido el apellido por matrimonio.
Y todo lo sentía ella muy diferente.
Era extraño. Se habría imaginado que percibiría la presencia de John, que lo sentiría en el aire, que lo notaría en el entorno que habían compartido durante dos años. Pero no, él simplemente se había marchado, y la llegada de mujeres a la casa había cambiado totalmente su ambiente. Eso era bueno, suponía; necesitaba el apoyo de mujeres en esos momentos.
Pero se sentía rara; le resultaba extraño vivir entre mujeres. Había más flores en la casa, floreros por todas partes. Y ya no quedaba en el aire el olor del cigarro de John, ni el de su jabón de sándalo favorito.
Michael también. E incluso teniendo con ella a dos madres que la mimaban como gallinas a sus polluelos, tres madres, en realidad, si contaba a su propia madre, que venía a verla cada día, se sentía muy sola.
Y muy triste.
Nadie le había dicho jamás cuánta tristeza sentiría. ¿A quién se le habría
ocurrido hablarle de eso? E incluso si alguien, como su madre, que también quedó viuda joven, le hubiera explicado el dolor que sentiría, no lo habría entendido. ¿Cómo podría haberlo entendido?
Esa era una de aquellas cosas que hay que experimentarlas para entenderlas. Y, ay, cómo deseaba no pertenecer a ese triste club.
¿Y dónde estaba Michael? ¿Por qué no la consolaba? ¿Por qué no se daba cuenta de lo mucho que lo necesitaba? A él, no a su madre, ni a la madre de nadie.
Necesitaba a Michael, la única persona que conoció a John tal como ella, la única persona que lo había amado totalmente. Michael era su único vínculo con el marido que había perdido, y lo odiaba por mantenerse alejado.
Incluso cuando él se encontraba en la casa Kilmartin, cuando estaba en la misma maldita sala que ella, nada era igual. No hacían bromas, no reñían. Simplemente permanecían allí sentados, los dos tristes, con las caras afligidas, y cuando hablaban, se notaba una incomodidad, una violencia que no existía antes.
¿Es que era imposible que «algo» continuara tal como era antes que muriera John? Jamás se le habría ocurrido pensar que su amistad con Michael podría morir también.
—¿Cómote sientes, cariño?
sentido cansada durante un año después de la muerte de su padre.
Claro que, cuando quedó viuda, su madre tenía ocho hijos para cuidar y atender. Ella solo se tenía a sí misma, y contaba con un pequeño ejército de criados que la trataban como a una reina inválida.
—Tienes mucha suerte —dijo Janet, sentándose en el sillón de enfrente—. Cuando yo estaba embarazada de John tenía náuseas todas, todas las mañanas, y muchas veces por la tarde también.
Francesca asintió y sonrió. Janet ya le había dicho eso antes, y varias veces. La muerte de John había convertido a su madre en una cotorra, no paraba de hablar, tratando de llenar el silencio que producía su aflicción. Ella la adoraba por eso, por intentarlo, pero creía que lo único que mitigaría su pena sería el tiempo.
—Mealegra muchísimo que estés embarazada —dijo Janet, inclinándose y apretándole impulsivamente la mano—. Eso lo hace todo un poco más soportable. O tal vez algo menos insoportable —añadió, no sonriendo, pero con el aspecto de intentarlo.
Francesca se limitó a asentir, por miedo a que si hablaba se le saltaran las lágrimas que tenía contenidas en los ojos.
—Siempre deseé tener más hijos —continuó Janet—. Pero eso no estaba
destinado a ser. Y cuando murió John…, bueno, limitémonos a decir simplemente que ningún nieto será nunca tan amado como el que ahora llevas en el vientre. —Guardó silencio, simulando que se llevaba el pañuelo a la nariz, cuando en realidad era para los ojos—. No se lo digas a nadie, pero no me importa si es niño o niña. Es un trozo de él. Eso es lo único que importa.
—Losé —dijo Francesca en voz baja, colocándose la mano en el vientre.
—Yotambién —replicó Francesca, y la horrorizó lo chillona que le salióla voz.
—Debe de ser muy difícil para él —musitó Janet.
Francesca se limitó a mirarla, con los labios entreabiertos por la sorpresa.—Noquiero decir que no sea difícil para ti—seapresuró a decir Janet—,
pero piensa en lo delicado de su posición. No sabrá si va a ser el conde hasta dentro de seis meses.
—Yono puedo hacer nada respecto a eso.
—Noo, claro que no, pero eso lo pone en una situación difícil. He oído decir a más de una señora que sencillamente no puede considerarlo un pretendiente posible para su hija hasta que, y a menos que, tú des a luz una niña. Casarse con el conde de Kilmartin es una cosa; otra muy distinta es casarse con su primo pobre. Y nadie sabe cuál de las dos cosas va a ser él.
—Michael no es pobre —dijo Francesca, malhumorada—. Además, no se casaría mientras esté de luto por John.
—No, me imagino que no, pero espero que comience pronto a buscar esposa. Deseo muchísimo que sea feliz. Y, claro, si va a ser el conde, tendráque engendrar un heredero. Si no, el título irá a parar a ese odioso lado Debenham de la familia —concluyó Janet, estremeciéndose ante la idea.
—Michael hará lo que debe —dijo Francesca, aunque no estaba muy segura.
Le resultaba difícil imaginárselo casado. Siempre había sido difícil imaginárselo; Michael no era el tipo de hombre capaz de serle fiel a una mujer durante mucho tiempo; pero en esos momentos simplemente le parecía extraño. Durante esos dos años ella había tenido a John, y Michael había sido
preocupada; estaba muy pálida y se había llevado una mano temblorosa a la boca—. ¿Qué te pasa?
Entonces se dio cuenta de que Janet no la estaba mirando a ella; estaba mirando el sillón del que ella acababa de levantarse. Con creciente temor, bajó la vista y se obligó a mirar el asiento que acababa de desocupar.
En el medio del cojín había una pequeña mancha roja. Sangre.
La vida se le haría mucho más fácil si fuera dado a la bebida, estaba pensando Michael, sarcástico. Si había una ocasión para emborracharse, para ahogar las penas en el alcohol, era esa.
Pero no, había sido maldecido con una constitución robusta y una maravillosa capacidad para aguantar el licor con dignidad y elegancia. Y eso significaba que si quería emborracharse para obnubilar la mente y olvidar, tendría que beberse toda una botella de whisky ahí sentado ante su escritorio, y tal vez un poco más.
Miró por la ventana. Todavía no oscurecía. Y ni siquiera él, que intentaba ser un libertino disoluto, era capaz de beberse toda una botella de whisky antes que se pusiera el sol.
Golpeteó el escritorio con los dedos, deseando saber qué hacer consigo mismo. Habían transcurrido seis semanas desde la muerte de John, y él continuaba viviendo en su modesto apartamento en el Albany. No lograba decidirse a tomar residencia en la casa Kilmartin. Esa era la residencia del conde, y ese no sería él hasta por lo menos seis meses.
quedándose sin aliento cada vez que ella entraba en la sala, y se endurecía de deseo cada vez que ella lo rozaba al pasar por su lado, y seguía doliéndole el corazón de amor por ella.
Lo único diferente era que ahora todo eso estaba envuelto en otra capa más de culpabilidad, como si esta no hubiera sido lo bastante intensa cuando John estaba vivo. Ella sufría, estaba de duelo, y él debería consolarla, no desearla. Buen Dios, si John todavía no se había enfriado en su tumba; ¿quétipo de monstruo podía desear a su mujer?
A su mujer embarazada.
Ya había ocupado el lugar de John en muchas cosas; no podía completar la traición ocupando su lugar con Francesca también.
Por lo tanto, se mantenía alejado de la casa. No del todo, pues eso sería demasiado evidente. Además, no podía hacer eso, estando su madre y la madre de John viviendo en esa casa. Y todo el mundo esperaba que él se
ocupara de los asuntos del conde, aun cuando la posibilidad de que el título fuera suyo solo se vería dentro de seis meses.
Pero lo hacía. No le importaba ocuparse de los detalles, no le importaba dedicar varias horas al día a la administración de una fortuna que podría ir a
otro. Era lo mínimo que podía hacer por John.
Y por Francesca. Le resultaba imposible ser amigo de ella de la manera que debía, pero sí podía encargarse de que sus asuntos financieros estuvieran en regla.
Pero era consciente de que ella no entendía eso. Muchas veces ella iba a visitarlo cuando estaba en el despacho de John, en la casa Kilmartin, leyendo los informes de los administradores y abogados de las diversas propiedades, y
Urgente, ¿eh? Eso era una novedad. Miró fijamente al lacayo y a su ayuda de cámara, con clara expresión de despedida. Cuando los dos salieron y quedósolo, rompió el sello con el abrecartas. El mensaje era breve, decía simplemente: «Ven enseguida. Francesca ha perdido al bebé».
Michael casi se mató cabalgando a la mayor velocidad posible en dirección a la casa Kilmartin, ignorando los gritos de indignación de los transeúntes a los que estuvo a punto de atropellar con su prisa.
Pero una vez que llegó allí y se encontró en el vestíbulo, no sabía quéhacer.
¿Un aborto espontáneo? Eso era un asunto de mujeres. ¿Qué tenía que hacer él? Era una tragedia, y sentía una pena tremenda por Francesca, pero,¿qué esperaban que dijera o hiciera él? ¿Por qué lo necesitaban ahí?
Entonces la comprensión lo golpeó como un rayo. Él era el conde ahora; eso ya era un hecho. Lento pero seguro, se había ido apropiando de la vida de John, llenando todos los rincones del mundo que antes pertenecían a su primo.
—Ah, Michael —dijo su madre, entrando a toda prisa en el vestíbulo—. Cuánto me alegra que hayas venido.
Él la abrazó, sintiendo los brazos torpes alrededor de ella. Y tal vez murmuró algo estúpido, sin sentido, algo así como: «Qué tragedia», pero principalmente se quedó ahí inmóvil, sintiéndose tonto y fuera de lugar.
—¿Cómoestá? —preguntó al fin, cuando su madre se apartó.—Conmocionada. Ha estado llorando.
iba a decir nada—. Quiere que Francesca vuelva a la casa Bridgerton.—¿Francesca desea eso?
Helen se encogió de hombros, con la expresión muy triste.
—Nocreo que lo sepa. Esto ha sido una tremenda conmoción.—Sí—dijo él.
Volvió a tragar saliva. No deseaba estar ahí. Deseaba marcharse.
—Entodo caso, el doctor dijo que no debe moverse durante varios días.Él asintió.
—Naturalmente, te llamamos.
¿Naturalmente? Él no veía nada natural en eso. Jamás se había sentido tan fuera de lugar, tan absolutamente incapaz de encontrar palabras que decir ni de hacer algo.
—Ahora eres Kilmartin —dijo ella en voz baja.
Él volvió a asentir, y solo una vez. Eso fue lo único que pudo hacer para reconocer ese hecho.
—Debo decir queyo…—Helen se interrumpió y frunció los labios de una manera rara, brusca—. Bueno, una madre desea el mundo para sus hijos,
pero yono…nunca habría…
—Nolo digas —interrumpió Michael con la voz ronca.
No estaba preparado para oír decir a nadie que eso era algo bueno. Y por
Dios que si alguien se le acercaba a felicitarlo…Bueno, no sería responsable de la violencia.—Preguntó por ti —dijo ella.
—¿Francesca? —preguntó él, agrandando los ojos por la sorpresa. Helen asintió.
Lo horrorizó el sonido de su voz, que le salió como el gemido de un animal herido, dolido y confundido. Pero había una cosa que sabía con toda certeza: no podía ver a Francesca. No en ese momento. No todavía.
—Michael —dijo su madre.
—No—repitióél—.Laveré…Mañana verési…—Yse dirigió a la puerta, solo añadiendo antes de salir—: Dale mis recuerdos.
Y echó a correr, huyendo, sintiéndose un cobarde.
… estoy convencida de que no hace ninguna falta dramatizar tanto. No pretendo tener conocimiento o entendimiento del amor romántico entre marido y mujer, pero no creo que su dominio abarque tanto todo, que la muerte de uno destruya al otro. Sobrevivirías muy bien sinél, por discutible que te pueda parecer esto.
De una carta de Eloise Bridgerton a su hermana Francesca, condesa de Kilmartin, tres semanas después de la boda de Francesca
El mes que siguió al aborto espontáneo fue lo más semejante al infierno en la Tierra que puede experimentar un ser humano. De eso Michael estaba seguro.
Cada nueva ceremonia a la que debía someterse, cada vez que debía firmar un documento como conde de Kilmartin o tenía que soportar que lo llamaran «milord», se sentía como si se empujara más lejos el espíritu de John.
Muy pronto sería como si John no hubiera existido nunca, pensaba, aun tratando de ser objetivo. Incluso había dejado de existir el bebé, el que habría sido el último trocito de John que quedara sobre la Tierra.
Y todo lo que había sido de John ahora era de él. A excepción de Francesca.
modos él tendría que observar a la condesa, simplemente para cerciorarse de que esas sábanas eran realmente de ella y que no estaba engordando. Esa no sería la primera vez que alguien hubiera intentado burlar las sacrosantas leyes de la primogenitura, añadió.
Él sintió el intenso deseo de arrojar por la ventana al parlanchín hombrecillo, pero se limitó a llevarlo a la puerta. Al parecer ya no tenía la energía suficiente para actuar conforme a ese tipo de rabia.
Pero no se había mudado a la casa Kilmartin. No estaba preparado para eso y lo sofocaba la sola idea de vivir ahí con todas esas mujeres. Sabía que tendría que mudarse muy pronto; eso era lo que se esperaba del conde. Pero por el momento estaba bastante contento en su pequeño apartamento.
Y ahí estaba, eludiendo su deber, cuando Francesca fue finalmente a verlo.
El ayuda de cámara la hizo pasar a la pequeña sala de estar.—¿Michael? —dijo, cuando él entró.
—Francesca —repuso él, sorprendido por su aparición. Nunca antes había ido a su apartamento, ni siquiera cuando John estaba vivo—. ¿Qué haces aquí?
—Quería verte —contestó ella.
El mensaje tácito era: «Me eludes».
Y eso era cierto, claro, pero él se limitó a decir:
—Siéntate.—Ypasado un momento añadió—: Por favor.
¿Sería incorrecto eso? ¿Que ella estuviera en su apartamento? No estaba seguro. Las circunstancias en que se encontraban eran tan raras, tan
siquiera lo sabía bien. Al parecer, el sentimiento de culpa venía de muchas cosas, de muchas direcciones y no era capaz de determinarlas.
—¿Quéte pasa? —preguntó ella—. ¿Por qué me eludes?—Nolo sé —contestó.
No podía mentirle diciendo que no la eludía. Ella era demasiado inteligente para no captar la mentira. Pero tampoco podía decirle la verdad.
A ella le temblaron los labios y de pronto se cogió el inferior entre los dientes. Y él se quedó mirándole la boca, sin poder apartar los ojos, odiándose por la oleada de deseo que lo recorrió todo entero.
—Creía que eras mi amigo también —musitó ella.
—Francesca,no…
—Tenecesitaba —continuó ella en voz baja—, y sigo necesitándote.
—No, no me necesitas. Tienes a las madres, y a todas tus hermanas además.
—Nodeseo hablar con mis hermanas —dijo ella, en tono más vehemente—.No me entienden.
—Bueno, de esas cosas yo no entiendo nada —replicó él, y la desesperación le dio un tono ligeramente áspero y desagradable a su voz.
Ella se limitó a mirarlo, con una expresión condenatoria en sus ojos.Él deseó abrirle los brazos, pero se los cruzó sobre el pecho.
—Francesca, sufriste…, sufriste un aborto espontáneo.—Eso lo sé —dijo ella secamente.
—¿Quésé yo de esas cosas? Necesitas hablar con una mujer.—¿Nopuedes decir que lo sientes?
—¡Telo dije!
en el alféizar de la ventana, dándole la espalda.
Ella continuó sentada en silencio, inmóvil como una muerta. Pasado un momento dijo:
—Nosé por qué he venido. Me marcharé.
—Note vayas —dijo él, con la voz ronca, pero no se giró a mirarla. Ella no dijo nada; no sabía qué quiso decir él.
—Acabas de llegar —dijo él, entonces, con la voz algo entrecortada, como si le costara hablar—. Deberías tomar una taza de té por lo menos.
Francesca asintió, aun cuando él no la estaba mirando.
Y así continuaron unos cuantos minutos, hasta que ella ya no pudo soportar el silencio. Solo se oía el tic tac del reloj en el rincón, su única compañía era la espalda de Michael, y lo único que podía hacer era continuar sentada ahí, pensar y preguntarse a qué había ido.
¿Qué deseaba de él?
Su vida sería más fácil si lo supiera.
—Michael —dijo, antes de darse cuenta de que abría la boca.
Entonces él se giró. No dijo nada, pero sus ojos le dijeron que la escuchaba.
—Quería decirte… —¿Para qué vino a verlo? ¿Qué deseaba?—. Esto…
Él continuó en silencio. Simplemente ahí, esperando que ella ordenara sus pensamientos, y eso le hacía todo mucho más difícil.
Y de pronto le salió todo, a borbotones:
—Nosé qué debo hacer —dijo, oyendo su vocecita débil—. Y me siento
furiosay…
—No.
—Yno lo hace justo.—No—repitió él.
—Yno…, yno…
Él no intentó terminarle la frase. Y ella deseaba que la terminara. Después, durante años, deseó que la hubiera terminado, porque tal vez entonces él habría dicho algo inconveniente, y tal vez entonces ella no se habría apoyado en él y tal vez no le habría permitido que la abrazara.
Pero, ay, Dios, cuánto echaba en falta que la abrazaran.
—¿Porqué te marchaste? —sollozó—. ¿Por qué no puedes ayudarme?
—Lodeseo… —dijoél—.Túno…—Alfinal simplemente dijo—: No séqué decir.
Le pedía demasiado, se dijo ella. Lo sabía, pero no le importaba. Sencillamente estaba harta de estar sola.
Pero en ese momento, aunque fuera solo en ese momento, no estaba sola. Michael estaba con ella, y la tenía abrazada, y se sentía arropada y segura por primera vez en todas esas semanas.
Y simplemente lloró. Lloró semanas de lágrimas. Lloró por John y llorópor el bebé al que no conocería nunca.
Pero principalmente lloró por ella.
—Michael —dijo, cuando ya estaba recuperada lo suficiente para hablar. La voz le salió temblorosa, pero logró decir su nombre, y sabía que
tendría que decir más.—¿Sí?
—Nopodemos seguir así.
desconcertada—.Yo…Tú…Tendrías que haber sido tú.—Tienes hermanos —dijo él, con la voz ahogada.
—Ellos no conocían a John. No como lo conocías tú.
Él se apartó, se incorporó, se quedó ahí inmóvil un momento y luego, como si esa distancia no fuera suficiente, retrocedió todo lo que pudo, hasta que chocó con la ventana. Le relampaguearon ligeramente los ojos y por un momento ella habría jurado que parecía un animal atrapado, arrinconado y aterrado, esperando el golpe de gracia.
—¿Porqué me dices eso?—lepreguntó él entonces, con la voz débil y ronca.
—Nolo sé —contestó, tragando saliva, incómoda.
Pero sí que lo sabía. Deseaba que él estuviera tan dolido como ella; deseaba que sufriera de todas las maneras que sufría ella. Eso no era justo, no estaba bien, pero no podía evitarlo y no le apetecía pedirle disculpas tampoco.
—Francesca —dijo él, en un tono raro, hueco, duro, un tono que nunca le había oído.
Lo miró, pero desvió lentamente la cabeza hacia un lado, asustada por lo que podría ver en su cara.
—Nosoy John —dijo él.—Eso lo sé.
—Nosoy John —repitió él, más fuerte, y ella pensó que no la había oído.—Losé —repitió.
Él entrecerró los ojos y los fijó en ella con una intensidad peligrosa.—Noera mi bebé y no puedo ser lo que necesitas.
Y ella sintió que en su interior comenzaba a morir algo.
—¿Michael? —susurró ella, detectando algo horrible en su voz: miedo—. Michael, suéltame, por favor.
Él no la soltó, pero ella no sabía si la había oído. Tenía los ojos desenfocados y parecía estar muy lejos de ella, inalcanzable.
—¡Michael! —repitió, más fuerte, aterrada.
Entonces él la soltó y retrocedió unos pasos, medio tambaleante. Su cara era la imagen de odio a sí mismo.
—Perdona, lo siento —musitó, mirándose las manos, como si no fueran deél—.Lo siento mucho.
—Serámejor que me vaya —dijo ella, dirigiéndose a la puerta.—Sí—asintió él.
—Creo que… —se atragantó con las palabras al coger el pomo, aferrándose a él como si fuera una tabla de salvación—. Creo que será mejor que no nos veamos durante un tiempo.
Él asintió.
—Tal vez… —continuó ella.
Pero no logró decir nada más. No sabía qué decir. Si hubiera comprendido lo que acababa de ocurrir, tal vez habría encontrado las palabras, pero en ese momento se sentía tan desconcertada y asustada, que no las encontró.
Asustada, ¿pero de qué? No le tenía miedo a él. Michael jamás le haría daño. Daría su vida por ella, si alguna ocasión se lo exigiera; de eso estaba segura.
Tal vez simplemente la asustaba el mañana. Y pasado mañana. Lo había perdido todo y ahora parecía que había perdido a Michael también, y no sabía qué debía hacer para soportarlo todo.
De vuelta en su despacho del apartamento en el Albany, Michael cogió su botella de whisky y llenó un vaso grande, aun cuando una mirada al reloj le confirmó que aún no era mediodía.
Había descendido varios peldaños, eso estaba muy claro.
Pero por mucho que lo intentara, no lograba imaginar qué otra cosa podría haber hecho. No había sido su intención hacerle daño ni herirla; de ninguna manera lo había decidido así: «Ah, sí, creo que voy a portarme como un imbécil». Y aunque su reacción fue rápida y desconsiderada, no veía cómo podría haberlo hecho de otra manera.
Se conocía. No siempre se gustaba, y últimamente se gustaba aún menos, pero se conocía. Y cuando Francesca lo miró con esos ojos azules insondables y le dijo: «El bebé iba a ser tuyo en cierto modo también», lo destrozó hasta el fondo del alma.
Ella no lo sabía. No tenía ni idea.
Y mientras ella continuara ignorando sus sentimientos por ella, mientras no comprendiera por qué no tenía otra opción que odiarse cada vez que hacía algo ocupando el lugar de John, no podía estar cerca de ella. Porque ella iba a continuar diciendo cosas como esa.
Y él sencillamente no sabía cuánto más sería capaz de soportar.
Y así, mientras estaba en su despacho, con el cuerpo tenso por el sufrimiento y la culpa, comprendió dos cosas.
La primera fue fácil: el whisky no le servía de nada para aliviar su sufrimiento, y si un whisky de veinticinco años, traído directamente de
… disfrutarías aquí, aunque no del calor, me parece; a nadie le gusta este calor. Pero todo lo demás te encantaría. Los colores, las especias, el aroma del aire; te sumergen los sentidos en un extraño estado de niebla que, a veces, produce desasosiego y, a veces, resulta embriagador. Creo que, por encima de todo, disfrutarías paseando por los jardines. Se parecen bastante a nuestros parques de Londres, aunque aquí son más verdes y exuberantes, llenos de las flores más extraordinarias que hayas visto jamás. Siempre te ha gustado estar al aire libre, en medio de la naturaleza, y aquí esto te encantaría, estoy seguro.
De la carta de Michael Stirling (nuevo conde de Kilmartin) a la condesa de Kilmartin, un mes después de su llegada a India
Francesca deseaba tener un bebé. Llevaba un buen tiempo deseándolo, pero solo esos últimos meses había sido capaz de reconocerlo para sí misma, de poner por fin palabras a ese anhelo que parecía acompañarla dondequiera que fuera.
El anhelo comenzó de una manera bastante inocente, con una ligera punzada en el corazón cuando estaba leyendo una carta de su cuñada Kate, la
saltando por un campo y no podía evitar pensar que debería señalárselo a alguien, a alguien pequeño. Durante su estancia en Kent donde fue a pasar la Navidad con su familia, al caer la noche, cuando llevaban a la cama a todos los sobrinos y sobrinas, se sentía muy sola.
Y en lo único que podía pensar era en que su vida iba pasando por su lado y que si no hacía algo pronto, se moriría así.
Sola.
No desgraciada, no, no se sentía desgraciada. Curiosamente, se había acostumbrado a su viudez y encontrado una forma de vida cómoda y agradable. Eso era algo que no habría creído posible durante los horribles meses siguientes a la muerte de John, pero probando y cometiendo errores, había encontrado un lugar para ella en el mundo y, con él, una cierta paz.
Le gustaba la vida que llevaba como condesa de Kilmartin. Puesto que Michael aún no se había casado, ella seguía teniendo las obligaciones anejas al condado y también el título. Le encantaba vivir en Kilmartin, y administraba la propiedad sin ninguna intervención de Michael; entre lasórdenes que él dejó antes de marcharse del país hacía cuatro años, estaba la de que ella administrara el condado como le pareciera conveniente, y una vez que pasó la conmoción por su marcha, comprendió que eso era el regalo más precioso que podría haberle hecho.
Le había dado algo que hacer, algo por lo que trabajar. Un motivo para dejar de contemplar el cielo raso.
Tenía amistades y tenía familiares, Stirling y Bridgerton, y vivía una vida plena, en Escocia y en Londres, donde pasaba varios meses al año.
observando cómo la nieve iba envolviendo lentamente las ramas de losárboles, comprendió que esa era una de esas cosas.
Son muchas las cosas en la vida que causan miedo, pero la rareza no debería estar entre ellas.
Así pues, decidió hacer su equipaje y marcharse a Londres algo más pronto ese año. Por lo general pasaba la temporada de fiestas sociales en la ciudad, disfrutando del tiempo con su familia, yendo de compras, asistiendo a veladas musicales, viendo obras de teatro y haciendo todas las cosas que simplemente no se podían hacer en el campo escocés. Pero esta temporada sería diferente. Necesitaba un guardarropa nuevo, para empezar. Ya hacía tiempo que se había quitado el luto, pero no había descartado los vestidos grises y lavanda, de medio luto, y tampoco había prestado atención a la moda, como debería hacer una mujer en su nueva situación.
Ya era hora de usar azul, un azul aciano, vivo, hermoso. Ese había sido su color favorito años atrás, y era lo bastante vanidosa para llevarlo y esperar que la gente comentara cómo hacía juego con sus ojos.
Se compraría vestidos azules, y sí, también rosas y amarillos, y tal vez incluso, de un color que le estremecía el corazón de expectación solo con pensarlo: carmesí.
Esta vez no sería una señorita soltera. Era viuda y un buen partido, y las reglas eran distintas.
Pero las aspiraciones eran las mismas. Iría a Londres a buscarse un marido.
finalidad, un lugar en la vida, algo que hacer que superaba las dos únicas cosas en las que había sobresalido antes: como soldado y como libertino. Cuando se marchó a India, se limitó a coger un barco, llevando únicamente el nombre de un amigo del ejército que se había trasladado a Madrás tres años atrás. Antes de que transcurriera un mes ya había obtenido un puesto gubernamental y se encontró tomando decisiones importantes, haciendo efectivas las leyes y normas que realmente conformaban la vida de los hombres.
Por primera vez en su vida, comprendió por qué a John le gustaba tanto su trabajo en el Parlamento Británico.
Pero India no le había procurado felicidad. Le había dado una cierta paz, lo que podía parecer bastante paradójico, puesto que en esos años había estado a punto de encontrar la muerte tres veces, o cuatro, si contaba ese altercado con la princesa india armada con un cuchillo (él seguía convencido de que podría haberla desarmado sin hacerle daño, pero tenía que reconocer que ella tenía una expresión asesina en los ojos, y desde entonces tenía muy claro que nunca hay que subestimar a una mujer que se cree desdeñada, aunque sea erróneamente).
Pero aparte de esos episodios peligrosos, su tiempo en India le había dado una cierta sensación de equilibrio. Por fin había hecho algo por él y algo «de»él.
Pero, lo principal, India le había procurado una cierta paz porque no tenía que vivir con el constante conocimiento de que Francesca estaba cerca.
La vida no era necesariamente mejor con miles de millas de distancia entre él y Francesca, pero era más fácil, sin duda.
acostumbrado a oír decir «conde de Kilmartin» sin mirar por encima del hombro en busca de su primo. Y tal vez ahora, que la aflicción ya no estaba tan en carne viva, podría estar con Francesca como amigo sin sentirse un ladrón que maquina para apoderarse de lo que había deseado tanto tiempo.
Y era de esperar que ella también hubiera cambiado y no le pidiera que asumiera el papel de John en todo menos en una cosa.
De todos modos, le alegraba saber que desembarcaría en Londres en marzo, antes de que Francesca llegara a pasar la temporada.
Él era un hombre valiente; eso lo había demostrado incontables veces dentro y fuera del campo de batalla. Pero también era sincero, lo bastante para reconocer que la perspectiva de encontrarse con Francesca lo aterraba de una manera que jamás lo había aterrado ningún campo de batalla francés, ni el tigre dientes de sable.
Tal vez, si tenía suerte, ella incluso decidiría no ir a Londres a pasar la temporada.
Eso sí sería una suerte.
Estaba oscuro, Francesca no podía dormir y la casa estaba horrorosamente fría; lo peor de todo era que aquello era culpa suya.
Ah, bueno, no todo, la oscuridad no. De eso no podía echarse la culpa; la noche es la noche, al fin y al cabo, y sería ridículo pensar que ella tenía algo que ver con la salida y la puesta del sol. Pero sí era culpa suya que el personal no hubiera tenido tiempo para preparar la casa antes de su llegada. Había
olvidado avisar que ese año llegaría a Londres un mes antes de lo habitual. En
La biblioteca, pensó. Esa era la solución. Era pequeña y acogedora, y si cerraba la puerta, el fuego del hogar la mantendría agradable y caliente. Además, había un sofá, en el que podía acostarse. Era pequeño, pero claro, también lo era ella, y no podía haber algo peor que morir congelada en su dormitorio.
Tomada la decisión, se bajó de la cama y, se apresuró a coger la bata que había dejado en el respaldo del sillón para no congelarse con el frío aire nocturno. La bata no la abrigaba mucho, no se le había ocurrido que necesitaría algo más grueso, pero era mejor que nada. Además, pensóestoicamente, los mendigos no pueden ser selectivos, sobre todo cuando tienen los dedos de los pies a punto de desprenderse por el frío.
Bajó corriendo la escalera, resbalándose por los pulidos peldaños con sus gruesos calcetines de lana; tropezó al llegar a los últimos dos, pero afortunadamente cayó de pie, y echó a correr por la alfombra del pasillo hacia la biblioteca.
—Fuego, fuego, fuego —iba repitiendo en voz baja.
Llamaría a alguien tan pronto como entrara en la biblioteca. No tardarían nada en prepararle un fuego intenso en el hogar. Recuperaría la sensación en la nariz, las yemas de los dedos dejarían de tener ese asqueroso color azulado y…
Abrió la puerta, y le salió un corto y agudo chillido por los labios. El fuego del hogar ya estaba encendido, y había un hombre delante, calentándose
ociosamente las manos.
Alargó la mano para coger algo, cualquier cosa que pudiera usar como arma.
—¿Michael? —repitió ella.
—Francesca —dijo, puesto que tenía que decir algo—. ¿Qué haces aquí? Eso pareció activarle a ella los pensamientos y el movimiento.
—¿Quéhago aquí? —repitió—. No soy yo la que tendría que estar en India. ¿Qué haces tú aquí?
Él se encogió de hombros, despreocupadamente.—Pensé que era hora de volver a casa.
—¿Nopodías haber escrito?
—¿Ati? —preguntó él, arqueando una ceja.
Eso era y pretendía ser un golpe directo. Ella no le había escrito ni una sola letra durante su ausencia. Él le había enviado tres cartas, pero cuando se le hizo evidente que ella no tenía la menor intención de contestarle, había dirigido toda su correspondencia a su madre y a la madre de John.
—A cualquiera —contestó ella—. Alguien habría estado aquí para recibirte.
—Estás tú.
Ella lo miró enfurruñada.
—Sihubiéramos sabido que venías, te habríamos preparado la casa.
Él volvió a encogerse de hombros. Ese movimiento parecía encarnar la imagen que tan angustiosamente deseaba dar.
—Estábastante preparada.
Ella se cruzó de brazos, por el frío, dejando bloqueada la vista de sus pechos, lo cual, tuvo que reconocer él, era probablemente lo mejor.
—Bueno, podrías haber escrito —dijo ella entonces, y su voz quedósuspendida en el aire nocturno—. Eso habría sido lo cortés.
Por un momento pensó que iba a contestar que sí, pero entonces ella dijo en voz baja:
—No, claro que no. Lo importante es que estás en casa. Tu madre estaráencantada.
Él le dio la espalda para que no viera su sonrisa sin humor.—Sí,claro —musitó.
—Y a mí —se interrumpió para aclararse la garganta— me encanta tenerte de vuelta.
Daba la impresión de que quería convencerse a sí misma de eso, pero él decidió hacer el papel de caballero por una vez y no comentárselo.
—¿Tienes frío?—lepreguntó.—Nomucho.
—Meparece que mientes.—Solo un poco.
Él se movió hacia un lado para dejarle espacio más cerca del fuego. Al no sentirla acercarse, hizo un gesto con la mano indicándole el espacio desocupado.
—Debería volver a mi habitación —dijo ella.
—Por el amor de Dios, Francesca, si tienes frío, acércate al fuego. No te voy a morder.
Ella apretó los dientes y fue a ponerse a su lado, pero lo más alejada posible, dejando buena distancia entre ellos.
—Teves bien.—Tútambién.
—Hapasado mucho tiempo.
horrible el silencio.
—Por ahora, en lo único que puedo pensar es en calentarme —mascullóél.
Ella sonrió, a su pesar.
—Hace un frío excepcional para esta época del año.
—Había olvidado el maldito frío que puede hacer aquí —gruñó él, frotándose enérgicamente las manos.
—Uno pensaría que el recuerdo de los inviernos en Escocia nunca te abandonaría —musitó ella.
Entonces él se giró hacia ella, con una sonrisa sesgada jugueteando en sus labios. Había cambiado, comprendió ella. Ah, había diferencias visibles, esas que todo el mundo vería. Estaba bronceado, escandalosamente bronceado, y en su pelo, siempre negro medianoche, ahora se veían unos cuantos hilos de plata.
Pero había más. La expresión de su boca era distinta; le notaba los labios más rígidos, si eso tenía algún sentido, y al parecer había desaparecido esa elegancia desmadejada. Antes siempre se veía tan a gusto, tan cómodo en su
piel, pero ahora estaba… tenso. Tirante.
—Eso creerías tú —dijo él, y ella lo miró sin entender, porque había
olvidado a qué le contestaba, hasta que añadió—: Me vine a casa porque ya no soportaba el calor, y ahora que estoy aquí, estoy a punto de perecer de frío.
—Laprimavera no tardará en llegar.
—Ah, sí, la primavera. Con sus vientos simplemente gélidos, que no los helados de invierno.
—Las cartas de mi madre son extraordinariamente detalladas —explicó. Ella se encogió de hombros y se acercó un poco más al fuego. No debía
ponerse muy cerca de él, pero maldición, todavía tenía bastante frío, y la delgada bata la protegía muy poco.
—¿Eseso una respuesta? —preguntó él con la voz arrastrada.
—Simplemente me apeteció —contestó ella, insolente—. ¿No es eso la prerrogativa de una dama?
Él volvió a girarse, tal vez para calentarse el costado, y quedó de cara a ella.
Y terriblemente cerca.
Ella se apartó, apenas un poquito; no quería que él se diera cuenta de que su cercanía la hacía sentirse incómoda.
Tampoco quería reconocer eso para sí misma.
—Creía que la prerrogativa de una dama era cambiar de opinión.
—Esprerrogativa de una dama hacer lo que sea que desee —dijo ella altivamente.
—Tocado —musitó él. Volvió a mirarla, esta vez más atentamente—. No has cambiado.
Ella lo miró casi boquiabierta.—¿Cómopuedes decir eso?
—Porque estás exactamente como te recordaba.—Yentonces hizo un gesto pícaro hacia su revelador conjunto de cama—. Aparte de tu atuendo, claro.
Ella ahogó una exclamación y retrocedió, rodeándose más fuerte con los brazos.
Casi.
Y ahí estaba ella, sin tener ni idea, totalmente inconsciente de que el hombre que estaba a su lado no deseaba otra cosa que despojarla de esas prendas de seda y tumbarla ahí mismo, delante del hogar. Deseaba separarle
los muslos, enterrarse en ellay…
Se rio tristemente. Al parecer, cuatro años no le habían servido de nada para enfriar ese inapropiado ardor.
—¿Michael?Él la miró.
—¿Quées tan divertido?
Su pregunta; eso era lo divertido.—Nolo entenderías.
—Ponme a prueba.—Ah, creo que no.
—Michael —insistió ella.
Él la miró y le dijo con intencionada frialdad:
—Francesca, hay cosas que no entenderás nunca.
Ella entreabrió los labios y pareció como si la hubieran golpeado. Y él se sintió horroroso, como si la hubiera golpeado.
—Quéterrible decir eso —musitó ella.Él se encogió de hombros.
—Has cambiado—añadióella.
Lo más doloroso era que no había cambiado. No había cambiado de ninguna de las maneras que le habrían hecho más fácil soportar su vida. Exhaló un suspiro, odiándose porque no podría soportar que ella lo odiara.
Ella retiró la mano.
—Nohabrá una habitación preparada para ti. Deberías dormir en la mía. Yo dormiré aquí.
—No—dijo él, con más energía que la que habría querido—. Yo dormiré
aquí,o…¡condenación! —masculló.
En tres pasos atravesó la sala y tiró del cordón para llamar. ¿De qué le servía ser el maldito conde de Kilmartin si no podía tener un dormitorio preparado a cualquier hora de la noche?
Además, tirar el cordón para llamar significaba que pasados unos minutos llegaría un criado, y eso significaría que ya no estaría ahí solo con Francesca.
Y no era que nunca hubieran estado solos antes, pero nunca había sido por
la noche y estando ella con su batay…Volvió a tirar el cordón.
—Michael —dijo ella entonces, en un tono casi divertido—. Estoy segura que te oyeron la primera vez.
—Sí,bueno, ha sido un día muy largo. Con tormenta en el Canal y todo eso.
—Pronto tendrás que contarme tus viajes —dijo ella amablemente.Él la miró, arqueando una ceja.
—Telos habría contado en cartas.
Ella permaneció un momento con los labios fruncidos. Era una expresión que él le había visto infinidad de veces. Estaba eligiendo las palabras, decidiendo si pincharlo o no con un dardo de su legendario ingenio.
Al parecer decidió no hacerlo, porque dijo:
—Estaba bastante enfadada contigo, por marcharte.
John.
Pero nada de eso era culpa de ella. Y mientras la miraba, frágil y orgullosa mirando el fuego, lo repitió:
—Losiento.
Ella aceptó su disculpa con un ligerísimo gesto de asentimiento.
—Debería haberte escrito —dijo, y entonces se volvió a mirarlo, con una expresión de pena en los ojos, y tal vez de disculpa también—. Pero la verdad es que no me sentía con ánimo. Pensar en ti me hacía pensar en John, y supongo que en ese tiempo necesitaba no pensar mucho en él.
Michael no entendió, y ni siquiera lo intentó, pero asintió de todos modos. Ella sonrió tristemente.
—Québien lo pasábamos los tres, ¿verdad?Él volvió a asentir.
—Loecho de menos —dijo, y lo sorprendió la agradable sensación que le produjo expresar eso.
—Siempre me imaginaba que sería fabuloso cuando tú te casaras finalmente —continuó ella—. Habrías elegido a una mujer inteligente, ingeniosa y entretenida, seguro. Lo habríamos pasado en grande los cuatro.
Michael tosió; le pareció que era lo mejor que podía hacer. Ella levantó la vista, despertada de su ensoñación.
—¿Esque has cogido un catarro?
—Esprobable. El sábado estaré en las puertas de la muerte, sin duda. Ella arqueó una ceja.
—Supongo que no esperarás que yo te cuide.
órdenes pertinentes, mientras él continuaba junto al hogar sin hacer otra cosa que calentarse las manos y asentir, en actitud vagamente imperiosa, manifestando su acuerdo.
—Buenas noches, Michael —dijo ella cuando el lacayo ya se alejaba a cumplir las órdenes.
—Buenas noches, Francesca —contestó él dulcemente.
—Cuánto me alegra volverte a ver —dijo ella, entonces, y luego añadió, como si necesitara convencer de eso a uno de los dos, aunque él no supo a quién—: De verdad.
…Lamento no haber escrito. No, eso no es cierto, no lo
lamento. No deseo escribir. No deseo pensaren…
De una carta que intentó escribir la condesa de Kilmartin al nuevo conde de Kilmartin, hecha pedazos y luego mojada con lágrimas
Cuando Michael se levantó a la mañana siguiente, la casa Kilmartin ya estaba bien provista y funcionando como corresponde a la casa de un conde. El fuego estaba encendido en todos los hogares, y en el comedor informal habían dispuesto un espléndido desayuno: huevos revueltos, jamón, beicon, salchichas, tostadas con mantequilla y mermelada, y su plato favorito: caballa hervida.
Sin embargo, Francesca no se veía por ninguna parte.
Cuando preguntó por ella al mayordomo, este le entregó un papel doblado que ella había dejado para él a primera hora de la mañana. En la nota le decía que pensaba que darían pie a habladurías si vivían juntos y solos en la casa Kilmartin, por lo que se había mudado a la casa de su madre, en Bruton Street, número 5, hasta que llegara de Escocia Janet o Helen. Pero lo invitaba a visitarla ese día, pues estaba segura de que tenían mucho de qué hablar.
Michael le encontró toda la razón, de modo que tan pronto como terminóde desayunar (descubriendo, con gran sorpresa, que echaba de menos los
haberse sentido exactamente igual cuando desembarcó en India hacía cuatro años. Allí, el aire húmedo, impregnado de los aromas de las especias y las flores, le había impresionado. Había sido casi como un asalto a sus sentidos, que lo adormecía y desorientaba. Y si bien su reacción a Londres no era en absoluto tan espectacular, de todos modos se sentía un extraño, un forastero, con todos sus sentidos atacados por olores y sonidos que no deberían resultarle tan desconocidos.
¿Se había convertido en extranjero en su propio país? Esa conclusión era casi estrafalaria; sin embargo, caminando por las atiborradas calles del sector comercial más elegante de Londres, no podía evitar pensar que destacaba, que cualquier persona que lo mirara sabría al instante que era diferente, que estaba fuera de lugar, ajeno a la vida y existencia británica.
O también podría ser, concedió, al mirar su reflejo en un escaparate, el bronceado.
El color tostado de su piel tardaría semanas en desaparecer, o tal vez meses.
Su madre se escandalizaría cuando lo viera.
Ese pensamiento lo hizo sonreír. Le gustaba bastante escandalizar a su madre. Nunca se había hecho tan adulto que eso dejara de divertirlo.
Dobló la esquina en Bruton Street y fue dejando atrás las pocas casas hasta llegar al número 5. Había estado ahí antes, por supuesto. La madre de Francesca siempre definía la palabra «familia» de la manera más amplia posible, de modo que a él siempre lo invitaban, junto con John y Francesca, a todas las fiestas y acontecimientos de la familia Bridgerton.
la sonrisa que le dirigió fue francamente radiante.
—Siempre eres bienvenido en esta casa, Michael Stirling.
Él sonrió y se sentó en el sillón de respaldo alto que ella le indicó.
—Ay, Dios —dijo ella, frunciendo el ceño—. Debo pedir disculpas. Supongo que ahora debo llamarte Kilmartin.
—Michael está muy bien.
—Séque ya han pasado cuatro años —continuó ella—, pero como no te
había visto…
—Puede llamarme como quiera —dijo él afablemente.
Era curioso. Ya se había acostumbrado, por fin, a que lo llamaran Kilmartin, se había adaptado a que su título reemplazara a su apellido. Pero eso era en India, donde nadie lo había conocido antes como el simple señor Stirling, y tal vez, más importante aún, nadie había conocido a John como el conde. Oír su título en boca de Violet Bridgerton le resultaba bastante desconcertante, sobre todo porque ella, como era la costumbre de muchas suegras, normalmente hablaba de John como de su hijo.
Pero si ella percibió su incomodidad interior, no lo demostró con ningún gesto.
—Si vas a ser tan acomodadizo —dijo—, yo debo serlo también. Llámame Violet, por favor. Ya es hora.
—Ah, no podría—seapresuró a decir él.
Y lo decía en serio. Ella era lady Bridgerton. Era… Bueno, no sabía quéera, pero de ninguna manera podría ser «Violet» para él.
—Insisto, Michael, y seguro que ya sabes que normalmente me salgo con la mía.
se ha enfriado, pero me hará feliz llamar para que traigan más.—Meencantaría.
—Supongo que te habrás puesto exigente para el té, después de tantos años en India —dijo ella, levantándose para ir a tirar el cordón.
Él se apresuró a levantarse también.
—Noes lo mismo—dijo—.No sabría explicarlo, pero nada sabe igual al té en Inglaterra.
—¿Crees que será la calidad del agua?Él sonrió disimuladamente.
—Lacalidad de la mujer que lo sirve. Ella se rio.
—Tú,milord, necesitas una esposa. Inmediatamente.—¿Ah,sí? ¿Y eso por qué?
—Porque en tu actual estado eres claramente un peligro para las mujeres solteras de todas partes.
Él no pudo resistirse a una última galantería pícara.
—Espero que te incluyas entre esas mujeres solteras, Violet.
—¿Estáscoqueteando con mi madre? —dijo una voz desde la puerta.
Era Francesca, por supuesto, impecablemente ataviada con un vestido de mañana color lavanda, adornado con una franja bastante intrincada de encaje de Bruselas. Daba la impresión de estar esforzándose en ser severa con él.
Y no lo conseguía del todo.
Mientras observaba a las dos damas tomar sus asientos, se tomó el tiempo para curvar los labios en una sonrisa enigmática.
verla. Y no fue capaz de colocar firmemente en su lugar su persona pública.
Y no todo era pura representación por su parte. Siempre había sido un poco temerario, y probablemente era un seductor incorregible. A su madre le encantaba decir que hechizaba a las damas desde que tenía cuatro años.
Solamente cuando estaba con Francesca era absolutamente importante que ese aspecto de su personalidad ocupara el primer plano, estuviera en la superficie, para que ella nunca sospechara lo que había debajo.
—¿Quéplanes tienes ahora que has vuelto?—lepreguntó Violet.
Michael se volvió hacia ella con su muy bien lograda expresión impasible.—Enrealidad no lo sé —contestó, avergonzado por tener que reconocer para sí mismo que eso era cierto—. Me imagino que me tomaré un tiempo
para comprender qué se espera exactamente de mí en mi nuevo papel.
—Estoy segura de que Francesca puede ayudarte en ese aspecto —dijo Violet.
—Solo si lo desea —dijo él tranquilamente.
—Claro que sí —exclamó Francesca, girándose ligeramente al sentir entrar a una criada con la bandeja del té—. Te ayudaré en todo lo que necesites.
—Quérapidez —comentó Michael.
—Estoy loca por el té —explicó Violet—. Lo bebo todo el día. En la cocina siempre tienen agua a punto de hervir.
—¿Vasa querer una taza, Michael? —preguntó Francesca, que se había hecho cargo de servirlo.
—Sí,gracias.
Francesca se ruborizó, y eso lo sorprendió. En todos los años que la conocía, podía contar con los dedos de una mano las veces que había visto sus mejillas sonrojadas.
—Gracias —dijo ella—. No ha sido muy difícil, te lo aseguro.—Tal vez, pero se agradece de todos modos.
Dicho eso se llevó la taza a los labios, permitiendo así que las damas dirigieran la conversación a partir de ese momento.
Y eso hicieron. Violet le hizo preguntas acerca de su estancia en India, y antes de darse cuenta les estaba hablando de palacios, princesas, caravanas y platos con curry. Decidió dejar de lado a los merodeadores y a la malaria, considerando que esos no eran temas de conversación apropiados para un salón.
Pasado un rato cayó en la cuenta de que estaba disfrutando inmensamente. Tal vez había tomado la decisión correcta al volver, reflexionó, durante el momento en que Violet explicaba algo sobre un baile con tema indio al que había asistido el año anterior.
Realmente podría ser muy agradable estar de vuelta en casa.
Una hora después, Francesca se encontraba caminando por Hyde Park cogida del brazo de Michael. Había aparecido el sol por entre las nubes y cuando ella declaró que no podía resistirse al buen tiempo, Michael no tuvo más remedio que ofrecerse a acompañarla a dar un paseo.
—Escomo en los viejos tiempos —comentó, poniendo la cara hacia el sol.
por supuesto. Volver a la casa de mi madre me hace sentir como si hubiera retrocedido a la infancia. —Frunció los labios, fastidiada—. La adoro, por supuesto, pero me he acostumbrado a tener y llevar mi propia casa.
—¿Quieres que me vaya yo a vivir a otra casa?
—Noo, no, de ninguna manera—seapresuró a decir ella—. Tú eres el conde. La casa Kilmartin te pertenece a ti. Además, Helen y Janet se iban a venir una semana después que yo; no tardarán en llegar. Y entonces podrévolver a la casa.
—Ánimo, Francesca, estoy seguro de que lo soportarás. Ella lo miró de reojo.
—Esto no es algo que puedas comprender, ni que pueda comprender ningún hombre, por cierto, pero prefiero mi situación de mujer casada a la de debutante. Cuando estoy en la Número Cinco, con Eloise y Hyacinth, que viven ahí, me siento como si estuviera nuevamente en mi primera temporada, atada por todas las reglas y reglamentos de etiqueta que la acompañan.
—Notodas —observóél—.Si eso fuera así, no se te permitiría estar paseando conmigo en estos momentos.
—Cierto —concedió ella—. En especial contigo, me imagino.—¿Yqué debo entender con eso?
Ella se rio.
—Ah, vamos, Michael. ¿De veras crees que te ibas a encontrar tu reputación blanqueada simplemente porque has estado cuatro años fuera del país?
—Francesca…
—Eres una leyenda.
terminar, a propósito, dejándole la imaginación ardiendo de preguntas.
—Deduzco entonces—musitó—,que no nos contaste todo lo que hacías en India.
Él se limitó a sonreír, con esa sonrisa diabólica.
—Muy bien. Permíteme entonces que pase a un tema de conversación más respetable. ¿Qué piensas hacer ahora que has vuelto? ¿Vas a ocupar tu escaño en el Parlamento?
Dio la impresión de que él no había considerado eso.
—Eso es lo que habría deseado John—añadióella, a sabiendas de que eso era una manipulación diabólica.
Michael la miró algo enfurruñado, y sus ojos le dijeron que no le gustaban sus tácticas.
—Tendrás que casarte también —continuó.
—¿Y tú piensas hacer el papel de casamentera? —preguntó él, malhumorado.
—Siquieres… —repuso ella, encogiéndose de hombros—. Seguro que no podría hacer el trabajo peor que tú.
—Buen Dios—gruñóél—.Solo llevo un día aquí. ¿Tenemos que hablar de esto ahora?
—Noo, claro que no. Pero ha de ser pronto. No te estás haciendo más joven.
Él la miró horrorizado.
—Nologro imaginarme permitiendo que alguien me hable de esa manera.—Noolvides a tu madre —replicó ella, sonriendo satisfecha.
—Túno eres mi madre —dijo él, en un tono tal vez demasiado enérgico.
reputación terrible, pero eres encantador, así que siempre se te perdona.
¿Así era como lo veía ella?, pensó él. ¿Y por qué lo sorprendía tanto? Aquella era justamente la imagen que había intentado crearse.
—Yahora que eres el conde —continuó ella—, las mamás se van a tropezar entre ellas para lograr casarte con sus preciosas hijas.
—Tengo miedo —dijo él en voz baja—. Mucho miedo.
—Ybien que debes —dijo ella, sin la más mínima compasión—. A mí me van a volver loca pidiéndome información, te lo aseguro. Tienes la suerte de que esta mañana encontré un momento para hablar en privado con mi madre y la hice prometer que no pondría a Eloise ni a Hyacinth en tu camino. Porque lo haría también —añadió, visiblemente encantada con la conversación.
—Creo recordar que te gustaba poner a tus hermanas en mi camino. Ella frunció ligeramente los labios.
—Eso fue hace años —repuso, agitando las manos como si quisiera echar a volar sus palabras al viento—. Tú no les convienes.
Él nunca había sentido ningún deseo de cortejar a sus hermanas, pero no pudo dejar pasar la oportunidad de darle un pequeño pinchazo con palabras también.
—¿AEloise o a Hyacinth? —preguntó.
—Aninguna de las dos —contestó ella, tan irritada que lo hizo sonreír—. Pero yo te encontraré a alguien, así que no te preocupes.
—¿Estaba preocupado?
—Creo que te presentaré a la amiga de Eloise, Penelope —continuó ella, como si él no hubiera hablado.
—Yno digas que alguien tiene que hacerlo —interrumpió él.
Sí, pensó, Francesca era un libro abierto, igual que lo era hacía años. Siempre había deseado controlar su vida.
—Michael —murmuró ella, en una especie de suspiro que expresaba más sufrimiento del que tenía derecho a sentir.
—Acabo de volver. Solo he estado un día en la ciudad —dijoél—.Un día. Estoy cansado, y por mucho que haya salido el sol, sigo sintiendo el maldito frío, y ni siquiera han sacado mis cosas de mis baúles. Dame por lo menos una semana antes de empezar a planear mi boda.
—¿Unasemana, entonces? —preguntó ella, astutamente.—Francesca —dijo él, en tono de advertencia.
—Muy bien —dijo ella, descartando la advertencia—. Pero no vengas después a decirme que no te lo advertí. Cuando aparezcas en sociedad y las
jovencitas con sus madres te arrinconen, dispuestas al ataque…
Él se estremeció al imaginárselo, y sabía que era probable que ella tuviera razón.
—…vendrás a suplicarme que te ayude —terminó ella, mirándolo con una expresión fastidiosamente satisfecha.
—Eso seguro —dijo él, mirándola con una sonrisa paternalista que sabía que ella detestaba—. Y cuando ocurra eso, te prometo que estaré debidamente prostrado por el arrepentimiento, contrición, vergüenza y cualquiera otra emoción que quieras atribuirme.
Entonces ella se echó a reír, lo que le calentó el corazón más de lo que debería. Siempre lograba hacerla reír.
Ella se volvió hacia él, le sonrió y le dio una palmadita en el brazo.
Al parecer nadie le había dicho al pequeño aspirante a jugador de cricket que debía partir la barra de pan en trozos más manejables, y menos peligrosos.
—Meencanta tirarles pan a las aves —dijo Francesca, algo a la defensiva—.Además, hoy no hay demasiados niños ahí. Todavía hace un poco de frío.
—Eso nunca nos acobardó a John ni a mí —comentó él, bravamente.
—Sí,bueno, eres escocés —replicó ella—. Tu sangre circula bastante bien medio congelada.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Somos gente fuerte los escoceses.
Eso tenía mucho de broma. Con tanta mezcla por matrimonios, la familia era tan inglesa como escocesa, e incluso tal vez más inglesa, pero puesto que Kilmartin estaba firmemente situado en Escocia entre los condados del margen occidental, los Stirling se aferraban a su legado escocés como a una insignia de honor.
Encontraron un banco no muy alejado del Serpentine y se sentaron a contemplar ociosamente los patos en el agua.
—Cualquiera diría que podrían buscarse un lugar más cálido —comentóMichael—. En Francia, tal vez.
—¿Y perderse toda la comida que les arrojan los niños? —repuso Francesca, sonriendo irónica—. No son estúpidos.
Él simplemente se encogió de hombros. Estaba lejos de pretender conocer la conducta de las aves.
—¿Cómoencontraste el clima en India? —preguntó ella—. ¿Hace tanto calor como dicen?
que él pensó que se había olvidado de que lo hacía. Y entonces observó que tenía los ojos fijos en un punto en la distancia. Estaba observando algo, peroél no lograba imaginarse qué. No había nada interesante a la vista, aparte de una niñera pálida empujando un coche de bebé.
—¿Quémiras? —preguntó al fin.
Ella no contestó; simplemente continuó mirando.—¿Francesca?
Entonces ella se volvió a mirarlo.—Deseo tener un bebé.
…tenía la esperanza de que por estas fechas ya habría recibido alguna carta tuya, aunque claro, es imposible fiarse del correo cuando tiene que viajar tan lejos. Solo la semana pasada me enteré de la llegada de una saca de correspondencia que tardó dos años enteros en llegar; muchos de los destinatarios ya habían vuelto a Inglaterra. Mi madre me dice que estás bien y totalmente recuperada de tu tragedia; me alegra saberlo. Mi trabajo aquí continúa siendo un buen reto, y muy satisfactorio. Me he ido a vivir a una casa fuera de la ciudad, como hacen la mayoría de los europeos aquí en Madrás. Sin embargo, me encanta visitar la ciudad; tiene una apariencia bastante griega, o, mejor dicho, lo que yo me imagino que es griego puesto que nunca he visitado ese país. El cielo es azul, tan azul que casi es cegador, casi lo más azul que he visto en mi vida.
De la carta del conde de Kilmartin a la condesa de Kilmartin, seis meses después de su llegada a India
—Perdón, ¿qué has dicho? —preguntó él.
Estaba horrorizado, comprendió ella. Incluso esa pregunta pareció hacerla farfullando. No le había hecho esa declaración con el fin de producirle esa
—¡Yno tengo por qué darte explicaciones!
—Note las he pedido —repuso él, mirándola como si de pronto le hubiera brotado otra cabeza.
—Lo siento, perdona —balbuceó, contrita—. Mi reacción ha sido exagerada.
Él no dijo nada, y eso la irritó. Como mínimo, podría haber dicho algo para llevarle la contraria. Habría sido una mentira, pero de todos modos habría sido lo amable, lo cortés. Finalmente, dado que el silencio ya se le hacía insoportable, musitó:
—Muchas mujeres desean tener hijos.
—Deacuerdo —dijo él, tosiendo—. Sí, claro. Pero…, ¿no te parece que primero podrías necesitar un marido?
—Por supuesto —replicó ella, mirándolo más indignadaaún—.¿Por quécrees que me he venido antes a Londres?
Él la miró como si no entendiera.
—Quiero comprarme un marido —explicó ella, como si le estuviera hablando a un bobo.
—Quémanera más mercenaria de expresarlo. Ella frunció los labios.
—Esque es así. Y tal vez será mejor que te acostumbres a la idea, por ti mismo. Es exactamente así como van hablar de ti las damas muy pronto.
—¿Tienes pensado algún caballero en particular? —preguntó él, desentendiéndose de la última frase.
Ella negó con la cabeza.
estaba a punto de echarse a llorar—. Y la peor parte de esto es que es posible que ni siquiera pueda tener hijos. Con John me llevó dos años concebir, y fíjate cómo estropeé eso.
—Francesca, no debes echarte la culpa del aborto espontáneo —dijo él enérgicamente.
Ella emitió una risita amargada.
—¿Teimaginas? ¿Que me case con alguien para tener un hijo y luego no tenga ninguno?
—Eso ocurre todo el tiempo —dijo él afablemente.
Eso era cierto, pero no la hacía sentirse mejor. Ella tenía opciones. No tenía por qué casarse; si continuaba viuda estaría bien cuidada y mantenida, y sería maravillosamente independiente. Si se casaba, no, «cuando» se casara (tenía que comprometerse mentalmente a la idea) no sería por amor. No tendría un matrimonio como el que tuvo con John; una mujer sencillamente no encuentra un amor así dos veces en la vida.
Se iba a casar para tener un bebé, y no había ninguna garantía de que lo tuviera.
—¿Francesca?
Ella no lo miró, continuó en la misma posición, pestañeando, tratando angustiosamente de contener las lágrimas que le hacían arder las comisuras de los ojos.
Michael le ofreció un pañuelo, pero ella no quiso darse por enterada de ese solícito gesto. Si cogía el pañuelo tendría que llorar; nada se lo impediría.
—Debo rehacer mi vida —dijo, en tono desafiante—. Debo. John ya no
está yyo…
bellamente modelados. Y ella conocía la forma de sus labios, por supuesto, tan bien como conocía la forma de los de ella, pero nunca antes los había mirado de verdad, nunca se había fijado en que no tenían un color parejo, ni
en que la curva del labio inferior era francamente muy sensualy…Se levantó, tan rápido que casi perdió el equilibrio.
—Tengo que irme —dijo, y la sorprendió que su voz sonara como la de ella y no como la de algún demonio monstruoso—. Tengo una cita. Lo había
olvidado.
—Sí,por supuesto —dijo él, levantándose también.
—Con la modista—añadióella, como si dar detalles fuera a hacer más convincente la mentira—. Todos mis vestidos son de colores de medio luto.
—Note sientan bien —asintió él.
—Muy amable al señalarlo —dijo ella, irritada.—Deberías usar azul —dijo él.
Ella asintió con un movimiento brusco, todavía bastante desequilibrada.—¿Tesientes mal?
—Estoy muy bien —contestó entre dientes. Y puesto que no habría engañado a nadie con ese tono, añadió con más suavidad—: Estoy muy bien, te lo aseguro. Simplemente detesto retrasarme.
Eso era cierto, y él lo sabía, así que era de esperar que atribuyera a eso su brusquedad.
—Muy bien —dijo él afablemente.
Durante todo el trayecto de vuelta a la casa Número Cinco, Francesca no paró de parlotear. Tenía que presentar una buena fachada, decidió, sintiéndose bastante agitada, casi febril. De ninguna manera podía permitir que él
tanto, tan pronto como entró en la casa de vuelta del paseo, fue a buscar a su madre para informarla de que necesitaba visitar a la modista inmediatamente. Al fin y al cabo, lo mejor era convertir en verdad la mentira cuanto antes.
Su madre se mostró sencillamente encantada de que ella hubiera decidido abandonar los colores grises y lavandas de medio luto, de modo que antes que transcurriera una hora, las dos estaban cómodamente instaladas en el elegante coche de Violet, en marcha hacia las selectas tiendas de Bond Street. Normalmente a Francesca la habría erizado la intromisión de Violet; ella era muy capaz de elegir su ropa, gracias, pero ese día encontraba curiosamente consoladora la presencia de su madre.
Y no era que su madre no fuera siempre un consuelo. Sencillamente ella prefería su vena independiente con más frecuencia que menos, y no le gustaba nada que la consideraran «una de esas chicas Bridgerton». Y en cierto modo muy extraño, la desconcertaba bastante esa inminente visita a la modista. Aunque habría sido necesaria una tortura con todos sus más atroces detalles para que lo reconociera, se sentía simplemente aterrada.
Aun en el caso de que no hubiera decidido que ya era hora de volverse a casar, quitarse la ropa de viuda señalaba un inmenso cambio, un cambio para el cual no estaba segura de estar preparada.
Sentada en el coche, se miró la manga; el capote le cubría el vestido, pero sabía que el vestido que llevaba era color lavanda. Y encontraba algo tranquilizador en ese color, algo serio, formal, algo que le inspiraba confianza. Ya hacía tres años que usaba ese color, o gris. Y antes, todo el año anterior, negro. Esos colores de luto habían sido una especie de insignia,
—No, no, claro que lo recordarías—seapresuró a decir Francesca.
Pero lo encontraba extraño. Y desconsiderado, en realidad. ¿Por quéninguno de ellos le había hecho esa pregunta a su madre? Esa era la pregunta más candente imaginable. Y aun en el caso de que a ninguno de ellos le importara la respuesta para satisfacer una curiosidad personal, ¿no comprendían lo importante que era para Violet?
¿Es que no deseaban conocer a su madre? ¿Conocerla de verdad?
—Cuando murió tu padre… —dijo Violet—. Bueno, no sé cuánto recordarás, pero fue muy repentino. Nadie se lo esperaba.
Emitió una risita triste y Francesca pensó si alguna vez ella sería capaz de reírse al hablar de la muerte de John, aun cuando la risa estuviera teñida por la tristeza.
—Por una picadura de abeja—añadióViolet.
Entonces Francesca cayó en la cuenta de que, incluso en ese momento, más de veinte años después de la muerte de Edmund Stirling, su madre parecía sorprendida cuando hablaba de ella.
—¿Quiénlo habría creído posible? —continuó Violet, moviendo de lado a lado la cabeza—. No sé cuánto lo recuerdas, pero tu padre era un hombre muy corpulento. Tan alto como Benedict y tal vez de hombros más anchos.
Simplemente no se te ocurriría que una abeja…—seinterrumpió, sacó un pañuelo y se cubrió la boca, para aclararse la garganta—. Bueno, fue una
muerte inesperada. La verdad es que no sé qué más decir, apartede…—se giró a mirarla con esos ojos tan dolorosamente sabios—. Aparte de que me imagino que tú lo entiendes mejor que nadie.
en muy buena situación económica. Yo sabía que nunca nos faltaría nada.
—John dejó Kilmartin en muy buena situación—seapresuró a decir Francesca.
—Claro que sí —dijo Violet, dándole una palmadita en la mano—. Perdona. No quise dar a entender lo contrario. Pero tú no tienes ocho hijos, Francesca.—Elazul de sus ojos pareció intensificarse—. Además, tienes mucho tiempo por delante para pasarlo sola.
—Losé, lo sé —dijo Francesca, asintiendo con movimientos bruscos—.
Lo sé, pero no logro… no puedo…—¿Nopuedes qué?
—Nopuedo… —Francesca bajó la cabeza; no sabía por qué, pero no podía apartar la vista del suelo—. No logro librarme de la sensación de que voy a hacer algo incorrecto, que voy a deshonrar a John, deshonrar nuestro matrimonio.
—John habría deseado que fueras feliz.
—Losé, lo sé. Claro que lo desearía. Pero, ¿no lo ves…? —Levantó la cabeza y miró la cara de su madre, buscando algo, no sabía qué; tal vez aprobación, tal vez simplemente amor, puesto que era consolador buscar algo que ya sabía que encontraría—. Ni siquiera busco eso —continuó—. No voy a encontrar a alguien como John. Eso lo he aceptado. Y encuentro incorrecto casarme esperando menos.
—Noencontrarás a alguien como John, es cierto —dijo Violet—. Pero podrías encontrar un hombre que te vaya igual de bien, solo que de un modo diferente.
—Túno lo encontraste.
Francesca sintió bajar la mandíbula. No debería sorprenderla tanto la perspicacia de su madre.
—Sifueras Eloise, creo que habrías dicho algo —dijo entonces Violet—.
O cualquiera de tus hermanas, si es por eso. Perotú…—sonrió, nostálgica—. Tú no eres igual. Nunca lo has sido. Ya de niña eras diferente. Y necesitabas poner distancia.
Impulsivamente Francesca le cogió la mano y se la apretó.—Tequiero, ¿sabías eso?
—Másbien lo sospechaba —dijo Violet, sonriendo.—¡Madre!
—Muy bien, claro que lo sabía. ¿Cómo podrías no quererme cuando yo te quiero tanto, tanto?
—Note lo he dicho —dijo Francesca, sintiéndose horrorizada por esa
omisión—. Al menos, no últimamente.
—Nopasa nada —dijo Violet, apretándole la mano también—. Has tenido
otras cosas en la cabeza.
Francesca no supo bien por qué, pero eso la hizo reír en voz baja.—Tequedas algo corta, debo decir.
Violet simplemente sonrió.
—Madre, ¿puedo hacerte otra pregunta?—Por supuesto.
—Siencuentro a alguien, no igual que John, claro, pero de todos modos
conveniente paramí…Si no encuentro alguien así, y me caso con un hombre
que me guste bastante pero al que tal vez no ame… ¿sería correcto eso? Violet estuvo un buen rato en silencio, pensando la respuesta.
encontraba tremendamente improbable.
Pero, ¿y si ocurría? ¿Cómo podría vivir consigo misma entonces?
Michael encontraba algo bastante satisfactorio en sentirse con un humor de perros, por lo que decidió entregarse de lleno a esa emoción.
Se fue dando patadas a una piedra todo el camino a casa.
Le gruñó a una persona que le dio un codazo al pasar junto a él en la acera.
Abrió la puerta de su casa con una ferocidad tal que la estrelló en la pared de piedra. O mejor dicho, la habría estrellado, si su maldito mayordomo no hubiera estado tan atento que la abrió antes de que él alcanzara a tocar la manilla.
Pero pensó abrirla de golpe, lo cual ya era una satisfacción.
Y entonces subió la escalera pisando fuerte y se dirigió a su habitación, que seguía siendo condenadamente igual a la de John, aunque no podía hacer nada para cambiar eso en ese momento, y se quitó bruscamente las botas.
Bueno, en realidad, lo intentó. Infierno y condenación.
—¡Reivers! —rugió.
Apareció su ayuda de cámara en la puerta, o en realidad hizo como que aparecía, porque ya estaba ahí.
—¿Sí,milord?
—¿Meayudas a quitarme las botas? —dijo entre dientes, sintiéndose bastante infantil.
nada conveniente para Londres, así que localicé estas entre las pertenencias
del conde anterior…—Dios santo.
—¿Milord? Lo siento mucho si estas no le quedan bien. Recordé que los
dos gastaban el mismo número y pensé que querría…—Simplemente quítamelas. Ahora mismo.
Cerrando los ojos, se sentó en el sillón de piel, el sillón de piel de John, maravillándose de esa ironía. Su peor pesadilla hecha realidad, en el sentido más literal.
—Sí,milord —dijo Reivers.
Parecía afligido, pero se puso inmediatamente a la tarea de quitarle las botas.
Michael se apretó el puente de la nariz entre el pulgar y el índice e hizo una respiración lenta y profunda para poder hablar.
—Preferiría no usar ninguna prenda del guardarropa del conde anterior—dijo, cansinamente.
En realidad, no tenía idea de por qué había ropa de John ahí todavía; deberían haberla regalado a los criados o donado a una casa de beneficencia hacía años. Pero suponía que esa era una decisión que debía tomar Francesca, no él.
—Sí,por supuesto, milord. Me ocuparé de eso inmediatamente.—Estupendo—gruñóMichael.
—¿Loguardo todo con llave en otra parte?
¿Con llave? Buen Dios, esas cosas tampoco eran tóxicas.
ahogado, por las pertenencias de John. Llevaba su título, gastaba su dinero, vivía en su casa. ¿Es que tenía que usar sus malditos zapatos también?
—Guárdalo todo —dijo a Reivers—. Pero mañana. Esta tarde quiero estar tranquilo, sin molestias.
Además, probablemente debía avisar a Francesca de sus intenciones. Francesca.
Suspirando, se levantó una vez que su ayuda de cámara hubo salido. Pardiez, Reivers se había olvidado de llevarse las botas. Las cogió y las dejófuera de la puerta. Era una reacción exagerada tal vez, pero, demonios, no quería contemplar las botas de John las siguientes seis horas.
Después de cerrar la puerta con un decidido golpe, empezó a pasearse sin rumbo, hasta que fue a asomarse a la ventana. El alféizar era ancho, de bastante fondo, así que se apoyó en él para mirar a través del visillo; la calle se veía toda borrosa. Apartó el delgado visillo y no pudo dejar de curvar los labios en una amarga sonrisa al ver a una niñera llevando a un niño pequeño cogido de la mano por la acera.
Francesca. Deseaba tener un bebé.
No sabía por qué eso lo sorprendió tanto. Si lo pensaba racionalmente, no debería haberse sorprendido. Era una mujer, por el amor de Dios; claro que deseaba tener hijos. ¿No lo deseaban todas? Y aunque nunca se había dicho conscientemente que ella suspiraría por John toda la eternidad, tampoco se le había ocurrido nunca que ella podría querer volver a casarse algún día.
Francesca y John. John y Francesca. Eran una unidad, o al menos lo habían sido, y si bien la muerte de John había hecho tristemente fácil
Fin de la historia.
Pero ahora iba a tener que observar. Y tal vez, incluso, aconsejar. Infierno y condenación.
Volvió a tiritar. Maldición. Tal vez solo era de frío. Era marzo, al fin y al cabo, y un marzo frío además, incluso con el fuego en el hogar.
Se tironeó la corbata, que empezaba a parecerle muy apretada. Finalmente se la quitó. Vaya por Dios, se sentía terriblemente mal, con frío y calor, y extrañamente mareado.
Se sentó. Le pareció que eso era lo mejor que podía hacer.
Entonces, simplemente decidió dejar de fingir que estaba bien, se quitó el resto de la ropa y se metió en la cama.
Aquella iba a ser una noche larga.
…ha sido un maravilloso placer agradable saber de ti. Me alegra que te vaya tan bien. John se sentiría orgulloso. Te echo de menos. Lo echo de menos. Te echo de menos. Todavía hay flores en el jardín. ¿No es fantástico que todavía haya flores?
De una carta de la condesa de Kilmartin al conde de Kilmartin, una semana después de recibir su segunda carta; primer borrador, no terminado ni enviado
—¿Nodijo Michael que cenaría con nosotras esta noche?
Francesca miró a su madre, que estaba de pie ante ella con expresión preocupada. En realidad ella había estado pensando lo mismo, extrañada de que no llegara.
Se había pasado la mayor parte del día temiendo su llegada, aun cuando él no podía tener la menor idea de que ella hubiera quedado tan perturbada por ese momento en el parque. Santo cielo, probablemente ni siquiera se dio cuenta de lo que había ocurrido.
Era la primera vez en su vida que agradecía que los hombres fueran tan
obtusos.
—Sí,dijo que vendría —contestó, cambiando ligeramente de posición en el sillón.
—¿Quétiene que ver su reputación con nada? —preguntó Francesca, irritada—. ¿Y que sabes tú de eso, en todo caso? Se marchó de Inglaterra años antes de que tú aprendieras a hacer una reverencia.
Hyacinth se encogió de hombros y enterró la aguja en su muy sucio bordado.
—La gente sigue hablando de él —dijo despreocupadamente—. Las damas se desmayan como idiotas con solo oír su nombre, deberías saberlo.
—Nohay otra manera de desmayarse —terció Eloise, que aunque era un año exacto mayor que Francesca, seguía soltera.
—Bueno, puede que sea un libertino —dijo Francesca, astutamente—, pero siempre ha sido puntual, hasta la exageración.
No toleraba que hablaran mal de Michael. Podía suspirar, gemir y criticarle sus defectos, pero encontraba totalmente inaceptable que Hyacinth, cuyo conocimiento de Michael solo se basaba en rumores e insinuaciones, emitiera un juicio tan tajante sobre él.
—Cree lo que quieras—añadiócon dureza, porque de ninguna manera iba a permitir que Hyacinth tuviera la última palabra—, pero él jamás llegaría tarde a cenar aquí. Tiene un gran respeto por mi madre.
—¿Ycuánto te respeta a ti? —preguntó Hyacinth.
Francesca miró indignada a su hermana, que estaba sonriendo satisfecha con la cara casi metida en su bordado.
—Pues…
No, contestar sería una estupidez. No podía quedarse sentada ahídiscutiendo con su hermana menor cuando podría estar ocurriendo algún problema. Con todos sus defectos y libertinaje, Michael era educado y
le habría gustado que ella dijera algo más. Durante años había sido así; su madre deseaba reanudar su papel de madre con su joven hija viuda, pero se refrenaba, e intentaba respetar su independencia.
No siempre resistía el deseo de entrometerse, pero lo intentaba y ella le agradecía ese esfuerzo.
—¿Quieres que te acompañe? —dijo Hyacinth, con los ojos relampagueantes.
—¡No!—dijo Francesca, en un tono más vehemente de lo que habría querido, por la sorpresa—. ¿Por qué querrías acompañarme?
Hyacinth se encogió de hombros.
—Curiosidad. Quiero conocer al Alegre Libertino.—Leconoces —observó Eloise.
—Sí,pero eso fue hace siglos —dijo Hyacinth, exhalando un suspiro teatral—, antes de que entendiera lo que es un libertino.
—Eso no lo entiendes ahora —dijo Violet, en tono seco.
—Ah, pero…
—No, no entiendes qué es un libertino —repitió Violet.
—Muy bien —dijo Hyacinth, mirando a su madre con una sonrisa asquerosamente dulce—. No sé qué es un libertino. Tampoco sé vestirme ni lavarme los dientes.
—Anoche vi a Polly ayudándola a ponerse el vestido de noche —murmuró Eloise desde el sofá.
—Nadie puede ponerse un vestido de noche sola —replicó Hyacinth.
—Mevoy —declaró Francesca, aun cuando sabía que nadie la estaba escuchando.
subía la escalinata de la casa Kilmartin en Saint James. Como siempre, un lacayo abrió la puerta antes de que ella levantara la aldaba para golpear. Entróa toda prisa.
—¿EstáKilmartin? —preguntó.
Sorprendida, se dio cuenta de que era la primera vez que llamaba así a Michael. Era extraño, comprendió, y positivo en realidad, que le hubiera salido con tanta naturalidad el título. Probablemente ya era hora de que todos se acostumbraran al cambio. Él era el conde ahora, y nunca volvería a ser el simple señor Stirling.
—Creo que sí —contestó el lacayo—. Llegó temprano esta tarde, y no he sabido que haya salido.
Francesca frunció el ceño, pero enseguida hizo un gesto de asentimiento, para restarle importancia al asunto, y se dirigió a la escalera. Si Michael estaba en casa, debía estar en su habitación. Si estuviera en su despacho, el lacayo sería consciente de su presencia.
Al llegar a la primera planta echó a andar por el pasillo en dirección a los aposentos del conde, sin hacer ruido con sus botas por la mullida alfombra de Aubusson.
—¿Michael? —llamó en voz baja cuando iba llegando a su habitación—.¿Michael?
No hubo respuesta, por lo tanto llegó hasta la puerta, y observó que no estaba del todo cerrada.
—¿Michael? —repitió, algo más fuerte.
No debía gritar su nombre para que la oyeran en toda la casa. Además, si estaba durmiendo, no quería despertarlo. Probablemente seguía cansado por
—Ah, nada grave —graznóél—.Un catarro por enfriamiento, supongo. Francesca lo miró dudosa. Tenía mechones de pelo negro aplastados en la
frente, la piel enrojecida y con manchas, y el calor que emanaba de la cama le quitó el aliento.
Por no decir que apestaba. De él emanaba un olor horrible, a sudor, una especie de olor a podrido, y si tuviera color seguro que sería verdoso, como de vómito. Alargó la mano y le tocó la frente. Al instante la retiró, horrorizada por el calor.
—Esto no es un catarro —dijo, secamente.
Él estiró los labios formando algo parecido a una horrible sonrisa.—¿Uncatarro francamente grave?
—¡Michael Stuart Stirling!
—Buen Dios, hablas igual que mi madre.
Ella no se sentía en absoluto como su madre, sobre todo después de lo que le había ocurrido en el parque, y casi se sintió aliviada de que él estuviera tan débil y poco atractivo. Eso le quitaba intensidad a lo que había sentido esa tarde.
—Michael, ¿qué te pasa?
Él se encogió de hombros y se metió más abajo en la cama para cubrirse mejor con las mantas, y todo el cuerpo se le estremeció con el esfuerzo.
—¡Michael!—Lecogió el hombro, sin ninguna suavidad—. No te atrevas a probar tus trucos conmigo. Sé cómo actúas. Siempre finges que nada importa, que el agua se desliza por tu espalda.
—Yse desliza por mi espalda —balbuceóél—.Y por la tuya también. Es simple ciencia, en realidad.
—Michael —repitió, en voz más baja, por el miedo—, ¿qué tienes?
—¿Nolo has adivinado?—sacóla cabeza de debajo de las mantas y se veía tan enfermo que ella deseó llorar—. Tengo la malaria.
—Ay, Dios mío —exclamó ella, retrocediendo un paso—. Ay, pardiez.
—Es la primera vez que te oigo blasfemar —comentó él—. Tal vez debería halagarme que haya sido por mí.
Ella no entendía cómo podía decir algo tan frívolo en un momento como ese.
—Michael… —alargó la mano para tocarlo, pero no lo tocó, sin saber quéhacer.
—No te preocupes —dijo él, acurrucándose más, con todo el cuerpo estremecido por otra racha de tiritones—. No te puedo contagiar.
—¿No?—Pestañeó—.Quiero decir, claro que no.
Y aunque se contagiara, eso no debía impedirle cuidarlo. Él era Michael.
Él era… bueno, le costaba definir exactamente qué era él para ella, pero entre ellos había un vínculo irrompible, y le parecía que cuatro años y miles de millas de distancia no habían hecho nada para disminuirlo.
—Es el aire —dijo él, cansinamente—. Tienes que respirar ese aire pútrido para cogerla. Por eso se llama malaria. Si la pudiera contagiar una persona a otra, ya habríamos contagiado a toda Inglaterra.
Ella asintió a su explicación.
—¿Tevasa…?¿Te vasa…?
No pudo preguntarlo; no sabía cómo.
—No—dijoél—.Por lo menos creen que no.
Pero ella tenía que hacer algo. No se odiaba tanto como para pensar que podría haber hecho algo para evitar la muerte de John; ni siquiera en sus peores momentos de aflicción había pasado por ese camino, aunque siempre la había fastidiado que su muerte ocurriera cuando ella no estaba. La verdad, su muerte fue lo más fundamental que John hizo sin ella. Y aunque Michael solo estaba enfermo, no muriéndose, ella no le iba a permitir que sufriera solo.
—Déjame que vaya a buscarte otra manta —dijo.
Sin esperar respuesta, abrió la puerta que conectaba con su habitación y fue a sacar la colcha de su cama. Era de color rosa, y lo más seguro era que
ofendiera su masculinidad cuando recuperara el sentido, pero eso era su problema, decidió.
Cuando volvió a la habitación, él estaba tan inmóvil que pensó que se había quedado dormido, pero se despertó lo suficiente para darle las gracias mientras ella le ponía la colcha encima y le remetía las mantas.
—¿Quéotra cosa puedo hacer? —preguntó después, acercando un sillón de madera a la cama y sentándose.
—Nada.
—Tiene que haber algo —insistió ella—. Supongo que no tenemos que esperar simplemente a que se pase.
—Pues eso tenemos que hacer —contestó él, con voz débil—, simplemente esperar que se pase.
—Nopuedo creer que eso sea cierto.Él abrió un ojo.
—¿Pretendes desafiar a toda la institución médica?
—Mírame —dijo él, esbozando una débil sonrisa sesgada—. Soy prueba concluyente.
Ella volvió a examinar el frasco, observando el movimiento del polvo al ladearlo.
—Sigo sin convencerme.
Él intentó levantar un hombro, en gesto alegre.—Noestoy muerto.
—Esto no es divertido.
—Pues, es lo único divertido —enmendó él—. Tenemos que reírnos cuando podemos. Simplemente piénsalo; si me muriera, el título iría a, ¿cómo
dice siempre Janet?, a ese…
—Odioso lado Debenham de la familia —terminaron juntos, y Francesca no se lo pudo creer, pero sonrió.
Él siempre lograba hacerla sonreír. Le tocó la mano.—Superaremos esto —dijo.
Él asintió y cerró los ojos.
Y justo cuando ella pensaba que se había dormido, él susurró:
—Esmejor contigo aquí.
A la mañana siguiente Michael se sentía algo recuperado, y si bien no estaba del todo normal, por lo menos estaba muchísimo mejor que la noche anterior. Se horrorizó al comprobar que Francesca seguía en el sillón de madera al lado de su cama, con la cabeza ladeada; se veía tan incómoda en aquella postura con el cuello y el tronco torcido.
había imaginado eso, el ronco murmullo que le salió de la garganta cuando cambió de posición, el suave sonido parecido a un suspiro que hizo al bostezar, ni el delicado movimiento de sus pestañas al abrir los ojos.
Qué hermosa.
Eso ya lo sabía, claro, lo sabía desde hacía años, pero nunca antes lo había sentido tan profundamente, tan hasta el fondo de su alma.
No era su pelo, esa exquisita y exuberante melena castaña y ondulada que rara vez tenía el privilegio de ver suelta. Y no eran sus ojos, de un azul tan radiante que inducían a los hombres a escribir poemas, muchos de los cuales divertían infinitamente a John, recordaba. Tampoco era la forma de su cara ni su estructura ósea; si fuera eso, él habría estado obsesionado con la belleza de todas las chicas Bridgerton, que parecían guisantes en una vaina, al menos exteriormente.
Era algo en su forma de moverse. Algo en su manera de respirar. Algo en su manera de ser.
Y no creía que alguna vez pudiera dejar de amarla.—Michael —dijo ella, frotándose los ojos.
—Buenos días —dijo él, esperando que ella atribuyera a agotamiento lo ahogada que le salió la voz.
—Teves mejor.
—Mesiento mejor.
Ella tragó saliva y estuvo un momento en silencio.—Estás acostumbrado a esto —dijo al fin.
Él asintió.
—¿Cuánto tiempo hace desde tu últim…?—pestañeó—.¿Cómo llamas a
estos…?
Él se encogió de hombros.
—Los llamo ataques. En realidad se siente como un ataque. Y hace seis meses.
—Bueno, eso está bien.—Secogió el labio inferior entre los dientes—.¿Verdad?
—Tomando en cuenta que solo he tenido tres, sí, creo que sí.—¿Conqué frecuencia los has tenido?
—Este es el tercero. Tomando todo en cuenta, no han sido tan terribles comparados con lo que he visto.
—¿Yyo debo encontrar consuelo en eso?
—Yolo encuentro. Modelo de virtudes cristianas que soy. De pronto ella alargó la mano y le tocó la frente.
—Estás mucho más fresco —comentó.
—Sí,y lo estaré. Esta es una enfermedad extraordinariamente invariable; siempre sigue la misma pauta. Bueno, al menos cuando ya estás en medio de ella. Sería estupendo si supiera cuándo esperar un comienzo.
—¿Yde verdad tienes fiebre día sí día no? ¿Así de sencillo?—Asíde sencillo.
Ella pareció pensarlo un momento y luego dijo:
—Nopodrás ocultarla a tu familia, desde luego.Él intentó sentarse.
—Por el amor de Dios, Francesca, no se lo digas a mi madre nia…
Ella se echó hacia atrás, como si la hubiera golpeado. Lógicamente, él se sintió como un burro.
—Perdona. Lo he expresado mal. Ella lo miró indignada.
—Noquiero tu lástima —dijo él, contrito—, pero tus cuidados y tus buenos deseos son muy bienvenidos.
Ella no lo miró a los ojos, pero él vio que estaba intentando decidir si creerle o no.
—Lo digo en serio —añadió, y no tuvo la energía para encubrir su agotamiento en la voz—. Me alegra que estuvieras aquí. He pasado por esto antes.
Ella lo miró fijamente, como si quisiera hacerle una pregunta, pero él no logró imaginar qué podría ser.
—Hepasado por esto antes —repitió—, y esta vez ha sido… diferente. Mejor. Más fácil. —Exhaló un largo suspiro, aliviado por haber encontrado las palabras correctas—. Más fácil. Ha sido más fácil.
Ella se revolvió inquieta en el asiento.—Ah. Me alegra.
Él miró hacia la ventana. Las cortinas eran gruesas y estaban cerradas, pero vio rajitas de luz por los lados.
—¿Noestará tu madre preocupada por ti?
—¡Ay,no! —exclamó ella, levantándose de un salto, tan rápido que se golpeó la mano en la mesilla de noche—. ¡Aaay!
—¿Tehas hecho mucho daño? —preguntó él, por cortesía, puesto que estaba claro que no se había hecho nada grave.
que no considere una urgencia esto. En mi nota procuré no parecer aterrada. Michael sonrió. Conociendo a Francesca, seguro que había redactado la
nota con esa fría calma por la que era famosa. Probablemente mintió diciendo que había contratado a una enfermera.
—Nohay ninguna necesidad de aterrarse —dijo. Ella se giró a mirarlo con expresión inquieta.
—Has dicho que no quieres que nadie sepa que tienes la malaria.
A él se le abrió sola la boca. Nunca había soñado que ella tomara tan en serio sus deseos.
—¿Leocultarías esto a tu madre? —preguntó en voz baja.
—Por supuesto. A ti te corresponde decidir si decírselo o no. No a mí. Eso era francamente conmovedor, bastante tierno, incluso.
—Creo que estás loco—añadióella secamente. Bueno, tal vez «tierno» no era la palabra correcta.
—Pero respetaré tus deseos —continuó ella. Se puso las manos en las caderas y lo miró con una expresión que solo se podía definir como fastidio o contrariedad—. ¿Cómo se te podría ocurrir que yo haría otra cosa?
—Notengo idea.
—Francamente, Michael—gruñóella—. No sé qué te pasa.—¿Aire húmedo? —bromeó él.
Ella le dirigió Esa Mirada, con mayúsculas.
—Volveré a casa de mi madre —dijo ella, poniéndose los botines grises—.Si no, puedes estar seguro de que se presentará aquí seguida por todos los miembros del Colegio Real de Médicos.
Él arqueó una ceja.
Volvió a poner la cabeza en la almohada, sonriendo. Él podía ser un paciente fastidioso, pero ella era una enfermera arisca.
Lo cual le iba muy bien.
… es posible que nuestras cartas se hayan cruzado o perdido, pero me parece que lo más probable es que simplemente no deseas escribirme. Eso lo acepto y te deseo todo lo mejor. No volveré a molestarte. Espero que sepas que siempre estoy atento, escuchando, si alguna vez cambias de opinión.
De la carta del conde de Kilmartin a la condesa de Kilmartin, ocho meses después de su llegada a India
No resultaba fácil ocultar su enfermedad. Con la aristocracia no había ningún problema; Michael simplemente rechazaba las invitaciones y Francesca hizo correr la voz de que él deseaba instalarse en su nueva casa antes de ocupar su lugar en la sociedad.
Con los criados era más difícil. Estos hablaban, y muchas veces con los criados de otras casas, por lo tanto Francesca tuvo que procurar que solo los más leales supieran lo que ocurría en la habitación de Michael. Y eso era complicado, puesto que ella no vivía oficialmente en la casa Kilmartin, y solo se vendría a vivir allí cuando llegaran Janet y Helen, lo que ella deseaba fervientemente que fuera pronto.
Pero la parte más difícil para ella, las personas más curiosas y a las que era casi imposible mantener en la ignorancia, eran las de su propia familia.
Francesca puso más mermelada al bollo.—Estoy comiendo, Hyacinth.
Hyacinth se encogió de hombros.
—Yotambién, pero eso no me impide tener una conversación inteligente.—Lavoy a matar —dijo Francesca, a nadie en particular, lo cual era
lógico pues no había nadie más.
—¿Conquién hablas? —preguntó Hyacinth.
—Con Dios. Y creo que tengo el permiso divino para asesinarte.
—Psst. Si eso fuera tan fácil yo habría tenido permiso para eliminar a la mitad de los aristócratas hace años.
Entonces Francesca decidió que no todos los comentarios de Hyacinth necesitaban contestación. En realidad, muy pocos la necesitaban.
—¡Ah, Francesca, estás aquí! —exclamó Violet, interrumpiendo, por suerte, la conversación.
Francesca levantó la vista hacia su madre, que iba entrando en la sala del desayuno, pero antes de que pudiera decir una palabra, Hyacinth dijo:
—Francesca estaba a punto de matarme.
—Ah, pues, mi llegada ha sido muy oportuna —dijo Violet, sentándose a la mesa—. ¿Pensabas ir a la casa Kilmartin esta mañana? —preguntó a Francesca.
—Vivo allí —contestó Francesca, asintiendo.
—Yocreo que vive aquí —terció Hyacinth, mientras se echaba azúcar en el té.
Violet no le hizo caso.
—Creo que te acompañaré.
mucho menos si se trataba de un asunto para el que se podía emplear la expresión «de vida o muerte», sin que se la considerara exagerada.
—Si no está, simplemente regresaré a casa —dijo Violet—. La mermelada, por favor, Hyacinth.
—Yotambién iré —dijo Hyacinth.
Ay, Dios. El cuchillo de Francesca dio un salto por encima de su bollo. Iba a tener que drogar a su hermana. Era la única solución.
—No te importa que yo vaya, ¿verdad? —dijo entonces Hyacinth a Violet.
—¿Notenías planes con Eloise? —preguntó Francesca. Hyacinth lo pensó, pestañeando unas cuantas veces.
—Creo que no.
—¿Noibais a ir de compras? ¿A la sombrerería? Hyacinth estuvo otro momento examinando su memoria.
—No, estoy segura de que no. La semana pasada me compré una papalina. Una preciosa, en realidad. Verde, con una franja crema monísima.—Mirósu tostada, la contempló un momento y luego alargó la mano hacia la mermelada—. Estoy harta de comprar —añadió.
—Ninguna mujer se harta de comprar jamás —dijo Francesca, ya algo desesperada.
—Esta mujer lo está. Además, el conde…—seinterrumpió para mirar a su madre—: ¿Puedo llamarlo Michael?
—Eso tendrás que preguntárselo a él —contestó Violet, tomando un bocado de huevos.
Entonces Hyacinth se volvió hacia Francesca.
—¿Yeso significa que tú también esperas tener ocho hijos?—lepreguntóViolet dulcemente.
—¡No,por Dios! —exclamó Hyacinth, con mucho sentimiento. Y ni ella ni Francesca pudieron evitar reírse.
—Noes educado blasfemar, Hyacinth —dijo Violet, en el mismo tono que empleó para decirle que no cotilleara.
—¿Te parece que vayamos poco después del mediodía? —preguntóViolet a Francesca, una vez pasado el momento de risas.
Francesca miró el reloj. Eso le daría escasamente una hora para poner presentable a Michael. Y su madre había dicho: «vamos», plural. Como si pensara llevar a Hyacinth, que tenía la capacidad de convertir cualquier situación incómoda en una pesadilla.
—Iré enseguida —dijo, levantándose a toda prisa—. A ver si estádisponible.
Su madre también se levantó, sorprendiéndola.—Teacompañaré a la puerta —dijo con firmeza.
—Eh…¿sí?—Sí.
Hyacinth comenzó a levantarse.
—Sola—añadióViolet, sin siquiera mirar a Hyacinth.
Hyacinth volvió a sentarse. Incluso ella tenía la sensatez de no discutir cuando su madre combinaba su sonrisa serena con su tono acerado.
Francesca se hizo a un lado para que su madre saliera primero, y juntas caminaron en silencio hasta el vestíbulo, donde esperó que el lacayo le llevara su chaqueta.
Francesca exhaló un suspiro de irritación.
—Nosoy precisamente una virgen que nunca haya estado casada.—¡Francesca!
Francesca se cruzó de brazos.
—Perdona que hable con tanta franqueza, madre, pero es cierto.
Justo en ese momento llegó el lacayo con la chaqueta de Francesca y la informó de que el coche estaría en la puerta en un momento. Violet esperó a que el lacayo saliera a esperar la llegada del coche, y entonces se giró hacia Francesca y le preguntó:
—¿Cuáles exactamente tu relación con el conde?—¡Madre!
—Noes una pregunta tonta.
—Esla pregunta más tonta, no, la más estúpida que he oído. ¡Michael es mi primo!
—Era primo de tu marido.
—Ymi primo también. Y mi amigo. Santo cielos, de todas las personas…
no me lo puedo ni imaginar… ¡Michael!
Pero la verdad era que sí se lo podía imaginar. La enfermedad de Michael había mantenido todo a raya; había estado tan ocupada cuidándolo y atendiéndolo que se las había arreglado para no pensar en ese estremecedor momento en el parque, cuando lo miró y algo cobró vida en su interior.
Algo que había estado muy segura de que había muerto hacía cuatro años.
Pero oír a su madre hablar del tema… Buen Dios, era humillante. De ninguna manera posible en la Tierra podía sentir atracción por Michael. Eso
Michael estaba disfrutando de un momento de paz y silencio, y no es que le hubiera faltado silencio, pero la malaria no procuraba paz precisamente, cuando irrumpió Francesca por la puerta, con los ojos agrandados de terror y sin aliento.
—Tienes dos opciones —dijo, o más bien resolló.
—¿Solo dos? —preguntó él, aunque no tenía idea de qué hablaba.—Nohagas bromas.
Él se incorporó hasta quedar sentado.
—Francesca —dijo, iniciando la pregunta con mucho cuidado, pues ya sabía por experiencia que hay que proceder con suma cautela cuando una
mujer está nerviosa—, ¿te encuentras…?—Vaa venir mi madre —dijo ella.
—¿Aquí? Ella asintió.
No era una situación ideal, pero tampoco era algo que justificara esa agitación de Francesca.
—¿Aqué? —preguntó amablemente.
—Cree que…—seinterrumpió para recuperar el aliento—. Cree que…Ay, cielos, no te lo vas a creer.
Dado que no procedió a decir nada más, él abrió mucho los ojos y extendió las manos en un gesto de impaciencia, como diciéndole «¿Te importaría continuar?».
acerca de su virilidad.
—¿Cuáles son mis dos opciones? —preguntó. Ella se limitó a mirarlo fijamente.
—Has dicho que tengo dos opciones.
Ella pestañeó, y él la habría encontrado adorablemente desconcertada si no estuviera tan fastidiado con ella como para considerarla merecedora de algo caritativo.
—Nolo recuerdo —dijo ella al fin—. Ay, cielos, ¿qué voy a hacer?—gimió.
—Sentarte podría ser un buen comienzo —dijo él, en un tono lo suficientemente brusco para hacer que ella girara la cabeza haciaél—.Párate a pensar, Frannie. Somos nosotros. Tu madre comprenderá lo tonta que ha sido cuando se tome el tiempo para pensarlo.
—Eso fue lo que le dije —contestó ella, vehemente—. Es decir, por el amor de Dios. ¿Te lo puedes imaginar?
Él podía, en realidad, lo cual siempre había sido un problemita.
—Esalgo inconcebible —masculló ella, paseándose por la habitación—.
Como siyo…—sevolvió e hizo un gesto hacia él, agitando las manos—.
Como sitú…—Sedetuvo, se plantó las manos en las caderas y luego al parecer comprendió que no podía estarse quieta, porque reanudó el paseo—.¿Cómo se le ha podido ocurrir semejante cosa?
—Creo que nunca te había visto tan enfadada —comentó él.
Ella paró en seco y lo miró como si fuera un imbécil. Con dos cabezas. Y tal vez con una cola.
—Deverdad, deberías procurar calmarte —dijo.
—¿Sabes, Francesca? —dijo, con estudiada mansedumbre—, hay muchas
mujeres en Londres que estarían bastante complacidas por estar… ¿cómo has dicho?, liadas en un romance conmigo.
Ella cerró bruscamente la boca, que le había quedado abierta después de laúltima parrafada.
Él arqueó las cejas y volvió a reclinarse en los almohadones.—Algunas lo llamarían privilegio —añadió.
Ella lo miró indignada.
—Algunas mujeres —continuó él, sabiendo muy bien que no debía atormentarla con ese tema—, podrían incluso enzarzarse en un combate a
puñetazos solo por la oportunidadde…
—¡Basta! Cielo santo, Michael, esa visión tan inflada de tus proezas no es atractiva.
—Mehan dicho que es merecida —repuso él, con una lánguida sonrisa. Ella se puso muy roja.
Y él disfrutó bastante viéndola así. Podía amarla, pero detestaba lo que ella le hacía, y no tenía el corazón tan magnánimo como para no sentir un poco de satisfacción al verla tan atormentada.
Al fin y al cabo, eso solo era una fracción de lo que él sentía día tras día.—Notengo el menor deseo de saber nada sobre tus proezas amorosas—
dijo ella secamente.
—Es curioso, solías preguntarme acerca de ellas todo el tiempo. —Guardó silencio, observando cómo se encogía—. ¿Cómo era lo que me pedías siempre?
—No…
—Pero tienes un aspecto horrible.
—Yasabía yo que tenía un motivo para quererte tanto —dijo él, irónico—.Estando contigo no hace falta preocuparse por caer en el pecado de la vanidad.
—Michael, ponte serio.
—Lamentablemente, lo estoy. Ella lo miró enfurruñada.
—Ahora puedo levantarme solo, y exponerte a partes de mi cuerpo que me imagino preferirías no ver, o puedes marcharte y esperar mi gloriosa presencia abajo.
Ella salió corriendo.
Y eso lo dejó perplejo. La Francesca que conocía no huía de nada.
Ni tampoco se habría marchado sin hacer por lo menos el intento de decir la última palabra.
Pero lo que más le costaba creer era que lo hubiera dejado salir impune de haberse calificado de glorioso.
Al final Francesca no tuvo que soportar la visita de su madre. No habían pasado veinte minutos de su salida del dormitorio de Michael cuando llegóuna nota de Violet informándola de que Colin acababa de llegar a Londres, de regreso de su viaje de meses por el Mediterráneo, y tendría que dejar la visita para después. Y esa misma tarde, tal y como había predicho ella el día que comenzó el ataque de Michael, llegaron Janet y Helen, lo cual eliminó la
Además, a diferencia de Francesca, aceptaron con más facilidad, no, en realidad, exigieron, que se guardara en secreto la enfermedad. Era casi imposible imaginarse que las damitas solteras de Londres no consideraran un excelente partido a un conde rico y guapo, pero la malaria nunca ha sido un factor favorable para un hombre que busca esposa.
Y si había algo que Janet y Helen estaban resueltas a conseguir, antes de que terminara el año, era ver a Michael delante de una iglesia y su anillo firmemente puesto en el dedo de una nueva condesa.
Francesca se sentía muy aliviada por poder simplemente sentarse a escuchar cómo las madres arreglaban todo para que se casara. Por lo menos eso les desviaba la atención de ella. No sabía cómo reaccionarían ante sus propios planes de matrimonio; sí, se imaginaba que se sentirían felices por ella, pero lo último que necesitaba era otras dos madres casamenteras intentando emparejarla con todos los pobres y patéticos solteros que pululaban en el mercado del matrimonio.
Cielo santo, ya tendría bastante con soportar a su propia madre, la que seguro no iba a lograr resistir la tentación de entrometerse una vez que ella dejara clara su intención de encontrar marido ese año.
Así las cosas, Francesca se mudó nuevamente a la casa Kilmartin y los Stirling formaron allí un pequeño grupo familiar, puesto que Michael seguía declinando todas las invitaciones, prometiendo salir a sus actividades sociales una vez que estuviera bien instalado y organizado en su casa después de su tan larga ausencia. Las tres damas salían de tanto en tanto a eventos sociales, y aunque Francesca ya suponía que le harían preguntas acerca del nuevo
día estaba demacrado y pálido y al siguiente ya era el hombre sano y vigoroso, paseándose por la casa impaciente por salir a la luz del sol.
—Laquinina —explicó Michael cuando ella le comentó ese cambio de apariencia durante el desayuno—. Tomaría esa porquería seis veces al día si no tuviera ese sabor tan condenadamente horroroso.
—Cuida tu lenguaje, Michael, por favor —musitó su madre, enterrando el tenedor en una salchicha.
—¿Hasprobado la quinina, madre?—No, claro que no.
—Pruébala, y entonces veremos cómo cuidas tu lenguaje. Francesca se rio cubriéndose la boca con la servilleta.
—Yola probé —declaró Janet. Todos los ojos se volvieron a ella.—¿Sí?—preguntó Francesca.
Ni siquiera ella se había atrevido a probarla; el solo olor la inducía a mantener el frasco firmemente tapado con su corcho todo el tiempo.
—Ah, pues sí —contestó Janet—. Tenía curiosidad. Es realmente asquerosa —dijo a Helen.
—¿Peor que ese horrendo brebaje que nos hizo beber la cocinera el año
pasado parael…el…? —hizo un gesto a Janet que quería decir «sabes a quéme refiero».
—Mucho peor —contestó Janet.
—¿Ladiluiste? —preguntó Francesca.
Había que diluir el polvo en agua destilada, pero ella suponía que Janet simplemente se había puesto un poquito en la lengua.
Al fin y al cabo el gin no se consideraba un licor apropiado para la clase alta, y mucho menos para mujeres.
—Una o dos veces —contestó Janet.
—Yyo que creía que lo sabía todo de ti —musitó Francesca.—Tengo mis secretos —repuso Janet, con aire satisfecho.
—Esta es una conversación muy rara para el desayuno —comentó Helen.—Muy cierto —convino Janet. Se volvió a mirar a su sobrino—. Michael,
estoy muy contenta de verte en pie, activo y con un aspecto tan bueno y saludable.
Él inclinó la cabeza, agradeciéndole el cumplido.
Ella se limpió delicadamente las comisuras de la boca con la servilleta.—Pero ahora debes atender tus responsabilidades de conde.
Él emitió un gemido.
—Note irrites tanto. Nadie te va a colgar por los pulgares. Lo único que iba a decir es que debes ir al sastre para que te haga ropa apropiada para la noche.
—¿Estássegura de que no puedo donar mis pulgares mejor?
—Son muy bonitos tus pulgares —contestó Janet—, pero creo que servirán mejor a toda la humanidad adheridos a tus manos.
Michael le sostuvo firmemente la mirada.
—Veamos. En mi programa para hoy, que es el primer día que estoy fuera de la cama, podría añadir, tengo una reunión con el primer ministro para hablar del asunto de mi escaño en el Parlamento, una reunión con el abogado de la familia para hablar del estado de nuestras finanzas, y una entrevista con el administrador de nuestra propiedad principal, que, según me han dicho, ha
—Sime disculpáis, señoras —dijo, dejando en la mesa su servilleta—, creo que hemos establecido que me espera un día muy ocupado.
Pero aún no se había levantado de la silla cuando Janet dijo, tranquilamente:
—¿Michael? El sastre.Él se quedó inmóvil.
Janet le sonrió dulcemente.
—Mañana sería perfectamente aceptable. Francesca creyó oírlo rechinando los dientes. Janet se limitó a ladear ligeramente la cabeza.
—Necesitas trajes de noche. No soñarás, supongo, con perderte el baile de celebración del cumpleaños de lady Bridgerton.
Francesca se apresuró a llevarse a la boca un tenedor con huevos revueltos para que él no viera su sonrisa. Janet era tremendamente astuta para manipular. La fiesta de cumpleaños de su madre era el único evento social al que Michael se sentiría obligado a asistir. Cualquier otra invitación la habría declinado sin importarle nada.
¿Pero declinar una invitación de Violet? No, eso nunca.
—¿Cuándo es? —suspiró él.
—Elonce de abril —contestó Francesca amablemente—. Asistirá todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—Todos los Bridgerton.
A él se le alegró visiblemente la expresión.
—Ah, sí —mascullóél—,no sea que olvidemos la verdadera finalidad de mi vida.
—Noes una finalidad tan terrible —dijo Francesca, sin poder resistir esa pequeña oportunidad de provocarlo.
—¿Ah,no? —preguntó él, volviendo la cabeza hacia ella.
Clavó la mirada en sus ojos con una fijeza sorprendente, produciéndole la muy desagradable sensación de que tal vez no debería haberlo provocado.
—Pues…no —dijo, puesto que ya no podía retractarse.
—¿Ycuáles son tus finalidades?—lepreguntó él, dulcemente.
Por el rabillo del ojo, Francesca vio que Janet y Helen los estaban
observando y oyendo con ávida atención, sin disimular su curiosidad.
—Ah, esto y aquello —dijo, agitando alegremente la mano—. Por el momento, simplemente terminar mi desayuno. Está delicioso, ¿no te parece?
—¿Huevos revueltos con guarnición de madres entrometidas?
—Noolvides mencionar a tu prima —dijo ella, dándose una patada bajo la mesa tan pronto como salieron esas palabras de su boca.
Todo en la actitud de él le gritaba que no lo provocara, pero simplemente no podía evitarlo.
Había pocas cosas en el mundo que disfrutara más que provocar a Michael Stirling, y esos momentos eran tan deliciosos que era incapaz de resistirlos.
—¿Y cómo piensas pasar la temporada? —le preguntó él, ladeando ligeramente la cabeza y con una odiosa expresión de paciencia.
—Meimagino que comenzaré por ir a la fiesta de cumpleaños de mi madre.
Michael había cambiado.
En realidad, no era que hubiera sido irresponsable antes. Simplemente no tenía ninguna responsabilidad. Y la verdad era que nunca se le había ocurrido pensar cómo las cumpliría cuando volviera a Inglaterra.
—Michael —dijo, y su voz le atrajo inmediatamente la atención aél—, buena suerte con lord Liverpool.
Él captó su mirada y ella vio relampaguear algo en sus ojos. Una insinuación de aprecio, o incluso de gratitud.
O tal vez no era algo tan preciso. Tal vez era simplemente un momento de entendimiento sin palabras.
El tipo de entendimiento que había tenido con John.
Tragó saliva, incómoda, ante esa repentina comprensión. Agarró la taza de té y se la llevó a los labios con un movimiento lento, controlado, como si pudiera extender el dominio de su cuerpo a su mente.
¿Qué acababa de ocurrir?
Él era simplemente Michael, ¿no?
Solo su amigo, solo su confidente de mucho tiempo.¿No era eso solamente?
¿No?
... - -... -..... - -
Solamente rayitas y puntos que quedaron marcados en el papel con los golpeteos de la pluma de la condesa de Kilmartin, dos semanas después de recibir la tercera carta del conde de Kilmartin.
—¿Estáaquí?—No.
—¿Estássegura?
—Totalmente segura.—¿Pero vendrá?
—Dijo que vendría.
—Ah, ¿pero a qué hora va a venir?—Eso no lo sé.
—¿No?—No.
—Ah, muy bien. Bueno… ¡Ah, mira! Ahí veo a mi hija. Encantada de verte, Francesca.
Francesca puso los ojos en blanco, gesto de afectación que no hacía nunca, a no ser que fuera una circunstancia tan molesta que lo exigiera, y se quedó mirando alejarse a la señora Featherington, una de las peores cotillas de la alta sociedad, en dirección a su hija Felicity, que estaba charlando
interés sin siquiera haber hecho acto de presencia.—¡Lady Kilmartin!
Levantó la vista. La condesa de Danbury venía caminando hacia ella. Nunca una anciana más arisca y franca que ella había honrado con su presencia los salones de baile de Londres, pero a Francesca le caía bastante bien, de modo que le sonrió cuando se iba acercando, observando de paso que los invitados junto a los cuales pasaba se alejaban precipitadamente.
—Lady Danbury—lasaludó—, cuánto me alegra verla aquí esta noche.¿Lo está pasando bien?
Lady Danbury golpeó el suelo con su bastón sin ningún motivo aparente.—Loestaría pasando muchísimo mejor si alguien me dijera qué edad
tiene tu madre.
—Ah, yo no me atrevería.
—Psst. ¿A qué viene tanto secreto? No es que sea mayor que yo.
—¿Yqué edad tiene usted?—lepreguntó, en un tono tan dulce como astuta era su sonrisa.
Lady Danbury arrugó la cara en una sonrisa.
—Je, je, eres muy lista, ¿eh? No creas que voy a decírtelo.
—Entonces comprenderá que yo tenga esa misma lealtad hacia mi madre.—Ejem, ejem—gruñólady Danbury, golpeando nuevamente el suelo con
el bastón, para enfatizar sus palabras—. ¿Para qué dar una fiesta de cumpleaños si nadie sabe qué se celebra?
—¿Elmilagro de la vida y la longevidad? Lady Danbury emitió un bufido, y preguntó:
—¿Ydónde está ese nuevo conde tuyo?
—Era el amigo más íntimo y confidente de mi marido —añadió, intencionadamente—. Eran como hermanos.
Lady Danbury pareció decepcionada por esa sosa descripción de su relación con Michael, pero simplemente frunció los labios y miró a su alrededor.
—Esta fiesta necesita animación —masculló, volviendo a golpear el suelo con el bastón.
—Procure no decirle eso a mi madre—ledijo Francesca.
Violet se había pasado semanas organizando esa fiesta, y de verdad nadie podría encontrarle un defecto. La iluminación era suave y romántica, la música, perfección pura, e incluso la comida era buena, una hazaña nada pequeña en un baile de Londres. Ella ya se había comido dos de los deliciosos pastelillos con crema y chocolate, y había estado ideando la manera de volver disimuladamente a la mesa de refrescos a buscar otro sin parecer una absoluta glotona.
Pero claro, en el camino la habían detenido señoras para interrogarla.
—Ah, eso no es culpa de tu madre —dijo lady Danbury—. Ella no es la culpable de la sobreabundancia de aburridos en nuestra sociedad. Buen Dios,
os parió y crio a los ocho, y no hay ningún idiota entre vosotros.—Lamiróseria—. Eso es un cumplido, por cierto.
—Meha conmovido.
Lady Danbury cerró la boca y apretó los labios formando una línea terriblemente seria.
—Voy a tener que hacer algo —dijo.—¿Respecto a qué?
a Francesca, sorbiendo por la nariz en un gesto desdeñoso—. Como si yo fuera a hacer algo para herir los sentimientos de tu querida mamá.
Eso no tranquilizó mucho a Francesca.
—Bueno, haga lo que haga, por favor tenga cuidado.
—Francesca Stirling —dijo lady Danbury, sonriendo irónica—, ¿estás preocupada por mí?
—Por usted no tengo la menor preocupación —replicó Francesca, descaradamente—, es por el resto de nosotros que tiemblo.
Lady Danbury emitió un cacareo de risa.
—Bien dicho, lady Kilmartin. Creo que te mereces un descanso. De mí—añadió, por si Francesca no lo había captado.
—Usted es mi descanso —masculló Francesca.
Pero lady Danbury estaba contemplando la muchedumbre y fue evidente que no la oyó, porque dijo en tono resuelto:
—Creo que voy a ir a fastidiar a tu hermano.
—¿Acuál? —preguntó Francesca, aunque sin preocuparse, puesto que cualquiera de ellos se merecía un poquitín de tortura.
—Aese. —Apuntó hacia Colin—. ¿No acaba de volver de Grecia?—DeChipre, en realidad.
—Grecia, Chipre, todo es lo mismo para mí.—Para ellos no, me imagino.
—¿Para quiénes? ¿Para los griegos, quieres decir?—Opara los chipriotas.
—Psst. Bueno, si uno de ellos decide presentarse aquí esta noche, puede sentirse libre para explicar las diferencias. Mientras tanto yo me revolcaré en
tenía que circular y hacer saber que estaba en el mercado en busca de otro marido.
Aunque lo más seguro era que a nadie le importara si ella buscaba o no marido mientras no apareciera Michael. Podría anunciar que pensaba marcharse a África para adoptar el canibalismo, y lo único que le preguntarían sería: «¿La va a acompañar el conde?».
—¡Buenas noches! —dijo al llegar al pequeño grupo.
Todas eran de la familia. Eloise estaba charlando con sus dos cuñadas:
Kate y Sophie.
—Ah, hola, Francesca —saludó Eloise—. ¿Dónde está…?—Noempieces.
—¿Quéte pasa? —preguntó Sophie, mirándola preocupada.
—Siuna sola persona más me pregunta por Michael, juro que me va a explotar la cabeza.
—Eso cambiaría el tenor de la fiesta, sin duda —comentó Kate.
—Yno digamos el trabajo del personal para limpiar—añadióSophie. Francesca gruñó.
—Bueno, ¿dónde está? —preguntó Eloise—. Y no me mires comosi…—¿Fuera a matar a tu gato?
—Notengo gato. ¿De qué demonios hablas? Francesca exhaló un suspiro.
—Nolo sé. Dijo que vendría.
—Si es listo, es probable que esté escondido en el vestíbulo —dijo Sophie.
—¿Hasblasfemado? —comentó Sophie, pestañeando sorprendida. Francesca volvió a suspirar.
—Parece que lo hago mucho últimamente. Sophie la miró afectuosa y de pronto exclamó:
—¡Llevas un vestido azul!
Francesca se miró el vestido de noche nuevo. En realidad se sentía muy complacida por llevarlo, aun cuando nadie se había fijado en él, aparte de Sophie. Ese matiz de azul era uno de sus favoritos, oscuro pero sin llegar a azul marino. El vestido era elegantemente sencillo, con el escote ribeteado por una delgada franja de seda azul más claro. Se sentía como una princesa, o si no como una princesa, al menos no como una viuda intocable.
—¿Hasdejado el luto, entonces? —preguntó Sophie.
—Bueno, ya hace unos años que me quité el luto —balbuceó Francesca. Ahora que por fin se había despojado de los vestidos grises y lavanda, se
sentía tonta por haberse aferrado a ellos tanto tiempo.
—Sabíamos que estabas recuperada —dijo Sophie—, pero seguías usando
colores de medio lutoy…bueno, no tiene importancia. Simplemente estoy encantada de verte vestida de azul.
—¿Significa eso que vas a considerar la posibilidad de volverte a casar?—preguntó Kate—. Han pasado cuatro años.
Francesca no pudo evitar un mal gesto. Típico de Kate ir directamente al grano. Pero si quería tener éxito en sus planes no debía tenerlos en secreto eternamente, así que se limitó a contestar:
—Sí.
—Bueno, Benedict lo notaría —observó Sophie lealmente.
—Sí,claro, pero él es tu marido y, además, es pintor. Está formado para
notar esas cosas. Pero la mayoría de los hombres…—seinterrumpió, al parecer irritada por el giro que había tomado la conversación—. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?
—Por supuesto —contestó Francesca.
—Larealidad —continuó Kate— es que la mayor parte de la humanidad tiene más pelo que sesos. Si quieres que la gente se dé cuenta de que estás en el mercado del matrimonio, tienes que dejarlo muy claro. O mejor dicho, nosotras debemos dejarlo muy claro.
Francesca tuvo unas horribles visiones, imaginándose a sus parientas persiguiendo a hombres hasta que los pobres salían corriendo en busca de una puerta.
—¿Quées exactamente lo que quieres hacer? —preguntó.—Vamos, por el amor de Dios, no vomites la cena.
—¡Kate! —exclamó Sophie.
—Bueno, tienes que reconocer que parecía a punto de vomitar. Sophie puso los ojos en blanco.
—Bueno, sí, pero no tenías por qué comentarlo.
—Amí me encantó el comentario —terció Eloise amablemente.
Francesca le arrojó un dardo con la mirada, sentía la necesidad de mirar mal a alguien, y siempre era más fácil hacerlo con una hermana.
—Seremos unas maestras del tacto y la discreción —dijo Kate.—Fíate de nosotras—añadióEloise.
—Bueno, está claro que no os lo puedo impedir —dijo Francesca.
mantenido animada era la promesa de un dulce.
—Anímate, Frannie —dijo Eloise, levantando un poco el mentón y mirando a su alrededor—. Veo a Michael.
Y pues sí, ahí estaba, al otro lado del salón, pecaminosamente elegante con su traje negro de gala. Estaba rodeado de mujeres, lo que no sorprendióen absoluto a Francesca. La mitad eran del tipo interesado en conquistarlo para marido, ya fuera para ellas o para sus hijas.
La otra mitad, observó, eran jóvenes y casadas, y estaba claro que lo que les interesaba era otra cosa totalmente diferente.
—Había olvidado lo guapo que es —musitó Kate. Francesca la miró indignada.
—Estámuy bronceado—añadióSophie.
—Estuvo en India —dijo Francesca—. Claro que está bronceado.—Parece que estás de mal genio esta noche —terció Eloise.
Francesca se apresuró a arreglar la expresión de su cara, con su máscara de impasible indiferencia.
—Simplemente estoy harta de que me pregunten por él. Él no es mi tema favorito de conversación.
—¿Habéis reñido?—lepreguntó Sophie.
—Noo, no —contestó Francesca, comprendiendo tardíamente que había dado una impresión errónea—. Pero no he hecho otra cosa que hablar de él toda la noche. En estos momentos estaría encantada de comentar el tiempo.
—Mmmm.—Sí.
—Ah, sí, claro.
—¿Yeso por qué?
Eso lo preguntó Sophie, pero Francesca observó que Eloise estaba muy interesada en la respuesta.
—Porque es un libertino terrible —dijo.
—Escurioso —musitó Eloise—. Te pusiste furiosa cuando Hyacinth dijo eso mismo hace dos semanas.
Típico de Eloise recordarlo tooodo.
—Hyacinth no sabía de qué hablaba. Nunca lo sabe. Además, estábamos hablando de su puntualidad, no de lo conveniente que es casarse con él.
—¿Yqué lo hace tan inconveniente? —preguntó Eloise.
Francesca miró muy seria a su hermana mayor. Eloise estaba loca de remate si creía que debía intentar conquistar a Michael.
—¿Ybien?
—Nopodría serle fiel a una mujer —explicó—, y dudo que estuvieras dispuesta a aceptar infidelidades.
—No, a menos que él esté dispuesto a aceptar graves lesiones corporales. Las cuatro damas se quedaron calladas y continuaron su desvergonzada
contemplación de Michael y sus acompañantes. Él se inclinó a decirle algo al
oído a una de las damas, y dicha dama se ruborizó y se rio disimuladamente cubriéndose la boca con una mano.
—Esun seductor —dijo Kate.
—Tiene un cierto aire —confirmó Sophie—. Esas mujeres no tienen la menor posibilidad.
Entonces él le sonrió a una de sus acompañantes, con una sonrisa perezosa, encantadora, que hizo suspirar incluso a las mujeres Bridgerton.
obediencia —masculló Eloise—, y ni siquiera estoy segura de eso.
—Sea como sea —dijo Francesca, no dispuesta a concederle el punto a Eloise—, mi finalidad aquí es encontrar un marido, así que no veo cómo me beneficiaría ponerme a bailar alrededor de Michael.
—Yyo que creía que estabas aquí para desear un feliz cumpleaños a nuestra madre.
Francesca la miró furiosa. Ella y Eloise eran las más cercanas en edad de todos los hermanos Bridgerton, se llevaban exactamente un año. Ella daría su vida por Eloise, lógicamente, y no había en el mundo ninguna mujer que supiera más de sus secretos y pensamientos que su hermana, pero la mitad del tiempo podría estrangularla alegremente.
Incluido ese momento. Especialmente en ese momento.
—Eloise tiene razón —dijo Sophie entonces—. Deberías ir a saludar a Michael. Eso es lo educado y cortés, teniendo en cuenta su larga estancia en el extranjero.
—Hemos estado viviendo en la misma casa más de una semana —replicóFrancesca—. Ya nos hemos dicho mucho más que saludos.
—Sí, pero no en público —insistió Sophie—, y no en la casa de tu familia. Si no vas a hablar con él, todos lo comentarán mañana. Pensarán que hay enemistad entre vosotros. O peor aún, que no lo aceptas como el nuevo conde.
—Pero claro que lo acepto. Y aun en el caso de que no lo aceptara, ¿quéimportaría? No había ninguna duda en la línea de sucesión.
—Debes demostrarle a todo el mundo que lo tienes en alta estima —dijo Sophie. Entonces la miró interrogante—. A no ser que no lo tengas, claro.
Libertino, el hombre ocioso que mantenía su posición en la sociedad gracias a su ingenio y encanto.
Ahora él era conde y ella era viuda, y de pronto se sentía pequeña e impotente.
Él no tenía la culpa, lógicamente. Eso lo sabía, lo sabía tan bien como…bueno, tan bien como sabía que él sería un horroroso marido de alguien algún día. Pero en esos momentos, saber eso no le servía de mucho para aplacar del todo su ira, estando él con esa bandada de mujeres alrededor riendo como jovencitas tontas.
—Francesca, ¿quieres que te acompañe una de nosotras?—lepreguntóSophie.
—¿Qué? Ah, no, no, no es necesario —contestó ella, enderezándose, avergonzada de que sus hermanas la hubieran sorprendido en la luna—. Soy capaz de ocuparme de Michael —dijo firmemente.
Avanzó dos pasos en su dirección y se volvió hacia las otras tres.—Después de ocuparme de mí misma —dijo.
Acto seguido se dio media vuelta y se dirigió a la sala de aseo y tocador de señoras. Si tenía que sonreír y ser educada en medio de las bobas que rodeaban a Michael, le iría bien hacerlo sin estar saltando de un pie a otro.
Pero alcanzó a oír a Eloise decir en voz baja: «Cobarde».
Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no girarse y pinchar a su hermana con una réplica mordaz.
Bueno, además de que temía que Eloise tuviera razón.
Y la humillaba pensar que podría haberse convertido en una cobarde por Michael, justamente.
…me ha escrito Michael, tres veces en realidad. Todavía no le he contestado. Te sentirías decepcionado de mí, estoy
segura. Pero no puedo…
De una carta de la condesa de Kilmartin a su difunto marido, diez meses después de la marcha de Michael a India, arrugada y tirada al fuego después de mascullar:
«Esto es una locura».
Michael había visto a Francesca en el mismo instante en que entró en el salón de baile; estaba en el otro extremo de la sala charlando con sus hermanas, y llevaba un vestido azul y un peinado nuevo.
Y también la vio en el instante en que salió por la puerta del lado noroeste, y supuso que iba a la sala de aseo y tocador de señoras, porque sabía que estaba en ese pasillo.
Lo peor de todo era que estaba seguro de que también sabría el momento en el que regresaría al salón, aun cuando estaba conversando con unas doce damas, todas ellas convencidas de que él tenía toda su atención en ellas.
Era como una enfermedad en él, un sexto sentido. No podía estar en la misma sala o habitación con Francesca sin saber dónde estaba. Eso le ocurría desde el momento en que se conocieron, y lo único que se lo hacía soportable era que ella no tenía ni idea.
igual que siempre. La fiesta de lady Bridgerton era tal como se la había imaginado, aunque tenía que reconocer que le asombraba un poco la inmensa curiosidad que había despertado su reaparición en Londres. Al parecer, el Alegre Libertino se había transformado en el Gallardo Conde, y antes del primer cuarto de hora de su llegada ya lo habían abordado nada menos que
ocho, no nueve (no debía olvidar a la propia lady Bridgerton) señoras de la alta sociedad, impacientes por conquistar su favor y, lógicamente, presentarle a sus hermosas hijas solteras y sin compromiso.
No sabía si eso era divertido o un infierno.
Divertido, decidió, por el momento al menos. La siguiente semana no dudaba en que le parecería un infierno.
Después de otros quince minutos de presentaciones y más presentaciones, y una proposición ligeramente velada (afortunadamente de una viuda y no de una de las debutantes ni de sus madres), declaró su intención de ir a buscar a su anfitriona, y presentó sus disculpas al grupo.
Y entonces ahí estaba ella. Francesca. Él estaba a medio salón de distancia, lo que significaba que tendría que abrirse paso por en medio de la multitud si deseaba hablar con ella. Estaba pasmosamente bella con su vestido azul oscuro, y cayó en la cuenta de que con todo lo que ella había hablado de comprarse un guardarropa nuevo, esa era la primera vez que la veía vestida con un color que no era de medio luto.
Entonces lo golpeó la comprensión, otra vez. Ella se había quitado el luto. Volvería a casarse. Reiría, coquetearía, vestiría de azul y encontraría un marido.
Eso no tenía por qué sorprenderle, pero le sorprendió. Cada vez que pensaba que lo sabía todo de ella, que sin querer había memorizado todos sus detalles, algo vibraba y cambiaba dentro de ella, y él sentía que todo comenzaba de nuevo.
Nunca escaparía de esa mujer. Jamás escaparía de ella, y jamás podría tenerla. Aunque ya no estaba John, eso era imposible, sencillamente incorrecto. Era muchísimo lo que había que tener en cuenta. Habían ocurrido demasiadas cosas, y él no podría jamás quitarse la sensación de que en cierto modo la había robado.
Peor aún, que había deseado que ocurriera; que había deseado que muriera John y le dejara libre el camino, que había deseado el título, a Francesca y todo lo demás.
Fue avanzando, avanzando, y se encontró con ella a medio camino.
—Francesca —dijo, con su tono más tranquilo y agradable—, qué alegría verte.
—Yla mía al verte a ti —contestó ella.
Entonces sonrió, pero fue como si estuviera divertida, y él tuvo la inesperada sensación de que se burlaba de él; sin embargo, no ganaría nada con echárselo en cara; solo le demostraría lo sintonizado que estaba con todas sus expresiones. Por lo tanto, se limitó a preguntarle:
—¿Loestás pasando bien?—Por supuesto. ¿Y tú?
—Por supuesto.
Ella arqueó una ceja.
—¿Incluso en tu actual estado de soledad?
que le doliera le dolía aún más.
Ella le escrutó la cara, con tanta atención que él sintió deseos de retorcerse de incomodidad, y de pronto sonrió.
—Note gusta —dijo al fin, casi sin aliento al comprender eso—. Ay, cielos, no te gusta.
Daba la impresión de que hubiera recibido una revelación de proporciones bíblicas, pero al ser todo a expensas de él, lo único que pudo hacer fue fruncir el ceño.
Entonces ella se echó a reír, lo cual lo empeoró todo.
—Ah, caramba —dijo, poniéndose la mano en el vientre, atacada de risa—.Te sientes como un zorro en una cacería, y no te gusta nada. Vamos, esto
es sencillamente demasiado. Después de todas las mujeres que has cazado…Lo entendía todo del revés, lógicamente. A él no le importaba de ninguna
manera que a las señoras de la alta sociedad les hubiera dado por llamarlo el mejor partido de la temporada y lo persiguieran por eso. Ese era justamente el tipo de cosas que le resultaba fácil considerar con humor.
No le importaba que lo llamaran el Alegre Libertino. No le importaba que lo creyeran un despreciable seductor.
Pero cuando Francesca decía eso…Era como si le arrojara ácido.
Y lo peor era que solo podía culparse a sí mismo. Había cultivado esa reputación durante años, había pasado horas y horas tentando y coqueteando, asegurándose de que Francesca lo viera, para que nunca adivinara la verdad.
Y tal vez lo había hecho por sí mismo también, porque si era el Alegre Libertino, al menos era algo. La alternativa era no ser otra cosa que un tonto
un libertino total, pero yo te conozco mejor.
Él casi se rio. Ella creía que lo conocía muy bien, pero no sabía nada de nada. Jamás sabría toda la verdad.
—¿Ah,sí? —dijo.
—Hace cuatro años tenías tus normas —continuó ella—. Jamás seducías a nadie que fuera a quedar irreparablemente dañada por tus actos.
—¿Yqué te hace pensar que voy a comenzar ahora?
—Ah, no creo que vayas a hacer nada de eso a propósito, pero antes nunca te relacionabas con jovencitas que desearan casarse. No existía ni siquiera la posibilidad de que fueras a cometer un desliz y deshonrar por casualidad a una de ellas.
La vaga irritación que había estado hirviendo en él a fuego suave, comenzó a bullir con fuerza.
—¿Quiéncrees que soy, Francesca?—lepreguntó, con todo el cuerpo tenso por algo que no lograba comprender del todo. Detestaba que ella pensara eso de él; lo detestaba.
—Michael…
—¿Deveras me crees tan estúpido como para arruinar la reputación de una jovencita «por casualidad»?
Ella entreabrió los labios y se estremeció ligeramente.
—Noestúpido, Michael, claro que no. Pero…—Insensible, entonces —dijo él, entre dientes.
—No, eso tampoco. Simplemente pienso…
—¿Qué,Francesca? —preguntó él, implacable—. ¿Qué piensas de mí?
creía que no diría nada más, ella susurró:
—Porque no seré capaz de impedírmelo.
Pasaron varios segundos, y continuaron ahí, los dos dando la espalda a la pared, con todo el aspecto de estar simplemente contemplando la fiesta. Finalmente Francesca rompió el silencio:
—Deberías bailar —dijo.Él se giró a mirarla.
—¿Contigo?
—Sí,una vez por lo menos. Pero también deberías bailar con alguna joven atractiva, con una con la que podrías casarte.
Con alguien con quien podría casarse, pensó él. Cualquiera, menos ella.
—Eso indicaría a la sociedad que por lo menos estás receptivo a la posibilidad de matrimonio —continuó ella. Al ver que él no hacía ningún comentario, añadió—: ¿No lo estás?
—¿Receptivo a la idea de matrimonio?—Sí.
—Sitú lo dices —dijo él, en tono bastante frívolo.
Tenía que ser arrogante, desdeñoso; esa era la única manera de ocultar la amargura que se había apoderado de él.
—Felicity Featherington —dijo Francesca, haciendo un gesto hacia una joven muy bonita que estaba a unos diez metros—. Sería una excelente elección. Es muy sensata. No se enamoraría de ti.
Él la miró sardónico.
—Nopermita Dios que yo encuentre el amor. Ella abrió la boca y agrandó los ojos.
una Featherington.
—Michael, ¿qué te pasa? ¿Qué dije?—Nada. Absolutamente nada.
—Noseas así.
Cuando se volvió hacia ella sintió cómo algo recorría su cuerpo, una especie de insensibilidad que puso su antigua máscara en la cara, le permitiósonreírle tranquilamente y mirarla con su legendaria mirada de párpados entornados. Volvía a ser el libertino, tal vez no muy alegre, pero sí el seductor cortés de los pies a la cabeza.
—¿Así cómo? —le preguntó, esbozando una sonrisa de inocencia y condescendencia combinadas—. Voy a hacer justamente lo que me has pedido. ¿No me dijiste que bailara con una Featherington? Voy a cumplir tusórdenes al pie de la letra.
—Estás enfadado conmigo.
—No, no, claro que no —dijo él, pero los dos sabían que su voz sonódemasiado simpática, demasiado amable—. Simplemente he aceptado que tú, Francesca, sabes más que yo. He estado escuchando a mi mente y a mi conciencia todo este tiempo, ¿y para qué? Sabe Dios dónde estaría si te hubiera hecho caso hace años.
Ella exhaló un suave suspiro y retrocedió.—Tengo que irme —dijo.
—Vete, entonces.
Ella levantó un tanto el mentón.—Hay muchos hombres aquí.—Muchísimos.
Al día siguiente Francesca se sentía francamente fatal. Y peor aún, no lograba acallar un sentimiento de culpa muy molesto, aun cuando había sido Michael quien le había hablado de manera insultante la pasada noche.
Porque a ver, de verdad, ¿qué dijo ella para provocar una reacción tan cruel en él? ¿Y qué derecho tenía él para portarse tan mal con ella? Lo único que había hecho ella había sido expresarle su alegría por la posibilidad de queél deseara un matrimonio verdadero, por amor, en lugar de dedicar la vida a frívolas seducciones.
Pero al parecer, se había equivocado. Michael se pasó toda la noche, antes y después de la conversación entre ellos, hechizando a todas las mujeres de la fiesta. Hasta el punto en que ella creyó que se iba a enfermar.
Pero lo peor de todo fue que no logró impedirse contar sus conquistas, tal como predijera. «Una, dos tres», musitó cuando lo vio hechizando a un trío de hermanas con su sonrisa. «Cuatro, cinco, seis», continuó, cuando él pasó a dos viudas y una condesa. Fue repugnante, y se sentía fastidiada consigo misma por haber estado tan obsesionada por eso.
Y de vez en cuando él la miraba a ella. Simplemente la miraba, con esa mirada burlona, con los párpados entornados, y ella no podía dejar de pensar que él sabía lo que estaba haciendo, que pasaba de una mujer a otra y a otra solo para que ella pudiera seguir contando hasta llegar a la siguiente decena o más.
¿Por qué le dijo que las iba a contar? ¿Cómo se le ocurrió decirle eso? ¿En qué estaba pensando?
Michael entrara en el salón. Tendría que soportar infinitas preguntas, ciertas
insinuacionesy…
—¡Santo cielo!—Paróen seco y miró el salón sin poder dar crédito a sus
ojos—. ¿Qué es esto?
Flores. Flores por todas partes.
Era su pesadilla hecha realidad. ¿Es que alguien había cambiado las reglas de la sociedad y olvidado decírselo?
Violetas, lirios, margaritas, tulipanes importados, orquídeas de invernadero. Y rosas. Rosas por todas partes. De todos los colores. El olor era casi abrumador.
—¡Priestley! —llamó, al ver a su mayordomo poniendo sobre una mesa un florero alto con bocas de león—. ¿Qué son todas estas flores?
Él hizo un último arreglo al florero, girando un tallo para que la flor no quedara hacia la pared y se volvió a mirarla.
—Son para usted, milady.—¿Para mí?
—Sí.¿Quiere leer las tarjetas? Las he dejado en los ramos, para que vea quiénes se los envían.
—Ah.
No se le ocurrió qué decir. Se sentía como una idiota, con una mano sobre la boca abierta, moviendo la cabeza de un lado a otro, mirando todas las flores.
—Siquiere —continuó Priestley—, podría sacar cada tarjeta y anotar atrás de qué ramo la saqué. Así podría leerlas todas de una vez.—Alver que
La mujer de lord Chester había muerto hacía dos años. Todo el mundo sabía que él andaba buscando otra esposa.
Casi incapaz de contener la extraña sensación de vértigo que empezaba a apoderarse de ella, avanzó hacia un ramo de rosas y sacó la tarjeta, esforzándose por no parecer demasiado ilusionada delante del mayordomo:
—Megustaría saber de quién es este —dijo, con estudiada indiferencia. Un soneto. De Shakespeare, si no recordaba mal. Firmado por el vizconde
Trevelstam.
¿Trevelstam? Había estado con él una sola vez, cuando los presentaron. Era joven, muy apuesto, y se rumoreaba que su padre había derrochado la mayor parte de la fortuna de la familia. El nuevo vizconde tendría que casarse con una mujer rica. Al menos eso decían todos.
—¡Santo cielo!
Francesca se giró y se encontró ante Janet.—¿Quées esto?
—Creo que esas fueron exactamente mis palabras cuando entré aquí—contestó Francesca.
Le pasó las dos tarjetas y le observó atentamente la cara mientras Janet leía las líneas pulcramente escritas.
Con la muerte de John, Janet había perdido a su único hijo. ¿Cómo reaccionaría al verla a ella cortejada por otros hombres?
—Caramba —dijo Janet al levantar la vista—. Parece que eres la Incomparable de la temporada.
—Vamos, no seas tonta —repuso Francesca, ruborizándose.¿Ruborizándose? Buen Dios, ¿pero qué le pasaba? Ella no se ruborizaba. Ni
—Nunca deshonraría el recuerdo de John —dijo Francesca.
—Claro que no. Si fueras el tipo de mujer que hace eso, él no se habría casado contigo, para empezar. O yo no se lo habría permitido—añadiócon expresión guasona.
—Quiero tener hijos —explicó Francesca.
Sentía la necesidad de explicarlo, de lograr que Janet entendiera que lo que realmente deseaba era ser madre, no necesariamente una esposa.
Janet asintió y desvió la cara, pasándose las yemas de los dedos por los
ojos.
—Deberíamos leer el resto de las tarjetas —dijo en tono enérgico, indicando así que quería cambiar de tema—, y tal vez prepararnos para una tanda de visitas esta tarde.
Francesca la siguió y se puso a su lado cuando Janet eligió un enorme arreglo de tulipanes y sacó la tarjeta.
—Yocreo que las visitas van a ser de mujeres —dijo Francesca—, para preguntar por Michael.
—Esposible que tengas razón —contestó Janet. Levantó la tarjeta—.¿Puedo?
—Por supuesto.
Después de leer la tarjeta, Janet levantó la vista y dijo:
—Cheshire.
Francesca ahogó una exclamación.—¿Elduque?
—Élmismo.
Francesca se colocó la mano sobre el corazón.
—Sitienes suerte —masculló él. Francesca se limitó a mirarlo mal.Él sonrió burlón.
—¿Vamos a abrir una floristería?
—No, pero está claro que podríamos —contestó Janet—. Son para Francesca—añadióamablemente.
—Claro que son para Francesca —mascullóél—,aunque, buen Dios, no sé quién sería tan idiota para enviar rosas.
—Megustan las rosas —dijo Francesca.
—Todos envían rosas —dijo él, despectivo—. Son vulgares, trilladasy…—señalólas de Trevelstam—, ¿quién envió esas?
—Trevelstam —contestó Janet.
Él emitió un bufido y se giró a mirar a Francesca.—Note irás a casar con él, ¿verdad?
—Probablemente no, pero no veoqué…—Notiene ni dos chelines para frotar.
—¿Cómolo sabes? No llevas ni un mes aquí. Michael se encogió de hombros.
—Heestado en el club.
—Bueno, puede que eso sea cierto, pero no es culpa suya —rebatióFrancesca.
Se sintió obligada a señalar eso. No sentía una tremenda lealtad hacia lord Trevelstam, pero siempre intentaba ser justa. Era de conocimiento público que el joven vizconde se había pasado todo el año tratando de reparar los daños que su derrochador padre había hecho a la fortuna de la familia.
Francesca se tragó la risa. Michael detestaba que le hicieran eso, y Janet lo sabía.
—Esque le encantan las flores —dijo Janet—. ¿Podría llevarle uno de los ramos a su habitación?
—Por supuesto —contestó Francesca.
Janet alargó las manos para coger las rosas de Trevelstam, y de pronto detuvo el movimiento.
—Oh, no, será mejor que no.—Segiró a mirar a Francesca y a Michael—.Él podría venir y no nos convendría que creyera que despreciamos sus flores poniéndolas en el último rincón de la casa.
—Ah, claro, tienes razón —musitó Francesca.
—Detodos modos, subiré a contárselo —dijo Janet, y salió a toda prisa en dirección a la escalera.
Michael estornudó y se quedó mirando un ramo de gladiolos particularmente inofensivos.
—Vamos a tener que abrir una ventana—gruñó.—¿Ycongelarnos?
—Mepondré un abrigo.
Francesca sonrió. Deseaba sonreír.
—¿Estásceloso?—lepreguntó, traviesa.
Él se giró bruscamente y casi la derribó con su expresión de asombro.
—Nopor mí—seapresuró a decir ella, casi ruborizándose por esa idea—. No es eso, caramba.
—¿Porqué, entonces? —preguntó él, en tono abrupto.
—Bueno, sí, supongo.
Él permaneció un momento en silencio, pero mirándola con una expresión extraña, casi sarcástica, y luego dijo, en voz baja:
—Cualquier hombre que no sea un tonto de remate desearía casarse contigo.
Francesca notó que su boca formaba un óvalo, por la sorpresa.
—Oh—dijo, sin saber qué decir—. Esoes…esoes…lo más amable que podrías haberme dicho en este momento.
Él suspiró y se pasó la mano por la cabeza. Ella decidió no decirle que se había dejado una raya amarilla de polen en el pelo.
—Francesca —dijo él entonces, con cara de sentirse cansado, agotado y algo más.
¿Arrepentido?
No, eso era imposible. Michael no era el tipo de persona que se arrepintiera de algo.
—Jamás te envidiaría esto —continuó él—. Debes… —se aclaró la garganta—. Debes ser feliz.
—Esto…—ese era un momento extrañísimo, sobre todo después de la tensa conversación entre ellos la noche anterior. No sabía qué decirle, quécontestarle, por lo tanto simplemente cambió el tema—. Ya te llegará la hora.
Él la miró perplejo.
—Enrealidad ya ha llegado —continuó ella—. Anoche. Me asediaron más admiradoras interesadas por tu mano que admiradores míos. Si las mujeres pudieran enviar flores, estaríamos totalmente inundados.
tampoco lo sabía.
…bastante ridículo escribirte, pero supongo que después de tantos meses en Oriente mi perspectiva sobre la muerte y la vida después de la muerte se ha transformado en algo que haría correr al párroco MacLeish chillando por las colinas. Tan lejos de Inglaterra, es casi posible simular que todavía estás vivo y puedes recibir esta carta, como recibías las muchas que te enviaba de Francia. Pero entonces alguien me llama y me recuerda que yo soy Kilmartin, y que túestás en un lugar al que no llega el Correo Real.
De una carta del conde de Kilmartin a su difunto primo, el conde anterior, un año y dos meses después de su llegada a India, escrita entera y luego quemada lentamente en la llama de una vela
No era que le gustara sentirse como un imbécil, reflexionaba Michael haciendo girar una copa de coñac sentado a una mesa del salón de su club, pero últimamente parecía que no podía evitar actuar así, al menos cuando estaba con Francesca.
En la fiesta de cumpleaños de su madre, ella estaba tan condenadamente feliz por él, tan encantada de que él hubiera pronunciado la palabra «amor» en su presencia, y él simplemente le ladró.
lógicamente, Francesca no era el tipo de persona que fuera a permitir otra cosa, pero él no la vería todos los días en la mesa del desayuno. Ni siquiera la vería con la frecuencia con que la veía antes de la muerte de John. Su marido no le permitiría pasar mucho tiempo en su compañía, por muy primos que fueran.
—¡Stirling! —gritó alguien, y a eso siguió una tosecita que precedíaa—:
Kilmartin, quiero decir, lo siento.
Michael levantó la vista y vio a sir Geoffrey Fowler, conocido suyo desde su época de Cambridge.
—Notiene importancia —dijo, invitándolo a sentarse en la silla del otro lado de la mesa.
—Espléndido verte —dijo sir Geoffrey, sentándose—. Espero que tu viaje a casa haya sido tranquilo.
Estuvieron unos minutos hablando de trivialidades, hasta que sir Geoffrey fue al grano:
—Entiendo que lady Kilmartin anda buscando marido.
Michael se sintió como si le hubieran dado un puñetazo. A pesar de la atroz exhibición de flores en su salón, continuaba encontrando de mal gusto ese comentario salido de la boca de un hombre.
De un hombre joven, bastante guapo y claramente en el mercado del matrimonio en busca de esposa.
—Eeh, sí —contestó al fin—. Creo que sí.
—Excelente —dijo sir Geoffrey, frotándose las manos, expectante, lo que produjo a Michael un abrumador deseo de romperle la cara.
—Serámuy selectiva —dijo, irritado.
Michael notó que se estaba moliendo los dientes, de tanto hacerlos rechinar.
—Note irrites tanto, hombre —dijo sir Geoffrey—. Con una doble dote no tardarás nada en quitártela de encima. Seguro que estarás impaciente por librarte de ella.
Michael ladeó la cabeza, tratando de calcular en qué lado de la nariz de aquel hombre encajaría mejor un puñetazo.
—Tiene que ser una carga para ti —continuó, alegremente—. Solo la ropa tiene que costar una fortuna.
Michael pensó cuáles serían las consecuencias judiciales por estrangular a un caballero del reino. Seguro que nada con lo que no pudiera vivir.
—Ycuando te cases —continuó sir Geoffrey, sin darse cuenta de que Michael estaba flexionando los dedos y calculando el grosor de su cuello—, tu condesa no la va a querer en la casa. No puede haber dos gallinas al mando en una casa, ¿verdad?
—Verdad —contestó Michael, entre dientes.
—Muy bien, entonces —dijo sir Geoffrey, levantándose—. Encantado de haber hablado contigo, Kilmartin. Debo irme. Tengo que darle la noticia a Shively. No es que quiera competidores, lógicamente, pero este es un asunto que no va a continuar en secreto mucho tiempo. Bien puedo ser yo quien se lo diga.
Michael le dirigió una mirada como para congelarlo, pero sir Geoffrey estaba tan entusiasmado por el chisme que no se fijó.
Entonces Michael miró su copa. Muy bien, entonces. Apuró la copa. Condenación.
—Bastante bien—gruñóMichael.
Bueno, teniendo en cuenta que se veía obligado a estar sentado con un bobo que deseaba casarse con la dote de Francesca, no, con su doble dote. Síque se había propagado rápido el chisme; probablemente Trevelstam se lo había oído a sir Geoffrey.
Trevelstam era ligeramente más educado que sir Geoffrey; se las arreglópara hablar de trivialidades durante tres minutos enteros, preguntándole por su estancia en India, por el viaje de regreso, etcétera, etcétera. Pero claro, finalmente llegó a su verdadero propósito.
—Fui a visitar a lady Kilmartin esta tarde —dijo.—¿Sí?—musitó Michael.
No había vuelto a casa desde que salió esa mañana. Lo último que deseaba era estar presente durante el desfile de pretendientes de Francesca.
—Sí.Es una mujer encantadora.
—Sí—dijo Michael, contento de que hubiera llegado su copa de coñac.
Al instante se le acabó la alegría al darse cuenta de que había llegado dos minutos antes y ya se la había bebido.
Trevelstam se aclaró la garganta.
—Nome cabe duda de que sabes que tengo la intención de cortejarla. Michael miró su copa por si quedaban algunas gotas.
—Sin duda ahora lo sé —dijo.
—Nosabía si informarte a ti o a su hermano de mis intenciones.
Michael sabía muy bien que Anthony Bridgerton, el hermano mayor de Francesca, era muy capaz de eliminar a los pretendientes inconvenientes, pero de todos modos contestó:
—Thistleswaite está ahí animando las apuestas por los perros de la reina y, ¡ah!, me enteré también de lo de lady Kilmartin. Excelente la conversación esta noche. Detesto cuando todo está en silencio aquí.
—¿Ycómo les ha ido a los perros de la reina? —preguntó Michael.—Seha quitado el luto, tengo entendido.
—¿Losperros?
—¡No!¡Lady Kilmartin! —exclamó Hardwick, riendo—. Je, je, je. Muy bueno ese, Kilmartin.
Michael hizo un gesto al camarero para que le trajera otra copa. La iba a necesitar.
—Vestía de azul la otra noche —continuó Hardwick—. Todo el mundo la vio.
—Estaba muy hermosa—añadióTrevelstam.
—En efecto, en efecto —dijo Hardwick—. Yo le iría detrás si no estuviera ya encadenado a lady Hardwick.
Los pequeños favores y todo eso, pensó Michael.
—¿Cuánto tiempo llevó luto por el viejo conde? —preguntó Hardwick—.¿Seis años?
Michael encontró bastante ofensivo el comentario, puesto que el «viejo»conde solo tenía veintiocho años en el momento de su muerte, pero no le vio ningún sentido a intentar cambiar el mal juicio y el mal comportamiento de Hardwick en esa última fase de su vida; a juzgar por su gordura y rubicundez, estaba claro que caería muerto en cualquier momento. En ese mismo instante, en realidad, si había suerte.
Lo miró. Seguía vivo.
consagrada al viejo conde. Todos.
Le trajeron la copa a Michael. Gracias a Dios.
—Yno ha habido ni el más leve soplo de escándalo adherido a su nombre desde que él murió—añadióHardwick.
—Yodiría que no —dijo Trevelstam.
—Nocomo algunas viudas que vemos por ahí —continuó Hardwick, bebiendo otro trago. Se rio lascivamente y le dio un codazo a Michael—. Ya sabes lo que quiero decir.
Michael se limitó a beber.
—Escomo… —Hardwick se inclinó, y le colgaron las mejillas al hacerse
más salaz su expresión—. Es como…
—Por el amor de Dios, hombre, suéltalo —masculló Michael.—¿Eh?
Michael lo miró ceñudo.
—Tediré cómo es —dijo Hardwick, sonriendo malicioso—. Es como tener una virgen que sabe qué hacer.
Michael lo miró fijamente.
—¿Quéhas dicho? —preguntó, en tono muy tranquilo.
—Yo en tu lugar no lo repetiría —se apresuró a decir Trevelstam, echando una temerosa mirada a la sombría cara de Michael.
—¿Eh?No es un insulto—gruñóHardwick, bebiéndose el resto de su copa—. Ha estado casada, así que sabemos que no está intacta, pero no ha ido y…
—Basta—gruñóMichael.
—¿Eh?Todo el mundo lo dice.
de suciedad.
—No permitiré que se hable de esa manera tan irrespetuosa de lady Kilmartin —dijo entre dientes—. ¿Está claro?
Hardwick asintió. Y también asintieron un buen número de mirones que se habían agrupado allí.
—Estupendo—gruñóMichael, decidiendo que era un buen momento para largarse de allí.
Francesca ya estaría en la cama cuando llegara a casa. O estaría fuera. Cualquier cosa le iba bien siempre que no tuviera que verla.
Se dirigió a la salida, pero cuando iba entrando en el vestíbulo, volvió a
oír su nombre. Se giró, pensando quién podría ser el idiota que se atrevía a importunarlo encontrándose él en este estado.
Era Colin Bridgerton, el hermano de Francesca. Condenación.
—Kilmartin —dijo Colin, con su bella cara decorada por su habitual media sonrisa.
—Bridgerton.
—Eso ha sido todo un espectáculo —comentó Colin, haciendo un leve gesto hacia la mesa que estaba volcada.
Michael guardó silencio. Colin Bridgerton siempre lo amilanaba. Los dos tenían el mismo tipo de reputación, la de libertino «a quién diablos le importa». Pero mientras Colin era el chico favorito de las madres de la sociedad, que arrullaban alabando su encantador comportamiento, a él siempre lo habían tratado con más cautela (al menos antes de que entrara en posesión del título).
aparentaba sentirse cómodo—. Aparte de Hardwick y todo eso. Es un imbécil. Michael se limitó a asentir, tratando de no fijarse en que el hermano de Francesca lo estaba observando como hacía siempre, con su aguda mirada encubierta por un aire de encantadora inocencia. Y más encima, pensóMichael amargamente, tenía levemente ladeada la cabeza, como si estuviera
buscando un ángulo para mirarle mejor el alma.
—Maldición —masculló en voz baja y tiró del cordón para llamar a un camarero.
—¿Quépasa? —preguntó Colin.
Michael se volvió lentamente a mirarlo a la cara.
—¿Teapetece otra copa?—lepreguntó, con la voz más clara que pudo, puesto que tuvo que hacerla salir por en medio de los dientes apretados.
—Creo que sí —contestó Colin, muy amigable y animado.
Claro que eso no engañó en absoluto a Michael: solo era una fachada.
—¿Tienes algún plan para el resto de la noche? —preguntó entonces Colin.
—No.
—Yotampoco, da la casualidad.
Maldición. Otra vez. ¿Es que era demasiado desear una maldita hora de soledad?
—Gracias por defender el honor de Francesca —dijo Colin, tranquilamente.
El primer impulso de Michael fue gruñir que no había ningún motivo para darle las gracias, puesto que a él le correspondía defender el honor de
pareció necesario.
Colin bebió otro sorbo y estuvo un momento saboreándolo.
—Aahh —exclamó, dejando el vaso en la mesa—. Casi tan bueno como una mujer.
Michael volvió a gruñir y se llevó el vaso a los labios.
—Deberías casarte con ella, ¿sabes? —dijo Colin entonces. Michael casi se atragantó.
—Perdón, ¿qué has dicho?
—Cásate con ella —repuso Colin, encogiéndose de hombros—. Creo que es algo muy sencillo.
Era demasiado suponer que Colin se refiriera a otra que no fuera Francesca, pero de todos modos, desesperado, Michael probó, diciendo en el tono más glacial que pudo:
—¿Aquién te refieres, si puedo preguntarlo? Colin arqueó las cejas.
—¿Deveras tenemos que jugar a esto?
—Nopuedo casarme con Francesca —soltó Michael.—¿Porqué no?
—Porque…—seinterrumpió. Eran cientos los motivos que le impedían casarse con Francesca, y de ninguno de ellos podía hablar en voz alta, así que se limitó a decir—: Estaba casada con mi primo.
—Laúltima vez que leí las leyes y normas respectivas, no había nada ilegal en eso.
No, pero sería absolutamente inmoral. Deseaba y amaba a Francesca desde hacía tanto tiempo que le parecía una eternidad, y cuando todavía John
—Tiene que casarse con alguien —dijo Colin.
Michael levantó la cabeza, consciente de que llevaba un rato sumido en sus pensamientos, y de que Colin lo había estado observando todo ese tiempo. Se encogió de hombros, tratando de fingir un aire desdeñoso, despreocupado, aunque estaba casi seguro de que no lograría engañar al hombre que lo estaba
observando.
—Harálo que desee—dijo—.Siempre lo hace.
—Podría casarse con precipitación —musitó Colin—. Desea tener hijos antes de hacerse vieja.
—Noes vieja.
—No, pero tal vez ella cree que lo es. También podría pensar que los demás la considerarán vieja. Al fin y al cabo no concibió con tu primo. Bueno, no con éxito.
Michael tuvo que agarrarse del borde de la mesa para no levantarse. Podría tener a Shakespeare a su lado, sirviéndole de intérprete, y ni aún asílograría explicar por qué lo enfurecía tanto ese comentario de Colin.
—Sise precipita al elegir—añadióColin, con la mayor naturalidad—, podría elegir a un hombre que sería cruel con ella.
—¿Francesca? —dijo Michael, despectivo.
Tal vez otra mujer sería tan tonta, pero no su Francesca. Colin se encogió de hombros.
—Podría ocurrir —dijo.
—Aun en el caso de que ocurriera —replicó Michael—, ella no continuaría en ese matrimonio.
—¿Quéopciones tendría?
Después Colin estuvo un rato haciendo girar el vaso, hasta que levantó la vista y fijó la mirada en su cara, con una expresión que a cualquiera le parecería sosa, pero en sus ojos había algo que hizo a Michael desear revolverse en el asiento. Sus penetrantes ojos parecían perforarlo y, aunque eran de un color distinto al de los ojos de Francesca, tenían exactamente la misma forma.
Era casi espeluznante.
—¿Quepor qué no tiene sentido hablarlo? —musitó Colin pensativo—. Bueno, porque está muy claro que no deseas casarte con ella.
Michael abrió la boca para hacer una rápida réplica, y se apresuró a cerrarla al darse cuenta, no sin una tremenda conmoción, de que había estado a punto de decir«Síque lo deseo».
Y lo deseaba.
Deseaba casarse con Francesca.
Simplemente no podría vivir con su conciencia si lo hacía.—¿Tesientes mal?—lepreguntó Colin.
Michael lo miró sorprendido.—Estoy muy bien, ¿por qué?
Colin ladeó ligeramente la cabeza.
—Nosé, por un momento me pareció que estabas…—negócon la cabeza—.No, nada.
—¿Qué,Bridgerton? —preguntó Michael, casi ladrando.
—Sorprendido. Me pareció que estabas sorprendido. Lo encontré bastante extraño.
…todo va bien en casa, todo es agradable, y Kilmartin prospera con la esmerada administración de Francesca. Ella continúa lamentando la muerte de John, pero claro, todos sentimos lo mismo, como lo sientes tú, sin duda. Podrías ver la posibilidad de escribirle directamente a ella. Sé que te echa de menos. Yo le transmito las historias que me cuentas, pero estoy segura de que a ella se las relatarías de manera distinta a como se las relatas a tu madre.
De una carta de Helen Stirling a su hijo, el conde de Kilmartin, dos años después de su marcha a India
El resto de la semana transcurrió en medio del fastidioso desfile de una multitud de ramos de flores y bombones, a los que vinieron a sumarse poemas recitados en voz alta en la escalinata de la puerta principal, que Michael recordaba estremeciéndose de consternación.
Por lo visto, Francesca estaba dejando pequeñas a todas las jovencitas debutantes de cara lozana. No se podía decir que cada día se duplicaba el número de hombres que rivalizaban por su mano, aunque eso era lo que le parecía a él, que vivía tropezándose con algún pretendiente enamorado en el vestíbulo.
Era como para vomitar, preferentemente encima del pretendiente.
Como si el cielo pudiera compararse con ellos.
Además, lo que le hacía aún más difícil soportar el nauseabundo desfile de pretendientes de Francesca era su total incapacidad para dejar de pensar en la reciente conversación con su hermano.
¿Casarse con Francesca? Jamás se había permitido siquiera pensar en algo así.
Pero ahora la idea lo atenazaba con un ardor y una intensidad que lo hacía tambalearse.
Matrimonio con Francesca. Buen Dios, todo, todo, sería incorrecto. Pero lo deseaba angustiosamente.
Era un infierno mirarla, un infierno hablar con ella, un infierno vivir en la misma casa. Le había resultado difícil amarla antes sabiendo que nunca
podría ser de él, pero eso…Eso era cien veces peor. Y Colin lo sabía.
Tenía que saberlo. ¿Por qué, si no, le había sugerido el matrimonio?
Todos esos años había conseguido conservar la cordura por un solo motivo, solo uno: nadie sabía que estaba enamorado de Francesca.
Pero ahora lo sabía Colin, o al menos lo sospechaba, condenación, y él no lograba calmar esa creciente sensación de terror que le oprimía el pecho.
Colin lo sabía, y él tendría que hacer algo al respecto. Dios santo, ¿y si Colin se lo decía a Francesca?
Esa pregunta estaba siempre en un primer plano de su mente, incluso en esos momentos, cuando estaba en el salón de baile de los Burwick, situado
acuerdo.
—Deberías bailar con ella —continuó Helen.
—Sí,seguro que bailaré con ella —dijo él, llevándose a los labios la copa de champán y bebiendo un sorbo. Lo que deseaba era atravesar el salón y sacarla de un solo tirón de ese molesto grupo de admiradores, pero no podía demostrar esa emoción delante de su madre, así que concluyó—: Después de que me haya bebido mi copa.
Helen frunció los labios.
—Entonces ya tendrá llena su tarjeta de baile. Deberías ir ahora.
Él la miró y le sonrió, con esa sonrisa diabólicamente pícara suya destinada a desviarle la mente de lo que fuera aquello en que la tenía fijada.
—¿Pero para qué voy a hacer eso si puedo bailar contigo? —dijo, dejando su copa en una mesa cercana.
—Eres un pícaro —dijo ella, pero no protestó cuando él le tomó de la mano y la llevó a la pista de baile.
Sabía que tendría que pagar eso al día siguiente; ya iban cerrando el círculo alrededor de él las señoras mayores para cazarlo para sus hijas, y no había nada que les gustara más que un libertino que adoraba a su madre.
La danza era bastante animada, por lo que no permitía mucha conversación. Entre giros y movimientos, reverencias y venias, no dejaba de mirar a Francesca, que estaba radiante con su vestido color esmeralda. Al parecer nadie notaba que la miraba, lo que le iba muy bien, pero cuando la música llegó a su crescendo final, se vio obligado a girarse y quedó dándole la espalda.
Y cuando volvió a girarse para mirarla, ella ya no estaba.
estuvieran calentando el salón. Al instante sintió desconfianza; había tentado a muchas mujeres a salir al jardín como para no saber lo que podía ocurrir en la oscuridad de la noche.
Abrió la puerta lo justo, discretamente, para no llamar la atención, y saliócon el mayor sigilo. Si Francesca estaba en el jardín con un caballero, loúltimo que deseaba era que lo siguiera un grupo de mirones.
El ruido del salón parecía hacer vibrar las puertas, pero aun así, fuera todo estaba silencioso.
Entonces oyó su voz.
Le pareció que le rebanaba las entrañas.
Parecía feliz, muy contenta por estar en compañía de cual fuera el hombre que la tentó a salir a la oscuridad. No lograba distinguir las palabras, pero se notaba que se estaba riendo. Era un sonido musical, cristalino, que terminó en un murmullo coqueto como para desgarrarle el alma.
Volvió a poner la mano en el pomo de la puerta. Debería marcharse. Ella no lo querría allí.
Pero se quedó como si estuviera clavado en el lugar.
Jamás, nunca, la había espiado cuando estaba con John. Ni una sola vez había puesto atención para escuchar una conversación entre ellos que no estaba destinada a sus oídos. Si por casualidad oía algo, inmediatamente se alejaba. Pero en ese momento, la cosa era diferente. No sabía explicarlo, pero era distinto, y no logró obligarse a volver al salón.
Un minuto más, se prometió. Solo eso. Un minuto más para asegurarse de
que ella no estaba en una situación peligrosa,y…—No, no.
Todo fue muy agradable los primeros minutos. Sir Geoffrey la hacía reír y la hacía sentirse hermosa, y era casi doloroso comprender lo mucho que había echado de menos eso. Por lo tanto se reía y coqueteaba, dándose permiso para entregarse al momento. Deseaba volver a sentirse mujer, tal vez no en todo el sentido de la palabra, pero de todos modos, ¿qué tenía de malo disfrutar de la embriaguez de saber que era deseada?
Tal vez lo único que deseaban todos era su maldita doble dote, tal vez deseaban emparentarse con dos de las familias más notables de Gran Bretaña; ella era Bridgerton y Stirling después de todo. Pero por una hermosa noche se permitiría creer que todo era por ella.
Pero entonces sir Geoffrey se le acercó más. Ella tuvo que retroceder lo más discretamente que pudo, pero él avanzó un paso, luego otro y antes de darse cuenta se encontró apoyada en el ancho tronco de un árbol y él la dejóencerrada ahí apoyando las manos en el tronco, muy cerca de su cabeza.
—Sir Geoffrey —dijo, tratando de continuar amable mientras pudiera—, creo que ha habido un malentendido. Ahora quiero volver al salón —añadió, en tono amistoso, pues no quería provocarlo a hacer algo que luego ella tuviera que lamentar.
Él acercó más la cara a la de ella.
—Vamos, ¿por qué querría eso? —susurró.
—No, no —dijo, tratando de agacharse para salir deahí—.Me van a echar de menos.
Maldición, tendría que darle un pisotón o, peor aún, acobardarlo golpeándolo de la manera que le enseñaron sus hermanos cuando todavía era una niña.
como por una ráfaga de movimientos, un ruido que parecía ser de puños sobre un cuerpo y un muy sentido aullido de dolor. Cuando logró hacerse una idea de lo que ocurría, sir Geoffrey ya estaba tendido de espaldas en el suelo y un hombre corpulento estaba medio inclinado sobre él con una bota firmemente plantada en su pecho.
—¿Michael? —preguntó, sin poder dar crédito a sus ojos.
—Dilo —dijo Michael, con una voz que ella ni habría soñado que oiría salir de sus labios—, y le aplastaré las costillas.
—¡No!—seapresuró a decir.
No se habría sentido en absoluto culpable por darle un rodillazo en la entrepierna a sir Geoffrey, pero no quería que Michael lo matara. Y a juzgar por la expresión que veía en su cara, estaba segura de que él lo haría alegremente.
—Eso no es necesario —dijo, corriendo a su lado. Entonces retrocedió, al
ver el feroz brillo de sus ojos—. Eh… ¿tal vez podríamos simplemente pedirle que se marche?
Michael estuvo un momento sin decir nada, simplemente mirándola. Mirándola fijamente, a los ojos, y con una intensidad que a ella casi le quitó la capacidad para respirar. Después enterró otro poco la bota en el pecho de sir Geoffrey. No con mucha fuerza, pero la suficiente para hacer gemir de dolor al hombre.
—¿Estássegura? —preguntó entonces, entre dientes.
—Sí,por favor, no hay ninguna necesidad de hacerle daño —contestóella. Cielo santo, sería una pesadilla si alguien los sorprendía así. Su reputación quedaría manchada y a saber qué dirían de Michael, que atacaba
—¡Losiento! —chilló el hombre.
Como una niña, pensó Francesca, objetivamente. Ya sabía que no sería un buen marido, pero eso se lo confirmó.
Pero Michael no había acabado con él.
—Sialguna vez te acercas a diez metros de lady Kilmartin, te arrancarépersonalmente las entrañas.
Incluso Francesca se encogió.—¿Mehas entendido?
Sir Geoffrey emitió otro chillido y dio la impresión de que podría echarse a llorar, tan aterrado estaba.
—Fuera de aquí—gruñóMichael, dándole un fuerte empujón—. Y de paso, arréglatelas para ausentarte de la ciudad un mes o más.
Sir Geoffrey lo miró espantado.
Michael se mantuvo inmóvil, peligrosamente inmóvil, y luego encogió un hombro, insolente.
—Nose te echará de menos —dijo en voz baja.
Francesca cayó en la cuenta de que tenía retenido el aliento. Michael era aterrador, pero también magnífico, y la estremecía hasta el fondo del alma comprender que jamás lo había visto así.
Jamás se imaginó que él podría ser así.
Sir Geoffrey echó a correr por el jardín de césped, en dirección a la puerta de atrás. Y así Francesca se quedó a solas con Michael, sola y, por primera vez desde que lo conocía, sin saber qué decir.
—Losiento —logró decir.
Él se giró a mirarla con una ferocidad que casi la hizo tambalearse.
que no fuera mirarlo, mirar a ese hombre que creía conocer tan bien.
El momento le producía una especie de parálisis, un atontamiento; no podía desviar los ojos de él. Él tenía la respiración agitada; era evidente que seguía esforzándose por dominar la rabia y, curiosamente, parecía no estar del todo presente allí; estaba mirando a lo lejos, como hacia el horizonte, con la
mirada desenfocada, y daba la impresión de que estaba…Sufriendo.
—¿Michael? —dijo, tímidamente.Él no reaccionó.
—¿Michael? —repitió, alargando la mano y tocándolo.
Él se encogió, y se giró tan rápido a mirarla que ella casi se cayó de espaldas.
—¿Quépasa? —preguntó, con la voz ronca.
—Nada —balbuceó ella, sin saber qué debía decir, sin saber siquiera si tenía algo que decirle aparte de su nombre.
Él cerró los ojos y estuvo así un momento, y luego los abrió, como esperando que ella dijera algo más.
—Creo que me iré a casa —dijo ella entonces.
La fiesta ya no tenía ningún atractivo para ella; lo único que deseaba era refugiarse en un lugar seguro y conocido.
Porque de repente Michael no le parecía ni seguro ni conocido.—Yopresentaré tus disculpas en el salón —dijo él fríamente.
—Enviaré el coche de vuelta para que os lleve a ti y a las madres—añadió Francesca.
—Siempre te estoy observando —dijo tristemente.
Y ella se quedó con esa respuesta para pensar el resto de la noche.
…¿Francesca te ha dicho que me echa de menos? ¿O túsimplemente lo supones o deduces?
De una carta del conde de Kilmartin a su madre, Helen Stirling, dos años y dos meses después de su llegada a India
Tres horas después, Francesca estaba sentada en su dormitorio cuando oyóvolver a Michael. Janet y Helen habían llegado un poco antes, y cuando ella se las encontró en el pasillo (a propósito) le explicaron que Michael había decidido completar esa noche yendo a su club.
Para eludirla a ella, lo más probable, pensó, aun cuando no había ningún motivo para que él supusiera que la iba a ver a esa hora, tan tarde. De todos modos, cuando se marchó del baile esa noche tuvo la clara impresión de queél no deseaba su compañía. Había defendido su honor con todo el valor y la firmeza de un héroe, pero ella no podía evitar pensar que lo había hecho casi a regañadientes, como si fuera algo que debía hacer, no algo que deseara.
Y peor aún, como si ella fuera una persona cuya compañía tenía que soportar, y no la querida amiga que ella siempre decía que era.
Y eso, comprendió, le dolía.
Se dijo que cuando él volviera a la casa Kilmartin lo dejaría en paz. No haría nada aparte de escuchar en la puerta cuando él pasara por el pasillo en dirección a su dormitorio (era lo bastante sincera consigo misma para
reconocer que no estaba por encima de…, en realidad era incapaz de resistir
todos los demás, tal vez, pero no a ella.
Y eso la hacía sentirse bastante desequilibrada, desmañada. Era como si alguien hubiera ido a poner un montón de ladrillos en la pared sur de la casa Kilmartin, de cualquier manera, dejándole el mundo ladeado. Hiciera lo que hiciera, pensara lo que pensara, seguía sintiéndose como si se fuera deslizando; hacia dónde, no lo sabía, y no se atrevía a hacer suposiciones.
Su dormitorio daba a la fachada de la casa, y cuando todo estaba en silencio oía cerrarse la puerta principal, siempre que la persona la cerrara con
bastante fuerza; no era necesario que diera un portazo, pero…
Bueno, fuera cual fuera la fuerza necesaria, sin duda Michael la empleó, porque oyó el revelador ruido de la puerta abajo, seguido por un murmullo de voces, posiblemente de Priestley que estaba charlando con él mientras le quitaba la chaqueta.
Michael estaba en casa, lo que significaba que por fin podía irse a la cama y al menos simular que dormía. Él había llegado, y era el momento de declarar oficialmente terminada la velada de esa noche. Debería olvidarlo todo, continuar con su vida y tal vez simular que no había ocurrido nada.
Pero cuando oyó sus pasos por la escalera, hizo lo único que jamás habría
esperado hacer…
Abrió la puerta y salió precipitadamente al pasillo.
No sabía lo que hacía; no tenía ni idea. Así que cuando sus pies descalzos tocaron la alfombra, ya estaba tan asombrada por lo que acababa de hacer que se quedó inmóvil y sin aliento.
Michael se veía agotado. Y sorprendido. Y pasmosamente guapo con su corbata algo suelta y mechones rizados de pelo negro como la noche sobre la
convencerse de que él era realmente la persona que ella creía que era, entonces tal vez ella también sería la misma de antes.
Porque no se sentía la misma.
Y eso la estremecía hasta el alma.
—Michael —dijo, cuando por fin le salió la voz—. Esto… Buenas noches.
Él se limitó a mirarla, arqueando una ceja ante ese saludo tan sin sentido. Ella se aclaró la garganta.
—Quería asegurarme de que estabas…eh…bien.
El final de la frase sonó algo débil, incluso a sus oídos, pero ese fue el mejor adjetivo que se le ocurrió con tan poco tiempo.
—Estoy bien —repuso él, con voz ronca—. Solo algo cansado.—Claro —dijo ella—. Claro, claro.
Él sonrió, pero sin humor.—Claro.
Ella tragó saliva y trató de sonreír, pero la sonrisa le resultó forzada.—Note he dado las gracias.
—¿Dequé?
—Por acudir en mi ayuda —contestó ella, pensando que eso tendría que
ser evidente—. Habría… bueno, me habría defendido sola. —Al ver su sonrisa sarcástica, añadió, algo a la defensiva—: Mis hermanos me enseñaron.
Él se cruzó de brazos y la miró de una manera un tanto paternalista.
—Enese caso, seguro que lo habrías dejado convertido en soprano al instante.
Ella frunció los labios.
Él se giró muy lentamente, como si lo estuviera pensando, y ella tuvo la
curiosa impresión de que él quería ser… prudente.—¿Sí?
—Solo quería… quería…
Él esperó mientras ella buscaba qué decir, y al final dijo:
—¿Puede esperar hasta mañana?
—¡No!¡Espera!—Yle cogió el brazo.Él se quedó inmóvil.
—¿Porqué estás tan enfadado conmigo?
Él movió la cabeza como si no pudiera creer esa pregunta. Pero no apartóla vista de la mano de ella en su brazo.
—¿Dequé hablas?
—¿Porqué estás tan enfadado conmigo? —repitió ella.
Y entonces comprendió que ni siquiera sabía que se sentía así hasta que le salieron las palabras. Pero algo no estaba bien entre ellos y tenía que saber por qué.
—Noseas ridícula —dijoél—.No estoy enfadado contigo. Simplemente estoy cansado y deseo acostarme.
—Estás enfadado. Estoy segura de que lo estás —dijo, y la voz se le fue elevando, por la convicción.
Una vez dicho, sabía que era cierto. Él trataba de ocultarlo, y se había convertido en experto para pedir disculpas cuando el enfado salía a la superficie, pero había rabia dentro de él, y dirigida a ella.
Michael puso la mano encima de la de ella. Francesca ahogó una exclamación al sentir el calor del contacto, pero lo único que hizo él fue
Michael se quedó absolutamente inmóvil. Todos sus músculos se inmovilizaron, formando un contorno duro, tieso, y eso fue una ventaja, en realidad, porque si se permitía moverse, si se sintiera capaz de moverse, se abalanzaría sobre ella. Y lo que haría cualquiera lo sabía.
Lo habían empujado hasta el límite. Primero Colin, luego sir Geoffrey y ahora la propia Francesca, sin tener la menor idea.
Su mundo se había vuelto del revés con una simple sugerencia:
«¿Por qué no te casas con ella?».
La idea estaba colgando ante él como una manzana madura, una perversa posibilidad que no debía agarrar.
«John», gritó su conciencia. «John. Recuerda a John».
—Francesca —dijo, con voz dura, controlada—, es bien pasada la medianoche y estás en el dormitorio de un hombre que no es tu marido. Te recomiendo que te marches.
Pero ella no salió. Condenación, ni siquiera se movió. Continuó donde estaba, a dos palmos de la puerta abierta, mirándolo como si no lo hubiera visto nunca.
Trató de no fijarse en que llevaba el pelo suelto. Trató de no ver que solo llevaba el camisón y la bata de seda. Eran prendas recatadas, sí, pero estaban hechas para quitarlas, y al bajar la mirada hasta la orilla, que le rozaba los empeines, tuvo un seductor atisbo de los dedos de sus pies.
Buen Dios, le estaba mirando los dedos de los pies. De sus pies. ¿A quéhabía llegado su vida?
—¿Porqué estás enfadado conmigo? —repitió ella.
Él abrió los ojos y la miró. Tenía la respiración agitada, atrapada en su rabia y tal vez en su aflicción.
—Loque tuve con John —continuó ella, temblando toda entera—, no lo voy a encontrar con ninguno de los hombres que me envían flores. Siento que es una profanación, una profanación egoísta el solo considerar la posibilidad
de volverme a casar. Si no deseara un bebé tan… condenadamente tanto…
Se interrumpió, tal vez por exceso de emoción, tal vez por la conmoción de haber dicho una palabrota. Se quedó callada, parpadeando, con los labios entreabiertos y temblorosos, con el aspecto de que podría quebrarse con el más leve contacto.
Debería ser más compasivo, pensó él. Debería intentar consolarla. Y habría hecho ambas cosas si hubieran estado en cualquier otra habitación, no en su dormitorio. Pero estando ahí, lo único que podía hacer era controlar su respiración.
Y controlarse él.
Ella volvió a mirarlo, con los ojos agrandados y pasmosamente azules, incluso a la luz de las velas.
—Nolo sabes —dijo, pasando por su lado y echando a caminar. Llegóhasta una cómoda larga y baja, se apoyó en ella y aplastó los dedos en la superficie, dándole la espalda—. No lo sabes —repitió en un susurro.
Y hasta ahí logró soportar él. Ella había irrumpido ahí, exigiendo respuestas cuando ni siquiera entendía las preguntas; había invadido su dormitorio, empujándolo hasta el límite, ¿y ahora simplemente lo descartaba?¿Le volvía la espalda diciendo que él no sabía?
—¿Nosé qué? —preguntó justo antes de atravesar la habitación.
Tenía los labios entreabiertos, la mirada desenfocada. Y pareció que levantaba el mentón, como si estuviera esperando, deseando, pensando en quémomento él inclinaría la cabeza por fin y sellaría su destino.
Él se oyó susurrar algo, su nombre tal vez. Se le oprimió el pecho, le retumbó el corazón y, de repente, lo imposible se hizo inevitable; comprendióque esta vez no había forma de parar; ese no era un momento para autodominarse, ni para sacrificarse ni para sentirse culpable.
Ese era un momento para él. Y la besaría.
Cuando lo pensaba después, la única disculpa que se le ocurría era que no sabía que él estaba detrás de ella. La alfombra era gruesa y mullida, y no oyósus pasos debido a la sangre que sentía rugir en los oídos. No lo sabía, no podría haberlo sabido, porque si lo hubiera sabido no se habría girado con toda la intención de silenciarlo con una réplica mordaz. Le iba a decir algo espantoso e hiriente, con la intención de hacerlo sentirse culpable y horrible,
pero cuando segiró…Él estaba ahí.
Cerca, muy cerca, a pocos centímetros. Hacía años que nadie estaba tan cerca de ella, y nunca, nunca, Michael.
No pudo hablar, no pudo pensar, no pudo hacer nada aparte de respirar y mirarle a la cara, comprendiendo que deseaba, con una horrorosa intensidad, que la besara.
Michael.
Él le tocó el mentón y le levantó ligeramente la cara. Y ella no dijo no.
Simplemente continuó mirándolo, se lamió los labios y esperó…
Esperó el momento, el primer contacto, porque por aterrador e incorrecto que fuera, sabía que lo sentiría perfecto.
Y fue perfecto.
Él le rozó los labios con los de él en una suavísima caricia. Era el tipo de beso que seduce con sutileza, que le produjo sensaciones en todo el cuerpo haciéndola desesperar por más. En algún nebuloso recoveco de su mente sabía que eso estaba mal, que era más que incorrecto, era una locura. Pero no podría haberse apartado ni aunque las llamas del infierno le estuvieran lamiendo los pies.
Estaba atontada, transportada por su caricia. No se habría atrevido a hacer ningún movimiento, a invitarlo de alguna manera distinta a mecer suavemente el cuerpo, pero tampoco hizo ningún intento de romper el contacto.
Simplemente esperó, con el aire atrapado en la garganta, que él hiciera algo más.
Y él lo hizo. Deslizó la mano por su cintura y la abrió en su espalda, tentándola con su embriagador calor. No la atrajo hacia él exactamente, pero ella sentía la presión, y disminuyó el espacio entre ellos hasta que ella sintióel roce de su traje de noche a través de la seda de su camisón y bata.
Y se calentó, se sintió derretida. Inicua.
Los labios de él exigieron más y ella los abrió, dándole acceso a su boca para que la explorara. Y él lo aprovechó, introduciendo la lengua y
pecho.
Francesca se quedó inmóvil, paralizada.
Pero Michael estaba tan inmerso en el beso que no se fijó; ahuecó la mano en su pecho y se lo apretó suavemente, emitiendo un ronco gemido.
—No—musitó ella.
Eso era demasiado, demasiado íntimo.
Era demasiado… Michael.
—Francesca —musitó él, deslizando los labios por su mejilla hasta la
oreja.
—No—repitió ella, apartándose, liberándose de sus brazos—. No puedo. No quería mirarlo, pero no pudo dejar de mirarlo. Y cuando lo miró, lo
lamentó.
Él tenía la cabeza gacha y la cara ligeramente desviada, pero seguía mirándola, perforándola con sus ojos penetrantes, intensos.
Y ella se sintió quemada.
—Nopuedo hacer esto —susurró.Él no dijo nada.
Entonces le salieron más rápidas las palabras, a borbotones, aunque las mismas.
—Nopuedo, no puedo, no puedo.No…
—Entonces vete —dijo él entre dientes—. Ahora mismo. Ella echó a correr.
Huyó hasta su dormitorio y al día siguiente huyó a casa de su madre. Y al día subsiguiente, huyó hasta Escocia.
…Me alegra mucho que te vaya tan bien en India, pero me gustaría que consideraras la posibilidad de volver a casa. Todos te echamos de menos, y aquí tienes responsabilidades que no se pueden atender desde el extranjero.
De una carta de Helen Stirling a su hijo, el conde de Kilmartin, dos años y cuatro meses después de su marcha a India
Francesca siempre había sido buena para mentir, pensaba Michael mientras leía la breve carta que esta le dejó a Helen y Janet, pero era mejor aún cuando podía evitar decir las cosas cara a cara y lo hacía por escrito.
Había surgido algo urgente en Kilmartin, escribía, que hacía necesaria su atención inmediata, y luego pasaba a explicar, con admirables detalles, el brote de fiebre moteada entre las ovejas. No tenían por qué preocuparse, les decía, pues no tardaría mucho en volver y les prometía traer de la espléndida mermelada de frambuesas que preparaba la cocinera, que, como todos sabían, no tenía su igual en Londres.
Michael jamás había oído que una oveja contrajera fiebre moteada, ni ningún animal de granja, en realidad. Cualquiera podía preguntarse: ¿cómo se les ven las manchas en la piel a las ovejas?
Todo le salió muy pulcro, muy fácil. Michael pensó si incluso Francesca habría organizado las cosas para que Helen y Janet estuvieran fuera de la
autoflagelación.
La había besado. Besado, a ella.
No era esa, pensó irónico, la mejor manera de actuar de un hombre que desea ocultar sus verdaderos sentimientos.
Seis años hacía que la conocía. Seis años, durante los cuales había mantenido todo bajo la superficie, y representado su papel a la perfección. Y a los seis años lo había estropeado todo con un simple beso.
Aunque en realidad el beso no había tenido nada de simple.
¿Cómo era posible que un beso pudiera superar todas sus fantasías? Y habiendo tenido seis años para fantasear, se había imaginado besos verdaderamente supremos.
Pero ese… fue mucho más. Fue mejor… Fue…Fue a Francesca.
Era curioso cómo eso lo cambiaba todo. Se puede pensar en una mujer todos los días durante años, imaginarse cómo sería tenerla en los brazos, pero nunca, nunca, nada puede igualar a la realidad.
Y ahora estaba peor que antes. Sí, la había besado; sí, había sido el beso más espectacular de su vida.
Pero todo había acabado ya. Y no iba a volver a ocurrir.
Ahora que había ocurrido por fin, ahora que había probado la perfección, sufría más que nunca. Ahora sabía exactamente lo que se perdía; comprendía con dolorosa claridad qué era lo que no sería jamás suyo.
Y nada sería igual.
pero él era lo bastante hombre para saber que no lo hizo suponiendo que él podría tratarla así. Estaba preocupada porque creía que él estaba enfadado con ella, por el amor de Dios.
Actuó con precipitación, sí, pero solo porque le tenía cariño y valoraba su amistad.
Y él fue y estropeó justamente eso.
Todavía no entendía bien cómo había ocurrido todo. Él la estaba mirando, sin poder apartar los ojos de ella. El momento le quedó grabado a fuego en el cerebro: su bata de seda rosa, la forma como apretó los dedos mientras le hablaba. Llevaba el pelo suelto, colgando sobre un hombro, y tenía los ojos agrandados y húmedos de emoción.
Y entonces le dio la espalda.
Entonces fue cuando ocurrió; eso lo cambió todo. Él sintió subir algo por su interior, algo que no lograba identificar, y se le movieron los pies. De pronto se encontró al otro lado de la habitación, a escasa distancia de ella, tan cerca que podía tocarla.
Entonces ella se giró. Y él estuvo perdido.
En ese momento le fue imposible parar, escuchar la voz de la razón. Simplemente se le evaporó el autodominio con que había envuelto su deseo durante años, y tuvo que besarla.
Fue así de sencillo. No hubo otra opción, no hubo libre voluntad. Tal vez si ella hubiera dicho no, tal vez si se hubiera apartado y alejado. Pero ella no hizo ninguna de esas cosas; se quedó donde estaba, en silencio, simplemente respirando, y esperó.
que ser mejor para el alma que quedarse sentado ante su escritorio bebiendo. Se levantó y volvió a mirar la invitación. Exhaló un suspiro. La verdad, no
deseaba pasar la noche haciendo vida social, hablando con cien personas que le preguntarían por Francesca. Con la suerte que tenía, seguro que el salón estaría lleno de Bridgerton, o peor aún, de mujeres Bridgerton, las que tenían un diabólico parecido con Francesca, con su pelo castaño y sus anchas sonrisas. Ninguna de ellas le llegaba al talón a Francesca, por cierto; sus hermanas eran demasiado amistosas, alegres y francas. Carecían del misterio que rodeaba a Frannie, de ese destello irónico que iluminaba sus ojos.
No, no quería pasar la noche en compañía de gente fina.
Por lo tanto decidió atender a su problema como había hecho tantas veces antes.
Buscándose una mujer.
Tres horas después, Michael llegó a la puerta de su club de un humor espantosamente horroroso.
Había ido a La Belle Maison, la que, a decir verdad, no era otra cosa que un burdel pero, al menos, era de buen tono y discreto, y se podía estar seguro de que las mujeres eran limpias y estaban allí por propia voluntad. Él había sido cliente ocasional durante los años que viviera en Londres; muchos de sus conocidos visitaban La Belle, como les gustaba llamarlo, con más o menos frecuencia. Incluso John iba allí antes de casarse con Francesca.
La madame lo recibió con mucho cariño, tratándolo de hijo pródigo; él tenía su fama ahí, le explicó, y habían echado de menos su presencia. Las
Muy bien, le dijeron, y apareció una bellísima morena. Demasiado exótica.
¿Una pelirroja? No, tampoco.
Y así fueron apareciendo una tras otra, pero o eran demasiado jóvenes, demasiado viejas, demasiado pechugonas, demasiado planas, hasta que al fin eligió al azar, resuelto a cerrar sus malditos ojos y acabar con eso de una vez.
Duró dos minutos.
La puerta acababa de cerrarse y se sintió enfermo, casi aterrado, y comprendió que no podría hacerlo.
No era capaz de hacerle el amor a una mujer. Qué apabullante, quéhumillante, qué castrante. Demonios, igual podría agarrar un cuchillo y convertirse en eunuco él mismo.
Antes hacía el amor y obtenía placer con mujeres con el fin de «borrar» de su mente a una. Pero ahora que la había saboreado, aunque solo fuera con un fugaz beso, estaba perdido.
Así pues, se fue a su club, donde podía tener la seguridad, y la tranquilidad, de que no vería a nadie de la secta femenina. El objetivo, lógicamente, era borrar de la mente la cara de Francesca, y tenía una cierta esperanza de que el alcohol conseguiría lo que las deliciosas chicas de La Belle Maison no consiguieron.
—Kilmartin.
Levantó la vista. Colin Bridgerton. Maldición.
—Bridgerton—gruñó.
—Es sorprendente, ¿no te parece? Estando recién comenzada la temporada.
—Nopretendo conocer la mente femenina.
—No, no, claro que no —dijo Colin, afablemente—. Ningún hombre mínimamente inteligente pretendería conocer la mente femenina.
Michael guardó silencio.
—Detodos modos, solo hace… ¿qué, dos semanas? desde que llegó.—Más—contestó Michael.
Francesca había llegado a Londres el mismo día que él.
—Sí,claro, por supuesto. Sí, tú tienes que saberlo, ¿verdad? Michael lo miró fijamente. ¿Qué demonios se proponía?
—Ah, bueno —dijo Colin, encogiendo un hombro, con la mayor despreocupación del mundo—. Seguro que volverá pronto. No es probable que encuentre marido en Escocia, después de todo, y ese es su objetivo esta primavera, ¿no?
Michael asintió secamente, mirando una mesa del otro extremo de la sala. Estaba desocupada. Absolutamente desocupada. Feliz, maravillosamente desocupada.
Se imaginó muy feliz en esa mesa.
—Noestamos en ánimo conversador esta noche, ¿eh? —comentó Colin, interrumpiendo su (sosa) fantasía.
—No —contestó Michael, algo fastidiado por la vaga insinuación de condescendencia de Colin al decir «estamos».
Colin se rio, y luego bebió el último sorbo de su copa.
Simplemente alargo las manos por encima de la mesa, le cojo el cuello y se lo aprieto hasta que le salgan de las órbitas esos malditos ojos verdes».
—¿Novas a brindar por la felicidad?—lepreguntó Colin.
A Michael se le escapó un gruñido incoherente y se bebió el whisky de un trago.
—¿Qué estás bebiendo? —preguntó Colin, con toda naturalidad. Se inclinó a mirarle el vaso—. Este whisky tiene que ser muy bueno.
Michael resistió el deseo de golpearle la cabeza con el vaso ya vacío.
—Muy bien —dijo Colin, encogiéndose de hombros—. Entonces brindarépor mi felicidad.
Bebió un trago, echó atrás la cabeza y volvió a llevarse el vaso a los labios.
Michael miró el reloj.
—¿Noes fantástico que no tenga ningún lugar donde estar? —musitóColin.
Michael dejó el vaso sobre la mesa haciéndolo sonar.—¿Quésentido tiene esto? —preguntó.
Por un momento pareció que Colin, que, según todos los informes, era capaz de hablar hasta tumbar a alguien debajo de la mesa, si quería, no iba a decir nada. Pero justo cuando Michael estaba listo para renunciar a todo fingimiento de educación y levantarse para salir, dijo:
—¿Hasdecidido qué vas a hacer? Michael se quedó muy quieto.
—¿Esdecir…?
—Nosabes ni una maldita cosa, Bridgerton.
Colin arqueó las cejas, al detectar el gruñido en su voz.
—Esextraño—musitó—.Oigo decir eso todo el santo día. Generalmente a mis hermanas.
Michael ya conocía esa táctica. El limpio salto a un lado de Colin era exactamente la maniobra que empleaba él con mucha facilidad. Y tal vez fue por ese motivo que cerró una mano en puño debajo de la mesa. Nada irrita tanto como ver reflejado el propio comportamiento en otra persona.
Pero, ay, Dios, tenía tan cerca la cara de Colin.
—¿Otro whisky? —preguntó Colin, estropeándole la hermosa visión de unos ojos morados.
Michael estaba de excelente humor para beber hasta perder el conocimiento, pero no en compañía de Colin Bridgerton, de modo que echóatrás la silla y contestó secamente:
—No.
—Tedas cuenta, Kilmartin —dijo Colin entonces, en un tono tan amable que casi le produjo un escalofrío a Michael—, que no hay ningún motivo para que no te cases con ella. Ninguno en absoluto. A excepción, claro —añadió, como si acabara de ocurrírsele—, de los que tú te inventas.
Michael sintió que se le rompía algo en el pecho; el corazón, probablemente, pero ya estaba tan acostumbrado a sentir eso que era una maravilla que siguiera notándolo.
Y Colin, malditos sus ojos, no pensaba quedarse callado.
—Sino quieres casarte con ella —continuó, pensativo—, pues no quieres
casarte con ella. Pero…
por la sorpresa. Ese era Colin Bridgerton, el mayor de los hermanos Bridgerton solteros. Prácticamente había hecho una profesión de evitar el matrimonio.
—¿Heoído bien?
—Es cierto —repuso Colin, mansamente—. Pensé que ya era hora, aunque creo que, para hacer honor a la verdad, debo reconocer que ella no me
obligó a pedírselo dos veces. Pero si te hace sentir mejor, me llevó varios minutos sacarle el sí.
Michael se limitó a mirarlo.
—Suprimera reacción a mi proposición fue caerse a la acera por la sorpresa —explicó Colin.
Michael resistió el impulso de mirar alrededor, no fuera que sin saberlo se hubiera metido en una farsa de teatro.
—Eh…¿está bien?
—Ah, sí, muy bien —contestó Colin, sosteniendo su vaso. Michael se aclaró la garganta.
—¿Puedo preguntar por la identidad de la afortunada dama?—Penelope Featherington.
«¿La que no habla?», estuvo a punto de soltar Michael. Bueno, esa sí que era una unión rara.
—Bueno, sí que estás sorprendido —dijo Colin, afortunadamente, de buen humor.
—Nosabía que desearas establecerte —improvisó Michael a toda prisa.
—Yotampoco —dijo Colin, sonriendo—. Es extraño cómo funcionan estas cosas.
—Nosabría decirlo.
—Alguien debe comunicárselo —dijo Michael, ceñudo.
—Sí, alguien debería —convino Colin sonriendo—. Iría yo personalmente. Hace mucho tiempo que no he estado en Escocia. Pero, claro, voy a estar un poquitín ocupado aquí, haciendo los preparativos para casarme. Lo cual es, por supuesto, todo el motivo de esta conversación, ¿no?
Michael lo miró fastidiado. Detestaba que Colin Bridgerton creyera que lo estaba manipulando inteligentemente, pero no veía cómo podía desengañarlo de esa idea sin reconocer que deseaba angustiosamente viajar a Escocia para ver a Francesca.
—¿Cuándo será la boda?
—Nolo sé muy bien. Espero que pronto.
—Entonces hay que comunicárselo a Francesca inmediatamente. Colin sonrió perezosamente.
—Sí,¿verdad?
Michael lo miró enfurruñado.
—Notienes por qué casarte con ella mientras estás allá—añadióColin—; solo infórmala de mis inminentes nupcias.
Michael volvió a su fantasía de estrangular a Colin Bridgerton y encontróla imagen más seductora que antes.
—Nos veremos —dijo Colin cuando Michael iba en dirección a la puerta—.¿Tal vez dentro de un mes o algo así?
Con lo que quería decir que no esperaba verlo en Londres muy pronto. Michael soltó una maldición en voz baja, pero no hizo nada para
contradecirlo. Podría odiarse por eso, pero ahora que tenía un pretexto para
a frotarse las manos enguantadas. Había un poco de neblina y el cielo estaba nublado, pero había un algo en la atmósfera que lo llamaba, recordándole a su alma cansada que aquello, y no Londres ni India, era su hogar.
Pero la agradable sensación de hogar que le producía el lugar no lo tranquilizaba mucho en su preparación para lo que le aguardaba. Era el momento de enfrentarse a Francesca.
Había ensayado mil veces ese momento desde su última conversación con Colin Bridgerton. Lo que le diría, los argumentos que expondría, en fin, y creía tenerlo solucionado. Porque antes de convencer a Francesca tuvo que convencerse él mismo.
Se casaría con ella.
Tendría que lograr que ella aceptara, lógicamente; no podía obligarla a casarse. Lo más probable era que ella inventara infinitas razones para explicar que eso era una idea loca, pero al final, la convencería.
Se casarían. Se casarían.
Ese era el único sueño que jamás se había permitido considerar una posibilidad.
Pero cuanto más lo pensaba, más lógica le encontraba. Olvidaría que la amaba, olvidaría que la había amado durante años. Ella no necesitaba saber nada de eso; decírselo solo la haría sentirse violenta y él se sentiría como un tonto.
Pero si se lo presentaba todo desde el punto de vista práctico, si le explicaba por qué era «sensato» que se casaran, seguro que lograría que a ella
…pero, como me has escrito, Francesca lleva los asuntos de Kilmartin con admirable habilidad. No es mi intención hurtarle el cuerpo a mis obligaciones, y te aseguro que si no tuviera una suplente tan capaz regresaría inmediatamente.
De una carta del conde de Kilmartin a su madre, Helen Stirling, dos años y medio después de su llegada a India, escrita luego de mascullar: «Y no contestó mi pregunta».
A Francesca no le hacía ninguna gracia considerarse cobarde, pero cuando laúnica otra opción era ser una tonta, prefería la cobardía. Alegremente.
Porque solo una tonta se quedaría en Londres, incluso en la misma casa, con Michael Stirling, después de experimentar su beso.
Ese beso fue…
No, no quería pensar en eso. Cuando lo pensaba no podía evitar sentirse culpable y avergonzada, porque no debería sentir eso por Michael.
Por Michael no.
No estaba en sus planes sentir deseo por nadie. Realmente, lo más que había esperado sentir por un marido era una moderada sensación de agrado, experimentar besos que le resultaran agradables en los labios pero que no la afectaran para nada en otros sentidos.
Eso le habría bastado.
Pero ahora… pero eso…
Escocia. Porque no creía tener la capacidad de resistírsele si volvía a presentarse la situación.
Ya llevaba casi una semana en Kilmartin, intentando sumergirse de lleno en la vida normal y cotidiana de la sede de la familia. Había muchísimo que hacer, llevar las cuentas, visitar a los aparceros, pero ya no encontraba la misma satisfacción que sentía antes al hacer esas tareas. La regularidad de sus tareas y obligaciones debería calmarla, tranquilizarla, pero hacía todo lo contrario, la hacía sentirse desasosegada, y no lograba concentrarse, no lograba centrar la mente en nada.
Estaba nerviosa, agitada, distraída, y la mitad del tiempo se sentía como si no supiera qué hacer consigo misma, en el sentido más literal y físico. No lograba estarse quieta sentada, por lo tanto había tomado la costumbre de salir de la casa, con sus botas más cómodas, y caminar durante horas y horas por el campo hasta quedar totalmente agotada.
Eso no le servía mucho para dormir mejor por la noche pero, de todos modos, al menos lo intentaba.
Y eso era lo que estaba haciendo en ese momento, con mucha energía; acababa de subir a la cima de la colina más alta de Kilmartin. Jadeante por el esfuerzo, miró los nubarrones oscuros en el cielo, tratando de calcular la hora y la probabilidad de que lloviera.
Era tarde, seguro, pensó, ceñuda. Debería volver a la casa.
No era una gran distancia la que tenía que recorrer; simplemente bajar el cerro y atravesar un campo cubierto de hierba. Pero cuando llegó al majestuoso pórtico de la mansión, había comenzado a lloviznar y llevaba la
sorprendiera. Se había imaginado que él podría seguirla, aunque, en ese caso, supuso que sería inmediatamente. Pero al haber transcurrido ya una semana, había comenzado a considerarse a salvo de sus atenciones.
A salvo de su reacción a esas atenciones.—¿Dóndeestá? —preguntó a Davies.
—¿Elconde? Ella asintió.
—Esperándola en el salón rosa.—¿Llegóhace mucho rato?
—No, milady.
Francesca hizo un gesto de asentimiento, indicándole que ya no lo necesitaba, y obligó a sus pies a llevarla por el pasillo hacia el salón rosa. No debería temer tan intensamente ese encuentro. Solo era Michael, por el amor de Dios.
Aunque tenía la deprimente sensación de que ya nunca volvería a ser«solo Michael».
De todos modos, había ensayado mentalmente un millón de veces lo que podría decirle. Pero en aquel momento todas las perogrulladas y explicaciones le parecían bastante inadecuadas, cuando estaba a punto de decirlas en voz alta.
«Qué alegría verte, Michael», podría decir, simulando que no había
ocurrido nada entre ellos.
O, «Tienes que comprender que eso no cambiará nada», aun cuando todo había cambiado.
cerrados para viajes largos, y más de una vez había preferido viajar así bajo llovizna y lluvia antes que ir encerrado con el resto de los pasajeros.
No lo llamó, aunque podría haberlo hecho. Con su silencio no iba a ganar mucho tiempo; él se volvería a mirarla muy pronto. Pero por el momento solo deseaba tomarse el tiempo para acostumbrarse a su presencia, para comprobar que tenía la respiración controlada, que no iba a hacer algo realmente estúpido, como echarse a llorar, o a reír, con una risa nerviosa y tonta.
—Francesca —dijo él sin volverse.
Había percibido su presencia, entonces. Se le abrieron más los ojos, aunque eso no debería sorprenderla. Desde que estuvo en el ejército, él tenía una capacidad casi felina para percibir su entorno. Probablemente eso lo mantuvo vivo durante la guerra. Al parecer, nadie podía atacarlo por detrás.
—Sí —dijo, y luego, pensando que debía decir algo más, añadió—:
Espero que hayas tenido un agradable viaje.—Muy agradable —dijo él, volviéndose.
Ella tragó saliva, tratando de no fijarse en lo guapo que era. Prácticamente la había dejado sin aliento en Londres, pero ahí se veía distinto. Más fiero, más primitivo.
Mucho más peligroso para su alma.
—¿Haocurrido algo en Londres? —preguntó, con la esperanza de que su visita tuviera algún motivo práctico.
Porque si no lo había, quería decir que había venido por ella, y eso la asustaba de muerte.
—Noha ocurrido nada —contestóél—,aunque sí traigo una noticia. Ella ladeó la cabeza, esperando que continuara.
no hay una boda en la familia. Desde…
Se interrumpió, aunque los dos comprendieron que ella estuvo a punto de decir «la mía».
Se hizo el silencio en el salón como un huésped indeseado, que finalmente rompió ella, diciendo:
—Bueno, hace mucho tiempo. Mi madre debe de estar encantada.
—Mucho —confirmóél—.O al menos eso me dijo tu hermano. No tuve la oportunidad de conversar con ella.
Francesca carraspeó para aclararse la garganta y luego trató de fingir que se sentía muy cómoda en esa extraña situación haciendo un gesto despreocupado con la mano.
—¿Tequedarás un tiempo?
—Nolo he decidido —repuso él, avanzando otro paso—. Depende. Ella tragó saliva.
—¿Dequé?
Él redujo a la mitad la distancia entre ellos.—Deti —contestó dulcemente.
Ella entendió qué quería decir, o al menos creyó que lo entendía, pero loúltimo que deseaba en ese momento era reconocer lo que ocurrió en Londres, de modo que retrocedió un paso, que era lo más que podía hacer sin salir corriendo de la sala, y simuló que no entendía.
—Noseas tonto—dijo—.Esta es tu casa. Puedes entrar y salir como te plazca. No tengo ningún control sobre tus actos.
Él esbozó una sonrisa irónica.
—¿Esoes lo que crees? —musitó.
detrás de ella.
Ella miró hacia atrás, aun sabiendo qué vería.
—Nosési…
—Yosí. Ciérrala —añadió, con una voz que era terciopelo sobre acero. Ella la cerró. Estaba bastante segura de que eso no convenía, pero la cerró
de todos modos. Lo que fuera que él quería decirle, no le importaba que lo
oyeran todos los criados.
Pero cuando soltó el pomo, pasó junto a él y se adentró en el salón, poniendo una distancia más cómoda, y un tresillo entero, entre ellos.
A él pareció divertirle eso, pero no se burló; simplemente dijo:
—Lohe pensado muchísimo desde que te marchaste de Londres. Igual que ella, pero no le veía sentido a decirlo.
—Noera mi intención besarte —continuó él.
—¡No!—exclamó ella, demasiado fuerte—. Es decir, no, claro que no.
—Pero ahora que tehe…que nos hemos…
Ella se encogió ante su empleo del plural. O sea que no le iba a permitir fingir que no había sido una participante bien dispuesta.
—Ahora que está hecho, sin duda entiendes que todo ha cambiado. Entonces ella lo miró; había estado mirando resueltamente las flores de lis
rosa y crema del tapiz de damasco del sofá.
—Por supuesto —dijo, tratando de desentenderse de la opresión que comenzaba a sentir en la garganta.
Él cerró las manos sobre el borde de caoba de un sillón Hepplewhite. Francesca le miró las manos; se le habían puesto blancos los nudillos.
menos incómoda. Y no era que deseara que él se sintiera mal; bueno, tal vez sí. Era justo, después de cómo había pasado ella esa semana. Pero encontraba un cierto alivio al saber que la incomodidad o violencia no era unilateral; queél había estado tan perturbado y estremecido como ella.
O si no, por lo menos no había estado indiferente.
Él se aclaró la garganta y levantó ligeramente el mentón, enderezando el cuello. Y de repente sus ojos se clavaron en los de ella con un brillo extraordinario.
—Creo que deberíamos casarnos —dijo.
¿Qué? Lo miró boquiabierta. ¿Qué? Entonces lo dijo:
—¿Qué?
No dijo «Perdona, no te he entendido», y ni siquiera «¿Perdón?». Simplemente dijo «¿Qué?».
—Siescuchas mis argumentos, verás que tienen lógica.—¿Estásloco?
Él se echó ligeramente hacia atrás.—No, en absoluto.
—Nopuedo casarme contigo, Michael.—¿Porqué no?
¿Por qué no? Porque… porque…
—¡Porque no puedo! —exclamó—. Por el amor de Dios, tú, justamente tú, deberías entender lo demencial que es esa sugerencia.
—Reconozco que en una primera reflexión parece irregular, pero si escuchas mis argumentos, verás lo sensato que es.
Ella volvió a mirarlo boquiabierta.
Era…
Buen Dios, no sabía qué era. ¿Existiría una palabra para definir algo que simplemente le quitaba el suelo que estaba pisando?
—Tedaré hijos —dijo él dulcemente—. O al menos lo intentaré.
Ella se ruborizó. Lo notó al instante, le ardían las mejillas, tenían que estar de un rojo subido. No quería imaginarse en la cama con él. Se había pasado toda esa semana desesperada intentando no imaginárselo.
—¿Quéganarás tú? —preguntó en un susurro.
Él pareció sorprendido por la pregunta, pero se recuperó enseguida.
—Tendré una esposa que ha administrado mis propiedades durante años. Y no soy tan orgulloso como para no aprovechar tu conocimiento superior.
Ella asintió. Solo una vez, pero bastó como señal para que él continuara:
—Yate conozco y confío en ti. Y estoy seguro de que no te desviarás.
—Nopuedo pensar en esto ahora —dijo ella, cubriéndose la cara con las manos.
Le giraba la cabeza y tenía la horrible sensación de que no se recuperaría de eso jamás.
—Tiene lógica —dijo Michael—. Solo tienes que considerar…
—No —dijo ella, desesperada por encontrar un tono resuelto—. No resultaría. Lo sabes.—Ledio la espalda, pues no quería mirarlo—. No puedo
creer que hayas considerado…
—Yotampoco lo creía cuando me vino la idea —admitióél—.Pero una vez que la tenía, no pude dejar de pensarla y pronto comprendí que tiene perfecta lógica.
sintió su mano en el brazo, suave pero sujetándola con implacable firmeza.—Espera —dijo él, y ella no pudo moverse.
—¿Quéquieres? —musitó.
No lo estaba mirando pero veía su cara en la mente, veía su pelo negro medianoche caído sobre la frente, sus ojos de párpados entornados, enmarcados por pestañas tan largas que podían hacer llorar de envidia a unángel.
Y sus labios. Principalmente veía sus labios, perfectos, bellamente modelados, siempre curvados en esa expresión pícara de él, como si supiera cosas, como si entendiera el mundo de una manera que no podrían entenderlo nunca mortales más inocentes.
Él le subió la mano por el brazo hasta los hombros y se la deslizósuavemente, como una caricia de pluma, por el lado del cuello.
Y entonces habló, diciéndole con una voz grave y ronca que le llegó hasta el fondo de su ser:
—¿Nodeseas otro beso?
…sí, por supuesto. Francesca es una maravilla. Pero eso túya lo sabías, ¿no?
De una carta de Helen Stirling a su hijo, el conde de Kilmartin, dos años y nueve meses después de su marcha a India
Michael no habría sabido decir en qué momento se le hizo evidente que tendría que seducirla. Había intentado convencerla apelando a su innato sentido práctico y juicio, y no daba resultado.
No podía recurrir a la emoción, porque eso era unilateral, solo por parte deél.
Así pues, tendría que recurrir a la pasión.
La deseaba, ay Dios, cuánto la deseaba, y con una intensidad que nunca se había imaginado antes de besarla hacía una semana en Londres. Pero aun cuando la sangre le corría alborotada por el deseo y la necesidad y, sí, por el amor, su mente discurría con agudeza y cálculo; sabía que si quería atarla a él, debía hacerlo así; tenía que persuadirla de ser suya de una manera en que ella no pudiera negarse. Debía dejar de intentar convencerla con palabras, pensamientos e ideas. Ella intentaría salir de la situación con palabras, simulando que no había ningún sentimiento implicado.
Pero si la hacía suya, si dejaba su marca en ella de la manera más física posible, estaría con ella siempre.
—Cierto —dijo él, llevándose la mano de ella a la boca y besándole la palma. Luego deslizó la lengua por su muñeca, simplemente porque podía—. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo —añadió, mirándola a través de las pestañas—, ya no hay ningún otro que yo quiera ser.
—Michael —susurró ella, arqueándose hacia atrás.
Lo deseaba, comprendió él. Lo notaba en su respiración.
—¿Michael, no o Michael, sí? —musitó, besándole el interior del codo.—Nolo sé —gimió ella.
—Muy justo.
Fue subiendo los labios hasta mordisquearle suavemente el mentón, hasta que ella no tuvo otra opción que echar atrás la cabeza. Y él no tuvo otra
opción que besarle el cuello.
Continuó besándola, deslizando los labios lenta y concienzudamente, sin dejar ni una pulgada de su piel libre del asalto sensual. Subió la boca por el contorno de la mandíbula, le mordisqueó el lóbulo de la oreja y de allí bajóhasta el borde del escote, que cogió entre los dientes. La oyó ahogar una exclamación, pero no le dijo que parara, por lo que fue bajando y bajando el corpiño hasta que quedó libre un pecho.
Dios santo, cuánto le gustaba esa nueva moda femenina.—¿Michael? —susurró ella.
—Chss.
No quería tener que contestar ninguna pregunta; no quería que ella pudiera pensar como para hacer una pregunta.
Deslizó la lengua por debajo del pecho, saboreando el aroma salado y dulce de su piel y luego ahuecó la mano en el pecho. Había ahuecado la mano
dejándola estremecerse de expectación tal vez un segundo más de lo que era justo, se inclinó y se apoderó de su pecho con la boca, derramando años y años de deseo en ese pecho, centrándolo perversamente en ese inocente pezón.
Ella no tenía ni una mínima posibilidad.
—¡Oooh! —exclamó ella, asiéndose al borde de la mesa para afirmarse y arquear todo el cuerpo—. Oh. Oh, Michael. Oh, Dios mío.
Él aprovechó su pasión para sujetarla por las caderas y levantarla hasta dejarla sentada en la mesa, con las piernas separadas para él, y se instaló entre ellas, en esa cuna femenina.
Sintió correr la satisfacción por sus venas, aun cuando su cuerpo gritaba, reclamando su propio placer. Le encantaba poder hacerle eso a ella, hacerla exclamar, gemir y gritar de deseo. Ella era muy fuerte, siempre fría y serena, pero en ese momento era simple y puramente de él, esclavizada por sus necesidades, cautiva de sus expertas caricias.
Le besó el pecho, le lamió, mordisqueó y tironeó el pezón. La torturóhasta que creyó que ella iba a estallar. Tenía la respiración agitada y entrecortada, y sus gemidos eran cada vez más intensos.
Y mientras tanto, él deslizaba las manos por sus piernas, primero sujetándole los tobillos, luego las pantorrillas, subiéndole más y más la falda y las enaguas, hasta que quedaron arrugadas sobre sus rodillas.
Y solo entonces se apartó y le permitió tener una insinuación de alivio. Ella lo estaba mirando con los ojos empañados, los labios rosados y
entreabiertos. No dijo nada; él comprendió que era incapaz de decir algo. Pero
—¿Qué?—preguntó ella, sorprendiéndolo. Había creído que ella estaba tan sumergida en la pasión que no podría hacerle preguntas.
Le subió otro poco las faldas, lo suficiente para que no se deslizaran y cayeran hacia abajo.
—Deseas oírlo, ¿verdad? —musitó, subiendo las manos hasta dejarlas apoyadas en sus rodillas. Le apretó suavemente los muslos, trazándole círculos con los pulgares—. Quieres saber.
Ella asintió.
Él se le acercó más otra vez, y le rozó suavemente los labios con los de él, pero dejándose espacio para poder continuar hablando:
—Mehacías muchas preguntas —susurró, deslizando los labios hacia su
oreja—. Michael, cuéntame algo pícaro. Cuéntame algo perverso.
Ella se ruborizó. Él no le vio el rubor, pero lo percibió, sintió en su piel cómo le subía la sangre a las mejillas.
—Pero yo nunca te dije lo que deseabas oír, ¿verdad? —continuó, mordisqueándole suavemente el lóbulo de la oreja—. Siempre te dejaba fuera de la puerta del dormitorio.
Se interrumpió, no porque deseara oír una respuesta sino porque deseaba
oírla respirar.
—¿Tequedabas con la curiosidad?—musitó—.¿Después te quedabas con la curiosidad de saber lo no te había dicho? —Nuevamente la rozó con los labios, solo para sentirlos deslizándose por su oreja—. ¿Querías saber lo que hacía cuando me portaba mal?
No le exigiría contestar, eso no sería justo, pero no pudo impedir que su mente retrocediera a esos momentos, a las incontables veces que la
lengua por el pezón, que ya estaba duro y tenso con el aire frío de la tarde—.¿A ti?
Ella tragó saliva, convulsivamente. Él decidió interpretar eso como un sí.—Hay muchas opciones —dijo, con la voz ronca, subiendo otro poco las
manos por sus muslos—. No sé muy bien por dónde empezar.
Se detuvo a mirarla un momento. Ella tenía la respiración agitada, rápida, los labios entreabiertos e hinchados por sus besos. Y estaba como atontada, totalmente bajo su hechizo.
Se inclinó nuevamente, hacia la otra oreja, procurando que sus palabras le llegaran ardientes y húmedas hasta el alma:
—Pero creo que debería comenzar por donde más me necesitas. En primer
lugar te besaría… —le presionó con los pulgares la blanda piel de la entrepierna— aquí.
Guardó silencio un momento, el suficiente para que ella se estremeciera de deseo.
—¿Te gustaría? —continuó, con toda la intención de atormentarla y seducirla—. Sí, veo que sí. Pero eso no sería suficiente, para ninguno de los dos. —Deslizó los pulgares hasta tocarle la hendidura de la entrepierna y los presionó suavemente, para que ella supiera exactamente a qué se refería—. Creo que te gustaría mucho un beso ahí—añadió—,casi tanto —deslizóhacia abajo los pulgares por los bordes, acercándolos más y más a su centro—como un beso en la boca.
Ella estaba respirando más rápido.
—Tendría que estar un buen rato ahí —musitóél—,y tal vez cambiar los labios por la lengua, pasarla por este borde. —Empleó la uña para indicar el
Pero no, tenía que hacerlo lento. Tenía que atormentarla, torturarla, llevarla a las alturas del éxtasis y mantenerla ahí todo el tiempo que pudiera. Tenía que asegurar que los dos comprendieran que eso era algo de lo que no podrían prescindir jamás.
De todos modos, eso era difícil; no, era difícil para él, pues estaba tan excitado que le resultaba condenadamente difícil contenerse.
—¿Qué te parece, Francesca? —musitó, apretándole nuevamente los muslos—. Creo que no te hemos abierto mucho, ¿no crees?
Ella emitió un sonido. Él no supo qué era, pero lo encendió.
—Tal vez más de esto —dijo, y se le acercó más hasta que sus piernas quedaron totalmente abiertas.
La falda le quedó tirante sobre los muslos.
—Pst, pst, esto tiene que ser muy incómodo. A ver, déjame que te ayude. Sujetó la orilla del vestido y la tironeó hasta dejarla suelta sobre su
cintura. Y esa parte de ella quedó totalmente al descubierto.
Él no la veía todavía, teniendo los ojos fijos en su cara. Pero saber en quéposición estaba ella los hizo estremecerse a los dos, a él de deseo y a ella de expectación, y él tuvo que enderezar los hombros y acercarlos para conservar su autodominio. Todavía no era el momento. Lo sería, y pronto, seguro; estaba seguro de que moriría si no la hacía suya esa noche.
Pero por el momento, seguía siendo Francesca. Y lo que él lograra hacerla sentir.
—Notienes frío, ¿verdad?—lesusurró con la boca pegada al oído. Ella solo contestó con una respiración temblorosa.
Él puso un dedo en su centro femenino y comenzó a acariciárselo.
—.Más o menos así, creo, pero sería más ardiente.—Lepasó la lengua por el interior de la oreja—. Y más mojado.
—Michael —gimió ella.
Ah, dijo su nombre, y nada más. Estaba acercándose al borde.
—Losaborearía todo —susurró—. Hasta la última gota de ti. Y entonces, cuando estuviera seguro de que te había explorado totalmente, te abriría más—leabrió los pliegues con los dedos, introduciéndolos y abriéndola de la manera más perversa posible, y luego le atormentó la piel con lauña—.Por si me hubiera dejado algún rincón secreto.
—Michael —volvió a gemir ella.
—¿Quiénsabe cuánto tiempo te besaría? —susurróél—.Podría no ser capaz de parar. —Movió un poco la cara para poder mordisquearle el cuello—.Podría ser que tú no quisieras que parara.—Leintrodujo otro dedo—.¿Quieres que pare?
Jugaba con fuego cada vez que le hacía una pregunta, cada vez que le daba la oportunidad de decir no. Si estuviera más frío, más calculador, simplemente continuaría con la seducción y la poseería antes de que ella comenzara a considerar sus actos. Ella estaría tan inmersa en la oleada de pasión que antes de que se diera cuenta él estaría dentro de ella y sería, por fin e indeleblemente suya.
Pero había algo en él que no le permitía ser tan implacable; ella era Francesca, y necesitaba su aprobación aún cuando esta no fuera otra cosa que un gemido o un gesto de asentimiento. Era probable que después lo lamentara, pero él no quería que pudiera decir, ni siquiera para sí misma, que había sido sin pensarlo, que no había dicho sí.
siguió besándola mientras ella gemía. Continuó besándola ahí cuando ella le agarró el pelo y se lo tironeó, y continuó cuando ella le soltó el pelo y moviólas manos buscando desesperada un lugar para afirmarse.
La besó de todas las maneras que le había prometido, y continuó hasta que ella casi tuvo un orgasmo.
Casi.
Lo habría hecho, habría continuado, pero no lo consiguió. Tenía que tenerla. Había deseado eso tanto tiempo, había deseado hacerla gritar su
nombre y estremecerse de placer en sus brazos… que cuando eso ocurriera, la primera vez al menos, deseaba estar dentro de ella. Deseaba sentirla alrededor
de su miembro, y deseaba…
Demonios, simplemente lo deseaba así, y si eso significaba que estaba descontrolado, pues lo estaba.
Con las manos temblorosas se desabotonó la bragueta de las calzas y liberó su miembro, por fin.
—¿Michael? —musitó ella.
Había estado con los ojos cerrados, pero cuando él se apartó y la soltó, los abrió. Le miró el miembro y agrandó los ojos. No había forma de equivocarse respecto a lo que iba a ocurrir.
—Tenecesito—ledijo él, con la voz ronca. Y al ver que ella no hacía
otra cosa que mirarlo, repitió—. Te necesito, ahora mismo.
Pero no sobre la mesa. Ni siquiera él tenía ese talento, de modo que la cogió en los brazos, se estremeció de placer cuando ella lo rodeó con las piernas, y la depositó sobre la mullida alfombra. No era una cama, pero no había manera de hacerlo en una cama y, francamente, no creía que eso
comprendió que hasta ese momento solo había sido un niño. Porque jamás había sido así.
Todo lo anterior había sido su cuerpo. Esto era su alma.
…lo sabía, sí, absolutamente.
De una carta de Michael Stirling a su madre, Helen, tres años después de su llegada a India
La mañana siguiente fue la peor que Francesca podía recordar de ese último tiempo.
Lo único que deseaba era llorar, pero incluso eso le parecía imposible. Las lágrimas eran para las inocentes, y ese era un adjetivo que no podía volver a emplear nunca más para definirse a sí misma.
Esa mañana se odiaba, se odiaba por haber traicionado a su corazón, haber traicionado hasta su último principio, y todo por un momento de perversa pasión.
Detestaba haber sentido deseo de un hombre que no era John, y detestaba aún más que ese deseo hubiera superado con creces todo lo que había sentido con su marido. Su cama de matrimonio había sido de risas y pasión, pero nada, nada de eso podría haberla preparado para la perversa excitación que sentía cuando Michael le susurraba al oído todas las cosas pícaras que deseaba hacer con ella.
Ni para la explosión que siguió, cuando él cumplió sus promesas. Detestaba que hubiera ocurrido todo eso, y detestaba que hubiera ocurrido
con Michael, porque en cierto modo eso lo hacía triplemente malo.
acababa de llegar, y a no ser que estuviera preparada para continuar la huida hasta el norte, pasar por las Órcadas y seguir hasta Noruega, estaba clavada allí.
Pero sí podía dejar la casa, y eso fue exactamente lo que hizo a las primeras luces del alba, y eso después de su patética actuación de esa noche, cuando salió tambaleante del salón rosa después de la intimidad compartida con Michael, mascullando frases incoherentes y disculpas, para luego ir a encerrarse en su habitación, de la que no salió el resto de la noche.
No deseaba enfrentarlo todavía.
El cielo sabía que no se creía capaz.
Ella, que siempre se había enorgullecido inmensamente de su sangre fría, de su serenidad, se había convertido en una idiota tartamuda, mascullando tonterías como una loca de atar, aterrada ante la sola idea de enfrentarse al hombre que, estaba claro, no podía eludir eternamente.
Pero si lograba eludirlo un día, se decía, eso ya era algo. Y en cuanto al mañana, bueno, ya se ocuparía del mañana en otro momento. Mañana, tal vez. Por el momento, lo único que deseaba hacer era huir de sus problemas.
El valor, ya estaba totalmente segura, era una virtud muy sobrevalorada. No sabía adónde quería ir; a cualquier lugar que se pudiera llamar
«fuera», cualquier lugar donde pudiera decirse que las posibilidades de encontrarse con Michael eran mínimas.
Y entonces, dado que, como estaba convencida, ningún poder superior se inclinaba a mostrarle benevolencia nunca más, comenzó a llover, cuando solo llevaba una hora caminando. Comenzó con una suave llovizna, que no tardóen convertirse en un verdadero aguacero. Se cobijó debajo de la frondosa
Lógicamente él no le hizo caso; puso al caballo debajo del árbol, lo atóflojamente a una rama baja y se apeó de un salto.
—Santo cielo, Francesca —dijo, sin ningún preámbulo—. ¿Qué haces aquí?
—Ybuenos días tengas, también —masculló ella.—¿Tienes una idea del rato que llevo buscándote?
—Todo el tiempo que he estado refugiada debajo de este árbol, me imagino.
Tal vez debería sentirse contenta de que él hubiera venido a rescatarla, y aunque sus temblorosas piernas le hacían comezón por saltar al caballo y alejarse, el resto de ella seguía de mal humor y muy dispuesto a llevar la contraria, simplemente por las ganas de llevar la contraria.
Nada pone a una mujer de peor ánimo que una buena paliza de desprecio por sí misma.
Aunque, pensó, bastante irritada, él tenía su parte de culpa en el desastre de esa noche. Y si suponía que toda su letanía de aterrados «Lo siento» de después del desastre significaban que lo eximía de culpa, estaba muy equivocado.
—Vamos, entonces —dijo él enérgicamente, haciendo un gesto hacia el caballo.
Ella no lo miró a la cara, mantuvo la mirada fija en su hombro.—Lalluvia está amainando.
—EnChina, tal vez.
—Estoy muy bien —mintió ella.
llovizna.
—¿Ypiensas quedarte en el campo seis horas hasta que se seque tu vestido? —preguntó él con la voz arrastrada—. ¿O prefieres una fiebre pulmonar prolongada?
Entonces ella lo miró a los ojos.—Eres un hombre horrendo.
—Vamos —rioél—,esa es la primera cosa veraz que has dicho esta mañana.
—¿Esposible que no entiendas que deseo estar sola? —replicó ella.
—¿Es posible que tú no entiendas que no deseo que te mueras de neumonía? Sube al caballo, Francesca —ordenó, en el tono que ella imaginaba que él empleaba con sus soldados en Francia—. Cuando estemos en casa puedes sentirte libre para encerrarte en tu habitación dos semanas completas si se te antoja, pero ahora, ¿no podemos salir de la lluvia?
Era tentador, claro, pero más que eso, era horrorosamente irritante, porque lo que él decía no era otra cosa que de sentido común, y lo último que deseaba ella era que él tuviera razón en algo. Sobre todo porque tenía la deprimente sensación de que necesitaría más de dos semanas para dejar atrás lo ocurrido esa noche.
Necesitaría toda una vida.
—Michael —dijo, con la esperanza de apelar a alguna parte de él que se apiadara de las mujeres patéticas y temblorosas—. No puedo estar contigo en estos momentos.
—¿Durante una cabalgada de veinte minutos? —ladró él.
haberte portado como una idiota saliendo con esta lluvia.
—Noestaba lloviendo cuando salí —repuso ella, como una niñita, y se le escapó un «¡Oh!» de sorpresa cuando él azuzó al caballo y lo puso en marcha.
Entonces, claro, deseó tener algo distinto a los muslos de él para mantener el equilibrio.
O que él no la sujetara tan firme con el brazo, ni lo pusiera tan alto sobre su caja torácica. Buen Dios, sus pechos iban prácticamente apoyados en su antebrazo.
Eso sin tener en cuenta que iba sentada entre sus muslos, con el trasero
presionándole…
Bueno, por lo menos la lluvia servía para algo. Él tenía que estar tiritando de frío, lo cual podría ayudar muchísimo a su imaginación en mantener controlado su traicionero cuerpo.
Pero claro, esa noche lo había visto, visto a Michael de una manera que jamás se imaginó que lo vería, en toda su espléndida gloria masculina.
Y eso era lo peor de todo. Esa frase «espléndida gloria masculina» debería ser una broma, para decirla con sarcasmo y una sonrisa ladinamente perversa.
Pero a Michael le sentaba a la perfección.Él sentaba a la perfección.
Y ella había perdido hasta el último vestigio de cordura que le quedaba. Cabalgaban en silencio, o si no exactamente en silencio, al menos no
hablaban. Pero había otros sonidos, mucho más peligrosos y amedrentadores. Ella iba totalmente consciente de cada respiración de él; la sentía pasar suave, susurrante por la oreja, y podía jurar que sentía los latidos de su corazón en la
espalda. Además…
—¿Lacasa del jardinero? —repitió ella, aunque sabía muy bien a qué se refería.
Era una casa pequeña, de una sola habitación, que estaba deshabitada desde que el actual jardinero se mudó a una casa más grande al otro lado de la propiedad, pues su mujer dio a luz a gemelos.
—¿Nopodemos irnos a casa? —preguntó algo desesperada.
Lo último que necesitaba era estar a solas con él, atrapada en una acogedora casita que, si no recordaba mal, tenía una cama bastante grande.
—Apie nos llevará más de una hora —dijo él, lúgubremente—, y la tormenta va a empeorar.
Y tenía razón, maldición. El cielo había tomado un curioso tinte verdoso y las nubes tenían ese extraño resplandor que suele preceder a una tormenta de exquisita violencia.
—Muy bien —dijo, tratando de tragarse la aprensión.
No sabía qué la asustaba más, si estar clavada en un lugar bajo una tormenta o estar atrapada con Michael en una casa de una sola habitación.
—Sicorremos podemos llegar en unos minutos. O, mejor dicho, tú puedes correr. Yo tendré que llevar a Felix. No sé cuánto le llevará hacer el trayecto.
Francesca se giró a mirarlo con los ojos entrecerrados.—Nohas hecho esto a propósito, ¿verdad?
Él se volvió hacia ella con una expresión atronadora, igualada de una manera terrible por el relámpago que atravesó el cielo.
—Losiento—seapresuró a decir, lamentando al instante sus palabras. Había ciertas cosas de las que no se podía de ninguna manera, ni por ningún motivo, acusar jamás a un caballero británico, de las cuales, la primera y
Pero mientras corría, con las piernas doloridas y los pulmones a punto de reventar, la respuesta a esa pregunta no le parecía terriblemente importante. Se apoderó de ella el dolor del esfuerzo, solo igualado por los pinchazos de la lluvia en la cara. Pero todo le parecía extrañamente apropiado, como si no se mereciera más.
Y probablemente no se lo merecía, pensó tristemente.
Cuando Michael abrió la puerta de la casa del jardinero, estaba empapado hasta los huesos y tiritaba como un loco. Le había llevado mucho más tiempo del que había creído conducir a Felix hasta la casita, y cuando llegó allí, se encontró ante la tarea de encontrarle un lugar apropiado para atarlo, puesto que no podía dejarlo expuesto debajo de un árbol con esa tormenta. Finalmente logró improvisar un corral con techo en el lugar que antes era un gallinero, pero el resultado fue que cuando entró en la casa llevaba las manos ensangrentadas y las botas manchadas con asqueroso estiércol que la lluvia, inexplicablemente, no logró quitarle.
Francesca estaba arrodillada junto al hogar, intentando encender el fuego. A juzgar por lo que farfullaba, sin mucho éxito.
—¡Cielo santo! —exclamó al verlo—. ¿Qué te ha pasado?
—Tuve problemas para encontrar un sitio donde atar a Felix —explicócon la voz áspera—. He tenido que construirle un refugio.
—¿Contus manos?
—Notenía otras herramientas —dijo él, encogiéndose de hombros. Ella miró nerviosa por la ventana.
que me sienta más caritativa contigo que hace una hora, pero no quiero que sufras una recaída.
A él le pasó por la mente la idea de mentir para conquistarse su compasión, pero al fin se limitó a decir:
—Nofunciona así.—¿Estásseguro?
—Totalmente. Los enfriamientos no producen la enfermedad.
—Ah—dijo ella, y se tomó un momento para asimilar la información—.
Bueno, en ese caso… —apretó los labios de modo desagradable—. Continúa, entonces —concluyó.
Michael le hizo una insolente venia y reanudó la tarea de quitarse las botas; se quitó la segunda con un firme tirón y luego puso las dos con sumo cuidado cerca de la puerta.
—Nolas toques —dijo, distraído, caminando hacia el hogar—. Están asquerosas.
—Nohe logrado encender el fuego —dijo ella, de pie cerca del hogar, decepcionada de sí misma—. Lo siento. Creo que no tengo mucha experiencia en eso. Pero encontré leña seca en el rincón —explicó indicando el par de leños que había puesto en el hogar.
Él se acuclilló y se puso a la tarea de encender el fuego; todavía le dolían las manos por los arañazos que se había hecho al limpiar de zarzas el gallinero para hacerle un lugar a Felix. Le venía bien el dolor en realidad. Aunque fuera poca cosa, de todos modos le daba algo en qué pensar que no fuera la mujer que estaba de pie detrás de él.
Estaba enfadada.
rabia o la pinchaba y presionaba hasta que ella aceptara lo inevitable de la situación? Seguro que eso último lo dejaría magullado, pero creía que presentaba una mayor posibilidad de éxito.
Si la dejaba en paz, ella pensaría que el problema estaba olvidado, y tal vez encontraría una manera de fingir que no había ocurrido nada.
—¿Lo encendiste? —preguntó ella, desde el otro extremo de la habitación.
Él estuvo unos segundos más soplando una pequeña llamita y exhaló un suspiro de satisfacción cuando varias llamitas comenzaron a lamer los leños.
—Tendré que soplar y atizar un rato más —dijo, girándose a mirarla—. Pero sí, dentro de un momento estará fuerte.
—Estupendo —dijo ella. Retrocedió unos pasos hasta que quedó sentada en la cama—. Yo estaré aquí.
Él no pudo evitar una sonrisa al oírla. La casita solo tenía esa habitación.¿Dónde creía que podía ir?
—Tú puedes quedarte ahí —continuó ella, en un tono de institutriz antipática.
Él siguió la dirección de su brazo hacia el rincón opuesto.—¿Sí?
—Creo que es mejor.
—Muy bien —contestó él, encogiéndose de hombros.—¿Muybien?
—Muy bien —repitió él y comenzó a quitarse la ropa.
—¿Quéhaces? —exclamó ella, arreglándoselas para manifestar horror y altivez al mismo tiempo.
—¿Para congelarme? Aunque no me amenace la malaria, no tengo el menor deseo de pillar un catarro. Además, no hay nada que no hayas visto ya.—Aloírla ahogar una exclamación, añadió—: No, espera. Perdona. No me has visto esta parte. Anoche no logré quitarme nada más que los pantalones,¿verdad?
—Fuera de aquí —dijo ella, furiosa.
Él se echó a reír e hizo un gesto con la cabeza hacia la ventana, que vibraba con el tamborileo de la lluvia sobre el cristal.
—Creo que no, Francesca. Estás encerrada conmigo hasta que pase la tormenta, me parece.
Como para probar ese punto, la casa tembló hasta los cimientos con la fuerza de los truenos.
—Podría convenirte girar la cabeza hacia el otro lado —continuó él en tono amistoso. Al ver que ella agrandaba ligeramente los ojos, sin comprender, añadió—: Me voy a quitar los pantalones.
Ella emitió un gruñido de horror, pero giró la cabeza.
—Ah, y quítate de ahí —gritó él, sin dejar de quitarse ropa—. Estás empapando las mantas.
Por un instante pensó que ella iba a plantar más firme el trasero en la cama, solo para llevarle la contraria, pero debió ganar su sentido común, porque se levantó, sacó la colcha y la agitó para que cayeran las gotas que había dejado.
Él caminó hasta la cama, le bastaron cuatro pasos largos, y sacó la manta, para cubrirse. No era tan grande como la colcha que tenía ella, pero le iría bien.
Ella pareció vacilar.
—Por el amor de Dios, Francesca —dijo él, con la paciencia casi agotada—.Te juro que no te voy a violar. Al menos no esta mañana ni sin tu permiso. Curiosamente, eso le hizo arder las mejillas a ella, con más ferocidad aún, pero todavía debía tenerle cierta consideración a él y a su palabra, porque fue
a sentarse en el suelo cerca del hogar.
—¿Sientes más calor ahora?—lepreguntó, simplemente para provocarla.—Sí.
Él dedicó los minutos siguientes a atizar y soplar el fuego, vigilando que las llamas no se apagaran, y de tanto en tanto le miraba disimuladamente el perfil. Pasado un rato, cuando vio que ya se le había suavizado un poco la expresión, decidió probar suerte y le dijo, en tono bastante amable.
—Alfinal no me contestaste anoche. Ella no se giró a mirarlo.
—¿Aqué pregunta?
—Creo que te pedí que te casaras conmigo.
—No, no me lo pediste —contestó ella, con la voz bastante tranquila—. Me informaste de que creías que deberíamos casarnos y luego explicaste por qué.
—¿Sí?—musitóél—.Qué descuidado soy.
—Nointerpretes eso como una invitación a hacerme la proposición ahora—dijo ella secamente.
—¿Yme vas a hacer desperdiciar este momento tan romántico? —dijo él con la voz arrastrada.
Se mordió la lengua, aunque de mala gana, para respetar sus sentimientos,
pero si estaba poniendo en peligro su salud… bueno, eso lo anularía todo.
Pero no estaba tiritando y tampoco mostraba ningún signo de que sintiera un frío excesivo, aparte de la forma como tenía levantadas varias partes de la falda cerca del fuego, intentando inútilmente que se secara la tela. De tanto en tanto daba la impresión de que iba a hablar, pero luego cerraba la boca, mojándose los labios y exhalando suaves suspiros.
Y entonces, sin siquiera mirarlo, dijo:
—Loconsideraré.
Él arqueó una ceja, esperando que continuara.
—Lode casarme contigo —aclaró ella, sin dejar de mirar fijamente el fuego—. Pero no te daré la respuesta ahora.
—Podrías estar embarazada —dijo él en voz baja.
—Eso lo sé muy bien.—Serodeó las rodillas dobladas con los brazos—. Te daré la respuesta cuando tenga esa respuesta.
Michael se enterró las uñas en las palmas. Le había hecho el amor en parte para forzarle la mano, no podía pasar por alto ese desagradable hecho, pero no con la intención de dejarla embarazada. Su intención había sido atarla a él con la pasión, no con un embarazo no planeado.
Y ahora ella le decía, en esencia, que solamente se casaría con él por el bien de un bebé.
—Comprendo —dijo, pensando que la voz le salía muy tranquila, si tomaba en cuenta la oleada de furia que le corría por las venas. Furia que tal vez no tenía derecho a sentir, pero la sentía de todas maneras, y no era tan caballero como para no hacerle caso—. Entonces es una lástima que haya
—¿Porqué?
Él no supo qué le preguntaba, pero de todos modos contestó, con la única verdad de la que no podía escapar:
—Porque tengo que hacerlo. Ella agrandó los ojos.
—¿Medas un beso, Francesca? Ella negó con la cabeza.
Estaba más o menos a metro y medio de distancia, y los dos estaban sentados en el suelo. Se le acercó arrastrándose, y el corazón se le aceleró al ver que ella no se alejaba.
—¿Mepermites que te bese? —musitó. Ella no se movió.
Se le acercó más.
—Tedije que no te seduciría sin tu permiso —dijo, con la voz ronca, con los labios a solo unos dedos de los de ella—. ¿Me besas, Francesca?—repitió.
Ella se movió hacia él. Y él supo que era de él.
…creo que Michael podría estar pensando en volver a casa. No lo dice así, francamente, en sus cartas, pero no puedo descartar la intuición de una madre. Sé que no debo animarlo a dejar atrás todos sus éxitos en India, pero creo que nos echa de menos. Sería maravilloso tenerlo en casa,¿verdad?
De una carta de Helen Stirling a la condesa de Kilmartin, nueve meses antes del regreso del conde de Kilmartin de India
Cuando sintió sus labios en los de ella, Francesca solo pudo pensar que había perdido la cordura. Nuevamente Michael le había pedido permiso. Nuevamente le había dado la oportunidad de apartarse, de rechazarlo y mantenerse a una distancia prudente.
Pero otra vez su mente estaba esclavizada por su cuerpo, y simplemente no tenía la fuerza para impedir la aceleración de su respiración ni los retumbos del corazón.
Ni el ardiente hormigueo de expectación que sintió cuando sus manos grandes y fuertes bajaron por su cuerpo, acercándose poco a poco al centro de su feminidad.
—Michael —musitó, pero los dos sabían que su súplica no era de rechazo.
de la garganta, con una emoción que ella nunca se imaginó que vería en él.—¿Michael? —susurró.
El nombre le salió como para hacer una pregunta, aunque no sabía quéquería preguntarle. Y él, estaba bastante segura, no sabría qué contestarle; al menos con palabras. La levantó en los brazos y la llevó hasta la cama; allí se detuvo para quitarle la camisola.
Ahí podía parar, se dijo ella; ahí podía ponerle fin a eso. Michael la deseaba, terriblemente, eso ella lo veía, su deseo era muy visible. Pero pararía si ella lo decía.
Pero no pudo. Por mucho que su cerebro le presentara razones para aclararle los pensamientos, sus labios no podían hacer otra cosa que acercarse a los de él, esperando otro beso, ansiosos por prolongar el contacto.
Deseaba eso. Lo deseaba a él. Aun sabiendo que estaba mal, era tan mala que no podía parar.
Él la hacía perversa.
Y deseaba deleitarse en eso.
—No—dijo, y la palabra le salió de la boca con torpe brusquedad.Él dejó las manos quietas.
—Yolo haré —dijo ella.
Él la miró a los ojos y a ella le pareció que se ahogaba en esas profundidades color mercurio. Vio cien preguntas en esos ojos, ninguna de las cuales estaba preparada para contestar. Pero sí sabía una cosa, aun cuando no pudiera expresarlo en voz alta. Si iba a hacer eso, si era incapaz de negarse la satisfacción de su deseo, por Dios que lo haría de todas las maneras posibles. Tomaría lo que deseaba, robaría lo que necesitaba, y al terminar el día, si
Quería saber si él era capaz de hablar; quería saber si ella era capaz de volverlo loco, hacerlo esclavo de su deseo, tal como había hecho él con ella.
—Sí—dijo él, con la voz ronca, ahogada.
Ella no era ninguna inocente; había estado casada dos años con un hombre de deseos sanos y vigorosos, un hombre que le había enseñado a celebrar eso mismo en ella. Sabía ser descarada, desenfadada, sabía la manera de estimular su deseo, pero nada podría haberla preparado para la carga eléctrica que pasaba por ella en ese momento, para la fascinación de desnudarse para Michael.
Ni para la pasmosa oleada de excitación que sintió cuando levantó la vista hacia su cara y lo vio observándola.
Eso era poder. Y le encantaba.
Con un movimiento lento, se subió la orilla de la camisola hasta justo encima de las rodillas, y poco a poco la fue subiendo por los muslos hasta que casi le llegó a las caderas.
—¿Hasta ahí? —bromeó, mojándose los labios y esbozando una seductora media sonrisa.
Él negó con la cabeza.—Más—exigió.
¿Exigió? Eso no le gustó.—Suplícamelo.
—Más—dijo él en tono más humilde.
Ella asintió aprobadora, pero justo antes de dejarle ver el triángulo de vello púbico, se dio media vuelta, subió la camisola por las nalgas y continuó
Su voz sonó más cerca. Debía de estar sentado, a segundos de acercarse a ella.
—Acuéstate —dijo, en suave tono de advertencia.
—Francesca —repitió él, y ella detectó un deje de desesperación en su voz.
Le oyó la respiración agitada; comprendió que no se había movido, que seguía intentando decidir qué hacer.
—Acuéstate —dijo, por última vez—. Si me deseas.
Al cabo de un segundo de silencio, lo oyó echarse en la cama. Pero también oyó su respiración, que ya sonaba áspera, muy agitada, con un matiz peligroso.
—Así,bien —susurró.
Lo atormentó otro poco, deslizando suavemente las manos por su cuerpo, rozándose la piel con las uñas, sintiendo que se le ponía la carne de gallina.
—Mmm —gimió, haciendo el sonido seductor—. Mmm.
—Francesca…
Ella se pasó las manos por el vientre y las bajó, sin llegar a tocarse ahí (no sabía si era tan perversa para hacer eso), solo lo suficiente para cubrirse el pubis, dejándolo en la ignorancia, solo imaginándose qué podría estar haciendo ella con los dedos.
—Mmm —murmuró otra vez—. Ooh.
Él emitió un sonido gutural, primitivo, solo un sonido. Estaba llegando al punto de ruptura; no podría atormentarlo más.
Lo miró por encima del hombro, mojándose los labios.
—Frannie, basta —dijo él. Ella lo miró a los ojos.
—Estás a mis órdenes, Michael —dijo, en suave tono autoritario—. Si me deseas, puedes tenerme. Pero yo estoy al mando.
—Fra…
—Esas son mis condiciones.
Él se quedó quieto, hizo un leve gesto de asentimiento, como si se resignara. Pero no se tendió de espaldas; estaba sentado, con el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, con las manos apoyadas detrás. Tenía todos los músculos tensos y en sus ojos destellaba una expresión felina, como si estuviera preparado para saltar.
Estaba sencillamente magnífico, pensó ella, estremeciéndose de deseo. Y estaba a su disposición.
—¿Quédebo hacer ahora?—sepreguntó en voz alta.—Ven aquí —contestó él, con la voz ronca.
—Todavía no —suspiró ella, medio girándose hacia él, dejando el cuerpo de perfil.
Vio cómo él bajaba la mirada a sus pezones endurecidos, vio cómo se le
oscurecían los ojos y se lamía los labios. Y notó que ella se tensaba más aún, pues la imagen mental de su lengua sobre ella le hizo sentir otra oleada de excitación por todo el cuerpo.
Se tocó un pecho y curvó la mano por debajo, levantándolo, como si fuera una deliciosa ofrenda.
—¿Esesto lo que deseas? —preguntó, en un susurro.
—Sabes lo que deseo —dijo él, apenas en un ronco gruñido.
placer al mismo tiempo. Luego se levantó los dos pechos, formando con las manos un seductor corsé.
—Ay, Dios —gimió Michael.
—Notenía idea de que podía hacer esto —dijo ella, arqueando la espalda.—Yolo puedo hacer mejor —dijo él, en un resuello.
—Mmm, es muy probable —convino ella—. Has tenido muchísima práctica, ¿verdad?
Y lo miró con una expresión de estudiada y elegante indiferencia, como si no la incomodara para nada que él hubiera seducido a veintenas de mujeres. Y la extraña verdad era que hasta ese momento había creído que así era.
Pero en ese momento…
Él era de ella. Era de ella, para tentarlo, seducirlo y disfrutarlo, y mientrasél hiciera exactamente lo que ella deseaba no pensaría en esas otras mujeres. No estaban ahí en la habitación. Solo estaban ella y Michael, y la chisporroteante excitación que vibraba entre ellos.
Se acercó más a la cama, y le apartó las manos cuando él las alargó hacia ella.
—Site dejo tocar uno, ¿me haces una promesa?—Cualquier cosa.
—Nocualquier cosa —dijo ella, en tono bastante benévolo—. Puedes hacer lo que yo te permita y nada más.
Él asintió bruscamente.—Échate.
Él obedeció.
—Lapunta —musitó ella—. Haz lo que yo hice.
Él sonrió furtivamente, y ella tuvo la impresión de que ya no estaba tan al mando como pensaba, pero él hizo lo que le ordenó y comenzó a torturarle los pezones con los dedos.
Y tal como había prometido, lo hacía mucho mejor que ella.
Le bajó el cuerpo solo, y ya casi no tenía fuerza para mantenerse apartada.—Sostenlo con la boca —ordenó, pero la voz ya no sonaba tan autoritaria. Era una súplica, y los dos lo sabían.
Pero deseaba eso. Ay, cuánto lo deseaba. Con todo su entusiasmo y ardor en la cama, John nunca le había acariciado los pechos de la manera como hiciera Michael la noche anterior. Nunca le había succionado los pechos, nunca le había mostrado cómo los labios y dientes podían hacerle estremecer todo el cuerpo. Ni siquiera sabía que un hombre y una mujer podían hacer algo así.
Pero sabiéndolo, ya no podía dejar de fantasear con eso.
—Baja otro poco —dijo él en voz baja—, si quieres que siga tendido.
En la misma posición, apoyada en las manos y rodillas, ella bajó el cuerpo un poco más, dejando un pecho meciéndose cerca de la boca de él.
Él no hizo nada, obligándola a bajar más y más, hasta que el pezón quedórozándole los labios.
—¿Quédeseas, Francesca? —preguntó él, entonces, con la respiración agitada, mojándole el pezón con el aliento.
—Losabes.
—Dilo otra vez.
—Otra cosa —resolló ella, y no supo si lo dijo porque deseaba otra cosa o porque creía que ya no podría soportar un minuto más lo que le estaba haciendo.
—Túestás al mando —dijo él, y su voz sonó levemente burlona—. Yo estoy a tus órdenes.
—Deseo…deseo…
Tenía la respiración tan agitada que no pudo terminar la frase. O igual fue que no sabía qué deseaba.
—¿Tehago algunas ofertas? Ella asintió.
Él deslizó un dedo por su vientre hasta su centro femenino.
—Podría acariciarte aquí —dijo, con un pícaro susurro—, o, si lo prefieres, podría besarte ahí.
A ella se le tensó más el cuerpo ante esa idea.
—Pero eso plantea nuevas preguntas —continuóél—.¿Te tiendes de espaldas y me permites que me arrodille entre tus piernas, o continúas arriba y me acercas esa parte a la boca?
—¡Ooh!
No lo sabía. Simplemente no tenía idea de que fueran posibles esas cosas.—O—añadióél, pensativo—, podrías cogerme el miembro con la boca.
Seguro que a mí me gustaría, aunque, debo decir, eso no forma parte del juego preliminar.
Francesca se quedó boquiabierta por la sorpresa y no pudo evitar mirarle el miembro, que estaba grande, listo para ella. Había besado ahí a John una o
Ella negó con la cabeza.—¿Lodeseas?
Ella asintió.
Él le soltó una cadera, le puso la mano en la nuca y la hizo bajar hasta que quedaron tocándose las narices.
—Nosoy un poni manso —dijo, suavemente—. Te prometo que tendrás que trabajar para mantener el asiento.
—Lodeseo.
—¿Estáspreparada para mí? Ella asintió.
—¿Estás segura? —preguntó él, curvando levemente los labios, lo suficiente para atormentarla.
Ella no sabía qué había querido decir, y él lo sabía. Simplemente lo miró y agrandó los ojos, interrogante.—¿Estásmojada?
Ella sintió arder las mejillas, como si no las hubiera tenido ya ardiendo, pero asintió.
—¿Estássegura? Creo que debo comprobarlo, para estar seguro.
A Francesca se le quedó atrapado el aire en la garganta al verle cerrar la mano alrededor de su muslo y subirla hacia su centro. Él la deslizaba lentamente, produciéndole adrede la tortura de la expectación. Y entonces, justo cuando pensaba que se pondría a gritar, él la acarició ahí, frotándole en círculos con un dedo.
—Muy bonito —ronroneó, imitando lo que ella dijera antes.
—Michael…
Ella volvió a asentir, y con más vigor.
Él retiró los dedos, volvió a sujetarle las caderas y comenzó a bajarla, bajarla, hasta que ella sintió la punta de su miembro en su abertura. Trató de bajar más el cuerpo, pero él la sujetó firmemente.
—Despacio —musitó.
—Por favor…
—Deja que yo te mueva.
Presionándole suavemente las caderas, la fue bajando poco a poco, ensanchándola. El miembro era inmenso, y todo lo sentía distinto en esa posición.
—¿Bien? —preguntó él. Ella asintió.
—¿Más?
Ella volvió a asentir.
Y él continuó la tortura, manteniéndose quieto pero bajándole el cuerpo, penetrándola centímetro a centímetro, quitándole el aliento, la voz y hasta la capacidad para pensar.
—Sube y baja —ordenó él. Ella lo miró a los ojos.
—Puedes hacerlo —dijo él dulcemente.
Ella se movió, probando, y gimiendo por el placer de la fricción, y entonces ahogó una exclamación al sentir que seguía bajando y ni siquiera el miembro estaba entero dentro de ella.
—Introdúceme hasta la base.—Nopuedo.
al otro, como por voluntad propia, y no tenía la fuerza para resistir las ardientes oleadas de excitación y placer que la recorrían toda entera.
Él simplemente gruñía, arqueándose y moviéndose, embistiendo. Tal como lo prometiera, no era suave, ni era manso. La obligaba a moverse para procurarse el placer, a aferrarse, a moverse con él, y luego a machacarlo, y
entonces…
Se le escapó un grito, gutural.
Y el mundo simplemente se desintegró.
No supo qué hacer, no supo qué decir. Le soltó los hombros, enderezó el cuerpo y lo arqueó, con todos los músculos terriblemente tensos.
Y entonces él explotó. Se le contorsionó la cara, se arqueó violentamente, levantándolos a los dos, y ella sintió que se estaba vaciando en ella. Él repetía su nombre una y otra vez, disminuyendo el volumen hasta que eran susurros apenas audibles. Y cuando se quedó quieto, solamente le dijo:
—Acuéstate conmigo.
Ella se tendió a su lado. Y se durmió.
Por primera vez en muchos días, durmió de verdad, profundamente.
Y nunca supo que él continuó despierto, con los labios posados en su sien y la mano en su pelo.
Susurrando su nombre.
Y susurrando otras palabras también.
…Michael hará lo que desee. Siempre hace lo que quiere. De la carta de la condesa de Kilmartin a Helen Stirling, tres
días después de recibir su carta
El día siguiente no le trajo ninguna paz a Francesca. Cuando lo pensaba racionalmente, o al menos todo lo racionalmente que era capaz, le parecía que si tenía que encontrar una respuesta debería percibir una cierta lógica en el aire, algo que le indicara qué debía hacer, cómo actuar, qué decisiones necesitaba tomar.
Pero no. No percibía nada.
Había hecho el amor con él dos veces. Dos veces.
Con Michael.
Eso solo debería haberle dictado sus decisiones, convencido de aceptar su proposición. Debería hacérselo claro. Se había acostado con él. Podría estar embarazada, aunque esa posibilidad la veía remota, dado que le llevó dos años enteros concebir con John.
Pero incluso sin esa consecuencia, su decisión debería ser evidente. En su mundo, en su sociedad, ese tipo de intimidades en que había participado solo significaban una cosa.
Debía casarse con él.
jardinero, le dijo al oído:
—Iréa ver al párroco mañana por la mañana.
—Noestoy preparada —contestó al instante, invadido su pecho por el terror—. No vayas a verle todavía.
A él se le ensombreció la cara, pero controló el genio.—Yalo hablaremos —dijo simplemente.
Y cabalgaron hasta la casa en silencio.
Tan pronto como entraron en la casa ella trató de escapar a su habitación, alegando que necesitaba bañarse, pero él le agarró la mano, con suavidad pero firmeza al mismo tiempo, y de pronto se encontró sola con él, en el salón rosa, justamente ese, de todos los salones de la casa, con la puerta cerrada.
—¿Dequé va esto?
—¿Quéquieres decir? —logró balbucear ella, tratando angustiosamente de no mirar la mesa que estaba detrás de él, la mesa donde la sentó la noche anterior y luego le hizo cosas indecibles.
Y el solo recuerdo la hacía estremecerse.
—Sabes qué quiero decir —dijo él, impaciente.
—Michael,yo…
—¿Tecasarás conmigo?
Dios santo, ojalá no hubiera dicho eso. Todo le resultaba mucho más fácil de evitar cuando no estaban las palabras ahí, suspendidas entre ellos.
—Yo…
—¿Tecasarás conmigo? —repitió él, esta vez en tono duro, con filo.—Nolo sé —contestó ella finalmente—. Necesito más tiempo.
Michael siseó una palabrota que ella jamás se había imaginado que diría en su presencia.
—Necesito tiempo —repitió, rodeándose con los brazos.—¿Para qué?
—Nolo sé. Para pensar. Para decidir qué hacer. No lo sé.
—¿Yqué diablos queda por pensar? —preguntó él, mordaz.
—Bueno, en primer lugar —ladró ella, ya enfurecida—, sobre si vas a ser un buen marido.
Él retrocedió.
—¿Quédiablos debo entender con eso?
—Tuconducta del pasado, para empezar —replicó ella, entrecerrando los
ojos—. No has sido lo que se dice un modelo de rectitud cristiana.
—¿Yeso me lo dice la mujer que me ordenó que me quitara la ropa esta tarde?
—Noseas horrendo —dijo ella en voz baja.—Ytú no me incites la furia.
A ella empezó a dolerle la cabeza y tuvo que presionarse las sienes.
—Por el amor de Dios, Michael, ¿no puedes dejarme pensar? ¿No puedes darme un poco de tiempo para pensar?
Pero la verdad era que la aterraba pensar, porque, ¿qué descubriría? ¿Que era una lasciva, una desvergonzada? ¿Que con ese hombre había sentido sensaciones primitivas, sensaciones escandalosas, intensísimas, sensaciones que nunca había sentido con su marido, al que había amado con todo su corazón?
Con John había sentido placer, pero nada parecido a eso.
Jamás nunca entendería a las mujeres.
Soltando una sarta de maldiciones, Michael se quitó de un tirón las botas y las arrojó con todas sus fuerzas hacia la puerta del ropero.
—¿Milord? —preguntó tímidamente su ayuda de cámara, asomando la cabeza por la puerta abierta del vestidor.
—Ahora no, Reivers.
—Muy bien—seapresuró a decir Reivers, entrando discretamente en el dormitorio a recoger las botas—. Solo me llevaré esto. Las querrá limpias.
Michael volvió a maldecir. Reivers tragó saliva.
—Eh…,o tal vez prefiere que las queme. Michael se limitó a mirarlo y a gruñir.
Reivers salió corriendo, pero, tonto que era, olvidó cerrar la puerta. Michael se levantó y fue a cerrarla de una patada, y soltó otra maldición al
no encontrar ninguna satisfacción en el portazo.
Por lo visto ahora se le negaban hasta los placeres más pequeños de la vida.
Empezó a pasearse desasosegado por la mullida alfombra color vino, deteniéndose de tanto en tanto ante la ventana.
¿Para qué intentar entender a las mujeres? Jamás había pretendido tener esa capacidad. Aunque había creído que entendía a Francesca. Por lo menos lo bastante para decirse que se casaría con un hombre con el que se hubiera acostado dos veces.
John.
Se había olvidado de John.¿Cómo era posible?
Durante años, cada vez que veía a Francesca, cada vez que se le acercaba para aspirar su embriagador aroma, John estaba ahí, primero en sus pensamientos y después en su memoria.
Pero desde el momento en que ella entró en el salón rosa la noche anterior, cuando oyó sus pasos detrás de él y susurró para sí mismo las palabras «Cásate conmigo», se olvidó de John.
Su recuerdo no desaparecería jamás. Era demasiado querido, demasiado importante, para los dos. Pero en algún momento, en algún momento durante su viaje a Escocia, para ser exactos, se había dado permiso para pensar,«Podría casarme con ella; podría pedírselo. Podría».
Y cuando se dio el permiso, fue disminuyendo poco a poco la idea de que la iba a robar del recuerdo de su primo.
Él nunca aspiró a ocupar ese puesto. Jamás miró al cielo deseando el condado. Jamás deseó verdaderamente a Francesca; simplemente aceptaba que ella nunca podría ser suya.
Pero John murió. Murió.
Y eso no era culpa de nadie.
John murió, y a él le cambió la vida en todos los aspectos imaginables a excepción de uno.
Seguía amando a Francesca. Dios santo, cuánto la amaba.
Feliz. Imagínate.
Francesca había estado esperando que Michael golpeara la puerta de su dormitorio, pero cuando sonó el golpe, de todos modos pegó un salto, por la sorpresa.
La sorpresa fue mucho mayor cuando abrió la puerta y tuvo que bajar considerablemente la vista, a mirar un pie, para ser exactos. Michael no estaba al otro lado de la puerta; solo estaba una de las criadas, con una enorme bandeja para ella.
Entrecerrando los ojos, desconfiada, asomó la cabeza y miró a uno y otro lado del pasillo, suponiendo que él estaría al acecho en un rincón oscuro, esperando el momento oportuno para saltar.
Pero no estaba.
—Suseñoría pensó que podría tener hambre —dijo la criada, dejando la bandeja en el escritorio.
Francesca examinó atentamente la bandeja en busca de una nota, una flor, en fin, de algo que indicara las intenciones de Michael, pero no encontrónada.
Y no hubo nada el resto de la noche, y tampoco nada a la mañana siguiente.
Nada fuera de una bandeja con el desayuno, otra reverencia de la criada y
otro:
—Suseñoría pensó que podría tener hambre.
aire libre. No quería quedarse encerrada en su habitación, pero tampoco deseaba vagar por los pasillos de Kilmartin, reteniendo el aliento al dar la vuelta a cada esquina esperando que Michael apareciera ante ella.
Si él se lo proponía, la encontraría, sin duda, pero por lo menos tendría que dedicar tiempo y esfuerzo a eso.
Cuando se tomó el desayuno la sorprendió comprobar que tenía bastante apetito, considerando las circunstancias. Después salió sigilosa y agitó la cabeza regañándose cuando miró furtivamente a lado y lado del pasillo, actuando como un vulgar ladrón, impaciente por escapar sin ser vista.
A eso estaba reducida, pensó, malhumorada.
Pero no lo vio cuando iba por el pasillo ni tampoco cuando bajó la escalera.
Tampoco lo vio en ninguno de los salones ni salas de estar, y cuando llegóa la puerta principal, no pudo evitar fruncir el ceño.
¿Dónde estaría?
No deseaba verlo, lógicamente, pero eso lo encontraba bastante decepcionante, después de lo preocupada que había estado.
Colocó la mano en el pomo.
Debería salir a toda prisa. Debería salir inmediatamente, no había un alma por ninguna parte y podía escapar sin ser vista.
Pero se detuvo.
—¿Michael? —susurró.
En realidad, solo moduló la palabra, lo cual no contaba para nada, pero no lograba quitarse la sensación de que él estaba ahí, y la estaba observando.
—¿Michael? —dijo entonces, en voz baja, mirando hacia todos lados.
Así pues, volvió a la casa y entró con el mismo sigilo con que había salido, con la idea de subir a su dormitorio, donde podría comer algo en privado. Pero aún no había llegado al pie de la escalera cuando oyó su nombre.
—¡Francesca!
Era Michael. Quién iba a ser si no Michael. No podría haber supuesto queél la dejaría en paz eternamente.
Pero lo extraño era que no sabía muy bien si eso la molestaba o la aliviaba.
—Francesca —repitió él, asomándose a la puerta de la biblioteca—, ven a acompañarme.
Su voz sonaba afable, demasiado afable, si eso era posible. Además, ella sintió desconfianza por su elección de sala. ¿No era más lógico que hubiera deseado atraerla al salón rosa, donde a ella la asaltarían los recuerdos de su tórrida unión sexual? ¿O por lo menos haber elegido el salón verde, que estaba decorado en un lujoso estilo romántico, con divanes acolchados y cojines muy mullidos?
¿Qué pretendía hacer en la biblioteca, que, estaba segura, era la sala de Kilmartin que menos se prestaba para una escena de seducción?
—¿Francesca? —repitió él, como si le divirtiera la indecisión de ella.
—¿Quéhaces ahí?—lepreguntó ella, tratando de no parecer desconfiada.—Tomar té.
—¿Té?
—Hojas de una planta llamada té remojadas en agua hirviendo. Tal vez lo hayas probado.
muchas partes.
¿Qué se proponía?, pensó ella.—¿Té?—ofreció él.
Ella asintió y agrandó los ojos al verlo servir una taza. Los hombres jamás hacían eso.
—EnIndia tenía que arreglármelas solo de vez en cuando —explicó él, leyéndole el pensamiento—. Ten.
Ella sostuvo la delicada taza de porcelana, se sentó y la rodeó con las manos para calentárselas. Sopló ligeramente el té y tomó un sorbo, para comprobar la temperatura.
—¿Galletas? —ofreció él, presentándole una bandeja llena de todo tipo de exquisiteces horneadas.
A ella le rugió el estómago, y eligió una sin decir nada.
—Son muy buenas —comentóél—.Me comí cuatro mientras te esperaba.—¿Cuánto tiempo has esperado? —preguntó ella, casi sorprendida por el
sonido de su voz.
—Una hora más o menos. Ella bebió otro sorbo.
—Todavía está bastante caliente.
—Hice traer otra tetera hace diez minutos.—Ah.
Esa consideración era, si no exactamente sorprendente, sí inesperada.
Él arqueó una ceja, aunque muy levemente, y ella no supo si lo había hecho a propósito. Él siempre controlaba muy bien sus expresiones; habría sido un excelente jugador si hubiera tenido esa inclinación. Pero su ceja
de té, si necesitas saberlo.—Michael.
—Pensé que podrías tener frío —explicó él, encogiéndose de hombros—. Has estado fuera bastante tiempo.
—¿Sabes a qué hora salí?
—Por supuesto —contestó él, mirándola sardónico.
Y ella no se sorprendió. En realidad, lo único que la sorprendió fue no haberse sorprendido.
—Tengo una cosa para ti —dijo él. Ella entrecerró los ojos.
—¿Sí?
—¿Estan extraordinario eso? —musitó él y alargó la mano para agarrar algo que estaba en el sillón del lado.
Ella retuvo el aliento. «No un anillo. Por favor, que no sea un anillo. No todavía».
No estaba preparada para decir sí.
Y no estaba preparada para decir no.
Pero él dejó sobre la mesa un ramillete de flores, cada flor más delicada que la otra. Ella nunca había sido muy buena para reconocer las flores, no se había tomado el trabajo de aprenderles los nombres, pero había unas absolutamente blancas, otras lila y otras que eran casi azules. Todas estaban elegantemente atadas con una cinta plateada.
Se limitó a mirar el ramillete, sin lograr interpretar el significado de ese gesto.
—No. ¿Qué es esto?
—¿Elgesto, quieres decir? —preguntó él, y sonrió—. Vamos, te estoy cortejando.
Ella entreabrió los labios.—¿Estan sorprendente?
¿Después de todo lo que ha ocurrido entre nosotros?, pensó ella. Sí.—Telo mereces, como mínimo.
—Creíoírte decir que tenías la intenciónde…
Se interrumpió, ruborizándose. Él había dicho que le iba a hacer el amor hasta que quedara embarazada.
Tres veces ese día, en realidad. Tres veces, había prometido, y todavía
estaban en cero,y…
Le ardieron las mejillas y no pudo evitar la sensación que le produjo el recuerdo de él entre sus piernas.
Santo Dios.
Pero, afortunadamente, la expresión de él continuó inocente y solo dijo:
—Herepensado mis estrategias.
Ella se llevó la galleta a la boca y le hincó el diente; cualquier pretexto para cubrirse un poco la cara con la mano y ocultar su azoramiento.
—Claro que sigo empeñado en conseguir mi objetivo en ese aspecto—continuó él, inclinándose hacia ella con una seductora mirada—. Solo soy un hombre, después de todo. Y tú, como creo que lo hemos dejado más que claro, eres muy, muy mujer.
Ella se metió bruscamente el resto de la galleta en la boca.
Ella negó con la cabeza.—¿Sete ofrece algo?
—¿Porqué haces esto? —logró preguntar ella al fin.—¿Hago qué?
—Ser tan amable conmigo.
—¿Nodebería serlo? —preguntó él, arqueando una ceja, sorprendido.—¡No!
—No debo ser amable —dijo él, no como pregunta sino como si lo encontrara divertido.
—Noes eso lo que quise decir —dijo ella, negando con la cabeza.
La confundía, y eso lo detestaba. No había nada que valorara más que tener la cabeza fría y despejada, y Michael había logrado despojarla de eso con un solo beso.
Y luego hizo más. Mucho más.
Jamás volvería a ser la misma. Jamás volvería a estar «cuerda».—Pareces afligida.
Ella deseó estrangularlo.
Él ladeó la cabeza y le sonrió. Ella deseó besarlo.
Él levantó la tetera.—¿Más?
Dios santo, sí, y ese era el problema.—¿Francesca?
poder desviar los ojos de los de él.
—¿Asuntos importantes que atender en tu dormitorio? —musitó él, curvando los labios.
Ella asintió, aun cuando sabía que él se estaba burlando.
—Ve, entonces —dijo él, con la voz suave, que en realidad sonó más como un seductor ronroneo.
Ella consiguió mover las manos y ponerlas sobre la mesa. Se agarró del borde, ordenándose levantarse para salir, hacer algo, moverse.
Pero estaba paralizada.
—¿Preferirías quedarte? —musitó él.
Ella negó con la cabeza, o al menos creyó que lo hacía.
Él se levantó, fue a ponerse detrás de su sillón y se inclinó a susurrarle al
oído:
—¿Teayudo a levantarte?
Ella volvió a negar con la cabeza y se levantó casi de un salto; paradójicamente su cercanía había roto el hechizo. Con el brusco movimiento, le enterró el hombro en el pecho, y retrocedió, aterrada de que otro contacto la hiciera hacer algo que podría lamentar.
Como si ya no hubiera hecho bastante de eso.—Necesito subir —dijo, a borbotones.
—Sí,claro —dijo él dulcemente.—Sola —añadió.
—Nisoñaría con obligarte a soportar mi compañía un instante más.
Ella entrecerró los ojos. ¿Qué se proponía él? ¿Y por qué diablos se sentía tan decepcionada?
—Ano ser que desees algo más que un sueño —dijo él. Y ella lo deseaba.
—¿Tequedas o te vas? —susurró él.
Ella se quedó. Dios la amparara, se quedó.
Y Michael le demostró lo romántica que puede ser una biblioteca.
…unas pocas letras para decirte que he llegado bien a Escocia. Debo decir que me alegra estar aquí. Londres estaba tan estimulante como siempre, pero creo que yo necesitaba un poco de silencio y quietud. Aquí en el campo me siento mucho más centrada y en paz.
De la carta de la condesa de Kilmartin a su madre, la vizcondesa Bridgerton viuda, al día siguiente de su llegada a Kilmartin.
Tres semanas después, Francesca seguía sin saber qué hacer.
Michael le había planteado el tema del matrimonio otras dos veces, y cada vez ella había logrado evadir la respuesta. Si consideraba su proposición, tendría que pensar, de verdad. Tendría que pensar en él, tendría que pensar en John y, lo peor de todo, tendría que pensar en ella.
Y tendría que decidir qué hacer. Vivía diciéndose que solo se casaría conél si quedaba embarazada, pero una y otra vez volvía a la habitación de él y se dejaba seducir cada vez.
Aunque en realidad eso último ya no era cierto. Se engañaba si creía que necesitaba que él la sedujera para hacerle espacio en su cama. Ella se había convertido en la mala, por mucho que intentara ocultarse de esa realidad diciéndose que salía a vagar por la noche en camisón y bata porque estaba desasosegada, no porque fuera a buscar la compañía de él.
urgencia e incluso con un asomo de rabia.
De todos modos, eso no bastaba para incitarla a actuar.
No podía decirle sí. No sabía por qué; simplemente no podía.
Pero tampoco podía decirle no. Tal vez era mala, y tal vez era una lujuriosa, pero no deseaba que eso acabara. No quería que acabara la pasión y tampoco quería, se veía obligada a reconocer, quedarse sin su compañía.
Y no era solo la relación sexual, eran los momentos posteriores, cuando yacía acurrucada en sus brazos y él le acariciaba suavemente el pelo. A veces estaban callados, pero a veces hablaban, de cualquier cosa y de todo. Él le explicaba cosas de India y ella le hablaba de su infancia. Ella le daba
opiniones sobre los asuntos políticos y él la escuchaba. Y le contaba chistes que los hombres no deben contarle a las mujeres y de los que las mujeres no deben reírse.
Y entonces, cuando la cama dejaba de estremecerse por sus risas, él le buscaba la boca, sonriendo. «Me encanta tu risa», le decía y acariciándola la atraía más hacia él. Ella suspiraba, todavía riendo, y se reanudaba la pasión.
Y ella, nuevamente, era capaz de mantener a raya el resto del mundo. Y entonces, le vino la regla.
Comenzó como siempre, unas pocas gotas en su camisola de algodón. No debería haberle sorprendido; aun cuando sus ciclos no eran regulares, siempre le venía la regla finalmente, y ya sabía que el suyo no era un vientre muy fértil.
De todos modos, no la había estado esperando. No todavía, en todo caso. Y eso la hizo llorar.
La regla no le duró mucho; nunca le duraba mucho. Y cuando él le preguntó discretamente si el periodo había terminado, ella no le mintió. Él se habría dado cuenta si le hubiera mentido; siempre lo sabía.
—Estupendo —dijo él, con esa sonrisa secreta solo para ella—. Te he echado de menos.
Ella abrió la boca para decirle que también lo había echado de menos, pero volvió a cerrarla porque le dio miedo decirlo.
Él la empujó suavemente hacia la cama y cayeron juntos encima, en un enredo de brazos y piernas.
—Hesoñado contigo —musitó él con la voz ronca, levantándole la falda hasta la cintura—. Cada noche venías a mí en mis sueños. —Con un dedo le buscó el centro femenino y se lo introdujo—. Eran unos sueños fabulosos, muy buenos —concluyó, en tono ardiente e impregnado de picardía.
Ella se mordió el labio con los dientes y se le agitó la respiración cuandoél retiró el dedo y le acarició el lugar que sabía que la haría derretirse.
—Enmis sueños —continuó él, con sus labios ardientes en el oído—, hacías cosas indecibles.
La sensación la hizo gemir. Él sabía encenderle el cuerpo con un solo contacto, pero ardía en llamas cuando le hablaba así.
—Cosas distintas —musitó él, separándole más las piernas—. Cosas que
te voy a enseñar… esta noche, creo.—Ohhh —resolló ella.
Él le estaba deslizando los labios por el muslo, y sabía lo que vendría.
—Primero un poco de lo probado y seguro —continuó él, deslizando poco a poco los labios hacia su destino—. Tenemos toda la noche para explorar.
—Nopuedo hacerlo.
—¿Nopuedes…—éltuvo que interrumpirse para respirar, si no no podía
terminar lafrase—…qué?
Acababa de desabotonarse los pantalones, que cayeron al suelo, dejando a la vista su pasmosa erección.
Ella desvió la mirada. No debía mirarlo. No debía mirarle la cara, no
debía mirarlesu…
—Nopuedo —dijo, con voz trémula—. No debo. No lo sé.—Yosí lo sé —bramó él, acercándosele.
—¡No!—exclamó ella, corriendo hacia la puerta.
Llevaba semanas jugando con fuego, tentando al destino, y se había ganado su suerte. Si había un momento para escapar, era ese. Y por difícil que le resultara marcharse, debía hacerlo. No era ese tipo de mujer. No podía serlo.
—Nopuedo continuar con esto —dijo, con la espalda apoyada en la dura
madera de la puerta—. No puedo.Yo…esto…
Lo deseo, pensó. Aun sabiendo que no debía, no se le escapaba el hecho de que lo deseaba de todos modos. Pero si le decía eso, ¿la haría él cambiar de decisión? Él era capaz; sabía que él podría. Un beso, una caricia, y perdería toda su resolución.
Él se limitó a subirse los pantalones, mascullando una maldición.—Yano sé quién soy —dijo ella—. No soy este tipo de mujer.
—¿Quétipo de mujer? —ladró él.
—Una lujuriosa. Una mujer perdida.
—¡No!—exclamó ella, horrorizada por el desprecio que detectó en su voz—.No es eso.
—¿No?
—No—contestó, pero no sabía qué era.
Él hizo una respiración rasposa y le dio la espalda, con el cuerpo rígido de tensión. Ella le miró la espalda con una terrible fascinación, sin poder desviar los ojos. Tenía suelta la camisa, y aunque no le veía la cara, conocía su cuerpo, hasta su última curva. Se veía desolado, endurecido.
Agotado.
—¿Porqué te quedas?—lepreguntó él en voz baja, apoyando las dos palmas en el borde de la cama.
—¿Qué?
—¿Porqué te quedas? —repitió él, elevando el volumen de la voz pero sin descontrolarse—. Si tanto me odias, ¿por qué te quedas?
—Note odio. Sabes que…
—Nosé nada, Francesca, ni una maldita cosa. Ni siquiera a ti te conozco ya.
Se le tensaron los hombros al enterrar los dedos en el colchón. Ella alcanzaba a verle una mano; tenía los nudillos blancos.
—No te odio —repitió, como si diciendo dos veces las palabras las transformara en algo sólido, palpable y real, como para obligarlo a agarrarse a ellas—. No. No te odio.
Él guardó silencio.
—Noes por ti, es por mí —dijo, suplicante.
mano hacia el pomo de la puerta.
—¿Porqué te quedas, Francesca? —insistió él, avanzando hacia ella con la gracia felina de un tigre—. No hay nada para ti aquí en Kilmartin, aparte de«esto».
Ella ahogó una exclamación cuando él le puso las manos en los hombros, y se le escapó un gritito de sorpresa cuando posó los labios en los de ella. Fue un beso violento, inspirado por la rabia y la desesperación, pero de todos modos su traicionero cuerpo no deseó otra cosa que fundirse con él, dejarlo hacer lo que deseara y que concentrara en ella todas sus seductoras atenciones.
Lo deseaba, Dios santo, incluso así, lo deseaba. Y temía que jamás aprendería a decir no.
Pero él se apartó. Él, no ella.
—¿Eseso lo que deseas?—lepreguntó, con la voz ronca, áspera—. ¿Solo eso?
Ella no contestó, ni siquiera se movió, simplemente lo siguió mirando, con los ojos agrandados.
—¿Porqué te quedas? —preguntó nuevamente, y ella comprendió que lo preguntaba por última vez.
No supo qué contestar.
Él le dio unos cuantos segundos. Esperó que ella dijera algo, hasta que el silencio pareció elevarse entre ellos como un monstruo, pero cada vez que ella abría la boca no le salía ningún sonido, y lo único que podía hacer era mirarle a la cara, temblando.
Él masculló una maldición y le dio la espalda.
¿Se estuviera riendo?
—Ay, Dios, Francesca —dijo él, con la voz interrumpida por una risa burlona—. Vamos, esa sí es una buena pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —repitió, cambiando el tono cada vez, como si quisiera probarla, como si se la hiciera a diferentes personas—. ¿Por qué? —repitió otra vez, girándose a mirarla—. Porque te quiero, maldita sea. Porque siempre te he amado. Porque te amaba cuando estabas con John, te amaba cuando estaba en India, y aunque Dios sabe que no te merezco, te amo de todos modos.
Francesca apoyó la espalda en la puerta, casi desplomada.
—¿Cómo encuentras esa bromita? —se mofó—. Te quiero. Te amo, esposa de mi primo. Te amo a ti, la única mujer a la que no podré tener jamás.
Te quiero, Francesca Bridgerton Stirling, que…
—Para —interrumpió ella con la voz ahogada.
—¿Ahora? ¿Ahora que por fin he comenzado? Ah, no —exclamó en tono grandilocuente, agitando un brazo como un actor—. ¿Ya estás asustada?—preguntó, con una sonrisa aterradora.
—Michael…
—Porque aún no he comenzado —interrumpióél—.¿Quieres saber lo que pensaba cuando estabas casada con John?
—No—contestó ella, desesperada, negando con la cabeza.
Él abrió la boca para continuar, con los ojos todavía relampagueando desdén, pero de pronto le ocurrió algo. Le cambió la expresión. Ella lo notó
en sus ojos. Ese fuego, esa furia, esa intensidad, de pronto simplemente…Se apagó.
Su expresión se tornó fría. Cansada.
Corrió.
Corrió y corrió.
Corrió sin ver, sin pensar.
Salió corriendo de la casa y se internó en la oscuridad, bajo la lluvia. Corrió hasta que las piernas parecían arderle. Corrió hasta que perdió el
equilibrio y comenzó a tropezar y deslizarse por el barro.
Corrió hasta que ya no pudo más, y entonces buscó refugio en el mirador y se sentó. Ese mirador lo había hecho construir John para ella, después de abrir los brazos impotente y declarar que renunciaba a disuadirla de hacer esas largas caminatas, para que al menos así ella tuviera un lugar fuera de casa al que pudiera llamar suyo.
Y allí estuvo sentada horas, tiritando por el frío, pero sin sentir nada. Y loúnico que podía pensar era:
¿De qué huía?
Michael no tenía ningún recuerdo de los momentos que siguieron a la salida de ella de su habitación. Lo único que sabía era que pareció despertar al sentir el impacto cuando casi atravesó la pared con el puño.
Y sin embargo apenas notó el dolor.
—¿Milord? —preguntó Reivers, asomando la cabeza, para preguntar quéhabía sido ese ruido.
—Vete—gruñóMichael. No quería ver a nadie, no quería oír ni siquiera respirar a alguien.
—Pero tal vez un poco de hielo para…
Llevaba seis años conteniendo eso dentro de él, evitando escrupulosamente revelar sus sentimientos cuando la miraba, sin decírselo jamás ni a una sola alma.
La había amado durante seis años, y todo había llegado a «eso».
Había puesto su corazón sobre la mesa. Prácticamente le había pasado un cuchillo y pedido que se lo abriera.
«Ah, no, Francesca, sabes hacerlo mucho mejor. Mantente ahí firme, no te costará nada hacerme unas cuantas heridas más. Y mientras me las haces,¿por qué no coges estos trocitos y los haces picadillo?»
Quien dijo que es bueno decir la verdad era un burro. Él daría cualquier cosa, incluso sus malditos pies, por hacer desaparecer todo eso.
Pero ese es el problema con las palabras, pensó, riendo tristemente. No se pueden retirar.
«Ahora espárcelo por el suelo. Venga, pisotéalo. No, más fuerte. Más fuerte, Francesca. Sabes hacerlo».
Seis años.
Seis malditos años, y todo perdido en un solo momento. Y todo porque él pensó que realmente podría tener derecho a sentirse feliz.
Debería haber sabido que no.
«Y para el grandioso final, préndele fuego, maldita sea. Bravo, Francesca».
Ahí iba su corazón.
Se miró las manos. Se había dejado las marcas de las uñas en las palmas. Una se le enterró y le rompió la piel.
¿Qué podía hacer? ¿Qué demonios podía hacer ahora?
Él seguía sentado en el sillón, y la única concesión que había hecho al paso del tiempo había sido dejar de apoyar la cara en las manos, enderezarse y apoyar la cabeza en el respaldo. Ya llevaba un buen rato así, con el cuello inmóvil, e incómodo, mirando sin ver un punto elegido al azar de la seda color crema que tapizaba la pared.
Se sentía ido, lejos, y cuando oyó el golpe ni siquiera supo que era el sonido de un golpe en la puerta.
Pero el golpe volvió a sonar, igual de tímido que el primero, pero insistente.
Quienquiera que estuviese ahí, no se marcharía.—¡Adelante! —rugió.
Resultó ser ella. Francesca.
Debería haberse levantado. Y deseó levantarse; a pesar de todo, no la
odiaba, no deseaba faltarle al respeto. Pero ella le había arrancado todo, hasta el último vestigio de fuerza y finalidad, y lo único que logró hacer fue alzar levemente las cejas.
—¿Qué?—preguntó, cansado.
Ella abrió la boca pero no dijo nada. Estaba mojada, observó él, casi perezosamente. Debió salir de casa. Vaya tonta, con el frío que hacía fuera.
—¿Quépasa, Francesca?
—Mecasaré contigo si todavía quieres —dijo ella, en voz tan baja que más que oírla le entendió el movimiento de los labios.
Cualquiera habría pensado que se levantaría de un salto, o por lo menos se levantaría, sin poder contener la dicha que le iba recorriendo el cuerpo.
Y si se movía, sospechó él, sería para salir corriendo de la habitación.—Tendrás que hacerlo mejor —dijo.
Ella se mordió el labio inferior.
—Nolo sé—musitó—.No me obligues a inventar una explicación.Él arqueó una ceja, sardónico.
—Notodavía, al menos—añadióella.
Palabras, pensó él, casi objetivamente. Él había pronunciado sus palabras, y esas eran las de ella.
—Puedes retractarte —dijo, con voz grave. Ella negó con la cabeza.
Entonces él se levantó, lentamente.
—Nohabrá marcha atrás. Nada de dudas. Nada de cambiar de decisión.—No. Lo prometo.
Y eso fue lo que por fin le permitió creerle. Francesca no hacía promesas a la ligera. Y jamás faltaba a sus promesas.
En un instante estuvo al otro lado de la habitación, con las manos en su espalda, rodeándola con los brazos, bañándole la cara de besos, como un desesperado.
—Serás mía. Eso es. ¿Entiendes?
Ella asintió, y arqueó el cuello cuando él le deslizó los labios por esa larga columna hasta su hombro.
—Siquiero atarte a la cama y tenerte aquí hasta que estés embarazada, lo harás.
—Sí.
—Yno te quejarás.
…No me cabe duda de que lo tienes todo bien organizado. Como siempre.
De la carta de la vizcondesa Bridgerton viuda a su hija, la condesa de Kilmartin, inmediatamente después de recibir su carta.
La parte más difícil de organizar una boda con Michael, no tardó en comprender Francesca, era encontrar la manera de comunicarlo a la gente.
Con lo difícil que le había resultado aceptar la idea, no lograba imaginarse cómo se lo tomarían los demás. Buen Dios, ¿qué diría Janet? Había apoyado extraordinariamente su decisión de volverse a casar, pero seguro que no habría considerado candidato a Michael.
De todos modos, cuando se encontró sentada ante su escritorio, con la pluma suspendida durante horas sobre el papel, tratando de encontrar las palabras adecuadas, en su interior sabía que iba a hacer lo correcto.
Todavía no sabía bien por qué había decidido casarse con él. Y tampoco sabía cómo debería sentirse por su pasmosa declaración de amor, pero sí sabía que deseaba ser su esposa.
Pero eso no le hacía más fácil encontrar las palabras para comunicárselo a todos los demás.
Estaba sentada en su despacho, escribiendo cartas a sus familiares, o, mejor dicho, arrugando el papel de su último intento fallido y arrojándolo al
—¿Frannie?
Ella pasó a la página siguiente.—¡Santo cielo!
—Dame eso —dijo él, alargando la mano para agarrar el papel. Ella se apresuró a girarse hacia un lado, sin soltar el papel.
—Ah, caramba —exclamó.
—Francesca Stirling, si nome…—Colin y Penelope se casaron. Michael puso los ojos en blanco.
—Yasabíamos…
—No, quiero decir que adelantaron la boda en, bueno, caramba, tiene que haber sido en más de un mes, diría yo.
—Bien por ellos —dijo él, encogiéndose de hombros. Francesca lo miró fastidiada.
—Alguien debería habérmelo dicho.—Meimagino que no hubo tiempo.
—Pero eso no es lo peor —continuó ella, muy irritada.
—Nologro imaginar…
—Eloise también se va a casar.
—¿Eloise? —repitió Michael, sorprendido—. ¿La ha cortejado alguien alguna vez?
—No—repuso Francesca pasando rápidamente a la tercera página—. Es un hombre al que no ha visto nunca.
—Bueno, supongo que ya lo habrá visto —dijo él, en tono guasón.—Nopuedo creer que nadie me lo haya dicho.
—Yocreía que te gustaba estar algo separada de tu familia.—Bueno, sí—gruñóella—, pero eso no viene al caso.
—Ah, no, claro —musitó él.
Ella lo miró indignada por el sarcasmo.
—¿Nospreparamos para ir a la boda?—lepreguntó él, entonces.—Como si pudiera—bufóella—. Es dentro de tres días.
—Mis felicitaciones —dijo él, admirado. Ella entrecerró los ojos, desconfiada.
—¿Yqué quieres decir con eso?
—Nose puede dejar de sentir un inmenso respeto por cualquier hombre que consigue esa hazaña con tanta rapidez —dijo él, encogiéndose de hombros.
—¡Michael!
—Yola conseguí—añadióél, mirándola con una sonrisa decididamente maliciosa.
—Aúnno me he casado contigo.
—La hazaña a la que me refería no es el matrimonio —repuso él, sonriendo.
Ella sintió subir un intenso rubor a la cara.—Basta —masculló.
—Ah, pues no —dijo él, deslizándole las yemas de los dedos por el dorso de la mano.
—Michael, este no es el momento —dijo ella, retirando la mano.—Yacomienza —suspiró él.
—¿Quésignifica eso?
¿Quién habría pensado que ella se casaría con su mejor amigo? Eso tenía que ser un buen presagio para la unión.
—Casémonos —dijo él, de pronto. Ella lo miró interrogante.
—¿Noestaba decidido ya?
—No—dijo él, tomándole la mano—. Quiero decir, casémonos hoy.—¿Hoy? ¿Estás loco?
—No, en absoluto. Estamos en Escocia. No necesitamos proclamas.
—Bueno, no, pero…
Él hincó una rodilla ante ella, con los ojos brillantes.
—Hagámoslo, Francesca. Seamos locos, malos y precipitados.—Nadie lo creerá —dijo ella al fin.
—Nadie lo va a creer de todos modos.Él tenía parte de razón en eso.
—Pero mi familia…
—Acabas de decir que te dejaron fuera de sus festividades.—¡Sí,pero no lo hicieron adrede!
Él se encogió de hombros.—¿Importa eso?
—Bueno, sí, si lo pensamos…
Él se incorporó y de un tirón la puso de pie.—Vamos.
—Michael…
Y la verdad era que no sabía por qué arrastraba los pies, aunque tal vez solo era porque creía que debía. Al fin y al cabo era una boda, y una
llevó…
—Nome importa —interrumpió él.
—Yocreo que te importa —dijo ella dulcemente, preocupada por su respuesta, pero resuelta a entrar en el matrimonio con la conciencia tranquila
—.Lo has dicho varias vecesy…
—Para lograr que te casaras conmigo —interrumpió él y, acto seguido, con pasmosa rapidez, la apoyó de espaldas en la pared y se apretó a ella, aplastándole el cuerpo a todo lo largo con el deél—.No me importa si eres estéril—ledijo al oído con voz ardiente—. No me importa si das a luz una camada de cachorros.—Lelevantó el vestido y le subió la mano por el muslo—.Lo único que me importa—añadiócon la voz espesa, moviendo un dedo y acariciándola de modo muy seductor—, es que seas mía.
—¡Ooh! —exclamó ella, sintiendo flaquear las piernas—. Ah, sí.
—¿Sía esto? —preguntó él, con su sonrisa diabólica, moviendo el dedo justo para volverla loca—. ¿O sí a casarnos hoy?
—Aesto. No pares.—¿Yla boda?
Francesca tuvo que sujetarse en sus hombros para no desplomarse.—¿Yla boda? —repitió él, retirando el dedo.
—¡Michael! —gimió ella.
Él estiró los labios en una sonrisa feroz.—¿Yla boda?
—Sí—gimió ella, suplicante—. Sí a lo que quieras.—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa —suspiró ella.
Él asintió.
—Tendrás que hacerlo como «mi» condesa de Kilmartin —enmendó. Le dio un momento para contestar y al no hacerlo ella, volvió a preguntarle—.¿Voy a buscar tu chaqueta?
Ella asintió.
—Excelente decisión. ¿Esperas aquí o me acompañas al vestíbulo? Ella tuvo que separar los dientes para decir.
—Teacompañaré al vestíbulo.
Él le agarró el brazo y mientras la llevaba a la puerta se inclinó a susurrarle al oído:
—Estamos impacientes, ¿eh?
—Vamos a buscar mi chaqueta—gruñóella.
Él se echó a reír, pero con una risa cálida, sonora, y ella notó que empezaba a desvanecerse su irritación. Él era un pícaro sinvergüenza y tal vez
otras cien cosas más, pero era su pícaro sinvergüenza, y sabía que tenía un corazón tan bueno y leal como ningún hombre al que hubiera esperado
conocer. Salvo…
Se detuvo en seco y le enterró un dedo en el pecho.—Nohabrá otras mujeres —dijo con firmeza.
Él la miró con una ceja arqueada.
—Lodigo en serio. Nada de amantes, nada de coqueteos, nadade…
—Pero, buen Dios, Francesca —interrumpióél—.¿De verdad crees que podría? No, borra eso. ¿Crees que querría?
Ella había estado tan inmersa en dejar claras sus intenciones que no le había mirado la cara, y la sorprendió la expresión que vio en ella. Estaba
Aquella misma noche, Michael no podía por menos que sentirse muy complacido por el giro de los acontecimientos.
—Gracias, Colin —dijo jovialmente, hablando consigo mismo, mientras se desvestía para acostarse—, y gracias a ti también, quienquiera que seas, por no alargar la espera para tu matrimonio con Eloise.
Dudaba bastante que Francesca hubiera aceptado precipitar la boda si sus dos hermanos no se hubieran casado sin la presencia de ella.
Y ahora era su esposa. Su mujer.
Le resultaba casi imposible creérselo.
Ese había sido su objetivo desde hacía semanas, y por fin la noche anterior ella había aceptado, pero solo lo consideró realidad cuando le puso el antiguo anillo de oro en el dedo.
Ella era suya.
Hasta que la muerte los separara.
—Gracias, John —añadió, desaparecida toda la frivolidad de su voz.
No le daba las gracias por morirse, eso jamás, sino por liberarlo del sentimiento de culpa. No sabía bien cómo había ocurrido todo, pero desde aquella fatídica noche después de hacer el amor en la casa del jardinero, sabía, en su corazón, que John lo habría aprobado.
Le habría dado su bendición, y en sus momentos más fantasiosos, le gustaba pensar que si John hubiera podido elegirle un segundo marido a Francesca, lo habría elegido a él.
respetabilidad.
Los criados no eran estúpidos; él estaba muy seguro de que todos sabían lo que ocurría, pero todos adoraban a Francesca, deseaban que fuera feliz, y jamás dirían ni una sola palabra contra ella a nadie.
De todos modos, era agradable dejar atrás toda esa tontería.
Cuando llegó a la puerta, no agarró el pomo inmediatamente; se detuvo y trató de escuchar los sonidos de la otra habitación. No se oía mucho. No sabía por qué pensó que podría oír algo. La puerta era maciza y antigua, no dada a revelar secretos. De todos modos, encontraba algo en ese momento que le pedía que lo saboreara.
Iba a entrar en el dormitorio de Francesca. Y tenía todo el derecho de hacerlo.
Lo único que podría haber mejorado ese momento era que ella le hubiera dicho que lo amaba.
Esa omisión le producía una persistente inquietud en un pequeño rincón del corazón, la que quedaba más que eclipsada por su recién encontrada dicha. No deseaba que ella dijera palabras que no sentía, y aun en el caso de que nunca lo amara como debe amar una mujer a su marido, sabía que sus sentimientos eran más fuertes y nobles que los que albergaban la mayoría de las mujeres por sus maridos.
Sabía que él le importaba, que ella le tenía un profundo cariño como amigo. Y que si le ocurriera algo, ella lo lloraría con todo su corazón.
En realidad, no podía pedir más.
Deseaba más, pero ya tenía muchísimo más de lo que podría haber esperado jamás. No debía ser codicioso. No debía, cuando, por encima de
Y en ese momento, detenido en el umbral de su matrimonio, no pudo dejar de pensar si ahora sería diferente. ¿Sería distinto tenerla en sus brazos como esposa a cómo era tenerla como amante? Cuando le mirara la cara por la mañana, ¿sentiría distinto el aire? Cuando la viera al otro lado de un salón
lleno de gente…
Agitó ligeramente la cabeza. Se estaba volviendo un tonto sentimental. Su corazón siempre se había saltado un latido cuando la veía en una sala llena de gente. Más de eso y seguro que ese órgano no soportaría el esfuerzo.
Abrió la puerta.
—¿Francesca?—lallamó, y notó que su voz sonaba suave y ronca en el aire nocturno.
Ella estaba junto a la ventana, ataviada con un camisón de vivo color azul. El corte era recatado, pero la tela se le ceñía al cuerpo y por un momento él no pudo respirar.
Y entonces comprendió, no supo cómo, pero lo comprendió, que siempre sería así.
—¿Frannie? —musitó, avanzando lentamente hacia ella.
Ella se volvió y él vio vacilación en su cara. No nerviosismo, exactamente, sino más bien una encantadora expresión de aprensión, como si ella también comprendiera que ahora todo era diferente.
—Lohicimos —dijo él, sin poder dejar de esbozar una sonrisa de idiota.—Todavía me cuesta creerlo —dijo ella.
—A mí también —reconoció él, acariciándole una mejilla—, pero es cierto.
tímida como la nada típica expresión tímida de su cara—. Fue lo correcto.
Él notó que se le encogían ligeramente los dedos de los pies, atrapando la alfombra, mientras se tragaba la decepción. Aquello era más de lo que habría esperado oírle, pero mucho menos de lo que había deseado.
Y sin embargo, aun así, ella seguía en sus brazos, era su esposa, y eso, se prometió enérgicamente, tenía que significar algo.
—Amí también me alegra —dijo dulcemente, estrechándola más.
Acercó los labios a los de ella y sí que fue diferente cuando la besó. Percibía una nueva sensación de pertenencia, y la falta de furtividad y desesperación.
La besó larga, largamente, y suave, tomándose el tiempo para explorarla, para disfrutar de cada instante. Deslizó las manos por la seda del camisón, y ella gimió por la sensación de la tela apretujada por sus manos.
—Teamo—musitó—.Te quiero.
Ya no tenía ningún sentido guardarse para él esas palabras, aun cuando ella no sintiera la inclinación a decírselas a él. Deslizó los labios por su mejilla hasta la oreja, le mordisqueó suavemente el lóbulo y continuó hacia abajo por el cuello hasta el delicioso hueco en la base de la garganta.
—Michael —suspiró ella, apretándose aél—.Oh, Michael.
Él ahuecó las manos en sus nalgas y la apretó hacia él, y se le escapó un gemido de placer al sentirla tensa y cálida contra su erección.
Había creído que la deseaba antes, pero eso… eso era diferente.
—Tenecesito —dijo con la voz ronca, arrodillándose y deslizando los labios por su vientre hasta el centro de ella, por encima de la seda—. No sabes cuánto te necesito.
—Frannie —musitó él, mientras con los dedos temblorosos le subía el camisón hasta más arriba de la cintura.
Ella le puso una mano en la nuca y lo atrajo para otro beso, este ardiente y profundo.
—Te necesito —dijo entonces, casi gimiendo de deseo—. No sabes cuánto te necesito.
—Deseo verte entera —dijo él, prácticamente arrancándole el camisón—. Necesito sentirte, acariciarte toda entera.
Francesca estaba tan impaciente como él; rápidamente le soltó el lazo al cinturón de su bata y se la abrió, dejando a la vista la ancha extensión de su pecho. Le acarició el suave vello, casi maravillándose al deslizar la mano por su piel.
Jamás se había imaginado en esa situación, en ese momento. Esa no era la primera vez que lo veía de esa manera, que lo acariciaba así, pero en cierto modo era diferente en ese momento.
Él era su marido.
Era difícil creerlo y sin embargo lo sentía absolutamente perfecto, correcto.
—Michael —musitó, pasándole la bata por encima de los hombros.
—¿Mmmm? —musitó él, ocupado haciéndole algo delicioso en la corva de la rodilla.
Ella dejó caer la cabeza en la almohada, totalmente olvidada de lo que iba a decir, si es que iba a decir algo.
Él curvó la mano sobre su muslo y la fue deslizando hacia arriba, por la cadera, por la cintura y finalmente la detuvo en el costado del pecho.
—Francesca —musitó, besándole el pecho y avanzando con los labios hasta llegar al pezón.
Primero la atormentó con la lengua y luego lo cogió en la boca, mordisqueándoselo suavemente.
La sensación fue intensa e inmediata. Se le estremeció y descontroló el cuerpo, y tuvo que agarrarse a las sábanas para afirmarse pues de repente su mundo se había ladeado, desviándose de su eje.
—Michael —resolló, arqueándose.
Él ya le había introducido las manos en la entrepierna, aunque ella no necesitaba más preparación para su penetración. Deseaba eso, lo deseaba a él, y deseaba que durara eternamente.
—Quéexquisita eres —dijo él, con la voz ronca de deseo, con su aliento caliente sobre su piel.
Entonces cambió de posición, montando encima de ella y posicionando el miembro en su entrada. Su cara estaba sobre la de ella, tocándole la nariz con su nariz, y sus ojos brillaban, ardientes e intensos.
Ella se movió debajo de él, arqueando las caderas para recibirlo hasta el fondo.
—Ahora —dijo, en una mezcla de orden y súplica.
Él la penetró poco a poco, con seductora lentitud. Ella notó cómo se iba abriendo, ensanchándose para recibirlo hasta que sus cuerpos quedaron tocándose y supo que él la había penetrado hasta el fondo.
—Aahh —gimió él, con la cara tensa de pasión—. No puedo… tengo
que…
Ella contestó arqueando las caderas, apretándose a él con más firmeza.
No deseaba que se moviera. Pronto le resultaría difícil respirar y él tendría que apartarse, pero por el momento sentía algo fundamental en esa posición entre ellos, algo que no deseaba que acabara.
—No —dijo él, y ella detectó una sonrisa en su voz—. Te estoy aplastando.
Rodó hacia un lado pero sin dejar de abrazarla, y ella se encontróacurrucada junto a él como una cucharilla, con la espalda calentada por su piel y su cuerpo sujeto por su brazo bajo sus pechos.
Él musitó algo con la boca apoyada en su nuca, y ella no entendió sus palabras pero no hacía falta; sabía lo que decía.
Poco después él se durmió y su respiración fue como una canción de cuna lenta y pareja junto a su oído.
Pero ella no se durmió. Estaba cansada, tenía sueño, se sentía saciada, pero no se durmió.
Esa había sido una noche diferente. Y se quedó reflexionando por qué.
…Seguro que Michael te escribirá también, pero como te considero una muy queridísima amiga, quise escribirte yo para informarte de que nos hemos casado. ¿Te sorprende? Debo confesar que a mí sí me sorprendió.
De la carta de la condesa de Kilmartin a Helen Stirling, tres días después de su boda con el conde de Kilmartin
—Tienes un aspecto horrible.
Michael se giró a mirarla con una expresión bastante hosca.
—Buenos días a ti también —dijo, y volvió a concentrarse en su tostada con huevos.
Francesca se sentó a la mesa del desayuno frente a él. Llevaban dos semanas casados; esa mañana Michael se había levantado temprano y cuando ella despertó, el lado de él en la cama estaba frío.
—Noes broma —dijo, frunciendo el ceño, preocupada—. Estás muy pálido y ni siquiera estás sentado derecho. Deberías volver a la cama a descansar un poco.
Él tosió, volvió a toser y el acceso de tos le estremeció el cuerpo.
—Estoy muy bien —dijo, aunque las palabras le salieron casi en un resuello.
—Noestás bien.
Él puso los ojos en blanco.
inclinarse un poco.
—Mic…
Él la miró con tal ferocidad que ella cerró la boca. Lo miró con los ojos entrecerrados.
Él inclinó la cabeza en un gesto fastidiosamente condescendiente, pero el efecto se estropeó cuando el cuerpo se le estremeció por otro acceso de tos.
—Yaestá —declaró ella, levantándose—. Vas a volver a la cama. Ahora mismo.
—Estoy bien—gruñóél.—Noestás bien.
—Estoy…
—Enfermo —interrumpió ella—. Estás enfermo, Michael. Enfermo, mal, apestado. Estás enfermo. Como un perro. No sé de qué otra manera decirlo más claro.
—Notengo la peste —masculló él.
—No—dijo ella, dando la vuelta a la mesa y sujetándolo del brazo—,
pero tienes malariay…
—Esto no es malaria —protestó él, y volvió a toser, como si se le estuviera desgarrando el pecho.
Ella lo levantó de un tirón, cosa que no podría haber hecho sin un poco de colaboración por parte de él.
—¿Cómolo sabes?—Pues, lo sé.
Ella frunció los labios.
—Yhablas con el conocimiento médico que vienede…
Todos estaban muy enfermos; realmente enfermos. Bastantes de ellos habían muerto.
Si los ataques le venían muy juntos, ¿significaba eso que la enfermedad estaba ganando?
Bueno, eso sí era una ironía. Por fin se había casado con Francesca y ahora igual se iba a morir.
—Noes malaria —repitió, y con tanta energía que ella dejó de caminar para mirarlo—. No lo es.
Ella se limitó a asentir.
—Probablemente es un catarro —añadió.
Ella volvió a asentir, pero él tuvo la clara impresión de que solo quería apaciguarlo.
—Tellevaré a la cama —dijo dulcemente. Y él se dejó llevar.
Diez horas después, Francesca estaba aterrada. A Michael le iba subiendo la fiebre y aunque no deliraba ni balbuceaba cosas incoherentes, era evidente que estaba muy, muy enfermo. Repetía una y otra vez que no era malaria, que no lo sentía como malaria, pero cada vez que ella le pedía detalles, él no sabía explicar por qué, al menos no hasta dejarla satisfecha.
Ella no sabía mucho acerca de la enfermedad; las librerías para damas elegantes de Londres declinaban la posibilidad de ofrecer textos médicos. Ella deseaba preguntarle a su médico, o incluso buscar un experto en el Colegio Real de Médicos, pero le había prometido a Michael mantener en secreto su
Suspirando le tocó la frente. Él se había quedado dormido, y estaba roncando suavemente, como tendía a hacer cuando tenía el pecho congestionado. O al menos eso le dijo él. No llevaban tanto tiempo casados para que ella supiera eso por experiencia.
Tenía la piel caliente, pero no ardiendo. Sus labios se veían muy resecos, por lo que le puso una cucharadita de té tibio, levantándole el mentón para que pudiera tragarlo dormido.
Pero él se atragantó y se despertó, arrojando el té sobre la cama.
—Perdona —dijo ella, contemplando el estropicio. Menos mal que solo le había dado una cucharadita.
—¿Quédiablos quieres hacerme? —preguntó él.
—Nolo sé. No tengo mucha experiencia en cuidar enfermos. Me parecióque tenías sed.
—Cuando tenga sed te lo diré—gruñóél.
Ella asintió y lo observó mientras él trataba de volver a ponerse cómodo.—¿Notienes sed ahora, por casualidad?—lepreguntó mansamente.
—Unpoco —dijo él, pronunciando abruptamente las sílabas.
Sin decir palabra, ella le acercó la taza a los labios. Él la bebió entera en unos pocos y largos tragos.
—¿Teapetece otra taza?Él negó con la cabeza.
—Sibebo un poco más tendré que ori…—seinterrumpió y carraspeó—. Perdona.
—Tengo cuatro hermanos. No te preocupes. ¿Quieres que te traiga el
orinal?
hizo atragantarse.
Michael la miró un momento, con los ojos tristes. Finalmente se dio la vuelta en la cama y dijo:
—Nolo es.
Francesca tragó saliva. Ya tenía la respuesta.
—¿Teimporta si te dejo solo? —preguntó, levantándose tan rápido que sintió bajar toda la sangre de la cabeza.
Él no dijo nada pero ella vio que se encogía de hombros bajo las mantas.—Solo iré a caminar un poco —explicó, con la voz entrecortada,
dirigiéndose a la puerta—, antes de que se ponga el sol.—Estaré muy bien—gruñóél.
Ella asintió, aunque él no la estaba mirando.—Volveré pronto —dijo.
Pero él ya se había vuelto a dormir.
El aire estaba neblinoso y daba la impresión de que volvería a llover, por lo que Francesca buscó un paraguas y salió en dirección al mirador. Era abierto por los lados pero tenía techo, de modo que si se descargaba el aguacero se mantendría seca.
Pero con cada paso que daba sentía más dificultosa la respiración y cuando llegó al mirador ya iba jadeando por el esfuerzo, no el de caminar sino el de contener las lágrimas.
En el instante en que se sentó, dejó de esforzarse en contenerlas.
No, no, se dijo, no lo amaba. No lo amaba así. Cuando lo pensó, cuando pasó la palabra por su cabeza, estaba pensando en amistad. Claro que quería a Michael de esa manera. Siempre lo había amado así, ¿no? Él era su mejor amigo, y lo era ya cuando John estaba vivo.
Cerró los ojos, recordó sus besos y la sensación perfecta que le producía su mano en la espalda, a la altura de la cintura, cuando caminaban por la casa.
Y entonces, por fin, descubrió por qué todo le parecía diferente entre ellosúltimamente. No era, como había supuesto al principio, solo porque se habían casado; no era porque él era su marido, porque llevaba su anillo en el dedo.
Era porque lo amaba.
Eso que había entre ellos, ese vínculo, esa unión, no era solamente pasión ni era malo.
Era amor, y era divino.
Y no podría haberse sentido más sorprendida si John se hubiera materializado ante ella y comenzado a bailar un reel irlandés.
Michael.
Amaba a Michael.
No solo como amigo, sino como marido y amante. Lo amaba con la misma intensidad y profundidad con que había amado a John; era diferente porque ellos eran hombres distintos y ella había cambiado, pero también era igual. Era el amor de una mujer por un hombre, y le llenaba todos los recovecos del corazón.
Y por Dios que no deseaba que se muriera.
—Nopuedes hacerme esto —exclamó casi a gritos, inclinada sobre un lado del banco del mirador y mirando el cielo.
ángeles vengadores.
Decididamente, un poco de ambas cosas.
Michael abrió los ojos y se sorprendió al ver que ya era otro día. Pestañeóunas cuantas veces, solo para verificar eso. Las cortinas estaban cerradas, pero no totalmente, de modo que por una rendija entraba un rayo de luz que formaba una franja en la alfombra.
Otro día. Bueno. Tal vez había estado muy cansado. Lo último que recordaba era a Francesca saliendo de la habitación con la intención de salir a caminar, aun cuando cualquier tonta se habría dado cuenta de que estaba a punto de llover.
Tonta.
Intentó sentarse pero al instante se dejó caer entre las mantas. Maldición, se sentía como si se fuera a morir. No era esa la mejor metáfora en esas circunstancias, tuvo que reconocer, pero no se le ocurría otra manera de definir el malestar que se había apoderado de todo su cuerpo. Se sentía agotado, casi pegado a las sábanas. La sola idea de sentarse lo hacía gemir.
Maldición, se sentía fatal.
Se tocó la frente, para comprobar si tenía fiebre, pero si la frente estaba caliente, también lo estaba su mano, por lo que no logró enterarse de nada, aparte de que estaba tremendamente sudoroso y necesitaba un buen baño.
Inspiró aire con el fin de olerse, pero tenía la nariz tan cogestionada que le vino un acceso de tos.
Exhaló un suspiro. Bueno, si apestaba, por lo menos no tendría que olerse.
—Fatal, y no, gracias.
Ella esbozó una leve sonrisa.—¿Ybeber algo?
Él asintió.
Ella agarró un pequeño tazón de una mesa cercana, que estaba tapado con un platillo, probablemente para mantener caliente el contenido.
—Esde anoche —dijo, en tono de disculpa—, pero lo hice cubrir para que no supiera muy horroroso.
—¿Caldo?
Ella asintió y le acercó el tazón a los labios.—¿Estádemasiado frío?
Él probó un poco y negó con la cabeza. Estaba apenas tibio, pero no se creía capaz de tomar algo más caliente.
Ella le sostuvo el tazón en silencio durante un minuto más o menos, y cuando él dijo basta, fue a dejar el tazón en la mesa y lo tapó con el platillo, aunque él se imaginó que ordenaría que le trajeran otro tazón para la próxima comida.
—¿Tienes fiebre?—lepreguntó entonces, en voz baja.
Él intentó esbozar su famosa sonrisa «me importa un diablo».—Notengo ni idea.
Ella le tocó la frente.
—No tuve tiempo para bañarme —masculló él, disculpándose por la frente pegajosa sin decir la palabra «sudor» en su presencia.
Sin dar señales de haber oído su pretendida broma, ella frunció el ceño y le colocó toda la mano en la frente. Entonces, sorprendiéndolo por su rapidez,
se sentó en la silla del lado de la cama.
—Tedije que no lo era —dijo él, pero en su interior sabía la verdad: que no estaba tan seguro.
—Note vas a morir —musitó ella, mordiéndose el labio inferior.Él la miró a los ojos.
—¿Temías que me muriera? —preguntó en voz baja.
—Por supuesto —contestó ella, con la voz ahogada, ya sin tratar de disimular—. Dios mío, Michael, no me lo puedo creer. ¿Tienes una idea de
lo…? Vamos, por el amor de Dios.
Él no entendió lo que quería decir, pero tuvo la impresión de que era algo bueno.
Ella se levantó y el respaldo de la silla se golpeó en la pared. Tomó la servilleta que estaba junto al tazón de caldo y se la pasó por los ojos.
—¿Frannie? —musitó él.
—Quéhombremás…—dijo ella, enfurruñada. Ante eso él solo pudo arquear las cejas.
—Deberías saber queyo…
Pero se interrumpió sin terminar la frase.—¿Quépasa, Frannie?
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no —dijo, y él tuvo la impresión de que hablaba consigo misma, no conél—.Pronto, pero no todavía.
Él pestañeó.
—Perdón, ¿qué has dicho?
…No sé cómo decirte esto y tampoco sé cómo vas a recibir la noticia, pero Michael y yo nos casamos hace tres días. No sabría explicar los acontecimientos que nos llevaron al matrimonio, aparte de que simplemente me pareció que era lo correcto. Has de saber, por favor, que esto no disminuye en nada el amor que sentía por John. Él siempre tendrá un
lugar especial y querido en mi corazón, comotú…
De la carta de la condesa de Kilmartin a Janet, la condesa de Kilmartin viuda, tres días después de su boda con el conde de Kilmartin
Pasado un cuarto de hora, Michael se sentía extraordinariamente mejor; no bien del todo, claro; ni estirando mucho la imaginación podría convencerse de que era el hombre sano y enérgico de siempre. Pero seguro que el caldo le había hecho bien, como también la conversación, y cuando se levantó para usar el orinal descubrió que las piernas lo sostenían con más firmeza de lo que habría creído. Terminada esa tarea procedió a hacerse un improvisado lavado, quitándose la mayor parte del sudor con un paño mojado. Cuando se hubo puesto un camisón limpio, volvió a sentirse casi humano.
Caminó hasta la cama, pero no logró decidirse a meter su cuerpo entre esas sábanas mojadas de sudor, de modo que tiró del cordón para llamar a un
Se inclinó, acercando más la cara a la ventana para verla mejor, pero justo en ese momento ella desapareció detrás de un seto y la perdió de vista.
En ese momento entró Reivers.—¿Hallamado, milord? Michael se giró a mirarlo.
—Sí.¿Podrías encargarte de que suba alguien a cambiar las sábanas?—Por supuesto, milord.
—Y…—continuó él, con la intención de decirle que le hiciera subir la bañera con agua caliente también, pero, sin pensarlo, se le escaparon las palabras—: ¿Sabes adónde va lady Kilmartin? La vi atravesando el césped.
—No, milord —contestó Reivers, negando con la cabeza—. No tuvo a bien comunicármelo, aunque Davies me dijo que ella le pidió que le pidiera al jardinero que le cortara unas flores.
Michael asintió, siguiendo mentalmente la cadena de personas; en realidad debería respetar más esa eficiencia de los cotilleos de los criados.
—Flores, dices —musitó, pensativo.
Eso era lo que llevaba en la mano cuando la vio hacía unos minutos.—Peonías —confirmó Reivers.
—Peonías —repitió Michael, inclinándose con interés.
Esas eran las flores predilectas de John, y fueron las principales en el ramillete de boda de Francesca. Casi lo consternaba recordar un detalle así, pero aunque tan pronto como John y Francesca se marcharon de la fiesta él se había emborrachado como una cuba, recordaba la ceremonia con los más mínimos detalles.
sabía cómo roe el corazón, cómo desgarra el alma. Conocía ese sufrimiento, y sabía que se siente como ácido en las entrañas.
Y no le deseaba eso a Francesca. Nunca.
Ella podría no amarlo. Podría no amarlo nunca. Pero era más feliz de lo que había sido antes de que se casaran; de eso estaba seguro. Y lo mataría saber que ella se sentía culpable por esa felicidad.
John habría deseado que ella fuera feliz. Habría deseado que ella amara y
fuera amada. Y si Francesca, por lo que fuera, no comprendía eso…
Comenzó a vestirse. Seguía débil, sí, todavía tenía fiebre, sí, pero por Dios que sería capaz de ir al camposanto de la capilla. Medio lo mataría pero no permitiría que ella cayera en el mismo tipo de desesperación culpable que él había sufrido tanto tiempo.
Ella no tenía por qué amarlo. No tenía por qué. Se había repetido eso tantas veces durante el poco tiempo que llevaban casados que casi se lo creía.
No tenía por qué amarlo. Pero sí debía sentirse libre; libre para ser feliz.
Porque si no era feliz…
Bueno, eso sí lo mataría. Podía vivir sin su amor, pero no sin su felicidad.
Francesca sabía que el suelo estaría mojado, por lo tanto llevaba una pequeña manta, la manta de tartán verde y oro de los Stirling. Sonrió tristemente al extenderla sobre la hierba.
—Hola, John —dijo, arrodillándose a arreglar las peonías al pie de la lápida.
—Hallovido semanas y semanas —continuó—. Algunos días han sido peores que otros, por supuesto, pero no ha habido ningún día sin por lo menos unos minutos de lluvia. A ti no te habría importado, pero yo, lo confieso, estaba deseando que brillara el sol.
Vio que el tallo de una de las flores no estaba tal como deseaba y se inclinó a arreglarlo.
—Claro que eso no me ha impedido salir a caminar —dijo, y se le escapóuna risita nerviosa—. La lluvia me ha sorprendido fuera bastantes veces
últimamente. La verdad es que no sé bien qué me pasa… antes prestaba más atención al tiempo. —Exhaló un suspiro—. No, sí sé qué me pasa.
Simplemente me da miedo decírtelo. Soy tonta, lo sé, pero…
Volvió a reírse, con esa risa tensa que sonaba tan mal en sus labios. Eso era algo que nunca había sentido con John: nerviosismo. Desde el instante en que se conocieron se había sentido cómoda en su presencia, absolutamente cómoda, a gusto, tanto con él como consigo misma.
Pero en esos momentos…
Bueno, tenía motivos para estar nerviosa.
—Haocurrido algo, John —continuó, tironeándose la tela del abrigo—.
Esto… comencé a sentir algo por alguien, algo que quizá no debería haber sentido.
Miró alrededor, medio esperando que apareciera alguna especie de señal del cielo. Pero no vio nada, solo sintió el suave murmullo de las hojas de losárboles agitadas por la brisa.
Tragó saliva y volvió a centrar la atención en la lápida de John. Era tonto que un trozo de piedra llegara a simbolizar a un hombre, pero no sabía qué
Y entonces supo, de verdad, lo comprendió totalmente, que John podría habérselo imaginado. Y más que eso, que lo habría deseado.
Él habría deseado que se casara con Michael. Habría deseado que se casara con cualquier hombre del que se hubiera enamorado, pero tenía la impresión de que le habría gustado más, que casi lo habría alegrado, que eso le hubiera ocurrido con Michael.
Ellos eran sus dos personas favoritas y le habría gustado saber que estaban juntos.
—Loamo —dijo, cayendo en la cuenta de que esa era la primera vez que
lo decía en voz alta—. Amo a Michael. Lo quiero,y…,John—pasóun dedo por su nombre grabado en la lápida—, creo que lo aprobarías. A veces casi creo que tú lo dispusiste todo. Es muy extraño —continuó, con los ojos llenos de lágrimas—. Me pasé mucho tiempo pensando para mis adentros que nunca volvería a enamorarme. ¿Cómo iba a poder? Y cuando alguien me preguntaba qué habrías deseado tú para mí, yo contestaba, lógicamente, que desearías que
encontrara a otro. Pero por dentro… —sonrió tristemente—. En mi interior sabía que eso no ocurriría. Que no me enamoraría. Lo sabía. Lo sabía absolutamente. O sea que en realidad no importaba lo que tú deseabas para mí, ¿verdad? Pero ocurrió. Ocurrió, y yo no me lo esperaba. Ocurrió, y
ocurrió con Michael. Lo quiero, John. Lo quiero mucho, mucho —continuó, con la voz rota por la emoción—. Me repetía una y otra vez que no, pero
cuando pensé que se iba a morir, fue demasiado para mí, y comprendí… ay, Dios, lo supe, John. Lo necesito, lo amo, lo quiero. No puedo vivir sin él, y
solo necesitaba decírtelo, saber quetú…quetú…
Ella se incorporó, sin dejar de mirarlo a los ojos.—¿Meoíste?—lepreguntó en un susurro.
—Tequiero —dijo él con la voz ronca.—¿Pero me oíste? —insistió ella.
Tenía que saberlo, porque si no la había oído tenía que decírselo.Él asintió.
—Tequiero —dijo ella. Deseó acercársele, deseó abrazarlo, pero parecía estar clavada en el lugar—. Te quiero —repitió—. Te amo.
—Notienes porqué…
—Síque tengo. Tengo que decirlo. Tengo que decírtelo. Te amo. Te
quiero. Te quiero tanto, tanto…
Y entonces desapareció la distancia entre ellos, y él la rodeó con sus brazos. Ella hundió la cara en su pecho, mojándole la camisa con las lágrimas. No sabía por qué lloraba, pero ya no le importaba. Lo único que deseaba era el calor de su abrazo.
En sus brazos sentía el futuro, y era maravilloso. Michael apoyó el mentón en su cabeza.
—Noquise decir que no lo dijeras—musitó—sino que no tenías por quérepetirlo.
Ella se echó a reír, aun cuando seguían brotándole lágrimas, y los dos se estremecieron.
—Tienes que decírmelo —dijoél—.Si lo sientes, tienes que decírmelo. Soy un maldito codicioso y lo quiero todo.
Ella lo miró con los ojos brillantes.—Teamo.
había soñado que existía. Eso era amor.
—Todo el resto de mi vida te amaré —prometió—. El resto de mi vida.
Te lo prometo. Daré mi vida por ti. Te honraré, te mimaré.Te…
Se ahogó con las palabras, pero no le importó. Simplemente deseaba decírselo. Deseaba que ella lo supiera.
—Vámonos a casa —dijo ella dulcemente.Él asintió.
Ella le tomó la mano, instándolo suavemente a alejarse del claro y caminar hacia la zona boscosa que separaba el camposanto de la casa y sus jardines. Michael aceptó apoyarse en su mano, pero antes de echar a andar, se giró hacia la tumba de John y moduló la palabra «Gracias».
Y entonces se dejó llevar a casa por su mujer.
—Quería decírtelo después —iba diciendo ella. Todavía le temblaba la voz por la emoción, pero ya empezaba a hablar como habitualmente—. Tenía
pensado un gesto muy, muy romántico. Algo grandioso. Algo…—sevolvió a mirarlo con una sonrisa pesarosa—. Bueno, no sé qué, pero habría sido grandioso.
Él negó con la cabeza.
—Nolo necesito. Lo único que necesito… Solo necesito…
Y no importó que no supiera cómo terminar la frase, porque de todos modos ella lo sabía.
—Losé —musitó ella—. Yo necesito exactamente lo mismo.
absoluto el anuncio de tu matrimonio con Francesca, reconozco que yo tengo menos imaginación y soy menos lista, y confieso que para mí fue una total sorpresa.
Te ruego, sin embargo, que no confundas sorpresa con no aceptación. No me llevó mucho tiempo ni reflexión comprender que tú y Francesca formáis una pareja ideal. No sé cómo no lo vi antes. No pretendo comprender la metafísica y, la verdad, rara vez tengo paciencia con aquellos que aseguran comprenderla, pero hay un entendimiento entre vosotros dos, un encuentro de mentes y almas que existe en un plano superior.
Estáis hechos el uno para el otro, eso está claro.
No es fácil para mí escribir estas palabras. John sigue vivo en mi corazón y siento su presencia cada día. Lloro la muerte de mi hijo y siempre la lamentaré. No sé cómo expresar el consuelo que es para mí saber que tú y Francesca sentís lo mismo.
Espero que no me consideres engreída porque os ofrezco mi bendición.
Y espero que no me consideres tonta porque también te doy las gracias.
Gracias, Michael, por permitir que mi hijo la amara primero.
Carta de Janet Stirling, condesa de Kilmartin viuda, a Michael Stirling, conde de Kilmartin, junio de 1824
a más de la justa cuota de desgracias médicas. Fue complicada la investigación para describir las enfermedades de John y Michael; por un lado, tenía que procurar que los síntomas de sus enfermedades concordaran con la realidad de sus respectivos procesos, y, por otro lado, que el relato solo revelara lo que era conocido por la ciencia médica en la Inglaterra de 1824.
John murió a causa de la ruptura de un aneurisma cerebral. Se llama aneurisma a la dilatación de un sector de la pared de un vaso sanguíneo debido a una delgadez anormal de esta parte. El aneurisma cerebral es una enfermedad congénita. Puede estar latente muchos años o hincharse rápidamente y romperse, produciendo hemorragia cerebral, a la que sigue pérdida del conocimiento, coma y muerte. El dolor de cabeza producido por la ruptura del aneurisma es repentino y fuerte, pero puede haberlo precedido un dolor persistente durante algún tiempo antes de la ruptura.
No se habría podido hacer nada para salvarlo; incluso hoy en día, aproximadamente la mitad de las rupturas de un aneurisma cerebral llevan a la muerte.
Durante el siglo diecinueve, la única manera de diagnosticar la ruptura de un aneurisma cerebral era la autopsia. Sin embargo, es muy improbable que a un conde le hubieran practicado una autopsia; por lo tanto, la muerte de John habría continuado siendo un misterio para las personas que lo amaban. Lo único que habría sabido Francesca era que su marido tenía
psiquiátricas.
En cuando a la malaria, es una enfermedad conocida desde muy antiguo. A lo largo de toda la historia escrita, se ha aludido a la observación de que la exposición al aire caliente y húmedo va asociado a fiebres periódicas, debilidad, anemia, insuficiencia renal, coma y muerte. El nombre de la enfermedad viene de la expresión italiana que significa «aire malo», y refleja la creencia de nuestros antepasados de que el culpable era el aire. En la novela, Michael alude al «aire pútrido» como a la causa de la enfermedad.
Actualmente sabemos que la malaria es una enfermedad parasitaria. El clima caluroso y húmedo no es la causa, pero el aire caliente y húmedo sí sirve de medio de cultivo del mosquito del género Anopheles, que es el causante de la infección. El mosquito Anopheles hembra, al picar, sin querer inyecta organismos microscópicos en el desafortunado huésped humano. Estos organismos son parásitos monocelulares del género Plasmodium. Hay cuatro especies de Plasmodium que pueden infectar a personas: P. falciparum, P. vivax, P. ovale y P. malariae. Una vez que están en el torrente sanguíneo, estos microorganismos llegan al hígado, donde se multiplican a una velocidad pasmosa; antes que transcurra una semana, vuelven al torrente sanguíneo, donde infectan a los glóbulos rojos y se alimentan de la hemoglobina que transporta oxígeno. Cada dos
o tres días, mediante un proceso sincronizado que aún no está
estaba perdiendo la batalla contra la enfermedad. En realidad, al ser malaria por P. vivax, la frecuencia no habría importado. Los episodios de fiebres malarias por P. vivax vienen más o menos sin ton ni son (a no ser que el/la paciente sufra de inmunosupresión, como en los casos de cáncer, embarazo o sida). En realidad, hay pacientes que en algún momento dejan de sufrir las fiebres del todo y continúan sanos el resto de su vida. Me gusta pensar que Michael tuvo la suerte de ser uno de estos pacientes, pero aun en el caso de que no lo fuera, no hay ningún motivo para pensar que no vivió una vida larga y plena. Además, puesto que la malaria es una enfermedad que está en la sangre, no podía transmitirla a sus familiares.
La causa de la malaria solo se comprendió pasadas varias décadas del año en que ocurre esta novela, pero los principios fundamentales del tratamiento ya se conocían: se podía lograr la cura consumiendo la corteza (quina) del árbol tropical llamado quino. Normalmente se mezclaba con agua (agua de quinina). La quinina entró en el mercado en Francia en 1920, pero su uso ya estaba bastante extendido antes de este año.
En el mundo desarrollado prácticamente se ha erradicado la malaria, debido en gran parte al trabajo en controlar los mosquitos. Sin embargo, sigue siendo causa principal de muerte y discapacidad entre las personas que viven en el tercer mundo. Cada año mueren entre uno y tres millones de personas de malaria por P. falciparum; esto significa un promedio de una...
JULIA QUINN (1970, Nueva York, Estados Unidos), este es el seudónimo más utilizado por la escritora Julie Pottinger (de soltera Julie Cotler), la cual se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard, iniciando estudios de Medicina en la de Yale, que no concluyó por el inesperado éxito de sus novelas románticas de corte histórico —comenzó a escribir mientras intentaba ingresar en la universidad de Medicina—. En unos meses abandonóla universidad. En el mismo período en que fue llamada por la universidad,
obtuvo su primer contrato con una editorial. Finalmente, decidió seguir una carrera literaria.
Julia Quinn ha sido traducida a más de 25 idiomas y es una habitual de las listas de los más vendidos del New York Times. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar varios premios Rita.
Julia Quinn es autora de novelas feministas dentro del género histórico- romántico, donde es considerada una maestra de los diálogos.
Actualmente, Julia vive con su familia en el noroeste del Pacífico.
FIN


Publicar un comentario