© Libro N° 15005. Por Un Beso. Quinn, Julia. Emancipación. Abril 11 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://ww3.lectulandia.co/book/por-un-beso/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de:
https://ww3.lectulandia.co/book/por-un-beso/
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
POR
UN BESO
Julia
Quinn
Por Un Beso
Julia Quinn
Por un beso (It's In His Kiss) es la séptima novela de la exitosa saga histórica Bridgerton, escrita por la autora estadounidense Julia Quinn [23, 25]. Publicada originalmente en 2005, la historia se centra en Hyacinth Bridgerton, la menor de los ocho hermanos, y su romance con Gareth St. Clair.
Sinopsis y Trama
La trama comienza cuando Hyacinth, conocida por su ingenio afilado y su fuerte personalidad, conoce a Gareth St. Clair en un evento social. Gareth se encuentra en una situación complicada con su padre y posee un antiguo diario familiar escrito en italiano que podría contener secretos sobre su herencia.
El Misterio: Hyacinth, que sabe algo de italiano, se ofrece a ayudar a Gareth a traducir el diario. Esta tarea los lleva a una búsqueda de tesoros y secretos del pasado en la mansión de los St. Clair.
El Romance: A medida que trabajan juntos, la chispa surge entre ambos. Gareth encuentra en Hyacinth a alguien que no solo lo desafía intelectualmente, sino que también lo comprende de una manera que nadie más ha hecho.
Personajes Clave: Destaca la presencia de Lady Danbury, la abuela de Gareth, quien actúa como una figura mentora y cómplice de Hyacinth, aportando el toque de humor característico de la serie. (IA Google.com)
diario escrito en italiano, ella no puede negarse.
Pronto se ven inmersos en una aventura en la que cada uno de ellos descubre que ha encontrado en el otro, por fin, un desafío a su altura.
ePub r1.0
Titivillus 18.01.2021
Prólogo Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14
Sobre la autora
Eran cuatro los principios por los que Gareth Saint Clair regía su relación con su padre para mantener su buen humor y cordura en general:
Primero: no conversar entre ellos a menos que fuera absolutamente necesario.
Segundo: hacer lo más breves posibles todas las conversaciones absolutamente necesarias.
Tercero: en el caso de que fuera necesario decir algo más que un simple saludo, siempre era mejor que hubiera otra persona presente.
Y cuarto: con el fin de hacer realidad los tres primeros puntos, él debía conducirse de manera que recibiera todas las invitaciones que fuera posible para pasar las vacaciones y asuetos escolares con amigos.
Vale decir, no en casa.
Más exactamente, lejos de su padre.
Bien visto, pensaba Gareth Saint Clair, cuando se tomaba la molestia de pensarlo, lo que no era frecuente pues ya había hecho una ciencia de sus tácticas de evitación, esos principios le daban buenos resultados.
Y le iban bien a su padre también, dado que a Richard Saint Clair su hijo menor le caía tan bien como a este le caía él. Y a eso se debía, pensó Gareth, ceñudo, que lo sorprendiera tanto que su padre le hubiera escrito al colegio para ordenarle que fuera a casa.
Y con tanta energía.
La carta de su padre era muy clara, no se apreciaba ninguna ambigüedad en ella. La orden era que debía presentarse inmediatamente en Clair Hall, la propiedad en el campo.
Eso era tremendamente irritante. Solo le quedaban dos meses para terminar sus estudios en Eton, por lo que su vida allí estaba llena de actividad, desentendía totalmente de su hijo menor y que solo le pagaba la educación porque eso era lo que se esperaba de él.
Todo el mundo sabía lo que significaba eso: que sería mal visto por sus amigos y vecinos si su padre no lo enviaba a colegios respetables.
En las raras ocasiones en que se cruzaban sus caminos, el barón se pasaba todo el tiempo hablando de lo mucho que lo decepcionaba su hijo menor.
Y con eso lo único que conseguía era estimularlo a fastidiarlo más aún. Al fin y al cabo no hay nada como no estar a la altura de las expectativas.
Comenzó a golpear el suelo con el pie, sintiéndose forastero en su propia casa, mientras el mayordomo iba a avisar a su progenitor de su llegada. Había pasado tan poco tiempo ahí en los nueve últimos años que le resultaba difícil sentir afecto por esa casa. Para él solo era un montón de piedras que pertenecían a su padre y finalmente pasarían a su hermano mayor, George. Aél no le tocaría nada de la casa ni de la fortuna Saint Clair, por lo que debería forjarse su camino solo en el mundo. Tal vez podría entrar en el ejército una vez que terminara sus estudios en Cambridge; él único otro camino aceptable sería elegir la carrera eclesiástica, y el cielo sabía que no era apto para «eso».
Tenía muy pocos recuerdos de su madre, que murió en un accidente cuando él tenía cinco años, aunque sí recordaba cuando ella le revolvía el pelo y se reía porque él nunca estaba serio.
«Eres mi diablillo—ledecía, y luego le susurraba—: No pierdas eso. Hagas lo que hagas, no pierdas eso».
No lo había perdido, y dudaba mucho de que la Iglesia de Inglaterra deseara aceptarlo en sus filas.
—Señor Gareth.
sala.
—¡Adelante!
Gareth abrió la maciza puerta de roble y entró. Su padre estaba sentado tras su escritorio escribiendo algo en un papel. Se veía bien, pensó
ociosamente. Todo le sería más fácil si el barón se hubiera convertido en una rubicunda caricatura de hombre, pero no, lord Saint Clair estaba en buena forma, fuerte, y representaba unos veinte años menos que los cincuenta y tantos que tenía.
Tenía el aspecto del tipo de hombre al que un joven como él debería respetar.
Y eso le hacía más doloroso aún su cruel rechazo.
Pacientemente esperó que su padre levantara la vista. Pasado un momento, carraspeó para llamarle la atención.
No hubo reacción. Entonces tosió. Nada.
Sintió deseos de hacer rechinar los dientes. Esa era la costumbre de su padre, hacer caso omiso de él durante un buen rato para recordarle que no lo encontraba digno de atención.
Pensó en la posibilidad de decir «Señor». Incluso se le ocurrió que podría decir «Padre», pero al final simplemente se apoyó en el marco de la puerta y comenzó a silbar.
Al instante su padre levantó la vista.—Basta.
Gareth arqueó una ceja y dejó de silbar.
Gareth pestañeó, desconcertado.—Mepediste que viniera —dijo.
Y la penosa verdad era que jamás desafiaba a su padre. Nunca. Pinchaba, fastidiaba, añadía un toque de insolencia a sus palabras y actos, pero nunca se comportaba con franco desafío.
Despreciable cobarde que era.
En sus sueños sí luchaba. En sus sueños le decía a su padre todo lo que pensaba de él, pero en la vida real sus desafíos se limitaban a silbidos y expresiones hoscas.
—Sí—dijo su padre, reclinándose ligeramente en el respaldo del sillón—. De todos modos, nunca te doy una orden suponiendo que vas a obedecerla correctamente. Nunca lo haces.
Gareth guardó silencio.
El barón se levantó y fue hasta una mesa cercana donde tenía un decantador de coñac.
—Meimagino que querrías saber por qué te he citado —dijo.
Gareth asintió, pero puesto que su padre no se dignó a mirarlo, contestó:
—Sí,señor.
El barón bebió con gusto un trago de coñac y lo saboreó con gran
ostentación, haciéndolo esperar. Finalmente se giró hacia él y lo miró de arriba abajo con ojos fríos y evaluadores:
—Por fin he descubierto una manera de que seas útil a la familia Saint Clair.
Gareth levantó bruscamente la cabeza, sorprendido.—¿Sí?¿Señor?
Lord Saint Clair clavó los ojos en los de su hijo.
—Tenemos hipotecado absolutamente todo —dijo en tono duro—. Un año más y perderemos todo lo que no está vinculado al título.
—Pero…¿cómo?
—Eton no es barato —replicó el barón.
No, claro, pero no sería tanto como para dejar indigente a la familia, pensó Gareth, desesperado. Eso no podía ser solamente culpa de él.
—Puede que seas una decepción, pero no he faltado a mi responsabilidad hacia ti. Has sido educado como corresponde a un caballero. Se te ha dado un caballo, ropa y un techo sobre tu cabeza. Ahora es el momento de que te portes como un hombre.
—¿Conquién? —preguntó Gareth en un susurro.—¿Eh?
—¿Conquién? —repitió en voz más alta. ¿Con quién quería casarlo?—Con Mary Winthrop —contestó su padre con la mayor naturalidad. Gareth sintió que la sangre le abandonaba el cuerpo.
—Mary…
—Lahija de Wrotham—añadiósu padre, como si él no lo supiera.
—Pero Mary…
—Seráuna excelente esposa. Será sumisa, y puedes dejarla en el campo si quieres divertirte por la ciudad con tus tontos amigos.
—Pero, padre, Mary…
—Yoacepté en tu nombre. Está hecho. Ya está firmado el acuerdo.
Gareth se sintió ahogado. Eso no podía estar ocurriendo. No era posible que se pudiera obligar a un hombre a casarse, en esa época, ni a esa edad.
Conocía a Mary Winthrop de toda la vida. Era un año mayor que él y vivía cerca, pues las propiedades de sus respectivas familias eran colindantes desde hacía más de un siglo. De niños eran compañeros de juegos, pero muy pronto se hizo evidente que la niña no estaba bien de la cabeza. Él siempre fue su defensor cuando estaba en la propiedad del campo; había golpeado hasta dejar sangrando a más de un matón cuando la insultaba o quería aprovecharse de su naturaleza dulce y modesta.
Pero no podía casarse con ella. Era como una niña pequeña. Eso tenía que ser pecado. Y aun en el caso de que no lo fuera, no podría soportarlo. ¿Cómo iba ella a comprender lo que debía ocurrir entre ellos como marido y mujer?
No podría acostarse con ella. Jamás.
Se limitó a mirar fijamente a su padre, sin encontrar ninguna palabra que decirle. Por primera vez en su vida no encontraba ninguna respuesta fácil, ninguna réplica frívola o atrevida.
No se le ocurrió ninguna palabra. Sencillamente no había palabras para un momento como ese.
—Veo que nos entendemos —dijo el barón, sonriendo ante su silencio.
—¡No!—exclamó, y esa sola sílaba pareció desgarrarle la garganta—.¡No! ¡No puedo!
Su padre entrecerró los ojos.
—Estarás ahí aunque tenga que llevarte atado.
—¡No!—Loahogaba el nudo que tenía en la garganta, pero logró hacer
salir las palabras—: Padre, Maryes…Bueno, es una niña. Nunca será más que una niña. Sabes eso. No puedo casarme con ella. Sería un pecado.
El barón se rio, aliviando la tensión y alejándose rápidamente de él.
—Nocreerás que te confiaría una suma fabulosa, ¿verdad? ¿A ti? Gareth tragó saliva, incómodo.
—¿Y los estudios?
—Puedes ir a la Universidad. De hecho, tendrías que agradecerle eso a tu esposa. Sin el contrato de matrimonio no habría dinero para pagarte los estudios.
Gareth no se movió, tratando de inspirar aire y normalizar aunque fuera un poco la respiración. Su padre sabía lo mucho que significaba para él ir a estudiar en Cambridge. Eso era lo único en que los dos siempre habían estado de acuerdo: un caballero necesita una educación de caballero. ¿Qué más daba que él anhelara toda la experiencia, tanto social como académica, mientras que lord Saint Clair solo lo consideraba algo que un hombre debe hacer para guardar las apariencias? Eso lo habían decidido hacía años: él iría a la Universidad y recibiría su título.
Pero al parecer lord Saint Clair siempre había sabido que no podría pagarle la educación a su hijo menor. ¿Y cuándo había pensado decírselo?¿Cuando él estuviera haciendo su equipaje?
—Estáhecho, Gareth —dijo su padre secamente—. Tienes que ser tú, ya que George es el heredero y no puedo permitir que ensucie nuestra estirpe.—Frunció los labios—. Además, de ninguna manera lo sometería a esto.
—¿Pero a mí sí?
¿Así es que tanto lo odiaba su padre? ¿En tan baja estima lo tenía? Lo miró, miró esa cara que tanta infelicidad le había causado. Jamás había visto
una sonrisa, jamás había recibido una palabra de aliento. Jamásun…
un cachorro roñoso que tuvo tu madre de otro hombre cuando yo estaba ausente.
La rabia salió como un torrente, como algo ardiente, irrefrenable, algo que ya no puede continuar contenido ni reprimido. Esa furia golpeó a Gareth como una ola de marejada, envolviéndolo, ciñéndolo y ahogándolo, hasta que apenas podía respirar.
—No—dijo, negando con la cabeza, desesperado.
Eso no era algo sobre lo que no hubiera reflexionado, considerándolo una posibilidad, y ni siquiera algo que no hubiera deseado, pero no podía ser
cierto. Se parecía a su padre; tenían la nariz igual, ¿no? Además…
—Tehe alimentado —dijo el barón, con voz grave y dura—. Te he vestido y te he presentado al mundo como hijo mío. Te he mantenido, cuando cualquier otro hombre te habría arrojado a la calle, y ya es hora de que devuelvas el favor.
—No—repitió Gareth—. Eso no puede ser. Me parezco a ti.
Lord Saint Clair estuvo un momento en silencio. Finalmente dijo, amargamente:
—Eso es una desgraciada coincidencia, te lo aseguro.
—Pero…
—Podría haberte abandonado cuando naciste —interrumpió lord Saint Clair—. Podría haber obligado a coger sus cosas a tu madre y haberos arrojado a los dos a la calle. Pero no lo hice. —Cruzó la distancia que los separaba y acercó la cara a la deél—.Has sido reconocido, eres legítimo. Y me debes eso—añadióen tono furioso.
Han transcurrido diez años y nos encontramos con nuestra heroína, la cual, es necesario advertir, nunca ha sido una florecilla tímida, humilde ni retraída. La escena
ocurre en la velada musical anual Smythe-Smith, unos diez minutos antes de que el señor Mozart comience a darse vueltas en su tumba.
—¿Porqué nos hacemos esto? —preguntó Hyacinth, pensando en voz alta.
—Porque somos personas buenas y amables —contestó su cuñada, sentándose, Dios las amparara, en un asiento de la primera fila.
—Cualquiera diría que podríamos haber aprendido la lección el año pasado —continuó Hyacinth, mirando el asiento desocupado al lado del de Penelope con el mismo entusiasmo que mostraría un erizo de mar—. O tal
vez el año anterior. O incluso…
—¿Hyacinth? —dijo Penelope.
Hyacinth la miró, arqueando una ceja en gesto interrogante.—¡Siéntate!
Hyacinth exhaló un suspiro, pero se sentó.
La velada musical Smythe-Smith, pensó tristemente. Por suerte tenía lugar solamente una vez al año, porque estaba segurísima de que sus oídos tardarían los doce meses enteros en recuperarse.
Dejó escapar otro largo suspiro, este más audible que el anterior.
—Meencanta tener la razón —dijo Hyacinth, en tono triunfal—. Y eso es estupendo, porque generalmente la tengo.
Penelope la miró seria un momento.—Sabes que eres insufrible, ¿verdad?
—Claro que sí —contestó Hyacinth, mirándola con una sonrisa pícara—. Pero me quieres de todos modos, reconócelo.
—Noreconoceré nada hasta que acabe la velada.—¿Hasta que las dos estemos sordas?
—Hasta que vea que te comportas. Hyacinth se rio.
—Entraste en la familia por matrimonio. Tienes que quererme. Eso es una
obligación por contrato.
—Es curioso, no recuerdo que eso haya estado en las promesas de matrimonio.
—Síque es curioso, yo la recuerdo perfectamente. Penelope la miró riendo.
—Nosé cómo lo haces, Hyacinth, pero por irritante que seas, siempre te las arreglas para ser encantadora.
—Ese es mi más fabuloso don —dijo Hyacinth, recatada y modestamente.—Bueno, puedes anotarte unos cuantos puntos extras por acompañarme
esta noche —dijo Penelope, dándole una palmadita en la mano.
—Por supuesto. Con todos mis comportamientos insufribles, de verdad soy la esencia de la bondad y la amabilidad.
Y tenía que serlo, pensó, observando la escena que se estaba desarrollando en la pequeña tarima a modo de escenario improvisado. Otro año, otra velada
muy impropia de una señorita—, mi atención hacia ti debe ser debidamente notada.
—¿Porqué tengo la impresión de que siempre llevas la cuenta de las cosas y cuando menos lo espero te pones de un salto delante de mí para exigirme un favor?
—¿Y para qué voy a saltar? —preguntó Hyacinth, pestañeando sorprendida.
—Ah, mira —dijo Penelope, después de mirarla como si fuera una lunática—, aquí viene lady Danbury.
—Señora Bridgerton —dijo, o mejor dicho, ladró, la anciana condesa—. Señorita Bridgerton.
—Buenas noches, lady Danbury —saludó Penelope—. Le hemos reservado un asiento en la primera fila.
Lady Danbury entrecerró los ojos y pinchó ligeramente a Penelope en el tobillo con su bastón.
—Siempre pensando en los demás, ¿eh?
—Por supuesto. Ni soñaría con…—¡Ja!—exclamó lady Danbury.
Esa era la sílaba favorita de la anciana, pensó Hyacinth. Eso y «¡vaya!».
—Cámbiate de asiento, Hyacinth —ordenó lady Danbury—. Me sentaréentre vosotras.
Obedientemente, Hyacinth se cambió al asiento de la izquierda.
—Justamente estábamos hablando de nuestros motivos para asistir a esta velada —dijo, mientras lady Danbury se sentaba—. Yo, por mi parte, no he encontrado ninguno.
Hyacinth consideró mejor no decir nada. Seguro que lady Danbury encontraría una manera de enredar lo que fuera que dijera para convertirlo en una promesa de ir a visitarla todas las tardes.
—Y podría añadir que la semana pasada fuiste muy cruel al dejar a nuestra pobre Priscilla colgando de un acantilado —dijo lady Danbury sorbiendo por la nariz.
—¿Quéestáis leyendo? —preguntó Penelope.
—La señorita Butterworth y el barón loco —repuso Hyacinth—. Y no estaba colgando, todavía.
—¿Hasleído por adelantado? —preguntó lady Danbury.
—No—contestó Hyacinth, poniendo los ojos en blanco—. Pero no es difícil adivinarlo. La señorita Butterworth ya ha estado colgada de una casa y de un árbol.
—¿Ysigue viva? —preguntó Penelope.
—Hedicho «colgada», no «ahorcada» —masculló Hyacinth—. Una gran lástima.
—De todas maneras —dijo lady Danbury—, fue una crueldad tuya dejarme colgada a mí.
—Ahíterminó el capítulo el autor—sedefendió Hyacinth, imperturbable—.Además, ¿no es una virtud la paciencia?
—Deninguna manera —contestó lady Danbury, implacable—, y si crees eso, eres menos mujer de lo que yo creía.
Nadie entendía por qué Hyacinth iba todos los martes a casa de lady Danbury a leerle, pero ella disfrutaba muchísimo de las tardes pasadas con la
llevaba tres temporadas en el mercado del matrimonio, ya se estaba aburriendo de ver a las mismas personas día tras día. Lo que antes encontraba
tan estimulante, los bailes, las fiestas, los pretendientes…, bueno, sí, seguía encontrando placentero todo eso, tenía que reconocer. Aun cuando no era una de esas jóvenes que se quejan de la riqueza y los privilegios que estaba
obligada a soportar, las cosas habían cambiado para ella. Ya no retenía el aliento cada vez que entraba en un salón de baile. Ahora un baile era simplemente un baile, ya no era el mágico torbellino de movimiento que fuera en los años pasados.
Había desaparecido el entusiasmo, la excitación.
Por desgracia, cada vez que le comentaba eso a su madre, la respuesta era que sencillamente se buscara un marido. Eso lo cambiaría todo, decía Violet Bridgerton, tomándose muchísimo trabajo para hacérselo entender.
De verdad.
Ya hacía tiempo que su madre había renunciado hasta a la apariencia de sutileza cuando se trataba de la soltería de su cuarta y última hija. Ya lo había convertido en una especie de cruzada personal, pensó tristemente.
Nada de Juana de Arco, no. Su madre era Violet de Mayfair, y ni la peste, ni la pestilencia ni amantes pérfidos la detendrían en su empresa de ver a sus
ocho hijos dichosamente casados. Solo quedaban solteros Gregory y ella, pero Gregory solo tenía veinticuatro años, edad que se consideraba (con bastante injusticia, en su opinión) totalmente aceptable para que un caballero continuara soltero.
¿Pero ella a los veintidós? Bueno… Lo único que impedía que su madre sufriera un colapso nervioso era que Eloise, su hermana mayor, esperó a tener inmensamente popular e influyente. Y por si eso fuera poco, su hermana Daphne era la duquesa de Hastings y su hermana Francesca, la condesa de Kilmartin.
Si un hombre deseaba conectar con las familias más poderosas de Gran Bretaña, no lo haría nada mal casándose con Hyacinth Bridgerton.
Pero si se tomaba un momento para reflexionar acerca de la distribución en el tiempo de las proposiciones que había recibido, lo que no le gustaba reconocer que hubiera hecho, el asunto comenzaba a verse bastante mal.
Tres proposiciones en su primera temporada. Dos en la segunda.
Una el año anterior.
Y ninguna hasta el momento ese año.
Solo se podía deducir que estaba perdiendo popularidad. A no ser, claro, que alguien cometiera la estupidez de decir eso, en cuyo caso ella tendría que decir lo contrario, fueran cuales fueren los hechos y la lógica.
Y lo más probable era que ganaría en la discusión. Era excepcional el hombre o la mujer capaz de ganar en ingenio, dejar callada o debatir más que Hyacinth Bridgerton.
En algún raro momento de reflexión acerca de sí misma, había pensado que eso podría tener que ver con la disminución de proposiciones a esa alarmante velocidad.
Pero eso no tenía importancia, pensó, mientras observaba a las chicas Smythe-Smith instalarse en la pequeña tarima construida en ese lado de la sala. No era que ella debiera haber aceptado alguna de esas proposiciones.
único que me cae bien, ese.
Hyacinth ni siquiera se molestó en disimular su sorpresa.—¿Elseñor Saint Clair va a venir esta noche?
—Losé, lo sé —rio lady Danbury—. Ni yo me lo creo. Vivo esperando que pase un rayo de luz celestial por el techo.
Penelope arrugó la nariz.
—Creo que eso es blasfemia, pero no estoy segura.
—Nolo es —dijo Hyacinth, sin siquiera mirarla—. ¿Y por qué va a venir? Lady Danbury esbozó una sonrisa perezosa, parecida a la de una serpiente.—¿Ypor qué estás tan interesada?
—Siempre me interesa el cotilleo —repuso Hyacinth muy sinceramente—.Acerca de todo el mundo. Eso usted ya debería saberlo.
—Muy bien —dijo lady Danbury, algo malhumorada por la frustración—. Va a venir porque lo chantajeé.
Hyacinth y Penelope la miraron con las cejas arqueadas de manera idéntica.
—Muy bien —concedió lady Danbury—, si no con chantaje, con una buena dosis de culpa.
—¡Ah,claro! —musitó Penelope, al mismo tiempo que Hyacinth decía:
—Eso tiene mucho más sentido.
—Puede que le haya dicho que no me sentía bien —suspiró lady Danbury.—¿Puede qué? —preguntó Hyacinth, dudosa.
—Selo dije —reconoció lady Danbury.
—Debe de haberlo hecho extraordinariamente bien para lograr que él viniera esta noche —comentó Hyacinth, admirada.
conducta era igualmente indecorosa, y había unos cuantos que eran hermosos como el pecado, pero Gareth Saint Clair era el único que se las arreglaba para combinar ambas cosas con ese éxito.
Pero su reputación era abominable.
Él ya estaba en edad de casarse, sin duda, pero jamás nunca en su vida, ni una sola vez, había visitado a una jovencita decente en su casa. Ella estaba absolutamente segura de eso; si alguna vez se hubiera rumoreado que estaba cortejando a una jovencita, el rumor habría corrido como reguero de pólvora por todos los salones elegantes. Además, ella se habría enterado por lady Danbury, a la que le gustaba el cotilleo tanto como a ella.
Y luego estaba, lógicamente, el asunto de su padre, lord Saint Clair. Era archiconocido el distanciamiento entre padre e hijo, aunque nadie sabía el motivo. En su opinión, hablaba muy en favor de Gareth que nunca aireara en público sus problemas familiares; además, ella había visto a su padre y lo consideraba un hombre grosero, lo cual la hacía creer que fuera cual fuera el asunto que los distanciaba, la culpa no era del joven Saint Clair.
De todos modos, ese asunto envolvía en un aire de misterio al ya carismático joven, y en cierto modo, según ella, lo convertía en un desafío para las damas de la alta sociedad. Nadie sabía bien cómo considerarlo. Por un lado, las señoras alejaban de él a sus hijas; sin duda una relación con Gareth Saint Clair no favorecía la reputación de las chicas. Por otro lado, su hermano mayor había muerto trágicamente hacía menos de un año, por lo que ahora él era el heredero de la baronía, lo cual lo convertía en una figura más romántica aún, y en un buen partido. Solo el mes anterior ella vio desmayarse tolerar.
Pero cuando estaba ahí tratando de reanimar a la tonta muchacha con esos fuertes vapores, alcanzó a ver que él la estaba observando a ella, con esa expresión vagamente burlona tan propia de él, y no pudo quitarse de encima la sensación de que la encontraba divertida.
Divertida, más o menos igual como ella encontraba divertidos a los niños pequeños y a los perros grandes.
Para qué decir que no se sintió particularmente halagada por esa atención de él, aun cuando esta fuera fugaz.
—¡Vaya!
Se giró a mirar a lady Danbury, que seguía buscando con la vista a su nieto.
—Creo que todavía no ha llegado—ledijo, y añadió en voz baja—:
Nadie se ha desmayado.
—¿Eh?¿Qué has dicho?
—Dije que creo que aún no ha llegado.
Lady Danbury la miró con los ojos entrecerrados.—Esa parte la oí.
—Eso fue todo lo que dije —mintió Hyacinth.—Mentirosa.
Hyacinth miró hacia Penelope por delante de la anciana.—Metrata horrorosamente, ¿lo sabías?
—Alguien tiene que tratarte mal —repuso Penelope encogiéndose de hombros.
Nada la irritaba tanto como que no la incluyeran en un chiste. A excepción, tal vez, de que la regañaran por algo que ni siquiera entendía. Se volvió hacia el escenario y miró con más atención a la cellista. Al no ver nada fuera de lo común, volvió a girarse hacia sus acompañantes y abrió la boca para hablar, pero ellas ya estaban sumidas en una conversación que la excluía a ella.
Detestaba que le ocurriera eso.
—¡Vaya! —exclamó, acomodándose en el asiento, y repitió—: ¡Vaya!
—Hace ese sonido exactamente igual que mi abuela —dijo una voz encima de su hombro.
Hyacinth levantó la vista. Ahí estaba él, Gareth Saint Clair, justo en su momento de mayor desconcierto. Y, faltaría más, el único asiento desocupado era el que ella tenía a su lado.
—Sí,¿verdad? —dijo lady Danbury, mirando a su nieto y golpeando el suelo con su bastón—. Te está reemplazando rápidamente como mi orgullo y alegría.
—Dígame, señorita Bridgerton —dijo el señor Saint Clair, levantando una comisura de sus labios en una burlona sonrisa sesgada—, ¿mi abuela la estárehaciendo a su imagen y semejanza?
Hyacinth no logró encontrar una réplica rápida, lo cual le resultaba tremendamente irritante.
—Vuelve a cambiar de asiento, Hyacinth —ordenó lady Danbury—. Necesito estar sentada al lado de Gareth.
Hyacinth se giró hacia ella para decir algo, pero la anciana se lo impidió:
—Alguien tiene que encargarse de que se comporte.
castaño claro y rubio oscuro, y lo llevaba con mucho garbo y osadía, desafiando las convenciones sociales. Lo tenía lo suficientemente largo como para poder atárselo en una corta coleta sobre la nuca. Era alto, aunque no con exageración, de figura atlética, elegante y fuerte, y su cara era lo bastante imperfecta para ser guapo, que no bonito.
Y tenía los ojos azules. Azules de verdad. Inquietantemente azules.¿Inquietantemente azules? Movió ligeramente la cabeza. Esa era sin duda
la idea más estúpida que le había pasado por la cabeza en toda su vida. Ella también tenía los ojos azules y no había nada inquietante en eso.
—¿Yqué la trae por aquí, señorita Bridgerton? —preguntóél—.No sabía que fuera tan amante de la música.
—Siamara la música ya habría huido a Francia —dijo lady Danbury detrás de él.
—Síque detesta que la excluyan de una conversación, ¿no? —musitó él, sin volverse a mirar a su abuela—. ¡Ay!
—¿Elbastón? —preguntó Hyacinth, dulcemente.—Esuna amenaza para la sociedad —masculló él.
Hyacinth observó con mucho interés cuando él echó la mano hacia atrás y sin siquiera girar la cabeza cogió el bastón y lo arrancó de la mano de su abuela.
—Tome —dijo, pasándoselo a ella—, usted cuidará de esto, ¿quiere? Ella no lo necesitará mientras esté sentada.
Hyacinth se quedó boquiabierta. Ni siquiera ella se había atrevido jamás a meterse con el bastón de lady Danbury.
aun cuando no sabía por qué eso podía importarle tanto, pero Pen estaba
ocupada tratando de apaciguar a lady Danbury, que todavía estaba furiosa por la pérdida de su bastón.
Se movió inquieta, pues se sentía tremendamente encerrada. A su izquierda estaba sentado lord Somershall, que no era precisamente el hombre más delgado allí, y le ocupaba parte del asiento. Eso la obligaba a moverse un poco hacia la derecha, lo que la dejaba más cerca de Gareth Saint Clair, que francamente irradiaba calor.
¡Buen Dios!, ¿es que el hombre se había aplicado botellas con agua caliente antes de salir de su casa?
Cogió su programa y con la mayor discreción que pudo comenzó a abanicarse con él.
—¿Le pasa algo, señorita Bridgerton? —le preguntó él, ladeando la cabeza y observándola con expresión de curiosa diversión.
—No, nada. Simplemente hace un poco de calor aquí, ¿no le parece?
Él la miró un segundo más de lo que a ella le habría gustado, y luego se volvió hacia lady Danbury.
—¿Tienes mucho calor, abuela?—lepreguntó, solícito.—No, en absoluto.
Entonces él se volvió hacia Hyacinth, encogiendo levemente un hombro.—Debe de ser usted la acalorada —musitó.
—Debo —masculló ella entre dientes, mirando resueltamente hacia delante.
Tal vez todavía tenía tiempo para escapar al cuarto tocador para señoras. Penelope la querría ahogada y descuartizada, ¿pero de veras podía tomarlo
A Hyacinth casi se le escapó un gemido. Era una de las damas Smythe- Smith señalando con palmadas que el concierto estaba a punto de comenzar. Había perdido la oportunidad. Ya no podía salir de ahí de manera educada.
Pero por lo menos tuvo el consuelo de saber que no era la única alma desgraciada. En el instante en que las señoritas Smythe-Smith levantaron sus arcos hacia sus instrumentos, oyó al señor Saint Clair emitir un muy suave gemido y susurrar muy sinceramente:
—¡QueDios nos asista a todos!
Treinta minutos después, y en un lugar no muy lejano, está aullando de sufrimiento un perro pequeño.
Desgraciadamente, nadie puede oírlo debido al ruido…
Solo existía una persona en el mundo por la que Gareth Saint Clair continuaría sentado escuchando con impecable cortesía una interpretación musical francamente mala, y ocurría que esa persona era la abuela Danbury.
—Nunca más —le susurró al oído, mientras a sus oídos llegaba una música que podría ser de Mozart.
Y eso después de una pieza que podría haber sido de Haydn, que había venido a continuación de una pieza que podría haber sido de Händel.
—Noestás sentado educadamente —susurró ella.
—Podríamos habernos sentado en la fila de atrás—gruñóél.—¿Yperdernos toda la diversión?
Que alguien pudiera llamar «diversión» a una velada musical Smythe- Smith era algo que escapaba a su comprensión, pero su abuela sentía algo que solo se podía calificar como cariño morboso por esa velada anual.
Como siempre, las señoritas Smythe-Smith estaban sentadas en la pequeña tarima, dos tocaban el violín, una el cello y la otra el piano, y el ruido que hacían era tan discordante que casi se podía considerar impresionante.
Casi.
—Esuna suerte que te quiera—ledijo por encima del hombro.
Pero eran jovencitas buenas y simpáticas, o al menos eso le habían dicho aél, y su abuela, en uno de sus raros ataques de descarada amabilidad, insistía en que alguien tenía que sentarse en primera fila para aplaudir porque, como decía, «Tres de ellas no saben distinguir un elefante de una flauta, pero siempre hay una que está a punto de derretirse de sufrimiento».
Y, por lo visto, la abuela Danbury, que no tenía el menor escrúpulo en decirle a un duque que no tenía la sensatez de una garrapata, encontraba fundamentalmente importante aplaudir a aquella chica Smythe-Smith de cada generación que no tenía el oído hecho de hojalata.
Todos los asistentes se levantaron para aplaudir, aunque él sospechó que su abuela solo lo hizo para tener un pretexto para recuperar su bastón, que Hyacinth Bridgerton le devolvió sin un asomo de protesta.
—Traidora—ledijo por encima del hombro.
—Traidores los dedos de sus pies —contestó ella.
Él no pudo dejar de sonreír, a su pesar. Nunca había conocido a nadie igual a Hyacinth Bridgerton. Era vagamente divertida, vagamente irritante, pero era imposible no admirar su ingenio.
Hyacinth Bridgerton tenía una reputación interesante y única entre las jóvenes de la alta sociedad londinense. Era la menor de los hermanos Bridgerton, cuyos nombres eran muy conocidos por seguir un orden alfabético, de la A a la H. Y estaba considerada, al menos en teoría y por aquellas personas que daban importancia a esas cosas, buen partido para casarse. Jamás había estado envuelta en un escándalo, ni siquiera tangencialmente, y su familia y conexiones eran incomparables. Era bastante guapa, en un sentido saludable, no exótico, con su abundante pelo castaño y
ganaba la simpatía y buena voluntad de todo el mundo, pero el consenso era que era mejor en dosis pequeñas.
«A los hombres no les gustan las mujeres que son más inteligentes que ellos —comentó uno de sus amigos más listos—, y Hyacinth Bridgerton no es el tipo de mujer que finja estupidez».
Hyacinth era una versión joven de su abuela, había pensado él en más de una ocasión. Y si bien no existía nadie en el mundo a quien adorara más que a su abuela Danbury, por lo que a él se refería, el mundo solo necesitaba a una.
—¿Note alegra haber venido?—lepreguntó la susodicha anciana, con una voz que se oyó muy bien por encima de los aplausos.
Ningún público aplaudía jamás tan fuerte como el del concierto Smythe- Smith. Siempre todos estaban muy contentos de que hubiera acabado.
—Nunca más —contestó Gareth firmemente.
—No, claro que no —dijo su abuela, justo con el toque exacto de altivez para demostrar que mentía descaradamente.
Él se giró a mirarla fijamente a los ojos.
—Elpróximo año tendrás que buscarte otro acompañante.
—Nisoñaría con volvértelo a pedir —dijo la abuela Danbury.—Mientes.
—¡Quéterrible decirle eso a tu abuela bienamada! —dijo ella y se le acercó un poco—. ¿Cómo lo supiste?
Él miró el bastón, que ella tenía quieto en la mano.
—No has agitado eso por el aire desde que engañaste a la señorita Bridgerton para que te lo devolviera.
—Telo volveré a quitar—leadvirtió él.
—Nome lo quitarás —cacareó ella—. Voy con Penelope a buscar un vaso de limonada. Tú te quedas a acompañar a Hyacinth.
Él la observó alejarse y luego se volvió hacia Hyacinth, que estaba paseando la vista por la sala con los ojos ligeramente entrecerrados.
—¿Aquién busca?
—Anadie en particular. Simplemente estoy examinando la escena.Él la miró curioso.
—¿Siempre habla como detective?
—Solo cuando me conviene —repuso ella, encogiéndose de hombros—. Me gusta saber lo que pasa.
—¿Yestá pasando algo?
—No —dijo ella. Volvió a entrecerrar los ojos para observar a dos personas que estaban enzarzadas en una acalorada discusión en el rincón del
otro extremo—. Pero nunca se sabe.
Él reprimió el impulso de mover la cabeza. Sí, Hyacinth Bridgerton era una mujer rarísima. Miró hacia la tarima.
—¿Estamos a salvo? —preguntó.
Entonces ella se giró hacia él y sus ojos azules miraron a los suyos con una franqueza insólita:
—¿Quiere decir si terminó el concierto?—Sí.
Ella frunció el ceño y en ese momento él notó que tenía unas muy tenues pecas en la nariz.
disminuyendo en los últimos años. Solo continúan viniendo las personas de buen corazón.
—¿Yusted se incluye entre esas personas, señorita Bridgerton? Ella lo miró con esos ojos intensamente azules.
—Nunca se me habría ocurrido describirme como tal, pero sí, supongo que lo soy. Su abuela también, aunque ella lo negaría hasta su último aliento de vida.
Gareth sintió deseos de reírse al ver a su abuela pinchando en la pierna al duque de Ashburne con su bastón.
—Síque lo negaría, ¿verdad?
Desde la muerte de su hermano George, su abuela materna era la única persona que quedaba en el mundo a la que verdaderamente quería. Después de que su padre lo pusiera de patitas en la calle, él se fue a la casa Danbury en Surrey y le contó lo ocurrido, a excepción del detallito de su bastardía, lógicamente.
Él siempre había sospechado que lady Danbury se habría levantado a aplaudir y lanzar vivas si se hubiera enterado de que él no era en realidad un Saint Clair. A ella nunca le había caído bien su yerno; de hecho, por lo general lo llamaba «ese idiota pomposo». Pero si le decía la verdad, revelaría que su madre (la hija menor de lady Danbury) había sido una adúltera, y él no quiso deshonrarla de esa manera.
Y, curiosamente, en todos esos años, su padre (seguía llamándolo así, por raro que fuera) nunca lo denunció públicamente como bastardo. Al principio eso no lo sorprendió. Lord Saint Clair era un hombre orgulloso, y sin duda no le gustaría revelar que había sido un cornudo. Además, era muy posible que
de sangre desconocida.
Estaba bastante seguro de que la única manera que tendría el barón de quitárselo de encima como heredero era llevarlo, junto con unos cuantos testigos, al Comité de Privilegios de la Cámara de los Lores. Ciertamente ese sería un asunto lioso y feo, y era probable que tampoco le diera buenos resultados. El barón estaba casado con su madre cuando ella lo dio a luz, y eso lo hacía hijo legítimo ante la ley y la sociedad, fuera cual fuera la sangre que corría por sus venas.
Pero provocaría un enorme escándalo, y era muy posible que lo dejara deshonrado a los ojos de la alta sociedad. Eran muchos los aristócratas que tenían la sangre de un hombre y el título de nobleza de otro, pero esto no era algo de lo que les gustara hablar. No en público en todo caso.
Pero hasta ese momento, su padre no había dicho nada.
La mitad del tiempo pensaba si su padre no guardaría silencio simplemente para torturarlo.
Contempló a su abuela, que estaba en el otro lado de la sala recibiendo un vaso de limonada de manos de Penelope Bridgerton, a quien había convencido para que la acompañara y la sirviera. A Agatha, lady Danbury, normalmente se la describía como una persona arisca, que no tenía el menor reparo en dar su opinión ni en burlarse de los personajes más augustos e incluso, de tanto en tanto, de sí misma. Pero con toda esa aspereza en el trato, tenía fama de ser muy leal a sus seres queridos, y él sabía que estaba en un muy primer lugar en esa lista.
Cuando acudió a ella y le contó que su padre lo había repudiado, se puso lívida de furia, pero no hizo ni el menor intento de utilizar su poder como
Probablemente ese insólito sentido de la responsabilidad era algo bueno, puesto que cuando asumiera el título de barón de Saint Clair junto con él heredaría una montaña de deudas. Estaba claro que el barón le mintió cuando le dijo que perderían todo lo que no estaba vinculado al título si no se casaba con Mary Winthrop, pero también estaba claro que la fortuna Saint Clair era magra, en su mejor aspecto. Además, daba la impresión de que lord Saint Clair no administraba las finanzas de la familia mejor de lo que las administraba cuando intentó obligarlo a casarse. Si acaso, parecía estar arruinando sistemáticamente las propiedades.
Eso era lo único que lo hacía pensar que tal vez el barón no tenía la menor intención de revelar su bastardía. Seguro que su venganza definitiva sería dejar a su falso hijo hundido hasta el cuello en deudas.
Y él sabía, lo sabía con todas las fibras de su ser, que el barón no le deseaba felicidad. Normalmente no se molestaba en asistir a todas las fiestas y reuniones de la aristocracia, pero Londres no era una ciudad tan grande, en lo que a vida social se refiere, por lo que no siempre lograba evitar encontrarse con su padre. Y lord Saint Clair nunca hacía el menor esfuerzo en ocultar su enemistad.
En cuanto a él, bueno, no era mucho mejor en guardarse sus sentimientos para sí. Continuamente recaía en sus viejos hábitos y hacía algo adrede para provocar al barón, con el único fin de enfurecerlo. La última vez que se encontró con el barón, se rio demasiado fuerte y bailó demasiado arrimado con una viuda notoriamente alegre.
A lord Saint Clair se le puso roja la cara de rabia y siseó algo diciendo queél no era lo que debía ser. Él no supo exactamente a qué se refería el barón, y
su expresión dudosa, añadió—: Sí, pienso de vez en cuando.
Ella sonrió, visiblemente a su pesar, pero eso él lo consideró un éxito. El día que no lograra hacer sonreír a una mujer sería el día en que debería renunciar a su vida y trasladarse a las Hébridas.
—En circunstancias normales —dijo, puesto que la ocasión exigía conversación educada—, le preguntaría si disfrutó de la música, pero no sé, eso me parece cruel.
Ella se movió ligeramente en el asiento, lo que él encontró interesante, puesto que a la mayoría de las damitas se las formaba desde muy tierna edad para mantenerse absolutamente inmóviles. Descubrió que ella le gustaba más por su inquieta energía; él también era el tipo de persona que se sorprendía tamborileando sobre una mesa cuando estaba distraído.
Le observó la cara, esperando que ella contestara, pero lo único que hizo ella fue parecer incómoda. Finalmente, se le acercó a susurrarle:
—¿SeñorSaint Clair?
Él también se le acercó y movió las cejas en gesto de complicidad.—¿Señorita Bridgerton?
—¿Lemolestaría mucho si diéramos una vuelta por la sala?
Él esperó el tiempo suficiente para captar su leve gesto por encima del hombro hacia el lado. Lord Somershall se estaba moviendo ligeramente en su asiento y su corpulento cuerpo rozaba a Hyacinth.
—No me molestaría en absoluto —dijo galantemente, levantándose y
ofreciéndole el brazo. Cuando ya se habían alejado varios pasos, añadió—:
Después de todo tengo que salvar a lord Somershall. Ella giró la cabeza y lo miró a la cara.
—¿Yusted, señorita Bridgerton? ¿Le gusta apostar?
—Por supuesto —repuso ella, sorprendiéndolo con su sinceridad—. Pero solo cuando sé que voy a ganar.
Él se echó a reír.
—Curiosamente, le creo —dijo, llevándola hacia la mesa con refrigerios.—Ah, pues debe —dijo ella alegremente—. Pregúntele a cualquiera de las
personas que me conocen.
—Herido otra vez —dijo él, mirándola con su más encantadora sonrisa—. Creí conocerla.
Ella abrió la boca y luego pareció espantada por no tener una respuesta. Gareth se compadeció y le pasó un vaso de limonada.
—Beba. Me parece que tiene sed.
Volvió a reírse cuando ella lo miró indignada por encima del vaso, lo cual solo la hizo redoblar sus esfuerzos por fulminarlo con su mirada.
Sí, había algo muy divertido en Hyacinth Bridgerton, decidió él. Era inteligente, muy inteligente, pero se daba un cierto aire, como si estuviera acostumbrada a ser siempre la persona más inteligente de cualquier grupo. Eso no le restaba atractivo; era encantadora a su manera, y se imaginó que habría tenido que aprender a dar su opinión de manera que la oyeran en su familia; era la menor de ocho hermanos después de todo.
Pero eso significaba que él gozaba viéndola confundida, sin saber quédecir. Sí que era divertido desconcertarla. No sabía por qué no hacía eso con más frecuencia.
La observó cuando ella dejó el vaso en la mesa.
—Para muchas cosas —musitó.
Ella se ruborizó, lo cual le agradó a él prodigiosamente, pero entonces dijo:
—Mehan advertido en contra de hombres como usted.—Eso espero, por supuesto.
Ella se rio.
—Creo que no es tan peligroso como querría que lo consideraran.Él ladeó la cabeza.
—¿Yeso por qué?
Ella no contestó inmediatamente; se mordió el labio inferior, pensando la respuesta.
—Esdemasiado amable con su abuela —dijo al fin.
—Hay quienes dirían que ella es demasiado amable conmigo.
—Ah, muchas personas dicen eso —dijo Hyacinth, encogiéndose de hombros.
Él se atragantó con la limonada.—Nose muerde la lengua, ¿eh?
Hyacinth miró hacia Penelope y lady Danbury, que estaban en el otro lado de la sala y luego se volvió a mirarlo.
—Vivo intentándolo, pero no, al parecer no soy coqueta. Me imagino que por eso sigo soltera.
—Seguro que no —sonrió él.
—Ah, pues sí —dijo ella, aun cuando estaba claro que él se estaba riendo de ella—. Lo sepan o no, los hombres necesitan que se los atrape para casarse. Y parece que yo carezco totalmente de esa capacidad.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Teníaalgo interesante que decir?Él sonrió, y ella acusó la sonrisa.
—Siempre soy interesante —dijo él.—Bueno, ahora quiere asustarme.
No sabía de dónde le venía esa loca osadía, pensó Hyacinth. No era tímida, y de ninguna manera era todo lo recatada que debía ser, pero no era temeraria tampoco. Gareth Saint Clair no era el tipo de hombre con el que se pudiera jugar. Estaba jugando con fuego, y lo sabía, pero era como si no pudiera parar. Era como si cada frase que decía él fuera un reto y ella tenía que usar todas sus facultades para estar a la altura.
Si eso era una competición, deseaba ganar.
Y si alguno de sus defectos iba a resultar fatal, sin duda sería ese.—Señorita Bridgerton, ni el mismo demonio podría asustarla. Ella se obligó a mirarlo a los ojos.
—Eso no es un cumplido, ¿verdad?
Él le tomó la mano, se la levantó y se inclinó levemente a rozarle el dorso con los labios, en un beso como de pluma.
—Eso tendrá que descubrirlo usted —musitó.
Para todos los que estuvieran mirando, él era la esencia misma del decoro, pero ella alcanzó a captar el brillo de desafío en sus ojos, y sintió que el aire abandonaba sus pulmones mientras hormigueos parecidos a electricidad le recorrían toda la piel. Abrió la boca, pero no encontró nada para decir, ni una sola palabra. Solo sentía aire, e incluso este parecía escasear.
Entonces él se enderezó como si no hubiera ocurrido nada, y dijo:
que logró hacer fue continuar ahí callada como una idiota o, si no como una idiota, como una persona totalmente distinta de ella.
—Hasta la próxima vez, señorita Bridgerton —musitó él. Y acto seguido, se dio media vuelta y se alejó.
Tres días después, cuando nuestro héroe se entera de que no se puede escapar del pasado.
—Una señora desea verle, señor.
Gareth levantó distraídamente la vista de su inmenso escritorio de caoba, que ocupaba casi la mitad de su pequeño despacho.
—¿Unaseñora, dices?
El nuevo ayuda de cámara asintió.
—Dice que es la esposa de su hermano.
—¿Caroline? —dijo Gareth, ya totalmente despabilado—. Hazla pasar inmediatamente.
Se levantó para esperar su entrada. Hacía meses que no veía a Caroline; en realidad, no la veía desde el día del funeral de George. Y Dios sabía que ese no fue un asunto dichoso. Toda la ceremonia la pasó tratando de eludir a su padre, con lo cual, a su ya profunda aflicción se sumó la tensión.
Lord Saint Clair le había ordenado a su hermano que cortara toda relación con él, pero George no le obedeció; en todo lo demás obedecía a su padre, pero en eso no, nunca. Y él lo quería más aún por eso. El barón no quería queél asistiera al funeral, pero cuando de todos modos él entró en la iglesia, no se atrevió a armar una escena y hacerlo expulsar.
—¿Gareth?
pensando que debería intentar llevar una vida más moderada, y en el recuerdo de su hermano buscaba la orientación para guiar sus actos.
—Estaba revisando sus cosas —dijo Caroline—, y encontré esto. Creo que es tuyo.
Gareth la observó curioso mientras ella metía la mano en su cartera y sacaba un pequeño libro.
—Nolo reconozco —dijo.
—No—dijo ella, entregándoselo—. No tienes por qué. Pertenecía a la madre de tu padre.
La madre de tu padre. Gareth no pudo dejar de hacer un mal gesto. Caroline no sabía que él no era verdaderamente un Saint Clair. No sabía si George se había enterado de la verdad; si lo sabía, nunca dijo nada.
En realidad no era un libro, sino una pequeña libreta encuadernada en piel marrón. La rodeaba una delgada faja de piel que cerraba con un botón sobre la tapa. Con sumo cuidado soltó el botón y la abrió, y con más cuidado aún pasóunas páginas ya viejas.
—Esun diario —dijo, sorprendido. Entonces sonrió; estaba escrito en italiano—. ¿Qué dice?
—Nolo sé. Ni siquiera sabía que existía, hasta que lo encontré en el escritorio de George, este fin de semana pasado. Él nunca lo mencionó.
Gareth pasó la vista por el diario, observando la elegante letra que formaba palabras que no entendía. La madre de su padre era hija de una familia noble italiana. Siempre lo había divertido que su padre fuera medio italiano; el barón se sentía insoportablemente orgulloso de sus antepasados Saint Clair, y le gustaba alardear de que la familia estaba en Inglaterra desde
tanto, las visitas de ella no eran muy frecuentes. Pero siempre adoró a sus due ragazzi, como le gustaba llamar a sus dos nietos. También recordaba que se sintió destrozado cuando, a los siete años, se enteró de su muerte. Si el cariño se podía considerar tan importante como la sangre, pensó, entonces tal vez el diario estaría mejor en sus manos que en las de cualquier otra persona.
—Veré qué puedo hacer —dijo—. Supongo que no será muy difícil encontrar a alguien que sepa traducir del italiano.
—Yoen tu lugar no se lo confiaría a cualquier persona —dijo Caroline—. Es el diario de tu abuela. Sus pensamientos íntimos, personales.
Gareth asintió; ella tenía razón. Le debía a Isabella encontrar a una persona discreta para que tradujera sus memorias. Y de pronto comprendiódónde podía comenzar su búsqueda.
—Selo llevaré a la abuela Danbury —dijo, subiendo y bajando el diario, como si quisiera sopesarlo—. Ella sabrá qué hacer.
Y sí que sabría, pensó. A su abuela Danbury le encantaba decir que lo sabía todo, y la antipática verdad era que casi siempre tenía razón.
—Me lo comunicarás cuando encuentres a alguien —dijo Caroline, dirigiéndose a la puerta.
—Por supuesto —musitó él, aunque ella ya había salido.
Volvió a mirar el diario. 10 Settembre 1793…
Movió de lado a lado la cabeza y sonrió, pensando que su único legado de las arcas de la familia Saint Clair sería un diario que no podría leer jamás.
¡Ay, las ironías de la vida!
Hyacinth miró la cubierta del libro.
—¿Seráel inglés la lengua materna de este autor?—Sigue leyendo —ordenó lady Danbury.
—Muy bien, déjeme ver, «la señorita Bumblehead echó a correr como el viento cuando vio que lord Savagewood venía caminando hacia ella».
—Su apellido no es Bumblehead —dijo lady Danbury, con los ojos entrecerrados.
—Pues debería serlo —masculló Hyacinth.
—Bueno, eso es cierto —concedió lady Danbury—, pero no escribimos la novela nosotras, ¿no?
Hyacinth se aclaró la garganta y volvió a buscar el lugar donde había quedado.
—«Élse le iba acercando cada vez más, y la señorita Bumblehead…».—¡Hyacinth!
—Butterworth—gruñóHyacinth—. Sea cual sea su apellido, corrió hacia el acantilado. Fin del capítulo.
—¿Elacantilado? ¿Todavía? ¿No iba corriendo hacia el acantilado al final del capítulo anterior?
—Tal vez el camino es muy largo.
Lady Danbury la miró con los ojos entrecerrados.—Note creo.
Hyacinth se encogió de hombros.
—Es muy cierto que le mentiría para librarme de leer los siguientes párrafos de la vida extraordinariamente peligrosa de Priscilla Butterworth, pero ocurre que he dicho la verdad.—Alver que la anciana no decía nada, le acercó el libro abierto—. ¿Quiere verlo?
—Sicualquier otra persona me dijera eso —dijo lady Danbury, golpeando el suelo con su bastón, aun cuando estaba sentada en un sillón muy cómodo—,lo tomaría como un insulto.
—¿Pero no de mí? —preguntó Hyacinth, tratando de parecer decepcionada.
Lady Danbury se echó a reír.
—¿Sabes por qué me caes tan bien, Hyacinth Bridgerton?—Soy toda oídos —dijo Hyacinth, inclinándose hacia ella.
A lady Danbury se le arrugó toda la cara en una ancha sonrisa.—Porque, querida niña, eres exactamente igual que yo.
—¿Sabe, lady Danbury, que si le dijera eso a cualquier otra lo tomaría como un insulto?
—¿Pero tú no? —preguntó la anciana, con todo su delgado cuerpo estremecido de risa.
—Yono —contestó Hyacinth, negando con la cabeza.
—Estupendo.—Lady Danbury esbozó otra de sus raras sonrisas de abuela y luego miró el reloj de la repisa del hogar—. Creo que tenemos tiempo para
otro capítulo.
—Acordamos leer solo un capítulo cada martes —dijo Hyacinth, principalmente por fastidiar.
Lady Danbury frunció los labios malhumorada, pero al instante miró a Hyacinth con expresión un tanto ladina.
—Muy bien—dijo—,hablaremos de otra cosa.¡Ay, Dios!
—¿Loves? Lo haría muy bien en el teatro.—Seha vuelto loca, ¿lo sabía?
—¡Bah!, simplemente soy lo bastante vieja para decir lo que pienso. Lo disfrutarás cuando tengas mi edad, te lo prometo.
—Lodisfruto ahora —dijo Hyacinth.
—Escierto —concedió lady Danbury—. Y probablemente a eso se debe que sigas soltera.
—Sihubiera un hombre inteligente y sin compromiso en Londres —dijo Hyacinth, suspirando como si se sintiera asediada—, le aseguro que intentaría conquistarlo. —Ladeó la cabeza, sarcástica—. Supongo que no querrá verme casada con un idiota.
—No, claro que no, pero…
—Y no me mencione a su nieto como si yo no fuera lo bastante inteligente para saber lo que se propone.
Lady Danbury emitió un largo bufido.—Nohe dicho ni una sola palabra.
—Estaba a punto.
—Bueno, es muy simpático —masculló la anciana, sin intentar negarlo—. Y guapísimo, más que guapo.
Hyacinth se mordió el labio inferior, intentando recordar lo rara que se sintió en la velada musical Smythe-Smith con el señor Saint Clair a su lado. Ese era el problema que tenía con él, comprendió; no se sentía ella misma cuando él estaba cerca. Y eso era de lo más desconcertante.
—Veo que no estás en desacuerdo —dijo lady Danbury.
—Yojamás…
—Bueno, lo estás pensando, y razón que tienes. Me lo merezco por casarme con lord Danbury sabiendo que no tenía dos dedos de frente. Algo
inaudito. Pero Gareth es un premio, y eres una tonta sino…
—Su nieto no tiene ni el más mínimo interés en mí —interrumpióHyacinth—, ni en ninguna mujer en edad casadera.
—Bueno, eso sí es un problema —convino lady Danbury—, y por mi vida que no sé por qué este chico rehúye a las de tu tipo.
—¿Demi tipo?
—Una mujer joven, una damita con la que tendría que casarse si se entretuviera en amores con ella.
Hyacinth sintió arder las mejillas. Normalmente ese era justamente el tipo de conversación que le gustaba, pues encontraba mucho más divertido ser indecorosa que no, dentro de lo razonable, lógicamente, pero en ese momento lo único que pudo decir fue:
—Creo que no debería hablar de estas cosas conmigo.
—¡Bah! —dijo lady Danbury, agitando la mano, despectiva—, ¿desde cuando te has vuelto tan remilgada?
Hyacinth abrió la boca para contestar, pero afortunadamente la condesa no deseaba respuesta:
—Esun libertino, es cierto —continuó—, pero eso no es algo que no puedas vencer si te pones a ello.
—Novoya…
—Simplemente bájate un poco el escote la próxima vez que lo veas—interrumpió lady Danbury, agitando impaciente la mano delante de su cara—.
—¿Nunca más?
—Hasta —dijo la condesa firmemente.
—¿Hasta cuando? —preguntó Hyacinth, desconfiada.—Nolo sé —contestó lady Danbury en el mismo tono.
Con lo cual, Hyacinth se quedó con la impresión de que quería decir hasta dentro de cinco minutos.
La condesa estuvo callada un momento, pero con los labios fruncidos, lo que indicaba que estaba tramando algo que seguro sería de lo más rebuscado y tortuoso.
—¿Sabes lo que pienso? —preguntó al fin.—Normalmente sí.
Lady Danbury la miró enfurruñada.—Tepasas de fanfarrona.
Hyacinth se limitó a sonreír y le hincó el diente a otra galleta.
—Pienso que deberíamos escribir un libro —dijo lady Danbury, al parecer ya pasado su fastidio.
En honor de Hyacinth, hay que decir que no se atragantó con la galleta.—Perdón, ¿qué ha dicho?
—Necesito un reto —explicó lady Danbury—. Eso mantiene aguda la mente. Seguro que podríamos escribir algo mejor que La señorita Butterworth y el barón circunspecto.
—El barón loco —dijo Hyacinth automáticamente.—Exactamente. Seguro que lo haríamos mejor.
—Sí,seguro que sí, pero eso plantea la pregunta «¿por qué querríamos hacerlo?».
Lady Danbury estuvo ceñuda un rato y finalmente añadió:
—Bueno, piensa en mi propuesta. Formaríamos un equipo excelente.
—Meestremece pensar —dijo una grave voz masculina desde la puerta—en qué quieres meter ahora a la señorita Bridgerton intimidándola.
—¡Gareth! —exclamó lady Danbury, visiblemente encantada—. ¡Quéamable venir por fin a visitarme!
Hyacinth se giró a mirar. Gareth Saint Clair acababa de entrar en el salón, alarmantemente guapo y vestido con ropa muy elegante. Un rayo de sol que entraba por la ventana caía sobre su pelo haciéndolo brillar como oro bruñido.
Su presencia ahí era muy sorprendente. Ella venía allí todos los martes desde hacía un año ya, y esa era solamente la segunda vez que se cruzaban. Había comenzado a pensar que él la eludía a propósito.
Lo cual planteaba la pregunta «¿por qué estaba ahí?». La conversación que tuvieron en la velada musical Smythe-Smith fue la primera en que hablaron de algo más que las trivialidades habituales, y de repente él estaba ahí en el salón de su abuela, justo cuando ella estaba de visita.
—¿Porfin? —repitió el señor Saint Clair, divertido—. Supongo que no has olvidado mi visita del viernes pasado. —Miró a Hyacinth, con una expresión de preocupación bastante convincente—. ¿Cree que podría estar perdiendo la memoria, señorita Bridgerton? Ya tiene, ¿cuántos años serán
ahora?, noventay…
El bastón de lady Danbury bajó directo hacia los dedos de sus pies.
—Eso ni de cerca, mi querido niño—ladró—,y si valoras tus apéndices, no vuelvas a blasfemar de esa manera.
—ElEvangelio según Agatha Danbury —dijo Hyacinth en voz baja.
El susodicho rompecabezas avanzó otros pasos y se inclinó a darle un beso a su abuela en la mejilla. Hyacinth se sorprendió contemplándole la nuca, la atrevida coleta que le rozaba el cuello de su chaqueta verde botella.
Sabía que él no tenía mucho dinero para gastar en sastres y cosas de esas, y sabía que jamás le pedía nada a su abuela, pero, ¡buen Dios!, esa chaqueta se le ceñía a la perfección.
—Señorita Bridgerton —dijo él, instalándose en el sofá y colocando perezosamente el tobillo de una pierna apoyado en la rodilla de la otra—. Hoy debe de ser martes.
—Debe —convino Hyacinth.
—¿Cómole va a Priscilla Butterworth?
Hyacinth arqueó las cejas, sorprendida de que él supiera qué novela estaban leyendo.
—Vacorriendo hacia el acantilado. Temo por su seguridad, si ha de saberlo. O, mejor dicho, temería, si no quedaran todavía once capítulos por leer.
—Una lástima —dijoél—.La novela daría un giro mucho más interesante si la asesinaran.
—¿La ha leído, entonces? —preguntó Hyacinth, simplemente por cortesía.
Él la miró con una expresión que quería decir «Está de broma» y dio la impresión de que no iba a decir nada, pero dio más énfasis a la expresión, diciendo:
—Ami abuela le gusta contarme la historia cuando vengo a verla los miércoles. Y vengo siempre —añadió, mirando hacia lady Danbury con los
deti…»—leadvirtió.
—Nilo soñaría —dijo él.
—Síque lo harías. No serías mi nieto si no lo hicieras. ¿No estás de acuerdo? —preguntó a Hyacinth.
En honor de Hyacinth hay que decir que se cogió las manos en la falda y dijo:
—Supongo que no hay respuesta correcta para esa pregunta.—Chica inteligente —dijo lady Danbury, aprobadora.
—Aprendo de la maestra.
Lady Danbury sonrió de oreja a oreja.
—Aparte de la insolencia —continuó resueltamente, haciendo un gesto hacia Gareth, como si fuera una especie zoológica en estudio—, es verdaderamente un nieto excepcional. No podría pedir más.
Gareth observó divertido mientras Hyacinth murmuraba algo como queriendo manifestar su acuerdo pero sin decirlo exactamente.
—Claro que no es mucho lo que tiene en cuanto a competidores—añadióla abuela Danbury, haciendo un gesto despectivo con la mano—. Los demás solo tienen tres cerebros para repartirse entre ellos.
No era eso el más vibrante de los elogios a sus demás nietos, puesto que tenía doce vivos.
—Heoído decir que algunos animales se comen a sus crías —musitóGareth, sin dirigirse a nadie en particular.
—Siendo hoy martes —dijo su abuela, haciendo caso omiso de su comentario—, ¿qué te trae por aquí?
Ella se encogió de hombros.
—Porque me cae bien. —Entonces se inclinó hacia él y le preguntó—:
¿Por qué la visita usted?
—Porque esmi…—seinterrumpió, al cogerse en falta. No la visitaba porque era su abuela. Lady Danbury era muchísimas cosas para él; pasaron varias por su mente: prueba, arpía, azote de su existencia; pero jamás un deber—.También a mí me cae bien —dijo al fin, sin dejar de mirar a Hyacinth a los ojos.
Ella ni siquiera pestañeó.—Estupendo —dijo.
Y continuaron mirándose, como si estuvieran atrapados en una especie de extraña competición.
—No es que yo tenga alguna queja por esa determinada manera de conversar —dijo lady Danbury en voz bien alta—, ¿pero de qué diablos estáis hablando?
Hyacinth enderezó la espalda y miró a lady Danbury como si no hubiera
ocurrido nada.
—Notengo idea —dijo alegremente, y procedió a beber un trago de té. Después de dejar la taza en el platillo, añadió—: Él me hizo una pregunta.
Gareth la observó curioso. Su abuela no era la persona más fácil para hacerse amiga, y si Hyacinth Bridgerton sacrificaba alegremente las tardes de los martes para estar con ella, eso era sin duda un punto a su favor. Por no decir que a su abuela no le caía bien prácticamente nadie, y sin embargo se deshacía en elogios a la señorita Bridgerton en todas las ocasiones posibles.
Este es el momento en que la vida de Hyacinth se torna casi tan estimulante como la de Priscilla Butterworth. Salvo por lo del acantilado, por supuesto.
Hyacinth observó con interés el momento de aparente vacilación del señor Saint Clair. Él la miró, entrecerrando casi imperceptiblemente los ojos y luego se volvió a mirar a su abuela. Ella intentó no parecer demasiado interesada; era evidente que él estaba tratando de decidir si debía hablar del motivo de su visita delante de ella, y sospechó que cualquier intervención de su parte lo decidiría a guardar silencio.
Pero al parecer aprobó el examen, porque pasado un breve instante de silencio, él se metió la mano en el bolsillo y sacó un libro pequeño encuadernado en piel.
—¿Quées esto? —preguntó lady Danbury, cogiéndolo.
—Eldiario de la abuela Saint Clair. Caroline me lo llevó esta tarde. Lo encontró entre los efectos personales de George.
—Estáen italiano —dijo lady Danbury.—Sí,me di cuenta.
—Quiero decir, ¿por qué me lo has traído a mí? —preguntó ella, algo impaciente.
El señor Saint Clair la miró con su perezosa sonrisa sesgada.
—¿Deitaliano?
—Parece ser que ese es el idioma que se necesita.
—¡Vaya! —musitó lady Danbury, golpeando la alfombra con su bastón, más o menos como una persona normal tamborilea con los dedos sobre una mesa—. ¿Italiano? No abundan tanto como los traductores de francés, que
claro, cualquier persona decente…
—Yoentiendo el italiano —interrumpió Hyacinth. Dos pares de ojos azules idénticos se clavaron en ella.
—Bromea —dijo el señor Saint Clair, justo medio segundo antes de que su abuela interviniera:
—¿Sí?
—Nolo sabe todo de mí —dijo Hyacinth, con una pícara sonrisa.
Eso se lo decía a lady Danbury, lógicamente, puesto que el señor Saint Clair de ninguna manera podía afirmar eso.
—Bueno, sí, claro —convino lady Danbury—, ¿pero entiende el italiano?—Tuve una institutriz italiana cuando era pequeña —explicó Hyacinth,
encogiéndose de hombros—. Le entretenía enseñarme. No lo domino, pero dadas una o dos páginas, entiendo el sentido general.
—Esto es mucho más que una o dos páginas —dijo el señor Saint Clair, indicando con la cabeza el diario que seguía en las manos de su abuela.
—Por supuesto —replicó Hyacinth, impaciente—. Pero no creo que lea más de una o dos páginas cada vez. Y ella no lo escribió en el estilo de los antiguos romanos, ¿verdad?
—Eso sería latín —dijo él, con la voz arrastrada. Hyacinth apretó los dientes.
—¿Tiene frío, señorita Bridgerton?—lepreguntó el señor Saint Clair. Ella negó con la cabeza, mirando la libreta, con el fin de no mirarlo a él.
—Las páginas son algo frágiles —comentó, volviendo una con sumo cuidado.
—¿Quédice? —preguntó el señor Saint Clair.
Hyacinth apretó los dientes. Jamás encontraba agradable hacer algo presionada, y era casi imposible leer teniendo a Gareth Saint Clair casi echándole el aliento en la nuca.
—¡Déjale espacio! —ladró lady Danbury.
Él se apartó, pero no lo suficiente para que ella se sintiera cómoda.—¿Ybien? —preguntó.
Hyacinth intentó captar el significado de las palabras moviendo ligeramente la cabeza arriba y abajo.
—Escribe acerca de su inminente boda —dijo al fin—. Creo que se va a
casar con su abuelo,eh…—mordiéndose el labio miró nuevamente la página, buscando las palabras—, dentro de tres semanas. Colijo que la ceremonia se va a celebrar en Italia.
El señor Saint Clair asintió, y continuó el interrogatorio:
—¿Y?
—Y…
Hyacinth arrugó la nariz, lo que siempre hacía cuando estaba pensando. No era una expresión muy atractiva, pero la alternativa era no pensar, lo que ella encontraba menos atractivo aún.
—¿Quédice? —preguntó lady Danbury.
Hyacinth se reclinó en el asiento, observando encantada a Gareth Saint Clair, que abría y cerraba la boca con evidente fastidio. Parecía un pez, pensó. Un pez con las facciones de un dios griego, pero pez de todos modos.
—Enrealidad… —dijoél—,es decir, no puedo…
—Puedes e irás —dijo lady Danbury firmemente—. Me lo prometiste.Él la miró severo.
—Nologro imaginar…
—Bueno, si no lo prometiste, deberías haberlo prometido, y si me
quieres…
Hyacinth tosió para disimular la risa, y trató de no sonreír satisfecha cuando el señor Saint Clair dirigió una fea mirada en su dirección.
—Cuando me muera —dijo él entonces—, seguro que mi epitafio dirá:
«Amó a su abuela cuando nadie más la amaba».
—¿Yqué hay de malo en eso? —preguntó la abuela.—Iré—suspiró él.
—Lleve lana para taparse los oídos—leaconsejó Hyacinth.Él pareció espantado.
—Nopuede ser peor que la velada musical de la otra noche. Hyacinth no pudo evitar que se le curvara la comisura de la boca.—Lady Pleinsworth era Smythe-Smith.
Lady Danbury cacareó de risa.
—Será mejor que me vaya a casa —dijo Hyacinth, levantándose—. Intentaré traducir la primera anotación antes de verle mañana, señor Saint Clair.
—Tiene toda mi gratitud, señorita Bridgerton.
leerle los pensamientos, aunque más bien creía que él le leía los de ella.
—¿Sí? —musitó él, cogiéndole la mano y pasándosela bajo el codo doblado.
Ella negó con la cabeza.—Nada.
—Vamos, señorita Bridgerton —dijo él, guiándola hasta el vestíbulo—, creo que nunca la había visto sin saber qué decir. A excepción de la otra noche —añadió, ladeando ligeramente la cabeza.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—Enla velada musical —continuó él, amablemente—. Fue encantador.—Lesonrió, de una manera casi irritante—. Fue encantador, ¿verdad?
Hyacinth apretó los labios.
—Apenas me conoce, señor Saint Clair —dijo entre dientes.—Sureputación la precede.
—Como a usted la suya.
—Tocado, señorita Bridgerton —dijo él, pero ella no se sintió como si hubiera ganado el punto.
En ese momento ella vio a su doncella esperando en la puerta, por lo que liberó la mano y echó a andar por el vestíbulo en su dirección.
—Hasta mañana, señor Saint Clair.
Y cuando ya estaba fuera y se iba cerrando la puerta, habría jurado que lo
oyó decir:
—Arrivederci.
Tengo mucha sed.
—¡Renton! —exclamó Violet, a punto de levantar las manos, desesperada—.¿Me has oído?
—Renton —dijo Hyacinth, complaciente—. Tiene gordos los tobillos.
—Es…—Violet se interrumpió bruscamente—. ¿Cómo es que le has mirado los tobillos?
—Era imposible no vérselos —contestó Hyacinth. Le pasó su ridículo, en el que llevaba el diario en italiano, a una criada—. ¿Me haces el favor de llevarlo a mi habitación?
Violet esperó hasta que la criada desapareció.
—Tengo té en el salón, y no hay nada mal en los tobillos de Renton. Hyacinth se encogió de hombros.
—Site gustan los tipos gordos.—¡Hyacinth!
Hyacinth suspiró cansinamente y entró en el salón detrás de su madre.
—Madre, tienes seis hijos casados, y todos son muy felices con los cónyuges elegidos. ¿Por qué intentas empujarme a un matrimonio inconveniente?
Violet se sentó y cogió la tetera para servirle una taza.
—Note empujo. Pero, Hyacinth, ¿no podrías por lo menos buscar?
—Madre,yo…
—O,por mí, ¿simular que buscas? Hyacinth no pudo dejar de sonreír.
Violet le tendió la taza, pero entonces la retiró para añadirle otra cucharada de azúcar. Hyacinth era la única de la familia que tomaba el té con azúcar, y siempre le gustaba muy dulce.
disfrutaras —continuó Violet.—Losé.
—Ysi nunca encontraras al hombre conveniente, estaría totalmente feliz viéndote eternamente soltera.
Hyacinth la miró dudosa.
—Muy bien, no totalmente feliz —enmendó Violet—, pero sabes que nunca te presionaría para que te casaras con un hombre que no te conviniera.
—Losé —repitió Hyacinth.
—Pero, cariño, nunca vas a encontrar a nadie si no buscas.
—¡Busco! —protestó Hyacinth—. Esta semana he salido casi todas las noches. Incluso fui a la velada musical Smythe-Smith la otra noche. A la cual—añadiócon mucha intención— tú no asististe.
Violet tosió.
—Tenía un poco de tos.
Hyacinth no dijo nada, pero la expresión de sus ojos era inconfundible.
—Supe que te sentaste al lado de Gareth Saint Clair —dijo Violet, pasado un momento de apropiado silencio.
—¿Tienes espías en todas partes?
—Casi —contestó Violet—. Eso hace mucho más fácil la vida.—Ati, tal vez.
—¿Tegustó? —preguntó Violet, perseverante.
¿Le gustó? Esa sí era una pregunta rara. ¿Le gustaba Gareth Saint Clair?¿Le gustaba tener siempre la sensación de que él se estaba riendo de ella en silencio, incluso después de que ella aceptara traducir el diario de su abuela?
mujeres de esas.
—Nolo haría —dijo Violet, agitando la mano para descartar esa idea.—¿Cómopuedes saber eso?
Violet guardó silencio un momento.
—Nolo sé —dijo al fin—. Supongo que es una sensación que tengo.
—Madre —dijo Hyacinth, en tono muy solícito—, sabes que te quiero
muchísimo…
—¿Porqué será que he aprendido a no esperar nada bueno cuando oigo una frase que comienza de esa manera?
—Pero debes perdonarme si me niego a casarme con alguien basándome en una sensación que tú podrías tener o no tener.
Violet bebió unos cuantos tragos de té con una calma bastante impresionante.
—Una sensación mía es lo más próximo a una que podrías tener tú. Y si se me permite decir eso de mí, mis sensaciones sobre estas cosas tienden a ser muy atinadas. —Al ver la expresión sarcástica de Hyacinth, añadió—:
Todavía no me he equivocado con ninguna.
Bueno, eso era cierto, tuvo que reconocer Hyacinth. Para sí misma, lógicamente. Si llegaba a decir eso en voz alta, su madre lo consideraría carta blanca para perseguir al señor Saint Clair hasta que este huyera chillando a esconderse.
Guardó silencio un rato más de lo normal en ella, con el fin de ganar un poco de tiempo para ordenar sus pensamientos.
—Madre —dijo al fin—, no voy a perseguir al señor Saint Clair. No es en absoluto el tipo de hombre adecuado para mí.
—Madre, eres la última persona a la que alguien le diría que yo no le caigo bien.
—Detodos modos…
—Madre —interrumpió Hyacinth, dejando firmemente la taza en el platillo—, eso no tiene importancia. No me importa no ser adorada por todo el mundo. Si deseara caerle bien a todo el mundo, tendría que ser amable, encantadora, sosa y aburrida todo el tiempo, ¿y qué diversión habría en eso?
—Hablas como lady Danbury.—Megusta lady Danbury.
—Amí también me gusta, pero eso no quiere decir que la desee como a mi hija.
—Madre…
—Noquieres intentar conquistar al señor Saint Clair porque te asusta. Hyacinth ahogó una exclamación.
—Eso no es cierto.
—Pues claro que lo es —contestó Violet, con cara de estar inmensamente complacida consigo misma—. No sé por qué no se me había ocurrido antes. Yél no es el único.
—Nosé de qué hablas.
—¿Porqué no te has casado todavía?
Hyacinth pestañeó, sorprendida por la brusquedad de la pregunta.—¿Perdón?
—¿Porqué no te has casado? —repitió Violet—. ¿Quieres casarte alguna vez?
—Por supuesto.
Violet arqueó las cejas.—¿Estáclaro?
—Mehan hecho seis proposiciones —dijo Hyacinth, tal vez con cierta actitud defensiva—. No es culpa mía que ninguno fuera conveniente.
—Efectivamente.
Hyacinth se quedó boquiabierta ante el tono que empleaba su madre.—¿Quéquieres decir con eso?
—Claro que ninguno de esos hombres te convenía. La mitad iban detrás
de tu fortuna, y en cuanto a la otra mitad…, bueno, los habrías tenido llorando antes del mes.
—Quéternura para tu hija pequeña —masculló Hyacinth—. Me destroza. Violet emitió un bufido muy de dama.
—Vamos, Hyacinth, por favor. Sabes muy bien lo que quiero decir, y sabes que tengo razón. Ninguno de esos hombres era tu igual. Necesitas un hombre que sea tu igual.
—Eso es exactamente lo que he tratado de decirte siempre.
—Pero mi pregunta es: ¿por qué te piden la mano los hombres que no te convienen?
Hyacinth abrió la boca para contestar, pero no encontró respuesta.
—Dices que deseas encontrar un hombre que sea tu igual, y creo que crees que lo deseas, pero la verdad es, Hyacinth, que cada vez que conoces a un hombre capaz de mantenerse firme en sus trece contigo, lo ahuyentas.
—No—dijo Hyacinth, pero no muy convencida.
—Bueno, no les das aliento —continuó Violet. Se inclinó hacia ella con los ojos rebosantes de preocupación y reproche por partes iguales—. Sabes
—Fue muy poco después de que muriera tu padre, y yo me sentía muy triste; no sabría explicarte lo triste que me sentía. Hay un tipo de aflicción que
te corroe, te come, te hunde. Y no se puede… —Violet se quedó callada, movió los labios y las comisuras de la boca se le tensaron como cuando la persona está tragando y tratando de no llorar—. Bueno, no se puede hacer nada. No hay manera de explicarlo, a menos que lo hayas sentido.
Hyacinth asintió, aun cuando sabía que nunca podría comprenderlo realmente.
—Todo ese último mes no sabía qué sentir —continuó Violet, en voz más bajaaún—.No sabía cómo sentirme respecto a ti. Ya había tenido siete bebés y cualquiera habría pensado que era una experta. Pero, de repente, todo era nuevo. No tendrías padre, y yo tenía mucho miedo. Iba a tener que serlo todo para ti. Claro que iba a tener que serlo todo para tus hermanos y hermanas
también, pero no sé, esto era diferente. Contigo…
Hyacinth la observaba en silencio, sin poder apartar los ojos de su cara.
—Tenía miedo —repitió Violet—. Me aterraba pensar que pudiera fallarte de alguna manera.
—Nome has fallado —musitó Hyacinth.
—Losé —dijo Violet, sonriendo tristemente—. Solo mira lo bien que has salido.
Hyacinth sintió temblar los labios y no supo si se iba a echar a reír o a llorar.
—Pero no es eso lo que quiero decirte —continuó Violet, y en sus ojos apareció una expresión ligeramente resuelta—. Lo que quiero decirte es que
cuando naciste y te pusieron en mis brazos… es curioso, porque, no sé por
Hyacinth sintió salir una ráfaga de aire por los labios y cayó en la cuenta de que era risa. Una risa corta, la causada por una sorpresa.
—Yentonces lanzaste un alarido —dijo Violet, moviendo de lado a lado la cabeza—. ¡Santo cielo!, pensé que ibas a arrancar la pintura de las paredes. Y entonces sonreí. Era la primera vez que sonreía desde que murió tu padre.
Acto seguido, Violet hizo una inspiración profunda y cogió la taza de té. Hyacinth la observó mientras se serenaba, deseando angustiosamente
pedirle que continuara. Pero algo le dijo que ese momento exigía silencio. Esperó, un minuto entero, hasta que por fin su madre dijo en voz baja:
—Ya partir de ese momento, me has sido muy querida. Quiero a todos
mis hijos, perotú…—levantó la vista y la miró a los ojos—. Tú me salvaste. Hyacinth sintió que algo le oprimía el pecho. No podía moverse, casi no
podía respirar. Lo único que podía hacer era mirar la cara de su madre, repetir en silencio sus palabras y sentir una inmensa gratitud por haber tenido la suerte de ser su hija.
—Encierto modo era demasiado protectora contigo —continuó Violet, esbozando una leve sonrisa—, y demasiado permisiva también. Eras tan exuberante, estabas completamente segura de quién eras y de cómo encajabas en el mundo. Eras una fuerza de la naturaleza, y yo no quería cortarte las alas.
—Gracias —susurró Hyacinth, pero con la voz tan baja que ni siquiera supo si sonó audible.
—Pero a veces pienso si eso no te habrá hecho inconsciente de las personas que te rodean.
De pronto Hyacinth se sintió fatal.
te sientes así, cuando ocurre algo que te causa inquietud…, bueno, me parece que no sabes cómo llevarlo. Y entonces huyes. O decides que no vale la pena.—Lamiró con los ojos francos, con una expresión tal vez un poco resignada—.Y a eso se debe mi temor de que nunca encuentres al hombre adecuado. O, mejor dicho, que lo encuentres pero no lo sepas. Que no te permitas saberlo.
Hyacinth la miraba muy quieta, sintiéndose muy pequeña, muy insegura de sí misma. ¿Cómo ocurrió todo eso? Entró en el salón suponiendo que oiría el sermón habitual sobre maridos y bodas o su falta, y de pronto se encontraba ahí desnuda y abierta, tanto que ya no sabía quién era.
—Pensaré en lo que me has dicho —dijo.—Eso es lo único que te pido.
Y eso era lo único que ella podía prometer.
A la noche siguiente, la escena ocurre en el salón de la estimable lady Pleinsworth. Por algún extraño motivo el piano está casi cubierto por ramitas de árbol. Y una niñita lleva un cuerno en la cabeza.
En el instante mismo en que el señor Saint Clair entró en el salón, se dirigióen línea recta hacia Hyacinth, sin siquiera simular que miraba el resto de la sala antes.
—Van a pensar que me está cortejando —dijo Hyacinth.
—Tonterías —dijo él, sentándose en la silla desocupada al lado de ella—. Todo el mundo sabe que no cortejo a mujeres respetables y, además, yo diría que eso solo mejoraría su reputación.
—Yyo que pensaba que la modestia era una virtud sobrevalorada.Él la obsequió con una sosa sonrisa.
—Noes que quiera darle municiones, pero la triste realidad es que la mayoría de los hombres son ovejas. Donde va uno, allí va el resto. ¿Y no dijo que deseaba casarse?
—Nocon alguien que le siga a usted como a la oveja jefe.
Él sonrió, con una sonrisa pícara que ella supuso era la que había empleado para seducir a legiones de mujeres. Después él miró alrededor, como si quisiera emprender una acción furtiva, y acercó la cara a ella.
Ella no pudo evitarlo. También se le acercó.
capacidad de hablar.
—Noes mi intención impresionarla —contestó él, mirando hacia el frente—.¡Caramba! —exclamó, pestañeando sorprendido—. ¿Qué es eso?
Hyacinth siguió su mirada. Frente a ellos se estaban reuniendo varios componentes de la progenie Pleinsworth. Una de ellas parecía estar disfrazada de pastora.
—Bueno, esto sí es una coincidencia interesante —musitó Gareth.—Podría ser el momento de empezar a balar —convino ella.
—Creíque esto iba a ser un recital de poemas.
Hyacinth negó con la cabeza, haciendo un gesto de pena.
—Hahabido un cambio inesperado en el programa, me temo.
—¿Deverso pentámetro y yámbico a una canción de cuna? —dijo él, dudoso—. Eso va demasiado lejos.
Hyacinth lo miró pesarosa.
—Creo que va a haber verso yámbico de todos modos.Él la miró boquiabierto.
—¿Dela pastorcilla que pierde la ovejita?
Ella asintió, cogió el programa que tenía en la falda y se lo pasó.
—Esuna composición original —dijo, como si eso lo explicara todo—. De Harriet Pleinsworth. La pastora, el unicornio y Enrique octavo.
—¿Lostres? ¿Al mismo tiempo?
—Noes broma —dijo ella, negando con la cabeza.
—No, claro que no. Ni siquiera usted podría haber inventado esto. Hyacinth decidió tomar eso como un cumplido.
—¿Porqué no recibí este programa?
Bueno, jamás se podría acusar a lady Danbury de ser sutil al respecto. Comenzó a girarse hacia el frente pero detuvo el movimiento al ver a su
madre, a la que le tenía reservado el asiento de la derecha. Violet simuló(bastante mal, por cierto) que no la veía y se sentó al lado de lady Danbury.
—Buenoo… —musitó en voz baja.
Su madre tampoco tenía fama por su sutileza, pero después de la conversación de la tarde anterior, ella había creído que no actuaría de forma tan evidente.
Habría sido agradable tener unos cuantos días para reflexionar sobre todo eso.
En realidad, se había pasado todo ese día y la tarde anterior pensando en la conversación con su madre. Trató de pensar en todas las personas a las que había conocido durante sus tres años en el mercado del matrimonio. En general, lo había pasado muy bien, diciendo lo que deseaba decir, haciendo reír a la gente, y disfrutando bastante con ser admirada por su ingenio.
Pero sí que hubo unos cuantos hombres con los que no se sentía del todo cómoda. No muchos, pero unos cuantos. Por ejemplo, un caballero al que conoció durante su primera temporada, con el que se le trababa la lengua y le costaba hablar; era inteligente y guapo, y cuando la miraba tenía la impresión de que le iban a ceder las piernas. Y luego, el año anterior, su hermano Gregory le presentó a uno de sus amigos del colegio, que, tenía que reconocer, era sarcástico, de humor agudo, en realidad más que su igual. Entonces ella se dijo que no le gustaba, y luego le dijo a su madre que le parecía que él era el tipo de hombre que es cruel con los animales. Pero la
verdad era…
—¿Esperamos vacas también? —preguntó.Él le devolvió el programa, suspirando.
—Meestoy preparando para lo peor.
Hyacinth sonrió. Sí que era divertido. E inteligente. Y muy, muy guapo, aunque de eso último nunca había tenido la menor duda.
Él era, comprendió, todo lo que ella siempre se decía que buscaba en un marido.
¡Buen Dios!
—¿Sesiente mal?—lepreguntó él, enderezándose repentinamente.—Estoy muy bien —graznó ella—. ¿Por qué?
—Mepareció…—seaclaró la garganta—. Bueno, parecía que…, eh…, lo siento, no puedo decirlo a una mujer.
—¿Nisiquiera a una a la que no intenta impresionar? —bromeó ella, pero notó que la voz le salió algo forzada.
Él la miró un momento y al final dijo:
—Muy bien. Me dio la impresión de que estaba a punto de vomitar.
—Jamás vomito —dijo ella, mirando resueltamente al frente. No, Gareth Saint Clair no era todo lo que deseaba en un marido. No podía serlo—. Y tampoco me desmayo—añadió—.Jamás.
—Ahora parece enfadada —musitó él.
—No, no estoy enfadada —dijo ella, y quedó bastante complacida por lo alegre que le salió la voz.
Él tenía una reputación terrible, se dijo. ¿De verdad quería unirse con un hombre que había tenido relaciones con tantas mujeres? Y a diferencia de muchas mujeres solteras, ella sabía qué entrañaban esas «relaciones». No lo
sufriría por comparación!
—Creo que ahora empieza—oyósuspirar al señor Saint Clair.
Los lacayos iban de aquí para allá por el salón apagando velas para reducir la luz. Hyacinth giró la cabeza y se encontró ante el perfil del señor Saint Clair. Habían dejado encendidas las velas de un candelabro por encima de su hombro, y a la parpadeante luz su pelo parecía veteado con oro. Llevaba su coleta, pensó ociosamente; era el único hombre del salón peinado así.
Eso le gustaba. No sabía por qué pero le gustaba.
—¿Estaría muy mal si corriera hacia la puerta?—looyó susurrar.
—¿Ahora? —susurró ella, tratando de no hacer caso del hormigueo que sentía por todo el cuerpo cuando él se le acercaba—. Muy mal.
Exhalando un triste suspiro, él volvió a acomodarse en el asiento y fijó la vista en el escenario, con toda la apariencia de un caballero educado y solo muy ligeramente aburrido.
Pero solo había pasado un minuto cuando ella lo oyó, muy suave, y solo para sus oídos:
—Beee. Beeeeeee.
Transcurridos noventa embotadores minutos, nuestro héroe descubre que, lamentablemente, no se había equivocado respecto a las vacas.
dijo él—. ¡Buen Dios!, ¿quién…? ¡Ah!, lady Pleinsworth —exclamó, esbozando decididamente una sonrisa, que le salió, en su opinión, con bastante rapidez—. ¡Qué placer verla!
—Señor Saint Clair—losaludó efusivamente lady Pleinsworth—. ¡Quécontenta estoy de que haya podido asistir!
—Nome lo habría perdido por nada del mundo.
—¡Ah,señorita Bridgerton! —dijo entonces lady Pleinsworth, claramente lanzada al cotilleo—. ¿He de agradecerle a usted la presencia del señor Saint Clair?
—Creo que la culpa es de su abuela —contestó Hyacinth—. Lo amenazócon su bastón.
Lady Pleinsworth no encontró ninguna manera de reaccionar a eso, por lo que miró nuevamente a Gareth, y carraspeó unas cuantas veces, hasta que al fin le preguntó:
—¿Conoce a mis hijas?
Gareth logró no hacer una mueca. Justamente por eso intentaba evitar ese tipo de reuniones sociales.
—Eh…,no, creo que no he tenido ese placer.
—Lapastora —dijo lady Pleinsworth amablemente. Gareth asintió.
—¿Yel unicornio? —preguntó sonriendo.
—Sí —contestó lady Pleinsworth, pestañeando desconcertada, y muy posiblemente molesta—, pero es muy niña.
—Nome cabe duda de que el señor Saint Clair estará encantado de conocer a Harriet —dijo Hyacinth, y luego se giró hacia Gareth para
de los invitados y se alejó.
—Nose aflija tanto —dijo Hyacinth a Gareth cuando se quedaron solos—.Se ve que es usted todo un buen partido.
Él la miró detenidamente.
—¿Hayque decir esas cosas con tanta franqueza? Ella se encogió de hombros.
—Noa los hombres que uno quiere impresionar.—Tocado, señorita Bridgerton.
—Mis tres palabras favoritas —dijo ella, suspirando feliz. De eso a él no le cabía duda.
—Dígame, señorita Bridgerton, ¿ha comenzado a leer el diario de mi abuela?
Ella asintió.
—Mesorprendió que no me lo preguntara antes.
—Estaba distraído por la pastora, aunque, por favor, no le diga eso a su madre. Seguro que lo va a interpretar mal.
—Las madres siempre hacen eso —concedió ella, paseando la vista por el salón.
—¿Québusca?
—¿Mmm? Ah, nada. Simplemente miro.—¿Qué?—insistió él.
Ella se giró a mirarlo, sin pestañear, con los ojos grandes e impresionantemente azules.
—Nada en particular. ¿No le gusta saber todo lo que pasa?—Solo si me atañe a mí.
—Esun secreto—dijo—.Al menos mientras yo no decida otra cosa. Ella asintió.
—Probablemente es mejor no decir nada hasta que usted sepa lo que escribió.
—¿Quédescubrió?
—Bueno…
Él notó su mal gesto.—¿Quépasa?
Ella frunció los labios, apretando las comisuras, en esa expresión que indica que la persona no desea dar una mala noticia.
—Enrealidad no hay una manera educada de decirlo, me parece.—Rara vez la hay, tratándose de mi familia.
Ella lo miró con expresión curiosa y dijo:
—Notenía un deseo especial de casarse con su abuelo.—Sí,eso ya lo dijo ayer por la tarde.
—No, quiero decir que de verdad no quería casarse con él.
—Inteligente mujer —musitóél—.Los hombres de mi familia son unos
obstinados idiotas.
Ella sonrió levemente.—¿Incluido usted?
Debería haber esperado eso, pensó él.—Nopudo resistirse, ¿eh?
—¿Podría usted?
—No, me imagino que no. ¿Qué más dice?
Gareth asintió, distraídamente.
—Miabuelo hizo su gran tour. Se conocieron y se casaron en Italia, pero eso es lo único que me han contado.
—Bueno, no creo que él se comprometiera con ella, si es eso lo que desea saber. Creo que habría escrito eso en su diario.
Él no pudo resistirse a retarla.—¿Usted lo escribiría?
—¿Perdón?
—¿Loescribiría en su diario si alguien se comprometiera con usted? Ella se ruborizó, lo que a él le encantó.
—Nollevo diario —contestó.¡Ah, cómo le encantaba eso!
—Pero si llevara…
—Pero no llevo —dijo ella, entre dientes.—Cobarde —dijo él, dulcemente.
—¿Usted escribiría todos sus secretos en un diario? —contraatacó ella.
—No, de ninguna manera. Si alguien lo encontrara, eso no sería justo para las personas que mencionara.
—¿Personas?—lodesafió ella.Él le sonrió.
—Mujeres.
Ella volvió a ruborizarse, aunque no tanto esta vez, y a él le pareció que ella ni siquiera se daba cuenta de que se había ruborizado. El suave color rosa del rubor hacía juego con las tenues pecas que le salpicaban la nariz. Ante una afirmación así muchas mujeres habrían expresado indignación, o como
de que si lo hacía sería capaz de calarlo hasta el alma. Y no sabía bien qué encontraría en su alma.
—Suabuela viene hacia aquí —dijo ella.
—Eso veo —dijo él, contento por la distracción—. ¿Intentamos escapar?—Yaes demasiado tarde —repuso ella, curvando ligeramente los labios
—.Trae a mi madre.
—¡Gareth! —exclamó lady Danbury, con su estridente voz, al llegar hasta ellos.
—Abuela —dijo él, inclinándose a besarle galantemente la mano—. Siempre es un placer verte.
—Pues claro —contestó ella muy fresca.
Gareth se enderezó y levantó la vista hacia la versión mayor de Hyacinth, de pelo castaño algo más claro.
—Lady Bridgerton.
—Señor Saint Clair —saludó lady Bridgerton afectuosamente—. Hace un siglo.
—Nosuelo asistir a estos recitales.
—Sí—dijo lady Bridgerton francamente—, su abuela me dijo que se vio
obligada a torcerle el brazo para que viniera.
Él miró a su abuela con las cejas arqueadas.—Vas a estropear mi reputación.
—Yahas hecho eso tú solo, mi querido niño —contestó lady Danbury.
—Creo que quiere decir que no lo van a considerar arrojado y peligroso si el mundo se entera de lo mucho que la adora —explicó Hyacinth.
veces las tiraba sin mirarlas.
—Leprometo que no habrá unicornios —continuó lady Bridgerton. Atrapado. Y por una maestra, además.
—Enese caso, ¿cómo podría negarme? —dijo cortésmente.
—Excelente. No me cabe duda de que Hyacinth estará encantada de verle.—Estoy fuera de mí de dicha —masculló Hyacinth.
—¡Hyacinth! —exclamó lady Bridgerton—. No quiso decir eso—ledijo a Gareth.
Él se giró para mirar a Hyacinth.—Estoy destrozado.
—¿Porque estoy fuera de mí o porque no lo estoy?
—Lo que prefiera —contestó él, y dirigiéndose a las tres, musitó—:
Señoras.
—Nose olvide de la pastora—ledijo Hyacinth, con una dulce sonrisa, solo levemente teñida de maldad—. Recuerde que se lo prometió a su madre.
¡Maldición! Lo había olvidado. Miró hacia el otro lado del salón. La pastorcilla había comenzado apuntar su cayado en dirección a él, y tuvo la inquietante sensación de que si se le acercaba un poco ella lograría prenderlo con el cayado.
—¿Noson amigas? —preguntó a Hyacinth.—Ah, no. Casi no la conozco.
—¿Nole gustaría conocerla? —dijo él entre dientes. Ella se dio unos golpecitos en el mentón con un dedo.
—Eh…no.—Lesonrió dulcemente—. Pero le observaré desde lejos.
Es la noche del martes siguiente, y nos encontramos en el salón de baile de la casa Bridgerton. Están encendidas las velas de las lámparas araña, la música llena el aire y la noche parece hecha para el romance.
Aunque no para Hyacinth, que se entera de que las amigas pueden ser tan irritantes como su familia.
Y a veces un poco más.
—¿Sabes con quién creo que deberías casarte? Creo que deberías casarte con Gareth Saint Clair.
Hyacinth miró a Felicity Albansdale, su mejor y más íntima amiga, con una expresión que combinaba más o menos equitativamente la incredulidad y la alarma. No estaba en absoluto, de ninguna manera, preparada para decir que debería casarse con Gareth Saint Clair, aunque, por otro lado, había comenzado a pensar si no debería tal vez considerarlo mínimamente una posibilidad.
Pero, de todos modos, ¿tan transparente era?
—Estás loca —dijo, puesto que no estaba dispuesta a decirle a nadie que era posible que estuviera empezando a sentir una cierta ternura por él.
No le gustaba hacer nada si no lo hacía bien, y tenía la deprimente sensación de que no conocía el arte de conquistar a un hombre con algo parecido a garbo y dignidad.
—Bueno, tienes que casarte con alguien.
—Eso es lo que pasa cuando la gente se casa —dijo Hyacinth, fastidiada—.Lo único que desean es ver a todos los demás casados.
Felicity, que ya llevaba seis meses casada con Geofrey Albansdale, simplemente se encogió de hombros.
—Esun noble objetivo.
Hyacinth volvió a mirar a Gareth, que estaba bailando con la muy bella, muy rubia y muy menuda Jane Hotchkiss. Parecía estar pendiente de cada palabra de ella.
—Novoy a intentar conquistar a Gareth Saint Clair —dijo, volviéndose hacia Felicity con renovada resolución.
—Meparece que la dama protesta demasiado —dijo Felicity, con aire satisfecho.
Hyacinth hizo rechinar los dientes.
—Ladama ha protestado solo dos veces.
—Site paras a pensarlo…—Loque no haré.
—…verás que es el marido perfecto para ti.
—¿Ycómo es eso? —preguntó Hyacinth, aun sabiendo que con eso solo alentaba a Felicity.
Entonces Felicity se giró hacia ella y la miró francamente a los ojos.
—Esel único hombre que se me ocurre al que no harías polvo, o, mejor dicho, al que no podrías hacer polvo.
Hyacinth la miró un buen rato, sintiéndose inexplicablemente herida.—Nosé si debo sentirme halagada por eso —dijo al fin.
misma estos últimos días.
Y era cierto. Lo disimulaba bien, o al menos creía que lo hacía bien, pero por dentro se sentía como en medio de un torbellino. Eso era consecuencia de la conversación con su madre. No, de su conversación con el señor Saint Clair.
No, era consecuencia de todo. De todo al mismo tiempo. Y la sensación era que ya no sabía quién era, lo cual le resultaba casi insoportable.
—Alo mejor solo es un catarro —dijo Felicity, volviendo a mirar hacia la pista de baile—. Parece que todo el mundo está acatarrado esta semana.
Hyacinth no la contradijo. Sería muy agradable si solo fuera un catarro.
—Séque te has hecho amiga de él —continuó Felicity—. Supe que os sentasteis juntos en la velada musical Smythe-Smith y en el recital de poemas Pleinsworth.
—Fue una obra de teatro —dijo Hyacinth, distraída—. Cambiaron el programa en el último momento.
—Peor aún. Yo diría que a estas alturas ya podrías conseguir librarte de asistir por lo menos a una.
—Nofueron tan horrorosas.
—Porque estabas sentada al lado del señor Saint Clair —dijo Felicity, sonriendo ladina.
—Eres tremenda —dijo Hyacinth, evitando mirarla.
Si la miraba, seguro que Felicity vería la verdad en sus ojos. Era buena para mentir, pero no tanto, y no con Felicity.
Y lo peor de todo era que se oía a sí misma en las palabras de Felicity.¿Cuántas veces la había embromado del mismo modo antes de que se casara?
caballero—señalóFelicity—. Y no tienes para qué ir detrás de él. Él no se atrevería a desatenderte. Eres la hermana del anfitrión y, además, ¿no lo regañaría su abuela si no te sacara a bailar?
—Gracias por hacerme sentir todo un premio. Felicity se echó a reír.
—Nunca te había visto así, debo decir, y lo estoy disfrutando inmensamente.
—Mealegra que una de las dos esté disfrutando—gruñóHyacinth, pero sus palabras quedaron apagadas por la fuerte exclamación que lanzó Felicity.
—¿Quépasa?
Felicity ladeó ligeramente la cabeza hacia la izquierda, indicando con el gesto hacia el otro lado del salón.
—Supadre —susurró.
Hyacinth se giró bruscamente a mirar, sin siquiera intentar disimular su interés. ¡Santo cielo, sí que era lord Saint Clair el que estaba ahí! Todo Londres sabía que padre e hijo no se hablaban, pero de todos modos las invitaciones a fiestas las recibían los dos. Al parecer, los dos Saint Clair tenían un extraordinario talento para no presentarse donde podía estar el otro, de modo que por lo general las anfitrionas se libraban del azoramiento de tenerlos a los dos en la misma fiesta.
Pero estaba claro que algo fue mal esa noche.
¿Sabría Gareth que su padre estaba ahí?, pensó. Inmediatamente miróhacia la pista de baile. Él se estaba riendo de algo que le decía la señorita Hotchkiss. No, no lo sabía. Una vez ella estuvo presente en un encuentro
Felicity lo supiera.
—Lepediré un baile —declaró.
—¿Sí?—preguntó Felicity, con los ojos desorbitados por el asombro. Cierto que Hyacinth tenía fama de Original (con mayúscula), pero ni
siquiera ella se había atrevido jamás a sacar a bailar a un caballero.
—Novoy a montar una escena grandiosa—ledijo Hyacinth—. Nadie lo sabrá, aparte del señor Saint Clair. Y tú.
—Yquienquiera que esté al lado de él. Y quienquiera que lo sepa por esta
persona. Y quienquiera…
—¿Sabes qué es lo fantástico de las amistades tan largas como la nuestra?—interrumpió Hyacinth.
Felicity negó con la cabeza.
—Que no te vas a ofender para siempre cuando yo me dé media vuelta y me aleje.
Y eso fue lo que hizo Hyacinth.
Pero el dramatismo de su acto quedó considerablemente disminuido cuando oyó a Felicity reír y decir:
—¡Buena suerte!
Treinta segundos después. Al fin y al cabo no lleva mucho tiempo atravesar un salón de baile.
porque has estado estirando el cuello durante toda la danza.
Él giró la cabeza de modo que quedó mirándola fijamente a la cara.—Jane, tu imaginación no conoce límites.
—Ahora sé que estás mintiendo.
Ella tenía razón, por supuesto. Había estado buscando a Hyacinth Bridgerton desde el momento en que entró en el salón, hacía veinte minutos. Le pareció verla justo un momento antes de encontrarse con Jane, pero resultóque era una de sus numerosas hermanas. Todas las Bridgerton tenían un parecido endemoniado. Desde el otro lado del salón, era casi imposible distinguir a una de otra.
Cuando la orquesta tocaba las últimas notas de la danza, le cogió el brazo y la llevó hacia un lado del salón.
—Nunca te mentiría a ti, Jane—ledijo, sonriéndole alegremente, con su sonrisa sesgada.
—Síque me mentirías —replicó ella—. Y en todo caso, eso está claro como el agua. Tus ojos te delatan. Las únicas veces que la serenidad se refleja en tu mirada es cuando mientes.
—Eso no puede ser…
—Escierto, créeme. Ah, buenas noches, señorita Bridgerton.
Gareth se giró bruscamente a mirar y vio ante ellos a Hyacinth, toda una visión en seda azul. Estaba especialmente hermosa esa noche. Encontraba algo distinto en su peinado. No sabía qué; rara vez observaba con tanta atención como para notar esas minucias. Pero algo tenía distinto en el peinado. Tal vez el pelo le enmarcaba la cara de otra manera, porque notaba algo en ella que la hacía verse distinta.
—Chica lista —dijo Hyacinth, tan pronto como quedaron solos.—Noha sido muy sutil que digamos —comentó Gareth.
—No. Pero claro, rara vez lo soy. Ese es un talento con el que hay que nacer, me parece.
Él sonrió.
—Ahora que me tiene todo para usted, ¿qué desea hacer conmigo?—¿Noquiere saber más del diario de su abuela?
—Ah, sí, por supuesto.—¿Bailamos?
—¿Usted me invita a bailar? —Ah, eso le encantaba. Ella lo miró ceñuda.
—Ah, esta es la verdadera señorita Bridgerton —bromeó él—.
Resplandeciente como una malhumorada…
—¿Quiere bailar conmigo? —preguntó ella entre dientes.
Entonces él comprendió, sorprendido, que eso no le resultaba fácil a ella. A Hyacinth Bridgerton, que casi nunca daba la impresión de que le costara hacer lo que fuera que hiciera, la asustaba invitarlo a bailar.
¡Qué divertido!
—Encantado —contestó al instante—. ¿Puedo llevarla yo hasta la pista, o ese privilegio se reserva para el que hace la invitación?
—Puede llevarme —dijo ella, con la altivez de una reina.
Pero cuando entraron en la pista ella pareció menos segura de sí misma. Y aunque lo disimulaba muy bien, sus ojos miraban hacia todos los lados del salón.
pareja atractiva, pero al primer paso, no, para ser justos, tal vez solo en el sexto paso, le quedó claro que ese no sería un vals normal.
Hyacinth Bridgerton, observó, bastante divertido, era torpe para bailar. No pudo dejar de sonreír.
No sabía por qué encontraba tan entretenido eso. Tal vez porque ella era muy capaz en todo lo que hacía; no hacía mucho le contaron que desafió a un joven a una carrera a caballo en Hyde Park y le ganó. Y estaba muy seguro de que si ella encontraba a alguien dispuesto a enseñarle esgrima, no tardaría en enterrarles el florete en el corazón a sus contrincantes.
Pero tratándose de bailar…
Tendría que haber sabido que ella intentaría guiarlo.
—Dígame, señorita Bridgerton —dijo, con la esperanza de que un poco de conversación la distrajera, puesto que una persona siempre baila con más gracia cuando no está pensando en los pasos—. ¿Cuánto ha leído del diario?
—Solo he logrado leer diez páginas desde la última vez que hablamos.
Puede que parezca poco…
—Amí me parece muchísimo —dijo él, presionándole con más firmeza la cintura por la espalda.
Un poco más y tal vez lograría… obligarla… a girar. A la izquierda.
¡Fiuuu!
Era el vals más esforzado que había bailado en su vida.
—Bueno, no domino el idioma, como le dije. Así que me lleva mucho más tiempo que si simplemente estuviera sentada leyendo un libro.
—Notiene por qué disculparse —dijo él, obligándola a girar a la derecha.
Kent, y seguro que estará feliz de traducírmelas. Pero aunasí…
Emitió un suave gruñido cuando él la giró a la izquierda, más o menos en contra de su voluntad.
—Aun así —continuó ella, perseverante—, logro captar la mayor parte del significado. Es increíble lo que se puede deducir con solo tres cuartas partes del total.
—Nome cabe duda —dijo él, principalmente porque le pareció necesario decir algo. Y añadió—: ¿Por qué no se compra un diccionario italiano? Yo lo pagaré.
—Tengo uno, pero me parece que no es bueno. Faltan la mitad de las palabras.
—¿Lamitad?
—Bueno, algunas —enmendó ella—. Pero, de verdad, no es ese el problema.
Él se limitó a pestañear, esperando que continuara. Y ella continuó, cómo no.
—Creo que el italiano no es la lengua materna del autor.—¿Delautor del diccionario?
—Sí.Faltan locuciones, expresiones, frases hechas. —Guardó silencio, al parecer absorta en los diversos pensamientos que pasaban por su cabeza. Después se encogió levemente de hombros, con lo que hizo mal un paso del vals, cosa que ni siquiera notó, y continuó—: En realidad, no tiene importancia. Voy haciendo bastantes progresos, aun cuando sea lento. Ya estoy en su llegada a Inglaterra.
—¿Ensolo diez páginas?
—Hay ciertas cosas que uno no debe saber nunca de sus abuelos. Hyacinth le sonrió.
Gareth se quedó sin aliento un momento y luego, sin pensar, le correspondió la sonrisa. Había un algo contagioso en las sonrisas de Hyacinth, algo que obligaba a sus acompañantes a parar lo que fuera que estuvieran haciendo, o incluso lo que estuvieran pensando, para sonreírle.
Cuando Hyacinth sonreía, cuando sonreía de verdad, no con una de esas sonrisas falsas que esbozaba cuando trataba de ser inteligente, se le transformaba la cara. Se le iluminaban los ojos, le resplandecían las mejillas, y…
Era hermosa.
Curioso que nunca lo hubiera notado. Curioso que nadie lo hubiera notado. Él había estado en todas partes en Londres desde que ella hiciera su primera reverencia hacía unos años, y si bien nunca había oído a nadie hablar de su apariencia de manera no elogiosa, tampoco había oído a nadie decir que era hermosa.
El motivo de eso podría ser, tal vez, que todos estaban siempre tan
ocupados atendiendo lo que fuera que decía ella, para estar a la altura de su ingenio, que no se les ocurría pararse a mirarle realmente la cara.
—¿SeñorSaint Clair? ¿Señor Saint Clair?
Él la miró. Ella lo estaba mirando con una expresión de impaciencia, y él pensó que tal vez hacía rato que estaba diciendo su nombre.
—Dadas las circunstancias—dijo—,bien podría tutearme, llamarme por mi nombre de pila.
Ella asintió, aprobadora.
—Nodebería importarme —musitó ella—. No debería echar de menos lo
que no tuve nunca, pero a veces… debo confesar que lo echo en falta.Él eligió con sumo cuidado sus palabras.
—Esdifícil…, creo, no conocer al propio padre.
Ella asintió, con los ojos bajos, y luego miró por encima del hombro de él. Era extraño, pensó él, pero de todos modos encantador, que ella no quisiera mirarlo en un momento así. Hasta el momento la conversación entre ellos solo había transcurrido entre ingeniosas bromas y cotilleo. Esa era la primera vez que decían algo importante, algo que de verdad revelaba a la persona que había bajo el ingenio rápido y la sonrisa fácil.
Ella continuó con los ojos fijos en algo que estaba detrás de él, incluso cuando la hizo girar expertamente hacia la derecha. No pudo dejar de sonreír. Ella bailaba mucho mejor ahora que estaba distraída.
Y entonces ella giró la cabeza y clavó la mirada en su cara con considerable intensidad y resolución. Estaba lista para cambiar de tema; eso estaba claro.
—¿Quiere oír el resto de lo que he traducido?—Por supuesto.
—Creo que está a punto de terminar el vals —dijo ella—. Pero me parece que ahí hay bastante espacio—señalócon la cabeza un rincón alejado donde había varias sillas para los que estuvieran cansados—. Seguro que podríamos lograr hablar un rato a solas sin que nadie nos interrumpa.
Terminó el vals y Gareth retrocedió un paso para hacerle una ligera venia.—¿Vamos? —dijo entonces, levantando el brazo para que ella pusiera su
mano en la curva de su codo.
Han transcurrido diez minutos, y la escena se ha trasladado al vestíbulo.
Por lo general, Gareth detestaba los bailes muy concurridos, debido al calor y el atiborramiento, y por mucho que disfrutara bailando, normalmente se pasaba la mayor parte del tiempo en conversaciones ociosas con personas por las que no tenía ningún interés especial. Pero, iba pensando, mientras se dirigía al vestíbulo lateral de la casa Bridgerton, esa noche lo estaba pasando muy bien.
Después de su baile con Hyacinth, se trasladaron al rincón del salón, donde ella lo puso al corriente de lo que había avanzado en el diario. Aun cuando se disculpaba una y otra vez, había hecho bastante progreso; y era cierto que acababa de llegar al momento de la llegada de Isabella a Inglaterra. Su llegada no fue auspiciosa. Se resbaló al bajar del pequeño bote que los llevó a la orilla y, por lo tanto, el primer contacto de su abuela con suelo británico fue el de su trasero con el fango de una playa de Dover.
Su flamante marido, como era de suponer, no movió ni un dedo para ayudarla.
Era una maravilla, pensó, moviendo la cabeza, que no se hubiera dado media vuelta bruscamente para volverse a Italia en ese mismo momento. Claro que, según explicó Hyacinth, no era muy bueno lo que la esperaba allátampoco. Isabella les había suplicado una y otra vez a sus padres que no la
de sus amantes anteriores le había regalado una simpática casita en Bloomsbury, lo que eliminaba la necesidad de que se la regalara él. Dado queél no le pagaba sus gastos, ella no sentía ninguna necesidad de serle fiel, pero eso no tenía mayor importancia, puesto que él tampoco le era fiel.
Y había dejado pasar bastante tiempo sin ir a verla. Haciendo recuento, laúnica mujer con la que había pasado algún rato últimamente era Hyacinth, y Dios sabía que con ella no podía entretenerse en coqueteos ni amores.
Se despidió de varios conocidos cerca de la puerta del salón y salió al vestíbulo. Este estaba sorprendentemente vacío, tomando en cuenta la cantidad de gente que asistía al baile. Echó a andar hacia la puerta de calle, y de pronto se detuvo. Era largo el trayecto hasta Bloomsbury, sobre todo en un coche de alquiler, y eso tendría que tomar, pues le había ganado un trayecto a su abuela. Los Bridgerton habían reservado un cuarto de aseo en la parte de atrás para las necesidades de los caballeros. Decidió pasar por ahí primero.
Se dio media vuelta, desanduvo los pasos, pasó por fuera de la puerta del salón y continuó hacia el fondo del vestíbulo. Cuando llegó a la puerta iban saliendo dos caballeros riendo. Correspondió sus saludos con una amable venia y entró.
Era uno de esos aseos con dos cuartos, una especie de salita de espera y más adentro el cuarto retrete propiamente dicho. La puerta de este último estaba cerrada, de modo que mientras esperaba comenzó a silbar suavemente.
Le encantaba silbar.
My bonnie lies over the ocean…
Siempre cantaba la letra para sus adentros mientras silbaba.
My bonnie is over the sea…
engañosamente plácida.
Gareth se encogió insolentemente de hombros.
—Escurioso cómo la sangre se mantiene tan convenientemente escondida dentro, incluso cuando no es azul. —Obsequió al viejo con una valiente
sonrisa—. Todo el mundo cree que soy hijo tuyo. ¿No es eso lomás…?
—Para —siseó el barón—. ¡Buen Dios! Ya tengo bastante con verte. Oírte me enferma.
—Curiosamente, yo sigo imperturbable.
Pero ya empezaba a notar algunos cambios. El corazón le latía más rápido, y en el pecho sentía una extraña sensación de tiritones. Se sentía desenfocado, inquieto, y tuvo que recurrir a todo su autodominio para mantener quietos los brazos a los costados.
Cualquiera pensaría que ya se había acostumbrado a eso, pero cada vez lo tomaba por sorpresa. Siempre se decía que esa sería la vez en que vería a su
padre y no le importaría, perono…Siempre le importaba.
Y lord Saint Clair ni siquiera era su padre. Ese era el verdadero problema. El hombre tenía la capacidad de convertirlo en un idiota inmaduro, y ni siquiera era su padre. Se había dicho infinidad de veces que no le importaba. El barón no le importaba. No estaban emparentados por la sangre, y el barón no debería importarle más que un desconocido que viera en la calle.
Pero le importaba. No necesitaba su aprobación; hacía mucho tiempo que había renunciado a buscar su aprobación, y, además, ¿para qué iba a desear la aprobación de un hombre al que ni siquiera respetaba?
Pero esta vez lo intentaría. Estaba en la casa Bridgerton, ¡por el amor de Dios!, y lo menos que podía hacer era tratar de evitar una escena.
—Sime disculpas —dijo, tratando de pasar por un lado.
Pero lord Saint Clair dio un paso al lado y les chocaron los hombros.—Note aceptará, ¿sabes? —dijo, riendo.
Gareth se quedó inmóvil.—¿Dequé hablas?
—Lachica Bridgerton. Te vi babeando detrás de ella.
Gareth continuó inmóvil. No se había dado cuenta de que su padre estaba en el salón de baile, y eso lo fastidiaba. Y no debería fastidiarlo. ¡Demonios!, debería estar saltando de alegría por haber logrado al fin disfrutar de una fiesta sin sentirse pinchado por la presencia de lord Saint Clair.
Pero en lugar de eso, se sentía engañado, como si el barón hubiera estado escondiéndose de él.
Espiándolo.
—¿Novas a decir nada?—semofó el barón.
Gareth arqueó una ceja y miró el bacín, que alcanzaba a verse por la puerta abierta.
—No, a menos que quieras que apunte desde aquí —dijo, con la voz arrastrada, burlona.
El barón se giró a mirar y comprendió lo que quería decir.—Ylo harías —dijo, asqueado.
—¿Sabes?, creo que sí —dijo Gareth.
En realidad, solo en ese momento se le había ocurrido, su comentario había sido más una amenaza que otra cosa, pero estaría muy dispuesto a
Y eso sí acabó con su dominio y lo impulsó a saltar a la acción. Un instante estaba en medio del pequeño cuarto, con los brazos rígidos a los costados, y al siguiente tenía a su padre aplastado en la pared, con una mano en su hombro y la otra en el cuello.
—Era mi hermano —siseó.
—Era mi hijo —dijo el barón, casi escupiéndole la cara.
Gareth comenzaba a sentirse como si los pulmones se le estuvieran encogiendo; tenía dificultad para respirar.
—Era mi hermano —repitió, esforzándose al máximo para que la voz le saliera tranquila—. Tal vez no a través de ti, pero sí a través de nuestra madre. Y yo lo quería.
Y sintió más intenso el dolor por haberlo perdido. Había lamentado su muerte desde el día mismo en que murió, pero en ese momento sentía su falta como un inmenso agujero dentro de él, el que no sabía cómo llenar.
Solo le quedaba una persona en su vida. Solo tenía a su abuela, la única persona a la que podía decir sinceramente que amaba.
Y que ella lo amaba a él.
No había comprendido eso antes. Tal vez porque no deseaba comprenderlo. Pero en ese momento, estando con el hombre al que siempre había llamado «padre», incluso después de conocer la verdad, comprendía lo solo que estaba.
Y se sentía disgustado consigo mismo; por su comportamiento, por el cambio que experimentaba en presencia del barón.
Bruscamente lo soltó, retrocedió unos pasos y lo observó mientras el barón trataba de recuperar el aliento.
—Bueno, para empezar —dijo, esbozando esa sonrisa engreída que tanto detestaba su padre—, es mujer.
El barón sonrió burlón ante ese débil intento de humor.—Jamás se casará contigo.
—Norecuerdo habérselo pedido.
—¡Bah!, le has ido pisando los talones toda la semana. Todo el mundo lo comenta.
Gareth sabía que sus insólitas atenciones a una damita decente habían causado extrañeza y hecho arquearse algunas cejas, pero también sabía que las habladurías ni se acercaban siquiera a lo que insinuaba su padre.
De todos modos, le produjo una malsana satisfacción saber que su padre estaba tan obsesionado por él y sus actos como estaba él por los suyos.
—La señorita Bridgerton es una buena amiga de mi abuela —dijo alegremente.
Y tuvo el gusto de ver el leve rictus en los labios del barón ante la mención de lady Danbury. Siempre se habían odiado, y cuando todavía se hablaban, lady Danbury nunca le cedió el mando. Ella era la esposa de un conde, y lord Saint Clair era un simple barón, y ella jamás le permitió olvidar eso.
—Claro que es amiga de la condesa —dijo el barón, recuperándose rápidamente—; no me cabe duda de que a eso se debe que ella tolere tus atenciones.
—Eso tendrías que preguntárselo a la señorita Bridgerton —dijo Gareth alegremente, intentando pasar de ese tema como si no le importara nada.
incluso cauteloso.
Cuando su padre decía esas cosas siempre le resultaba difícil saber si su intención era amenazarlo o simplemente perorar sobre su tema predilecto: la sangre azul y la nobleza.
Lord Saint Clair se cruzó de brazos.
—Los Bridgerton jamás le permitirán que se case contigo, aun en el caso de que ella fuera tan tonta como para creerse enamorada de ti.
—Ellano…
—Eres grosero —exclamó el barón, furioso—, eres estúpidoy…Gareth no logró reprimirse de contestar:
—Nosoy…
—Tecomportas estúpidamente —interrumpió el barón—, y no vales lo suficiente para ser digno de una chica Bridgerton. No tardarán en calarte.
Gareth se obligó a respirar hondo para controlarse. Al barón le encantaba provocarlo, se complacía especialmente en decir cosas que lo hicieran protestar como un crío.
—Encierto modo —continuó lord Saint Clair, con una sonrisa satisfecha jugueteando en su cara—, es un asunto interesante.
Gareth se limitó a mirarlo. Su furia no le permitía darle la satisfacción de preguntar qué quería decir con eso.
—¿Quiénes tu padre, dime? —preguntó el barón.
Gareth retuvo el aliento. Esa era la primera vez que el barón le hacía esa pregunta tan francamente. Lo había llamado «hijo ilegítimo», «bastardo»,«perro mestizo» y «cachorro roñoso». Y de su madre había dicho muchísimas
—Eso te come vivo —dijo, sin poder evitar sonreír—. Ella deseó a otro más que a ti, y eso te está matando, incluso después de todos estos años.
Tuvo la momentánea impresión de que su padre lo iba a golpear, pero en el último instante, lord Bridgerton retrocedió, con los brazos rígidos a los costados.
—Yono amaba a tu madre —dijo.
—Nunca pensé que la amaras —contestó él.
El problema para el barón nunca había sido de amor, sino de orgullo. Paraél siempre todo era el orgullo.
—Deseo saberlo —dijo lord Saint Clair en voz baja—. Deseo saber quién fue, y te daré la satisfacción de reconocer ese deseo. Jamás le he perdonado
sus pecados. Perotú…tú…
Se rio, y el sonido de su risa le hizo tiritar hasta el alma a Gareth.
—Túeres sus pecados —continuó el barón. Volvió a reírse, con una risa más escalofrianteaún—.Nunca lo sabrás. Nunca sabrás de quién es la sangre que corre por tus venas. Nunca sabrás quién no te amó lo suficiente para reconocerte.
A Gareth se le paró el corazón. El barón sonrió.
—Piensa en eso la próxima vez que desees invitar a bailar a la señorita Bridgerton. Es muy posible que no seas otra cosa que el hijo de un deshollinador.—Seencogió de hombros, desdeñoso—. Tal vez de un lacayo. Siempre tuvimos lacayos jóvenes y fornidos en Clair Hall.
Gareth estuvo a punto de asestarle una bofetada. Lo deseó. Vamos, le hormigueó la mano por hacerlo, y necesitó más autodominio del que creía
Gareth continuó varios segundos sin moverse. Era como si algo de su cuerpo viera la necesidad de inmovilidad absoluta, como si un solo movimiento que hiciera lo fuera a destrozar.
Y de pronto…
Comenzaron a agitársele los brazos, con los dedos flexionados en forma de garras, golpeando el aire como un loco. Apretó los dientes para no gritar, pero de todos modos le salieron sonidos roncos, guturales.
De dolor. Se sentía herido.
Detestó eso. ¡Santo Dios!, ¿por qué?¿Por qué, por qué, por qué?
¿Por qué el barón seguía teniendo ese poder sobre él? No era su padre. Jamás había sido su padre, y, maldición, él debería sentirse contento por eso.
Y se sentía contento. Cuando estaba cuerdo, cuando era capaz de pensar con claridad, se sentía contento.
Pero cuando se encontraban cara a cara y el barón le susurraba todos sus miedos secretos, se le derrumbaba el contento.
No era otra cosa que dolor. No era otra cosa que el dolor del niño pequeño de su interior, que intentaba ser valorado, siempre preguntándose por quénunca valía nada.
—Tengo que marcharme —dijo, saliendo bruscamente al vestíbulo. Debía marcharse, alejarse, no estar con nadie.
No estaba en forma para ser buena compañía. No por ninguno de los motivos dados por su padre, no, pero de todos modos, era posible que
hiciera…
—¡SeñorSaint Clair!
—Via su padre—ledijo en voz baja—. Pasó por el vestíbulo. Parecía enfadado, pero cuando me vio se echó a reír.
Gareth se enterró las uñas en las palmas.
—¿Porqué se reiría? —continuó Hyacinth—. Yo casi no lo conozco,y…Él había estado mirando un punto detrás del hombro de ella, pero su
interrupción lo obligó a mirarla a la cara.
—¿SeñorSaint Clair? ¿Seguro que no le pasa nada? —Hyacinth tenía el ceño fruncido por la preocupación, ese tipo de preocupación que no se puede fingir, y entonces añadió, en voz más bajaaún—:¿Le dijo algo que le dolió?
Su padre tenía razón en una cosa. Hyacinth Bridgerton era buena. Podía ser irritante, manipuladora y muchas veces tremendamente molesta, pero en su interior, donde importa, era buena.
Y él oyó la voz de su padre.«Jamás la tendrás».
«No vales lo suficiente para ser digno de ella».
«Jamás…».
«Perro mestizo, perro mestizo, perro mestizo».
La miró, la miró de verdad. Sus ojos bajaron de su cara a los hombros, desnudos por el seductor escote del vestido. Sus pechos no eran voluminosos, pero los llevaba levantados, seguro que mediante alguna prenda diseñada especialmente para seducir e incitar, y el borde del escote de su vestido azul medianoche dejaba ver el comienzo de la hendidura entre sus pechos.
—¿Gareth? —dijo ella en un susurro.
Ella nunca lo había llamado por su nombre de pila. Él le había dicho que podía, pero esa era la primera vez que lo hacía. De eso estaba absolutamente
siguiente ella estaba apretada a él. La deseaba. ¡Dios santo, cómo la deseaba! La necesitaba, para algo más que solo para satisfacer a su cuerpo.
Y la necesitaba ya, en ese momento.
Sus labios encontraron los de ella y no hizo ninguna de las cosas que hay que hacer la primera vez. No fue suave, ni dulce. No hizo ningún baile de seducción, ningún tipo de juego ocioso hasta que ella no pudiera decir no.
Simplemente la besó; la besó con todo su ser, con toda la desesperación que corría por sus venas.
Con la lengua le separó los labios y la introdujo en su boca, saboreándola, buscando su calor. Sintió sus manos en la nuca, la sintió aferrarse a él con todas sus fuerzas y sintió los acelerados latidos de su corazón en el pecho.
Ella lo deseaba, comprendió. Era posible que no lo entendiera, que no supiera qué hacer, pero lo deseaba.
Y eso lo hacía sentirse como un rey.
Se le aceleró el corazón y comenzó a endurecérsele el cuerpo de deseo. No supo cómo llegaron ahí, pero estaban junto a una pared, y él casi no podía respirar mientras deslizaba la mano, subiéndola por su cuerpo, palpándole las costillas, hasta que llegó a su pecho lleno y ahí la detuvo. Se lo apretó, suavemente, para no asustarla, pero con la suficiente fuerza como para memorizar su forma, su tacto, su peso en su mano.
Era perfecto, y notó la reacción de ella a través de la tela del vestido. Deseó tomarle el pecho con la boca, quitarle el vestido y hacerle cien
cosas perversas.
Notó cuando del cuerpo de ella desapareció toda resistencia, y la oyósuspirar en su boca. Nunca la habían besado, de eso estaba seguro. Pero
Esa era Hyacinth, después de todo. Seguro que diría algo.
Pero ella simplemente lo miró afligida, como fastidiada consigo misma. Y entonces hizo lo único que él jamás se habría imaginado que haría. Echó a correr, huyendo.
Ya es la mañana siguiente. Nuestra heroína está sentada en la cama, reclinada en sus almohadones. El diario en italiano está a su lado, pero no lo ha cogido.
Ha revivido mentalmente el beso más o menos unas cuarenta y dos veces.
En realidad, en este momento lo está reviviendo.
A Hyacinth le habría gustado pensar que sería el tipo de mujer capaz de besar con aplomo y luego comportarse el resto de la velada como si no hubiera
ocurrido nada. Le habría gustado pensar que cuando llegara el momento de tratar a un caballero con un bien merecido desdén, no se le derretiría la mantequilla en la boca, sus ojos serían perfectos trocitos de hielo y sería capaz de darle esquinazo con donaire y elegancia.
Y en su imaginación, hizo todo eso y mucho más. Pero la realidad no había sido tan dulce.
Porque cuando Gareth dijo su nombre e intentó atraerla para darle otro beso, en lo único que pudo pensar fue en echar a correr.
Eso no estaba de acuerdo con su carácter, se repitió nuevamente, más o menos por cuadragésima tercera vez desde que los labios de él tocaron los de ella.
Eso no podía ser. No podía permitirlo. Ella era Hyacinth Bridgerton. Hyacinth.
amor de Dios!, pero ningún hombre se había inclinado hacia ella, y ni siquiera le había echado una mirada a sus labios, como si lo estuviera pensando.
Hasta esa noche. Hasta Gareth Saint Clair.
Su primer impulso fue pegar un salto por la sorpresa. Porque Gareth, con todos sus desenvueltos modales de pícaro, en ningún momento había manifestado el más mínimo interés en extender su fama de libertino en dirección a ella. Vamos, después de todo tenía a una cantante de ópera escondida en Bloomsbury. ¿Qué demonios necesitaba hacer con ella?
Pero claro…
Bueno, ¡santo cielo!, todavía no entendía cómo ocurrió todo. Un instante ella le estaba preguntando si se sentía mal (la verdad, se veía muy raro, y era evidente que acababa de tener un altercado con su padre, a pesar de todo lo que hizo ella para evitar que se encontraran) y al instante siguiente él la estaba mirando con una intensidad que la hizo estremecerse. Parecía poseído, devorado.
La miraba como si quisiera devorarla.
De todos modos, ella no lograba quitarse de encima la impresión de que en realidad él no tenía la intención de besarla a ella. Cualquier otra mujer que hubiera encontrado en el vestíbulo le habría servido igual.
Y esa impresión se le confirmó especialmente después que él le dijo riendo que necesitaba mejorar.
Seguro que no le dijo eso por ser cruel, pero de todos modos sus palabras le dolieron.
—Correspóndeme el beso —dijo en voz baja, con un gemido, tratando de imitarlo aél—.Correspóndeme el beso.
experiencia.
Eso era sencillamente… sencillamente…
Se mordió el labio, horrorizada por lo cerca que estaba de echarse a llorar. Solo era que había pensado que su primer beso sería mágico. Y que dicho
caballero saldría de la experiencia si no impresionado, por lo menos un poco complacido por la actuación de ella.
Pero Gareth Saint Clair se mostró burlón, a su manera habitual, y a ella le fastidiaba haberle permitido que la hiciera sentirse tan poca cosa.
—Solo fue un beso —susurró, y sus palabras quedaron flotando en la habitación—. Solo un beso. No significa nada.
Pero aun cuando intentaba mentirse, sabía que fue mucho más que un beso.
Mucho, mucho más.
Al menos fue mucho más para ella. Cerró los ojos, angustiada, sufriendo.¡Santo cielo!, mientras ella yacía toda la noche despierta en la cama, pensando y pensando y luego volviendo a pensar, una y otra vez, lo más probable era que él estuviera durmiendo como un bebé. El hombre había
besadoa…
Bueno, no quería elucubrar acerca de a cuántas mujeres había besado, pero seguro que tenía que ser a un número suficiente para hacerla parecer la chica más novata de Londres.
¿Cómo debía conducirse, mirarlo y hablarle cuando se volvieran a encontrar? Porque tendría que volver a encontrarse con él. Estaba traduciendo el diario de su abuela, ¡por el amor de Dios! Si intentaba eludirlo, parecería demasiado evidente.
agradable hacerlo también.
Cogió el pequeño punto de libro que había puesto para marcar el lugar y abrió el diario. Isabella acababa de llegar a Inglaterra, a mitad de temporada, y después de solo una semana en la propiedad del campo, su flamante marido la llevó a rastras a Londres, donde se esperaba que ella hiciera vida social y recibiera en casa como corresponde a una dama de su posición, y eso sin dominar el idioma inglés.
Para empeorar las cosas, la madre de lord Saint Clair residía ahí, en la casa Saint Clair, y se mostraba muy desgraciada por tener que ceder su puesto como señora de la casa.
Con el ceño fruncido, Hyacinth continuó leyendo, parando de tanto en tanto para buscar una palabra desconocida en el diccionario. La baronesa viuda se metía con los criados, dándoles órdenes contrarias a las de Isabella y haciéndoles desagradable la vida a los que aceptaban a la nueva baronesa como a la señora al mando.
Ciertamente eso no hacía en absoluto atractivo el matrimonio. Hyacinth tomó nota mental de intentar casarse con un hombre que no tuviera madre.
—Ánimo, Isabella —musitó, haciendo un gesto de pena.
Estaba leyendo la parte del último altercado, algo sobre la adición de mejillones al menú, pese a que a Isabella los mariscos le producían urticaria.
—Tienes que dejar claro quién está al mando —dijo al diario—. Tienes
que…
Frunció el ceño, al mirar la siguiente anotación. Eso no tenía ningún sentido. ¿Por qué Isabella hablaba del bambino?
Isabella estaba nuevamente en Londres, esta vez sin su marido, lo que al parecer no le molestaba en lo más mínimo. Y al parecer ya había adquirido un poco de confianza en sí misma, aunque tal vez eso era simplemente la consecuencia de la muerte de la baronesa viuda, que, supuso, ocurrió el año anterior.
«Encontré el lugar perfecto», tradujo y anotó las palabras en su papel.«Él
jamás…». Frunció el ceño. No supo traducir el resto de la frase, así que trazóunas rayitas en el papel para indicar que faltaba esa frase, y continuó.«Élme
cree muy poco inteligente, por lo tanto, no sospechará…».—¡Ay,caramba! —exclamó, sentándose derecha.
Pasó la página y leyó lo más rápido que pudo, totalmente olvidada de escribir a medida que iba traduciendo.
—Isabella —dijo, admirada—, ¡qué zorra más astuta eres!
Ha transcurrido más o menos una hora, y Gareth está casi a punto de golpear la puerta de la casa de Hyacinth.
Gareth hizo una profunda inspiración, haciendo acopio de valor para poner la mano y doblar los dedos alrededor de la pesada aldaba de bronce de la puerta de la casa Número Cinco de Bruton Street, la elegante casita que comprara la madre de Hyacinth después de que su hijo mayor se casó y estableció su residencia en la casa Bridgerton.
Solo que…
Solo que jamás había besado a una mujer como Hyacinth Bridgerton, una mujer que: a) no había sido besada nunca antes y b) tenía todos los motivos para suponer que un beso podía significar algo más.
Y eso sin decir nada de c) era Hyacinth.
Porque en realidad era imposible no tomar en cuenta la magnitud de eso. Si había aprendido una cosa durante esa semana pasada, era que Hyacinth era muy diferente a cualquier otra mujer que hubiera conocido.
En todo caso, se había pasado toda la mañana en casa, esperando sentado el paquete que sin duda llegaría, acompañado por un lacayo de librea, devolviéndole el diario de su abuela. Hyacinth ya no podía de ninguna manera seguir traduciéndolo, después de que él la insultara tan gravemente la noche pasada.
No era que, pensó, solo un poco a la defensiva, él hubiera tenido la intención de insultarla. La verdad, no había tenido ninguna intención, ni en uno ni en otro sentido. No había sido su intención besarla, eso seguro. La idea ni se le había pasado por la mente, y en realidad no se le habría ocurrido si no hubiera estado tan desequilibrado, y entonces ella estaba ahí, justo en el vestíbulo, casi como si hubiera sido llamada por arte de magia.
Y justo después de que su padre se mofara de él, hablándole de ella.¿Qué otra cosa se esperaba que hiciera, maldita sea?
Y el beso no significó nada. Lo disfrutó, sí. Fue placentero, sí, mucho más placentero de lo que se habría imaginado, pero no significó nada.
Pero las mujeres tienden a considerar mal esas cosas, y la expresión de ella cuando se apartó, no era tremendamente displicente.
Y estuvo a punto de caer de bruces, porque en ese mismo instante se abrióla puerta.
—¡Porel amor de Dios! —dijo Hyacinth, mirándolo con ojos impacientes—,¿alguna vez ibas a golpear?
—¿Meviste llegar?
—Por supuesto. Mi dormitorio está justo arriba. Desde allí puedo ver a todo el mundo.
¿Por qué eso no lo sorprendía?, pensó él.
—Además, te envié una nota—añadióella. Se hizo a un lado y le indicóque entrara—. No obstante tu conducta reciente, me parece que tienes modales lo bastante buenos para no rechazar una petición por escrito de una dama.
—Eh…sí —dijo él.
Eso fue lo único que se le ocurrió decir, ante el remolino de energía y actividad que tenía delante.
¿Por qué no estaba enfadada con él? ¿Es que no debía estar enfadada?—Tenemos que hablar —dijo Hyacinth.
—Sí,claro. Debo pedir disculpas…
—Node eso —dijo ella, descartando el asunto con un gesto—, aunque…—Levantó la vista, con una expresión entre pensativa y malhumorada—. Síque debes pedir disculpas.
—Sí,claro, esto…
—Pero no es para eso que te pedí que vinieras —interrumpió ella. Si hubiera sido un gesto cortés, él se habría cruzado de brazos.
—¿Quieres que me disculpe o no?
muy buen gusto en colores rosa y crema. Todo allí era muy delicado y femenino, y a él le pasó la idea por la cabeza de si estaría diseñado con laúnica finalidad de hacer sentirse muy grandes e incómodos a los hombres.
Hyacinth le indicó el lugar para sentarse, y él se dirigió allí, observándola manipular la puerta con sumo cuidado, hasta dejarla apenas entreabierta. Miródivertido la abertura de unos cuatro dedos. Curioso como esa pequeña abertura podía significar la diferencia entre decoro y desastre.
—Noquiero que nos oigan —explicó ella.
Gareth simplemente arqueó las cejas, interrogante, y esperó a que ella se sentara en el sofá. Cuando estuvo seguro de que ella no se levantaría de un salto a mirar detrás de las cortinas para ver si había alguien escondido para escuchar, se sentó en el sillón Hepplewhite que hacía esquina con el sofá.
—Necesito decirte lo del diario —dijo ella, con los ojos brillantes de entusiasmo.
Él pestañeó sorprendido.
—¿Entonces no me lo vas a devolver?
—No, claro que no. No creerás queyo…
Se interrumpió, y él observó que estaba trazando espirales en la suave tela verde de su falda con los dedos. Eso le gustó. Sí, se sentía muy aliviado porque ella no estaba furiosa con él por haberla besado; como cualquier hombre, llegaría a extremos para evitar cualquier tipo de escena de histeria femenina. Pero al mismo tiempo, no deseaba que ella se mostrara totalmente indiferente.
¡Buen Dios!, él sabía besar muy bien, para esperar eso.
intento de manifestar acuerdo. Pero muy pronto se le hizo evidente que esta vez ella sí esperaba un comentario, así que se apresuró a decir:
—Claro que no.
Hyacinth asintió, aprobadora, y añadió:
—Además—seinclinó hacia él, con sus vivos ojos azules brillantes de entusiasmo—, se ha puesto interesante.
A Gareth se le revolvió algo en el estómago. ¿Es que Hyacinth había descubierto el secreto de su nacimiento? Ni se le había ocurrido pensar que Isabella pudiera haber sabido la verdad; al fin y al cabo tenía muy poca comunicación con su hijo y rara vez iba a visitarlo.
Pero si lo sabía, igual podría haberlo escrito en su diario.—¿Quéquieres decir? —preguntó, cauteloso.
Hyacinth cogió el diario, que estaba en la mesita lateral.
—Tu abuela tenía un secreto —dijo, toda ella irradiando entusiasmo. Abrió el diario, en el lugar marcado con un elegante punto de libro, y se lo enseñó, apuntando con el índice una frase a mitad de página—. Diamanti. Diamanti —dijo. Levantó la vista, sin poder reprimir una sonrisa de euforia—.¿Sabes qué significa eso?
—No—repuso él, negando con la cabeza.
—«Diamantes», Gareth. Significa «diamantes».
Él miró atentamente la página, aun cuando no entendía ni una sola palabra.
—¿Perdón?
—Tuabuela tenía joyas, Gareth. Y nunca le dijo nada de ellas a tu abuelo. A él se le abrió sola la boca.
poco más rápido.
—¿Quéquieres decir? —preguntó.
—Quiero decir —contestó ella, como si fuera a repetir algo que ya había dicho unas cinco veces de todas las maneras posibles— que es muy probable que esas joyas sigan ahí. ¡Oh!—seinterrumpió y lo miró a los ojos tan de repente que lo desconcertó—. A no ser que tú ya lo sepas. ¿Tu padre ya las tiene en su poder?
No, creo que no —dijo Gareth, pensativo—. Al menos no que me lo haya dicho.
—¿Loves? Podemos…
—Pero rara vez me dice algo —interrumpióél—.Mi padre nunca me ha considerado su confidente íntimo.
Por los ojos de ella pasó una expresión compasiva, que al instante dio paso a una de entusiasmo casi pirático.
—Entonces siguen ahí —dijo, excitada—. O por lo menos hay buenas posibilidades de que sigan. Tenemos que encontrarlas.
¡Ay, no!
—Qué…¿tenemos? —dijo él, recalcando el «tenemos».
Pero Hyacinth estaba tan absorta en su entusiasmo que no notó el énfasis de él.
—Piénsalo, Gareth —dijo, ya claramente cómoda con el tuteo—, esto sería la solución de todos tus problemas económicos.
Él se enderezó.
—¿Quéte hace pensar que tengo problemas económicos?
que te odia.
Gareth sonrió, y eso lo sorprendió. Ese no era un tema que le inspirara muy buen humor. Pero claro, hasta ese momento, nadie se había atrevido jamás a mencionar el tema con tanta franqueza.
—Nopuedo hablar por ti —continuó Hyacinth, encogiéndose de hombros—,pero si yo detestara a alguien, puedes estar seguro de que me desviviría por asegurarme de que él no se apoderara de joyas que valen un tesoro.
—¡Québuena cristiana eres! —musitó Gareth. Ella arqueó una ceja.
—Jamás he dicho que sea un modelo de bondad y luz.
—No—dijo él, sin poder evitar una sonrisa—. No, no lo has dicho. Hyacinth dio unas palmadas y luego apoyó las palmas en la falda. Lo miró
expectante.
—Bueno, pues —dijo, cuando se le hizo evidente que él no iba a decir nadamás—,¿cuándo vamos?
—¿Vamos? —repitió él.
—Abuscar los diamantes —dijo ella, impaciente—. ¿No has escuchado nada de lo que he dicho?
De pronto Gareth tuvo una aterradora visión de lo que debía tener pensado ella. Vestida toda de negro y, ¡buen Dios!, casi seguro, con ropa de hombre también. Probablemente insistiría en descolgarse por la ventana de su dormitorio mediante sábanas anudadas.
—Novamos a ir a ninguna parte —dijo, firmemente.
—Síque iremos. Debes coger esas joyas. No puedes permitir que las coja tu padre.
deseo de ese resultado es idéntico al mío.
El discurso le salió hinchado, y el tono algo pomposo y remilgado, pero tuvo el efecto deseado: la obligó a estar con la boca cerrada el tiempo suficiente para ordenar las frases, complicadas por los incisos.
Pero entonces ella volvió a abrir la boca y dijo:
—Bueno, no tendrás que arrastrarme.
Gareth pensó que la cabeza podría explotarle.
—¡Buen Dios, mujer!, ¿has escuchado algo de lo que he dicho?
—Claro que he escuchado. Tengo cuatro hermanos mayores. Sé reconocer a un hombre arrogante cuando veo uno.
—¡Vamos, por el amor de…!
—Tú,señor Saint Clair, no piensas con claridad.—Seinclinó hacia él, arqueando una ceja de una manera desconcertantemente confiada—. Me necesitas.
—Como necesito un furúnculo —masculló él.
—Voy a simular que no he oído eso —dijo ella, entre dientes—. Porque si
no, no me sentiría inclinada a ayudarte en tu empresa. Y si no te ayudara…—¿Tienes alguna «utilidad»?
Ella lo miró fríamente.
—Noeres ni de cerca una persona tan sensata como yo te creía.
—Curiosamente, tú eres exactamente tan sensata como yo te creía.
—Voy a simular que no he oído eso tampoco —dijo ella, apuntándolo con el índice de una manera muy impropia de una señorita—. Parece que has
olvidado que de los dos, soy yo la que entiende el italiano. Y no veo cómo vas a encontrar las joyas sin mi ayuda.
podría significar «ropero».O…—seinterrumpió, y tragó saliva. Detestaba reconocer que no sabía bien de qué hablaba, aun cuando esa deficiencia era loúnico que le aseguraría un lugar al lado de él cuando fuera a buscar las joyas—.Si has de saberlo —dijo, sin poder disimular la irritación—. No sé quésignifica exactamente. Es decir, «exactamente» —añadió, porque en realidad tenía bastante idea del significado.
Y simplemente no estaba en su carácter reconocer defectos que no tenía.¡Buen Dios!, ya le costaba bastante reconocer los que tenía.
—¿Porqué no buscas la palabra en tu diccionario?—Noaparece —mintió.
Aunque en realidad no era una mentira tan grande. El diccionario ofrecía varias traducciones posibles, justamente las suficientes para poder afirmar, sin mentir, que era imposible entender el significado exacto.
Esperó que él dijera algo, tal vez no todo el tiempo que debería haber esperado, pero igual le pareció una eternidad. Y, sencillamente, no logrócontinuar callada.
—Podría, si quieres, escribirle a mi antigua institutriz para pedirle una definición más exacta, aunque no me puedo fiar de que conteste muy pronto.
—¿Esdecir?
—Quiero decir que no le he escrito desde hace tres años, aunque estoy bastante segura de que ahora me ayudaría. Lo que pasa es que no sé si estarámuy ocupada, si encontrará el tiempo para contestarme; la última vez que
supe de ella, había dado a luz un par de gemelos…—¿Porqué será que eso no me sorprende?
institutriz.
—¿Podrías esperar? —preguntó ella, adelantando e inclinando la cabeza por la incredulidad—. ¿De verdad podrías esperar?
—¿Porqué no?
—Porque están ahí. Porque…
No continuó, incapaz de hacer otra cosa que mirarlo como si estuviera loco. Sabía que a las personas les funciona la mente de diferente manera; y hacía muchísimo tiempo que había comprendido que a casi nadie le funcionaba la mente igual que a ella. Pero no lograba imaginarse que alguien pudiera esperar estando ante una situación similar.
¡Santo cielo!, si dependiera de ella, escalarían la pared de la casa Saint Clair esa misma noche.
—Piensa en esto —dijo, inclinándose haciaél—.Si él localiza esas joyas antes de que encuentres el tiempo para ir a buscarlas, no te lo perdonarás jamás.
Él no dijo nada, pero ella vio que por fin le llegaban sus palabras.
—Por no decir —continuó— que yo no te perdonaría jamás si ocurriera eso.
Lo miró disimuladamente de reojo. Al parecer ese tajante argumento no lo conmovió.
Esperó en silencio mientras él pensaba y sopesaba lo que debía hacer. El silencio le resultó horroroso. Mientras trabajaba en el diario había logrado
olvidar que él la había besado, que ella lo había disfrutado y que al parecer él no. Había pensado que su próximo encuentro con él sería incómodo, difícil, pero tener un objetivo y una misión le había permitido recuperarse, volver a
—¿Perdón?
Él se inclinó hacia ella y sus ojos azules la traspasaron.—¿Quéibas a decir?
—¿Quéte hace pensar que iba a decir algo?—Lovi en tu cara.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Tanbien me conoces?
—Por terrible que pueda parecer, creo que sí.
Diciendo eso se enderezó y se echó atrás, reclinándose en el respaldo del sillón. Ella lo observó. Al ver sus movimientos para acomodarse en un sillón tan pequeño, recordó a sus hermanos; vivían quejándose de que la sala de estar de su madre estaba amueblada para mujeres diminutas. Pero ahí acababa el parecido. Ninguno de sus hermanos se había atrevido jamás a llevar el pelo recogido en esa garbosa coleta, y ninguno la había mirado jamás con esa intensidad que la hacía olvidar su nombre.
Él parecía estar escrutándole la cara en busca de algo. O tal vez simplemente quería obligarla a bajar los ojos, esperando que ella se rompiera bajo esa presión.
Se mordió el labio inferior; no tenía la fuerza para mantener la imagen perfecta de la serenidad. Pero sí consiguió mantener derecha la espalda y el mentón en alto, y, tal vez más importante aún, la boca cerrada, mientras él sopesaba sus opciones.
Pasó todo un minuto. Bueno, tal vez no fueron más de diez segundos, pero a ella le pareció un minuto. Y entonces, porque ya no lograba soportarlo, dijo (pero muy bajito):
Ella vaciló.—Hyacinth.
—Sí,claro —dijo ella, porque tuvo la impresión de que si no decía eso él
lo anularía todo ahí mismo—. Pero si tengo alguna buena idea…—Hyacinth.
—Solo en lo relativo a que yo entiendo el italiano y tú no—seapresuró a añadir ella.
Él le dirigió una mirada severa, que también revelaba agotamiento.
—Notienes por qué hacer lo que yo sugiera —dijo ella, entonces—, solo escucharme.
—Muy bien —suspiróél—.Iremos la noche del lunes.
Hyacinth mostró su sorpresa. Con todas las pegas que había puesto él, no había esperado que eligiera un día tan próximo. Pero no se iba a quejar, lógicamente.
No veía el momento.
Es la noche del lunes. Nuestro héroe, que ha pasado gran parte de su vida en temerario desenfreno, va a experimentar por primera vez la muy extraña sensación de ser el miembro más sensato de un dúo.
Había un buen número de razones para poner en duda su cordura, iba pensando Gareth, caminando sigilosamente hacia la parte de atrás de la casa de Hyacinth.
Una: Era pasada la medianoche. Dos: Estarían totalmente solos.
Tres: Irían a la casa del baróna…Cuatro: Cometer latrocinio.
En cuanto a malas ideas, esta se llevaba el premio.
Pero no, ella se las había arreglado para convencerlo, por lo que ahí estabaél, dispuesto a sacar de su casa a una señorita decente, para llevarla a la
oscuridad de la noche y, muy posiblemente, al peligro.
Por no decir que si alguien se enteraba de esa temeridad, los Bridgerton lo tendrían delante de un cura antes que él lograra recuperar el aliento, y quedarían encadenados de por vida.
Se estremeció. La idea de Hyacinth Bridgerton como su compañera de
toda la vida… Paró en seco, y se quedó inmóvil un momento, pestañeando
traducción mejor del diario, era la deliciosa idea de que podría apoderarse de las joyas bajo las mismas narices de su padre.
Sí que era difícil dejar pasar una oportunidad como esa.
Llegó a la pared de atrás de la casa y continuó caminando hasta la entrada para los criados. Habían acordado encontrarse ahí exactamente a la una y media, y no le cabía duda de que ella ya estaría ahí esperándolo, vestida comoél le había ordenado, toda de negro.
Y, cómo no, ahí estaba, con la puerta entreabierta unos dedos, mirando por la abertura.
—Has llegado a la hora —dijo, saliendo.
Él la contempló, incrédulo. Había seguido su orden al pie de la letra; estaba vestida toda de implacable negro; aunque no había falda agitándose alrededor de sus pies. Llevaba pantalones y chaleco.
Pero él ya sabía que se iba a vestir así. Lo sabía, y de todos modos, no pudo contener su sorpresa.
—Esto me pareció más sensato que un vestido —explicó ella, interpretando correctamente su silencio—. Además, no tengo nada que sea totalmente negro. Por suerte, nunca he tenido que llevar luto.
Gareth se limitó a mirarla. Había un motivo, comenzaba a comprender, para que las mujeres no usaran pantalones. No sabía de dónde había sacado ella ese pantalón; probablemente perteneció a uno de sus hermanos cuando era muy joven. Se le ceñía al cuerpo del modo más escandaloso, marcándole las curvas de una manera que él habría preferido no ver.
No deseaba saber que Hyacinth Bridgerton tenía un cuerpo delicioso. No deseaba saber que tenía las piernas muy largas en proporción a su altura, algo
sorprenda aquí.
Ella asintió y lo siguió hasta Barlow Place, por donde continuaron. La casa Saint Clair estaba bastante cerca, a menos de cuatro manzanas si estas fueran normales, por lo tanto, él se había trazado la ruta para ir a pie siguiendo, siempre que fuera posible, las tranquilas calles laterales, en las que había menos posibilidades de que pasara algún miembro de la aristocracia en coche, de regreso a su casa de una fiesta, y los viera.
—¿Cómosabías que tu padre no estaría en casa esta noche?—lepreguntóHyacinth cuando iban llegando a la esquina.
Él se asomó a la esquina para asegurarse de que no había moros en la costa.
—¿Perdón?
—¿Cómosabías que tu padre no estaría en casa? —repitió ella—. Me cuesta mucho imaginarme que él te comunique su programa de actividades.
Gareth apretó los dientes, sorprendido por la irritación que le produjo la pregunta.
—Nosé cómo —contestó—. Simplemente lo sé.
En realidad le fastidiaba tremendamente estar siempre al tanto de los movimientos de su padre, aunque por lo menos encontraba cierta satisfacción en saber que el barón tenía una obsesión similar por lo que hacía él.
—¡Ah!—dijo Hyacinth.
Y no dijo nada más. Y eso fue agradable. Raro, pero agradable.
Gareth le indicó que lo siguiera por la corta calle Hay Hill, y finalmente se encontraron en Dover Street, por donde llegaron al callejón que llevaba a la parte de atrás de la casa Saint Clair.
mal hacerla entrar a ella primero en la casa. Pero no había tomado en cuenta eso cuando hizo los planes para entrar.
—Yono voy a levantarte a ti —dijo ella, impaciente—, así que a menos
que tengas un cajón escondido en alguna parte, o tal vez una escalera…
—Venga, sube —dijo él casi gruñendo, avanzando con las manos listas para que ella pusiera el pie.
Había hecho eso antes, muchísimas veces. Pero era muy diferente sentir a Hyacinth Bridgerton rozándole el cuerpo a sentir a uno de sus amiguetes del colegio.
—¿Llegas? —preguntó, sujetándola en alto.
—Mmm…
Él miró hacia arriba, justo su trasero. Decidió disfrutar de la vista mientras ella no tuviera idea de que se la ofrecía.
—Solo me falta meter los dedos por el borde —susurró ella.
—Venga, adelante —dijo él, sonriendo por primera vez en toda esa noche. Al instante ella se giró a mirarlo.
—¿Porqué de repente estás tan afable?—lepreguntó, desconfiada.—Una simple apreciación de tu utilidad.
Ella frunció los labios.
—Mmm…¿Sabes?, creo que no me fío de ti.—Yno debes, por nada del mundo.
Ella volvió a su tarea, y él la observó manipular la ventana hasta que esta se abrió.
—¡Loconseguí! —dijo ella, en tono triunfal, aun cuando solo fue un susurro.
que podía coger con la mano…
Tardó menos de veinte segundos en estar dentro.
—Estoy admirada —comentó Hyacinth, asomándose a mirar por la ventana.
—Admiras cosas raras —dijo él, limpiándose el polvo.
—Cualquiera puede traer flores —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—¿Quieres decir que lo único que necesita hacer un hombre para conquistar tu corazón es escalar una casa?
Ella volvió a mirar por la ventana hacia el suelo.
—Bueno, tendría que ser algo más alto que esto. Hasta la primera planta, como mínimo.
Él agitó la cabeza, pero no pudo dejar de sonreír.
—¿Dijiste que el diario hablaba de una habitación pintada en tonos verdes?
Ella asintió.
—Noestoy totalmente segura del significado. Podría ser un salón. O tal vez un despacho. Pero habla de una ventana redonda pequeña.
—Eldespacho de la baronesa —decidióél—.Está en la primera planta, contiguo al dormitorio.
—¡Claro! —susurró ella, pero en un susurro vibrante de entusiasmo—. Eso tendría una lógica perfecta. Sobre todo dado que deseaba ocultarlas de su marido. Escribe que él nunca visitaba sus aposentos.
—Subiremos por la escalera principal —dijo él en voz baja—. Por ahí hay menos posibilidades de que nos oigan. La escalera de atrás está demasiado cerca de los cuartos de los criados.
dudaba de que su padre hubiera tenido los fondos para repararlos.
Cuando llegaron al corredor de la primera planta, la condujo hasta el despacho de la baronesa. Era un simpático cuarto pequeño, rectangular, con una ventana y tres puertas: una daba al corredor, otra al dormitorio de la baronesa y la otra a un pequeño vestidor, que se usaba más para guardar cosas, pues había un vestidor más cómodo contiguo al dormitorio.
Gareth hizo un gesto a Hyacinth indicándole que ella entrara primero. Después entró él y cerró la puerta con sumo cuidado, sin soltar el pomo hasta que terminó de girarse.
El pestillo entró sin hacer el menor ruido. Entonces él soltó el aliento.
—Dime exactamente qué escribió—lesusurró, descorriendo las cortinas para que entrara la luz de la luna.
—Dice que está en un armadio. Probablemente es un armario con cajones,
o un buró. O podría ser una cómoda.O…—sus ojos se posaron en un curioso mueble, una combinación de armario y buró, alto, pero estrecho, de forma triangular. Ocupaba uno de los rincones del fondo, de la pared opuesta a la ventana. Era de madera oscura, de un color fuerte, sostenido por tres patas delgadas, que lo elevaban unos tres palmos del suelo.
—Ese es —susurró, extasiada—. Tiene que ser.
Ya había atravesado la sala antes de que él hiciera amago de moverse, y cuando él llegó al mueble ella tenía abierto uno de los cajones y lo estaba revisando.
—Vacío —dijo. Se arrodilló y abrió el último cajón de abajo. Tampoco había nada. Levantó la cabeza para mirarlo—. ¿Crees que alguien sacó sus pertenencias después de que muriera?
—Pero tiene cajones —dijo él, abriéndolos e inspeccionándolos.
—Hay algo especial en este mueble —musitó Hyacinth—. Tiene el aspecto de ser mediterráneo, ¿no te parece?
Gareth lo miró.
—Sí—dijo al fin, incorporándose.
—Silo hubiera traído de Italia —susurró Hyacinth, ladeando ligeramente la cabeza, observando el armario— o se lo hubiera traído su abuela cuando
vino a visitarla…
—Laconclusión lógica sería que ella sabría si tiene un compartimento secreto —terminó Gareth.
—Ysu marido, no —dijo Hyacinth, con los ojos brillantes de entusiasmo. Gareth cerró rápidamente los cajones del escritorio y volvió al curioso
buró.
—Apártate —ordenó.
Acto seguido, pasó las manos por debajo del mueble para separarlo de las paredes. Pero era pesado, mucho más pesado de lo que parecía, y solo logrómoverlo unos pocos centímetros, aunque lo suficiente para poder pasar la mano por detrás.
—¿Palpas algo?
Él negó con la cabeza. No podía bajar mucho la mano, por lo que se arrodilló y trató de palpar la madera de atrás por abajo.
—¿Hayalgo?
Él volvió a negar con la cabeza.
—Nada. Solo necesito…
deslizando el brazo por detrás. No tardó en encontrar el saliente. Al instante Gareth dejó de intentarlo y sacó el brazo.
—Note preocupes —dijo ella, en tono algo compasivo—, no podrías haber metido el brazo aquí. No hay mucho espacio.
—Nome importa cuál de los dos llega a ese pomo.
—¿No?¡Ah!—Seencogió de hombros—. Bueno, a mí sí me importaría.—Losé.
—Noes que importe, en realidad, pero…—¿Notas algo? —interrumpió él.
Ella negó con la cabeza.
—Parece que no se mueve. Lo he empujado hacia arriba y hacia abajo, y de lado a lado.
—Trata de hundirlo.
—Tampoco se hunde. A no ser que… —retuvo el aliento.—¿Qué?
Ella lo miró con los ojos brillantes, a la tenue luz de la luna.—Giró. Y sentí sonar algo.
—¿Hayun cajón? ¿Puedes tirarlo hacia fuera?
Hyacinth negó con la cabeza, con los labios fruncidos en expresión de concentración, deslizando la mano a lo ancho y largo de la madera. No encontró ninguna grieta ni corte. Fue bajando lentamente, flexionando las rodillas hasta que llegó al borde de abajo. Entonces miró, y vio un trocito de papel en el suelo.
—¿Estaba esto aquí antes? —preguntó, cogiéndolo.
Pero la pregunta le había salido por reflejo; sabía que no estaba antes.
hacía difícil leer.
—Estáen italiano—dijo—.Creo que esto podría ser otra pista. Gareth movió la cabeza de lado a lado.
—Típico de Isabella convertir esto en una búsqueda de fantasía.—¿Eramuy ingeniosa?
—No, pero extraordinariamente aficionada a los juegos.—Segiró a mirar el buró—. No me sorprende que tuviera un mueble como este, con un compartimento secreto.
Hyacinth lo observó pasar la mano por la base del mueble.—Ahíestá —dijo él, admirado.
Ella se arrastró hasta quedar a su lado.—¿Dónde?
Él le cogió la mano y se la guio por la base hacia un lugar en la parte de atrás. Daba la impresión de que hubiera rotado un trocito de madera, lo suficiente para dejar pasar un papel doblado para que cayera al suelo.
—¿Losientes? —preguntó él.
Ella asintió, aunque no sabía si se refería a la madera o al calor de su mano sobre la de ella. Él tenía la piel cálida y algo áspera, como si hubiera estado buen tiempo al aire libre sin guantes. Pero, principalmente, su mano era grande y le cubría totalmente la de ella.
Hyacinth se sentía envuelta, tragada entera. Y, ¡santo Dios!, solo era su mano.
—Tendríamos que volver esto a su sitio—seapresuró a decir, impaciente por hacer algo que la obligara a centrar la atención en otra cosa.
Con los ojos agrandados, le miró la cara. Él tenía un dedo en los labios, y movió la cabeza hacia la puerta.
Entonces Hyacinth lo oyó. Se oían pasos en el corredor.
—¿Tupadre? —preguntó, cuando él le quitó la mano de la boca. Pero él no la estaba mirando.
Gareth se incorporó y con el mayor sigilo caminó hasta la puerta. Colocóel oído en la madera y al instante retrocedió, moviendo la cabeza hacia la izquierda.
Hyacinth no tardó ni un segundo en estar a su lado, y antes de que se diera cuenta, él ya la había hecho entrar por una puerta en un lugar que parecía ser un inmenso armario empotrado lleno de ropa. Estaba oscuro como boca de lobo, y había poco espacio para moverse. Quedó con la espalda apoyada en algo blando, que parecía ser un vestido de brocado y con la espalda de Gareth apoyada en ella.
No sabía si lograría respirar.
Él le acercó los labios al oído y sintió más que oyó su susurro:
—Nodigas ni una sola palabra.
Se oyó el clic al abrirse la puerta del despacho que daba al corredor y luego se oyeron pisadas de pies pesados.
Hyacinth retuvo el aliento. ¿Sería el padre de Gareth?—Esto es raro —dijo una voz masculina.
A ella le pareció que la voz venía de cerca de la ventanay…¡Ay, no! Habían dejado abiertas las cortinas.
Le cogió la mano a Gareth y se la apretó fuertemente, como si así pudiera comunicarle eso.
la siguiente puerta que abriría sería la de ese armario. Retrocedió otro poco hasta que tocó la pared con el hombro. Gareth estaba a su lado, y de pronto la atrajo hacia él, la movió hasta dejarla pegada a la esquina y cubrió su cuerpo con el de él.
Quería protegerla. La cubría con su cuerpo para que, en el caso de que el hombre abriera la puerta, solo lo viera a él.
Oyó acercarse los pasos. El pomo de la puerta estaba suelto y rechinaba, y rechinó cuando una mano lo cogió.
Se aferró a Gareth, cerrando las manos en los costados de su chaqueta. Él estaba casi pegado a ella, escandalosamente pegado, con la espalda apoyada en ella con tanta fuerza que sentía su cuerpo a todo lo largo del de ella, desde las rodillas a los hombros.
Y todo lo demás entre medio.
Se obligó a respirar parejo y en silencio. Sentía algo especial por su posición, mezclado con la circunstancia en que se encontraba; era miedo combinado con una percepción especial, y la caliente proximidad del cuerpo de él. Se sentía rara, casi como si estuviera suspendida en el tiempo, lista para elevar los pies y alejarse flotando.
Sintió el extrañísimo deseo de apretarse más a él, de arquear las caderas y acunarlo. Estaba en un armario empotrado, el armario de una persona desconocida, y a medianoche, y sin embargo, aun cuando estaba paralizada de terror, no podía dejar de sentir algo más, algo más potente que el miedo. Era una especie de excitación, una emoción, algo embriagador y nuevo, que le
aceleraba el corazón, le hacía vibrar la sangrey…
O tal vez simplemente tenían una condenada suerte.
Esperaron en silencio hasta que se hizo evidente que el hombre había salido del despacho de la baronesa, y luego esperaron otros cinco minutos más, para estar seguros. Pero finalmente Gareth se apartó de ella y se abriópaso por entre los vestidos hasta la puerta del armario. Ella continuó atrás, hasta que lo oyó susurrar:
—Vámonos.
Lo siguió en silencio, caminando sigilosamente por la casa, hasta llegar a la ventana con el pasador roto. Gareth saltó fuera primero y entonces levantólas manos para afirmarla y equilibrarla mientras ella, apoyada en la pared, cerraba la ventana para luego saltar al suelo.
—Sígueme —dijo él, cogiéndole la mano y echando a correr.
Y así continuaron, ella corriendo y tropezando detrás de él por las calles de Mayfair. Y a medida que avanzaban, con cada paso que daba, una astillita del miedo que la atenazara en el armario iba siendo reemplazada por entusiasmo.
Por euforia.
Cuando llegaron al final de Hay Hill, se sentía como si fuera a reventar de risa, hasta que tuvo que enterrar los talones en el suelo para decir:
—¡Para! No puedo respirar.
Gareth se detuvo, pero giró la cabeza y la miró con ojos severos.—Tengo que llevarte a casa.
—Losé, lo sé, lo que pasaes…Él agrandó los ojos.
—¿Teestás riendo?
—Pero, ¿verdad que fue divertido?
Por un momento pensó que él no contestaría. Por un momento le parecióque de lo único que era capaz él era de mirarla con una expresión sombría, estupefacta. Pero entonces oyó su voz, grave, incrédula:
—¿Divertido? Ella asintió.
—Unpoquito al menos.
Apretó los labios, tratando de curvar hacia abajo las comisuras, para lograr algún gesto, el que fuera, que le impidiera echarse a reír como una loca.—Estás loca —dijo él, mirándola con expresión severa, escandalizada y
(¡Dios la amparara!) dulce al mismo tiempo—. Estás total y absolutamente
loca. Todos me lo decían pero yo no lo creía del todo…
—¿Alguien te ha dicho que estoy loca? —interrumpió ella.—Que eres excéntrica.
—¡Ah!—Frunció los labios—. Bueno, eso es cierto, supongo.—Demasiado trabajo para un hombre cuerdo.
—¿Eso es lo que dicen? —preguntó ella, comenzando a sentirse ligeramente menos halagada.
—Todo eso y más —confirmó él.
Ella pensó en eso un momento y finalmente se encogió de hombros.—Bueno, no tienen ni una pizca de sentido común esas personas.
—¡Buen Dios!, hablas exactamente igual que mi abuela.
—Yame lo has dicho —dijo ella. Y entonces no pudo resistirse; tenía que preguntárselo—: Pero dime—sele acercó un poquito—, sinceramente, ¿no sentiste un poquito de euforia? Una vez que pasó el miedo a que nos
—¿Entonces por qué lo preguntas?
—Porque tú, señorita Bridgerton…
Y así continuaron, todo el resto del camino a la casa de ella.
Ya es la mañana siguiente. Hyacinth continúa de excelente humor. Por desgracia, su madre comentó tantas veces eso durante el desayuno que finalmente se vio obligada a correr a encerrarse en su dormitorio.
Violet Bridgerton es una mujer excepcionalmente astuta, después de todo, y si alguien es capaz de adivinar que Hyacinth se está enamorando, sería ella.
Posiblemente antes que Hyacinth incluso.
Hyacinth estaba canturreando para sus adentros, sentada ante el pequeño escritorio de su dormitorio, tamborileando los dedos sobre el papel secante. Había traducido y vuelto a traducir la nota que encontraron esa noche en el pequeño despacho verde, y seguía sin satisfacerla del todo el resultado. Pero ni siquiera eso podía apagarle el buen ánimo.
Sí que se había llevado una pequeña decepción al no haber encontrado los diamantes esa noche, pero la nota que cayó del curioso buró parecía indicar que las joyas seguían en su escondite a disposición de ellos. Por lo menos era seguro que nadie había seguido las pistas dejadas por Isabella.
Jamás se sentía más feliz que cuando tenía una tarea, un objetivo, algún tipo de búsqueda. Le encantaba el reto de resolver un rompecabezas, de analizar una pista. E Isabella Marinzoli Saint Clair había convertido lo que sin
dijo, volviendo nuevamente la atención a la nota de Isabella.
Seguro que en esas crípticas palabras tenía que haber algo que indicara qué libro había elegido como escondite. Tenía que ser un libro científico, de eso estaba bastante segura. Isabella había subrayado unas palabras, lo que la llevaba a pensar que tal vez estas formaban el título de un libro, puesto que en el contexto no tenía sentido subrayarlas para dar énfasis. Y entre las palabras subrayadas estaban el agua y «cosas que se mueven», lo cual parecía indicar que trataba de física. No era que ella hubiera estudiado física alguna vez, lógicamente, pero tenía cuatro hermanos que fueron a la Universidad, y los había oído hablar de sus estudios lo suficiente para tener un vago conocimiento, si no de la asignatura en sí, al menos de lo que significaba el nombre o más o menos de lo que trataba el tema.
De todos modos, no estaba tan segura de su traducción como habría querido, ni del significado de las palabras. Tal vez si le enseñaba a Gareth lo que ya tenía traducido, él vería algo que ella no veía. Al fin y al cabo él estaba más familiarizado que ella con la casa y su contenido. Podría saber de algún libro raro o interesante, algo único, especial, o fuera de lo común.
Gareth.
Al pensar en él sonrió, con una sonrisa tonta, de chiflada, una sonrisa que moriría antes que permitir que alguien se la viera.
Esa noche había ocurrido algo. Algo especial. Algo importante.
Ella le gustaba. Le gustaba de verdad. Habían reído y parloteado todo el camino de vuelta a casa. Y cuando la dejó en la puerta de servicio, la miró
que un hombre en cualquier cosa que no sean telas, jabones perfumados y té. Giró la cabeza para mirar el reloj que tenía sobre la repisa de su pequeño
hogar. Ya era pasado el mediodía. Gareth le había prometido que la visitaría esa tarde para ver cómo le iba en la traducción de la nota. Probablemente eso
no significaba antes de las dos, pero, técnicamente, ya era la tarde,y…
Alertó los oídos. Le pareció oír movimientos de alguien fuera de la puerta. Su habitación daba a la fachada de la casa, por lo que generalmente oía cuando alguien entraba o salía. Se levantó y fue hasta la ventana. Miró
ocultándose tras las cortinas, por si lograba ver si había alguien en la escalinata de entrada.
Nadie.
Fue hasta la puerta y la entreabrió lo justo para escuchar. Nada.
Salió al corredor, con el corazón retumbante de expectación. La verdad, no había ningún motivo para ponerse nerviosa, pero no había podido dejar de
pensar en Gareth, los diamantesy…
—Eh, Hyacinth, ¿qué estás haciendo?
Pegó un salto tan brusco que casi se salió de la piel.
—Losiento —dijo su hermano Gregory, sin parecer sentirlo en absoluto. Estaba detrás de ella, o mejor dicho, había estado antes de que ella se
girara sorprendida. Se veía ligeramente desaliñado, con su pelo castaño cobrizo todo revuelto por el viento, y algo más largo de lo que estaba de moda.
—Nohagas nunca eso —dijo, poniéndose la mano en el corazón, como si así pudiera calmarlo.
estado los dos solos, formando una especie de dúo.
Un dúo de altercados y pinchazos, como sapos en el agua, pero dúo de todos modos, y aunque las peores travesuras ya habían pasado a la historia del pasado, ninguno de los dos era capaz de resistirse a pinchar al otro.
—Mepareció oír entrar a alguien —dijo Hyacinth.—Fui yo —dijo él, sonriendo levemente.
—Ahora ya lo sé —dijo ella, poniendo la mano en el pomo de la puerta y
abriéndola—. Si me disculpas…—Teveo agitada hoy.
—Noestoy agitada.
—Loestás. Esoes…
—Noes lo que hago mejor.Es…
—Síque estás agitada —dijo él, sonriendo de oreja a oreja.
—Estoy…—cerró firmemente la boca; no se iba a rebajar a portarse como una niñita de tres años—. Ahora tengo que volver a mi habitación. Tengo un libro por leer.
Pero antes de que ella diera un paso para entrar, él dijo a su espalda:
—Tevi con Gareth Saint Clair la otra noche.
Hyacinth se quedó inmóvil. Él no podía saberlo, seguro. Nadie los había visto. De eso estaba segura.
—Enla casa Bridgerton —continuóél—.Apartados, en un rincón del salón de baile.
Hyacinth espiró lentamente y se giró a mirarlo.
Gregory la estaba mirando con su habitual sonrisa despreocupada, pero ella vio algo más en su expresión, un cierto destello ladino en sus ojos.
Él sonrió triunfante.
—Eso quiere decir que sí.
Hyacinth alzó el mentón, mirándolo francamente a los ojos.
—Nolo sé —dijo, porque a pesar de sus constantes altercados, él la conocía mejor que nadie en el mundo.
Y seguro que se daría cuenta si le mentía.
O la torturaría hasta que ella le dijera la verdad.
Las cejas de Gregory desaparecieron bajo un mechón de pelo, que llevaba demasiado largo y continuamente le caía sobre los ojos.
—¿Sí?Bueno, eso sí que es una noticia.
—Solo para tus oídos—leadvirtió ella—, y en realidad no es una noticia. Todavía no lo he decidido.
—Todavía.
—Lodigo en serio, Gregory. No me hagas lamentar haber confiado en ti.—Mujer de poca fe.
A ella la inquietó su falta de seriedad. Poniéndose las manos en las caderas, le dijo:
—Solo te lo he dicho porque muy de vez en cuando no eres un idiota absoluto, y porque, en contra de lo que dictaría el sentido común, te quiero.
Él se puso serio, y ella recordó que a pesar de los estúpidos (en su
opinión) intentos de parecer un alegre irresponsable, era en realidad muy inteligente y tenía un corazón de oro.
Un «retorcido» corazón de oro.
—Yno olvides —añadió, pues le pareció necesario— que dije «tal vez».Él frunció el entrecejo.
en los hijos.
Sabiendo que lo lamentaría, ella cedió a la necesidad de preguntar:
—¿Quéhijos?
Él sonrió de oreja a oreja.
—Todos los lindos y ceceantes hijitos que podríais tener. Imagínate:
Garezz y Hyacinzz. Hyacinz y Garez. Y los zublimes críoz Zanclair.
Hyacinth lo miró como si fuera un idiota. Porque era un idiota. De eso estaba segura.
Movió la cabeza de lado a lado.
—Cómose las arregló mi madre para dar a luz a siete hijos perfectamente normales y a un fenómeno es algo que escapa a mi comprensión.
—Por aquí ze va a la zala de los niñoz —rio Gregory mientras ella entraba en su habitación—, donde veremoz a los monízimoz Zarah y Zamuel Zanclair. Y, ah, zí, no olvidemoz a la pequeñina Zuzannah.
Hyacinth le cerró la puerta en la cara, pero esta no era tan gruesa para bloquear el disparo de despedida:
—Eres un blanco muy fácil, Hy. Y no te olvides de bajar a tomar el té.
Ha transcurrido una hora. Gareth está a punto de enterarse de lo que significa pertenecer a una familia numerosa.
Para bien o para mal.
sorprendía ver a Violet Bridgerton; era lógico que estuviera en su casa a esa hora de la tarde. Pero, por lo que fuera, durante el trayecto solo se había imaginado a Hyacinth.
—Lady Bridgerton —saludó, haciéndole una cortés venia—. ¡Qué placer verla!
—¿Conoce a mi hijo? —preguntó ella.
¿Hijo? Él no se había dado cuenta de que hubiera otra persona en el salón.—Mihermano Gregory —dijo la voz de Hyacinth.
Estaba sentada frente a su madre, en un sofá idéntico; ladeó la cabeza hacia la ventana, donde estaba Gregory Bridgerton, examinándolo con una temible sonrisa sesgada.
La sonrisa satisfecha de un hermano mayor, comprendió Gareth. Tal vez era la misma sonrisa que él tendría en la cara si tuviera una hermana menor para torturar y proteger.
—Nos conocemos —dijo Gregory.
Gareth asintió. Se habían cruzado de tanto en tanto en la ciudad y habían sido alumnos en Eton al mismo tiempo. Pero él era varios años mayor, por lo que nunca se habían conocido bien.
—Bridgerton —musitó, saludándolo con una inclinación de la cabeza. Gregory se apartó de la ventana y fue a dejarse caer al lado de Hyacinth.
—Mealegra verte —dijo en dirección a Gareth—. Hyacinth dice que eres su amigo especial.
—¡Gregory! —exclamó Hyacinth. Volviéndose hacia Gareth, se apresuróa decir—: No he dicho eso.
—Seme ha roto el corazón —dijo Gareth.
impresión de que estaba sentado en la cabecera.—¿Leche? —preguntó lady Bridgerton.
—Sí,gracias —contestó Gareth—. Azúcar no, por favor.
—Hyacinth se lo toma con tres cucharadas —comentó Gregory cogiendo una galleta.
—¿Yqué le puede importar eso a él? —dijo Hyacinth, entre dientes.
—Bueno —repuso Gregory, tomando un bocado y masticando—, es tu amigo especial.
—Noes…—miróa Gareth—. No le haga caso.
Gareth encontraba bastante molesto que un hombre menor que él lo tratara con esa especie de superioridad, pero al mismo tiempo, Gregory lo estaba haciendo muy bien fastidiando a Hyacinth, empresa que él solo podía aprobar.
Así que decidió mantenerse fuera de la contienda, por lo que se giró hacia lady Bridgerton, que, daba la casualidad, era la persona que tenía más cerca.
—¿Ycómo se encuentra esta tarde?—lepreguntó.
Lady Bridgerton le obsequió con una leve sonrisa, pasándole la taza de té.—Hombre listo —musitó.
—Solo es el instinto de autoconservación —dijo, evasivo.
Oyó una suave exclamación. Cuando miró a Hyacinth, ella lo estaba mirando indignada, como si quisiera apuñalarlo con la mirada. Su hermano estaba sonriendo de oreja a oreja.
—Losiento —dijo, más que nada porque le pareció que era lo apropiado. No lo dijo en serio, lógicamente.
—Nopertenece a una familia numerosa, ¿verdad, señor Saint Clair?
George. Pero eso era distinto, porque él y su abuela estaban muy unidos. Lady Bridgerton era prácticamente una desconocida y, sin embargo, le importaba.
Eso lo encontró conmovedor y, hasta cierto punto, desconcertante. No logró recordar ninguna ocasión en que alguien le hubiera dicho algo así en serio.
A excepción de Hyacinth, claro; ella siempre decía en serio lo que fuera que dijera. Pero de todos modos, nunca se mostraba del todo, nunca se permitía mostrar vulnerabilidad.
La miró. Estaba sentada con la espalda muy derecha y las manos cogidas en la falda, observándolo con expresión de curiosidad.
No podía criticarla por eso. Él era exactamente igual.
—Gracias —dijo a lady Bridgerton—. George fue un hermano excepcional, y el mundo quedó más pobre por perderlo.
Lady Bridgerton guardó silencio un momento y luego, como si le hubiera leído los pensamientos, le sonrió y dijo:
—Pero usted no desea seguir hablando de eso ahora. Hablemos de otra cosa.
Gareth miró a Hyacinth. Estaba muy quieta, pero él vio cómo le subía y bajaba el pecho, con la respiración agitada por la impaciencia. Había avanzado en la traducción, de eso no le cabía duda, y seguro que deseaba contarle de qué se había enterado.
Tuvo buen cuidado de reprimir una sonrisa. Estaba seguro de que Hyacinth fingiría estar muerta si con eso lograba una entrevista a solas con él.
—Lady Danbury habla muy bien de usted —dijo lady Bridgerton.Él la miró.
lado y ofrecido dinero para que le propusiera matrimonio a su hija.
Claro que ella no sabía que su padre no era lord Saint Clair, ni que él no sabía quién era su padre. Por encantadora y generosa que fuera la madre de Hyacinth, dudaba mucho de que se esforzara tanto en elogiarlo si supiera que era muy probable que llevara la sangre de un lacayo.
—Miabuela también habla muy bien de usted—ledijo—. Lo cual es todo un cumplido, puesto que rara vez habla bien de alguien.
—Con la excepción de Hyacinth —terció Gregory.
Gareth lo miró. Casi había olvidado la presencia del joven.
—Sí—dijo tranquilamente—. Mi abuela adora a tu hermana.
—¿Sigues yendo a leerle todos los miércoles? —preguntó Gregory a Hyacinth.
—Los martes.—Ah, lo ziento.
Gareth pestañeó. ¿Ceceaba el hermano de Hyacinth?
—Señor Saint Clair —dijo Hyacinth, después de darle un codazo en las costillas a su hermano, que él vio claramente.
—¿Sí?—dijo, simplemente por ser amable.
Ella se había quedado callada y él tuvo la impresión de que había dicho su apellido sin pensar antes en algo para decirle.
—Tengo entendido que es usted un muy buen espadachín —dijo ella entonces.
Él la miró curioso. ¿Adónde quería llegar?—Megusta la esgrima, sí —contestó.
—Siempre he deseado aprender.
los pobres tontos que han intentado cortejarte?
—Tal vez te cueste creerlo —replicó Hyacinth—, pero no me voy a la cama cada noche pensando «Ay, ojalá mi hermano me dijera algo que en su retorcida mente pase por un cumplido».
Gareth se atragantó con el té.
—¿Vespor qué la llamo «diabólica»? —preguntó Gregory a Gareth.—Sin comentarios —dijo Gareth.
—¡Mirad quién está aquí! —exclamó lady Bridgerton desde la puerta.
Y justo a tiempo, pensó Gareth. Diez segundos más y Hyacinth habría asesinado alegremente a su hermano.
Miró hacia la puerta y al instante se levantó. Detrás de lady Bridgerton estaba una de las hermanas mayores de Hyacinth, la casada con un duque. Al menos le pareció que era ella. Todas se parecían tan fastidiosamente que no podía estar seguro.
—¡Daphne! —exclamó Hyacinth—, ven a sentarte a mi lado.
—Nohay espacio a tu lado —dijo Daphne, pestañeando desconcertada.
—Lohabrá, tan pronto como Gregory salga de aquí —dijo Hyacinth, con alegre malignidad.
Gregory se levantó, haciendo todo un alarde de ofrecerle el asiento a su hermana.
—Hijos —dijo lady Bridgerton suspirando mientras volvía a sentarse—. Nunca sé muy bien si me alegra haberlos tenido.
Pero nadie habría confundido el humor que se detectaba en su voz con algo que no fuera cariño. Gareth se sintió encantado. El hermano de Hyacinth era un poco pelma, por lo menos cuando estaba con Hyacinth, y las pocas
decir.
—Espero que eso sea un cumplido —dijo lady Bridgerton. Daphne le sonrió.
—Jamás escaparé de ti, me parece. No hay nada como la propia familia para hacerte sentir que no has crecido —comentó a Gareth.
Recordando su último encuentro con el barón, Gareth dijo, tal vez con más sentimiento del que debiera expresar:
—Séexactamente qué quiere decir.
—Sí—dijo la duquesa—, me lo imagino.
Gareth no dijo nada. Estaba claro que su distanciamiento del barón era de conocimiento público, aun cuando el motivo no lo fuera.
—¿Cómoestán los niños, Daphne? —preguntó lady Bridgerton.
—Traviesos, como siempre. David quiere un cachorro, de preferencia uno que crezca hasta el tamaño de un poni pequeño, y Caroline está desesperada por volver a casa de Benedict. —Bebió un trago de té y miró a Gareth—. Mi hija pasó tres semanas con mi hermano y su familia el mes pasado. Él le ha estado dando clases de dibujo.
—Esun excelente pintor, ¿verdad?
—Tiene dos cuadros expuestos en la National Gallery —dijo lady Bridgerton, sonriendo de orgullo.
—Pero rara vez viene a la ciudad —terció Hyacinth.
—Prefieren el silencio y la tranquilidad del campo —dijo su madre.
Pero Gareth detectó un leve filo en su voz. Una firmeza que indicaba claramente que no quería seguir hablando de ese tema.
Al menos no delante de él.
—Mucho —dijo Daphne, con la taza junto a la boca—. Vine a pie desde la casa Hastings.
—Meencantaría salir a caminar —declaró Hyacinth. A Gareth solo le llevó un segundo captar la indirecta.
—Sería un placer para mí acompañarla, señorita Bridgerton —dijo.—¿Sí?—dijo Hyacinth, con una radiante sonrisa.
—Yosalí a dar mi paseo esta mañana —dijo lady Bridgerton—. Los crocus están florecidos en el parque. Un poco más allá de la Guard House.
Gareth casi sonrió. El cuartel de los guardias estaba al final de Hyde Park. Les llevaría toda la tarde ir y volver.
Se levantó y le ofreció el brazo.
—¿Vamos a ver los crocus entonces?
—Ah, sería delicioso —dijo Hyacinth, levantándose—. Solo tengo que ir a buscar a mi doncella para que nos acompañe.
Gregory se apartó del alféizar de la ventana, donde había estado apoyado.—Tal vez yo podría ir también.
Hyacinth le lanzó una mirada disuasoria.—Otal vez no —musitó él.
—Yote necesito aquí, en todo caso —dijo lady Bridgerton.
—¿Sí?—preguntó Gregory, sonriendo con la mayor inocencia—. ¿Por qué?
—Porque te necesito —repuso ella, entre dientes.
—Tuhermana estará segura conmigo —dijo Gareth a Gregory—. Te lo prometo.
Ha transcurrido un cuarto de hora. Hyacinth no tiene la menor idea de que su vida está a punto de cambiar.
Tan pronto como estuvieron en la acera, delante de la casa Número Cinco, Gareth preguntó a Hyacinth:
—¿Esdiscreta tu doncella?
—Ah, no te preocupes por Frances —dijo ella, terminando de ponerse los guantes—. Tenemos un pacto.
Él arqueó las cejas.
—¿Porqué será que esas palabras, salidas de tus labios, producen terror en mi alma?
—Ah, pues no lo sé —repuso ella alegremente—, pero sí puedo asegurarte que no nos seguirá a menos de doce pasos mientras caminemos. Solo tenemos que pararnos a darle un bote de caramelos de menta.
—¿Dementa?
—Es muy fácil de sobornar —explicó Hyacinth, girándose a mirar a Frances, que ya venía caminando detrás de ellos a la distancia requerida, y tenía cara de estar muy aburrida—. Todas las mejores doncellas lo son.
—Nolo sabía —musitó Gareth.
—Eso sí lo encuentro difícil de creer —dijo ella.
No le cabía duda de que él había sobornado a doncellas de todo Londres. No lograba imaginarse que él hubiera llegado a su edad, con su reputación,
puesto que a Gregory no le era desconocido el concepto de soborno.
—Sí—dijo, cuando ya había comprobado que no la oirían—. Bueno, la mayor parte por lo menos. Lo suficiente para saber que tenemos que centrar nuestra búsqueda en la biblioteca.
Gareth se rio.
—¿Quées tan divertido?
—Isabella era mucho más lista de lo que dejaba ver. Si quería elegir una sala en la que era más probable que su marido no entrara, no pudo hacer mejor elección: la biblioteca. Bueno, además del dormitorio, supongo, pero—lamiró con esa molesta expresión de superioridad— ese no es un tema para tus oídos.
—Hombre antipático —masculló ella.
—Noes esa una acusación que me hagan con frecuencia —dijo él, con una sonrisa levemente divertida—, pero está claro que tú haces aflorar lo mejor de mí.
El sarcasmo era tan evidente que ella solo pudo fruncir el ceño.
—Labiblioteca has dicho —musitó él, después de tomarse un momento para disfrutar del fastidio de ella—. Tiene perfecta lógica. Mi abuelo paterno no era un intelectual.
—Espero que eso signifique que no tenía muchos libros —dijo ella, ceñuda—. Sospecho que ella dejó otra pista metida en uno.
—Notenemos esa suerte —dijo él, haciendo un mal gesto—. Puede que mi abuelo no fuera aficionado a los libros, pero sí le importaban muchísimo las apariencias, y ningún barón que se respete tendría una casa sin una biblioteca, o con una biblioteca sin libros.
obligándose a reenfocar la atención en el asunto que tenían entre manos—.
Pero Isabella es algo críptica para escribir.O…,no sé, tal vez no lo hizo con intención y yo solo pienso eso porque no sé traducir todas las palabras. Pero sícreo que podemos suponer que no encontraremos los diamantes, sino otra pista.
—¿Esopor qué?
—Estoy casi segura —dijo ella, moviendo de arriba abajo la cabeza, pensativa— de que debemos buscar en la biblioteca, concretamente en un libro. Y no veo cómo ella podría haber metido diamantes entre las páginas.
—Podría haber ahuecado un libro, sacándole páginas, creando un escondite.
Ella retuvo el aliento.
—Eso no se me había ocurrido —exclamó, con los ojos agrandados por el entusiasmo—. Tendremos que redoblar los esfuerzos. Creo, aunque no estoy segura, que el libro será uno sobre un tema científico.
—Eso reducirá las posibilidades —dijo él, asintiendo—. Hace tiempo que no he estado en la biblioteca de la casa Saint Clair, pero no recuerdo que hubiera muchos tratados científicos.
Hyacinth frunció ligeramente los labios, tratando de recordar las palabras exactas de la pista.
—Esalgo que tiene que ver con agua, pero no creo que sea de Biología.—Excelente trabajo —dijoél—,y si aún no te lo he dicho, gracias. Hyacinth estuvo a punto de tropezar, por ese cumplido tan inesperado.
—De nada —dijo, una vez recuperada de la sorpresa—. Me encanta hacerlo. Para ser franca, no sé qué haré cuando todo esto haya acabado. El
Tal vez esa era otra maldición que podía atribuir a Isabella Marinzoli Saint Clair. Tal vez ni siquiera había deseado un cambio antes de comenzar a traducir el diario. O tal vez no sabía que deseaba un cambio.
Pero ahora…, después de eso…
Tenía la sensación de que nada volvería a ser igual.
—¿Cuándo volveremos a la casa Saint Clair? —preguntó, deseosa de cambiar el tema.
Él suspiró. O tal vez gimió.
—Supongo que no te lo tomarías bien si te dijera que voy a ir solo.—Muy mal me lo tomaría —confirmó ella.
—Melo imaginaba.—Lamiró de reojo—. ¿Todos son tan obstinados como tú en tu familia?
—No —repuso ella francamente—, aunque se acercan bastante. Mi hermana Eloise, en especial. No la conoces. Y Gregory. —Puso los ojos en blanco—. Es una bestia.
—¿Porqué sospecho que sea lo que sea lo que te ha hecho, tú le has devuelto el golpe y luego le has hecho pagar diez veces más?
Ella ladeó la cabeza tratando de parecer muy irónica y sofisticada:
—¿Quieres decir que no me crees capaz de poner la otra mejilla?—Nipor un segundo.
—Muy bien, es cierto —dijo ella, encogiéndose de hombros; no sería capaz de mantener la farsa mucho tiempo, en todo caso—. Tampoco puedo estarme quieta durante un sermón.
—Yotampoco —dijo él sonriendo.
esas cosas?
La pregunta la desconcertó.
Y le quedó claro que él no pudo resistirse a seguir embromándola, porque dijo:
—Tufamilia no fue nada sutil al respecto.
—Ah, eso —dijo ella, reprimiendo a duras penas un gemido.—¿Eso?
—Ellos.
—Noson tan terribles —dijo él.
—No, pero tienen gustos tradicionales. Supongo que debo pedirte disculpas.
—No es necesario —musitó él, aunque sospechó que solo fue una respuesta automática.
Hyacinth exhaló un suspiro. Ya estaba acostumbrada a los intentos, muchas veces desesperados, de su familia por casarla, pero veía cómo eso podía ser inquietante para el pobre hombre así atacado.
—Si te hace sentir mejor —dijo, mirándolo compasiva—, no eres el primer caballero que ha tratado de encajarme.
—¡Quémanera más encantadora de expresarlo!
—Aunque si lo piensas —continuó ella—, en realidad es una ventaja para nosotros si creen que podríamos formar pareja.
—¿Cómoes eso?
Ella pensó rápidamente. Todavía no sabía si deseaba intentar conquistarlo, pero sí sabía muy bien que no quería que él pensara que lo deseaba. Porque si se enteraba, y luego la rechazaba, bueno, nada podría ser más terrible.
adecuado—. Bueno…
Él se giró a mirarla, con una luz extraña, intensa, en sus ojos.—Tienes mucha suerte por tener esa familia —dijo.
De repente ella se sintió incómoda. Gareth la estaba mirando con una
intensidad…, como si el mundo se estuviera derrumbando alrededor, y solo estaban en Hyde Park, ¡por el amor de Dios!, hablando de su familia.
—Bueno, sí —dijo.
—Solo lo hacen porque te quieren y desean lo mejor para ti.
—¿Quieres decir que tú eres lo mejor para mí? —bromeó ella.
Porque tenía que bromear; no sabía de qué otra manera reaccionar ante el extraño humor de él. Cualquier otra cosa que dijera revelaría demasiado. Y tal vez su broma lo obligaría a revelar algo de él.
—Noes eso lo que quise decir, y lo sabes —dijo él, acalorado.
—Perdona —dijo, retrocediendo un paso, desconcertada por su reacción. Pero él no había acabado. La miró con los ojos relampagueantes, como
nunca la había visto.
—Deberías agradecer que perteneces a una familia numerosa y amorosa.
—Ylo agradezco.Yo…
—¿Sabes a cuántas personas tengo yo en este mundo? —interrumpió él. Avanzó, acercándosele tanto que ella se sintió incómoda—. ¿Lo sabes? A una, solo a una —continuó, sin esperar respuesta—. Mi abuela. Y daría mi vida por ella.
Hyacinth no había visto nunca esa exaltación en él, ni siquiera soñaba que podría sentirla. Normalmente era muy tranquilo, calmado, imperturbable. Incluso esa noche en la casa Bridgerton, cuando él estaba alterado por el
Esperó, porque no sabía qué decir. Y luego porque comprendió que si decía algo, si trataba de insinuar que sí lo entendía, acabaría ese momento y nunca sabría lo que él estaba pensando.
Y en ese momento, cuando le estaba mirando la cara mientras él estaba sumido en sus pensamientos, comprendió que deseaba angustiosamente saber qué estaba pensando.
—¿SeñorSaint Clair? —susurró al fin, cuando ya había pasado todo un minuto—. ¿Gareth?
Lo vio mover los labios antes de oír su voz. Sonreía burlonamente, y ella tuvo la extrañísima sensación de que él había aceptado su mala suerte, que estaba dispuesto no solo a aceptarla, sino también a abrazarla y a deleitarse en ella, porque si intentaba combatirla simplemente se le rompería el corazón. Ese era su destino en este mundo.
—Daría cualquier cosa por tener a una persona más por la cual ofrecer mi vida —dijo él.
Y entonces Hyacinth se enteró de que ciertas cosas llegan como un relámpago, y que algunas simplemente se saben sin tener la capacidad para explicarlas.
Porque en ese momento supo que se casaría con ese hombre. Era el candidato ideal.
Gareth Saint Clair sabía lo que era importante. Era divertido, era irónico, sarcástico, sabía ser arrogantemente burlón, pero sabía qué era lo importante.
Y hasta ese momento ella nunca había comprendido lo importante que era eso para ella.
decepcionantemente normal.
Lo que fuera que había ocurrido entre ellos, había pasado.
—Sí,claro —aceptó; no era ese el momento para presionarlo—. Vamos. Se interrumpió. Él se había puesto rígido y estaba mirando fijamente algo
por encima del hombro de ella.
Hyacinth se giró para ver qué le había captado la atención.
Experimentó un sobresalto. El padre de él venía caminando por el sendero, directo hacia ellos.
Miró alrededor. Estaban en la parte menos concurrida del parque, y por lo tanto, no había muchas personas. Vio a unos cuantos aristócratas al otro lado del claro, pero ninguno tan cerca que pudiera oír una conversación, eso si Gareth y su padre eran capaces de tratarse con cortesía.
Nuevamente miró de un caballero Saint Clair al otro y cayó en la cuenta de que esa era la primera vez que los veía juntos.
Una mitad de ella deseó llevar a Gareth hacia un lado para evitar una escena, mientras su otra mitad se moría de curiosidad. Si continuaban así y ella por fin podía estar presente en una conversación, tal vez se enteraría de la causa de su distanciamiento.
Pero eso no dependía de ella; tenía que ser decisión de Gareth.—¿Quieres que nos marchemos?—lepreguntó en voz baja.
Él entreabrió los labios y alzó un poquito el mentón.
—No—dijo, y su voz le pareció a ella curiosamente meditabunda—. Este es un parque público.
Miró de Gareth a su padre y nuevamente a Gareth, sin duda moviendo la cabeza como una pelota de tenis mal lanzada.
la meterían en la batalla, pero al parecer ya estaba metida.
—¿Conoces a mi padre? —preguntó Gareth, con la voz arrastrada, hablándole a ella, pero sin apartar los ojos de la cara del barón.
—Nos han presentado —contestó Hyacinth.
—Efectivamente —dijo lord Saint Clair, cogiéndole la mano enguantada e inclinándose a besarle el dorso—. Está encantadora como siempre, señorita Bridgerton.
Eso le demostró a ella que ellos hablaban de otra cosa, porque sabía muy bien que no siempre era encantadora.
—¿Disfruta de la compañía de mi hijo?—lepreguntó lord Saint Clair, y ella observó que, otra vez, alguien le hacía una pregunta sin mirarla.
—Por supuesto —contestó, mirando del uno al otro—. Es un acompañante muy ameno.—Yentonces añadió, simplemente porque no pudo resistirse—: Usted debe de sentirse muy orgulloso de él.
Eso captó la atención del barón. La miró, moviendo los ojos con una expresión que no era exactamente humor.
—Orgulloso —musitó, curvando los labios en una leve sonrisa, que ella encontró bastante parecida a la de Gareth—. Interesante adjetivo.
—Bastante claro, diría yo —dijo Hyacinth, fríamente.—Nada es nunca claro para mi padre —dijo Gareth. Al barón se le endureció la mirada.
—Loque quiere decir mi hijo es que soy capaz de ver el matiz en una
situación… cuando existe uno. A veces, mi querida señorita Bridgerton, las cosas que tenemos entre manos están muy claramente en blanco y negro.
tranquilamente.
De repente el barón centró su atención en ella.
—¿Yusted, señorita Bridgerton? ¿Ve las cosas en blanco y negro, o su mundo está pintado en matices de gris?
—Eso depende —contestó ella, alzando el mentón hasta poder mirarlo a los ojos.
Lord Saint Clair era un hombre tan alto como Gareth, y se veía sano y en buena forma. Su cara era agradable y sorprendentemente juvenil. Tenía ojos azules y pómulos altos y anchos.
Pero a ella le cayó mal a primera vista. Detectaba rabia en él, algo solapado y cruel.
Y no le gustaba lo que hacía sentir a Gareth.
Él jamás le había dicho nada, pero estaba claro como el agua en su cara, en su voz, y en su forma de levantar el mentón.
—Una respuesta muy educada y evasiva, señorita Bridgerton —dijo el barón, haciéndole una ligera venia.
—¡Quéraro! —dijo ella—, no suelo ser evasiva.
—¿No,verdad? Tiene fama de ser más bien franca.
—Esbien merecida —dijo ella, con los ojos entrecerrados. El barón se echó a reír.
—Simplemente procure estar en posesión de toda la información antes de formar sus opiniones, señorita Bridgerton. O —movió ligeramente la cabeza de modo que quedó mirándole la cara de una manera rara, ladina— antes de tomar cualquier decisión.
—¿Dequé iba todo eso? —preguntó, resollando por intentar seguirle el paso.
Él iba caminando a largas zancadas, a una velocidad que sus piernas más cortas simplemente no podían igualar.
—Denada —contestó él, entre dientes.—Noera de nada.
Miró atrás por encima del hombro, para ver si lord Saint Clair seguía detrás de ellos. No estaba, pero el movimiento la hizo perder el equilibrio y cayó sobre Gareth, el que por lo visto no sentía ninguna inclinación a tratarla con especial ternura o solicitud. Pero se detuvo, solo el tiempo suficiente para que ella recuperara el equilibrio y continuara andando.
—Nofue nada—ledijo, y ella notó su voz dura y seca, y otras cien cosas más que jamás se había imaginado oiría en su voz.
No debería haber dicho nada más. Sabía que no debía decir nada más, pero no siempre hacía caso de sus propias advertencias, de modo que mientrasél la tironeaba, casi arrastrándola hacia Mayfair, le preguntó:
—¿Quévamos a hacer?
Él se detuvo tan de repente que casi chocó con él.—¿Hacer? ¿Nosotros?
—Nosotros —confirmó ella, aunque la voz no le salió tan firme como habría querido.
—No«vamos» a hacer nada —dijo él, en tono más afilado a medida que hablaba—. «Vamos» a caminar hasta tu casa, donde vamos a depositarte en tu puerta y luego «vamos» a volver a mi pequeño y estrecho apartamento para beber una copa.
Veinte minutos más tarde, después de una larga y silenciosa caminata.
Era extraordinario, iba pensando Gareth, fastidiado consigo mismo,
odiándose, cómo un encuentro con el barón podía estropear un día perfecto.
Y ni siquiera era tanto el barón. No lo soportaba, cierto, pero no era eso lo que lo fastidiaba, lo que lo tenía despierto por la noche, regañándose, rumiando su estupidez.
Detestaba lo que le hacía el barón, cómo una conversación con él lo convertía en un desconocido. Y si no en un desconocido, en un facsímil asombrosamente bueno de Gareth William Saint Clair a los quince años. ¡Por el amor de Dios!, ya era un adulto, un hombre de veintiocho años. Se había marchado de casa y, era de esperar, había crecido. Debería ser capaz de portarse como un adulto cuando se encontraba con el barón. No debería sentirse así.
No debería sentir nada. Nada.
Pero le ocurría cada vez. Se enfadaba. Y explotaba. Y decía cosas simplemente para provocar. Eso era grosero, inmaduro, y no sabía qué hacer para evitarlo.
Y esta vez ocurrió delante de Hyacinth.
La había acompañado a su casa en silencio. Se daba cuenta de que ella quería hablar. ¡Demonios!, aunque no se lo hubiera visto en la cara, habría
—Mejor que no —repuso él, negando con la cabeza. Ella lo miró, con sus ojos insólitamente serios.
—Megustaría que entraras.
Fue una simple declaración, tan llana y sin adornos que él comprendió que no podía negarse. Asintió, y juntos subieron la escalinata. Los demás Bridgerton se habían dispersado, de modo que cuando entraron en el salón rosa y crema ya no había nadie ahí. Hyacinth esperó junto a la puerta mientrasél se disponía a tomar asiento, y después cerró la puerta. Totalmente.
Él arqueó las cejas, interrogante. En ciertos círculos, bastaba una puerta cerrada para exigir matrimonio.
—Yocreía —dijo ella, pasado un momento— que lo único que habría hecho mejor mi vida era tener un padre.
Él guardó silencio.
—Siempre que me enfadaba con mi madre —continuó ella, sin moverse de la puerta—, o con uno de mis hermanos o hermanas, pensaba «Ojalátuviera padre. Todo sería perfecto, y seguro que él se pondría de mi parte».—Lo miró, con los labios curvados en una encantadora sonrisa sesgada—. Claro que él no se habría puesto de mi parte, puesto que la mayoría de las veces yo estaba equivocada, pero me consolaba muchísimo pensarlo.
Gareth continuó guardando silencio. Lo único que podía hacer era imaginarse que era un Bridgerton; imaginarse con todos esos hermanos, todas esas risas. Y no pudo contestar, porque le dolía demasiado pensar que ella lo tenía todo y todavía quería más.
—Siempre sentía envidia de las personas que tenían padre —continuó ella—.Pero ahora ya no.
increíble en Hyacinth, y justamente por eso, pasmosa.
—Ysé que muchas veces es bastante difícil quererme —continuó ella, dejando salir el aliento de modo entrecortado, como cuando la persona no logra creerse del todo lo que está diciendo.
Y de repente Gareth se enteró de que algunas cosas llegan como un relámpago; y que hay ciertas cosas que uno simplemente las sabe sin ser capaz de explicarlas. Porque mientras la miraba, lo único que podía pensar era«no».
No.
Sería bastante fácil amar a Hyacinth Bridgerton.
No supo de dónde le vino ese pensamiento, ni en qué extraño recoveco de su mente llegó a esa conclusión, porque estaba muy seguro de que sería casi imposible «vivir» con ella, pero, en cierto modo, sabía que no sería en absoluto difícil quererla.
—Hablo demasiado —dijo ella.
Él había estado sumido en sus pensamientos. ¿Qué dijo?—Soy muy terca para discutir.
Eso era cierto, pero lo que…
—Ypuedo ser muy desagradable cuando no me salgo con la mía, aunque
me gustaría pensar que la mayor parte del tiempo soy bastante razonable…Gareth se echó a reír. ¡Buen Dios!, estaba enumerando todas las causas de
que fuera difícil amarla. Tenía razón, claro, en todas, pero ninguna de ellas tenía mayor importancia. Al menos no en ese momento.
—¿Qué?—preguntó ella, desconfiada.
—Cállate —dijo él, cruzando la distancia que los separaba.
Y entonces no pudo evitarlo. La besó.
Le enmarcó la cara entre las manos y bajó la boca hacia la de ella. La vez anterior estaba furioso, y la vio poco más que como una fruta prohibida, la chica que su padre pensaba que él no podía tener.
Pero esta vez lo haría bien. Ese sería el primer beso. Y sería memorable, inolvidable.
Le rozó los labios con los suyos, suave, tiernamente. Esperó que ella suspirara, que se le ablandara el cuerpo, apretándolo al de él. No haría más hasta que ella le dejara claro que estaba dispuesta a dar.
Y entonces se ofrecería él.
Deslizó la boca sobre la de ella, con una ligera fricción, para sentir la textura de sus labios, para sentir el calor de su cuerpo. Le rozó los labios con la lengua, tierno y dulce, hasta que ella los entreabrió.
Entonces la saboreó. Era dulce, cálida, y le correspondía el beso con una endemoniada mezcla de inocencia y experiencia, que él no se habría imaginado jamás. Inocencia, porque estaba claro que ella no sabía lo que hacía; y experiencia porque, a pesar de eso, lo volvía loco.
La besó más profundo, deslizando las manos a lo largo de su espalda, hasta dejar una apoyada en su cintura y la otra en la elevación de sus nalgas. La estrechó fuertemente, apretándola a su cuerpo, haciéndola sentir la dura y evidente prueba de su deseo. Eso era una locura. Una locura. Estaban en el salón de su madre, a unos pocos palmos de la puerta, que podría abrir en cualquier momento un hermano que no sentiría el menor escrúpulo en descuartizarlo ahí mismo.
Pero no podía parar.
pezón entre los dedos, se lo movió, girándolo un poco y estirándoselo hasta que ella volvió a gemir y le apretó fuertemente los hombros.
Sería estupenda en la cama, comprendió, sintiendo una primitiva satisfacción. No sabría qué hacer, pero eso no importaría. No tardaría en aprender, y él tenía todo el tiempo de su vida para enseñarle.
Y ella sería de él. De él.
Y entonces, cuando volvió a besarla en los labios, mientras le introducía la lengua en la boca, reclamándola como suya, pensó «¿Por qué no?».
¿Por qué no casarse con ella? ¿Por qué no…?
Interrumpió el beso y se apartó, aunque siguió enmarcándole la cara entre las manos. Ciertas cosas exigen considerarlas con la mente despejada, y Dios sabía que no tenía la cabeza despejada cuando estaba besando a Hyacinth.
—¿Hice algo mal? —susurró ella.
Él negó con la cabeza, sin poder hacer otra cosa que mirarla.
—Entonces ¿porqué…?
Él la silenció poniéndole un dedo en los labios.
¿Por qué no casarse con ella? Al parecer todos deseaban eso. Su abuela llevaba más de un año insinuándoselo, y los familiares de ella eran tan sutiles como una almádena. Además, realmente le gustaba Hyacinth, lo cual era mucho más de lo que podía decir de la mayoría de las mujeres que había conocido en sus años de soltero. Sí que la mitad del tiempo lo sacaba de quicio, pero a pesar de eso, le gustaba.
Además, cada vez le resultaba más claro que no sería capaz de mantener alejadas las manos de ella mucho tiempo más. Otra tarde como esa y la
—Tengo que irme —musitó, tomándole una mano y levantándosela hasta los labios, en un cortés gesto de despedida.
—¿Adónde? —preguntó ella, todavía con los ojos nublados por la pasión. Eso le gustó. Le gustó eso de haberla atontado, de haberla dejado sin su
famoso autodominio.
—Hay unas cuantas cosas que debo pensar—dijo—,y otras cuantas que debo hacer.
—Pero…¿qué?Él le sonrió.
—Muy pronto lo sabrás.—¿Cuándo?
Él fue hasta la puerta y la abrió.
—Eres un mar de preguntas esta tarde, ¿eh?
—Notendría por qué serlo —replicó ella, habiendo recuperado el aplomo—si dijeras algo con fundamento.
—Hasta la próxima vez, señorita Bridgerton —dijo él, saliendo al vestíbulo.
—¿Pero cuándo?—laoyó decir, exasperada. Gareth rio.
Una hora después, Gareth se encuentra en el vestíbulo de la casa Bridgerton. Por lo visto, nuestro héroe no pierde el tiempo.
¿Para qué otra cosa iba a visitarlo? Jamás había tenido ningún motivo. Y después de conocer a la familia de Hyacinth, a algunos familiares por lo menos, no le cabía duda de que su madre ya había hablado con su hijo mayor sobre la posibilidad de matrimonio.
—Señor Saint Clair —dijo el vizconde, levantándose detrás de su escritorio cuando él entró.
Eso era prometedor. La etiqueta no exigía que el vizconde se pusiera de pie, y era una muestra de respeto que lo hiciera.
—Lord Bridgerton —dijo, haciéndole una venia.
El hermano mayor de Hyacinth tenía el pelo castaño oscuro como ella, aunque comenzaba a blanquear en las sienes. Esa leve señal de edad no lo disminuía en absoluto. Era un hombre alto, tal vez unos doce años mayor queél, pero se veía en muy buena forma física y potente. No le gustaría nada enfrentarse a él en un cuadrilátero de boxeo. Ni en un campo de duelo.
El vizconde le indicó un enorme sillón al otro lado del macizo escritorio.—Tome asiento, por favor.
Gareth se sentó, y se esforzó por mantenerse quieto y no tamborilear nervioso con los dedos en el brazo del sillón. Jamás en su vida había pedido la mano de nadie, y que lo colgaran si no era ese un asunto inquietante. Debía parecer tranquilo, sereno, y tener los pensamientos ordenados. No creía que le fueran a rechazar la proposición, pero quería pasar por la experiencia con una cierta dignidad. Si se casaba con Hyacinth vería al vizconde todo el resto de su vida, y no le hacía ninguna falta que el cabeza de la familia lo creyera un idiota.
—Meimagino que sabe a qué he venido —dijo.
dos o tres y simplemente le parecieron ocho, porque todo fue muy inesperado. Primero, el vizconde expulsó el aliento en un resoplido, aunque eso no lo
disminuyó en nada. En realidad fue más un suspiro, un suspiro cansino, largo, muy sentido, con el que dio la impresión de que se desinflaba. Y eso fue muy asombroso. Gareth lo había visto en muchas ocasiones y conocía muy bien su fama. Ese no era un hombre que se desmoronara ni gimiera.
Además, le pareció que movía los labios, y si él hubiera sido un hombre más fantasioso, habría pensado que musitó en voz baja «Gracias, Señor».
Si a eso sumaba el movimiento de sus ojos hacia el cielo, parecía ser una interpretación muy probable.
Y entonces, justo cuando Gareth estaba asimilando eso, lord Bridgerton apoyó las palmas en el escritorio con sorprendente fuerza y lo miró a los ojos.
—Ah, le aceptará. Sin duda le aceptará.
Eso no era exactamente lo que Gareth había esperado.
—¿Perdón? —dijo, pues eso fue lo único que se le ocurrió.
—Necesito una copa —dijo el vizconde, levantándose—. Esto se merece una celebración, ¿no le parece?
—Eh…¿sí?
Lord Bridgerton fue hasta una librería del otro extremo del despacho y sacó un decantador de cristal tallado de uno de los estantes.
—No—dijo, como hablando consigo mismo, dejando el decantador en su lugar—, creo que tiene que ser del bueno.—Sevolvió hacia Gareth, con los
ojos iluminados por una luz extraña, casi deslumbrante—. Del bueno, ¿no le parece?
Gareth no supo cómo interpretar eso.
—Anthony —repitió Gareth—. Solo quería…
—Este es un día maravilloso —dijo Anthony, como hablando consigo mismo—. Un día maravilloso. —Entonces lo miró fijamente—. No tienes hermanas, ¿verdad?
—No—confirmó Gareth.
—Yotengo cuatro —dijo Anthony, bebiéndose un tercio del contenido de su copa—. Cuatro. Y ahora todas están fuera de mis manos. He terminado—añadió, con el aspecto de que podría ponerse a bailar una jiga en cualquier momento—. Estoy libre.
—Tienes hijas, ¿verdad? —dijo Gareth, sin poder resistirse.
—Una y solo tiene tres años. Faltan muchos años para que tenga que volver a pasar por esto. Si tengo suerte, se convertirá al catolicismo y se harámonja.
Gareth se atragantó con el coñac.
—Es bueno, ¿verdad? —dijo Anthony, mirando la botella—. De veinticuatro años.
—Creo que jamás había bebido algo tan añejo —musitó Gareth.
—Ahora bien —dijo Anthony, apoyándose en el borde del escritorio—. Sin duda querrás hablar de las estipulaciones del contrato.
En realidad, Gareth ni siquiera había pensado en un contrato, por extraño que pudiera ser eso en un hombre que poseía tan pocos fondos. Lo había sorprendido tanto su repentina decisión de casarse con Hyacinth que su mente no había ni tocado los aspectos prácticos de dicha unión.
—Esde conocimiento público que le aumenté la dote el año pasado—dijo Anthony, poniéndose más serio—. Me atendré a eso, aunque esperaría
—Mis disculpas —dijo Anthony, volviendo a la tierra—. Me siento algo raro, te lo aseguro.
—Sí,por supuesto —dijo Gareth, puesto que manifestar acuerdo era loúnico aceptable en ese momento.
—Nunca pensé que llegaría este día —continuó el vizconde—. Hemos tenido proposiciones, por supuesto, pero ninguna que yo estuviera dispuesto a considerar, y ninguna últimamente. —Exhaló un largo suspiro—. Había empezado a desesperar de que algún hombre de mérito deseara casarse con ella.
—Parece que tienes a tu hermana en una estima desfavorablemente baja—dijo Gareth, fríamente.
Anthony lo miró y sonrió. Más o menos.
—No, en absoluto. Pero no soy ciegoa…,eh…, sus cualidades únicas.
Se incorporó y al instante Gareth comprendió que lord Bridgerton quería utilizar su altura para intimidar. También comprendió que no debía interpretar mal su inicial despliegue de frivolidad y alivio. Era un hombre peligroso, o podía serlo si quería, y él haría bien en no olvidar eso.
—Mihermana Hyacinth —dijo el vizconde finalmente, caminando hacia la ventana— es un premio. Debes tener presente eso, y si valoras tu piel, la tratarás como al tesoro que es.
Gareth guardó silencio. No le pareció el momento correcto para decir algo.
—Pero si bien Hyacinth es un premio —continuó Anthony, devolviéndose, con los pasos lentos de un hombre que conoce muy bien su poder—, no es fácil. Soy el primero en reconocer eso. No hay muchos
¿A cuántos hombres habría ahuyentado el vizconde de esa manera?, pensóGareth. ¡Buen Dios!, ¿a eso se debería que Hyacinth continuara soltera tanto tiempo? Debería agradecer eso, claro, puesto que la dejaba libre para casarse con él, pero de todos modos, ¿sabría ella que su hermano estaba «loco de atar»?
—Si no haces feliz a mi hermana —continuó Anthony Bridgerton, mirándolo con una intensidad y fijeza que simplemente le confirmó las sospechas acerca de su cordura—, tú no serás feliz. Yo me encargaré de eso.
Gareth abrió la boca para darle una réplica mordaz; al diablo eso de tratarlo con guantes de seda y andar de puntillas alrededor de su elevación y poderío. Pero justo cuando estaba a punto de insultar a su futuro cuñado de un modo tal vez irreversible, por la boca le salió otro pensamiento repentino:
—Laquieres, ¿verdad?
Anthony emitió un bufido de impaciencia.
—Por supuesto que la quiero. Es mi hermana.
—Yoquería a mi hermano —dijo Gareth en voz baja—. Aparte de mi abuela, era la única persona que tenía en este mundo.
—No tienes intención de enmendar el distanciamiento con tu padre, entonces.
—No.
Anthony no hizo ninguna pregunta; simplemente asintió y dijo:
—Site casas con mi hermana, nos tendrás a todos nosotros.
Gareth intentó hablar, pero no le salió la voz. Tampoco encontró palabras. No existían palabras para expresar la emoción que lo embargó.
fin preguntó:
—¿Creará algún problema?—¿Amí?
—AHyacinth.
Gareth no pudo mentir.—Podría.
Y eso era lo peor de todo. Eso era lo que no le permitiría dormir por la noche. No tenía idea de qué podría hacer el barón. Ni qué podría decir.
Tampoco sabía cómo se sentirían los Bridgerton si se enteraban de la verdad.
Y en ese instante comprendió que necesitaba hacer dos cosas. La primera, debía casarse con Hyacinth tan pronto como fuera posible. Era probable que ella y su madre desearan una de esas bodas absurdamente complicadas y pomposas que hacían necesario planearla durante meses, pero él tendría que ponerse firme e insistir en que la boda se celebrara pronto.
Y lo segundo, a modo de una especie de seguro, tendría que hacer algo para hacerle imposible a Hyacinth echarse atrás, aun en el caso de que el barón presentara pruebas de que no era su padre.
Tendría que comprometerla, tan pronto como fuera posible. Estaba todavía el asunto del diario de Isabella. Podría ser que ella se hubiera enterado de la verdad, y si había escrito eso en su diario, Hyacinth se enteraría de sus secretos incluso sin la intervención del barón.
Y si bien no le importaba mucho que Hyacinth se enterara de la verdad acerca de su nacimiento, era esencial que eso no ocurriera hasta después de la boda.
Solo ha transcurrido una hora. Como hemos observado,
cuando nuestro héroe se propone algo…¿Y habíamos dicho que es martes?
—¿Eh?—chilló lady Danbury—. ¡Lees en voz muy baja!
Hyacinth cerró el libro, dejando el índice metido para marcar la página.
—¿Porqué me parece que he oído eso antes? —dijo, como si estuviera pensando en voz alta.
—Lohas oído. Nunca lees en voz lo bastante alta.—Escurioso, mi madre nunca se queja de eso.
—Los oídos de tu madre no son de la misma añada de los míos —dijo lady Danbury, bufando—. ¿Y dónde está mi bastón?
Desde que viera a Gareth en acción, Hyacinth se sentía envalentonada en sus encuentros con el bastón de lady Danbury.
—Loescondí —contestó, esbozando una sonrisa pícara. Lady Danbury se echó hacia atrás.
—Hyacinth Bridgerton, gata ladina.—¿Gata?
—No me gustan los perros —dijo lady Danbury, haciendo un gesto despectivo con la mano—. Ni los zorros, si es por eso.
Hyacinth decidió tomar eso por un cumplido; eso era siempre lo mejor cuando lady Danbury hablaba sin ninguna lógica. Volvió la atención a La
por la temperatura de sus mejillas, estaba ruborizada.¡Santo Dios!
Lección Número Uno en el trato con lady Danbury: Nunca reveles debilidad.
Lección Número Dos (lógicamente): En caso de duda, ve a la Lección Número Uno.
—Hyacinth Bridgerton —dijo lady Danbury, con tanta lentitud que era seguro que estaba tramando una travesura de lo más retorcida—, ¿tienes sonrojadas las mejillas?
Hyacinth la miró con una expresión de lo más indiferente.—Nome veo las mejillas.
—Están sonrojadas.—Siusted lo dice.
Pasó una página con más fuerza de la que habría sido necesaria, y miróconsternada la pequeña rajita que se hizo en la página cerca del lomo. ¡Ay, Dios! Bueno, ya no se podía hacer nada al respecto, y, por cierto, Priscilla Butterworth había sobrevivido a cosas peores.
—¿Porqué estás ruborizada? —preguntó lady Danbury.—Noestoy ruborizada.
—Yocreo que sí.
—Noestoy…—seinterrumpió, no fuera que empezaran a pelear como un par de crías—. Estoy acalorada —dijo al fin, en un tono que le pareció un admirable despliegue de dignidad y recato.
—La temperatura está muy agradable aquí —dijo lady Danbury al instante—. ¿Por qué estás ruborizada?
—:Creo que la señorita Butterworth iba subiendo por la ladera de la colina. Resueltamente Hyacinth centró la atención en el libro.
—¿Ybien? —preguntó lady Danbury.—Tengo que encontrar el lugar.
Pasó la vista por la página, tratando de encontrar a la señorita Butterworth y la colina correcta (había varias, y las había subido todas), pero las palabras bailaban ante sus ojos y lo único que veía era a Gareth.
Gareth, con esos ojos pícaros y esos labios perfectos. Gareth, con un
hoyuelo, que seguro que él negaría si ella se lo señalaba. Gareth…
Que la hacía pensar como la señorita Butterworth. ¿Por qué iba a negar que tenía un hoyuelo?
En realidad…
Volvió atrás pasando varias páginas. Sí, ahí estaba, justo a la mitad del capítulo dieciséis:
Tenía los ojos pícaros y los labios perfectamente modelados. Y se le formaba un hoyuelo, justo encima de la comisura izquierda de la boca, el que seguro que él negaría si ella tenía alguna vez la osadía de señalárselo.
—¡Buen Dios! —masculló Hyacinth. No, no recordaba que Gareth tuviera ni un solo hoyuelo.
—Nonos hemos perdido tanto, ¿verdad? —dijo lady Danbury—. Has vuelto atrás tres capítulos por lo menos.
—Estoy buscando —contestó.
—No eres tú misma esta tarde, señorita Bridgerton. No eres tú en absoluto.
Ese era un punto que Hyacinth no tenía el menor deseo de discutir.
—«Laseñorita Butterworth —leyó, con voz más fuerte de lo que era necesario— iba subiendo a gatas por la ladera, enterrando más y más los dedos en la tierra con cada paso».
—¿Danpasos los dedos? —preguntó lady Danbury.
—Eneste libro, sí. —Hyacinth se aclaró la garganta y continuó—: «Lo
oía avanzar detrás de ella. Estaba acortando la distancia entre ellos y muy pronto le daría alcance. ¿Pero con qué fin? ¿Bueno o malo?».
—Malo, espero. Eso mantiene interesantes las cosas.
—Totalmente de acuerdo —dijo Hyacinth, y continuó leyendo—:
«¿Cómo saberlo? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo“podría”saberlo?». —Levantó la vista—. El «podría» es añadido mío.
—Permitido.
—«Yentonces recordó el consejo que le diera su madre, antes de que la buena señora se fuera a recoger su recompensa, muriendo a causa de picotazos de palomas».
—¡Esono puede ser real!
—No, claro que no. Es una novela. Pero se lo juro, dice exactamente eso, aquí, en la página ciento noventa y tres.
—¡Déjame ver eso!
Hyacinth agrandó los ojos. Lady Danbury la acusaba con frecuencia de embellecer las historias, pero esa era la primera vez que exigía verificarlo. Se levantó y fue a enseñarle la página, señalando el párrafo.
—«Solo tenía doce años, era demasiado niña para una conversación así, pero tal vez su madre ya preveía su prematura muerte». Lo siento, pero,¿cómo puede alguien prever una cosa así?
—Como has dicho, es una novela —dijo lady Danbury, sarcástica. Hyacinth hizo una inspiración, y continuó:
—«Su madre le cogió la mano y, mirándola con sus ojos tristes y solitarios, le dijo: Mi queridísima Priscilla, cariño, no hay nada en este mundo más precioso que el amor».
Hyacinth miró disimuladamente a lady Danbury, que suponía estaría bufando de fastidio, pero, ante su gran asombro, vio que estaba embelesada, pendiente de cada palabra. Volviendo rápidamente la atención al libro, continuó leyendo:
—«Pero hay personas engañosas, mi querida Priscilla, y hay hombres que intentarán aprovecharse de ti sin que haya un verdadero encuentro de los corazones».
—Eso es cierto —comentó lady Danbury.
Hyacinth la miró y al instante vio que lady Danbury no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.
—Bueno, pues, lo es —dijo la condesa a la defensiva, al darse cuenta de que Hyacinth la estaba mirando.
No queriendo azorar más a la condesa, Hyacinth volvió la atención a la página, se aclaró la garganta, y continuó:
—«Deberás fiarte de tus instintos, mi queridísima Priscilla, pero te voy a dar un consejo. Guárdalo en tu corazón y recuérdalo siempre, porque te juro que es cierto».
actos o en sus obras, pero supongo que eso no lo habría encontrado tan romántico la señorita Butterworth.
—Nial barón loco —musitó Hyacinth.
—¡Exactamente! ¿Quién en su sano juicio querría un loco?
—Estáen cómo te besa —repitió Hyacinth para sí misma en un susurro.—¿Eh?—chilló lady Danbury—. No te oí.
—Nohe dicho nada—seapresuró a decir Hyacinth, sacudiendo la cabeza para volver la atención a la condesa—. Estaba en la luna.
—¿Meditando los dogmas intelectuales que expone la Madre Butterworth?
—No.—Tosió—.¿Leemos un poco más?
—Másvale—gruñóla condesa—. Cuanto antes terminemos esta, antes podremos comenzar otra.
—Noes necesario que terminemos esta —dijo Hyacinth, aunque si no la terminaban tendría que llevársela a escondidas a casa para terminarla sola.
—Noseas tonta. No podemos no terminar esta. Pagué buen dinero por esta tontería. Además —añadió, aparentando vergüenza lo mejor que pudo, aunque la expresión no era muy avergonzada—, deseo saber cómo acaba.
Hyacinth le sonrió. Esa era una expresión lo más cercana a ternura que se podía esperar ver en la cara de lady Danbury, y le pareció que debía alentársela.
—Muy bien—dijo—.Si me permite encontrar el lugar otra vez…
—Lady Danbury —dijo la voz grave y monótona del mayordomo, que había entrado en el salón pisando silenciosamente—. El señor Saint Clair solicita una audiencia.
tenga que decirle a la señorita Bridgerton, lo puede decir en mi presencia.
—¿Qué? —preguntó Hyacinth, apartando finalmente la mirada del
mayordomo y volviéndose hacia lady Danbury—. Creo queno…
—Este es «mi» salón, y él es «mi» nieto. Y tú eres… —cerró la boca y miró a Hyacinth, parando la diatriba—. Bueno, tú eres tú —concluyó—.¡Vaya!
—Señorita Bridgerton —dijo Gareth, apareciendo en la puerta y llenándola, por citar a la señorita Butterworth, con su maravillosa presencia. Miró a lady Danbury—. Abuela.
—Sea lo que sea que tengas que decirle a la señorita Bridgerton se lo puedes decir delante de mí.
—Casi me tienta hacerlo —musitó él.
—¿Pasa algo? —preguntó Hyacinth, sentada en el borde del sillón. Al fin y al cabo se habían separado hacía apenas dos horas.
—No, nada —contestó Gareth.
Atravesó el salón hasta quedar al lado de ella, o por lo menos todo lo cerca que permitían los muebles. Su abuela lo estaba mirando con no disimulado interés, y a él empezaban a asaltarlo dudas de que hubiera sido prudente venir directo ahí desde la casa Bridgerton.
Pero al salir de la casa, solo había llegado a la acera cuando cayó en la cuenta de que era martes. Y eso le pareció buen augurio. Todo había
comenzado un martes… ¡Santo cielo!, ¿solo hacía dos semanas?
Los martes eran los días en que Hyacinth iba a leerle a su abuela; todos los martes, sin falta, a la misma hora, en el mismo lugar. Cuando iba caminando por la calle, pensando en la nueva dirección que iba a tomar su
¡Ah, demonios! Ella no saldría del salón ni que se lo suplicara de rodillas. Por no decir que a Hyacinth le costaría muchísimo rechazarlo en presencia de lady Danbury.
En realidad no creía que ella lo fuera a rechazar, pero sí tenía lógica barajar las cartas a su favor.
—¿Gareth? —dijo Hyacinth en voz baja.
Él la miró, pensando cuánto tiempo llevaría ahí sopesando sus opciones.—Hyacinth —dijo.
Ella lo miró expectante.
—Hyacinth —repitió, esta vez con más seguridad. Le sonrió, fusionando los ojos con los de ella—. Hyacinth.
—Elnombre es conocido —terció su abuela.
Sin hacerle caso, él apartó la mesa de centro para poder hincar una rodilla en el suelo.
—Hyacinth —dijo, y le encantó su exclamación ahogada cuando le cogióuna mano—, ¿me harías el muy gran honor de ser mi esposa?
A ella se le agrandaron los ojos, luego se le empañaron, y empezaron a temblarle los labios, esos labios que había besado tan deliciosamente solo unas horas antes.
—Esto…
Era tan impropio de ella quedarse sin palabras que él lo disfrutó, en especial viendo la emoción que expresaba su cara.
—Esto…
—¡Sí!—gritó su abuela finalmente—. ¡Se casará contigo!—Ella sabe hablar.
—¡Díselo! —aulló lady Danbury, golpeando la alfombra con su bastón. Luego miró el bastón con visible afecto—. Esto está mucho mejor.
Gareth y Hyacinth se giraron a mirarla, Hyacinth algo impaciente y Gareth con esa mirada sosa que insinuaba superioridad sin refregársela en la cara a la persona receptora.
—¡Ah,muy bien!—gruñólady Danbury—. Supongo que queréis un poco de intimidad.
Ni Gareth ni Hyacinth dijeron una palabra.
—Mevoy, me voy —dijo lady Danbury, caminando con movimientos sospechosamente menos ágiles que cuando atravesó la sala para ir a buscar su bastón—. Pero no creáis—añadiódesde la puerta— que os dejaré solos mucho rato. Te conozco —apuntó a Gareth con el bastón—, y si crees que te
voy a confiar su virtud…—Soy tu nieto.
—Eso no te hace un santo —declaró ella, saliendo y cerrando la puerta.Él miró la puerta perplejo.
—Creo que en realidad desea que te comprometa—musitó—.Si no, no habría cerrado totalmente la puerta.
—Noseas tonto —dijo Hyacinth, intentando hacer un alarde de osadía para disimular su rubor, que sentía subir caliente por las mejillas.
—No, yo creo que lo desea —dijo él, cogiéndole las dos manos y llevándoselas a los labios—. Desea tenerte como nieta, tal vez más de lo que me desea a mí por nieto, y es lo bastante astuta y solapada para facilitar tu deshonra con el fin de asegurar el resultado.
mano.
—¡Quéhermosa!—musitó—,y pronto será mía.
Le giró la mano, dejando la palma hacia arriba. Hyacinth vio que se la
observaba y lo observó inclinarse sobre su regazo a besarle el interior de la muñeca. Sentía resonar demasiado fuerte su respiración en el silencio del salón, y pensó en cuál sería la causa de su agitación, si la sensación de su boca sobre su piel o verlo seduciéndola solo con un beso.
—Megustan tus brazos —dijo él, sosteniéndole uno como si fuera un tesoro precioso que era necesario examinar tanto como proteger—. En primer lugar la piel, creo —continuó, deslizando suavemente las yemas de los dedos por su piel más arriba de la muñeca.
Ese día estaba caluroso y ella solo llevaba un vestido de verano bajo el capote; las mangas del capote simplemente le cubrían los brazos, anchas, sin puño, por lo que él continuó su exploración hasta el hombro, lo que la hizo retener el aliento y pensar si no se derretiría ahí mismo sobre el sofá.
—Pero me gusta su forma también —dijo él, mirándole el brazo como si fuera un objeto para maravillarse—. Delgado pero al mismo tiempo bien redondeado y fuerte.—Lamiró, con perezoso humor en los ojos—. Parece que eres una mujer bastante aficionada al ejercicio físico, ¿eh?
Ella asintió.
Él esbozó su sonrisa sesgada.
—Eso lo veo en tu manera de andar, en tu manera de moverte. Incluso—le acarició nuevamente el brazo hasta dejar la mano apoyada en su muñeca—en la forma de tu brazo.
eróticas en la habitación de Gregory, ilustraciones de Oriente que le produjeron sensaciones muy extrañas por dentro.
Pero nada la había preparado para la oleada de deseo que le produjeron las palabras susurradas de Gareth. No pudo dejar de imaginárselo acariciándola, besándola.
Eso la debilitaba. La hacía desearlo.
—¿Note lo preguntas? —susurró él, quemándole el oído con sus palabras. Ella asintió. No podía mentir. En ese momento se sentía desnuda, con el
alma abierta a su suave asalto.
—¿Quépiensas? —insistió él.
Ella tragó saliva, tratando de no fijarse en cómo el aire parecía llenarle el pecho de modo diferente.
—Nosabría decirlo —logró decir finalmente.
—No, no sabrías, ¿verdad? —dijo él, sonriendo como si lo supiera—. Pero eso no tiene importancia. —Entonces la besó, largamente, en los labios—.Pronto lo sabrás —añadió, levantándose—. Creo que debo marcharme, antes de que mi abuela intente espiarnos desde la casa del frente.
Hyacinth miró hacia la ventana, horrorizada.
—Note preocupes —dijo él, riendo—. Su vista no es tan buena.
—Tiene un telescopio —dijo Hyacinth, sin dejar de mirar la ventana, desconfiada.
—¿Porqué será que eso no me sorprende? —dijo Gareth, caminando hacia la puerta.
de que él no le había contestado la pregunta.
—Dijo que no podría no casarse conmigo —mintió.
Eso era lo que deseaba que hubiera dicho; bien podría ser lo que lady Danbury pensaba que había ocurrido.
—¡Ah!—suspiró lady Danbury, juntando las manos en el pecho—. ¡Québonito!
Hyacinth la miró, valorándola de una manera nueva.—Esuna romántica —dijo.
—Siempre —contestó lady Danbury, esbozando una sonrisa secreta, que Hyacinth estaba segura de que no dejaba ver con mucha frecuencia—. Siempre.
Han transcurrido dos semanas. Ya todo Londres sabe que Hyacinth se va a convertir en la señora Saint Clair. Gareth disfruta de su nueva posición como Bridgerton honorario, pero de todos modos no puede dejar de temer que en cualquier momento se le derrumbe todo.
Es medianoche; el escenario es el lugar directamente debajo de la ventana del dormitorio de Hyacinth.
Lo tenía todo planeado, pensado hasta el último detalle. Lo había ensayado mentalmente, todo a excepción de las palabras que diría, porque esas le vendrían solas con el ardor del momento.
Sería algo bello. Sería todo pasión. Sería esa noche.
Esa noche, pensó Gareth, sintiendo una extraña mezcla de placer y premeditación, seduciría a Hyacinth.
Lo asaltaron unas cuantas vagas punzadas de remordimiento al pensar hasta qué punto había tramado con todos sus detalles la caída de ella, pero se apresuró a descartarlas. No era que quisiera deshonrarla y dejarla abandonada a los lobos. Pensaba casarse con ella, ¡por el amor de Dios!
Y nadie lo sabría. Nadie, aparte de él y Hyacinth.
Él se había encargado de prepararla.
Esas dos semanas pasadas habían sido asombrosamente placenteras. Se había visto obligado a asistir a un número increíble de fiestas y bailes. Había estado en la ópera y en el teatro. Pero todo eso lo había hecho con Hyacinth a su lado, y si había tenido alguna duda sobre la prudencia de casarse con ella, esta ya había desaparecido. A veces era fastidiosa, y de vez en cuando enloquecedora, pero siempre era amena, entretenida.
Sería una excelente esposa; no para cualquier hombre, claro, pero sí paraél, y eso era lo único que importaba.
Pero primero tenía que asegurarse de que ella no pudiera echarse atrás. Tenía que hacer permanente el acuerdo.
Había comenzado poco a poco la seducción, tentándola con miradas, caricias y besos furtivos. La hacía desearlo, atormentándola, siempre insinuando algo de lo que podría ocurrir después. La dejaba sin aliento, jadeante; ¡demonios!, él se quedaba jadeante.
Eso lo comenzó hacía dos semanas, desde el día que le pidió que se casara con él, siempre consciente de que el tiempo de compromiso debía ser corto. Lo comenzó con un beso, un solo beso, un beso corto, suave.
Esa noche le demostraría cómo podía ser un beso.
En general, todo había ido bastante bien, iba pensando Hyacinth subiendo a toda prisa la escalera en dirección a su dormitorio.
Esa noche habría preferido quedarse en casa, con más tiempo para prepararse para la salida a la casa Saint Clair, pero Gareth le hizo notar que si
sorprendería si Isabella hubiera dejado otra pista en lugar de las joyas. Pero estarían un paso más cerca del objetivo.
Y sería una aventura.
¿Siempre habría tenido esa vena temeraria?, pensó. ¿Siempre la había fascinado el peligro? ¿Habría estado esperando simplemente la oportunidad para desmadrarse?
Avanzó sigilosamente por el corredor de la primera planta en dirección a la puerta de su habitación. La casa estaba silenciosa y no quería despertar a ningún criado. Cogió el pomo bien lubricado, lo giró, empujó suavemente la puerta y entró.
Por fin.
Lo único que le quedaba por hacer era…—Hyacinth.
Pegó un salto y estuvo a punto de chillar.
—¿Gareth? —exclamó, con los ojos casi desorbitados.¡Buen Dios!, estaba recostado en su cama.
—Teestaba esperando —dijo él, sonriente.
Ella miró rápidamente toda la habitación. ¿Cómo entró?
—¿Quéhaces aquí? —susurró, angustiada por los nervios.
—Llegué temprano —dijo él en tono perezoso, pero sus ojos brillaban de intensidad—. Se me ocurrió esperarte.
—¿Aquí?
Él se encogió de hombros, sonriendo.—Hacía frío fuera.
echado de menos.
—Yo…
Deseó decirle que ella también lo había echado de menos, pero él estaba demasiado cerca, y se sentía muy acalorada, y no le salió la voz.
Él deslizó los labios hasta detrás de la oreja y la acarició, tan suave que ella no supo si era un beso.
—¿Lopasaste bien esta noche?—lepreguntó entonces.
—Sí.No. Estaba muy… —tragó saliva, sin poder dejar de reaccionar al contacto de sus labios— nerviosa.
Él la hizo girar, le cogió las dos manos y le besó una y luego la otra.—¿Nerviosa? ¿Por qué?
—Las joyas —dijo ella.
¡Cielo santo!, ¿es que todas las mujeres tenían tanta dificultad para respirar cuando estaban tan cerca de un hombre guapo?
—Ah, sí —dijo él. Pasándole una mano por la cintura, la atrajo haciaél—. Las joyas.
—¿Noquieres…?
—Ah, sí que quiero —susurró él, pegándose escandalosamente a ella—. Muchísimo.
—Gareth —exclamó en un resuello.
Sentía las manos de él en el trasero y sus labios en el cuello.
Y no sabía cuánto tiempo más sería capaz de continuar de pie.
Él le hacía experimentar cosas. La hacía sentir cosas que le eran desconocidas. La hacía suspirar, jadear y gemir, y lo único que sabía era que deseaba más.
—Ypienso muchísimo en hacer esto —continuó él, soltando con dedos expertos uno de los botones de la espalda del vestido.
Hyacinth tragó saliva. Y volvió a tragar al darse cuenta de que él había desabotonado otros tres en el tiempo que a ella le llevó inspirar.
—Pero más que nada —dijo él, con la voz ronca y dulce—, pienso en hacer esto.
La levantó en los brazos; la falda se le arremolinó alrededor de las piernas y el corpiño se le deslizó hacia abajo quedando el escote sujeto precariamente sobre la parte más elevada de sus pechos. Ella se agarró de sus hombros y aunque se los apretó, le fue imposible hundir los dedos en sus duros músculos; deseó decir algo, cualquier cosa que la hiciera parecer más sofisticada, más mundana de lo que era, pero lo único que logró fue emitir un sorprendido «¡Oh!». Y se sintió ingrávida, como si estuviera flotando, hasta que él la depositó en la cama.
Él se tumbó a su lado, de costado, y comenzó a acariciarle con una mano la piel desnuda del lugar del esternón.
—¡Quésuave! —musitó.
—¿Quévas a hacer? —preguntó ella en un susurro.Él sonrió, una sonrisa perezosa, como un gato.
—¿Ati? Ella asintió.
—Eso depende.—Seinclinó sobre ella y empezó pasar la lengua por el lugar donde acababa de estar su mano—. ¿Cómo te hace sentir esto?
—Nosé.
brisa.
Ah, pues sí, su caricia le producía más placer que su mirada.
La sintió en el vientre, la sintió en la entrepierna. La sintió en las puntas de los dedos de los pies, y no pudo hacer otra cosa que arquear la espalda, para sentirlo más, para hacer más intensa la caricia.
—Creíque serías perfecta —dijo él, trasladando la tortura al otro pecho—.No sabía, simplemente no sabía.
—¿Qué?
Él la miró a los ojos.
—Que eres mejor. Mejor que perfecta.
—Eso no es posible. No puedes… ¡Oh!
Él le había hecho otra cosa, algo más escandaloso aún, y si eso era una batalla para su juicio, la estaba perdiendo irremisiblemente.
—¿Quéno puedo hacer? —preguntó él, en un tono de lo más inocente, apretando y moviendo el pezón entre los dedos, sintiéndolo endurecerse hasta que quedó duro, duro como un pequeño botón.
—Nopuedes hacer algo… No puedes hacer algo…
—¿No?—dijo él, sonriendo pícaro, probando sus artes en el otro pezón—.Creo que puedo. Creo que acabo de hacerlo.
—No—resolló ella—. No puedes hacer algo mejor que perfecto. Eso no existe.
Entonces él se quedó inmóvil, totalmente inmóvil, sorprendiéndola. Pero su mirada seguía ardiente, mirándola, mirando sus pechos. Ella sintió su mirada; no habría sabido explicarlo, simplemente sabía que la sentía.
había ido insinuando, sigiloso, poco a poco, adquiriendo impulso, hasta que un día estaba ahí.
Estaba ahí, y era verdadero, y sabía que siempre lo sería.
Y en ese momento, echada en la cama, en la secreta quietud de la noche, deseó entregarse a él. Deseó amarlo de todas las maneras en que puede amar una mujer a un hombre; deseó que él tomara todo lo que ella podía darle.¡Qué importaba que no estuvieran casados! Lo estarían muy pronto.
Esa noche, no podía esperar.—Bésame —musitó.
Él sonrió, y la sonrisa se notó más en sus ojos que en sus labios.—Creíque no me lo pedirías nunca.
Se inclinó a besarla, pero sus labios rozaron los de ella apenas un segundo. Enseguida los deslizó hacia abajo, calentándole la piel con una
estela de besos hasta que sus labios encontraron su pecho. Y entonces…—¡Oooh! —gimió ella.
No podía hacerle eso, pensó. ¿Podía? Podía, lo estaba haciendo.
La recorrió una oleada del placer más puro, haciéndole hormiguear todos los recovecos del cuerpo. Le cogió la cabeza, hundiendo los dedos en su abundante pelo liso, sin saber si se la acercaba más a ella o intentaba apartarla. No sabía si podía seguir soportándolo, aunque sí sabía que no deseaba que él parara.
—Gareth.Yo…Tú…
Las manos de él parecían estar en todas partes, palpándola, acariciándola, bajándole y bajándole el corpiño, hasta que le quedó todo arrugado alrededor
—Pero creo queyo…
Él volvió a ponerle el dedo en la boca.—Sabía que ocurriría eso.
Ella lo miró indignada, o, mejor dicho, lo intentó. Gareth tenía una capacidad increíble para hacerla reírse de sí misma. Notó que se le curvaban los labios, aun cuando trató de apretarlos.
—¿Tequedarás callada?—lepreguntó él, sonriéndole. Ella asintió.
Él hizo como que lo pensaba.—Note creo.
Ella se plantó las manos en las caderas, con lo que seguro que quedó en una posición ridícula, puesto que estaba desnuda de la cintura a la cabeza.
—Deacuerdo —convinoél—,pero las únicas palabras que permitiré que salgan de tu boca serán «¡Oh, Gareth!»,«¡Sí,Gareth!».
Le quitó el dedo de la boca.—¿Y«¡Más, Gareth!»?
Él lo intentó, pero no consiguió mantener seria la cara.—Eso será aceptable.
Ella sintió subir la risa, burbujeante, por dentro. No hizo ningún sonido, pero la sintió de todas maneras, esa sensación tonta, que le hormigueaba y revoloteaba por el vientre. Y la maravillaba. Estaba muy nerviosa, o no, lo había estado.
Él le había quitado el nerviosismo.
Y comprendió que todo iría bien. Tal vez él había hecho eso antes. Tal vez lo había hecho cientos de veces, con mujeres cien veces más hermosas
cuando continuó por su vientre, por esa parte que quedaba entre el ombligo y la cinturilla del pantalón, él retuvo el aliento.
Ella sonrió, sintiéndose poderosa y muy, muy femenina.
Flexionó los dedos para rascarle la piel con las uñas, con un roce suave, ligero, solo para hacerle hormiguear la piel y torturarlo. Su vientre era plano, con una ligera capa de vello que formaba una línea y desaparecía bajo los pantalones.
—¿Tegusta esto? —susurró, haciéndole un círculo con el índice alrededor del ombligo.
—Mmm…—musitó él, con la voz tranquila, pero ella oía su respiración agitada.
Con el dedo siguió la línea de vello hacia abajo.—¿Yesto?
Él no dijo nada, pero sus ojos dijeron sí.
—¿Y…?
—Suelta los botones —dijo él, con la voz ronca.—¿Yo?
Dejó inmóvil la mano. No se le había ocurrido que ella podría ayudarlo a desvestirse. Le parecía que esa era la tarea del seductor.
Él le cogió la mano y se la guio hasta los botones.
Con los dedos temblorosos, Hyacinth desabotonó el primero, pero no separó la parte que quedó suelta. Eso era algo que no estaba preparada para hacer.
Gareth pareció percibir su renuencia; de un salto se bajó de la cama, y rápidamente se quitó el resto de la ropa. Ella desvió la mirada, al principio.
—Fíate de mí. Solo por este momento, fíate de mí, créeme.
Ella intentó relajarse. De verdad lo intentó. Pero eso era casi imposible mientras él le torturaba el cuerpo haciéndoselo arder. Un instante le estaba acariciando el interior de los muslos y al siguiente se los había separado y le estaba acariciando el lugar que ella jamás se había tocado.
—¡Ohcie…! ¡Oooh!
Se le arquearon las caderas, y no supo qué hacer. No sabía qué decir.
—Eres perfecta—ledijo él al oído, rozándole la oreja con los labios—. Perfecta.
—Gareth… ¿qué vasa…?
—Hacerte el amor. Te voy a hacer el amor.
A ella le dio un vuelco el corazón. No era exactamente «Te amo», pero se acercaba tremendamente.
Y en ese momento, el último en que le funcionó el cerebro, él le introdujo un dedo en la abertura.
—¡Gareth! —exclamó, agarrándose de sus hombros y apretándoselos fuerte.
—Shhh —musitó él, haciéndole algo absolutamente perverso—. Los criados.
—Nome importa.
Él la miró como si estuviera muy divertido, y entonces, fuera lo que fuera que le hizo, lo volvió a hacer.
—Creo que sí te importa.
—No. Nome…
entre ellos, abriéndola, preparándola para su miembro.—Ahora, por favor —gimió ella.
Y esa sí fue una súplica. Deseaba eso. Lo necesitaba a él.—Por favor —repitió.
Él comenzó a penetrarla, lentamente, y ella retuvo el aliento, pasmada por su tamaño y por la sensación.
—Relájate —dijo él, pero no parecía relajado.
Ella lo miró. Tenía la cara tensa, y la respiración agitada, superficial. Entonces él se quedó muy quieto, dándole tiempo para adaptarse, y luego
la penetró otro poco, muy poquito, pero lo suficiente para hacerla ahogar una exclamación.
—Relájate —repitió.
—Eso intento —repuso ella entre dientes.
Gareth casi sonrió. En esa frase había algo absolutamente propio de Hyacinth, y también algo tranquilizador. Incluso en ese momento, que tenía que ser la experiencia más sobrecogedora y extraña de su vida, era Hyacinth.
Era ella misma.
No muchas personas lo eran, estaba llegando a comprender.
Empujó otro poco y la sintió abrirse, ensancharse para recibirlo. Lo último que deseaba era causarle dolor; sabía que no lograría eliminar totalmente el dolor, pero por Dios que deseaba hacerle eso lo más indoloro que pudiera. Y si eso significaba casi matarse para hacerlo lento, lo haría.
Ella estaba tiesa como una tabla, con los dientes apretados, preparándose para su invasión. Casi gimió; la había dejado tan cerca, tan preparada, y ahora
Movió la punta de la lengua detrás de la oreja, para distraerla, mientras deslizaba la mano entre ellos hasta tocarle la entrepierna.
—Yopodría ayudarte en eso.—¿Enqué? —resolló ella.
Por la forma como movió las caderas, él supo que se iba sumergiendo en el placer.
—Ah, en esa sensación —dijo, acariciándola ahí casi bruscamente, al tiempo que la penetraba un pocomás—.La sensación «¡Oh, Gareth!», «¡Sí, Gareth!», «¡Más, Gareth!».
—¡Ah!—dijo ella, emitiendo un gemido agudo cuando él comenzó a mover el dedo en un delicado círculo—. Esa sensación.
—Esagradable.
—Eso vaa…¡Oh!
Apretó los dientes y gimió, por las sensaciones que él le estaba produciendo.
—¿Vaa qué? —preguntó, cuando ya estaba casi del todo dentro.
Se iba a ganar una medalla por eso, decidió. Tenía que ganársela. Seguro que ningún hombre se había refrenado tanto jamás.
—Meterme en dificultades —dijo ella, jadeante.—Eso espero —dijo él.
Entonces empujó y rompió la última barrera, hasta que su miembro quedótotalmente envainado. Se estremeció al sentir las vibraciones alrededor del miembro. Todos los músculos de su cuerpo le gritaban, exigiéndole que se moviera, pero se quedó quieto. Tenía que mantenerse quieto. Si no le daba
La sujetó por los hombros, apretándoselos con una fuerza demasiado intensa, seguro, pero no podía soltárselos. Lo asaltó un avasallador deseo de hacerla de él, de marcarla de alguna manera como suya.
—Gareth —gimió ella—. ¡Oh, Gareth!
Y ese gemido fue demasiado. Todo era demasiado, verla, sentir su aroma, y de pronto sintió los estremecimientos que llevaban a la eyaculación.
Apretó los dientes. No, todavía no.—¡Gareth! —exclamó ella.
Él volvió a deslizar la mano entre sus cuerpos. Le encontró el lugar, hinchado, mojado, y se lo presionó, tal vez con menos delicadeza que la debida, pero con toda la que pudo.
Y no dejó de mirarle la cara. Sus ojos se habían oscurecido, el color era casi azul marino. Tenía los labios entreabiertos, tratando de respirar, y arqueaba el cuerpo, presionando, empujando.
—¡Oh!—gritó ella y él se apresuró a besarla para tragar el sonido.
Ella se tensó, se estremeció y entonces él sintió las contracciones de su
orgasmo alrededor del miembro. Ella le aferró los hombros, el cuello, enterrándole las uñas.
Pero a él no le importó. Ni lo sintió. Solo existía la exquisita presión de las contracciones de ella, apretándole el miembro, succionándoselo, hasta queél, muy literalmente, explotó.
Y tuvo que besarla en la boca otra vez, esta vez para apagar sus propios gritos de pasión y placer.
Jamás había sido así. No sabía que podía ser así.
Él no pudo hablar. Lo único que podía hacer era reírse, haciendo temblar toda la cama.
—¿Quées tan divertido?
Él retuvo el aliento y, rodando rápidamente, se colocó encima de ella, quedando nariz con nariz.
—Tú—dijo.
Ella empezó a fruncir el ceño, pero enseguida sonrió. Con una sonrisa pícara.
¡Buen Dios, cómo iba a gozar casado con esa mujer!
—Creo que tal vez necesitemos adelantar la fecha de la boda —dijo ella entonces.
—Estoy dispuesto a llevarte a Escocia mañana mismo —dijo él. Y lo decía en serio.
—Nopuedo —dijo ella, pero él vio que medio lo deseaba.
—Sería una aventura —dijo, deslizándole la mano por la cadera, para endulzar el trato.
—Hablaré con mi madre —prometió ella—. Si soy lo bastante fastidiosa, seguro que lograré reducir a la mitad el periodo de compromiso.
—Eso me hace pensar. Como tu futuro marido, ¿debe preocuparme esa frase «Si soy lo bastante fastidiosa»?
—No, si accedes a todos mis deseos.—Frase que me preocupa más aún. Ella simplemente sonrió.
Y entonces, justo cuando él comenzaba a sentirse totalmente a gusto en todos los aspectos, ella exclamó «¡Uy!», y se escabulló, saliendo rápidamente
—Podemos ir mañana.
—No—dijo ella, golpeándole el hombro con la base de la palma—. No podemos.
—¿Porqué no?
—Porque ya tengo planes para mañana, y mi madre va a sospechar si vivo alegando dolor de cabeza. Además, lo planeamos para esta noche.
Él abrió un ojo.
—Noes que nos esté esperando alguien.
—Bueno, yo voy a ir —declaró ella, bajándose de la cama, tirando la sábana hasta quedar bien envuelta con ella.
Gareth arqueó las cejas, contemplando su cuerpo desnudo. Miró a Hyacinth con una sonrisa muy masculina, que ensanchó al ver que ella se ruborizaba y le daba la espalda.
—Esto…,eh, necesito lavarme —balbuceó, alejándose hacia su vestidor. Haciendo gran alarde de renuencia (aunque Hyacinth le daba la espalda),
Gareth comenzó a vestirse. No podía creer que se le hubiera ocurrido siquiera salir esa noche. ¿Acaso las mujeres que acababan de perder la virginidad no estaban adoloridas la primera vez?
Ella asomó la cabeza por la puerta del vestidor.
—Mecompré unos zapatos mejores —dijo, en un susurro teatral—, por si tuviéramos que correr.
Él agitó la cabeza. No, no era una mujer corriente.
—¿Estás segura de que deseas hacer esto esta noche? —le preguntó, cuando ella reapareció, vestida con ropa negra de hombre.
Y la siguió fuera de la habitación.
Ya estamos en la biblioteca de la casa Saint Clair. No hay mucho que contar acerca del trayecto por Mayfair, aparte de señalar el manantial de energía y entusiasmo que animaba a Hyacinth y la ausencia de ambas cosas que padecía Gareth.
—¿Vesalgo? —susurró Hyacinth.—Solo libros.
Ella lo miró frustrada, pero decidió no reprenderlo por su falta de entusiasmo. Una discusión solo los distraería de la tarea que tenían entre manos.
—¿Vesalguna sección que dé la impresión de contener libros científicos?—preguntó, con la mayor paciencia que pudo lograr. Miró el estante que tenía delante y vio que contenía tres novelas, dos obras de filosofía, una historia de Grecia antigua en tres volúmenes, y un libro titulado Cuidado y alimentación de los cerdos—.¿Pero están en algún orden?
—Máso menos —contestó Gareth, que estaba subido en un taburete, examinando los estantes de arriba—. No, en realidad no.
Hyacinth echó atrás la cabeza, mirando hacia arriba hasta que le vio la base del mentón.
—¿Quéves?
—Tenía que serlo —comentó Gareth, flexionando las rodillas para ver mejor el estante de abajo.
—Nosabíamos nada de este —dijo Hyacinth—. Ya leímos La señorita Sainsbury y el coronel misterioso, por supuesto.
—¿Unanovela militar?
—Ambientada en Portugal —explicó Hyacinth, reanudando su exploración del estante que tenía delante—. No me pareció muy auténtica. Aunque, claro, nunca he estado en Portugal.
Él asintió, bajó del taburete y lo movió a la siguiente estantería. Ella lo
observó subir al taburete y comenzar a mirar los libros del estante de más arriba.
—Recuérdamelo —dijoél—.¿Cuál es exactamente el libro que estamos buscando?
Hyacinth sacó del bolsillo el papel que llevaba bien doblado, lo abrió y leyó:
—Discorso intorno alle cose che stanno in sù l’acqua.Él estuvo un momento mirándola.
—¿Yeso qué quiere decir…?
—¿Discusión sobre el interior de las cosas que están en el agua? —repuso ella, en forma de pregunta, aunque no había sido su intención.
Él pareció dudoso.
—¿Interior de cosas?
—Que están en el agua. O que se mueven.Ôche in quella si muovono. Esa es la última parte.
—¿Yalguien querría leer eso porque…?
gesto—. Exacto.
—¿Exacto? —repitió ella, mirándolo.Él parecía azorado.
—Exacto. Eso podría ser culpa mía. Ella pestañeó, sorprendida.
—¿Perdón?
—Fue uno de mis momentos de más inmadurez —dijo él—. Estaba furioso.
—¿Estabas… furioso?
—Desordené los estantes.—¿Qué?
Hyacinth habría querido ponerse a gritar y, la verdad, se sintió bastante
orgullosa de no hacerlo.
Él se encogió de hombros, azorado.
—Mepareció una diablura impresionantemente solapada en el momento. Hyacinth se quedó mirando sin ver el estante que tenía delante.
—¿Quiénpodría haber imaginado que esto iba a tener consecuencias y algún día te fastidiaría?
—¿Quién, desde luego? —Gareth bajó del taburete, caminó hasta otra estantería y ladeó la cabeza para leer los lomos—. Lo peor fue que la jugarreta resultó demasiado solapada. Mi padre no se molestó ni por asomo.
—¡Uy!, a mí me habría dado un ataque de rabia.
—Sí, pero tú lees. Mi padre jamás se dio cuenta de que había algo desordenado.
—Guardó silencio, hizo una lenta respiración y con las manos en las caderas contempló la sala—. Sí recuerdo que había bastantes libros sobre perros de
caza. Y más allá había…
Se interrumpió. Hyacinth levantó la cabeza y vio que él estaba mirando un estante de un lado de la puerta.
—¿Qué?—preguntó, interesada, incorporándose.
—Una sección de libros en italiano —dijo él, echando a andar hacia la pared opuesta de la sala.
Hyacinth lo siguió pegada a sus talones.—Deben de ser libros de tu abuela.
—Ylos últimos que se le ocurriría abrir a cualquier Saint Clair —musitóél.
—¿Losves?
Gareth negó con la cabeza, pasando un dedo por los lomos de los libros, buscando los que estaban en italiano.
—Supongo que no se te ocurrió dejar ese conjunto intacto —dijo ella, acuclillándose para mirar los de los estantes más bajos.
—Nolo recuerdo. Pero seguro que la mayoría estarán en el lugar que les corresponde. Encontré aburrida la diablura, así que no hice muy buen trabajo. Dejé la mayoría en su lugar. Y en realidad —dijo de pronto, enderezándose—,aquí están.
Hyacinth se incorporó al instante.—¿Sonmuchos? —preguntó.
—Solo dos estantes. Me imagino que sería caro importar libros de Italia.
poetas ingleses traducidos al italiano. Pero cuando llegó a la mitad del estante,
empezó a ver ensayos. Historia, filosofía, historia, historia…Retuvo el aliento.
—¿Qué?—preguntó él.
Con las manos temblorosas, ella sacó un libro delgado y lo giró hasta que la cubierta quedó a la vista de los dos:
Galileo Galilei
Discorso intorno alle cose che stanno,
in sù l’acqua,òche in quella si muovono
—Exactamente lo que escribió en la pista —susurró Hyacinth, apresurándose a añadir—: a excepción de lo del señor Galilei. Habría sido muchísimo más fácil encontrarlo si hubiéramos sabido quién era su autor.
Gareth hizo un gesto restándole importancia a eso y apuntó al libro.
Con sumo cuidado, Hyacinth abrió la tapa, esperando ver un trocito de
papel. No había nada, por lo que volvió una página, luego otra, y otra…Hasta que Gareth le arrebató el libro.
—¿Quieres estar aquí hasta la semana que viene? —susurró impaciente. Puso el libro con el lomo hacia arriba y, sin la menor delicadeza, cogió
una tapa en cada mano, las abrió, y sacudió suavemente el libro, que parecióformar un abanico.
—Gareth, lo vasa…—Shhh.
Volvió a sacudirlo, se agachó a mirar por entre las páginas, y volvió a sacudirlo, con más fuerza. Y, cómo no, se soltó un trozo de papel y cayó
—Niidea.
Hyacinth apretó los dientes, absolutamente desanimada por ese giro de los acontecimientos. No había esperado que encontraran necesariamente las joyas esa noche, pero no se le había pasado por la mente que la siguiente pista pudiera dejarlos ante una pared de ladrillos.
—¿Puedo verlo? —preguntó Gareth.
Ella le pasó la nota y lo vio negar con la cabeza.—Nosé qué idioma es, pero no es italiano.
—Yno tiene ninguna similitud —dijo ella.
Gareth soltó una maldición en voz baja, una palabra que Hyacinth estaba segurísima no era para sus oídos.
—Con tu permiso —dijo entonces, empleando ese tono apacible que, sabía desde hacía mucho tiempo, era necesario al tratar con un hombre malhumorado—, podría enseñárselo a mi hermano Colin. Ha viajado muchísimo y podría reconocer el idioma, aun cuando no pueda traducirlo.—Al verlo vacilar, añadió—: Podemos confiar en él, te lo prometo.
Él asintió.
—Serámejor que nos vayamos. No hay nada más que hacer aquí, en todo caso.
No había mucho que ordenar; habían vuelto a poner inmediatamente en su lugar todos los libros que habían sacado. Hyacinth llevó el taburete a su lugar junto a la pared y Gareth hizo lo mismo con una silla. Esta vez no habían descorrido las cortinas; no era mucho lo que iluminaba la luna.
—¿Estáslista? —preguntó él.
Ella cogió La señorita Davenport y el marqués tenebroso.
Estaba oscuro, pero a Hyacinth ya se le habían adaptado los ojos lo bastante para ver por donde pisaba, y antes de que transcurriera un minuto ya estaban en el salón, en aquel de la ventana con el pasador roto.
Tal como hiciera la vez anterior, Gareth saltó fuera primero y luego formóun peldaño con las manos para que ella se afirmara y cerrara la ventana. Después la bajó, le dio un rápido beso en la nariz y le dijo:
—Ahora es necesario que llegues a casa. Ella no pudo evitar sonreír.
—Yaestoy comprometida sin esperanzas.—Sí,pero yo soy el único que lo sabe.
Hyacinth encontró bastante encantador que a él le preocupara su reputación. Después de todo, no importaba verdaderamente si alguien los sorprendía o no; se había acostado con él y debía casarse con él. ¡Buen Dios!, podría venir un bebé en camino, y aun en el caso de que no, ya no era virgen.
Pero sabía lo que hacía cuando se entregó a él. Sabía las consecuencias. Caminaron lado a lado por el callejón hacia Dover Street. Era imperioso
que avanzaran rápido, comprendió ella. Los bailes de los Mottram tenían fama de durar hasta altas horas de la madrugada, pero habían comenzado tarde la búsqueda y seguro que pronto todos los invitados irían de camino a sus casas. Habría coches en las calles de Mayfair, por lo que tendrían que hacerse lo más invisibles que fuera posible.
Bromas aparte, no tenía el menor deseo de que la sorprendieran en la calle a esas horas de la noche. Cierto que el matrimonio con Gareth ya era inevitable, pero de todos modos, no le hacía ninguna gracia la idea de ser el tema de cotilleos procaces.
—Tú.
Gareth tuvo apenas un segundo para reaccionar. No supo cómo ocurrió, no vio de dónde venía el barón, simplemente lo vio aparecer de repente; alcanzóa empujar a Hyacinth hacia el callejón justo un segundo antes de que el barón lo viera.
—Mis saludos —dijo, con la voz más alegre que pudo, avanzando todo lo rápido que le permitían las piernas, con el fin de dejar la mayor distancia posible entre él y el callejón.
El barón se venía acercando también, y a la tenue luz de la noche se le veía la cara furiosa.
—¿Quéhaces aquí?
Gareth se encogió de hombros, justo el gesto que había enfurecido tantas veces antes al barón. Aunque esta vez no era su intención provocarlo, sino solo mantener su atención fija en él.
—Iba de camino a casa —dijo, con intencionada calma. El barón lo miró desconfiado.
—Estás un poco lejos.
—Megusta pasar a inspeccionar mi herencia de vez en cuando —repuso Gareth, esbozando su sonrisa más apacible—. Solo para asegurarme de que no lo has incendiado todo.
—Nocreas que no se me ha ocurrido.—Ah, no me cabe duda.
El barón estuvo un momento en silencio y luego dijo:
Gareth lo miró imperturbable. Sorprendentemente, seguía sintiéndose al mando. O, por lo menos, como el adulto que le gustaba pensar que era. No sentía ningún deseo infantil de provocarlo ni de decir algo con el único fin de enfurecerlo. Se había pasado la mitad de su vida tratando de impresionarlo, cuando creía que era su padre, y la otra mitad tratando de irritarlo. Pero en ese momento, por fin, lo único que deseaba era librarse de él.
No sentía del todo la absoluta indiferencia que deseaba, pero sí estaba bastante cerca.
Tal vez, tal vez, eso se debía a que por fin había encontrado a otra persona que le llenaba el vacío.
—Estáclaro que no perdiste el tiempo con ella —dijo el barón, mordaz.—Uncaballero debe casarse —dijo Gareth.
No era esa exactamente la frase que deseaba decir delante de Hyacinth, pero era mucho más importante mantener la estratagema con el barón que satisfacer alguna necesidad que ella pudiera sentir de frases románticas.
—Sí,un «caballero» debe —musitó el barón.
Gareth sintió hormigueo en la piel. Comprendía la insinuación del barón, y aun cuando ya estaba comprometido con Hyacinth, prefería que ella no se enterara de la verdad de su nacimiento hasta después de la boda. Así todo
sería más fácil, y tal vez…
Bueno, tal vez ella nunca sabría la verdad. Aunque eso era bastante improbable, tomando en cuenta el odio del barón y el diario de Isabella, pero cosas más raras han ocurrido.
Necesitaba marcharse. Ya.—Tengo que irme —dijo.
Se apoderó de él la furia y, antes de darse cuenta, tenía al barón aplastado contra la pared.
—Novuelvas a hablarme de ella—leadvirtió, casi sin reconocer su voz.—¿Cometerías el error de intentar matarme aquí, en una calle pública?—
dijo el barón, y aunque la voz le salió en un resuello, se detectaba en ella un impresionante odio.
—Estentador.
—Ah, pero perderías el título. ¿Y dónde estarías entonces? —dijo el barón, casi atragantándose con las palabras—. Ah, sí, en el extremo de la cuerda de un verdugo.
Gareth lo soltó. No debido a esas palabras, sino porque al fin estaba recuperando el dominio de sus emociones. Hyacinth estaba escuchando, no debía olvidar eso. Estaba a la vuelta de la esquina. No podía hacer nada que pudiera lamentar después.
—Sabía que lo harías —dijo el barón, justo cuando él se había girado para alejarse.
Se detuvo en seco. ¡Maldición! El barón siempre sabía qué decir, sabía exactamente qué cuerda pulsar para impedirle hacer lo correcto.
—¿Hacer qué? —preguntó.
—Pedirle que se casara contigo.
Gareth se giró lentamente a mirarlo. El barón estaba sonriendo de oreja a
oreja, muy complacido consigo mismo. Verlo así le heló la sangre.
—Eres muy previsible —continuó el barón, ladeando ligeramente la cabeza.
Gareth sintió oprimido el pecho, terriblemente oprimido. ¿Qué quería decir el barón? ¿Que deseaba que él se casara con Hyacinth?
—Fuiste derecho a pedirle que se casara contigo —continuó el barón—.¿Cuánto tardaste? ¿Un día? ¿Dos? No más de una semana, seguro.
—Miproposición a la señorita Bridgerton no tuvo nada que ver contigo—dijo Gareth glacialmente.
—¡Vamos, por favor! —dijo el barón, con absoluto desdén—. Todo lo que haces se debe a mí. ¿Todavía no te habías dado cuenta de eso?
Gareth lo miró horrorizado. ¿Sería cierto eso? ¿Sería aunque fuera un poco cierto?
—Bueno, creo que me iré a la cama —dijo el barón, exhalando un
afectado suspiro—. Esto ha sido… entretenido, ¿no te parece? Gareth no sabía qué le parecía.
—Ah, y antes de que te cases con la señorita Bridgerton —gritó el barón, por encima del hombro, ya con un pie en el primer peldaño de la escalinata de la casa Saint Clair—, podría convenirte ver la manera de librarte de tu otro compromiso.
—¿Qué?
El barón sonrió dulcemente.
—¿Nolo sabías? Sigues comprometido con la pobre Mary Winthrop. Aún no se ha casado con nadie.
—Eso no puede ser legal.
—Ah, te aseguro que lo es.—Elbarón se inclinó ligeramente—. Yo me encargué de que lo fuera.
podía significar eso respecto a sus planes con Hyacinth, pero no podía ser nada bueno.
¡Ay, maldición…! Hyacinth.
¡Dios santo, desde luego! Ella lo había oído todo.
Echó a correr hacia la esquina, luego se detuvo a mirar hacia la casa, para asegurarse de que el barón no lo estaba observando. Las ventanas seguían
oscuras, pero eso no significaba…
¡Ah, demonios! ¿Qué le importaba?
Corrió hasta la esquina, dio la vuelta y se detuvo en seco, en el lugar donde la había dejado.
No estaba Hyacinth.
Gareth continúa en el callejón, mirando el lugar donde debería haber estado Hyacinth esperándolo. No desea volverse a sentir así nunca más en su vida.
Se le paró el corazón. ¿Dónde demonios podía estar Hyacinth?
¿Estaría en peligro? Era tarde y aun cuando estaban en una de las zonas más elegantes y selectas de Londres, podría haber ladrones y asesinos
merodeando,y…
No, ella no podría haber sufrido ningún ataque. Ahí no. Él habría oído algo. Ruido de refriega. Un grito. Hyacinth jamás se dejaría coger sin luchar.
Sin una lucha muy ruidosa.
Lo cual solo podía significar…
Debió de oír al barón hablar de Mary Winthrop… Entonces huyó.¡Maldita mujer! Debería tener más sensatez.
Emitiendo un gruñido de irritación, se puso las manos en las caderas y contempló la calle. Podría haber corrido a la casa por cualquiera de ocho rutas distintas, y más si contaba los callejones y los patios de las caballerizas, que esperaba que hubiera tenido el buen juicio de evitar.
Decidió probar la ruta más directa. Esta la habría llevado por Berkeley Street, vía bastante principal por la que pasarían coches de vuelta del baile de los Mottram, pero era posible que Hyacinth estuviera tan furiosa que su primer objetivo habría sido llegar a casa lo más rápido posible.
Entonces la vio, corriendo como el viento en dirección a la esquina para poder entrar en la casa por la puerta de atrás.
Impulsado por una energía extraña, furiosa, aumentó la velocidad, golpeándose con los brazos y con las piernas doloridas, y seguro de que la camisa le quedaría eternamente manchada por el sudor. Pero no le importaba; iba a coger a esa maldita mujer antes de que entrara en su casa, y cuando la
cogiera…
¡Demonios!, no sabía lo que iba a hacer con ella, pero no sería agradable. Hyacinth dobló la esquina y aminoró la carrera lo suficiente para mirar
atrás por encima del hombro. Cuando lo vio se le abrió la boca y se le tensótodo el cuerpo, pero siguió corriendo en dirección a la puerta de servicio de atrás.
Gareth entrecerró los ojos, satisfecho. Ella tendría que buscar la llave. No lograría escapar de él. Aminoró un poco la velocidad, lo suficiente para recuperar el aliento, y luego continuó caminando rápido a largas zancadas.
Ella ya estaba en la puerta.
Pero en lugar de buscar la llave detrás del ladrillo, simplemente abrió la puerta.
¡Maldición! No habían cerrado con llave la puerta al salir. Nuevamente echó a correr, y casi lo consiguió.
Casi.
Cuando llegó a la puerta, ella se la cerró en las narices.
Y puso la mano en el pomo justo cuando ella hacía girar la llave.
Apretó la mano en un puño y sintió la tentación de golpear fuertemente la puerta. Más que nada deseaba gritar su nombre, y al cuerno el decoro. La
que volver a subir por ahí.
La abrió, saltó dentro y aterrizó en la alfombra, haciendo un suave ruido, justo en el instante en que ella entraba en la habitación.
—Medebes una explicación—gruñó,incorporándose como un gato.
—¿Yo?¿Yo? No lo creo… —Consideró tardíamente la situación—. ¡Y sal de mi habitación!
Él arqueó una ceja.
—¿Bajo por la escalera principal?—Sal por la ventana, canalla.
Gareth cayó en la cuenta de que nunca había visto furiosa a Hyacinth.
Irritada, sí; molesta, sin duda, pero enfadadaasí…Eso era algo muy distinto.
—¡¿Cómote atreves?! ¡¿Cómo te atreves?! —Antes de que él pudiera abrir la boca para contestar, ella se le acercó y lo golpeó con las dos manos.
—¡Fuera!—gruñó—.¡Ahora mismo!
—No—dijo él, poniéndole un dedo en el esternón—. No, mientras no me prometas que nunca vas a hacer algo tan estúpido como lo que has hecho esta noche.
Ella emitió varios sonidos ahogados, como cuando la persona no logra decir ninguna sílaba inteligible. Después de unas cuantas exclamaciones de furia, dijo, con la voz peligrosamente grave:
—Noestás en posición de exigirme nada.
Él arqueó una ceja y la miró con una arrogante sonrisa sesgada.
—¿No?Como tu futuro marido…
—Nomenciones eso en este momento.
—Esto no va de lo que ocurrió entre nosotros antes—dijo—,y no tiene
nada que ver con lo que hayas o no hayas oído decir al barón. Esto vade…
—¡Vamos, por el amor de…! —interrumpió Hyacinth—. ¿Quién te crees que eres?
Él acercó bruscamente la cara a la de ella.
—Elhombre que se va a casar contigo. Y tú, Hyacinth Bridgerton, que pronto serás Saint Clair, no vas a vagar nunca, jamás, por las calles de Londres sin acompañante, a ninguna hora del día.
Ella guardó silencio un momento, y él casi se permitió pensar que estaba conmovida por la preocupación de él por su seguridad. Pero entonces ella retrocedió y dijo:
—Este es un momento muy conveniente para empezar a adquirir sentido del decoro.
Él resistió, apenas, el impulso de cogerle los hombros y sacudirla.
—¿Tienes idea de cómo me sentí cuando volví a buscarte y no estabas?¿Te paraste a pensar en lo que podría haberte ocurrido, antes de echar a correr sola?
Ella arqueó una ceja, con expresión arrogante.—Nada más que lo que ya me ocurrió aquí.
Como golpe, fue muy certero, y Gareth casi se encogió. Pero se aferró a la rabia y logró decir en tono tranquilo:
—Nodices eso en serio. Podrías creer que lo dices en serio, pero no es así, y por eso te perdono.
Ella se quedó inmóvil, absolutamente inmóvil, aparte de los movimientos de su pecho por la respiración. Tenía los puños de las manos apretadas, y la
¡Buen Dios!, ni siquiera podía pensar frases completas.—Quiero que te marches —repitió.
—Yyo quiero tu promesa —dijo él antes de que ella terminara la frase. Ella cerró la boca firmemente. Sería fácil hacerle esa promesa; no tenía
pensado hacer ninguna otra excursión a medianoche. Pero una promesa equivaldría más o menos a una disculpa, y no le daría esa satisfacción.
Podían llamarla tonta, infantil, pero no lo haría. No, después de lo que él le había hecho.
—¡Buen Dios! —mascullóél—,sí que eres tozuda. Ella le sonrió, con una sonrisa maligna.
—Vaa ser una dicha estar casado conmigo.
—Hyacinth —dijo él, o más bien suspiró—, en nombre de todo lo que
es…—Sepasó la mano por el pelo, miró alrededor y volvió a mirarla a ella
—.Comprendo que estés enfadada…
—Nome hables como si fuera una cría.—Nolo he hecho.
—Sílo has hecho.
Él apretó los dientes, y continuó:
—Loque dijo mi padre sobre Mary Winthrop…Ella lo miró boquiabierta.
—¿Crees que eso es la causa de esto?Él la miró, pestañeando dos veces.
—¿Noes eso?
—Claro que no. ¡Santo cielo!, ¿me tomas por una idiota?
—Eh…esto… ¿no?
Por lo menos yo sé por qué acepté tu proposición. En cambio, tú no tienes idea de por qué me la hiciste.
—Entonces, dímelo —estallóél—.Dime qué es lo que consideras tan importante. Siempre crees saber lo que es mejor para todo y para todos, y ahora está claro que conoces la mente de todos también. Así pues, dímelo. Dímelo, Hyacinth.
Ella se encogió ante la virulencia que detectó en su voz.—Dímelo.
Ella tragó saliva. No se iba a derrumbar. Podía estar temblando, podía estar a punto de echarse a llorar como no había llorado nunca en su vida, pero no se derrumbaría.
—Lohiciste —dijo, en voz baja, para mantener a raya los temblores—,
me lo pediste… debido a él.
Él la miró y con la cabeza hizo un gesto que significaba «explícamelo, por favor».
—Atu padre —dijo ella, y lo habría gritado si no hubiera sido esa hora de la noche.
—¡Vamos, por el amor de Dios! ¿Es eso lo que crees? Esto no tiene nada que ver con él.
Hyacinth lo miró compasiva.
—Nohago nada debido a él —siseó él, furioso de que ella lo sugiriera siquiera—. Él no significa nada para mí.
Ella negó con la cabeza.
—Teengañas, Gareth. Todo lo que haces, lo haces debido a él. Yo no me daba cuenta de eso, hasta que él lo dijo, pero es cierto.
Pero por dentro empezaba a desvanecérsele esa certeza. Había pensado, más de una vez, y con una alegría malsana, que su padre se pondría lívido de furia por su éxito matrimonial. Y lo había disfrutado. Disfrutó al saber que en la partida de ajedrez que era su relación con lord Saint Clair, había por fin hecho la jugada definitiva.
Jaque mate.
Y fue exquisito.
Pero no fue por eso que le pidió a Hyacinth que se casara con él. Se lo
pidió porque… Bueno, había un montón de motivos distintos. Había sido complicado.
Ella le gustaba. ¿No era importante eso? Incluso le gustaba su familia. Y a ella le gustaba su abuela. De ninguna manera podía casarse con una mujer que no se llevara bien con lady Danbury.
Y la deseaba. La deseaba con una intensidad que le quitaba el aliento.
Le encontraba sentido a casarse con Hyacinth. Y seguía encontrándoselo. Eso era. Eso era lo que tenía que decirle. Necesitaba hacerla comprender.
Y ella comprendería. No era una chica tonta. Era Hyacinth. Y por eso le gustaba tanto.
Abrió la boca y gesticuló con las manos para que le salieran las palabras. Tenía que decirlo bien. Y si no bien, por lo menos no totalmente mal.
—Silo miras con sensatez…
—Lo miro con sensatez —replicó ella, antes de que él terminara de exponer la idea—. ¡Buen Dios!, si no fuera tan condenadamente sensata, habría roto el compromiso.
Tragó saliva.
—Sí—musitó él.
Ella apretó las comisuras de los labios. No se veía enfadada, sino
solamente… triste.
—Entonces entenderás por qué te pido que te marches.
Una parte primitiva de él le gritó que se quedara; esa parte primitiva deseócogerla en sus brazos y hacerla entender. Podía hacerlo con palabras o con su cuerpo. Daba igual. Simplemente deseaba hacerla comprender.
Pero también había una parte de él, la parte triste, solitaria, que sabía cómo es sentirse herido. Y esa parte lo hizo comprender que si se quedaba, si intentaba obligarla a comprender, no lo lograría. No lo lograría esa noche.
Y entonces la perdería. Asintió.
—Después lo hablaremos —dijo. Ella no dijo nada.
Él caminó hasta la ventana. Encontraba un poco ridículo y exagerado salir de esa manera, pero bueno, ¿a quién demonios le importaba?
—Esa Mary —dijo Hyacinth a su espalda—, sea cual sea el problema con ella, estoy segura de que se puede resolver. Mi familia le pagará si es necesario.
Estaba tratando de recuperar el dominio de sí misma, de aplastar la pena centrando la atención en cosas prácticas. Él reconoció la táctica; la había empleado incontables veces.
Se giró y la miró a los ojos.
—Esla hija del conde de Wrotham.
Pero no vio nada.
Ella había desaparecido.
Es la hora del té en la casa Número Cinco. Hyacinth está en el salón a solas con su madre, lo que siempre hace peligrosa una situación cuando se tiene un secreto.
—¿Estáfuera de la ciudad el señor Saint Clair? —preguntó Violet.
Hyacinth levantó la vista de su bordado el tiempo suficiente para contestar:
—Creo que no, ¿por qué?
Vio que su madre fruncía ligeramente los labios.—Hace varios días que no viene.
Hyacinth compuso una expresión apacible y dijo:
—Creo que está ocupado en algo relacionado con su propiedad en Wiltshire.
Era una mentira, lógicamente. No creía que él poseyera ninguna propiedad, ni en Wiltshire ni en ninguna otra parte. Pero, con suerte, su madre se distraería con otra cosa antes de ponerse a preguntar por las inexistentes propiedades de Gareth.
—Comprendo —dijo Violet.
Hyacinth enterró la aguja en la tela con un poco más de vigor del que era necesario, luego contempló su obra emitiendo un leve gruñido. Era fatal para el trabajo de aguja; jamás había tenido ni la paciencia ni el buen ojo necesarios, pero siempre tenía su bastidor con un bordado en el salón, por si
irresponsable, ¿verdad?
—No, claro que no, pero de todos modos, lo encuentro raro. Hace tan
poco que os comprometisteis…
Cualquier otro día, Hyacinth simplemente habría dicho: «Si tienes alguna pregunta que hacerme, hazla». Pero claro, si lo decía, su madre le haría una pregunta.
Y ella no quería contestar.
Habían transcurrido dos días, tres con ese, desde que se enterara de la verdad acerca de Gareth. Encontraba dramático, incluso melodramático, decir«enterarse de la verdad», como si hubiera descubierto algún secreto terrible, como un horrible esqueleto en el armario de la familia Saint Clair.
Pero no había ningún secreto. No había nada misterioso, oscuro ni peligroso, ni siquiera moderadamente vergonzoso. Solo una sencilla verdad que había tenido delante todo el tiempo.
Y había sido tan ciega que no la veía. El amor le hacía eso a una mujer, suponía.
Y sí, se había enamorado de él. Eso lo tenía muy claro. En algún momento, entre su aceptación a casarse con él y la noche en que hicieron el amor, se enamoró de él.
Pero ella no lo conocía entonces. ¿O sí? ¿Podía decir sinceramente que lo conocía, que conocía de verdad su naturaleza, su talla, si ni siquiera comprendía los elementos más básicos de su carácter?
Él la había utilizado.
Eso era lo que había hecho; utilizarla para ganar la interminable batalla con su padre.
Hyacinth tuvo que cerrar brevemente los ojos para enfocar la cara de su madre. ¡Buen Dios!, ¿cuánto tiempo llevaba mirando el espacio?
—¿Hay alguna cosa que desees decirme? —le preguntó Violet amablemente.
Hyacinth negó con la cabeza. ¿Cómo se le cuenta algo así a la propia madre?
«Ah, sí, por cierto, y por si te interesara, no hace mucho me he enterado de que mi novio me pidió que me casara con él porque quería enfurecer a su padre».
«Ah, ¿y te he contado que ya no soy virgen? ¡Ahora ya no hay manera de romper el compromiso!».
—Sospecho —dijo Violet, bebiendo un poco deté—que habéis tenido vuestra primera pelea de enamorados.
Hyacinth intentó no ruborizarse. Enamorados, desde luego.—Eso no es nada de lo que haya que avergonzarse.
—Noestoy avergonzada—seapresuró a decir Hyacinth.
Violet arqueó las cejas y Hyacinth sintió deseos de darse de patadas por haber caído tan limpiamente en la trampa de su madre.
—Noes nada —musitó.
Durante ese rato apretó y movió tanto de aquí para allá la flor amarilla que acababa de bordar que esta quedó como un pollito todo cubierto de pelusilla. Encogiéndose de hombros, sacó un largo hilo naranja. Igual podría quedar bien si le ponía patas y pico.
—Séque se considera indecoroso demostrar las emociones —dijo Violet—,y de ninguna manera te recomendaría entregarte a nada que se pueda
suave y corto soplido—. Tal vez no sabe cómo proceder, cómo debe hacer para abordarte.
—Sabe dónde vivo.
—Nome pones fácil esto —dijo Violet, exhalando un suspiro audible.—Estoy tratando de bordar —dijo Hyacinth, enseñándole su bordado.
—Quieres eludir… —Violet se interrumpió, pestañeando—. Oye, ¿por qué esa flor tiene una oreja?
Hyacinth miró el bordado.
—Noes una oreja. Y no es una flor.—¿Noera una flor ayer?
—Tengo una mente muy creativa —dijo Hyacinth entre dientes, añadiéndole otra oreja a la maldita flor.
—Deeso nunca he tenido la menor duda —dijo Violet. Hyacinth contempló el enredo que había hecho en la tela.
—Esun gato atigrado —declaró—. Solo me falta ponerle una cola. Violet guardó silencio un momento, y luego dijo:
—Puedes ser muy dura con las personas. Hyacinth levantó bruscamente la cabeza.—¡Soytu hija! —exclamó.
—Por supuesto —contestó Violet, algo horrorizada por esa fuerte
reacción—. Pero…
—¿Porqué has de suponer que sea lo que sea lo que pase tiene que ser culpa mía?
—¡Nosupongo eso!
Hyacinth desvió la vista. No debería haber dicho nada. Ahora su madre estaría fuera de sí de preocupación y ella tendría que seguir sentada ahí, sintiéndose fatal, deseando angustiosamente arrojarse en sus brazos y volver a ser una niña.
Cuando era pequeña, estaba convencida de que su madre era capaz de resolver cualquier problema, de mejorarlo todo con una palabra dulce y un beso en la frente.
Pero ya no era una niña, y esos no eran problemas de niña. Y no podía contárselos a su madre.
—¿Deseas romper el compromiso?—lepreguntó Violet, dulcemente, y con mucha cautela.
Hyacinth negó con la cabeza. No podía romper el compromiso. Pero…Miró hacia un lado, sorprendida por la dirección que habían tomado sus
pensamientos. ¿Deseaba dar marcha atrás? Si no se hubiera entregado a Gareth, si no hubieran hecho el amor, y no hubiera nada que la obligara a continuar comprometida en matrimonio, ¿qué haría?
Había pasado tres días obsesionada por esa noche, por el horrible momento en que oyó al padre de Gareth hablar riéndose sobre cómo lo manipuló para que le propusiera matrimonio. Había repasado una y otra vez cada frase, cada una de las palabras que recordaba, y solo en ese momento se le ocurría hacerse la pregunta que tenía que ser la más importante. La única pregunta que importaba, en realidad. Y comprendió.
Continuaría adelante con el compromiso.
Repitió mentalmente la frase; las palabras necesitan tiempo para entrar. Continuaría adelante.
—Séque me quiere —dijo Hyacinth, tristemente; pero no tanto como
odiaba a su padre.
Y cuando hincó una rodilla y le pidió que pasara el resto de su vida con él, tomara su apellido y le diera hijos, no lo hizo debido a ella.
¿Qué decía eso de él?
Suspiró, sintiéndose muy cansada.
—Esto no es propio de ti —dijo Violet. Hyacinth la miró.
—Estar tan callada —aclaró Violet—. Esperar.—¿Esperar?
—Aél. Supongo que eso es lo que estás haciendo, esperando que él venga a verte y te suplique que le perdones lo que sea que haya hecho.
—Yo…
Se interrumpió. Eso era exactamente lo que estaba haciendo. Ni siquiera se había dado cuenta. Y seguro que eso era parte del motivo de que se sintiera tan mal. Había colocado su destino y su felicidad en las manos de otra persona, y detestaba eso.
—¿Porqué no le envías una carta?—lesugirió Violet—. Pídele que te haga una visita. Él es un caballero y tú eres su novia. No se negaría.
—No—musitó Hyacinth—. Pero—lamiró a los ojos, pidiéndole consejo—,¿qué le diría?
¡Qué pregunta más tonta! Violet no sabía cuál era el problema, ¿cómo iba a saber la solución?
Y sin embargo, como siempre, su madre se las arregló para decir exactamente lo que convenía.
—Creo que sí —repuso Violet sonriendo.
Hyacinth sintió subir burbujas por el pecho; burbujas de algo muy parecido a risa. Y fue maravilloso volver a sentirlas.
—Tequiero, madre —dijo, repentinamente devorada por la necesidad de decirlo en voz alta—. Solo quería que lo supieras.
—Losé, cariño —dijo Violet, con los ojos brillantes—. Yo también te quiero.
Hyacinth asintió. Nunca había dejado de pensar en lo precioso, lo maravilloso, que es tener el amor de un progenitor. Eso era algo que Gareth nunca había tenido. Solo Dios sabía cómo fue su infancia. Él jamás hablaba de eso, y sintió vergüenza al darse cuenta de que nunca se lo había preguntado.
Ni siquiera se había dado cuenta de esa omisión.
Tal vez, tal vez, él se merecía un poco de comprensión por parte de ella. De todos modos, él tendría que pedirle perdón; ella no estaba «tan» a
rebosar de bondad y caridad.
Pero sí podía intentar comprenderlo, y podía amarlo, y, tal vez, si lo intentaba con todas sus fuerzas, podría llenar ese vacío interior de él.
Lo que fuera que él necesitaba, tal vez ella podría serlo. Y tal vez eso era lo único que importaba.
Pero mientras tanto, tendría que dedicar un poco de energía a producir un final feliz. Y tenía la impresión de que una carta no sería suficiente.
Era el momento de ser descarada, de ser osada.
Era el momento de desafiar al león en su guarida, el momentode…—Oye, Hyacinth —dijo su madre—, ¿te encuentras bien?
Poco después, esa misma tarde, Gareth está en el pequeño despacho de su muy pequeño apartamento. Nuestro héroe ha llegado a la conclusión de que debe actuar.
No sabe que Hyacinth está a punto de ganarle por la mano.
Un gesto grandioso.
Eso era lo que necesitaba, decidió Gareth. Un gesto grandioso.
A las mujeres les encantan los gestos grandiosos, y si bien Hyacinth era muy diferente a cualquier otra mujer de las que había tratado, seguía siendo una mujer, y seguro que un gesto grandioso la convencería por lo menos un poco.
¿No?
Bueno, más le valía que sí, pensó, algo malhumorado, porque no sabía qué otra cosa hacer.
El problema de los gestos grandiosos es que los más grandiosos suelen exigir dinero, que era justamente lo que a él le escaseaba. Y aquellos que no exigen una gran cantidad de dinero, por lo general entrañan que un pobre diablo haga el ridículo de una manera muy pública, por ejemplo, recitar un poema, cantar una balada o hacer algún tipo de jugosa declaración ante
ochocientos testigos.
Lo cual no era algo que él sintiera alguna inclinación a hacer, decidió.
de los papeles que tenía sobre el escritorio.
—Esto…—Phelps tosió, tosió, tosió y volvió a toser. Volvió a levantar la vista.
—¿Hayalgún problema?
—Bueno…,no…
El ayuda de cámara parecía estar sufriendo. Gareth intentó sentir compasión por él. Cuando lo entrevistó para el puesto, el pobre Phelps no sabía que también tendría que actuar como mayordomo de tanto en tanto, y estaba claro que nunca le habían enseñado la habilidad de los mayordomos para mantener la cara impasible, desprovista de toda emoción.
—¿Phelps? —preguntó.
—Esuna visita femenina, señor Saint Clair.
—¿Un hermafrodita, Phelps? —preguntó Gareth, solo para verlo ruborizarse.
Hay que decir en su honor, que el ayuda de cámara no mostró ninguna reacción aparte de cuadrar la mandíbula.
—Esla señorita Bridgerton.
Gareth se levantó de un salto, y tan rápido que se golpeó los dos muslos en el borde del escritorio.
—¿Aquí?¿Ahora?
Phelps asintió, al parecer algo complacido por su desconcierto.
—Meentregó su tarjeta. Con mucha educación y amabilidad. Como si esta visita no tuviera nada fuera de lo común.
Gareth estaba pensando rápidamente, tratando de imaginarse un motivo para que Hyacinth hiciera algo tan desaconsejable como venir a visitarlo a su
dos veces al año, la que ella juraba (en voz bastante alta y sobre la tumba de su madre) mantenía el suelo limpio y protegía de la enfermedad. Y a causa de eso, habían movido la mesa dejándola adosada a la puerta que daba al despacho, por lo cual la única manera de entrar ahí en esos momentos era por el dormitorio.
Movió la cabeza, gimiendo. Lo último que necesitaba era imaginarse a Hyacinth en su dormitorio.
Deseó que ella se sintiera incómoda al pasar por su dormitorio; eso era lo menos que se merecía, por venir ahí sola.
—Gareth —dijo ella, apareciendo en la puerta.
Y todas las buenas intenciones de él salieron volando por la ventana.—¿Quédiablos haces aquí?
—Esagradable verte, también —dijo ella, con tanta serenidad que él se sintió como un tonto.
Pero de todos modos perseveró.
—Mucha gente podría haberte visto. ¿Es que no te importa tu reputación? Ella se encogió delicadamente de hombros, quitándose los guantes.
—Estoy comprometida para casarme. Tú no puedes romper el compromiso y yo no tengo la menor intención de romperlo, así que dudo mucho que quede deshonrada para siempre si alguien me ve.
Gareth trató de desentenderse de la oleada de alivio que sintió al oírla decir eso. Claro que había llegado a extremos para asegurarse de que ella no pudiera romper el compromiso, y ella ya le había dicho que no lo rompería, pero de todos modos, le resultó sorprendentemente grato volver a oírselo decir.
—Sí—repuso ella, siempre en ese tono estirado, formal, tan de ella—. Supongo que no las habrás olvidado.
—¿Cómopodría olvidarlas?
Ya empezaba a irritarlo, comprendió. O mejor dicho, lo irritaba su actitud.Él seguía desquiciado por dentro, con los nervios de punta por el solo hecho de verla, y ella estaba absolutamente tranquila, casi sobrenaturalmente serena.
—Espero que sigas con la intención de buscarlas —dijo ella—. Hemos llegado muy lejos para renunciar ahora.
—¿Tienes una idea de por dónde podríamos comenzar? —preguntó él, tratando de mantener el tono absolutamente apacible—. Si mal no recuerdo, nos encontramos ante una pared de ladrillos.
Ella abrió su ridículo y sacó la nota de Isabella, que tenía en su poder desde la noche en que se separaron. Con sumo cuidado, y los dedos muy firmes, desdobló el papel y lo alisó sobre el escritorio.
—Metomé la libertad de llevarle esto a mi hermano Colin.—Lomiró y le recordó—: Tú me diste permiso para enseñárselo.
Él asintió, sin decir nada.
—Como te dije, él ha viajado muchísimo por el Continente, y tiene la impresión de que está escrito en un idioma eslavo. Después de consultar en un mapa, supuso que es esloveno. —Al ver la cara de él, que parecía no entender, añadió—: Es el idioma que hablan en Eslovenia.
Gareth pestañeó.
—¿Existe ese país?
Hyacinth sonrió, por primera vez desde que había llegado.
en realidad, su color era como el mío.
—Yohabía pensado en eso —dijo Hyacinth asintiendo—. Ni tú ni tu padre tenéis apariencia mediterránea.
Gareth sonrió, con los labios tensos. No podía decir nada respecto al barón, pero había un muy buen motivo para que él no tuviera aspecto de llevar sangre italiana por las venas.
—Bueno —dijo Hyacinth, volviendo la atención al papel que había dejado sobre el escritorio—. Si era del noreste, es lógico suponer que podría haber vivido cerca de la frontera eslovena y por lo tanto conocía el idioma; o por lo menos lo suficiente para escribir unas dos frases.
—Pero no me imagino que haya creído que alguien de aquí podría traducirlo.
—Exactamente —dijo ella, gesticulando animadamente. Cuando se le hizo evidente que Gareth no entendía lo que quería decir, continuó—: Si quisieras dejar una pista especialmente difícil, ¿no la escribirías en el idioma más desconocido posible?
—Esuna lástima que yo no sepa chino —musitó él.
Ella lo miró con una expresión… o bien de impaciencia o de irritación, y continuó:
—También estoy convencida de que esta tiene que ser su última pista. Cualquier persona que hubiera llegado tan lejos como para encontrarla, se vería obligada a dedicar muchísimo tiempo, y muy posiblemente a gastar bastante dinero para hacerla traducir. No me imagino que ella quisiera obligar a alguien a hacer el trabajo dos veces.
Gareth miró las palabras de la nota, mordiéndose el labio, pensativo.
de pronto Gareth vio en sus ojos que no estaba tan serena como quería hacerle creer.
—No lo sé —dijo, sinceramente—. Murió cuando yo era bastante pequeño. Mis recuerdos y percepciones son las de un niño de siete años.
—Bueno, pues —dijo ella, tamborileando los dedos sobre el escritorio, gesto que revelaba que estaba nerviosa— ya podemos comenzar nuestra búsqueda de alguien que sepa esloveno. —Poniendo los ojos en blanco, añadió algo irónica—: Tiene que haber alguien en Londres.
—Sería de suponer —dijo él, más que nada para animarla.
No debería hacer eso, pensó; ya debería ser mucho más prudente, pero…,
pero encontraba algo tan… entretenido en Hyacinth cuando estaba resuelta. Como siempre, ella no lo decepcionó.
—Mientras tanto —dijo, con su maravillosa naturalidad—, creo que deberíamos volver a la casa Saint Clair.
—¿Arevisarla de arriba abajo? —preguntó él, con tanta amabilidad que tenía que quedar claro que pensaba que ella estaba loca.
—No, claro que no —dijo ella, enfurruñada.
Él casi sonrió. Esa expresión era mucho más propia de ella.
—Pero a mí me parece—añadióella— que las joyas tienen que estar escondidas en su dormitorio.
—¿Ypor qué crees eso?
—¿Enqué otra parte las iba a esconder?
—Ensu vestidor —sugirió él, ladeando un poco la cabeza—, en el salón, en el ático, en la despensa del mayordomo, en una habitación para huéspedes,
en otra habitación para huéspedes…
Gareth se encogió de hombros.
—Eso ocurrió hace mucho tiempo, pero gracias.
Ella asintió, moviendo la cabeza lentamente, con el aspecto de no saber qué más decir.
—Muy bien —dijo finalmente—. Bueno.—Muy bien —repitió él.
—Bueno.—Bueno.
—¡Ah,caray! —exclamó ella—. No soporto esto. No estoy hecha para quedarme sentada ociosa y meter las cosas debajo de la alfombra.
Gareth abrió la boca para hablar, aunque no sabía qué decir, pero Hyacinth no había acabado.
—Séque debo ser discreta y sé que debo dejar en paz las cosas, pero no puedo. Simplemente no puedo.—Lomiró, y pareció que deseaba cogerlo por los hombros y sacudirlo—. ¿Entiendes?
—Niuna palabra.
—¡Tengo que saberlo! —exclamó ella—. Tengo que saber por qué me pediste que me casara contigo.
Ese era un tema al que él no tenía el menor deseo de volver.
—Creíoírte decir que no habías venido aquí a hablar de mi padre.—Mentí. Tú no me creíste, ¿verdad?
—No. Supongo que no.
—Loque pasa es que… no puedo…
Se retorció las manos, con una expresión afligida, atormentada, que él nunca le había visto. Se le habían soltado algunos mechones de las horquillas
el alma. Era una envidia rara, casi indescriptible, pero la sentía. Y lo abrasaba.—Sisientes algo por mí —dijo ella—, comprenderás lo difícil que es esto
para mí, así que, ¡por el amor de Dios, Gareth!, ¿vas a decir algo?
Él abrió la boca para hablar, pero solo le salió un sonido incoherente; parecía estar ahogado.
¿Por qué le pidió que se casara con él? Había cien, mil motivos. Intentórecordar qué fue lo que le puso la idea en la cabeza; le vino repentinamente, eso lo recordaba. Pero no recordaba exactamente por qué, aparte de que le pareció que era lo correcto.
No porque eso se esperara de él, ni porque fuera lo decente, sino simplemente porque era lo correcto.
Y sí, cierto que le pasó por la mente que eso sería su triunfo definitivo en el interminable juego con su padre, pero no fue por eso que lo hizo.
Lo hizo porque tenía que hacerlo.
Porque no podía imaginarse no haciéndolo. Porque la amaba.
Notó que se iba a caer de espaldas; afortunadamente el escritorio estaba detrás, si no, habría acabado en el suelo.
¿Cómo diantres ocurrió eso? Estaba enamorado de Hyacinth Bridgerton. Seguro que en alguna parte alguien se estaría riendo.
—Mevoy —dijo ella, con la voz rota.
Y solo cuando ella alargó la mano para coger el pomo de la puerta, él comprendió que debió de estar en silencio un minuto entero.
—¡No!—gritó, y la voz le salió tremendamente ronca—. ¡Espera!—Y entonces añadió—: Por favor.
quedó inmóvil. Y Hyacinth jamás estaba inmóvil.
—Yo…Mi padre…
Era curioso. Jamás había pensado decirlo y no había ensayado las palabras. No sabía cómo formularlo, qué frase elegir.
—Élno es mi padre —dijo al fin. Hyacinth pestañeó, dos veces.
—Nosé quién fue mi padre. Ella siguió sin decir nada.
—Supongo que nunca lo sabré.
Le observó la cara, esperando ver alguna reacción. Pero ella tenía la cara sin absolutamente ninguna expresión, y estaba tan inmóvil que no parecía ser ella misma. Y entonces, justo cuando él creía que la había perdido para siempre, ella juntó los labios, en un gesto displicente, y dijo:
—Bueno. Eso es un alivio, he de decir.Él quedó boquiabierto.
—¿Perdón?
—Nome entusiasmaba en especial la idea de que mis hijos llevaran sangre de lord Saint Clair.—Seencogió de hombros y arqueó las cejas en esa expresión tan característica de ella—. Me alegra por ellos que tengan su título; tener un título es algo práctico después de todo, pero su sangre es otra cosa muy distinta. Es extraordinariamente iracundo, ¿sabías eso?
Gareth asintió, sintiendo subir por él una emoción tan intensa que le henchía el pecho como burbujas, casi produciéndole vértigo.
—Lohabía notado—seoyó decir.
—Tuabuela podría saber más.Él levantó bruscamente la vista.
—Isabella —aclaró ella—, en su diario.—Noera mi verdadera abuela.
—¿Alguna vez te trató así? ¿Como si no hubieras sido nieto de ella?
—No—dijo él, negando con la cabeza y sumiéndose en los recuerdos—. Me quería. No sé por qué, pero me quería.
—Podría ser —dijo ella, con la voz extrañamente ahogada— porque eres bastante amable, inspiras amor.
A él le dio un vuelco el corazón.
—Entonces no deseas poner fin al compromiso —dijo, cauteloso. Ella le dirigió una mirada especialmente franca.
—¿Túsí?
Él negó con la cabeza.
—¿Entonces por qué piensas que yo lo desearía? —preguntó ella, esbozando una leve sonrisa.
—Tufamilia podría poner objeciones.
—¡Puf! No somos tan estirados. La mujer de mi hermano es la hija ilegítima del conde de Penwood y una actriz o algo así de procedencia desconocida, y todos nosotros daríamos la vida por ella.—Lomiró con los
ojos ligeramente entrecerrados—. Tú no eres ilegítimo.—Para desesperación eterna de mi padre.
—Bueno, entonces, no veo ningún problema. A mi hermano y a Sophie les gusta vivir sosegadamente en el campo, y en parte eso se debe al pasado
A él se le curvaron los labios, y notó que cambiaba algo dentro de él, como si se sintiera más ligero, más libre.
—¿Y tú puedes hablar por todos los hombres? —musitó avanzando lentamente hacia ella.
—¿Ati te gustaría que te llamaran «cornudo»?Él negó con la cabeza.
—Pero no tengo por qué preocuparme por eso.
Ella comenzaba a parecer un poco acobardada a medida que él se iba acercando; pero también excitada.
—Nosi me tienes feliz —dijo ella entonces.
—Vamos, Hyacinth Bridgerton, ¿eso es una amenaza?—Tal vez —dijo ella, con la cara claramente coqueta.Él ya estaba a solo un paso.
—Veo que tengo el trabajo hecho para mí.
Ella alzó el mentón y el pecho comenzó a agitársele.—Nosoy una mujer particularmente fácil.
Él le cogió la mano y se la llevó a la boca.—Megusta el desafío.
—Entonces es estupendo que… —ahogó una exclamación porque él le
cogió un dedo y se lo metió en laboca—…te vayas a casar conmigo —logróterminar.
—Mmm…—musitó él, pasando a otro dedo.
—Ah, yo…,eh…
—Tegusta hablar —dijo él, riendo.
—¿Quéquieres…? ¡Oh!
mano por debajo, ya que le quedó claro que el corpiño no iba a ceder.—No—suspiró ella—, en realidad no.
—Estupendo —dijo él, sonriendo.
A ella se le escapó un gemido cuando él fue subiendo la mano por la pierna, y debió de asirse al último vestigio de cordura, porque dijo:
—Pero no podemos… ¡oh!
—No, no podemos —concedió él. El escritorio no sería cómodo, en el suelo no había espacio y solo el cielo sabía si Phelps había cerrado la otra puerta del dormitorio—. Pero sí podemos hacer otras cosas.
Ella agrandó los ojos.
—¿Quéotras cosas? —preguntó, en un tono deliciosamente desconfiado.Él entrelazó los dedos con los de ella y le levantó las dos manos hasta
encima de la cabeza.—¿Tefías de mí?
—No, pero no me importa.
Manteniéndole las manos en alto, la apoyó en la puerta y se inclinó a
besarla. Sabía a té ya…A ella.
Podía contar las veces que le había besado una mano, y sin embargo sabía, ya comprendía, que esa era la esencia de ella. Era única en sus brazos, cuando la besaba, y sabía que nunca habría otra para él.
Le soltó una mano y le acarició suavemente el brazo bajando, bajando, hasta el hombro, luego el cuello, la mandíbula. Entonces le soltó la otra mano y bajó nuevamente la suya hasta la orilla del vestido.
—Gareth —resolló ella.
—¿«Oh,Gareth», «No, Gareth» o «Más, Gareth»?—Más—gimió ella—. Por favor.
—Meencanta una mujer que sabe cuándo suplicar —dijo él, redoblando sus esfuerzos por darle placer.
Ella había echado atrás la cabeza, pero la enderezó para poder mirarlo a los ojos.
—Mevas a pagar eso.Él arqueó una ceja.
—¿Sí?
Ella asintió.
—Pero no ahora.
—Muy justo —dijo él, riendo suavemente.
Continuó frotándole ahí, muy suave, para llevarla a una estremecida cima. Ella ya tenía la respiración muy irregular, los labios entreabiertos y los ojos velados. Le encantaba su cara, hasta el último de sus contornos y curvas, la forma como caía la luz sobre sus pómulos y la forma de su mandíbula.
Pero notaba algo más, en ese momento en que estaba inmersa en la pasión, que le quitaba el aliento. Estaba hermosa, era hermosa, no de la manera que haría zarpar a mil barcos en su búsqueda, sino de una manera másíntima.
Su belleza era de él, y solo de él. Y lo hacía sentirse humilde.
Se inclinó a besarla tiernamente, con todo el amor que sentía. Deseaba capturarle la exclamación cuando llegara al orgasmo; deseaba sentir su aliento
notado.
Hasta ese momento.
La miró; estaba fláccida, aturdida, casi insensible, como no la había visto nunca.
¡Maldición!
No pasa nada, se dijo, sin mucho convencimiento. Tenían toda la vida por delante. Un remojón en una bañera con agua fría no lo mataría.
—¿Feliz? —musitó, mirándola, indulgente.
Ella asintió, pero eso fue lo único que pudo hacer.
Le dio un beso en la nariz, y entonces recordó los papeles que había dejado en el escritorio. No estaban terminados del todo, pero de todos modos le pareció un buen momento para enseñárselos.
—Tetengo un regalo—ledijo. Ella abrió los ojos.
—¿Sí?
Él asintió.
—Simplemente ten presente que es la intención la que vale.
Sonriendo, ella lo siguió hasta el escritorio y se sentó en la silla enfrentada con la de él.
Gareth apartó algunos de los libros que había puesto encima y cogió con sumo cuidado la hoja.
—Noestá terminado.
—Noimporta —dijo ella dulcemente. Pero él no se lo enseñó todavía.
tanto como lo necesitaba a él.
Él pareció agradecido y tal vez algo incómodo.
—Probablemente será peor cuando herede el título —continuó—. Creo que el barón está intentando organizarlo todo para poder continuar arruinándome desde su tumba.
—¿Otra vez pretendes convencerme de que no me case contigo?
—Nada de eso. Estás absolutamente clavada conmigo. Pero sí deseo que sepas que, si pudiera, te regalaría el mundo. —Levantó el papel—. Comenzando por esto.
Ella cogió el papel y lo miró. Era un dibujo; de ella. Agrandó los ojos, sorprendida.
—¿Túhas hecho esto?
—Nohe estudiado mucho, perosé…—Esmuy bueno—lointerrumpió ella.
Tal vez nunca figuraría su nombre en la historia como un famoso dibujante o pintor, pero el retrato era muy bueno; le parecía que captaba la expresión de sus ojos, algo que no había visto en ninguno de los retratos de ella que había encargado su familia.
—Heestado pensando en Isabella —explicó él, apoyándose en el borde del escritorio—, y recordé un cuento que me contó cuando yo era muy pequeño. Érase una vez una princesa, un príncipe malo y —sonrió pesaroso—una pulsera de diamantes.
Hyacinth le estaba observando la cara, embelesada por la calidez de sus
ojos, pero cuando él dijo eso, miró su retrato. En la muñeca llevaba una pulsera de diamantes.
Él sonrió, irónicamente.
—Sino existe, debería existir.
Ella asintió, sin dejar de mirar el dibujo. La pulsera era hermosa, cada eslabón parecía una hoja; era delicada y caprichosa, y sintió el intenso deseo de ponérsela en la muñeca.
Pero nunca podría valorar una pulsera tanto como valoraba esos dos dibujos. Lo miró con los labios entreabiertos por la sorpresa. Casi le dijo «Te amo», pero solo dijo:
—Meencantan.
Pero cuando volvió a mirarlo se imaginó que en sus ojos se veía la verdad.«Te amo».
Sonriendo, colocó la mano sobre la de él. Deseó decírselo, pero no se sentía preparada. No sabía por qué, aunque tal vez solo tenía miedo de decirlo ella primero. Ella, que no le tenía miedo a casi nada, no lograba reunir el valor para decir esas dos palabras.
Era asombroso. Aterrador.
Por lo tanto, decidió cambiar de actitud.
—Sigo deseando buscar las joyas —dijo, aclarándose la garganta hasta que la voz le salió normal.
Él emitió un gemido.
—¿Porqué no quieres renunciar?
—Porque…, bueno, porque no puedo. —Frunció los labios—. Para empezar, ahora no quiero que tu padre se apodere de ellas. ¡Ah! —levantó la vista para mirarlo—, ¿debo llamarlo así?
—Mepareció que dijiste que lo era —dijo él, visiblemente exasperado.
—Dije que a mi hermano le pareció que era —aclaró ella—. ¿Sabes cuántos idiomas se hablan en Europa central?
Él soltó una maldición en voz baja.
—Losé —dijo ella—, es muy frustrante.Él la miró incrédulo.
—Noes por eso que maldije.—¿Porqué entonces?
—Porque vas a ser mi muerte —repuso él, entre dientes. Hyacinth sonrió, y le enterró el índice en el pecho.
—Ahora sabes por qué mi familia está loca por librarse de mí.—¡Dios me asista!, lo sé.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Podemos ir mañana?—¿No?
—¿Pasado mañana?—¡No!
—¿Porfavor?
Él le plantó las manos en los hombros y la giró hacia la puerta.—Tellevaré a casa —declaró.
Ella giró la cabeza, intentando hablar por encima del hombro.
—Porfa…—¡No!
Hyacinth echó a andar, dejándose empujar hacia la puerta. Cuando no le quedó más remedio, cogió el pomo, pero antes de girarlo, volvió a girarse y
de qué manera preguntarle cómo sabría ella que él había ido sin dar la impresión de que no se fiaba de él.
¡Maldición!, esa también era una causa perdida.
Por lo tanto, se cruzó de brazos tratando de fulminarlo con la mirada. Eso tampoco surtió efecto. Él simplemente la miró y dijo:
—No.
Hyacinth volvió a abrir la boca, exhaló un suspiro y dijo:
—Bueno, supongo que si pudiera dominarte, no valdría la pena casarme contigo.
Él echó atrás la cabeza y se rio.
—Vas a ser una excelente esposa, Hyacinth Bridgerton —dijo, dándole un codazo para que avanzara.
—¡Vaya!
—¡Buen Dios! —gimióél—,pero no si te conviertes en mi abuela.—Aeso aspiro —dijo ella, sarcástica.
—Una lástima —dijo él, cogiéndola del brazo para que se detuviera antes de que salieran a la sala de estar.
Ella se giró a mirarlo, interrogándolo con los ojos.Él esbozó su sonrisa más inocente.
—Bueno, esto no se lo puedo hacer a mi abuela.
—¡Oh!—gritó ella. ¿Cómo logró él meter las manos ahí?—Niesto.
—¡Gareth!
—¿Gareth, sí o Gareth, no?—Gareth, más.
Es el martes siguiente.
Parece que todo lo importante ocurre un martes,¿verdad?
Hyacinth apareció sonriente en la puerta del salón de lady Danbury, enseñando el libro La señorita Davenport y el marqués tenebroso.
—¡Mire lo que tengo!
—¿Otro libro? —preguntó lady Danbury, desde el otro lado de la sala. Estaba sentada en su sillón favorito, pero por su postura, bien podría haber
sido un trono.
—Noes solo un libro —dijo Hyacinth, avanzando y enseñándoselo con una sonrisa ladina.
Lady Danbury lo cogió, lo miró y sonrió de oreja a oreja.
—Aúnno hemos leído esta. —Volvió a mirar a Hyacinth—. Espero que sea tan mala como las demás.
—Ah, vamos, lady Danbury —dijo Hyacinth, sentándose en el sillón contiguo—, no debería decir que son malas.
—Nohe dicho que no sean entretenidas —repuso la condesa, pasando las páginas entusiasmada—. ¿Cuántos capítulos nos quedan con la querida señorita Butterworth?
Hyacinth cogió la susodicha novela, que estaba en una mesa lateral, y la abrió en la página que había dejado marcada el martes anterior.
—Yopersonalmente prefiero Muerta a picotazos de palomas.
—Tal vez sí deberíamos escribir una novela —comentó Hyacinth, sonriendo y preparándose para comenzar a leer el capítulo dieciocho.
Lady Danbury la miró como si quisiera darle un capirotazo en la cabeza.—Eso es exactamente lo que te he estado diciendo.
Hyacinth arrugó la nariz y negó con la cabeza.
—No, no sería muy divertido más allá de inventar los títulos. ¿Cree que alguien querría comprar una colección de títulos divertidos?
—Síque los comprarían, si llevaran mi nombre en la cubierta —declarólady Danbury con gran autoridad—. Por cierto, a propósito de eso, ¿cómo te va con tu traducción del diario de la otra abuela de mi nieto?
Hyacinth movió ligeramente la cabeza arriba y abajo, intentando descubrir la conexión del tema con la larga frase de la anciana.
—Perdone —dijo finalmente—, ¿qué tiene que ver eso con que la gente se sienta impulsada a comprar un libro porque lleva su nombre en la cubierta?
Lady Danbury agitó enérgicamente la mano como si ese comentario fuera un objeto al que se puede apartar.
—Nome has dicho nada —dijo.
—Solo llevo un poquito más de la mitad —admitió Hyacinth—. Recuerdo menos del italiano de lo que creía, y estoy encontrando mucho más difícil traducirlo de lo que había esperado.
—Era una mujer hermosa y encantadora —dijo lady Danbury. Hyacinth pestañeó, sorprendida.
—¿Laconoció? ¿A Isabella?
—Por supuesto. Su hijo se casó con mi hija.
Simplemente estaba pensando en el diario. Lo traje conmigo, por cierto, para leerlo en el coche.
Desde que se enteró del secreto de Gareth había trabajado sin descanso en el diario. No sabía si alguna vez se enteraría de la identidad del verdadero padre de Gareth, pero el diario de Isabella le parecía el mejor lugar posible para comenzar a investigar.
—¿Sí?—dijo lady Danbury; se había reclinado en el sillón y tenía los
ojos cerrados—. Léeme de ahí mejor, ¿quieres?—Usted no entiende el italiano.
—Ya, pero es un idioma muy bonito, tan dulce y melodioso. Y necesito echar una siesta.
—¿Estásegura? —preguntó Hyacinth, metiendo la mano en su pequeño bolso para sacar el diario.
—¿Desi necesito una siesta? Sí, una lástima. Comencé hace dos años, y ahora no puedo vivir sin echar una cada tarde.
—Merefería a lo de que le lea del diario. Si quiere quedarse dormida, hay métodos mejores que el que yo le lea en italiano.
—Vamos, Hyacinth —dijo lady Danbury, emitiendo un sonido muy parecido a un cacareo—, ¿es eso un ofrecimiento a cantarme nanas?
Hyacinth puso los ojos en blanco.—Estan mala como una cría.
—Deahí venimos, mi querida señorita Bridgerton, de ahí venimos. Hyacinth movió la cabeza y buscó el lugar en el diario. Había quedado en
la primavera de 1793, cuatro años antes del nacimiento de Gareth. Según lo que había leído en el coche durante el trayecto, la madre de Gareth estaba
desgraciada.
Eso le reforzaba la creencia de que era muy importante elegir bien con quién casarse. No por la riqueza ni la posición, aun cuando no era tan idealista que considerara totalmente sin importancia esas cosas.
Pero uno solo tiene una vida y, Dios mediante, un solo marido. Y quéagradable es que a uno realmente le caiga bien el hombre con el que se compromete de por vida. Isabella no sufrió de golpes ni malos tratos físicos, pero su marido no hacía el menor caso de ella, por lo que no podía expresar sus pensamientos ni sus opiniones. Su marido la envió a vivir en una remota casa de campo y enseñó a sus hijos con su ejemplo. El padre de Gareth trataba a su mujer exactamente igual. Suponía que el tío de Gareth habría sido igual, si hubiera vivido el tiempo suficiente para tomar esposa.
—¿Me vas a leer o no? —preguntó lady Danbury, con voz bastante estridente.
Hyacinth la miró; la condesa seguía con los ojos cerrados; no se había tomado la molestia de abrir los ojos para hacer la pregunta.
—Perdone —dijo, poniendo el dedo en el lugar donde había quedado—.
Solo necesito un momento para… Ah, aquí estamos. Se aclaró la garganta y comenzó a leer en italiano:
—Si avicina il giorno in cui nascerà il mio primo nipote. Prego che sia un
maschio…
Continuó leyendo en voz alta en italiano, al tiempo que iba traduciendo mentalmente:
Se acerca el día en que nacerá mi primer nieto. Ruego que sea un varón. Me encantaría que fuera una niñita,
imaginado que la anciana se quedara dormida tan rápido. Guardó silencio un rato, esperando que la condesa abriera los ojos y emitiera una fuerte exclamación exigiéndole que continuara leyendo.
Pero pasado un minuto, se convenció de que realmente estaba durmiendo. Así pues, continuó leyendo en silencio, traduciendo cada frase y con gran dificultad. La siguiente anotación era de unos meses después. Isabella expresaba su alivio porque Anne dio a luz a un niño, al que bautizaron George. El barón estaba fuera de sí de orgullo, y le regaló una pulsera de oro a su mujer.
Pasó unas cuantas páginas, tratando de encontrar el año 1797, el del
nacimiento de Gareth. Una, dos tres… Contó las páginas mirando
rápidamente los años. Siete, ocho, nueve… Ah, 1796. Gareth nació en marzo, así que si Isabella había escrito algo acerca de su concepción, estaría ahí, no en 1797.
Eran diez páginas, nada más. Entonces se le ocurrió.
¿Por qué no saltarse esas páginas sin leerlas? No había ninguna ley que le exigiera leer el diario en orden cronológico perfecto. Podía leer lo de 1796 y 1797 para ver si había algo relacionado con Gareth y quién era su padre. Si no había nada, volvería al punto en que lo había dejado y seguiría leyendo en
orden.
¿Y no era lady Danbury la que decía que la paciencia no es de ninguna manera una virtud?
Miró pesarosa la anotación de 1793, y luego, sosteniendo las cinco páginas como si fueran una, pasó a 1796.
Miró atrás, adelante, atrás.
Casi sin poder respirar, continuó leyendo.
Anne parece contenta de que él no esté, y el pequeño George es un verdadero tesoro. ¿Tan terrible es reconocer que me siento más feliz cuando Richard no está aquí? ¡Qué
dicha es tener tan cerca a todas las personas que quiero…!
Hyacinth frunció el ceño al terminar de leer esa anotación. No había nada fuera de lo normal. Nada acerca de algún misterioso desconocido, o de algún amigo inconveniente.
Miró a lady Danbury, que tenía echada atrás la cabeza en una postura incómoda. También tenía la boca abierta.
Volvió resueltamente la atención al diario, y comenzó a leer la siguiente anotación, fechada tres meses después.
Anne está embarazada. Y todos sabemos que no puede ser de Richard. Él ha estado ausente dos meses. Dos meses. Tengo miedo por ella. Él está furioso. Pero ella no quiere revelar la verdad.
—Revélala —musitó Hyacinth, entre dientes—. Revélala.—¿Eh?
Hyacinth cerró bruscamente el diario y levantó la vista. Lady Danbury se estaba moviendo en su sillón.
—¿Porqué dejaste de leer? —preguntó la anciana, con la voz adormilada.
Se obligó a dejar el diario a un lado y cogió La señorita Butterworth y el barón loco.
—¡Ejem!—seaclaró la garganta y abrió el libro en la primera página del capítulo dieciocho—. ¡Ejem!
—¿Sientes molestias en la garganta? —preguntó lady Danbury—. Todavía queda té en la tetera.
—Noes nada —dijo Hyacinth.
Suspirando, miró la página y comenzó a leer, con bastante menos animación que de costumbre:
—«El barón estaba en posesión de un secreto. Priscilla estaba absolutamente segura de eso. La única pregunta era: ¿alguna vez revelaría la verdad?». Desde luego —masculló.
—¿Eh?
—Creo que va a ocurrir algo importante —suspiró Hyacinth.
—Siempre está a punto de ocurrir algo importante, mi querida niña. Y si no, harás bien en actuar como si fuera a ocurrir. De esa manera disfrutarás mucho más de la vida.
Ese comentario era muy filosófico para ser de lady Danbury. Hyacinth guardó silencio, pensando en esas palabras.
—Nome gusta nada esta moda actual del tedio —continuó lady Danbury, cogiendo su bastón y golpeando el suelo conél—.¡Ja! ¿Desde cuándo es delito manifestar interés por las cosas?
—¿Perdón?
—Túcontinúa leyendo. Creo que vamos a llegar a la parte buena. Por fin.
¿no?
—Elsello de la civilización es la rutina.
—Sí,lo comprendo, pero…
—Pero el signo de una mente verdaderamente avanzada —interrumpió la condesa— es la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes.
Hyacinth la miró boquiabierta. Jamás, ni en sus más locos sueños, se habría imaginado a lady Danbury diciendo «eso».
—Adelante, mi querida niña —dijo lady Danbury, indicándole la puerta—.Ve a hacer lo que tanto interés te despierta.
Por un momento, Hyacinth no pudo hacer otra cosa que mirarla. Entonces, inundada por un sentimiento agradable y cálido, recogió sus cosas, se levantóy se acercó a la anciana.
—Vaa ser mi abuela —dijo, inclinándose a darle un beso en la mejilla. Nunca antes la había tratado con esa familiaridad, pero le pareció que era
lo correcto.
—Tontita —dijo lady Danbury, frotándose los ojos, mientras Hyacinth caminaba hacia la puerta—. En mi corazón he sido tu abuela durante años. Solo estaba esperando que lo hicieras oficial.
Es la noche de ese mismo martes, y bastante tarde en realidad. Hyacinth se vio obligada a aplazar la continuación de la traducción porque tuvo que estar presente en la larga cena con la familia y luego en un interminable juego de charadas. Finalmente, a las once y media, encontró la información que buscaba.
La impaciencia resultó más fuerte que la prudencia…
Si la llamada se hubiera producido minutos más tarde, Gareth no habría estado ahí para oír el golpe en la puerta. Se había puesto su jersey, un tosco jersey de lana que su abuela habría calificado de horrorosamente grosero pero que tenía la ventaja de ser negro como el manto de la noche. Acababa de sentarse en el sofá para ponerse sus botas con la suela que amortiguaba el sonido de sus pasos cuando lo oyó.
Un golpe. Suave, pero firme.
Una mirada al reloj le dijo que era casi medianoche. Hacía rato que Phelps se había ido a acostar, por lo que tuvo que ir él. Situándose cerca de la maciza puerta, preguntó:
—¿Sí?
—Soy yo.
¿Qué? No, no podía ser. Abrió la puerta.
Eso es. Esa es la única solución. Voy a tener que atartey…
—Sime escucharas…
—Entra aquí —interrumpió él, entre dientes, cogiéndola del brazo y haciéndola entrar de un empujón en su dormitorio.
Esa era la habitación más alejada del pequeño cuarto de Phelps al otro lado del salón. Normalmente el ayuda de cámara dormía como un tronco, pero con la suerte que tenía él, esa sería la noche en que se despertaría con sed e iría a la cocina en busca de un vaso de agua.
—Gareth —susurró Hyacinth, poniéndose detrás de él—. Tengo que
decirte…
Él se giró a mirarla furioso.
—Noquiero oírte decir nada que no comience con «Soy una condenada idiota».
Ella se cruzó de brazos.
—Pues de ninguna manera voy a decir eso.
Él flexionó los dedos, pues ese movimiento, muy controlado, era lo único que le impedía abalanzarse sobre ella y golpearla. El mundo estaba adquiriendo un peligroso matiz rojo, y lo único que veía en su mente era la imagen de ella corriendo por las calles de Mayfair, sola, atacada por
fascinerosos, herida, magullada…—¡Tevoy a matar!—gruñó.
¡Demonios!, si alguien la iba a atacar y magullar, bien podría ser él. Pero ella estaba moviendo la cabeza sin oír nada de lo que él decía.
—Gareth, tengo que…
Ir allí era una empresa de locos, en su opinión; no tenía idea de dónde podían estar los diamantes, aparte de la teoría de Hyacinth sobre el dormitorio de la baronesa. Pero le había prometido que iría y debía de tener más sentido del honor del que creía, porque ahí estaba, preparándose para ir a la casa Saint Clair por tercera vez ese mes.
La miró indignado.
Ella sonrió con la mayor serenidad.
Y eso lo desquició. Eso era. Eso era absolutamente…
—Deacuerdo —dijo, en voz tan baja que casi era temblorosa—. Vamos a establecer ciertas reglas, ahora, aquí mismo.
Ella se sobresaltó.—¿Perdón?
—Cuando estemos casados no vas a salir de casa sin mi permiso…—¿Nunca? —interrumpió ella.
—…hasta que hayas demostrado que eres una adulta responsable—terminó él, casi sin reconocerse en esas palabras.
Pero si eso era lo que hacía falta para tener a la tontita a salvo de símisma, pues sea.
Ella soltó el aliento en un soplido de impaciencia.—¿Cuándo te volviste tan pomposo?
—¡Cuando me enamoré de ti! —contestó él, con un rugido.
Mejor dicho, habría sido un rugido si no hubieran estado en medio de un edificio de apartamentos, todos habitados por hombres solteros que permanecían despiertos hasta altas horas de la noche y a quienes les gustaba el cotilleo.
—Ysi tengo que atarte a la maldita cama solo para tenerte a salvo de ti misma, lo haré.
—Pero, Gareth…
—No digas ni una palabra. Ni una sola maldita palabra —dijo él, moviendo el índice hacia ella de una manera muy poco educada.
De repente la mano se le quedó inmóvil y el índice como clavado en un punto, y después de unos cuantos movimientos bruscos, consiguió quedarse quieto y se puso las manos en las caderas.
Ella lo estaba mirando, con sus grandes ojos azules maravillados. Gareth no pudo apartar la mirada cuando ella se levantó lentamente y cruzó la distancia que los separaba.
—¿Meamas?—lepreguntó, en un susurro.
—Serámi muerte, sin duda, pero sí. —Exhaló un cansino suspiro, agotado simplemente por esa perspectiva—. Parece que no lo puedo evitar.
—¡Ah!—musitó ella. Le temblaron los labios, se le curvaron y de pronto estaba sonriendo—. Estupendo.
—¿Estupendo? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? Ella se le acercó más y le acarició la mejilla.
—Yotambién te amo. Con todo mi corazón, con todo mi ser, con todo…Él no se enteró del resto de la frase, porque quedó apagado por su beso.
—Gareth —suspiró ella, en el mínimo instante en que él apartó los labios para respirar.
—Ahora no —dijo él, apoderándose nuevamente de su boca. No podía parar. Se lo había dicho y tenía que demostrárselo. La amaba. Era así de sencillo.
Pero te juro que no habría hecho algo tan estúpido si no hubiera necesitado hablar contigo inmediatamente.
—¿Nohabría servido una nota? —dijo él, sonriendo sarcástico. Ella negó con la cabeza.
—Gareth —dijo, con la cara tan seria que a él le quitó el aliento—. Séquién es tu padre.
Fue como si el suelo comenzara a deslizarse, pero al mismo tiempo no podía apartar los ojos de los de ella. Le cogió los hombros, enterrándole los dedos con demasiada fuerza en la piel, seguro, pero no podía moverse. Si alguien le preguntara acerca de ese momento en los años venideros, diría que ella era lo único que lo sostenía en pie.
—¿Quiénes? —preguntó, casi temiendo la respuesta.
Toda su vida adulta había deseado esa respuesta, y en el momento que la tenía a su alcance solo sentía terror.
—Elhermano de tu padre —susurró Hyacinth.
Él se sintió como si algo le hubiera golpeado el pecho.—¿Eltío Edward?
—Sí—contestó Hyacinth, escrutándole la cara con una mezcla de amor y preocupación—. Lo dice tu abuela en el diario. Al principio ella no lo sabía.
Nadie lo sabía. Solo sabían que no podía ser tu pa…, esto, el barón. Él estuvo en Londres toda la primavera y todo el verano.
—¿Cómolo descubrió? ¿Y estaba segura?
—Isabella se lo figuró después de que tú naciste. Dice que tú te parecías demasiado a los Saint Clair para ser un bastardo. Y Edward había estado viviendo en Clair Hall. Cuando tu padre no estaba.
sentía capaz de mirarla en ese momento. Era demasiado. Todo era demasiado.—Gareth, Isabella era tu abuela. Lo era, de verdad.
Él cerró los ojos, tratando de recordar la cara de Isabella. Le resultódifícil; el recuerdo era demasiado lejano en el tiempo.
Pero ella lo quería. Eso sí lo recordaba. Lo amaba. Y sabía la verdad.
¿Se lo habría dicho? Si hubiera vivido para verlo de adulto, si hubiera conocido al hombre en que se había convertido, ¿le habría dicho la verdad?
Nunca lo sabría, pero tal vez… Si ella hubiera visto cómo lo trataba el
barón…, en qué se habían convertido los dos…Le agradaba pensar que sí se lo habría dicho. Oyó la voz de Hyacinth:
—Tutío…
—Losabía —dijo Gareth, con certeza.—¿Sí?¿Cómo lo sabes? ¿Te dijo algo? Gareth negó con la cabeza.
No sabía cómo lo sabía, pero estaba seguro de que Edward sabía la verdad. Él tenía ocho años la última vez que vio a su tío. Ya tenía edad para recordar cosas, edad para comprender lo que era importante.
Y Edward lo quería. Edward lo amaba de una manera como nunca lo amóel barón. Fue Edward el que le enseñó a montar a caballo; fue Edward el que le llevó un cachorro de regalo cuando cumplió siete años.
Edward, que conocía lo bastante bien a la familia para saber que la verdad los dañaría a todos. Richard nunca le perdonaría a Anne que hubiera
dónde procedíay…
Nuevamente oyó la voz de ella, dulce, solo un susurro:
—Gareth.
Le apretó la mano. Y de repente…Comprendió.
No era que no importara, porque importaba.
Pero comprendió que no le importaba tanto como le importaba ella, que el pasado no era tan importante como el futuro, y que la familia que había perdido no le era ni de cerca tan querida como la que formaría él.
—Teamo —dijo, logrando por fin elevar la voz más allá de un susurro. Se giró a mirarla, con el corazón y el alma en los ojos—. Te quiero.
Ella pareció desconcertada por su repentino cambio de actitud, pero al final simplemente sonrió, como si estuviera a punto de echarse a reír. Era el tipo de expresión que pone la persona cuando es tan grande su felicidad que no puede contenerla dentro.
Gareth deseó que ella resplandeciera así todos los días, todas las horas, todos los minutos.
—Yotambién te amo —dijo ella.
Él le tomó la cara entre las manos y la besó en la boca, una vez, profundo, profundo.
—Lodigo en serio—dijo—,te amo, de verdad. Ella arqueó una ceja.
—¿Esesto una competición?
—Eslo que tú quieras —prometió él.
—Dime más.
La chaqueta de ella cayó al suelo.—¿Basta eso?
—Ah, no, no basta.
Ella intentó parecer desenfadada, pero empezaban a ruborizársele las mejillas.
—Voy a necesitar ayuda con el resto —dijo, agitando las pestañas.Él no tardó ni un segundo en estar a su lado.
—Vivo para servirte.
—¿Sí? —preguntó ella, como si le interesara tanto esa idea, y tan peligrosamente, que él se sintió obligado a añadir:
—Enel dormitorio.
Le cogió los extremos del lazo que le cerraba el corpiño en los hombros, les dio un tirón y el escote del corpiño se ensanchó peligrosamente.
—¿Másayuda, milady? Ella asintió.
—Tal vez…
Metió los dedos por el escote, preparándose para bajarle el corpiño, pero ella le colocó la mano sobre la de él. La miró. Ella estaba negando con la cabeza.
—No—dijo—.Tú.
A él le llevó un momento captar lo que quería decir, y entonces se le fue extendiendo una sonrisa por la cara.
—Pero por supuesto, milady —dijo, quitándose el jersey por la cabeza—. Lo que digas.
Ella movió los labios y bajó los ojos hacia sus pantalones. Era tímida, comprendió él, encantado; todavía era demasiado inocente para ordenarle que se los quitara.
—¿Esto? —preguntó, metiendo el pulgar bajo la cinturilla. Ella asintió.
Él se quitó los pantalones, sin dejar de mirarle la cara. Y sonrió, en el preciso instante en que ella agrandó más los ojos.
Ella deseaba ser sofisticada, mundana, pero no lo era. Todavía no.
—Estás demasiado vestida —dijo en voz baja, acercándosele más y más hasta que quedó con la cara a unos dedos de la de ella.
Colocándole dos dedos bajo el mentón, le levantó la cara y se inclinó a besarla mientras con la otra mano le cogía el escote y se lo bajaba.
Cayó el corpiño y él deslizó la mano hacia la cálida piel de su espalda, atrayéndola hasta que los pechos le quedaron aplastados contra su pecho. Bajó suavemente las yemas de los dedos acariciándole la delicada columna y detuvo la mano en su cintura, donde caía el corpiño suelto rodeándole las caderas.
—Teamo —dijo, apoyando la nariz en la de ella.—Yotambién te amo.
—Eso me alegra mucho —dijo él, sonriendo con la boca pegada a su oreja—.Porque si no, todo esto sería muy violento.
Ella se rio, pero él detectó vacilación en el sonido de su risa.—¿Quieres decir que todas tus otras mujeres te amaban?
Él se apartó y le cogió la cara entre las manos.
—Teamo —dijo.
—Meamas, ¿verdad? —musitó él, y ella comprendió que él estaba tan sorprendido como ella por ese milagro.
—Aveces te voy a sacar de quicio.
Él se encogió de hombros, esbozando su sonrisa sesgada.—Meiré a mi club.
—Ytú me vas a sacar de quicio a mí.
—Puedes ir a tomar el té con tu madre.—Lecogió una mano y con la otra le rodeó la cintura, de modo que quedaron unidos como en un vals—. Y esa noche lo pasaremos maravillosamente, besándonos y pidiéndonos perdón.
—Gareth —dijo ella, pensando si esa no debería ser una conversación más seria.
—Nadie ha dicho que debamos pasar juntos todos los momentos de vigilia—continuóél—,pero al final del día—seinclinó a besarle cada ceja— y la mayor parte del tiempo durante el día, no hay nadie a quien preferiría ver, nadie cuya voz preferiría oír y nadie cuya mente preferiría explorar. —Entonces la besó en la boca, un beso largo, profundo—. Te amo, Hyacinth Bridgerton, y siempre te amaré.
—¡Oh,Gareth!
Le habría gustado decir algo más elocuente, pero las palabras de él tendrían que bastar para los dos, porque en ese momento se sentía avasallada por una emoción tan intensa que lo único que logró decir fue su nombre.
Y cuando él la cogió en los brazos y la llevó a la cama, lo único que pudo decir fue:
—Sí.
de tenerlo dentro de ella y enrollarse a su alrededor.
Lo deseaba. Lo deseaba entero, todo él, todo trocito que él pudiera darle.—Ahora, por favor —suplicó, arqueando las caderas.
Él no dijo nada, pero ella sintió su deseo y necesidad en su respiración agitada. Él se apretó más a ella, posicionando el miembro junto a su abertura, y ella se arqueó para recibirlo.
Le cogió los hombros, enterrando los dedos en su piel. Sentía algo salvaje dentro de ella, algo nuevo, ávido. Lo necesitaba. Necesitaba eso. Ya.
—Gareth —resolló, tratando de apretarse a él.
Él se movió, cambió el ángulo y comenzó a penetrarla.
Eso era lo que deseaba, lo que esperaba, pero de todos modos, el primer contacto fue una conmoción. Sintió ensancharse la vagina, empujó, y sintióun poco de dolor, pero de todos modos, lo sintió agradable y deseó más.
—Hy, Hy, Hy —repetía él, con la respiración entrecortada, entrando y saliendo, penetrándola un poco más con cada embestida. Hasta que, entonces, por fin, llegó hasta el fondo, llenándola, con tanta fuerza que sus cuerpos quedaron unidos.
—¡Oooh! —gimió ella, y la cabeza se le fue hacia atrás con la fuerza de la penetración.
Él comenzó a moverse, cogiendo un ritmo, penetrándola y retirándose, y la fricción ya era totalmente placentera. Lo abrazaba, lo arañaba, gemía, suspiraba, atrayéndolo más y más, para llegar al punto cúspide.
Esta vez ya sabía hacia dónde iba.
—¡Gareth! —exclamó, y el sonido quedó atrapado por la boca de él al besarla.
que quedaron curvados como dos cucharas.—Dentro de seis semanas.
—Dos —dijoél—.Dile a tu madre lo que sea que tengas que decirle, no me importa. Cámbialo a dos; si no, te llevaré a rastras a Gretna Green.
Hyacinth asintió, acurrucándose pegada a él, gozando de la sensación de tenerlo detrás.
—Dos —dijo, prácticamente suspirando—. Tal vez incluso solo una.—Mejor aún —convino él.
Continuaron así varios minutos, disfrutando del silencio, hasta que de pronto Hyacinth se giró en sus brazos y alargó el cuello para verle la cara.
—¿Ibas a ir a la casa Saint Clair esta noche?—¿Nolo sabías?
Ella negó con la cabeza.
—Pensé que no ibas a volver a ir.—Teprometí que iría.
—Bueno, sí, pero pensé que mentías, para ser simpático. Gareth soltó una maldición en voz baja.
—Vas a ser mi muerte. Me cuesta creer que no me hayas dicho en serio que fuera.
—Claro que te lo dije en serio. Simplemente pensé que no irías. —Entonces se sentó, tan de repente que estremeció toda la cama. En sus inmensos ojos, muy abiertos, apareció un brillo peligroso—. Vamos. Esta noche.
La respuesta era fácil.—No.
—¿Por qué será que me siento como si estuviera de vuelta en la universidad, con el más degenerado de mis amigos tratando de convencerme de que bebiera tres copas más de gin?
—¿Ypara qué querías ser amigo de un degenerado? —preguntó Hyacinth. Entonces sonrió con pícara curiosidad—. ¿Y las bebiste?
Gareth pensó si sería prudente contestarle esa pregunta; en realidad, por nada del mundo quería que ella se enterara de sus peores excesos de su época
de estudiante. Pero eso la distraería del tema de las joyasy…—Vamos —repitió ella—. Sé que deseas ir.
—Yosé lo que deseo hacer —musitó él, ahuecando la mano en su trasero—,y no es eso.
—¿Nodeseas las joyas?Él comenzó a acariciarla.
—Mmm…
—¡Gareth! —exclamó ella, tratando de apartarse.
—¿Gareth, sí o Gareth…?
—No—dijo ella firmemente, arreglándoselas para eludirlo y alejándose hasta el extremo de la cama—. Gareth, no. No mientras no vayamos a la casa Saint Clair a buscar las joyas.
—¡Buen Dios! —masculló él—, es Lisístrata venida a mí en forma humana.
Ella lo obsequió con una sonrisa triunfal por encima del hombro, mientras se vestía.
Él se bajó de la cama y cogió su ropa, sabiéndose derrotado. Además, ella tenía un punto de razón. Su principal preocupación había sido la reputación de
quieres.
—Noserá necesario. Vamos a encontrar las joyas esta noche. Lo siento en mis huesos.
A él se le ocurrieron varias réplicas, ninguna apropiada para los oídos de ella.
Ella se miró, con la cara triste.
—Noestoy vestida para esto —dijo, pasando las manos por los pliegues de su falda.
La tela era oscura, pero no era la ropa de chico que se había puesto para las dos excursiones anteriores.
Él ni siquiera se molestó en sugerir que lo dejaran para otra noche. No tenía sentido, estando ella francamente resplandeciente de entusiasmo.
Y, cómo no, Hyacinth señaló un pie que sobresalía por debajo del vestido, diciendo:
—Pero llevo mis botas más cómodas, y seguro que eso es lo más importante.
—Seguro.
Ella no hizo caso de su malhumor.—¿Estáslisto?
—Tan listo como lo estaré siempre —repuso él, con una sonrisa claramente falsa.
Pero la verdad era que ella había sembrado en él la semilla del entusiasmo, y ya estaba trazando mentalmente la ruta que tomarían. Si no deseara ir, si no estuviera convencido de su capacidad para tenerla a salvo, la
Media hora después.
—Nolas vamos a encontrar —dijo Hyacinth.
Estaba con las manos en jarras, paseando la mirada por el dormitorio de la baronesa. Habían tardado quince minutos en llegar a la casa Saint Clair, cinco en entrar por la ventana con el pasador roto y subir al dormitorio, y losúltimos diez los habían pasado revisando la habitación por todos sus rincones y recovecos.
Las joyas no estaban en ninguna parte.
No era propio de Hyacinth reconocer la derrota. En realidad, era tan impropio de ella, que las palabras «No las vamos a encontrar» le salieron más sorprendidas que otra cosa.
No se le había pasado jamás por la mente la posibilidad de que no encontraran las joyas. Había repasado cien veces la escena en la cabeza, había hecho los planes, tramado, pensado todo en sus más mínimos detalles, y ni una sola vez se había ni imaginado saliendo de ahí con las manos vacías.
Se sentía como si la hubieran estrellado contra una pared de ladrillos.
Tal vez había sido tontamente optimista; tal vez había estado ciega, pero esta vez, tenía que reconocer, se había equivocado.
—¿Renuncias? —preguntó Gareth, levantando la cabeza para mirarla. Estaba acuclillado a un lado de la cama palpando los paneles de la pared
de detrás de la cabecera. Y su voz sonó, no exactamente complacida, pero en
—Notenemos mucho tiempo —dijo él, adoptando una expresión acerada. Estaba claro que se le había acabado el tiempo para reflexionar, pensó
ella. Él se incorporó y se frotó las manos para quitarse el polvo. Tenían cerrado el dormitorio de la baronesa y, por lo visto, no hacían limpieza con regularidad.
—Esta noche es la reunión mensual del barón con su club de criadores de perros de caza—añadióél.
—¿Criadores de perros de caza? —repitió Hyacinth—. ¿En Londres?
—Sereúnen el último martes de cada mes, sin falta —explicó Gareth—. Llevan años reuniéndose. Para mantenerse al día de los conocimientos pertinentes mientras están en Londres.
—¿Los conocimientos pertinentes cambian con mucha frecuencia? —preguntó ella. Ese era el tipo de dato al azar que siempre le interesaba.
—No tengo idea —contestó Gareth, enérgicamente—. Probablemente solo es un pretexto para juntarse a beber. La reunión siempre acaba a las once, y luego dedican dos horas a conversación social. Eso significa que el barón va
a llegar a casa…—sacóel reloj de bolsillo, lo miró y maldijo en voz baja—ahora.
Hyacinth asintió tristemente.
—Renuncio—dijo—.Creo que jamás he dicho esta palabra, a no ser que fuera por coacción, pero renuncio.
Gareth le acarició el mentón.
—Noes el fin del mundo, Hy. Y, piénsalo, podrías reanudar tu misión una vez que el barón fallezca y yo herede la casa. A lo cual —añadió, pensativo—tengo cierto derecho en realidad. —Movió la cabeza—. Imagínate.
defectuosa. Rápido y en silencio, salieron y saltaron al callejón de atrás. Gareth echó a caminar delante, y al llegar al final del callejón se detuvo,
extendiendo un brazo hacia atrás para mantener a Hyacinth a una distancia prudente mientras se asomaba a la esquina a mirar Dover Street.
—Vamos —susurró, haciendo un gesto con la cabeza hacia la calle. Habían venido en un cabriolé de alquiler (el edificio de apartamentos
donde vivía Gareth no estaba tan cerca para venir a pie) y lo habían dejado esperando dos travesías más allá. En realidad no era necesario ir en coche hasta la casa de Hyacinth, que estaba justo al otro lado de Mayfair, pero él había decidido que, teniendo el coche a su disposición, bien podían usarlo. Había un buen lugar donde podían bajarse, justo al otro lado de la esquina de la casa Número Cinco, pasaje que quedaba en la sombra y había muy pocas ventanas que dieran a él.
—Por aquí —dijo, cogiéndole la mano y haciéndola avanzar—. Vamos,
podemos…
Solo habían dado unos pasos cuando, de repente, tropezó y se detuvo por un tirón. Hyacinth se había detenido bruscamente.
—¿Quépasa? —siseó, girándose a mirarla.
Pero ella no lo estaba mirando. Sus ojos estaban enfocados en algo, o alguien, a la derecha.
El barón.
Gareth se quedó inmóvil. Lord Saint Clair, su padre o su tío, como fuera que debía llamarlo, estaba en un peldaño de la escalinata de entrada de la casa Saint Clair. Tenía la llave en la mano y era evidente que los había visto justo en el momento en que se preparaba para entrar en la casa.
El barón se rio.
—Creo que la pregunta más pertinente es qué deseas tú. A no ser que pretendas convencerme de que has venido aquí solo a tomar el aire fresco de la noche.
Gareth lo contempló, buscando detalles de parecido físico. Y ahí estaban:
la nariz, los ojos, la forma de sostener los hombros. Ese era el motivo de que jamás se le hubiera ocurrido pensar, hasta ese fatídico día en el despacho del barón, que pudiera ser bastardo. Cuando era niño lo sorprendía y desconcertaba el desprecio con que lo trataba su padre. Cuando ya tuvo edad para comprender algo de lo que ocurre entre hombres y mujeres, a veces lo pensaba: una infidelidad de su madre sería la explicación lógica del comportamiento de su padre con él.
Pero cada vez descartaba la idea. Tenía en la cara esa maldita nariz Saint Clair. Y entonces el barón lo miró a los ojos y le dijo que no era hijo de él, que no podía serlo, que la nariz era una simple coincidencia.
Y él le creyó. El barón podía ser muchas cosas, pero no era estúpido, y sin duda sabía contar hasta nueve.
A ninguno de los dos se les ocurrió nunca que esa nariz podía ser algo más que una coincidencia, que él podía ser un Saint Clair después de todo.
Rememoró esos años de su infancia, intentando recordar: ¿el barón quería a su hermano? ¿Estaban unidos Richard y Edward Saint Clair? No logrórecordar ni una sola ocasión en que los hubiera visto juntos, pero claro, la mayor parte del tiempo él estaba relegado a los aposentos de los niños.
—¿Ybien? —preguntó el barón—. ¿Qué tienes que decir?
los cuernos?
En cualquier ocasión anterior habría considerado sus opciones, sopesándolas, y luego seguido sus instintos e intentado asestarle el golpe más hiriente.
Pero en ese momento…No le importaba.
Jamás querría a ese hombre; ¡demonios!, jamás le caería bien siquiera. Pero por primera vez en su vida, estaba llegando al punto en que simplemente no le importaba.
Y le pasmó lo agradable que era eso.
Le cogió la mano a Hyacinth y entrelazó los dedos con los de ella.
—Simplemente salimos a dar un paseo —dijo tranquilamente. Esa afirmación era claramente ridícula, pero la dijo con su habitual diplomacia, en el mismo tono que empleaba siempre con el barón—. Vamos, señorita Bridgerton —añadió, girándose para seguir caminando con ella por la calle.
Pero Hyacinth no se movió. Él se giró a mirarla y vio que parecía estar paralizada. Lo miró con expresión interrogante y él comprendió que ella no podía creer que él se hubiera quedado callado.
La miró, miró a lord Saint Clair y luego miró dentro de sí mismo. Y entonces comprendió que si bien la interminable guerra con el barón ya no importaba, la verdad sí importaba. No porque tuviera el poder de herir, sino simplemente porque era la verdad y era necesario decirla.
Era el secreto que había definido la vida de los dos durante mucho tiempo. Y era hora de que los dos quedaran libres.
—Tengo que decirte una cosa —dijo, mirando al barón a los ojos.
manteniendo el tono tranquilo, afable—. Me ha ayudado con la traducción.
El barón miró a Hyacinth, la observó atentamente con sus penetrantes ojos y volvió la atención a Gareth.
—Isabella sabía quién fue mi padre —dijo Gareth, entonces—. Fue el tío Edward.
El barón no dijo nada, ni una sola palabra. Aparte de entreabrir los labios, se quedó tan quieto que a Gareth le pareció que ni siquiera respiraba.
¿Lo sabría? ¿Lo habría sospechado?
Mientras él y Hyacinth guardaban silencio, el barón se giró a mirar hacia un lado de la calle y fijó la mirada en un punto distante. Cuando volvió a mirarlos, estaba blanco como un papel.
Se aclaró la garganta e hizo un gesto de asentimiento, solo una vez, como una especie de reconocimiento.
—Deberías casarte con esta chica —dijo, indicando a Hyacinth con un gesto de la cabeza—. Dios sabe que vas a necesitar su dote.
Acto seguido subió el resto de los peldaños, entró en su casa y cerró la puerta.
—¿Yeso es todo? —dijo Hyacinth, pasado un momento de sorpresa—.¿Eso es lo único que va a decir?
Gareth comenzó a estremecerse. Era de risa, comprendió, como un pensamiento secundario. Se estaba riendo.
—Nopuede hacer eso —protestó Hyacinth, con los ojos relampagueantes de indignación—. Le has revelado el secreto más importante de la vida de los
dos, y lo único que haceél…¿Te estás riendo?
Gareth negó con la cabeza, aunque seguía riéndose.
él se inclinó para besarla—. ¿Estás loco? Estamos en medio de la calle yes…Él la interrumpió con un beso.
—Espasada la medianoche —farfulló ella.Él sonrió con su sonrisa pícara.
—Pero nos vamos a casar la semana que viene, ¿recuerdas?
—Sí,pero…
—Yhablando de eso…
Hyacinth lo miró boquiabierta cuando él hincó una rodilla en el suelo.
—¿Quéhaces? —chilló, mirando nerviosa a uno y otro lado de la calle. Seguro que lord Saint Clair los estaba observando, y a saber quién más—. Nos verá alguien —susurró.
—Van a decir que estamos enamorados —dijo él, sin la menor preocupación.
—Esto…
¡Santo cielo!, ¿cómo puede discutir eso una mujer?
—Hyacinth Bridgerton —dijo él, cogiéndole la mano—, ¿quieres casarte conmigo?
Ella pestañeó, desconcertada.—Yate dije que sí.
—Sí, pero como dijiste, no te lo pedí por los motivos correctos. La mayoría de los motivos eran correctos, pero no todos.
Ella quiso decir algo, pero se le atragantaron las palabras, por la emoción.Él la estaba mirando, con sus ojos azules brillantes y transparentes a la
tenue luz de las farolas.
Ella simplemente continuó mirándolo. Él la miraba con un amor y una ternura tan evidentes que no sabía qué hacer. Ese amor parecía rodearla, envolverla, abrazarla, y comprendió que eso era poesía, eso era música.
Eso era amor.
Él le sonrió y lo único que pudo hacer ella fue sonreírle también, vagamente consciente de que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—Hyacinth —dijoél—.Hyacinth.
Ella asintió, o al menos le pareció que asentía.Él le apretó la mano y se incorporó.
—Nunca me imaginé que tendría que decirte esto, a ti, pero ¡por el amor de Dios, mujer!, ¡di algo!
—Sí—dijo ella, arrojándose en sus brazos—. ¡Sí!
Gareth fue a visitar a lord Wrotham y se enteró de que el conde no consideraba en absoluto coactivo el compromiso del pasado, en especial después de que él le dio a conocer la promesa de lady Bridgerton de tomar bajo su ala a sus hijas menores en la próxima temporada.
Cuatro días después de esta visita, lady Bridgerton informó a Gareth, en términos muy claros y terminantes, que su hija menor no se iba a casar deprisa, por lo tanto,él se vio obligado a esperar dos meses para casarse con Hyacinth en una ceremonia pomposa pero de buen gusto en la iglesia de Saint George de Londres.
Once meses después de la boda, Hyacinth dio a luz un hijo sano, al que bautizaron George.
Dos años después, fueron bendecidos con una hija, a la que pusieron Isabella.
Cuatro años después, lord Saint Clair se cayó de su caballo durante una partida de caza del zorro y su muerte fue instantánea. Gareth asumió el título y la familia se trasladó a su nueva residencia de ciudad en la casa Saint Clair.
Eso fue hace seis años. Desde entonces Hyacinth no
ha parado de buscar las joyas…
—¿Nohas revisado ya este cuarto?
del rodapié, donde se unía al suelo.
Gareth estuvo varios segundos observándola, hasta que al fin dijo:
—Estoy absolutamente seguro de que ya has hecho eso.
Ella se limitó a mirarlo brevemente y se incorporó para ir a inspeccionar el marco de la ventana.
—Hyacinth.
Ella se giró tan bruscamente que casi perdió el equilibrio.
—Lanota dice «La Limpieza está próxima a la Divinidad, y el Reino de los Cielos es riquísimo, en verdad».
—Enesloveno —dijo él, irónico.
—Tres eslovenos—lerecordó ella—. Tres eslovenos leyeron la pista y llegaron a la misma traducción.
Y ciertamente no había sido fácil encontrar a esos tres eslovenos.
—Hyacinth —dijo él, como si no hubiera ya dicho su nombre dos veces, e incontables veces antes, siempre en el mismo tono ligeramente resignado.
—Tienen que estar aquí —dijo ella—. Tienen que estar.
—Muy bien —dijo él, encogiéndose de hombros—, pero Isabella ha traducido un párrafo del italiano y quiere que vayas a revisar su trabajo.
Hyacinth detuvo el movimiento, suspirando, y retiró las manos del alféizar de la ventana. A los ocho años, su hija había declarado que deseaba aprender el idioma de su bisabuela tocaya, por lo que contrataron a una profesora para que le diera clases tres mañanas cada semana. En menos de un año Isabella había superado a su madre en el conocimiento del italiano, y Hyacinth se vio obligada a emplear a la profesora para que le diera clases a ella otras dos mañanas, simplemente para estar a la altura.
Ella frunció los labios.
—Notienes cara de estar ni una pizca arrepentido.—¿Arrepentido?
Riéndose, con una risa ronca que le vibró en la garganta, se inclinó a susurrarle al oído. Había unas cuantas de esas palabras en italiano que se había tomado el trabajo de memorizar; se las surruró todas.
—¡Gareth! —exclamó ella.—¿Gareth, sí o Gareth, no?
Ella suspiró; no pudo evitarlo.—Gareth, más.
Isabella Saint Clair estaba dándose golpecitos con el lápiz en un lado de la cabeza y mirando las palabras que acababa de escribir. Era un reto traducir de un idioma a otro. El significado literal nunca quedaba correcto, por lo que había que elegir las palabras del propio idioma con el mayor esmero. Pero eso, pensó, mirando la página abierta del Discorso intorno alle cose che stanno, in sù l’acqua,òche in quella si muovono, de Galileo, eso era perfecto.
Perfecto perfecto perfecto. Sus tres palabras favoritas.
Miró hacia la puerta, esperando ver aparecer a su madre. Le encantaba traducir textos científicos, porque su madre siempre se quedaba atascada en las palabras técnicas y, lógicamente, siempre le resultaba divertido ver a su mamá simulando que sabía más italiano que su hija.
escondidos en algún rincón oscuro, riendo y hablando en susurros. ¡Buen Dios, eso sí que era vergonzoso!
Se levantó, resignada a una larga espera. Bien, podría ir al lavabo. Dejando con sumo cuidado el lápiz sobre la mesa, se dirigió al lavabo de los aposentos de los niños. Ocupando el espacio bajo el alero de la antigua mansión, estaba metido su cuarto favorito de la casa. Alguien le había tomado cariño a ese pequeño cuarto en el pasado, pues las paredes estaban revestidas por azulejos bastante alegres, en un estilo que solo se podía suponer era
oriental. Los azulejos daban hermosos reflejos azules, verde mar y amarillos que parecían rayos de sol.
Si el cuarto hubiera sido lo bastante grande para poner una cama y convertirlo en dormitorio, ella lo habría hecho. Tal como estaba, encontraba particularmente divertido que el cuarto más bonito de la casa (al menos en su
opinión) fuera el más humilde.
¿El lavabo de los aposentos de los niños? Solamente los cuartos de los criados se consideraban de menos prestigio.
Hizo sus necesidades, volvió a dejar el bacín oculto en el rincón y se dirigió a la puerta. Pero antes de llegar ahí, algo captó su atención.
Una grieta entre dos azulejos.
—Eso no estaba ahí antes —musitó en voz baja.
Se acuclilló y finalmente se sentó en el suelo para examinar la grieta, que subía desde el suelo hacia la parte superior del primer azulejo, cuya altura era de poco menos de un palmo. La grieta no era algo en lo que se fijarían muchas personas, pero ella no era como la mayoría de las personas. Se fijaba en todo.
Volvió a intentar mover uno y otro azulejo, varias veces.
Echó atrás el brazo, preparándose para dar un golpe más fuerte, pero detuvo el movimiento. El lavabo de los aposentos de su madre estaba exactamente abajo. Si daba un golpe muy fuerte, seguro que su madre subiría de inmediato a preguntarle qué estaba haciendo. Y aunque hacía mucho rato que había enviado a su padre a buscarla, podía apostar sobre seguro que ella seguía en su cuarto de aseo.
Y cuando la mamá entraba en su lavabo…, bueno, o bien salía al minuto o se quedaba ahí una hora. Era de lo más extraño.
Por lo tanto, no le convenía hacer ruido. Seguro que sus padres pensarían que estaba echando abajo la casa y se enfadarían.
Pero tal vez un golpecito suave…
Entonó el verso de una nana para decidir cuál azulejo golpear; eligió el de la izquierda y lo golpeó un poco más fuerte. No ocurrió nada.
Enterró la uña en el borde de la grieta y le quedó un trocito de yeso metido bajo la uña.
—Mmm…
Tal vez podría alargar la grieta…
Miró hacia su tocador hasta que sus ojos se posaron en un peine de plata. Eso podría servir. Lo cogió y posicionó con todo cuidado el diente del extremo junto al borde de la grieta; entonces comenzó a golpear con movimientos precisos el yeso que unía los dos azulejos.
¡Se abrió la grieta hacia arriba! La vio abrirse ante sus ojos.
Repitió los golpes, colocando el peine sobre el yeso de la juntura de la izquierda del azulejo. Nada. Probó sobre el de la derecha.
Tocó algo suave, parecido a terciopelo.
Lo sacó. Era una bolsa pequeña, cerrada por un cordón de seda. Enderezando la espalda, cruzó las piernas para quedar sentada en postura
india. Metiendo un dedo por la abertura ensanchó la boca, haciendo ceder el cordón que la cerraba.
Entonces, con la mano derecha puso la bolsa boca abajo y su contenido cayó en su mano izquierda.
—¡Oh,Di…!
Se tragó el grito. Sobre su mano había caído una verdadera cascada de diamantes.
Eran un collar y una pulsera. Y aunque ella no se consideraba el tipo de chica que perdiera la cabeza por chucherías y ropa, ¡oh!, esas eran las joyas más hermosas que había visto en su vida.
—¿Isabella?
Su madre. ¡Ay, no! ¡Uy, no, no, no!—¿Isabella? ¿Dónde estás?
—En…—seinterrumpió para aclararse la garganta; la voz le había salido como un chillido—. En el lavabo, mamá. Salgo enseguida.
¿Qué podía hacer? ¿Qué debía hacer?
Ah, sí que sabía lo que debía hacer. Pero, ¿qué «deseaba» hacer?
—¿Esto que está en la mesa es tu traducción? —preguntó su madre.—Eh, ¡sí!—Tosió—.Es de Galileo. El original está al lado.
—¡Ah!—dijo su madre, la voz le sonó rara—. ¿Por qué ele…? No, nada, no tiene importancia.
Isabella miró las joyas, desesperada. Solo tenía un instante para decidir.
Continuó su contemplación de los diamantes. Y de pronto sonrió.
Y los guardó donde los había encontrado.
JULIA QUINN (1970, Nueva York, Estados Unidos), este es el seudónimo más utilizado por la escritora Julie Pottinger (de soltera Julie Cotler), la cual se graduó en Historia del Arte en la Universidad de Harvard, iniciando estudios de Medicina en la de Yale, que no concluyó por el inesperado éxito de sus novelas románticas de corte histórico —comenzó a escribir mientras intentaba ingresar en la universidad de Medicina—. En unos meses abandonóla universidad. En el mismo período en que fue llamada por la universidad,
obtuvo su primer contrato con una editorial. Finalmente, decidió seguir una carrera literaria.
Julia Quinn ha sido traducida a más de 25 idiomas y es una habitual de las listas de los más vendidos del New York Times. A lo largo de su carrera ha recibido numerosos premios y galardones, de entre los que habría que destacar varios premios Rita.
Julia Quinn es autora de novelas feministas dentro del género histórico- romántico, donde es considerada una maestra de los diálogos.
Actualmente, Julia vive con su familia en el noroeste del Pacífico.
FIN


Publicar un comentario