© Libro N° 14994. Los Tres Hermanos. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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LOS
TRES HERMANOS
Hermanos
Grimm
Los Tres Hermanos
Hermanos Grimm
Érase un hombre que tenía tres hijos y, por toda fortuna, la casa en que
habitaba. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los
quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a
los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido ya
a sus bisabuelos; de no ser así, la habría convertido en dinero y lo habría
repartido entre los mozos. Ocurriósele, al fin, una solución y dijo a los
mozos:
- Salid a correr mundo y que cada cual aprenda un oficio. Cuando
regreséis, la casa será para el que demuestre mayor habilidad en su arte.
Aviniéronse los hijos. El mayor resolvió aprender la profesión de
herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y el último, profesor de esgrima.
Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa, y partieron, cada
uno por su lado. Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros, y los tres
salieron excelentes oficiales. El herrador llegó a herrar los caballos del Rey,
y pensó: "Ya no cabe duda de que la casa será para mí". El barbero
tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también
seguro de ser el heredero. En cuanto al profesor de esgrima, hubo de encajar
más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando:
"Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa".
Transcurrido el tiempo concertado, volvieron a reunirse los tres con su
padre. Pero no sabían cómo encontrar la ocasión de mostrar sus habilidades.
Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a
campo traviesa.
- ¡Mirad! - dijo el barbero -. Esta liebre nos viene al dedillo - y,
tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando llegó a su altura
el animal, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito, y todo
ello sin hacerle un solo corte ni el menor daño.
- Me ha gustado - dijo el padre -; y si tus hermanos no se esmeran
mucho, tuya será la casa.
Al poco rato llegó un señor en coche, a toda velocidad.
- Padre, ahora veréis de lo que yo soy capaz - dijo el herrador, y, sin
detener al caballo, que iba lanzado al galope, arrancóle las cuatro herraduras
y le puso otras nuevas.
- ¡Muy bien! - exclamó el padre -. Estás a la altura de tu hermano. No
sé a quién de vosotros voy a dejar la casa.
Dijo entonces el tercero:
- Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.
En esto empezó a llover, y el mozo, desenvainando la espada, se puso a
esgrimirla sobre su cabeza con tal agilidad que no le cayó encima ni una sola
gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero él menudeaba
las paradas con velocidad siempre creciente, quedando tan seco como si se
encontrase bajo techado.
Al verlo el padre, no pudo por menos de exclamar:
- Te llevas la palma; tuya es la casa.
Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como se habían
obligado de antemano. Pero los tres se querían tanto, que siguieron viviendo
juntos en la casa, practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos
maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron unidos hasta la vejez; y cuando
el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros, que enfermaron a su
vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles
artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en
una misma sepultura.
*
* * *
*
FIN


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