© Libro N° 14792. Los Sueños Y El Tiempo. Zambrano, María. Emancipación. Febrero 7 de 2026
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LOS SUEÑOS Y EL TIEMPO
María
Zambrano
Los Sueños Y El Tiempo
María Zambrano
Los cinco capítulos que componen este libro de María Zambrano (La vida:
sueño-vigilia, La atemporalidad, La génesis de los sueños, Sueño y realidad y
El absoluto de los sueños) constituyen el resultado final de un vasto proyecto
nacido en los años cincuenta y que tras su vuelta del exilio, en 1984, estaba
ya perfilado. La investigación sobre los sueños y el tiempo, sobre la
posibilidad de lograr la integración del sueño y de la vigilia, fue una de las
más ambiciosas y de las más constantes de esta autora, a la vez que también
determinó la concepción de sus libros más decisivos. Los sueños y el tiempo
desvela conceptos clave de su filosofía, de la misma manera que su voluntad
unitaria completa y aclara el sentido de toda su obra.
María Zambrano
Los Sueños Y El Tiempo
ePub r1.0
Titivillus 23.04.2019
Título original: Los sueños y el tiempo
María Zambrano, 1998 en español
Traducción: Traductor
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
El entrar
en el sueño. El soñar
En lo más
hondo de la atemporalidad
La
desposesión del Yo y el desdoblamiento
El Yo
desposeído se convierte en imagen
La
situación que engendra historias
El
tránsito del soñar a la realidad
El
seguirse de la realidad de los sueños
El camino
de los sueños en el tiempo. El tiempo inalcanzable
El
sueño de la conciencia. La aparición de lo mismo. Lo ya visto
Nota preliminar
Los cinco capítulos que componen este libro inédito son como las islas
visibles de un mucho más vasto archipiélago submarino. Pues la investigación
sobre los sueños y el tiempo ha sido uno de los más ambiciosos
proyectos de María Zambrano, que ella ha ido realizando al compás que escribía
y publicaba sus libros más decisivos: El hombre y lo divino, España,
sueño y verdad, Claros del bosque o De la aurora; libros todos
en los que las temáticas de los sueños y el tiempo, y su relación mutua, son a
modo de las condiciones a priori de todos sus desarrollos, sus
ámbitos de visión y escucha, y de esa su más característica tensión entre la
pura luminosidad y las zonas de sombra y de vida desprendida del logos que
la filosofía deja tras si y en abandono, por quedar lejos de su zona
restringida de visión. Por lo tanto, este que iba a ser el último libro de
María Zambrano ha sido mientras se iba, largamente, escribiendo, como el plano
subyacente y silencioso o el invisible compás que trazaba el propio método de
Zambrano en cada uno de sus otros libros. Múltiples esquemas, esbozos,
prefiguraciones y borradores de variado tono y perfil llenaban la carpeta de
este proyecto de María Zambrano. Y asimismo formaban parte de él dos tipos de
escritos ya publicados con anterioridad: los que sucesivamente fueron
publicándose con este mismo título, «Los sueños y el tiempo», en diversas
revistas hispanoamericanas y europeas —en concreto, en sendas revistas Diógenes,
tanto de La Habana como de París, ambas en 1957, y, en 1960 una nueva versión
traducida al italiano por Elena Croce, bajo el título «il sogni e il tempo» en
el n.º 1 de la revista romana Quaderni di pensiero e di poesía que
codirigían aquélla y la propia María Zambrano—, y un libro muy específico que
ya es su primera, y pronta, afloración: se trata de El sueño creador que
Zambrano envió — inicialmente— como ponencia al Congreso de Rougemont en 1954 y
que, en forma ampliada, publicó en l955 en el volumen de Aguilar titulado Obra reunida, para ser finalmente reeditado en Turner en
1986, con múltiples correcciones y ampliaciones, tareas ambas en que fue
decisiva la ayuda y trabajo que generosamente, y hasta ahora en forma anónima,
prestó a Zambrano Fernando Muñoz Vitoria. Ya en ese libro se anuncia
expresamente la pertenencia a un más amplio proyecto y, de hecho, algunas
partes de El sueño creador son puros esquemas que Zambrano fue
posteriormente desarrollando, al hilo de su trabajo ya en el propiamente
dicho Los sueños y el tiempo. Cuando Zambrano llegó a España en
1984, entre sus manuscritos inéditos destacaban cuatro proyectos prácticamente
perfilados y esquematizados: De la aurora, Notas de un método, Los bienaventurados y Los
sueños y el tiempo. Durante los primeros cinco meses tras su vuelta a
Madrid, pude ayudar a ordenar, reescribir y dar para su publicación De
la aurora. Otro tanto hizo poco después J. Carlos Marsé con Notas
de un método. Mientras, recurrentemente, Zambrano pretendió adentrarse en
lo que, de haber concurrido el tiempo con igual firmeza que los sueños (de
María Zambrano), hubiese sido su obra más amplia, importante y clarificadora de
su propia forma de pensar. Pero en este caso no fue posible, del todo, dar
tiempo al tiempo. No obstante, la excelente labor que realizó Rosa Mascarell,
como secretaria de María Zambrano en sus últimos años, ordenando e
informatizando su biblioteca, correspondencia y todos sus manuscritos, tuvo
como una de sus mayores virtualidades lograr en momentos en que ya la salud de
Zambrano impedía su total dedicación al esfuerzo intelectual —que los
fragmentos que constituyen Los bienaventurados pudiesen ser
dados a publicar, e inmediatamente, una parte de esa amplia investigación y
labor de escritura que eran los manuscritos de Los sueños y el tiempo fuese
rescatada para todos y quedase perfectamente ordenada en los capítulos de este
volumen. Cada uno de ellos alberga varios fragmentos que son otras tantas
incursiones por ese mundo paradójico de los sueños, hecho de inviolables
secretos cifrados y de deslumbrantes manifestaciones y aclaraciones vitales.
Este libro, tal como se ofrece, muestra una clara voluntad unitaria, más que
ningún otro de Zambrano, sólo comparable a la de Filosofía y poesía, La
agonía de Europa y Persona y democracia. Así pues Los
sueños y el tiempo completa y aclara no sólo El sueño creador,
sino el sentido de toda la obra de María Zambrano.
Jesús Moreno Sanz.
Introducción
No es que me haya propuesto hacer la metafísica de los sueños, ni de la
realidad en tanto que soñada, sino que al ser el soñar la manifestación
primaria de la vida humana, y los sueños una especie de prehistoria de la
vigilia, muestran la contextura metafísica de la vida humana allí donde ninguna
teoría o creencia puede alcanzar, en una forma rudimentaria y aun monstruosa,
en privación y en exceso, en la impotencia del sujeto y de su correspondiente
conciencia, casi como antes de haber nacido. Pues el sujeto está en sueños
privado de lo que el nacimiento da ante todo, aún antes que conciencia: tiempo,
fluir temporal.
En sueños aparece la vida del hombre en la privación del tiempo, como
una etapa intermedia entre el no ser —el no haber nacido— y la vida en la
conciencia, en el fluir temporal. En esta situación intermedia no se tiene
tiempo todavía. Todavía porque el sujeto que la padece, sólo moviéndose en el
tiempo alcanza su realidad, sólo entonces se apropia de la realidad que le
circunda en la forma típicamente humana dada por el disponer de si mismo. Bajo
el sueño, bajo el tiempo, el hombre no dispone de sí. Por eso padece su propia
realidad.
Cuál sea esta realidad propia de lo humano es cosa que puede
perseguirse, irse vislumbrando en el aparente laberinto de los sueños;
laberinto que resulta ser viaje, aunque fragmentario, interrumpido, interferido
y recurrente. Se trata pues de perseguir una línea y, más que línea, una
dirección unitaria a través del mundo de los sueños que se dan en
discontinuidad, a los cuales falta la continuidad de la vigilia, siendo ello
por principio la nota que distingue a los dos estados polares de la vida
humana, el hemisferio de la claridad y el de la sombra —sombrío por privado de
tiempo.
No puede decirse que el que sueña esté privado de la realidad, libre o
fuera de ella absolutamente, sino que la padece, que está bajo ella; que no puede ni contenerla, ni ordenarla, que está privado —lo que le
permite tratar con ello adecuadamente, adecuadamente a sí mismo, a su propia
condición—, desposeído de sí, enajenado en la realidad que le invade. Enajenado
por carecer de tiempo, en sueños. Enajenado en la vigilancia por haber de andar
en el tiempo, más libre y consciente. Mientras que en sueños, perdido en la
realidad, aun en la suya, puede dejarla aparecer sin interferencia ni sombra
por momentos, sólo por momentos. Pues que si el hombre entra en la vigilia por
el despertar es porque en el sueño inicial que parece ser su vida primera, no
puede alcanzarse a si mismo, a ser si mismo. Porque si la vida es sueño, es
sueño que pide despertar. Enajenación inicial de alguien que busca
identificarse. Y de ahí la angustia subyacente bajo los sueños, aun los
felices. Pues que el sueño pide realidad.
Y el que sueña pide salir de ese estado en que, desgraciado o feliz,
yace como larva en su capullo. De ese estado de inmanencia, que no parece ser
propio de la vida humana. Pues si la idea inmanencia acerca del hombre
correspondiese a la realidad, la vida sería como los sueños; la realidad, la
circundante y la propia, sería solamente padecida, comentada como lo es en
sueños, anotada, deformada, entrevista. Y aun las acciones con ella y aun sobre
ella tendrían la misma condición: serían igualmente padecimiento, pasividad.
Padecimiento, ¿de qué? Pasividad, ¿con respecto a qué? Es lo que cabría
preguntar a los representantes de cualquier especie de inmanentismo. Pues si el
hombre padece esencialmente algo, es su propia trascendencia, su propio
inexorable trascender, Y esto no nos es posible decir que haya sido encontrado
al examinar el mundo de los sueños. La realidad de los sueños y la realidad en
sueños. Pero sí que en ella se deja captar. No ha sido en ella encontrado, pero
sí en ella descubierto. Se descubre, o queda al descubierto más bien, en
calidad de fenómeno, que el hombre es el ser que padece su propia
trascendencia. Pues no es posible que tal condición de su ser quede oculta y
como aparte de las manifestaciones más elementales y espontáneas de la vida. Lo
que el hombre sea ha de ser visible, legible en su vida.
Es pues un fenómeno lo que aquí se intenta penetrar o, más bien,
descifrar. Fenómeno en lo que tiene de aparición del ser —y de
apariencia que lo encubre—. Encubrir que tratándose de un suceso de la psique
no es simple encubrir, sino enmascarar, fingir, sustituir y suplantar. (De ahí
que encontremos al descubierto el mecanismo de la mentira y
aun de la calumnia).
El punto de vista de estar tratando con un fenómeno primario traza por
tanto el camino a seguir en esta investigación, Camino, método, que no es sin
embargo el llamado fenomenológico debido a Husserl. Por varias razones: ante
todo porque aquí no es necesario practicar la epoje acerca de
la creencia en la realidad. Tratándose del mundo del sueño hay que esforzarse
más bien en lo contrario, en concederles realidad, la suya, pues que nos
enfrentamos con él desde la vigilia, en la cual aparecen destituidos para la
conciencia que los rechaza o simplemente los descalifica.
Mas en realidad no existe este problema, ya que la realidad que nos
esforzamos en admitir de ellos es, en realidad, propia de una parte de la vida,
su parte en sombra. La diferencia pues con el método de Husserl reside en un
punto que se mantendría igualmente si se tratase de un fenómeno de la vida de
la conciencia plena. Y es justamente el no mantenimiento de la epoje,
la no reducción fenomenológica, que ha conducido el método de Husserl así
practicado —no nos referimos a su último pensamiento—, pues se trata justamente
de perseguir y señalar los elementos de realidad aun dentro del sueño mismo.
Realidad en el sentido de realidad sin más* como se da en la vigilia, y
realidad en sentido absoluto, real sin discernimiento alguno.
Si a la vigilia queda reservado el sentirse en la realidad, entre ella,
en los sueños, no más se entra en su hueco, se entra en el absoluto y cuando
aparece algún punto de realidad es con este carácter de absoluto que sólo en
momentos extraordinarios acompaña a acontecimientos u objetos reales en la
vigilia. Si en sueños se da algo real es real absolutamente por falto de
sometimiento al tiempo que fluye, como sucede en la vigilia cuando se suspende
el fluir temporal.
La suspensión pues, la epoje a practicar aquí, está
dada ya por la materia misma; es la epoje del tiempo sucesivo.
Los sueños no nos permiten más que practicarlo, asistir a él. Lo que sería
imposible de hacer, y aun de pensar, si sólo contásemos con nuestro mundo
diurno, donde nos movemos en un tiempo que no nos lo permite o, más cautelosamente
diremos, en una dimensión del tiempo que se hace a la manera de un camino para
este ser que padece su propia trascendencia, su propio pasar, ir pasando, ir
pasando a, hacia; su rebosar del absoluto inicial de los sueños y del pasar de
la vigilia.
En sueños pues, se nos da la imposibilidad de vivir
y de ser, de actualizar enteramente lo que somos, agobiados, impotentes bajo
algo absoluto. Y absoluto es el carácter atribuido desde el primer momento al
ser desde Parménides. No es por ello real este absoluto dado en sueños.
Constitutivamente es irreal. Irreal porque en él el hombre no puede valerse,
falto de tiempo y libertad. La vida delira reprimida, se derrama sin cauce, se
sobrepasa como si tendiera espontáneamente a ir, a marchar hacia, bajo lo absoluto
y despierta por el grano de realidad que a veces emerge —salvadora, aunque
amenace—, y el sujeto humano, aun sin valerse, resiste. Entre estos dos
absolutos, que aparecen separados, la vida se revela y aun se rebela en su
fragilidad. La vida, un soplo, un aliento, apenas nada. Mas nunca nada, la
nada.
Fenómeno pues, fenómeno de algo absoluto que se nos muestra sin más,
impregnando todo suceso. Mas bajo él, la vida del que padece esboza realmente y
mima por momentos su propia trascendencia.
La vía de acceso a este fenómeno ha de ser lo menos impelan va posible;
ha de dejar ver, dejar aparecer. Mas sería inútil y nada leal pasar por alto el
carácter de este fenómeno, en el que la psique se manifiesta libremente,
por así decir, cuya licencia de andar por el tiempo no requiere descifrarse.
Justamente es eso lo necesario: descifrar y no explicar. Pues lo que
inicialmente sorprendemos del sujeto humano es también fenómeno. Es por tanto
una fenomenología del sujeto privado de tiempo, de lo que de él brota
incoerciblemente ante el contacto nudo con eso, con ese absoluto con el que se
las ve a solas, fuera de su medio. El medio del sujeto humano que es la
temporalidad. El medio donde vive adecuadamente a su condición actual —actual,
presente, pues cabria imaginarlo en otra—. Al igual que en sueños yace sin
tiempo, podría encontrarse en otra condición que no Turra tampoco la de la
vigilia. Y aun podría suponerlo en otro tiempo, en otra dimensión del tiempo
totalmente desconocida o bien insinuada, desapercibida para el hombre que
atiende a lo que tiene que hacer en el tiempo o con el tiempo, más que a ese
tiempo, más que a cómo se las vale en ese tiempo y las dimensiones que en él se
le abran. Pues visto desde la atemporalidad del sueño, el tiempo es ante todo
apertura, vía de acceso y vía en que marchar. El tiempo que abre al que padece
su propia trascendencia la posibilidad de actualizar esa unitaria
contradicción; que si no la hubiera —contradicción— no habría vida; que si no
la hubiera —unidad— no habría esa que la vida ve como suya.
Si el tiempo oculta y separa, diversifica, analiza y abre a la vez,
quizá quiera decir que el tiempo sea camino no sólo para marchar en él, sino
para conocer en él, para conocerse en él. El tiempo clave.
El descifrar antes indicado pues, no se refiere al contenido de los
sueños tal como se ha venido haciendo primero por las antiguas y más o menos
serias claves de los sueños, y en la época moderna por Freud y sus seguidores.
Lo que nos permite descifrar los sueños es el tiempo y ellos a su vez permiten
acercarse al tiempo tal como es vivido por el hombre. Que lo descifrado pues
entre los sueños y el tiempo es la vida humana, la vida de
aquel que padece su propia trascendencia.
El padecer, la pasividad se ofrece casi pura, y aun pura, bajo los
sueños; no ha desaparecido por ello el ineludible trascender del sujeto
sometido a esta prueba. En los sueños, pues, aparece un cierto comportamiento
del sujeto, y en este sentido hasta cabe hablar de una cierta ética del soñar o
de una ética en sueños, que no puede referirse en principio a la calidad, ni
aun a la significación de las imágenes que la tengan, sino al comportamiento
del sujeto privado de tiempo, a la acción que en tal desvalimiento intenta
realizar, a cómo acepta su esclavitud y a cómo se mueve aun sin poder moverse.
Y la condición del sujeto humano es tal que todo intento, aun fallido, de
realizar una acción trascendente, un verdadero movimiento, acaba por ser
eficaz. Pues resulta ser un ejercicio de su condición. Y valen más los intentos
aun fallidos para encontrar la libertad, que la libertad misma cuando se goza
de condiciones para ello, desde un punto de vista ético, en sueños y hasta en
vigilia.
Este comportamiento del sujeto bajo la atemporalidad del sueño, privado
de su medio de acción, no ha de ser necesariamente un rebelarse contra la
esclavitud de su situación rechazando lo que el soñar le ofrece, al fin cosa
suya o que dentro del recinto que le es encomendado se produce, aunque sean las
balbucientes y a menudo mentirosas historias urdidas por la psique. La
eficiencia no estriba en romper el espejo, por oblicua que sea su superficie,
sino en insinuarse, en ir insinuando la conciencia, en ir abriendo dentro del
mismo mundo onírico —la realidad hermética y absoluta— un camino o esbozo de
penetración. Después de todo como ante la realidad sucede; la realidad que tan
a menudo se nos vuelve extraña, inaccesible, justamente cuando más se acentúa
su carácter de realidad. Entonces en la vigilia se está en un sueño.
Mas, conviene señalar que tal situación —en la
vigilia— no tiene lugar cuando algo se destaca con carácter de realidad
simplemente. Es necesario para que se produzca que este algo exceda la
capacidad del sujeto, que venga a quedar asfixiado, o bien que la realidad se
presente toda ella totalmente: la aparición de algo real con carácter de
absoluto.
Apenas es necesario enunciar que la relación sujeto-objeto, o más bien
sujeto-realidad, no se da en los sueños con la distinción que en la vigilia,
que no está declarada en sueños por principio. Y cuando acontece, es porque el
sujeto se ha proyectado en un personaje al que intenta mover el sujeto real,
como el autor a sus personajes o en el que ha cedido algo de sí mismo
raramente. Hemos de subrayar la situación de padecimiento máximo, de pasividad
habida en sueños, por lo cual su examen significa tomar de raíz la condición
humana que es la de padecer su propia trascendencia. De raíz fenomenológica,
como la primera y última manifestación irreprimible, como la sombra que el
sujeto no puede reducir enteramente ni enteramente absorber en su vigilia, como
el peso y el poso de ese su ir, su trascenderlo todo que una y otra vez recae.
Marca y señal de la resistencia que se mantiene aquí, inexorablemente.
El hombre es el ser que padece su propia trascendencia. Y, por tanto,
padece su realidad: la suya y la realidad en tanto que le es dada, que le
concierne. Pero claro es que la realidad le es dada en tanto que le concierne,
que es en cierto modo suya, aunque le resista. Mas aun si le resiste es porque
le es dada a él, porque con ella se enfrenta ya desde el principio como sujeto.
Como sujeto que no es simplemente un soporte, un punto fijo, una cosa o
un ser acabado y fijo, ya completo, sino como un núcleo viviente
que va más allá de donde está, que tiende a ser más allá de lo que es, que se
sobrepasa. Un alguien —ser y no-ser a un tiempo— que trasciende y aun se
trasciende. Pues si no se trascendiera a sí mismo, no se habría de padecer a sí
mismo, a su realidad, Y este inexorable trascender se le manifiesta a sí mismo
como esperanza.
La vida es este haber de trascender que se revela como esperanza, cuya
primera manifestación, fenómeno, es la esperanza. El hombre es el ser cuya
primera manifestación es la esperanza, La esperanza y no el instinto, y no la
inteligencia, que puede ser interpretada, si se la desgaja de la sustancial
esperanza, como un instinto privilegiado, como un simple instrumento en la
lucha frente al medio. Y puede el hombre ser considerado así como un animal
inteligente que extiende y universaliza su dominio en un
medio más amplio, Y al decir «animal» nos referimos a la idea del animal como
organismo fijo, como una especie de máquina de vivir. Todo ello procede de una
concepción mecánica de la vida. Mas que la vida tenga un estrato mecánico no
revela el que sea la vida, sin más.
Este padecer la realidad y este excederla se encuentran en la esperanza
y revela la estructura metafísica de la vida humana, De la vida a causa del
sujeto que la vive, antes que de ella misma, O quizá el ser hombre sea la vía
de acceso para descubrir la estructura metafísica de la vida, el lugar donde se
revele sin más que aceptar finalmente la condición humana.
No le es accesible al hombre penetrar en el interior de la realidad que
le rodea, Pero la conoce interiormente. Interiormente, y no «subjetivamente»,
como si estuviese sumergido en el corazón de la realidad, Y al mismo tiempo a
ella extraño.
En el subjetivismo no hay extrañeza ninguna, diferencia ninguna ni
resistencia alguna de lo real que se da sólo dentro del sujeto hombre, sea
sujeto empírico —psicológico— o absoluto —idealismo—. Lo que decimos es más
bien lo contrario: no que la realidad se le ofrezca al hombre subjetivamente
sólo, en su interior, como si él la abrazara y aun constituyera, sino que es el
sujeto quien se alberga dentro de la realidad, en el interior de ella y es por
ella rebasado, por ella envuelto. Por ella rodeado y cercado. Mas en modo
singular.
Pues no está constituido por la realidad en tanto que aparece, por la
realidad que se muestra ante él. Mas ¿de dónde sale este mostrarse de la
realidad? Si fuese cierto lo que enunciamos, que el hombre como sujeto está
enclavado en el interior de la realidad, y aun en su corazón, o no le seria
visible o se lo sería en modo íntegro. Llegaríamos por este camino que
enunciamos como contrario también al idealismo, a la conclusión del saber
absoluto, de la absoluta visibilidad de lo real, de su total aparecer. A este
ser enclavado en el corazón de la realidad todo le sería presente.
Y al hombre no se lo es, presente del todo, sino que ni siquiera le es
presente aquella realidad que le invita y concierne, ni siquiera aquella que se
le aparece, pues se le aparece en modo discontinuo, fragmentario, alternante. Y
no sólo le resiste sino que se siente a ella extraño. Extrañeza que se abre
cuanto mayor es su distancia y su conciencia con ella. Dentro de la realidad y
de ella divorciado, por ella cercado y en inexorable trascenderla. Como si
ella, la realidad en su fondo, le abriera un hueco al que no ha ido todavía, un
lugar aún no ocupado y que sería su completo acabamiento; lo
que es el cese del trascender y del padecer gemelos. Como si estuviera
desplazado. Mas no como siendo ya lo que se ha de ser, lo que se tiende a ser,
sino por no serlo todavía. Por no serlo todavía y no serlo ya, pues si no lo
fuera podría renunciar y cesar ya en su trascender y en su padecer. Y quedar
así exterior y aun extraño a aquello que le rodea, vaciado de intimidad. Sin un
dentro, sin ser sujeto en ningún sentido. Sin memoria y sin futuro. Sin tiempo.
El tiempo, el modo en que el hombre vive el tiempo y vive en el tiempo,
depende de ese trascender inexorable. De este estar dentro de la realidad, por
ella circundado, y de esta exigencia de atravesarla para ir ganando otras capas
de realidad; y más allá de la realidad, del ser que con ella no coincide.
Si el hombre estuviera rodeado de ser, sin ser él, sólo padecería como
en sueños, sin jamás despertar. Sería, por definición, el infierno. Si el
hombre estuviese rodeado de ser siendo ya él, con-siendo. No habría padecer
alguno, Pura actualidad. Mónada una y diversa, en el centro del ser, aunque él
no fuera el centro. Y la lograda trascendencia no sería ya trascender. El
tiempo sería el eterno instante en que algo se actualiza, el sólo, único,
instante. No la inmovilidad, sino el puro movimiento sin etapas.
De un lado pues, el solo padecer, la total pasividad; de otro, la
actualidad sin padecer alguno: el ser ya. Mas la situación efectiva del hombre
es padecer y trascender. Y no sólo padecer, sino padecerse; soportar la carga
de su pasividad.
Que esta pasividad no sea un simple estar inactivo o un simple no ser;
que al no ser todavía, la pasividad tiene acción, se manifiesta. Esta su
pasividad es actuante; no es muda ni invisible; tiene carácter positivo. Se
mueve. Con sólo que esta pasividad se manifieste, se haga ostensible, hay ya
padecer, sufrimiento en el ser en quien esto acontece. Quizá la diferencia
esencial entre animal y ser humano sea esta revelación de la propia pasividad;
si al animal le fuera presente, dejaría de serlo, o bien tendríamos que
modificar nuestro concepto que de él habernos.
Esta revelación o presencia —en diferentes formas— de la propia
pasividad, trae el padecer, el padecer a causa de ella, por ella,
independientemente de los ataques del medio ambiente, Si es que así puede
pensarse, pues que el medio ambiente afectaría de otra manera a un ser a quien su pasividad no le fuera presente (por ejemplo, se
vería libre de humillación).
Pero la pasividad se le revela al hombre porque no está simplemente,
porque no consiste en un yacer, en un inmutable estar ahí que se muestra y se
hace presente. Esto sucede en ciertas situaciones extremas, en las que el
sujeto se hunde por así decir; se hunde pues se trata, este yacer, de un
movimiento, de una situación. Porque tal pasividad se manifiesta, se hace
presente porque se mueve. Es el sujeto quien la hace moverse. Es movida, su
estado natural no es de reposo tampoco; por sí misma si no se mueve, se agita,
está en tensión, en apetencia. La pasividad se da en la psique ante todo; allí
yace el sujeto, allí se entierra en esos estados extremos a que hemos aludido.
Lo propio de la psique es la avidez. Una tensión que puede ser, y es con
frecuencia, agitación, algo más inferior aún que la orexis aristotélica.
Pues en la orexis la avidez ha penetrado ya en la conciencia.
La orexis, el deseo, es la pasividad que ha ascendido a un cierto
grado de actividad: por eso es ya movimiento.
La vida: sueño-vigilia
La vida: sueño-vigilia
LA vida en el reino animal ofrece una alternativa que no deja de ser
extraña, aunque no suela despertar extrañeza, y es la relación, nunca abolida,
de sueño y vigilia. En el hombre, al menos en el sometido a cualquier
civilización, la alternativa se fija en una relación que sigue en principio a
la presencia y al acuitamiento del sol, como si la condición planetaria
alternativa de luz y sombra rigiera también la vida que se da en él; como si la
vida nacida remotamente en esta alternativa la repitiera siempre dentro de sí
misma, dentro de los seres vivientes, cobrando mayor intensidad y aun
significación según se sube la escala de la individualidad. Y allí donde la
claridad, comparable a la de la luz solar, de la conciencia y de la razón
esplende, se adensará el otro lado, el de la sombra. Se adensará de una curiosa
manera, aclarándose, poblándose, ofreciendo algo así como otra vida, otra vida
en sombra, que cuando se rasga es por otra luz; que cuando se aclara es
siguiendo otro proceso.
Instalado en la vigilia, viviendo de verdad desde ella, el hombre siente
la otra vida en sombra, aclarada por los sueños o no, como la infravida y,
aveces, como la supravida; irreal en los dos casos, aunque no de la misma
manera, pues cuando se trata de la supravida renuncia,
obligado eso sí, y cuando se trata de la infravida se aparta o
la deja olvidada.
No se tiene memoria de los sueños, aunque algunos se recuerden; quedan
entonces fijos como islas, y resulta difícil situarlos en el tiempo de la
vigilia y si se hace es de un modo externo. Caen en el olvido más extremo, en
un género de olvido en que caen ciertos acontecimientos extraordinarios y, lo
que más cuenta, el raudal diario de la vida, en el que cae toda la vida excepto
esa línea, esa figura que el sujeto extrae como una línea mesurable, donde es
posible medir, comparar, como un drama donde
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las escenas, los conflictos y los desenlaces $e
dibujan claramente, mas el resto, casi todo, el fondo de las horas vividas que
aparecen como «la realidad misma de la vida» mientras se viven, caen, y aun se
abisman como los sueños, el sujeto las deja irse y aun se desprende de ellas,
de ese fondo permanente, ese que podríamos llamar el continuo de
su vida, lo deja irse, abismarse, salvando de él sólo aquello que le parece
necesario para un mañana, aquello también que le parece digno de sí mismo, a su
altura.
No ha sido tenido en cuenta por Freud al estudiar el mecanismo de la
inhibición, como si ella dependiera tan sólo de una moral social ante todo y no
de la contextura de la vida misma o del modo de estar el sujeto viviente, el
hombre en este caso, en esa su vida: no habitándola por completo, no
enseñoreándola por entero, enseñoreándola sí, para disponer de ella, para
extraer de ella un asumo, un argumento, una continuidad en suma bien
diferenciada de la continuidad vivida: tratando a su vida como un continuo del
que se extrae una continuidad establecida, lograda a través de la
discontinuidad y aun de la alteración temporal.
Este fondo, este continuo de la vida viene a ser tratado así como un
sueño, como un inmenso sueño. Y cuando algún trozo de él se hace presente a la
conciencia, asciende hasta ella al modo de un sueño o la ilumina como un sueño
también; mas sólo en el caso de que se trate de algo ininteligible para el
sujeto, de algo que se le aparece sin sentido o excesivamente cargado de él,
queda como un sueño, fijo, absoluto: punto ciego o estrella. Mas lo que importa
advertir es que este pasado genérico vivido en la vigilia cuando fue presente,
es tratado como un sueño, siendo como es lo vivido en la vigilia de una
estructura tan diferente a la de un sueño.
Existe una zona intermedia entre vigilia y sueño, a señalar por el
pronto, y son las horas, los días, los años que parecen sólo destinados a
pasar, lo que se llama la monotonía del vivir. En ella el sujeto se siente
perfectamente asentado, seguro, albergado y aun establecido, Y este no cambiar
de las circunstancias y de las situaciones da a lo en ellas vivido el carácter
del pasar, del pasar simplemente, como si el tiempo sólo hiciese eso, pasar,
pasar sin fin entre lo que no pasa. Y la imposibilidad y lo innecesario del
abstraer de este continuo pasar argumento alguno, lo va reduciendo en el
recuerdo en algo así como un simple hito o como una cifra lo más. Este no
ofrecer materia, no ofrecerse como materia, a la
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abstracción convierte por exceso de
estabilidad a la vida en algo donde la realidad se hace fluctuante, incierta,
el Y este pasar viene a ser vivido como un sueño, como un sueño que no pasa. El
tiempo que pasa solamente se precipita o se desliza más bien en un abismo, en
el abismo de lo no vivido del todo. De lo no vivido del todo porque le falta
algo: ser memorable.
Aparece pues el vivir escindido entre claridad-vigilia y sombra-sueño,
con su desgarramiento en el soñar. Y esta escisión que parece esencial,
definitiva, señaladora de la estructura primaria de la vida humana, deja ver de
inmediato otra aún más radical, aún más señaladora, que penetra también la
vigilia: el abismarse de la vida, el abismarse de lo vivido, el irse quedando
el sujeto sin aquello que vive. Y la necesidad de retenerlo de algún modo,
retenerlo que es en verdad salvarlo: salvarlo de ser sueño, de caer en la
condición del sueño si no deja huella, si simplemente pasa y se va, de salvarlo
de ser soñado si no se fija.
Mas fijarlo solamente seria darle cuerpo a esa sombra, darle cuerpo de
imagen memorable, ampliar el sueño, totalizarlo, cerrarlo también al no dejar
escapada alguna, abertura alguna en el fluir. Instalarse en un tiempo compacto
donde todo al fin vendría a ser contemporáneo. Sería un continuo sin
discernimiento que impediría con su presencia el atender al juego del vivir que
sería solamente un almacenar, un atesorar «materia» vivida y, más bien,
vivible. Y en esta igualitaria condición, en la que todo es conservado
igualmente, nada sería rescatado. Soñar no sería entonces posible, ni
necesario.
El que sea posible el soñar no es cosa a probar. Sí lo es en cambio el
probar esta posibilidad en función de la necesidad deducida de la estructura de
la vida humana. Digamos la validez y legitimidad del soñar. No ya de que sea
aprovechable, cosa que ya se ha hecho y se está haciendo en grande y aun en
excesiva escala, sino que sea simplemente, de que suceda así y de lo que el ser
en este suceder revela.
Se trata pues de incluir los sueños y el soñar en el conocimiento de la
vida humana, cumpliendo así la ley común de todo conocimiento que deshace el
camino del olvido y de la espontánea abstracción: de incorporar a la
experiencia este campo en sombras, esto «otro» que la vigilia, esta especie de
réplica de la conciencia y que no es sino la suplica de todo lo vivido por
llegar a ella. Y no hay otro modo de ganarlo para la experiencia
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sino abordando la validez de aquello que vaga fuera
de ella, suplicante y amenazador.
Y no hay otra forma de abordar la validez de algo vivido que no sea en
función de las formas trascendentales de que esta humana conciencia dispone:
espacio, tiempo ante todo, como «formas de la sensibilidad». Mas tratándose de
algo como los sueños que no sucede fuera, cuya existencia y realidad se dan
únicamente dentro del sujeto, es el tiempo sin duda alguna la forma de la
sensibilidad únicamente apta para ofrecerles este conocimiento, este albergue,
esta posibilidad que en su validez los transforme en experiencia. El espacio,
la falta de espacio propiamente, viene referida al tiempo, como de otra parte
sucede en la vigilia con la percepción de la realidad. Un análisis
fenomenología de la realidad muestra en los primeros pasos cómo el espacio es
una necesidad originaria, sí, mas como forma toma su sustancia, por
así decir, del tiempo, del modo como el sujeto está situado en su tiempo.
Es el tiempo la raíz de toda experiencia. Experiencia quiere decir
aquí autognosis, percatación —término de Ortega—. Mas percatarse no
ya de algo que el sujeto tiene ante sí, sino percatarse —como
fundamento de todo percatarse de algo— de estar aquí, de estar incorporado al
lugar en que el sujeto habitaba: su cuerpo, desde donde limitado, encerrado y
defendido a la par, asiste y se sostiene la pre-existencia. Se da pues el
tiempo antes y como condición del existir o del ser entre la realidad, como
posibilidad-realización, Y no sólo de la vida vista desde fuera, medida por el
tiempo, extendida por la duración, sino de la vida de este privilegiado
viviente para el cual el tiempo existe, este que puede decir el tiempo
existe para mí y no sólo hay tiempo o existe
el tiempo.
Y por ello, este que puede decir el tiempo existe para mí puede
y necesita rescatar su pasado que es, en principio, no lo que fue, sino lo que
ya no es: el no-ser de lo vivido: desde lo positivo del tiempo que se abre y se
ofrece, del tiempo que llega, rescatar lo por él llevado: completar así el
tiempo. El tiempo se hace así vehículo de libertad, Y ello por necesidad del
sujeto de recorrer su vida y la vida en donde la suya alberga —que ninguna vida
deja de estar albergada por la Vida—, por necesidad de vivirla lo más
enteramente posible, de enseñorearía como verdadero sujeto de ella, a lo cual
el término persona parece ser el más adecuado y conveniente.
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El tiempo sería así convertido en camino de
libertad. El tiempo, lo otro, según el sentir inmediato y más aún
según la concepción negativa — una concepción secular dada por
supuesta, sembrada aquí y allá como supuesto especialmente de tantas morales—.
Como si lo propio de un sujeto activo, dotado de autognosis, no fuera el
rescate —la percatación— de todo lo que se le presenta como lo otro,
lo negativo, el lado en sombra, la mitad sombría por donde le es necesario a
esta actividad que es libertad dar la vuelta, pasar por ella. Pues claro está
que al traer a la conciencia, a la experiencia válida, lo otro, lo sombrío —eso
que hemos dicho que suplica y clama—, no sólo se le hace pasar ante el sujeto
vigilante sino que el sujeto pasa por ello también, de lo cual quizá sean
símbolo todos los poéticos descensos a los infiernos.
La poesía, sin esperar a que la validez, la experiencia de «lo otro» y
lo negativo en todas sus especies fuesen establecidas, ha seguido al sol en su
camino procurando espejar lo que alumbra invisiblemente para los abandonados
por él en su carrera, ha entrado en este tiempo sombrío y lo ha procurado
rescatar y se ha deslizado hacía abajo, por la raíz del tiempo, por el
laberinto que se abre no más se deja el tranquilizador tiempo de la conciencia,
el apto para la formación del concepto —que por otra parte no nacería sino por
el beneficio de un átomo al menos de su detención, o de su ensanchamiento—.
Pues que el tiempo puede ser transitado de muchas maneras.
Queda el fenómeno de los sueños y del soñar incluido en otro aun más
amplio que lo envuelve: el del abismarse de lo vivido y su rescate. El perderse
constitutivo de lo que el hombre vive sin más. Pero no solamente, pues que el
abismarse de lo vivido como cosa de ta vida humana tiene otro grado en el que
el hombre tiene su parte: el de la ocultación; como el de perderse, el perderlo
y aun el destruirlo. Aquello que sucede fatalmente puede suceder luego
activamente, aquello que el hombre padece es ejecutado por él. Ya que el hombre
es la criatura que no se limita a estar como está ni a ser como es en una
cierta situación, sino que ejecuta aquello mismo que padece —hasta cuando es
sufrimiento, hasta cuando es daño, hasta cuando es muerte—. Se le va lo vivido,
se le pierde aun antes de ser vivido enteramente y en él su libertad lanza
hacia el no-ser, abisma su propia vida en el caso límite; lo que más quiere,
estima o cree necesario lo abisma y, en grado menor, lo oculta. Lo oculta, es
cierto, para descubrirlo. O más bien, por el pronto lo descubre tras de haberlo
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ocultado, perdido o negado. Necesita negar para
creer. Y necesita, por lo visto, creer aún más que ver. Sólo cree en lo que un
día, un tiempo, estuvo escondido, o anduvo desconocido. Y necesita afirmar lo
que un instante fue negado, abismado en esta manera que es más que pérdida
todavía: destrucción. Y pasar por todos los círculos de los infiernos de la
negación, desde la simple desatención al no-ser, a la afirmación del no-ser,
para después extraerlo penosamente en el conocimiento y en la fe, que por eso todo
conocimiento va siempre acompañado por ella: todo conocimiento es un acto de
fe, que ha debido pasar por un momento oscuro, tan oscuro que puede ser su
muerte. Como si el conocimiento, la experiencia en sentido genérico, fuese vida
de segundo grado, vida resucitada. Lo cual es acción en el tiempo, libertad en
el tiempo, libertad que ha seguido la curva máxima de la fatalidad.
Dentro de este vivir humano, la inhibición originada en nociones morales
es un caso particular y minoritario, es lo que podríamos llamar condenado por
juicio moral, que también se condena por otra clase de juicios. Parece
innecesario afirmar que los sueños nacen de este funcionamiento de la vida
humana que primero por sí misma, automáticamente —necesaria, fatalmente—, y
luego por la libertad humana, se ejerce ante todo como en una prueba, en
sentido negativo. Los sueños son un caso de rescate y aparición de lo oculto,
de lo perdido, de lo abismado. Los sueños son, ante todo, la revelación
de una ocultación espontánea —automática— o realizada por el hombre: de lo
que el tiempo es en su ambigua condición reveladora-ocultadora, esa
presencia que salta en el instante para hundirse sin más, de eso que se
extiende y dura para irse, estarse yendo; nacidos luego de ese libre echar a
perder, abismar y aun nadificar tan propio del sujeto que en su libertad prueba
a perderlo todo, perderse con todo. Revancha de la libertad frente a la
esclavitud en su condición humana. Necesidad de perder para rescatar lo perdido
de un modo más indeleble, de un modo que no sea ya el simple ha
sucedido o está ahí sino el no puede dejar de
estar dado por la discontinuidad de la ausencia, de la
temporal muerte que fue vivida como la definitiva, intersección de la muerte en
la vida, como si el sujeto llamado persona, el activo y no sólo paciente,
tuviese necesidad de probarse en ella. Muerte de forma total, como unidad de
todas las posibles negaciones: la del no-ser a lo que se presenta como siendo,
la de la desaparición a la realidad, la de la pérdida para lo valioso y amado.
Juegos todos que se pueden realizar en el
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tiempo, contando con el tiempo, y aun sabiendo
transitar con él, mientras no se llegue a alguno en el cual el tiempo quede
abolido ya totalmente: el tiempo, este que se nos ha dado. Pues la ilusión
puede ser, la ilusión que envuelve y engaña a la esperanza, el negar el tiempo,
todo el tiempo, esperando rescatarlo después, encontrarlo rescatado,
resucitado. Y sin llegar a ello, encontrar de nuevo, resucitado, lo que se
destruyó en el tiempo y que no puede vivir fuera de él, lo que no es apto para
resucitar en una fe que planee sobre todas las formas de nuestro tiempo. El
tiempo no ya como forma de conocimiento, sino lugar donde lo que es sucede:
Jugar de todo suceso.
Tienen tos sueños en su primer aspecto, el de la revelación de una
ocultación habida en modo automático, espontáneo, meramente temporal, la
comunidad con la vida toda visible, Sueña el animal también, ya que él se mueve
o es movido por el tiempo, llevado por el tiempo. ¿El tiempo pasa por él o él
pasa por el tiempo? ¿Es criatura suya, que el tiempo absorbe y se lleva? ¿Su
vida obedece ciegamente a ese pasar del tiempo, a esta su condición negativa,
fragmentaria, devastadora, anuladora? Sea o no enteramente así, el fenómeno del
soñar tiende como un puente que establece una comunidad, o la manifestación de
la vida humana, con la vida, con lo que en el hombre hay de naturaleza, de vida
biológica, cuerpo vivo que obedece a la condición planetaria de la ocultación y
la revelación, de la luz y la sombra: del estar presente y del ausentarse,
mimesis, alternativa que se inscribe en la más amplia de la vida-muerte
congénita con la corporeidad. Lo que la vida tiene de cuerpo, sustraído con
frecuencia tanta a la consideración del pensamiento en su rigor, como olvidado
también, ya que el haber un cuerpo permite el olvido de ello, cuando el sujeto
asciende a su máxima actividad pensante, pues también aquí encontramos que la
máxima actividad humana se ejerce a costa de la negación, del olvido. Y el
cuerpo a solas, dejado, se despierta, llama soñando, se presenta en sueños: el
animal, el simple viviente, y aun dentro del animal, el cuerpo material, el
cuerpo hecho, integrado en lo que se llama «materia», integrado por organismos
que obedecen y se ocultan en la unidad del organismo animal, del sujeto
biológico, Y en ellos, la «materia» que de común con lo vivo tiene lo no vivo
—lo no vivo ya o lo no vivo todavía—: la comunidad con lo que hay, con lo que
la vida descubre y el tacto sugiere, con esa «materia» que se ofrece pasiva y
extraña, distante, y que de algún modo el viviente arrastra, la materia
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sustraída a ese depósito, a esa remota arcilla, a
esa inicial mezcla. El viviente arrastra esa mezcla y entre todos, el que vela,
el hombre, sujeto activo sobre todos, impar, participa por ella, y no sólo por
el conocimiento, en todo et universo, Y viviendo a costa de ella también, la
olvida, la olvida con sólo estar vivo. Llevar hasta ella la autognosis, sería
llegar a las puertas de la muerte.
Son, pues, los sueños el fenómeno más espontáneo, por un lado, más total
y de mayor extensión, por otro, de aparición en este ocultar congénito con la
vida toda aquí conocida: la revelación de ese abismarse espontáneo, originario,
que se da en la vida —en la consciente por la libertad, en la espontánea por el
simple pasar del tiempo, en la vida sin más por el hecho de darse a costa de lo
vivo y en ello como lugar—. Proceden de un olvido que llega al límite, al
límite que tocamos al caer en el sueño, bajo el sueño que es dejarse.
Y en este dejarse la revelación comienza, recomienza la vida desde el
límite de la muerte, trayendo consigo tanto como es posible, la muerte o, por
lo menos, la no-vida, la no-vida que entra en la vida; la no-concíencia que
aborda a la conciencia, la caída, caída en lo que pesa; el cuerpo sobre el
cuerpo de la tierra, siguiendo la gravedad, el máximo hundimiento del sujeto
activo que se ha comportado como un cuerpo sin más al dejarse en el sueño.
Desde él asciende el soñar. Asciende, como desde un supremo olvido, lo ocultado
por el tiempo. No sólo como en el olvido de la vigilia, no sólo por su pasar,
sino por algo más radical: que en el tiempo no hay excepción, pues antes de que
algo sea, está que sea simplemente. El pasar puede ser el cómo del
tiempo, pero antes y más radicalmente está el que sea, el qué sea el tiempo. Y
puede ocurrir que en esta relativa muerte, en esta entre vida y muerte que es
el soñar, el tiempo comience por no ser. Y entonces no se trata ya de la
legitimización de los sueños, como la cara en sombra de la vida, sino de lo que
al tiempo se le debe, Y en este sorprender su forma originaria, en la
adversidad y en la ocultación de sí mismo, quizá haya algún indicio para el
conocimiento o la revelación de su forma, plural y una en la vida humana.
Sueño-vigilia: la ocultación
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El fenómeno del sueño lo es de una ocultación. Es
una ocultación desde la vigilia, el lugar donde el sujeto humano ve y se
reconoce a sí mismo: ve, es visto y se ve en la relatividad propia de la visión
humana. El que duerme se ha retirado del lugar de la visión: ha dejado de ver.
No comparece ante la realidad y en tanto que no comparece ha dejado también de
ser visible: no está presente. No está aquí sino en un ahí,
en un ahí que es también un allá. Ahí en tanto que
cuerpo; allá en tanto que persona, en tanto que alguien a quien dirigirse. Ha
perdido pues esa condición que parece esencial de la condición humana: ser el
que no solamente está aquí viviendo, sino el que comparece.
La plenitud de la vigilia se da en el hombre cuando comparece: ante los
demás, ante sí mismo. Entonces está con los demás por estar consigo mismo. Vive
estando presente, en un presente que es estar presentándose, sosteniéndose en
ese presente que se reitera en actos ininterrumpidos: se sucede a sí mismo. Una
tensión para mantenerse en estado coherente, en una unidad que reúne y alza,
que hace emerger su presencia como salida de un fondo donde naturalmente
tendiese a volver. Como saliendo y viniendo al encuentro de algo. Saliendo de
un lugar natural donde al menos originariamente está y hacia el cual tiende a
entrar Como si el acto de presencia fuese una conversión: salir de un modo de
estar para llegar a ser. Estar presente es ser presente. Comparecer es estar
aquí siendo. Salir de un mero estar a un estar siendo, como siendo alguien.
Comparecer es estar como ser, como siendo alguien. Lo contrario de la
ocultación es esta aparición, nunca total. Jamás el alguien humano se ofrece
visible en una total presencia. Ninguna claridad conocida lo baña por entero. Y
una resistencia invencible lo retiene dentro: dentro de sí, mirado desde otro;
más allá de sí, sentido desde sí mismo. El estar consigo mismo es siempre
relativo y requiere igualmente una tensión, como el estar presente a los demás.
Su presencia es aparición, fenómeno, aun para sí mismo. Y nunca está del todo
en el aquí ni con los demás ni consigo. Parece emerger de un remoto allá: estar
viniendo, apareciéndose como si naciera, como si fuera a nacer del todo:
deteniéndose y aun volviendo cuando parece va a lograrlo. Retenido en un Jugar
invisible sin darse del todo a luz: sin actualizarse nunca del todo.
Y no le basta estar aquí y atender: ha de declararlo, de declararse. Su
acto de presencia es manifestación activa, declaración. Responde a la realidad
que le rodea saliendo a su encuentro para aclararla, para ponerla
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en luz. Y al hacerlo se declara. Su ser es
manifestarse o es manifestándose. Tiende a hacer la luz, a crear una claridad
donde la realidad se visibiliza, y los sentidos son ya vías de revelación y de
discernimiento.
Al hacerse presente se encuentra a sí mismo como una realidad, tan
impuesta, tan independiente como cualquier otra. Y aun mayor, pues en ella
encuentra el punto de máxima resistencia. Y así como no puede enteramente
emerger desde el remoto allá, tampoco puede ignorarse, ni abandonarse, ni
desprenderse de este «sí mismo» que ha encontrado.
Mas puede adherirse a él sin conflicto, o sentirlo extraño. Pues que el
hombre puede sentirse extraño a sí mismo. Extraño a sí mismo por no estar
consigo; porque algo, la conciencia, se ha adelantado en la luz, se ha casi
separado del ser que permanece retenido, anclado en la oscuridad mientras la
conciencia vuela recorriendo la realidad, arrastrada por la corriente. ¿Se
extraña la conciencia y su centro llamado Yo del «sí mismo» oscuro y yacente,
impedido de seguirla, o se siente obligada a entrañarse?
El estar presente —vigilia completa— es vuelo y desprendimiento de la
conciencia. Que así el hombre actualiza su conciencia en una forma tan activa
que amenaza escindirla y dejar de caer, recaer, en la parte en sombra. Y en la
sombra anida el sentir; el sentirse. No es la conciencia pues, la que se siente
extraña; no es desde la conciencia desde donde se siente extraño a sí mismo,
sino bajo ella, bajo su mirada. El que se ve no está consigo, fuera de sí se
ve; dentro de sí se siente extraño, al sentirse arrastrado por esa corriente
que le invita a hacerse presente, a desentrañarse.
Mas la extrañeza adviene sólo cuando la conciencia alumbra en plenitud.
Pues su claridad escinde lo que ilumina, que queda así separado formando una
especie de círculo de claridad donde rigen unas leyes diferentes, donde se
forma un orden sui generis y pues que hay visibilidad, Y las
leyes y modos de organización de la visibilidad —del medio de la visibilidad—
son diversas de aquellas que gobiernan lo sumido en la oscuridad. La claridad
no solamente revela sino que organiza: porque separa, abstrae, hace visibles
unas conexiones y destruye otras, crea aislamientos, soledades. La primera la
del sujeto que desde su raíz oscura se ve frente a lo claro, Y él, ¿dónde está?
En la vigilia el sujeto está entre la zona de claridad y la de sombra:
acechado por la una y un tanto ofuscado por la otra, participa en las dos sin
anegarse en ninguna: emerge, sobresale como algo impar, amenazado, sí,
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mas que nunca podrá ser anulado, Por ello media y
transmite, hace pasar claridad a oscuridad y a la inversa, Pero antes opone una
a otra; distingue. Pues sin distinción la zona de claridad vendría a sumirse no
en la oscuridad, como sucede cuando cae en el sueño, sino que conservando su
claridad se cerraría el círculo mágico de la luz, como en el sueño se cierra el
círculo mágico de la oscuridad. La vigilia total no sería vigilia sino una
clase superior de sueño.
La vigilia no es revelación total, ni de la realidad entorno ni de un
trozo de realidad dentro del sujeto. No es la total aparición en forma alguna.
Y el sujeto al encontrarse en este dintel entre claridad y oscuridad, entre
revelación y ocultación, se siente a sí mismo. Se siente antes que nada, se
siente porque se esfuerza en mantenerse en equilibrio. Para mantenerse en la
vigilia ha de mantener la oposición y sobre ella ha de actuar mediando. Ha de
contener la resistencia de la zona en sombra. Por un instante algo se agita y
aparece ávido de aparecer del todo, vivencias aludidas por lo que está en la
claridad, como sucede al que medio ha pensado algo cuando to ve pensado más
claramente por otro: se siente aludido. Lo que ha llegado a ser objeto parece sea
inalterable y duradero, parece se haya «salvado». Todo lo que en el hombre vive
apetece salvarse, objetivarse pues. Durar habiendo alcanzado lo inalterable, Y
si es por naturaleza fluido, algo de lo más viviente de lo vivo, entonces no
apetece objetivarse, convertirse en objeto inalterable y que dura, entonces
apetece eternizarse.
La conciencia objetiva con su claridad a la realidad que baña. Y si hace
sentir al sujeto su distinción —su no ser objeto— también le hace sentir la
amenaza de quedarse ante el objeto sin más. Sin más quiere decir; sin vida, Y
la oscura vida que ha quedado bajo el incompleto círculo de claridad la llama a
su vez a vivir sin más, a vivir nada más.
Es así la vigilia un equilibrio que amenaza perderse en cada instante,
sostenido por la tensión y el esfuerzo del sujeto solicitado contemporáneamente
por las dos zonas en que la claridad escinde su ser, el ser que tiene a su
cargo. En ella el sujeto ejerce su función primaria de separar y oponer el
mundo de los objetos —zona de claridad consciente— y el mundo que queda oculto,
el mundo subjetivo. Y paradójicamente, cuando la claridad que arroja la
conciencia sobre lo real se acerca más a la transparencia, a la diafanidad, la
realidad parece representársele más por sí misma, con entera independencia,
como objeto. El sujeto entonces se
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libera temporáneamente de la adhesión y del peso de
lo subjetivo, del mundo en sombra. Mas pasado un cierto tiempo se le agudiza el
sentir de su diferencia con ello; lo ve cuanto más objeto más extraño, más
opaco e incognoscible. Es el dintel del conocimiento, su drama: cuando al fin
la realidad se ha objetivado, quiere decir que está ahí dispuesta para ser
conocida, dócil al fin al conocimiento, entregada al pensamiento, predispuesta
a él. Entonces el sujeto que ante sí la tiene, advierte su radical diferencia
con ella, su diversidad, cae en la cuenta del esfuerzo desarrollado por la
conciencia, se le presenta la duda.
La duda porque piensa. El advertir el esfuerzo y la función de la
conciencia hace dudar acerca de la realidad tal como ella se presenta, más bien
que a la inversa. El que se sorprende en la duda sabe que piensa y que existe
—dice Descartes—. Mas se trata de un razonamiento objetivo como
hecho desde fuera de sí mismo, desde el exterior que es la conciencia. Como si
el sujeto mirase desde su conciencia su existir y lo constatase como una
realidad más, aunque esta realidad consista en algo unido al existir,
Y este existir se reduce, pues, al sujeto en un solo punto, en
ese lugar en que se descubre a sí mismo desde su conciencia. Nada
más. Trae sin embargo, o por ello mismo, la certeza de que vivir no sea soñar
ni ser soñado, existir como sombra de alguien o algo que nos sueña, Pero sólo
referido a ese instante de inmovilidad y de absoluta apatía. Ese
instante, más que de libertad, de liberación de todo el sentir; aun del
sentirse a sí mismo.
Lo que sucede, en cambio, es que al descubrirse el sujeto frente a la
realidad objetivada que le muestra su conciencia, descubre su conciencia misma
y duda. Duda de esa realidad que cuanto más objetiva, le es más opaca, más
inadecuada. Inadecuada a su vivir completo, a su vivir total, a su situación
entre la claridad y la sombra, entre la revelación y la ocultación. Porque no
está ni puede estar radicalmente despierto, y aquello que queda oscuro sigue
siendo real, la realidad desconocida.
El hombre —es sabido— se ha visto y, aun todavía más, sentido a sí mismo
en analogía con lo que ha pensado de la divinidad. Aun del Dios revelado. Y
Dios es la suprema realidad para el pensamiento cuando con él se las ha visto,
hasta el punto de ver en él la esencia misma del pensar y del pensamiento:
pensamiento de pensamientos, pensamiento que se piensa a sí mismo. No ha sido
posible que en una conciencia más amplia, más total, haya hecho olvidar lo
desconocido de Dios y aun el Dios
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desconocido. El Ens realissimus que
es igualmente el pensamiento mismo, el acto puro, ha sido en la tradicional
religión cristiana el Dios desconocido. Porque el Ens realissimus no
lo sería, no sería real enteramente para el hombre, si no fuera al mismo tiempo
el Dios desconocido, el no revelado ante los ojos humanos, el que el hombre
siente oscuramente en la raíz en sombra de su ser; extraído este sentir
del Ens realissimus sería una idea, aunque esta idea fuese la
idea de la suprema realidad —mas sin realidad como Dios.
El Dios desconocido resulta así el revelado, el revelado en su
ocultación impenetrable; como el verdadero Dios. El Dios desconocido es también
revelación. El hombre, análogamente, despojado de lo oculto y desconocido,
separado de aquello que en su ser resiste a la claridad de su propia
conciencia, reducido a sujeto puro, que existe porque duda y
piensa, carece de realidad, y más que de realidad, de vida. No es sujeto
viviente. Sólo el ser divino lo sería para sí mismo, pues su mismo pensamiento,
su verbo que es luz, es misterio para el hombre.
Y es que no existe realidad alguna para el hombre —tal parece ser su
condición— que no se le oculte en cierto modo cuanto más se le hace visible. La
realidad se da en visión sólo en una zona restringida, en un círculo de
presencia que nunca llega a cerrarse; tiende a ser un círculo. El círculo del
pensar universal —filosofía— al lograrse deja en sombra y desprendida la
pasividad activa que es vivir. O bien queda reducido a un punto fijo.
El círculo de la claridad creado por la conciencia, si se cerrara
anegaría al sujeto, lo envolvería, le dejaría sin función, como en un sueno.
Estaría dormido en la luz, reposando en ella, mas perdido en ella. Y la
conciencia no sería ya conciencia de alguien, o lo sería de un sujeto absoluto.
El hacer aparecer la realidad que le rodea es una función del ser
hombre, la especifica a lo que sabemos. Mas esa función es el cumplimiento de
otra que la sostiene y subsiste bajo ella: el padecería, Y el serla. El tratar
con la realidad humanamente es padecer sus ocultaciones. Y en cuanto a la
«realidad» que es el hombre, el padecerla y padecerse en ella y desde ella
—desde lo que ocultamente padece— es lo que se le revela —la realidad objetiva—
y lo que de sí mismo se actualiza y trasciende. El hombre padece su propia
trascendencia. Y el hombre padece su propia ocultación, su inmanencia o estar,
hasta hundirse en ella. El hombre duerme.
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Dormir es una caída en una zona sobre la que emerge
la vigilia. Es una caída en la pasividad que le retrotrae a la comunidad de los
vivientes de la que se ha separado. Es una revelación de lo que en la vigilia
queda oculto, el sueño del hombre y lo que en sueños le acontece. Algo que sólo
a él puede acontecer, porque sólo él, al dormir, cae.
La caída
El sueño, por ser ocultación total, es caída en el hombre. Es caída
abandonar la realidad y a sí mismo. Dejarse aquí como un cuerpo más entre los
cuerpos, corporeizarse. Ceder y obedecer a la gravedad. Es entrega a la ley de
la gravedad como si ella se extendiera igualmente a la vida y a lo más viviente
de la vida: a ese estar presentándose, declarándose y declarando. Como si todo
ello se sostuviera sobre algo, como si fuera una victoria sobre algo.
Desde la más intensa actividad de la conciencia, desde el pensar, se
hunde en ese estado que es vivir solamente, como todos los vivientes. Y a
través de la vida y en ella vuelve a la fysis cae en ella. En
el animal, el sueño es cesación de funciones bajo el signo de la orexis,
del deseo y de la afección. Pero en cierto sentido el animal no duerme del
todo, no se acalla. Y lo que en el hombre hay de animal es lo que más rápida y
fácilmente despierta si un estímulo le interrumpe el sueño. Quien despierta
ante él no es todavía un hombre, sino el organismo animal que en el hombre hay.
El animal se recoge, cesa y pesa, se reduce a ser peso porque ha dejado de
moverse. El hombre, en lo que de específicamente humano tiene, cae porque su
conciencia y la realidad que le corresponde se sumergen. Se ha ocultado a sí
mismo, ha perdido su identidad. Y aunque pudiera moverse, hacer uso de sus
sentidos, no sería él.
Él, él mismo, este que no sólo se siente, sino el que se siente y se
sabe: el sujeto en su soledad. No le ha privado el sueño del uso de los
sentidos. Despierto puede quedar privado de ellos en un exceso de concentración
o en el límite de la dispersión.
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La alternativa de sueño y vigilia marca la primera división en el tiempo
humano, que sigue en ello originariamente a la luz solar, al alternarse de la
luz y la oscuridad, Y al caer bajo la oscuridad del sueño, más que
naturalizarse se materializa como si cayera bajo la gravedad. Se produce una
síncopa en su tiempo; en un tiempo que sabe ha transcurrido y que no cuenta
para él. La conciencia tiende a establecer la continuidad entre el ayer del
momento anterior a la caída y el hoy en que despierta. Y aunque durante esta
síncopa haya soñado y preste crédito en algún modo a esa realidad de sus
sueños, lo decisivo es que lo mira como otra realidad no
fundible que lo que encuentra en la vigilia. Puede prestar crédito a lo en
sueños vivido, visto, entrevisto o encontrado; se trata entonces de una revelación que
sirve a la vigilia, no de un acontecer total donde se realiza, donde
realmente vive. Puede hasta sentirse vivir más y más verdaderamente en sueños
que en la vigilia, mas cuando despierta es ya hoy. Es ya hoy y se encuentra con
que lo inmediato anterior es ya ayer.
Es el dormir, soñando o no, lo que determina este sentir y este
disponerse a vivir un hoy, un presente, afrontar una unidad de tiempo: el día
como una unidad de presente, el hoy. Un presente más amplío que el instante así
llamado. El primer modo de presente no es el instante, sino el hoy con el que
al despertar se encuentra. Separado por una síncopa —la del sueño— de lo
inmediatamente vivido: el ayer.
El pasado se le presenta, pues, originariamente en este modo correlativo
del presente: una unidad ya vivida, un día consumido, pasado. Es el tiempo
natural, lo que no quiere decir que ninguna criatura natural lo pueda vivir
de esta manera, sino que en la vida humana es el tiempo dado naturalmente, el
transcurrir de unidades temporales que no depende de la conciencia, del
transcurrir que en la conciencia habernos del pasado, presente y futuro.
Para que en la vigilia suceda algo análogo, que el instante anterior se
convierta en pasado separado, es preciso que un acontecimiento extraordinario
se produzca, y en ese caso no es lo vivido en esa parte del día lo que se
convierte en pasado, sino a veces toda una época y aun toda una vida.
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Nace así la primera experiencia del tiempo humano
de una interrupción, mas de una interrupción que es una ocultación de la
realidad y del propio ser. Aparece el tiempo en su propio pasar ligado a la
falta de presencia. Y a un ceder. A una caída.
Durante la ocultación del sueño el presente ha huido, ya no está, ¿se ha
hecho pasado? Estaba ahí, estábamos en él; y ya es irrecuperable la convivencia
en esa forma, la coetaneidad del sujeto con la realidad se ha ido lejos, y
cuando despierta se siente por ella abandonado.
La primera forma del transcurrir temporal para el hombre, en que se
aparece el diseño de pasado y presente y un cierto mañana —que no puede ser
enteramente llamado porvenir, sino tan sólo un después—, procede de una
ocultación de la realidad al sujeto, del sujeto a sí mismo. El tiempo como
pasar aparece así no sólo ligado, sino procedente de que el sujeto se oculte,
quede oculto para sí mismo—. Ocultación que es discontinuidad, sobre la cual la
conciencia tiende un puente, una «ideal» continuidad. Pues algo, un trozo de
este transcurrir temporal, de este tiempo mesurable, ha quedado
irremisiblemente sustraído. El hoy nos encuentra en un lugar más allá, es un
paso dentro de ese lugar, de ese tiempo natural que sigue, indiferente al
hombre, el giro de las cosas naturales entre la luz y la sombra.
Este primer diseño del tiempo, sueño-vigilia, hoy-ayer, presenta más que
la forma del transcurrir, su contenido. Se hace sensible por las cosas dejadas
atrás: más precisamente por los sucesos y la situación que en ellos tenía el
sujeto. Porque se le ha perdido algo, se le ha escapado algo; la espontaneidad
con el momento preciso del proceso de su vida, en la que estaba al caer bajo el
sueño, porque ha de volver a sumergirse en esa realidad, porque ha de realizar
un esfuerzo para recuperarla, y sabe que algo de ella, la atmósfera, el tono,
el conjunto de la relación del sujeto con lo que le ocupa, ha desaparecido para
siempre. Lo que le está ocurriendo es ya otra cosa, la memoria tiende el hilo
conductor; el hilo que señala un camino en el conjunto de la situación que
estaba viviendo. Es ya un esquema; la memoria, al traer el inmediato pasado,
alega tan sólo algunos datos esenciales, a la finalidad, pues la continuidad
establecida por la conciencia a través de la realidad está guiada por la
acción, por la finalidad; es un camino, y, como todo camino, es una
abstracción. La entrada en el hoy es un desprendimiento, la comprobación de un
desprendimiento que es como una cierta muerte, por lo irrecuperable. Y un
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cierto nacimiento por ese vacío que la conciencia
tiene que salvar. Y por encontrarse frente a una unidad compacta de tiempo;
hoy. Por estar frente a ella en ese corte con el ayer que se fue, con esa vida
ida, donde se estaba dentro. En ese estar fuera de lo vivido frente a lo por
vivir no como futuro que se acerca, sino como presente que está ya aquí,
presencia que guarda su incógnita.
Es salir de dentro del sueño y de dentro de la situación vital inmediata
y que es necesario recordar afuera: salir de la placenta del sueño al fuera del
día que empieza. Recordar espontáneamente, como en sueños, el dentro de lo
vivido últimamente, del ayer perdido casi como una patria.
En el vacío entre el ayer y el hoy se da lo irreparable del paso del
tiempo. El ayer es un lugar tan nuestro como el hoy que nos ha sido sustraído
inexorablemente. La conciencia trata de reparar esta pérdida, mas su función no
podrá crear de nuevo este lugar, estar aquí, en un dentro del que sólo se
podrán retener algunos elementos, en una forma ya analítica. Sólo a condición
de operar este análisis la conciencia puede tender su puente.
Bajo la conciencia alienta una oscura continuidad; sentires y
sentimientos comienzan a reaparecer, entran en escena como personajes, pero la
escena es ya otra, lo sería sólo porque tienen que entrar. Y la situación se
desmenuza así, se analiza espontáneamente. Y este análisis espontáneo es ya una
operación del tiempo, del tiempo natural. El análisis, la separación que se
opera siempre en lo vivido cuando ha pasado el tiempo —y hasta para ello que
haya pasado alguna cosa—, al establecerse la continuidad, lo que fue vivido
como un conjunto indiscernible deja ver su composición: se discierne y
clarifica. El tiempo separa. Separa al revelar o revela separando. Extrae del
oscuro fondo que forma la continuidad del vivir sucesos y vivencias a ellos
correspondientes. Los hace nacer.
Pero el oscuro fondo permanece tras de cada revelación. Todo recordar es
un despertar sobre un fondo que se resiste a ser revelado, la oscura placenta
de un sueño que fuese la vida, la vida de alguien que no se da a ver y al que
apenas se le da a ver. Y esto a costa del tiempo, de un tiempo que se muestra
ante todo como discontinuidad, corte, síncopa. En una continua continuidad,
¿se le revelaría al hombre algo de sí mismo? Sin tiempo, ¿tendría
ese mínimo de visibilidad sobre lo que está viviendo?
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La ocultación que se padece por el sueño es la más
extrema y paradigmática de las conocidas. El tiempo se revela por ella. Y el
tiempo revela lo que queda a las dos orillas de esta ausencia o paréntesis. El
tiempo en su forma originaria se da en un ser que padece su propia ocultación,
lo cual sólo puede sucederle a un ser que se padece a sí mismo; que se padece
actualizándose.
La experiencia de la vida
Experiencia es la transparencia desde el sujeto que mira su propio
vivir. El medio es sin duda la conciencia, especie de cristal que se hace
visible cuanto mayor sea la transparencia, lo cual no depende ciertamente sólo
de ella.
La experiencia es así un inacabable proceso, pues que jamás podrá llegar
a su total resultado, a su cumplimiento. Pues si llegara a cumplirse el vivir
de un sujeto, le sería presente en orden a la profundidad y en orden al tiempo.
Nada nuevo acontecería sin que inmediatamente entrase en esa especie de esfera
cristalina, pues el sujeto se habría hecho por completo dueño de sí, se habría
apropiado de su propia vida, que seria enteramente suya, sin rastro alguno de
esas dos condiciones que parecen acompañar la vida humanar la ambigüedad y una
cierta enajenación. Pues que en el hombre se da un conflicto —de esencia
trágica— entre su vida y él como sujeto de ella. Sujeto envuelto en ella porque
no la posee totalmente, porque apenas la posee y peligra siempre de ser poseído
por ella.
Tiene la vida un carácter invasor, donde aparece coloniza, toma posesión
de un espacio y trae consigo un tiempo, una modulación del tiempo, y parece
consistir, ante todo, en una avidez que devora y aun consume; en un movimiento
que arrastra consigo a aquello que es su centro. Porque vida es siempre vida de
alguien, de algo o de alguien a quien tendemos a llamar siempre ser;
en realidad no conocemos la vida, sino seres vivos.
No es posible por tanto separar la vida del ser a quien
pertenece, pues que llamándose ser vivo el viviente, el sujeto no es nunca la
vida, sino el ser y, por tanto, el dueño de esa vida. Y así, la vida, invasora,
devoradora, impetuosa y trascendente, tiene siempre un dueño, como un campo
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habitado, y lo primero que se siente al pasar de lo
no vivo a lo vivo es que tiene, lo vivo, un dueño. Un dueño allí presente.
Remite la vida a su dueño y así aparece la unidad ser viviente. Mas
en el hombre sucede lo inverso, pues que el hombre se siente él, antes como
viviente, como él mismo, y luego como la vida se le presenta. Se le presenta la
vida como algo un tanto extraño: el asombro de estar vivo. Puede sentir ante el
hecho de estar vivo, asombro, entusiasmo o temor. Puede sentir la vida como
algo que le adviene, que se le sobrepone y aun que le oculta, que le lleva más
allá de sí mismo y aun que le separa, como si fuese la vida una carrera que le
aleja de algo hacia lo que espontáneamente se dirige. Y aunque inicialmente
fuera a su encuentro, luego sucede que la vida es un extraño camino que se
desvía, que se curva obedeciendo a una extraña fuerza, o a su propia ley,
siguiendo así una dirección que hay que enderezar, una envoltura que hay que
deshacer. La lucha por la vida es ante todo una lucha con la
vida, y el hacerla es tener que deshacerla un tanto.
Vivir en el hombre es algo que toma su origen desde su dueño, el sujeto
que continuamente la rectifica en su espontánea y extraña dirección. Y en este
rectificar tiene presente dos polos: uno el futuro, la finalidad a seguir
cuando es declarada, o, más simplemente, ese algo en cuya dirección
inicialmente partió; el otro no declarado, no descubierto en su presencia.
Desde la divergencia entre lo buscado y la dirección autónoma de la vida,
vuelve el hombre, ha de volverse, hacia el otro polo, hacia el inicio de su
vivir. Inicio que no es precisamente el cronológico, el primer instante de la
vida que se recuerde, sino el origen que se actualiza en todo acto originario:
espontáneo, libre, creador.
Como si para el hombre vivir fuera originariamente ir a crear, ir a
volcarse de sí mismo encontrándose, a realizarse absolutamente en un único
movimiento. Un movimiento que no es el que recorre la distancia que le separa
de una finalidad a alcanzar, sino un abrirse como una unidad encerrada que se
manifiesta, como un día que se abre y que en vez de tener ante sí las horas que
han de recorrerse una a una, se hiciera día total y único, día del todo. Y de
este día único caen luego las horas sucesivas, relativas, antes o después en
una carrera, en un pasar que llega a su término sin haber alcanzado su fin y
que ello ha de repetirse, volviendo a su origen.
Mas ese origen, el instante en que el día se abre, está presente en cada
hora, en cada instante de esa carrera, la sitúa, la hace aparecer. Y así, cada
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hora, cada instante se abre también a imagen y
semejanza de esa unidad hacia la que se abre el instante primero de todos. Una
unidad no alcanzada, mas presupuesta y actuante al modo de origen y causa y de
la que se desprende un transitar, un recorrer. Dicho así, seria ciertamente el
eterno retorno. El eterno retorno, tiempo ya, que puede ser el de la
naturaleza, el primer tiempo concebido como órbita de un transcurrir sin
avanzar, la libertad que en él es solamente espontaneidad.
En el sujeto humano ese retorno al origen llega con una carga. Una carga
que es en cierto modo un robo, algo cobrado a la realidad en esa carrera. Y si
eso puede suceder es porque al vivir el hombre no sólo encuentra resistencia
sino realidad. La realidad que por el pronto se hace ver como una resistencia
que se presenta, una realidad no enteramente oculta, dotada de presencia. Y que
o bien aparece con una figura y cuando no la tiene llama al sujeto para que se
la descubra.
La inconsistencia de la vida, su condición invasora y evanescente, en el
hombre queda corregida, limitada, empeñada también por el encuentro y la
llamada de la realidad. Y esta llamada, este empeño con la realidad, es
igualmente un proceso inacabable que al sujeto humano le lleva lejos de su
inicial partida, de esa su primera, auroral salida en la que la inocencia
arriesga perderse y el inicial ímpetu, ese abrirse, ir quedándose ciego.
Y así, el ser humano se encuentra arrastrado y desviado de su primer
punto de partida, que llamaría vida, por el vivir mismo y aun por la realidad
que ha de descubrir. Porque ella, la realidad, le es dada y le sobreviene, como
le adviene la vida.
El estar despierto
Desde la conciencia, los sueños y lo que de ellos se extiende a la
vigilia bajo la conciencia, aparece como lo oculto, y aun lo que se oculta. El
sujeto, cuando en ellos se sumerge, o cuando en la vigilia es arrastrado por
estados que tienen con ellos algo de común, cambia de lugar, viaja. Sale del
lugar que ocupa regularmente en la vigilia, que no es ciertamente un lugar fijo
ni único. Se podría hablar de diferentes lugares que el sujeto ocupa en la
vigilia, según piense verdaderamente, sienta, se abandone al fluir de la
constante representación que invade la conciencia, de una parte,
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y, de otra, en esos estados envolventes del sujeto,
como la angustia, el terror o la admiración y su cumplimiento, la
contemplación, o el instante en que él se da y ofrece en la acción.
Estos lugares tienen sin embargo algo de común, justamente el que el
sujeto está despierto. Y como el estar despierto, ese estado, esa situación del
sujeto, es el supuesto de toda investigación, sea psicológica, fenomenológica o
de teoría del conocimiento, no ha habido cuidado de caracterizarla, de precisar
en qué consiste.
El estar despierto parece consistir en un estar presente el sujeto a sí
mismo; en un sentirse inmediatamente como uno. Este uno hace
referencia en el mismo sentido a sentir a un ser, el sujeto se siente
inmediatamente como un ser. Un ser que está en un lugar determinado, en una
quietud por tanto, en un lugar que es el suyo, en un lugar propio, que le
pertenece porque se está adueñando de él constantemente, en un imperceptible
esfuerzo que se hace sensible en las situaciones, sean cuales sean, en que se
siente fluctuar.
Y justamente el hacerse sensible de este esfuerzo lo revela y revela a
la vez que tiene lugar siempre, que es, en el nivel más bajo, más
imperceptible, tensión. Tensión, de ahí la fatiga, la fatiga del siempre estar
despierto, que sobreviene igualmente cuando no se ha realizado esfuerzo físico
apenas ni intelectual, cuando el consumo de energía no es tal de justificar la
caída en el sueño. Es la tensión, insoportable a la larga, de adueñarse del
lugar en la realidad, entre la realidad, la tensión de estarse siendo presente
a sí mismo. Como si el estar despierto fuera algo nuevo que sobreviene. Y así
la caída en el sueño sería como el volver al lugar fundamental de la vida, al
lugar inicial de la vida de donde el animal no humano se despierta para
alimentarla, luchar por ella, continuarla. Como si la vida fuese ese estar
sumido en el sueño que ha menester para su mantenimiento el despertar.
Y de ello puede ser comprobación la planta, que ni duerme ni está
despierta porque se alimenta continuamente, porque está fija en un lugar, en
quietud absoluta en lo que hace al movimiento de traslación, que marca la
diferencia, en verdad abismática, entre los dos grandes reinos de la Vida. La
falta de lugar fijo, la posibilidad y aun necesidad de buscar, de recorrer, de
enseñorear un espacio que lleva consigo la marca de la indigencia animal, le
hace despertar. Inadecuación pues, indigencia que exige y lleva consigo la
necesidad y la posibilidad de enseñorear un
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espacio en principio indeterminado, múltiple,
cambiable. Ya lo meramente «físico» hace del animal un ser vivo que tiene que
estar despierto.
Y no se da un diferente espacio sin un tiempo consigo. Y así, el espacio
indefinido que el animal ha de recorrer, atravesar y enseñorear aunque sea
huyendo, le da un tiempo contrastado y discontinuo. Tiempo del sueño, común con
la planta que vive en un continuo, al menos en un continuo relativo, que a su
vez es discontinuidad respecto a la materia. Pues donde comienza la
vida comienza la discontinuidad. Tiempo contrastado porque
aparecen las dos formas de sueño y de vigilia, en las cuales el animal está presente
para los demás, para lo que rodea en la vigilia o ausente, escondido, cuando
duerme. La planta está presente siempre. Su ocultación es su muerte y su estado
de latencia. En ella ciertamente hay un movimiento, que es un actualizarse, un
florecer en plenitud, un aparecer en toda su presencia para decaer, como llama
que se enciende y apaga. Y como ese su cambio se da en situaciones —en lo
perceptible para el hombre— tan extremas, son imágenes de muerte y renacer, de
plenitud y decadencia, situaciones liminares de la vida. Mas todo ello, en
ella, en la planta, se da dentro de un sueño, como criatura enteramente creada,
como criatura.
En el ser humano, el cambio de lugar que le despierta es, desde luego,
cambio de lugar físico, acuciado por las mismas necesidades biológicas que el
animal —pues que el despertar, el entrar en ese estado de actividad superior,
es en realidad algo que se sufre, que sobreviene—. Ello no le está ahorrado.
Mas le sucede algo más, de mayor revelación y presencia, de mayor ocultamiento
y ausencia por tanto.
El enseñoreamiento del espacio físico recorrible por su cuerpo en el
hombre lleva consigo el estar despierto, algún otro espacio a
recorrer y enseñorearse. Y para ello ha de hacer presa sobre sí mismo, por así
decir, en este estar presente, en este sentirse en unidad y como ser. No se
trata de un estar presente en absoluto. Las muchas maneras en que esto tiene
Jugar indican que se trata de algo relativo, no de un estar presente por tanto,
sino de un ir haciéndose presente, de un ir haciéndose uno, adentrándose en esa
unidad que sigue varios grados. Desde cualquiera de ellos que se elija, por
ejemplo el que corresponde al pensamiento —el lugar del sujeto pensante, el ser
uno sintiéndose ser—, aparecen otras situaciones, como la de ir deslizándose
sin más por el fluir de los acontecimientos o por el fluir de
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las representaciones de la conciencia, como un
grado inferior, incompleto, opaco, del estar presente: como una cierta
ausencia.
Es la atención sin duda la primera medida de estos grados, la que los
atraviesa todos ellos; la atención determinada en los estados en que predomina
el sentir como una intensidad que los invade, como una invasión de la que el
sujeto paciente no se puede salvar por el momento. Pero la atención no
determina así sin más este modo de la presencia, del sentirse uno siendo, o
como ser. Pues sucede que en los estados en que el sentir predomina, la unidad
se ve amenazada y aun comprometida en ciertos estados como los del dolor
extremo o de la angustia y del terror, en que se tocan los límites de la
unidad, pues el sujeto se siente perdido, arrojado de su lugar, amenazado de
ser arrastrado, absorbido o abismado como en un sueño total, que lo incluyera
enteramente, la amenaza de dejar de ser ese uno y, en el caso más leve de estos
estados, dejar de estar en ese lugar de su señorío, ser derrocado.
Se siente entonces el ser humano envuelto y desamparado a la vez, la
conciencia se le agudiza y la atención llega al máximo; sólo ella parece
sostenerle en esta lucha contra esa amenaza total que lo rodea. El estar
despierto es, se hace propiamente, vigilia y la atención hace oficio de
guardián en la noche. Aparece el ilimitado espacio de la realidad y la
inmensidad de la vida, de toda la vida, al descubierto. Son ellas quienes se
hacen presentes entonces. Y esta presencia es como una noche donde el sujeto se
concentra en ese su sentirse ser en unidad, como la única luz, el único punto
de claridad que por el momento nada ilumina; es sólo un estar, un poder seguir
estando, sosteniéndose. Es el estado de vigilia en su máxima intensidad que
revela la presencia de una realidad que no se descubre, la inmensidad de la
vida que no pasa, que se muestra inaccesible, invisible, Y el sujeto presente
frente a ellas. Como en un sueño en que el sujeto se defiende de entrar, y la
atención tiende a prolongar y aun a intensificar el estar despierto sólo para
impedir que ese sueño le invada y le cubra, se adueñe de él.
Del despertar
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No parece existir acción alguna de las que forman
el repertorio esencial de la vida humana que no vaya envuelta en una
significación, que no aparezca a aquel que ve la vida, como algo más que la
simple función que realiza. Aun aquéllas movidas por la necesidad más
elemental, y quizá ellas especialmente, han venido a ser no sólo signo sino
símbolo en el plano de la esperanza, de su hermana la nostalgia o del
conocimiento —y decir conocimiento es decir también amor—; en suma, en el plano
de la vida personal. Acciones elementales, que de tan elementales son
funciones, como respirar, andar, dormir y su inseparable soñar son términos
fundamentales de metáforas persistentes que llegan a alcanzar la perfección del
símbolo que forma parte del lenguaje común. No podría suceder así si tales
funciones no se dieran primariamente dentro de algo más primario aún que ellas
para el hombre: el sentir originario, cuyo diseño marcaría la estructura del
vivir propiamente humano. El a priori de todo sentir, de todo
sentimiento.
El dormir no es sólo función, sino estado: el otro estado de la vigilia,
su sombra. Sombra que pudiera muy bien ser su tiniebla originaria. Pues que del
estado de sueño hay rastro y pervivencia en la vigilia, como si formara el
sustrato de la vida, el fondo del que despertamos. Y el despertar fuera así lo
extraordinario, lo nuevo, el acontecimiento a explicar; el despertar, suceso
decisivo de la vida que se alza por grados hasta llegar a la vida humana donde
el despertar sigue acrecentándose, sigue ganando planos cada vez más lúcidos,
más claros de conciencia. Despertar que es a su vez uno de esos símbolos.
Entramos a la vigilia por el despertar que es cosa de un instante.
Irrumpimos en ella como si desde algún oscuro lugar alguien, algo, una mano
desconocida nos hubiera hacia ella lanzado despegándonos, desprendiéndonos
violentamente de un estado natural en el que quedaríamos sin ese impulso
exterior. Sentimos el despertar como un suceso que ocurre por, a causa de… y
basta el más leve acontecimiento en torno al que duerme para que éste —aunque
hubiera despertado por sí mismo— sienta que ha sido despertado, Y hay siempre
una íntima escondida rebeldía en el que despierta que se siente, al sentirse
despertado, sacado de. Aun el que no ama dormir experimenta este
sobresalto y esta resistencia que se esconde más allá, por debajo
de todas las intenciones, de cualquier disposición de ánimo.
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A este sentirse despertado por algo, aun por uno
mismo que así lo dispuso de antemano, se sigue un movimiento de atrapar o de
coger algo que se escapa y de hacerlo en el instante justo, como si al dejar
transcurrir un lapso de tiempo, por mínimo que sea, se fuese a perder algo de
eso que corre; la vida que ya está en marcha y no espera. La vida y en ella
nuestra vida, nuestro lugar y algo más, nuestra parte en ella, como si se
tratase de una obra de teatro que ha comenzado ya a representarse y el despertar
marcase el momento preciso de nuestra personal entrada en escena.
Pero la obra no comienza, no ha comenzado nunca quizá, se viene
representando desde siempre. Y al decir representar no queremos expresar con
ello la creencia o el sentir de que la vida —esa en la que entramos— sea
representación y no realidad, no la descalificamos de su carácter real, sino
más bien lo contrario. Representar quiere decir en este caso algo que se hace,
que se está haciendo y que tiene un sentido, aunque lo desconozcamos, y que
dentro de ese hacer hay uno que es el nuestro. Se hace, se está haciendo desde
tiempo inmemorial; se sigue. La vida es algo que se sigue y en cada despertar
nos despertamos a este seguirse y al seguirse de nuestro vivir dentro de ella.
La vida se nos aparece, en el instante del despertar, como algo que ya está ahí
y en este sentido independiente de nosotros, pero que nos reclama desde su
interior. Es algo que sucediéndose inicialmente fuera nos reclama para que
entremos en su interior pues en él hay un hueco que es sólo nuestro, de cada
uno.
Y es algo —la vida tal como se nos presenta en el instante del
despertar— que consiste en un fluir, en un estarse haciendo o siguiéndose,
prosiguiéndose. De ahí ese impulso primario de aferrar el instante, de saltar
en ese fluir e incorporarnos.
Despertar. Incorporarse. El lenguaje lleva el símbolo de estos dos
sucesos, o más bien momentos, de un suceso único, aspectos del instante
decisivo entre todos de nuestro vivir. Incorporarse, incorporarnos, como si
viniese de un medio que no fuera nuestro cuerpo al que hubiésemos dejado en
abandono mientras dormíamos, como si el dormir fuera una vocación de habitarlo.
Incorporarse: entrar en el propio cuerpo, y entrar en ese otro cuerpo de
la vida; extraño cuerpo que no tiene contorno, ni figura enteramente visible,
cuya presencia es fluir, cuya manifestación primaria es seguirse. Incorporarse,
cuyo sentido trasciende la acción de entrar en posesión del propio cuerpo,
porque es entrar a formar parte de una totalidad de la que
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sólo es presente su fluir, su seguirse; a una
totalidad que sólo deja ver un fragmento, a su vez, fragmentario. Un fragmento
que encajamos en una continuidad supuesta e invisible. Hemos de aferraría y al
mismo tiempo, en un acto único, desplegar nuestro ser aun entumecido en la
tiniebla del sueño, aun enajenado por el largo viaje de los sueños;
desprendernos de la imagen presente, cargada de significación* de hace un
instante no más y de ese sopor que bajo todo ensueño se mantiene como si de un
hechizo se tratase; destituir del carácter de realidad a lo que nos embebe;
desembebernos como un río que ha derramado su caudal fuera del cauce en un
lecho sin hueco ni confines* que se ha mezclado. Extendido* perdido de sí.
Enajenado. Ha de volver en sí; despertar es correr en un cauce. Reunir algo de
nuestro ser que se ha fragmentado, que ha usado de la elasticidad de la materia
viviente hasta poner en peligro su unidad. Esta unidad es lo que aparece en el
instante del despertar, lo que crea este instante único, le hace ser uno; un
instante.
Y a partir de esta unidad se realizan las diversas etapas cid despertar
que pueden ser diferentes según las etapas de la vida, según las personas; su
estudio aunque cosa interesante está aquí fuera de lugar. Lo que cuenta para
nuestra investigación es la existencia de este algo que es el que sacude,
llama* despierta a aquello que hemos llamado materia viviente o psique, que
estaba sumergido bajo el sueño y fragmentado en el soñar. Esta unidad es la que
se incorpora y toma a su cargo la totalidad, A través del despertar. En el
desprendimiento que es el despertar, el sueño sin más, cae. Cuando de él
persiste algo, comienza su entrada en el tiempo de la vigilia. En ella, en su
fluir, hay una constitución del pasado. Mas ningún sueño se constituye en
pasado sin más; si así sucede es tras de una elaboración de la conciencia. Pues
que tenemos tres especies de sueños; el sueño-historia, emanación de la psique
en pasividad. El sueño que contiene una imagen real que puede darse dentro de
una historia o libro y sola en forma monoidética. El sueño en que el sentido
parece evidente.
En las dos primeras especies puede darse el sueño cargado de
significación, y cuyo sentido no aparece. Y así, de una parte, el sueño de
sentido evidente es el límite y la perfección, Y de otra parte, la imagen de
realidad es el límite y la perfección en otro aspecto. La perfección del
sentido y la perfección de la realidad: es evidente que en estos dos casos
límites, el carácter absoluto aparece por resuelto, irreductible. Ambos
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corresponden a la unidad del tiempo, al instante,
al átomo de tiempo —que no es atemporalidad.
Su entrada en la realidad de la vigilia, en el tiempo que fluye, ha de
verificarse en modo diverso de los otros. Los otros, cualquiera que sea su
especie, son los no cumplidos, los que arrojan bajo la historia un enigma a
descifrar, una historia a continuar, un significado confuso, en suma: donde se
mantiene la ambigüedad inicial del universo del sueño.
Tal diferencia parece esencial al estudio del tránsito de los sueños a
la vigilia, como recuerdo, y a la incorporación o eliminación dentro de la
continuidad de la vida del sujeto.
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La atemporalidad
El sujeto en los sueños.
Los sueños descubren al sujeto, lo sorprenden mientras yace privado del
tiempo, de ese tiempo de la conciencia donde él puede actuar, donde encuentra
la realidad adecuada a su libertad: realidad fragmentaria y continua; libertad
condicionada.
Son pues, un modo de revelación del sujeto en la extrema situación de
estar privado del tiempo que le pertenece. Mas no sólo en la simple
atemporalidad, sino en el otro extremo: el de la supratemporalidad.
Lo primero que se encuentra en el sujeto en su estado de sueño es una
inhibición, la más radical que se pueda pensar en la condición presente de la
vida humana; está pues, no sólo inhibido, está vencido, desarmado. El sueño
vence y hay siempre una lucha, una especie de defensa del hombre despierto para
entrar debajo; es una derrota cotidiana.
El entrar en el sueño. El soñar
Hay alguien que sueña. Alguien encerrado en el sueño que quiere salir de
su prisión, que no se resigna a estar sumergido. Un alguien que teme seguir
así, quedarse así. Y logra al fin abrir un resquicio entre la espesa capa que
le circunda y separa de la realidad, de sí mismo, que le aísla de su propia
vida. Como si la primera función del viviente fuese estar atendiendo,
atendiendo en expectativa y en vigilia, abierto.
Sí la vigilia fuese solamente. Estuviese solamente determinada por la
atención a lo inmediato, como producto de un ser que consiste en sus funciones
vitales numerables, no existiría el soñar.
No existiría el soñar si la vida no fuese inicialmente sueño. Si no
viniésemos del sueño y si vivir no fuese ir despertándose, si la humana
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acción no estuviese dada por sucesivos despertares,
Y sí el soñar, primario, inicial soñar, no fuese ya un despertar, un no poder
sufrir el simple sueño, el sueño mortal.
Como si al soñar se recayese en el estadio primario de la vida y no ya
sólo de la vida humana, sino de la vida sin más que se hubiera ido abriendo
paso a través de sueños realizados, realizándose en sueños, concretándose,
definiéndose en sueños felices por persistentes y dotados de forma. Como si la
evolución creadora no fuese el proceso de una larga cadena de sueños, de los
cuales otros sueños marginales no han logrado realizarse. Encarnarse. Como si
el élan vital no fuese el soñar, soñar con la tendencia que en
el hombre es pretensión de encarnar el sueño y llevarlo al ser atravesando la
realidad.
No existiría el soñar si al entrar bajo el sueño el sujeto se adaptara
por entero a esa su situación yacente, pasiva, si pudiera en verdad hacerlo. Si
esa situación yacente no fuese contraria a la vida.
Dormir es regresar. Volver a la situación prenatal, a estar inmerso
dentro de algo inmenso, oscuro* invisible, volver a la inicial ceguera, a la
congénita invalidez; a respirar, función primaria del viviente, no fuera sino
dentro de algo. —La temperatura desciende, el corazón espacia su latir, todas
las funciones disminuyen su ritmo y su intensidad, las que no cesan. Como sí el
organismo regresara a una situación arcaica de la que no puede desprenderse.
Como si el estado de vigilia, el estado común del hombre y del animal que los
separa de la planta, fuese adquirido y consumiera una energía que ha de ser
ganada cada noche. Y la noche fuese el tiempo primario, el oscuro tiempo
pretemporal de donde la raíz arranca, donde queda todavía hundida.
Mas la planta logra estar en el espacio exterior, visible, como si
estuviese dentro de un espacio propio. De ella, de la vida vegetal, parecemos
estar separados como por un aíre sutil, por un cristal que nos aislara. Y las
vemos, a las plantas, como si estuviesen en otro medio, al modo como desde el
fondo de cristal de esas barcas que ancladas hacen visible el fondo submarino.
Maravilla siempre poder tocar una planta, tanto como a una persona dormida. Y
no es por la inmovilidad, sino, contrariamente, por un diverso estado de
movimiento, por un imperceptible movimiento del que está excluido el movimiento
de traslación. Por un movimiento recogido en el propio organismo, que da
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idea del movimiento del ser: la planta y el
durmiente son más imagen del ser que el despierto.
Imagen del ser, imagen de la muerte se ha dicho del sueño. Imagen del
que duerme, más cerca de coincidir consigo mismo, a salvo de desmentirse, de
enajenarse en la acción, de multiplicarse en el movimiento de traslación, de
desdoblamiento en la acción. Imagen de la unidad y unidad misma primaria.
Unidad real la del que simplemente duerme y así es visto. Visto como
desde lejos, como si su imagen fuese acercada por un potente telescopio desde
otro planeta, otro mundo o medio. Visto desde una lejanía sin posible
acercamiento. No se está más o menos lejos o cerca del que duerme, sino a
distancia fija, por breve que sea, insalvable, como se estaría de un muerto si
su presencia fuese visible, o de una imagen, sólo imagen, fantasma o ídolo.
¿Dónde está propiamente el que duerme? Muestra que se puede ser y estar
sin convivir. Que se puede ser sin apenas vida. Es como la planta, el máximo de
ser con el mínimo de vida. Pues la planta es el organismo viviente que menos
funciones vitales posee; vive con el mínimo y su presencia es más total, se
acerca más a la presencia pura, oculta menos. Lo que es está sostenido por un
leve soplo de vida que la atraviesa, que la sostiene como una aparición
angélica. Un soplo de vida mínimo en un máximo de forma. Por ello, reducida
hasta el límite la indigencia de la vida, el débito de lo viviente, más cerca
de que en ella coincidan debe y haber, promesa y presencia, de que la energía
gastada se vierta enteramente en una forma que ni la dilapida ni la retiene.
El soñar podría decirse que es la esencia misma de la vida en tanto que
acción del hombre, de la vida en tanto que alguien —el hombre— la está
viviendo. Su acción. Una acción que, como suya, procede al par de su pasividad,
y de lo que en él hay de más activo —trascendente.
Sueñan los animales superiores, pueden soñar quizá los otros, la planta
podría muy bien ser un sueño realizado si alberga el salto que es la vida, el
tránsito y transformación de la materia inorgánica a forma viviente —alma —, el
puente que es siempre la vida entre dos realidades, que quedan por ello unidas,
mas sin confundirse, sirviendo a su vez a una superior unidad, ya que la vida
hace servir, transforma lo que está ahí en siervo. Y en este
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sentido vida es siempre trascendencia, mas la
planta no va más allá de sí misma; queda en sí, perfectamente ensimismada,
conclusa, por ello imagen de perfección, realidad.
Y como realidad, sueño, por lograda. Todo lo que se hace real
enteramente flota como un sueño, se yergue como un triunfo del sueño realizado.
Porque la tensión ha quedado por satisfecha, abolida. Y la lucha que hay en el
ir haciéndose real algo, en el irse realizando, acabada. Y ya no hay peligro de
que descienda y se hunda como sucede a la realidad que aún no es, que se
presenta y llega y se escapa; como es siempre la vida que se está viviendo. La
planta aparece ante la mirada humana como aquella vida que ya no va a ninguna
parte, que no corre hacia nada, que vuelve sobre sí misma, la vida en perfecta
circulación, que se basta a sí misma, que no propone otra vida. Mientras el
animal, al tener movimiento de traslación, evidencia lo que le falta y el más
hacia el que tiende: el poderío y su congénita compañera, la indigencia. Como
si algo fuera de sí mismo le atrajese y llamara constantemente, como si el
sueño inicial hubiera quedado fuera.
Y el animal que sueña es ya el y su sueño. Mas solamente del hombre
puede decirse con propiedad tal cosa. En el animal superior que ensueña hay
solamente la mímica de una acción cumplida en la vigilia, la réplica de la
vigilia. Si estos sueños existen igualmente en el hombre, no agotan la vasta
región de los sueños.
Hay sin duda, como se ha visto, un viaje del sujeto humano en sueños a
través de todas las regiones de su vida y de los confines de su vida. Un viaje
que no es sólo rememorar sino explorar; una exploración de los confines, un
otear y un avanzarse a ver, un interno retroceder y un hundimiento.
La totalidad del universo de los sueños abarca ser y realidad.
Atemporalidad completa, atemporalidad donde aparece un átomo de tiempo.
Atemporalidad con el sentir del transcurrir temporal, con la representación del
tiempo. Y la específica suspensión del tiempo que caracteriza a la aparición de
los sueños fantasmas del ser. Y todo ello envuelto, dominado por la función
representativa, por el principio de la figuración de toda cosa, de toda
situación, desde la simple representación que reproduce y mima, es mimesis,
imitación a la imagen simbólica que señala el propio destino. Sentidos que
desbordan de toda persona para serlo simplemente, universalmente, de la vida
humana y de lo que ella
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propone, de su pretensión. Y aun de algo que sobre
ella se cierne. Este viaje, exploración que el hombre realiza en sueños, es no
ya imagen de su propia vida, sino su vida en estado inicial. Su vida
espontánea.
Nada hay más misterioso en el vivir que los instantes que preceden al
sueño. Se diría que se repiten a la inversa los instantes del nacimiento. Y que
se trata de un desnacer. No cabe una situación más radical, aunque sea vivida
superficialmente.
Pues no cabe confundir lo profundo con lo insólito, ni siquiera con que
lo profundo y esencial aparezca en forma leve. No es necesario hundirse en el
abismo para que esté ahí, basta rozarlo, Y al entrar a diario en el estado de
sueño el hombre roza el abismo de su nacimiento, pasa rozándolo. Más que imagen
de la muerte es el hombre que duerme imagen del no nacido del todo, imagen del
que está aquí, mas sin haber abierto todavía los ojos.
Abre los ojos y ya está aquí despierto, nacido. No regresa de la muerte,
regresa de algo anterior a la vida completa, de una pre-vida donde no se puede
valer, donde la realidad no se le presenta, donde sólo se siente a sí mismo, a
su propia respiración, al latir de su corazón, al delicado esfuerzo de sus
vísceras, donde sólo tiene el rumor inaudible de sus entrañas; la tensión que
es consustancial a toda vida y ese apretarse sobre sí mismo en la unidad que es
el ser humano, ese recogerse sobre sí y ese flotar en un océano sin contornos
que es no la realidad, sino la vida. El que duerme está sumido en la vida, sin
realidad, si sólo duerme. Y entre la vida y la realidad, si sueña. Entre la
vida, flotando a medias en ella, sacado, extraído de su océano por la realidad
soñada, presente a través del sueño; la realidad a medias, sometida en tanto
que es de fuera y a lo desigualmente revelado —si llamamos también realidad a
la suya, a la del ser que sueña y se llama hombre.
Ypnos
Flota a solas en la vida y se siente amenazado de hundirse en ella, de
anegarse en ella, de naufragar, como sucede en las situaciones de la vigilia
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en que la realidad se asume por su mismo exceso.
Cuando la realidad excede a la conciencia y detiene su tiempo sucesivo, el
sujeto se queda solo, solo con lo que le está pasando, sea un suceso decisivo,
sea una nada; queda entonces con el simple hecho de vivir o de estar viviendo
esto; a solas con el increíble hecho de vivir, pues que el sentirse vivo,
simplemente vivo, resulta increíble y, por feliz que sea, amenazador. Es
excesivo y no basta, ha de suceder algo más, algo que saque de esta situación
estática. Es lo que sucede en todo despertar: se sale de un éxtasis feliz o
desdichado, de un simple vivir, de un simple vivir sin más esto o nada.
Al entrar en el sueño se va hacia esta situación reveladora, hacia el
desnudarse de la intimidad última. Se despoja el sujeto de su personalidad, de
ese quehacer que al par que lo emplea lo reviste, de su máscara; cae su
máscara, y con ella lo que está representado y su representación del mundo; se
desprende del mundo como de una orilla y tiende hacia ella las manos en un
último gesto de asirse a la tierra que le sostenga para no sentirse a solas en
el océano de la vida, en el medio de la vida sin más.
Despierto el hombre está en un medio ambiente, en unas circunstancias;
al ir hacia el sueño se desprende de ellas, de su yo igualmente, del yo que ve
esas circunstancias, las abandona y se siente a su vez abandonado. Ir a dormir
es dejarse, abandonarse al vivir y al ser sin realidad. Dejarse ir entre vida y
ser, o entre ser y vida: ser en la vida o vivir bajo el ser como cielo único,
como invisible, negro cielo, en la noche del ser. Dormir para el hombre es
abandonarse en la vida bajo la noche del ser.
Abandonarse en la vida, abandonarse a la vida, a su ilimitación sin el
asidero de la realidad. Cerrar los ojos en un acto de total confianza.
Entregarse, confiar, creer. De ahí el insomnio engendrado por la inquietud, por
la desconfianza, por la simple descreencia. La oración que cierra la vigilia
del creyente es la más adecuada preparación para entrar en el sueño, es el acto
de absoluta confianza que remite a la situación de abandono completo, la
despedida de la realidad —relativa siempre en la vida humana—, la vuelta a ese
estado inicial absoluto.
Es posible que en situaciones concretas cargadas de peligros, o en el
centro mismo del peligro, tal acto de confianza se dé y el que las atraviesa
pueda atravesar el umbral de la vigilia al sueño, de la realidad a la vida sin
más, porque bajo la inquietud y aun la angustia puede subsistir íntegra,
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inocente, esa confianza última que es como la raíz
de la humana existencia.
Pues existir en el hombre es salir fuera, desprenderse, destacarse
subiendo desde ese fondo último de la vida atravesando la realidad, irguiéndose
ante ella o entre ella. En tanto que existe, el hombre está solo; solo y
desprendido. En tanto que vive sin más está solo, mas no desprendido. Está
sumido en la vida, sin tiempo propio, en el tiempo de la vida misma si en ella
lo hay. Mas si lo hay él no lo puede medir, ni contar. Sólo puede contarse a sí
mismo como mecanismo viviente, a los latidos de su corazón, a su tiempo
visceral que no es un tiempo disponible.
El tiempo visceral es el latir mismo de la vida, o a lo menos con el se
confunde; es su manifestación. Y el hombre que se dispone a dormir funde todos
sus tiempos en el tiempo de la vida. Su latir se torna manifestación del latir
elemental de la vida, se reúne en el concierto de todo lo viviente.
Funde su tiempo con el de la vida. Y para ello se funden todos sus
tiempos en uno sólo, ese latido por el que se siente estar vivo y que parece
ser un tiempo cerrado pues que no tiene horizonte, no está abierto a realidad
alguna, no hay en él lugar para que nada entre. Pues que todo tiempo es
apertura, Al entrar en la temporalidad sucesiva el sujeto se abre a la realidad
y se abre a otras realidades, o a otros modos de realidad, cuando entra en
otros modos de tiempo. Este tiempo último, extremo, del que está sumido en la
vida en sueño, no se abre en principio, es el simple latir que es el signo y
función viviente. Es signo de la vida en el viviente, la vida misma que
trabaja, Y en ello muestra, más que imperfección, indigencia; indigencia que es
triunfo renovado… que podría no renovarse; un recomenzar, un recurrir, no un
durar. Por eso es ya tiempo.
Tiempo que se hace y se renueva, porque es lo mismo. Bajo el sueño no se
hace sino eso: vivir, seguir estando vivo, dispuesto al nacer que es el
despertar. Despertar cada día para lo mismo, suceda lo que suceda, salvo que
sea el morir, para reiterar la vigilia hasta la muerte, esto todavía más lejos
del durar. Y sin embargo, la vida en su conjunto dura.
Mientras dura la vida hay que vivir, renovar aun dormido, y el dormir es
la revelación de que es así el simple dormir, que es sensible, que es sentido
por el que duerme. El que duerme se ve reducido así a «las oscuras cavernas del
sentido, oscuro, ciego», al origen, estadio primero del sentir que es ante todo
sentirse a sí mismo viviente en la vida, sin separarse. En el tiempo ya, mas no
en el suyo, sino en el tiempo común con todo lo
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viviente. Y a su través con el tiempo cósmico, como
si el latir de la sangre, el inaudible rumor de las entrañas fuesen las ondas
últimas, las ondas captables del latir de los astros, del rumor del universo.
El que duerme se siente así en la periferia del universo todo, sumido en la
vida, más allá de ella en ritmo con el cosmos en su totalidad. Ligado, pues, a
un tiempo cósmico, al tiempo físico que de algún modo penetra en él, se desliza
en él por alguna rendija, pues que lo envuelve.
Y así, a medida que se desprende de sus tiempos humanos, se desnace, se
reintegra al medio de la vida desprendiéndose del medio de las circunstancias.
De la vida sin más, no nos atrevemos a decir de la biológica, pues que en ese
medio el sujeto despierta sin romperlo y sueña, suena como hombre.
No ha roto entonces con ser hombre, con su humana condición, el que
duerme mientras duerme. El dormir y el soñar, que es vivir humanamente mientras
sólo se vive, como si el sujeto no pudiese aceptar ni sufrir ese su sólo vivir,
es una muestra de la elasticidad y amplitud del tiempo, del abismo temporal, en
el que unos planos se encajan en otros, desde el tiempo más humano hasta el
tiempo de la fysis al cual el hombre no deja de estar
sometido.
Entrar bajo el sueno es por tanto desprenderse sin perderlas de las
envolturas temporales que caracterizan la vigilia, irse despojando de todo lo
que a ellas corresponde. Y quedarse por el pronto desnudo y envuelto en el
hueco que la vida abre para cada ser viviente. Hueco, imagen del abismo pero
que le sostiene en él, cueva dentro de la movilidad del medio vital. No se
hunde el hombre en el sueño, sino que queda alojado en él, abrigado, recogido.
Desnudo y envuelto. Envuelto en la última envoltura que es el tiempo físico que
lo recoge sin devorarlo.
Está en la vida el que duerme, en ella abandonado y por ella sostenido,
como si protegiese de ella misma al viviente, de su ilimitación, de su
inmensidad. Como si le protegiese igualmente de caer sólo como cuerpo al mundo
de los cuerpos, sosteniéndolo en un tiempo indiferenciado, mas vital, por
encima de ese mundo. El esqueleto que permanece es el cuerpo que queda en el
mundo de los cuerpos, muestra haber sido algo, es un signo del pasado. Quizá
provenga de este hecho el sentir a la materia como pasado también, a las rocas
que muestran el esqueleto del Planeta, su pasado, lo que queda de una vida que
fue, de lo que pudo ser remotamente como organismo viviente y ahora es ya sólo
duración.
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Y esta materia duración sostiene la fragilidad de
la vida que se da sobre ella, sostenida en ella. No conocemos ninguna vida que
no esté sostenida, soportada por algo que dura, que dura simplemente, como si
su continuo recomenzar, como si esa su reiteración constante no se bastase a sí
misma y hubiera de estar.
Pues la vida no es un estar, un estado: es un hacerse que ha de estar
sostenido en algo que simplemente está ya ahí desde antes, Y esto que sostiene
y está es receptáculo y molde, pues su dar no llega a un dar que no deja
huella, que no imprime carácter; está impresa del carácter de aquello que la
sostiene visiblemente: la duración.
La duración aparece así con el carácter de lugar. Y por ello no se
advierte su carácter temporal, de ser, a su vez, un movimiento. Y basta
detenerse, fijarse, para quedar como apegado a ella y en ella extenderse, como
si la vida fuese una extensión del ser viviente. La fatiga extrema, la
distracción, producen este extenderse en la vida y el anegamiento de la
esperanza. Vivir entonces es quedarse en la vida, en ella extendido como en
sueños, y asistir pasivamente a su desenvolvimiento, como si ella lo hubiera de
hacer todo, de dar todo hecho.
El decaer en la duración es, en efecto, aceptarlo todo hecho como un
traje sin medida. Echarse sobre la ilimitación de la vida tomándola como una
extensión plana y continua, como una llanura donde acontecen cosas.
Estas cosas son sueños, son como sueños en la vigilia. Sueños que se van
concretando, tomando cuerpo con un carácter de pesada realidad, sin haber
pasado nunca por realidad verdadera, por simple realidad que sólo lo es
verdaderamente cuando es sostenida por el sujeto desde su tiempo propio. Sueño para
el hombre el hundirse en la vida como en un estado. El estar vivo es el haberse
quedado solo en la vida, algo que le es dado y que dura. Estar bajo el sueno,
en el sueño, es estar en la duración, asimilarse a ella. Es consecuencia
inevitable que el despierto sienta el sueño como una sustracción, como una
privación, si quiere seguir despierto; como una promesa y una compensación si
la fatiga o la desgana lo vence.
Tanto en sueño como en vigilia, la duración no sostiene completamente,
no acalla ni anestesia nunca del todo. El ser viviente no puede caer nunca en
la anestesia perfecta. Allí donde va sigue sintiendo. Y a medida que la
realidad se le aleja siente su propio estar vivo, siente estar viviendo; que es
lo que sucede en los desfallecimientos de la esperanza
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con agudeza insoportable, como en ciertos modos de
estar dormido, en cierto tipo de sueño donde se engendran los sueños más
violentos.
En el sometimiento total a la duración, que llega a la entrega, el
movimiento propio de la vida se rebela automáticamente, ciega. Abandonada se
niega a seguir así, a este mimetismo de lo que le es contrario, al mimetismo
del estar. Nacen de ello los sueños-realidad, realidad porque son movimientos
reales del ánimo, a veces acompañados de acción, igualmente en sueño que en la
vigilia. Son el tipo de sueño que engendra crimen y violencia, como ciegos que
son. El sujeto viviente no puede hundirse en la ceguera sin peligro —y de ahí
el temor a cerrar los ojos—. Como si al estar vivo correspondiese ya desde el
principio y la raíz de la vida el haber de tener ojos para ver.
La duración y los tiempos
Mientras se está en el sueño, se yace en esa continuidad que dura. No es
el instante, pues que éste se destaca y tiene unidad, es unidad, es un instante,
aunque dure, pues la unidad vence y se impone a la duración subyacente. La
duración es justamente lo subyacente bajo todo tiempo que corre; sólo queda
vencida en la supratemporalidad, en la reunión de los tiempos. Bajo el tiempo
sucesivo de la conciencia late, y en ella se recae de tanto en tanto en las
pausas y roturas que aparecen en la vigilia. Islas en la vigilia.
La duración no es un transcurrir sino un seguir, una dilatación que no
detiene la marcha del tiempo para quien a él esta apegado. Es una sombra del
tiempo. O su lecho. Lo que le contiene y separa de allí donde no hay en
absoluto tiempo —si es que esto sucede en alguna región del cosmos conocido—.
Es el primer vagido del tiempo, su anuncio. No hay transcurrir pero hay un
pasar, o un ir monótonamente. Es el desierto uniforme, homogéneo, del tiempo,
lo que queda del planeta cuando todo accidente se ha retirado, pero sigue
siendo planeta, lisa superficie sin más, extensión que pide ser ocupada.
La duración es como la materia prima según Plotino y aun según
Aristóteles, porque parece llamar al tiempo, pero débilmente. Y si le llama
también le resiste. Es el tiempo caído en la inercia o el tiempo no despierto
todavía. Porque es la posibilidad del tiempo allí donde no hay movimiento.
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Mientras que la atemporalídad es la privación de
tiempo en el movimiento, los sueños son la inmovilidad de un movimiento: hay
movimiento en ellos, mas no hay tiempo. En la duración hay tiempo vacante,
extensión temporal sin movimiento que la ocupe. El movimiento del hombre que
duerme es el solo latir de sus visceras, la monotonía de un movimiento que se
reitera igual a sí mismo. Y en cuanto se altera en forma tal que produce un
movimiento no reiterativo, no rítmico, surge el soñar. Es decir, que el movimiento
se recoge bajo la atemporalidad, si es que no se produce el despertar a) tiempo
sucesivo donde tal movimiento puede alojarse en la conciencia, aparecer en
ella. De ahí que todo dolor monótono se aloje en la duración, todo lo que en el
ser humano no tiene altibajos. Mientras que los momentos intensos de dolor se
producen en cambio en la atemporalidad y son vividos como un sueño sin salida,
Y aun el olvido subsiguiente, cuando el dolor desaparece, se desvanece como los
sueños.
La atemporalidad pues, se produce, surge y no dura. Cuando un sueño dura
es que está a flor de conciencia, inmediato a la conciencia. Cuanto más nacido
en un nivel profundo del sueño, más cerrado a la duración.
En el desierto de la duración, todo movimiento, sea físico, sea de la
psique o del sujeto, en su recóndita intimidad, produce como una esfera, la
esfera temporal sin realidad, donde lo que no puede ser real, es; toma el
aspecto de ser.
Soñar es despertar sin tiempo, bajo el ser. Los sueños son fantasmas del
ser proyectados sobre el fondo de la continuidad, donde late ya una
representación del tiempo, donde el tiempo está indicado. El hombre que duerme
despierta dentro de la duración sin poder liberarse de ella, Y así, la vida que
en el se despierta es la vida sin fronteras, no es suya, y si el sueño encierra
lamentos de su vida es como si le fuera ajena. Es vida sin más, suceso sin más,
sin sujeto. El sujeto en sueños está privado de tiempo. Y la primera
consecuencia es que su vida queda desprendida, enajenada; es vida abandonada,
dejada a su fatalidad.
Mas la vida no puede nunca abandonarse a ese continuo, a ese estar ahí
que la envuelve, enteramente. No puede allanarse en él, que es desierto
preparatorio del tiempo, ávido de tiempo. Es residuo de algo que estuvo en el
tiempo, que vivió. O apetece llegar a la vida, a los sucesivos tiempos
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que la vida va haciendo suyos, en los que el
viviente va penetrando, tiempo cada vez más acelerado.
Abandonada a ese continuo, la vida se encuentra con el reposo, su
infierno. Tal viene a suceder con todo intento de abandono al destino y aun al
bien y a la felicidad que por el sólo hecho de transformarse en un durar se
convierten en lo contrario de su esencia. Hay cosas que no pueden caer en la
inercia, la vida misma la primera. Y lo que no puede caer en la inercia se
asimila al sueño. Vida y sueño tienen esta comunidad de raíz y de origen. La
vida comienza soñando.
Comienza el soñar despegándose del lecho de la simple duración, a solas
sin realidad, postrado el sujeto. Su inacción no le permite conducir esa vida
que se despega, que se despierta al tiempo, al medio temporal donde se filtra y
ordena. Todo sueño tiene carácter, al par, de emanación y de insurrección.
De-ahí el carácter fluyente; el sueño fluye y es posible sorprender su
formación como un humo que se desprende de un lago quieto y que queda sin
atmósfera pesando sobre él, traído por él, que recae en él y vuelve a
levantarse. Una emanación de la que sólo y no siempre — en cierta especie de
sueños— logra desprenderse algo, atravesando la envoltura de la atemporalidad.
Un centro de gravedad oculto —como todos— atrae a ese girón de vida que
se desprende de la vida en sueños, de la vida en su primer vagido. Se desprende
y recae, y así los sueños se desvanecen. Multitud de sueños atraviesan el
dormir sin que aparezcan en el recuerdo más tarde, en la vigilia. Sólo los que
anteceden al despertar de la mañana o lo provocan en cualquier momento alcanzan
la presencia. Mas algo de ellos se desvanece enseguida en la conciencia, se
hunde a través de ella, pasa por ella para sumirse en el lugar de donde
salieron.
No han tenido tiempo para hacerse visibles. Lo fueron en un lugar de
donde no queda recuerdo, donde ser visto no quiere decir ser recordado, ni
poder serlo. Han aparecido, mas sin dejar figura tras de sí, en una luz que no
deja de ser tiniebla, en una tiniebla que no ha perdido su condición ocultadora
por falta de tiempo. Sin tiempo las cosas no aparecen.
Allí donde comienza la realidad comienza la diferencia y, con ella, la
discontinuidad. La atemporalidad encubre, porque lo que en ella aparece no
encuentra su lugar. Es el enigma de todo sueño, aun de aquellos que parecen
reproducir la realidad. Parece que el lugar de lo real, de las distintas clases
de realidades, para el hombre, sea el tiempo, los tiempos.
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Los que el sujeto moviliza y aun crea. La función
primaria del sujeto es disponer del tiempo, disponer en el tiempo de lugar
adecuado para que las diversas formas de realidad se alojen. Cabe pensar que
haya otras para las cuales el sujeto no encuentra el tiempo adecuado, el tiempo
coincidente en que encontrarse con ellas, y están ahí rodeándole,
presionándole, como sierpes o pájaros desde un propio demento.
En lo más hondo de la atemporalidad
Todo sueño es la inmovilidad de un movimiento. Pues no existe estado
alguno, situación ninguna en la vida humana, de completa inmovilidad. La vida
en su estrato más elemental, en su límite con la no vida, es tensión, conato de
movimiento, predisposición a un movimiento o movimiento reprimido, apresado. Y
los sueños nacen de esta imposibilidad, de esta absoluta quietud en el
necesario reposo. Vida primitiva por ello, primaria, vida rebelde y en rebelión
que reitera el ímpetu primero de atravesar lo que se le opone. Por eso todo
sueño tiene carácter, por quieto y apacible que sea su contenido, por lo que la
vida tiene en su origen primero de oscura lucha, casi de delito, de
perturbación del orden establecido.
Entre el continuo que sirve de fondo al ser que duerme, a la vida que se
detiene para proseguir, y la atemporalidad, nacen los sueños, esta pseudovida o
vida primaria, auroral, manchada en su origen por tener que abrirse paso, por
no ser dada en un medio enteramente apto para recibirla. Una vida que busca su
lugar, que desciende. Pues es la vida de un alguien que la deja caer, que cae
él mismo.
Se desprende de sí mismo el que entra en el sueño; se desprende de su
vida y queda flotando en la vida de lo que no se puede desprender. En un estado
embrional, flotando en las aguas de la vida que son las aguas del tiempo donde
todo lo nacido aparece. Nacer es nacer en el tiempo, en medio de los tiempos y,
por el pronto, en su noche.
Y en sueños se reitera a diario esta situación: nacer en la noche de los
tiempos, despertarse sin poder abrir los ojos, asistir a este estar flotando,
sostenido por lo mismo que amenaza.
El nacimiento, el despertar soñando, se da en un medio acuoso, poblado
de seres aun no nacidos y a medio nacer. Mientras se duerme se
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está en la comunidad de las sombras de los no
nacidos y de los que ya nacieron del todo: de los muertos. En un reino que es
el par vida y muerte. Reino que se deja sentir no más que nos abandonamos en la
vigilia misma, dejando olvidado el cuidado y con él la circunstancia. Esas
circunstancias conformadas por el cuidado, por la preocupación, por la
finalidad explícita y concreta.
Si el sonar tiene caracteres de atentado, el atentado de la vida que no
puede reprimirse nunca enteramente, el entrar bajo el sueño sin soñar todavía
ha tenido caracteres de catástrofe: es la derrota del sujeto que se desprende
de la realidad y de la conciencia. De la realidad al quedarse sin tiempo donde
coincidir con ella. Es una retirada frente a la realidad, un dejarla ahí,
abandonada. Dejar su puesto de vigía, el aquí y ahora donde
está enclavado como vigía frente a la realidad y aun sobre ella. Dejar de ver.
Y ver tiene antes que ser conocimiento teórico o afán de lograrlo, por eso no
se ve todo en la vigilia sino lo que sorprende o extraña.
Sorpresa y extrañeza son las reacciones primarias del sujeto humano
cuando despierta. Hundirse en el sueño es aceptar lo que le rodea como
conocido, familiar, dejar la sorpresa, esa sacudida que despierta, ya en sueños
ya en la vigilia. Y si el que va a entrar en el sueño tiende a soñar, la
aceptada sorpresa de los sueños se dirige hacia su encuentro, para no
sorprenderse ya de nada.
La extrañeza surge no ya ante lo que llega de improviso, ante un cambio
no previsto; la extrañeza «pura», metafísica, nace ante el simple hecho de que
las cosas sean, estén ahí. Se extraña más el que está en sí, el que ocupa el
aquí y ahora, en una quietud que viene de estar en un centro, de alzarse
vigilante sobre ese íntimo centro, sin haber cortado con él la comunicación,
Dejar de extrañarse en la vida, es una abdicación que puede llegar a ser
abdicación moral.
Bajo el sueño el sujeto se ha entrañado: se pierde en las entrañas de la
psique privada de tiempo, donde sólo late el palpitar de las vísceras y de
oscuros sentires sin sentido que a ellas corresponden, un vivir sin más
finalidad que la de alcanzar el término, el instante del despertar.
Entrañamiento del sujeto en la psique y reducción de la psique;
reducción que es apagamiento en el simple contacto sensible con el rumor de las
entrañas que funcionan. El sueño perfecto que es un descender de lo humano
hasta el lugar donde la vida confina y hasta amenaza ser hundida en la fysis.
Es lo que el dormir tiene de imagen de la muerte. El cese del
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tiempo en la duración y el abismarse del sujeto en
la psique, que queda apagada, reducida. No en quietud sino en pasividad, en un
reducirse en su límite máximo, Cesar, no en la nada, sino en el continuo de la
duración. Continuo que parece sostener el tiempo, todos los tiempos y aun
resistir a ellos; especie de materia origen del peso en sí mismo, que hace que
todo lo por él atraído pese a su vez.
¿El peso sería privación del tiempo?, ¿sustracción del tiempo? Caída a
un tiempo más lento. Se siente en la vigilia el peso de lo que retarda el ritmo
del tiempo propio de cada persona. Se dice metafóricamente de una persona que
es pesada cuando alarga el tiempo y lo hace sentir, cuando sujeta el paso del
tiempo y lo detiene. Entre gravitación y temporalidad existe una íntima,
estrecha relación. Y la pesadez es torpor, lentitud en movimiento, entrada en
un tiempo más lento.
Lentitud, torpor. Dormido el hombre se hunde en el universo físico y
entra a formar parte de él como un cuerpo, sumiso como un cuerpo. Como un
cuerpo sometido a las leyes de la gravedad, con sólo un hálito de vida; un
cuerpo que respira, respirar que se prosigue en la duración.
Como cuerpo vivo no puede quedar privado de un oscuro sentir que es
sentirse a sí mismo. Este sentirse a sí mismo como cuerpo en sueños origina un
modo de ensueño apenas humano. Pues desde el principio la vida necesita saberse
en algún modo, por oscuro, por apegado que esté al organismo viviente. Como si
de la vida fuese esencial el serse presente, el hacerse presente a sí misma, Y
esto no puede suceder si no hay un viviente, un sujeto, por inexistente que sea
o por no existente todavía.
Mas en esta situación no se siente el sujeto a sí mismo, el sujeto que
ha dejado su lugar. Es un sentir difuso, sin referencias, sin indicaciones,
pues que no está despierto el centro del sentir.
La inhibición temporal
El ir hacia el sueño no es sino el cumplimiento de un suceso —su total
realización— que tiene lugar constantemente en la vida de la vigilia.
El río de las vivencias más que pasar ante el sujeto se despeña dentro
de él, en su fondo invisible. De ese caudal algunas vivencias, solamente
algunas, son percibidas por el sujeto, falto de tiempo para percibirlas
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todas; alcanzar esta percepción es ya un
privilegio. Desde este punto de vista resulta cierto que ser es ser
percibido —Berkeley—. Ser percibido, captado por el sujeto en el
incesante fluir que desborda su conciencia, es alcanzar a ser. Mientras
alrededor de lo percibido distintamente, una masa de vivencias pasa sin lograr
darse a ver: conatos, larvas ávidas y condenadas a pasar sin detenerse por
falta de lugar; lugar que es en realidad tiempo. Sería cuestión de tiempo que
estas larvadas vivencias llegaran a ser sentires, pensamientos, impulsos que
siguen su curso.
No es por tanto necesaria la inhibición producida por represión moral,
para que el sujeto se quede sin asistir a lo que pasa en la psique en la que
está; para que lo que nace en la psique o se eleve desde ella, a través de
ella, pase a ser alma, Y para que el alma sea visible a la conciencia. Para que
el sujeto humano se mantuviese enclavado en él en un medio transparente. La
atención llevada a su máxima intensidad y mantenida en la más perfecta
continuidad no alcanza a envolver la vida que la desborda; no tiene tiempo.
El vivir es siempre una aceleración respecto a la conciencia, como lo es
con respecto a lo que no vive. La vida parece ser incontenible; la vida por el
pronto es un desbordarse.
Y este desbordarse es una aceleración en el tiempo; la irrupción de un
tiempo acelerado tanto en relación a la fysis como en relación
a la conciencia humana, los dos límites entre los que parece ir la vida, aunque
sean de bien diversa naturaleza.
Y así, ese fluir incesante de las vivencias, de los procesos vitales
visibles y de los que tienden a serlo, corre incontenible, se escapa de la
conciencia.
La primera acción de la conciencia es, pues, una especie de suspensión
temporal, de epoje La simple atención es el indicio y el
fundamento del Método Fenomenológico hecho patente por Husserl. El prolongarse
de la atención sobre cualquier vivencia, o un grupo de ellas, desata por sí
mismo su referencia a la realidad. Disuelve lo que contienen de creencia en la
realidad y las convierte en cambio en ser —cosa que Husserl
ciertamente no aceptaría, como tampoco Ortega y Gasset, pues que ninguno de los
dos acepta que el ser nos sea dado en el sentir, y en esta afirmación nuestra,
se da juntamente en el sentir, en su entraña.
La atención prolongada, pues, a las vivencias percibidas, las lleva al
terreno del ser, les da ser, ser por sí mismas, Y al hacerse así visibles,
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aparecen sus relaciones con otras alejadas en el
tiempo; las hacen surgir de la masa oscura que forma el fondo de la conciencia
de vivencias apenas dibujadas; se crea una cierta continuidad que hace pensar
en el ser como orden.
La persistencia de la atención logra continuidad y transparencia,
convierte el fluir de la vida en un cierto modo del ser, sugiere, insinúa,
anuncia ya el ser. Y esto lleva tiempo, consume tiempo. El que se toma el
sujeto para sí y que regala a las vivencias privilegiadas, elegidas por su
atención, Y mientras las demás se desvanecen o quedan rondando ávidamente
alrededor del círculo de claridad central. En la vida de la conciencia, la
claridad consume tiempo —la luz absorbe tiempo.
Y así se verificará una especie de escisión, pues que la masa de
vivencias no elegidas para ser elevadas a sentires, percepciones o
pensamientos, no cesa por ello de seguir dentro de la vida del sujeto, así como
no dejan de vivir los individuos no elegidos por la gracia o la justicia. Lo
que les sucede a estos sentires y pensamientos larvados es que se pierden, que
se desprenden y precipitan en una especie de remolino, imagen efímera de la
condenación eterna. Eterna porque es la condenación del tiempo: quedar arrojado
en lugar de quedar asumido, alzado a un plano de la temporalidad superior en la
espiral del tiempo que se va estrechando según se acerca su centro.
Queda lo no elegido por la claridad de la conciencia, fuera del tiempo,
bajo el tiempo, en los infiernos de la temporalidad sin tiempo, allí donde el
no haber tiempo es una verdadera, radical privación. De allí serán sacados por
la actividad mediadora que es soñar, en el mundo intermediario de los sueños.
Pues que en esta privación de tiempo lo que la padece se precipita y cae
en una profundidad abisal, no ha perdido su incompleta realidad, pero tampoco
su apetencia de realidad. Es la situación típica de lo condenado. Y a mayor
poder de la conciencia, sigue un mayor número de estos condenados al no tiempo,
al no ser.
Y así vemos que sin intervención alguna de ninguna traba moral o social,
por el mismo funcionamiento de la conciencia que no alcanza a repartir el
tiempo por igual entre todo lo que ante ella surge y la atraviesa, se crea una
primaria y constante, inexorable inhibición, que conduce por sí misma al estado
de sueño, que es ya sueño aun durante la vigilia. Pues que entrar en el sueño
es desprenderse de lo que está pasando en la psique,
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quedar la psique abandonada del sujeto. Y así, la
parte que en la vigilia queda abandonada se hunde, sin interrumpirla, en los
abismos del sueño, por quedar privada del tiempo y de ser visible —forma plena
de la realidad.
La realidad necesita ser sostenida por la conciencia en el tiempo;
abandonada, cae. Y como el tiempo es movimiento, toda realidad no sostenida
tiende a caer, está cayendo siempre. Pesa.
Pesa la vida. El rio de las vivencias es arrastrado; cae desde el tiempo
donde pasa un instante como si pasara por la luz, a la duración donde yace;
como chispas de luz absorbidas por la neutra oscuridad sin fondo.
Lo que está privado de tiempo en la vida, pesa. Pesa y cae, se
precipita. El único modo de no pesar es quedar en el presente sostenido por la
conciencia, lo cual sería a su vez una detención del tiempo sucesivo; quedar en
un tiempo sin pasar.
La privación del tiempo es caída. Y la velocidad de esta caída parece
estar en proporción con la cantidad de tiempo del que se le priva al sentir o
al pensar que cae. El exceso de velocidad en el fluir del rio de las vivencias
produce un estado semejante al del sueño: de una parte una duración que atrae
hacia sí, que sepulta en sí a lo apenas nacido. Y de otra el delirio. Llamamos
delirio al automatismo de la expresión sin intervención alguna del sujeto; la
enajenación de ciertas vivencias más intensamente vividas de la conciencia. Una
vida sin lugar que salta fuera de su cauce, desligada de su centro.
Una situación pues, esta que señalamos, en la que el río de las
vivencias está dominado por la gravedad, atraído irresistiblemente por la
duración que le aparta del tiempo, que le desvía del curso de la temporalidad.
La masa de las vivencias va así dominada por la gravedad y sin centro.
Mas, si la atención retiene en el espacio del presente, ensanchándolo,
una de esas vivencias privilegiadas, el tiempo entonces se alarga, se dilata. Y
el instante presente no alude ya al futuro, pues que de ello justamente depende
el ensanchamiento del presente: de una especie de aislamiento del influjo del
futuro, de esa presión que el futuro ejerce sobre el presente que se ve así
empujado a abrirse a otro instante igualmente presente. Pero ya otro.
El presente no es un instante, sino una sucesión de instantes separados
entre sí por un vacío apenas perceptible: ese vacío indispensable para que
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el tiempo pase, ese poro que en la atemporalidad no
existe. Un presente prolongado como una nota sostenida sería, en la vigilia,
atemporalidad.
El instante presente viene como una onda, como una reiteración modulada,
como una pulsación; esa pulsación que se encuentra en el fondo último de todo
lo vivo y que aun la luz de los astros emite cuando llega a esta nuestra
atmósfera.
Así, hay diferentes modos de presente según la velocidad de su
reiterativo pasar que depende de la presión que ejerce el futuro y de su
opuesto polo, la atracción de la duración subyacente. Hay modos en que el
presente no resiste apenas y pasa efímero. Es el carácter extremadamente
efímero de ciertos instantes tan cercanos al desvanecerse de los sueños.
Mas en lo efímero es el instante el que pasa, sin incidir ni en la
conciencia ni en la sensibilidad del sujeto. Es un modo de pasar también sin
centro, desprendido del centro y, más todavía: desprendido del campo de la
sensibilidad, lo que en sueños no acontece, al menos en esa forma. Pues que los
sueños no se desvanecen porque no incidan en la sensibilidad, sino
contrariamente, se desvanecen más rápidamente cuando han nacido sólo de ella;
cuando su sustancia es meramente sensible. Son entonces inasibles y casi sin
argumento; mas dejan huella. Son efímeros por inasibles. Y no lo son como
afecciones de la sensibilidad o emanaciones de ella. Mas tienen en común el
pasar sin pesar, como humo desprendido, como esencia evanescente.
Humo que en los sueños se desprende de una sensibilidad herida, de una
herida abierta que no siempre causa sufrimiento, Y en la vigilia simplemente de
lo inasible y pasajero, de que la realidad a que tales vivencias se refieren no
es admitida porque no afecta, apenas es sentida; algo más percibida que
sentida, mientras que en los sueños es más sentida que percibida.
Pero a causa de ese efímero pasar, de ese desvanecerse, en la vigilia se
llega a una situación análoga a la de los sueños por falta de realidad. Una
falta de realidad que determina no la falta de tiempo —la atemporalidad— sino
un tiempo vacío, un tiempo hueco. Un tiempo sin realidad, contrapartida de la
realidad sin tiempo de los sueños. En los sueños que se desvanecen hay una
referencia al «ser», mientras que en la vigilia —en lo efímero— se está lejos
del ser, suelto del ser, sobrado de tiempo y sin realidad, con sólo la «forma»
del vivir.
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Lo efímero pasa sin peso, pasa simplemente. Ni
siquiera puede posarse en sueño; no se materializa nunca; por eso encanta,
fascina, prolongando la pasividad en que han caído la conciencia, el sujeto y
la sensibilidad. Es sueño de sueño. Soñar que se está soñando; soñar que se
está viviendo. Sin vida, pues que la vida se torna en ese estado inasible,
lejana, inasequible como en sueños sucede con la realidad. Se sueña ávido de
realidad; se permanece en lo efímero ávido de vida. La vida está lejos y es por
ello indolora. Se acaba soñando que se vive sin sentir, que se vive en otro
modo de vida en el que el único sentir fuese sentirse vivir, simplemente a
salvo de lo que la vida da y exhibe, de ese golpear constante de lo real que
hiere y despierta, que sobresalta y hace despertar. Ese vivir en lo efímero es
vivir sin sobresaltos, no ya desde la atemporalidad, sino desde el simple pasar
del tiempo en la insensibilidad. La insensibilidad pues, es en cierto modo el
equivalente en la vigilia de la atemporalidad de los sueños, determinante de
una situación de estructura análoga y al par inversa, como hemos procurado
describir.
La insensibilidad hace que el pasar de la vida sea un simple pasar sin
congoja. Mientras que bajo el sueño el sentir crea el sueño acongojado, sin más
realidad que ésa: la cuita, el cuidado perenne de todo ser viviente. Y el
argumento se inventa o se edifica sobre el sentir de esa herida que se ensancha
y se ahonda todavía más cuando nada concreto está pasando.
Lo efímero es como un sueño sin cuita, lo que es vivir sin estar herido,
o asediado por la realidad, y sin estar acongojado por el propio ser.
Mas en la situación opuesta a la de lo efímero, cuando el presente se
dilata y ensanchándose parece absorber pasado y futuro, se produce un apegarse
del sujeto a este instante de tiempo que le lleva a los confines del estar
soñando. Porque el modo normal de vivir el presente es sentirlo como fragmento
de una corriente temporal: percibiendo su movimiento. El ensancharse del
presente es un sumirse en el presente, un abismarse en él. Y a una cierta
duración de ese estado, el instante parece ceder y diversificarse; un
vagabundear de la atención comienza dentro de él, como si dentro de este ancho
presente se esbozara una complejidad que deshace su unidad; como si una
contenida fluencia, o a lo menos una labilidad, lo irisara como el agua impura
irisa una redoma de cristal. Como si no fuera posible que el tiempo se
mantuviese así: recogido, uno, esférico, cerrado en sí mismo, con la pureza de
una gota de luz suspendida en el vacío. Como si la unidad del tiempo no pudiera
mantenerse, y se descompusiera
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en sí mismo, por sí mismo, al no hacer alusión al
pasado y al futuro; al no estar engarzado en la relatividad. Y aun: al no hacer
alusión o al no estar situado dentro de un modo: el sucesivo, que a su vez
alude y se sostiene en la relación con otros modos del tiempo; del tiempo
vivido más allá de la conciencia, bajo ella y sobre ella, en la vida humana.
Se asemejan, según vemos, a sueños y aun se deslizan hacia el soñar los
estados en que el tiempo es vivido en un ensanchamiento, en una dilatación que
llega a ser estancamiento, Como si el correr del tiempo y las vivencias que
arrastra estuviese sujeto a un cierto ritmo, fuese ritmo; ritmo susceptible de
ser más o menos acelerado, mas dentro siempre de unos ciertos límites, tal como
sucede con la respiración. Un ritmo, un cierto ritmo y una referencia a un
centro íntimo en el interior del tiempo; a un centro, algo así como el corazón
del tiempo, que con su latir sujeta y unifica, sincroniza las diversas series
de tiempo vividas a la vez por el sujeto, lo que en sueños se pierde. Y así, se
revela un aspecto del tiempo —un suceso en el que había quedado visible o a
medias visible—. Se produce una revelación de las entrañas del vivir temporal,
fragmentaria, efímera y con carácter de absoluto.
Y siempre que en la vigilia se da esta descentralización, este
descorazonamiento, se va hacia el sueño y aun se vive en sueños. Pues que la
sincronización no llega nunca a ser completa. No hay tiempo bastante en lo
humano para que todo lo que pasa sea vivido desde el corazón. Hay en la
vigilia, pues, un sueño constante, un caer en el sueño de series enteras de
vivencias privadas de tiempo. Su acumulación pesa, va formando esa pesantez,
ese torpor que anuncia y conduce al sueño, al entrañamiento que es entrar bajo
el tiempo en las oscuras cavernas del sentido.
La no sincronización
Se nos presenta esta cuestión: la atemporalídad dada en el soñar,
¿proviene de la no sincronización en grado extremo?, ¿una especie de
desintegración del tiempo? ¿La atemporalídad sería tiempo desintegrado? O, más
precisamente aun, ¿aquello que adviene al despertar dentro de la desintegración
del tiempo?
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Como se ha dicho, no todas las vivencias son
percibidas, ni las que alcanzan a serlo transcurren con igual velocidad. A esto
se añade que ninguna vivencia aparece sola, desligada como un astro solitario.
La que aparece así en el horizonte de la conciencia es centro de otras que
giran en su torno o que la acompañan palideciendo en su luz o iluminándose en
su destello. Lo que se da en momentos excepcionales, cuando una realidad o un
pensamiento se aparece como la solución de un conflicto o como la cifra de una
esperanza largamente sostenida: cifra de esperanza o de amor. Y está también la
forma —genéricamente— de la aparición de la verdad, de la verdad que se
encuentra o se descubre repentinamente: de lo que se da, se ofrece o se revela.
Toda vivencia forma parte de una serie, más bien de un sistema del que
forman parte otras alejadas en el tiempo. El pensamiento, sentir o impulso que
pasó inadvertido, la imagen que palideció antes de concretarse, se revelan y
aun arrojan su significación cuando aparece otra que las llama: el pasado que
yacía y que resucita cuando algo que era su futuro se hace presente —lo que
constituye el fondo de lo que se llama experiencia—. El pasado que pasó a serlo
sin haber sido nunca presente y que puede ser considerado como anticipación del
futuro, o más bien como algo que fue retardado o preterido hasta que llega el
instante en que aparece inevitablemente algo que no puede ser entendido,
asimilado, sin esta especie de resurrección. Los dos modos suceden y este último
tiene lugar cuando se trata de algo que la persona no quiere tomar en cuenta;
origen de un error que se repite o cuerpo de un umbral que se resiste a ser
traspasado.
Cuando así sucede se da una contemporaneidad entre la oscura vivencia
que se alza desde el pasado —ese que forma el lecho del olvido
— y el pensamiento que está llegando mientras que el olvido resucita. O
bien el pensamiento se detiene hasta que resucita aquello que fue olvidado —que
le resistiría como un obstáculo—. En todo caso, hay un instante que les es
común, se unen en un presente. Una serie de vivencias les siguen y aun pueden
brotar otras de esa su conjunción. Se da entonces la contemporaneidad de lo que
ha nacido separadamente en el tiempo. Y todavía más precisamente: de lo que ha
atravesado la conciencia en un modo temporal distinto. Y así, aquello que pasó
precipitándose, privado de tiempo o confundido en la masa de las vivencias, se
une con lo que llega
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destacándose con tiempo propio, el que le es
necesario para ser visible y actuar.
Del hecho de que no sea posible para la conciencia repartir
igualitariamente el tiempo entre todas las vivencias que la inundan, se sigue
esta disparidad de suerte entre ellas. Y como ninguna vivencia va sola, series
enteras y aun series de series entran en el pasado sin haber tenido presente.
Reaparecen más tarde, resucitan a la llamada de otra que llega portadora de
mayor claridad, claridad que proviene de que goza de un tiempo propio que
ilumina estas oscuras vivencias que son vividas así en su plenitud, sólo
entonces, sin el contexto temporal que las acompañaba. Pasaron por ser pasado
antes de haber sido presente. Y así el presente les llega sacándolas con su luz
del pasado de privación, especie de nacimiento a medias.
Y algo apenas nacido, ¿puede haber permanecido enteramente? ¿Puede no
haber ejercido una especie de influjo, de hechizo sobre ciertos grupos de
vivencias atrayéndolos hacia sí, encerrándolos, creando si no un círculo
mágico, un casi círculo mágico, separándolos del resto del fluir en que nacen y
haciendo pesar sobre ellos algo así como una fatalidad, un peso, un destino?
Se trata de la atracción ejercida por el lecho del pasado donde yace la
vida a medias vivida; canto de la sirena que se yergue entre las aguas del
olvido asomando su medio cuerpo apenas incorpóreo. Un canto que no tiene
palabra por falta de articulación, pero que sí tiene voz; lamento, llamada,
promesa, seducción en suma. El canto de lo vencido que no se resigna; el vagido
de lo apenas nacido y arrojado sobre las aguas. Pues que ese lecho del olvido
es movedizo, ondulante porque fluye sin encontrar la salida. Es el mar interior
comunicante con el mar océano de la vida toda, donde puede ir a dar si no se
aferra a un trozo de tierra firme, visible por instantes para volver a ser
sumergida.
Es ese mar interior de la psique sin palabra, donde surgen voces
inarticuladas, de donde nos llega continuamente un rumor semejante al del mar:
confuso, anónimo y rítmico. Parece formado por una muchedumbre de vagidos donde
se puede percibir con cierta distinción lo que llora por nacer en esperanza, lo
que lamenta el no poder nacer ya y aun lo que clama, la amenazadora voz
vindicativa ante la injusticia del ser de Anaximandro.
El apeiron primero que promete y amenaza, lo que hay de fysis en
la psique humana: el lugar donde se muere y donde se engendra,
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inconsiderado y aun huido y, al fin, ignorado por
ella. Pues que sobre esa fysis no parece haber planeado nunca
el logos filosófico. Ya que los cuatro elementos
—las cuatro raíces del ser según Empédocles, el fuego que se enciende
con medida y se apaga con medida de Heráclito, al cual todo lo viviente
retornará un día, el agua que es el ser de todas las cosas de Tales y el
mismo apeiron de Anaximandro— son cósmicos, son el universo y
no específicamente humanos, como sustancia, agua y apeiron,
como logos propiamente, el fuego. Mas en lo que hace a ese mar
interior, fysis en lo humano, sólo el Nous de
Anaxágoras parece poder penetrarlo. Mas no ha seguido, como es notorio, la
filosofía ese camino.
Y así ha quedado bajo el logos, sin que se haya intentado
siquiera atraer hacia su dominio ese llanto, ese vagido, origen último de la
voz que surge sin palabra, canto inicial entre muerte y vida, entre humano y no
humano, el canto oceánico de la vida apresada en la psique humana.
Es ese rumor en que se hunde el que duerme, el que lo acoge en el lugar
del silencio, del esperado silencio inaccesible. Al caer en el sueño se es
acogido por el rumor de la psique que cuando sucede felizmente es un acunar,
pues que el rumor es rítmico. El mar interior de la vida es la cuna donde el
hombre se adormece hechizado por su canción. La canción primera con que la vida
madre aduerme a sus criaturas en la vida y en la muerte; canción de muerte y
canción de nacimiento y resurrección.
Al caer bajo el sueño se es acogido por la vida sin palabra, por no
haber llegado hasta ella o por estar más allá, donde todo es posible, en
el apeiron, lo indeterminado primero, acrecentado por lo que se ha
vivido si de ello el sujeto, aun en sueños, se hace cargo. Y es el
poeta Calderón de la Barca quien lo enuncia y anuncia —pues que es una buena
nueva— al decirnos que el hacer bien no se pierde ni aun en sueños.
Pues que si no es así, este indiferenciado apeiron, este mar
primero de la vida humana puede ahogar, hacer olvidar con su canción, hacer
envolver al que en él entra, su tesoro ganado paso a paso en la vigilia, en su
tiempo propio: sin identidad, la identidad que ilumina la oscuridad primera
llamándola a incorporarse, a despertar, a resucitar ya aquí sobre la tierra,
ejercicio indispensable —se nos figura— para el feliz cumplimiento de la de
todas maneras inexorable resurrección, despertar total y ultimo.
Mas se hace necesario saber que en principio la identidad no aparece,
por el contrario, se pierde en sueños; el sujeto se queda sin su imagen, esa
imagen que continuamente, sin darse cuenta, hace y rehace, la persona sin
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máscara reconocida. Sólo el ser a solas, el ser que
es indisolublemente, solamente él se encuentra depositado sobre el mar de la
vida, olvidado. Y si cede a constatar este olvido aparece el desamparo.
El análisis proseguido hasta donde nos sea posible de la atemporalidad y
de la subsiguiente inhibición solamente temporal, sin tener para nada en cuenta
las inhibiciones según Freud y sus seguidores, según Adler y, en cierto modo,
según Jung —con quien nos une la consideración de ciertos horizontes—,
esperamos que nos conduzca al camino temporal, a vivir el tiempo como camino,
para que no sólo el obrar bien ni aun en sueños se pierda, sino para soñar
bien* para que el soñar sea camino de vida, de la que no acaba.
El ensueño sin forma
Sobre la duración, deslizándose sobre ella, se da una vida que viaja
como agua que se desliza sobre un plano liso que recorre siguiendo su propia
ley de buscarse un camino; la ley de toda vida que es buscar un camino en tanto
que es vida de alguien.
Al estar apegado a la duración corresponde un ensoñar más que un soñar.
No es el sueño propiamente dicho, es un deslizarse del vivir del sujeto sin
guía. Es una continuidad falta de cauce, del cauce de la temporalidad
precisamente. Y va desde la pasividad extrema hasta los estados en que la
fantasía no puede ser detenida en la misma vigilia. Es una continuidad no
lograda por la atención, el empeño que une la discontinuidad temporal. Es la
continuidad primaria, la expansión de la vida que raramente se
deja retener ni en vigilia ni en sueño.
En vigilia se extiende como indiferenciado fondo, como primera materia
vida, que se desliza cortando la continuidad de la conciencia, que la dispersa.
Es lo que la vida tiene de fluido, de no enteramente reductible a la conciencia
o soporte de la conciencia.
Es la autonomía de la vida. Lo que siempre se escapa a toda situación o
estado del viviente: lo no conquistable en modo total ni duradero por ningún
acto de conciencia, por imperante que sea su actualidad, por muy absorbente que
sea su función. Por intenso y decisivo que sea, todo acto de conciencia deja un
halo, un sobrante, un fondo vital intocado. Por
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envolvente que sea un estado de ánimo, deja suelto
y a veces desprendido como un anillo de materia vital que
indiferente sigue… viviendo.
Pues en lo que hace a la vida humana —única de la que tenemos un cierto
conocer interno— parece apuntarse, si no darse del todo y en grados diferentes,
una especie de escisión categorial; una diferencia entre lo que sucede y
aquello donde sucede: la vida que el viviente propiamente vive, a la que llama
propiamente mía, y su soporte.
La vida humana es ante todo la vida de un ser viviente, es una vitalidad
colonizada por un sujeto. No es vida ella sola, Y lo que llamamos vivir se
presenta como una serie de estructuras anímicas ante todo, ya que las funciones
meramente fisiológicas, si las hay, se hacen sensibles desde la psique y
presentes desde la conciencia. Es la atención marcada por la finalidad la que
diferencia en pisos, por así decir, la intimidad del sujeto con su propia vida.
Y de la intimidad del sujeto consigo mismo. Son dos formas de intimidad
netamente diferenciables que sólo en instantes privilegiados coinciden, se
unifican: es la plenitud de la vida.
El sujeto está ciertamente en su vida, mas parece saber, y en ocasiones
sentir, que la vida tiene confines, y que está haciendo suya una vida que se le
ha dado, su vida, sí, pues que le pertenece. Mas que esa vida cambia de
amplitud, y aun de tonalidad y consistencia, que es un medio fluido antes de
que sea un fluir; que el «río» de su vida se abre paso en la vida como en un
mar. Y que el rio se ensancha y ahonda, cambia de volumen, de consistencia; que
le resiste o amenaza; le resiste y le amenaza siempre, mas en grados diversos.
Y por momentos se siente flotar casi olvidado de sí mismo. El olvido de sí
mismo que en la vigilia crea un estado análogo al del sueño. Se deja llevar por
la vida y puede sobre ella sostenerse casi inmóvil, con sólo respirar a compás
de su ritmo, en coincidencia con su pulsación. Es como un sueño en el que no es
necesario estar dormido, cerrarse y ocultarse como en el dormir. Es un dormirse
sin ocultarse: por darse, por entrega a la vida vencida de momento, la doble
resistencia del sujeto a su medio vital; de la vida enclaustrada en el sujeto,
el que la sostiene y alimenta; una doble entrega sin restricciones. Ha caído la
máscara; la representación que se sigue en la vida.
Y llevado por la corriente, envuelto en el sincronismo, se desliza, sin
sumergirse como en el sueño. Hay conciencia, mas sin apenas
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representación; lo que llena y forma el estado del
sujeto es casi puramente sensible, es sentirse en la vida sin amenaza ni
resistencia. Y la finalidad que despierta y mantiene en vela la conciencia se
ha retirado. Se está viviendo en la vida, en su medio fluido, cambiante, sin
nada sólido, sin apenas soporte, esa isla que en medio de la vida, aun de la
nuestra, sirve de soporte y de pedestal a la figura humana.
El contenido de la conciencia que no ha cesado es indiscernible, por no
ser representativo. Es meramente sensible, huidizo y semitransparente, pues que
no se trata de visión alguna, de modo alguno de ver, sea intuición de realidad
presente, sea representación formada por recuerdo o intención.
Parece difícil de admitir que en la conciencia pueda no haber contenidos
representativos cuando no está ocupada por los conceptos y que la conciencia
subsista. Mas no sólo subsiste sino que en tales estados goza de una específica
lucidez: la proporciona el sujeto, pues que no se interpone para nada. La
conciencia en el sujeto pensante arroja su sombra, muestra sus opacidades, sus
puntos ciegos, más ciegos y más opacos cuanto más concentrada es la atención y
mayor la actividad del concebir. Así en el olvido, sin imágenes, lejos del
concepto, abandonada y libre de la cerca de la atención, se expande y sutiliza,
se hace diáfana, se limpia de toda huella, se purifica abandonándose sin
retirarse de la vida. Es conciencia naciente sin memoria, es conciencia sin determinaciones;
pura conciencia in status nascens. No sirve a ningún uso: es.
Y sí pueden atravesarse los mutables confines de ese río más allá de la
restringida seguridad de su cauce. No son los desiertos que atraviesan en la
vigilia por la falta de interés o de energía vital. Sino el viaje en que se es
llevado más allá de los lugares donde se suele morar, donde el sujeto se fija y
se detiene: para mirar, para inspeccionar y descubrir; el lugar donde el sujeto
está más allá de la cárcel de las circunstancias y aun sobre ellas, sintiendo
su naufragio —o su seguridad que en este caso es lo mismo— para salvarse de
ellas, para atravesarlas o sobrepasarlas.
Aquí no hay circunstancias, Y hay conciencia, tenue e
invulnerable, in status nascens y en estado de pura libertad,
sirviendo porque no está obligada a servir, sirviendo porque no
está siendo usada.
Nada es usado, dirigido, en esta situación. Nada oprimido por la razón
imperante, imperante siempre por muy vital que sea. —Flota la vida sobre las
aguas.
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No hay drama ni oposición alguna; no se ha caído
allí por un naufragio. «Allí», no el «aquí» donde el sujeto humano padece y
hace su vida, el aquí donde en medio de su vida existe, se esfuerza en existir.
Que por eso es el perenne náufrago. Si no tuviera que existir, salir de algún
modo de la vida que le es dada, no se sentiría nunca náufrago, como el animal
no se siente, ya que no es la adversidad, sino el tener que hacerse su vida
entre las circunstancias lo que le obliga a sobrepasar circunstancias y situaciones,
a existir llevado, obligado por la finalidad que es trascendencia.
No trasciende pues por su esfuerzo. Trasciende, sí, de una curiosa
manera. Porque al dejarse llevar flotando en intimidad con la vida, con toda la
vida —y no solo con la suya, y no sólo con la humana— no ha dejado de ser, y es
entonces cuando se despierta, se une a la vida, se identifica con ella, Y la
vida, ella, es trascendencia.
Se despierta en la Vida a la vida humana; nace. Nace sin violencia
alguna, desprendiéndose, como parece desprenderse del lecho acuoso del
horizonte con su lumbre, la aurora. Es fuego que se adentra y mezcla en las
aguas: vida que se aclara e ilumina, Y el foco en combustión que se consume, el
que crea y destruye vida, no aparece. No está así el hombre en tanto que crea
sino en tanto creado; no destruye ni consume todavía. Alumbra, irradia,
desprendiéndose levemente de la vida, lo que le hace flotar sobre ella. Se
desliza por la duración como una promesa sin angustia. No hay angustia porque
el tiempo no es necesario en esa libertad sin necesidad, sin circunstancia. Hay
un trascender sin temporalidad, sin haber de seguirla ni atravesarla, El
hombre, la criatura humana, aurora de la Vida. Y como ella forma una corona, no
importa dónde aparezca o esté. Vida que alumbra a su criatura, que se alumbra
más bien en su criatura, dejada allí, depositada en ella, caída en su regazo,
por el momento sin drama.
Puede recorrer sin detenerse, deslizarse por lugares no humanos o no
humanizados todavía; que lo fueron antes rememorando lo que un hombre recorrió
inmemorialmente; pasando sin memoria por donde ya pasó un primer hombre;
aventurándose sin angustia ni temor por donde ninguno se ha detenido todavía;
vislumbrando, como nubes, circunstancias que lo serán un día y que para él son
formas desconocidas, como dioses, lejanías remotas que serán horizontes. Hasta
que un abismo se abre entre las aguas, una impenetrable oscuridad que acomete
súbitamente las raíces del
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viviente que no pueden deslizarse más fuera de su
medio. La oscuridad del confín y el abismo sobre el que se da la vida, ese
abismo sobre el que la duración, preparación del tiempo, se extiende como plano
de deslizamiento, como indiferenciado sostén y que parece tener un límite, Y la
oscuridad última del ser, del ser que va a existir. Pues toda luz
para el hombre, la que ve y la que goza, sale de la tiniebla.
Y al despertar de esta intimidad con la vida, al cesar el ensueño, se
siente lo que toda la vida tiene de sacada de las aguas. Y si es el hombre el
existente, de salvado de ellas.
El ensueño de la intimidad consigo mismo. La anunciación.
Ensueño es intimidad sin tiempo. Sin tiempo todavía. Es una especie de
vagabundear en la duración, pues la sola adhesión a ella no despega al sujeto
del dormir, de ese estado de entrega a la total gravitación. El ser humano
mientras duerme es un peso que vive una cosa, un trozo de materia donde la vida
está encerrada. Encerrada y reducida, sumergida en la materia y aislada por
ella; también protegida. Y si la vida no desbordase la ley de conservación no
habría ensoñar ni soñar (la ley de la conservación biológica, se entiende).
Seria el estado reparador, ya que el vivir produce una usura.
Mas la vida tiende a escaparse de su propio reposo; como el agua se
desborda para alcanzarse a sí misma. Y este desbordarse es ya su tiempo. Así el
ensueño no es todavía tiempo, tiempo en el sentido de temporalidad. Es una
especie de pre~ temporalidad en la que el tiempo está anunciado; ese
vagabundear, correr sin cauce, es avidez de tiempo* ¿De cuál? ¿De cuál de sus
dimensiones si se le considera en el modo de la temporalidad —pasado, presente,
porvenir—? O bien es la avidez de tiempo en otro modo, vagabundear siguiendo
sin ley, persiguiendo, las diversas caras del tiempo; dar vueltas, recorrerlo
siguiendo, ¿qué figura?, ¿qué estructura?
Hay en el ensueño, aun en este de sola intimidad con la vida, un
anhelar. Un anhelar que parece constituir la esencia misma del vivir. Vivir
es anhelar, y anhelar supone no tener y tener más; no haber llegado y estar más
allá. Anhelar es el a priori en la vida.
Y este a priori es tiempo o engendra tiempo, el tiempo.
Sin anhelo la vida no se daría en el tiempo, no sería ya tiempo ella misma. El
anhelar es el fundamento del hacerse que es vivir. Hacerse que proviene de un
sujeto, que supone un sujeto aun en el campo de la vida biológica meramente, de
la más elemental.
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En esta dimensión primaria de la vida anhelar es
tendencia a la apropiación: al presente. Y en el ensoñar humano la vida sigue
su elemental ley del anhelar, y por esto desbordarse y perseguir para
apropiarse de un presente, en el cual estar presente a sí misma. La vida se
busca en el presente, se despierta sucesivamente para buscar presentes donde
encontrarse y producir una forma.
Frente a ella, la materia es como el pasado. Desde la vida, la materia
es pasado que ella ha de atravesar para encontrar su presente que llegará a ser
pasado de cierta manera, que llegará a ser materia. Entrar bajo el sueño es
caer en un pasado remoto, materializarse hasta el límite en que la vida puede
hacerlo, tocar el fondo ultimo de la gravedad, como se ha visto: uno de los
aspectos de la ocultación. Ensoñar es desmaterializarse ya, comenzar a vivir
desde ese estado de ocultación en la materia que es pasado y que es peso.
Anhelar el tiempo, todo el tiempo. Mas desde la forma del presente, a través
del presente inmediato.
De ahí la rapidez y la inestabilidad de las imágenes y aun su tenuidad,
la avidez del presente no es el presente. Y sólo el ancho presente permite la
fijación de imágenes. En el ensueño la avidez lo desborda. Y ni siquiera lo
imita.
El ensueño es el escaparse de la vida, su huida de la materia: ese
pasado que ha quedado ahí desposeído. La materia, mirada desde la vida, está
despojada como lo está la persona anciana que ya no puede ni rememorar, pues
que se rememora siempre avivado por la esperanza, por un cierto futuro. Y en
tal sentido no es la persona vista desde sí misma, sino vista desde afuera,
desde una vida en la cual ella no puede ya entrar. Permanece ahí visible desde
su pasado, visible en un pasado sin remedio, sin reavivación posible, Y en tal
sentido la materia es lo contrario del tiempo, lo que le es
irreductible por consumido por él. Recordar, revivir, es como el
ensoñar: salvarse del pasado, salvar el pasado.
Mas propiamente, ensoñar es transformar el pasado en presente en tanto
que tiempo del que vive: dejar de estar tendido en el pasado para buscar el
presente, aunque sin llegar a hacerlo, pues el presente sería ya estar
despierto y, en la forma más alta, superconsciente.
No se trata pues de tener pasado, ni siquiera de esos estados de ánimo
en que el pasado se echa encima e invade la conciencia. Esto es un hacerse
presente del pasado, y en forma más plena que cuando fue presente.
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Ni tampoco se trata de esos estados en que el
sujeto se inclina hacia el pasado como si intentara vivir en él de la
nostalgia. Se trata de un estar como pasado, yacente en el pasado; cuando
simplemente se duerme, lo que se revela en ese sentir que se está durmiendo. Es
un yacer en el pasado sin aliento temporal alguno. Sin un mínimo de respiración
temporal, suspendido el a priori por el cual la vida es
actualización temporal.
En la vigilia son posibles tales estados en forma fugitiva o asentándose
en la permanencia. Es lo que constituye el fondo de la depresión,
de toda depresión normal o patológica. El individuo por ella afectado no es que
rememore su pasado, lo recorra ni se deje invadir por él, es que está yacente
en el pasado, hundido en el pasado, inmovilizado en pasado, materializada su
presencia para sí mismo; ya que el hombre nunca puede ocultarse completamente,
su presencia a sí mismo es la de una ocultación, lo que no es igual que estar
del todo oculto. Está presente a sí mismo como oculto. Está presente a los
demás como la forma materializada y sin vida de aquello que era. Aun vivo se
puede decir, y sería lo adecuado: fue. Está ahí en tanto que fue, dejando ver
que fue y lo que fue.
Mas cuando lo era no lo era así, sino en tránsito, en acción, en
actualización de la temporalidad, haciendo continuamente de su pasado presente.
Lo cual sólo se da cuando actúa el futuro. El presente que es estar presente y
hacer presente es salvación del pasado en futuro. Para el deprimido, ensoñar es
el tránsito inicial a la vida, ya que vivir en plenitud es hacer presente, y
hacerse presente es estar haciéndose real, que es estar apareciendo. La vida es
una continua aparición. Y en el hombre, en y a través de la conciencia, él es
el medio de la aparición: lo que entra en ella se hace realidad.
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La génesis de los sueños
La génesis de los sueños
Si el despertar es un arrancarse, el momento de entrar en el sueño es un
abismarse de la conciencia que se sumerge como si fuera reabsorbida. Son los
movimientos del cuerpo los que toman, si así puede decirse, su lugar. La
respiración, de hecho, disminuye, viene a ser la protagonista del ser vivo. Y
tiene lugar, al mismo tiempo, un imperceptible movimiento que la cruza, un
movimiento interno en sentido horizontal que tiende a ser curvilíneo. Es el
movimiento que tradicionalmente se imprime a los niños para conducirlos al
sueño, el mecer.
Y al mecer al niño la antigua nodriza movía siguiendo el movimiento de
la Tierra, aunque de él nada se supiera, ni haya sido jamás esa la intención.
Era simplemente un hecho cuya explicación seria dada recurriendo simplemente a
la experiencia: así se ha hecho siempre, los niños se duermen así.
Es el balanceo de la cuna, el mismo que tendría si —como la de
algunos infantes maravillosos— estuviera en las aguas, en el mar, en un río
caudaloso y no en la tierra. Como si el ser humano volviera al elemento agua, como
si acompañara también por ese breve tiempo el curso del planeta, como si
tuviera que reintegrarse al movimiento de un cuerpo que es simplemente
habitante del universo físico: un cuerpo abandonado en las aguas o un cuerpo
que sigue la carrera del lugar donde habita.
Sin duda que este movimiento de la cuna o del mecer de los brazos de la
niñera impelía a algún movimiento interno, por el pronto muscular; los músculos
laterales del tórax que acentúan su movimiento hacia adentro y hacia afuera, de
fuelle; la respiración se atenúa pero se llega al límite, el aire baña así los
pulmones en una forma no desigual como suele ocurrir en
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la vigilia. Se verifica así un ensanchamiento de la
caja torácica y el hueco que corresponde al diafragma tiende a alzarse.
Si la posición correcta en el sueño es la derecha, no es en cambio la
más espontánea, que como es sabido tiende a ser la misma que el embrión tiene
en el vientre materno; plegadas las extremidades inferiores de modo tal que las
rodillas toquen la frente y se forme así una figura redonda en lo posible, el
cuerpo tiende a ocupar el espacio al modo de una esfera, a replegarse sobre sí
mismo, a envolverse. Todo ello parece indicar que lo espontáneo, al disponerse
a entrar en el sueño, es volver al estado pre-natal.
Al cesar toda percepción, la conciencia se abisma falta de asidero, mas
después queda como flotando, viene a flote y entonces es cuando se producen los
ensueños que son así como un estado intermedio entre el sueño profundo y el
estado de vigilia; un querer despertar, una tensión de la conciencia por
ponerse a flote.
Mas al hablar así parece que la conciencia se personifique, que actúe
con independencia, lo cual podría ser cierto si el hombre consistiera en su
conciencia, si lo que nombramos Yo fuese conciencia y nada más. SÍ la
conciencia no fuese algo creado por el sujeto, ganado por él y que procede, en
cuanto acto del sujeto y en cuanto a estructura dependiente, del contacto con
la realidad en la cual ha de vivir.
Por lo tanto en los sueños asistimos a la génesis de la conciencia, los
sueños son su primer paso, el punto de partida visible en este movimiento de
incorporación, de afirmación del sujeto —por el pronto llamémosle Yo.
Los sueños, pues, son un estado pre-natal, que participa en algo del
estado prenatal biológico, mas que no lo define, sino que lo sostiene, que se
funde dentro de una totalidad que no puede caracterizarse en un modo estático,
pues son, por el contrario, el estado donde en germen subsisten todos los
componentes de la persona humana replegados sobre sí mismos, como el cuerpo
tiende espontáneamente a estarlo, al modo de una espiral distendida por la
tensión suprema que es la vigilia, especie de despliegue en el cual son
perceptibles los diferentes planos que componen el «ser» humano. En sueños
aparecen encajados el uno en el otro. Pues es la temporalidad, el tiempo de la
conciencia —antes, ahora, después—, la que permite este despliegue, la que lo
mantiene, la que permite también la inhibición.
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Cuando la temporalidad cesa, el ser humano se
cierra sobre sí mismo y así se abre, se pueden abrir dentro de él fisuras que
no corresponden a los planos distintos en que se despliega la vigilia,
diríamos, en orden de combate —La espiral se enrolla sobre sí
misma y la conciencia aparece entonces en algún punto especial
cortando lo que en la vigilia está junto, separando lo que está reunido,
mezclando lo que está separado en orden a las imágenes y, lo que es aún más
decisivo, en orden al tiempo mismo.
Tres elementos por tanto han de tenerse en cuenta para la génesis de los
sueños: los movimientos corporales y la posición del cuerpo; las asociaciones
de la memoria profunda que es también fantasía; la situación de la persona, el
punto del proceso en que se encuentre.
Decir persona es decir libertad y disponibilidad de tiempo. Por tanto,
la mayor intervención de la persona en los sueños crea una especie de sueños
con una característica muy especial: el haber un átomo de tiempo que en los
otros falta. Lo cual establece zonas del sueño según la
preponderancia de cada uno de los tres elementos mencionados.
La génesis de los sueños está determinada, en primer lugar, por el
intento de salida de un estado de inhibición, mas esta inhibición es por el
pronto el sueño mismo, el sueño absoluto, el abismo donde la consistencia va a
dar y del cual el sujeto hace por salir, repitiendo así desde el origen, desde
la raíz, el nacer de la vida propiamente humana, el incorporarse. La
imposibilidad de permanecer en ese estado de simple estar flotando como en el
mar, de seguir el curso del planeta, de la vida como cuerpo físico viviente.
Como si en el hombre se concentrara y acabara el impulso total de la vida, de
todo lo viviente, a liberarse, a crear su medio propio, a desprenderse de las
condiciones naturales, a sobrepasar el medio donde vivir le sería más fácil, le
supondría una gran economía.
Lo que en la fiera es el despertar continuo, el sobresalto que impide el
hundirse en un sueño profundo y duradero a causa de los peligros circundantes,
en el hombre civilizado, doméstico, son los ensueños continuos, despertar que
se verifica dentro, y tan sólo dentro, del propio ser; despertares que ocurren
en diferentes zonas del ser, como si la claridad de la conciencia brotara de un
fuego por frotación entre corrientes distintas, entre materias diversas
en la heterogeneidad del ser. Una conciencia espontánea e instantánea como un
fuego fatuo y, como él, errabunda.
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Todo sueño es un viaje. Y así paramos en ellos como en una ciudad o
paraje extraño donde nada podemos hacer. Todo sueño nos deja como solemos
estar, en un lugar desconocido donde hemos llegado por error. En ese sentido
diría que todo sueño, por agradable y venturoso que sea, aparece como un error,
más bien como un azar; se presenta como un azar, algo a lo que hemos llegado
por ventura o por desgracia, sin saber, sin hacer camino.
Pues toda situación de la vigilia llega porque vamos hacia ella y más o
menos la hemos previsto o buscado; estamos yendo en la vigilia hacia algo, se
llegue o no se llegue en realidad, mas nuestro movimiento es ir, estar yendo
hacia.
En los sueños es a la inversa; ellos son los que se presentan ante
nosotros. O bien vamos hacia ellos inevitablemente y en este ir encontramos el
carácter del encontrarse. Los sueños nos sobrevienen. Falta el ir,
el camino, el proceso que hace inteligibles las más difíciles situaciones en la
vigilia, la base de lo que llamamos lucidez; hacer las cosas en uso de razón
aunque no se razone. Y así el sueño es un viaje y un hechizo. Un estar
hechizado. Lo es en lo que respecta al encontrarse ya en un lugar. Mas también
todo sueño es un viaje, un viaje encantado. Viaje porque en ellos hay un
movimiento que no quita sin embargo el carácter de que no haya camino. Un
moverse sin camino es un errar, un andar errante. Y así, el que va errante se
encuentra de repente ante algo extraño. Extraño aunque sea conocido y aun
familiar.
La ambigüedad de los sueños se manifiesta también en que la familiaridad
de las imágenes contenidas en un sueño se da envuelta y contenida en la
extrañeza que proviene de que son sueño. Lo que el sueño nos presenta deja el
Yo en suspenso. Suspendido, sin lugar propio, exento, errante; lo arroja fuera
de su sede, cualquiera que sea. Y aun la conciencia, la doble conciencia, en el
caso de que exista también la de la vigilia, parece no pertenecerle.
La conciencia de la vigilia pertenece al Yo, le es propia. Habita en
ella, es su casa. En el sueño la conciencia está separada del Yo, enajenada en
el sueño mismo. Es inherente al sueño, no al sujeto.
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Cuando el sueño está envuelto por la conciencia de
la vigilia disminuye, por así decir, la enajenación, tan sólo porque es posible
la crítica, el enterarse del suceso, el saber de su absurdo, si lo hay, y, lo
más importante: el saber que es un sueño. Cuando este saber es muy claro la
enajenación, por el contrario, aumenta y llega a ser total, el Yo está afuera,
tal como si fuera de la propia vida asistiera a ella, es un superviviente.
Y entonces el Yo no tiene lugar alguno donde insertarse. Se siente
muerto, o más exactamente, arrojado del área de la vida, del espacio o terreno
donde la vida tiene lugar, inmóvil.
En la vigilia tal situación adviene en momentos tales como los de ser
sometido ajuicio sin apelación, en el de sentirse o verse condenado con
absoluta injusticia, el de ser calumniado, la situación en la que se es víctima
de un error ajeno. Más todavía, quizá se asemeja el sueño al descubrimiento de
un error propio que ha envuelto toda la vida y sin embargo es un despertar,
Despertar que convierte toda la vida en un error, cuando la nueva verdad no ha
dictado todavía su sentencia ni ha señalado el camino a seguir; pues en ese
momento, el Yo se ha quedado sin sede, no puede sentirse solidario de todo el
error pasado ni descubre todavía el futuro, no sabe que hacer y queda en el
aire.
Igual puede acontecer ante una dicha excesiva no inesperada, sino a la
inversa, largo tiempo esperada, pues la esperanza cumplida es un sueño
potenciado: sueño en el presente y sueño porque confiere retrospectivamente
carácter de sueño a la vida real, de la que emergen presentimientos,
pensamientos marginales, entrevisiones, todo el cortejo liminar que no acompaña
a las esperanzas formuladas y que se nutren mientras no se cumplen —y más aún
cuando parecen imposibles— de indicios que llegan a la superstición. El
cortejo mágico de la esperanza se actualiza en el instante de
cumplimiento y confiere carácter mágico al suceso, por muy racional que sea su
desarrollo.
Pero ya es hora de declarar, tras de lo hasta ahora encontrado, el
carácter mágico de los sueños. Y cómo de dios ha tenido que desprenderse toda
magia, la creencia en la magia que sostiene todas las prácticas declaradas, y
estas otras más graves sin declarar que inundan periódicamente la conciencia
despierta y la vida social. Y aun los llamados momentos históricos,
aquellos en que se cumple una esperanza —aunque sea para más tarde
ser derrocada— o aquellos de máxima desdicha; en suma, siempre que una realidad
llena la conciencia y obtura el paso del
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tiempo, la conciencia está abismada, el Yo no
encuentra su sede y, duren lo que duren, tales estados son vividos en la atemporalidad de
los sueños. Mas ello sólo sucede cuando la realidad no sólo desborda, sino
cuando toma una figura, clara o enigmática: cuando sentimos y vemos al par algo
real, claro en sí mismo, forma, sin duda alguna, una totalidad, pierde su
carácter fragmentario habitual. Mas esa totalidad es simple. Cuando la
totalidad es compleja, pierde algo de su claridad, es como una esfera de visión
que se difumina en los bordes y aparece entonces una zona de claroscuro, que
acaba desvaneciéndose en la oscuridad. Entonces estamos ante un hecho de conocimiento,
por lo cual, y como es sabido, todo conocimiento deja lugar a dudas, suscita
dudas, interrogaciones; hace sentir, aun apareciendo como enteramente válido,
su insuficiencia. Mas cuando la realidad que aparece lo es cu la esperanza
cumplida, atrae hacia sí no sólo los pensamientos y creencias formuladas, sino
al cortejo de indicios, entrevisiones, conjeturas, larvas de pensamiento y
conatos de deseo; el horizonte interno se cierra por completo, está invadido,
como en los sueños.
De ahí que la expresión de tales situaciones sea la de ponerse fuera
de sí y una forma de embriaguez, o la de quedar petrificado. Como
cuando salimos de ciertos tipos de sueños gritando, abriéndonos
paso en algo cerrado, pues el quedar petrificado, inmóvil, sería la muerte.
Ello está en conexión con el mundo mágico, donde aparece siempre un
dintel a pasar, una puerta hermética que ha de abrirse, un recinto a franquear.
En lo cual lo primero que hemos de retener es la separación entre un dentro y
un fuera; si se está dentro hay que salir y si se está fuera hay que entrar,
como en los sueños. En ambos casos con carácter de absoluta forzosidad. Es el
Yo, por el momento sin sede, que quiere, necesita hacerlo; el dintel es el de
la atemporalidad; está constituido por ella. El dintel es el paso
de la atemporalidad al tiempo. Cuando se quiere entrar, el peligro es de
enajenación, de haber perdido el centro, de andar errante. Cuando se quiere
salir, el peligro es de asfixia en la atemporalidad, en el lleno de la
atemporalidad.
Mas ¿qué es entonces el fuera? Atemporalidad pero de otro
modo, de otra estructura de lo lleno, de un andar errante; y errar, como es
sabido, propiamente se puede sólo donde existen varios caminos posibles a
elegir o varios posibles caminos a abrir. Quiere decir que entonces el Yo, sea
realidad, sea sueño, se encuentra libre, mas sin sede; libre, mas
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desprendido, y que tendría que elegir otro camino
temporal que el habitual del tiempo sucesivo en el que suele andar, que tendría
que instalarse en otro tiempo, en otro mundo. El peligro es la locura.
El Yo, pues, en los sueños, como en las situaciones extremas de la vida
real, bordea el infierno, los infiernos, a causa de ser anulado, en peligro de
anularse. Y ello por haber perdido su propio lugar. ¿Hay pues un lugar del Yo
en relación con el tiempo?
El sueño es un viaje mágico en el cual el viajero anda a la vez preso y
errante, cautivo; un viaje en cautividad; encadenado si va en compañía, pues va
en no buscada compañía, o en apretada compañía que no le deja el vacío
necesario para mantenerse a flote. Que va perdido si va solo, que logra su
soledad a cambio de andar errante.
Enajenación o asfixia, y a veces las dos cosas, en la suprema ambigüedad
de los sueños, pues el Yo errante puede desplazar esto que es como su
envoltura, como el prisionero que arrastra consigo su caverna.
El vacío es el lugar del Yo
De todo ello parece deducirse que el Yo tenga un lugar que le sea
propio, un lugar adecuado. Ha de ser tal que permita el correr del tiempo
sucesivo, que empuje a la conciencia a generarlo por un movimiento
intermitente. Ha de ser tal de no estar sumergido en él, ni tampoco cubierto
por la temporalidad, sea del éxtasis de las esperanzas
cumplidas o del lleno de la atemporalidad. Ha de ser por tanto, un vacío, un
cierto vacío que le mantenga aislado y a flote sobre ese océano de las
vivencias declaradas o a medio declarar, esa masa de vivencias sordas, ese
rumor que llamamos psique. Ha de estar sobre ella sin perder el contacto con
ella, ha de flotar marcando así una especie de estela que es lo propiamente
vivido. Sólo son vividas propiamente, de entre todas las vivencias posibles y a
medio hacer, aquellas sobre las cuales pasa el Yo; sólo allí las vivencias a
medio nacer nacen enteramente. Sólo allí nace la vida, como si la vida humana
naciera solamente del contacto del Yo con la psique; sólo allí se humaniza la
vida, el resto es vida, sí, mas no humana, vida cósmica, vegetal o animal. Por
eso en el sueño recaemos en ese modo de vida y en los sueños despertamos de la
vida cósmica, a la vegetal raramente, a la animal con
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más frecuencia y a la humana en los sueños donde
aparece la imagen de realidad.
Los sueños son, pues, intentos de humanización, etapas de humanización.
Recaídas si son mirados desde la normalidad de la conciencia despierta,
escalones de una escala ascensíonal, si se les mira desde aquel lugar donde la
vida gime y se agita produciendo ese rumor que en todo momento se deja oír en
nuestra alma, ese lugar donde tantas vidas posibles gimen, yacen.
De ahí, el rencor y la tensión constante que en las naturalezas más
ricas de vida aparece a veces con tanto peligro. Es la avidez primer signo de
la vida, de las vidas posibles, que llaman al Yo para que las haga vivir; son
las zonas de la vida sumergidas que quieren entrar en el reino de la psique
visitada por el Yo, la tensión de la simple vida por entrar de algún modo en la
luz que se hace fenómeno, que se manifiesta. No es otro el origen
de las imágenes que llenan el espacio de los sueños. Lo que constituye el
contenido de los sueños.
Un cierto vacío es lo que paradójicamente constituye la sede del Yo, su
envoltura; por él es libre, no se adhiere definitivamente a nada, a ninguna
zona de las vivencias que se despiertan; por él puede desplazarse, apartar unas
masas de vivencias, despertar a otras. El movimiento previo a la memoria y al
olvido. Vacío que es distancia respecto a las vivencias mismas. Sólo en los
momentos de un gran dolor o de una extrema felicidad el Yo se sumerge bajo la
intensidad de las vivencias que son sentir y la conciencia se suspende. El
tiempo entonces no cuenta.
La persistencia del vacío, es decir, de la distancia respecto al pensar,
es la que lo hace posible justamente. Sin este vacío no pensaríamos, sin esta
independencia del Yo que puede hasta detenerse en el tiempo, vale decir, hacer
un hueco en el tiempo, mantener a una distancia mayor todavía de la ordinaria
todo lo que le acosa, la vida, en suma, y a solas pensar.
Esto no quiere decir que el pensar requiera la abolición de todo acto de
sentir. Es necesario declarar la paradoja que se da, tanto en el pensar como en
el sentir. Cuando pensamos se tiene la impresión de que las cosas aparecen
ellas ante nuestra inteligencia, asimilada por una metáfora ancestral del
conocimiento a la visión —y ha de tener su razón, sin duda
—. Y sin embargo, en el pensar somos eminentemente activos.
Inversamente, cuando se tiene la impresión de actividad, de ser activo y cuando
sentir es, en realidad, pasividad, pues sólo en virtud de la pasividad
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sentimos, somos afectados, alterados. Ello proviene
de algo que aquí nos interesa —puede provenir de algo más—, de que al sentir
nos manifestamos, nos declaramos y descubrimos más que al pensar, Al pensar
descubrimos la realidad, al sentir descubrimos nuestra propia realidad.
Realidad en sentido análogo al de la realidad exterior: lo que nos resiste.
El Yo, por extraño que parezca, es en cierto modo más ex-1 rano al
sentir que al pensar, pues que en el sentir es pasivo y asiste a esa herida en
la propia realidad, en la psíquica —análoga a la que llamamos física, en esto,
en resistirnos, en sernos incoercible y enigmática, sólo que nuestra—. Por
tanto el Yo asiste en principio impasible, mas si la tensión aumenta asiste
como un inválido y si aumenta aun más está en peligro de anegarse en el mar del
sentir.
Pues el sentir dolor o placer, avanza y crece al modo de las olas
marinas; y aun la intensidad puede compararse a las mareas. Y aun la opacidad
de ciertos estados sentimentales con la opacidad de las aguas, y su agitación.
Y como ellas es envolvente y amenazador. Los estados sentimentales de
equilibrio son transparentes, parecen revelar sin declarar, como dejándose ver
las diversas zonas de sentires y aun de imágenes correspondientes. El Yo
entonces asiste, flota sobre estas aguas tranquilas y se permite el espectáculo
de ver dentro de una realidad que no le amenaza, que no le constriñe, que le
acoge. Y aun podríamos decir que en ciertos momentos paradisíacos el vacío que
le rodea es reemplazado por un mar de sentimientos, por un lago en calma.
Entonces se siente el alma y el Yo encuentra un lugar mejor que el vacío, que
le liga con la conciencia. Es cuando recibe eso que se
llama la inspiración.
La situación del Yo aparece pues doble: respecto a la conciencia que se
extrema en el pensar, su lugar es un cierto vacío; respecto al sentir, cuando
se da el equilibrio, flota sobre el mar del sentir. Cuando el sentir es
semejante a una borrasca o se desborda, llega a sumergirse o siente la amenaza.
En los momentos de intensidad y transparencia del sentir, aunque sea de dolor,
se siente rodeado por él, pero en modo tal que tiene visibilidad, es la
inspiración tradicional o la lucidez, términos no exactamente equivalentes.
Esta distinción es necesaria para entender la situación del Yo en los
sueños. Decimos Yo en el sentido de sujeto del conocimiento y
de centro de la voluntad —quizá esto ultimo sea mejor llamarlo persona.
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En los sueños el sentir aparece por sí mismo,
irrumpe, y la conciencia es inherente al sueño, no al Yo, no al sujeto. Por
tanto el Yo no está ya en ese vacío que es su lugar cuando la conciencia le
rodea en el tiempo sucesivo. Se ha escindido la estructura que señalamos en el
primer punto: de un lado la conciencia desprendida del Yo que queda inválido,
como cuando en la vigilia el sentir le desborda, aunque en el sueño en cuestión
no existe este desbordamiento. Es pasivo, pues, en el conocimiento: no piensa.
No piensa porque está fuera de su centro y, al ser así, no dispone de
tiempo, no puede usarlo, no tiene tiempo disponible sino tan sólo tiempo a
sufrir. Es externo y está encerrado; ha sido hecho prisionero porque es
necesario, pues sólo por donde él pasa la vida psíquica se despierta; la vida
en potencia psíquica, en potencia adormida por haber sido rechazada, o bien por
no haber sido nunca despertada. El Yo es el que despierta la psique, el que
actualiza los contenidos y aun los sentires, siendo él por principio impasible.
Pues siente tan sólo lo que le amenaza.
Mas el Yo en el sentir se da en función del movimiento. Es como un punto
que se desplaza cuando se siente amenazado. Y puede efectuar movimientos
diversos y sumamente sutiles para mantenerse a flote, A veces huye, a veces
deja pasar simplemente. Se defiende en los sueños. Y a veces, por huir, pierde
el conocimiento, deja la conciencia adherida al sueño y por eso es imposible y
dificultosísimo guardar memoria de ciertos sueños, de los más profundos: de
aquellos que no han estado sugeridos por él.
Pues también sugiere. Son los sueños que responden a un proyecto, a un
designio más que a un deseo. De los sueños de deseo él toma cuenta y son
arrastrados luego a la memoria. Se defiende, en principio, porque ha sido hecho
prisionero para aprovechar su conciencia, para quitarle en cierto modo la
conciencia, Se diría que existe una lucha por la conciencia en el interior de
cada ser humano. Que la zona inmensa, no favorecida por ella, quiere
apoderarse, como si existieran Yos en conato, en formación, en larva.
El Yo reinante está elegido por la persona, por la voluntad persona que
es un proceso, un proyecto de vida con su finalidad correspondiente. Está
elegido por la finalidad que es ética, Pero no sólo por ella. Pues el Yo
reinante está ahí por un pacto o por un cierto pacto. Por eso cambia a medida
que la persona se integra y que la psique se aclara, se apacigua, o
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se transforma. Y eso hace inteligible que una
persona con un proyecto de vida muy alto no pueda sostener el Yo
correspondiente, el que le daría el conocimiento necesario, pues la psique que
no está en situación no se lo permite y le hace descender. No es que existan
varios Yo, sino que el Yo se sitúa al nivel de una zona determinada del alma,
entre la psique y la persona; por eso cambia de posición, es móvil.
En los sueños desciende, es hecho prisionero. Así, muchas de las
imágenes con que ciertos sueños comienzan, son imágenes sugeridas por este
movimiento; por ejemplo la de una escalera que desciende, la de una gruta que
se abre o, por el contrario, una escala que sube.
Los movimientos que ejecutamos en sueños corresponden a los movimientos
del Yo, a su relación con la psique, que son medidos por la persona —el
proyecto vital, la finalidad permanente y decisiva, lo que podemos llamar: la
vocación.
A la luz de la situación del Yo podemos ir ya sorprendiendo la finalidad
del sueño: es producto de una doble finalidad y de ahí su constitutiva
ambigüedad; las vivencias de cierta zona de la psique que apetecen
manifestarse, que contienen un conato de Yo, en torno al cual se podrían
organizar y vivir con un Yo que les perteneciera y las despertara. Pueden ser
zonas arcaicas, abandonadas, correspondientes a estadios de la historia ya
superados, sueños prehistóricos. Sueños de liberación. Sueños de una vida mejor,
de zonas de la psique inhibidas y que darían una zona más alta, más clara, más
pura. Inhibidas por la necesidad de la lucha por la vida o de
la convivencia social que no se da a esa altura.
La finalidad proyectada por el Yo, lo que él pone en esa finalidad, es
intermediario de la persona, de la voluntad, de la vocación, que va en busca de
fuerzas aliadas, de imágenes de que alimentarse; cuando lo obtiene es un hecho
de amor.
El viaje del Yo
El Yo es atraído como por una fatalidad. Obligado como un rey que
confiriese con su sola presencia poder, vida, legitimidad a un acto al que
asiste involuntariamente o, peor aún, encadenado. Como un rey que por el hecho
de asistir o un sacerdote que por el hecho de estar presente en una
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ceremonia, le confiriese a ésta carácter sacro y
eficacia: capaz de transformar en sacramento un gesto que otro ejecuta sin su
aquiescencia.
Está encadenado y ha sido conducido allí sin saberlo, se encuentra ya,
ha despertado por encontrarse ya desde hace tiempo en aquel lugar. El lugar de
los sueños. La raíz griega «YP» indica que es bajo, dormir es
entrar de nuevo debajo. Mas hay un dentro quizá que no es bajo, un
estar dentro que no es estar bajo. Los sueños revelan algo de este
lugar. Bajo el sueño, el sueño mismo, pues, cubre y encierra al ser cuando
duerme; una película, nada, en suma, la impermeabilidad al fuera donde creemos
encontrar la realidad.
Entrar bajo el sueño es entrar dentro de sí mismo. Mas ocurre que en
este dentro no hay propiamente sí mismo, en este dentro yo me reconozco. Si
consideramos los sueños desde la vigilia como imágenes de la realidad de
nuestro interior, es como asistir a las ruinas de una construcción, de esa
construcción que el Yo edifica constantemente. La vida de la vigilia es
esencialmente un hacer arquitectónico, un continuo y no deliberado edificar.
Nos edificamos constantemente, edificamos nuestro mundo.
El yo pienso está en la base de todas mis representaciones —Fichte—:
en efecto, es la base, el fundamento desde el cual se ordenan las vivencias de
la vigilia: es la piedra que sostiene su fluidez y la que desde su vacío crea
ese fluir no como un simple caudal. La metáfora del río de la conciencia no
corresponde a la realidad enteramente, pues ese fluir del río estará creado por
el Yo y la conciencia temporal, con su tiempo sucesivo ordenador, que es ya
arquitectónico.
El Yo tiene siempre a la vista un proyecto, aunque sea mínimo, varios en
realidad. Un proyecto total dentro del cual se dan proyectos secundarios, bien
como etapas necesarias, bien como desviaciones adecuadas a
aquel proyecto central. La vida de la vigilia está ordenada, la finalidad
preside a su desenvolvimiento aunque esta finalidad sea un no sé qué
hacer, en qué emplear mi tiempo. Y en cualquier momento que nos detengamos,
podríamos dibujar un plano de lo que en nosotros está pasando, más bien de lo
que dejamos pasar. En ese sentido Bergson tiene enteramente razón: nuestro
vivir es pre-concepto. Mas no sólo en que todo esté dispuesto para el concepto
determinado por el conceptuar, sino porque es orden, estructura, perspectiva.
Contrariamente, en los sueños no hay perspectiva alguna, aunque plásticamente
la haya, aunque aparezca un horizonte, una puerta abierta, no dejan de ser por
ello una ordenación.
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La impresión, así, de los sueños contemplados desde
la vigilia es de hundimiento, como lo es el instante en que entramos cu él. Es
un viaje hacia una sima, una caída. En la sima tras de la oscuridad total, pues
el soñar, inmediatamente de entrar en el sueño, es cosa que sólo adviene en
estadios en que la persona ha tomado, por así decir, la dirección del sueño. Y
entonces el soñar no va acompañado de la impresión del encontrarse ya,
sino de una especie de género de creación, especie de poesía real, de vida en
otra dimensión.
En la vigilia los acontecimientos se mueven y el Yo permanece fijo, base
y fundamento del cambiar. En los sueños el Yo es arrastrado en una situación
que no es reposo ni movimiento, como sucede al que está en un lugar inadecuado;
tiene ese torpor del que entra en Jugar extraño. Pero es más aún; es falta del
medio adecuado donde poder moverse; en suma, la atemporalidad. En ella comienza
la muerte; es ya muerte para ese punto extraño que nombramos Yo. Por eso está
desposeído de sus funciones, al mismo tiempo que es aprovechado, como un muerto
puede serlo. Como la vida se apodera de lo muerto, de cualquier cadáver,
corpóreo o histórico, de algo vencido sobre lo cual proliferan mil pequeñas
vidas, mediocres vidas que al par que lo matan lo aprovechan, tratando de
extraer de ese cadáver lo que fue su esencia vital, su vida propia, su ser.
Pues en lo muerto está su ser o su espejismo y la vida que apetece ser, los
conatos de ser vivientes, se apoderan de ello. No otro origen deben tener las
antropofagias; querer captar la fuerza del que fue enemigo. Mas reposa en la
creencia de que el cadáver contiene el ser. Y la vida que no lo tiene lo
apetece; y sólo alcanza en este caso alimentar la vida. La transfusión del ser
se alcanza por otros medios.
Lo que en sueños aparece, la vida psíquica espontánea, tiene análoga
conducta —la analogía del sueño con los mundos primitivos es constante
—. Quieren apoderarse del ser del Yo momentáneamente
muerto, como los súbditos preteridos del cadáver del rey revestido aún de sus
atributos del campo que quedó sin consagrar, del sacerdote investido de sus
ropas, a quien se le mueve la mano para que trace los signos, cuya voz se hace
resonar, se imita.
Así aparece en sueños el mimetismo del Yo, y es lo que nos convierte en
personajes de nuestro sueño. Ellos nos hacen decir lo que nunca diríamos, lo
que no es nuestro. Es una falacia, una suplantación, como si alguien quisiera
convencernos de que somos así, de que queremos aquello.
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—Es como la contrapartida del reinado del Yo en la
vigilia, el mimetismo, la danza que devuelve, que intenta jugar en un medio
distinto donde no es posible el movimiento y la situación que al Yo pertenece.
No siempre son los sueños en que se toca el fondo infernal de ese dentro, de
ese estar bajo. Es lo anónimo de la psique, la materia sin
marca, sin sellar aun, sin efigie ni nombre, la materia no
incorporada a la construcción que es la vigilia, a la
edificación constante que el Yo hace, mimesis que llega a ser burla, ludibrio.
Es la jerigonza, la bacanal, lo grotesco, que fatalmente se había de dar en
algún momento en esta gruta encantada. El momento que todos los héroes han
sufrido de caer entre las manos de las burlas anónimas en las que yace un
homenaje. Momento de máximo oprobio y de máximo honor que sólo al héroe es
concedido. Tal sucede a Don Quijote enjaulado entre burlas, paseado con los
ojos abiertos y sin poderse valer en la Jaula de los Leones—. Todo rey, héroe o
redentor pasa por el ludibrio, rebeldía y homenaje de lo que se resiste a ser
parte de su orden.
Es la atonalidad de los sueños, en los sueños de esa
clase en que el Yo es abatido y paseado en un viaje a través de sus infiernos.
Atonalidad que fatalmente había de darse en la esfera de la atemporalidad, pues
la atonalidad es también falta de tiempo, de un tiempo donde todos los
elementos que en ella suenan, todos los sonidos podrían desplegarse en la
armonía. Pues el pecado de toda armonía es ser limitada, por tanto dejar algo
rondando a la puerta que irradiando creará «extravagancias».
Aparece el Yo como un héroe y aun como un redento. Desciende traído y
despierta. Mas al despertar, como se encuentra en otro mundo,
en otra vida distinta de aquélla, tiende a hacer lo que en la
vigilia el medio propio hace: tiende a crear la vida. Todo parece
ocurrir como si este punto aislado, el Yo que no está propiamente vivo, que
asiste como testigo apartado e impasible a la vida, la produjera con su
concurso. Y que allí donde llega su acción —cualquiera que sea— no haya vida
sino potencial de vida, materia viviente, pero no todavía
vida.
El Yo pues, vivifica. Y al vivificar establece un orden, edifica. Orden
y vida no están pues en antagonismo desde la raíz. La estructura total de la
vigilia, predispuesta al concepto, no es sino una forma de la vida, y sólo se
revela orden muerto ante una estructura superior que sea al
par más orden y más vida. El estado de lucidez y el pensamiento mismo cuando
fluye son esa vida donde el concepto actúa como materia.
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¿Vivifica pues no lo que tiene ser, consistencia,
sino esencia? La vida, la humana en este caso, es producto de la acción de algo
que tiene ser con algo necesitado, ávido de ser, ¿de dos atemporalidades
entonces? El Yo no es atemporal, un punto de identidad que mueve y gobierna, un
trozo de materia psíquica viviente, centro protegido por una envoltura que lo
aísla, de condición tal que cuando desciende hace que lo otro ascienda;
que cuando duerme hace que lo otro se despierte; que aun en su
impotencia actúa, vivifica. Los sueños serían así etapas indispensables de la
vivificación de aquello que es sólo vida en potencia, pasividad viviente.
La desposesión del Yo y el desdoblamiento
El Yo pues, así desposeído, sin sede propia, asiste a su propia ruina.
Todo debería ser anónimo en los sueños, en el sentido de ser
solamente un cuadro presentativo de las ruinas de la psique, pues que sin el
punto de referencia, sin el eje y el sostén del Yo la psique ofrece, entregada
a sí misma, a su ir y venir atemporal, la imagen perfecta de la perfecta ruina:
de lo que antes de ser, sin ser aun, recae sobre sí mismo, sin la tensión del
llegar a ser.
La tensión de ser que mantiene la vida de la vigilia. La vigilia que en
sustancia no es otra cosa que esto: tensión de ser, tensión hacia el ser,
tensión en el llegar a ser. Y, al decir tensión se dice ya orden primario, el
orden elemental. Pues sin esa tensión cada vivencia se extiende hasta tropezar
con la otra, o superponerse a ella, como en sueños ocurre: cada vivencia de
recuerdo tiene su cortejo que la sigue y emerge junto a ella. Y si una de estas
vivencias del cortejo se apoya en otra, con la cual está enlazada, o se enlaza
dentro del sueño mismo, se hace preponderante; es una inercia, un estado de
inercia que es una lucha desaforada, es la anarquía.
Y así, viene perdida, no lograda todavía en el sueño más que la noción,
la realidad del límite, el límite que engendra el orden, el límite
que mantiene la tensión de ser. Pues toda vida, o mejor todo viviente que sufre
la tensión de ser, traza continuamente su propio límite frente al medio que lo
rodea, como se da ya en la planta —en algunas como la enredadera se siente la
impresión de que no hay más límite que el de las propias fuerzas
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—. Se da más aún en el animal, aunque en los
inferiores, como el gusano, parece no haber más límite que el de la extinción
brusca sin razón, sin causa interna.
El límite procede de una causa interna, de adentro, de lo más íntimo de
la vida. Y está en razón inversa de la inercia que, como es sabido, produce una
conducta reaccionaria al actuar en vista de, es decir, por
reacción. En los sueños todo se da como si ante un estímulo ignoto se desatara
la aparición de un grupo de vivencias sumergidas que al no estar bajo el
imperio del Yo, en la fijeza de la temporalidad, se coligan entre sí de modo
inerte, sin límite, tendiendo cada una a expandirse cuanto le es posible, sin
más límite que el impuesto por aquello que el sujeto puede aportar o la vida
que este grupo de vivencias posee por sí, como si un vegetal adquiriese el
poder de asistir a parte de su propia vida, a un fragmento que no corresponde a
un momento, a un paso del proceso en que consiste su perpetuo integrarse, un
análisis caleidoscópico múltiple y multitudinario. El hecho, pues, de que
algunos animales sueñen deja de parecer extraño, mas aún en ellos existe
diferencia entre el sueño y la vigilia, aún en ellos el sueño es latencia
puesta al descubierto por un repertorio de posibilidades.
Y así, en los sueños, todo tiene carácter multitudinario, excepto en
ciertos sueños privilegiados, superiores, que llamamos sueños de la persona, en
los cuales aparece una imagen privilegiada, la imagen de realidad.
Mas con respecto a la vigilia humana, la del animal es sueño, una cierta
clase de sueño, un sueño organizado en el cual la tensión de ser es tensión de
ser ya todo lo que se puede ser Mientras en el hombre es tensión por ser. Y, en
este sentido, el límite está puesto más allá de lo alcanzado. Este límite
inalcanzable, especie de horizonte que mantiene la vigilia en el hombre, hace
que se creen otros límites en el interior mismo de la masa de vivencias, que
las saca de lo multitudinario, las jerarquiza. Y eso es lo propiamente humano.
El Yo desposeído se convierte en imagen
En todos aquellos sueños que por su carácter primario, elemental, que
forman la base de los sueños, a partir de la cual se van ganando ciertos
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planos superiores, el Yo desposeído, inoperante,
aparece en una o varias imágenes. Podemos formularlo así:
I. En los sueños en que el Yo está desposeído por completo aparecen una
o varias imágenes que lo representan y sustituyen que son su contrafigura.
II. En los sueños en que el Yo conserva un
especial poder que llamaremos de ser la guía del sueño, estas imágenes no
aparecen.
III. Cuando el Yo se resiste a ser desposeído se manifiesta en forma
trágica, en sonidos inarticulados, en gritos a veces; consigue que se articulen
algunas palabras que sirven de admonición.
IV. Y existen los sueños en que uña historia aparece coherentemente,
anónimamente, sin autor.
Los sueños considerados en tanto que historia, en tanto que argumento,
son historias sin autor y en busca de él. Pues todo sucede como si esta
multitud de vivencias sin Yo tendieran a buscarse un centro, un capitán
responsable. A veces lo logran y aparece un protagonista extraño, desconocido.
¿Quién es? Para responder a esta pregunta, o a lo menos para que pueda
aparecer su alcance, es necesario examinar la contextura del Yo, al atisbar
alguno de sus caracteres, o de su conducta más bien. Y atisbar también la
conducta de la psique cuando campa sin Yo.
Y parece imposible que la psique ante el Yo desposeído no trate de crear
otro. No puede formar otro Yo de naturaleza igualmente abstracta,
ha de ser por tanto no el Yo neutro, indiferente, sino un Yo de contenido
concreto, un personaje. Un protagonista receptáculo de alguna vivencia
especialmente activa, por esencia, trascendente. Hay que buscarla en los
extremos, en una especie de sentir que pueda envolver a los demás, el terror o
la esperanza. Sólo ellos pueden engendrar un pseudo-Yo, que en ocasiones —en
los sueños de la persona— pueden ser un Yo más verdadero, un Yo que diseña una
persona más íntegra. Son sueños de desprendimiento.
Como la esperanza está en la base de la constitución de la persona,
solamente partiendo de ella estos sueños pueden describirse, o más bien estos
sueños que descubrimos ya aquí nos llevan más allá del Yo, a algo, a una
realidad en formación, a aquello que se integra en nosotros y que llamamos
persona, Y la persona está prefigurada y caricaturizada por el personaje que el
Yo ve alzarse ante sí. Cuando es el terror el que lo inspira
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es grotesco el personaje. Son esas especies de
sueños grotescos en que se hace tan difícil de reconocer el Yo perdido. Es una
humillación para el sujeto, reencontrándose así otro, verse reducido a
simple receptáculo, doble, sombra que sirve, que es utilizado por un terror
infantil siempre. Son sueños de la infancia, o sueños en que se recae en la
infancia y entonces acusan una situación peligrosa, pues son por sí mismos una
situación infantil. En este sentido: infancia no ya cronológica, sino infancia
de la persona misma. Pues en los sueños aparece la situación de la persona, el
momento del proceso en que consiste íntimamente nuestra vida, el momento que
estamos atravesando.
Y es la infancia la debilidad del Yo y la debilidad de la persona que
necesita verse magnificada, aparente. Por eso estos sueños no significan terror
de algo externo, sino terror de la propia debilidad, la debilidad ella misma
manifestada como terror. Desdoblamiento.
En los sueños de esperanza no existe desdoblamiento, o, si existe, es
una figura abstracta, cuanto es posible, que acompaña al otro, al Yo reconocido
como tal. Si es una figura sola entonces no hay desdoblamiento sino trasunto,
ambigüedad del crecimiento.
Lo grotesco
El Yo así desposeído se lanza fuera de sí en ciertos sueños, o bien es
necesitada la psique —o algo que en ella esté latente— de representar una
pantomima, pues no puede pasarse sin el Yo y entonces lo contrahace.
Hay un tipo de sueños en el cual el Yo al desdoblarse se libera. Otros
en los cuales su aparición, bajo la ropa de un personaje, es la prosecución y
el cumplimiento del hechizo. Pues tan desposeído se encuentra que permite que
su lugar sea ocupado por otro en tanto que otro, revestido de figuras con que
ostensiblemente se le caricaturiza. Asiste, pues, a su propio rebajamiento como
un espectador. Se diría que las vivencias inhibidas o rebeldes llenan su hueco.
Tiene lugar entonces el mimetismo del Yo, un trozo de la perfecta locura en que
el sujeto anonadado ve, sin poder impedirlo, su propia degradación. Acusa, por
otra parte, la impotencia de la psique sin el Yo odiado, derrocado; es la ruina
de la esperanza más íntima, la ruina de esta tensión por ser que define lo
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humano. Y en verdad lo que se mimetiza y se pone en
caricatura es justamente no el Yo mismo, sino la tensión por ser. Muestra que
en el anonadamiento del Yo la tensión por ser anárquicamente toma el poder y
muestra su impotencia, sin ese guía constante de la vida que es el Yo. Es el
abatimiento de toda arquitectura; por eso esta clase de sueños dan origen
frecuentemente a una especie de danza infernal en que varios Yos revestidos de
figuras igualmente huecas y chocantes, van y vienen. Es la psique abandonada
enteramente a sí misma, a su pura actividad sin acción, donde la ausencia de
tiempo es total. El tiempo ni siquiera se insinúa. Los movimientos son puras
gesticulaciones, el tiempo no está ni siquiera prefigurado. Ni ha dejado su
impronta, su imagen, como en los sueños en que hay un movimiento coherente,
representado ya entero, en el cual el sujeto no puede ciertamente intervenir*
del cual se es esclavo. Mas al menos existe* con el movimiento ordenado, la
representación del tiempo. El tiempo está fotografiado; quien así sueña sabe ya
del tiempo. Son sueños pues que corresponden a la experiencia, en los cuales el
estado pre-natal no es por lo menos puro, o está superado.
Los sueños típicamente arcaicos, prehistóricos o prenatales son aquellos
en que el Yo aparece en caricatura, y más aún. Son aquellos en que aparecen
varios Yos sin que ninguno de ellos tenga la calidad del Yo verdadero. El Yo
verdadero no reviste nunca vestidura ni disfraz alguno. Lo que aparece,
ocultándose bajo un disfraz, es un falso Yo, o bien otro, el otro que es un
personaje que aparece en pocos sueños a lo largo de la vida. El otro es
extraño, absolutamente extraño.
La ausencia de representación temporal, el que et tiempo no esté
representado, es ese desconocido, es la absoluta atemporalidad; es el estado
anterior al momento en el cual se nos dio el tiempo. Es el laberinto de la
psique en lucha por acceder a la vida, en tensión por llegar a un nivel donde
la vida le será posible y como no hay Yo —no funciona—, cada grupo de vivencias
lucha por erguirse en Yo.
Y así cada uno de estos «personajes» tiene el carácter de personajes
ancestrales, arcaicos, de recuerdos milenarios venidos del fondo de las Edades.
Son los personajes de la pantomima histórica* de la comedia que el hombre ha
jugado a lo largo de su historia. El carnaval de la historia, cuando aparecen
los muertos. Y no tiene por qué ser recuerdo de lecturas ni de conocimientos
habidos, residuos de la imaginación despierta. Pues son creación, lo mismo que
lo fueron en su día.
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Los personajes fundamentales del repertorio del
teatro humano son relativamente pocos, y han ido surgiendo del hombre mismo, de
sus apetencias, de sus impulsos, de sus necesidades y de sus incontroladas
esperanzas. Son criaturas de su delirio por ser.
Y es que mirada desde afuera, desde un plano superior a lo humano, desde
una conciencia pura separada de la vida, desde un Yo ultraterreno no
comprometido por la aventura terrestre, toda la historia será un sueño, lo que
los sueños son para el Yo humano que en la vigilia los contempla. Este Yo
ultraterreno no comprometido en la aventura nuestra, se encontraría sumergido
en ella, por ella tomado y desposeído si en ella entrara un momento, y sentiría
nuestro tiempo sucesivo como falta de tiempo, como angostura e imposibilidad de
actuar, nuestro tiempo disponible de libertad sería para él atemporalidad. Y
nuestra vigilia delirio. Se encontraría de repente asaltado por la masa de
acontecimientos, en un lleno sometido y desposeído, como nosotros en sueños. Y
aun se podría reconocer en la caricatura y en la burla de nuestros personajes
históricos. Más que reconocido, aludido, pues que el Yo en sus suplantaciones
no se reconoce sino que siendo. Pues que el sujeto humano, el ser humano, no se
reconoce en los personajes de sus sueños suplantadores, en los impostores del
Yo, pero se siente aludido en el malestar que aun en la vigilia sentimos ante
un acontecimiento que no nos incumbe directamente, un hecho vergonzoso que no
ejecutamos ni recae sobre nosotros, pero que por algún motivo nos alude, nos
insinúa que en algo somos cómplices o estamos ligados a ello. Ciertas
monstruosidades de la historia tienen este poder, pues que todos pertenecemos a
nuestra historia, la de nuestra cultura, y aun más la de nuestro país, aunque
contra ellos hayamos protestado, pues no nos reconocemos nosotros
individualmente o como grupo, pero sentimos el parentesco.
Y aun aquí apunta el motivo central de la aventura del Yo en los sueños;
la desposesión. Ser desposeído no del ser, sino del poder. Y así, siempre que
el poder nos avasalle sentiremos estar viviendo un sueño, un mal sueño, como
sueño parece también la situación contraria: cuando el poder nos conduce, nos
dona una fortuna, o nos colma con sus dones —el poder, sea del destino o de una
persona— nos parecerá estar viviendo un sueño feliz. Y como en los sueños
felices, un cierto malestar to. El Yo está rodeado de una atmósfera formada por
vivencias de cierto tipo cuya composición cambia. Por eso pertenece esta
atmósfera a la estructura del
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Yo, pues le acompaña siempre, y es lo que forma el
llamado estado de ánimo. Es sabido que la misma situación puede
darse, y se da de hecho, con diferentes estados de ánimo. ¿Qué es
este estado de ánimo sino la atmósfera que rodea al Yo, que le sirve de sostén
en medio del océano de la psique? Ella, si su composición es positiva, le
sostiene y mantiene en alto, le eleva de nivel. Es aquello que la psique ofrece
al Yo, lo que pone a su disposición, de donde saca sus recursos, sus fuerzas,
pues él no las tiene, ha de tomarlas. Todo lo que es energía proviene de la
psique o actúa mediante ella.
Esta atmósfera que rodea al Yo es don de la psique y exigencia del Yo
sin duda, tal vez atracción del vacío que le rodea y vasallaje; nupcias entre
el Yo y la psique, Y así, cuando ella no está demasiado avasallada por el Yo,
le ofrece lo mejor. Puede expresarse de otra forma diciendo que el equilibrio
adviene cuando la psique, por no estar avasallada ni comprimida, no comprime al
Yo, reposa en calma, no alberga en su fondo ningún grupo de vivencias en
revuelta. Y así, por una parte, no ofrece por sí misma dificultades al Yo que
vaga libre, al considerar las dificultades que las solas circunstancias
externas le plantean, puede pensar sin ser atraído por las circunstancias
internas, por el cerco que la psique le pone.
Mas no es enteramente exacto todavía. Puede ocurrir que en la psique
exista alguna revuelta, y sin embargo el cortejo o atmósfera de vivencias que
rodea al Yo sea bueno y le permita pensar en la cuestión que dentro se plantea
con la misma libertad que si se tratase de lo que está fuera. Es la expresión
del acuerdo interior, eso que se llama estar de acuerdo consigo mismo,
también autenticidad. Pues que entonces las decisiones del Yo están
respaldadas por la psique, pues esta clase de vivencias son intermediarias.
Intermediarias en el sentido de ser más profundas, de venir de zonas más
profundas de la psique, de ser el fundamento psíquico del Yo. Su base. De ser
mudas.
Muda es toda vivencia que no tiene palabra, que no es palabra. Y palabra
es también imagen, morfe solidaria del logos. Pues
no llegan a ese plano superior en que la forma adviene. Así pues, no tienen
forma, no son «cosa», no hay en ellas rastro de cosa, de objeto, pues hay
también objetos psíquicos, No es posible abstraerías. Son una masa
fluida, ambiental, intermediaria entre la esencia del Yo, la pureza
del Yo, pura intención quizá, pura inteligencia, por tanto sin figura, puro
agente, y lo que constituye la psique, vivencias declaradas y esa masa
potencial, esa
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disponibilidad que no es materia y la hace
asimilable a la materia o comparable a ella, en el sentido de potencialidad.
Vivencias no objetivas, no capacitadas para sentir por sí mismas, para haber
una distinción dentro de la masa de vivencias que tienen
figura, forma, que llegan —algunas— a la palabra. Son pues inasibles,
indiscernibles. ¿Son muchas o una? Son la multiplicidad pura, pues no son
ninguna, no hay ninguna que sea una; son la multiplicidad pura que rodea la
pura unidad del Yo.
Son ellas las que como muralla rodean al Yo poniéndole sobre las
vivencias que tienen nombre, figura, distanciándole de ellas, dejándole, en el
vacío, en su puesto, singular, salvándole su unicidad. Son el clima, el estado
de ánimo. Y como tal, la sombra que cubre al resto de la psique. Como la
atmósfera, puede estar sombría, cargada de nubes e interceptar la irradiación
del Yo y crear así esos estados de obnubilación en que parece imposible
decidirse, actuar aun mínimamente. Esos estados en que no se sabe propiamente
qué sucede dentro del alma, de tan difícil expresión, para los cuales no hay
adecuada expresión en el lenguaje.
No es angustia, no llega a serlo, pues falta esa íntima presión de la
angustia y la disolución consiguiente de todas las vivencias objetivas en la
masa anónima. La angustia es la situación de pura condición anónima, en ella
caemos íntimamente en el anonimato. Mas en la angustia se está desde lo más
íntimo de la persona, es un atentado a su esencia.
Aquí se trata de una situación en que el ánimo queda paralizado por esta
interposición, entre el Yo y la psique, de este halo que puede ocultarle. Y no
más una vivencia se des tac; para que alcance inmediatamente relación ante el
Yo. Están pues estas vivencias en una situación privilegiada, como de
cortesanos cerca de un monarca. De tiempo en tiempo alguna de ellas se
intensifica, se destaca, origina una especie de enturbiamiento, de
inquietud sin motivo… puede ser un aviso, una seña de alarma de que
algo avanza desde lo más íntimo de la psique Bañan la conciencia, la tiñen.
Cuando está en calma esta atmósfera, la conciencia es límpida, clara. Son
la conditio sine quanon de la lucidez superior, refuerzan o
debilitan al Yo, dirigen insensiblemente la atención, crean también la tonalidad.
La tonalidad que es ordenación de las diferentes tensiones que existen
en la psique, unificación de sus diversos niveles. Mudas, son esa especie de
atmósfera silenciosa donde la música se origina, o más bien se crea. Esa música
que siempre envuelve a una persona, que regula sus movimientos,
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que les imprime ese especial sello del bienestar o
del disgusto, Y esa aura que envuelve a toda persona, su sombra^
que predica en su favor o en su contra, pues ella mismo lo está, predispuesta.
En su calidad atmosférica son sombra, claro-oscuro, que puede deformar o dejar
transparentar en primer término los sentimientos, y desviar los impulsos hacia
una meta un tanto equivocada, que la conciencia si se esfuerza puede desde
luego enderezar. Son la capa superficial y destacada de eso que se ha
llamado el fondo del alma, alma ellas también…
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Sueño y realidad
La situación que engendra historias
En los sueños siempre hay una historia, salvo en los sueños
monoidéticos, apariciones de puro sentido o en que el sentido sobrepasa,
trasciende enteramente, la pequeña historia, la mínima historia.
Sentido e historia parecen estar en sentido inverso en los sueños. Desde
los sueños de la psique, en que el Yo está plenamente sumergido, hasta los
sueños monoidéticos, se tiende una escala en que, a medida que el sentido
aparece más claro, la historia se va consumiendo hasta llegar a desaparecer,
hasta ser sustituida por un acto que el sujeto cumple — máxima libertad— o que
ante él se cumple. Suceso único —o acción— des^ tacado, con sentido pleno, del
que podrían derivarse multitud de historias o sin historia posible: sueños de
acción en los cuales se goza de un instante, de un instante regalado.
En el otro extremo —salvo la pesadilla— a medida que el Yo está
sometido, bajo el nivel del tiempo, la historia, las historias crecen y
proliferan, se engendran unas a otras—. Cuanto más se espesa la
atemporalidad, más se espesa y complica el producirse historizante; más la
psique engendra historias según se acentúa su inmovilidad bajo la pasividad
impotente del Yo.
La psique se hunde en la atemporalidad cuanto más herida está por algo,
por una herida permanente —abierta un cierto tiempo— o sufrida durante el día
anterior. En el sueño, la psique herida se hunde y refugia en un primer
habitáculo, retorna cuanto le es posible a su modo natural, y se
hace, se convierte en puro sentir, se entrega a su llanto, a su resentimiento,
a su padecer cualquiera que éste sea. El padecer le agrega pasividad o se hace
pasiva para padecer, recogida bajo el tiempo, el que transcurre donde está aun
más sometida, pues no puede entregarse a su padecer por estar
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sujeta al Yo que dirige la conciencia, que atiende
las cosas de la vida. Cambia de dueño o lo deja para sumergirse en su propia
esclavitud y en ella entregarse a su padecer, sufrir sin ser vista.
¿De dónde pues la historia, las historias? ¿Quién las engendra?
Emanación del sentir de la psique, por el pronto, como de un lago en el que el
agua está quieta por encharcada, sin transparencia, El fondo de la psique, ¿se
revela en historias?
Sin duda en ello interviene la conciencia. Los sueños son la primera
forma del despertar de la conciencia y el primer paso en el camino de la
representación. Con elementos sin duda traídos de la realidad, se urden las
historias. La psique novelera, novela a ciegas discerniendo con intención, mas
ambiguamente, confusamente por hambre y prisa de engendrar historias que demuestren lo
que le pasa y aun por qué; es su resentimiento que acusa, señala y aun encubre.
Sustrae un elemento, el esencial. Y mientras, en sordina, prosigue, como una
sola nota sostenida, ese su sentir que sostiene las historias.
Y así ocurre en la vigilia. Es un signo de vida humana, de humanización
inicial, en sus primeros pasos. Mas ¿hace la psique algo? A veces, sí, y
entonces actúa como alma que obedece a su función transformadora, mediadora,
pasiva-activa, centro del ser viviente, Y es entonces verdaderamente cuando la
psique descansa, porque sólo entonces, de verdad, vive. Entregada a su
esclavitud, sometida a ella roza los confines, el fondo de su receptáculo; no
se conoce, urde historias para aferrarse a sí misma, a su situación actual, a
su herida. Urde historias, las mues-ira, enseña su herida, la vive así y aun se
goza en ella como una mendiga. Es pobre, sedienta, ávida.
De estas historias quedará en la vigilia el recuerdo, la resonancia. Y
un confuso sentimiento de que ha pasado algo, de haber sufrido algo. Pues sólo
el sufrimiento ha sido real, lo único real. Pero algo de la historia, de las
historias, se mantiene aún en el más completo olvido como irrenunciable. En
esto aparece la necesidad primaria y el ímpetu original de crear historia, de
buscar aun en la pasividad, y más en la pasividad, la representación y el
encadenamiento de imágenes que figuran y representan, que miman un drama, un
suceso.
Según ello, la representación no procede del hecho de tener que
aprehender la realidad que nos rodea; una realidad corporeizada, sino antes que
nada de la constitución del sujeto mismo, como Kant nos hizo ya
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presente. —Mas en el mundo de los sueños se hace
presente que aun bajo el tiempo y en ese singular espado, que en su estructura
nada tiene que ver con el real, la representación surge y se desborda, sin
cauce, oprimida por la ausencia del tiempo, por el espacio que ella misma ha de
crear y apresurada, imantada por la necesidad de representar, rara vez crea.
La espontaneidad del crear o engendrar la historia, el espeso historiar,
a veces desprovisto de sentido, arroja sin embargo uno: que la psique pasiva,
abandonada a sí misma, con sólo su padecer —su herida— urde historias, produce
una historia múltiple, abigarrada, confusa; una historia inmanente. A lo que
puede replicarse diciendo que este historiar inmanente tiene lugar de un modo
derivado, no primario; que si así sucede es porque en la vigilia, ante la
realidad, la historia se produce: hay historia porque siempre nos está
sucediendo algo y la psique reproduce en sueños, mima, lo que ha de hacer o más
bien sufrir en la vigilia. Razonamiento válido si la historia, las historias,
estuviesen reducidas desde siempre al mínimum: si sólo pasara lo que tiene que
pasar y lo que efectivamente nos pasa; si mucho de lo que nos pasa no viniera
de una emanación. Si no fuera parte de nuestra historia inmanente* por ello
incomunicable y que sirve de fondo y enreda por momentos la verdad de lo que
está pasando, de la historia que pasa por todo; y si ésta misma no tuviera
empañada su nitidez por la multiplicidad de historias inmanentes nacidas del
padecer* de la herida, de las heridas.
Pretendemos mostrar aquí que hay una actividad historizante primaria.
Una necesidad irreprimible a encontrar la representación del sufrimiento. Y un
sufrimiento primario anterior a todo suceso que haga sufrir, un padecer a
priori. Un padecer a priori por el hecho de estar vivo
como hombre —y aun de estar vivo—. Luego un suceso hiere, provoca un conflicto,
no hace sino actualizar la herida primaria, el padecer de la psique pasiva que
ha de ser ir, ir más allá, distenderse cuando ella sólo quería vivir agazapada,
quieta y ávida, llevando la realidad a sí, sin carácter de realidad,
indiferenciadamente, tendenciosamente. La vida de la psique es tendenciosa.
Es imposible que no salte a la vista la noción de libido de
Freud. Mas si ella coincide en sus caracteres con ese fondo de la psique
delata, hace evidente, que el ser hombre no puede ser identificado ni reducido
a ello. Sino que la herida de la psique consiste ante todo en estar, en un ser
que ha de afrontar la realidad en el tiempo, la libertad y, por tanto,
necesitado de
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conocimiento. Y esto es un simple hecho porque en
el ser humano, a quien tal psique pertenece, hay constitutivamente una
actividad, y aun una acción entre todas, porque hay una unidad invisible,
desconocida, que actúa y exige a la psique salir de su sueño originario y
despertar. Y la obliga a acompañarlo en su camino, en su nacimiento.
Hay proceso de ascensión de la psique a una llamada nacida de la
trascendencia, Y éste es su sufrimiento originario a priori, al que
responde desde su pasividad, en su pasividad, urdiendo historias en mínima
colaboración con la conciencia, en el fondo oscuro de la memoria. Por esto
todas las historias están siempre teñidas de resentimiento, como lo
están las historias de la vigilia, cuando no se ciñen a la verdad, que cuando
no han sido engendradas por la sola finalidad, siguen siendo historia
inmanente.
Esta historia, estas historias, tanto las sucedidas en sueños, como las
que se desarrollan en la vigilia, no alcanzan el nivel de la realidad: tocan a
la realidad en un punto, aquel de donde parten, el único suceso real, efectivo:
el de la herida, el sufrimiento, el llanto. Si ha sido ocasionado por un
acontecimiento, si se trata de un hecho. El resto, el ámbito o lugar donde la
historia se desarrolla está bajo la tendencia que al modo de una sustancia
elástica se distiende y dura —tanto en sueño como en vigilia— y hace como de
nota fundamental que sostiene toda la frustrada, inconexa melodía. La
tendencia, que como tentáculo se sale, emerge de la psique, especie de queja
donde se da, se apoya, el desfile de las imágenes.
Y así, en tanto que dura la historia inmanente, la vigilia tiene la
contextura del sueño, de uno de estos sueños en que el tiempo falta en el
sentido en que se ha dicho y con él la libertad-realidad. Se está en el
interior de un sueño emanado de la pasividad que padece, y ese padecer no
elevado, no ascendido a dolor, es el que engendra, urde las historias irreales.
Irreales no sólo porque el sujeto no esté, no haya entrado, en la
realidad, irreales también por su carencia de sentido, porque sólo revelan,
sólo arrojan la queja mantenida en la tendencia, la herida inicial que se
distiende y puede absorberlo todo, borrarlo todo, arrastrar consigo todo,
siendo entonces el sujeto impotente para detener la nota prolongada, fascinado
por ella. Y toda acción en que se envuelve a la historia será como una
irrupción en la realidad objetiva, será violencia, sólo violencia. Destrucción.
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El tránsito del soñar a la realidad
Los sueños no pasan, se desvanecen; no caen en el pasado, suceden con
los acontecimientos vividos en la vigilia. Se opone a este pasar,
en primer termino, el carácter absoluto de los sueños que coincide, en el caso
mínimo, con su atemporalidad y que en ocasiones va aun más allá de la
atemporalidad. Lo que de algún modo tiene carácter absoluto, no pasa cuando de
ello nos salimos. Pues no es ello quien nos abandona, sino nosotros quienes nos
salimos de su recinto, de su presencia. Nosotros, es decir, el sujeto que lo
sufre y lo sostiene. Y así, se queda detenido aun cuando ya nos hayamos salvado
de su círculo mágico, como las murallas de una ciudad dejada atrás. Y hay
siempre una violencia que retrasa el verse libre o ausente de ello. Y cuanto
más acentuado haya sido el carácter absoluto del sueño, y más intensa su
realidad —como sueño— mayor es la violencia del arrancarse, más larga la
duración de su obsesiva presencia.
Se opone también a que pasen los sueños, cuando en ellos hay una
significación oculta; un enigma a descifrar. Se opone a que pasen sin más,
cuando en ellos ha aparecido una imagen real. Y lo que no siempre coincide con
la existencia de la imagen real, un sentido evidente, una significación
resuelta en sentido, (Pues que la significación, siempre enigmática, cuando
deja de serlo es porque se resuelve en sentido, en el mismo sueño —sueño
resuelto ya— o más tarde).
Se comprende que estas diferencias dentro de los sueños dan origen a
diferentes maneras de verterse en la vigilia, de desembocar en el fluir de la
vigilia que es ante todo, eso: fluir, temporalidad. El carácter fluido de la
vigilia la diferencia radicalmente de la consistencia atemporal del sueño.
Se trata, pues, de ver cómo en el fluir temporal de la vida, de lo que
llamamos propiamente vida —la vigilia— se resuelve el absoluto de los sueños.
Lo cual ilustraría, de ser descubierto, o vislumbrado. Un proceso más amplio;
aquel por el cual todo lo que se da inicialmente en un modo inmóvil entra en el
fluir de la vida; el modo cómo lo que se presenta con carácter absoluto, aunque
se mueva, se introduce en el tiempo vital.
En el primer caso: lo que se da como inmóvil, bajo el tiempo, se trata
de una ascensión, cuando entra en ella la temporalidad que fluye. En el segundo
caso; lo que es absoluto —inmóvil o no, en modo supratemporal
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— se trata de una reducción, al entrar en el fluir
temporal. El tiempo de la vigilia opera pues un cierto análisis en ello.
Y el tiempo de la vigilia muestra entonces la complejidad de su
estructura; sus plurales dimensiones y aun la presencia en él de otras
estancias temporales, receptáculos que albergan, por así decir, lo no soluble
de lo que se presenta con carácter absoluto.
Pues que es un hecho, fácilmente recognoscible, que en la vida, bajo el
sueño o ante la conciencia despierta y alerta, se presentan sucesos,
acontecimientos, presencias con carácter de absoluto, En el primer caso: bajo
el tiempo; en el segundo: más allá de él o, al menos, planeando sobre él.
Lo cual nos avisa de que antes de que haya lugar alguno para plantearse
la cuestión de si la realidad es absoluta o relativa, de la constitución del
sujeto llamado hombre, es necesario reconocer y aun entender en lo posible la
aparición, la simple aparición, de lo absoluto en la vida humana y su
subsiguiente entrada en el tiempo que define y envuelve esta vida. Y aun: la
necesaria, inevitable complicación del fluir temporal de la vida humana: un
ensanchamiento que lleva consigo una pluralidad de dimensiones; un moldearse
del tiempo bajo la presión de lo que ante el sujeto se presente con carácter de
absoluto.
Y sólo con un mínimo de experiencia acerca de estos
sucesos, es posible abordar la pregunta acerca de la estructura íntima del
sujeto de la vida humana, de aquel que la vive. —Aunque esta estructura no
pueda revelarse internamente, íntimamente, en su ultimo fondo, pues exigiría en
quien lo descubra, vaciarse, no sólo de su vida, sino de sí mismo. Lo cual no
es posible ni deseable. Mas, quedará esbozado, presente, el sujeto, y algunas
de sus elementales exigencias, de su constante actuar. Y la vida, en su
condición de intermediaria entre lo que se presenta y el sujeto, aparece sin
más. Lo que se presenta, que puede ser llamado, fenomenológicamente, materia —en
cuanto que es dado por sí mismo con todos sus caracteres—. La vida y su fluir
temporal está en medio. La vida: está. Y aun señalada, indicada su posible
prolongación, su requerimiento, su horizonte, independientemente de lo que
sobre esta cuestión se opine, crea y aun se piense.
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No nos es dado afirmar que en los sueños aparezcan
todos los modos en que lo absoluto se presenta en la vida humana. La vida ha de
tener sus modos específicos, mas como se verá, en ellos, en los sueños, hay una
búsqueda y un acercamiento a la realidad, y un tocarla. Lo cual los aleja de su
absoluto primero y los eleva hasta otro modo de absoluto que no es ya el de la
simple atemporalidad. Y así, como ya se ha dicho, el acercarse al modo en que
se vierten en la vigilia, en cómo se incorporan a ella, en cómo se resuelven
prolongándose por sí mismos, es parte ineludible de esta cuestión central: ver
cómo el absoluto se presenta en la vida humana y cómo se adentra en ella, como,
por así decir, es asimilado, persiste, se transforma.
El seguirse de la realidad de los sueños
Toda realidad es percibida como fragmento, dice Ortega, lo que hace, añadimos, que todo lo real esté en otra
cosa; que el fragmento de realidad no vaga ni está desprendido, sino solamente
cuando se destaca por su carácter absoluto. Mas aun en este caso, ese absoluto
aparece en conexión. La conexión es simplemente de planear sobre el resto de
realidad percibida, de ser como una actualización del fondo, de ese fondo en el
que parece descansar la realidad sosteniéndola.
En esquema pues, la realidad aparece percibida y más todavía, sentida,
como fragmento. Mas fragmento uno, que descansa y es sostenido en un doble
fondo, en uno inmediato apenas percibido: el pasado, pues se nos aparece en ese
seguirse de la vigilia, ese último fondo nunca revelado y que por ello tendemos
a situarlo como fundamento, como ser.
De otra parte, la realidad se da en un horizonte, envuelta en él. El
horizonte no es simplemente envoltura, sino infinitud, prolongación
ininterrumpida, como si cumpliera la función de ir recortando de la realidad lo
que puede sernos presente. Por ello, el horizonte hace alusión al futuro, es
garantía del futuro, función del futuro.
Y así, en orden al tiempo, toda la realidad es vivida como viniendo
desde un pasado y atraída a lo menos por el futuro, abierta a él, como
depositada en el cruce del pasado y del futuro, que apenas da presente. Mas en
ciertos momentos el presente se ensancha, se asienta y predomina,
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vence; la realidad vivida se yergue victoriosamente
y a ella se lo atribuimos cuando se trata de algo que sabemos que dura. En
realidad si este algo vence ta inestabilidad de la conjunción pasado-futuro no
es a causa de su duración, sino de su lograda presencia, ya que, de otra parte,
la presencia de algo de esencia fugitiva pero de lograda presencia, no sólo es
percibido en este presente vencedor sino aun en el siempre.
El siempre parece ser el atributo temporal de la máxima
realidad. El siempre que no hay que confundir con la atemporalidad, ni con la
suspensión del fluir del tiempo intercalado en su corriente. Pues el siempre es
como un círculo producido por un movimiento. Un girar atraído, producido, desde
un centro invisible, desde algo uno. Sin duda que este uno viene del sujeto que
encuentra la ocasión de actualizar su unidad en forma activa, actuante. Ya que
la unidad del sujeto se hace sensible en todo momento por la continuidad que
imprime al río de las vivencias y de las situaciones. Mas este modo de
manifestación de la unidad es lo que se ha llamado mismidad y
que no excluye ciertamente el sentir de la monotonía. El que él mismo
transfiera su mismidad a lo que vive y diga que es lo mismo.
El siempre está muy lejos de lo mismo. Es
otro modo de manifestación de la unidad del sujeto viviente. En el mismo que
llega a vivir lo mismo el sujeto es pasivo, actúa pasivamente, sostiene.
Mantiene, ordena, discierne y aun elige —atiende y desatiende—, crea una
especie de paralelas entre las que transcurre el fluir de las vivencias. Y
estas paralelas tienen la misma dirección y guardan la misma distancia entre
sí, por eso el volumen de vida, de experiencia, es el mismo con ligeras
variaciones. Y el sujeto que mantiene esta igualdad también la sufre, es
afectado por ella y no se revela más, no se descubre y queda casi sumergido en
un vigilar dentro de lo previsto.
El siempre descubre la unidad del sujeto en modo más
íntimo y por tanto más actuante, más libre. Cuando es sólo esto. Se trata de
uno de esos instantes de decisión, de querer, de fe, de voto o juramento. Y
queda en soledad flotando, dejando caer la realidad en virtud de esa realidad a
la que se aferra. Es la actualización del siempre del querer.
Mas hay ese siempre más pleno, en el cual no se decide. No se está solo,
se alza sobre todo lo demás una idea, un voto. No está solo y al descubierto.
Hay reposo, armonía, coincidencia. Por tanto, ha de haber en
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la realidad que se vive alguna unidad que
corresponda a la unidad del sujeto que la vive.
En el siempre de la plenitud se diría que coinciden dos centros: el
centro íntimo del sujeto y el centro de la realidad, de alguna realidad. Y así
el sujeto como real está en ella y ella, la realidad, está en él. Y la realidad
alcanza su plenitud, ya que todo lo real está siempre en otra cosa, se da
dentro de otra cosa. La realidad dentro del sujeto y el sujeto dentro de ella
no puede producirse sino por la coincidencia del centro de los dos: del sujeto
con el de una región de la realidad.
Que una especie de sueños estén abiertos al futuro, que el futuro esté
en ellos indicado en un cierto horizonte, es cosa que ya hemos visto («El sueño
creador»). Mas ahora nos preguntamos sí ellos, como sueños, tienen futuro en la
manera como en principio tienen todas las vivencias de la vigilia. Pues se
diría que lejos de agotarlas se viven en modo incompleto; que rara vez una
vivencia pasa por haber sido agotada, rara vez muere. Por esto, porque todo
pasa antes de acabar de pasarse, vuelve, reaparece, por inacabado, por haber
sido enterrado vivo. Es la primera capa de la memoria, su discontinua vida
formada por las vivencias que vuelven para acabar de morir, para poder hacerse
pasado, pasado que no se recuerda. Y engrosar así ese fondo de olvido, ese sedimento
que aquietado permite ver al sujeto dentro de sí mismo, le va creando una
transparencia.
¿Cuáles son en la vida de la vigilia las vivencias más dadas a
reaparecer? Por el pronto, aquellas más cargadas de emotividad, lo que no
tuvimos tiempo de sentir.
Vuelven a pasar para acabar de pasar, para poder hacerse pasado. Y para
ello han de consumir su emotividad superficial, la emotividad que se desata en
movimiento, lo que es principio de acción y reacción, el aspecto primario de la
vida psíquica; tienen que dejar de ser punto de partida de un acto reflejo.
Y cuando no sucede así la vivencia es actual, posee la psique, forma una
isla enquistada de atemporalidad; es sueño ella misma. Son las islas de sueño
que subsisten en la vigilia y que pueden dominarla, transformarla en un soñar
despierto sostenido, mantenido por el Yo. El sujeto pasivo, sosteniendo en el
tiempo la atemporalidad de una vivencia que crece, conquista, atrae y deja
entrar en su círculo mágico cada vez mayor número de ellas. Se produce así un
estado obsesivo* principio de una acción violenta y natural.
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Estas vivencias sólo pasan realmente cuando han
dejado de ser origen de reacción refleja, cuando han perdido la carga emocional
necesaria para desencadenar un movimiento o conato de movimiento. Quedan
entonces purificadas, palidecidas, reducidas a su pureza psíquica, sin mezcla
ya con reacciones corporales. Y si vuelven es porque en ellas se contiene un
núcleo necesitado de esclarecimiento, de conocimiento. Mas esto puede, en
ciertos sujetos, no pasar e irse acumulando así en un fondo oscuro de donde un
día, un instante, nace el grito, el llanto, el clamor. Constituyen la
oscura raíz del grito.
Y mientras el grito no se desata, queda una resonancia, un rumor casi
constante y un adelantarse hacia la superficie de la conciencia y un recaer a
su profunda atemporalidad, una especie de sepultura nada hermética. Y a medida
que las vivencias cargadas de emotividad y generadoras de ella se van de ella
liberando, purificando, se va haciendo un lugar, y aun el lugar mismo donde
estuvo su isla atemporal, un espacio transparente, un espacio de visibilidad.
Así en los sueños, los de la simple, fundamental, especie —sueños de la
psique— cuando son portadores de una densa carga emotiva, penetran en la vida
de la vigilia por esa emotividad que es justamente lo más fluido, por idéntico
a la vigilia. Tiñe con día lo que se llama el estado de ánimo. Desvanecida la
historia en que consisten los sueños típicos de la psique, queda la resonancia
de la emoción que, al no tener historia donde sostenerse, tiende a adherirse a
lo que en la vigilia acontece y a teñirlo con su tono. Son raramente
recordados. Es decir* raramente se presentan, a no ser que la emoción sea muy
intensa, lo cual no se da ciertamente sino en conexión con la historia soñada;
son los sueños de deseo y de temor, en los cuales ninguna acción está propuesta.
Mas si son recordados, aparecen simplificados y visibles. Vuelven al mismo
lugar de la psique donde aparecieron, mas ahora visibles desde la conciencia,
como a través de una capa de agua a medias transparente y que como el agua
ofrece una resistencia difusa a dejar evadir lo que contiene, sin contar con la
que es posible al sujeto imprimir en su esporádica aparición.
Es la forma más simple de reaparición de un sueño —en el recuerdo—,
análogo al modo como reaparece cualquier acontecimiento de nuestra vida o
cualquier imagen. Salvo su carácter de intromisión, propio de todo sueño que
reaparece o se recuerda sin saber bien por qué. Aparece ahí; quieto se deja
ver, un tanto esquematizado, como dispuesto a dejarse captar, especie
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de preparación para el concepto por muy alejado de
él que se encuentre, a dejarse ver como historia, entero, en su línea
intrincada, presentando o pidiendo orden.
Y con esto la interioridad específica de los sueños, el que sea el
intra-acontecimiento paradigmático, cede. Conservando su interioridad, su
inmanencia, se deja ver; aparece dentro del recinto de la conciencia no como
actuante —en esas islas de la atemporalidad— sino como un visitante que se
somete a las reglas del lugar que visita, que entra conservando sus caracteres
propios, pero al entrar ha de someterse por fuerza a la estructura de ese
recinto, a su ley. Y la ley de la conciencia es la visibilidad.
Y como no es la conciencia —en el caso que examinamos— la que lo llama,
sino el sueño que se presenta como visitante, podemos demandarle qué es lo que
busca, ¿qué entra buscando? Ser visto como una llaga que se exhibe. Mas, ser
visto es entrar a formar parte de lo visible consciente, del lugar donde las
vivencias: imágenes, emociones, conceptos, se dan en conexión que aspira a ser
orden, en una sucesión, en un seguirse que tiende a ser un orden: orden,
realidad. El sueño que se presenta así, por sí mismo, sin ser evocado, pide
entrar en realidad, formar parte de ella. Nos referimos a la especie de sueños
que no contienen ninguna imagen de la realidad, que por su carácter —aunque no
igual al de la realidad sin más— irían a situarse en una suprarrealidad. En los
sueños de deseo, de temor, en los que la psique está recogida en sí misma,
agazapada bajo el Yo abatido, se desprenden como tentáculos de esta pasividad,
que toman vida independiente como emanaciones que se desprenden de su lugar de
origen; podemos ver un conato de sustantivaron para entrar en otro mundo, en el
de la vigilia y de él formar parte en alguna forma. Especie de larvas sedientas
de ser y de entrar en el sistema que es la realidad.
El camino de los sueños en el tiempo. El tiempo inalcanzable
En los sueños hay un aparecer del pasado y del futuro, que es visión si
al pasado se refiere en modo directo; no porque sea visión de una escena, de
una imagen que aparece nítidamente visible, como ha aparecido el sueño
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recordado en la vigilia, en este medio de
visibilidad que no es la caverna inicial de los sueños. Es una escena que
efectivamente sucedió una vez o bien que no sucedió nunca, mas se la coloca por
su irrealidad en un pasado remoto, en un pasado que ya no vuelve, que no
propone ninguna acción, que no despierta siquiera nostalgia, remordimiento ni
sentimiento alguno de los que parten del presente. Vuelven como puro pasado sin
carga emocional ni sentimental, despojados de toda posible alusión a entrar en
el presente, como pura visión, ideal, purificada de vida, vida a salvo ya como
encerrada en un vidrio transparente o dentro de agua clara, es decir: en otro
medio. En un medio donde ya no es posible ni necesario moverse, ni siquiera
comprender el lugar de lo intangible e inalcanzable y por ello sustraído al
pensamiento, Y queda como un ejemplo de a lo que puede llegar algo vivido, en
lo que puede quedar una vida o un trozo de ella: en algo que se emparenta con
el ser.
Y así, esta visión del sueño despojado ya de su carga emotiva,
desconectado de la acción y aun de la tensión elemental de la psique, esa que
tiene lugar en la conciencia de la vigilia, prepara una especie más alta de
sueño. Aquel que se produce como una visión que aparece en un medio claro que
no es ya la caverna donde el sueño primario se engendra. Puede ser que algo
sucedió alguna vez y que aparece ya sin suceso, como si no hubiera sucedido
nunca. O algo que nunca nos ha sucedido, como escena de otra vida, en un tiempo
inalcanzable.
Y marchan las escenas de estos sueños, pasan sin ruido lejos de la
palabra, imposibles de palabra, como hacia algo, A su pasar, si es que lo
tienen, se sobrepone este otro pasar de ir hacia una ultima finalidad que a
todos los de esta especie envuelve: ir hacia su propia finalidad que no es la
del cumplimiento de aquella escena, el término de aquella acción que aparece ya
cumplida, o cumpliéndose, sino que por cumplido, pasa, se mueve desde su fin y
acabamiento a otro remoto, en un último desfile ante la conciencia espectadora.
Cuando por obra del arte se produce este modo de ver en la vigilia, ver
que es asistir y sentir, tiene la misma estructura que en los sueños
correspondientes: el tiempo se ha detenido para la conciencia ante este otro
tiempo de un pasar ante ella y que se aleja de ella: ante algo así como una
despedida.
Y, paradójicamente, este último pasar se parece al ser; este pasar no de
un suceso que se desarrolla, sino que unido, pasa. Pasar puro, puro tránsito
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es el verdadero suceso de estos sueños, este pasar
inalcanzable que parece ser también una promesa.
Y hay en ellos, en último fondo, en un íntimo núcleo de la escena o de
algún personaje que en ella va, algo nuestro. Y así la alusión a la vida
presente, al fin se descubre. No se capta inmediatamente, porque es de sentido
contrario a la alusión directa, elemental: la de despertarnos —en sueños o ante
la obra de arte— para entrar en nuestro presente y pedimos albergue de algún
modo. La alusión es una ligera atracción de incorporarnos a este cortejo, de
despertarnos hacia ese desfile, hacía esa especie de ir, de pasar. La despedida
que es una invitación apenas perceptible.
Y en ello se trasluce la aparición del futuro. Y por leve, mínimo, que
sea el moverse del sujeto en el sueño —en tanto que sujeto real— significa que
el futuro se comienza a actualizar. Por leve que sea la modificación que en el
moverse en el tiempo del sujeto, sea en sueños, sea en vigilia, es que el
futuro está actuando.
Llamamos futuro a la dimensión del tiempo que se descubre cuando se
dibuja aun en modo apenas perceptible —como en este caso—— la finalidad. Y la
finalidad, aunque sea en esta forma apenas perceptible, es pura cuando algo, un
proceso acabado, concluso, sin posible continuación, avanza y hace avanzar, se
sigue moviendo.
A través de la vigilia, pasando por día, esta clase de sueños, los más
elementales de la psique herida que engendra historias, se ha resuelto en un
movimiento ganado por haberse cerrado como historia y por haber ganado una
dimensión del tiempo, la del futuro imprevisible, no definido por un fin
concreto, situado en la misma cadena de su suceso, porque ha entrado a formar
parte de un suceso más amplio, ha desembocado en un confín de la vida donde la
psique y su consustancial memoria se retiran; al dejar de ser plenitud de
memoria, deja de ser memoria.
Y lo que escapa de ser memoria, tras de haberla atravesado, es libertad.
Vemos pues, que es posible, aunque hasta ahora en forma mínima, delinear el
proceso de un ciclo a través de la memoria consciente, su paso por la memoria
para volver a hacerse sueño. No es necesario que se trate de un mismo sueño, de
un sueño con el mismo contenido; basta con que se trate de sueños de la misma
especie para que el resultado sea válido. Pues que en el fondo se trata de una
acción liberadora de la conciencia con ciertas especies de sueños, con todos
los que por un momento irrumpen en
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ella* como si el hecho de entrar en su recinto les
imprimiese un movimiento y una dirección del que ellos no estaban dotados pero
que parecía convenirles. Exagerando un poquito* podríamos hablar de una acción
redentora de la conciencia ejercida con algo, los sueños, que de su vida
espontánea y encadenada necesitan ser redimidos; de su encadenamiento, de su
inmovilidad, de su atemporalidad congénita; necesitan ser llevados al tiempo y
conducidos a través de él, según su específica condición.
En este sentido opera la conciencia con los sueños, al igual que con el
pasado, con el pasado que no pasa por lleno o con lo que se fue hacia el pasado
por leve y apenas percibido. Lo lleno no puede pasar como si el canal hacia el
pasado fuese un poro abierto en el presente, lo que así en efecto sucede* pues
en realidad no nos damos cuenta del ir pasando de las vivencias. Y así esa
sorpresa de cuando nos venimos a dar cuenta de algo que ha pasado ya, Y es
raro, en extremo, percibir cuando algo se va hacia el pasado, su tránsito desde
el presente.
Y lo leve y minúsculo desaparece, en cambio, como hundiéndose en un mar,
perdiéndose en ese océano que sentimos ser en el fondo de donde se recorta
aquello que estamos viviendo, el presente más o menos iluminado por la
atención, como si dependiera tan sólo de su intensidad y extensión el abarcarlo
todo. Y así, esas vivencias se escapan al presente por su levedad o por su no
aparente conexión con el sistema habido en ese momento.
Edificado en la conciencia por la atención, por el interés en todos sus
géneros. Su suerte no puede ser la misma al irse que la de lo que no puede
pasar, acabar de pasar. Su irse es más bien un perderse. Son las vivencias que
engendran los sueños de significación. Han pasado por la conciencia apenas
rozándola, apenas bañadas de ella se pierden, dejando, eso sí, un ligero
desasosiego, un cierto vacío. Se han ido antes de ser identificadas, antes de
alcanzar a ser ellas mismas esa mínima mismidad que tiene toda vivencia
reconocida como tal, aunque no enteramente en su contenido y aun falta de
tiempo, privadas de su natural prosecución.
Se han ido sin el tiempo mínimo indispensable para alcanzar mismidad. No
se sabe no sólo lo que encierran, sino lo que son.
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El sueño de la conciencia. La aparición de lo
mismo. Lo ya visto
La vivencia de lo ya visto, de lo ya vivido otra vez, en la
vigilia, tiene uno de sus orígenes, sin duda, en un abrirse de la conciencia
que es un adelantarse, para aferrarse después, al objeto que se le presenta
precedido de tanta ansia. Y así hay un volver atrás, una recaída o retroceso en
el transcurrir temporal, el que aparezca como pasado el presente del objeto o
del suceso.
Mas hay otro modo de vivencia de lo ya visto más completo e intenso, de
mayor relieve, que surge en medio de una calina, de una situación en la que
propiamente no está sucediendo nada, en un estar lleno de sentido; de un
sentido impreciso, intenso y sin contenido, de un sentido puro, libre,
diríamos, de significación. No acaece nada, no se espera tampoco que acaezca:
se está inmerso en la situación. Y como la conciencia no tiene que hacer sino
tomar nota, no mantiene su vigilia, se ausenta y vuelve, y al volver nada ha
cambiado: se encuentra con lo ya visto, con lo ya vivido otra vez. La vida en
esta situación tiene la contextura de un sueño prolongado que la conciencia no
puede acompañar, hecha como está al sucederse de las vivencias, a la no
detención del fluir; hecha como está a recortar, a delimitar, a ejercer esa
especie de acción continua para impedir que lo que está en el borde entre a
tomar la plaza del suceso central. En esa situación todo es centro y nada más,
la conciencia nada tiene que hacer para establecerlo ni para mantenerlo; esos
alrededores que acechan están en suspenso; nada se agita tampoco allá en el
fondo. En ese mar que sostiene igualmente lo que está a la luz de la
conciencia, Y su tensión vigilante no tiene lugar. Se ha quedado sin la primera
y más elemental de sus funciones. De ahí que se ausente y hasta intente pensar
en otra cosa, aprovechando la extraña pausa, a la inversa que en los sueños,
donde acude quieta. Mientras aquí se mueve despierta ante una quietud sin
peligro, ante una vida que no la necesita.
No la necesita y la necesita, pues que sin ella carecería de integridad
ese estar, se hundiría en el recuerdo* como, en efecto, se hunde en el instante
en que se ausenta. Pero si vuelve allí, allí mismo, es porque el sujeto no
quiere romper esa situación y tira de la conciencia como de un cometa que
tiraría de él sí lo dejara. Es un trozo de vida transparente y la
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conciencia lo escinde en momentos, lo rasga en su
revolotear forzadamente ocioso, Y si aquello que se está viendo hunde sus
raíces en lugares hondos del sentir, en esperanzas remotas que sin declararse
ahora se ven cumplidas. Entonces se produce la vivencia de lo ya vivido. Y lo
es por cumplido, lo es porque. En su simplicidad, cumple largas promesas a
veces informuladas, y por encima de ellas, esa promesa del vivir enteramente
algo alguna vez, de que algo que se vive tenga la calma del estar, de que no
pase* de que esté ahí asemejándose al ser.
La conciencia no puede alejarse aun más, quedándose quieta, asistiendo.
Entonces, libre de tensión y de cuidado* ve. Ve sin acicate y sin obstáculo. Y
al ver desde lejos prevé, se adelanta en el ver* pues que está viendo algo casi
inmóvil, que domina un cierto horizonte temporal quieto. Y dentro de él puede
discernir y así anticipar. Como si ella, la conciencia en sueños, profetizara.
A la inversa de lo que en sueños sucede, que si hay profecía, no proviene de la
conciencia paralizada, sino de una realidad que se desborda libre de los lazos
de la conciencia. Es lo inverso de los sueños, porque aquí se podría decir que
es la conciencia la que sueña, que esta situación es el sueño de la conciencia.
La conciencia que sueña por falta de ocupación, por libre de cuidado,
destituida por una realidad que satisface profundamente el ansia del sentir,
que apacigua las entrañas; el centinela destituido por la paz. Opone una
resistencia a aceptar su destitución y vuelve una y otra vez a encontrar lo ya
visto, lo ya vivido y, en el extremo límite; lo mismo.
Lo mismo que es el resultado
—paradójicamente— de una lucha. De la resistencia que opone la conciencia a
abandonar su función, de su vigilia con la realidad quieta, lograda, calma.
Pues cuando se entrega se hace la libertad, la libertad real, lograda. Y la conciencia
se mueve en la libertad a medias lograda, en la libertad que hay que buscar. La
conciencia va en busca de la libertad y la hace. Cuando, por raros instantes,
se le ofrece ya lograda, la interrumpe. Tendría que abandonarse a su no
actuación, quedarse en su no ser. Y entonces fluiría esa realidad libremente,
sin ser sentida como ya vista, sin llegar a aparecer jamás como la misma, sin
dar lugar a que apareciese la visión y la vivencia azarante de lo mismo.
Y esto, en sueño o vigilia tiene igualmente carácter de sueño, de sueño
indisoluble una vez que se ha formado. Pues la conciencia que sigue actuando,
cuando no ha lugar, en vez de hacer pasar, fija; en vez de buscar la libertad,
la detiene. Y aísla ese instante de libertad lograda, lo recorta como en un
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sueño. Y lo hace, hace a esta libertad apresada,
extraña, irrecognoscible, absoluta, dada, es decir, no-libertad.
Y si la conciencia se aviene a esta su destitución, la vida quieta no
deja sin embargo de fluir, como un río ajustado a su cauce. Todas las vivencias
se acuerdan entre sí, todas siguen la misma dirección y lo que cuenta tanto o
más; el mismo ritmo, que no se distingue del ritmo de la respiración. De
ordinario no se da esta unidad de ritmo, de velocidad. En las vivencias. Un
grupo de ellas marcha a mayor velocidad y arrastra a las demás* que no pudiendo
seguirlas se pierden, quedan en esa situación que hemos señalado: faltas de
tiempo y por ello sin alcanzar el ser siquiera identificadas. La claridad de
las vivencias protagonistas condena a las que no lo son. En la situación que
ahora describimos parece que una misma velocidad envuelva a todas ellas; de ahí
la igualdad en la marcha, que por ello se asemeja a la inmovilidad, y el ritmo
común, como si obedeciese a otro ritmo elemental primario. Y todo ello junto es
eso que llamamos, como aspiración, la vida. La vida entregada a sí misma, a su
orden que parece espontáneo* del que ha desaparecido el esfuerzo que precede al
logro, como no son visibles de una obra de arte lograda los cálculos y
esfuerzos, los tanteos que han acompañado el proceso de su ejecución.
El sujeto está adherido en esta situación; adherido, no sometido como en
los sueños primarios de la psique; por eso se mantiene, Y por ello. Siendo lo
inverso de un sueño, viene a ser equivalente en un grado superior de vigilia.
Equivalente, por contrario, pues que el sueño es la inmovilidad de un
movimiento. Y en esta situación tenemos un movimiento que fluye
con continuidad, con ritmo igual, acordadamente.
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El absoluto de los sueños
El absoluto de los sueños es su significación; aquello que significan.
Absoluto como símbolo. Mas hay que entender el símbolo como acción. Por eso
todo sueño fragmentario ha de ser llevado a su unidad, a su simplicidad oculta
que es la acción de la persona que los crea.
Y todo sueño simple ha de ser, si es posible, fragmentado, descompuesto
como acción, pues la acción aparece nuda en la nuda imagen, ha de ser
fragmentado en la imagen que es lo único asequible.
En los sueños de una sola imagen, de simple presentación, tenemos sin
duda un símbolo. Y como tal una imagen de realidad. Una imagen real. Real como
símbolo. En ella están concentrados, absorbidos, una pluralidad de sentidos, si
es una imagen histórica.
Si son historia, síntesis de historia, son abordables en principio. Mas
si no hacen referencia a la historia, son larvada manifestación de la realidad
desconocida, misteriosa, del Yo, lo cual sucede en el límite de la locura, o es
ya locura. Si se reviste de esta larvada imagen del Yo, con una apariencia, es
ya la locura en marcha, la locura que inicia su representación mimética.
Pues la locura es e] ir representando por nuestra cuenta, con completa
autonomía, la realidad. Es ir revistiendo lo desnudo, que se ha quedado desnudo
de atributos y figuras, de trajes y aspectos, autónomamente, mas sin libertad.
Es, pues, la falta total de libertad, dirigida fatalmente, autónomamente. El
reverso de la libertad moral, que es autonomía en medio de la realidad concreta
de cada persona, en sus circunstancias, del Yo que asume las circunstancias y
que es la persona.
La función propia de la persona es la función moral: acción en el
tiempo, finalidad. Sólo desde la finalidad se puede dirigir la temporalidad. Y
eso aparece ya en sueños. Ya que si no apareciese en sueños no sería real, no
tendría realidad alguna viviente, no estaría fundada en la
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naturaleza del ser viviente llamado hombre. Sería
impuesta ficticiamente al hombre. Mas el haberlo encontrado en los sueños no
obedece al afán de demostrarlo sino que, por el contrario, el encontrarlo es un
verdadero descubrimiento, proporcionado por el conocimiento del sueño.
Si el soñar fuese extraño a la moral, si lo que en sueños hacemos de
verdad, es decir, nuestra acción personal, fuese amoral, la moral sería extraña
a la condición humana: un error, se podría vivir sin ella. Y no se recaería en
ella una y otra vez.
Por tanto tenemos que el absoluto de los sueños es el absoluto moral, la
inexorabilidad moral de la vida humana. La imposibilidad de pasarse sin la
moral, el que ella no dependa de que la queramos o no admitir, es el juego
moral espontáneo y, como tal, automático de la moral vital. El escapar de ella
es entrar en una fatalidad que es la locura. Y entonces la moral viene a
refugiarse en el contenido del sueño persistente, en el argumento que es la
locura. Entonces la moral no vive, no se desarrolla, y es la locura como sueño
prolongado. Es dejar de vivir. Pues los sueños son la suspensión de la vida
mirados desde la integridad persona-vida, persona viviente, o en la vida son
realidad escueta y pueden llegar a ser entrada en la vida verdadera.
La vida eterna es vida sin fin, porque se actualiza en ella el carácter
total de la vida que es originarse a sí misma, engendrarse a sí misma. Y ello
no puede acaecer sino cuando se llega a una finalidad, cuando se alcanza una
finalidad y de ella emerge un principio. Al cumplirse la realidad se retorna al
pasado incompleto y se le integra desde el principio. La vida es una, sale de
una unidad, de un átomo viviente que se desgarra sin disgregarse, se fragmenta.
La vida que se ha creído ser síntesis es por el contrario fragmentaria.
Fragmentaria en su primer aspecto, mas si se analizase toda ella sería no-vida,
es decir, materia como son los astros.
Tal vez los astros se han originado de un átomo de vida que se ha
fragmentado. En realidad no son los astros a quienes esto ha ocurrido, sino al
espacio y a la materia totales. Al espacio-tiempo, que se especificó
desenvolviéndose, fragmentándose. Mas si esto hubiera sido posible solamente en
el espacio sin el tiempo, la vida no hubiera jamás existido.
En el principio era ya la vida y no la materia. De la vida puede salir,
por fragmentación, la materia. Al decir materia estoy diciendo espacio,
extensión. La vida fragmentada dio el espacio y el tiempo en su conjunto,
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en su integridad espacio-tiempo. E11 espacio-tiempo
total es vida, es una vida única, íntegra, donde todo vive, es… Dios.
Mas volviendo a nuestra vida individual, encontramos mediante los sueños
que al cumplirse en cada etapa de la vida una finalidad, al llegar a su término
el tiempo pasado, lo pasado, como tal, aparece y a la vez se integra, emergen
de él nuevas posibilidades, pues el pasado fecunda, al par que es fecundado,
crea un plano temporal nuevo y más complejo. Más complejo y más próximo a la
unidad. Pues la vida es como una columna o espiral que asciende creando planos
nuevos. Es verdadera y propia creación.
Para ello atraviesa la historia. Primero se hace historia, entra en la
dimensión de la historia, que es la del pasado como tal pasado. La simple
acumulación del pasado no resuelto. De ahí el conflicto histórico. En realidad,
todo conflicto es histórico —pues solamente en el plano de la historia existe
el conflicto—. La conciencia lo recoge y lo fija; retiene el pasado. El
pensamiento hace el vacío temporal, suspende la vida y crea el pasado como tal,
lo hace aparecer. Lo hace desde el futuro, desde un futuro aún vacío, por
tanto, escapado a la fatalidad del pasado ya hecho.
De ahí que el pasado puro comience en un punto vacío que es lo que
Ortega jamás ha visto. Desde ese punto fuera de la vida es desde donde
únicamente se puede pensar. Arquímedes decía dadme un punto de apoyo y
moveré el mundo. Este punto de apoyo está fuera del espacio que ocupa el
cuerpo a mover. Para encontrar la solución al conflicto hay que salirse fuera.
Este fuera ha de ser un fuera absoluto, pues si no sería entrar en otro sistema
de conflicto, pensar la historia, en sentido de pasado, desde otro sistema que
sería igualmente del pasado, mas de otro pasado, lo cual agravaría el
conflicto. Hay que pensar desde un punto fuera de toda historia, lo que a
Ortega le sería absolutamente inconcebible. Y desde este punto ahistórico se
abre una posibilidad, porque este punto situado en el vacío no puede ser
cualquier punto, sino uno desde el cual la comunicación es posible. Un vacío
cualitativo.
El Yo está solo en el vacío como un vigía. Un átomo solitario, por eso
inerme, por eso puede ser revestido, enmascarado. Es la persona la que
cualifica esta tierra de nadie que es el vacío, la que se apropia de un vacío
donde conducir al Yo encerrado como en una cápsula. Pues el Yo es atención
simplemente, mientras que la persona es voluntad y como es voluntad es también
alma, tiene su raíz hundida en el querer, en la pasión.
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Es el punto avanzado de la pasión y la libertad que
no se desliga, por eso conquista y sitúa al Yo más allá, en un punto inédito,
fuera del alcance de la pasión y de la situación. Sin esta escapada moriríamos
víctimas de la situación.
Cada situación apurada rectamente, cada finalidad cumplida engendran
nueva vida, como unidad semejante al uno primero. Entonces, ¿por qué la muerte?
La persona tiende a abandonar al individuo, tiende incesantemente hacia la
libertad, hacía una finalidad más desligada, más libre si puede decirse. La
muerte viene hacia nosotros y viene con el carácter absoluto de los sueños,
viene como un sueño; es un sueño, el sueño total. Mas no quiere esto decir que
en él nos durmamos para siempre sino al revés, en él despertamos enteramente,
por eso se presenta como un cuerpo, el que de nosotros se desgaja. —El cuerpo
que cae con su tiempo ya vivido para que seamos enteramente libres.
La muerte es el sueño paradigmático, total, acabado, absoluto,
insoluble. El sueño que no puede disolverse por ser lo ya vivido, la historia
que queda, lo ya formado en nuestra vida, por eso: ser. Ser en sentido del ser
de Aristóteles según la crítica de Ortega; lo ya hecho. La muerte es
propiamente lo que hacemos. Lo cual acaba de mostrar el carácter moral de la
vida, se quiera o no tener moral, pues ya se tiene por el simple hecho que es
estar haciendo nuestra muerte. Rilke lo sintió y lo vio.
Por eso la muerte se presenta como un sueño, pues no hay sueños sino del
pasado, del pasado desde el futuro. Y como el futuro es ese punto vacío a
partir del cual se abre, lo abrimos en sueños y por eso aparecen a veces cosas
del porvenir, pues el porvenir, lo que aun no ha sucedido, es ya pasado, puede
serlo desde el futuro.
Los sueños son el dintel entre vida y muerte, participan de las dos,
muestran la unidad de las dos, son el canto de la medalla, el bisel de la
lámina, el corte de la madera, el espesor del tejido. Los sueños son
transversales, cosa que vio sin comprenderla el inglés autor de Un
experimento con el tiempo, Donne. Interpretó el tiempo como transversal, cuando
lo transversal son los sueños, dintel entre vida y muerte. Mitad muerte, mitad
vida, atemporales y capaces de representar, de albergar en esa atemporalidad
todos los tiempos de la vida vaciados en la muerte. Y por ello son fugitivos y
absolutos.
Los sueños se presentan como un absoluto. Por ello no pueden acabar de
ser vividos. La vivencia del sueño se destaca de la de la
vigilia ante
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todo por esto; en la vigilia vivimos cada uno de
nuestros actos de conciencia, la vivencia se da plenamente, aunque exista
también una especie de halo formado por vivencias nebulosas, por una masa de
vivencias, especie de atmósfera en medio de la cual juegan, como personajes de
un drama, las vivencias plenamente vividas; las protagonistas de cada uno de
nuestros momentos.
Mas en los sueños no se vive propiamente; se sueña. Y esto que es tan
obvio, es la clave de todo. Pues los sueños son, por su carácter absoluto, algo
así como el vaciado de la vida en la muerte, como el movimiento en la
inmovilidad. Su carácter común y más inmediato es la fijeza, aunque en ellos
sintamos que nos movemos, que vamos de uno a otro lugar. Todos estos
movimientos son sufridos, y no son modificables a voluntad. Nos movemos sin
poseer la clave de nuestros movimientos, la capacidad de poder suspenderlos o
cambiarlos en otros diferentes. Por eso poco importa lo que en sueños nos
suceda en cuanto a este carácter de absoluto que los sueños tienen.
¿De dónde proviene el absoluto de los sueños? Un desconocido juega con
ellos, tras de ellos. La impresión que todos nos dejan es la de encontrarnos
ante algo, no ante alguien. Y, sin embargo, ellos son nuestro espejo. Así nos
encontramos también cuando de improviso nos vemos reflejados en un espejo.
Basta pues el vernos para sentir esta impresión inequívoca de algo absoluto.
Mas en el espejo vemos nuestra imagen reflejada fuera de nosotros mismos, nos
vemos proyectados fuera, como si fuésemos otro. Un otro al cual no tenemos
posibilidad de ver enteramente, según acontece a la visión del prójimo.
Nos vemos pues, no en el medio de la vida, sino en el medio del
conocimiento, donde las cosas se representan y se detienen, se fijan para
destacarse. En la imagen que el espejo ofrece, encontramos tan sólo un aspecto
de nuestra figura física, un instante de nuestra expresión en una imagen
fragmentaria. Por eso la rechazamos, aunque sea bella; nos horroriza, no puede
ser aceptada; pues la unidad del ser viviente rechaza como degradación, y aun
calumnia, su descomposición fragmentaria. Aunque sólo sea porque la
fragmentación de la vida la reduce a muerte, al ser. El espejo nos dice así
eres. Y es cierto, en tanto que ser, desde el ser así somos. Mas no es cierto,
porque es sólo un instante y es quietud aunque nos estemos moviendo, y es
parcial; si acaso cedemos al juego propio de la adolescencia, de movernos
frente al espejo para conocernos
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mejor, Y aun así se
siente la calumnia del espejo, el análisis en lugar de la síntesis.
Porque conocernos sería vernos en unidad, en una unidad viviente que
incluye todos los aspectos de nuestra vida y de nuestra persona y figura, mas
eso sólo podría acontecer si nos viésemos, al par, en todo nuestro tiempo,
pasado y futuro y en algo más que el transcurrir plano de la temporalidad; si
se realizase la informulada esperanza de vernos en todos nuestros tiempos y al
par en un supratiempo, que nos libere y nos salve de toda servidumbre de la
temporalidad. Pues sólo desde un lugar atemporal, mas que incluya la
temporalidad, toda la temporalidad, podríamos vernos en la realidad verdadera.
Por eso toda imagen parcial de nosotros en términos de ser tíos parece
calumniosa. No sólo la del espejo y las de los sueños, sino aun las que se
desprenden de nuestra vida, las ofrecidas por los demás en su visión o en su
recuerdo, lo que llamamos nuestra historia. Nadie en verdad acepta
su historia, a lo menos como le es contada. Y pocos pueden contársela a sí
mismos, siendo él el término de ella misma. Pues toda historia acaba cuando es
contada.
La verdad en los sueños
En el absoluto de tos sueños, emerge en algunos el carácter terrificante
de la verdad. Terrificante no porque la verdad, la determinada verdad que
aparezca, lo sea, sino simplemente porque es una verdad, porque es simplemente
verdad.
Las verdades que en la vigilia obtenemos tienen este carácter de
ser obtenidas, justamente; de que se nos revelan tras largo
esfuerzo, tras de mucho haberlas perseguido. Mientras que las del
sueño vienen a nuestro encuentro. Y esto solamente sucede —en la vigilia— en
los momentos escasos y decisivos, tal la muerte y su inminencia; el desenlace
de una situación absurda por largo tiempo mantenida, una catástrofe que revela
el mal oculto, los instantes llamados de desenlace, instantes
típicos de la tragedia, sin los cuales ninguna tragedia existe.
En los sueños, pues, la verdad aparece trágicamente, viniendo a nuestro
encuentro como una sorpresa, en la atemporalidad. Sucede que es
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justamente en los sueños puramente atemporales, en
la más estricta atemporalidad, donde la verdad se muestra. La verdad objetiva.
Y por dio pertenece al aspecto absoluto de los sueños, que se realiza
cumplidamente tan sólo en los sueños de pura atemporalidad.
Mientras que en los sueños donde se desliza un átomo de tiempo, son la
realización de una acción, el punto culminante de un proceso personal. Sueños
de la persona según los hemos llamado. Seria lógico, de acuerdo con la lógica
de la vigilia, pensar que sería en estos sueños de la persona donde la verdad
venga a nuestro encuentro. Y así lo pensamos al buscarla despiertos. Por ello,
lo que más valor tiene de estas verdades de la vigilia, es la acción de ir a
buscarla. Lo cual está en la raíz misma de la actividad filosófica, lo que se
puede llamar la ética de la verdad; la integración de la persona
por ella. Pero a cambio de esto no hay mucha garantía de que la verdad sea
encontrada tanto como es buscada, pues la mente despierta obtura con su lógica,
con su estática estructura, con sus ideas, juicios y opiniones la aparición de
la verdad. Nos referimos especialmente a las verdades que aquí nos interesan,
que aquí son cuestión, las verdades de la vida.
En sueños aparecen separadas la verdad y la persona. En los sueños de la
persona aparece, sí, la verdad, mas la verdad activa de la vida personal: la
acción. Ha de ser así, ello mismo indica que la esencia de la persona es un
movimiento, un proceso.
La verdad viene a nuestro encuentro en sueños, como algo absoluto en los
sueños puramente atemporales. Viene pues a nuestro encuentro como absoluto,
como verdad pura. Como verdad sin sujeto. Y, por dio, terrificante verdad pura,
que llega de más allá de los confines de la tierra conocida. No es nuestra, no
nos encontramos en ella; no encontramos nuestro esfuerzo ni siquiera nuestro
afán de conocerla. Es una desconocida que avanza y se fija ante nosotros sin
tiempo. Indeleble, sin relación con nada. Fuera de la memoria y del olvido.
Ella sola. Como la misma muerte. Como si la verdad fuese, en el absoluto de los
sueños, rostro y voz de la muerte.
Y al ser así es la absoluta objetividad, esa que en la vigilia busca el
pensamiento y que sólo ha encontrado en algunos instantes de intuición
intelectual pura, como en el Uno de Parménídes.
La verdad que llega en sueños participa pues del Uno de Parménides y de
la verdad de la tragedia. Es pues el instante trágico y objetivo. La
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muerte. La verdad en sueños es como la muerte,
intangible, inabordable, insoluble.
La procesión de los sueños
Salen los sueños como una procesión. De un interior, de una caverna
donde queda el misterio último, de una oscuridad rasgada por luces
inaccesibles. El tiempo tampoco existe en las procesiones; se arrastran como
una tenia, Y cada figura es una aparición velada cuya identidad en la vigilia
es otra. Pues todas las procesiones son representación del camino de la vida y,
a su vez, camino en una especie de muerte. Muerte, por ser vida aparte, sin
transcripción posible. Vida autónoma. Es el aspecto en que se muestra la
autonomía de los sueños; su salida que obedece a una invisible señal. Y el
estarse cumpliendo algo.
Lo que se cumple es una manifestación de imágenes, escenas. Todo bajo un
signo que cualifica y define sin declararse. Y no parece que exista otra
finalidad a la vista de esta salida y de esta manifestación que un
cumplimiento. Se manifiesta algo escondido en una cripta. Y la primera
significación que tiene es doble: hacerse visible y entrar en movimiento algo,
movilidad de lo inmóvil.
Hay algo, una imagen central que es llevada, arrastrada, sacada en
procesión: es el Yo revestido. Aparece al fin en una clase de sueños y ahí cesa
la procesión, como si todos los personajes enmascarados o descubiertos le
hubieran precedido para sacarle. Son personajes del pasado que preceden a este
último, diferente en cualidad y en materia, misterioso aunque aparezca limpio y
descubierto. Es el pasado más ancestral, resuelto en vía hacia el futuro.
Todo sueño, por el hecho mismo de formarse, es movimiento procesional de
imágenes del pasado^ de escenas que aluden, o quizá representan, a conflictos
habidos ya. Teatro resumido y abreviado que deja libre un hueco al final en que
aparece la imagen única, irreductible a las demás, portadora de la solución de
los diversos conflictos aludidos en la historia manifestada.
Esto en lo que se refiere al carácter absoluto de los sueños. Pero ello
no es lo único que los destaca de la vigilia, pues que sólo eso los situaría a
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la par que los momentos en que algo con carácter
absoluto se presenta dentro de ella.
Pero sucede que estos momentos de la vigilia se dan dentro de la
realidad, o más precisamente del estar abierto a ella.
El sueño que se sigue
Pues hay la angustia que precede a la procesión, y aun la ansiedad que
precede a la salida de la cripta. Todos los sueños están desatados por una
cierta angustia. Por ello en los periodos particularmente angustiosos se
multiplican hasta formar un mundo aparte y paralelo al de la vigilia y más real
que él. La vida de la vigilia es pálida y desprovista de significado frente a
ellos. Un paso y es la locura, el caer bajo esta manifestación espontánea
sustraída a la voluntad y al tiempo en el cual podemos actuar. Por ello en
tales periodos es decisiva la imagen salvadora.
Es el centro, el fin de esta procesión. La imagen salvadora que va al
final y que cuando aparece redime todas las máscaras que la han precedido.
Cuando es ella sola la que constituye el sueño, se trata de un sueño
regenerador que puede tener hasta virtudes curativas.
La imagen que ha sido apresada en la poesía es Beatriz, Dulcinea, la que
preside la creación poética personal. La guía. Y es en realidad la propia alma
destacada, libre, activa. Su revelación atrae, desata la manifestación del
infierno en todos sus grados, de todos los conflictos, los saca fuera, los
lanza a la representación. Hace al pasado que salga de su caverna, lo obliga a
salir para ir desvaneciéndose, borrándose, consumiéndose.
Por su parte, los sueños serían en principio un trozo de realidad en
tanto que aspectos de la vida del sujeto: un acontecimiento de su vida a
retener o a olvidar, como otro cualquiera y si sólo así fueran, lo serían en
modo diferente a como constituyen y revelan la realidad del sujeto, su vivir de
la vigilia. Pues la realidad —sea la objetiva o la del propio sujeto
— se caracteriza por su seguirse. A través del abismo del sueño y del
soñar, en cada despertar, se continúa la marcha de la vida. Del otro lado, como
lado en sombra, la serie de sueños donde no parece existir continuidad alguna.
Por ello no pueden ser aceptados como realidad. Por
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ello su carácter absoluto se acentúa y les es
atribuido como exclusivo — existe este fácil peligro—. Pues no aparece visible
su ilación. Y en cada mañana los sueños se hunden en la realidad del día para
desaparecer sin dejar rastro de sí. Eso es al menos lo que se entiende. Y sólo
a título de excepción el hombre normal recuerda un sueño por su intensidad
emotiva o por alguna oscura alusión que su contenido encierra.
Los sueños son el intra-acontecimiento por antonomasia: íntimo y extraño
en grado máximo. Mientras que aun lo más interno de las vivencias de la vigilia
forma parte de su seguirse, de su continuidad, de su sistema. Los sueños
carecen de transcendencia al darse sueltos, sin sucesión, sin continuidad en su
trama.
¿Cómo pueden ser asimilados, incorporados a la vida de la vigilia,
abierta a través del fluir temporal a la realidad? Para que así pudiese suceder
tendrían que ser ellos a su vez una continuidad, un sistema por simple que
fuese, tendrían que aparecer en una conexión.
Y esto es justamente lo que a través de todo lo expuesto se sugiere; lo
que habría de ser comprobado por dos caminos: la asimilación de su absoluto en
la relatividad del fluir temporal, y la conexión íntima y a través de grandes
lapsus, épocas de la vida de los sueños en un proceso de avance, en un
perfeccionamiento de su propia realidad, de exponente del avance del sujeto, de
la integración de la vida, de toda la vida, por la persona humana; del hacerse
suya, íntima, propia, hasta en aquello que se caracteriza como más irreal o
irreal simplemente por suelto, inconexo, fragmentario.
La verificación de este segundo proceso de apropiación de los sueños es
visible en un tipo de sueños que se reproducen a partir de sí mismos, sin
apenas estímulo externo, a partir del punto en que quedó interrumpido y que
hemos llamado sueño-melodía: el sueño que se sigue. Mas como la melodía, en un
avanzar que incluye un volver atrás, en una verdadera prosecución que es la
libertad. Se trata pues, de la memoria total* integrad ora, activa, creadora.
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María Zambrano Alarcón (Vélez-Málaga 1904 - Madrid 1991) filosofa y
ensayista. Discípula de J. Ortega y Gasset, Zubiri y Manuel García Morente,
siendo una de las figuras capitales del pensamiento español del siglo XX.
Profesora en la Universidad Complutense de Madrid, se exilió al término
de la Guerra Civil y ejerció su magisterio en universidades de Cuba, México y
Puerto Rico. Tras residir en Francia y Suiza, regresó a España en 1984. Fue
galardonada con el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en
1981, y el Cervantes en 1988.
Su pensamiento, vinculado a las corrientes vitalistas del siglo XX, giró
en torno a la búsqueda de principios morales y formas de conducta que fueran
aplicables a los problemas cotidianos. Su preocupación mística, la forma de
abordar los conflictos éticos, y el estudio de la interrelación entre realidad
y verdad, reclamaban la necesidad de un profundo diálogo entre el ser y su
entorno. Para ella era preciso establecer tres modos de razonamiento: el
cotidiano, el mediador y el poético. Desde este último se aproximó a lo
sagrado, el lugar donde se encuentra la explicación de lo trascendente, la
lógica del misterio.
En su amplísima producción destacan Filosofía y poesía (1939), La
confesión, género literario y método (1943), El pensamiento
vivo de Séneca (1944), La agonía de Europa (1945), Hacia
un saber sobre el alma
(1950), El hombre y lo divino (1955), España,
sueño y verdad (1965), El sueño creador (1965), La
tumba de Antígona (1967),El nacimiento. Dos escritos
autobiográficos (1981), De la Aurora (1986), Senderos (1986), Delirio
y destino (1988) y Los sueños y el tiempo (1992),
entre otros.
FIN

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