© Libro N° 12932. La Aventura Del Vampiro De
Sussex. Conan Doyle, Arthur. Emancipación. Septiembre 1 de
2024
Título original: ©
La Aventura Del Vampiro De Sussex. Arthur Conan Doyle
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Original: © La Aventura
Del Vampiro De Sussex. Arthur Conan Doyle
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA AVENTURA DEL VAMPIRO DE
SUSSEX
Arthur Conan Doyle
La
Aventura Del Vampiro De Sussex
Arthur
Conan Doyle
Holmes
terminó de leer detenidamente una nota que le había llegado con las últimas
cartas. Luego, con una risita sarcástica, que en él era lo más parecido a una
risa, me la pasó.
—Creo que
se encuentra en el límite de la combinación de lo moderno con lo medieval, de
lo práctico con la fantasía más desenfrenada —dijo—. ¿Qué le parece, Watson?
Leí lo
que sigue:
46, Old
Jewry
19 de noviembre
Asunto: Vampiros.
Estimado
señor:
Nuestro
cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson & Muirhead, comerciantes de
té, de Mincing Lane, nos ha hecho una consulta en un comunicado de la misma
fecha en referencia a los vampiros. Como nuestra firma está especializada en la
tasación de maquinaria, difícilmente este asunto es de nuestra competencia, y,
por lo tanto, le hemos recomendado al señor Ferguson que se ponga en contacto
con usted y le exponga su caso. No hemos olvidado su afortunada intervención en
el caso de Matilda Briggs.
Atentamente,
Morrison,
Morrison & Dodd
El
representante,
E. J. C.
—Matilda
Briggs no es el nombre de una joven, Watson —comentó Holmes en tono
nostálgico—. Era un barco relacionado con la rata gigante de Sumatra, una
historia para la que la gente no está todavía preparada. Pero ¿qué sabemos
nosotros de vampiros? ¿Es de nuestra competencia? Cualquier cosa es preferible
a la inactividad, pero parece que nos vemos mezclados en un cuento de los
hermanos Grimm. Alargue el brazo, Watson, y veamos qué tiene la V que decir.
Me eché
atrás en mi asiento y bajé el enorme libro de consulta al que se refería.
Holmes lo puso encima de su rodilla y sus ojos se movían despacio y con cariño
por los antiguos casos recogidos en él, que se entremezclaban con la
información reunida durante toda una vida.
—Viaje
del Gloria Scott —leyó—. Feo asunto. Me parece recordar que lo dejó por
escrito, Watson, aunque no me siento capaz de felicitarle por el resultado.
Victor Lynch, el falsificador. Veneno de un lagarto: el monstruo de Gila. ¡Un
caso muy notable! Vittoria, la belleza del circo. Vanderbilt y el ratero.
Víboras. Vigor, el asombro de Hammersmith. Bueno, bueno, con mi vieja
enciclopedia. Es insuperable. Escuche esto, Watson. Vampirismo en Hungría. Aquí
hay otra entrada, Vampiros en Transilvania.
Pasó las
páginas impacientemente, pero, después de una breve y detenida lectura, tiró al
suelo el enorme libro con un gruñido de decepción.
—¡Pamplinas,
Watson, pamplinas! ¿Qué tenemos nosotros que ver con cadáveres vivientes que
solo podemos encerrar en sus tumbas atravesándoles el corazón con una estaca?
Es una pura locura.
—Pero
—respondí yo— ¿y si el vampiro no fuera necesariamente un muerto? Una persona
viva podría adoptar ese vicio. Por ejemplo, he leído que hay viejos que se
beben la sangre de los jóvenes con el fin de mantenerse en su plenitud.
—Tiene
razón, Watson. Aquí se menciona esa leyenda en una de estas entradas. Pero
¿debemos prestarle atención seriamente a ese tipo de cosas? Esta agencia tiene
los pies en la tierra y así debe seguir siendo. El mundo es demasiado grande
para nosotros. No necesitamos dedicarnos a los fantasmas. Me temo que no
podemos tomarnos al señor Robert Ferguson muy en serio. Es posible que esta
nota sea obra suya y puede que esclarezca en alguna medida lo que le preocupa.
De encima
de la mesa, cogió una segunda carta que nos había pasado inadvertida mientras
Holmes había estado absorto con la primera. Empezó a leerla con una sonrisa de
diversión en el rostro que se fue esfumando poco a poco para dar paso a una
expresión de intenso interés y concentración. Cuando hubo terminado, se quedó
ensimismado durante un rato con la carta colgando entre sus dedos. Después, con
un sobresalto, dejó por fin de estar absorto.
—Cheeseman’s,
Lamberley. ¿Dónde está Lamberley, Watson?
—Está en
Sussex, al sur de Horsham.
—No
demasiado lejos, ¿verdad? ¿Y Cheeseman’s?
—Conozco
bien esa zona, Holmes. Está llena de casas de hace siglos a las que llaman por
el nombre del que las construyó. Tiene una Odley’s y una Harvey’s y una
Carrinton’s: se ha olvidado a sus constructores, pero sus nombres perviven en
sus casas.
—Así es
—dijo Holmes con frialdad: era una de las características de su temperamento
orgulloso y hermético el que, aun cuando clasificase tranquilamente y con
precisión cualquier información novedosa, raras veces se lo reconocía a quien
le informaba—. Me temo que sabremos mucho más de la casa Cheeseman’s de
Lamberley antes de que termine este caso. La carta es, como me imaginaba, de
Robert Ferguson. Por cierto, afirma que le conoce.
—¿A mí?
—Mejor
léala.
Me tendió
la carta por encima de la mesa. Tenía la misma dirección que la primera en el
encabezamiento.
Decía:
Estimado
señor Holmes:
Mis
abogados me han recomendado que me ponga en contacto con usted, pero, en
realidad, el asunto es de una naturaleza tan sumamente delicada que me resulta
muy difícil hablar de ello. El interesado es un amigo en nombre del cual actúo.
Este caballero se casó hará cinco años con una dama peruana, hija de un
comerciante del mismo país, a quien conoció en relación con la importación de
los nitratos. La dama era muy hermosa, pero el que ella tuviera origen
extranjero y una religión distinta siempre ocasionaba un distanciamiento en los
intereses y sentimientos del marido y la mujer, de ahí que, pasado un tiempo,
el amor que profesaba a su esposa quizá se enfriase y viera su matrimonio como
un error. Sentía que había facetas de su carácter en las que nunca podría
ahondar ni comprender. Esto le resultaba aún más doloroso, pues era una esposa
tan dulce como un hombre pudiera tener: todo indicaba que ella sentía auténtica
veneración por su esposo.
Ahora
vayamos al punto en el que ya me extenderé más cuando nos encontremos. En
realidad, le escribo para que se haga una idea general de la situación y para
preguntarle si estaría interesado en el asunto. La dama empezó a manifestar
algunos comportamientos muy curiosos y bastante ajenos a su ternura y talante
amable de costumbre. Era el segundo matrimonio del caballero y había tenido un
hijo de su primera mujer. Este chico tiene ahora quince años, es un joven
encantador y muy cariñoso, aunque sufre una desafortunada lesión por un
accidente de su infancia. Dos veces han sorprendido a la esposa agrediendo a
este pobre muchacho sin provocación alguna por parte de este. Una de las veces
le golpeó con un palo y le hizo un gran cardenal en el brazo.
Esto tuvo
poca importancia comparado con su conducta con respecto a su propio hijo, una
cosita de menos de un año. En una ocasión, hace cerca de un mes, habían dejado
unos minutos a este pequeño a cargo de su niñera. Un fuerte grito del bebé,
como si le doliera algo, hizo que la niñera volviera a ver qué pasaba. Cuando
entró corriendo en la habitación vio a la señora inclinada sobre el bebé y
mordiendo, en apariencia, su cuello. Había una herida pequeña en el cuello de
la que manaba un hilo de sangre. La niñera se quedó tan horrorizada que quiso
llamar al marido, pero la dama le imploró que no lo hiciera y hasta le pagó
quinientas libras para comprar su silencio. No le dio nunca una explicación y,
por el momento, dejaron a un lado el tema.
Sin
embargo, a la niñera aquello le había causado una impresión espantosa y, desde
entonces, empezó a vigilar estrechamente a su señora y no bajó la guardia en lo
referente al bebé, a quien quería de todo corazón. Le pareció que, del mismo
modo que ella vigilaba a la madre, la madre la vigilaba a ella, y que, cada vez
que se veía obligada a dejar al bebé solo, allí estaba la madre para estar con
él. Día y noche protegía la niñera al niño, y día y noche la madre, sigilosa y
acechante, parecía estar aguardando como un lobo a un cordero. Debo escribirle
lo más increíble de todo, pero le ruego que se lo tome en serio, porque la vida
de un niño y la cordura de un hombre dependen de ello.
Al final
llegó un día terrible en que no se le pudieron ocultar más los hechos al
marido. A la niñera la traicionaron los nervios; ya no podía soportar la
tensión por más tiempo y le confesó todo al hombre. A este le pareció una
historia tan descabellada como quizá le parezca a usted en este momento. Sabía
que su esposa era una esposa cariñosa, y, salvo los ataques a su hijastro, una
madre cariñosa. ¿Cómo iba ella, entonces, a causarle daño a su pequeño? Le dijo
a la niñera que estaba delirando, que sus sospechas eran cosas de lunática, y
que no toleraría esas calumnias contra su señora. Mientras hablaban, oyeron un
repentino grito de dolor. Niñera y señor se precipitaron al cuarto del bebé.
Imagínese lo que sintió, señor Holmes, al ver que su esposa se estaba poniendo
en pie tras estar arrodillada junto a la cuna y ver sangre en el cuello desnudo
del niño y en la sábana. Con un grito de horror, giró el rostro de su mujer
hacia la luz y vio sangre alrededor de sus labios. Fuera de toda duda, había
bebido sangre del pobre bebé.
Así está
el asunto ahora mismo. Ella está encerrada en su habitación. No ha dado
explicación alguna. El marido se ha vuelto medio loco. Sabe tan poco como yo
del vampirismo más allá del nombre. Hasta ahora pensábamos que era un cuento
disparatado de regiones extranjeras. Y, sin embargo, aquí, en el mismo corazón
de la muy inglesa Sussex… bueno, acerca de todo ello podemos hablar con usted
por la mañana. ¿Me recibirá? ¿Utilizará sus enormes aptitudes para ayudar a un
hombre trastornado? Si es así, haga el favor de enviar un telegrama a nombre de
Ferguson, a Cheeseman’s, Lamberley, y estaré en su domicilio alrededor de las
diez.
Atentamente,
Robert
Ferguson
P.D.:
Creo que su amigo Watson jugaba al rugby en el Blackneath cuando yo jugaba en
la posición de tres cuartos del Richmond. Es la única referencia personal que
le puedo dar.
—Naturalmente
que me acuerdo de él —comenté dejando a un lado la carta—. Bob Ferguson, el
Alto, el mejor tres cuartos que haya tenido Richmond alguna vez. Siempre fue un
buenazo. Es muy de propio de él preocuparse tanto por la suerte de un amigo.
Holmes me
miró con aire meditabundo y negó con la cabeza.
—Nunca sé
dónde tiene sus límites, Watson —me dijo—. Todavía hay en usted posibilidades
por explorar. Tome nota de un telegrama como la buena persona que es:
«Estudiaré su caso con mucho gusto».
—¡Su
caso!
—No
debemos dejarle pensar que esta agencia es una casa de idiotas. Por supuesto
que es su caso. Envíele ese telegrama y olvidémonos del asunto hasta mañana.
A las
diez en punto de la mañana siguiente, entraba Ferguson en nuestro domicilio. Yo
lo recordaba como un tipo alto y flaco, de pies ligeros y buena cintura que lo
habían llevado a sobrepasar muchas veces a la zaga contraria. Seguramente no
haya nada más penoso en esta vida que ver la decadencia de un buen atleta al
que uno ha conocido en su plenitud. Había echado a perder su magnífica figura,
el cabello rubio le escaseaba y llevaba los hombros caídos. Me temo que le
causé la misma impresión.
—¿Qué
hay, Watson? —me dijo con una voz que seguía siendo grave y afectuosa—. No se
parece ya mucho al hombre que era cuando le empujé por encima de las vallas
contra el público del Old Deer Park. Me imagino que yo también he cambiado un
poco. Pero lo que más me ha avejentado ha sido lo sucedido estos últimos días.
Veo por su telegrama, señor Holmes, que es inútil fingir que represento a
nadie.
—Es más
sencillo ser directos —dijo Holmes.
—Naturalmente.
Pero puede imaginarse lo difícil que resulta cuando se trata de una mujer a la
que tiene la obligación de ayudar y proteger. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo ir a la
policía con una historia así? Y, a pesar de todo, hay que proteger a los
chicos. ¿Es una locura, señor Holmes? ¿Es algo hereditario? ¿Ha visto algún
caso similar a lo largo de su trayectoria profesional? Por el amor de Dios,
deme algún consejo, que estoy desesperado.
—Es muy
comprensible, señor Ferguson. Ahora siéntese aquí y serénese y respóndame a
unas pocas preguntas con claridad. Le puedo asegurar que yo no estoy en
absoluto desesperado y que confío en encontrar alguna solución. Antes de nada,
dígame qué medidas ha adoptado. ¿Su mujer sigue cerca de los niños?
—Tuvimos
una bronca espantosa. Es una mujer muy dulce, señor Holmes. Si hay alguna mujer
que haya querido a un hombre en cuerpo y alma, es ella. Le llegó al alma el que
descubriera su terrible e increíble secreto. Ni siquiera quería hablar de ello.
No respondió de ninguna manera a mis reproches, salvo mirarme con una especie
de desvarío y desesperación en los ojos. Luego fue precipitadamente a su
habitación y se encerró allí. Desde entonces, se ha negado a verme. Tiene una
criada que está con ella desde antes de casarnos, una tal Dolores, que es más
una amiga que una sirvienta. Es ella quien le lleva la comida.
—Entonces
¿el niño no se encuentra en peligro inminente?
—La
señora Mason, la niñera, me ha jurado que permanecerá a su lado día y noche.
Puedo confiar absolutamente en ella. Estoy más intranquilo por el pobre Jack,
porque, como le contaba en mi carta, a él ya lo ha atacado dos veces.
—Pero ¿le
hirió alguna de las dos?
—No,
aunque le pegó violentamente. Resulta más horrible todavía porque el pobrecillo
es un lisiado inofensivo. —La expresión desolada de Ferguson se mitigó al
hablar de su hijo—. Podría imaginarse que la condición de mi querido muchacho
ablandaría a cualquiera. Se cayó en su infancia y se le torció la columna,
señor Holmes. Pero en su interior alberga el corazón más tierno del mundo.
Holmes
había cogido la carta del día anterior y la estaba releyendo.
—¿Quién
más vive en su casa, señor Ferguson?
—Dos
sirvientes que no llevan mucho con nosotros. Un mozo de cuadra, Michael, que
duerme en la casa. Mi esposa, yo, mi hijo Jack, el bebé, Dolores y la señora
Mason. Eso es todo.
—Tengo
entendido que no conocía muy bien a su mujer cuando se casó con ella.
—La había
conocido hacía solo unas semanas.
—¿Cuánto
tiempo lleva con ella esa criada, Dolores?
—Unos
años.
—Luego,
en realidad, Dolores conoce mejor la forma de ser de su esposa que usted.
—Sí, se
podría decir que sí.
Holmes
tomó nota.
—Sospecho
—dijo— que puedo ser más útil en Lamberley que aquí. Es un caso en el que se
impone que investigue sobre el terreno. Si la dama permanece en su habitación,
nuestra presencia no le causará molestia ni inconveniente alguno. Nos
alojaremos en la posada, por supuesto.
Ferguson
se mostró aliviado.
—Tenía la
esperanza de que viniera, señor Holmes. Hay un tren magnífico a las dos que
sale de la estación Victoria si le es posible venir.
—Desde
luego que nos es posible ir. Ahora mismo estamos ociosos. Puedo dedicarle todas
mis energías. Naturalmente, Watson viene con nosotros. Pero hay uno o dos
aspectos que deseo tener muy claros antes de empezar. Esta infeliz dama, según
creo, parece haber atacado a ambos niños, al hijo de usted y al suyo propio.
—Así es.
—Pero las
agresiones adoptan diferentes formas, ¿no es cierto? Ha pegado a su hijo.
—Una vez
con un palo y otra con las manos desnudas de manera muy violenta.
—¿No dio
ninguna explicación de por qué lo golpeó?
—Ninguna,
excepto que lo odiaba. Es lo que decía una y otra vez.
—Bueno,
se han dado casos así entre las madrastras. Diríamos que se trata de celos
póstumos. ¿Es celosa por naturaleza?
—Sí, es
muy celosa, celosa con toda la impetuosidad de su vehemente amor tropical.
—Pero el
chico… tiene quince, según creo, y es probable que mentalmente sea muy maduro
para su edad, dado que su cuerpo tiene limitada la acción. ¿No le dio una
explicación de esas agresiones?
—No, me
aseguró que no había motivo alguno.
—Antes de
aquello, ¿se llevaban bien?
—No,
nunca se apreciaron lo más mínimo.
—Pero, a
pesar de ello, dice que es cariñoso.
—Nunca ha
habido un hijo que adore más a su padre en este mundo. Mi vida es su vida. Le
fascina todo lo que digo o hago.
Holmes
volvió a tomar nota. Durante un rato, se quedó absorto en sus pensamientos.
—Sin
duda, usted y el chico pasaban mucho tiempo juntos antes de este segundo
matrimonio. Estuvieron muy unidos, ¿verdad?
—Muchísimo.
—Y, sin
duda, el chico, que es tan cariñoso por naturaleza, sentía veneración por el
recuerdo de su madre.
—Veneración
absoluta.
—La
verdad es que parece un chico muy interesante. Otro detalle más acerca de las
agresiones. ¿Los extraños ataques contra el bebé y las agresiones contra su
hijo se produjeron por la misma época?
—Así fue
en el primero de los casos. Parecía que se hubiese adueñado de ella alguna
especie de exaltación y que desahogase su rabia con ambos. En el segundo de los
casos, Jack fue el único que la padeció. La señora Mason no tiene queja de ella
con relación al bebé.
—Desde
luego eso complica el asunto.
—La
verdad es que no le sigo, señor Holmes.
—Probablemente
no. Uno elabora teorías provisionales y espera a que el tiempo o un
conocimiento más detallado las hagan saltar en pedazos. Una mala costumbre,
señor Ferguson, pero el ser humano es débil por naturaleza. Me temo que su
viejo amigo ha ofrecido una visión exagerada de mis métodos científicos. Sin
embargo, solo le diré que, en este momento, su problema no me parece
irresoluble y que puede contar con que estaremos en la estación Victoria a las
dos.
Fue una
tarde de un gris día neblinoso de noviembre cuando, tras haber dejado nuestras
maletas en el Chequers, en Lamberley, transitamos en coche por la arcilla de un
largo y serpenteante sendero de Sussex hasta llegar por fin a la casa de campo
vetusta y apartada donde vivía Ferguson. Era un edificio grande y desangelado,
muy viejo en la parte central y muy nuevo en las alas, que estaban rematadas
con chimeneas de estilo Tudor y un tejado a dos aguas con tejas de Horsham
salpicadas de liquen. Los escalones de la entrada se habían combado y en los
viejos azulejos que revestían el porche había dibujados un queso y un hombre,
blasón del constructor original. En el interior, los techos estaban estriados
por pesadas vigas de roble, y los suelos irregulares, abombados y con profundas
abolladuras. En todas partes del ruinoso edificio se percibía un olor a viejo y
a decadencia.
Había un
salón principal muy grande al que nos condujo Ferguson. Allí, en una enorme y
rancia chimenea tras una pantalla de hierro con fecha de 1670, ardía y
crepitaba un magnífico fuego de leña.
Cuando
miré en torno a mí, vi que en la sala había una peregrina mezcla de fechas y
lugares. Las paredes, revestidas de madera hasta media altura, probablemente
fueran de la época del propietario original, un pequeño terrateniente del siglo
XVII. Sin embargo, estaban adornadas en la parte baja por una acertada serie de
acuarelas modernas, mientras que en la parte de arriba, donde la madera de
roble daba paso al yeso amarillo, había colgada una cuidada selección de
herramientas y armas sudamericanas que, sin duda, había traído la dama peruana
que se encontraba en la planta superior. Holmes se levantó, con esa viva
curiosidad que emanaba de su inquieta mente, y las estudió con cierta
dedicación.
—¡Pero
bueno! —exclamó—. ¡Pero bueno!
Había un
perro de aguas echado en una cesta en la esquina. Se acercó despacio hacia su
amo, caminando con dificultad. Sus patas traseras se movían de forma irregular
y arrastraba la cola por el suelo. Luego le lamió la mano a Ferguson.
—¿Pasa
algo, señor Holmes?
—El
perro. ¿Qué le ocurre?
—Al
veterinario también le extrañó. Una especie de parálisis. Pensaba que era
meningitis, pero se está poniendo mejor. Estará bien del todo muy pronto, ¿a
que sí, Carlo?
La cola
gacha se estremeció asintiendo. Los ojos tristes del perro nos miraban a uno y
a otro. Sabía que estábamos hablando de su caso.
—¿Sucedió
de repente?
—En una
única noche.
—¿Hace
cuánto?
—Hará
cuatro meses.
—Muy
curioso. Da mucho que pensar.
—¿Qué
conclusión saca de ello, señor Holmes?
—Una
confirmación de lo que ya había pensado.
—Por amor
de Dios, ¿en qué está pensando, señor Holmes? Para usted quizá sea un mero
rompecabezas, pero para mí es una cuestión de vida o muerte. Mi esposa, una
presunta asesina; mi niño, en constante peligro. No juegue conmigo, señor
Holmes. Esto es algo mortalmente serio.
El enorme
tres cuartos estaba temblando de los pies a la cabeza. Holmes le puso la mano
suavemente en el brazo.
—Me temo
que sea cual sea la solución le va a resultar dolorosa, señor Ferguson —dijo—.
Me gustaría ahorrarle todo el sufrimiento que me sea posible. No puedo decirle
más por el momento, pero, antes de marcharnos de esta casa, espero poder tener
algo definitivo.
—¡Ojalá
sea así! Si me perdonan, caballeros, voy a subir a la habitación de mi mujer
para ver si ha habido algún cambio.
Se fue
unos minutos, durante los cuales Holmes retomó su examen de las curiosidades de
la pared. Cuando nuestro anfitrión volvió, estaba claro por la pesadumbre de su
rostro que no había mejorado en absoluto. Venía con él una chica alta, delgada
y de tez morena.
—El té
está listo, Dolores —le dijo Ferguson—. Vaya a ver si la señora tiene todo lo
que desea.
—Está mu
malita —exclamó la chica que miraba indignada a su señor—. No quie comer. Mu
malita. Nesecita un médico. Me da miedo estar sola con ella sin un médico.
Ferguson
se me quedó mirando interrogante.
—Me
alegraría mucho ser de alguna ayuda.
—¿Vería
la señora al doctor Watson?
—Que
venga. No le pediré permiso. Nesecita un médico.
—Entonces
iré con usted sin más preámbulos.
Seguí a
la chica, que estaba temblando presa de una fuerte agitación, escalera arriba y
por un viejo pasillo. Al final de este, había una sólida puerta con remaches de
hierro. Al verla, se me pasó por la cabeza que, si Ferguson trataba de abrirse
paso por la fuerza hasta su esposa, descubriría que no era cosa fácil. La chica
sacó una llave de su bolsillo y los pesados tablones de roble rechinaron sobre
sus viejos goznes. Pasé adentro y ella me siguió rápidamente, cerrando la
puerta al entrar.
En la
cama, había tumbada una mujer que tenía, evidentemente, mucha fiebre. No estaba
consciente del todo, pero, cuando entré, se incorporó con ojos aterrados y, no
obstante, muy bonitos, y me miró con desasosiego. Al ver a un extraño, pareció
tranquilizarse y se volvió a hundir, con un suspiro, en la almohada. Me acerqué
a su lado con unas pocas palabras para que se calmara y ella continuó tendida
mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Ambos eran altos, pero, a pesar
de ello, me dio la impresión de que ese estado lo causaba más una alteración
mental y nerviosa que una verdadera indisposición.
—Está así
un día y otro día. Me da miedo que se me muera —dijo la chica.
La mujer
volvió su atractivo y encendido rostro hacia mí.
—¿Dónde
está mi marido?
—Está
abajo y desearía verla.
—No voy a
verlo. No voy a verlo. —Parecía perderse otra vez en sus delirios—. ¡Es un
desalmado! ¡Un desalmado! Ay, ¿qué tengo yo que ver con ese diablo?
—¿Puedo
ayudarla de alguna manera?
—No.
Nadie puede ayudarme. Es el fin. Se ha estropeado todo. Haga lo que haga, se ha
estropeado todo.
La mujer
debía de estar sufriendo alguna clase de extraño delirio. No lograba imaginarme
al honrado Bob Ferguson actuando como un desalmado ni como un diablo.
—Señora
—le dije—, su marido la quiere muchísimo. Está muy triste por estos sucesos.
Volvió a
dirigir hacia mí aquellos impresionantes ojos.
—Me
quiere. Sí. Pero ¿acaso yo no lo quiero? ¿No lo quiero hasta el punto de
sacrificarme a mí misma en lugar de romperle el corazón? Así es como yo lo
quiero. Y, a pesar de todo eso, ha sido capaz de pensar que yo… capaz de hablar
de mí de esa manera.
—Le
desborda la pena, pero no logra entenderlo.
—No, no
logra entenderlo. Pero debería confiar.
—¿No
quiere verlo? —le sugerí.
—No, no
consigo olvidarme de esas palabras horribles ni de la expresión de su rostro.
No quiero verlo. Ahora, váyase. No puede hacer nada por mí. Dígale únicamente
una cosa. Quiero a mi hijo. Tengo derecho a mi hijo. Ese es el único mensaje
que le quiero transmitir.
Volvió el
rostro hacia la pared y no dijo nada más.
Bajé de
nuevo al salón, donde Ferguson y Holmes seguían sentados junto al fuego.
Ferguson escuchó de mal humor mi resumen de la entrevista.
—Pero
¿cómo voy a enviarle al niño? —dijo—. ¿Cómo sé que no le va a dar otro extraño
arrebato? ¿Cómo podré olvidarme alguna vez de cómo se levantó de su lado con su
sangre en la boca? —Se estremeció al recordarlo—. El niño está a salvo con la
señora Mason y debe quedarse con ella.
Una
elegante doncella, lo único moderno que habíamos visto en la casa, había traído
un poco de té. Mientras lo estaba sirviendo, se abrió la puerta y entró un
joven en la habitación. Era un chico singular, pálido de cara y rubio de pelo,
con unos ojos azul claro nerviosos que se iluminaron con un brillo súbito de
emoción y alegría cuando se detuvieron en los del padre. Se precipitó hacia él
y le rodeó el cuello con los brazos impetuosamente con la falta de miramientos
de una chica enamorada.
—Ay, papi
—exclamó—, no sabía que llegarías tan pronto. Habría estado aquí para
recibirte. Ay, ¡me alegro tanto de verte!
Ferguson
se liberó delicadamente del abrazo con ligeras muestras de incomodidad.
—Ay,
amiguito —dijo, dando unas palmaditas en la cabeza rubia con mucha ternura—. He
venido antes porque he convencido a mis amigos, el señor Holmes y el doctor
Watson, de que se acercaran a pasar la tarde con nosotros.
—¿El
señor Holmes? ¿El detective?
—Sí.
El joven
nos observó con una mirada muy penetrante y, al menos a mí me lo pareció,
hostil.
—¿Y qué
hay de su otro hijo, señor Ferguson? —preguntó Holmes—. ¿Le importaría que
conozcamos al bebé?
—Pídele a
la señora Mason que baje al niño —dijo Ferguson.
El chico
salió de allí con una curiosa manera de arrastrar los pies que me sugirió como
médico que padecía una lesión en la médula espinal. Volvió poco después y tras
él venía una mujer alta y huesuda que llevaba en sus brazos a un bebé precioso
de ojos oscuros y cabello dorado, una mezcla fantástica de lo sajón y lo
latino. Era evidente que Ferguson lo adoraba: lo cogió entre sus brazos y se
puso a hacerle arrumacos de una manera muy tierna.
—Hay que
tener valor para querer hacerle daño —murmuró cuando miró el bultito de un rojo
encendido en el cuello del pequeño.
En ese
momento, dio la casualidad de que miré a Holmes y vi en su expresión que
observaba todo con una atención muy particular. Su rostro estaba petrificado,
como si lo hubiesen tallado en marfil, y sus ojos, que se habían detenido un
momento en el padre y el hijo, estaban ahora clavados con impaciente curiosidad
en algo al otro extremo de la habitación. Al seguir su mirada, no fui capaz de
suponer sino que estaba mirando el jardín húmedo y melancólico del otro lado de
la ventana. Bien es verdad que había una contraventana medio cerrada y
estorbaba la vista, pero, a pesar de ello, era indudable que Holmes le dedicaba
toda su concentración a la ventana. Entonces, sonrió y sus ojos se dirigieron
de nuevo hacia el bebé. En su cuello rollizo, se veía esa pequeña marca
abultada. Sin decir palabra, Holmes la examinó con cuidado. Por último, cogió
uno de los puños llenos de hoyuelos que se agitaban delante de él.
—Adiós,
hombrecito. Has comenzado tu vida de manera extraña. Quisiera tener unas
palabras con usted en privado, señora.
Se la
llevó a un lado y habló con ella con gran seriedad durante unos breves minutos.
Solo oí las últimas palabras, que fueron: «Espero que su inquietud llegue
pronto a su fin». La mujer, que parecía una persona hosca y callada, se retiró
con el niño.
—¿Cómo es
la señora Mason? —preguntó Holmes.
—No muy
agradable en apariencia, como puede ver, pero tiene un corazón de oro y se
desvive por el pequeño.
—¿A ti te
cae bien, Jack? —dijo Holmes, volviéndose de repente hacia el chico.
Su
expresivo rostro se ensombreció y negó con la cabeza.
—Jacky es
muy extremo en sus simpatías y antipatías —dijo Ferguson, que rodeó al chico
con el brazo—. Por suerte, estoy entre las primeras.
El chico
suspiró y arrimó la cabeza al pecho de su padre. Ferguson lo apartó con
delicadeza.
—Venga,
vete, Jacky, cariño —le dijo y se quedó observando a su hijo con ternura
mientras se iba—. Y ahora, señor Holmes —prosiguió cuando el chico había
salido—, creo sinceramente que le he hecho venir de manera absurda, porque ¿qué
puede hacer usted salvo expresarme su apoyo? Debe de ser un asunto sumamente
delicado y complejo, mirado desde su punto de vista.
—Desde
luego que es delicado —dijo mi amigo con una sonrisa de diversión—, pero hasta
ahora no me ha chocado por su complejidad. Ha sido un caso para la deducción
intelectual, pero, cuando esa deducción intelectual primera queda confirmada
punto por punto gracias a un gran número de incidentes independientes, entonces
lo subjetivo se vuelve objetivo y podemos decir con seguridad que hemos logrado
nuestro propósito. De hecho, ya lo había deducido antes de marcharnos de Baker
Street y el resto ha consistido meramente en observar y confirmar.
Ferguson
se llevó su enorme mano a la frente fruncida.
—Por amor
de Dios, Holmes —dijo con irritación—, si ha sido capaz de penetrar en la
verdad de este asunto, no me siga teniendo en vilo. ¿Cómo están las cosas? ¿Qué
debo hacer? No me importa cómo ha dado con los hechos, con tal de que realmente
sean ciertos.
—Le debo
una explicación, por supuesto, y la tendrá. Pero ¿tiene inconveniente en que
maneje el asunto a mi manera? ¿La dama puede recibirnos, Watson?
—Está
enferma, pero se puede razonar con ella.
—Muy
bien. Solo podemos aclarar el caso en su presencia. Subamos a verla.
—No
querrá verme —suspiró Ferguson.
—Ya verá
como sí —dijo Holmes y garabateó unas líneas en una hoja de papel—. Usted por
lo menos va a poder entrar, Watson. ¿Tendría la amabilidad de entregarle esta
nota a la dama?
Volví a
subir y le di esa nota a Dolores, quien abrió cautelosamente la puerta. Al
instante, se oyó un grito procedente del interior, un grito en que parecían
mezclarse la alegría y la sorpresa. Dolores se asomó afuera.
—Los
verá. Va a escucharlos —dijo.
A mi
llamada, Ferguson y Holmes subieron hasta la puerta. Cuando entramos en la
habitación, Ferguson dio uno o dos pasos hacia su mujer, que estaba incorporada
en la cama, pero ella le rechazó con un gesto de la mano. Él se hundió en un
sillón, mientras Holmes se sentaba asimismo junto a él después de saludar con
una reverencia a la dama, que se le quedó mirando con unos ojos desorbitados
por la sorpresa.
—Creo que
podemos prescindir de Dolores —dijo Holmes—. Oh, como quiera, señora, si
prefiere que se quede, no veo objeción alguna. Y ahora, señor Ferguson, le diré
que soy un hombre muy ocupado con muchos clientes, y mis métodos han de ser
breves y directos. La cirugía más rápida es la menos dolorosa. Permítame
afirmarle algo que le dejará más tranquilo. Su mujer es una mujer excelente,
muy cariñosa y a la que han tratado muy mal.
Ferguson
se levantó dando un grito de alegría.
—Pruébelo,
señor Holmes, y me sentiré en deuda con usted para siempre.
—Lo haré,
pero, para ello, debo herirle profundamente por otro lado.
—Me da
igual con tal de que pruebe su inocencia. Todo lo demás carece de importancia
comparado con eso.
—Permítale
exponerle, en tal caso, la serie de razonamientos que me pasaron por la cabeza
en Baker Street. La idea de un vampiro me resultaba absurda. Esas cosas no se
encuentran entre las prácticas criminales de Inglaterra. A pesar de ello, su
explicación era precisa. Había visto cómo la dama se levantaba junto a la cuna
del bebé con sangre en los labios.
—Cierto.
—¿No le
vino a la mente que se podía chupar una herida abierta con algún otro propósito
que el de extraer sangre de ella? ¿No recuerda a la reina de la historia
inglesa que chupó una herida para extraer veneno de ella?
—¡Veneno!
—En
Sudamérica forma parte del menaje de la casa. Mi instinto presintió la
existencia de esas armas de la pared antes de verlas con mis propios ojos.
Podía ser otro veneno, pero a mí me vino ese a la mente. Ese carcaj pequeño
vacío junto al arco para pájaros era justo lo que esperaba encontrar. Si
alguien hubiese pinchado al bebé con una de esas flechas empapadas en curare u
otra droga del demonio, habría supuesto su muerte, a menos que se succionase el
veneno.
»¡Y el
perro! Si uno va a utilizar un veneno así, ¿no lo probaría antes para ver que
no ha disminuido su potencia? No había previsto lo del perro, pero, al menos,
supe ver lo que le pasaba y que encajaba con mi reconstrucción de los hechos.
»¿Lo
entienden ahora? Su mujer temía que en algún momento atacasen a su hijo. Vio
cómo sucedía y salvó así la vida del bebé, pero, a pesar de todo, no quiso
contarle toda la verdad porque sabía cuánto quería usted al chico y tenía miedo
de que se le partiera el corazón.
—¡Jacky!
—Lo he
estado observando mientras le hacía arrumacos al bebé hace un momento. Su
rostro se reflejaba claramente en el cristal de la ventana donde la
contraventana hacía de fondo. Vi unos celos, un odio tan feroz como pocas veces
he visto en un rostro humano.
—¡Mi
Jacky!
—Tiene
que afrontarlo, señor Ferguson. Es más doloroso todavía porque lo que le ha
llevado a hacerlo es un amor viciado, un amor maníaco y exagerado por usted, y,
posiblemente, por su difunta madre. Su alma se consume de odio por este hermoso
bebé, cuya salud y belleza contrastan con su propia debilidad.
—¡Dios
mío! ¡Es increíble!
—¿He
dicho la verdad, señora?
La dama
estaba sollozando con el rostro hundido en las almohadas. Ahora se volvió hacia
su marido.
—¿Cómo
iba a contártelo, Bob? Me imaginé el desengaño que supondría para ti. Era mejor
que esperara y que lo oyeras de otros labios que no fueran los míos. Cuando
este caballero, que parece tener poderes mágicos, escribió que lo sabía todo,
me alegré.
—Creo que
al señorito Jacky le prescribiría un año en el mar —dijo Holmes mientras se
levantaba de la silla—. Solo hay una cosa en la que sigo a oscuras, señora.
Puedo comprender perfectamente sus agresiones contra el señorito Jacky. La
paciencia de una madre tiene un límite. Pero ¿cómo se ha atrevido a dejar al
niño solo estos dos últimos días?
—Se lo
había contado a la señora Mason. Lo sabía.
—Claro.
Lo que lo imaginaba.
Ferguson
estaba de pie junto a la cama; le faltaba la respiración y le tendía las manos,
temblorosas.
—Supongo,
Watson, que ha llegado el momento de que nos vayamos —dijo Holmes en un
susurro—. Si usted agarra del codo a la excesivamente leal Dolores, yo la
agarro del otro. Vamos, vamos —añadió mientras cerraba la puerta al salir—,
creo que podemos dejarles que resuelvan lo demás entre ellos.
Solo
tengo una nota más acerca de este caso. Es la carta que Holmes escribió como
respuesta final a la que da inicio a este relato. Decía así:
Baker
Street
21 de noviembre
Asunto: Vampiros
Estimado
señor:
Con
relación a su carta del 19 de noviembre, tengo el placer de informarle que he
investigado el asunto de su cliente, el señor Robert Ferguson, de Ferguson y
Muirhead, comerciantes de té de Mincing Lane, y que el caso ha concluido de
manera satisfactoria.
Le
agradezco su recomendación.
Sinceramente
suyo,
Sherlock
Holmes
*FIN*
“The
Adventure of the Sussex Vampire”,
The Strand Magazine, 1924


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