© Libro N° 12062.
El Arte Poética.
Aristóteles. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
El Arte Poética. Aristóteles
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reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Aristóteles
El Arte
Poética
Aristóteles
El arte poética
Al excelentísimo señor don Gaspar
Melchor de Jovellanos
Al que leyere
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
El Arte Poética
Aristóteles
excelentísimo señor don Gaspar
Melchor de Jovellanos
Excmo. Señor:
Como al Rey nuestro Señor dediqué
el César, traducido en castellano, y al serenísimo señor Príncipe de Asturias
el Catecismo Católico trilingüe del padre Pedro Canisio, así ahora, por
especiales razones, ofrezco a V. E., puesta nuevamente en castellano, la
Poética de Aristóteles, con algunas notas que para su mejor inteligencia me
parecieron necesarias.
La ocasión que hubo para la nueva
traducción fue ésta: que habiendo el señor Azara, ministro de S. M. en Roma,
pedido a esta Real Biblioteca las lecciones variantes que resultasen entre un
precioso códice que hay en ella y entre las ediciones más correctas de la misma
Poética, el bibliotecario mayor, cuando me hallaba dedicado a otro linaje de
estudios más propios de mi genio, profesión y estado, me encargó que
reconociese y anotase dichas variantes.
Al desempeñar el encargo me
aficioné a la Poética —10→ de Aristóteles; y creyendo que las dos
versiones que tenemos podrían todavía mejorarse algún tanto, determiné de
probarme a hacer otra tercera. Acabada que fue, se remitió original a examen de
inteligentes en Roma; como allí les hubiese parecido bien, quiso el
bibliotecario mayor, y S. M. mandó, que se imprimiese a expensas de la Real
Biblioteca.
Como los negocios de ésta se
despachan por la Secretaría de V. E., y como su voto puede muy bien discernir y
justamente apreciar el valor de la obra, calificando cuanto pertenece al arte
poética, parece que, sin haber de buscar otras razones, naturalmente se ofrecen
las especiales que se han insinuado para dirigirme a la protección de V. E.,
suplicándole tenga por bien de admitir esta muestra de mi afición a las buenas
letras, en cuanto ellas no impiden el estudio de otras más serias e importantes
en que debo emplearme.
Dios guarde a V. E. muchos años.
Madrid, 20 de junio de 1798.
Excmo. señor:
B. L. M. D. V. E.
José Goya y Muniain.
—11→
ArribaAbajoAl que leyere
—12→ —13→
Pues que todas las naciones
cultas han traducido en su lengua vulgar la Poética de Aristóteles, y los
poetas y escritores de todos los tiempos se han esmerado tanto en estudiarla,
observarla y aclararla, no se puede dudar sino que este tratado debe de ser
verdaderamente precioso y a todas luces estimable. Lo que sienten los
inteligentes y juiciosos es que no nos haya llegado entero y con el ser
cumplido que le dio su autor. De hecho, quien leyere este libro de la Poética y
lo confrontare, así con otras obras del autor como con lo que él mismo ofrece
al principio de este tratado y no cumple, sacará por consecuencia que, si bien
se debe creer que Aristóteles cumplió lo que prometió y comenzó, nosotros no
gozamos si no es un fragmento de la Poética, y ése muy oscuro y truncado.
Como, sin embargo, se mira
generalmente con tanto respeto la doctrina que en él se asienta y enseña, de
ahí proviene que unos han procurado traducir en su lengua nativa eso poco que
nos queda; otros aclararlo con notas; ésos lo comentan; aquéllos lo ilustran;
quién pone lecciones variantes;
—14→ quién llena las lagunas o
suple los vacíos; algunos corrigen el texto; muchos hacen observaciones sobre
él; y cada cual, empezando desde Horacio, prueba sus fuerzas a explicar lo
mejor que puede la primera y más sabia de las Poéticas conocidas. No se
descuidaron, por cierto, los españoles antiguos en semejante género de
estudios; ni muchos de los modernos hasta nuestros días han alzado la mano del
trabajo por amor de desplegar y poner en claro los preceptos sólidos del más
juicioso de los filósofos.
Pero como sea así que este
tratado, no menos por la suma concisión del autor que por los defectos que en
su texto se advierten, aun ahora después de tantas manos y tanta diligencia,
quede todavía oscuro y en algunas partes inapelable, parece que no se debería
calificar por inútil ni condenar por del todo impertinente el nuevo ensayo de
traducirlo en castellano, en obsequio de los españoles aficionados a la lengua
griega, y en gracia también de los inteligentes en el arte poética.
Para esta nueva traducción
castellana he tenido a la vista, y me han ayudado grandemente, las dos que ya
teníamos: una de Ordóñez das Seixas, reimpresa el año de 1778, con suplementos,
enmiendas y notas de don Casimiro Flórez Conseco; y otra de Vicente Mariner,
que se halla manuscrita entre la muchedumbre de sus obras originales que se
conservan en esta Real Biblioteca. Se suele citar otra traducción española
anterior a éstas, hecha al parecer por Juan Páez de Castro; mas yo no la he
visto, si no es que sea la parafrástica que tomó —15→
por texto de su ilustración don José Antonio González de Salas. El
original griego que he seguido es el de la edición de Glasgua, por Roberto Foulis,
año de 1745.
Por noticias que el Excmo. Sr. D.
José Nicolás de Azara me había dado de que cierto caballero inglés disponía una
edición cumplida de esta Poética con las correcciones y lecciones variantes
tomadas de los códices antiguos más célebres de Europa, he aguardado mucho
tiempo el ejemplar que S. E. me tenía ofrecido para el caso de publicarse; pero
lo habiéndose todavía verificado, puesto que ha cinco años que al nuevo editor
se remitieron las variantes que pidió del muy apreciable códice de S. M. en
esta Real Biblioteca, ha sido preciso seguir la citada edición de Glasgua, que
pasa por una de las más seguras. La división de capítulos va hecha según que me
ha parecido más conforme con la mente del autor y naturaleza de la obra.
Se han puesto también notas, pero
no más que las precisas, procurando aligerarlas de erudición que no sea
escogida, pues como quiera que sería cosa muy fácil amontonarlas y cargarlas de
noticias obvias y comunes, todavía, teniendo por cierto que la abundancia de
las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carestía, aun de
las malas, se estima en algo, he cercenado a las veces notas enteras; que por
eso se podrá extrañar el que no las haya donde quizá fuera menester. Por si
alguno quisiere carear mi versión con el
—16→ texto y fallar sobre la
fidelidad y mérito de ella en comparación de otras, ha sido preciso imprimir el
griego1 a par del castellano; que el juicio adefesios o a bulto, cual suele de
ordinario ser el de muchos, no es muy para temido, ni aun siquiera para
respetado. Si en algún tiempo saliese a luz la prometida edición del caballero
inglés, y por ella se corrigiesen, supliesen y aclarasen las que hasta ahora
corren, no faltarán españoles inteligentes y versados en la lengua griega que
mejoren entonces, aclaren y perfeccionen esta versión. La cual, ya se ve, no
estará libre de defectos; con sólo que sean menos que en las otras traducciones
anteriores, me daré por contento. Tal cual de ellos se debe atribuir a la
imprenta; algunos otros a falta de la letra griega, que, siendo la primera que
se ha hecho y fundido en España por esta Real Biblioteca, no ha salido de todo
en todo cumplida y perfecta.
Por si alguno quisiere todavía
mejorar misión y enriquecer las notas, será bien que se valga las exquisitas
noticias que sobre muchos puntos dudosos y oscuros dio el erudito Carlos
Sigonio en sus controversias con Francisco Robertello, acerca de unas materias
tan antiguas como curiosas de esta Poética; y son por ejemplo, la música
aulética y citarística, la Poesía gnómica, la llamada de los persas y ciclopes,
la fálica, ditirámbica, el Margites
—17→ de Homero, el Arconte, y
otras curiosidades de este género, que tal vez yo no he acertado a ponerlas en
claro por no haber tenido noticia de las tales controversias hasta después de
acabada la impresión.
Dicho señor Azara ha querido que
esta traducción, vista y examinada de su orden en Roma, lleve al frente el
retrato de Aristóteles que se hizo para la vida de Cicerón, publicada por S. E.
En gracia de los españoles antiguos y modernos, entre quienes jamás han faltado
excelentes maestros de poética y poetas muy aventajados, debe decirse y tener
por cierto que, sin salir de España, se encuentra cuanto es necesario, no sólo
para la inteligencia entera de Aristóteles y Horacio, sino para formar también,
si fuese menester, una cumplida, sabia y segura Poética, que en nada conociese
ventaja ni a la muy aplaudida del insigne obispo Jerónimo Vida, ni a la tan
celebrada de Nicolás Boileau Despréaux, bellamente traducida en castellano por
el señor Madramany.
No me parece cerrar este Aviso al
lector sin dar respuesta y satisfacer a una pregunta curiosa que casi
diariamente olmos hacer a muchos paisanos nuestros, y es: ¿Por qué medios los
españoles en el siglo decimosexto, que fue y se apellida con razón el de Oro de
la poesía castellana, llegaron a un tal punto de buen gusto, que lo viniesen a
poseer y mostrar en todas las buenas letras, no sólo en las poesías de todo
genero? La respuesta es de don Luis José Velázquez, en sus Orígenes de la —18→
poesía castellana: La tercera edad (dice) fue el siglo decimosexto,
siglo de Oro de la poesía castellana, siglo en que no podía dejar de florecer
la buena poesía, al paso que habían llegado a su aumento las demás buenas
letras. Los medios sólidos de que la nación se había valido para alcanzar este
buen gusto no podían dejar de producir tan ventajosas consecuencias: SE LEÍAN Y
SE IMITABAN, Y SE TRADUCÍAN LOS MEJORES ORIGINALES DE LOS GRIEGOS Y LATINOS; Y
LOS GRANDES MAESTROS DEL ARTE, ARISTÓTELES Y HORACIO, LO ERAN ASIMISMO DE TODA
LA NACIÓN. He, pues, aquí los medios sólidos y únicos para llegar al buen
gusto, y he aquí también por que yo, suscribiendo gustosamente al moderno digno
elogiador de Antonio de Lebrija, alentado de su espíritu (de este, y tomando
las palabras de aquél), me atrevo a prenunciar que la presente falta de gusto y
solidez en las letras seguirá sin remedio, mientras no se favorezca por todos
modos el estudio de la lengua y erudición griegas.
Y aún se podría añadir que a tan
necesario estudio debe juntarse la imitación de los excelentes y acabados
modelos de los griegos en toda suerte de literatura; porque escrito está, y por
sujeto que tenía voto en la materia: E solis propemodum Græcis hauriendum est
quidquid ad Poeticam pertinet: cum et copiosius et felicius quam ulla alia gens
artem hanc excoluerint, et monumenta reliquerint, unde cognoscere possimus, ad
quam sublime fastigium provecta ab iis fuerit hæc scientia. —19→
Quod Latinos attinet, de his opus non est ut quidquam dicamus; cum in
omnibus Græcis secuti sint, et, præter imitationis studium, novi nihil
addiderint. Ab his itaque exempla, a Græcis, præter exempla etiam præcepta
Artis petas licet.
—20→ —21→
Vos exemplaria Græca
nocturna versate manu, versate
diurna.
HORACIO
—22→ —23→
ArribaAbajoCapítulo I
—24→ —25→
1. Trataremos de la Poética2 y de
sus especies, según es cada una3; y del modo de ordenar las fábulas, para que
la poesía salga perfecta; y asimismo del número4 y calidad de sus partes, como
también de las demás cosas concernientes a este arte; empezando por el orden
natural, primero de las primeras. En general, la épica y la tragedia,
igualmente que la comedia y la ditirámbica, y por la mayor parte la música de
instrumentos5, todas vienen a ser imitaciones. Mas difieren entre sí en tres
cosas: en cuanto imitan o por medios diversos, o diversas cosas, o
diversamente, y no de la misma manera. Porque así como varios imitan muchas
cosas copiándolas con colores y figuras, unos por arte, otros por uso y otros
por genio6; así ni más ni menos en las dichas artes, todas hacen su imitación
con número, dicción y armonía, pero de estos instrumentos usan con variedad; v.
g., de armonía y número solamente la música fláutica y citarística, y otras
semejantes, cual es la de las zampoñas7. Con sólo el número sin armonía es la
imitación de los bailarines; que también éstos con compases figurados remedan
las costumbres, —26→ las pasiones y los hechos. Al contrario, la
épica hace su imitación sólo con las palabras sueltas o ligadas a los metros,
usando de éstos o entreverados, o de un género determinado de versos; estilo
que mantiene hasta el día de hoy, pues nada podríamos señalar en que convenga
con los mimos8 de Sofrón y de Xenarco, ni los discursos9 de Sócrates; ni es del
caso el que uno haga la imitación en trímetros10, o en elegía, o en otros
versos de esta clase. Verdad es que los hombres vulgarmente, acomodando el
nombre de poetas al metro, a unos llama elegiacos, a otros épicos; nombrando
los poetas, no por la imitación, sino por la razón común del metro; tanto que suelen
dar este apellido aun a los que escriben algo de medicina o de música11 en
verso. Mas, en realidad, Homero no tiene que ver con Empédocles, sino en el
metro. Por lo cual aquél merece el nombre de poeta, y éste el de físico12 más
que de poeta. Asimismo, aunque uno haga la imitación mezclando todos los metros
al modo del Hipocentauro de Kerémon13, que es un fárrago14 mal tejido de todo
linaje de versos, no precisamente por eso se ha de calificar de poeta15.
Acerca, pues, de estas cosas, quede sentado lo dicho. Hay también algunas
imitaciones que usan de todos los instrumentos referidos; es a saber, de
número, armonía y verso; como la ditirámbica16 y gnómica17, y también la
tragedia y comedia; pero se diferencian en que las primeras los emplean todos a
la par; las segundas por partes. Éstas
—27→ digo ser las diferencias de
las artes en orden a los medios con que hacen la imitación.
2. Además de esto, porque los
imitadores imitan a sujetos que obran, y éstos por fuerza han de ser o malos o
buenos, pues a solos éstos acompañan las costumbres (siendo así que cada cual
se distingue en las costumbres por la virtud y por el vicio), es, sin duda,
necesario imitar, o a los mejores que los nuestros, o a los peores, o tales
cuales, a manera de los pintores. Así es que Polignoto pintaba los más galanes,
Pauson los más feos, y Dionisio los semejantes18. De donde es claro que cada
una de las dichas imitaciones ha de tener estas diferencias, y ser diversa por
imitar diversas cosas en esta forma. Porque también en la danza, y en el tañido
de la flauta y de la cítara se hallan estas variedades; como en los
discursos19, y en la rima pura y neta; por ejemplo: Homero describe los
mejores, Cleofonte los semejantes, y Eguemón el Tasio, compositor de las
Parodias20, y Nicocaris, autor de la Deliada21, los peores. Eso mismo hacerse
puede en los ditirambos y en los gnomos22, según lo hicieron en sus composiciones
de los persas y de los ciclopes Timoteo y Filoxeno. Tal es también la
diferencia que hay de la tragedia a la comedia; por cuanto ésta procura imitar
los peores, y aquélla hombres mejores que los de nuestro tiempo.
3. Resta aún la tercera
diferencia, que es cómo se ha de imitar cada una de estas cosas; porque con
unos mismos medios se pueden imitar unas mismas cosas de diverso modo; ya
introduciendo —28→ quien cuente o se transforme en otra cosa,
según que Homero lo hace; ya hablando el mismo poeta sin mudar de persona; ya
fingiendo a los representantes, como que todos andan ocupados en sus23
haciendas. En suma, la imitación consiste en estas tres diferencias, como
dijimos, a saber: con qué medios, qué cosas y cómo. Por manera que, según una,
Sófocles24 será un mismo imitador con Homero, en cuanto ambos imitan a los
hombres de calidad, y según otra con Aristófanes, porque entrambos los
representan practicando25; de donde dicen que viene el nombre de actos26, porque
representan a los actores. Que aun por eso los dorienses se apropian la
tragedia27 y la comedia. De la comedia se aprecian los megarenses, así los de
acá, alegando haber dado ocasión a ella el tiempo de su behetría28; como
también los de Sicilia, porque de ella fue natural el poeta cómico Epicarmo,
mucho más antiguo que Conidas29 y Magnete. De la tragedia se dan por inventores
algunos del Peloponeso30, fundados en la significación de los nombres. A la
verdad, éstos dicen que a las aldeas llaman comarca, como los atenienses
pueblos. Así que los comediantes no tomaron el nombre de hacer31 comilonas,
sino de la dispersión por la comarca, siendo desechados de la ciudad. A más,
que al obrar llaman ellos32 hacer, y los atenienses practicar33. En fin, de las
diferencias de la imitación y de cuántas y cuáles sean, baste lo dicho.
—29→
ArribaAbajoCapítulo II
—30→ —31→
1. Parece cierto que dos causas,
y ambas naturales, han generalmente concurrido a formar la poesía. Porque lo
primero, el imitar es connatural al hombre desde niño, y en esto se diferencia
de los demás animales, que es inclinadísimo a la imitación, y por ella adquiere
las primeras noticias. Lo segundo, todos se complacen con las imitaciones, de
lo cual es indicio lo que pasa en los retratos; porque aquellas cosas mismas
que miramos en su ser con horror, en sus imágenes al propio las contemplamos
con placer, como las figuras de fieras ferocísimas y los cadáveres. El motivo
de esto es que el aprender es cosa muy deleitable, no sólo a los filósofos34,
sino también a los demás, dado que éstos por breve tiempo lo disfrutan. Ello es
que por eso se deleitan en mirar los retratos, porque considerándolos, vienen a
caer en cuenta y argumentar qué cosa es cada uno, como quien dice: Éste es
aquél; que quien no hubiese visto antes el original, no percibiera el deleite
por razón de la semejanza, sino por el primor de la obra, o del colorido, o por
algún otro accidente de esta especie. Siéndonos, pues, tan connatural la
imitación como —32→ el canto35 y la rima (que claro está ser los
versos parte de las rimas), desde el principio los más ingeniosos y de mejor
talento para estas cosas, adelantando en ellas poco a poco, vinieron a formar
la poesía de canciones hechas de repente.
2. Después la poesía fue dividida
conforme al genio36 de los poetas, porque los más graves dieron en imitar las
acciones nobles y las aventuras de sus semejantes, y los más vulgares37 las de
los ruines; primeramente haciendo apodos, como los otros himnos y encomios.
Verdad es que antes de Homero no podemos citar poema de ninguno a este tono,
siendo verosímil que hubiese muchos; mas empezando de Homero, bien podemos,
cual es38 su Margites y otros tales; donde vino como nacido el verso yámbico,
que aún por eso se llama yámbico ahora el verso burlesco; porque en este metro
se zumbaban a coros, y así, entre los antiguos, salieron rimadores, quién de
versos heroicos y quién de yambos. Mas como en asuntos graves Homero fue
grandísimo poeta (antes el único, no sólo por tratarlos bien, sino porque hace
los retratos al vivo), igualmente ha sido el primero en dar una muestra de las
gracias de la comedia, usando en la representación no de apodo, sino del
gracejo; como sea que el Margites tiene mucha analogía con las comedias, al
paso que la Ilíada y la Odisea la tienen con las tragedias. Trazadas que fueron
la comedia y la tragedia, de allí adelante los aficionados a entrambas poesías,
la seria y la jocosa, según su natural inclinación, unos, en lugar de hacer
yambos, se hicieron autores de comedias;
—33→ otros, en lugar de versos
heroicos compusieron tragedias, por ser más sublimes y más nobles estos
asuntos39 que aquéllos; el averiguar empero si la tragedia tiene ya o no lo que
basta para su perfección, ora sea considerada en sí misma, ora sea respecto del
teatro, eso es otro punto40.
3. Por lo demás, haciéndose al
principio sin arte así ésta como la comedia (la tragedia por los corifeos de la
farsa ditirámbica, la comedia por los del coro fálico41, cuyas mojigangas duran
todavía en muchas ciudades recibidas por ley), poco a poco fue tomando cuerpo,
promoviéndolas los dichos, hasta descubrirse tal cual forma de ellas. Con eso
la tragedia, probadas42 muchas mutaciones, hizo punto, ya que adquirió su ser
natural. Entonces Esquilo dividió43 la compañía de los farsantes de una en dos,
minoró las personas del coro y dispuso el papel del primer actor. Mas Sófocles
introdujo tres personas y la variación de la escena. Además de esto, aunque
tarde, al fin dejadas las fábulas ruines y la dicción burlesca, dando de mano
al estilo satírico, la grandeza de las acciones44 se representó dignamente. Al
mismo tiempo se mudó el verso de ocho pies en yámbico; bien que al principio
usaban el metro de ocho pies, por ser la poesía de sátiros45 y más acomodada
para bailar; pero trabándose46 conversación, la misma naturaleza dictó el metro
propio, porque de todos los metros el yambo es el más obvio en las pláticas, y
así es que proferimos muchísimos yambos en nuestras conversaciones, pero
hexámetros pocos, y eso traspasando los límites del familiar estilo. Por —34→
último, se dice haberse añadido muchos episodios y adornado las demás
cosas con la decencia conveniente; sobre las cuales ya no hablaremos más, pues
sería tal vez obra larga recorrerlas todas por menudo.
4. La comedia es, como se dijo,
retrato de los peores, sí; mas no según todos los aspectos del vicio, sino sólo
por alguna tacha47 vergonzosa que sea risible; por cuanto lo risible es cierto
defecto y mengua sin pesar ni daño ajeno, como a primera ojeada es risible una
cosa fea y disforme sin darnos pena. En orden a las mutaciones de la tragedia y
por quién se hicieron, ya se sabe; pero de la comedia, por no curarse de ella
al principio, se ignora, y aun bien tarde fue cuando el príncipe48 dio al
público farsa de comediantes, sino que de primero representaban los
aficionados. Mas formada ya tal cual la comedia, se hace mención de algunos
poetas cómicos, dado que no se sepa quién introdujo las máscaras49, los
prólogos, la pluralidad50 de personas y otras cosas a este tenor. Lo cierto es
que Epicarmo y Formis dieron la primera idea de las fábulas cómicas. Así que la
invención vino de Sicilia. Pero entre los atenienses, Crates fue el primero
que, dando de mano a la idea bufonesca, compuso en general los papeles de los
comediantes o fábulas.
5. Cuanto a la épica, ha ido a un
paso con la tragedia, hasta en lo de ser una imitación razonada de sujetos
ilustres; y apártase de ella en tener meros versos y en ser narratoria51, como
también por la extensión; la tragedia procura, sobre todo, —35→
reducir su acción al espacio de sol a sol, o no exceder mucho; mas la
épica es ilimitada cuanto al tiempo, y en esto no van de acuerdo, si bien
antiguamente estilaban en las tragedias lo mismo que en los poemas épicos. Sus
partes, unas son las mismas, otras propias de la tragedia. De donde, quien
supiere juzgar de la buena y mala tragedia, también sabrá de la epopeya, porque
todas las dotes de ésta convienen a aquélla, bien que no todas las de la
tragedia se hallen en la epopeya. De ésta y de la comedia hablaremos después.
—36→ —37→
ArribaAbajoCapítulo III
—38→ —39→
1. Hablemos ahora de la tragedia,
resumiendo la definición de su esencia, según que resulta de las cosas dichas.
Es, pues, la tragedia52 representación de una acción memorable y perfecta, de
magnitud competente, recitando53 cada una de las partes54 por sí separadamente,
y55 que no por modo de narración, sino moviendo a compasión y terror, dispone a
la moderación de estas pasiones. Llamo estilo deleitoso al que se compone de
número, consonancia y melodía56. Lo que añado de las partes que obran
separadamente, es porque algunas cosas sólo se representan en verso, en vez que
otras van acompañadas de melodía. Mas, pues se hace la representación diciendo
y haciendo, ante todas cosas el adorno de la perspectiva57 necesariamente habrá
de ser una parte de la tragedia, bien58 así como la melodía y la dicción,
siendo así que con estas cosas representan. Por dicción entiendo la composición
misma de los versos y por melodía lo que a todos es manifiesto. Y como sea que
la representación es de acción, y ésa se hace por ciertos actores, los cuales
han de tener por fuerza algunas calidades según fueren sus costumbres —40→
y manera de pensar, que por éstas calificamos también las acciones; dos
son naturalmente las causas de las acciones: los dictámenes59 y las costumbres,
y por éstas son todos venturosos y desventurados.
2. La fábula es un remedo de la
acción, porque doy este nombre de fábula a la ordenación de los sucesos; y de
costumbres a las modales, por donde calificamos a los sujetos empeñados en la
acción; y de dictámenes a los dichos con que los interlocutores dan a entender
algo, o bien declaran su pensamiento. Síguese, pues, que las partes de toda
tragedia que la constituyen en razón de tal, vienen a ser seis, a saber:
fábula, carácter, dicción, dictamen, perspectiva y melodía; siendo así que
dos60 son las partes con que imitan, una cómo61 y tres las que62 imitan, y
fuera de éstas no hay otra. Por tanto, no pocos poetas se han ejercitado en
estas, para decirlo así, especies de tragedias; por ver que todo en ellas se
reduce a perspectiva, carácter, fábula, dicción, dictamen y melodía,
recíprocamente.
3. Pero lo más principal de todo
es la ordenación de los sucesos. Porque la tragedia es imitación, no tanto de
los hombres cuanto de los hechos y de la vida, y de la ventura y desventura; y
la felicidad consiste en acción, así como el fin63 es una especie de acción y
no calidad. Por consiguiente, las costumbres califican a los hombres, mas por
las acciones son dichosos o desdichados. Por tanto, no hacen la representación
para imitar las costumbres, sino válense de las costumbres para el retrato —41→
de las acciones. De suerte que los hechos y la fábula son el fin de la
tragedia (y no hay duda que el fin es lo más principal en todas las cosas),
pues ciertamente sin acción no puede haber tragedia; mas sin pintar las
costumbres puede muy bien haberla, dado que las tragedias de la mayor parte de
los modernos no las expresan. En suma, a muchos poetas ha sucedido lo mismo que
entré los pintores a Zeuxis respecto de Polignoto: que éste64 copia con primor
los afectos65 , cuando las pinturas de aquél no expresan ninguno. Además, que
aunque alguno acomode discursos morales, cláusulas y sentencias bien torneadas,
no por eso habrá satisfecho a lo que exige de suyo la tragedia; pero mucho
mejor tragedia será la que usa menos de estas cosas y se atiene a la fábula y ordenación
de los sucesos. Mas las principales cosas con que la tragedia recrea el ánimo
son partes de la fábula, las66 peripecias y anagnórisis. Prueba de lo mismo es
que los que se meten a poetas, antes aciertan a perfeccionar el estilo y
caracterizar los sujetos, que no a ordenar bien los sucesos, como se ve en los
poetas antiguos casi todos.
4. Es, pues, la fábula lo supremo
y casi el alma de la tragedia, y en segundo lugar entran las costumbres. Eso
mismo acaece en la pintura; porque si uno pintase con bellísimos colores67
cargando la mano, no agradaría tanto como el que hiciese un buen retrato con
solo albayalde; y ya se dijo que la fábula es retrato de la acción, y no más
que por su causa, de los agentes. La tercera cosa es el dictamen, esto es, el
saber decir lo que hay y cuadra —42→ al asunto; lo cual en materia de pláticas es
propio de la política y retórica, que aun por eso los antiguos pintaban a las
personas razonando en tono político, y los modernos en estilo retórico. Cuanto
a las costumbres, el carácter68 es el que declara cuál sea la intención del que
habla en las cosas en que no se trasluce, qué quiere o no quiere. Por falta de
esto algunas de las pláticas no guardan el carácter. Pero el dictamen69 es
sobre cosas en que uno decide cómo es, o cómo no es, lo que se trata, o lo
confirma en general con algún epifonema. La cuarta es la edición del estilo.
Repito, conforme a lo ya insinuado, que la dicción es la expresión del
pensamiento por medio de las palabras, lo que tiene igual fuerza en verso que
en prosa. Por lo demás70, la quinta, que es la melodía, es sobre todas
suavísima. La perspectiva es, sin duda, de gran recreo a la vista, pero la de
menos estudio y menos propia de la poética, puesto que la tragedia tiene su
mérito aun fuera del espectáculo y de los farsantes. Además que cuanto al
aparato de la escena es obra más bien71 del arte del maquinista, que no de los
poetas.
5. Fijados estos dos puntos,
digamos ahora cuál debe ser la ordenación72 de los sucesos, ya que esto es lo
primero y más principal de la tragedia. Sentamos antes73 que la tragedia era
remedo de una acción completa y total, de cierto grandor, porque también se
halla todo74 sin grandor. Todo es lo que tiene principio, medio y fin.
Principio es lo que de suyo no es necesariamente después de otro; antes bien,
después de sí exige naturalmente —43→ que otro exista o sea factible. Fin es, al
contrario, lo que de suyo es naturalmente después de otro, o por necesidad, o
por lo común; y después de sí ningún otro admite. Medio, lo que de suyo se
sigue a otro y tras de sí aguarda otro. Deben, por tanto, los que han de
ordenar bien las fábulas, ni principiar a la ventura, ni a la ventura
finalizar, sino idearlas al modo dicho.
6. Supuestas las cosas ya
tratadas, pues que lo hermoso, v. g., un bello objeto viviente y cualquier otra
cosa que se compone de partes, debe tener éstas bien colocadas, y asimismo la
grandeza correspondiente, porque la hermosura consiste en proporción y
grandeza; infiérese que ni podrá ser hermoso un animal muy pequeñito, porque se
confunde la vista empleada en poco más de un punto; ni tampoco si es de
grandeza descomunal, porque no lo abraza de un golpe la vista: antes no
perciben los ojos de los que miran por partes el uno75 y el todo, como si
hubiese un animal de legua76 y media. Así que como los cuerpos y los animales
han de tener grandeza, sí, mas proporcionada a la vista, así conviene dar a las
fábulas tal extensión que pueda la memoria retenerla fácilmente. El término de
esta extensión respecto de los espectáculos y del auditorio no es de nuestro
arte, puesto que si se hubiesen de recitar cien tragedias en público77
certamen, la recitación de cada una se regularía por reloj de agua78, según
dicen que se hizo alguna vez en otro tiempo. Pero si se atiende a la naturaleza
de la cosa, el término en la extensión será tanto más agradable cuanto fuere
más —44→ largo, con tal que sea bien perceptible. Y
para definirlo, hablando sin rodeos, la duración que verosímil o necesariamente
se requiere según la serie continua de aventuras, para que la fortuna se
trueque de feliz en desgraciada, o de infeliz en dichosa, ésa es la medida justa
de la extensión de la fábula. Dícese que la fábula es una; no como algunos piensan,
por ser de uno solo, ya que muchísimas79 cosas suceden a uno en la vida, varias
de las cuales de ningún modo forman unidad80; así ni más ni menos varios son
los hechos de uno, de los cuales nunca resulta una acción. Por tanto, yerran al
parecer todos cuantos poetas han compuesto la Heracleida81 y Teseida, y
semejantes poemas; figurándose que, pues Hércules fue uno, se reputa también
una la fábula. Mas Homero, como en todo lo demás es excelente82, también parece
haber penetrado esto, fuese por arte o por agudeza de ingenio; pues componiendo
la Odisea, no contó todas cuantas cosas acaecieron a Ulises, v. g., haber sido
herido83 en el Parnaso84, y fingido estar loco en la revista del ejército. De
las cuales cosas, no porque una faltase, era necesario o verosímil que
sucediese la otra. Pero cuenta las que concurrieron a la acción determinada,
cual decimos ser la Odisea85, igualmente que la Ilíada86. Es forzoso, pues, que
como en las otras artes representativas una es la representación de un sujeto,
así también la fábula, siendo una imagen de acción, lo sea, y de una, y de esta
toda entera; colocando las partes de los hechos de modo que, trastrocada o
removida, cualquiera parte se transforme y mude el todo; —45→
pues aquello que ora exista, ora no exista, no se hace notable, ni parte
es siquiera del todo.
7. Es manifiesto asimismo de lo
dicho que no es oficio del poeta el contar las cosas como sucedieron, sino como
debieran o pudieran haber sucedido, probable o necesariamente; porque el
historiador y el poeta87 no son diferentes por hablar en verso o en prosa (pues
se podrían poner en verso las cosas referidas por Herodoto, y no menos sería la
verdadera historia en verso que sin verso); sino que la diversidad consiste en
que aquél cuenta las cosas tales cuales sucedieron, y éste como era natural que
sucediesen. Que por eso la poesía es más filosófica y doctrinal que la
historia; por cuanto la primera considera principalmente las cosas en general;
mas la segunda las refiere en particular. Considerar en general las cosas es
cuál cosa conviene a un tal decir o hacer, conforme a las circunstancias o a la
urgencia presente; en lo cual pone su mira la poesía, acomodando los hombres a
los hechos. Referir las cosas en particular es decir qué cosa hizo o padeció en
realidad de verdad Alcibíades. En orden a la comedia, la cosa es bien clara;
porque compuesta la fábula de sucesos verosímiles, según ésos, ponen a las
personas los nombres que les vienen a cuento; no como los coplistas burlescos,
tildando por sus nombres a sujetos particulares. En la tragedia se valen de los
nombres conocidos, porque lo factible es creíble; mas las cosas que nunca se
han hecho, no luego creemos88 ser factibles. Al contrario, es evidente que los
hechos son factibles; porque no hubieran
—46→ sido hechos si factibles no
fuesen. Sin embargo, en algunas tragedias uno o dos nombres son los
conocidos89, los demás supuestos; en otras, ninguno es verdadero, como en el
Anteo y en la Flor de Agatón90, donde las aventuras son fingidas bien como los
nombres, y no por eso deleita menos. Por lo cual no siempre se ha de pedir al
poeta el que trabaje sobre las fábulas recibidas, que sería demanda digna de
risa; visto que las cosas conocidas de pocos son sabidas, y no obstante, a
todos deleitan. De aquí es claro que el poeta debe mostrar su talento tanto más
en la composición de las fábulas que de los versos, cuanto es cierto que el
poeta se denomina tal de la imitación. Mas lo que imita son las acciones;
luego, aunque haya de representar cosas sucedidas, no será menos91 poeta; pues
no hay inconveniente en que varias cosas de las sucedidas sean tales cuales
concebimos que debieran y pudieran ser, según que compete representarlas al
poeta. De las fábulas sencillas y acciones, se nota que las episódicas son de
malísimo gusto. Llamo fábula episódica aquella en que se entremeten cosas que
no es probable ni forzoso que acompañen a la acción. Éstas, los malos poetas
las hacen por capricho; los buenos, en gracia de los farsantes, porque
haciéndolas a competencia para las tablas, y alargándolas hasta más no poder,
muchas veces se ven precisados a perturbar92 el orden de las cosas.
8. Mas supuesto que la
representación es no sólo de acción perfecta, sino también de cosas terribles93
y lastimeras, éstas, cuando son maravillosas,
—47→ suben muchísimo de punto, y
más si acontecen contra toda esperanza por el enlace de unas con otras, porque
así el suceso causa mayor maravilla que siendo por acaso y por fortuna (ya que
aun de las cosas provenientes de la fortuna aquéllas son más estupendas, que
parecen hechas como adrede; por ejemplo, la estatua de Micio en Argos, que mató
al matador de Micio cayendo sobre su cabeza en el teatro, pues parece que
semejantes cosas no suceden acaso); es consiguiente que tales fábulas sean las
más agradables.
9. De las fábulas, unas son
sencillas, otras complicadas; la razón es porque las acciones de que son
imágenes se ve que son también de esta manera. Llamo acción sencilla aquella
que continuada sin perder94 la unidad, como queda definido, viene a terminarse
sin peripecia ni anagnórisis; y complicada, la que tiene su terminación con
reconocimiento o mudanza de fortuna, o entrambas cosas, lo cual debe nacer de
la misma constitución de la fábula; de suerte que por las cosas pasadas avengan
natural o verosímilmente los tales sucesos, pues hay mucha diferencia entre
suceder una cosa por estas o después de estas aventuras.
10. La revolución95, es según se
ha indicado, la conversión de los sucesos en contrario, y eso, como decimos,
que sea verosímil o forzoso. Así en el Edipo, el que vino a darle buenas
nuevas, con intención de quitarle el miedo de casarse con su madre, manifestándole
quién era, produjo contrario efecto; y en el Linceo, que siendo conducido a la
muerte, y Dánao tras él para dársela, sucedió
—48→ por las cosas que
intervinieron el que Dánao, muriese y se salvase Linceo. Reconocimiento96,
según lo declara el nombre, es conversión de persona desconocida en conocida,
que remata en amistad o enemistad entre los que se ven destinados a dicha o
desdicha. El reconocimiento más aplaudido es cuando con él se juntan las
revoluciones, como acontece con el Edipo97. Hay también otras suertes de
reconocimientos, pues en las cosas insensibles y casuales acaece a la manera
que se ha dicho98, y puede reconocerse si uno hizo tal o no hizo99; dado que la
más propia de la fábula y de la acción es sobredicha; porque semejante revolución
y reconocimiento causará lástima y espanto, cuales son las acciones, de que se
supone ser la tragedia un remedo. Fuera de que por tales medios se forjará la
buena y la mala fortuna. Mas por cuanto el reconocimiento de algunos ha de ser
reconocimiento, síguese que se den reconocimientos de dos géneros: algunos de
una persona sola respecto de la otra, cuando ésta ya es conocida100 de la
primera, y a veces es necesario que se reconozcan entrambas; por ejemplo:
Ifigenia fue conocida de Orestes por el despacho de la carta, y todavía Orestes
necesitaba otra señal para que le conociese Ifigenia. Según esto, dos son en
orden a lo dicho101 las partes de la fábula: revolución y reconocimiento; otra
tercera es la pasión. Pasión es una pena nociva y dolorosa, como las muertes a
la vista102, las angustias mortales, las heridas y cosas semejantes.
—49→
11. Las partes, pues, de la
tragedia que como esenciales se deben practicar, ya quedan dichas. Las
integrales, en que como miembros separados se divide, son éstas103: prólogo,
episodio, salida y coro. El coro tiene dos diferencias: una es la entrada y otra
la parada. Éstas son comunes a todas las tragedias: propias son las variaciones
de escena y las lamentaciones. El prólogo es una parte entera y precede a la
entrada del coro. El episodio es una parte de por sí, y el intermedio entre la
entrada y la parada del coro. Finalmente, la partida es una parte entera de la
tragedia, después de la cual cesa totalmente la música del coro. Tocante al
coro, la entrada104 es la primera representación de todo él, y la parada, el
recitado del coro, que no admite anapesto105 ni coreo. Lamentación es el llanto
común del coro en vista de la escena lamentable. Cuáles sean, repito, las
partes esenciales de la tragedia que se han de poner en obra, consta de lo
referido. Las integrales son106 las que acabo de apuntar.
12. Ahora conviene añadir
consiguientemente a lo dicho qué cosas han de proponerse y cuáles evitar los
que forman las fábulas, de donde resultará la perfección de la tragedia.
Primeramente, supuesto que la composición de la tragedia más excelente ha de ser
no sencilla, sino complicada, y ésta representativa de cosas espantables y
lastimeras (como es propio de semejante representación), es manifiesto que no
se han de introducir ni personas muy virtuosas que caigan de buena en mala
fortuna (pues eso no causa espanto ni lástima,
—50→ sino antes indignación), ni
tampoco malvadas, que de mala fortuna pasen a buena (pues ésta entre todas las
cosas es ajenísima de la tragedia, y nada tiene de lo que se pide, porque ni es
humano, ni lastimoso, ni terrible); ni tampoco sujeto muy perverso, que de
dichoso pare en desdichado; porque tal constitución, dado que ocasione algún
natural sentimiento, no producirá compasión ni miedo107; porque la compasión se
tiene del que padece no mereciéndolo; el miedo es de ver el infortunio en un
semejante108 nuestro. Así que tal paradero no parece lastimoso ni temible.
Resta, pues, el medio entre los dichos, y éste será el que no es aventajado en
virtud y justicia, ni derrocado109 de la fortuna por malicia y maldad suya,
sino por yerro disculpable, habiendo antes vivido en gran gloria y prosperidad,
cuales fueron Edipo, Tiestes y otros ilustres varones de antigua y esclarecida
prosapia. En conformidad de esto, es preciso que la fábula bien urdida sea más
bien110 de un éxito sencillo, que no doble, como algunos111 pretenden; y por112
mudanza, no de adversa en próspera fortuna, sino al contrario, de próspera en
adversa; no por delitos, sino por algún error grande de las personas, que sean
o de la calidad dicha, o en todo caso antes mejores que peores. Lo que se
confirma por la experiencia. Porque antiguamente los poetas ponían en rima sin
distinción las fábulas ocurrentes; pero ya las fábulas más celebradas están
reducidas a pocas familias, a saber: las de Alcmeón113, Edipo, Orestes, Meleagro,
Tiestes y Télefo, y a cuantos otros aconteció padecer —51→
o hacer cosas terribles. Por lo cual, la tragedia según arte más
perfecta es de esta forma, y así yerran los que esto culpan en Eurípides, de
que tal hace en las tragedias, muchas de las cuales terminan en desdichas;
siendo eso, como queda declarado, lo que hace al caso, de lo cual es argumento
grandísimo que así en los tablados como en los certámenes, las tales son
celebradas por más trágicas, si salen bien114. Y cierto, Eurípides, si bien no
acierta115 en todo, a lo menos es tenido por el más trágico de todos los
poetas. La segunda forma de tragedia, que algunos llaman la primera, es la que
tiene doble116 destino (como la Odisea, que acaba en suerte contraria de los
buenos a los malos), y es reputada por la primera por la decadencia de los
teatros, dejándose llevar117 los poetas del antojo de los mirones, que no es de
tal casta el deleite que se percibe de la tragedia; sino que será más propio de
la comedia, pues en ella, bien que sean entre sí enemigos tan mortales como
Egisto y Orestes, al fin se parten dándose las manos, y ninguno muere118 a las
del otro.
13. Cabe, sin duda, el formar un
objeto terrible y miserable por arte de perspectiva, y no menos cabe hacerlo
por la constitución bien ordenada de las aventuras, lo que tiene el primer
lugar, y es de poeta más diestro. Porque la fábula se debe tramar de modo que,
aun sin representarla, con sólo oír119 los acaecimientos, cualquiera se
horrorice y compadezca de las desventuras; lo que avendrá ciertamente al que
oyere leer la tragedia del Edipo. Pero el representar esto por medio de —52→
la perspectiva es cosa de ningún estudio120 y que necesita de maniobra.
Pues ya los que representan a la vista, no un objeto terrible, sino
precisamente monstruoso121, no tienen que ver con la tragedia; que de ésta no
se ha de pretender todo linaje122 de recreación, sino la que lleva de suyo; y
como la que resulta de la compasión y del terror la debe preparar el poeta
mediante la imitación, es claro que se ha de sacar de los hechos mismos.
14. Vengamos ahora a declarar
cuáles de ellos son atroces y cuáles lastimosos. Vese desde luego ser necesario
que las acciones recíprocas de los hombres sean o entre amigos123 o entre
enemigos, o entre personas neutrales124. Si el enemigo matare al enemigo, no
causa lástima, ni haciéndolo ni estando a punto de hacerlo, sino en cuanto al
natural sentimiento; ni tampoco si se matan los neutrales. Mas los que se ha de
mirar125 es cuando las atrocidades se cometen entre personas amigas, como si el
hermano mata o quiere matar al hermano, o el hijo al padre o a la madre, o hace
otra fechoría semejante. Verdad es que no es lícito alterar las fábulas
recibidas: como el que Clitemnestra murió a manos de Orestes, y Erífile a las
de Alcmeón; bien que deba el poeta inventar por sí mismo fábulas nuevas o usar
con discreción de las ya recibidas. Expliquemos más que quiere decir con
discreción. Lo primero, puede cometerse la acción, como la representaban los
poetas antiguos, a sabiendas entre personas conocidas, según que también
Eurípides representó a Medea matando a sus hijos. Lo segundo, se puede cometer
una atrocidad —53→ ignorando que lo sea al tiempo de cometerla,
y después reconocer la persona amada, como el Edipo de Sófocles, donde se pone
cometido el error antes126 del día de la representación. Pero en la tragedia
misma se representa en acto de cometerlo el Alcmeón de Astidamante, y Telégono
en la de Ulises herido. Lo tercero127, en fin, cuando está uno para cometer
alguna de las cosas irremediables y la reconoce antes de hacerla, y no hay otra
manera fuera de éstas; siendo, como es necesario, el hacer o no hacer, y a
sabiendas o sin saberlo. De todo esto lo peor es el intentar hacerlo a
sabiendas y no128 ejecutarlo, porque tiene todo lo perverso y menos de trágico,
no padeciendo nadie. De aquí es que ninguno se vale de ella sino raras veces,
como en la Antígona, Emón contra Creonte. Lo menos malo es si se intenta y se
hace. Pero mejor cuando se hace sin conocerlo, y hecho el mal se reconoce, pues
en tal caso falta la intención perversa y el reconocimiento llena de estupor.
Lo más terrible es lo último, pongo por ejemplo: en el Cresfonte, Mérope
intenta matar a su hijo, y no lo mata, sino que vino a reconocerlo, y en la
Ifigenia sucede lo mismo a la hermana con el hermano, y en la Hele, estando el
hijo para entregar su madre al verdugo, la reconoció. Por esta causa es dicho
antiguo que las tragedias se reducen a pocos linajes, porque buscando los
poetas asuntos, no de inventiva, sino de fortuna, hallaron este modo de
adornarlos en los cuentos sabidos. Así que se ven obligados a recurrir129 a las
familias en que acontecieron semejantes aventuras. En suma, —54→
acerca de la ordenación de los sucesos, y cómo y cuáles han de ser las
fábulas, se ha dicho lo bastante130.
15. Acerca de las costumbres se
han de considerar cuatro cosas: la primera y principal, que sean buenas131. Las
costumbres como quiera se conocerán si el dicho o el hecho de una persona,
según queda notado, diere a entender la intención con que obra; siendo malas,
si ella es mala, y buenas, si fuere buena, y cada sexo y estado tiene las
suyas. Porque hay mujer buena y buen criado, bien que respecto del hombre, la
mujer132 es quizá de peor condición, y absolutamente la condición del esclavo
es baja. La segunda cosa es que cuadren bien, pues el ser varonil a la verdad
es bueno, pero a una mujer no cuadra133 el ser varonil y valiente. Lo tercero,
han de ser semejantes a las nuestras, porque ya está indicado que se ha de
mirar a esto, y es cosa distinta del pintar las buenas y acomodadas al sujeto.
Lo cuarto, de genio igual; y dado que uno sea desigual134 en el genio, el que
le remeda y hace su papel ha menester mostrarse siempre igualmente135 desigual.
Hay un ejemplo de modales depravados sin causa en el Meneldo del Orestes, y
otro contra el decoro y congruencia es el llanto de Ulises en la Escila, no
menos que la relación de Menalipe; y de inconstancia, la Ifigenia en Aulide136,
que en nada se parece después a la que pedía merced poco antes. Por esta razón
es menester, así en la descripción de las costumbres como de los hechos, tener
siempre presente o lo natural o lo verosímil; que tal —55→
persona haga o diga las tales cosas, y que sea probable o necesario que
esto suceda tras esto. De donde consta también que las soluciones de las
dificultades han de seguirse naturalmente de la misma fábula, y no como en la
Medea por tramoya137, y en la Ilíada la quedada138, resulta139 ya la vuelta. Sí
que se podrá usar de arbitrios sobrehumanos en cosas que no entran en la
representación, o son ya pasadas, ni es posible140 que hombre las sepa; o en
las venideras que piden predicción o anuncio, porque si bien atribuimos a los
dioses el saber todas las cosas141, no se sufre ninguna extrañeza142 en los
hechos, sino es que se presupongan a la tragedia, como las del Edipo143 de
Sófocles. Y como sea la tragedia imitación de las personas más señaladas,
debemos imitar nosotros a los buenos pintores de retratos, que, dándoles la
forma propia y haciéndolos parecidos al original, los pintan más hermosos; de
la misma manera el poeta representando a los coléricos y flemáticos, y a los de
otras semejantes condiciones, ha de formar de ellos un ejemplar de mansedumbre
o entereza, como Agatón y Homero de Aquiles. Estas cosas sin falta se han de
observar, y además de eso las que por necesidad acompañan a la poesía para uso
de los sentidos144, que también es fácil errar en ellas muchas veces. Pero de
las tales se ha escrito lo competente en los libros sacados a luz de esta
materia.
16. Qué cosa es anagnórisis, ya
se tocó arriba, pero es de varias maneras. La primera y menos artificiosa, de
que muchísimos usan por salir del
—56→ apuro, es por las señas. De
éstas unas son naturales, como la lanza con que nacen los terrígenas, o los
lunares, cuales son los de Carcino en el Tiestes; otras son sobrepuestas; de
ellas impresas en el cuerpo, como las cicatrices; de ellas exteriores como los
joyeles, y en la Tiro la barquilla. Aun de éstas se puede usar más o menos
bien. Así, Ulises por la cicatriz, de una manera fue reconocido por su ama de
leche, y de otra por los pastores145; siendo, como son, menos artificiosas las
que se muestran para ser creídos, y todas las demás de este jaez, que las
descubiertas impensadamente, cual fue la de Ulises en los baños. La segunda
manera es la inventada por el poeta, y por tanto no carece de artificio; como
en la Ifigenia, Orestes reconoce a su hermana, siendo después reconocido por
ella: ella por la carta escrita; él por las señas que dio. Éste dice aquí lo
que quiere el poeta, y no en fuerza de la fábula; y por lo mismo está cerca de
incurrir en el vicio notado de falta de artificio146, pues igualmente se
pudieran enlazar varias otras cosas. De esa manera es el ruido de la lanzadera
en el Tereo de Sófocles. La tercera147 es por la memoria de lo pasado,
sintiéndose al ver u oír algún objeto, como en las Victorias de Venus por
Diceógenes; el otro, viendo una pintura, dio un suspiro, y en la conversación
de Alcinoo, Ulises oyendo al citarista y acordándose de sus hazañas, prorrumpió
en lágrimas, por donde fue conocido. La cuarta por vía de argumento, como en
las ofrendas al sepulcro: Algún semejante mío ha venido aquí; ninguno es mi
semejante sino Orestes; —57→ luego él ha venido. De esta manera se vale
Polides el sofista en la Ifigenia, poniendo en boca de Orestes una ilación
verosímil; que habiendo sido sacrificada su hermana, él había de tener la misma
suerte. Tal es también la de Teodectes en el Tideo, quien dice ser nieto148 del
que yendo con esperanza de hallar a su hijo, pereció en el camino; y la de las
hijas de Fileno, las cuales, mirando el lugar fatal, arguyeron ser inevitable
la parca; que su hado era morir allí, pues allí mismo habían sido expuestas a
la muerte recién nacidas. Hay también cierto argumento aparente por la falsa
conclusión del teatro, como el falso nuncio de Ulises149, el cual dijo en
prueba que conocería cuál era su arco (y no le había visto); y el teatro, como
le viese acertar, infirió falsamente que conocía a su dueño. El reconocimiento
empero más brillante de todos es el que resulta de los mismos sucesos, causando
admiración los lances verosímiles, cuales son los del Edipo de Sófocles y de la
Ifigenia (donde se hace verosímil150 que quisiera escribir); siendo así que los
tales brillan por sí solos, sin necesitar de señales sobrepuestas y dijes; el
segundo lugar tienen los que se hacen por argumento.
17. Mas quien trata de componer
fábulas y darles realce con la elocuencia, se las ha de poner ante los ojos lo
más vivamente que pueda. Porque mirándolas así con tanta evidencia como si se
hallase presente a los mismos sucesos, encontrará sin duda lo que hace al caso,
y no se le pasarán por alto las incongruencias. Buen ejemplo tenemos en
Carcino, en quien pareció mal que hiciese resucitar a —58→
su Anfiarao151 de donde estaba el templo, y engañose por no mirar el
sitio del prodigio como presente; conque fue silbado en el teatro, ofendidos de
esto los mirones. Demás de esto se ha de revestir152 cuanto sea posible de los
afectos propios, porque ningunos persuaden tanto como los verdaderamente
apasionados; de aquí es que perturba el perturbado y el irritado irrita de
veras. Por eso la poesía es obra del ingenio o del entusiasmo, porque los
ingeniosos a todo se acomodan, y los de gran numen en todo son extremados. Las
fábulas, o antiguas o nuevas, el mismo que las pone en verso, debe antes
proponérselas en general, y después conformemente aplicar los episodios y
entreverar las particularidades. Quiero decir que la fábula de la Ifigenia, por
ejemplo, se puede considerar en general de esta forma: Estando cierta doncella
a punto de ser sacrificada, y desaparecida invisiblemente de entre las manos de
los sacrificantes153, y trasplantada a otra región, donde por ley los
extranjeros eran sacrificados a cierta diosa, obtuvo este sacerdocio154. El
porqué vino allá (a155 saber, porque un dios se lo aconsejó por cierto motivo),
eso no es del asunto considerado en general, ni tampoco con qué fin vino.
Comoquiera, ya que vino y fue preso, estando para ser sacrificado, reconoció, y
fue reconocido o del modo imaginado por Eurípides, o del que discurrió Polides,
haciéndole decir, según era verosímil, ser disposición del cielo que no sólo su
hermana, sino también él mismo fuese sacrificado, y de ahí provino su libertad.
Hecho esto, determinando las —59→ personas, se forman los episodios, los
cuales se ha de procurar que sean a propósito, como en el Orestes la furia por
la cual fue preso y la libertad so color de la purificación. En la
representación, los episodios son cortos; la epopeya los alarga más. Por cierto
que el cuento de la Odisea es bien prolijo, y se reduce a que andando perdido
por el mundo Fulano muchos años156, y siendo perseguido de Neptuno157 hasta
quedar solo; y estando por otra parte las cosas de su casa tan malparadas, que
los pretendientes158 le consumían las rentas y armaban asechanzas a su hijo,
vuelve a su patria después de haber naufragado, y dándose a conocer a ciertas
personas, echándose al improviso sobre sus enemigos, él se salvó y perdió a
ellos. Éste es el asunto; los demás son episodios.
18. En toda tragedia debe haber
enlace y desenlace. Las cosas precedentes, y muchas veces algunas de las que
acompañan la acción, tejen el enlace; las restantes159 sirven al desenlace.
Quiero decir que el enlace dura desde el principio hasta la parte última de
donde comienza la mudanza de buena en mala fortuna, o al contrario; y el
desenlace desde el principio de tal mudanza hasta el fin, como en el Linceo de
Teodectes forman el enlace las cosas pasadas160 y el rapto del niño; el
desenlace dura161 desde la imputación de la muerte hasta la postre. Hay empero
cuatro especies de tragedias, que otras tantas, dijimos, ser sus partes. Una es
la complicada, que toda está entretejida de revolución y reconocimiento. Otra
es la lastimosa, como los Ayaces162 y los Ixiones163; —60→
la tercera es la característica164, como las Ptiótidas y el Peleo; la
cuarta es la simple, como las hijas de Forcio y el Prometeo, y cualesquiera
sujetos infernales165. A la verdad, un poeta debe hacer todo lo que pueda por
adquirir cuantas más y mayores perfecciones le sean posibles, atento que
vivimos en un tiempo en que no perdonan nada a los poetas; porque habiendo
florecido poetas excelentes en cada una de estas partes, pretenden que uno solo
se haya de aventajar a todos en la excelencia propia de cada uno. Lo que sí es
demanda justa: que no se diga ser otra la tragedia, siendo la misma ni más ni
menos que si fuese la misma fábula166. Y esto se verifica de las que tienen el
mismo enlace y desenlace. También hay muchos que enlazan bien y desenlazan mal;
pero es preciso que ambas cosas merezcan siempre aplauso167 y que no se haga de
la tragedia un poema épico. Llamo aquí poema épico un compuesto de muchos
cuentos, como si uno quisiese meter toda la Ilíada en sola una tragedia; pues
en ella, por ser tan dilatada, las partes guardan la magnitud correspondiente,
pero en los actos dramáticos lo prolijo es contra la opinión recibida. En
prueba de esto, cuantos han tomado por asunto la conquista entera de Troya y no
por partes168, como Eurípides en la Niobe y la Medea (al revés de lo que hizo
Esquilo), o son reprobados o salen mal en el certamen, y así es que Agatón cayó
en nota por esto sólo. En las revoluciones169 y en las acciones sencillas se
logra lo que se desea por maravilloso, por ser esto de suyo trágico y
agradable. —61→ Lo cual sucede cuando un hombre sagaz, pero
malo, es engañado, como Sísifo, y algún valiente, pero injusto, es vencido; ni
a eso se opone la verosimilitud, antes, como dice bien Agatón, es verosímil que
sucedan muchas cosas contra lo que parece verosímil. En la representación es
menester que hable el coro por boca de una sola persona y que sea parte del
todo170, favoreciendo al buen partido, no al uso de Eurípides, sino al de
Sófocles. Pero lo que otros poetas permiten al coro no parece que sea más de la
fábula o tragedia que se representa que de otra, y así cantan ahora los
intermedios, a que dio principio Agatón. Y cierto, ¿qué más tiene o cantar
intermedios o insertar171 relaciones de un episodio en otro, y aun el episodio
entero de una172 pieza diversa?
19. Ya se ha tratado de las demás
cosas; réstanos hablar del estilo y de la sentencia, si bien lo concerniente a
la sentencia, en los libros de la Retórica, como más propio de aquel arte,
queda declarado. En la sentencia se contienen todas cuantas cosas se deben
adornar con el estilo, cuales son el demostrar, el desatar los argumentos y el
conmover los afectos; a saber: la compasión, el temor o la ira y otros
semejantes; también el amplificar y el disminuir. Por otra parte, es evidente
que también es preciso valerse de los mismos arbitrios en las representaciones,
siempre que sea necesario ponderar lances, o lastimosos, o atroces, o
grandiosos, o verosímiles. La diferencia está en que unas cosas se han de
representar sin discursos; otras, por necesidad, debe mostrarlas el que
habla —62→ razonando, y darles eficacia en virtud del
razonamiento; donde no, ¿qué serviría la persona que habla si las cosas por sí
solas agradasen y no por sus palabras? En orden al modo de decir hay cierta
especie de doctrina, la cual regula los gestos de la pronunciación, y se ha de
aprender de la farsa y del que posea el primor173 de este arte; v. g.: qué
significa mandato, qué súplica, qué narración, qué amenaza, qué pregunta, qué
respuesta y lo que frisa con esto. Pues por la noticia o ignorancia de estos
ademanes174, ninguna tacha resulta en la poética, a lo menos que sea digna de
aprecio. Porque ¿quién se podrá persuadir a que hay falta en lo que reprende
Protágoras, que, en vez175 de suplicar, mandaba el que dijo: «Canta, diosa, el
enojo», por cuanto nota éste que el mandar hacer o no tal cosa es precepto? Así
déjese esto a un lado, como materia de otra facultad, y no de la poética.
20. Las partes de toda suerte de
habla176 son éstas: elemento177, sílaba, conjunción, nombre, verbo, artículo,
caso, palabra. Elemento es una voz indivisible, no como quiera, sino aquella de
que se puede formar pronunciación articulada, ya que también las voces de las
bestias son indivisibles, ninguna de las cuales llamo elemento. Éste se divide
en vocal, semivocal y voz muda. Vocal es la que sin adición alguna tiene voz
inteligible, cuales son el A y la O. Semivocal, la que impelida de otra se
pronuncia, cuales son la R y la S. Muda es la que con impulso ningún sonido
hace por sí, pero unida con la que lo tiene, se hace inteligible. —63→
Tales son la G y la D. Éstas difieren en la pronunciación por los
gestos178 y situaciones de la boca, por la blandura y aspereza, por ser largas
y breves; y también por el acento agudo, grave y circunflejo. De cada una de
éstas conviene instruirse por medio del arte métrica. Sílaba es una voz no
significativa, vocal o compuesta de semivocal, o muda unida con la vocal. Así,
gr sin vocal no es sílaba, y con la vocal a, v. g.: gra viene a serlo. Pero el
enseñar estas diferencias también pertenece al arte métrica. Conjunción es una
voz no significativa, que ni estorba ni hace que una voz significativa se pueda
componer de muchas voces, ya en el extremo, ya en medio de la cláusula, si no
fuese más a propósito por su calidad ponerla al principio, v. g.: A la verdad,
Por cierto, Sin duda, o será una voz no significativa compuesta de muchas
voces, capaz de unir las voces significativas. Artículo es una voz no
significativa, la cual muestra el principio o el fin, o la distinción de la
palabra; v. g.: Lo dicho, Acerca de esto, etc., o sea una voz no significativa,
que ni quita ni pone, que una voz significativa pueda componerse de muchas
voces, tanto en el extremo como en el medio. Nombre, es una voz compuesta
significativa sin tiempo, de la cual parte ninguna significa de por sí, pues
aun en los nombres formados de dos dicciones no se usa179 el que una parte
signifique separada de la otra; v. g.: en Teodoro, el doro no significa180.
Verbo es una voz compuesta significativa con tiempo, de la cual ninguna parte
significa separadamente, como se dijo del nombre. Así es que esta voz, —64→
Hombre, y estotra, Blanco, no significa el cuándo; mas éstas: Anda y
Anduvo, lo significan; la primera, el tiempo presente, y la segunda, el pasado.
El caso es del nombre y del verbo: uno es oblicuo, como Según esto o Para esto,
y los semejantes; otro recto, en singular o plural, como los Hombres, el Hombre.
El del verbo es, según las personas y modos de interrogar o mandar, pues Andaba
él y Anda tú, casos son del verbo a la manera dicha. Palabra es una voz
compuesta significativa, de cuyas partes algunas significan por sí, mas no
siempre con tiempo, porque no toda palabra se compone de nombres y verbos, como
se ve en la definición del nombre, sino que puede haber palabra sin verbo; lo
que sí tendrá siempre es alguna parte significante, v. g.: en esta Cleonte anda
el Cleonte. La palabra es una de dos maneras: o porque significa una cosa sola
o un complejo de muchas cosas; así, la Ilíada es una por el complejo, pero la
definición del nombre significa una sola cosa. Las especies del nombre son
varias: una simple (yo llamo simple la que no se compone de partes
significantes); otra es doble, y de esta cual se compone de parte significante
y de no significante, cual de partes todas significantes. Podríase también dar
nombre triplo y cuádruplo, como son muchos de los megaliotas, verbigracia:
Hermocaicoxanto181.
21. Verdad es que todo nombre o
es propio, o forastero, o metáfora, o gala, o formado de nuevo, o alargado, o
acortado, o extendido. Llamo propio aquel de que todos usan, y forastero, el
que los de otra provincia. De donde consta que un mismo —65→
nombre puede ser propio y forastero, mas no para unos mismos. Porque
Siguyno182 para los chipriotas es propio, y para nosotros extraño. Metáfora es
traslación de nombre ajeno, ya del género a la especie, ya de la especie al
género, o de una a otra especie, o bien por analogía. Pongo por ejemplo, del
género a la especie: Paróseme la nave, siendo así que tomar puerto es una
especie de pararse. De la especie al género: Más de diez mil hazañas hizo
Ulises, donde diez mil significa un número grande, de que usa Homero aquí en
vez de muchas. De una especie a otra especie: El alma le sacó con el acero; Con
duro acero cortó la vida; puso sacar y cortar recíprocamente, porque ambos a
dos verbos significan quitar algo. Traslación por analogía es cuando entre
cuatro cosas así sea la segunda con la primera como la cuarta con la tercera:
con que se podrá poner la cuarta por la segunda y la segunda por la cuarta; y a
veces, por lo que se quiere dar a entender, lo que dice respecto a cosa
diversa, v. g.: Lo que la bota es para Baco183, eso es la rodela para Marte;
dirase pues: la rodela, bota de Marte, y la bota, rodela de Baco; como también,
lo que es la tarde respecto del día, eso es la vejez respecto de la vida, con
que se podrá decir: la tarde vejez del día, y la vejez tarde de la vida; o como
dijo Empédocles: El Poniente de la vida. Y aunque hay cosas que no tienen fijo
nombre de proporción, todavía se les puede aplicar por semejanza, v. g.: el
arrojar la simiente se dice sembrar, y el rayar de la luz del sol carece de
nombre; pero lo mismo es esto respecto del sol
—66→ que la simiente respecto
del sembrador. Por eso se dijo: Sembrando la luz divinamente hecha. De otra
manera se puede usar de esta especie de metáfora, tomando lo ajeno y añadiendo
algo de lo propio, como si uno llamase a la rodela bota de Marte, sí, pero sin
vino. Formado nuevamente será el nombre que nadie ha usado jamás y lo finge de
suyo el poeta; que varios, al parecer, son tales, como el llamar ramas a los
cuernos del ciervo y suplicador al sacerdote. El alargado es cuando la vocal
breve se hace larga, o se le interpone184 una sílaba. El acortado, cuando se le
cercena algo de lo suyo o de lo interpuesto. Ejemplo del primero es de la cidá,
por de la ciudad; y Pelideano, hijo de Peleo, por Pelides. Del segundo, dizque,
por dicen que, y en casdé185, por en casa de; y lo del otro: Una es de ambos la
mira, por mirada; como también si de dos vocales se hace una; v. g.: ves por
vees. Extendido es cuando parte se deja y parte se añade; v. g.: contra el
pecho derechísimo, por derecho. Los nombres se dividen en masculinos, femeninos
y medios o neutros. Los masculinos acaban todos en N, en R o en una de estas
dos letras dobles: Ps, Cs mudas. Los femeninos, que también son de tres
maneras, acaban siempre en vocales largas, a saber, en E y O, o vocal que se
pueda alargar, como la A, de suerte que tantas terminaciones vienen a tener los
masculinos como los femeninos. Porque las terminaciones en Ps y Cs entrambas
acaban en S. Pues no hay siquiera un solo nombre cuya terminación sea en
consonante ni en vocal breve. Los acabados en I son tan solamente tres, —67→
es a saber éstos: Meli, Commi, Peperi; los en Y estos cinco: poy, napy,
gony, dory, asty. Los neutros o medios ya se sabe que han de acabar en I y en
V, como también en N y S.
22. La perfección del estilo es
que sea claro y no bajo. El que se compone de palabras comunes es sin duda
clarísimo, pero bajo. Buen ejemplo pueden ser las poesías de Cleofonte y
Estenelo. Será noble y superior al vulgar el que usa de palabras extrañas. Por
extrañas entiendo el dialecto, la metáfora, la prolongación y cualquiera que no
sea ordinaria. Pero si uno pone juntas todas estas cosas, saldrá un enigma o un
barbarismo. Si todas son metáforas, será enigma; si todas dialectos, parará en
barbarismo, puesto que la formación del enigma consiste en unir hablando cosas
existentes, al parecer incompatibles; por la junta de nombres es imposible
hacer esto, mas con metáforas es bien fácil; como el otro que dijo186: He visto
un hombre que con cobre pagaba fuego sobre otro hombre, y semejantes acertijos.
De la confusión de los dialectos187 procede el barbarismo. Por lo cual se han
de usar188 con discreción en el discurso. Así que la variedad del dialecto, la
metáfora y el adorno y las demás figuras referidas harán que el estilo no sea
plebeyo ni bajo, y lo castizo de las palabras servirá para la claridad. Ni es
poco lo que contribuyen a que sea claro y no vulgar el estilo las
prolongaciones y abreviaciones y extensiones de los nombres; pues en cuanto
tienen diversa forma de la común, por ser fuera de lo usado, harán que no
parezca vulgar, y en cuanto guardan parte
—68→ de lo usado, conservarán la
claridad. Por donde sin razón se burlan los que censuran esta manera de estilo
y hacen mofa del poeta189; de los cuales es uno Euclides el viejo; como si
fuese cosa muy fácil el versificar, una vez que se permita el alargar190 las
sílabas cuanto se quiera, haciendo de yambos espondeos, conforme lo pide el
verso, y traen, por ejemplo, éste: A Heticaris he visto a Maratona yendo191, y
estotro: Y si aun su heléboro no ha nacido. Sea norabuena cosa ridícula el
hacer gala de usar a su antojo de esta licencia. La moderación es necesaria
igualmente en todas las figuras; pues quienquiera que usare las metáforas, y
los dialectos, y los demás adornos sin juicio y con afectación, caerá,
efectivamente, del mismo modo en varias ridiculeces. Mas cuánto valga el
decente atavío en los versos, conocerase por esto: mude uno los nombres
figurados moderadamente por razón del dialecto, de las metáforas y de las demás
bellezas, en los nombres ordinarios, y verá ser verdad lo que decimos. Por
ejemplo: haciendo un mismo verso yámbico Esquilo y Eurípides, mudando éste una
sola palabra por la común usada, en frase nueva, ya su verso es elegante; y el
de aquél frío192, porque dijo Esquilo en el Filoctetes: Gangrena de mi pie come
lo momio, y Eurípides, en lugar de Come puso Se regala. Y si por el verso de
Homero193, ¡Un apocado a mí, cenceño y zopo!, sustituyere otro así de frases
comunes: ¡A mí, siendo pequeño, vil y feo! Y por éste: El coche malparado, y
parca mesa, este otro: Una calesa mala, y corta mesa; y en lugar de
aquello, —69→ Las riberas vocean, diga: Las riberas
claman. Asimismo Arifrades befaba los poetas trágicos, porque usan modos de
hablar que ninguna usaría en la conversación; como De las casas fuera, y no,
Fuera de las casas; Detigo, por De ti194; Aquese, por ese, y De Aquiles
respecto, y no Respecto de Aquiles; y tantos otros términos semejantes. Mas no
tiene razón, porque todas estas cosas, por no usarse comúnmente, hacen que el
estilo no sea vulgar, y Arifrades no quería entenderlo. Por tanto, es cosa
grande sin disputa el usar de cualquiera de estas cosas oportunamente; pero
grandísima el ser metafórico, porque sólo esto es lo que se puede practicar sin
tomarlo de otro, y es indicio de buen ingenio; pues aplicar bien las metáforas
es indagar qué cosas son entre sí semejantes. De los nombres, los compuestos
cuadran mejor a las canciones, así como los varios dialectos a los poemas
heroicos, y las metáforas a los yámbicos; y si bien todas las cosas dichas son
de apreciar en los heroicos, todavía en los yámbicos, por cuanto imitan todo lo
posible el estilo familiar, son más conformes aquellos nombres que no desdirían
en las conversaciones. Tales son los que acompañan la propiedad con la metáfora
y ornato. En fin, acerca de la tragedia, y lo195 que también conviene a la
comedia, bástenos lo dicho.
—70→ —71→
ArribaAbajoCapítulo IV
—72→ —73→
1. Por lo tocante a la facultad
narratoria, y que hace su imitación sólo en verso, es cosa manifiesta que se
han de componer las fábulas como las representaciones dramáticas en las
tragedias, dirigiéndose a una acción total y perfecta que tenga principio,
medio y fin, para que, al modo de un viviente sin mengua ni sobra, deleite con
su natural belleza, y no sea semejante a las historias ordinarias, donde
necesariamente se da cuenta, no de un hecho, sino de un tiempo determinado,
refiriéndose a él cuantas cosas entonces sucedieron a uno, o a muchos, sin otra
conexión entre sí más de la que les deparó la fortuna. Pues como al mismo
tiempo196 se dio la batalla naval delante de Salamina, que fue la pelea de los
cartagineses en Sicilia, sin tener relación con un mismo fin, así también, en
tiempos diversos, a veces una cosa se hace tras otra, sin que de las dos, en
fin, sea uno mismo. Mas casi todos los poetas imitan en esto a los
historiadores, al contrario de Homero, como habemos dicho; que aun por eso
muestra un no sé qué de divino en comparación de los demás en no haber abarcado
toda la guerra troyana, bien que tuviese su principio y fin, —74→
considerando que sería excesivamente grande y menos comprensible; o si
no excedía en la grandeza, saldría muy enmarañada con tanto cúmulo de cosas.
Así que tomando por asunto una parte197, mete muchas de las demás en los
episodios; como la revista de las naves y otras digresiones con que variamente
teje su poema. Pero los otros forman los suyos sobre una persona, sobre un
tiempo o sobre una acción de muchos cabos; v. g.: Las Victorias de Venus, la
pequeña Ilíada. De ahí es que la Ilíada y Odisea, cada una de por sí, da
materia para una tragedia sola, o a lo más para dos; mas de Las Victorias de
Venus198 se han compuesto muchas y de la pequeña199 Ilíada más de ocho, como200
La sentencia de las armas, Filoctetes, Neoptolemo, Euripilo, El Medicante, la
Helena201, El Incendio de Troya, El Retorno de las Naves, el Sinón y Las
Troyanas.
2. Además de esto, la epopeya
debe tener las mismas calidades que la tragedia (debiendo ser o sencilla, o
complicada202, o moral, o lastimosa), y también las partes mismas, fuera de la
melodía y perspectiva; puesto que ha de haber en ella revoluciones, reconocimientos
y perturbaciones; y asimismo las sentencias y el estilo han de ser brillantes.
Todo lo cual ha observado Homero el primero, y siempre como conviene; porque de
tal arte compuso cada uno de sus poemas, que la Iliada es sencilla y afectuosa;
la Odisea, complicada, reinando en toda ella el reconocimiento203 y la
distinción de los caracteres. Pues ya en el estilo y en el modo de pensar es
infinitamente superior a todos.
—75→
3. Sin embargo, la epopeya es
diferente por la longitud del contexto y por el metro. El término conveniente
de la longitud ya está insinuado; de suerte que pueda uno hacerse cargo al
mismo tiempo del principio y del fin; y esto se logrará si las composiciones
fueren menos prolijas que las de los antiguos, y equivalentes a muchas
tragedias propuestas204 a la censura de un auditorio crítico. Es así que la
epopeya tiene mucho a su favor, para poder alargarse más; por cuanto en la
tragedia no es posible imitar muchas cosas hechas a un tiempo, sino solamente
aquella parte que requieren la escena y los representantes. Mas en la epopeya,
por ser mera narración, cabe muy bien el unir en verso muchas partes con sus
cabos, por las cuales, siendo propias, crecerá la estructura del poema. De
manera que tiene esta prerrogativa para ser más grandiosa y divertir al oyente,
y variar los episodios; puesto que la uniformidad, saciando presto, es causa de
que las tragedias desagraden.
4. En orden al verso, el heroico
es el que mejor ha probado por la experiencia205, pues si uno quisiese hacer la
imitación narratoria en cualquier otro verso o en varios, parecería, sin duda,
disonante; cuando, al contrario, el heroico es el más pausado y grave de los
metros; y aun por eso recibe mejor que ninguno dialectos y metáforas; al paso
que la ligereza de los otros es impropia para la narrativa, siendo así que el
yámbico206 y el tetrámetro son naturalmente ligeros; este saltarín, y aquél
activo. Todavía fuera cosa más absurda el mezclarlos todos a ejemplo de
Kerémon207. Por —76→ tanto, nadie ha hecho composición larga en
otro metro fuera del heroico, y es que la naturaleza misma enseña a discernir
lo conveniente.
5. Entre todos, Homero merece ser
alabado, así por otras muchas cosas, como principalmente porque sólo él sabe lo
que corresponde a su oficio; pues el poeta debe hablar lo menos que pueda en
persona propia, no siendo en eso imitador. Al revés, los demás se empeñan
continuamente en decir sus razones, imitando pocas cosas y raras veces. Mas
éste, haciendo la salva en pocas palabras, introduce inmediatamente a un
hombre, o a una mujer, o a otro sujeto208, y ninguno sin divisa, sino revestido
de su propio carácter.
6. A209 la verdad, en las
tragedias es menester emplear lo maravilloso; pero mucho mayor proporción tiene
para eso la epopeya; la causa es porque no se ve con los ojos la persona
operante. Por cierto, si se representara en el teatro la carrera de Aquiles
persiguiendo a Héctor, parecería bien ridícula, mirando a tantos soldados210
quedos sin moverse, y a él que les hace señas que nadie le siga; mas en los
versos se disimula más fácilmente, y lo maravilloso deleita; de lo cual es buen
indicio que los que se ponen a contar cuentos prometen esto a fin de ganar las
voluntades.
7. Homero es211 también el que
con arte ha enseñado a los demás a contar fábulas con visos de verdad, lo que
viene a ser paralogismo, creyendo vulgarmente los hombres que, dada o hecha
esta cosa, resulta ordinariamente esa otra; y si la última existe, también
debió existir o hacerse la primera;
—77→ y esto engaña, por cuanto
cabe que la primera sea falsa, ni es tampoco absolutamente necesario que por
existir ésta se haga o se siga esotra, o al revés: dado que nuestra mente,
conociendo ser cierta esotra, infiere falsamente que también la primera212 lo
es. En todo caso, más vale elegir cosas naturalmente imposibles, con tal que
parezcan verosímiles, que no las posibles, si parecen increíbles. Ni menos se
han de componer las fábulas de partes chocantes a la razón; antes se ha de
poner grandísimo cuidado en que ninguna sea tal; y a no poder más, supóngase
fuera de la representación, como el no haber sabido Edipo de qué manera fue la
muerte de Layo, y nunca dentro del acto; como en la Electra las nuevas de los
juegos pitios, o en los Misios el Mudo que viene de Tegea a Misia. Por lo
demás, el decir que de otra suerte no tendría lugar la fábula, es cosa de risa,
porque primeramente no hay necesidad de valerse de tales fábulas, y cuando sean
admitidas, se ha de disimular el absurdo del modo más razonable, ya que las
cosas inverosímiles, como aun en la Odisea el desembarco213, claramente se
vería no ser tolerables, si un mal poeta las refiriese. Mas en nuestro caso, el
poeta, sazonando la narración con otros primores, logra encubrir el absurdo.
Finalmente se ha de atender a la variedad214 del estilo en los lugares
estériles, y no en los patéticos y sentenciosos; puesto que al trocado el
estilo demasiadamente brillante oscurece los afectos y las sentencias.
—78→ —79→
ArribaAbajoCapítulo V
—80→ —81→
1. Viniendo a las objeciones que
se hacen y a las soluciones que se dan, se verá claramente de cuántas y cuáles
especies sean, por las reflexiones siguientes: Siendo el poeta imitador a
manera o de pintor o de cualquier otro autor de retratos, ha de imitar por
precisión una de estas tres cosas, a saber: cuáles fueron o son los originales;
cuáles se dice y piensa que hayan sido, o cuáles debieran ser. Y estas cosas
las expresa con su habla o también con dialectos y metáforas. En el mismo modo
de hablar las diferencias215 son muchas, ya que a los poetas concedemos esta
licencia. Es de advertir también que no es una misma la norma de la poética que
la de la política, y de otro cualquier arte que sea. En la poética, considerada
por sí sola, se puede pecar de dos maneras: una en la sustancia, otra en algún
accidente. Si eligiese imitar lo que no es imitable, pecaría en la sustancia;
mas tomando al sesgo216 la cosa, será error accidental, como pintar un
caballo217 que mueve a un tiempo los dos pies derechos. Asimismo es accidental
el yerro cometido contra cualquier arte; v. g.: la Medicina, u otra, o si se
fingen cosas imposibles. Estos defectos,
—82→ pues, cualesquiera que
sean, no tocan en la sustancia.
2. De donde reflexionando se ha
de satisfacer a las objeciones en que se achacan faltas. Porque primeramente,
si se han fingido cosas imposibles para imitarlas según arte, se habrá errado;
pero será con acierto, si el arte hubiere logrado su fin (cuál es el fin ya
está dicho), puesto que así haga más estupendo el asunto en todo o en parte;
por ejemplo: la carrera218 tras Héctor. Que si el fin se pudiese conseguir poco
más o menos sin eso conforme a las reglas del arte, no será excusable la culpa,
porque se debe, si cabe, de todas maneras evitar219 el yerro. Todavía éste es
menos perdonable cuando se comete contra las reglas del arte, que no por otro
accidente, pues menos reprensible sería el pintor en ignorar que la cierva no
tiene cuernos, que no en sacar mal su retrato.
3. Fuera de esto, si es tachado
el poeta de que no es así lo que cuenta, responderá: mas así debe ser; a
ejemplo de Sófocles, que decía pintar él las personas cuales deben ser, y
Eurípides, cuales son. Y si eso no alcanza, responder que así lo dicen; ni hay
otra respuesta en las cosas de los dioses. Tal vez no bastará decir: Así está
mejor, ni Es cierto, ni tampoco, Así lo dicen, sino La fortuna lo quiso así,
como solía Xenófanes, por ventura confesando no ser lo mejor, pero que así se
usaba, según aquello de las armas: Y las lanzas plantadas220 en el suelo,
porque así lo estilaban entonces, como hasta el día de hoy los ilirios. Ahora,
para saber si lo que Fulano dijo o hizo está bien o mal dicho, o hecho, —83→
no basta mirar sólo al dicho o al hecho, si es bueno o es malo; sino que
también se ha de considerar quién lo dice o lo hace, y a quién y cuándo, y en
qué forma, y por qué causa; v. g.: si es por amor de mayor bien el hacerlo o
por temor de mayor mal el no hacerlo.
4. Lo que se opone contra las
palabras, se ha de refutar distinguiendo, como si es dialecto, v. g.: Primero
hirió las bestias221; pues quizá no quiere decir los mulos, sino los veladores;
y en lo de Dolon, Era sí de mal talle222 mas ligero, no significa el cuerpo
contrahecho, sino el rostro feo, porque los cretenses llaman de buen parecer al
de rostro hermoso; y también aquello: Echa del más fino, no entiende vino puro
y sin mezcla, sino Hazlo presto. A veces se habla por metáfora, como Toda la
noche en sueño sepultados los otros dioses y hombres estuvieron, donde toda se
pone por mucha parte de la noche, siendo el todo una especie de mucho. Asimismo
es metáfora: Mirando en el ejército troyano; A la voz del clarín y de la
trompa; De hombres el rimbombo. Y hablando de la estrella del Norte: La cual
sola no baña el océano, porque aunque otras tampoco se ponen, ésta es la más
conocida. Varíanse también las palabras por la distinción del acento. De esta
suerte, Hipias el Tasio interpretaba223 lo del sueño Darle, y no Dámosle; y lo
del palo seco: El cual no está podrido por la lluvia; en lugar de la
significación contraria: Do cierto está podrido por la lluvia. También por la
diversa puntuación, como en aquellos versos de Empédocles224:
—84→
Hiciéronse mortales
Las cosas que antes eran
inmortales;
Mezcladas antes, luego separadas,
Mudaron de moradas.
Hay también palabras ambiguas,
por ejemplo: Ya lo más de la noche era pasado; el más es ambiguo, y entiéndese
Lo más de dos partes, y no Más de las dos partes. Igualmente se ha de atender
al uso de las palabras. Así dicen mezclar225 el vino por echarlo, aunque sea
puro. De aquí es también el decir: Botín de estaño, arnés flamante y nuevo, y
broncistas a los que trabajaban el hierro. De donde se dijo también Ganimedes a
Júpiter servir copa de vino; no bebiendo vino los dioses, sino néctar, si bien
esto se puede explicar por metáfora226.
5. Pero cuando el nombre, al
parecer, significa alguna contrariedad, es menester examinar cuantos
significados admite lo que se dice, como Allí el dardo acerado se detuvo227,
por ser embarazado del escudo. Esto que decimos de los muchos significados tiene
lugar en cierto modo dondequiera; mayormente contra los que se figuran las
cosas al revés de lo que significan, porque hay algunos, como dice Glaucon,
preocupados sin razón, que, después de haber condenado al poeta, se ponen a
discurrir y tachar, y como si hubiese dicho lo que se les antoja, le dan por
culpado, si les parece contrario a sus preocupaciones. Esta suerte han padecido
las cosas atribuidas a Icario; por cuanto los censores haciéndole lacedemonio,
sin más ni más deciden ser despropósito que Telémaco228 no encontrase con él
viniendo a Lacedemonia. Pero quizá es más cierto lo que dicen los cefalenos
que —85→ Ulises se casó en su tierra. Pues la
objeción de que su nombre es Icadio, y no Icario, lejos de ser fundada, a mi
ver, es error manifiesto.
6. En suma, lo que se dice
imposible se ha de sanear alegando ser conforme a poesía, o mejor, o según el
común sentir. Y cierto que por respeto a la poesía conviene antes escoger un
asunto, aunque parezca imposible, si es creíble, que otro posible, no siendo
creíble; que tales han de ser los retratos cuales los pintaba Zeuxis229,
siempre atento a lo más perfecto, pues lo que se pone por ejemplar es preciso
que sea excelentísimo en su línea. Si se dice que son cosas contra razón230,
responder del mismo modo, y aun tal vez negarlo absolutamente; porque también
es verosímil que sucedan cosas contra toda verosimilitud. Las que se arguyen de
contradicción se han de valuar al contraste de la lógica; v. g.: si es lo
mismo, según lo mismo, y del mismo modo; o si es una misma persona, si hace
relación a las cosas que dice ella misma, o a las que un hombre cuerdo supone
por ciertas. Entonces sí que será justa la censura231, cuando sin necesidad
alguna el poeta fingiere irracionalmente cosas mal parecidas o mal hechas, como
Eurípides del Egeo232 en la Medea, y de Menelao en Orestes. En fin, las
objeciones que se hacen a los poetas son de cinco especies: que dicen cosas
imposibles, o irracionales, o ajenas233 del asunto, o contradictorias, o no
conformes al arte. Las soluciones se han de tomar de las excepciones, que en
todas son doce234.
—86→ —87→
ArribaCapítulo VI
—88→ —89→
1. Ahora se podría con razón
dudar cuál es mejor: la imitación de la epopeya o la que hace la tragedia. Que
si la menos mecánica235 es la mejor, y por lo mismo pide236 espectadores más
inteligentes, claro está que la que todo lo remeda es bien mecánica. Por eso
los representantes237, como que nada entienden los mirones si no se lo hacen
palpable, se mueven de mil maneras a modo de los malos flauteros, que cuando
tocan la tonada del disco238, se bambolean, y cuando la de la Escila, se
agarran del corifeo. Por cierto, la tragedia es tal, y es así que aun los
farsantes antiguos han hecho este juicio de los nuevos; pues Menisco llamaba
mono a Calipedes, viéndole tan extremado en los gestos y meneos; igual concepto
se tenía de Píndaro239, y como éstos son mirados respecto de los otros, así es
reputada toda su arte respecto de la epopeya. Ésta, por el contrario, dicen, se
hizo para espectadores razonables, por lo cual no echan menos figuras extrañas.
Mas la tragedia es para gente insensata; luego siendo, como es, tan mecánica,
habrá de ser peor sin rastro de duda.
—90→
2. A esto, sin embargo, se
responde lo primero que la tacha no es de la poética, sino de la farsa; ya que
aun en la epopeya se puede abusar de las gesticulaciones, recitando los versos
como lo hacía Sosistrato, y cantándolos como Mnasiteo el Opunteño. Lo segundo,
no todo movimiento se ha de reprobar, pues que ni la danza se reprueba, sino el
de los figureros; lo cual se culpaba en Calipedes, y hoy en día en otro, que
parecen remedar a las malas mujeres. Lo tercero, la tragedia sin movimiento
chico ni grande puede hacer también su oficio como la epopeya, siendo así que
con sola la lectura muestra qué tal es; conque si por lo demás es mejor, por
esotro que no ha menester ciertamente, no pierde nada.
3. Fuera de que tiene todo lo que
la epopeya (pues admite igualmente el metro), y además de eso tiene una parte
propia suya bien considerable: la música y la perspectiva, por cuyo medio los
sentidos evidentísimamente perciben los deleites. Añádese que pone las cosas
delante de los ojos no sólo por la lectura, sino también por la240
representación de los hechos. Sobre todo, el fin de la imitación se logra en
ella más presto; porque reducido a tiempo más241 corto, deleita mucho más que
si se dilata por largo espacio. Pongo por ejemplo: si uno extendiese el Edipo
de Sófocles en tantos versos cuantos contiene la Ilíada.
4. Dejo aparte que la imitación
de los poetas épicos, cualquiera que sea, nunca es tan una como la trágica. La
prueba es que de cualquier poema épico se hacen muchas tragedias. Lo cual es
tanta —91→ verdad, que si tratan242 de componer una
sola fábula, por necesidad, o queriendo abreviarla, la sacan manca; o dejándose
llevar de la copia de versos, queda lánguida243; que si amontonan muchas, es
decir, una compuesta de muchas acciones, ya no es una; como sea que la Ilíada y
Odisea tienen muchas partes244 de este género, que por sí solas tienen
suficiente grandeza; no obstante que los dichos poemas están compuestos, cuanto
cabe, perfectísimamente, y son sin comparación, más que otro ninguno, imitación
de una acción sola. Luego si la tragedia se aventaja en todas estas cosas, y
todavía más en el efecto propio del arte (supuesto que se ordenan ambas a
causar no una recreación caprichosa, sino la que va dicha), habrá de ser mejor
que la epopeya, como quien toca su fin más pronta y derechamente.
5. En conclusión, acerca de la
tragedia y de la epopeya, tanto de ellas como de sus especies y de sus partes,
cuántas son y en qué se diferencian, y cuáles son las causas de lo bien o mal
hecho, y asimismo de las objeciones y soluciones, no tengo245 más que decir.
FIN DE LA
«POÉTICA»


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