© Libro N° 12038.
El Arte De Ser Feliz.
Schopenhauer, Arthur. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Arte De Ser Feliz. Arthur Schopenhauer
Versión Original: © El Arte De Ser Feliz. Arthur Schopenhauer
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.elejandria.com/libro/descargar/el-arte-de-ser-feliz/schopenhauer-arthur/771/1011
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://cdn.pixabay.com/photo/2017/10/30/13/33/autumn-2902526_1280.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://cdn.pruebat.org/recursos/recursos/libros/portadas/El-arte-de-ser-feliz.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arthur Schopenhauer
El Arte
De Ser Feliz
Arthur
Schopenhauer
La
sabiduría de la vida como doctrina bien podría ser sinónima de la eudemónica.
Debería enseñar a vivir lo más felizmente posible y, en concreto, resolver esta
tarea aún bajo dos restricciones: a saber, sin una mentalidad estoica y sin
tener un aire de maquiavelismo. La primera, el camino de la renuncia y
austeridad no es adecuado, porque la ciencia está calculada para el hombre
normal y éste está demasiado cargado de voluntad (vulgo sensualidad) como para
querer buscar la felicidad por este camino: la última, el maquiavelismo, es
decir, la máxima de alcanzar la felicidad a costa de la felicidad de todos los
demás, no es adecuada porque en el hombre corriente no se puede presuponer la
inteligencia necesaria para ello.
El ámbito
de la eudemonía se situaría, por tanto, entre el del estoicismo y el del
maquiavelismo, considerando ambos extremos como caminos aunque más breves a la
finalidad, pero sin embargo vedados a ella. Enseña cómo se puede ser lo más
feliz posible sin mayores renuncias ni necesidad de vencerse a sí mismo y sin
estimar a los otros directamente como simples medios para los propios fines.
A la
cabeza estaría la frase de que una felicidad positiva y perfecta es imposible;
y que sólo se puede esperar un estado comparativamente menos doloroso. Sin
embargo, haber comprendido esto puede contribuir mucho a que seamos partícipes
del bienestar que la vida admite. Además, que incluso los medios para ello sólo
están muy parcialmente en nuestro poder: τὰ μὲν ἐφ’ἡμῖν [lo que está en nuestro
poder].
A
continuación se dividiría en dos partes:
1. Reglas para nuestra conducta hacia nosotros
mismos.
2. Para nuestra conducta hacia otras personas.
Antes de
hacer esta división en dos partes, aún habría que definir con mayor precisión
la finalidad, o sea considerar en qué consistiría la felicidad humana designada
como posible y qué sería esencial para ella.
En primer
lugar: alegría del ánimo, εὐκολία, temperamento feliz. Éste determina la
capacidad para el sufrimiento y la alegría.
Lo más
próximo a él, la salud del cuerpo, que está en una precisa relación con aquél,
para el que es la condición casi inevitable.
Tercero,
tranquilidad del espíritu. Πολλῷ τὸ φρονεῖν εὐδαιμονίας πρῶτον ὑπάρχει [«Ser
cuerdo es la parte principal de la felicidad», Sófocles, Antígona, 1347-48)].
’Eν τῷ φρονεῖν γὰρ μηδὲν ἥδιστος βίος [«La vida más grata está en la
inconsciencia», Sófocles, Áyax, 550 (554)].
Cuarto,
bienes externos: en una medida muy reducida. La división
establecida
por Epicuro en:
1. bienes naturales y necesarios,
2. naturales y no necesarios,
3. ni naturales ni necesarios.
En las
dos partes arriba indicadas sólo se debería enseñar cómo se alcanza todo esto:
(Lo mejor lo hace la naturaleza en todas partes: pero en aquello que depende de
nosotros). Esto se haría por medio del establecimiento de reglas para la vida:
pero éstas no deberían sucederse pêle mêle, sino puestas bajo rúbricas, de las
que cada una tendría a su vez sus subdivisiones. Esto es difícil y no conozco
ningún trabajo previo al respecto. Por eso, lo mejor es apuntar las reglas de
esta clase primero tal como se nos ocurran y rubricarlas después y
subordinarlas unas a otras.
Como
ensayo:
Regla
número 1
<Todos
hemos nacido en Arcadia, es decir, entramos en el mundo llenos de aspiraciones
a la felicidad y al goce y conservamos la insensata esperanza de realizarlas,
hasta que el destino nos atrapa rudamente y nos muestra que nada es nuestro,
sino que todo es suyo, puesto que no sólo tiene un derecho indiscutible sobre
todas nuestras posesiones, sino además sobre los brazos y las piernas, los ojos
y las orejas, hasta sobre la nariz en medio de la cara. Luego viene la
experiencia y nos enseña que la felicidad y el goce son puras quimeras que nos
muestran una ilusión en las lejanías, mientras que el sufrimiento y el dolor
son reales, que se manifiestan a sí mismos inmediatamente sin necesitar la
ilusión y la esperanza. Si esta enseñanza trae frutos, entonces cesamos de
buscar felicidad y goce y sólo procuramos escapar en lo posible al dolor y al
sufrimiento. Oὑ τὸ ἡδύ, ἀλλὰ τὸ ἄλυπον διώκει ὁ φρόνιμος [«El prudente no
aspira al placer, sino a la ausencia de dolor», Aristóteles, Ética a Nicómaco,
VII, 11, 1125b 15]. Reconocemos que lo mejor que se puede encontrar en el mundo
es un presente indoloro, tranquilo y soportable: si lo alcanzamos, sabemos
apreciarlo y nos guardamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de
alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones cara a un futuro siempre
incierto que, por mucho que luchemos, no deja de estar en manos del
destino.> Acerca de ello: ¿por qué habría de ser necio procurar en todo
momento que se disfrute en lo posible del presente como lo único seguro, puesto
que toda la vida no es más que un trozo algo más largo del presente y como tal
totalmente pasajera? Acerca de ello número 14.
Regla
número 2
Evitar la
envidia: numquam felix eris, dum te torquebit felicior [«Nunca serás feliz si
te atormenta que algún otro es más feliz que tú», Séneca, De ira, III, 30, 3].
Cum cogitaveris quot te antecedant, respice quot sequantur [«Cuando piensas
cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen», Séneca, Epistulae ad
Lucilium, 15, 10]. Véase número 27.
<No
hay nada más implacable y cruel que la envidia: y sin embargo, ¡nos esforzamos
incesante y principalmente en suscitar envidia!>
Regla
número 3
Carácter
adquirido (página 436 de la obra)
Al lado
del carácter inteligible y del empírico, hay que mencionar otro que es
diferente de estos dos, el carácter adquirido, al que sólo se consigue en la
vida a través del ejercicio en el mundo, y del que se habla cuando se elogia a
alguien como hombre con carácter o cuando se critica a alguien por su falta de
carácter. Se podría pensar que el carácter empírico, en tanto manifestación del
inteligible, por ser invariable y, como todo fenómeno natural, consecuente en
sí mismo, también en el ser humano debería mostrarse siempre igual a sí mismo y
consecuente, y que no sería necesario que se adquiera artificialmente un
carácter por medio de la experiencia y la reflexión. Pero no es así, y aunque
siempre somos la misma persona, no siempre nos comprendemos a nosotros mismos
en todo momento, sino que nos equivocamos con respecto a nosotros mismos hasta
que hemos alcanzado en cierto grado el verdadero conocimiento de nosotros
mismos. Siendo un mero impulso natural, el carácter empírico es en sí mismo
irracional; es más, sus manifestaciones encima las perturba la razón, y lo hace
tanto más cuanto mayor sea la sensatez y fuerza de pensamiento que posea una
persona. Porque éstas siempre le muestran lo que le corresponde al ser humano
en general en tanto carácter de toda la especie y lo que son las posibilidades
de éste a partir de su volición y sus esfuerzos. Debido a este hecho le resulta
más difícil comprender lo que él mismo, conforme a su individualidad, quiere y
puede dentro de todo el conjunto de posibilidades. Dentro de sí mismo encuentra
las predisposiciones para los más diversos esfuerzos y aspiraciones; pero sin
experiencia no llega a ver con claridad el grado en que los mismos se
encuentran en su individualidad; y aunque se decidiera sólo por las tendencias que
son adecuadas a su carácter, no deja de sentir, especialmente en determinados
momentos y estados de ánimos, el estímulo para otras totalmente opuestas e
irreconciliables con aquéllas, a las que habrá que reprimir del todo si quiere
dedicarse a las primeras sin sentirse perturbado. Porque así como nuestro
camino físico sobre la Tierra siempre es tan sólo una línea y no una
superficie, si queremos asir y
poseer
una cosa, debemos dejar a diestra y siniestra incontables otras cosas y
renunciar a ellas. Cuando no podemos decidirnos a hacerlo, sino que nos
sentimos tentados de asir con las manos todo lo que nos apetece al pasar por
delante, como los niños en las ferias; entonces se trata de la tendencia
errónea de querer extender la línea de nuestra vida a una superficie, pues
caminamos en zigzag, deambulamos sin rumbo como fuegos fatuos y no alcanzamos
propósito alguno. O, para usar otra parábola, según la doctrina del derecho de
Hobbes, en un origen todos tienen derecho a todas las cosas pero a ninguna en
exclusividad, pero cada uno puede, sin embargo, obtener un derecho exclusivo a
cosas singulares cuando renuncia a su derecho a todas las demás cosas, al tiempo
que los otros hacen lo mismo con respecto a lo que cada uno ha elegido como
suyo; justamente así ocurre en la vida, donde sólo podemos alcanzar con
seriedad y fortuna un único propósito, trátese del placer, del honor, la
riqueza, la ciencia, el arte o la virtud, si abandonamos todas las exigencias
que le son ajenas, si renunciamos a todo lo demás. Por eso el mero querer, y
también poder, por sí mismos aún no bastan, sino que un hombre también debe
saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer. Sólo así dará pruebas de
su carácter, y sólo entonces puede realizar algo con logro. Antes de haber
llegado a ese extremo, con indiferencia de las consecuencias naturales de su
carácter empírico, de hecho no tiene carácter y aunque en conjunto debe ser fiel
a sí mismo y recorrer su camino, es arrastrado por su demonio. Así, no seguirá
una trayectoria perfectamente recta, sino una línea temblorosa y desigual,
vacilará, se desviará, volverá atrás, se causará a sí mismo arrepentimientos y
dolor. Todo esto le pasa porque en las cosas grandes y pequeñas tiene ante los
ojos todo cuanto es posible y alcanzable al ser humano, pero sin saber cuál de
todas esas opciones es para él la única apropiada y realizable e incluso la
única que puede disfrutar. Por eso envidiará a más de uno por su situación y
circunstancias, cuando éstas sólo son apropiadas para el carácter de esos otros
y no para el suyo, y en las que se sentiría infeliz y ni siquiera las
soportaría. Pues tal como el pez sólo se siente bien en el agua, el pájaro en
el aire y el topo debajo de la tierra, así todo ser humano sólo se siente bien
en el ambiente que le es apropiado; por ejemplo, el aire de la corte no es
respirable para cualquiera. Por carecer de la comprensión suficiente de todo
ello, algunos fracasarán en diversos intentos, en ciertos aspectos forzarán su
carácter propio sin poder dejar de serle fiel en conjunto; y lo que alcanzan
así con muchos esfuerzos contra su naturaleza no les dará placer alguno; lo que
aprenden de este modo permanecerá inerte, e incluso desde el punto de vista
ético, una acción demasiado noble para su carácter, surgida no de un impulso
puro e inmediato, sino a partir de un concepto o dogma, perderá todo su mérito
también a sus propios ojos por el arrepentimiento egoísta que sentirá después.
Velle non discitur [«El querer no se puede aprender», Séneca, Epistulae ad
Lucilium, 81, 14]. Sólo la
experiencia
nos enseña cuán inquebrantable es el carácter ajeno, y antes de aprenderlo
creemos puerilmente que nuestros argumentos razonables, nuestros ruegos y
súplicas, nuestro ejemplo y nuestra generosidad pueden llevar a alguien a
abandonar su manera de ser, cambiar su forma de actuar, distanciarse de su modo
de pensar o incluso ampliar sus capacidades; y lo mismo nos ocurre con nosotros
mismos. Debemos aprender a partir de la experiencia qué es lo que queremos y de
qué somos capaces. Anteriormente no lo sabemos, carecemos de carácter y a
menudo debemos sufrir duros golpes que, desde fuera, nos fuerzan a volver a
nuestro propio camino. Pero cuando finalmente lo hemos aprendido, entonces
hemos conseguido lo que la gente llama carácter, es decir, el carácter
adquirido. Según lo dicho no es otra cosa que un conocimiento lo más completo
posible de la propia individualidad: es el conocimiento abstracto y por tanto
preciso de las propiedades inamovibles del propio carácter empírico y de la
medida y la tendencia de las propias capacidades mentales y físicas, o sea, del
conjunto de capacidades y deficiencias de la propia individualidad. Esto nos
pone en condiciones de desarrollar entonces de manera serena y metódica el
papel que desempeña la propia persona. Ésta, en sí misma, era invariable y
antes la hemos dejado crecer de manera natural sin regla, pero, siguiendo
conceptos firmes, podemos llenar las lagunas que el capricho o las flaquezas
han causado en ella. Nuestra manera de actuar, de por sí ineludible a causa de
nuestra naturaleza individual, ahora la hemos orientado según principios
claramente conscientes a los que tenemos siempre presentes, de modo que la
desenvolvemos tan pensadamente como si la hubiésemos aprendido, sin dejarnos
confundir por la influencia pasajera de un estado de ánimo o la impresión del
momento, sin sentirnos inhibidos por la amargura o la dulzura de un hecho
singular que encontramos en nuestro camino, sin titubeos, vacilaciones ni
gestos inconsecuentes. Ya no actuaremos como principiantes que ponderan,
intentan, tantean, para ver lo que realmente quieren o pueden hacer; sino que
lo sabemos de una vez por todas, de modo que, en cualquier elección, sólo hemos
de aplicar proposiciones generales a casos particulares y llegamos pronto a la
decisión. Conocemos nuestra voluntad en general y no nos dejamos seducir por
estados de ánimo o sugerencias externas a decidir en lo particular lo que en
conjunto es contrario a aquélla. También conocemos la índole y la dimensión de
nuestras capacidades y deficiencias, lo cual nos ahorrará muchos pesares. En
efecto, no hay realmente otra manera de disfrutar que no sea el uso y la
sensación de las propias fuerzas, y el mayor dolor nos causa la percepción de
la carencia de fuerzas donde las necesitaríamos. Una vez que hemos averiguado
dónde están nuestras capacidades e insuficiencias, cultivaremos nuestras
disposiciones naturales sobresalientes para usarlas y aprovecharlas de todas
las maneras posibles, y nos encaminaremos siempre en aquella dirección donde son
útiles y válidas, mientras que evitaremos por completo, venciendo
nuestros
impulsos, a los propósitos para los que por naturaleza tenemos poco talento.
Nos cuidaremos de intentar hacer lo que de todos modos no logramos. Sólo quien
ha conseguido esto será siempre con plena conciencia y del todo él mismo, y
nunca se sentirá abandonado por sus fuerzas, puesto que siempre sabe lo que
puede exigirse a sí mismo. Así, tendrá a menudo la alegría de experimentar sus
capacidades y raras veces el dolor de tener que recordar sus deficiencias, lo
cual significa una humillación que causa tal vez el mayor dolor al espíritu.
Por eso es mucho más fácil encarar claramente el propio infortunio que la
propia torpeza. Cuando estamos totalmente familiarizados con nuestras
capacidades y deficiencias, ya no intentaremos mostrar puntos fuertes que no
tenemos, no jugaremos con moneda falsa, porque estos engaños finalmente
fallarán su meta. Dado que todo el ser humano sólo es la manifestación de su
voluntad, no puede haber nada más erróneo que, partiendo de la reflexión,
pretender ser alguien diferente del que se es, porque esto significa una
contradicción directa de la voluntad consigo misma. La imitación de
características y peculiaridades ajenas es mucho más vergonzoso que vestir la
ropa de otro, porque significa juzgarse a sí mismo como carente de valor. A
este respecto, el conocimiento de la propia mentalidad y de todas las clases de
capacidades personales y de sus límites variables es el camino más seguro para
llegar a estar lo más satisfecho que se pueda de uno mismo. Porque tanto para
las circunstancias interiores como para las exteriores es cierto que no hay
otro consuelo eficaz que la plena certeza acerca de la necesidad ineludible. Un
mal que nos ha afectado no nos atormenta tanto como pensar en las
circunstancias que lo podrían haber evitado. Por eso, para tranquilizarnos no
hay otro remedio mejor que el de considerar lo sucedido desde el punto de vista
de la necesidad, desde el cual todos los accidentes se muestran como obra de un
destino imperante, de modo que reconocemos el mal acaecido como inevitablemente
producido por el conflicto entre circunstancias interiores y exteriores, o sea
como fatalidad. Y, de hecho, sólo seguimos lamentándonos mientras esperamos
poder impresionar así a los demás, y seguimos enfurecidos mientras hacemos
inusitados esfuerzos para mantenernos excitados. Pero tanto niños como adultos
saben conformarse tan pronto que comprenden claramente que las cosas no tienen
remedio:
Θυμὸν ἐνὶ
στήϑεσσι φίλον δαμάσαντες ἀνάγκῃ (Animo in pectoribus nostro domito
necessitate).
[«Dominando
con fuerza el rencor guardado en el pecho».
Homero,
Ilíada, XVIII, v. 113]
Nos
parecemos a los elefantes capturados que durante muchos días siguen enfurecidos
y agresivos, hasta que ven que es infructuoso y súbitamente ofrecen serenos su
nuca al yugo, quedando domados para siempre. Somos
como el
rey David quien, mientras vivía su hijo, imploraba a Jehová sin cesar y se
mostraba desesperado, pero tan pronto como el hijo murió, dejó de pensar en él.
A esto se debe que muchas personas soportan con total indiferencia incontables
males persistentes, como la deformidad, la pobreza, el nivel social bajo, la
fealdad, un lugar de residencia desagradable, a tal punto que ya ni siquiera
los sienten, cual heridas cicatrizadas, simplemente porque saben que nada se
escapa a la necesidad interior o exterior que se pueda modificar; los más
felices, en cambio, no comprenden cómo algo así puede soportarse. Nada nos
reconcilia más firmemente con la necesidad exterior e interior como su
conocimiento preciso. Cuando hemos reconocido de una vez por todas nuestros
fallos y deficiencias lo mismo que nuestras características buenas y
capacidades, y hemos puesto nuestras metas de acuerdo con ellas, conformándonos
con el hecho de que ciertas cosas son inalcanzables, entonces evitamos de la
manera más segura y en la medida en que nuestra individualidad lo permite el
sufrimiento más amargo, que es el descontento con nosotros mismos como
consecuencia inevitable del desconocimiento de la propia individualidad, de la
falsa presunción y la arrogancia que resulta de ella. Los capítulos amargos de
la recomendación del conocimiento de sí mismo se pueden ilustrar excelentemente
con este verso de Ovidio:
Optimus
ille animi vindex, laedentia pectus Vincula qui rupit, dedoluitque semel.
[«El
mejor libertador de aquel espíritu fue quien rompió las ligaduras
que le
ataban el pecho y dejó de sufrir de una vez por todas».
Ovidio,
Remedia amoris, vv. 293-294]
Aquí
terminamos nuestro comentario sobre el carácter adquirido, que es menos
importante para la ética propiamente dicha que para la vida en el mundo social,
pero cuya consideración se juntaba, sin embargo, como tercer tipo al lado del
carácter inteligible y del empírico, sobre los cuales nos tuvimos que extender
en una reflexión algo más detallada para precisar cómo la voluntad, en todas
sus manifestaciones, está sometida a la necesidad, al tiempo que en sí misma,
no obstante, se la puede calificar como libre e incluso omnipotente.>
Regla
número 4
Sobre la
relación entre las pretensiones y las posesiones (Anotación a la página 442 de
la obra)
<Los
bienes que a alguien nunca se le había pasado por la cabeza pretender, no los
echa en absoluto de menos, sino que está plenamente
contento
sin ellos. Otro, en cambio, que posee cien veces más que aquél, se siente
desgraciado porque le falta una cosa que pretende. También a este respecto cada
uno tiene su propio horizonte de lo que a él le es posible alcanzar. Hasta
donde se extiende, llegan sus pretensiones. Si un objeto cualquiera dentro de
este horizonte se le presenta de tal manera que puede confiar en obtenerlo,
entonces se siente feliz; en cambio es infeliz si surgen dificultades que le
privan de la perspectiva de tenerlo. Lo que se halla fuera del alcance de su
vista no ejerce ningún efecto sobre él. Esta es la razón por la cual el pobre
no se inquieta por las grandes posesiones de los ricos, y por la que, a su vez,
el rico no se consuela con lo mucho que ya posee cuando no se cumplen sus
pretensiones. La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se
tendrá. Lo mismo vale para la fama. Tras la pérdida de las riquezas o de una
situación acomodada, tan pronto como se supera el primer dolor, el estado de
ánimo habitual no suele ser muy diferente del anterior, y esto se debe al hecho
de que, una vez el destino ha reducido el factor de nuestras posesiones,
nosotros mismos reducimos en igual medida el factor de nuestras pretensiones.
Esta operación es, ciertamente, lo propiamente doloroso en un caso de
infortunio: una vez terminada, el dolor va disminuyendo hasta que finalmente no
se lo siente más: la herida cicatriza. A la inversa, en un caso de buena
fortuna sube el compresor de nuestras pretensiones y éstas se expanden: esto
constituye la alegría. Pero tampoco dura más tiempo del que hace falta para
terminar del todo esta operación: nos acostumbramos a la dimensión más extensa
de nuestras pretensiones y nos volvemos indiferentes hacia las posesiones
correspondientes. Esto ya lo indica el pasaje homérico de la Odisea, XVIII,
130-137, que termina así:
Τοῖος γάρ
νόος ἐστὶν ἐπιχϑονίων ἀνϑρώπων Οἷον ἐφ’ ἡμὰρ ἄγει πατὴρ ἀνδρῶν τε ϑεῶν τε
[«Pues
así es el talante de los humanos que habitan la tierra, como la suerte del día
que el padre va mandando a dioses y seres humanos»].
La fuente
de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de
subir el nivel del factor de las pretensiones, mientras la inmovilidad del otro
factor lo impide.>
Regla
número 5
La medida
natural e individual del dolor (página 455 de la obra junto con anotaciones
sobre la cura praedominans)
<Por
cierto que la observación sobre lo inevitable del dolor y sobre la sustitución
de una cosa por la otra y el introducir lo nuevo expulsando lo anterior podría
llevarnos incluso a la hipótesis paradójica, aunque no
descabellada,
de que en todo individuo la naturaleza determina definitivamente la medida del
dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni
tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento. Según
esta idea, el sufrimiento y bienestar no vendrían determinados desde fuera,
sino precisamente por esa medida o disposición, que podría experimentar algún
aumento o disminución según el estado físico y los distintos momentos, pero que
en conjunto permanecería igual, siendo simplemente lo que se llama el
temperamento de cada uno o, mejor dicho, el grado en que su mente sería más
liviana o más grave, como lo expresa Platón en el primer libro de la República,
εὔκολος o δύσκολος. Lo que apoya esta hipótesis no sólo es la conocida
experiencia de que grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los
pequeños y, a la inversa, que en ausencia de grandes sufrimientos incluso las
más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor, sino además el
hecho de que la experiencia nos enseña que una gran desgracia, que nos hace
estremecernos sólo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos
superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo.
Y también a la inversa, después de producirse un hecho feliz y largamente
esperado no nos sentimos, en conjunto, mucho más a gusto y cómodos que antes.
Sólo el instante en que se produce dicho cambio nos conmueve de manera
inusitadamente fuerte, sea en forma de un profundo lamento o en la de una
exclamación de júbilo. Mas, ambos desaparecen pronto porque se basan en un
engaño. No surgen a partir del dolor o del placer inmediatos y actuales, sino
debido al anuncio de un futuro nuevo que se anticipa en ellos. Sólo por el
hecho de que el dolor o la alegría hacen un préstamo al futuro es posible que
sean tan inusualmente grandes y, por tanto, no duraderos. A favor de la
hipótesis según la cual tanto en la cognición como en los sentimientos de
sufrimiento o bienestar una gran parte estaría determinada subjetivamente y a
priori, se pueden alegar todavía como prueba las observaciones de que, al
parecer, el ánimo alegre o triste de las personas no está determinado por
circunstancias externas, como riqueza o clase social, porque entre los pobres encontramos
al menos el mismo número de caras contentas que entre los ricos. Por añadidura,
los motivos que llevan al suicidio son muy diversos, de manera que no podemos
indicar una desgracia lo bastante grande para que induzca con gran probabilidad
a cualquier carácter al suicidio, y hay pocos males pequeños que, por
insignificantes que parezcan, no hayan provocado también suicidios. Aunque el
grado de nuestra alegría o tristeza no es siempre el mismo, según esta
concepción no lo atribuiremos al cambio de circunstancias externas, sino al
estado interior, al estado físico. Porque cuando se produce un aumento
auténtico de nuestro buen humor, aunque fuera pasajero, incluso llegando al
grado de la alegría, esto suele ocurrir sin motivo externo alguno. Es cierto que
a menudo entendemos nuestro dolor como consecuencia de un determinado
acontecimiento
externo y aparentemente sólo es éste el que nos pesa y entristece, de modo que
creemos que al desaparecer esta causa, deberíamos sentir la mayor satisfacción.
Sin embargo, esto es un engaño. Según nuestra hipótesis, la magnitud de nuestro
dolor y bienestar en su conjunto está determinada subjetivamente en cada
momento y, en relación a nuestro dolor, cualquier motivo externo de tristeza es
tan sólo lo que para el estado físico sería un vejigatorio que concentra todos
los humores malignos repartidos en el cuerpo. Si no hubiera una causa externa
de sufrimiento, el dolor determinado por nuestro carácter y, por tanto,
inevitable durante este período, estaría repartido en mil puntos diferentes y
aparecería en forma de mil pequeños disgustos y quejas sobre cosas que pasamos
del todo por alto cuando nuestra capacidad para el dolor ya está colmada por un
mal principal que ha concentrado todos los demás dolores en un solo punto. Este
hecho lo corrobora también la observación de que tras el alivio por un final
feliz de una gran preocupación que nos oprimía, pronto aparece otra en su
lugar, cuya materia ya estaba presente, pero no podía llegar como tal
preocupación a la conciencia, porque a ésta no le sobraba capacidad para ello,
de modo que dicha materia de preocupación permanecía des apercibida tan sólo
como una figura oscura y nebulosa en el último extremo del horizonte. En
cambio, en el momento de disponer nuevamente de espacio, esta materia ya
configurada se acerca y ocupa el trono de la preocupación dominante
(πρυτανεύουσα) del día. Aunque según su materia pueda ser mucho más ligera que
la materia de la preocupación desaparecida, es capaz de inflarse de tal manera
que aparentemente se iguala en magnitud a la anterior, llenando así por
completo el trono de la preocupación principal del día.
La
alegría desmesurada y el dolor intenso siempre se dan en la misma persona,
porque ambos se condicionan mutuamente y también están condicionados por una
gran vivacidad del espíritu. Como acabamos de ver, no son producto de la pura
actualidad, sino de la anticipación del futuro. Pero, dado que el dolor es
esencial a la vida y también en cuanto a su grado sólo determinado por la
naturaleza del sujeto, de modo que los cambios repentinos, de hecho, no pueden
cambiar su grado, por eso el júbilo o el dolor excesivos siempre se basan en un
error y una ilusión. En consecuencia ambas tensiones excesivas del estado de
ánimo se podrían evitar por medio de la sensatez. Todo júbilo desmesurado
(exultatio, insolens laetitia) se basa siempre en la ilusión de haber encontrado
algo en la vida que de hecho no se puede hallar en ella, a saber, una
satisfacción permanente de los deseos o preocupaciones que nos atormentan y que
renacen constantemente. De cada una de estas ilusiones hay que retornar más
tarde inevitablemente a la realidad y pagarla, cuando desaparece, con la misma
cuantía de amargo dolor que tenía la alegría causada por su aparición. En este
sentido se parece bastante a un lugar elevado al que se ha subido y del que
sólo se puede bajar dejándose caer. Por eso habría que
evitar
las ilusiones, pues cualquier dolor excesivo que aparece repentinamente no es
más que la caída desde semejante punto elevado, o sea, la desaparición de una
ilusión que lo ha producido. Por consiguiente podríamos evitar ambos, si
fuéramos capaces de ver las cosas siempre claramente en su conjunto y en su
contexto y de cuidarnos de creer que realmente tienen el color con el que
desearíamos verlas. La ética estoica se propuso principalmente liberar el ánimo
de todas estas ilusiones y sus consecuencias y de dotarlo, en cambio, con una
ecuanimidad inalterable. Esta es la convicción que inspira a Horacio en su
conocida oda:
Aequam
memento rebus in arduis
Servare
mentem, non secus in bonis
Ab
insolenti temperatam
Laetitia.
[«Recuerda
que en tiempos arduos
hay que
conservar la ecuanimidad, lo mismo que en buenos
un ánimo
que domina prudentemente la alegría excesiva».
Horacio,
Carmina, II, 3]
La
mayoría de las veces, sin embargo, así como rechazamos una medicina amarga, nos
resistimos a aceptar que el sufrimiento es esencial a la vida, de modo que no
fluye hacia nosotros desde fuera, sino que cada uno lleva la fuente inagotable
del mismo en su propio interior. Al contrario, a modo de un pretexto, siempre
buscamos una causa externa y singular para nuestro dolor incesante; tal como el
ciudadano libre se construye un ídolo para tener un amo. Porque nos movemos
incansablemente de un deseo a otro y, aunque ninguna satisfacción alcanzada,
por mucho que prometía, nos acaba de contentar, sino generalmente pronto se
presenta como error vergonzoso, no terminamos de admitir que estamos llenando
la bota de las Danaídes, sino que corremos detrás de deseos siempre nuevos:
Sed, dum
abest quod avemus, id exsusperare videtur
Caetera;
post aliud, cuum contingit illud, avemus;
Et sitis
aequa tenet vitai semper hiantes.
(Lucr.
III, 1095)
[Pues
mientras nos falta lo que deseamos, nos parece que supera a todo
en valor;
pero cuando fue alcanzado,
se
presenta otra cosa, y así siempre estamos presos de la misma
sed,
nosotros que anhelamos la vida».
Lucrecio,
De rerum natura, III, 1095 (=1080-1983)]
Así, o
bien el movimiento va al infinito, o bien, cosa más rara que presupone cierta
fuerza de carácter, continúa hasta que encontramos un deseo que no se puede
cumplir, pero que tampoco se puede abandonar. Entonces tenemos en cierto modo
lo que buscamos, a saber, algo que en todo momento podemos acusar, en lugar de
nuestro propio carácter, como la fuente de nuestros sufrimientos y que nos hace
enemigos de nuestro destino pero que, en cambio, nos reconcilia con nuestra
existencia, porque vuelve a alejar de nosotros la necesidad de admitir que el
sufrimiento es esencial a esta existencia misma y que la verdadera satisfacción
es imposible. La consecuencia de esta última forma de desarrollo es un estado
de ánimo algo melancólico, que significa soportar constantemente un gran dolor
único y el desprecio resultante de todos los pequeños sufrimientos o alegrías;
por lo cual se trata de un fenómeno algo más digno que la constante persecución
de ilusiones siempre nuevas, que es mucho más vulgar.>
Regla
número 6
Hacer con
buena voluntad lo que se puede y tener la voluntad de soportar el sufrimiento
inevitable. Ζῶμεν γάρ οὐκ ὡς ϑέλομεν, ἀλλ’ ὡς δυνάμεϑα [«Debemos vivir no como
queremos, sino como podemos», Gnomici poetae Graeci, Fleischer, Lipsiae, 1817,
página 30].
Regla
número 7
Reflexionar
a fondo sobre una cosa antes de emprenderla, pero, una vez que se ha llevado a
cabo y se pueden esperar los resultados, no angustiarse con repetidas
consideraciones de los posibles peligros, sino desprenderse del todo del
asunto, mantener el cajón del mismo cerrado en el pensamiento y tranquilizarse
con la convicción de que en su momento se ha ponderado todo exhaustivamente. Si
el resultado, no obstante, llega a ser malo, ello se debe a que todas las cosas
están expuestas al azar y al error.
Regla
número 8
Limitar
el propio ámbito de acción: así se da menos prise al infortunio; la limitación
nos hace feliz etc.
Regla
número 9
Οὐ τὸ ἡδὺ
διώκει ὁ φρόνιμος, ἀλλὰ τὸ ἄλυπον [«El prudente no aspira al
placer,
sino a la ausencia de dolor», Aristóteles, Ética a Nicómaco, VII, 11, 1152b
15].
Regla
número 10
Subjice
te rationi si tibi subjicere vis omnia. Sic fere Seneca [«Sométete a la razón
si quieres someterlo todo», así aproximadamente Séneca, Epistulae ad Lucilium,
37, 4]. V. núm. 21.
Regla
número 11
Una vez
que un infortunio se ha producido y no se puede remediar, no permitirse pensar
que pudiera ser de otra manera: como el rey David y los elefantes capturados.
De otro modo uno se convierte en un ἑαυτοντιμωρούμενον [torturador de sí mismo
(Terencio)]. Pero lo inverso tiene la ventaja de que el castigo de sí mismo
vuelve a uno más prudente en una próxima ocasión.
Regla
número 12
Sobre la
confianza (con respecto a la confianza la Epístola 15 de Séneca, como también
varias cosas de mi Eἰς ἑαυτόν).
[«Nada
será tan provechoso como comportarse de manera no llamativa y hablar muy poco
con los demás, pero mucho consigo mismo. Hay una especie de seducción del
diálogo, que se introduce secretamente y engatusándonos, y no hace otra cosa
que embriagarnos y sacarnos secretos de amor. Nadie callará lo que ha oído,
nadie dirá justo aquello que ha oído. Aquel que no puede callar sobre un
asunto, tampoco mantendrá silencio sobre su autor. Cada uno tiene alguna
persona en la que confía tanto como los otros confían en él: aunque domine sus
habladurías y se conforme con el oído de una persona, finalmente informará al
pueblo; así, lo que hace un momento era un secreto, estará en boca de todos»].
Regla
número 13
Cuando
estamos alegres, no debemos pedirnos permiso para ello con la reflexión de si a
todas luces tenemos motivo para estarlo. (Véase Quartant [1826], § 108: <No
hay nada que tenga una recompensa más segura que la alegría: porque en ella la
recompensa y la acción son una misma cosa. [Nota: Quien está alegre, siempre
tiene motivo para ello, a saber, justamente el de estar alegre]. Nada hay que
pueda sustituir tan perfectamente como la alegría a cualquier otro bien. Cuando
alguien es rico, joven, bello y famoso, hay que
preguntarse
si además es alegre para enjuiciar su felicidad; mas a la inversa, si es
alegre, no importa si es joven, viejo, pobre o rico: es feliz. Por ello debemos
abrir todas las puertas a la alegría, cuando sea que llegue. Porque nunca llega
a deshora. En cambio, a menudo tenemos reparos en dejarla entrar, porque
primero queremos considerar si realmente tenemos motivo para estar alegres o si
eso no nos distrae de nuestras reflexiones serias y preocupaciones profundas.
Lo que mejoramos con estas últimas es muy incierto, mientras que la alegría es
la ganancia más segura; y puesto que sólo tiene valor para el presente, es el
bien más elevado para aquellos seres cuya realidad tiene la forma de un
presente indivisible entre dos tiempos infinitos. Si es así que la alegría es
el bien que puede sustituir a todos los demás, mientras que ningún otro bien la
puede sustituir a ella, por consiguiente deberíamos preferir la adquisición de
este bien a la de cualquier otra cosa. Ahora bien, es cierto que no hay nada que
contribuya menos a la alegría que las circunstancias externas de la fortuna y
nada que la favorezca más que la salud. Por eso debemos dar preferencia a ésta
ante todo lo demás y, en concreto, procurar conservar un alto grado de perfecta
salud, cuya flor es la alegría. Su adquisición requiere evitar todos los
excesos, también todas las emociones intensas o desagradables; también todos
los grandes y constantes esfuerzos intelectuales, finalmente al menos dos horas
de movimiento rápido al aire libre.>
Regla
número 14
Se podría
decir que buena parte de la sabiduría de la vida se basa en la justa proporción
entre la atención que prestamos en parte al presente y en parte al futuro para
que la una no pueda estropear a la otra. Muchos viven demasiado en el presente
(los imprudentes), otros demasiado en el futuro (los miedosos y preocupados),
raras veces alguien mantendrá la medida justa. Quienes sólo viven en el futuro
con sus ambiciones, que siempre miran hacia adelante y corren impacientes al
encuentro de las cosas venideras como si sólo éstas pudieran traer la verdadera
felicidad, y dejan que, mientras tanto, el presente pase de largo sin
disfrutarlo ni prestarle atención, estas personas se parecen al asno italiano
de Tischbein, con su fajo de heno atado con una cuerda delante de él para
acelerar su paso. Siempre viven sólo ad interim, hasta que mueren. La
tranquilidad del presente sólo la pueden molestar aquellos males que son
seguros y cuyo momento de producirse es igualmente seguro. Pero hay muy pocos
que sean así, porque o bien son males sólo posibles o en todo caso probables, o
bien son seguros pero el momento de su acaecimiento es del todo incierto, como
por ejemplo, la muerte. Si nos entregamos a estos dos tipos de malestar, no nos
quedará ni un instante de tranquilidad. Para no perder la serenidad de toda
nuestra vida ante males inciertos o indefinidos, debemos acostumbrarnos a ver
los primeros como si
nunca
llegaran y a los segundos como si con seguridad no acaecerían en el momento
actual.
Regla
número 15
Un hombre
que se mantiene sereno ante todos los accidentes de la vida, sólo muestra que
sabe cuán inmensas y diversas son las posibles contrariedades de la vida y que,
por eso contempla un mal presente como una pequeña parte de aquello que podría
venir; y a la inversa, quien sabe esto último y lo tiene en cuenta, siempre
mantendrá la serenidad. Entonces All’s well that ends well, pág. 258. Acerca de
esto, número 19.
Regla
número 16
<Todos
hemos nacido en Arcadia, es decir que entramos en el mundo con muchas
exigencias de felicidad y goce y conservamos la necia esperanza de realizarlas
hasta que el destino nos agarra rudamente y nos muestra que nada es nuestro, y
que todo es suyo, porque tiene un derecho indisputable no sólo sobre nuestras
posesiones y adquisiciones, sino sobre nuestros brazos y piernas, ojos y orejas
y hasta sobre nuestra nariz en medio de la cara. Después viene la experiencia y
nos enseña que la felicidad y el placer son puras quimeras que se nos muestran
a lo lejos como una imagen engañosa, mientras que el sufrimiento y el dolor son
reales, se manifiestan inmediatamente por sí mismos sin necesitar la ilusión o
la expectación. Si aprendemos de su enseñanza, dejamos de perseguir la
felicidad y el placer y sólo procuramos evitar en lo posible el dolor y el
sufrimiento. Oὐ τὸ ἡδὺ, ἀλλὰ τὸ ἄλυπον διώκει ὁ φρόνιμος [«El prudente no
aspira al placer, sino a la ausencia de dolor», Aristóteles, Ética a Nicómaco,
VII, 11, 1152b 15]. Comprendemos que lo mejor que se puede encontrar en el
mundo es un presente indoloro, tranquilo y soportable; si lo conseguimos
sabemos apreciarlo y nos cuidamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante
de alegrías imaginarias o con ansiosas preocupaciones cara a un futuro siempre
incierto, que de todos modos está en manos del destino, por mucho que
forcejemos.>
Regla
número 17
<Puesto
que toda felicidad y todo placer son de carácter negativo, mientras que el
dolor es positivo, resulta que la vida no tiene la función de ser disfrutada,
sino que nos es infligida, hemos de padecerla; por eso degere vitam, vita
defungi, scampa così [vive la vida, la vida se termina, escapa a los peligros].
Quien ha atravesado su vida sin mayores dolores físicos o psíquicos, ha tenido
la mayor suerte que ha podido encontrar; no le ocurre lo mismo a
quien ha
encontrado las mayores alegrías y placeres. Quien pretende medir el curso de la
vida según estos últimos, aplica un parámetro totalmente equivocado: porque las
alegrías son negativas; pensar que puedan hacernos feliz no es más que una
ilusión cultivada y acariciada por la envidia, puesto que no se las experimenta
positivamente; en cambio, sí a los dolores, de modo que éstos son el parámetro
de la felicidad de la vida, y se miden por su ausencia. De lo dicho aquí se
sigue que no hay que comprar los placeres al precio de dolores, aunque sólo
sean dolores posibles, porque de otro modo se paga algo negativo e ilusorio con
algo positivo y real. A la inversa, en cambio, es una ganancia cuando se
sacrifican placeres para pagar así el estar libre de dolores: la razón es la
misma. En ambos casos es indiferente si los dolores preceden o siguen a los
placeres. Oὐ τὸ ἡδὺ… [ἀλλὰ τὸ ἄλυπον διώκει ὁ φρόνιμος «El prudente no aspira
al placer, sino a la ausencia de dolor», Aristóteles, Ética a Nicómaco, VII,
11, 1152b 15]. Una de las quimeras más grandes que inhalamos en la infancia y
de la que sólo nos libramos más tarde es justamente la idea de que el valor
empírico de la vida consista en sus placeres, que existan alegrías y posesiones
que puedan hacernos positivamente felices; por eso se persigue su obtención
hasta que, demasiado tarde, llega el desengaño, hasta que la caza de felicidad
y placer, que en realidad no existen, nos hace encontrar lo que realmente hay:
dolor, sufrimiento, enfermedad, preocupaciones y mil otras cosas; en cambio, si
reconociéramos temprano que los bienes positivos son una quimera, mientras que
los dolores son muy reales, sólo estaríamos atentos a evitar estos últimos
cuando los vemos a lo lejos, según Aristóteles, Oὐ τὸ ἡδὺ, ἀλλὰ τὸ ἄλυπον
διώκει ὁ φρόνιμος [«El prudente no aspira al placer, sino a la ausencia de
dolor», Aristóteles, Ética a Nicómaco, VII, 11, 1152b 15].
(¿No hay
que tomar rosas
porque
las espinas pueden pincharnos?)
Aquí
parece encontrarse incluso la verdadera idea fundamental del cinismo; lo que
motivó a los cínicos a rechazar todos los placeres acaso no era precisamente el
pensar en los dolores como vinculados de manera más directa o indirecta con los
primeros, donde les parecía mucho más importante evitar los dolores que obtener
placeres. Estaban profundamente persuadidos del apperçu de la negatividad del
placer y de la positividad del dolor, por lo que, de manera consecuente,
hicieron todo para evitar el dolor rechazando con todo propósito los placeres,
que les parecían las trampas para arrastrarlos a los dolores.
(Y aquí
puede añadirse: la vida de los seres humanos tiene dos lados principales: uno
subjetivo, interior y otro objetivo, exterior. El lado subjetivo interior
afecta el bienestar y el malestar, la alegría y el dolor; a lo que debemos
atenernos respecto a ello lo acabamos de decir: el menor grado y cantidad
posible
de sufrimientos es lo mayor que se puede conseguir así: es el lado pasivo.
El lado
objetivo, exterior es la imagen que representa nuestra manera de vivir, el modo
en que desempeñamos nuestro papel, τὸ καλῶς ἢ κακῶς ξῆν [el vivir bella o
malamente]. Aquí se encuentra la virtud, el heroísmo, los logros del espíritu:
es la parte activa. Y aquí la diferencia entre las personas es mucho mayor que
en aquel otro lado, donde la única distinción es un poco más o menos de
sufrimiento. Por eso deberíamos poner nuestra atención principalmente en este
lado objetivo de nuestra vida (τὸ καλῶς ξῆν [el vivir bellamente], mientras la
mayoría de las veces nos fijamos en el otro lado τὸ εὖ ξῆν [el vivir bien]).
Puesto
que nuestros actos se encuentran en este lado objetivo, el que se muestra
externamente, los griegos llamaron la virtud y lo que pertenece a ella el καλόν
de la vida: lo que es bello de ver. Y dado que sólo en este lado hay grandes
diferencias entre una persona y otra, incluso aquella que aquí se sitúa en el
primer lugar, en aquel primer lado, no obstante, se parece bastante a las
demás: también para ella la felicidad positiva no existe, sino sólo el
sufrimiento positivo, como para todos los demás.
«Una
corona de laurel, donde la veas,
es una
señal.
[Cita
libre del verso:
«La
corona de laurel, donde se te aparece,
es una
señal de sufrimiento más que de felicidad».
Goethe,
Tasso, III, 4]>
Regla
número 18
En todas
las cosas que afectan nuestro bienestar y malestar, nuestras esperanzas y
temores, hay que poner riendas a la fantasía. Si nos pintamos en la fantasía
posibles sucesos felices y sus consecuencias, sólo nos hacemos la realidad aún
más insoportable, construimos castillos en el aire y después los pagamos caros
con la decepción. Pero el pintarse posibles infortunios puede tener
consecuencias aún peores: puede convertir a la fantasía, como dice Gracián, en
nuestro verdugo casero. Si tomáramos para las fantasías negras un tema muy
lejano y lo escogiéramos libremente, no podría ser dañino, porque al despertar
de nuestro sueño sabríamos enseguida que todo era invención y ésta contendría
una advertencia contra infortunios lejanos pero posibles. Sin embargo, por
provechoso que podría ser, de éstas no suele ocuparse nuestra fantasía; sólo
construye ociosamente castillos alegres en el aire. En cambio,
cuando
alguna desventura ya nos amenaza realmente, a menudo la fantasía se dedica a
recrearla pintándola siempre más grande, acercándola más y haciéndola más
terrible de lo que es. No podemos deshacernos de un sueño de esta clase al
despertarnos, como lo haríamos con uno alegre. A éste lo desdice inmediatamente
la realidad, y lo que aún pudiera contener de aspectos posibles lo dejamos en
manos del destino. No pasa lo mismo al despertar de fantasías oscuras: nos
falta el parámetro del grado de la probabilidad de la cosa; la hemos acercado y
puesto ante nosotros, su posibilidad, en general, es segura, se convierte para
nosotros en algo verosímil y sufrimos mucha angustia. Las cosas que afectan
nuestro bienestar y malestar sólo las tenemos que tratar con la capacidad de
juicio, que opera con conceptos e in abstracto, con la reflexión sobria y fría;
no debemos dejar que la fantasía se acerque a ellas, porque no es capaz de
juzgar; sólo nos muestra una imagen y ésta emociona el ánimo inútilmente y a
menudo de manera penosa. Por tanto: ¡poner riendas a la fantasía!
Regla
número 19
No hay
que entregarse a grandes júbilos ni a grandes lamentos ante ningún suceso,
porque la variabilidad de todas las cosas puede modificarlo por completo en
cualquier momento; en cambio, disfrutar en todo momento el presente lo más
alegremente posible: esta es la sabiduría de la vida. Pero la mayoría de las
veces hacemos lo contrario: Los planes y las preocupaciones cara al futuro, o
también la nostalgia del pasado nos ocupan tan plena y constantemente que casi
siempre menospreciamos y descuidamos el presente. Y, sin embargo, sólo éste es
seguro, mientras que el futuro y también el pasado casi siempre son diferentes
de cómo los pensamos. Engañándonos de esta manera, nos privamos de toda la
vida. Aunque para la eudemonía esto es bastante adecuado, de una filosofía más
seria resulta, en cambio, que si bien la búsqueda del pasado siempre es inútil,
la preocupación por el futuro lo es a me nudo y por eso sólo el presente es el
escenario de nuestra felicidad, lo cierto es, sin embargo, que este presente se
convierte en pasado a cada momento y entonces resulta tan indiferente como si
nunca hubiese existido: ¿dónde queda, pues, un espacio para nuestra felicidad?
Regla
número 20
Mostrar
ira u odio en palabras o en la expresión de la cara es inútil, peligroso,
imprudente, ridículo y vulgar. Por eso no se debe mostrar la ira o el odio de
ninguna otra manera que en los actos. Esto último se hará tanto más
perfectamente cuanto más completamente se habrá evitado lo primero.
Regla
número 21
Puesto
que los asuntos de la vida que nos conciernen aparecen y se entrelazan de una
manera totalmente inconexa, fragmentaria, sin relación entre ellos y están en
un contraste extremo sin tener nada más en común que el hecho de ser nuestros
asuntos, debemos organizar nuestra manera de pensarlos y de preocuparnos por
ellos igualmente de forma fragmentaria para que ésta les corresponda; es decir,
debemos poder abstraer, debemos pensar, arreglar, disfrutar, sufrir cada cosa
en su momento, sin preocuparnos de todo lo demás; tener, por así decirlo,
cajones para nuestros pensamientos, donde abrimos uno y cerramos todos los
demás. Así, una grave preocupación no nos destruirá cualquier pequeño placer
actual privándonos de todo sosiego; una reflexión no desplazará a otra; la
preocupación por un asunto grande no alterará en todo momento la preocupación
por cien asuntos pequeños etc. Como en tantas otras ocasiones, aquí hay que
ejercer una coacción sobre sí mismo, en la cual nos apoyará la reflexión de que
cualquier persona debe sufrir de todos modos tantas y tan grandes coacciones y
que una vida sin muchas coacciones sería imposible, pero que una pequeña
coacción de sí mismo aplicada en el lugar justo puede prevenir a muchas
coacciones posteriores desde fuera, del mismo modo como un pequeño segmento de
un círculo cerca del centro corresponde y equivale a un segmento cien veces
mayor en la periferia más externa. Nada permite sustraernos mejor a la coacción
externa que la coacción que nos aplicamos a nosotros mismos. Por eso: subjice
te rationi si subjicere tibi vis omnia [«Sométete a la razón si quieres
sometértelo todo», Séneca, Epistulae ad Lucilium, 37, 4]. Además, siempre
mantenemos el poder sobre nuestra autocoacción, y en un caso extremo o cuando
afecta el punto más sensible de nuestra naturaleza, podemos aflojarla; en
cambio la coacción externa es desconsiderada, intolerante y despiadada; por eso
está bien prevenir ésta por medio de aquélla.
Regla
número 22
La
primera proposición de la eudemonología es precisamente que esta expresión es
un eufemismo y que «vivir feliz» sólo puede significar vivir lo menos infeliz
posible o, dicho más brevemente, de manera soportable. Se podría defender muy
bien la afirmación de que el fundamento de la verdadera sabiduría de la vida en
la frase de Aristóteles consiste únicamente en evitar en lo posible los
incontables males de la vida sin interesarse en absoluto por sus placeres y
cosas agradables. De otro modo sería falsa la frase de Voltaire «Le bonheur
n’est qu’un rêve, et la douleur est réelle», pero, de hecho, es verdadera. Gran
parte de la desgracia se debe a la ignorancia acerca de ello, a la que favorece
el optimismo. El joven cree que el mundo está hecho para ser disfrutado, que es
una morada de la felicidad a la que desaciertan sólo aquellos
que no
tienen la habilidad de buscarla; en ello lo animan las novelas, los poemas y el
falso brillo que el mundo da siempre y en todas partes a la apariencia externa.
A partir de ese momento su vida consiste en el acoso (emprendido con más o
menos reflexión) de la felicidad positiva de la que cree, por supuesto, que
consiste en placeres positivos. Debe asumir el peligro de la desgracia a la que
se expone, ya que su vida está orientada hacia la consecución de la felicidad
positiva y el placer. La caza de un venado que no existe lo lleva normalmente a
la muy real y positiva desgracia. El camino de la sabiduría de la vida, en
cambio, consiste en partir de la convicción de que toda felicidad y placer sólo
son de carácter negativo, mientras que el dolor y la carencia son de índole
real y positiva. A partir de ahí lo que orienta todo el plan de vida es el
propósito de evitar el dolor y de mantenerse alejado de la carencia; y a este
respecto se puede lograr algo, pero con cierta seguridad sólo cuando no se
altera el plan con la aspiración a la quimera de la felicidad positiva. Una
confirmación de esto es el principio básico de Mittler en Las afinidades
electivas. El necio corre detrás de los placeres de la vida y se ve engañado,
porque los males que quería evitar son muy reales; y si ha dado un rodeo
demasiado grande para evitarlos abandonando algunos placeres innecesariamente,
no ha perdido nada, porque todos los placeres son quimeras. Sería indigno y
ridículo lamentarse de place res perdidos.
Regla
número 23
Plauto
dice: est in vita quasi cum ludas tesseris: si id quod jactu opus erat forte
non cecidit, id quod cecidit arte corrigas (sic fere) [«En la vida es como en
el juego de dados: si una tirada no cae como la necesitas, el arte debe
corregir lo que el azar ofrece», así aproximadamente Terencio (no Plauto),
Adelphi, IV, 7, versos 739-741]. Una parábola parecida es ésta: En la vida
ocurre como en el ajedrez: en ambos hacemos un plan, pero éste queda del todo
condicionado por lo que en el ajedrez hará el contrario y, en la vida, el
destino. Las modificaciones que así se producen, generalmente son tan
importantes que nuestro plan apenas es reconocible en algunos rasgos básicos
cuando lo realizamos.
Regla
número 24
Sobre las
edades de la vida
<Lo
que nos hace tan desgraciados en la primera mitad de la vida, aunque tiene
tantas ventajas frente a la segunda, es la persecución de la felicidad a partir
de la firme presunción de que debería ser posible encontrarla en la vida; a
ello se debe que nuestra esperanza se vea constantemente desilusionada y que
estemos descontentos. Vemos ante nuestros ojos las imágenes engañosas
de una
felicidad soñada e indeterminada en forma de figuras que escogemos a capricho,
y en vano buscamos su modelo original.
En la
segunda mitad de la vida, el lugar del anhelo siempre insatisfecho de felicidad
lo ocupa la preocupación por el infortunio; encontrar para ésta una solución es
algo objetivamente posible, porque ahora estamos finalmente curados de aquella
presunción y sólo buscamos la tranquilidad y, en lo posible, la ausencia de
dolor, de lo cual puede resultar un estado notablemente más satisfactorio que
el primero, puesto que deseamos algo alcanzable y esto tiene mayor peso que las
carencias propias a la segunda mitad de la vida.>
Regla
número 25
Debemos
intentar conseguir que veamos aquello que poseemos con la misma mirada como lo
estaríamos mirando si alguien nos lo quitara; sea lo que sea, propiedad, salud,
amigos, amantes, esposa e hijos, la mayoría de las veces sólo sentimos su valor
después de haberlos perdido. Si lo conseguimos, en primer lugar, la posesión
nos hará más inmediatamente felices, y, en segundo lugar, prevenimos entonces
por todos los medios la pérdida; no expondremos lo que poseemos a ningún
peligro, evitaremos que se enojen los amigos, no pondremos a prueba la
fidelidad de las mujeres, vigilaremos la salud de los niños etc. Al mirar todo
aquello que no poseemos solemos pensar «¿cómo sería si eso fuese mío?», y de
este modo llegamos a sentir la falta. En lugar de ello, ante las cosas que
poseemos deberíamos pensar a menudo «¿cómo sería si perdiera esto?».
Regla
número 26
Poner una
meta a nuestros deseos, frenar nuestras apetencias, domar nuestra ira, tener
siempre en mente que el ser humano no puede alcanzar más que una mínima parte
de todo lo deseable y que muchos males son inevitables: así podremos ἀνέχειν
καὶ ἀπέχειν, sustinere et abstinere [soportar y renunciar]. Además, también en
posesión de la mayor riqueza y del mayor poder nos sentiremos miserables.
Inter
cuncta leges etc.[et percontabere doctos]
Qua
ratione queas traducere leniter aevum,
Num te
semper inops agitet vexetque cupido,
Num pavor
et rerum mediocriter utilium spes.
«Mientras
emprendes una obra lee y consulta siempre a los doctos,
acerca de
cómo puedas llevar la vida con la mente serena,
que el
deseo siempre necesitado no te atormente
ni
tampoco el miedo y la esperanza ante cosas poco útiles».
Horacio,
Epistulae, I, 18, versos 96-99]
Regla
número 27
Observar
más a menudo a los que se encuentran peores que a los que parecen estar mejores
en comparación con nosotros. Para nuestros verdaderos males no hay consuelo más
eficaz que la observación de sufrimientos mucho más grandes de otros; al lado
aquel que nos da el trato con los sociis malorum [compañeros en la desgracia]
que se encuentran en la misma situación como nosotros.
Regla
número 28
Sobre las
edades de la vida
Es un
error compadecer la falta de alegría de la vejez y lamentar que algunos
placeres le son negados. Todo placer es relativo, a saber, no es más que la
satisfacción, el saciar una necesidad; el hecho de que el placer queda
suprimido cuando se elimina la necesidad es tan poco lamentable como el de que
alguien no puede seguir comiendo después de levantarse de la mesa o que no
puede seguir durmiendo después del descanso nocturno. Es mucho más correcto el
juicio de Platón (República, I) sobre la vejez por considerarla feliz en cuanto
finalmente se calma la apetencia carnal por las mujeres. La comodidad y la
seguridad son las necesidades principales de la vejez. Por eso los viejos aman
sobre todo el dinero como sustituto de las fuerzas que les faltan. Al lado de
ello están los placeres de la comida que sustituyen los placeres del amor. El
lugar del deseo de ver, viajar y aprender lo ocupa el de enseñar y hablar. Pero
es una suerte para el anciano si conserva el amor por el estudio, por la música
e incluso por el teatro.
Regla
número 29
La frase
de Epicuro:
<«La
riqueza acorde con la naturaleza está delimitada y es fácil de conseguir. Pero
la de las vanas ambiciones se derrama al infinito».> (Diogenes Laertios,
Vitae philosophorum X, 144).
<«Entre
los deseos unos son naturales y necesarios. Otros naturales y no necesarios.
Otros no son naturales ni necesarios, sino que nacen de la vana opinión».>
(Diogenes Laertios, Vitae philosophorum, X, 149).
Regla
número 30
La
actividad, el emprender algo o incluso sólo aprender algo es necesario para la
felicidad del ser humano. Quiere poner en acción sus fuerzas y percibir de
alguna manera el éxito de estas actividades. (Tal vez porque esto le garantiza
que sus fuerzas pueden cubrir sus necesidades). Por eso, durante largos viajes
de recreo, uno se siente a veces muy infeliz. Esforzarse y luchar contra algo
que se resiste es la necesidad más esencial de la naturaleza humana. La
inmovilidad, que sería plenamente suficiente para el placer tranquilo, le
resulta imposible; superar obstáculos es el placer más completo de su
existencia, para él no hay nada mejor. Los obstáculos pueden ser puramente de
carácter material, como en el actuar y en el emprender cosas, o de carácter espiritual,
como en el estudio y la investigación: la lucha con ellos y la victoria sobre
ellos son los placeres completos de su vida. Si le faltan ocasiones, las crea
como puede. En este caso su naturaleza le empuja inconscientemente a buscar
peleas, a tramar intrigas o a cometer bribonadas u otras maldades, según las
circunstancias. Bilboquet.
Regla
número 31
Para las
ambiciones no hay que tomar como guía las imágenes de la fantasía, sino los
conceptos. Generalmente ocurre lo contrario. Particularmente en la juventud, la
meta de nuestra felicidad se fija en forma de algunas imágenes que a menudo
vemos en la fantasía durante toda la vida o hasta su mitad, y que en realidad
son fantasmas burlones. Porque cuando las hemos alcanzado se desvanecen, y
vemos que no cumplen nada de lo que prometen. De esta clase son ciertas escenas
aisladas de la vida hogareña, burguesa y campestre, imágenes del hogar, de los
alrededores etc. etc. Chaque fou a sa marotte [Cada loco con su tema]. Entre
estas cosas también hay que incluir la imagen de la amada. Esto es natural,
porque la intuición, por ser lo inmediato, también tiene un efecto más
inmediato sobre nuestra voluntad que el concepto, la idea abstracta, que sólo
nos proporciona lo general, no el detalle, y que sólo tiene una relación
indirecta con la voluntad. Pero el concepto, por el contrario, cumple su
palabra. Siempre debe guiarnos y determinarnos. Ciertamente, siempre necesitará
aclaraciones y paráfrasis en forma de algunas imágenes.
Regla
número 32
Al menos
nueve décimos de nuestra felicidad se basan únicamente en la salud. Porque de
ésta depende en primer lugar el buen humor. Donde está presente, parece que las
circunstancias externas desfavorables y hostiles se soportan mejor que las más
felices cuando un estado enfermizo nos pone de
mal humor
o nos angustia. Compárese la manera en que se ven las mismas cosas en días de
salud y alegría y en días de enfermedad. Lo que produce nuestra felicidad o
desgracia no son las cosas tal como son realmente en la conexión exterior de la
experiencia, sino lo que son para nosotros en nuestra manera de comprenderlas.
En segundo lugar, la salud y la alegría que la acompaña pueden sustituir a todo
lo demás, pero nada las sustituye a ellas. Finalmente, sin ellas es imposible
disfrutar de cualquier fortuna externa, de modo que para un enfermo que la
posee, es inexistente. Con salud todo puede ser una fuente de placer. Por eso
un mendigo sano es más feliz que un rey enfermo. Por eso no carece de razón el
hecho de que nos preguntemos los unos a los otros siempre por el estado de la
salud en lugar de otras cosas y que nos deseamos mutuamente que nos encontremos
bien. Porque esto constituye nueve décimos de toda la felicidad. De ello se
sigue que la mayor de las necedades consiste en sacrificar la salud a lo que sea,
adquisiciones, erudición, fama, promoción, y menos aún satisfacciones carnales
y placeres fugaces. Al contrario, siempre hay que posponer a ella todas y cada
una de las otras cosas.
Regla
número 33
Debemos
llegar a dominar la impresión de lo intuitivo y presente, que es
desproporcionadamente fuerte frente a lo puramente pensado y sabido, no por su
materia y contenido, que a menudo son muy insignificantes, sino por su forma,
por prestarse a la intuición, por su inmediatez, con las que la impresión
importuna el ánimo y altera su tranquilidad o incluso hace vacilarlo en sus
propósitos. Algo agradable a lo que hemos renunciado después de reflexionar,
nos excita al verlo; un juicio nos hiere aunque conocemos su incompetencia; una
ofensa nos enfurece aunque somos conscientes de su bajeza; la falsa apariencia
de la presencia real de un peligro pesa más que diez buenas razones contra su
existencia etc.
Las
mujeres sucumben casi siempre ante esta impresión y entre los hombres hay pocos
que puedan valerse del contrapeso suficiente de la razón para no sufrir los
efectos de impresiones. Cuando no podemos dominarlas del todo con el recurso a
pensamientos puros, entonces lo mejor es neutralizar una impresión por medio de
otra contraria, por ejemplo, la impresión de una ofensa, por medio de
encuentros con aquellos que nos tienen en alta estima; la impresión de un
peligro que amenaza, por medio de la observación real de lo que actúa en contra
de él. Cuando todos los que nos rodean son de otra opinión que nosotros y se
comportan según ella, es cosa ardua no dejarse conmocionar por ellos aunque
estemos convencidos de su error. Porque lo existente, lo que se puede ver, por
ser fácilmente abarcable con la mirada, actúa siempre con su plena fuerza; los
pensamientos y razones, en cambio, requieren tiempo y tranquilidad para ser
elaborados mentalmente, de modo que no los podemos
tener
presentes en cada momento. Para un rey fugitivo que viaja de incógnito, la
secreta ceremonia de sumisión de su acompañante habitual debe de ser un apoyo
casi necesario para que no acabe dudando de sí mismo.
Según lo
que hemos dicho, el conocimiento intuitivo, que nos importuna en todo momento y
da a lo insignificante e instantáneamente presente una importancia y
significación desproporcionadas, constituye una perturbación y falsificación
constante del sistema de nuestros pensamientos. Lo que también ocurre, a la
inversa, en esfuerzos físicos (como he mostrado en la obra [El mundo como
voluntad y representación], donde los pensamientos perturban la captación
intuitiva pura.
Regla
número 34
Cuando
miramos el transcurso de nuestra vida y vemos cómo hemos fallado ciertas
oportunidades de suerte y hemos provocado ciertos momentos de infortunio —«el
curso errático del laberinto de la vida» [Goethe, Fausto I, Dedicatoria, v.
14]— podemos excedernos fácilmente en reproches contra nosotros mismos. Porque
el curso de nuestra vida no es en absoluto simplemente nuestra propia obra,
sino el producto de dos factores, a saber, de la serie de acontecimientos y de
la serie de nuestras decisiones, y lo es incluso de tal manera que, en ambas
series, nuestro horizonte es muy limitado y que no podemos predecir de lejos
nuestras decisiones y menos aún prever los acontecimientos, sino que de ambas
series sólo conocemos las decisiones y acontecimientos actuales. Por eso,
cuando nuestra meta todavía se halla lejos, ni siquiera podemos dirigirnos
directamente hacia ella, sino sólo de manera aproximada y guiándonos por
conjeturas, es decir, según nos lo indican las circunstancias debemos
decidirnos en cada instante con la esperanza de acertar de tal manera que nos
acercamos a nuestra meta principal. Así, las circunstancias dadas y nuestros
propósitos básicos se pueden comparar con fuerzas que tiran en dos direcciones
distintas, y la diagonal resultante es el curso de nuestra vida.
Regla
número 35
Lo que
más frecuentemente y casi forzosamente descuidamos y dejamos de tener en cuenta
en nuestros planes de vida son las transformaciones que el tiempo mismo opera
en nosotros. A ello se debe que a menudo trabajamos en dirección a asuntos que,
una vez alcanzados, ya no son adecuados para nosotros, o también que pasamos
los años con los trabajos preparatorios para una obra que nos quitan
inadvertidamente las fuerzas para la obra misma.
Regla
número 36
El medio
más seguro para no volverse infeliz es no desear llegar a ser muy feliz, es
decir, poner las exigencias de placer, posesiones, rango, honores etc. a un
nivel muy moderado; porque precisamente la aspiración a la felicidad y la lucha
por ella atraen los grandes infortunios. Pero esa moderación también es sabia y
aconsejable por el mero hecho de que ser infeliz es muy fácil, mientras que ser
feliz no sólo es difícil, sino del todo imposible. En particular no conviene
edificar la felicidad sobre un fundamento muy ancho por medio de muchos
requisitos; porque si se sostiene sobre tal fundamente se derrumba con la mayor
facilidad. Puesto que el edificio de nuestra felicidad se comporta a ese
respecto a la inversa de cualquier otro, que se sostiene más firmemente sobre
una base amplia. Mantener las exigencias lo más modestas posibles en relación
con los propios medios de todo tipo es la manera más segura de evitar las
grandes desgracias. Pues toda felicidad positiva sólo es una quimera, en cambio
el dolor es real.
Auream
quisquis mediocritatem
Diligit,
[tutus caret obsoleti
Sordibus
tecti, caret invidenda
Sobrius
aula.
Saevius
ventis agitatur ingens
Pinus: et
celsae graviore casu
Decidunt
turres: feriuntque summos
Fulgura
montes.
«Quien
escoge la medianía dorada,
Seguro
que sigue alejado de la suciedad de la cabaña corroída,
Permanece,
modesto, lejos del lujo envidiado
Del
palacio principesco.
Más
sacude el viento a la fuerte
copa del
pino, y en pesada caída
se
derrumban las altas torres, y los relámpagos golpean las cumbres de las
montañas». Horacio, Carmina, II, versos 5-12]
Regla
número 37
<Como
en la vida el sufrimiento predomina y es positivo mientras que los placeres son
negativos, aquel que toma la razón como hilo conductor de sus acciones,
ponderando en todo lo que enfoca las consecuencias y el futuro, tendrá que
aplicar muy a menudo el substine y abstine, y para asegurar la mayor ausencia
de dolor para toda la vida tendrá que sacrificar la mayoría de las veces los
placeres y las alegrías más intensas. A ello se debe que la razón juega
generalmente el papel de un mentor malhumorado que solicita siempre la renuncia
sin prometer siquiera algo a cambio que no sea una existencia relativamente
libre de sufrimientos. Esto se debe al hecho de que la razón abarca con sus
conceptos la totalidad de la vida, y el resultado de ésta, en el caso que se
puede calcular como más afortunado, no es otro que el antes mencionado. La
necedad sólo agarra una punta de la vida, y ésta puede ser muy placentera.>
Regla
número 38
Cada uno
vive en un mundo diferente, y éste resulta ser diferente según la diferencia de
las cabezas; conforme a ésta puede ser pobre, insípido, llano, o bien rico,
interesante y significativo. Incluso la diferencia que el destino, las
circunstancias y el entorno crean en el mundo de cada uno es menos importante
que la primera. Además, esta última puede cambiar en manos del azar, la primera
está irrevocablemente determinada por la naturaleza.
Por eso,
para bien y para mal, es mucho menos importante lo que sucede a uno en la vida
que la manera en que lo experimenta, o sea el tipo y el grado de su
receptividad en cualquiera de las maneras. No es razonable que a menudo uno
envidie a otro por algunos sucesos interesantes de su vida; en lugar de ello
debería tener envidia de la sensibilidad gracias a la cual esos sucesos parecen
tan interesantes en su descripción. El mismo acontecimiento, que resulta tan
interesante cuando lo vive un genio, en una cabeza sosa se habría convertido en
una escena insípida del mundo cotidiano. Así, la misma escena que para un
melancólico puede ser trágica, lo es mucho menos para un flemático y un
sanguíneo. Por eso deberíamos aspirar menos a la posesión de bienes externos
que a la conservación de un temperamento alegre y feliz y de una mente sana que
en buena medida dependen de la salud: mens sana in corpore sano [«una mente
sana en un cuerpo sano», Juvenal, Satirae, IV, 10, 356].
Al
principio de la Eudemonía he dicho que lo que tenemos y lo que representamos
son aspectos muy secundarios frente a lo que somos. Únicamente el estado de la
conciencia es lo duradero y lo que tiene un efecto constante; todo lo demás
sólo tiene una influencia pasajera. El predominio del intelecto sobre la
voluntad, puesto que ésta siempre causa mucho sufrimiento y poca alegría
verdadera, el gran vigor y capacidad del intelecto que expulsa el aburrimiento
y hace al ser humano interiormente rico, que logra infinitamente
más que
todas las distracciones que la riqueza puede comprar, además, un ánimo contento
y razonable, estas son las cosas que importan mucho. Con respecto a la
felicidad de nuestra existencia, el estado, la condición de la conciencia, es
absolutamente lo principal. Porque sólo la conciencia es lo inmediato, mientras
que todo lo demás es mediato por y dentro de éste. Puesto que nuestra vida no
es inconsciente como la de las plantas, sino consciente y tiene como base y
condición una conciencia, es evidente que la condición y el grado de plenitud
de esta conciencia es lo más esencial para una vida agradable o desagradable.
Regla
número 39
<Ya he
dicho (Tratado sobre la libertad) que, debido al poder secreto que preside
incluso los sucesos más azarosos de nuestra vida, deberíamos acostumbrarnos a
considerar todo acontecimiento como necesario, un fatalismo que resulta
bastante tranquilizador y que, en el fondo, es correcto. Sin embargo, de la
pura ley causal se sigue que verdaderamente posible ha sido sólo aquello (como
dice correctamente Diodoro Megarico, en mi obra [El mundo como voluntad y
representación], p. 650) que ha llegado a ser real o que aún está por llegar a
ser real. Pero el campo de la posibilidad sólo aparece en parte tanto más
grande que el de la realidad, porque el concepto abarca de un solo golpe toda
una infinidad, mientras que el tiempo infinito en el cual aquélla se realiza,
no puede sernos dado, por lo cual no podemos abarcar todo el campo de la
realidad, que es infinito como el tiempo, y por eso nos parece más pequeño; en
parte se trata sólo de una posibilidad teorética. En concreto, de esta manera:
Posible es aquello que puede suceder, pero lo que puede suceder sucede con
seguridad, pues de no ser así, no puede suceder. La realidad es la conclusión
para la cual la posibilidad aporta las premisas.
{Era
patente que aquello cuyo fundamento está sentado, sigue inevitablemente, es
decir, que no puede no ser, de modo que es necesario. Pero sólo se tomaba como
orientación esta última determinación y se decía: necesario es lo que no puede
ser de otra manera, o cuyo contrario es imposible. Pero se dejaba fuera de
consideración la razón y la raíz de dicha necesidad; se pasaba por alto la
relatividad de toda necesidad que resultaba de ello, construyendo así la
ficción totalmente impensable de algo absolutamente necesario, es decir, de un
algo cuya existencia sería tan imprescindible como el efecto de una causa, pero
sin ser, de hecho, efecto de una causa, por lo cual no dependería de nada. Y
esta frase adicional es una petición absurda, puesto que contradice la
proposición de la causa. Partiendo de esta ficción y diametralmente en contra
de la verdad, se declaraba como lo contingente precisamente todo aquello que
estaba sentado por una causa, por considerar la relatividad de su necesidad, a
la que se comparaba con aquella necesidad
absoluta,
totalmente absurda y contradictoria en su concepto. Kant mantiene esta
determinación radicalmente equivocada de lo contingente y la da como
explicación: Crítica de la razón pura, V, páginas 289-291; 243; V, 301; 419,
458, 460; V, 447, 486, 488. Incluso entra en la contradicción más patente
consigo mismo cuando dice en la página 301: «Todo lo contingente tiene una
causa», y añade: «Contingente es aquello cuyo no ser es posible». Mas el no ser
de lo que tiene una causa es absolutamente imposible, por lo cual es necesario.
Por cierto, el origen de toda esta explicación errónea de lo necesario y lo
contingente ya lo podemos encontrar en Aristóteles, en concreto en De
generatione et corruptione, II, 9 y 11, donde se define lo necesario como
aquello cuyo no ser es imposible. Frente a él está aquello cuyo ser es
imposible, y entre ambos se halla lo que puede ser y no ser, es decir lo que
deviene y perece, y esto sería lo contingente. Según lo que decía antes, está
claro que esta explicación, como muchas otras de Aristóteles, se debe al hecho
de quedarse parado en los conceptos abstractos sin remontarse a lo concreto e
intuitivo, que es la fuente de todos los conceptos abstractos y desde la cual
éstos deben controlarse constantemente. «Algo cuyo no ser es imposible» es algo
que puede pensarse en el mejor de los casos in abstracto, pero si nos vamos a
lo concreto, real, intuitivo, resulta que no encontramos nada que pueda
confirmar esta idea, ni siquiera como algo posible excepto dicha consecuencia
de un fundamento dado, pero cuya necesidad es relativa y condicionada.
Aprovecho
la ocasión para añadir algunas observaciones sobre los conceptos de la
modalidad. Puesto que toda necesidad se basa en la proposición del fundamento
y, por eso mismo, es relativa, resulta que, originariamente y en su último
significado, todos los juicios apodícticos son hipotéticos. Sólo se convierten
en categóricos con la añadidura de una minor asertoria, o sea, en la
proposición conclusiva. Si esta minor queda aún sin determinar y si se expresa
esta indeterminación, nos encontramos con un juicio problemático.
Lo que,
en general (como regla) es apodíctico (una ley natural), siempre puede ser sólo
problemático con respecto a un caso singular, porque primero debe darse
realmente la condición que pone el caso bajo la regla. Y a la inversa, lo que
es necesario (apodíctico) en particular como tal (cada cambio en particular,
necesario por su causa), de hecho y expresado en general, es a su vez sólo
problemático, puesto que la causa que se ha producido sólo afecta el caso
singular, mientras que el juicio apodíctico, y siempre hipotético, sólo enuncia
leyes generales y nunca se refiere inmediatamente a casos singulares. La razón
de ello reside en el hecho de que lo posible sólo existe en el campo de la
reflexión y para la razón; en cambio, lo real, en el campo de la intuición y
para el entendimiento; lo necesario, para ambos. De hecho, la diferencia entre
necesario, real y posible sólo existe in abstracto y conceptualmente; en el
mundo
real, en cambio, los tres coinciden en uno mismo. Porque todos los
acaecimientos se producen necesariamente, ya que acontecen por causas que, a su
vez, tienen causas. De modo que todos los acaecimientos del mundo, tanto
grandes como pequeños, son una concatenación estricta de lo que acaece
necesariamente. Conforme a ello todo lo real es al mismo tiempo necesario, y no
hay diferencia entre realidad y necesidad en el mundo fáctico; ni tampoco entre
realidad y posibilidad, porque lo no acaecido, es decir, lo no realmente
devenido no era posible, puesto que las causas, sin las cuales no pudo acaecer
en absoluto, tampoco acaecieron ellas mismas ni pudieron acaecer en la gran
concatenación de las causas; de modo que era algo imposible. En consecuencia,
todo proceso es o necesario o bien imposible. Sin embargo, todo esto sólo vale
para el mundo real empírico, o sea, para el conjunto de las cosas singulares,
de lo totalmente singular como tal. Si, en cambio, miramos desde la razón las
cosas en general, concibiéndolas in abstracto, entonces la necesidad, la
realidad y la posibilidad vuelven a separarse: reconocemos como posible en
general todo lo que corresponde a las leyes a priori que pertenecen a nuestro
intelecto, o sea, lo que conforme a las leyes empíricas de la naturaleza es
posible en este mundo, aunque nunca ha llegado a ser real, de modo que
distinguimos claramente lo posible de lo real. Aunque lo real, en sí mismo,
también es siempre necesario, sólo lo concibe como tal quien conoce su causa; a
parte de ésta, es y se llama lo contingente. Esta observación también nos
brinda la llave para aquella contentio περὶ δυνατῶν [disputa sobre la
posibilidad] entre el megárico Diodoro y el estoico Crisipo, a la que Cicerón
expone en el libro De fato. Diodoro dice: «Sólo lo que llega a ser real ha sido
posible; y todo lo real también es necesario». En cambio, Crisipo dice: «Mucho
es posible que nunca llega a ser real, porque sólo lo necesario llega a ser
real». Podemos aclararnos esto de la siguiente manera. La realidad es la
conclusión de una deducción, para la cual la posibilidad es la premisa. Pero
para ello se requiere no sólo la mayor, sino también la minor; sólo las dos
juntas dan la posibilidad completa. Porque la mayor sólo da una posibilidad
teorética y general in abstracto, que por sí misma aún no hace posible nada en
absoluto, es decir, capaz de llegar a ser real. Para esto hace falta la minor,
que proporciona la posibilidad para el caso singular subsumiéndolo a la regla.
De esta manera, se convierte inmediatamente en realidad. Por ejemplo:
Mayor:
Todas las casas (por tanto también mi casa) pueden quemarse.
Minor: Mi
casa se incendia.
Conclusión:
Mi casa se quema.
Toda
proposición general, o sea, toda mayor, determina con respecto a la realidad
las cosas sólo bajo una premisa y, por tanto, hipotéticamente: por ejemplo el
poder quemarse tiene como premisa el incendiarse. Esta premisa se introduce en
la minor. La mayor, por así decirlo, carga el cañón, pero sólo
cuando la
minor acerca la mecha se produce el disparo de la conclusión. Esto vale siempre
para la relación entre posibilidad y realidad. Puesto que la conclusión, que es
el enunciado de la realidad, siempre sigue necesariamente, resulta que todo lo
que es real también es necesario. Esto también se entiende por el hecho de que
ser necesario sólo quiere decir ser consecuencia de una razón dada: ésta es una
causa cuando se trata de lo real, por lo que todo lo real es necesario. Por
consiguiente vemos que aquí coinciden en uno solo los conceptos de lo posible,
lo real y lo necesario y no sólo el último presupone el primero, sino también a
la inversa. Lo que los separa es la limitación de nuestro intelecto por la
forma del tiempo; porque el tiempo es lo que media entre posibilidad y
realidad. La necesidad de los acaecimientos particulares se puede comprender al
conocer completamente todas sus causas, pero la coincidencia de todas estas
causas diversas e independientes entre ellas nos parece contingente, siendo la independencia
entre ellas precisamente el concepto de contingencia. Pero, dado que cada una
de ellas era la consecuencia necesaria de su causa, cuya cadena no tiene
comienzo, se muestra que la contingencia es un fenómeno puramente subjetivo,
que resulta de la limitación del horizonte de nuestro entendimiento y es tan
subjetivo como el horizonte óptico dentro del cual el cielo toca la
tierra}.>
Regla
número 40
Habitualmente
tratamos de serenar el gris del presente especulando sobre posibilidades
favorables y nos inventamos cien esperanzas ilusas que todas ellas están
preñadas de un disappointment [decepción] si permanecen incumplidas. En lugar
de ello haríamos mejor en tomar todas las posibilidades malas como objeto de
nuestra especulación, lo cual nos motivaría en parte a tomar precauciones para
prevenirlas, en parte daría lugar a sorpresas agradables si no se cumplen.
<Los caracteres sombríos y miedosos encontrarán más sufrimientos imaginarios
pero menos reales que los alegres y despreocupados, porque quien lo ve todo
negro y siempre teme lo peor, no se habrá equivocado tantas veces en el cálculo
como aquel que siempre atribuye a las cosas bellos colores y perspectivas
alegres.>
Regla
número 41
Cuando se
ha producido algo malo, no permitirse siquiera el pensamiento de que pudiera
haber sido de otra manera, que pudiera ser diferente. Fatalismo, ya hemos
hablado de él. (Es bueno de manera inmediata pero no de manera indirecta).
Regla
número 42
Una de
las insensateces mayores y más frecuentes es hacer amplios preparativos para la
vida, no importa de qué tipo sean. En relación con ellos también se calcula al
principio la plena duración de una vida humana a la que, sin embargo, sólo muy
pocos alcanzan. Pero además, aunque vivieran tanto tiempo, es demasiado corta
para los planes, porque su realización siempre requiere mucho más tiempo de lo
que se suponía. Por añadidura, como todos los asuntos humanos, están expuestos
al fracaso y a los obstáculos a tal punto que raras veces se los puede llevar a
término; y si, finalmente, se ha logrado todo, no se ha tenido en cuenta que el
ser humano mismo cambia con los años y que no conserva las mismas capacidades
para los esfuerzos ni para disfrutar. El propósito que uno ha perseguido
trabajando toda su vida, le resulta imposible disfrutarlo en la vejez; no es
capaz de llenar la posición alcanzada con tantos esfuerzos, es decir, las cosas
llegan demasiado tarde para él. O, a la inversa, él llega demasiado tarde a las
cosas si había querido lograr y realizar algo relevante, porque el gusto de la
época ha cambiado, la nueva generación no se interesa por ello; otros se han
anticipado por caminos más cortos:
Quid
aeternis minorem
Consiliis
animum fatigas?
[«¿Por
qué esfuerzas a tu espíritu
demasiado
débil para planes eternos?»
Horacio,
Carmina, II, 11, vv. 11-12].
El motivo
de esta frecuente equivocación es el natural engaño según el cual la vida,
vista desde su comienzo, parece infinita, o cuando se mira atrás, desde el
final del camino, parece extremadamente breve (gemelos de teatro). Sin duda,
este engaño tiene su lado bueno, porque sin él difícilmente se llegaría a hacer
jamás algo grande.
Regla
número 43
Aquel que
fue ricamente dotado por la naturaleza (aquí la expresión es adecuada en su
sentido más propio), no necesita obtener del exterior nada más que la libertad
del ocio para poder disfrutar de su riqueza interior. Si sólo consigue este
ocio, en el fondo es el más feliz, y esto es tan cierto como el hecho de que el
yo nos es infinitamente más próximo que el no yo; todo lo exterior es y sigue
siendo no yo. Únicamente lo interior, la conciencia y su estado son el yo y
sólo en él se halla nuestro bienestar y malestar. Al margen, estos conceptos de
yo y no yo son demasiado imprecisos para la metafísica, porque el yo no es algo
simple; sin embargo, para la eudemonología son suficientes.
Regla
número 44
La verdad
principal de la eudemonología sigue siendo que importa mucho menos lo que se
tiene o representa de lo que se es. «La mayor fortuna es la personalidad»
[véase Goethe, West-östlicher Divan, Libro Suleika, parte séptima]. En todo y
con todo, en realidad, uno disfruta sólo de sí mismo; si el yo mismo no vale
mucho entonces todos los placeres son como vinos deliciosos en una boca con un
regusto a hiel. Como los grandes enemigos de la felicidad humana son dos, el
dolor y el aburrimiento, la naturaleza también dio a los seres humanos una
protección contra ambos: contra el dolor (que mucho más frecuentemente es
espiritual que físico) la alegría, y contra el aburrimiento, el espíritu. Sin
embargo, ambos no están emparentados y, en los grados más altos, probablemente
incluso son incompatibles. El genio es pariente de la melancolía [Aristoteles
ait] omnes ingeniosos melancolicos esse [«Aristóteles dice que todos los
hombres geniales son melancólicos», Cicerón, Tusculanae disputationes, I, 33,
80], y los ánimos muy alegres sólo tienen capacidades espirituales
superficiales. Por eso, cuanto mejor una naturaleza está armada contra uno de
estos males, tanto peor suele estarlo contra el otro. Ninguna vida puede
permanecer del todo libre de aburrimiento y dolor. Ahora bien, significa un
favor especial del destino cuando un ser humano se ve principalmente expuesto a
aquel de los dos males contra el que la naturaleza le ha armado mejor, o sea,
si manda mucho dolor allí donde hay mucha alegría para soportarlo, y mucho ocio
libre allí donde hay mucho espíritu; pero no a la inversa. Porque el espíritu
hace sentir el dolor de manera doble y múltiple; y para una mente alegre sin
espíritu la soledad y el ocio sin ocupación son del todo insoportables.
Regla
número 45
Δύσκολος
[de mal genio] es aquel que ante oportunidades iguales a favor y en contra de
él no se alegra cuando el resultado le es favorable, pero que se enoja cuando
le es desfavorable. Εὔκολος [de buen genio/alegre] es aquel que se alegra de un
buen resultado y no se enoja cuando es desfavorable. <La sensibilidad para
impresiones agradables y desagradables es muy diversa en diferentes personas.
Lo que a uno casi le desespera, a otro sólo le da risa.
Nature
has fram’d strange fellows in her time:
Some that
will evermore peep through their eyes,
And
laugh, like perrots, at a bag-piper;
And
others of such vinegar aspect,
That
they’ll not show their teeth in way of smile,
Though
Nestor swear the jest be laughable.
Merchant
of Venice, sc. 1
[La
naturaleza produjo gente rara en su tiempo:
algunos
que siempre miran con ojos contentos,
y se
ríen, como los loros, de un gaitero;
y otros
tienen un aire tan agrio
que no
muestran los dientes en una sonrisa,
aunque
Néstor mismo jurase que la broma es para reírse».
Shakespeare,
El mercader de Venecia, I, 1]
Platón
designa esta diferencia con las palabras δύσκολος y εὔκολος. Cuanto mayor es la
sensibilidad para impresiones desagradables, tanto menor suele ser la que
responde a las agradables y viceversa. La razón de esta diferencia parece ser
la mayor o menor tensión (tonus) de los nervios y el estado del aparato
digestivo.
La
δυσκολία es la gran sensibilidad para todas las impresiones desagradables. La
εὐκολία se comporta a la inversa. Cuando los desarreglos corporales (la mayoría
de las veces radicados en el sistema nervioso o digestivo) dan lugar a un grado
muy alto de δυσκολία, entonces el menor disgusto puede ser motivo para el
suicidio; en el grado más alto de δυσκολία incluso ni siquiera ha de producirse
un accidente especial, sino que por el mero desagrado constante (cansancio de
la vida) se realiza el suicidio con una premeditación tan fría y una
determinación tan firme que el enfermo, al que generalmente ya se vigila, está
siempre a punto y aprovecha el primer momento sin vigilancia para precipitarse
sin vacilar o luchar hacia el único soulagement [alivio] natural. Este
suicidio, que resulta de una δυσκολία manifiesta, es patológico y como tal
(perturbación del alma) lo describe Esquirol detalladamente.
Pero la
magnitud de una desgracia puede llevar incluso a la persona más sana al
suicidio.
La
diferencia sólo consiste en la diferente magnitud del motivo, y es relativa
porque la δυσκολία y la εὐκολία tienen infinitas graduaciones diversas. Cuanto
menor es el infortunio que se convierte en motivo, mayor tiene que ser la
δυσκολίὰ y tanto más patológico es el caso. Y cuanto mayor es el infortunio
tanto más sano y εὔκολος es la persona.
Dejando
de lado los estados transitorios y medios, hay, por tanto, dos tipos de
suicidio, el del enfermo por δυσκολίὰ y el del sano por desgracia.
Debido a
la gran diferencia entre la δυσκολία y la εὐκολία no hay ningún accidente lo
bastante pequeño para no convertirse en motivo de suicidio si la δυσκολία es lo
bastante grande, y ninguno tan grande que tenga que ser un tal motivo para
cualquier persona.
A partir
de la gravedad y la realidad de la desgracia hay que juzgar el grado de salud
del suicida. Si se quiere suponer que una persona perfectamente sana debería
ser tan εὔκολος que ninguna desgracia pueda anular sus ganas de vivir, entonces
es correcto decir que todos los suicidas son enfermos mentales (pero, en
realidad, físicamente enfermos). Pero ¿quién es totalmente sano?
En ambas
formas de suicidio el asunto es, finalmente, el mismo: el sufrimiento
insoportable supera las naturales ganas de vivir; pero así como hacen falta mil
onzas para quebrar una tabla gruesa, mientras que una delgada quiebra con una
onza, la misma relación hay entre el motivo y la susceptibilidad. Y, a fin de
cuentas, es como los accidentes puramente físicos: un leve resfriado mata a un
enfermo, pero hay resfriados de los que muere incluso el más sano.
No cabe
duda de que el sano, cuando toma esta decisión, ha de luchar mucho más
duramente que el enfermo mental, a quien, en el grado más extremo, la decisión
no le cuesta casi nada. En cambio, éste ha pasado ya anteriormente un largo
período de sufrimiento hasta llegar a un ánimo tan bajo. Lo que siempre
facilita las cosas es que los sufrimientos espirituales nos hacen insensibles
para los corporales, lo mismo como a la inversa.
La
transmisión hereditaria de la disposición al suicidio demuestra que la parte
subjetiva de la determinación parece ser la más fuerte.>
Regla
número 46
Aristóteles
define la vida filosófica como la más feliz: Ética a Nicómaco, X, 7-9.
Regla
número 47
Entre lo
que uno tiene están principalmente los amigos. Mas esta posesión tiene la
particularidad de que el poseedor tiene que ser en la misma medida propiedad
del otro. En un libro de huéspedes del siglo XVII, que pertenecía a los reyes
de Sajonia y se encuentra en el castillo de caza Moritzburg, apuntado por algún
noble de entonces:
Amour
véritable
Amitié
durable
Et tout
le reste au diable.
Sobre la
amistad Aristóteles, Ética a Nicómaco, X, 8-10, y Ética eudémica, VII.
Regla
número 48
Sobre la
felicidad en general vale la pena leer y es bonito Aristóteles, Ética a
Nicómaco, X, 7-10; y Ética eudémica, VII, 2, 1238 a 12, dice: ἡ εὐδαιμονία τῶν
αὐτάρκων ἐστί (scil: ἀνϑρώπων) [«La felicidad pertenece a los que se bastan a
sí mismos»].
Le
bonheur n’est pas chose aisée: il est très difficile de le trouver en nous, et
impossible de le trouver ailleurs [«La felicidad no es cosa fácil. Es muy
difícil encontrarla dentro de nosotros mismos, e imposible encontrarla en otra
parte», Chamfort, Oeuvres, vol. IV, Caractères et anecdotes, Imprimerie des
Sciences et des Arts, Paris, 1795, página 433.].
Regla
número 49
La
definición de una existencia feliz sería: una existencia tal que, vista
objetivamente, o (porque aquí importa un juicio subjetivo) según una reflexión
fría y madura, sería decididamente preferible al no ser. Del concepto de una
tal existencia se sigue que la queremos por ella misma, pero no solamente por
el miedo a la muerte, y de ello se sigue, a su vez, que quisiéramos que fuera
de duración infinita. Si la vida humana se adecua o puede adecuarse al concepto
de una tal existencia es una pregunta que, como se sabe, mi filosofía niega. La
eudemonología, en cambio, presupone sin más su afirmación.
Regla
número 50
Toda
realidad, es decir, todo presente colmado, consiste en dos mitades, el objeto y
el sujeto, en una combinación tan necesaria y esencial como la del oxígeno y
del hidrógeno en el agua. Si la mitad objetiva es absolutamente igual pero la
subjetiva diferente, o a la inversa, la realidad o el presente ya no es el
mismo. La mitad objetiva, por muy buena que sea, sólo da una realidad y un
presente malos si la mitad subjetiva es tosca y mala; como un hermoso paisaje
cuando hace mal tiempo, o cuando se capta en una cámara oscura mala sobre una
placa mal alisada. La mitad objetiva se encuentra en manos del destino y es
variable, la mitad subjetiva somos nosotros mismos, y ésta es esencialmente
invariable. De ello se desprende claramente hasta qué punto nuestra felicidad
de pende de lo que somos, de nuestra individualidad, mientras que la mayoría de
las veces sólo se tiene en cuenta nuestro destino y aquello que tenemos. El
destino puede mejorar, y la persona moderada no le
pide
mucho; pero un necio no deja de ser un necio y un zoquete grosero será
eternamente un zoquete grosero, aunque en el paraíso estuviera rodeado de
huríes. «La mayor suerte es la personalidad» [véase Goethe, West-östlicher
Divan, libro Suleika, parte 7].
EUDEMONOLOGÍA
Lo que
funda la diferencia en la suerte de los mortales se puede reducir a tres
puntos:
1. Lo que uno es: es decir, la personalidad en
el sentido más alto, donde se incluyen salud, vigor, belleza, carácter moral,
espíritu y formación del espíritu.
2. Lo que uno tiene: es decir, sus bienes
materiales y posesiones.
3. Lo que uno representa: esto se constituye de
la opinión que otros tienen de uno, del rango y de la reputación.
En el
número 1 se basa la diferencia entre los seres humanos que dispone la
naturaleza, y de ello se desprende ya que será mucho más esencial y radical que
las diferencias producidas por las instituciones humanas mencionadas en los
números 2 y 3.
Sin duda
alguna, el primer punto es, con mucho, el más esencial para su felicidad o
desgracia. Porque lo verdaderamente principal, la auténtica existencia del ser
humano es a todas luces lo que propiamente sucede en su interior, su bienestar
interior, que es el resultado de su sentir, querer y pensar. En un mismo
entorno, cada uno vive en un mundo diferente (microcosmos); los mismos procesos
exteriores afectan a cada uno de manera diversa, y la diferencia que únicamente
surge por medio de esta constitución interior es mucho mayor que aquella que
las circunstancias exteriores imponen entre las diversas personas. De manera
inmediata cada uno se enfrenta sólo a sus representaciones, sentimientos,
manifestaciones de la voluntad; las cosas externas sólo tienen una influencia
en la medida en que son originadas por aquéllas, pero sólo en aquéllas vive
realmente, son las que hacen su vida feliz o infeliz.
Un
temperamento alegre que resulta de una salud perfecta y de una feliz
organización, un espíritu claro, vivo, penetrante y de comprensión vigorosa,
una voluntad moderada y suave son ventajas que ni rango ni riqueza pueden
sustituir.
Lo
subjetivo es mucho más esencial que lo objetivo, constituye nueve
décimos
con respecto al placer. Esto es válido desde el proverbio «el hambre es el
mejor cocinero» hasta el nivel del genio o del santo: al anciano le deja
indiferente la muchacha que para el joven es el summum bonum.
Puesto
que todo lo que existe y sucede para el ser humano sólo existe inmediatamente
en su conciencia y sucede en ésta, al parecer lo más esencial es la
consistencia de la conciencia misma y ésta misma importa mucho más que las
configuraciones que se producen en ella. Todos los lujos y placeres
representados en la conciencia apagada de un necio son pobres frente a la
conciencia de Cervantes cuando escribió el Don Quijote en una cárcel incómoda.
Lo que
uno tiene por sí mismo, lo que le acompaña en la soledad sin que nadie se lo
pueda dar o quitar, esto es mucho más importante que todo lo que posee o lo que
es a los ojos de otros.
Una
persona llena de espíritu se entretiene a la perfección en la soledad más
absoluta con sus propios pensamientos y fantasías; mientras que una persona con
el espíritu romo siente aburrimiento a pesar de constantes distracciones de
teatro, fiestas y excursiones. Un carácter bueno, moderado y suave puede estar
contento con circunstancias muy modestas; en cambio, un carácter malo, ávido,
envidioso no lo está por muy rico que sea. (Goethe dice con razón en el Diván:
«La mayor suerte es la personalidad» [véase Goethe, West-östlicher Divan, parte
7]. Desde fuera se puede influir mucho menos en las personas de lo que se
cree). ¡Cuántos placeres no resultan totalmente superfluos e incluso molestos e
importunos a quien disfruta siempre del placer de una individualidad
extraordinaria!
Si lo
subjetivo, la personalidad son, como vimos, lo más importante, lo peor es, por
otro lado, que la parte subjetiva no está en nuestro poder, sino que está
invariablemente determinada para toda la vida, mientras que el tener y lo que
representamos, los otros dos aspectos principales, posiblemente son alcanzables
a cualquiera. Lo único que está en nuestro poder con respecto a la personalidad
es que la aprovechemos de la manera más ventajosa posible, es decir, que le
demos aquel tipo de formación que mejor le conviene y que evitemos cualquier
otra, que nos pongamos en el lugar, estado, dedicación etc. que correspondan a
esa personalidad y, segundo, que conservemos la posibilidad de disfrutar de
ella. Esto requiere el conocimiento de sí mismo, de ello surge el carácter
adquirido, sobre el que hablo en la obra, página 436 [El mundo como voluntad y
representación, libro IV, § 55, final]. Según esto se gana mucho más si se
emplean las propias fuerzas para la formación de la personalidad y no para la
adquisición de bienes de fortuna. Sólo que no debe descuidarse este último
empeño hasta tal extremo que lleve a la pobreza; además, la formación de la
individualidad debe ser apropiada: muchos conocimientos vuelven aún más tonta,
inservible e insufrible a una persona
limitada
y corriente; en cambio la mente extraordinaria sólo llega a disfrutar su
individualidad por medio de la adquisición de los conocimientos que le son
adecuados. Muchos ricos son infelices porque carecen de conocimientos; y sin
embargo, por regla general, todos están más empeñados en adquirir bienes que en
formarse, cuando resulta que lo que uno es, de hecho, contribuye mucho más a la
felicidad que lo que uno tiene.
La
personalidad acompaña a uno a doquier y en cualquier momento; su valor es
absoluto y no relativo como los otros dos componentes. Incluso ofrece al
aprecio del propio valor, tan esencial para nuestra felicidad, un alimento
mucho más sólido que el tercer componente; a diferencia del segundo y del
tercer componente, no está sometida a la suerte, es decir, al azar, de modo que
no se le puede quitar a nadie como, a la inversa, tampoco se puede adquirir.
Sólo el tiempo, la edad, la disminuyen, aunque con excepción del carácter
moral; todo lo demás está sometido a ellos. Este es el único punto en que los
componentes dos y tres tienen una ventaja. Pero en la medida en que la vejez
disminuye las capacidades mentales, también disminuyen las pasiones que causan
tormentos.
Los
números dos y tres tienen algunos efectos recíprocos. Habes, habeberis [«Si
tienes, vales algo», Petronio, Satiricón, LXXVII, 6] y a la inversa, la opinión
de otros puede proporcionarnos posesiones.
Sólo los
necios preferirán tener un rango en lugar de posesiones. El valor de las
posesiones está tan generalmente reconocido en nuestros días que no necesitan
recomendaciones. En comparación con ellas, el número tres es de índole muy
etérea. En el fondo es la opinión de otros: su valor inmediato es problemático,
pues se basa en nuestra vanidad. Hay casos en que resulta despreciable. Mas su
valor indirecto puede llegar a ser muy grande, ya que a menudo nuestras
posesiones y nuestra seguridad personal dependen de ella. Hay que distinguir
ambas cosas.
Lo que
uno representa, es decir, la opinión de los demás sobre nosotros no parece, ya
a primera vista, algo esencial para nuestra felicidad: por eso se llama
vanidad, vanitas. No obstante, es propio a la naturaleza humana otorgarle un
gran valor. Resulta casi inexplicable cuánta alegría sienten todas las personas
siempre que perciben señales de la opinión favorable de otros que halaga de
alguna manera su vanidad. A menudo las señales de aplauso de los demás pueden
consolar a alguien de una desgracia real o de la falta de los bienes del primer
y segundo tipo; y, a la inversa, es sorprendente hasta qué extremo las personas
se sienten ofendidas por cualquier herida de su vanidad, cualquier degradación
o menosprecio. Ésta es la base del sentimiento de honor. Y esta propiedad puede
ser muy útil para la buena conducta, como sucedáneo de la moral. Sin embargo,
una persona inteligente debe moderar en lo posible este sentimiento, lo mismo
cuando se siente halagada como cuando
se siente
herida; pues hay una relación entre ambos sentimientos. De otro modo sigue
sometida a la triste esclavitud de la opinión ajena. Tam leve tam parvum est
animus quod laudis avarum subruit aut reficit [«Tan insignificante, tan pequeño
es lo que oprime o eleva a un ánimo ambicioso», Horacio, Epistulae, II, 1,
versos 179-180].
Cualquiera
debe aspirar a una buena reputación, es decir a tener un buen nombre; a un
rango alto sólo aquellos que sirven al Estado; a la fama en un sentido más
elevado sólo pueden aspirar muy pocos.


Publicar un comentario