© Libro N° 12035.
El Archipielago En Llamas. Verne,
Julio. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
El Archipielago En Llamas. Julio Verne
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Julio Verne
El
Archipielago En Llamas
Julio
Verne
1
Un buque
en alta mar
El 18 de
octubre de 1827, hacia las cinco de la tarde, un pequeño buque levantino ceñía
el viento en el intento de alcanzar, antes de que se hiciera de noche, el
puerto de Vitylo, a la entra-da del golfo de Corón.
Este
puerto, el antiguo Oitylos de Homero, está situado en una de las tres profundas
inci-siones que recortan, en el mar Jónico y en el mar Egeo, esa hoja de
plátano con la que, muy acertadamente, ha sido comparada la Grecia meridional.
Sobre esta hoja se extiende el anti-guo Peloponeso, la Morea de la geografía
mo-derna. La primera de tales mordeduras, al oes-te, es el golfo de Corón,
abierto entre la Mese-nia y la Maina; la segunda es el golfo de Mara-tón, que
escota ampliamente el litoral de la se-vera Laconia; la tercera es el golfo de
Nauplia, cuyas aguas separan la Laconia de la Argólida.
Al
primero de estos tres golfos pertenece el puerto de Vitylo. Excavado en el
límite de su costa oriental, en el fondo de una ensenada irregular, ocupa los
primeros estribos maríti-mos del Taigeto, cuya prolongación orográfica forma la
osamenta de esta región que es la Mamá. La seguridad de sus fondos, la
orienta-ción de sus pasos y las alturas que lo abrigan hacen de él uno de los
mejores refugios de una costa incesantemente azotada por todos los vientos de
esos mares mediterráneos.
El buque,
que se elevaba, todo a ceñir, contra una brisa bastante fresca de nornoroeste,
no podía ser visto desde los muelles de Vitylo. Una distancia de entre seis y
siete millas lo se-paraba todavía del puerto. Aunque el día era muy claro,
sobre el fondo luminoso del lejano horizonte se recortaba apenas la orla de sus
velas más altas.
Mas lo
que no podía verse desde abajo podía verse desde arriba, es decir, desde la
cima de
las
crestas monta- 1 ñosas que dominan
el
pueblo.
Vitylo está construido, en forma de anfiteatro, sobre rocas abruptas defendidas
por la antigua acrópolis de Kelafa. Por encima se yerguen algunas viejas torres
en ruinas, de un origen posterior a los curiosos restos de un templo de
Serapis, cuyas columnas y capiteles de orden jónico adornan aún la iglesia de
Vity-lo. Cerca de esas torres se levantan asimismo dos o tres capillitas poco
frecuentadas, que atienden unos monjes, encargados del culto.
Es
conveniente que aclaremos la expresión «encargados del culto» e incluso esa
calificación de «monje» que aplicamos a los basilios1[1] de la costa mesenia.
Por otra parte, vamos a poder juzgar, directamente del natural, a uno de ellos,
que acababa de abandonar su capilla.
En
aquella época, la religión, en Grecia, era todavía una mezcla singular de las
leyendas del paganismo y de las creencias del cristianismo.
1[1]
Francés caloyers (griego moderno kalogeros, monje griego de la orden de San
Basilio)
Muchos
fieles veían a las diosas de la antigüe-dad como santas de la nueva religión e,
incluso actualmente, como ha hecho notar Henry Belle, esas gentes «amalgaman a
los semidioses con los santos, a los duendes de los pequeños valles encantados
con los ángeles del paraíso, invo-cando tanto a las sirenas y las furias como a
la Panagia»2[2] De ahí la existencia de ciertas prác-ticas extravagantes y de
anomalías que hacen sonreír, y de ahí también la aparición, a veces, de una
clerecía incapaz de desenredar ese caos poco ortodoxo.
Durante
el primer cuarto del presente siglo, sobre todo -hace unos cincuenta años, en
la época en que comienza esta historia-, el clero de la península helénica era
todavía más ignoran-te, y los monjes, indolentes, ingenuos, simples y
complacientes, no parecían estar demasiado capacitados para guiar a unas gentes
supersti-
2[2] Del
griego eclesiástico panagia, nombre que, en la religión ortodoxa, se le da a la
Virgen
ciosas
por naturaleza.
¡Y si por
lo menos esos basilios hubiesen si-do tan sólo ignorantes! Pero, en ciertas
partes de Grecia, sobre todo en las regiones salvajes de la Maina, aquellos
pobres hombres -reclutados, dicho sea de paso, entre las clases más bajas,
mendigos por naturaleza y por necesidad, que vivían pordioseando las dracmas
que les lanza-ban de vez en cuando los viajeros caritativos, sin otra ocupación
que la de dar a besar a los fieles la imagen apócrifa de algún santo o la de
mantener encendida la lámpara ante la horna-cina de alguna santa y desesperados
por el po-co rendimiento que obtenían de los diezmos, las confesiones, los
entierros y los bautizos, no manifestaban ningún escrúpulo a la hora de hacer
de vigías -¡y menudos vigías!- por cuenta de los habitantes del litoral.
Por eso,
cuando vieron que uno de sus mon-jes bajaba rápidamente hacia el pueblo
agitan-do los brazos, los marinos de Vitylo, que esta-ban tumbados en el
puerto, como esos lazzaro-
ni3[3]
que necesitan dos horas de descanso des-pués de realizar un trabajo de unos
minutos, se levantaron.
El monje
era un hombre de unos cincuenta a cincuenta y cinco años, no sólo corpulento,
sino también gordo, con esa gordura que genera la ociosidad, y su fisonomía
astuta no podía inspi-rar sino una mediocre confianza.
-¿Qué
pasa, padre? ¿Qué pasa? -exclamó uno de los marineros corriendo hacia él.
El
vityliano hablaba con ese tono gangoso que haría creer que Nasón fue uno de los
ante-pasados de los helenos, y utilizaba el dialecto mainota, en el que se
mezclan el griego, el tur-co, el italiano y el albanés, como si hubiese
exis-tido en tiempos de la torre de Babel.
-¿Es que
los soldados de Ibrahim han inva-dido las alturas del Taigeto? -preguntó otro
marinero, con un gesto de apatía que denotaba escaso patriotismo.
3[3]
«Gandul», en italiano en el original.
-¡A menos
que sean los franceses, que no nos hacen ninguna falta! -contestó el primer
interlo-cutor.
-¡Iguales
son unos que otros! -replicó un ter-cero.
Y esta
respuesta indicaba que la lucha, en-tonces en su fase más terrible, interesaba
muy poco a aquellos indígenas de los confines del Peloponeso, enormemente
diferentes de los mainotas del norte, que tan brillantemente se distinguieron
durante la guerra de la Indepen-dencia.
Pero el
obeso monje no podía replicar ni a uno ni a otro. Se había sofocado bajando las
rápidas pendientes del acantilado. Su pecho de asmático jadeaba. Quería hablar
y no lo conse-guía. Al menos, uno de sus antepasados de la Hélade, el soldado
de Maratón, antes de caer muerto había podido anunciar la victoria de
Milcíades. Pero ya no se trataba de Milcíades ni de la guerra de los atenienses
y los persas. Eran sólo griegos, aquellos hoscos habitantes de la
punta
extrema de la Maina.
-¡Habla,
padre, habla ya! -exclamó un viejo marino llamado Gozzo, más impaciente que los
otros, como si hubiera adivinado lo que el mon-je había venido a anunciarles.
Éste
consiguió por fin recuperar el aliento. Luego, tendiendo la mano hacia el
horizonte, dijo:
-¡Barco a
la vista!
Y, al oír
estas palabras, todos aquellos hara-ganes se pusieron en pie dando palmas y
echa-ron a correr hacia un roquedal que dominaba el puerto. Desde allí, su
vista podía abarcar un sector más vasto del mar.
Un
extranjero habría podido creer que aquel movimiento está provocado por el
natural inte-rés que todo navío arribando a puerto inspira necesariamente en
unos marineros fanáticos de las cosas del mar. Nada más lejos de la reali-dad.
De hecho, si algún tipo de interés podía apasionar a aquellos indígenas, era
desde un punto de vista muy especial.
En
efecto, en el momento en el que escribo - no en el momento en que tenía lugar
esta histo-ria-, la Mamá es todavía un país aparte en me-dio de Grecia,
convertida ésta nuevamente en reino independiente por voluntad de las
poten-cias europeas, signatarias del Tratado de An-drinópolis de 1829. Los
mainotas, o al menos los de tal nombre que viven en esas puntas alargadas entre
los golfos, han permanecido en un estado semibárbaro, más preocupados por su
propia libertad que por la libertad de su pa-ís. De ahí que esa lengua extrema
de la tierra que es la Morea inferior haya sido, en todas las épocas,
prácticamente irreductible. Ni los jení-zaros turcos, ni los soldados griegos
pudieron vencer a los mainotas. Pendencieros, vindicati-vos, transmitiéndose de
padres a hijos, como los corsos, odios entre familias que no pueden extinguirse
si no es a través de la sangre, sa-queadores de nacimiento y sin embargo
hospi-talarios, asesinos cuando el robo exige el asesi-nato, estos rudos
montañeses se consideran, a
pesar de
todo, los descendientes directos de los espartanos; pero, encerrados en las
ramificacio-nes del Taigeto, donde se cuentan por millares esas pequeñas
ciudadelas o pyrgos casi inacce-sibles, desempeñan de muy buen grado el pa-pel
equívoco de aquellos forajidos de la Edad Media que ejercían sus derechos
feudales a pu-ñaladas y a tiros.
Pues
bien, si actualmente los mainotas son todavía medio salvajes, resulta fácil
imaginar lo que debían de ser hace cincuenta años. Durante el primer tercio de
este siglo, antes de que los cruceros de los barcos de vapor hubiesen fre-nado
en gran medida sus depredaciones en el mar, fueron los piratas más osados y los
más temidos por los buques mercantes que hacían escala en los puertos de
Levante.
Y
precisamente, el puerto de Vitylo, por el hecho de hallarse situado en el
extremo del Peloponeso, a la entrada de dos mares, y por su proximidad con la
isla de Cerigoto, refugio predilecto de los corsarios, estaba en el lugar
idóneo
para acoger a todos aquellos malhecho-res que pirateaban en la zona del
Archipiélago y los parajes vecinos del Mediterráneo. El pun-to de concentración
de los habitantes de esta parte de la Maina se llamaba entonces,
concre-tamente, Kakovoni, y los kakovoniotas, a caba-llo de esa punta en la que
termina el cabo Ma-tapán, podían operar cómodamente. En el mar, atacaban a los
navíos; desde tierra, los atraían por medio de falsas señales. En todas partes
los saqueaban y los quemaban. Poco importaba que la tripulación estuviese
compuesta de tur-cos, malteses, egipcios, incluso griegos: todos eran
degollados sin piedad o vendidos como esclavos en las costas berberiscas.
Cuando fal-taba el trabajo, cuando escaseaban los barcos de cabotaje en los
parajes del golfo de Corón o del golfo de Maratón, alrededor de Cerigo o del
cabo Gallo, se elevaban rogativas al dios de las tempestades, a fin de que se
dignase lanzar contra aquellas costas algún buque de gran tonelaje y rica
carga. Y los basilios no se nega-
ban a
realizar estas plegarias, que redundaban en mayor beneficio de sus fieles.
Pues
bien, desde hacía algunas semanas no habían podido saquear nada. Ningún buque
había venido a atracar en las orillas de la Mai-na. Por eso se produjo una
explosión de júbilo, no bien el monje hubo dejado escapar aquellas palabras,
entrecortadas por sus jadeos as-máticos:
-¡Barco a
la vista!
Casi
inmediatamente se oyeron los tañidos sordos de la simandra,4[4] especie de
campana de madera chapada en hierro usada en aquellas provincias, donde los
turcos no permiten el empleo de las campanas de metal. Pero aque-llos lúgubres
repiques bastaban para reunir a una población ansiosa: hombres, mujeres,
ni-ños, perros feroces y temibles, todos igualmen-te aptos para el saqueo y el
asesinato.
4[4] Sin
traducción. De esperon (éperon), .espolón.. Barco maltés de cabotaje
Entretanto,
los vitylianos, reunidos sobre el alto peñasco, discutían a gritos. Aquel buque
avistado por el monje, ¿qué tipo de barco era?
Impulsado
por la brisa del nornoroeste, que arreciaba al caer la noche, el navío, amuras
a babor, avanzaba rápidamente. Era posible in-cluso que rebasara el cabo
Matapán dando bor-dadas. A juzgar por la dirección que llevaba, parecía venir
de los alrededores de Creta. El casco empezaba a mostrarse por encima de la
estela blanca que dejaba tras él; pero a esa dis-tancia, el velamen no era
todavía más que una masa confusa. Resultaba, pues, difícil reconocer a qué tipo
de buque pertenecía. De ahí que los comentarios se contradijeran a cada
momento.
-¡Es un
jabeque! -decía uno de los marineros-. ¡Acabo de ver las velas cuadradas del
trinque-te!
-¡No!
-replicaba otro-. ¡Es un pingue! ¡Mirad la popa levantada y la arrufadura de la
roda!
-Jabeque
o pingue! ¿Quién va a poder dis-tinguirlos a esta distancia?
-¿No será
más bien una polacra de velas cuadradas? -observó otro marinero, que se había
hecho un catalejo con las dos manos me-dio cerradas.
-¡Que
Dios nos asista! -contestó el viejo Goz-zo-. ¡Polacra, jabeque o pingue, todos
son bu-ques de tres mástiles, y valen más tres mástiles que dos cuando se trata
de atracar en nuestras costas con un buen cargamento de vino de Candía o de
telas de Esmirna!
Tras este
juicioso comentario, todos miraron con mayor atención. El navío se acercaba y
se iba agrandando poco a poco; pero, precisamen-te porque navegaba todo a
ceñir, no era posible verlo de costado. Hubiera sido, pues, difícil decir si
tenía dos o tres mástiles, o sea, si se podía esperar que su tonelaje fuera o
no consi-derable.
-¡Oh, no!
¡Maldita sea nuestra suerte y mal-dito el diablo que anda en ella! -dijo Gozzo,
lanzando uno de aquellos juramentos políglo-tas con los que acentuaba todas sus
frases-. Al
final
resultará que sólo es un falucho...
-¡O
incluso un speronare!5[5] -exclamó el monje, tan decepcionado como su rebaño.
Ni que
decir tiene que estas dos observacio-nes fueron acogidas con gritos de
desaliento. Pero, fuera del tipo que fuera, se podía ya cal-cular que aquel
barco debía de tener una capa-cidad de a lo sumo cien o ciento veinte
tonela-das. Después de todo, poco importaba que su cargamento no fuese enorme,
si era rico. Hay simples faluchos, o incluso ciertos speronares, que van
cargados de vinos preciosos, aceites finos o tejidos de valor. En tal caso,
vale la pena atacarlos. ¡Y proporcionan un gran beneficio por poco trabajo! Por
lo tanto, no había que de-sesperar aún. Además, los más viejos de la banda, muy
entendidos en la materia, opinaban que el buque tenía un cierto porte elegante
que
5[5]
Francés échillons, del latín vulgar scalio, -one, «esca-lera de mano» o «escala
de cuerda». Éste era el sentido que tenía la palabra en francés antiguo
(escheillon). Ac-tualmente, su significado es «tromba» o manga de agua».
decía
mucho en su favor.
Mientras
tanto, el sol empezaba a desapare-cer tras el horizonte al oeste del mar
Jónico; pero el crepúsculo de octubre proyectaría toda-vía luz suficiente, al
menos durante una hora, para que el navío pudiese ser reconocido antes de que
se hiciera noche cerrada. Éste, por otra parte, después de haber doblado el
cabo Mata-pán, acababa de abatir dos cuartos sobre su rumbo con objeto de tomar
mejor la entrada del golfo y se ofrecía en las mejores condiciones a la mirada
de sus observadores.
Al cabo
de un instante, una palabra escapó de labios del viejo Gozzo:
-¡Sacoleva!
-¡Una
sacoleva! -exclamaron sus compañe-ros, y su decepción se tradujo en una
descarga de maldiciones.
Pero, a
este respecto, no hubo discusión al-guna, porque no había error posible. El
navío que maniobraba a la entrada del golfo de Corón era, sin lugar a dudas,
una sacoleva. A pesar de
todo, las
gentes de Vitylo no tenían motivo pa-ra quejarse de su mala suerte.No es raro
encon-trar algún cargamento precioso a bordo de es-tas sacolevas.
Se llama
así a un tipo de buque levantino de tonelaje mediano, cuya arrufadura, es
decir, la curva del puente, se acentúa ligeramente levan-tándose hacia la popa.
Sus tres mástiles de una sola pieza van aparejados con velas áuricas. El palo
mayor, muy inclinado hacia proa y co-locado en el centro, lleva una vela
latina, una bandola y una gavia con un juanete alto. Dos foques en la proa y
dos velas en punta en los dos mástiles desiguales de popa completan su velamen,
que le da un aspecto singular. Los vivos colores del casco, el lanzamiento de
la roda, la variedad de su arboladura y el particu-lar corte de sus velas hacen
de él uno de los más curiosos especímenes entre esos graciosos navíos que
bordean a centenares los estrechos parajes del Archipiélago. Nada tan elegante
como este ligero buque, acostándose y endere-
zándose
sobre las olas, coronándose de espu-ma, saltando sin esfuerzo, como lo haría un
enorme pájaro cuyas alas hubiesen rozado el mar, que en ese momento rielaba
bajo los últi-mos rayos de sol.
Aunque la
brisa tendía a arreciar y el cielo se cubrió de «mangas», nombre que los
levantinos dan a ciertas nubes de su cielo, la sacoleva no reducía en nada su
velamen. Conservaba izado incluso el juanete alto, que cualquier marino menos
audaz seguramente ya hubiese amaina-do. Evidentemente, su intención era
atracar, pues el capitán no tenía ningún interés en pasar la noche en medio de
una mar que estaba ya encrespada y amenazaba con tornarse aún más gruesa.
Pero,
aunque en ese momento para los ma-rinos de Vitylo no cabía ya ninguna duda de
que la sacoleva estaba entrando en el golfo, no dejaban de preguntarse si se
dirigiría a su puer-to.
-¡Eh!
-exclamó uno de ellos-. ¡Se diría que si-
gue
arrimándose al viento en lugar de venir al fondeadero!
-¡Que el
diablo se la lleve! -replicó otro-. ¿Es que acaso piensa virar por avante y
hacerse a la mar de nuevo?
-A lo
mejor pone rumbo a Cotón.
-O a
Calamata.
Estas dos
hipótesis eran igualmente admisi-bles. Coron es un puerto de la costa mainota
muy frecuentado por los navíos mercantes de la zona de Levante, y allí se lleva
a cabo una parte importante de la exportación de los acei-tes del sur de
Grecia. Lo mismo puede decirse de Calamata, situada en el fondo del golfo,
cu-yos bazares rebosan de productos manufactu-rados, telas o cerámicas, que le
envían los di-versos Estados de Europa occidental. Era, pues, posible que la
sacoleva llevara un cargamento para uno de estos dos puertos, lo cual habría
desconcertado en gran manera a aquellos vity-lianos, en busca de saqueos y
pillajes.
Mientras
era observada con una atención tan
poco
desinteresada, la sacoleva avanzaba rápi-damente. No tardó en hallarse a la
altura de Vitylo. Ése era el instante en el que se decidía su suerte. Si
continuaba avanzando hacia el fondo del golfo, Gozzo y sus compañeros debe-rían
perder toda esperanza de capturarla. En efecto, incluso lanzándose a sus más
rápidas embarcaciones, no habrían tenido ninguna oportunidad de alcanzarla, tan
veloz era su marcha bajo aquel enorme velamen que llevaba sin fatiga.
-¡Ya
llega!
Estas dos
palabras fueron pronunciadas, al cabo de breves momentos, por el viejo marino,
cuyo brazo, armado de una mano ganchuda, se lanzó extendido hacia el pequeño
buque como un arpeo de abordaje.
Gozzo no
se equivocaba. Acababan de poner caña a barlovento, y la sacoleva se dirigía
ahora hacia Vitylo. Al mismo tiempo, el juanete alto y el segundo foque fueron
arriados; después, la gavia fue recogida. Así, aligerada de una parte
de sus
velas, resultaba mucho más manejable para el timonel.
Empezaba
a anochecer. La sacoleva tenía el tiempo justo para entrar en los pasos de
Vitylo. Aquí y allá, hay rocas submarinas que es preci-so evitar, so pena de
precipitarse a una destruc-ción completa. Sin embargo, el pabellón de pi-loto
no había sido izado al palo mayor del pe-queño buque. El capitán tenía que
conocer per-fectamente aquellos fondos tan peligrosos, ya que se aventuraba a
través de ellos sin pedir ayuda. Quizá desconfiaba también -y con toda razón-
de los prácticos vitylianos, que no habrí-an tenido inconveniente en llevarlo
hacia algún arrecife donde buen número de navíos se habí-an perdido ya.
Además,
en aquella época, ningún faro ilu-minaba las costas de esta porción de la
Maina. Una simple luz de puerto servía para guiarse al maniobrar por el
estrecho canal.
Mientras
tanto, la sacoleva iba acercándose.
Pronto
estuvo sólo a media milla de Vitylo.
Recalaba
sin vacilar. Se notaba que una mano hábil la maniobraba.
Esto no
satisfacía en absoluto a todos aque-llos desalmados. Les interesaba que el
buque que codiciaban se precipitara contra alguna roca. En situaciones como
ésta, el escollo se convertía fácilmente en su cómplice. Empezaba el trabajo y
ellos sólo tenían que acabarlo. Pri-mero, el naufragio; el saqueo, después; tal
era su manera de actuar. Esto les ahorraba una lu-cha a mano armada, una
agresión directa, de la cual podían ser víctimas algunos de ellos. Al-gunos de
aquellos buques, efectivamente, esta-ban defendidos por valientes
tripulaciones, que no se dejaban atacar impunemente.
Así pues,
los compañeros de Gozzo dejaron su puesto de observación y volvieron al puerto
sin perder un instante. Tenían que poner en práctica las estratagemas que son
familiares a todos los saqueadores de pecios, ya sean de Poniente o de Levante.
Hacer
encallar la sacoleva en los estrechos
pasos del
canal indicándole una dirección falsa: algo muy fácil en medio de aquella
oscuridad, que, sin ser profunda aún, lo era bastante para dificultar las
evoluciones de la nave.
-¡A la
luz del puerto! -dijo simplemente Gozzo, a quien sus compañeros obedecían
siempre sin dudar.
La orden
del viejo marino fue comprendida. Dos minutos más tarde, el farol -una simple
linterna, encendida en el extremo de una per-cha levantada sobre el pequeño
muelle- se apa-gaba súbitamente.
En el
mismo instante, aquella luz era susti-tuida por otra, que al principio fue
colocada en la misma dirección; pero si la primera, inmóvil sobre el muelle,
indicaba un punto siempre fijo para el navegante, la segunda, gracias a su
mo-vilidad, debía arrastrarlo fuera del canal y ex-ponerlo a chocar contra
algún escollo.
Se
trataba de una linterna cuya luz no difería en absoluto de la del farol del
puerto; pero había sido enganchada a los cuernos de una
cabra, a
la que los vitylianos empujaban lenta-mente por las primeras rampas del
acantilado. La linterna se desplazaba junto con el animal y debía inducir a la
sacoleva a realizar maniobras equivocadas.
No era la
primera vez que las gentes de Vi-tylo actuaban de ese modo. ¡Desde luego que
no! Y era incluso raro que hubiesen fracasado en sus criminales empresas.
A todo
esto, la sacoleva acababa de entrar en el canal. Después de haber cargado su
vela ma-yor, llevaba desplegadas tan sólo las velas lati-nas de popa y el
foque. Este velamen reducido debía bastarle para llegar a su fondeadero.
Para
enorme sorpresa de los marinos que lo observaban, el pequeño buque avanzaba con
una increíble seguridad a través de las sinuosi-dades del canal. No parecía
preocuparse en modo alguno de la luz móvil que llevaba la cabra. En pleno día
su maniobra no hubiera sido más correcta. Su capitán tenía por fuerza que haber
realizado a menudo la aproximación
a Vitylo
y tenía que conocer bien la zona, hasta el punto de poder aventurarse por
aquellos parajes incluso en medio de una noche cerrada.
En aquel
momento era ya posible distinguir al atrevido marino. Su silueta se destacaba
cla-ramente en la sombra sobre la proa de la saco-leva. Se hallaba envuelto en
los anchos pliegues de su aba, especie de capa de lana, cuyo capu-chón le
cubría la cabeza. En realidad, aquel capitán no guardaba, en su actitud, ningún
pa-recido con los modestos patrones de los barcos de cabotaje, que durante la
maniobra devanan incesantemente entre sus dedos un rosario de grandes cuentas,
y que son el tipo que común-mente se encuentra en los mares del Archipiéla-go.
¡No! Éste, con voz baja y sosegada, estaba pendiente tan sólo de transmitir sus
órdenes al timonel, situado en la popa del pequeño buque.
En aquel
momento, la linterna que paseaban por las rampas del acantilado se apagó de
gol-pe, lo cual, sin embargo, no causó problemas a la sacoleva, que,
imperturbable, seguía su ruta.
Por un
momento, pareció que un giro brusco iba a enviarla contra una peligrosa roca,
situada a flor de agua, a una distancia del puerto de un cable6[6], y que era
prácticamente imposible ver en la sombra. Un ligero golpe de timón bastó para
modificar su dirección y evitar el escollo, junto al cual pasó rozando.
Igual
destreza manifestó el timonel cuando fue necesario evitar un segundo arrecife,
que no dejaba más que un estrecho paso a través del canal -arrecife contra el
que más de un navío había ya chocado al dirigirse al fondeadero, fuese o no su
piloto cómplice de los vitylianos.
Éstos no
podían ya contar con la posibilidad de un naufragio, que les hubiera entregado
la sacoleva sin defensa. En pocos minutos estaría anclada en el puerto. Para
apoderarse de ella, tendrían necesariamente que tomarla al aborda-je.
6[6] Un
cable es la décima parte de una milla y equivale a
185
metros.
Así lo
decidieron, previo acuerdo, aquellos granujas; y es lo que se proponían llevar
a la práctica en medio de una oscuridad muy favo-rable para esta clase de
operaciones.
-¡A los
botes! -dijo el viejo Gozzo, cuyas ór-denes no eran nunca discutidas, sobre
todo cuando lo que ordenaba era un saqueo.
Una
treintena de hombres vigorosos, algu-nos armados con pistolas, la mayoría
blandien-do puñales y hachas, se lanzaron a los botes amarrados en el muelle y
avanzaron en número evidentemente superior al de los hombres de la sacoleva.
En ese
mismo instante, con una voz seca, al-guien a bordo dio una orden. La sacoleva,
des-pués de haber salido del canal, se hallaba en medio del puerto. Largaron
las drizas, echaron el ancla y la nave permaneció inmóvil después de una última
sacudida producida por la caída de la cadena.
Los botes
estaban tan sólo a unas pocas bra-zas del buque. Aun sin mostrar una descon-
fianza
exagerada, cualquier tripulación, cono-ciendo la mala reputación de las gentes
de Vity-lo, se hubiese armado, a fin de estar, llegado el caso, en condiciones
de defenderse.
Pero, en
esta ocasión, no fue así. Después de atracar, el capitán de la sacoleva había
abando-nado la proa y se había dirigido a popa, mien-tras sus hombres, sin
preocuparse por la llega-da de los botes, se dedicaban tranquilamente a plegar
las velas, con objeto de dejar libre la cu-bierta.
El único
detalle digno de observación era que no las ataban, de manera que hubiera
bas-tado con drizar para volver a aparejar.
El primer
bote abordó la sacoleva por el lado de babor. Los otros toparon con ella casi
ense-guida. Y como sus bordas empavesadas eran poco elevadas, los asaltantes,
profiriendo gritos de muerte, sólo tuvieron que pasar por encima de una zancada
para alcanzar la cubierta.
Los más
furiosos se precipitaron hacia la popa. Uno de ellos cogió un farol encendido y
lo acercó
a la cara del capitán.
Éste se
apartó la capucha con la mano y la dejó caer sobre sus hombros; su rostro
apareció a plena luz.
-¡Vaya!
-dijo-. ¿Acaso las gentes de Vitylo no reconocen ya a su compatriota Nicolas
Starkos?
Mientras
hablaba de este modo, el capitán se había cruzado tranquilamente de brazos. Un
segundo después, los botes, tras haber desatra-cado a toda velocidad, habían
alcanzado de nuevo el fondo del puerto.
2
CARA A
CARA
Diez
minutos más tarde, una ligera embar-cación, un gig7[7], abandonaba la sacoleva
y de-
7[7] En
inglés en el original. Especie de falúa, embarcación alargada de remo, al
servicio del capitán o Jefe de escua-dra.
positaba
al pie del muelle, sin ningún compa-ñero y sin arma alguna, a aquel hombre ante
el cual los vitylianos acababan de batirse en reti-rada con tanta presteza.
Era el
capitán de la Karysta. Así se llamaba el pequeño buque que acababa de fondear
en el puerto.
Hombre de
estatura mediana, mostraba, bajo la tupida gorra de marino, una frente ancha y
orgullosa. Tenía unos ojos duros, de mirada fija. Sobre el labio, lucía bigotes
de klefta8[8], dispuestos horizontalmente y rematados en un grueso mechón, no
en punta. Era ancho de pe-cho y de miembros vigorosos. Los cabellos ne-gros le
caían en bucles sobre los hombros. Si pasaba de los treinta y cinco años, debía
de ser apenas por unos meses. Pero su tez curtida por las brisas, la dureza de
su fisonomía y el plie-
8[8] Del
griego moderno klephtés, nombre que se les daba a los bandidos que vivían en
las montañas de la región del Olimpo y que representaron un papel importante en
la guerra de la Independencia contra los turcos.
gue de su
frente, como un surco en el cual nin-guna cosa honesta podía germinar, lo
hacían parecer mucho más viejo de lo que era.
Por lo
que se refiere al atuendo que llevaba en aquel momento, nada tenía que ver con
la chaqueta, la almilla y las enagüillas del palika-re9[9]. El caftán, con
capucha de color pardo bordada de discretas trencillas, el pantalón verdoso con
anchos pliegues, que se perdía dentro de unas botas de caña alta, recordaban
más bien la vestimenta de un marino de las costas berberiscas.
Y sin
embargo, Nicolas Starkos era griego de nacimiento y originario del puerto de
Vitylo. Allí era donde había pasado los primeros años de su juventud. Durante
su infancia y adoles-cencia, había hecho entre aquellas rocas el aprendizaje de
la vida del mar. Había navega-do al azar por aquellos parajes, dejándose lle-
9[9] Del
griego moderno pallikári, miliciano griego que combatía contra los turcos.
var por
las corrientes y los vientos. No había una sola ensenada cuyo braceaje y
acantilados no hubiera verificado, ni un escollo, bancal o roca submarina cuya
marcación fuera des-conocida para él, ni un solo recodo del canal cuyas
múltiples sinuosidades no fuera capaz de seguir, sin compás ni piloto. Así
pues, resulta fácil comprender cómo, a despecho de las falsas señales de sus
compatriotas, había podido diri-gir la sacoleva con mano tan segura. Además, él
sabía que los vitylianos eran poco de fiar. Los había visto en acción
anteriormente. Y es muy probable que no desaprobara sus instintos ra-paces, en
la medida en que no había tenido que sufrirlos personalmente.
Pero si
él conocía a los vitylianos, también los vitylianos conocían a Nicolas Starkos.
Des-pués de la muerte de su padre, que fue uno entré las miles de víctimas de
la crueldad de los turcos, a su madre, ansiosa de venganza, le faltó tiempo
para unirse a la primera subleva-ción contra la tiranía otomana. Él, con
dieciocho
años,
había abandonado la Maina para recorrer los mares, y particularmente el
Archipiélago, y aprendió no sólo el oficio de marino, sino tam-bién el de
pirata. Nadie, a excepción de él mis-mo, habría podido decir a bordo de qué
navíos sirvió durante aquel período de su existencia, ni qué jefes, entre los
que mandaban bandas de filibusteros o corsarios, lo tuvieron a sus órde-nes, ni
bajo qué pabellón llevó a cabo sus pri-meros hechos de armas, ni qué sangre
derramó su mano, si la de los enemigos de Grecia o la de sus defensores, la
misma que corría por sus propias venas. Con todo, varias veces había sido visto
en los diversos puertos del golfo de Corón. Compatriotas suyos que habían
tomado parte en alguna de sus empresas, habían rela-tado sus más notables actos
de piratería: barcos mercantes atacados y destruidos, ricos carga-mentos
repartidos como botín. Un cierto miste-rio envolvía el nombre de Nicolas
Starkos, y, sin embargo, ese nombre era tan conocido en las provincias de la
Maina que, ante él, todos se
inclinaban.
Así se
explica el recibimiento que le dieron los habitantes de Vitylo, por qué
consiguió im-ponerse tan sólo con su presencia y por qué todos abandonaron el
proyecto de saquear la sacoleva en el momento mismo en que recono-cieron al
hombre que la comandaba.
En cuanto
el capitán de la Karysta atracó en el muelle del puerto, un poco por detrás de
la escollera, hombres y mujeres, que habían acu-dido para recibirlo, se
alinearon respetuosa-mente a su paso. Cuando desembarcó, ni un solo grito fue
proferido. Parecía como si Nico-las Starkos tuviera bastante prestigio para
im-poner el silencio a su alrededor tan sólo por el respeto que inspiraba.
Esperaban que él habla-se, y, si no lo hacía -lo cual era posible-, nadie se
permitiría la licencia de dirigirle la palabra.
Después
de ordenar a los marineros de su gig que volvieran a bordo, Nicolas Starkos
avanzó hacia el ángulo que forma el muelle al fondo del puerto. Pero apenas
había dado unos
veinte
pasos en esa dirección cuando se detuvo. Luego, viendo al viejo marinero que lo
seguía como si esperase recibir alguna orden, dijo:
-Gozzo,
necesitaré diez hombres vigorosos para completar mi tripulación.
-Los
tendrás, Nicolas Starkos -respondió Gozzo.
Si el
capitán de la Karysta hubiese querido cien, los habría encontrado también entre
aque-lla población marinera, y habría podido incluso elegir. Y esos cien
hombres, sin preguntar adónde se los llevaba, ni a qué tarea se los des-tinaba,
ni por cuenta de quién iban a navegar o a batirse, habrían seguido a su
compatriota, dispuestos a compartir su suerte, sabiendo muy bien que de una
manera u otra saldrían ganan-do.
-Que
dentro de una hora esos diez hombres estén a bordo de la Karysta -añadió el
capitán.
-Allí
estarán -respondió Gozzo.
Nicolas
Starkos, indicando con un gesto que no deseaba ser acompañado, subió por el
male-
cón, que
se redondea al final del muelle, y des-apareció de su vista en una de las
estrechas calles del puerto.
El viejo
Gozzo, respetando su voluntad, vol-vió al lado de sus compañeros y ya no se
ocupó de otra cosa que de escoger a los diez hombres destinados a completar la
tripulación de la sa-coleva.
Entretanto,
Nicolas Starkos subía lentamente las cuestas de aquel abrupto acantilado sobre
el cual se asienta el poblado de Vitylo. A aquella altura, no se oía otro ruido
que los ladridos de los perros salvajes, casi tan temibles para los viajeros
como los chacales o los lobos, unos perros de formidables mandíbulas y ancha
cara de dogo, que no se dejan intimidar por el bas-tón. Algunas gaviotas se
arremolinaban en el espacio, agitando con pequeños movimientos sus amplias alas
extendidas, de camino hacia las cuevas del litoral.
Pronto,
Nicolas Starkos dejó atrás las últimas casas de Vitylo. Tomó entonces el
escarpado
sendero
que rodea la acrópolis de Kelafa. Des-pués de seguir por las ruinas de una
ciudadela, levantada en aquel lugar por Ville-Hardouin, en la época en que los
cruzados ocupaban di-versos puntos del Peloponeso, rodeó la base de las viejas
torres que todavía hoy coronan el acantilado. Allí se detuvo un momento y se
volvió.
En el
horizonte, más acá del cabo Gallo, el cuarto creciente de la luna estaba a
punto de apagarse en las aguas del mar Jónico. Unas po-cas estrellas
centelleaban a través de los estre-chos desgarrones de las nubes, un silencio
ab-soluto reinaba alrededor de la acrópolis. Dos o tres pequeñas velas apenas
visibles surcaban la superficie del golfo, atravesándolo hacia Corón o
remontándolo hacia Calamata. De no ser por el fanal, que se balanceaba en el
extremo del mástil, tal vez hubiera sido imposible distin-guirlas. Más abajo,
siete u ocho luces brillaban también en diferentes puntos de la orilla, y su
resplandor se veía doblado por la temblorosa
reverberación
de las aguas. ¿Eran los faroles de las barcas de pesca o las luces encendidas
de las viviendas? Imposible precisarlo.
Nicolas
Starkos recorría, con su mirada habi-tuada a las tinieblas, toda aquella
inmensidad. Hay en el ojo del marino una capacidad de vi-sión penetrante, que
le permite ver cosas allí donde otros no verían nada. Pero en aquel momento, no
parecía que las cosas exteriores pudiesen impresionar al capitán de la Karysta,
acostumbrado sin duda a escenas totalmente diferentes. No, era dentro de sí
mismo donde miraba. Respiraba casi inconscientemente aquel aire natal, que es
como el aliento del país. Per-manecía inmóvil, pensativo, con los brazos
cru-zados, y tampoco su cabeza, ahora descubierta, se movía más de lo que lo
hubiera hecho de haber estado esculpida en piedra.
Así
transcurrió casi un cuarto de hora. Du-rante ese tiempo, Nicolas Starkos no
había de-jado de observar aquel occidente delimitado por un lejano horizonte de
mar. Luego, dio
unos
pasos y subió por el acantilado en diago-nal. No caminaba de ese modo al azar.
Un se-creto pensamiento lo guiaba; pero se habría dicho que sus ojos evitaban
aún mirar aquello que habían venido a buscar a las alturas de Vi-tylo.
Por otra
parte, nada hay tan desolado como esta costa, desde el cabo Matapán hasta el
últi-mo rincón del golfo. Allí no crecían naranjos, ni limoneros, ni
escaramuos, ni adelfas, ni jazmi-nes de la Argólida, ni higueras, ni madroños,
ni moreras, ni nada de lo que convierte algunas regiones de Grecia en una rica
y verdeante campiña. Ni una encina, ni un plátano, ni un granado que se
destacasen sobre el sombrío telón de los cipreses y los cedros. Por todas
partes, rocas que un próximo desprendimiento de aquellos terrenos volcánicos
podría muy bien precipitar a las aguas del golfo. Por todas partes, una
aspereza feroz en aquella tierra de la Maina, incapaz de alimentar a su
población. Apenas algunos pinos descarnados, contorci-
dos,
extravagantes, cuya resina había sido con-sumida por completo y a los que
faltaba la sa-via, mostrando las profundas heridas de sus troncos. Aquí y allá,
enjutos cactos, verdaderos cardos espinosos, cuyas hojas se parecían a
pe-queños erizos medio pelados. En parte alguna, en fin, ni en los arbustos
achaparrados, ni en el suelo, formado más de guijarros que de tierra, nada con
que alimentar aquellas cabras que, dada la sobriedad del entorno, no eran
tampo-co muy exigentes.
Después
de dar unos veinte pasos, Nicolas Starkos se paró de nuevo y se volvió hacia el
noreste, donde la lejana cresta del Taigeto dibu-jaba su perfil sobre el fondo
menos oscuro del cielo. Una o dos estrellas, que aparecían a esa hora,
descansaban allí todavía, a ras del hori-zonte, como grandes luciérnagas.
Nicolas
Starkos permanecía inmóvil con-templando una casita baja de madera que ocu-paba
un saliente del acantilado, a unos cincuen-ta pasos. Era una vivienda modesta,
aislada
encima
del pueblo, a la que sólo se llegaba por abruptos senderos, construida en medio
de un cercado de árboles medio desnudos y rodeada por un seto de espinos. Se
veía que aquella mo-rada estaba deshabitada desde hacía mucho tiempo. El seto,
en mal estado, espeso en unas partes y lleno de boquetes en otras, ya no era
una barrera suficiente para protegerla. Los pe-rros vagabundos, los chacales,
que de vez en cuando visitan la región, habían asolado más de una vez aquel
pequeño rincón de suelo mai-nota. Malas hierbas y zarzas, ésa había sido la
aportación de la naturaleza a aquel lugar de-sierto, desde que la mano del
hombre dejara de ejercer su dominio sobre él.
¿A qué
era debido el abandono? A que el dueño de aquel pedazo de tierra había muerto
hacía ya muchos años. A que su viuda, Andro-nika Starkos, había abandonado el
país para ir a ocupar su lugar entre las filas de las valientes mujeres que se
destacaron en la guerra de la Independencia. A que el hijo, después de su
partida,
no había vuelto jamás a pisar la casa paterna.
Y, sin
embargo, allí era donde Nicolas Star-kos había nacido. Allí habían transcurrido
los primeros años de su infancia. Su padre, des-pués de una larga y honorable
vida de marino, se había retirado a aquel asilo, pero se mantenía alejado de la
población de Vitylo, cuyos excesos le causaban horror. Más instruido y un poco
más acomodado que las gentes del puerto, había logrado crearse una existencia
aparte con su mujer y su hijo. Vivía en aquel retiro, igno-rado y tranquilo,
cuando, un día, dejándose arrastrar por la cólera, intentó resistirse a la opresión
y pagó con su vida esa resistencia. Nadie podía escapar de los agentes turcos,
ni siquiera en los confines más extremos de la península.
No
estando ya el padre allí para dirigir al hijo, la madre se vio incapaz de
contenerlo. Nicolas Starkos huyó de su casa para ir a reco-rrer los mares,
poniendo al servicio de la pira-
tería y
los piratas aquel maravilloso instinto de marino que le venía de su origen.
Hacía
diez años, pues, que el hijo había abandonado la casa, y hacía seis que lo
había hecho la madre. Sin embargo, en la región se decía que Andronika había
vuelto algunas ve-ces. Al menos, algunas personas creían haberla visto, muy de
tarde en tarde y durante breves instantes, sin que ella hubiese intentado
entrar en contacto con ninguno de los habitantes de Vitylo.
En cuanto
a Nicolas Starkos, nunca antes de ese día, aun cuando los azares de sus
excursio-nes lo habían llevado una o dos veces a la Mai-na, había manifestado
la intención de volver a ver la modesta vivienda del acantilado. Jamás había
preguntado a nadie acerca del estado de abandono en el que ésta se encontraba.
Jamás una alusión a su madre, para saber si había regresado alguna vez a la
desierta morada. Pe-ro tal vez el nombre de Andronika había llega-do a sus
oídos, en relación con los terribles
acontecimientos
que ensangrentaban entonces Grecia. Y ese nombre habría debido penetrar como un
remordimiento en su conciencia, si su conciencia no hubiese sido impenetrable.
No
obstante, si aquel día Nicolas Starkos había hecho escala en el puerto de
Vitylo, no había sido únicamente para reforzar la tripula-ción de la sacoleva
con diez hombres más. Un deseo -más que un deseo, un imperioso instin-to-, del
cual tal vez no tenía completa concien-cia, lo había empujado hacia allí. Había
sentido la necesidad de volver a ver, por última vez, sin duda, la casa de sus
padres, de pisar el suelo donde había dado sus primeros pasos, de respi-rar el
aire encerrado entre aquellas paredes, donde había exhalado su primer aliento,
donde había balbuceado sus primeras palabras de niño. Sí, aquélla era la razón
por la cual acaba-ba de remontar los escarpados senderos del acantilado, la
razón por la cual se encontraba en aquel momento delante de la valla del
pe-queño cercado.
Entonces
tuvo un momento de vacilación. No hay corazón tan duro que no se encoja en
presencia de ciertos recuerdos del pasado. No se nace en un lugar para después
no sentir nada ante ese sitio donde uno ha sido acunado por la mano de una
madre. Las fibras del ser humano no pueden estar gastadas hasta el punto de que
ni una sola vibre todavía cuando uno de estos recuerdos la toca.
Y eso fue
lo que sintió Nicolas Starkos, de pie en el umbral de la casa abandonada, tan
sombría, silenciosa y muerta en el interior como en el exterior.
-¡Entremos!...
¡Sí... entremos!
Éstas
fueron las primeras palabras que pro-nunció Nicolas Starkos. En realidad, no
hizo sino murmurarlas, como si temiese ser oído y evocar alguna aparición del
pasado.
Entrar en
aquel cercado. ¡Qué podía haber más fácil! La valla estaba desvencijada, los
montantes yacían en el suelo. Ni siquiera había una puerta que abrir, un
barrote que empujar.
Nicolas
Starkos entró. Se detuvo ante la casa, cuyos aleros, medio podridos por la
lluvia, sólo se sostenían gracias a unos trozos de herraje corroídos y
oxidados.
En aquel
momento, una lechuza lanzó un grito y salió volando de un matorral de
lentis-cos que obstruía el umbral de la puerta.
Nicolas
Starkos vaciló de nuevo. Estaba fir-memente decidido a ver hasta el último
apo-sento de la casa. Pero se sintió enojado por lo que le estaba pasando, por
sentir aquella espe-cie de remordimiento. Estaba emocionado, pero también
irritado. ¡Parecía como si de aquel te-cho paterno hubiese de surgir un
reproche co-ntra él, una última maldición!
Por eso,
antes de entrar en la casa, quiso dar una vuelta a su alrededor. La noche era
oscura. Nadie lo veía y -¡él no se veía a sí mismo!». Quizá, en pleno día, no
hubiese llegado hasta allí. En medio de la noche, se sentía con más valor para
desafiar a sus recuerdos.
Allí
estaba, pues, andando con paso furtivo,
como un
malhechor inspeccionando los alrede-dores de una vivienda a la que piensa
llevar a la ruina, avanzando a lo largo de las paredes agrietadas en los
ángulos, doblando las esqui-nas, cuyas aristas erosionadas desaparecían bajo el
musgo, tanteando con la mano aquellas piedras debilitadas, como para ver si
quedaba todavía un poco de vida en aquel cadáver de casa, escuchando, en fin,
si el corazón le latía aún. Por la parte de atrás, el cercado estaba más
oscuro. El oblicuo fulgor del cuarto creciente, que entonces desaparecía, no
hubiese podido llegar hasta allí.
Nicolas
Starkos había rodeado lentamente la casa. En la sombría morada reinaba un
silencio inquietante. Habríase dicho que estaba embru-jada o que era
frecuentada por espíritus. Volvió hacia la fachada orientada al oeste. Luego se
acercó a la puerta, con la intención de empujar-la, si se aguantaba tan sólo
con un pasador, o de forzarla, si el pestillo estaba sujeto aún en la gacheta
de la cerradura.
Pero
entonces la sangre le nubló los ojos y una violenta cólera, un ansia de matar,
se apo-deró de él10[10]. Quería visitar aquella casa sólo una vez más y no se
atrevía a entrar en ella. ¡Le parecía que su padre y su madre iban a apare-cer
en el umbral, con los brazos extendidos, maldiciéndolo, a él, el mal hijo, el
mal ciudada-no, el traidor a la familia, el traidor a la patria!
En ese
momento, la puerta se abrió lenta-mente. Una mujer apareció en el umbral.
Lle-vaba puesto el traje mainota -un zagalejo de algodón negro con una pequeña
orla roja, una camisola de color pardo, ceñida al talle, y, sobre la cabeza, un
ancho gorro negruzco, rodeado de un fular con los colores de la bandera griega.
Aquella
mujer tenía un rostro enérgico, grandes ojos negros de una vivacidad un poco
salvaje y tez curtida, como los pescadores del
10[10] En
francés, Il vit «rouge» comme on dit, mais rouge de feu. Dado que la expresión
voir rouge no tiene traduc-ción en castellano, he explicitado su sentido y he
dado una versión libre de la frase original.
litoral.
Era de estatura elevada y se mantenía erguida, a pesar de que tenía ya más de
sesenta años.
Era
Andronika Starkos. La madre y el hijo, separados física y espiritualmente desde
hacía tanto tiempo, se encontraban en ese momento cara a cara.
Nicolas
Starkos no había esperado hallarse en presencia de su madre... Aquella
aparición lo espantó.
Andronika,
con los brazos extendidos hacia su hijo, prohibiéndole el acceso a la casa,
pro-nunció tan sólo estas palabras, con una voz que, viniendo de ella, las
hacía terribles:
-¡Nicolas
Starkos no volverá a poner nunca los pies en la casa de su padre!... ¡Nunca!
Y el
hijo, encorvado bajo el peso de esa or-den terminante, retrocedió poco a poco.
Aque-lla que lo había llevado en sus entrañas lo ex-pulsaba entonces como se
expulsa a un traidor. Quiso dar un paso hacia delante... Un gesto aún más
enérgico, el gesto de la maldición, lo de-
tuvo.
Nicolas
Starkos se echó hacia atrás. Luego huyó del cercado, retomó el sendero del
acanti-lado y descendió dando grandes zancadas, sin volverse, como si una mano
invisible lo empu-jase por los hombros.
Andronika,
inmóvil en el umbral de la casa, lo vio desaparecer en la noche.
Diez
minutos más tarde, Nicolas Starkos, sin dejar traslucir su emoción, de nuevo
dueño de sí mismo, alcanzaba el puerto, llamaba a su gig y se embarcaba en él.
Los diez
hombres elegidos por Gozzo se en-contraban ya a bordo de la sacoleva.
Sin
pronunciar una sola palabra, Nicolas Starkos su bió a la cubierta de la Karysta
y, con un gesto, dio la orden de aparejar.
La
maniobra se llevó a cabo rápidamente. Sólo hizo falta izar las velas que se
hallaban dispuestas para una pronta partida. El terral, que acababa de
levantarse, facilitaba la salida del puerto.
Cinco
minutos más tarde, la Karysta atrave-saba los pasos, con seguridad y en
silencio, sin que un solo grito hubiera sido proferido por los hombres de a
bordo ni por las gentes de Vitylo.
Aún la
sacoleva no había llegado a cubrir una milla mar adentro cuando una llama
ilu-minó la cima del acantilado.
Era la
morada de Andronika Starkos que ar-día hasta los cimientos. La mano de la madre
había provocado aquel incendio. No quería que quedase un solo vestigio de la
casa en la que su hijo había nacido.
Durante
otras tres millas, el capitán no pudo apartar su mirada de aquel fuego que
brillaba sobre la tierra de la Maina y lo siguió en la sombra hasta el último
resplandor.
Andronika
lo había dicho: « ¡Nicolas Starkos
no
volverá a poner nunca los pies en la casa de
su
padre!...
¡Nunca!
3
Griegos
contra turcos
En los
tiempos prehistóricos, cuando la cor-teza sólida del globo iba tomando forma
poco a poco bajo la acción de fuerzas interiores, nep-tunianas o plutonianas,
surgió Grecia. Un cata-clismo empujó este pedazo extremo de tierra por encima
del nivel de las aguas, al tiempo que engullía, en la zona del Archipiélago,
una parte del continente, de la cual sólo quedan las cimas más altas en forma
de islas. Grecia se asienta, efectivamente, sobre la línea volcánica que va de
Chipre a la Toscana11[11].
Se diría
que los helenos sacan del suelo ines-table de su país el instinto de esa
agitación físi-
11[11]
Desde la época en la que tiene lugar esta historia, la isla Santorin ha sido
víctima de los fuegos subterráneos. Vostitsa en 1661, Tebas en 1661 y Santa
Maura han sido devastadas por sendos terremotos.
ca y
moral que, en las empresas heroicas, puede llevarlos a los mayores excesos.
Bien es verdad, sin embargo, que gracias a sus cualidades natu-rales, valor
indomable, sentido del patriotismo, amor a la libertad, han conseguido hacer de
estas provincias, sometidas durante tantos si-glos a la dominación otomana, un
Estado inde-pendiente.
Pelásgica
en los tiempos más remotos, es de-cir, poblada por tribus de Asia; helénica del
siglo XVI al XIV antes de la era cristiana, con la aparición de los helenos,
una de cuyas tribus, la de los grayas, había de darle su nombre, en los tiempos
casi mitológicos de los argonautas, los heráclidas y la guerra de Troya;
totalmente griega, en fin, desde Licurgo, con Milcíades, Temístocles,
Arístides, Leónidas, Esquilo, Sófo-cles, Aristófanes, Herodoto, Tucídides,
Pitágo-ras, Sócrates, Platón, Aristóteles, Hipócrates, Fidias, Pericles,
Alcibíades, Pelópidas, Epami-nondas y Demóstenes, y después macedonia con
Filipo y Alejandro, Grecia terminó siendo
romana
con el nombre de Acaya, ciento cuaren-ta y seis años antes de Cristo y por un
período de cuatro siglos.
Desde esa
época, invadido sucesivamente por visigodos, vándalos, ostrogodos, búlgaros,
eslavos, árabes, normandos y sicilianos, con-quistado por los cruzados a
principios del siglo XIII y dividido en un gran número de feudos durante el XV,
este país, sometido a tantas pruebas tanto en la antigua como en la nueva era,
cayó final mente en manos de los turcos y quedó bajo la dominación musulmana.
Puede
decirse que, durante cerca de doscien-tos años, la vida política de Grecia fue
comple-tamente aniquilada. El despotismo de los fun-cionarios otomanos, que
representaban allí la autoridad, rebasaba todos los límites. Los grie-gos no
eran ni un pueblo anexionado, ni con-quistado, ni siquiera vencido: eran
esclavos, doblegados bajo el bastón del bajá, con el imán o sacerdote a su
derecha y el djellah o verdugo a su izquierda.
Pero la
vida no había abandonado todavía este país que agonizaba. Por el contrario,
bajo aquel extremo padecimiento, iba a volver a palpitar. Los montenegrinos del
Epiro en 1766, los mainotas en 1769 y los suliotas de Albania se sublevaron por
fin y proclamaron su inde-pendencia; pero en 1804 todas aquellas tentati-vas de
rebelión fueron definitivamente sofoca-das por Alí Tebelen, bajá de Janina.
Si las
potencias europeas no querían asistir al total aniquilamiento de Grecia, era el
mo-mento de intervenir. Reducida a sus solas fuer-zas, sólo podía morir en el
intento de recobrar su independencia.
En 1821,
Alí Tebelen, que se había sublevado a su vez contra el sultán Mahmud, acababa
de pedir ayuda a los griegos, prometiéndoles la libertad, y éstos se levantaron
en masa. Los filohelenos acudieron en su auxilio desde todos los puntos de
Europa. Italianos, polacos, ale-manes y, sobre todo, franceses se alistaron
para luchar contra los opresores. Los nombres de
Guy de
Sainte-Héléne, Gaillard, Chauvassaig-ne, los capitanes Baleste y Jourdain, el
coronel Fabvier, el jefe de escuadrón Regnaud de Saint-Jean-d'Angély y el
general Maison, a los que hay que añadir los de tres ingleses, lord Coch-rane,
lord Byron y el coronel Hastings, han de-jado un recuerdo imperecedero en este
país por el cual vinieron a batirse y morir.
A estos
nombres, ennoblecidos por todo el heroísmo que la entrega a la causa de los
opri-midos puede engendrar, Grecia iba a responder con otros tomados de sus más
encumbradas familias: tres hidriotas, Tombasis, Tsamados, Miaulis, y también
Colocotronis, Marco Botsa-ris, Mavrocordato, Mavromichalis, Constantino
Canaris, Negris, Constantino y Demetrius Hyp-silantí, Ulises y tantos otros.
Desde el principio, el levantamiento se convirtió en una guerra a muerte, ojo
por ojo, diente por diente, que pro-vocó las más horribles represalias por
parte de uno y otro bando.
En 1821,
los suliotas y la Maina se sublevan.
En
Patrás, el obispo Germanos lanza, con la cruz en la mano, el primer grito de
guerra. Mo-rea, Moldavia y el Archipiélago se alinean bajo el estandarte de la
independencia. Los helenos, victoriosos en el mar, consiguen apoderarse de
Trípolis. A estos primeros triunfos de los grie-gos responden los turcos con la
matanza de aquellos compatriotas suyos que se encontra-ban en Constantinopla.
En 1822,
Alí Tebelen, sitiado en su fortaleza de Janina, es cobardemente asesinado en
mitad de una conferencia que le había propuesto el general turco Kourdid. Poco
tiempo después, Mavrocordato y los filohelenos son aplastados en la batalla de
Arta; pero recuperan la iniciati-va en el primer asedio de Misolonghi,
obligan-do al ejército de Omer-Vrione a levantar el blo-queo, no sin pérdidas
considerables.
En 1823,
las potencias extranjeras comienzan a intervenir más eficazmente. Proponen al
sul-tán una mediación. El sultán la rechaza y para
apoyar su negativa
desembarca
diez mil soldados asiáticos en Eu-bea. Después entrega el mando del ejército
tur-co a su vasallo Mehmet-Alí, bajá de Egipto.
Durante
las luchas de ese año sucumbió Marco Botsaris, aquel patriota del cual se ha
dicho: «Vivió como Arístides y murió como Leónidas.»
El 24 de
enero de 1824, año de grandes reve-ses para la causa de la independencia, lord
By-ron desembarcó en Misolonghi y el día de Pas-cua moría frente a Lepanto, sin
haber visto rea-lizado su sueño. Los ipsariotas eran masacra-dos por los turcos
y la ciudad de Candía, en Creta, se entregaba a los soldados de Mehmet-Alí.
Únicamente las victorias marítimas pudie-ron consolar a los griegos de tantos
desastres.
En 1825,
Ibrahim-Bajá, hijo de Mehmet-Alí, desembarca en Modón, Morea, con once mil
hombres. Se apodera de Navarino y derrota a Colocotronis en Trípolis. Fue
entonces cuando el gobierno helénico confió un cuerpo de tropas regulares a dos
franceses, Fabvier y Regnaud
de
Saint-Jean-d'Angély; pero antes de que estas tropas se encontraran en
disposición de ofrecer-le resistencia, Ibrahim devastaba Mesenia y la Maina. Y
si abandonó sus operaciones fue para tomar parte en el segundo asedio a
Misolonghi, de la cual no conseguía apoderarse el general Kioutagi, a pesar de
haberle dicho el sultán: «¡O Misolonghi o tu cabeza!»
En 1826,
el 5 de enero, después de haber in-cendiado Pirgos, Ibrahim llegaba a
Misolonghi. Durante tres días, del 25 al 28, arrojó sobre la ciudad ocho mil
bombas y balas de cañón, sin conseguir entrar, ni siquiera después de un triple
asalto, por más que no tenía que habérse-las sino con dos mil quinientos
combatientes, ya debilitados por el hambre. Sin embargo, había de salir
victorioso, sobre todo una vez que Miaulis y su escuadra, que llevaban
refuer-zos a los sitiados, fueron rechazados. El 23 de abril, después de un
asedio que había costado la vida a mil novecientos de sus defensores,
Misolonghi caía en poder de Ibrahim, y sus
soldados
acuchillaron a hombres, mujeres y niños, prácticamente todo lo que había
queda-do de los nueve mil habitantes de la ciudad. Ese mismo año, los turcos,
conducidos por Kioutagi, después de haber asolado Fócida y Beocia, llegaban a
Tebas, el 10 de julio, entraban en el Ática, cercaban Atenas, se establecían
allí y sitiaban la acrópolis, defendida por mil qui-nientos griegos. En auxilio
de esta ciudadela, la llave de Grecia, el nuevo gobierno envió a Ca-raiscakis,
uno de los combatientes de Miso-longhi, y al coronel Fabvier con su cuerpo de
regulares. En la batalla que libraron en Chaida-ri fueron derrotados y Kioutagi
continuó si-tiando la acrópolis. Entretanto, Caraiscakis em-prendía el camino a
través de los desfiladeros del Parnaso, vencía a los turcos en Arachova, el 5
de diciembre, y elevaba sobre el campo de batalla un trofeo de trescientas
cabezas corta-das. El norte de Grecia había vuelto a ser libre casi totalmente.
Por
desgracia, al amparo de estas luchas, el
Archipiélago
se encontraba abierto a las incur-siones de los más temibles corsarios que
hubie-sen jamás devastado aquellos mares. Y entre éstos se citaba, como uno de
los más san-guinarios, el más audaz quizá, al pirata Sacratif, cuyo solo nombre
causaba pavor en todos los puertos de Levante.
No
obstante, siete meses antes de la época en que empieza esta historia, los
turcos se habían visto obligados a refugiarse en algunas de las plazas fuertes
de la Grecia septentrional. En el mes de febrero de 1827, los griegos habían
re-conquistado su independencia desde el golfo de Ambracia hasta los confines
del Ática. El pabellón turco sólo ondeaba ya en Misolonghi, Vonitsa y
Naupacta12[12]. El 31 de marzo, bajo la influencia de lord Cochrane, los
griegos del norte y los griegos del Peloponeso, renuncian-do a sus disputas
internas, iban a reunir a los representantes de la nación en una asamblea
12[12]
Lepanto.
única, en
Trezenas, y a concentrar los poderes en una sola mano, la de un extranjero,
Capo d'Istria, un diplomático ruso, griego de naci-miento, y oriundo de Corfú.
Pero
Atenas estaba en poder de los turcos. Su ciudadela había capitulado el 5 de
junio. El norte de Grecia se vio entonces apremiado a someterse completamente.
El 6 de julio, sin embargo, Francia, Inglaterra, Rusia y Austria firmaban una
convención que, aun admitiendo la soberanía de la Puerta13[13], reconoocía la
exis-tencia de una nación griega. Además, por un artículo secreto, las
potencias firmantes se comprometían a unirse contra el sultán si éste rehusaba
aceptar un arreglo pacífico.
Tales son
los hechos generales de esta guerra sangrienta, unos hechos que el lector debe
guardar en la memoria, pues van ligados estre-chamente a todo lo que seguirá.
13[13]
Nombre que se daba al Estado y gobierno turcos en tiempos de los sultanes
He aquí
ahora los hechos particulares en los cuales están directamente implicados los
per-sonajes de esta dramática historia, tanto los que ya conocemos como los que
vamos a conocer.
Entre los
primeros debemos citar a Andro-nika, la viuda del patriota Starkos.
Aquella
lucha para conquistar la indepen-dencia de su país no había engendrado tan sólo
héroes, sino también heroínas, cuyos nombres van unidos gloriosamente a los
acontecimientos de esta época.
Así vemos
aparecer el nombre de Bobolina, nacida en una pequeña isla a la entrada del
golfo de Nauplia. En 1812, su marido es hecho prisionero, llevado a
Constantinopla y empala-do por orden del sultán. El primer grito de la guerra
de la Independencia ha sido proferido. En 1821, Bobolina, con sus propios
recursos, arma tres navíos y, tal como lo cuenta H. Belle, siguiendo el relato
de un viejo klefta, después de haber enarbolado su pabellón, que lleva
es-critas estas palabras de las mujeres espartanas:
«O encima
o debajo», sale a corso hasta el lito-ral de Asia Menor, capturando e
incendiando los navíos turcos con la intrepidez de un Tsa-mados o de un
Canaris; luego, tras haber cedi-do generosamente la propiedad de sus barcos al
nuevo gobierno, asiste al sitio de Trípolis, organiza en torno a Nauplia un
bloqueo que dura catorce meses y, finalmente, obliga a la ciudadela a rendirse.
Esta mujer, cuya vida es una leyenda, había de acabar asesinada por el puñal de
su hermano, a causa de una simple disputa familiar.
Otra gran
figura debe ser situada en el mis-mo rango que esta valiente hidriota. Siempre
los mismos hechos que traen iguales conse-cuencias. Una orden del sultán hace
que sea estrangulado en Constantinopla el padre de Modena Mavroeinis, mujer de
alta cuna y sin-gular belleza. Modena se lanza inmediatamente a la
insurrección, llama a los habitantes de My-cona a la revuelta, arma buques a
bordo de los cuales viaja ella misma, organiza compañías de
guerrilla
que dirige personalmente, detiene al ejército de Selim-Bajá en el fondo de las
estre-chas gargantas del Pelión, y se destaca brillan-temente hasta el fin de
la guerra, hostigando a los turcos en los desfiladeros de las montañas de
Ftiótida.
También
hay que hacer mención de Kaidos, que destruye mediante minas los muros de Villa
y se bate con indomable coraje en el mo-nasterio de Santa Veneranda; Moskos, su
ma-dre, que lucha al lado de su esposo y aplasta a los turcos con enormes
trozos de roca; Despo, que para no caer en manos de los musulmanes, se hizo
saltar por los aires con sus hijas, sus nueras y sus nietos. Y las mujeres
suliotas, y las que protegieron al nuevo gobierno, instalado en Salamina,
llevando hasta allí la flotilla que dirigían, y aquella Constancia Zacarías,
que, después de haber dado la señal del levanta-miento en las llanuras de
Laconia, se lanzó so-bre Leondari a la cabeza de quinientos campe-sinos, y
tantas otras, en fin, cuya generosa san-
gre no se
economizó en aquella guerra, durante la cual pudo verse de lo que eran capaces
las descendientes de los helenos.
Lo mismo
había hecho la viuda de Starkos. Con el solo nombre de Andronika -pues no quiso
ya usar el que su hijo deshonraba-, se dejó arrastrar a la acción, tanto por un
irresisti-ble instinto de represalia como por amor a la independencia. Como
Bobolina, viuda de un esposo sacrificado por haber intentado defen-der su país,
como Modena, como Zacarías, aun cuando no pudo correr con los gastos de armar
buques y organizar compañías de voluntarios, se consagró a la lucha sin reparar
en sacrificios en medio de los grandes dramas de aquella in-surrección.
En 1821,
Andronika se unió a los mainotas que Colocotronis, condenado a muerte y
refu-giado en las islas Jónicas, había reclutado cuan-do, el 18 de enero de
aquel año, había desem-barcado en Scardamula. Tomó parte en la pri-mera batalla
campal librada en Tesalia, cuando
Colocotronis
atacó a los habitantes de Fanari y a los de Caritena, que se habían unido a los
turcos a orillas del Rufia. También estuvo en la batalla de Valtetsio, el 17 de
mayo, que causó la derrota del ejército de Mustafá-Bey. Más seña-ladamente aún
se distinguió en el sitio de Trí-polis, donde los espartanos llamaban a los
tur-cos «persas cobardes» y donde los turcos inju-riaban a los griegos
llamándoles «miserables liebres de Laconia». Pero aquella vez pudieron más las
liebres. El 5 de octubre, la capital del Peloponeso, al no haber podido ser
liberada del bloqueo por la flota turca, tuvo que capitular y, a pesar de la
convención, fue incendiada y sus habitantes masacrados por espacio de tres
días, lo que costó la vida, tanto fuera como dentro, a diez mil otomanos de
todas las edades y de ambos sexos.
Al año
siguiente, el 4 de marzo, durante un combate naval, Andronika, que había
embar-cado bajo las órdenes del almirante Miaulis, vio cómo después de una
lucha de cinco horas los
buques
turcos huían y buscaban refugio en el puerto de Zante. ¡En uno de aquellos
navíos reconoció a su hijo, que pilotaba la escuadra otomana a través del golfo
de Patrás!... Aquel día, abrumada por la vergüenza, se lanzó a la lucha allí
donde la refriega era más dura, bus-cando la muerte..., pero la muerte no quiso
sa-ber nada de ella.
Y, no
obstante, Nicolas Starkos había de lle-gar aún más lejos en ese camino
criminal. ¿Aca-so no se unió, unas semanas más tarde, a Kara-Alí, que estaba
bombardeando la ciudad de Scio en la isla del mismo nombre? ¿No había
participado en aquellas espantosas matanzas en las que perecieron más de
veintitrés mil cristia-nos, sin contar los cuarenta y siete mil que fue-ron
vendidos como esclavos en los mercados de Esmirna? ¿Y no estaba el hijo de
Andronika al mando de uno de los buques que transportó a parte de aquellos
desgraciados a las costas ber-beriscas? ¡Un griego que vendía a sus herma-nos!
En el
siguiente período, durante el cual los helenos tuvieron que habérselas con los
ejérci-tos combinados de los turcos y los egipcios, Andronika no dejó ni por un
instante de imitar a aquellas heroicas mujeres cuyos nombres han sido citados
más arriba.
Fue una
época lamentable, sobre todo para Morea. Ibrahim acababa de lanzar sobre ella a
sus temibles árabes, más feroces que los oto-manos. Andronika estaba entre los
sólo cuatro mil combatientes que Colocotronis, nombrado comandante en jefe de
las tropas del Pe-loponeso, a duras penas había podido reunir bajo su mando.
Pero Ibrahim, después de haber desembarcado once mil hombres en la costa
mesenia, se había ocupado, en primer lugar, de levantar el bloqueo de Corón y
Patrás; luego se había apoderado de Navarino, cuya ciudadela había de
procurarle una base de operaciones y cuyo puerto le proporcionaría un abrigo
seguro para su flota. Seguidamente incendió Argos y tomó posesión de Trípolis,
lo cual le permitió,
hasta la
llegada del invierno, saquear las pro-vincias vecinas. Mesenia, en particular,
fue víc-tima de estas horribles devastaciones. Andro-nika tuvo que huir a
menudo hasta lo más re-cóndito de la Maina para no caer en manos de los árabes.
No obstante, ni por un momento pensó en abandonar la lucha. ¿Se puede
des-cansar en una tierra oprimida? La volvemos a encontrar en las campañas de
1825 y 1826, en el combate de los desfiladeros de Verga, después del cual
Ibrahim retrocedió hasta Polyaravos, donde los mainotas del norte consiguieron
re-chazarlo una vez más. Luego se reunió con las fuerzas regulares del coronel
Fabvier, durante la batalla de Chaidari, en el mes de julio de 1826. Allí
resultó gravemente herida y consi-guió escapar de los implacables soldados de
Kioutagi tan sólo gracias al coraje de un joven francés que luchaba bajo la
bandera de los filo-helenos.
Durante
varios meses, la vida de Andronika corrió peligro. Su constitución robusta la
salvó,
pero el
año 1826 terminó sin que hubiese reco-brado las fuerzas necesarias para
reincorporar-se a la lucha.
En estas
circunstancias, regresó a las provin-cias de la Maina, en el mes de agosto de
1827. Quería volver a ver su casa de Vitylo. Un sin-gular azar llevó hasta allí
a su hijo el mismo día... Ya conocemos el resultado del encuentro entre
Andronika y Nicolas Starkos y la maldi-ción suprema que ella lanzó sobre él
desde el umbral de la casa paterna.
Y ahora,
no teniendo ya nada que la retuvie-se en el suelo natal, Andronika se disponía
a continuar peleando mientras Grecia no hubiese recuperado su independencia.
Así
estaban las cosas el día 10 de marzo de 1827, en el momento en que la viuda
Starkos volvía a los caminos de la Maina para ir a re-unirse con los griegos
del Peloponeso que, paso a paso, iban disputando el terreno a los solda-dos de
Ibrahim.
4
La triste
morada de un rico
Mientras
la Karysta se dirigía hacia el norte, con un destino que sólo su capitán
conocía, en Corfú sucedía un hecho que, a pesar de su ca-rácter privado, había
de atraer la atención pú-blica sobre los principales personajes de esta
historia.
Ya
sabemos que desde 1815, según lo esta-blecido en los tratados que se firmaron
ese año, el grupo de las islas Jónicas había quedado bajo el protectorado de
Inglaterra, después de haber aceptado el de Francia hasta 181414[14].
De todo
ese grupo que comprende Cerigo, Zante, Itaca, Cefalonia, Leucade, Paxos y
Corfú,
14[14] En
1864, las islas Jónicas recuperaron su indepen-dencia y, divilas en tres
monarquías, quedaron anexiona-das al reino helénico.
esta
última, la más septentrional, es también la más importante. Se trata de la
antigua Corcira, una isla que tuvo como rey al generoso anfi-trión de Jasón y
Medea, Alcinoo, el cual, más tarde, acogió también al prudente Ulises des-pués
de la guerra de Troya, y que tiene, por lo tanto, derecho a ocupar un puesto
preferente en la historia antigua. En lucha primero contra los francos, los
búlgaros, los sarracenos y los napo-litanos, saqueada después por Barbarroja en
el siglo XVI, protegida en el XVIII por el conde de Schulembourg y defendida,
al terminar el Pri-mer Imperio, por el general Donzalot, era en-tonces la
residencia de un Alto Comisario in-glés.
En aquel
momento, este Alto Comisario era sir Frederik Adam, gobernador de las islas
Jó-nicas. En previsión de las eventualidades que podía provocar la lucha de los
griegos contra los turcos, tenía siempre dispuestas algunas fragatas destinadas
a llevar a cabo la vigilancia de aquellos mares. Se necesitaban buques de
alto
bordo para mantener el orden en aquel archipiélago, entregado a los griegos,
los turcos y los portadores de patentes de corso, por no hablar de los piratas,
cuya única misión era la que ellos mismos se arrogaban de saquear a su antojo
los navíos de todas las nacionalidades.
En
aquella época había en Corfú un cierto número de extranjeros, particularmente
de aquellos que, desde hacía tres o cuatro años, se habían ido sintiendo
atraídos por las diversas fases de la guerra de la Independencia. Era en Corfú
donde unos se embarcaban para ir a unirse a los que luchaban en el frente y era
a Corfú adonde otros regresaban cuando las fati-gas de la guerra les imponían
un tiempo de reposo.
Entre
estos últimos conviene citar a un joven francés. Apasionado por esta noble
causa, du-rante los cinco años anteriores había tomado parte activa y gloriosa
en los principales acon-tecimientos de que era escenario la península helénica.
Henry
d'Albaret, teniente de navío de la Ma-rina Real, uno de los oficiales más
jóvenes de su grado, que gozaba entonces de un permiso ili-mitado, se había
alistado, desde el comienzo mismo de la guerra, bajo la bandera de los
filo-helenos franceses. Con veintinueve años de edad, estatura mediana y una
constitución ro-busta, que lo hacía apto para soportar todas las fatigas del
oficio de marino, este joven oficial, por la gracia de sus ademanes, la
distinción de su persona, la franqueza de su mirada, el atrac-tivo de su
fisonomía y la seguridad de sus rela-ciones, inspiraba desde el primer momento
una simpatía que con el trato íntimo sólo podía acrecentarse.
Henry
d'Albaret pertenecía a una acaudala-da familia de origen parisino. Apenas había
conocido a su madre y su padre había muerto al alcanzar él la mayoría de edad,
es decir, dos o tres años después de su salida de la escuela naval. Dueño de
una bonita fortuna, ni por un momento pensó que esto fuera una razón para
abandonar
su oficio de marino. Al contrario, siguió adelante con su carrera -una de las
más hermosas del mundo- y era teniente de navío cuando el pabellón griego fue
enarbolado fren-te a la media luna turca en el norte de Grecia y el Peloponeso.
Henry
d'Albaret no vaciló. Como tantos otros jóvenes valientes, arrastrados de forma
irresistible por este movimiento, acompañó a los voluntarios que, guiados por
algunos oficia-les franceses, se dirigían hacia los confines de la Europa
oriental. Fue uno de aquellos primeros filohelenos que vertieron su sangre por
la causa de la independencia. Ya en el año 1822 se halla-ba, entre los
gloriosos vencidos de Mavrocorda-to, en la famosa batalla de Arta, y, entre los
vencedores, en el primer sitio de Misolonghi. Allí seguía al año siguiente,
cuando sucumbió Marco Botsaris. Durante el año 1824, tomó par-te, de forma
brillante, en los combates navales que compensaron a los griegos por las
victorias de Mehmet-Alí. Después de la derrota de Trí-
polis, en
1825, mandaba un destacamento de regulares bajo las órdenes del coronel
Fabvier. En julio de 1826 se batía en Chaidari, donde salvaba la vida de
Andronika Starkos, a quien los caballos de Kioutagi tenían ya bajo sus cas-cos.
Fue aquélla una batalla terrible, en la cual los filohelenos sufrieron
irreparables pérdidas.
Sin
embargo, Henry d'Albaret no quiso abandonar a su jefe y, poco tiempo después,
se reunía con él en Metenas.
En ese
momento, la acrópolis de Atenas es-taba defendida por el comandante Gouras, que
tenía mil quinientos hombres a sus órdenes. Dentro de esta ciudadela se habían
refugiado quinientas mujeres y niños, que no habían po-dido huir en el momento
en que los turcos se apoderaban de la ciudad. Gouras tenía víveres para un año
y un material de catorce cañones y tres obuses, pero las municiones escaseaban.
Entonces
Fabvier decidió abastecer la acró-polis. Apeló a los hombres de buena voluntad
para que lo secundaran en este audaz proyecto.
Quinientos
treinta respondieron a su llamada, entre ellos, cuarenta filohelenos; y entre
estos cuarenta, encabezándolos, Henry d'Albaret. Cada uno de aquellos osados
partisanos se pro-curó un saco de pólvora y, bajo el mando de Fabvier, se
embarcaron todos en Metenas.
El 13 de
diciembre, este pequeño cuerpo desembarca casi al pie de la acrópolis. Un rayo
de luna lo delata, y lo acoge la descarga de los turcos. Fabvier grita:
«¡Adelante!» Todos, sin abandonar los sacos de pólvora, que pueden hacerles
saltar por los aires de un momento a otro, salvan el foso y penetran en la
ciudadela, cuyas puertas están abiertas. Los sitiados re-chazan victoriosamente
a los turcos. Pero Fab-vier resulta herido, su segundo muere y Henry d'Albaret
cae, al ser alcanzado por una bala. Las tropas regulares y sus jefes se
hallaban aho-ra encerrados en la ciudadela con aquellos a los que, de forma tan
valerosa, habían ido a soco-rrer y que ya no querían dejarlos salir.
Allí, el
joven oficial, cuya herida, por suerte,
no era
grave, tuvo que compartir las miserias de los sitiados, cuyo único sustento se
reducía a algunas raciones de cebada. Pasaron seis meses antes de que la
rendición de la acrópolis, con-sentida por Kioutagi, le devolviera la libertad.
Hasta el 5 de junio de 1827, Fabvier, sus volun-tarios y los sitiados no
pudieron abandonar la ciudadela de Atenas y embarcarse en los bu-ques que los
transportaron a Salamina.
Henry
d'Albaret, muy débil aún, no quiso detenerse en esta ciudad y se dirigió hacia
Cor-fú. Allí se reponía de sus heridas desde hacía dos meses, esperando el
momento de reinte-grarse a su puesto en primera línea, cuando el azar dio un
nuevo sentido a su vida, que hasta entonces sólo había sido la propia de un
solda-do.
Había en
Corfú, en el extremo de la Strada Reale, una vieja casa de apariencia discreta,
cuyo aspecto era medio griego, medio italiano. En esta casa habitaba un
personaje, que se de-jaba ver poco, pero del cual se hablaba mucho.
Era el
banquero Elizundo. ¿Sexagenario o sep-tuagenario? Nadie habría sido capaz de
preci-sarlo. Desde hacía unos veinte años vivía en aquella sombría morada, que
rara vez abando-naba. Pero, si bien él no salía, mucha gente de todos los
países y condiciones -clientes asiduos de su despacho- venían allí a visitarlo.
Sin du-da, en esta casa de banca, cuya honorabilidad era intachable, se
llevaban a cabo negocios de considerable importancia. Se decía, además, que
Elizundo era extremadamente rico. Ningún crédito, no ya sólo en las islas
Jónicas, sino ni siquiera entre sus colegas dálmatas de Zara o de Ragusa,
habría podido rivalizar con el suyo. Una letra de cambio, aceptada por él,
valía co-mo el oro. Desde luego, nunca se confiaba im-prudentemente. Era muy riguroso
en los nego-cios. Exigía siempre referencias excelentes y garantías completas;
con todo, su caja parecía inagotable. Hay que hacer notar la circunstan-cia de
que Elizundo lo hacía casi todo él mismo y tenía como único empleado a un
hombre de
su casa,
del que más tarde hablaremos, que se encargaba de llevar las cuentas sin
importancia. Era, a la vez, su propio cajero y su propio con-table. Ni un
contrato que no fuera redactado por él, ni una carta que no escribiera de su
pu-ño y letra. Jamás un empleado venido de fuera se había sentado en el
escritorio de su despa-cho. Esto contribuía, y no poco, a asegurar el secreto
de sus negocios.
¿Cuál era
el origen de este banquero? Se de-cía que era ilirio o dálmata; pero no se
sabía nada en concreto. Mudo acerca de su pasado, mudo acerca de su presente,
nunca se había relacionado con la sociedad corfiota. Cuando aquellas tierras
quedaron bajo el protectorado de Francia, su existencia era ya la que había
sido desde la época en la que era un goberna-dor inglés quien ejercía su
autoridad sobre las islas Jónicas. Sin duda, no había que tomar al pie de la
letra lo que se decía de su fortuna, la cual, según los rumores que corrían, se
elevaba a centenares de millones. Pero, con todo, debía
de ser
muy rico, y efectivamente lo era, aunque su tren de vida fuera el de un hombre
modesto, tanto en sus necesidades como en sus gustos.
Elizundo
era viudo. Lo era ya al establecerse en Corfú con una niña, que contaba
entonces dos años. Ahora la niña, llamada Hadjine, tenía ya veintidós y vivía
en aquella mansión, dedi-cada al cuidado de la casa.
En
cualquier lugar, incluso en estos países de Oriente, donde la belleza de las
mujeres es indiscutible, Hadjine Elizundo habría sido con-siderada
extremadamente hermosa, y ello a pesar de la gravedad de su fisonomía, un poco
triste. ¿Cómo podría haber sido de otra manera en el ambiente en el que había
transcurrido su infancia y su adolescencia, sin una madre para guiarla, sin una
compañera a quien hacer partí-cipe de sus primeros pensamientos de mucha-cha?
Hadjine Elizundo era de estatura mediana, pero elegante. Debido a su origen
griego, por parte de madre, recordaba a esas hermosas jó-venes de Laconia, que
se destacan en belleza
entre
todas las del Peloponeso.
Entre
padre e hija no había ni podía haber una intimidad profunda. El banquero vivía
solo, silencioso y reservado; era uno de esos hombres que vuelven siempre la
cabeza y bajan los párpados como si la luz los hiriese. Poco comunicativo,
tanto en su vida privada como en su vida pública, nunca daba confianzas, ni
siquiera en las relaciones con los clientes de la casa. ¡Cómo habría podido
encontrar Hadjine Elizundo algún atractivo en aquella existencia cerrada, si ni
siquiera podía hallar entre aque-llos muros el corazón de su padre!
Por
suerte, tenía cerca de ella a un ser bueno, abnegado, cariñoso, que no vivía
más que para su joven ama, que se entristecía con sus penas y cuyo rostro se
iluminaba si la veía sonreír. Toda su vida dependía de la de Hadjine. Sin duda,
este retrato podría hacer creer que estamos hablando de un perro fiel y
valiente, uno de esos «aspirantes a convertirse en humanos», como dice
Michelet, «un amigo humilde», co-
mo dice
Lamartine. ¡No! No era más que un hombre, pero habría merecido ser un perro.
Había visto nacer a Hadjine y no se había apar-tado nunca de su lado, la había
acunado de niña y la servía ahora que era ya una mujer.
Era un
griego, llamado Xaris, hermano de leche de la madre de Hadjine, que había
segui-do a su servicio después de que ésta se casara con el banquero de Corfú.
Hacía más
de veinte años, pues, que estaba en la casa, ocupando una posición más elevada
que la de un simple sirviente y ayudando in-cluso a Elizundo, cuando se trataba
tan sólo de pasar algunas cuentas.
Xaris,
como cierto tipo de hombre de Laco-nia, era alto, ancho de espaldas y de una
fuerza muscular excepcional. De rostro agraciado, tenía unos hermosos ojos de
mirada franca y una nariz larga y arqueada que subrayaban sus soberbios bigotes
negros. Sobre la cabeza lle-vaba el casquete de lana oscura, y colgando
alrededor de la cintura, las elegantes enagüillas
típicas
de su país.
Cuando
Hadjine Elizundo salía, fuera por necesidades domésticas o para ir a la iglesia
católica de San Espiridión, fuera simplemente para respirar un poco de aquella
brisa marina que apenas llegaba hasta la mansión de la Stra-da Reale, Xaris la
acompañaba. Los jóvenes de Corfú habían podido verla por la Explanada e incluso
por las calles del arrabal de Kastradés, que se extiende a lo largo de la bahía
del mismo nombre. Más de uno había intentado llegar hasta su padre. ¿Quién no
se habría sentido atraído por la belleza de la muchacha y quizá también por los
millones de la casa Elizundo? Pero Hadjine había contestado siempre con una
negativa a todas las propuestas de este género. Por su parte, el banquero nunca
había interve-nido para hacerle cambiar su decisión. En cuan-to al honrado
Xaris, habría dado, para que su joven ama fuera dichosa en este mundo, toda la
parte de felicidad a que su abnegación sin lími-tes le daba derecho en el otro.
Así era,
pues, esta casa severa y triste, que se encontraba como aislada en un rincón de
la capital de la antigua Corcira; así era este inter-ior en el que los azares
del destino iban a intro-ducir a Henry d'Albaret.
Los
primeros contactos entre el banquero y el oficial francés fueron por cuestiones
de nego-cios. Al abandonar París, Henry d'Albaret lle-vaba consigo unas
importantes órdenes de pa-go para la casa Elizundo. Fue en Corfú donde cobró su
importe. Y fue también en Corfú de donde sacó después todo el dinero que
necesitó durante sus campañas como filoheleno. Volvió a la isla varias veces y
así fue como conoció a Hadjine Elizundo. La belleza de la joven lo había
cautivado. Su recuerdo lo acompañó en los campos de batalla de Morea y el
Ática.
Después
de la rendición de la acrópolis, Henry d'Albaret no tenía nada mejor que hacer
que volver a Corfú. No estaba bien restablecido de su herida. Las excesivas
penurias que había pasado durante el asedio habían alterado su
salud. En
Corfú, aunque vivía fuera de la casa del banquero, encontraba cada día en ella,
du-rante algunas horas, una hospitalidad de la que ningún extranjero había
podido gozar hasta entonces.
Hacía
aproximadamente tres meses que Henry d'Albaret vivía de este modo. Poco a poco,
sus visitas a Elizundo, que al principio eran sólo por negocios, se volvieron
más intere-sadas, al tiempo que se convertían en cotidia-nas. Al joven oficial
le gustaba mucho Hadjine. ¡Y cómo pensar que ella no se daba cuenta, si lo
tenía siempre a su lado, entregado por comple-to al placer de mirarla y
escucharla! Por su par-te, Hadjine no había dudado en darle todos los cuidados
que el comprometido estado de su salud exigía. Henry d'Albaret no podía por
menos de sentirse maravillosamente bien en tal situación.
Por otro
lado, Xaris no disimulaba la simpa-tía que le inspiraba el carácter tan franco
y amable de Henry d'Albaret, a quien iba que-
riendo
cada día más.
-Tienes
razón, Hadjine -le repetía a menudo a la muchacha-. Grecia es tu patria, como
tam-bién la mía. ¡Y no debemos olvidar que si este joven oficial ha sufrido ha
sido luchando por ella!
-¡Me ama!
-le confesó un día a Xaris.
Y lo dijo
con la sencillez que ponía en todas las cosas.
-Bueno,
pues déjate querer -contestó Xaris-. Tu padre se está haciendo viejo, Hadjine.
¡Yo no voy a estar siempre aquí!... ¿Dónde encon-trarías, en toda tu vida,
mejor protector que Henry d'Albaret?
Hadjine
no contestó. Tendríamos que haber dicho que, si era cierto que se sentía amada,
no lo era menos que también amaba. Una reserva muy natural le impedía confesar
este senti-miento, incluso a Xaris.
Sin
embargo, así eran las cosas. Entre la so-ciedad corfiota, ya no era un secreto
para nadie. Antes incluso de que se tratara el asunto de
forma
oficial, se hablaba de la boda entre Henry d'Albaret y Hadjine Elizundo como si
el ma-trimonio ya estuviese decidido.
Debemos
hacer notar que el banquero no pa-recía lamentar la asiduidad con que el joven
oficial visitaba a su hija. Tal como decía Xaris, se sentía envejecer
rápidamente. Por seco que tuviera el corazón, tenía que preocuparle que Hadjine
se quedara sola en la vida, aunque su-piera que iba a estar bien respaldada por
la fortuna que heredaría. El tema del dinero, por otra parte, nunca había
interesado a Henry d'Albaret. Que la hija del banquero fuese rica o no, no era
algo que pudiese preocuparlo lo más mínimo. El amor que sentía por la joven
nacía de unos sentimientos mucho más elevados, no de vulgares intereses. La
quería por su bondad, tanto como por su belleza. Y también por la viva simpatía
que le inspiraba la situación de Hadjine en aquel triste ambiente en el que
vi-vía. Por la nobleza de sus ideas, la grandeza de su visión de las cosas, el
coraje del que la sentía
capaz, si
alguna vez tenía que demostrarlo.
Y eso se
comprendía muy bien cuando Had-jine hablaba de la Grecia oprimida y de los
es-fuerzos sobrehumanos que sus hijos hacían para devolverle la libertad. En
este terreno, los dos jóvenes no podían por menos de estar siempre de acuerdo.
¡Qué
horas de emoción pasaron conversan-do acerca de todas estas cosas en aquella
len-gua griega que Henry d'Albaret hablaba ya como la suya propia! ¡Qué alegría
íntimamente compartida cada vez que una victoria naval venía a compensar los
reveses de los que eran escenario la Morea o el Ática! Henry d'Albaret tuvo que
narrarle con detalle todas las opera-ciones en las que había intervenido y
darle los nombres de todos aquellos, nacionales o extran-jeros, que se habían
destacado en las san-grientas luchas, y los de las mujeres a las que Hadjine
Elizundo, de haber sido libre, habría deseado imitar: Bobolina, Modena, Zacarías,
Kaidos, sin olvidar a la valerosa Andronika, a
quien el
joven oficial había salvado de la ma-tanza de Chaidari.
Un día,
habiendo pronunciado Henry d'Al-baret el nombre de esta mujer, Elizundo, que
escuchaba la conversación, reaccionó de una forma que llamó la atención de su
hija.
-¿Qué
tenéis, padre mío? -preguntó la joven.
-Nada
-respondió el banquero.
Después,
dirigiéndose al joven oficial, con el tono de quien quiere parecer indiferente
a sus propias palabras, preguntó:
-¿Habéis
conocido a esa Andronika?
-Sí,
señor Elizundo.
-¿Y
sabéis qué ha sido de ella?
-Lo
ignoro -respondió Henry d'Albaret-. Creo que después del combate de Chaidari
de-bió de regresar a las provincias de la Maina, su país natal. Pero, un día u
otro, espero verla re-aparecer en los campos de batalla de Grecia...
-¡Sí!
-añadió Hadjine-. ¡Allí es donde hay que estar!
¿Por qué
había hecho Elizundo aquella pre-
gunta
acerca de Andronika? Nadie se lo pre-guntó. Seguramente, él tampoco hubiera
con-testado más que de una forma evasiva. Pero aquello no dejó de preocupar a
su hija, que se hallaba poco al corriente de las relaciones del banquero.
¿Podía existir algún lazo entre su padre y aquella Andronika a quien ella
admi-raba?
Por otra
parte, en lo que se refería a la guerra de la Independencia, la reserva de
Elizundo era absoluta. ¿De parte de quién estaba, de los opresores o de los
oprimidos? Habría sido difí-cil decirlo, aun en el supuesto de que hubiese sido
hombre capaz de comprometerse con al-guien o con algo. Lo cierto era que el
correo le traía al menos tantas cartas procedentes de Tur-quía como de Grecia.
Ahora
bien, y es importante decirlo, aunque el joven oficial se había entregado a la
causa de los helenos, Elizundo no había dejado por ello de darle buena acogida
en su casa.
No
obstante, Henry d'Albaret no podía pro-
longar su
estancia en Corfú por más tiempo. Totalmente repuesto de sus heridas, estaba
de-cidido a llegar hasta el final en lo que conside-raba como su deber. A
menudo, le hablaba de ello a la muchacha.
-Es
vuestro deber, en efecto -le respondía Hadjine-. Por mucho dolor que me cause
vues-tra partida, Henry, comprendo que debéis re-uniros con vuestros compañeros
de armas. ¡Sí! ¡Mientras Grecia no haya recobrado su inde-pendencia, hay que
luchar por ella!
-¡Me iré,
Hadjine, me iré! -le dijo un día Henry d'Albaret-. Pero si pudiera llevar
conmi-go la certeza de que me amáis como yo os amo...
-Henry,
no tengo ningún motivo para ocul-tar los sentimientos que me inspiráis -
respondió Hadjine-. Ya no soy una niña y debo enfrentarme seriamente al
porvenir. Tengo fe en vos -añadió tendiéndole la mano-. ¡Tened vos fe en mí!
¡Tal como me dejaréis al marchar, me hallaréis a vuestro regreso!
Henry
d'Albaret había estrechado con fuerza la mano que le tendía Hadjine como prenda
de sus sentimientos.
-¡Os doy
las gracias con toda mi alma! - contestó-. ¡Sí! ¡Somos el uno del otro!... ¡Lo
so-mos ya! Y aunque nuestra separación es muy penosa, al menos llevo conmigo la
seguridad de que me amáis... Pero antes de marcharme, Hadjine, quisiera hablar
con vuestro padre...
Quiero
tener la certeza de que aprueba nuestro amor y de que no nos pondrá ningún
obstácu-lo...
-Haréis
bien, Henry -respondió la joven-. ¡Obtened su promesa como habéis obtenido la
mía!
Y Henry
d'Albaret no tardó en hacerlo, pues estaba decidido a reincorporarse al
servicio a las órdenes del coronel Fabvier.
En
efecto, las cosas iban de mal en peor para la causa de la independencia. La
convención de Londres no había surtido aún ningún efecto útil y cabía
preguntarse si las potencias se limitarí-
an a
hacerle al sultán observaciones puramente oficiosas y, en consecuencia,
totalmente inefica-ces.
Por otra
parte, los turcos, envanecidos por sus éxitos, no parecían muy dispuestos a
ceder ni un ápice en sus pretensiones. Aunque dos escuadras, una inglesa
mandada por el almi-rante Codrington, y otra francesa, a las órdenes del
almirante De Rigny, recorrían entonces el mar Egeo, y a pesar de que el
gobierno griego se había instalado en Egina para deliberar en las mejores
condiciones de seguridad, los tur-cos daban muestras de una obstinación que los
hacía temibles.
Y era muy
comprensible, teniendo en cuenta que en la espaciosa rada de Navarino había
anclado, el 7 de septiembre, toda una flota de noventa y dos buques otomanos,
egipcios y tunecinos. Esta flota traía un inmenso carga-mento de provisiones
destinadas a Ibrahim, para que éste atendiese las necesidades de una expedición
que estaba preparando contra los
hidriotas.
Y era
precisamente en Hidra donde Henry d'Albaret había resuelto incorporarse al
cuerpo de voluntarios. Esta isla, situada en el extremo de la Argólida, es una
de las más ricas del Ar-chipiélago. Después de haber dado tanto, en sangre y
dinero, por la causa de los helenos, de-fendida ésta por sus intrépidos marinos
Tom-basis, Miaulis y Tsamados, tan temidos por los capitanes turcos, se veía
entonces amenazada por las represalias más terribles.
Henry
d'Albaret no podía, por lo tanto, tar-dar mucho en marcharse de Corfú, si
quería llegar a Hidra antes que los soldados de Ibrahim. De manera que fijó
definitivamente su partida para el 21 de octubre.
Unos días
antes, tal como habían convenido, el joven oficial fue a ver a Elizundo y le
pidió la mano de su hija. No le escondió que Hadjine se sentiría muy feliz si
él aceptaba aquella peti-ción. Por otra parte, se trataba sólo de que diera su
consentimiento. El matrimonio no se ce-
lebraría
hasta el regreso de Henry d'Albaret. Su ausencia, al menos así lo esperaba, ya
no podía ser muy larga.
El
banquero conocía la situación del joven oficial, su posición económica y la
considera-ción de que disfrutaba su familia en Francia. No tenía, pues, nada
que objetar a ese respecto. Por lo que a él mismo se refería, su ho-norabilidad
era perfecta, y nunca había circula-do con relación a su casa el menor rumor
des-favorable. Acerca de su propia fortuna, como Henry d'Albaret no le habló
del asunto, Eli-zundo guardó silencio. Y en relación con la proposición misma,
dijo que la aceptaba. Aquel matrimonio sólo podía hacerlo feliz, ya que había
de ser también la felicidad de su hija.
Todo esto
fue dicho con bastante frialdad, pero lo importante era que se dijese. Henry
d'Albaret tenía ahora la palabra de Elizundo y, a cambio, el banquero recibió
de su hija un agradecimiento que aceptó con su reserva acos-tumbrada.
Todo,
pues, parecía ir conforme a los deseos de los dos jóvenes y, debemos añadir,
con el mayor contento de Xaris. Este hombre excelente lloró como un niño y de
buena gana hubiera estrechado al joven oficial entre sus brazos.
Sin
embargo, a Henry d'Albaret le quedaba poco tiempo para estar al lado de Hadjine
Eli-zundo. Había tomado la decisión de embarcar-se en un bergantín levantino, y
éste debía abandonar Corfú el 21 de aquel mes con rumbo a Hidra.
No es
difícil adivinar lo que fueron aquellos últimos días en la casa de la Strada
Reale. Hen-ry d'Albaret y Hadjine no se separaron ni un minuto. Conversaban
largamente en el salón que había en la planta baja de aquella sombría morada.
La nobleza de sus sentimientos daba a aquellas conversaciones un encanto
penetrante que endulzaba la seriedad de la estancia. Se decían que el futuro
les pertenecía, aunque el presente, por así decirlo, todavía se les escapa-ra.
Y era aquel presente lo que querían afrontar
con
sangre fría. Juntos calcularon todas las po-sibilidades, buenas o malas, pero
sin descora-zonarse, sin debilidad. Y mientras hablaban de estas cosas, iban
exaltándose por aquella causa a la cual Henry d'Albaret iba a entregarse de
nuevo.
Una
noche, el 20 de octubre, se repetían aquellas cosas por última vez, con más
emoción quizá. Al día siguiente, el joven oficial debía partir.
De
pronto, Xaris entró en la sala. No podía hablar. Jadeaba. ¡Había corrido y de
qué mane-ra! En pocos minutos, sus piernas robustas lo habían llevado,
atravesando toda la ciudad, desde la ciudadela hasta el final de la Strada
Reale.
-¿Qué
quieres?... ¿Qué te pasa, Xaris?... ¿Por qué tanta emoción?... -preguntó
Hadjine.
-¡Es que
tengo...! ¡Tengo...! ¡Una
noticia...!
¡Una
noticia importante... grave!
-¡Hablad!...
¡Hablad!... ¡Xaris! -dijo a su vez Henry d'Albaret, no sabiendo si debía
alegrarse
o
inquietarse.
-¡No
puedo!... ¡No puedo! -respondió Xaris, ahogado por la emoción.
-¿Se
trata de una noticia acerca de la guerra? -preguntó la joven cogiéndole la
mano.
-¡Sí!...
¡Sí!
-Pero,
¡habla!... -repetía ella-. ¡Habla ya, mi buen Xaris!... ¿Qué pasa?
-Los
turcos... hoy... vencidos... ¡en Navarino! Así fue como Henry d'Albaret y
Hadjine se enteraron de la noticia de la batalla naval del 20
de
octubre.
El
banquero Elizundo acababa de entrar en la sala, atraído por el ruido de la
irrupción de Xaris. Cuando supo de qué se trataba, apretó los labios
involuntariamente y arrugó la frente, pero no demostró ni satisfacción ni
desconten-to, mientras los dos jóvenes dejaban 1 que la alegría de su corazón
se desbordase.
En
efecto, la noticia de la batalla de Navari-no acababa de llegar a Corfú. Apenas
se hubo difundido por toda la ciudad, se conocieron los
detalles,
que fueron transmitidos telegráfica-mente a través de los aparatos aéreos de la
cos-ta albanesa.
Las
escuadras inglesa y francesa, a las cuales se había unido la escuadra rusa, en
total veinti-siete buques y mil doscientos setenta y seis ca-ñones, habían
atacado a la flota otomana for-zando los pasos de la rada de Navarino. A pe-sar
de que los turcos eran superiores en núme-ro, pues tenían sesenta barcos de
todas las me-didas, armados con mil novecientos noventa y cuatro cañones,
habían sido vencidos. Varios de sus navíos se habían hundido o habían volado
por los aires con gran número de oficiales y marineros. Por lo tanto, Ibrahim
ya no podía esperar que la marina del sultán lo ayudase en su expedición contra
Hidra.
Aquél era
un hecho de una importancia con-siderable. En efecto, éste iba a ser el punto
de partida de un nuevo período para los asuntos de Grecia. Si bien las tres
potencias habían de-cidido previamente no sacar partido de esta
victoria
aplastando la Puerta, parecía seguro que su acuerdo acabaría por arrancar el
país de los helenos a la dominación otomana, y tam-bién que, en un período de
tiempo más o me-nos corto, la autonomía del nuevo reino sería un hecho.
Éste fue
el juicio que se formaron acerca del suceso en casa del banquero Elizundo.
Hadjine, Henry d'Albaret y Xaris habían dado palmas de alegría. Su júbilo
encontró eco en toda la ciu-dad. Lo que los cañones de Navarino acababan de
asegurar a todos los hijos de Grecia era la independencia.
Para
empezar, los proyectos del joven oficial quedaron absolutamente modificados por
la victoria de las potencias aliadas, o, más bien - para expresarlo mejor-, por
la derrota de la ma-rina turca. De resultas de ésta, Ibrahim tendría que
renunciar a emprender la campaña que preparaba contra Hidra y ya no se volvería
a hablar de ese tema.
De manera
que Henry d'Albaret cambió los
planes
que había hecho antes de aquella fecha del 20 de octubre. Ya no era necesario
que fuera a reunirse con los voluntarios que habían acu-dido en ayuda de los
hidriotas. Resolvió, pues, esperar en Corfú los acontecimientos que serían la
consecuencia natural de la batalla de Navari-no.
En
cualquier caso, la suerte de Grecia ya no podía ser objeto de duda. Europa no
dejaría que la aplastaran. En poco tiempo, en toda la península helénica, la
media luna cedería su lugar a la bandera de la independencia. Ibrahim, que ya
únicamente ocupaba el centro y las ciudades litorales del Peloponeso, se vería
por fin obligado a evacuar esas zonas.
En
aquellas condiciones, ¿hacia qué punto de la península se habría dirigido Henry
d'Al-baret? Sin duda, el coronel Fabvier se disponía a abandonar Mitilene para
ir a hacer campaña contra los turcos en la isla de Scio; pero aún no había
acabado los preparativos y no lo haría an-tes de algún tiempo. No cabía, pues,
pensar en
una
partida inmediata.
Así juzgó
la situación el joven oficial. Y así la juzgó también Hadjine. Por lo tanto, ya
no había motivo para retrasar la boda. Elizundo, por otra parte, no puso
objeción alguna a que ésta se celebrase sin demora. De manera que la fecha fue
fijada para diez días más tarde, es de-cir, a finales del mes de octubre.
Es inútil
insistir sobre los sentimientos que la proximidad de su unión hizo nacer en el
co-razón de los prometidos. ¡Henry d'Albaret ya no partiría hacia aquella
guerra en la cual podía dejar la vida! ¡Hadjine ya no tendría que sufrir
aquella espera dolorosa durante la cual habría contado los días y las horas!
Xaris, si es que eso es a posible, era el más feliz de la casa. Si se hubiese
tratado de su propia boda, su alegría no hubiese sido más desbordante. Incluso
el banquero, a pesar de su frialdad habitual, daba muestras visibles de su
satisfacción. ¡El por-venir de su hija estaba asegurado!
Acordaron
que las cosas se harían con toda
sencillez
y les pareció inútil invitar a la ciudad entera a la ceremonia. Ni Hadjine ni
Henry d'Albaret eran de los que gustan de tener mu-chos testigos de su
felicidad. Pero, a pesar de todo, eran necesarios ciertos preparativos, de los
cuales se ocuparon sin ostentación.
Era el 23
de octubre. Faltaban sólo siete días para la celebración de la boda. No
parecía, pues, que hubiese que preocuparse por la apa-rición de ningún
obstáculo ni temer retraso alguno. Y, no obstante, se produjo un hecho que
habría inquietado vivamente a Hadjine y Henry d'Albaret, si hubieran tenido
conoci-miento de él.
Aquel
día, entre el correo de la mañana, Eli-zundo encontró una carta, cuya lectura
supuso para él un golpe inesperado. La estrujó, la rom-pió en pedazos e incluso
la quemó, lo cual de-notaba una profunda inquietud en un hombre tan dueño de sí
mismo como era el banquero.
Y habría
podido oírsele murmurar estas pa-labras:
-¿Por qué
no habrá llegado esta carta ocho días más tarde? ¡Maldito sea el que la ha
escri-to!
5
La costa
mesenia
Durante
toda la noche, después de haber abandonado Vitylo, la Karysta se había dirigido
hacia el sudoeste, atravesando oblicuamente el golfo de Corón. Nicolas Starkos
había bajado a su camarote y ya no volvería a aparecer en cu-bierta antes de
que se hiciese de día.
El viento
era favorable, una de esas frescas brisas del sudeste que generalmente reinan
en aquellos mares, al final del verano y al princi-pio de la primavera, hacia
la época de los sols-ticios, cuando los vapores del Mediterráneo se convierten
en lluvia.
Por la
mañana, doblaron el cabo Gallo, si-
tuado en
el extremo de Mesenia, y las últimas cumbres del Taigeto, que delimitan sus
abrup-tos flancos, quedaron pronto sumergidas en la neblina del sol naciente.
Cuando la
punta del cabo ya había sido re-basada, Nicolas Starkos reapareció sobre el
puente de la sacoleva. Su primera mirada se dirigió hacia el este.
Ya no se
veía la tierra de la Maina. Por aquel lado se alzaban ahora los poderosos
contrafuer-tes del monte Agios Dimitros, un poco por de-trás del promontorio.
Durante
un instante, el brazo del capitán se alargó en dirección a la Maina. ¿Era un
gesto de amenaza? ¿Era un adiós para siempre a su tie-rra natal? ¿Quién hubiera
podido decirlo? ¡Pero no había nada bueno en la mirada que lanzaron en aquel
momento los ojos de Nicolas Starkos!
La
sacoleva, bien asentada bajo sus velas cuadradas y sus velas latinas, puso las
amuras a estribor y comenzó a avanzar hacia el noroes-te. Como el viento venía
de tierra, el mar ofre-
cía todas
las condiciones para una navegación rápida.
La
Karysta dejó a la izquierda las islas En-usas, Cabrera, Sapienza y Venético;
luego, picó recto a través del canalizo entre Sapienza y la tierra, para pasar
a la vista de Modón.
Ante ella
se extendía entonces la costa me-senia con el maravilloso panorama de sus
mon-tañas, que presentan un carácter volcánico muy marcado. Mesenia estaba
destinada a convertir-se, después de la constitución definitiva del reino, en
uno de los trece nomos o prefecturas de que se compone la Grecia moderna,
inclu-yendo las islas Jónicas. Pero en aquella época no era todavía más que uno
de los numerosos escenarios de la lucha, tan pronto en manos de Ibrahim como en
manos de los griegos, según la suerte de las armas, del mismo modo que, en otro
tiempo, había sido el escenario de aquellas tres guerras de Mesenia contra los
espartanos, en las que sobresalieron los nombres de Aris-tómenes y Epaminondas.
Nicolas
Starkos, sin pronunciar una sola pa-labra, después de haber verificado con el
com-pás la dirección de la sacoleva y de haber ob-servado el aspecto que tenía
el tiempo, había ido a sentarse a popa.
Mientras
tanto, en la proa, los miembros de la tripulación de la Karysta cambiaban
impre-siones con los diez hombres embarcados la vís-pera en Vitylo; en total,
eran una veintena de marineros, con sólo un contramaestre a las ór-denes del
capitán para dirigirlos. En aquel momento, el segundo de la sacoleva no se
en-contraba a bordo.
Y he aquí
lo que decían acerca del destino al que se dirigía en aquel momento el pequeño
buque y del rumbo que seguía, remontando las costas de Grecia. Es evidente que
las preguntas las hacían los marineros nuevos y las respues-tas las daban los
antiguos.
-¡No
habla mucho el capitán Starkos!
-Lo menos
posible; pero cuando habla, lo hace bien, y hay que obedecerle inmediatamen-
te.
-¿Adónde
se dirige la Karysta?
-Nunca se
sabe adónde va la Karysta.
-¡Por
todos los diablos! Nos hemos enrolado con toda confianza y, después de todo,
¡qué más da!
-¡Sí! Y
podéis estar seguros de que adonde nos lleva el capitán es adonde hay que ir.
-¡Pero no
será con estas dos pequeñas carro-nadas de proa con las que la Karysta se
atreva a dar caza a los buques mercantes del Archipié-lago!
-¡Tampoco
es su función saquear los mares! ¡El capitán Starkos tiene otros navíos, y ésos
sí que están bien armados y bien equipados para perseguir y dar caza a
cualquier buque! La Ka-rysta es, como si dijéramos, su yate de placer.
¡Observad qué aspecto más frágil tiene! ¡Los cruceros franceses, ingleses,
griegos o turcos se dejarán engañar completamente!
-¿Y el
botín...?
-El botín
es para quienes se hacen con él, ¡y
vosotros
seréis de ésos cuando la sacoleva haya terminado su campaña! ¡No vais a estar
ocio-sos, y, si hay peligro, también habrá beneficio!
-¿Así
pues, ahora no hay nada que hacer en los parajes de Grecia y de las islas?
-Nada...
ni tampoco en las aguas del Adriáti-co, si es que la fantasía del capitán nos
lleva hacia ese lado. De manera que, hasta nueva orden, somos tan sólo unos
honrados marine-ros, a bordo de una honrada sacoleva, surcando honradamente el
mar Jónico. ¡Pero ya cambia-rán las cosas!
-¡Y
cuanto antes, mejor!
Como se
ve, los recién embarcados, al igual que los demás marineros de la Karysta, no
eran gente que pusiese peros a una faena, cualquiera que ésta fuese. De la
población marinera de la baja Maina no cabía esperar ni escrúpulos, ni
remordimientos, ni tan siquiera simples prejui-cios. En verdad, eran dignos de
quien los capi-taneaba y éste sabía que podía contar con ellos.
Pero si
los de Vitylo
conocían al capitán
Starkos,
no conocían, en cambio, a su segundo, al mismo tiempo oficial de la marina y
hombre de negocios: su instrumento ciego, en una pala-bra. Era un tal Skopelo,
originario de Cerigoto, pequeña isla de bastante mala fama, situada en el
límite meridional del Archipiélago, entre Cerigo y Creta. Por eso, uno de los
nuevos, di-rigiéndose al contramaestre de la Karysta, pre-guntó:
-¿Y el
segundo de a bordo?
-El
segundo no está embarcado -le contesta-ron.
-¿Y no lo
veremos?
-Sí.
-¿Cuándo?
-¡Cuando
llegue el momento!
-Pero,
¿dónde está?
-¡Donde
debe estar!
Tuvo que
contentarse con esta respuesta, que no decía nada. En aquel momento, además, el
silbido del contramaestre llamó a todo el mundo arriba para tensar las escotas.
De modo
que la
conversación que tenía lugar en el casti-llo de proa quedó cortada en ese
punto.
En
efecto, había que ceñir un poco más el viento, a fin de arranchar, a la
distancia de una milla, la costa mesenia. Hacia el mediodía, la Karysta pasaba
ante Modón. Aquél no era su destino y, por lo tanto, no fue a recalar en esta
pequeña ciudad, levantada sobre las ruinas de la antigua Metona, en el extremo
de un pro-montorio que proyecta su punta rocosa hacia la isla de Sapienza.
Pronto, el faro que se alza a la entrada del puerto se perdió detrás de una
vuelta de los acantilados.
Entretanto,
a bordo de la sacoleva se había dado una señal. Un gallardete negro cuartelado
por una media luna roja había sido izado a la punta de la entena mayor. Pero
desde tierra no hubo respuesta. De modo que siguieron ruta en dirección al
norte.
A última
hora de la tarde, la Karysta llegaba a la entrada de la rada de Navarino, que
es co-mo un gran lago marítimo, enmarcado por una
orla de
grandes montañas. La ciudad, domina-da por la confusa masa de su ciudadela,
apare-ció a través de la brecha abierta en el centro de una gigantesca roca.
Aquélla era la punta ex-trema de esta escollera natural, que contiene el furor
de los vientos del noroeste, vertidos a torrentes sobre el mar Jónico por ese
larguísimo odre que es el Adriático.
El sol
poniente iluminaba todavía la cima de las últimas montañas, al este; pero la
sombra oscurecía ya la vasta rada.
Esta vez,
la tripulación habría podido creer que la Karysta iba a hacer escala en
Navarino, pues, en efecto, se metió resueltamente por el paso de Megalo-Thouro,
al sur de la estrecha isla de Esfacteria, que se extiende a lo largo de una
distancia de unos cuatro mil metros. En aquel lugar se alzaban ya entonces dos
tumbas, erigidas en memoria de dos de las más nobles víctimas de la guerra: la
del capitán francés Mallet, muerto en 1825, y, en el fondo de una gruta, la del
conde de Santa Rosa, un filoheleno
de origen
italiano, antiguo ministro del Pia-monte, muerto el mismo año por defender la
misma causa.
Cuando la
sacoleva estuvo a una distancia de la ciudad de tan sólo unos diez cables, se
puso de través, con el foque cazado a barloven-to. Un fanal rojo subió, como lo
había hecho anteriormente el gallardete negro, a la punta de la entena mayor.
Tampoco hubo respuesta a esta señal.
La
Karysta no tenía nada que hacer en aque-lla rada, donde en ese momento había un
gran número de bajeles turcos. Así pues, maniobró para costear el islote
blanquecino de Koulones-ki, situado más o menos en el centro. Luego, siguiendo
las órdenes del contramaestre, des-pués de que las escotas hubieran sido
ligera-mente amolladas, la caña del timón fue orien-tada hacia estribor, lo
cual permitió a la nave volver hacia la orilla de la isla de Esfacteria.
Había
sido precisamente en el islote de Kou-loneski donde, al principio de la guerra,
en
1821,
habían sido confinados varios centenares de turcos, al ser sorprendidos por los
griegos. Y allí habían muerto de hambre, a pesar de que, confiando en la
promesa de que serían trans-portados a tierra otomana, se habían rendido.
Más
tarde, en 1825, y como consecuencia de ello, cuando las tropas de Ibrahim
pusieron sitio a Esfacteria, defendida por Mavrocordato en persona, ochocientos
griegos fueron dego-llados en el islote como represalia.
La
sacoleva se dirigía en aquel momento hacia el paso de Sikia, de unos doscientos
me-tros de ancho, abierto al norte de la isla, entre su punta septentrional y
el promontorio de Corifasion. Había que conocer bien el canal para aventurarse
por él, ya que es casi impracti-cable para los navíos cuyo calado exige cierta
profundidad. Pero Nicolas Starkos, tal y como lo hubiera hecho el mejor de los
pilotos de la rada, arranchó audazmente las rocas escarpa-das de la punta de la
isla y dobló el pro-montorio de Corifasion. Luego, al darse cuenta
de que
fuera del canalizo estaban ancladas va-rias escuadras -una treintena de buques
france-ses, ingleses y rusos- las evitó prudentemente, volvió a avanzar,
durante la noche, a lo largo de la costa mesenia, se deslizó entre la tierra y
la isla de Prodano, y, cuando llegó la mañana, la sacoleva, llevada por una
brisa fresca del sudeste, seguía las sinuosidades del litoral so-bre las aguas
apacibles del golfo de Arcadia.
El sol se
elevaba entonces por detrás de la cima del Ithomo, desde donde la vista,
después de abarcar todo el territorio sobre el que se asentaba la antigua
Mesenia, se pierde, por una parte, en el golfo de Corón y, por otra, en el
golfo al cual la ciudad de Arcadia ha dado su nombre. El mar rielaba bajo los
primeros rayos del día formando largas placas que la brisa ri-zaba.
Desde el
alba, Nicolas Starkos maniobró de modo que la sacoleva pasase lo más cerca
posi-ble de la ciudad, situada en una de las concavi-dades de la costa que se
redondea formando
una ancha
rada exterior.
Hacia las
diez, el contramaestre se acercó a popa y se plantó delante del capitán con la
acti-tud de quien espera órdenes.
Toda la
inmensa madeja de las montañas de Arcadia se extendía entonces al este. Pueblos
perdidos a media colina entre macizos de oliva-res, almendros y viñas,
riachuelos que corrían hacia el lecho de algún afluente, entre los rami-lletes
de arrayanes y adelfas; más allá, planta-das a todas las alturas, en todos los
bancales, según todas las orientaciones, millares de cepas de las famosas viñas
de Corinto, que no deja-ban desocupada ni una pulgada de tierra; más abajo,
sobre las primeras rampas, las casas rojas de la ciudad, resplandecientes como
grandes pedazos de estameña sobre un telón de fondo de cipreses: así se
presentaba el magnífico pa-norama de una de las más pintorescas costas del
Peloponeso.
Pero, al
acercarse más a Arcadia, la antigua Kiparissia, que fue el principal puerto de
Me-
senia en
tiempos de Epaminondas, y luego uno de los feudos del francés Ville-Hardouin,
des-pués de las Cruzadas, ¡qué espectáculo más desolador! ¡Qué doloroso pesar
para cualquiera que tuviera la religión de los recuerdos!
¡Dos años
antes, Ibrahim había destruido la ciudad y asesinado a niños, mujeres y
ancianos! ¡En ruinas se hallaba el viejo castillo, construido en el lugar en el
que había estado la antigua acrópolis! ¡En ruinas, la iglesia de San Jorge, que
los fanáticos musulmanes habían arrasado! ¡En ruinas también, las casas y
edificios pú-blicos!
-¡Se ve
que nuestros amigos los egipcios han pasado por aquí! -murmuró Nicolas Starkos,
que no sintió ni la más mínima congoja ante aquella escena de desolación.
-¡Y
ahora, los turcos son los amos! - respondió el contramaestre.
-Sí... lo
serán por mucho tiempo... ¡Espere-mos incluso que para siempre! -añadió el
capi-tán.
-¿Atracará
la Karysta o largamos?
Nicolas
Starkos observó atentamente el puerto, que se hallaba ya a una distancia de tan
sólo algunos cables. Luego, su mirada se dirigió a la ciudad misma, edificada
una milla por de-trás, sobre un contrafuerte del monte Psykhro. Parecía dudar
acerca de lo que convendría ha-cer a la vista de Arcadia: atracar en el muelle
o hacerse a la mar de nuevo.
El
contramaestre seguía esperando que el capitán respondiera a su pregunta:
-¡Mandad
la señal! -dijo al fin Nicolas Star-kos.
El
gallardete rojo con la media luna de plata fue izado al extremo de la entena y
ondeó al viento.
Unos
minutos más tarde, un gallardete idén-tico flotaba en el extremo de un mástil
que se erguía sobre la cabeza del muelle del puerto.
-¡Atracar!
-dijo el capitán.
Pusieron
caña a barlovento y la sacoleva se colocó todo a ceñir. En cuanto la entrada
del
puerto
estuvo suficientemente abierta, largó sin vacilación. Enseguida las velas de
trinquete fueron amainadas, después lo fue la vela mayor y la Karysta entró en
el canal bajo su ala de cangreja y su foque. La velocidad que llevaba bastó
para alcanzar el centro del puerto. Allí dejó caer el ancla y los marineros se
ocuparon de las diversas maniobras que siguen al fondeo.
Casi al
momento, un bote era echado al agua y el capitán se embarcaba en él, se alejaba
de la nave empujado por cuatro remos y atracaba junto a una pequeña escalera de
piedra, escul-pida en el macizo del muelle. Allí lo esperaba un hombre que le
dio la bienvenida en estos términos:
-¡Skopelo
a las órdenes de Nicolas Starkos! Un gesto de familiaridad por parte del capi-
tán fue
la única respuesta. Éste tomó la delante-ra y subió por la cuesta para alcanzar
las pri-meras casas de la ciudad. Después de haber pasado por las ruinas del
último asedio, en medio de calles obstruidas por soldados turcos
y árabes,
se detuvo delante de una posada más o menos intacta, con un letrero con el
nombre Minerva, en la cual su compañero entró tras él.
Al cabo
de un instante, el capitán Starkos y Skopelo estaban en una habitación sentados
a una mesa, con dos vasos y, frente a ellos, una botella de raki15[15], fuerte
alcohol extraído del asfódelo. Con el rubio y perfumado tabaco de Misolonghi,
liaron cigarrillos, los encendieron y se los fumaron; después comenzó la
conversa-ción entre aquellos dos hombres, uno de los cuales se presentaba de
buen grado como el humilde servidor del otro.
Era una
fisonomía siniestra la de Skopelo, baja, cautelosa, y, sin embargo,
inteligente. Te-nía cincuenta años a lo sumo, aunque parecía un poco más viejo.
Un rostro de prestamista, con unos ojillos falsos pero vivos, el pelo rapa-do,
la nariz curvada, las manos con dedos gan-chudos y largos pies, de los que
habría podido
15[15]
Aguardiente de arroz fermentado.
decirse
lo que se dice de los pies de los albane-ses: «que el dedo gordo está en
Macedonia cuando el talón todavía está en Beocia». En fin, una cara redonda,
sin bigote, con una perilla grisácea en el mentón, una cabeza fuerte y pe-lada,
sobre un cuerpo enjuto y de estatura me-diana. Este tipo de judío árabe aunque
cristiano de nacimiento, llevaba un atuendo muy simple -la chaqueta y el calzón
del marinero levantino-
, escondido bajo una especie de hopalanda.
Skopelo era justamente el hombre de nego-
cios
adecuado para gestionar los intereses de aquellos piratas del Archipiélago, muy
hábil para ocuparse de colocar el botín y de la venta de los prisioneros,
entregados en los mercados turcos y transportados a las costas berberiscas.
No es
difícil imaginar lo que podía ser una conversación entre Nicolas Starkos y
Skopelo, los temas de los que trataría, el modo en que los hechos de la guerra
que estaba teniendo lugar serían apreciados y los beneficios que se pro-ponían
sacar de ella.
-¿Cómo
están las cosas en Grecia? -preguntó el capitán.
-Más o
menos en el estado en que vos las de-jasteis. ¡Sin duda! -respondió Skopelo-.
¡Hace ya un mes largo que la Karysta navega por las costas de Tripolitania y
probablemente, desde vuestra partida, no habéis recibido noticia al-guna al
respecto!
-Ninguna,
en efecto.
-Pues os
informo, capitán, de que los bajeles turcos están listos para transportar a
Ibrahim y sus tropas a Hidra.
-Sí -dijo
Nicolas Starkos-. Los vi ayer por la noche, al atravesar la rada de Navarino.
-¿No
habéis recalado en ningún sitio des-pués de abandonar Trípolis? -preguntó
Skope-lo.
-Sí...
una sola vez. Me detuve unas horas en Vitylo... Para completar la tripulación
de la Ka-rysta. Pero desde que perdí de vista las costas de la Maina, nadie ha
respondido a mis señales hasta que he llegado a Arcadia.
-Probablemente
no había por qué responder -replicó Skopelo.
-Dime
-prosiguió Nicolas Starkos-, ¿qué es-tán haciendo en este momento Miaulis y
Cana-ris?
-Se han
visto reducidos a intentar sólo gol-pes de mano, capitán. ¡Acciones que pueden
asegurarles algunos triunfos parciales, pero nunca una victoria definitiva! Con
todo, mien-tras ellos dan caza a los navíos turcos, los pira-tas pueden moverse
a sus anchas en todo el Archipiélago.
-¿Y
todavía se habla de...?
-¿De
Sacratif? -replicó Skopelo bajando un poco la voz-. ¡Sí!... ¡Por todas
partes!... ¡Y a to-das horas! ¡Y sólo depende de él, Nicolas Star-kos, que se
hable más todavía!
-¡Se
hablará!
Después
de haber vaciado su vaso, que Sko-pelo volvió a llenar, Nicolas Starkos se
había levantado. Caminaba de un lado para otro; lue-go, parándose ante la
ventana con los brazos
cruzados,
escuchó el canto grosero de los sol-dados turcos, que se oía a lo lejos.
Por fin,
volvió a sentarse de cara a Skopelo y, cambiando bruscamente el tema de la
con-versación, preguntó:
-Según tu
señal, tienes aquí un cargamento de prisioneros, ¿lo he entendido bien?
-¡Sí,
Nicolas Starkos, suficientes para llenar un navío de cuatrocientas toneladas!
Es todo lo que queda de la matanza que siguió a la derro-ta de Cremmidi. ¡Dios!
¡Esta vez a los turcos se les ha ido la mano! ¡Si les hubiéramos dejado, no
habría quedado ni un solo prisionero!
-¿Son
hombres? ¿Mujeres?
-Sí, y
niños... ¡Vaya, de todo!
-¿Dónde
están?
-En la
ciudadela de Arcadia.
-¿Has
pagado mucho por ellos?
-¡Hum! El
bajá no se mostró muy compla-ciente -respondió Skopelo-. Cree que la guerra de
la Independencia está tocando a su fin... ¡Por desgracia! Si ya no hay guerra,
no hay batallas,
si no hay
batallas, no hay razzias, como dicen allá abajo, en Berbería, ¡y si no hay
razzias, se acabó la mercancía humana o de cualquier otro tipo! ¡Si los
prisioneros escasean, los precios suben! Es una compensación, capitán. Sé de
buena fuente que, en este momento, faltan es-clavos en los mercados de África y
nosotros vamos a vender éstos a un precio ventajoso.
-¡Sea!
-respondió Nicolas Starkos-. ¿Lo tienes todo listo para embarcarte a bordo de
la Karys-ta?
-Todo
está a punto y ya no hay nada que me retenga aquí.
-Está
bien, Skopelo. Dentro de ocho o diez horas, como muy tarde, un buque enviado
des-de Escarpanto vendrá a recoger la carga. ¿Po-dremos entregarla sin
dificultad?
-Sin
problema. Todo está perfectamente convenido -contestó Skopelo-, pero hay que
pagar en el acto. Así que primero habrá que ponerse de acuerdo con el banquero
Elizundo para que avale nuestros pagarés. ¡Su firma es
buena y
el bajá aceptará sus valores como si fueran dinero contante y sonante!
-Voy a
escribir a Elizundo para comunicarle que no tardaré en atracar en Corfú, y allí
rema-taré este asunto...
-¡Este
asunto... y otro no menos importante, Nicolas Starkos! -añadió Skopelo.
-Tal
vez... -respondió el capitán.
-¡En
realidad, sería tan sólo lo justo! Elizun-do es rico... excesivamente...
dicen... ¿Y quién lo ha enriquecido, sino nuestro comercio... y noso-tros... a
riesgo de acabar colgando del extremo de una verga de trinquete, cuando el
contra-maestre diera la señal con un silbido?... ¡Sí, en los tiempos que
corren, hace bien siendo el ban-quero de los piratas del Archipiélago! ¡Por lo
tanto, lo repito, Nicolas Starkos, sería sólo lo justo!
-¿Qué es
lo que sería sólo lo justo? -preguntó el capitán mirando a su segundo fijamente
a la cara.
-¡Eh! ¿No
lo sabéis? -respondió Skopelo-. La
verdad,
capitán, es que sólo me lo preguntáis para oírmelo repetir por centésima vez.
¡Confe-sadlo!
-Quizá.
-La hija
del banquero Elizundo...
-¡Lo que
es justo será! -respondió simple-mente Nicolas Starkos levantándose.
Y, sin
más, salió de la posada Minerva y, se-guido de Skopelo, regresó al puerto, al
lugar donde lo esperaba su bote.
-Embarquemos
-dijo a Skopelo-. Negociare-mos las órdenes de pago con Elizundo en cuan-to
lleguemos a Corfú. Después, una vez hecho eso, volverás a Arcadia para recoger
el carga-mento.
-¡Embarquemos!
-respondió Skopelo.
Una hora
más tarde, la Karysta salía del gol-fo. Pero antes de finalizar la jornada,
Nicolas Starkos pudo escuchar un rugido lejano, cuyo eco le llegaba del sur.
Eran los
cañones de las escuadras combina-das que tronaban sobre la rada de Navarino.
6
¡Guerra a
los piratas del Archipiélago!
La
dirección de nornoroeste que llevaba la sacoleva había de conducirla a través
del pinto-resco semillero de las islas Jónicas, donde en cuanto se pierde una
de vista, ya se divisa la otra.
Por
suerte para ella, la Karysta, con su as-pecto de honrado navío levantino, mitad
yate de placer, mitad buque mercante, no dejaba traslucir nada acerca de su
origen. De no ser por eso, no hubiera sido prudente por parte de su capitán
arriesgarse de tal forma, pasando bajo los cañones de los fuertes británicos y
po-niéndose a merced de las fragatas del Reino Unido.
Tan sólo
unas quince leguas marinas sepa-ran Arcadia de la isla de Zante, «la flor de
Le-vante», como la llaman poéticamente los italia-nos. Desde el fondo del
golfo, por donde cru-
zaba
entonces la Karysta, se divisan incluso las cumbres verdeantes del monte
Scopos, sobre cuya ladera, y reemplazando los espesos bos-ques cantados por
Homero y Virgilio, se esca-lonan los macizos de olivares y naranjos.
El viento
era bueno, un terral bien formado que le enviaba el sudeste. De modo que la
saco-leva, bajo sus bonetas de gavia y de juanete, hendía rápidamente las aguas
de Zante, enton-ces casi tan tranquilas como las de un lago.
Hacia el
anochecer, pasó ante la capital, que lleva el mismo nombre que la isla. Se
trata de una bonita ciudad italiana, surgida sobre la tierra de Zacinto, hijo
del troyano Dárdano. Desde la cubierta de la Karysta, sólo se veían las luces
de la ciudad, que se curva sobre un espacio de una media legua siguiendo el
borde de una bahía circular. Aquellas luces, esparci-das a diferentes alturas,
desde los muelles del puerto hasta la punta más elevada del castillo de origen
veneciano, edificado a trescientos pies por encima del nivel del mar, formaban
como una
enorme constelación, cuyas estrellas más brillantes señalaban el emplazamiento
de los palacios renacentistas de la calle principal y de la catedral de San
Dionisio de Zacinto.
Nicolas
Starkos no podía establecer con la población zantia, profundamente cambiada a
raíz de los contactos con los venecianos, los franceses, los ingleses y los
rusos, el tipo de relaciones comerciales que lo unían a los turcos del
Peloponeso. No había, pues, ninguna señal que enviar a los vigías del puerto ni
había tam-poco razón alguna para recalar en aquella isla, que fue la patria de
dos poetas célebres: uno, Hugo Foscolo, italiano de finales del siglo XVIII; el
otro, Salomos, una de las glorias de la Grecia moderna.
La
Karysta atravesó el estrecho brazo de mar que separa Zante de la Acaya y de la
Élida. Sin duda, hubo a bordo más de un oído que se sin-tió ofendido al
escuchar los cantos que traía la brisa como si hubiesen sido otras tantas
barca-rolas escapadas del Lido. Pero había que re-
signarse.
La sacoleva pasó por entre aquellas melodías italianas y, a la mañana
siguiente, se encontraba atravesando el golfo de Patrás, pro-funda escotadura
que continúa el golfo de Le-panto hasta el istmo de Corinto.
Nicolas
Starkos se hallaba entonces sobre la proa de la Karysta. Su mirada recorría
toda aquella costa de Acarnania, que dibujaba el límite septentrional del
golfo. De allí surgían grandes e imperecederos recuerdos, que habrí-an debido
encoger el corazón de un hijo de Grecia, ¡si ese hijo no hubiera, desde hacía
ya tanto tiempo, negado y traicionado a su madre!
-¡Misolonghi!
-dijo entonces Skopelo, ten-diendo la mano en dirección al noreste-. ¡Mala
gente! ¡Prefieren saltar por los aires antes que rendirse!
En
efecto, dos años antes, los compradores de prisioneros y los vendedores de
esclavos no habrían tenido nada que hacer allí. Después de diez meses de lucha,
los asediados de Miso-longhi, quebrantados por la fatiga y exhaustos
a causa
del hambre, en vez de capitular ante Ibrahim, habían hecho estallar la ciudad y
la fortaleza. Hombres, mujeres, niños, todos habí-an perecido en la explosión,
que no perdonó tampoco a los vencedores.
Y, el año
anterior, casi en el mismo lugar donde acababa de ser enterrado Marco Botsaris,
uno de los héroes de la guerra de la Indepen-dencia, había venido a morir el
descorazonado y desesperado lord Byron, cuyos despojos re-posan ahora en
Westminster. ¡Sólo su corazón permaneció en esta tierra de Grecia que amaba y
que no volvió a ser libre hasta después de su muerte!
Un gesto
violento, ésa fue toda la respuesta que Nicolas Starkos dio a la observación de
Skopelo. Luego, la sacoleva, alejándose rápi-damente del golfo de Patrás, se
encaminó hacia Cefalonia.
Con aquel
viento que los impulsaba, no se necesitaban más que algunas horas para cubrir
la distancia que separa Cefalonia de la isla de
Zante.
Además, la Karysta no se dirigió hacia Argostolion, la capital, cuyo puerto,
poco pro-fundo, es cierto, no es por ello menos excelente para los navíos de
tonelaje mediano. Por el con-trario, se metió audazmente por los estrechísi-mos
canales que bañan su costa oriental y, hacia las seis y media de la tarde,
alcanzaba la punta de Thiaki, la antigua Ítaca.
Esta
isla, de ocho leguas de largo por una le-gua y media de ancho, singularmente
rocosa, soberbiamente salvaje, rica en aceite y en vino, que produce en abun-
dancia, cuenta con unos diez mil habitantes. Sin tener una historia pro-pia, ha
dejado, sin embargo, un nombre célebre en la antigüedad. Fue la patria de
Ulises y Pe-nélope, cuyos recuerdos se encuentran aún en las cimas del Anogi,
en las profundidades de la caverna del monte de San Esteban, en medio de las
ruinas del monte CE, a través de los campos de Eumea y al pie del Roquedal de
los Cuervos, sobre el cual debieron de fluir las poéticas aguas de la fuente de
Aretusa.
A medida
que caía la noche, la tierra del hijo de Laertes había ido desapareciendo poco
a poco en la sombra, unas quince leguas más allá del último promontorio de
Cefalonia. Durante la noche, la Karysta, haciéndose un poco a la mar con el fin
de evitar el estrecho paso que separa la punta norte de Itaca de la punta sur
de San Mauro, siguió, a unas dos millas de la orilla, la costa oriental de esta
isla.
Bajo la
luz de la luna, se habría podido per-cibir vagamente, dominando el mar desde
una altura de ciento ochenta metros, una especie de acantilado blanquecino: era
el salto de Léucade, que Safo y Artemisa hicieron famoso. Pero cuando salió el
sol, no quedaba, al sur, ningún rastro de esta isla, que se conoce también por
el nombre de Léucade, y la sacoleva, acercándose a la costa albanesa, se
dirigió, a toda vela a bar-lovento, hacia la isla de Corfú.
Nicolas
Starkos tenía que hacer todavía unas veinte leguas aquel día si quería entrar,
antes de la noche, en las aguas que bañan la capital
de la
isla.
La audaz
Karysta, forzando de tal modo las velas que su borda se deslizaba a ras de
agua, cubrió rápidamente aquellas veinte leguas. La brisa había arreciado
considerablemente. El timonel tuvo, pues, que poner toda su atención para no
empeñar bajo aquel enorme velamen. Por suerte, los mástiles eran sólidos y el
aparejo casi nuevo y de calidad superior. No se tomó ni un rizo, ni se amainó
una boneta.
La
sacoleva se comportó como lo habría hecho si se hubiese tratado de una carrera
de velocidad en alguna competición internacional.
De este
modo, pasaron ante la pequeña isla de Paxos. Hacia el norte, se dibujaban ya
las primeras alturas
de Corfú.
A la derecha, la costa albanesa se perfilaba en el horizonte con los recortes
den-tados de los montes Acrauceronianos. En aque-llos parajes tan frecuentados
del mar Jónico, se veían algunos buques de guerra, que llevaban pabellón inglés
o pabellón turco. La Karysta no
intentó
evitar a unos más que a otros. Si le hubieran hecho alguna señal para que se
pusie-ra de través, habría obedecido sin vacilación, pues no llevaba a bordo
cargamento ni papel alguno que pudiese denunciar su origen.
A las
cuatro de la tarde, la sacoleva ceñía un poco el viento para entrar en el
estrecho que separa la isla de Corfú de la tierra firme. Las escotas fueron
tensadas, y el timonel orzó un cuarto, a fin de rebasar el cabo Blanco, en el
extremo sur de la isla.
En esta
primera porción del canal el paisaje es más placentero que en su parte
septentrio-nal. Por eso mismo, produce un afortunado contraste con la costa
albanesa, entonces prácti-camente inculta y medio salvaje. Algunas mi-llas más
lejos, el estrecho se ensancha por la escotadura del litoral corfiota. La
sacoleva pu-do, pues, largar un poco, para atravesarlo obli-cuamente. Son estas
hendiduras, profundas y multiplicadas, las que dan a la isla sesenta y cinco
leguas de perímetro, mientras que sólo
cuentan
veinte en su longitud máxima y seis en su máxima anchura.
Hacia las
cinco, la Karysta arranchaba, cerca del islote de Ulises, la abertura que
comunica el lago Kalikiopulo, el antiguo puerto hilaico, con el mar. Luego
siguió los contornos de ese en-cantador «canalón», plantado de acíbares y
agaves, frecuentado ya entonces por los coches y los jinetes, que van a buscar,
una legua al sur de la ciudad, junto con la frescura marina, todo el encanto de
un admirable panorama, cuyo horizonte, al otro lado del canal, es la costa
al-banesa. Pasó por delante de la bahía de Karda-kio y las ruinas que la
dominan, por delante del palacio de verano de los Altos Lores Comisa-rios, de
jando a su izquierda la bahía de Kas-tradés, sobre la cual se extiende formando
un arco el arrabal del mismo nombre, la Strada Marina, que es menos una calle
que un paseo, luego la prisión, el antiguo fuerte Salvador y las primeras casas
de la capital corfiota. La Karysta dobló entonces el cabo Sidero sobre el que
se
asienta
la ciudadela, suerte de pequeña villa militar, suficientemente grande como para
al-bergar la residencia del comandante, los aloja-mientos de sus oficiales, un
hospital y una igle-sia griega, de la cual los ingleses habían hecho un templo
protestante. Finalmente, dirigiéndo-se sin vacilar al oeste, el capitán Starkos
dobló la punta San Nikolo y, después de haber avan-zado a lo largo de la
orilla, en la cual se escalo-nan las casas del norte de la ciudad, fondeó a una
distancia del muelle de medio cable.
Prepararon
el bote. Nicolas Starkos y Skope-lo ocuparon su lugar en él, no sin que el
capitán hubiese pasado por su cinturón uno de esos cuchillos de hoja corta y
ancha, muy usados en las provincias de Mesenia. Ambos desembarca-ron en la
Oficina de Sanidad y mostraron los papeles de a bordo, que estaban
perfectamente en regla. Así pues, después de acordar encon-trarse de nuevo a
las once para regresar a bor-do, quedaron libres para ir adonde les
convi-niera.
Skopelo,
encargado de los intereses de la Ka-rysta, se hundió en la parte comercial de
la ciu-dad, a través de callecitas estrechas y tortuosas, con nombres italianos
y tiendas con soportales, con toda la mezcolanza de un barrio napolita-no.
Nicolas
Starkos, por su parte, quería consa-grar aquella tarde a sondear el ambiente.
Se dirigió, pues, hacia la explanada, el barrio más elegante de la ciudad
corfiota.
La
explanada o plaza de armas, plantada la-teralmen
te de
hermosos árboles, se extiende entre la ciudad y la ciudadela, de la cual se
halla sepa-rada por un ancho foso.
Extranjeros
e indígenas formaban entonces allí un incesante vaivén, que no era en absoluto
el de una fiesta. Los mensajeros entraban en el palacio, construido al norte de
la plaza por el general Maitland, y volvían a salir por las puer-tas de San
Jorge y San Miguel, que flanquean su fachada de piedra blanca. Un incesante
inter-
cambio de
comunicaciones se llevaba a cabo de este modo entre el palacio del gobernador y
la ciudadela, cuyo puente levadizo estaba bajado delante de la estatua del
mariscal de Schulem-bourg.
Nicolas
Starkos se mezcló con la multitud. Se dio perfecta cuenta de que toda aquella
gen-te estaba bajo el dominio de una emoción fuera de lo común. No siendo
hombre al que gustara preguntar, se contentó con escuchar. Lo que más impacto
causó en su ánimo fue un nombre, invariablemente repetido en todos los
corrillos con calificaciones que denotaban poca simpatía: el nombre de
Sacratif.
Al
principio, ese nombre pareció excitar li-geramente su curiosidad; pero, después
de haberse encogido levemente de hombros, con-tinuó descendiendo por la
explanada, hasta la terraza en la que ésta termina dominando el mar.
Allí,
algunos curiosos se habían colocado al-rededor de un pequeño templo en forma
circu-
lar, que
había sido levantado recientemente a la memoria de sir Thomas Maitland. Unos
años más tarde, un obelisco sería erigido en aquel lugar en honor de uno de sus
sucesores, sir Howard Douglas, para hacer pareja con la esta-tua del Alto Lord
Comisario que había enton-ces, Frederik Adam, cuyo lugar estaba ya seña-lado
delante del palacio del gobierno. Es pro-bable que, si el protectorado de
Inglaterra no hubiese acabado y las islas Jónicas no hubiesen entrado a formar
parte del reino helénico, las calles de Corfú hubiesen estado plagadas de
estatuas de sus gobernadores. De todos modos, una buena parte de los corfiotas
no pensaba siquiera en censurar aquella prodigalidad de hombres de bronce o de
piedra y, tal vez, más de uno echa de menos ahora, junto con el anti-guo estado
de cosas, las actuaciones adminis-trativas de los representantes del Reino
Unido.
Pero si,
a este respecto, existen opiniones bastante diversas; si, entre los setenta mil
habi-tantes que cuenta la antigua Corcira y entre los
veinte
mil habitantes de su capital, hay cristia-nos ortodoxos, cristianos griegos y
gran núme-ro de judíos, que, en aquella época, ocupaban un barrio aislado, una
especie de gueto; si, en la existencia ciudadana de estas razas diferentes,
había ideas divergentes a propósito de intereses diversos, aquel día toda
disensión parecía haberse fundido en un pensamiento común, en una suerte de
maldición dirigida contra aquel nombre que se repetía sin cesar:
-¡Sacratif!
¡Sacratif! ¡Guerra al pirata Sacratif! Y aunque aquellas gentes que iban y
venían hablasen inglés, italiano o griego,
aunque la pronunciación de aquel nombre execrado difi-riese, los
anatemas con los cuales se lo abruma-ba eran, sin embargo, la expresión del
mismo
sentimiento
de horror.
Nicolas
Starkos seguía escuchando y no de-cía nada. Desde lo alto de la terraza, sus
ojos podían fácilmente recorrer gran parte del canal de Corfú, cerrado como un
lago hasta las mon-tañas de Albania, que el sol poniente doraba en
la cima.
Luego,
volviéndose hacia el lado del puerto, el capitán de la Karysta observó que
había en él un movimiento considerable. Numerosas em-barcaciones se dirigían
hacia los navíos de gue-rra. Se intercambiaban señales entre estos naví-os y el
asta de bandera erigida en la cima de la ciudadela, cuyas baterías y casamatas
desapa-recían detrás de una cortina de acíbares gigan-tescos.
Evidentemente
-y, ante todos estos síntomas, un marino no podía equivocarse-, uno o varios
navíos se preparaban para abandonar Corfú. Si así era, la población corfiota,
hay que recono-cerlo, se tomaba en ello un interés verdadera-mente
extraordinario.
El sol
había desaparecido ya detrás de las al-tas cumbres de la isla, y, dado que el
crepúscu-lo es bastante corto en esa latitud, no tardaría en hacerse de noche.
Nicolas
Starkos juzgó, pues, que era el mo-mento de abandonar la terraza. Volvió a
bajar
la
explanada, dejando en aquel lugar a la ma-yoría de los espectadores, a los que
un senti-miento de curiosidad retenía aún allí. Luego se dirigió con paso
tranquilo hacia los soportales de la hilera de casas que limita el lado oeste
de la plaza de Armas.
Allí no
faltaban ni los cafés, llenos de luces, ni las hileras de sillas dispuestas
sobre la calza-da, ocupadas ya por numerosos consumidores. Es necesario hacer
notar, sin embargo, que és-tos charlaban más que «consumían», si es que, de
todos modos, tal palabra, por ser demasiado moderna, puede aplicarse a los
corfiotas de hace cincuenta años.
Nicolas
Starkos se sentó a una pequeña me-sa, con la clara intención de no perderse ni
una sola palabra de las frases que se intercambiaban en las mesas vecinas.
-¡La
verdad -decía un armador de la Strada Marinaes que ya no hay seguridad para el
co-mercio y nadie se atrevería a arriesgar un car-gamento de valor en los
puertos de Levante!
-¡Y
pronto -añadió su interlocutor, uno de esos ingleses gordos que parecen estar
siempre sentados sobre un fardo, como el presidente de su cámara- no se
encontrarán tripulaciones que quieran servir a bordo de los navíos del
Archi-piélago!
-¡Oh!
¡Ese Sacratif!... ¡Ese Sacratif! -se repetía con verdadera indignación en los
diferentes grupos.
«¡El
nombre ideal para desollar el gaznate - pensaba el dueño del café- y que
debería empu-jar a refrescarlo! »
-¿A qué
hora debe partir la Syphanta? - preguntó el hombre de negocios.
-A las
ocho -respondió el corfiota-. ¡Pero - añadió en un tono que no denotaba una
con-fianza absoluta- no basta con partir, hay que llegar al destino!
-¡Llegará!
-exclamó otro corfiota-. Nadie po-drá decir que un pirata haya hecho fracasar a
la marina británica...
-¡Ni a la
marina griega, ni a la marina fran-
cesa, ni
a la marina italiana! -añadió flemática-mente un oficial inglés que quería que
cada Estado tuviese su parte en aquel enojoso asun-to.
-En
cualquier caso -dijo el hombre de nego-cios levantándose-, se acerca el
momento, y si queremos asistir a la partida de la Syphanta, ya va siendo hora
de que nos dirijamos a la expla-nada.
-No
-respondió su interlocutor-, no hay pri-sa. Por otra parte, tienen que anunciar
la ma-niobra de salida con un cañonazo.
Y los
contertulios siguieron tocando su parte en el concierto de las maldiciones
proferidas contra Sacratif.
Sin duda,
Nicolas Starkos creyó que el mo-mento era favorable para intervenir, y, sin que
el menor acento pudiese revelar en él a un nati-vo de la Grecia meridional,
dijo dirigiéndose a sus vecinos de mesa:
-Señores,
¿podría preguntaros, si no os im-porta, qué es esa Syphanta de la que todo el
mundo
habla hoy?
-Es una
corbeta, señor -le respondieron-, una corbeta comprada, equipada y armada por
una compañía de hombres de negocios ingleses, franceses y corfiotas, en la cual
viaja una tripu-lación de esas diferentes nacionalidades y que debe zarpar bajo
las órdenes del bravo capitán Stradena. ¡Tal vez él consiga lo que no han
lo-grado los buques de guerra de Inglaterra y Francia!
-¡Ah!
-dijo Nicolas Starkos-. ¡Lo que parte es una corbeta!... Y, por favor, ¿hacia
qué parajes?
-¡Hacia
aquellos en los que podrá encontrar, apresar y colgar al famoso Sacratif!
-¿Y
seríais tan amables de decirme -insistió Nicolas Starkos- quién es ese famoso
Sacratif?
-¿Preguntáis
quién es Sacratif? -exclamó es-tupefacto el corfiota, a quien el inglés hizo
eco, acentuando su respuesta con un «¡oh!» de sor-presa.
El hecho
es que un hombre que ignoraba to-davía quién era Sacratif, en medio de la
ciudad
de Corfú
y en el momento mismo en que ese nombre estaba en todas las bocas, podía ser
mirado como un fenómeno.
El
capitán de la Karysta se dio cuenta ense-guida del efecto que producía su
ignorancia. Por eso, se apresuró a añadir:
-Soy
extranjero, señores, acabo de llegar de Zara, que es tanto como decir que vengo
del fondo del Adriático, y no estoy al corriente de lo que pasa en las islas
Jónicas.
-¡Decid
mejor de lo que pasa en el Archipié-lago! -exclamó el corfiota-. ¡Es todo el
Archipié-lago lo que Sacratif ha tomado como el teatro de sus piraterías!
-¡Ah!
-dijo Nicolas Starkos-. ¿Se trata de un pirata?
-Un
pirata, un corsario, un parásito del mar –replicó el obeso inglés-. ¡Sí!
¡Sacratif merece todos esos nombres e incluso todos los que se-ría necesario
inventar para calificar a semejante malhechor!
En ese
punto, el inglés respiró un instante
para
retomar aliento. Luego añadió:
-¡Lo que
me sorprende, señor, es que sea po-sible encontrar a un europeo que no sepa
quién es Sacratif!
-¡Oh!
-respondió Nicolas Starkos-. Ese nom-bre no me es totalmente desconocido,
señor, creedme; pero ignoraba que hubiese sido él quien ha revolucionado hoy a
toda la ciudad. ¿Acaso Corfú se halla amenazada por una in-cursión de ese
pirata?
-¡No se
atrevería! -exclamó el hombre de ne-gocios-. ¡Jamás se arriesgaría a poner los
pies en nuestra isla!
-¡Ah! ¿De
veras? -respondió el capitán de la Karysta.
-¡Sin
lugar a dudas, señor, y si lo hiciera, las horcas, sí, las horcas brotarían por
sí mismas en todos los rincones de la isla para atraparlo cuando pasase!
-Pero
entonces, ¿de dónde viene toda esta agitación? -preguntó Nicolas Starkos-. He
lle-gado hace apenas una hora y no comprendo
tanto
movimiento...
-Pues
veréis, señor -respondió el inglés-. Dos buques mercantes, el Three Brothers y
el Carna-tic, fueron capturados, hace un mes aproxima-damente, por Sacratif, y
todos los sobrevivien-tes de las dos tripulaciones han sido vendidos en los
mercados de Tripolitania.
-¡Oh!
-respondió Nicolas Starkos-. Ése sí que es un feo asunto. ¡Sacratif podría
tener que arrepentirse de ello!
-Entonces
-prosiguió el corfiota-, algunos hombres de negocios se asociaron para armar
una corbeta de guerra, un excelente velero, con una tripulación elegida y al
mando de un intré-pido marino, el capitán Stradena, que va a dar caza a ese
Sacratif. ¡Esta vez, cabe esperar que ese pirata, que tiene en jaque todo el
comercio del Archipiélago, no escape a su suerte!
-Será muy
difícil, efectivamente -respondió Nicolas Starkos.
-Y si
veis la ciudad conmocionada -añadió el hombre de negocios inglés-, si toda la
pobla-
ción se
ha dirigido hacia la explanada, es para asistir a la salida de la Syphanta, a
la que salu-darán con varios miles de hurras cuando des-cienda por el canal de
Corfú.
Nicolas
Starkos sabía, sin duda, todo lo que deseaba saber. Dio las gracias a sus
interlocuto-res y luego, levantándose, fue de nuevo a mez-clarse con la
multitud que llenaba la explanada.
Lo que
aquellos ingleses y aquellos corfiotas habían dicho no tenía nada de exagerado.
¡Era sólo la verdad! Desde hacía algunos años, las depredaciones de Sacratif se
manifestaban por medio de actos indignantes. Muchos buques mercantes de todas
las nacionalidades habían sido atacados por aquel pirata, tan audaz como
sanguinario. ¿De dónde venía? ¿Cuál era su origen? ¿Pertenecía a esa raza de
corsarios pro-cedentes de las costas de Berbería? ¿Quién hubiera podido
precisarlo? Nadie lo conocía. Nadie lo había visto jamás. Ni uno solo de
aquellos que se habían hallado bajo el fuego de sus cañones había regresado.
Unos habían sido
asesinados.
Otros, reducidos a la esclavitud. ¿Quién hubiera podido identificar los barcos
en los que viajaba? Pasaba sin cesar de uno a otro. Tan pronto atacaba con un
rápido bergantín levantino, como con una de esas ligeras corbe-tas que era
imposible superar en velocidad, y siempre bajo pabellón negro. Si en esos
encuen-tros no era el más fuerte, si se veía obligado a salvarse por medio de
la fuga, en presencia de algún temible navío de guerra, desaparecía de repente.
¿Y en qué refugio desconocido, en qué rincón ignorado del Archipiélago, hubiera
na-die intentado dar con él? Conocía los más secre-tos pasos de aquellas
costas, cuya hidrografía dejaba todavía mucho que desear en esa época.
Si el
pirata Sacratif era un buen marino, también era un hombre terrible en el
combate. Siempre secundado por tripulaciones que no retrocedían ante nada, no
olvidaba nunca con-cederles, después del combate, la «parte del diablo», es
decir, algunas horas de matanza y pillaje. Por eso, sus compañeros lo seguían a
todas
partes adonde quería llevarlos. Ejecuta-ban sus órdenes, cualesquiera que
fuesen. To-dos se habrían dejado matar por él. La amenaza del más espantoso
suplicio no los hubiese he-cho denunciar a su jefe, que ejercía sobre ellos una
verdadera fascinación. Es raro que un na-vío pueda resistir a tales hombres
lanzados al abordaje, sobre todo un buque mercante, que carece de medios de
defensa suficientes.
En todo
caso, si Sacratif, a pesar de toda su habilidad, hubiese sido sorprendido por
un barco de guerra, se habría hecho saltar por los aires antes de rendirse. Se
decía incluso que, en un caso como ése, faltándole proyectiles, había cargado
sus cañones con las cabezas recién cor-tadas de los cadáveres que cubrían la
cubierta.
Tal era
el hombre que la Syphanta tenía la misión de perseguir. Así era aquel temible
pira-ta, cuyo nombre, execrado por todos, causaba tanta agitación en la ciudad
corfiota.
Pronto,
una detonación resonó. Una huma-reda se elevó con un vivo relámpago sobre el
terraplén
de la ciudadela. Era la señal de parti-da. La Syphanta zarpaba e iba a
atravesar el canal de Corfú para alcanzar los parajes meri-dionales del mar
Jónico.
Toda la
multitud se dirigió al borde de la explanada, hacia la terraza del monumento a
sir Maitland.
Nicolas
Starkos, arrastrado imperiosamente por un sentimiento más intenso quizá que el
de una simple curiosidad, se encontró pronto en primera fila de los
espectadores.
Poco a
poco, bajo la claridad de la luna, apa-reció la corbeta con sus luces de
posición. Avanzaba bolineando, con objeto de pasar a bordadas el cabo Blanco,
que se alarga al sur de la isla. Un segundo cañonazo partió de la ciu-dadela,
luego un tercero, a los que respondie-ron tres detonaciones que iluminaron las
portas de la Syphanta. A las detonaciones sucedieron miles de hurras. Los
últimos llegaron a la cor-beta cuando ésta doblaba la bahía de Kardakio.
Después,
todo volvió a sumirse en el silen-
cio. Poco
a poco, la multitud, fluyendo a través de las calles del arrabal de Kastradés,
dejó el campo libre a los raros paseantes que un interés de negocios o de
placer retenía sobre la expla-nada.
Todavía
durante una hora permaneció pen-sativo Nicolas Starkos, en la vasta plaza de
Armas, casi desierta. Pero el silencio no debía de reinar ni en su cabeza ni en
su corazón. Sus ojos brillaban con un fuego que sus párpados no conseguían
enmascarar. Su mirada, como por un movimiento involuntario, se orientaba en
dirección a aquella corbeta que acababa de desaparecer detrás de la masa
confusa de la isla.
Cuando
las once sonaron en la iglesia de San Espiridión, Nicolas Starkos se dispuso a
reunir-se con Skopelo en el lugar en el que lo había citado, cerca de la
Oficina de Sanidad. Así pues, remontó las calles del barrio que van hacia el
Fuerte Nuevo y pronto llegó al muelle.
Skopelo
lo esperaba allí.
El
capitán de la sacoleva fue hacia él:
-¡La
corbeta Syphanta acaba de partir! -le di-
jo.
-¡Ah!
-dijo Skopelo.
-Sí...
¡Para dar caza a Sacratif!
-¡Ésa u
otra, qué importa! -respondió sim-plemente Skopelo señalando el gig, que se
ba-lanceaba, al pie de la escala, sobre las últimas ondulaciones de la resaca.
Instantes
después, la embarcación atracaba junto a la Karysta, y Nicolas Starkos saltaba
a bordo diciendo:
-¡Hasta
mañana, en casa de Elizundo!
7
Lo
inesperado
Al día
siguiente, hacia las diez de la mañana,
Nicolas
Starkos desembarcaba en el muelle y se dirigía hacia la casa de banca. No era
la primera vez que se presentaba en el despacho y siempre había sido recibido
como un cliente cuyos asun-tos no hay que desdeñar.
Sin
embargo, Elizundo lo conocía. Debía de saber muchas cosas acerca de su vida. Ni
si-quiera ignoraba que fuese el hijo de aquella patriota, de la cual había
hablado un día a Hen-ry d'Albaret. Pero nadie sabía ni podía saber lo que era
el capitán de la Karysta.
Era
evidente que se esperaba a Nicolas Star-kos, ya que fue recibido en cuanto se
presentó. En efecto, la carta, fechada en Arcadia, que había llegado cuarenta y
ocho horas antes era suya. Por lo tanto, fue inmediatamente condu-cido al
despacho donde se encontraba el ban-quero, quien tomó la precaución de cerrar
la puerta con llave. Elizundo y su cliente estaban ahora solos frente a frente.
Nadie vendría a molestarlos. Nadie oiría lo que iba a ser dicho en aquella
conversación.
-Buenos
días, Elizundo -dijo el capitán de la Karysta, dejándose caer sobre un sillón
con la familiaridad de un hombre que estuviese en su propia casa-. ¡Pronto hará
seis meses que no os había visto, aunque hayáis tenido a menudo noticias mías!
Por eso, no he querido pasar tan cerca de Corfú sin detenerme, para tener el
pla-cer de estrecharos la mano.
-No es
para verme ni para hacerme cumpli-dos para lo que habéis venido, Nicolas
Starkos - respondió el banquero con voz sorda-. ¿Qué queréis de mí?
-¡Eh!
-exclamó el capitán-. ¡Ahora reconozco a mi viejo amigo Elizundo! ¡Nada a los
senti-mientos, todo a los negocios! ¡Hace mucho tiempo que habéis debido de
meter vuestro corazón en el cajón más secreto de vuestra caja, un cajón cuya
llave habéis perdido!
-¿Queréis
explicarme lo que os trae aquí y por qué me habéis escrito? -insistió Elizundo.
-¡Tenéis
razón, Elizundo! ¡Dejémonos de tonterías! ¡Seamos serios! ¡Hoy tenemos que
discutir
asuntos muy graves y no pueden espe-rar!
-Vuestra
carta me habla de dos asuntos - continuó el banquero-, uno que entra en la
ca-tegoría de nuestras relaciones habituales y otro que es puramente personal.
-En
efecto, Elizundo.
-¡Y bien,
hablad, Nicolas Starkos! ¡Tengo pri-sa por conocer los dos!
Como se
ve, el banquero se expresaba muy categóricamente. Quería, de ese modo, exhortar
a su visitante a que se explicara, sin utilizar subterfugios o escapatorias.
Pero lo que con-trastaba con la nitidez de estas preguntas era el tono un poco
sordo con que las hacía. Evidente-mente, de aquellos dos hombres, situados uno
frente a otro, no era precisamente el banquero quien controlaba la situación.
Por eso,
el capitán de la Karysta no pudo es-conder una media sonrisa, que Elizundo, con
los ojos bajos, no vio.
-¿Cuál de
las dos cuestiones abordaremos
primero?
-preguntó Nicolas Starkos.
-¡Primero
la que es puramente personal! - respondió vivamente el banquero.
-Yo
prefiero comenzar por la que no lo es - replicó el capitán en un tono cortante.
-Está
bien, Nicolas Starkos. ¿De qué se trata? -Se trata de un convoy de prisioneros
que tenemos que recoger en Arcadia. Allí hay dos-cientas treinta y siete
cabezas, hombres, muje-res y niños, que serán transportados a la isla de
Escarpanto, desde donde yo me encargaré de conducirlos a la costa berberisca.
Pero vos ya sabéis, Elizundo, pues hemos hecho a menudo operaciones de esta
clase, que los turcos sólo entregan su mercancía a cambio de dinero o de papel,
a condición de que una buena firma le dé un valor seguro. Así pues, vengo a
pediros vuestra firma y cuento con que se la daréis de buen grado a Skopelo
cuando os traiga las ór-denes de pago preparadas. No habrá ninguna
dificultad,
¿verdad que no?
El
banquero no respondió, pero su silencio
no podía
ser sino el otorgamiento de lo que el capitán pedía. Por otra parte, había
precedentes que lo comprometían.
-Tengo
que añadir -prosiguió negligente-mente Nicolas Starkos- que no será un mal
ne-gocio. Las operaciones otomanas están toman-do un mal cariz en Grecia. La
batalla de Nava-rino tendrá funestas consecuencias para los turcos, pues las
potencias europeas se están metiendo por en medio. Si se ven obligados a
renunciar a la lucha, se acabaron los prisione-ros, las ventas y los
beneficios. Por eso, estos últimos convoyes que nos entregan, todavía en buenas
condiciones, encontrarán compradores a precios altos en las costas de África.
De mane-ra que nosotros sacaremos nuestro provecho de este negocio y, en
consecuencia, vos el vuestro. ¿Puedo contar con vuestra firma?
-Os
descontaré las letras -respondió Elizun-do-; no tendré que daros mi firma.
-Como
queráis, Elizundo -respondió el capi-tán-, pero nosotros nos habríamos
contentado
con
vuestra firma. ¡No vacilabais en darla otras veces!
-Hoy no
es como otras veces -dijo Elizundo-. ¡Ahora tengo ideas diferentes sobre todo
eso!
-¡Ah! ¿De
veras? -exclamó el capitán-. ¡Como gustéis, pues! ¿Pero entonces es verdad,
como he oído decir, que pretendéis retiraros de los negocios?
-¡Sí,
Nicolas Starkos! -respondió el banquero con voz más firme-. Y, por lo que a vos
respec-ta, ésta es la última operación que haremos jun-tos... ¡Ya que os
empeñáis en que la haga yo!
-¡Me
empeño, Elizundo! -respondió Nicolas Starkos en tono seco.
Luego se
levantó y dio algunas vueltas por el gabinete, sin dejar de envolver al
banquero en una mirada poco agradable. Plantándose de nuevo frente a él, dijo
en tono burlón:
-¿Así
pues, maestro Elizundo, sois muy rico, ya que pensáis en retiraros de los
negocios?
El
banquero no respondió.
-Y bien
-prosiguió el capitán-, ¿qué haréis
con todos
esos millones que habéis ganado? ¡No os los llevaréis al otro mundo! ¡Sería un
poco molesto para el último viaje! Cuando os hayáis ido, ¿a quién irán a parar?
Elizundo
persistió en guardar silencio.
-¡Irán a
vuestra hija -continuó Nicolas Star-kos-, la bella Hadjine Elizundo! ¡Ella
heredará la fortuna de su padre! ¿Qué puede haber más justo? Pero ¿qué hará con
esa fortuna? ¿Sola en la vida, a cargo de tantos millones?
El
banquero se puso de pie, no sin cierto es-fuerzo, y, rápidamente, como un
hombre que hace una confesión cuyo peso lo ahoga, dijo:
-¡Mi hija
no estará sola!
-¿La
casaréis? -respondió el capitán-. ¿Y con quién, si sois tan amable? ¿Qué hombre
querrá a Hadjine Elizundo cuando sepa de dónde vie-ne en gran parte la fortuna
de su padre? Y, añadiría, cuando ella misma lo sepa, ¿a quién osaría dar su
mano Hadjine Elizundo?
-¿Cómo
podría saberlo ella? -dijo el banque-ro-. Hasta ahora lo ignora y ¿quién se lo
dirá?
-¡Yo, si
hace falta!
-¿Vos?
-¡Yo!
Escuchad, Elizundo, y tened en cuenta mis palabras -respondió el capitán de la
Karys-ta con calculada desvergüenza-, porque no vol-veré sobre lo que voy a
deciros. Habéis ganado esa enorme fortuna sobre todo gracias a mí, a las
operaciones que hemos hecho juntos y en las cuales yo arriesgaba mi cabeza.
¡Traficando con cargamentos robados y con prisioneros comprados y vendidos
durante la guerra de la Independencia es como habéis llenado vuestra caja con
esas ganancias, cuya suma asciende a millones! Pues bien, lo justo es que esos
millo-nes vengan a parar a mis manos. Yo no tengo prejuicios. ¡Vos lo sabéis,
además! ¡No os pre-guntaré cuál es el origen de vuestra fortuna! Cuando la
guerra termine, también yo me reti-raré de los negocios. Pero tampoco deseo
estar solo en la vida y quiero, entendedme bien, quiero que Hadjine Elizundo se
convierta en la mujer de Nicolas Starkos.
El
banquero se dejó caer de nuevo en su bu-taca. Sabía muy bien que estaba en las
manos de aquel hombre, su cómplice desde hacía tanto tiempo. Sabía que el
capitán de la Karysta no retrocedería ante nada para conseguir su obje-tivo. No
dudaba de que, si era necesario, era hombre capaz de contarlo todo acerca del
pa-sado de la casa de banca.
Para
responder negativamente a la demanda de Nicolas Starkos, a riesgo de provocar
un estallido, a Elizundo sólo le quedaba una cosa por decir y, no sin cierta
vacilación, la dijo:
-¡Mi hija
no puede ser vuestra mujer, Nicolas Starkos, porque ha de ser la mujer de otro!
-¡De
otro! -exclamó Nicolas Starkos-. ¡Ver-daderamente, he llegado a tiempo! ¡Ah!
¿La hija del banquero Elizundo se casa?...
-¡Dentro
de cinco días!
-¿Y con
quién se casa?... -preguntó el capi-tán, cuya voz se estremecía de cólera.
-Con un
oficial francés.
-¡Un
oficial francés! ¿Sin duda, uno de los fi-
lohelenos
que han venido en socorro de Grecia? -¡Sí!
-¿Y se
llama?...
-Es el
capitán Henry d'Albaret:
-Bien,
maestro Elizundo -prosiguió Nicolas Starkos, que se acercó al banquero y le
habló mirándole a los ojos-, os lo repito, cuando el capitán Henry d'Albaret
sepa quién sois, ya no querrá saber nada de vuestra hija, y cuando vuestra hija
sepa la fuente de la fortuna de su padre, ya no podrá ni siquiera pensar en ser
la mujer de ese capitán Henry d'Albaret. De ma-nera que si no rompéis ese
matrimonio hoy mismo, mañana se romperá por sí solo, ¡porque mañana los dos
prometidos lo sabrán todo!... ¡Sí!... ¡Sí!... ¡Por todos los diablos, lo
sabrán!
El
banquero se levantó de nuevo. Miró fija-mente al capitán de la Karysta y
entonces, con un acento de sesperación, que no daba lugar a error, dijo:
-¡Está
bien!... ¡Me mataré, Nicolas Starkos, y ya no seré una vergüenza para mi hija!
-¡Sí
-respondió el capitán-, lo seréis en el fu-turo como lo sois en el presente, y
vuestra muerte no borrará jamás que Elizundo ha sido el banquero de los piratas
del Archipiélago!
Elizundo
cayó de nuevo, abrumado, y no pudo responder nada. El capitán añadió:
-¡Y ésa
es la razón por la cual Hadjine Eli-zundo no será la mujer de ese Henry
d'Albaret, la razón por la cual
será, lo
quiera ella o no, la mujer de Nicolas Starkos!
Durante
otra media hora, la conversación se prolongó en súplicas por parte d e uno y
ame-nazas por parte del otro. Ciertamente, si Nico-las Starkos se imponía a sí
mismo a la hija de Elizundo, no era por amor, no. Se trataba tan sólo de los
millones cuya completa posesión de-seaba, y ningún argumento lo haría ceder.
Hadjine
Elizundo no sabía nada de aquella carta que había llegado anunciando la llegada
del capitán de la Karysta; pero, desde el día en que se había recibido, le
había parecido que su
padre
estaba más triste, más sombrío que de costumbre, como si se hallase oprimido
por alguna preocupación secreta, Por eso, cuando Nicolas Starkos se presentó en
la casa de banca, no pudo evitar sentir una inquietud aún más viva. En efecto,
ella conocía a aquel personaje, pues lo había visto venir varias veces durante
los últimos años de la guerra. Aunque no tenía plena conciencia de ello,
Nicolas Starkos siem-pre le había inspirado repulsión. Al parecer, la miraba de
una forma que le desagradaba, a pesar de que nunca le había dirigido más que
palabras insignificantes, como hubiera podido hacerlo uno de los clientes
habituales del des-pacho. Pero la joven no había dejado de obser-var que,
después de las visitas del capitán de la Karysta, su padre era siempre, y
durante algún tiempo, presa de una especie de postración, mezclada con espanto.
De ahí su antipatía, que nada justificaba, al menos hasta entonces, co-ntra
Nicolas Starkos.
Hadjine
Elizundo no le había hablado toda-
vía de
aquel hombre a Henry d'Albaret. El lazo que lo unía a la casa de banca no podía
ser más que un vínculo comercial, y, en sus encuentros, nunca habían tratado de
los negocios de Eli-zundo, cuya naturaleza ella, por otra parte, ignoraba. Así
pues, el joven oficial no sabía nada de la relación que existía no sólo entre
el banquero y Nicolas Starkos, sino también entre ese capitán y la valiente
mujer a quien había salvado la vida en el combate de Chaidari, a la que sólo
conocía por el nombre de Andronika.
Al igual
que Hadjine, Xaris había tenido va-rias veces ocasión de ver y recibir a
Nicolas Starkos en el despacho de la Strada Reale. También él experimentaba en
relación con Starkos el mismo sentimiento de repulsión que la muchacha. Sólo
que, dada su naturaleza vi-gorosa y decidida, este sentimiento se traducía en
él de otro modo. Si Hadjine Elizundo evitaba toda ocasión de encontrarse en
presencia de aquel hombre, Xaris más bien las hubiera bus-cado, para «romperle
las costillas», como le
gustaba
decir:
«Evidentemente
-pensaba-, no tengo dere-cho a hacerlo, pero tal vez llegue ese momento. »
De todo
lo cual resulta, por tanto, que la nueva visita del capitán de la Karysta al
ban-quero Elizundo no podía agradar en absoluto ni a Xaris ni a la muchacha.
Por eso, fue un ali-vio para ambos ver que Nicolas Starkos, des-pués de una
conversación de la que nada había traslucido, abandonaba la casa y retomaba el
camino del puerto.
Durante
una hora, Elizundo permaneció en-cerrado en su gabinete. No se le oía ni
siquiera moverse. Pero sus órdenes eran terminantes: ni su hija ni Xaris debían
entrar si no habían sido llamados expresamente. Puesto que esta vez la visita
había durado largo rato, su ansiedad había crecido a razón del tiempo
transcurrido.
De
pronto, se oyó el sonido de la campanilla de Elizundo, un tañido tímido,
procedente de una mano insegura.
Xaris
respondió a esta llamada, abrió la puerta, que ya no estaba cerrada por dentro,
y se encontró en presencia del banquero.
Elizundo
estaba todavía en su sillón, medio hundido, y tenía el aspecto de un hombre que
acaba de sostener una violenta lucha contra sí mismo. Levantó la cabeza, miró a
Xaris, como si le costara cierto esfuerzo reconocerlo, y, pasán-dose la mano
por la frente, dijo con voz sofoca-da:
-¿Hadjine?
Xaris
hizo un gesto afirmativo y salió. Al ca-bo de un instante, la joven se
encontraba ante su padre. Enseguida, sin más preámbulo, pero con los ojos
bajos, éste le dijo con una voz alte-rada por la emoción:
-¡Hadjine,
tenemos que... tenemos que re-nunciar al matrimonio que habíamos proyecta-do
con el capitán Henry d'Albaret!
-¿Qué
decís, padre?... -exclamó la muchacha, a quien aquel golpe imprevisto alcanzaba
en lo más íntimo de su corazón.
-¡Es
preciso, Hadjine! -repitió Elizundo.
-Padre,
¿me diréis por qué os desdecís de vuestra palabra, la que nos disteis a él y a
mí? - preguntó la joven-. No tengo por costumbre discutir vuestros deseos, vos
lo sabéis, y esta vez no los discutiré tampoco, cualesquiera que sean... Pero,
en fin, ¿me diréis por qué razón debo renunciar a casarme con Henry d'Albaret?
-Porqué
es necesario, Hadjine... ¡Es necesario que seas la mujer de otro! -murmuró
Elizundo.
Aunque
había hablado muy bajo, su hija lo oyó.
-¡Otro!
-dijo, conmocionada por este segun-do golpe, de modo no menos cruel que por el
primero-. ¿Y ese otro?...
-¡Es el
capitán Starkos!
-¡Ese
hombre!... ¡Ese hombre!
Aquellas
palabras escaparon involuntaria-mente de los labios de Hadjine, que tuvo que
apoyarse en la mesa para no caer.
Luego, en
un último movimiento de rebeldía provocado por aquella resolución, dijo:
-¡Padre,
en esa orden que me dais, a pesar vuestro tal vez, hay algo que no puedo
expli-carme! ¡Hay un secreto que vaciláis en decirme!
-¡No me
preguntes nada! -exclamó Elizundo-. ¡Nada!
-¿Nada?...
¡Padre!... ¡Está bien!... ¡Así será! ¡Pero si, para obedeceros, puedo renunciar
a ser la mujer de Henry d'Albaret... aunque ello me cause la muerte... no puedo
casarme con Nico-las Starkos!... ¡Vos no lo querríais!
-¡Es
necesario, Hadjine! -repitió Elizundo.
-¡Está en
juego mi felicidad! -exclamó la jo-ven.
-¡Y mi
honor!
-¿El
honor de Elizundo puede depender de otro que no sea él mismo? -preguntó
Hadjine.
-¡Sí!...
¡De otro!... ¡Y ese otro... es Nicolas Starkos!
Dicho
esto, el banquero se levantó, con la mirada perdida y el rostro contraído, como
si fuera a darle una congestión.
Frente a
este espectáculo, Hadjine recuperó
toda su
energía. Y, verdaderamente, le hizo falta para, al tiempo que se retiraba,
decir:
-¡Está
bien, padre!... ¡Os obedeceré!
Su vida
estaba destrozada para siempre, pe-ro había comprendido que en las relaciones
entre el banquero y el capitán de la Karysta había algún secreto espantoso.
¡Había com-prendido que el anciano estaba en las manos de aquel personaje
odioso!... ¡Se doblegó! ¡Se sacri-ficó!... ¡El honor de su padre exigía este
sacrifi-cio!
Xaris
acogió entre sus brazos a la joven, casi desfalleciente. La llevó a su
habitación. Allí supo por ella todo lo que había pasado, a qué renuncia había
consentido... Y a consecuencia de ello, ¡cómo se redobló en él el odio contra
Nicolas Starkos!
Una hora
más tarde, según su costumbre, Henry d'Albaret se presentaba en la casa de
banca. Una de las sirvientas le contestó que Hadjine Elizundo no podía
recibirlo. Pidió ver al banquero... El banquero no podía atenderlo.
Pidió
hablar con Xaris... Xaris no estaba en el despacho.
Henry
d'Albaret regresó al hotel, extrema-damente inquieto. Nunca le habían dado
seme-jantes respuestas. Resolvió volver por la noche y esperó en medio de una
profunda ansiedad.
A las
seis, le enviaron una carta al hotel. Mi-ró la dirección y reconoció en ella la
mano del propio Elizundo. Aquella carta no contenía más que estas líneas:
Se ruega
al señor Henry d'Albaret que con-sidere anulados los proyectos de unión
previs-tos entre él y la hija del banquero Elizundo. Por razones que le son
totalmente ajenas, ese ma-trimonio no puede tener lugar y el señor Henry
d'Albaret será tan amable de suspender sus visitas a la casa de banca.
ELIZUNDO
Al
principio, el joven oficial no comprendió nada de lo que acababa de leer.
Después releyó
la
carta... Se sintió aterrado. ¿Qué había sucedi-do en casa de Elizundo? ¿Por qué
aquel cambio repentino? ¡La víspera, había abandonado aquella casa y en ella
todavía se hacían los pre-parativos de la boda! ¡El banquero había estado con
él como estaba siempre! ¡Y en cuanto a la muchacha, nada indicaba que sus
sentimientos respecto a él hubiesen cambiado!
«¡Y
además, la carta no está firmada por Hadjine! -se repetía-. ¡Está firmada por
Elizun-do!... ¡No! ¡Hadjine no lo sabe, no sabe lo que me escribe su padre!...
¡Ha cambiado sus planes sin que ella lo sepa!... ¿Por qué?... No he dado ningún
motivo que haya podido... ¡Debo saber cuál es el obstáculo que se interpone
entre Had-jine y yo!»
Y puesto
que ya no podía ser recibido en la casa del banquero, le escribió «teniendo
todo el derecho -decía- a conocer las razones por las que se rompía aquel
matrimonio la víspera de su celebración».
Su carta
quedó sin respuesta. Escribió otra, y
otras
dos: idéntico silencio.
Se
dirigió entonces a Hadjine Elizundo. ¡Le suplicaba, en nombre de su amor, que
le con-testase, aunque tuviese que hacerlo rehusando volver a verlo nunca!...
No obtuvo respuesta.
Es
probable que su carta no llegara hasta la muchacha. Henry d'Albaret, al menos,
así lo creyó. Conocía suficientemente su carácter co-mo para estar seguro de
que le habría contesta-do.
Entonces,
el joven oficial, desesperado, in-tentó ver a Xaris. Ya no abandonó la Strada
Reale. Deambuló durante horas enteras alrede-dor de la casa de banca. Fue
inútil. Xaris, obe-deciendo quizá las órdenes del banquero, tal vez por ruego
de Hadjine, ya no salía.
Así
transcurrieron, en vanas diligencias, los días 24 y 25 de octubre. En medio de
indecibles angustias, Henry d'Albaret creía haber alcan-zado el límite máximo
del sufrimiento.
Se
equivocaba.
En
efecto, el día 26 se difundió una noticia
que iba a
golpearlo de manera aún más terrible. ¡No sólo su matrimonio con Hadjine
Elizun-do se había roto -ruptura que a la sazón era conocida ya en toda la
ciudad-, sino que ade-
más
Hadjine Elizundo iba a casarse con otro! Henry d'Albaret se quedó anonadado al
en-
terarse
de esta noticia. ¡Otro hombre sería el marido de Hadjine!
-¡Voy a
saber quién es ese hombre! -exclamó-. ¡Sea quien sea, lo conoceré!... ¡Llegaré
hasta él!... Le hablaré... ¡Y tendrá que responderme!
El joven
oficial no iba a tardar en enterarse de quién era su rival. En efecto, lo vio
entrar en la casa de banca; lo siguió cuando salió de allí; lo espió hasta el
puerto, donde lo esperaba su bote al pie de la escollera, y lo vio regresar a
la sacoleva, anclada a una distancia de medio ca-ble mar adentro.
Era
Nicolas Starkos, el capitán de la Karysta. Esto sucedía el 27 de octubre. De
las infor-maciones precisas que Henry d'Albaret pudo obtener se deducía que el
matrimonio de Nico-
las
Starkos y Hadjine Elizundo estaba muy próximo, pues los preparativos se
llevaban a cabo de forma apresurada. La ceremonia reli-giosa había sido
encargada en la iglesia de San Espiridión para el 30 de aquel mes, es decir, la
misma fecha que había sido fijada anteriormen-te para el matrimonio de Henry
d'Albaret. ¡Sólo que el novio ya no sería él! ¡Sería aquel capitán, que venía
de no se sabe dónde para ir adonde nadie sabía!
Henry
d'Albaret, presa de un furor que ya no podía dominar, estaba decidido a
provocar a Nicolas Starkos, a ir a buscarlo hasta el pie del altar. ¡Si no lo
mataba, Starkos lo mataría a él, pero, por lo menos, habría terminado con
aque-lla situación intolerable!
En vano
se repetía que, si aquel matrimonio se celebraba, era con el asentimiento de
Elizun-do. En vano se decía que el que disponía de la mano de Hadjine era su
padre.
«¡Sí,
pero es contra su voluntad!... ¡Se ve obligada a entregarse a ese hombre!...
¡Se sacri-
fica!»
Durante
la jornada del 28 de octubre, Henry d'Albaret trató de encontrar a Nicolas
Starkos. Lo acechó en el desembarcadero, lo acechó a la entrada del despacho,
pero fue en vano. Y, en dos días, aquel odioso matrimonio se habría realizado,
dos días durante los cuales el joven oficial lo intentó todo para llegar hasta
la joven o para encontrarse frente a Nicolas Starkos.
Pero, el
día 29, hacia las seis de la tarde, se produjo un hecho inesperado que iba a
precipi-tar el desenlace de aquella situación.
A primera
hora de la tarde, se difundió el rumor de que el banquero acababa de sufrir una
congestión cerebral.
Y, en
efecto, dos horas más tarde, Elizundo estaba muerto.
8
¡Veinte
millones en juego!
Nadie
hubiese podido prever todavía cuáles serían las consecuencias de aquel
acontecimien-to. Henry d'Albaret, en cuanto lo supo, pensó, naturalmente, que
tales consecuencias no po-drían serle sino favorables. En todo caso, el
matrimonio de Hadjine Elizundo sería aplaza-do. Aunque la muchacha debía de
estar afecta-da por un dolor profundo, el joven oficial no dudó en presentarse
en la casa de la Strada Re-ale, pero no pudo ver ni a Hadjine ni a Xaris. No le
restaba, pues, sino esperar.
«¡Si,
casándose con el capitán Starkos - pensaba-, Hadjine se sacrificaba a la
voluntad de su padre, ese matrimonio no se celebrará ahora que su padre ya no
existe! »
Era un
razonamiento justo. Y era natural de-ducir que si las posibilidades de Henry
d'Alba-ret se habían acrecentado, las de Nicolas Star-
kos
habían disminuido.
A nadie
extrañará, pues, que, al día siguien-te, tuviese lugar a bordo de la sacoleva
una conversación sobre este tema, provocado por Skopelo, entre su capitán y él.
Había
sido el segundo de la Karysta quien, al regresar a bordo hacia las diez de la
mañana, había llevado la noticia de la muerte de Elizun-do, noticia que
provocaba un gran revuelo en la ciudad.
Era de
esperar que Nicolas Starkos, al escu-char las primeras palabras que le dijo
Skopelo, se abandonase a algún arrebato de cólera. No fue así en absoluto. El
capitán sabía dominarse y no le gustaba despotricar contra los hechos
consumados.
-¡Ah!
¿Elizundo está muerto? -dijo simple-mente.
-¡Sí!...
¡Está muerto!
-¿Acaso
se habrá matado? -añadió Nicolas Starkos a media voz, como si hablase consigo
mismo.
-¡No, no!
-respondió Skopelo, que había oído la reflexión del capitán-. Los médicos han
com-probado que el banquero Elizundo ha muerto de una congestión...
-¿Fulminado?
-Más o
menos. ¡Perdió inmediatamente el conocimiento y no pudo pronunciar una sola
palabra antes de morir!
-¡Tanto
da que haya sido así, Skopelo!
-Sin
duda, capitán, sobre todo si el asunto de Arcadia estaba ya terminado...
-Totalmente
-respondió Nicolas Starkos-. Las letras nos han sido descontadas y ahora podrás
recoger el convoy de prisioneros pagándolo al contado.
-¡Vaya!
¡Por todos los diablos! ¡Ya era hora! - exclamó el segundo-. Pero si esta
operación está acabada, ¿qué pasa con la otra?
-¿La
otra?... -respondió tranquilamente Ni-colas Starkos-. ¡Bueno, la otra acabará
como tenía que acabar! ¡No veo que la situación haya cambiado! ¡Hadjine
Elizundo obedecerá a su
padre
muerto, como hubiese obedecido a su padre vivo, y por las mismas razones!
-Así
pues, capitán -prosiguió Skopelo-, ¿no tenéis intención de abandonar la
partida?
-¡Abandonarla!
-exclamó Nicolas Starkos con un tono que indicaba su firme voluntad de su-perar
todos los obstáculos-. Dime, Skopelo, ¿crees tú que habrá un hombre en el
mundo, uno solo, que consienta en cerrar la mano, cuando sólo tiene que abrirla
para que caigan en ella veinte millones?
-¡Veinte
millones! -repitió Skopelo, que son-reía meneando la cabeza-. ¡Sí! ¡Más o menos
en veinte millones había yo estimado la fortuna de nuestro viejo amigo
Elizundo!
-Fortuna
limpia, clara, en buenos valores - prosiguió Nicolas Starkos- y cuya
realización podrá hacerse sin tardanza...
-En
cuanto seáis su propietario, capitán, porque ahora toda esa fortuna pasará a
manos de la bella Hadjine...
-¡Quien,
a su vez, pasará a mis manos! ¡No
temas,
Skopelo! Con una sola palabra, puedo destruir el honor del banquero y, tanto
después de su muerte como antes, su hija valorará más ese honor que su fortuna.
Pero yo no diré nada, ¡no tendré nada que decir! ¡La presión que ejer-cía sobre
su padre, la ejerceré sobre ella! Y esta-rá más que contenta de aportar esos
veinte mi-llones como dote para Nicolas Starkos. ¡Si lo dudas, Skopelo, es que
no conoces al capitán de la Karysta!
Nicolas
Starkos hablaba con tal seguridad, que su segundo, aunque poco dado a hacerse
ilusiones, recuperó la convicción de que el su-ceso de la víspera no impediría
que el negocio se llevase a cabo. Habría tan sólo un retraso, eso era todo.
La única
cuestión que preocupaba a Skopelo e incluso a Nicolas Starkos, aunque éste no
qui-siese reconocerlo, era cuánto duraría ese re-traso. No dejó de asistir, al
día siguiente, a las exequias del rico banquero, que se celebraron muy
sencillamente y no reunieron más que un
pequeño
número de personas. Allí se encontró con Henry d'Albaret; pero entre ellos no
hubo más que algunas miradas cruzadas, sólo eso.
Durante
los cinco días que siguieron a la muerte de Elizundo, el capitán de la Karysta
intentó en vano llegar hasta la muchacha. La puerta del despacho estaba cerrada
para todo el mundo. Parecía que la casa de banca hubiese muerto con el
banquero.
Por lo
demás, Henry d'Albaret no fue más afortunado que Nicolas Starkos. No pudo
co-municarse con Hadjine ni a través de una visita ni por carta. Era para
preguntarse si la joven no habría abandonado Corfú bajo la protección de Xaris,
que no aparecía por ninguna parte.
No
obstante, el capitán de la Karysta, lejos de abandonar sus proyectos, repetía
que su realización sólo se había retrasado. Gracias a él, gracias a las
maniobras de Skopelo, a los rumo-res que éste difundía intencionadamente, nadie
dudaba del matrimonio de Nicolas Starkos y Hadjine Elizundo. Había que esperar
tan sólo a
que el
primer período de duelo hubiese trans-currido y quizá también a que la
situación fi-nanciera de la casa hubiese sido regularizada.
En cuanto
a la fortuna que dejaba el banque-ro, se sabía que era enorme. Engrandecida,
na-turalmente, por las habladurías del barrio y los rumores de la ciudad, que
ya la habían quintu-plicado. ¡Sí! ¡Se afirmaba que Elizundo dejaba no menos de
un centenar de millones! ¡Y qué heredera, la joven Hadjine, y qué hombre
afor-tunado, aquel Nicolas Starkos, al cual estaba prometida su mano! No se
hablaba de otra cosa en Corfú, en sus dos arrabales y hasta en las últimas
aldeas de la isla. Por eso los papanatas afluían a la Strada Reale. A falta de
algo mejor, querían por lo menos contemplar aquella casa famosa, en la cual
había entrado tanto dinero y donde tanto debía de quedar, pues muy poco había
salido.
La verdad
es que aquella fortuna era enor-me. Ascendía a casi veinte millones y, como
había dicho Nicolas Starkos a Skopelo en su
última
conversación, se trataba de una fortuna en valores fácilmente realizables, no
en propie-dades inmobiliarias.
Esto fue
lo que comprobó Hadjine Elizundo, y lo que Xaris comprobó con ella, durante los
primeros días que siguieron a la muerte del banquero. Pero también se vieron
obligados a comprobar los medios por los que aquella for-tuna había sido
ganada. En efecto, Xaris estaba suficientemente acostumbrado a los negocios de
banca para darse cuenta de lo que había pa-sado en el despacho en cuanto tuvo a
su dispo-sición los libros y los papeles. Elizundo tenía, sin duda, la
intención de destruirlos más tarde, pero la muerte lo había sorprendido.
Estaban allí. Hablaban por sí mismos.
¡Ahora
Hadjine y Xaris sabían perfectamente de dónde venían aquellos millones! ¡Ya
nadie tenía que decirles sobre cuántos tráficos odio-sos, sobre cuántas
miserias descansaba toda aquella riqueza! ¡Ése era, pues, el cómo y el porqué
de que Nicolas Starkos tuviese en su
poder a
Elizundo! ¡Era su cómplice! ¡Podía des-honrarlo con una palabra! ¡Luego, si le
conve-nía desaparecer, habría sido imposible encon-trar su pista! ¡Y era por su
silencio por lo que hacía pagar al padre arrancándole la hija!
-¡Miserable!...
¡Miserable! -exclamó Xaris.
-¡Cállate!
-respondía Hadjine.
Y él se
callaba, porque sentía que sus pala-bras llegaban más allá de Nicolas Starkos.
Sin
embargo, aquella situación no podía tar-dar en resolverse. Era necesario, por
otra parte, que Hadjine Elizundo tomara la responsabili-dad de precipitar ese
desenlace en interés de todos.
El sexto
día después de la muerte de Elizun-do, hacia las siete de la tarde, se rogaba a
Nico-las Starkos, a quien Xaris esperaba en la escale-ra del muelle, que
acudiese inmediatamente a la casa de banca.
Decir que
este mensaje fue dado en un tono amable, sería ir demasiado lejos. El tono de
Xaris no era precisamente dulce cuando abordó
al
capitán de la Karysta. Pero éste no era hom-bre que se dejase inquietar por tan
poco, y si-guió a Xaris hasta el despacho, donde fue in-mediatamente
introducido.
Para los
vecinos, que vieron entrar a Nicolas Starkos en aquella casa, tan
obstinadamente cerrada hasta entonces, ya no cabía duda de que era él quien
tenía todas las probabilidades a su favor.
Nicolas
Starkos encontró a Hadjine Elizundo en el gabinete de su padre. Estaba sentada
de-lante del escritorio, sobre el cual se veía un gran número de papeles,
documentos y libros. El capitán comprendió que la joven debía de haberse puesto
al corriente de los negocios de la casa, y no se equivocaba. Pero, ¿conocía las
relaciones que el banquero había mantenido con los piratas del Archipiélago?
Eso era lo que se preguntaba.
Al entrar
el capitán, Hadjine Elizundo se le-vantó -lo cual la dispensaba de ofrecerle
que se sentase- e hizo una señal a Xaris para que los
dejara
solos. Estaba vestida de luto. Su fisono-mía grave, sus ojos fatigados a causa
del in-somnio, indicaban, en toda su persona, un gran cansancio físico, pero
ningún abatimiento mo-ral. -En aquella conversación, que iba a tener tan graves
consecuencias para todos los impli-cados en ella, la calma no debía abandonarla
ni un solo instante.
-Aquí me
tenéis, Hadjine Elizundo -dijo el capitán-, y estoy a vuestras órdenes. ¿Por
qué me habéis hecho llamar?
-Por dos
motivos, Nicolas Starkos - respondió la joven, que quería ir directa al gra-no-.
En primer lugar, tengo que deciros que ese compromiso matrimonial entre
nosotros, que mi padre me imponía, vos los sabéis bien, debe ser considerado
como roto.
-Y yo
-replicó fríamente Nicolas Starkos- me limitaré a responder que, si Hadjine
Elizundo habla de ese modo, tal vez es que no ha re-flexionado acerca de las
consecuencias de sus palabras.
-He
reflexionado -respondió la joven- y comprenderéis que mi resolución ha de ser
irrevocable, ya que no me queda nada por sa-ber acerca de la naturaleza de los
negocios que la casa Elizundo ha hecho con vos y con los vuestros, Nicolas
Starkos.
Con vivo
desagrado el capitán de la Karysta recibió esta respuesta tan clara. Sin duda,
espe-raba que Hadjine Elizundo le notificara su re-chazo en términos
categóricos, pero contaba también con doblegar su resistencia haciéndole saber
lo que había sido su padre y qué relacio-nes lo unían a él. Y resultaba que
ella lo sabía todo. Aquélla era, pues, un arma, la mejor tal vez, que se
quebraba en su mano. De todos modos, no se sintió desarmado, y prosiguió con un
tono algo irónico:
-Así que
conocéis los negocios de la casa Eli-zundo, ¿y conociéndolos mantenéis vuestras
palabras?
-¡Las
mantengo, Nicolas Starkos, y las man-tendré siempre, porque es mi deber
mantener-
las!
-Debo,
pues, creer -respondió Nicolas Star-kos- que el capitán Henry d'Albaret...
-¡No
mezcléis el nombre de Henry d'Albaret en todo esto!
Luego,
más dueña de sí misma y para evitar cualquier provocación que pudiera
producirse, añadió:
-¡Vos
sabéis bien, Nicolas Starkos, que el ca-pitán D'Albaret nunca consentirá en
unirse con la hija del banquero Elizundo!
-¡Es un
hombre exigente! -¡Es un hombre honrado! -¿Y por qué?
-¡Porque
nadie se casa con una heredera cu-yo padre ha sido el banquero de los piratas!
¡No! ¡Un hombre honesto no puede aceptar una fortuna adquirida de un modo
infame!
-Pero
-prosiguió Nicolas Starkos- me parece que hablamos de cosas absolutamente
ajenas al asunto que hay que resolver.
-¡Este
asunto está resuelto!
-Permitidme
que os haga observar que era con el capitán Starkos, y no con el capitán
D'Albaret, con quien Hadjine Elizundo debía casarse. ¡La muerte de su padre no
debe de haber cambiado sus intenciones más de lo que ha cambiado las mías!
-Obedecía
a mi padre -respondió Hadjine-, le obedecía sin saber nada de los motivos que
lo obligaban a sacrificarme. ¡Ahora sé que salvaba su honor obedeciéndole!
-Y bien,
si lo sabéis... -respondió Nicolas Starkos.
-Sé
-prosiguió Hadjine interrumpiéndole-, sé que fuisteis vos, su cómplice, quien
lo arrastró a esos negocios odiosos, vos quien ha hecho en-trar esos millones
en esta casa de banca, antes honorable. Sé que habéis debido de amenazarlo con
revelar públicamente su infamia, si rehusa-ba daros a su hija. ¿De verdad
alguna vez habéis podido creer, Nicolas Starkos, que con-sintiendo en
desposaros hacía otra cosa que obedecer a mi padre?
-Está
bien, Hadjine Elizundo, ya no me que-da nada de lo que informaros. Pero si
estabais preocupada por el honor de vuestro padre du-rante su vida, debéis
estarlo del mismo modo después de su muerte y, por poco que persistáis en no
mantener vuestro compromiso conmigo...
-¡Lo
diréis todo, Nicolas Starkos! -exclamó la joven con tal expresión de disgusto y
desprecio que un ligero rubor apareció en la frente del desvergonzado
personaje.
-¡Sí...
todo! -replicó.
-¡No lo
haréis, Nicolas Starkos!
-¿Y por
qué?
-¡Sería
acusaros vos mismo!
-¡Acusarme,
Hadjine Elizundo! ¿Pensáis aca-so que esos negocios han sido hechos bajo mi
nombre? ¿Imagináis que es Nicolas Starkos quien recorre el Archipiélago y
trafica con pri-sioneros de guerra? ¡No! ¡Hablando, no me comprometería! ¡Y si
vos me forzáis, hablaré!
La
muchacha miró al capitán a la cara. Sus ojos, que tenían toda la audacia de la
honesti-
dad, no
se apartaron de los de él, a pesar de lo espantosos que eran.
-Nicolas
Starkos -prosiguió-, podría desar-maros con una palabra, pues no es ni por
sim-patía ni por amor hacia mí por lo que habéis exigido este matrimonio! ¡Es
simplemente para convertiros en el dueño de la fortuna de mi padre! ¡Sí! Podría
deciros: ¡Lo único que queréis son esos millones!... ¡Pues bien, aquí están!...
¡Tomadlos!... ¡Y que no vuelva a veros jamás!...
¡Pero no
diré tal cosa, Nicolas Starkos!... Esos millones, que yo heredo..., no los
tendréis... ¡Me los quedaré yo!... ¡Y haré de ellos el uso que me convenga!...
¡No! ¡No los tendréis!... ¡Y, ahora, salid de esta habitación!... ¡Salid de
esta casa!... ¡Fuera!
Hadjine
Elizundo, con el brazo extendido y la cabeza alta, parecía entonces maldecir al
ca-pitán, como Andronika lo había maldecido, algunas semanas antes, desde el
umbral de la casa paterna. Pero si aquel día Nicolas Starkos había retrocedido
ante el gesto de su madre,
esta vez
caminó resueltamente hacia la mucha-cha:
-Hadjine
Elizundo -dijo en voz baja-. ¡Sí! ¡Necesito esos millones!... ¡De una forma u
otra, los necesito... y los tendré!
-¡No!...
¡Antes los destruiré! ¡Antes los tiraré a las aguas del golfo! -respondió
Hadjine.
-¡Os digo
que los tendré!... ¡Los quiero! Nicolas Starkos había agarrado a la joven
por el
brazo. La cólera lo ofuscaba. Ya no era dueño de sí mismo.
Su mirada
se nublaba. ¡Habría sido capaz de matarla!
Hadjine
Elizundo vio todo eso en un instan-te. ¡Morir! ¡Qué le importaba ahora! La
muerte no la hubiese aterrorizado. Pero la enérgica joven había dispuesto para
sí misma algo muy diferente... Se había condenado a vivir.
-¡Xaris!
-gritó.
La puerta
se abrió. Apareció Xaris. -¡Xaris, echa a este hombre!
Nicolas
Starkos no había tenido tiempo de
volverse
y ya estaba sujeto por dos brazos de hierro. Le faltó la respiración. Quiso
hablar, gritar... No lo consiguió, como tampoco consi-guió liberarse de aquella
horrible presión. Lue-go, todo magullado, medio ahogado, inca-pacitado para
rugir..., fue dejado en la puerta de la casa.
Allí,
Xaris sólo pronunció estas palabras:
-No os
mato, porque ella no me ha dicho que os mate. ¡Cuando me lo diga, lo haré!
Y volvió
a cerrar la puerta.
A esa
hora, la calle estaba ya desierta. Nadie había podido ver lo que acababa de
pasar, es decir, que Nicolas Starkos acababa de ser ex-pulsado de la casa del
banquero Elizundo. Pero lo habían visto entrar en ella y eso bastaba. Así pues,
cuando Henry d'Albaret se enteró de que su rival había sido recibido allí donde
a él se le negaba la entrada, tuvo que pensar, como todo el mundo, que el
capitán de la Karysta seguía estando en relación con la muchacha, en condi-ción
de prometido.
¡Qué
golpe fue para él! Nicolas Starkos, ad-mitido en aquella casa de la que él se
veía ex-cluido por una consigna despiadada. Al princi-pio sintió la tentación
de maldecir a Hadjine, ¿y quién no lo hubiera hecho en su lugar? Pero consiguió
dominarse, el amor venció a la cólera y, aunque las apariencias estuviesen
contra la muchacha, exclamó:
-¡No!
¡No!... ¡Eso no es posible!... ¡Ella... de ese hombre!... ¡No puede ser! ¡No es
así!
Entretanto,
a pesar de las amenazas que había hecho a Hadjine Elizundo, Nicolas Star-kos,
después de haber reflexionado, había deci-dido callarse. Resolvió no revelar
nada acerca de aquel secreto que pesaba sobre la vida del banquero. Aquello le
dejaba en completa liber-tad para actuar, y siempre habría tiempo de hacerlo,
más tarde, si las circunstancias lo exi-gían.
Esto fue
lo que convinieron Skopelo y él. No ocultó nada al segundo de la Karysta acerca
de lo que había pasado durante su visita a Hadjine
Elizundo.
Skopelo aprobó su decisión de no decir nada y de reservarse, todo y observando
que las cosas no tomaban en absoluto un cariz favorable a sus proyectos. Lo que
lo inquietaba, sobre todo, era que la heredera no quisiese comprar su
discreción dándoles la herencia. ¿Por qué? Verdaderamente, no comprendía nada.
Durante
los días siguientes, hasta el 12 de noviembre, Nicolas Starkos no abandonó su
barco, ni siquiera una hora. Buscaba y combi-naba los diversos medios que
podrían llevarlo a conseguir su objetivo. Además, contaba tam-bién con la buena
suerte, que siempre lo había servido durante el curso de su abominable
exis-tencia... Esta vez, se equivocaba al contar con ella.
Por su
parte, Henry d'Albaret no vivía me-nos apartado. No había creído oportuno
reno-var sus tentativas de ver a la joven. Pero no desesperaba.
El día
12, por la noche, le llevaron una carta
a su
hotel.
Aquella
carta no contenía más que unas lí-neas, escritas por la mano de la muchacha. He
aquí lo que decía:
Henry,
La muerte
de mi padre me ha devuelto la li-bertad, pero debéis renunciar a mí. Nunca seré
de Nicolas Starkos, ¡un miserable!, pero tampo-co puedo ser vuestra. La hija
del banquero Eli-zundo no es digna de vos. ¡Un hombre honra-do! ¡Perdón y
adiós!
HADJINE
ELIZUNDO
Al
recibir esta carta, Henry d'Albaret, sin de-tenerse a reflexionar, corrió a la
casa de la Stra-da Reale...
La casa
estaba cerrada, abandonada, desier-ta, como si Hadjine Elizundo la hubiese
dejado con su fiel Xaris para no volver a ella jamás.
9
El
Archipiélago en llamas
La isla
de Scio, llamada generalmente Chio desde esa época, está situada en el mar
Egeo, al oeste del golfo de Esmirna, cerca del litoral de Asia Menor. Con
Lesbos al norte y Samos al sur, pertenece al grupo de las Espóradas, situa-do
al este del Archipiélago. Se extiende sobre una superficie que alcanza cuarenta
leguas de perímetro. El monte Pelineo, ahora monte Elías, que la domina, se
eleva a una altura de dos mil quinientos pies por encima del nivel del mar.
De las
principales ciudades que encierra esta isla, Voliso, Pitys, Delphinio,
Leuconia, Cauca-sa, Scio, la capital, es la más importante. Allí fue donde, el
30 de octubre de 1827, el coronel Fabvier desembarcó un pequeño cuerpo
expe-dicionario, cuyos efectivos se elevaban a se-tecientos regulares,
doscientos jinetes y mil
quinientos
irregulares a sueldo de los sciotas, con un material que comprendía diez obuses
y diez cañones.
La
intervención de las potencias europeas, después del combate de Navarino,
todavía no había resuelto definitivamente la cuestión grie-ga. Inglaterra,
Francia y Rusia no querían dar al nuevo reino ningún territorio más allá de los
límites mismos que la insurrección no había traspasado nunca. Pero esta
determinación no podía convenir al gobierno helénico. Lo que éste exigía era,
junto con toda la Grecia conti-nental, Creta y la isla de Scio, necesarias para
su autonomía. Por eso, mientras que Miaulis tomaba Creta como objetivo y Ducas
la tierra firme, Fabvier desembarcaba en Maurolimena, en la isla de Scio, en la
fecha indicada más arri-ba.
Se
entiende que los helenos quisiesen arre-batar a los turcos aquella isla
soberbia, magnífi-ca joya de ese rosario que son las Espóradas. Su cielo, el
más puro de Asia Menor, le proporcio-
na un
clima maravilloso, sin calores extremos, sin fríos excesivos, la refresca con
el soplo de una brisa moderada y hace de ella la más salu-dable entre todas las
islas del Archipiélago. Por eso, en un himno atribuido a Homero -a quien Scio
reivindica como uno de sus hijos-, el poeta la llama la «generosa». Hacia el
oeste, destila vinos deliciosos que rivalizarían con las mejo-res cosechas de
la antigüedad y una miel que puede competir con la del Himeto. Hacia el este,
hace madurar naranjas y limones, cuya fama se propaga hasta Europa occidental.
Hacia el sur, se cubre de diversas especies de lentiscos que producen una goma
preciosa, la almáciga, tan empleada en las artes e incluso en la medicina, gran
riqueza del país. En fin, en este lugar, bendecido por los dioses, crecen,
junto con las higueras, las datileras, los almen-dros, los granados y los
olivares, todos los más bellos ejemplares arbóreos de las zonas meri-dionales
de Europa.
Así pues,
el gobierno quería englobar esta is-
la en el
nuevo reino. Y ésta es la razón por la cual el osado Fabvier, a despecho de
todas las recriminaciones con las que lo habían abruma-do aquellos mismos por
los cuales venía a ver-ter su sangre, se había encargado de conquis-tarla.
Sin
embargo, durante los últimos meses de aquel año, los turcos no habían cesado en
sus matanzas y razzias a través de la península helénica, y eso en la víspera
del desembarco en Nauplia de Capo d'Istria. La llegada de este diplomático
debía poner fin a las querellas in-testinas de los griegos y concentrar el
gobierno en una sola mano. Pero, aunque Rusia hubiese de declarar la guerra al
sultán seis meses des-pués, y de ese modo contribuyera a la constitu-ción del
nuevo reino, Ibrahim tenía todavía la parte central y las ciudades marítimas
del Pe-loponeso. Y si bien, ocho meses más tarde, el 6 de julio de 1828, se
preparaba para abandonar el país, al que había hecho tanto daño; si en
septiembre del mismo año no había de quedar
ni un
solo egipcio en tierra griega, aquellas hor-das salvajes iban a saquear Morea
todavía du-rante algún tiempo.
De todos
modos, ya que los turcos o sus aliados ocupaban ciertas ciudades del litoral,
tanto en el Peloponeso como en Creta, a nadie extrañará que fuesen numerosos
los piratas que recorrían los mares vecinos. Si el daño que cau-saban a los
buques que comerciaban de una isla a otra era considerable, no era porque los
co-mandantes de las flotillas griegas, Miaulis, Ca-naris, Tsamados, dejaran de
perseguirlos; aque-llos corsarios eran numerosos, infatigables, y ya no había
ninguna seguridad a la hora de atra-vesar aquellos parajes. De Creta a la isla
de Me-telin, de Rodas a Negroponto, el Archipiélago estaba en llamas.
También,
en la propia Scio, estas bandas, compuestas del desecho de todas las naciones,
esquilmaban los alrededores de la isla y consti-tuían una ayuda para el bajá,
encerrado en la ciudadela, cuyo asedio iba a comenzar el coro-
nel
Fabvier en unas condiciones detestables. Recordemos que los comerciantes de las
is-
las
Jónicas, asustados ante este estado de cosas común a todas las escalas de
Levante, se habían asociado para armar una corbeta, destinada a dar caza a los
piratas. Desde hacía cinco sema-nas, la Syphanta había abandonado Corfú, con el
fin de alcanzar los mares del Archipiélago. Dos o tres combates de los que
había salido bien librada, la captura de varios navíos, sospe-chosos con razón,
no podían sino animarla a proseguir resueltamente su obra. Avistado en varias
ocasiones en las aguas de Psara, Scyros, Zea, Lemnos, Paros, Santorin, el
comandante Stradena cumplía su tarea con tanta osadía co-mo buena fortuna. Sólo
que, por lo visto, no había podido encontrar aún al escurridizo Sa-cratif, cuya
aparición siempre estaba marcada por las más sangrientas catástrofes. Se oía
hablar de él a menudo, no se le veía nunca.
Pues
bien, hacía quince días como mucho, hacia el 13 de noviembre, la Syphanta había
sido
vista en los alrededores de Scio. En esa fecha, el mismo puerto de la isla
recibió una de sus presas, y Fabvier hizo pronta justicia con la tripulación
pirata.
Pero,
desde entonces, no se tenía ninguna noticia de la corbeta. Nadie podía decir en
qué parajes acosaba en ese momento a los piratas del Archipiélago. Había
incluso razones para inquietarse por ella. Hasta entonces, en aque-llos mares
estrechos, sembrados de islas, y, en consecuencia, de puntos en los que
recalar, había sido raro que transcurriesen varios días sin que su presencia
fuera detectada.
En estas
circunstancias, Henry d'Albaret lle-gó a Scio, el 27 de noviembre, ocho días
des-pués de haber abandonado Corfú. Venía a re-unirse con su antiguo
comandante, para conti-nuar su campaña contra los turcos.
La
desaparición de Hadjine Elizundo había sido para él un golpe terrible. ¡La
joven recha-zaba a Nicolas Starkos como a un miserable indigno de ella, y se
negaba a entregarse a
aquel que
había aceptado por considerarse in-digna de él! ¿Qué misterio había en todo
aque-llo? ¿Dónde había que buscarlo? ¿En la vida de ella, tan sosegada, tan
pura? ¡Evidentemente, no! ¿En la vida de su padre, tal vez? ¿Pero qué tenían en
común el banquero Elizundo y el ca-pitán Nicolas Starkos?
¿Quién
hubiera podido responder a estas preguntas? La casa de banca estaba
abandona-da. El propio Xaras había debido de dejarla al mismo tiempo que la
muchacha. Henry d'Alba-ret sólo podía contar consigo mismo para des-cubrir los
secretos de la familia Elizundo.
Tuvo
entonces la idea de registrar la ciudad de Corfú, y luego la isla entera. ¿Tal
vez Hadji-ne había buscado refugio allí, en algún lugar ignorado? Hay, en
efecto, un cierto número de pueblos, diseminados sobre la superficie de la
isla, en los que es fácil encontrar un abrigo se-guro. Para quien quiere
sustraerse al mundo y hacer que lo olviden, Benizza, Santa Decca, Leucime y
otros veinte ofrecen un retiro tran-
quilo.
Henry d'Albaret se lanzó a todos los ca-minos, buscó hasta en las más pequeñas
aldeas algún rastro de la muchacha: no encontró nada.
Entonces,
un indicio le hizo suponer que Hadjine Elizundo había debido de abandonar la
isla de Corfú. En efecto, en el pequeño puerto de Alipa, en el oestenoroeste de
la isla, le in-formaron de que un ligero speronare se había hecho a la mar
recientemente, después de haber esperado a dos pasajeros por cuenta de los
cua-les había sido fletado secretamente.
Pero no
era más que un indicio muy vago. Por otra parte, ciertas coincidencias en
hechos y fechas vinieron pronto a dar al joven oficial un nuevo motivo de
temor.
En
efecto, cuando estuvo de regreso en Cor-fú, se enteró de que también la
sacoleva había abandonado el puerto. Y lo que resultaba más grave era que esa
partida se había efectuado el mismo día en que Hadjine. Elizundo había
des-aparecido. ¿Existía alguna relación entre estos dos acontecimientos? La
joven, llevada a algu-
na
trampa, al mismo tiempo que Xaris, había sido raptada por la fuerza. ¿No
estaría ahora en poder del capitán de la Karysta?
Aquel
pensamiento rompió el corazón de Henry d'Albaret. Pero ¿qué hacer? ¿En qué
lu-gar del mundo podría buscar a Nicolas Star-kos? ¿Quién era, en realidad,
aquel aventurero? ¡La Karysta, que había venido de no se sabe dónde y partido
quién sabe hacia qué lugar, podía considerarse, con toda razón, un barco
sospechoso! Sin embargo, en cuanto recuperó el dominio de sí mismo, el joven
oficial rechazó totalmente aquella idea. Puesto que Hadjine Elizundo se
declaraba indigna de él, puesto que no quería volver a verlo, ¿qué más natural
sino admitir que se había alejado voluntariamente bajo la protección de Xaris?
Y bien,
si era así, Henry d'Albaret sabría en-contrarla. Tal vez su patriotismo la
había em-pujado a tomar parte en aquella lucha en la que se decidía la suerte
de su país. ¿Quizá había querido poner al servicio de la guerra de la In-
dependencia
aquella enorme fortuna, de la cual podía disponer libremente? ¿Por qué no
habría de haber seguido, en el mismo escenario, a Bo-bolina, Modena, Andronika
y tantas otras, por las cuales sentía una admiración sin límites?
De modo
que Henry d'Albaret, seguro de que Hadjipe Elizundo no se encontraba ya en
Corfú, se decidió a ocupar de nuevo su lugar en el cuerpo de los filohelenos.
El coronel Fabvier estaba en Scio con sus regulares. Resolvió ir a reunirse con
él. Abandonó las islas Jónicas, atravesó el norte de Grecia, pasó los golfos de
Patrás y de Lepanto, se embarcó en el golfo de Egina, escapó, no sin
dificultades, de algunos piratas que saqueaban el mar de las Cícladas y llegó a
Scio, después de una rápida travesía.
Fabvier
ofreció al joven oficial una cordial acogida, prueba de la alta estima en que
lo te-nía. Aquel valiente soldado veía en él no sólo a un compañero de armas
entregado, sino tam-bién a un amigo fiel, a quien podía confiar sus
preocupaciones, que eran grandes. La indis-
ciplina
de los irregulares, que constituían una parte importante del cuerpo
expedicionario, la soldada mal pagada e incluso no pagada, las dificultades
suscitadas por los propios sciotas, todo eso obstaculizaba y retrasaba sus
opera-ciones.
Sin
embargo, el asedio de la ciudadela de Scio había comenzado. Henry d'Albaret
llegó a tiempo para tomar parte en las maniobras de aproximación. Por dos
veces, las potencias aliadas exhortaron al coronel Fabvier para que cesara en
los preparativos; el coronel, abierta-mente apoyado por el gobierno helénico,
no hizo ningún caso de estas órdenes y continuó imperturbable con su obra.
Pronto,
este asedio fue convertido en una especie de bloqueo, pero cerrado de modo tan
insuficiente que las provisiones y las municio-nes pudieron en todo momento ser
recibidas por los sitiados. Sea como fuere, tal vez Fabvier habría conseguido
apoderarse de la ciudadela, si su ejército, que el hambre debilitaba día a día,
no se
hubiese desperdigado por la isla para saquear y alimentarse. En estas
circunstancias, una flota otomana, compuesta de cinco bajeles, pudo forzar el
puerto de Scio y llevar a los tur-cos un refuerzo de dos mil quinientos
hombres.
Es verdad
que, poco tiempo después, Miau-lis apareció con su escuadra para acudir en
ayuda del coronel Fabvier, pero era demasiado tarde y tuvo que retirarse.
Con el
almirante griego habían llegado al-gunos buques en los cuales se habían
embarca-do un cierto número de voluntarios, destinados a reforzar el cuerpo
expedicionario de Scio.
Una mujer
se había unido a ellos.
Después
de haber luchado hasta el último momento contra los soldados de Ibrahim en el
Peloponeso, Andronika, que había tomado par-te en el inicio de la guerra,
quería también to-mar parte en el final. Por eso había venido a Scio, decidida,
si hacía falta, a hacerse matar en aquella isla que los griegos pretendían
anexio-nar a su nuevo reino. Eso hubiera sido para ella
como una
compensación del mal que su indig-no hijo había causado en aquellos mismos
luga-res, con ocasión de las espantosas matanzas de 1822.
En
aquella época, el sultán había dictado co-ntra Scio esta terrible sentencia:
fuego, hierro, esclavitud. El bajá capitán, Kara-Alí, fue el en-cargado de
ejecutarla y lo hizo hasta sus últi-mas consecuencias. Sus hordas sanguinarias
desembarcaron en la isla. Los hombres por en-cima de los doce años y las
mujeres por encima de los cuarenta fueron degollados sin piedad. Los demás,
reducidos a la esclavitud, debían ser llevados a los mercados de Esmirna y de
Berbería. La isla entera fue ocupada a sangre y fuego por treinta mil turcos.
Veintitrés mil scio-tas habían sido asesinados. Cuarenta y siete mil fueron
destinados a ser vendidos.
Fue
entonces cuando intervino Nicolas Star-kos. Él y sus compañeros, después de
haber participado en las matanzas y los saqueos, se hicieron los principales
corredores de aquel
tráfico,
que había de entregar todo un rebaño humano a la avidez otomana. Fueron los
navíos de este renegado los que sirvieron para trans-portar a miles de
desgraciados a las costas de Asia Menor y de África. Fue a causa de estas
odiosas operaciones como Nicolas Starkos había entrado en relación con el
banquero Eli-zundo. De ahí habían salido enormes benefi-cios, la mayor parte de
los cuales fue para el padre de Hadjine.
Pues
bien, Andronika conocía de sobras la participación de Nicolas Starkos en las
matan-zas de Scio, el papel que había desempeñado en aquellos hechos
espantosos. Por eso había que-rido ir allí, donde se la habría maldecido cien
veces, si se hubiera sabido que ella era la madre de aquel miserable. Le
parecía que combatir en aquella isla, verter su sangre por la causa de los
sciotas, sería como una reparación, como una expiación suprema de los crímenes
de su hijo.
Desde el
momento en que Andrónika había desembarcado en Sció, era difícil que Henry
d'Albaret
y ella no se encontrasen un día u otro. En efecto, algún tiempo después de su
llegada, el 15 de enero, Andrónika se encontró inopina-damente en presencia del
joven oficial que la había salvado en el campo de batalla de Chai-dari.
Fue ella
quien se acercó a él, abriendo los brazos y exclamando:
-¡Henry
d'Albaret!
-¡Vos!...
¡Andrónika!... ¡Vos! -dijo el joven oficial-. ¿Sois vos... y os encuentro aquí?
-¡Sí!
-respondió ella-. ¿Acaso mi sitio no está allí donde todavía es necesario
luchar contra los opresores?
-¡Andrónika!
-respondió Henry d'Albaret-. ¡Estad orgullosa de vuestro país! ¡Estad
orgu-llosa de sus hijos, que lo han defendido con vos! ¡Dentro de poco tiempo,
no habrá ni un solo soldado turco sobre el suelo de Grecia!
-Lo sé,
Henry d'Albaret, ¡y que Dios me con-serve la vida hasta ese día!
Y
entonces Andronika tuvo que contarle lo
que había
sido su existencia desde que ambos se habían separado después de la batalla de
Chaidari. Le contó su viaje a la Maina, su país natal, que había querido ver
por última vez, luego su reaparición en el ejército del Pelopo-neso, finalmente
su llegada a Sció.
Por su
parte, Henry d'Albaret le explicó en qué condiciones había regresado a Corfú,
cuá-les habían sido sus relaciones con el banquero Elizundo, su matrimonio
decidido y roto, la desaparición de Hadjine, a quien no perdía la esperanza de
encontrar un día.
-¡Sí,
Henry d'Albaret -respondió Andrónika-, aunque ignoréis todavía el misterio que
pesa sobre la vida de esa muchacha, ella no puede ser sino digna de vos! ¡Sí!
¡Volveréis a verla, y seréis felices como ambos merecéis serlo!
-Pero,
decidme, Andrónika -preguntó Henry d'Albaret-, ¿no conocéis al banquero
Elizundo?
-No
-respondió Andrónika-. ¿Cómo podría conocerlo? Y, ¿por qué me hacéis esa
pregunta? -Es que varias veces tuve ocasión de pro-
nunciar
vuestro nombre delante de él - respondió el joven oficial- y ese nombre atraía
su atención de un modo bastante singular. Un día me preguntó si sabía lo que
había sido de vos desde nuestra separación.
-¡No lo
conozco, Henry d'Albaret, y el nom-bre del banquero Elizundo no ha sido
siquiera pronunciado nunca en mi presencia!
-Entonces,
hay ahí un misterio que no puedo explicarme y que, sin duda, nunca me será
des-velado, pues Elizundo ha muerto.
Henry
d'Albaret se había quedado silencio-so. Sus recuerdos de Corfú habían
retornado. Volvía a pensar en todo lo que había sufrido, ¡en todo lo que habría
de sufrir todavía lejos de Hadjine!
Luego,
dirigiéndose a Andrónika, le pregun-
tó:
-Y cuando
esta guerra haya acabado, ¿qué pensáis hacer?
-Entonces,
Dios me concederá la gracia de retirarme de este mundo -respondió ella-, ¡de
este
mundo donde tengo el remordimiento de haber vivido!
-¿El
remordimiento, Andronika?
-¡Sí!
¡Y lo que
aquella madre quería decir era que su sola vida había sido un mal, puesto que
tal hijo había nacido de ella!
Pero,
rechazando aquella idea, prosiguió:
-En
cuanto a vos, Henry d'Albaret, sois joven y Dios os reserva una larga vida.
Empleadla, pues, en en contrar a aquella a la que habéis perdido... y que os
ama.
-Sí,
Andronika, la buscaré por todas partes, ¡del mismo modo que, también por todas
par-tes, buscaré al odioso rival que ha venido a in-terponerse entre ella y yo!
-¿Quién
es ese hombre? -preguntó Androni-ka.
-Un
capitán, comandante de un navío sospe-choso -respondió Henry d'Albaret-, ¡y que
abandonó Corfú enseguida después de la des-aparición de Hadjine!
-¿Cómo se
llama?...
-¡Nicolas
Starkos!
-¡Él!...
Una
palabra más y habría desvelado su se-creto, Andronika se habría declarado la
madre de Nicolas Starkos.
Aquel
nombre, pronunciado tan inopinada-mente por Henry d'Albaret, le había causado
espanto. A pesar de su energía, acababa de pa-lidecer horriblemente ante el
nombre de su hijo. ¡Así pues, todo el mal hecho al joven oficial, a aquel que
la había salvado arriesgando su vida, todo aquel mal venía de Nicolas Starkos.
A Henry
d'Albaret no le pasó por alto el efecto que el nombre de Starkos acababa de
producir en Andronika, y se comprende que quisiese presionarla sobre este
punto.
-¿Qué
tenéis?... ¿Qué tenéis? -exclamó-. ¿Por qué esa turbación ante el nombre del
capitán de la Karysta?... ¡Hablad!... ¡Hablad!... ¿Conocéis a quien lo lleva?
-¡No!... ¡Henry d'Albaret, no! -respondió
Andronika,
que balbuceaba a pesar suyo.
-¡Sí!...
¡Lo conocéis!... Andronika, os suplico que me digáis quién es ese hombre... lo
que hace... dónde está en este momento... ¡dónde podría encontrarlo!
-¡Lo
ignoro!
-¡No...
no lo ignoráis!... Lo sabéis, Androni-ka, y rehusáis decírmelo... ¡a mí, a
mí!... Tal vez, con una sola palabra, podéis ponerme sobre su pista... Tal vez,
sobre la de Hadjine... ¡y os ne-gáis a hablar!
-Henry
d'Albaret -respondió Andronika, cu-ya firmeza ya no había de desmentirse-, ¡no
sé nada!... ¡Ignoro dónde está ese capitán!... ¡No conozco a Nicolas Starkos!
Dicho
esto, dejó al joven oficial, que perma-neció bajo el impacto de una profunda
emo-ción. Desde ese momento, todos los esfuerzos que hizo para volver a
encontrar a Andronika fueron inútiles. Sin duda, había abandonado Scio para
volver a la tierra de Grecia. Henry d'Albaret tuvo que renunciar a toda
esperanza
de volver
a encontrarla.
Por otra
parte, la campaña del coronel Fab-vier había de llegar pronto a su fin, sin
haber obtenido ningún resultado.
En
efecto, la deserción no había tardado en penetrar en las filas del cuerpo
expedicionario. Los soldados, a pesar de las súplicas de sus oficiales,
desertaban y se embarcaban para de-jar la isla. Los artilleros, en los cuales
Fabvier creía poder confiar especialmente, abando-naban sus piezas. ¡Ya no
había nada que hacer ante un desánimo semejante, que alcanzaba hasta a los
mejores!
Tuvieron,
pues, que levantar el sitio y volver a Syra, donde se había organizado aquella
des-graciada expedición. Allí, como premio a su heroica resistencia, el coronel
Fabvier no había de recoger más que reproches, más que testi-monios de la más
negra ingratitud.
En cuanto
a Henry d'Albaret, tenía la inten-ción de abandonar Scio al mismo tiempo que su
jefe. Pero ¿hacia qué punto del Archipiélago
orientaría
su búsqueda? Aún no lo sabía cuan-do un hecho inesperado vino a poner fin sus
vacilaciones.
La
víspera del día en que iba a embarcarse hacia Grecia, le llegó una carta por el
correo de la isla.
Aquella
carta, sellada en Corinto, dirigida al capitán Henry d'Albaret, sólo contenía
esta notificación.
Hay una
plaza vacante en el estado mayor de la corbeta Syphanta, de Corfú. ¿Convendría
al capitán d'Albaret embarcarse en ella y conti-nuar la campaña iniciada contra
Sacratif y los piratas del Archipiélago?
Durante
los primeros días de marzo, la Syp-hanta estará en las aguas del cabo Anapomera,
al norte de la isla, y su bote permanecerá en la ensenada de Ora, al pie del
cabo.
¡Que el
capitán Henry d'Albaret haga lo que le ordene su patriotismo!
No había
ninguna firma y la escritura era desconocida para él. Nada había que pudiese
indicar
al joven oficial de dónde venía aquella carta.
En todo
caso, eran noticias de la corbeta, de la que no se oía hablar desde hacía algún
tiem-po. Era también, para Henry d'Albaret, la oca-sión de reanudar su oficio
de marino. Era, en fin, la posibilidad de perseguir a Sacratif, tal vez de
librar de él al Archipiélago, quizá tam-bién -y esto no dejó de influir en su
decisión-una oportunidad de encontrarse en aquellos mares con Nicolas Starkos y
su sacoleva.
Henry
d'Albaret tomó, pues, inmediatamen-te su decisión: aceptar la proposición que
le hacía aquella nota anónima. Se despidió del coronel Fabvier, en el momento
en que éste se embarcaba hacia Syra; luego fletó una embarca-ción ligera y se
dirigió hacia el norte de la isla.
La
travesía no podía ser larga, sobre todo con un terral que soplaba del sudoeste.
La em-barcación pasó por delante del puerto de Colo-quinta, entre las islas
Anossai y el cabo Pampa-ca. A partir de este cabo, se dirigió hacia el de
Ora y
siguió la costa, con el fin de alcanzar la ensenada del mismo nombre.
Allí
desembarcó Henry d'Albaret en la tarde del primero de marzo.
Un bote
lo esperaba, amarrado al pie de las rocas. Mar adentro, una corbeta estaba al
pairo.
-Soy el
capitán Henry d'Albaret -dijo el jo-ven oficial al cabo que comandaba la
embarca-ción.
-¿El
capitán Henry d'Albaret desea subir a bordo? -preguntó el cabo.
-Al
instante.
El bote
desatracó. Llevado por sus seis re-mos, cubrió rápidamente la distancia que lo
separaba de la corbeta. A lo sumo, una milla.
En cuanto
Henry d'Albaret arribó al porta-lón de la Syphanta por la aleta de estribor, se
oyó un largo silbido, luego resonó un cañona-zo, que fue pronto seguido por
otros dos. En el momento en el que el joven oficial ponía los pies sobre la
cubierta, toda la tripulación, ali-neada como para una revista de honor, le
pre-
sentó
armas, y los colores corfiotas fueron iza-dos al extremo del pico de cangreja.
Entonces,
el segundo de la corbeta se adelan-tó y, con voz fuerte, a fin de ser oído por
todos, dijo:
-¡Los
oficiales y la tripulación de la Syphanta se congratulan de recibir a bordo al
comandan-te Henry d'Albaret!
X
Campaña
en el Archipiélago
La
Syphanta, corbeta de segundo rango, lle-vaba en batería veintidós cañones de
24, y, so-bre la cubierta -aunque entonces fuese raro en los navíos de esta
claseseis carronadas de 12. De roda esbelta en la popa y de gálibos realza-dos,
podía rivalizar con los mejores buques de la época. Sin fatigar, cualquiera que
fuese la marcha, lenta en los balances, avanzando admi-
rablemente
todo a ceñir como los buenos vele-ros, no habría sido un problema para ella
man-tener izados, con viento fuerte, incluso los so-brejuanetes. Su comandante,
si era un marino osado, podía desplegar velas sin temer nada. La Syphanta no
habría volcado más de lo que lo hubiera hecho una fragata. Habría roto su
arbo-ladura antes de irse a pique con las velas altas desplegadas. De ahí la
posibilidad de imprimir-le, incluso con mar agitado, una gran velocidad. De ahí
también las grandes probabilidades que tenía de salir con bien del aventurado
viaje al cual la habían destinado sus armadores, aliados contra los piratas del
Archipiélago.
Aunque no
fuese en absoluto un navío de guerra, en el sentido de que era propiedad no de
un Estado, sino de simples particulares, la Syphanta estaba comandada
militarmente. Sus oficiales y su tripulación habrían honrado la más bella
corbeta de Francia o del Reino Unido. La misma regularidad en las maniobras, la
misma disciplina a bordo, la misma conducta
tanto
durante la navegación como en las esca-las. Nada del abandono propio de un
barco armado en corso, donde la bravura de los ma-rineros no está siempre
reglamentada como lo exigiría el comandante de un buque de la mari-na militar.
La
Syphanta tenía doscientos cincuenta hombres inscritos en su rol, la mitad
franceses, occidentales o provenzales, el resto, en parte ingleses, griegos y
corfiotas. Era gente hábil a la hora de maniobrar, firme en el combate,
mari-nos en el alma, en los cuales se podía confiar absolutamente: habían
demostrado su capaci-dad. Cabos, sargentos y contramaestres de se-gunda eran
dignos de sus funciones de inter-mediarios entre la tripulación y los
oficiales. Por lo que se refiere al estado mayor, estaba formado por cuatro
lugartenientes, ocho alfére-ces de navío, igualmente de origen corfiota, inglés
o francés, y un segundo. Éste, el capitán Todros, era un perro viejo del
Archipiélago, un hombre muy experimentado en esos mares,
cuyos
parajes más recónditos debía recorrer la corbeta. Ni una sola isla que no
conociera en todas sus bahías, golfos, ensenadas y calas. Ni un islote cuya
situación no hubiese sido ya marcada por él en sus campañas precedentes. Ni un
braceaje cuyo valor no estuviera acotado en su cabeza con tanta precisión como
en los mapas.
Este
oficial, de unos cincuenta años de edad, griego originario de Hidra, habiendo
ya servi-do bajo las órdenes de gente como Canaris y Tomasis, había de ser un
precioso auxiliar para el comandante de la Syphanta.
La
corbeta había hecho la primera parte del crucero por el Archipiélago bajo las
órdenes del capitán Stradena. Las primeras semanas de navegación fueron
bastante afortunadas, según se dijo. Barcos destruidos, capturas importan-tes,
aquello era un buen comienzo. Pero la campaña no se llevó a cabo sin pérdidas
muy sensibles en la tripulación y el cuerpo de oficia-les. Si durante bastante
tiempo no se tuvieron
noticias
de la Syphanta, fue porque, el 27 de febrero, había sostenido un combate contra
una flotilla de piratas frente a las costas de Lemnos.
Aquel
combate no sólo había costado la vida a cuarenta hombres, muertos o heridos,
sino que además el comandante Stradena, alcanzado mortalmente por una bala de
cañón, había caí-do sobre el puente de mando.
El
capitán Todros se hizo entonces cargo de la corbeta; luego, después de
asegurarse la vic-toria, se acercó al puerto de Egina, a fin de hacer urgentes
reparaciones en el casco y la arboladura.
Allí,
unos días después de la llegada de la Syphanta, se enteraron, no sin sorpresa,
de que acababa de ser comprada a un precio muy alto, por cuenta de un banquero
de Ragusa, cuyo apoderado fue a Egina para regularizar los pa-peles de a bordo.
Todo esto se hizo sin que pu-diera alzarse protesta alguna y quedó bien y
debidamente establecido que la corbeta ya no pertenecía a sus antiguos
propietarios, los ar-
madores
corfiotas, cuyo beneficio en la venta había sido muy considerable.
Pero si
la Syphanta había cambiado de ma-nos, su objetivo debía seguir siendo el mismo.
Purgar el Archipiélago de los bandidos que lo infestaban, repatriar, en caso de
necesidad, a los prisioneros que pudiera liberar a lo largo de su ruta, no
rendirse hasta que no hubiese li-brado a aquellos mares del más terrible de los
corsarios, el pirata Sacratif, tal fue la misión que se le siguió imponiendo.
Una vez hechas las reparaciones, el segundo recibió orden de ir a circunnavegar
la costa norte de Scio, donde encontraría al nuevo capitán, que iba a ser a
bordo «su señor después de Dios».
Fue en
ese momento cuando Henry d'Alba-ret recibió la lacónica nota, por la cual se le
hacía saber que había una plaza vacante en el estado mayor de la corbeta
Syphanta.
Ya
sabemos que aceptó, sin sospechar que aquella plaza, entonces libre, era la de
coman-dante. He aquí por qué, en cuanto subió a cu-
bierta,
el segundo, los oficiales y la tripulación se pusieron a sus órdenes, mientras
que el ca-ñón saludaba los colores corfiotas.
Henry
d'Albaret se enteró de todo esto en una conversación que mantuvo con el capitán
Todros. El acta por la cual se le confiaba el mando de la corbeta estaba en
regla. La autori-dad del joven oficial no podía, pues, ser discu-tida, y no lo
fue. Por otra parte, varios oficiales de a bordo lo conocían. Sabían que era
teniente de navío, uno de los más jóvenes, pero también uno de los más
distinguidos de la marina fran-cesa. Su participación en la guerra de la
Inde-pendencia le había granjeado una reputación merecida. Por eso, ya en la
primera revista que pasó a bordo de la Syphanta, su nombre fue aclamado por
toda la tripulación.
-Oficiales
y marineros -dijo simplemente Henry d'Albaret-, sé cuál es la misión que ha
sido confiada a la Syphanta. La cumpliremos totalmente, ¡si Dios quiere! ¡Honor
a vuestro antiguo comandante Stradena, que murió glo-
riosamente
sobre este puente de mando! ¡Cuen-to con vosotros! ¡Contad conmigo!... ¡Rompan
filas!
Al día
siguiente, el 2 de marzo, la corbeta, todo a barlovento, perdía de vista las
costas de Scio, luego la cima del monte Elías que las do-mina, y se daba a la
vela hacia el norte del Ar-chipiélago.
A un
marino sólo le hace falta un vistazo y media jornada de navegación para
reconocer el valor de su navío. El viento fresco soplaba de noroeste y no fue
necesario acortar de vela. El comandante D'Albaret pudo, pues, apreciar, desde
ese mismo día, las excelentes cualidades náuticas de la corbeta.
-Le
mostraría los juanetes altos a cualquier buque de las flotas combinadas -le
dijo el capi-tán Todros- y los mantendría izados incluso con viento fuerte.
En la
mente del bravo marino eso significaba dos cosas: primero, que ningún otro
velero era capaz de ganar a la Syphanta en velocidad;
luego,
que su sólida arboladura y su estabilidad en el mar le permitían conservar
izado su ve-lamen en condiciones de tiempo que habrían obligado a cualquier
otro navío a reducirlo, so pena de zozobrar.
La
Syphanta, todo a ceñir, amuras a estribor, picó, pues, hacia el norte, de modo
que la nave dejase al este la isla de Mitilene o Lesbos, una de las más grandes
del Archipiélago.
Al día
siguiente, la corbeta pasaba ante las costas de esta isla, donde, al principio
de la guerra, en 1821, los griegos sacaron una gran ventaja a la flota otomana.
-Yo
estaba allí -dijo el capitán Todros al co-mandante D'Albaret-. Era en mayo.
ramos se-tenta bergantines para perseguir a cinco bajeles turcos, cuatro
fragatas y cuatro corbetas, que se refugiaron en el puerto de Mitilene. Un
barco de 74 partió para ir a buscar ayuda a Constan-tinopla. Pero le dimos caza
de un modo atroz y saltó por los aires con sus novecientos cincuen-ta
marineros. ¡Sí! Yo estaba allí y fui yo quien
prendió
fuego a las camisas de azufre y alqui-trán con las que habíamos revestido su
carena. ¡Buenas camisas, que mantienen caliente, mi comandante, y que os
recomiendo en esta oca-sión... para los señores piratas!
Había que
oír al capitán Todros relatar así sus hazañas, con el buen humor de un
marine-ro del castillo de proa. Pero lo que contaba el segundo de la Syphanta,
lo había hecho de ver-dad y bien hecho estaba.
No sin
razón había Henry d'Albaret dado la vela hacia el norte, después de haber
tomado el mando de la corbeta. Pocos días antes de su partida de Scio, se había
señalado la presencia de unos navíos sospechosos en las cercanías de Lemnos y
de Samotracia. Algunos buques de cabotaje levantinos habían sido saqueados y
destruidos casi sobre el litoral de la Turquía europea. Quizá aquellos piratas,
desde que la Syphanta les daba caza tan obstinadamente, juzgaban apropiado
refugiarse en los parajes septentrionales del Archipiélago. Por su parte,
aquello
no era sino prudencia.
En las
aguas de Metelín no vieron nada. So-lamente algunos buques mercantes, que se
co-municaron con la lizadora.
Durante
unos quince días, la Syphanta, aun-que fue duramente probada por el mal tiempo
del equinoccio, cumplió concienzudamente su misión. Con ocasión de dos o tres
ráfagas de viento sucesivas, que la obligaron a ponerse en capa gobernante,
Henry d'Albaret pudo juzgar acerca de sus cualidades no menos que de la
habilidad de la tripulación. Pero también a él se le juzgó, y no desmintió la
reputación que tení-an ya los oficiales de la marina francesa de ser excelentes
maniobristas. En cuanto a su talento como táctico en medio de un combate naval,
podrían apreciarlo más tarde. Por lo que se re-fiere a su coraje ante el fuego,
nadie dudaba de él.
En esas
circunstancias difíciles, el joven co-mandante se mostró tan notable en la
teoría como en la práctica. Poseía un carácter audaz,
un gran
aplomo, una inquebrantable sangre fría, siempre listo tanto para prever como
para dominar los acontecimientos. En una palabra, era un marino, y esa palabra
lo dice todo.
Durante
la segunda quincena de marzo, la corbeta se dirigió hacia las tierras de
Lemnos. Esta isla, la más importante del fondo del mar Egeo, de una longitud de
quince leguas y una anchura de cinco a seis, no había sido puesta a prueba,
como tampoco su vecina Imbro, por la guerra de la Independencia; pero, en
muchas ocasiones, los piratas habían ido allí, incluso hasta la entrada de la
rada, para capturar bu-ques mercantes. La corbeta, a fin de abastecer-se,
recaló en el puerto, que estaba abarrotado. En aquella época, en efecto, se
construían mu-chos barcos en Lemnos, y si, por temor a los corsarios, no se
terminaban los que estaban en el astillero, los que estaban acabados no se
atrevían a salir. De ahí la acumulación de em-barcaciones.
Las
informaciones que el comandante D'Al-
baret
obtuvo en aquella isla no podían sino animarlo a proseguir su campaña hacia el
norte del Archipiélago. Varias veces incluso, el nom-bre de Sacratif fue
pronunciado delante suyo y de sus oficiales.
-¡Ah!
-exclamó el capitán Todros-. ¡Tengo una gran curiosidad por encontrarme cara a
cara con ese granuja, que me parece un poco legendario! ¡Por lo menos eso me
probaría que existe!
-Así
pues, ¿ponéis en duda su existencia? - preguntó vivamente interesado Henry
d'Alba-ret.
-Palabra,
mi comandante -respondió Todros-
; si queréis saber mi opinión, no creo
demasia-do en Sacratif, ¡y no sé le nadie que pueda jac-tarse de haberlo visto
nunca! ¡Tal vez es un nombre de guerra que adoptan sucesivamente los jefes
piratas! Veréis, considero que más de uno se ha balanceado ya con ese nombre
colga-do del extremo de una verga de trinquete. De todos modos, ¡poco importa!
Lo principal era
que esos
bigardos fuesen ahorcados, y lo han sido.
-Después
de todo, lo que decís es posible, capitán Todros -respondió Henry d'Albaret-, y
eso explicaría el don de la ubicuidad del que Sacratif parece gozar.
-Tenéis
razón, mi comandante -añadió uno de los oficiales franceses-. Si Sacratif ha
sido visto, como dicen, en diferentes puntos a la vez y el mismo día, es que
ese nombre es usado simultáneamente por varios de esos jefes pira-tas.
-¡Y si lo
usan, es para despistar mejor a las gentes honradas que les dan caza! -replicó
el capitán Todros-. Pero, lo repito, hay un medio seguro de hacer desaparecer
ese nombre: atra-par y colgar a todos los que lo llevan... ¡e inclu-so a todos
los que no lo llevan! ¡De este modo, el verdadero Sacratif, si existe, no
escapará a la soga que con toda justicia merece!
El
capitán Todros tenía razón, ¡pero primero tenían que encontrar a aquellos
escurridizos
malhechores!
-Capitán
Todros -preguntó Henry d'Albaret-
, durante la primera campaña de la Syphanta,
e incluso durante vuestras campañas preceden-tes, ¿no habéis tenido nunca
noticia de una sa-coleva de unas cien toneladas, que lleva el nombre de
Karysta?
-Nunca
-respondió el segundo.
-¿Y vos,
señores? -añadió el comandante, di-rigiéndose a sus oficiales.
Ni uno
solo había oído hablar de la sacoleva. La mayoría de ellos, sin embargo,
recorrían aquellos mares del Archipiélago desde el inicio de la guerra de la
Independencia.
-¿El
nombre de Nicolas Starkos, el capitán de la Karysta, no ha llegado hasta vos? -
preguntó Henry d'Albaret insistiendo.
Aquel
nombre era absolutamente descono-cido para los oficiales de la corbeta. Por
otra parte, no era de extrañar, ya que no se trataba más que del patrón de un
simple buque mer-cante, como los que se encuentran a centenares
en los
puertos de Levante.
No
obstante, Todros creyó recordar muy va-gamente haber oído pronunciar el nombre
de Starkos durante una de sus escalas en el puerto de Arcadia, en Mesenia.
Debía de ser el del ca-pitán de uno de aquellos buques de con-trabandistas que
transportaban a las costas be-réberes a los prisioneros vendidos por las
auto-ridades otomanas.
-¡Bueno!
Ése no puede ser el Starkos de que habláis -añadió-. El que vos decís era el
patrón de una sacoleva y una sacoleva no habría podi-do bastar a las
necesidades de ese tráfico.
-En
efecto -respondió Henry d'Albaret y ya no fue más allá en aquella conversación.
Pero si
pensaba en Nicolas Starkos era por-que aquel pensamiento lo llevaba siempre al
impenetrable misterio de la doble desaparición de Hadjine Elizundo y Andronika.
Ahora, aquellos dos nombres ya no se separaban en su recuerdo.
Hacia el
25 de marzo, la Syphanta se encon-
traba a
la altura de la isla de Samotracia, sesen-ta leguas al norte de Scio.
Considerando el tiempo empleado con relación al camino reco-rrido, puede verse
que todos los refugios de aquellos parajes habían debido de ser minucio-samente
explorados. En efecto, lo que la corbeta no podía hacer en los fondos poco
profundos, donde el agua le habría faltado, sus embarca-ciones lo hacían por
ella. Pero, hasta entonces, nada había resultado de aquellas investiga-ciones.
La isla
de Samotracia había sido cruelmente devastada durante la guerra, y los turcos
la tenían aún bajo su control. Podía suponerse, pues, que los piratas
encontraban un asilo se-guro en sus numerosas calas, a falta de un ver-dadero
puerto. El monte Saoce con una altitud de cinco a seis mil pies la domina y,
desde esa altura, es fácil para los vigías divisar todo navío cuya llegada
parezca sospechosa y dar la alar-ma a tiempo. Los piratas, prevenidos con
ante-lación, tienen todas las posibilidades de huir
antes de
ser bloqueados. Debía de haber sido así, probablemente, pues la Syphanta no
encon-tró nada en aquellas aguas casi desiertas.
Henry
d'Albaret puso entonces rumbo al no-roeste, de modo que la Syphanta pasara por
la isla de Tasos, situada a unas veinte leguas de Samotracia. Como tenía viento
contrario, la corbeta tuvo que barloventear contra una brisa muy fuerte; pero
pronto encontró la protección de la tierra y, en consecuencia, una mar más
so-segada que hizo la navegación más fácil.
¡Singular
destino el de las diversas islas del Archipiélago! Mientras que Scio y
Samotracia habían sufrido tanto a causa de los turcos, Ta-sos, como Lemnos o
Imbro, no se había resenti-do del revés de la guerra. En Tasos toda la
po-blación es griega; las costumbres allí son primi-tivas; los hombres y las
mujeres han conserva-do todavía, en su forma de arreglarse, en sus vestidos o
sus peinados, toda la gracia del arte antiguo. Las autoridades otomanas, a las
que esta isla se hallaba sometida desde principios
del siglo
XV, habrían podido, pues, saquearla a placer, sin encontrar la menor
resistencia. Sin embargo, por un privilegio inexplicable, y aun-que la riqueza
de sus habitantes era como para excitar la codicia de aquellos bárbaros poco
escrupulosos, había sido perdonada hasta en-tonces.
No
obstante, sin la llegada de la Syphanta, es probable que Tasos hubiese conocido
los horro-res del saqueo.
En
efecto, en la fecha del 2 de abril, el puer-to, situado al norte de la isla,
que se llama hoy en día puerto Pyrgo, se hallaba seriamente amenazado por una
incursión de los piratas. Cinco o seis de sus buques, místicos y chermes, que
escoltaban un bergantín, armado de una docena de cañones, se encontraban a la
vista de la ciudad. El desembarco de estos bandidos en medio de una población
no acostumbrada al combate hubiera terminado con un desastre, pues la isla no
tenía fuerzas suficientes para oponerse a ellos.
Pero la
corbeta apareció en la rada y en cuanto su presencia fue señalada mediante un
pabellón izado al palo mayor del bergantín, todos aquellos buques se colocaron
en línea de batalla, lo que indicaba una singular audacia por su parte.
-¿Es que
van a atacarnos? -exclamó el capi-tán Todros, que se había situado en el puente
de mando junto al comandante.
-¿Atacarnos...
o defenderse? -replicó Henry d'Albaret, bastante sorprendido por esa actitud de
los piratas.
-¡Por
todos los diablos, yo habría esperado más bien ver a esos granujas huyendo a
toda vela!
-Al
contrario, capitán Todros, ¡que resistan! ¡Que ataquen, incluso! ¡Si se dieran
a la fuga, algunos, sin duda, conseguirían escapársenos! ¡Ordenad el
zafarrancho de combate!
Las
órdenes del comandante se ejecutaron enseguida. En la batería, los cañones
fueron cargados y cebados, los proyectiles colocados al
alcance
de los sirvientes. Sobre la cubierta, se prepararon las carronadas, y se
distribuyeron armas, mosquetes, pistolas, sables y hachas de abordaje. Los
gavieros estaban dispuestos para la maniobra, en previsión tanto de un combate
en la rada como de una persecución para dar caza a los fugitivos. Todo esto se
hizo con tanta regularidad y prontitud como si la Syphanta hubiese sido un
barco de guerra.
Entretanto,
la corbeta se acercaba a la flotilla, lista tanto para atacar como para
rechazar cual-quier ataque. La intención del comandante era cargar sobre el
bergantín, saludarlo con una andanada que podía dejarlo fuera de combate, luego
atracar junto a él y lanzar a sus hombres al abordaje.
Pero era
probable que los piratas, si estaban preparándose para la lucha, no pensasen en
escapar. Si no lo habían hecho antes, era porque habían sido sorprendidos por
la llegada de la corbeta, que ahora les cerraba la rada. No les quedaba, pues,
sino combinar sus movimientos
para
intentar forzar el paso.
Fue el
bergantín el que abrió el fuego. Orien-tó sus cañones de modo que pudiese
desarbolar la corbeta al menos de uno de sus palos. Si lo conseguía, estaría en
condiciones más favora-bles para librarse de la persecución de su ad-versario.
La
descarga pasó a siete u ocho pies por en-cima del puente de la Syphanta, cortó
algunas drizas, rompió algunas escotas y los brazos de algunas vergas, hizo
saltar en pedazos una par-te de la madera de respeto entre el palo mayor y el
trinquete e hirió a tres o cuatro marineros, pero de poca gravedad. En suma, no
alcanzó ningún órgano esencial.
Henry
d'Albaret no respondió inmediata-mente. Ordenó seguir avanzando hacia el
ber-gantín, y no envió su andanada de estribor has-ta que la humareda de los
primeros cañonazos se hubo disipado.
Por
suerte para el bergantín, su capitán había podido evolucionar aprovechando la
brisa y
no recibió más que dos o tres balas en el casco, por encima de la línea de
flotación. Si algunos de sus hombres murieron, por lo me-nos no quedó fuera de
combate.
Pero los
proyectiles de la corbeta que no lo alcanzaron, no se perdieron. El místico que
el bergantín había dejado al descubierto con su maniobra recibió una buena
parte de ellos en su muralla de babor, con tan mala fortuna para él que empezó
a hacer agua.
-¡Si no
es el bergantín, es su compañero el que ha recibido en su viejo caparazón! -
exclamaron algunos marineros, apostados en el castillo de proa de la Syphanta.
-¡Mi
parte de vino a que se hunde en cinco minutos!
-¡En
tres!
-¡Hecho!
¡Y que tu vino entre por mi gaznate tan fácilmente como el agua le entra a él
por los agujeros del casco!
-¡Se
hunde!... ¡Se hunde!...
-¡Míralo¡
¡Ya le llega hasta la cintura..., y es-
pera, que
pronto le llegará por encima de la cabeza!
-¡Y mira
a todos esos hijos del diablo cómo saltan para salvarse a nado!
-¡Bueno!
¡Si prefieren la soga al cuello a aho-garse en el agua, no hay que
contrariarlos!
Y, en
efecto, el místico se hundía poco a po-co. Por eso, antes de que el agua
hubiese alcan-zado las batayolas, la tripulación se había lan-zado al mar, para
tratar de llegar hasta algún otro barco de la flotilla.
¡Pero
éstos tenían otras preocupaciones que la de ocuparse de recoger a los
supervivientes del místico! Ahora buscaban solamente la ma-nera de huir. De
modo que todos aquellos mi-serables se ahogaron sin que se hubiese lanza-do un
solo cabo para subirlos a bordo.
Por otra
parte, la segunda andanada de la Syphanta fue enviada, esta vez, contra uno de
los chermes que se ofrecía a su vista de través, y lo desmanteló completamente.
No hizo falta más para destruirlo. Pronto, el cherme había
desaparecido
en medio de una cortina de lla-mas que media docena de balas rojas acababan de
encender bajo su cubierta.
Al ver
este resultado, los otros dos barcos pequeños comprendieron que no conseguirían
defenderse de los cañones de la corbeta. Era incluso evidente que dándose a la
fuga no ten-drían ninguna oportunidad de escapar de un navío tan veloz.
Por eso,
el capitán del bergantín tomó la única medida que se podía tomar, si quería
salvar a sus tripulaciones. Les dio señal de con-centrarse. En pocos minutos,
los piratas se habían refugiado a bordo del bergantín, des-pués de haber
abandonado un místico y un cherme, a los cuales habían prendido fuego y que no
tardarían en saltar por los aires.
La
tripulación del bergantín, reforzada así en un centenar de hombres, se
encontraba en mejores condiciones para aceptar el combate al abordaje, en caso
de que no lograra escapar.
Pero,
aunque su tripulación igualaba ahora
en número
a la tripulación de la corbeta, lo me-jor que podía hacer era todavía buscar su
salva-ción en la huida. Por eso, no dudó en aprove-char las cualidades de
velocidad que poseía, para ir a buscar refugio en la costa otomana. Allí, su
capitán sabría agazaparse tan bien entre los escollos del litoral que la
corbeta no podría descubrirlo, ni seguirlo si lo descubría.
La brisa
había arreciado notablemente. El bergantín no vaciló, sin embargo, en aparejar
hasta sus últimas velas de sosobre, a riesgo de romper su arboladura, y empezó
a alejarse de la Syphanta.
-¡Bueno!
-exclamó el capitán Todros-. ¡Me sorprendería que sus piernas fuesen tan largas
como las de nuestra corbeta!
Y se
volvió hacia el comandante, a la espera de sus órdenes.
Pero, en
ese momento, la atención de Henry d'Albaret acababa de ser atraída hacia otro
lu-gar. Ya no miraba el bergantín. Con su anteojo dirigido hacia el puerto de
Tasos, observaba un
buque
ligero que desplegaba velas para alejarse de allí.
Era una
sacoleva. Llevada por una brisa moderada de noroeste, que le permitía llevar
todo su velamen, se había metido por el canali-zo sur del puerto, al cual le
permitía acceder su escaso calado.
Henry
d'Albaret, después de haberla mirado atentamente, apartó bruscamente su
catalejo.
-¡La
Karysta! -exclamó.
-¡Cómo!
¿Es esa sacoleva de la que nos habéis hablado? -respondió el capitán Todros.
-La
misma, y, por apoderarme de ella, da-ría...
Henry
d'Albaret no acabó la frase. Entre el bergantín, a bordo del cual iba una
numerosa tripulación de piratas, y la Karysta, aunque estuviese sin duda al
mando de Nicolas Star-kos, su deber no le permitía dudar. Segu-ramente,
abandonando la persecución del ber-gantín, poniéndose a favor del viento para
ga-nar el extremo del canalizo, podía cortar el paso
a la
sacoleva, podía alcanzarla y adueñarse de ella. Pero eso hubiera sido
sacrificar en su inte-rés personal el interés general, y no debía hacerlo.
Lanzarse sobre el bergantín sin perder un instante e intentar capturarlo para
destruir-lo: eso era lo que tenía que hacer y eso fue lo que hizo. Dirigió una
última mirada a la Karys-ta, que se alejaba con una velocidad asombrosa a
través del canalizo que había quedado libre, y dio las órdenes para dar caza al
barco pirata, que empezaba a alejarse en dirección contraria.
Enseguida,
la Syphanta se lanzó a toda vela tras la estela del bergantín. Al mismo tiempo,
sus cañones de caza fueron colocados en posi-ción, y, como los dos navíos no
estaban aún más que a media milla de distancia el uno del otro, la corbeta
empezó a hablar.
Lo que
dijo no fue, sin duda, del gusto del bergantín. Por eso, orzando dos cuartos,
intentó ver si, con esta nueva marcha, conseguiría dis-tanciarse de su
adversario; pero fracasó en su intento.
El
timonel de la Syphanta puso la caña un poco a sotavento, y la corbeta orzó a su
vez.
Todavía
durante una hora, la persecución continuó en estas condiciones. La distancia
que los separaba de los piratas disminuía visible-mente, y no había duda de que
serían alcanza-dos antes de la noche. Pero la lucha entre los dos navíos había
de terminar de modo muy diferente.
Gracias a
un golpe de suerte, una de las ba-las de la Syphanta desarboló el bergantín de
su palo trinquete. Enseguida, el navío cayó a sota-vento, y la corbeta sólo
tuvo que abatir para encontrarse junto a él un cuarto de hora más tarde.
Una
espantosa detonación resonó entonces. La Syphanta acababa de enviar toda su
anda-nada de estribor, a una distancia de menos de medio cable. El bergantín
casi se levantó en el aire, conmocionado por una avalancha de hie-rro, pero
sólo su obra muerta había sido alcan-zada, y no se hundió.
De todos
modos, el capitán, cuya tripulación había sido diezmada por esta última
descarga, comprendió que no podía resistir por más tiempo y arrió su pabellón.
En un
instante, las embarcaciones de la cor-beta abordaron el bergantín y recogieron
a los escasos supervivientes. Luego el barco, entre-gado a las llamas, ardió
hasta el momento en que el incendio alcanzó la línea de flotación. Entonces
desapareció entre las olas.
La
Syphanta había hecho un buen trabajo. Nunca se sabría quién era el jefe de
aquella flotilla, su nombre, su origen o sus anteceden-tes, pues rehusó
obstinadamente responder a las preguntas que le fueron hechas al respecto. En
cuanto a sus compañeros, callaron igual-mente, y tal vez, incluso, tal como
sucedía a veces, no sabían nada de la vida pasada de aquel a cuyo mando
estaban. Pero en cuanto a que eran piratas, no había posibilidad de error, y se
hizo con ellos pronta justicia.
Entretanto,
aquella aparición y desaparición
de la
sacoleva había dado mucho que pensar a Henry d'Albaret. En efecto, las
circunstancias en las cuales acababa de dejar Tasos no podían sino hacerla
absolutamente sospechosa. ¿Había querido aprovecharse del combate entre la
cor-beta y la flotilla para escapar con mayor seguri-dad? ¿Temía, pues,
encontrarse con la Syphan-ta, que tal vez había reconocido? ¡Un barco honrado
hubiera permanecido tranquilamente en el puerto, puesto que los piratas ya sólo
in-tentaban alejarse de allí! Por el contrario, la Karysta, a riesgo de caer en
sus manos, se había apresurado a aparejar y a hacerse a la mar. ¡Nada podía ser
más sospechoso que aquella manera de actuar, y uno podía preguntarse si no
estaría en connivencia con ellos! En realidad, no hubiese sorprendido al comandante
D'Alba-ret que Nicolas Starkos fuese uno de los suyos. Por desgracia,
prácticamente sólo podía contar con el azar para volver a encontrar su pista.
La noche estaba por llegar y la Syphanta, volvien-do hacia el sur, no habría
tenido ninguna opor-
tunidad
de encontrar la sacoleva. Así pues, por más que Henry d'Albaret lamentara haber
per-dido aquella ocasión de capturar a Nicolas Starkos, tuvo que resignarse.
Había cumplido con su deber. El resultado de aquel combate de Tasos eran cinco
navíos destruidos sin que ello hubiese costado casi nada a la tripulación de la
corbeta. Con ello quedaría tal vez garantizada, por algún tiempo, la seguridad
en los parajes del Archipiélago septentrional.
11
Señales
sin respuesta
Ocho días
después del combate de Tasos, la Syphanta, habiendo explorado todas las calas
de la ribera otomana desde Cavala hasta Orfa-ni, atravesaba el golfo de
Contessa e iba luego del cabo Deprano hasta el cabo Paliuri, en la entrada de
los golfos de Monte Santo y Casan-
dra;
finalmente, en la jornada del 15 de abril, empezaba a perder de vista las cimas
del monte Athos, cuya punta más elevada alcanza una altura de casi dos mil
metros por encima del nivel del mar.
Ningún
barco sospechoso fue avistado en el curso de esta navegación. Varias veces
apare-cieron escuadras turcas; pero la Syphanta, que navegaba bajo pabellón
corfiota, no se creyó obligada a ponerse en comunicación con estos navíos, que
su comandante habría recibido a cañonazos más que lanzando sombreros al aire.
Sí lo hizo, en cambio, con algunos barcos de cabotaje griegos, de los cuales
obtuvieron cier-tas informaciones que no podían ser sino útiles a la misión de
la corbeta.
En estas
circunstancias, el día 26 de abril, Henry d'Albaret tuvo conocimiento de un
hecho de gran importancia. Las potencias alia-das acababan de decidir que todo
refuerzo que llegase por mar a las tropas de Ibrahim sería interceptado.
Además, Rusia declaraba oficial-
mente la
guerra al sultán. La situación de Gre-cia seguía, pues, mejorando, y, aunque
tuviera que sufrir todavía algunos retrasos, caminaba con paso seguro hacia la
conquista de su inde-pendencia.
El 30 de
abril, la corbeta había penetrado hasta los últimos confines del golfo de
Salónica, el punto más extremo que había de alcanzar en el noroeste del
Archipiélago durante aquel via-je. Allí tuvo aún ocasión de dar caza a algunos
jabeques, paquebotes o polacras, que sólo esca-paron de ella lanzándose contra
la costa. Si bien las tripulaciones no perecieron hasta el último hombre, al
menos la mayoría de aquellos bar-cos quedaron inutilizados.
La
Syphanta retomó entonces la dirección sudeste, para poder explorar
cuidadosamente las costas meridionales del golfo de Salónica. Pero, sin duda,
había sido dada la alarma, pues ni un solo pirata, con el que se pudiera haber
hecho justicia, se dejó ver.
Fue
entonces cuando, a bordo de la corbeta,
se
produjo un hecho singular, inexplicable in-cluso.
El 10 de
mayo, hacia las siete de la tarde, al entrar en el comedor de oficiales, que
ocupaba toda la popa de la Syphanta, Henry d'Albaret encontró una carta sobre
la mesa. La cogió, la acercó a la lámpara que se balanceaba colgada del techo y
leyó a quién iba dirigida.
Las señas
del destinatario estaban redacta-das así:
Al
capitán Henry d'Albaret, comandante de la corbeta Syphanta, en el mar.
Henry
d'Albaret creyó reconocer aquella es-critura. Se parecía, en efecto, a la de la
carta que había recibido en Scio, por la cual se le infor-maba de que había una
plaza libre a bordo de la corbeta.
He aquí
el contenido de la carta, llegada esta vez de modo tan singular, cuando estaban
fue-ra de toda línea de comunicaciones postales:
Si el
comandante D'Albaret tiene a bien dis-poner su plan de campaña a través del
Archi-piélago de manera que se encuentre en los pa-rajes de la isla de
Escarpanto en la primera se-mana de septiembre, habrá actuado en bien de todos
y en beneficio de los intereses que le han sido confiados.
No había
ninguna fecha y, como la carta lle-gada a Scio, no estaba firmada. Cuando Henry
d'Albaret las hubo comparado, pudo conven-cerse de que ambas eran de la misma
mano.
¿Cómo
explicar aquello? El correo le había remitido la primera carta. Pero quien
había dejado aquélla sobre la mesa podía ser tan sólo una persona de a bordo.
Así pues, o bien esa persona la tenía en su posesión desde el princi-pio de la
campaña, o bien le había llegado en una de las últimas escalas de la Syphanta.
Además, aquella carta no estaba allí cuando el comandante había dejado el
comedor de oficia-les, una hora antes, para ir al puente a dar las
instrucciones
para la noche. Así que, necesaria-mente, la habían dejado sobre la mesa del
co-medor hacía menos de una hora.
Henry
d'Albaret llamó.
Apareció
un timonel.
-¿Quién
ha venido aquí mientras yo estaba en cubierta? -preguntó Henry d'Albaret.
-Nadie,
mi comandante -respondió el mari-nero.
-¿Nadie?...
Pero ¿no podría alguien haber entrado aquí sin que tú lo hubieses visto?
-No, mi
comandante, porque no me he apar-tado de la puerta ni un solo instante.
-¡Está
bien!
El
timonel se retiró, después de haberse lle-vado la mano a la boina.
«Es
verdad -se dijo Henry d'Albaret-, me pa-rece imposible que un hombre de a bordo
haya podido entrar por la puerta sin haber sido vis-to. Pero, a la caída de la
noche, ¿no habría po-dido alguien deslizarse hasta la galería exterior y entrar
por una de las ventanas del comedor?»
Henry
d'Albaret fue a verificar el estado de las portas que se abrían en el espejo de
popa de la corbeta. Pero aquellas ventanas, así como las de su habitación,
estaban cerradas por dentro. Era, pues, manifiestamente imposible que una
persona, viniendo del exterior, hubiese podido pasar por una de aquellas
aberturas.
Aquello,
en suma, no era algo que pudiese causar la menor inquietud a Henry d'Albaret;
sorpresa, como mucho, y tal vez ese sentimien-to de curiosidad no satisfecha
que se experi-menta ante un hecho difícilmente explicable. Lo cierto es que, de
alguna manera, la carta anó-nima había llegado a su destinatario y que ese
destinatario no era otro que el comandante de la Syphanta.
Henry
d'Albaret, después de haber reflexio-nado sobre ello, resolvió no decir nada en
rela-ción con este asunto, ni siquiera al segundo de la corbeta. ¿De qué le
habría servido hablar? Su misterioso corresponsal, quienquiera que fuese, no se
daría a conocer, eso era seguro.
Pero
¿tendría en cuenta el comandante el aviso contenido en aquella carta?
«¡Por
supuesto! -se dijo-. Quien me escribió la primera vez, en Scio, no me engañó al
asegu-rarme que había una plaza vacante en el estado mayor de la Syphanta. ¿Por
qué me engañaría la segunda invitándome a aproximarme a la isla de Escarpanto
en la primera semana de septiembre? ¡Si lo hace, sólo puede ser en inte-rés de
la misión que se me ha confiado! ¡Sí! ¡Modificaré mi plan de campaña y estaré,
en la fecha fijada, allí donde se me dice que esté!»
Henry
d'Albaret guardó con mucho cuidado la carta que le daba aquellas nuevas
instruccio-nes; luego, después de haber tomado sus ma-pas, se puso a estudiar
un nuevo plan de cruce-ro, con objeto de ocupar los cuatro meses que restaban
hasta finales de agosto.
La isla
de Escarpanto está situada en el su-deste, en el otro extremo del Archipiélago,
es decir, a unas cien leguas en línea recta. No le faltaría tiempo a la
corbeta, por lo tanto, para
visitar
las diversas costas de Morea, donde los piratas encontraban tan fácilmente
refugios, así como todo el grupo de las Cícladas, disemina-das entre la entrada
del golfo de Egina y la isla de Creta.
En suma,
aquella obligación de encontrarse en las inmediaciones de Escarpanto en la
época indicada no iba a modificar apenas el itinerario establecido ya por el
comandante D'Albaret. Haría lo que había decidido hacer, sin tener que suprimir
nada de su programa. Por eso, el día 20 de mayo, después de haber inspeccionado
las pequeñas islas de Pelerisa, Peperi, Sarakino y Skantxura, al norte de
Negroponto, la Syp-hanta se dirigió hacia Skiro.
Skiro es
una de las más importantes entre las nueve islas que forman este grupo, del que
la Antigüedad habría debido hacer tal vez el do-minio de las nueve musas. En su
puerto de San Jorge, seguro, vasto, de buen fondeo, la tripula-ción de la
corbeta pudo fácilmente abastecerse de víveres frescos, corderos, perdices,
trigo,
cebada, y
aprovisionarse de aquel excelente vino que es una de las grandes riquezas del
país. Esta isla, muy relacionada con los aconte-cimientos semimitológicos de la
guerra de Tro-ya, en la que destacaron los nombres de Lico-medes, Aquiles y
Ulises, iba a retornar pronto al nuevo reino de Grecia en la eparquía de
Eu-bea.
Como las
riberas de Skiro están extremada-mente recortadas en ensenadas y calas, en las
cuales los piratas pueden fácilmente encontrar protección, Henry d'Albaret las
hizo explorar minuciosamente. Mientras que la corbeta se ponía al pairo a una
distancia de algunos ca-bles, sus embarcaciones no dejaron ni un solo rincón
sin escudriñar.
De esta
severa exploración no resultó nada. Aquellos refugios estaban desiertos. La
única información que el comandante D'Albaret re-cogió de las autoridades de la
isla fue ésta: un mes antes, en aquellos mismos parajes, varios buques
mercantes habían sido atacados, sa-
queados y
destruidos por un barco que nave-gaba bajo pabellón pirata y aquel acto de
pira-tería se atribuía al famoso Sacratif. Pero nadie habría podido decir en
qué se basaba aquella afirmación, tan grande era la incertidumbre en relación
con la existencia misma de aquel per-sonaje.
La
corbeta abandonó Skiro, después de cinco o seis días de descanso. Hacia finales
de mayo se acercó a las costas de la gran isla de Eubea, también llamada
Negroponto, cuyos alrededo-res examinó cuidadosamente a lo largo de más de
cuarenta leguas.
Es sabido
que esta isla fue una de las prime-ras en sublevarse, al inicio mismo de la
guerra, en 1821; pero los turcos, después de haberse encerrado en la ciudadela
de Negroponto, se mantuvieron allí con una tenaz resistencia, al tiempo que se
atrincheraban en la de Karistos. Luego, reforzados por las tropas del bajá
Yusuf, se desperdigaron por la isla y se entregaron a sus matanzas habituales,
hasta el momento en
que un
jefe griego, Diamantis, consiguió dete-nerlos en septiembre de 1823. Habiendo
ataca-do a los soldados otomanos por sorpresa, mató al mayor número posible de
ellos y obligó a los fugitivos a cruzar de nuevo el estrecho para refugiarse en
Tesalia.
Pero, a
fin de cuentas, la ventaja siguió sien-do de los turcos, que eran superiores en
núme-ro. Después de una vana tentativa del coronel Fabvier y del jefe de
escuadrón Regnaud de Saint-Jean d'Angély, en 1826, se adueñaron definitivamente
de toda la isla.
Estaban
allí todavía en el momento en que la Syphanta pasó a la vista de Negroponto.
Desde la cubierta de su barco, Henry d'Albaret pudo volver a ver aquel
escenario de una lucha san-grienta, en la cual había tomado parte
perso-nalmente. Entonces ya no se luchaba en la isla y, después del
reconocimiento del nuevo reino, Eubea, con sus sesenta mil habitantes, iba a
formar una de las monarquías de Grecia.
Por más
que patrullar aquel mar, casi bajo
los
cañones turcos, fuera extremadamente peli-groso, la corbeta no dejó por ello de
proseguir su viaje y destruyó una veintena de navíos pi-ratas que se
aventuraban hasta el grupo de las Cícladas.
Aquella
expedición le llevó la mayor parte de junio. Luego se dirigió hacia el sudeste.
En los últimos días del mes, se encontraba a la al-tura de Andros, la primera
de las Cícladas, si-tuada en el extremo de Eubea, isla patriota cu-yos
habitantes se sublevaron, al mismo tiempo que los de Psara, contra la
dominación otoma-na.
Desde
allí, el comandante D'Albaret, juz-gando apropiado modificar su rumbo, a fin de
acercarse a las costas del Peloponeso, se dirigió sin vacilar hacia el
sudoeste. El 2 de julio llega-ba a la isla de Zea, la antigua Kéos o Kos,
do-minada por la alta cima del monte Elia.
La
Syphanta recaló, durante algunos días, en el puerto de Zea, uno de los mejores
de aque-llos parajes. Allí, Henry d'Albaret y sus oficiales
volvieron
a encontrar a varios de aquellos vale-rosos zeotas, que habían sido sus
compañeros de armas durante los primeros años de la gue-rra. De ahí que la
acogida brindada a la corbeta fuera de lo más cordial. Pero, como ningún pirata
podía haber tenido la idea de refugiarse en las calas de la isla, la Syphanta
no tardó en reanudar su viaje, doblando, el 5 de julio, el cabo de las
Columnas, en la punta sudeste del Ática.
Durante
el fin de semana, la navegación fue más lenta, por falta de viento a la entrada
de ese golfo de Egina que corta tan profundamen-te la tierra de Grecia hasta el
istmo de Corinto. Hubo que vigilar con una extrema atención. La Syphanta, casi
siempre detenida por la calma chicha, no podía avanzar ni en una dirección ni
en otra. De modo que, en aquellos mares fre-cuentados por los piratas, si
algunos centenares de embarcaciones la hubiesen abordado a re-mo, habría tenido
grandes dificultades para defenderse. Por eso, la tripulación se mantuvo
preparada
para rechazar cualquier ataque, y tenía buenos motivos para hacerlo.
Vieron,
en efecto, acercarse varios botes, de cuyas intenciones no cabía dudar; pero no
se atrevieron a desafiar desde demasiado cerca los cañones y los mosquetes de
la corbeta.
El 10 de
julio, el viento volvió a soplar del norte, circunstancia favorable para la
Syphanta, que, después de haber pasado casi frente a la pequeña ciudad de
Damala, dobló rápidamente el cabo Skyli, en la punta extrema del golfo de
Nauplia.
El 11,
aparecía delante de Hidra y, al cabo de dos días, delante de Spetzia. No es
necesario insistir en la destacada intervención de los habitantes de esas dos
islas en la guerra de la Independencia. Al principio, los hidriotas, los
spetziotas y sus vecinos, los ipsariotas, poseían más de trescientos buques
mercantes. Después de haberlos transformado en barcos de guerra, los lanzaron,
no sin éxito, contra las flotas oto-manas. Aquélla fue la cuna de las familias
Conduriotis,
Tombasis, Miaulis, Orlandos y tantas otras de ilustre origen, que pagaron
pri-mero con su fortuna y luego con su sangre aquella deuda con la patria. De
allí partieron aquellos temibles brulotes16[16] que se convirtie-ron pronto en
el terror de los turcos. Por eso, a pesar de las revueltas en el interior, su
suelo nunca fue hollado por el pie de los opresores.
En el
momento en que Henry d'Albaret las visitó, comenzaban a retirarse de una lucha
ya muy amortiguada por una parte y por otra. Ya no estaba lejos la hora en la
cual iban a unirse al nuevo reino, formando dos eparquías del de-partamento de
Corintia y del de la Argólida.
El 20 de
julio, la corbeta recaló en el puerto de Hermópolis, en la isla de Sira, la
patria del fiel Eumeo, tan poéticamente cantado por Homero. En la época en la
que transcurre esta historia, servía todavía como refugio a todos
16[16]
Barco cargado de materias inflamables que se lanza-ba sobre los barcos enemigos
para incendiarlos.
aquellos
que habían sido expulsados del conti-nente por los turcos. Sira, cuyo obispo
católico está todavía bajo la protección de Francia, puso todos sus recursos a
disposición de Henry d'Al-baret. En ningún puerto de su país hubiese
en-contrado el joven comandante mejor ni más cordial acogida.
Una sola
pena enturbiaba aquella alegría que sentía al verse tan bien recibido: la de no
haber llegado tres días antes.
En
efecto, en una conversación que mantuvo con el cónsul de Francia, éste le
informó de que una sacoleva, que llevaba el nombre de Karysta y navegaba bajo
pabellón griego, acababa de abandonar el puerto, sesenta horas antes. De ahí
podía concluirse que la Karysta, huyendo de la isla de Tasos, durante el
combate de la corbeta con los piratas, se había dirigido hacia los parajes
meridionales del Archipiélago.
-Pero ¿se
sabe tal vez adónde ha ido? - preguntó vivamente interesado Henry d'Alba-ret.
-Según he
oído decir -respondió el cónsul-, ha debido de tomar rumbo hacia las islas del
sudeste, si es que no se dirige incluso hacia uno de los puertos de Creta.
-¿No
habéis tenido ninguna relación con su capitán? -preguntó Henry d'Albaret.
-Ninguna,
comandante.
-¿Y no
sabéis si ese capitán se llamaba Nico-las Starkos?
-Lo
ignoro.
-¿Y no
había nada que pudiera hacer sospe-char que esa sacoleva formase parte de la
floti-lla de los piratas que infestan esta parte del Archipiélago?
-Nada;
pero si es así -respondió el cónsul-, no sería extraño que hubiese dado la vela
hacia Creta, algunos de cuyos puertos están siempre abiertos a esos corsarios.
Esta
noticia no dejó de causar al comandante de la Syphanta una profunda emoción,
como todo lo que podía relacionarse directa o indirec-tamente con la
desaparición de Hadjine Eli-
zundo. En
verdad, había sido mala suerte haber llegado tan poco tiempo después de la
partida de la sacoleva. Pero, puesto que había tomado rumbo al sur, quizá la
corbeta, que debía seguir esa dirección, conseguiría alcanzarla. Así que Henry
d'Albaret, que tan ardientemente desea-ba encontrarse frente a Nicolas Starkos,
aban-donó Sira la noche del mismo 21 de julio, des-pués de haber zarpado con
una brisa suave, que no podía sino arreciar, según las indicacio-nes del
barómetro.
Durante
quince días, es preciso reconocerlo, el comandante D'Albaret buscó la sacoleva
al menos tanto como a los piratas. Decididamente, en su mente, la Karysta
merecía ser tratada co-mo aquéllos y por las mismas razones. Llegado el caso,
ya vería lo que debía hacer.
Sin
embargo, a pesar de sus pesquisas, la corbeta no consiguió encontrar las
huellas de la sacoleva. En Naxos visitaron todos los puertos de la isla, y la
Karysta no había recalado en ninguno de ellos. En medio de los islotes y es-
collos
que rodean esta isla, no tuvieron mejor suerte. Por otra parte, la ausencia de
corsarios era total, y eso en unos parajes que frecuenta-ban de buen grado. El
comercio entre estas ri-cas Cícladas es considerable y las opor-tunidades de
saqueo habrían debido atraerlos particularmente hacia allí.
Lo mismo
sucedió en Paros, separada de Naxos por un simple canal de siete millas de
ancho. Ni el puerto de Parkia, ni los de Naussa, Santa María, Agoula y Dico
habían_ recibido la visita de Nicolas Starkos. Sin duda, tal como había dicho
el cónsul de Sira, la sacoleva había debido de dirigirse hacia una de las
puntas del litoral de Creta.
El 9 de
agosto, la Syphanta fondeaba en el puerto de Milo. Esta isla, rica hasta
mediados del siglo XVIII y empobrecida después a conse-cuencia de las
conmociones volcánicas, está ahora envenenada por los vapores malignos del
suelo, y su población tiende a reducirse cada vez más.
Allí, las
pesquisas fueron igualmente inúti-les. No solamente la Karysta no había hecho
acto de presencia, sino que ni siquiera encon-traron a un solo pirata a quien
dar caza, de aquellos que esquilmaban habitualmente el mar de las Cícladas.
Verdaderamente, era para preguntarse si la llegada de la Syphanta, anun-ciada
oportunamente, no les daba tiempo para emprender la huida. La corbeta había
hecho suficiente daño a los del norte del Archipiélago para que los del sur
quisiesen evitar encon-trarse con ella. En fin, por una razón o por otra, jamás
aquellos parajes habían sido tan seguros. Parecía que los buques mercantes
podrían en adelante navegar por ellos con toda garantía. Algunos de aquellos
grandes barcos de cabota-je, jabeques, paquebotes, polacras, tartanas,
fa-luchos o carabelas que encontraron por el ca-mino fueron interrogados; pero
de las respues-tas de sus patrones o capitanes el comandante D'Albaret no pudo
sacar nada que pudiese aclararle las cosas.
Entretanto,
era ya el 14 de agosto. No que-daban más que dos semanas para llegar a la isla
de Escarpanto, antes de los primeros días de septiembre. Habiendo salido del
grupo de las Cícladas, la Syphanta sólo tenía que picar recto hacia el sur a lo
largo de setenta u ochenta le-guas. Aquella mar se halla cerrada por la larga
tierra de Creta y ya las más altas cimas de la
isla,
envueltas de nieves y perpetuas, se mostraban por encima del horizonte.
El
comandante D'Albaret decidió poner rumbo en esa dirección. Después de llegar a
la vista de Creta, no tendría más que ir hacia el este para alcanzar
Escarpanto.
Con todo,
tras dejar Milo, la Syphanta avan-zó todavía vía hacia el sudeste hasta la isla
de Santorin y exploró hasta los menores pliegues de aquellos acantilados
negruzcos. Parajes peli-grosos, en los cuales puede surgir a cada ins-tante un
nuevo escollo, empujado por los fue-gos volcánicos. Luego, tomando como punto
de referencia el antiguo monte Ida, el moderno
Psiloritis,
que domina Creta con sus más de siete mil pies, la corbeta navegó en línea
recta a barlovento, impulsada por una buena brisa de oestenoroeste, que le
permitió desplegar todo su velamen.
Al cabo
de dos días, el 16 de agosto, las altu-ras de esta isla, la más grande de todo
el Archi-piélago, se destacaban sobre un horizonte claro con sus pintorescos
recortes, desde el cabo Spa-ta hasta el cabo Stavros. Un brusco recodo de la
costa escondía aún la escotadura en cuyo fondo se encuentra Candía, la capital.
-¿Es
vuestra intención, mi comandante - preguntó el capitán Todros-, recalar en uno
de los puertos de la isla?
-Creta
está todavía en manos de los turcos - respondió Henry d'Albaret- y creo que no
te-nemos nada que hacer ahí. Según las noticias que me dieron en Sira, los
soldados de Mustafá, después de haberse apoderado de Rétimon, se han convertido
en los amos de todo el país, a pesar del valor de los sfakiotas.
-Valientes
montañeses, esos sfakiotas -dijo el capitán Todros-, y desde el principio de la
gue-rra se han ganado, con toda justicia, una gran reputación de coraje...
-Sí, de
coraje... y de avidez, Todros - respondió Henry d'Albaret-. Hace apenas dos
meses, tenían la suerte de Creta en sus manos. Mustafá y los suyos,
sorprendidos por ellos, iban a ser exterminados; pero, siguiendo sus órdenes,
sus soldados lanzaron joyas, adornos, armas valiosas, todo lo más precioso que
lleva-ban consigo, y mientras los sfakiotas se des-bandaban para recoger esos
objetos, los turcos pudieron escapar a través del desfiladero en el cual debían
encontrar la muerte.
-Eso es
muy triste, pero, después de todo, mi comandante, los cretenses no son
absolutamen-te griegos.
Que nadie
se extrañe al oír al segundo de la Syphanta, que era de origen helénico,
utilizar este lenguaje. No sólo los cretenses, por grande que hubiese sido su
patriotismo, no eran grie-
gos a sus
ojos, sino que tampoco iban a entrar en la formación definitiva del nuevo
reino. Al igual que Samos, Creta iba a permanecer bajo la dominación otomana,
al menos hasta 1832, época en la que el sultán había de ceder a Mehmet-Alí
todos sus derechos sobre la isla.
Así pues,
en aquellas circunstancias, el co-mandante D'Albaret no tenía ningún interés en
entrar en comunicación con los diversos puer-tos de Creta. Candía se había
convertido en el principal arsenal de los egipcios y desde allí había lanzado
el bajá a sus salvajes soldados sobre Grecia. En cuanto a La Canea, su
pobla-ción, por instigación de las autoridades otoma-nas, habría podido dar una
mala acogida al pabellón corfiota que ondeaba en el pico de la Syphanta.
Finalmente, ni en Hierapetra ni en Suda, ni en Cisamos, hubiese obtenido Henry
d'Albaret información alguna que hubiese po-dido permitirle coronar su crucero
con alguna captura importante.
-No -dijo
el capitán Todros-, me parece inútil
rastrear
la costa septentrional, pero podríamos rodear la isla por el noroeste, doblar
el cabo Spata y navegar un día o dos por las aguas de Grabusa.
Era
evidentemente la mejor solución. En aquellas aguas de mala fama, la Syphanta
en-contraría tal vez la ocasión, que le había sido negada desde hacía más de un
mes, de mandar algunas andanadas a los piratas del Ar-chipiélago.
Además,
si la sacoleva, como era de creer, se había dado a la vela hacia Creta, no era
imposi-ble que hubiera recalado en Grabusa. Razón de más para que el comandante
D'Albaret quisiese inspeccionar los accesos a ese puerto.
En
aquella época, en efecto, Grabusa era to-davía un nido de corsarios. Unos siete
meses atrás, había hecho falta nada menos que una flota anglofrancesa y un
destacamento de regu-lares griegos bajo el mando de Mavrocordato para dar
cuenta de esta guarida de criminales. Y lo insólito de este caso fue que las
mismas
autoridades
cretenses rehusaron entregar a una docena de piratas, reclamados por el
coman-dante de la escuadra inglesa. Por eso, éste se vio obligado a abrir fuego
contra la ciudadela, quemar varios buques y realizar un desembar-co para
obtener satisfacción.
Era,
pues, natural suponer que, desde la par-tida de la escuadra aliada, los piratas
habían debido de refugiarse preferentemente en Gra-busa, puesto que allí
encontraban tan inespera-dos apoyos. De modo que Henry d'Albaret se decidió a
llegar a Escarpanto siguiendo la costa meridional de Creta, con el fin de pasar
por delante de Grabusa. Dio, pues, sus órdenes, y el capitán Todros se apresuró
a hacerlas ejecutar.
El tiempo
era tan bueno como se podía de-sear. Además, en aquel agradable clima,
di-ciembre es el principio del invierno y enero es el final. ¡Isla afortunada,
aquella Creta, patria del rey Minos y del ingeniero Dédalo! ¿Acaso no era allí
adonde Hipócrates enviaba a su rica clientela de Grecia, país que recorría
enseñando
el arte
de curar?
La
Syphanta, orientada todo a ceñir, orzó para doblar el cabo Spata, que se
proyecta al extremo de la lengua de tierra que se alarga entre la bahía de La
Canea y la bahía de Kisa-mo. Pasaron el cabo a la caída de la tarde. Du-rante
la noche -una de esas noches de Oriente, tan transparentes-, la corbeta rodeó
la punta extrema de la isla. Un giro de viento le bastó para retomar la
dirección sur y, por la mañana, con velamen reducido, avanzaba
dando
pequeñas bordadas por delante de la entrada de Grabusa.
Durante
seis días, el comandante D'Albaret inspeccionó detenidamente toda aquella costa
occidental de la isla, comprendida entre Grabu-sa y Kisamo. Varios navíos
salieron del puerto, faluchos o jabeques mercantes. La Syphanta abordó algunos
para «conversar» con sus tripu-lantes, y no tuvo motivos para sospechar de sus
respuestas. Frente a las preguntas que les hicie-ron acerca de los piratas que
podían haber en-
contrado
refugio en Grabusa se mostraron, por otra parte, extremadamente reservados. Se
veía que temían comprometerse. Henry d'Albaret no pudo ni siquiera saber a
ciencia cierta si la sacoleva Karysta se encontraba en aquel mo-mento en el
puerto.
La
corbeta aumentó entonces su campo de exploración. Visitó los parajes
comprendidos entre Grabusa y el cabo Krio. Luego, el 22, con una brisa moderada
que arreciaba de día y amollaba de noche, dobló el cabo y comenzó a seguir
desde lo más cerca posible el litoral del mar de Libia, de un perfil menos
atormentado, menos recortado y menos erizado de promon-torios y puntas que el
del mar de Creta, en la costa opuesta. Hacia el horizonte norte se ex-tendía la
cadena de montañas de Asprovuna, dominada al este por el poético monte Ida,
cu-yas nieves resisten eternamente al sol del Ar-chipiélago.
Varias
veces, sin recalar en ninguno de aque-llos pequeños puertos de la costa, la
corbeta se
estacionó
a una media milla de Rumeli, Anopo-li, Sfakia; pero los vigías de a bordo no
pudie-ron divisar ni un solo barco de piratas en los parajes de la isla.
El 27 de
agosto, la Syphanta, después de haber seguido los contornos de la gran bahía de
Messara, doblaba el cabo Matala, la punta más meridional de Creta, cuya
anchura, en este punto, es de diez u once leguas a lo sumo. No parecía que
aquella exploración fuese a tener el menor resultado útil para el crucero. En
efecto, pocos navíos intentan atravesar el mar de Libia por aquella latitud. O
bien navegan más al nor-te, a través del Archipiélago, o bien eligen una ruta
más al sur, acercándose a las costas de Egipto. Así pues, apenas se veían otros
barcos que no fueran embarcaciones de pesca, fondea-das cerca de las rocas, y,
de vez en cuando, al-gunas de esas largas barcas, cargadas de cara-coles de
mar, especie de moluscos muy busca-dos que se envían a todas las islas en
enormes cantidades.
Pero si
la corbeta no había encontrado nada en aquella parte del litoral que termina en
el cabo Matala, donde los numerosos islotes pue-den esconder a tantos barcos
pequeños, tampo-co era probable que tuviese mejor suerte en la segunda mitad de
la costa meridional. Henry d'Albaret estaba, pues, a punto de decidirse a poner
rumbo directamente hacia Escarpanto, aun a riesgo de encontrarse allí un poco
más pronto de lo que marcaba la misteriosa carta, cuando, en el atardecer del
29 de agosto, sus proyectos se vieron modificados.
Eran las
seis. El comandante, el segundo y algunos oficiales estaban reunidos sobre la
tol-dilla, observando el cabo Matala. En ese mo-mento se oyó la voz de uno de
los gavieros, que estaba de vigía sobre las crucetas del juanete de proa:
-¡Buque a
babor por avante!
Los
catalejos se dirigieron enseguida hacia el punto indicado, a varias millas por
la parte de proa de la corbeta.
-En
efecto -dijo el comandante D'Albaret-, ahí hay un barco que navega cerca de
tierra...
-¡Y que
debe de conocerla muy bien, puesto que la arrancha de tan cerca! -añadió el
capitán Todros.
-¿Ha
izado su pabellón?
-No, mi
comandante -respondió uno de los oficiales.
-¡Preguntad
a los vigías si es posible saber cuál es la nacionalidad de ese navío!
Sus
órdenes fueron ejecutadas. Algunos ins-tantes más tarde, se le respondía que
ningún pabellón ondeaba en el pico de aquel barco, ni tampoco en el extremo
superior de su arbola-dura.
No
obstante, había aún suficiente claridad para que se pudiese, a defecto de su
nacionali-dad, estimar al menos cuál era su fuerza.
Era un
bergantín, cuyo palo mayor se incli-naba sensiblemente hacia popa.
Extremada-mente largo, muy fino de formas, desmesura-damente arbolado, podía
tener, por lo que era
posible
apreciar a aquella distancia, una capa-cidad de entre setecientas y ochocientas
tonela-das y debía de tener una marcha excepcional bajo cualquier facha velera.
Pero ¿estaba arma-do para la guerra?, ¿tenía artillería en la cubier-ta?,
¿estaban sus empavesadas horadadas de escotillas, cuyos portalones hubiesen
sido baja-dos? Eso fue lo que los mejores catalejos de a bordo no pudieron
distinguir.
En
efecto, una distancia de cuatro millas, al menos, separaba entonces el
bergantín de la corbeta. Además, el sol acababa de desaparecer detrás de las
alturas de los Asprovuna, empe-zaba a hacerse de noche y la oscuridad, junto a
la costa, era ya profunda.
-¡Un
barco singular! -dijo el capitán Todros.
-¡Se
diría que intenta pasar entre la isla Pla-tana y la costa! -añadió uno de los
oficiales.
-¡Sí!
¡Como un navío que lamentara haber sido visto -respondió el segundo- y quisiese
esconderse!
Henry
d'Albaret no contestó; pero, eviden-temente, compartía la opinión de sus
oficiales. La maniobra del bergantín, en aquel momento, no dejaba de parecerle
sospechosa.
-Capitán
Todros -dijo al fin-, es importante no perder la pista de ese navío durante la
no-che. Vamos a ma
niobrar
de modo que permanezcamos en sus aguas hasta el día. Pero, como él no tiene que
vernos, haréis apagar todos los faroles de a bordo.
El
segundo dio órdenes en consecuencia. Continuaron observando el bergantín,
mientras fue visible bajo la altura de la costa que lo am-paraba. Cuando se
hizo de noche, desapareció completamente y ninguna luz permitió deter-minar su
posición.
Al día
siguiente, desde los primeros res-plandores del alba, Henry d'Albaret estaba en
la proa de la Syphanta, esperando que se levan-tara la bruma de la superficie
del mar.
Hacia las
siete, la niebla se disipó, y todos
los
anteojos se dirigieron hacia el este.
El
bergantín iba todavía pegado a tierra, cos-teándola, a la altura del cabo
Alikaporita, a seis millas más o menos delante de la corbeta. Le había, pues,
sacado una ventaja sensible duran-te la noche, y ello sin que hubiese añadido
nada al velamen de la víspera, trinquete, gavia y ve-lacho y juanete de proa.
Había dejado la vela mayor y la cangreja de popa sobre sus cargade-ras.
-No es en
absoluto la facha velera de un bar-co que intentase huir -observó el segundo.
-¡No
importa! -respondió el comandante-. ¡Procuremos verlo de más cerca! Capitán
To-dros, haced avanzar hacia el bergantín.
Al
silbido del contramaestre, se largaron las velas altas y la velocidad de la
corbeta se acre-centó notablemente.
Pero, sin
duda, el bergantín quería mantener la distancia, pues se limitó a largar su
cangreja de popa y su juanete mayor. Si bien no quería permitir que la Syphanta
se le acercase, proba-
blemente
tampoco quería dejarla atrás. De to-dos modos, se mantuvo cerca de la costa,
arri-mándose a ella tanto como le era posible.
Hacia las
diez de la mañana, sea porque se hubiese visto más favorecida por el viento,
sea porque el navío desconocido hubiera consenti-do en dejar que se adelantara
un poco, la corbe-ta le había ganado cuatro millas.
Entonces
pudieron observarlo en mejores condiciones. Estaba armado de unas veinte
carronadas y debía de tener un entrepuente, aunque muy bajo, a ras de agua.
-¡Izad el
pabellón! -dijo Henry d'Albaret.
El
pabellón fue izado al pico de cangreja, y fue apoyado por un cañonazo. Aquello
signifi-caba que la corbeta quería conocer la nacionali-dad del navío que tenía
a la vista. Pero aquella señal no recibió ninguna respuesta. El bergan-tín no
modificó ni su dirección ni su velocidad y subió un cuarto con el fin de doblar
la bahía de Keraton.
-¡No es
muy educado que digamos, ese bar-
bián!
-dijeron los marineros.
-¡Pero
tal vez sí sea prudente! -respondió un viejo gaviero de trinquete-. ¡Con su
palo mayor inclinado, tiene el aspecto de llevar el sombrero metido hasta las
orejas y de no querer usarlo para saludar a la gente!
Un
segundo cañonazo partió de la porta de caza de la corbeta, inútilmente. El
bergantín no se puso en absoluto al pairo, y continuó tran-quilamente su ruta,
sin preocuparse de las ór-denes de la corbeta, como si ésta no existiera.
Se
produjo entonces entre los dos barcos una verdadera carrera de velocidad. A
bordo de la Syphanta, todo el velamen había sido desple-gado, bonetas, sosobre,
todo, hasta la vela de cebadera. Pero el bergantín forzó también su velamen y
mantuvo imperturbablemente la distancia.
-¡Por lo
visto, tiene una mecánica endiablada dentro del vientre! -exclamó el viejo
gaviero.
La verdad
es que la gente empezaba a enfu-recerse a bordo de la corbeta, no solamente la
tripulación,
sino también los oficiales, y más que ninguno, el impaciente Todros. ¡Dios!
¡Hubiera dado su parte del botín por poder posesionarse de aquel bergantín,
cualquiera que fuese su nacionalidad!
La
Syphanta estaba armada en la proa con una pieza de muy largo alcance, que podía
en-viar una bala llena con treinta libras de metralla a una distancia de casi
dos millas.
El
comandante D'Albaret, sosegado, al me-nos en apariencia, dio la orden de
disparar.
Se lanzó
el cañonazo, pero la bala, después de haber rebotado, fue a caer a unas veinte
bra-zas del bergantín.
Éste, por
toda respuesta, se contentó con aparejar sus bonetas altas y acrecentó
ensegui-da la distancia que lo separaba de la corbeta.
¿Tendrían,
pues, que renunciar a alcanzarlo, ya fuera forzando la marcha, ya fuera
lanzán-dole proyectiles? ¡Aquello era humillante para un velero tan bueno como
la Syphanta!
Entretanto,
se hizo de noche. La corbeta se
encontraba
entonces, más o menos, a la altura del cabo Peristera. La brisa arreció, lo
bastante para que fuera necesario recoger las bonetas y establecer un velamen
de noche más conve-niente.
El
comandante pensaba que, cuando llegase el día, ya no se vería nada de aquel
navío, ni siquiera el extremo de sus mástiles, que queda-rían ocultos más allá
del horizonte al este o tras algún saliente de la costa.
Se
equivocaba.
Al salir
el sol, el bergantín estaba todavía allí, llevaba la misma marcha y había
conserva-do la distancia. Se hubiera dicho que regulaba su velocidad en función
de la de la corbeta.
-¡Si nos
llevase a remolque -se decía en el castillo de proa-, sería lo mismo!
Nada más
cierto.
En aquel
momento, el bergantín, después de haber entrado en el canal Kuphonisi entre la
isla de este nombre y la tierra, rodeaba la punta de Kakialithi, a fin de
costear la parte oriental
de Creta.
¿Iba,
pues, a refugiarse en algún puerto o a desaparecer al fondo de uno de aquellos
estre-chos canales del litoral?
No hizo
ni una cosa ni otra.
A las
siete de la mañana, el bergantín ponía rumbo resueltamente hacia el noreste y
se lan-zaba mar adentro.
«¿Se
dirigirá acaso hacia Escarpanto?», se preguntó Henry d'Albaret, no sin
sorpresa.
Y,
empujado por una brisa que arreciaba ca-da vez más, a riesgo de hacer caer una
parte de su arboladura, continuó con aquella intermina-ble persecución, que el
interés de su misión, no menos que el honor de su barco, le ordenaba no
abandonar.
Allí, en
aquella parte del Archipiélago, abierta ampliamente a todos los puntos de la
brújula, en medio de aquel vasto mar que ya no cubrían las alturas de Creta, la
Syphanta pare-ció, al principio, sacarle de nuevo algo de ven-taja al
bergantín. Hacia la una de la tarde, la
distancia
entre un navío y el otro se había redu-cido a menos de tres millas. Todavía
lanzaron algunas balas; pero éstas no pudieron alcanzar su objetivo ni
provocaron modificación alguna en la marcha del bergantín.
Ya las
cimas de Escarpanto aparecían en el horizonte, detrás de la pequeña isla de
Caso, que pende de la punta de la isla como Sicilia pende de la punta de
Italia.
Al
comandante D'Albaret, a sus oficiales y su tripulación les cabía entonces
esperar que acabarían por conocer aquel misterioso navío, lo bastante descortés
para no responder ni a las señales ni a los proyectiles.
Pero
hacia las cinco de la tarde, habiendo arrollado la brisa, el bergantín recuperó
toda su ventaja.
-¡Ah!
¡Maldito sea!... ¡El diablo está de su parte!... ¡Se nos va a escapar! -exclamó
el capi-tán Todros.
Y
entonces, todo lo que puede hacer un ma-rino experimentado con el fin de
aumentar la
velocidad
de su navío, rociar las velas para apretar el tejido, colgar hamacas, cuyo
vaivén puede imprimir un balanceo favorable a la marcha, todo fue puesto en
práctica, no sin cier-to éxito. Efectivamente, hacia las siete, un poco después
de la puesta de sol, dos millas, como mucho, separaban los dos barcos.
Pero la
noche llega pronto en esta latitud. El crepúsculo es de corta duración. Habría
hecho falta acrecentar aún más la velocidad de la cor-beta para alcanzar el
bergantín antes de la no-che.
En aquel
momento, éste pasaba entre los is-lotes de Caso-Poulo y la isla de Caso. Luego,
a la vuelta de esta última, al fondo del estrecho canalizo que la separa de
Escarpanto, dejaron de verlo.
Media
hora más tarde, la Syphanta llegaba al mismo lugar, arrimándose a tierra para
mante-nerse a barlovento. Había aún luz suficiente para que fuese posible
distinguir un navío de aquella envergadura en un radio de varias mi-
llas.
El
bergantín había desaparecido.
12
Una
subasta en Escarpanto
Si Creta,
como relata la fábula, fue en otro tiempo la cuna de los dioses, la antigua
Carpa-tos, hoy en día Escarpanto, fue la de los titanes, sus adversarios más
audaces. Aunque no ata-quen más que a simples mortales, los piratas modernos no
dejan de ser por ello los dignos descendientes de aquellos malhechores
mitoló-gicos, que no vacilaron en subir a asaltar el Olimpo. Pues bien, en esa
época, parecía que los corsarios de todas clases hubiesen hecho su cuartel
general de esta isla, donde nacieron los cuatro hijos de Jápeto, nieto de Titán
y de la Tierra.
Y, en
verdad, Escarpanto se prestaba magní-
ficamente
a las maniobras que exigía el oficio de pirata en el Archipiélago. Está situada
en el extremo sudeste de estos mares, casi aislada y a más de cuarenta millas
de la isla de Rodas. Sus altas cumbres permiten divisarla de lejos. A lo largo
de las veinte leguas de su perímetro, se recorta, se escota y se hunde en
hendiduras múltiples, protegidas por una infinidad de es-collos. Si ha dado su
nombre a las aguas que la bañan, es porque era ya tan temida por los an-tiguos
como temible es para los modernos. A menos que se fuera un práctico, y un viejo
prác-tico del mar de Carpatos, era y todavía es muy peligroso aventurarse por
allí.
Sin
embargo, esta isla, que forma la última cuenta del largo rosario de las
Espóradas, no carece de buenos fondeaderos. Desde el cabo Sidro y el cabo
Pernisa hasta los cabos Bonan-drea y Andemo en su costa septentrional, exis-ten
numerosos lugares donde se puede encon-trar abrigo. Cuatro puertos, Agata,
Porto di Tristano, Porto Grato y Porto Malo Nato, eran
muy
frecuentados en otro tiempo por los barcos de cabotaje de Levante, antes de que
Rodas les hubiera quitado su importancia comercial. Ahora, apenas algunos raros
navíos tienen inte-rés en recalar en ellos.
Escarpanto
es una isla griega o, al menos, es-tá habitada por una población griega, pero
per-tenece al Imperio otomano. Incluso después de la constitución definitiva
del reino de Grecia, había de seguir siendo turca bajo el gobierno de un simple
cadí, que habitaba entonces una es-pecie de casa fortificada, situada por
encima del poblado moderno de Arkassa.
En
aquella época, hubiésemos encontrado en esta isla a un gran número de turcos, a
quienes, todo hay que decirlo, la población, no habiendo tomado parte en la
guerra de la Independencia, no daba una mala acogida. Convertida además en el
centro de operaciones del más criminal de los comercios, Escarpanto recibía con
el mismo celo a los navíos otomanos y a los buques pira-tas, que venían a
entregarle sus cargamentos de
prisioneros.
Allí, los corredores de Asia Menor, así como los de las costas berberiscas, se
apretu-jaban alrededor de un importante mercado, en el cual era despachada esta
mercancía humana. Allí se abrían subastas, allí se establecían pre-cios que
variaban a razón de las demandas u ofertas de esclavos. Y hay que decir que el
cadí tenía también intereses en estas operaciones que presidía personalmente,
pues los corredo-res habrían creído faltar a su deber si no le hubiesen cedido
un tanto por ciento de la ven-ta.
En cuanto
al transporte de estos desgracia-dos a los bazares de Esmirna o de África, se
realizaba por medio de navíos que, las más de las veces, venían a recogerlos al
puerto de Ar-kassa, situado en la costa occidental de la isla. Si no eran
suficientes, un correo especial era enviado a la costa opuesta y los piratas no
hací-an en absoluto ascos a aquel odioso comercio.
En aquel
momento, en el este de Escarpanto, al fondo de calas casi imposibles de
encontrar,
se
contaban no menos de una veintena de bar-cos, grandes o pequeños, tripulados
por un total de más de mil doscientos hombres. Aque-lla flotilla no esperaba
más que la llegada de su jefe para lanzarse a alguna nueva y criminal
expedición.
Fue al
puerto de Arkassa, a un cable del muelle, a través de un excelente fondo de
diez brazas, adonde la Syphanta vino a anclar la tarde del 2 de septiembre. Al
desembarcar en la isla, Henry d'Albaret no dudaba apenas de que los azares de
su viaje lo habían conducido pre-cisamente al principal puerto franco del
comer-cio de esclavos.
-¿Pensáis
recalar por algún tiempo en Ar-kassa, mi comandante? -preguntó el capitán
Todros, cuando las maniobras de fondeo estu-vieron terminadas.
-No sé
-respondió Henry d'Albaret-. ¡Mu-chas circunstancias pueden obligarme a
aban-donar prontamente este puerto, pero también muchas otras pueden retenerme
aquí!
-¿Los
hombres irán a tierra?
-Sí, pero
sólo por turnos. La mitad de la tri-pulación tiene que estar siempre de
servicio en la Syphanta.
-Entendido,
mi comandante -respondió el capitán Todros-. ¡Aquí estamos más en país turco
que en país griego, y es prudente estar sobre aviso!
Recordemos
que Henry d'Albaret no había dicho nada a su segundo ni a sus oficiales acer-ca
de los motivos por los cuales había venido a Escarpanto, ni de cómo se le había
dado cita en aquella isla para los primeros días de septiem-bre a través de una
carta anónima, llegada a bordo en condiciones inexplicables. Por otra parte,
contaba con recibir allí alguna nueva comunicación que le indicaría lo que su
miste-rioso corresponsal esperaba de la corbeta en las aguas del mar de
Carpatos.
Pero no
menos extrañó era aquella desapari-ción súbita del bergantín más allá del canal
de Caso, cuando la Syphanta se creía a punto de
alcanzarlo.
Por eso,
Henry d'Albaret había creído que no debía darse por vencido antes de venir a
recalar a Arkassa. Después de haberse acercado a tierra, tanto como le permitía
su calado, se había impuesto la tarea de explorar todas las sinuosidades de la
costa. Pero, en medio de aquel semillero de escollos que la defienden,
protegido por los altos acantilados rocosos que la delimitan, un barco como el
bergantín podía fácilmente camuflarse. Detrás de aquella barre-ra de
rompientes, que la Syphanta no podía arranchar de más cerca sin correr el
riesgo de encallar, un capitán conocedor de aquellos ca-nales tenía todas las
oportunidades de despis-tar a los que lo perseguían. Si, por lo tanto, el
bergantín se había refugiado en alguna cala secreta, sería muy difícil volver a
encontrarlo, y lo mismo podía decirse de los demás barcos piratas, a los que la
isla daba asilo en fondeade-ros desconocidos.
Las
pesquisas de la corbeta duraron dos días
y fueron
en vano. Si el bergantín se hubiese hundido repentinamente bajo las aguas más
allá de Caso, no habría sido más invisible. Por más despecho que sintiera, el
comandante D'Albaret tuvo que renunciar a toda esperanza de dar con él. Había
decidido, pues, venir a fondear al puerto de Arkassa. Allí, sólo tenía que
esperar.
Al día
siguiente, entre las tres y las cinco de la tarde, la pequeña ciudad de Arkassa
iba a ser invadida por gran parte de la población de la isla, por no hablar de
los extranjeros, europeos o asiáticos, que no podían faltar en aquella
oca-sión. En efecto, era día de gran mercado. Seres miserables, de todas las
edades y condiciones, hechos prisioneros recientemente por los tur-cos, iban a
ser puestos a la venta.
En
aquella época, había en Arkassa un bazar especial, destinado a este tipo de
operaciones, un batistan, como los que se encuentran en cier-tas ciudades de
los Estados berberiscos. Este batistan contenía entonces un centenar de pri-
sioneros,
hombres, mujeres y niños, el saldo de las últimas razzias llevadas a cabo en el
Pelopo-neso. Amontonados de cualquier modo en me-dio de un patio sin sombra,
bajo un sol todavía ardiente y con la ropa hecha jirones, su actitud de
desolación y sus caras desesperadas mostra-ban todo lo que habían sufrido. Mal
y escasa-mente alimentados, sin que se les diese apenas de beber, y ese poco de
un agua turbia, aquellos desgraciados se había reunido por familias has-ta el
momento en que el capricho de los com-pradores separara a las mujeres de los
maridos y a los hijos de su padre y su madre. Hubiesen inspirado la más
profunda piedad a cualquiera menos a aquellos crueles bachis, sus guardia-nes,
a los que ningún dolor podía ya conmover. ¿Y qué eran aquellas torturas
comparadas con las que los esperaban en los dieciséis baños de Argel, Túnez y
Trípoli, donde la muerte gene-raba con rapidez espacios vacíos que había que
llenar incesantemente?
Sin embargo, a aquellos cautivos no les
habían
quitado toda la esperanza de volver a ser libres. Si los compradores hacían un
buen negocio comprándolos, no lo hacían peor dán-doles la libertad -por un muy
alto precio-, sobre todo a aquellos cuyo valor se basaba en una cierta posición
social en su país de origen. Un gran número de ellos había sido arrancado a la
esclavitud de este modo, ya fuera por reden-ción pública, cuando era el Estado
quien los revendía antes de su partida, ya fuera cuando los propietarios
trataban directamente con las familias, ya fuera, en fin, cuando los religiosos
de la Merced, ricos gracias a las cuestaciones que habían hecho por toda
Europa, iban, para liberarlos, hasta los principales centros de Ber-bería. A
menudo, también, algunos particula-res, animados por el mismo espíritu
caritativo, consagraban una parte de su fortuna a esta obra de beneficencia. En
los últimos tiempos, sumas considerables, cuya procedencia era des-conocida,
habían sido empleadas en esos resca-tes, sobre todo en provecho de esclavos de
ori-
gen
griego, a los que los avatares de la guerra habían entregado desde hacía seis
años a los corredores de África y Asia Menor.
El
mercado de Arkassa se hacía con subastas públicas. Todos, extranjeros e
indígenas, podí-an tomar parte en ellas; pero, aquel día, como los tratantes
venían solamente a operar por cuenta de los baños de la Berbería, no había más
que un lote de cautivos. Según este lote ca-yese en suerte a tal o cual
corredor, se dirigiría a Argel, Trípoli o Túnez.
Con todo,
había dos categorías de prisione-ros. Unos, los más numerosos, venían del
Pelo-poneso. Los otros habían sido capturados re-cientemente a bordo de un
navío griego, que los llevaba de Túnez a Escarpanto, de donde debían ser
repatriados a su país de origen.
Era la
última subasta la que decidiría la suer-te de aquella pobre gente, destinada a
padecer tantas miserias, y se podía pujar hasta que di-eran las cinco. Un
cañonazo disparado desde la ciudadela de Arkassa, que aseguraba el cierre
del
puerto, paraba al mismo tiempo las últimas pujas del mercado.
Así pues,
aquel 3 de septiembre no faltaban corredores alrededor del batistan. Había
nume-rosos agentes venidos de Esmirna y de otros puntos vecinos de Asia Menor,
que, como ya se ha dicho, actuaban todos por cuenta de los Es-tados beréberes.
Aquella
aglomeración era más que explica-ble. En efecto, los últimos acontecimientos
hacían presentir el próximo fin de la guerra de la Independencia. Ibrahim había
retrocedido al Peloponeso, mientras que el mariscal Maison acababa de
desembarcar en Morea con un cuerpo expedicionario de dos mil franceses. De modo
que, en el futuro, la exportación de pri-sioneros iba a verse notablemente
reducida. En consecuencia, su precio habitual tenía que subir notablemente,
para la extrema satisfacción del cadí.
Durante
la mañana, los corredores habían visitado el batistan y sabían a qué atenerse
por
lo que se
refiere a la cantidad y calidad de los cautivos, cuyo lote alcanzaría sin duda
precios muy altos.
-¡Por
Mahoma! -repetía un agente de Esmir-na, que peroraba en medio de un grupo de
co-frades-. ¡La época de los buenos negocios ha pasado! ¿Os acordáis de cuando
los navíos nos traían aquí a los prisioneros por millares y no por centenares?
-¡Sí!...
¡Como pasó después de las matanzas de Scio! -respondió otro corredor-. ¡De un
solo golpe, más de cuarenta mil esclavos! ¡Los pon-tones no bastaban para
encerrarlos!
-Sin duda
-prosiguió un tercer agente, que parecía tener un gran sentido comercial-. Pero
cuando hay demasiados cautivos, hay dema-siada oferta ¡y demasiada baja en los
precios! ¡Más vale transportar poco en condiciones más ventajosas, porque las
deducciones previas son siempre las mismas, aunque los gastos sean más
considerables!
-¡Sí!...
¡En Berbería sobre todo!... ¡El doce por
ciento
del producto total en provecho del bajá, el cadí o el gobernador!
-¡Sin
contar el uno por ciento para el mante-nimiento del muelle y de las baterías de
costas!
-¡Y otro
uno por ciento que va de nuestros bolsillos a los de los morabitos!17[17]
-¡La
verdad es que es ruinoso, tanto para los armadores como para los corredores.
Tales
frases se intercambiaban entre aquellos agentes, que ni siquiera tenían
conciencia de la infamia de su comercio. ¡Siempre las mismas lamentaciones
acerca de las mismas cuestiones sobre el pago de los derechos! Y sin duda
habrían continuado rezongando, si la campana, que anunciaba la apertura del
mercado, no hubiese puesto punto final a la conversación.
No hace
falta decir que el cadí presidía esta venta. Su deber como representante del
gobier-no turco lo obligaba a hacerlo, no menos que su interés personal. Allí
estaba, dándose impor-
17[17]
Religioso musulmán
tancia
sobre una especie de estrado, cobijado bajo una tienda dominada por la media
luna del pabellón rojo, medio recostado sobre am-plios cojines con una dejadez
muy otomana.
A su
lado, el subastador se disponía a reali-zar su oficio. Que nadie crea que iba a
tener ocasión de quedar sin aliento. ¡No! En este tipo de negocios, los
corredores se tomaban su tiempo para pujar. Si tenía que haber alguna lucha un
poco viva por la adjudicación definiti-va, sólo tendría lugar, seguramente,
durante el último cuarto de hora de la sesión.
La
primera licitación fue fijada en mil libras turcas por uno de los corredores de
Esmirna.
-¡Mil
libras turcas! -repitió el subastador. Luego cerró los ojos, como si tuviera
tiempo
de
dormitar mientras esperaba una sobrepuja. Durante la primera hora, las
licitaciones sólo
subieron
de mil a dos mil libras turcas, o sea, aproximadamente, cuarenta y siete mil
francos en moneda francesa. Los corredores se mira-ban, se observaban,
charlaban entre ellos de
otras
cosas. Sólo se arriesgarían a llegar al máximo de sus ofertas durante los
últimos mi-nutos, antes del cañonazo de cierre.
Pero la
llegada de un nuevo postor iba a modificar estas previsiones y a dar un impulso
inesperado a las pujas.
Hacia las
cuatro, en efecto, dos hombres aparecieron en el mercado de Arkassa. ¿De dónde
venían? De la parte oriental de la isla, sin duda, a juzgar por la dirección
que traía la araba18[18] que los había dejado en la puerta misma del batistan.
Su
aparición causó un vivo movimiento de sorpresa y de inquietud. Evidentemente,
los corredores no esperaban ver aparecer a un per-sonaje con el cual habría que
contar.
-¡Por
Alá! -exclamó uno de ellos-. ¡Es Nicolas Starkos en persona!
-¡Y Skopelo!
-respondió otro-. ¡Y
nosotros
18[18]
Gobernador de una ciudad, distrito o región del Im-perio turco. Se emplea
también como título honorífico.
que
creíamos que se habían ido al diablo! Aquellos dos hombres eran bien conocidos
en el
mercado de Arkassa. Más de una vez habían hecho allí enormes negocios comprando
prisioneros por cuenta de los tratantes de Áfri-ca. El dinero no les faltaba,
aunque nadie sabía muy bien de dónde lo sacaban. Pero eso era asunto de su
incumbencia. Y el cadí, por lo que a él concernía, no pudo sino regocijarse al
ver llegar a tan temibles competidores.
Una sola
ojeada había bastado a Skopelo, gran conocedor en esta materia, para estimar el
valor del lote de cautivos. Se limitó a decir al-gunas palabras al oído de
Nicolas Starkos, que le respondió afirmativamente con una simple inclinación de
cabeza.
Pero, por
observador que fuera el segundo de la Karysta, no había visto el gesto de
horror que la llegada de Nicolas Starkos acababa de provocar en una de las
prisioneras.
Era una
mujer de edad, de estatura elevada. Estaba sentada aparte en un rincón del
batistan
y se
levantó, como si una fuerza irresistible la hubiera empujado. Dio incluso dos o
tres pasos y, sin duda, un grito estaba a punto de escapar de su boca..., pero
tuvo suficiente energía para contenerse. Luego, retrocediendo con lentitud,
envuelta de los pies a la cabeza en los pliegues de un miserable manto, volvió
a ocupar su lu-gar detrás de un grupo de cautivos, con el fin de pasar
totalmente desapercibida. No le basta-ba, evidentemente, con taparse la cara:
quería sustraer toda su persona a las miradas de Nico-las Starkos.
Mientras
tanto, los corredores, sin dirigirle la palabra, no cesaban de mirar al capitán
de la Karysta. Éste, por su parte, no parecía hacerles ningún caso. ¿Había
venido para disputarles aquel lote de prisioneros? Era forzoso que le temieran,
dadas las relaciones que Nicolas Starkos tenía con los bajás y los beys19[19]
de los
19[19]
Gobernador de una ciudad, distrito o región del Im-perio turco. Se emplea
también como título honorífico.
Estados
beréberes.
No
tardaron mucho en ver confirmados es-tos temores. En aquel momento, el
subastador se había levantado para repetir en voz alta la suma a la que
ascendía la última puja.
-¡Dos mil
libras!
-Dos mil
quinientas -dijo Skopelo, que era, en estas ocasiones, el portavoz de su
capitán.
-¡Dos mil
quinientas libras! -anunció el su-bastador.
Y las
conversaciones particulares se reanu-daron en los diversos corros, que se
observaban no sin desconfianza.
Transcurrió
un cuarto de hora. Ninguna otra puja había sido hecha después de Skopelo.
Ni-colas Starkos, indiferente y altanero, se paseaba alrededor del batistan.
Nadie podía dudar de que, finalmente, la adjudicación se haría a su favor,
incluso sin mucha discusión.
Sin
embargo, un corredor de Esmirna, des-pués de haber consultado previamente con
dos o tres de sus colegas, hizo una nueva licitación
de dos
mil setecientas libras.
-¡Dos mil
setecientas libras! -repitió el subas-tador.
-¡Tres
mil!
Era
Nicolas Starkos quien había hablado esta vez.
¿Qué
había pasado? ¿Por qué intervenía per-sonalmente en la lucha? ¿A qué se debía
que su voz, generalmente tan fría, mostrase una vio-lenta emoción que
sorprendió al propio Skope-lo? Ahora vamos a saberlo.
Desde
hacía unos instantes, tras haber fran-queado la valla del batistan, Nicolas
Starkos se paseaba en medio de los grupos de cautivos. La anciana, al verlo
acercarse, se había escondido todo cuanto le fue posible bajo su manto, de modo
que no había podido verla.
Pero, de
pronto, su atención fue atraída por dos prisioneros que formaban un grupo
aparte. Se detuvo, como si sus pies hubiesen estado clavados al suelo.
Allí,
cerca de un hombre de elevada estatu-
ra, yacía
una muchacha, exhausta de fatiga.
Al ver a
Nicolas Starkos, el hombre se puso en pie bruscamente. Al instante, la joven
abrió los ojos. Pero, en cuanto vio al capitán de la Karysta, volvió a echarse
hacia atrás.
-¡Hadjine!
-exclamó Nicolas Starkos.
Era
Hadjine Elizundo, a la cual Xaris acaba-ba de estrechar entre sus brazos, como
para defenderla.
-¡Ella!
-repitió Nicolas Starkos.
Hadjine
se había desligado del abrazo de Xaris y miraba a la cara al antiguo cliente de
su padre.
Fue en
ese momento cuando Nicolas Star-kos, sin siquiera intentar saber cómo era
posible que la heredera del banquero Elizundo estuvie-se expuesta de aquel modo
en el mercado de Arkassa, lanzó con una voz turbada aquella nueva licitación de
tres mil libras.
-¡Tres
mil libras! -había repetido el subasta-dor.
Eran en
aquel momento poco más de las
cuatro y
media. Veinticinco minutos más tarde, se oiría el cañonazo y se confirmaría la
adjudi-cación a favor del último postor.
Pero ya
los corredores, después de haberse consultado unos a otros, se disponían a
aban-donar la plaza, decididos a no elevar más sus ofertas. Parecía, pues,
seguro que el capitán de la Karysta, a falta de competidores, iba a
con-vertirse en el amo del terreno, cuando el agente de Esmirna quiso hacer un
último intento de mantener la lucha.
-¡Tres
mil quinientas libras! -gritó.
-¡Cuatro
mil! -respondió al instante el capi-tán de la Karysta, Nicolas Starkos.
Skopelo,
que no había visto a Hadjine, no entendía en absoluto aquel ardor inmoderado
del capitán. En su opinión, el valor del lote había sido ya sobrepasado, y en
mucho, por aquel precio de cuatro mil libras. Por eso, se preguntaba qué era lo
que podía animar a Ni-colas Starkos a lanzarse de aquella manera en un mal
negocio.
Entretanto,
un largo silencio había seguido a las últimas palabras del subastador. El
propio corredor de Esmirna, atendiendo a una señal de sus colegas, acababa de
darse por vencido. Ya no había duda de que la partida sería ganada
definitivamente por Nicolas Starkos, a quien no faltaban más que algunos
minutos para salirse con la suya.
Xaris .
lo había comprendido. Por eso, estre-chaba aún con más fuerza a la muchacha
entre sus brazos. ¡No se la arrancarían si no lo mata-ban antes!
En aquel
momento, en medio del profundo silencio, se oyó una voz vibrante, y tres
pala-bras fueron dirigidas al subastador:
-¡Cinco
mil libras! Nicolas Starkos se volvió.
Un grupo
de marinos acababa de llegar a la entrada del batistan. Delante de ellos se
hallaba un oficial.
-¡Henry
d'Albaret! -exclamó Nicolas Starkos-. ¡Henry d'Albaret... aquí... en
Escarpanto!
Sólo el
azar había llevado al comandante de la Syphanta a la plaza del mercado.
Ignoraba incluso que, aquel día -es decir, veinticuatro horas después de su
llegada a Escarpanto-, hubiese una venta de esclavos en la capital de la isla.
Por otra parte, puesto que no había visto la sacoleva en el fondeadero, tenía
que estar tan sorprendido de encontrar a Nicolas Starkos en Arkassa como éste
lo estaba de verlo a él.
Nicolas
Starkos, además, ignoraba que la corbeta estuviese comandada por Henry
d'Al-baret, aunque sabía que había recalado en Ar-kassa.
Júzguense,
pues, los sentimientos que debie-ron de apoderarse de estos dos enemigos
cuan-do se vieron cara a cara.
Y, si
Henry d'Albaret había lanzado aquella licitación inesperada, era porque entre
los pri-sioneros del batistan acababa de ver a Hadjine Elizundo y a Xaris. ¡A
Hadjine, que iba a caer de nuevo en poder de Nicolas Starkos! Hadjine lo había
oído, lo había visto y se habría precipi-
tado
hacia él, si los guardianes no se lo hubie-sen impedido.
Con un
gesto, Henry d'Albaret tranquilizó y contuvo a la muchacha. Por muy grande que
fuera su indignación, cuando se vio en presen-cia de su odioso rival, conservó
el dominio de sí mismo. ¡Sí! Aunque fuera a costa de toda su fortuna, si hacía
falta, sabría arrancar de las manos de Nicolas Starkos a los prisioneros
amontonados en el mercado de Arkassa, y con ellos, a aquella a la que había
buscado tanto, ¡aquella a la que ya no esperaba volver a ver!
En todo
caso, la lucha sería feroz. En efecto, si bien Nicolas Starkos no podía
comprender cómo Hadjine Elizundo se encontraba entre aquellos cautivos, para él
seguía siendo la rica heredera del banquero de Corfú. Sus millones no podían
haber desaparecido con ella. Todavía estarían ahí para rescatarla de aquel de
quien se convertiría en esclava. Por lo tanto, no había ningún riesgo de
sobrepujar. Nicolas Starkos decidió hacerlo con tanta más pasión, cuanto
que se
trataba, además, de luchar contra su rival, ¡y su rival predilecto!
-¡Seis
mil libras! -gritó.
-¡Siete
mil! -respondió el comandante de la Syphanta, sin volverse siquiera hacia
Nicolas Starkos.
El cadí
no podía sino aplaudir ante el cariz que tomaban las cosas. En presencia de
aque-llos dos competidores, no intentaba disimular la satisfacción que se abría
paso bajo su grave-dad otomana.
Pero, si
este codicioso magistrado calculaba ya a cuánto ascendería su tanto por ciento,
Skopelo empezaba a no poder dominarse. Había reconocido a Henry d'Albaret,
luego a Hadjine Elizundo. Si, por odio, Nicolas Starkos se obstinaba en aquel
negocio, éste, que hubiera sido bueno en una cierta medida, pasaría a ser muy
malo, sobre todo si la muchacha había perdido su fortuna, como había perdido su
li-bertad, ¡lo cual, por otra parte, era posible!
Por eso,
llevándose a Nicolas Starkos aparte,
intentó
hacerle humildemente algunas juiciosas observaciones. Pero fue recibido de tal
manera que ya no se atrevió a insistir. Ahora, el capitán de la Karysta hacía
personalmente sus ofertas al subastador, con una voz insultante para su ri-val.
Como es
de suponer, los corredores, intu-yendo que la pugna se caldeaba, se habían
quedado para seguir sus diversas peripecias. La multitud de curiosos
manifestaba su interés en aquella lucha a golpes de miles de libras a tra-vés
de ruidosos clamores. Si, en su mayor par-te, conocían al capitán de la
sacoleva, ninguno de ellos conocía al comandante de la Syphanta. Ignoraban
incluso lo que había venido a hacer aquella corbeta, que navegaba bajo pabellón
corfiota, a los parajes de Escarpanto. Pero, des-de el inicio de la guerra,
tantos navíos de todas las naciones habían sido empleados para el transporte de
esclavos, que todo llevaba a creer que la Syphanta servía a este tipo de
comercio. Así pues, tanto si los prisioneros eran compra-
dos por
Henry d'Albaret, como si lo eran por Nicolas Starkos, para ellos supondría, en
cual-quier caso, la esclavitud.
De todos
modos, antes de cinco minutos, aquella cuestión estaría absolutamente
decidi-da.
A la
última puja proclamada por el subasta-dor, Nicolas Starkos había respondido con
estas palabras:
-¡Ocho
mil libras!
-¡Nueve
mil! -dijo Henry d'Albaret.
Nuevo
silencio. El comandante de la Syp-hanta, siempre dueño de sí mismo, seguía con
la mirada a Nicolas Starkos, que iba y venía rabiosamente, sin que Skopelo
osase abordarlo. Ninguna consideración, por otra parte, habría podido frenar ya
la furia de las pujas.
-¡Diez
mil libras! -gritó Nicolas Starkos.
-¡Once
mil! -respondió Henry d'Albaret.
-¡Doce
mil! -replicó Nicolas Starkos, esta vez
sin
esperar.
El
comandante D'Albaret no había respon-
dido
inmediatamente. No es que vacilara en hacerlo. Pero acababa de ver a Skopelo
precipi-tándose hacia Nicolas Starkos para detenerlo en su loca empresa, lo
cual, por un momento, des-vió la atención del capitán de la Karysta.
Al mismo
tiempo, la vieja prisionera, que hasta entonces se había escondido
obstinada-mente, acababa de ponerse en pie, como si tu-viese la intención de
mostrar su rostro a Nico-las Starkos...
En aquel
momento, en la cima de la ciudade-la de Arkassa, un rápido fogonazo brilló
dentro de una voluta de vapores blancos; pero, antes de que la detonación
hubiese llegado al batis-tan, una nueva puja había sido gritada con voz sonora.
-¡Trece
mil libras!
Luego se
oyó la detonación, a la que suce-dieron interminables hurras.
Nicolas
Starkos había rechazado a Skopelo con una violencia que lo hizo rodar por el
sue-lo... ¡Era demasiado tarde! ¡Nicolas Starkos ya
no tenía
derecho a sobrepujar! ¡Hadjine Elizun-do acababa de escapársele, y sin duda
para siempre!
-¡Ven!
-dijo con voz sorda a Skopelo.
Y se le
hubiese podido oír murmurar estas palabras:
-¡Será
más seguro y menos caro!
Ambos
montaron entonces en su araba y desaparecieron a la vuelta del camino que se
dirigía hacia el interior de la isla.
Ya
Hadjine Elizundo, arrastrada por Xaris, había franqueado las vallas del
batistan. Ya estaba en los brazos de Henry d'Albaret, que le decía apretándola
contra su corazón:
-¡Hadjine!...
¡Hadjine!... Habría sacrificado toda mi fortuna para rescataros...
-¡Como yo
he sacrificado la mía para rescatar el honor de mi padre! -respondió la joven-.
¡Sí, Hen-ry!... ¡Ahora Hadjine Elizundo es pobre y digna de vos!
XIII
¡A bordo
de la Syphanta!
Al día
siguiente, el 3 de septiembre, después de haber aparejado hacia las diez de la
mañana, la Syphanta ceñía el viento bajo un pequeño velamen para salir de los
pasos del puerto de Escarpanto.
Los
cautivos rescatados por Henry d'Albaret se habían colocado unos en el
entrepuente y otros en la batería. Aunque la travesía del Ar-chipiélago no
había de llevarles más de unos días, les oficiales y los marineros habían
queri-do que aquellas pobres gentes estuviesen insta-ladas lo mejor posible.
Desde la
víspera, el comandante D'Albaret había estado haciendo las gestiones necesarias
para poder hacerse a la mar de nuevo. Había entregado garantías por las trece
mil libras, con las que el cadí se mostró satisfecho. El embarco de los
prisioneros se había llevado a cabo sin
dificultades,
y, antes de tres días, aquellos des-graciados, condenados a las torturas de los
ba-ños beréberes, serían desembarcados en algún puerto de la Grecia
septentrional, donde ya no tendrían que temer por su libertad.
¡Una
libertad que debían por entero a aquel que acababa de arrancarlos de las manos
de Nicolas Starkos! De ahí que, en cuanto pusieron los pies sobre la cubierta
de la corbeta, su reco-nocimiento se manifestara por medio de un acto
conmovedor.
Entre
ellos se encontraba un pope, un viejo sacerdote de Leondari. Seguido de sus
compa-ñeros de infortunio, avanzó hacia la toldilla, en la cual se encontraban
Hadjine Elizundo y Hen-ry d'Albaret con algunos oficiales. Se arrodilla-ron
todos, el anciano a la cabeza, y éste, ten-diendo sus manos hacia el
comandante, dijo:
-¡Henry
d'Albaret, bendito seáis en nombre de todos aquellos a los que habéis devuelto
la libertad!
-¡Amigos
míos, sólo he cumplido con mi de-
ber!
-respondió el comandante de la Syphanta, profundamente emocionado.
-¡Sí!...
¡Bendito en nombre de todos..., de to-dos... y mío, Henry! -añadió Hadjine,
inclinán-dose a su vez.
Henry
d'Albaret la levantó con presteza, y entonces los gritos de «¡Viva Henry
d'Albaret!», «¡Viva Hadjine Elizundo! » estallaron desde la toldilla hasta el
castillo de proa, desde las pro-fundidades de la batería hasta las vergas
bajas, sobre las que unos cincuenta marineros se ha-bían agrupado, lanzando
vigorosos hurras.
Una sola
prisionera -la que se escondía la víspera en el batistan- no había tomado parte
en aquella manifestación de júbilo. Al embar-carse, toda su preocupación había
sido pasar desapercibida en medio de los cautivos. Lo había conseguido y, en
cuanto se hubo agaza-pado en el rincón más oscuro del entrepuente, nadie se dio
cuenta siquiera de su presencia a bordo. Evidentemente, esperaba poder
desem-barcar sin haber sido vista. Pero ¿por qué to-
maba
tantas precauciones? ¿Algún oficial o marinero de la corbeta la conocía? En
todo caso, tenía que tener razones de peso para querer mantener su incógnito
durante los tres o cuatro días que debía durar la travesía del Archipiéla-go.
Con todo,
si Henry d'Albaret merecía el re-conocimiento de los pasajeros de la corbeta,
¿qué no merecería Hadjine Elizundo por lo que había hecho desde su partida de
Corfú?
-¡Henry
-le había dicho la víspera-, ahora Hadjine Elizundo es pobre y digna de vos!
¡Era
pobre, en efecto! ¿Digna del joven ofi-cial?... Ahora vamos a poder juzgarlo.
Si Henry
d'Albaret amaba a Hadjine cuando sucesos tan graves los habían separado,
¡cuánto no había de engrandecerse su amor, cuando supiese lo que había sido la
vida de la joven durante aquel largo año de separación!
En cuanto
supo de dónde procedía la fortu-na que le había dejado su padre, Hadjine
Eli-zundo tomó la resolución de consagrarla ente-
ramente
al rescate de aquellos prisioneros con cuyo tráfico se había generado la mayor
parte de ella. De aquellos veinte millones, odiosa-mente adquiridos, no quiso
conservar nada. Sólo hizo saber su proyecto a Xaris. Xaris lo aprobó y todos
los valores de la casa de banca fueron rápidamente realizados.
Henry
d'Albaret recibió la carta en la cual la muchacha le pedía perdón y le decía
adiós. Luego, en compañía de su bravo y devoto Xaris, Hadjine abandonó
secretamente Corfú para dirigirse al Peloponeso.
En
aquella época, los soldados de Ibrahim combatían todavía ferozmente a las
poblaciones del centro de Morea, sometidas ya a tantas pruebas desde hacía
tanto tiempo. Los desven-turados a los que no degollaban, eran enviados a los
principales puertos de Mesenia, a Patrás o a Navarino. De allí, numerosos
navíos, unos fletados por el gobierno turco, otros proporcio-nados por los
piratas del Archipiélago, los transportaban a millares bien a Escarpanto,
bien a
Esmirna o a los mercados permanentes de esclavos.
Durante
los dos meses que siguieron a su desaparición, Hadjine Elizundo y Xaris, sin
retroceder jamás ante ningún precio, consiguie-ron rescatar a varios centenares
de prisioneros que no habían abandonado todavía la costa mesenia. Luego
dedicaron todos sus esfuerzos a la tarea de ponerlos a salvo, a unos en las
islas Jónicas y a otros en las regiones libres de Grecia del norte.
Hecho
esto, se marcharon a Asia Menor, a Esmirna, donde el comercio de esclavos se
lle-vaba a cabo a una escala considerable. Allí lle-gaban, en convoyes
numerosos, grandes canti-dades de prisioneros griegos, cuya liberación Hadjine
Elizundo quería obtener por encima de todo. Sus ofertas fueron tales -tan
superiores a las de los corredores de Berbería o del litoral asiático- que las
autoridades otomanas sacaron un gran provecho tratando con ella... y, por lo
tanto, trataron con ella. A nadie le costará creer
que su
generosa pasión fue explotada por estos agentes; pero varios miles de cautivos
le debían el haber escapado de los baños de los beys afri-canos.
No
obstante, aún quedaba mucho por hacer, y fue en ese momento cuando Hadjine tuvo
la idea de avanzar por dos caminos diferentes hacia el objetivo que quería
alcanzar.
En
efecto, no bastaba con rescatar a los cau-tivos puestos en venta en los
mercados públi-cos, o con ir a liberar a precio de oro a los escla-vos en los
baños. También era necesario aniqui-lar a aquellos piratas que capturaban
navíos en todos los parajes del Archipiélago.
Pues
bien, Hadjine Elizundo se encontraba en Esmirna cuando se enteró de lo que
había sido de la Syphanta, después de los primeros meses de su viaje. No
ignoraba que la corbeta había sido equipada por cuenta de unos arma-dores
corfiotas ni con qué destino. Sabía que el principio de la campaña había sido
afortunado; pero, en aquellos momentos, llegó la noticia de
que la
Syphanta acababa de perder a su co-mandante, varios oficiales y una parte de su
tripulación en un combate contra una flotilla de piratas, al mando, se decía,
de Sacratif en per-sona.
Hadjine
Elizundo se puso enseguida en con-tacto con el agente que representaba, en
Cor-fú, los intereses de los armadores de la Syphan-ta. Hizo que les ofrecieran
un precio tan alto que éstos se decidieron a venderla. La corbeta fue, pues,
comprada en nombre de un banque-ro de Ragusa, pero pertenecía a la heredera de
Elizundo, que no hacía sino imitar a Bobolina, Modena, Zacarías y otras
valientes patriotas, cuyos navíos, armados a sus expensas, hicieron tanto daño
a las escuadras de la marina otoma-na al principio de la guerra de la
Independen-cia.
Pero, al
actuar así, Hadjine Elizundo había pensado ofrecer el mando de la Syphanta al
capitán Henry d'Albaret. Uno de sus hombres, sobrino de Xaris, marino de origen
griego como
su tío,
había seguido secretamente al joven ofi-cial, tanto en Corfú, cuando hizo
tantas pesqui-sas inútiles para encontrar a la muchacha, como en Scio, cuando
fue a reunirse con el coronel Fabvier.
Siguiendo
sus órdenes, este hombre se em-barcó como marinero en la corbeta, en el
mo-mento en que ésta recomponía su tripulación, después del combate de Lemnos.
Fue él quien hizo llegar a Henry d'Albaret las dos cartas escritas por la mano
de Xaris: la primera, en Scio, en la que se le comunicaba que había una plaza
libre en el estado mayor de la Syphanta, y la segunda, que depositó sobre la
mesa del co-medor de oficiales cuando estaba de guardia, y a través de la cual
se daba cita a la corbeta para los primeros días de septiembre en los parajes
de Escarpanto.
Allí era,
en efecto, donde Hadjine Elizundo esperaba encontrarse en esas fechas, después
de haber terminado su caritativa y abnegada tarea. Quería que la Syphanta
sirviese para re-
patriar
al último convoy de prisioneros, resca-tados con los restos de su fortuna.
Pero,
durante los seis meses siguientes, ¡cuántas fatigas no habría de soportar!,
¡cuántos peligros no correría!
La
valerosa muchacha, acompañada de Xaris, no dudó en dirigirse, para cumplir su
misión, al centro mismo de Berbería, a aquellos puertos infestados de piratas,
en el litoral afri-cano, cuyos amos fueron, hasta la conquista de Argel, los
peores bandidos. Al hacerlo, arries-gaba su libertad, arriesgaba su vida,
desafiaba todos los peligros a los que la exponían su be-lleza y su juventud.
Nada la
detuvo. Partió.
Se la vio
aparecer, como una religiosa de la Merced, en Trípoli, Argel, Túnez y hasta en
los más ínfimos mercados de la costa beréber. En todas partes donde los
prisioneros griegos habían sido vendidos, los rescataba con gran beneficio para
sus amos. Allí donde los tratan-tes sacaban a pública subasta a aquellos reba-
ños de
seres humanos, ella se presentaba dinero en mano. Fue entonces cuando pudo
contem-plar en todo su horror el espectáculo de las mi-serias de la esclavitud,
en un país en el que las pasiones no son retenidas por ningún freno.
Argel se
encontraba todavía a merced de una milicia, compuesta de musulmanes y
rene-gados, el desecho de los tres continentes que forman el litoral del
Mediterráneo, que sólo vivían de la venta de los prisioneros hechos por los
piratas y de su rescate por parte de los cris-tianos. En el siglo XVII, se
contaban ya en tierra africana casi cuarenta mil esclavos de ambos sexos,
arrebatados a Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, Flandes, Holanda, Grecia,
Hungría, Rusia, Polonia y España en todos los mares de Europa.
Hadjine
Elizundo buscó especialmente a aquellos a los que la guerra helénica había
hecho esclavos, y los buscó en Argel, en el fon-do de los baños del bajá, en
los de Alí Mamí, los Kulughis y Sidi-Hassan; en Túnez, en los de
Yussif-Dey,
Galera Patrona y Cicala; y en el de Trípoli. Como si hubiera estado protegida
por algún talismán, se expuso a todos estos riesgos, aliviando todas las
miserias. ¡Escapó como por milagro de los mil peligros que la naturaleza de las
cosas creaba a su alrededor! Durante seis meses, a bordo de ligeros barcos
costeros de cabotaje, visitó los puntos más recónditos del litoral -desde la
regencia de Trípoli, hasta los últimos confines de Marruecos- hasta Tetuán, que
fue en otro tiempo una república de piratas regularmente organizada, hasta
Tánger, cuya bahía servía de refugio a aquellos corsarios durante el invierno,
hasta Sale, en la costa occi-dental de África, donde los desgraciados cauti-vos
vivían en fosas excavadas a doce o quince pies bajo tierra.
En fin,
una vez terminada la misión, no que-dándole nada de los millones que le había
de-jado su padre, Hadjine Elizundo pensó en vol-ver a Europa con Xaris. Se
embarcó a bordo de un navío griego, en el cual viajaban también los
últimos
prisioneros rescatados por ella y que se dio a la vela hacia Escarpanto. Allí
era donde esperaba encontrarse con Henry d'Albaret. Desde allí había decidido
volver a Grecia a bordo de la Syphanta. Pero tres días después de haber dejado
Túnez, el navío que la llevaba había caído en poder de un barco turco y ¡ella
había sido conducida a Arkassa para ser vendi-da allí como esclava, junto con
aquellos a los que acababa de liberar!...
En suma,
el resultado de la obra emprendida por Hadjine Elizundo era éste: varios
millares de prisioneros rescatados con el mismo dinero que había sido ganado
con su venta. La joven, ahora arruinada, había reparado, en la medida de lo
posible, todo el daño hecho por su padre.
De todo
eso pudo enterarse entonces Henry d'Albaret. ¡Sí! ¡Hadjine, pobre, era ya digna
de él y, para arrancarla de las manos de Nicolas Starkos, también él se habría
hecho pobre como ella!
Al día
siguiente, al amanecer, la Syphanta
había
alcanzado la tierra de Creta. Entonces maniobró para dirigirse hacia el
noroeste del Archipiélago. La intención del comandante D'Albaret era acercarse
a la costa oriental de Grecia, a la altura de la isla de Eubea. Allí, bien en
Negroponto, bien en Egina, los prisioneros podrían desembarcar en lugar seguro,
protegi-dos de los turcos, que habían sido rechazados ya hacia los confines del
Peloponeso. Por otra parte, en aquellas fechas, ya no quedaba ni uno solo de
los soldados de Ibrahim en la península helénica.
Toda
aquella pobre gente, tratada inmejora-blemente a bordo de la Syphanta, se
reponía ya de los espantosos sufrimientos que había so-portado. Durante el día,
se los veía agrupados sobre la cubierta, donde respiraban la sana bri-sa del
Archipiélago: niños, madres, esposos, a los que amenazaba una eterna
separación, uni-dos ya para no dejarse nunca. Sabían también lo que había hecho
Hadjine Elizundo y, cuando ésta pasaba, apoyada en el brazo de Henry
d'Albaret,
todo eran señales de agradecimiento, testimoniadas por medio de las acciones
más conmovedoras.
Hacia las
primeras horas de la mañana, el 4 de septiembre, la Syphanta perdió de vista
las cimas de Creta; pero, habiendo empezado a amollar la brisa, apenas avanzó
durante aquella jornada, aun cuando llevaba desplegado todo su velamen. En
definitiva, veinticuatro horas o cuarenta y ocho horas más no sería tampoco un
retraso del que hubiese que preocuparse. El mar estaba hermoso; el cielo,
soberbio. Nada indicaba una próxima F modificación del tiem-po. No había más
que «largar», como dicen los marinos, y la carrera terminaría cuando plugie-se
a Dios.
Aquella
apacible navegación propiciaba las conversaciones de a bordo. Por otra parte,
había pocas maniobras que hacer. Una simple vigilancia por parte de los
oficiales de guardia y de los gavieros de proa, para advertir de las tierras a
la vista o los navíos en alta mar.
Hadjine y
Henry d'Albaret iban entonces a sentarse a popa, en un banco de la toldilla que
les estaba reservado. Allí, generalmente, ya no hablaban del pasado, sino
de ese
porvenir del que ahora se sentían dueños. Hacían proyectos de próxima
realiza-ción, sin olvidar someterlos a la opinión del buen Xaris, que era como
de la familia. El ma-trimonio había de celebrarse en cuanto llegasen a tierra
griega. Estaba convenido. Los asuntos de Hadjine Elizundo ya no acarrearían
dificul-tades ni retrasos. ¡Un año empleado en su cari-tativa misión había
simplificado todo aquello! Luego, celebrado el matrimonio, Henry d'Alba-ret
cedería al capitán Todros el mando de la corbeta y llevaría a su joven mujer a
Francia, desde donde más tarde pensaba volver a traerla a su tierra natal.
Pues
bien, precisamente aquel atardecer se entretenían con todas estas cosas. El
ligero so-plo de la brisa bastaba apenas para inflar las velas altas de la
Syphanta. Una maravillosa
puesta de
sol iluminaba el horizonte, cuyo pe-rímetro, cubierto al oeste de una ligera
bruma, coronaban aún algunos trazos de oro verde. En el lado opuesto,
centelleaban las primeras estre-llas del levante. El mar tiritaba bajo la
ondula-ción de sus pepitas fosforescentes. La noche prometía ser magnífica.
Henry
d'Albaret y Hadjine se dejaban llevar por el encanto de aquella velada
deliciosa. Mi-raban la estela, apenas dibujada por algunas blondas blancas, que
la corbeta iba dejando a popa. El silencio sólo era turbado por los ale-teos de
la cangreja, cuyos pliegues zumbaban suavemente. Ninguno de los dos veía nada
que no fueran ellos mismos o no estuviera en su interior. Y si por fin
regresaron a la realidad, fue porque Henry d'Albaret oyó que lo llama-ban con
cierta insistencia.
Xaris
estaba frente a él.
-¿Mi
comandante?... -dijo Xaris por tercera vez.
-¿Qué
queréis, amigo mío? -respondió Hen-
ry
d'Albaret, a quien pareció que Xaris vacilaba a la hora de hablar.
-¿Qué
deseas, mi buen Xaris? -preguntó Hadjine.
-Tengo
que deciros una cosa, mi comandan-
te.
-¿Qué?
-Se trata
de lo siguiente: los pasajeros de la corbeta..., esas buenas gentes a las que
lleváis de vuelta a su país... han tenido una idea y me han encargado que os la
comunique.
-Y bien,
os escucho, Xaris.
-Veréis,
mi comandante. Ellos saben que de-béis casaros con Hadjine...
-Sin duda
-respondió Henry d'Albaret son-riendo-. ¡Eso no es misterio para nadie!
-¡Bueno,
pues estarían muy felices de ser los testigos
de
vuestro matrimonio!
-Y lo
serán, Xaris, lo serán, ¡nunca una novia tendría un cortejo semejante, si
pudiera reunir a su alrededor a todos aquellos a los que ha sal-
vado de
la esclavitud!
-¡Henry!...
-dijo la muchacha queriendo inte-rrumpirlo.
-Mi
comandante tiene razón -respondió Xaris-. En todo caso, los pasajeros de la
corbeta estarán allí, y...
-¡A
nuestra llegada a la tierra de Grecia - prosiguió Henry d'Albaret-, los
invitaré a todos a la ceremonia de nuestra boda!
-Bien, mi
comandante -respondió Xaris-. Pe-ro, después de haber tenido esa idea, ¡esas
bue-nas gentes han tenido otra!
-¿Tan
buena como la primera?
-Mejor.
¡La de pediros que la boda se celebre a bordo de la Syphanta! ¿Acaso esta brava
cor-beta que los devuelve a Grecia no es como un pedazo de su país?
-Está
bien, Xaris -respondió Henry d'Alba-ret-. ¿Estáis de acuerdo, mi querida
Hadjine?
Hadjine,
por toda respuesta, le tendió la mano.
-Bien
respondido -dijo Xaris.
-Podéis
anunciar a los pasajeros de la Syp-hanta -añadió Henry d'Albaret- que todo se
hará como desean.
-Entendido,
mi comandante. Pero... -añadió Xaris, vacilando un poco-, ¡eso no es todo!
-Habla,
pues, Xaris -dijo la joven.
-Veréis.
Después de haber tenido una buena idea y luego otra mejor, ¡han tenido una
tercera que consideran excelente!
-¡De
veras, una tercera! -respondió Henry d'Albaret-. ¿Y cuál es esa tercera idea?
-Que no
sólo la boda sea celebrada a bordo de la corbeta, sino que además se celebre en
alta mar... ¡mañana mismo! Hay entre ellos un viejo sacerdote...
De
pronto, Xaris fue interrumpido por la voz del gaviero que estaba de vigía en
las crucetas de trinquete:
-¡Buques
a barlovento!
Enseguida,
Henry d'Albaret se levantó y se reunió con el capitán Todros, que miraba ya en
la dirección indicada.
Una
flotilla, compuesta de una docena de barcos de diversos tonelajes, se divisaba
a me-nos de seis millas al este. Pero si la Syphanta, entonces encalmada,
estaba absolutamente in-móvil, aquella flotilla, empujada por los últi-mos
soplos de una brisa que no llegaba hasta la corbeta, necesariamente tenía que
acabar alcan-zándola.
Henry
d'Albaret había cogido un catalejo y observaba atentamente la marcha de
aquellos navíos.
-Capitán
Todros -dijo volviéndose hacia el segundo-, esta flotilla está aún demasiado
lejos para que sea posible reconocer sus intenciones ni saber cuál es su
fuerza.
-En
efecto, mi comandante -respondió el se-gundo-, y con esta noche sin luna, que
va a ser muy oscura, ¡no podremos hacernos ninguna idea al respecto! Así que
hay que esperar hasta mañana.
-Sí, hay
que esperar -dijo Henry d'Albaret-, pero como estos parajes no son seguros, dad
la
orden de
vigilar con el mayor cuidado. Que se tomen también todas las precauciones
indis-pensables en el caso de que esos navíos se aproximasen a la Syphanta.
El
capitán Todros tomó las correspondientes medidas, que fueron ejecutadas al
instante. Se estableció una activa vigilancia a bordo de la corbeta, que debía
continuar hasta que se hicie-se de día.
No es
preciso decir que, considerando las eventualidades que podían sobrevenir, se
apla-zó para más tarde la decisión relativa a la cele-bración del matrimonio
que había motivado la diligencia de Xaris. Hadjine, a ruego de Henry d'Albaret,
había tenido que volver a su camaro-te.
Durante
toda aquella noche, se durmió poco a bordo. La presencia de la flotilla
avistada mar adentro era inquietante. Mientras fue posible, habían observado
sus movimientos. Pero una niebla bastante espesa se levantó hacia las nue-ve y
no tardaron en perderla de vista.
Al día
siguiente, al salir el sol, algunos vapo-res ocultaban aún el horizonte en el
este. Como no había viento, aquellos vapores no se disipa-ron antes de las diez
de la mañana. Entretanto, nada sospechoso había aparecido a través de aquellas
brumas. Pero cuando se desvanecie-ron, toda la flotilla apareció a menos de
cuatro millas. Así pues, desde la víspera, había ganado dos millas en dirección
a la Syphanta y, si no se había acercado más, era porque la niebla le había
impedido maniobrar. Había allí una do-cena de navíos que marchaban de conserva
impulsados por sus largos remos de galera. La corbeta, en la cual aquellos
artefactos no habrí-an surtido ningún efecto, debido a su tamaño, permanecía
todavía inmóvil en el mismo lugar. Se hallaba reducida a esperar, sin poder
hacer un solo movimiento.
Y sin
embargo, no era posible equivocarse en cuanto a las intenciones de aquella
flotilla.
-¡Éste sí
que es un revoltillo de barcos singu-larmente sospechosos! -dijo el capitán
Todros.
-¡Tanto
más sospechosos -respondió Henry d'Albaret- por cuanto reconozco entre ellos el
bergantín al que dimos caza inútilmente en las aguas de Creta!
El
comandante de la Syphanta no se equivo-caba. El bergantín que había
desaparecido tan extrañamente más allá de la punta de Escarpan-to iba en
cabeza. Maniobraba para no separarse de los otros barcos, colocados bajo sus
órdenes.
Mientras
tanto, algunas ráfagas de viento se habían levantado al este y favorecían aún
más la marcha de la flotilla. Pero aquellas rachas, que hacían verdear
ligeramente el mar corrien-do por su superficie, venían a expirar a uno o dos
cables de la corbeta.
De
pronto, Henry d'Albaret hizo a un lado el catalejo que no había apartado hasta
entonces de sus ojos:
-¡Zafarrancho
de combate! -gritó.
Acababa
de ver cómo un largo chorro de vapor blanco se fundía en la proa del bergantín,
mientras que un pabellón era izado al pico. En
ese
momento, la detonación de una boca de fuego llegaba a la corbeta.
Aquel
pabellón era negro y una S de color rojo fuego se recortaba sobre su estameña.
Era el
pabellón del pirata Sacratif.
14
Sacratif
Aquella
flotilla, compuesta de doce barcos, habla salido la víspera de las guaridas de
Es-carpanto. Ya fuera atacando a la corbeta de frente, o rodeándola, le
presentaría batalla en condiciones muy desiguales. De eso no cabía ninguna
duda. Pero, debido a la falta de viento, no había más remedio que aceptar aquel
com-bate. Por otra parte, de haber existido alguna posibilidad de evitar la
lucha, Henry d'Albaret la hubiese rechazado. El pabellón de la Syphan-
ta no
podía huir ante el pabellón de los piratas del Archipiélago sin que ello
representase una deshonra.
Entre
aquellos doce navíos se contaban cua-tro bergantines, que llevaban entre
dieciséis y dieciocho cañones. Los ocho barcos restantes, de un tonelaje
inferior, pero provistos de una artillería ligera, eran grandes saicas de dos
más-tiles, paquebotes de arboladura recta, faluchos y sacolevas armados para la
guerra. Según los cálculos de los oficiales de la corbeta, eran más de cien
bocas de fuego, a las cuales tendrían que responder con veintidós cañones y
seis carronadas. Y contra setecientos u ochocientos hombres tendrían que
combatir los doscientos cincuenta marineros de su tripulación. Lucha desigual,
sin duda. De todos modos, la superio-ridad de la artillería de la Syphanta
podía darle alguna posibilidad de éxito, a condición de que no dejara que se le
acercasen demasiado. Había, pues, que mantener aquella flotilla a distancia,
desmantelando poco a poco sus navíos median-
te
andanadas enviadas con precisión. En una palabra, se trataba de hacer todo lo
posible para evitar un abordaje, es decir, un combate cuerpo a cuerpo. En este
último caso, -el número habría acabado por imponerse, pues este factor tiene
aún más importancia en el mar que en la tierra, ya que, al ser la retirada
imposible, todo se resume en esto: saltar por los aires o rendir-se.
Una hora
después de que la niebla se hubie-se disipado, la flotilla había ganado
sensible-mente terreno a la corbeta, tan inmóvil como si hubiese estado
fondeada en medio de una rada.
Entretanto,
Henry d'Albaret no cesaba de observar la marcha y la maniobra de los pira-tas.
El zafarrancho se había llevado a cabo rá-pidamente a bordo de su nave. Todos,
oficiales y marineros, estaban en su puesto de combate. Los pasajeros que eran
útiles habían pedido batirse entre las filas de la tripulación y se les habían
dado armas. Un silencio absoluto reina-ba en la batería y sobre la cubierta,
apenas inte-
rrumpido
por algunas palabras que el coman-dante intercambiaba con el capitán Todros.
-No nos
dejaremos abordar -le decía-. Espe-raremos a que los primeros buques estén a
nuestro alcance y haremos fuego con nuestros cañones de estribor.
-¿Dispararemos
a hundir o a desarbolar? - preguntó el segundo.
-A hundir
-respondió Henry d'Albaret.
Era lo
mejor que podía hacerse para comba-tir a aquellos piratas, tan terribles en el
aborda-je, y particularmente a aquel Sacratif, que aca-baba de izar con
desvergüenza su pabellón ne-gro. Y, si lo había hecho, era, sin duda, porque
contaba con que ningún hombre de la corbeta sobreviviese, ningún hombre que
pudiera jac-tarse de haberlo visto cara a cara.
Hacia la
una de la tarde, la flotilla se encon-traba tan sólo a una milla a barlovento.
Seguía acercándose, sirviéndose de sus remos. La Syp-hanta, con la proa al
noroeste, mantenía con dificultad aquel rumbo. Los piratas avanzaban
sobre
ella en línea de batalla, dos de los bergan-tines en mitad de la línea y los
otros dos en los extremos. Maniobraban de manera que les fue-se posible rodear
la corbeta .por la proa y por la popa, con el fin de envolverla en una
circunfe-rencia, cuyo radio disminuyese poco a poco. Su objetivo era
evidentemente aplastarla primero entre fuegos convergentes y tomarla luego al
abordaje.
Henry
d'Albaret había comprendido perfec-tamente esta maniobra, tan peligrosa para
él, y no podía impedirla, puesto que estaba conde-nado a la inmovilidad. Pero
tal vez conseguiría romper aquella línea a cañonazos, antes de que lo hubiese
envuelto por todas partes. Incluso los oficiales se preguntaban ya por qué su
co-mandante no daba la orden de abrir fuego, con aquella voz firme y sosegada
que todos le co-nocían.
¡No!
Henry d'Albaret no tenía intención de disparar mientras no estuviese seguro de
dar en el blanco y quería dejar que se le acercasen
hasta
tenerlos a su alcance.
Pasaron
aún diez minutos. Todos esperaban, los artilleros apuntadores, con el ojo en la
cula-ta de sus cañones, los oficiales de la batería, listos para transmitir las
órdenes del coman-dante, los marineros de la cubierta, mirando por encima de
las empavesadas. ¿No vendrían las primeras andanadas del enemigo, ahora que la
distancia le permitía lanzarlas con provecho?
Henry
d'Albaret seguía callado. Miraba la línea que comenzaba a curvarse por los dos
extremos. Los bergantines del centro -y uno de ellos era el que había izado el
pabellón negro de Sacratif- se encontraban entonces a menos de una milla.
Pero si
el comandante de la Syphanta no se apresuraba a iniciar el fuego, no parecía
que el jefe de la flotilla tuviera más prisa que él en hacerlo. Tal vez,
incluso, pretendía abordar la corbeta sin haber disparado un solo cañonazo, con
el fin de lanzar a algunos centenares de sus piratas al abordaje.
Por fin,
Henry d'Albaret pensó que no debía esperar más tiempo. Una última ráfaga, que
llegó hasta la corbeta, le permitió abatir un cuarto sobre su rumbo. Después de
haber recti-ficado su posición, de modo que podía ver a los dos bergantines de
costado, a menos de media milla, gritó:
-¡Atención
en la cubierta y la batería!
Se oyó un
ligero murmullo a bordo, que fue seguido de un silencio absoluto.
-¡A
hundir! -dijo Henry d'Albaret.
La orden
fue repetida enseguida por los ofi-ciales, y los artilleros de la batería
apuntaron cuidadosamente al casco de los dos berganti-nes, mientras que los de
la cubierta apuntaban a la arboladura.
-¡Fuego!
-gritó el comandante D'Albaret. Tronó la andanada de estribor. Desde el
puente y
desde la batería de la corbeta, once cañones y tres carronadas vomitaron sus
pro-yectiles, y entre otros, varios pares de aquellas balas enramadas, que
están pensadas para des-
arbolar
un buque a media distancia.
En cuanto
los vapores de la pólvora, repeli-dos hacia atrás, permitieron contemplar el
horizonte, se pudo constatar el efecto produci-do por esta descarga sobre los
dos barcos. Sin ser completo, no dejaba de ser importante.
Uno de
los dos bergantines que ocupaban el centro de la línea había sido alcanzado por
en-cima de la línea de flotación. Además, habiendo quedado cortados varios de
sus obenques y burdas, su palo trinquete, decentado a algunos pies por encima
de la cubierta, acababa de caer hacia adelante, rompiendo al mismo tiempo la
espiga del palo mayor. En estas condiciones, el bergantín iba a perder algún
tiempo reparando sus averías; pero todavía podía cargar contra la corbeta. El
peligro de ser cercada que ésta co-rría no había sido, pues, atenuado por aquel
inicio de combate.
En
efecto, los otros dos bergantines, coloca-dos en el extremo del ala derecha y
del ala iz-quierda, habían llegado ya a la altura de la
Syphanta.
Desde allí, empezaban a volverse hacia ella; pero no lo hicieron sin haberla
salu-dado antes con una andanada de enfilada que le resultó imposible evitar.
Fue aquél
un golpe doble y desgraciado. El palo de mesana de la corbeta quedó cortado a
la altura de las cacholas. Todo el faro de popa se derrumbó, por suerte sin
llevarse por delante nada del aparejo del palo mayor. Al mismo tiempo, la
madera de respeto y una embarca-ción quedaban hechas pedazos. Lo más
lamen-table de todo fue la muerte de un oficial y dos marineros, alcanzados por
el impacto, sin con-tar a otros tres o cuatro, gravemente heridos, que fueron
transportados a la cubierta inferior.
Enseguida,
Henry d'Albaret dio órdenes pa-ra que se escombrase la toldilla sin tardanza.
Aparejos, velas, restos de vergas y perchas fue-ron retirados en unos minutos.
El espacio vol-vió a quedar libre y practicable. No había ni un instante que
perder. El combate de artillería iba a recomenzar con más violencia. La
corbeta,
cogida
entre dos fuegos, se vería obligada a resistir por las dos bordas.
En ese
momento, una nueva andanada fue lanzada por la Syphanta, y con tan buena
pun-tería, esta vez, que dos de los barcos de la floti-lla -uno de los
paquebotes y una saica-, alcan-zados en pleno casco por debajo de la línea de
flotación, se fueron a pique en unos instantes. Las dos tripulaciones tuvieron
el tiempo justo de lanzarse a las embarcaciones, a fin de llegar hasta los dos
bergantines del centro, donde fueron recogidos enseguida.
-¡Hurra!
¡Hurra!
Éste fue
el grito de los marineros de la corbe-ta, después de aquel doble impacto que
honra-ba a sus jefes de pieza.
-¡Dos
hundidos! -dijo el capitán Todros.
-Sí
-respondió Henry d'Albaret-, pero los granujas que los tripulaban han podido
embar-carse a bordo de los bergantines, ¡y temo toda-vía un abordaje que les
daría la ventaja del nú-mero!
Todavía
durante un cuarto de hora, los ca-ñonazos continuaron por una parte y por la
otra. Los navíos piratas, al igual que la corbeta, desaparecían en medio de los
vapores blancos de la pólvora, y era preciso esperar a que se disipasen para
verificar el daño que se habían hecho mutuamente. Por desgracia, ese daño era
bastante sensible a bordo de la Syphanta. Va-rios marineros habían caído
muertos; otros, en mayor número, estaban gravemente heridos. Un oficial
francés, alcanzado en mitad
del
pecho, acababa de ser abatido, en el momento en que el comandante le daba sus
órdenes.
Los
muertos y los heridos fueron bajados enseguida a la cubierta inferior. El
cirujano y sus ayudantes ya no daban abasto con las curas y las operaciones que
exigía el estado de aque-llos que habían sido alcanzados directamente por los
proyectiles o indirectamente por los fragmentos del casco, sobre la cubierta o
en la batería. Si bien la fusilería no había hablado
aún entre
aquellos barcos, que seguían mante-niéndose a medio alcance de cañón, si no
había que extraer balas ni cascos de metralla, las heridas no eran por ello
menos graves, y sí más horribles.
En
aquellos momentos, las mujeres, que habían sido confinadas en la bodega, no
falta-ron a su deber. Hadjine Elizundo les dio ejem-plo. Todas se apresuraron a
atender a los heri-dos, animándoles y reconfortándoles.
Fue
entonces cuando la vieja prisionera de Escarpanto abandonó su oscuro retiro. La
vista de la sangre no podía asustarla y, sin duda, los azares de su vida la
habían conducido ya a más de un campo de batalla. Al resplandor de las lámparas
de la cubierta inferior, se inclinó so-bre la cabecera de las literas en las
que reposa-ban los heridos, echó una mano en las opera-ciones más dolorosas, y,
cuando una nueva andanada hacía temblar la corbeta hasta las carlingas, ni el
más leve movimiento de sus ojos indicaba que aquellas espantosas detonaciones
la
hubiesen hecho estremecerse.
Entretanto,
se aproximaba la hora en la que la tripulación de la Syphanta iba a verse
obli-gada a luchar con arma blanca contra los pira-tas. La línea se había
cerrado, el círculo se estre-chaba. La corbeta se convertía en el punto de mira
de todos aquellos fuegos convergentes.
Pero se
defendía bien, en honor al pabellón que ondeaba todavía en su pico. Su
artillería causaba grandes estragos a bordo de la flotilla. Otros dos barcos,
una saica y un falucho, fue-ron destruidos. Uno se hundió. El otro, aguje-reado
por balas rojas, no tardó en desaparecer en medio de las llamas.
De todos
modos, el abordaje era inevitable. La Syphanta sólo habría podido eludirlo
for-zando la línea que la rodeaba. A falta de viento, no podía hacerlo,
mientras que los piratas, mo-vidos por sus remos de galera, se acercaban
estrechando el círculo.
El
bergantín con el pabellón negro estaba só-lo a un tiro de pistola cuando soltó
su andana-
da. Una
bala de cañón estalló contra los herra-jes del codaste en la popa de la corbeta
y le desmontó el timón.
Henry
d'Albaret se preparó entonces para recibir el asalto de los piratas y mandó
izar las redes defensivas y de abordaje. Ahora, era la fusilería la que
detonaba de un lado y del otro. Pedreros y trabucos, mosquetes y pistolas,
hacían llover una granizada de balas sobre la cubierta de la Syphanta. Muchos
hombres caye-ron aún, casi todos heridos mortalmente. Vein-te veces estuvo
Henry d'Albaret a punto de ser alcanzado; pero, inmóvil y tranquilo sobre el
puente de mando, daba sus órdenes con la misma sangre fría que si hubiese
estado coman-dando una salva de honor en una revista de escuadra.
En ese
momento, a través de los desgarrones de la humareda, las tripulaciones enemigas
podían verse cara a cara. Se oían las horribles imprecaciones de los bandidos.
A bordo del bergantín con pabellón negro, Henry d'Albaret
intentaba
en vano ver a aquel Sacratif, cuyo solo nombre causaba espanto en todo el
Archi-piélago.
Fue
entonces cuando, por estribor y por ba-bor, aquel bergantín y uno de los que
habían cerrado la línea, sostenidos en la retaguardia por los otros barcos, se
situaron junto a la cor-beta, cuyas cintas gimieron bajo la presión. Los arpeos
lanzados a propósito se engancharon al aparejo y ataron los tres navíos. Los
cañones tu-vieron que callar; pero, como las portas de la Syphanta eran otras
tantas brechas abiertas a los piratas, los sirvientes permanecieron en su
puesto para defenderlas a hachazos, pistoleta-zos y golpes de pica. Tal era la
orden del co-mandante, orden que fue enviada a la batería en el momento en el
que los dos bergantines abordaban la corbeta.
De
pronto, un grito estalló por todas partes, con tal violencia que dominó por un
instante el estruendo de la fusilería.
-¡Al
abordaje! ¡Al abordaje!
El
combate, cuerpo a cuerpo, devino enton-ces espantoso. Ni las descargas de los
trabucos, los pedreros y los fusiles, ni los hachazos y los golpes de pica
pudieron impedir que aquellos piratas rabiosos, ebrios de furor, ávidos de
san-gre, pusieran pie en la corbeta. Desde sus cofas lanzaban una lluvia de
granadas que hacía im-posible defender la cubierta de la Syphanta, a pesar de
que también ésta les respondiese des-de sus propias cofas por medio de los
gavieros. Henry d'Albaret se vio acometido por todos lados. Los empalletados de
la Syphanta, a pesar de que eran más elevados que los de los ber-gantines,
fueron tomados al asalto. Los corsa-rios pasaban de verga en verga y,
agujereando las redes defensivas, se descolgaban sobre la cubierta. ¡Qué
importaba que algunos murieran antes de alcanzarla! Su número era tal que no lo
parecía.
La
tripulación de la corbeta, reducida ahora a menos de doscientos hombres útiles,
tenía que batirse contra más de seiscientos.
En
efecto, los dos bergantines servían ince-santemente de paso a nuevos
asaltantes, traídos por las embarcaciones de la flotilla. Era una masa a la que
resultaba casi imposible resistir. La sangre no tardó en correr a mares sobre
la cubierta de la Syphanta. Los heridos, en medio de las convulsiones de la
agonía, se levantaban aún para dar un último pistoletazo o una puña-lada.
Todo era
confusión en medio de la humare-da. ¡Pero el pabellón corfiota no sería arriado
mientras quedase un hombre para defenderlo!
En medio
de esta horrible refriega, Xaris se batía como un león. No había abandonado la
toldilla. Veinte veces, su hacha, sujeta por el estrobo a su vigorosa muñeca,
abatiéndose so-bre la cabeza de un pirata, salvó de la muerte a Henry
d'Albaret.
Éste,
mientras tanto, en mitad de aquella agitación, no pudiendo hacer nada contra el
número de sus enemigos, permanecía siempre dueño de sí mismo. ¿En qué pensaba?
¿En ren-
dirse?
¡No! Un oficial francés no se rinde ante piratas. Pero, entonces, ¿qué haría?
¿Imitaría al heroico Bisson, que, diez meses antes, en condi-ciones similares,
se había hecho saltar por los aires para no caer en manos de los turcos?
¿Destruiría, con la corbeta, los dos bergantines enganchados a sus flancos?
¡Pero esto suponía condenar también a la destrucción a los heridos de la
Syphanta, los prisioneros arrancados a Nicolas Starkos, aquellas mujeres,
aquellos ni-ños...! ¡Era sacrificar a Hadjine!... Y aquellos a los que
perdonara la explosión, si Sacratif los dejaba con vida, ¿cómo escaparían esta
vez de los horrores de la esclavitud?
-¡Tened
cuidado, mi comandante! -exclamó Xaris, que acababa de lanzarse delante de él.
Un
segundo más y Henry d'Albaret habría sido herido de muerte. Pero Xaris aferró
con sus dos manos al pirata que iba a golpearlo y lo precipitó al mar. Por tres
veces, otros quisieron llegar hasta Henry d'Albaret; por tres veces, Xaris los
abatió a sus pies.
La
cubierta de la corbeta estaba entonces to-talmente invadida por la masa de los
asaltantes. Apenas se oían algunas detonaciones. Los hombres se batían sobre
todo con arma blanca y los gritos dominaban sobre el estruendo de la pólvora.
Los
piratas, dueños ya del castillo de proa, habían acabado por ocupar todo el
espacio has-ta el pie del palo mayor. Poco a poco, rechaza-ban a la tripulación
hacia la toldilla. Eran diez contra uno, al menos. ¿Cómo hubiera sido po-sible
la resistencia? Si el comandante D'Albaret hubiera querido hacer saltar
entonces la corbe-ta, tampoco habría podido poner en práctica su proyecto. Los
asaltantes ocupaban la entrada de las escotillas y de los cuarteles que daban
acce-so al interior. Se habían esparcido por la batería y el entrepuente, donde
la lucha continuaba con el mismo encarnizamiento. Llegar al pañol de la pólvora
era ya algo impensable.
Además,
por todas partes los piratas se im-ponían por su número. Sólo una barrera,
hecha
con los
cuerpos de sus camaradas heridos o muertos, los separaba de la popa de la
Syphan-ta. Las primeras filas, empujadas por las úl-timas, franquearon esa
barrera, después de haberla hecho aún más alta amontonando en ella nuevos
cadáveres. Luego, pisoteando aque-llos cuerpos, con los pies cubiertos de
sangre, se precipitaron al asalto de la toldilla.
Allí se
habían reunido unos cincuenta hom-bres y cinco o seis oficiales con el capitán
To-dros. Rodeaban a su comandante, decididos a resistir hasta la muerte.
En aquel
estrecho espacio la lucha fue des-esperada. El pabellón, caído del pico de
cangre-ja junto con el palo de mesana, había vuelto a ser izado en el botalón
de popa. Aquél era el último puesto que el honor mandaba defender hasta el
último hombre.
Pero, por
muy valerosa y decidida que fue-se, ¿qué podía hacer aquella pequeña tropa
contra los quinientos o seiscientos piratas que ocupaban entonces el castillo
de proa, el puente
y las
cofas, de donde caía un verdadero diluvio de granadas? Las tripulaciones de la
flotilla seguían llegando en ayuda de los primeros asaltantes. Eran otros
tantos bandidos, que el combate no había aún debilitado, mientras que cada
minuto disminuía el número de los defen-sores de la toldilla.
Aquella
toldilla, sin embargo, era como una fortaleza. Tuvieron que arremeter contra
ella varias veces. ¿Quién sabría decir cuánta sangre se vertió para tomarla?
¡Pero, finalmente, fue tomada! Los hombres de la Syphanta tuvieron que
retroceder ante la avalancha hasta el ex-tremo de la popa. Allí se agruparon
alrededor del pabellón, formando un escudo con sus cuerpos. Henry d'Albaret, en
medio de ellos, con el puñal en una mano y la pistola en la otra, dio y recibió
los últimos golpes.
¡No! ¡El
comandante de la corbeta no se rin-dió! ¡Fue aplastado por el número! Entonces
quiso morir... ¡Fue en vano! Parecía que aque-llos que lo atacaban tuviesen la
orden secreta
de
cogerlo vivo, orden cuya ejecución costó la vida a veinte de los más
encarnizados asaltan-tes, que cayeron bajo el hacha de Xaris.
Henry
d'Albaret fue capturado finalmente junto con aquellos de sus oficiales que
habían sobrevivido a su lado. Xaris y los otros marine-ros se vieron reducidos
a la impotencia. ¡El pa-bellón de la Syphanta dejó de flotar en su popa!
Al mismo
tiempo, gritos, voces y hurras es-tallaron por todas partes. Eran los
vencedores que daban alaridos aclamando a su jefe:
-¡Sacratif!
¡Sacratif!
Y ese
jefe apareció entonces por encima de los empalletados de la corbeta. La masa de
cor-sarios se apartó para hacerle sitio. Caminó len-tamente hacia popa, pisando
los cadáveres de sus compañeros sin prestarles la menor aten-ción. Luego,
después de haber subido la es-calera ensangrentada de la toldilla, avanzó hacia
Henry d'Albaret.
El
comandante de la Syphanta pudo ver por fin a aquel a quien la turba de piratas
acababa
de
saludar con el nombre de Sacratif.
Era
Nicolas Starkos.
15
Desenlace
El
combate entre la flotilla y la corbeta había durado más de dos horas y media.
Del lado de los asaltantes había que contar al menos ciento cincuenta hombres
muertos o heridos, y casi otros tantos en la tripulación de la Syphanta,
compuesta inicialmente de doscientos cincuen-ta. Estas cifras indican con qué
encarnizamiento se había luchado, tanto por una parte como por la otra. La
victoria no había sido para el bando al que en justicia correspondía. Henry
d'Alba-ret, sus oficiales, sus marineros y sus pasajeros estaban ahora en manos
del despiadado Sacra-tif.
Sacratif
o Starkos, pues, en efecto, eran el
mismo
hombre. Hasta entonces, nadie había sabido que, bajo aquel nombre, se escondía
un griego, un hijo de la Maina, un traidor, ganado para la causa de los
opresores. ¡Sí! ¡Era Nicolás Starkos quien mandaba aquella flotilla, cuyos
espantosos desmanes habían sembrado el terror en aquellos mares! ¡Era él quien
unía al infame oficio de pirata un comercio más infame aún! ¡Era él quien
vendía, a los bárbaros y los infie-les, a los compatriotas que habían escapado
de las matanzas de los turcos! ¡Él, Sacratif! ¡Y ese nombre de guerra, o más
bien ese nombre de piratería, era el nombre del hijo de Andronika Starkos!
Desde
hacía muchos años, Sacratif -ahora hay que llamarlo así- había establecido el
centro de sus operaciones en la isla de Escarpanto. Allí, en el fondo de las
calas desconocidas de su costa oriental, se encontraban los principales
apostaderos de la flotilla. Allí, compañeros su-yos sin religión ni moral, que
lo obedecían cie-gamente y a los cuales podía pedir cualquier
acto de
violencia y de audacia, formaban las tripulaciones de una veintena de barcos,
cuyo mando le pertenecía sin disputa.
Después
de su partida de Corfú, a bordo de la Karysta, Sacratif había dado la vela
directa-mente hacia Escarpanto. Su intención era re-emprender sus campañas en
el Archipiélago, con la esperanza de encontrar aquella corbeta que había visto
aparejar para hacerse a la mar y cuyo destino conocía. Sin embargo, aun
ocu-pándose de la Syphanta, no renunciaba a dar con Hadjine Elizundo y sus
millones, como tampoco renunciaba a vengarse de Henry d'Al-baret.
La
flotilla de los piratas se puso, pues, a bus-car la corbeta; pero, aunque
Sacratif había oído hablar a menudo de ella y de las represalias que había
tomado contra los piratas del norte del Archipiélago, no pudo dar con su pista.
No era él, como ya se ha dicho, quien llevaba el mando en el combate de Lemnos,
donde el ca-pitán Stradena encontró la muerte; pero sí era
él quien
había huido de Tasos en la sacoleva, aprovechando la batalla que la corbeta
libraba a la vista del puerto. Sólo que, en esa época, igno-raba todavía que la
Syphanta hubiese pasado a estar bajo el mando de Henry d'Albaret y no lo supo
hasta que lo vio en el mercado de Escar-panto.
Al dejar
Tasos, Sacratif había ido a recalar a Sira y no había abandonado esta isla
hasta cua-renta y ocho horas antes de la llegada de la cor-beta. No se habían
equivocado al pensar que la sacoleva había debido de dar vela hacia Creta.
Allí, en el puerto de Grabusa, esperaba el ber-gantín que debía llevar a
Sacratif a Escarpanto para preparar una nueva campaña. La corbeta lo vio poco
después de que hubiese salido de Grabusa y le dio caza, sin poder alcanzarlo,
tan superior era su marcha.
Sacratif,
por su parte, había reconocido per-fectamente la Syphanta. Ir tras ella,
intentar tomarla al abordaje, satisfacer su odio destru-yéndola, ésa había sido
su idea al principio.
Pero,
después de reflexionar, se dijo que valía más dejarse perseguir a lo largo del
litoral de Creta, arrastrar a la corbeta hasta los parajes de Escarpanto y
luego desaparecer en uno de aquellos refugios que sólo él conocía.
Eso fue
lo que hizo y, cuando las circunstan-cias precipitaron el desenlace de este
drama, el jefe de los piratas se ocupaba de poner su floti-lla a punto para
atacar a la Syphanta.
Ya
sabemos lo que había pasado, ya sabe-mos por qué Sacratif había ido al mercado
de Arkassa, y cómo, después de haber vuelto a encontrar a Hadjine Elizundo
entre los prisio-neros del batistan, se vio frente a Henry d'Alba-ret, el
comandante de la corbeta.
Sacratif,
creyendo que Hadjine Elizundo to-davía era la rica heredera del banquero
corfiota, había querido a toda costa convertirse en su dueño... La intervención
de Henry d'Albaret hizo fracasar su tentativa.
Más
decidido que nunca a apoderarse de Hadjine Elizundo, a vengarse de su rival y a
destruir
la corbeta, Sacratif se llevó consigo a Skopelo y volvió a la costa oeste de la
isla. No podía haber duda de que Henry d'Albaret pen-saba abandonar
inmediatamente Escarpanto a fin de repatriar a los prisioneros. La flotilla
había sido reunida casi al completo y, al día siguiente, se hacía de nuevo a la
mar. Las cir-cunstancias habían favorecido su marcha, y así la Syphanta había
caído en su poder.
Cuando
Sacratif puso los pies sobre la cu-bierta de la corbeta, eran las tres de la
tarde. La brisa empezaba a arreciar, lo cual permitió a los otros navíos
recuperar sus posiciones, de modo que siguieran teniendo a la Syphanta al
alcance de sus cañones. En cuanto a los dos berganti-nes, pegados a sus
flancos, tuvieron que espe-rar a que su jefe estuviese dispuesto a embar-car.
Pero, en
ese momento, no pensaba en hacer tal cosa y un centenar de piratas
permanecieron con él a bordo de la corbeta.
Sacratif
no había dirigido todavía la palabra
al
comandante D'Albaret. Se había contentado con cambiar algunas palabras con
Skopelo, que hizo conducir a los prisioneros, oficiales y ma-rineros, hacia las
escotillas. Allí se reunieron con aquellos de sus compañeros que habían sido
apresados en la batería y el entrepuente; luego, todos fueron obligados a bajar
al fondo de la cala, cuyos cuarteles volvieron a cerrarse sobre ellos. ¿Qué
suerte les estaba reservada? ¡Sin duda, una muerte horrible que los
aniqui-laría destruyendo la Syphanta!
En ese
momento, ya sólo quedaban en la toldilla Henry d'Albaret y el capitán Todros,
desarmados, atados y vigilados.
Sacratif,
rodeado de una docena de sus más feroces piratas, dio un paso hacia ellos.
-¡No
sabía -dijo- que la Syphanta estuviese al mando de Henry d'Albaret! Si lo
hubiera sabi-do, no habría dudado en presentarle batalla en los mares de Creta,
¡y así no habría ido a hacer-les la competencia a los padres de la Merced al
mercado de Escarpanto!
-¡Si
Nicolas Starkos nos hubiese esperado en los mares de Creta -respondió el
comandante D'Albaret- estaría ya colgado de la verga de trinquete de la
Syphanta!
-¿De
veras? -prosiguió Sacratif-. Una justicia expeditiva y sumaria...
-¡Sí!...
¡La justicia que conviene al jefe de unos piratas!
-Tened
cuidado, Henry d'Albaret -exclamó Sacratif-. ¡Tened cuidado! Vuestra verga de
trinquete está todavía en pie y yo sólo tengo que hacer una señal... -¡Hacedla!
-¡No se
cuelga a un oficial! -exclamó el capi-tán Todros-. ¡Se le fusila! Esa muerte
infaman-te...
-¿Acaso
no es la única que puede dar un in-fame? -respondió Henry d'Albaret.
Ante esta
última palabra, Sacratif hizo un gesto, cuyo significado era más que conocido
por los piratas.
Era una
sentencia de muerte.
Cinco o
seis hombres se lanzaron sobre Hen-
ry
d'Albaret, mientras que los otros retenían al capitán Todros, que intentaba
romper sus ata-duras.
El
comandante de la Syphanta fue arrastra-do hacia proa, en medio de las más
abomina-bles maldiciones. Un andarivel había sido ya largado desde la
empuñadura de la verga, y no faltaban más que unos segundos para que aquella
infame ejecución se llevara a cabo en la persona de un oficial francés, cuando
Hadjine Elizundo apareció en cubierta.
La joven
había sido traída por orden de Sa-cratif. Ella sabía que el jefe de aquellos
piratas era Nicolas Starkos. Pero ni la calma ni la fiere-za habían de
faltarle.
Primero,
sus ojos buscaron a Henry d'Alba-ret. Ignoraba si había sobrevivido en medio de
su tripulación diezmada. ¡Lo vio!... Estaba vi-vo... ¡Vivo, en el momento de
padecer el último suplicio!
Hadjine
Elizundo corrió a él exclamando. -¡Henry!... ¡Henry!
Los
piratas iban a separarlos, cuando Sacra-tif, que se dirigía hacia la proa de la
corbeta, se paró a algunos pasos de Hadjine y de Henry d'Albaret. Los miró a
los dos con una ironía cruel.
-¡He aquí
a Hadjine Elizundo en manos de Nicolas Starkos! -dijo cruzándose de brazos-.
¡Así pues, tengo en mi poder a la heredera del rico banquero de Corfú!
-¡A la
heredera del banquero de Corfú, pero no la herencia! -respondió fríamente
Hadjine.
Sacratif
no podía comprender esta distin-ción. Por eso, prosiguió diciendo:
-¡Quiero
creer que la prometida de Nicolas Starkos no le negará su mano al encontrarlo
de nuevo bajo el nombre de Sacratif!
-¡Yo!
-exclamó Hadjine.
-¡Vos!
-respondió Sacratif acentuando su ironía-. Está bien que le estéis agradecida
al generoso comandante de la Syphanta por lo que ha hecho al rescataros. ¡Pero
lo que él ha hecho, intenté hacerlo yo! Era por vos, y no por
esos
prisioneros, que poco me importan, ¡sí!, ¡sólo por vos, por quien sacrificaba
mi fortuna! ¡Un minuto más, bella Hadjine, y me habría convertido en vuestro
dueño... o más bien en vuestro esclavo!
Mientras
hablaba de este modo, Sacratif dio un paso adelante. La joven se apretó más
estre-chamente contra Henry d'Albaret.
-¡Miserable!
-exclamó.
-¡Sí!
Bien miserable, Hadjine -respondió Sa-cratif-. ¡Por eso cuento con vuestros
millones para salir de la miseria!
Al oír
estas palabras, la muchacha se adelan-tó hacia Sacratif.
-¡Nicolas
Starkos -dijo con voz sosegada-, Hadjine Elizundo ya no tiene nada de la
fortu-na que codiciáis! ¡Ha gastado esa fortuna repa-rando el mal que su padre
había causado para adquirirla! ¡Nicolas Starkos, ahora Hadjine Eli-zundo es más
pobre que el último de estos des-graciados que la Syphanta llevaba de vuelta a
su país!
Esta
revelación inesperada produjo una re-pentina transformación en Sacratif. Su
actitud cambió súbitamente. En sus ojos brilló un re-lámpago de furor. ¡Sí! ¡Él
contaba todavía con aquellos millones que Hadjine Elizundo habría sacrificado
para salvar la vida de Henry d'Al-baret! ¡Y de esos millones -acababa de
decirlo con un acento de sinceridad que no podía dejar ninguna duda- ya no
quedaba nada!
Sacratif
miraba a Hadjine, miraba a Henry d'Albaret. Skopelo lo observaba: lo conocía lo
bastante para saber cuál sería el desenlace de aquel drama. Por otra parte, las
órdenes relati-vas a la destrucción de la corbeta le habían sido ya dadas, y no
esperaba más que una señal pa-ra hacerlas ejecutar.
Sacratif
se volvió hacia él.
-¡Adelante,
Skopelo! -dijo.
Skopelo,
seguido por algunos de sus com-pañeros, bajó por la escalera que conducía a la
batería y se dirigió al pañol de la pólvora, si-tuado en la popa de la
Syphanta.
Al mismo
tiempo, Sacratif ordenaba a los pi-ratas que volviesen a pasar a bordo de los
ber-gantines, todavía sujetos a los flancos de la cor-beta.
Henry
d'Albaret había comprendido. Ya no era sólo con su muerte con lo que Sacratif
iba a satisfacer su venganza. ¡Centenares de desgra-ciados estaban condenados a
perecer con él para saciar completamente el odio de aquel monstruo!
Los dos
bergantines acababan de soltar sus arpeos de abordaje y comenzaban ya a
alejarse orientando hacia el viento algunas velas que ayudaban a sus remos de
galera. De todos los piratas, no quedaban más que unos veinte a bordo de la
corbeta. Sus embarcaciones espera-ban atracadas junto a la Syphanta a que
Sacratif les ordenara bajar a ellas.
En aquel
momento, Skopelo y sus hombres reaparecieron sobre la cubierta.
-¡A
embarcar! -dijo Skopelo.
-¡A
embarcar! -exclamó Sacratif con voz te-
rrible-.
¡En unos minutos no quedará nada de este barco maldito! ¡Ah! ¡No querías una
muer-te infamante, Henry d'Albaret! ¡Está bien! ¡La explosión no perdonará ni a
los prisioneros, ni a la tripulación, ni a los oficiales de la Syphan-ta!
¡Agradéceme que te dé una muerte semejan-te en tan buena compañía!
-Sí,
agradéceselo, Henry -dijo Hadjine-. ¡Agradéceselo! ¡Al menos, moriremos juntos!
-¿Morir
tú, Hadjine? -respondió Sacratif-. ¡No! Tú vivirás y serás mi esclava... ¡Mi
escla-va!... ¡Óyelo!
-¡Infame!
-exclamó Henry d'Albaret.
La joven
se aferraba a él más estrechamente. ¡Ella, en poder de aquel hombre!
-¡Cogedla!
-ordenó Sacratif.
-¡Y a
embarcar! -añadió Skopelo-. ¡Tenemos el tiempo justo!
Dos
piratas se habían lanzado sobre Hadjine, y la arrastraron hacia el portalón de
la corbeta.
-Y ahora
-exclamó Sacratif-, que todos pe-rezcan con la Syphanta, todos...
-¡Sí!...,
todos... ¡y tu madre con ellos!
Era la
vieja prisionera, que acababa de apa-recer sobre la cubierta, esta vez con la
cara des-cubierta.
-¡Mi
madre!... ¡A bordo!... -exclamó Sacratif. -¡Tu madre, Nicolas Starkos!
-respondió An-
dronika-.
¡Y será tu mano la que me cause la muerte!
-¡Que se
la lleven!... ¡Que se la lleven! -aulló Sacratif.
Algunos
de sus compañeros se precipitaron sobre Andronika.
Pero, en
ese momento, la cubierta fue inva-dida por los supervivientes de la Syphanta.
Habían conseguido romper los cuarteles de la cala donde los habían encerrado y
acababan de hacer irrupción por el castillo de proa.
-¡A
mí!... ¡A mí! -exclamó Sacratif.
Los
piratas que estaban todavía en la cubier-ta, arrastrados por Skopelo,
intentaron ir a so-correrlo. Los marinos, armados de hachas y puñales, dieron
buena cuenta de ellos, hasta el
último.
Sacratif
se sintió perdido. ¡Pero, al menos, todos aquellos a quienes odiaba iban a
perecer con él!
-¡Salta
por los aires, corbeta maldita! - exclamó-. ¡Salta!
-¡Saltar
por los aires!... ¡Nuestra Syphanta!... ¡Nunca!
Era
Xaris, que apareció aguantando una me-cha encendida que había arrancado de uno
de los toneles del pañol de la pólvora. Luego, aba-lanzándose sobre Sacratif,
lo abatió sobre la cubierta de un hachazo.
Andronika
lanzó un grito. Todo lo que pue-de sobrevivir del sentimiento maternal en el
corazón de una madre, incluso después de tan-tos crímenes, había surgido en
aquel instante. Hubiese querido desviar aquel golpe que aca-baba de alcanzar a
su hijo.
Entonces
la vieron acercarse al cuerpo de Nicolas Starkos y arrodillarse, como para
darle el último perdón en el último adiós... Luego,
cayó a su
vez.
Henry
d'Albaret se lanzó hacia ella...
-¡Muerta!
-dijo-. ¡Que Dios perdone al hijo por piedad hacia la madre!
Entretanto,
algunos de los piratas, que esta-ban en las embarcaciones, habían podido
abor-dar uno de los bergantines. La noticia de la muerte de Sacratif se
difundió enseguida.
Había que
vengarlo y los cañones de la floti-lla tronaron de nuevo contra la Syphanta.
Esta vez,
fue en vano. Henry d'Albaret había tomado de nuevo el mando de la corbeta. Lo
que quedaba de su tripulación -un centenar de hombres- se volvió a colocar en
las piezas de la batería y en las carronadas del puente, que res-pondieron
victoriosamente a las andanadas de los piratas.
Pronto,
uno de los bergantines -el mismo en el cual Sacratif había enarbolado su
pabellón negro- fue alcanzado en la línea de flotación y se hundió en medio de
las horribles impreca-ciones de los bandidos que había a bordo.
-¡Ánimo!
¡Ánimo, muchachos! -gritó Henry d'Albaret-. ¡Salvaremos nuestra Syphanta!
Y el
combate continuó por un lado y por el otro; pero el indomable Sacratif ya no
estaba allí para enardecer a los piratas y éstos no osa-ron arriesgarse a las
eventualidades de un nue-vo abordaje.
Pronto no
quedaron más que cinco barcos de toda aquella flotilla. Los cañones de la
Syphan-ta podían hundirlos a distancia. Por eso, siendo la brisa bastante
fuerte, se sirvieron de ella y emprendieron la huida.
-¡Viva
Grecia! -gritó Henry d'Albaret, mien-tras los colores de la Syphanta eran
izados a la punta del palo mayor.
-¡Viva
Francia! -respondió toda la tripula-ción, asociando aquellos dos nombres, que
habían estado tan estrechamente unidos duran-te la guerra de la Independencia.
Eran
entonces las cinco de la tarde. A pesar de tantas fatigas, ninguno de aquellos
hombres quiso descansar antes de que la corbeta hubiese
sido
puesta en condiciones de navegar. Enver-garon dos velas de repuesto,
enjimelgaron los mástiles bajos, colocaron un bandola para re-emplazar el palo
de mesana, pasaron drizas nuevas y encapillaron obenques también nue-vos,
repararon el timón y, esa misma noche, la Syphanta retomaba su rumbo hacia el
noroeste.
El cuerpo
de Andronika Starkos, depositado bajo la toldilla, fue guardado con el respeto
que imponía el recuerdo de su patriotismo. Henry d'Albaret quería devolver a su
tierra natal los despojos de aquella valiente mujer.
En cuanto
al cadáver de Nicolas Starkos, le ataron a los pies una bala de cañón y
desapare-ció bajo las aguas de aquel Archipiélago que el pirata Sacratif había
turbado con tantos críme-nes.
Veinticuatro
horas después, el 7 de septiem-bre, hacia las seis de la tarde, la Syphanta
llega-ba a la isla de Egina y entraba en el puerto des-pués de un año de viaje
durante el cual había restablecido la seguridad en los mares de Gre-
cia.
Allí, los
pasajeros hicieron resonar el aire con mil hurras. Luego, Henry d'Albaret se
des-pidió de los oficiales de a bordo y de su tripula-ción y volvió a poner al
capitán Todros al man-do de aquella corbeta, que Hadjine había dona-do al nuevo
gobierno.
Algunos
días más tarde, en medio de una gran concurrencia, y en presencia del estado
mayor, la tripulación y los prisioneros repatria-dos por la Syphanta, se
celebraba el matrimo-nio de Hadjine Elizundo y Henry d'Albaret. Al día
siguiente, los dos partieron hacia Francia con Xaris, que ya no había de
dejarlos, pero pensaban volver a Grecia en cuanto las circuns-tancias lo
permitiesen.
Por otra
parte, aquellos mares empezaban ya a recobrar la calma durante tanto tiempo
tur-bada. Los últimos piratas habían desaparecido y la Syphanta, bajo las
órdenes del comandante Todros, no volvió a encontrar nunca ni rastro de aquel
pabellón negro, engullido por las
aguas
junto con Sacratif. Ya no era el Archipié-lago en llamas: era, una vez
extinguidos los últimos fuegos, el Archipiélago reabierto al comercio del
Extremo Oriente.
El reino
helénico, en efecto, gracias al hero-ísmo de sus hijos, no había de tardar en
ocupar su lugar entre los Estados libres de Europa. El 22 de marzo de 1829, el
sultán firmaba una convención con las potencias aliadas. El 22 de septiembre,
la batalla de Petra aseguraba la victoria a los griegos. En 1832, el Tratado de
Londres daba la corona al príncipe Otón de Baviera. El reino de Grecia estaba
definitiva-mente fundado.
Fue hacia
esa época cuando Henry y Hadjine d'Albaret volvieron a fijar su residencia en
aquel país, con una modesta situación econó-mica, es cierto. Pero ¿qué más
necesitaban para ser felices, si la felicidad estaba en ellos mis-mos?


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