© Libro N° 11212.
Mariátegui: Un Marxista Nietzscheano. Ibáñez,
Alfonso. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
Mariátegui: Un Marxista Nietzscheano. Alfonso Ibáñez
Versión Original: © Mariátegui: Un Marxista Nietzscheano. Alfonso
Ibáñez
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
MARIÁTEGUI: UN MARXISTA NIETZSCHEANO
Alfonso Ibáñez
Mariátegui:
Un Marxista Nietzscheano
Alfonso
Ibáñez
¡Constituya
de ahora en adelante vuestro honor no
el lugar
de donde venís, sino el lugar a donde
vais!… El
país de vuestros hijos es el que debéis
amar: sea
ese amor vuestra nobleza, —¡el país
no
descubierto, situado en el mar más remoto! ¡A
vuestras
velas ordeno que partan una y otra vez en
su busca!
Así habló
Zaratustra
Al evocar
la figura de Nietzsche, en tanto que pensador intempestivo, con
frecuencia irrumpe una duda y hasta un dilema: ¿La filosofía de Nietzsche es
liberadora u opresora, es fundamentalmente destructiva o constructiva, está
básicamente puesta al servicio de un no o de un sí a la vida? La interrogación
permanece abierta y según la respuesta que le demos se juega, muy
probablemente, nuestra manera de leer y practicar a Nietzsche. Pues
todos recordamos que su nombre aparece asociado a la interpretación nazi y
antisemita, que nutrió ideológicamente al totalitarismo político de Hitler. Sin
embargo, tal no es la única manera de entender su mensaje e, incluso, se puede
sostener que proviene de un radical malentendido. Esto es lo que hace Georges
Morel cuando cita cartas de Nietzsche a su hermana,
de 1887 y 1888, donde ya manifestaba su neta oposición a las hojas antisemitas
que usaban el nombre de Zaratustra (Morel, 1970:193). Lo cierto es que a
comienzos del siglo XX, el pensamiento nietzscheano alimentó también a la
intelectualidad contestataria, y fue bien recibido por anarquistas y
socialistas de la época. Es el caso de José Carlos Mariátegui,
quien ha sido considerado con razón como el primer o más conspicuo marxista de
Latinoamérica (Melis, 1971). Al respecto resultan muy sugerentes las
apreciaciones que hace Ofelia Schutte en su trabajo sobre “Nietzsche,
Mariátegui y el Socialismo” (Schutte, 1992).
Un hombre
nómada
Mariátegui, el
Amauta peruano, llamado así desde el lanzamiento de su prestigiosa revista del
mismo nombre, fue un extraordinario autodidacta. Educado en y por la pobreza,
tuvo que trabajar desde temprana edad en el periodismo, donde supo formarse una
personalidad propia al calor de las luchas populares de 1918-1919. Identificado
como opositor del régimen de Leguía, se vio obligado a aceptar una
beca como “propagandista nacional” en el extranjero. Así es como
prosigue su aprendizaje en la escuela de la vida, viajando por diversos países
durante su estadía europea. Reside sobre todo en Italia donde, según sus
palabras: “desposó una mujer y algunas ideas”. En su experiencia
europea, fue testigo ocular de la crisis de la civilización industrial
capitalista, provocada por la Primera Guerra Mundial, el triunfo de la
Revolución de Octubre y el ascenso del movimiento obrero y popular de la
posguerra. Así es como decide enrolarse en las filas de los que luchan por la
construcción de un mundo nuevo, regresando al Perú, en 1923, como “marxista
convicto y confeso”, con la intención de contribuir a la creación del
movimiento socialista peruano (Ibáñez, 1978:26-34).
Aquí ya
nos topamos con un rasgo típico de su temperamento, que lo pone en sintonía
vital con el trotamundos que fue Nietszche tanto en lo
geográfico como en lo mental. Lejos de cualquier instalación acomodaticia, que
para Mariátegui caracteriza a la visión burguesa del mundo, él
está siempre en movimiento, como un aventurero lanzado a la búsqueda de lo
novedoso y desconocido, siempre dispuesto a intentar la creación de nuevos
mundos. De ahí la admiración que sentía por la figura histórica de Cristóbal
Colón, el descubridor de nuevas tierras y continentes, y que Nietzsche también
compartía. Así es como en una entrevista que luego aparecerá en La novela y la
vida, donde le preguntaron por su afición predilecta, respondió: “Viajar.
Soy un hombre orgánicamente nómada, curioso e inquieto” (Mariátegui,
1974:141). Pese a lo delicado de su salud, y a que tuvo que permanecer
inmovilizado en una silla de ruedas justo en el momento más intenso y
productivo de su vida, nunca perdió su espíritu nómada y su ánimo emprendedor
de nuevas aventuras. Pues como decía Nietzsche en Humano,
demasiado humano:
Aquel que
ha llegado, aunque sea solamente en cierta medida, a la libertad de la razón,
no puede sentirse en la tierra sino viajero (Nietzsche,
1974:639).1
Pero tal
vez lo más impresionante de este hombre libre sea su capacidad de transitar por
diversos mundos y establecer relaciones, a veces un tanto insólitas, con tal de
que refuercen su concepción revolucionaria de las cosas. Así es como en Europa
descubre el mundo caótico del que provenía y se asigna una misión histórica
precisa, articulando para ello el socialismo moderno con la tradición andina,
el problema mundial con la cuestión nacional y el marxismo con el indigenismo.
Si bien se reconoce como un “hombre con una filiación y una fe”, no por
ello deja de asimilar, críticamente, las más variadas corrientes y
adquisiciones del pensamiento y la cultura contemporáneos. Motivo por el cual,
exagerando un poco, Juan Carlos Valdivia-Cano ha podido
expresar que:
En rigor,
Mariátegui no es un autor, sino un evento, una totalidad abierta sin
estructuras determinantes… un ‘punto de indeterminación’ por donde todas las
líneas y signos de una época pasan, juegan, palpitan, se fugan, retornan,
devienen (Valdivia-Cano, 1985:59).
Muy
distante de cualquier ortodoxia dogmática, Mariátegui se deja
influenciar por Marx, Croce o Sorel,
por ejemplo, pero también por pensadores como Unamuno, Bergson o Freud.
Y, en el caso que nos concierne ahora, por la filosofía de Nietzsche,
en su empeño por construir un “socialismo indoamericano”.
Una
visión combativa de la vida
En su
libro El alma matinal, que no llegó a publicar en vida pero dejó
listo para la imprenta, Mariátegui se ocupa de la crisis
mundial de la civilización capitalista. Ahí se muestra muy atento a la quiebra
material que implicaban los problemas socioeconómicos y políticos. Señala que
la guerra mundial ha fracturado también al Occidente en su mentalidad y en su
espíritu, lo cual considera un asunto mucho más grave. Ya que si los políticos
tal vez encuentren una fórmula para resolver la primera fractura, en su opinión
no sucederá así con la segunda. Por ello estima que el conflicto central reside
en la oposición de dos concepciones de la vida, una pre-bélica y la otra
post-bélica. En los tiempos de paz la humanidad vivía en la “ilusión del
progreso”, confiada en los adelantos de la razón y la ciencia. Pero con la
violencia de la guerra, las energías románticas del hombre occidental
renacieron tempestuosas y prepotentes. Por ello se refiere a la frase de Luis
Bello cuando anota que “conviene corregir a Descartes: combato,
luego existo”. Y recordando su experiencia italiana, donde presenció el
ascenso del fascismo, cita al mismo Mussolini hablando del
filósofo alemán que decía “vive peligrosamente”. Si la vieja burguesía
aspira a la normalización y anhela vivir dulce y parlamentariamente, Mariátegui concluye
que la normalización sería la vuelta a la vida tranquila y el sepelio de todo
heroísmo. A lo cual agrega:
Los
revolucionarios, como los fascistas, se proponen por su parte, vivir
peligrosamente. En los revolucionarios, como en los fascistas, se advierte
análogo impulso romántico, análogo humor quijotesco (Mariátegui,
1972:17-19).
Pues
seguramente él se había confrontado con textos como este:
¡Creedme!
El secreto para cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia
es: ¡vivir peligrosamente!(Nietzsche, 1992:283).
Mariátegui,
entonces, se adhiere a la visión combativa del mundo e inspirándose en La
agonía del cristianismo, del maestro de Salamanca, se autodenomina como un
“agonista del socialismo”. No sin dejar de aclarar que agonía no es
sinónimo de muerte, sino que agoniza el que vive luchando contra la muerte y
contra la vida misma. Ello le impulsa a profundizar en la crisis mundial, para
lo cual se sirve de La decadencia de Occidente de Spengler,
pero tiene muy en cuenta el diagnóstico de Nietzsche sobre el
nihilismo de la cultura occidental. Por ello estima que el racionalismo no ha
servido sino para desacreditar a la razón y que la civilización burguesa ha
caído en el escepticismo.
Pero el
hombre, como la filosofía lo define, es un animal metafísico. No se vive
fecundamente sin una concepción metafísica de la vida. El mito mueve al hombre
en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido
histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una
creencia superior, por una esperanza súper-humana; los demás hombres son el
coro anónimo del drama (Mariátegui, 1972:24).
De modo
que remitiéndose a la teoría soreliana de los mitos sociales, aquí aparecen,
implícitamente, motivos nietszcheanos vinculados a una esperanza sobrehumana y
a la afirmación de la vida.
La
esperanza más alta
Óptica
desde la cual expresa, interpretando los “signos de los tiempos”, que:
Lo que
más neta y claramente diferencia en esta época a la burguesía y al proletariado
es el mito. La burguesía no tiene ya mito alguno. Se ha vuelto incrédula,
escéptica, nihilista. El mito liberal renacentista ha envejecido demasiado. El
proletariado tiene un mito: la revolución social. Hacia ese mito se mueve con
una fe vehemente y activa. La burguesía niega; el proletariado afirma (Mariátegui,
1972:27).
Concepción
peculiar que no ve en el proletariado a la negatividad dialéctica de la
historia, sino una fuerza afirmativa, con fe activa y creadora. Y al adentrarse
en la ilusión de “la lucha final” señala que es, en efecto, la lucha final de
una época y de una clase, pero que el mesiánico milenio nunca vendrá porque el
hombre llega para partir de nuevo. No puede, sin embargo, prescindir de la
creencia de que la nueva jornada es la jornada definitiva, por lo cual cree en
sus verdades relativas como si fueran absolutas. Aunque sin mencionar a Nietzsche,
escribe que:
El
escepticismo se contentaba con contrastar la irrealidad de las grandes
ilusiones humanas. El relativismo no se conforma con el mismo negativo e
infecundo resultado. Empieza por enseñar que la realidad es una ilusión; pero
concluye por reconocer que la ilusión es, a su vez, una realidad.
De modo
que la ilusión de la lucha final es muy antigua y muy moderna, y reaparece cada
cierto tiempo para renovar a los hombres: “Es el motor de todos los
progresos. Es la estrella de todos los renacimientos” (Mariátegui,
1972:31). Problemática que trae a la memoria enunciados tan elocuentes de la
perspectiva nietzscheana como las siguientes de El libro del filósofo:
El
conocimiento al servicio de la vida más perfecta. Es preciso querer incluso la
ilusión: en esto consiste lo trágico… Es preciso establecer la proporción:
vivimos sólo mediante ilusiones… Las verdades son ilusiones de las que se ha
olvidado que lo son (Nietzsche, 1974:24,30 y 91).
Mariátegui, en el
Perú, también se dedica a deslindar posiciones entre el “alma crepuscular”
y el “alma matinal”. A distinguir lo viejo, caduco y moribundo, de lo
que está en proceso de germinación y posibilitará la “creación de un Perú
nuevo dentro de un mundo nuevo”. Por ello señala Hugo Neira que Mariátegui:
Es en la
cultura peruana y tal vez latinoamericana, lo que Nietzsche a la conciencia
alemana y europea. Es decir, la fuente crítica, la introducción a las grandes
cuestiones, ‘a martillazos’. No sólo una doctrina, sino una manera de vivir,
una conducta (Neira, 1986:55).
Después
de este comentario quizás resulte menos sorprendente que, en 1928, al momento
de presentar su principal libro, sus Siete ensayos de interpretación de
la realidad peruana, ponga como epígrafe en alemán un aforismo de Nietzsche sacado
de El viajero y su sombra:
Promesa
solemne: —Yo no quiero leer a un autor en quien se advierte que ha querido
hacer un libro. Ya no leeré más que aquellos cuyas ideas se conviertan
inopinadamente en un libro (Nietzsche, 1999:121).
En su
famosa “Advertencia” explicita que está lo más lejos posible de la
técnica profesoral y del espíritu universitario, pues no es un crítico
imparcial y objetivo. Sus juicios se nutren de sus ideales, sentimientos y
pasiones, por lo cual retoma el sentido de la expresión nietzscheana:
Mi
trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche que no amaba al autor
contraído a la producción intencional, deliberada de un libro, sino a aquel
cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente. Muchos
proyectos de libro visitan mi vigilia; pero sé por anticipado que sólo
realizaré los que un imperioso mandato vital me ordene. Mi pensamiento y mi
vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y
reclamo que me sea reconocido es el de —también conforme a un principio de
Nietzsche— meter toda mi sangre en mis ideas (Mariátegui,
1974:33).
La última
frase evoca al Zaratustra donde se lee que:
De todo
lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú
con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu (Nietzsche,
1972:69).
Por ello,
anota Aníbal Quijano que no es solamente la cuestión de la
subjetividad lo que está en juego con Nietzsche en la
reflexión mariateguiana: “Se puede sentir la reverberación nietzscheana en
la tesitura personal mariateguiana sobre la relación entre ética y conocimiento»
(Quijano, 1995:44). De manera que Mariátegui solicita que se
aprecie su texto no sólo con criterios marxistas, sino también con criterios
nietzscheanos. Pues justamente se trata de ensayos o intentos de aproximación a
una realidad inagotable, a través de una búsqueda insaciable, susceptible de
ser revisada y continuada incesantemente. Aquí nos encontramos con todo un
estilo del hombre, de un talante que le induce a arriesgarse en la comprensión
de una experiencia rica y compleja, sin pretensión alguna de construir un
sistema o una visión acabada, sino de obtener indicaciones para la acción
creadora dentro de un movimiento permanente de autosuperación. Por ello
dice Francis Guibal que:
Para
Mariátegui como para Nietzsche, ‘los verdaderos filósofos’ no son estos
‘obreros’ demasiado modestos que se preocupan exclusivamente por analizar ‘lo
que es’, sino más bien aquellos que ‘tienden hacia el porvenir manos
creadoras…, que mandan y legislan’. Dicen: ‘he aquí lo que ha de ser’… Para
ellos, conocer es crear, su creación es una legislación, su voluntad de verdad
es una voluntad de potencia (Guibal, 1995:148-149).
Un
marxismo creador
En
efecto, Mariátegui piensa que la capacidad de comprender la
historia se identifica con la capacidad de hacerla o crearla. De modo que su
afinidad con Nietzsche no es sólo psicológica, debido a su
lucha contra todas las adversidades de la vida, a su espíritu siempre polémico
con el fin de mantener su autonomía, o a su esfuerzo constante de
autosuperación con el propósito de “realizar su personalidad” o “cumplir
bien su destino”. Esta afinidad tiene mucho que ver con su concepción de un
marxismo antidogmático, crítico y creador. Combatiendo las lecturas
deterministas o positivistas, se acuerda más bien con Croce, en
su Defensa del marxismo, para observar que Marx no
tenía por qué fundar más que un método de interpretación histórica de la
sociedad capitalista actual. A lo cual agrega, muy curiosamente, que:
Vana es
toda tentativa de catalogarla como una simple teoría científica, mientras obre
en la historia como evangelio y método de un movimiento de masas… Marx está
vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran, en el mundo,
innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina (Mariátegui,
1973:36-37).
De ahí
que más que una teoría, el marxismo signifique una “buena nueva”, un
anuncio liberador al interior del movimiento proletario, en el cual incluye al
campesinado indígena. La religión ha descendido del cielo a la tierra y sus
motivos ya no son más divinos sino humanos, sociales y políticos.
En
afinidad con Nietzsche, quien poseía una visión poética y mística
de la vida, Mariátegui declara que “a medias soy sensual y
a medias místico”. Por lo cual efectúa una estetización de la política y
encuentra en el socialismo a la religión de nuestro tiempo. Rechazando toda
posición de un evolucionismo histórico pasivo y resignado, muy del gusto de los
reformistas, él subraya que:
Cada
palabra, cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de
convicción heroica y creadora, cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre
y pasivo sentimiento determinista (Mariátegui, 1973:58).
Precisamente
porque se trata de aspirar a una transformación radical e integral de la
sociedad, al nacimiento de una nueva civilización. Al respecto, indica Ofelia
Schutte que:
Para el
marxismo nietzscheano, el espíritu revolucionario del marxismo está basado en
la liberación inconsciente de la energía creadora, la cual es luego expresada
en un compromiso consciente del ideal para una revolución social (Schutte,
1992:89).
Por ello
el Amauta dice que es una incomprensión de la inteligencia burguesa el
entretenerse en una crítica racionalista del método y la técnica socialista,
porque:
La fuerza
de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en
su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual” (Mariátegui,
1972:27).
No en
vano él había leído en el Zaratustra que: “El que tuvo que
crear, ése tuvo siempre también sus sueños proféticos y sus signos estelares
—¡y creía en la fe!—“(Nietzsche, 1972:179).
Una
apuesta ético-política
En esta
perspectiva de una voluntad creadora en la historia, Mariátegui también
se ocupa de la función ética del socialismo que eleva a los trabajadores en
lucha, según expresión de Sorel, a una “moral de productores”.
Razón por la cual aclara que:
Los
marxistas no creemos que la empresa de crear un nuevo orden social, superior al
orden capitalista, incumba a una amorfa masa de parias y de oprimidos, guiada
por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo
no se alimenta de la compasión y la envidia. En la lucha de clases, donde
residen todos los elementos de lo sublime y heroico de su ascensión, el
proletariado debe elevarse a una ‘moral de productores’, muy distante y
distinta de la ‘moral de esclavos’, de que oficiosamente se empeñan en
proveerlo sus gratuitos profesores de moral, horrorizados de su
materialismo (Mariátegui, 1973:60).
Aquí la
alusión es clara al Nietzsche de la transmutación de los
valores, aunque no lo nombre. Pero se opera una especie de “inversión”,
muy significativa, del planteamiento aristocrático nietzscheano. Pues Mariátegui considera
que el proletariado, lejos de cualquier resentimiento reactivo, es capaz de ser
el portador de una verdadera “moral de señores”, actuando libre y
creativamente en la historia. Añade por ello que:
El
proletariado no ingresa en la historia políticamente sino como clase social; en
el instante en que descubre su misión de edificar, con los elementos allegados
por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden social
superior (Mariátegui, 1973:61).
De modo
que “más allá del bien y del mal”, el proletariado revolucionario busca
algo más que la satisfacción de sus necesidades materiales: aspira a la
grandeza de la vida creadora de humanidad. Luego la tarea suprema de la
revolución social es la de crear un hombre nuevo, un “hombre matinal”,
donde resuenan los ecos de lo que decía Zaratustra: “Yo os
enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado” (Nietzsche,
1972:34). Y esta autosuperación individual y colectiva, ha de ocurrir al
interior de las mismas condiciones, en el movimiento de su transformación
integral, sin calco ni copia, sino como “creación heroica”. Por ello
sostiene Mariátegui, en La escena contemporánea, que:
La
revolución será para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la
conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias
del espíritu (Mariátegui, 1970:158).
Así es
como toda su obra, al igual que su existencia entera, constituye una “invitación
a la vida heroica” —según el título de un libro que no tuvo el tiempo de
escribir— en tensión agónica hacia la búsqueda de auroras remotas y
misteriosas.
Viajero
siempre listo para partir sin nostalgia alguna –señala Guibal—, vigilante
alerta jamás cansado para las exploraciones y descubrimientos, enamorado sobre
todo en los amaneceres siempre nuevos del mundo (Guibal, 1995:168).
Notas
1 En
todas las menciones a la obra de Nietzsche, después de los dos puntos se señala
el número de párrafo, no de página. (N. del E.)
Bibliografía
Guibal,
Francis, Vigencia de Mariátegui, Amauta, Lima, 1995.
Ibáñez,
Alfonso, Mariátegui: revolución y utopía, Tarea, Lima, 1978.
Mariátegui,
José Carlos, La escena contemporánea, Amauta, Lima, 1970.
——, El
alma matinal, Amauta, Lima, 1972.
——,
Defensa del marxismo, Amauta, Lima, 1973.
——, La
novela y la vida, Amauta, Lima, 1974.
——, 7
ensayos de interpretación de la realidad peruana, Amauta, Lima, 1974.
Melis,
Antonio, “Mariátegui, primer marxista de América”, en Melis y otros, Mariátegui
(Tres estudios), Amauta, Lima, 1971.
Morel,
Georges, Nietzsche, Gènes d´une oeuvre, Aubier-Montaigne, París, 1970.
Neira,
Hugo, “Los mariateguismos”, en Socialismo y participación, núm. 23, Lima, 1986.
Nietzsche,
Friedrich, Así habló Zaratustra, Alianza Editorial, Madrid, 1972.
——,
Humano, demasiado humano, Editores Mexicanos Unidos, México, DF, 1974.
——, El
libro del filósofo, Taurus, Madrid, 1974.
——, La
ciencia jovial, Monte Ávila, Caracas, 1992.
——, El
viajero y su sombra, Edaf, Madrid, 1999.
Quijano,
Aníbal, “El marxismo en Mariátegui: una propuesta de racionalidad alternativa”,
en VV.AA., El marxismo de José Carlos Mariátegui, Universidad de Lima-Amauta,
Lima, 1995.
Schutte,
Ofelia, “Nietzsche, Mariátegui y el Socialismo: ¿Un caso de ‘Marxismo
Nietzscheano’ en el Perú?”, en Anuario Mariateguiano, núm. 4, Amauta, Lima,
1992.
Valdivia-Cano,
Juan Carlos, Mariátegui: perspectiva de la aventura, Macho Cabrío, Arequipa,
1985.


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