© Libro N° 11198.
La Marca De La Bestia. Kipling,
Rudyard. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
The Mark Of The Beast, Rudyard Kipling (1865-1936)
Versión Original: © La Marca De La Bestia. Rudyard Kipling
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/02/la-marca-de-la-bestia-rudyard-kipling.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
https://pm1.narvii.com/6413/61486f72f59b972d07bf6236f01587231bf21d96_hq.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Rudyard Kipling
La Marca
De La Bestia
Rudyard Kipling
Vuestros
dioses y mis dioses;
¿acaso
sabemos quiénes son más poderosos? (Proverbio indígena)
Al Este
de Suez —dicen algunos— el control de la Providencia termina; el Hombre queda
entregado al poder de los Dioses y Demonios de Asia, y la Iglesia de Inglaterra
sólo ejerce una supervisión ocasional y moderada en el caso de un súbdito
británico. Esta teoría justifica algunos de los horrores más innecesarios de la
vida en la India; puede hacerse extensible a mi relato.
Mi amigo
Strickland, de la Policía, que sabe más sobre los indígenas de la India de lo
que es prudente, puede dar testimonio de la veracidad de los hechos. Dumoise,
nuestro doctor, también vio lo que Strickland y yo vimos. Sin embargo, la
conclusión que extrae es incorrecta. Él está muerto ahora; murió en
circunstancias harto singulares, que han sido descritas en otra parte.
Cuando
Fleete llegó a la India poseía un algo de dinero y algunas tierras en el
Himalaya, cerca de un lugar llamado Dharmsala. Ambas propiedades le fueron
legadas por un tío, y, de hecho, vino aquí para explotarlas. Era un hombre
alto, pesado, afable e inofensivo. Su conocimiento de los indígenas era,
naturalmente, limitado, y se quejaba de las dificultades del lenguaje. Bajó a
caballo desde sus posesiones en las montañas para pasar el Año Nuevo en la
estación y se alojó con Strickland. En Nochevieja se celebró una gran cena en
el club, y la velada —como es natural— transcurrió convenientemente regada con
alcohol. Cuando se reúnen hombres procedentes de los rincones más apartados del
Imperio, existen razones para que se comporten de una forma un tanto bulliciosa.
Había bajado de la Frontera un contingente de Catch-'em Alive-O's, hombres que
no habían visto veinte rostros blancos durante un año y que estaban
acostumbrados a cabalgar veinte millas hasta el Fuerte más cercano, a riesgo de
regalar el estómago con una bala Khyberee en lugar de sus bebidas habituales.
Desde
luego, se aprovecharon bien de esta nueva situación de seguridad, porque
trataron de jugar al billar con un erizo enrollado que encontraron en el
jardín, y uno de ellos recorrió la habitación con el marcador entre los
dientes. Media docena de plantadores habían llegado del Sur y se dedicaban a
engatusar al Mayor Mentiroso de Asia, que intentaba superar todos sus embustes
al mismo tiempo. Todo el mundo estaba allí, y allí se dio un estrechamiento de
filas general y se hizo recuento de nuestras bajas, en muertos o mutilados, que
se habían producido durante el año. Fue una noche muy mojada, y recuerdo que
cantamos Auld Lang Syne con los pies en la Copa del Campeonato de Polo, las
cabezas entre las estrellas, y que juramos que todos seríamos buenos amigos.
Después, algunos partieron y anexionaron Birmania, otros trataron de abrir
brecha en el Sudán y sufrieron un descalabro frente a los Fuzzies en aquella
cruel refriega de los alrededores de Suakim; algunos obtuvieron medallas y
estrellas, otros se casaron, lo que no deja de ser una tontería, y otros
hicieron cosas peores, mientras el resto de nosotros permanecimos atados a
nuestras cadenas y luchamos por conseguir riquezas a fuerza de experiencias
insatisfactorias.
Fleete
comenzó la velada con jerez y bitters, bebió champagne a buen ritmo hasta los
postres, que fueron acompañados de un capri seco, sin mezclar, tan fuerte y
áspero como el whisky; tomó Benedictine con el café, cuatro o cinco whiskys con
soda para aumentar su tanteo en el billar, cervezas y dados hasta las dos y
media, y acabó con brandy añejo. En consecuencia, cuando salió del club, a las
tres y media de la madrugada, bajo una helada, se enfureció con su caballo
porque sufría ataques de tos, e intentó subirse a la montura de un salto. El
caballo se escapó y se dirigió a los establos, de modo que Strickland y yo
formamos una guardia de deshonor para conducirle a casa. El camino atravesaba
el bazar, cerca de un pequeño templo consagrado a Hanuman, el Dios-Mono, que es
una divinidad principal, digna de respeto. Todos los dioses tienen buenas
cualidades, del mismo modo que las tienen todos los sacerdotes. Personalmente
le concedo bastante importancia a Hanuman y soy amable con sus adeptos... los
grandes monos grises de las montañas. Uno nunca sabe cuando puede necesitar a
un amigo. Había luz en el templo, y al pasar junto a él, escuchamos las voces
de unos hombres que entonaban himnos. En un templo indígena los sacerdotes se
levantan a cualquier hora de la noche para honrar a su dios. Antes de que
pudiéramos detenerlo, Fleete subió corriendo las escaleras, propinó unas
patadas en el trasero a dos sacerdotes y apagó solemnemente la brasa de su
cigarro en la frente de la imagen de piedra roja de Hanuman. Strickland intentó
sacarlo a rastras, pero Fleete se sentó y dijo solemnemente:
—¿Veis
eso? La marca de la B... bessstia. Yo la he hecho. ¿No es hermosa?
En menos
de un minuto el templo se llenó de vida, y Strickland, que sabía lo que sucede
cuando se profana a los dioses, declaró que podría ocurrir cualquier desgracia.
En virtud de su situación oficial, de su prolongada residencia en el país y de
su debilidad por mezclarse con los indígenas, era muy conocido por los
sacerdotes y no se sentía feliz. Fleete se había sentado en el suelo y se
negaba a moverse. Dijo que el «viejo Hanuman» sería una almohada confortable.
En ese
instante, sin previo aviso, un Hombre de Plata salió de un nicho situado detrás
de la imagen del dios. Estaba totalmente desnudo, a pesar del frío cortante, y
su cuerpo brillaba como plata escarchada, pues era lo que la Biblia llama: un
leproso tan blanco como la nieve. Además, no tenía rostro, pues se trataba de
un leproso con muchos años de enfermedad y el mal había corrompido su cuerpo.
Strickland y yo nos detuvimos para levantar a Fleete, mientras el templo se
llenaba a cada instante con una muchedumbre que parecía surgir de las entrañas
de la tierra; entonces, el Hombre de Plata se deslizó por debajo de nuestros
brazos, produciendo un sonido exactamente igual al maullido de una nutria, se
abrazó al cuerpo de Fleete y le golpeó el pecho con la cabeza sin que nos diera
tiempo a arrancarle de sus brazos. Después se retiró a un rincón y se sentó,
maullando, mientras la multitud bloqueaba las puertas. Los sacerdotes se habían
mostrado verdaderamente encolerizados hasta el momento en que el Hombre de Plata
tocó a Fleete. Esta extraña caricia pareció tranquilizarlos.
Al cabo
de unos minutos, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo en
perfecto inglés:
—Llévate
a tu amigo. El ha terminado con Hanuman, pero Hanuman no ha terminado con él.
La
muchedumbre nos abrió paso y sacamos a Fleete al exterior. Strickland estaba
muy enfadado. Decía que podían habernos acuchillado a los tres, y que Fleete
debía dar gracias a su buena estrella por haber escapado sano y salvo.
Fleete no
dio las gracias a nadie. Dijo que quería irse a la cama. Estaba magníficamente
borracho. Continuamos nuestro camino; Strickland caminaba silencioso y airado,
hasta que Fleete cayó presa de un acceso de estremecimientos y sudores. Dijo
que los olores del bazar eran insoportables, y se preguntó por qué demonios
autorizaban el establecimiento de esos mataderos tan cerca de las residencias
de los ingleses.
—¿Es que
no sentís el olor de la sangre? —dijo.
Por fin
conseguimos meterle en la cama, justo en el momento en que despuntaba la
aurora, y Strickland me invitó a tomar otro whisky con soda. Mientras bebíamos,
me habló de lo sucedido en el templo y admitió que le había dejado
completamente desconcertado. Strickland detestaba que le engañaran los
indígenas, porque su ocupación en la vida consistía en dominarlos con sus
propias armas. No había logrado todavía tal cosa, pero es posible que en quince
o veinte años obtenga algunos pequeños progresos.
—Podrían
habernos destrozado —dijo—, en lugar de ponerse a maullar. Me pregunto qué es
lo que pretendían. No me gusta nada este asunto. Yo dije que el Consejo
Director del Templo entablaría una demanda criminal contra nosotros por
insultos a su religión. En el Código Penal indio existe un artículo que
contempla precisamente la ofensa cometida por Fleete. Strickland dijo que
esperaba y rogaba que lo hicieran así. Antes de salir eché un vistazo al cuarto
de Fleete y le vi tumbado sobre el costado derecho, rascándose el pecho
izquierdo. Por fin, a las siete en punto de la mañana, me fui a la cama, frío,
deprimido y de mal humor.
A la una
bajé a casa de Strickland para interesarme por el estado de la cabeza de
Fleete. Me imaginaba que tendría una resaca espantosa. Su buen humor le había
abandonado, pues estaba insultando al cocinero porque no le había servido la
chuleta poco hecha. Un hombre capaz de comer carne cruda después de una noche
de borrachera es una curiosidad de la naturaleza. Se lo dije a Fleete y él se
echó a reír:
—Criáis
extraños mosquitos en estos parajes —dijo—. Me han devorado vivo, pero sólo en
una parte.
—Déjame
echar un vistazo a la picadura —dijo Strickland—. Es posible que haya bajado
desde esta mañana.
Mientras
se preparaban las chuletas, Fleete abrió su camisa y nos enseñó, justamente
bajo el pecho izquierdo, una marca, una reproducción perfecta de los rosetones
negros (las cinco o seis manchas irregulares ordenadas en círculo) que se ven
en la piel de un leopardo. Strickland la examinó y dijo:
—Esta
mañana era de color rosa. Ahora se ha vuelto negra.
Fleete
corrió hacia un espejo.
—¡Por
Júpiter! —dijo—. Esto es horrible. ¿Qué es?
No
pudimos contestarle. En ese momento llegaron las chuletas, sangrientas y
jugosas, y Fleete devoró tres de la manera más repugnante. Masticaba sólo con
las muelas de la derecha y ladeaba la cabeza sobre el hombro derecho al tiempo
que desgarraba la carne. Cuando terminó, se dio cuenta de lo extraño de su
conducta, pues dijo a manera de excusa:
—Creo que
no he sentido tanta hambre en mi vida.
Después
del desayuno, Strickland me dijo:
—No te
vayas. Quédate aquí; quédate esta noche.
Como mi
casa se encontraba a menos de tres millas de la de Strickland, esta petición me
parecía absurda. Pero Strickland insistió, y se disponía a decirme algo, cuando
Fleete nos interrumpió declarando con aire avergonzado que se sentía hambriento
otra vez. Strickland envió un hombre a mi casa para que me trajeran la ropa de
cama y un caballo, y bajamos los tres a los establos para matar el tiempo. El
hombre que siente debilidad por los caballos jamás se cansa de contemplarlos; y
cuando dos hombres que comparten esta debilidad están dispuestos a matar el
tiempo de esta manera, intercambiarán a buen seguro una importante cantidad de
conocimientos y mentiras.
Había
cinco caballos en los establos, y jamás olvidaré la escena que se produjo
cuando los examinarlos. Se habían vuelto locos. Se encabritaron y relincharon,
y estuvieron a punto de romper las cercas; sudaban, temblaban, echaban
espumarajos por la boca y parecían enloquecidos de terror. Los caballos de
Strickland le conocían tan bien como sus perros, lo que hacía el suceso aún más
extraño. Salimos del establo por miedo de que los animales se precipitaran
sobre nosotros en su pánico. Entonces Strickland volvió sobre sus pasos y me
llamó. Los caballos estaban asustados todavía, pero nos dieron muestras de
cariño y nos permitieron acariciarles, e incluso apoyaron sus cabezas sobre
nuestros pechos.
—No
tienen miedo de nosotros —dijo Strickland—. ¿Sabes? Daría la paga de tres meses
por que Outrage pudiera hablar en este momento.
Pero
Outrage permanecía mudo, y se contentaba con arrimarse amorosamente a su amo y
resoplar por el hocico, como suelen hacer los caballos cuando quieren decir
algo. Fleete vino hacia nosotros mientras estábamos en las caballerizas, y en
cuanto le vieron los caballos, el estallido de terror se repitió con renovadas
fuerzas. Todo lo que pudimos hacer fue escapar de allí sin recibir ninguna coz.
Strickland dijo:
—No
parece que te aprecien demasiado, Fleete.
—Tonterías
—dijo Fleete—. Mi yegua me seguirá como un perro.
Se
dirigió hacia ella, que ocupaba una cuadra separada; pero en el momento en que
descorrió la tranca de la cerca, la yegua saltó sobre él, le derribó y salió al
galope por el jardín. Yo me eché a reír, pero Strickland no lo encontraba nada
divertido. Se llevó los dedos al bigote y tiró de él con tanta fuerza que
estuvo a punto de arrancárselo. Fleete, en lugar de salir corriendo detrás de
su propiedad, bostezó y dijo que tenía sueño. Después fue a la casa para
acostarse, una estúpida manera de pasar el día de Año Nuevo. Strickland se
sentó a mi lado en los establos y me preguntó si había advertido algo extraño
en los modales de Fleete. Le contesté que comía como una bestia, pero que este
hecho podía ser una consecuencia de su vida solitaria en las montañas, apartado
de una sociedad tan refinada y superior como la nuestra, por poner un ejemplo.
Strickland seguía sin encontrarlo divertido. No creo que me escuchara siquiera,
porque su siguiente frase aludía a la marca sobre el pecho de Fleete, y afirmó
que podía haber sido causada por moscas vesicantes, a menos que fuera una marca
de nacimiento que se hiciera visible ahora por primera vez. Estuvimos de
acuerdo en que no era agradable a la vista, y Strickland aprovechó la ocasión
para decirme que yo era un ingenuo.
—No puedo
explicarte lo que pienso en este momento —dijo—, porque me tomarías por loco;
pero es necesario que te quedes conmigo unos días, si es posible. Necesito tu
ayuda para vigilar a Fleete, pero no me digas lo que piensas hasta que haya
llegado a una conclusión.
—Pero
tengo que cenar fuera esta noche —dije.
—Yo
también —dijo Strickland—, y Fleete. A menos que haya cambiado de opinión.
Salimos a
dar un paseo por el jardín, fumando, pero sin decir nada hasta que terminamos
nuestras pipas. Después fuimos a despertar a Fleete. Estaba ya levantado y se
paseaba nervioso por la habitación.
—Quiero
más chuletas —dijo—. ¿Puedo conseguirlas?
Nos
reímos y dijimos:
—Ve a
cambiarte. Los caballos estarán preparados en un minuto.
—Muy bien
—dijo Fleete—. Iré cuando me hayan servido las chuletas... poco hechas, si es
posible.
Parecía
decirlo serio. Eran las cuatro en punto y habíamos desayunado a la una; durante
un buen rato reclamó aquellas chuletas poco hechas. Después se puso las ropas
de montar a caballo y salió a la terraza. Su yegua no le dejó acercarse. Los
tres animales se mostraban intratables y finalmente Fleete dijo que se quedaría
en casa y que pediría algo de comer. Strickland y yo salimos a montar a
caballo, confusos. Al pasar por el templo de Hanuman, el Hombre de Plata salió
y maulló a nuestras espaldas.
—No es
uno de los sacerdotes regulares del templo —dijo Strickland—. Creo que me
gustaría ponerle las manos encima.
No hubo
saltos en nuestra galopada por el hipódromo aquella tarde. Los caballos estaban
cansados y se movían como si hubieran participado en una carrera.
—El miedo
que han pasado después del desayuno no les ha sentado nada bien —dijo
Strickland.
Ése fue
el único comentario que hizo durante el resto del paseo. Una o dos veces, creo,
juró para sus adentros; pero eso no cuenta. Regresamos a las siete. Había
anochecido ya y no se veía ninguna luz en el bungalow.
—¡Qué
descuidados son los bribones de mis sirvientes! —dijo Strickland.
Mi
caballo se espantó con algo que había en el paseo de coches, y, de pronto,
Fleete apareció bajo su hocico.
—¿Qué
estás haciendo, arrastrándote por el jardín? —dijo Strickland.
Pero los
dos caballos se encabritaron y casi nos tiraron al suelo. Desmontamos en los
establos y regresamos con Fleete, que se encontraba a cuatro patas bajo los
arbustos.
—¿Qué
demonios te pasa? —dijo Strickland.
—Nada,
nada en absoluto —dijo Fleete, muy deprisa y con voz apagada—. He estado
practicando jardinería, estudiando botánica, ¿sabéis? El olor de la tierra es
delicioso. Creo que voy a dar un paseo, un largo paseo... toda la noche.
Me di
cuenta entonces de que había algo demasiado extraño en todo esto y le dije a
Strickland:
—No
cenaré fuera esta noche.
—¡Dios te
bendiga! —dijo Strickland— Vamos, Fleete, levántate. Cogerás fiebre aquí fuera.
Ven a cenar, y encendamos las luces. Cenaremos todos en casa.
Fleete se
levantó de mala gana y dijo:
—Nada de
lámparas... nada de lámparas. Es mucho mejor aquí. Cenemos en el exterior, y
pidamos algunas chuletas más... muchas chuletas, y poco hechas... sangrientas y
con cartílago.
Una noche
de diciembre en el norte de la India es implacablemente fría, y la proposición
de Fleete era la de un demente.
—Vamos
adentro —dijo Strickland con severidad—. Vamos adentro inmediatamente.
Fleete
entró, y cuando las lámparas fueron encendidas, vimos que estaba literalmente
cubierto de barro, de la cabeza a los pies. Debía de haber estado rodando por
el jardín. Se asustó de la luz y se retiró a su habitación. Sus ojos eran
horribles de contemplar. Había una luz verde detrás de ellos, no en ellos, si
puedo expresarlo así, y el labio inferior le colgaba con flaccidez. Strickland
dijo:
—Creo que
vamos a tener problemas... grandes problemas... esta noche. No te cambies tus
ropas de montar.
Esperamos
y esperamos a que Fleete volviera a aparecer, y durante ese tiempo ordenamos
que trajeran la cena. Pudimos oírle ir y venir por su habitación, pero no había
encendida ninguna luz allí. De pronto, surgió de la habitación el prolongado
aullido de un lobo.
La gente
escribe y habla a la ligera de sangre que se hiela y de cabellos erizados, y
otras cosas del mismo tipo. Ambas sensaciones son demasiado horribles para
tratarlas con frivolidad. Mi corazón dejó de latir, como si hubiera sido
traspasado por un cuchillo, y Strickland se puso tan blanco como el mantel. El
aullido se repitió y, a lo lejos, a través de los campos, otro aullido le
respondió.
Esto
alcanzó la cima del horror. Strickland se precipitó en el cuarto de Fleete. Yo
le seguí; entonces vimos a Fleete a punto de saltar por la ventana. Producía
sonidos bestiales desde el fondo de la garganta. Era incapaz de respondernos
cuando le gritamos. Escupía.
Apenas
recuerdo lo que sucedió a continuación, pero creo que Strickland debió de
aturdirle con el sacabotas, de lo contrario, no habría sido capaz de sentarme
sobre su pecho. Fleete no podía hablar, tan sólo gruñía, y sus gruñidos eran
los de un lobo, no los de un hombre. Su espíritu humano debía de haber escapado
durante el día y muerto a la caída de la noche. Estábamos tratando con una
bestia, una bestia que alguna vez había sido Fleete. El suceso se situaba más
allá de cualquier experiencia humana y racional. Intenté pronunciar la palabra
Hidrofobia, pero la palabra se negaba a salir de mis labios, pues sabía que
estaba engañándome. Amarramos a la bestia con las correas de cuero; atamos
juntos los pulgares de las manos y los pies, y le amordazamos. Después lo
transportamos al comedor y enviamos un hombre para que buscara a Dumoise, el
doctor, y le dijera que viniese inmediatamente. Una vez que hubimos despachado
al mensajero y tomado aliento, Strickland dijo:
—No
servirá de nada. Éste no es un caso para un médico.
Yo
sospechaba que estaba en lo cierto.
La cabeza
de la bestia se encontraba libre y la agitaba de un lado a otro. Si una persona
hubiera entrado a la habitación en ese momento, podría haber creído que
estábamos curando una piel de lobo. Ése era el detalle más repugnante de todos.
Strickland
se sentó con la barbilla apoyada en el puño, contemplando cómo se retorcía la
bestia en el suelo, pero sin decir nada. La camisa había sido desgarrada en la
refriega y ahora aparecía la marca negra en forma de roseta en el pecho
izquierdo. Sobresalía como una ampolla. En el silencio de la espera escuchamos
algo, en el exterior, que maullaba como una nutria hembra. Ambos nos
incorporamos, y yo me sentí enfermo, real y físicamente enfermo. Nos
convencimos el uno al otro de que se trataba del gato.
Llegó
Dumoise, y nunca había visto a este hombre mostrar una sorpresa tan poco
profesional. Dijo que era un caso angustioso de hidrofobia y que no había nada
que hacer. Cualquier medida paliativa no conseguiría más que prolongar la
agonía. La bestia echaba espumarajos por la boca. Fleete, como le dijimos a
Dumoise, había sido mordido por perros una o dos veces. Cualquier hombre que
posea media docena de terriers debe esperar un mordisco un día u otro. Dumoise
no podía ofrecernos ninguna ayuda. Sólo podía certificar que Fleete estaba
muriendo de hidrofobia.
La bestia
aullaba en ese momento, pues se las había arreglado para escupir el calzador.
Dumoise dijo que estaría preparado para certificar la causa de la muerte, y que
el desenlace final estaba cercano. Era un buen hombre, y se ofreció para
permanecer con nosotros; pero Strickland rechazó este gesto de amabilidad. No
quería envenenarle el día de Año Nuevo a Dumoise. Unicamente le pidió que no
hiciera pública la causa real de la muerte de Fleete. Así pues, Dumoise se
marchó profundamente alterado; y tan pronto como se apagó el ruido de las
ruedas de su coche, Strickland me reveló, en un susurro, sus sospechas. Eran
tan fantásticamente improbables que no se atrevía a formularlas en voz alta; y
yo, que compartía las sospechas de Strickland, estaba tan avergonzado de
haberlas concebido que pretendí mostrarme incrédulo.
—Incluso
en el caso de que el Hombre de Plata hubiera hechizado a Fleete por mancillar
la imagen de Hanuman, el castigo no habría surtido efecto de forma tan
fulminante.
Según
murmuraba estas palabras, el grito procedente del exterior de la casa se elevó
de nuevo, y la bestia cayó otra vez presa de un paroxismo de estremecimientos,
que nos hizo temer que las correas que le sujetaban no resistieran.
—¡Espera!
—dijo Strickland— Si esto sucede seis veces, me tomaré la justicia por mi mano.
Te ordeno que me ayudes.
Entró en
su habitación y regresó en unos minutos con los cañones de una vieja escopeta,
un trozo de sedal de pescar, una cuerda gruesa y el pesado armazón de su cama.
Le informé de que las convulsiones habían seguido al grito en dos segundos en
cada ocasión y que la bestia estaba cada vez más débil.
—¡Pero él
no puede quitarle la vida! —murmuró Strickland— ¡No puede quitarle la vida!
Yo dije,
aunque sabía que estaba arguyendo contra mi mismo:
—Tal vez
sea un gato. Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿por qué no se atreve a
venir aquí?
Strickland
atizó los trozos de madera de la chimenea, colocó los cañones de la escopeta
entre las brasas, extendió el bramante sobre la mesa y rompió un bastón en dos.
Había una yarda de hilo de pescar, ató los dos extremos en un lazo. Entonces
dijo:
—¿Cómo
podemos capturarlo? Debemos atraparlo vivo y sin dañarlo.
Yo
respondí que debíamos confiar en la Providencia y avanzar sigilosamente entre
los arbustos de la parte delantera de la casa. El hombre o animal que producía
los gritos estaba, evidentemente, moviéndose alrededor de la casa con la
regularidad de un vigilante nocturno. Podíamos esperar en los arbustos hasta
que se aproximara y dejarlo sin sentido. Strickland aceptó esta sugerencia; nos
deslizamos por una ventana del cuarto de baño a la terraza, cruzamos el camino
de coches y nos internamos en la maleza.
A la luz
de la luna pudimos ver al leproso, que daba la vuelta por la esquina de la
casa. Estaba totalmente desnudo, y de vez en cuando maullaba y se paraba a
bailar con su sombra. Realmente era una visión muy poco atractiva y, pensando
en el pobre Fleete, reducido a tal degradación por un ser tan abyecto, abandoné
todos mis escrúpulos y resolví ayudar a Strickland: desde los ardientes cañones
de la escopeta hasta el lazo de bramante —desde los riñones hasta la cabeza y
de la cabeza a los riñones—, con todas las torturas que fueran necesarias.
El
leproso se paró un momento enfrente del porche y nos abalanzamos sobre él. Era
sorprendentemente fuerte y temimos que pudiera escapar o que resultase
fatalmente herido antes de capturarlo. Teníamos la idea de que los leprosos
eran criaturas frágiles, pero quedó demostrado que tal idea era errónea.
Strickland le golpeó en las piernas, haciéndole perder el equilibrio, y yo le
puse el pie en el cuello. Maulló espantosamente, e incluso, a través de mis
botas de montar, podía sentir que su carne no era la carne de un hombre sano.
El leproso intentaba golpearnos con los muñones de las manos y los pies.
Pasamos el látigo de los perros alrededor de él, bajo las axilas, y le
arrastramos hasta el recibidor y después hasta el comedor, donde yacía la
bestia. Allí le atamos con correas de maleta. No hizo tentativas de escapar,
pero maullaba. La escena que sucedió cuando le confrontamos con la bestia
sobrepasa toda descripción. La bestia se retorció en un arco, como si hubiera
sido envenenada con estricnina, y gimió de la forma más lastimosa. Sucedieron
otras muchas cosas, pero no pueden ser relatadas aquí.
—Creo que
tenía razón —dijo Strickland—. Ahora le pediremos que ponga fin a este asunto.
Pero el
leproso solo maullaba. Strickland se enrolló una toalla en la mano y sacó los
cañones de la escopeta de fuego. Yo hice pasar la mitad del bastón a través del
nudo del hilo de pescar y amarré al leproso al armazón de la cama. Comprendí
entonces cómo pueden soportar los hombres, las mujeres y los niños el
espectáculo de ver arder a una bruja viva; porque la bestia gemía en el suelo,
y aunque el Hombre de Plata no tenía rostro, se podían ver los horribles
sentimientos que pasaban a través de la losa que tenía en lugar de cara,
exactamente como las ondas de calor pasan a través del metal al rojo vivo...
como los cañones de la escopeta, por ejemplo.
Strickland
se tapó los ojos con las manos durante unos instantes y comenzamos a trabajar.
Esta parte no debe ser impresa.
Comenzaba
a romper la aurora cuando el leproso habló. Sus maullidos no nos habían
satisfecho. La bestia se había debilitado y la casa estaba en completo
silencio. Desatamos al leproso y le dijimos que expulsara al espíritu maléfico.
Se arrastró al lado de la bestia y puso su mano sobre el pecho izquierdo. Eso
fue todo. Después cayó de cara contra el suelo y gimió, aspirando aire de forma
convulsiva. Observamos la cara de la bestia y vimos que el alma de Fleete
regresaba a sus ojos. Después, el sudor bañó su frente, y sus ojos se cerraron.
Esperamos durante una hora, pero Fleete continuaba durmiendo. Le llevamos a su
habitación y ordenamos al leproso que se fuera, dándole el armazón de la cama,
la sábana para que cubriera su desnudez, los guantes y las toallas con las que
le habíamos tocado, y el látigo que había rodeado su cuerpo. El leproso se
envolvió con la sábana y salió a la temprana mañana sin hablar ni maullar.
Strickland se enjugó la cara y se sentó. Un gong nocturno, a lo lejos, en la
ciudad, marcó las siete.
—¡Veinticuatro
horas exactamente! —dijo Strickland— Y yo he hecho suficientes méritos para
asegurar mi destitución del servicio, sin contar mi internamiento a perpetuidad
en un asilo para dementes. ¿Crees que estamos despiertos?
Los
cañones al rojo vivo de la escopeta habían caído al suelo y estaban chamuscando
la alfombra. El olor era completamente real. Aquella mañana, a las once, fuimos
a despertar a Fleete. Lo examinamos y vimos que la roseta negra de leopardo
había desaparecido de su pecho. Parecía soñoliento y cansado, pero tan pronto
como nos vio dijo:
—¡Oh! ¡El
diablo los lleve, amigos! Feliz Año Nuevo. No mezcléis jamás vuestras bebidas.
Estoy medio muerto.
—Gracias
por tus buenos deseos, pero vas un poco atrasado —dijo Strickland—. Estamos en
la mañana del dos de enero. Has estado durmiendo mientras el reloj daba una
vuelta completa.
La puerta
se abrió, y el pequeño Dumoise asomó la cabeza. Había venido a pie, y se
imaginaba que estábamos amortajando a Fleete.
—He
traído una enfermera —dijo Dumoise—. Supongo que puede entrar para... para lo
que sea necesario.
—¡Claro
que sí! —dijo Fleete, con alegría— Tráenos a tus enfermeras.
Dumoise
enmudeció. Strickland lo sacó fuera de la habitación y le explicó que debía de
haber habido un error en el diagnóstico. Dumoise permaneció mudo y abandonó la
casa precipitadamente. Consideraba que su reputación profesional había sido
injuriada y se inclinaba a tomar la recuperación como una afrenta personal.
Strickland salió también. Al regresar dijo que había sido convocado al Templo
de Hanuman para ofrecer una reparación por la ofensa infligida al dios, y que
le habían asegurado solemnemente que ningún hombre blanco había tocado jamás al
ídolo, y que Fleete era una encarnación de todas las virtudes equivocadas.
—¿Qué
piensas? —dijo Strickland.
Contesté:
—Hay más
cosas...
Pero
Strickland odiaba esta frase. Dijo que yo la había gastado de tanto usarla.
Sucedió otra cosa bastante curiosa, que llegó a causarme tanto miedo como los
peores momentos de aquella noche. Cuando Fleete terminó de vestirse, entró en
el comedor y olfateó. Tenía una manera un tanto singular de mover la nariz
cuando olfateaba.
—¡Qué
horrible olor a perro hay aquí! —dijo— Realmente deberías tener esos terriers
en mejor estado. Inténtalo con azufre, Strick.
Pero
Strickland no respondió. Se agarró al respaldo de una silla y, sin previo
aviso, cayó presa de un sorprendente ataque de histeria. En ese momento me vino
a la cabeza la idea de que nosotros habíamos luchado por el alma de Fleete
contra el Hombre de Plata en esa misma habitación, y que nos habíamos
deshonrado para siempre como ingleses, y entonces me eché a reír, a jadear y
gorgotear tan vergonzosamente como Strickland, mientras Fleete creía que nos
habíamos vuelto locos. Jamás le contamos lo que había sucedido.
Algunos
años después, cuando Strickland se había casado y era un miembro de la sociedad
que asistía a los actos religiosos para complacer a su mujer, examinamos el
incidente de nuevo, desapasionadamente, y Strickland me sugirió que podía
hacerlo público. Por lo que a mí se refiere, no veo que este paso sea apropiado
para resolver el misterio; porque, en primer lugar, nadie dará crédito a esta
historia tan desagradable, y, en segundo lugar, todo hombre de bien sabe
perfectamente que los dioses de los paganos son de piedra y bronce, y que
cualquier intento de tratarlos de otra manera será justamente condenado.
_____________________________
Rudyard
Kipling (1865-1936)


Publicar un comentario