© Libro N° 11187.
Odo Marquard: Escepticismo, Conservadurismo Y
Modernidad. Rodríguez Genovés, Fernando. Emancipación. Mayo 6
de 2023
Título original: ©
Odo Marquard: Escepticismo, Conservadurismo Y Modernidad. Fernando Rodríguez
Genovés
Versión Original: © Odo Marquard: Escepticismo, Conservadurismo Y
Modernidad. Fernando Rodríguez Genovés
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Escepticismo, Conservadurismo Y Modernidad
Fernando Rodríguez Genovés
Odo
Marquard:
Escepticismo,
Conservadurismo Y Modernidad
Fernando
Rodríguez Genovés
Breve
aproximación al pensamiento filosófico de Odo Marquard, uno de los autores
alemanes contemporáneos de mayor calidad e interés, junto a una noticia de su
bibliografía y de la correspondiente traducción española
1
No juzgo
desacertado el diagnóstico que suele hacerse de la filosofía española
contemporánea según el cual nuestra tradición de pensamiento revela, entre
otras, dos serias debilidades: su contumaz «escolasticismo» y academicismo (la
inquebrantable atadura al aula y al currículo), y su sucursalismo (la
dependencia y vocación de delegación con respecto a otras filosofías foráneas).
Ser filósofo en España representa casi sin excepción la condición de profesor
de Filosofía (es más: de funcionario) y, además, el estar adscrito a una
corriente filosófica establecida académicamente, según predilecciones, modas o
corrientes en boga, en especial de procedencia francesa, anglosajona y, muy en
particular, alemana. Esta mirada al exterior no supone una anomalía en sí misma,
aunque produzca algún que otro bizqueo, cree adicción y minusvalore, en fin, la
producción propia –haciendo que crezca menos y mucho más acomplejada de lo
normal– y no siempre esté bien enfocada, es decir, que apunte hacia lo más
interesante. De la generación de filósofos alemanes de la posguerra se conoce
entre nosotros casi todo, si los autores responden a los nombres de H. Jonas,
H.-G. Gadamer, J. Habermas, K.-O. Apel o E. Tugendhat, entre otros. Y aunque
cada día se lea más y con menos prejuicio a P. Sloterdijk, poco o muy poco (o
no todo lo que se debiera y merece) se publicita y se difunde todavía en el
mercado español la obra de autores como R. Koselleck, H. Blumenberg u O.
Marquard. Deseo ahora centrar la atención en este último autor.
Odo
Marquard (1928), catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Giessen
y presidente de la Sociedad General Alemana de Filosofía, tiene en su haber una
producción intelectual rica y variada, distinguida y premiada con galardones
muy prestigiosos (por ejemplo, el «Sigmund Freud» de prosa científica de 1984,
el cual fue concedido justamente cuatro años antes a su amigo y colega Hans
Blumenberg). Su (re)conocimiento en nuestro país es, sin embargo, muy
insuficiente, a pesar de disponerse de la versión española de tres de sus
trabajos, hasta la fecha.{1}
La
selección de autores coetáneos de Marquard que hemos convocado a su alrededor
para hacer las presentaciones de rigor podrá ser tachada de escueta, pero
deberá reconocerse, asimismo, que no por ello es poco representativa, y, desde
luego, nada casual. Porque, de un modo u otro, todos ellos componen una parte
apreciable (aunque no el todo) de su circunstancia intelectual. Es el caso que
Marquard lleva a cabo importantes investigaciones sobre historia conceptual
(interés que comparte con Koselleck), la cual contrapone a la filosofía de la
historia; atiende a la enseñanza de la hermenéutica, no siempre a la
manera oficial de Gadamer; sus preocupaciones y
sensibilidades, y, en especial, el estilo heterodoxo, creativo e irónico de sus
textos, lo aproxima a Blumenberg, casi tanto como lo separa, por citar sólo
algunos ejemplos, del sistematismo y el universalismo de la ética del
discurso, en la estela de la Teoría Crítica, y del programa de
fundamentación ética de Tugendhat, quien toma nada menos que al resentimiento,
la irritación y la indignación moral como puntales de su filosofía moral.{2}
A
diferencia de semejantes disposiciones, tan severas y adustas que casi asustan,
el discurso amable y bienhumorado de Marquard se distancia de las rígidas
fundamentaciones y dice «adiós a los principios», porque no cree en el Absoluto
ni en sus parentelas; porque rechaza la idea de una historia única,
incompatible con la pluralidad que contiene de hecho la humanidad; y porque
está persuadido de que ni la historia ni la humanidad caminan tras un ideal
emancipatorio y salvífico, utópico y revolucionario, que nunca aprende del
pasado, o incluso que pretende pasar por encima de él sin remisión. Marquard
es, entonces, a fuer de hermeneuta y «tradicionalista», un filósofo escéptico y
moderno, pero, sobre todo, un humanista; un pensador sensible a la condición humana
que no puede ser sino que inmanente y finita; un sabio, en fin, templado por el
idea de la contingencia y por la «filosofía de la compensación».
¿Qué
significa para Marquard ser un filósofo escéptico? En primer lugar, el
reconocimiento de una condición que se impone a los humanos: los hombres de
hecho no pueden conocerlo todo, y siempre actúan en la medida de sus
posibilidades. En segundo lugar, los hombres están impelidos a la elección a
vivir de una determinada manera, pero sin hacerse ilusiones ni perderse en
vanas esperanzas; o sea, no se trata de que los hombres nada sepan, sino más
bien que «no saben nada que pueda elevarse a principio: el escepticismo no es
la apoteosis de la perplejidad, sino tan sólo un saber que dice adiós a
los principios.» (AP, pág. 26).
2
«Las
compensaciones son equiparaciones de estados carenciales mediante prestaciones
y contraprestaciones complementarias.» (FC, pág. 38).
Precisamente
por esa fuerza vital de la compensación, los hombres modernos son los que están
más necesitados de la acción, o mejor, la práctica, de conservar. De hecho,
cuanto más moderno es el mundo moderno, cuanto más se encuentra su conciencia
marcada por el impulso (casi diría, la pulsión) hacia la innovación, hostigada
por la aceleración y la prisa, más requiere de la preservación, de la
contención y de la lentitud.{3} Los
principios de la modernidad entran en colisión con el proyecto humano, entre
otros supuestos, cuando pretenden exigirle al sujeto demasiado, por el hecho de
querer llegar demasiado lejos, o cuando empujan sin conmiseración ni respeto, o
se alzan sobre sus hombros, adoptando la forma de doctrinas espirituales y de
programas ideológicos de superación (el «hombre nuevo») o de escapismo (las
utopías). Los seres humanos somos seres contingentes por destino, y además no
somos absolutos, sino finitos. Quiere decirse: nuestra vida tiene un plazo. Y
es que, en efecto, si largo es el brazo (o la tenaza) del progreso e inmenso el
horizonte que ofrece la perspectiva de lo moderno, una principal circunstancia
humana contiene al hombre y le impone el más estricto «principio de realidad»,
ya visto y muy meditado por los pensadores antiguos: la brevedad de la vida.
No
faltará quien diga que la vida humana es cosa muy compleja
(característicamente, los adictos a la complejidad, los que gustan de enredar
los problemas para impresionar y acaso para acomplejar a los
espectadores, observadores y público en general), pero Marquard no pretende
hacérnosla más difícil de lo que es, ni más pesada ni más latosa. Sencillamente
se limita a constatar un hecho indisputable de amplísimas derivaciones: la vida
humana no abarca todo el tiempo, sencillamente porque a la vida humana «le falta
tiempo». Es por esta razón vital que el hombre debe siempre conservar el
pasado, debe sustentar una vida de experiencia, sucesora, y debe de saber
«enlazar»:
«Necesitamos
costumbres –incluida la tradición filosófica– porque morimos demasiado pronto
para emprender transformaciones totales o fundamentaciones absolutas.» (AP, pág.
26).
Aun
amenazados por la carga peyorativa y maldita que acarrea el término y por la
coacción de estos tiempos sellados por la servil «corrección política» y
el pensamiento único progresista, no habría que vacilar a la
hora de calificar el pensamiento de Marquard de «conservador». Y, desde luego,
disponerse a esta caracterización con abierta naturalidad, al menos si
entendemos por tal condición intelectual lo que a continuación ha sido determinado
por Michael Oakeshott:
«Entonces,
ser conservador es preferir lo familiar a lo no experimentado, el hecho al
misterio, lo efectivo a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo
distante, lo suficiente a lo excesivo, lo conveniente a lo perfecto, la risa
presente a la felicidad utópica.»{4}
De hecho,
el mismo Marquard no rehuye la caracterización del asunto («el escepticismo se
inclina hacia lo conservador», AP, pág. 25), aunque, como
expresamente puntualiza, la noción de conservación no hay que interpretarla, en
su caso, en un sentido enfático sino pragmático, y, sobre todo, consecuente con
la perspectiva practicada por su filosofía, la cual sencilla y legítimamente
desemboca en una luminosa ética y política del presente.
Nuestro
presente, nuestro mundo contemporáneo, nuestro tiempo, es, para disgusto de los
vocacionalmente descontentos e indignados, el «mundo civil-burgués», el ámbito
socio-histórico en el que destacan, como sus elementos valedores y
dinamizadores, la democracia liberal y la fuerza reparadora de
la civilidad. Se puede negar el presente, en nombre del pasado o del futuro, o
ser-realistas-y-pedir-lo-imposible, o exclamar la obviedad de que «otro mundo
es posible» con aires de insurrección. Pero, como advierte Marquard, la
recusación y la potencial sublevación contra lo actual presentan a menudo la
característica de una «desobediencia retrospectiva», de una compensación
desorientada y desafortunada que aspira a sublimar en unas esferas lo que no
fue posible establecer en otras (vale decir: aquello que la misma realidad puso
en evidencia y desactivó), o, verbigracia, quiere ofrecer «a cambio del
levantamiento nunca realizado contra la dictadura, una rebeldía crónica contra
la no dictadura del mundo liberal civil-burgués.» (FC, pág. 106).
3
Como
Ortega y Gasset, Marquard define al hombre como un ser esencialmente heredero,
de forma que el afán por innovar y actualizar lo impele también a preservar:
tiende al porvenir por el hecho de provenir («Zukunft
braucht Herkunft», como reza justamente el título de uno de los escritos
contenidos en Filosofía de la compensación (págs. 69-81). A
esta ineluctabilidad, establecida por la finitud, la denomina Marquard
«herencia de la tradición». Marquard no cita a Ortega en su obra, pero, en
verdad, que el talante y el modo de filosofar de uno y otro, el temple
filosófico que los anima, se conservan y sienten muy próximos. La indicada
persistencia de la noción de la herencia como dimensión propiamente humana; el
implícito reconocimiento del papel de las generaciones en el desarrollo de la
cultura; la consideración de la existencia del hombre definida por las
instancias de la misión y el destino; la defensa de una mirada de la historia
más vitalista y humanista que totalizadora y mecanicista; la distinción entre ideas
y creencias (Marquard se refiere más explícitamente a «elecciones» y «hábitos»
para señalar la esencial contrariedad del transitar humano: el conflicto entre
lo que nos proponemos y lo que nos encontramos),
el ejercicio de un pensar jovial junto a una escritura elegante, son sólo
algunos ejemplos, pero notorios y notables, de parentescos que hermanan a ambos
filósofos. Una razón más para no perder de vista a ninguno de los dos.
Bibliografía
selecta de Odo Marquard
·
Abschied vom Prinzipiellen. Philosophische Studien, Stutgart,
Reclam, 1981.
·
Skeptische Methode im Blick auf Kant, Alber
Verlag, Freiburg, 1982. (Erstausgabe 1958).
·
Apologie des Zufälligen, Reclam
Verlag, Stuttgart, 1986.
·
Transzendentaler Idealismus, romantische
Naturphilosophie, Psychoanalyse, Verlag für Philosophie,
Köln, 1987.
·
Aesthetica und Anaesthetica, F.
Schöningh Verlag, Paderborn, 1989.
·
Skepsis und Zustimmung, Reclam
Verlag, Stuttgart, 1994.
·
Glück im Unglick, Wilhelm Fink Verlag, 1996.
·
Schwierigkeiten mit der Geschichtsphilosophie, Suhrkamp
Verlag, Frankfurt/Main, 1997 (Erstausgabe 1873).
·
Philosophie des Stattdessen, Reclam
Verlag, Ditzingen, 2000.
·
Zukunft braucht Herkunft, Reclam
Verlag, Ditzingen, 2003.
Notas
{1} Odo
Marquard, Apología de lo contingente. Estudios filosóficos (AC),
traducción de Jorge Navarro Pérez, Institució Alfons el Magnànim, Valencia
2000; Adiós a los principios. Estudios filosóficos (AP),
traducción de Enrique Ocaña, Institució Alfons el Magnànim, Valencia
2000; Filosofía de la compensación. Escritos sobre antropología
filosófica (FC), traducción de Marta Tafalla, Paidós, Barcelona
2001.
{2} Para
tener una sucinta noticia de las lecciones éticas que desarrolla Tugendhat, en
especial, para aquellos que no estén muy al corriente de sus cogitaciones,
puede leerse la siguiente obrita, en la que el propio filósofo divulga las
claves de su pensamiento: Diálogo en Leticia, Gedisa,
Barcelona 1999.
{3} Un
bello ensayo consagrado al estudio del provechoso hábito de la lentitud ha sido
escrito por Pierre Sansot, bajo el título de Del buen uso de la
lentitud, Tusquets, Barcelona 1999.
{4} M.
Oakeshott, «Qué es ser conservador», en El racionalismo en política y
otros ensayos, Fondo de Cultura Económica, México 2000, pág. 377.


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