© Libro N° 11173.
La
Maldición De Yig. Lovecraft, H.P. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
The Curse Of Yig, H.P. Lovecraft (1890-1937) Zealia Bishop (1897-1968)
Versión Original: © La Maldición De Yig. H.P. Lovecraft
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
H.P. Lovecraft
La
Maldición De Yig
H.P.
Lovecraft
En 1925
fui a Oklahoma buscando tradiciones sobre las serpientes, y salí con tal temor
hacia ellas que me durará el resto de mi vida. Admito que es una tontería, ya
que existe una explicación natural para todo cuanto vi y oí, pero eso no
disminuye un ápice mi miedo. Si la vieja historia hubiera sido lo que parecía,
no me hubiera impresionado con tanta fuerza, Mi trabajo como etnólogo de indios
americanos me había endurecido ante toda suerte de mitologías extravagantes, y
sabía que los sencillos blancos pueden ganar a los pieles rojas en su propio
juego cuando empiezan a fantasear infundios. Pero no puedo olvidar lo que vi
con mis propios ojos en el demencial asilo de Guthrie.
Fui a
este asilo porque algunos de los viejos colonos me dijeron que podría encontrar
algo importante allí. Ni los indios ni los blancos querían hablar sobre las
leyendas acerca de un dios serpiente que estaba investigando. Los advenedizos
del «boom» petrolífero, por supuesto, nada sabían de tales asuntos, y los
hombres rojos y los pioneros se espantaban abiertamente cuando hablaba de eso.
No más de seis o siete personas mencionaron el asilo, y aquellos que lo
hicieron tuvieron buen cuidado de hablar en susurros. Pero los cuchicheos me
revelaron que el doctor McNeill podría mostrarme una reliquia verdaderamente
terrible y decirme cuanto deseaba saber. Podría explicarme por qué Yig, el
semihumano padre de las serpientes, es algo rehuido y temido en Oklahoma
central, y por qué los viejos colonos tiemblan ante las secretas orgías indias
que convierten los días y las noches del otoño en algo odioso con el incesante
batir de tambores en los lugares solitarios.
Así fue
que, como un sabueso que sigue el rastro, acudí a Guthrie, ya que había
empleado muchos años recopilando datos sobre la evolución del culto a las
serpientes entre los indios. Siempre había sentido, por ciertos matices bien
definidos de la leyenda y la arqueología, que el gran Quetzalcóatl — el benigno
dios-serpiente de los mexicanos— había tenido un prototipo más oscuro y
antiguo, y a lo largo de los últimos meses había estado muy cerca de probarlo
con una serie de investigaciones que abarcaban desde Guatemala a las llanuras
de Oklahoma. Pero todo esto era frustrante e incompleto, ya que los límites del
culto a la serpiente estaban cercados por el miedo y el sigilo.
Ahora
parecía que una nueva y copiosa fuente de datos estaba a punto de salir la luz
y acudí al director del asilo con un ansia que no traté de ocultar. El doctor
McNeill era un hombre pequeño y bien afeitado, de cierta edad, y vi enseguida,
por su habla y maneras, que era un sabio de no menor erudición en otras muchas
disciplinas al margen de su profesión. Grave y lleno de dudas cuando le di a
conocer mis propósitos, su rostro fue volviéndose pensativo según estudiaba
cuidadosamente mis credenciales, así como la carta de presentación que un
amable y anciano ex agente indio me había dado.
—Entonces,
¿ha estado usted estudiando la leyenda de Yig, eh? — reflexionó
sentenciosamente—. Sé que muchos de nuestros etnólogos de Oklahoma han
intentado conectarlo con Quetzalcóatl, pero no sé de nadie que haya cubierto
tan bien los pasos intermedios. Para alguien tan joven como parece ser usted,
ha realizado un notable trabajo, y ciertamente merece todos los datos que yo
pueda proporcionarle. No creo que el viejo mayor Moore, o cualquier otro, le
haya hablado sobre lo que hay aquí. No les gusta comentarlo, y nadie lo hace.
Es sumamente trágico y horrible, pero eso es todo. Me niego a considerarlo como
algo antinatural. Es una historia que le contaré después de que lo vea.., una
historia endemoniadamente triste, pero que uno no puede catalogar de mágica.
Simplemente muestra el poder que esta creencia tiene sobre la gente. Admitiré
que hubo momentos en los que sentí un escalofrío que es más que físico, pero a
la luz del día achaco todo esto a los nervios. ¡Ay, ya no soy tan joven como
antes! Al llegar a este punto, podría usted considerar al ser que hay aquí una
víctima de la maldición de Yig... una víctima físicamente viva. No dejamos que
las enfermeras normales lo vean, a pesar de que la mayoría sabe que está aquí.
Hay sólo dos viejos y tranquilos compadres que le alimentan y limpian su
habitación... solían ser tres, pero el viejo y buen Stevens falleció hace unos
pocos años. Supongo que tendré que pensar en un nuevo grupo muy pronto, ya que
el ser no parece envejecer o cambiar mucho, y nuestros viejos, sirvientes no
pueden durar para siempre. Puede que los moralistas del futuro cerceno nos
permitan darle un misericordioso descanso, pero es difícil de predecir.
Vio, al
venir por el camino, la ventana a ras de suelo en el ala este? Allí está. Ahora
iremos allí. No tiene que decir nada. Sólo mire por la tronera de la puerta y
agradezca a Dios que la luz no sea muy fuerte. Luego le contaré la historia… o
la parte que he sido capaz de hilvanar.
Bajamos
silenciosamente, las escaleras y no hablamos mientras serpenteábamos por los
sótanos aparentemente desiertos. El doctor McNeill destrabó una puerta de acero
pintada, de gris,: pero era tan sólo un mamparo que llevaba a un ulterior tramo
de pasadizo. Por fin, nos detuvimos ante una puerta marcada como B 116, abrió
una pequeña mirilla que sólo podía usar poniéndose de puntillas y golpeó varias
veces en el pintado metal; como tratando de levantar a su ocupante, fuera lo
que fuese. Un débil hedor brotó de la tronera al abrirla el doctor y fantaseé
con que su aporreo provocaba una especie de respuesta baja y siseante.
Finalmente, me hizo un gesto para que lo reemplazara en la mirilla, y así lo
hice, con un injustificado temblor que iba en aumento. La ventana barrada y a
ras de suelo, cerrada al exterior, admitía tan sólo un débil e incierto
resplandor y estuve observando la maloliente madriguera durante algunos
segundos antes de ver lo que reptaba y se retorcía por el suelo cubierto de
paja, emitiendo de vez en cuando un siseo débil y vacuo. Entonces, la silueta
entre las sombras comenzó a perfilarse y capté que la contorsionada entidad
poseía cierta y remota semejanza con una forma humana que se arrastrara sobre
su vientre. Me aferré a la manilla de la puerta para sostenerme mientras
trataba de no caer desvanecido.
Lo que se
movía era de un tamaño casi humano y totalmente desprovisto de vestiduras.
Carecía por completo de pelo, y su espalda de tonos leonados parecía algo
escamosa bajo la luz tenue y gulesca. Los hombros parecían moteados y
oscurecidos, y la cabeza era curiosamente plana. Mientras alzaba la cabeza para
sisear en mi dirección, pude ver que los ojos, pequeños y negros como
abalorios, eran condenadamente antropoides, pero no fui capaz de estudiarlos
durante mucho tiempo. Me buscaron con horrible persistencia, hasta que cerré
boqueando la mirilla y dejé a la criatura retorciéndose casi invisible sobre la
enmarañada paja, entre los espectrales contraluces. Debí tambalearme un poco,
porque vi al doctor tomándome gentilmente el brazo para guiarme fuera. Una y
otra vez, tartamudeaba:
—P-pero
por el amor de Dios, ¿qué es eso?
El doctor
McNeill me contó la historia en su oficina privada, mientras yo me arrellanaba
en una butaca frente a él. El oro y carmesí del tardío atardecer se tomó hacia
el violeta del primer Ocaso, y todavía proseguí sentado, espantado e inmóvil.
Me sobresaltaba con cada timbrazo del teléfono y cada, pitido del zumbador, y
debo haber maldecido a las enfermeras y los internos cuyas llamadas, a cada
instante, desplazaban al doctor a la oficina exterior durante breves
intervalos. Llegó la noche y me sentí contento de que mi anfitrión encendiera
todas las luces. Científico como era, mi afán de conocimiento estaba medio
olvidado entre aquellos éxtasis de miedo que me dejaban sin aliento, tal como
un niño pequeño puede sentirse cuando susurrados cuentos de brujas circulan
junto a la chimenea.
Parecía
ser que Yig, el dios-serpiente de las tribus de las llanuras centrales —
presumiblemente el origen del más sureño Quetzalcóatl o Kukulcan— , era un
extraño y semiantropormórfico demonio de naturaleza caprichosa y sumamente
arbitraria. No era un verdadero diablo, y habitualmente estaba bien dispuesto
hacia quienes guardaban el debido respeto por él y sus hijos, las serpientes;
pero en otoño se convertía en anormalmente rapaz, y debía ser alejado mediante
los ritos apropiados. Esto era por lo que los tam-tam en los condados de
Pawnee, Wichita y Caddo retumbaban incesantemente, semana tras semana, durante
agosto, septiembre y octubre, y por lo que los hombres-medicina hacían extraños
ruidos con sonajeros y silbatos curiosamente emparentados con los de los
aztecas y los mayas.
El rasgo
preferente de Yig era el de una inexorable devoción hacia sus hijos... un amor
tan grande que los pieles rojas casi temían protegerse de las venenosas
serpientes de cascabel que infestaban la región. Espantosos y clandestinos
cuentos insinuaban su venganza sobre los mortales que se mofaban de él o
causaban daño a su serpentina progenie; su método preferido consistía en
convertir a su víctima, tras apropiadas torturas, en una serpiente moteada. En
los viejos días del Territorio Indio, continuó el doctor, no había demasiado
secreto sobre Yig. Las tribus de la llanura, menos reservadas que los nómadas
del desierto y los pueblos, hablaron bastante libremente de sus leyendas y
ceremonias otoñales con los primeros agentes indios y dejaron que muchas de sus
tradiciones se propagaran a través de las vecinas regiones de colonos blancos.
El gran miedo llegó en los turbulentos días del 89, cuando corrieron rumores
sobre extraordinarios incidentes, y el rumor estaba fundado en lo que parecían
pruebas odiosas y tangibles. Los indios decían que el nuevo hombre blanco no
sabia cómo aplacar a Yig, y después los colonos comenzaron a sostener tal
teoría. Ahora, ningún veterano, blanco o rojo, podía ser inducido a soltar
prenda sobre el dios-serpiente, excepto en forma de vagas insinuaciones. Pero
después de todo, añadió el doctor con énfasis casi innecesario, el único y
verdadero horror verificado había sido una tragedia que movía a piedad, más que
un asunto de brujería. Era, en su totalidad, un suceso auténtico y cruel...
incluso la última fase que tanta controversia había despertado.
El doctor
McNeill se detuvo y aclaró su garganta antes de abordar esta historia tan
peculiar, y sentí esa hormigueante sensación que notamos en el teatro cuando se
alza el telón. Todo había comenzado cuando Walker Davis y su esposa Audrey
dejaron Arkansas para establecerse en las recién abiertas tierras públicas, en
la primavera de 1889, cuando acabaron llegando al país de los wichitas... al
norte de Wichita River, en lo que ahora es el condado de Caddo. Hay una pequeña
ciudad allí llamada Binger, y el ferrocarril la cruza; pero, por otra parte, el
lugar ha cambiado menos que otras partes de Oklahoma. Aún es un área de granjas
y ranchos — bastante productivos en aquellos días— , y los grandes campos
petrolíferos están bastante lejos. Walker y Audrey llegaron del condado de
Franklin, en los Ozarks, con un carromato, dos mulas, un viejo e inútil perro
llamado «Lobo» y sus bienes muebles. Eran los típicos montañeses, jóvenes y
quizás algo menos ambiciosos que la mayoría, mirando hacia delante en busca de
una tan abrigado como fuera posible, y Audrey persuadió a su esposo de
ampararse en un risco que se alzaba inusitadamente alto sobre el lecho seco de
un primitivo afluente del río Canadiense. A él no le gustó la escabrosidad del
lugar, pero admitió en esa ocasión el ser contradicho y guió hoscarnente a los
animales hacia la protectora ladera, ya que la naturaleza del suelo no permitía
acercar el carromato.
Audrey,
entretanto, examinando las rocas cercanas al carro, se percató de un singular
olfateo por parte del débil y viejo perro. Empuñando un rifle, le siguió, y
enseguida agradeció a las estrellas el haberse anticipado a Walker en el
descubrimiento. Ya que allí, cómodamente enroscadas en una brecha entre dos
pedruscos, había una visión que no le hubiera reportado ningún bien. Visibles
sólo como una masa entrelazada, pero quizás formada por tres o cuatro criaturas
distintas, había una masa que se retorcía perezosamente y que no podía ser más
que un nido de serpientes de cascabel recién nacidas. Ansiosa de evitar a
Walker el probable espanto, Audrey no titubeó en actuar, asiendo firmemente el
arma por el cañón y descargando la culata una y otra vez sobre los seres que se
contorsionaban. Su propia repugnancia era grande, pero no hasta el punto del
verdadero miedo. Finalmente, vio que el trabajo estaba hecho y se volvió para
limpiar la improvisada cachiporra en la arena roja y seca que abundaba en los
alrededores. Debía, reflexionó, cubrir los restos antes de que Walker volviera
de atar a las mulas. El viejo Lobo, tambaleante reliquia de un cruce de ovejero
y coyote, se había desvanecido, y ella temió que hubiera ido a buscar a su amo.
En ese
instante, el sonido de las pisadas le demostraron que su temor estaba bien
fundado. Un segundo más, vida de mejores recompensas para su duro trabajo que
las obtenidas en Arkansas. Ambos eran especímenes enjutos y huesudos; el hombre
era alto, rubio y con ojos grises; la mujer baja y algo oscura, con un pelo
negro y lacio que sugería vestigios de sangre india en sus venas. En general,
eran poco peculiares y, salvo por un detalle, su historia no hubiera diferido
de la de aquellos otros centenares de pioneros que, en aquella época, cayeron
en masa sol)re el nuevo país. Ese detalle era el temor casi epiléptico de
Walker hacia las serpientes, que algunos atribuían a una causa prenatal y otros
a una oscura profecía sobre su muerte, augurada por una vieja india que había
querido espantarle cuando era pequeño. Fuera cual fuese la causa, el efecto era
sumamente marcado; a pesar de su general valentía, la simple mención cíe una
serpiente le hacía palidecer y casi desmayar, mientras la vista del menor
espécimen podía producirle un ataque que a veces rayaba con la convulsión.
Los Davis
salieron al comenzar el año, esperando estar en la nueva tierra a tiempo de
arar en la primavera. El viaje fue lento, ya que los caminos eran malos en
Arkansas y en el Territorio había grandes extensiones de colinas rocosas y
eriales de arena roja sin senderos de ningún tipo. Mientras el terreno iba
llaneando, el cambio respecto de sus montañas nativas les deprimió más, quizás,
de lo que suponían; pero encontraron a la gente de las agencias indias muy
afables, mientras que muchos de los pobladores indios parecían amistosos y
civilizados. De vez en cuando se topaban con otro pionero, con quien
generalmente cambiaban rústicos cumplidos y expresiones de amigable rivalidad.
De acuerdo con la estación, no había demasiadas serpientes a la vista, por lo
que Walker no sufrió de su especial debilidad temperamental. En los tempranos
estadios de su viaje, tampoco toparon con leyendas indias de serpientes que le
turbaran, ya que las desterradas tribus del suroeste no compartían las salvajes
creencias de sus vecinos occidentales. Pero quiso el destino que friera un
blanco de Okmulgee, en el país de los creek, quien diera a los Davis el primer
indicio sobre el culto a Yig; un esbozo que tuvo un curioso efecto de
fascinación sobre Walker y le llevó, desde entonces, a preguntar sin reservas.
Poco
después, la fascinación de Walker se había convertido en un serio caso de
pánico. Tomaba las más extraordinarias precauciones en cada acampada nocturna,
desbrozando siempre cualquier vegetación que encontrara y evitando los lugares
rocosos cuanto podía. Cada masa de raquíticos arbustos y cada grieta en las
grandes rocas laminadas le parecía ahora ocultar malévolas serpientes, mientras
que cada figura humana diferente de los colonos o del flujo de emigrantes era
un potencial dios-serpiente, hasta que la proximidad mostraba lo contrario.
Afortunadamente, no hubo en esta etapa encuentros problemáticos que crisparan
aun más sus nervios. Mientras se aproximaban al país de los kickapoo,
encontraron más y más difícil evitar acampar cerca de las rocas. Finalmente no
fue posible, y el pobre Walker se vio reducido al pueril método de musitar
algunos de los sortilegios contra las serpientes que aprendiera en su infancia,
Dos o tres veces vislumbró realmente una serpiente, y esas visiones no ayudaron
al doliente en sus esfuerzos de conservar la compostura. En la vigésimo segunda
tarde del viaje, un viento salvaje obligó, por bien de las mulas, a acampar en
un lugar y Walker habría visto todo. Audrey hizo un movimiento para sujetarle
si se desmayaba, pero él tan sólo se tambaleó. Luego, la mirada de puro espanto
en aquel rostro del que había huido la sangre se convirtió lentamente en algo
que parecía una mezcla de repulsión y rabia, y comenzó a recriminar a su esposa
con voz trémula.
—Por
Dios, Aud, ¿qué te habían hecho? ¿No has oído todo eso que dicen sobre el
demonio-serpiente Yig? Debiste decírmelo, y nos hubiéramos trasladado. ¿No
sabes que tienen un dios-diablo que acude si dañas a sus hijos? ¿Por qué
piensas que los injuns bailan y tocan los tambores todos los días a la caída
del sol? Esta tierra está maldita, te lo digo yo... y casi todas las almas con
las que he hablado cuentan lo mismo. Aquí manda Yig, y cada ocaso vuelve para
castigar a sus víctimas y convertirlas en serpientes. ¡Por eso, cruzando el
Canayjin, ningún injun mata una serpiente, ni por gusto ni por dinero! Sabe
Dios lo que hará contigo, chica, por haber destrozado toda una camada de hijos
de Yig. Te castigará, seguro, antes o después, a no ser que compre un hechizo o
algo así a los hombres-medicina de los injuns. Te castigará, Aud, tan seguro
como que hay un Dios en los cielos... ¡vendrá por la noche y te convertirá en
una serpiente reptante y moteada!
El resto
del viaje lo salpicó Walker con espantados reproches y profecías. Cruzaron el
Canadiense cerca de Newcastle, y poco más tarde se encontraron con el primero
de los verdaderos indios de las llanuras que hubieran visto.., una partida de
wichitas envueltos en mantas, cuyo cabecilla habló francamente bajo el señuelo
del gúisqui que le ofrecieron, enseñando al pobre Walker un enrevesado hechizo
protector contra Yig a cambio de un cuarto de botella del mismo y sugestivo
fluido. Durante el fin de semana encontraron el sitio buscado en el país de los
wichitas, y los Davis se apresuraron a delimitar sus posesiones, y a hacer la
siembra de la primavera, aun antes de construirse una cabaña.
La región
era llana, batida incesantemente por los vientos y de escasa vegetación; pero
prometía fértiles cultivos. Ocasionales afloramientos de granito salpicaban un
suelo de descompuesta arenisca roja, y aquí y allá había grandes rocas planas
que se prolongaban bajo la superficie como una calzada construida por el
hombre. Parecía haber muy pocas serpientes o posibles escondrijos para ellas,
por lo que Audrey al fin convenció a Walker para construir la cabaña de una
sola estancia sobre una amplia y plana laja de piedra al descubierto. Con un
suelo así, y una chimenea bien emplazada, podían desafiar al tiempo más
húmedo... aunque pronto se evidenció que la humedad no era una característica
sobresaliente en el distrito. Los troncos los acarrearon en el carromato desde
las áreas boscosas más cercanas, a muchos kilómetros en dirección a las
montañas Wichita.
Walker
construyó su cabaña de amplia chimenea y su rústico granero con la ayuda de
algunos otros colonos, aunque el más próximo estaba a más de un kilómetro. A
cambio, ayudó a sus benefactores en similares construcciones de casa, por lo
que los vínculos de hermandad brotaron entre los nuevos vecinos. No había una
verdadera ciudad antes de El Reno, junto al ferrocarril y a unos cuarenta
kilómetros o más hacia el noreste, y, antes de que pasaran muchas semanas, la
gentes del lugar habían estrechado lazos a pesar de su gran dispersión. Los
indios, de los que unos cuantos habían comenzado a establecerse en ranchos,
eran en su mayor parte inofensivos, aunque algunos se tornaban pendencieros al
inflamarse con los euforizantes líquidos que llegaban hasta ellos sorteando los
bandos del gobierno. Entre todos los vecinos, los Davis encontraron a Joe y
Sally Compton, también procedentes de Arkansas, como los más amistosos y
congeniables. Sally aún vive, ahora conocida como Abuela Compton, y su hijo
Clyde, entonces un niño de pecho, se ha convertido en uno de los prohombres del
estado. Sally y Audrey solían visitarse una a la otra a menudo, ya que sus
cabañas distaban sólo tres kilómetros, y en las largas tardes de primavera y
verano cambiaban múltiples historias sobre la vieja Arkansas y muchos rumores
sobre el nuevo país.
Sally era
sumamente comprensiva con el temor de Walker ante las serpientes, pero quizás
hizo más por agravar que por curar el paralelo nerviosismo que Audrey iba
adquiriendo por culpa de su incesante plañir y profetizar sobre la maldición de
Yig. Sally estaba desazonadoramente versada en horripilantes historias de
serpientes y produjo una fuerte y calamitosa impresión con su reconocida obra
maestra: la historia de un hombre del condado Scott que fue picado por una
horda entera de crótalos a la vez, y que se había hinchado tan monstruosamente
por obra del veneno que acabó estallado con una explosión. No hace falta decir
que Audrey no repitió esta anécdota a su esposo, ni que rogó a los Compton que
se abstuvieran de comentarla por los alrededores. De creer a Joe y Sally,
respetaron su petición con la mayor fidelidad. Walker realizó temprano su
plantación de maíz, y a mediados de verano dedicó su tiempo a recolectar una
buena cosecha de hierba nativa de la región. Con ayuda de Joe Compton, excavó
un pozo que suministraba un moderado caudal de agua de excelente calidad,
aunque planeaba abrir uno artesiano más tarde. No tuvo sustos serios con las
serpientes, e hizo sus tierras tan inhóspitas como pudo para los reptantes
invasores. A cada instante, cabalgaba hasta el grupo de cabañas cónicas
sustentadas por postes que formaban el poblado principal de los wichitas y
hablaba largo y tendido con los ancianos y chamanes sobre el dios-serpiente,
así como sobre la forma de apaciguar su cólera. Siempre había hechizos listos
para ser cambiados por gúisqui, pero la mayor parte de la información estaba
lejos de tranquilizarle.
Yig era
un gran dios. Tenía mala medicina. Él no olvidaba. En otoño sus hijos estaban
hambrientos y salvajes, y Yig estaba iracundo y salvaje también. Todas las
tribus hacían medicina contra Yig al llegar la cosecha de maíz. Le brindaban
maíz y danzaban el rito apropiado al son de silbatos, cascabeles y tambores.
Mantenían retumbando los tambores para rechazar Yig, e imploraban la ayuda de
Tiráwa, cuyos hijos son los hombres, tal como las serpientes son los hijos de
Yig. Era malo que la mujer de Davis matara a los retoños de Yig. Davis debía
recitar los hechizos muchas veces cuando llegara la cosecha de maíz. Yig es un
gran dios. Cuando llegó el momento de la recolección del maíz, Walker había
colocado a su mujer en un deplorable estado nervioso. Sus plegarias y prestados
encantamientos llegaban a ser una tortura, y, cuando comenzaron los ritos
otoñales de los indios, había siempre un rumor distante de tambores empujado
por el viento que creaba un trasfondo siniestro. Era enloquecedor el
amortiguado atronar, siempre arrastrándose sobre las anchas llanuras rojas.
¿Por qué no se detenían nunca? Día y noche, semana tras semana, siempre
lanzando su incansable mensaje, tan persistentes como el rojo y polvoriento
viento que lo transportaba. Audrey se espantaba más que su marido, porque él
tenía un compensador elemento de protección. Fue con este sentimiento de poseer
un poderoso e intangible baluarte contra la maldad como hizo su cosecha de maíz
y preparó cabaña y establo para el cercano invierno.
El otoño
fue insólitamente cálido, y, excepto para sus primitivos guisos, los Davis
encontraron poco uso para el hogar de piedra que Walker había construido con
tanto esmero. Algo relacionado con las cálidas y antinaturales nubes de polvo
crispaba los nervios de todos los colonos, pero entre los que más estaban
Audrey y Walker. La sugerencia de una maldición ofídica cerniéndose sobre
ellos, y el salvaje e interminable batir de los distantes tambores indios eran
una mala combinación a la que la adición de cualquier nuevo elemento extraño
amenazaba con volver totalmente insufrible. A pesar de esta tensión, algunas
fiestas tuvieron lugar en una u otra de las cabañas tras la siega, conservando
así, en cl presente, cándidamente vivos aquellos curiosos ritos de la cosecha
que son tan viejos como la misma agricultura humana. Lafayette Smith, llegado
desde el sur de Missouri, y que tenía una cabaña a unos cuatro kilómetros al
este de los Walker, era un pasable violinista, y sus melodías hicieron mucho
para hacer olvidar a los concelebrantes el monótono batir de los tam-tam.
Luego, la Noche de Todos los Santos, se acercó, y los colonos planearon otra
distracción... este momento, debieran haberlo sabido, era de una estirpe más
vieja que la misma agricultura: el temible Sabbath de las Brujas de los
primitivos prearios, conservado a través de eras en la oscuridad de la
medianoche en bosques secretos, y aún insinuado con vagos terrores bajo su
postrer máscara de comedia y ligereza. Todos los Santos caería en jueves, y los
vecinos acordaron reunirse para celebrarlo en la cabaña de Davis.
Fue el 31
de octubre cuando se quebró el hechizo de calidez. La mañana fue gris y
plomiza, y, a mediodía, el incesante viento se había tornado de abrasador a
gélido. La. gente tembló porque no estaba preparada para el frío, y el viejo
perro de Walker Davis, Lobo, se arrastró cansinamente hasta el interior, hacia
un lugar cercano al hogar. Aunque los distantes tambores aún retumbaban, no por
eso los blancos se sintieron menos inclinados a proseguir sus elegidos ritos. A
una hora tan temprana como eran las cuatro de la tarde, los carros comenzaron a
llegar a la cabaña de Walker, y, por la tarde, tras una memorable barbacoa, el
violín de Lafayette Smith inspiró a una buena compañía de bailarines a grandes
proezas y brincos grotescos en la amplia pero abarrotada estancia. La gente más
joven se entregó a las indulgentes necedades propias de la estación y, en todo
momento, el viejo Lobo aulló con lúgubre y estremecedora amenaza ante algún
graznido especialmente espectral del chirriante violín de Lafayette... artilugio
que nunca antes escuchara. Principalmente, sin embargo, este curtido veterano
dormía alegremente, ya que había pasado la edad del interés activo y vivía
principalmente de sus sueños. Tom y Jennie Rigby habían llevado su perro Zeke,
pero los animales no confraternizaron. Zeke parecía extrañamente nervioso por
algo, y olfateó intrigado a su alrededor durante toda la tarde.
Audrey y
Walker hicieron una buena pareja en la danza, y Abuela Compton aún gusta de
recordar su impresión sobre ese baile aquella noche. Sus preocupaciones
parecían olvidadas en aquellos momentos, y Walker estaba afeitado y arreglado
con sorprendente grado de pulcritud. Hacia las diez, todas las parejas estaban
saludablemente cansadas, y los invitados comenzaron a marcharse familia tras
familia con muchos aspavientos y exageradas loas acerca del excelente rato que
todos habían pasado. Tom y Jennie pensaban que los aullidos temerosos de Zeke
mientras seguía hacia su carro eran anhelos de volver y estar en casa, aunque
Audrey lo achacó a los lejanos tam-tam, los que le crispaban, ya que el
distante retumbar era seguramente bastante espantoso tras el regocijo del
interior. La noche era secamente fría y, por primera vez, Walker echó un gran
tronco en la chimenea, protegiéndolo con ceniza para guardar los rescoldos
hasta la mañana. El viejo Lobo se arrastró hasta el rojizo fulgor para caer en
su sopor acostumbrado. Audrey y Walker, demasiado cansados para pensar en
hechizos o maldiciones, se desplomaron en la tosca cama de pino y estuvieron
dormidos antes de que el despertador barato de la repisa mar cara tres minutos.
Y desde muy lejos, el rítmico batir de aquellos tam-tam infernales aún pulsaban
en la fría noche ventosa.
El doctor
McNeill se detuvo aquí y se quitó las gafas, como si emborronar el mundo
objetivo pudiera añadir nitidez a la visión del pasado.
-Pronto
descubrirá -dijo- que tuve grandes dificultades para reconstruir lo que sucedió
cuando se marcharon los invitados. Había veces, empero, al principio, que era
capaz de lograrlo. -Tras un instante de silencio, prosiguió con su relato.
Audrey
tuvo terribles sueños sobre Yig, que se le apareció con aspecto de Satanás, tal
como lo pintaban los grabados baratos que había visto. Fue, en efecto, un
éxtasis total de pesadilla del que se despertó sobresaltada para descubrir a
Walker también despierto y sentado en la cama. Parecía escuchar atentamente
algo, y la acalló con un susurro cuando ella comenzó a preguntar qué le había
levantado.
—¡Escucha,
Aud! —dijo sofocadamente— . ¿No escuchas algo que suba, zumba y se arrastra?
¿Crees que pueden ser los grillos?
Verdaderamente,
había un ruido audible en el interior de. la cabaña, tal como el que él había
descrito. Audrey intentó analizarlo, y le pareció dotado de algún elemento, a
la vez horrible y familiar, que revoloteaba justo al borde de su memoria. Y
sobre todo esto, despertando espantosos pensamientos, el monótono batir de los
distantes tam-tam llegaba incansable a través de las llanuras negras, sobre las
que se cernía una media luna nublada.
—Walker...
¿será... la... la... maldición de Yig?
Ella pudo
sentirle temblar.
—No,
chica, no creo que se presente así. Él tiene la apariencia de un hombre, a no
ser que se le mire de cerca. Eso fue lo que dijo el Jefe Águila Gris. Serán
bichos que han entrado escapando del frío.., no grillos, creo, pero sí algo
parecido. Voy a levantarme y echarlos antes de que sigan o se cuelen en la
despensa.
Se
incorporó, buscando la linterna que pendía al alcance de la mano, y agitó la
pequeña caja de fósforos situada en el muro junto a ella. Audrey se sentó en la
cama y observó el fulgor de la cerilla convertirse en el tranquilo resplandor
de la linterna. Entonces, mientras sus ojos comenzaban a vislumbrar toda la
estancia, las rústicas vigas retumbaron con el terror de sus gritos
simultáneos. Ya que el plano y rocoso suelo, mostrado por la recién nacida luz,
era una hirviente masa, moteada de pardo por las ondulantes serpientes de
cascabel que se retorcían cerca del fuego, girando después sus espantosas
cabezas para amenazar al portador de la linterna, que estaba paralizado de
terror.
Audrey
las vio durante un instante. Los reptiles eran de todos los tamaños, en número
incontable y aparentemente de todas las variedades, y, mientras miraba, dos o
tres echaron atrás las cabezas, como dispuestas picar a Walker. Ella no se
desmayó... fue el choque de Walker contra el suelo lo que apagó la linterna y
la sumió en la oscuridad: Él no había gritado por segunda vez.. Y el espanto lo
había paralizado y cayó como golpeado por una silenciosa flecha lanzada por un
arco fantasma. El mundo entero pareció girar espantosamente ante Audrey,
entremezclándose con la pesadilla de la que se había visto arrancada. Los
movimientos voluntarios de cualquier clase eran imposibles, ya que el sentido
de la realidad la había abandonado. Cayó inerte en la almohada, deseando
despertar pronto. Ninguna noción de lo que había sucedido entró en su mente por
algún tiempo. Luego, poco a poco, la sospecha de estar realmente despierta
comenzó a imponerse y sc convulsionó con una creciente mezcla de pánico y pena
que la hizo gritar a pesar del hechizo inhibidor que la mantenía muda.
Walker
había desaparecido, y ella no era capaz de ayudarle. Había muerto presa de las
serpientes, tal como la vieja bruja había profetizado cuando era un niño. El
pobre Lobo tampoco era capaz de asistirle... probablemente no había llegado a
despertar de su estupor senil. Y ahora los reptantes seres debían estar
acercándose a ella, arrastrándose más y más cerca a cada momento en la
oscuridad, quizás deslizándose en ese preciso instante por las patas de la cama
y escurriéndose por las bastas sábanas de lana. Inconscientemente, se acurrucó
bajo las ropas y tembló. Debía de ser la maldición de Yig. Había enviado a sus
monstruosos hijos en la noche de Todos los Santos, y habían cogido primero a
Walker. ¿Por qué... acaso no era él inocente? ¿Por qué no iban derechos hacia
ella... acaso no había matado a los pequeños crótalos ella sola? Entonces pensó
en la forma que tomaba la maldición tal y como la relataban los indios. Ella no
moriría.., sólo se convertiría en una serpiente moteada. ¡Puf! Entonces sería
como esos seres que había contemplado en el suelo... ¡esos seres que Yig había
enviado para cogerla y enrolaría entre sus filas! Trató de murmurar un hechizo
que Walker le había enseñado, pero no pudo proferir un solo sonido.
El
ruidoso tic-tac del despertador sonaba sobre el enloquecedor batir de los
distante tam-tam. Las serpientes estaban tomándose su tiempo... ¿se retrasaban
a propósito para crisparle los nervios? A cada momento creía sentir una
tranquila e insidiosa presión sobre las ropas de cama, pero cada vez resultaba
ser tan sólo las involuntarias sacudidas de sus sobreexcitados nervios. El
reloj sonaba en la oscuridad, y sus pensamientos fueron cambiando lentamente.
¡Aquellas serpientes no podían haber tardado tanto! No podían ser los
mensajeros de Yig después de todo, sino crótalos normales que se cobijaban bajo
la roca y que habían acudido atraídas por el fuego. Quizás no estaban
interesadas en ella.., quizás se habían saciado en el pobre Walker. ¿Dónde
estarían ahora? ¿Se habrían ido? ¿Muertas por el fuego? ¿Aún reptando sobre el
postrado cadáver de su víctima? El reloj sonaba, y los distantes tambores
atronaban.
Ante el
pensamiento del cuerpo de su esposo yaciendo allí en la oscuridad como la pez,
un escalofrío de puro horror físico sumió a Audrey. ¡Aquella historia de Sally
Compton sobre aquel hombre, allá en el condado Scott! Él también había sido
picado por todo un grupo de serpientes de cascabel, ¿y qué le había ocurrido?
El veneno había podrido la carne e hinchado todo el cuerpo, hasta que por fin
la inflada cosa había estallado de forma horrible... un horrible estallido con
un detestable sonido de taponazo ¿Qué estaba sucediendo con Walker en el suelo
de piedra? Instintivamente, sintió que había comenzado a escuchar algo
demasiado terrible Incluso para insinuárselo a sí misma. El reloj seguía
sonando como un burlón y sardónico compás para los lejanos tamborileos que el
viento nocturno acarreaba; Deseó que fuera un reloj de esfera luminosa para
poder saber cuánto duraba ya aquella espantosa vigilia. Maldijo su propia
entereza, que le impedía desvanecerse, y se preguntó qué clase de alivio
traería el alba, después de todo. Quizás algún vecino podría pasar... sin duda
alguien llamaría... ¿La encontrarían aún cuerda? ¿Estaba aún cuerda?
Escuchando
morbosamente, Audrey se percató repentinamente de algo que tuvo que verificar
con mucho esfuerzo de su voluntad antes de creer en ello y una vez que se
cercioró, no supo si darle la bienvenida o espantarse. El distante batir de los
tam-tam indios había cesado. Siempre le habían enloquecido... ¿Pero, no los
veía Walker como una salvaguardia contra la maldad indescriptible del universo
exterior? ¿Qué era aquello que repetía en susurros tras hablar con Águila Gris
y los hombres-medicina de los wichitas? ¡Después de todo, no debía alegrarse de
este nuevo y repentino silencio! Había algo siniestro en ese hecho. El ruidoso
sonido del despertador parecía anormal en este nuevo silencio. Capaz por fin de
movimientos conscientes, apartó las sábanas de su rostro y miró, en la
oscuridad, hacia la ventana. Debía haber clareado tras la salida de la luna,
porque distinguió la abertura rectangular perfilada contra el telón de las
estrellas.
Entonces,
sin previo aviso, llegó el impactante, enloquecedor sonido... ¡Puaf!... ese
opaco, pútrido plof de piel rasgada y veneno fluyendo en la oscuridad.
¡Dios!... la historia de Sally... ese obsceno hedor, ¡y ese silencio que la
crispaba y laceraba! Fue demasiado. La cadenas del mutismo cedieron y la noche
negra retumbó, reverberando con los gritos de puro terror desatado de Audrey.
La consciencia no desapareció con el impacto. ¡Cuán misericordioso hubiera
sido! Entre los ecos de sus alaridos, Audrey aún vio el rectángulo salpicado de
estrellas de la ventana de enfrente y escuchó el estremecedor sonido de aquel
espantoso reloj. ¿Oía alguna otra cosa? ¿Era el hueco de la ventana un
rectángulo perfecto? No estaba en condiciones de sopesar la evidencia de sus
sentidos o distinguir los hechos de las alucinaciones.
No...
aquella ventana no era un rectángulo perfecto. Algo parecía invadir el borde
inferior. El tic-tac del reloj no era el único sonido en la habitación. Había,
más allá de cualquier duda, una pesada respiración aparte de la suya o la del
pobre Lobo. Lobo dormía muy silenciosamente, y su jadeo de vigilia era
inconfundible. Entonces, Audrey distinguió contra las estrellas la negra,
demoniaca silueta de algo antropoide... el ondulante bulto de una gigantesca
cabeza y espalda inclinándose lentamente hacia ella.
—¡Yaaaah!
¡Yaaaaah! ¡Vete! ¡Vete! ¡Márchate, diabloserpiente! ¡Vete, Yig! No quería
matarlos.., tenía miedo de que le asustaran. ¡No, Yig, no! No volveré a hacer
daño a tus hijos... no te acerques... ¡No me conviertas en una serpiente
moteada!
Pero las
deformes cabeza y hombros tan sólo se aproximaron a la cama, muy
silenciosamente. Todo se rompió de repente en la cabeza de Audrey y, en un
instante, la chica acobardada se convirtió en una demente enfurecida. Sabía
dónde estaba el hacha... colgada del muro en su asidero, cerca de la linterna.
Estaba dentro de su alcance y pudo encontrarla en la oscuridad. Antes de
percatarse de nada más, ésta estaba en sus manos y ella se arrastraba hacia los
pies de la cama... hacia la monstruosa cabeza y hombros que a cada momento
estaban más cerca. De haber habido alguna luz, la expresión de su rostro no
hubiera sido muy agradable de contemplar.
¡Toma
esto! ¡y esto y esto y esto!
Ahora
ella estaba riendo estridentemente, y sus cacareos subían de tono mientras veía
que la luz de las estrellas más allá de la ventana estaba difuminándose en la
tenue palidez que anunciaba la próxima aurora. El doctor McNeill enjugó el
sudor de su frente y volvió a colocarse las gafas. Aguardé a que continuara y,
como guardaba silencio, hablé suavemente;
—¿Sobrevivió?
¿Fue encontrada? ¿Se explicó alguna vez?
El doctor
aclaró su garganta.
—Sí..
sobrevivió de alguna forma. Y todo quedó explicado. Le digo que no fue cosa de
brujas... sólo un cruel horror, digno de piedad material.
Fue Sally
Compton quien hizo el descubrimiento. Acudió a la cabaña de los Davis la tarde
siguiente para hablar sobre la fiesta con Audrey, y no vio humo en la chimenea.
Aquello era extraño. Volvía a hacer calor, pero Audrey normalmente estaba
cocinando a esa hora Las mulas estaban haciendo ruidos hambrientos en el
establo, y no había señal del viejo Lobo tomando el sol en su acostumbrado
sitio de la pueda. En conjunto, a Sally no le gustó el lugar, por lo que sólo
tímida y vacilantemente descabalgó y llamó a la puerta. No obtuvo respuesta,
pero aguardo algún tiempo antes de empujar las rústicas puertas de agrietados
troncos. El cerrojo, según parece, estaba destrabado, y lentas mente empujó.
Entonces, descubriendo lo que había allí, retrocedió tambaleándose, boqueó y se
asió a la jamba en busca de equilibrio.
Un
terrible hedor surgió cuando abrió la puerta, pero eso no fue lo que la
anonadó. Ya que en el interior de la ensombrecida cabaña habían ocurrido
sucesos monstruosos y tres estremecedores objetos yacían en el suelo para
espanto y desconcierto de la observadora. Cerca del apagado hogar estaba el
gran perro… decadencia púrpura de la piel desnudada por la sarna y la vejez,
con el pellejo entero reventado por efecto del veneno de serpiente de cascabel.
Debía haber sido picado por una verdadera legión de reptiles.
A la
derecha de la puerta estaban los restos descuartizados a hachazos de lo que
friera un hombre... vestido con un camisón y con el quebrado armazón de una
linterna en la mano. Carecía por completo de picaduras de serpiente. Cerca de
él estaba la ensangrentada hacha, dejada caer descuidadamente. Y, retorciéndose
en el suelo, había un ser espantoso de ojos vacíos que una vez fuera una mujer,
pero que ya sólo era una muda y enloquecida caricatura. Todo lo que este ser
hacía era silbar, silbar y silbar. Tanto el doctor como yo nos enjugamos gotas
frías de nuestras frentes en este momento. Sirvió algo de un frasco que había
en su escritorio, dio un trago y me tendió otro vaso. Tan sólo pude sugerir
temblorosa y estúpidamente:
—Así
pues, Walker sólo se había desmayado al principio... los gritos le revivieron,
¿y el hacha hizo el resto?
—Si —la
voz del doctor McNeill era baja—. Pero encontró de todos modos la muerte por
culpa de las serpientes. Fue su propio miedo trabajando de dos formas... le
hizo desmayarse, y le hizo colmar a su mujer con las salvajes historias que la
enloquecieron cuando pensó estar viendo al demonio-serpiente.
Reflexioné
durante un instante.
—Y
Audrey... ¿no es extraño como parece haber obrado sobre ella la maldición de
Yig? Supongo que la impresión de serpientes sibilantes ha calado muy hondo en
ella.
—Sí.
Pronunciaba palabras lúcidas al principio, pero se hicieron progresivamente más
escasas. Su pelo se volvió blanco hasta las raíces, y más tarde lo perdió. La
piel se fue llenando de motas y cuando murió...
Le
interrumpí sobresaltado.
—¿Muerta?
Entonces, ¿qué era esa... esa cosa de abajo?
McNeill
habló gravemente.
—Eso es
lo que nació nueve meses después. Había tres más, dos eran aún peores, pero
éste es el único que ha sobrevivido.
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H.P.
Lovecraft (1890-1937) Zealia Bishop (1897-1968)


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