© Libro N° 11166.
La Llave Del Dolor. Chambers,
Robert W. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
The Key To Grief; Robert W. Chambers (1865-1933)
Versión Original: © La Llave Del Dolor. Robert W. Chambers
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Robert W. Chambers
La Llave
Del Dolor
Robert W. Chambers
El halcón
salvaje al cielo que el viento barre,
El ciervo al salutífero monte,
Y el corazón del hombre al corazón de la joven,
(Rudyard
Kipling)
Estaba haciendo muy mal su trabajo. Le rodearon el cuello con la cuerda y le
ataron las muñecas con juncos, pero de nuevo cayó esparrancado, revolviéndose,
retorciéndose sobre las hojas, desgarrándolo todo a su alrededor, como una
pantera atrapada. Les arrancó la cuerda; se aferró de ella con puños
sangrantes; le clavó sus blancos dientes hasta que las hebras de yute se
aflojaron, se deshicieron y se rompieron roídas por sus blancos dientes. Dos
veces Tully lo golpeó con una porra de goma. Los pesados golpes dieron contra
una carne rígida como la piedra. Jadeante, sucio de tierra y hojas podridas,
con las manos y la cara ensangrentadas, estaba sentado en el suelo mirando al
círculo de hombres que lo rodeaban.
—¡Disparadle! —exclamó Tully jadeante, enjugándose el sudor de la frente
bronceada; y Bates, respirando pesadamente, se sentó en un leño y sacó un
revólver de su bolsillo trasero.
El hombre echado por tierra lo observaba; tenía espuma en la comisura de los
labios.
—¡Retroceded! —susurró Bates, pero la voz y la mano le temblaban.
El hombre por tierra lo miró con ojos refulgentes.
—Tienes que morir, Kent —lo instó—; todos lo dicen. Pregúntaselo a Zurdo
Sawyer; pregúntaselo a Dyce; pregúntaselo a Carrots. Tienes que columpiarte por
lo que hiciste ¿no es cierto, Tully? Kent, por amor de Dios ¡cuelga! ¡Hazlo por
esta gente!
El hombre por tierra jadeaba: sus ojos brillantes estaban inmóviles. Al cabo de
un momento, Tully saltó sobre él otra vez. Hubo un crujir de hojas, ruido de
ramas quebradas, un jadeo, un gruñido y luego el ruido de dos cuerpos que se
retorcían entre las malezas. Dyce y Carrots saltaron sobre los hombres en el
suelo Zurdo Sawyer cogió la cuerda nuevamente, pero las hebras de yute cedieron
y él se cayó. Tully empezó a gritar:
—¡Me está ahogando!
Dyce se alejó con paso vacilante gimiendo con la muñeca rota.
—¡Dispara! —gritó Zurdo Sawyer, y arrastró a Tully a un lado—. ¡Dispara, Jim
Bates! ¡Dispara en seguida, por Dios!
—¡Retroceded! —dijo jadeante Bates, poniéndose en pie.
La multitud se apartó a derecha e izquierda; resonó un rápido estampido... y
otro... y otro. Luego desde el remolino de humo surgió vacilante una alta forma
que asestaba golpes... golpes que sonaban duros como el chasquido de un látigo.
—¡Se ha soltado! ¡Disparad! —gritaron.
Hubo un galope de pesadas botas en los bosques, Bates, débil y atontado, volvió
la cabeza.
—¡Dispara! —chilló Tully.
Pero Bates se sentía enfermo; su revolver humeante cayó por tierra; su rostro
blanco y sus ojos pálidos se le contrajeron. Sólo duró un momento; en seguida
fue en pos de los otros abriéndose camino trabajosamente entre malezas
mimbreras y cicuta. A lo lejos oía a Kent que se precipitaba como un alce joven
en noviembre, y supo que se dirigía a la costa. Los demás lo supieron también.
Ya el resplandor gris del mar trazaba una línea recta a lo largo del borde del
bosque; ya el suave golpeteo de las olas sobre las rocas irrumpía débilmente en
el silencio del bosque.
—¡Tiene una canoa! —bramó Tully— ¡Se escapará!
Y se había subido a ella, arrodillado en la proa, cogiendo el canalete. El sol
que salía resplandecía como un relámpago rojo en él; la canoa se disparó en la
cresta de una ola, se mantuvo suspendida con la proa goteante al viento, se
hundió en las profundidades, se deslizó, se ladeó, se meció, se disparó hacia
arriba otra vez, vaciló, y avanzó. Tully se dirigió corriendo a la ensenada; el
agua le bañó el pecho, desnudo y sudoroso. Bates se sentó en una desgastada
roca negra y observó distraídamente la canoa. La canoa menguó hasta convertirse
en una mancha gris y plateada; y cuando Carrots, que había ido corriendo al
campamento en busca de un rifle, volvió. habría sido más fácil darle a la
mancha en el agua que a la cabeza de un somorgujo en el crepúsculo. De modo que
Carrots, que era ahorrativo por naturaleza, disparó una vez y se satisfizo con
conservar el resto de los cartuchos para mejor ocasión.
La canoa era todavía visible y se dirigía.a mar abierto. En algún lugar más
allá del horizonte se encontraban las llaves, una cadena de rocas desnudas como
cráneos, negras y lodosas donde el mar cortaba su base, blanqueadas en la parte
superior por el excremento de las aves marinas.
—¡Se
dirige a la Llave del Dolor! —le susurró Bates a Dyce.
Dyce, gimiendo y palpándose la muñeca quebrada, volvió la cara enferma hacia el
mar.
La última roca hacia el mar era la Llave del Dolor, un pináculo
quebrado pulido por las aguas. Desde la Llave del Dolor, a un día
de remo mar adentro si se era lo bastante osado, había una larga isla boscosa
en el océano conocida como Dolor en las cartas de la lóbrega costa. En la
historia de la costa, dos hombres habían hecho el viaje hasta la Llave
del Dolor y, desde allí, hasta la isla. Uno de ellos había sido un
cazador de pieles enloquecido por el alcohol, que sobrevivió y retornó; el
otro, un joven estudiante universitario; encontraron su canoa destruida en el
mar, y un día más tarde su destruido cuerpo fue devuelto a la costa.
De modo que cuando Bates le habló en voz baja a Dyce y cuando Dados llamó a los
demás, supieron que el fin de Kent y de su canoa no estaban lejos; y volvieron
al bosque, malhumorados, pero satisfechos de que Kent recibiría su merecido
cuando el diablo recibiera el suyo. Zurdo habló vagamente de la cosecha del
pecado. Carrots, que nunca olvidaba la propiedad, sugirió un plan para una
división equitativa de las posesiones de Kent. Cuando llegaron al campamento,
apilaron los efectos personales de Kent sobre una manta.
Carrots
hizo el inventario: un revólver, dos porras de goma, una gorra de piel, un
reloj de níquel, una pipa, una baraja nueva, un saco de goma, cuarenta libras
de goma de abeto y una sartén. Carrots barajó los naipes, cogió el comodín y lo
arrojó pensativo al fuego. Luego repartió la baraja. Cuando los bienes de su
difunto compañero hubieron sido divididos por azar —pues no había posibilidades
de hacer trampas— alguien se acordó de Tully.
—Está
allí en la costa vigilando la canoa —dijo Bates con voz ronca.
Se puso en pie y se acercó a un montón sobre el suelo cubierto por una manta.
Empezó a levantar la manta, vaciló y, finalmente, se alejó. Bajo la manta yacía
el hermano de Tully, a quien la noche antes Kent había matado de un tiro.
—Creo que es mejor que esperemos hasta que Tully vuelva —dijo Carrots
intranquilo.
Bates y Kent habían sido compañeros de tienda. Una hora más tarde, Tully volvió
al campamento. Ese día no le dirigió la palabra a nadie. Bates lo encontró en
la costa cavando, y le dijo:
—¡Hola, Tully! Parece que no pudimos lincharlo.
—No —dijo
Tully—. Consigue una pala.
—¿Lo
enterrarás aquí?
—Sí.
—¿Dónde pueda escuchar el sonido de las olas?
—Bonito
sitio.
—Sí.
—¿Hacia qué lado mirará?
—¡Hacia donde pueda ver esa maldita canoa! —gritó Tully con firmeza.
—No... no puede ser —aventuró Bates intranquilo—. Está muerto ¿no es así?
—Levantará la arena cuando la canoa regrese. ¡Y lo oiré! ¡Y estaré aquí! Y
viviremos para ver colgado a Bud Kent.
A la hora del crepúsculo enterraron al hermano de Tully de cara al mar.
Las verdes olas bañan todo el día la Llave del Dolor. Blancas
arriba, negras en la base, las rocas erguidas mantienen pináculos oblicuos como
boyas acanaladas. Sobre los pulidos pilares empollan las aves marinas de alas
blancas y ojos brillantes, que anidan y se recomponen las plumas y aletean y
hacen resonar sus picos anaranjados cuando la espuma volátil avanza y retrocede
por los riscos. Cuando salió el sol pintando franjas carmesíes sobre las aguas,
las aves marinas, unas junto a las otras, dormitaban en el sueño del alba.
Donde el sol de mediodía bruñía el mar, avanzó una ola opalina, distraída, sin
ruido; un ave marina estiró un ala indiferente.
Y por el silencio de las aguas se deslizaba una canoa bronceada por la luz del
sol, enjoyada por las gotas saladas que la cubrían de un lado al otro, con una
estela de algas con diamantino esplendor, y en la proa un hombre bañado de
sudor. Arriba volaban las gaviotas en círculo, yendo de las rocas al mar, y su
clamor llenaba el cielo despertando pequeños ecos en los peñascos.
La canoa rozó contra un oscuro bajío; las algas se mecieron y flotaron; los
pequeños cangrejos marinos se internaron oblicuos en la límpida profundidad de
las más verdes sombras. Así fue la llegada de Bud Kent a la Llave del
Dolor. Arrastró la canoa hasta mitad del camino por el bajío de roca y se
sentó respirando pesadamente, con un brazo oscuro sobre la frente. Durante una
hora se estuvo allí sentado. El sudor se le secó bajo los ojos. Las aves
marinas regresaron, llenando el aire con suaves notas plañideras. En torno al
cuello tenía una marca lívida, un rojo círculo en carne viva. El viento salado
hacía que le ardiera. Se lo tocaba a veces; se lo lavó con agua salada fría.
Lejos hacia el norte colgaba sobre el mar una cortina de niebla, densa, inmóvil
como la neblina de las Grandes Costas. Ni una vez apartó la mirada de ella;
sabía lo que era. Por detrás estaba la isla del Dolor. Durante todo el año se
oculta tras la neblina, muros de blanca niebla muerta que la rodean por todas
partes. Los barcos le conceden amplio espacio para bornear. Algunos dicen que
hay en la isla fuentes de aguas cálidas cuyas aguas fluyen al mar, levantando eternos
vapores.
El cazador de pieles había vuelto con historias de bosques y ciervos y flores
por todas partes; pero había estado bebiendo mucho y mucho era lo que se le
perdonaba. El cuerpo del joven estudiante devuelto a la costa estaba dañado al
punto de que no era posible reconocerlo; pero dijeron algunos cuando lo
hallaron que tenía asida en la mano una flor carmesí medio marchita, pero
grande como un sapán. De modo que Kent se mantenía inmóvil junto a la canoa,
quemado por la sed; cada uno de los nervios le vibraba mientras pensaba en
estas cosas. No era el miedo lo que le blanqueaba la carne firme bajo la piel
tostada; era el miedo del miedo. No debía pensar; debía asfixiar el temor; sus
ojos no debían desfallecer, su cabeza nunca apartarse del muro de niebla al
otro lado del mar. Con las mandíbulas apretadas rechazaba el terror; con ojos
refulgentes miraba los ojos huecos del espanto. Y de ese modo venció el miedo.
Se puso en pie. Las aves marinas giraban en el cielo precipitándose,
elevándose, chillando, hasta que el áspero aleteo despertó ecos entre las
rocas. Bajo la proa aguda de la canoa, las algas se mecían, se sumergían, se
separaban; las olas iluminadas por el sol avanzaban resplandecientes,
danzantes, bañando una y otra vez proa y popa. Y entonces se arrodilló de
nuevo, y el pulido canalete se columpió y se hundió, y se arrastró y se
columpió y se hundió otra vez.
A lo lejos tras él, el clamor de las aves marinas se demoraba en los oídos,
hasta que el suave hundirse del canalete ahogó todo otro sonido y el mar fue un
mar de silencio. No soplaba viento que le refrescara el sudor sobre las
mejillas y el pecho. El sol encendía un sendero de flama ante él, y avanzó por
un desierto de agua. El océano inmóvil se dividía ante la proa y se rizaba inocentemente
a cada lado, resonando, espumado, chisporroteando como la corriente de un
arroyo en un bosque. Miró a su alrededor el mundo de aguas planas, y el miedo
del miedo lo asaltó otra vez y lo asió por la garganta.
Entonces bajó la cabeza como un toro torturado y se sacudió el miedo del miedo
de la garganta, y hundió el canalete en el mar como apuñala un carnicero hasta
la empuñadura. Así, por fin, llegó al muro de niebla. Era delgado en un
principio, delgado y frío, pero fue espesándose y volviéndose más cálido, y el
miedo del miedo se arrastraba tras él, pero no miraba atrás.
En la niebla la canoa se precipitó; las aguas grises corrían junto a él, altas
como la borda, aceitosas, silenciosas. Se agitaban formas junto a proa, pilares
de neblina sobre las aguas, vestidas en películas de desgarradas sombras.
Formas gigantescas se alzaban a alturas que daban vértigo sobre él, rompiendo
las mortajas harapientas de las nubes. Los vastos tapices de la niebla se
estremecían y colgaban y temblaban cuando él los rozaba; el blanco crepúsculo
hízose más profundo hasta adquirir sombría lobreguez. Y luego se hizo más
delgado; la niebla se convirtió en neblina y la neblina en vapor y el vapor se
alejó flotando y se desvaneció en el azul del cielo. Todo a su alrededor había
un mar de perla y zafiro que bañaba un bajío de plata. Así llegó a la isla del
Dolor.
Las olas bañaban una y otra vez el bajío de plata, rompiendo como ópalos
quebrados donde las arenas cantaban con la espuma sonora. Bandadas de pequeños
pájaros costeros, vadeando en el bajío, sacudían sus alas teñidas por el sol y
se escurrían isla adentro, donde, moteada de sombra desde el bosque
circundante, se extendía la blanca playa de la isla. El agua en torno era poco
profunda y límpida como el cristal, y veía la arena ondulada y brillante en el
fondo, donde flotaban algas purpúreas, y delicadas criaturas marinas se
lanzaban como dardos, se agrupaban y se esparcían otra vez al hundir en el
canalete. Como terciopelo frotado contra terciopelo la canoa rozó la arena. Se
puso con diflcultad en pie, salió tambaleante a tierra, arrastró la canoa bajo
los árboles, la dio vuelta y se hundió junto a ella de cara contra la arena.
El sueño ahuyentó el miedo del miedo, pero el hambre, la sed y la fiebre
lucharon contra el sueño, y soñó... soñó con una cuerda que le cortaba el
cuello, con la pelea en el bosque y los disparos. Soñó también con el
campamento, con sus cuarenta libras de goma de abeto, con Tully, con Bates.
Soñó con el fuego y la olla ennegrecida por el humo, con el inmundo olor del
lecho mohoso, con las barajas grasientas y su propio nuevo juego, atesorado
durante semanas para complacer a los otros. Todo esto soñó boca abajo en la
arena; pero no soñó con el rostro de la muerte.
La sombra de las hojas se movían sobre su rubia cabeza, crespa con rizos
cortados cortos. Una mariposa revoloteaba a su alrededor, posándose ora en sus
piernas, ora en el dorso de sus manos bronceadas. Toda la tarde las abejas
zumbaron entre las flores del bosque; las hojas arriba apenas susurraban; las
aves costeras empollaban junto al borde cristalino del agua; la delgada marea,
dormida sobre la arena, espejaba el cielo. El crepúsculo empalideció el cenit;
una brisa sopló en las profundidades del bosque; una estrella refulgió, se apagó,
refulgió otra vez, se desvaneció y refulgió.
Llegó la noche. Una mariposa nocturna revoloteaba de un lado al otro bajo los
árboles: un escarabajo zumbaba alrededor de un montón de algas marinas y cayó
pataleando en la arena. En algún sitio entre los árboles, un sonido habíase
hecho distinto: la canción de un arroyuelo, melodiosa, interminable. La escuchó
en su sueño; entretejía todos sus sueños como una aguja de plata, y como una
aguja lo pinchó: pinchó su garganta seca y sus labios resquebrajados. No pudo
despertarlo; la noche fresca lo vendaba desde la cabeza hasta los pies.
Al acercarse el alba, un pájaro despertó y cantó. Otros pájaros se agitaron
inquietos, a medias despiertos; una gaviota extendió un ala acalambrada en la
costa, reacomodó sus plumar, se rascó el cuello empenachado y avanzó dos pasos
somnolientos hacia el mar.
La brisa marina se estremeció tras la orilla neblinosa; agitó las plumas de las
gaviotas dormidas; despertó el murmullo de las hojas. Una rana resonó, se
quebró y cayó. Kent se agitó, suspiró, tembló y despertó. Lo primero que oyó
fue la canción del arroyo y se dirigió con paso tembloroso directamente al
bosque. Allí estaba, una delgada corriente profunda a la luz grisácea de la
mañana, y se extendió junto a él y metió en él su mejilla. También un pájaro
bebía del estanque: un pajarillo de abultado plumaje, ojos vivaces y sin miedo.
Sus rodillas estaban más firmes cuando por último se puso de pie, sin hacer
caso de las gotas que le perlaban los labios y la barbilla.
Con el cuchillo excavó y raspó unas raíces blancas que crecían a la orilla del
arroyo, y después de lavarlas en el estanque, se las comió. El sol teñía el
cielo cuando volvió a la canoa, pero la eterna cortina de niebla, mar adentro,
impedía aún su visión. Levantó la canoa, con el fondo hacia arriba, sobre su
cabeza y, con el remo y la pértiga en cada mano, la llevó al bosque. Después
que la puso en tierra, se estuvo erguido un momento abriendo y cerrando su
navaja. Luego miró los árboles. Había aves allí, si pudiera echarles mano. Miró
el arroyo. Las huellas de sus dedos estaban en la arena; había también las
huellas de algo más: el casco puntiagudo de un ciervo. No tenía sino su navaja.
Volvió a abrirla y la miró.
Ese día excavó almejas y se las comió crudas. También vadeó las orillas y trató
de ensartar peces con la pértiga, pero sólo cogió un cangrejo amarillo. Lo que
necesitaba era fuego. Quebró y afiló piedras con aspecto de pedernal y raspó
yesca de una rama secada al sol. Los nudillos le sangraron, pero no obtuvo
fuego. Esa noche oyó ciervos en los bosques y no le fue posible dormir de tanto
pensar, hasta que llegó el alba tras el muro de niebla y se levantó con ella
para beber y arrancar almejas con sus blancos dientes. Una vez más luchó por
conseguir fuego, anhelándolo como nunca había anhelado el agua, pero
los.nudillos le sangraron y su cuchillo raspó el pedernal en vano.
La mente, quizá, se le había alterado un tanto La blanca playa parecía
levantarse y caer como una alfombra blanca en un hogar con corrientes de aire.
También las aves que correteaban por la arena parecían grandes y jugosas como
perdices; las persiguió arrojándoles conchillas y ramas hasta que apenas pudo
sostenerse en pie sobre las arenas ascendente y descendente... o alfombra, lo
que fuere. Esa noche los ciervos lo despertaron a intervalos. Los oyó salpicar,
bramar y quebrar ramillas a lo largo del arroyo. En una oportunidad fue furtivo
tras ellos navaja en mano, hasta que un paso en falso dentro del arroyo lo
despertó de su locura, y volvió a tientas a la canoa temblando.
Llegó la mañana y nuevamente bebió en el arroyo, tendiéndose sobre la arena
donde incontables cascos en forma de corazón habían dejado claras huellas; y
otra vez arrancó almejas crudas de sus conchas y se las tragó gimiendo. Durante
todo el día la blanca playa ascendió y descendió, se alzó y se aplastó ante sus
brillantes ojos secos. En ocasiones persiguió a la aves costeras, hasta que la
playa inestable hizo que tropezara y cayó cuan largo era sobre la arena.
Entonces se levantaba quejumbroso y se arrastraba a la sombra del bosque y
observaba los pájaros canoros en las ramas, quejumbroso, siempre quejumbroso.
Sus manos, pegajosas de sangre, golpeaban el hierro contra el pedernal, pero
tan débilmente que ahora ya ni siquiera brotaban frías chispas. Empezó a temer
la noche que se acercaba; temía oír en la espesura a los grandes ciervos
cálidos. El miedo lo ganó de súbito, y bajó la cabeza, apretó los dientes y se
arrancó otra vez el miedo de la garganta. Entonces erró sin rumbo por el bosque
pasando entre malezas, raspándose contra los árboles, pisando musgo, ramas y
lodo, meciendo las manos magulladas al andar, siempre meciendo las manos.
El sol se ponía en la niebla al salir del bosque a otra playa: una playa
cálida, suave, teñida de carmesí por el fulgor de las nubes de la tarde. Y
sobre la arena a sus pies yacía una joven dormida, envuelta en el vestido
sedoso de sus propios negros cabellos, de miembros redondeados, morenos, suaves
como la flor de la playa atezada. Una gaviota revoloteó en lo alto chillando.
Sus ojos, más profundos que la noche, se abrieron. Entonces sus labios se
separaron para dar salida a un grito, dulcificado por el sueño:
—¡Ihó!
Se puso en pie frotándose los aterciopelados ojos.
—¡Ihó!
—gritó maravillada—. ¡Inâh!
La arena dorada rodeaba sus piececitos. Las mejillas se le enrojecieron.
—¡E-hó! ¡E-hó! —susurró y escondió la cara en sus cabellos.
El puente de las estrellas abarca los mares del cielo; el sol y la luna son los
viajeros que lo recorren. Esto se sabía también en la morada de los Isantee
hace centenares de años atrás. Chaské se lo dijo a Hârpam, y cuando Hârpam, lo
supo, se lo dijo a Hapéda; y así el conocimiento se difundió hasta Hârka, y
desde Winona a Wehârka, de arriba a abajo, de un extremo al otro y siempre más
allá, por todos los hilos de la trama, hasta que llegó a la isla del Dolor.
¿Cómo? ¡Sólo Dios lo sabe! Wehârka, charlando entre los tules, pudo habérselo
dicho a Ne-kâ; y Ne-kâ, alto entre las nubes de noviembre, pudo habérselo dicho
a Kay-óshk, quien se lo dijo a Shinge-bis, quien se lo dijo a Skeé-skah, quien
se lo dijo a Sé só-Kah. ¡Ihó! ¡Inâh! ¡Ved que maravilla! Y este es el hado de
todo conocimiento que llega a la isla del Dolor. Cuando el fulgor rojo murió en
el cielo y las arenas nadaron en las sombras, la joven apartó las cortinas de
seda de sus cabellos y lo miró.
—¡Ehó! —susurró nuevamente con dulce deleite.
Porque le era ahora evidente que él era el sol. ¡Había cruzado el puente de
estrellas en el crepúsculo azul! ¡Había venido!
—¡E-tó!
Se le acercó estremecida, debilitada por el éxtasis de este santo milagro
obrado ante ella.
¡Él era el sol! Su sangre listaba el cielo al amanecer; su sangre teñía las
nubes a la tarde. En sus ojos se demoraba todavía el azul del cielo ahogando
dos estrellas azules; y su cuerpo era tan blanco como el pecho de la luna. Ella
abrió los dos brazos, con las manos tímidamente extendidas y la palma hacia
arriba. Su cara se alzaba hacia la de él, cerrando suavemente los ojos; los
párpados de densas pestañas le temblaban. Se erguía como una joven sacerdotisa,
inmóvil salvo por el súbito estremecimiento de un miembro, un breve aleteo del
pulso en la garganta redondeada. Y así lo veneró, desnuda y sin vergüenza, aun
después que él, flaqueando, cayó pesadamente sobre su rostro; aun cuando la
brisa del crepúsculo sobre las arenas, agitó sus cortos rizos como el viento
agita la piel de un animal muerto en el polvo.
Cuando el sol de la mañana se asomó por sobre el muro de niebla, y ella vio que
era el sol, y lo vio a él caído en la arena a sus pies, se dio cuenta entonces
de que era un hombre, sólo un hombre, pálido como la muerte y manchado de
sangre. Y, sin embargo -¡milagro de milagros!- el divino asombro en sus ojos se
hizo más profundo todavía, y le pareció que se le desmayaba el cuerpo, y caer
temblando, y desmayarse nuevamente. Porque, aunque no era más que un hombre lo
que yacía a sus pies, le había sido más fácil contemplar a un dios.
El soñó que respiraba fuego... fuego que había anhelado más que el agua. Loco
de delirio, se arrodilló delante de las llamas, frotando sus manos desgarradas,
lavándoselas en las llamas de aroma carmesí. Tenía agua también, agua de fresco
aroma, que salpicaba su carne quemada, que le lavaba los ojos, los cabellos, la
garganta. Luego llegó el hambre, una desgarradora y feroz agonía que le
quemaba, le apretaba y le desgarraba las entrañas; pero también eso se
desvaneció y soñó que había comido y que toda su carne estaba tibia. Luego soñó
que dormía; y cuando se durmió ya no siguió soñando. Un día despertó y la
encontró tendida a su lado, estrechamente cerradas las suaves palmas,
sonriente, dormida.
Ahora los días empezaron a pasar más rápidamente que la marea por la atezada
playa; y las noches, polvoreadas de estrellas y azules, llegaban y se
desvanecían y retornaban, sólo para oler al alba como el perfume de una
violeta. Contaban las horas como contaban las burbujas doradas que guiñaban con
un millón de ojos a lo largo de la costa moteada de espuma; y las horas
terminaban, y empezaban, y resplandecían iridiscentes, y terminaban como
terminan las burbujas en el vaho de un minúsculo arco iris. Había todavía fuego
en el mundo; flameaba al taco de ella y donde ella lo decidiera.
Un arco tenso con una hebra de sus propios cabellos, una flecha alada como un
ave marina con punta de concha, una línea obtenida del tendón de plata de un
ciervo, un anzuelo de hueso pulido: estos fueron los misterios que él aprendió,
y los aprendió riendo, la sedosa cabeza de ella inclinada junto a la suya. La
primera noche en que fue construido el arco y afinada la sedosa cuerda, ella se
deslizó por el bosque iluminado por la luna hasta el arroyo; y allí se quedaron
al acecho, susurrando, escuchando y susurrando, aunque ninguno entendía la voz
que amaba.
En la profundidad del bosque, Kaug, el puercoespín, rascaba y husmeaba. Oían a
Wabóse, el conejo, pit-a-pat, pit-a-pat, que saltaba por entre las hojas
muertas a la luz de la luna. Skeé-skah, el pato silvestre, pasaba volando sin
ruido, esplendoroso como un capullo flotante. A lo lejos, en la argentina
placidez del océano, Shinge-bis, el somorgujo, sacudía el perfumado silencio
con su risa ociosa, hasta que Kay-óshk, la gaviota gris, se agitaba en sueños.
Se producía una súbita ondulación en la corriente, una suave salpicadura, un
dulce sonido en la arena.
—¡Ihó! ¡Mira!
—No veo
nada.
La amada
voz era para ella sólo una melodía sin palabras.
—¡Ihó!
¡Ta-hinca, la hembra del ciervo rojo! ¡E-hó! El macho vendrá detrás!
—Ta-hinca —repetía él preparando la flecha.
—¡E-tó!
¡Ta-mdóka!
De modo
que él apuntaba la flecha a la cabeza, y las plumas grises de la gaviota le
rozaban la oreja y en la oscuridad vibraba la armonía de la cuerda canora. Así
murió Ta-mdóka, el ciervo de siete puntas en las astas.
Como una manzana lanzada en giro al aire, así giraba el mundo por sobre la mano
que lo había arrojado al espacio. Y un día a principios de primavera,
Sé-só-Kah, el petirrojo, despertó al amanecer y vio a una joven al pie del
árbol florecido que sostenía a un bebé acunado entre las sedosas sábanas de sus
cabellos. Al oír su débil gemido, Kaug, el puercoespín, levantó su cabeza
cubierta de púas, Wabóse, el conejo se quedó inmóvil con flancos palpitantes.
Kay-óshk, la gaviota gris, avanzó de puntillas por la playa. Kent se arrodilló
rodeándolos a ambos con su brazo bronceado.
—¡Ihó! ¡Inâh! —susurró la joven, y sostuvo al bebé en las flamas rosadas del
alba.
Pero Kent tembló al mirar, y sus ojos se anegaron. Sobre el pálido musgo verde
se extendían sus sombras: tres sombras. Pero la sombra del bebé era blanca como
la espuma. Como era el primogénito, lo llamaron Chaské; y la joven cantaba
mientras lo acunaba en las sedosas vestiduras de sus cabellos;durante todo el
día a la luz del sol cantaba:
Wâ wa, wâ-wa, wâ-we... yeá;
Kah wéen, nee-zhéka Ke-diaus-âi,
Ke-gâh nau-wái, ne-mé-go S'wéen,
Ne-bâun, ne-bâún, ne dâun-is âis.
E-we wâ-wa, wâ-we.. yeá;
E we wâ-wa, wâ we... yeá.
Mar adentro, Shinge-bis, el somorgujo, escuchaba reacomodándose las plumas
satinadas del pecho. En el bosque, Ta-hinca, el ciervo rojo, volvió su delicada
cabeza al viento. Esa noche Kent pensó en el muerto por primera vez desde que
llegara a la Llave del Dolor.
—¡Aké-u! ¡Aké-u! —gorjeó Sé-só-Kah, el petirrojo. Pero los muertos nunca
vuelven—. Amado, siéntate junto a nosotros —susurró la joven viendo la
perturbación que había en su mirada—. Ma-cânte maséca.
Pero él miró al bebé y a su blanca sombra sobre el musgo, y se limitó a
suspirar:
—¡Ma-cânte maséca, amada! La Muerte nos vigila desde el otro lado del mar.
Ahora por primera vez conoció algo más que el miedo al miedo: conoció el miedo.
Y con el miedo llegó el dolor. Nunca antes había sabido que el dolor yacía
oculto en el bosque. Ahora lo sabía. Sin embargo, esa felicidad, eternamente
renacida cuando dos manecillas le rodean a uno el cuello, cuando débiles dedos
lo cogen a uno de la mano, esa felicidad que Sé-só-Kah comprendía mientras
gorjeaba para su compañera de nido, que Ta-mdóka conocía mientras lamía a sus
cervatos moteados, esa felicidad le dio ánimos para salir al encuentro del
dolor con calma, en sueños o en las profundidades del bosque, y lo ayudó a
mirar del frente las cuencas vacías del miedo.
Ahora pensaba a menudo en el campamento; en Bates, su compañero de tienda; en
Dyce, cuya muñeca había quebrado de un golpe; en Tully, a cuyo hermano había
matado. Aun le parecía oír el disparo, el súbito estruendo entre las cicutas;
otra vez veía el vaho del humo, la alta figura que caía entre las malezas.
Recordaba el mínimo detalle del juicio: la mano de Bates sobre su hombro;
Tully, de roja barba y ojos feroces que exigía su muerte; mientras que Dyce
escupía y escupía y fumaba y pateaba los leños ennegrecidos que sobresalían del
fuego. También recordaba el veredicto, la terrible risa de Tully; y la nueva
cuerda de yute que sacaron de los paquetes del mercado.
A veces pensaba en estas cosas mientras vadeaba en el bajío con la lanza de
punta de concha pronta; en esas ocasiones a veces mientras se estaba
arrodillado a la orilla del arroyo del bosque a la espera de la salpicadura de
Ta-hinca entre los berros: en esos momentos la flecha emplumada silbaba lejos
de su blanco, y Ta-mdóka pateaba y bufaba hasta que aun la marta blanca,
extendida sobre un tronco podrido, fruncía el hocico y se alejaba furtiva hacia
las más negras profundidades del bosque. Cuando el niño tuvo un año, hora tras
hora registrada con una muesca al ponerse el sol y al amanecer, charlaba con
los pájaros y llamaba a Ne-Kâ el ganso salvaje, que llamaba a su vez al niño
desde el cielo:
—¡Hacia
el norte! ¡Hacia el norte, amado!
Cuando
llegó el invierno —no hay escarcha en la isla del Dolor—, Ne-kâ, el ganso
salvaje, muy alto entre las nubes, clamaba:
—¡Hacia
el sur! ¡Hacia el sur, amado!
Y el niño
contestaba con un suave susurro en una lengua desconocida, hasta que su madre
se estremecía y lo cubría con sus cabellos de seda.
—¡Oh, amado! —decía la joven—. Chaské habla con todas las criaturas
vivientes... con Kaug, el puercoespín, con Wabóse, con Kay-óshk, la gaviota
gris... él les habla y ellos lo comprenden.
Kent se
inclinó y la miró en los ojos.
—Calla,
amada; no es eso lo que temo.
—¿Entonces,
qué, amado?
—Su
sombra. Es blanca como la espuma de las olas. Y por la noche... he visto...
—¡Oh! ¿Qué?
—El aire
a su alrededor brillar como una rosa pálida.
—Ma cânté maséca. Sólo la tierra dura. Hablo como quien se está muriendo ¡oh,
amado!
Su voz se apagó como el viento del verano.
—¡Amada!
—gritó él.
Pero
allí, ante sus ojos ella estaba cambiando; el aire se volvió neblinoso, y su
cabello ondulaba como jirones de niebla, y su esbelta forma se mecía, se
desvanecía, y viraba como la bruma sobre un estanque. En sus brazos el niño era
una figura de bruma, rosada, vaga como el aliento en un espejo.
—Sólo la tierra dura. ¡Inâh! Es el fin ¡oh, amado!
Las
palabras llegaron desde la niebla, una niebla tan informe como el éter, una
niebla que avanzaba y lo cubría, que venía del mar, de las nubes, de la tierra
a sus pies. Débil de terror, avanzó con dificultad gritando:
—¡Amada! Y tú, Chaské ¡oh, amado! ¡Aké u! ¡Aké u!
A la
distancia sobre el mar, una estrella rosada brilló un instante y se apagó. Un
ave marina chilló elevándose sobre el desierto de aguas ahogadas en la niebla.
Otra vez vio la estrella rosada; se acercaba; su reflejo refulgía en el agua.
—¡Chaské! —gritó él.
Oyó una
voz, opacada en la densa niebla.
—¡Oh,
amada, estoy aquí! —volvió a gritar.
Hubo un
sonido en el bajío, un resplandor en la niebla, el brillo de una antorcha, una
cara blanca, lívida, terrible... la cara del muerto.
Cayó de
rodillas; cerró los ojos y los abrió. Tully estaba de pie junto a él con una
cuerda enrollada.
—¡Ihó!
¡Contempla el fin! Sólo la tierra dura. La arena, la ola opalina sobre la playa
dorada, el mar de zafiro, la luz de las estrellas, el viento y el amor morirán.
También la Muerte morirá y yacerá sobre las costas de los cielos como la
calavera blanqueada allí en la Llave del Dolor, pulida, vacía, con sus dientes
hundidos en la arena.
Robert W.
Chambers (1865-1933)


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