© Libro N° 10934. Y Tal Vez Sean Condenados Eternamente. (Et In Sempiternum Pereant). Williams, Charles. Emancipación. Febrero 25
de 2023
Título original: © Y Tal
Vez Sean Condenados Eternamente. (Et In Sempiternum Pereant). Charles Williams
(1886-1945)
Versión Original: © Y Tal Vez Sean
Condenados Eternamente. (Et In Sempiternum Pereant). Charles Williams
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Y TAL VEZ SEAN CONDENADOS ETERNAMENTE
(Et In Sempiternum Pereant)
Charles Williams
Y Tal Vez Sean Condenados Eternamente.
(Et In Sempiternum Pereant)
Charles Williams
Lord Arglay llegó fácilmente. La primavera era tan
bella como la geografía inglesa. Un par de millas hasta el último pueblo,
detrás y frente a él. Andaba por una carretera buscando un autobús que lo
llevase cerca de su destino. Una conversación ocasional en el club, unos meses
antes, le había revelado que en una casa de campo de Inglaterra encontraría las
opiniones jurídicas aún inéditas del Canciller Bacon. Lord Arglay, presidente
del tribunal, y habiendo publicado su Historia del Derecho, había concebido la
idea de editar estas opiniones y proporcionar una variante al estudio de los
pasajes más complejos de Christian Schoolmen. Había aprovechado el fin de
semana para visitar el lugar, y tal vez pasar allí unos días, aprovechando los
problemas financieros del propietario.
Esta era una de las regiones más desiertas del
país. Había procurado seguir diligentemente las direcciones recibidas. De
hecho, sólo había dos sitios donde podría haber errado el camino, y en ambos
Lord Arglay estaba seguro de que no haberse equivocado. Pero el tiempo
transcurrió, aún más del que había esperado. Miró su reloj. Se reprochó en
silencio. Lo había mirado hacía apenas seis minutos. Frunció el ceño. Por lo
general era un buen caminante, y durante aquella mañana no sintió ningún tipo
de cansancio. Su anfitrión había ofrecido enviarle un coche, pero él se rehusó.
Ahora lo lamentaba. Un coche habría recorrido el trecho en apenas un rato.
"Ganar tiempo es ganar oro", murmuró. Luego razonó que cada camino en
el espacio tenía una correspondencia en el tiempo; y que esto tiende a
apresurar o retrasar los destinos según el espíritu del peregrino. La
naturaleza de algunos caminos, dejando de lado su trazado, puede apresurar a
algunos hombres y a retrasar a otros. Cuestión de velocidades, pensó, y de
intenciones. Bien podrían los tribunales utilizar este método para acelerar sus
procesos.
Lord Arglay volvió a mirar su reloj. Era imposible
que hayan pasado sólo cinco minutos desde que lo miró por última vez. Atisbó el
camino recorrido y sintió algo inconcebible. El camino se había torcido. Justo
detrás de él se alzaba una nube de árboles inmensos, pero sabía que los había
atravesado hacía media hora. Pensó que estaba envejeciendo de un modo más
rápido, e imperceptible, del que había calculado. No le importaba la rapidez,
por el contrario. Los cambios, hasta entonces, le provocaban placer, y la vejez
había derribado ese placer, primera derrota en la escaramuza con la muerte.
Siempre observó con interés las curiosidades de la creación. Envejecer era una
fantasía, al igual que crecer, dulzor inefable, y hórrido, de la existencia
humana. Soportó como pudo el mirar hacia atrás a través de las ondulaciones del
camino. En un espasmo inesperado de irritación volvió a mirar su reloj. Hubiese
jurado que, por lo menos, habían pasado quince minutos, aunque sospechaba que
las manecillas revelarían menos.
Revelaron apenas dos.
Lord Arglay hizo un pequeño esfuerzo mental, y casi
inmediatamente reconoció que el esfuerzo era excesivo. Se dijo: 'El final está
cerca. He perdido el sentido del tiempo.'
En medio de secretos reproches, avanzó. El tiempo
es un ladrón, pensaba, de modo que lo único que se puede esperar es devolverle
la cortesía, y robarle lo único que puede darnos. Esto reflexionaba en los
campos abiertos. Había en él una especie de vacío, una opresión y distorsión de
las cosas que lo rodeaban. En su juventud había protestado contra la rapidez
del mundo, pero ahora sentía que, incluso un paseo tan rutinario como aquel,
podía convertirse en algo eterno. La única medida en la que confiaba era su
respiración.
Entre exhalaciones advirtió una sencilla y perfecta
desesperación.
En aquel momento vio la casa. El camino se curvó
bruscamente, un semicírculo amplio que volvía sobre el camino que había
transitado. Cruzó un seto estrecho, el paso se achicó notablemente, como si
hubiese sido recorrido por innumerables pies, lentos y pesados. Ningún coche o
carro hubiese podido pasar. Ahora su atención estaba sobre la puerta. Arriba
humeaba una chimenea con eficiencia rural. Por las ventanas se reflejaba el
sol, destellando como si un elfo enloquecido enviase señales a sus camaradas. En
sí mismo el edificio era apenas otra casa de campo. Una sólida puerta, un par
de ventanas, el ojo de un ático. No había signos de estar habitada, salvo por
el humo. Al acercarse, su entorno se ensombreció bajo la presencia de dos
enormes árboles.
Lord Arglay miró fijamente el camino, la puerta
cerrada, el fumar de la chimenea, y echó un vistazo por una ventana. La
suciedad le impidió ver. Por un momento, creyó que una cara le devolvía el
gesto, como una máscara cerúlea del otro lado del cristal. Juzgó a la aparición
como el producto de una ilusión óptica, un capricho del sol contra los
cristales.
Golpeó la puerta con los nudillos. No hubo
respuesta. Volvió a golpear. Pronto se sintió irritado, incluso furioso, tanto
como cuando se enfrentaba a cierta clase de familiares. Pensó en su cuñado, por
el que había sentido la más viva repulsión. No pudo explicarse porqué ahora
hubiese deseado tenerlo cerca con el único propósito de odiarle aún más. Golpeó
de nuevo. Recordó momentos de cólera, avaricia, pereza y, por que no, de
perversidad. Escuchó atentamente. Nadie respodió. Lord Arglay estiró la mano hacia
el picaporte y abrió la puerta, al tiempo que, con la otra mano, se sacaba el
sombrero. Examinó el cuarto. Su volumen y aspecto eran los típicos de las casas
de campo. Había efectivamente una chimenea, o un lugar para el fuego, cuya
estructura descendía. Hizo quejar el piso de madera al avanzar hacia la
derecha. Un gozne se quejó al abrirse. Era la puerta que daba al sótano. Nunca
habría supuesto que una casa tan pequeña tuviese sótano, y menos uno tan
profundo, como se desprendía de la espesa oscuridad que se hundía allí.
Descendió, desovillando una escalera de tinieblas.
Abajo no había muebles, de hecho, no había signos de vida, ni lámparas, ni
papeles, ni cajas. Estaba completamente vacío.
La chimenea seguía fumando, pero sin atisbos de
fuego. "No hay humo sin fuego" -dijo en voz alta. El humo se
arremolinaba en el techo. El aire, húmedo y opresivo, parecía haberse
congelado. La frase reberveró en el cuarto. Un eco, un cambio en la atmósfera.
El frío se retrajo. Apareció un calor, húmedo y mortal, que rasgaba sus fosas
nasales. Algo hostil habitaba aquel aire, alguna vida ignota y sin
sentimientos, algo corrupto, pútrido, una cáscara de existencia.
El calor lo había hecho retroceder, pero no para
evitarlo. Ya tenía un par de pasos sobre la escalera cuando notó un suave
acercamiento. Pies ligeros subían el camino de la casa. Otro viajero, pensó
Arglay. Lo esperó ansiosamente.
Era, o pareció ser, un hombre de altura ordinaria,
llevando una especie de sobretodo oscuro. Llevaba la cabeza descubierta. Sus
piernas era asombrosamente largas. Arglay vaciló en hablar. Entonces el
forastero levantó su cara y Arglay ahogó un grito. Las facciones estaban
demacradas más allá de la imaginación. Arglay descendió enloquecidamente por la
escalera; tal era el horror que ese rostro le provocó. Cuando llegó abajo se
encontró con los mismos ojos profundos y ardientes, incrustados en un rostro óseo.
No lo vieron, y si lo vieron, lo ignoraron. Una sola vez había visto ojos como
aquellos, cuando había logrado la pena de muerte de un desgraciado que tuvo la
mala suerte de caer bajo sus talentos legales. Aquellos ojos eran análogos a
éstos: vacíos, extraviados, de muerte inminente. Pero aquel desgraciado lo
había mirado, estos ojos no lo hicieron. El forastero no se movió, caminaba
alrededor de la habitación como un animal enjaulado, loco de hambre y encierro.
Arglay vio una muñeca marcada de cicatrices. Eran
mordeduras. Una boca había rohído la piel y las articulaciones. Gritó y saltó
hacia adelante, cogiendo el brazo implacable, tratando de hacer presión con la
otra mano. Nada consiguió. Imposible controlarlo. El otro clavaba sus dientes
sobre el brazo, descarrando carne y músculos. El calor se intensificó. El brazo
había sido arrancado de cuajo, y voló hacia la esquina del cuarto. Los ojos,
pozos negros e insondables, se clavaron en él.
Arglay lo vio, como un soñador puede advertir el
ladrido de los perros o el crujir del fuego. La cosa que había cruzado el
umbral, unos segundos o algunos años antes, émitía abyectas oleadas de odio. El
humo quemó sus ojos y ahogó su boca. Se agarró a sus recuerdos, a sus amores
ávidos y furias intensas. El humo lo cegaba, lo sofocaba, pero sin arrancar las
voluptuosas imágenes de lujuria que lo acechaban. Él era la privación de comida
en el humo, y toda la choza estaba anegada de humo, el mundo era humo, fluyendo
encima y alrededor. Se balanceó. Sus miembros se quejaron por la lucha.
La enfermedad y el tiempo, sobre todo el tiempo, se
prologaron infinitamente.
Antes de que su voz yazga definitivamente la
prisión de humo cedió. Un gris pálido abría una bifurcación. Dos caminos,
pendiente y subida. Dos puertas se alzaban en sus extremos. Supo entonces que
cada entrada al infierno posee un acceso al cielo.
Aún así, vaciló. El otro desapareció de su vista.
Deploró los estímulos de la vida, el aplazamiento y las ironías, las
personalidades eternas que nacen y mueren como las hojas en el viento. No vio
nada. No sintió nada. Sus ojos vibraban sobre la puerta imaginada. Recordó el
camino. Estuvo a punto de retomarlo, cuando el calor lo golpeó con renovada
furia ciega. Un oscurecimiento se hizo hueco en los muros. Se sintió como un
insecto escalando una flor. Oyó el gemido débil de las multitudes olvidadas, el
murmullo de esa casa que había recibido incontables pisadas.
Pensó en otra cara mirando desde afuera, similar a
la suya.
Huyó con alguna paz en el corazón. Entró en el
camino que se tuerce. Los árboles lo rodeaban. Corrió, vio más allá de ellos.
Intuyó una primavera. A poco de andar escuchó el rugido de un motor. El
conductor lo vio, se detuvo, y lo dejó subir. Lord Arglay, instintivamente,
trazó un signo en el aire. Se sentó en el fondo del autobus, sin aliento y
estremecido.
-A riveder le stelle. -dijo.
(adiós a las estrellas)
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Charles Williams (1886-1945)


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