© Libro N° 10919. Los Otros Libros. Sanchiz, Ramiro. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Los
Otros Libros. Ramiro Sanchiz
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Ramiro Sanchiz
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Ilustración para el cuento "Los otros libros", Ramiro
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Ramiro Sanchiz
Los Otros Libros
Ramiro Sanchiz
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Solía frecuentar la librería, además de por todas aquellas rarezas
inconseguibles, por el café y la comodidad de los sillones. Al entrar uno se
encontraba con aquel espacio tan acogedor, con la mesa de novedades rodeada por
tres sillones, y el mundo parecía cancelarse de repente, ahogado el ruido de la
calle por las últimas reverberaciones de la campanilla de la puerta. Entonces
saludaba al librero, elegía dos o tres libros y me sentaba a examinarlos en
paz. Solía pasar por allí los viernes por la tarde, a veces —las menos, porque
no me caían bien los clientes que iban ese día—, y los domingos pasadas la una
o una y media, en los últimos remanentes de la Feria.
Siempre me resultó curioso cómo, visto desde la calle, el local daba la
impresión de ser minúsculo. Una vez adentro, contando pasillos, entrepisos,
sótanos e incluso un altillo, era fácil sentir que se había consumado una
estratagema mágica capaz de dilatar el espacio. Y llenarlo de estanterías que
parecían remedar la Biblioteca de Babel. Porque era el tipo de librería donde
uno encuentra lo que quiere. En muchas ocasiones localicé en aquellos anaqueles
títulos inimaginables, sacados de las bibliografías más exhaustivas; revistas,
colecciones, primeras ediciones, ediciones de autor: allí había de todo. Y el
librero, un veterano muy parecido a Vladimir Nabokov, parecía haber dedicado su
vida, además de a la letra impresa, al estudio y práctica de la mnemotécnica;
era capaz de localizar cualquier libro, cualquier autor que uno le nombrara, en
cuestión de segundos. Luego lo dejaba sobre el mostrador fingiendo cara de
despistado y te decía un precio, el primero que le venía a la mente. Si
titubeabas en lugar de aceptar a la primera, se reía y decía «ah, bueno, está
bien, dejémoslo en…» añadiendo una cifra bastante menor a la primera. Si bien
no era el único lugar en que compraba libros, por mucho tiempo guardé la
costumbre de no dejar pasar más de una semana sin visitarlo; y siempre
preparado para algún hallazgo.
Una tarde estaba parado junto al mostrador, esperando una taza de café y
pensando en hojear la colección completa de una vieja revista argentina de
literatura fantástica, cuando una mujer con aire de apurada apoyó sobre el
mostrador tres libros bastante deteriorados. El librero, que vigilaba la
cafetera, se dio vuelta para atenderla y distraídamente deshizo la pila de
libros para pasar revista a los títulos, extendiéndolos sobre la superficie del
mostrador. La curiosidad me movió a mirarlos. Había una selección de poemas de
Herrera y Reissig, una edición bastante vieja de Justine, de
Lawrence Durrell, y The sea, de James Joyce. El título me
sorprendió. ¿Sería una antología de textos? Lo miré con atención mientras la
mujer regateaba. Podía leerse:
The sea
a novel
by
James Joyce
Viking Press, 1952
Aquello era todo un misterio. Joyce había escrito únicamente tres textos
catalogables como «novelas», Retrato del artista adolescente, Ulises y Finnegans
wake; el resto de su bibliografía consistía en un libro de cuentos, Dublineses, y
dos de poemas, Música de cámara y Poemas manzanas;
no existía novela alguna titulada El mar.
—Disculpe —le dije a la mujer, que estaba pagándole al librero—, ¿me
permitiría mirar un segundito el libro de Joyce?
Asintió con la cabeza, un poco incómoda o fastidiada.
—Será sólo un momento —añadí—, me tiene intrigado el título.
Era un tomo de unas cuatrocientas páginas amarillentas. Busqué los datos
de la imprenta: se trataba de la tercera edición, americana, del libro
originalmente publicado en Inglaterra por Faber & Faber, primera edición de
1950. Sorprendido, miré la breve reseña biográfica. James Joyce nació en Dublín
el 2 de Febrero de 1882, bla bla bla, conoció a una muchacha de Galway, Nora
Barnacle, bla bla bla, Chamber music, A portrait of the artist as a
young man, bla bla bla, Finnegans wake, completo y publicado en
1939, y trabajó en la que sería su última novela, El mar,
entre 1940 y 1949. Murió en Zurich el 14 de Marzo de 1952.
La mujer estaba esperando con impaciencia. Seguí hojeando el libro
buscando alguna señal de la broma implícita en la bibliografía.
—¿Es un apócrifo? No me diga nada, escrito por Anthony Burguess.
—No —dijo la mujer, visiblemente incómoda, tomando el libro y
deslizándolo en la bolsa de nylon que le había dado el librero—, no sé, no
conozco al autor. Es el pedido de otra persona —nos saludó con una inclinación
de cabeza y abandonó la librería.
—¿Usted vio ese libro? —le pregunté al librero mientras sonaba la
campanilla.
—Por supuesto, ¿por qué lo pregunta?
El café estaba listo. El librero me llenó una taza, sonriendo con cara
de niño travieso.
—Joyce murió en 1941, el 13 de enero, y jamás escribió una novela
titulada El mar. El libro debe ser apócrifo, pero es curioso,
porque no tenía ninguna noticia de que existiera algo así.
—¿Y usted es un Joyceano? Imagino que sí, si recuerda la fecha exacta de
su muerte.
No me esperaba esa respuesta. El librero volvió a sonreír y, tomando
algunos libros dispersos, entró al laberinto de estanterías de la parte trasera
del local.
Por mi parte, intenté sentarme a hojear la colección de revistas. Fue
imposible concentrarme. Bebí la taza de café, pagué un libro de
Thomas Disch que tenía reservado y me fui, sin dejar en un momento de pensar en
aquella novela imposible.
Ese domingo, contra mi costumbre, fui a la librería tratando de sacarle
al librero algún otro dato sobre el Joyce apócrifo. Supuse que, de tratarse de
una mañana concurrida, el librero no tendría tiempo de hacerse el enigmático y
demorarse en darme explicaciones. Pero me equivoqué. No había nadie, pese a que
la Feria estaba bastante más llena de transeúntes y compradores que las últimas
veces que la había visitado. Por suerte tampoco estaban los habitué de los
domingos, un grupito de escritorzuelos de los años ochenta cuyas poses y
opiniones solían molestarme demasiado. Entré y, después de saludar, le pregunté
al librero si tenía alguna otra copia de aquel libro de Joyce. Entrecerró los
ojos, buscando en su memoria, y respondió «Creo que sí, déjeme ver». Se internó
en la parte trasera de la librería y lo seguí a cierta distancia. Yo no solía
husmear demasiado en los sectores más remotos, en gran medida por haber tenido
siempre la convicción de que se trataban de depósitos, o quizá por asumir
estúpidamente que lo mejor y más interesante estaba expuesto al frente. Una vez
más me sorprendí de la extensión de aquel local. El librero atravesó dos
puertas abiertas y giró a la derecha; no me atreví a seguirlo, así que lo
esperé merodeando la zona de cómics, donde descubrí una serie de revistas
de Swamp thing escritas por Alan Moore, los originales en
inglés. Tomé tres o cuatro y me encaminé a los sillones, donde me encontró un
par de minutos más tarde el librero.
—Lamento comunicarle que no logré dar con otro ejemplar; pero si me
concede unos días, quizá para la próxima semana lo ubique.
—Está bien, puedo volver el viernes —le respondí.
Me dejó una taza de café en la mesita y seguí hojeando los cómics.
Costaban una pequeña fortuna, me enteré después, pero valían la pena. De todas
formas logré un diez por ciento.
Todo el asunto del libro de Joyce estaba preocupándome, lo cual no
dejaba de resultarme sorprendente. En principio no sería tan difícil elaborar
una novela apócrifa y atribuirla —de toda formas, ¡qué atrevimiento!— al genio
irlandés; ahora bien, más allá de que al hacer algo así lo único que se logra
es quedar en evidencia como un enano que juega a la sombra de la estatua de un
héroe, ¿qué necesidad había de inventar una biografía falsa? Busqué en Internet
y en bibliografías completas publicadas por diversas sociedades de estudios
Joyceanos. Había listas de cuentos que retomaban personajes, homenajes,
parodias, reconstrucciones y un amplio etcétera de textos epigonales, pero
ninguna novela completa titulada El mar. Sí había algunas
referencias a opiniones —Harold Bloom, por ejemplo, lo señalaba en su ensayo
sobre Joyce en El canon occidental— acerca de cómo hubiese podido
ser la novela que continuase a Finnegans wake (aunque en
general se admitía que, de alguna misteriosa manera, la obra de Joyce estaba
«cerrada», es decir, que no admitía añadidura alguna, y en ese sentido el autor
había hecho bien en morirse en el 41), desarrollando ciertos elementos
del Ulises y de Finnegans. La idea de una obra
sobre el mar parecía, en ese sentido, bastante plausible.
A medida que me adentraba en mi investigación (si es que tenía
coherencia pensar que me dirigía a alguna parte) empecé a ganar cierto
entusiasmo. Toda la vida adoré el género de ficción especulativa llamado ucronía,
en el que se ambienta la ficción en una historia alternativa al estilo de ¿cómo
sería nuestro mundo de haber ganado los nazis la Segunda Guerra? O, ¿y si no se
hubiese producido la revolución industrial? Muchos filosofuchos descartaban el
género aludiendo a su naturaleza contrafáctica y, por lo tanto, carente de
verdadera solidez especulativa (de negar las premisas podía seguirse cualquier
cosa, es decir, nada); sin embargo, estaba claro que grandes obras de la
literatura podían considerarse ucrónicas, más allá incluso de las obvias
como El hombre en el castillo, de Philip Dick, o La conjura
contra América, de Philip Roth. Encontré un interesante ensayo de Pablo
Capanna al respecto, que rescataba en su título un pensamiento de Pascal sobre
la nariz de Cleopatra y su impacto en la historia, enumerando en el cuerpo del
ensayo un buen número de ucronías. Sentí que bien podía valer la pena escribir
una novela sobre un mundo en el que Joyce había muerto no en 1941 sino en 1952;
sin embargo, tuve que admitir que escribir la última novela producida por ese
autor ucrónico era, sin lugar a dudas, bastante más difícil. Al menos si uno
quería evitar el papelón de atribuir alguna tontería a nada más y nada menos
que el mayor artífice literario del siglo XX. Mi deseo de que el librero
encontrase la novela fue creciendo día a día.
Cuando entré a la librería ese viernes el librero estaba esperándome.
—¿Cómo le va? —me saludó— Sabe que no encontré otra copia de la novela
de Joyce; sin embargo, ordenando un poco mientras buscaba, pensé que hay en ese
sector algunos libros que podrían interesarle, después de todo, usted es un
cliente especial. ¿Me acompaña?
—Claro —respondí—, ¿se refiere a textos apócrifos o a literatura de
exégesis Joyceana?
—Ya verá, ya verá —dijo, guiándome entre las estanterías.
Pasamos las dos puertas, giramos a la izquierda y accedimos a una sala
bastante grande, de paredes cubiertas por estanterías y techo descascarado, con
manchas de humedad. Una puerta cerrada prometía continuar aquel laberinto; en
el centro había una mesa de madera llena de libros viejos, dispuestos en pilas
de siete u ocho volúmenes, apretadas para no dejar espacios libres. El librero
señaló una de las paredes.
—De haber otra copia estaría ahí, salvo que el sistema de archivo me
esté fallando; pero no creo que la encuentre, yo ya busqué exhaustivamente. Sin
embargo, como le decía, tanto en ese sector como en la mesa y en las otras
estanterías, si busca bien seguro encontrará algún título que le interese…
asumiendo, claro está, que la novela de Joyce realmente fuera
de su interés.
Enunció el realmente con un énfasis que no entendí. Me
palmeó un hombro y regresó al mostrador, dejándome solo en la sala. Me acerqué
a la estantería que me señaló primero. Había, sí, una buena selección de obras
de Joyce, incluso ediciones raras por demás interesantes, la original del Ulises en
Rueda con la traducción de Salas Zubirat, el Finnegans en
francés e italiano, una colección de traducciones también del Ulises,
inclusive al japonés, y la obra completa en inglés, por varias editoriales. Más
allá de la curiosidad de las traducciones, nada de eso me interesaba para
anexar a mi propia colección de obras de Joyce, así que seguí curioseando en la
estantería pero ya no en la sección dedicada al irlandés. Había, como era de
esperarse, un prolijo muestrario de autores de la alta modernidad: Virginia
Woolf, D. H. Lawrence, Pound, Eliot, Proust, Musil, Mann, Kafka. Me deslicé por
los lomos de aquellos libros polvorientos siguiendo la pauta de sus épocas e
idiomas, desembocando en la sección de literatura latinoamericana. Allí,
específicamente en el sector destinado a Borges, encontré otro libro asombroso:
Los naipes del Tahúr
por Jorge Luis Borges
Emecé, 1960
Los lectores del gran escritor argentino recordarán que en el cuento «El
Aleph» se hace una referencia en plan broma a una obra borgesiana inexistente
que lleva justo ese título. La hojeé. Era un libro de poemas, o quizá un poema
único dividido en secciones. ¿Obra de algún fanático o discípulo de Borges
quizá? Pasé a las otras estanterías, pensando que seguro el librero tenía
acceso a las obras de algún grupo de bromistas que parodiaban autores,
editoriales y ediciones, generando esos textos apócrifos. Encontré una presunta
novela escrita por Napoleón Bonaparte, autor de folletines cuya biografía
apenas coincidente con la real se detallaba en las primeras páginas; encontré
también una colección de cuentos escritos en los años setenta por el Che
Guevara, aparentemente muy epigonales de Jack London, y una novela sobre
extraterrestres de Isaac Asimov, escrita en 1952. Esta última me resultó muy
graciosa, quizá incluso malintencionada. Miré la bibliografía que adjuntaba el
volumen. Ninguna de las obras mencionadas se correspondía a la realidad, pero
algunos títulos recordaban los de cuentos especialmente famosos. En la mesa,
verdadero cofre del tesoro de estos textos apócrifos, encontré una novela de
realismo sucio escrita por Ray Bradbury, una colección de sonetos de Hemingway,
un tratado académico sobre el gnosticismo escrito por Philip K. Dick (1929 –
1996), un Contra el psicoanálisis firmado por Marcel Proust
(¿habría en alguna parte una versión completa de En
busca del tiempo perdido?) y una novela policial de André Breton. Tomé esta
última, más la de Asimov y la de Bonaparte, y procedí hacia el mostrador para
pagarlas y llevármelas a casa. Estaba atravesando las filas y filas de
estanterías cuando escuché que el librero hablaba por teléfono; mejor dicho,
que discutía acaloradamente. Decidí no interrumpirlo, por cortesía. Pero no
pude evitar escuchar algunas palabras, que me hicieron pensar que se trataba
ante todo de un problema económico, probablemente relacionado con el precio de
un libro muy especial. Esperé a que colgara, dejé pasar un minuto más fingiendo
que buscaba algún libro, y entonces caminé hacia el mostrador.
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—¡Ah! —dijo—, veo que la búsqueda fue fructífera… ¿qué tenemos por aquí?
Asimov, Bonaparte, Bretón… excelente. Por ser un cliente tan constante le dejo
los tres en… —y dijo una cifra que me pareció adecuada. Cerramos el trato sin
regateo, pagué los libros con mi tarjeta de crédito y, mientras me los guardaba
en una bolsa, le pregunté:
—¿Algún día va a contarme de donde saca toda esta literatura apócrifa?
Un libro lo puedo entender, dos, tres… pero ahí atrás los tiene por docenas.
Enseguida entendí que no había hecho la observación más inteligente de
mi vida. El librero puso cara de misterio y se encogió de hombros…
—¿Quién sabe? Quizá si investiga lo suficiente…
—¿Eso quiere decir que en los libros está la respuesta?
—Yo no dije eso. ¿Por qué habría de haberla? Se está llevando tres
novelas, nada más…
Le sonreí, tomé los libros y me fui.
La siguiente fue una semana ocupada, con demasiadas actividades de mi
profesión, que es de investigador en el área de literaturas comparadas; tuve
que dar algunas clases sobre la literatura de la posguerra y la guerra fría, y
las tareas de recopilación y presentación de datos me distrajeron de los libros
apócrifos, que recién pude hojear el siguiente fin de semana. Me recosté en mi
sillón de lectura, puse en el equipo mi disco favorito de los Beatles, Revolver, y
empecé a leer. La novela de Breton era bastante mala, y parecía una copia
de La hermana menor, de Chandler, aunque, en teoría, la precedía
por unos cuantos años. La de Asimov, en cambio, era excelente, a la altura
de Los propios dioses o El fin de la eternidad. Un
detalle que busqué con atención en las tres novelas fue el que juzgué
inevitable para todo autor de libros apócrifos: la tentación de incluir
referencias y guiños a la obra «conocida» del escritor tomado como modelo. Es
decir, metáforas surrealistas o citas de los Manifiestos en la
novela de Breton y nombres, situaciones y escenarios tomados de
las Fundaciones o de los cuentos en la de Asimov. También
cabía pensar en cualquier tipo de noción de «dominar el mundo» en la del falso
Bonaparte. Extrañamente, no había nada de eso. La de Breton no tenía ningún
punto de contacto con la obra «conocida» del fundador del surrealismo; la de
Asimov estaba escrita en el estilo llano característico del autor de Los
robots del amanecer, lo cual la convertía en un texto plausible, pero no
incluía referencia alguna a las novelas de «nuestro» Asimov, aunque, me
pareció, había algunos detalles que resonaban en los títulos de la bibliografía
apócrifa, vinculando las obras como cabía esperar que un Asimov alternativo
también encadenase sus novelas en un marco de «historia del futuro» coherente.
Pero era la de Napoleón la más extraña de las tres, en el sentido de que
parecía anticipar, en su contexto folletinero, mucha literatura esotérica —al
estilo Aleister Crowley o la Golden Dawn— que se pondría de moda tres cuartos
de siglo más tarde del 1802 pautado en el pequeño prólogo informativo que abría
el volumen y comentaba la carrera de ese Napoleón, muerto en 1810 en las
Antillas. Se lo juzgaba un precursor de Alexandre Dumas padre y Eugène Sue, así
como también del romanticismo francés en general. El prólogo estaba escrito en
un estilo académico un poco incompetente, pero no resultaba parco en citas,
referencias y bibliografías. De hecho, mencionaba en varias oportunidades dos
biografías de Napoleón Bonaparte —en rigor deberíamos llamarle Bonaparte Dos o
Bonaparte Beta—, una novelada de 1899 y otra de 1962, al gusto más
contemporáneo. La idea de leer esas biografías me atrapó. ¿Cómo sería un mundo
en el que Napoleón no fue un militar que participó en la Revolución y luego
intentó conquistar Europa? Y el prólogo esbozaba una historia alternativa de la
literatura: se esgrimía una periodización diferente a las aceptadas, aparecían
autores de nombres desconocidos y títulos de obras de Dumas, Sue y Víctor Hugo
que no encontré en ningún índice de su producción. Pensé en el posible interés
de especular sobre una literatura francesa desprovista del zar del surrealismo,
o en imaginar cómo hubiese sido la historia de la Ciencia Ficción de no haber
existido Fundación o los cuentos de robots. Además, ¿guardaba
el librero por alguna parte las biografías citadas, las historias de la
literatura mencionadas, las «otras» obras de Asimov? Me sorprendió haber
entrado tan de lleno en ese juego; lo más probable, me dije a mí mismo, es que
nada de eso exista. Quien sea que pautó esta trama difícilmente la haya llevado
hasta el extremo. Un libro postula otros libros, y así en progresión
exponencial; no hay lugar en el mundo para otra literatura
subterránea, apócrifa, y mucho menos para tantas series históricas como libros
falsos encontrara en aquella librería. Borges ya había especulado con esto
en Tlön Uqbar; dilatarlo a docenas de universos, centenas quizá,
era absurdo, imposible. No había tal conspiración. El mundo no estaba
volviéndose Tlön; más bien al contrario, las trazas de otros mundos se
mantenían ocultas… en los polvorientos pasillos de una librería de viejo.
Sin embargo, quería preguntarle al librero si tenía al menos una de
esas biografías; una de las otras novelas de Asimov. Era más
fuerte que yo.
—¿Biografías de Napoleón? Sí, por supuesto, tengo de hecho más de una,
¿le interesa algún autor en especial, algún enfoque?
—Bueno —saqué de mi bolsillo la novela de Bonaparte—, yo me refiero
a este Napoleón.
—La sombra de la catedral, por Napoleón Bonaparte… folletín en…
—pareció hacer un esfuerzo de memoria— veinte episodios publicados en el Mércure de
Francia entre… 1799 y 1801, editado como libro, creo, al año siguiente. Sí, sé
de qué me está hablando. Pase por aquí.
Me condujo por los pasillos de siempre hasta llegar a la sala donde
había encontrado los libros que compré. Abrió la puerta y pasamos a otra
habitación, más alargada que la anterior y también, como era de esperarse,
repleta de libros.
—Aquí hay ante todo biografías. Si busca en este estante —me lo
señaló—encontrará al amigo Napoleón. No será tarea fácil, pero si tiene
paciencia…
Me dejó a solas con los libros una vez más, y empecé a buscar. Había una
buena cantidad de biografías de Bonaparte, pero me desilusionó comprobar que
las primeras que iba encontrando eran del «verdadero» Napoleón. Sin embargo,
hacia la mitad del estante, apareció un título que me sonaba familiar: era la
biografía novelada a la que hacía referencia el prólogo de la novela. Sentí, o
produje (siempre fui muy sugestionable) un escalofrío. Estaba ante una muestra
de otra historia. No importaba qué tan falsa o absurda pudiese
ser: aquél era un mundo posible. Me lo guardé bajo el brazo y, por curiosidad,
seguí mirando. Hojeé biografías de Descartes, de Ezra Pound, de Churchill, de
Nietzsche, todas ellas «reales»; entonces encontré un libro titulado James
Joyce, de Richard Ellmann. Era, por supuesto, la biografía más aceptada y
exhaustiva del autor del Ulises, y, como yo la tenía en traducción,
me pareció buena idea llevármela a casa en el original inglés. Me detuve un
momento a pasar sus páginas. A los tres cuartos del libro di con una serie de
fotografías en las que Joyce posaba con un hombrecito ojeroso de cabello negro
y grandes bigotes. Era Marcel Proust. Abajo decía «París, 1926». «Imposible»,
pensé. «Proust murió en 1922». Seguí mirando. Hacia el final encontré la
referencia a la muerte de Joyce: en París, 1947. Este era otro Joyce;
no el nuestro, no el de El mar. Me aferré al libro y seguí
buscando.
Entonces sucedió el momento más extraño de mi vida. Un sector de libros
más recientes llamó mi atención y los revisé. Eran biografías de personajes
célebres del siglo XX, James Dean, David Bowie, Marlon Brando, Jim Morrison,
Kurt Cobain, Jimi Hendrix, seguidas por lo que parecía una sección dedicada a
la cultura nacional. Había una biografía de Emilio Scarone, otra de Julio
Herrera y Reissig, un par de Onetti, otras de Idea Vilariño, de Torres García
y, finalmente, un diccionario de «autores jóvenes» que hojeé con cierto terror
reverencial. Allí estaba yo. Federico Stahl, decía, nacido en 1978 y muerto en
2007. Autor de Mecanismos (poemas, 1998), Malos
recuerdos (relatos, 2001), Desintegración (novela,
1999), Retrato del autor (novela, 2004) Lineal (novela,
2005), Ficción para un imperio (novela, publicación póstuma
2007), Poemas reunidos 1997-2007 y Cuentos
completos (2008). ¿Yo, un escritor, un novelista, un poeta? Repasé
rápido mi vida: nací en 1978, en eso coincidía, y todas mis publicaciones
habían sido ponencias, ensayos y monografías académicas, sobre Joyce, sobre
Borges, sobre Proust, Burroughs, Bolaño… ¿y cómo que había muerto en 2007?
Estúpidamente ese detalle era el que más me preocupaba. ¿A
quién se le ocurrió hacerme morir en 2007? Pensé en ese año. ¿Qué pudo pasarme?
¿Quién que me conociera pudo hacerme morir en ese año, y por qué?
Tomé el diccionario y corrí hacia el mostrador. Giré equivocadamente en
un par de encrucijadas, pasando por salas nunca vistas, hasta que, abriendo una
puerta, accedí al pasillo principal. Entonces escuché al librero, como ya había
sucedido, levantar su voz en una discusión. Al principio pensé que sería una
vez más por teléfono, pero luego noté que había alguien ante el mostrador. Me
escondí detrás de una estantería y espié por encima de los libros. Era un
hombre alto, vestido de gris oscuro. No pude ver su rostro, pero sí escuché su
voz. Parecía estar haciéndole una advertencia al librero, quizá amenazándolo.
En algún momento se mencionó un título, y el librero negó que ese libro se
hubiese encontrado jamás en la librería. El hombre parecía insatisfecho, pero
tras un par de preguntas que no logré entender (tenía un acento indeterminado
que complicaba un poco comprender sus palabras) se dio media vuelta y se fue.
Esperé unos segundos y me acerqué al librero. Parecía perturbado, pero sonrió
al verme.
—Quiero saber de dónde sacó este libro —le dije, soltando sobre el
mostrador el diccionario, y dejando de paso los otros dos—, quiero saber cómo
puede ser que yo aparezca allí, quiero saber quién inventa todas esas
historias…
Tomó el libro y lo hojeó. Mientras, su rostro adoptaba la expresión más
seria que puedo recordarle.
—¿Cuáles son las posibilidades? Es raro, pero sin embargo ha sucedido.
Tuvo que pasarle a usted. Le contestaré sus preguntas porque lo merece y porque
ha sido señalado por un designio; usted podrá creerme o no, es su opción. Mire:
nadie inventa estos libros, en el sentido de que no son mentira. No hay ninguna
ficción como usted la entiende en este momento: son tan reales como el Quijote o Ficciones.
Sólo que no son de nuestro mundo. De este mundo. Imagine un
universo en el que usted murió en 2007 tras publicar una serie de novelas. Es
un mundo parecido al nuestro, con algunas diferencias menores, entre ellas ésa.
Es fácil de entender. En algún momento de su vida usted habrá decidido
dedicarse a… lo que sea que hace. ¿Crítica joyceana? ¿Clases de literatura?
Bueno, imagine que en ese momento en lugar de optar por lo que conocemos aquí,
terminó optando por la escritura de ficción, por la novela, por el cuento. Un
universo posible a partir de esa decisión es al que pertenece este índice… ¿lo
ha mirado con detenimiento? Quizá reconoce otros nombres, historias que acercan
ese mundo al nuestro o que lo alejan todavía más…
Solté una carcajada nerviosa.
—¿Espera que le crea? ¿Me está diciendo que todos estos libros, la
biografía de Napoleón, la novela de André Breton… todos, pertenecen a universos
reales y que, por alguna razón, usted los tiene a la venta?
—No hay ninguna razón. Están a la venta porque esta librería… mejor
dicho, el espacio que ocupa esta librería, desde hace mucho tiempo, desde antes
incluso de que yo me hiciera cargo del negocio, el espacio que ocupa esta
librería está en más de un universo; quizá en todos a la vez. ¿Se ha alejado
usted de las salas en las que lo dejé? ¿Se ha aventurado? Si avanza lo
suficiente encontrará estanterías completas llenas de libros que usted llamaría
apócrifos, pero que son reales en otro mundo, que reflejan las historias de
esos mundos. ¿Le parece inverosímil un Napoleón novelista? Lea ese libro que
trajo, la biografía; para eso vino hoy, ¿verdad? Ahí se enterará de una Europa
posible, de un mundo en el que Bonaparte no fue el emperador de los franceses y
la historia cambió por completo. La nuestra, por ejemplo, ¿o se olvida de las
conexiones entre las guerras napoleónicas y el proceso de independencia de las
colonias españolas en Sudamérica? Lea, lea, se enterará de cosas muy
interesantes. Quizá, incluso, si se decidiese a escribir una novela, podrían
servirle de inspiración.
—Como si Philip Dick o Keith Roberts o Norman Spinrad hubiesen pasado
por… sucursales suyas en sus respectivos países y derivado de algún encuentro
sus novelas, ¿no? ¡Está usted completamente loco!
—Yo no digo eso, los caballeros que usted nombró, a los que me
permitiría añadir a Renouvier, a Kingsley Amis, John Brunner, Ward Moore, Harry
Harrison, Frederick Mullally, Philip Roth y Michael Chabon, por mencionar sólo
algunos, habrán tenido seguramente sus maneras de inspirarse. Pero imagino que
hay más de un camino para acceder a esos mundos, dejando de lado inclusive que
aquí exista este espacio y yo haya asumido la dirección de esta librería…
—Esto es una locura. No puedo creer que usted me esté tomando el pelo de
esta manera; y si me dice lo que cree que es la verdad, entonces debería
examinarse, porque es imposible que sea real lo que me está diciendo.
—¿Por qué imposible? ¿No se acuerda de El Aleph, de Borges?
—¡Pero eso es una ficción! Si usted hubiese escrito un cuento sobre la
porción del universo en la que coinciden todos los universos, yo lo hubiese
leído con gusto… ¡sin embargo, otra cosa muy distinta es querer convencerme de
que me está diciendo la verdad! ¡Usted está ocultándome de dónde salen todos
estos libros, está encargándose de encubrir a quien sea que escribe todos estos
libros!
El librero tomó los libros que había dejado en el mostrador y miró sus
títulos.
—Mire este libro —dijo—, es una biografía de Napoleón, ¿verdad? Fíjese
en el pie de imprenta. 1901, tercera edición. Y mire las páginas, huélalas,
considere la textura de las tapas, el estado de la encuadernación, las obvias
reparaciones en la tela, las marcas de cinta adhesiva… este libro tiene más de
cien años. ¿Cree que a principios de siglo alguien ya tenía la idea de crear
estas historias apócrifas, estos libros falsos? Piense en este otro. La gran
biografía de Joyce escrita por Richard Ellmann. Pie de imprenta: agosto de
1971, primera edición en esta colección. Repita la operación… este libro,
claramente, tiene casi cuarenta años. Mire la diagramación de tapa, la
tipografía… todo eso señala su época. Está posiblemente en peor estado que el
otro, porque es una edición en rústica, hecha para el mercado masivo, no como
se imprimían los libros por el 900. ¿Me va a decir que los falsificadores
siguieron en activo setenta años después, con el mismo plan, pasado de padre a
hijo, de generación en generación? Usted ha leído demasiadas veces «Tlön
Uqbar», señor Stahl. O, quizá, se ha tomado demasiado en serio «El congreso».
No hay tal conspiración liderada por un «oscuro hombre de genio» —trazó las
comillas en el aire, como si fuera necesario recordarme que era una cita del
cuento de Borges—; estos libros no son falsos, provienen de otros mundos tan
reales como el nuestro.
—Sus argumentos, señor, no agotan la posibilidad de un grupo de
bromistas con medios para hacer realidad sus fantasías. Lo único que quisiera
saber es cómo han llegado a este país y por qué me han tomado como elemento
para sus… vidas apócrifas, como quiera llamarlas.
—Ah, veo que todo es una cuestión de vanidad, entonces. Se ha encontrado
allí y no puede creerlo, quiere saber quién se ha metido con usted, si acaso lo
ha considerado tan especial como… bueno, casi tanto como a Napoleón, para
inventarle un destino diferente. —Se cruzó de brazos—. Pero dejémoslo aquí. ¿Va
a llevar estos libros?
Le tendí mi tarjeta de crédito. La pasó por la máquina y me entregó los
libros en una bolsa.
—Que los disfrute —dijo, con una sonrisa de tiburón.
Me fui sin añadir una sola palabra.
Al llegar a casa releí el texto biográfico cuatro veces más. Mecanismos era
un libro de poemas publicado en 1998, que dio a conocer a mi doble
apócrifo; Desintegración, una novela sobre dos asesinos en
serie que usan a sus víctimas como elementos de una forma de arte ritual. El
texto hablaba de la controversia y el escándalo causados por esta novela, que
alejó a Stahl por unos años de la escena literaria. Regresó con un compilado de
cuentos, Malos recuerdos, donde aparecían cuentos de ciencia
ficción y fantasía escritos desde 1995 hasta la fecha de Desintegración.
Los detalles urdidos por los conspiradores, o por el ucronista, parecían
sólidos. Increíblemente los sentí plausibles; yo hubiese escrito cuentos de
ciencia ficción, yo hubiese elegido Desintegración como título
para una novela. ¿Estaba dejándome llevar por tonterías? Pensé que las palabras
del librero habían logrado sugestionarme, y me pareció que no podía hacer nada
mejor que distraerme. Fui hacia mi colección de CDs y pensé en qué música podía
implicar un mínimo esfuerzo de concentración, por haber sido tantas veces
escuchada y, a la vez, mantenerse tan provocativa como para resultar siempre
fascinante. Los Beatles. Tomé el álbum blanco y puse el disco 2. «Birthday»,
«Yer blues», «Helter Skelter», todas aquellas canciones increíbles y proféticas
pasaron ante mis oídos, alguna de ellas más de una vez, pero nada, nada lograba
apartarme del diccionario, del Stahl apócrifo, de los títulos de las novelas,
de la muerte en 2007 (un accidente de tránsito, decía), de las palabras del
librero… Me encontré preguntándome ¿y si fuera verdad? ¿Y si realmente
coincidían en esa librería tantas realidades? Pensé en la amplia extensión de
sus pasillos y sus salas, que debía ocupar fácilmente media manzana o más, contradiciendo
abiertamente la mínima fachada que daba a la calle. ¿Bajarían
imperceptiblemente hacia un subterráneo? ¿Cuántas escaleras había subido y
bajado deambulando entre aquellas grandes habitaciones llenas de libros?
Además, toda mi vida había encontrado plausible, al leer ciencia ficción o
incluso especulaciones científicas, la noción de realidades alternativas… ¿Por
qué iba a descreer ahora, que tenía ante mí lo que podía entenderse como
evidencia?
«No puedo estar pensando esto», concluí. «O, en todo caso, necesito
pruebas sólidas».
Miré el reloj. Eran las nueve y media de la noche. ¿Resolvería la
cuestión hacerme con Desintegración o Lineal o
cualquiera de los libros mencionados, leerlos con atención y descubrir en ellos
algo que sólo yo puedo saber, algo que sólo yo y mi equivalente de otro
universo podemos saber? No sería inverosímil creer que él y yo —nuestros
destinos— nos habíamos separado en un momento concreto de la historia. Decidí
convertirme en académico en el 97; ¿y si en ese mismo momento nuestras vidas se
separaron? Quizá él —en el pico de mi obsesión entendía perfectamente que
pensar de esta manera era entrar en el juego del librero, que era de algún modo
compartir su posible locura, pero no podía evitarlo— recordaría que fue en esa
fecha cuando decidió convertirse en escritor. A partir de ese momento nuestros
destinos divergieron, pero antes de la bifurcación, nuestras vidas debieron
ser la misma. Bueno, quizá no, quizá su decisión de ser escritor
había sido consecuencia de algún evento acontecido a sus ocho, nueve años, datando
del 86 o del 87 la bifurcación… Sin embargo, concluí, algún pasado en común
debíamos tener, necesariamente. Si él había hecho referencia a ese pasado,
siguiendo el hábito autobiográfico de tantos escritores, entonces yo podría
reconocerlo y probar que había algo de realidad en esos libros, ya que nadie,
ningún conspirador o imaginador de libros apócrifos, podía tener acceso a mis
recuerdos más íntimos.
Era una chance mínima, pero si daba con ese detalle debía quedar la
verdad de las palabras del librero firmemente establecida; el no encontrarlo,
por otra parte, no implicaba demostrar que todo aquello no era cierto… pero,
quizá, con el tiempo, yo podría olvidar el asunto, no pasar nunca más por la
librería y asumir que todo había sido un embuste de un librero demente o
bromista.
En otras palabras, debía hacerme con aquellas novelas. Pero no podía
esperar hasta el día siguiente. Recordé que la librería tenía una bohardilla, a
la que me condujo hacía bastante tiempo el librero, buscando un título en
particular que yo había solicitado. Esa bohardilla o altillo estaba comunicada
a la azotea del local. Si yo podía forzar mi entrada por ahí (sabía que la
puerta principal tenía una alarma, había visto al librero en más de una ocasión
cerrar todo a última hora, mientras yo me demoraba con algún libro
especialmente interesante) quizá lograse meterme en la librería sin llamar la
atención. Por suerte yo no vivía lejos. Salí de mi apartamento y recorrí las
cuadras que me separaban de la posible solución al misterio en quince minutos.
Eran las diez y veinte, y la calle todavía estaba concurrida. Muchos
estudiantes subiendo a la avenida desde la Facultad de Psicología, vecinos de
la zona, volanteros de cybers y de casas de masajes… no podía arriesgarme a
intentar trepar a un árbol o a la fachada en esas condiciones. Me metí en un
bar cercano y ordené unas empanadas y una Coca cola. Pensé que sería buena idea
templar mis nervios, así que terminada la comida, pedí un whisky doble, y luego
otro. Esperé, sintiendo que mis fuerzas y mi voluntad se cargaban como la
energía de un personaje de videojuego, y a las once y media dejé el bar. La
calle estaba casi desierta. Examiné la fachada de la librería y del local
vecino, también una librería. Había un conducto de ventilación o tubería de gas
que podía utilizar para la escalada y luego arriesgarme a dar un salto hacia el
techo. Esperé que no pasara nadie y empecé a trepar. Me resbalé y caí cuatro
veces, pero finalmente logré impulsarme hacia el techo de la librería. Era una
extensión gris, sucia de cagadas de pájaros, ramas y hojas de árbol. Caminé
agachándome lo más a ras del suelo que me permitió mi escasa flexibilidad y
llegué a la bohardilla o altillo. Había una ventana de vidrio que podía
permitirme entrar. Busqué por los alrededores una piedra y, al encontrarla, la
arrojé hacia la ventana. El vidrio se hizo añicos, pero con un estruendo tan
notorio que me quedé paralizado por un minuto, más o menos. No sonó ninguna
alarma. Al recobrar el aliento terminé de romper con el codo (por suerte había
llevado una campera de abrigo muy gruesa) las esquirlas remanentes, despejando
un boquete lo suficientemente grande como para dejarme pasar. Entonces adelanté
una pierna, agaché la cabeza y me impulsé hacia adentro. Estaba ahora rodeado
de libros, en una oscuridad casi total invadida apenas por la luz del exterior.
Esperé a que mis ojos se acostumbraran a la penumbra y, ayudándome con la
pantalla de mi celular, encontré la puerta del altillo. Por suerte no estaba
cerrada con llave. Se continuaba en una escalerilla de madera, que bajé con
sumo cuidado y lentitud, accediendo al pasillo que terminaba en el mostrador.
La quietud de aquellas habitaciones me arrojó a un terrible estado de nervios y
ansiedad. Me sentía un ladrón a punto de ser descubierto, y repasé en mi mente
las múltiples excusas que había pensado para usar en caso de ser atrapado por
el librero o la policía. El primero, supuse, lograría entender mi obsesión.
Abriéndome camino casi a ciegas entre las estanterías (creo que tiré más de un
libro al piso) logré encontrar un interruptor. Conté hasta tres reteniendo la
respiración y deseando con todas mis fuerzas que no fuese una llave general que
encendiese las luces de la vidriera, llamando la atención de todo el mundo. Por
suerte se trataba apenas de la luz del pasillo, una lamparita sin pantalla
colgada de un cable. Estaba en un área conocida, y logré identificar las
puertas que conducían al área de las novelas apócrifas y, más adelante, a la
sala ocupada por las biografías. Allí encontré otro interruptor y reparé en una
puerta que no había visto por la tarde; la abrí y llegué a una sala casi
idéntica, también llena de libros. Busqué el interruptor de la luz, lo accioné
y pasé revista a los títulos de los tomos más cercanos. Eran libros de
historia. Los primeros hacían referencia a nuestro mundo; los
otros eran historias imaginarias de realidades alternativas. Un escalofrío me
atravesó la espalda cuando pasé mis ojos por una cronología del siglo XX que
incluía la derrota del VietCong y el ascenso de Nixon a la cabeza de una
dictadura militar en Estados Unidos, depuesta en 1988 por un gobierno elegido
democráticamente pero de extrema derecha conservadora. Aquello me asqueó y no
pude leer más. Caminé hacia la puerta que asomaba en el otro extremo de la
habitación, la abrí y pasé a la sala siguiente, un poco más reducida que la de
los libros de historia y con dos puertas. Miré los libros. Eran novelas en
francés. Casi todos los títulos eran absurdos; obras de Camus escritas en
fechas muy posteriores a su accidente automovilístico, textos de Sartre, Perec,
Robbe-Grillet, Sarraute y Duras completamente ajenos a todo lo que yo conocía.
Y demasiados nombres desconocidos. Casi cedo a la tentación de ponerme a
curiosear, pero ante la urgencia de encontrar mis novelas
elegí una de las puertas y la abrí con impaciencia. Encendí la luz y di con una
sala bastante pequeña llena de diccionarios. No quise encontrar léxicos o
gramáticas de lenguas desconocidas, pero imaginé que allí podría encontrar
diccionarios de Quenya o de la lengua de Tlön, por lo que opté de inmediato por
la otra puerta. A partir de allí quizá alguna forma de fiebre se apoderó de mi
cerebro, ya que recuerdo haber atravesado salones y salones, pasillos,
escaleras y sótanos desde los que me provocaban títulos como El
Necronomicón en la versión de John Wilkins o Esteganografía
comentada por sir Isaac Newton. En una sala enorme, quizá la más grande
hasta el momento, encontré cuatro novelas escritas por Jorge Luis Borges.
Estaba encaminado. Una habitación más allá encontré libros de autores
nacionales de los ochenta y noventa. Con energías renovadas busqué, frenético,
arrojando los libros que no me servían al piso, y finalmente los encontré: dos
ediciones diferentes de Desintegración. En la primera se mencionaba
la muerte en el 2007 de Federico Stahl; en la otra —reedición aumentada y
corregida en 2006, decía la portadilla— el autor había dejado el Uruguay para
radicarse en Cataluña. Me guardé las dos en los bolsillos de la campera y seguí
buscando. Encontré una edición de Lineal que tampoco
consignaba la fecha de la muerte de Stahl y también otro título, Espuma,
no mencionado en el Índice o en las minibiografías de las
dos Desintegración o la Lineal que había
encontrado. Me las guardé como pude entre el cinturón y el buzo que llevaba
puesto y supe que era hora de volver a casa. Intenté desandar los pasos pero
pronto encontré que no recordaba bien como había girado en las bifurcaciones.
Deambulé totalmente perdido por casi media hora —eran las dos de la mañana—,
reparando en que había dejado un montón de libros tirados y luces encendidas
por ahí, hasta que una escalera que comunicaba con un piso superior me hizo
pensar que por allí me acercaría al mostrador. Subí rápidamente y me encontré
en un pasillo muy largo, con puertas intercaladas a la izquierda y una vasta
estantería a la derecha. Corrí sin mirar los títulos de los libros, y di con
una última puerta que me condujo a un área cuya distribución de estantes y
secciones me resultó conocida. Era la salita desde la que se subía al altillo.
Me así a aquella escalera un poco endeble con verdadera desesperación y trepé a
toda velocidad. Lo que vi entonces logró paralizarme, como si fuese la peor
escena de la película más terrorífica. Estaban los libros, asomando como duendes
en la oscuridad, y estaba la ventana… intacta. Corrí escaleras abajo y me
precipité hacia el mostrador y la puerta de calle. No fue necesario encender
las lámparas: la luz de la calle iluminaba fantasmalmente el espacio ocupado
por los sillones, la mesita, el mostrador y la cafetera. Miré por el cristal de
la vidriera: la calle estaba desierta y las siluetas de los edificios de la
acera de enfrente no eran las que conocía. Creí entender que había menos
árboles, o que los árboles eran distintos. También las rejas de las ventanas,
las entradas a los edificios. Todo parecía un poco más siniestro que lo que
hubiese esperado ver. Me acerqué a las estanterías, convertido mi terror en una
voluntad férrea —y ajena a mi yo— que me conducía con morbo o masoquismo a la
comprobación de lo que ya era evidente. Sin miedo a llamar la atención, encendí
las luces. Entre las novedades de ensayo nacional había una Historia de
la dictadura. La abrí en el prólogo. Leí: «El proceso militar que padeció
nuestro país entre 1973 y 1992…». Cerré el libro. En el mismo estante había
otro ensayo histórico con apariencia de novedad. Me fijé en el pie de imprenta:
Abril 2009. En la contraportada se decía que el propósito del libro era
explicitar las maniobras colaboracionistas de los militares al mando con el
gobierno de Estados Unidos. Y, a continuación, lo que más me sorprendió: «las
maniobras de apoyo de los militares que desembocaron en la cruenta guerra
uruguayo-argentina». Miré a mi alrededor, lleno de terror. ¿Qué
podían decirme todos aquellos libros, testigos de una realidad
diferente y terrible? Imaginé al librero riéndose de mi incredulidad, de mi
estúpida necedad. Allí estaba la prueba; ordenados a mi alrededor los testigos
de otro universo, para los cuales yo era el monstruo, yo era
la irrupción. Corrí hacia el pasillo y regresé a la sala en la que había
encontrado las novelas de Federico Stahl; traté de orientarme por el laberinto
de puertas y escaleras y, tras mucho caminar y no menos desesperar, llegué
nuevamente al mostrador. Y este sí parecía el de mi mundo. Aliviado constaté
que allí estaban las revistas de literatura fantástica que yo había estado
examinando, que recordaba todas las novedades, que incluso, si buscaba entre
las publicaciones académicas, podía encontrar algunas ponencias de mi autoría,
sobre Joyce, sobre Borges y Proust. Aliviado y feliz, corrí hacia la escalera
del altillo y subí a la azotea. Allí estaba la ventana rota, dejando entrar el
aire frío de la noche a la oscuridad guardada por los libros. Salí casi de un
salto y me acerqué a la cornisa, feliz, pensando que no me importaría caer y
romperme una pierna, pues estaba en mi mundo. Entonces sucedió
algo que jamás hubiese esperado. Después de bajar —mejor dicho, de casi dejarme
caer, de deslizarme— por el conducto de ventilación, ya con los pies en la
acera, escuché una voz de adolescente que me decía:
—Qué hacés, valor, saltando por los techos, la puta que te parió, sos
chorro o qué te hacés. Largá toda la guita y no marqués…
Eran dos chicos de no más de quince o dieciséis años. Uno, no el que me
había increpado, empuñaba una navaja, adelantándose para amenazarme.
—Dale, largá la guita, la puta que te parió.
Estúpidamente —no había pasado por un laberinto de mundos alternativos
para caer en mano de dos ladronzuelos— intenté resistirme. El que me había
hablado primero me golpeó en la cara. No sentí nada, y pensé que o bien el
chico carecía de fuerzas o bien no sabía cómo golpear. Empujé al de la navaja,
que sólo atinaba a mostrármela, como si no estuviese preparado para usarla, y
traté de correr. Entonces el otro se me adelantó y me golpeó una vez más en la
cara. Esta vez sí lo sentí. Intenté devolver algún golpe, pero debí hacer algo
muy mal ya que de un momento al otro me encontré en el piso. Ante la
posibilidad de que me fracturaran las costillas (o algo peor) a patadas decidí
no resistirme. Sentí una mano que hurgaba en mi bolsillo trasero del pantalón,
sacando mi billetera. Y otra que tomaba los libros de la campera. Eso encendió
toda mi rabia.
—¡Los libros no! ¡Los libros no, pendejos de mierda!
Atesté un par de golpes, muy torpemente, y sentí que uno hacía impacto.
La sensación de cortar un labio y recibir en los nudillos el filo de los
dientes impactados. El chico retrocedió, murmuró algo que no entendí, y
arremetió. Creí que podía contenerlo, pero entonces, en un instante que se
demoró durante siglos, lo vi sonreír y, presintiendo que su compañero estaba
por atacarme, me di media vuelta y recibí el golpe de una baldosa en la sien
izquierda. Todo se volvió oscuridad.
Desperté rodeado de libros, acostado en un sillón que reconocí de
inmediato. El librero me aplicaba un paño en la zona afectada por el golpe.
Sentí el ardor y el frío del alcohol.
—Calma —me dijo—, ya pasó. Lo encontré hace un rato inconciente ante la
puerta de la librería de al lado… y a unos metros su billetera, me temo que
vacía. ¿Tenía mucho dinero?
—No… quinientos pesos, en realidad menos, trescientos y pico —recordé
que había pagado las empanadas, la Coca y los whiskys con un billete de
quinientos. Traté de incorporarme.
—Despacio —dijo el librero—, ese golpe no debió ser moco de pavo… ¿Por
qué se resistió?
Iba a decir algo pero me detuve en seco.
El librero sonrió.
—Sí, ya vi los libros. Entró por el altillo, ¿verdad? No crea que es la
única persona que se ha obsesionado así. ¿Ahora me cree lo que le conté ayer,
verdad?
Asentí con la cabeza.
El librero me alcanzó una taza de café con leche.
—Tómelo despacio. Lamento tener que insistir en este tema dadas las
condiciones, pero créame que debo preguntárselo. En su campera
tenía una novela de Federico Stahl, y dos más entre el pantalón y el buzo… ¿eso
es todo? ¿No le habrán robado los asaltantes otro libro?
Dudé un instante.
—No —mentí—, eso es todo. Me había llevado esos tres libros…
Aquello pareció aliviarlo.
—Mejor, mejor. Quizá pronto pueda explicarle por qué, pero… digamos que
cada libro que sale de aquí debe, de alguna manera, estar registrado por
mí. Debo saber quién lo tiene. No todos los libros, algunos. No pueden caer en
ciertas manos. Sé que es un riesgo, porque las colecciones a veces terminan
vendidas a colegas o… pero muchos de ellos son confiables. No importa si no me
comprende, ya le explicaré, a su debido tiempo.
Sentí una vaga inquietud, pero imaginé que los motivos del librero no
debían ser de mi incumbencia.
—Hagamos esto —dijo—: Yo estoy dispuesto a olvidar su irrupción si me
paga la ventana del altillo; en cuanto a las tres novelas, tiene sentido que
usted las conserve, y pensemos que se trata de mi compensación por el golpe.
Después de todo, si no le hubiese contado lo que le conté ayer usted ahora
estaría tranquilo en su cama, durmiendo el sueño de los justos…
—Me parece muy bien… páseme el costo de la ventana y lo liquidamos.
—Cuentas claras —dijo, y me estrechó la mano.
Leer las novelas de aquel otro Stahl se sintió como un dèja vú
constante. Había, sí, referencias a su infancia, especialmente en Lineal,
donde encontré el texto que sigue: «hasta que antes de llegar a Gaboto me
asaltó una mañana de 1998 en que regresaba a la vieja casa de mis abuelos un
poco a esta misma hora, después de un baile en Facultad, y caminando por la
calle Carmelo me dio los buenos días el aroma de las flores, rosas y jazmines y
la luz impresionista del amanecer en los árboles, las sombras azuladas
astillándose entre las hojas, manchitas de luz en mi ropa meciéndose con la
brisa.». Si bien me resultaba un poco dudosa esa fecha de 1998 —que debía ser
de este ladodel punto de divergencia de nuestras historias—, lo que
escribía Stahl sobre los jazmines y la «luz impresionista» me recordó mi
adolescencia con claridad. La calle Carmelo, cada vez que regresaba de
madrugada o al atardecer, se apareció en mi mente en términos que podían ser
muy bien los de esa novela; es decir, dados mis recuerdos, yo podría haberlos
narrado de esa maneraen una novela. No sé si podía considerarse la
evidencia que buscaba, pero sentí la conexión, la unión entre ese tal Stahl y
yo. No éramos la misma persona, pero compartíamos al menos un sótano de
nuestras memorias.
La lectura de las otras novelas —incluyendo las dos versiones de Desintegración,
que no eran muy diferentes— me entretuvo por una semana entera. Las releí con
atención, registrando pasajes que resonaban en mi memoria o metáforas y giros
sintácticos que evocaban elementos de mi propio estilo, mi manera de escribir
las ponencias y monografías que hacían a mi carrera. También creí reconocer en
esas imágenes el eco de los escritores que siempre he amado, muchos de ellos
desde antes de la adolescencia, por lo que debían ser parte de ese fondo común
que compartía con el Stahl de ese mundo. Más allá de las sorpresas y las
confirmaciones, debo decir que leer a mi doble ucrónico me tranquilizó. Él era
de otro mundo, y sus obras habían llegado a mí, pero la realidad que me rodeaba
era sólida e inmutable, en parte porque todas lo eran, cada una en su lugar. La
pluralidad de mundos no amenazaba, sentí, al mío; de hecho, más bien lo
confirmaba. No puedo explicarlo, no puedo entender por qué, pero eso era lo que
sentía.
También tenía claro que el librero y yo nos debíamos una larga charla en
la que me contase más de su librería y del hecho increíble que permitía que
estuviese en tantos mundos a la vez. Quería preguntarle qué sabía él sobre las
otras realidades, si las había explorado en lecturas o si también las había
recorrido físicamente. No me parecía inverosímil imaginarlo
pactando con sus equivalentes de los otros universos, intercambiando sus
puestos, permitiéndose indagar en mundos tan diferentes. ¿Había leído, por ejemplo,
aquella historia de una dictadura dilatada hasta los noventa, con una guerra
entre Uruguay y Argentina de por medio? ¿Había caminado por las calles de ese
mundo en el que no existió Napoleón, o del mundo en que Nixon se convirtió en
dictador? Recordé su memoria prodigiosa, que parecía sugerir su exacto
conocimiento de todoslos libros de la librería. ¿Se extendía esa
facultad a las otras realidades? ¿Cuántas conocía, cuántas había explorado?
¿Cuántas versiones de Ballard, de Nabokov, de Shakespeare, de Dante? ¿Cuántos
autores deslumbrantes e inexistentes para mí? Entonces sentí crecer en mí una
oleada de entusiasmo, y también de envidia. ¡Si exploraba lo suficiente la
librería me sería posible leer la versión definitiva de En busca del
tiempo perdido, terminada y corregida por un Proust que no murió en 1922!
¡Podría leer el poema que nunca pudo concretar Mallarmé, o la versión completa
del Kubla Kahnde Coleridge! ¿Y qué decir de las novelas de Borges,
de La novela luminosa terminada por Levrero, de lo que pudo
escribir Philip Dick de no haber muerto en 1982?
¿Y si podía llegar a comunicarme con el Stahl novelista, con el que no
había muerto en 2007 y había viajado a Cataluña? ¿Podría ponerme a conversar
con el Stahl de la versión de Linealque había leído sobre nuestros
recuerdos de adolescencia en las calles de aquel viejo barrio?
Un infinito de posibilidades se abría ante mí.
Esperé al viernes siguiente para visitar al librero, siguiendo mi vieja
costumbre. Lleno de entusiasmo recorrí las calles que separaban la librería de
mi apartamento y, bajando de la avenida, caminé la media cuadra hasta el
establecimiento.
Estaba clausurado.
La puerta y la vidriera habían sido tapiadas con tablones, sin cartel
alguno que explicase qué estaba pasando o si la librería se había mudado. Entré
al local vecino y le pregunté a su dueño —también un librero conocido— si sabía
qué estaba pasando.
—No sé bien, creo que el viejo andaba en líos de dinero. De un día para
el otro la cerraron.
—¿Pero cuándo fue la última vez que lo viste?
—Vino con un camioncito de mudanzas el miércoles y se llevó algunas
cajas. Después, a las dos horas, entró con dos muchachos y varias tablas, como
si fuera a tapiar puertas y ventanas. A la hora u hora y media se fue, y esa
noche, cuando estaba cerrando acá, vi que otra gente clavaba esos tablones en
la vidriera y la puerta. No se despidió ni dejó dicho nada…
—¿Pero no tenés el teléfono?
—Tengo uno viejo, podés probar si querés. Esperá que lo busco.
Buscó en un archivo de tarjetas de visita y me anotó un número en un
volante de su librería. De vuelta en casa llamé, pero nadie atendió.
Por muchos días le di vueltas al asunto. Recordé una conversación
telefónica que había escuchado, en la que el librero hablaba de dinero; también
estaba aquel hombre de gris, y la discusión que habían sostenido en la que creí
recordar la pregunta por un título específico. ¿Y la duda del librero sobre el
posible libro robado? Le había mentido descaradamente y, cuando lo creyó,
recuerdo que pareció aliviarse de una duda angustiosa. ¿Qué había dicho? «Debo
saber quién lo tiene. No todos los libros, algunos. No pueden caer en ciertas
manos». ¿No será que ante la duda de un libro perdido (porque cabía pensar que
en realidad no me había creído, o que no podía estar en verdad seguro de la
verdad de mis palabras) terminó por preferir no arriesgarse y huir? ¿Pero era
realmente necesario?
¿Se habría sentido tan amenazado como para dejar su
negocio, el que había llevado por, hasta donde recuerdo, más de diez años?
No había manera de responder aquellas dudas. Recorrí por semanas y meses
la calle de la Feria, preguntando por las otras librerías y puestos ambulantes
si lo habían visto o si se habían enterado de su paradero. Pero nada. Con el
tiempo, los libros de Stahl, alineados en mi biblioteca junto a mis otros
trabajos, empezaron a convertirse en formas fantasmales, arrancadas a la fuerza
de algún sueño.
Hace un par de días pasé por la calle de la Feria y me detuve ante el
lugar ocupado por la librería. Habían abierto un nuevo local, una tienda de
discos. Entré y, supongo que inevitablemente, examiné la disposición de las
góndolas llenas de CDs, los salones y pasillos. Noté que habían tirado paredes
y abierto espacios más amplios; sin embargo, ahora no había diferencia alguna
entre aquel interior y lo que sugería la fachada. Encontré, sí, una puerta al
fondo, desde la que el cartel DEPÓSITO – SOLO PERSONAL AUTORIZADO parecía
despejar todas las dudas. También habían tirado abajo el altillo.
Movido por la curiosidad examiné algunos discos raros, buscando títulos
que faltasen a mi colección. Entonces me pareció reconocer a una clienta que
estaba pagando en la caja; era, o eso creí, la mujer que, hacía ya más de tres
meses, había comprado la novela de Joyce. Me acerqué para hablarle pero parecía
apurada, y abandonó el local antes que pudiese llegar a reconocerla sin duda
alguna. Pero me sentía muy seguro de que era ella, y el hecho de que hubiese
regresado a aquel local, además de parecerme una confirmación, me llenó de
esperanzas. Después de todo, las posibles propiedades físicas (si es que por
ese lado andaba la explicación) de aquel espacio no podían haberse desvanecido.
Quizá todos los universos seguían confluyendo allí, por más que las puertas y
las paredes flanqueasen el acceso a esos otros espacios.
De modo que he resuelto frecuentar la disquería, buscando entre todos
sus discos alguna irrupción. Qué maravilloso sería, me repito cada vez que
atravieso la puerta y saludo a los empleados, encontrar casi oculto en el fondo
de una góndola un álbum de los Beatles grabado en 1978.
Montevideo, Agosto 2009
Ramiro Sanchiz nació en 1978 en Montevideo. Sus primeras publicaciones
fueron en la revista DIASPAR, seguidas por GALILEO, AD ASTRA y AXXÓN. En 2008
figuró en la antología “El descontento y la promesa” (Montevideo, editorial
Trilce), que recopila 24 cuentos de autores nacidos entre 1973 y 1984; en “Esto
no es una antología” (Montevideo, Ministerio de Relaciones Exteriores), también
una muestra de narradores nuevos/jóvenes, y publicó la novela 01.lineal en
Salamanca, por Anidia editores. Sus principales influencias son Alasdair Gray,
Philip Dick, William Burroughs y Mario Levrero, y es lector asiduo de J. G.
Ballard, Jorge Luis Borges, Angela Carter, Roberto Bolaño, entre otros. Entre
2002 y 2006 se desempeñó en varias bandas de rock alternativo en calidad de
guitarrista y compositor, y en el presente trabaja de profesor particular de
filosofía y literatura y periodista cultural. Desde hace un año mantiene el
blog personal Aparatos
de vuelo rasante. Hemos publicado en Axxón sus
ficciones: CAMINO DE RETORNO (93), SOBRE DESAYUNOS Y ENTROPÍA (194), EL VIENTO Y LA CENIZA (195), DUENDES (196), LA HUIDA. Hemos publicado en Axxón sus artículos: MARIO LEVRERO: EL OTRO Y YO (188), RÉQUIEM POR THOMAS M. DISCH (189), DISTOPÍA FÁUNICA, LOVE
STORY (204)
Este cuento se vincula temáticamente con EL LIBRO DE LA ETERNIDAD, de Damián Arturo Madrigal Aguilar, OMNIPEDIA, de Frank Roger, ADANGÊLIÖN, de Leandro Vives, DIEZ VIDAS, de Rodolfo Grassía
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Mundos
paralelos : Biblioteca : Uruguay : Uruguayo).


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