© Libro N° 10909. Navegando Las Cuerdas Del Acordeón. García, José A. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Navegando
Las Cuerdas Del Acordeón. José A. García
Versión Original: © Navegando Las Cuerdas
Del Acordeón. José A. García
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Ilustración para el cuento "Navegando las cuerdas del
acordeón", José A. García
© 2019, Pedro Bel: https://axxon.com.ar/rev/289/cuento01ilus1.htm
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NAVEGANDO LAS CUERDAS DEL ACORDEÓN
José A. García
Navegando Las Cuerdas Del Acordeón
José A. García
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A Mario Levrero
I
El día comenzó despertándome apurado. Era tarde, muy tarde, por lo que
al ver las acusadoras agujas del despertador me puse a hacer malabares para
vestirme adecuadamente según el día (un desafío para un grupo muy selecto de
personas, teniendo en cuenta el estado climatológico del universo). Al tiempo
que calentaba el agua para un café bien cargado, acomodaba el portafolio
decidiendo qué papeles llevar e intentaba atarme los zapatos, preguntándome por
qué no había comprado mocasines. Se hizo aún más tarde y, con el café a medio
tomar y bastante desalineado, dejé la casa corriendo hacia la estación de
trenes.
En lugar de tomar el camino de siempre, opté por otra calle que,
suponía, serviría de atajo. En otras oportunidades, al intentar atravesarla,
algo difícil de expresar en palabras me lo impedía, una sensación mezcla de
extrañeza y desconcierto. Pero la situación de apuro, esta vez, anuló mis
reparos.
Cuán equivocado habré estado con las ideas sobre el atajo que me tomó
otra media hora encontrar las vías.
Ilustración: Pedro Bel
En la estación debí buscar nuevas monedas porque la máquina expendedora
de pasajes no reconocía ninguna de las que le daba. La insistencia, o la
terquedad de mis gestos, terminaron por convencerla de que escupiera el trozo
de cartón que me permitiría viajar. Comenzaba a irritarme pero, al tener el
talón en mis manos, recuperé mi pasividad habitual.
El pasaje tenía un diseño nuevo, diferente, mucho más colorido y festivo
pero, como era sólo un pasaje, no le di importancia. Al andén debí mirarlo
varias veces para reconocerlo. Estaba limpio, cosa por demás rara. No había ni
un papel en el suelo, ningún periódico abandonado al viento, ningún envoltorio
de golosinas, ni siquiera proclamas políticas desechadas; los bancos se
encontraban reparados, e incluso parecía que hubieran agregado algunos nuevos y
la gente no enviciaba el aire con sus cigarros (incluso, creo, porque el
recuerdo cambia por momentos, algunos sonreían).
Me senté a esperar la llegada del tren en uno de los mullidos asientos
mirando, no sin sorpresa, las novedades.
Antes de que lograra acomodarme un hombre se acercó a mí y con un
rústico francés, u otro idioma similar, me habló. Mi expresión de desconcierto
le indicó que no entendía sus palabras, por lo que lo intentó dos veces más,
pronunciando cada sílaba con un tono más perentorio.
—Yo no hablo francés, no entiendo —dije mostrándole mis palmas
extendidas.
El hombre miró hacia arriba, hacia el techo del andén y repitió su frase
señalando algo.
Negué con la cabeza y me señalé el oído.
—No comprendo lo que dice.
Exasperado por la falta de compresión y porque no hacía el mínimo
esfuerzo por entenderlo, el hombre me tomó por el cuello del saco con fuerza
(tanto que temí que lo rompiera), me levantó del asiento y me arrastró unos
metros hacia un costado.
Comencé a gritar que me atacaban, que querían robarme, para que alguien
me ayudara y llamara a la policía, o algo parecido. Un terrible estruendo, como
si varias cosas se rompieran y cayeran al mismo tiempo, me hizo volver la
cabeza hacia donde había estado sentado. Una de las vigas de madera del techo
había caído directamente sobre el asiento vacío. El francés me soltó la ropa y
me dejó ir, un poco atontado, hacia otro sector del andén. Escuché que decía
algo más en voz alta pero no quise mirarlo, a él ni a nadie.
La suerte me acompañó haciendo que el tren apareciera en ese momento;
todavía mirando el suelo, subí en la primera puerta que encontré. Los asientos
estaban ocupados, así que me quedé de pie.
Al apoyar el portafolio en el suelo, mi reloj pulsera se desprendió y
rodó bajo un asiento, cosa extraña para un reloj rectangular, pero así fue.
Tanteé sin ver, buscándolo entre papeles de caramelos y chicles viejos.
Antes de encontrarlo, saqué de allí abajo varias cosas disímiles. Un libro que,
como supuse que sería de alguno de los pasajeros, volví a colocar en su lugar;
una daga cuyo mango estaba engarzado en amatista y esmeraldas (sabía qué rocas
eran pero no sabía cómo lo sabía), que guardé disimuladamente en el interior
del portafolios para inspeccionarla en otro momento; un objeto indefinido que
no reconocí, ni por su forma ni tamaño y que dejé allí, por las dudas (mis ojos
se negaban a mirarlo directamente, así como mi cerebro evitaba procesar esas
imágenes); por último, apareció mi reloj, con el vidrio roto y las agujas
desprendidas.
Volví a colocármelo, sin saber qué otra cosa hacer con él, mientras me
levantaba. Miré por una ventana, el estupor me invadió ante semejante visión,
el tren avanzaba por medio del campo y… ¡Era casi mediodía!
Los otros pasajeros que ocupaban el vagón parecían dormitar, no había
nadie a quién preguntarle dónde estábamos.
Escuché la voz del guarda desde el otro vagón.
—Pasajes, por favor. Pasajes —decía con voz aflautada.
Caminé hacia él porque, sin dudas, allí encontraría alguien con más y
mejores conocimientos de la situación que los míos, y podría explicarme qué
sucedía. Debo aclarar que a partir de este punto no describiré el miedo, la
extrañeza ni las demás sensaciones de este tipo que experimenté a medida que el
día avanzaba; el relato será despojado pero más rápido, menos colorido pero más
fácil de comprender. Por otro lado, mi capacidad literaria nunca fue lo
suficientemente buena como para escribir algo tan extenso sin cometer todos los
errores posibles, y algunos imposibles también, como sin dudas descubrirán.
El guarda, con su uniforme reglamentario, con el escudo del ferrocarril
en el pecho y la gorra de la Secretaría de Transporte, era el hombre con los
colmillos más grandes que viera nunca. No sólo le sobresalían por entre los
labios, sino que, de tan largos, giraban sobre sí mismos a la altura del
mentón, volviendo aquel el rostro, en apariencia tranquilo, algo de temer. Su
blancura era tan perfecta que o bien eran del marfil más puro del mundo, o se
los había hecho pulir hacía muy poco tiempo.
Tuve que juntar fuerzas para no correr despavorido ante tal visión,
reponerme y preguntarle:
—¿Dónde se dirige éste tren?
—A la estación —respondió el guarda—. ¿Dónde más?
—Sí, pero ¿cuál?
—Vamos rumbo a Juncal, ¿por qué?
—Yo quería llegar al centro —respondí.
—¿Al centro? —preguntó con sorpresa—. Muéstreme su pasaje, por favor
—dijo en un tono de voz tan seco que ni siquiera dudé en hacer lo que se me
pedía.
Le entregué el trozo arrugado de cartón pero antes de mirarlo sacó una
lupa de uno de sus bolsillos, la cual colocó muy cerca de sus ojos.
—No sé por qué los hacen tan pequeños, son difíciles de leer estando
quietos, más todavía en movimiento. Aquí está su problema — dijo regresándome
el pasaje.
Volví a guardarlo y esperé el resto de la respuesta pero, como ésta no
llegaba, me vi obligado a preguntar cuál era el problema.
—Se confundió de tren, mi amigo —dijo chasqueando la lengua—. En verdad
no sé cómo, porque están muy bien identificados. El tren que a usted debía
tomar era el que pasaba por la misma vía, misma estación, un minuto después.
—Es la primera vez que escucho algo semejante.
—¿Qué?
—De la existencia de éste tren, es la primera vez que lo veo, que
escucho hablar de él y, claro, que viajo en él. Y, como en toda primera vez de
cualquier cosa, me siento perdido, desorientado, sin saber cómo continuar. ¿Qué
se supone que debo hacer?
—Para empezar, debería bajar en la próxima estación. O le cobraré una
multa.
—¡Fue un error! No puede cobrarme por ello —exclamé indignando.
—Déjeme terminar, por favor. En la misma estación tomará el tren en
dirección opuesta, para regresar a la estación de origen y esperar allí el tren
correcto. ¿Entiende?
—Sí —dije—. ¿Cuánto falta para la estación?
—Unos minutos nada más, pero no puedo decirle cuándo pasará el próximo
tren, no tengo los horarios conmigo.
—Pero será hoy, ¿cierto?
—¿Eh? —dijo el guarda tomando el pasaje de un hombre sentado a mi
espalda—. Claro, hombre. Hoy mismo. Le aseguro que llegará a horario a su
destino. Todos lo hacen.
Miré por la ventana, algunas nubes interrumpían el azul puro y profundo
del cielo, sin el menor rastro de humo o smog. Pensé que me encontraba muy
lejos del centro. Pero no podía asegurarlo, no sin saber en qué dirección
avanzaba.
Al llegar el tren a la estación sin nombre, descubrí que la luz del
atardecer, las nubes que poco antes había observado, el paisaje y todo lo
demás, no eran como se los veía desde arriba del tren. Al bajar descubrí que
era de noche, y la oscuridad escondía los árboles, las casas, la gente, o lo
que allí pudiera haber; la estación era apenas un andén en medio de la nada,
con un techo a dos aguas sumamente dañado y una oficina de la que provenía toda
fuente de luz, calor y bullicio.
Sosteniendo con fuerza el portafolio, y quitándome el polvo del tren, me
acerqué a la puerta de la oficina. Tenía la fría sensación de que allí no
encontrarías respuesta pero no había otro lugar dónde dirigirme.
La luz de la oficina provenía de un farol a benceno que colgaba de un
trozo de alambre enroscado en una de las vigas del techo. Oscilaba lentamente
por la brisa y daba una luz verdosa, haciendo que todo allí luciera enfermo y
cercano a la muerte. El bullicio nacía de una vetusta radio a galena encendida
en una emisora que, de seguro, cortaría su transmisión durante la noche. Sólo
estática llegaba a mis oídos, a pesar de la cual, el hombre sentado bajo el
resplandor del farol dormía sin la menor preocupación en el rostro y aún
enfundado en su uniforme de Oficial de Transporte.
Ensayé un hola en voz queda para demostrarme que mi inseguridad no se
reflejaba en ella. Luego carraspeé y, golpeando la puerta con los nudillos,
dije:
—Buenas noches —esperando un rápido despertar y una respuesta. Pero,
iluso como siempre, no recibí nada, por lo que repetí—. ¡Buenas noches!
—Lo escuché la primera vez —dijo el hombre moviéndose apenas.
—¿Y por qué no respondió?
—No preguntó nada, sólo dijo, y cito: Buenas noches. A eso
no se responde, sólo se lo escucha.
Pensé en discutir lo que decía pero recordé que no me importaba, que mi
único interés era regresar a la ciudad.
—¿Sabe cuándo pasará el tren hacia el centro? Y eso sí es una pregunta.
—Claro que lo es, pero ¿a qué se refiere? —hablaba sin siquiera abrir
los ojos, lo que comenzaba a molestarme.
—Acabo de llegar en el tren que sigue en aquella dirección —señalé con
el brazo el lugar por el que había visto alejarse el tren—. Y ahora quiero ir
hacia allá —señalé hacia el otro lado—. Me dijeron que pronto pasaría un tren
es ese sentido.
—¿Quién le dijo eso? —preguntó con sorna.
—El guardia del tren del que me bajé.
—Ja —rió tajante el hombre antes de continuar—. ¿Y qué sabe ese sobre
horarios si nunca se baja del tren? Debería verlo asomándose por la ventanilla
del último vagón intentando convencer a alguna mujer de que suba para alegrarlo
un rato. Pero, usted sabe, con esos colmillos…
Notaba que no me había respondido, por lo que volví a preguntar.
—Entonces, ¿cuándo pasará?
—Si tiene suerte, en dos días, tal vez cuatro. No puedo asegurarle nada.
—¡¿QUÉ?! No puedo pasar cuatro días aquí, sea donde sea que estemos.
¡Debo regresar a la ciudad! —exclamé.
—Lo siento mi amigo. No se puede. Pero, si quiere, le puedo prestar uno
de mis caballos para que lo acerque al pueblo. Una vez que llegue, déjelo con
las correas sueltas que volverá solo, ellos conocen el camino mejor que nadie.
—Pero… no sé montar a caballo…
—¿Quién dijo que necesita saber?
—Es que…, pero…
El hombre se levantó con rapidez, al hacerlo chocó su cabeza contra el
farol, que acentuó su movimiento; él, en cambio, no pareció notarlo.
—Vamos al establo —dijo haciendo una ridícula seña con los hombros—, le
mostraré los animales.
Descolgó el farol con cuidado y salimos de la oficina.
Atravesamos el andén, cruzamos las vías y llegamos a un pequeño
cobertizo cuyo olor delataba la presencia de los animales. Apoyada contra una
de las paredes, una bicicleta descolorida y vieja esperaba el momento en que
alguien la notara.
—Por qué mejor no me presta la bicicleta —dije señalándola en la
oscuridad.
—¿Qué cosa?
—La bicicleta.
—¿Qué cosa? —volvió a preguntar.
—Eso que está allí.
—¿Y usted sabe utilizar eso? —preguntó acercando el farol.
—Claro, ¿usted no?
—No sólo no sé utilizarla, sino que es la primera vez que veo algo
similar en toda mi vida. Pero, por lo que veo, usted sabe lo que es.
—Si, por supuesto, aprendí a utilizarla a los ocho años. Si deja que me
la lleve, se la devolveré cuando regrese a tomar el otro tren —estaba resignado
a pasar la noche allí, por lo que me parecía mejor dormir bien a simplemente
acurrucarme en un banco de madera a la intemperie sin más abrigo que el saco de
mi traje y las medias cortas que me pusiera en la mañana—, sólo dígame cómo
llego al pueblo.
—¿Pueblo? —preguntó riéndose el hombre—. Pueblo, quien dice pueblo dice
también aldea, caserío, villorrio. No se desilusione cuando llegue si sólo
encuentra dos o tres casas. Y ni hablar de que si son o no son casas…
—Hacia dónde —pregunté sin hacer caso a sus palabras.
—Siga recto hasta donde vea una tranquera. No la pase, tiene que doblar
antes hacia el este, y dele que va a llegar.
—¿No hay camino? ¿Ni un sendero? —pregunté sorprendido.
—¡Pero por favor! No hay de esas cosas por estos pagos. Gracias que los
del ferrocarril me traen un poco de matayuyos para descubrir el andén una vez
al año.
—Espero no caerme y quedar inconsciente. ¿La tranquera está señalada de
alguna forma?
—Está pintada de verde oscuro —respondió.
—¿Y cómo la veo si es de noche?
La pregunta cayó en oídos sordos, no sólo no me respondió sino que me
miró sonriendo con sorna con cara de haberme entendido pero no querer
responder. Me saludó con algo parecido a la venia militar y se fue.
En medio de la noche y los árboles, sosteniendo con una mano la
bicicleta, pude oír el movimiento de los animales en el cobertizo, el murmullo
del viento, el tambor de mi pecho y varias cosas más sin identificar.
Pero hay algo que desde entonces no puedo olvidar, la sensación de
pequeñez que me envolvió en ese momento, solo, en medio de tanta oscuridad.
II
Tal y como dijera el hombre de la estación, la acumulación de casas era
demasiado pequeña para denominarla pueblo. Un simple caserío sin importancia
perdido en medio de la oscuridad, adivinándose sólo por algunas ventanas mal
iluminadas.
El sólo pensar en tener que referir mi historia a quien me recibiera en
aquel lugar me hacía desistir en mi intento por acercarme. No me sentía
cansado, por lo que el sueño no me preocupaba, pero el hambre comenzaba a
dejarse sentir. Y tal vez ni siquiera encontraría allí un almacén, o un kiosco,
ni cosa similar abierto a esta hora. Por lo que debía depender de la buena
voluntad de las personas del pueblo para con los forasteros que golpean a su
puerta en medio de la noche con una historia increíble como única excusa.
Quedarme en el descampado, esperando a que un sol desconocido iluminara
la tierra que de modo alguno me resultaría familiar, no parecía ser una opción.
Decidí golpear la puerta más cercana, en una casa en la que hubiera una ventana
iluminada; el que aún brillara una luz me daba la idea de que había alguien
despierto en su interior, y lo que menos quería era molestar.
Para generar, también, un poco de dramatismo, caminé entre las casas
haciendo el mayor ruido posible, marcando mi presencia en aquel lugar,
acercándome a la vida que, imaginaba, esperaba detrás de esas paredes.
Llegué a la primera casa iluminada y dejé que mis nudillos azotaran
varias veces la madera ajada y húmeda de la puerta.
Del interior llegaba un rumor similar a un ronroneo, como si un gato
durmiera sobre un amplificador de sonido. Por sobre el ronroneo, escuché pasos
acercándose.
Inspiré profundamente preparándome para comenzar el discurso mentalmente
estudiado, breve pero explicativo, conciso y directo, sobre mi situación. Se
abrió la puerta, una mujer mayor, muy mayor, dejó ver su rostro y sus canas por
la rendija y, en medio de un suspiro, dijo:
—Otro. — Y cuando pensé que cerraría la puerta, preguntó—: ¿Lo dejó el
tren? —Sin dejarme responder, abrió la puerta por completo—. Entre, siéntese si
quiere.
El interior era, cuando menos, un hogar; una mesa, una viejísima cocina
a leña, dos sillones, junto con una cama de una plaza, un farol colgado en el
techo, dos pequeños cuadros con frutas y cereales en las paredes.
El aroma de lo que estuviera cocinándose terminó de despertar mi
apetito. La saliva llenó mi boca y mis ojos se abrieron evidenciando mi
situación, junto con los inocultables sonidos de mi estómago.
—Tiene hambre —dijo la mujer—. Pobrecito. Vaya una a saber hace cuánto
que no come. Tal vez días, o apenas horas. Pero si no le pregunto no me sacaré
la duda. Y seguiré pensando en ello.
—Sí. Tengo un poco de hambre —dije.
—Ya le alcanzo un plato —dijo la mujer—. ¿Has visto? Te dije que tenía
hambre. Todos tienen hambre cuando llegan. Silencio, que lo asustarás y se irá,
como los otros.
En verdad comenzaba a asustarme. Decidí hablarle para que sólo tuviera
que responderme a mí en lugar de responderse ella misma.
—¿Qué hay para cenar, abuela?
—Abuela… ¿abuela? ¿Ya tienes nietos? ¿Cómo es eso? —y en voz un poco más
alta, dijo—. Guiso, nene, como siempre. ¿Quiere?
—Sí. Un plato bien lleno, por favor.
—Claro, claro, los jóvenes siempre tienen hambre. Todo el tiempo. ¿No es
así? Sí, sí que lo es. ¿Le damos el plato grande? Silencio. Sí, el plato
grande. Pero en silencio.
La idea de cenar con tranquilidad se esfumó escuchándola hablarse de ese
modo. De seguro, además de la edad, la enfermaba la soledad, pensé, sin saber
si las manchas en su piel podrían, también, indicar algo.
—Tenga, tenga. Aquí está a cuchara —dejó un rebosante plato de guiso
sobre la mesa, con un aroma tan delicioso que debí recurrir a toda mi voluntad
para no abalanzarme sobre le plato.
—Gracias —dije mientras tomaba la cuchara.
—Ves, ves. Agradecimiento. ¿Le gusta? ¿Qué ves? Sí, parece que sí.
Porque no deja de engullir. Y, seguro. Andá a saber cuándo llegó.
—Hoy a la mañana —dije en voz alta—, desayuné antes de tomar el tren.
—Todo el día con el estómago vacío. Pobre criaturita. Pobre, pobre,
pobrecito.
—Pero por suerte la encontré a usted, ¿no? —dije sonriendo.
—Claro, claro. Porque si iba a otra casa tal vez no le abrían hasta que
saliera el sol. Y vaya una a saber cuándo sucede eso.
—¿Cómo? —pregunté.
—Sí, coma, coma tranquilo. Tengo más en la olla.
—No, eso no. ¿Qué dijo sobre el sol? ¿Qué no sabe cuándo saldrá?
—Ah, sí. Él no sabe nada; nada de nada.
—¿Puede explicármelo? —pregunté.
—No hay nada que explicar. El sol sale cuando quiere, como un adulto, sí
señor.
—Eso es imposible —dije antes de recordar dónde me encontraba—. El sol
recorre siempre el mismo trayecto.
—Sí —dijo la anciana—. El sol aparece cuando quiere. Así son las cosas
aquí. No le digas nada, lo espantarás y no se quedará. Sí se quedará. ¡Desinfla
su bicicleta!
—Pero, sin sol no se puede hacer nada —dije.
—Claro que no, por eso aquí todos se encierran. ¿Se quedará? No, no lo
hará. ¿No lo ves en sus ojos? Se irá. ¡Desinfla su bicicleta!
—¿Nadie sabe cuándo saldrá el sol?
—Sí. Alguien lo sabe. ¡No se lo digas! Silencio, silencio.
—¿Quién? —pregunté comenzando a fastidiarme.
—El sol, por supuesto. Ya tuviste que hablar. ¡Cállate mujer! ¿Pero por
qué?
—Habla como si el sol tuviera voluntad. Es sólo una estrella. No piensa,
se mueve por allí y la Tierra lo sigue —dije.
La mujer guardó silencio, sentada frente a mí. Esperé a que dijera algo
más, pero no volvió a hablar. Aproveché su mutismo para terminar la comida
antes que se enfriara y aguardé, aún, un poco más.
Esperé y esperé. Hasta que, por su respiración entrecortada, suspiros y
ronquidos, descubrí que se había dormido. Haciendo el menor ruido posible, me
levanté y caminé hacia la cocina con la intención de servirme un poco más de
aquel brebaje. Encontré la olla vacía aún calentándose sobre la ardiente
estufa. Busqué con la mirada algo qué beber, para que mitigar un poco el salado
sabor, sin la menor suerte.
La puerta estaba sin trabas, la bicicleta me esperaba del otro lado; el
tiempo que pasara en el interior de aquel lugar fue más que suficiente para
borrar cualquier vestigio de orientación. Tomé la bicicleta por el manubrio y
caminé hasta la casa siguiente, produciendo otra vez todo el ruido posible y
llamando en voz alta, intentado no parecer amenazador, sino ameno y agradable.
Un esfuerzo por completo en vano, porque nadie respondió a mis llamados.
Nadie me dirigió la palabra ni dio señales de escucharme en ningún sitio.
Incluso allí donde el ruido en el interior era indiscutible, se me ignoraba.
Rechazado, y con principios de soñolencia, pensé en regresar a la
estación. Pensamiento fútil, lo sé. Pero pensamiento al fin. Buscando un
refugio, un simple parapeto donde esconderme del frío y el viento que comenzaba
a levantarse, di con un camino. Bien delimitado y con huellas de reciente uso
(tal vez del día anterior), completamente liso, como si esperara que lo
recorriera, de un extremo al otro sobre la bicicleta.
Cosa que hice, sin preocuparme por si me alejaba o no de la bendita
estación de trenes. Ansiaba hallar un lugar donde me recibieran, donde poder
intercambiar algunas palabras coherentes, observaciones y, por qué no, dormir
un poco. Los ojos comenzaban a cerrárseme mientras pedaleaba.
Horas, o tal vez minutos, después (pero no días, porque no vi salir el
sol), ya no distinguía las escasas luces de la aldea. Eran muy pocas para
señalar, en el cielo, su ubicación. Avanzaba casi a paso de hombre, porque no
tenía más fuerzas para pedalear. A la somnolencia le siguió el peso del
cansancio y, al rato, me dormía sobre el manubrio poniendo en peligro mi
integridad física y con la posibilidad de perder el portafolio que colgaba de
uno de los frenos bamboleándose todo el tiempo. El que se cayera en aquel
lugar, en medio de tanta oscuridad, significaría que no volvería a verlo
(suponiendo que quisiera buscarlo, claro).
Con ese temor en mente decidí desmontar y caminar, acarreando las ruedas
que deberían estar llevándome. Así y todo, no avanzaba más rápido que antes
sino, aún más lento. Mis pies se enredaban entre ellos haciéndome trastabillar
a cada paso, pisar mal, sobre tierra floja que se metía en mi zapato y
molestaba luego al pisar. Toda una serie de dificultades que se sumaron para
llevarme a tomar la decisión de dormir a la intemperie, rodeado de plantas
desconocidas, tendido junto a la bicicleta y con el portafolio como almohada.
Recostado boca arriba mirando el cielo pensé en mis compañeros de
oficina. Pensaba en ellos como en algo distante y difuso en el pasado. Me
resultaba imposible fijar los rasgos de alguno de ellos, mucho menos recordar
sus nombres. Sabía que ayer mismo los había visto y hablado con ellos, ¿por qué
no recordaba nada al respecto?
Lo pensé, e intuía que habría alguna explicación para ello, pero, antes
de alcanzarla, me dormí.
III
Desperté tiritando, cubierto por el rocío de la madrugada. Con frío y
hambre, había regresado a la situación de la noche anterior. El tiempo no había
pasado para mí.
La única diferencia era la coloración rosada del cielo que amenazaba con
el alba. No sabía cuánto había dormido pero, sin dudas, parecía haber sido
bastante. Mi estómago lo evidenciaba casi tanto como mis huesos quejándose por
la mala posición (más que nada mi cuello por la calidad de su improvisada
apoyatura).
Levanté la bicicleta y encontré pinchadas ambas ruedas. Entendía ahora
por qué me costara tanto avanzar; antes de lanzarme otra vez al camino me quité
los zapatos para acomodarme las medias y sacar la arenisca de su interior. Una
vez acomodado mi calzado, retomé el camino.
Continué en la dirección que llevaba la noche anterior, hacia un lugar
indefinido en el horizonte. Esperando encontrar algún indicio de presencia
humana, un poste, un letrero, un trozo de alambrado caído. Lo que fuera.
Todo en vano. Mi único consuelo era que el camino no se bifurcaba en
ningún sentido, por lo menos hasta ese momento. Temía que, si lo pensaba,
terminaría por suceder. Tan inverosímil resultaba aquel lugar que el mínimo
pensar parecía modificarlo desde el fundamento mismo de su existencia.
Mi estómago hacía ruido. Las monedas en el bolsillo del saco tintineaban
rítmicamente. El sordo latir de mi corazón retumbaba en mis oídos. Sentía la
sed junto con un dejo de amargura en lo profundo de la garganta, un
indescifrable sabor que iba y venía junto con el aire que respiraba; la misma
acidez que me atacaba en las mañana en que olvidaba desayunar.
La vegetación raleaba poco a poco mientras avanzaba. Seguía aguardando a
que el sol abandonara por fin su lecho, pero parecía no querer hacerlo. Se
demoraba y demoraba cada vez más. El portafolio comenzaba a pesarme, era una
molestia de la que me negaba a deshacerme para no perder nada de lo que allí
guardaba. Aunque ya no recordaba qué era. Sabía que contenía papeles y
documentos importantes en algún sentido, pero carentes de valor por sí mismos
en aquel lugar.
Me preguntaba por qué no me había quedado con la vieja loca cuando una
roca me hizo tropezar y caer cuan largo era entre la tierra y los yuyos
amarillos.
Al levantarme contemplé, bajo el resplandor que comenzaba a notarse, un
brillo que no podía ser más que el de un trozo de vidrio, en lo alto, como si
fuera un techo, el techo de un invernadero.
Dejé el camino para internarme entre la vegetación que crecía a mi
izquierda, sentía las caricias de las hojas en mis tobillos por sobre la gruesa
tela del pantalón. Aquel brillo hipnótico me atraía como a un insecto.
No presté mucha atención a mi entorno, sólo sabía que caminaba. Los
ruidos que adivinaba entre la vegetación y los movimientos furtivos los atribuí
a liebres y faisanes asustados por mi paso; negándome a considerar otras
opciones más peligrosas para mi integridad.
Al acercarme al invernadero fui descubriendo los signos del evidente
abandono. Vidrios rotos y sucios, plantas crecidas sin control, puertas
desvencijadas. Parte del alambrado que lo separaba del resto del campo estaba
caído; por allí pude pasar para continuar acercándome, me picaban las piernas y
había perdido un zapato en algún lugar, a cada paso me lastimaba el pie
descubierto.
Tan acostumbrado estaba a la soledad, y al silencio de aquel sitio que
pasé caminando junto a un hombre que, sentado en la tierra con sus piernas
cruzadas, en pose clásica de meditación, me miraba avanzar. Incluso dijo
haberme llamado en voz alta y que yo ignoré sus palabras cuando, en verdad, no
recuerdo haber escuchado nada.
Sin verlo allí sentado, me asomé al interior de un invernadero. Un aroma
rancio, pesado, que picaba en mi nariz, me lanzó hacia fuera tan rápido como lo
percibí. Tosí varias veces con fuerza para alejar aquel olor de mi garganta.
Fue entonces que noté al hombre que me miraba, sin decir nada, desde su
improvisado asiento.
Me acerqué a él despacio, temiendo espantarlo o que fuera parte de mi
imaginación. Caminé clavándome piedras y pequeñas ramas en los pies y saltando
con disimulo, para no hacer movimientos bruscos.
Ilustración: Pedro Bel
Tenía los ojos abiertos y me miraba con una media sonrisa en los labios
(no sé si se reía de mí, de la situación, de él o de alguna otra cosa), parecía
una persona pacífica, aunque, la pose en la que se encontraba, es cierto,
ayudaba a la confusión.
—Hola —dije.
—Hola —dijo.
—Me han pasado muchas cosas —dije mirando el entorno.
—Se nota.
—Eres la primera persona que encuentro hoy. No sé cuánto llevo
caminando, pero si sé que me alejé bastante del tren.
—¿Del tren? —preguntó en voz baja.
—Sí, ¿por qué?
—¿Sabe desde qué estación?
—Eh… no, no tenía, o si lo tenía no lo vi, cartel con el nombre.
—Aha —dijo el hombre—, entonces será más difícil que regrese.
—¿Por qué lo dice?
—Por esta zona pasan varios ramales de trenes, incluso algunos de ellos
por completo olvidados, hay que saber en cuál viajó usted para saber en cuál
debe regresar.
—Cualquiera que me deje en la ciudad me queda bien. Una vez que llegue
allí voy a saber moverme, es una ciudad.
El hombre me miró a los ojos en silencio.
—¿No es así? —pregunté.
—Puede estar seguro de que no —contestó.
—¿Cómo es posible? ¿No llevan todos los trenes a la ciudad? No van todos
los caminos a…
—No —fue su seca respuesta.
—¿Y qué debo hacer ahora? —pregunté en un tono de voz que, incluso para
mí mismo, sonó lastimero en extremo.
—Si nada recuerda del lugar en el que estuvo tendrá que recurrir a otro
medio.
Pensé un poco en la noche anterior, entre el frío, el hambre y el dormir
entre plantas, pero, en ese momento, no pude recordar nada de lo que había
pasado.
—La verdad que no —dije abatido—, no recuerdo nada —me arrodillé en el
suelo junto al hombre que seguía en la misma posición—. ¿No puedo regresar por
el mismo camino?
—¿Qué camino?
—Ese, el que está allá —señalé una dirección indefinida.
—Usted llegó caminando por allí —señaló una dirección opuesta a la que
marcara antes—, y puedo asegurarle que por allí no hay camino alguno.
—¡No puede ser! Yo vine por ahí, en bicicleta, pero se pinchó y la dejé
abandonada para caminar más rápido.
—¿Ha visto el sol? —preguntó.
—¿Qué? —miré al cielo, donde la aurora aún ocupaba las alturas—. Sólo
desde el tren, cuando bajé no había nada más que noche. Dormí y caminé, supongo
que el sol ya tendría que haber salido. Pero aquí todo es extraño.
—Si aún no ha visto salir el sol, puede que tenga una posibilidad de
regresar.
—¿Cuál? ¿Cómo? ¿Qué debo hacer? Porque haría cualquier cosa por regresar
a la oficina, al trabajo, a la ciudad, a bañarme, a… ¿Qué hago?
—Tiene que caminar bordeando los invernaderos, por afuera, no por
adentro, hasta el último. ¿Me entiende?
—Por afuera, hasta el final.
—Recién entonces se va a encontrar con la casa de Mitra. Él sabrá que
hacer.
—¿Mirta?
—Mitra. M-I-T-R-A. Le dice que lo envié yo.
—¿Tengo que decirle algo más? —pregunté.
—No, no hace falta.
—Y cómo le digo que me manda usted.
—Le dice: ‘me mandó él’ —respondió
—Sí, pero, ¿quién es usted?, ¿quién me envía?
—¿Acaso no es obvio?
Ante la inquisitiva mirada del hombre, y temiendo una reacción violenta
de aquel, dije que sí, que claramente entendía, que me disculpara pero quería
irme ya. Por lo que me alejé en la dirección que me indicara antes, pasando
junto al invernadero. Al primer invernadero a decir verdad, ya que se
extendían, luego del primero, varios más en línea recta hasta llegar al
horizonte, o poco menos, la perspectiva resultaba engañosa.
Como me molestaba cada vez más para caminar, opté por quitarme el zapato
que aún conservaba e ir descalzo en la tierra, que allí parecía menos propensa
a las piedras. Caminé un largo trecho sin detenerme, acarreando aún el
portafolio y mi sucio traje. Miraba hacia el cielo de vez en cuando para
cerciorarme de que continuaba igual y la aurora, apenas más rojiza, aún ocupaba
el firmamento, eternizándose en mi recuerdo.
Tuve que abandonar las medias también y dejar que mis pies se hundieran,
desnudos, libres, en la cálida tierra arcillosa. Sin notar ya lo largo,
monótono e idéntico del camino; sin otro sonido que mis pasos, el viento entre
los árboles y las ventanas rotas de los invernaderos; como si las hojas
murmuraran para mí, avanzaba en un estado cercano a la tranquilidad.
Cuando llegué al final del trayecto, tras el último invernadero, vi la
pequeña cabaña que debía encontrar. Hacia ella me dirigí con presteza, deseoso
de que aquel fuera el último tramo de mi innecesario viaje.
Aunque la casa parecía vacía, llamé a viva voz:
—¡Mirta! ¡Mirta! ¡Mirta!
—¡Es Mitra, perejil! —fue la respuesta que recibí desde el interior,
antes de que la figura dueña de la voz apareciera frente a mí. Un esbelto
hombre, de cabello rizado y fuerte musculatura, me miraba apoyándose en su
puerta, con los pies sucios y la ropa asquerosamente desprolija—. ¿Qué quiere?
—Me dijeron que hable con usted, que puede ayudarme a volver al centro,
a la ciudad, en tren.
Volvió a mirarme en silencio por casi un minuto, estudiando mi persona;
su cuerpo parecía tener brillo propio bajo el resplandor de aquel amanecer
infinito.
—¿En qué tren viajó? —preguntó como si escupiera las palabras.
—En el que pasa cerca de mi casa, no recuerdo qué ramal es.
—¿Cómo quiere que lo ayude si no sabe de dónde viene ni dónde quiere
llegar?
—Pero me dijeron que usted podría —dije con desesperación—. ¿No puede
inventar algo? Tal vez si le digo qué vi en el camino, o si hablé con alguien
más, o lo que hice antes… algo…
Mitra me miró una vez más, atendiendo, ésta vez, a mis manos.
—¿Qué tiene allí? —preguntó señalando el portafolios.
—Papeles —dije—, papeles y cosas que necesito para el trabajo. Ah, sí, y
esto —apoyé el portafolios en mi pierna, lo abrí en parte y saqué del interior
la daga que levantara del suelo del tren se lo entregué—. Esto estaba en el
tren.
—¿Y por qué levantó eso en lugar del libro? ¿O aquel otro objeto
indefinido?
—Para no dejarlo allí. Un objeto peligroso como éste no debería estar en
el suelo… ¿Cómo sabe de eso? —pregunté con sorpresa.
—¿Cómo pensaba utilizarlo? —continuó sin responderme.
—Oh, no iba a usarlo. Se lo entregaría a alguien con autoridad. ¿Por
qué? ¿Significa algo?
—Sí —dijo solamente, para agregar después—: De haber optado por el libro
usted habría regresado a su hogar sin problemas. De haber optado por lo
indefinido la historia también sería otra, y no estaríamos aquí hablando. Pero,
como prefirió la daga, señal de aventuras, le ha sucedido todo esto.
—No entiendo, nada, de lo que me está diciendo —dije mirando como
colgaba la daga de su pantalón.
—Verá, el universo es un acordeón, y nosotros navegamos lentamente sobre
sus cuerdas, que nos llevan a puertos ines…
—Un momento —interrumpí—. Los acordeones no tienen cuerdas, son
instrumentos de fuelle.
Mitra me miró en silencio. Negó con la cabeza varias veces, se llevó una
mano a la frente y se volvió hacia el interior de la cabaña. Mientras se
alejaba le escuché decir:
—Era una bella metáfora…
No volví a verlo.
Llevo tres meses perdido aquí -según la cuenta de las veces que me quedé
dormido-, sea donde sea este aquí. He buscado a Mitra en el interior de la
pequeña cabaña que resultó ser mucho más grande por dentro de lo que aparentaba
desde afuera. A pesar de mis esfuerzos, no he dado con su persona en la
oscuridad total del interior y la sucesión de habitaciones rectangulares y
vacías. Me atreví solamente a penetrar en unas pocas de esas habitaciones,
hasta donde la luz exterior llegaba a iluminar el suelo de madera mientras
permanecían abiertas las puertas que comunicaba cada habitación con la
siguiente. Tenían la terca costumbre de cerrarse poco a poco, como si la
construcción se encontrara a falsa escuadra y algo, como la gravedad, o alguna
otra fuerza incomprensible, las obligara a cerrarse. Temía perderme allí dentro
y no recordar, luego, el por qué de mi búsqueda.
Ese fue el límite de mi esfuerzo; prefiero quedarme, de momento, en el
exterior de la cabaña mientras veo como, allá lejos, en lo que supongo ha de
ser el este, los primeros rayos del sol ganan intensidad jornada tras jornada.
José A. García (Buenos Aires, 1983), escritor, guionista de historietas,
blogger y profesor de historia. Publicó el libro de cuentos Fábulas del cuaderno verde (2014) con
Textosintrusos y como guionista los libros de historietas Cómo armar tu primer CV (2012)
y Las aventuras de Franco Salvatierra (2013) con Editorial Noviembre. Participa en diferentes
publicaciones independientes de España, Ecuador, Cuba y Argentina con cuentos,
artículos e historietas realizadas con diferentes dibujantes. Cree
fervientemente que el conocimiento se demuestra haciendo y no acumulando
diplomas, premios y menciones como si fueran condecoraciones o títulos de
nobleza.
Su sitio web es http://www.proyectoazucar.com.ar.
Navegando las cuerdas del acordeón fue publicado
originalmente en el número 34 de revista Próxima (2017).


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