© Libro N° 10907. Historia Y Paradoja De La Posmodernidad: El Caso Gramsci. Douet, Yohann. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © Historia
Y Paradoja De La Posmodernidad: El Caso Gramsci. Yohann Douet
Versión Original: © Historia Y Paradoja De La Posmodernidad: El Caso Gramsci.
Yohann Douet
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HISTORIA Y PARADOJA DE LA POSMODERNIDAD: El Caso Gramsci
Yohann Douet
Historia Y Paradoja De La Posmodernidad: El Caso Gramsci
Yohann Douet
Gramsci tenía conciencia de la importancia crucial de llegar a una
concepción adecuada de las épocas y los procesos históricos
TRADUCCIÓN: ROLANDO PRATS
Gramsci trata de pensar el proceso histórico en su coherencia interna,
sin por ello dejar de conceder un papel central a la actividad y las luchas
humanas, en particular a través de las nociones de praxis, hegemonía y
relaciones de fuerza. Logra así comprender la complejidad de la modernidad
europea desde sus orígenes hasta la crisis orgánica de su época, centrándose en
particular en el Renacimiento, la Reforma, la Revolución francesa, el
Risorgimento, el americanismo, el fascismo y el socialismo soviético.
El presente texto de Yohann Douet es la introducción a L’Histoire
et la question de la modernité chez Antonio Gramsci [La Historia y la
cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci], París, Classiques Garnier, 2022.
Introducción
En sentido general, las filosofías de la historia –y, en primer lugar,
el marxismo– se han visto radicalmente cuestionadas en su propio proyecto, y
ello por diversas razones, tanto teóricas como políticas. Se las ha acusado de
extrapolar un esquema religioso al curso de los acontecimientos humanos
(Löwith[1]), de querer imponer rígidas leyes a la realidad concreta (Popper,
por citar sólo uno[2]), de promover concepciones apriorísticas y
homogeneizantes que son la antítesis de la práctica real de los historiadores.
Esas filosofías negarían la diversidad empírica y la imprevisibilidad
consustanciales a la acción humana (Arendt[3]) —negación que ha llegado a
considerarse el envés teórico del totalitarismo, el aplastamiento teórico del
individuo, que a su vez anuncia o de algún modo sirve de inspiración a su
aplastamiento político. Incapaces de aprehender las catástrofes y los crímenes
en masa del siglo XX, y superadas por múltiples adelantos intelectuales e
historiográficos, las filosofías de la historia se revelarían anacrónicas y
definitivamente atrapadas en el siglo XIX (Foucault[4]). Además, por su
carácter eurocéntrico, las filosofías clásicas de la historia nos escamotearían
la irreductible pluralidad de las trayectorias históricas.
Esas críticas presentan no pocos elementos importantes, en la medida en
que van dirigidas a filosofías dogmáticas de la historia: visiones acríticas
del progreso o la decadencia; concepciones religiosas, teleológicas o
idealistas del proceso histórico, como si estuviese guiado por la Providencia,
la Razón o el Espíritu; o versiones deterministas, mecanicistas y economicistas
del marxismo. Pero el marxismo bien entendido, sobre todo tal como lo elaboró
Gramsci en cuanto “filosofía
de la praxis“, escapa en gran medida a semejantes
juicios.
Las reflexiones de Gramsci, que la mayoría de las veces se formulaban a
propósito del análisis de casos concretos y aparecían vinculadas a cuestiones
prácticas, en ningún momento sacrifican la irreductible singularidad de las
situaciones y los acontecimientos históricos, ni la complejidad de las
relaciones entre los actores y las fuerzas en juego. No obstante, el
pensamiento teórico de Gramsci consigue forjar un marco y unas herramientas
(métodos, nociones o tesis) que hacen inteligibles la coherencia interna y las
líneas de fuerza del proceso histórico y permiten pensar en las diferencias
cualitativas entre los períodos que lo componen; en primer lugar, la
modernidad. L’Histoire
et la question de la modernité chez Antonio Gramsci [La historia y la
cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci] trata de desplegar esa concepción
gramsciana de la historia, que consigue hacerse “sensible a lo múltiple” sin
por ello renunciar a su ambición totalizadora.
Pero es sobre todo en torno a las ideas de modernidad y posmodernidad
que giran esos problemas y se perfilan con claridad dos escollos: la
imposibilidad de reducir la historia a un “gran relato” (Lyotard) que
correspondería al despliegue de un determinado principio (razón, libertad,
progreso, etc.) y de reducir las diferentes épocas a su “espíritu”; pero
también la imposibilidad de mantener una actitud puramente crítica ante
cualquier totalización histórica, so pena de encontrarnos desorientados a la vez
en el plano intelectual y en el plano práctico, como ha demostrado Fredric
Jameson. Las siguientes líneas son un extracto (pp. 19-25) del capítulo
introductorio de La historia y la cuestión de la modernidad en Antonio Gramsci,
que trata precisamente de ese asunto[5].
Paradoja de la modernidad
[…] La idea de posmodernidad mantiene una relación ambivalente con la
concepción del proceso histórico como constituido por épocas coherentes y
cualitativamente diferentes entre sí. Por un lado, la “condición posmoderna”,
tal como la diagnosticó Lyotard, corresponde a un abandono de “los grandes
relatos (…), como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido, la
emancipación del sujeto razonable o trabajador, el desarrollo de la
riqueza…”[6], en favor de una apertura a la pluralidad de juegos inconmensurables
de lenguaje. Toda aprehensión totalizadora del proceso histórico en su conjunto
o hasta de una época específica adquiere de ese modo visos de sospecha. Por
otro lado, la posmodernidad parece ser una nueva era que sucede a la
modernidad: “Nuestra hipótesis de trabajo es que el conocimiento cambia de
estatus en el mismo momento en que las sociedades entran en la llamada era
postindustrial y las culturas entran en la llamada era posmoderna…[7].” Nos
encontramos, pues, ante el gran relato de la desaparición de los grandes
relatos[8] y la gran posmodernidad se manifiesta como la era de la disolución
de las eras: tal es su paradoja esencial.
Para Jameson, uno de los “rasgos o caracteres semiautónomos y
relativamente independientes[9]” que presenta el posmodernismo es, por tanto,
la “sordera ante la historia”, la “crisis de historicidad” o la pérdida del
“sentido del pasado”[10]. La ausencia de toda capacidad real de representarse
el proceso histórico, de pensar sus rupturas fundamentales y, más aún, de
proyectarse en un futuro cualitativamente nuevo (“la angustia de la
utopía”[11]), va acompañada de un énfasis en la proliferación de diferencias
particulares en detrimento de “abstracciones periodizantes o totalizadoras”[12]
y de un predominio de las categorías de lo sincrónico y lo espacial sobre lo
diacrónico y lo temporal en “nuestra vida cotidiana, nuestra experiencia
psíquica y nuestros lenguajes culturales”, todo ello en contraste con el
período anterior de la “alta modernidad”[13]. El pasado se considera ahora
dependiente del presente y relativo a él: para “una sociedad privada de toda
historicidad”, su “pasado putativo es poco más que un conjunto de espectáculos
polvorientos… “[14], de simulacros, secretados y reconfigurados en función de
elementos actuales. En consecuencia, ninguna representación periodizada del
proceso histórico, ni siquiera en el pasado, es capaz de adquirir una consistencia
real y mucho menos representar un fundamento estable para la acción
colectiva[15].
Sin embargo, cuando se habla de posmodernidad, se presupone una
concepción narrativa de la temporalidad que separa claramente un pasado y un
presente: antes vivíamos en una sociedad industrial / capitalista / moderna,
mientras que ahora vivimos en una sociedad postindustrial / desorganizada /
posmoderna / posfordista / globalizada / des-tradicionalizada / individualizada
/ de riesgo / en red, y así sucesivamente[16].
La paradoja del posmodernismo puede reformularse, por tanto, en los
siguientes términos: la disolución de la historicidad se convierte en la
afirmación de una diferencia histórica cualitativa e incluso absolutizada entre
presente y pasado, afirmación análoga a la forma en que las teorías de la
modernidad distinguen a esta última del pasado premoderno.
Jameson intenta escapar a esa paradoja sin abandonar la idea de
posmodernidad. Para ello, en primer lugar, se abstiene de adoptar una
concepción homogeneizante de las épocas históricas y caracteriza el
posmodernismo por varios “rasgos o caracteres semiautónomos y relativamente
independientes”[17], método similar al de Gramsci, como ya veremos. Además, al
concebir el posmodernismo como la “lógica cultural” de una nueva etapa del
capitalismo (el capitalismo tardío), Jameson hace justicia a la originalidad de
la época contemporánea sin absolutizar su diferencia ni aislarla del proceso
histórico:
Es necesario reafirmar una y otra vez (…) la idea de una periodización,
a saber, que el posmodernismo no es la dominante cultural de un orden social
totalmente nuevo (del que hace unos años se habría corrido el rumor en los
medios de comunicación bajo el nombre de “sociedad posindustrial”), sino sólo
el reflejo y el factor concurrente de una modificación ulterior del propio
capitalismo[18].
No obstante, para Jameson el posmodernismo es la lógica cultural
“dominante” pero no exclusiva de ese nuevo período, su “norma hegemónica” [19]:
Estoy muy lejos de pensar que la producción cultural actual, en su
totalidad, sea “posmoderna” en el sentido que voy a atribuir a ese término. El
posmodernismo es, sin embargo, el campo de fuerzas en que deben abrirse paso
impulsos culturales muy diferentes (que Raymond Williams ha acertado en
denominar formas “residuales” o “emergentes” de producción cultural). Si no
logramos adquirir un sentido general de la dominación cultural, caeremos en una
visión de la historia contemporánea como pura heterogeneidad, diferencia
aleatoria, coexistencia de múltiples fuerzas diferenciadas entre sí, cuya
eficacia es indecidible[20].
De modo que lo que Jameson se propone pensar es la unidad de la época
contemporánea (en su dimensión cultural) a partir de la hegemonía del
posmodernismo[21], contra la que es necesario luchar. En la misma medida en que
“estamos inmersos en lo inmediato” y en que “la concepción misma de la
periodización histórica se ha vuelto cada vez más problemática”, recuperar una
profundidad histórica y una representación del proceso histórico en su
coherencia interna es esencial si se quiere recuperar un cierto “dominio” de la
historia, es decir, actuar colectivamente de manera coherente.
¿Nos sirve el pensamiento histórico de Gramsci para responder al
posmodernismo?
Gramsci tenía conciencia de la importancia crucial de llegar a una
concepción adecuada de las épocas y los procesos históricos. Sus Cuadernos de la cárcel están jalonados de reflexiones que, como
por anticipado, permiten afrontar la crisis de la historicidad contemporánea y
lo que podría llamarse la represión posmoderna de la historia, al tiempo que
reconocen la pertinencia de las críticas dirigidas contra las filosofías de la
historia y las periodizaciones clásicas.
Si Gramsci puede ser de inestimable ayuda para responder al
posmodernismo, es sobre todo porque comparte con este último una cierta
“sensibilidad por lo múltiple…”[22], porque se mantiene particularmente atento
a la pluralidad de elementos y actores históricos y porque desconfía de
cualquier esencialismo, sobre todo económico. No concibe la historia en
términos de estructuras simples o sujetos preconstituidos. Para él, las
estructuras y los acontecimientos históricos dependen de las relaciones que se
anuden entre las múltiples fuerzas sociopolíticas en juego y, a la inversa,
cada una de esas fuerzas, a la vez que está condicionada económicamente, se
forma en el curso de un proceso histórico de lucha en que la actividad de la
organización político-ideológica desempeña un papel fundamental. Son esas
razones las que nos permiten comprender por qué Laclau y Mouffe han intentado
presentar a Gramsci como un precursor, si no del posmodernismo, al menos de su
proyecto “posmarxista”[23]. Ese proyecto consiste en eliminar del marxismo todo
lo que guarde relación con una filosofía de la historia (determinista o
teleológica); en primer lugar, el etapismo (la sucesión regulada a priori de
los modos de producción y de las clases fundamentales que les corresponden) y
el esencialismo económico (la definición de la identidad de los sujetos
colectivos por sus características económicas). Lo cual conlleva una negación
radical de la necesidad histórica y de la posibilidad de pensar el espacio
social como una totalidad unificada. Laclau y Mouffe sostienen que la
pluralidad de los actores sociopolíticos es irreductible y que sus identidades
son irremediablemente precarias, en la medida en que las identidades de los
actores colectivos están por completo definidas por sus relaciones mutuas —de
diferenciación, de oposición, de alianza o de hegemonía—, son contingentes y
están siempre sujetas a cambios[24]. Al interpretar a Gramsci como el precursor
más avanzado de su teoría, Laclau y Mouffe no se equivocan cuando destacan la
atención que Gramsci presta a lo múltiple, pero dejan de lado su esfuerzo
igualmente marcado por pensar la coherencia interna del proceso histórico. En
efecto, Gramsci no ve la historia como “una serie discontinua de formaciones
hegemónicas o bloques históricos…”[25], es decir, como la sucesión
perfectamente contingente de diferentes configuraciones de relaciones entre
actores políticos; relaciones que cada vez redefinirían en su totalidad sus
identidades. Por el contrario, reconoce la existencia de regularidades inmanentes
a la serie de acontecimientos y de situaciones (o configuraciones de la
correlación de fuerzas) y piensa en las continuidades parciales del proceso
histórico y en la coherencia relativa de cada una de las épocas. Del mismo
modo, no deja de ser marxista —no se convierte en “posmarxista”— en la medida
en que no abstrae a los actores políticos de sus condiciones económicas.
¿Cómo comprender que las reflexiones gramscianas parezcan integrar
elementos que más tarde habrán de ocupar un lugar central en el posmarxismo o
el posmodernismo y, al mismo tiempo, rebasen algunos de sus límites? A ese
respecto, se pueden aducir dos razones. La primera es quizás que el pensamiento
de Gramsci se construyó en relación íntima y crítica con el pensamiento del
liberal Benedetto Croce; pensamiento que podría calificarse de una de las
primeras filosofías “posmarxistas”[26]. Croce, luego de haberse acercado al
marxismo en su años de juventud, bajo la influencia de Antonio Labriola, pronto
pasó a defender posiciones revisionistas (renegando de la teoría del valor, de
la determinación en última instancia por la economía, etc.)[27] y más tarde
elaboró su propio concepto de “historicismo absoluto”. Para Croce, se trataba
de liberar a la historia de cualquier camisa de fuerza —trascendente— que
pudiera imponérsele desde el exterior: causa primera, fin último, lógica
abstracta o esquema a priori que rigiera su curso. Rechazó así toda filosofía
de la historia y afirmó la absoluta singularidad de cada situación histórica
concreta[28]. Al igual que Croce, Gramsci reconoce la singularidad histórica y,
de hecho, retoma la expresión de “historicismo absoluto”; pero igualmente trata
de restituir todo lo que hay de estructurado en el proceso histórico, la unidad
relativa de las épocas y la lógica inmanente a su sucesión.
Si el pensamiento de Gramsci es pertinente frente el desafío posmoderno,
es posible que lo sea porque el propio Gramsci se enfrentó a una crisis de la
modernidad[29]. Gramsci diagnosticó una crisis orgánica, o crisis de la
hegemonía burguesa, que fue particularmente intensa tras la Primera Guerra
Mundial y uno de cuyos síntomas fue la toma del poder por los fascistas. Esa
crisis iba acompañada, en particular, de una alteración de las representaciones
de la historia como progreso. Sin embargo, algunas de las tendencias inmanentes
a la época moderna parecen seguir su propio desarrollo y el americanismo
demuestra que el dinamismo técnico y económico del capitalismo no se ha
agotado. Por otra parte, la Revolución de Octubre y el impulso que esta dio a
las luchas de los dominados abren el horizonte de la emancipación de los
subalternos en una sociedad a la vez igualitaria y concretamente democrática.
La crisis multiforme de la modernidad se corresponde así con la posibilidad —y,
por tanto, con la tarea— de hacer realidad sus promesas. Contra una creencia
dogmática en el progreso, Gramsci llegó a concebir la situación de la que era
contemporáneo como desgarrada entre varias alternativas históricas y, contra
una comprensión ingenua de la modernidad, la pensó de forma compleja y
problemática, sin por ello abandonar sus esperanzas en el triunfo de un
verdadero progreso.
________________________
Traducido del original en francés publicado en Contretemps.
Revue de critique communiste el 15 de abril de 2014 con el título «Gramsci,
l’histoire et le paradoxe de la postmodernité» como parte del dossier «Il
faut lire (ou relire) Gramsci» [Hay que leer (o releer) a Gramsci]. El
título con que se publica ahora en español y la traducción de todas las citas
son del traductor, quien ha añadido en las notas del autor—abreviadas,
corregidas y actualizadas— hiperenlaces y, entre corchetes, referencias
bibliográficas en español para el lector que desee consultar otras fuentes.
Notas
[1] Karl Löwith, Histoire et salut : les présupposés théologiques de
la philosophie de l’histoire [1953], París, Gallimard, 2002. [Historia y
salvación. Los presupuestos teológicos de la filosofía de la historia (trad.
Norberto Espinosa), Buenos Aires, Katz, 2007]
[2] Karl Popper, Misère de l’historicisme [1944-45], París, Plon,
1956. [La miseria del historicismo (trad. Pedro Schwartz Girón), Madrid,
Alianza Editorial, 2002]
[3] Hannah Arendt, « Le concept d’histoire : antique et moderne »
[1958] en La crise de la culture [1961], París, Gallimard, 2015, pp. 58-120.
[“El concepto de historia: antiguo y moderno“ en Entre el
pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política (trad. Ana Poljak), Barcelona, Ediciones Península, 1996, pp.
67-144]
[4] Michel Foucault, “Sur les façons d’écrire l’histoire” [1967], en
Dits et écrits. 1954-1988, París, Gallimard, 1994, vol. II. 1, pp. 585-600.
[“Sobre las maneras de escribir la historia” en ¿Qué es usted, profesor
Foucault? Sobre la arqueología y su método (trad. Horacio Pons), Buenos Aires,
Siglo XXI Editores, 2013]
[5] El índice del libro está disponible a través de este
enlace.
[6] Jean-François Lyotard, La condition postmoderne, París, Minuit,
1979, p. 7. [La
condición postmoderna. Informe sobre el saber (trad.
Mariano Antolín Rato), Madrid, Cátedra, 1987]
[7] Ibídem, p. 11.
[8] Fredric Jameson, Le postmodernisme ou la logique culturelle du
capitalisme tardif [1991], París, Éditions de l’École nationale supérieure des
Beaux-Arts, 2007, p. 18. [El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo
avanzado (trad. José Luis Pardo Torío), Barcelona, Paidós, 1991]
[9] Ibídem, p. 17.
[10] Ibídem, p. 17, p. 63, p. 431.
[11] Ibídem, p. 459.
[12] Ibídem, p. 474.
[13] Ibídem, p. 55.
[14] Ibídem, p. 58.
[15] Este diagnóstico se aproxima al de François Hartog, que contrapone
el “presentismo” contemporáneo al “régimen de historicidad” (el modo en que se
combinan las categorías de presente, pasado y futuro y que constituye la
conciencia de sí temporal de una comunidad) futurista, polarizado por la
expectativa de lo nuevo, que caracterizó la era moderna, delimitada por las
fechas simbólicas de 1789 y 1989 (Régimes d’historicité. Présentisme et
expérience du temps, París, Le Seuil, 2003). [Regímenes de historicidad.
Presentismo y experiencias del tiempo (trad. Norma Durán y Pablo Avilés),
México, D. F., Universidad Iberoamericana, 2007]
[16] Mike Savage, “Against Epochalism: An Analysis of Conceptions of
Change in British Sociology”, Cultural Sociology, vol. 3, núm. 2, julio de
2009, p. 218. Savage utiliza el término “epocalismo” para referirse a ese
esquema, cuyo predominio en las ciencias sociales en Gran Bretaña analiza.
[17] Fredric Jameson, Le postmodernisme…, ed. cit., p. 17.
[18] Ibídem, p. 19.
[19] Ibídem, p. 39.
[20] Ibídem, p. 39.
[21] Esta presencia en Jameson de Gramsci (via Williams) es más bien
una excepción: Gramsci es “el pensador del marxismo occidental que menos
influyó en Jameson” (Perry Anderson, Les origines de la postmodernité [1998],
París, Les Prairies ordinaires, 2010, pp. 102-103) [Perry Anderson, Los
orígenes de la posmodernidad (trad. Luis
Andrés Bredlow), Anagrama, 2000, pp. 101-102]. Para la lectura que de la
hegemonía hace Williams, quien se ocupa principalmente de su dimensión
cultural, véase Raymond Williams, Marxism and Literature, Oxford, Oxford
University Press, 1977, “Hegemony”, pp. 108-114. [Marxismo
y literatura (trad. Pablo di Masso),
Barcelona, Ediciones Península, 2000 (segunda edición)]
[22] Leonardo Domenici, “Unificazione politica e pluralità del reale
nei Quaderni del carcere“, Critica marxista, 1989, núm. 5 (septiembre-octubre),
p. 75.
[23] Véase Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hégémonie et stratégie
socialiste. Vers une politique démocratique radicale [1985], París, Les
Solitaires intempestifs, 2009, pp. 20-21. [Hegemonía
y estrategia socialista: Hacia una radicalización de la democracia (versión española de Ernesto Laclau), Madrid, Siglo XXI de España
Editores, 2015]
[24] Laclau y Mouffe se remiten a Saussure, para quien la definición de
una palabra deriva de sus diferencias con otras, a la hora de pensar en la
primacía de las relaciones sobre las identidades.
[25] Ibídem, p. 147.
[26] Eric Hobsbawm, L’ère des empires. 1875-1914 [1987], París, Fayard,
1989, p. 345. [La era
del imperio, 1875-1914, Buenos Aires, Crítica/Grupo
Editorial Planeta, 2009 (primera reimpresión)]
[27] Benedetto Croce, Matérialisme historique et économie marxiste
[1900], París, Giard et Brière, 1901.
[28] Benedetto Croce, Théorie et histoire de l’historiographie [1917],
Ginebra, Droz, 1968, cap. 4: « Genèse et dissolution idéale de la “philosophie
de l’Histoire” », pp. 45-56.
[29] Me permito remitir a Yohann Douet, “Affronter la crise de la
modernité. Hégémonie et sens de l’histoire chez Antonio Gramsci”, Actuel Marx,
núm. 68, 2020/2, pp. 175-192.
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YOHANN DOUET
Filósofo marxista, integrante del colectivo editor de la revista
Contretemps, autor de «L'Histoire et la question de la modernité chez Antonio
Gramsci».


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