Libro N° 9754. Fishhead (Cabeza De Pescado). Cobb, Irvin S.
© Libro N° 9754. Fishhead (Cabeza De Pescado). Cobb, Irvin S. Emancipación. Abril 2 de 2022.
Título original: © Fishhead (Cabeza De Pescado) Irvin S. Cobb (1876-1944)
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Original: © Fishhead (Cabeza De Pescado) Irvin S. Cobb
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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(Cabeza De Pescado)
Irvin S. Cobb
FISHHEAD
(Cabeza De Pescado)
Irvin S. Cobb
«FISHHEAD»: IRVIN S. COBB; RELATO Y ANÁLISIS
Fishhead (Fishhead) —título que significa: Cabeza
de pescado— es un relato de terror del escritor norteamericano Irvin S.
Cobb (1876-1944), publicado en la edición del 11 de enero de 1913 de la revista
The Cavalier, y reeditado en la antología de ese mismo año: El escape del señor
Trimm (The Escape of Mr. Trimm).
Fishhead, uno de los mejores cuentos de Irvin S.
Cobb, nos sitúa en Reelfoot Lake, una región pantanosa entre Tennessee y
Kentucky, donde vive un hombre conocido como Fishhead, muy temido por las
supersticiosas personas de la zona debido a sus rasgos insuales, repulsivos
incluso, similares a los de un pez, y sus extraños hábitos de reclusión.
Como consecuencia de su aislamiento, y de su
estrecha relación con los animales del pantano, Fishhead es utilizado como
chivo expiatorio para una escaramuza infantil a propósito de unas truchas. Es
fálsamente acusado por dos hombres, quienes urden un plan para asesinarlo;
aunque todo parece indicar que Fishhead esconde algunas astucias muy superiores
a las de sus enemigos.
Es importante mencionar que Fishhead de Irvin S.
Cobb, sobre todo sus naturaleza híbrida, mitad hombre, mitad anfibio, sirvió de
inspiración para uno de los cuentos clásicos de los Mitos de Cthulhu de H.P.
Lovecraft: La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth).
Antes de pasar al relato compartimos un enlace a
nuestro audio relato de Fishhead.
FISHHEAD
Cabeza de pescado
Irvin S. Cobb
(1876-1944)
Va más allá del poder de mi pluma intentar
describir para ustedes el lago Reelfoot de forma que, leyendo este relato,
consigan representarse el cuadro en su imaginación tal como está en la mía.
Porque el lago Reelfoot es un lago completamente distinto de cualquier otro que
hayan conocido en cualquier otra parte. El resto de este continente se hizo y
se secó bajo la acción de los rayos del sol en el transcurso de milenios...,
millones de años por lo que yo he logrado saber..., antes que Reelfoot comenzara
a existir.
Entre las creaciones importantes de la Naturaleza,
Reelfoot ha sido, probablemente, lo más nuevo de este hemisferio; pues se formó
a consecuencia del gran terremoto de 1811, hace apenas un poco más de un siglo.
Aquel terremoto debió de alterar la faz de la Tierra a lo largo de lo que por
aquel entonces constituían las lejanas fronteras de este país. Cambió el curso
de los ríos, convirtió las colinas en las depresiones de lo que ahora son tres
estados, y trocó el suelo firme en otro tan blanducho como la jalea,
configurándolo con rizadas olas como el mar.
Y en el fragor que ocasionó el ondulado de la
tierra y el convulsionado estado de las aguas, hundió en cambiantes
profundidades una parte de la corteza terrestre en una longitud de ciento
veinte kilómetros, arrastrando al fondo árboles, colinas, valles, todo;
abriéndose entonces una grieta de parte a parte del Mississippi, de forma que
durante tres días el río acudió con su corriente a llenar el hueco.
El resultado fue la creación del más grande lago
del sur de Ohio, situado en Tennessee, corriéndose hacia lo que ahora
constituye la frontera de Kentucky, y tomando su nombre de la semejanza que su
contorno tiene con el pie abierto en forma de aspa del negro de los maizales.
Niggerwool Swamp, no lejos de allí, tal vez recibiera su nombre del mismo
individuo que cristianó Reelfoot. Reelfoot es, y siempre ha sido, un lago lleno
de misterio. A trechos, insondable.
En otros lugares, los esqueletos de los cipreses
que se fueron abajo cuando la tierra se hundió, todavía subsisten en pie, de
tal manera que, si el sol brilla del lado de la derecha y el agua se muestra
menos cenagosa de lo común, quien dirigiese la mirada hacia las profundidades
vería, o creería ver, allá abajo, los desnudos miembros tendidos hacia lo alto
como dedos humanos de un ahogado, todo ello cubierto por un lodo de años y
reliado de viscosas grímpulas de los verdes mucílagos del agua.
En otros encalmados parajes, el lago es poco
profundo en prolongados espacios, no más hondo que para cubrir el pecho de un
hombre, pero peligroso a causa del crecimiento de hierbajos hundidos y la
existencia de arremolinados objetos, los cuales se enredan a restos flotantes.
Sus orillas son predominantemente fangosas, sus aguas turbias, así mismo, de un
color café cargado en primavera y amarillo cobrizo durante el verano, mientras
que los árboles siguiendo la costa ofrecen un tinte sucio, después de las crecidas
primaverales, en la zona que alcanza hasta las primeras ramas, donde los
sedimentos secos han cubierto los troncos con una espesa capa de apariencia
escrofulosa.
A su alrededor extensiones de bosque intacto y
tajos donde innumerables cipreses se elevan cual lápidas mortuorias por los
raigones muertos que van pudriéndose en el blando limo. Hay trechos apacibles
donde el maíz de las tierras bajas crece por debajo, arrogante y lozano, en
tanto que por encima se yerguen árboles desnudos de hojas y ramas. Hay
dilatados y lúgubres llanos donde en primavera los grumos formados por las
huevas de las ranas se consumen como parches de blanca mucosidad entremedias de
los tallos de la maleza y donde, en la noche, hasta allí se deslizan las
tortugas para depositar en la arena, en camadas de perfecta redondez, blancos
huevos de resistentes y ásperos cascarones.
Hay bayous que no conducen a parte alguna y charcas
que se extienden en revueltas, a la ventura, como enormes gusanos obcecados,
hasta unirse finalmente a la corriente principal, la cual hace rodar su
semilíquida torrentera algunos kilómetros más al oeste. Así Reelfoot yace
aplastado sobre su fondo, superficialmente helado en invierno, tórridamente
vaporoso en verano, hinchado en primavera, cuando los bosques se han tornado de
un verde brillante y el pequeño jején o mosca del búfalo, por millones y billones,
llena las charcas desbordadas con su dañino zumbido y al descender evolucionan
en redondo esplendorosamente, con todos los colores que la tempranera escarcha
produce: el dorado del nogal, el bermejo amarillento de los sicómoros, los
rojos del durillo y el cenizoso púrpura negruzco del ocozol.
Mas la comarca de Reelfoot tiene su utilidad. Es el
mejor paraje de caza y pesca, natural o artificial, que queda hoy en día por el
sur. En momento oportuno, el pato y los gansos se reúnen allí, e incluso las
aves semitropicales, como el pelícano pardo y el pájaro reptil de Florida,
sabido es que habrán de acudir para anidar. Los cerdos, al regresar a la señera
libertad, recorren las lomas, cada piara de estos ejemplares de fino lomo
capitaneada por un viejo verraco de aplastados flancos, enjuto, feroz.
Por la noche, la «rana-toro», inconcebiblemente
grande y tremendamente sonora, croa en las riberas. Es un asombroso lugar para
la pesca de la lubina, de la perca y del hocicudo pez búfalo. Como estas
especies comestibles pueden vivir para aovar y como sus huevas, a la vez,
sobreviven para aovar de nuevo, resulta una maravilla ver cuántos grandes
peces, caníbales devoradores de peces, hay en Reelfoot. Mayor que en cualquier
otra parte, encontraréis aquí la belona, toda espinas, voracísima, de láminas
córneas, con morro como el del caimán y el eslabón más próximo, al decir de los
naturalistas, entre los animales vivientes hoy en día y los que vivieron en la
era de los reptiles.
El gato de hocico de pala, realmente una variedad
deformada del esturión de agua dulce, provisto de una gran placa membranosa en
forma de abanico prominente encima del morro, cual un bauprés, salta todo el
día por los lugares encalmados con poderoso ruido de chapoteo, lo mismo que si
un caballo hubiera caído al agua. Sobre todo leño varado, tremendas tortugas
buscan esparcimiento, en grupos de cuatro o seis, los días soleados, desecando,
calcinando sus negros caparazones bajo el sol, con sus pequeñas cabezas de
culebra en alto, vigilantes, prestas para desaparecer silenciosamente al primer
ruido de remos chirriando en sus toletes.
Pero los más grandes de todos estos seres son los
siluros. Monstruosas criaturas, estos siluros de Reelfoot, sin escamas,
resbaladizas sustancias de cadavéricos ojos inertes y barbas deletéreas como
venablos y largos bigotes colgantes a los costados de sus cavernosas cabezas.
Con una longitud de metro y medio a dos metros, crecen hasta alcanzar el peso
de cien kilos, por lo menos, y tienen fauces lo suficientemente anchas para
apresar un pie humano o el puño de un hombre y lo bastante fuertes como para romper
cualquier anzuelo, a no ser de los más resistentes, y son insaciables hasta el
límite de devorar cualquier cosa, viva o muerta, o putrefacta, que sus
encallecidas quijadas sean capaces de triturar.
¡Ah, y hay pérfidos sujetos que cuentan por ahí
pérfidas historias de ellos! Se los moteja de devoradores de hombres y los
comparan, por algunos de sus hábitos, con los tiburones.
Fishhead formaba conjunto con tal escenario. El
apelativo, «Cabeza de pez», le venía como anillo al dedo. Toda su vida había
morado en Reelfoot, siempre en el mismo sitio, en la desembocadura de la misma
charca. Allí nació, de padre negro y madre a medias de casta india, ambos ya
fallecidos, y la historia cuenta que, antes de nacer, su madre fue aterrorizada
por uno de esos descomunales peces, de manera que el muchacho vino a este mundo
horriblemente marcado, a más no poder.
Por todo ello, Fishhead era una monstruosidad
humana, una verdadera personificación de pesadilla. Tenía cuerpo de hombre —un
cuerpo robusto, rechoncho, corto—, mas su cara estaba tan cerca de ser la cara
de un gran pez como ningún otro rostro pudiera estarlo, aunque conservase
ciertas trazas de humano aspecto. Su cráneo descendía hacia atrás tan
bruscamente, que a duras penas podría haberse dicho de él que poseyera frente,
y la barbilla le sesgaba tan de prisa, que apenas existía. Sus ojos eran
pequeños y redondos, con unas superficiales pupilas vidriosas de amarillo
pálido, y estaban insertos demasiado separados uno de otro en la cabeza, y no
parpadeaban, clavados siempre cual los ojos de los peces. Su nariz no era sino
un par de menudas rendijas en medio de una máscara amarilla. En cuanto a su
boca, era lo peor de todo: era la pavorosa boca de un siluro, sin labios, ancha
casi inverosímilmente, rasgada de lado a lado.
Incluso cuando Fishhead se convirtió en hombre
hecho y derecho, su semejanza con un pez fue en aumento, pues los pelos de la
cara le crecieron en dos finos colgantes, retorcidos y tiesos, que pendían a
cada lado de su boca como a guisa de barbas de pez.
Si tuvo algún otro nombre, ademas de Fishhead,
nadie excepto él lo supo nunca. Fishhead le llamaban y por Fishhead respondía.
Puesto que conocía las aguas y los bosques de Reelfoot mejor que nadie, los
hombres de la ciudad que cada año vinieran a cazar o a pescar lo apreciaban
como un buen guía. Eran contadas, sin embargo, las ocasiones en que Fishhead se
aviniese a encargarse de tales oficios. Le gustaba ante todo ocuparse de sí
mismo, vigilando su pedazo de tierra sembrado de maíz, yendo a tender las redes
en el lago, algunas veces tendiendo trampas y cazando para los mercados de la
ciudad cuando era la época.
Sus vecinos, blancos mordidos por las fiebres
tercianas, y negros, por contra, a prueba de la malaria, dejábanle vivir a su
propio arbitrio. Era así como Fishhead vegetaba solo, sin parientes ni amigos,
sin un hermano tan siquiera, esquivando a sus semejantes y rehuido por ellos.
Su cabaña se halla justamente en la raya del
estado, donde Mud Slough (Charca Fangosa) desemboca en el lago. Era aquella
choza de troncos la única habitación humana en ocho kilómetros a la redonda.
Detrás de ella, el resistente maderamen venía a servir de apoyo a la cerca del
recinto del pequeño huerto de hortalizas de Fishhead, la cual lo encerraba en
espesa sombra, excepto cuando el sol azotaba desde lo alto. Guisaba sus
alimentos de manera primitiva, fuera, en un agujero hecho en tierra mojada, o
sobre los herrumbrosos restos rojizos de un hornillo, y bebía el agua de color
azafrán del lago con un cazo hecho de calabaza.
Se atendía y cuidaba de si mismo; era experto en el
manejo del esquife y de la red; competente con la escopeta y el arpón, empero
una criatura de pena y soledad, en mucho salvaje, casi un anfibio, mantenido
aparte por sus semejantes, silente y receloso.
Frente a la cabaña sobresalía el tronco caído de un
álamo, a medias sumergido, a medias fuera del agua, su parte externa quemada
del sol y gastada por el roce de los pies desnudos de Fishhead hasta ofrecer
innumerables huellas de finas rayas que lo contorneaban, mientras la extremidad
inferior estaba negra y podrida, lamida incesantemente por menudas olas cual
por finas lenguas. Su lado más distante alcanzaba a las aguas profundas. Y
constituía una parte indivisible del mismo Fishhead, pues a despecho de lo
alejado que la pesca o el poner las trampas lo retuvieran durante el día, el
ocaso había de encontrarlo de regreso, habiendo arrastrado su bote a la orilla
y hallándose él a la otra punta del madero.
Desde cierta distancia, algunos hombres lo
columbraban allí varias veces, en ciertas ocasiones acurrucado, tan inmóvil
como las tortugas que se deslizaban hasta la empapada punta durante su
ausencia, y en algunos momentos tieso y vigilante cual una grulla en el río,
con toda su desventurada figura amarillenta delineándose en medio de la
amarillez soleada, en medio de las aguas amarillas, de la amarillenta ribera,
todo ello amarillo a su vez.
Mas si los habitantes de Reelfoot esquivaban a
Fishhead de día, por la noche le tenían miedo y huían de él como de la peste,
temerosos incluso de la posibilidad de un encuentro casual. Pues se contaban
feas historias de Fishhead, historias que todos los negros y algunos blancos se
creían. Decían que aquel grito escuchado precisamente un poco antes de
oscurecer y un poco después, propagado como en un chapoteo sobre las tenebrosas
aguas, era su grito de llamada a los siluros, y que a su clamor éstos acudían en
manada, y que a su lado Fishhead nadaba por el lago las noches de luna,
divirtiéndose con los monstruos, zambulléndose con ellos, incluso comiendo en
su compañía, ¡y de qué manera!, hasta de las puercas cosas que ellos comían.
El grito fue oído muchísimas veces, y aquella vez
fue bien cierto, y era cierto también que los descomunales peces se hallaban
significativamente apretados a la entrada de la charca de Fishhead. Ninguno de
los nativos de Reelfoot, blanco o negro, se habría atrevido entonces a sumergir
una pierna o un brazo en el agua.
Aquí había vivido Fishhead y aquí moriría. Los
Baxter iban a matarle, y este día, en medio del verano, sería el día de su
asesinato. Los dos Baxter —Jake y Joel— se acercaban en su piragua para cumplir
el propósito. Este crimen tuvo un largo período de gestación. Los Baxter
contaron para fraguar su odio con un motivo surgido varios meses antes que la
decisión llegase al punto culminante. Eran ellos unos pobres blancos, pobres en
todos los sentidos —en estimación, en posesiones terrenales y en posición—, una
pareja de exaltados jinetes ladrones advenedizos que vivían del tabaco y del
whisky cuando el whisky y el tabaco estaban a su alcance, y de pan de maíz
cuando carecían de recursos para otra cosa.
La querella propiamente dicha venía de meses
anteriores. Habiendo encontrado un día a Fishhead en la estrecha armazón del
embarcadero de botes de Walnut Log, y estando ellos harto empapados de licores,
jactanciosos en una falsa apariencia de valentía nacida del alcohol, le
acusaron atrevidamente y sin pruebas de haber hollado la raya de sus dominios,
un imperdonable pecado entre los moradores de los lagos y los barqueros del
sur. Viendo que él soportó esta acusación en silencio, contentándose con mirarlo
fijamente, se envalentonaron y le golpearon el rostro. Sólo que entonces él se
revolvió y propinó a ambos la mayor paliza de toda su vida, haciéndoles sangrar
la nariz y magullándoles los labios con enérgicos golpes contra la mandíbula, y
finalmente abandonándolos, maltrechos y postrados, sobre el barro.
Sin embargo, en los espectadores que presenciaron
esto, el sentimiento de que lo que sucede siempre es oportuno triunfó sobre los
prejuicios raciales, lo cual se manifestó permitiendo que un negro diese a
aquéllos una tunda, a dos hombres libres de nacimiento, a dos blancos
soberanos.
Tal era el motivo de que ahora fueran a buscarle a
él, un maldito negro. La cosa, en su conjunto, había sido planeada
minuciosamente. Iban a matarle sobre aquel tronco de álamo, a la puesta del
sol. No habría testigos que lo presenciasen, ni después el justo castigo
consecuente. Lo fácil de la empresa les hizo olvidar el miedo innato que
sintieran al emplazamiento mismo de la morada de Fishhead. Hacía más de una
hora que navegaban desde su cabaña a través de un serpeante y profundo brazo
del lago. Su piragua, construida al fuego, excavada a golpes de azuela y de
cuchillo, procedente de una hevea o árbol de la goma, deslizóse sobre el agua
tan silenciosamente como nada el polluelo del ánade, dejando atrás una larga
estela sobre las aguas tranquilas.
Jake, mejor como remero, iba sentado a la popa de
la cóncava embarcación, batiendo con rapidez los salpicantes golpes de remo.
Joel, mejor como tirador, iba delante, sentado en cuclillas. Entre sus rodillas
había una pesada y rústica escopeta de cazar patos. Aunque el espionaje que
precedió en torno a su víctima los hubiera llevado a la absoluta convicción de
que Fishhead no regresaría a la orilla en varias horas, un redoblado sentido de
precaución los impelía a bogar estrechamente pegados a las riberas, cubiertas
de maleza.
Se deslizaron a lo largo de la costa como una
sombra, moviéndose con tanta suavidad y silencio, que las vigilantes y fangosas
tortugas apenas si se dignaban a volver la serpentina cabeza a su paso. De tal
suerte que media hora antes de lo previsto alcanzaron, suavemente deslizantes,
los alrededores de la bocana de la charca, que parecía creada para una natural
emboscada.
0onde el desagüe de la ciénaga se unía a las aguas
profundas había un árbol caído, medio arrancado su cepellón, vencido hacia la
orilla, con la copa todavía espesa y hojas verdes que extraían aún alimento de
la tierra donde los raigones, medio al descubierto, se tenían. Todo ello
cubierto y enredado por una gran exuberancia de zarcillos y uvas agrias
silvestres. En derredor había arremolinamiento de detritus, tallos de maíz,
tiras de corteza mudada por los árboles, manojos de hierbajos podridos, todo el
desperdicio y abarrote acumulado desde el año anterior en un apacible remanso.
En línea recta hacia este verde amontonamiento,
deslizábase la piragua, que se meció de costado al tocar en el tronco protector
del árbol y quedando escondida desde el lado de dentro con la cortina
interpuesta por la lujuriante vegetación, justamente como los Baxter hubieran
pretendido que quedase oculta, cuando en días precedentes, durante una
exploración anterior, señalaron este remansado paraje como lugar de espera y lo
incluyeron, entonces y allí mismo, en las diferentes etapas de su plan.
No había habido ningún tropiezo ni contratiempo.
Nadie fue visto en los alrededores a lo largo de aquellas horas de la tarde,
nadie capaz de señalar sus movimientos. Y de un momento a otro Fishhead debería
oportunamente hacer acto de presencia. La vista acostumbrada al bosque que Jake
poseía iba siguiendo pensativamente el giro del sol hacia su ocaso. Las
sombras, proyectadas hacia la costa, se alargaban y escabullían en pequeñas
ondulaciones. Moría a lo lejos el leve bullicio del día, los menudos rumores de
la noche incipiente comenzaban a multiplicarse. Se fueron las moscas de
abultado vientre, mientras voluminosos mosquitos de moteadas y grises patas
irrumpían para ocupar el puesto de aquéllas.
El lago soñoliento lamía las cenagosas orillas con
pequeños lengüeteos, como si hallase agradable el sabor del fango crudo. Un
monstruoso cangrejo, tan gordo como una langosta, trepó hasta la salida de su
seca chimenea de barro y allí se quedó empingorotado, cual armado centinela en
una atalaya. Disparatados murciélagos comenzaron a revolotear, detrás y
delante, sobre las copas de los árboles. Una rata almizclera, nadando con la
cabeza fuera, viose obligada a virar repentinamente al darse cuenta de la presencia
de una serpiente mocasín, tan gruesa e hinchada por su caliente veneno, que
habríase dicho un lagarto sin patas, conforme agitaba a lo largo la superficie
del agua en una serie de lentos y torpes zigzagueos.
Precisamente, encima de las cabezas de los dos
asesinos en acecho colgaba un apretado y minúsculo gusano de la mosca de agua,
asido a una especie de concreción con apariencia de barrilete.
Pasó un poco más de tiempo, y Fishhead apareció,
viniendo del bosque, andando a buen paso, con un saco a la espalda. Por un
instante, sus deformidades montráronse en el claro. Luego, el oscuro interior
de la cabaña se lo tragó. Entonces el sol estaba ya casi entero bajo el
horizonte. Unicamente resplandecía su rojiza aureola encima del perfil del
bosque rodeando el lago, y las sombras avanzaban tierra adentro por un gran
trecho. Más dentro, los voluminosos peces gatos, de boca en forma de pala,
estaban agitados y el fuerte ruido de su chapoteo, conforme sus cuerpos
retorcidos saltaban abiertamente y volvían al agua, llegaba hasta la costa como
el rumor de un coro.
Sin embargo, los dos hermanos, desde su verde
escondite, no prestaban atención a nada que no fuese aquello único por lo que
sus corazones latían y sus nervios se hallaban en tensión. Joel pasó,
empujándolos suavemente, los dos cañones de la escopeta de un lado a otro del
tronco, ajustando su culata al hombro y acariciando arriba y abajo con los
dedos ambos gatillos. Jake sujetó firmemente la estrecha canoa a un asidero por
sobre un zarcillo de la parra virgen.
Una breve espera y el final acaeció. Fishhead
surgió en la puerta de la cabaña y fue hacia la orilla a lo largo del angosto
sendero y, todavía más, por encima del agua, sobre su tronco de costumbre. Iba
descalzo y llevaba la cabeza descubierta, la pechera de su camisa de algodón
abierta y mostrando la amarillez de su garganta y de su pecho, los pantalones
ceñidos a la cintura con una cuerda de estopa trenzada. Los anchos pies
desparramados, extendidos sus prensiles dedos, se apretaba a la pulida curvatura
del madero, conforme proseguía adelante sobre la inclinada superficie mojada,
hasta llegar al extremo, y allí se quedó y se mantuvo erguido, ensanchando el
pecho, con la cara imberbe levantada y un algo de superioridad y dominio en su
actitud.
Mas entonces —sus ojos eran capaces de captar lo
que otros habrían pasado por alto— presintió los redondos agujeros gemelos de
los cañones de la escopeta de Joel y los fijos destellos de aquella mirada
apuntándole entremedias de la verde espesura.
En tan brevísimo instante, demasiado rápido para
ser medido por segundos, la culminación del acto fue como un relámpago en su
derredor, y estiró aún más la cabeza, y abrió cuan ancho pudo el informe cepo
de su boca, y lanzó a lo largo y ancho del lago un grito que se propagó como
una ondulación, un chapoteo. Y su grito fue cual la carcajada de un necio y el
croar profundo de los sapos y el aullido de un perro: el complejo entero de los
ruidos nocturnos del lago. Y en él iban también un adiós, un desafío y una
llamada. El pesado estruendo de la escopeta había estallado. Desde una
distancia de veinte metros, la doble descarga le alcanzó en el pecho. Se
derrumbó boca abajo, sobre el tronco, y a él se pegó, con el cuerpo
enroscándose torcidamente en retortijones, sus piernas crispadas estirándose
alternativamente como las ancas de una rana, sus hombros encorvándose
espasmódicamente, al tiempo que la vida se le escapaba en rápidas oleadas, como
de un torrente.
Se ladeó su cabeza entre los hombros alzados,
miraron sus ojos abrumados la cara sobresaltada del homicida, y en seguida la
sangre comenzó a brotar en su boca, y Fishhead, aún más pez que hombre a la
hora de la muerte, en un escurridizo aleteo, la cabeza por delante, resbaló de
la punta del madero y se hundió, con la cara vuelta hacia abajo, lentamente,
abriendo las extremidades a lo ancho. Una tras otra, las pompas de un largo
rosario fueron rompiéndose en medio de una creciente mancha roja en las aguas
color café del lago.
Ambos hermanos observaron todo esto, presos de
terror por la acción que habían cometido, y la insegura piragua, que había dado
un bandazo debido al golpe de retroceso, asentóse en el agua firmemente contra
la borda. Pero después hubo un repentino choque desde abajo contra su inclinado
casco y éste se dio la vuelta, con lo que aquellos dos acabaron en el lago. Mas
la orilla se hallaba sólo a seis metros y el tronco del árbol desgajado
solamente a metro y medio. Joel, todavía aferrado a la escopeta, se esforzó
para alcanzar el tronco, y lo consiguió de un impulso. Pasó en su derredor el
brazo libre y se colgó de él, agitando el agua, mientras aguzaba la vista. Algo
vino a atenazarle: algo que era grande y fuerte, algo que le retenía
estrechamente con un aprieto, estrujándole la carne.
No profirió ni un grito; pero los ojos se le salían
de las órbitas y su boca produjo una auténtica mueca de agonía, mientras sus
dedos se incrustaban en la corteza del árbol como garfios. Y fue arrastrado
hacia abajo, hacia abajo, con secos tirones, no con rapidez sino con energía y,
conforme cedía él, las uñas fueron trazando cuatro finos arañazos blancos en la
corteza del árbol. Se hundió su boca, a continuación sus desorbitados ojos,
después sus erizados cabellos y finalmente las manos que agarraban y arañaban.
Y aquello fue su fin.
La suerte de Jake resultó más severa aún, pues
vivió más tiempo, tiempo bastante para ver el final de Joel. Le vio a través
del agua que le corría por la cara y, con una tremenda conmoción de todo su
cuerpo, literalmente saltó por encima del tronco, agitando las piernas en el
aíre para defenderlas. Se hundió demasiado lejos, sin embargo, pues su cara y
tórax se pegaron contra el agua. Y de ésta se irguió la cabeza de un gran pez,
con el cieno lacustre de años encima, con una negra cabezota, los bigotes hirsutos,
encendidos los cadavéricos ojos. Sus córneas mandíbulas se cerraron y
atenazaron la parte delantera de la camisa de franela de Jake. La mano de éste
golpeó ferozmente pero se incrustó en una envenenada barba y, al contrario que
Joel, desapareció de vista con un tremendo alarido, y con una rotación y
convulsión del agua que produjo el circulo de cañas de maíz en los bordes de un
pequeño remolino.
Pero el remolino pronto se atenuó a lo lejos, en
crecientes anillos de olas, y las cañas flotantes acallaron los círculos y
volvió de nuevo la quietud, y solamente los ruidos multiplicados de la noche
pudieron escucharse en la desembocadura de la charca.
Los cadáveres de los tres hombres fueron devueltos
a la orilla en el mismo sitio. A excepción de la herida abierta por el disparo
donde la garganta se une al pecho, el cadáver de Fishhead aparecía intacto. Por
el contrario, los cuerpos de ambos Baxter estaban tan desfigurados y
maltrechos, que los habitantes de Reelfoot hubieron de quemarlos juntos en la
orilla, sin saber en modo alguno cuál podría ser el de Jake y cuál el de Joel.
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Irvin S. Cobb (1876-1944)

