Libro N° 9755. Calor De Agosto. Fryer Harvey, William.
© Libro N° 9755. Calor De Agosto. Fryer Harvey, William. Emancipación. Abril 2 de 2022.
Título original: © Calor De Agosto. William Fryer Harvey
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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William Fryer Harvey
Calor De Agosto
William Fryer Harvey
CALOR DE
AGOSTO
William Fryer
Harvey
Relato Y
Análisis
Calor de agosto (August Heat) es un relato de
terror del escritor inglés William F. Harvey, publicado en la antología de
1910: La casa de medianoche y otros cuentos (Midnight House and Other Tales).
Calor de agosto, seguramente el cuento de William
Fryer Harvey más brillante, nos sitúa en un caluroso día de agosto, y relata la
historia de dos hombres, completamente desconocidos entre sí, cuyas mirada
sobre el posible futuro del otro parece indicar que uno de ellos será
asesinado, y el otro será el asesino.
En este sentido, Calor de agosto de W.F. Harvey
presenta una serie de coincidencias inquietantes que parecen presagiar un
desenlace más bien macabro. Aquí, un artista dibuja al azar a un hombre en el
muelle. Poco después se encuentra con la contraparte viva de ese rostro
desconocido, un tallador de lápidas que, a su vez, tuvo el impulso de tallar
una lápida con un nombre desconocido, el del artista, y una fecha de muerte
precisa, hoy.
CALOR DE
AGOSTO
August Heat,
William Fryer Harvey
(1885-1937)
Penistone Road, Clapham.
20 de agosto de 190…
Acabo de experimentar el que, creo, ha sido el día
más extraordinario de mi vida, y mientras los hechos siguen frescos en mi
memoria, deseo pasarlos al papel con tanta claridad como me sea posible.
Déjenme decir antes que nada que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo
cuarenta años y una salud de hierro, pues nunca he pasado un solo día de mi
vida enfermo. Soy artista por profesión, aunque no de mucho éxito, si bien gano
suficiente dinero con mi trabajo en blanco y negro para satisfacer mis necesidades.
Mi único pariente cercano, una hermana, falleció
hace cinco años, de modo que soy independiente. Esta mañana tomé el desayuno a
las nueve, y tras echarle un vistazo al periódico matutino encendí mi pipa y
dejé vagar la mente con la esperanza de dar con algún tema para mi lápiz. A
pesar de tener la puerta y las ventanas abiertas, la atmósfera de la habitación
era opresivamente calurosa, y acababa de decidir que el lugar más fresco y
cómodo de todo el vecindario sería la zona más honda de la piscina pública cuando
llegó la idea.
Empecé a dibujar. Me concentré en el trabajo con
tanta intensidad que dejé intacto el almuerzo, y sólo me detuve cuando el reloj
de San Judas marcó las cuatro. El resultado final, para tratarse de un boceto
apresurado, era, estaba convencido, lo mejor que había hecho nunca. Mostraba a
un criminal en el banquillo de los acusados inmediatamente después de que el
juez hubiera dictado sentencia. Era un hombre gordo, inmensamente gordo. La
carne colgaba exageradamente sobre su barbilla; se plegaba sobre su enorme y
rechoncho cuello. Exhibía un afeitado apurado (más bien debería decir que un
par de días antes había disfrutado de un afeitado apurado) y era casi
completamente calvo. Se encontraba de pie en el banquillo, agarrando la
barandilla con sus torpes dedos, mirando al frente. El sentimiento que sugería
su expresión no era tanto de horror como de un completo y absoluto
derrumbamiento.
No parecía haber en aquel hombre nada lo
suficientemente fuerte como para soportar aquella montaña de carne. Enrollé el
dibujo y, en realidad ignorando por qué, lo guardé en mi bolsillo. Después, con
esa sensación poco común de felicidad, con la seguridad que da el haber hecho
algo bien, salí de casa. Creo que salí con la idea de visitar a Trenton, pues
recuerdo haber recorrido Lytton Street y girar a la derecha por Gilchrist Road
al pie de la colina, en la que un grupo de obreros trabajaba en la nueva línea
del tranvía.
A partir de entonces sólo tengo un vago recuerdo de
a donde fui. Lo único de lo que era completamente consciente era del terrible
calor, que ascendía de la capa de asfalto de la calle casi como una ola
palpable. Deseé oír el trueno que parecían prometer los grandes bancos de nubes
de color cobrizo que colgaban a baja altitud sobre el cielo occidental. Debía
de haber caminado cinco o seis millas cuando un chiquillo me sacó de mi trance
al preguntarme la hora. Faltaban veinte minutos para las siete.
En cuanto el chiquillo se marchó, busqué
referencias que me ayudaran a orientarme. Descubrí que me hallaba frente a una
puerta que conducía a un patio rodeado por una franja de tierra sedienta, en la
que había varias flores, morados alhelíes y geranios escarlata. Sobre la
entrada había una madera con la inscripción:
CHS. ATKINSON
TALLADOR
TRABAJOS EN MÁRMOL INGLÉS E ITALIANO
Desde el interior del patio llegaba un silbido
alegre, el ruido producido por los golpes de un martillo, y el frío sonido del
metal al chocar con la piedra. Un impulso repentino me hizo entrar. Había un
hombre sentado, de espaldas a mí, trabajando en una losa de mármol curiosamente
veteada. Se giró en cuanto oyó mis pasos y yo noté cómo los pies se me quedaban
clavados en el suelo. Era el mismo hombre que había estado dibujando, aquel
cuyo retrato llevaba en el bolsillo.
Allí estaba, sentado, enorme y elefantíaco, con el
sudor chorreándole por la calva, que se secó con un pañuelo rojo de seda. Pero
aunque el rostro era el mismo, la expresión era completamente diferente. Me
recibió con una sonrisa, como si fuéramos viejos amigos, y me estrechó la mano.
Me disculpé por la intrusión.
—Hace tanto calor y el sol brilla tanto ahí fuera
—dije— que esto parece un oasis en mitad del desierto.
—No sé yo qué decir sobre eso del oasis
—respondió—, pero desde luego hace calor, tanto calor como en el infierno.
¡Siéntese, caballero!
Señaló hacia uno de los extremos de la losa
funeraria en la que estaba trabajando, y me senté.
—Ha conseguido hacerse usted con una hermosa pieza
de mármol —dije.
Él negó con la cabeza.
—En cierto modo sí lo es —respondió—, pues la
superficie de esta cara está perfectamente pulida, pero, aunque imagino que
usted nunca se daría cuenta, tiene una enorme tara en la parte trasera. Nunca
podría hacer un trabajo realmente bueno con este mármol. Aguantaría bien
durante un verano como éste, ya que no se vería afectado por el maldito calor.
Pero espere a que llegue el invierno. No hay nada como una buena helada para
revelar los puntos débiles de una piedra.
—¿Entonces, para qué es? —pregunté.
El hombre se echó a reír.
—No sé si me creerá si le digo que es para una
exposición, pero así es. Los artistas hacen exposiciones: al igual que los
verduleros y los carniceros; también nosotros tenemos las nuestras. Lo último
en lápidas, ¿sabe?
Empezó entonces a hablar de las diferentes clases
de mármol, cuál soportaba mejor el viento y la lluvia, y con cuál era más fácil
trabajar; de ahí pasó a su jardín y a una nueva clase de clavel que acababa de
comprar. Más o menos cada dos minutos dejaba sus herramientas, se secaba la
brillante calva y maldecía el calor. Yo hablé poco, pues me sentía incómodo.
Había algo antinatural, misterioso, en mi encuentro con aquel hombre. Al
principio intenté convencerme de que ya le había visto con anterioridad; que su
rostro, desconocido para mí, había encontrado cobijo en algún rincón remoto de
mi memoria, pero supe que estaba practicando poco más que un plausible intento
de autoengaño.
El señor Atkinson finalizó su trabajo, escupió en
el suelo y se levantó profiriendo un suspiro de alivio.
—¡Ya está! ¿Qué le parece? —dijo con un aire de
orgullo evidente.
La inscripción, que leí entonces por primera vez,
era la siguiente:
EN SAGRADA MEMORIA DE JAMES CLARENCE WITHENCROFT.
NACIDO EL 18 DE ENERO DE 1860.
FALLECIÓ REPENTINAMENTE
EL 20 DE AGOSTO DE 190.
(EN LA PLENITUD DE LA VIDA ESTAMOS EN LA MUERTE)
Durante un rato permanecí sentado en silencio.
Después, un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Le pregunté de dónde
había sacado aquel nombre.
—Oh, no lo he sacado de ningún sitio —respondió el
señor Atkinson—. Necesitaba un nombre y utilicé el primero que se me ocurrió.
¿Por qué desea saberlo?
—Es una extraña coincidencia, pero resulta que es
el mío.
Dejó escapar un largo y grave silbido.
—¿Y las fechas?
—Sólo puedo responder por una de ellas, y es
correcta.
—¡Diablos! —dijo.
Pero sabía menos que yo. Le conté lo de mi trabajo
de aquella mañana. Saqué el boceto de mi bolsillo y se lo mostré. A medida que
lo miraba, la expresión de su rostro se fue alterando más y más hasta
convertirse en la del hombre que había dibujado.
—¡Y pensar que justo anteayer –—dijo— le dije a
María que los fantasmas no existen!
Ninguno de los dos había visto un fantasma, pero
supe a lo que se refería.
—Probablemente haya oído usted mi nombre en algún
sitio.
—¡Y usted seguro que me ha visto en alguna parte y
luego lo ha olvidado! ¿Estuvo usted el pasado julio en Clacton-on-Sea?
Nunca había estado en Clacton en mi vida.
Permanecimos en silencio durante un rato. Ambos estábamos contemplando lo
mismo, las dos fechas grabadas en la losa, y una era auténtica.
—Entre a cenar algo —dijo el señor Atkinson.
Su esposa era una mujercita alegre, con las
mejillas redondas y sonrosadas de los que se han criado en el campo. Su esposo
me presentó como un amigo suyo artista. No resultó ser una idea muy afortunada,
pues una vez retiradas de la mesa las sardinas y los berros, extrajo una Biblia
ilustrada por Doré, y tuve que sentarme a expresar mi admiración durante casi
media hora. Salí afuera y encontré a Atkinson sentado sobre la losa, fumando.
Reiniciamos la conversación en el punto en que la habíamos dejado.
—Tendrá usted que perdonarme porque le pregunte
esto —dije—, ¿pero conoce alguna razón por la que pudieran llevarle a juicio?
Él negó con la cabeza.
—No estoy en bancarrota, el negocio va lo
suficientemente bien. Hace tres años les regalé unos pavos por Navidad a
algunos de los guardas, pero eso es todo lo que se me ocurre. Y además eran
pequeños —añadió como ocurrencia tardía.
Se levantó, tomó una regadera del porche y empezó a
regar las plantas.
—Con este tiempo tan caluroso hay que hacerlo al
menos dos veces al día —dijo—, y aun así el calor a veces acaba con las más
delicadas. ¡Y los helechos, Señor! No pueden ni aguantarlo. ¿Dónde vive usted?
Le dije mi dirección. Volver a casa me supondría
una hora de caminar a buen ritmo.
—Así están las cosas —dijo—: abordemos el asunto
claramente. Si vuelve a casa esta noche puede usted sufrir toda una serie de
accidentes. Un coche podría atropellarle, y también están las típicas pieles de
plátano o de naranja; eso por no hablar de las escaleras que se derrumban.
Hablaba de lo improbable con una seriedad intensa
que seis horas antes habría resultado risible. Pero yo no me reí.
—Lo mejor que podemos hacer —continuó— es que se
quede usted aquí hasta las doce. Subiremos arriba y fumaremos; puede que dentro
se esté un poco más fresco.
Ante mi propia sorpresa, acepté.
Ahora estamos sentados en una habitación larga
aunque no muy alta, bajo los aleros. Atkinson ha enviado a su mujer a la cama.
Se mantiene ocupado afilando algunas de sus herramientas con una pequeña piedra
oleosa mientras se fuma uno de mis puros. El aire está cargado con la amenaza
de tormenta. Estoy escribiendo esto en una mesa inestable frente a la ventana
abierta. Una de las patas está rota, y Atkinson, que parece un hombre hábil con
las herramientas, va a arreglarla tan pronto como termine de darle filo a su
cincel.
Ya pasan de las once. En menos de una hora me habré
marchado. Pero el calor es sofocante.
Un hombre podría volverse loco con tanto calor.
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W.F. Harvey (1885-1937)

