Libro N° 9756. Canto Del Crepúsculo. Del Rey, Lester.
© Libro N° 9756. Canto Del Crepúsculo. Del Rey, Lester. Emancipación. Abril
2 de 2022.
Título original: © Evensong, Lester del Rey (1915-1993)
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Original: © Canto del crepúsculo. Lester del Rey
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lester del Rey
Canto Del Crepúsculo
Lester Del Rey
Canto del crepúsculo (Evensong) es un relato
fantástico del escritor norteamericano Lester del Rey (1915-1993), publicado en
la antología de 1967: Visiones peligrosas (Dangerous Visions).
Canto del crepúsculo es uno de esos relatos sobre
los que no conviene adelantar nada. Su magia se esconde en la sencillez y la
eficiencia con la que Lester del Rey evoca uno de los momentos míticos más
conocidos por todos.
CANTO DEL
CREPÚSCULO
Evensong,
Lester del Rey
(1915-1993)
Cuando alcanzó la superficie del pequeño planeta,
incluso las heces de su poder se habían agotado. Ahora descansaba, extrayendo
reluctantemente y con lentitud un poco de fuerza del amarillo sol que brillaba
en los verdes prados a su alrededor. Sus sentidos estaban debilitados por un
cansancio definitivo, pero el miedo que había aprendido de los Usurpadores lo
empujaba en busca de algún nuevo atisbo de refugio. Se dio cuenta de que era un
mundo pacífico, y ese descubrimiento avivó su miedo. En sus días jóvenes había
apreciado una multitud de mundos donde el juego del flujo y el reflujo de la
vida podía ser jugado hasta el fondo. Era entonces un universo lleno de
vitalidad por donde vagabundear. Pero los Usurpadores no soportaban los rivales
en su propia ilimitada avidez. La paz y el orden que reinaban en aquel lugar
significaban que aquel mundo les había pertenecido.
Los buscó vacilante mientras un leve soplo de
energía fluía dentro de él. No había ninguno allí en aquel momento. Hubiera
podido captar inmediatamente la presión de su cercana presencia, y no había el
menor rastro de ello. Las lisas y herbosas extensiones se abrían ante él en
interminables praderas y campos hasta las distantes colinas. Había estructuras
de mármol en la lejanía, de blancura resplandeciente al sol del atardecer, pero
estaban vacías; su desconocida finalidad había sido alterada hasta convertirse
en un simple decorado sobre aquel planeta ahora abandonado.
Su atención regresó; cruzó un riachuelo hasta el
otro lado del amplio valle. Allí descubrió el jardín. Rodeado por un muro bajo,
sus kilómetros y kilómetros de extensión estaban llenos de bosques dispuestos
aparentemente como una reserva. Pudo sentir la agitación de vida animal de
apreciable tamaño entre las ramas y a lo largo de los senderos sinuosos.
Faltaba el alborotado vigor de toda auténtica vida, pero su abundancia podía
ser suficiente para enmascarar su propio vestigio de fuerza vital en caso de
búsqueda profunda. Al menos era un refugio mejor que esta pradera descubierta;
deseaba dirigirse hacia allí, pero el peligro de traicionarse con su movimiento
lo mantuvo inmóvil donde estaba.
Había pensado que su anterior escapatoria estaba
asegurada, mas estaba aprendiendo que incluso él podía equivocarse. Aguardó
mientras buscaba una vez más indicios de una trampa de los Usurpadores. Había
aprendido la paciencia en la prisión que los Usurpadores habían diseñado para
él en el centro de la galaxia. Había reunido furtivamente sus energías mientras
preparaba su evasión en torno a la repugnancia de los otros en tomar la
decisión final.
Luego se había proyectado fuera en una trayectoria
que hubiera debido llevarle hasta mucho más allá de los límites de su dominio
en el universo. Y había descubierto su fracaso antes incluso de haber podido
recorrer la distancia hasta el extremo de aquel brazo en espiral de una
fortaleza galáctica. Sus redes de detección estaban por todas partes, al
parecer. Sus grandes líneas de captación de energía formaban una red demasiado
fina para ser cruzada.
Las estrellas y los mundos estaban unidos entre sí,
y sólo una serie de milagros le habían permitido llegar hasta tan lejos. Y
ahora su pérdida de energía hada que la prosecución de tales milagros estuviera
fuera de su alcance. Desde que casi habían fracasado en atraparle y
secuestrarle, habían aprendido demasiado.
Ahora buscaba delicadamente, temeroso de activar
alguna alarma, pero más temeroso aún de no detectar su existencia. Desde el
espacio, aquel mundo había ofrecido la única esperanza en su aparente inmunidad
a sus redes. Sin embargo, entonces sólo había dispuesto de microsegundos para
comprobarlo. Finalmente, hizo regresar a sus percepciones. No podía captar la
menor evidencia de sus cebos y sus detectores allí. Había empezado a sospechar
que ni siquiera sus mayores esfuerzos iban a ser suficientes ahora, pero no
podía hacer más. Lentamente al principio, y luego en una repentina acometida,
se proyectó hacia el laberinto del parque. Nada procedente de los cielos le
golpeó. Nada surgió del centro del planeta para detenerle. No hubo ninguna
interrupción en el susurro de las hojas y el canto de los pájaros. Los sonidos
animales continuaron. Nada pareció consciente de su presencia en el jardín. En
un tiempo eso hubiera sido impensable en sí mismo, pero ahora extrajo de ello
algo de alivio.
En aquel momento no debía ser más que una sombra,
ilocalizado e ilocalizable a su paso. Algo avanzó sendero abajo hacia donde
descansaba, haciendo resonar ligeramente sus cascos, que apenas rozaban la
alfombra de hojas muertas. Alguna otra cosa saltó rápidamente por entre la
maleza del borde del camino. Dejó que su atención se fijara en ellas cuando
ambas salieron al sendero juntas. Y un frío horror lo rodeó. Una era un conejo,
que en aquel momento mordisqueaba las hojas de trébol que allí había mientras
agitaba sus largas orejas y avanzaba su rosado hocico. El otro era un joven
venado, llevando aún las manchas de cervatillo. Cualquiera de ellos hubiera
podido ser hallado en cualquiera de miles de mundos. Pero ninguno habría sido
exactamente del tipo que tenía ante él.
Aquel era el Mundo del Encuentro..., el planeta
donde había descubierto por primera vez a los antepasados de los Usurpadores.
¡De todos los mundos en la apestada galaxia, había tenido que ir a buscar aquél
como refugio! En los lejanos días en que él poseía toda su gloria eran meros
salvajes, confinados en aquel único mundo, procreando y siguiendo su camino
hacia la legítima autodestrucción de todos los salvajes como ellos.
Y sin embargo había algo extraño en ellos, algo que
entonces llamó su atención y despertó incluso una vaga piedad. Debido a esa
piedad, había tomado a unos pocos de ellos y los había conducido hacia la
elevación. Hasta había alimentado poéticos sueños de hacer de ellos sus
compañeros y sus iguales, puesto que las expectativas de vida de su sol estaban
tocando a su fin. Había respondido a sus gritos de socorro y les había
proporcionado al menos algo de lo que necesitaban para dar sus primeros pasos
hacia la dominación del espacio y la energía. Y le habían recompensado con un
orgullo arrogante que negaba incluso el menor rastro de gratitud.
Finalmente, los había abandonado a su propio
salvaje fin y se había marchado a otros mundos, para realizar proyectos más
amplios y ambiciosos. Aquélla había sido su segunda locura. Habían avanzado ya
demasiado en su camino hacia el descubrimiento de las leyes que controlan el
universo. De un modo u otro, incluso evitaron su propia autodestrucción.
Tomaron los mundos de su sol y los lanzaron hacia delante, hasta que pudieron
competir con él por los mundos que él había hecho suyos. Ahora los poseían
todos, y él no tenía más que aquel minúsculo lugar allí en el mundo de
ellos..., por un cierto tiempo al menos.
El horror de constatar que aquél era el Mundo del
Encuentro menguó un poco al recordar con qué facilidad sus crecientes hordas
poseían y abandonaban mundos sin ninguna razón aparente. Y de nuevo sus
comprobaciones le demostraron que no había ninguna evidencia de ellos allí.
Empezó a relajarse de nuevo, sintiendo una súbita esperanza en lo que había
sido temporalmente desesperación. Con toda seguridad, ellos también pensarían
que aquél era el único planeta donde él jamás iría a buscar refugio.
Apartó a un lado sus temores y empezó a dirigir sus
pensamientos hacia el único camino que podía ofrecerle esperanzas. Necesitaba
energía, y la energía era algo disponible en cualquier lugar no tocado por las
redes de los Usurpadores. Había sido drenada al espacio durante eones, una
dilapidación de energía que podía hacer estallar soles o crearlos en legiones.
Era energía para escapar, quizás incluso para
prepararse finalmente a enfrentarse con ellos con ciertas posibilidades de
obligarles a una tregua, si no de conseguir una victoria. Si podía conseguir
unas pocas horas sin ser detectado, podría atraer y retener aquella energía
para sus necesidades. ¡Empezaba a tenderse para alcanzarla cuando el cielo
retumbó y el sol pareció oscurecerse por un momento! El miedo que anidaba en él
asomó a la superficie y lo envió a ocultarse lejos de la visión del cielo antes
de poder controlarlo.
Pero por un breve momento hubo aún un rastro de
esperanza en él. Podía tratarse de un fenómeno causado por su propia necesidad
de energía; quizás había empezado a atraer la energía demasiado intensamente,
demasiado ávido de fuerza. Luego el suelo se agitó, y entonces supo. No había
engañado a los Usurpadores. Sabían que estaba allí...; nunca lo habían perdido.
Y le habían seguido con toda su enorme falta de sutileza.
Una de sus naves exploradoras había aterrizado, y
el explorador vendría a buscarlo. Luchó por controlarse, y lo consiguió lo
suficiente como para hacer que su miedo penetrara en lo más profundo de él.
Luego, con un cuidado que no agitó ni una brizna de hierba ni una hoja sobre
una ramita, empezó a retroceder, buscando las densas espesuras del centro del
jardín, allí donde la vida era más intensa. Con aquello para protegerle, podría
al menos absorber un débil hilillo de energía, la fuerza suficiente para rodearse
de una sutil aura animal que le permitiera ocultarse entre las bestias. Algunos
exploradores de los Usurpadores eran jóvenes e inmaduros. Si era uno de ellos
podría engañarlo y tal vez se fuera. Luego, antes de que su informe llegara a
los demás, podría tener una oportunidad... Supo que aquel pensamiento no era
más que un deseo, no un plan, pero se aferró a él mientras se cobijaba entre la
espesura en el centro del jardín. Y entonces incluso ese deseo le fue
arrebatado.
El sonido de pasos era firme y seguro. Se oía el
crujir de ramas rompiéndose mientras los pasos se acercaban, sin la menor
desviación de la línea recta. Inexorablemente, cada firme zancada llevaba al
Usurpador más cerca del lugar donde se había ocultado. Ahora había un débil
resplandor en el aire, y los animales escapaban en todas direcciones llenos de
terror. Sintió los ojos del Usurpador sobre él, y se obligó a apartarse de
aquel conocimiento.
Y como el miedo, descubrió que había aprendido la
plegaria de los Usurpadores; rezó desesperadamente a la nada que conocía, y no
hubo respuesta.
—¡Sal! Este suelo es un lugar sagrado y tú no
puedes permanecer en él. Hemos emitido nuestro juicio y se ha preparado un
lugar para ti. ¡Sal y déjame llevarte hasta allí!
La voz era suave, pero tenía una fuerza que congeló
incluso el susurrar de las hojas. Dejó que la mirada del Usurpador lo alcanzara
finalmente, y la plegaria en él era muda y dirigida hacia fuera...; y sin
esperanzas, como sabía que debía ser.
—Pero... —Las palabras eran inútiles, mas la
amargura en su interior obligó a las palabras a brotar fuera de él—.
—Pero ¿por qué? ¡Yo Soy Dios!
Por un momento, algo parecido a la tristeza y a la
piedad asomó a los ojos del Usurpador. Luego desapareció, mientras llegaba la
respuesta.
—Lo sé. Pero yo soy el Hombre. ¡Ven!
Finalmente asintió, en silencio, y le siguió
despacio, mientras el amarillo sol se ocultaba tras los muros del jardín. Y
aquéllos fueron el crepúsculo y la mañana del octavo día...
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Lester del Rey (1915-1993)

