Libro N° 9752. Brenda. Clair, Margaret St.
© Libro N° 9752. Brenda. Clair, Margaret St. Emancipación. Abril
2 de 2022.
Título original: © Brenda, Margaret St. Clair (1911-1995)
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Original: © Brenda, Margaret St. Clair (1911-1995)
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Margaret St. Clair
Brenda
Margaret St. Clair
Brenda Alden era un producto de esa escuela de
educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco
anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la
apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus
propios retoños. Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su
persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta, para su edad, y
larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones. El
lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los
codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a
jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques. Los bosques, en la Isla de Moss,
eran dispersos espacios de haya y unos trechos más densos de coníferas. Había
lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de
hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla
había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía había sido
una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían
sacado de ella. Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel
olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y
la primera vez que llegó al olfato de Brenda, ésta arrugó la cara de disgusto.
Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto
afán.
Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces
le gustaba oler y mirar cosas podridas. Husmeando, deambuló de acá para allá.
El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de
abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de
pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre. No era un vagabundo, ni
pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se
parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía
la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo
hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y
grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un
pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser. Brenda le miró, con el
corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo
para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios.
Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella Brenda se volvió y echó a
correr. Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a
trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el
costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió
corriendo. Sólo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.
El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba,
aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los
flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de
unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una
expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en
dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.
Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger
una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones;
enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba
siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi
hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de
ensayar su plan. Ya no tenía miedo; en todo caso, sólo un poquito. El esfuerzo
había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas.
Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de
manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La
segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la
primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas.
Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó
detrás de un árbol. El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado
mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se
hubiera precipitado hacia el fondo.
El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la
cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el
aire. Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura
de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de
nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...Una de las dos piñas de pino se
deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por
el borde, en pos del sonido. El corazón de Brenda agitaba la plana superficie
del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá
para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola,
ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa.
Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido
abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente. Pero
resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos
brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para
abajo otra vez. La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del
fondo de la cantera, que el ex perseguidor había quedado prisionero. El hombre
continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros
que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban
extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.
Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido
alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él. Brenda se puso en pie y
anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en
una sonrisa.
—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No
puede salir de ahí. ¿Verdad que no?
El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a
través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo
un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía
salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada. Brenda guardó el
secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron
por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un
castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.
A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un
año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una
vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudación. Ella la guardó
en la cómoda, en el cajón de los pañuelos. Hoy, él estaba construyendo una
cámara de nubes con alcohol de fricciones, un jarrón y un trozo de hielo seco.
Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos,
dijo:
—Sé una cosa más divertida que ésa.
—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo
que estaba haciendo. —Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo.
Rara.
La conversación continuó. Brenda hizo alusiones.
Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:
—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto
nunca. Vamos.
Y le posó la mano sobre el brazo. Hasta aquel
momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba
bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso
del contacto que sentía en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca
ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable.
—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una
especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.
—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.
—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No
eres capaz de comprender una indicación? Vete.
Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono
era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó. Después del almuerzo tuvo
que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras
sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento
fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba
tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a
probar de trepar por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo
intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros
niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía
formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces. Cuando su
padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía
ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar.
Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.
El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor
a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el
hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo
lo demás, permanecía totalmente inmóvil. Charles no vendría a verle. Por
tanto..., Brenda miró a su alrededor.
Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos
seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha
los midió con la vista. Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones
no eran bastante largos. Perola zona de terreno suelto, resbaladizo no se
extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo
hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que,
total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda
se puso a mover los tablones. Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí
no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado
una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde
superior. El —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella
trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de
Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo
tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría
gustado. La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún
movimiento.
Por unos instantes, la niña se sintió presa de una
ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas
que ella se había tomado?
—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más
fuerte—: ¡Vamos!
El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las
sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado
para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza
de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en
dirección a los tablones. Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del
sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró
sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo
si el hombre la había seguido o no. A la mañana siguiente Brenda no salió al
campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase
a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una
fase en la construcción de la fosa en la que sólo podía servirle de estorbo.
Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando
salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza,
fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó
la cabeza en ella.
—No veo por qué había de tratarse de un maleante
—estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha
subrayado mucho. Sólo el pollo asado. Y nisiquiera se lo ha comido; únicamente
lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de
manchas de una especie de grasa gris.
—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda,
dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando. Si no era un maleante,
¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina?
Sólo hay seis familias en la Isla de Moss.
—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik,
ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible.
Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de
miedo.
—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono
despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—.
Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—.Quédate allí. No quiero que andes
escuchando detrás de las puertas.
—Sí, padre.
A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo.
¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a
la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre...,
pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor,
si bien no sabía qué pudiera ser? Brenda andaba inquieta por su habitación. La
cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las
voces de sus padres, aunque muy confusamente; sólo de vez en cuando destacaba
una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el
hombre de la cantera, por el hombre en sí. Cogió el diario que llevaba y lo
abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su
madre lo leía.
Nunca escribía en él nada importante. Miró con
disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas
y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la
causa deque hubiera destruido aquel bonito libro. No...Buscó por el dormitorio
hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja
como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas
grises: EL HOMBRE.
Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde
vino?»Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero
quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin
escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo
que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo
que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación.»Brenda estaba preparada
para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora
redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se
detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su
vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría.»Sacó otra hoja de papel. En la
cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2. —Mordió juiciosamente la madera del lápiz.
Luego escribió—: «¿Qué clase de hombre es? Creo que noes como la otra gente. No
es como nosotros. Es una especie de hombre diferente.»Había anotado muy
despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es
como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un
raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que éste es el primer motivo que le trajo
a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de
tenerla desde hace muchísimos años.»
Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre
habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba
en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre,
trabajando el cemento. Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego
cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo
que me ayudaría a nacer.»
Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos
hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las
echó al retrete y tiró de la cadena. Aquella noche cenaron en silencio. Una vez
la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió
el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos.
Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de
sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los
postigos de lasventanas. Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente.
La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al
rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza. El
olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía
mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su
hombre— había venido de la cantera. Se alegraba. El padre de Brenda estaba
hablando:
—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz
abstraída. Y luego, dirigiéndose ala madre de Brenda—: Flora, telefonea a
Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo
podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.
—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que
Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rick, no levantes la voz. No
quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que
pudiera sobreponerse jamás.
La mujer fue hacia el teléfono. Los ojos de Brenda
se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras?¿Temían que
pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en
uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró
por entre los barrotes de la baranda. Su padre se hallaba en el vestíbulo,
manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una
lámpara eléctrica. El —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando
de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía
la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le
temblaba lamano. La madre volvió, después de telefonear.
—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser
de gran utilidad. Tiene otro plan.
Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la
casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse
puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda.
Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el
vestíbulo. Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el
pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica,
inspiró profundamente.
—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz
retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído
el arma, Rick, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no
contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte
qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.
Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro,
corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por
el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber
recibido el balazo, Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala
hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.
—¿Has visto? —preguntó Elizabeth—. No ha servido de
nada.
Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz
de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la
oscuridad.
—¿Qué haremos? —preguntó Rick—. Yo no sabía que
pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.
—Tranquilo, Rick. Mira, hay una cosa que sí le dará
miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego. Sacó unos trapos y una
botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la
casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando
disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le
echaban a la cara el lío de trapos encendidos.
Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la
voz, más fuerte, de su padre, diciendo:
—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos
contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.
Y el rumor más profundo, menos distinto, de la
respuesta de Emsden:
—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino
un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo
oír nada más. El día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento
y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas
mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. El
padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de
nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo
escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.La
niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su entorno,
desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo,
en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss
habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.
Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro.
¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón?
Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un
momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol
recibido durante el día.
Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su
propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del
montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo. Después de
aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había
compradores. El y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la
cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado
las vacaciones. Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo,
incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras.
La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la
obedecía. Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban.
Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y
la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su
madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio;
pero todavía inflamada por una energía frenética. La nueva energía de Brenda
parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora
la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba,
hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la
contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los
placeres de llevar la voz cantante. Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se
habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a
una trastada tras otra.
Formaban una banda destructora, veleidosa,
indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que
Brenda Alden necesitaba un castigo. Sus padres se quejaban amargamente de que
les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el
curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda
aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban.
Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la
expulsaran. Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden,
temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el
curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio. Durante los
meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto
cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa
—seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y
crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los
padres empezaban a felicitarse del cambio.
No fue inmediatamente al montón de piedras de la
cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una
especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado
agosto no lo visitó. Era un día cálido. Después de la caminata por entre las
arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho
cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió ala cima con pasos largos,
cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.¿Se percibía en el aire caliente un levísimo
olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior,
aplicó el oído al montón de piedras. Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...?
Pero, no, por supuesto, no pudo morir.
—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a
una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo. El ruido de escarbar empezó muy
en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los
dos.
Brenda suspiró.
—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres
nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.
Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba,
continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol
estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana
sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato,
escuchando los ruidos del interior del montón. El sol empezaba a descender. El
frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó. El aire estaba en un
silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos
venían del interior de aquel montón. Brenda se inclinó prestamente, de modo que
el largo cabello le caía sobre el rostro.
—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré
siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien
podría amar yo en toda mi vida.
Aquí se interrumpió. El ruido del interior había
aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.
—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir.
Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás
hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú
y yo.
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Margaret St. Clair (1911-1995)

