© Libro N° 9746. Louis Pasteur. Varios Autores. Emancipación. Marzo
26 de 2022.
Título original: © Louis
Pasteur. Varios Autores
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Varios Autores
Louis Pasteur
Varios Autores
CONTENIDO
Los autores
A modo de presentación
Presentación
Presentación
Prólogo
1. Una vida dedicada al estudio y a la
investigación
2. La obra de Pasteur y sus repercusiones sociales,
económicas y científicas
3. La biografía de Pasteur en la historia de la
ciencia
4. El afán de innovación y la esperanza
5. Método y serendipia en el proceso de
investigación. Causalidad y casualidad en el proceso creativo
6. Louis Pasteur y su tiempo
7. La ciencia en el tiempo de Pasteur: El siglo de
los descubrimientos científicos
8. La medicina, la terapéutica y la atención al
enfermo en el tiempo de Pasteur
9. Microbiología e Impresionismo
10. Un químico en la Academia de Medicina
11. Los escritos de Pasteur
12. Del estudio de la materia y de la luz al
estudio de la vida
13. De la generación espontánea a la teoría
microbiana de la infección
14. La teoría microbiana y su repercusión en
Medicina y Salud Pública
15. El estudio de las fermentaciones
16. Las enfermedades del vino
17. El carbunco de las ovejas y el cólera de las
gallinas
18. El estreptococo piógeno y otros descubrimientos
microbiológicos
19. La vacunación contra la rabia
20. El estudio de los virus y los métodos de
vacunación
21. Inmunidad y Vacunación
22. Vacunas, una historia fascinante
23. Las vacunas, hoy
24. Los Institutos Pasteur en el mundo
Bibliografía
A la memoria de Manuel Gomis, en el 10º aniversario
de su muerte
Existe algo que podemos reconocer en sus diferentes
formas... algo que constituye la grandiosidad del poeta, la profundidad del
fisiólogo, el arrebato del creador y la intuición del sabio. Este algo común a
todas las obras bellas y verdaderas, la llama divina, el hálito vital, no
expresable en palabras, que inspira la ciencia, la literatura y el arte, la
encontramos en vos, señor, el genio. Vuestro trabajo científico traza, por
decirlo así, una estela luminosa a través de la noche de lo infinitamente pequeño,
a través de las más recónditas bases del ser, donde se crea la vida.
E. Renán
(Discurso de Bienvenida a la Academia dirigido a Louis Pasteur)
Los autores
Microbiología e infectología
Mª. Teresa Corcuera Pindado
Servicio Anatomía Patológica
Hospital Carlos III. Comunidad Autónoma de Madrid
María Luisa Gómez—Lus Centelles
Profesora Titular del Departamento de Microbiología I Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
Francisco Hervás Maldonado
Unidad de Microbiología
Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. Madrid
Clara Maestre Miquel
Profesora de la Escuela de Enfermería Universidad Francisco Victoria. Madrid
Juan Ramón Maestre Vera
Unidad de Microbiología
Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla. Madrid
José Luis Valle Rodríguez
Profesor Microbiología General y Oral Departamento Ciencias de la Salud
Universidad Alfonso X El Sabio. Madrid
Medicina preventiva y salud pública
Romana Albaladejo Vicente
Profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
Paloma Astasio Arbiza
Profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
María Elisa Calle Purón
Profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
David Martínez Hernández
Profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública
Vicedecano Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
Paloma Ortega Molina
Profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
Juana María Santos Sancho
Profesora visitante lectora
Facultad de Ciencias de la Salud. Universidad Rey Juan Carlos. Madrid
Rosa Rita Villanueva Orbáiz
Profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública Facultad de Medicina.
Universidad Complutense. Madrid
Historia de la medicina
Luis Montiel Llorente
Catedrático de Historia de la Medicina. Universidad Complutense. Madrid
Presidente de la Sociedad Española de Historia de la Medicina.
Julio Zarco Rodríguez
Médico de Familia. Profesor de Historia de la Medicina
Presidente de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN)
Atención primaria de salud
Ana Orero González
Médico de Familia
Coordinadora Centro de Salud Puerta del Ángel. Madrid
María del Carmen Ramos Tejera
Servicio de Urgencias
Centro de Salud Boadilla del Monte. Madrid
Biología, química y farmacia
Luis Alou Cervera
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
Fabio Cafini Barrado
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
Almudena Calvo Zamorano
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
Natalia González Hidalgo
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
José González Núñez
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
David Sevillano Fernández
Departamento de Microbiología I
Facultad de Medicina. Universidad Complutense. Madrid
A modo de presentación
Louis Pasteur
Esta obra, que tengo el honor de presentar, es un
homenaje al legado de uno de los mejores investigadores que ha tenido la
ciencia y la medicina científica.
Más de veinte autores han participado en esta
producción, que consigue mostrar con rigor y precisión la trayectoria de un
científico cuya contribución fue más allá de la química, su disciplina de
origen. Este trabajo pone de manifiesto la repercusión social, económica y
científica que los descubrimientos de Louis Pasteur han traído consigo.
En lo esencial, su obra ha proporcionado
significativas aportaciones en el campo de la medicina. Un ejemplo de ello son
los estudios dirigidos a demostrar el origen de las enfermedades infecciosas,
definiendo el concepto de contagio y descubriendo el nuevo mundo de la
microbiología.
Asimismo, su concepto de atenuación de los agentes
infecciosos para la fabricación de vacunas ha sido aplicado desde su
descubrimiento, permitiendo el desarrollo de vacunas para prevenir
enfermedades, tan letales en su día, como la tuberculosis, la poliomielitis, la
varicela o la fiebre amarilla.
Estos avances son, sin duda, una fuente de
inspiración por su significado social, permitiendo que las personas tengan
acceso a remedios que mejoran sus estados de salud y bienestar. Y es aquí donde
se encuentra la vigencia de su obra, capaz de vincular la investigación
científica con en el desarrollo económico y con la puesta en marcha de
políticas sanitarias y sociales universales.
Estos son valores inspiradores para mí, y espero
que también lo sean para el lector. Dejemos que los capítulos hablen por sí
solos y encumbren la obra de Louis Pasteur.
Trinidad Jiménez García—Herrera
Ministra de Sanidad y Política Social
Presentación
Se llega a conocer a un hombre como Louis Pasteur,
que tanto ha influido en el último siglo y medio de la historia de la
humanidad, interpretando lo que hizo, leyendo lo que de sí mismo dijo y
escribió, considerando lo que de él han dicho y escrito los demás y
contemplando con admiración, desde la atalaya de nuestro tiempo, su vida, su
obra y su biografía.
Esto es precisamente lo que han hecho la veintena
larga de autores procedentes de distintas disciplinas científicas, que, bajo la
coordinación de los profesores Bouza, Picazo y Prieto, han llevado a cabo la
realización de Louis Pasteur. Una vida singular, una obra excepcional,
una biografía apasionante, cuya presentación en nombre de Sanofi Pasteur
MSD tengo el honor y el placer de realizar.
Como si de las diferentes horas de un hermoso día
de abril se tratara, con sus cambios de luz y color, de ritmo y de actividad,
el libro ha sido estructurado en 24 capítulos que, manteniendo cada uno de
ellos su peculiaridad, se complementan unos a otros, dando uniformidad a la
obra desde la heterogeneidad de cada capítulo y de sus autores, los cuales
pertenecen a las diversas disciplinas involucradas en la investigación
científica, el estudio de los patógenos microbianos, la atención terapéutica a
los pacientes con enfermedades infecciosas y la prevención de las mismas en la
población sana.
A todos ellos, como a Pasteur, les atrae el hechizo
de lo “infinitamente pequeño” y aplican sus conocimientos y habilidades a la
apasionante tarea de lo “infinitamente grande”, que no es otra cosa que la
salud y el bienestar de las personas.
Y esa importante tarea también es compartida por
Sanofi Pasteur MSD, la compañía biofarmacéutica que ha hecho de las vacunas su
razón de ser, por tres motivos fundamentales: por tratarse de una de las
herramientas terapéuticas más eficientes tanto a nivel de la medicina
asistencial como de la salud pública, por su consideración actual como uno de
los principales vectores de la innovación científica y, por último, por el
carácter dual, individual y societario, de la vacuna, ya que
cada acto de vacunación individual por el que una persona se protege frente a
una o varias enfermedades, es también un acto altruista hacia los demás y
repercute a nivel de la colectividad y de su protección frente a las
enfermedades infecciosas. Protegerse a si mismo es proteger a los demás.
Cada año las vacunas salvan la vida de más de seis
millones de personas, evitando también que 750.000 niños sufran enfermedades
discapacitantes. Y tampoco podemos olvidar otros grandes logros de la
vacunación, como son: la erradicación de la viruela, la eliminación del virus
de la polio salvaje en casi todo el planeta, el control del sarampión, la
drástica reducción en la incidencia del tétanos y la difteria, o la disminución
de la incidencia de carcinoma hepático causado por el virus de la hepatitis B.
Todos estos hechos objetivos constituyen el valor
medible, de manera directa e inmediata, del impacto de la vacunación; sin
embargo, al mismo tiempo, y de forma paradójica, es lo que hace que, en alguna
ocasión, se cuestione su valor. Por esta razón, todos los actores del mundo de
la vacunación: autoridades, comunidad científica, profesionales del mundo de la
salud e industria farmacéutica debemos defender permanentemente el valor de las
vacunas y la vacunación, haciendo hincapié en el beneficio de las mismas de
modo continuo.
En Sanofi Pasteur MSD trabajamos con entusiasmo
para hacer crecer esas cifras y para tratar de erradicar otras enfermedades. Y
lo hacemos con cada nuevo programa de vacunación que ayudamos a poner en
marcha, con cada nueva investigación que emprendemos, así como para encontrar
soluciones a los nuevos retos de la sociedad globalizada actual, como el
envejecimiento progresivo de la población, el bioterrorismo, las pandemias o la
creciente resistencia bacteriana a los antimicrobianos. Es el entusiasmo que nos
transmitió Louis Pasteur con su vida y con su obra.
Por eso, nos sentimos orgullosos de que su apellido
haya permanecido a lo largo del tiempo en el nombre de nuestra compañía. Por
eso, no podíamos dejar pasar la ocasión de difundir entre los profesionales
sanitarios españoles su ejemplar manera de trabajar por un mundo mejor y más
equitativo.
Porque nuestro compromiso va más allá de la I+D+i
en vacunas, alcanzando también la información útil a la población y la
educación para la salud, por una parte, y el impulso de la gestión del
conocimiento, la formación activa y el desarrollo profesional continuo de los
médicos, farmacéuticos y personal de enfermería, por otro. Louis Pasteur decía
que “la suerte sólo favorece a los espíritus preparados", formación
e información son esenciales para esta continua e interminable labor. Con la
presente iniciativa, desde Sanofi Pasteur MSD, esperamos haber contribuido una
vez más hacia ese objetivo.
Mi más sincera enhorabuena a los autores y
coordinadores del libro y mi agradecimiento a los lectores que se adentren por
los apasionantes vericuetos de sus páginas, desde los que podrán encontrar
paisajes verdaderamente fascinantes de la vida y de la obra de Louis Pasteur.
Sergio Montero
Consejero Delegado Sanogi Pasteur MSD
Presentación
Aprovecho la oportunidad que se me brinda de poder
abrir las puertas de Pasteur. Una vida singular, una obra excepcional,
una biografía apasionante para expresar mi satisfacción y dar la
bienvenida a un libro novedoso por su planteamiento y de gran interés por el
mensaje que encierran sus casi doscientas páginas para los profesionales
sanitarios ya formados y los que están en vías de formación en nuestras
universidades y hospitales.
En el año que España ostenta la presidencia de la
Comunidad Europea nace este libro acerca de un personaje cuya vida y obra
trascendieron las fronteras de su patria para instalarse en lo universal. En el
año que se pone en marcha un nuevo plan de estudios universitarios, de carácter
europeo, tratando de acercar la vida universitaria a la profesional, ve la luz
este proyecto acerca de quien supo entender como nadie la aplicación de las
enseñanzas recibidas a la solución de problemas prácticos de la vida diaria y,
muy especialmente, a la devolución del valor de la salud disminuido por la
enfermedad.
Es un verdadero orgullo que en la realización de la
obra hayan participado más de veinte autores ligados de manera directa e
indirecta a la Universidad Complutense de Madrid y a su Facultad de Medicina,
coordinados por tres catedráticos del Departamento de Microbiología I. Y lo es
todavía más que el proyecto haya partido de la iniciativa conjunta de un grupo
empresarial, que lleva en su propio nombre el del insigne investigador francés,
Sanofi Pasteur MSD, y un grupo de profesores de la Facultad de Medicina.
Empresa y Universidad, Universidad y Empresa, siendo dos y un solo corazón,
caminando juntos para hacer camino al andar.
Crear equivale a elaborar una relación innovadora a
partir de elementos preexistentes. Como los propios autores señalan, Pasteur.
Una vida singular, una obra excepcional, una biografía apasionanteintenta
crear una obra nueva con dos materiales básicos: los estudios biográficos
precedentes y los escritos del propio Pasteur. Y los amalgama con un
planteamiento interdisciplinar, que trata de dar una visión de conjunto desde
diferentes puntos de vista.
Muchas veces se ha definido a la medicina como
ciencia y como arte, pero pocos médicos la han dotado de tanta ciencia y de
tanto arte como Louis Pasteur, que no fue médico, pero a quien la medicina
lleva más de un siglo reconociendo como uno de los suyos. Y lo hizo desde la
investigación y la enseñanza de la microbiología, probablemente una de las
disciplinas que mejor encarna la doble condición artística y científica de la
medicina.
La curiosidad y la satisfacción son los rasgos que
mejor definen el espíritu creativo del hombre. Espero y deseo que a la
curiosidad del lector ante el libro que acaba de abrir siga, una vez finalizada
su lectura, la satisfacción porque el tiempo dedicado haya sido un tiempo bien
aprovechado. Eso es lo que ha sido para nosotros.
Ángel Nogales Espert
Decano de la Facultad de Medicina Universidad Complutense de Madrid
Prólogo
Louis Pasteur fue hijo del siglo XIX. Nació en el
tiempo en el que las aguas del romanticismo perdían su color para tomar el del
mar de la ciencia en el estuario del positivismo. Y vivió en una época
fascinante, una etapa de la historia en la que la esperanza de que el hombre
pudiera completar pronto su dominio de la naturaleza creó un ambiente
generalizado de fe en la ciencia y de verdadero entusiasmo por los
descubrimientos científicos, que se sucedían unos a otros con una velocidad
inusitada.
Ya no se trataba de entender el mundo, sino que,
además, había que cambiarlo. El conocimiento científico necesitaba un fermento,
una enzima que catalizara su transformación en fuente de bienestar. Y para ello
nadie mejor que un químico con mentalidad moderna, convencido de las virtudes
del método científico. Y para ello nada mejor que el sustrato de la salud, el
valor más apreciado por el hombre y objetivo último de la medicina.
Sin duda, Pasteur como químico dedicado a la
química no habría tenido la trascendencia histórica que ha tenido con su
irrupción en la medicina. No es que sus descubrimientos acerca de la disimetría
molecular y las fermentaciones sean menores, sino que la verdadera dimensión
social de su obra se alcanza con sus estudios sobre las enfermedades
infecciosas de las plantas, de los animales y, sobre todo, del hombre.
La refutación de la teoría de la generación
espontánea y el establecimiento de la teoría microbiana de la infección
transformaron definitivamente la quiromántica, alquimista y especulativa
medicina medieval en verdadera medicina científica —y con ella la ciencia
entera—, abriendo un horizonte de progreso y mejora hasta entonces
insospechado. Muchos de los avances habidos durante los últimos cien años en la
medicina preventiva y la salud pública, en la higiene y la medicina social, en
la vacunación y la quimioterapia, en definitiva en la actitud ante el enfermo y
la atención al mismo, tienen su origen en los hallazgos de Pasteur, sin olvidar
la propia creación de nuestra disciplina, la microbiología médica.
Como señalaba el maestro Pedro Laín Entralgo, pocos
médicos han ejercido tanta influencia en la historia de la medicina como este
hombre, que no fue médico. Y pocos, muy pocos sabios, han conseguido lo que
Pasteur logró con su obra: que la vida de todos los hombres se haya hecho más
larga y duradera. Pasteur fue un héroe que usó la ciencia en beneficio de la
humanidad. Nada más y nada menos. Un genio que dividió su vida entre la paz
serena del “santuario” del laboratorio y la excitación agobiante —ese pálpito
acelerado del corazón que intuye la importancia y trascendencia de lo que está
a punto de lograrse— que acompaña la aplicación de la ciencia a la resolución
de los problemas del hombre, especialmente los referidos al sufrimiento y a la
enfermedad.
Quizás, Pasteur nunca pudo alejar de su memoria los
gritos de dolor que daban las víctimas de aquel perro rabioso que atravesó las
calles de Arbois cuando él era todavía un niño; quizás, siempre tuvo presente,
por su origen familiar y social, que la verdad de una teoría reside en los
frutos que produce. Por eso, no es de extrañar que el gran investigador francés
rechazara la existencia de dos formas de ciencia: pura y aplicada, afirmando
una y otra vez que “sólo hay ciencia y aplicación de la misma”.
En cierto modo puede decirse que Pasteur fue un
auténtico revolucionario, que se rebeló contra los fantasmas reaccionarios del
error y la superstición, alineándolos delante del muro de la ciencia y
“fusilándolos” con argumentaciones y tubos de ensayo, según la expresión de
Gregorio Marañón. Pero es que disponía de armas muy poderosas: el profundo
conocimiento de los problemas de su entorno, su ansia por participar
activamente en la solución de los mismos, su apasionado deseo de convencer —y,
a veces,
Y, junto a todo ese armamento, un cierto afán de
notoriedad y un profundo deseo de reconocimiento, que lo convertían en un
trabajador infatigable tanto para desvelar el misterio y descubrir la verdad
como para alumbrar al mundo y convencer a sus rivales: “Me encuentro al borde
del misterio y el velo se vuelve cada vez más tenue. Las noches se me hacen
demasiado largas y madame Pasteur me reconviene con frecuencia, pero le
respondo que la conduciré a la fama”. Tres décadas después sería su propia
mujer quien, dirigiéndose a su hija, escribiría en otra carta: “Tu padre está
absorbido por sus pensamientos, habla y duerme poco, se levanta al amanecer y,
en una palabra, confirma la clase de vida que empecé con él hace treinta y
cinco años”.
Al lado del científico y del genio, el hombre; el
hombre que siempre va con él y le invita a conversar a solas, el hombre que,
como Machado, espera hablar con Dios un día, el patriota y el creyente, el
francés y el católico. Un personaje cuyas contradicciones él mismo trata de
aclarar: “En cada uno de nosotros hay dos seres: el hombre de ciencia, que hace
tabla rasa de todo y quiere remontarse hasta el conocimiento de la Naturaleza
por medio de la observación, el experimento y el raciocinio, y el hombre sensible,
que vive de la tradición, de la fe, de los sentimientos, el hombre que llora a
sus hijos muertos y cree que volverá a verlos... Estos dos seres son distintos,
y desdichado aquel, que con los precarios conocimientos actuales, desea que uno
de ellos predomine sobre el otro”.
No es la única contradicción que encontramos en los
rasgos biográficos de Pasteur. También llama poderosamente la atención que el
hombre que discutía de forma vehemente con sus adversarios científicos, que
mostraba un arrojo sin igual al aceptar la demostración pública acerca del
carbunco, los experimentos encaminados a acabar con la teoría de la generación
espontánea y, sobre todo, la vacunación contra la rabia, no tuvo reparo en
retractarse ante Jules Guerin, tras la trifulca de ambos en la Academia de Medicina
y después de que el anciano doctor le retara a duelo.
Probablemente Pasteur no llegó a leer El
Criticón de Baltasar Gracián, pero seguramente estaría de acuerdo con
él cuando recordaba que la plausible armonía del universo se debe a que “se
compone de contrarios y se concierta de desconciertos”, trasladando este
inestable equilibrio armónico al propio ser humano, en quien “de las puertas
adentro de su terrena casa, está mas encendida esta discordia”.
Pero, sin duda, es el entusiasmo uno de los rasgos
que mejor definen la personalidad de Pasteur. El entusiasmo (ese “dios
interior” que todos llevamos dentro) se define como “estado de intensa
excitación espiritual provocado por la fe en algo o la adhesión a alguien, que
se manifiesta en la viveza o animación con que se habla de la cosa que lo
provoca o el afán con que se entrega uno a ella”.
Louis Pasteur, como también la tuvieron el metódico
y preciso Robert Koch o el riguroso Santiago Ramón y Cajal, cuya faceta como
bacteriólogo todavía permanece casi desconocida para el gran público y una
buena parte de los profesionales sanitarios, tenía una fe inquebrantable en el
progreso científico como motor del avance social y de mejora de la vida de las
personas. Y al servicio de esta tarea pondría una voluntad indomable,
alimentada por la tenacidad y un afán constante de superación: “Las dificultades
siempre me han estimulado; jamás me han paralizado”. Hay múltiples pruebas de
ello a lo largo de su vida, pero sólo recordaremos aquí, de forma breve, tres
de las que nos parecen más significativas.
En 1859, muere su hija Jeanne. La desgracia le
agobia, le asume en un profundo dolor, pero no detiene sus audaces estudios
sobre las fermentaciones, ni sus vivas polémicas con Liebig: “Prosigo con
entusiasmo los estudios de fermentación, que tienen gran interés por su ligazón
con el impenetrable misterio de la vida y de la muerte”. Como es bien sabido,
estos estudios acabaron con la generalización de un proceso clave para la
alimentación humana, cuyo nombre hoy podemos ver a diario, sin darle mayor importancia,
en las etiquetas de millones de envases de los supermercados: pasteurización,
si bien la razón acerca de la naturaleza de los fermentos no estaba de parte de
Pasteur, sino de Liebig, como confirmarían los estudios de Bernard y Büchner.
En octubre de 1868, con tan sólo 45 años de edad,
sufre una hemorragia cerebral de la que está a punto de morir y que le dejará
semiparalítico para el resto de sus días. Pero su ilusión por descubrir el
agente causante de la enfermedad de los gusanos de seda, controlarla y salvar
de la ruina y del hambre a numerosas familias es superior a las limitaciones
que le impone su hemiplejia. Se levantará sobre su cuerpo vencido, argumentará
a pesar de su lengua trapajosa y, de nuevo, encontrará la solución buscada.
A principios de la década de 1880 Pasteur ya ha
resuelto distintos problemas de gran envergadura que le han ido planteando
desde distintos ámbitos públicos y privados, como la filoxera de la vid, el
carbunco de las ovejas o el cólera de las gallinas, ha puesto patas arriba la
doctrina de la generación espontánea y ha establecido, junto con Koch y Klebs,
la teoría microbiana de la infección. Está enfermo y se siente agotado, pero,
inasequible al desaliento, emprende la ingente tarea no sólo de buscar una vacuna
contra la rabia, sino también de establecer un principio general de vacunación
e inmunización. Y no se dará por satisfecho hasta ver inaugurado el primer
Instituto Pasteur, en París, el 14 de noviembre de 1888.
Estos tres ejemplos no son sino el reflejo del
espíritu indomable que ya se había forjado en el joven Pasteur cuando escribía
a sus hermanas al comienzo de su labor investigadora: “Querer es una gran cosa
porque a la voluntad suele seguir la acción y el trabajo, y el trabajo va
siempre acompañado del éxito. Estas tres cosas: trabajo, voluntad y éxito
llenan la existencia humana. La voluntad abre las puertas del éxito brillante y
feliz; el trabajo franquea estas puertas y, al fin de la jornada, el éxito llega
a coronar los propios esfuerzos”.
Emilio Bouza, Juan José Picazo, José Prieto
Coordinadores
Agradecimientos
Decían los filósofos medievales que algo es objeto
de esperanza si es un bien difícil, posible y futuro. Todas estas
circunstancias se daban cuando, con el año nuevo, recibimos la invitación de
Sanofi Pasteur MSD de poner en marcha la obra que tiene entre las manos. Ahora,
tres meses después, cuando ya se ha hecho el camino al andar, podemos decir que
todas las condiciones se han cumplido.
Seguramente la bondad de Pasteur. Una vida
singular, una obra excepcional, una biografía apasionanteestribe en su
enfoque multidisciplinar y en su carácter intergeneracional. En ella han
intervenido más de una veintena de autores de formación variada y distinto
desempeño profesional, que abarcan diversas disciplinas científicas, tanto
dentro —microbiología, medicina preventiva y salud pública, atención primaria
de salud, historia de la medicina— como fuera de la medicina —farmacia,
biología, química—. Y, además, ofrecen la visión de tres generaciones distintas
acerca de la inabarcable figura de Pasteur.
Ha sido una tarea difícil y ha resultado posible
porque, impregnados del espíritu pastoriano, los autores han realizado un
esfuerzo ímprobo en un corto periodo de tiempo para una obra de estas
características. Ha sido una ardua labor de búsqueda en las otras biografías y
en los escritos del propio Pasteur para llenar el libro de citas literales,
que, muchas veces, constituyen la mejor herramienta historiográfica. Son
veinticuatro capítulos distintos y complementarios, en los que han sido
inevitables algunas reiteraciones acerca de algunos hechos particulares o datos
biográficos, pero que en su conjunto aportan un interesante cuadro, si se
quiere impresionista, de la vida, obra y biografía de Pasteur. Y ha sido
posible por el apoyo e ilusión de Julio de la Cruz y Julia Gallego, verdaderos
impulsores del proyecto.
Con este bagaje, aspiramos al futuro, que ya es
hoy, y que no tiene otro sentido que proporcionar un rato de lectura amena y
agradable a quien atraviese el vestíbulo y quiera adentrarse en cualquiera de
las habitaciones del libro. Pero el hoy vuelve a cargarse de esperanza, ese
estado de ánimo por el que vemos como posible lo que deseamos, y lo que
deseamos es poder transmitir, especialmente a los lectores más jóvenes, a
nuestros profesionales sanitarios y a nuestros universitarios, el interés por
el entusiasmo en el avance científico y el esfuerzo por la búsqueda de la
verdad, de los que son un ejemplo insuperable la vida y la obra de Louis
Pasteur.
En las posadas de nuestro camino hemos encontrado
más de veinte biografías de Pasteur, la mayoría de ellas escritas por uno o dos
autores y la mayor parte procedentes de Francia, patria a la que tanto amó
Pasteur. Con alguna de ellas entre las manos nos hemos encontrado más de una
madrugada al despertarnos, pero no quisiéramos pasar por alto la exquisita
radiografía realizada por Pedro Laín Entralgo en el prólogo a la edición en
español de la escrita por René Dubos. Y en este caminar siempre hemos tenido presente
que hacer —y leer— una biografía es tratar de explicar —y explicarnos a
nosotros mismos— una parte de la vida y del trabajo de la persona a la que
admiramos, pero también supone detenernos en el límite de lo que no puede ser
comprendido, el de esos pasajes del alma que dan sentido último a la vida de
cualquiera, ese que quizás encierra ciertas contradicciones de la interesante y
rica personalidad de Louis Pasteur.
Nuestro más sincero agradecimiento a todos los
autores que han participado de una u otra forma en la obra, muy especialmente a
los profesores Luis Montiel, Julio Zarco y David Martínez, que han permitido
complementar con sus capítulos de historia de la medicina y salud pública la
visión más específicamente microbiológica.
Las imágenes aportadas por Maite Corcuera suponen
una auténtica novedad editorial y dan a la obra un valor añadido incalculable
por su belleza científica y artística.
Asimismo, queremos significar el trabajo y esfuerzo
realizados por Ángel Martínez y José Francisco Fernández en la maquetación y
diseño de la obra.
Emilio Bouza, Juan José Picazo, José Prieto
Coordinadores
Capítulo 1
Una vida dedicada al estudio y a la investigación
Luis Montiel
§. ¿Otra biografía de Louis Pasteur?
Esta es la pregunta que seguramente se formularía
cualquier historiador de la medicina, y que sin duda me formulé yo mismo, al
recibir un encargo como el que ha dado origen a este libro. Existen muchos y
muy buenos estudios sobre la vida y la obra del científico francés, sin duda
uno de los más unánimemente reconocidos por una humanidad que se siente en
deuda con él; estudios que beben, generalmente, en una fuente privilegiada,
pero también un tanto sesgada, como es la biografía redactada por su yerno, el
escritor René Vallery—Radot, así como en el material biográfico editado, como
la totalidad de su obra científica, por el hijo de éste, Pasteur Vallery—Radot.
Fuente privilegiada, digo, porque sus autores dispusieron de un acceso
incomparablemente directo a la persona del sabio, a sus más próximos y a sus
manuscritos, pero también sesgada en la medida en que esa misma proximidad,
impregnada inevitablemente de sentimientos que no podían dejar de ser intensos,
ha podido pesar sobre la ulterior trayectoria de los estudios sobre Pasteur, en
muchos casos peligrosamente contaminados por la hagiografía. Me apresuro a
señalar que esta contaminación, que sin duda el viejo maestro habría detectado
el primero, atribuyéndola quizá a un malvado “fermento literario”, y tal vez
incluso habría encontrado un ingenioso procedimiento para combatirla, fue y
sigue siendo tanto o más obra de la época que de los autores, inmersos en ella
como en el aire que respiran —que respiramos— y en consecuencia inconscientes
de sus efectos. Sobre ello habré de escribir más adelante.
¿Sería, pues, la hipercrítica y debeladora la única
manera de redactar “otra” biografía y “otro” estudio de la obra científica de
Pasteur? Seguramente no. Algo así respondería a otro pecado de estilo —y de
personalidad— tal vez incluso más censurable, o si se quiere a otro “fermento”,
el de la “voluntad de originalidad” cuyo resultado es el enfant
terrible,término que no he llegado a encontrar en la obra de Pasteur, pero
que sospechosamente se enuncia siempre, como es sabido, en francés (¿lo habrá
descubierto alguno de sus discípulos?). El caso es que podemos y debemos hacer
historia porque los hechos no cambian, pero sí lo hace la luz que proyectamos
sobre ellos como resultado de los nuevos conocimientos y nuevos estilos de vida
que, inevitablemente, nos mueven a formular nuevas preguntas que a su vez
suscitan respuestas nuevas. Con esa pretensión, creo entender, se ha proyectado
este libro y me propongo plantear mi contribución a él. Y con ese propósito
comienzo interesándome por lo que los orígenes del investigador pudieron tener
que ver con lo creativo de su vida como científico.
§. El hijo del curtidor
Louis Pasteur nació el 27 de diciembre de 1822 en
Dole, en una casa de la calle de los Curtidores, donde su padre tenía
precisamente una curtiduría. Salvo el correspondiente a la fecha —que
interesará probablemente de manera exclusiva a los aficionados a la astrología—
ninguno de los otros datos es, para mi propósito, baladí. El que habría de ser
reconocido como benefactor de la humanidad por unos descubrimientos debidos
especialmente —como señala el título de este capítulo— al estudio y al trabajo,
viene al mundo en un territorio bello pero duro, próximo al macizo montañoso
que sirve a Francia de frontera con Suiza, y en la casa de un trabajador manual
sita en una calle que, como venía sucediendo desde la Edad Media, agrupa a los
trabajadores del gremio recibiendo de ellos su nombre. Intentemos imaginar qué
pudieron suponer estas coordenadas nada astrales, sino puramente terrenales, en
la formación de una personalidad que, sin duda alguna, algo tenía de especial,
pues es lógico suponer que muchos niños nacieron en torna a esa época en la
calle de los Curtidores y no llegaron a ser nada semejante a lo que fue
Pasteur.
La región: geográficamente el Jura; pero
históricamente el Franco Condado: un territorio con un pasado feudal, cuyo
último trasunto pudiera ser precisamente esa pervivencia del estilo de vida
gremial en la época en que nació Pasteur, que habría permanecido incólume bajo
los cambios del poder político (Reino franco de Borgoña, propiedad luego de los
Habsburgo hasta Carlos II de España y territorio francés desde entonces). Una
tierra en la que se aprende que los monarcas pasan pero el trabajo y la comunidad
en torno a él organizada quedan. La unión de los pequeños en torno a la labor
bien hecha hace la fuerza. Por otra parte, no se puede dejar de trabajar, pues
sólo el esfuerzo cotidiano garantiza la supervivencia y, si a tanto se llega,
la prosperidad. En ese mismo año de 1822 en que nace nuestro personaje muere en
Berlín el escritor Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, que pocos años antes había
cantado con nostalgia las virtudes de ese viejo modo de vida gremial en su
relato “Martín el Tonelero y sus aprendices”. Una forma de vida que desaparece,
pero cuyo sabor particular llegará a degustar el pequeño Louis en un momento en
que la impronta dejada por estas experiencias llega a ser imborrable. El
trabajo individual, su encuadre en la comunidad, la disciplina, hija tanto de
la necesidad como del afán por la obra bien hecha; una obra, además, cuya
materia prima —la piel de ciertos animales— guarda una estrecha relación con la
vida, con una vida que se transforma mediante procedimientos y técnicas que,
como más tarde aprenderá en las sucesivas etapas de su educación, tienen que
ver con la física y con la química.
Pero el padre, Jean—Joseph, es algo más que
curtidor, o al menos lo ha sido: suboficial del ejército del Emperador; uno de
los grogmrds de Napoleón. He dudado al utilizar el tiempo
verbal: ¿ha sido o es? Según parece, nadie que haya pasado por una guerra deja
de ser, al menos en parte, lo que en ella fue; aún hoy utilizamos el término
“excombatiente” para referirnos a estos personajes. Ya no combaten, pero, a
pesar de lo que signifique la partícula “ex” lo cierto es que henos acuñado un
término especial para ellos, que ya no son sólo repartidores de correos,
escritores, mozos de cuadra o arquitectos, pues son además excombatientes. Creo
entender que esto es especialmente válido para quienes formaron, henchidos de
patriotismo y romanticismo, bajo las banderas de Napoleón. Una vivencia así
hace de un ser humano un patriota, en el sentido más romántico del término, así
como le hace sentirse coprotagonista, menor si se quiere, de un momento
histórico sin parangón. Parece que Jean—Joseph era hombre de pocas palabras,
pero sin duda algo, si no mucho, debió de transmitir a su vástago a la luz del
comportamiento ulterior de éste en la paz y en la guerra. “La guardia muere,
pero no se rinde” y “¡Viva la nación!” son lemas que debieron quedar guardados
en las entretelas del espíritu del futuro químico, objeto de todos los
reconocimientos posibles por parte de su patria. Desde luego, este padre fue
siempre querido y reverenciado por su hijo, a juzgar por la correspondencia
intercambiada así como por los hechos recogidos en la biografía por
Vallery—Radot.
¿Y la madre? Sin duda también ella debió de tener
su importancia en la formación de la personalidad del futuro científico. Pero
la impresión que se obtiene de los datos de que disponemos es que su influencia
quedó reducida a lo que los condicionamientos sociales de la época y el lugar
permitían. Jeanne—Stéphanie Roqui aportó a la familia una pequeña herencia que
motivó el traslado a Arbois, no muy lejos de Dole donde su esposo se hizo cargo
de otra curtiduría. Fue en esta ciudad donde Pasteur recibió su educación
escolar, donde quedó fijada definitivamente la vivienda familiar y donde más
tarde realizaría algunos de sus trabajos sobre fermentaciones.
Pero la madre se limitó a desempeñar el papel que
la sociedad, especialmente la rural, de su tiempo le atribuía: cuidar del hogar
y de los hijos, de modo que su figura aparece siempre como en la sombra, lo
cual sin duda contribuyó también, de una manera que no siempre se reconoce, a
la formación del científico altamente dedicado y socialmente reconocido; eso
que tópicamente se reconoce diciendo que “detrás de todo gran hombre hay una
gran mujer”, lo que a menudo significa que esa mujer es grande precisamente
porque está detrás y se limita a facilitar, o si se quiere a no estorbar.
Retratos del padre y la madre de L. Pasteur, pintados por el sabio francés,
quien desde joven trató de combinar ciencia y arte.
Sobre la idea que Pasteur se hacía de la mujer, al
menos en los inicios de su carrera científica, y al menos respecto de algunas
mujeres, nos informan las cartas dirigidas a su padre desde París en la época
(1846—1847) en que trabajaba en sus tesis para doctorarse en Física y en
Química, en las que explica que al menos de momento no piensa casarse y le
pregunta si estaría de acuerdo en que se llevara a París a una de sus tres
hermanas (no tuvo ningún hermano varón) para que se ocupara de la casa.
Pienso que esta constelación familiar justifica el
título que he dado a este epígrafe. La biografía científica y personal de
Pasteur es una biografía de varón en un mundo viril. La figura del padre será
la sola referencia familiar que nuestro personaje tome a lo largo de su vida
para gobernar su conducta. No es algo que deba extrañarnos, pues esa era la
norma; pero debemos tenerlo en cuenta cuando nos planteamos comprender su obra
en términos de “una vida dedicada al estudio y a la investigación” y cuando, revisando
la abundante iconografía fotográfica, contemplamos la muy utilizada imagen del
científico dictando a su esposa Marie Laurent en el patio de la granja de Pont
Guisquet uno de sus trabajos sobre la enfermedad de los gusanos de seda.
§. “Una vez que uno se ha hecho al trabajo ya no
puede vivir sin él”
Esta admonición dirigida a sus hermanas, procedente
de una carta a la familia escrita por Pasteur en enero de 1840 desde el Colegio
Real de Besançon, donde cursaba el bachillerato, podría llevarnos a preguntamos
si, desde fechas tan tempranas, nuestro personaje no sería lo que hoy se
denomina workahólico. El enunciado, desde luego, suena
fuertemente a adicción. “¡ya no se puede vivir sin él!”. ¿Necesitaba Pasteur su
dosis diaria para mantenerse sano?
Lo cierto es que, salvo algunos afortunados —al
menos desde un punto de vista superficial— nadie puede vivir sin trabajar, pero
no por “acostumbramiento” —o no sólo por ello— sino por pura necesidad. Aunque
sea mediante la picaresca de hacer que se trabaja, algo hay que realizar en la
vida para poder vivir por razones puramente materiales. Pero, lo repito, en el
enunciado pastoriano hay un cierto tufillo que si bien por un lado nos puede
orientar hacia cierta patología psíquica no siempre grave, por otro nos da la
clave de esa actitud que desde siempre se le ha reconocido como un mérito: una
ardiente laboriosidad. La voluntad de trabajar no es innata —pues, ¿no se trata
del primer castigo divino impuesto a la humanidad?— pero, para algunos, cuando
se aprende, cuando uno se acostumbra, se convierte en una necesidad. Este
carácter de necesidad flotaba, por otra parte, en el ambiente; el trabajo era
uno de los valores sobre los que se constituyó esa sociedad burguesa que emerge
en los gremios de la Edad Media y el Renacimiento y se hace plenamente
consciente de sus valores y de su poder con la Revolución Francesa, que
la Grande Armee en cuyas filas formó el padre de Pasteur
pretendió exportar a toda Europa y que, finalmente, se impuso sin el tronar de
los cañones. El esfuerzo cotidiano era algo valioso a los ojos de la sociedad
de la que el futuro investigador forma parte, y además es necesario para
progresar, que es lo que Jean—Joseph quiere para su hijo desde que el director
de la escuela primaria de Arbois detecta en él una capacidad notable para el
estudio. En Besançon, al finalizar sus estudios de Bachillerato en letras, sus
profesores reconocieron en él una habilidad particular para las ciencias que,
asociada sin duda a su propia vocación, dirigió sus pasos hacia la École
Normale de París después de examinarse para el Bachillerato en
Ciencias en la Universidad de Dijon en agosto de 1842.
J. B. Dumas, uno de los personajes que mas influyeron en la biografía de L.
Pasteur
A diferencia de lo que harán tantos provincianos
jóvenes librados a su albedrío en la Ville lumière, Louis
Pasteur no se dejará seducir por los encantos de la capital ni se verá atacado
en ella por la nostalgia o el desánimo, sino que, fiel a la consigna lanzada a
sus hermanas, usará su tiempo para aprender, para prepararse a esa vida de
trabajo que ha aprendido en casa y a la que jubilosamente se ha destinado.
Tiene por delante un curso académico para disiparse o para preparar el examen
de ingreso a la Escuela y, como acabo de decir, elegirá lo segundo acudiendo a
cuantos lugares ofrecen pábulo nutricio a su voluntad de aprender. De este modo
conocerá en la Sorbona al químico Jean—Baptiste Dumas, cuyas lecciones le
apasionarán siendo, probablemente, responsables de su elección profesional.
Pasará los exámenes con éxito —en cuarto lugar— convirtiéndose en un normalien. Su
carrera científica y profesional acaba de comenzar.
No se puede vivir sin trabajar, por razones
materiales y, en el caso de Pasteur, también por razones más espirituales o, si
se prefiere, psicológicas. Pero hay muchas formas de trabajar. En casa de su
padre ha conocido una que precisamente él ha querido ahorrarle. Trabajo manual,
que requiere esfuerzo, que no siempre es bien valorado, que depende del mercado
y de sus fluctuaciones. ¿No le ha hecho saber en una de sus cartas que,
habiendo sido mala la producción de vino un año, los pedidos realizados a su curtiduría
han caído dramáticamente, y con ellos los ingresos familiares? Parece que el
trabajo intelectual responde a otras leyes, a otra dinámica. Y sin embargo,
como veremos, la huella de lo manual presidirá durante toda su vida el trabajo
científico de Louis Pasteur, el hijo del curtidor. Pues la del químico es una
tarea intelectual que se realiza sobre parcelas de la naturaleza en un laboratorio ¿Volvemos,
por un momento, a la Edad Media? Recordemos, pues, esa otra consigna, la que
presidía el quehacer cotidiano de los monjes: ora et labora; reza y
trabaja. Pero rezar remitía, in extenso, al quehacer
intelectual, mientras que el segundo imperativo apuntaba a la labor, la
labranza de los huertos de cultivo del monasterio; al trabajo manual, no
exento, en todo caso, de connotaciones benéficas en lo moral y en lo
intelectual. Pasteur, el científico, tendrá que trabajar con las manos sobre
terrones más pequeños, cierto es, que los que destripaban los monjes
medievales. Mas no debe olvidarse que el éxito de su explicación de los
fenómenos de desviación de la luz polarizada en soluciones de paratartratos se
debió a la decisión de trocear cristales que sus predecesores habían mantenido
enteros.
Hasta este momento esa vida dedicada al estudio y a
la investigación a la que se refiere el título del capítulo se había mantenido
oculta, desenvolviéndose en el estrecho marco de la familia, las primeras
amistades juveniles y los primeros maestros. Pero a raíz de los experimentos
sobre la desviación de la luz polarizada la situación comenzó a cambiar, no
tanto por la repercusión de los mismos, todavía escasa y limitada a un exiguo,
aunque exquisito, círculo de especialistas, sino por las reflexiones que ese
primer trabajo despertarían en su autor.
En efecto: Louis Pasteur había comenzado su
andadura científica estudiando un problema de química física, que tenía que ver
con las leyes de la óptica y con las de la constitución molecular de la
materia. Pero la materia con la que trabajaba era orgánica.
Entiéndaseme bien. No quiero decir que los
tartratos tengan propiedad biológica alguna. Pero, como es sabido, es la vida
quien los produce. Tártaro es el nombre dado desde tiempo inmemorial al
depósito calcáreo que se forma en las paredes de los toneles en los que se
produce la fermentación alcohólica. Desde la Edad Media los vinateros se han
visto obligados a limpiar o a hacer limpiar el interior de sus toneles de tanto
en tanto; y esas cristalizaciones son las que, antes que Pasteur y con
resultados diferentes —y erróneos— había estudiado, entre otros, el célebre
químico alemán Mitscherlich. O más exactamente no esas, sino las que, a partir
del análisis de dicho sedimento, producían para su estudio unos pocos
industriales alemanes; en todo caso, un producto químico “tomado del natural”,
alumbrado en sus orígenes por un proceso biológico.
La comprensión de este hecho, así como del señalado
por todos los estudiosos de la obra de Pasteur —que la aparición de variantes
dextrógiras y levógiras de estos cristales se debía a la acción de ciertos
“fermentos”, que el novel químico, acertadamente, consideró seres vivos—
llevaron a nuestro autor a interesarse por esa sección de la vida cuya
existencia se discutía aún y se siguió discutiendo algún tiempo. Como es
sabido, el estudio de esas entidades, con la definitiva demostración de que se
trataba de seres vivientes, llevó a Pasteur del campo de la química al de la
biología, extendiendo ante él un panorama científico y profesional inesperado,
lo que tendrá repercusiones extraordinarias tanto en el campo científico como
en el socioprofesional.
§. El laboratorio y el mundo
Se considera, tal vez a justo título —con permiso
de los institutos de investigación de las nuevas universidades alemanas— a
Louis Pasteur como el introductor en las ciencias de la vida de esa ingente
novedad científica que representa el laboratorio. Ciertamente nada será igual
en el estudio de la biología, así como en el de las enfermedades del ser humano
y de los demás animales, después de la obra de Pasteur. Esta afirmación podría
extenderse a otros dominios de Facultad de Ciencias de Lille.
A los 23 años, L. Pasteur logró un puesto en el laboratorio de A. J. Balard.
Como queda dicho, sus primeras investigaciones le
arrastraron del campo de la química al de la biología microscópica, en una
época —preciso es recordarlo— en que el propio concepto de “microbiología”
carecía aún de carta de naturaleza, y en un terreno en el que incluso se
discutía la condición biológica de las levaduras, consideradas fermentos
inorgánicos, o bien resultado, que no causa, de las fermentaciones. El estudio
de estas pequeñas criaturas llevó a Pasteur al territorio de unos intereses
diferentes de los científicos, pero en nada hostiles a ellos: los económicos.
Pues los campos privilegiados de estudio de las fermentaciones se encontraban
en el entorno industrial. Fermentaciones conocidas de antiguo y valiosísimas
para la sociedad humana —la de la masa del pan, la alcohólica, la acética...—
producían bienes materiales y crecimiento económico, de manera que su mejor
conocimiento y el subsiguiente control de las mismas no podía dejar de ser
objeto de interés no sólo científico, sino también social en un sentido amplio.
En 1853 sus trabajos le valieron la obtención de la Legión de Honor, solicitada
para él nada menos que por su admirado Dumas, y sin duda esta distinción fue
uno de los argumentos que pesaron para que al año siguiente fuera nombrado profesor
—y decano— de la existencia humana, en la medida en que el prestigio logrado
por el científico universalmente reconocido como benefactor de la humanidad
desborda los márgenes de su actividad para deslizarse sobre parcelas enteras de
la comprensión de la realidad por el ser humano común, suscitando ideas y
prácticas antes inexistentes, de modo que algún historiador ha podido hablar de
“la pasteurización de la sociedad”.
Evidentemente no puede infravalorarse la influencia
derivada de los resonantes éxitos del químico que, a demanda de las
autoridades, “sacó los pies del tiesto” invadiendo campos hasta entonces
prohibidos en nombre del intrusismo profesional. Porque, en puridad, desde muy
temprano Pasteur fue un intruso desde el punto de vista de la sociología de las
profesiones. Pero de esto habré de ocuparme en otro lugar. De momento conviene
centrarse en el objetivo de este capítulo, el análisis de la capacidad de trabajo
y de innovación de nuestro personaje.
Esta nueva situación representó un cambio para
Pasteur desde diversos puntos de vista. Por una parte le ponía en la situación,
nueva para él, de dirigir, o al menos orientar, el trabajo de otros,
especialmente el enderezado a la formación de los futuros matemáticos, físicos,
químicos y naturalistas; por otra, en el acto de su nombramiento el Ministro de
Instrucción Pública le pidió que tuviera en cuenta las necesidades de las
industrias de la región. A partir de este momento tendría que resolver problemas
científicos que, en buena medida, eran también industriales y por tanto de un
modo u otro sociales. Además, tendría que esforzarse por crear un “estilo”, un
método en el que pudieran formarse otros servidores de la nación como él. Esta
doble responsabilidad determinó el mantenimiento, hasta sus últimas
consecuencias —y hasta los últimos días de su vida— de su férrea disciplina de
trabajo, así como el aguzamiento de su inventiva en los diversos campos objeto
de sus sucesivas investigaciones.
Por otra parte, la exigencia de responsabilidad
social tuvo como benéfico efecto la intercomunicación entre el laboratorio y el
mundo. Cuando se piensa en el laboratorio se tiende a imaginar un espacio
cerrado en el que individuos —quizá uno solo— tremendamente concentrados
manipulan sustancias sin saber siquiera qué tiempo —meteorológico— hace en el
exterior o cuanto tiempo —cronológico— ha pasado desde que comenzaron. Y lo
cierto es que algo, y aún mucho de esto hubo en la vida de laboratorio de Pasteur
en los comienzos, y en buena medida no dejó de haberlo nunca. Pero la realidad
forzó al investigador a salir al mundo, aunque lo hiciera de manera singular y
novedosa: transformando la naturaleza, o al menos una parte de ella, en
laboratorio, o bien llevando el laboratorio al ancho mundo.
No es que, como los viejos alquimistas, nuestro
químico metido a naturalista considerase la naturaleza como un vasto
laboratorio del que el sabio debe aprender. Lo radical de su punto de vista
consistió, por el contrario, en doblegar a la naturaleza, cuando ésta se vuelve
hostil al hombre, a las reglas del laboratorio; en llevar los útiles del
pensamiento científico al territorio antaño conquistado por el ser humano que
amenaza con rebelarse. Si el primer laboratorio de Pasteur fue un pequeño e
insalubre desván en la Escuela Normal Superior —que, por otra parte, le bastó y
le sobró para sus experimentos orientados a refutar la teoría de la generación
espontánea— algunos de los que dispuso más tarde tuvieron un aspecto bien
diferente. En particular el destinado a buscar la causa —y con ella el remedio—
de una grave amenaza para la industria sedera francesa: las enfermedades de los
gusanos de seda.
Como es sabido, a requerimiento de su maestro Dumas
Pasteur aceptó el encargo de investigar las posibles causas biológicas de una
enfermedad que a la sazón diezmaba los cultivos sericícolas franceses: la
llamada pebrine o “enfermedad de los corpúsculos”, por ser su
síntoma más evidente la aparición de corpúsculos negros en las distintas fases
de la metamorfosis, desde el huevo hasta la mariposa adulta. Lo hizo tras
reconocer a su mentor que en la vida había visto un gusano de seda, lo que fue
interpretado por éste, no sin razón, como una importante ventaja: “¡Mejor! Así
no llevará usted ideas preconcebidas”. Y su forma de proceder fue ejemplar: no
ordenó, como en otras ocasiones, que le trajeran al laboratorio ejemplares
contaminados, sino que se trasladó con armas y bagajes —o, por hablar con mayor
propiedad: con su familia, previendo que el trabajo sería largo— al epicentro
de la catástrofe: la ciudad de Alais, donde se puso a su disposición una
pequeña finca para residencia de la familia y como campamento base, pues el
laboratorio, como ya he anunciado, estaba fuera, alrededor.
El laboratorio era, si no la naturaleza misma —no caeré en tal error— sí algo a
medio camino entre ésta y la instalación cerrada de investigación: los cultivos
sericícolas, las colonias creadas y mantenidas por los industriales y sus
trabajadores. Se trataba de ver cómo ocurrían las cosas en el ambiente
habitual, in situ. De ese modo llegó a la conclusión de que
eran los animales contaminados los que infectaban los huevos —pues de una
parasitación se trataba; no insistiré en algo de sobra conocido—, proponiendo
una solución basada en el sentido común: seleccionar mariposas aún no
contaminadas —o adquirir huevos sanos— y crear linajes “limpios” alejados de
cualquier eventual contaminación por los antiguos.
L. Pasteur intentó doblegar a la naturaleza hostil a las reglas del
laboratorio.
Pero si los cultivos sericícolas de Alais no son
todavía, o lo son sólo en medida parcial, “la naturaleza”, más cerca de ella se
encuentran los llamados “campos malditos” que, de manera misteriosa, provocan
de tanto en tanto las desastrosas epidemias de carbunco en el ganado,
especialmente el ovino y vacuno. Pasteur fue quien consiguió explicar
definitivamente el papel del terreno —la supuesta condición “maldita” de los
campos— describiendo el ciclo vital de la entonces llamada “bacteridia”.
Esa voluntad de respuesta a las demandas de una
parte de la sociedad —la industria— que repercutían, cómo no, en la sociedad en
su conjunto, que llevó a Pasteur, como una especie de caracol de la
bacteriología, a salir al mundo con el laboratorio a cuestas, le había ido
conduciendo, como por pasos insensibles, del mundo de lo inorgánico hacia el de
la vida y lo que la destruye; o por hablar con mayor propiedad, lo que destruye
la vida de organismos complejos, que no es sino la forma de vivir de otros más
simples: esos con los que, desde el comienzo —desde los estudios sobre las
fermentaciones— estaba familiarizado. Y el resultado inesperado de esa
tenacidad en el trabajo y en la investigación fue la autoridad, ganada a pulso
—nunca mejor dicho— en un campo prohibido a los foráneos: la medicina.
En otro lugar reflexionaré acerca de la dificultad
de defender un monopolio absoluto para la medicina en el campo de la enfermedad
humana, y muy en particular de la de origen infeccioso. Ciertamente no estaban
aún los tiempos preparados para escuchar frases como la precedente, por más que
fue en esa época, y no en otra, donde las fronteras comenzaron a hacerse
permeables. El caso es que desde distintos foros, no sólo el de la medicina, se
censuró el hecho de que las autoridades encomendaran a Pasteur tareas que, por
su formación de químico, parecían no corresponderle y suscitaban la acusación,
velada o explícita, de intrusismo. Pero, ¿cómo negar autoridad en el campo de
la salud humana a quien, con su tenacidad y su inteligencia, estaba llegando a
dar respuesta a problemas dramáticos, como el sobradamente célebre de la lucha
contra la rabia? Harto se ha hablado y se ha escrito sobre la a la vez sensata
y original inteligencia de Pasteur al imaginar el método para provocar una
respuesta inmune a la agresión de un agente aún desconocido por invisible —el
virus de la rabia—; pero en la perspectiva que gobierna a este capítulo debe
resaltarse sobre todo la convicción de que no fue la formación recibida en las
aulas, sino la personalidad científica forjada mediante el trabajo y la
investigación, quien le hizo capaz de llegar donde otros no habían llegado.
Capítulo 2
La obra de Pasteur y sus repercusiones sociales, económicas y científicas
Luis Montiel
§. El camino de la ciencia hacia la sociedad
Al menos desde los comienzos del siglo diecisiete,
y de manera universalmente reconocida en la obra de Sir Francis Bacon, la
investigación científica manifiesta una creciente tendencia a implicarse en el
desarrollo económico de las sociedades occidentales y, a través de éste, en la
política. Con todo, esta implicación no es todavía objeto de aceptación general
(recuérdese el fuerte componente esotérico que mantienen ciertos abordajes
protoexperimentales de la realidad natural, como la alquimia), ni existe un
reconocimiento social suficiente de la profesión de científico. Para empezar,
el término que acabo de emplear sería totalmente anacrónico en el contexto del
Barroco, e incluso de la Ilustración, y hasta de buena parte del siglo
diecinueve. Ni siquiera los propios estudiosos de la naturaleza se reconocen
entre sí apelando a este término, sino al de “filósofos”, a lo sumo “filósofos
de la naturaleza”. Naturalphilosophers son, por poner un
ejemplo altamente ilustrativo, los miembros de la más innovadora y creativa de
las sociedades científicas de la época, la británica Royal Society, del
mismo modo que philosophes —más tarde savants— son
los miembros de la Academie des Sciences de Francia.
Pero el desarrollo del estilo baconiano se revelará
como imparable. Ya en el siglo dieciocho la voluntad de utilidad pública del
quehacer técnico y científico se revelará decisiva, en parte, probablemente,
por la atención prestada por el poder político y por el económico a las
realizaciones utilitarias de la ciencia moderna. A este respecto el caso de
Jacques de Vaucanson (1709—1782) puede constituir un ejemplo valioso. Este
autor, excelente mecánico, construyó varios autómatas que causaron pasmo en la época.
Algunos de ellos, desaparecidos, han llegado a ser conocidos gracias a los
admirados testimonios de los contemporáneos. Destacaron en su producción los
autómatas musicales —un flautista, un tamborilero— que podían ejecutar diversas
melodías. Sutiles juegos de ruedas dentadas, resortes y fuelles delicadísimos
permitían el prodigio. Pero sin duda el más llamativo de sus autómatas fue su
famoso pato, capaz, según su autor, de digerir mecánicamente el alimento que se
le suministraba, expulsando por el ano una especie de excremento. Esa supuesta
capacidad “fisiológica” resultó ser una superchería, pero mientras se sostuvo
dio pie a especulaciones acerca de la condición últimamente mecánica de la
naturaleza, incluyendo en ella al ser humano. No puedo extenderme en este
apasionante asunto, pero sí señalar que a tanto llegó la admiración por este
tipo de máquinas, y por la hipótesis que sugerían, que varias academias de
ciencias convocaron un premio a quien lograse construir un autómata parlante,
pues según la filosofía de la época era el habla la propiedad que permitía
distinguir radicalmente al ser humano del resto de los animales.
Lo que me interesa de esta historia en el marco de
nuestro estudio sobre Pasteur es que Vaucanson, cuyo pato mecánico habría
puesto en marcha este debate científico, abandonó sus trabajos sobre autómatas,
tan apreciados por los filósofos como por un público ávido de novedad, para
entregarse en cuerpo y alma al socialmente más provechoso —y sin duda
provechoso también desde el punto de vista de su lucro personal— de ingeniero
jefe de las manufacturas textiles de la Corona. De la ciencia básica a la ciencia
aplicada podría llamarse este recorrido ejemplar.
Pues bien: esa nueva actitud se convertirá en
dominante a lo largo del siglo diecinueve. Seis años más joven que Pasteur, su
compatriota Jules Verne actuará como notario de esta radical transformación del
objetivo de la investigación científica, y lo que es más importante, el éxito
de sus obras de lo que bien podría llamarse ciencia—ficción constituye una
prueba del valor concedido por el conjunto de la sociedad contemporánea a una
ciencia así entendida, que se presenta como garante de progreso, bienestar y
poderío. En ese contexto y como protagonista de esa historia se nos presenta
nuestro biografiado.
No sólo en lo ideológico, sino también en lo
material la época estaba madura para esa nueva valoración de la labor
científica así como para el desarrollo, cabe decir la explosión, de sus
posibilidades. El crecimiento económico de las sociedades occidentales más
pujantes, apoyado de manera explícita en sus imperios coloniales en el caso de
Gran Bretaña y Francia, y lamentando carecer de uno, hasta buscarlo manu
militari, la Alemania que surgirá de las guerras napoleónicas, había
sentado las bases para que una cierta investigación científica pudiera
desarrollarse. Por una parte se empieza a valorar el trabajo del científico que
se traduce en riqueza y poder; por otra, el desarrollo tecnológico empieza a
poner en manos de aquél los medios para cultivar su ciencia de manera cada vez
más exigente. Se fabrican más sensibles aparatos de medición y de observación;
se producen industrialmente sustancias químicas difíciles de conseguir en la
naturaleza (es el caso de los cristales de tartrato y paratartrato con los que
Pasteur realizará sus experiencias sobre la desviación de la luz polarizada por
estas sustancias); y poco a poco van surgiendo instituciones destinadas a esta
investigación que se considera esencial para el desarrollo de las naciones: en
Alemania, los institutos de investigación asociados a las cátedras
universitarias desde la reforma de la universidad gestionada por Wilhelm von
Humboldt; en Francia el camino que conduce del vergonzante laboratorio de
Pasteur en el desván de la École Normale Superieure al instituto
que lleva su nombre.
§. Las coordenadas económicas
Comenzaremos por reflexionar sobre las
consecuencias económicas de algunas investigaciones de Louis Pasteur; de la
mayoría, habría que decir. Y ello porque, entonces como ahora, esas
repercusiones son las que garantizan un mayor éxito social. Incluso si esto no
es del todo cierto en el caso del científico francés, pues el mayor motivo de
su reconocimiento por parte del ciudadano común lo constituyen sus valiosísimas
aportaciones al campo de la salud, hay que tener en cuenta que en alguna medida
—a veces en gran medida— la mera posibilidad de realizar tan fructíferas
incursiones en este campo vino dada por el mérito adquirido en otros campos en
los que la aplicación de sus conocimientos y de sus técnicas había reportado un
provecho económico a sus beneficiarios.
Esto no significa que Pasteur se moviera por ánimo
de lucro. Seguramente nada está más lejos de la realidad. La impresión que se
obtiene de la lectura de las biografías de Pasteur es muy otra. Pretendió ser
un científico por amor a la ciencia misma, y tal vez también por el creciente
prestigio a ella atribuido. Y, lo que es más importante, tengo para mí que en
la consideración de su trabajo en la perspectiva de la rentabilidad económica
se basó, en el fondo, en la aguda conciencia de que de ese factor dependía el
bienestar, tal vez incluso la supervivencia de mucha gente. Pienso —volvamos a
sus años de formación— que no fue ajena a esa manera de pensar —y de sentir— su
experiencia de hijo de trabajador manual. Dejando a un lado las mil pequeñas
vivencias cotidianas que no pueden recogerse en una biografía, desde que la leí
me ha llamado enormemente la atención ésta que ahora transcribo: cuando el
joven Louis preparaba sus tesis doctorales su padre le envió cien francos junto
con una carta en la que le encarecía que los administrara con prudencia “porque
con la mala cosecha del vino los zapateros están en la miseria”, y no hay que
olvidar que éstos son los principales compradores de los cueros curtidos por
gente como Jean—Joseph Pasteur. Pues bien: ¿no es lícito pensar que
experiencias como esa le hicieran especialmente sensible al cultivo de la
primera de sus investigaciones que podríamos llamar aplicadas, la relativa a
las “enfermedades” del vino?
El siglo XIX fue heredero de la Primera Revolución Industrial y protagonista
de la Segunda. Máquina de vapor.
Coincidiendo con esa tendencia casi innata, en la
medida en que su adquisición debió de producirse en familia y poco menos que
desde la cuna, los valores de la época tuvieron también, sin duda, mucho que
decir. Recordemos que cuando Pasteur obtuvo su primer puesto de responsabilidad
—profesor y decano de la Facultad de Ciencias de Lille— el Ministro de
Instrucción Pública le instó a que se ocupara de las necesidades del tejido
industrial de la zona. Menos de un año tardó el novel profesor en comenzar a cumplir
ese encargo.
En noviembre de 1855 (Pasteur tomó posesión de su
cargo en diciembre del 54), un industrial de Lille le consultó acerca de
ciertos fenómenos indeseables con los que a menudo tropezaba en su negocio, la
fabricación de alcohol a partir del azúcar de remolacha. La resolución de estos
problemas, a la postre biológicos más que técnicos, pues se debían a la acción
de diferentes levaduras, le sumergió en la química de las fermentaciones, y más
en concreto de las industriales. La identificación de Mycoderma aceti como
el “fermento” responsable de la transformación del vino en vinagre le permitió
dar a conocer, en una publicación dirigida a la academia en 1862, un “nuevo
procedimiento industrial para la fabricación del vinagre” más eficaz y natural
que los precedentes. Es importante destacar que, aunque patentó el método por
razones estrictamente científicas —garantizarse la prioridad del
descubrimiento— no hizo uso de la patente, permitiendo que su método se usara
de manera libre. Hay que reconocerle en este punto que la consideración
económica de su trabajo estaba orientada al bien público mucho más que al suyo
personal.
Casi de manera natural sucedieron a estas
investigaciones las dedicadas a las “enfermedades de los vinos”, alteraciones
supuestamente espontáneas de su calidad. Como es lógico suponer, Pasteur siguió
la pista de las levaduras intentando evitar esa particular patología vínica
cuyas consecuencias sobre la economía hemos visto descritas en las líneas de su
progenitor. Tanto estos estudios, realizados entre 1863 y 1866, como los
dedicados a la cerveza entre 1873 y 1876, no tenían otro objeto que proteger una
industria de un enemigo insidioso: los gérmenes. Y el método desarrollado para
evitar su presencia de esos caldos destinados al consumo humano iba a revelarse
extraordinariamente útil más allá del dominio puramente económico.
La publicación del Origen de las especies por parte de Charles Darwin, tuvo
una gran repercusión en el mundo científico.
Pasteur descubrió que el calentamiento a
temperaturas no muy elevadas (en torno a sesenta grados) durante pocos minutos
bastaba para impedir la proliferación de esos diminutos seres vivos
responsables de la “enfermedad”. Ese mismo método sirvió para convertir la
leche de vaca ingerida por los seres humanos, a la sazón fuente potencial de
tuberculosis, en un producto inocuo. Los alemanes, honestos en este punto y
respetuosos con el inventor del método, denominaron a este proceso
“pasteurización”. Apenas hay que señalar que en este punto de la historia se
superponen de forma sumamente grata las consecuencias económicas de la
investigación con las médico—sanitarias.
El otro gran dominio de investigación en el que
resulta patente la repercusión económica de la labor científica de Pasteur es
su particular combate contra las enfermedades del gusano de seda. Su estudio
determinó un paréntesis en el de los temas anteriormente mencionados, pues
comenzó en 1865, lo que permite calibrar la importancia concedida al problema
por quienes encomendaron a Pasteur su resolución. Fue nada menos que el
Ministro de Agricultura quien reclamó sus servicios a través de su maestro
Dumas; ni a uno ni al otro podía Pasteur negar nada, por más que, como ya se ha
señalado, reconociera honestamente que en su vida había visto uno de esos
animalillos.
Como es sabido abandonó todo cuanto tenía entre
manos, así como su modo de vida habitual, desplazándose a Alais para estudiar
el caso sobre el terreno; y como también queda dicho fue capaz de desviar la
amenaza que se cernía sobre el modo de vida de miles de familias —los
centenares de ellas dedicadas al cultivo de la seda y todas las demás cuya
economía giraba en torno a ese motor de desarrollo—. A nadie puede sorprender
que en Alais, como frente a la fábrica matriz de la cerveza Carlsberg y también
en numerosas localidades vitivinícolas del hexágono francés se alcen hoy
monumentos a la memoria del esforzado trabajador de la ciencia, cuyo triunfo se
tradujo en tantos beneficios. Pero hay que añadir que este triunfo suscitó
cambios importantes no sólo para la vida de Pasteur sino para la ciencia en
general.
En efecto: sin proponérselo, Louis Pasteur había
entrado, pasito a pasito, en el reino de la medicina. Había comenzado curando
las enfermedades de los vinos —y de la cerveza—, proseguido con las de los
gusanos de seda, animales a la postre, y ello le llevaría a ocuparse de las
enfermedades contagiosas de otros animales; de momento, animales considerados
inferiores por el ser humano, pero ya no esencialmente diferentes de él mismo
(recordemos que en 1859 Charles Darwin había publicado su célebre Origen
de las especies) y, lo que es más significativo, cada vez más próximos y
familiares: mamíferos con los que se había convivido a lo largo de
generaciones. Esto nos lleva al siguiente punto de nuestro estudio.
§. El impacto de la ciencia pastoriana en la
sociedad
Como hemos podido ver, las repercusiones económicas
de las investigaciones de Louis Pasteur son difícilmente separables, cuando no
meramente inseparables, de las sociales. Pero estas últimas desbordan, de
largo, los márgenes que alcanzan aquellas. Por mucha que sea la gratitud de los
industriales y de quienes se benefician de su trabajo no basta para explicar
que la de Pasteur haya llegado a ser una figura conocida y venerada desde la
edad escolar, al menos por quienes tienen la suerte de poder escolarizarse. Por
fortuna los méritos del científico francés alcanzan otros dominios, seguramente
más importantes que el mero bienestar económico. Me refiero a los que tienen
que ver con la salud.
La historia de la medicina, de manera más concreta
que la historia de la ciencia, valora en la obra de Pasteur sus decisivas
aportaciones a la salud humana. No es para menos, dada la condición radical del
valor salud respecto de otros valores, incluidos los económicos. No caeré en el
error, batido desde todos los frentes, de desvincular la salud individual y
colectiva del nivel de vida de los individuos y las sociedades; pero sí debo
señalar que, en este dominio, las aportaciones de los trabajos de Pasteur enderezados
a la solución de problemas industriales tienen una repercusión limitada sobre
la esfera de la salud —de ahí que en las páginas precedentes haya utilizado de
preferencia el término “bienestar”— en la medida en que se limitan —no es poco—
a incidir sobre la economía de sociedades desarrolladas; la fabricación
industrial de vino y cerveza no es asunto capaz de desvelar en el siglo
diecinueve a las cuatro quintas partes de la humanidad. Pero sí hay otros
asuntos que pueden quitar el sueño al más estoico, y a esos es a los que voy a
referirme a continuación.
Como ya se ha repetido hasta la saciedad, esos
minúsculos seres vivos acerca de cuya existencia el investigador francés ha
llegado a convertirse en un experto son, en muchos casos, los responsables de
esas enfermedades que la nosología precedente considera, de manera muy poco
precisa, vinculadas a la “putrefacción”. Desde muy temprano Pasteur supuso,
acertadamente, que tales putrefacciones no eran diferentes de lo que
tradicionalmente se denominaba fermentaciones, y sus estudios, ya referidos,
realizados de manera ascendente a lo largo de la escala de los seres vivos
necesariamente habían de conducirle a la patología humana “putrescente”. En esa
segunda mitad del siglo diecinueve toda la humanidad estaba prácticamente
inerme ante los gérmenes patógenos, no diré que por igual, pues la experiencia
acumulada durante siglos y la disponibilidad de unos recursos económicos muy
superiores habían permitido a Occidente afrontar con mejores resultados que el
resto del mundo el asalto de las epidemias y, en general, de la patología
infecciosa. El error al que me refería líneas atrás consiste, precisamente, en
olvidar que fueron las medidas higiénicas las que permitieron controlar, a
menudo con cierto éxito, el desafío epidémico antes de poder contar con medidas
terapéuticas y profilácticas basadas en el conocimiento del papel de los
microbios. Pero el caso es que faltaban estas medidas, que tan valiosas han
resultado. Aquí se encuentra, precisamente, el timbre de gloria del científico
francés, pues fue él quien abrió el camino hacia este ámbito fundamental de la
medicina, representado por una nueva terapéutica y una higiene también nueva.
Repasemos someramente las consecuencias de sus descubrimientos en este campo.
Comencemos por la que, a mi juicio —y no sólo al
mío— es la más decisiva. El descubrimiento, ya mencionado, de que el
calentamiento destruía los gérmenes causantes de las enfermedades del vino sin
afectar a sus cualidades organolépticas condujo muy pronto a la aplicación de
esta técnica a la leche de vaca destinada a ser consumida por los seres
humanos. La importancia de la puesta en práctica de este proceder, prontamente
denominado, como ya he señalado, “pasteurización”, fue reconocida por doquier.
El caso más relevante y, sin duda, punto de partida de la universalización del
método, fue el del filántropo estadounidense Nathan Strauss, quien puso en
marcha en New York en 1892 el primer centro industrial de producción de leche
pasteurizada. Las consecuencias para la salud de esta práctica son del dominio
público; baste con decir que no es posible calcular los beneficios para la
salud que ha reportado y sigue reportando. Sin embargo el gobierno de su país,
como el del resto de países, tardó en aceptar la importancia de la iniciativa y
legislar en consecuencia, lo que no ocurrió hasta entrado el siglo veinte. La
condición filantrópica de Strauss se puso de manifiesto en el hecho de que, de
su propio bolsillo, llegara a poner en marcha hasta doscientas noventa y siete
plantas de esterilización en treinta y seis ciudades de los Estados Unidos.
La segunda aportación a la salud humana de
incalculable relevancia es el descubrimiento de nuevas vacunas. En este punto
tal vez no pueda considerarse a nuestro autor como un pionero en sentido
estricto, pues como es bien sabido la primera inmunización eficaz —al menos en
Occidente— fue la conseguida por Edward Jenner para la viruela humana a través
de la inoculación del cow—pox o viruela vacuna.
Dedicado en principio a la investigación química, Pasteur pronto descubrirá
las posibilidades que ofrecían los “minúsculos seres", que bien podrían
situarse en los primeros eslabones de la evolución.
Pero lo cierto es que Pasteur puso en marcha el
método para la fabricación de vacunas —entre paréntesis, fue él quien propuso
este término como homenaje a Jenner— además de producirlas a partir del propio
germen causante de la enfermedad y no de uno semejante, como en el caso de su
predecesor. Es bien conocida la historia, tal vez un tanto mitificada, del
descubrimiento de la vacuna de la rabia, con la emotiva historia de los
campesinos rusos mordidos por lobos, cuya parte más sórdida fue recogida más tarde
por Axel Munthe en La historia de san Michele. Lo exótico del caso,
sumado a lo emotivo del que le sirvió de preludio —el ensayo de la vacuna en el
pequeño Joseph Meister— sirvieron, aunque no sin polémica, para abrir el paso,
con ayuda de la opinión pública, a una nueva era en la prevención de la enfermedad
cuyas valiosas consecuencias no han hecho sino crecer desde entonces.
Otra de las repercusiones de los trabajos de
Pasteur que no puede pasarse por alto es la que produjo en el campo de la
cirugía. La idea de que la principal causa de mortalidad posquirúrgica —la
infección— tenía que ver de algún modo con la limpieza, incluso agresiva, del
campo quirúrgico y de cuanto entraba en contacto con él era, desde luego,
anterior a Pasteur: recuérdese la desventurada historia de Ignaz Semmelweis,
que se suicidó en el manicomio a donde le había llevado la desesperación al no
ver reconocido su descubrimiento empírico. Ya en vida de Pasteur, pero antes de
que éste publicara sus descubrimientos decisivos, el cirujano inglés John
Lister había llegado a conclusiones semejantes a las de Semmelweis y puesto en
marcha prácticas higiénicas bastante exigentes; pero los descubrimientos de
Pasteur fueron, como él mismo reconoció, los que le permitieron entender las
razones de la infección y establecer científicamente su práctica antiséptica,
mejorada luego por la asepsia preconizada por von Bergmann. Es imposible
infravalorar esta aportación de la bacteriología pasteuriana a la práctica
quirúrgica.
Todas estas novedades configuran un panorama que va
a extenderse bastante más allá del campo de la medicina y en general de la
ciencia, pues la repercusión mediática, como diríamos hoy, de estos éxitos
terminará configurando una nueva actitud, prácticamente una nueva mentalidad en
la sociedad, en la que ganarán relevancia aspectos relativos a la higiene
totalmente novedosos para la época. En efecto, no serán ya los “miasmas”, los
“efluvios” presentes en un aire insano, inasibles, difíciles de combatir, sino
los microbios, seres vivos que pueden ser eliminados o frenados en su
penetración, los responsables de las plagas que atormentan a la humanidad. Una
nueva higiene, una nueva prevención — en ocasiones, cierto es, injusta para con
los logros de la precedente— se abrirá camino en los hábitos de vida cambiando
decisivamente el aspecto de la sociedad humana.
§. El legado científico de Louis Pasteur
Debemos, por fin, ocuparnos de las repercusiones de
la obra de Pasteur en el dominio de la ciencia propiamente dicha. Unas
repercusiones que van más allá de la mera nómina de descubrimientos, en la
medida en que éstos abrieron brecha en campos mal conocidos o instituyeron
nuevos dominios, hábitos y actitudes en el campo de la investigación de la
naturaleza. Dado que éste es el aspecto de la obra del científico francés mejor
desarrollado en los estudios ya existentes me limitaré a exponerlo de manera
sucinta en lo que resta de capítulo.
En orden cronológico la primera gran aportación de
Louis Pasteur al progreso de una rama de la ciencia se produjo en el campo de
su especialidad académica, la química, y más concretamente la estereoquímica.
Ya en este nivel se puso de manifiesto el valor que concedía a la
problematización de hipótesis precedentes no probadas experimentalmente, así
como a los aspectos manuales de la investigación, tan necesarios para salir al
encuentro del trabajo intelectual en el campo de la experimentación; recuérdense
sus trabajos sobre las diferentes formas de cristalización de los tartratos.
Salvo aquellos que se opusieron cerrilmente a las primeras comunicaciones
científicas de Pasteur en este campo, la mayoría de sus colegas reconoció que
esos trabajos marcaban un punto de inflexión en el estudio de la química
física. Pronto comenzó a adivinarse que también introducían una novedad radical
en la comprensión de los fenómenos de la vida.
Esta novedad no es otra que la representada por el
nacimiento de la microbiología. Como algún autor ha señalado, esa nueva rama de
las ciencias naturales estaba comenzando a ser atisbada, incluso antes de que
Pasteur se interesara por ella. Pero hasta entonces no había otra cosa que
atisbos inteligentes, pero también incipientes y descontextualizados. Pasteur
consolidó de manera radical lo que hasta entonces sólo se había anunciado. Si
bien no estuvo solo en este empeño hay que reconocerle la prioridad cronológica
en la apuesta por la consideración microbiana de ciertos procesos biológicos,
incluidos muchos de los propios de la patología. Por esta última razón puede
ser considerado, a justo título, como el iniciador de la microbiología médica,
hecho tanto más relevante por cuanto fue realizado por quien no tenía estudios
de medicina.
Resultado del nacimiento de la disciplina fue la
constitución de un nuevo estilo de pensamiento médico, que Laín Entralgo
denominó “mentalidad etiopatológica”: la orientación intelectual según la cual
se intenta comprender la enfermedad y su tratamiento desde la consideración
científica de su etiología, actitud sólo posible desde el momento en que esa
etiología tiene una última condición material, en este caso viviente.
En el apartado precedente hemos podido ver algunas
de las consecuencias científicas de esta nueva mentalidad: la pasteurización de
alimentos, la antisepsia quirúrgica y la vacunoterapia. Otra de no menor calado
en la que Pasteur no llegó a intervenir, pero que hubiera sido impensable sin
la constitución de esta nueva mentalidad, fue el nacimiento de la
farmacoterapia antimicrobiana. Las “balas mágicas” a las que aspiraba Paul
Ehrlich no hubieran sido posibles sin conocerse antes la existencia de un organismo
viviente que estas balas tendrían que destruir.
Pero sobre todo me interesa resaltar un resultado
de importancia especialísima para el porvenir de la ciencia: la puesta en valor
de la investigación de laboratorio; la postración a sus colegas científicos y a
la sociedad entera de que el porvenir de la ciencia pasaba por la
experimentación y ésta exigía al laboratorio como santuario. En este punto hay
que poner de relieve el alcance mediático de la figura de Pasteur. La noción
del laboratorio como santuario de la ciencia no es suya, sino de su amigo Claude
Bernard, el reconocido autor de la Introduction a la médecine
experimentale. Quejábase Bernard de que en Francia los estudiantes de
medicina pasaban demasiado tiempo en las aulas o en la clínica cuando, a su
parecer, el santuario de la medicina era el laboratorio. Envidiaba en este
punto a sus colegas alemanes con sus institutos de investigación.
De acuerdo con el pensamiento de su amigo C. Bernard, para Pasteur el
porvenir de la ciencia pasaba por la experimentación y esta exigía al
laboratorio como santuario.
Sin embargo, ni ellos ni él mismo, que tuvo que
resignarse a trabajar en un sótano, lograron, como Pasteur, convencer a toda la
sociedad de su tiempo de la necesidad de crear un instituto de investigación en
nada inferior a los alemanes, y con una dilatada historia de éxitos que llega
hasta el día de hoy, que por añadidura lleva su nombre: el Institut
Pasteur. Un instituto erigido con los fondos de una suscripción nacional
que pone de relieve, mejor que cualquier otro argumento, la decisiva influencia
de la obra de Louis Pasteur sobre la actitud de la sociedad francesa de su
tiempo frente al dominio, antes esotérico, de la investigación científica.
Capítulo 3
La biografía de Pasteur en la historia de la ciencia
Luis Montiel
§. Historia de la ciencia e historia de la medicina
El primer problema que plantea el enunciado del
presente capítulo es la correcta demarcación del campo. A priori no
puede ser más concreta, pero la cosa cambia si, a tenor de cuanto va expuesto,
reflexionamos sobre la idea de que la mayor fama de Pasteur procede de sus
aportaciones al campo de la salud humana, hasta el extremo de que muchas
personas medianamente informadas piensan todavía que Louis Pasteur fue médico.
Su presencia prominente en las obras dedicadas a la historia de la medicina,
haciéndole justicia, parecerían avalar esta creencia, al menos hasta que el
lector se tome la molestia de enterarse de lo que sobre él se dice en tales
estudios.
Precisamente este detalle es el que hace
imprescindible afinar el análisis cuando se pretende evaluar el significado de
la biografía del científico Louis Pasteur. ¿Se trata verdaderamente —o
únicamente— de un estudio en el marco de la historia de la ciencia? Me planteo
esta pregunta porque a lo largo de mi ya dilatada vida profesional he
intervenido a menudo en el debate sobre si la historia de la medicina es, y en
qué medida lo es, una parte de la historia de la ciencia; un debate que tiene
ya décadas y que dista de estar cerrado. Y la figura de Pasteur permite
replantearlo con datos concretos y en alguna medida nuevos.
Académicamente, o al menos desde un punto de vista
administrativo, la historia de la medicina en nuestro país está encuadrada
dentro de la historia de la ciencia. Esta decisión, justificable desde diversos
puntos de vista, no es, empero, todo lo sólida que algunos pretenderían, pues
para considerarla inatacable sería preciso reconocer que la medicina es una
ciencia similar a las otras que se ocupan del conocimiento de la naturaleza; o
si se prefiere, que es solamente eso. Y quienes hemos
practicado la medicina pensamos que no.
No quiero decir con esto que la medicina no sea
científica. La biografía de Pasteur, sin ir más lejos, demuestra que lo es; o
más exactamente, que ha llegado a serlo. Pues los historiadores de la medicina
sabemos que, durante milenios, la manera de combatir la enfermedad se ha basado
en sistemas muy diferentes, pero que no tenían nada que ver con lo que hoy
llamamos ciencia. Baste con recordar la anécdota, recogida por el maestro Pedro
Laín, sobre aquella conversación entre el astrónomo Pierre Simón Laplace y
Napoleón en la que aquél pidió a éste que permitiera el ingreso de los médicos
en la Académie de Sciences “para que pudieran relacionarse con
los científicos”; hablamos del alba del siglo diecinueve.
Pero además la medicina es más que ciencia. El mero
hecho de que haya existido como actividad humana desde los orígenes, y a veces
bajo formas absolutamente aberrantes, lo demuestra. Afortunadamente a lo largo
del siglo veinte se ha ido reconociendo de forma progresiva esta realidad,
advirtiendo que junto a la formación en “ciencias naturales” es imprescindible
la correspondiente a las “ciencias sociales y humanas”; algo que nunca han
dejado de saber los clínicos, pero que en ocasiones se les olvida a los teóricos.
La medicina es más que ciencia y ello se pone especialmente de manifiesto en
la lucha contra los microorganismos patógenos. El Germen y el Genio.
Por esa razón la historia de la medicina no es
solamente historia de la ciencia. Forma parte de pleno derecho de la historia
de la ciencia en la medida en que ha terminado teniendo una base científica
envidiable, y también porque ha colaborado de manera indiscutible al progreso
de la ciencia en general; pero en la historia de la medicina caben —es más: son
exigibles— consideraciones que nada tienen que ver con lo científico. Y sin
duda es esa especie de aura lo que ha terminado haciendo a Pasteur más famoso
entre el público general que, por ejemplo, Faraday o incluso Einstein, a quien
“todo el mundo” conoce considerándole sin duda muy inteligente pero escasamente
útil. Pasteur es un “benefactor de la humanidad”; Einstein no es reconocido
como tal, y más si se parte del supuesto de que es el “padre de la bomba
atómica”.
Espero haber explicado de manera suficiente —no
sobra espacio para hacerlo— el marco en el que deseo situar la biografía de
nuestro autor, pues sólo así se comprenderán sus peculiaridades. A continuación
expondré un somero panorama de las más recientes tendencias en el campo de la
biografía de científicos, y más en particular en relación con la medicina.
§. El papel de las biografías
El género biográfico ha resultado ser, en los
últimos decenios, objeto de apasionadas discusiones en el campo de la
historiografía. De considerarse imprescindible para la construcción del relato
histórico, pasó a ser sospechoso por razones diversas: desde el reconocimiento
del peligro que implica la propensión a la idealización del biografiado —hasta
caer a veces en la hagiografía— hasta el descrédito en la “historia ejemplar”
de individuos singulares, historia que arrojaría una luz falsa sobre eventos construidos
más bien por colectividades. Pero el paso del tiempo parece haber puesto las
cosas en su sitio: hoy en día resurge el interés por la biografía al paso que
ésta, depurada por esa académica travesía del desierto, se dispone a ofrecer
relatos cada vez más libres de pecados metodológicos. Hoy, por ejemplo, nadie
que se respete se permite la frivolidad de separar al individuo de su contexto
histórico, incurriendo, por ejemplo, en tópicos como el de “un sabio que se
adelantó a su tiempo”, pues la historia de las mentalidades ha dejado bien
claro que todos somos hijos de nuestra época. Ello ha permitido que el relato
de una vida sea también, de algún modo —a menudo de un modo apasionante— la
descripción de una época.
Por otra parte, antes incluso de que se planteasen
estos debates metodológicos, la propia historia había afirmado su presencia en
el ánimo de algunos prohombres objeto de múltiples biografías. Sin forzar la
memoria me vienen a la mente los casos de dos escritores universalmente
reconocidos, ambos marcados por las mismas dolorosas experiencias, las dos
guerras mundiales y la consiguiente crisis de la cultura occidental. Me estoy
refiriendo a Thomas Mann y a Stefan Zweig; pero, como ya he señalado, otros podrán
encontrar ejemplos semejantes, y quizá aún mejores, en su propia experiencia
lectora.
El viejo Mann, universalmente reconocido (aunque
negado a la sazón por el régimen nazi triunfante en su patria) escribe sobre
alguno de sus recuerdos sin referirse a “mi [su] vida”, sino eligiendo como
título Meine Zeit, “mi tiempo”. ¿Queréis saber de mí?, parece
decir: pues interesaos sobre mi manera de vivir y juzgar mi tiempo.
Y Zweig, no tan viejo, pero próximo ya a su muerte
voluntaria, cuando decide escribir acerca de sí mismo piensa hacerlo bajo el
título Tres vidas, refiriéndose al hecho de haber vivido tres
épocas dramáticamente diferentes —el final de la era burguesa, la Gran Guerra y
el período de entreguerras y por fin el nazismo—. Pero finalmente, y sin duda
como resultado de esa convicción, decidirá titular esa especie de testamento
como El mundo de ayer, reconociendo que lo que su vida ha sido y es
todavía está decisivamente condicionado por el ocaso de un mundo, de un modo de
vivir.
Conviene no olvidar que buena parte de la grandeza
de ambos escritores procede del hecho de que supieran retratar de mano maestra,
en sus novelas y, en el caso de Zweig, ¡en sus biografías!, la influencia del
entorno en la peripecia de sus personajes.
Vuelve, pues, la biografía, y vuelve depurada. Si
había corrido el riesgo de convertirse en literatura de ficción, aspira ahora
al realismo y a la concreción del trabajo científico, por más que sea el propio
de las ciencias humanas.
Lo que no significa que no presente facetas que
deben tenerse presentes en todo momento. Una de ellas, tal vez la principal, es
la que concierne a su carácter ejemplarizante.
El género biográfico ha resultado ser objeto de apasionantes debates en el
campo de la historiografía. El matrimonio Pasteur hacia 1880.
En efecto: que las nuevas biografías no deban
construirse sobre el modelo de las “vidas ejemplares” —¡aún recuerdo una
colección de libros que, en mi infancia, llevaba ese título!— no significa que
el interés de una biografía individual como la de Pasteur —dejo al margen la
prosopografía— haya dejado de radicar en su carácter si no de ejemplo, al menos
de síntoma de una época. Cuando alguien se toma el trabajo de elaborar una
biografía es porque esa historia vital resulta interesante. Y en el caso de la
historia de la ciencia ese interés suele gravitar sobre las aportaciones del
biografiado a la historia de la parcela de la ciencia que cultivó. Aunque en
los últimos tiempos hayan surgido otras orientaciones —la historia de los
errores ha resultado ser enormemente interesante y fecunda— sigue siendo más
común el estudio de las figuras que, como Pasteur, aportan nueva luz a su
ámbito de conocimiento.
Esto es perfectamente comprensible en el marco de
una historia de la ciencia concebida como elemento de la formación del
científico. Dar a conocer al novel las virtudes de los grandes maestros de su
disciplina contribuye, de entrada, a socializarlo en su entorno profesional, y
si a tanto llegan el estudio y su receptor, a imbuirle los valores que podrían
hacer de él un émulo del personaje emblemático así estudiado. También para el
público general tal enfoque parece razonable, aunque en este caso a veces resulta
más atractiva la historia de las actitudes heterodoxas y marginales. El caso es
que la biografía del científico consagrado cumple una función de referencia en
lo social que no puede ser desdeñada, desde un punto de vista pragmático, ni
olvidada desde el punto de vista científico si se pretende hacerle justicia.
En síntesis, conviene siempre tener presente que la
biografía de un científico triunfador está siempre escrita, de manera más o
menos consciente, en la perspectiva de la ejemplaridad. Esto es especialmente
claro en lo que concierne a Louis Pasteur pues, como ya ha quedado señalado, la
fuente más abundante de información sobre él es La vie de Pasteur(París,
1900), redactada por su yerno, René Valléry—Radot, completada, en lo que
concierne al análisis de su pensamiento científico, por Pasteur:
histoire d’un esprit(1896) de su colaborador Émile Duclaux. Afortunadamente
estamos ya lo bastante lejos del hecho analizado —la vida y la obra del
científico— para poder disponer de estudios objetivos que, en todo caso, siguen
en minoría.
Esto no representa, empero, una grave desventaja,
pues mi impresión es que, dejando al margen el estilo panegírico que gobierna
algunas biografías relativamente recientes, lo cierto es que hay más cosas
laudables que censurables en la biografía personal y científica de nuestro
personaje y que —vuelvo a lo dicho líneas más arriba— mucho de cuanto hoy puede
parecernos criticable —por ejemplo, su “actitud nacionalista y belicosa”, como
ha dicho algún autor actual— se comprende mejor en la perspectiva de la época.
Creo que hoy por hoy la mejor manera de hacer
justicia a la figura de Louis Pasteur consiste en enfocarla con la óptica de lo
que llamaré una historia filosófica de la ciencia. Con este término me refiero
a una perspectiva que ha gozado de gran éxito entre los historiadores y los
filósofos de la ciencia en las últimas décadas, la de las “revoluciones
científicas” —o de los paradigmas— del estadounidense Thomas S. Kuhn. Pero
también —debería decir “sobre todo”— a la cultivada por un compatriota del
científico, el historiador y filósofo de la ciencia Georges Canguilhem, y aún
más a la que se encuentra en la raíz de ésta: la doctrina del “nuevo espíritu
científico” de su maestro, Gaston Bachelard. No me propongo —nada más lejos de
mis intenciones— desarrollar un análisis pormenorizado de la obra de Pasteur
desde tan compleja perspectiva, sino simplemente mostrar cómo, con ayuda de
estos eficaces útiles intelectuales, puede darse a la biografía del científico
su resplandor natural, sin préstamo alguno de oropeles ajenos.
§. Valoración
El siglo diecinueve, a causa de muchos factores, no
todos ellos científicos, pues hay no pocos de orden psicológico —no se olvide
que comienza bajo los auspicios de una revolución que va a subvertir el orden
establecido— es un siglo de crisis. De hecho la gran revolución que acabo de
nombrar no es la única, de modo que no pocos historiadores han dado en llamar a
ésta la era de las revoluciones, por tener lugar en él algunas de las más
influyentes: la propia Revolución Francesa, la Industrial, la segunda —y menor—
revolución de 1830, también en Francia, las que se prenden en distintos países
de Europa en 1848, y para terminar —pues los historiadores extienden hasta esta
fecha el período— la Revolución
Soviética de 1917. Sus hijos, pues, necesariamente
han de tener una sensibilidad exacerbada ante cualquier señal anunciadora de
cambios allá donde sus antepasados no habían visto sino seguridad y quietud. Y
eso ocurre singularmente en el campo de la ciencia, hasta el punto de que, con
toda la cautela que el caso exige, no sería del todo ilícito hablar también de
una “revolución científica”.
Louis Pasteur tuvo la fortuna —el azar, si se
quiere, pues a él hay que añadir el mérito personal— de venir al mundo en el
momento en que se gestaba algo parecido —aunque de menores dimensiones— a lo
que Kuhn denominó la crisis de un paradigma. Parecido, digo, en el sentido de
que muchas ideas tenidas por inamovibles empezaban a resquebrajarse y, como
consecuencia, a exigir nuevos enfoques. En concreto, en el ámbito científico
por él elegido, la química, durante su infancia comenzaba a quebrarse, aunque
muchos no lo entendieran aún, la barrera alzada entre una química “inorgánica”
y otra “orgánica”, e incluso —lo que a la larga tendrá aún mayores
consecuencias— entre naturaleza y técnica. Me refiero al descubrimiento de la
síntesis de urea por el químico alemán Friedrich Wöhler en 1828. Una sustancia
que, hasta entonces, sólo existía en la naturaleza como resultado de la
actividad metabólica de determinados seres vivos, podía a partir de ese momento
producirse en un laboratorio con productos adquiridos a un fabricante. En 1845
—es decir, cuando apenas despega el trabajo de nuestro científico— Hermann
Kolbe conseguía sintetizar el ácido acético, que tan importante papel
desempeñará en el estudio de las fermentaciones por Pasteur. De ese modo,
cuando elige —o le es propuesto por sus maestros— el tema de su tesis dispone,
por un lado, de los productos necesarios para su investigación y por otro —lo
que es más importante— del conocimiento de que se está adentrando en un campo
donde no está todo dicho, y donde mucho de lo dicho podría revelarse erróneo.
Es ese borramiento de barreras entre lo inorgánico
y lo orgánico lo que caracteriza de manera decisiva el estilo de Pasteur y la
originalidad de su obra científica. Sabido es que una de las primeras ideas que
le vinieron a la mente a raíz de sus descubrimientos fisicoquímicos —es decir,
antes incluso de enfrentar el estudio de los “fermentos” como seres vivos— fue
la de que la asimetría molecular era una característica de lo viviente, y que
tal vez una de las vías para estudiar esta parcela de la naturaleza, e incluso
para intentar crear vida, pasaría por el estudio y manipulación de moléculas
asimétricas. Sin llegar tan lejos, como sabemos, de aquí partió su decisión,
favorecida por las circunstancias sociales, de dedicar su trabajo al estudio de
los fenómenos vitales.
También en este campo nuestro autor tuvo
precursores. En el caso de las enfermedades de los gusanos de seda el italiano
Agostino Bassi había descubierto ya en 1853 el origen parasitario (fúngico) de
una de las enfermedades que afectan a esta especie, la llamada “muscardina”, y
otros autores, a partir de la publicación de este dato, comenzaron a realizar
estudios más detallados, incluyendo examen microscópico de la sangre, de los
gusanos afectos de esta enfermedad. La originalidad de Pasteur en este campo radica
no tanto —o no sólo— en el hecho de haber descubierto la causa de la enfermedad
y explicado el modo en el que se transmite, cuanto en el mérito de, a partir de
esa comprensión de todo el proceso, haber ideado el modo de evitar la
transmisión de la enfermedad seleccionando huevos de mariposas sanas y aislando
a los gusanos de ellos nacidos para, a partir de los mismos, desarrollar
linajes sanos.
Tampoco fue un descubrimiento ex nihilo el
del modo de producirse el contagio del carbunco en los herbívoros,
concretamente en la ganadería destinada al consumo. Desde 1850 Casimir Davaine
y Pierre Rayer habían puesto de relieve la existencia de unos “corpúsculos
filiformes” en la sangre de los animales infectados.
L. Pasteur, representa como nadie, el nuevo espíritu científico. Óleo de J.
E. Lafon (h. 1884).
Sólo 27 años más tarde Pasteur estuvo en
condiciones de atribuir a ese intruso, a la sazón denominado bacteridia, la
responsabilidad de la enfermedad, que poco más tarde sería demostrada
experimentalmente por Koch mediante la aplicación de sus conocidos postulados
sobre la etiología infecciosa.
Una vez más el mayor mérito —práctico— de Pasteur,
más allá del indiscutible valor de su aportación científica, fue la explicación
del ciclo biológico de ese recién llegado al mundo de la bacteriología que hoy
conocemos como Bacillus anthracis.
El hombre de ciencia (M. Krantz)
Basten estos ejemplos para defender mi tesis: que
Pasteur fue uno de los más lúcidos exponentes de una “pequeña revolución
científica” acaecida en el interior del gran paradigma experimental, a cuyo
éxito contribuyó de manera decisiva. Pero, como ya anuncié, no es ésta la única
perspectiva desde la que podemos intentar valorar la biografía científica del
autor a la luz de la historia y de la filosofía de la ciencia, y precisamente
la que voy a adoptar ahora es la que debe permitirnos entender por qué fue así.
Me refiero a la ya mencionada de la escuela epistemológica francesa
representada por Gaston Bachelard y Georges Canguilhem, cuya obra,
especialmente la del último, es del mayor interés precisamente para esa ciencia
peculiar que es la medicina, y por extensión las ciencias de la vida
(recuérdese lo dicho al comienzo de este capítulo).
Al primero de los autores citados, nacido en 1884
—es decir, un año antes de que Pasteur alcanzara la cumbre de su gloria
mediante la vacunación antirrábica— corresponde el mérito de haber explicado
con precisión y claridad las características de “la formación del espíritu
científico” y del “nuevo espíritu científico” (títulos de sus obras más
importantes en este campo); ese espíritu del que Pasteur sería alto exponente.
Una de las características de ese espíritu sería la capacidad intelectual para
detectar la presencia de “obstáculos epistemológicos” y superarlos. Entre los
tipificados por el filósofo francés se encuentran algunos que Pasteur supo
encarar con éxito: el que denomina “la experiencia primaria” y el etiquetado
como “conocimiento general”.
Al menos desde el siglo diecisiete, y por obra
sobre todo de los filósofos ingleses el empirismo estaba altamente valorado en
la ciencia, y muy en concreto en las ciencias de la vida. Pero para que fuese
verdaderamente valioso era indispensable conservar cierta libertad intelectual
ante los datos suministrados por la experiencia si no se quería caer en un
fetichismo del hecho de observación. Asociado a éste, la posesión de un
conocimiento socialmente aceptado —por más que, en este caso, el entorno social
quede restringido a la comunidad científica— puede convertirse, y de hecho se
convierte en un freno a la innovación. La historia de los descubrimientos de
Pasteur, asociada a los datos biográficos que lo presentan como un hombre que
no hurtaba el cuerpo a la polémica científica, nos permiten comprender en qué
medida estaba libre de estos lastres y entender mejor su originalidad. Y esto
es algo que algunos de los más agudos espíritus de su tiempo supieron
comprender, o al menos intuir; permítaseme traer de nuevo a colación la opinión
de uno de sus maestros, el brillante químico Dumas, con ocasión del encargo de
estudiar las enfermedades de los gusanos de seda: el hecho de que Pasteur no
conociera más que de oídas el aspecto de esas criaturas podría, a la larga,
representar una ventaja. Está claro que Dumas, menos célebre que su alumno,
poseía también, en grado notable, el nuevo espíritu científico.
En cuanto a Canguilhem la biografía científica de
Pasteur viene a representar una confirmación de su tesis fundamental,
convertida ya en un clásico de la historia y la filosofía de las ciencias de la
vida: que, contra lo que podría pensarse —y contra el estilo de los programas
académicos—, el conocimiento de la vida no siempre precede al de sus
alteraciones —la fisiología a la patología— sino que muy a menudo sucede
precisamente lo contrario: es la presencia de la enfermedad la que,
históricamente, suscita la necesidad de comprender cómo funcionan los
organismos que la padecen, y epistemológicamente permite, a menudo, llegar a
entender la complejidad de dicho funcionamiento a partir de lo que sucede
cuando algo en él falla. Al fin y a la postre, conocimiento a partir de la
enfermedad, desde la enfermedad, es lo que fundamentalmente aportó Louis
Pasteur; y esto fue sin duda lo que le permitió, como ya ha quedado señalado,
superar las sólidas barreras que acotaban el campo profesional de la medicina.
§. Visión de conjunto
Al comenzar este recorrido por la vida y la obra de
Louis Pasteur me preguntaba por el sentido que podría tener a estas alturas una
nueva Biografía de Louis Pasteur. En las páginas precedentes he intentado dar
respuesta a esa pregunta, remitiendo de algún modo al lector interesado a las
muchas y buenas obras precedentes a ese tema dedicadas; obras que, en
recopilación sucinta, pero creo que suficiente, se detallan en la bibliografía
con la que cerraré mi aportación. De algún modo esa respuesta hace eco al propósito
de uno de los más conspicuos estudiosos del papel del laboratorio en la
medicina contemporánea, Bruno Latour. En su estudio sobre Pasteur citado en
dicha bibliografía advierte:
“La estatua que el siglo erigió a Pasteur tiene
algo de la estatua del Comendador: sus dimensiones, su peso, su presencia, todo
en ella intimida al ignorante. Hasta los sabios actuales a veces desearían
tener un abuelo menos imponente, menos perfecto, menos celebérrimo (...)
Decididamente el apretón de esa estatua nos destrozaría las manos si como Don
Juan nos mostráramos ingratos con ella o indignos de su gran pasado".
Creo que el mismo Pasteur se negaría a reconocerse
en esa imagen temible o, por decirlo con mayor propiedad, apabullante. El culto
al genio imaginado en el período romántico, pero hipertrofiado hasta lo
patológico en la etapa propiamente burguesa del siglo diecinueve, sobre todo en
el campo de la ciencia, es el responsable de esa elefantiasis que la historia
se propone remediar, no tanto por envidioso afán de restar méritos a quien los
merece cuanto por su voluntad de mostrar a las generaciones no tanto lo que
amedrenta cuanto lo que estimula.
Con sus descubrimientos, el siglo XIX abrió nuevas puertas al conocimiento
de la vida y del hombre; y a esa idea contribuyó definitivamente L. Pasteur.
Reunión de inventores norteamericanos (C. Schussle).
Bien estudiada, la figura de Pasteur envía un
mensaje claro: se puede aspirar a logros semejantes a los suyos, nada
sobrehumanos, sino humanos en el más noble sentido del término: hijos del
esfuerzo, de la lucidez, de la inventiva, cualidades que en medida diferente
cualquiera puede poseer y cultivar —detalle importante que no
debe pasarse por alto—. Sólo de este modo podremos acercarnos a ese monumento
sin el miedo de que su apretón nos destroce la mano —o nos arrastre a los
infiernos— sino con la confianza en que, como Anteo al tocar a su madre, la
tierra, podamos levantarnos de cada caída con fuerzas renovadas.
Capítulo 4
El afán de innovación y la esperanza
Carmen Ramos, Mª Luisa Gómez—Lus
Aunque el lector ya se ha situado en la época de
Pasteur a través de los capítulos precedentes, es preciso destacar algunos
aspectos relativos al desarrollo industrial, empresarial y científico del siglo
XIX.
En la centuria decimonónica las teorías
grandilocuentes y los debates aparentemente inútiles han dado paso al
positivismo de Comte, seguido por la mayoría de los científicos. Los inventos
han revolucionado el mundo occidental y, en lo social, tienen una importancia
extraordinaria el montaje de numerosas industrias, grandes talleres y otras
instalaciones para desarrollar los novedosos inventos de la época. Se ponen en
marcha innovadores procesos de producción y manufactura a favor de un
revolucionario instrumental que a su vez facilita la aparición de nuevos
conocimientos y productos.
Un aspecto interesante de esta dinámica fue la
incorporación de muchas teorías, inventos y productos, aparentemente inútiles,
a nuevas aplicaciones, como ocurrió con los colorantes sintéticos o con
aparatos de medición de distancias, luz polarizada etc.
Se produce una feroz competencia entre empresas,
regiones y países. Las patentes, las publicaciones y la forma de comunicar, en
todo momento sirven al afán de adelantarse a los demás, presentar una ventaja
social, en definitiva dominar. Pero en conjunto lo que destaca es un desarrollo
tecnológico importantísimo y, como siempre ocurre, la tecnología es fundamental
en el progreso de las ciencias.
El inicio y objetivos de estos movimientos
tecno—científicos no siempre están claros. Algunos científicos siguen la
inercia de los demás. Otros se incorporan a una carrera sin aparentes metas
definidas encargándose de “arrimar el ascua a su sardina”. Pero, en general,
bajo una pátina de altruismo en busca del mejor futuro para los ciudadanos,
late el citado intento de predominio sobre otros. Naturalmente estos avances no
están libres de un alto coste social, e individualmente sólo unos pocos pasan a
la historia como ejemplos del bien hacer.
Todo Occidente, y Francia también, están inmersos
en esta revolución tecno—científica pero hay que pensar que la mayoría de los
ciudadanos no se benefician más que a largo plazo. En el ojo del huracán sólo
se encuentra una mínima parte de la población, generalmente los privilegiados.
Podemos imaginarnos que el ambiente provinciano
francés estaba bastante al margen de lo que eran estos movimientos. La vida
estable, cómoda y monótona llevaba a la frecuente situación de “se muere donde
se nace”. No era el caso de Pasteur porque, aunque de provincias, vivió en una
familia de empresarios, y como tal, abierta a nuevos horizontes, nuevos
clientes, innovadores en producción, distribución etc. y competidores con los
demás. Aunque estas empresas fueran modestas, Pasteur crece en un entorno donde
es habitual el análisis de problemas y la necesidad de hacer diagnósticos. Como
consecuencia, por modesta que sea la empresa, se tienen que tomar decisiones;
se hacen tratamientos. Este aspecto se destacaría en numerosas ocasiones en la
vida de Pasteur. Le resultaría familiar el análisis de los problemas que la
industria le planteó a lo largo de su vida y, una vez hecho el diagnóstico,
tomar la decisión práctica de poner en marcha medidas adecuadas para la
solución de los problemas. Es la clave para ganar así en competitividad y
eficiencia en la industria. La personalidad de Pasteur además le llevaba a ser
implacable en el abordaje riguroso de los problemas planteados. Recordemos los
éxitos que tuvo en el sector productivo de la Francia del siglo XIX.
Su experiencia, y proximidad a las empresas
familiares le allanó el camino para acercarse a las grandes industrias del
Norte de Francia. Cuando Pasteur se traslada a Lille para ocupar el decanato de
la Facultad de Ciencias, se encuentra con una región agrícola, altamente
industrializada y especializada en la fabricación de la cerveza y del alcohol
de remolacha. Significa que la problemática de las fermentaciones va a llegar a
Pasteur o él a las fermentaciones. Inicia una carrera sin vuelta atrás. El estilo
de vida cómoda provinciana ha acabado para él. En Lille se dan la conjunción de
las necesidades de los industriales para controlar las fermentaciones, la
disposición de Pasteur para entrar en el mundo de la industria, sin dejar la
docencia y la investigación básica, y además la genialidad de un hombre
preparado.
Una estrategia similar aplicó en sus trabajos de
investigación adaptándolos a un riguroso método científico. Recogía y analizaba
todos los datos posibles acerca de un problema, planteaba todas las posibles
hipótesis que podía imaginarse y se dedicaba a comprobarlas y documentarlas.
Incorporó tres matices innovadores a la imaginación, la paciencia y el rigor
que, en realidad, correspondían a su personalidad.
Se entiende así que, a poco de llegar a Lille
(1856), un destilador de alcohol, Bigo, desesperado por la baja producción del
alcohol de remolacha y otros problemas asociados al profesor (Pasteur) de su
hijo. Fue una de las primeras oportunidades de Pasteur para poner en práctica
sus conocimientos y sus procedimientos innovadores en experimentación y
aplicación práctica. Pasteur acude todos los días a la fábrica a intentar
conocer las causas para, luego en el laboratorio, investigar la manera de
controlarlas. Abre el camino para la necesaria colaboración ante los fracasos
de la industria agrícola con los consiguientes problemas económicos. Se inicia
en Francia una innovadora línea en la colaboración de la ciencia con las
necesidades generales industriales, políticas, desastres epidémicos nacionales
etc.
Desde entonces la ciencia es imprescindible entre
los cerveceros de Lorena, los vinagreros de Orleans, lo viticultores del Jura,
los citados remolacheros del norte, y por supuesto, piden colaboración también
los ganaderos de Champagne, los granjeros de Beauce o los sericicultores del
Rodano. Pasteur aparece ya como el símbolo del encuentro entre el sabio del
laboratorio y el imprescindible obrador y acaba, aunque solo en apariencia, con
el dilema de las ciencias aplicadas o la aplicación de las ciencias.
En el siglo XIX la presión de la industria y de la
economía condiciona una dedicación a un solo campo de muchos científicos, lo
que facilitó el desarrollo industrial pero a costa de que muchos genios
“acomodaticios” se perdieran en el seno de la empresa, de la fábrica, que
engulló a la mayoría. A pesar de lo citado existía una masa crítica de
científicos como nunca había ocurrido.
El que sólo sabe de una cosa ni de esa cosa sabe.
Pasteur no se dejó llevar por estas modas del siglo XIX quizás por su mayor
capacidad y ambición para abordar otros campos, establecer nuevas relaciones y
buscar nuevas aplicaciones.
Una de las primeras oportunidades que se le brindó a Pasteur para poner en
práctica sus procedimientos innovadores fue el estudio de las fermentaciones.
Quizá aquí estuvo la ventaja de Pasteur que se
agigantó respecto a otros contemporáneos. Compaginó la proyección aplicada de
sus conocimientos con la docencia y la investigación más rigurosa. Fue un
estudioso sin descanso. Era evidente su preparación en diversos campos
científicos y áreas humanísticas. Disponía de un nivel de conocimiento muy
superior a la media y tenía la clave para innovar pues estaba dotado de una
capacidad extraordinaria para relacionar hechos, fenómenos, problemas... en
física, química, agricultura, ganadería industria, medicina..., lo que
caracterizaba su inteligencia y lo identificaba con el genio. Es la explicación
de su capacidad innovadora para aplicar los avances de la época y sus propias
aportaciones a la agricultura, veterinaria y medicina.
Su vasto conocimiento le permite buscar con éxito
teorías que le llevan a establecer leyes generales de aplicación práctica. En
la teoría de los gérmenes es capaz de discernir entre los saprófitos y los
patógenos que, procediendo del mismo entorno, se introducen en un cuerpo
debilitado en lugar de surgir de modo espontáneo. Liga así esta teoría de los
gérmenes con la crítica a la teoría de la generación espontánea. Pero desde
aquí es capaz de innovar y sugerir la aplicación de medidas sobre esterilización
e higiene que de alguna forma implicaban que las bacterias atacaban desde
fuera. Las batas blancas, guantes, mascarillas., aunque invisibles, llevan la
marca de Pasteur. Algo similar, pero aunque más específicamente ocurrió con los
estudios y las teorías sobre el carbunco y la aplicación final del control de
la esporulación o con la hipótesis del agente productor de la rabia y la
deducción de las existencia de virus filtrables. En general, todas sus
actuaciones son aplicaciones innovadoras al método experimental.
§. ¿Afán o necesidad de innovación?
El afán de Pasteur por innovar queda en evidencia a
lo largo de toda su trayectoria con las aportaciones a la humanidad. Bajo este
objetivo altruista late en Pasteur, como en todo personaje transcendente, la
vanidad, la competición con los demás y la ambición. Pero estos aparentes
defectos se convierten en virtudes y actúan como motores necesarios de la
autoestima, tenacidad y, en su trabajo, la referencia necesaria y afán de
superación respecto a los demás. También la ambición por adquirir conocimientos
y medios con los que llevar a cabo su labor. Pasteur utiliza la innovación como
herramienta fundamental en su trayectoria. ¡Sorprende a todos! ¡Va por delante
de la mayoría! ¡Esta en vanguardia!.
Entre los diversos campos donde Pasteur introduce
métodos innovadores podemos destacar:
A) Instrumental. Es evidente que el mérito no es exclusivo de
Pasteur, pero si tuviéramos que destacar tres hechos notables nos inclinaríamos
por la incorporación de los polarímetros en la industria manufacturera
agrícola, el estudio microscópico en el desarrollo de las diferentes proyectos
que ayudaron a Pasteur a integrar ciencia y aplicación y el uso de levaduras
seleccionadas en procesos industriales (se inicia la domesticación controlada
de los microorganismos). No podemos olvidar que determinados descubrimientos
ponen en bandeja a Pasteur su posible aplicación, aunque solo un genio como él
podría sacarle el máximo partido. Nos referimos a la luz polarizada (1808),
isómeros (1823), levaduras (1838) y en conjunto todo el desarrollo de la
química, la física y la industria del siglo XIX.
B) Innovación científica experimental. Los franceses, y Pasteur sobre
todo, intentan emular las noticias de que los alemanes han logrado obtener el
ácido racémico. Esta competencia nacionalista, unida a la ambición científica,
lleva a Pasteur a intentar resolver la cuestión del ácido racémico a partir del
tartárico. Aplica el método ensayo—error hasta que puede enviar a Biot un
telegrama “transformo ácido tartárico en ácido racémico”, con lo que evidencia
además un nuevo sistema de comunicación en tiempo real, el telégrafo (1844)
utilizado por muy pocos científicos. Para su investigación no le ha preocupado
recorrer media Europa, con las difíciles comunicaciones de la época, visitando
laboratorios y fábricas de Leipzig, Dresde, Freiberg, Viena, Praga, incorporando
una especie de minilaboratorio de viaje que lleva en su maleta. Su innovador
método consiste en conocer a fondo la fábrica para luego centrar sus
investigaciones en cualquier laboratorio, sea éste de viaje o de la
Universidad.
Otro aspecto innovador: Pasteur va adaptando sus
creencias a las pruebas. Eran tiempos en que los científicos, una vez tomaban
partido por un idea o una teoría, se convertían en verdaderos “fans”,
seguidores de esa corriente o personaje. A Pasteur no le importa no dejar
“títere con cabeza” si verifica un error de planteamiento. Por ejemplo, la
teoría de la generación espontánea inicialmente la admite, quizás por
tradición, y parece aceptarla. Llega a confesar “me ha ocurrido lo que a todo
el mundo, decir que la levadura se forma espontáneamente en el zumo de la uva,
mosto de la cerveza, cuando se exponen al contacto con el aire ordinario”.
Cuando él establece la idea contraria, lo hace de forma contundente aún a costa
de tenerse que excusar por los reproches que le hacen otros científicos al
haber seguido la doctrina que después combate tan agresivamente.
Otras ocasiones tendría de equivocarse y
rectificar, como cuando estableció que el bacilo del carbunco no produce la
enfermedad cuando se inocula con bacterias comunes asociadas, porque esta
últimas le impiden utilizar oxígeno, ya que se desarrollan más rápidamente
fijando lo que podría ser una técnica de “bacterioterapia”. Sin ningún recelo
admitió su error cuando pudo demostrar lo contrario, pero este fracaso parcial
le permitió algo innovador y frecuente en Pasteur. Obtiene beneficios de
errores anteriores y desde aquí (posible interacción entre saprofitos y
patógenos) desarrolló la idea de la lucha por la existencia, a tono con la
reciente difusión de la teoría darwiniana, entre patógenos y células del
huésped sobre el territorio del conflicto, el foco de infección.
C) Innovación a nivel educativo. Pasteur era brillante, pedagógico, y
desde sus puestos en la Universidad desarrolló una verdadera capacidad de
transmisión del conocimiento.
Las enseñanzas en la Universidad son estrictamente
teóricas. Pasteur siguiendo el ejemplo de escasísimos docentes, facilita la
entrada de los alumnos en los laboratorios potenciando las enseñanzas prácticas
y crea un diploma que certifica la capacidad práctica de algunos alumnos, una
especie de Formación Profesional. Es el “Certificado de Capacidad para las
Ciencias Aplicadas”, con el aval de Napoleón III y para evitar lo que afirmaba
Pasteur: “el gerente de una fábrica no tiene ninguna forma directa de asegurarse
de los conocimientos científicos de la persona que quiere dedicar a dirigir la
fábrica o que desea contratar en calidad de contramaestre o jefe de taller”.
Más adelante tendría ocasión de matizar los reproches que se le hacían sobre el
objetivo único de la educación práctica. Señala que en realidad “la teoría por
si misma” hace surgir y desarrolla el espíritu de la invención revelándose
contra “la opinión de estos espíritus estrechos de miras que desprecian todo lo
que, en las ciencias, no tienen una aplicación inmediata”.
Como anécdota, A diferencia de las intervenciones
de los académicos, cuando Pasteur informa o imparte conferencias en la Academia
utiliza la pizarra para dibujar los microbios que él ha observado. Algo inédito
para describir el mundo microscópico que para el resto de los académicos es
virtual, imaginario, casi teórico.
D) Innovación en comunicación. Nos parece que los métodos actuales de
comunicación, transmisión de conocimientos, marketing etc. son utilizados desde
hace largo tiempo. Sin embargo debemos situarnos en el siglo XIX para entender
que esté recién inventado el telégrafo y que las publicaciones en prensa son
lentas y caras.
La extraordinaria y rápida difusión de las
aportaciones de Pasteur, casi en tiempo real, obedecen a su empeño innovador
para utilizar todos los medios a su alcance en ampliar uno de los principios de
todo científico: la máxima divulgación de su saber. Este aspecto es clave para
poder competir, adelantarse a los demás y lograr los máximos recursos posibles
para seguir con su investigación.
No es de extrañar su afán por pertenecer al mayor
número posible de instituciones, como la Universidad, las diferentes Academias
de Ciencias, Medicina y de la Lengua. Estas instituciones multiplicarían el eco
de sus descubrimientos a favor de las referencias de actividades que recogen
los periódicos, por los libros—memoria que se obtienen y por la autoridad que
los académicos ejercen sobre las autoridades políticas. Bien es cierto que
estos honores conllevan una carga social, con frecuencia demasiado pesada para
Pasteur que llega a confesar: “Me cubren de medallas, lo que me honra. Yo lo
agradezco. Pero demoran lo fundamental de mi vida, mi trabajo”.
A menudo no es capaz de controlar el eco de su
trabajo transformándolo en una especie de espectáculo. Es el fenómeno del
folklore del conocimiento. Muchos experimentos y tratamientos concitan la
llegada de periodistas desde todos los puntos de Francia. La ventaja de la
transmisión inmediata de sus éxitos obliga a Pasteur a dedicar menos tiempo del
que quisiera al cuidado de su situación personal, familiar, del equipo, etc. En
otro sentido las demostraciones prácticas en el curso de sus conferencias o informes
a las Academias no suponen una innovación absoluta de Pasteur, pero,
aprovechando la profundidad de sus conocimientos y su capacidad pedagógica, se
presta encantado a exhibir sus aportaciones, como queda constancia en las
memorias de las Academias y de sus propios escritos.
Una de las primeras sesiones las recuerda
especialmente. Aquella en la que consiguió convencer a Biot para que apadrinara
su entrada en la Academia de Ciencias”. “Preparé en su presencia la sal doble
con la soda y el amoniaco, que también tuvo empeño en proporcionarme él.
Dejamos el líquido en un gabinete para que se evaporara despacio, y, cuando
hubo entre 30 y 40 gramos de cristales, me rogó que pasara por el Colegio de
Francia para escogerlos y aislarlos en su presencia, separando los derechos y
los izquierdos, pidiéndome que le confirmara que los de la derecha desviaban la
luz a la derecha y los otros a la izquierda, él preparó el resto y para
observarles en el aparato de polarización me volvió a rogar que fuera a su
despacho. Inmediatamente se dio cuenta del éxito”. La reacción de Biot no se
hizo esperar comunicándose los resultados inmediatamente con la siguiente cita
“El trabajo que vamos a presentar tiene un mérito poco corriente. El autor ha
llegado por este cambio a un descubrimiento totalmente imprevisto y el
procedimiento utilizado puede dar lugar a las aplicaciones más fecundas”.
En sus aportaciones científico—sociales, algunas ya
citadas, late también un gran sentido de la innovación. Pasteur se da cuenta de
la necesidad de innovar con firmeza para acercar la investigación a la
industria, única forma de elevar los beneficios sociales al máximo nivel. Tiene
siempre presente que la sociedad soporta a los científicos, pero éstos tienen
la responsabilidad de responder ante la sociedad. Es cierto que el coste social
es muy alto; como los intelectuales de la época habían demostrado al relacionar
la pobreza y el hambre, derivado de las indignas condiciones de vida de muchas
masas trabajadoras, con la enfermedad. Lister, Koch, Pasteur y otros muchos
investigadores se vuelcan en intentar suavizar la citada relación. Pero es
indudable que los métodos innovadores de Pasteur, a su vez, propiciaron un
extraordinario desarrollo en el campo de la cristalografía o el más práctico de
las fermentaciones lácteas y alcohólicas (pasteurización), canalizando el
desarrollo de numerosos procesos industriales, farmacológicos y especialmente
médicos en el control de las enfermedades infecciosas, sobre todo en la
prevención de infecciones postquirúrgicas y algunas enfermedades contagiosas.
Aunque él no lo pretendiera, estaba dando entrada a un nuevo campo: la economía
del conocimiento.
E) En el campo de la filosofía de la ciencia, las aportaciones de
Pasteur son muy notables, aunque menos objetivables y cuantificables que en los
demás apartados. Inició su vida profesional bajo la influencia del positivismo
de Augusto Comte, en el que se implican como seguidores la práctica totalidad
de sus maestros y colegas, y especialmente uno de gran prestigio, quizás el de
mayor prestigio de la época, que al final de su vida lo consideró un maestro,
compañero y amigo. Nos referimos a Claude Bernard. Sin embargo pronto se revela
contra este concepto o filosofía de entender el conocimiento y la práctica
profesional. Pasteur está de acuerdo con el valor de la observación de los
hechos pero nunca admitió que fuera la mejor o la única forma de llegar a controlar
los fenómenos biológicos.
Asimismo rechaza el método puramente descriptivo
porque a él no le basta con describir los hechos, tiene que explicarlos.
Rechaza que sólo tenga valor científico lo visible y demostrable. Acostumbrado
como está a hurgar en el nuevo mundo microbiano, mundo imprevisible y poco
menos que infinito, necesita considerar otras fuerzas del espíritu para
encontrar explicación a fenómenos biológicos, políticos y sociales. Solía decir
“Estamos rodeados de misterio”, convencido que la humanidad obedece a un
mandato divino. “Felices ¡los que obedecen a los listados del ideal artístico,
científico, patriótico, o del ideal evangélico; ideales todos en los que se
refleja la luz de lo infinito, y de donde dimanan elevados pensamientos
inspiradores de nobles acciones!”. En un alarde de humildad llegó a manifestar:
“Señores, la última palabra la tendrán las bacterias”.
Con frecuencia se ha asignado a la suerte un
importante papel durante el proceso investigador en la mayoría de los
descubrimientos. Es cierto que Pasteur debió tener suerte en algunos casos,
como en la selección de los ácidos tartáricos o de la esparragina para estudiar
las características de los isómeros. Otro tanto ocurrió con algunos ensayos
sobre el carbunco y la vacuna de las enfermedades de las aves, pero todo esto
resultó ser anecdótico. Como él mismo reconocía la casualidad sólo favorece a
las mentes bien preparadas cuando además se aplica el rigor en el método
científico.
Debemos destacar los métodos innovadores que
Pasteur aplicó a modelos extraordinariamente problemáticos. Por ejemplo, el
estudio de los isómeros, sustancias tan próximas como opuestas, el debate sobre
las controversias en la generación espontánea, el principio de microbios
comunes—patógenos, situaciones de normalidad—enfermedad, o lo que en conjunto
suponía la distancia y/o fusión entre la teoría y la práctica. Su gran mérito
por tanto es abrir las puertas a campos sin explorar, y hacerlo con métodos generales,
sacando partido incluso de las situaciones de error y/o fracaso.
§. La esperanza
Cuando las cosas van mal y, para grandes grupos de
población el siglo XIX estaba lleno de nubarrones sanitarios, la esperanza
consistía en el presentimiento más o menos objetivo y en la fe en una serie de
líderes que podían ayudar a terminar con las epidemias. La industrialización,
las comunicaciones, la tecnología, y también personajes como Pasteur, abrían el
camino a la esperanza, más o menos próxima, del control de las enfermedades. No
siempre fue así, porque hemos visto que incluso aparecieron o aumentaron
algunas enfermedades, pero es cierto que algunas de las más dramáticas pudieron
ser controladas. Esta esperanza es la suma de componentes individuales y
colectivos de los que en relación con Pasteur tenemos numerosos ejemplos:
· El 6 de Julio de 1885, la madre del niño de 9 años
Joseph Meister ruega a Pasteur, poniéndole en un gran aprieto, como última
esperanza, la salvación de su hijo, que ha sido mordido por un perro rabioso
dos días antes: “Si usted no hace algo mi hijo es seguro que morirá”. Pasteur,
después de mucho cavilar, ordenó inocular la vacuna al niño, hecho que sería
reflejado en los periódicos de la época, ensalzando a Pasteur.
· Desarrollo de las vacunas para enfermedades
causantes de una elevada mortalidad en la población humana y animal de aquel
entonces como el carbunco.
Pero no sólo es Pasteur el único ejemplo cuya
ciencia es esperanzadora y beneficiosa para toda la población. Encontramos este
mismo efecto en Fleming y la penicilina, cuyo descubrimiento supo capitalizarlo
la industria farmacéutica, comercializándola y haciéndola llegar a toda la
humanidad.
Otro tipo de esperanza es la que depositaban las
diferentes instituciones en el prestigio de Pasteur. Una vez consagrado como
personaje nacional, las Universidades, Academias y Organismos Políticos se
aferraban a Louis Pasteur como uno de los personajes que podía sacarles del
marasmo burocrático en que estaban. Y no digamos la esperanza con que recurrían
a él las diferentes fábricas, para que les solucionara sus enormes problemas.
La ciencia en general, se vio ampliamente
gratificada con el empuje de químicos, físicos, médicos, en general científicos
de la época, que abrieron las puertas al mayor avance que ha tenido la
humanidad a lo largo de toda su historia.
En el espejo de estos propósitos de esperanza está
la fe de Pasteur en sí mismo, en su familia y en sus colaboradores, pero
debemos destacar asimismo su patriotismo como prueba de la esperanza que tuvo
siempre en ayudar a convertir a Francia en un gran país y, si cabe, la
verdadera fe que siempre tuvo en la ciencia como elemento integrador superior
de toda la humanidad.
El futuro que establecieron los hombres de la talla
de Pasteur en el siglo XIX lo podríamos definir cualquiera de nosotros
describiendo el bienestar que legaron a nuestra sociedad actual. Pero, como se
ha repetido tantas veces, el verdadero futuro está empezando.
Uno de los rasgos más característicos de la personalidad de Pasteur fue su
patriotismo. El Estado francés bien se lo reconoció, ofreciéndole a su muerte
un funeral con honores de Jefe de Estado.
Capítulo 5
Método y serendipia en la investigación. Causalidad y casualidad en el proceso
creativo
José González, Ana Orero
Habitualmente se entiende por ciencia el
“conocimiento cierto de las cosas por sus principios y causas”.
La ciencia constituye un “cuerpo de doctrina
metódicamente formado y ordenado, que constituye un ramo particular del saber
humano”. Se distingue del conocimiento espontáneo o “saber común” por ser
organizado, seguir un método propio, tener un carácter mediato y fundarse en
relaciones objetivas comprobables. Lo que la ciencia busca es explicar la
realidad tal cómo es, conocer las cosas y los hechos y, a partir del estudio de
sus causas y de sus efectos, establecer teorías y leyes que permitan realizar
predicciones y desarrollar aplicaciones prácticas para la actividad humana.
El conocimiento científico es un conocimiento
racional, que trata de distinguir lo verdadero de lo falso dando pruebas de
ello. Se trata, por tanto, de un saber crítico. Y, además de
crítico, es planificado, se fundamenta en los métodos de investigación y
prueba, es verificable mediante la observación y la experimentación, constituye
un saber unificado, sistemático y ordenado —los nuevos conocimientos no
proporcionan una información más o menos estructurada pero aislada, sino que se
integran en el sistema de conocimientos anteriores—; por último, puede decirse
que el conocimiento científico es objetivo, provisional —la investigación es
siempre una tarea abierta y progresiva— y comunicable —mediante el lenguaje
científico—.
Augusto Comte, fundador del positivismo.
Si el lector se toma la molestia de consultar el
primer gran diccionario editado en Europa para una lengua vulgar, el
famoso Tesoro de la lengua castellana o española, obra
del erudito Sebastián de Covarrubias, no encontrará el término “ciencia” porque
en la fecha en la que fue editado, 1611, Galileo Galilei, el padre de la
ciencia moderna, todavía estaba construyendo los pilares del método
científico sobre el que se asienta la ciencia: las conclusiones han de
ser ratificadas mediante la experiencia.
§. El método científico
En efecto, Galileo sentó las bases del método
experimental, base de la “modernidad científica”. Para el gran científico
italiano, lo primero es la observación de los hechos aislados, suficientemente
significativos, a partir de los cuales hay que formular una hipótesis
explicativa provisional, la cual debe ser finalmente comprobada
experimentalmente y establecer sus consecuencias. Si el resultado de la
experimentación coincide con los planteamientos de la hipótesis, se enuncia la
ley que rige los fenómenos estudiados, la cual debe ser aplicada en todos los
casos. Curiosamente, el mismo año que muere Galileo, 1642, nace Isaac Newton,
con quien se completaría la nueva manera de hacer ciencia —las hipótesis son
puntos de partida para establecer explicaciones, pero no determinaciones— y la
nueva interpretación del Universo —con ella también la de la Tierra— y de la
Naturaleza —con ella también la del hombre—. Para entonces, René Descartes ya
había realizado su contribución al desarrollo de la modernidad con la publicación
del Discurso del método(1637).
En la segunda parte de su Discurso,
Descartes establece las cuatro reglas del método:
1. el llamado precepto de la evidencia o de
la duda metódica, según el cual no se debe admitir nunca algo como
verdadero, si no consta con evidencia que lo es;
2. el precepto del análisis, que consiste
en dividir las dificultades en tantas partes como sea preciso, para
solucionarlas mejor;
3. el precepto de la síntesis, es decir,
establecer un orden de nuestros pensamientos, incluso entre aquellas partes que
no estén ligadas por un orden natural, apoyándonos en la solución de las
cuestiones más simples hasta resolver los problemas más complejos;
4. el precepto de control, ya que es
necesario hacer siempre revisiones amplias para estar seguros de no haber
omitido nada. Por otra parte, compara su situación —extensible a la de
cualquier investigador— a la de un caminante extraviado, concluyendo que en la
investigación conviene seguir un rumbo determinado, lo que implica atenerse a
una regla relativamente fija, es decir, un método, sin abandonarla “por razones
débiles”.
Al perfeccionamiento de la ciencia y el método
científico contribuyeron de forma decisiva la invención de instrumentos y
utensilios de medida que tuvieron importantes aplicaciones, así como la obra de
numerosos científicos y filósofos a lo largo de los siglos XVIII y XIX; entre
ellos, quizás merezca la pena destacarse las figuras de Antoine de Lavoisier,
quien dotó de precisión al método experimental con la introducción de la
balanza, Auguste Comte, fundador del positivismo, corriente de pensamiento según
la cual todas las actividades filosóficas y científicas deben efectuarse
únicamente en el marco del análisis de los hechos reales verificados por la
experiencia, y John Stuart Mill, filósofo positivista, político y economista
británico, cuyo pensamiento ejerció una gran influencia en la sociedad
decimonónica y para quien el conocimiento humano tenía su origen y su límite en
la experiencia observable, siendo la inducción el principio lógico que permite
derivar conocimientos universales a partir de la observación de fenómenos
particulares. Con la introducción y desarrollo del método científico los
límites del mundo antiguo no solamente habían sido superados, sino que el
avance parecía incontenible. El hombre, liberado ya de sus prejuicios
anteriores, volvería la mirada hacia sí mismo y hacia su interior para conocer
mejor el microcosmos humano, al tiempo que aprehendía el macrocosmos exterior
abriendo los ojos de par en par.
Pero ¿qué es y en qué consiste el método
científico? Si por método se entiende la forma ordenada de proceder para llegar
a un fin, puede decirse que el método científico es el procedimiento que se
sigue en las disciplinas científicas para hallar la verdad y enseñarla. La
aplicación del método científico permite excluir todo aquello que tiene
naturaleza subjetiva y, por lo tanto, no es susceptible de formar parte del
conocimiento científico. El método científico implica una combinación de
inducción y deducción que se retroalimentan entre ellas.
El método científico es un proceso ordenado, que
consta de los siguientes pasos fundamentales: observación del problema o
fenómeno objeto del estudio, formulación de una hipótesis o explicación
provisional, diseño y experimentación para la verificación de la hipótesis
(confirmación o falsación), análisis de resultados (puede incluir la
replicación del experimento) y establecimiento de conclusiones (tras ser
repetidamente contrastada, la hipótesis pasa a convertirse en teoría y ley
científica).
El método científico se caracteriza por la medida
(precisión y exactitud), la magnitud, que hace posible la comparación entre
diferentes medidas, y la posibilidad de error (sistemático, accidental o
aleatorio). Asimismo, deben tenerse en cuenta dos características fundamentales
del método científico: su naturaleza probabilística y su carácter provisional.
§. Serendipia o azar y mente preparada
No todos los descubrimientos científicos están
basados en el método, el rigor y la planificación. En ocasiones, la creación
técnica y el hallazgo científico son fruto del azar y del encuentro accidental,
eso sí, ligados a la intuición, la destreza y sagacidad del investigador para
reconocer las posibilidades de lo hallado. Otras veces, el azar es sólo la
chispa que pone en marcha todo el proceso de investigación. En fin, en otros
casos, la casualidad surge en alguna de las fases del método científico previamente
planificado y cambia por completo el rumbo previsto de la investigación.
El término “serendipia” es un neologismo
incorporado al idioma español como traducción de la palabra inglesa serendipity, vocablo
que fue acuñado por el escritor británico Horace Walpole a mediados del siglo
XVIII como consecuencia de la impresión que le produjo la lectura de un cuento
oriental sobre las aventuras de Los tres príncipes de Serendip, los
cuales poseían un don especial, aunque difícil de explicar: hacían
continuamente descubrimientos por azar y sagacidad de cosas que no se habían
planteado.
John Stuart Mill, gran impulsor del método científico.
Walpole utilizó el nuevo vocablo para referirse a
alguno de sus propios descubrimientos accidentales y en una carta enviada a un
amigo habla de su creación, describiendo el origen de la palabra y significado
de su fuerza expresiva.
La palabra serendipity se
encuentra actualmente en todos lo diccionarios de inglés y sirve para designar
“la capacidad para realizar descubrimientos agradables e inesperados
enteramente por azar o casualidad”. Esta capacidad o habilidad implica no sólo
una cuestión de “auténtica buena suerte”, sino también una visón sagaz siempre
atenta a lo inesperado y nunca conforme con lo aparentemente inexplicable. De
alguna manera, reflejaría la condición ya expresada perfectamente por Louis
Pasteur: “En los campos de la observación, el azar favorece sólo a la mente
preparada”, y más cerca de nuestro tiempo, por Paul Flory: “A menos que la
mente esté concienzudamente cargada de antemano, la proverbial chispa del genio
si llegara a manifestarse, probablemente no encontraría nada que prender”.
Al contrario de lo que ocurre con el término
inglés, serendipia no se encuentra todavía en los diccionarios
de español, aunque se viene utilizando como neologismo en la literatura
científica desde que hace más de veinte años el traductor del libro Serendipity.
Accidental Discoveries in Science, cuyo autor es R. M. Roberts, expresara
ésta como “condición del descubrimiento que se realiza gracias a una
combinación de accidente y sagacidad”. Quizás el equivalente más apropiado en
español sería el término “chiripa”, que sirve para expresar de forma un tanto
castiza la casualidad afortunada.
Mientras los expertos en lingüística aclaran
definitivamente si la serendipia debe referirse a la capacidad
del descubridor o a la condición del descubrimiento, o a ambas, nosotros
simplemente nos limitaremos a señalar que la serendipia o la pseudoserendipia
—una variante introducida por Roberts para delimitar aquellos descubrimientos
accidentales con los que se consigue llegar con éxito al final de la búsqueda—
ha estado en el origen de no pocos avances científicos y técnicos, que, a lo
largo de los tiempos, han hecho evolucionar la Civilización, algunas veces de
forma mucho más trascendental de lo imaginado en el momento de su
descubrimiento. Desde el principio de Arquímedes al cotidiano post— it, pasando
por la ley de la gravitación universal y el velcro, desde la vacunación al
desarrollo de Viagra para el tratamiento de la disfunción eréctil, pasando por
las sulfamidas y el descubrimiento de la penicilina, la serendipia ha estado
presente, de una u otra forma, a lo largo de la historia de la ciencia y la tecnología.
En determinados momentos, el azar y la necesidad se alían con Pasteur para
dar lugar a una de las obras de investigación más apasionantes y singulares de
la historia de la ciencia.
§. Serendipia en las investigaciones de Pasteur
¿Puede hablarse de serendipia en el caso de los
descubrimientos que llevó a cabo Louis Pasteur? Probablemente no, o por lo
menos en la mayoría de los casos, porque siempre partió de una búsqueda
concienzuda, fruto de la observación y la verificación. Lo que sí puede
achacarse al azar son los hechos que algunas veces pusieron al sabio francés en
el camino de un descubrimiento o en la decisión de marchar campo través para
buscar de la manera más rápida posible las causas que originaban algunas
enfermedades en los vegetales, los animales o los seres humanos.
La suerte es de quien la busca, dice el refrán
castellano, y, quizás, Pasteur la tuvo, pero la llevaba buscando desde que
decidió dedicarse a la investigación. Además, en numerosas ocasiones lo
importante no es lo que sucede realmente, sino que un espíritu inquieto y de
mente abierta lo observe y formule una hipótesis congruente. A lo largo de la
historia, delante de los ojos humanos han pasado de forma permanente hechos de
interés, pero únicamente un número reducido de científicos ha sabido elaborar
hipótesis acertadas desde lo hechos observados, casuales o no. Al alcance de
todos los astrónomos estaban los astros, pero Copérnico y Kepler fueron mucho
más allá para tratar de explicarse ellos y explicarnos a todos las leyes del
Universo. Y es que muchas veces, el descubrimiento consiste en ver lo que todos
han visto y pensar lo que nadie ha pensado (A. Szent—Gregory). Como expresara
en su día el gran Santiago Ramón y Cajal, “sólo acierta quien sabe”.
Seguramente, el sabio español no llegó a conocer el
término “serendipia”, pero curiosamente en Las reglas y consejos sobre
investigación científicaplantea de forma precisa lo que hoy entendemos por
la misma:
“Y esto nos lleva a decir algo de la casualidad en
la esfera de la investigación científica. Entra por mucho, positivamente, el
azar en la labor empírica, y no debemos disimular que a él debe la Ciencia
brillantes adquisiciones, pero la casualidad no sonríe al que la desea, sino al
que la merece, según la célebre frase de Duclaux. Y es preciso reconocer que
sólo la merecen los grandes observadores, porque ellos solamente saben
solicitarla con tenacidad y perseverancia deseables y cuando obtienen la impensada
revelación, sólo ellos son capaces de adivinar su trascendencia y alcance.
En la ciencia, como en la lotería, la suerte
favorece comúnmente al que juega más, es decir, al que, a la manera del
protagonista del cuento, remueve continuamente la tierra del jardín. Si Pasteur
descubrió por azar las vacunas bacterianas, también colaboró su genio, que
vislumbró todo el partido que podía sacarse de un hecho casual, a saber el
rebajamiento de la virulencia de un cultivo bacteriano abandonado al aire y
verosímilmente atenuado por la acción del oxígeno.
La historia de la Ciencia está llena de hallazgos
parecidos: Scheele tropezó con el cloro, trabajando en aislar el manganeso; Cl.
Bernard imaginando experimentos encaminados a sorprender el órgano destructor
del azúcar, halló la función glucogénica del hígado, etc. En fin, ejemplos
recientes de casi milagrosa fortuna son los estupendos descubrimientos de
Roentgen, Becquerel y los Curie.
(.) En suma: el azar afortunado suele ser casi
siempre el premio del esfuerzo perseverante”.
§. Algunos ejemplos
Pasteur, como Copérnico, Kepler y Cajal, también
fue más allá: analizó el universo microbiano, en el que se escondían bacterias,
virus, hongos y parásitos, utilizó el método científico, aprovechó el golpe de
fortuna que, en algunos casos, le proporcionó la casualidad y supo vislumbrar
las posibilidades de “guardar vida” que ofrecía el fenómeno de la antibiosis,
del que fue uno de los primeros observadores. Además, en determinados momentos,
el azar y la necesidad —las dos razones fundamentales con las que los premios
Nobel J. Monod y F. Jacob explicaban la evolución humana— se aliaron con el
trabajo metódico de Pasteur para dar lugar a una de las obras de investigación
más apasionantes y singulares en la historia de la ciencia y del pensamiento
científico.
Probablemente uno de los ejemplos más
representativos de serendipia en la ingente labor investigadora de Pasteur lo
constituya el caso de los estudios del cólera aviar, a los que se refería Ramón
y Cajal en el texto antes referido, cuyo efecto en las granjas francesas era
devastador a finales de la década de 1870. Pasteur observó que la inoculación a
una serie de gallinas de unos cultivos viejos, que había dejado en el
laboratorio antes de unas vacaciones, producía en dichos animales una forma muy
atenuada de la enfermedad y, tras inocularles un nuevo cultivo —ahora fresco—
del bacilo, observó que todas las gallinas conseguían sobrevivir. A partir de
esta observación, Pasteur pensó que lo sucedido con el cólera aviar —la
resistencia al desarrollo de la enfermedad en los animales que ya habían
padecido una forma atenuada— debía producirse también en otras enfermedades
infectocontagiosas y trasladó su programa de investigación al caso del ántrax,
otra de las enfermedades que causaba estragos en la cabaña francesa en esa
época.
La famosa experiencia pública de la granja de
Pouilly le Fort, cerca de Paris, utilizando un grupo control, disipó cualquier
duda que pudiera quedar acerca de la bondad de las vacunaciones de Pasteur y
constituyó un verdadero acicate para establecer un programa de investigación
metódico con el fin de elaborar una técnica que permitiera obtener cultivos del
patógeno de la rabia con distintos grados de virulencia. La inoculación seriada
de cultivos progresivamente más virulentos haría a los perros inmunes a la
enfermedad rabiosa. La constatación de este hecho hizo que, cuando se presentó
el caso de Joseph Meister, Pasteur se decidiera a aplicar la vacuna de la rabia
en el ser humano.
El estudio del cólera aviar no fue el único caso de
serendipia entre las principales investigaciones realizadas por Louis Pasteur.
El primer descubrimiento con el que consiguió cierta notoriedad como hombre de
ciencia, el de la relación entre la forma de los cristales de ácido tartárico y
la distinta acción que las moléculas zurdas y diestras tenían sobre el plano de
polarización de la luz, también es señalado por algunos autores como un
descubrimiento serendípico, no en el sentido de la investigación en sí, que
únicamente puede ser atribuida al genio de Pasteur, sino en la elección
fortuita de la única sal del ácido racémico que cristaliza en formas con
simetría especular, las cuales pueden ser separadas mecánicamente, así como en
el hecho en que las dos formas de cristalización ocurren a temperaturas
inferiores a 26ºC y Pasteur dejó los frascos para observar el fenómeno a la
fría temperatura ambiente parisina. A partir de aquí la planificación del
experimento y la serie de observaciones realizadas por Pasteur fueron
impecables, consiguiendo demostrar cuatro hechos fundamentales: el ácido
tartárico puede cristalizar bajo dos formas simétricas, tan diferentes entre sí
como los son un par de guantes; una de esas dos formas hace girar el plano de
polarización de la luz hacia la derecha (forma dextrógira) y el otro, hacia la
izquierda (forma levógira); la mezcla en proporciones iguales de ambas formas
es óptimamente inactiva y corresponde en realidad al ácido racémico; el ácido
racémico puede hacerse activo por diversos procedimientos, entre los que se
encuentra el proceso de fermentación. Con este descubrimiento Pasteur se
convirtió en el fundador de la estereoquímica. Según cuenta René Vallery—Radot
en La Vida de Pasteur(1902), la emoción de Pasteur en el momento de
descubrir el fenómeno fue tan parecida a la que la leyenda da cuenta de
Arquímedes en el instante de desentrañar el principio que lleva su nombre, que
salió corriendo del laboratorio exclamando ¡lo tengo! Por eso, no es de
extrañar que su propia mujer, pensando en la trascendencia de las
investigaciones, comentara apasionadamente a su suegro que la ciencia podría
estar ante “un nuevo Newton o un nuevo Galileo”.
Aparte de la trascendencia sanitaria, social y
económica que estos hallazgos tuvieron en la historia de la humanidad, expuesta
en otros capítulos del libro, también conviene llamar la atención en su
influencia en otros hechos significativos en el terreno de la farmacología. Por
una parte, se abrieron las puertas a la terapéutica experimental, luego
desarrollada ampliamente por Paul Ehrlich en la investigación de los agentes
quimioterápicos, y, por otra, ésta se había convertido en terapéutica clínica,
adelantándose en más de medio siglo a los programas de la farmacología moderna.
Pero todos estos adelantos habían sido posibles por la conjunción de la
casualidad y de la intuición de Pasteur en la búsqueda de la causalidad, Por
eso, no es de extrañar que episodios como el del cólera aviar hicieran repetir
al gran sabio francés: “la suerte sólo favorece a los espíritus preparados”.
§. El caso que revolucionó la terapéutica
farmacológica
Lo sucedido con el caso del cólera de las gallinas
nos hace recordar el de otro descubrimiento que Roberts y otros autores
plantean como paradigma de serendipia, de los hallazgos científicos que son
fruto del azar y del encuentro accidental, pero, eso sí, ligados a la
intuición, a la destreza y a la sagacidad del investigador para reconocer las
posibilidades de lo hallado.
En el verano de 1928 Alexander Fleming se
encontraba realizando un estudio acerca de los estafilococos para una obra que
se encontraba en preparación: System of Bacteriology. Estudiaba el
comportamiento de las colonias de estafilococos cultivadas sobre medio de
gelosa en placas de Petri, cuando, tras unas breves vacaciones y al regresar al
laboratorio, el 5 de septiembre, le llamó la atención que en alguna placa había
crecido un moho, y las colonias de estafilococos alrededor de dicho hongo se
habían disuelto, se habían lisado y estaban transparentes. ¿Qué sustancia
contendría el zumo o jugo de aquel moho, que era capaz de disolver o inhibir
las colonias de estafilococos? ¿De qué hongo se trataba? Dejemos que sea el
propio Fleming quien de los detalles del acontecimiento:
“En 1928 estaba estudiando las variaciones del
estafilococo, y para ello era necesario retirar la tapa de algunas placas de
cultivo con ciertos intervalos para proceder a su examen microscópico. Esto,
como es natural, crea el riesgo de que el cultivo se contamine por el aire, y a
buen seguro uno de ellos fue contaminado por un esporo de Penicillium que
germinó, dando lugar a una colonia. Esta contaminación en una placa de cultivo
con moho no es infrecuente. Ha ocurrido muchas veces, pero particularmente en esta
placa el hongo provocó un cambio muy notable: todas las colonias de
estafilococos que se hallaban alrededor del hongo parecía que fuesen
desapareciendo como si se disolvieran. Esto, para mí, era algo sin precedentes,
y parecía reclamar una investigación.
Lo primero que había que hacer era obtener un
cultivo puro del hongo, lo que no ofrecía dificultad, apelando a los métodos
bacteriológicos ordinarios. Algunos esporos fueron implantados en un punto
cercano a la periferia de una placa de cultivo en agar corriente. Se les dejó
crecer a la temperatura del ambiente durante cuatro o cinco días, en los cuales
la colonia llegó a alcanzar un tamaño entre uno y dos centímetros. Entonces se
hicieron siembras en estrías de diferentes microbios a través de la placa, desde
su borde hasta la colonia del hongo, y se colocó en la estufa, a 37 grados
centígrados durante la noche. Al siguiente día se vio que, mientras algunos de
los microbios crecieron directamente hacia el moho, otros fueron inhibidos en
su crecimiento a una distancia de dos o más centímetros.
Luego, el hongo fue cultivado en medio líquido
(caldo ordinario), creciendo una masa como afieltrada en la superficie y
quedando por debajo el líquido enteramente claro. Se hizo un examen del líquido
en intervalos distintos y se encontró que al cabo de una semana de estar a la
temperatura de la habitación tenía fuertes propiedades antisépticas. El método
más sencillo de hacer la comprobación era el que yo había empleado
anteriormente para el lisozyma. Se recortó un trozo de agar en una placa de
cultivo y el hueco así producido fue rellenado por el líquido de cultivo del
hongo. La superficie fue sembrada con un germen sensible (estafilococos), y,
después de la incubación, se vio que había una completa inhibición del
crecimiento del estafilococo en un centímetro o más alrededor del punto que
contenía líquido de cultivo.
Existe, sin embargo, una diferencia que desde el
punto de vista práctico constituye una distinción importante: mientras con la
lisozyma los gérmenes más fuertemente inhibidos no eran patógenos para el
hombre, los que resultaron más sensibles a la penicilina fueron los que nos
infectan con mayor frecuencia.
Hasta este momento había descubierto que la
contaminación por el hongo producía una sustancia bacteriostática difusible en
el agar que resultaba muy selectiva en su acción y que afectaba a muchos
microbios patógenos.
El descubrimiento de la penicilina se ha puesto tradicionalmente como
ejemplo de serendipia, pero no hubiera sido posible sin la experiencia, la
observación y el trabajo metódico de Fleming.
Esto sugirió enseguida la primera aplicación
práctica de la penicilina, cual es facilitar el aislamiento de determinadas
bacterias en el laboratorio. Al incorporar penicilina al medio de cultivo, los
gérmenes penicilino—sensibles resultan completamente inhibidos, en tanto que
los insensibles crecen libremente. De este modo resultaba fácil aislar un
microbio no sensible a la penicilina entre millares de gérmenes sensibles. Los
sensibles dejan simplemente de aparecer en el cultivo. Como es natural, no fue
necesario preparar medios especiales de cultivo que contuvieran penicilina.
También empleé la penicilina para demostrar otros
antagonismos bacterianos en forma espectacular”.
Asumido desde un principio como un hecho casual y
fortuito, en el descubrimiento de la penicilina es imposible negar la
implicación del carácter observador de A. Fleming. A diferencia de sus
antecesores, Fleming, experimentado en antibiosis (salvarsán, prontosil,
lisozima), comprendió la importancia del fenómeno de inhibición del crecimiento
bacteriano por parte del hongo y, en consecuencia, desarrolló diferentes
estudios que determinarían el descubrimiento de la penicilina.
Éste, comienza con el encargo de preparar un
capítulo acerca de los estafilococos para un tratado de Bacteriología; para
este trabajo Fleming debía desarrollar una serie de pruebas complementarias que
reprodujeran las experiencias descritas con anterioridad por un colega. La
ausencia de especial interés (se trataba simplemente de comprobar las
observaciones realizadas por otros investigadores) unida a la casualidad (el
trabajo desarrollado coincidió con las vacaciones estivales de 1928),
confluyeron en que a principios de septiembre de ese mismo año Fleming, durante
las comprobaciones rutinarias de las placas de Staphylococcus, observara
un hecho fantástico. Sentado ante su microscopio examinó una a una las
diferentes placas hasta que en el borde de una de ellas vio una masa verde
azulada.
Es en este punto donde entra en juego la pericia de
Fleming. Como bacteriólogo, la contaminación localizada suponía, de acuerdo con
los postulados de Robert Koch, una especie de vergüenza al constituir el signo
humillante de un trabajo descuidado; aparte quedaba la disculpa de que, por la
frecuente apertura y manejo de las placas Petri, Fleming corría el peligro de
que un germen extraño, como la espora de un hongo ambiental, se depositase
sobre la placa, se alimentase de la nutritiva mezcla y fundase una colonia de
hongos que se multiplicasen rápidamente. En vez de tirar la placa contaminada
al vertedero, continuó estudiándola, comprobando que alrededor de las colonias
del hongo invasor se había formado un halo libre de crecimiento bacteriano.
Fleming, guiado por su experiencia en fenómenos de
inhibición, realizó cultivos puros del hongo en medio de cultivo de Sabouraud.
Así se inició la cadena de eventos que culminaría con la obtención de uno de
los agentes terapéuticos más importantes de la historia, refiriéndose en la
bibliografía existente el hecho de que prácticamente toda la penicilina
preparada con fines clínicos en Inglaterra y América hasta 1943 se obtuvo de
cultivos procedentes de aquel tubo inicial de A. Fleming.
En definitiva, un hecho fortuito como es la
contaminación de un crecimiento bacteriano en un laboratorio de bacteriología
medió en uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX y de mayor
trascendencia para la humanidad; quién le habría dicho a Fleming que cuando, al
observar la inhibición del crecimiento bacteriano producida por el hongo
contaminante, estaba ante el principio de la salvación de millones de personas
en todo el mundo: “¡Eureka!”.
Pero, como acabamos de ver, no se puede hablar sólo
de casualidad. Seguramente, dada nuestra continua búsqueda del saber, el
descubrimiento de la penicilina fue algo inevitable, producto del afán
investigador del ser humano, de la búsqueda del remedio que se encuentra
socialmente vinculado a un concepto de progreso, que no es el de un acontecer
del que no somos responsables, algo que nos ocurre, sino, todo lo contrario: el
progreso es el producto de nuestra acción, de nuestro esfuerzo por conocer cada
vez más y mejor, por mejorar nuestras condiciones de existencia y hacerlas
menos azarosas, más sometidas a nuestro control. Pensado de una u otra forma,
fue un descubrimiento buscado. Si no hubiese sido la penicilina, nuestra
búsqueda hubiese dado otros frutos, quizás por un camino totalmente distinto.
Como el propio Fleming afirmara: “Es cierto que
todos los bacteriólogos han visto sus placas de cultivo contaminadas con mohos.
También es probable que algún bacteriólogo haya advertido cambios similares a
mi, pero no hay duda de que en ausencia de un interés especial en la búsqueda
de sustancias antibacterianas naturales, las placas hubieran sido separadas
para su limpieza”.
Y haciendo gala del sentido del humor británico,
apostillaba: “En los periódicos han aparecido muchas referencias acerca del
origen de la penicilina. Una de ellas contó que una ligera brisa, en una
ráfaga, llevó el esporo del hongo desde el exterior, a través de la ventana,
hasta la placa de cultivo. En otras se decía que el esporo había sido
proyectado por el estallido de una bomba alemana. Pero la mejor de todas la
encontré en un «Church Magazine». Allí se decía que la causa de todo era una
distracción mía, debida a que, acostumbrado a llevar al hospital unos
sándwiches para desayunar, cierto día se me olvidó comer el desayuno y al
siguiente me comí los sándwiches pasados, que habían criado moho. En aquel
entonces (siempre según el periódico) yo padecía unos diviesos que resultaron
curados milagrosamente. Como cuento no está mal, pero no es menos fantástico
que la fábula que apareció en la prensa de muchos países, según la cual yo
había salvado dos veces la vida de mi gran compatriota Winston Churchill”.
Y en un discurso pronunciado en la Real Academia de
Medicina de Sevilla planteaba cómo la fortuna y el trabajo concienzudo habían
sido los pilares de su labor investigadora:
“La suerte ha jugado un papel nada despreciable en
la historia de la penicilina y, por consiguiente, en mi vida.
Fue un hecho fortuito la contaminación de mi cultivo de bacterias por un hongo
que yo no deseaba. Fue también un hecho fuera del alcance de nuestra voluntad
que el descubrimiento de la penicilina, realizado en 1928, se mantuviera casi
inédito durante más de diez años, hasta el momento en que nos vimos arrastrados
a una gran guerra, y en cuyas circunstancias es posible realizar
extraordinarias producciones que no se alcanzarían en tiempo de paz. La fortuna
juega, pues, un cierto papel en nuestros asuntos, cuyo control creemos a veces
poseer, pero en los que no somos en realidad más que simples peones movidos por
un Poder superior, que regula este conjunto de jugadas a las que llamamos Vida.
Pero, a despecho de lo imprevisto, no es menos cierto que hemos de trabajar
intensamente, y comprender que sólo trabajando es como llegaremos a hacer algo.
Sólo de este modo podremos captar a la fortuna y evitar que las oportunidades
favorables se pierdan para siempre”.
Y es que, a pesar de las objeciones que puedan
planteársele, Fleming consiguió “mostrar al mundo cómo la inteligencia, la
observación, e incluso la modestia ante los hechos que son observados por un
hombre de ciencia, pueden lograr lo que algunas veces no se consigue con
grandes recursos técnicos” (P. Laín Entralgo).
Al margen de sus beneficios clínicos (“sus
resultados son tan espectaculares que, en verdad, parecen milagrosos”, diría
algunos de sus primeros investigadores clínicos), la llegada de la penicilina
originó un cambio radical en el modelo a seguir en el trabajo científico,
provocando un notable giro en el desarrollo metodológico. Fue un modelo de
búsqueda de otras sustancias de origen natural, pues, hasta la fecha de su
descubrimiento, las moléculas activas únicamente eran de carácter químico. Así
se pudieron encontrar rápidamente la penicilina V, la estreptomicina, y el
cloranfenicol; más tarde, mediante modificaciones químicas de la estructura
principal de la penicilina, se posibilitaba la producción selectiva de
sustancias con actividades y espectros mejorados, como las aminopenicilinas.
Por otra parte, la penicilina fue un modelo a seguir en el estudio de los
mecanismos de acción de los nuevos antibióticos, así como de los mecanismos de
resistencia bacteriana.
§. El precedente
Los hallazgos de Pasteur y Fleming, que dieron
lugar a dos líneas clave en la terapéutica antimicrobiana: el de la prevención,
mediante la vacunación, y la del tratamiento, con el desarrollo de los
antibióticos, probablemente tuvieron su precedente en relación a las
investigaciones microbiológicas en las que la serendipia ha jugado un papel
importante en la vacunación antivariólica, impulsada por Edward Jenner a
finales del siglo XVIII y que constituye uno de los principales logros en la
sanidad pública de todos los tiempos.
A mediados del llamado “siglo de las luces” (o
“siglo de las fiebres” en el ámbito médico) los estragos de la viruela se
percibían en todo el mundo. Así lo recoge Johan W. Goethe en su extraordinario
libro Poesía y Verdad: “Finalmente, el mal (la viruela) cayó sobre
nuestra casa y nos atacó con especial virulencia. Todo el cuerpo me quedó
sembrado de pústulas y, con la cara tapada, tuve que permanecer en cama cegado
y con gran sufrimiento durante varios días”.
Jenner puede ser considerado como el “padre de la vacunación ”.
Junto a las formas mortales que atacaban
preferentemente a los niños (“cuchillo de los niños”), se observaron otras cuya
curación se pagaba al precio de huellas indelebles que desfiguraban gravemente
(picado de viruela) y que afectaban por igual a todas las clases sociales.
Voltaire describió perfectamente la situación: “De 100 personas, 60 por lo
menos, tienen la viruela; de esas 60, 10 se mueren en los años más favorables y
10 conservan para siempre sus molestos restos. He aquí, pues, que la quinta parte
de los hombres muere o se afea por causa de esta enfermedad, sin duda alguna”.
En medio de ese dramático panorama, el debate sobre la variolización —no
vacunación— recorría Europa, después de que su técnica, consistente en inocular
linfa de pústulas variolosas humanas, fuese introducida en el Continente
europeo por lady Wortley—Montague, esposa del embajador inglés en
Constantinopla (el origen de la variolización se remonta a las antiguas
civilizaciones de China e India y a principios del siglo XVIII se practicaba de
una forma relativamente generalizada en Oriente).
A Edward Jenner, conocedor de la técnica de la
variolización y, por tanto, sabedor de que el organismo humano se hacía
resistente frente a un segundo ataque de viruela (lo que también era extensivo
a algunas otras enfermedades infecciosas), le sorprendía la sana belleza de las
lecheras de la región donde trabajaba como médico —Gloucestershire— y decidió
hacer algunas observaciones por su cuenta. Los estudios le condujeron a
formular la hipótesis, apoyada por el saber popular, de que las ordeñadoras
habían sufrido ya los efectos de una enfermedad semejante a la viruela humana,
pero mucho más benigna, que contraían en su continuo trabajo con las vacas y
que el agente contaminante se localizaba en las ubres. Las dos enfermedades, la
viruela vacuna y la viruela simple, son tan semejantes, que quien padece una
queda protegido contra la otra. Para probar sus hipótesis, Jenner contagió
deliberadamente con la viruela vacuna (vacunación) a algunos niños y jóvenes a
cuyos padres había podido persuadir de la verdad de sus opiniones. El resultado
del primer ensayo, realizado en mayo de 1796 en un niño de ocho años —James
Phipps— con linfa de las pústulas de viruela vacuna extraídas de la mano de una
ordeñadora llamada Sarah Nelmes, demostró que Jenner tenía razón: unas semanas
después comprobó la inmunidad del niño inoculándole una muestra de viruela
fresca. Dos años después publicó un célebre folleto en el que afirmaba: “La
viruela de las vacas es un preservativo garantizado contra la viruela
ordinaria”. Así fue cómo surgieron la primera teoría acerca de la inmunización
y el primer método terapéutico preventivo, la vacunación (término introducido
por Pasteur en reconocimiento de los trabajos de Jenner), que permitiría siglo
y medio después proteger a los habitantes del mundo entero y erradicar
prácticamente la viruela, tal como había vaticinado el propio Edward Jenner en
1.801: “Esta práctica acabará conduciendo a la erradicación de la viruela, el
azote más espantoso de la raza humana”. El último caso de viruela verificado en
el mundo se produjo en Somalia en 1977.
Hasta aquí parece que habría poco margen para
hablar de serendipia, pues una vez que Jenner decidió estudiar la extraña
inmunización de las lecheras de su tierra natal e idear la vacunación de los
pacientes para prevenirlos de la enfermedad, la investigación se planteó de
forma metódica y ordenada. Sin embargo, los autores que, como E. L. Compere y
R. M Roberts, plantean el descubrimiento de la vacunación como una verdadera
serendipia lo hacen desde la perspectiva de que el hallazgo no vino como
resultado de “un largo y penoso trabajo de laboratorio”, sino más bien del fino
oído y la buena memoria de Edward Jenner.
En efecto, Jenner había nacido en Berkeley, condado
de Gloucester, en 1749, hijo de un clérigo que murió cuando él apenas contaba 6
años de edad. Criado con la ayuda de un hermano mayor, desde muy temprano
mostró su interés por la historia natural. Al poco tiempo de iniciar sus
estudios de medicina, cuando tenía 19 años de edad, oyó contar a una lechera de
su tierra que las ordeñadoras afectadas por el cow—pox o
viruela vacuna no contraían la viruela humana. Dos años después, Jenner marchó
a Londres a proseguir sus estudios con el famoso cirujano John Hunter, en cuya
casa vivió durante un par de años. Al finalizar los estudios, a pesar de la
sólida formación recibida, de su prometedora carrera y de recibir tentadoras
ofertas de trabajo como médico y naturalista, decidió regresar a Berkeley y
ejercer como médico rural.
Allí volvió a encontrarse con lo que años atrás
había oído a la lechera acerca de la prevención de la viruela. Los campesinos
del condado de Gloucester conocían perfectamente que la viruela vacuna, que se
manifestaba por pequeñas erupciones en las ubres de las vacas, podían contagiar
a las personas encargadas de ordeñarlas y que, cuando surgía alguna epidemia de
viruela, éstas permanecían inmunes o enfermaban muy raramente, incluso cuando
atendían a los enfermos y permanecían en estrecho contacto con ellos. A partir
de 1975 comenzó a investigar por su cuenta, animado por la recomendación de su
maestro John Hunter: “No pienses más, ensaya; se paciente y exacto”. Y Jenner
fue las dos cosas: dos décadas más tarde pondría en práctica su teoría y
realizaría el primer ensayo de vacunación humana. Así lo cuenta el propio
Jenner en el ensayo publicado en 1898:
“Para observar mejor cómo evolucionaba la infección
inoculé la viruela vacuna a un niño sano de ocho años.
La vacuna procedía de una pústula del brazo de una ordeñadora, a quien había
contagiado la vaca de su señor.
El 14 de mayo de 1796 se la inyecté al niño a través de dos cortes
superficiales en el brazo, cada uno de los cuales tenía la anchura de un
pulgar. El séptimo día se quejó de pesadez en el hombro; el noveno perdió el
apetito, tuvo algo de frío y un ligero dolor de cabeza; durante todo el día se encontró
enfermo y pasó la noche inquieto, pero al día siguiente volvió a encontrarse
bien. La zona de los cortes evolucionaba hacia la fase de supuración,
ofreciendo exactamente el mismo aspecto que adquiere la materia virulosa. Para
cerciorarme de que el niño, levemente infectado por la viruela vacuna, había
quedado realmente inmunizado contra la viruela humana, el 1 de julio le inyecté
materia virulosa que había extraído con anterioridad de una pústula humana.
Se la apliqué profusamente mediante varios cortes y punturas, pero no dio lugar
a ningún ataque de viruela. En los brazos aparecieron los mismos síntomas que
provocan las sustancias virulosas en los niños que han sufrido variola o
viruela vacuna. Al cabo de algunos meses, le volví a inocular materia virulosa,
que en esta ocasión no produjo ningún efecto visible en el cuerpo”.
Jenner pudo demostrar así las ventajas de la
vacunación con viruela vacuna frente a la variolización: no podía causar la
muerte, no dejaba cicatrices ni señales indelebles en la cara y los vacunados
no representaban ninguna fuente de contagio. Como señala Compere, el cuidadoso
y paciente médico de Berkeley sería recordado ya “por haber presentado al mundo
una vacuna que ha salvado a muchos millones de personas de una muerte horrible
de viruela y a muchos millones más de una tremenda desfiguración”.
La vacunación de Jenner supuso el principio del fin de una enfermedad
conocida desde las culturas antiguas de China e India.
Y todo ello con la precariedad en la que trabajaba
un médico rural antes de que la medicina entrara definitivamente en su etapa
científica. Jenner no llegó a leer el exquisito libro Elogio de la
imperfección, escrito dos siglos después de su descubrimiento por la
investigadora italiana Rita Levi— Montalchi, en el que se describen las
investigaciones precarias en las que trabajan muchos de los grandes
descubridores, pero hubiera compartido su tesis de hacer de la necesidad virtud
y de plantear la casualidad como una reacción frente a la exigencia de cambio.
En definitiva, en el desarrollo de la prevención y
el tratamiento de la enfermedad infecciosa a partir del Mundo Moderno se puede
trazar una línea recta que va desde Edward Jenner a Alexander Fleming, pasando
por un punto central representado por Louis Pasteur.
En la labor investigadora de todos ellos intervino
en uno u otro momento la serendipia, pero nada hubiera sido posible sin el
genio, la intuición, el afán innovador, el entusiasmo y la sólida formación de
cada uno de ellos. Y es que, como señala el físico americano Joseph Henry: “Las
semillas de los descubrimientos están constantemente flotando alrededor de
nosotros, pero sólo echan raíces en las mentes preparadas para recibirlas”.
Capítulo 6
Louis Pasteur y su tiempo
Julio Zarco
Todos los seres humanos somos herederos de nuestro
tiempo. Este axioma central representa una realidad que nos condiciona, que
todo humano es el producto de múltiples variables. Dentro de estos
condicionantes podemos contar con la herencia genética, que despliega no sólo
nuestra biología, sino que condiciona nuestra estructura psíquica y el edificio
de nuestra personalidad. A su vez, nuestra estructura psicofísica viene
condicionada por otras variables más ambientales, como puede ser nuestro
entorno familiar, nuestra educación, el barrio en el que vivimos, y en una
escala mayor, nuestra ciudad, el país de origen y el lugar donde nos
desarrollamos, las estructuras lingüísticas, antropológicas y culturales.
Por ello, para analizar en toda su dimensión
poliédrica, todos los seres humanos, debemos realizar una aproximación
biográfica y ecológica. La historia, el tiempo en el que se despliega nuestra
biografía, marca nuestras tendencias y condiciona de manera clara nuestro
desarrollo biográfico.
Nuestro protagonista, Louis Pasteur, uno de los
científicos más relevantes de toda la historia de la ciencia, fue un ser humano
nacido en la Francia del siglo XIX, que vivió entre los años 1822 y 1895. Es
motivo del siguiente capítulo analizar de manera somera el contexto histórico y
cultural en el que Pasteur desplegó su intensa vida a lo largo de 73 años. Este
análisis nos dará las claves del desarrollo, no solo biográfico, sino
intelectual, de nuestro protagonista. Ningún biógrafo puede realizar una disección
de la personalidad de su biografiado, pero el análisis de su marco histórico,
nos ayudará a adivinar la vertebración de los esquemas generales de su vida y
de su obra.
§. El inicio de un gran hombre
Louis Pasteur nació en el año 1822, en la región
francesa del Jura, más concretamente en Dole, en la ribera del río Doubs, de
rancia historia como capital del condado, hasta que Luis XIV conquistó la
región. Por eso, la intensa vida de nuestro protagonista se desarrolla
prácticamente a lo largo de todo el siglo XIX.
Aunque su familia era humilde, su infancia y
juventud estuvieron apoyadas por una estructura familiar que le brindó cobijo,
y una educación privilegiada. Su padre fue soldado de Napoleón y por ello, las
primeras vivencias del pequeño Louis son de la milicia. La ocupación familiar y
de su padre en particular, era la de ser curtidor de pieles, un oficio muy
prestigiado en la Francia de los siglos XVIII y XIX.
La innovación técnica en el tratamiento de pieles
penetró por Francia y el ministro del Rey Sol, Collert, impulsó el análisis
científico en el tratamiento de las pieles. Los curtidores tenían una férrea
organización gremial, muy jerarquizada, que se resistía a cualquier innovación
tecnológica. Luchadores y defensores de los trabajadores, pudieron zanjar en
pleno siglo XIX la disputa de los dos oficios dedicados a la piel: el de los
curtidores propiamente dicho, que se dedicaban al curtido como tal de la piel,
y el de los zurradores, que remataban el cuero. Todo ello hace suponer que
Louis Pasteur configuró un carácter paterno severo y estructurado.
Se conoce por algunos biógrafos que el pequeño y
joven Louis no fue buen estudiante, aunque poseía una gran habilidad para la
pintura, producto posiblemente de la herencia paterna en la destreza manual.
Ello llevó a hacerle pensar que su futuro era ser profesor de arte.
La Libertad conduciendo al pueblo (E. Delacroix).
Aquellos primeros años del siglo XIX propiciaron
una eclosión de la pintura, con figuras como Delacroix, Ingres o Ducreux, y, a
la larga, la aparición del movimiento impresionista (1874), cuya influencia ha
sido decisiva en el arte contemporáneo.
Es probable que estas figuras de la pintura
francesa troquelaran la imaginación de Pasteur. Aún así, es conocido que su
infancia y juventud se desarrolló en Arbois.
§. Época de cambios, época de revoluciones
Aunque hay quien sitúa el siglo XIX entre el final
de la Revolución Francesa en 1789 y el inicio de la Primera Guerra Mundial en
1914, lo que es una realidad es que estamos en el inicio de la Edad
Contemporánea. Es una época de grandes cambios y de revoluciones.
La Revolución Francesa deroga el antiguo régimen,
aunque algunas manifestaciones como la Inquisición o el Absolutismo continúan
en el inicio del nuevo siglo. Estamos en una época de grandes revoluciones
sociales, marcadas por el auge del proletariado europeo y la constitución de la
clase burguesa, “revoluciones burguesas” que se expanden por Europa, merced al
imperialismo y a la alianza con el movimiento obrero. Si tuviéramos que
concretar episodios trascendentes diríamos que se producen dos grandes revoluciones
económicas, que conllevan dos revoluciones industriales: una, entre los años
1750 a 1840 (durante la juventud de Pasteur), y otra, entre 1880 y 1914
(durante la vejez de nuestro protagonista).
Burgueses, revolucionarios y obreros
Nuestro protagonista nace junto a las democracias
censoras y en el ocaso de las monarquías absolutas. La Revolución Francesa y la
posterior era napoleónica, ayudaría a expandir las ideas republicanas y
liberales, quedando los monarcas convertidos en déspotas ilustrados.
Pasteur nace al final de las guerras napoleónicas
(1792—1815), período en el que comienza a producirse una importante explosión
demográfica (en 1800 Francia contaba con 78 ciudades y entre 1850 y 1890
aparecieron 232 ciudades con más de 100 habitantes).
También éste es un tiempo de desarrollo de las
instituciones y de eclosión de los nacionalismos. La revolución industrial y la
eclosión demográfica ayudan a la consolidación de la burguesía, quizá por sus
razones socioeconómicas, donde prevalece una potente voluntad de empresa, su
importante laboriosidad, la expansión de los mercados y la racionalización de
la vida cotidiana. Esta racionalización viene precedida por la aparición de la
ciencia tecnificada, que convierte al burgués en clase capitalista, y al obrero
manual en clase proletaria. El proletariado adquiere conciencia de sí mismo, y
propicia la lucha de clases; de hecho, la vida del obrero es de alienación,
vida en los suburbios de las crecientes ciudades, y sintiéndose ajeno a la
significación de lo que produce.
En 1815 Napoleón es derrotado en Waterloo y, tras
el Congreso de Viena, la monarquía es restaurada. En dicha cumbre se produce
una reordenación de las fronteras de Europa. Desde 1830 a 1848, y gracias a una
sublevación civil, se instaura una monarquía constitucional a cargo de Luis
Felipe de Orleáns, llamado “el Rey burgués”. La inestabilidad política es tan
intensa que se desemboca en la Segunda República, entre el periodo de 1848 al
1852, época de madurez de Louis Pasteur, época de abolición de la esclavitud y
del sufragio universal masculino. Esta inestabilidad social conlleva una crisis
económica, que hace cerrar fábricas, aumentar el desempleo y aparecer el hambre
en las familias. Todo ello llevó a que la pequeña burguesía y los estudiantes
se unieran a los trabajadores y obreros.
El Gobierno de 1848 es provisional y está compuesto
por republicanos moderados (Lamartine), republicanos radicales (Marrast) y
socialistas (L. Blanc). En las primeras elecciones con sufragio universal se
produce un gran peso del voto campesino. Esto produjo un giro del gobierno
hacia la derecha, pues los campesinos eran controlados por los conservadores.
Ello conllevó que se apartara a los socialistas del Gobierno. Las
manifestaciones de protesta de 1848 son tan intensas que los obreros toman las
calles, lo que produce una represión dura del general Cavaignac.
El sufragio universal eleva al poder al sobrino de
Napoleón I, Louis Napoleón Bonaparte. Aunque la Constitución marca cuatro años
de legislatura, Louis Napoleón da un golpe de estado en 1851 con gran dureza,
para poder prolongar su mandato durante 10 años. En 1851 un plebiscito pone fin
a la Segunda República y Napoleón III inaugura el llamado Segundo Imperio
Francés hasta su fin en el año 1870.
Durante la guerra franco—prusiana, en 1870 Napoleón
III es apresado en la batalla de Sedán, lo que ocasiona la aparición de la
Tercera República, que concluirá en plena ocupación nazi, en 1940. Como podemos
ver, Louis Pasteur fue testigo de grandes acontecimientos políticos y sociales.
Pasteur, la docencia y las Instituciones Francesas
También el joven Louis participó en importantes y
honorables Instituciones francesas. Es conocido que sus dotes docentes se
pusieron ya de manifiesto en 1842, siendo maestro de la Escuela Real de
Vejancón y tan solo gracias a las maniobras del destino, que le llevó a tomar
lecciones de química del gran científico Jean Baptiste Dumas, cambió su rumbo
vital, llevándole nuevamente a la docencia de química en la Universidad de
Estrasburgo (1847—1858).
El salto a la frenética ciudad de París se ejecuta
en 1857, ingresando en la Escuela Normal de París. Esta egregia escuela fue
creada por Joseph Lakanal y el Comité de Instrucción Pública el 30 de octubre
de 1794. Aunque desaparece por la crisis económica que azota Francia el 19 de
mayo de 1795, es refundada por un Decreto de Napoleón en 1808, en los locales
del antiguo Colegio Plessis Sorbonne. Si bien su inauguración oficial fue en
1810, cuatro años más tarde termina de ubicarse en el edificio de la Congregación
del Santo Espíritu. Esta escuela es una institución de las más afectadas por
las sucesivas crisis de la época, apareciendo y reconstituyéndose en varias
ocasiones, hasta que se consolida en 1847.
Pero si tuviéramos que hablar de una institución
que marcaría la vida y la obra de Pasteur, ésta es la Universidad de Lille. En
dicha universidad, Pasteur fue Decano de la Facultad de Ciencias. Lille es una
ciudad del norte de Francia, cerca de la frontera de Bélgica, que constituye
uno de los principales focos industriales de la Francia del siglo XIX. Allí
prospera la industria textil (sobre todo de algodón y lino), al igual que la
metalúrgica (son conocidos sus yacimientos de carbón), lo que condicionará una
floreciente industria ferroviaria. En 1846 el tren enlaza Lille y París,
convirtiendo a la floreciente población de más de 75.000 habitantes en una
extensión de la vieja París.
Este importante desarrollo urbanístico y
demográfico tiene como contrapartida un incremento de la polución y la
insalubridad, que obliga al ayuntamiento socialista a realizar proyectos de
saneamiento y urbanización. La Universidad de Lille es el claro ejemplo de cómo
el capital industrial invierte en investigación básica, y lo que hoy en día se
denomina “investigación translacional”. De hecho, la Universidad se creó en
parte para aplicar la ciencia a los problemas prácticos de las industrias de la
región, sobre todo en la fabricación de bebidas alcohólicas.
Este hecho fue fundamental para Pasteur, que
realizó sus estudios más importantes sobre la fermentación entre 1857 y 1861;
el estudio de cómo el vino se convierte en vinagre, y por lo tanto el alcohol
se transforma en ácido acético, llevará a observar a Pasteur que existen
microorganismos que, junto con factores químicos (teoría de Berzelius y Liebig)
facilitan la transformación. Este hecho es determinante para que, en 1857,
Pasteur descubriera la bacteria causante de la fermentación láctica, en 1860 la
fermentación alcohólica, y en 1861 describiera la motilidad y la ausencia de
oxígeno en el Clostridium butyricum.
Para finalizar con las instituciones reseñadas,
señalar, aunque sea brevemente, que Pasteur es el promotor del Instituto que
lleva su nombre, fundado sin fines de lucro el 4 de junio de 1887, mediante
suscripción nacional, comenzando su actividad en 1888 y siendo en la actualidad
la prestigiosa institución que ha albergado desde Pasteur a 10 premios Nobel de
medicina.
§. El clima del siglo XIX: evolucionismo,
positivismo, historicismo
El clima social y político que fermentó en la
Francia del siglo XIX de Pasteur dio como resultado, no solo el proceso de
industrialización y de auge de la burguesía, sino a la aparición del
liberalismo político, el naturalismo y el historicismo, algo teñido de
panteísta. La versión sentimental del romanticismo de los artistas da paso a
una versión intelectual del romanticismo, que procede de la especulación
racional de científicos y filósofos (Fichte, Hegel, Schelling...). La
estructura social de la época se sustenta en el trípode del evolucionismo, el
positivismo y el historicismo.
El evolucionismo
Define la concepción de la realidad del cosmos como
un largo proceso, a partir del cual la materia indiferenciada, condicionada por
determinadas fuerzas, genera formas más diferenciadas. Este movimiento se
inicia en el siglo XVIII, en el que Bonnet le da ya un significado biológico y
podemos distinguir tres tipos de evolucionismo:
· Evolucionismo filosófico. La influencia de los filósofos idealistas
alemanes, como Hegel y Schilling, influyen en los médicos y naturalistas y
terminan convirtiéndose estos últimos en “naturphilosophen” o filósofos de la
naturaleza. Esta nueva generación de hombres de ciencia—filósofos culminará en
el zoólogo Herbert Spencer y Ernst Haeckel, siendo este último quien convierte
el darwinismo en la total concepción del mundo.
· Evolucionismo biológico. Es el que se atiene a la atenta observación
de la realidad y que va desde Lamarck hasta Darwin, pasando por Huxley y
Haeckel.
· Evolucionismo histórico—social La aplicación de las teorías evolutivas al
conocimiento de la historia, como Von Humboldt y los historiadores de la
Escuela de Tubinga.
El positivismo
Se acuñó el sistema filosófico de Augusto Comte,
expresado en su famoso libro Cours de Philosophie Positive (1830—1842).
El positivismo del siglo XIX viene precedido por el empirismo de Lucke, el
criticismo de Hume y el sensualismo de Condillac, siendo este último de gran
influencia en la medicina y la nosología de Barthez y en el método
anatomoclínico de Bichat y Laennec.
El positivismo aparece como una reacción al
romanticismo, y su conocimiento es empírico, en tres niveles: teológico,
metafísico y positivo. El positivismo establece que el conocimiento de la
realidad no puede ser absoluto, y ello lleva a la negación de la metafísica.
Por eso, una proposición que no puede ser reducida a hechos particulares o
generales, no tiene rigor científico. Los hechos obtenidos por la observación
empírica, deben ser inductivamente ordenados en leyes, que pueden predecir los
fenómenos futuros, y sirven para que el hombre progrese a una vida más
satisfactoria.
El historicismo racional
Se basa en la creencia de que el curso de la
historia puede ser racional y científicamente entendido. Sus precedentes en el
siglo XVIII fueron Voltaire, Herder y Montesquieu. La historia tendría un
desarrollo orgánico y una interpretación deductiva, según la cual la historia
es el resultado de una dialéctica entre tesis—antítesis—síntesis. Aquí surgen
dos interpretaciones: la dialéctica del espíritu de Hegel y el materialismo
dialéctico de Marx.
§. Pasteur, el hombre y su medio
A lo largo de estas páginas hemos enmarcado el
tiempo histórico donde vivió Pasteur; ello nos ayudará a entender mejor la vida
y la obra del maestro francés.
Como hemos visto, la visión comtiana de la historia
del hombre operaba consciente o inconscientemente en casi todos los sabios del
siglo XIX y en Pasteur en particular.
Igual que el positivismo surgió como reacción
frente al romanticismo, en escenarios como la ciencia o la literatura nos
enfrentamos a la misma situación: en literatura, el realismo y naturalismo de
Balzac, Stendal o Zola aparecen como reacción a Baudelaire, Sand o Victor Hugo.
La obra de Louis Pasteur estuvo influida, no sólo
por sus circunstancias particulares (familia, personalidad.), sino por el marco
general de la sociedad, la política y el pensamiento de la época. La obra de
Pasteur fue posible en una época de revoluciones, de afianzamiento del
proletariado y de auge de la burguesía, en una sociedad industrial, marcada por
el cientifismo, la observación empírica y la experimentación. Sin estos
ingredientes es bastante probable que la trayectoria vital y científica de Louis
Pasteur hubiera sido otra.
Capítulo 7
La ciencia en el tiempo de Pasteur: El siglo de los descubrimientos científicos
Julio Zarco
Hemos visto en otros capítulos cómo el siglo XIX
fue el siglo de los cambios. La vida del ilustre Louis Pasteur se desarrolló a
lo largo de todo el siglo XIX, y por ello fue heredero y notario de una época
de revoluciones; revoluciones sociales, emanadas de la Revolución Francesa y
catalizadas por los cambios socio—demográficos: las sucesivas revoluciones
sociales y la hegemonía de la era industrial, del proletariado y de la
burguesía, que cimentaron una nueva manera de pensar y otra forma de “ser—en—el—mundo”.
El positivismo filosófico, unido al evolucionismo
científico, generaron un caldo de cultivo del que brotarían importantes
descubrimientos científicos en múltiples áreas.
§. El método científico ochocentista
La observación directa del objeto de la ciencia
adquiere una nueva dimensión, gracias a la invención y el perfeccionamiento de
múltiples utensilios. En este sentido, destacan la fotografía, el microscopio,
el espectroscopio y el telescopio. Los nuevos análisis químicos, el
electrocardiógrafo y los rayos X ofrecieron a nuestros ojos fenómenos antes
ocultos.
Durante el siglo XIX serán medidas, de múltiples
maneras, las diversas formas de energía (mecánica, térmica, eléctrica,
magnética), la distancia a las estrellas o la velocidad de las reacciones
químicas. El científico tiene prurito por medir todos los fenómenos. La
experimentación se impone en todos los campos de la ciencia, como muestra el
gran Claude Bernard.
Los grandes avances científicos transcurrieron en medio de las convulsiones
políticas y los cambios sociales. La evasión de Rocherfort (E. Manet).
§. Las modernas astronomía, física y química
El avance en las ciencias físico—químicas y la
astronomía es espectacular. En este siglo se confirma la teoría laplaciana del
sistema solar. El telescopio pone de manifiesto nuevos planetas como Neptuno
(1846) y Foucault, en 1851, demuestra la rotación de la Tierra sobre su eje. La
composición del sol y del resto de las estrellas se pone de manifiesto gracias
a la espectroscopia.
El siglo XIX fue precursor de la gran teoría de la
relatividad, al poner en entredicho a la física y mecánica newtoniana, tanto
por parte de Mach, Hertz, como por Poincaré. La física clásica recibe su
puntilla final tras el descubrimiento, en 1896, de la radioactividad por H.
Becquerel.
Igualmente, en este siglo la terminología o teoría
del calor da su paso a la termodinámica, gracias entre otros a Joule, que
establece el primer principio de esta magna teoría, además de los trabajos de
Lord Kelvin, que concluyen con la noción del “cero absoluto”. La termodinámica
será ampliada con la teoría cinética de los gases, que es anticipada por las
Leyes de Boyle—Mariotte y Gay Lussac, además de por la incipiente teoría
atómica de Dalton.
En este siglo se crearon los fundamentos teóricos
de la electrodinámica y el electromagnetismo. Faraday describió la inducción
electromagnética y estableció las leyes de la electrolisis; y Maxwell consolidó
la teoría matemática de los campos eléctrico y magnético, así como la
concepción de la luz como una ondulación electromagnética del éter. De esta
forma, luz, electricidad y magnetismo quedan unificados.
Becquerel vio que los compuestos de Uranio son
capaces de impresionar placas fotográficas, a través de envolturas opacas.
Este hecho llevaría, en 1898, a los esposos Curie a
descubrir el Radio y a inaugurar la era de la radioactividad.
Como hemos dicho anteriormente, entre 1808 y 1821,
Dalton formuló la teoría de la materia. Esto ayudó a Berzelius a iniciar el
análisis químico moderno, aislando elementos nuevos, como el silicio, y creando
la nomenclatura química.
En 1869, el ruso Mendeleev propuso una tabla con
ordenación sinóptica de los elementos, que relaciona el peso atómico y las
propiedades químicas. Por esta época se descubre la electrolisis, la teoría de
la “valencia” y los conceptos de peso molecular y peso atómico.
E. Zola, representante del naturalismo literario. Retrato de E. Manet.
En 1848, Louis Pasteur describe el carácter
levogino o dextrogino del ácido tartárico. A partir del siglo XIX se desarrolla
la química orgánica. De esta manera, se sintetiza el ácido acético y la urea,
así como el anillo bencénico de Kekulé (1865). La estructura de la clorofila es
desvelada por Willstatter. También se produce un asombroso avance en la
síntesis de moléculas, de una manera artificial, como el alcanfor, la cocaína y
los hidratos de carbono.
§. El nacimiento de la Biología
En 1802, Lamarck y Treviranus crean el término
“Biología”. En esta época se produce la definitiva constitución de la Anatomía
Comparada, y la gran obra del naturalista Francis G. Cuvier (1769 a 1832).
Cuvier creó la Paleontología y actualizó la clasificación de los animales. Owen
definió la Analogía y la Homología, y Müller profundizó en la investigación
morfológica. La orientación evolucionista de la Anatomía será la que prevalezca
sobre todo en las teorías de Lamarck (1744—1829).
Lamarck en su Philosophie zoologique(1809),
alega que unas especies proceden de otras por influencia del medio, por la Ley
del Uso y Desuso, y por la herencia de los caracteres adquiridos.
Russell Wallace, en 1855, habla sobre las
tendencias de las variedades a separarse del tipo original; y sobre esta base,
y solo un año después, en 1859, Charles Darwin publica una de las obras mas
trascendentes del pensamiento científico humano: El origen de las
especies. Su tesis alegaría que todas las especies vivientes proceden de la
paulatina transformación de otras anteriores, y que esta transformación tiene
su causa en la lucha de los individuos por su existencia y en la supervivencia
de los más aptos. Los caracteres morfológicos y fisiológicos adquiridos en la
constante lucha por la vida, se transmiten hereditariamente a la descendencia.
Louis Pasteur
La edición de su obra se agotó el primer día,
apoyada por las ideas socio—demográficas de T. Malthus, que identificaba la
lucha por la vida con la lucha de clases y el dominio de la burguesía. Darwin,
que no era morfólogo, realizó un estudio de orden ecológico y dejó para sus
seguidores la aplicación de sus teorías al estudio de la Anatomía Comparada
(Huxley, Heckel y Gegenhaur).
Huxley identificó que el cerebro de los primates no
se diferencia de manera decisiva del cerebro de los hombres, y Haeckel,
apoyándose en un marxismo radical, y en un evolucionismo cósmico, desembocó en
la teoría del origen antropoide del hombre.
El siglo XIX también vio nacer la Genética a manos de Gregor Mendel.
El siglo XIX también fue el “Siglo de la Genética”,
inaugurada ésta por Gregor Mendel (1822—1884), descubridor de las Leyes Básicas
de la Herencia y de A. Weismann (1834—1914), autor de la Teoría del Plasma
Germinal y de la concepción de los cromosomas como elementos portadores de los
caracteres hereditarios, que posteriormente será profundizada por los estudios
de Morgan (1846—1910).
§. La revolución tecnológica
La revolución industrial conllevó por primera vez
la aplicación de la ciencia básica en la resolución práctica de los problemas
cotidianos del hombre común. El siglo XIX se denomina el “siglo del vapor”,
pues se revolucionaron las máquinas de vapor, sobre todo los trenes y los
barcos. También la maquinaria manual se automatiza y se desarrolla una
floreciente industria como la textil.
En esta época vemos aparecer grandes
descubrimientos como el telégrafo (Morse), la dinamo (Siemens), el teléfono
(Bell) y la lámpara eléctrica (Edison). Se desarrolla poderosamente la
Industria Química, como las fábricas de ácido sulfúrico, la producción de
materias colorantes y la industria de la alimentación.
§. El escenario está preparado
En este impresionante escenario vio aparecer su
vida y su obra Louis Pasteur. Nada ocurre por casualidad, todo tiene un origen.
Como hemos visto, la metódica aplicación del
microscopio al estudio de los seres vivos, condujo a la creación de la Teoría
Celular, desde los estudios del botánico Schleiden (1804—1881), para culminar
en el gran maestro Rudolph Virchow (1821—1902).
Determinantes son en esta época los estudios del
“padre de la fisiología” Claude Bernard (1813—1878), contemporáneo de Louis
Pasteur, y una de las más grandes figuras de todos los tiempos de la medicina,
que culmina en su obra maestra Introducción al estudio de la Medicina
Experimental, en 1865.
Capítulo 8
La medicina, la terapéutica y la atención al enfermo en el tiempo de Pasteur
José González, Ana Orero
Desde el punto de vista de la historia general, el
fin del Antiguo Régimen está marcado por dos acontecimientos políticos de gran
magnitud y alcance: la Guerra de Independencia norteamericana y la Revolución
francesa. Con el triunfo de ambas, el liberalismo se consolida política,
social, filosófica y económicamente, iniciándose en la vida del hombre
occidental una nueva época en la cual, como en ninguna otra etapa anterior, la
enfermedad estará histórica y socialmente condicionada.
Del mismo modo que el cambio de siglo supuso social
y culturalmente el comienzo de una nueva etapa histórica que se extiende hasta
la Primera Guerra Mundial, el tránsito del setecientos al ochocientos, y más
concretamente el descubrimiento de la vacunación por E. Jenner, representa el
punto de partida de un periodo absolutamente innovador en el terreno de la
medicina, la terapéutica y la atención al enfermo que llega hasta los primeros
años del siglo XX, pudiéndose concretar su término —con la arbitrariedad que
ello lleva consigo— en el descubrimiento del Salvarsán por parte de P. Ehrlich.
Dejando al margen la problemática cronológica, es
necesario señalar que a lo largo del siglo XIX la humanidad conoció grandes
transformaciones que se tradujeron en una revolución política, una revolución
industrial y una revolución científica, al tiempo que se fraguaban la
revolución social de la primera mitad del siglo XX y la revolución técnica de
la segunda parte del siglo pasado.
Bichat, Bernard, Koch y Pasteur, cuyos trabajos de investigación fueron
claves en el desarrollo de las diferentes mentalidades científicas.
Si la centuria precedente se nos presenta en los
libros de texto como el “siglo de las luces”, del diecinueve bien podría
decirse que se trata del “siglo de las ilusiones”, estando su desarrollo
condicionado por cuatro grandes acontecimientos: la expansión del y los
sistemas de transporte —como consecuencia del capitalismo, la radical
transformación de los medios de producción la gran revolución industrial—, el
colonialismo y la consolidación del proletariado como nueva clase social. No se
trata tanto de interpretar el mundo como de transformarlo al servicio del
hombre, y a esa tarea se dedicaría por entero la ciencia, la cual transformaría
radicalmente la medicina, la terapéutica y la atención al enfermo.
Aún siendo conscientes de la mudanza histórica que
se produce hacia la mitad de la centuria entre las situaciones socio—culturales
correspondientes al Romanticismo y al Positivismo, desde el cristal de la
medicina y el color del quehacer médico, el siglo XIX puede ser mirado como un
conjunto unitario, en el que el Romanticismo no sería sino la antesala de la
nueva mentalidad que trajo consigo la actitud positivista y cuya mejor
expresión se encuentra en las palabras del gran químico M. Berthelot: “Hoy, el
mundo ya no tiene misterios. La concepción racional pretende aclararlo todo y
comprenderlo todo (...), la ciencia ha renovado la concepción del mundo y
revocado irreversiblemente la noción de milagro y de lo sobrenatural”.
§. Las diferentes mentalidades médicas
El Antiguo Régimen también resultará inaceptable
para los médicos que viven esta agitada mudanza histórica y al abandono de las
antiguas doctrinas seguirá una búsqueda permanente de la certidumbre con el
objetivo utópico de poder alcanzar verdades científicas eternas, o, al menos,
perdurables por largo tiempo, esperanza implícita en la famosa frase de X.
Bichat:
“La medicina ha sido rechazada durante mucho tiempo
del seno de las ciencias exactas; tendrá derecho, no obstante, a asociarse a
ellas, por los menos en lo tocante al diagnóstico de las enfermedades, cuando a
la observación rigurosa se haya unido el examen de las alteraciones que
experimentan nuestros órganos”.
Es decir, el médico deberá asumir la tarea de
investigar la enfermedad bajo todos los puntos de vista: sus manifestaciones,
sus causas y efectos y su esencia, tal y como planteara desde la escuela
alemana K. W. Stark. Y para ello debía de liberarse de los corsés que habían
constreñido a la medicina durante los siglos precedentes: “Llegué al campo de
la ciencia por caminos sinuosos y me liberé de las reglas lanzándome a campo
traviesa” acabará sentenciando Claude Bernard.
A la labor de convertir la patología en verdadera
ciencia se dedicaron los más grandes clínicos e investigadores de la época,
bajo tres diferentes mentalidades sucesivas y complementarias: la mentalidad
anatomoclínica o lesional, la mentalidad fisiopatológica o procesal y la
mentalidad etiopatológica o causal. De igual modo que, desde el plano cultural,
el mundo del siglo XIX debe ser interpretado como un continuum entre
los dos grandes movimientos que dominan la vida social: el romanticismo y el
positivismo, en medicina, ese continuo se manifiesta en el paso de la
mentalidad anatomoclínica a la fisiopatológica y de ésta a la etiopatológica,
eso sí, conservando todas ellas el principio de que la observación clínica debe
ser complementada por el trabajo de investigación en el laboratorio si se
quiere estudiar científicamente la enfermedad y llegar a conocer sus causas
específicas.
La primera, que se inicia con X. Bichat y alcanza
su máxima expresión con la patología celular de R. Virchow —una vez establecida
la teoría celular por parte de M. J. Schleiden y Th. Schwann—, plantea que la
realidad central y básica de la enfermedad consiste en la lesión anatómica que
la determina, no existiendo “enfermedades generales”, sino “procesos morbosos
específicos”, anatómicamente localizados. Por tanto, el diagnóstico ya no
estaba basado en síntomas, sino en signos anatomopatológicos, asociados a
lesiones determinadas y que pueden ser recogidos —detectados como señales de
alerta— al explorar al enfermo. El prototipo de dichos signos fue la
auscultación del tórax ideada por R. T. H. Laennec mediante el estetoscopio o
fonendoscopio, el cual se convirtió desde entonces en el instrumento más
representativo de la profesión médica.
La mentalidad fisiopatológica, apoyada en los
trabajos de F. Magendie y C. Bernard —para quien el verdadero santuario de la
medicina era el laboratorio—, trataba de romper con la visión estática de la
enfermedad del modelo anatomoclínico, enfocándola desde un punto de vista más
dinámico: aquel que considera la enfermedad como una alteración morbosa de la
funciones fisiológicas del organismo, entendidas éstas como procesos materiales
y energéticos; el cuadro sintomático no sería sino la expresión inmediata de
dichos procesos desordenados y el signo físico pasa a ser un signo funcional,
que puede ser medido, bien por métodos físicos, como es el caso de la
determinación de la fiebre mediante el termómetro, o bien, por métodos
químicos, como es la determinación de los niveles de determinadas sustancias en
la orina. Para los fisiopatólogos, el “medio interno” era el protagonista
prácticamente absoluto de la enfermedad.
La mentalidad etiopatológica tuvo sus principales
pilares en la teoría de los gérmenes de L. Pasteur, las reglas de R. Koch y en
los asertos de E. Klebs, los tres grandes fundadores de la microbiología
médica; de acuerdo con ella, la enfermedad es siempre infección, es decir, una
variante de la darwiniana lucha por la vida cuya expresión es el combate entre
el germen y el organismo, dependiendo su manifestación clínica de las
peculiaridades biológicas del microbio infectante. El “medio externo” recobraba
así toda su importancia en el desarrollo de la enfermedad, siendo el objetivo
básico del diagnóstico la determinación del agente causal.
Junto a las sucesivas y complementarias
mentalidades, hay que significar el nacimiento y la rápida evolución de la
farmacología científica a partir de los trabajos experimentales de R. Buccheim
y O. Schmmiedeberg, que permitieron reducir la asombrosa complejidad del
organismo biológico a sus componentes elementales de carácter físico—químico y
conocer con rigurosidad la relación existente entre la composición química de
un fármaco y su acción en el organismo. Su culminación fue la quimioterapia
sintética, que dio lugar, por una parte a la síntesis de medicamentos que
actuaban regulando los trastornos funcionales del organismo (concepto
fisiopatológico) y, por otra parte, al desarrollo de medicamentos específicos
para destruir los gérmenes causales de las enfermedades sin perjudicar al
organismo enfermo y cuyo paradigma lo constituyen las famosas “balas mágicas”
de P. Ehrlich (concepto etiopatológico).
La tuberculosis fue la enfermedad social por excelencia a lo largo del siglo
XIX. Representación artística de M. tuberculosis (El germen y el genio).
Las tres mentalidades que caracterizan la medicina
del siglo XIX: anatomoclínica, fisiopatológica y etiopatológica acabaron
integrándose entre sí y dando lugar juntas al núcleo científico más sólido de
la práctica médica, de tal forma que el estudio de la patología ya no era
posible sin atender de forma complementaria a su etiología, fisiopatología y
anatomía patológica. Más tarde, a partir de los trabajos y teorías de S. Freud,
se consiguió dar una explicación científica de los factores psíquicos como factores
desencadenantes o coadyuvantes de enfermedad y superar de esta manera la
rigidez que todavía caracterizaba a un esquema que, por otra parte, ha
resultado valiosísimo en el desarrollo de la medicina y de la terapéutica a lo
largo del último siglo. A ello también contribuyeron decididamente la
explicación de los factores sociales —patología social— y de la herencia
patológica.
La radical transformación de los sistemas de
producción, el espectacular desarrollo de los medios de transporte marítimos y
terrestres que siguieron a la Revolución Industrial, el auge de la burguesía,
la consolidación del proletariado como nueva clase social, la fuerte expansión
del comercio y las continuas guerras por el dominio de las colonias
condicionaron la presencia casi constante a lo largo del siglo de dos grandes
grupos de enfermedades: por un lado, las relacionadas más o menos del
directamente con el mundo del trabajo, es decir, aquellas enfermedades
aparecidas como consecuencia de las precarias condiciones laborales y de la
vida de los trabajadores (alcoholismo, desnutrición, accidentes, enfermedades
profesionales, pauperismo), cuyo ejemplo más destacado fue la extraordinaria
difusión de la tuberculosis pulmonar, y, por otro lado, el de las enfermedades
epidémicas, fundamentalmente cólera, fiebre amarilla y gripe, que conmocionaron
periódicamente a la sociedad decimonónica, extendiendo su terrorífico espectro
prácticamente por todo el planeta. Junto a esos dos, es necesario destacar un
tercer tipo de dolencias: aquellas cuya importante morbilidad se mantuvo o se
incrementó en relación a los siglos anteriores, y aún un cuarto, específico de
la época: el de las neurosis tanto de las clases burguesas como de las
proletarias.
§. La influencia de la economía
Si la medicina moderna comienza a gestarse a partir
del caldo de cultivo del llamado “empirismo racionalizado” durante buena parte
del siglo XVIII y principios del XIX, iniciando ya su singladura científica a
mediados de la centuria decimonónica, también en esa misma época, en el terreno
de la economía, se produce un cambio evolutivo de gran trascendencia histórica
y de influencia decisiva en la evolución de la atención sanitaria en general y
farmacoterapéutica en particular.
La Europa de la primera mitad del siglo XIX está
dominada en el aspecto económico por el principio del “laissez faire” de Adam
Smith, un sistema de libertad natural para conseguir la riqueza de las naciones
que trataba de aplicar la idea de un mundo que funciona como un mecanismo
armónico y bien ordenado a las relaciones económicas y sociales (“newtonismo
económico”). Según la propuesta de Smith, contenida en La riqueza de
las naciones, uno de los tres libros que más han influido en la historia de
la economía, la oferta y la demanda tienden a lograr el equilibrio de forma
natural y eso no es solamente óptimo para los individuos sino también para el
conjunto de la actividad económica; es más, la sociedad se beneficia de las
consecuencias que trae consigo la búsqueda del interés particular de cada
persona, que es el incentivo fundamental de la actividad económica: “si el bien
humano es uno e indivisible, lo que es bueno para uno también lo será para la
colectividad”.
Tras la obra de Adam Smith, surgieron tres figuras,
prácticamente contemporáneas entre ellas, que refinaron y ampliaron la misma:
Jean Baptiste Say, Thomas Robert Malthus y David Ricardo. Fueron precisamente
estas teorías económicas, especialmente la Teoría de la Poblaciónde
Malthus, las que proporcionarían la luz a Charles Darwin para formular su
famosa Teoría de la evolución de las especies, cuya publicación
permitió a Herbert Spencer y otros economistas comenzar a aplicar a la economía
el principio de la “selección natural” con el que Charles Darwin había
convulsionado a la ciencia natural (“darwinismo económico”): el equilibrio
natural de la economía, como el de la biología, sólo se consigue mediante un
proceso competitivo en el que la selección produce la supervivencia de los
mejor dotados, de los más aptos, según la inmortal expresión de Spencer. Se
completaba así el círculo y la línea regresaba a Malthus.
La selección natural condena a la miseria y a la
desaparición a todos aquellos que no son capaces de competir con éxito en el
mercado de trabajo, siendo la miseria a la economía lo que la enfermedad a la
biología y la medicina. Una consecuencia importantísima de este planteamiento
es que en la sociedad sólo sobrevivirá quien trabaje más y mejor, y, por tanto,
en el mercado de trabajo sólo puede competir una persona sana; la salud se
convierte así en un bien de producción, por lo que el tratamiento, al paliar o
remediar enfermedades, devuelve el hombre al proceso productivo.
Por eso, a pesar de las doctrinas de Spencer
relativas al orden social, según las cuales el Estado no debía intervenir para
enmendar el proceso de selección natural, ya que la ayuda a los pobres perpetúa
su pobreza, se imponía el programa de reforma de la medicina, que partía del
planteamiento de esta disciplina no sólo como ciencia, sino también como
actividad social. Con los trabajos de A. Grotjahn, a principios del siglo XX la
salud y la enfermedad quedaban integradas en el entramado de la vida social, pasando
el enfermo de ser un “caso clínico” a ser considerado como un “sujeto social”.
A todo ello habían contribuido, sin duda, la
publicación por parte de Karl Marx de El Capital, el segundo gran
libro de teoría económica, y las consecuencias de su amplia y rápida difusión.
§. La medicina y la asistencia sanitaria
¿Cómo fue la atención médica al enfermo en la
sociedad burguesa surgida tras la Revolución francesa? Lo primero que hay que
decir es que, en general, los médicos se identificaron con la nueva clase
dominante, aplicando los principios del liberalismo político y económico a su
propio quehacer y defendiendo por encima de todo la libre elección de médico
por parte del enfermo, así como el pago por acto médico como norma del libre
ejercicio de la profesión; de esta manera, la medicina se convirtió en un prototipo
de la profesión liberal. Pero la situación social del médico cubre toda la
amplia gama económica de la burguesía desde las ilustres figuras de la medicina
hasta las profesionales que atendían a la clases proletarias.
La cada vez mayor eficacia del médico
decimionónico, provisto de mejores remedios diagnósticos, preventivos y
terapéuticos, se traduce en un mayor reconocimiento por parte de la sociedad y
en una mayor confianza en su capacidad de ayuda; las críticas de los autores
barrocos se vuelven ahora alabanzas en las narraciones de los escritores
realistas.
La asistencia médica en la Europa del siglo XIX se
encuentra ordenada en tres niveles distintos, siguiendo la tradición arraigada
ya desde la Grecia antigua de asistencia según el nivel social, político o
económico del enfermo atendido. Desaparecidos ya los médicos de cámara (médicos
de palacio), las personas pertenecientes a las clases altas (aristocracia,
burguesía opulenta, dirigentes políticos) acudían a los consultorios privados
de la eminencias médicas del momento o eran atendidos en sus propios domicilios
por dichos médicos.
Los tradicionales mendigos —algunos de las cuales,
dadas las transformaciones sociales de las ciudades, llegaban a ser auténticos
“pobres de solemnidad”— y los trabajadores proletarios —que añadían a la
“alienación” de su trabajo las míseras condiciones de vida de los suburbios
industriales— constituidos ambos ya en la clase baja eran atendidos en los
hospitales de beneficencia, la mayoría de los cuales prestaban unas condiciones
asistenciales verdaderamente penosas, como ponen de manifiesto numerosas descripciones
médicas y no pocos relatos literarios. Paradójicamente, en ocasiones, los
enfermos pobres que acudían a los hospitales de beneficencia se encontraban “en
las mejores manos de la medicina”, ya que algunos prestigiosos médicos se
formaban o trabajaban en ellos, sacando para adelante con su saber hacer lo que
parecía imposible por los medios disponibles.
El tercer nivel, la llamada clase media —artesanos,
obreros acomodados, funcionariado medio, profesionales liberales de nivel
intermedio, etc.—, tenía el doble recurso de acudir a la asistencia
domiciliaria por parte de médicos modestos o acogerse a los servicios de las
más o menos incipientes sociedades de ayuda mutua. Normalmente era el cabeza de
familia el que se inscribía en estas asociaciones buscando la atención de toda
la familia a cambio de una módica cantidad de dinero mensual o semanal; tanto en
esta asistencia por parte de un médico que trataba a toda la familia, elegido
entre los que ofrecía la sociedad, como en los médicos que realizaban la
asistencia domiciliaria —que en un buen número de casos, lejos de ser puntual,
tenia también un carácter periódico o continuado y familiar— se puede apreciar
ya una práctica médica que, al menos en su intención, puede ya considerarse
como medicina de familia (P. Laín Entralgo).
Pero esta estructura de la atención sanitaria
resultaba claramente insuficiente para la población. En efecto, después de los
sucesos de 1848 en Francia y su repercusión en toda Europa, el proletariado
obrero toma conciencia de clase, la clase obrera, y reivindica su derecho a una
mejor asistencia médica —por otra parte, cada vez más cara como consecuencia de
su mayor tecnificación y eficacia— y a una adecuada cobertura social que le
permitiera vivir en condiciones dignas en caso de accidente o enfermedad, tratando
de evitar que no entraran en la casa del pobre como compañeros de la
enfermedad, la miseria, el abandono y la desesperación. Se trata de la llamada
por Laín “rebelión del sujeto”, es decir, la activa inconformidad del enfermo
ante la doble alienación médica y económica. Desde la medicina empieza a
generarse un nuevo movimiento que, sin despreciar los nuevos medios que los
avances científicos ponen a su disposición, reivindica de nuevo el viejo ideal
hipocrático de que “el paciente es una persona” y “no hay enfermedades, sino
enfermos”, al tiempo que impulsa la necesidad de una mejora radical de la Salud
Pública, la cual había tenido sus principal iniciador en John Peter Frank.
El programa de reforma médica, que encontraba sus
mayores impulsores en L. R. Villermé (Francia), T. Thackrah y E. Chadwick
(Inglaterra) y R. Virchow, S. Neumann y R. Leubuscher (Alemania), estaba
fundamentado en los siguientes principios:
· La salud del hombre es un asunto de interés social
directo;
· Las condiciones sociales ejercen un efecto
importante sobre la salud y la enfermedad y deben ser objeto de investigación
científica;
· Las medidas para luchar contra la enfermedad y
fomentar la salud tienen que ser tanto de carácter social como médico.
La asistencia al enfermo se encuentra ordenada en tres niveles distintos a
lo largo del siglo XIX, de acuerdo con el nivel social, político o económico
del paciente, pero en todos los casos el médico lleva sobre sus hombros la
pesada carga del dolor y el sufrimiento de todos ellos.
Por otra parte, los gobernantes comienzan a ver la
salud como un bien de producción y, así, en su discurso al parlamento prusiano
en 1881, el emperador Guillermo I haciéndose eco de las palabras del canciller
Bismarck de que la inseguridad social del trabajador era la verdadera amenaza
para el Estado, afirmaría que: “.el remedio de los males sociales no ha de
buscarse exclusivamente por el camino de la represión de los excesos de los
socialdemócratas, sino también por el de la promoción positiva del bienestar de
los trabajadores”. Consecuencia de todo ello fue el nacimiento de nuevas vías
en la asistencia médica, entre las que hay que destacar por su importancia y
amplitud las siguientes:
· El sistema Zemstvo de asistencia
colectivizada para las zonas rurales por la que, a través de una red de médicos
y centros sanitarios, se daba asistencia médica gratuita a los campesinos
pobres; desarrollado a partir de 1864 por la Rusia zarista, sirvió de base para
la socialización médica llevada a cabo por el nuevo régimen soviético surgido
tras la Revolución de Octubre de 1917
· El sistema de las Krankenkassen o
“cajas para enfermos”, puesto en marcha en Prusia por Bismarck desde 1894 y que
bien podría considerarse como el primer sistema moderno de seguridad social; el
sistema creó un seguro de accidentes de trabajo y un seguro de enfermedad, al
mismo tiempo que se ponían en marcha cajas de asistencia social a los enfermos;
con variaciones más o menos importantes a lo largo del tiempo, se ha mantenido
básicamente hasta la actualidad en Alemania y extendido, con las
correspondientes peculiaridades, a otros países europeos, como Francia.
El sistema de las Krankenkassen tuvo
también repercusión en Gran Bretaña, en donde a finales del siglo XIX
coincidían las sociedades de socorros mutuos con un servicio de medicina
preventiva. A partir de 1911, se creó un amplio sistema de seguridad social
similar al prusiano, que se extendería hasta la Segunda Guerra Mundial.
En España, en la que las sociedades de socorros
mutuos —conocidas popularmente como “sociedades de médico y botica”— habían
tomado el relevo de las asociaciones gremiales y las cofradías, también tuvo
una clara influencia el sistema de las Krankenkassen y, así,
en 1909, se creó el Instituto Nacional de Previsión, con objeto de promover un
sistema de seguros voluntarios que fuera dando paso a otro de carácter
obligatorio. La idea de que “la salud es la riqueza nacional” era proclamada
por la prensa científica y por las instituciones sanitarias, reglamentándose el
Cuerpo de Médicos Titulares de España.
Había costado más de un siglo para que el derecho a
un tratamiento no discriminatorio de todos los hombres, proclamado por la
Declaración de los Derechos Humanos de la Asamblea Constituyente de la
Revolución francesa, comenzara a dejar de ser una utopía en la mayoría de los
países desarrollados.
§. La terapéutica farmacológica
La farmacología científica nació cuando el método
de la física permitió reducir la asombrosa complejidad del organismo biológico
a sus componentes elementales de carácter fisicoquímico y relacionar los
descubrimientos de la química analítica con la acción de los fármacos sobre
dichos componentes elementales y la observación de sus efectos sobre los
tejidos normales o patológico de organismos vivos.
El punto de partida de la farmacología científica
puede establecerse en la aparición del libro de Justus Von Liebig que llevaba
por título La química orgánica en sus relaciones con la fisiología y la
patología, y su emancipación en los estudios experimentales de Rudolf
Buchheim y Oswald Schiemedeberg. Así, pues, la etapa científica en el
tratamiento de las enfermedades comenzó en la segunda mitad del novecientos con
el impulso de la farmacología experimental, nacida de la mano del gran
fisiólogo francés Claude Bernard y, un poco más lejos, de su maestro F.
Magendie. Aplicando el método científico, ambos investigadores estudiaron en
los animales de experimentación los principios activos que paulatinamente
fueron aislando los químicos (morfina, estricnina, emetina, curare, etc.), así
como los productos de tipo sintético que comenzaron a aparecer tras la síntesis
de la urea por F. Wohler, gracias al creciente perfeccionamiento de las
técnicas químicas.
Esta forma de actuar y de concebir el estudio de
los fármacos tuvo varias consecuencias trascendentales en la historia de la
farmacología: en primer lugar, se introdujeron terapéuticas nuevas y más
racionales; en segundo lugar, surgió la toxicología a partir de los estudios
del propio Magendie y de Mateo José Buenaventura Orfila; en tercer lugar, se
pusieron los primeros peldaños de los estudios farmacodinámicos y
farmacocinéticos; en cuarto lugar, la farmacología se constituyó en ciencia
independiente a través de las sucesivas aportaciones de tres eminentes
investigadores alemanes: R. Buchein, K. Binz y O. Schiemedeberg.
La contribución de Buchein y Schiemedeberg fue, sin
duda, decisiva para la emancipación definitiva de la farmacología como
disciplina autónoma. El primero de ellos aplicó al estudio de los fármacos los
métodos propios de la fisiología humana y de la fisiopatología: colocación de
tejidos orgánicos en medios fisiológicos, aplicación de principios químicos
purificados y observación de los resultados a través de la representación
gráfica del efecto producido mediante el quimógrafo de Ludwig. Con estos simples
recursos comenzó, a partir del año 1847, el estudio experimental sistemático de
miles de sustancias, cuyo análisis posibilitó la puesta a punto de varias
decenas de productos farmacológicos. Su Tratado de Farmacología, publicado
en 1856, ofrece por primera vez una exposición de los medicamentos según sus
analogías químicas y farmacodinámicas.
La obra de Buchein fue continuada por su discípulo
Schiemedieberg, quien consideraba que la farmacología debía liberarse
definitivamente de la vieja terapéutica y, siguiendo los métodos de la
fisiología, convertirse en una ciencia experimental; con este objetivo fundó la
primera revista de farmacología: Archivos de Patología y Farmacología
experimentaly, lo que es más importante, creó un Instituto de Farmacología
Experimental en la Universidad de Estrasburgo, que fue un verdadero centro de
difusión de la nueva ciencia en todo el mundo. Además, Schiemedeberg llevó
acabo investigaciones modélicas sobre la muscarina, la nicotina, la cafeína,
los digitálicos y los narcóticos y abrió la vía a la síntesis de los derivados
de la urea.
Mientras tanto, en 1857, C. Bernard publicaba
sus Lecciones sobre los efectos de las sustancias tóxicas y
medicamentosas, en las que resume sus largas investigaciones farmacológicas
y toxicológicas, las cuales le llevan a proclamar abiertamente “la unidad
indisoluble de la farmacología con el conjunto de procesos fisiológicos y
patológicos”. Al estudiar el efecto de ciertos gases —ozono, oxígeno, dióxido
de carbono— en el organismo, Bernard realiza un análisis completo de las vías
de absorción, de la circulación interna del fármaco —su “viaje químico, según
la expresión del italiano M. Semmola— y los procesos de metabolización
intermediarios, así como de las vías de excreción —entre las que incluye por
primera vez a las glándulas salivares—, al tiempo que investiga los efectos
farmacológicos locales y generales, es decir, estudia el ciclo completo del
fármaco en el organismo y sienta las bases científicas de la farmacodinamia —ya
atisbadas por Magendie— y la farmacocinética, o sea, el estudio de la acción
del fármaco sobre el organismo y de éste sobre el fármaco. A continuación lleva
a cabo estudios con el curare en diferentes modelos animales, compara efectos
con los de otras sustancias paralizantes y analiza la nicotina, el éter y el
alcohol. Tras todas estas investigaciones, Bernard llega a la conclusión de que
la “terapéutica racional” tiene que basarse en el conocimiento profundo del
mecanismo de acción de los fármacos —a los que considera unas veces como
“reactivos de la vida”, y otras, como auténticos “bisturís químicos”— sobre las
funciones fisiológicas del organismo.
La expansión de la farmacología experimental, el
desarrollo de la síntesis química, el nacimiento de la microbiología y la
aparición de la mentalidad etiopatológica en medicina fueron las bases del
cambio en la manera de concebir la terapéutica en las últimas décadas del
siglo. La farmacología experimental aspiraba a ser el sustrato científico de
una nueva terapéutica: la terapéutica experimental. La farmacología
experimental no tenía razón de ser si no era en función de convertirse en
fundamento de la terapéutica. Para ello se hacía imprescindible establecer una
relación entre la estructura del producto a administrar, los compuestos de las
células sobre las que actúa y el efecto biológico observado a nivel superior.
Esa fue la tarea emprendida por Paul Ehrlich.
El gran investigador alemán, influido por la
mentalidad etiopatológica de la época, intentó ampliar el concepto de
especificidad trasladándolo del campo de la patología infecciosa al de la
terapéutica. Ehrlich postuló la existencia en las células de unas “cadenas
laterales específicas” a las que denominó receptores, con una estructura
química y estética singular, que sólo podían combinarse con anticuerpos que
poseyeran una composición química y una forma adecuada. Imaginó la existencia
de un sistema estereoespecífico entre fármaco y receptor, que gráficamente
definió como un sistema “llave—cerradura”. Posteriormente observó que pequeños
cambios en la estructura química de los productos antiparasitarios afectaban de
manera notable a su potencia de acción y a su toxicidad frente al huésped.
Estos hallazgos confirmaron la validez del concepto de receptor y fueron el
punto de partida para obtener agentes quimioterápicos capaces de unirse
específicamente a los receptores del germen patógeno, pero no a los de las células
del huésped.
Con los trabajos de Paul Ehrlich patogenia y terapéutica quedan unidas
definitivamente en la historia de la medicina.
Paul Ehrlich abrió un nuevo camino en el desarrollo
de la farmacología; a partir de sus trabajos las acciones de los fármacos
pudieron ser consideradas como consecuencia del establecimiento de
interacciones físicoquímicas en sitios de acción definidos. Patogenia y
terapéutica quedaban así indisolublemente unidas en la historia de la medicina.
Los trabajos de P. Erhlich no sólo dieron como resultado el descubrimiento
del Salvarsán, un remedio eficaz contra el flagelo de la sífilis, sino que
sirvieron para unir definitivamente patogenia y terapéutica en la historia de
la medicina.
En definitiva, durante la vida de Pasteur la
medicina se convirtió en verdadera ciencia y la atención sanitaria y
terapéutica al enfermo sufrieron transformaciones radicales, de las que todavía
somos herederos. A todo ello, no sólo no fue ajeno el sabio francés, sino que
contribuyó decisivamente con sus descubrimientos, sus teorías y las
aplicaciones prácticas de las mismas.
Capítulo 9
Microbiología e Impresionismo
José González
Impresionar significa “conmover el ánimo
hondamente” y seguramente esta fue la sensación que experimentaron los
habitantes del mundo desarrollado, o al menos una buena parte de ellos, en la
segunda mitad del siglo XIX, una de las etapas más singulares en la historia
del hombre. A ello contribuyeron de forma decisiva el surgimiento de dos hechos
fundamentales en el arte y en la ciencia. Por una parte, la irrupción del
Impresionismo como movimiento artístico del que se impregnaría toda la cultura;
por otra parte, el nacimiento de la Microbiología como disciplina científica.
A través de uno y otro fenómenos, el hombre pudo
descubrir nuevos mundos fascinantes. Por un lado, se trataba de aprehender la
naturaleza mediante la imagen, no mediante la forma; por otro, se ponía al
descubierto una parte de la vida que había permanecido oculta para el hombre:
el mundo microbiano, una de las manifestaciones vitales más maravillosas y
excitantes de ese universo invisible al ojo humano que nos rodea.
Para entonces, el conocimiento científico había
dejado de ser la diversión de unas pocas mentes curiosas para convertirse en un
fuente de progreso y bienestar para la sociedad, mientras que en el arte se
había ido gestando un proceso de liberación de las antiguas trabas que, en el
caso de la pintura, estaban constituidas de manera fundamental por el juego de
luces y sombras que habían impuestos los artistas del Renacimiento.
Por inverosímil que pueda parecer a simple vista,
impresionismo y microbiología presentan muchos elementos comunes tanto en su
naturaleza y en la forma de expresarse como en su desarrollo y en las
consecuencias que ha tenido para la humanidad. Ambas constituyen auténticas
revoluciones, fruto del espíritu nacido de la Revolución francesa, de la
Revolución industrial y de la nueva estructura social a la que éstas dieron
lugar. Pero, además, ambos movimientos conllevaron cambios profundos a partir
de los cuales se ha abierto paso la sociedad de nuestro tiempo con dos grandes
conquistas: la de vivir más, como consecuencia del conocimiento etiológico de
la enfermedad infecciosa y su tratamiento específico —con la consiguiente
reducción de la mortalidad—, y la de vivir mejor, a lo cual ha contribuido
decisivamente el arte moderno basado en el Impresionismo. No hay que olvidar
que, junto a los aspectos objetivos de la capacidad funcional, la salud implica
los aspectos subjetivos que llevan a la “alegría de vivir” y, en este sentido,
no cabe duda de la influencia del Impresionismo como fiesta de la luz, del
color, de la imagen, en el “goce de vivir”.
La filosofía, la ciencia y el arte en todas sus
manifestaciones se han visto inundadas por el Impresionismo, el cual no
solamente constituye una técnica y una forma pictórica, sino que también supone
toda una auténtica renovación ideológica y conceptual, una emoción y un sentido
de la vida. Sin embargo, pocas cosas hay más impresionistas —e impresionantes—
que contemplar la composición de figuras a que puede dar lugar un cultivo, la
visión microscópica de un microorganismo, la estructura molecular de un antimicrobiano.
De manera similar a las pinturas impresionistas, la microbiología constituye
una auténtica fiesta para los ojos; su magia ha seducido al arte y los
principios establecidos por la capacidad innovadora de los investigadores de
finales del siglo XIX ha transcendido la ciencia para situarse en un marco
referencial tan amplio como es la vida, su origen y su desarrollo.
Otro de los puntos de encuentro entre impresionismo
y microbiología es el color. A mediados del siglo XIX una oleada de color
inundó rápidamente Europa tras el descubrimiento en 1856 del primer colorante
artificial por parte de W. M. Perkin: se trataba de la púrpura de anilina, que
había sido obtenido al mezclar alquitrán de hulla con dicromato potásico. La
anilina y los nuevos colorantes de síntesis que le siguieron (fucsina,
colorantes azólicos, verde malaquita.) fueron cada vez más utilizados con fines
industriales para el tratamiento de distintos tejidos, lo que permitió
desplazar los tonos tradicionales en los vestidos y reducir el comercio textil
con América y Oriente, ya que con las nuevas técnicas de producción y
coloración se podían conseguir tejidos más baratos y estables y, con ellos,
ropas más vistosas y de un gran aceptación popular. Pero no sólo la sociedad se
vistió de color. El “milagro de la primavera” se desparramó por doquier
alcanzando también al arte y a la ciencia, en especial a la pintura y a la
microbiología.
El color inundó por doquier la ciencia y el arte durante el siglo XIX.
Representación artística de bacilos (El germen y el genio).
En efecto, existe una estrecha relación entre la
forma de pintar de los impresionistas —empleo de firmes pinceladas inmediatas
de tonos puros, que forman como una especie de textura de “toques” o
impresiones de color— y las teorías enunciadas por unos de los mayores expertos
en colorantes de la época, M. E. Chevreuil, quien demostró que cualquier color
puede ser obtenido por yuxtaposición de pequeñas manchas que, vistas a cierta
distancia, tienden a complementarse. Por eso, no es de extrañar que el artista preste
más atención al conjunto que al detalle y trate de reproducir la naturaleza
atendiendo más a la impresión que produce que a su propia realidad. Es la
naturaleza vista a través de la luz y de sus colores, es la pincelada que
prescinde del negro y de los grises neutros. “Una mañana, uno de nosotros, al
que le faltaba el negro, se sirvió del azul: había nacido el impresionismo”,
afirmará Pierre Auguste Rendir.
El arte había descubierto que la única fuente
creadora de los colores es la luz solar que envuelve todas las cosas y las
revela, según las horas del día, con infinitas formas. La técnica había
encontrado una fuente única para obtener colores artificiales: la síntesis
química. De las dos se serviría la Microbiología, en cuanto arte y en cuanto
técnica. Sería R. Koch quien desarrollaría el método de tinción de las
bacterias por colorantes de anilina permitiendo un estudio bacteriano más
profundo y una clasificación de las bacterias más completa de la que hasta
entonces permitía la observación al microscopio óptico mediante el examen en
fresco.
Otros caminos por los que el color llegó a la
Microbiología fueron los siguientes:
· R. Koch publicó en 1877 una memoria en la que se
recogían importantes innovaciones acerca de las técnicas de estudios de las
bacterias: frotis finos y secos coloreados con violeta de metilo, con fucsina o
con marrón de anilina.
· P. Ehrlich investigó sobre el empleo de azul de
metileno como colorante (1878), facilitando el descubrimiento del bacilo de la
tuberculosis a su maestro R. Koch.
· C. Weigert aplicó los colorantes al estudio de los
cortes histológicos (1878) y a diferenciar los productos de degeneración
tisular de las bacterias patógenas, lo que permitió apostillar la teoría
microbiana de la enfermedad infecciosa.
· D. C. Gram introdujo en 1884 el método de
coloración que lleva su nombre y que todavía es el método de tinción compuesta
o diferencial más importante utilizado en Microbiología, ya que permite
observar la morfología y diferenciar las bacterias en gram—positivas (cuando el
color violeta del que se ha impregnado al teñirlo de violeta de genciana se
sigue conservando después de haber pasado por una solución de lugol y ser
sometido a una solución alcohólica) y gram—negativas (cuando las bacterias se
decoloran perdiendo el tono violeta y apareciendo el rosa al utilizar fucsina o
safranina como contraste).
· Finalmente, el método ideado por Ziehl—Nielsen,
fundamentado en la propiedad de la ácido—alcohol resistencia de algunas
bacterias y en la utilización de la fucsina como colorante básico, vino a
completar la técnica diferencial de Gram.
Con el desarrollo y la mejora de distintos procesos
los microbiólogos pudieron disponer de un extenso repertorio de técnicas
basadas en el color para el estudio minucioso de los microorganismos,
convirtiéndose a un tiempo los investigadores en observadores privilegiados y
en artistas ingeniosos de un mundo extraordinariamente bello, de una naturaleza
en donde forma y color son dos ilusiones que coexisten la una para la otra. Si
Renoir explicaba el nacimiento del impresionismo partiendo del azul, P. de Kruif
hacía lo propio al explicar la importancia que el color tuvo en el avance de la
microbiología:
“Koch extendía el peligroso material tuberculoso
sobre laminillas de vidrio perfectamente transparentes y las dejaba después,
durante varios días, en un fortísimo colorante azul (...). Al fin, una mañana
sacó sus preparaciones del baño de colorante y las colocó bajo el objetivo,
enfocó el microscopio y comenzó a destacarse una visión extraña entre la gris
nebulosidad del campo: yaciendo entre las destrozadas células pulmonares
enfermas se encontraban curiosos grupos de bacilos muy pequeños, infinitamente
diminutos; una serie de bastoncillos coloreados en azul tan sutiles que no pudo
determinar su tamaño, si bien debían tener una longitud de poco más de una
micra”.
El color acabó bañando a otras ciencias,
fundamentalmente a través de la imaginación, la intuición y la espontaneidad
—tres características de los artistas impresionistas— de P. Ehrlich. Sus
investigaciones sobre colorantes las dirigió en el sentido de conseguir un
compuesto químico que fuera capaz de actuar sobre los microorganismos patógenos
sin perjudicar a las células orgánicas. Resultado de ello fue el descubrimiento
del Salvarsán y Neosalvarsán para el tratamiento de la sífilis y con los que
daría comienzo la quimioterapia moderna. Asimismo, a las detalladas
investigaciones de P. Ehrlich acerca de las afinidades de las tinciones
celulares, que dieron lugar a sus ingeniosas teorías —cadenas laterales,
interacción llave—cerradura, etc.—, se deben el nacimiento de la inmunología y
de la hematología.
La singladura de la microbiología como ciencia no
sólo se debió al empleo de colorantes y al perfeccionamiento del microscopio y
de los procedimientos técnicos de laboratorio —iluminación de Abbe, objetivos
de inmersión con lentes potentes, fotografía, etc.—, sino que también en ello
jugó un papel decisivo el desarrollo de los medios de cultivo, a partir de los
cuales se pudieron aislar bacterias y obtener colonias bacterianas.
La luz se había convertido en el verdadero sujeto real de la pintura
impresionista al tiempo que significaba la posibilidad de observación de los
microorganismos patógenos. Representación artística de Proteus (El germen y el
genio).
Los principales avances en este sentido vinieron de
R. Koch, mereciendo una especial mención la consecución de cultivos puros de
bacterias en un medio de agar o gelatina y cuya demostración, en presencia
entre otros de Louis Pasteur y Joseph Lister, tuvo una gran resonancia en el
Congreso Internacional de Medicina del año 1881. Además, la utilización de
suero de buey y cordero esterilizado y coagulado del que se pudo aislar M.
tuberculosis constituyó uno de los hitos más importantes entre los
numerosos avances (se produjeron prácticamente en cadena los descubrimientos
del bacilo tífico, estafilococo, vibirión colérico, bacili diftérico, bacilo
tetánico, neumococo, meningococo, bacilo de la peste, etc.) que, en las dos
décadas finales del siglo XIX, hizo saltar con frecuencia a la microbiología a
los titulares de los periódicos. Con el desarrollo de medios sólidos y
transparentes por parte de R. Koch se realizó una aportación decisiva al
progreso de la microbiología. La incorporación a los medios de cultivo de verde
de malaquita, rojo fenol llenó de colorido el laboratorio, que comenzó a dejar
de ser esa especie de santuario gris por el que se le tenía hasta entonces, y
al que bien se le podían aplicar las palabras de Émile Zola referidas a la
pintura clara y captada al aire libre con la que se abría paso el
impresionismo: “.ha sacado a nuestros salones de su negra cocina de alquitrán y
los ha alegrado con un golpe de sol auténtico”.
Del color a la luz. La luz se había convertido en
el verdadero sujeto real de la pintura impresionista, y la luz significaba la
posibilidad de observación de los microorganismos. Otro punto de coincidencia.
Y es que “sólo con la luz la cosas tienen cuanta realidad puedan tener”
(Fernando Pessoa).
El impresionismo se caracteriza por una forma de
pintar más libre, una forma en la que el artista no trata de plasmar una
realidad detallista y minuciosa, sino los resultados de su observación. Por
eso, no sale al campo a tomar apuntes, que luego serán elaborados y
desarrollados en el taller, sino que trata de impregnarse de la atmósfera y de
trasladarla directamente al cuadro: cuanto en él se representa existe a través
de la luz. Ésta pone de manifiesto las formas y, jugueteando con los distintos
estados de la materia, les da coloraciones variadas, cuyos tonos más claros u
oscuros establecen la distancia, el volumen y la perspectiva. Si el pintor
quiere expresar el mundo, la pincelada debe llevar consigo ese todo invisible
que es la luz.
La luz no sólo dispone a nuestro espíritu para
percibir el misterio infinito de la vida macroscópica, sino también el de la
microscópica. Convertida en un haz luminoso permite producir mediante el
microscopio óptico imágenes aumentadas mil o más veces de un microorganismo no
visible, haciéndolo perceptible al ojo humano. Pero la imaginación de los
investigadores ha permitido extender el campo de observación al ampliar las
posibilidades del microscopio óptico mediante la microscopía de campo oscuro,
la microscopía de contraste de fases y la microscopía de fluorescencia. De la
misma manera que inventó el color el hombre creó también la luz: no se trataba
de la celeste túnica con forma de rayo luminoso a la que el poeta Vicente
Aleixandre preguntara quién era y de dónde venía, sino de algo más frío, mucho
menos poético, pero de grandes aplicaciones prácticas: se trataba de la luz
generada por un haz de electrones. El desarrollo del microscopio electrónico,
en el que los rayos luminosos han sido sustituidos por haces de electrones, ha
permitido obtener el tamaño, la estructura y la morfología de los virus, así
como mejorar el conocimiento de la estructura bacteriana y la de otros
microorganismos. La luz, tanto en el cuadro del pintor impresionista como en el
microscopio del investigador, ha dado respuesta al poeta: es tan sólo
existencia. Por eso, la tarea del científico y la del artista no se acaban
nunca, ya que “expresar lo que existe es una tarea interminable” (M.
Merlau—Ponty).
Impresionismo y microbiología son dos fenómenos
plenamente decimonónicos y aparecieron, en medio de los grandes acontecimientos
sociales que transformaron la realidad geopolítica de Europa, como resultado de
lo que O. W. Holmes llamaba la “expansión de la mente”: “una mente que se
expande hacia una idea nueva nunca vuelve a su dimensión original”. Ambos
trataron de expresar la modernidad; se trataba de instaurar nuevos valores, de
renovar la manera de hacer y entender la ciencia y el arte. La idea obsesiva —a
la que convergían las mentes de Monet, Degas, Renoir, etc., por una parte, y
las de Pasteur, Koch, Klebs, etc., por otra— era la de plasmar los resultados
de la observación natural. Los pintores impresionistas trataron de superar las
pinturas que les precedieron eliminando el negro de la superficie del cuadro.
Los científicos creativos del siglo XIX se dedicaron a recopilar los datos
objetivos extraídos de la experimentación, a apuntar primero, y establecer
después, relaciones importantes, a plantear conclusiones acertadas; con ellas,
se superaron teorías de antaño fundamentadas en el mito, en la religión o la
especulación filosófica, eliminando esos fondos negros que dominaban el paisaje
de la ciencia.
El impresionismo tomó su nombre de la pintura de Claude Monet titulada
Impresión, Amanecer.
Ambos fenómenos, impresionismo y microbiología,
tienen nombres propios y su eclosión puede ubicarse en un mismo tiempo
histórico. El impresionismo tomó su nombre de la obra de Claude Monet titulada
“Impresión. Amanecer”, presentada en la exposición colectiva e independiente
que tuvo lugar en el taller del fotógrafo Nadar en París y que fue inaugurada
el 15 de abril de 1874. Al crítico Louis Lerov le llamó la atención el cuadro
de Monet, pero calificó con desprecio la muestra y la denominó despectivamente
como “la exposición de los impresionistas”, denominación que, a partir de
entonces, sustituyó a la de “los independientes”, como se hacía llamar el grupo
que, bajo la influencia de Gustave Courbet y sobre todo de Eduard Manet,
trataban de aplicar el nuevo análisis científico del color y la luz para
reproducir la naturaleza.
En la muestra del “Salón de los independientes”
participaban, junto a Monet, Degas, Renoir, Pisarro, Sisley, Cézanne... hasta
un total de treinta artistas cuya obra global, más allá de las
individualidades, ponía de manifiesto una cierta cohesión de grupo, que, en las
décadas posteriores, se abriría como una flor de variados y múltiples pétalos
creadores. Por esas mismas fechas, entre 1868 y 1882, Louis Pasteur y Robert
Koch trabajaban afanosamente para establecer la microbiología como disciplina
científica introduciendo en las investigaciones el método experimental.
Pero la investigación microbiológica también
permitió descubrir la hermosura de ciertos microbios productores de graves
enfermedades y constatar que los virus y bacterias y demás microorganismos
patógenos están simplemente tratando de vivir su vida y de hacerlo de la mejor
manera y de la forma más armónica posible. Se volvía así a plantear la cuestión
de la relación entre el mal y la belleza tan presente en Nietzsche y otros
creadores contemporáneos y que tenía sus precedentes en las obras de Milton y Blacke.
Si una enfermedad como la sífilis era capaz de liberar a la mente de las
restricciones de la sociedad y cambiar los sentidos, de subvertir las
percepciones, de provocar una auténtica rebelión en la manera de ver el mundo,
ahora se podía contemplar, bajo la lupa microscópica, la elegancia de los
flagelos del Treponema realizando su criminal trabajo.
A veces los artistas buscaban lo perverso de la
enfermedad infectocontagiosa para potenciar su creatividad artística, no como
un medio más de liberación que añadir a las drogas o al alcohol, sino como “el
germen del genio” mientras que los científicos buscaban identificar y
desentrañar “el genio del germen” para combatir la enfermedad.
Finalmente, impresionismo y microbiología son
quienes mejor encarnan en el arte y en la ciencia la doble condición del
proceso creativo: la curiosidad como primera motivación, como sustrato sobre el
que se ponen en marcha la serie de reacciones que constituye el proceso
creativo, y la satisfacción como estímulo, como catalizador sin el cual no
sería posible reanudar una vez tras otra la tarea de creación.
Para el artista, pocas cosas hay que se puedan
comparar al placer de contemplar la obra terminada, o mejor aun, el instante
previo, donde el pálpito del corazón —que ya intuye la importancia y la
trascendencia de lo conseguido— se acelera por el pleno gozo de los sentidos y
el puro deleite intelectual ante la nueva creación, ante el descubrimiento.
Entre los científicos, nadie como el microbiólogo experimenta en el momento
supremo de su trabajo la inigualable sensación de integrar lo desconocido en lo
conocido, ni vive con tanta frecuencia la gratificante sensación estética de
las formas, las composiciones artísticas con las que aparecen a su aguda mirada
microscópica las bacterias, los virus, los hongos y cuantos microorganismos son
objeto de su investigación.
Algunos de los pintores impresionistas utilizaron estudios deforma conjunta.
Capítulo 10
Un químico en la Academia de Medicina
Carmen Ramos, Fabio Cafini
Los años de estudiante en el Liceo debieron
transcurrir como los de cualquier otro estudiante mas o menos aplicado, pero en
el caso de Pasteur se dieron unas circunstancias especiales; su responsabilidad
al estudiar lejos de la familia, sus ansias de saber, su entusiasmo y su
competitividad presidirían sus actitudes y su futuro. Recordemos algunos
hechos.
Escribe a su padre con todo detalle y entusiasmo
sobre su asistencia como oyente a las clases de M. Dumas (sucesor de
Gay—Lussac) en la Sorbona. Llegaría a considerarse su discípulo y ya la química
sería una referencia constante en su vida. Con alguna dificultad cumple su
ambición más inmediata de ingresar en la Escuela Normal.
En París se reencuentra con un paisano y amigo,
Chappuis, estudiante de filosofía, con el que pasea y charla a menudo, o más
bien desahoga su entusiasmo con él. En cuanto puede cambia las conversaciones
hacia sus preocupaciones estudiantiles. A su amigo Chappuis, que escuchaba
paciente e interesadamente, observando la preocupación que le absorbía, le
hablaba con pasión de sus conocimientos del ácido tártrico, el espato de
Islandia, el fenómeno de la refracción, la luz polarizada, el fenómeno de
polarización rotatoria según hacia donde girase el plano de polarización del
cristal observado, cuyos estudios le servirían para realizar su tesis doctoral.
Es tal el entusiasmo y dedicación que su padre, en las frecuentes cartas que
escribe a su amigo Chappuis, le transmite la preocupación por su hijo y le
ruega que lo distraiga y no le deje trabajar tanto.
No podemos extrañarnos de la atracción que ejerció
la química en nuestro biografiado. En el mismo ambiente se desenvuelven
personajes, como el citado M. Dumas, seguidores de Gay Lussac (de la generación
anterior a Pasteur, pero con muchos discípulos de su época), Mitscherlich
(químico cristalográfico alemán), Balard (descubridor del bromo), Biot,
Berzelius o Arago entre otros.
Los viajes de Pasteur por Europa se describen como una aventura novelada.
Estación de Saint—Lazare en París (C. Monet).
Como estudiante de química, Pasteur completaba por
su cuenta las lecciones teóricas con prácticas. Compraba huesos, los calcinaba,
los trataba y así logró obtener 60 gramos de fósforo; fue su primer trabajo
práctico, que le produjo gran satisfacción y del que presumió ampliamente.
Pasteur no tuvo el expediente nº 1 en la Facultad
de Ciencias: obtuvo el puesto nº 7. En el Concurso para impartir física y
química se presentaron 14 candidatos, de los que fueron seleccionados 4, siendo
Pasteur con 24 años el número 3. Este pequeño fracaso —él aspiraba al nº 1—,
quedó compensado con la comprensión de su padre y los comentarios de ánimo del
tribunal acerca de su prometedor futuro.
En 1846, llegó al laboratorio hospitalario de la
Escuela Normal de París Augusto Laurent, famoso por haber confirmado la teoría
de las sustituciones del cloro de Dumas, emitida en 1834. Laurent le propuso a
Pasteur que trabajara con él. Laurent, junto a otros profesores, despertarán en
él la afición por la cristalografía. Se propuso trabajar en una tesis en
química: “Investigaciones sobre la capacidad de saturación del ácido
arsenioso”, que debía completar con otro trabajo en física: “Estudio de los fenómenos
relativos a la polarización de los líquidos”
Proclamaba la importancia de volver la mirada hacia
los trabajos descuidados por los químicos de la época y la ventaja que se
obtendría recurriendo a ciencias afines: cristalografía y física. Este
concurso, decía, es necesario en el estado actual de la ciencia.
Las tesis fueron presentadas el 23 de Agosto de
1847 y calificadas solamente con un bien y dos regulares, seguramente por la
impaciente y apresurada realización. Pero con 25 años había quemado otra etapa
más.
Rápidamente volvió a sus trabajos de laboratorio,
entusiasmándose con la cristalografía y llegando a ser un experto en dimorfismo
(nuevo término) en aquella época para nombrar dos formas de cristalizar de una
misma sustancia).
Siguió estudiando los tartratos, observando la
presentación en “espejo” de los cristales de tartratos que polarizaban la luz
de forma diferente. Pero, al preparar una disolución con cantidades iguales de
ambos, ésta era indiferente a la luz polarizada, era la anulación recíproca.
Esto permitió dilucidar las características del ácido racémico (ácido tartárico
izquierdo más derecho). La importancia práctica radicaba en que el tartárico
derecho se encuentra de forma natural en las uvas.
Este trabajo sorprendió y admiró a Balard, Dumas,
Biot y demás personajes de la época. La Escuela Normal, la Academia de
Ciencias, el Colegio de Francia y la Sorbona constituían el templo de la
ciencia francesa y se hicieron eco unánime del descubrimiento de Pasteur.
A pesar de ello, el “patrón” Balard no pudo
renovarle el contrato a Pasteur y éste inició una etapa intermedia ¿de
indecisión? por Dijon y Estrasburgo (1849), algo alejado de la investigación,
mientras sus maestros desde París seguían haciendo gestiones para recuperarlo.
Su prestigio había crecido de tal forma que, con 30 años, muchos de sus
maestros y compañeros mejor situados buscan su amistad. Con motivo de su viaje
a París, los cristalógrafos alemanes Mitscherlich y Rose solicitan
entrevistarse con Pasteur, ocasión que aprovechan Dumas, Chevrenl, Prévost y
otros renombrados académicos para organizar una comida. Es el prólogo que
allanaría la entrada de Pasteur en la Academia de Ciencias y el inicio de sus
relaciones y viajes internacionales a la búsqueda de material e información en
industrias y centros de investigación.
Casi como una aventura novelada se describen los
viajes de Pasteur por Alemania, Austria y Bohemia a la búsqueda del ácido
racémico. Poco después, consigue transformar el ácido tartárico en ácido
racémico, trabajo que presenta, con gran eco informativo, en 1853, en la
Academia de Ciencias y en la Sociedad de Farmacia de París; a ello le sigue el
nombramiento de “Caballero de la Legión de Honor”. Se multiplican las
felicitaciones y los proyectos de trabajo, que le permiten la aproximación a
fenómenos vitales a través sobre todo de las investigaciones en torno a la
fermentación. Esta línea será ampliamente tratada en otros capítulos.
§. Entre la química y la medicina
Es preciso destacar que hasta el siglo XIX la
enfermedad se trataba empíricamente. El campo del conocimiento médico era
extraordinariamente reducido y la investigación iba muy por detrás de los
problemas, que eran muchos. Las infecciones epidémicas azotaban a la sociedad
limitando su desarrollo.
|
Trayectoria de Pasteur a través de los
nombramientos y honores recibidos más destacados |
|
|
Edad |
Hechos más influyentes en la vida de
Pasteur |
|
18 años |
Bachiller en letras |
|
19 años |
Profesor auxiliar en el Colegio de Besançon
donde estudia matemáticas especiales |
|
20 años |
Bachiller en Ciencias. Admitido en la
Escuela Normal. Asiste a las clases de J. B. Dumas en la Sorbona. |
|
21 años |
Recibe el primer premio de Física del liceo
St. Louis (año en que nace Robert Koch). |
|
22 años |
Ingresa en la Escuela Normal Superior |
|
25 años |
Doctorado en Física y Química |
|
26 años |
Profesor de Física y Química en el Liceo de
Dijon |
|
30 años |
Catedrático de Química en Estrasburgo |
|
32 años |
Profesor de Química y Decano de la Facultad
de Ciencias de Lille |
|
35 años |
Director del Departamento de Ciencias de la
Escuela Normal de París |
|
37 años |
Recibe el Premio de Fisiología |
|
41 años |
Recibe el encargo de Napoleón III de
estudiar la enfermedad de la vid y es nombrado profesor de la Escuela de
Bellas Artes. |
|
42 años |
Es nombrado miembro de la Academia de
Ciencias |
|
45 años |
Recibe el Gran Premio de la Exposición de
París por su trabajo sobre el vino |
|
46 años |
Diploma de Doctor en Medicina de la
Universidad de Bonn que devolvería 3 años más tarde en protesta por la guerra
franco—alemana. |
|
51 años |
Elegido miembro de la Academia de Medicina
de París |
|
52 años |
Obtiene una Pensión Vitalicia por su
enfermedad y meritos (deja la docencia pero sigue trabajando) |
|
58 años |
Miembro de la Sociedad de Medicina
Veterinaria |
|
59 años |
Caballero de la Legión de Honor. Ingresa en
la Academia Francesa |
|
65 años |
Secretario Perpetuo de la Academia Francesa
de Ciencias |
|
70 años |
Celebración solemne de su cumpleaños en el
anfiteatro de la Sorbona |
Es en este siglo cuando comienzan a aparecer
algunos investigadores que apuntan datos y principios para racionalizar el
empirismo médico.
A principios del XIX se empieza a hablar de
fisiopatología y en 1815 Lamarck inventa la palabra biología referida
al estudio de todo lo vivo. Se tardaría mucho tiempo todavía en unir medicina y
cirugía (fonendo y bisturí) y mucho más en incorporar el microscopio al estudio
y racionalización de la medicina.
El destino quiso no sólo que Pasteur entrara en la
Academia de Medicina sino que su sillón estuviera al lado de Claude Bernard y
fueran cómplices en la defensa y desarrollo de la fisiología y la
microbiología. Este tándem resultó providencial. Pero centremos la importancia
de Luis Pasteur. Una buena manera de entender la trayectoria de la química
hacia la medicina y un indicador de su importancia es la relación de sus
nombramientos y honores.
Ésta era una forma de reconocimiento, y de
necesidad de ¿divulgación? en una época en la que las publicaciones tenían
menor eco que actualmente. En Pasteur también se explica por su vanidad,
competitividad y preparación: refuta todo, no para hasta derrotar
dialécticamente al adversario. Se le teme, y eso lo que le confiere un gran
poder. Utiliza el sinergismo de autoriítas y potestas.
§. Pasteur y la biología médica
Los estudios sobre la fermentación de la cerveza y
del vino proporcionan a Pasteur tal experiencia que le permiten enunciar
algunos principios elementales de aplicación universal a la microbiología y a
la medicina. Pasteur no pierde el tiempo y pretende que se apliquen en medicina
y especialmente en cirugía. Pero los cirujanos tardarán muchos años en
comprender que la contaminación del instrumental, campo operatorio, vendas etc.
son los que provocan los mayores fracasos. ¡Vale más la limpieza que la rapidez
quirúrgica!. Es de los primeros científicos franceses, a pesar de no ser
médico, en plantear como incompatibles autopsia y práctica quirúrgica, como era
frecuente en la práctica diaria de cualquier cirujano.
Antecedentes médicos
En sus trabajos sobre la asimetría habla de
“cristales enfermos o heridos”. Acaso no se ha dado cuenta en el acto de que el
racémico era la prueba de una enfermedad de las uvas. En sus estudios de la
cerveza establece principios relacionados con las enfermedades infecciosas y la
relación con fermentación—putrefacción en realidad sería la misma que en las
infecciones. La investigación en las enfermedades del vino lo confirma ¡Es
igual que en la cerveza! ¡Hay coherencia biológica!
Demuestra que, en un medio estéril, el zumo de uva
no fermenta; luego, la fermentación está producida por microbios. Si es
inadecuada surge la enfermedad, por lo que concluye: “¿No podemos acaso pensar,
por analogía, que día llegará en que medidas preventivas de fácil aplicación
acabarán con esas plagas que, sin previo aviso, azotan y atemorizan a los
hombres, como ésa de la fiebre amarilla, que acaba de enseñorearse del Senegal
y del valle del Misisipí, o esa otra de la peste, que ha hecho estragos a orillas
del Volga?”.
Se pregunta si el estudio del gusano de seda es
otro modelo, lo descarta y escribe: “Dependiendo de las diferentes
constituciones y del temperamento, las enfermedades epidémicas afectan de forma
preferente a aquellos que tienen predisposición a contraerlas”.
Pero no era una idea originaria única de Pasteur.
Hay varios precedentes pero sólo Pasteur pudo argumentar como Boyle: “Aquel que
pueda llegar al fondo de la naturaleza de los fermentos y de las fermentaciones
será mucho más capaz de proporcionar una explicación correcta de los fenómenos
mórbidos”.
El descubrimiento de los gérmenes permite a Pasteur
interesarse con autoridad por la medicina y la higiene para intentar comprender
la acción de los microbios en sangre y/o tejidos. Estaríamos en 1863, Pasteur
se ha comprometido a profundizar en este campo, pero pasa mucho tiempo en
ponerse a ello. Es tan ambicioso que antes tiene que ocuparse de otros muchos
temas (vino, enfermedad del gusano de seda, etc.) y él es tan riguroso que todo
lo tiene que demostrar. En cierta conferencia, el Dr. Gilbert Déclat alabó los
trabajos de Pasteur sobre la fermentación y su importancia en la compresión de
las enfermedades. Pasteur, tras el agradecimiento de cortesía, le dijo: “Los
argumentos que ha utilizado usted en apoyo de mis teorías son muy ingeniosos,
pero nada rigurosos. La analogía no demuestra nada”.
Aproxima la química a la medicina a través del
Premio de Fisiología creado por Claude Bernard, que recibe a los 37 años en la
Academia de Ciencias. Tanto supone para él este premio que empieza a hablar de
química fisiológica para referirse a sus trabajos, y es un hecho fundamental
para entender las relaciones con C. Bernard y la medicina.
Los cirujanos y médicos clínicos de la época son
poco dados a utilizar instrumental de exploraciones y menos el microscopio. Los
experimentadores irritan. No están maduros para la revolución médica que
suponen las teorías de Pasteur. Por el contrario, la mayoría de ellos,
alineados con líderes médicos como Pidoux y Trousseau, señalan que “la
enfermedad está en nosotros, de nosotros procede, nosotros la creamos”. Pasteur
prudentemente opina: “No creo que sea cierto en todos los casos”.
Pero hay hechos indudables: tifus, difteria,
sarampión, sífilis., enfermedades que famosos clínicos defienden como
contagiosas. Antes de morir, el prestigioso Trousseau (1867) se aproxima a las
teorías de Pasteur y establece por fin una relación entre fermentación y
patología: “Esta es, pues, en términos generales, la teoría de los fermentos
trasladada a una función orgánica. [.] Quizá sucede lo mismo con las miasmas
morbosas, quizá se trate de fermentos que, habiendo penetrado en el organismo
en un momento dado y en determinadas circunstancias, tienen manifestaciones
múltiples.
El descubrimiento de los gérmenes permitió a Pasteur interesarse por la
medicina. Representación artística del gonococo (El germen y el genio).
Así, por ejemplo el fermento variólico causa la
fermentación variólica, que provoca miles de pústulas; igual podría suceder con
el virus del muermo o el de la viruela de la oveja. Otros virus parece que
actúan de forma local, pero no por ello dejan de modificar, a continuación,
todo el organismo. Es lo que sucede con la gangrena, con las pústulas malignas,
con las erisipelas contagiosas. ¿No es lícito pensar que, en tales
circunstancias, el fermento, o la materia orgánica de estos virus, la
transportan ora la lanceta, ora el aire o los vendajes?”.
Muchos tocólogos e higienistas empiezan a seguir el
mismo camino y predican ya cuarentenas, desinfecciones, etc. Pasteur vislumbra
un ambiente más adecuado para sus enseñanzas. Sus clases causan impresión entre
los estudiantes, tanto por la defensa de los microbios como por los ataques a
los que siguen encasillados en antiguas teorías. Cuenta a su favor la defensa
de Casimir Davaine, que propone sustituir de una vez por todas el ambiguo
concepto de miasmas por las demostradas bacterias y de Villemin que trabaja en
la demostración de la contagiosidad experimental de la tuberculosis. Algunos
veterinarios, clínicos y cirujanos con sus experimentos complementan y avalan
los trabajos de Pasteur. A pesar de no ser médico, adquiere autoridad para
actuar y discutir sin pudor con los poderosos médicos de la época.
Especial importancia tiene el criterio de los
cirujanos. No en vano la principal limitación de la cirugía es la infección, la
cual planea en toda intervención como un nubarrón, ensombreciendo el
pronóstico. Más de un cirujano piensa que el bisturí “abre las puertas a la
muerte” al romper las defensas naturales (piel y mucosas) y especialmente
cuando se profundiza en órganos y tejidos. El pulmón y su pleura o el abdomen
con el peritoneo, son ejemplos de la influencia de las infecciones. Cuando
llega Pasteur a escena sólo se cuenta con débiles remedios. La cauterización,
líquido hirviendo, desecantes, astringentes, vinagre, corteza de higuera,
lechada de cal, etc. son algunos tratamientos con los que se pretenden evitar
las infecciones de las heridas quirúrgicas.
Cirujanos como Velpeau, Guérin, Dominique Larrey,
Pean, Leon Lefort, François Broussais, y otros fuera de Francia, como Thomas
Green Morton o, especialmente, Lister, son algunos de los que no se conforman
con el sufrimiento de los enfermos y exploran nuevas formas de evitar las
infecciones. Cierre del quirófano a curiosos y familiares, uso de gasas y
apósitos higienizados, limpieza del instrumental; cualquier medida nueva se
explora para evitar la supuración de la práctica totalidad de heridas y la altísima
mortalidad de procesos como las amputaciones: fallecen más del 75% de los
enfermos, la mayoría por complicaciones infecciosas.
Por tanto, hay necesidad de soluciones y a la
búsqueda de ellas se orienta la buena disposición de muchos. Falta vencer la
resistencia de los reacios y un empujón de algún líder. Se cuenta con Guerin,
conocedor de las aportaciones de Semmelweis, Destouches (conocido como Céline)
y Lister entre otros, lo que le lleva a investigar nuevos sistemas con
resultados alentadores a partir de la hipótesis de que las infecciones podrían
deberse a los gérmenes de fermentación descritos por Pasteur. Escribe Guérin: “Creía
más que nunca que los miasmas que se desprendían del pus de los heridos eran la
causa real de aquella espantosa enfermedad a la que veía, con dolor, cómo
sucumbían los pacientes. [.] Se me ocurrió entonces que los miasmas, [...],
podrían ser perfectamente corpúsculos animados de la naturaleza, como los que
Pasteur había visto en el aire. [.] si los miasmas son fermentos, podría
proteger a los enfermos de su funesta influencia filtrando el aire, como lo
había hecho Pasteur. [.] Inventé entonces el vendaje de guata y tuve la
satisfacción de ver que mis predicciones se realizaban”. A partir de estas
observaciones, Guérin trata las heridas con agua fénica o alcohol alcanforado,
cubriéndolas con capas de guata, que hacen las veces de compresas.
Las infecciones hospitalarias debidas a la mala higiene del personal
sanitario era una de las principales causas de morbimortalidad infecciosa en el
siglo XIX.
Y, por supuesto, el otro líder francés es el propio
Pasteur, cuya obra se empieza a conocer en toda Europa.
A los 50 años (finales de 1872) Pasteur se siente
cansado y enfermo y solicita la jubilación, pero sólo como profesor. Parece que
buscara la jubilación para dedicarse a la medicina. Choca con la incomprensión,
sentido de clase, alejamiento de los todopoderosos médicos, pero él tiene las
cosas claras y su amor propio le impide cejar en el empeño.
El prestigioso Trousseau escribe en el Tratado
Elemental de Terapéutica: “El químico que averigua las condiciones de la
respiración, de la digestión, de la acción de tal o cual medicamento cree que
ha averiguado la teoría de sus funciones y de sus fenómenos. Los químicos se
hacen siempre las mismas ilusiones y no escarmientan nunca”. Incompresiblemente
Pasteur no contesta, como era habitual en él, a comentarios como el citado. Más
tarde lo justificaría en la necesidad de disponer de una tribuna adecuada para
poder contestar y esa tribuna era la Academia de Medicina. El ya pertenecía a
la Academia de Ciencias, pero el eco de ésta apenas llegaba al mundo médico.
Aun así, la cosa no fue fácil. El escepticismo
médico es enorme y hay numerosos ejemplos y anécdotas de comentarios jocosos y
escépticos en sesiones de la Academia de Medicina con Pasteur presente. Con
frecuencia, el enfado y las brillantes respuestas de Pasteur caen en terreno
estéril. Pero tiene en Lister un poderoso aliado que todavía no conocen los
académicos franceses. Lister en Inglaterra basa sus aportaciones a la
desinfección en las investigaciones de Pasteur. Buscó denodadamente un medio
para destruir las bacterias en las heridas. Se basaba en la posibilidad de
matar las bacterias con una sustancia que no fuera tóxica para los tejidos.
Explica su razonamiento de la siguiente forma: “Tras leer a Pasteur me dije:
igual que se pueden matar los piojos en la cabeza llena de liendres de un niño
aplicando un veneno que no lesiona en modo alguno el cuero cabelludo, creo que
también podemos aplicar en las heridas de un paciente productos tóxicos que
destruyan las bacterias sin perjudicar a las partes blandas de este tejido”.
Lister detalla el por qué del uso del ácido fénico: “En 1864, me llamó la
atención un informe acerca de los efectos notables del ácido fénico en las
aguas fecales. Añadiendo una cantidad muy pequeña de ácido fénico a estas
aguas, del terreno regado desaparecían los olores pútridos, e incluso se
destruían los enterozoarios que solían contagiar a los animales que pastaban en
esos prados”. Lister supo trasladar estos conocimientos biológicos a
higienistas; comprende que el ácido fénico no suprime el olor a podrido, que es
la consecuencia, sino que mata los microbios que es la causa, evitando así los
olores a podrido y la gangrena misma. Así descubrió la antisepsia.
Tras notables éxitos en fracturas, abscesos y
amputaciones inicia su divulgación en 1867 con varios artículos en The
Lancety numerosas conferencias, como el discurso de apertura del año
académico de la universidad de Glasgow. Lister comienza siempre exponiendo las
teorías de Pasteur, como cuando escribe: “Si pretendemos ahora dilucidar la
cuestión de cómo la atmósfera provoca la descomposición de las materias
orgánicas, nos encontramos con que los experimentos de Pasteur han proyectado
un rayo de luz sobre este importante tema. El químico francés ha mostrado de
forma evidente que no es ésta una propiedad del oxígeno, ni de ninguno de esos
elementos gaseosos, sino de diminutas partículas flotantes, que son los
gérmenes de los diferentes seres inferiores”.
A pesar de los resultados, los cirujanos ingleses
tardan en seguir las enseñanzas de Lister. Los cambios son demasiado
revolucionarios para la época. Incluso un cirujano francés, Just Lucas
Championniere, va a Glasgow a entrevistarse con él. Vuelve convencido de la
necesidad de introducir las nuevas técnicas de prevención de la infección y se
convierte en defensor a ultranza de Lister y Pasteur, pero a su vez no convence
a nadie y se dificulta su actividad profesional. Sólo cuando es nombrado Jefe
de Cirugía del hospital Lariboisiere puede poner en práctica sus conocimientos
y demostrar la eficacia de la antisepsia.
En esta época comienzan las relaciones entre Lister
y Pasteur. El 10 de febrero de 1874, el científico británico escribe por vez
primera a Pasteur: “Muy señor mío: ¿Querrá usted aceptarme una obrita que le
envío por el mismo correo y que recoge algunas investigaciones relacionada con
un tema sobre el que usted ha arrojado tanta luz, la teoría de los gérmenes y
de la fermentación? [.] Ignoro si ha tenido usted en alguna ocasión la
oportunidad de hojear los Anales de la cirugía británica. En el
supuesto de que los hubiera leído usted, habrá hallado en ellos, sin duda, de
vez en cuando, alguna noticia relacionada con el sistema antiséptico que llevo
nueve años intentando perfeccionar. Permítame que aproveche la ocasión para
agradecerle cordialmente el haberme desvelado, con sus brillantes
investigaciones, la verdad de la teoría de los gérmenes de la putrefacción, y,
también, el haberme proporcionado el único principio que podía permitirme
conducir a buen fin el sistema antiséptico, [...]. Disculpe la franqueza a la
que me autoriza nuestro común amor por la ciencia y crea en el profundo respeto
de su muy sincero Joseph Lister”.
§. La Academia de Medicina francesa
Hacia 1700 se habían fundado la Academia de Cirugía
y la Real Sociedad de Medicina, que fueron suprimidas por la convención de
1793. El Dr. Guillotin inicio la creación de la Academia de Medicina en 1814,
la cual funcionó unos años en precario hasta que en 1820 Luis XVIII por una
real ordenanza la funda oficialmente, inaugurándose en 1824. Esta Academia
persigue unificar los trabajos, objetivos e influencia de los que fueran
suprimidos en 1793. La nueva Academia de Medicina, que se inauguró en 1824, se dividía
en tres secciones, Medicina, Cirugía y Farmacia, y se constituía para “atender
a las exigencias del gobierno relacionadas con todo lo referente a la salud
pública, y, muy particularmente, con las epidemias, las enfermedades propias de
algunos países, las epizootias, la difusión de la vacuna, y las aguas
minerales”.
Pero éstos eran objetivos teóricos; la realidad,
como ocurre a menudo, fue otra. La peste, el cólera, el tifus, la difteria,
etc. seguían produciendo estragos en Francia y los países vecinos. Es cierto
que no se disponía de medidas eficaces de control, pero la Academia era un foro
de discusión retórica más que práctica.
Pero, claro, todavía a mediados del XIX los
conceptos de contagio, etiopatogenia, etc. de las enfermedades infecciosas
están en el limbo de los debates teóricos. En la propia Academia cada
experimento y cada aportación se toman con suspicacia cuando no con acalorados
rechazos. Suele ponerse de ejemplo la nota que leyó Villemin en 1865 sobre la
causa y contagiosidad de la tuberculosis y que fue contestada con comentarios
del tipo: “En la tuberculosis, enfermedad constitucional, diatésica, el terreno
lo es todo, y no la simiente” (Pidoux) o “suprimamos el olor a podrido y
disminuiremos la mortalidad” (Piorry).
Con los citados antecedentes, en 1873, se convocó
una vacante en la Academia de Medicina; es la ocasión que espera Pasteur, ya
que, si obtiene el sillón, podrá justificar todas sus investigaciones en las
aplicaciones médicas y dar adecuada contestación a sus detractores. Se apresura
a presentar su candidatura, aunque hace parecer que es empujado por algunos
compañeros.
El 25 de Marzo de 1873 es elegido por un solo voto
de diferencia (41 de 79 votantes) lo cual es muy llamativo dado el prestigio
que le precede. Ya era miembro de la Academia de Ciencias y en realidad muchos
de los que le votaron lo hicieron para contar con un hombre ilustre como
compañero de Academia.
El primer martes de Abril de 1873 toma posesión de
su sillón en sesión solemne de la Academia en un marco impresionante. Ocupa la
antigua capilla de la Caridad de la que se había suprimido el culto desde la
Revolución en 1797. Pocos imaginaban que asistían al inicio de unos cambios
revolucionarios en medicina. A partir de este momento, Pasteur no pierde el
tiempo. Participa con entusiasmo en las sesiones de la Academia, prepara
informes, opina y rebate los comentarios de quienes se oponen a sus teorías y
experimentos.
Colabora con el cirujano Alphonse Guérin visitando
enfermos y opinando sobre la etiología de las infecciones purulentas o los
beneficios del uso de ciertos vendajes y determinadas medidas en la prevención
de infecciones como la ventilación en los hospitales, el uso inadecuado de
palanganas, ropas sucias o el trasiego de alumnos y familiares entre los
enfermos, entre otros varios temas. Entra en contacto con Lister, lo que le
aporta un plus añadido a su ganado prestigio. No se priva de
reprochar a algunos estudiantes y médicos cuando observa alguna mala práctica
de riesgo de infección.
Con frecuencia, sus observaciones caen en saco roto
y para hacerse creer suele recurrir a retar y provocar a sus escépticos
compañeros con experimentos que demuestran su obsesión por el método científico
y el acierto de sus argumentos. Así, propone que se pruebe en un animal la
protección frente a la infección vendando una de las dos patas lesionadas y
verificando que se infecte antes la no tratada.
Explica a los cirujanos cómo se infectan las
heridas: “Esa agua, esa esponja, esas hilas, con las que lavan y cubren ustedes
una herida, depositan en ella gérmenes que, como pueden ver, se propagan con
extremada facilidad por los tejidos y matarían con toda seguridad a los
operados en muy poco tiempo si la vida no se opusiera a la multiplicación de
los gérmenes. [.] Si cogemos una pierna de cordero, le hacemos una incisión con
un bisturí y le inoculamos luego un algodoncito previamente expuesto al aire de
la calle, podrán ver sin dificultad cómo se pudre”.
En sus cuadernos de experimentos se recoge: “Se
dice que un cuerpo extraño provoca la formación de pus, un absceso. Hay en esto
una contradicción [.] Se me ocurre, pues, que el cuerpo extraño, cuando provoca
pus, cosa que, como acabamos de ver, no siempre sucede, es porque trae consigo
un germen, y éste sería el agente que provocaría el pus”, y propone
experimentos en un cobaya inoculando un material flameado y otro no flameado:
si se produjera pus sólo en el no flameado, se demostraría que el pus no se debía
al cuerpo extraño: “si así sucediera, daríamos un gigantesco paso en cirugía y
en medicina. Para alejar el pus bastaría con alejar el germen”.
A partir de aquí, coincidiendo con Lister
recomienda: “No utilizar sino instrumental rigurosamente limpio. Lavarse las
manos tras haberlas flameado rápidamente, lo que no resulta más molesto que ese
gesto del fumador que se pasa una brasa de una mano a otra. No hay que utilizar
hilas, vendas o esponjas si no se han esterilizado, y hay que usar únicamente
agua hervida”.
A pesar de lo convincente que parecen los
argumentos de Pasteur, sigue habiendo discrepantes de su trayectoria contra los
que arremete el sabio francés: “Y el derecho de comprobar, de controlar, de
debatir van a tenerlo sobre todo los que no han hecho nada para ilustrarse, los
que acaban de leerse nuestros trabajos con mayor o menor atención y con los
pies puestos en los morillos de la chimenea de su despacho. No me cuesta creer,
aunque lo lamento, querido colega, que no tenga usted opinión hecha acerca de la
generación espontánea. [.] ¡Pues yo sí la tengo, y no basándome en impresiones
sino en la razón, porque me he ganado el derecho de tenerla en veinte años de
trabajo asiduo, y toda mente imparcial haría bien si la compartiera!”.
“No existen pruebas de infección primitiva y
espontánea —responde Pasteur al cirujano Le Fort—. En el agua existen gérmenes.
Basta con lavar una herida con una esponja para que las consecuencias sean
dramáticas.
El nacimiento de la microbiología, su nombre y su historia están unidos a
Pasteur, aunque el término microbio fue utilizado con anterioridad por otros
autores. Representación artística de S. aureus (El germen y el genio).
La presencia accidental de gérmenes bajo los
vendajes de guata explican su posible proliferación”.
Sus intervenciones defendiendo la asepsia y
antisepsia le convierten en una especie de apóstol entre los cirujanos, a los
que enseña y responde. Y además práctica. Acaba obsesionado con la higiene.
Refiere su sobrino Adrien Loir:
“Había que lavarse constantemente las manos durante
el día. [.] Pasteur sentía auténtica fobia dando la mano, y quizá por eso
parecía orgulloso. Nunca tendía la mano. Cuando no podía evitar ese gesto
considerado de cortesía, me hacía con la cabeza una leve seña, que ya me
resultaba familiar, indicándome la pila, y yo iba a abrir el grifo”.
Al año siguiente de entrar en la Academia de
Medicina algunos de sus antiguos compañeros que ocupan importantes cargos
políticos proponen que el Parlamento retribuya a Pasteur con una renta
vitalicia como premio a su trayectoria científica y compensación a su abandono
de la docencia por los problemas de salud. Acepta la renta, pero Pasteur no
asume permanecer en el anonimato y se siente capacitado para algo más que
colaborar con la Academia. En enero de 1876 inicia la campaña electoral para
optar a una plaza en el Senado republicano, siendo sometido a todo tipo de
ironías, artimañas y ataques de sus adversarios que no siempre supo asumir. Fue
el candidato menos votado, quedando fuera del Senado. Estaba claro. Pasteur,
afortunadamente, no valía para la vida política. Pero le liberó para dedicar
todo su tiempo para hacer lo que sabía y hacia bien: la investigación.
En la Academia de Medicina Pasteur cuenta con un
gran apoyo, el de Claude Bernard. La mutua simpatía data de 1859 cuando la
Academia de Ciencias, con la indiscutible defensa de C. Bernard sobre la
calidad del trabajo de Pasteur le concede el Premio Montyon de fisiología
experimental. También a C. Bernard le han interesado de joven los mismos temas
que a Pasteur, aunque luego derivó a otros. Pero siguió siendo una importante
referencia para Pasteur, que con frecuencia asiste a sus clases. En esta
relación está la clave del apoyo para el ingreso de Pasteur en la Academia de
Ciencias. Al final, la admiración mutua culmina en una buena amistad personal.
El cultivo de esta amistad se facilita por sus actividades en la Academia de
Medicina. El sillón de Pasteur queda junto al de C. Bernard.
Otra relación bien distinta, relacionada con la
Academia es la que se produce entre Emile Littre y Pasteur. Littre es un médico
lingüista, académico aislado, solitario que no sintoniza con Pasteur. No
obstante, debe destacarse la valía e influencia de Littre en el ámbito
científico. Se embarca en el proyecto de preparar un diccionario etimológico de
la lengua francesa y propone el nombre “microbio” para sustituir “animálculos
microscópicos” con la finalidad de que lo use Pasteur y los estudiosos de ese mundo.
Su prestigio le garantiza el éxito de su propuesta con el silencio, seguramente
modesto, de Pasteur. Litre comenta: “Para llamar a los animálculos la palabra
que más me gustaría sería microbio; lo primero, porque es más
corto; luego, porque brinda la posibilidad de utilizar microbia,
sustantivo femenino, para nombrar el estado de microbio. Además la
palabra microbia según su etimología griega significaría «de
corta vida». Estoy por no responder a ninguna crítica y dejar que la palabra se
defienda sola, y tengo la seguridad de que sabrá hacerlo”.
Paradójicamente, luego, en su Diccionariolos
llama infusorios o microzoarios. Pero el término “microbio” ya ha sido asumido
por la mayoría de los científicos. Más tarde, en 1889, Pasteur reabre la
batalla semántica de los microbios al oponer este término al de bacterias de
los alemanes. Es la mejor prueba del nacimiento de una nueva especialidad la
microbiología que se debate en asuntos semánticos y epistemológicos que
acompañan a los nuevos descubrimientos para crear un lenguaje propio, como
cualquier especialidad que se precie. La microbiología cuyo nacimiento, nombre
e historia estará indefectiblemente ligada al nombre de Pasteur.
Por su prestigio, escritos, espíritu ambicioso y
creativo, Pasteur presenta su candidatura para optar a un sillón en la Academia
Francesa de la Lengua. Fallecidos C. Bernard y Littre, Pasteur opta al sillón
de este último en 1881. Como todo candidato que se precie, por muy famoso que
sea, hará las visitas de cortesía a todos los académicos solicitando su voto.
También lo cortés y habitual es que los académicos no manifiesten su rechazo
directo. Por ello suele destacarse la anécdota de Víctor Hugo que, enfadado, lo
despachó con: “¿Y a usted que le parecería si yo pretendiera ser miembro de la
Academia de Ciencias?”. La opinión de Víctor Hugo no fue decisiva porque
Pasteur obtuvo veinte votos de treinta y tres posibles. Tomó posesión de su
sillón en solemne sesión el 27 de Abril de 1882 con la ausencia ¿por
enfermedad? de Víctor Hugo y con el apoyo presencial de los poderes fácticos
franceses.
Claude Bernard fue uno de los apoyos de Pasteur en la Academia de Medicina.
Aprovechó Pasteur el discurso de entrada para
resaltar la trayectoria de su antecesor en el sillón de la Academia, Littre,
pero no en plan laudatorio, como señala tradicionalmente la cortesía, sino para
arremeter contra su obra y especialmente contra su pensamiento filosófico. Este
enfoque crítico no sorprendió a casi nadie, conocido el carácter de Pasteur,
pero sí se esperaba con expectación cómo criticaría el positivismo de Littre
sin molestar la memoria de C. Bernard, que también era seguidor del positivismo
de Augusto Comte.
Capítulo 11
Los escritos de Pasteur
Francisco Hervás
Louis Pasteur es probablemente uno de los
científicos más citados de los últimos siglos. Y no solamente por sus obras,
que ahora repasaremos, sino también por la solidez de sus opiniones, reflejada
en múltiples frases lapidarias (Tabla I), a veces tomadas de sus obras, otras
veces de sus conferencias y, sobre todo, del trato diario con otros
científicos, como Roux, Chamberland, e incluso el fracasado Louvrier, cuyo
conato de vacunación fue demostrado ineficaz por el mismo Pasteur. Pero es que
también autores posteriores, como el doctor Gregorio Marañón, lo citan como
paradigma del científico católico. Al respecto son muy ilustrativas las frases
que nuestro Marañón le dedica en 1933, las cuales quedan recogidas, junto con
las de otros personajes, en un incomparable volumen titulado Raíz y
Decoro de España, perteneciente a la colección “Austral” (Espasa Calpe,
Madrid, 1958). El doctor Marañón nos dice, entre otras cosas, acerca de
Pasteur:
“Pasteur, el hombre de ciencia representativo, (.)
fue no solo un idealista exaltado, sino un católico practicante, fervoroso y
sencillo.
(.) no hay razón para poner un gesto admirativo ante la labor investigadora de
Pasteur y un gesto de indiferencia ante este rasgo de su espiritualidad, tan
íntimamente ligada a su obra entera.
(.) pero anotemos también que si Pasteur fue un creyente, no fue un fanático
(.) No investigaba los cristales y los fermentos y los microbios para buscar a
Dios; porque sabía que Dios estaba en todas partes sin necesidad de buscarlo”.
Tabla I. Frases Célebres de Louis Pasteur
Sobre la Ciencia...
· La ciencia es el alma de la prosperidad de las
naciones y la fuente de todo progreso.
· Las ciencias aplicadas no existen, sólo las
aplicaciones de la ciencia.
· Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha
ciencia devuelve a Él.
· Estoy absolutamente convencido de que la ciencia y
la paz triunfan sobre la ignorancia y la guerra, que las naciones se unirán a
la larga no para destruir sino para edificar, y que el futuro pertenece a
aquellos que han hecho mucho por el bien de la humanidad.
· La ciencia no conoce país, porque el conocimiento
pertenece a la humanidad, y es la antorcha que ilumina el mundo.
· En el campo de la investigación el azar no favorece
más que a los espíritus preparados.
· Si no conozco una cosa, la investigaré.
· La fortuna juega a favor de una mente preparada.
· Estoy en el borde de los misterios y el velo es
cada vez más y más delgado.
· Sorprendernos por algo es el primer paso de la
mente hacia el descubrimiento.
Sobre el Pensamiento.
· Desgraciados los hombres que tienen todas las ideas
claras.
· Duda siempre de ti mismo, hasta que los datos no
dejen lugar a dudas.
· El universo es asimétrico y estoy convencido de que
la vida es un resultado directo de la asimetría del universo, o de sus
consecuencias indirectas.
· Es la superación de dificultades lo que hace
héroes.
· Los verdaderos amigos se tienen que enfadar de vez
en cuando.
· No les evitéis a vuestros hijos las dificultades de
la vida, enseñadles más bien a superarlas.
· Louis Pasteur poseía un carácter enérgico y
decidido, como se aprecia en la grafología de su firma.
Existen muchas obras suyas, muchos escritos de muy
diversa índole, aunque tal vez los más importantes sean los siguientes:
· Etudes sur le Vin (1866).
· Etudes sur le Vinnaigre (1868).
· Etudes sur la Maladie des Vers a Soie (1870, 2
vols.).
· Quelques Réflexions sur la Science en France
(1871).
· Etudes sur la Biere (1876).
· Les Microbes organisés, leur role dans la
Fermentation, la Putréfaction et la Contagion (1878).
· Discours de Réception de M.L. Pasteur a l’Académie Française
(1882).
· Traitement de la Rage (1886).
Firma de Pasteur.
De todos ellos y de algunos otros comentaremos
diversos aspectos de interés.
La figura de Pasteur también ocupó un papel
relevante en el cine, especialmente en una película del año 1935, estrenada el
23 de noviembre de ese año, que dirigió William Dieterle y en la que Paul Muni
y Josephine Hutchinson representaban el papel del matrimonio Pasteur. La
película, distribuida por la Warner Bros, se llamaba “The Story of Louis
Pasteur”, teniendo una duración de 87 minutos. Con ella, Hollywood se sumó a
los admiradores de nuestro científico.
Un año antes de recibir la legión de honor, con
solo 30 años, publica un importante trabajo sobre formas cristalinas, su
composición química y el sentido de la polarización rotatoria, en el año 1852.
Pero todos los escritos de Pasteur poseen datos importantes y destacables, como
por ejemplo los estudios sobre las enfermedades de los vinos, a instancias de
Napoleón III, o los sistemas de conservación de la cerveza. Al final de su vida
profesional es cuando más se centra en las vacunaciones, con el gran éxito de
su vacuna antirrábica, utilizada en el hombre por primera vez en 1885.
La visión de Pasteur según la Warner Bros, en Hollywood.
Cuatro grandes bloques de trabajos son dignos de
tenerse en cuenta en la obra de Pasteur:
· Los estudios sobre morfología en química orgánica,
descubriendo la simetría especular de algunas moléculas y, por tanto, las
formas dextrógiras y levógiras, de acuerdo con la desviación del plano de la
luz polarizada.
· La pasteurización, aplicada a vinos y cervezas, que
eliminaba los microorganismos causantes de su deterioro.
· La demostración de la inexistencia de la generación
espontánea, lo que supuso un cambio radical en el concepto de la vida, y con
muchas buenas secuelas, como salvar la industria francesa de la seda.
· La atenuación de la virulencia de microorganismos
potencialmente patógenos, que supuso un hito para la fabricación de vacunas.
En sus primeros trabajos —en 1848, 49 y 51— sobre
cristalografía, la literatura de Pasteur es bastante contundente, aunque
ciertamente se le nota poco seguro en la expresión, como sucede a la mayor
parte de los jóvenes. Sin embargo, sus afirmaciones no dejan de ser ciertamente
probadas. La simetría molecular de los cristales es tal vez fruto de su
observación de la naturaleza, donde tal simetría es frecuente en los seres
vivos. Especial interés tiene una nota, escrita en 1853, sobre la
transformación de ácido tartárico en racémico, que le supuso el premio de la
Société de Pharmacie de Paris. Es en ese mismo año cuando, a la edad de 31
años, recibe el nombramiento de “Caballero de la Orden Imperial de la Legión de
Honor”.
Otro Pasteur más reflexivo lo encontramos en sus
escritos sobre fermentación láctica, recogidos en su presentación en Lille (de
cuya facultad de Ciencias era Decano desde 1854), primero en el año 1855, con
una memoria sobre el alcohol amílico, seguida, un año después, de sus primeras
investigaciones sobre la fermentación alcohólica y, posteriormente, en 1857,
las memorias sobre la fermentación láctica y fermentación alcohólica. Este
Pasteur es un hombre mucho más sólido y, por ello, lleno de dudas razonables,
un hombre que busca la explicación racional de las cosas con un soporte capaz,
admisible por todos.
Al fin, en 1858, se instala en su laboratorio de la
Escuela Normal Superior de París, en la calle d’Ulm, donde inicia sus
investigaciones microbianas sobre la llamada generación espontánea. Al
respecto es muy interesante la conferencia pronunciada en la Sorbona el 7 de
abril de 1864, en una de las conocidas “Soirées scientifiques de la Sorbonne”,
cuyo final es contundente: “no hay microbios sin parientes previos”. Entre
tanto recibe el premio de fisiología experimental de la Academia de las
Ciencias por sus trabajos en fermentación (año 1859). Una publicación
excelente, de 1860, sobre la generación espontánea es el titulado Prélevements
d’air a Artois pour l’étude du probleme des générations dites spontanées.
Examen de la doctrine des générations dites spontenées. En la citada
conferencia de 1864, recogida en la «Revue des cours scientifiques, 23 avril
1864, I, 1863—1864, p. 257—265» se recoge el texto completo de dicha
conferencia, aunque Pasteur hizo sobre el texto diversas correcciones con su
propia pluma, correcciones que fueron incluidas en posteriores ediciones de
esta misma conferencia.
En el año 1861 recoge el premio Jecker de la
Academia de las Ciencias por sus investigaciones sobre las fermentaciones. Y en
ese mismo año publica, en el boletín de la Sociedad Química de París, sus
resultados acerca de la investigación sobre el vinagre, con el
destacado papel de un organismo microscópico, que él llamaba algo así como
“angulillas del vinagre”, en la producción del mismo. Es elegido Académico de
las Ciencias, en la Sección de Mineralogía, el año 1862. El 21 de febrero de
1862 realiza su famoso experimento sobre la fermentación acética del vinagre,
en la que demuestra que unas levaduras conocidas como mycodermas —en concreto
el Mycoderma aceti— juegan un importante papel en la misma. Ese
mismo año, recoge el premio Alhumbert por sus investigaciones acerca de la
generación espontánea.
En 1863 publica sus “Estudios sobre los vinos,
acerca de la influencia del oxígeno del aire en la vinificación”. En estos
estudios de vinificación, vuelve a aparecer el Mycoderma
aceti (conocido como flor del vinagre), como causa de la excesiva
acidez de vinos tintos o blancos en la región de Jura (su tierra, pues el había
nacido en Dole), aunque en este caso se trataría del Mycoderma vini (llamado
flor del vino). Los describe como unos vegetales formados por pequeños
corpúsculos con una especie de depresión central cada uno, agrupados en forma
de flores. Igualmente describe diversos tipos de vinos y de fermentos, cada
cual con unas características morfológicas y funcionales distintas. Clasifica
los vinos en ocho modalidades, de acuerdo con el fermento que actúa en cada
caso. Lo importante es la demostración de la influencia de dos levaduras en el
proceso de fermentación, que hasta entonces se pensaba que era sólo químico.
Una de las levaduras producía ácido láctico y la
otra, alcohol. En ese mismo año es cuando Napoleón III le encarga el estudio de
las enfermedades de los vinos y también es cuando le nombran profesor de
geología, física y química aplicadas de la Escuela de Bellas Artes.
En su discurso de entrada a la Academia, Pasteur termina aludiendo a los
ideales que deben regir nuestra inspiración.— Dios, la belleza, el arte, la
ciencia, la patria y las virtudes evangélicas. La creación del hombre (Miguel
Ángel).
Así, en 1864, se crea en Arbois un laboratorio para
sus investigaciones sobre los vinos. Fruto de ello es la publicación, en 1865,
de su gran invento: la pasteurización o “procedimiento
práctico de conservación y mejora de los vinos”. Esta pasteurización viene
recogida en una nota breve: “Comptes rendus de l’Académie des sciences,
séance du 1er mai 1865, LX, p. 899—901”. Desde entonces, la
pasteurización (elevación de la temperatura a 44º C durante un tiempo corto),
se ha venido utilizando como un sistema seguro para preservar de la
contaminación a muchos productos de la industria alimentaria (vinos, cervezas,
leche.). No obstante, inicialmente el procedimiento fue cuestionado y rechazado
por muchos productores, pero la demostración incontestable de su calidad, la no
afectación apreciable de alteraciones en el sabor y su seguridad, han hecho que
su utilización se haya universalizado. En la pasteurización se controlaría, por
una parte la excesiva producción de microorganismos fermentadores y, por otro,
la contaminación por microorganismos extraños a un proceso, por ejemplo, de
vinificación normal. Esta genialidad es tenida hoy en día, cuando menos, como
un punto crítico de control en cualquier sistema de producción industrial de
vino, cerveza y —sobre todo —de lácteos. La pasteurización, como ya propuso su
creador ab initium, debe ajustarse a una temperatura y tiempo
muy preciso, pues sólo así se presenta eficaz, sin alterar los caracteres
organolépticos del producto.
Pasteur publica sus Estudios sobre el vinoen
1866. En ese mismo año publica un ensayo sobre la obra científica de Claude
Bernard. Al año siguiente se crea un laboratorio de química fisiológica en la
Escuela Normal Superior. Pasteur, en ese año de 1867, es nombrado profesor de
química orgánica en La Sorbona y, también en ese año, recoge el Gran Premio de
la Exposición Universal, por sus estudios sobre el vino, pues
para los franceses (y en general para todos los europeos del sur) el vino es
mucho más que una bebida. Es una cultura milenaria. Abandona en ese año sus
funciones administrativas en la Escuela Normal Superior, porque no puede ya dar
más de sí.
Sus estudios sobre el vinagre son publicados en
1868, año en que recibe el nombramiento de Comendador de la Legión de Honor y
es nombrado Doctor en Medicina por la universidad de Bonn. Pero es en ese año
cuando sufre su primera hemiplejia, de la que sale bastante bien librado. Por
ese motivo, no publica nada hasta dos años después, en 1970. En ese año publica
sus estudios sobre las enfermedades de los gusanos de seda, que salvan la
calidad de las sederías de Francia. Dichos estudios se contienen en el tomo IV
de las Oeuvres de Pasteur. Existen unos seres microscópicos que
infestan los gusanos de seda, los cuales han de destruirse, cambiando los
gusanos por otros nuevos, de distinta procedencia. Y en 1871 presenta sus
investigaciones acerca de los nuevos procedimientos de fabricación y
conservación de la cerveza. Podemos encontrarlas en los tomos V y II de las
citadas obras de Pasteur. En 1873 es elegido miembro de la Academia de Medicina
y en el 1876 publica sus estudios sobre la cerveza.
Y es el Pasteur cincuentón el que, en 1877, publica
sus primeras tres cuestiones médicas de envergadura: una nota sobre la
alteración de la orina, así como sus estudios sobre el carbunco y sobre la
septicemia. Los primeros estudios sobre el carbunco los realiza en colaboración
con Joubert. Describe en el carbunco a unas bacterias filiformes, obtenidas de
la sangre de animales enfermos mediante procedimientos de filtrado, que
consigue multiplicar en medios artificiales, imputándoles un papel causal en el
carbunco. Se trata, como es natural, del Bacillus anthracis. También
con la colaboración de J. Joubert estudia la septicemia en el carbunco. En el
año 1878 es nombrado Gran Oficial de la Legión de Honor. Tienen lugar en ese
año sus discusiones sobre la etiología del carbunco.
Es en 1878 —año extraordinariamente prolífico y
condicionante del futuro de sus investigaciones posteriores— cuando
publica La teoría de gérmenes y sus aplicaciones en la medicina y
cirugía, en colaboración con Joubert y Chamberland. Esto es algo más que
una publicación, pues podría considerarse una declaración de principios.
Además, no hemos de olvidar su alusión final a Lister, alabando su concordancia
de criterios. Ya previamente había sugerido Pasteur hervir el instrumental y
vendajes en los hospitales militares e incluso describió un horno —el
llamado Horno Pasteur— para poder esterilizar instrumental
quirúrgico y algún material de laboratorio. Pero lo verdaderamente importante
de la teoría de gérmenes es lo que supone de comienzo de una medicina moderna,
científica, en la que la etiología de las enfermedades infecciosas queda
centrada en los gérmenes, que pueden ser eliminados mediante un tratamiento
específico, iniciándose con ella la llamada “Edad de Oro de la Microbiología”.
Es 1878 un año muy prolífico para Pasteur, pues en
el mismo año realiza la puesta a punto de la vacuna, utilizando un microbio
atenuado, contra el llamado cólera de los pollos y otras enfermedades
virulentas, con la ayuda de Chamberland y Roux. Por último, en ese año aplica
la teoría de gérmenes a estudios sobre la gangrena, la septicemia y la fiebre
puerperal.
En su Nota sobre la Peste (1879)
nos presenta un nuevo e importante descubrimiento: la inmunización mediante
medios de cultivo atenuados. En 1880 es nombrado miembro de la Sociedad Central
de Medicina Veterinaria. Presenta en ese año una comunicación fundamental sobre
las enfermedades virulentas (expone por primera vez el
principio de virus—vacunas). Y, por último, en ese año inicia sus estudios
sobre la rabia.
Recibe la Gran Cruz de la Legión de Honor en 1881.
En dicha fecha pone a punto su vacuna contra el carbunco, utilizando un cultivo
de bacterias de virulencia atenuada. En este proceso se ve asistido nuevamente
por Roux y Chamberland, y posteriormente también Thuillier. En el tomo VI de
las obras de Pasteur podemos encontrar todo el proceso. De hecho, la
preservación de la atenuación se puede conseguir, según Pasteur, de una manera
duradera, de modo que mediante sus métodos no retorna la virulencia perdida, pero
sí permanece su actividad curativa de virus—vacuna. También en ese mismo año
presenta sus trabajos sobre la fiebre amarilla en la zona de Burdeos. Es
igualmente elegido miembro de la Academia Francesa.
Resulta verdaderamente magnífico su Discurso
de entrada en la Academia Francesa, el 27 de abril de 1882. Es
preciosa su alusión inicial acerca de la situación cada vez más infantil de la
ciencia ante los nuevos prodigios que cada día surgen. Aborda, por tanto, su
trabajo desde una actitud humilde, al menos en su palabra. El crecimiento de
las poblaciones acarrea un crecimiento de la mortalidad. Pasteur dice que “las
causas son ignoradas, los efectos son terribles y su progreso es inmenso”.
Habla, por tanto, de alguna manera, de la extraordinaria necesidad de una salud
pública bien organizada y preocupada de la salud de los hombres. “La ciencia
experimental es esencialmente positivista —añade Pasteur —, en el sentido de
que, en sus fundamentos, jamás debe de intervenir en la esencia de las cosas,
el origen del mundo y sus destinos”.
Henri Meyer the jubilee of Louis Pasteur at the Sorbonne el 27 de diciembre
de 1892 (Publicada en Lepetit journal).
Para Pasteur, la ciencia experimental no se debe
ajustar a ideas preconcebidas ni alimentarse de ellas (ni a favor ni en
contra). Por último, termina aludiendo a los ideales que deben regir nuestra
inspiración: Dios, la belleza, el arte, la ciencia, la patria y las virtudes
evangélicas. Toda una norma de vida.
Igualmente en 1882 escribe una nota sobre la
perineumonía contagiosa del ganado de cornamenta. Publica también en ese año
sus estudios del “rouget des porcs”. Un año más tarde (1883) prepara con
Thuillier la vacuna frente a esta enfermedad.
Y llegamos a 1884, con nuevas comunicaciones sobre
la rabia (24 de febrero). Sus ensayos vacunales con perros anuncian un
resultado muy prometedor. Selecciona 40 perros, vacunando solo a 20 de ellos.
Seguidamente, a los 40 les inocula un cultivo de virus rábico. El resultado es
espectacular: los veinte vacunados sobreviven y los otros 20 mueren. En ese año
también presenta una importante comunicación sobre los microbios patógenos y
los virus—vacuna en el Congreso de Copenhague. Pasteur expone
ante la élite científica el principio general de las vacunaciones frente a las
enfermedades virulentas.
La primera vacunación antirrábica en el hombre se
produce en 1885. En ese mismo año publica su método para prevenir la rabia tras
la mordedura de un animal sospechoso, mediante el suero antirrábico. Un año
después, en 1886, publica los resultados obtenidos con este sistema.
Es elegido —en 1887— secretario perpetuo de la
Academia de las Ciencias. Sufre en ese mismo año su segundo ataque de
hemiplejia. También en ese año realiza la primera experiencia de erradicación
de conejos utilizando para ello el agente responsable del cólera de los pollos,
en la propiedad de la viuda Pommery.
En 1888 se inaugura el Instituto Pasteur y
es en 1895, siete años después, cuando Louis Pasteur muere en
Villeneuve—l’Etang.
§. Algunas consideraciones sobre la obra de Pasteur
Los escritos de Pasteur se podrían clasificar en
dos grandes grupos: los escritos orientativos o de suposición y los escritos
probatorios o de certeza. Los primeros, generalmente (aunque no siempre) son
notas ante grupos científicos —generalmente académicos, según la costumbre de
la época— con un carácter bastante localista. Los segundos son un poco más
extensos, siguen un método (no siempre ortodoxo, pero sí obvio) y poseen una
difusión más general.
Una cosa importante en Pasteur es su convicción
religiosa, su catolicismo heredado —sobre todo de su madre—, que le hace
poseedor de una fuerza interior notable. Esto le da tenacidad, que, por otra
parte, sería inútil si no estuviese acompañada de una inteligencia brillante,
con una capacidad analítica muy por encima de lo normal.
Se echa en falta un soporte matemático en sus
deducciones, pero hemos de tener en cuenta que nos encontramos ante una nueva
disciplina, la de las infecciones probadas: la microbiología. Además, es
admirable su capacidad de adaptación desde el mundo radical de la química hasta
el mundo un tanto etéreo de la medicina. No es nada fácil conseguirlo. Si a eso
le añadimos su capacidad de percepción de la belleza desde sus comienzos (la
simetría, el color, la estética de sus trabajos.), declarada como meta incluso
en su discurso de ingreso de la Academia Francesa, su posición frente a los
interrogantes que se plantea es admirable.
Pero Pasteur no es un mojigato. Sus escritos
reflejan una cierta lucha interior entre sus principios y su voluntad. Si nos
atenemos a su grafología, vemos que nos encontramos ante una persona muy segura
de sí misma, que, para no caer en la soberbia, divide su vida en dos: una vida
dedicada a la ciencia y otra vida dedicada a sus convicciones, vidas que al
final se fusionan en una sola, reconociéndolo en las frases finales de su
discurso de ingreso en la Academia, tal vez el más escrito con el sentimiento
de todos los suyos, pues en la literatura científica de Pasteur la razón es la
norma.
Cinco son las grandes enseñanzas de Pasteur en sus
escritos:
1. Hay que saber observar para poder analizar
correctamente las cosas que tienen que ver con el mundo de la ciencia.
2. Contra todo mal se puede luchar. No debemos dar por
sentado en ningún momento la existencia de una fatalidad irreductible en las
cosas que nos atañen.
3. Las convicciones científicas son siempre
provisionales y por ello modificables y perfeccionables.
4. No se puede investigar sin un material adecuado,
sin unos colaboradores entrenados y sin unos protocolos serios.
5. Por encima de cualquier estudio científico están
los principios morales que alimentan al que lo realiza.
Bien, todo esto se podría resumir en una frase
suya: “la fortuna juega a favor de una mente preparada”. Tal vez a todos nos
falta siempre algo que aprender. Esta podría ser una magnífica conclusión de la
vida y escritos de Pasteur.
Los escritos de Pasteur encierran múltiples enseñanzas para las nuevas
generaciones de médicos y científicos. El examen de medicina (H.
Toulouse—Lautrec).
Capítulo 12
Del estudio de la materia y de la luz al estudio de la vida
Juan Ramón Maestre, Clara Maestre
La vida de Louis Pasteur es una de las historias
más apasionantes del siglo XIX, fue rica en descubrimientos en diversas
disciplinas, desde la cristalografía a la inmunología o la microbiología. En
todos sus trabajos queda reflejada una forma de pensar y de hacer, con método
científico; con rigor y exactitud en sus investigaciones, en las que la
observación se complementa con la experimentación de laboratorio, y con el
análisis meticuloso de los resultados, para terminar con conclusiones que han
revolucionado la física, la química o la medicina, y han contribuido de forma
decisiva en los conocimientos de las enfermedades infecciosas y de la
microbiología.
Louis Pasteur nace en 1822 en Dole, una pequeña
localidad de la región de Jura (Francia). No fue un alumno especialmente
brillante en el colegio de Arbois, donde pasa su infancia y adolescencia. Le
gustaba la pintura y su primera ambición fue la de ser profesor de arte. En
1842, tras ser maestro en la Escuela Real de Besançon, obtuvo su título de
bachillerato. El joven Pasteur se traslada de Arbois a París donde estudiará en
la Escuela Normal Superior. Era un joven reflexivo, sencillo y algo tímido, pero
en cuyo interior ardía una llama de entusiasmo y deseo por conocer. Le gustaban
las biografías de los grandes sabios y hombres ilustres, y trabajaba sin
descanso. Después de las clases de matemáticas o de física, acudía a la
biblioteca de la Escuela Normal, y las tardes de los domingos acudía al
laboratorio de la Sorbona, donde recibía clases particulares de M. Barruel,
célebre preparador de J. B. Dumas.
París contaba en aquellos años con investigadores
extraordinarios, como Chevreul, Gay—Lussac, Thénard, Dumas, Biot y Dulong. En
la Sorbona se enseñaba matemáticas, química y física, y a ella acudían
investigadores de toda Europa. Unos años antes de la llegada de Pasteur a
París, otro gran químico, el alemán Liebig, se trasladaba entusiasmado a París
para aprender de las explicaciones y experiencias de aquellos magníficos
profesores. Así, en carta que Liebig dirigió a Herr Schleirmacher comenta: “Con
respecto a las ciencias naturales, no hay ningún país donde florezcan más y en
el que se dirijan tanto hacia la vida práctica, lo que se debe claramente al
marcado enfoque matemático de los sabios franceses, que rechazan todas las
hipótesis inútiles. Gay—Lussac maneja la química de una manera tal que muestra
su maestría, igual hace Thénard. Los ensayos se disponen con gran despliegue de
materiales. Los extranjeros se sienten aquí muy bien, pues fuera de París sería
muy difícil encontrar algo parecido”.
El padre de Louis Pasteur, curtidor en Arbois,
mantenía frecuente correspondencia con su hijo y se interesaba por sus
progresos. Tenía puestas todas sus esperanzas en este hijo. También mantuvo
correspondencia con sus antiguos profesores en el colegio de Arbois. Su
director hablaba de Louis a los alumnos mayores del colegio, y le pidió que les
diera charlas en sus vacaciones. También le encargó que nutriera la biblioteca
con adquisiciones de los libros científicos que él considerase.
Los padres y las hermanas de Louis Pasteur se
sentían orgullosos de él, pero les inquietaba su intensa dedicación al estudio
y al trabajo de laboratorio. Así, en la carta que su padre le dirige el 18 de
noviembre de 1843 comenta: “Bien sabes cuánto nos preocupa tu salud, dada tu
inmoderación en el trabajo. ¿No se ha dañado ya bastante tu vista, con el
trabajo nocturno? Deberías estar contento con la posición que has alcanzado; tu
ambición debería sentirse mil veces satisfecha”. “Ruéguele a Louis —le escribía
a su amigo y compañero Chappuis—, que no trabaje tanto. No es bueno tener el
espíritu siempre en tensión, No es ese el modo de vencer, sino el de perjudicar
la salud”.
Su amigo Chappuis, resuelto a obedecer las
prescripciones del padre de Louis, y deseoso de aprovechar con su amigo los
momentos libres, lo esperaba pacientemente. Cuando vencido al fin por los
reproches de Chappuis decía “bien está, salgamos de paseo”, y una vez en la
calle, los dos amigos volvían invariablemente a los temas de lectura, trabajo,
cursos. En una de esas conversaciones, supuestamente intrascendentes, Pasteur
le habló a su amigo del ácido tartárico y del ácido paratartárico.
El ácido tartárico era una sal depositada en forma
de costra o tártaro en los barriles y corchos durante la fermentación de la
uva, que había sido descubierta en 1769 por el químico Carl Wilhelm Scheele. El
ácido tartárico se producía industrialmente en toda Francia y se utilizaba como
mordiente de los tejidos, con lo que se lograban estampados en relieve. El
tártaro se vendía en gruesos cristales lechosos.
El ácido paratartárico, en cambio, desconcertaba a
los químicos de la época. En 1819 un industrial vinatero de Alsacia, llamado
Karl Kestner, había obtenido ese ácido singular en su fábrica de Thann, y no
había logrado reproducirlo, pese a varios intentos. Kestner había guardado
cierta cantidad de este ácido y Gay Lussac, intrigado por aquel nuevo ácido,
visitó la fábrica de Thann en 1826, y se dedicó al estudio de este ácido. Lo
comparó con el ácido tartárico tradicional y le encontró propiedades bioquímicas
idénticas. Gay Lussac propuso denominarlo ácido racémico (del
nombre latino racemus, racimo de uvas). Años más tarde, el
químico sueco Berzelius también se interesó por su estudio. Se percató de que
tenía el mismo peso atómico que el ácido tartárico y la misma composición
molecular. Lo denominó ácido paratartárico. Berzelius indicó que los dos
compuestos se componían del mismo número de átomos, pero diferían en la
solubilidad.
Los estudios sobre la luz comienzan con Christiaan
Huygens (1629—1695), astrónomo, matemático y físico holandés, que elaboró la
teoría ondulatoria de la luz partiendo del concepto de que cada punto luminoso
de un frente de ondas puede considerarse una nueva fuente de ondas (Principio
de Huygens). A partir de esta teoría explicó, en su obra Traité de la
lumière, la reflexión, refracción y doble refracción de la luz. Dicha
teoría quedó definitivamente demostrada por los experimentos de Thomas Young a
principios del siglo XIX. Esteban Luis Malus (1775—1812), célebre físico
francés, descubrió en 1808 la polarización de la luz. Y Jean Baptiste Biot en
1815 había observado que ciertos compuestos de naturaleza orgánica rotan el
plano de polarización de la luz. (Fig 1).
Biot, al que apasionaban los fenómenos de emisión
de la luz, se interesa por las propiedades ópticas del cuarzo. Sus estudios le
conducen a la invención del polarímetro. Biot hizo varios experimentos con luz
polarizada, y señaló que ciertas soluciones como las de azúcar, pueden girar la
luz polarizada. Encontró también que el grado de rotación es una medida directa
de la concentración de la solución. Todos los líquidos que no provocan cambios
en la luz que los atraviesa (como el agua o el alcohol) reciben el nombre de
molecularmente inactivos. Las sustancias capaces de rotar el plano de luz
polarizada, se designaron como “ópticamente activas”. Biot estudia también el
ácido tartárico y observa que desvía hacia la derecha la luz polarizada. A ese
ácido le da el nombre de dextrógiro.
Hoy sabemos que cuando se hace pasar luz
polarizada, vibrando en un plano determinado, por una sustancia ópticamente
activa, emerge vibrando en un plano diferente.
Pasteur se entusiasmaba cuando contaba a Chappuis
como Esteban Luis Malus había estudiado el fenómeno de la doble refracción de
la luz. Malus había observado que mirando a través de un cristal de carbonato
de calcio (espato de Islandia), y haciéndolo girar lentamente, se observaban
variaciones periódicas de la intensidad de la luz reflejada por los vidrios de
la ventana. Nadie hasta entonces había sospechado que la luz, después de
reflejada en ciertas condiciones, poseyera propiedades completamente diferentes
de las que poseía antes de la reflexión. Malus denominó luz polarizada a la luz
modificada de tal manera (por reflexión en este caso).
Figura 1. Biot descubrió que ciertos compuestos de naturaleza orgánica rotan
el plano de polarización de la luz
Cuando Pouillet hablaba del descubrimiento de
Malus, en el curso de física que seguía Pasteur, decía que “las moléculas
luminosas tenían ejes de rotación, alrededor de los cuales podían moverse por
efecto de ciertas influencias”.
Pasteur le contaba a su amigo Chappuis cómo, con la
ayuda de aparatos de polarización, se puede observar que ciertos cristales de
cuarzo hacen girar a la derecha el plano de la luz polarizada, y otros, a la
izquierda; y que existen sustancias orgánicas naturales, como el azúcar, cuyas
soluciones, colocadas en uno de esos aparatos de polarización, hacen girar a la
derecha el plano de polarización, y otras como la esencia de trementina y la
quinina, a la izquierda. Por eso se da a este fenómeno el nombre de polarización
rotatoria.
Sucede que Eilhardt Mitscherlich había descubierto,
en Berlín, que dos ácidos muy parecidos, el ácido tartárico y el paratartárico
(o racémico) tenían acciones muy distintas sobre la luz. El químico alemán
había repetido los experimentos de Biot sobre el efecto de la luz polarizada y
se los aplicó al ácido tartárico y paratartárico. En 1844 presentó en la
Academia de Ciencias de París un trabajo en el que se comparaba la capacidad
rotatoria de la luz polarizada con estos dos ácidos. Pasteur le refirió a Chappuis
una nota relativa a estas dos sales que había leído del químico y cristalógrafo
Eilhardt Mitscherlich: “Estas dos sustancias, de igual forma cristalina, están
constituidas por átomos cuyo número, naturaleza y disposición son iguales, así
como las distancias que los separan; pero una solución de tartrato hace girar
el plano de la luz polarizada, mientras que una de paratartrato no”.
La indiferencia óptica del ácido racémico o ácido
paratartárico interesaba y preocupaba a Pasteur. Cuenta Stokes como Pasteur se
lanzó a la búsqueda de una explicación a este fenómeno.
En 1845 Pasteur se licencia en física, y en 1846
aprueba las oposiciones a cátedra de física. Estando de descanso en Arbois,
recibe la comunicación de su nombramiento como profesor de física en el colegio
de Tournon. Este nombramiento no satisface a Pasteur, pues sabe que el único
lugar donde se puede hacer carrera es en París, y desea quedarse en la Escuela
Normal. Pide ayuda a J. B. Dumas, pero es Balard quien se fija en Pasteur y le
ofrece un puesto en la Escuela Normal, donde era encargado de curso. En 1846 se
incorporó al laboratorio del profesor y farmacéutico Antoine Jérome Balard,
descubridor del bromo, amigo, protector y maestro. Comenzó su trabajo como
profesor agregado de ciencias físicas en la Escuela Normal (tenía 24 años).
En carta dirigida a su amigo Chappuis, le cuenta
que se ha presentado una feliz circunstancia: la llegada al laboratorio de
Auguste Laurent, profesor de bioquímica de la Facultad de Burdeos, que había
pedido un permiso sin sueldo para venir a París y dedicarse a la investigación.
Laurent era miembro de la Academia de Ciencias por sus conocidos trabajos en
cristalografía. A Pasteur le gusta trabajar con aquel investigador veterano,
sosegado y de rostro amable. La influencia de Laurent, con el que sólo coincidió
unos meses, es manifiesta en el joven profesor. Pasteur asiste con regularidad
a las lecciones del gran químico francés Jean—Baptiste Dumas, y comienza a
interesarse por la química.
En 1823 Eugene Chevreul había establecido que, en
lo referente al análisis orgánico de los cuerpos, la individualidad de una
especie molecular no reside sólo en la naturaleza y la proporción de los
elementos, sino también en su disposición. Tal definición recalcaba la importancia
de la ordenación de las moléculas, y este aspecto le interesaba especialmente a
Pasteur: “Cuando empecé a realizar trabajos independientes, intenté afianzarme
en el estudio de los cristales, previendo que de él aprendería cosas que me
serían útiles para el estudio de la química”. El padre René Just Haüy, fundador
de la cristalografía francesa, había escrito que sustancias de igual
composición química pueden tener formas cristalinas diferentes, pero que le
parecía inconcebible que sustancias no sólo de igual composición química, sino
también de igual disposición atómica, puedan no tener la misma forma
cristalina. La cristalografía contaba con dos herramientas de utilidad: el
goniómetro, que mide los ejes, ángulos y formas de los cristales, y el polarímetro,
que mide la desviación de la luz.
Haüy, al describir las formas simétricas de los
cristales, se había fijado en que algunas muestras de cuarzo eran asimétricas.
Una de las caras era más oblicua que las otras. Haüy llamó a este tipo de
cuarzo plagioedro. Describió plagioedros orientados a la derecha y a la
izquierda, según la inclinación de las caras. Weiss, cristalógrafo alemán,
comparó los plagioedros, y le dio a este fenómeno el nombre general de hemiedria.
Pasteur, conocedor de los trabajos de polarización
de la luz y de los estudios de cristalografía, se le ocurre, partiendo de la
base de las propiedades del cuarzo, estudiar la polarización de la luz en otros
cristales como el tártaro. Será Pasteur quien recoja el legado de Malus y lo
aplique a la química molecular, al tiempo que tiene en cuenta los trabajos de
Haüy sobre la composición de los cristales.
En 1847 Pasteur trabajó como profesor en el liceo
de Dijon. En este mismo año defendió su tesis en física titulada: Étude
desphenomenes relatifs a la polarisation rotatoire des liquides. Application de
la polarisation rotatoire des liquides a la solution de diverses questions de
chimie. En química, decide estudiar la capacidad de saturación del
ácido arsénico. En agosto de 1847 defiende su tesis en química, y logra el
doctorado en ciencias.
A comienzos de 1848 se produce en Francia la caída
de la monarquía y los difíciles comienzos de la república. El 21 de mayo de
1848 muere su madre en Arbois. Su afectado padre y hermanas desean que Louis se
aleje de París. No obstante Pasteur, pese a las dificultades del momento, logra
concentrar todas sus energías en sus investigaciones.
En 1848 Pasteur logró separar una sustancia
ópticamente inactiva (ácido racémico), en dos componentes ópticamente activos.
La doble formación en cristalografía y en química, permitió a Pasteur llegar a
una genial intuición, estableciendo una relación entre el cristal mineral y el
cristal químico, entre el cuarzo y el tártaro. Intuye que entre estos cristales
hay una semejanza de asimetría. Pasteur lleva a cabo un estudio sistemático de
los cristales de los ácidos tartárico y paratartárico, buscando una correlación
entre la diferencia de polarización de ambos cristales y su eventual asimetría.
Pasteur comienza por estudiar los cristales de tártaro que desvían la luz
polarizada hacia la derecha. Los examina cuidadosamente y los separa con
pinzas. Observa que una de las facetas de los cristales es más alargada, lo que
les da una forma asimétrica comparable a los cristales de cuarzo. Luego,
estudia los cristales de ácido paratartárico, y observa que lo constituyen dos
cuerpos diferentes, ambos asimétricos; pero unos son cristales orientados a la
derecha, y otros, orientados a la izquierda. Pasteur separa los distintos tipos
de cristales y prepara una solución con cada elemento aislado. Los cristales
derechos, idénticos por completo a los de ácido tartárico, desvían la luz a la
derecha. Los cristales izquierdos desvían la luz a la izquierda. Por tanto,
Pasteur encontró que, al observar bajo el microscopio los cristales de ácido
racémico (ácido paratartárico), éstos eran de dos formas, una de ellas idéntica
a los cristales del ácido tartárico y la otra su imagen en espejo. Tras separar
las dos formas, encontró que una solución de los cristales que eran idénticos a
los tartratos, hacía girar el plano de la luz polarizada exactamente igual que
lo hacía el ácido tartárico. Por el contrario, una solución de los cristales
que eran su imagen en espejo, hacía girar el plano de la luz polarizada en un
ángulo idéntico pero en la dirección contraria (Fig 2). También observó, que
una solución con proporciones iguales de los dos cristales era ópticamente
indiferente (neutra), y no hacía girar el plano de la luz polarizada en ninguna
dirección.
J. B. Biot se negó a admitir el resultado del joven
Pasteur quien se propuso demostrárselo en persona. Biot le llamó para que
Pasteur repitiera ante su vista el experimento proporcionando él mismo los
productos químicos, y reservándose la última fase del experimento para hacerla
también él mismo y en ausencia de Pasteur. Cuando Biot comprobó que Louis
Pasteur estaba en lo cierto, se deshizo en alabanzas hacia el joven. Pasteur
había resuelto el problema que tanto interés suscitaba entre los químicos del
momento: el ácido racémico está compuesto por dos formas (cristales) con
acciones opuestas sobre la luz, que se neutralizan mutuamente cuando ambas se
mezclan en una solución.
Los resultados de Pasteur, se mencionan en las
actas de la Academia de Ciencias, en espera de una comunicación más extensa en
los Anales de Física y Química. El gobierno francés le concedió la Legión de
Honor por su contribución a la ciencia.
Figura 2. Trabajando sobre el ácido racémico, Pasteur descubrió que las
soluciones equimoleculares de cristales separados tienen la misma, pero
opuesta, actividad óptica
Pasteur, dice Stokes, acababa de ensanchar las
fronteras de la cristalografía. Sin embargo, Pasteur afirmaba que la forma
cristalina no tiene sino una importancia secundaria, que sólo las propiedades
ópticas tienen interés real. No le cuesta reconocer, que de sus primeras
investigaciones sólo hay que quedarse con el aspecto general: a toda molécula
derecha puede corresponder otra simétrica izquierda, y, a la recíproca, a todo
cuerpo que actúe sobre la luz puede corresponderle su cuerpo inverso. Lo importante,
dicho en palabras de Pasteur, es que los principios de la disimetría han
quedado fundamentados. Con sus experimentos, Pasteur plantea la existencia de
moléculas de la misma composición, pero con posiciones atómicas invertidas y
llama a esta particular configuración “disimetría de imagen no superponible”:
“Hay objetos materiales que, colocados ante un espejo, dan una imagen que se
les puede superponer; el reflejo de otros puede no coincidir aunque reproduzca
fielmente todos los detalles”. Al describir este fenómeno, Pasteur define lo
que treinta y cinco años más tarde llamará lord Kelvin la quilaridad, del
griego khéir: mano.
Los estudios de la materia y de la luz condujeron a Pasteur al estudio de la
vida y de las enfermedades animales y humanas.
Se considera a Louis Pasteur como el primer químico
en observar y describir la estereoquímica (del griego stereos, sólido),
aquella parte de la ciencia que se ocupa de la estructura en tres dimensiones,
y que toma como base el estudio de la disposición espacial de los átomos que
componen las moléculas y el cómo afecta esto a las propiedades y reactividad de
dichas moléculas. Hoy se sabe que la propiedad de rotar la luz polarizada se
debe al estereoisomerismo óptico.
El joven Pasteur quería desvelar el enigma del
ácido racémico simplemente para llegar a entenderlo, pero a medida que
trabajaba en ello se encontró con otros interrogantes: ¿por qué el ácido
racémico aparecía en algunos lugares y en otros no? Pasteur sospechó que
intervenían agentes microscópicos, lo que aumentó su interés por los
microorganismos que había encontrado responsables de fermentar el jugo de la
remolacha a alcohol. Sucedió que un industrial de la región de Lille que se
dedicaba a fabricar alcohol de remolacha, pidió ayuda a Pasteur para solucionar
algunas dificultades que se le habían planteado en su fábrica. Pasteur tomó
muestras del jugo de remolacha en fermentación y las examinó al microscopio,
identificando los microorganismos responsables de la misma y descubriendo que
podían vivir sin oxígeno, pues, en realidad, producían alcohol resultante de la
fermentación arrancando oxígeno de las moléculas de azúcar presentes en el jugo
del fermento. Estudió también los procesos de fermentación, tanto alcohólica
como butírica y láctica, y demostró que se deben a la presencia de
microorganismos. El resultado de esta investigación fue que la fermentación era
la actividad de distintos microorganismos que provocaban reacciones químicas
específicas, y que la eliminación de éstos anulaba el fenómeno.
En 1853 Pasteur estudió el ácido mesotartárico (la
misma fórmula que el ácido racémico y tartárico), pero no pudo separar en (+) y
(—) los cristales. En 1854 observó que cierto moho de las plantas era capaz de
metabolizar el (+) ácido tartárico (dextrógiro), pero no el (—) ácido tartárico
(levógiro). Las investigaciones posteriores de Pasteur revelaron que uno de los
componentes de ácido tartárico podía ser utilizado para la nutrición de
microorganismos, pero el otro no podía ser utilizado. Sobre la base de estos
experimentos, Pasteur llegó a la conclusión de que las propiedades biológicas
de las sustancias químicas no sólo dependen de la naturaleza de los átomos de
las moléculas del compuesto, sino también en la manera en que estos átomos se
disponen en el espacio.
El propio Pasteur, será el que halle una de las
primeras aplicaciones fisiológicas de su descubrimiento: de la asimetría
molecular depende el sabor de los alimentos, pues durante las comidas las
moléculas, según que sean izquierdas o derechas, inciden de diferente forma en
las terminaciones nerviosas de las papilas gustativas. “Los cuerpos activos
disimétricos que pueden intervenir en la impresión nerviosa se manifiestan en
unos casos mediante un sabor dulce y, en otros, mediante un sabor insípido”.
Gracias a los trabajos de Pasteur, se empezó a
intuir que en los seres vivos las moléculas constituyen las unidades
funcionales de los organismos. Forman las células y los tejidos, y son los
mediadores de todos los acontecimientos biológicos.
Los estudios de Pasteur ampliaron el conocimiento
de la materia, y sus posteriores investigaciones, en lo referente a los
procesos de fermentación y los microorganismos, le permitieron entender una
clase totalmente nueva de fenómenos naturales, que le fueron conduciendo a
abordar y rebatir definitivamente el controvertido asunto de la generación
espontánea de la vida microbiana. Así, los estudios de la materia y de la luz,
le conducen al estudio de la vida.
Los estudios de la materia y de la luz condujeron a Pasteur al estudio de la
vida. Las tres edades (G. Klimt).
Capítulo 13
De la generación espontánea a la teoría microbiana de la infección
Juan Ramón Maestre, Clara Maestre
Los trabajos sobre la fermentación acercaron a
Louis Pasteur al mundo de los microorganismos, y le permitieron entender, de
una forma totalmente nueva, los fenómenos naturales en los que éstos
intervienen. Sin duda, Pasteur fue un revolucionario, puesto que sus hallazgos
en el campo de la química, la biología y la medicina contradijeron los
conocimientos y las creencias arraigadas en la época. Entre los nuevos
principios establecidos, sus investigaciones le condujeron a abordar y rebatir,
de forma contundente, el controvertido asunto de la generación espontánea de la
vida microbiana, teoría ampliamente aceptada hasta mediados el siglo XIX.
Pasteur, al desarticular de forma definitiva dicha teoría, posibilitó un cambio
rotundo en la forma de entender la realidad y la vida. Para muchos
historiadores de la medicina, la respuesta de Pasteur a su rival Jean Baptiste
Pouchet puede interpretarse como un punto de ruptura con el antiguo modo de
pensar, un nuevo paradigma en el que las explicaciones clásicas de la enfermedad
infecciosa dejan su lugar a las fundamentadas en las causas microbiológicas, al
tiempo que la mentalidad etiopatológica de la enfermedad adquiere el
protagonismo que anteriormente habían tenido la mentalidad anatomopatológica y
fisiopatológica en la manera de hacer medicina.
Junto con el entusiasmo, la valentía es una de las
mayores virtudes a destacar del carácter y la personalidad de Pasteur. En todo
momento quiso conocer la verdad sobre la vida y, a juzgar por los datos que la
historia nos aporta, en el caso de la generación espontánea tuvo que emplearse
a fondo para rebatir de forma incontrovertible las viejas teorías y tradiciones
arraigadas durante siglos, tanto a nivel de la sociedad como entre los
científicos.
A lo largo del presente capítulo se analizará la
respuesta dada por Pasteur a los naturalistas de la época, la crítica a los
argumentos mantenidos por éstos en defensa de la teoría de la generación
espontánea y el impacto decisivo de sus investigaciones sobre el protagonismo
microbiano en la infección.
Resulta paradójico que un concepto tan cercano a
nosotros como el de la vida nos resulte tan difícil de expresar y de
comprender. Desde la más remota antigüedad el hombre se planteó la pregunta
sobre el origen de la vida, y durante siglos fue común la creencia de la
generación espontánea de la vida (abiogénesis). La concepción clásica de la
abiogénesis sostenía que la vida se generaba por la descomposición de las
sustancias orgánicas. Los ratones surgían espontáneamente en el grano
almacenado, las larvas aparecían espontáneamente en la carne, los gusanos en la
madera, etc. El término “abiogénesis” fue acuñado por el biólogo Thomas Huxley
en su obra Biogénesis and Abiogenesis, aparecida en 1870, pero este
modo de pensar se remonta mucho más atrás: ya está arraigado en las
interpretaciones sobrenaturales de la naturaleza y de la vida que se encuentran
en las culturas arcaicas y clásicas, incluso en algunas de ellas junto a la
noción de contagio y a una rudimentaria explicación microbiana de la infección.
Aristóteles, en el siglo IV a C, afirmaba que “la
vida puede surgir del lodo, del agua, del mar o de la combinación de los cuatro
elementos fundamentales: agua, aire, tierra y fuego, e incluso de cualquier
sustancia inerte”. Los seres vivos surgían de una especie de fuerza vital a la
que da el nombre de “entelequia”. En cuanto a los insectos, “.algunos
derivan de congéneres suyos. Otros no proceden de progenitores vivientes, sino
que se generan espontáneamente: algunos a partir del rocío que cae sobre las hojas.;
otros aparecen en el barro o los excrementos en putrefacción; otros en la
madera ya sea verde o seca; algunos en el pelo de los animales; otros en la
carne de éstos; otros sobre el estiércol, y otros a partir de los excrementos
una vez evacuados, y aún otros de los excrementos aún en el interior del animal
vivo como los helmintos o lombrices intestinales.”.
Estas ideas contenidas en los textos aristotélicos
siguieron impregnando la medicina y la ciencia una vez que Roma conquistó
Grecia. Existen algunas citas procedentes de aquella época en las que ya se
puede apreciar la idea de la abiogénesis, junto a la intuición de la presencia
en el aire de organismos productores de enfermedades, como la que hizo
Varrón (s. I a. C.) denunciando el peligro de los
pantanos como fuente de contagio de ciertas enfermedades: “Engendran pequeños
animales imperceptibles que penetran en el cuerpo por la boca y las narices con
el aire que se respira y provocan enfermedades molestas”. Por su parte, T.
Lucrecio otorga al aire un papel preponderante en la transmisión de las
epidemias y plantea la existencia de “semillas” o “gérmenes” de la enfermedad.
En De rerum natura, una de las obras cumbres de la literatura
filosófica romana, escrita hacia mediados del siglo I a. C., puede observarse
su idea acerca del contagio: “Te explicaré ahora cuál es la causa de las
enfermedades, de dónde viene tan de súbito esta fuerza maligna capaz de
esparcir la muerte entre hombres y rebaños. Hay gérmenes de numerosas
sustancias que nos dan vida y, al contrario, es innegable que vuelan por el
aire muchos gérmenes de enfermedad y de muerte. Cuando un azar o accidente ha
reunido estos últimos e infectan el cielo, el aire se hace pestilente”.
La transición del saber grecorromano a Bizancio se
produjo de forma gradual y fue debida en buena parte a la obra de Oribasio,
impulsor de las doctrinas de Galeno. En la época de Justiniano merece la
atención la figura de Alejandro de Tralles (s. VI), a quien puede considerarse
el primer parasitólogo. En su Prácticay en otros escritos menores
pueden encontrarse brillantes observaciones clínicas y capítulos de gran
interés dedicados a las parasitosis intestinales y a los vermífugos; de sus
escritos puede deducirse la consideración de la generación espontánea, pero
también su rigor —de acuerdo con los conocimientos de la época— ante el
diagnóstico y el tratamiento: “Los gusanos se forman de la corrupción de los
alimentos y de la penetración de los humores sin digerir. Antes de comenzar el
tratamiento hay que determinar la especie a la que pertenecen y en qué parte se
localizan preferentemente”.
Junto a la idea del castigo divino como origen de
la enfermedad epidémica y una cierta noción de contagio para algunas
enfermedades, como la viruela y la lepra, la Edad Media estuvo dominada de
principio a fin por la teoría de la generación espontánea, presente tanto en la
obra de san Agustín, en la confluencia misma de la ciencia grecorromana con el
Cristianismo (s. IV—V), como en la de santo Tomás, cuando los ríos de las
culturas bizantina, islámica y occidental habían llegado al estuario de la Edad
Media (s. XIII). Al primero de ellos corresponde la argumentación de que
ciertos animales surgieron por generación espontánea tras el diluvio (Ciudad
de Dios), mientras que el segundo plantea en su En cuanto a la obra
del sexto día (Summa Theologica)lo siguiente: “Ciertos animales se
engendran por la putrefacción, que es una corrupción; pero la corrupción
desdice de la primera institución de los seres: luego por la razón no debieron
ser producidos semejantes animales en la primera institución de los seres”.
Con la nueva mentalidad aportada por el
Renacimiento comienza el período histórico correspondiente al Mundo Moderno
caracterizado por el llamado “empirismo racionalizado” y en cuyo desarrollo, a
lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, se irían construyendo las bases que
permitirían acceder a la etapa científica de la medicina. No obstante, el
problema más grave que se encontró la medicina para averiguar y clasificar las
causas de las enfermedades infecciosas siguió siendo el de la doctrina de la
generación espontánea. La influencia del pensamiento griego en nuestra cultura,
con la obra aristotélica como uno de sus bastiones fundamentales, la autoridad
moral representada por la Biblia, junto con las opiniones de escritores
clásicos, médicos o no, como Homero, Galeno, Plinio, Lucrecio y Virgilio, a los
que se citaba como referencias incontestables durante la Edad Media, daban
carta de naturaleza a la idea de que, en ciertas circunstancias, algunos seres
vivos podían originarse a partir de materia inanimada e hizo que esta posición
prevaleciera durante largo tiempo en la cultura occidental.
La medicina grecorromana dominó el saber médico hasta bien entrado el Mundo
Moderno. Pintura bizantina que representa a Hipócrates y Galeno.
Es más, la teoría resurgió con fuerza en el siglo
XVII a raíz de los experimentos del fisiólogo belga Jan B. Van Helmont
encaminados a demostrar la producción espontánea de ratones a partir de trapos
sucios y granos en fermentación. Su mágica receta planteaba que “.(si) se
introduce una prenda de ropa manchada en sudor, junto con unos granos de trigo,
en un recipiente abierto, en aproximadamente 21 días, el olor cambia, se
produce una fermentación. y el trigo se convierte en ratones”.
Por aquellos mismos años, el italiano Bounoni decía
que los maderos podridos engendraban gusanos que, a su vez, engendraban
mariposas, de las cuales salían aves, mientras que el naturalista inglés
Alexander Ross afirmaba: “Dudar de que los escarabajos y las avispas se
originan en el estiércol del ganado vacuno es dudar de la razón, de los
sentidos y de la experiencia (.). Poner en cuestión esto (la generación
espontánea) es poner en tela de juicio la razón, los sentidos y la experiencia.
Si alguien duda de esto, que se vaya a Egipto y allí se encontrará con que los
campos se plagan de ratones, engendrados del barro del Nilo, para gran
calamidad de sus habitantes”. Además de los ya comentados, se pensaba que otros
animales, como moscas, arañas, hormigas y microbios, también se generaban
espontáneamente.
Sin embargo, algo estaba cambiando con el nuevo
espíritu abierto aportado por el Mundo Moderno. En 1546, el médico italiano G.
Fracastoro había establecido una teoría sobre las enfermedades epidémicas en la
cual indicaba que estaban producidas por unas pequeñas partículas invisibles o
diminutas, las “seminarias”, que bien podrían ser consideradas como criaturas
vivas. La obra general de Fracastoro representa un verdadero hito, pues
contribuyó decisivamente al conocimiento y al control de las enfermedades infecciosas
pudiendo considerarse punto de partida de la moderna epidemiología, si bien la
perspicacia de este autor alcanza su punto más alto en la descripción que
realizó de la tisis: “Los vestidos llevados por un tísico pudieran aún
comunicar el mal al cabo de dos años, y lo mismo se puede decir de la
habitación, de la cama y del pavimento donde el tísico murió. Es pues necesario
admitir que subsisten los gérmenes de contagio y que estos gérmenes tienen una
correspondencia increíble o una afinidad selectiva por la sustancia pulmonar,
ya que la contaminan con exclusión de toda otra parte del cuerpo”. Aunque la
teoría de Fracastoro sobre el origen de las enfermedades infecciosas era de una
extraordinaria claridad, no fue reconocida por los estamentos médicos de la
época y no fue ampliamente aceptada hasta que se pudo comprobar, a través del
microscopio, la identificación exacta de sus “gérmenes” o “seminarias”.
En efecto, con el descubrimiento de los
microorganismos arranca un nuevo periodo de conocimiento sobre la vida. En 1675
Antonie van Leeuwenhoek, un curioso comerciante de tejidos de origen holandés,
descubrió que en una gota de agua de estanque pululaba una asombrosa variedad
de pequeñas formas de vida o criaturas a las que denominó “animálculos”. Robert
Hooke observó los microorganismos al microscopio y publicó los dibujos de estos
nuevos seres vivos.
Sin embargo, a comienzos del siglo XVII, el
fisiólogo inglés W. Harvey sostenía que no era posible que la vida surgiera de
la nada. Y en 1646 Sir Thomas Browne en su obra Pseudodoxia Epidemica,
(con el subtítulo “Indagaciones sobre los principios tantas veces admitidos y
las verdades tantas veces supuestas”) cuestiona las falsas creencias sobre
estos supuestos “errores vulgares”. Sus conclusiones tampoco fueron aceptadas
en su época.
Con el descubrimiento del microscopio se pudo adelantar considerablemente en
el conocimiento de los microorganismos, siendo el primero en describir los
“nuevos animáculos" el holandés A. Van Leeuwenhoek.
En 1668, la creencia de la generación espontánea
fue atacada por los experimentos del médico italiano Francesco Redi, defensor
de la teoría de la biogénesis, según la cual la vida sólo podía formarse a
partir de la vida preexistente, esto es, a partir de unos progenitores vivos.
Redi colocó carne en tres botes: uno abierto, otro tapado con una gasa o
pergamino y otro completamente cerrado. La carne de todos los tarros se
descompuso, pero sólo aparecieron gusanos en el bote que estaba abierto.
Observó que las moscas entraban y salían continuamente del bote abierto y llegó
a la conclusión de que si las moscas no tenían acceso a la carne, en ella no
aparecían gusanos: “Y aunque sea algo cotidiano observar que en las cuerpos
muertos y las plantas en putrefacción se producen infinitos números de gusanos,
me siento inclinado a creer que estos gusanos son generados por inseminación, y
que la materia putrefacta en la que aparecen no tiene más oficio que el de
servir como lugar, o nido adecuado, en el que los animales depositan sus huevos
en la estación de reproducción, y en el mal encuentran también alimento. Por
otra parte, afirmo que en ella nunca se genera nada”.
Redi fue uno de los pioneros de la experimentación
moderna en medicina, ya que fue el primero en utilizar controles, es decir,
preparaciones idénticas a las experimentales a excepción del factor puesto a
prueba. También publicó un Tratado de los parásitosdonde los
consideraba como causantes de enfermedades en el hombre y clasificaba las
lombrices intestinales estudiando sus ciclos vitales.
A pesar de los experimentos de Redi y de la amplia
difusión de su trabajo, se mantuvo la extendida opinión de la generación
espontánea, aunque la forma de explicarla era diversa. Entre las explicaciones
tuvo especial eco entre los hombres de ciencia aquella que consideraba que los
seres de tamaño microscópico eran producto de una reacción química, lo que
equivalía a una forma de generación espontánea. Esta teoría tuvo sus
principales defensores en el naturalista francés Buffon y en el sacerdote galés
Neddham, quienes afirmaban haber observado la aparición espontánea de
microorganismos vivos dentro de infusiones vegetales y jugos orgánicos, en
contra de la opinión de Joblot, que sostenía que dichos microorganismos no
aparecían si tales infusiones eran hervidas y se mantenían tapados los
recipientes que las contenían.
John Needham adquirió gran notoriedad en Inglaterra
al proclamar que los diminutos microorganismos se originaban espontáneamente en
un caldo de carnero. Había tomado caldo de carnero bien caliente y lo había
echado en una botella, luego tapaba la botella con corcho a fin de que los
animalillos no pudieran caer en el caldo desde el aire exterior. Después
calentó la botella y el caldo, poniéndolos sobre cenizas ardientes. Guardó
luego la botella con el caldo durante días, quitó el corcho, y cuando examinó
el caldo al microscopio encontró que estaba lleno de animalitos. Needham
comunicó sus experimentos a la Real Sociedad de Londres. Estos animalitos sólo
se habían podido formar a expensas de las sustancias contenidas en el caldo. Se
trataba de un experimento positivo que demostraba que la vida podía originarse
espontáneamente de la materia inerte.
En 1765 Lazzaro Spallanzani, que es conocido como
el gran maestro italiano de la experimentación, diseñó experimentos encaminados
a refutar los realizados por el Needham. Se preguntaba si éste no había
calentado el caldo de modo suficiente: “¿quién sabe si alguno de aquellos
animalitos es capaz de resistir temperaturas más elevadas? o ¿quizá no ha
cerrado bien las botellas?”. Spallanzani observó que, prolongando el periodo de
calentamiento y sellando bien los recipientes que contenían caldo nutritivo, no
se generaban microorganismos. La disputa fue larga y enconada, pues el galés
aseguraba que las cocciones del italiano destruían el espíritu vital, mientras
que Spallanzani afirmaba que lo único que la cocción destruía era los
microbios, no un principio de vida de índole místico. Además, apoyaba su tesis
de que las afirmaciones de Needham eran falsas en el hecho de que había
gérmenes que se desarrollaban en ausencia de aire, de que existían formas
microbianas que resistían a la ebullición y de que si otros microorganismos no
morían, era porque el calentamiento había sido insuficiente. No obstante, el
problema no quedaría resuelto definitivamente hasta finales del siglo XIX con
la aportación capital de los trabajos experimentales independientes de L.
Pasteur y J. Tyndall.
Los trabajos sobre las fermentaciones llevaron a
Pasteur a plantearse el origen de los microorganismos que la producían y, en
consecuencia, a entrar en la polémica de la generación espontánea. Él mismo lo
explica a principios de 1860: “En el punto al que habían llegado mis estudios
acerca de la fermentación no me quedaba más remedio que formarme una opinión
sobre el tema de la generación espontánea. Era posible que pudiera
proporcionarme una poderosa arma que fuera a favor de mis ideas acerca de la
fermentación propiamente dicha (.). Así es como he llegado a interesarme por un
tema que, hasta este momento, sólo había intrigado a los naturalistas”.
El gran científico francés atacó el problema desde
varios puntos de vista: en primer lugar, demostró la presencia de bacterias en
el aire haciéndolo pasar a través de un tubo tapado con un filtro de algodón;
en segundo lugar, aportó pruebas definitivas de que no se producía
contaminación de sustancias orgánicas cuando se las exponía al aire, a menos
que los microbios ya estuviesen presentes en él; finalmente, L. Pasteur puso de
manifiesto de modo incuestionable que la fermentación de un líquido previamente
hervido no se produce cuando a ese líquido no puede llegar aire (experimentos
con matraces de “cuello de cisne”) o cuando lo hace en forma no contaminada,
por lo que existe una relación inversa entre su pureza y el grado de contagio
de los frascos (pruebas en Mont Blanc). Pero veamos un poco más
pormenorizadamente cómo se fueron sucediendo las cosas en esos apasionantes
años en los que la microbiología se estaba convirtiendo en una verdadera
ciencia.
Antes de la era científica, la observación común de
que las plantas y animales sufren un proceso de transformación y descomposición
para volver a la tierra estaba rodeado de misterio. Así, en los manuscritos del
gran químico francés Antoine Lavoisier podemos leer: “Las plantas extraen del
aire que les rodea, del agua, y en general del reino animal, todas las
sustancias necesarias para su organización. Los animales se alimentan bien sea
de plantas o de otros animales que a su vez se han alimentado de plantas, de
modo que las sustancias que los constituyen se originan, según un análisis
final, el aire, o del reino mineral. Finalmente, la fermentación, la
putrefacción y la combustión devuelven sin cesar a la atmósfera y al reino
mineral los principios que tanto las plantas como los animales recibieron de
éste”. ¿Cuál es el mecanismo a través del cual realiza la naturaleza esta
maravillosa circulación de materia entre los seres vivos?.
Los estudios sobre las fermentaciones fueron la
avanzadilla que permitió a Pasteur ganar en la controversia sobre la generación
espontánea de la vida microbiana. Entre 1835 y 1850 los químicos de la época,
como Gay—Lussac, Berzelius y Liebig, afirmaban que la fermentación era
producida por la desintegración de la materia orgánica (teoría físico—química).
En 1839 el alemán Justus von Liebig planteaba que “la levadura de la cerveza, y
en general todas las sustancias animales y vegetales que entran en putrefacción,
transmiten a otras sustancias el estado de descomposición en que ellas se
encuentran”. En 1857, Pasteur publica su Mémoire sur la fermentation
appelée lactique, en la que demuestra que la formación de ácido láctico
depende siempre de la vida de una bacteria específica. Más tarde confirma que
la producción de alcohol y ácido butírico es debida a procesos desencadenados
por otras bacterias o por levaduras. Por ello se puede afirmar que la
fermentación se correlaciona con la vida.
Hasta mediados del siglo XIX, el eterno movimiento
de la vida, y el mecanismo por el cual la materia orgánica regresa a la
naturaleza, permanecía desconocido. Sin embargo, una vez que se demostró que la
fermentación y la putrefacción estaban causadas por microorganismos vivos, se
pudo pensar que otras transformaciones de la materia orgánica podían ser el
resultado de la actividad microbiana. Pasteur supo reconocer el alcance de
estas observaciones y presentó su interpretación del tema de Lavoisier en una
carta escrita al ministro de Educación Pública en abril de 1862.
En aquellos años, el mayor defensor de la teoría de
la generación espontánea, y rival de Pasteur, era Félix A. Pouchet, Director
del Museo de Historia Natural de Rouen y miembro de la Academia de Ciencias de
París, quien en 1858 había enviado a la Academia una memoria titulada: “Los
proto—organismos vegetales y animales nacidos espontáneamente en el aire
artificial y en el gas oxígeno”. En ella, Pouchet afirmaba que había encontrado
evidencias que mostraban como la naturaleza recurría a la generación espontánea
para crear seres vivientes y declaraba estar en condiciones de “hacer nacer
animalillos y plántulas en un medio absolutamente desprovisto de aire
atmosférico, el cual podría haber aportado el germen de seres organizados”. El
método desarrollado por Pouchet consistía en colocar agua hirviente en un
matraz, que sellaba herméticamente y sumergía boca abajo en un recipiente con
mercurio; luego, se permitía la entrada de aire y se añadía una infusión de
heno, previamente calentada para privarla de organismos. Transcurrido cierto
tiempo, la infusión de heno se enturbiaba y se llenaba de animalillos. Para
Pouchet estos hechos justificaban la generación espontánea.
Los estudios sobre las fermentaciones habían
acercado a Pasteur al mundo microbiano, y le habían permitido establecer una
correlación directa entre ellas y la presencia y proliferación de
microorganismos. Para Pasteur, las afirmaciones de Pouchet eran infundadas y
estaban sujetas a errores, pero sus amigos intentaron evitar que entrase en
disputa y controversia con Pouchet y sus seguidores. El propio Pasteur
afirmaría en una ocasión: “abordé el problema sin ideas preconcebidas, tan
dispuesto a reconocer que existían generaciones espontáneas si la experiencia
me hubiese impuesto tal conclusión, como estoy ahora convencido de que, quien
afirma tal cosa, lleva los ojos vendados”.
No obstante, para dar contestación y argumentos que
pudieran rebatir las teorías de Pouchet, Pasteur diseñó un conjunto de
experiencias de laboratorio rigurosas. Todas ellas tenían como objetivo acabar
con las dudas relativas al origen de la vida microbiana. Entre 1860 y 1862
Pasteur se dedicó intensivamente a trabajar sobre el tema, enviando cuatro
memorias a la Academia de Ciencias sobre las generaciones espontáneas. La
eficacia de aquellas experiencias permiten afirmar, en palabras de Metchnikoff
(1939), que: “la putrefacción y la fermentación se deben a la actividad vital
de los microorganismos que no fueron originados por generación espontánea, sino
por microbios, semejantes a ellos mismos”.
Los magistrales trabajos realizados por Pasteur en
1862 (con sus famosos matraces en cuello de cisne) fueron precedidos por
experimentos con aire calcinado, que apoyaron las hipótesis que Spallanzani
había formulado contra las teorías de Needham, al afirmar que los
microorganismos existentes en el aire eran los verdaderos agentes causales de
los fenómenos de putrefacción. Pasteur probó, en primer lugar, que estos
microorganismos no eran un producto de la imaginación de Spallanzani, sino que
era posible detectarlos y analizarlos en el aire. La primera pregunta que
Pasteur debió resolver era si existían microorganismos en el aire que pudieran
justificar el crecimiento en las infusiones que habían sido previamente
sometidas al calor. Para ello, puso en marcha una serie de experimentos
consistentes en filtrar el aire sobre un algodón soluble en alcohol y éter.
Pasteur construyó un complicado aparato consistente en una máquina que aspiraba
el aire, unida a tubos con algodón. Se aspiraba el aire a través del algodón y
luego se intentaba ver los seres vivos retenidos en el algodón. Las partículas
depositadas en el fondo podían ser observadas fácilmente al microscopio.
Pasteur encontró que había bastoncillos (microorganismos), apostillando que
“estas simples manipulaciones permiten reconocer que existe en el aire común un
número variable de corpúsculos cuya forma y estructura indica que son
organizados”.
A continuación, Pasteur preparó infusiones de
materia orgánica que colocaba en matraces de vidrio y las calentaba hasta la
ebullición para librarlas de microorganismos. Si cerraba los cuellos de los
matraces de vidrio a la llama, las infusiones permanecían translúcidas, sin que
hubiera indicios de crecimiento de microorganismos. Si los rompía, se
enturbiaban y observaba que contenían microbios. Al romper el cuello de los
matraces y penetrar el aire, éste transportaba microorganismos capaces de
crecer en las infusiones. Sus detractores argumentaban en contra de estas
experiencias: “usted ha calentado el aire del matraz al mismo tiempo que hervía
el caldo o infusión, y lo que necesita este caldo para poder producir nuevos
animalillos es el aire natural; no podrá usted poner juntos el caldo y el aire
natural, no calentado, sin que se engendren animalillos”. Pasteur preparó un
recipiente lleno de agua albuminoide en ebullición y conteniendo aire
calcinado, observó que este recipiente cerrado permanecía con su contenido
inalterado a pesar de probar con variaciones de lugar y de temperatura. Observó
que si después de transcurridas unas semanas se introducía en su interior
algodón cubierto de polvo obtenido por la filtración del aire, rápidamente se
poblaba de microorganismos. Por tanto, la materia albuminoide resultaba ser el
alimento y no la causa de los microorganismos. Estos microorganismos procedían
del exterior y se encontraban diseminados en el aire de manera desigual.
A Pasteur se le ocurrió entonces estudiar el aire a
varias alturas, realizando sus experimentos con matraces en diversas
condiciones ambientales. Preparó con sus colaboradores una serie de matraces
con infusiones, que hirvieron y luego cerraron herméticamente a la llama.
Transportaban los matraces cerrados a lugares llanos y a lugares elevados de
montaña, rompían allí sus cuellos con una pinza calentada al calor de la llama,
y permitía la entrada de aire, que penetraba en ellos emitiendo un silbido. Luego
los cerraban herméticamente con la llama de una lámpara de alcohol y los
transportaban al incubador del laboratorio. Observó entonces que los matraces
en los que generalmente se producía turbidez procedían de los lugares llanos.
También observó que los matraces abiertos en sótanos permanecían claros,
mientras que los abiertos en el jardín o en la proximidad a áreas de labranza,
se enturbiaban con rapidez.
En verano se desplazó a las montañas del Jura y
subió con sus colaboradores al pico Poupet, en cuya cima abrió varios matraces
y los volvió a cerrar herméticamente. Realizó la misma operación en las laderas
del Mont Blanc y encontró, como ya suponía, que a medida que la experiencia se
repetía a mayor altura era menor el número de matraces que resultaban
enturbiados por el crecimiento de microorganismos.
Según Pouchet, Pasteur pretendía afirmar que el
aire que respiramos está repleto de microorganismos, a los que nadie, excepto
el propio Pasteur, había observado. Pouchet, acompañado por el profesor Joly y
el señor Musset, famosos naturalistas del Colegio de Toulouse, realizó sus
propias experiencias con matraces que contenían una infusión de heno,
trasportándolos a las montañas de los Pirineos, a 2000—3000 metros de altura,
donde se suponía que el aire debía de estar libre de microorganismos. Sin
embargo, las infusiones de Pouchet se enturbiaron y rebosaron de diminutos
seres vivos, los cuales aseguraba se debían a la “generación espontánea”.
Pasteur rebatió a Pouchet, argumentando que rompía los cuellos de los matraces
con una lima que contaminaba las infusiones, mientras que él había utilizado
una pinza. Pero Pouchet volvió a la carga con el planteamiento de que Pasteur
quería reeditar, en una versión experimental, el antiguo mito de un universo
plagado de microorganismos, el viejo “panspermismo” de Spallanzani. Es decir,
quería resucitar las viejas hipótesis de Berkeley (1684—1750): “Parece haber en
el aire semillas escondidas de todos los seres. No existe una parte del aire
que no esté repleta de gérmenes de una especie o de otra. La atmósfera entera
parece viva. El aire es el reservorio de todos los principios vivificantes”.
Para Pouchet, las respuestas de Pasteur eran insuficientes y, por consiguiente,
era necesario explicar cómo estos microorganismos suspendidos en el aire de
manera discontinua se agrupan y se diseminan en el espacio.
Por aquella época, el viejo profesor Balard
apareció un día en el laboratorio de Pasteur, Balard había sido boticario en
sus comienzos y había descubierto el bromo en el laboratorio de su rebotica.
Pasteur le comentó al viejo profesor, que no veía la manera de tener juntos
aire y caldo hervido sin que aparecieran esos pequeños seres vivos. Bálard le
propuso una manera de poner el caldo en el matraz, hervirlo y después disponer
la boca del matraz de modo que no pudiera penetrar el polvo en él, pero que
permitiera entrar el aire. Tomaron uno de aquellos matraces redondos, le
echaron caldo y luego ablandaron y estiraron el cuello hasta formar un tubito
delgado y curvo, dejando el extremo abierto. La ingeniosa solución tuvo éxito y
los matraces manipulados de esta manera permanecían sin signos de crecimiento
durante un largo periodo de tiempo, ya que los microorganismos quedaban
retenidos con el polvo en los recodos del tubo.
La controversia entre Pasteur y Pouchet continuó
durante años, hasta que la Academia de Ciencias decidió crear una comisión para
resolver definitivamente el asunto de la generación espontánea. La comisión se
reunió en el laboratorio de Chevreul en el Museo de Historia Natural. Pasteur
acudió con sus matraces, algunos modificados de acuerdo con las sugerencias de
su amigo Bálard, los conocidos matraces de cuello de cisne. Se trataba de idear
un tipo de experiencia capaz de permitir que los líquidos contenidos en el
matraz (previamente calentados) pudieran entrar en contacto con el aire pero no
con los microorganismos que allí se encontraban. Pasteur introdujo sus
infusiones en matraces y, con la ayuda de una llama, estiró el cuello de vidrio
de estos dándoles formas diversas, pero sin cerrarlos del todo, de modo que el
aire pudiera penetrar en su interior. Luego calentó los recipientes y aguardó a
que se enfriasen. Estas infusiones, aún estando en contacto con el aire que
penetraba por el cuello estirado del matraz, se mantenían inalteradas. Pasteur
consiguió demostrar ante la comisión que, al abrir los matraces normales de
cuello recto, el crecimiento es mayor en los lugares más transitados que en los
sitios elevados; por el contrario, ningún matraz con cuello de cisne presentaba
turbidez (signo de crecimiento de microorganismos), sino que todos ellos
permanecían en las condiciones iniciales por largos periodos de tiempo: la
forma del matraz retenía el polvo y los microorganismos en su largo cuello,
evitando que penetrasen a su interior. Cuando se tumbaban o agitaban los
matraces, permitiendo que la infusión entrara en contacto con el polvo y los
microorganismos, el crecimiento de éstos se producía rápidamente.
Experiencias de Pasteur dirigidas a refutar la teoría de la generación
espontánea
Pasteur zanjaría la polémica dos años después en la
conferencia que pronunció en la Sorbona y en la que, entre otras cosas, afirmó:
“También yo podría decir al enseñarles a ustedes ese líquido: he recogido mi
propia gota de agua en la inmensidad de la Creación, y la he recogido rebosante
de un elixir fecundo, es decir, en la lengua de la ciencia, colmada de los
elementos adecuados para el desarrollo de los seres inferiores. Y he esperado,
y la he observado, y la interrogado, y le he pedido que accediera a reanudar la
primigenia creación, para que yo pudiera verla. ¡Sería un espectáculo tan
hermoso! ¡Pero permanece muda! Hace ya varios años que comencé mis experimentos
y sigue muda porque la he alejado, y la sigo alejando, de lo único que no le ha
sido dado al hombre crear, la he alejado de los gérmenes que flotan en el aire,
la he alejado de la vida, pues la vida es el germen y el germen es la vida”.
La Academia de Ciencias cita después a Pouchet para
que lleve a cabo sus propios experimentos frente a los miembros de la comisión.
Pouchet abandona entonces la contienda. Poco después, la comisión encargada por
la Academia de Ciencias dictaminó: “Los hechos observados por Monsieur Pasteur,
y rebatidos por los señores Pouchet, Joly y Musset, son absolutamente exactos”.
La larga contienda científica entre Pasteur y
Pouchet parecía haber concluido con los hechos referidos, no así la
controversia sobre la generación espontánea, que volverá a resurgir en el año
1872, en Inglaterra, tras publicarse por el biólogo Henry Charlton Bastian un
libro sobre el comienzo de la vida y los orígenes de la transformación de los
organismos inferiores. Bastian reavivó la polémica al aportar datos que
parecían favorecer la hipótesis de la generación espontánea. El trabajo de
Bastian consistía en establecer las condiciones químicas que él consideraba
adecuadas para la aparición de la vida. De acuerdo con su hipótesis, la acidez
impedía el desarrollo de la vida y, por tanto, era necesario neutralizar esa
acidez para que se diesen las condiciones adecuadas. Diseñó sus experimentos
con orina ácida calentada y, por tanto, supuestamente libre de microorganismos.
La orina ácida calentada y resguardada del aire permanecía clara; sin embargo,
si el pH, normalmente ácido de la orina, se cambiaba adicionando unas gotas de
potasa, las muestras se enturbiaban. Estos hallazgos cuestionaban los de
Pasteur e introducían una nueva incertidumbre.
El físico inglés John Tyndall y el propio Pasteur
pusieron en entredicho el supuesto experimento de Bastian, pues tenía serias
dudas de que se hubiera logrado la esterilización de la orina ácida, por una
parte, y de que la solución de potasa añadida estuviera libre de
microorganismos, por otra. Pasteur se plantea la tarea de estudiar todos los
aspectos del experimento y encuentra una diferencia crucial: la temperatura a
la cual se calientan las infusiones en sus ensayos es mayor que la utilizada en
los estudios de Bastian. Repite los experimentos realizados por éste, siendo
muy cuidadoso en la esterilización; el resultado: no obtiene desarrollo de
microorganismos. Nace así, la necesidad de esterilizar siempre a altas
temperaturas.
John Tyndall, un físico inglés de observación aguda
y método riguroso, daría el golpe definitivo. Sus experimentos, publicados en
1877, confirmaron los hallazgos de Pasteur y, siguiendo una línea de trabajo
distinta, llegó a las mismas conclusiones; además, demostró la gran resistencia
al calor de las esporas bacterianas (previamente descubiertas por Cohn) e ideó
un método de esterilización fraccionado.
De esta manera, la doctrina de la generación
espontánea había recibido su impugnación final. El camino para el progreso de
la microbiología y el nacimiento de la teoría microbiana de la infección
quedaba así definitivamente expedito. Era otra de las grandes contribuciones de
Louis Pasteur a la medicina en particular y a la ciencia en general.
La refutación de la generación espontánea tuvo importantes repercusiones en
el estudio y control de las enfermedades infecto—contagiosas. Hospital de
apestados (F. Goya).
Capítulo 14
La teoría microbiana y su repercusión en Medicina y Salud Pública
Mª Luisa Gómez—Lus, José González
La teoría microbiana de la infección no sólo
constituye uno de los hitos clave de la historia de la medicina y el punto de
partida de la microbiología científica, sino también uno de los más importantes
avances sociosanitarios en la historia de la humanidad. El establecimiento de
la teoría microbiana de la infección tuvo sus principales repercusiones en el
impulso de la mentalidad etiopatológica en la asistencia al enfermo, en el
progreso de la higiene y la sanidad públicas, en la evolución de la asepsia y la
antisepsia y, con ellas de la profilaxis quirúrgica, así como en el desarrollo
de la quimioterapia y la inmunización a partir de las investigaciones de Paul
Ehrlich.
§. Precursores de Pasteur en la búsqueda del origen
de las enfermedades contagiosas
Ya en la culturas antiguas y clásicas existen
precedentes de la intuición de algunos médicos y escritores no médicos de la
presencia en el aire de organismos productores de enfermedades. Así, podemos
encontrar en Varrón (siglo I a. C.) la denuncia del peligro de los pantanos
como fuente de contagio, porque “engendran pequeños animales imperceptibles que
penetran en el cuerpo por la boca y las narices con el aire que se respira y
provocan enfermedades molestas”.
Sin embargo, el primer gran peldaño en la búsqueda
del origen específico de la enfermedad infecciosa hay que buscarlo en la obra
de Teofrasto Bombast von Hohenheim, más conocido como Paracelso (1493—1541), el
gran rebelde contra la patología humoral galénica. Paracelso hizo frecuentes
referencias a muchos procesos infecciosos descritos por la medicina
tradicional, introduciendo en sus descripciones elementos nuevos, entre los que
hay que destacar la concepción de la enfermedad infecciosa como la alteración de
mecanismos químicos en el organismo, que podía ser provocada por el desarrollo
de “semillas morbosas” a causa de la corrupción del cuerpo debido al “ens
astrale” o al “ens Dei”. Paracelso basó sus ideas en la observación y en la
experimentación y tuvo el mérito de buscar un remedio específico para cada
enfermedad, preconizando el empleo de mercurio para el tratamiento de la
sífilis, enfermedad cuyo nombre procede de un bello poema: Syphillis
sive morbus gallicus(1530) del médico italiano G. Fracastoro, quien
describió imaginativamente las aventuras de un pastor —Syphillo— que comete un
grave ultraje contra Apolo y éste le castiga enviándole un mal espantoso, del
cual el pastor sólo se libraría tras bañarse en aguas mercuriales.
Años después, Fracastoro defendió en otro famoso
libro, De Contagione et Contagiosis morbis, que la sífilis y otras
enfermedades infecciosas, como la peste, la viruela y el sarampión, eran
causadas por diminutos “gérmenes” o “seminarias” y se transmitían de persona a
persona. La obra general de Fracastoro representa un verdadero hito en la patología
infecciosa, pues contribuyó decisivamente al conocimiento y al control de las
enfermedades infecciosas pudiendo considerarse punto de partida de la moderna
epidemiología. En ella se estudian de forma amplia y precisa las causas, la
naturaleza y las consecuencias del contagio. Según el gran médico veronés:
“Para que exista el contagio son necesarios siempre dos factores, ya sean dos
individuos diferentes, ya sean dos partes continuas de un mismo individuo”.
Además, de acuerdo con los planteamientos de Fracastoro, es necesario
distinguir tres tipos de contagio: la transmisión de hombre a hombre, la
transmisión indirecta por medio de objetos y la transmisión a distancia.
Aunque la teoría de Fracastoro sobre el origen de
las enfermedades infecciosas era de una extraordinaria claridad, no se pudieron
hacer progresos en su conocimiento hasta que se inventaron los microscopios y
pudieron ser utilizados para la identificación exacta de las “seminarias” de
Fracastoro. El primero en comprobar las tesis de Fracastoro fue el jesuita
alemán A. Kircher, a quien puede atribuirse el inicio de la microscopía médica.
Kircher advirtió hacia mediados del siglo XVII la presencia de colonias de
seres vivos en la sangre y en la materia orgánica corrompida, que
corresponderían a las semillas de Fracastoro, aunque sin comprender la
naturaleza de lo que veía. Es más: llegó a confundir agrupaciones de hematíes
con pequeños gusanos perniciosos que él identificaba con los supuestos gérmenes
de Fracastoro.
El primer hombre que comunicó haber visto microbios
de forma concreta fue el holandés Antonio van Leeuwenhoek, quién se ayudó para
sus observaciones de un microscopio simple construido por él mismo. El hallazgo
fue comunicado a la Royal Society de Londres en 1676. Por su descripción hoy
sabemos que eran protozoos y bacterias a las que llamó “animálculos”. En una
carta posterior a la citada comunicación, Leeuwenhoek describió con detalle
diversas formas de bacterias que encontró en las heces del hombre y de animales
y en el sarro de sus propios dientes; a esta carta acompañaba un dibujo de las
bacterias, lo que demuestra que Leeuwenhoek vio las principales formas
bacterianas, como cocos, filamentos y espiroquetas. El microscopista holandés
creyó que el aire era la fuente de sus criaturas microscópicas y que existían
en este medio en la forma de semillas o gérmenes. Parece dudoso que Leeuwenhoek
conociera el libro de Fracastoro comentado anteriormente, ya que se había
publicado mucho antes.
En 1678 Hooke confirmó el descubrimiento de
Leeuwenhoek y durante la primera mitad del siglo XVIII los “animálculos” fueron
vistos y descritos por algunos observadores, estableciéndose así las primeras
clasificaciones de las bacterias antes de que se relacionaran con las
enfermedades, aunque ya en 1663 R. Boyle había sugerido que algunas
enfermedades, como “fiebres y otras”, podrían ser una forma de fermentación,
cuyo origen sería un agente similar al causante de la fermentación del pan o el
responsable de la producción de vino y la elaboración de la cerveza. Un siglo
después Marcus Plenciz expresó claramente su opinión de que las enfermedades
infecciosas se extendían por el aire mediante “animalitos” contagiosos y que
cada enfermedad tenía su propio organismo causal (especificidad).
El filósofo G. Leibniz, impresionado por el “nuevo
mundo” de seres nunca vistos anteriormente que estaba siendo revelado por el
microscopio, introdujo el concepto de mónada para designar la
unidad elemental de la vida. Durante dos siglos las mónadas fueron
interpretadas tanto como fuente original de las especies como recurso de
transformación y sustitución de las mismas.
Por su parte, B. Marten planteó que la causa de la
tisis podía ser “ciertas criaturas vivas, maravillosamente diminutas (.)
capaces de subsistir en nuestros jugos y vasos”, pero desgraciadamente su
planteamiento no tuvo demasiado eco.
Desde un principio la confusión en torno a los
animalitos de Leeuwenhoek fue extraordinaria, como lo prueba el hecho de que
Linneo incluyera inicialmente en el género Vermes los
microorganismos observados por el gran investigador holandés, aunque
posteriormente formaría una clase con bacterias y protozoos que denominó Chaos
infusorium. La primera clasificación importante no llegaría hasta
finales del siglo XVIII cuando Müller introdujo los términos Vibrio y Monas. El
primero ha resistido la prueba del tiempo, pero el segundo no. Ya entrado el
siglo XIX, Ehrenberg estableció el género Bacterium (de la
palabra griega “Bacterion”, que significa “bastoncillo”), y realizó una
clasificación sencilla basada en la técnica de tinción de los microorganismos
con carmín o índigo en polvo.
Paracelso concibió la enfermedad infecciosa como alteración de los
mecanismos químicos en el organismo debida al desarrollo de “semillas
morbosas".
§. El contagio y la teoría del germen
A pesar de que en el transcurso del Mundo Moderno
numerosos autores, algunos de ellos de la talla de G. Fracastoro, A. Kircher y
B. Marten, habían sostenido que determinadas enfermedades contagiosas estaban
causadas por organismos vivos, ninguno pudo ofrecer una prueba experimental que
lo evidenciara. Faltaba un razonamiento deductivo derivado de una observación
de hechos concretos; a su búsqueda se dedicaron afanosamente distintos
investigadores durante la primera mitad del siglo XIX.
El primero que puso de manifiesto que los
organismos vivos podían ser la causa de las enfermedades infecciosas fue el
agrónomo italiano A. Bassi. En una notable serie de investigaciones, Bassi
demostró, a partir de 1834, que cierta enfermedad de los gusanos de seda (la
muscardina) la provocaba un hongo que podía transmitirse de un gusano a otro.
Ese mismo año, T. Schwann demostraba que las levaduras eran seres vivos y
llegaba a la conclusión de que los procesos de fermentación y putrefacción
estaban relacionados con organismos vivos; además Schwann, junto con el
botánico alemán M. J. Schleiden, dio un importante impulso al establecimiento y
aceptación definitiva de la teoría biológica de la vida, la cual define a la
célula como la unidad estructural de cualquier forma de vida vegetal o animal
(1835). Por esa misma época, F. Schzule reforzaba la teoría biogénica de
Schwann y rechazaba la generación espontánea y, por otra parte, se confirmó el
papel de Sarcoptes scabiei en la etiología de la sarna, se
descubrieron los principales hongos y levaduras y se pudieron establecer los
agentes responsables de las tiñas y las aftas en el hombre, comprobándose su
contagiosidad.
En 1838, el mismísimo Charles Darwin, padre de la
teoría de la evolución, relacionó la viruela, la rabia y otras enfermedades que
compartían tanto los animales como los seres humanos, estableciendo así un nexo
de unión entre el origen de ambos. Pese a que Darwin desconocía que los
microorganismos eran los que causaban las enfermedades infecciosas, había
referido con precisión el mecanismo de coadaptación entre parásitos, lo que les
permitía luchar hasta adquirir “adaptaciones” de todo tipo; estas “adaptaciones”
podían acabar con la muerte de los humanos parasitados. Fueron necesarias casi
cuatro décadas de conjeturas hasta que Ferdinand Cohn, catedrático de
Fisiología vegetal de la Universidad de Breslau, remitió a Charles Darwin la
publicación en la que se establecía la hipótesis de que los bacilos podían ser
la causa de la enfermedad, definiéndolos cómo “el menos importante pero también
el más poderoso, de los seres vivos”. Resulta sobrecogedor imaginar a Darwin
afirmando, tras recibir la nota de Cohn: “Recuerdo bien haberme
dicho a mí mismo, hace entre veinte y treinta años,
que si alguna vez podía probarse el origen de una enfermedad infecciosa, sería
el mas grande triunfo de la ciencia y ahora me regocijo por poder haber sido
testigo del triunfo”.
La conexión entre microorganismos y enfermedades
infecciosas fue establecida no mucho después de los estudios de Darwin. En
1850, C. J. Davaine y P. F. O. Rayer comunicaban a la Sociedad Francesa de
Biología la observación de “pequeños cuerpos filiformes que tenían,
aproximadamente, doble longitud que un glóbulo sanguíneo” en la sangre de un
cordero muerto de carbunco. Se trataba de la primera vez que se observaba in
situ una bacteria patógena dentro de su huésped y, aunque al principio
la presencia de estos organismos en forma de bastoncillos no se relacionó con
la enfermedad, posteriormente Davaine demostró experimentalmente que el ántrax
se podía transmitir a animales sanos cuando se les inoculaba con sangre que
contuviera dichos gérmenes.
En el año 1856 se descubrió el papel específico de
las heces de los enfermos tíficos en la transmisión de la enfermedad y K.
Liebermeister, previamente al descubrimiento del bacilo, sugirió la existencia
de un contagio “vivo” como causa de la fiebre tifoidea, demostrando la
importancia del agua potable contaminada en la endemias y epidemias.
Semmelweiss reconoció que las manos del personal sanitarios eran una fuente
de contagio importante de fiebre puerperal en las maternidades de los
hospitales.
La aparición de Del origen de las especiesde
Charles Darwin en 1859 tuvo una gran repercusión en el pensamiento médico y
social, creándose una corriente darwinista que consideraba la teoría de la
selección como un mal necesario de la lucha por la existencia; en este sentido,
el mal del siglo, la tuberculosis, y otras enfermedades infectocontagiosas se
presentaba como un extraordinario factor de selección, que aniquilaba a los
menos resistentes y salvaba a los más vigorosos. Por su parte, L. Pasteur, tras
la lectura de la teoría de la evolución, cita en una nota detrás de un párrafo
en el que describía el papel de los microorganismos en la fermentación:
“Similarmente se puede concluir que las enfermedades contagiosas deben su
existencia a causas de la misma naturaleza”. Esta nota fue escrita para ser
transmitida al Ministro de Instrucción Pública y Cultura y, a través de él,
para que llegase al emperador Napoleón III. Esta nota parece ser una precoz y
enigmática indicación que hizo Pasteur asociando microbios y enfermedades
infecciosas, pero no fue hasta 1865, una vez que comenzó a trabajar en los
problemas de la industria de la seda, cuando Pasteur fue consciente de la
enfermedad del gusano de la seda y su origen infeccioso.
Ya en 1868 J. A. Villemin demostró que la
tuberculosis podía transmitirse de un animal a otro mediante la inoculación de
material infeccioso. En este mismo año, O. Obermeier indicó que había
encontrado un gran número de pequeños organismos, en forma de espirilos, de
manera constante en la sangre de pacientes aquejados de una enfermedad llamada
“fiebres recurrentes”. Durante los cuatro años siguientes Obermeier estuvo
confirmando cuidadosamente su descubrimiento bajo la atenta vigilancia de R.
Virchow. Se había demostrado por primera vez la presencia de un microorganismo
patógeno en la sangre del hombre, haciéndose así evidente la relación existente
entre las enfermedades contagiosas y los organismos microscópicos.
Al mismo tiempo que se avanzaba en el conocimiento
de la relación microbio—enfermedad infecciosa, también se producían progresos
considerables en el estudio de la morfología y la clasificación de los
microorganismos. Así, en 1838, C. G. Ehrenberg publicó la primera obra en la
que las bacterias aparecen descritas correcta y detalladamente; poco después,
M. Perty realizaba un estudio monográfico sobre los microorganismos, entre los
que distinguía los de naturaleza vegetal y dividía los Vibrionida en
Spirillinay Bacterina; en 1872, F. Cohn publicó la primera
clasificación de las bacterias, separándolas de los demás “animalillos”,
situándolas en el reino vegetal al lado de los hongos y estableciendo cuatro
grandes grupos morfológicos. Cohn contribuyó de manera extraordinaria a la
divulgación de la ciencia con la fundación en 1875 de la revista Beitrage
zur Biologie der Pflanzen.
Paralelamente al mejor conocimiento sobre los
“microbios”, término utilizado por primera vez por C. E. Sédillot en un tratado
sobre las epidemias, se adelantó considerablemente en el estudio de las
enfermedades infecciosas. Entre 1820 y 1830 el gran clínico francés P.
Bretonneau elaboró su doctrina de la especificidad etiológica, en la que
defiende el carácter específico de las enfermedades epidémicas: “Un germen
especial propio de cada contagio da origen a cada enfermedad contagiosa. El
germen productor es el que engendra y disemina las plagas de las enfermedades
epidémicas”.
En la década siguiente, también en Francia, J. B.
Hameau desarrolló con mucha exactitud la teoría del “contagium vivum”, mientras
que en Alemania J. Henle, maestro de R. Koch, reconocía la contagiosidad y la
naturaleza parasitaria de ciertos procesos mórbidos y dividía las enfermedades
endémicas y epidémicas en tres grupos: miasmáticas y no contagiosas, como
podría ser el paludismo; miasmáticas y contagiosas, entre las que se
encontraban la peste, el cólera, la viruela, el tifus, el sarampión, etc.; contagiosas
y no miasmáticas, de las que serían buen ejemplo representativo la sífilis, la
tiña y la sarna.
Así, a mediados del siglo XIX, era evidente para un
amplio grupo de investigadores que algunos gérmenes se extienden por el aire,
otros por el agua, algunos se encuentran en el suelo y otros que se transmiten
por contacto entre las personas. Además, se reconocía que una persona sana
podría ser portadora de gérmenes y contagiar a otras provocando su enfermedad.
El mejor ejemplo de ello fue el caso de la fiebre
puerperal: entre el 10 y el 15% de las mujeres embarazadas que entraban en las
maternidades de los hospitales europeos morían a causa de esta enfermedad y en
algunas de ellas, como la del Hospicio General de Viena, la tasa superaba el
40%. En 1861, tras la muerte de su amigo y colega J. Kolletschka a causa de la
contaminación con el mismo patógeno de la fiebre puerperal de una herida que se
produjo en el trascurso de una disección, I. Ph. Semmelweiss reconoció, como
años atrás lo hiciera en un importante artículo acerca del origen y la
transmisión de la fiebre puerperal O. W. Holmes, que las manos de médicos,
estudiantes en prácticas y comadronas eran vehículo de contagio concluyendo
que: “los dedos contaminados son los que conducen las partículas cadavéricas a
los órganos genitales de las mujeres encinta, y sobre todo al nivel del cuello
uterino”. A continuación estableció en la maternidad de Viena una regla
estricta que obligaba al personal sanitario a lavarse las manos en una
disolución de cal clorada antes de proceder al examen interno de las pacientes;
el resultado fue espectacular: la tasa de mortalidad de las parturientas
descendió a sólo el 1%.
A pesar de su éxito, I. Ph. Semmelweiss encontró
gran oposición entre una buena parte de sus colegas y no logró convencer a sus
críticos; incluso sus resultados no fueron aceptados de forma general hasta
mucho tiempo después de su muerte. El propio Semmelweiss se confiesa a su
camarada Markvsovsky: “Todos los horrores de los que diariamente soy impotente
testigo me hacen la vida imposible. No puedo permanecer en la situación actual,
donde todo es oscuro, donde lo único categórico es el número de muertos”. Semmelweiss
acabaría sus días desesperado, internado en un psiquiátrico y suicidándose, una
vez perdidas la lucidez y la razón. Por tanto, no pudo tener la satisfacción de
ver cómo el uso de la antisepsia empezaría a propagarse desde entonces.
En 1867, dos años más tarde de que L. Pasteur
ideara el proceso de destrucción de las bacterias conocido como
“pasteurización”, J. Lister utilizó el ácido fénico para pulverizar la sala de
operaciones con el fin de destruir los microorganismos que infectaban el campo
operatorio y aplicaba curas de pomadas fenicada para el tratamiento de heridas
infectadas; con ello, consiguió reducir la mortalidad operatoria —debida
principalmente a gangrena y septicemia— en más del 40%.
§. Los trabajos definitivos de Pasteur y Koch
La serie de hechos relatados jugaron un papel
importante en la actitud de los médicos hacia la consideración de que algunas
enfermedades del hombre podían deberse a microbios. Sin embargo, esta idea no
fue aceptada fácilmente y de manera general, ya que para algunos resultaba
ilógico que las enfermedades del hombre pudieran provocarlas primariamente
aquellos diminutos organismos vivos. Para los partidarios de la espontaneidad
patógena, “la enfermedad está en nosotros, y es de y para nosotros”. Se hacía necesario
probar, como insistía Henle, que el organismo patógeno no sólo se encontraba
presente de forma constante en la enfermedad, sino que podía ser aislado y
reproducir la enfermedad al inocularlo en otro animal. Esta prueba final fue
aportada brillantemente por Robert Koch y Louis Pasteur.
A lo largo de cuatro años Koch, que se había
instalado como médico en Wollstein, al este de Prusia, realizó un estudio
especial sobre el ántrax que en aquella zona constituía un grave problema
económico y sanitario, ya que afectaba con frecuencia a animales y personas.
Ayudándose de un buen equipo de laboratorio, Koch estudió detenidamente los
repetidos exámenes de sangre y tejidos de animales enfermos y observó en ellos
la presencia constante de ciertos tipos de bacterias. Aisló el microorganismo y
lo inyectó en ratones y conejos produciendo en ellos una afección similar. En
1876 R. Koch dio a conocer los resultados de su estudio, en los que se
demostraba el ciclo de vida del bacilo del carbunco y se probaba la capacidad
de los cultivos de este microorganismo para producir la enfermedad.
L. Pasteur, en trabajos acerca del carbunco
independientes de los de R. Koch, apoyó las conclusiones de éste y aportó
pruebas irrefutables de cómo las enfermedades contagiosas del hombre y de los
animales se deben a microorganismos vivos. En 1877 L. Pasteur consiguió
transmitir el carbunco mediante la sangre de animales enfermos o muertos de
dicha enfermedad, descubrió que los bacilos carbuncosos presentan esporas que
necesitan ser destruidas por temperaturas altísimas obtenidas por medio de
técnicas de esterilización y demostró que dichas esporas son las responsables
de la permanente “infección” de los pastos al ser arrastradas desde los
cadáveres enterrados hasta la superficie mediante las lombrices del suelo. En
1880, después de una famosa experiencia pública Pasteur logró la primera vacuna
con gérmenes vivos atenuados por métodos artificiales. Además, en trabajos que
se extendieron desde 1857 a 1876, Pasteur convenció al mundo científico de que
todos los procesos fermentativos son los resultados de la actividad microbiana,
demostrando que cada tipo fermentación iba acompañado de un tipo específico de
microorganismos, muchos podían ser reconocidos por las condiciones que
favorecían su desarrollo.
A partir de las pruebas aportadas por R. Koch y L.
Pasteur, la teoría del germen de la enfermedad fue universalmente aceptada y
quedaba abierta una era de investigación en microbiología a la que tantas
contribuciones aportaron ellos mismos y sus discípulos. En un período de tiempo
extraordinariamente corto se realizó la ingente labor de descubrir e
identificar la mayoría de los microorganismos patógenos para el hombre y los
animales.
Al comenzar el siglo XX la mayoría de los más
importantes microorganismos habían sido ampliamente estudiados y la teoría del
origen microbiano de la enfermedad infecciosa era aceptada de manera universal.
La microbiología médica estaba constituida como disciplina autónoma, con su
material y métodos propios y con su fecunda proyección hacia la clínica, la
epidemiología y la higiene. Con el nacimiento de la microbiología quedaba
completo el cuadro de las ciencias médicas consideradas como fundamentales y se
añadía una nueva mentalidad que enriquecía las dos orientaciones anteriores del
pensamiento médico (la mentalidad anatomoclínica y la mentalidad
fisiopatológica).
§. La mentalidad etiopatológica de la ENFERMEDAD
La denominada “mentalidad etioaptológica”, es
decir, el conocimiento científico de la enfermedad mediante la explicación
causal de los fenómenos, tuvo sus más brillantes contribuciones en tres obras
fundamentales: la “Teoría de los gérmenes” de L. Pasteur, que estableció
definitivamente el origen microbiano de la enfermedad infecciosa; las famosas
“Reglas de R. Koch” para poder afirmar científicamente que un determinado
microbio es el causante de una determinada enfermedad; y el “aserto de E.
Klebs”, según el cual la enfermedad es siempre infección, es decir, la
expresión de un combate entre el organismo y el germen infectante, por lo que
el cuadro clínico depende de su peculiaridad biológica.
Sin caer en el carácter restrictivo que toda
doctrina lleva implícita, la medicina del siglo XX ha hecho suyas bastantes
nociones propias de la mentalidad etiopatológica y, lo que es más importante,
se han extendido fructíferamente las bases científicas del tratamiento y se ha
pasado de atacar la causa interna de la enfermedad a intentar suprimir su causa
externa.
Así, pues, a finales del siglo XIX la mentalidad
etiopatológica tomó el protagonismo que, a lo largo de las décadas anteriores,
habían tenido sucesivamente la mentalidad anatomoclínica (X. Bichat), cuyo
objetivo era relacionar los síntomas con las lesiones anatómicas, y la
mentalidad fisiopatológica (C. Bernard), que entendía los trastornos
funcionales del organismo como procesos energéticos o materiales. En un
principio, la mentalidad etipopatológica, cuyo objetivo central era la
construcción de una etiología de base experimental, tuvo sus principales
contribuciones en el terreno de las enfermedades infecciosas (Pasteur y Koch) y
toxicológicas (Buenaventura Orfila), pero pronto impregnaría al resto de la
medicina y la etiología de base psíquica, que tuvo en S. Freud su figura
central, y la de base social, cuyo impulso definitivo se debió a A. Grotjhan,
vendrían a completar la de base experimental.
Las tres mentalidades descritas acabaron
integrándose unas con otras y, con sus posteriores añadidos moleculares y
genéticos, dieron lugar al modelo científico de la práctica médica en los
países occidentales a lo largo del siglo XX., de tal forma que el estudio de
una enfermedad no era posible sin atender de forma complementaria a su
etiología, fisiopatología y anatomopatología. Este modelo biopatológico se ha
tratado de sustituir con éxito desigual en las últimas décadas por el modelo
biopsicosocial.
Los trabajos de R. Koch fueron decisivos para establecer los fundamentos de
la teoría microbiana de la infección.
§. Quimioterapia y Antimicrobianos
El nacimiento de la microbiología científica y la
aparición de la mentalidad etiopatológica en medicina gracias a los trabajos de
Pasteur fueron, junto con la expansión de la farmacología experimental y el
desarrollo de la síntesis química, las bases del cambio en la manera de
concebir la terapéutica. En el tránsito del siglo XIX al XX, se creó el
Instituto de Terapéutica Experimental de Frankfurt y, bajo la dirección de Paul
Ehrlich, se iba a cambiar el rumbo de la terapéutica partiendo de un nuevo programa
de investigación, que daría lugar a la creación de la quimioterapia moderna y a
la doctrina central de la farmacología molecular: aquella que relaciona la
estructura molecular del producto a administrar, los compuestos de las células
sobre las que actúa y el efecto biológico observado a nivel superior.
La terapéutica experimental, tal y como la concibió
Ehrlich, tenía como objetivo prioritario lograr en el laboratorio productos
químicos específicos para cada enfermedad, es decir, productos que, bien fueran
aislados de drogas naturales o bien fueran obtenidos sintéticamente, se fijaran
selectivamente en los órganos afectos de una determinada patología y resultaran
inocuos para todos los demás. De esta manera, los tratamientos pasarían de ser
sintomáticos a poder realizarse bajo un concepto etiológico. Para conseguir tal
propósito había que superar el método de investigación de la farmacología
experimental, fundamentado durante años en la experimentación con animales
sanos, haciendo de la investigación en animales enfermos el paso previo a la
utilización de fármacos específicos en el hombre. Esa fue la tarea emprendida
por Ehrlich.
El gran investigador alemán, influido por la
mentalidad etiopatológica de la época, intentó ampliar el concepto de
especificidad trasladándolo del campo de la patología infecciosa al de la
terapéutica. Ehrlich postuló la existencia en las células de unas “cadenas
laterales específicas” a las que denominó receptores, con una estructura
química y estética singular, que sólo podían combinarse con anticuerpos que
poseyeran una composición química y una forma adecuada. Imaginó la existencia
de un sistema estereoespecífico entre fármaco y receptor, que gráficamente
definió como un sistema “llave—cerradura”. Posteriormente observó que pequeños
cambios en la estructura química de los productos antiparasitarios afectaban de
manera notable a su potencia de acción y a su toxicidad frente al huésped.
Estos hallazgos confirmaron la validez del concepto de receptor y fueron el
punto de partida para obtener agentes quimioterápicos capaces de unirse
específicamente a los receptores del germen patógeno, pero no a los de las células
del huésped.
Partiendo de la teoría microbiana y de su idea de
“bala mágica”, hecha realidad con el descubrimiento del Salvarsán y
Neosalvarsán, Paul Ehrlich abrió un nuevo camino en el desarrollo de la
farmacología; a partir de sus trabajos las acciones de los fármacos pudieron
ser consideradas como consecuencia del establecimiento de interacciones
fisicoquímicas en sitios de acción definidos. Patogenia y terapéutica quedaban
así indisolublemente unidas en la historia de la medicina.
Claude Bernard, quien puede considerarse el precursor de la fisiología y la
terapéutica experimentales, fue un buen amigo de Pasteur.
En cuanto a los antimicrobianos, en 1877, se
produjo un hecho de gran trascendencia para el desarrollo posterior de la
terapéutica antimicrobiana por las implicaciones prácticas que el fenómeno
podía tener. L. Pasteur y J. Joubert notaron que los bacilos del carbunco
crecían rápidamente cuando se inoculaban en orina esterilizada, pero no se
multiplicaban y morían pronto si una de las bacterias comunes del aire se
introducía al mismo tiempo en la orina. Este experimento produjo resultados
similares en animales y en su trabajo Charbon et septicemieambos
autores explicaban el antagonismo observado, comentando que “la vida destruye a
la vida” y declarando que “estos hechos tal vez justifican las más amplias
esperanzas para la terapéutica”.
En los años siguientes a la publicación de Pasteur
y Joubert aparecieron un gran número de artículos que indicaban la capacidad de
las “bacterias superiores, los mohos y los hongos” para destruir ciertas
bacterias, pasando algunos autores al terreno de la práctica. Cantani (1885)
empleó un cultivo de Bacterium thermo para tratar un caso de
tuberculosis pulmonar; R. Emmerich y O. Low (1889) utilizaron con fines
terapéuticos la “piocianasa”, una sustancia antibiótica obtenida de P.
ae— ruginosa que inhibía cocos y bacilos patógenos, despertó un gran
interés y fue ampliamente utilizada en las dos décadas siguientes; R. Koch
(1890) introdujo la tuberculina no como prueba de sensibilidad tal y como se la
conoce hoy, sino como tratamiento antituberculoso específico, consistente en un
extracto glicerinado obtenido de cultivos puros del bacilo tuberculoso (“Linfa
de Koch”); finalmente, A. Vaudremer observó el antagonismo de Aspergillus
fumigatus y el bacilo tuberculoso, por lo que utilizó los extractos de
este moho en el tratamiento de la tuberculosis. Mientras tanto, en 1889, M.
Vuillemin, en un trabajo titulado Antiboise et simboise, creó el
término “antibiosis” para describir la lucha entre los seres vivos para lograr
la supervivencia y, diez años más tarde, M. Ward adaptó esta palabra para
describir el antagonismo microbiano.
En 1891 E. Klein planteó cuatro formas principales
que podían ser utilizadas en la lucha contra las bacterias: antagonismo químico
ofrecido por los tejidos sanos, acción germicida de la sangre y jugos tisulares
de animales no susceptibles a la multiplicación de bacterias patógenas,
antagonismo entre las bacterias y sus propios productos químicos, antagonismo
de una especie y sus productos químicos frente a otras especies.
En 1895 V. Tiberio observó la acción antibiótica de
diferentes extractos de mohos (Aspergillus, Mucor, Penicillium) frente
a diversos microbios in vitro e in vivo —ensayos
con conejos inoculados con bacilos tíficos coléricos—, mientras que, en 1896,
E.A. Duchesne atribuyó esta acción a la producción de determinadas sustancias
tóxicas. Ese mismo año, B. Gossio utilizó, por primera vez, el hongo Penicillium
glaucum en un intento fallido de producir una sustancia antibacteriana
y el propio Duchesne hizo notar que algunos gérmenes patógenos, como el bacilo
de Eberth, podían ser inhibidos incluso in vivo por Penicillium.
Así, pues, durante las últimas décadas del siglo
XIX y primeros años del siglo XX se demostró la existencia de diversas
sustancias antimicrobianas en cultivos bacterianos, algunas de las cuales
llegaron a probarse clínicamente, aunque se descartaron a causa de su
toxicidad. Era la representación en el laboratorio del fenómeno natural que
cada día se escenifica en los suelos, las aguas y otros hábitats naturales.
Sin embargo, la recta final hasta la realidad de
los antibióticos como terapéutica eficaz de las infecciones bacterianas no pudo
encararse hasta los primeros días de Septiembre de 1928 cuando Alexander
Fleming, que tenía una amplia experiencia con los efectos bacteriolíticos de la
lisozima, se encontró, a la vuelta de sus vacaciones de verano, con un hecho
fantástico: un hongo, que había contaminado uno de sus cultivos de laboratorio,
en el hospital Santa María de Londres, poseía la capacidad de impedir el crecimiento
de estafilococos y dedujo que ese moho contaminante presentaba verdadera
actividad antibacteriana. Durante los días siguientes se dedicó, junto con sus
colaboradores, a obtener jugo del moho y a comprobar su eficacia y seguridad en
animales de experimentación, demostrando su poder antimicrobiano y su bajísima
toxicidad. No obstante, en el informe sobre sus hallazgos, publicado en mayo de
1929, en la revista British Journal of Experimental Pathology,
Fleming se mostró cauto y, aunque consciente de su hallazgo, únicamente comentó
que la sustancia descubierta por él, a la que bautizó como penicilina, tenía
algunas ventajas sobre los antisépticos conocidos, mostrando su alta eficacia
frente a S. aureus y los bacilos de la difteria; el resto del
artículo se centraba en el valor de la penicilina para el aislamiento de B.
influenzae. Para entonces, Fleming y su equipo ya habían tenido
oportunidad de valorar el uso de la penicilina en cuatro
pacientes, con resultados dispares, siendo calificada la nueva sustancia por S.
Craddorck, uno de sus colaboradores, como “el antiséptico de sus sueños, una
sustancia, que incluso diluida, seguía siendo bactericida, bacteriostática y
bacteriolítica”. Fleming durante toda su vida restó importancia a su trabajo y
otorgó a la fortuna un papel determinante en el descubrimiento de la penicilina. El
resto de la historia de los antimicrobianos, a partir de la introducción
clínica de la penicilina durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, es
bien conocida.
§. La antisepsia y la asepsia
En el campo de la cirugía, la revolución
terapéutica del siglo XIX se había propuesto derribar las barrera del dolor,
pero para luchar contra la de la infección necesitaba disponer de una
explicación científica de la misma, la que aportó la teoría microbiana; a tan
magna obra se dedicó el gran cirujano británico J. Lister, iniciador de la era
de la antisepsia.
Partidario de la teoría de los “gérmenes
ambientales” como causa de la infección y de las “brillantes investigaciones”
de L. Pasteur acerca de la doctrina microbiana, el planteamiento de Lister era
muy simple: puesto que Pasteur había demostrado que las sustancias putrescibles
podían preservarse de la putrefacción evitando la llegada de gérmenes a
ellas (Recherches sur la putrefaction), se podía impedir la
putrefacción de las heridas accidentales o de los tejidos escindidos
quirúrgicamente, destruyendo a los microbios y evitando que entrasen en las
heridas. Lister echaba así por tierra la doctrina clásica del “pus loable”,
todavía vigente y aceptada de forma más o menos generalizada en la comunidad
científica, según la cual la supuración se consideraba como una fase inevitable
de la cicatrización de las heridas.
A partir de este principio decidió tratar las
heridas con una escrupulosa esterilización de los instrumentos, utilizar
vendajes y apósitos desinfectados y acondicionar el quirófano para el acto
operatorio (“las bacterias están presentes en el aire”) con una sustancia capaz
de matar los gérmenes contaminantes de las heridas. Tras experimentar con otras
sustancias, Lister escogió el ácido fénico, realizando su primera operación con
éxito en 1865. Los resultados alcanzados con la pulverización de ácido fénico en
la sala de operaciones y la aplicación de pomada fenicada en las heridas fueron
publicadas en The Lanceten 1867, creando en sus colegas una mezcla
de admiración y desconfianza. A partir del tratamiento de la reina Victoria de
Inglaterra (1870) el procedimiento se popularizó y la técnica fue rápidamente
difundida a pesar de los efectos tóxicos del producto empleado, por lo que se
propusieron otras sustancias alternativas, como el ácido salicílico, el cloruro
de cinc y el alcohol etílico diluido.
Este principio revolucionó la cirugía, indefensa
hasta entonces frente a las infecciones y las heridas, y la reducción de la
infección quirúrgica no se hizo esperar. Había nacido la antisepsia al tiempo
que Lister era considerado como el padre de la profilaxis quirúrgica. Mientras
Lister agradecía profundamente a Pasteur haberle mostrado “la verdad de la
teoría de la putrefacción bacteriana” y haberle proporcionado “el sencillo
principio que ha convertido en un éxito el sistema antiséptico”, G.H. Stromeyer
le alababa a él dedicándole estas hermosas palabras: “Ahora la humanidad te
contempla agradecida por lo que has logrado en la cirugía, al hacer la muerte
más rara y lejana, al oler el glorioso antiséptico”.
En 1878, R. Koch demostraba taxativamente el origen
microbiano de las infecciones de las heridas accidentales o quirúrgicas. Ello
condujo a los cirujanos a pensar en evitar la entrada de los gérmenes y no
esperar a la desinfección una vez contaminada la herida. Poco después, G. A.
Neuber convertiría la antisepsia en asepsia, la cual se fundamentaba en un
planteamiento preventivo, no intentando destruir los gérmenes durante el acto
quirúrgico, sino evitando su aparición en el mismo al operar en un ambiente estéril.
Poco después, E. Von Bergman introdujo la esterilización mediante vapor
tratando de eliminar totalmente la viabilidad microbiana e implantando su
práctica habitual tanto para los guantes y ropas del cirujano y sus ayudantes
como para el instrumental quirúrgico.
Por tanto, la aplicación de la antisepsia y la
asepsia consiguieron vencer a la infección quirúrgica y reducir
extraordinariamente la mortalidad debida a ella, una vez que pudo disponerse de
una explicación científica acerca de la misma.
§. Inmunoterapia: Vacunas y sueros
Íntimamente ligada al establecimiento de la teoría
microbiana y el desarrollo de la microbiología fue la constitución de la
inmunología como ciencia, que si bien se había iniciado con la vacunación
jenneriana, tuvo en la extraordinaria obra de L. Pasteur y sus discípulos el
poderoso catalizador que la convertiría definitivamente en una de las más
atractivas disciplinas científicas. Esta transformación se apoyó en tres hechos
complementarios entre sí: el descubrimiento e investigación de distintos fenómenos
inmunológicos, el diseño y puesta en práctica de distintas técnicas de
inmunización y el desarrollo de una doctrina inmunológica.
Partiendo de los éxitos de la vacunación
antivariólica de Jenner y de los trabajos profilácticos de L. Pasteur, la
técnica de la vacunación se desarrolló mediante la inmunización activa con
gérmenes vivos de virulencia atenuada o la inmunización pasiva con gérmenes
muertos. De esta manera, se pudo tratar un buen número de enfermedades
infecciosas, entre ellas el cólera —verdadero azote epidémico durante todo el
siglo XIX—, las enfermedades características de los ejércitos en guerra, como
las fiebres tifoideas y paratifoideas y el tétanos, y otras varias, como la
rabia. La vacunación de Joseph Meister por Pasteur es uno de esos momentos
auténticamente inolvidables no sólo para sus protagonistas, sino también para
la memoria histórica de la humanidad, “un momento que, aunque aparentemente
singular, condensa en sí universos de esfuerzos, experimentación y abstracción
teórica” (José Manuel Sánchez Ron).
El escritor Axel Munthe da su versión de lo que él
mismo vivió en aquellos inolvidables días:
“El destino ha querido que el más adorable de los
animales sea portador de la más terrible de las dolencias: la hidrofobia. He
presenciado en el Instituto Pasteur las primeras fases de la larga batalla
entre la ciencia y el temido enemigo, y he asistido también a la victoria
final, que ha salido carísima (...). Estuve presente en muchas tentativas
fracasadas. Vi morir a muchas personas antes del tratamiento por el nuevo
método y después de él. Pasteur era violentamente atacado no sólo por toda
clase de ignorantes (...) sino también por muchos de sus mismos colegas; fue
asimismo acusado de ocasionar con su suero la muerte de varios de sus enfermos.
Él prosiguió su camino sin desanimarse por el fracaso (...). Era el mejor de
los hombres.”.
Pero Pasteur fue más allá; demostró que en ciertos
casos, la virulencia podría modificarse no sólo en el sentido de la atenuación,
lo que había llevado a éxitos extraordinarios en el tratamiento del cólera de
las gallinas y de la rabia, sino también en el de la exacerbación de la misma y
que estos hechos podían ser tanto de tipo cuantitativo como cualitativo,
llegando a sugerir que las epidemias podían engendrarse del aumento de la
virulencia de un germen determinado o bien de su capacidad para adquirir virulencia
para una nueva especie animal:
“Así como la virulencia se manifiesta con un nuevo
aspecto que puede ser perturbador para el futuro de la humanidad, a menos que
la naturaleza, en su larga evolución, haya experimentado ya todas las
oportunidades para producir las enfermedades contagiosas posibles, suposición
poco factible”.
La elaboración de vacunas con una finalidad
preventiva estimuló el esfuerzo por esclarecer las respuestas inmunitarias del
organismo, labor en la que destacaron E. Metchnikoff y P. Ehrlich —compartieron
el premio Nobel en 1908—, lo cual, a su vez, tuvo una gran repercusión en la
introducción de otra clase de agentes terapéuticos y profilácticos: las
antitoxinas.
Las vacunas y sueros han jugado un papel decisivo en el control de las
enfermedades infecciosas desde las últimas décadas del siglo XIX.
La inmunización mediante sueros se desarrolló en la
última década del siglo XIX a partir de los trabajos de E. Roux, A. Yersin, E.
von Behring y S. Kitasato. Los sueros terapéuticos o antitoxinas contenían los
anticuerpos generados por la sangre de animales, principalmente caballos, en
respuesta a la inyección de toxinas. Los dos primeros productos de este tipo,
las antitoxinas diftérica y tetánica, comenzaron a producirse comercialmente
poco después de su descubrimiento (1892), aunque su producción masiva y uso
generalizado no fue posible hasta 1915, una vez estallada la guerra y como
medida preventiva para los soldados del ejército alemán. Siguieron a
continuación los sueros para la neumonía neumocócica y la meningitis
meningocócica, que se obtenían inyectando la bacteria entera a animales de
laboratorio.
Las vacunas y sueros jugaron un papel decisivo en
el tratamiento de ciertas enfermedades infecciosas hasta finales de los años
treinta del siglo XX, pero su uso no estuvo exento de problemas, a veces de
consecuencias fatales. La exigencia de establecer estándares de pureza llevó al
establecimiento de leyes y regulaciones que controlaran la producción de estos
“compuestos biológicos” y comprobaran la eficacia de los mismos. En cualquier
caso, la inmunoterapia había conseguido ofrecer a finales del siglo XIX y
principios del XX una auténtica esperanza de “vencer la enfermedad pasando a
través de ella”. La ruptura con el pasado y la nueva mentalidad científica
quedan bien reflejadas en las palabras del bacteriólogo español Jaime Ferrán:
“En la lucha contra los microbios, como en la lucha contra los pueblos, todo es
cuestión de táctica y armamento. La que yo aconsejo es moderna y el armamento
de precisión y de grandes y probados alcances”. El espectacular éxito de la
vacuna tifoidea entre los soldados americanos durante la Segunda Guerra Mundial
no hacía sino confirmar las palabras de Ferrán y la reducción de las tasas de
la morbimortalidad infantil a lo largo del último siglo no hubiera sido posible
sin el espectacular desarrollo de la Inmunoterapia. Los niños habían dejado de
ser esas “flores caídas antes de generar fruto” a las que se refería el gran
Johan W. Goethe en Poesía y Verdad.
§. Medicina y Salud Pública
No podemos bajar el telón sin referirnos a
distintas disciplinas estrechamente ligadas a la teoría microbiana de la
infección y las enfermedades infectocontagiosas. En primer lugar, la higiene
pública y la medicina social.
La salud pública se centra en disciplinas que
estudian las poblaciones más que en pacientes individuales; mientras que los
médicos tratan a pacientes por enfermedades en un momento determinado, los
profesionales de salud pública diagnostican y controlan los problemas de las
comunidades.
Los trabajos de Pasteur fueron claves para el
desarrollo de la fase bacteriológica de la higiene pública; sus aportaciones
sobre la vacuna antirrábica dieron sentido a la vacunación, que había iniciado
Jenner, y sus estudios bacteriológicos permitieron que, en menos de veinticinco
años, la mayoría de los patógenos bacterianos responsables de las más
importantes enfermedades infecciosas humanas hubieran sido descubiertos y se
desarrollaran métodos para la prevención de las enfermedades, bien por la inmunización
artificial o por el establecimiento de medidas higiénica.
Los avances de Pasteur influyeron en gran medida en
la salud pública en su vertiente sociopolítica ya que aportaron diseños que
sirvieron para entender algunas enfermedades crónicas, que, con la mejora de
los programas estadísticos, pasaron a un primer plano de interés, mejorando el
estudio, entre otras de las enfermedades cardiovasculares y sus factores de
riesgo asociados y los tumores malignos. Por otra parte, al comprobarse la
etiología infecciosa de algunos procesos crónicos, la línea que delimita las enfermedades
agudas y crónicas fue cada vez más una frontera difícil de establecer.
En efecto, Pasteur nació en plena Revolución
Industrial y vivió una época de grandes avances tecnológicos, en medio de una
gran emigración de la población del campo a las ciudades y, por tanto, de
grandes concentraciones urbanas. Además, la Revolución produjo un cambio de
mentalidad, ideológico y sociológico: se trata de entender el mundo mediante la
razón, aupada por el pragmatismo y el empirismo; a través de la investigación y
de los ensayos se pueden desarrollar teorías, en este caso teorías ínter disciplinares,
que trataban de establecer el nexo entre el origen de las enfermedades
infecciosas y su prevención a través del nuevo ordenamiento de las ciudades.
Pese a que no existía un desarrollo en las facetas
del diagnostico y del tratamiento, sí se consideraba básico el establecimiento
de un control sobre las condiciones de vida, que permitiera valorar mediante la
observación tanto las necesidades de salud como las causas de muerte. Así los
“libros de contabilidad de la muerte” permitían establecer un acercamiento a
las causas de la misma dependiendo de la edad y del sexo. Este tipo de estudios
fue realizado por William Farr a partir de 1836 y durante cuarenta años, lo que
resultó clave en el reemplazo del sanitarismo por la “Medicina de Estado” en
Inglaterra, permitiendo identificar diversos factores en los patrones de muerte
y en la mejora de la salud pública, abandonar la especulación y orientar la
Medicina hacia la exactitud basada en la observación.
Los movimientos de reforma tuvieron gran impacto en la manera de atender a
los enfermos. Sala de espera (V. Makoswsky).
§. Higiene Pública
La fecunda labor llevada a cabo por J. P. Frank y
sus seguidores, el poso dejado por los ideales de la Revolución Francesa, el
impacto científico y social de la vacunación, las consecuencias de las grandes
epidemias, especialmente las de cólera y fiebre tifoidea, y las profundas
desigualdades económicas creadas en las nueva sociedad surgida tras la
Revolución Industrial confluyeron para espolear a la higiene pública hasta
convertirla en ciencia.
La conversión de la higiene pública en disciplina
científica puede asociarse a la creación del primer Instituto de Higiene, en
Münich, por parte de M. Von Pettenkofer y a la publicación por parte de este
mismo autor y de H. Von Ziemssen del Tratado de la Higiene, primera
obra sistemática de la disciplina. Durante el periodo de tiempo —casi un siglo—
transcurrido entre ambos acontecimientos se pueden señalar tres hechos
fundamentales: la aplicación de la estadística al estudio de los
problemas sanitarios cuyo impulsor fue el inglés E.
Chadwick, la fundamentación de la higiene pública en la investigación
experimental por la aplicación de los métodos físicos y químicos a los
problemas de salud pública, lo que puede personificarse en la eminente tarea de
Von Pettenkofer, y el desarrollo de la microbiología, ya que el conocimiento de
la etiología de las principales enfermedades infecciosas permitieron a la
higiene pública organizar una serie de medidas profilácticas, entre las que
deben destacarse la vacunación y la sueroterapia.
Además, la higiene tuvo una importante proyección
social a la que contribuyeron obras como las medidas urbanísticas y de
alcantarillado de las ciudades, la evacuación de las aguas residuales, el
abastecimiento y el control de las aguas potables, la construcción de
Institutos de higiene, la creación de centros y comités para la planificación
de la acción sanitaria y las medidas preventivas complementarias a la
vacunación y a la sueroterapia, como la desinfección, la lucha contra vectores
animales, la desecación de terrenos con aguas estancadas, etc. Por eso, no es
de extrañar que el propio Von Pettenkofer sustituyera el término higiene por el
de medicina social.
En 1904, A. Grotjhan presentó a la Sociedad Alemana
de Higiene Pública un trabajo sobre el concepto y los objetivos de la higiene
social en el que exponía la definición y alcance de la misma y trazaba sus
líneas de desarrollo. Siete años más tarde publicó su obra mas conocida, el
tratado de Patología Social, en el que, tras un breve resumen
acerca de la historia y el concepto de higiene social, enumera las pautas
fundamentales para el estudio sistemático de las enfermedades humanas desde el
punto de vista social.
§. Urbanismo y Saneamiento
Antes de llegar al punto de encuentro con la
higiene, la medicina social también tuvo un importante camino que recorrer a lo
largo del siglo XIX La idea de que la medicina no sólo es ciencia, sino también
una actividad social se consagró primero en Francia con los valioso trabajos de
L. R. Villermé y en Inglaterra con los importantes estudios de T. Thackrah y E.
Chadwick, y poco más tarde en Alemania con la ingente labor de R. Virchow, S.
Neumann y R. Leubuscher. En el trasfondo de todos estos movimientos de reforma
siempre estuvo la enfermedad infecciosa, en especial la epidémica (“¿no vemos
que las epidemias reflejan las deficiencias de la sociedad?”), de la que es un
claro ejemplo la historia del cólera, cuyas oleadas epidémicas constituyeron un
continuo acicate para el desarrollo de la medicina social y sus aplicaciones
prácticas. Y es que cuando comenzaron a remitir las epidemias de peste en
Europa por la mejora de las condiciones de vida (nutrición, alojamiento y
saneamiento) de la civilización occidental, en el siglo XIX aparecieron las
epidemias de cólera.
La ciudad de Londres sufrió varias epidemias de
cólera: en 1834, en 1847 y en 1854. En el transcurso de dichas epidemias se
pudo comprobar que en los lugares de la ciudad en los que los vertidos urbanos
estaban conectados a unas grandes alcantarillas, el cólera no se había
propagado tanto como en aquellos otros que los vertidos se realizaban a pozos
ciegos cercanos a las captaciones de agua; de ahí que se concluyera la
imperiosa necesidad de construir alcantarillas para las aguas residuales,
separando las aguas pluviales de las residuales. En 1854, siguiendo las
directrices de E. Chadwick, se comenzaron a construir los alcantarillados para
los vertidos urbanos de acuerdo con las bases jurídicas de higiene, que
obligaban a conectar los edificios con las redes de alcantarillado.
Por su parte, K. Liebermeister había comprobado en
la ciudad de Basilea que las frecuentes epidemias de fiebre tifoidea que sufría
la ciudad eran debidas a la contaminación del agua potable debida a
filtraciones subterráneas; el número de casos de tifoidea se redujo
drásticamente al suprimirse una bomba hidráulica y cegarse en algunos barrios
de la ciudad las fuentes cuya agua subterránea procedía de zonas donde todavía
existían pozos negros.
En Paris, en la época de Napoleón III, el barón
Haussman plantea el ensanche de la ciudad, introduciendo las infraestructuras
de saneamiento y desarrollando las redes de agua y alcantarillado de una forma
generalizada: en menos de cincuenta años (1824—1871) se pasó de 37 km a 560 km.
En relación al abastecimiento de agua, Haussman mandó elevar el agua y usar
pozos artesianos, captando agua a gran distancia y llevándola por gravedad. El
número de litros por habitante y día se elevó considerablemente y se planteó
añadir un sistema de filtrado de las aguas para evitar las temidas infecciones
de transmisión hídrica, como el cólera y las fiebres tifoideas. El aumento del
volumen del agua dio inicio a una nueva cultura higienista, pero no fue hasta
finales del siglo XIX cuando se estableció la práctica de clorar el agua. Las
bases microbiológicas instauradas por Pasteur no solo permitieron el
establecimiento de la cloración del agua, sino también de la pasteurización de
la leche.
Los ejemplos del saneamiento y del abastecimiento
de agua son el inicio de la ingeniería sanitaria, que pudo aportar un nuevo
enfoque al incremento demográfico de las ciudades, al constatarse que los
índices de mortalidad disminuyen cuando se mejoran el saneamiento y el
abastecimiento de agua y se construyen mejores viviendas. Así la mejora del
urbanismo evolucionó paralelamente a los nuevos hallazgos científicos sobre el
origen y la transmisión de las enfermedades infecciosas.
En España, como en otros países europeos, la
experiencia de los ensanches fue muy importante en la segunda mitad del siglo
XIX, en cuanto a la reforma interior de las poblaciones se refiere. En la
argumentación de la nueva ciudad, se critica entre otros, la insalubridad de la
vieja ciudad gótica y barroca, el hacinamiento, la falta de aire y sol y el
estancamiento de residuos y basura. En 1857, se crea el Ministerio de Fomento,
momento institucional decisivo para las futuras transformaciones territoriales,
y en 1880 se inicia en España una corriente cultural y tecnológica que presta
una fuerte atención hacia la sanidad de las poblaciones. Es a partir de esta
fecha cuando se realizan en España los grandes proyectos de servicios de
saneamiento.
El saneamiento, junto con el ensanche, constituye
el carácter especial de la transformación urbana del siglo XIX, que buscaba
disfrutar de una ciudad más agradable; por eso, ambos conceptos fueron unidos
al movimiento de reforma y a la nueva visión guiada por Pasteur en el modo de
comprender las epidemias, las fuentes de infección y el contagio. Pese a ello,
Pasteur nunca participó en las decisiones de establecer normas en salud
pública, aunque sentó magistralmente las bases de un nuevo orden en la Ciencia.
La teoría microbiana llevó a una comprensión más exacta de las relaciones entre
el huésped y el parásito y logró diseñar estrategias de control más racionales
que las que se aplicaban empíricamente.
§. Medicina social
Si hay una fecha clave en la historia de la
medicina social esa es la del año 1848. Además de ser el año en el que el
Positivismo alcanzaba el protagonismo científico y cultural y el Manifiesto
Comunista alentaba las Revoluciones proletarias en toda Europa, 1848 tuvo una
influencia decisiva en la medicina; en Gran Bretaña, los informes de Chadwick
acerca de la relación inequívoca entre los desagües deficientes, la
insalubridad de las viviendas y del inadecuado abastecimiento de agua y la
mortalidad de la población urbana, la sensibilización y el convencimiento cada
vez mayor de los dirigentes acerca de la rentabilidad de la salud pública
cristalizaron en la Public Health Act y poco después en la constitución de la
General Board of Health, comité que comenzaría su breve pero intensa andadura
con el éxito de haber podido aclarar con sus estudios estadísticos la
transmisión hídrica del cólera; Francia, que durante años fue el principal
centro donde se estudiaron los aspectos sociales más importantes de la medicina
y desde donde emanaron las más importantes corrientes intelectuales en este
sentido, corrió un camino similar con la creación de los Conseils de Salubrité
en todo el Estado; en Alemania, a mediados del mes de julio vio la luz la
revista semanal La Reforma Médica, órgano de expresión de un grupo
de personalidades, entre los que destacaban las figuras de R. Virchow, R.
Leubuscher y S. Neuman, que abogaban por una reforma radical e inaplazable de
la medicina.
El programa de reforma médica estaba basado en los
siguientes principios:
1. la salud del hombre es un asunto de interés social
directo;
2. las condiciones sociales ejercen un efecto
importante sobre la salud y la enfermedad y estas relaciones deben ser objeto
de investigación científica;
3. hay que tomar medidas para fomentar la salud y
luchar contra la enfermedad y dichas medidas tiene que ser tanto de carácter
social como médico.
En 1847, al estudiar la epidemia de tifus que había
sacudido la región de Silesia, Virchow había dejado establecido que, junto a
las causas biológicas y físicas, se encontraban también las de naturaleza
social, económica y política. Al mismo tiempo, cuando considera las condiciones
del tratamiento plantea que “no se trata de la curación de ese o aquel enfermo
de tifus, administrándole medicamentos y regulando su alimentación, su vivienda
y su ropa; lo que se ha convertido en nuestra tarea es la cultura”. Virchow
desarrolló sus opiniones sobre la relación entre medicina y sociedad,
formulando una teoría de la enfermedad epidémica como expresión del
desequilibrio social y cultural, dividió las epidemias en naturales y
artificiales y afirmó que estas últimas se producen no solamente como resultado
de los conflictos sociales, sino también como manifestaciones del transcurso de
la historia, llamando la atención de los políticos acerca de las mismas.
Veinte años después de su explosión, el movimiento
de reforma pareció quedar sepultado tanto por razones sociales
—fundamentalmente por la derrota de la revolución de 1848— como médicas,
—principalmente el triunfo de la mentalidad etiopatológica y el brillante
desarrollo de la microbiología—. En estas condiciones la medicina pareció
volver la vista desde
el paciente a la enfermedad; si para Virchow, no se
debía investigar “un ente extraño que haya penetrado en el hombre, sino su
propio ser” ahora lo que se trataba era de establecer relaciones causales entre
los microorganismos patógenos y la enfermedad. Sin embargo, las semillas de la
revolución y el movimiento de reforma habían germinado lo suficiente para que
la cosecha de ideas y actitudes médico—sociales no se perdiera enteramente;
además, el eco de las palabras de P. Gaskell, (“se puede decir que la vida de
los obreros es una muerte prolongada”), de S. Neumann (“La pobreza, la
necesidad y la miseria, aunque no sean idénticas a la muerte, a la enfermedad y
a la caquexia son, en cualquier caso, sus fuentes inagotables, lo mismo que sus
compañeros inseparables, el prejuicio, la incultura y la necesidad.”) y de R.
Virchow (“La medicina es una ciencia social y la política no es más que una
medicina en grande”) resonaba todavía en la mente de muchos médicos europeos y
americanos. Ello fue la razón por la que en medio del éxito del pensamiento
microbiológico fructificara el planteamiento de Grotjahn y sus discípulos. La
salud y la enfermedad quedaban así integradas en el entramado de la vida
social, y el infierno ya no era un “caso clínico” sino también un “sujeto
social”.
§. El futuro, hoy
En los últimos años y a nivel evolutivo se han
identificado una modificación en el genoma bacteriano asociado a poblaciones
humanas, relacionadas con las bacterias asociadas a nichos humanos modificados
por los cambios sociales y demográficos; estos cambios están ausentes en
especies relacionadas que no están especializados en humanos, sugiriendo que
estos microorganismos eran generalistas antes de que las poblaciones humanas se
hicieran mas grandes y estables. Así los patógenos bacterianos parecen tener genomas
más flexibles que las especies no patógenas ya que presentan mayor adaptación y
flexibilidad en la arquitectura genómica, todo ello reflejo de la importancia
que sigue teniendo la relación huésped—parásito y su coadaptación en el estudio
de las poblaciones bacterianas.
La teoría microbiana ha tenido influencia no sólo en el ámbito de la
microbiología, sino también de la medicina preventiva y la salud pública, de la
higiene y la medicina social.
No podemos finalizar este capítulo acerca de la
teoría microbiana y sus repercusiones médicas y sociales sin hacer referencia
al gran Alexander von Humboldt, fallecido en 1859, año en el que Pasteur
sugirió la etiología microbiana de la infección: “Las grandes obras de ciencia
se condenan al olvido pues abren compuertas para reformar el saber”.
Seguramente los trabajos que llevaron a la teoría microbiana de la infección
hayan caído en el olvido entre nosotros dada la obviedad de la misma en
nuestros días. Sin embargo, la figura de Pasteur, que ejerció una enorme
influencia sobre la vida y el pensamiento de su generación y de las
generaciones posteriores sigue vivo todavía.
Capítulo 15
El estudio de las fermentaciones
David Sevillano, Luis Alou
Las fermentaciones han estado ligadas desde la
antigüedad a fuerzas misteriosas que originaban la transformación de las
propiedades de un material. El razonamiento científico de los siglos XVIII y
XIX, que tan exitosamente permitió a matemáticos, físicos y químicos explicar
tantos fenómenos naturales mediante fórmulas y reacciones químicas, impedía
planteamientos que relacionasen la necesidad de la vida en procesos que
simplemente eran consecuencia de fuerzas químicas y físicas. No tenía ningún
sentido plantear una teoría vitalista para la fermentación, un proceso que
podía ser explicado con facilidad empleando sencillas reacciones químicas.
Lavoisier, Gay—Lussac, Thenard y Dumas habían
estudiado al detalle la fermentación alcohólica mediante la química
cuantitativa. Para Lavoisier, la fermentación alcohólica se explicaba a partir
de la oxidación que una de las dos partes en las que se descomponía el azúcar
ejercía sobre la otra originando el ácido carbónico por un lado y alcohol por
reducción de la otra. Simple y convincente, casi irrefutable en aquella época,
pero sin dar ninguna oportunidad a la levadura.
Hacia 1850 las fermentaciones y putrefacciones eran
consideradas reacciones debidas a la presencia de los agentes químicos llamados
fermentos, que en la alcohólica era conocido como la levadura de cerveza, muy a
pesar de los hallazgos de algunos estudiosos reconocidos, como Cagniard—Latour,
Schwann, Kützing o Turpin, que se atrevieron a afirmar que realmente los
fermentos eran organismos vivos y que se encontraban íntimamente ligados al
proceso de la fermentación. Las teorías vigentes en el ambiente científico y
filosófico de aquel tiempo hacían imposible tal concepción del asunto. No había
cabida para la vida. Así, según el renombrado químico sueco Berzelius, el
fermento, o catalizador como él los denominaba, actuaba en la iniciación de la
reacción pero sin participar en ella. Consideraba a la levadura como un
material orgánico amorfo, precipitado durante la fermentación de la cerveza con
apariencia de vida vegetal simple, pero sin constituir vida. Liebig y sus
adoctrinados, sin embargo, no negaron la existencia de la levadura y su
naturaleza de planta microscópica, pero consideraban a la levadura como un mero
inductor de la fermentación cuando esta moría, y se descomponía, aportando una
materia albuminoidea en la solución azucarada que producía la vibración
molecular suficiente para desdoblar la molécula del azúcar en alcohol y dióxido
de carbono, consistente con los hallazgos previos de Thénard, quien demostró
que el peso de la levadura disminuía durante la fermentación, cuando ésta se
añadía en grandes cantidades.
Estos hechos adquirieron mayor relevancia cuando
Liebig insistió en que a menudo durante la fermentación se adivinaba amoniaco,
que él erróneamente atribuía a la descomposición de la levadura (realmente y
especialmente en aquella época, era consecuencia de la presencia en la
fermentación de crecimientos bacterianos). Pero el adoctrinamiento de los
maestros de la nueva ciencia terminaría cuando Pasteur se adentró en el estudio
de las fermentaciones a mediados de 1855. Hábilmente opuso su teoría vitalista
a los pensamientos de la época.
Pasteur mantuvo algunas controversias importantes con Liebig
La sospecha de la implicación de la vida en la
fermentación comenzó con el estudio de la actividad óptica del alcohol amílico,
un producto secundario que aparecía durante la destilación. Mientras que la
autoridad vigente defendía que el alcohol amílico procedía del azúcar, Pasteur
estaba convencido de que, dada la falta de correlación entre la asimetría de la
estructura cristalina y la actividad óptica del alcohol, sólo podía proceder de
una creación de novo, y no del azúcar. En la introducción de
“Memoria sobre la fermentación llamada láctica” (1857), Pasteur revela que sus
primeras discrepancias en cuanto a la explicación común del fenómeno de la
fermentación llegaron de la mano de la química: “Encuentro que el grupo
molecular del alcohol amílico está demasiado distante del azúcar para que, si
se deriva de éste, retenga una disimetría en la ordenación de sus átomos.
Repito que estas son ideas preconcebidas. Sin embargo, bastaron para
determinarme a estudiar cual podría ser la influencia del fermento en la
producción de los dos alcoholes amílicos. Porque se ve siempre que estos
alcoholes tienen su origen en la operación de la fermentación y ahí residiría
una invitación más para perseverar en la solución de estos problemas”. Sin
embargo, la confirmación definitiva a sus sospechas las obtuvo cuando un
estudiante de la facultad de ciencias de la localidad acudió a Pasteur, ya
conocido por su interés en los procesos industriales, solicitó que ayudara a su
padre, M. Bigo, a solucionar los fracasos que se estaban produciendo en la
fabricación del alcohol. Pasteur aceptó y sometió a análisis el contenido de
las tinas estropeadas llegando a la conclusión de que presentaban una
considerable cantidad de ácido láctico en vez de alcohol. Posteriormente
examinó el sedimento de las tinas con una fermentación satisfactoria y el de
las tinas donde ésta había fallado. Al comparar los dos sedimentos observó una
clara diferencia. En los sedimentos procedentes de tinas que habían producido
alcohol había grandes glóbulos de levadura mientras que en las tinas donde se
había producido ácido láctico se apreciaban unos glóbulos mucho más pequeños
que los de la levadura de cerveza.
De esta forma, Pasteur se adentró en el estudio de
las fermentaciones, pero, a diferencia de otros, a partir de un proceso de
menor importancia a nivel industrial que la fermentación alcohólica, la
fermentación láctica. Es factible que lo hiciera para combatir la posible firme
oposición que se encontraría en su camino, aunque, si bien en el caso de la
fermentación alcohólica ya se asumía la naturaleza viva de la levadura, en el
caso de la fermentación láctica no había nada que se le pareciese, y entonces
las leyes químicas que dominaban la reacción de conversión del azúcar en ácido
láctico parecían todavía más evidentes. Sus aportaciones resultarían aquí más
convincentes.
Tal y como refleja en la memoria, Pasteur se
propuso establecer que al igual que existía un fermento alcohólico, la levadura
de cerveza, o simplemente fermento según Liebig y Berzelius, que se encontraba
siempre que un azúcar se desdoblaba en alcohol y ácido carbónico, debía de
existir un fermento particular, una levadura láctica, que se encontrara
presente siempre que el azúcar se convirtiera en ácido láctico. La demostración
la halló en primer lugar a partir de unas manchas de una sustancia gris apenas
perceptible que las masas azoadas, de albúmina o de caseum disimulaban. Pasteur
reveló las similitudes que existían entre este material depositado durante la
fermentación láctica y la levadura de cerveza, exponiendo que al igual que esta
última presentaba una configuración organizada, aunque de menor tamaño y más
difícil de observar al microscopio, lo que hoy conocemos como Streptococcus
lactis. “Considerada en masa parece levadura escurrida o prensada. Es
un poco viscosa de color gris. Al microscopio está formada por pequeños
glóbulos o segmentos muy cortos, aislados o amontonados, que constituyen copos
irregulares semejantes a los de ciertos precipitados amorfos. Los glóbulos
mucho más pequeños que los de la levadura de cerveza, se agitan vivamente,
cuando están aislados.”, y añade que el material albuminoideo que se añade al
proceso tan sólo sirve de alimento para el germen poniendo a su disposición
azoe y fosfatos. Del mismo modo, describió con precisión las condiciones
idóneas para el crecimiento del fermento láctico, que prefería medios neutros o
ligeramente alcalinos, y de ahí que en el proceso tradicional se añadiera
carbonato terroso. “La pureza de un fermento, su homogeneidad, su desarrollo
libre, sin ningún tipo de obstáculo, son ayuda de una alimentación muy
apropiada a su naturaleza individual, son las condiciones esenciales de las
buenas fermentaciones. Ahora bien, a este respecto hay que destacar que las
circunstancias de neutralidad, alcalinidad, acidez o composición química de los
licores, tienen una gran responsabilidad en el desarrollo de tales o cuales
fermentos, porque su vida no se acomoda en el mismo grado a los diversos
estados de los medios”.
En segundo lugar, prueba que la fermentación es
correlativa a la nutrición y vida de la nueva levadura, condenando las teorías
de Liebig y Berzelius. “se puede hacer fermentar kilos de azúcar y desarrollar
toda la levadura correspondiente obligándola a tomar todos sus materiales
nutritivos de un medio natural, el azoe de sus materias azoadas al amoniaco, su
carbón del azúcar, es decir, de la materia fermentescible, su fosfato y azufre
a fosfatos y sulfatos alcalinos terrosos”.
En tercer lugar, Pasteur sustituye la albúmina
desnaturalizada, que considera una simple condición, por sales que no enturbien
la solución azucarada como lo hacía el carbonato terroso y las albúminas. En
este medio transparente podía obtener un cultivo en cantidad suficiente y puro,
que rápidamente originaba la producción de ácido láctico. Con ello podía evitar
fermentaciones paralelas debidas a la presencia de otros microorganismos “o
animaculos” contaminantes. “la adición previa de un fermento determinado y
puro, favorece mucho la producción de una fermentación única, la
correspondiente al fermento. Se puede comparar lo que pasa en las
fermentaciones con lo que nos presenta un terreno en el que no se pone ninguna
semilla. Pronto se le ve infectado de plantas y de insectos que se perjudican
mutuamente”.
Y concluye diciendo, “En todo el curso de esta
memoria he razonado sobre la hipótesis de que la nueva levadura está
organizada, es un ser vivo y su acción química sobre el azúcar es correlativa a
su desarrollo y organización” enviando un claro mensaje a los posibles
principales opositores a sus ideas, Liebig y Berzelius, que “en mi opinión, en
el punto en el que me encuentro de mis conocimientos sobre el tema, que
cualquiera que juzgue con imparcialidad los resultados de este trabajo y de los
que publicaré próximamente, reconocerá conmigo que en ellos la fermentación se
muestra correlativa a la vida y a la organización de los glóbulos, no a la
muerte o a la putrefacción de estos glóbulos, ni tampoco aparece en ellos como
un fenómeno de contacto, en el que la transformación de azúcar tendría lugar en
presencia del fermento sin darle nada ni tomarlo”.
En realidad en Mémoire sur la fermetation
appelée lactique(1857), que escribió poco tiempo después de haber comenzado
a trabajar en el campo de las fermentaciones, Pasteur tan sólo plasmó sus
hipótesis sobre la teoría microbiana, aunque de una manera desconocida hasta
entonces, toda una declaración precisa de las leyes y métodos de una nueva
ciencia dedicada a los microorganismos. La demostración práctica de la
intervención de la vida microbiana en el terreno de la fermentación la expuso
algún tiempo después con su obra Mémoire sur la fermentation alcoolique
(1860).
Pasteur demostró que los productos de la
fermentación alcohólica eran más numerosos que los señalados en la sencilla
reacción de Lavoisier. Gay Lussac estableció matemáticamente que a partir de
100 gramos de azúcar se producían 51,34 gramos de alcohol y 48,16 de dióxido de
carbono. Pasteur demostró que la fórmula sólo era válida para demostrar la
transformación del 90% del azúcar, pero que el resto lo hacía en otras
sustancias tales como el glicerol, el ácido succínico y el alcohol amílico,
sugiriendo que el proceso es más complejo de lo que sugieren los mecanicistas y
que sólo podía ser debido a la acción de la vida. Sin embargo, estos hallazgos
eran más que insuficientes para demostrar la implicación de la actividad
metabólica de la levadura en el proceso, y Pasteur se propuso, una vez que
intuitivamente había adivinado la verdadera naturaleza de la fermentación,
hacer crecer a la levadura en un medio artificial que contuviera exclusivamente
azúcar, sales minerales (algunas extraídas de las propias cenizas de levaduras
incineradas) y amoniaco, el compuesto que Liebig considera originado en la
descomposición de la levadura. Finalmente el edificio intelectual de Liebig se
derrumbó, Pasteur en 1860 consiguió una fermentación en un medio artificial, en
el que la cantidad de alcohol producida era paralela a la multiplicación de la
levadura. La pequeña cantidad de levadura introducida en el medio originaba la
fermentación del azúcar mientras se desarrolla la levadura, germina y se
multiplica empleando el carbón del azúcar y el nitrógeno del amoniaco. Del
mismo modo explicó el extraño experimento de Thenard, asegurando que la
levadura carecía de las condiciones necesarias para su desarrollo al no
contener la solución, nitrógeno o sales minerales.
Más tarde entendió, retomando la fermentación
láctica, que cada fermento necesitaba de unas necesidades diferentes en un
medio artificial, simplemente diferentes, no menores. Al poco tiempo, Pasteur
ya dominaba las técnicas de cultivos puros y la preparación de medios de
selección para obtener un tipo u otro de fermentación. Sabía cómo determinar el
agente causal de cada fermentación y su mecanismo químico, añadiendo una
pequeña cantidad del líquido donde se desarrollaba la fermentación a una
solución que contenía el sustrato a fermentar.
Precisamente en uno de estos experimentos,
investigando sobre la fermentación butírica, determinó la existencia de un
fermento con una motilidad intensa. El movimiento era incompatible entonces con
el reino vegetal, y por un tiempo dudó sobre si se trataba de una contaminación
o realmente del desencadenante de la reacción. La importancia de este hecho fue
mucho más allá, ya que le proporcionó la base de estudio de la vida en ausencia
de aire. Pasteur observó que las bacterias de la fermentación butírica se hacían
inmóviles en la periferia de la gota mientras que continuaban moviéndose en el
centro de la misma, como si estuvieran tratando de evitar el oxígeno.
Investigaciones posteriores dejaron para la ciencia la idea de la existencia de
formas de vida que podían desarrollarse en ausencia de oxígeno, que Pasteur
denominó formas anaeróbicas para diferenciarlas de las que necesitaban del
oxígeno, las formas aeróbicas.
Sin contar con un número de observaciones elevadas,
Pasteur relacionó hábilmente la fermentación butírica con la putrefacción.
Supuso que en un medio artificial, expuesto al oxígeno, el fermento butírico
solo podría vivir y multiplicarse en su interior, si otros microorganismos
“contaminantes”, introducidos junto con el fermento butírico, facilitaban la
vida anaeróbica. Así, a la producción de gas y el olor de la descomposición a
la presencia de vida anaeróbica, que ataca a las proteínas, bajo la protección
de formas aeróbicas capaces de eliminar el oxígeno del medio. Aunque como
indica su memoria, Investigaciones sobre la putrefacción (1863),
nunca intentó demostrar el mecanismo de destrucción de la materia orgánica
durante el proceso, al menos sí consiguió desenmascarar a los fermentos
organizados responsables de tal proceso, los vibriones: “.el contacto del aire
no es en ningún modo necesario para el desarrollo de la putrefacción.
Muy por el contrario, si el oxígeno disuelto en
líquido putrescible no fuera primeramente eliminado por la acción de seres
especiales, la putrefacción no tendría lugar.
El oxígeno haría perecer a los vibriones que desde
el principio intentaban desarrollarse”.
Es probable que por la propia complejidad que
muestra el proceso desde el punto de vista químico y por la repugnancia que le
despertaba —“Mis investigaciones sobre las fermentaciones me han conducido
naturalmente hacia este estudio, al cual he resuelto dedicarme sin demasiada
preocupación por el peligro y repugnancia que inspira”—, Pasteur no continuó
trabajando en este campo y lo sustituyó por el estudio de los vinagres.
Era conocido que el vinagre resultaba de la
oxidación del alcohol hasta formar ácido acético. Bien a partir de una mezcla
de vinagre acabado y vino nuevo (procedimiento de Orleáns) o bien a partir de
una solución de alcohol débil en presencia de algo de ácido acético y de
cerveza o vino agrio u otra materia orgánica (procedimiento alemán). La mezcla
se introducía en toneles que contenían virutas de haya y una presión de aire
contracorriente del fluido. El proceso era explicado convenientemente con las teorías
de Liebig que se sustentaban en la oxidación del alcohol en presencia de las
virutas de haya, que actuarían a modo de catalizador, formando espontáneamente
aldehído y ácido acético. La materia orgánica añadida únicamente actuaría
iniciando el proceso. Era una teoría convincente y lógica a tenor de sus
propias palabras, “El alcohol, cuando está puro o diluido con agua, no se
transforma en presencia de aire. El vino, la cerveza., que contienen además del
alcohol, materia orgánica extraña, se acidifican lentamente en presencia del
aire.. .El alcohol diluido sufre la misma transformación cuando uno le agrega
cierta materia orgánica, como cebada germinada, vino. o hasta el propio vinagre
ya hecho”. Pero lo cierto es que la teoría estaba basada en analogía y lógica,
y Pasteur, donde otros ya habían fracaso con anterioridad, se apresuró a
aplicar su evidencia experimental. Basándose en la importancia que tenía para
los productores de vinagre una delgada capa que aparecía en la superficie del
líquido, llamada la madre del vinagre, que se desarrollaba en presencia de aire
y no en su ausencia y que otros, acallados por la autoridad vigente, ya habían
sospechado que contenía pequeñas plantas que denominaron como Mycoderma
aceti, Pasteur se convenció de la participación de la vida en la
producción del vinagre.
Pasteur consiguió producir vinagre transfiriendo
muestras de la madre del vinagre a una solución artificial, y encontró al
microorganismo presente sobre las virutas de madera que eran empleadas en los
procesos de fabricación. Observó que con el calentamiento las mismas virutas o
con el uso de virutas frescas, no se fijaba el oxígeno al alcohol, sopesando
que había destruido el microorganismo o que éste no existía en la muestra.
Estas observaciones sirvieron para establecer recomendaciones sobre la producción
de vinagre, y más destacadamente para introducirnos en la tecnología
industrial. En su lección sobre el vinagre de vino, dictada en Orleáns en 1867,
Pasteur explicaba la presencia del Mycoderma aceti y su
relación con la producción de vinagre: “Vedlo formado por segmentos más o menos
estrechados, más o menos cortos, en ocasiones semejantes a granulaciones. Con
frecuencia su diámetro no alcanza a la milésima y media de milímetro; están
unidos unos con otros por una sustancia mucilaginosa. No conozco ni una sola
circunstancia bien estudiada en la que el vino no se haya transformado en
vinagre sin la presencia de este micodermo”. De igual forma, establecía los
requerimientos nutricionales básicos del microorganismo, las condiciones de
transformación idóneas en cuanto a temperatura y acidez y la necesidad de
oxígeno, sin ser excesivo, necesaria para un correcto funcionamiento del
proceso. Así, basándose en su evidencia experimental, consigue explicar
razonadamente, por qué el microorganismo no consigue producir vinagre a partir
de la solución de alcohol diluido del procedimiento alemán, y por qué se hacía
necesario añadir vino agrio, cerveza o materia orgánica, el verdadero alimento
del microorganismo: “Hemos dicho que el agua alcoholizada pura no se acetificaba
nunca, a menos que se le añadiera una materia albuminoidea y reemplazarla por
sustancias cristalizables, fosfatos alcalinos y térreos a los que se le añade
fosfato amónico. En estas condiciones el micodermo puede desarrollarse aunque
con dificultad y el alcohol se acetifica, sobretodo si se acidula el líquido
con ácido acético. ¿Qué son entonces las materias albuminoideas del vino?
Evidentemente no son el fermento, pero según la experiencia precedente deben
ser, y son en efecto, el alimento del fermento, el alimento del Mycoderma
aceti, principalmente su alimento nitrogenado”.
El estudio de las fermentaciones fue uno con los que Pasteur obtuvo sus
primeros éxitos.
Y termina la primera parte de la memoria resumiendo
todos sus hallazgos:
“Tenemos ahora un conocimiento completo de todas
las condiciones de la transformación del vino en vinagre.
También pueden explicarse con notable facilidad
todas las dificultades que nos han detenido por el camino,
1. El vino previamente calentado, no se agria nunca.
La elevación de la temperatura ha matado al Mycoderma aceti, los
que podía contener el vino y los que podían estar disueltos en el aire.
2. El vino calentado pero expuesto al aire, puede
agriarse ya que aunque se hayan matado los gérmenes de Mycoderma aceti del
propio vino, no se impide a los que pueden estar en suspensión en el aire que
caigan al vino y germinen en él.
3. El agua alcoholizada pura no se acetifica nunca,
aunque los gérmenes en suspensión puedan caer en ella o aunque el líquido pueda
tomarlos del polvo de los vasos que ha tocado. Estos gérmenes son infecundos
porque no tienen a su disposición alimentos adecuados.
4. El vino, en una botella llena y acostada, no se
acetifica nunca. El aire bien puede entrar por los poros del tapón; pero el
vino, tinto o blanco, siempre contiene principios oxidables, materias
colorantes o colorantes, que se apoderan poco a poco del oxígeno, sin dejarla a
disposición de los gérmenes del micodermo que el vino puede contener y que en
efecto contiene con frecuencia. Cuando una botella está de pie, las condiciones
de la oxidación son muy distintas: los gérmenes de la superficie están rodeados
de aire”.
A partir de aquí ya era posible dominar la
fermentación al antojo de los productores, modificando a voluntad el
crecimiento bacteriano, haciendo el proceso más fácil de dirigir, y adaptando
la producción a las necesidades del mercado.
Supuestamente desentrañados los principios de la
fermentación y habiéndose introducido en el control y mejora de las
producciones, Pasteur se decidió por completo al estudio de las
transformaciones que afectaban a la calidad del vino y de la cerveza. Por sus
orígenes ligados al mundo del vino y como consecuencia de que a Pasteur no le
gustaba la cerveza, los mayores avances los proporcionó en torno al primero. En
“Etudes sur le vin, ses maladies, causes qui les provoquent. Procédés
nouveaux pour le conserver et pour le viellir” (1866), aporta amplios
conocimientos sobre los factores que afectaban al sabor y apariencia del vino,
y sus cualidades nutritivas. En su Etudes sur le vindetalla nuevos
procedimientos y explica los viejos métodos de fabricación. En cambio, con la
cerveza únicamente estudia cómo prevenir que se estropeara pero no como
mejorarla. La única intención que pretendía con el estudio de la cerveza era
conseguir una “cerveza de la revancha”, que compitiera con el producto alemán,
una vez terminó la guerra franco— prusiana de 1870. Aún pareciendo mostrar poco
interés, expuso tal y como detalla en “Etudes de la biere, ses maladies,
causes qui les provoquent. Procédés pour la rendre inalterable, avecune théorie
nouvelle de la fermentation” (1876) técnicas que controlan las enfermedades
de la cerveza, y explicando por qué esta se volvía ácida o hasta pútrida,
especialmente durante el verano. Con el estudio de la prevención de las
enfermedades del vino o de la cerveza, Pasteur nos legó la pasteurización, un
método de conservación que mantenía intactas las propiedades aromáticas de los
vinos y cervezas.
Detalle del Micoderma aceti descrito por Pasteur.
En definitiva, Pasteur, una vez adivinó que los
microorganismos eran la causa primaria de la fermentación y de la putrefacción,
diseñó los medios necesarios para su estudio y demostró que podían controlarse
a su voluntad. El resultado de su teoría microbiana presentó una aplicación
práctica directa en la industria, mientras que las de sus antecesores, solo
aproximativas, carecían de algún valor operativo. Un hecho que pone de
manifiesto la dura oposición que se encontró Pasteur con sus teorías, es que sus
detractores, aún cuando la evidencia experimental era irrefutable, continuaron
trabajando para sostener sus propias afirmaciones. Liebig en su memoria de
1869, en la que expuso los resultados obtenidos al tratar de replicar los
estudios de Pasteur, sostenía que era imposible multiplicar la levadura en un
medio sintético y en consecuencia de obtener fermentación.
Aplicación práctica de las experiencias de Pasteur en la prevención de las
enfermedades del vinagre.
Del mismo modo afirmaba que el microorganismo que
Pasteur relacionaba con la producción de vinagre no se encontraba en las
virutas de madera de las fábricas alemanas. Pasteur contestó a Liebig en una
pequeña nota, instándole a llevar la cuestión a una comisión de científicos,
frente a la que conseguiría hacer crecer tanta levadura como solicitara en un
medio de cultivo artificial.
Pasteur mantuvo con Justus von Liebig vivas polémicas acerca de la
naturaleza de los fermentos, en las que no siempre llevaba razón.
Del mismo modo sugirió a las fábricas alemanas que
hirvieran los tanques de producción de vinagre y los rellenasen posteriormente,
para comprobar que en las nuevas condiciones no se produciría ácido acético.
Liebig nunca contestó.
Las experiencias acumuladas sirvieron para que
Pasteur enunciara el principio de la gran variedad de fermentaciones, tanto en
su número como en su modalidad, haciendo referencia a que cada especie
microbiana dirige un proceso diferente: “Esta heterogeneidad de los resultados,
esta transformación de los mismo en lo otro, sobre todo, la calidad de los
intermediarios, diferencian alas fermentaciones”.
Capítulo 16
Las enfermedades del vino
David Sevillano, Luis Alou
Los estudios que nos legó Pasteur sobre de las
enfermedades del vino, un producto con el cual se encontraba plenamente
identificado, marcaron un antes y un después en la bioquímica del vino. La
revolución que introdujo en el mundo del vino le valió la consideración de
padre de la enología.
Tras varios años investigando e impartiendo clases
en Dijon y Estrasburgo, en 1854, fue nombrado catedrático de química en la
Universidad de Lille y decano de la facultad de ciencias. Esta facultad se
había creado, en parte, para aplicar la ciencia a los problemas prácticos de
las industrias de la región, en especial a la fabricación de bebidas
alcohólicas. En 1865, en plena etapa de estudio de las fermentaciones y de la
generación espontánea, Pasteur fue invitado por Napoleón III a pasar unos días
en la corte, lo que aprovechó para pedirle que estudiase el problema del
deterioro del vino, hecho que ocasionaba un grave perjuicio para el comercio
francés.
§. Estudio de las enfermedades del vino y del
proceso de añejamiento
Para Liebig las enfermedades del vino no eran más
que una consecuencia de los cambios constantes que el vino sufría. En
condiciones óptimas el vino alcanza el final de su fermentación en un punto en
que su azúcar y la materia orgánica que le sirve de fermento están consumidas
por igual.
Portada de la memoria de Pasteur sobre el vino.
En condiciones de poco fermento al principio, queda
sin fermentar una parte del azúcar, y el vino resulta dulce, es decir
incompleto. Si, por el contrario, ha habido demasiado poco azúcar, parte del
fermento continúa trabajando y produce vicios en el aroma. En realidad, la
explicación que daba era una explicación universalmente aceptada. De nuevo la
lógica y la analogía eran las mejores herramientas de Liebig.
Los estudios de Pasteur se dirigieron desde el
principio al estudio de los factores que afectaban al sabor, la apariencia y
las cualidades nutritivas del vino, así como al estudio de las enfermedades que
mermaban la calidad de los vinos.
Analizando muestras de vinos estropeados de la
región del Jura, Pasteur observó la presencia, junto a la levadura, de un
microorganismo con una morfología similar a la que acabada de observar en la
destilería de M. Bigo y responsable de la formación de ácido láctico. Dado que
ya conocía el papel del Mycoderma aceti en la formación de
ácido acético por oxidación del alcohol, relacionó rápidamente su presencia con
la tendencia del vino a acedarse. Del mismo modo, la presencia de otras
alteraciones, como el amargor o el mareo, debían estar producidas por
contaminación de organismos extraños. Pasteur después de someter a análisis una
gran cantidad de muestras de vinos defectuosos y muestras de vinos sanos,
determinó que los vinos sanos no presentaban formas extrañas, mientras que los
vinos que sufrían alguna alteración, presentaban, junto a la levadura, otras
formas microscópicas distintas. De esta forma, fue capaz de predecir el aroma
del vino con la simple observación del sedimento. Este hecho también le sirvió
para vigilar el proceso de fermentación, ya que una fermentación saludable se
caracterizaba por la presencia de glóbulos redondos, mientras que una
fermentación que comenzaba a alterarse contenía glóbulos que se alargaban.
Cuando eran extremadamente largos, indicaban una fermentación láctica.
Básicamente con todo ello estableció que las malas
fermentaciones eran consecuencia directa de la presencia de microorganismos
contaminantes que competían con la levadura en el líquido.
Por otro lado, Pasteur insistió que las actividades
de un microorganismo determinado están condicionadas por las características
físico—químicas de su ambiente, por lo que aún el propio microorganismo puede
desencadenar productos indeseables si las condiciones de la fermentación no
están del todo controladas. Tal hecho derivaba de sus experiencias con el Mycoderma
aceti, del que conocía que una cantidad baja de oxígeno origina una
oxidación incompleta del alcohol y a la aparición de productos intermediarios,
mientras que una cantidad excesiva de oxígeno puede conducir a una excesiva
oxidación y convertir el ácido acético en agua y ácido carbónico.
Al margen de estos hechos, Pasteur se preguntó qué
es lo que ocurría con el vino que envejecía normalmente en ausencia de
microorganismos productores de enfermedad y cómo podía controlarse el proceso
de añejamiento. Estaba de acuerdo con la creencia común que advertía de los
peligros de la presencia del oxígeno en el vino, pero desde otra perspectiva.
Mientras que químicos y productores de vino sostenían que la entrada de aire
nuevo estropeaba el aroma del vino por un proceso de oxidación —el oxígeno de
la superficie de contacto con el vino desaparecía muy rápidamente—, Pasteur
aclaró que el oxígeno era perjudicial porque el aire estimulaba el crecimiento
de ciertos microorganismos que lo contaminan. Sin embargo, si el aire se
encuentra libre de gérmenes, el oxígeno puede tener una acción beneficiosa.
Libra al vino de sabor ácido y áspero y lo hace adecuado para la bebida. Hace
precipitar algunas materias colorantes y le brinda el color del buen vivo
cuando tiene el grado adecuado.
A través de múltiples experimentos, Pasteur
estableció que: “El oxígeno es el que produce el vino añejo, pero si se deja
que añeje demasiado tiempo, acaba por estropearlo”. En tubos completamente
llenos de vino y cerrados herméticamente, el vino se mantiene con su color y
sabor originales. Es un vino que no se añejará. Sin embargo, si el vino se
guarda en el tubo dejándolo semilleno, el oxígeno causa en pocas semanas el
mismo sedimento que se encuentra en las botellas muy viejas, destiñe al vino
tinto y oscurece al vino blanco, afectando a su color exactamente como lo hace
una edad muy avanzada.
Descubrió que son muy pequeñas las cantidades de
oxígeno que producen la maduración de los vinos, que la acción del oxígeno no
es “brusca” sino gradual, y que en una botella de vino hay disuelta suficiente
cantidad de oxígeno como para desencadenar un proceso de envejecimiento que
dure años. Averiguó también que incluso el vino cuidadosamente aislado del aire
tiene oportunidades para absorber oxígeno, por ejemplo, cuando es trasegado de
una barrica a otra o a través de los poros de la madera. Dejado demasiado
tiempo en un barril, un vino termina degradándose, su color desaparece, se
pierde su afrutado y su sabor se hace seco, llano e insípido. Mientras Pasteur
realizaba sus investigaciones en una de las bodegas bordalesas, se le preguntó
por qué todos los vinos de una misma cosecha, guardados en toneles de la misma
capacidad, envejecían de una manera más o menos pareja, salvo uno de éstos que
lo hacía en forma mucho más o menos lenta. Pasteur, que ya conocía el
comportamiento del vino, pidió ser llevado ante el extraño tonel. No bien lo
vio, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo: el tonel en cuestión estaba
cubierto con una capa de pintura que cubría los poros de la madera, impidiendo
el ingreso del aire a través de los pequeñísimos agujeritos que existen en la
madera. El vino, siendo un ser vivo, necesita del oxígeno que se filtra a
través de la madera”.
Estas investigaciones aplicadas al vino, estos
primeros descubrimientos y deducciones, ampliamente conocidos y remediados o
dirigidos hoy día, constituyeron el punto de partida de la enología como
ciencia del vino, de la investigación sobre el vino, en donde tanto camino
quedaba por recorrer.
§. Cómo evitar las enfermedades del vino
Pasteur contribuyó a resolver el problema de las
enfermedades del vino demostrando que era posible eliminar los contaminantes
que se encontraban mezclados con la levadura. Era esencial evitar introducirlos
durante o después del proceso de fabricación y destruirlos si éstos se habían
introducido. Con el control de las operaciones técnicas podía reducirse la
entrada de microorganismos, pero no podía prevenirse del todo, por lo que se
hacía necesario un método que permitiera destruir a aquellos que se hubieran
introducido en el líquido fermentado, sin alterar las propiedades o modificar
los aromas del vino. Una vez que falló en el uso de antisépticos, se decantó
por el uso del calor como agente estabilizador. Conocía el efecto del calor
sobre los microorganismos y el efecto potenciador de un medio ligeramente
ácido. De esta forma descubrió que temperaturas por debajo de 55ºC, en ausencia
de oxígeno y durante un breve periodo de tiempo, eran suficientes para eliminar
a los microorganismos y conservar el vino. El aroma no tenía que afectarse si
este proceso se realizaba cuando el oxígeno estuviera completamente agotado de
la botella. A este procedimiento de esterilización se le denominó pasteurización.
En este punto tienen sentido las palabras de Pasteur en su memoria Estudios
sobre el vino, sus enfermedades, causas que las provocan y nuevos
procedimientos para su conservación y envejecimiento, donde revela que “ el
vino es la más saludable y la más higiénica de todas las bebidas”.
Como era de esperar, el método causó revuelo pero
también cierto temor, por la creencia de lo perjudicial del calor sobre el
vino, especialmente el vino con clase. A este respecto Pasteur publicó en una
revista de viticultores la curiosa conversación que mantuvo con M. Boillot,
alcalde de Volnay, en la que instaba al empleo de la fermentación en la región
de Borgoña.
— Pasteur; ¿calienta usted sus vinos?
— Boillot; No señor, me han dicho que el calor
puede afectar desfavorablemente el sabor de nuestros grandes vinos.
— Pasteur; Sí, lo se, de hecho me han dicho que
calentar estos vinos equivale a una amputación. ¿Sería tan amable señor alcalde
de seguirme a mi sótano experimental?
Acción del oxígeno sobre el vino blanco.
En el sótano, M. Boillot degusta la colección de
vinos tratados y no tratados con calor que allí albergaba Pasteur, hasta que el
alcalde no tuvo más remedio que claudicar y darle la razón a Pasteur en favor
de los vinos que habían sufrido el proceso de la pasteurización incluidos los
que provenían de sus propios viñedos.
— M. Boillot; estoy entusiasmado. Tengo la misma
impresión que si usted estuviera vertiendo oro sobre nuestro país
— Pasteur; Pues ya ve, mis queridos compatriotas
tan ocupados con la política, con las elecciones, leen superficialmente los
diarios pero desdeñan los libros serios que se ocupan de asuntos de importancia
para el bienestar del país.
Y sin embargo, señor alcalde, de haber leído con
atención, habrían podido reconocer que todo lo que he escrito se basa en hechos
precisos, en informes oficiales, en degustaciones realizadas por los expertos
más competentes, mientras que mis oponentes no tienen nada que ofrecer, salvo
afirmaciones sin prueba alguna.
— M. Boillot; no se preocupe, señor mío. De ahora
en adelante ya no creeré a los que le contradicen y me ocuparé del asunto del
calentamiento de los vinos tan pronto como regrese a Volnay.
El resultado de la aplicación de la pasteurización
es bien conocida hoy por todos.
§. Estudio de la filoxera
Pasteur también dedicó grandes esfuerzos al estudio
de la filoxera, plaga que a mediados del siglo XIX estuvo a punto de acabar con
la viticultura mundial. La filoxera está causada por un insecto de procedencia
americana, que llegó a Francia a través de viticultores que importaban cepas
americanas entre 1832 y 1840. Pasteur fue miembro fundador de la comisión
especial para la lucha contra la Filoxera, cuyas informaciones eran la base
para conocer las medidas que había que tomar. A partir de 1855 Pasteur presidió
la comisión. Para frenar la plaga la comisión aconsejó el uso de dos sistemas
diferentes. El primero de ellos consistía en injertar en el pie de la cepa un
insecticida poderoso, el sulfuro de carbono diluido en agua (este sistema que
requería mucha mano de obra y repetirlo anualmente junto con un abonado de la
viña).
Las enfermedades infecciosas también pueden atacar a la Fruta. Homenaje al
Niño comiendo uvas de E. Murillo (El germen y el genio).
Este método no consiguió satisfacer a los
propietarios ya que no destruía por completo al insecto, era peligroso para la
cepa y en los suelos empapados, los vapores podían ocasionar la muerte de la
planta. El segundo sistema se aplicaría a partir de 1881. Utilizaba como
insecticida el sulfo—carbonato de potasio, sin riesgo para la planta y, además
aportaba sustancias fertilizantes. Si bien estas medidas eran eficaces, sólo
podían costear sus gastos aquellos propietarios con buena solvencia económica.
Las pequeñas propiedades únicamente podían enfrentarse al insecto sustituyendo
las cepas existentes por injertos de pie americano, resistentes a la filoxera.
Capítulo 17
El carbunco de las ovejas y el cólera de las gallinas
Natalia González, Carmen Ramos
Muy pocas teorías han llegado a sacudir de tal
manera las mentes de su época que han hecho tambalear los cimientos de todo el
pensamiento humano. La Francia del siglo XIX, marcada por una efervescencia
cultural y científica, fue testigo de una de estas ideas, la teoría microbiana
de la enfermedad.
Cuando Sir Isaac Newton desarrolló la ley de la
gravitación universal permitió a la humanidad observar el cielo sin complejos.
Todos aquellos astros, perfectos e imponentes, estaban sujetos a las mismas
leyes que nosotros, pequeños e insignificantes humanos. No había Olimpo, no
había magia, tan solo movimiento. Lo asombrosamente grande quedaba explicado.
Ahora había que entender lo asombrosamente microscópico, y de eso se encargaría
Pasteur.
Antes de la llegada de Pasteur la enfermedad seguía
siendo un misterio. El pensamiento mágico, que continuaba gobernando, y la
teoría pseudocientífica de los miasmas habían situado la enfermedad fuera del
campo científico. Fantasmas, gases y emanaciones fétidas eran los causantes.
Sólo quedaba rezar.
Pasteur era un observador muy tenaz, cualquier
pequeño indicio, la más minúscula pista era un dato para él, una pieza de su
puzle. Y así, enunciando y respondiendo las preguntas correctas, alcanzó a
observar, al igual que Newton, cómo esos seres microscópicos, diminutos
microbios, estaban gobernados por las mismas leyes a las que estamos sometidos
nosotros, ahora ya no tan insignificantes humanos. Pasteur vio algo que no
había visto nadie, entendió la naturaleza de los microorganismos, los vio
dividirse, multiplicarse, los vio vivos. Y el mal que producía la enfermedad
seguía siendo invisible, impalpable, pero ya no eran fantasmas, sino seres
vivos, se les podía atacar. Ya no era necesario rezar.
Levaduras, bacterias y un sinfín de seres
microscópicos reclamaban un puesto de honor en la vida sobre la faz de la
tierra.
§. Descubrimiento del bacilo del carbunco
Con los descubrimientos por Pasteur del carbunco y
el vibrión séptico se establece la teoría microbiana de la enfermedad, que será
el punto de partida de la teoría general de las enfermedades infecciosas. Estos
descubrimientos harán que muchos de sus adversarios—críticos no tengan más
remedio que rendirse ante la evidencia, como le ocurriría a Colin, profesor de
la Escuela de Veterinaria de Maisons—Alfort.
Pasteur, aunque era químico, ya había sido
requerido en otras ocasiones por su categoría de científico y su prestigio para
el estudio de problemas que afectaban al hombre. Así, en 1865, fue reclamado
para investigar acerca de la epidemia de cólera que afectó París. En otra
ocasión, a comienzos del año 1877, y a petición del Ministerio de Agricultura,
se le requiere para que estudie el carbunco, el mal que estaba dañando
seriamente a la ganadería francesa, siendo uno de los departamentos más
afectados el de Eure et Loir, quien levanta la alarma (los ganaderos se daban
por satisfechos cuando las pérdidas eran inferiores al 5% de las cabezas de
ganado). En el verano de 1878 el mismo Ministerio le pedirá que investigue cómo
la bacteria carbuncosa infecta a los ganados, presentándosele a Pasteur la
ocasión para obtener beneficios económicos por esta causa.
A partir de 1877 sus estudios sobre la química
fermentativa pasarían a ser parte del pasado. Pasteur no es médico ni
veterinario, pero no va a contentarse con observar desde fuera. Personalmente
realizará los trabajos y experimentos para demostrar el microbio como agente
responsable de la enfermedad y los métodos para tratarla, pues intentando
vencer la enfermedad se previene la infección.
Con sus estudios Pasteur aclarará las vacilaciones
de los otros científicos investigadores del problema, como Delafonf, Pollende,
Brauell, Davaine y Koch. La causa de la enfermedad carbuncosa era atribuida a
una intoxicación, a algún veneno que se encontraba en el campo y que era
transmisible, como así pensaban los primeros veterinarios que se enfrentaron al
problema. Davaine, junto con Rayer, fue el primero en aislar el agente patógeno
pero no valoró la trascendencia de su investigación, ni reveló su descubrimiento.
En sus trabajos, en los años 1850, cuando estudiaba la sangre de los animales
fallecidos por la enfermedad, había observado la presencia de unos bastoncillos
que comparó con cuerpos vegetales. No será hasta once años después cuando, tras
conocer los trabajos de Pasteur sobre las fermentaciones, recapacite en su
hallazgo al comparar la imagen cilíndrica del fermento butírico con sus bacilos
y se formule la pregunta de si serían causa o consecuencia de la enfermedad;
dos años más tarde (1863) hará revisar sus observaciones, notificándolas a la
Academia de Ciencias y aclamando los trabajos de Pasteur y la no generación
espontánea en el interior del cuerpo humano o animal. Y en este mismo año
volvería a encontrar las formas bacilares en las muestras de sangre extraída de
ovejas muertas por carbunco, que le fueron enviadas por su colega Dourdan,
procedentes del rebaño de su vecino. La inoculación por Davaine de esta sangre
a conejos en el laboratorio le confirmó su sospecha como responsable de la enfermedad
al ver cómo éstos morían. Sin embargo, su hipótesis fue rebatida por Jaillard y
Leplat al repetir el experimento durante ese verano con sangre de una vaca, que
obtienen de un matadero cercano a Chartres y no encontrar en los conejos
inoculados las formas bacilares. A Davaine le ocurre lo mismo y plantea que la
enfermedad es diferente al tratarse de una vaca y no una oveja. Como no están
de acuerdo le proponen que repita el experimento, pero esta vez con sangre
carbuncal de carnero. Los nuevos resultados que obtuvo Davaine fueron negativos
al no encontrar los bastoncillos.
Paul Bert, ilustre fisiólogo que había recibido el
Premio de la Academia de Ciencias Francesa en 1875, comunica a la Sociedad de
Biología, en enero de 1877, que “las bacteridias no son ni la causa ni el
efecto necesario de la enfermedad carbuncosa”, ya que se puede destruir
el Bacillus anthracis mediante oxígeno a presión introducido
en una gota de sangre, y cuando posteriormente se inyecte esta sangre, no se
encontrará de nuevo la bacteria pero sí la enfermedad y la muerte.
En 1877 Robert Koch consideró las reflexiones de
Davaine y logró cultivar las bacterias carbuncosas en humor acuoso de buey y
conejo. La visión microscópica del cultivo le ofrece la presencia de unos
bacilos filamentosos, alargados, enredados, así como de unos elementos ovoides
en su interior, que relaciona con esporas. Consiguió provocar la enfermedad
cuando inoculaba estas “bacteridias” a conejillos de Indias, ratones y conejos.
Koch demostraría la acción patógena y el fenómeno de esporulación.
Pasteur dará repetida cuenta de sus experimentos en
la Academia de Ciencias y de Medicina. Para realizarlos pedirá colaboración a
Jules Joubert, quien fuera su antiguo alumno en la Escuela Normal Superior,
para que le ayude con los experimentos a fin de solventar la petición que le
han encargado y poder mostrar que el bacilo de Davine es el transmisor de la
enfermedad. Deberá investigar para ello la bacteria y su relación con la
enfermedad así como determinar si se ve influenciada por otros factores, séase la
sangre o el suero o la presencia de otros microbios. Necesita una muestra de
sangre de un animal muerto de carbunco y ésta la consigue con la cooperación de
Boutet, un veterinario de Chartres. En su laboratorio dispone de diferentes
medios en que poder cultivar y llevar a cabo la multiplicación de este
microbio; en esta ocasión utilizará la orina y, en este medio, irán realizando
sucesivas siembras para poder obtener sólo el microbio sin ningún resto de la
primitiva sangre de donde lo obtuviera. De este último cultivo inoculará una
gota a un conejo que muere rápidamente, concluyendo que la enfermedad es
transmitida por la bacteria y descartando, por tanto, que existan otros
factores responsables; demuestra que, si filtra el cultivo, no se produce la
muerte en el animal inoculado.
Para demostrar que las conclusiones de Jaillard y
Leplat no son ciertas reproduce de forma escrupulosa y personalmente, aunque
acompañado del veterinario Boutet, los experimentos de estos profesores del Val
de Grace, el 13 de junio de 1877, en una granja cercana a Chartres. Para ello,
Pasteur ha seleccionado 3 cadáveres de animales diferentes muertos en distintos
tiempos (la oveja lleva muerta 16 horas, el caballo lleva muerto 24 horas y la
vaca lleva muerta más de 48 horas, traída de una aldea lejana) el resultado que
encuentra tras estudiar las muestras sanguíneas de estos animales no es el
mismo: en la obtenida de la oveja hay numerosos microbios de carbunco, en la
del caballo hay pocos y no obtienen ninguno en la procedente de la vaca.
Pasteur sospechará una segunda enfermedad
recordando lo que sucedía cuando estudiaba los gusanos de seda. Por ello
inocula sangre procedente de la vaca en un cobaya que morirá en poco tiempo
después de hinchársele los músculos y el vientre; en su autopsia encontrará una
secreción en su abdomen de donde tomara muestras, comentando tras mirar al
microscopio: “Ahora bien, no sólo la sangre es el último lugar donde van a
parar estos microbios, sino que, en dicho líquido, uno de ellos adquiere un
aspecto muy particular, una longitud desmesurada, mayor con frecuencia que el
diámetro total del campo luminoso del microscopio, y se vuelve translúcido
hasta tal punto que fácilmente puede pasar inadvertido durante la observación.
[...] Si nos tomamos el trabajo de buscar en otro lugar, hallamos en los
tejidos y en la serosidad de un animal putrefacto gran número de estos
gérmenes”. Pasteur les dará el nombre de “vibrión séptico”.
Deduciendo de su experimento que el vibrión séptico
aparece cuando el animal lleva un determinado tiempo muerto, es decir, cuando
se encuentra en estado de putrefacción. Ahora si es capaz de comprender el
significado del microbio que “con su avance ondulatorio y reptante va apartando
los glóbulos de la sangre” observado haría un año antes, cuando se le asignó
corroborar el resultado del experimento que el veterinario Signol había enviado
a la Academia de Ciencias a finales del año 1785, el cual demostraba que la
sangre extraída de las venas en contacto con el intestino de un animal sano
muerto por un golpe se volvía virulenta tras pasar un determinado número de
horas y provocaba la muerte del animal inoculado. Pasteur dirá: “no es sino uno
de los vibriones de la putrefacción [...]. Su germen debe existir doquier y,
desde luego, en las materias del canal intestinal. Cuando se abandona un
cadáver que conserva los intestinos, éstos no tardan en convertirse en foco de
putrefacción. Es entonces cuando el vibrión séptico debe extenderse por la
serosidad, por los humores, por la sangre de las partes muy profundas”.
Con este experimento también resolvería el problema
planteado por Bett, pues el vibrión séptico es un microbio anaerobio; por ello,
cuando Bett somete a presión la gota de sangre, suprime los movimientos del
vibrión pero “no por ello mata el vibrión séptico pues, en contacto con el
oxígeno, se transforma en corpúsculo—germen y, de la noche a la mañana, un
líquido colmado de filamentos organizados y móviles no es ya más que un
conglomerado de puntos brillantes y muy tenues. Si se introducen estos puntos en
el cuerpo de un conejillo de Indias, o en un líquido adecuado, se reproducen
con forma de vibriones filiformes móviles y el animal muere presentando todo
los síntomas de la enfermedad”.
“A los experimentos contestan con discursos”, decía
Pasteur de sus detractores. El profesor Colin está convencido que no hay nadie
que sepa más del carbunco que él, pues lleva mas de quinientos experimentos
(que se refieren sólo a lo que él observa) y doce años trabajando sobre la
enfermedad y no admite que el carbunco sea causado por el microbio descubierto,
afirmando que Pasteur está equivocado y que sus experimentos pueden alterar los
microbios. Él no ha encontrado ninguna bacteridia en la sangre del animal
después de un tiempo transcurrido tras la inoculación. Pasteur le contesta:
“¡El señor Colin cree en la presencia de una materia soluble virulenta, porque
quiere que sea así! “Como ninguno de esos quinientos experimentos ha sido
significativo en lo tocante al tema en litigio, no admite que los de los demás
puedan serlo. Y los que lo son, los da por no realizados. Si los menciona es
para desfigurarlos o alegar en su contra sutilezas dialécticas”. Tanto uno como
otro terminarán pidiendo a la Academia que se comprueben las aserciones de su
contrario. Cuando la Academia le pide a Pasteur que repita los experimentos,
éste recordará a los presentes que ha publicado sus trabajos en colaboración
con Jourbert y que no han sido rebatidos; por tanto: “Debo considerar estos
hechos como algo establecido en el campo de la ciencia, y nadie, ni una
comisión ni un individuo, pueden exigir otras pruebas que las que ya
proporcionamos. Es éste un punto del derecho científico que me parece
indiscutible”.
Sin embargo, para Colin esto no será suficiente y
contradirá todo aquello que Pasteur asegure. Ello hará que Pasteur le rete a
que reproduzca el carbunco en gallinas ya que Colin no acepta que esta
enfermedad no la padece la gallina. Meses más tarde le dará la razón a Pasteur
y éste le afirmará: “Bueno, pues le voy a demostrar lo contrario”.
Pasteur va a demostrar cómo el entorno influye en
la enfermedad, sin embargo aún falta mucho tiempo para explicar los mecanismos
de inmunidad y el concepto de portador. Efectivamente, Pasteur provocará la
enfermedad en las gallinas aunque en circunstancias muy particulares, pues como
sospechan Jourbert y Chamberland, ayudantes de Pasteur, el cuerpo de las
gallinas presenta una temperatura superior al de otros animales de
experimentación, lo cual les protege de la enfermedad, por lo que será
necesario bajarle la temperatura para que enfermen. Colin volverá a negar la
evidencia y exigirá una nueva comprobación con autopsia y examen microscópico.
Pasteur acepta con la condición de que en la Comisión de evaluación se halle
Colin y que se levante acta de las conclusiones. Les dirá a los miembros de la
Academia: “La Academia comprenderá por qué insisto en rechazar las
contradicciones fútiles de M. Colin. Siempre he pensado que el único derecho
que tengo de ocupar un sillón aquí, es el que me otorga vuestra benevolencia,
ya que, en realidad, carezco de conocimientos médicos o veterinarios” (...)
Entro en esta Academia con un programa que exige que todos mis pasos sean
fundados, y éste se lo recordaré en pocas palabras: busco, vanamente desde hace
20 años la generación espontánea propiamente dicha, y si Dios lo permite,
seguiré buscando otros veinte años la generación espontánea de las enfermedades
transmisibles. En tan difíciles estudios, rechazaré siempre con severidad las
contradicciones sin fundamento; pero sabré estimar y agradecer a las personas
que me adviertan mis errores”.
Repetirá el experimento con las gallinas, en la
sala del Consejo de la Academia de Medicina, ante la Comisión propuesta por la
Academia, y Colin, aún a su pesar, reconocerá que el animal ha muerto de
carbunco y firmará el acta en la que figurarán también Bouley, Davaine, Pasteur
y Vulpian. Bouley encargado de redactar el acta pondrá: “Después de estas
comprobaciones, M. Colin declaró que no tenía objeto que se efectuara la
autopsia de las gallinas restantes, porque la que ya se había realizado
mostraba con evidencia que existían bacteridias carbuncales en la sangre de las
gallinas inoculadas con carbunco, después de sometidas al tratamiento que hace
eficaz la inoculación, según lo ha determinado M. Pasteur”. Pasteur afirmara
que Colin se ha equivocado y le indicará que estudie las conclusiones de
aquellos trabajos que pretenda contradecir antes de hacerlo.
§. Descubrimiento de la fuente de contagio
La enfermedad la trasmite una bacteria que penetra
por vía digestiva al ingerir el animal forraje contaminado y los pastos
influyen en su diseminación. La mente de Pasteur no descansa ni un momento; de
ahí que paseando por el campo con Roux y Chamberlat, durante su estancia en
Chartres, se fijará en la mancha negra que había en la tierra y los diminutos
cilindros terrosos que aparecían en la superficie de un terreno recién segado.
Pasteur dirá “lo tengo” y añadiría: “el vehículo que transmite la espora es la
lombriz. Al excavar sus galerías subterráneas, las lombrices hurgan en las
proximidades de las fosas y difunden y transportan las esporas que exhuman”.
Para confirmar la hipótesis se estudiarán las tierras y las lombrices
procedentes de fosas donde se habían enterrado los animales muertos de carbunco
en busca del microbio, encontrando las esporas del mismo junto a bacilos
sépticos. Estas esporas del bacilo del carbunco no las encontraban en las
lombrices y tierras alejadas de las fosas. Pasteur advertiría: “Siempre que sea
posible, habrá que escoger para enterrar a los animales suelos muy pobres,
arenosos o calcáreos que sean áridos, poco húmedos y de rápida desecación, poco
aptos, para que vivan en ellos las lombrices”. Esta sentencia hará cambiar la
forma de pensar de los higienistas.
§. El cólera o peste de las gallinas
Otro problema existente por aquel entonces era la
enfermedad que afectaba a las aves que morían de forma repentina; cuando ésta
se introducía en el gallinero, se mantenía hasta no sacar la mayoría de las
aves enfermas, si bien algunas eran capaces de sobrevivir (portadoras crónicas)
e incluso resistir a una nueva infección por Pasteurella multocida y
causar un rebrote en las aves susceptibles. La enfermedad ocurría por brotes y
sobre todo durante el tiempo frío y húmedo. Pasteur, sin olvidar el carbunco,
estudiará esta enfermedad, la cual era conocida desde el siglo XVIII. Fue
estudiada en 1869 por Morit, veterinario alsaciano, quien observó en las
gallinas atacadas de cólera la presencia de granulaciones en su cuerpo; también
la estudió Sebastiano Rivolta en 1877, y en 1878, el veterinario de Turín,
Edoardo Perroncito, aseguró que el microbio tenía forma de puntos. Henry
Toussaint en Toulouse demostró en 1879 que era el causante de la virulencia de
la sangre pero no logró cultivarlo. Pasteur en cambio sí lo lograría, aunque no
le fue fácil; así, tras varios intentos en diferentes tipos de caldos, obtuvo
el más apropiado que no fue otro que el obtenido de carne de gallina. Pasteur
comentaría que ante una falta de crecimiento en un cultivo estudiado por un experimentador
impaciente, deduciría que el cólera de las gallinas siendo espontáneo, no sería
de origen microbiano lo que daría lugar a un error funesto porque en otro caldo
conveniente serviría para dar un cultivo virulento”. En 1880 leería en la
Academia de Medicina y en la de Ciencias: “Es prodigiosa la facilidad con que
el microbio se reproduce en caldo de gallina. El líquido de cultivo más límpido
se enturbia en pocas horas y se llena de incontables corpúsculos,
extremadamente tenues y algo estrangulados en su parte media, que, a primera
vista, parecen puntos aislados, sin movimiento propio. Su reducidísimo tamaño
se reduce aún más cuando se reproducen a los pocos días, dando numerosos
corpúsculos de diámetro difícilmente medible: el líquido de cultivo se torna
casi transparente y deja de ser turbio y lechoso como al principio. El microbio
pertenece evidentemente a un grupo distinto del de los virus; y aunque no
conocemos hasta ahora su naturaleza, creo que pronto podremos cultivarlo”.
Comunicó que la virulencia del microbio era muy
alta de manera que con una simple gota de un cultivo era suficiente para que
muriera la gallina. “El problema no sólo pasa por su ingestión, que provoca una
muerte muy rápida en los animales, sino por la contaminación proveniente del
virus que queda en los excrementos de las gallinas, mortal también para las
demás aves del corral”.
¿Algunos microbios resultan inofensivos al ser
inoculados en ciertos animales?, se pregunta el sabio francés, para añadir a
continuación: “Así inoculando a conejillos de Indias el cultivo virulento del
cólera de la gallina, observo que estos no padecían la enfermedad o muy
raramente y simplemente les ocasionaba un absceso en el lugar de la
inoculación. Sin embargo, el pus que estos conejillos derramaran de sus
abscesos contaminarían el alimento de las gallinas y conejos y estos animales
enfermarían”. Pasteur también comentaría: “quien presenciara un caso como éste
asombraríase que las gallinas y los conejos enfermaran sin causa aparente, y
creería en la espontaneidad del mal, sin sospechar que el origen del mismo está
precisamente en los conejillos de Indias, cuya buena salud es evidente, a pesar
de estar ligeramente enfermos. ¿Cuántos misterios en la historia del contagio
podrán dilucidarse con igual facilidad?”.
Pasteur piensa en los trabajos de Jenner,
reflexiona posteriormente sobre la obtención de vacunas, tras recapacitar sobre
lo ocurrido al inocular un cultivo viejo (cultivo olvidado durante unas
semanas) a unas gallinas y comprobar que estas enfermaban levemente o no
enfermaban. Sabía que cuando mantenía el cultivo realizando pases diarios éste
conservaba su virulencia y registra: “el virus se atenúa a medida que
envejece”. Comprobó que cuando a estas gallinas le inoculaba posteriormente un
cultivo virulento no morían, cosa que si ocurría en las que nunca habían estado
en contacto con la enfermedad y les inoculaba el cultivo virulento: “Estaban
vacunadas”. La virulencia del cultivo podría atenuarse pasando éste por una
corriente de oxígeno del aire atmosférico, y además ésta podría ajustarse a
voluntad. Este proceso es atribuido a su discípulo Roux. Pasteur diría: “Si se
inicia una serie de cultivos sucesivos con un cultivo de virulencia atenuada,
es posible hacer reaparecer la virulencia original. Sin embargo, la virulencia
cero, sólo produce virulencia cero”.
La virulencia atenuada servirá para estimular la
resistencia natural frente a la enfermedad y favorecer las defensas ante la
infección, sin embargo no provocará la enfermedad. Por tanto, la vacuna contra
el cólera de las gallinas podría obtenerse fácilmente. En 1880 sus adversarios,
siempre dispuestos a demoler y rara vez a escuchar, habían conseguido que la
Academia le censurase por intentar poner en práctica la idea de la vacunación,
y no revelar los pormenores de su método. Años más tarde describiría punto por
punto su experimento, que indica la virulencia atenuada y cómo conseguirla; a
partir de entonces sus detractores, uno de los más importantes Guérin, tendrían
que reconocer sus investigaciones y renovar sus anticuadas teorías. Prevenir se
impone sobre la idea de curar. Los entusiastas de Pasteur hablan de una nueva
época. La era de la inmunización.
§. La vacuna contra el carbunco
“En cuanto al virus atenuado del cólera de las
gallinas, puede devolvérsele su virulencia primitiva inoculándolo sucesivamente
a pequeñas aves como canarios, gorriones, etc.; el microbio adquiere poco a
poco su virulencia necesaria para enfermar nuevamente gallinas adultas”.
“Necesito agregar que, gracias a la recuperación
progresiva de la virulencia primitiva, pueden prepararse virus— vacunas contra
la bacteridia y el microbio del cólera de las gallinas, en todos sus grados de
virulencia”.
Al intentar preparar la vacuna del carbunco,
Pasteur encuentra dificultades pues el método empleado para el cólera de las
gallinas no le sirve, el bacilo del carbunco es capaz de desarrollar esporas y
éstas sobreviven a la oxigenación y conservan su virulencia. Así, esporas
encontradas en fosas de animales muertos de carbunco conservan la virulencia
aún después de doce años. ¿Como poder evitarlo?. Pasteur encontrará una
solución. Hace poco tiempo que Toussaint un joven veterinario ha anunciado una
vacuna contra el carbunco que ha resultado ineficaz, y ha sido duramente
criticado por Pasteur, pero en su preparación ha utilizado el calor para
destruir al bacilo y no lo ha conseguido. Pasteur piensa en las consecuencias
de la temperatura y encuentra una franja de calor donde puede cultivar el
microbio y evitar la producción de esporas: “A esta temperatura límite, dice
Chamberland, las bacteridias viven y se multiplican; pero no producen gérmenes
y, al cabo de seis, ocho, diez o quince días, su virulencia disminuye,
Uno de los rasgos característicos de la personalidad de Pasteur fue su
patriotismo. Homenaje a Pasteur con motivo de su 70 cumpleaños.
análogamente a la del microbio del cólera de las
gallinas. Un cultivo que originariamente mataba 10 carneros de 10, al cabo de 8
días sólo mataba 5 y a los 10 días dejaba de ser mortal. Es interesante hacer
notar que cuando se calentaba un cultivo ya atenuado a la temperatura de 30—40
grados, las bacteridias debilitadas, adquieren la capacidad de producir
gérmenes nuevamente, cuya virulencia era igual a las bacteridias filamentosas
que los habían producido”. Manteniendo las bacteridias atenuadas a una temperatura
baja favorable, éstas tornábanse nuevamente aptas para producir esporas que
producirían, a su vez, bacteridias debilitadas, de igual virulencia que las
originarias. Pasteur consigue la vacuna cultivando la bacteria durante 8 días a
42—43 grados y oxigenando los cultivos, consiguiendo que éstos sean inofensivos
para los animales que más fácilmente enferman de carbunco, como son el conejo,
el cobaya y la oveja. “Antes de que se extinga su virulencia el microbio del
carbunco pasa por diferentes estados de atenuación y, por otra parte, como les
sucede también a los microbios del cólera de las gallinas, cada uno de esos
estados de virulencia atenuada puede reproducirse en cultivo”. “Las bacterias
de virulencia atenuada constituyen una vacuna contra las de virulencia mayor:
Para preservar animales del ataque mortal del carbunco ¿hay algo más fácil que
inyectarles precisamente el virus de la serie de cultivos sucesivos que alcance
a provocarles un carbunco benigno”.
Pasteur obtuvo de esta manera una vacuna
inalterable, constituida por esporas, que podía ser trasladada a cualquier
lugar para llevar a cabo la vacunación de los animales frente a la temible
enfermedad, el carbunco.
Las experiencias que realiza Pasteur en el
laboratorio, pronto las llevará a la práctica en gran escala gracias a
Rossignol, veterinario de Melun. Según éste, el descubrimiento de Pasteur no
podía quedar oculto en el laboratorio de la Escuela Normal ni entre los
miembros de la Academia. Rossignol convenció a los criadores de ganado del
beneficio que representaba la vacunación contra el carbunco, para lo cual sólo
debían dejar que realizaran con sus animales una experiencia demostrativa. A
esta idea de Rossignol se uniría la Sociedad de Agricultura de Melun para lo
cual ponía a disposición de Pasteur 60 carneros. El programa de vacunación que
redacta Pasteur lo llevará a cabo ayudado por Chamberland y Roux. El plan
consistiría en la inoculación de 3 dosis de vacuna separadas durante un
intervalo de tiempo y la comprobación del estado de los animales al cabo de un
mes tras la exposición al carbunco. El resultado fue satisfactorio, el éxito
seguro. Pasteur comunicaría a la Academia: “poseemos virus—vacunas contra el
carbunco, que, no siendo mortales por sí mismas, preservan a los animales de la
enfermedad mortal. Son vacunas vivas, cultivadas a voluntad, que pueden
transportarse a cualquier parte, sin que se alteren. Su método de preparación
puede llegar a ser general, pues es igual al que sirvió para preparar la vacuna
contra el cólera de las gallinas. [.] puede decirse que la vacuna contra el
carbunco constituye un adelanto evidente con respecto de la vacuna de Jenner,
por cuanto ésta no ha sido obtenida experimentalmente hasta ahora”.
Inmediatamente es requerido para que repare nuevos
males, a lo que contestará: “Acabo de concluir mis experimentos acerca de la
vacuna carbuncosa, y ya me piden que encuentre el remedio contra la viruela de
la oveja. ¿Y por qué no contra la filoxera?”.
La voz de los resultados contra el carbunco corre
rápidamente, por lo que comienzan a realizarse prontamente las inoculaciones de
los animales; así, en 1882, se vacunan cien mil ovejas. La mortandad por
carbunco desciende tras la vacunación. La profilaxis es evidente, aunque deban
repetirse anualmente las inmunizaciones. La vacunación pasa a ser una rutina
entre los ganaderos.
Pasteur comprueba que su presencia convence por lo
que se convertirá en portador de su descubrimiento recorriendo todo el país.
Con la introducción de la vacuna se evitaría una pérdida millonaria de francos.
Pasteur amaba su patria y, por eso, cuando obtienen
la vacuna contra el carbunco, dirá: “Nunca hubiera hallado consuelo, si el
descubrimiento que acabamos de hacer, mis colaboradores y yo, no hubiese sido
un descubrimiento francés”.
El Gobierno de la República concederá a Roux,
Chamberland y Pasteur el gran cordón de la Legión de Honor en reconocimiento
por la importancia del descubrimiento.
Capítulo 18
El estreptococo piógeno y otros descubrimientos microbiológicos
Almudena Calvo
Pocos científicos pueden presumir de haber
propinado un golpe tan duro al pensamiento de su época como Louis Pasteur hizo
en su día. Con él nació la microbiología moderna y, en poco tiempo, consiguió
derribar dos grandes mitos: la generación espontánea y el origen místico de la
enfermedad.
Pasteur era un gran cazador de fraudes, un gran
refutador. Era observador y poseía una gran capacidad de deducción. Gracias a
ello trazó en su mente un modelo del funcionamiento de los procesos biológicos
que le permitió ir derribando uno a uno todos aquellos errores que se habían
producido por subestimar a esos diminutos “animáculos”. A diferencia de muchos
otros grandes genios, los descubrimientos de Pasteur no son fruto de un
instante de genialidad, sino de una capacidad de entendimiento y de ejecución únicas.
Y realmente lo entendió, y comprendió que las bacterias eran en realidad el
motor de todos esos procesos que aparentemente resultaban inexplicables. Su
presencia, su interacción con el medio y con el hombre tenía que tener un
efecto, y el peor de todos era la enfermedad.
Los estreptococos se hallan ligados a la historia del hombre desde tiempo
inmemorial. Representación artística de estreptococos (El germen y el genio).
Pasteur llegó a demostrar que la fermentación y el
desarrollo de los microorganismos no procedían espontáneamente a partir de la
materia o infusión viva en la que se encontraban. La teoría de la generación
espontánea sostenía la súbita aparición de la vida, la creación divina
reproducida en pequeña escala. Para ello, realizó una serie de experimentos,
inspirado en los trabajos del inglés J. Tyndall, con unas vasijas con cuello de
cisne provistas o no de filtros, para impedir el paso las partículas de polvo.
Los microorganismos que crecieron en estos caldos procedían del exterior en
lugar de ser generadas dentro del propio caldo, por lo que confirmó que la
generación espontánea no existía y que todos los microorganismos procedían
siempre a partir de otros seres vivos semejantes a ellos mismos.
A consecuencia de estos estudios nació la teoría
microbiana de la enfermedad infecciosa, actualmente una teoría fundamental en
la microbiología clínica.
§. Estreptococo piógeno
El primer microorganismo que se relaciona con
Pasteur fue la identificación del carbunco (Bacillus anthracis), aunque
no sólo se le cita a él en su hallazgo, sino que también sale a relucir el
nombre de Koch, debido a que ambos descubrieron esta bacteria casi al mismo
tiempo, en 1876. En realidad estos microorganismos fueron observados por
primera vez por Koch, pero fue Pasteur quién los describió y cultivó.
En los experimentos llevados a cabo por Pasteur
sobre la patología del carbunco se decidió por realizar sus investigaciones con
animales, concretamente cobayas, con la finalidad de determinar una patología
experimental. En el transcurso de estos estudios utilizaron material de cirugía
rudimentario constituido por una jeringuilla formada por un émbolo hecho con
dos arandelas de cuero. En la mayoría de los casos Pasteur observó que se
trataba de un material rudimentario y bastante sucio que no se podía esterilizar.
Por este motivo recomendó que se realizara una inoculación a los animales con
un tubo de vidrio recién afilado en sus posteriores investigaciones para evitar
posibles contaminaciones. Este hecho demostraba lo meticuloso que era el
químico francés desde sus primeras investigaciones.
Cuando Pasteur se ponía a trabajar recurría a todas
las posibilidades de estudio que tenía a su mano. Por este motivo, prestó una
considerable atención en acudir a los hospitales y no aislarse sólo en su
laboratorio, ya que allí era donde podía encontrar una fuente inagotable de
microorganismos que le facilitaban su constante estudio. Dedicó especial
interés a una infección que arrasaba los hospitales en aquella época, la fiebre
puerperal, que desde 1850 asoló múltiples maternidades en Francia. Se trataba de
una infección bastante grave que afecta a todo el organismo humano y que
desencadena una respuesta inflamatoria generalizada. Este grave proceso
infeccioso septicémico afectaba a las mujeres tras un parto o un aborto, al
igual que al recién nacido, debido principalmente a la falta de higiene del
personal que asistía a estos partos, así como del material utilizado.
Aunque en aquella época en los hospitales se
tomaban diferentes medidas desinfectantes transitorias como eran los
procedimientos de Lister y otros métodos asépticos, así como la recomendación
del empleo de ácido bórico, la prohibición del uso de aguas comunes para lavar
las vías genitales externas, etc., se trataban de medidas deficientes, ya que
no solucionaban el problema que presentaba esta infección entre la población de
mujeres recién paridas.
Hasta 1858 Pasteur no describió a los agentes
responsables de las infecciones, y demostró que las enfermedades no aparecían
espontáneamente, sino que eran originadas por unos “gérmenes”. Todo este
descubrimiento sirvió de base a algunos científicos para sus posteriores
descubrimientos de los diferentes agentes etiológicos de las distintas
enfermedades.
No obstante, no fue hasta 1879 cuando la Academia
de Medicina puso de manifiesto la gravedad de la epidemia de la fiebre
puerperal. Esta patología ya se relacionaba con un agente infeccioso, pero no
se hizo ningún proceso ni se buscó ninguna identificación para evitar su
transmisión. Sin embargo, en este año Pasteur colaboró con la Academia con su
aportación de cómo era el responsable de esta fiebre puerperal. Se trataba de
un microorganismo que presentaba una morfología en cadena cuando era observado
al microscopio, concretamente era el estreptococo piógeno(Streptococcus
pyogenes) o estreptococo beta—hemolítico del grupo A de hoy en día.
Esta aportación fue gracias al constante estudio de este germen, durante varios
años antes, en diferentes muestras de abscesos de sangre y pus que presentaban
aquellas jóvenes pacientes que padecían esta enfermedad.
Por lo tanto, Pasteur identificó la bacteria
estreptococo piógena como la causante de la sepsis puerperal. Este
microorganismo es uno de los patógenos bacterianos más importantes de los seres
humanos. Es la causa bacteriana más frecuente de la faringitis aguda, así como
de distintas infecciones cutáneas y sistémicas. Su importancia radica
principalmente en que origina dos infecciones no supuradas bastante
importantes, la fiebre reumática aguda y la glomerulonefritis aguda
postestreptocócica.
A raíz de estos acontecimientos Pasteur, junto con
sus colaboradores Roux y Chamberland, continuó con el estudio de estos agentes
patógenos, recorriendo los servicios de las maternidades y las salas de
autopsias de las pacientes de los hospitales Lariboisiere, Necker y Cochin de
Paris. Estos investigadores tomaron muestras de sangre de las mujeres
infectadas, tanto de las pérdidas de la vagina y autopsias con sus pipetas
estériles, como pinchando directamente los dedos de las pacientes infectadas
con alfileres. Así fue como Pasteur realizó los primeros cultivos bacterianos
de tomas de sangre en caldos de gallina, hoy día denominados hemocultivos. La
observación de estos cultivos al microscopio permitió un diagnóstico rápido y
un pronóstico seguro.
Con la utilización del caldo de gallina, Pasteur
podía continuar estudiando y cultivando los microorganismos responsables de
esta patología, incluso tras el fallecimiento de las pacientes de las que se
han tomado las muestras. Pero, no sólo estudiaba las muestras que él recogía,
sino que también otros investigadores le proporcionaban muestras de otros
hospitales o facultades donde también se estudiaba esta infección, para que
pudiera observarlas al microscopio y realizara su propio diagnóstico, como fue
el caso de un profesor de la Universidad de Nancy, el profesor Feltz, quién le
informó del aislamiento de un nuevo microorganismo que creía que era
responsable de una fiebre similar a la puerperal. Pasteur mostró bastante
interés y no dudó en prestar su ayuda. Creía que habían descubierto un nuevo
germen, pero, tras la observación de la muestra recibida, descubrió que se
trataba del bacilo responsable del carbunco. En esos momentos este
microorganismo ya era bastante conocido por Pasteur, no se trataba de un nuevo
microorganismo.
§. Otros descubrimientos microbiológicos
La microbiología nació. Las bacterias poseían
identidad, se las podía poner un nombre y seguir su proceso. Había mucho
trabajo que hacer, muchos microbios que observar. Tal es el caso, que mientras
continuaba con sus investigaciones, se percató de que su ayudante Chamberland
se quejaba con regularidad de una serie de furúnculos que le aparecían en la
zona del cuello, la nuca y los muslos: padecía forunculosis. Se trata de una
infección profunda del folículo piloso con afectación de tejido subcutáneo vecino.
Pasteur lo examinó e intuyó que quizá se encontraran con una nueva fuente de
nuevos microorganismos, con lo que creció su interés y le propuso a su ayudante
a que se prestase para poder analizar diferentes muestras de sus furúnculos en
sus experimentos.
De esta manera, Pasteur tomó una serie de muestras
de pus de los furúnculos de su ayudante y la depositó en dos frascos con caldo
para su cultivo, uno de músculos de gallina y el otro de levadura. Al día
siguiente ambos frascos estaban repletos de microorganismos, aunque mostraban
diferentes aspectos. En el frasco con caldo de gallina, los microbios estaban
apelotonados y adheridos en las paredes del recipiente, y sin embargo, en el
frasco con agua de levadura se hallaban totalmente dispersos. Con este experimento
Pasteur consiguió aislar uno de los microorganismos más frecuentes hoy en día,
el estafilococo. Y comprendió a su vez, que no todos los microorganismos crecen
de igual manera en los mismos caldos de cultivo, sino que requieren unos
nutrientes específicos para su crecimiento.
No obstante, Pasteur continúo estudiando los
furúnculos de su ayudante en repetidas ocasiones en los días siguientes.
Incluso llegó a pinchar a Chamberland en un dedo para sacar una muestra de
sangre y al analizarla pudo comprobar que no presentaba ningún microorganismo,
afortunadamente era estéril. Le enviaron desde distintos hospitales diferentes
muestras de pus de furúnculos de diferentes partes del cuerpo de pacientes
enfermos para su estudio. Con lo que Pasteur pudo comprobar que al observarlo
al microscopio siempre se trataba del mismo tipo de microorganismo redondeado.
Eran exactamente idénticos al germen que aisló de las muestras obtenidas de los
furúnculos de su ayudante.
Más adelante, debido a la reputación que Pasteur se
había ganado por aquel entonces de ser el mejor especialista en la
identificación de los microorganismos, fue requerida su presencia en el
hospital de Trousseau. El cirujano Marie Lannelongue, conocido por sus trabajos
en osteomielitis, le pidió ayuda para conseguir identificar el agente causante
de un tumor en la rodilla derecha de una niña de unos doce años. La niña
padecía osteomielitis. Se trataba de una inflamación o hinchazón del tejido
óseo que suele producirse como resultado de una infección.
Cuando Lannelongue operó a la paciente, realizó una
incisión alargada por encima de la rodilla infectada y salió espontáneamente
una gran cantidad de pus. Inmediatamente Pasteur recogió diferentes muestras
del pus en diferentes caldos que llevaba preparados para analizarlos más tarde
en su laboratorio. No se limitaron solo al pus sino que también recogieron
muestras de dentro del hueso con la ayuda de un trépano. Rápidamente Pasteur se
puso a trabajar con todas aquellas muestras recogidas en su laboratorio.
Al principio del estudio no consiguió observar nada
distinguible con su microscopio, sólo veía preparaciones confusas en las que no
podía diferenciar ningún microorganismo. Sin embargo, horas después de mantener
los caldos en estufas para su crecimiento, los microorganismos proliferaron y
Pasteur consiguió distinguir los aislados. Resultó que eran exactamente
idénticos a los observados en las muestras obtenidas de su ayudante
Chamberland. Por consiguiente, llegó a la conclusión de que el estafilococo no
sólo producía infecciones cutáneas como la forunculosis, sino que además
producía afecciones óseas, por lo que llegó a la conclusión de que la
osteomielitis era también una enfermedad estafilocócica.
Con este hallazgo de que un mismo microorganismo
pudiera producir enfermedades completamente diferentes, como son la
forunculosis y la osteomielitis, supuso un auténtico desafío por aquel
entonces. Sobre todo debido a que eran enfermedades de gravedad muy diferente,
una generalmente benigna y superficial, como es la forunculosis, y la otra, una
enfermedad con mayor gravedad que se encuentra localizada en el interior de los
huesos, como se trata de la osteomielitis. Aunque se trataba de una afirmación
audaz, era de lo más cierta y supuso un nuevo reto en el laboratorio de
microbiología.
Pasteur además trabajó en una sorprendente
diversidad de campos microbiológicos, como fue la fermentación de la cerveza y
la producción de los vinos, entre otros, en los que aportó una gran visión
científica.
Pasteur también trató de combatir la peste, cuyos azotes epidémicos seguían
abatiendo de cuando en cuando a los países europeos. El triunfo de la Muerte
(P. Brueghel).
No obstante, no se le iba de la cabeza pensar en
las grandes epidemias que estaban asolando y llegando a Europa durante esos
años, como eran la peste, el cólera y la fiebre amarilla.
Así fue como Pasteur, en 1879, prestó su atención
sobre la epidemia que se extendía por Rusia, la peste. Esta enfermedad
infectocontagiosa afecta tanto a humanos como animales y se considera una de
las zoonosis más agresivas y potencialmente letales de las enfermedades
bacterianas. Tenía tanto interés en esta epidemia que incluso escribió unas
notas sobre la misma, que mencionaban cuáles serían sus pasos a seguir en el
estudio de tal enfermedad. En ellas resalta la importancia de tener en cuenta
que toda infección está producida por un determinado microorganismo, con lo que
los experimentos se deben centrar en el aislamiento del mismo. Para ello, se
necesitan cultivos de sangre y de muestras de diferentes humores obtenidos de
enfermos o personas que acaben de fallecer por esta infección, para así tener
la esperanza de poder aislar y purificar el germen responsable de la
enfermedad, y alejarlo de cualquier contaminación que dificulte su
identificación.
Un breve fragmento de las propias palabras de
Pasteur son las siguientes:
“Si yo tuviera que estudiar la peste en el lugar en
que se está dando, supondría, de entrada, porque al principio de toda
investigación hay que partir de una idea preconcebida que nos guíe, que la
peste se debe a la presencia, o al desarrollo en el hombre, de un micrófito o
de un microzoario. Basándome en esto, me centraría en cultivos de la sangre y
de los diferentes humores del cuerpo, sangre y humores tomados del moribundo o
del que acaba de fallecer, con el objetivo y la esperanza de aislar y purificar
el organismo infeccioso”.
Estas directrices marcadas por Pasteur a la hora de
estudiar esta enfermedad infecciosa sirvieron como base y apoyo a otros
científicos en años posteriores, como es el caso de Alexandre Yersin que,
quince años después, llegó a descubrir el bacilo responsable de la peste en
Hong Kong, y demostró la relación entre la enfermedad humana y la de la rata.
Años después, la fiebre amarilla llegó a Burdeos
(1881), a través de un barco procedente de Senegal. El acercamiento de Pasteur
a este proceso infeccioso fue un poco desmoralizador. Aunque, en cuanto tuvo
conocimiento de la existencia de estos barcos, se desplazó rápidamente a
Burdeos en compañía de Roux para poder empezar su estudio, no tuvo la
oportunidad de poder aislar ni estudiar algún microorganismo de esta patología.
La razón por la que no pudo llevar a cabo su cometido fue porque los barcos que
llegaban a puerto y que habían tenido contagiados de fiebre amarilla, llegaban
sin ningún enfermo. Todos los contagiados habían fallecido en el transcurso del
viaje, con lo que todos los cadáveres se habían tirado por la borda. El resto
de la tripulación que llegó a puerto fue sometido a cuarentena, pero no estaban
contagiados. Por lo tanto Pasteur no pudo acercarse a ningún enfermo y no tuvo
oportunidad de poder aislar ningún microorganismo específico de esta
enfermedad.
Igualmente, en 1883, Pasteur mostró interés por una
epidemia de cólera que apareció en El Cairo y se extendió hasta Alejandría,
llegando a producir un número considerable de muertes a consecuencia de la
misma. En este caso, consiguió que el Comité consultivo de Higiene de Paris
permitiera el desplazamiento de una comitiva de científicos francesa, en la que
él pudo participar junto con Roux, Nocard, Straus y Thuillier.
Durante el viaje del grupo de investigadores,
Pasteur les explicó todos sus conocimientos y consejos sobre el tema para
cuando llegara el momento ponerse todos manos a la obra. Indicó que siguieran
los procedimientos que había redactado en su obra sobre las enfermedades de los
gusanos de seda, ya que consideraba que la enfermedad del cólera podría tener
similitud con esta enfermedad. Entre los procedimientos recomendados, les
detalló los trabajos e investigaciones que tendrían que realizar, como son la observación
al microscopio de las muestras recogidas de los enfermos, en este caso heces y
sangre, proceder a hacer cultivos en medio aerobio y anaerobio e incluso la
inoculación de cobayas de todas las muestras.
Estos estudios no tuvieron muy buen comienzo debido
a que uno de sus ayudantes, Thuillier, se contagió y falleció por esta
epidemia. Fue una tragedia para todos ellos. Esto hizo que pusieran mayor
hincapié en el estudio de la misma. Sin embargo, a pesar del esfuerzo, fueron
los alemanes, concretamente el equipo de Robert Koch, los primeros que
consiguieron el aislamiento de la bacteria causante de la epidemia del cólera.
Por otro lado, hay que destacar que al mismo tiempo
que Pasteur se preocupaba de las enfermedades que afectaban al hombre, se
interesó por otras infecciones como son las enfermedades que afectaban a los
animales, concretamente la peste aviar y la erisipela porcina.
Un profesor de la Escuela de Veterinaria de Tolosa,
el Profesor Toussaint, estaba interesado en estudiar la peste aviar, pero tras
intentos fallidos de intentar aislar los microorganismos de la sangre de
gallinas con peste aviar, contactó con Pasteur debido a su reputación y le
pidió ayuda con sus experimentos. El químico empezó a trabajar con rapidez. Al
principio los cultivos usuales del laboratorio, como la levadura, no resultaban
adecuados para que crecieran las bacterias, hasta que se le ocurrió experimentar
con caldo de músculo de gallina. Con este caldo sí que empezaron a proliferar
los microorganismos de una manera rápida.
Durante estos estudios además comprobó que el
contagio de la enfermedad de unas gallinas a otras era muy rápido, sobre todo
debido al contacto con los excrementos contaminados de otras gallinas. No
obstante, no fue sólo eso lo que aprendió, sino que, al intentar experimentar
con otros animales, como son los conejillos de indias, éstos no se infectaban
con la gripe aviar. Cuando les inoculaba cultivo con este microorganismo apenas
aparecía un absceso que sí era contaminante, pero no desarrollaban enfermedad,
cosa que no pasaba con las gallinas. En este momento comprendió cómo las
epidemias se extendían sin ser provocadas por miasmas o castigos divinos, y que
algunos animales podían ser reservorios de determinadas infecciones y otros no.
Más adelante, Pasteur se dedicó completamente al
estudio de otra enfermedad que afectaba a otros animales, concretamente a los
cerdos. Esta enfermedad era la erisipela porcina. En su estudio recurrió a las
técnicas de costumbre, primero a la utilización de un medio de cultivo adecuado
—en este caso usó caldo de ternera— y después, tras su incubación, inoculó a
otros cerdos y pudo comprobar que estos también morían rápidamente con síntomas
de erisipela porcina, con lo que demostró su alta virulencia.
Dos años después, tras un viaje a Alemania, I.
Straus trajo a Francia dos nuevos descubrimientos: el objetivo de inmersión
para el microscopio y un nuevo sistema de tinción de las bacterias. Pero este
investigador no mantenía muy buenas relaciones con Pasteur y, por ello, no
quiso colaborar en el estudio de la erisipela. Por este motivo, fue Roux quien
se acercó al grupo de trabajo de Straus y luego le enseñó los nuevos
procedimientos a Pasteur. Roux pidió a Loir unas gotas del nuevo tinte y tras
preparar la muestra, le pidió a su maestro que observara el resultado. Cuál fue
el asombro de Pasteur que lo que observó no tenía forma de ocho, como él había
descrito anteriormente en todas sus observaciones, sino que presentaba una
morfología de bastoncillo. Creyeron que fue un error en la tinción; por ello,
no dejaron de repetir los estudios, con nuevas autopsias y preparados, y se
dieron cuenta que efectivamente Loir había aislado el germen de la peste
porcina.
En realidad, lo que le interesaba a Pasteur en
todas sus investigaciones era ver y conocer cómo funcionaban los
microorganismos, qué enfermedades producían, más que la observación
microscópica de los mismos. Para él la morfología de las bacterias tenía un
interés más limitado. No obstante, en sus trabajos hacía unas observaciones y
experimentos lo más minuciosos y exactos posibles.
El diseño experimental de los estudios de Pasteur
era muy refinado. Todos los resultados arrojados por su trabajo fueron
integrados en el modelo de lo que para él, era la vida microscópica. La
enfermedad había cambiado de dueño y las bacterias se convertían en el punto de
mira del ojo de la ciencia.
Más que la morfología, en realidad lo que le interesaba a Pasteur era
conocer la manera de actuar de los microorganismos y las enfermedades que
podían producir. La peste o el cólera (A. Bocklin).
Capítulo 19
La vacunación contra la rabia
Fabio Cafini
Quizá, la primera pregunta que debamos hacernos es
precisamente por qué Pasteur escogió la rabia como objeto de estudio. Él era un
científico concienzudo, y cuando abordaba un tema lo hacía para darle solución.
Lo había hecho con anterioridad y, ahora, se disponía a hacer lo mismo: su
próximo objetivo era la curación de la rabia. La verdadera cura no era una
inmunidad previa, el mordido no podía quedar desahuciado, había que curarle.
Así, el tratamiento de Pasteur ofrecería la salvación, curación e inmunidad de
por vida.
A la rabia la llamaban la muerte horrible por su
forma de manifestarse: convulsiones, hidrofobia, agresividad y finalmente
asfixia. La transmitían animales enfurecidos, “envenenados” por un mal que
podía pasar al hombre y causar su muerte, era algo terrible.
A finales del siglo XIX la rabia era una enfermedad
más temida por su asociación al oscurantismo y la superchería que por su
representatividad numérica. Para Pasteur, la rabia representaba la enfermedad
primordial para plantearse su eliminación, ya que, además de curarla, podía
propinar un duro golpe al pensamiento irracional de la época, sujeto a los
miedos y los mitos. En aquellos tiempos, la gran mayoría de la población
conocía sus síntomas y su mecanismo de transmisión de manera empírica. La rabia
era una enfermedad muy temida y daba pie a numerosas supersticiones. Plantearse
su curación representaba una vuelta de tuerca más a la revolución que Pasteur
había comenzado; primero fue la generación espontánea y los damnificados por la
refutación de la misma, sus partidarios. En aquella ocasión le había resultado
relativamente fácil, al fin y al cabo sólo tuvo que demostrar el error de
aquella teoría. Enfrentarse a una enfermedad era dejarse de palabrerías y pasar
a la acción, esta batalla no iba a ser dialéctica.
Representación artística del virus de la rabia (El germen y el genio).
Uno de los aspectos más encomiables del carácter de
Pasteur era la inamovible fe en su trabajo. Siempre supo que estaba en lo
correcto, nunca dudó de sus resultados y menos de sus deducciones. Él aplicaba
el método científico de una manera pulcra, inmaculada. Como científico estaba
sujeto a las restricciones de la tecnología, pero como pensador era totalmente
libre. Lo demostró en 1885 cuando venció al virus de la rabia sin siquiera
verlo, y mucho menos habiendo obtenido un cultivo puro.
Diciembre de 1880 fue el mes elegido por Pasteur
para centrarse en el estudio de la rabia. Nunca había conseguido observar al
microscopio el agente infeccioso y, por más esmero que pusiese en las
tinciones, éste nunca aparecía. Rápidamente comprendió que no lo vería nunca,
pero, convencido de su existencia, decidió comenzar a trabajar en el estudio
del mismo.
Pasteur se basó en dos estudios previos. El primero
fue de un profesor de la escuela de veterinaria de Lyon, Pierre— Victor
Galtier, quien en 1879 describió la primera inoculación de rabia en animales de
experimentación. Asimismo, los estudios realizados por Henri Duboué, médico
interno parisino, fueron de vital importancia para sus investigaciones. En
ellos se determinaba la progresión del agente etiológico en el paciente
infectado y se localizaba al patógeno en la saliva y tejidos nerviosos, aunque
éstos aparentemente eran incapaces de propagar la enfermedad, al menos según en
el estado de la ciencia en aquel momento.
§. En búsqueda de un modelo adecuado
Cuando comenzó su trabajo lo primero que requería
era un modelo de infección fiable dentro del laboratorio. Pasteur se topaba con
la extensa variabilidad de los modelos animales y los quebraderos de cabeza no
fueron pocos. Necesitaba una cepa de referencia con la que trabajar, un método
de infección reproducible y homogéneo para poder eliminar dos incomodísimas
variables, la incógnita en el contagio y los largos y aparentemente azarosos
tiempos de incubación. Mientras no consiguiera eso no podría avanzar en su
trabajo.
Reproducir la infección en el laboratorio era una
tarea difícil. En principio la única vía de contagio de la enfermedad era a
través del mordisco de un animal infectado. Esta vía de inoculación era a todas
luces una opción inviable para el laboratorio. Por un lado, el manejo de perros
infectados requería unas medidas de seguridad y un cuidado extremo por parte
del personal. Por otro lado, el mordisco no siempre producía la enfermedad, y
cuando lo hacía, la variabilidad en los tiempos de incubación, así como su
extensión, lo convertía en un método demasiado largo y poco reproducible.
La genial mente de Pasteur había desglosado el
problema de su modelo animal en dos partes: la primera, en lo referente a la
vía de contagio; la segunda, en la calidad del virus infectante. La primera
dependía de cómo y dónde se introdujese el agente patógeno; la segunda, es
decir la reproducción y los tiempos de incubación de la enfermedad, dependía
del inóculo inicial.
La vía de inoculación fiable la encontró en menos
de seis meses del inicio de sus investigaciones, y el animal escogido fue el
perro. La base de este sistema era reducir la variabilidad de la infección
depositando el agente infeccioso directamente en el sistema nervioso central.
De esa manera, el patógeno no debía recorrer su progresión natural, sino que
podía desencadenar la infección en cuestión de pocos días. Para ello, Pasteur
depositó de forma muy cuidadosa muestras de tejido nervioso infectado directamente
sobre la duramadre de animales trepanados. Se aseguraba la infección y se
conseguían reducir los tiempos de aparición de los síntomas.
Pasteur se mostraba reacio a probar este sistema en
perros, creía que la trepanación resultaría demasiado severa y que los animales
sufrirían en exceso. Tal fue su reticencia que el modelo se probó en el
laboratorio en su ausencia; cuando Pasteur observó el buen estado del animal,
tras ser trepanado e inoculado, se convenció de la utilidad del método. Catorce
días después el animal desarrolló la enfermedad.
§. La cepa de referencia
Una vez que consiguió un método seguro para
transmitir la enfermedad le quedaba una cosa pendiente antes de poder comenzar
con la vacuna. La mayoría de las veces los efectos de la infección eran
diferentes para cada animal testado. Los períodos de incubación, la severidad
de los síntomas y otras muchas características parecían seguir una distribución
aleatoria y prácticamente única para cada caso. De esa manera, haciendo alarde
de un razonamiento científico impecable, decidió atender únicamente a la variable
“tiempo de incubación”, buscando una cepa que produjera unos tiempos estables y
reproducibles. Ya tenía la teoría, ahora había que pasar a la práctica y
encontrar la cepa adecuada.
A pesar de la poca información que existía en
aquella época, Pasteur había conseguido hacerse una idea del funcionamiento del
mundo microscópico muy cercana a como lo conocemos hoy, hasta el punto de
abordar temas como el fitne,, bacteriano cuando la propia
bacteriología se encontraba en sus albores.
Puesto que lo que buscaba era una cepa de
referencia para poder usarla más adelante en la vacuna, necesitaba un virus que
fuese bastante virulento, puesto que ya sospechaba que cuanto mayor fuera el
“vigor” del germen mayor sería también la respuesta del sistema inmune. Pasteur
entendió que la cepa que buscaba no la podría encontrar en la naturaleza y se
decidió a obtenerla en su propio laboratorio. Para ello utilizó una metodología
basada en la adaptación de los microorganismos al medio, realizando pases consecutivos
del mismo virus en conejos de laboratorio. Inoculaba un conejo y
posteriormente, una vez desarrollada la enfermedad, utilizaba su médula para
inocular nuevos conejos. Tras varias infecciones el virus había reducido
notablemente el tiempo de incubación, lo cual era síntoma de un aumento de la
virulencia. Al cabo de 21 pases consecutivos los síntomas aparecían a los ocho
días de la exposición al virus. Éste estaba perfectamente adaptado a su nuevo
medio (el conejo) y Pasteur ya tenía lo que quería, su modelo de infección de
la rabia. Ahora podía comenzar con el verdadero reto: curar la enfermedad.
§. La vacuna
Para preparar su esperada vacuna, Pasteur se basó
en sus trabajos previos en los que había aplicado las teorías de Edward Jenner.
En 1796 este médico británico inoculó al joven James Phipps con materia
purulenta obtenida de una pústula de una ordeñadora, quedando el muchacho
inmunizado frente a la viruela. Así, fue Jenner el primero en introducir el
concepto de virulencia variable. La enfermedad no era ya un proceso todo/nada,
había algo más, y eso se podía aprovechar.
Previamente a la vacuna antirrábica Pasteur ya
había aplicado este tipo de concepto. En sus experiencias con el cólera aviar,
cuyo agente causal fue identificado y aislado por él, pudo ver cómo cultivos
mantenidos varias semanas no eran capaces de reproducir la enfermedad de igual
manera que los cultivos más frescos. De esta manera, Pasteur había comenzado a
manipular el estado fisiológico de los microorganismos aprovechando las escasas
capacidades virulentas de microbios “envejecidos”.
Su siguiente experiencia con la atenuación
bacteriana la llevó a cabo con el ántrax. En este caso, la reducción de la
virulencia la consiguió manteniendo los cultivos a una temperatura de 42-43ºC.
El estudio finalizó con una inoculación masiva de 50 animales, la mitad de
ellos vacunados y sus respectivos controles. Un acto público, un baño de
multitudes, un experimento a la vista de todos. El experimento de Pouilly
le Fort fue todo un éxito: dos días después de la inoculación los
controles habían muerto, mientras que los vacunados estaban sanos.
Hoy entendemos el fitne,, bacteriano
como la capacidad de adaptación al medio, y lo que Pasteur hacía era
precisamente adaptar las cepas a las condiciones del laboratorio a la vez que
reducía la heterogeneidad con la que llegan los aislados clínicos. Al permitir
que las bacterias se adaptaran -tras sucesivas generaciones- a caldos de
cultivo o temperaturas altas, las células bacterianas estaban peor adaptadas al
crecimiento en su huésped, produciendo una enfermedad menos severa pero que
permitía el desarrollo de una inmunidad humoral.
El caso de la rabia presentaba una complicación
añadida que, aun cuando era una cuestión de peso, para Pasteur no supuso mayor
problema. El agente causal de la enfermedad no había sido cultivado, no había
sido ni siquiera observado al microscopio. Pasteur no lo había visto pero sabía
que estaba ahí, él se guiaba por su intuición y, pese a no conocer su
naturaleza, conocía su proceso.
No haber podido aislar el virus rábico no sólo era
importante por el mero hecho de no conseguir observarlo, sino que, al no poder
ser cultivado, Pasteur no podía aplicar con dicho agente las mismas técnicas de
modificación que había usado en el pasado con otros patógenos, pero eso tampoco
le preocupaba. La hipótesis que mantenía Pasteur era que el crecimiento
continuado de un microorganismo en un medio diferente al natural reducía la
virulencia, pero ¿cómo modificar el crecimiento de un organismo que no podemos
ver? Pasteur comenzó en un principio variando el huésped.
Había visto que las muestras provenientes de un
animal a veces resultaban poco infectivas al cambiar de animal.
Así pudo observar que el virus obtenido de un perro
tras su infección resultaba poco infectivo al aplicar su modelo en un primate.
De este modo consiguió llegar a inmunizar algunos animales, si bien no estaba
plenamente satisfecho con ello. Por un lado había conseguido proteger frente a
la infección utilizando un virus debilitado, tras pases y cambios de huésped,
lo cual no era exactamente lo que estaba buscando. Por otro lado, esta vacuna
resultaba inútil una vez producida la mordedura, y precisamente lo que buscaba
era curar la enfermedad, no solo prevenirla.
En un nuevo alarde de inteligencia Pasteur ideó
otra forma de abordar su reto, algo que no se había pensado nunca antes: frenar
la enfermedad produciendo una respuesta inmune a través de un virus debilitado
entre tanto el virus contagiado progresa de manera natural. Su idea era, por
tanto, promover una respuesta inmune fuerte que pudiese producirse en el
entreacto de la mordedura y la aparición de la enfermedad.
Gracias a uno de sus colaboradores, el doctor Roux,
descubrió que la forma idónea de debilitar el virus era la desecación de las
médulas de animales infectados. El método de desecación se basaba en mantener
suspendidas dichas médulas en frascos individuales de doble abertura durante
varios días. Este sistema presentaba además una característica especialmente
interesante para Pasteur, la reducción en la virulencia resultaba gradual y
proporcional a los días de desecación.
En el mes de marzo de 1885 Pasteur tenía lo que
había buscado. Había conseguido una veintena de perros resistentes a la rabia
mediante la inoculación subcutánea seriada de médulas secas. Pasteur disponía
de un gran almacén de frascos de doble abertura de médulas en diferentes
estados de desecación. La técnica que utilizaba para generar la resistencia en
perros era la inyección subcutánea de un extracto de médula desecada, las
inyecciones se hacían diariamente, y cada día se inyectaba una médula con un período
de desecación menor hasta llegar a las médulas supuestamente más virulentas,
aquellas que habían permanecido en el frasco uno o dos días. De esa manera tan
innovadora para la época, Pasteur hacía que los animales fueran después
resistentes a la infección por el virus de la rabia.
Pasteur supervisa la vacunación de J. B. Jupille.
Su trabajo estaba a punto de concluir, había
vencido al virus en su terreno, en el laboratorio, pero ahora le quedaba una
parte igual de importante e igual de compleja, convencer a la opinión pública
de que su modelo de vacunación era extrapolable al ser humano. Pasteur no
dudaba de la fiabilidad de su trabajo, pero la sociedad no le iba a permitir
experimentar con seres humanos. Para agilizar esto pensó en probar con
condenados a muerte, incluso con él mismo, tal era la fe que tenía en su
trabajo, pero no fue necesario llegar a tales extremos. Por una parte, su fama
le precedía y, por otra, todos aquellas personas que hubieran sufrido
mordeduras de perro rabioso apenas tenían esperanzas de sobrevivir, llevaban
encima de sus hombros la condena más terrible. Sus primeras pruebas no fueron
grandes éxitos, ya que el modelo de cura que había ideado tenía un límite muy
bien definido: si pasaba el suficiente tiempo entre la mordedura y el inicio
del tratamiento, éste resultaba inútil.
Fueron el destino o el azar los que se encargaron
de darle su primer sujeto de experimentación válido, un joven infante de nueve
años recientemente mordido por un perro rabioso. En julio de 1886, el joven
Joseph Meister se presentaba frente a Pasteur acompañado de su madre y del
dueño del perro, presentando un abultado número de heridas profundas y unas
amplias probabilidades de acabar desarrollando la rabia. Se trataba del
paciente perfecto. Este momento constituyó para Pasteur la verdadera batalla, y
sus armas estaban listas. La noche del 6 de julio, dos días después de
producirse las mordeduras, comenzó la primera tentativa de curar la rabia en un
ser humano.
Al joven Meister se le administró regularmente una
inyección subcutánea de una solución de de médula desecada, que era menos
atenuada con cada sucesiva inoculación.
Durante los diez días que duró el tratamiento el
niño permaneció bajo la atenta observación de los doctores Vulpian y Grancher
y, así, el 16 de julio se llegó a la última inoculación.
L. Pasteur en las barracas de la calle Vanguelis, en donde el doctor
Grancher vacunaba a las personas mordidas por perros rabiosos.
Esta última era una cepa muy virulenta obtenida de
médula de perro. En circunstancias normales siete días hubieran bastado para
producir la enfermedad en cualquier hombre, y él se la tenía que inocular a un
niño de apenas nueve años de edad. No fue fácil, en cuestión de segundos podía
pasar de salvador a cómplice, del éxito y la inmortalidad al fracaso más
estrepitoso. Uno de esos momentos en la historia de la ciencia en el que el
tiempo queda detenido y, cuando las agujas del reloj vuelven a ponerse en marcha,
la humanidad ya no es ni nunca será la misma.
El 19 de julio, quince días después de las
mordeduras de Meister, Pasteur, extenuado, abandona París dejando al joven bajo
la tutela del doctor Grancher; hasta ese momento el niño estaba en buen estado
de salud y Pasteur parecía casi satisfecho. El 27 de julio Joseph Meister
volvió a su Alsacia natal sin que hubiera atisbo de enfermedad en él. Pasteur
le había curado, y también nos había curado a todos nosotros. Meister se
convertiría más adelante en el portero del Instituto Pasteur. Se dice que
encontró la muerte en 1940 tratando de defender los restos de su maestro de las
tropas nazis que acababan de invadir Paris: prefirió el suicidio a dejarles
pasar.
El resultado del tratamiento obtenido con Meister
no fue comunicado de inmediato a la Academia de Ciencias, sino que hubo que
esperar hasta el 26 de octubre para que tal acontecimiento se diera. Antes de
eso, a Pasteur le daría tiempo a realizar otra prueba de su tratamiento, esta
vez sobre un pastor de quince años llamado Jean-Baptitste Jupille. En este
caso, las mordeduras eran de seis días; apriori, no se podía
conocer el resultado del tratamiento, pero, al igual que el de Meister, éste
también finalizó con éxito y el joven Jupille nunca llegó a desarrollar la
enfermedad. Ya era evidente: el tratamiento de Pasteur funcionaba, la batalla
había acabado y nuevamente era el vencedor.
Los éxitos de Pasteur eran seguidos por multitud de
personas. La prensa de la época se hizo eco de las múltiples curaciones hasta
el punto de que su fama se extendió rápidamente a través de los mares. A
finales de 1885 llegaban al centro de Pasteur pacientes provenientes de
Norteamérica y Rusia. Fueron momentos de trabajo frenético, el número de
pacientes aumentaba de manera exponencial. Según sus propias palabras, de mil
doscientos treinta y cinco personas vacunadas en agosto de 1886, únicamente
hubo fracaso en tres ocasiones. La estadística le daba la razón.
La introducción de los métodos de vacunación tuvo un Pacto extraordinario en
medicina desde finales del siglo XIX. El doctor (L. Fildes).
Los trabajos de Pasteur no estuvieron exentos de
críticas. Algunos de sus coetáneos sostenían que sus teorías eran falaces y sus
resultados no resultaban en realidad estadísticamente significativos. Para
éstos, la vacuna en realidad no tenía ningún efecto, de modo que las curaciones
en los pacientes se entendían cómo un proceso espontáneo normal. De igual
manera, las muertes producidas se debían al curso natural, de modo que según
ellos la vacuna era inocua y la infección en todo momento seguía su curso natural.
El inamovible Pasteur contestó firmemente a todas y
cada una de las cuestiones que sus detractores le planteaban, la mayoría de las
veces se trataba de argumentaciones demagógicas sobre porcentajes, pero Pasteur
sólo temía la necedad humana, puesto que la veracidad de sus resultados no
dependían de su interpretación, sino del método científico. En el laboratorio
había aplicado el método con una pulcritud tal que le hacía inmune a la
demagogia. Poseía multitud de datos de infecciones y curaciones de sus modelos
animales y no necesitaba recurrir a ninguna palabrería. La ciencia estaba de su
parte y el tiempo diría quién tenía razón. Pasteur ya había hecho su trabajo,
se había enfrentado al virus de la rabia y había salido victorioso.
En la actualidad la rabia continúa siendo un
problema importante de salud pública en países de Asia y África. El tratamiento
post-exposición aplicado sigue las bases establecidas por Pasteur: por un lado,
se genera inmunidad mediante la vacuna; por otro, evita la aparición de los
síntomas con la acción del suero antirrábico.
Capítulo 20
El estudio de los virus y los métodos de vacunación
Mª Elisa Calle
En el Siglo I, el romano Cornelio Celso, en su
libro V, capítulo 27, describe el llamado “veneno de la rabia”, dándole por
primera vez el nombre de “virus”, como agente etiológico de la
rabia y distingue claramente agente del “venenum” de
serpientes, en capítulos posteriores (Libro V, cap 27:3). Este libro
determinará la terminología médica aplicada a estos agentes a lo largo de la
historia de la Medicina.
El término “virus”, que se utilizaba cono sinónimo
de veneno o ponzoña, va transformándose en algo inquietante, de características
desconocidas y ciertamente misterioso, el cual era capaz de producir
enfermedades que podían ser transmitidas entre personas e incluso entre
personas y animales, como es el caso de la rabia. No es hasta finales del siglo
XVIII cuando se describe como un agente infeccioso.
En 1764 Gatti publica sus estudios sobre la viruela
y el agente varioloso, denominándolo como virus; en 1798 Edward Jenner comunica
al mundo que la inoculación con los fluidos obtenidos de las lesiones de la
viruela bovina era capaz de prevenir la infección de la viruela en seres
humano.
No es hasta 1868 que se publica la Nature
du virus vaccines, por Chauveau, en el que describen sus trabajos y
conclusiones en la identificación del agente de la viruela, utilizando métodos
de filtración. El término fue restringido para una misteriosa entidad
infecciosa, capaz de ejercer su efecto patogénico solamente por medio de la
presencia en solución de ciertos elementos o partículas de naturaleza
desconocida. Chauveau identificó estos cuerpos elementales “granulations
élémentaires” como el origen de la actividad patogénica, introduciendo así un
término que sobreviviría durante décadas.
En 1884 el microbiólogo francés Charles Chamberland
diseñó un filtro (filtro Chamberland, también conocido como filtro
Chamberland-Pasteur) que tiene poros de tamaño inferior al de una bacteria. Así
pues, permite el paso de los virus a través del filtro en una solución,
reteniendo a las bacterias y pudiendo eliminarlas completamente de la solución.
Por ello, a fines del siglo XIX, el concepto de virus es sinónimo de entidad
filtrable que se encuentra presente en una solución. En 1876 Louis Pasteur
uncía el uso de los filtros hechos con la llamada “goma de París”.
Posteriormente, Pasteur, junto a Joubet, aíslan el bacilo del ántrax y lo
proponen como microbio, palabra utilizada por Séedillot en 1878, refiriéndose a
que “todo virus es un microbio”.
A partir de entonces, y a través del trabajo
pionero realizado sobre las vacunas contra el ántrax, el cólera aviario y la
rabia, es cuando Pasteur y todos aquellos involucrados en los estudios en este
campo utilizaron el término virus para referirse a cualquier agente infeccioso.
Gracias a estos conocimientos pioneros, dos
discípulos del gran Robert Koch, Loeffler y Frosch, demostraron que el agente
causal de la fiebre aftosa era de naturaleza filtrable, capaz de atravesar los
filtros bacteriológicos más finos disponibles en aquel entonces. En 1899
observaron que este agente filtrable podía ser transmitido de un animal a otro,
y concluyeron que este agente infeccioso podía reproducirse en los animales
infectados. Se trataba pues, de un microbio muy pequeño.
Aunque fue el botánico ruso Ivanowski el primero en
demostrar la existencia de un virus en la enfermedad del mosaico del tabaco al
infectar plantas sanas con el jugo de plantas enfermas en 1892, ya Mayer había
demostrado que esto no se producía si el jugo utilizado para transmitir la
enfermedad de las plantas se hervía antes de regar a las plantas sanas. Es en
1899 cuando Beijerinck repitió los experimentos de filtración con el agente del
mosaico del tabaco y quedó convencido de que se trataba de una nueva forma de
agente infeccioso. Observó que el nuevo agente sólo se multiplicaba cuando
estaba dentro de células en división; pero como sus experimentos no mostraban
que estuviera compuesto de partículas, la llamó contagium vivum fluidum (“germen
viviente soluble”).
En 1908 dos científicos daneses consiguieron
transmitir la leucemia a animales, en este caso pollos, utilizando un filtrado
al que se le habían eliminado todo tipo de células.
Posteriormente, en 1911, Peyton Rous describió la
transmisión de tumores sólidos de las aves, conocidos como sarcomas de los
pollos, a aves sanas mediante un filtrado obtenido a partir de tejidos
tumorales.
En 1915 Twort publica en la revista The
Lancetel descubrimiento de virus capaces de infectar bacterias, los
llamados bacteriófagos. Estos virus fueron finalmente caracterizados y
descritos en 1917 por Herelle.
El virus de la viruela ha sido uno de los más estudiados, hasta el punto de
conseguir su erradicación hace ya treinta años.
Otro avance importante se produjo en 1931, cuando
Goodpasture fue capaz de cultivar por primera vez el virus de la gripe en
embriones de pollo.
La primera purificación de un virus la realizó Max
Schlesinger en 1933. Para ello utilizó una técnica llamada centrifugación
diferencial, la cual permite separar partículas en un tubo de ensayo utilizando
la fuerza centrífuga. Las partículas de mayor peso se sedimentan más lentamente
que las de menor peso. Estos trabajos fueron la base del cultivo de virus en
células humanas, y que realizaron Enders, Weller y Robbins. Posteriormente y
basándose en estos estudios, Salk obtuvo la primera vacuna efectiva contra el
virus de la polio.
En 1935 Stanley consiguió cristalizar un virus que
afecta a la planta del tabaco, el virus de la enfermedad del mosaico del
tabaco, y pudo demostrar que estos cristales mantienen su capacidad de infectar
a plantas sanas, cuando se les inocula. De esta manera quedó probado que los
virus no son como las células, sino que son estructuras de propiedades
cristalinas portadoras de material genético.
Con la introducción de la microscopía electrónica
en 1931, realizada por los científicos Ruska y Knoll, se pudieron obtener las
primeras imágenes de los virus. Diez años después, en 1941, Bernal y Fankuchen
obtuvieron las primeras imágenes por otro método que ha permitido grandes
avances en el conocimiento de los virus, la difracción de rayos X, a partir del
virus cristalizado, lo que posibilitó que Rosalind Franklin describiera, en
1955, por primera vez la estructura completa de los virus.
En 1952 otros dos científicos, Hershey y Chase,
trabajaron con el bacteriófago T2 y describieron que la información genética
está contenida en el ADN del fago. Así mismo demostraron que la infección se
debe a la penetración del ADN viral en las células. Sus estudios fueron
posteriormente completados por Twort y Herelle.
Con la segunda mitad del siglo XX llegó la edad de
oro para el estudio de los virus. La mayoría de las especies descritas de virus
animales, vegetales y bacterianos, lo fueron durante este periodo.
En 1957, se describieron los virus productores de
la diarrea bovina y, en el año 1963, Blomberg describe el virus de la hepatitis
B.
Dos años más tarde, en 1965, Temin describe un tipo
de partícula viral, los retrovirus; y cinco años más tarde publica el
descubrimiento de la transcriptasa inversa que permite a un virus portador de
ARN replicarse en una célula del huésped. Por estos hallazgos se le otorgó el
premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1975, junto a Baltimore, que obtuvo
los mismos resultados de forma independiente.
Ocho años más tarde, en 1983, Montagnier y
Barré-Sinoussi, del Instituto Pasteur, aíslan el Virus de la Inmunodeficiencia
Humana, retrovirus productor del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida; y Zur
Hausen describe el virus del papiloma humano que produce cáncer de cuello
uterino. Por estos descubrimientos recibieron el premio Nobel en 2008.
En la actualidad, además de su relevante papel en
el control de estas dos graves enfermedades, se utilizan como modelo en
Biología molecular.
Así, la genética molecular se inicia con el uso de
virus que afecta a bacterias, los llamados bacteriófagos, lo que ha permitido
estudiar los mecanismos básicos de la transmisión de la información genética.
Asimismo, se ha utilizado en el estudio de los procesos de replicación,
transcripción y traducción.
El conocimiento cada vez mayor de los virus,
permite entender los mecanismos intrínsecos de la replicación y ha permitido
descubrir conjuntos moleculares fundamentales para entender los mecanismos de
la genética. Pero, además, se utilizan también como modelo de investigación
para estudiar los mecanismos en los que se basa la morfogénesis.
El hecho de que los virus se comporten como
estructuras inertes en un medio abiótico, incapaces de obtener energía del
entorno, ni tener actividad metabólica y, sin embargo, en un medio biótico
poder replicarse utilizando el aparato molecular del medio como si de parásitos
se tratase, supone hoy en día que el estudio de los virus sea una de las
fuentes primordiales de conocimiento biológico y de la prevención y tratamiento
de muchos procesos morbosos, desde la propia viruela, el cáncer de cuello
uterino, y hasta el estudio de enfermedades crónicas como la esclerosis
múltiple entre otras enfermedades neurológicas.
De todas formas, a lo largo de todo este tiempo, su
principal fuente de aplicación ha sido el desarrollo y evolución de las
vacunas, desde que las observaciones de Jenner dieran lugar al nacimiento de
una nueva rama de las ciencias biológicas y sobre todo de una perspectiva
genial en la lucha contra las enfermedades infecciosas.
§. Los métodos de vacunación
Dado que en capítulos sucesivos se va a exponer la
fascinante historia de la vacunación y su importancia en la actualidad, en este
capítulo se van a exponer de forma breve, los diferentes modos y técnicas que
se han venido utilizando desde finales del siglo XVIII, con el fin de
proporcionar una defensa eficaz contra las enfermedades infecciosas producidas
por agentes biológicos. Lo que hoy día conocemos como vacunación.
Recorrido seguido por la expedición marítima de la vacuna de la viruela
organizada por F. J. Balmis en los primeros años del siglo XIX.
La vacunación consiste en la administración de
antígenos obtenidos de los agentes infecciosos por atenuación, fraccionamiento
o ingeniería genética, desprovistos de las consecuencias patógenas, pero que
conservan la capacidad de estimular respuesta inmunológica. Una vacuna está
constituida por una suspensión de microorganismos vivos, o de sus partes
constituyentes, atenuados o inactivados, cuya administración al huésped
susceptible de padecer la enfermedad, induce inmunidad frente a ésta.
Se han utilizado las vacunas por diferentes vías de
administración. El primer método utilizado de vacunación lo llevó a cabo
Jenner, y posteriormente lo utilizaron todos los que vacunaron después. Fue la
escarificación, consistente en el raspado de la piel, lo que produce una lesión
que permite que se deposite el producto obtenido de la lesión producida por la
enfermedad en otra persona que se encuentra enferma. En la Real Expedición
Filantrópica de la Vacuna, dirigida por Balmis, se usan los llamados “niños
vacuníferos”, a los que durante el viaje se les fue transfiriendo sucesivamente
la enfermedad de brazo a brazo con el objeto de mantener el virus de la vacuna
fresco y activo y que no perdiera poder inmunógeno.
Desde esa vacunación y la expedición organizada
para vacunar, que fue financiada por Carlos III, se inicia la búsqueda de
vacunas para las enfermedades transmisibles, como si fueran contravenenos.
Pasteur que, junto a Koch, había descrito y
demostrado la etiología microbiana de las enfermedades infecciosas, inicia la
búsqueda de una forma de prevenirlas mediante la vacunación. Estudia el papel
de la saliva de los animales en la enfermedad y demuestra que ésta reside en el
tejido nervioso, al conseguir transmitirla inyectando el extracto de la médula
espinal de un perro rabioso a otros animales sanos.
Posteriormente, trabajó con tejido de conejos
enfermos de rabia, y a partir de ello preparó una forma atenuada del virus de
la rabia para su uso profiláctico mediante la administración parenteral.
La historia de Josef Meister valida sus
investigaciones y se desarrolla la primera vacuna contra la rabia. Le seguirán
Yersin y Von Behring con el descubrimiento y utilización de la toxina
diftérica, además se inicia así la teoría humoral de la inmunidad.
Desde entonces hasta ahora, el número de vacunas se
ha multiplicado y las enfermedades infecciosas han pasado de ser la primera
causa de muerte a primeros del siglo XX, a ocupar un undécimo lugar en el año
2006 en los países industrializados. A pesar de ello, la investigación sobre
vacunación sigue siendo una prioridad médica, no sólo para obtener nuevas
vacunas para enfermedades infecciosas para las que no tenemos protección
activa, como la hepatitis C o el herpes virus, sino por la aparición de enfermedades
emergentes y nuevas enfermedades infecciosas, como el SIDA, sino para mejorar
la eficacia y la seguridad de las ya existentes, puesto que en los últimos años
han aparecido movimientos anti-vacuna por una preocupación, a veces real y a
veces imaginaria, de los posibles efectos adversos provocados por la
vacunación.
La mayoría de las vacunas utilizadas hoy día se
administran por vía intramuscular lo que hace que el número de inyecciones y la
posibilidad de contagio de otras enfermedades por esta vía, sobre todo por
reutilización de agujas en países con pocos recursos, sea una realidad. Por
estas razones se buscan vacunas seguras y eficaces, válidas para infecciones
mal controladas o nuevas y que además se puedan administrar por vías distintas
a la parenteral, como la vía mucosa intranasal, la transdérmica o incluso las
vacunas “comestibles”.
La inmunización transdérmica se realiza a través de
un parche, que produce una hidratación local que disuelve fácilmente el estrato
córneo y deja pasar el antígeno a la epidermis para ser conducido por las
células de Langerhans hasta los nódulos linfáticos, donde se genera la
respuesta inmunitaria de carácter sistémico. Es un parche que contiene la
vacuna propiamente dicha y adyuvantes como la enterotoxina termolábil de Escherichia
coli (LT) y la toxina de Vibrio cholerae (CT). Estas
TC y LT sirven como coadyuvantes y también como antígenos, ya que provocan la
formación de anticuerpos contra sí mismas, lo cual confiere protección contra
las enfermedades diarreicas. En animales se experimenta con vacunas en polvo,
vehiculizadas con gas helio, de administración epidérmica.
Igualmente se están desarrollando vacunas con virus
atenuados de aplicación intranasal. Estos virus se adaptan al frío y no pueden
replicarse a temperaturas mayores de la existente en la fosa nasal, de manera
que no pasan al árbol respiratorio y provocan un estímulo antigénico local que
impide la replicación y diseminación de virus respiratorios, así como un
estímulo que provoca una respuesta sistémica al mismo tiempo. Se están
desarrollando técnicas de nebulización y aerosolización para la vacunación antigripal.
La más prometedora e interesante de las vías de
administración son las llamadas vacunas “comestibles”. Pretenden localizar un
gen que codifica un antígeno capaz de producir una respuesta inmune protectora
e introducirlo dentro de un plásmido de una bacteria. Posteriormente, la
bacteria libera los genes en las células de la hoja de una planta comestible y
se le incuba. Después, al desarrollarse la planta, produce sus frutos que son
consumidos por el hombre.
Actualmente se dispone de estudios en esta línea
con el virus Norwalk y con el antígeno de superficie de la hepatitis B, los
cuales utilizan la patata como vehículo. En el caso de las toxinas de E.
coli enterotoxigénico se ha utilizado, además de la patata, el trigo.
Otra manera de transportar antígenos son las
llamadas vacunas de ácidos nucleicos en la cual se administra un plásmido, que
contiene el gen que codifica una proteína, la cual actúa como antígeno. La vía
puede ser oral, intramuscular, subcutánea intradérmica o transdérmica.
Respecto de las técnicas de vacunación, es
necesario tener en cuenta que las vacunas inyectables deben administrarse en
aquellas regiones anatómicas donde provoquen una mejor respuesta inmune y sean
menos susceptible de producir lesiones locales por afectar a terminaciones
nerviosas o tejidos adyacentes. Así, la vía intramuscular se utiliza mediante
la administración en el músculo de un antígeno que será absorbido rápidamente.
Es la vía de elección para muchas vacunas, como las fraccionadas o las que contienen
aluminio como adyuvante. Los lugares preferidos para administrar las vacunas
por vía intramuscular son el vasto externo y el deltoides, en tanto que el
glúteo mayor se ha demostrado menos eficaz. La vía subcutánea o hipodérmica: es
poco utilizada por ser menos eficaz que la intramuscular y consiste en
introducir en tejido conectivo subdérmico el producto para que se absorba
lentamente. Asimismo puede administrarse intradérmica, con la inyección del
producto en la dermis, como se hace por ejemplo con la vacuna antituberculosa
BCG y la antirrábica. Las vacunas vía oral son actualmente sólo la antipolio
tipo Sabin, la antitífica oral y las coléricas, tanto viva como atenuada.
Las vacunas son la expresión máxima de la
prevención primaria, aquéllos mecanismos que eviten totalmente la aparición de
la enfermedad. Su utilización masiva en poblaciones humanas, ha conseguido la
erradicación de la viruela. Resulta especialmente significativo que la primera
enfermedad para la que hubo vacuna y que a su vez dio lugar al estudio de los
mecanismos de inmunidad y al desarrollo de la microbiología y la inmunología,
haya sido la primera enfermedad infecciosa que ha podido ser eliminada gracias
a la vacunación. Gracias a esto, la OMS se ha planteado la erradicación de
otras enfermedades infecciosas, como la polio o el sarampión, y se ha
disminuido hasta niveles casi mínimos la presencia de algunas enfermedades,
verdaderas plagas en la historia de la humanidad, como la difteria o el
tétanos. Pero es que, además, podemos determinar e impedir complicaciones
derivadas de infecciones víricas, como el hepatocarcinoma primario, relacionado
con el virus de la hepatitis B, o el carcinoma de cuello de útero causado por
la infección por papiloma virus humano.
Los nuevos métodos y técnicas, basados en
tecnología de ADN recombinante, la capacidad de producir péptidos sintéticos o
de administrar material genético específico procedente del agente patógeno ha
dado lugar al diseño de nuevas vacunas, destacando seis diseños de los cuales
se están empezando a obtener resultados en poblaciones humanas, como son:
a. Las vacunas basadas en la
recombinación genética: Vacunas atenuadas, en las que se modifican
genéticamente los patógenos de manera que los genes relacionados con la
patogenia estén mutados, o se modifiquen los genes para que produzcan antígenos
que desarrollan la respuesta inmune.
b. Vacunas de péptidos sintéticos, en que se
produce una copia de la secuencia de aminoácidos de las proteínas antigénicas
procedentes del agente patógenos (actualmente una de las vías de producción de
la vacuna antimalárica).
c. Vacunas de proteínas y péptidos
recombinantes: En que se producen cantidades importantes de la proteína
antigénica, insertando ADN en bacterias o plantas que la expresen. Es la vía en
desarrollo para las vacunas comestibles si se expresa la proteína antigénica en
plantas y de su expresión en bacterias tenemos la vacuna antihepatitis B.
d. Vacunas génicas: Se trata de administrar
el propio material genético del agente patógeno, bien a través de bacterias y
virus vivos que actúan como vectores, o del propio ADN desnudo.
Las vacunas son la expresión máxima de la prevención primaria. Vacunación de
niños (V. Borras).
A fin de mejorar la capacidad de producción de una
respuesta al antígeno, al mismo tiempo que se diseñan nuevas estrategias de
obtención de vacunas, se realizan estudios tendentes a optimizar la capacidad
de mejora de la propia in- munogenicidad del antígeno, es decir, hacerlo capaz
de provocar una respuesta inmune duradera y efectiva, bien utilizando las
propias secuencias inmunoestimuladoras del material genético del agente, o bien
utilizando adyuvantes o sustancias potenciadoras de la respuesta inmune. Además,
el estudio de factores capaces de influir en la respuesta inmune, como son la
misma vía de administración y el lugar anatómico elegido para ello, la dosis
adecuada y la reinmunización para obtener un efecto booster, van a mejorar la
prevención de las enfermedades transmitidas por patógenos e incluso a aumentar
el conocimiento de los mecanismos de la patogenia de enfermedades crónicas que
en los últimos años se están viendo relacionadas con infecciones inaparentes,
latentes y persistentes, abriendo nuevas vías en la perspectiva de alcanzar el
viejo sueño de erradicar la enfermedad de la vida de los hombres.
Capítulo 21
Inmunidad y Vacunación
Romana Albaladejo, Rosa Villanueva
La primera descripción conocida del estado de
resistencia a la infección (estado inmune), se debe al historiador griego
Tucídides (464-404 a.C.), quién, en su tratado Historia de la Guerra
del Peloponeso, relata como durante la epidemia de peste que sobrevino en
aquella época, el cuidado de los enfermos se encomendaba a aquéllas personas
que habían sobrevivido previamente a la enfermedad, ya que habían observado que
no se volvían a contagiar por la misma.
Sin embargo, el primer abordaje plenamente
científico de los problemas inmunológicos se debió a Louis Pasteur, en su
estudio sobre la bacteria responsable del cólera aviar. Los organismos de los
animales superiores son atacados continuamente por microorganismos y partículas
extrañas. No obstante, éstos poseen un sistema defensivo muy eficaz que les
permite hacer frente a los mismos y distinguir lo propio de lo ajeno. Esto es
lo que se conoce genéricamente con el nombre de sistema inmune. Está
formado por un conjunto de células y factores solubles que tienen como función
la defensa del organismo contra los agentes infecciosos y contra cualquier otro
tipo de sustancia de naturaleza no infecciosa, ajena al organismo.
Tras esta primera fase de reconocimiento, en
la que el sistema inmune discrimina entre lo que le es propio y lo que no lo
es (antígeno), se activa y pone en marcha una serie de
mecanismos efectores destinados a eliminar lo extraño. Una vez terminada
la fase efectora, un control homeostático pone fin a la
respuesta, pero el sistema inmune ya no será el mismo, pues la gran mayoría de
los antígenos dejan recuerdo de su presencia gracias a la llamada memoria
inmunológica.
Una importante característica del sistema inmune es
su especificidad, es decir, la capacidad de distinguir entre antígenos muy
diversos y dar una respuesta adecuada a cada uno de ellos. Con la ventaja de
que esta respuesta es capaz de mejorar tras contactos repetidos con el mismo
antígeno, siendo cada vez más rápida e intensa y también más afín y específica.
Esta respuesta inmune puede ser:
natural o artificial y activa o pasiva. La inmunidad activa natural es
aquélla que se desarrolla fisiológicamente tras la infección, mientras que
la inmunidad artificial es la que se consigue tras la
vacunación. La inmunidad pasiva natural se produce por la
transferencia fisiológica de elementos del sistema inmune, como por ejemplo el
paso de las inmunoglobulinas IgG maternas al feto por vía transplacentaria.
La inmunidad pasiva artificial se logra por la administración
de elementos del sistema inmunológico de un individuo inmune a otro que no lo
es; un ejemplo de ésta sería la administración de gammaglobulinas terapéuticas.
Teniendo en cuenta todo esto, el objetivo de la
vacunación es inducir en el organismo una respuesta inmune protectora,
utilizando antígenos vacunales capaces de reproducir, en lo posible, lo que
ocurre en el organismo después de padecer la infección natural.
Fue Pasteur quien dio carta de naturaleza al
término vacuna, en honor del trabajo pionero de Jenner.
Además, realizó la primera vacunación antirrábica en humanos el 6 de julio de
1885, en el niño Joseph Meister, que había sido mordido gravemente por un perro
rabioso. A este caso le siguieron otros muchos, lo que dio a Pasteur
reconocimiento universal y supuso el apoyo definitivo a su método de
inmunización, que abría perspectivas prometedoras de profilaxis ante muchas
enfermedades
§. La respuesta inmune Inmunidad Innata o
Natural
La primera línea de defensa del organismo frente a
los patógenos invasores se encuentra en la inmunidad innata, que
es probablemente responsable de hasta el 95% de los mecanismos de defensa de
éste.
Cuando un antígeno atraviesa las barreras
epiteliales, que forman parte de este sistema de defensa, se pone en marcha el
sistema de inmunidad natural, con células como los fagocitos
(polimorfonucleares, neutrófilos, monocitos y macrófagos) y las células citotóxicas
naturales o “Natural Killer” (NK).
También se activan con esta respuesta factores
solubles como el sistema del complemento y coagulación, y proteínas de fase
aguda, como la proteína C-reactiva.
La inmunidad innata es incapaz de reconocer
macromoléculas o estructuras no microbianas. Sus receptores identifican
estructuras compartidas por microorganismos diversos como el manano,
lipopolisacáridos bacterianos, ácidos nucleicos de microorganismos, ácidos
teicoicos, N-formil-metionil péptidos, carbohidratos complejos y lípidos.
La primera descripción conocida del estado de resistencia a la infección se
debe al historiador Tucídides en su relato de la Peste de Atenas.
Se puede pensar que la inmunidad innata no es muy
específica, pero no es así, ya que existe una especificidad grosera, pero
amplia, dirigida a patrones o estructuras compartidas por diversos
microorganismos, gracias a los llamados receptores de reconocimiento de
patrón. Estos receptores son capaces de distinguir perfectamente entre
lo propio y lo ajeno, al no poseer ninguna de las células humanas las
estructuras citadas, y por ello no se conocen fenómenos de autoinmunidad
mediados por la inmunidad innata.
Para que se produzca una infección, los
microorganismos deben atravesar las barreras epiteliales; se inicia entonces un
proceso inflamatorio, en el que se activan los macrófagos y se liberan
citoquinas, se produce una vasodilatación local y se extravasa plasma a los
tejidos.
A continuación se activa el complemento sérico con
la formación de los complejos antígeno-anticuerpo (Ag-Ac), esta es la vía
clásica de activación, aunque también se puede activar por polisacáridos
bacterianos (vía alternativa), o por la vía del manano (vía de las lecitinas).
Esta activación del complemento desencadena la lisis, o bien, la fagocitosis
del microorganismo. A la par se generan componentes de bajo peso molecular,
como el C3a y el C5a, que producen inflamación.
Las células NK también intervienen en la respuesta
inicial contra los microorganismos intracelulares. Las células infectadas se
reconocen mediante señales activadoras e inhibidoras, estas últimas las
transmiten receptores celulares que reconocen antígenos de histocompatibilidad
de clase I (MHC-I). Muchas células infectadas anulan esta capacidad
inhibitoria, al dificultar la expresión de estas moléculas. Los microorganismos
opsonizados por anticuerpos y fragmentos del complemento, como el C3b, son
fagocitados por neutrófilos y macrófagos; éstos, una vez activados, producen
citoquinas, las cuales reclutan y activan las células T, que forman parte de la
inmunidad adaptativa o específica.
Inmunidad Adaptativa o Específica
La inmunidad innata y la adaptativa no son
compartimentos estancos, sino etapas de un mismo proceso. La inmunidad innata
frente a los microorganismos, estimula el desarrollo de la inmunidad adaptativa
y ésta utiliza mecanismos efectores de la inmunidad natural, como el
complemento o los macrófagos activados, para eliminar patógenos.
La inmunidad innata se estimula tras la exposición
a un agente infeccioso, aumentando la capacidad defensiva del organismo tras
sucesivas exposiciones al mismo antígeno. Tiene una extraordinaria
especificidad y es capaz de una discriminación muy fina, por lo que se la
denomina inmunidad específica.
Al principio, una célula T virgen contacta con una
célula presentadora de antígeno activada, es decir, que lleva unido, junto a
sus antígenos de histocompatibilidad, un antígeno capaz de estimularla. Estas
células presentadoras de antígeno activadas son los macrófagos, las células B y
las que se piensa que son las más importantes, las células dendríticas. Cuando
una célula dendrítica tisular capta un antígeno, se convierte en una célula
dendrítica madura, que procesa el antígeno, lo une a su MHC y expresa en su
superficie moléculas coestimuladoras. Cuando la célula T virgen, con un
receptor apropiado, entra en contacto con el antígeno específico comienza a
dividirse y crea clones de células con idéntico receptor, parte de las cuales
se convertirán en células efectoras y parte en células memoria.
Existen dos subpoblaciones de linfocitos T, que
presentan distintas estructuras en su superficie. Los CD4+ reconocen antígenos
peptídicos de pequeño tamaño, unidos a MHC de clase II, que proceden de agentes
externos a la célula. Al unirse con el antígeno se convierten en células
cooperadoras, que intervienen en la activación de otras células, como los
linfocitos B y los macrófagos. Por otro lado, los CD8+ se convierten en células
citotóxicas.
Respecto a la función que realizan hay dos tipos de
CD4+, las TH1 y las TH2, ambas se diferencian por su patrón de producción de
citoquinas, de manera que la diferenciación de una célula T virgen en uno u
otro tipo de célula cooperadora, depende de las citoquinas de su entorno en el
momento de la activación. Una vez diferenciadas, las células TH1 producen
citoquinas como la IL-2, el IFN- y el TNF- S (factor de necrosis tumoral S),
estas son esenciales para que los macrófagos ejerzan su acción bactericida y se
produzca una respuesta inflamatoria. Por su parte, las TH2 producen las
citoquinas IL-4 y la IL-5, y TNF- entre otras, las cuales intervienen en la
proliferación, diferenciación y secreción de anticuerpos de los linfocitos B.
El receptor de la célula B y los anticuerpos que
producen estas células una vez activadas van a reconocer al mismo antígeno. Son
capaces de reconocer proteínas plegadas y carbohidratos. Para producir Ac
contra los Ag proteicos, la célula B necesita contactar con la célula T
(respuesta T dependiente), mientras que para generar Ac contra los Ag
polisacáridos no es necesario este contacto (respuesta T independiente).
Los anticuerpos producidos por las células B
activadas, protegen al inactivar a los agentes infecciosos o a sus toxinas, o
bien favoreciendo la fagocitosis o la lisis de los microorganismos al activar
el sistema del complemento. Entre los distintos tipos de células B, las
inmunoglobulinas G (IgG) y las IgM, actúan fundamentalmente en sangre y tejido
linfático, las IgM también ejercen su papel protector a nivel de mucosas.
Las células TCD8+, una vez activadas, destruyen las
células que presenten en su superficie el péptido antigénico unido a MHC de
clase I. Lo hacen liberando perforinas tras el contacto, las cuales producen la
lisis celular o favorecen la apoptosis. Las células TCD4+, a su vez, activan a
los macrófagos, células NK o linfocitos B. Después de la fase efectora se ponen
en marcha los mecanismos de control homeostático, y al final quedan las células
memoria como recuerdo del contacto.
Tabla I. Inmunidad innata y adquirida
Figura 1. Formación del sistema Inmune (Tomado de: http://www.sanidadanimal.info/inmuno/SEGUN1.HTM
Como resumen de la respuesta inmune adaptativa
podemos decir:
1. Sólo los Ac específicos son capaces de prevenir una
infección.
2. Las células Tc constituyen el principal mecanismo
de eliminación de la mayoría de infecciones intracelulares agudas. No
intervienen para nada en las infecciones extracelulares.
3. Los Ac pueden eliminar infecciones extracelulares
con la ayuda de los macrófagos activados, los cuales ingieren y destruyen las
partículas infecciosas recubiertas por los Ac. Su participación en el control
de las infecciones intracelulares es prácticamente insignificante.
4. Los linfocitos TH1 contribuyen al control de
ciertas infecciones intracelulares crónicas del tipo de la tuberculosis.
§. Cinética de la respuesta inmunitaria
La primera exposición de un huésped a un antígeno
se denomina inmunización primaria. Este contacto determina una
respuesta inmunitaria medible, relativamente débil y de corta duración, que es
la respuesta primaria.
La segunda exposición al mismo antígeno se conoce
como inmunización secundaria y genera una respuesta más
intensa y duradera que se denomina respuesta secundaria, anamnésica o
booster.
La respuesta humoral (anticuerpos)
es más fácil de medir que la respuesta celular (linfocitos TH
y Tc), por lo que la mayoría de los estudios que valoran la respuesta
inmunitaria se centran en la respuesta humoral, asumiéndose que los resultados,
en general, son extrapolables a la inmunidad celular ya que ambas van
paralelas.
Respuesta Primaria
En ella se distinguen cuatro fases o períodos:
1. Período de latencia. Es el tiempo que transcurre entre la
exposición al Ag y la detección de Ac en el suero. En el ser humano dura de 5 a
10 días, siendo la media de 7. Es el tiempo que tardan los linfocitos TH y B en
ser activados, es decir, en contactar con el Ag, proliferar y diferenciarse.
Figura 2. Curso de la respuesta inmune(Tomado de: http://www.es.wikipedia.org/wiki/Inmunidad_(medicina)
2. Fase exponencial. En ella se produce un incremento exponencial de
la concentración de Ac en el suero.
3. Fase de estabilidad o de meseta. En esta el título de Ac permanece
estable debido al equilibrio entre la producción y destrucción de Ac.
4. Fase de declinación. En esta la concentración de Ac decrece
progresivamente con el declive de la respuesta inmune, al producirse la
eliminación del antígeno.
En la respuesta primaria se detectan en primer
lugar y fundamentalmente las IgM, siendo a veces las únicas inmunoglobulinas
producidas. Si aparecen IgG conlleva una rápida disminución de la detección de
las IgM.
Respuesta secundaria
La reexposición al mismo Ag al cabo de un cierto
tiempo, induce una respuesta secundaria más intensa y duradera que la primera.
Tras un período de latencia más corto, de 1 a 3 días, se produce un rápido
incremento del título de Ac, que alcanzan niveles más elevados y durante un
período de tiempo más largo, incluso de años. Además la dosis de Ag necesaria
para producir la respuesta es menor y se producen sobre todo anticuerpos IgG.
Esta respuesta más rápida y duradera obedece a que
en ella intervienen las células TH2 y B de memoria, producidas en gran cantidad
durante la respuesta primaria, que es específica y de larga duración. La
segunda exposición a un Ag activa directamente clones expansionados de células
de memoria que han sufrido el cambio de clase de inmunoglobulina (IgM a IgG,
IgA e IgE), en los centros germinales de los folículos linfoides.
La capacidad de generar una respuesta anamnésica o
de memoria, persiste largo tiempo, incluso toda la vida en el hombre, lo que
proporciona una ventaja selectiva a aquéllos que sobreviven al primer contacto
con un agente infeccioso. En esto se basa precisamente el objetivo de la
vacunación, en establecer memoria inmunológica que de lugar a una respuesta
rápida y duradera de forma que evite la infección clínica del sujeto vacunado.
La respuesta secundaria puede incrementarse con
inmunizaciones sucesivas, hasta alcanzar el límite fisiológico de respuesta. Si
el intervalo entre dos exposiciones es demasiado corto o largo, se reduce la
respuesta secundaria, aunque se ha visto que el tiempo de producción de una
respuesta secundaria persiste largo tiempo, meses o años, después de que los
anticuerpos detectables hayan desaparecido.
Por último, hay que destacar que todos los
antígenos pueden producir una respuesta primaria, pero sólo los antígenos
T-dependientes, como las proteínas, son capaces de inducir una respuesta
secundaria. Los antígenos T-independientes como los polisacáridos capsulares,
no inducen memoria inmunológica, por lo que la respuesta secundaria tiene las
mismas características que la primaria. Para que el antígeno pase a ser
T-dependiente, se conjuga con proteínas, con lo que adquiere la capacidad de
generar memoria inmunológica.
§. Memoria inmunológica
Desde tiempos inmemoriales se sabe que el
padecimiento de determinadas enfermedades transmisibles, confiere protección de
por vida a los supervivientes, frente a posteriores ataques de la misma
infección.
Un experimento natural ocurrido en las islas Feroe
durante los siglos XVIII y XIX, realizado por el médico danés Ludwig Panun,
aportó conocimientos sobre lo que después se reconoció como memoria
inmunológica. Tras un brote de sarampión en 1781, las islas permanecieron
libres de la enfermedad durante 65 años, hasta que en 1846 un nuevo brote
afectó al 75-95% de la población. Entonces se vio que los ancianos que habían
padecido el sarampión en el primer brote de la enfermedad, no eran atacados de
nuevo por la misma, mientras todos los que no la habían padecido se
contagiaron.
El experimento de Panum proporcionó dos
conclusiones importantes: la inmunidad frente al sarampión dura toda la vida, y
no se requieren exposiciones posteriores para el mantenimiento de la inmunidad
protectora. Sin embargo, los mecanismos por los cuales se produce esa memoria
inmunológica, han sido objeto de discusión por parte de los inmunólogos durante
muchos años y siguen siéndolo en la actualidad, en algunos puntos.
Como ya se ha mencionado, la inmunidad protectora
frente a una nueva exposición a un agente infeccioso, generada por infección
natural o vacunación, depende, fundamentalmente, de la presencia continuada de
un adecuado nivel de anticuerpos protectores, prioritariamente de clase IgG.
Las células plasmáticas productoras de anticuerpos
tienen una vida muy corta y los anticuerpos secretados persisten sólo unas
semanas después de su producción; de ahí la necesidad de generar continuamente
células B efectoras para mantener la tasa de anticuerpos. Dado que la
activación de los linfocitos B por los antígenos proteicos requiere
necesariamente la cooperación de los linfocitos T cooperadores TH2, estas
células deben también estar disponibles para asegurar la producción de los
anticuerpos.
Ambos tipos de células proceden de la activación
cíclica de las células T y B de memoria, generadas en la exposición primaria.
El antígeno, que persistiría en la superficie de las células dendríticas
foliculares de los centros germinales, cumpliría un papel fundamental en la
activación de estas células.
Sin embargo, en lo que se refiere a las células Tc
efectoras, sólo necesitan estar presentes mientras el agente infeccioso esté en
el organismo del huésped, no siendo necesarias de nuevo hasta que se produzca
una nueva exposición al patógeno, por lo que persistirían como células memoria
en estado latente.
Este ciclo continuado de activación de células
memoria y formación de células plasmáticas asegura la producción continuada de
anticuerpos de elevada afinidad, que son esenciales en la protección
inmunitaria, debida tanto a la infección natural como a la producida por la
vacuna (excepto BCG).
Por otro lado, ya se ha comentado que las células
memoria tienen una vida media muy larga -prácticamente toda la vida del
huésped-, hecho bien consensuado científicamente en el caso de las células B y
no tanto para las células T memoria. Estudios recientes realizados en adultos,
que fueron vacunados de viruela en la infancia y que no habían tenido ningún
nuevo contacto con el virus, han demostrado la persistencia de células Tc
específicas para ese antígeno hasta 50 años después de la vacunación.
Clásicamente, se afirmaba que para el mantenimiento
a largo plazo de las células T y B memoria, era necesaria la persistencia del
antígeno en la superficie de las células dendríticas foliculares, y que las
células B serían activadas por ese antígeno asegurando la producción continua
de anticuerpos. Este último punto parece confirmado, mientras que sigue
habiendo todavía discrepancias respecto del primero; las últimas
investigaciones sugieren que no sería siempre necesaria la presencia del
antígeno para el mantenimiento de la inmunidad celular.
Lo que sí parece claro es que no es necesaria la
presencia del antígeno para asegurar la persistencia de las células Tc memoria.
Dado que sólo los anticuerpos, y no las células Tc efectoras, pueden prevenir
una segunda infección, es más económico para el huésped disponer de un pool de
células Tc memoria que puedan ser activadas rápidamente para convertirse en
células efectoras, cuando ocurra una nueva exposición al agente infeccioso.
§. Fundamentos inmunológicos de las vacunas
Inmunidad protectora y requisitos inmunológicos de
las vacunas
Stanley Plotkin, conocido investigador y escritor
en vacunología, señaló, recientemente, que los dos grandes logros de las
vacunas contra las enfermedades transmisibles han sido la inducción de memoria
inmunológica de larga duración (confiere inmunidad protectora), y la
estimulación de una inmunidad colectiva o de grupo.
Se denomina inmunidad protectora a
la generada frente a la infección clínica. Ésta puede adquirirse bien por
infección, a través de la respuesta adaptativa primaria, bien por vacunación.
Por lo general, la inmunidad protectora incluye dos componentes: los reactantes
inmunitarios (anticuerpos y células T activadas, adquiridos por cualquiera de
los dos mecanismos) y la memora inmunológica, previamente comentada, que durará
toda la vida.
Así, la persistencia de anticuerpos, necesaria como
se ha comentado, para prevenir una segunda infección, es típica de infecciones
como la poliomielitis clínica. En ella, la preexistencia de anticuerpos
antipoliomielitis (IgG o IgA), hace que el virus sea neutralizado en las
mucosas (IgA) o en el sistema circulatorio durante la fase de viremia (IgG)
antes de fijarse en las neuronas motoras del asta anterior. Además, estos
anticuerpos preformados hacen que la opsonización y fagocitosis de los
patógenos sean más eficaces.
Otras veces, los anticuerpos no son necesarios para
la prevención de la clínica cuando se produce la reinfección. Tal es el caso de
la hepatitis B, en la que se ha comprobado que existe protección aún habiendo
desaparecido los anticuerpos circulantes, con excepción de los hemodializados o
inmunodeprimidos, en los que se recomienda revacunación para aumentar esta
titulación de anticuerpos.
En general, esta inmunidad protectora frente a un
agente infeccioso, se evalúa mediante tres procedimientos:
1. Medición de la respuesta inmunitaria en el huésped, bien expuesto
a la infección primaria, bien a la vacunación.
Puede estudiarse in vivo, inyectando
antígenos, localmente, en la piel. La aparición de una reacción indicará la
presencia de anticuerpos o de linfocitos activados específicos para el antígeno
inyectado.
La prueba de Shick, por ejemplo, mide la inmunidad
protectora frente a la difteria, siendo negativa cuando el nivel de antitoxinas
circulantes es de alrededor o superior a de 0,01 UI/ ml, ya que éstas
neutralizan la toxina. Consiste en inyectar en el antebrazo 0,1 ml de toxina
diluida, intradérmica. Se considera la reacción de Shick positiva si se
manifiesta mediante una reacción eritematosa de más de 1 centímetro después de
36-72 horas.
En cuanto a la prueba de la tuberculina, valora la
existencia de inmunidad celular cuando se inyecta un extracto del M
tuberculosis intradérmico, de 0,1 ml de PPD (derivado proteico
purificado). A las 48-96 horas aparece una induración, de hipersensibilidad
retardada mediada por linfocitos (Figura 6), que dependiendo del diámetro y del
estado de vacunación, indicará presencia o no del bacilo.
2. La exposición experimental al agente infeccioso de un grupo de
personas inmunizadas y de un grupo de no inmunizadas, y la comparación de los
resultados. En el hombre sólo se pueden realizar con enfermedades benignas.
3. Medición de la incidencia de la enfermedad en individuos
inmunizados versus no inmunizados. Se pueden realizar en el caso de que la
incidencia de la enfermedad sea elevada, para obtener resultados
estadísticamente significativos.
Los requisitos mínimos para que una vacuna alcance
esta inmunidad protectora son:
1. Activación de las células presentadoras de antígenos, con la
expresión de los factores coestimulantes y la secreción de los correspondientes
citocinas.
2. Generación de linfocitos T y B de memoria. Son necesarios para
lograr, en la reinfección, la activación, replicación y diferenciación de
células T y B, específicas, que den lugar a los correspondientes linfocitos T y
B efectores.
3. Superación del polimorfismo genético de los MHC en la población y
de la variación antígenica del agente infeccioso. Incluyendo el número
suficiente de antígenos, para que se generen suficientes anticuerpos
neutralizantes y determinantes de las células T que hagan reconocibles a los
MHC, más prevalentes en la población, por los receptores de las células T, y no
se produzca su rechazo.
4. Persistencia del antígeno a largo plazo, en su conformación
intacta, lo que llevará a la producción de anticuerpos protectores de afinidad
incrementada.
Así, la vacuna ideal que induce memoria de larga
duración, incluye la formación de anticuerpos neutralizantes, respuesta Tc
cuando los anticuerpos neutralizantes no previenen la infección (infecciones
víricas), y de Th que ayuden a generar ambos mecanismos, como se ha comentado
previamente.
De las vacunas actualmente comercializadas, según
Ada, sólo las vacunas vivas atenuadas cumplen estos cuatro requisitos. Por el
contrario, las vacunas inactivadas no inducen, en general respuesta Tc,
dependiendo su protección de los anticuerpos neutralizantes (con excepción de
la vacuna antihepatitis B).
En estas ocasiones, en que las vacunas no producen
una inmunidad protectora suficiente hay que utilizar adyuvantes.
Adyuvantes
Se considera adyuvante cualquier sustancia que
incrementa la respuesta inmunitaria al antígeno con el que se mezcla. Los
adyuvantes, básicamente, son necesarios en la vacunación inicial, cuando se
utilizan unidos a vacunas poco inmunógenas; tal es el caso de los toxoides, que
producen escasa respuesta inmunitaria, o de las vacunas sintéticas basadas en
epítopos específicos de los agentes inmunitarios.
Los adyuvantes actúan fundamentalmente a través de
tres mecanismos diferentes, dependiendo de su naturaleza:
1. Formando un depósito de antígeno en el lugar de aplicación de la
vacuna, que hace que se vaya liberando antígeno durante un periodo de tiempo.
El alumbre (hidróxido de aluminio) y las emulsiones de aceites minerales son un
ejemplo de este tipo de acción.
2. Presentando el antígeno a las células implicadas en la respuesta
inmunitaria, fundamentalmente en la presentación antigénica. Es el papel de los
que contienen productos bacterianos, como las bacterias muertas de B.
pertussis utilizadas en la DTP.
3. Induciendo la formación de citocinas que actúan sobre las células
inmunitarias, especialmente los linfocitos B y T. En este grupo se incluyen los
complejos ISCOM’s (inmune stimulating complexes), que contienen detergente Quil
A y proteínas víricas. Están en fase de investigación. Se espera que estos
adyuvantes consigan vacunas inocuas y eficaces para procesos para los que no
hay vacunación, como el VIH y la malaria.
Inmunidad colectiva o de grupo
A finales del siglo XIX, se advirtió que los brotes
de viruela finalizaban antes de afectar a todos los individuos susceptibles de
la población. Este fenómeno se trató de explicar por la pérdida progresiva de
la virulencia de los microorganismos al pasar por muchos individuos. Luego se
demostró que, en la realidad, este fin de la epidemia se producía porque al
avanzar ésta, aumentaba la proporción de individuos inmunes, siendo cada vez
más improbable el contacto entre un individuo infectado y uno susceptible.
Incluso llegaba un momento, en el que la elevada proporción de individuos
inmunes bloqueaba la transmisión del proceso.
Las vacunaciones sistemáticas, imitando este
proceso natural, tienen como objetivo el conseguir una elevada proporción de
individuos inmunes, que impida la transmisión de la infección, y con ello, la
aparición de epidemias.
Así, el término de inmunidad colectiva o de grupo,
hace referencia a este hecho, y ha sido ampliamente utilizado en la
bibliografía científica del tema, con diversos significados. Primero, de forma
general, se emplea para referirse a la resistencia de una comunidad frente a
una determinada infección. Segundo, también suele usarse para expresar la
proporción o prevalencia de inmunizados que un grupo posee frente a una
determinada enfermedad, valorada como seroprevalencia de anticuerpos frente a
esta infección. Finalmente, se emplea, en muchas ocasiones, como el efecto de
los programas vacunales en la interrupción de la transmisión de los procesos,
así como para referirse al nivel concreto de cobertura vacunal necesaria para
conseguirlo. Gracias a esta inmunidad de grupo se consigue una reducción de la
incidencia de la enfermedad, no sólo en el segmento poblacional vacunado
(efecto directo), sino también en el no sometido a la misma (efecto indirecto).
Inmunidad colectiva y programas vacunales
El conocimiento de la protección que la presencia
de individuos inmunes proporciona a los no inmunes data de principios del siglo
XX, y los conceptos más actuales parten de un artículo publicado por Fox et al.
en 1971. En él, Fox la definió como “La resistencia de un grupo a una
infección, ante la que una amplia proporción de individuos se halla inmune, y
en el que debido a ello ha disminuido de forma notable la probabilidad de que
un sujeto con la enfermedad entre en contacto con un individuo susceptible”.
Posteriormente, en 1983, este mismo autor expuso
que la inmunidad colectiva era únicamente aplicable en determinadas
condiciones. En primer lugar, el agente infeccioso debía restringirse a un
único huésped. Segundo, la transmisión del proceso se debería producir mediante
contacto directo entre los individuos. El tercer requisito, se refería a que la
infección debe producir una inmunidad específica, de larga duración, necesaria
para generar una población de inmunes que facilite la protección a la comunidad.
Finalmente, la población debía poseer un patrón de mezcla al azar; siendo éste
en la realidad un requisito más bien teórico, porque este modelo de mezcla sólo
se produce en colectivos muy pequeños, como es el caso de las familias o
escuelas. Según esta última condición, la inmunidad colectiva sería máxima, si
los individuos se mezclaran continuamente entre sí, con igual probabilidad.
Además, Fox observó que algunas infecciones, como
el sarampión, seguían transmitiéndose con coberturas vacunales muy altas, por
lo que añadió que además de conseguirse éstas había que realizar una búsqueda
directa de los individuos susceptibles.
Para conseguir en la comunidad este nivel de
resistencia que prevenga la aparición de epidemias, debe alcanzarse un umbral
de vacunados o proporción crítica de vacunados, al que se denomina como Pc.
Si bien al conseguirse este umbral aún pueden ocurrir transmisiones, se bloquea
la aparición de epidemias.
Precisamente, las vacunaciones sistemáticas buscan
tanto la protección individual del vacunado, como la prevención de casos en la
comunidad, a través de la búsqueda de una alta proporción crítica de vacunados
(Pc). Así, para que una infección pueda persistir en una comunidad,
cada caso infectado deberá transmitir como mínimo la infección a un individuo.
Si la media de transmisiones por caso es inferior a uno, entonces la infección
tenderá a desaparecer.
Siguiendo esta idea, se define como número básico
de reproducción de casos, Rq, a la cifra media de infecciones producidas
directamente por un caso infeccioso durante su período de transmisibilidad,
cuando penetra en una población totalmente susceptible, porque nunca se ha
vacunado.
Si se desea que un caso primario no cause una
epidemia, el número de casos secundarios producidos por cada caso primario,
deberá ser también menor que uno. En una población vacunada, habrá que
descontar del número básico de producción de casos (Rq) los individuos
protegidos de la enfermedad (Pc.Rq), que dependerán del umbral de vacunados o
proporción crítica de vacunados (Pc). Esto es: R0 - (Pc × R0) <
1. De esta expresión, despejando Pc se obtiene que:
Por ejemplo, en el caso del sarampión, en una
población susceptible occidental el R0 es de 15 a 17. Según la
fórmula anterior, la proporción crítica de vacunados (Pc) deberá ser de:
(cuando la transmisibilidad es superior).
Como se ve con este cálculo, cuanto mayor es el R0 mayor
tiene que ser la Pc.
Inmunidad colectiva y determinados procesos objeto
de calendarios sistemáticos
En este apartado vamos a comentar como, si bien el
alcanzar la proporción crítica de vacunados, Pc, es fundamental, también es
necesario considerar otros factores para la eliminación de los procesos.
Viruela
Un ejemplo clásico de proceso transmisible
erradicado es la viruela. La OMS se propuso su eliminación para el año 1959.
Para conseguirlo, de forma empírica, se fijó un nivel de Pc=0,8 (80%),
correspondiente a un Rq de 5. Sin embargo, una vez conseguido ese nivel de
vacunación, se observó que el proceso no se eliminaba en las áreas fuertemente
endémicas, en las que la fuerza de transmisión del patógeno era alta. Ello
obligó a una estrategia de detección activa de los casos, cuarentena,
seguimiento de los contactos e inmunización en círculo.
Por lo tanto, para erradicar este proceso se partió
de un enfoque de inmunidad colectiva, que en aquella época sólo se intuía, y en
las zonas hiperendémicas, donde el alcanzar el Pc no fue suficiente, se adoptó,
además, un enfoque individual de control de individuos susceptibles. De esta
manera, la erradicación de la viruela fue proclamada por la Asamblea Mundial de
la Salud, en mayo de 1980.
Sarampión
Es la infección que probablemente ha originado más
debate sobre la inmunidad colectiva.
En EEUU, en el año 1967, empíricamente se estimó
que una vacunación del 55% de los niños llevaría a la eliminación progresiva de
la vacunación. No se consiguió este objetivo, debido a que no se consideró a la
población mayor de 15 años, que también tenía un papel en la transmisión del
proceso. Entonces se calculó que este 0,55, estimado para menores de 15 años,
correspondía a un Pc de 0,90 en la población general.
En la actualidad la proporción crítica de
vacunados, Pc, que se considera efectiva es la del 0,93-0,95. Sin embargo en
muchos países, incluso con esta cobertura vacunal, siguen existiendo casos
esporádicos y brotes. Se puede explicar por la posible agregación de individuos
sin vacunar, por fallos vacunales y porque, como hemos comentado, la
distribución aleatoria de los individuos inmunes y susceptibles no se produce,
realmente. De todas formas, con coberturas superiores a 0,90 la incidencia del
sarampión disminuye de forma marcada en la mayor parte de las poblaciones.
Parotiditis
Es un proceso ligeramente menos contagioso que el
sarampión, necesitando una proporción crítica de vacunados o Pc de 0,90 a 0,92.
Sin embargo, una vez implantada la vacunación frente a esta enfermedad, con
coberturas habituales de Triple Vírica del 90%, ha disminuido la notificación
de casos un 95%. Este hecho constituiría una prueba de la protección indirecta
conferida por la vacunación en el grupo.
Difteria y Haemophilus influenzae tipo b
La difteria, una vez que se ha iniciado su
vacunación, ha desaparecido en la mayor parte de los países desarrollados,
debido tanto a la buena cobertura vacunal como a la protección indirecta que
confiere la inmunidad de grupo. Incluso algunos autores, a la vista de la
rápida desaparición del proceso respecto a los niveles de vacunación
conseguidos, sugieren que esta vacunación puede reducir el porcentaje de
portadores del patógeno. Algo semejante parece estar ocurriendo con la
vacunación frente a Haemophilus influenzae tipo b.
Capítulo 22
Vacunas, una historia fascinante
Paloma Astasio, Paloma Ortega
La figura histórica de Pasteur, es crucial en el
desarrollo de las vacunas, sus descubrimientos permitieron explicar muchos
elementos básicos para conocer cómo funcionan las vacunas.
En el año 1980 la OMS declaraba oficialmente
erradicada a nivel mundial la primera enfermedad infecciosa, la viruela,
gracias a la utilización de la primera vacuna de la historia, que había sido
desarrollada por Edward Jenner en 1796. Un hecho como este ilustra el gran
impacto que la inmunización ha tenido sobre la salud mundial, siendo además una
de las intervenciones más coste/efectiva junto con el tratamiento y control de
las aguas.
Es importante resaltar que las vacunas han evitado
más muertes, discapacidades y sufrimiento que cualquier otra intervención
sanitaria, amén de reducir considerablemente tanto los costes sociales como los
familiares de la enfermedad que previenen.
Por otra parte, hay que tener presente que los
avances tanto tecnológicos como en el campo de la inmunología o la biología
molecular nos hacen albergar esperanzas de ampliar el concepto clásico de
inmunización, o aplicación de vacunas, a otros procesos no infecciosos, como el
cáncer o las enfermedades autoinmunes, e incluso centrar nuestro interés en la
aplicación de vacunas terapéuticas (denominadas pharmacines por
algunos autores y que podríamos traducir como farmacunas) para
el tratamiento de infecciones crónicas, como la hepatitis B.
Pero retomemos sus comienzos. El hombre siempre ha
tratado de lograr la resistencia a la enfermedad y fue la “variolización” la
primera técnica aplicada con éxito frente a una enfermedad infecciosa,
consistiendo en transmitir el contenido de pústulas de enfermos de viruela a
personas sanas.
Si bien el origen de esta técnica es desconocido,
la mayoría de los autores coinciden en que se practicaba en la antigua China,
espolvoreando por vía intranasal el polvo de las pústulas desecadas. La primera
evidencia escrita relacionada con la vacunación, El tratamiento
adecuado de la Viruela, se atribuye a una monja budista en el siglo XI.
La introducción de la variolización en Europa fue
muy posterior (1721), atribuyéndose a Lady Mary Wortley Montagu, esposa del
embajador británico en Constantinopla, mujer muy bella que quedó desfigurada
por la viruela y estaba muy sensibilizada ante esta enfermedad, ya que la había
padecido en su juventud e hizo “variolizar” a su propio hijo. Fueron sucesos
lógicos, pues entonces Turquía era la puerta de Asia para Europa. Sin embargo,
Gregorio Marañón recogió indicios históricos más antiguos del uso de la variolización
en España, tanto en Galicia como en Jadraque (Guadalajara).
A pesar de constituir una práctica sencilla, el
hecho de carecer de medidas de higiene básicas, hizo que la variolización
generara consecuencias desastrosas, pues algunas personas fueron contagiadas no
sólo de viruela sino que en ocasiones también se les transmitió otras
enfermedades infecciosas, igualmente graves, como por ejemplo la sífilis.
En aquellas fechas las muertes provocadas por la
viruela suponían entre el 8-20% de la mortalidad total en Europa y la situación
era de tal gravedad y el impacto social resultaba tan devastador que muchos
padres evitaban encariñarse demasiado con sus hijos, hasta que no habían
sobrevivido a la enfermedad. En algunas culturas incluso se llegaba a no poner
nombre a los niños hasta que no habían pasado el “rito de iniciación” de la
enfermedad.
Este proceso no entendía de rangos sociales y en el
siglo XVII desencadenó la debacle de diferentes monarquías europeas (Estuardo,
Borbones o Austrias), ya que sus líneas de sucesión quedaron interrumpidas o
alteradas por una insaciable viruela que no dejó de matar durante todo el siglo
XVIII en las Casas Reales de Inglaterra, Austria, Rusia, Suecia, Francia y
España.
En España, la viruela cambió el rumbo de la
historia.
Prácticamente extinguió la Casa de Austria, dando
paso a la de Borbón. El príncipe Baltasar Carlos (1630-1646), heredero del
trono de Felipe IV, muere a los 16 años de viruela. Esta fatalidad transfirió
la corona al último hijo de Felipe IV, Carlos II, el Hechizado, que murió sin
descendencia, por lo que el trono pasó a Felipe V de Borbón, hijo de Luis, Gran
Delfín de Francia, que a la sazón también había muerto de viruelas.
Precisamente es durante esta época, cuando un
médico inglés, Edward Jenner (1749-1823), variolizaba a sus pacientes y a la
vez observaba que en las comunidades donde ejercía como médico, existía una
enfermedad llamada “vaccinia” o viruela de las vacas (cowpox), que
originaba una erupción en las ubres de estos animales semejantes a las que
provocaba la viruela en la especie humana (smallpox). Además, era
conocido popularmente que las lecheras de estos lugares raramente enfermaban de
viruela, pues habían padecido la “viruela de las vacas” lo que las protegía de
la humana e impedía ser variolizadas con éxito.
Jenner, para probar este conocimiento empírico
realizó su experimento más conocido. Durante la primavera de 1796 apareció un
brote de viruela vacuna en la granja de uno de sus clientes. Una joven, quizá
la hija del granjero, se infectó. La culpable era Blossom, una vaca cuyo
retrato se conserva en el Museo Jenner de Berkeley. La joven, Sarah Nelmes,
presentaba cicatrices frescas de viruela de las vacas en una
mano.
El día 14 de mayo, tras obtener el consentimiento
de los padres, Jenner realiza un arriesgado experimento al niño James Phipps,
de 8 años, sin historia previa conocida de viruela. Para realizar el
experimento, Jenner extrae material de una pústula de la mano de Sarah y lo
deposita por medio de dos incisiones superficiales en el brazo del muchacho.
Éste desarrolla una semana después los síntomas del cowpox y
luego se recupera.
El día 1 de julio, Jenner, animado por el éxito
obtenido, lleva a cabo una acción más audaz y temeraria y que actualmente sería
impensable por sus consecuencias éticas, inoculando al niño con pus procedente
de una pústula de una paciente enferma de viruela; es decir, lo varioliza. La
reacción que observa es mínima y James Phipps no desarrolla la viruela ni
siquiera tras otras posteriores inoculaciones ya que la protección que le ha
producido es completa y vivirá hasta avanzada edad. Es más, Jenner conservará
siempre la relación afectiva con él; incluso, años después, al verlo en mala
situación económica, le ayudará pagándole el alquiler de una casa cercana a la
suya.
Durante los dos años siguientes no se dan casos de
viruela vacuna en los establos y Jenner se ve obligado a suspender sus
experiencias. En 1798 aparece una nueva epidemia y las retoma. Va anotando cada
caso de los nuevos pacientes inoculados con su método durante esa primavera,
siendo uno de ellos su propio hijo de 11 meses, Robert.
Posteriormente, Jenner remite un texto con sus
resultados al presidente de la Royal Society, sir Joseph Banks, que le es
devuelto con el argumento de que son pocos casos y además contradice los
conocimientos ya establecidos. Le instan a no promulgar la idea si quiere
conservar su reputación. Jenner no se amilana y se costea él mismo una edición,
que ponen a la venta dos librerías de Londres.
El manuscrito, Inquiry into the Causes and
Effects of Variolae Vaccínea, empieza a venderse en septiembre de 1798 y ha
sido considerado como una de las publicaciones más importantes de la historia,
ya que fue responsable de la promulgación de la idea de la vacunación, siendo
probablemente el libro que ha salvado más vidas en la historia de la humanidad.
El príncipe Baltasar Carlos fue una de las numerosas víctimas de la viruela.
Retrato ecuestre realizado por Diego Velázquez.
Como consecuencia de las investigaciones de Jenner,
cuando hablamos de vacuna hacemos referencia al término
latino “vacca”, que indica que las vacas estuvieron involucradas en el
proceso de invención de la primera vacuna. Por ello, vacunación significaba
inoculación con el fluido de la vaca, y vacunado era la persona a quien se
inoculaba la vacuna.
Aunque la vacuna de Jenner llegó sorprendentemente
pronto a España, ya que Piguillem fue pionero y la administró en 1800 en la
localidad catalana de Puigcerdá, su difusión a todas las capas sociales se
retrasó durante casi un siglo. En Cataluña fue difundida por Mitjavilla y
Salvá, y en Madrid lo hicieron Jáuregui y Ruiz Luzuriaga, extendiéndose desde
allí a toda España. En esa época vacunar frente a la viruela era motivo de
prestigio profesional y también un negocio rentable, lo que explica la proliferación
de centros privados y la lucha contra el intrusismo.
En la primera mitad del siglo XIX, el Instituto
Médico Valenciano, entidad privada, fue uno de los principales proveedores de
la vacuna y no es hasta 1871 cuando se funda el primer organismo estatal
encargado de cultivar, difundir y controlar la vacuna antivariólica, el
Instituto Nacional de Vacuna, dependiente del Ministerio de Fomento. Esta
institución, también conocida como Instituto Nacional de Vacunación, nació como
respuesta a la preocupación social existente y parece que su financiación fue
insuficiente, pasando épocas de penuria, en competencia, por un lado, con las
nacientes Casas de Socorro municipales, más cercanas a las clases sociales
bajas, y por otro lado, con los institutos privados, frecuentados por familias
de clase media y alta.
A finales del siglo XIX, el rechazo a la vacuna era
una circunstancia que preocupaba a las autoridades sanitarias ya que la
cobertura vacunal era muy deficiente y la mortalidad era alta. Se decía que la
vacunación “persona a persona” facilitaba la transmisión de la sífilis,
estableciéndose una gran polémica científica sobre la posibilidad de esta
contaminación. En estas circunstancias, en 1906, se promulgó un Real Decreto
que hacia obligatoria la vacunación, consiguiendo que casi un tercio de la
población de Madrid se vacunara.
La ya mencionada erradicación de la viruela se
produjo en 1979, pero en nuestro Continente fue anterior, siendo España en 1948
y Portugal en 1953, los dos últimos países europeos en erradicar la viruela
autóctona.
Ilustración del libro de E. Jenner sobre la vacunación
§. La real expedición filantrópica de la vacuna
Una de las hazañas más interesantes de la historia
médica española fue la Expedición Filantrópica, la cual zarpó del puerto de La
Coruña el 30 de noviembre de 1803, a bordo de la corbeta María Pita, y que
estuvo compuesta por un equipo de 2 cirujanos, 5 médicos, 3 enfermeros y lo más
llamativo 22 niños expósitos. Todos ellos bajo la dirección del médico
Francisco Xavier Balmis, a requerimiento del Rey Carlos IV quien sufragó con
fondos públicos su idea de una vacunación masiva de niños a lo largo del imperio,
ya que su propia hija, la Infanta María Luisa había sufrido la enfermedad. Esta
empresa es considerada la primera expedición sanitaria internacional en la
historia.
Uno de los principales problemas que se presentaron
a la hora de idear la expedición fue cómo hacer para que la vacuna resistiese
todo el trayecto en perfecto estado, ya que el transporte de un fluido tan
delicado de un continente a otro, en penosas travesías marítimas que duraban
meses y sin sistemas eficientes para mantener la cadena del frío, parecía
insuperable.
La solución se le ocurrió al mismo Balmis: llevar
en el viaje a un número de niños huérfanos, e ir pasando cada cierto tiempo la
vacuna de uno a otro, mediante el contacto de las heridas. Además se
transportaba una carga de linfa de vacuna en placas de vidrio selladas y miles
de ejemplares de un tratado que explicaba cómo vacunar y conservar la linfa.
Existe un conocimiento detallado de las etapas y de
las vicisitudes del viaje, que van desde el registro del número exacto de
vacunaciones realizadas en cada lugar (56.000 en Colombia, 7.000 en Cuenca
(Ecuador); 22.726 en Perú, 56.329 en Nueva Granada) hasta hechos curiosos como
que el Virrey de Santa Fe y su familia fueron los primeros en vacunarse para
evitar los recelos en la población.
La Real Expedición fue muy bien valorada desde el
primer momento, trascendiendo a los medios científicos y sanitarios. El mismo
Jenner tuvo estrecho conocimiento de la misma y en una carta fechada en 1806 se
refería a ella en términos elogiosos: “No me imagino que en los anales de la
historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste”.
Fue el primer programa oficial de vacunación masiva
realizado en el mundo, y no debe verse como la obra aislada de un emprendedor,
sino como un programa organizado por el Reino de España en la persona de Carlos
IV, con la cobertura legal y financiera necesaria para su implementación.
Durante el último cuarto del siglo XIX se produjo
una explosión de avances en el campo de la microbiología, descubriéndose uno
tras otro los agentes causales de las principales enfermedades infecciosas de
origen bacteriano, desmontándose así la teoría de la generación espontánea.
Louis Pasteur (1822-1895), químico y biólogo
francés, fue el responsable de la creación de la primera vacuna bacteriana
atenuada de la historia.
El descubrimiento de dicha atenuación se debe a que
durante las vacaciones del verano de 1879, un cultivo puro de Pasteurella
multocida, agente responsable del cólera en los pollos, quedó
accidentalmente expuesto al aire libre durante 15 días. Pasteur observó que los
animales a los que había inoculado con el mismo enfermaron, pero no murieron, y
tampoco lo hicieron tras ser inoculados posteriormente con un cultivo fresco.
Este gran científico se percató de que el cultivo había disminuido su
virulencia pero mantenía su capacidad inmunógena y comprendió que para que los
animales enfermaran ligeramente, solo había que dejar “envejecer” a los
microbios sin hacer pases de cultivo a diario. Aplicó el mismo concepto a la
obtención de la vacuna del carbunco para la cabaña animal. Pasteur en esta
ocasión realizó una dramática demostración de la eficacia de su vacuna
inoculándola a la mitad de un rebaño de ovejas y posteriormente inyectando la
enfermedad a todas. Las inoculadas con la vacuna sobrevivieron, mientras que el
resto murió.
Más tarde, en 1885, decidió abordar la obtención de
vacunas atenuadas para su administración en seres humanos, centrando la
atención en una enfermedad letal como era la rabia. Pasteur y su equipo estaban
convencidos de que el virus se encontraba tanto en la médula espinal como en el
cerebro de los animales enfermos; por ello, tras estudiar los tejidos de
conejos infectados, consiguieron desarrollar una forma atenuada del virus que
podía emplearse en inoculaciones posteriores. Cabe destacar que entre los mecenas
para financiar estas investigaciones se encontraba Eugenia de Montijo.
En 1885 llegaron a su laboratorio un muchacho y su
madre. El niño había sufrido graves mordeduras de un perro rabioso y su madre
le pidió a Pasteur que le tratara con su nuevo método. Pasteur salvó la vida a
Joseph Meister, inoculándole material desecado procedente del tejido nervioso
de animales con la enfermedad.
De esta forma se consiguió la primera vacuna vírica
atenuada de la historia, despertando un gran interés debido al carácter mortal
de la enfermedad. En 1886 se fundó el Instituto Pasteur que fabricó la vacuna
atenuada para uso en seres humanos hasta 1953, momento en el que fue sustituida
por la vacuna inactivada. Así, durante más de 60 años la primera vacuna frente
a la rabia salvó a miles de personas de una muerte segura.
El siguiente gran paso en el desarrollo de las
vacunas se produjo en los emergentes Estados Unidos de América, donde en 1886,
Edmund Salmon y Theobald Smith introdujeron un importante concepto en la
vacunología: el empleo de una suspensión de microorganismos inactivados, que
permitía la protección de las palomas frente a una enfermedad coleriforme. La
línea de investigación abierta por estos autores fue aprovechada para el
desarrollo de vacunas de microorganismos inactivados para uso humano, como la
vacuna frente a la fiebre tifoidea, desarrollada por Wright, Pfeifer y Kolle
(1896), y la vacuna frente a la peste elaborada por Haffkine (1897), quien
además pasó a la historia como el primer investigador que realizó ensayos de
campo para evaluar la eficacia protectora de una vacuna, en concreto la
anticolérica atenuada, desarrollada en colaboración con Pasteur.
Estatua erigida en homenaje a Balmis en La Coruña.
A principios del siglo XX, sólo existían cinco
vacunas, dos atenuadas (viruela y rabia) y tres inactivadas (tifoidea, cólera y
peste), mientras que al finalizar el siglo disponíamos de más de treinta y
cinco preparados vacunales. En los años veinte del mencionado siglo surgieron
los dos primeros toxoides, ya que Glenny y Ramon comprobaron que las toxinas
diftérica y tetánica pierden su patogenicidad cuando son sometidas a la acción
del formol y calor, conservando íntegro su poder inmunógeno. En esta misma década
se desarrolla la vacuna inactivada frente a tos ferina de células enteras
(Madsen 1926), y la primera vacuna bacteriana atenuada comercializada para uso
generalizado en la población, la vacuna BCG, desarrollada en 1927 por Calmette
y Guérin.
Ya en la década de los treinta se produjo un
importante descubrimiento de la mano de Goodpasture, el uso de la membrana
corioalantoidea de embrión de pollo como medio de cultivo para virus, lo que
abrió el camino para la obtención de vacunas víricas (fiebre amarilla y gripe
inactivada).
Posteriormente, la puesta a punto en los años
cincuenta de los cultivos celulares de virus, marcó el comienzo de lo que
podríamos denominar como la “edad de oro” de la vacunología, ya que permitió el
desarrollo de vacunas atenuadas frente a la poliomielitis, el sarampión y la
parotiditis, y su subsiguiente incorporación a los calendarios de vacunaciones
sistemáticas originó una reducción considerable en la morbimortalidad de las
enfermedades frente a las que previenen.
La combinación de múltiples inmunógenos,
relacionados o no, dentro de una sola preparación no es una práctica nueva. Su
empleo data del año 1949, cuando se combinaron los toxoides de la difteria y el
tétanos (DT o Td), y los dos anteriores junto con la vacuna de la tos ferina o
pertussis (DTP). Este tipo de preparados, vacunas combinadas, mejoraron mucho
las coberturas vacunales al ser mejor aceptadas, ya que al disminuir el número
de “pinchazos”, se conseguía también reducir el sufrimiento para el niño vacunado
y sus tutores. Además, conllevaron una disminución de los gastos, pues el
número de visitas al centro de vacunación era menor y también el coste de
almacenamiento y transporte, mejorando en una palabra la efectividad y la
eficiencia de los Programas de Vacunación.
En el presente siglo XXI se han desarrollado
distintos preparados inmunobiológicos, destacando entre otros la vacuna frente
al papilomavirus humano, que puede ser considerada como la segunda vacuna
anti-cáncer, puesto que la primera fue la vacuna frente al virus de la
hepatitis B. Esta consideración de vacunas anti-cáncer viene dada por la
estrecha relación de estos agentes etiológicos con el cáncer de cérvix y el
hepatocarcinoma respectivamente.
Conseguir una vacuna contra el VIH/SIDA y otra contra la malaria,
enfermedades que diezman a una buena parte de la población africana, son dos de
los principales retos de la investigación actual.
En la actualidad, se están realizando grandes
esfuerzos para conseguir vacunas eficaces frente a microorganismos
intracelulares, en los que el papel de la inmunidad celular es fundamental, ya
que la mayoría de las vacunas actualmente comercializadas actúan a través de
los anticuerpos. Por ello, entre los grandes retos a los que se debe enfrentar
la comunidad científica en este momento destaca el desarrollo de vacunas
eficaces y efectivas frente a la malaria -en este caso con excelentes
perspectivas- y otros parásitos, así como frente al VIH y la tuberculosis.
Capítulo 23
Las vacunas, hoy
David Martínez, Juana Santos
La mejora paulatina de la higiene a principios del
siglo XX y la aparición de las vacunas posteriormente han constituido dos
pilares fundamentales en la prevención de la enfermedad, la discapacidad y la
muerte en la actualidad.
La variolización de Jenner se realizó antes de
conocer la existencia de los microorganismos, con la finalidad de producir una
respuesta inmunológica en los sujetos susceptibles de padecer la viruela.
Los hallazgos de Pasteur en el mundo de las vacunas
son cruciales y la actuales vacunas tienen una gran deuda con este eminente
científico. Desarrolló la vacuna del carbunco para el ganado, la anticolérica
atenuada, y la primera vacuna vírica contra la rabia.
Las vacunas están constituidas
bien por una suspensión de microorganismos que han sido atenuados o muertos, o
bien por fracciones de los mismos. Se administran para generar inmunidad frente
a las enfermedades infecciosas.
Los toxoides están formados por
toxinas bacterianas a las que se les ha eliminado la toxicidad, pero conservan
la capacidad de estimular la síntesis de antitoxinas por parte del huésped.
Tanto las vacunas como los toxoides contienen
además en la suspensión conservantes, estabilizantes, antibióticos, y
adyuvantes. Todos estos aditivos pueden provocar, en ocasiones, diferentes
reacciones adversas por lo que se recomienda usarlos en la menor cantidad
posible.
Las vacunas vivas atenuadas desencadenan una
respuesta en el huésped más parecida a la que produce la infección natural, en
comparación con la respuesta producida por las vacunas conteniendo
microorganismos muertos.
§. La fabricación de vacunas
Para conseguir las vacunas con virus atenuados, se
deben cultivar los virus en diferentes líneas de cultivo celular. Esto reduce
su virulencia, manteniendo intacta su inmunogenicidad. Para conseguir las
vacunas con virus muertos se parte de concentrados de cultivos de
microorganismos que posteriormente son inactivados. Para conseguir las vacunas
formadas por componentes o fracciones del microorganismo se debe realizar el
procesado y la separación química de éstos.
Actualmente se están desarrollando nuevas vacunas
mediante el uso de técnicas genéticas como la recombinación; un ejemplo lo
constituye la vacuna contra la hepatitis B, que se desarrolló a partir del gen
que produce la estructura proteica que actúa como antígeno de superficie del
virus de la hepatitis, en el interior de levaduras. Estas levaduras
posteriormente sintetizaban el antígeno. Últimamente se está estudiando el uso
de vectores vivos, como los virus o bacterias, que actuarían como portadores de
genes que producirán los antígenos necesarios para la respuesta. Se está
trabajando también en la microencapsulación de antígenos en polímeros, de
manera que éstos podrían ser liberados, de forma periódica, a lo largo del
tiempo. La administración de secuencias de ADN, con los genes que codifican los
antígenos, darían lugar a la síntesis del antígeno a nivel intracelular sin
riesgo de padecer la enfermedad.
§. Determinantes de la inmunogenicidad
La respuesta inmunogénica de una vacuna, viene
determinada por tres elementos:
· Las características químico físicas del antígeno;
· La capacidad de respuesta del huésped dependiendo
de su edad, sexo, infecciones, capacidad de respuesta inmunológica, etc.
· La vía de administración de la vacuna, su dosis, el
momento en que sea administrada, y la presencia de adyuvantes.
Las vacunas vivas se caracterizan porque los
microorganismos vivos atenuados que las componen se multiplican en el huésped
de forma similar a como lo harían en la enfermedad salvaje. De manera que con
una sola dosis, suelen producir inmunidad para toda la vida en los sujetos que
son capaces de responder al estímulo. Este es el caso de la vacuna triple
vírica contra el sarampión, la parotiditis y la rubéola. Sin embargo, las
vacunas que contienen microorganismos muertos requieren dosis mayores y,
posteriormente, nuevas dosis de recuerdo para conseguir una respuesta
suficiente que prevenga la enfermedad. Este es el caso de las vacunas contra la
difteria, tétanos, rabia, etc.
Las vacunas con polisacáridos producen una
respuesta mediada por unas células llamadas linfocitos T, que forman parte de
los leucocitos de la sangre, por lo que a pesar de suministrar varias dosis en
diferentes momentos no presentan respuesta de recuerdo a dosis previas. Tienen
poco efecto en niños pequeños.
Según sea la cantidad de antígeno administrado así
será la respuesta del huésped, ya que ésta sigue una curva dosis-respuesta.
Cuanto más complejos sean los antígenos que constituyen la vacuna mayor
respuesta se producirá en el huésped. Cuando se obtienen respuestas escasas
ante un antígeno, se utilizan adyuvantes para mejorar la respuesta. Las sales
de aluminio son adyuvantes muy utilizados.
La vía de administración influye de una forma
significativa en la respuesta, tanto cuantitativa como cualitativamente. Así,
la administración en mucosas produce una mayor respuesta de IgA local que la
administración parenteral.
En el recién nacido, la presencia de anticuerpos
maternos puede bloquear la respuesta vacunal, lo que hay que tener en cuenta a
la hora de fijar la edad de la primera dosis de vacuna. Durante la primera
infancia y al final de la vida, la respuesta producida por la vacuna es menor
que en el resto de los grupos de población. Los niños y los adultos, por lo
general, responden bien a la mayoría de las vacunas.
§. Efectos adversos
La administración de la vacuna puede producir
reacción local con inflamación en la zona de la inyección y, en ocasiones, una
leve respuesta general. En la inmensa mayoría de los casos esta clínica mejora
rápidamente con la administración de analgésicos antiinflamatorios.
La vacunación puede producir en ocasiones
respuestas de hipersensibilidad, y en otros casos tolerancia inmunológica,
amortiguando la respuesta esperada. No existe evidencia de que las vacunas
produzcan trastornos alérgicos crónicos, asma, enfermedades autoinmunes,
diabetes o incremento en el riesgo de infecciones.
§. Respuesta ante la vacuna
Cuando el huésped contacta con la vacuna (antígeno)
se produce, tras un período de latencia de siete a diez días, la aparición de
la respuesta celular y humoral. En primer lugar aparecen anticuerpos IgM de
baja afinidad y posteriormente aparecen IgG de alta afinidad.
Las IgM producidas tienen capacidad para fijar
complemento y producir lisis y fagocitosis. Las IgG que aparecen después,
intervienen en la fijación del complemento. Una vez recibida la vacuna, la
máxima concentración de anticuerpos se alcanza entre la segunda y la sexta
semana, disminuyendo posteriormente.
A veces, los sujetos no responden a la vacuna, no
se produce la seroconversión en estas personas. Es lo que se conoce como fallo
vacunal primario. Suele deberse a que estas personas carecen de
ciertos determinantes del Complejo Mayor de Histocompatibilidad y
por tanto no reconocen los antígenos. Otras veces, al recibir la vacuna, se
produce la seroconversión y con el paso del tiempo se atenúa y pierde la
inmunidad adquirida. Esto es los que se conoce como fallo vacunal
secundario.
Cuando se administra una segunda dosis de vacuna,
la respuesta celular humoral amplificada, aparece a los cuatro o cinco días
tras recibir la dosis. Está respuesta está mediada por la memoria inmunológica.
§. Vacunas más importantes disponibles actualmente
Vacuna contra el carbunco (ántrax)
Esta vacuna fue originariamente preparada por
Pasteur para su uso en el ganado. En humanos, normalmente se utiliza para el
personal profesionalmente expuesto a esta enfermedad, como los curtidores,
veterinarios, y personas que trabajan con animales. No obstante, ante el
posible riesgo del uso de esporas de este microorganismo como agente en actos
de terrorismo, se ha utilizado también para vacunar a personal militar y
personal que trabaja en zonas de riesgo. Esta vacuna protege contra la
enfermedad cutánea y la que se produce por inhalación. Induce respuesta en el
90% de los vacunados. Se recomiendan dosis anuales de recuerdo.
Vacuna de Calmette-Guérin
El bacilo de Calmette-Guérin es una cepa atenuada
de M. bovis y por tanto contiene microorganismos vivos. Se
utiliza en la infancia para prevenir la tuberculosis, aunque tiene el
inconveniente de que condiciona la prueba de Mantoux al producir falsos
positivos si se está vacunado, y esto dificulta el posterior diagnóstico de la
tuberculosis. Es muy útil en el caso de los trabajadores sanitarios sanos que
realizan su actividad en zonas en las que la infección cursa con resistencia a
numerosos fármacos. Se administra una sola dosis intradérmica o percutánea.
Puede presentar reacciones adversas, como adenitis regional, infección por el
microorganismo y en ocasiones inflamación del hueso en la zona de inyección.
Está contraindicada en la inmunodepresión ante el riesgo de padecer una
infección diseminada.
Vacuna del cólera
Esta vacuna atenuada fue desarrollada por Louis
Pasteur. Su eficacia es escasa y su protección de corta duración. En algunos
países se encuentra disponible una vacuna viva con cepas elaboradas mediante
ingeniería genética. Actualmente se están desarrollando vacunas vivas atenuadas
contra esta enfermedad.
Toxoide diftérico
Es una preparación purificada de la toxina
diftérica inactivada. Es muy eficaz y protege contra la enfermedad. Se
administra conjuntamente con el toxoide tetánico y con la vacuna acelular de la
tosferina (Pertussis acelular: Pa) conocida como la vacuna
DTPa. Se administra de forma generalizada a todos los niños. Tras su
administración pueden aparecer reacciones locales y frecuentemente fiebre. No
obstante, la mayor parte de estos efectos adversos parecen deberse al toxoide
tetánico.
Vacuna contra H. influenzae
Actualmente la vacuna conjugada contra la
enfermedad invasora, eficaz en los lactantes, ha sustituido a las vacunas
previas con polisacáridos. Existen varias vacunas conjugadas autorizadas y se
diferencian en la proteína transportadora. No se recomienda la vacunación más
allá de los cinco años de edad, salvo grupos de riesgo específicos. Es una
vacuna que da buenos resultados.
Vacuna contra la hepatitis A
Se encuentran en el mercado dos vacunas inactivadas
de gran eficacia en mayores de dos años. Esta vacuna se utiliza con personas
que viajan a zonas endémicas, con adictos a drogas, con personal interno en
residencias o en centros correccionales, con pacientes cirróticos y con
personas profesionalmente expuestas. Asimismo, se recomienda la vacunación de
todos los niños que residan en zonas de alta prevalencia. No se debe usar en
niños menores de dos años. Es una vacuna segura que sólo produce leves reacciones
locales.
Vacuna contra la hepatitis B
Es una vacuna que utiliza el antígeno de superficie
(HBsAg) del virus para desencadenar la inmunidad. Se obtiene mediante ADN
recombinante en cultivos de levaduras. En un principio estaba destinada a
sujetos de alto riesgo de exposición al virus de la hepatitis B. Actualmente,
además de estos grupos, está recomendada su administración a toda la población
susceptible, por lo que para aumentar su eficiencia se están aplicando
estrategias basadas en la vacunación a toda la población, iniciando las
campañas desde la infancia.
Tiene escasos efectos indeseables, fundamentalmente
reacciones locales y febrícula. Está contraindicada en personas con
hipersensibilidad a las levaduras.
Vacuna contra la gripe
Debido a que el virus de la gripe cambia su
estructura frecuentemente, es una vacuna que se ha de elaborar anualmente, de
manera que incluya las cepas de los virus que están produciendo la enfermedad
en este momento. Es una vacuna inactivada. Su eficacia va a depender de la
concordancia entre el tipo de virus que está circulando en la población y la
composición antigénica de la vacuna. En el anciano tiene menor eficacia que en
los jóvenes, pero previene las complicaciones de la enfermedad. Está especialmente
indicada en pacientes crónicos y en mayores de 65 años, en pacientes internos
en residencias y en inmunodeprimidos. Asimismo, se deben vacunar las
embarazadas durante el segundo o tercer trimestre de gestación, en la temporada
de gripe. Otro grupo que debe ser vacunado es el personal que ofrece cuidados a
otras personas, para evitar la exposición al virus de sus pacientes.
Los efectos adversos son escasos y se suelen
limitar a febrícula y dolor local. Ante el riesgo de reacción alérgica grave,
no se debe de administrar a pacientes alérgicos al huevo.
Vacuna contra el sarampión
Es una vacuna constituida por virus vivos
atenuados. Su eficacia es muy buena y está incluida en el calendario vacunal
junto con la vacuna contra la parotiditis y la rubéola, constituyendo la
llamada vacuna triple vírica (SRP). Se administra de forma sistemática a todos
los niños y se recomienda, además, la inmunización de todo sujeto adulto cuya
situación vacunal se desconozca. Los efectos adversos a la vacuna incluyen
fiebre alta y exantemas, estos efectos son de corta duración. Está
contraindicada en el embarazo y en los inmunodeprimidos graves, exceptuando a
los pacientes infectados por VIH asintomáticos. La protección inducida por la
vacuna suele durar toda la vida.
Vacuna contra el meningococo
Esta vacuna contiene diferentes polisacáridos
capsulares purificados. Se utiliza para controlar los brotes epidémicos de
meningitis tipo C. Una inyección intramuscular produce una respuesta protectora
en los mayores de dos años. En los menores de dos años no resulta eficaz. Puede
producir reacciones locales leves y en alguna ocasión fiebre. Las vacunas
conjugadas producen una respuesta muy buena en los lactantes, por lo que su uso
está recomendado en ellos.
Vacuna contra la parotiditis epidémica
Es una vacuna de virus vivos atenuados. Se
administra a todos los niños junto con la del sarampión y la rubéola
constituyendo la llamada vacuna triple vírica. Su eficacia es menor que la de
las vacunas contra el sarampión y la rubéola. Está contraindicada en el
embarazo y en la inmunosupresión. Produce escasos efectos adversos, aunque se
han descrito algunos casos de parotiditis y otitis.
Vacuna contra la tosferina
Se elabora a partir de componentes purificados
de B. pertusis y su toxina, por lo que es una vacuna acelular
conocida como Pa (Pertussis acelular). Se administra en combinación con el
toxoide antidiftérico y con el antitetánico, dando lugar a la vacuna DTPa.
Precisa de la administración de tres dosis intramusculares, y dos dosis más
posteriormente. Su eficacia es menor que la de otras vacunas variando entre el
71 y el 89%. Puede producir fiebre y eritema local, y muy raramente
complicaciones graves. Se recomienda administrar una dosis de recuerdo, junto
con las dosis de recuerdo del tétanos, en adultos jóvenes, sobre todo en padres
de lactantes para evitar posibles contagios a los bebés todavía sin vacunar.
Vacuna de polisacáridos antineumocócica
Está constituida por polisacáridos capsulares del
neumococo. Es eficaz en la prevención de infecciones neumocócicas en pacientes
de alto riesgo y ancianos, pero no en la prevención de la neumonía. En niños
menores de dos años no resulta eficaz. Se administra una dosis única y se suele
revacunar a los cinco años si se ha recibido una dosis previa antes de los 65
años. Está especialmente indicada en la inmunodepresión y en la asplenia. En
cuanto a las reacciones adversas, esta vacuna puede producir eritema local y
dolor.
Vacuna conjugada contra el neumococo
En este caso la vacuna está constituida por los
polisacáridos capsulares del neumococo unidos a una proteína, por lo que se
produce una mayor respuesta inmunológica. Es una vacuna muy eficaz frente las
infecciones producidas por los serotipos de neumococo que se han utilizado para
preparar la vacuna. Está recomendada en los niños menores de dos años. A veces
produce fiebre en las 48 horas posteriores a la vacunación. Sus indicaciones
son las mismas que en el caso anterior con la vacuna de polisacáridos antineumocócica.
Vacuna contra la poliomielitis
Existen dos vacunas contra esta enfermedad, la oral
viva atenuada y la inactivada. La recomendada es esta última, de la que se
administran cuatro dosis. La vacuna oral viva atenuada puede producir parálisis
excepcionalmente, sobre todo la primera dosis, lo que se evita con la
inactivada.
Vacuna contra la rubéola
Es una vacuna que contiene virus vivos atenuados.
Es muy eficaz y se administra junto con la del sarampión y la parotiditis
epidémica en la vacuna triple vírica (SRP). El virus de la rubéola puede
atravesar la placenta e infectar al feto, aunque no están descritos casos de
rubéola congénita por virus vacunal, por lo que si se vacuna y posteriormente
se descubre el embarazo no debe considerarse motivo de aborto. No obstante está
contraindicada en las embarazadas. Puede producir febrícula y exantema como efectos
adversos y ocasionalmente artritis, esta última sobre todo en mujeres adultas.
Está contraindicada también en los inmunodeprimidos.
Vacuna contra el tétanos
El toxoide de esta vacuna se obtiene a partir de la
toxina del tétanos inactivada y adsorbida con sales de aluminio. Está
recomendada su administración en todos los sujetos en los que no exista una
contraindicación específica. Se suele administrar conjuntamente con el toxoide
diftérico y la vacuna contra la tosferina. La única contraindicación clara es
la hipersensibilidad previa a la vacuna.
Vacuna antitifoidea
Existen dos formas de esta vacuna, la oral atenuada
y la que contiene polisacáridos capsulares. Produce una protección moderada
frente la enfermedad. Está indicada en los viajeros expuestos de forma
prolongada a alimentos o bebidas contaminadas, en países en los que S.
typhi es endémica. La vacuna oral atenuada requiere el mantenimiento
de la refrigeración durante todo el proceso previo y durante la vacunación.
Ocasionalmente puede producir efectos adversos, como fiebre, dolor de cabeza,
dolor abdominal, náuseas y vómitos. No se debe administrar en
inmunocomprometidos. El consumo coincidente de antipalúdicos y otros
antibióticos puede inactivar la vacuna.
Vacuna de la varicela
Está elaborada con virus vivos atenuados y es muy
eficaz frente a la varicela grave. La inmunidad dura mucho tiempo. Está
recomendada en todos los niños y se debe administrar también en adultos
susceptibles. Puede producir reacciones locales y exantema. Parece que protege
contra el herpes zóster, incluso más que cuando se padece la enfermedad
natural. Está contraindicada en caso de hipersensibilidad a los componentes de
la vacuna y en la deficiencia de la inmunidad celular. Las embarazadas no deben
de ser vacunadas. Se debe almacenar congelada a 18ºC bajo cero.
Vacuna contra el papilomavirus humano
La vacuna tetravalente contra el virus del papiloma
humano (VPH) es activa frente a algunos tipos de virus del papiloma humano que
produce cáncer de cuello uterino y verrugas genitales. Se obtiene mediante
recombinación genética. De los múltiples tipos conocidos de VPH, 37 se pueden
transmitir por vía sexual y en la mayoría de los casos no producen síntoma
alguno. No obstante, la infección crónica por algunos tipos de VPH producen
cáncer de localización variada sobre todo en cérvix. La vacuna contra el VPH anula
totalmente la capacidad infectiva del virus, sobre todos los serotipos
productores de cáncer y verrugas genitales. Producen una respuesta que
neutraliza el virus y previenen la infección inicial con los tipos de VPH
representados en las vacunas. Se administra a mujeres entre los 9 y los 26 años
de edad.
Otras vacunas
Otras vacunas de interés son la de la viruela, la
peste, la encefalitis japonesa, y la fiebre amarilla, que se encuentran fuera
del ámbito de este trabajo. Un recuerdo especial se merece la primera vacuna
vírica, la de la rabia, que fue preparada por primera vez por Louis Pasteur,
aunque su uso en la actualidad es poco frecuente.
En un futuro próximo, verá la luz la vacuna para la
prevención del herpes zóster y la neuralgia postherpética, cuya incidencia
aumenta con la edad de acuerdo con el progresivo deterioro de la inmunidad
celular frente al virus varicela zóster.
§. Administración de las vacunas
La administración simultánea de varias vacunas no
parece incrementar la frecuencia de reacciones adversas, ni modifica la
respuesta inmune.
Todos los adultos deben estar vacunados contra el
sarampión, la rubéola la parotiditis, la difteria y el tétanos. De estas dos
últimas, y si no se ha sido vacunado previamente, se deben de recibir tres
dosis de vacunas específicas para esta edad. Se debe evitar la vacunación
contra la poliomielitis en los adultos salvo que exista una justificación
específica.
Se recomienda la vacunación contra la gripe,
anualmente, en los adultos mayores de 50 años y en personas con enfermedades de
fondo, o bien en personas sanas que trabajen cara al público. La revisión
crítica de literatura científica ha puesto de manifiesto la eficiencia de la
vacuna contra la gripe en personas mayores.
La vacuna de polisacáridos antineumocócica se debe
de administrar en personas mayores y enfermos graves. Actualmente se está
trabajando en nuevas vacunas antineumocócicas, que verán la luz próximamente.
Todos los adultos vulnerables deben de ser vacunados contra la varicela.
En el caso de viajes internacionales es importante
conocer los riesgos específicos de la región de destino, y de esa manera
inmunizarse de forma adecuada. Mayor información sobre las necesidades de
vacunación y profilaxis para los viajes puede obtenerse en http://www.nc.cdc.gov/travel/. También así, son importantes las siguientes
recomendaciones:
· Los profesionales sanitarios deben de estar
inmunizados contra la hepatitis B. Asimismo es recomendable la vacunación en
caso de ser personal sanitario susceptible contra la rubéola, el sarampión, la
parotiditis epidémica, la gripe y la varicela.
· La embarazada puede recibir la vacuna contra el
tétanos, la gripe y la hepatitis B; estando contraindicada la administración de
vacunas con microorganismos vivos atenuados.
· En los inmunodeprimidos no se deben administrar
vacunas con virus vivos. Las vacunas inactivas son seguras y están indicadas en
este tipo de pacientes.
§. Fuentes de información sobre vacunas
Actualmente se encuentran disponibles numerosas
fuentes de información sobre la administración de vacunas. Dos direcciones de
reconocida solvencia son:
· Recomendaciones para viajeros (http://wwwnc.cdc.gov/travel/)
· Advisory Committee on Immunization Practices (ACIP)
(http://www.cdc.gov/vaccines/recs/acip/default.htm)
Capítulo 24
Los Institutos Pasteur en el mundo
José L. Valle
Desde que el 12 de enero de 1886, Pasteur
escribiera en una carta dirigida al conde de Laubespin: “Tengo intención (...)
de fundar en Paris un centro modelo sin recurrir al Estado, mediante ayudas y
suscripciones internacionales. Confío en que un único centro en París podrá
bastar no sólo para toda Francia, sino también para Europa, Rusia, e incluso
América del Norte.” y gracias a subvenciones voluntarias, siempre huyendo de
las ayudas estatales, para conservar su voluntad de acción, y salvados dos años
de dificultades administrativas, jurídicas y los problemas asociados a toda
edificación, en marzo de 1887, por 430.000 francos, se compran los terrenos en
la calle Dutot, en la llanura de Grenelle. Unas semanas después quedan
redactados los estatutos definitivos, que se registran ante maître
Etienne-Maurice Guérin, notario de París. Se había creado una fundación sin
precedentes, en esa época, un centro científico autónomo, con personal civil, y
con una triple misión: es un dispensario para tratar la rabia, un centro de
investigación de enfermedades infecciosas y un centro docente superior.
La organización rectora estaba compuesta por un
director, al frente de todo, asistido por un consejo de doce miembros y una
asamblea de treinta miembros, que proponen la renovación del consejo cada tres
años. Pasteur, lógicamente, fue el primer director nombrado de por vida; los
siguientes directores se nombrarán cada seis años; el primero que ocupó este
puesto, tras Pasteur, fue Duclaux, quien permanecería en el cargo por nueve
años; químico de formación, se especializó en el estudio de enzimas de la digestión
y su relación con la microbiota intestinal, terminaría por ser el primer
biógrafo de su maestro, con la obra Pasteur, Historie dun esprit.
El 4 de junio siguiente, un decreto del presidente de la República, Jules
Grévy, reconoce el Instituto Pasteur, como institución de utilidad pública. El
14 de noviembre de 1888 es inaugurado, al fin, el Instituto Pasteur, el primer
centro que sería el origen hasta la fecha de numerosos institutos en todo el
mundo, conservando la misma filosofía tanto en el riguroso trabajo científico,
la labor docente y la asistencia al paciente, como en la libertad económica
para no perder su independencia.
Con el fin de formar el primer equipo del
Instituto, Pasteur había previsto cinco laboratorios con sus cinco jefes de
servicio. A Duclaux le hará responsable de la microbiología general. La
microbiología médica la dividiría en dos secciones, microbiología técnica,
dirigida por Roux, y la microbiología médica de investigación, dirigida por
Gamaleia, antiguo director del Instituto de la Rabia de Odesa. A Eliá Mechnikov
se le confiará el laboratorio de microbia morfológica; Joseph Grancher
dirigiría el Servicio de Rabia, junto a Cantemesse, quién ocuparía el servicio
de vacunaciones. Hasta que las fuerzas se lo permitieron, Pasteur acudía al
Instituto y le agradaba estar al corriente de las diferentes investigaciones y
pasear por los diversos laboratorios. En una de estas ocasiones, recuerdan sus
biógrafos, bajaba lentamente por la escalera y se cruzó con un joven
investigador que subía precipitadamente y al verle paró repentinamente y le
dejó pasar; mirándole Pasteur fijamente, le preguntó: “¿Estudia usted mucho?” y
se iría comentando en voz baja “hay que estudiar mucho”, ese joven investigador
(Charles Nicolle) conseguiría el Premio Nobel en 1928.
Los campos de trabajos desarrollados en los
diferentes Institutos Pasteur, aunque inicialmente estaban fundamentalmente
centrados en la elaboración de vacunas y el estudio de los agentes etiológicos
de las principales enfermedades infecciosas, fueron diversificándose: estudio
de fermentaciones, conocimiento más profundo de los medios de cultivo, técnicas
de identificación, factores patogénicos, modelos de infección de las bacterias,
hongos y virus, causantes de las diversas enfermedades, que eran estudiadas en
los propios lugares donde se establecían, en cualquier región del mundo, hasta
extenderse, en las últimas décadas, a campos tan diversos como la oncología, la
genética o la química pura. Todo esta estructura científica, que en nuestros
días ha alcanzado un nivel tan elevado y específico, empezó a dar fruto
rápidamente: en 1894, Yersin descubre el bacilo de la peste; en 1921, Calmette
y Guerin, crean la vacuna antituberculosa BCG; en 1954, Jonas Salk y Albert
Sabin descubren la vacuna antipolio; en 1983, Luc Montagnier identifica el
virus del SIDA, por lo que recibirá el Premio Nobel de Medicina veinticinco
años después, junto a la investigadora francesa Françoise Barré-Sinossi.
También se descubrieron nuevas vacunas contra procesos como la poliomielitis,
difteria, tétanos, tuberculosis y hepatitis tipo B. También fueron notables los
importantes hallazgos orientados hacia el diagnóstico rápido de diversas
enfermedades infecciosas, como para la peste y el
cólera, en el año 2003, o para la identificación etiológica de la meningitis en
el año 2006. Este rápido desarrollo está íntimamente vinculado al gran
desarrollo tecnológico en diversas áreas, cuya solapación dará lugar a
importantes frutos. Actualmente, el Instituto Pasteur consta de catorce
unidades de trabajo, como son: organización nuclear y oncogénesis, señalización
molecular y activación celular, patogenia bacteriana de las mucosas,
epidemiología y fisiopatología de los virus oncogénicos, oncogénesis y
virologia molecular, genética, papiloma virus y cáncer humano, células madres y
desarrollo, regulación epigenética, desarrollo de los tejidos linfoides,
dinámica de las respuestas inmunes, inmunología de las respuestas dentríticas,
regulación inmunitaria y vacunología, química orgánica y regulación enzimática
de las actividades celulares. Otros campos de trabajo en los que el Instituto
Pasteur también figurará como pionero son los relacionados con la sueroterapia
y la quimioterapia, base de la Inmunología y de los conocimientos de los
antimicrobianos.
Uno de los objetivos de Pasteur, desde el principio
de sus trabajos, fue el alcanzar una salud pública adecuada, con extensión
mundial; quizás de esta idea surgiría la necesidad de extender esos centros de
estudio y formación por el mayor número de lugares que lo necesitaran. Para
conseguir este objetivo surgió lo que sería la “Proyección de los Institutos
Pasteur en el mundo”, que se llegaría a hacer realidad por la innegable
capacidad de trabajo de sus primeros alumnos (Duclaux, Metchnikov, Roux.,,), alimentada
en muchas ocasiones únicamente por la necesidad de saber y de llevar el
resultado de ese conocimiento al resto de la humanidad. Estos investigadores
quedaron para la historia como maestros universales en las diversas áreas en
las que desarrollaron sus estudios, siendo el pilar de nuevas generaciones de
investigadores, que se fueron extendiendo por todo el mundo. Estos alumnos y
colaboradores, desde finales del siglo XIX, al principio con el objeto de
realizar investigaciones puntuales y más tarde convirtiéndolo en base de
investigación, se lanzaron a la aventura. Este es el caso de Calmette, que
llegó a Saigón en 1889 y fundo el primer Instituto Pasteur en el extranjero,
según el mismo llegó a confesar, una auténtica “miniatura del instituto Pasteur”,
centrando su estudio en la elaboración de vacunas contra la rabia y la viruela.
Este hospital era el mejor equipado de la ciudad; también trabajó en el
hospital Cho-Quan, creado para los nativos de la ciudad. Las enfermedades
tratadas en ambos hospitales, eran diferentes: el primero dominaban la
disentería, la diarrea crónica y las fiebre, según se expresaba en esa época.
En cambio, en el segundo, había más variedad de enfermedades: enfermedades de
la piel, cólera, viruela, cólera, rabia, lepra. En 1958, bajo administración
francesa, se convierte en hospital civil, con capacidad para unas 560 camas y
médicos del antiguo régimen colonial francés continuarán trabajando allí. En
1976, se entregó al gobierno de Vietnam y se convirtió en un hospital infantil.
Otros investigadores, como Yersin, llegaron a
Hong-Kong, descubriendo en 1894, el bacilo de la peste. Un par de años más
tarde, Simond encontraría respuesta al mecanismo de transmisión de la peste de
las ratas a los humanos por las pulgas. En Rio de Janeiro, entre los años 1901
y 1905, diversos investigadores como Marchoux y Simond, entre otros, estudian
la fiebre amarilla. Años después, se crea el primer Instituto africano en
Túnez, dirigido por Loir, llegando, en colaboración con Nicolle, al descubrimiento
de la forma de propagación del tifus exantemático. El siguiente Instituto en el
Continente africano, fue en Argelia, realizando una función destacada en la
lucha contra el paludismo en la zona. La extensión de los centros de
investigación no únicamente se centraría en los países tutelados o dependientes
de Francia, también se extendería a otros como el fundado en Moscú por
Gamaleida. Según han avanzado los tiempos han ido aumentando las zonas de
extensión de los centros de estudios pasteurianos.
Con frecuencia estos institutos estaban situados en
zonas concretas, donde era posible estudiar no únicamente el agente causal de
la enfermedad, sino también la forma de propagarse y la evolución de las
epidemias. De esta manera se llegaron a conocer agentes como la viruela,
tripanosoma, paludismo, peste y fiebre amarilla, entre otras. Todos estos
investigadores y sus colaboradores pasaron a la historia por su innegable labor
humanitaria, enfrentándose no únicamente a diferentes climas, idiomas y culturas,
sino además a la exposición de contraer enfermedades, en aquel momento
mortales, tanto por el germen en estudio, no conocido y por tanto sin defensa
posible, como por el propio contagio, directo, por la multitud de pacientes
infectados que acudían a ser atendidos.
Émile Roux fue uno de los principales colaboradores de Pasteur y uno de los
mayores impulsores de su obra, en la que destaca la creación
de los Institutos Pasteur.
Actualmente los diversos Centros Pasteur suelen
tener funciones específicas según el centro, orientadas principalmente a la
fabricación de vacunas y sueros, análisis biológicos, investigación y docencia.
Desde el principio y de forma periódica, estos centros se han visto enfrentados
a diferentes problemas económicos, sociales o políticos. Pero, por encima de
todo esto, ha dominado la idea del maestro, basada en otorgar una dimensión
universal a los resultados del conocimiento, fruto del esfuerzo y la superación
continua por el saber, pero no un saber cerrado entre las paredes del
laboratorio, sino un conocimiento, origen de resultados aplicables al ser
humano allí donde se encuentre, persiguiendo su salud y por tanto su bienestar
y su incorporación de nuevo a la sociedad. Fruto de esta orientación, los
Institutos Pasteur se fueron enriqueciendo, al añadir a la función asistencial,
otras actividades como la preventiva, docente y de investigación, convirtiendo
a los investigadores de cada instituto en auténticos “misioneros”, que fueron
abandonando sus cómodos centros originarios de trabajo para dirigirse a lugares
lejanos, con dispares culturas; la base de su trabajo fue la prevención de
enfermedades infecciosa en la población general, con la elaboración primero y
la administración masiva, más tarde, de vacunas a una población que masivamente
acudía de todas las regiones, tras días o semanas de viaje, en ocasiones a píe,
para curar o prevenir aquellas enfermedades que estaban acabando con sus
familiares, o vecinos, o simplemente para morir atendidos y con la esperanza de
curación.
Los tiempos han evolucionando y los Institutos
Pasteur en el mundo han ido creciendo con la construcción de unos nuevos y la
modernización de los más antiguos. Como ejemplo de uno de los últimos centros
construidos, dotado de grandes avances tecnológicos, podríamos citar el
Instituto Pasteur en Montevideo, inaugurado en diciembre 2006, que es un centro
internacional de investigaciones biomédicas y de formación y entrenamiento para
nuevos investigadores. Pertenece a la red internacional del Instituto de París
y está formado por unidades tecnológicas multidisciplinarias, abarcando campos
diversos de investigación desde enfermedades genéticamente transmisibles,
cáncer o enfermedades degenerativas. Este centro está proyectado para cumplir
cuatro grandes objetivos: crear una plataforma tecnológica de último nivel, que
permita realizar los experimentos más modernos en biología; crear un ambiente
científicamente atractivo, para originar el regreso de científicos a la región;
crear para los jóvenes científicos de la región, un centro de enseñanza
especializado en nuevas tecnologías y participar en el desarrollo de la
biotecnologías médicas en Uruguay. En este centro, el doctor Grompone, formado
en el Instituto Pasteur de Paris y especialista en microbiología genética
bacteriana, estudió el comportamiento de las bacterias para engañar al sistema
inmunitario y provocar enfermedades, fue designado director de la Unidad de
Valoración en el Instituto, siendo su principal función convencer a la
industria de la importancia de las investigaciones para atraer inversiones y
potenciar tanto el centro como toda la región donde se encuentra localizado.
Hasta el día de hoy, como fruto de la labor
realizada desde sus inicios, se podrían enumerar múltiples premios y
reconocimientos, tanto de índole social como científica; dentro de ésta y de
máximo nivel, figura la concesión a diez investigadores procedente del
Instituto Pasteur del Premio Nobel por diferentes estudios, que han aportado un
gran beneficio para toda la humanidad. Dediquemos un breve recuerdo a cada uno
de ellos.
Yersin, el descubridor del bacilo de la peste, fue otro de los grandes
colaboradores del Instituto Pasteur.
Charles L. Laveran (1845-1922), médico militar, en
1878 fue enviado a Argelia como miembro de la Escuela Militar de Medicina,
donde se dedicó a estudiar el paludismo; fruto de estos estudios descubrió el
plasmodio. En 1894 pasó a trabajar en el Instituto Pasteur de Paris, que llegó
a dirigir. En 1907, fue elegido por Pasteur para dirigir el Laboratorio de
Enfermedades Tropicales. En reconocimiento a su trabajo relacionado con la
vinculación de los protozoos al origen del paludismo, le conceden el Premio Nobel
de Medicina en 1907.
Iliá Méchnikov (1845-1916) estudió en las
universidades de Járkov y Wurzburgo, fue nombrado profesor de zoología de la
Universidad de Odesa. En 1887 se traslada al Instituto Pasteur de Paris, donde
es nombrado subdirector en 1895. En 1884 formuló la “teoría fagocitósica de la
inmunidad”, que explicaría la capacidad del cuerpo humano para resistir y
vencer las enfermedades infecciosas. En 1908 compartió con Paul Ehrlich el
Premio Nobel de Fisiología y Medicina por sus trabajos sobre la fagocitosis y
la inmunidad.
Jules Bordet (1870-1961), médico inmunólogo y
microbiólogo belga, descubrió el agente etiológico de la tosferina, la Bordetella
petussis, y desarrolló una vacuna contra la enfermedad. Comenzó a
trabajar en el Instituto Pasteur de Paris en 1894, fundando unos cinco años más
tarde el Instituto Pasteur de Bruselas. En 1919 se le concedió el Premio Nobel
de Fisiología y Medicina por el hallazgo de la capacidad bactericida del suero
de la sangre de los mamíferos, mediada por los anticuerpos y el complemento
para producir inmunidad.
Charles Nicolle (1866-1936), médico francés
especialista en microbiología. Primero trabajó en el hospital de Roven, dónde
participó en la elaboración de un suero contra la difteria. En 1903, asumió la
dirección del Instituto Pasteur en Túnez. En 1909 descubrió que el piojo es el
principal transmisor del tifus, estudio que le valió el Premio Nobel de
Medicina en 1928.
Daniel Bovet, bioquímico suizo, Premio Nobel de
Medicina en 1957 por sus investigaciones en las relaciones entre las
estructuras químicas y la acción biológica de los medicamentos, desarrollando
estudios sobre los antihistamínicos.
André Lwoff, médico francés, trabajó sobre células
vivas y la actividad reguladora en el interior de la célula. Premio Nobel en
1965 por sus trabajos sobre células vivas y la genética. Compartió dicho premio
con Jacob y Monod.
Por último, cronológicamente hablando, Luc
Montagnier, médico francés, en 1972 fue nombrado jefe de la Unidad Oncológica
Viral del Instituto Pasteur de París. En 2008 obtuvo el Premio Noel de
Medicina, junto a Harald Zur Hausen y Françoise Barré-Sinoussi. Descubrió el
virus VIH, causante del SIDA.
Los Institutos Pasteur se han extendido por todo el mundo, constituyendo uno
de los principales pilares de la medicina Preventiva y la salud Pública dentro
y fuera de Francia.
En la actualidad, y cada nuevo año, en el Instituto
Pasteur de París, se reciben solicitudes de todo el mundo para poder participar
durante periodos de tiempo, más o menos largos en los proyectos de
investigación o los programas de formación impartidos en dicho Instituto. De
aquí irán surgiendo, tras un periodo determinado, investigadores de los
diferentes campos de las ciencias, con un elevado nivel científico, que
terminarán dispersándose por distintos centros del mundo, llevando con su
formación científica, el espíritu del maestro, que es como llevar impregnado de
por vida, en su actitud de trabajo y de estudio, el recuerdo de Pasteur,
convirtiéndole en un ser inmortal.
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