© Libro N° 9736. Bebe Mi Sangre. Matheson, Richard. Emancipación. Marzo
26 de 2022.
Título original: © Drink My Red Blood, Richard Matheson
(1926-2013). (Traducido Al Español Por Sebastián Beringheli Para El Espejo
Gótico)
Versión
Original: © Bebe Mi Sangre. Richard Matheson
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Richard Matheson
Bebe Mi Sangre
Richard Matheson
«BEBE MI SANGRE»:
RICHARD MATHESON
RELATO Y
ANÁLISIS
Bebe mi sangre (Drink My Red Blood) —a veces
traducido al español como: Hijo de sangre y Bebe mi roja sangre— es un relato
de vampiros del escritor norteamericano Richard Matheson (1926-2013), publicado
originalmente en la edición de abril de 1951 de la revista Imagination, y luego
reeditado en la antología de 1957: Las playas del espacio (The Shores of
Space).
Bebe mi sangre, uno de los grandes cuentos de
Richard Matheson, relata la historia de un muchacho llamado Jules, cuyo único
deseo en la vida —su obsesión, realmente—, es convertirse en vampiro. Su
fascinación por los vampiros, pero también una tenacidad escalofriante, llegan
al extremo de hacerlo memorizar por completo el Drácula, de Bram Stoker.
De pequeño Jules era un niño particular. Nació con
tres dientes, que utilizaba para beber sangre del pecho de su madre. Se creyó
que era ciego, hasta que el médico les confirmó a sus padres que solo tenía una
mirada vacía. Ya en la adolescencia se convierte en un muchacho retraído,
marginado, obsesionado con la muerte y, sobre todo, con la posibilidad de
convertirse en vampiro. Cierto día, mientras deambula sin rumbo por las calles,
perdido y confundido, anhelando ser un vampiro, Jules cree encontrar la solución
en un murciélago particularmente extraño que se encuentra en el zoológico.
A partir de aquí, SPOILERS.
Bebe mi sangre de Richard Matheson es un cuento de
vampiros extraordinario, en parte, debido al desenlace: Jules, candidato a
convertirse en asesino serial, descubre que no necesita transformarse en
vampiro. Siempre lo fue.
Jules claramente es un muchacho antisocial,
desequilibrado. En última instancia, siente que ni siquiera puede convertirse
en el monstruo que aspira a ser, tal vez el único rasgo de su ser que no está
completamente desconectado de la realidad. Richard Matheson utiliza aquí la
narrativa del asesino en serie para describir a su protagonista, cuyo único
deseo es convertirse en algo más que humano. Las figuras del vampiro y del
asesino serial, en este contexto, se representan como individuos solitarios que
escapan de la normalidad de la sociedad manteniéndose separados de ella.
Podemos pensar que las perversiones y crueldades
del protagonista de Bebe mi sangre de Richard Matheson son la expresión de
alguien incomprendido, incluso perseguido, pero lo cierto es que Jules, aunque
obsesionado con Drácula, se asemeja mucho más a Renfield (ver: Síndrome de
Renfield: el vampirismo como enfermedad mental), es decir, a alguien cuyas
desviaciones existen mucho antes de ser mordido por aquel murciélago. El
vampirismo, en todo caso, es el camino que Jules elige para poner de manifiesto
sus oscuros impulsos.
BEBE MI SANGRE
RICHARD MATHESON
Cuando los vecinos de la manzana se enteraron de la
composición que había escrito Jules, decidieron definitivamente que el muchacho
estaba loco. Hacía tiempo que lo sospechaban.
Su mirada inexpresiva hacía estremecer a la gente.
Y ese modo de hablar, áspero, gutural, no parecía normal en cuerpo tan frágil.
La palidez de su piel asustaba a más de una criatura; parecía colgar suelta
sobre la carne. Jules odiaba la luz del sol. Y sus ideas resultaban un poco
fuera de lugar para la gente que vivía en la misma manzana. Jules quería ser un
vampiro.
Se tenía por cierto que había nacido en una noche
tormentosa, mientras el viento arrancaba los árboles de raíz. Decían que al
nacer tenía tres dientes, y que los usó para prenderse al pecho de su madre,
sacándole sangre junto con la leche. Decían que al oscurecer ladraba y reía en
su cuna. Que caminó a los dos meses, y que se sentaba a mirar la luna en las
noches claras. Eso decía la gente.
Los padres estaban muy preocupados por él. Como era
hijo único, repararon de inmediato en sus rarezas. Al principio lo creyeron
ciego, pero el médico les dijo que se trataba sólo de una mirada vacía. También
dijo que Jules, dado el gran tamaño de su cabeza, podía ser un genio o un
idiota. Resultó ser idiota.
Hasta los cinco años no pronunció una palabra.
Entonces, una noche, al sentarse a la mesa, dijo: «Muerte».
Sus padres se sintieron confusos, entre la alegría
y el disgusto. Finalmente encontraron el punto medio entre ambos sentimientos,
y decidieron que Jules no debía saber qué significaba esa palabra. Pero Jules
lo sabía. A partir de aquella noche, desarrolló un vocabulario tan amplio que
cuantos lo conocían quedaban atónitos. No sólo aprendía de inmediato cuantos
vocablos escuchaba, los que leía en los carteles, en las revistas y en los
libros: además inventaba sus propias palabras. Como sensanoche o matamor. En
realidad, eran varias palabras mezcladas y fundidas, y expresaban cosas que
Jules sentía, sin que le fuera posible explicarlas con otro vocabulario.
Solía sentarse en el porche mientras los otros
niños jugaban a la rayuela o a la pelota. Miraba fijamente la vereda, y creaba
sus palabras. Hasta la edad de doce años, Jules no buscó ningún tipo de
problemas. Hubo, por cierto, una vez en que lo encontraron desvistiendo a
Olivie Jones en un callejón, y en otra oportunidad lo descubrieron disecando un
gatito en su propia cama. Pero transcurrieron varios años entre uno y otro
episodio, y aquellos escándalos cayeron en el olvido.
En general, durante toda su infancia no hizo nada
peor que resultarles desagradable a quienes lo conocían. Asistía a la escuela,
pero nunca estudiaba. Tardaba dos o tres años en aprobar cada grado. Todos los
maestros lo conocían por su nombre de pila. En algunas materias, tales como
lectura y redacción, era casi brillante. En otras, en cambio, no tenía remedio.
A los doce años, un sábado, Jules fue al cine a ver
Drácula. Cuando la película terminó, salió convertido en una masa de nervios
palpitantes. Volvió a su casa y se encerró en el baño durante dos horas. Por
mucho que los padres golpearon la puerta y gritaron sus amenazas, no salió.
Finalmente apareció, a la hora de la cena, con un vendaje en el pulgar y una
expresión satisfecha.
A la mañana siguiente fue a la biblioteca. Era
domingo. Durante todo el día aguardó a que abrieran el lugar, sentado en los
escalones. Al fin volvió a su casa. Pero a la mañana siguiente, en vez de ir a
clase, volvió a la biblioteca. Entre los estantes de libros localizó el tomo de
Drácula. No podía retirarlo en préstamo, pues no era socio; para asociarse
tenía que presentarse con el padre o la madre. Por lo tanto, se limitó a
esconder el libro en el pantalón, y se marchó sin devolverlo.
Fue al parque, y allí se sentó a leer. Ya era de
noche cuando terminó. Entonces volvió a empezarlo, mientras volvía a la casa,
leyendo a la luz de las lámparas. De todos los reproches que se le hicieron por
haberse salteado la comida y la cena, no oyó una palabra. Comió, fue a su
cuarto y terminó el libro por segunda vez. Cuando le preguntaron de dónde lo
había sacado, respondió que lo había encontrado en la calle. Pasaron varios
días. Jules leyó aquella historia una y otra vez, y no volvió a la escuela.
Por las noches, cuando el sueño y el cansancio lo
vencían, la madre llevaba el libro a la sala para mostrárselo al esposo. Una
noche notaron que Jules había subrayado ciertas frases con ideas temblorosas:
Los labios estaban rojos de sangre fresca, el surco había corrido por su
barbilla, manchando la pureza de su mortaja, o Cuando la sangre comenzó a
manar, me tomó las manos con una sola de las suyas, sujetándolas con fuerza;
con la otra me impulsó por el cuello, oprimiendo mis labios contra la herida.
Cuando la madre vio aquello, arrojó el libro a la
basura. A la mañana siguiente, Jules descubrió la falta del libro, lanzó un
grito y retorció el brazo a su madre hasta que ella le dijo dónde lo había
escondido. El muchacho corrió al sótano y escarbó entre las montañas de
desperdicios hasta encontrar su libro. Con las manos y las muñecas sucias de
borra de café y clara de huevo, volvió al parque y leyó nuevamente el volumen.
Durante todo un mes, no hizo sino leerlo
ávidamente. Por último, llegó a conocerlo tan bien que lo descartó: le bastaba
con pensar en él.
Los boletines de la escuela denunciaban sus
constantes ausencias, y la madre le gritó. Por lo tanto, Jules decidió retornar
por un tiempo. Quería escribir una composición. Un día la escribió en clase.
Cuando todo el mundo hubo terminado, la maestra preguntó quién quería leer su
composición en voz alta, y Jules levantó la mano. Fue toda una sorpresa para la
maestra, pero se dejó llevar por la piedad y por el deseo de alentarlo. Le tomó
la pequeña barbilla con una sonrisa, diciendo:
—Muy bien. Atención, niños, Jules nos va a leer su
composición.
Jules se puso de pie, excitado. El papel le
temblaba en las manos. Leyó.
br /> —Mi ambición, por...
—Pasa al frente, querido.
Jules pasó al frente de la clase. La maestra
sonreía con afecto. Volvió a empezar.
—Mi ambición, por Jules Drácula.
La sonrisa de la maestra se desvaneció.
—Cuando crezca, quiero ser vampiro.
Los labios de la maestra se curvaron hacia abajo, y
sus ojos se dilataron.
—Quiero vivir eternamente, y arreglar cuentas con
todo el mundo, y convertir en vampiros a todas las muchachas.
—¡Jules!
—Quiero tener un aliento hediondo, que huela a
tierra muerta, a criptas y a dulces ataúdes.
La maestra se estremeció. Sin poder creer en lo que
oía, crispó una mano sobre el pizarrón. Los niños estaban boquiabiertos. Se
oían algunas risitas, pero no entre las niñas, por cierto.
—Quiero que mi cuerpo sea frío, y mi carne esté
podrida. Quiero tener sangre robada en las venas.
—Con eso basta, Jules —dijo la maestra.
Jules siguió hablando, en un tono cada vez más alto
y desesperado.
—Quiero hundir mis dientes blancos, terribles, en
el cuello de las víctimas. Quiero que...
—¡Jules! ¡Vuelve a tu asiento inmediatamente!
—Quiero que se claven como navajas en la carne y en
las venas —leyó Jules, en tono feroz.
La maestra se levantó de un salto. Los niños
temblaban. Ya no había risitas.
—Y después, cuando los retire, la sangre manará
abundante en mi boca, me correrá cálidamente por la garganta y...
La maestra lo tomó por el brazo. Jules se desasió y
escapó hasta un rincón. Allí, parapetado tras un banquito, gritó:
—¡Y sacaré la lengua, y deslizaré los labios por la
garganta de mis víctimas! ¡Quiero beber sangre de mujer!
La maestra se lanzó en arremetida, sacándolo a la
rastra de su rincón. Jules se defendió a zarpazos, y gritó durante todo el
trayecto hasta la oficina del director:
—¡Esa es mi ambición! ¡Esa es mi ambición! ¡Esa es
mi ambición!
Fue horrible.
Con Jules encerrado en su cuarto, la maestra y el
director celebraron una reunión con los padres, relatando la escena en tonos
sepulcrales. En todas las casas de la manzana se discutía el mismo tema. Los
padres, al principio, se negaron a creerlo, tomando la historia como invención
de los niños. Pero acabaron por pensar que, si los chicos eran capaces de
inventar tales cosas, habían estado criando a verdaderos monstruos. Y optaron
por creerlo.
Después de aquel episodio, todos observaban a Jules
con mirada de gavilán. Evitaban el contacto con él. Los padres apartaban a sus
hijos cuando lo veían aproximarse, y por todas partes corrían leyendas sobre
él. Hubo más partes de ausencias escolares. Jules comunicó a su madre que no
volvería a la escuela, y nada pudo hacerlo cambiar de idea. Jamás volvió. Cada
vez que los funcionarios de inspección escolar visitaban su casa, Jules
escapaba por los techos.
Y así pasó un año.
Jules vagaba por las calles en busca de algo, sin
saber qué. Lo buscó en los callejones, en las latas de basura y en los terrenos
baldíos. Lo buscó por el este, por el oeste y en el medio. Y no podía
encontrarlo.
Pocas veces dormía, y nunca hablaba. Se pasaba los
días con la mirada gacha. Olvidó todas las palabras de su invención. Hasta que
al fin...
Un día, en el parque, Jules pasó por el zoológico.
Frente a la jaula del murciélago vampiro, una corriente eléctrica pareció
atravesarle el cuerpo. Los ojos se le dilataron, y sus dientes descoloridos
lucieron en una sonrisa. A partir de aquel día, Jules volvió diariamente al
zoológico, para contemplar al vampiro. Hablaba con él, llamándole conde. En el
fondo de su corazón, lo consideraba en verdad como un hombre que había cambiado
de forma.
Robó otro libro de la biblioteca, donde se
describía toda la vida salvaje. Encontró la página donde se hablaba del
murciélago vampiro, la arrancó, y descartó el resto del libro. Aprendió de
memoria aquel trozo. Aprendió cómo hace el murciélago la incisión, cómo lame la
sangre, tal como un gatito lame su crema, cómo camina sobre las puntas de sus
alas plegadas y sobre las patas traseras, tal como una araña negra y velluda.
Por qué la sangre es su único alimento.
Pasaron los meses.
Jules seguía contemplando al murciélago y
hablándole. Se convirtió en el único consuelo de su vida, el símbolo de los
sueños hechos realidad. Un día, Jules notó que el tejido de alambre que cubría
la jaula se había aflojado en el fondo. Echó una veloz mirada alrededor. Nadie
lo miraba. El día estaba nublado, y no había mucha gente en el zoológico. Jules
tironeó del alambre. Se movía un poco. En ese momento, un hombre salió de la
jaula de los monos. Jules retiró la mano y se alejó a grandes pasos.
Desde aquella noche, Jules esperaba a que todos le
creyeran dormido, y pasaba descalzo junto al dormitorio de sus padres.
Escuchaba los ronquidos del interior, y se calzaba apresuradamente para correr
al zoológico. Si el guardián no estaba cerca, Jules tironeaba del alambre, que
iba aflojándose cada vez más. Cuando llegaba el momento de volver a su casa,
volvía a colocar el alambre en su sitio, para que nadie pudiera sospechar.
Pasaba el día entero frente a la jaula,
contemplando al conde; reía entre dientes, prometiéndole que pronto volvería a
estar libre. Y le contaba al vampiro todo lo que sabía. Le contaba que pensaba
practicar hasta poder bajar por las paredes cabeza abajo. Le decía que no se
preocupara, que pronto estaría fuera de allí. Y entonces, juntos, podrían
recorrer la zona y beber la sangre de las muchachas.
Una noche, Jules quitó el alambre y se arrastró por
debajo, hasta entrar a la jaula. Estaba muy oscuro. De rodillas, avanzó hasta
la pequeña casilla de madera, y prestó atención, tratando de oír los chillidos
del conde. Introdujo la mano por la puerta oscura, susurrando. Un aguijonazo en
el dedo le hizo saltar. Con una expresión de inmenso placer, atrajo hacia sí a
aquel murciélago velludo y palpitante. Salió con él de la jaula, y huyó a la
carrera del zoológico y del parque, por las calles silenciosas.
La mañana avanzaba. La luz iba poniendo un toque
gris en los cielos sombríos. Pero Jules no podía volver a su casa. Necesitaba
un lugar donde ir. Bajó por un callejón y trepó por un cerco, sin soltar al
murciélago, que lamía la sangre del dedo herido. Cruzó un patio, y entró a un
pequeño cobertizo desierto. El interior estaba oscuro y húmedo, lleno de
cascotes, latas vacías, excrementos y cartones mojados. Jules se aseguró de que
el murciélago no pudiera escapar. Después cerró la puerta y colocó un palo a modo
de traba.
El corazón le latía furiosamente, los miembros le
temblaban.
Dejó en libertad al murciélago. Éste voló hasta un
rincón oscuro, y allí se colgó de unas tablas. Jules se arrancó febrilmente la
camisa; sus labios se estremecieron en una sonrisa demencial. Sacó del bolsillo
de sus pantalones una pequeña navaja que había robado a su madre. La abrió, y
deslizó un dedo sobre la hoja; el filo le cortó la carne. Con una mano
temblorosa, lanzó un golpe contra su propia garganta. La sangre corrió entre
los dedos.
—¡Conde! ¡Conde! —gritó, frenético de alegría—.
¡Bebe mi sangre!
Avanzó a tropezones entre las latas vacías,
resbalando, mientras buscaba a tientas al murciélago. El animal se desprendió
de un salto y voló, raudo, a través del cobertizo, para colgarse en el otro
extremo.
Por las mejillas de Jules se deslizaron dos
lágrimas.
Apretó los dientes. La sangre le corría por los
hombros, por el pecho angosto y lampiño. El cuerpo entero se le estremecía,
como atacado por la fiebre. Tambaleándose, se volvió hacia el otro extremo del
cobertizo. Tropezó, y el borde agudo de una lata le abrió un tajo en el
costado. Alargó las manos, y aferró el cuerpo del murciélago para ponérselo a
la garganta. Se dejó caer de espaldas sobre la tierra húmeda y fría, y dejó
escapar un suspiro. Con las manos apretadas contra el pecho, empezó a gemir, presa
de náuseas.
El murciélago negro, posado sobre su cuello, lamía
silenciosamente la sangre. Jules sintió que la vida se le escapaba.
Pensó en todos los años pasados. La espera, sus
padres, la escuela. Drácula. Los sueños. Todo acababa allí, en esa gloria
repentina.
Abrió los ojos, y el interior de aquel cobertizo
maloliente dio vueltas a su alrededor. La respiración se le hacía difícil.
Abrió la boca para aspirar una bocanada de aire, pero le resultó desagradable.
Tosió, y su cuerpo desnudo se agitó sobre el suelo frío.
El cerebro se le iba cubriendo de neblinas, una
sobre otra, como velos echados sobre él. De pronto, la mente se le iluminó con
una espantosa claridad. Sintió el dolor agudo en el costado. Supo que yacía
medio desnudo entre los desperdicios, dejando que un murciélago volador le
bebiera la sangre. Con un grito ahogado, se irguió, arrancándose del cuello
aquel bulto peludo y palpitante, y lo arrojó lejos de sí.
El animal volvió, abanicándole el rostro con las
alas vibrantes.
Jules, con gran esfuerzo, se puso de pie y buscó la
salida. Casi no veía. Trató de detener en parte la hemorragia, y logró abrir la
puerta. Salió al patio oscuro y se dejó caer de boca sobre la hierba alta.
Trató de pedir ayuda, pero sus labios no pudieron pronunciar sino un balbuceo
ridículo.
Oyó el batir de alas.
Súbitamente, aquello cesó. Unas manos fuertes lo
levantaron con suavidad. Su mirada agonizante se posó en el hombre alto y
moreno, cuyos ojos fulguraban como rubíes.
—Hijo mío —dijo.
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Richard Matheson (1926-2013)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para
El Espejo Gótico)


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