© Libro N° 9731. Bajo Las Pirámides. Lovecraft H. P. En Colaboración Con
Harry Houdini. Emancipación. Marzo 26 de 2022.
Título original: © Bajo Las Pirámides. H. P. Lovecraft. En
Colaboración Con Harry Houdini
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Original: © Bajo Las Pirámides. H. P. Lovecraft. En Colaboración Con Harry
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H. P. Lovecraft
En Colaboración Con Harry
Houdini
Bajo Las Pirámides
H. P. Lovecraft
En Colaboración Con Harry Houdini
Table of Contents
I
II
Sobre los autores
Notas
Contada en primera persona por Harry Houdini, «Bajo
las pirámides» es un relato en el que el protagonista afirma encontrarse en
unas vacaciones, en Egipto durante Enero de 1910. Contrata los servicios de un
guía llamado Abdul Reis el Drogman (Drogman se traduce por Dragoman, o guía de
grupos turísticos). Harry Houdini realiza una visita turística por El Cairo.
Durante la ruta, Abdul Reis se enzarza en una pelea con un jefe de beduinos,
llamado Alí Ziz. Es el propio Harry Houdini quien los separa, acción que parece
molestar a ambos contendientes. Para zanjar la disputa se establece un duelo,
en el que ambos pueden llevar sus padrinos. El lugar del duelo es en la Gran
Pirámide de Giza. Harry Houdini no tarda en descubrir que todo ha sido una
estratagema para atraerle durante la noche y secuestrarle. El escapista es
atado, llevado a un lugar desconocido y lanzado a un pozo…
Bajo las pirámides
En colaboración con Harry Houdini
ePub r1.0
pplogi 12.02.2021
Título original: Under the Pyramids
H. P. Lovecraft, 1924
Editor digital: pplogi
ePub base r2.1
Bajo las pirámides[1]
I
El misterio llama al misterio. Siempre, desde que
alcancé amplio renombre como ejecutor de hazañas inexplicables, me he topado
con extraños sucesos e historias que, dada mi fama, la gente ha tendido a casar
con mis intereses y actividades. Unos eran triviales e irrelevantes, otros
profundamente dramáticos e intrigantes, y alguno fruto de extrañas y peligrosas
experiencias, y los ha habido que me han involucrado en dilatadas
investigaciones científicas e históricas. Ya he hablado, y seguiré haciéndolo,
con suma libertad acerca de muchas de tales materias; pero hay una que expongo
ahora con gran renuencia y que solo cuento tras una agobiante y persuasiva
sesión por parte de los editores de esta revista, que habían oído vagos rumores
sobre la historia a otros miembros de mi familia.
Lo que hasta ahora he callado tuvo lugar durante mi
visita, no profesional, a Egipto, hace catorce años, y he guardado silencio por
diversos motivos. Por una parte, soy contrario a explotar algunos hechos
ciertos e incontrovertibles, y unas condiciones obviamente ignoradas por la
multitud de turistas que se agolpan ante las pirámides; condiciones al parecer
ocultadas con la mayor de las diligencias por las autoridades de El Cairo, que
no pueden ser totalmente ignorantes de ellas. Por otra parte, me disgusta
recordar un incidente en el que mi propia y fantasiosa imaginación puede haber
jugado tan gran papel. Lo que vi —o creí ver—, sin duda, no tuvo lugar; sin
embargo, debe ser contemplado como fruto de mis entonces recientes lecturas
sobre egiptología, así como las especulaciones a las que el ambiente, de forma
natural, dio pie. Tales estímulos imaginativos, magnificados por la excitación
producida por un suceso ya de por sí bastante terrible, sin duda propiciaron el
culminante horror de esa noche acaecida hace tanto tiempo.
En enero de 1910 había terminado un compromiso
profesional en Inglaterra y firmé un contrato para una gira por los teatros
australianos. Se me concedió tiempo más que de sobra para realizar el viaje, y
opté por convertir la mayor parte de este en la clase de periplo que me
interesaba; así que, acompañado por mi esposa, bajé cómodamente al continente y
embarqué en Marsella, en el vapor de la P. O. Malwa, con destino a Port Said.
Partiendo de allí, me proponía visitar los principales lugares históricos del
Bajo Egipto, antes de partir definitivamente hacia Australia.
El viaje resultó agradable en sí mismo, sazonado
por algunos de esos divertidos incidentes que acontecen a un mago fuera de su
trabajo. Yo había querido mantener mi nombre en secreto para gozar de un viaje
tranquilo, pero acabé traicionándome a mí mismo por culpa de un compañero de
profesión, cuyo afán de asombrar a los pasajeros con trucos vulgares me
movieron a repetir y sobrepasar sus hazañas en una forma que resultó bastante
destructiva para mi intención de mantener el incógnito. Menciono esto a causa sus
consecuencias últimas; algo que debí haber previsto antes de desenmascararme en
un buque cargado de turistas que estaban a punto de desparramarse por el valle
del Nilo. Lo que conseguí fue anunciar mi identidad adondequiera que fuera,
privándonos a mi esposa y a mí mismo del plácido anonimato con el que habíamos
soñado. ¡Así que, viajando para satisfacer mi curiosidad, me vi obligado a ser
yo mismo objeto de curiosidad!
Habíamos llegado a Egipto en busca de impresiones
pintorescas y místicas, pero encontramos poco de todo eso una vez que el barco,
arribando a Port Said, desembarcó a sus pasajeros en pequeñas lanchas. Dunas
bajas de arena, oscilantes boyas marcando los bajíos y un pequeño y monótono
barrio europeo sin nada de interés excepto la gran estatua de De Lesseps[2], lo
que nos llevó a ansiar el encontrar algo más digno de nuestro interés. Tras
cierta discusión, decidimos ir a El Cairo y a las pirámides, y con posterioridad,
a Alejandría para embarcar en la nave australiana, así como para disfrutar de
cualquier imagen grecorromana que pudiera brindarnos esta antigua metrópoli.
El viaje en tren resultó bastante tolerable, y no
duró más de cuatro horas y media. Vimos mucho del Canal de Suez, ya que
seguimos su dirección hasta llegar a Ismailía, y más tarde gozamos del viejo
Egipto mediante una ojeada al restaurado canal de agua dulce construido durante
el Imperio Medio. Luego, al fin, pudimos ver El Cairo resplandeciendo en medio
de la anochecida; una constelación centelleante que se convirtió en fulgor
cuando por fin nos detuvimos en la gran Gare Centrale.
Pero de nuevo nos esperaba el desencanto, porque
todo cuanto vimos resultaba europeo, a excepción de la gente y sus ropas. Un
prosaico metro nos llevó hasta una plaza abarrotada de carros, carruajes y
tranvías, resplandeciendo esplendorosa por las luces eléctricas que brillaban
en los altos edificios; mientras que aquel mismo teatro que en vano había
tratado de contratarme para actuar, y al que más tarde asistiría como
espectador, había sido rebautizado recientemente con el nombre de «American
Cosmograph». Nos albergábamos en el Hotel Shepherd, al que llegamos en un taxi
que corrió por calles anchas y de elegante diseño, y, perdidos entre el
perfecto servicio de restaurante, de ascensores, y entre las amplias
comodidades angloamericanas, el misterioso este y el inmemorial pasado nos
parecieron sumamente lejanos.
Al día siguiente, no obstante, nos precipitamos
gustosos en el corazón de una atmósfera propia de las Mil y Una Noches, y a
través de las calles serpenteantes y los exóticos perfiles de El Cairo, la
Bagdad de Harum al-Raschid pareció vivir de nuevo. Conducidos por nuestra
Baedeker[3], fuimos hacia el este, pasando los Jardines de Ezbekiyeh, a lo
largo del Mouski, en busca del barrio nativo, y pronto nos encontramos
confiados a un vocinglero cicerone quien —a despecho de posteriores
acontecimientos— era sin duda de lo más competente en su oficio. Solo a
posteriori caí en la cuenta de que debía haber recurrido al hotel para
conseguir un guía con licencia. Este hombre, un sujeto afeitado, de voz
particularmente profunda y aspecto relativamente limpio, que tenía aspecto de
faraón y se hacía llamar «Abdul Reis el Drogman», parecía gozar de gran
ascendencia sobre el resto de sus colegas, aunque después la policía aseguró no
saber nada de él, sugiriendo que reis es simplemente un apelativo para alguien
con autoridad, mientras que «Drogman» es sin duda nada más que una torpe
variante de la palabra que designa al jefe de un grupo turístico: dragoman.
Abdul nos condujo entre maravillas tales que para
nosotros, hasta entonces, solo habían sido lecturas y sueños. El viejo El Cairo
en sí mismo es un libro de cuentos y un sueño… laberintos de angostos
pasadizos, fragantes de secretos aromáticos; balcones y miradores cuajados de
arabescos, a punto de tocarse sobre las calles adoquinadas; vorágines de
tráfico oriental y gritos extraños; látigos chasqueando, carros traqueteando,
monedas tintineando y burros rebuznando; calidoscopios de vestimentas multicolores,
velos, turbantes y tarbushes; aguadores y derviches, perros y gatos, adivinos y
barberos, y, imponiéndose sobre todo ello, la cantinela de los mendigos ciegos,
acurrucados en nichos, y el sonoro cántico de los almuecines desde lo alto de
minaretes que se perfilan delicadamente contra un cielo de un azul profundo e
inalterable.
Los bazares, techados y más antiguos, eran apenas
menos atractivos. Especias, inciensos, abalorios, sedas y cobre… el viejo
Mohmud Suleiman sentado con las piernas cruzadas entre sus blandas redomas
mientras unos jóvenes parlanchines machacaban mostaza en el capitel ahuecado de
una antigua columna clásica; romana de estilo corintio, quizás procedente de
los alrededores de Heliópolis, donde Augusto estacionó a sus tres legiones
egipcias. La antigüedad comenzaba a mezclarse con el exotismo. Y luego las mezquitas
y el museo; todo lo vimos, intentando que nuestro disfrute de lo arábigo no
sucumbiera al encanto más oscuro y fúnebre del Egipto faraónico por culpa de
los inapreciables tesoros mostrados en los museos. Tal había de ser nuestro
clímax y, mientras tanto, nos concentrábamos en las medievales glorias
sarracenas de los califas, cuyas magníficas mezquitas-tumba formaban una
necrópolis resplandecientemente fantasmal a borde del desierto árabe.
Finalmente, Abdul nos condujo por la Sharia
Mohammed Alí hasta la antigua mezquita del sultán Hasán y a Babel-Azab,
flanqueada por torres, más allá de la cual arranca el pasaje de peldaños,
discurriendo entre paredes, que lleva a la poderosa ciudadela, construida por
el mismísimo Saladino con piedras de pirámides olvidadas. Escalamos ese risco
ya en el ocaso, contorneando por la moderna mezquita de Mohammed Alí, y luego
miramos abajo, asomados al vertiginoso parapeto sobre el místico El Cairo;
místico El Cairo, todo dorado, con sus cúpulas talladas, sus etéreos minaretes,
sus jardines iluminados. A lo lejos, allende de la ciudad rematada por la gran
cúpula romana del museo nuevo y aún más allá —cruzando el críptico y amarillo
Nilo, que es la madre de eras y dinastías—, se encuentran las amenazadoras
arenas del desierto líbico, ondulantes e iridiscentes, malditas por antiguos
misterios. El sol rojo estaba ya bajo, cediendo ante el frío implacable de la
noche egipcia y, mientras se mantenía al borde del mundo como ese antiguo dios
de Heliópolis —Ra-Harkte, el sol del Horizonte—, vimos siluetearse contra ese
holocausto bermejo los negros perfiles de la pirámide de Gizeh, las arcaicas
tumbas que ya tenían un millar de años cuando Tutankamon se sentó en su trono dorado
de la distante Tebas. Entonces supimos que ya no teníamos nada que hacer en El
Cairo sarraceno y que debíamos disfrutar de los más profundos misterios del
Egipto primordial… la negra Kem de Ra y Amón, Isis y Osiris.
A la mañana siguiente visitamos las pirámides,
cruzando en coche Victoria por el gran puente del Nilo, con sus leones de
bronce, hacia la isla de Ghizered con sus masivos árboles Iebbakh y el puente
inglés, más pequeño, que lleva a la orilla occidental. Fuimos por la orilla,
bajo grandes ramajes de Iebbakhs, y cruzamos los vastos parques zoológicos
rumbo al suburbio de Gizeh, donde, con mucha oportunidad, se había abierto un
nuevo puente hacia El Cairo. Entonces, volviéndonos tierra adentro a través de la
Sharia-el-Haram, cruzamos un área de canales cristalinos y míseros poblados
nativos hasta tener ante los ojos el objetivo de nuestro viaje, hendiendo las
brumas del alba y arrojando imágenes invertidas en los charcos de las cunetas.
Cuarenta siglos de historia, tal y como dijera Napoleón a sus soldados, nos
contemplaban.
La carretera subía bruscamente, hasta que
finalmente alcanzaba el intercambiador entre la estación de tranvías y el hotel
Mena House. Abdul Reis, que, dando muestras de su capacidad, nos había
conseguido entradas para las pirámides, parecía contar con cierto ascendiente
ante los numerosos, aullantes y ofensivos beduinos que habitaban una mísera y
sucia aldea, situada a cierta distancia, y que se dedicaban a importunar
fatigosamente a los viajeros, ya que los mantuvo a raya y aun nos proporcionó
un par de camellos, cabalgando él mismo un burro, y asignando la guía de
nuestros animales a un grupo de nombres y mozos que demostraron ser más
costosos que útiles. La zona a cruzar era tan estrecha que apenas hubiéramos
necesitado camellos, pero tampoco nos pesó el añadir a nuestras experiencias
esa dificultosa forma de viajar por el desierto.
Las pirámides se alzan en una elevada meseta de
roca, en un grupo que es casi el más norteño de la serie de cementerios reales
y aristocráticos construidos en las inmediaciones de Menfis, la desaparecida
capital enclavada en la misma orilla del Nilo, algo al sur de Gizeh, que
floreció entre los años 3400 y 2000 a. C. La pirámide mayor, que se encuentra
cercana a la moderna carretera, fue edificada por el rey Kéops o Kufu en torno
al 2800 a. C., y tiene más de ciento treinta y seis metros de altura. Colocada
al sudoeste de ella se encuentran, sucesivamente, la Segunda Pirámide,
construida una generación después por el rey Kefrén y que, aunque es
ligeramente más pequeña, parece más grande por encontrarse en un terreno más
elevado, y luego la Tercera Pirámide, mucho más pequeña, del rey Micerino,
construida en torno al 2700 a. C. Y, cerca del borde de la meseta y justo al
este de la Segunda Pirámide, con el rostro seguramente modificado para formar
un retrato colosal del rey Kefrén, su real restaurador, se eleva la monstruosa
esfinge… hermética, sardónica y sabia más allá del recuerdo de la humanidad.
Pirámides menores, así como restos de otras de su
clase, se encuentran en varios sitos, y toda la meseta se encuentra horadada
por las tumbas de dignatarios de rangos inferiores al real. Estas últimas
fueron llamadas en un principio mastabas, o estructuras de piedra con forma de
banco, colocadas sobre las profundas fosas fúnebres, tal como fueron
descubiertas en otros cementerios menfitas y como se reproduce en la Tumba de
Perneb en el Museo Metropolitano de Nueva York. En Gizeh, no obstante, todo
trazo visible de esto ha sido borrado por el tiempo y los expolios, y solo las
tumbas excavadas en la roca, bien bloqueadas por la arena, bien despejadas por
los arqueólogos, se mantienen para atestiguar que sacerdotes y deudos ofrecían
alimentos y oraciones al remanente ka o principio vital del difunto. Las
pequeñas tumbas contienen capillas en sus mastabas o superestructuras de
piedra, pero las capillas mortuorias de la pirámide, donde yace el real faraón,
eran templos separados, cada uno situado al este de su correspondiente
pirámide, y conectados por una calzada a una enorme capilla de entrada o
propileo al borde de la meseta rocosa.
La capilla de acceso que conduce a la Segunda
Pirámide, casi totalmente enterrada por los movimientos de arena, se abre
subterránea al sudeste de la Esfinge. Una larga tradición la señala como «El
Templo de la Esfinge», y quizás debiera ser llamada así si, de hecho, la
Esfinge representa al constructor de la Segunda Pirámide, Kefrén. Hay historias
inquietantes acerca de la Esfinge y cómo era antes de Kefrén, pero,
cualesquiera que fueran sus facciones, el monarca las reemplazó por las suyas
propias para que el hombre pudiera contemplarlas sin miedo. Fue en este gran
templo de acceso donde se encontró la estatua de diorita, a tamaño real, de
Kefrén, ahora en el Museo de El Cairo; una estatua que me hizo estremecer
cuando la contempló. No estoy seguro de que el edificio haya sido excavado por
completo, pero en 1910 la mayor parte seguía aún enterrada, con el acceso
firmemente cerrado de noche. Los trabajos estaban a cargo de los alemanes, y la
guerra, u otros motivos, deben haberlos interrumpido. Daría lo que fuera, a
tenor de mi experiencia y de ciertos rumores de beduinos, considerados sin
fundamento o desconocidos para la gente de El Cairo, por saber qué ha pasado
con cierto pozo situado en un pasadizo transversal, en el que las estatuas del
faraón fueron encontradas curiosamente yuxtapuestas con estatuas de babuinos.
La carretera, según la recorríamos esa mañana con
nuestros camellos, hacía una curva cerrada, dejando a la izquierda los
cuarteles de madera de la policía, la estafeta de correos, los almacenes y las
tiendas, enfilando hacia el sur y el este en un giro completo que escalaba por
la meseta rocosa y nos encaraba al desierto, al socaire de la Gran Pirámide.
Pasada esa ciclópea construcción, contorneamos la cara oriental para
encontrarnos ante un valle de pirámides menores, más allá del cual el eterno
Nilo centelleaba al este y el desierto eterno brillaba al oeste. Muy cerca se
encontraban las tres pirámides mayores, la más grande de ellas desprovista de
cualquier revestimiento, mostrando su mole de grandes rocas, mientras que las
otras dos mantenían aquí y allá la ingeniosa protección que en tiempos les
otorgara un aspecto liso y acabado.
Entonces descendimos hacia la Esfinge y
permanecimos silenciosos bajo el hechizo de aquellos terribles ojos ciegos. En
su inmenso pecho pétreo podíamos distinguir apenas el emblema de Ra-Harakte,
por el cual la Esfinge fue atribuida erróneamente a una dinastía posterior, y,
aunque la arena cubría la tablilla que sostenía entre las grandes zarpas,
recordamos lo que Tutmosis IV inscribiera en ella, así como el sueño que tuvo
siendo príncipe. La sonrisa de la Esfinge nos incomodaba levemente, llevándonos
a especular sobre la leyenda que hablaba de pasadizos subterráneos abiertos
bajo la monstruosa criatura, llevando abajo, abajo, hacia profundidades que
nadie había osado intuir… profundidades conectadas con misterios más viejos que
las dinastías egipcias descubiertas, gozando de una siniestra relación con la
persistencia de dioses anómalos, de cabeza de animal, del antiguo panteón
nilótico. Entonces, también, me hice una pregunta ociosa cuyo espantoso
significado no cobraría relevancia hasta horas después.
Otros turistas comenzaban ahora a adelantarnos, y
nos dirigimos hacia el Templo de la Esfinge, devorado por la arena y a unos
cuarenta y cinco metros al sudeste de lo que antes mencioné como la gran puerta
de la calzada que lleva a la capilla mortuoria de la Segunda Pirámide, en la
meseta. La mayor parte se encontraba aún bajo tierra y, a pesar de que
desmontamos y descendimos por un moderno pasadizo, hasta el corredor de
alabastro y el salón de columnas, tuve la impresión de que ni Abdul ni el
encargado alemán nos lo habían mostrado todo. Después de eso, realizamos la
consabida visita a la meseta de las pirámides, examinando la Segunda Pirámide y
las peculiares ruinas de su capilla mortuoria, al este, la Tercera Pirámide y
sus satélites en miniatura situados al sur, así como la capilla a oriente, las
tumbas de roca y las excavadas, propias de la Cuarta y Quinta Dinastía, además
de la famosa Tumba de Campbell, cuyo sombrío foso se precipitaba a lo largo de
dieciocho metros hasta un siniestro sarcófago que uno de nuestros camelleros
limpió de la molesta arena tras un vertiginoso descenso mediante una cuerda.
Después nos perturbaron el griterío en la Gran
Pirámide, donde los beduinos asediaban a un grupo de turistas con ofertas para
guiarlos hasta la cumbre o demostrarles su rapidez mediante solitarios viajes
arriba y abajo. Se dice que el mejor registro de ascenso y descenso está en
siete minutos, pero muchos robustos jeques e hijos de jeques nos aseguraron que
podrían reducirlo a cinco con el adecuado impulso de un generoso baksheesh[4].
No les suministramos tal impulso, aunque dejamos que Abdul nos llevase hasta
arriba, logrando una vista de magnificencia sin igual, que incluía no solo El
Cairo, remoto y resplandeciente, con su coronada ciudadela recortándose contra
el telón de fondo de las colinas violetas y doradas, sino todas las pirámides
del distrito menfita, desde Abu Roash al norte hasta Dashur, al sur. La
pirámide escalonada de Sakkara, que marca la transición de la baja mastaba a la
verdadera pirámide, se divisaba clara y seductoramente en la arenosa distancia.
Fue cerca de ese monumento de transición donde se descubrió la afamada Tumba de
Perneb, más de 640 kilómetros al norte del pétreo valle tebano donde duerme
Tutankamon. De nuevo, el temor puro me obligó a guardar silencio. La
perspectiva de una antigüedad tal, así como los secretos que cada añoso
monumento parecía guardar y atesorar, me henchían de un sentido de reverencia e
inmensidad como nada más en este mundo podría haber logrado.
Fatigados por el ascenso, y disgustado por los
inoportunos beduinos, cuyos actos parecían violar todas las reglas del buen
gusto, obviamos la fatigosa entrada a los estrechos pasadizos inferiores de las
pirámides, aunque vimos a algunos de los turistas más avezados preparándose
para el sofocante reptar a través del más poderoso monumento de Kéops. Una vez
que despedimos y gratificamos a nuestra escolta local, y cuando cabalgábamos de
vuelta a El Cairo, en compañía de Abdul Reis, medio lamentábamos ya nuestra
omisión. Se contaban cosas fascinantes acerca de pasajes inferiores de las
pirámides, no consignados en las guías, pasajes cuyos accesos habían sido
apresuradamente bloqueados y ocultos por ciertos arqueólogos que los habían
descubierto y comenzado a explorar, y que ahora no decían palabra acerca del
asunto. Por supuesto, tales rumores carecían por completo de base, pero
resultaba curioso ver con cuanta insistencia se prohibía a los visitantes
entrar de noche en las pirámides, o recorrer los pasadizos más inferiores, así
como la cripta de la Gran Pirámide. Quizás en este último caso eso se debía al
temor al efecto psicológico; el que el visitante pudiera sentirse atrapado bajo
un gigantesco mundo de sólidos sillares, enlazado con el mundo cotidiano mediante
ese simple pasadizo por el que solo podía arrastrarse y que cualquier accidente
o atentado podía obturar. Todo aquello nos parecía tan asombroso y fascinante
que decidimos rendir una nueva visita a la meseta de las pirámides a la primera
ocasión. Pero tal oportunidad llegó mucho antes de lo que yo esperaba.
Esa tarde, los miembros de nuestro grupo se
encontraban bastante fatigados después del agotador programa del día, así que
me fui a solas con Abdul Reis a dar un paseo por el pintoresco barrio árabe.
Aunque ya lo había visitado a la luz del día, deseaba estudiar las callejas y
los bazares en la oscuridad, cuando sombras enriquecidas y resplandores añejos
podrían añadirle encanto e ilusión fantástica. Había menos gente, pero aún era
abundante y ruidosa, cuando nos topamos con un una banda de bulliciosos beduinos
en el SukenNahhasin, o bazar de los forjadores de latón. Su jefe en apariencia,
un insolente mocetón de pesadas facciones y tarbush insolentemente terciado, se
fijó en nosotros, y evidentemente reconoció, sin grandes muestras de amistad, a
mi competente pero despectivo y desdeñoso guía. Quizás, pensé, no le gustaba
esa extraña reproducción de la media sonrisa de la Esfinge que yo también había
notado con divertida irritación, o puede que le disgustase la resonancia
profunda y sepulcral de la voz de Abdul. De cualquier forma, el ancestral
cambio de epítetos oprobiosos se hizo sumamente enconado y, antes de mucho
tiempo, Ali Ziz, pues así oí llamar al desconocido, cuando no se le aplicaba un
apelativo peor, comenzó a tironear violentamente de la vestimenta de Abdul; una
acción que tuvo pronta réplica, llevando a un violento altercado en el que
ambos combatientes perdieron sus sempiternos tocados y en el que hubieran
terminado en estado aún más calamitoso de no haber mediado yo mismo,
separándolos por la fuerza.
Mi interposición, al principio mal recibida por
ambas partes, logró finalmente establecer una tregua. Sombríamente, cada
beligerante recompuso su talante y vestimenta, y, adoptando una actitud de
dignidad tan profunda como repentina, cerraron un curioso pacto de honor del
que pronto supe se trataba de una costumbre de gran antigüedad en El Cairo; un
trato para solventar sus diferencias mediante una pelea a puñetazos en lo alto
de la Gran Pirámide, luego que se hubiera ido el último turista de los que desean
contemplar esta a la luz de la luna. Cada luchador iría acompañado por un grupo
de padrinos, y el asunto se solventaría a medianoche mediante asaltos, al modo
más civilizado posible. En todo el planteamiento del asunto había algo que
excitaba enormemente mi interés. La lucha misma prometía ser única y
espectacular, mientras que la idea de esa arcaica construcción dominando la
antediluviana de Gizeh bajo la pálida luna, en esas horas, tocaba cada fibra de
la imaginación. Mi ruego encontró a Abdul sumamente dispuesto a incluirme entre
sus padrinos, así que el resto de las primeras horas de la noche estuve
acompañándolo por varios tugurios de las zonas más marginales de la ciudad
—sobre todo al noreste del Ezbekiyeh—, en donde reunió, uno por uno, a una formidable
banda de matones para su cita pugilística.
Poco después de las nueve, montados en burros que
ostentaban nombres tan reales o con reminiscencias tan turísticas como
«Ramsés», «Mark Twain», «J. P. Morgan» o «Min-nehaha», cruzamos a través del
laberinto de calles orientales y occidentales, atravesamos el Nilo, legamoso y
erizado de mástiles, mediante el puente de los leones de bronce, y cabalgamos
filosóficamente, al medio trote, entre los lebbaksh de la carretera de Gizeh.
Empleamos unas dos horas en el viaje, al final del cual pasamos junto al último
de los turistas de vuelta, saludamos al último tranvía y nos encontramos a
solas con la noche y el pasado y la luna espectral.
Entonces vimos la inmensa pirámide al fondo de la
avenida, necrófilamente aureolada por una débil amenaza de la que no creo
haberme percatado a la luz del día. Aún la más pequeña de todas parecía dejar
entrever un atisbo de espanto; ya que, ¿no era en esa misma donde enterraron
viva a la reina Nitokris en tiempos de la Sexta Dinastía; la taimada reina
Nitokris, que en cierta ocasión invitó a todos sus enemigos a una fiesta en un
templo, situado a un nivel inferior al del Nilo, y los ahogó a todos abriendo las
compuertas? Recordé que los árabes murmuraban cosas acerca de Nitokris y
evitaban la Tercera Pirámide durante ciertas fases de la luna. Thomas Moore
debía estar pensando en ella cuando transcribió algo que murmuraban los
barqueros menfitas.
La ninfa subterránea que habita
entre gemas sombrías y glorias ocultas…
¡La dama de la Pirámide!
Pronto como era, Ali Ziz y los suyos ya se nos
habían adelantado, puesto que vimos a sus burros silueteados contra la meseta
desierta de Kafr-el-Haram, hacia el mísero asentamiento árabe, cerca de la
Esfinge, hacia el que nos encaminábamos, en lugar de seguir la carretera
principal hacia el Mena House, donde algunos de los adormilados e ineficaces
policías podían habernos avistado y detenido. Aquí, donde cochambrosos beduinos
albergan a sus camellos y sus burros en las tumbas rocosas de los cortesanos de
Kefrén, fuimos a través de rocas y arenas hacia la Gran Pirámide, cuyas caras
consumidas por el tiempo ya remontaban ansiosamente los árabes, con Abdul Reis
ofreciéndome una asistencia que no necesitaba.
Como bien sabe la mayoría de los viajeros, hace
mucho tiempo que desapareció la cúspide de esta estructura, dejando una
plataforma razonablemente plana de unos doce metros de lado. En este
espeluznante pináculo se formó un círculo y, a los pocos instantes, la burlona
luna observaba un combate que, a juzgar por los gritos de los espectadores,
podría haber transcurrido en cualquier club menor atlético de Estados Unidos.
Mientras observaba, sentí que algunas de nuestras menos deseables costumbres no
faltaban allí, puesto que cada golpe, cada finta y cada parada traslucían la
palabra «amaño» a un ojo como el mío, no del todo inexperto. Enseguida finalizó
la lucha, y a pesar de mi disgusto ante los métodos, no pude por menos que
sentir una especie de orgullo de patrocinador cuando proclamaron vencedor a
Abdul Reis.
La reconciliación fue asombrosamente rápida, y
entre los cánticos, confraternización y libaciones consiguientes, me resultó
difícil de creer que hubiera tenido lugar una riña. Bastante extrañado, creí
ser yo mismo el centro de atención de los antagonistas y, gracias a mis ligeros
conocimientos de árabe, juzgué que se encontraban discutiendo mis habilidades
profesionales, así como sobre mis fugas de toda clase de grilletes y encierros,
en un tono que indicaba no solo un sorprendente conocimiento, sino una clara
hostilidad y escepticismo en todo lo tocante a mis hazañas de escapismo. Poco a
poco comencé a percatarme de que la antigua magia de Egipto no se había
esfumado sin dejar rastro, y que fragmentos de una tradición extraña y secreta,
y de ciertas practicas sacerdotales habían subsistido subrepticiamente entre
los fellahs, hasta el extremo de que las habilidades de un «hahwi» o mago
extranjero eran tomadas a mal y rechazadas. Pensé en cuánto me recordaba Abdul,
mi guía de voz grave, a los viejos sacerdotes egipcios o a los faraones, o a la
sonriente esfinge… y no pude por menos que maravillarme.
De repente tuvo lugar algo que, en un instante,
probó lo correcto de mis reflexiones y me hizo maldecir la necedad de haber
aceptado los sucesos de la noche como otra cosa que no fuera un vacío y
malicioso disfraz que en esos momentos demostraba ser. Sin previo aviso, y sin
duda en respuesta a algún sutil signo de Abdul, la banda entera de beduinos se
precipitó sobre mí y, echando mano a fuertes sogas, enseguida me ataron y
afirmaron como nunca en mi vida, dentro o fuera del escenario. Al principio me
debatí, pero pronto me di cuenta que ningún hombre puede hacer frente a unos
veinte bárbaros vigorosos. Mis manos se encontraban atadas a la espalda, mis
rodillas dobladas al máximo, y las muñecas y los tobillos atadas con cordeles
imposibles de hacer ceder. Apretaron una mordaza sobre mi boca, y aseguraron
una ajustada venda sobre mis ojos. Luego, mientras los árabes me cargaban sobre
sus hombros y comenzaban un ajetreado descenso de la pirámide, oí burlarse a mi
guía Abdul, que se mofaba y reía a gusto con su voz profunda mientras me
aseguraba que pronto mis «poderes mágicos» se enfrentarían a una prueba suprema
que rápidamente me despojaría de cualquier orgullo que pudiera haber
conquistado mediante mis triunfos sobre los retos ofrecidos por América y
Europa. Egipto, me recordó, es muy viejo, y está lleno de misterios interiores
y antiguos poderes que no son siquiera concebibles para los expertos de hoy en
día, cuyos ingenios siempre habían fallado al intentar retenerme.
Cuán lejos o en qué dirección fui transportado, no
podría decirlo, ya que, dadas las circunstancias, me fue imposible formar un
juicio ponderado. Sé, no obstante, que no pudo tratarse de una gran distancia,
ya que mis porteadores no apretaron el paso en ningún momento, no más allá del
simple paseo, y cargaron conmigo un lapso sorprendentemente corto de tiempo. Es
esta intrigante brevedad lo que me hace sentir casi estremecido al pensar en
Gizeh y en su meseta, ya que uno se ve agobiado por la sospecha de la cercanía
entre las rutas turísticas cotidianas y algo que ya existía entonces y que aún
debe seguir existiendo…
La maligna anormalidad de la que hablo no se
manifestó al principio. Depositándome sobre una superficie que reconocí como
arena y no piedra, mis captores pasaron una cuerda por mi pecho y me
arrastraron unos cuantos metros hasta una abertura desigual del suelo, por la
que luego me bajaron mano sobre mano, sin mayores miramientos. A lo largo de lo
que me parecieron eones fui golpeando contra los pétreos e irregulares costados
de un estrecho pozo tallado que tomé por una de las numerosas fosas sepulcrales
de la meseta hasta que la prodigiosa profundidad, casi increíble, dieron por
tierra con tal conjetura.
El horror de la experiencia se acentuaba a cada
segundo de descenso. Que una bajada a través de pura roca sólida pudiera ser
tan larga sin llegar al mismo núcleo del planeta, y que una cuerda fabricada
por el hombre pudiera ser tan larga como para descolgarme a esas profundidades
aparentemente insondables e impías, resultaba tan difícil de creer que estaba
más dispuesto a dudar de mis alterados sentidos que a aceptar aquello. Aun
ahora no estoy del todo convencido, ya que sé cuán incierta se vuelve la medida
del tiempo cuando una o más de las percepciones o condiciones habituales de
vida se ven agitadas o distorsionadas. Pero estoy bastante seguro de que
mantuve la consciencia hasta cierto punto, que al menos no añadí ningún
desmesurado fantasma de la imaginación a un panorama ya bastante horripilante
de por sí, y que todo resulta explicable por algún tipo de ilusión cerebral muy
distinto de la verdadera alucinación.
Pero todo esto no fue la causa de mi primer
desvanecimiento. La estremecedora ordalía tuvo lugar gradualmente, y el aviso
de terrores posteriores llegó del sensible incremento en el ritmo del descenso.
Estaban largando ahora muy rápido esa cuerda infinitamente larga, y yo me
rozaba cruelmente contra las paredes del pozo, ásperas y angostas, mientras
descendía a enloquecida velocidad. Mi ropa estaba destrozada y, a pesar del
dolor creciente e insoportable, sentía resbalar la sangre por todo mi cuerpo.
Mi olfato, además, se veía asaltado por una amenaza apenas definida; un
insidioso hedor a húmedo y pútrido que, curiosamente, no se parecía a nada que
hubiera olido antes y que me traía ligeras reminiscencias de especias e
inciensos, lo que le añadía un toque de burla.
Entonces sucedió el cataclismo mental. Era
horrible, espantoso más allá de cualquier descripción coherente, ya que
pertenecía por completo al terreno anímico, y no a nada que se pueda detallar o
describir. Era el éxtasis de la pesadilla y la consumación de lo diabólico: en
un instante yo descendía agónicamente por ese estrecho pozo que me torturaba
como si tuviera un millón de dientes, y al momento siguiente me remontaba con
alas de murciélago a través de las simas del infierno, para caer suelto y balanceándome
a través de ilimitables kilómetros de espacio mohoso y sin fin, alzándome
vertiginosamente hasta inconmensurables pináculos de gélido éter, luego cayendo
boqueando hacia nadires de ponzoñosos y nauseabundos vacíos inferiores… ¡Doy
gracias a Dios por la merced del desmayo que me liberó de aquellas
desgarradoras Furias que rasgaban mi conciencia y que medio habían quebrado mis
facultades, destrozando como arpías mi espíritu! Esta liberación, corta como
fue, me dio la fuerza y la cordura para resistir aquellas cumbres de pánico
cósmico aún mayores que me acechaban y reclamaban en el camino por recorrer.
II
Tras aquel espantoso vuelo a través de los espacios
estigios, recobré los sentidos lentamente. El proceso fue infinitamente
aterrador y coloreado por fantásticos sueños en los que mi situación, atado y
amordazado, cobraron singular materialidad. La naturaleza precisa de tales
sueños me resultaba muy clara en tanto que los sufría, pero se borraron de mi
memoria casi inmediatamente después, quedando reducidas en poco a simples
esbozos por los terribles sucesos —reales o imaginarios— que siguieron. Soñé que
me encontraba preso de una garra enorme y horrible; una zarpa amarilla, peluda,
de cuatro uñas, que había brotado de la tierra para estrujarme y engullirme. Y
cuando me detuve a reflexionar sobre aquella zarpa, me pareció que se trataba
de Egipto. En aquel sueño repasé los eventos de semanas previas y me vi a mi
mismo atraído y enredado poco a poco, sutil e insidiosamente, por algún maligno
espíritu infernal procedente de la más antigua hechicería del Nilo; algún
espíritu que moraba en Egipto antes que el hombre y que seguirá allí cuando el
hombre ya haya desaparecido.
Vi el horror y la malsana antigüedad de Egipto, y
la espantosa alianza que siempre ha mantenido con las tumbas y los templos de
la muerte. Vi fantasmales procesiones de sacerdotes con cabezas de toros,
halcones, gatos e íbices; fantasmales procesiones marchando sin fin a través de
laberintos subterráneos y avenidas de titánicos propileos junto a los cuales el
hombre es como una mosca, ofreciendo indescriptibles sacrificios a dioses
inconcebibles. Colosos de piedra desfilaban en la noche sin fin y guiaban a rebaños
de risueñas androsfinges[5] a lo largo de orillas de infinitos ríos de pez
estancada. Y tras todo ello vi la nefanda malignidad de la necromancia
primigenia, negra y amorfa y manoseando codiciosamente a mi espalda en la
oscuridad, tratando de ahogar al espíritu que había osado burlarse de ella
emulándola. En mi adormecido cerebro tomó forma un melodrama de siniestro odio
y persecución, y vi el alma negra de Egipto eligiéndome y reclamándome con
inaudibles susurros, llamándome y tentándome, atrayéndome con el encanto y el
resplandor de la faz sarracena, pero al tiempo empujándome constantemente hacia
abajo, hacia las catacumbas de enloquecedora antigüedad y los horrores de su
corazón faraónico, muerto y abismal.
Entonces los rostros del sueño tomaron forma y vi a
mi guía Abdul Reis con ropas de rey, con la despectiva sonrisa de la Esfinge en
el rostro. Y comprendí que tales facciones eran las de Kefrén el Grande, que
edificó la Segunda Pirámide, cincelando el rostro de la Esfinge a semejanza del
suyo propio y construyendo el titánico templo de entrada del que los
arqueólogos suponen que cuenta con una multitud de corredores abiertos bajo la
críptica arena y la callada roca. Y contemplé la mano larga y delgada de Kefrén;
la mano larga, delgada, rígida, tal y como la había visto en la estatua de
diorita del Museo de El Cairo —la estatua encontrada en el terrible templo de
entrada— y me maravillé de no haber gritado cuando la vi en Abdul Reis… ¡Esa
mano! Era odiosamente fría y me estrujaba, tenía el frío y la rigidez del
sarcófago… la frialdad y la opresión del Egipto inmemorial… era el Egipto
mismo, nocturno y necropolitano… la zarpa amarilla… y se cuentan tales cosas de
Kefrén…
Pero en ese momento comencé a despertar o, al
menos, a alcanzar un estado menos profundo de sueño. Recordé la pelea en lo
alto de la pirámide, a los traicioneros beduinos y su ataque, el espantoso
descenso mediante cuerda a través de interminables profundidades de roca, y mi
loca caída y bamboleo en un vacío helado, saturado de aromática putrefacción.
Noté que en esos instantes yacía sobre un suelo de roca húmeda y que mis
ataduras aún me mordían las carnes con fuerza terrible. Hacía mucho frío, y
creí notar una débil corriente de aire maloliente soplando sobre mí. Los cortes
y las magulladuras sufridos por culpa de las dentadas paredes del pozo de roca
me hacían sufrir a más no poder, el dolor incrementado hasta una agudeza
punzante o ardiente por alguna violenta cualidad de la débil corriente, y el
simple acto de rodar sobre mí mismo fue suficiente para que toda la osamenta me
latiera con indecible agonía. Mientras giraba, sentí que tiraban desde arriba,
y supuse que la cuerda con la que me habían bajado alcanzaba incluso hasta la
superficie. No tenía idea de si los árabes seguían sujetándola o no, ni tampoco
podía suponer cuán abajo me hallaba en el seno de la tierra. Sí sabía que la
oscuridad circundante era total o casi total, ya que ningún resplandor de luna
atravesaba la venda de mis ojos, pero no me fiaba tanto de mis sentidos como
para admitir como evidencia de la extrema profundidad a la que me hallaba la
sensación de largo tiempo que había caracterizado a mi descenso.
Sabiendo al menos que me encontraba en un lugar de
amplitud considerable, habiendo llegado allí desde la superficie por una
abertura en la piedra, situada directamente encima, conjeturé con muchas
prevenciones que mi prisión podría ser quizás la capilla de entrada del viejo
Kefrén —el Templo de la Esfinge—, quizás en algún pasillo que los guías no me
habían mostrado durante mi visita matutina y del que fácilmente podría escapar
si lograba encontrar el camino hasta el acceso cerrado. Podría tratarse de un
paseo por un laberinto, pero no sería peor que otros que había vencido en
tiempos pasados. El primer paso consistía en librarme de mis ataduras, mordaza
y venda, y sabía que esto no constituiría un gran problema, ya que expertos
mejores que los árabes habían intentado cada clase conocida de trabas sobre mi
persona a lo largo de mi larga y variada carrera como escapista, y mis métodos
nunca me fallaron.
Entonces se me ocurrió que los árabes podían estar
decididos a esperarme y atacarme a la entrada, dada la certeza de mi probable
escapatoria de las ataduras, y esto sucedería si agitaba la cuerda que
probablemente tenían entre sus manos. Esto, por supuesto, podía casar con el
hecho de que el lugar de mi confinamiento fuera, en efecto, el Templo de la
Esfinge de Kefrén. La abertura, directamente en el techo, dondequiera que se
encontrase, no podía estar muy lejos de la moderna entrada ordinaria, cerca de
la Esfinge, aunque en verdad se encontrara a tan gran distancia de la
superficie, ya que el área total conocida no era ni mucho menos tan enorme. No
me había percatado de ningún acceso durante mi visita diurna, pero ya sabía que
tales cosas suelen verse fácilmente bloqueadas por las arenas amontonadas.
Pensando en esos asuntos, yaciendo caído y atado en el suelo de roca, casi
olvidé el horror del descenso abismal y el cavernoso bamboleo que habían
acabado sumiéndome en la inconsciencia. Mi pensamiento, en esos instantes,
estaba puesto en burlar a los árabes y, en consecuencia, decidí liberarme tan
rápido como me fuera posible, evitando tirones a la cuerda que traicionarían un
eficaz o problemático intento de soltarme.
Tal cosa, no obstante, era más fácil de decidir que
de hacer. Algunos tanteos preliminares dejaron claro que poco podía hacerse sin
una considerable agitación, y no me sorprendí cuando, tras una contorsión
especialmente enérgica, comencé a sentir las vueltas de cuerda suelta que se
iban apilando sobre y en torno a mí. Obviamente, pensé, los beduinos habían
sentido mis movimientos, soltando su extremo de la soga y apresurándose sin
duda a alcanzar la verdadera entrada del templo, dispuestos a aguardarme allí
con intenciones asesinas. La perspectiva no era halagüeña, pero había afrontado
en tiempos situaciones peores sin amilanarme, y tampoco me iba a acobardar
ahora. Por el momento, lo primero que debía hacer era librarme totalmente de
mis ataduras, y luego confiar en mi ingenio para huir sano y salvo del templo.
Es curioso cuán implícitamente había llegado a creerme en el viejo templo de
Kefrén, bajo la Esfinge, a escasa profundidad bajo tierra.
Pero tal creencia se hizo añicos, y cada previa
aprensión de preternatural profundidad y demoníaco misterio se vieron revividas
por una circunstancia que ganó en horror y significado mientras formulaba mi
plan de acción. He dicho que la cuerda, al caer, iba apilándose sobre y en
torno a mí. Ahora noté que seguía amontonándose en una forma que no sería
posible en una cuerda de longitud normal. Ganaba en velocidad y enseguida se
convirtió en una avalancha de cáñamo, amontonándose y medio enterrándome bajo
aquellas vueltas que con tanta rapidez se multiplicaban. Pronto me vi
completamente sumergido e inmovilizado. Mis sentidos vacilaban nuevamente y en
vano traté de ahuyentar una amenaza terrible e ineluctable. No se trataba tan
solo de que estaba siendo torturado más de lo que un ser humano puede soportar
—no era solo que pareciera que me estaban arrancando lentamente la vida y el
aliento—, sino también el conocimiento de lo que esa antinatural longitud de
soga significaba, y la conciencia de que me encontraba en esos instantes
rodeado de desconocidos e incalculables abismos subterráneos. Mi interminable
descenso y mi bamboleante vuelo a través de fantasmales espacios, por tanto,
debían haber sido hechos reales, y en aquellos momentos debía yacer inerte en
el seno de alguna indescriptible caverna, situada cerca del corazón del
planeta. Esa repentina confirmación de tal horror supremo me resultó
insoportable, y por segunda vez me sumí en una misericordiosa inconsciencia.
Cuando digo inconsciencia, no me refiero a que
estuviera a salvo de los sueños. Por el contrario, mi ausencia del mundo
consciente se vio marcada por visiones del más supremo espanto. ¡Dios Mío… si
al menos no hubiera leído tanta egiptología antes de venir a esta tierra que es
la cuna de toda oscuridad y terror! Este segundo desmayo colmó de nuevo mi
mente adormecida con la estremecedora comprensión del país y sus arcaicos
secretos, y, de una desdichada forma, mis sueños versaron acerca de las
antiguas nociones de muerte y su supervivencia en cuerpo y alma más allá de
aquellas misteriosas tumbas que eran más bien residencias que sepulturas.
Recordé, mediante formas oníricas de las que es mejor no hablar, la peculiar y
elaborada construcción de los sepulcros egipcios, y las terroríficas doctrinas,
desaforadamente peculiares, que determinaron su construcción.
Lo único en lo que esa gente pensaba era en la
muerte y en los muertos. Concebían una resurrección literal del cuerpo, lo que
les llevaba a momificarlo con extremo cuidado, preservando todos los órganos
vitales en jarras junto al cadáver; además de que creían que, aparte del
cuerpo, existían otros dos elementos: el alma, que tras ser pesada y aprobada
por Osiris moraba en el Paraíso, y el oscuro y portentoso ka, o principio
vital, que vagaba en una forma terrible por los mundos superiores e inferiores,
pidiendo acceso ocasional al cuerpo conservado, consumiendo las ofrendas de
alimentos dispuestas por los sacerdotes y los allegados más píos en la capilla
mortuoria y, a veces —según se murmuraba— ocupando su cuerpo, o el doble en
madera que se enterraba siempre al lado, para vagar de forma terrible en unos
periplos peculiarmente repelentes.
Durante miles de años esos cuerpos suntuosamente
encerrados descansaron, mirando con ojos vidriosos cuando no eran visitados por
el ka, esperando el día en que Osiris reuniera a ambos, ka y alma, para guiar a
las rígidas legiones de los muertos desde las subterráneas casas del sueño.
Sería un glorioso renacimiento, pero no todas las almas eran aceptadas, ni
todas las tumbas se mantenían intactas, por lo que tendrían lugar ciertos
grotescos errores y ciertas anomalías diabólicas. Aún hoy en día los árabes murmuran
acerca de impías invocaciones y malsanas sabidurías depositadas en olvidados
abismos inferiores, que solo alados e invisibles kas, así como momias sin
almas, pueden visitar y abandonar intactos.
Quizá las más impías de las leyendas, capaces de
congelar la sangre, son las tocantes a ciertos perversos productos del
sacerdocio decadentes, las momias compuestas mediante la unión artificial de
troncos y miembros humanos con cabezas de animales, imitando a los dioses
antiguos. En todas las épocas históricas se momificó a los animales sagrados,
de forma que los toros, gatos, íbices, cocodrilos y demás bestias consagradas
pudieran regresar algún día a la suprema gloria. Pero solo en etapas decadentes
se mezclaron humanos y animales en la misma momia; solo en la decadencia,
cuando ya no entendían los derechos y las prerrogativas del ka y el alma. No se
cuenta qué sucedió con tales momias compuestas —o, al menos, no se dice—, y es
cierto que los egiptólogos no han encontrado ninguna. Las habladurías de los
árabes resultan de lo más estrafalarias y no pueden ser tenidas en cuenta.
Incluso insinúan que el viejo Kefrén —el de la Esfinge, la Segunda Pirámide y
el gran templo de entrada— vive muy bajo tierra, desposado con la reina-diablo
Nitokris y gobernando sobre las momias que no son hombre ni bestia.
Fue con eso —con Kefrén y su consorte, y con su
extraño ejército de muertos híbridos— con lo que soñé, así que me alegro de que
los detalles del sueño se hayan desvanecido de mi memoria. La más terrible de
todas las visiones estaba conectada con una ociosa pregunta que me había hecho
el día anterior cuando contemplé el gran acertijo tallado en piedra del
desierto y me pregunté sobre a qué desconocidas profundidades podía encontrarse
conectado secretamente el templo cercano. Esta pregunta, tan inocente y caprichosa
en el momento, asumía en el sueño un significado de frenética e histérica
demencia… ¿qué inmensa y espantosa anormalidad representaba el rostro original
de la Esfinge?
Mi segundo despertar —si despertar fue— constituye
un recuerdo de brutal espanto sin paralelo con nada que haya experimentado en
mi vida —salvo algo que sucedió después—, y esta vida ha sido pletórica y
cargada de más aventuras que la de la mayoría de los hombres. Recuerdo haber
perdido el sentido mientras estaba siendo sepultado por una cascada de soga que
caía, cuya longitud revelaba la cataclísmica profundidad de mi situación.
Ahora, mientras volvían mis sentidos, sentí el peso y comprendí que, aunque seguía
atado, amordazado y con los ojos vendados, algo había retirado por completo el
asfixiante desprendimiento de cáñamo que antes me había abrumado. La relevancia
del hecho, por supuesto, me asaltó gradualmente, pero, aun así, creo que me
hubiera vuelto a desmayar de nuevo de no encontrarme en ese momento en un
estado de agotamiento emocional tal que ningún nuevo horror podía ya aumentar.
Me encontraba a solas… ¿con qué?
Antes de que pudiera torturarme con nuevas
reflexiones o hacer cualquier renovado esfuerzo por librarme de mis ataduras,
apareció un nuevo hecho. Un dolor que antes no había sentido me laceraba en
brazos y piernas, y creí estar cubierto por gran cantidad de sangre seca, más
de la que pudiera haber manado de los cortes y abrasiones del descenso.
Asimismo, el pecho parecía estar sembrado de un centenar de heridas, y pensé
que algún ibis titánico y maligno me había picoteado. Seguramente, el ser que
había retirado la soga era hostil y había comenzado a causarme daños terribles
cuando algo le había hecho desistir. Pero, al tiempo, mis sensaciones eran
claramente las contrarias de lo que podría esperarse. En vez de hundirme en un
insondable pozo de desesperación, me vi armado de coraje y acción ya que ahora
sentía que las fuerzas malignas eran seres físicos a los que un hombre
intrépido podía hacer frente.
Con la fuerza que me daba este pensamiento me
debatí de nuevo en mis ataduras, empleando la maña desarrollada a lo largo de
toda una vida, que tanto había brillado entre el resplandor de las candilejas y
el aplauso de las multitudes. Los detalles familiares del proceso comenzaron a
absorberme y, dado que me habían retirado de encima la soga, medio pensé que mi
idea acerca de supremos horrores, después de todo, no era sino alucinación; que
nunca hubo una sima terrible, un abismo insondable o una cuerda sin fin. ¿Me
encontraría, al cabo, en el templo de entrada de Kefrén, bajo la Esfinge, y los
traicioneros árabes no me habrían atacado y torturado mientras yacía inerte? De
todas formas, debía liberarme. Desatarme, quitarme la mordaza y tener los ojos
libres para captar cualquier rayo de luz que pudiera filtrarse desde cualquier
origen; entonces ¡disfrutaría combatiendo contra malignos y traidores enemigos!
No sabría decir cuánto tardé en librarme de mis
ataduras, pero debió llevarme más tiempo que en mis actuaciones, ya que me
encontraba herido, agotado y enervado por las experiencias sufridas. Cuando por
fin me vi libre y aspirando profundas bocanadas de aire gélido, húmedo, maligno
y hediondo, tanto más horrible por cuanto ya no contaba con los filtros de la
mordaza o la venda, descubrí que me hallaba demasiado acalambrado y cansado
para moverme. Yací intentando estirar un cuerpo torcido y lacerado durante un
periodo de tiempo imposible de medir, forzando los ojos para captar el
resplandor de cualquier rayo de luz que pudiera ofrecerme un atisbo de mi
posición.
Mi fuerza y flexibilidad fueron recuperándose
gradualmente, pero mis ojos nada captaron. Mientras trastabillaba
incorporándome, observé sin demora en todas direcciones, no encontrando nada
que no fuera una oscuridad de ébano, tan intensa como si aún siguiera vendado
de ojos. Probé las piernas, ensangrentadas bajo los rasgados pantalones, y
descubrí que podía caminar, aunque no sabía en qué dirección ir. Obviamente, no
debía vagar al azar, y quizás así alejarme de la entrada; por tanto, me detuve
a sentir la fría y fétida corriente de aire con olor a natrón, corriente que
nunca había dejado de notar. Asumiendo que el punto del que brotaba debía ser
la entrada del abismo, traté de situar esa orientación y caminar hacia allí sin
desviarme.
Había tenido conmigo una caja de cerillas e incluso
una pequeña linterna eléctrica, pero por supuesto que los bolsillos de mi roto
y desgarrado atuendo habían sido hacía mucho vaciados de todos estos pesados
artículos. Mientras caminaba cautelosamente a través de la negrura, la
corriente se hizo más fuerte y ofensiva, hasta que al cabo pude sentirla nada
menos que como un chorro tangible de detestable vapor brotando de alguna
abertura como el humo del genio en la jarra del pescador de aquel cuento oriental.
Oriente… Egipto… ¡verdaderamente, esa oscura cuna de la civilización era aún la
fuente de horrores y maravillas indecibles! Cuanto más reflexionaba sobre la
naturaleza de este viento de la caverna, mayor se hacía mi inquietud, ya que,
aunque antes, a pesar de su olor, yo había visto su origen como al menos una
pista indirecta para llegar al mundo exterior, ahora comprendía plenamente que
esta enloquecida emanación no debía tener mezcla ni relación alguna con el
limpio aire del desierto líbico, sino que debía ser vomitada desde siniestros
abismos aún más inferiores. ¡Así pues, yo había estado entonces caminando en la
dirección equivocada!
Tras un instante de reflexión, decidí no volver
sobre mis pasos. Lejos de la corriente no habría forma de orientarse, ya que el
suelo, bastamente nivelado, carecía de cualquier configuración distintiva. Si,
no obstante, seguía la extraña corriente, sin duda conseguiría llegar a una
abertura de algún tipo, gracias a cuya entrada podría quizá contornear los
muros hasta el lado opuesto de esta ciclópea estancia, imposible de recorrer de
otra forma. Que podía fracasar, bien lo sabía yo. Veía que esto no formaba
parte del templo de entrada de Kefrén que conocían los turistas, y me asediaba
la idea de que este salón en concreto pudiera ser desconocido aún para los
arqueólogos, y que solo los curiosos y malignos árabes que me habían apresado
hubieran dado con él. Si tal era el caso, ¿habría alguna puerta para salir a un
lugar conocido o sencillamente al aire libre?
¿Y qué prueba tenía yo, de hecho, de que me
encontraba en el templo de entrada después de todo? Por un momento, mis más
estrafalarias especulaciones volvieron a acosarme y pensé en aquella vívida
mescolanza de impresiones: descenso, suspensión en el aire, la cuerda, mis
heridas y los sueños que no podían ser más que eso, sueños. ¿Acabaría allí mi
vida? ¿O, realmente, podría considerarme afortunado si aquel momento fuera el
de mi muerte? No podía responder a ninguna de tales preguntas, y solamente
podía aguardar, hasta que el hado me redujo por tercera vez a la inconsciencia.
Esta vez no hubo sueños, ya que lo repentino del incidente me alcanzó sin que
pudiera formular cualquier tipo de pensamiento, consciente o inconsciente.
Tropecé con un inesperado peldaño de bajada, en un punto donde la desagradable
corriente resultaba lo bastante fuerte como para ejercer resistencia física, y
me precipité de cabeza, por un negro tramo de grandes peldaños de piedra, hacia
un abismo de absoluto espanto.
El que siquiera respirase de nuevo resulta un
tributo a la inherente vitalidad que anima a un organismo humano sano. Suelo
recordar esa noche y sentir un toque de verdadero humor en aquellos repetidos
lapsos de inconsciencia; periodos cuya sucesión no me recuerda sino los toscos
melodramas cinematográficos de la época. Por supuesto, es posible que esos
repetidos lapsos no tuvieran lugar nunca, y que todos los detalles de esta
pesadilla subterránea fueran simplemente debidos a los sueños de un largo coma
que comenzó bajo los efectos de mi descenso a ese abismo y finalizó por obra
del cicatrizante bálsamo del aire exterior y el sol naciente que me encontró
tendido en las arenas de Gizeh ante el rostro de la Gran Esfinge, sardónico y
bañado por el alba.
A ser posible, prefiero esta última explicación;
así que me alegré cuando la policía me dijo que la barrera de acceso al templo
de Kefrén había sido encontrada retirada, y que en una esquina de la zona aún
por limpiar existía una grieta de considerable tamaño. También me alegré cuando
los doctores manifestaron que mis heridas se debían solo al ataque sufrido,
amordazamiento, descenso, ataduras, caída desde cierta altura —quizás en una
depresión del pasadizo interior del templo—, arrastrarme hasta la barrera
exterior y escapar, así como a otras circunstancias similares… un diagnóstico
de lo más tranquilizador. Y, aun así, sé que debe haber algo más. Tengo
demasiado grabado en la memoria ese descenso como para rechazarlo —y es extraño
que nadie haya sido capaz de encontrar a un hombre que responda a la
descripción de mi guía Abdul Reis el Drogman—, el guía de voz sepulcral que se
parecía y sonreía como el rey Kefrén.
Me he apartado de mi narración, quizás con la vaga
esperanza de soslayar el comentario al incidente final; ese incidente que, de
todo lo sucedido, es con mayor certeza una alucinación. Pero he prometido
contarlo todo y no voy a romper tal promesa. Cuando recuperé —o me pareció
haber recuperado— mis sentidos tras esa caída por las negras escaleras de
piedra, me encontraba tan a solas en la oscuridad como antes. El ventoso hedor,
ya bastante malo antes, resultaba ahora demoníaco, aunque para entonces ya me
había familiarizado lo bastante con él como para soportarlo estoicamente.
Aturdido, comencé a gatear hacia la fuente del pútrido viento, y con mis manos
ensangrentadas tanteé los colosales bloques del poderoso pavimento. En una
ocasión golpeé con la cabeza contra un objeto duro y, cuando lo tenté supe que
se trataba de una columna —una columna de un tamaño increíble—, con la
superficie cubierta de gigantescos jeroglíficos cincelados, sumamente
perceptibles al tacto. Arrastrándome, encontré otras columnas inmensas
separadas a distancias incomprensibles, y, repentinamente, mi atención se vio
captada por algo que había estado rondándome el subconsciente desde mucho antes
de que mis sentidos conscientes lo captaran.
De alguna sima, aún más profunda en las entrañas de
la tierra, brotaban ciertos sonidos, rítmicos y definidos, que no se parecían a
nada de lo que yo hubiera oído antes. Supe casi intuitivamente que se trataba
de un son muy antiguo y claramente ceremonial, y mis muchas lecturas de
egiptología me hicieron asociarlo con la flauta, el sambuke, el sistro y el
tímpano. En su rítmico sonar, zumbar, repicar y batir noté un elemento de
terror que estaba más allá de cualquiera de los terrores conocidos en la tierra;
un terror peculiarmente disociado del miedo físico, y que movía a sentir piedad
por nuestro planeta, que alberga en sus profundidades horrores tales como los
que debían corresponder a tales cacofonías egipánicas. Los sones crecían en
volumen, y comprendí que se estaban acercando. Entonces —y quieran los dioses
de todos los panteones unidos preservar mis oídos de algo semejante otra vez—
comencé a escuchar, débil y lejano, las morbosas y milenarias pisadas de seres
en marcha.
Resultaba espantoso que pisadas tan diferentes
pudieran moverse con tan perfecto ritmo. El entrenamiento de centenares de años
impíos debía subyacer a esa marcha de las monstruosidades de la tierra más
profunda… escabulléndose, taconeando, pisando, con paso sigiloso, sonoro,
crujiente, arrastrándose… y todo al son de la horrible discordancia de esos
burlones instrumentos. Y entonces… ¡Dios mantenga alejado de mi cabeza el
recuerdo de esas leyendas árabes! Las momias sin almas… el lugar de encuentro
de los kas errantes… las hordas de cadáveres faraónicos, malditos por el diablo
y muertos hace más de cuarenta siglos… las momias compuestas conducidas a
través de los tremendos abismos de ónice por el rey Kefrén y su necrófaga reina
Nitokris…
Los pasos sonaban cada vez más cerca; ¡el cielo me
guarde del sonido de esos pies y zarpas y pezuñas y patas y garras que
comenzaban a perfilarse con claridad! En la ilimitada extensión del pavimento
negro un rayo de luz relampagueó entre el viento maloliente, y yo me oculté
tras la enorme circunferencia de una ciclópea columna, tratando de huir por un
momento del horror que se albergaba en ese millón de pasos que se encaminaban
hacia mí a través de gigantescos hipóstilos de inhumano espanto y antigüedad fóbica.
El relampagueo aumentó, y el pisoteo y el ritmo disonante crecían a un ritmo
enloquecedor. Al resplandor de la estremecedora luz naranja, surgió tenuemente
una escena de tal espanto pétreo que boqueé por culpa de la pura maravilla, que
se impuso incluso sobre el miedo y la repugnancia. Bases de columnas cuyos
fustes se elevaban fuera del alcance de la visión humana… simples basas de algo
que debía hacer empequeñecer a la Torre Eiffel hasta el nivel de la
insignificancia… jeroglíficos tallados por manos inconcebibles en cavernas
donde la luz del día no debía ser otra cosa que una remota leyenda…
No miraría a los seres en marcha. Eso es lo que
desesperadamente resolví mientras escuchaba su crujiente desplazamiento y sus
salitrosos resuellos imponiéndose sobre la música muerta y el pisar de los
muertos. Resultaba misericordioso que no hablasen… pero ¡por Dios!, sus
enloquecidas antorchas comenzaban a crear sombras sobre la superficie de esas
descomunales columnas. ¡El cielo los aleje de mí! Los hipopótamos no debieran
tener manos humanas ni portar antorchas… los hombres no debieran tener cabeza de
cocodrilo…
Intenté apartar la cabeza, pero las sombras y los
sonidos y el hedor estaban por doquier. Entonces recordé algo que solía hacer
en mitad de las pesadillas medio conscientes de mi niñez, y comencé a repetir
para mis adentros: «¡Es un sueño! ¡Es un sueño!». Pero no sirvió de nada, y
solo pude cerrar los ojos y rezar. Al menos, eso es lo que creo haber hecho,
porque uno no está nunca seguro cuando sufre visiones, y yo sé que no pudo
tratarse más que de eso. Me pregunté si podría volver de nuevo al mundo y, a veces,
abría furtivamente los ojos para ver si se podía discernir otra cosa que no
fuera el viento de aromática putrefacción, las columnas interminables y las
sombras grotescas y embrujadas de anormal horror. El chisporroteante resplandor
de innumerables antorchas resultaba ahora cegador y, a no ser que aquel sitio
infernal careciera por completo de muros, habría de ver algún límite o confín
pronto. Pero de nuevo tuve que cerrar los ojos, comprendiendo cuántos de
aquellos seres había allí… cerrarlos al atisbar cierto objeto que caminaba
solemne y firmemente sin cuerpo alguno sobre la cintura.
Un demoníaco y ululante gorgoteo de cadáveres o
resonar de muertos hendió ahora el mismo aire —ese aire de osario, emponzoñando
con toques de nafta y betún— en un concertado coro procedente de la necrófaga
legión de híbridas blasfemias. Mis ojos, perversamente abiertos, contemplaron
durante un instante una visión que ninguna criatura humana podría siquiera
imaginar sin sentir miedo, pánico y extenuación física. Los seres habían
desfilado ceremoniosamente en una dirección, hacia el viento apestoso, donde la
luz de las antorchas mostraban sus cabezas inclinadas —o las cabezas inclinadas
de aquellos que las tenían— en adoración ante una negra, grande y fétida
abertura de la que brotaba el viento, una abertura que llegaba hasta casi fuera
de la vista y que yo podía distinguir flanqueada por dos gigantescas
escalinatas en ángulo recto cuyo final alcanzaba las sombras. Una de esas, sin
duda, era la escalinata de la que yo me había caído.
Las dimensiones del agujero eran totalmente acordes
con las de las columnas; una casa ordinaria se hubiera perdido allí, y
cualquier edificio público normal habría podido ser desplazado fácilmente a
través de él. Era una superficie tan inmensa que solo moviendo los ojos podía
uno tomar nota de sus límites —tan vasta, tan odiosamente negra, tan
aromáticamente apestosa—. Justo enfrente de esta bostezante puerta polifémica,
los seres arrojaban objetos, evidentemente sacrificios u ofrendas religiosas, a
juzgar por sus gestos. Kefrén era su líder, el rey Kefrén o el guía Abdul Reis,
sonriendo con desprecio, coronado con un dorado pshent y entonando
interminables fórmulas con la profunda voz de los muertos. A su lado se
arrodillaba la hermosa reina Nitokris, a la que vi de perfil un momento,
percatándome de que la parte derecha de su rostro había sido devorado por ratas
u otros seres necrófagos. Y cerré de nuevo los ojos cuando vi qué objetos
arrojaban a la fétida abertura o a la posible deidad que albergaba.
Se me ocurrió que, a juzgar por lo elaborado de
esta adoración, la oculta deidad debía ser de considerable importancia. ¿Se
trataría de Osiris o Isis, Horus o Anubis, o de algún inmenso Dios desconocido
de los Muertos, aún más importante y supremo? Existe una leyenda que dice que
terribles altares y colosos fueron levantados en honor de un Dios Desconocido
antes de que los conocidos fueran adorados…
Y entonces, mientras me aplicaba a observar la
arrebatada y sepulcral adoración que prestaban aquellos seres indescriptibles,
se me ocurrió una forma de escapar. La estancia se encontraba en penumbras y
las columnas estaban en sombras.
Estando todas y cada una de esas criaturas de la
multitud de pesadilla sumidas en estremecedores arrebatos de adoración, me
sería posible reptar hasta alcanzar una de las escalinatas y remontarla sin ser
visto, confiando después en la suerte y en mi habilidad como escapista para
manejarme en niveles superiores. Dónde estaba, ni lo sabía ni había pensado
mucho en ello, y por un momento me resultó divertido planear en serio una
escapatoria de algo que sabía que se trataba de un sueño. ¿Me encontraba en algún
lugar oculto y desconocido, en los niveles inferiores del templo de entrada de
Kefrén, el templo que generación tras generación ha sido persistentemente
llamado el Templo de la Esfinge? No podía conjeturar nada, pero decidí ascender
en busca de la vida y la consciencia con todas mis fuerzas.
Serpenteando boca abajo, comencé la ansiosa
travesía hasta alcanzar el pie de la escalera izquierda, que parecía la más
accesible de las dos. No puedo describir los incidentes y las sensaciones
producidas por este reptar, pero pueden adivinarse cuando se piensa en lo que
tuve que presenciar sin poder evitarlo a la luz de esa maligna luz de antorcha,
agitada por el viento, para prevenir el ser avistado. El final de la escalera
estaba, como he dicho, sumido muy lejos entre las sombras, así que debía subir
sin curva hasta el vertiginoso rellano colgante sobre la titánica abertura.
Esto situaba las últimas etapas de mi reptar a cierta distancia del ruidoso
rebaño, aunque el espectáculo ya me estremecía a pesar de lo lejos que estaba a
mi derecha.
Finalmente, conseguí alcanzar los peldaños y
comenzar el ascenso, manteniéndome pegado al muro, en el que observé
decoraciones del tipo más espantoso, confiando mi seguridad al absorto y
extático interés con que las monstruosidades observaban la abertura, en la que
se alborotaba el aire, y los impíos objetos alimenticios que habían arrojado al
pavimento que había ante ella. Dado que la escalinata era inmensa y empinada,
construida con inmensos bloques de pórfido, como diseñados para pasos de
gigante, el ascenso me resultó virtualmente interminable. El temor a ser
descubierto y el dolor, puesto que este nuevo ejercicio había reabierto mis
heridas, se combinaban para hacer de mi reptar hacia arriba algo de recuerdo
agónico. Había decidido, al llegar arriba, subir inmediatamente por cualquier
escalera ascendente que pudiera arrancar de allí, sin detenerme a echar un
último vistazo a los abominables despojos que arañaban y se doblegaban a
veinticinco o treinta metros más abajo; sin embargo, una repentina repetición
de ese atronador gorgoteo de cadáveres o resonar del coro cadavérico, cuando ya
casi había llegado a lo alto de la escalera y delatando por su ritmo ceremonial
que ni había sido yo descubierto ni se había desatado ninguna alarma, me llevó
a detenerme y escudriñar cautelosamente sobre el parapeto.
Las monstruosidades estaban aclamando a algo que
había salido de la nauseabunda abertura para apoderarse del infernal presente.
Era algo pesado, aun visto desde mi altura, algo amarillento y peludo, dotado
de una especie de nervioso movimiento. Era tan grande, quizás, como un
hipopótamo de buen tamaño. Parecía no tener cuello, pero cinco cabezas
separadas y peludas brotaban en fila de un tronco burdamente cilíndrico; la
primera muy pequeña, la segunda bastante grande, la tercera y la cuarta
iguales, las más grandes de todas, y la quinta bastante pequeña, aunque no
tanto como la primera. De esas cabezas salían a gran velocidad curiosos
tentáculos rígidos que aferraban ansiosamente las desmesuradamente grandes
cantidades de indescriptible alimento dispuestas ante la abertura. A veces el
ser saltaba y ocasionalmente retrocedía hacia su cubil de una forma muy
extraña. Su medio de locomoción era tan inexplicable que observé fascinado,
deseando que saliera algo más del cavernoso seno de abajo.
Entonces salió… salió, y su visión me hizo dar la
vuelta y huir a través de la oscuridad, hacia la escalera de subida que
arrancaba muy cerca; huir enloquecido por increíbles peldaños y escaleras y
rampas, sin que ni la vista humana ni la lógica me guiaran a través de ellos,
en un periplo que debo relegar al mundo de los sueños por falta de
confirmación. Debió tratarse de un sueño, o el alba nunca me hubiera hallado
respirando en las arenas de Gizeh, ante el rostro sardónico y bañado por la
aurora de la Gran Esfinge.
¡La Gran Esfinge! ¡Dios Mío!; esa ociosa pregunta
que me hice en la bendita y soleada mañana del día anterior… ¿qué inmensa y
espantosa anormalidad representaba la talla originaria de la Esfinge? Maldita
sea la visión, sueño o no, que me reveló el horror supremo. El Desconocido Dios
de los Muertos que se relame los labios colosales en el abismo insospechado,
alimentándose de los espantosos bocados de absurdos sin alma que no debieran
existir. El monstruo de las cinco cabezas que salió… el monstruo de las cinco
cabezas, tan grande como un hipopótamo… el monstruo de las cinco cabezas… y
aquello de lo que estas eran simplemente la garra anterior…
Pero sobreviví, y sé que solo ha sido un sueño.
HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT (Providence, 20 de agosto
de 1890 - Providence, 15 de marzo de 1937). Excéntrico, solitario, retraído,
tímido y con un talento exagerado, fue un niño prodigio y luego de adulto, un
pobre hombre que vivió solo y lleno de manías. Es uno de los grandes de la
literatura de terror, un verdadero maestro del misterio y el manejo del
suspense, que creó una mitología de dioses primigenios, horrendos y
abominables, los mitos de Cthulhu, que acechan en la oscuridad y pueden volver
en cualquier momento.
HARRY HOUDINI (Budapest, 24 de marzo de 1874 -
Detroit, 31 de octubre de 1926). Es uno de los magos más famosos de todos los
tiempos, conocido sobre todo por sus increíbles y casi milagrosas habilidades
como escapista. Era capaz de liberarse de camisas de fuerza, esposas, candados,
todo tipo de cadenas y ataduras con una facilidad pasmosa. En una ocasión se
tiró al Río Hudson encerrado dentro de una caja fuerte y se salvó de milagro
porque la sperficie estaba congelada y la corriente le arrastró hacia donde no
había salida. Tambien logró fugarse de una prisión británica de alta seguridad.
Su vida es curiosísima y fascinante.
Es raro, sí, pero es cierto. En 1924, la revista
estadounidense «Weird Tales», algo así como «Historias escalofriantes»,
atravesaba un mal momento y a su director se le ocurrió la brillante idea de
contratar a Harry Houdini, entonces en la cumbre de su fama, para que
escribiese relatos en una sección fija de la revista.
Houdini salvó el expediente contratando a dos
escritores que redactaron para él los dos primeros cuentos y para el tercero,
contó con Howard Philips Lovecraft. Pergeñó un argumento basado en un viaje que
había hecho a Egipto en 1910, eligió un título atractivo que aludía a sus
habilidades, «Prisionero con los faraones», que en español se tradujo y publicó
como «Bajo las pirámides», dejó trabajar al genio de Providence y… el resultado
es uno de los cuentos más curiosos que se pueden leer.
Reseña de Antonio F. Rodríguez.
Notas
[1] Título original: Under the Pyramids
(febrero-marzo de 1924) Colaboración con Harry Houdini. Primera publicación,
Weird Tales, mayo-julio de 1924. Anteriormente llamado «Imprisoned with the
Pharaohs», el título correcto se ha sacado de un artículo de Lovecraft
publicado en The Providence Journal, el 3 de marzo de 1924. Únicamente se
conserva la copia impresa. <<
[2] Ferdinand Marie Lesseps (1805-1894) Ingeniero
francés, artífice del Canal de Suez. (N. del T.). <<
[3] Guías para viajeros editadas por el alemán Karl
Baedeker (1801-1859) y continuadas por sus sucesores. (N. del T.). <<
[4] Regalo o propina en algunos países orientales.
(N. del T.). <<
[5] Esfinges con cabeza humana. (N. del T.).
<<


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