© Libro N° 9702. Cabezas. Pensadores Y Artistas.
Políticos. Rubén Darío. Emancipación. Marzo19 de
2022.
Título original: © Cabezas. Pensadores Y Artistas. Políticos. Rubén
Darío
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Pensadores Y Artistas.
Políticos
Rubén Darío
Cabezas
Pensadores Y Artistas. Políticos
Rubén Darío
Title: Cabezas: Pensadores y Artistas. Políticos
Obras Completas Vol. XXII
Author: Rubén Darío
Release Date: November 25,
2017 [EBook #56047]
Language: Spanish
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CABEZAS
RUBÉN DARÍO
CABEZAS
PENSADORES Y ARTISTAS POLÍTICOS
VOLUMEN XXII
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
ES PROPIEDAD
(Ilustraciones de E.
Ochoa.)
PENSADORES Y
ARTISTAS
JACINTO BENAVENTE
Cuando Jacinto Benavente entró a la Real Academia
Española, se preguntaron muchos: «¿A qué va Benavente a la Academia?»
Contestaron algunos: «A hacer lo que todos los académicos hacen; limpiar, fijar
y dar esplendor».
No, no iba a eso. En tal recinto, e
intelectualmente hablando, para limpiar, necesitaría la representación de
Hércules; para fijar, la de Minerva; para dar esplendor, la del mismo Apolo.
Iba sencillamente a demostrar que, por opinión general, quien había logrado
todos los triunfos populares merecía también todos los honores oficiales. He
dicho populares, porque, aunque Benavente sea [4]un
autor de élite su nombre es famoso en todas partes en donde se
habla nuestro idioma y aun en otras.
Benavente representa para España lo que un Capus o
un Bernstein para Francia, o mejor, lo que un Bernard Shaw para Inglaterra. Y
aun, en condiciones especiales, es el único que haya logrado dar verdadero
brillo y resonancia a las Máscaras castellanas.
Poco avisados los que le juzgan con el oído puesto
al Boulevard. El mundo en que se mueven sus tipos, en la mayor parte de sus
comedias, es ese mundo universal que tiene por norma, desde luego, más o menos
aplicada a sus medios respectivos, la vida parisiense; y si no, fijaos en las
escenas de los comediógrafos italianos del día. Ese mundo es le monde.
Mas los personajes benaventinos que se mueven y expresan en el ambiente de
Madrid, son de la legítima descendencia clásica; y sus diálogos chispeantes del
ingenio que les presta su creador, no son sino los antiguos discreteos de
Calderón o Lope modernizados.
Ni tan solo en lo cotidiano social y de lo mundano
inmediato ha de entretenerse este cultivador de agudas y frívolas filosofías.
De cuando en cuando [7]le veréis salir con su cara de
Shakespeare—pues es harto semejante a algunos retratos del gran Will—impregnado
de esencias hamletianas, o húmedo de los rocíos de las florestas por donde
vayan las Rosalindas, las Perditas y las Cordelias.
JACINTO BENAVENTE
A pesar de su fama de amargor, confiaos a él. Hay
entre sus macizos de floridas espinas muy exquisitos de miel, mucho consuelo
humano, mucha ternura compensadora de desesperanza.
Entrad en su teatro de ensueño y en su teatro de
bondad. Dejaos llevar por la mano que sabe apartar los ramajes hostiles. Él os
hará el regalo de la poética dulzura, del rayo de luna, del canto cristalino
del ruiseñor; y como es conveniente, a su tiempo, en el instante preciso, os
hará una pirueta; y le daréis las gracias por el palmo de narices con que os
gratifique.
Y os dejará plantados. No le sigáis. Él se va, como
murmurando, porque sabe muchas cosas del cielo y de la tierra. No le sigáis.
Podréis creer por el movimiento de sus hombros que se va riendo, pero no podéis
afirmar que no vaya llorando. ¿No acaba de daros vida, vida brutal, trágica,
dolorosa, en esa Malquerida en que ha concentrado [8]todas las fatalidades y el apocalíptico misterio de la
mujer: Misterium?
El verdadero poder de Benavente consiste en que es
un poeta, en que posee la intra y supervisión del poeta, y en que todo a lo que
toca le comunica la virtud mágica de su secreto.
Su inquietud viene de la intensa vibración de su
espíritu. Estará en la soledad consigo mismo. Irá a pasar sus horas con sus
amigos los poetas. Luego—no lo dudéis—tras alguna cabriola, entrará a la casa
del Diccionario para hablar con las momias. Y las dejará aún más estupefactas.
JOSE ENRIQUE RODO
El oficio de pensar es de los más graves y
peligrosos sobre la faz de la tierra, bajo la bóveda del cielo. Es como el del
aeronauta, el del marino y el del minero. Ir muy lejos explorando, muy arriba o
muy abajo, mantiene alrededor la continua amenaza del vértigo, del naufragio o
del aplastamiento. Así, la principal condición del pensador es la serenidad.
En la América nuestra no hemos tenido casi
pensadores; no ha habido tiempo, todo ha sido fecundidad verbal, más o menos
feliz, declamación sibilina, pastiche oratoria, expansión,
panfleto. Con dificultad se encontrará en toda la historia de[10] nuestro
desarrollo intelectual este producto de otras civilizaciones: el ensayista.
José Enrique Rodó es el pensador de nuestros nuevos
tiempos, y, para buscar siempre el parangón en el otro plato de la balanza
americana, diré que corresponde a Emerson. Es Emerson latino, cuya serenidad
viene de Grecia, y cuya oración dominical es la salutación a Palas Atenea, la
plegaria ante el acrópolis. Y advertid que, a pesar de lo que se afirme y
comente, Rodó no es un renaniano, en el sentido que en el común dialecto
literario se da a esta palabra. Su tranquila visión está llena de profundidad. El
cristal de su oración arrastra arenas de oro de las más diversas filosofías, y
más encontraréis en él del más optimista de los ensayistas, que del gordo cura
laico biógrafo de N. S. Jesucristo, abate de Jouarres, in partibus
infidelium.
Desde sus comienzos, la obra de Rodó se concreta en
ideas, en ideas decoradas con pulcritud por la gracia dignamente seductora de
un estilo de alabastros y mármoles. Solamente que él pigmalioniza, y el temor
de impasibilidad, de frialdad desaparece cuando se ve la piedra cincelada que
se anima, la estatua que canta. Nació con vocación de belleza y enseñanza.
Enseñanza, es decir conducción de [13]almas. A tal
pedagogía es a la que se refiere el Dante en un verso referente a Virgilio.
Cuando apareció su primer opúsculo, Vida Nueva, se vió el surgir de
un maestro en su generación, en la generación continental. Su segundo opúsculo
sobre el autor de Prosas Profanas, o mejor dicho, sobre este libro
de poesías, le afirmó virtuoso de la prosa, de la erudición elegante, y en la
última parte de su trabajo, profeta. Altas y generosas especulaciones le
ocuparon, y Ariel señala un nuevo triunfo de su espíritu y una
nueva conquista de sus predicaciones, por la hermosura de la existencia, por la
elevación de los intelectos hispanoamericanos, por el culto nunca
desfalleciente ni claudicante del más puro y alentador de los ideales.
Definíase más y más su personalidad, y se hubiera dicho un filósofo platónico
de la flor del paganismo antiguo, resucitado en tierras americanas. Y tuvo el
más bello de sus gestos, cuando, llevado a las controversias de la Prensa y a
las agitaciones de la Cámara, por los caprichos de la política, el adorador de
los dioses de la Hélade salió a la defensa de nuestro pálido Dios Cristiano,
Desterrado allá, como en Francia, de los lugares de la Justicia, por obra de la
roja cosa jacobina.
JOSÉ ENRIQUE RODÓ
[14]Por último, aparece su obra magna hasta hoy,
esos Motivos de Proteo, aires mentales, sinfonías, de ideas que
llevan dentro tanta virtud bienhechora, libro que ha sido acogido en todas
partes con entusiasmo y con razonada admiración. Es un libro fragmentario,
¡pero cuan lleno de riqueza! fragmentario ocasional o decididamente. Ello hace
que su prosecución sea indefinida, y que el encanto y el provecho se prolonguen
en la esperanza después de cada aporte. El tesoro está allí. Cada vez que
Aladino baje, estemos atentos.
GRAÇA ARANHA
Uno de los críticos que han estudiado la
personalidad intelectual de Graça Aranha—el señor Elysio de Carvalho—hace notar
que antes de que la gloria iluminase el nombre del autor de Chanaan,
era éste un escritor de cenáculos «apenas conocido de sus íntimos, que lo
sabían un talento peregrino, un espíritu culto, un artista de raza capaz de
realizar el gran sueño de arte que le acariciaba el alma». Hoy Graça Aranha ha
conquistado los más justos laureles, y es conocido y celebrado en todo el mundo
literario. Mas su universal renombre no ha hecho más que hacer brillar mejor el
puro diamante de su nacionalismo. Él es brasileño ante todo. Con[16] satisfacción y con orgullo, me decía hace pocos
días: «Me place más ser comprendido por el último de los estudiantes de mi
tierra, que por el primero de los escritores europeos». Y en el Brasil se le
devuelve su afecto con creces. Es de los que encarnan el alma de la raza, es de
los representativos. Él ha expresado en una prosa impecable y admirable el
ideal patriótico, y ha pintado magistralmente el escenario fabuloso de ese
vasto y vigoroso país, animado como ninguno de las savias de la tierra y de los
fuegos fecundantes del sol. Muchos ilustres varones de pensamiento tuvo el
pasado imperio y tiene la joven república; pero ninguno había expresado el
espíritu nacional, ni tenido tan hermosamente, en simbólicas figuras, la visión
del porvenir, como el joven pensador que llegaba señalando el rumbo de la vida
nueva, y cuyo libro resonante era—escribía el noble y grande José
Verissimo—«nuevo por el tema, nuevo por la inspiración y concepción, nuevo por
el estilo».
Chanaan, que tuvo tan estupenda acogida en la patria
brasileña, en toda la América del Sur; y cuando presentada a los públicos de
Europa por el introductor de Ibsen, el diplomático y escritor ruso conde
Prozor—un gran señor de letras—, que fué[17] quien
la tradujo al francés, Chanaan fué conocida mayormente, y el
talento del autor adquirió fama y autoridad internacionales. Así al
representarse en París, por el teatro de l'Œuvre Malazarte, que
interpretaron actores como Lugne-Poe, De Max, y esa sutil y encantadora Greta
Prozor, flor teatral cultivada por la maga Suzanne Despres, ya se sabía quién
era el autor, que ofrecía a los exigentes lutecianos un ramo de sus rosas
radiantes y de sus orquídeas tropicales.
Yo he visto al glorioso novelista brasileño en
París, en reuniones en donde ha estado representado el pensamiento francés por
sus personalidades más eminentes; y le he conocido en su propio medio, frente a
aquel espectáculo de ensueño y de fantasía, que es la bahía de la capital
fluminense. El vapor en que íbamos los miembros de las delegaciones de varios
países a la Conferencia Panamericana, había anclado. Iba con nosotros el
ilustre embajador y poderoso intelectual, que era Joaquín Nabuco. Llegaban a rodear
nuestro barco ferry-boats llenos de estudiantes y de músicas,
que lanzaban al aire himnos y vivas. Y un balandro apareció en donde venían
varios caballeros de distinción. Entre ellos me fué señalado por Nabuco[18] uno:—«¡Vea usted, aquél es Graça Aranha!»—me decía
alegre y conmovido el magnífico anciano, quien admiraba y quería al triunfante
joven. Luego nos presentó, y desde entonces he cultivado con el creador
de Chanaan la más cordial de las amistades intelectuales.
El Brasil es un país de tradiciones aristocráticas,
y la cultura social se impone desde luego. Se ha aprovechado de todo lo que ha
producido la civilización europea, y se ha plasmado una característica nacional
inconfundible, que podría servir de modelo en otras naciones del continente. Al
núcleo principal pertenecen hombres como Graça Aranha, en quien las distintas
situaciones oficiales y sus condiciones de intelecto y de civilidad han hecho
uno de esos representantes que tanto brillo han dado a la historia diplomática
de su tierra. Individualmente, junta el gentleman al
caballero; es esto decir que su trato no se resiste de sequedad, antes bien,
hace transparentarse la buena fe, la cordialidad y la generosa nobleza. Cuando
uno ha tenido la feliz oportunidad de conocer a cancilleres como el barón de
Río Branco y el doctor Lauro Muller; a embajadores como Nabuco, y en la joven
diplomacia a representantes como Fontoura Xavier,[19] como
Barros Moreira, como Belloso Rebello, como Graça Aranha, comprende cómo los
estadistas brasileños han querido que los que llevan el nombre y la autoridad
del Brasil al exterior, veteranos y nuevos, formen un cuerpo de excelentes,
una élite que pueda, en todo y en cada uno, ser a la Patria
motivos de complacencia. Y Graça Aranha honra no solamente a su patria natal,
sino a su lengua, que es una más grande patria.
ZORRILLA DE SAN MARTIN
Hace veinte años que vi por la primera vez a este
admirable uruguayo. Los que le conocen me han dicho que, hoy como antes, anima
un espíritu encendido y palpitante aquel cuerpo que crece al resplandor de la
frase oratoria, aquella cabeza de tribuno, aquella cabeza de poeta. Y como vive
de fe y respira esperanza, se diría que una inagotable juventud conserva firmes
sus nervios, airoso su gesto, cálida y vivificante su palabra, toda energía y
ritmo.
Le recuerdo en días de triunfos y de gozos, entre
fiestas y pompas españolas. Las delegaciones de las[22] repúblicas
americanas contaban, como era de razón, sobre todo las tropicales, con sujetos
verbosos y hábiles para el discurso; pero en conjunto, no podíamos presentar
delante de un Castelar, sino al delegado uruguayo, a la sazón ministro de su
país ante Su Majestad Católica. A su fama asentada de gran poeta unía el
dominante prestigio de una elocuencia, si a veces harto fogosa, por lo mismo
plenamente representativa de nuestros entusiasmos y vivacidades continentales.
Su negra y copiosa cabellera se agitaba en la conmoción de las arengas; el
brazo diestro se alzaba como arrojando, como esparciendo, como regando las
oraciones; los ojos, la máscara toda contribuían a la conquista de los
auditorios; y un común orgullo nos producía a los neomundiales la victoria de
aquel hombre generoso y lírico, que había cantado al épico charrúa Tabaré, y
saludaba en vibradores y musicales períodos, en nombre de las naciones nuevas,
a la regia decaída y maternal España. Con Tabaré y con
la Leyenda Patria—que celebraron poetas como Olegario Andrade,
autoridades como Paul Groussac—se colocó Zorrilla de San Martín en el escaso
número de los grandes líricos americanos. Se ha dicho que siempre en el poeta
aparece la amplitud,[23] la exuberancia oratorias.
No olvidemos que ello es una característica de Víctor Hugo, y más cerca y no a
tantas alturas, de Núñez de Arce. Es una elocuencia llena de lirismo, y esto lo
admiramos hasta en el mismo viejo Esquilo. Cuando en mi primaveral juventud
llegó a mis manos el poema épico lírico del célebre uruguayo, me impresionó por
su belleza armoniosa, y por el contagio entusiástico de lo que antaño se
calificaba con el nombre de «inspiración». En Tabaré—«ese extraño y
hermoso poema, con el que acaso sean más justicieras que las actuales las
generaciones que vendrán», según el decir de un meditativo y decoroso pensador
que brilla en la juventud uruguaya, Amadeo Almada—encontré en días en que
imperaban endémicas doctrinas, una novedad sana y un sentido de musicalidad
honda y trascendente, que venían de la influencia de un poeta «menor» pero de
los más dignos de admiración y amor en la España del siglo pasado: Bécquer. «Mi
Gustavo Bécquer, genio admirable y querido, despertador de mi adolescencia
poética», dice Zorrilla de San Martín en una confesión reciente publicada
en Mundial. Había, en efecto, un eco del arpa de Bécquer, pero
sinfonizado en un órgano que se diría hecho de las[24] más
robustas y sonantes cañas y bambúes de nuestras selvas americanas.
Tabaré fué celebrado en España y en toda la América
latina con loas y palmas merecidas.
Zorrilla de San Martín reconoce el perjuicio que
posteriores correcciones causaron a su obra... «Quise quitar, ¡pecado de mí!,
ingenuidades en una obra ingenua; quise razonar.» Sí, su obra es ingenua como
una planta, como una flor, como el agua de un manantial, y ella guardará el
frescor y el perfume de la más grata estación de su existencia.
También ha citado estos conceptos de Carlyle
referentes a Dante: «Si vuestra composición es auténticamente musical, no
solamente en la palabra, sino en el corazón y en la sustancia, en los
pensamientos y articulaciones, en toda la concepción, entonces será poética;
mas no de otra manera. ¡Musical! ¡Cuánto se encierra en esta palabra! Un
pensamiento musical es el que ha penetrado hasta lo más íntimo del corazón de
las cosas, y puesto al descubierto lo más recóndito de sus misterios...»
FRANCISCO GARCIA CALDERON
Un joven sabio; palabras difíciles de juntar en
nuestra América. A Francisco García Calderón siéntanle por igual manera los
calificativos de savant y de sage. La gravedad
espiritual, el desdén de las literaturas fáciles, y diremos así de simple
adorno, el alejamiento del dilettantismo, y su copioso saber,
sostenido por una inteligencia fuerte y ponderada, le han dado un lugar
especial en nuestra reciente intelectualidad. Habita en París, y busca los
jardines apacibles de la filosofía, en vez de entregarse a las bellas y ligeras
letras de la luminosa capital del esprit. Cuando, por la fata[26]lidad que pesa sobre muchos de los escritores que aquí
residimos, «hace periodismo», y finge de corresponsal a diarios
hispanoamericanos, se ocupa en Gabriel Tarde; en el soliloquio platónico de
Renouvier, en Brunetière que juzga a Renan, en Menéndez Pidal y la cultura
española, en los estudios penales de Dorado Montero, en el fenómeno religioso
de los Estados Unidos, en los ideales de la vida, según William James, y en otros
tópicos semejantes. Como veis, todo eso está muy lejos del boulevard.
Sus relaciones intelectuales son las que convienen a semejante monge laico,
fraile de la filosofía. «Monsieur F. García Calderón est un jeune peroubien qui
connait admirablement la France, son histoire, ses ecrivains, ses philosophes.»
¿Quién escribe esos conceptos? Es M. Gabriel Seailles, profesor en la Soborna.
«Esprit ouvert et curieux, auditeur et auditeur attentif, ardent, consciencieux
intelligent, vous mettez votre effort et votre joie à penetrer dans la pensée,
dans l'âme des hommes que vous voluez connaître». «Donc s'assimiler appliquer
l'experience de l'âgé mur et même temps garder l'elan, la foi et même les
ilusions de la jeunesse, trover enfin le moyen de réunir en un tout vivant et
harmonieux ces deux ordres[27] de qualités, en
apparence contradictoires, ce est le conseil que, for de vos études et de vos
reflexions, vous donnez à votre Patrie. Je crois bien que ce conseil convient a
tous les hommes, et qu'en tout pays on aura intérêt et profit à lire un livre
tel que le votre.» ¿Quién expresa tales opiniones? Monsieur Émile Boutroux, del
Instituto. Díme con quien andas y te diré quién eres. Es raro, sí, muy raro,
que en nuestros países un espíritu joven y bizarro, como el de García Calderón,
deje el verjel de los lirios y los mirtos y los laureles para inclinarse al
pozo de donde se espera ver salir el blanco cuerpo de la verdad. Pocos van a
las honduras de los problemas espirituales, pocos se consagran al ejercicio del
pensamiento en los altos asuntos religiosos y morales.
Pocos visten el sayal pesado del estudioso y se
encaran con las gravedades de la vida y de la conciencia humanas. Francisco
García Calderón se ha dedicado a tales tareas. «Vous n'etes pas mu par un
frivole esprit de diletanttisme», le dice uno de los sabios que he dictado
anteriormente. Y él mismo declaraba en uno de sus primeros libros el propósito
de «levantarse sobre la parcialidad benedictina del análisis, sobre la
frivolidad estéril de la hora y[28] dar a su
espíritu el grave recogimiento que conviene a la eclosión de futuras obras
durables.»
La obra fundamental, hasta ahora, de nuestro amable
pensador, es la que consagrara a su patria, Le Perou contemporain.
Es una obra fuerte de medula, y que indica un vigor de espíritu y un estudio
tan sólido y de trascendencia, que se diría de años mayores. La obra está
escrita, a pesar de la particularidad patriótica, bajo un concepto universal, y
puede ser leída con interés en cualquier parte, pues su fondo filosófico, su
hondura ideológica, llamarán la atención, a no importa qué hombre de
pensamiento, en todo lugar del mundo. La sagacidad de intelecto de esta
«cabeza», que no sólo pertenece al Perú, sino a todo el continente, se une al
vigor y a la rapidez con que abarca y profundiza cualquier cuestión de interés
humano. En tales especulaciones, y siguiendo cada cual su ideal mental y su
modalidad, se junta con Rodó y con Sanin Cano.
Para contrapesar en la balanza psíquica el valor de
tales especialísimos mediums habría que poner, es
indiscutible, en el platillo opuesto un buen número de toneladas de perlas y de
rosas.
SANTIAGO RUSIÑOL
Ved aquí al catalán de los jardines, príncipe en el
país de Bohemia, de una Bohemia de oro, de lindos colores, de sutiles letras y
de «hierros viejos». Con su cabeza gris y su barba de roi-chevalier,
atesora y comunica juventud, y con su arte fino, su palabra suave y animadora a
un tiempo, su sonrisa fraterna con sus pares, subyugadora con todos, va
llevando su corona de gloria con la misma descuidada naturalidad que su fieltro
característico, en el cual no podríais suponer un invisible penacho, sino una
pluma de seda.
Pinta y escribe y sabe de muchas disciplinas, como
los artistas del Renacimiento. Y mucha música íntima y mucha poesía encuentra
el observador meditativo en su pintura, como mucha sutileza y gracia pictórica
en sus prosas, en que el pensador artista deja ver su alma profunda y delicada.
Comunicar con Rusiñol es una fiesta para el
espíritu. Yo me he complacido con tales momentos, ya en su morada principesca
de Sitges, ya en la corte madrileña, ya en la divina isla de Mallorca, en la
múltiple Barcelona, en este París que él ama y que le ha sonreído.
¡Sus jardines de España! Los días pasados, Pérez de
Ayala, que hace cantos bellos, hizo uno muy bello. Como al tamborilero de
Provenza, eso debe habérsele ocurrido alguna tarde «que vió cantar
a Rusiñol...» Pues cantan esos jardines de pintura con sus ramas de verde, sus
acordes de oros y rojos, sus árboles ojivales, sus fuentes en que vibra el
cristal fugaz de la pluma de agua.
SANTIAGO RUSIÑOL
Tengo a la vista una serie de planchas coloreadas
de esos hechiceros jardines, que son, como dice el gran Santiago el «paisatge
posat en vers, i els versos escrits en plantes... versos vius, versos am saba i
amb aroma» y se diría que en la [33]transposición
están la misma vida, la misma armonía y el mismo perfume que en el propio
paraíso vegetal. Son los dulces vergeles mallorquines, con sus aguas, sus
arquitecturas, sus rosales, los edenes moriscos de Granada; arcadas, templetes,
floralias casi religiosas; árboles como ramilletes, como pinceles, como
obeliscos; macizos arcos como en el Caminal de rosers de
Aranjuez; bóvedas de verdura; «les grands jets d'eau sveltes parmi les
marbres», a la verlainiana caricia de la Luna, pues en plena tierra del
Mediodía pone Rusiñol, a veces, escenarios de fiesta galante. La Raixa de
Mallorca que evoca algo de romano; visiones del Generalife, con sus canales,
sus arbustos en flor, sus tiestos como cálices; o el Pati de l'Alberca,
en Granada, en cuyo fondo, reflejado por el espejo del estanque, parece fuera a
surgir alguna figura de Zobeida, de Leila, o de Lindaraja; o bien los viejos
cipreses o los bouquets de almendros en flor, que
primorosamente nieva o sonrosa la primavera mallorquina; o esa Glorieta de
la bailarina, que es como una decoración de poema; y el fantástico Recó
de boixos granadino; y esa prodigiosa «arquitectura verde» de Granada,
en donde parece que por obra de Alah—¡sobre él la plegaria y la[34] paz!—se
animase una princesa de las Mil y una noches, por ejemplo, Dulce Amiga, y
recitase estas estrofas del poeta:
«¿Vas a escapar lejos de mi, ¡oh, pura sangre de mi
corazón! tú, cuyo lugar está en este corazón adolorido, entre mi pecho y mis
entrañas?—¡Ah! te suplico, oh Tú, el Clemente sin límites, reunir lo que está
separado, Tú, el generoso que distribuyes a tu placer los beneficios humanos.»
¿Y ese Jardi del pirata en
Mallorca, con sus terrazas vecinas, su fuente redonda, su horizonte marino? ¿Y
el altar de flors y el Jardi clasic y
la Glorieta de Aranjuez, que recuerda el Templo del Amor
versallés; y El Laberinte de Barcelona, con sus verdes en
sordina, sus azules angélicos, sus fanfarrias ocres del fondo, sus recortados
macizos y su ambiente al par lírico y galante? ¿Y tantos poemas que siguen,
todos un encanto para los ojos y para el alma?
En horas secas, complázcome en abrir esta provisión
de sueños, y al son de estas flautas y liras de la vista, por obra de Rusiñol,
se me abre un edén de ruiseñores, y mi instante aburrido florece y se encanta.
O bien, para pensar o sonreír, con razonada[35] tristeza o gentil y filosófico humor, leo algún
libro o comedia del autor de Oracions y de El Mistich,
en su catalán original, aunque haga algún esfuerzo, por más que Gregorio
Martínez Sierra haya realizado la difícil y hermosa tarea de verter al
castellano la prosa exquisita de nuestro amigo victorioso.
FEDERICO GAMBOA
Paso a paso, ganado a puro cerebro y a puro
carácter, Federico Gamboa ha llegado a uno de los más altos puestos del
Gobierno de su país: a la Cancillería mejicana. Hablando de su desaparecido
hermano José María, y de él mismo, escribía hace años en su Diario:
«Secreta satisfacción de vernos él y yo ascendiendo por nosotros mismos, sin
ayudas que nos enrojezcan, ni apoyos que nos avergüencen o humillen».
No habrá uno solo de sus compatriotas que no
aplauda su reciente nombramiento, pues sus principios siempre han estado
basados, ante todo, en un profundo amor a su Patria. Oid sus palabras:[38] «La idea de Patria—la Patria en forma de carta
geográfica a veces, y a veces en abstracción luminosa—, acariciándome de
lejos... Desligamiento con gobernantes y partidos políticos...» Esto demuestra
la razón de las generales simpatías. Ni al César mismo—ese César anciano y
fuera del poder, a quien habrá que aplaudir por las enormes etapas de progreso
que hizo adelantar a Méjico—se acercó nunca Federico Gamboa con bajas
adulaciones o súplicas de granjería. El verdadero valor del nuevo ministro de
Relaciones exteriores de los Estados unidos mejicanos es completamente individual:
lo constituyen el talento, su nobleza de espíritu, su voluntad, una limpia,
larga y honrosa carrera diplomática, y un alto nombre literario, que contribuye
a la gloria de su país.
¿Quién que conozca al Sr. Gamboa no está seguro de
que sus prestigios morales e intelectuales no contribuirán a pacificar y a
hacer brillar en una nueva era la Nación, cuyos intereses internacionales hoy
le toca dirigir? Mas, hablaré de su obra literaria, que es lo que con mi
competencia mejor se aviene.
Es ante todo Gamboa independiente y personal: «Mis
escritos y mis actos siempre obedecieron a[39] mis
propias inspiraciones». Pocas páginas autobiográficas más decisivas y más
conmovedoras que la dedicatoria de Mi diario: «para mi hijo; para
cuando sepa leer», páginas de gran literatura y de gran corazón ordenado: Le
cœur a son ordre, dice Pascal.
Sabe del mundo, sabe de la vida, lo cual es decir
que sabe de amor y de dolor. Y una vasta piedad impregna toda su obra.
Yo le conocí en Buenos Aires, en la tertulia
literaria de Rafael Obligado. Ya había publicado sus Esbozos
contemporáneos, Del natural y Apariencias. Se encontraba al
frente de la legación mejicana como encargado de Negocios, por ausencia del
ministro Sánchez Azcona. El ingenio y el charme personal de
Gamboa le hacían grato a todos. Allí dió a la imprenta su volumen de Impresiones
y recuerdos. Después vendrán, ya alejado de la República Argentina, Suprema
ley, Metamorfosis, Santa, Reconquista y
dos volúmenes del Diario. En estos días debe aparecer La
llaga, por la Casa «Renacimiento», de Madrid. Todo esto, recuerdos y
novelas, fuera de su labor para el teatro. En todo terreno ha recogido aplausos
y laureles. Su estilo es castizo en dicción y libre en ideas. Su filosofía es
sana y alta; y si alguna vez hubiese vacilado[40] en
sus creencias, la experiencia vital y el misterioso influjo de lo divino le han
apuntalado el alma. Por ello, en el fondo de sus novelas, de sus obras
dramáticas, hay mucho de reconfortante. «Las novelas de usted me hacen
meditar—le escribía en una ocasión aquel brillante espíritu que se llamó
Gustavo Baz—; y guarde usted este elogio que, sobre ser sincero, viene de un
lector asiduo de Balzac y de un comentador escuchado de Stendhal.» Y el sutil
Domingo Estrada, entre otros entusiásticos juicios: «Metamorfosis, al
menos bajo ciertos puntos de vista, puede compararse con las mejores novelas de
Pereda, de Valera y de Pérez Galdós». Y más adelante: «El secreto del encanto
que su libro produce, y que hace que no se pueda dejarlo de la mano una vez
comenzada su lectura (yo me he pasado cuatro noches sin poner un pie en la
calle; ¡en París!...), finca principalmente en el estilo. No conozco otro que
sea más sencillo sin vulgaridad, más imaginado sin pedantería, más elegante sin
esfuerzo».
No es Federico Gamboa de aquellos pensadores
meritorios de quienes se pueda temer que por los cuidados y pasiones, por la
política, abandonen la labor mental, que constituye lo más característico[41] de su personalidad. El hombre de estado cumplirá
como bueno sus tareas, y su discreción y su conocimiento de los graves asuntos
en que habrá de ejercitar su pericia no han de quitarle ni la vivacidad y
frescura del ingenio, ni el pensamiento creador ni el intelletto
d'amore para su pasión artística.
Otras obras vendrán, llenas de amor humano y de fe
en la suprema idea, que enriquecerán mayormente el acervo intelectual de su
patria mejicana, o mejor dicho de nuestra América, otras novelas, otras obras
para el teatro; y otros posteriores volúmenes de ese Diario, tan
lleno de ideas, tan interesantemente anecdótico y que fué dedicado desde su
primer tomo a un mi joven amigo que ya sabe más que leer... el hijo
amado, Miguel Félix Gamboa y Sagaceta.
AMADO NERVO
En varias ocasiones he escrito sobre la singular
personalidad de Amado Nervo, y siempre con igual simpatía y con el mismo intelleto
d'amore. ¡Ha sido tan gentil compañero de sueños, en nuestro París amado,
hace ya tanto tiempo! ¡Y es tan sutil poeta, tan comprensivo artista y tan
dulce filósofo! Con decir que a pesar de los medios a que necesariamente
conduce la diplomacia, su espíritu y su corazón de sensitivo no han sido
contaminados por las promiscuidades de la carrera...
Yo no leeré nunca sin cierta emoción el libro
titulado El éxodo y las flores del camino, en el cual,[44] entre versos deliciosos y prosas llenas del
encanto de la juventud y del prestigio de un buen arte, recuerda, en conceptos
ya de humor, ya de melancolía, nuestras horas parisienses, nuestra amistad con
curiosos ejemplares de humanidad, y la persecución de los favores de Nuestra
Señora y Reina la Belleza.
La evolución de Nervo, desde Místicas y
Perlas Negras hasta sus últimas producciones de piadosa, o
irónica—¡muy suavemente!—filosofía, y sus poemas cortos y sentimentales en que
un gran dolor, de los íntimos y profundos, le ha hecho producir rítmicos y
trémulos sollozos y llantos, es de un gran interés en el conocimiento de su
personalidad intelectual. Una faz nueva se le ha reconocido: sus aficiones a
los estudios astronómicos, disciplina que se aviene convenientemente con los
vuelos líricos y las excursiones, en que el pegásico ímpetu es el conductor.
Su antigua fe había tomado en los
últimos tiempos un vago tinte dubitativo; mas el buen maestro Dolor le ha hecho
de nuevo recordar la senda azul. Y luego, siendo favorecido por la Lira, tendrá
siempre tiempo de ver reflorecer la primavera, con ojos, si conocedores de los
lacerantes duelos, siempre[45] brillantes al
resurgir de las auroras y al inmortal llamamiento de las esperanzas. El poeta
está intacto. No es Amado Nervo el que la duquesa conoce, el que la marquesa
invita a almorzar, el que tiene ya honrosamente marchitos los oros de su casaca
diplomática. El sabe bien que en los salones, y sobre todo delante de sus
colegas—como no sean de la familia apolínea—no está bien confesar intimidades
con las Piérides, ni proclamar afección al viejo y sagrado laurel, a menos de
ser poeta como tal excelentísimo señor ministro, que lo mismo confecciona un
soneto circunstancial que pone asombro en los más intrépidos jugadores de bridge.
¿Sabrá el bridge ya Amado Nervo?...
Lo que sí sabe y sabrá siempre, es infundir en sus
versos, que se visten de sencillez y de claridad como las horas de cristal que
anuncian la paz de los amables días, un misterio delicado y comunicativo que
nos pone en contacto con el mundo armonioso que crea su voluntad intensa.
A veces, se creería en un desmayo de energía o en
un desvío de forma. No hay nada de eso. Los conocedores saben lo que hay que
saber, para llegar a conmover lo hondo de nuestro sensorio con los
procedimientos menos complicados, más sim[46]ples y
transparentes. Todo ello está, por cierto, lejos de la pirotecnia verbal, y de
los descoyuntamientos de pianista que suelen tomarse como distintivos de una
fuerza poética incontestable, y que se achaca al influjo de un
modernismo—llamémosle así—que no hizo bien sino a quienes se lo merecían.
Una particularidad que he advertido en Amado Nervo,
desde sus obras de comienzo, es un vago soplo bíblico que suele hacerse
percibir en estrofas, que se dirían acompañadas de música sacra.
No olvidaré nunca la Semana Santa que pasara en
París, allá por el tiempo de la Exposición, en constante compañía del pintor
Henri de Groux, de otro pintor mejicano, de un joven gallardo aficionado al
teatro, también mejicano, y de Amado Nervo. Una noche, este soñador se nos
desapareció, y hartos de buscarle en los lugares que solíamos frecuentar, se me
ocurrió indicar que probablemente le encontraríamos en una de las iglesias en
donde, por las sagradas celebraciones, se cantaba canto llano y se sonaban órganos
sabios. Le buscamos, pues, en varias de ellas, y por fin le encontramos, lleno
de fervor místico-artístico, en Notre-Dame, adonde había llegado después de
recorrer[47] Saint-Severin, la capilla de la
Sorbonne, Val de Grâce, Saint-Sulpice, hasta que fué a recalar en la Catedral
que, según un hugólatra, es la H del nom de Hugo.
Había que oir, en aquel tiempo, a Amado Nervo, a
quien yo llamara fraile, o monje del arte. Su unción, su saber de cosas
religiosas, su aire mismo, daban idea de un admirable oblato, de un seguidor de
Huysmans, a quien desde luego el mejicano ponía sobre su cabeza. ¡Todo pasa, en
verdad, y la juventud más pronto que todo! De aquellos años quedaron para el
poeta los versos, imperecederos, y un amor, perecedero, cual la triste carne
que Dios nos dió como armadura, frágil armadura, ante lo inevitable. El poeta
ha clamado trenos y elegías. ¡Mas es suya el alba de oro!
ENRIQUE RODRIGUEZ LARRETA
Cuando el autor de La Gloria de Don Ramiro publicó,
para gloria suya, esa obra admirable que le dió fama rápida y triunfante en
todo el mundo literario, yo me llené de entusiasmo, y escribí en España, donde
a la sazón me encontraba, un artículo que expresaba mi sentir, ante ese
esfuerzo que honra, no sólo a la República Argentina, sino a todo nuestro
continente. Y decíale al Sr. Larreta, entre otros conceptos, que las únicas
cosas que le faltaban para la victoria completa eran la hostilidad y el ataque
consecuentes, y se diría indispensables, a toda realización superior. Ello vino
a su[50] tiempo, y sin más consecuencias que la de
consagrar la solidez de la obra.
¿Qué más podría desear el autor de La
Gloria de Don Ramiro? Encono de letras semejante habría que buscarlo, en
los últimos tiempos, en los panfletos contra la obra y la
personalidad de Hugo, y que él resumía en el dístico que comienza:
Voici le triple aspect de cet homme féroce...
Yo no conocía al Sr. Larreta, sino por haber
conversado con él dos o tres veces, hará cerca de veinte años, en el antiguo
Ateneo de Buenos Aires. Luego publicó una bella nouvelle de
reconstrucción histórica en la Biblioteca, revista que dirigía la
autoridad de M. Paul Groussac. Ya en ese tiempo se hablaba de que tenía el
joven escritor una novela en preparación que le costaba largos estudios, y en
la cual aparecería la personalidad de Santa Rosa de Lima. El plan se llevó a
cabo más tarde. Ya sabemos que la mística flor peruana perfuma, en el final de
la obra combatida y victoriosa, la muerte de Don Ramiro.
Es notorio que el autor argentino es un gran señor
y un diplomático que ayuda al prestigio de[51] su
país. En París—le habré visitado, a sus amables instancias, unas tres o cuatro
veces—, sin descuidar sus tareas oficiales, cultiva en sus vagares las letras y
las artes. He recordado a su propósito al autor de Zanoni, a un
Irving, a un Valera, a un Salvador Bermúdez de Castro. El Sr. Larreta, que es
joven, que tiene la felicidad en su noble hogar, en su alto puesto, en su salud
excelente, en su renombre universal, posee junto con su gran talento una
crecida fortuna. Ello es imperdonable. El homo sapiens, que es
el lupus hobbesiano, se eriza ante semejante anomalía,
protesta y se indigna. Al hombre muy rico, o simplemente rico, se le pueden
admitir, cuando más, como a Chatelain o MM. de Rotschild, obras mediocres. Lo
demás es un abuso de la suerte o una parcialidad manifiesta de la Omnipotencia.
Pero el Sr. Larreta, que no tiene la culpa de su excepción, debe sonreír y
seguir adelante.
Escritores europeos como M. Remy de Gourmont, M.
Maurice Barrés, M. Henri Roujon, M. Paul Adam, etc., han dicho las excelencias
del único trabajo publicado en volumen por el señor Larreta. La versión
francesa hecha por el primero de esos escritores, da una idea al lector ex[52]tranjero de lo que puede ser fundamentalmente la novela
en su idioma original. Pero las calidades de esa escritura flaubertiana, de que
tanto se ha hablado, tan solamente las podemos apreciar los artistas y
conocedores de nuestra lengua.
Intelectualmente, el autor de La Gloria de
Don Ramiro está entre las pocas dominantes figuras de Hispano-América.
Su libro es, en su género, con la honesta abuelita María del
colombiano Isaacs, lo mejor que en asunto de novelas ha producido nuestra
literatura neomundial. Hágase algo superior, y Larreta pasará a segundo
término.
Entre tanto...
LEOPOLDO LUGONES
He visto los comienzos de este otro y
americano Spectacle magnifique. Enorme suma de condiciones geniales
apoyadas por la más potente y sana voluntad. Encontrábame en lo vivo de mi
sabida campaña intelectual, en la querida gran ciudad de Buenos Aires, cuando
un día se presentó en nuestra vibradora hermandad del Ateneo un joven que, al
mostrar sus credenciales rimadas, fué considerado ya triunfante. ¡Un astro! nos
comunicamos todos, con el gentil entusiasmo que allí animaba a coetáneos y
menores. Nuestra unanimidad vaticinó cosas grandes. Para saludar tal orto
escogí la más sonante y dorada de mis trompetas. Y todas las previsio[54]nes tenidas se han ido cumpliendo. La obra de Leopoldo
Lugones es, según la expresión de uno de sus críticos, vasta y bella
como una creación natural, o bien, como una vasta serie panorámica
de montañas. En verdad, las que han atraído mayormente en esa encantada
cordillera, son, por el brillo de sus cumbres, por la riqueza de sus entrañas,
por más de un misterio cabalístico, o miliunanchesco, las montañas del
oro. Fijaos bien en las otras alturas: hay amontonamientos de rocas, entre
las cuales históricas ruinas; hay colinas fértiles, con pequeñas ciudades,
jardines y quioscos de arte; hay aglomeraciones de fábricas con chimeneas y
casas de veinte pisos como las de los yanquis; hay intrincadas y sabias
arquitecturas, y abajo, la extensa pampa con sus bíblicos ganados. Pero las
Montañas del Oro, que conocen bien tan sólo los simbades del castellano,
montañas que consagrará la primavera, y en donde tiene su palacio la juventud,
digo en verdad que atraerán siempre a todos los buscadores de milagro y
cateadores de poesía. ¡Aureo, bravo, caro Lugones! Vigoroso por temperamento,
nutrido de los mejores saberes y remiso en toda aplastadora apretura escolar,
desde muy temprano supo aprovechar el don, rarísimo si se[55] mira
bien, de la autocomprensión y valorizamiento propio. Tal, por mayor suma de
aristocracias, se denunciara anarquista de los más encendidos. La violencia del
color—¡Aplaudido sea el profeta!—fué con el tiempo comida por el sol, no sin
que hoy subsista el nato combativo caza-coronas y amigo de la República
francesa, a pesar de las Españas ancestrales.
Antiguamente decían
a los Lugones, Lunones,
por venir estos varones
del gran castillo. Y tenían
de Luna los sus blasones.
Su genealogía mental—¡por Dios, siempre
descendemos, o ascendemos de alguien, y ha existido el Adán literario!—¿le
emparenta con cuáles antecesores? Pero ningún espíritu encuentro más fraternal
para el suyo que el de Edgar Poe—tanto en todo va buscando su equilibrio
nuestra balanza continental. ¿Mas, a donde no llega la vista, a cualquiera de
los puntos cardinales que se dirija, desde la cumbre de sus montañas?
Listo para todos los combates, apolíneo, hercúleo,
perséico, davídico, ello transmutado en sangre neomundial, su iniciación en la
orden del Arte, queda como un acontecimiento en la historia del[56] pensamiento
hispanoamericano, y no es uno de mis menores orgullos el haberme tocado ser, en
días floridos, Anquises de tal Marcelo.
Todo conquistado: renombre, respeto y consideración
en los propios patrios sanedrines, admiración y afecto entre sus iguales. Todo,
hasta el denuesto regocijador y la parodia plausible. Todo, menos la verdadera
comprensión de ciertas cosas suyas al lado de las cuales se ha pasado sin
penetrar lo que dentro se contiene. Mas, ¿desde cuando es comunicado a todos
el sckiboleth?
La obra primigenia de tal héroe, cuyo análisis sea
para estudiosos y minuciosos críticos, háceme pensar en las adolescencias
proféticas, en una pérdida y encuentro, no en el templo entre los doctores,
sino en el bosque entre los leones. Hay allí, sobre todo, un infuso
conocimiento de cosas inmemoriales que se ha transmitido a través de innúmeras
generaciones, y que hace vagamente reconocerse, apenas, con algún
rarísimo contemporáneo, en un rápido choque de miradas, o en la
similitud de interpretación de un gesto, de un signo, de una palabra.
Ya en la tarea de ideas, revélase la inagotable
mina verbal, la facultad enciclopédica, el dominio[57] absoluto
del instrumento y la preponderancia del don principal y distintivo: la fuerza.
Propaganda patriótica, ciencia civil, historia, cuento, enseñanza, discurso
ocasional, todo es pletórico, todo está lleno de vital y viril fuerza. Verdad
que oiréis un son de flauta en los Crepúsculos del Jardín. Acordaos del
Polifemo que canta Teócrito y Poussin pinta. Y luego: ¿Quid dulcius
melle et quid fortius leone? ¿No habían vibrado antes en una lengua de
potente amor versos capaces de encender estatuas?
No creo yo que en nuestras tierras de América haya
hoy personalidad superior a la de Leopoldo Lugones, quien antes de llegar al
medio del camino de la vida, se ha levantado ya inconmovible pedestal para el
futuro monumento. Las Montañas del Oro, Los crepúsculos del
jardín, El imperio jesuítico, La guerra gaucha, Las
fuerzas extrañas, Lunario sentimental, Piedras
liminares, Didáctica, Prometeo, Odas
seculares.
Allá en la lejana Córdoba del Plata, una anciana
tiembla aún de temeroso gozo maternal. ¡Misia Custodia, qué nombre el de usted,
para ser llevado en la Catedral de las glorias argentinas!...
ENRIQUE GOMEZ CARRILLO
En una de las muchas cartas que conservo del Sr.
Gómez Carrillo—de un interés para más tarde—, hay una en que me agradece el
haber venido a París. ¿Cómo fué ello? Ya lo he contado alguna vez. Dirigía yo,
allá por el año de 1890, en Guatemala, un diario: El Correo de la Tarde.
Un día se presentó con unos trabajos un joven, muy joven, de un moreno dorado,
de copiosos cabellos y ojos de soñador, y que manejaba ya cierta sonrisa
caprichosa, con cuyas consecuencias habría de cargar yo mismo pasando el
tiempo. Intimamos. Y entonces yo señalé el camino de París.
¡El camino de París! ¿Sabría Gómez Carrillo que era
el de su tierra prometida? Cierto que en él, por su madre, había sangre
francesa; pero su padre, historiador notorio y escritor de cepa castiza, era de
puro origen español, severo en dogmas de gramática y de bien decir, y con
entronques aristocráticos en la Península. Era, pues, quizás, el camino de
Madrid el que hubiese tomado, sin mi dichosa intervención, el futuro autor de
tanto libro de prosa danzante, preciosa y armoniosa, que había de ser tenido después
como un parisiense adoptado, y alabado por escritores de renombre en esta
capital de las capitales. Llegó a París a luchas y luchó. Luchó primero en la
inevitable Casa de Garnier Frères. ¿Quién diría que el escritor sutil y
libérrimo hubiera colaborado en la seria y académica tarea de hacer un
diccionario?
Pronto el guatemalteco se saturó de París. Su
primera producción, una plaquete hoy inencontrable, a punto de
que creo que el propio autor no la tiene, suda el más amizclado y enfermizo de
los Parises por todas sus letras. Llegado en pleno hervor simbolista, Gómez
Carrillo había ya conocido a todos los dioses, semidioses y corifeos del
movimiento. Era amigo de Verlaine, de Moreas, de[63] Reynaud,
de Duplessis, de todos los concurrentes a las comidas y reuniones de La
Plume.
ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO
Su cultura aumentó día por día en este ambiente de
arte; y, relacionado con España, comenzó a escribir en la Prensa de Madrid, tan
constante y brillantemente, que le han llamado «Príncipe de los cronistas».
Entró con el tiempo a formar parte del cuerpo de corresponsales de La
Nación de Buenos Aires, y su producción adquirió mayores quilates.
Se dedicó, por higiene, a la esgrima, y esas
prácticas le convirtieron en uno de los más conocidos duelistas parisienses.
Conoce varias armas, y creo que también el box.
En su obra pasada prevalecen, junto con un
inesperado sentimentalismo que se diría romántico, mucha modernidad, la
euritmia, las elegancias femeninas, la danza, los personajes de la «comedia»
italiana, la anécdota maliciosa, la conversación con sus amigos célebres, la
ironía, el halago, la perversidad, el goce, todo lleno de una sutileza francesa
de modo que se diría escrito, o por lo menos pensado en francés, en parisiense.
Luego llegaron sus libros de viajes, que le
hicieron considerar como el Loti castellano, pues apare[64]cieron
dones de penetración, afinidades filosóficas, calma y serenidad, además de sus
condiciones de paisajista y descriptor, dueño de una rica paleta, y siempre
vibrante ante el espectáculo artístico o la figura sugestiva. Su libro sobre
Grecia señaló principalmente la nueva manera. Y su libro sobre la Tierra Santa,
adonde hiciera recientemente una visita, es, a mi entender, lo más firme, lo
más sentido, lo más meditado y estudiado de toda su obra; pues quizás, así
fuese por un momento, influencias ancestrales despertaron en él la verdadera
emoción y la seguridad ideal, sin lo cual nada se escribe de duradero y de
firme. Y realizó un bello, armonioso y erudito libro. Es un escritor dichoso.
¡Antes de aparecer su obra, un obispo de Colombia
le ha excomulgado! Lo cual hará para Jerusalén y la Tierra Santa una
singular propaganda.
Le han prologado y alabado sus libros, escritores
como Paul, Adam, Jean Moreas, Emile Faguet, Catulle Mendes, Vicenti, Cortón,
quien estas líneas escribe, y otros nombres más. ¡Si este diablo de hombre
quisiese, aun después de la excomunión, le prologaría ahora un cardenal!
El Gobierno francés le hizo caballero de la Legión
de Honor.
RICARDO ROJAS
Poned a esta cabeza un turbante de seda, y diréis
ser la de un joven maharadja; un fez, y tendriais a un noble egipcio. De la
India, del Igipto, de Ceylán, de Oriente en su aspecto; y ello no os
sorprenderá, puesto que sabéis de las discusiones sobre las relaciones
orientales prehistóricas, entre los aborígenes americanos y los pueblos de
Oriente: La cabeza de Ricardo Rojas, la cabeza física, es la de un cacique. A
él ello le complace, pues alienta y vive de su América. Un espíritu seductor y
un poeta gentil, Eduardo Talero, cuando Ricardo Rojas se preparaba para venir
Europa, exclamaba: «¿El poeta Rojas en Europa?... ¿Qué va a[66] hacer?
¿Por qué exponerse a que las grisetas del bulevar lo miren de hito en hito, sin
sospechar que bajo el color oliva de su rostro hierve el aceite de una lámpara
de oro, y que bajo esas fibras de carbón adusto al peine yacen en huacas de
indio las cristalizaciones del sol más linajudo de la tierra? A Rojas, como a
los demás poetas bien raigales, debía la República coronarles de roble y
ñandubay, y en vez de permitirles estas excursiones por Europa, ponerles en lo
mas intrincado de la selva a recoger mieles líricas en los panales y los nidos,
a ver de olvidar lo que aprendieron en la escuela y a ponerse en acecho de los
sátiros y mafirihadas aborígenes».—«¡Ah!—Contesta Ricardo Rojas, desde París,
no sin tristeza siquier dominada por su preexistente carácter—¡si la República
coronara de roble y de ñandubay a sus poetas, no buscaran ellos en el éxodo y
las peregrinaciones azarosas el lenitivo de sus secretas amarguras, ni
recurrieran, para el sustento del camino a la producción forzada y premiosa,
que, si no malogra, retarda al menos la obra donde florece el genio de una
raza!»—Y luego... «Yo procuré ser útil a mi patria y digno de ella en el
extranjero. Yo no llevé mi ofrenda de mirra salvaje a la casa de los pontífices[67] literarios. Yo desdeñé el elogio fácil de
los maîtres que ignoraban mi idioma. Yo me acerqué a hombres y
monumentos con tal independencia mental, que mis opiniones de meteco sublevaron
algo una protesta. Yo dije a públicos del viejo mundo las esperanzas del nuevo.
Yo torné más alto y puro mi corazón ante las nobles figuras del arte clásico.
Yo admiré de Europa la razón secular de su cultura, e inspirándome en ella,
prediqué a mis lectores del Plata un evangelio de belleza...; la devoción al
ideal como contrapeso a los esplendores materiales. Ahí reside para mí la
diferencia entre las viejas y las nuevas civilizaciones, y al admirar de estas
sociedades la tradición civil de su cultura, no lo hice en detrimento de las
cosas nativas: antes bien, procuré dar nueva vida a ese culto europeo del ideal
como la pasión americana de mi alma, que enardeció la ausencia.» Este es el
hombre. Y al conocerle os conquistan bondad y talento. Y la primera condición
¡cuán rara ahora en un intelectual! Su pensar crece ampliamente. Consagrado al
culto patrio, lucha porque se mantenga el principio nacionalista a través de
las invasiones que el mundo todo envía a la proficua tierra argentina. Su
americanismo y su patrio[68]tismo tienen muchos puntos de
contacto con los del gran cubano Martí. El trabaja en lo que llama su
«evangelización idealista», y dotado del don pedagógico inculca sus enseñanzas
en la generación universitaria que le escucha. Todo eso en el comienzo de su
camino.
Hace cinco años, en el manoir de
Boultous, después de haber yo hecho la presentación del poeta argentino al
príncipe lírico de las analogías y de las imágenes en lengua francesa, al
grande y bueno Saint-Pol-Roux, llamado el magnífico en los bellos tiempos del
simbolismo francés, nos pusimos a hablar, durante el almuerzo y a la hora del
champaña, de nuestras respectivas edades. Y al decir Ricardo Rojas la suya, una
palabra brota de labios del maître de réans, de la
señora de Saint-Pol-Roux, linda y gentil, de los hijos, Divine, Coecilian,
Loredan; y esa misma palabra era: ¡Bravo! Se aplaudía, como un bello verso o
como una música amable, la confesión de la más lozana juventud.
En plena juventud, pues, trabaja ese cultivador de
ideales y constructor de sueños. La producción que ha dado ya, garantiza para
mañana copiosas y firmes obras. Pocos como él poseen igual[69] suma
de inquebrantables y nobles deseos y esa virtud de consagración, sin aportar
constante brega o sacrificio para llegar al punto ambicionado, que no es sino,
en los señalados, una etapa que inicia nuevos caminos y ascensiones.
Sus calidades de pensador y de estudioso y sus
disposiciones catedráticas, se advierte en obras como La restauración
nacionalista, la introducción a la Bibliografía de
Sarmiento, y el excelente libro sobre el abolengo de los argentinos
titulado: Blasón de plata. Asimismo, en sus Cartas de
Europa, hábil, documentada y nutrida labor de periodismo, pero en donde,
como en todo lo de Rojas, encontraréis de pronto el poder lírico, el tender a
la trascendencia, y una armoniosa y aun elocuente riqueza verbal. Y a esto no
dejéis de agregar la emoción, pues él también es un sentimental, un sensible y
un sensitivo.
En estas líneas, concentradas y sintéticas, no
quiero ni puedo hablaros de sus procedimientos, de sus parentescos mentales, de
su técnica. Ello conviene a otra clase de estudio. El poeta se inició con La
Victoria del hombre, obra poemal que no se avenía con mis gustos, pero en
la cual hallé, como me acontece con cualquier obra de cual[70]quier
escuela o de cualquier autor, la parte de belleza que podía satisfacerme y que
podía admirar. Luego he leído Los lises del blasón, libro de un
excelente artífice, exquisito y frío, trabajado y pulido, y en el cual se
siente el dominio de la forma, erudición poética, y voluntaria o involuntaria
fuerza de asimilación. ¿Mas en quién, aun entre los mas grandes, no encontrar
un antecedente o semejanza en el prodigioso universo de la Lira?
Este libro de poesías me ha hecho pasar gratos
momentos; no seré yo quien se detenga a señalar lo que por completo no
satisfaga. Sólo afirmaré que si peca, es por exceso en el deseo de perfección,
o por dilectantismo en los descuidos. Marmóreo, amador de lo clásico, moderno,
sapiente o «funambulesco», quien ha escrito esos versos es un apolonida, un
prestigioso tocador del instrumento divino. Yo me precio de comprender su
espíritu y de admirar su feliz consagración. Mucho debo también a sus gallardos
entusiasmos y a su afecto. Gongora, Banville, Montesquieu, celebrarían más de
una de sus ejecuciones. ¿Y quién no alabará a quien en su retiro compuso esos
poemas, varios como las cosas y los días, en loa del Amor, de la Amistad, de la
Belleza, de la Patria, que[71] fueron tregua y
ornamento en medio de la vida amarga y bella? Vendrán frutos de mayor jugo y
más completa sazón; vendrán productos más temperados y de vastas proyecciones;
pero el frescor de las horas primaverales permanecerá en las cosechas primigenias.
Hay un soneto final en el volumen en que me ocupo,
que hace ver un Ricardo Rojas supersticioso, como cumple a un verdadero
interrogador de los misterios del mundo. Tratan esos catorce versos de la
malhadada profecía de una gitana, que al probar en el poeta su saber
quiromántico, interpretó el fatídico signo de una muerte temprana:
Deme esa triste dicha de perecer mañana
La Lívida que acecha mi paso en el camino,
Cuando aún mi carne llore por el arte divino
Y arda mi alma en la lumbre de su pasión humana.
Corte el hilo invisible de mi vida su diente,
Antes que se marchite la rosa de mi frente;
Mas concédame, al menos, en mi destino raro,
Realizar en el mundo la visión de mis sueños,
Que es dejar a otra frente mi corona de ensueños,
Y mi amor en el ritmo de poema preclaro.
Las gitanas, como todas las sibilas, suelen con
bastante frecuencia equivocarse, y el poeta tiene posiblemente en su vigor de
voluntad el secreto de[72] su vivir. Después
de Los lises del blasón, después de El Libro de Perséphone,
después de La Sangre del Sol, dos libros, estos últimos, que aun no
conozco, han de venir otros más firmes y melodiosos poemas. Y el patriótico
idealista completará también la tarea para la que ha nacido.
MANUEL UGARTE
El Sr. Manuel Ugarte, tan ventajosa y profusamente
conocido en la Prensa hispanoamericana, en España, en el elemento socialista de
Francia; que ha sido un ferviente adorador de las musas y de las gracias; que
recientísimamente ha publicado un libro de gran resonancia, que ha tenido
comentadores hasta en el lejano Japón, El porvenir de la América latina,
recorre hoy los países de nuestro continente e islas castellanas, dando en
conferencias voces de alarma, señalando, gesto complementario
de su doctrina opuesta, el peligro yanqui. Ya en Cuba, y a pesar de que ha
mentado la soga en[74] casa del ahorcado, fué
recibido con la usual ferviente gentileza que, para los escritores extranjeros
tienen los hombres de letras cubanos. Los merecimientos de Manuel Ugarte harán,
desde luego, que en todos los países que visite sea acogido con fraternal
cordialidad.
Supongo que las prédicas del nuevo cruzado
expondrán y desarrollarán el espíritu de su libro, que él llama sencillo, pero
que no lo es tanto como su modestia lo declara. Hay en él ideas, estilo,
entusiasmo, y, hasta el águila de la cubierta, que lleva en las garras el
pabellón de los Estados Unidos, había de llamar la atención sobre todo al
yanqui. Así fué que, en la tierra de los dólares, fué examinada o combatida su
obra, mayor y más detenidamente que en ninguna otra parte. Tal libro es un
libro de buena fe, que diría Montaigne, un libro que, para el ideal
que sostiene, hacía falta. El grito de alarma se había dado ya líricamente.
Vargas Vila, entre otros, había lanzado terribles clamores; José Martí, más de
una vez, había dicho cosas bellas y proféticas sobre el acecho de los hombres
del Norte. Yo mismo, hace ya bastante tiempo, lancé a Mr. Roosevelt, el fuerte
cazador, un trompetazo, por otra parte inofensivo. Pero esas son cosas[75] de poetas. El volumen de Manuel Ugarte es trabajo
de estudioso, con observaciones felices, erudición, método, y, aunque el autor
no lo quiera, literatura. Y, sobre todo, ha sido un volumen sensacional.
Todo ello es hermoso, plausible y meritorio.
«Claro está—dice Manuel Ugarte—que todo grito de
polémica tiene que levantar objeciones. Unos censurarán la desconfianza que
nace acaso de la contradicción, entre el valor inapreciable de nuestro porvenir
y la debilidad que nos imposibilita para defenderlo. Sois, nos dirán, como el
niño que ha cogido una mariposa y la aprieta en el hueco de la mano a riesgo de
destruirla. Otros criticarán el optimismo, brote espontáneo de una concepción
batalladora y enérgica de la vida. Los más hostiles pondrán en tela de juicio
el interés del estudio. Los más hábiles le darán un alcance que no tiene. Éstos
le motejarán de antipatriótico. Aquéllos verán en él un síntoma de
imperialismo. Y condenada aquí a una circulación silenciosa por las
conspiraciones inútiles, levantada allá por las olas confusas de las
divergencias, la obra estará siempre lejos de conseguir una aprobación
unánime.» Yo no soy de los hostiles, y digo: el libro es interesan[76]te, muy interesante. Aplaudo el optimismo, porque es
bello y saludable. Celebro la intención romántica y generosa. Y después de
aplaudir el libro, aplaudo el viaje. Pero... en cuanto a los resultados, me
declaro absolutamente pesimista. Unos pueblos en donde el dólar impera ya,
están contentísimos según parece. Y en los otros, hay quienes tienen envidia a
los primeros, y desean que el monstruo les devore. «Conozco al monstruo porque
he vivido mucho tiempo en sus entrañas», decía José Martí, desde New-York. Y
los pueblos enfermos parece que dijesen: «Señor monstruo, le
damos las gracias, puesto que nos va a comer en salsa de oro».
Por lo que toca al autor y oral propagandista, no
es detalle secundario lo que se diga de él. Y yo digo que, aunque el porvenir
de la América Latina sea el previsto fatalmente, Manuel Ugarte, con sus
esfuerzos en el libro, en la Sorbona y en el viaje, habrá ganado el mejor
laurel para su cabeza.
ANGEL ZARRAGA
Llegó de tierra mejicana a Europa joven, muy joven.
Escribía versos, pintaba cuadros, estaba lleno de
ilusiones de gloria.
Los versos y las pinturas revelaban un hermoso y
fresco talento, en el cual se encontraba una cuidada cultura, la decisión y la
pasión del artista nacido y la chispa americana.
Se fué a la madre patria, a España; los versos
fueron poco a poco quedando en segundo término y Angel Zárraga, como poseído de
su verdadera vocación, buscó a los maestros pintores peninsulares,[78] visitó y estudió el Museo del Prado, entró al
taller del admirable técnico que es Sorolla; aprendió todo lo que pudo
aprender; se relacionó con los intelectuales, fué íntimo de Valle Inclán, de
los Baroja; se unió a los jóvenes que hoy brillan en el arte español. Luego fué
a Bélgica, ensayó tales o cuales novedades, neo-impresionismo, divisionismo;
dejó piafar su juventud ansiosa. La reflexión llegó, y cambió los nuevos
buscadores por los viejos maestros. Quintín, Metsys, Memling, todos los grandes
flamencos fueron admirados y comprendidos por el hijo del país azteca, que
lleva sangre vasca en las venas. En Holanda conoció y trató a más de un raro de
la pintura, como ese misterioso y singular Toorop, sobre quien se diría ha
soplado una ráfaga venida de las entrañas de la antigua India. Luego, Angel
Zárraga pasó a Italia, y fué encantado por la más maravillosa y deleitable
música de los ojos, con los poderosos creadores del Renacimiento, con los
príncipes del dibujo y reyes del color, con los suntuosos y soberbios
decoradores de iglesias y palacios que dejaron a los siglos sus tesoros de
gracia y fuerza pictóricas. Mas no fueron solamente los italianos, sino otros
grandes de otras partes quienes prefiriera su deseo de perfeccionamiento. Y así[79] ha escrito Rodolfo Panichi: «Il Rembrandt, il
Morone, il Tintoretto, il Velázquez, il Goya, sono i veri maestri che lo
Zárraga ha nell' ánima e nell' ochio, ed egli si pone il principio che, coi
mezzi meravigliosi dei Veneti del decimosesto secolo e degli Spagnuoli del
decimosettimo si possa esprimere tutta la complessità e l'inquietudine della
vita contemporanea. Egli trascura pertanto ogni artificio di tecnica moderna,
riescendo ad ottenere una luminositá composta, una intonazione gradevole e
poetica, alla quale tuttavia i suoi studi sulla divisione e sovraposizione del
colore devono avergli giovato notevolmente. Cosi, se c'e talora nei suoi lavori
un senso di manierismo nella distribuzione delle parti principali, e di
convenzionalismo negli accessori che ricordano le composizioni del nostro
risorgimento, egli resta però psicologicamente indipendente». Y es lo cierto
que, de su incursión por el espíritu del arte moderno, han resultado obras que
tienen una característica, un sello personal inconfundible en figuras
magistrales, sólo que, como lo hace notar el mismo Panichi, el tipo de los
campos es distinto, «es el país castellano, son los contornos de Toledo y de
Segovia los que el pintor siente y reproduce: un país lleno de[80] melancolía
y de tristeza...» En España ha encontrado Zárraga muchas de sus figuras. La
vieja que ora, arrugada y triste de una pena secular; La mala
consejera, la celestina de cara de buho, junto a la muchacha rozagante,
carne de vicio; La bailarina desnuda y la trotaconventos maternal; La
mendiga y la vieja del rosario y El Tríptico de las
dos mozas ferrosas y el viejo del escapulario, apretado, amojamado, pero
viviente de su vida sórdida, devota y tradicional.
¡Y las lindas figuras femeninas de Angel Zárraga!
La del Don, Marta y María, ascetismo y voluptuosidad; el otro
cálido desnudo de la Alegoría del Otoño, cuadro digno de los buenos
tiempos de Venecia; un precioso retrato de adolescente; la dama arrodillada
ante el San Sebastián, un tanto paganizado del Voto, que se expuso
en el pasado Salón de Otoño; la hembra de la femme et le pantin; y,
sobre todos, esa maravillosa Novia, cuadro que con sus dos desnudos
es un canto misterioso a la arcilla ideal, al hechizo enigmático de
la mujer, y que, vagamente sugiere en la simbólica Granada entreabierta, el
arcano amoroso y la iniciación de las iniciaciones. Paso a paso, consciente y
con seguridad, va Angel Zárraga camino de la gloria.
ALBERTO DEL SOLAR
La Real Academia Española, que acaba de abrir sus
puertas al escritor chileno Alberto del Solar en calidad de miembro
correspondiente, ha realizado un acto de completa justicia. Ha tiempo que el
autor de tantos libros plausibles, que acaban de aparecer compilados en una
bella edición de Obras Completas, era merecedor de tal homenaje.
Fuera de sus méritos de novelista, de narrador, de poeta, de autor dramático,
ha sido siempre cultivador de la tradición castiza de nuestra lengua, y no ha
transigido ni aun con la singular costumbre, que creo que se debe a D. Andrés
Bello, de usar la i latina como conjunción en los casos en que todos usamos[82] la y griega o ye. Va
bien, pues, Del Solar, entre los que tienen por especial misión limpiar, fijar
y dar esplendor al idioma castellano.
Una de las particularidades que distinguen a
Alberto del Solar es su americanismo, demostrado desde antaño. Desde sus
recuerdos sobre la guerra del Pacífico, en la cual, siendo muy joven, tomó
parte por mar y por tierra, hasta sus últimos trabajos, casi todos, todos puede
decirse, se refieren a nuestra América, y principalmente a Chile, su patria, o
a la República Argentina, patria de sus hijos.
En esos recuerdos a que me he referido brilla un
vibrante amor de la tierra natal, y de sus glorias, y se habla con palabras de
verdad y de entusiasmo—«yo vi, yo estaba allí»—del heroísmo del soldado
chileno, de su terribleza y de su resistencia. Y no hay, desde luego, ninguna
manifestación de odio o rencor al enemigo. En la novela Huincahual,
que pasa en tiempos del antiguo Arauco, y que habría regocijado a Marmontel y
logrado la aprobación de Chateaubriand, se trata de luchas y amores entre
personajes de las razas contrarias: la conquistadora y la autóctona. La
narración es clara, sencilla, con justa y precisa erudición, como[83] que se apoyaba el autor en documentos del eminente
americanista Medina, y de un interés sostenido y atrayente. «Me ha gustado e
interesado tanto, que pienso hablar de ella cuando hable de otras novelas
hispanoamericanas», escribía D. Juan Valera.
En Rastaquouere, otra novela, trabaja
Del Solar en materia contemporánea y graciosísima; está muy galanamente
escrita, y contiene muchas y muy saludables enseñanzas.
La novela Contra la marea, entusiasmó a
poetas como Rafael Obligado, cuando fué leída en reuniones literarias en casa
de ese noble e ilustre amigo; yo asistí a algunas durante mi permanencia en
Buenos Aires. Es también labor americana, de ambiente argentino, y en ella,
como en El Faro, otra novela escrita sin que conociese el
autor La Tour d'Amour, de Rachilde, aparece uno de los elementos
que ejercen mayor atracción en la facultad imaginativa y creadora de Alberto
del Solar: el mar.
En las concertadas líneas de esta «cabeza» no
podría ni someramente juzgar ni presentar toda la obra ya numerosa de mi
eminente amigo. Alguna vez—hace ya años—expresé mis elogiosos pensares en el
prólogo de uno de sus libros. Hoy[84] podría agregar
que ha contribuído a la formación del teatro nacional argentino, con la
presentación de más de una obra celebrada a pesar de lo dificultoso de la
empresa. De su comedia El doctor Morris, que creo se ha
representado también en inglés, decía el poeta Díaz Romero: «Es una de las
obras de teatro más seductoras que se hayan representado en este país». Y
de El Faro, Chacabuco y otros trabajos se han
hecho los juicios más satisfactorios.
Mucho habría que decir del crítico, del
conferencista, de algún excelente ensayo de historia; mas ello no cabría sino
en líneas mayores. Debo, sin embargo, hablar del poeta. Y aquí volveré a
recordar cómo aviva su fantasía, y le mueve a expresarse métrica, sonoramente
la vasta influencia oceánica, advertida desde su infancia en la pintoresca y
encantadora Valparaíso. Cuando aparecieron en La Nación, de Buenos
Aires, versos de Del Solar, el hecho causó asombro. Sus colegas de la prosa se
asombraron: ante los mundanos y ante los de los millones perdió méritos; los
poetas, celosos de su ciudad sagrada, le exigieron el schiboleth.
Con todos ellos supo entenderse; y al publicar recientemente su poema El
Diamante azul, en que siempre apare[85]ce la
prodigiosa Thalassa, se ha visto que se trata de un verdadero lírico, conocedor
de nuestro parnaso y de los grandes poetas ingleses, y cuya factura de corte
clásico no le impide vuelos muy modernos, pegaso y aeroplano. Páginas
entusiásticas se han escrito sobre ese hermoso poema—entre ellas una notable de
Luis Berisso—, y en ellas se alaba el dominio de la expresión y la fuerza
imaginativa. Yo he leído con detención esos resonantes y ágiles versos que
expresan un significativo «mito» y que juntan la gracia de las ficciones y
metamorfosis antiguas a un tema que no puede ser más real, en las férreas y
mecánicas tragedias de nuestros días: el naufragio del Titanic. Una
leyenda comentada por los diarios a raíz de la pérdida de aquel colosal barco,
dió motivo a que Del Solar escribiese su conmovedora y musical obra, y el poema
surgió, digno del poeta y de la poesía.
JACINTO OCTAVIO PICON
La reciente elección de la Real Academia Española
ha sido, con justicia, muy bien recibida en los círculos intelectuales. El
elemento antineo se ha sentido con gran regocijo; pues hubo lucha en el reino
gramatical, y, sin la oportuna llegada de votos importantes como Galdós y
Sellés, es casi seguro que hubiera triunfado el candidato conservador, el
eminente anónimo D. Angel María Decarrete. Picón es un espíritu simpáticamente
vivaz, uno de los mejores escritores de su país y un gentleman cuya
corrección se viste de amabilidad: hice, pues, mi visita a Picón.
Yo no le conocía personalmente; no obstante,[88] un académico siempre tiene ante nuestra
imaginación cierta gravedad doctoral: así, mi sorpresa, al ser presentado, no
pudo disimularse: nada de lo imaginado, ¡ni siquiera anteojos! En su garçonniére,
donde preside el más discreto y elegante gusto en el arreglo y decoración, vive
entre libros y obras de arte: viudo que parece más joven que sus hijos ya
hombres. Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus
libros viejos para saber y decir cosas nuevas. Al mirar, los ojos finos parecen
que registran las intenciones; el ademán es franco y noble, el apretón de manos
da la sensación de la sinceridad. Es afectuoso y varonil, sin melosidades
falsas ni chinerías de fórmulas. A poco, ya estamos viendo una nueva edición
del Quijote hecha en Inglaterra; y con tal causa admiro su
conversación erudita, su pericia de bibliófilo y su seguridad crítica. Me
muestra buena parte de sus libros raros, de sus ejemplares preciosos, con
orgullo de buen artesano que supiera la calidad de sus útiles, con el aire de
un maestro de armas que enseñase sus mejores espadas y floretes. Ya es un
curiosísimo libro de refranes, ya un Quevedo que tuvo entre sus manos la
censura de la Inquisición, con versos y estrofas[89] tachados,
que en las ediciones posteriores, o están reemplazados por puntos suspensivos,
o suprimidos; o ya por mostrar lo que es el lujo aristocrático de la tipografía
española, volúmenes de Monfort, de la imprenta real, o de Sancha.
—«¿Un cigarrillo?»
Tengo que confesar, con verdadero encogimiento, que
me es extraño el
Agréable tabac, charmant amusement
Qui d'un langage muet entretient en fumant,
como dice el ramplón rimador del Portrait
Universel; y como se sorprendiese—¡Un americano que no fuma!—sostengo el
honor de nuestro continente citando a nuestros más ilustres fumadores,
comenzando con el general Mitre.
Le pregunto algo sobre la recepción en la Academia
y cuándo se verificaría.—«Vea usted—me dice—, ha sido costumbre generalmente
adoptada en este Instituto, que los académicos elegidos dejen pasar tres,
cuatro, cinco y hasta nueve años para ingresar en sesión pública y pronunciar
el discurso de reglamento. Yo pienso hacerlo probablemente a principios de año,
quizá en el próximo marzo. Y me salgo de la regla por varias razones, y no es
la[90] menor el que sea D. Juan Valera quien tenga
que contestarme. Nuestro D. Juan está, aunque todavía fuerte, en una edad muy
avanzada, ciego: y una enfermedad a sus años, por leve que fuera, le impediría
ocupar su puesto en mi recepción. Confieso que prefiero salirme de la costumbre
académica a privarme de la honra y el placer de que sea Valera quien me reciba
al ocupar mi sillón. Además... (y aquí no sé si sea indiscreto como amigo,
aunque lleno mi labor de periodista, al reproducir las palabras del Sr. Picón),
además, los neos se han portado muy mal conmigo en esta emergencia. Los
académicos que me apoyaban, habían anteriormente ayudado a la elección de un
candidato conservador, con la condición de que mi candidatura no encontraría
obstáculo de parte de aquéllos. Pues bien, ahora, si he podido vencer, ha sido
con la oposición de ellos, y gracias a que dos votos que faltaban llegaron a
tiempo, haciendo viaje exprofeso Galdós de Santander y Sellés de Portugal, en
donde a la sazón se encontraban. Quiero, pues, entrar pronto y ocupar el puesto
que me corresponde entre los de filiación; contribuir a evitar algunas cosas y
a realizar otras...»
Yo miraba a aquel hombre nervioso, vibrante[91] de intelectualidad, en lo más firme de sus años,
extranjero entre calvas y «pelucas», y recordaba sus páginas valientes de arte
y de idea; sus varios pinchazos a la misma Academia, como aquella graciosa nota
de un capítulo de Dulce y sabrosa: «El autor había escrito manguitos.
La Academia dice mangotes. ¡Paciencia!»; su libertad de juicio, su
continuo volar hacia adelante sin perder por esto sus adoraciones antiguas y
cultos clásicos; sus declaraciones de partidario del progreso moderno y hasta
sus audacias de socialista; y frases como aquella que en un prólogo suyo le
declara «soldado raso, contra todas las ideas casi vencidas de lo pasado y a
favor de las esperanzas de lo porvenir, no triunfantes todavía». No llega,
pues, con las simpatías de los inmortales ortodoxos. Mas puede decir al entrar
las palabras de Warburton a lord Sandwich: Orthodoxy my Lord, is my
doxy.
—Lo que será reñido—le dije—, es la elección de
presidente, que debe estar próxima, pues el conde de Cheste enfermo, y cerca de
los cien años, deberá tener pronto reemplazante.
—Sí. Los neos querrán imponer a su candidato y
nosotros haremos lo posible por impedirlo.
—Pero usted atacaría a Menéndez y Pelayo—le
pregunté, pensando en el más meritorio del grupo conservador.
—No se trata de Menéndez y Pelayo. Marcelino, que,
con su alto pensar y su inmenso saber, no se ha sujetado al cenáculo
intransigente, ni se ha prestado a ciertas combinaciones, es ahora poco
simpático a una parte de los académicos de su partido. Así es que, al llegar el
momento de elegir sucesor al conde de Cheste, como habría disidencia al
tratarse de Menéndez y Pelayo, todos por unanimidad votarán a Pidal.
—Debe estar usted muy satisfecho de ir a ocupar el
sillón de Castelar.
—Ciertamente, y en esto saldré también de los usos
de la Academia: en que no haré el exordio acostumbrado sino que, como
«Castelar» es el tema de mi discurso, entraré llanamente a hablar de Castelar y
su obra, tal como yo pienso del asunto. Para eso estoy leyendo todo lo que
sobre Castelar se ha escrito. Fuí muy amigo suyo. Ha sido el último de nuestros
grandes estadistas. Hombres, así, soñadores o no, nos hacen falta...
Aquí la conversación entró en otro terreno. Dos
diamantes de energía pasaron por los ojos pene[93]trantes.
Era el hombre amante de su pobre patria venida a menos; el conocedor de las
desgracias actuales y de sus causas.
—Ha venido usted a vernos en momentos terribles
para España. Ha caído nuestra amada y grande España muy abajo; y lo peor es la
espantosa enfermedad nueva aquí, que ha atacado a esta tierra: la conformidad,
la indiferencia con el desastre, el encogimiento de hombros ante la ruina. Crea
usted: aquí no nos hacen falta inteligencias, no estamos necesitados de
talentos que se encuentran a cada paso: lo que no tenemos son voluntades, la
abulia es la adolencia actual nuestra.
La antigua alma española ha sufrido como una
transformación. Antes se habría puesto el pecho al frente, se habría luchado
por la reconstrucción del perdido poderío; se habrían multiplicado los
esfuerzos. Hoy, apenas se oye el levantamiento de iniciativas individuales. Y
el primero en impedirlas es el Gobierno. Por un lado apatía, por otro políticas
dañosas y descuido de los verdaderos intereses del pueblo español; saque usted
la consecuencia.
Y nuestro eterno enemigo: ¡el expediente! El
papelerio cierra el paso a toda obra, desde la más ele[94]vada
hasta la más modesta. ¿Cómo va a prosperar España si lo primero que hay que
pasar, para la menor cosa que implique un adelanto, es una montaña de
expedientes y ríos de tinta oficinesca? Voy a contar a usted un caso:
En cierta provincia hubo un individuo que quiso
dotar al pueblo de su residencia con una cañería. Creyó que para hacer aquel
bien municipal le bastaría con su dinero y con su buena voluntad, y encargó los
tubos y materiales necesarios para llevar a cabo la obra. Pero sucede que,
junto al pueblo de que hablo hay una carretera, y precisamente bajo esa
carretera debía pasar la cañería que conduciría el agua a la población.
Comenzaron los trabajos, pero como había que remover el terreno de la
carretera, la Autoridad manifestó al vecino generoso que tenía que pedir el
permiso necesario para continuar la obra. Se dirigió al Ministro y en el
Ministerio se tardaron largos días para, por último, ponerle «pase a la Junta
consultiva»: la tal Junta consultiva envió a su vez, después de un tiempo
enorme gastado, el expediente a otra Comisión, creo que de ingenieros
oficiales. Allí la cosa tardó no sé cuántos meses, para pasar después a la
Junta y al Ministerio, y ¡no sé a dónde más! Resumen:[95] mientras
los papeles iban de Herodes a Pilatos, los materiales de la cañería se
arruinaron; el pueblo no tuvo agua, el vecino gastó su dinero y su paciencia;
¡pero triunfó el papel sellado!
Toqué el punto de la intelectualidad, del trabajo
mental, de la producción literaria. No se manifestó Picón muy optimista. Desde
luego, al hablar de la crítica expresó más o menos—con gran placer de mi
parte—, ideas, opiniones y observaciones iguales o semejantes a las que os he
comunicado ya. Pero, llamáronme bastante la atención revelaciones como ésta:
que aquí no puede haber crítica imparcial, o con simples preocupaciones de
arte, por razones de pura consideración personal y a veces hasta de caridad...
Un autor publica un libro, cuando no es un escritor rico, para tener que echar
algo al flaco puchero de su casa. Ese autor tiene familia, mujer, hijos; conoce
a todo el mundo y todo el mundo le conoce, pues en el de las letras se vive en
Madrid como en familia, y el crítico que «pega un palo», como dicen aquí, al
libro de aquel autor, sabe que contribuirá al hambre de muchos inocentes.
(Desde luego, yo tenía deseos de observarle a este propósito que en la campaña
argentina se necesitan brazos y se hacen fortunas.)
Lo propio que con los autores acontece con los
cómicos. Una infeliz tiple que sostiene con sus sacrificios artísticos a su
familia, tiene de su parte el buen corazón de la crítica, que no querrá
evitarla los garbanzos. Luego, críticos y autores se ven a cada paso y son más
o menos amigos. «Si Clarín residiera en la Corte y no en
Oviedo, le aseguro que no escribiría con la independencia relativa con que
escribe.»
Y esto traía a mi recuerdo el aspecto de la mayor
parte de los «luchadores por la vida» o struggleforlifers de
la pluma que circulan por Madrid en situaciones lamentables. La perpetua
preocupación del «sablista» en los artículos satíricos y caricaturas, las
levitas melancólicas, los sombreros imposibles, la indumentaria toda
amargamente reveladora en el gremio. ¡Ah! los felices que logran seis duros en
un periódico por un artículo. ¡Ah! los que hablan de cosas fabulosas, entre
envidiosos y asombrados: «¿Sabe usted cuánto le pagan a Valera por artículo?
¡treinta duros!» «¿Sabe usted cuánto gana Cávia al mes? ¡Una barbaridad!» ¿Y el
joven que mira la suerte del autor de teatro que logra triunfar, lo cual
constituye ciertamente una verdadera ganga, y se lanza a buscar su Eldorado de
las[97] tablas con una pieza que no le han de
representar nunca? ¿Y el soñador infeliz que tiene que contentarse—¡y
gracias!—con dejarse de literaturas y reportear largo y tendido por doce o
quince duros mensuales?
Tal pensaba al despedirme del nuevo académico, al
salir de su encantadora casita de rico, donde se da los lujos que le vienen en
antojo y compra estampas raras y ediciones princeps.
Su obra es ya considerable, desde sus Apuntes
para la historia de la caricatura, hasta su valioso volumen sobre Velázquez
recién publicado, en la crítica de arte, y desde Lázaro hasta
sus Novelitas. Pero para mí, y para todo el que tenga el gusto de
lo humano y de lo pulcro, aparece como el más preciado fruto de su árbol
literario esa Dulce y sabrosa, manzana de Garcilaso, novela de
maestro, figuración llena de vida y hechizo. Libro es ese en que se nos
presenta el deseo incontenido de lo lejano, de lo que no poseemos, de lo
difícil, antes que el deseo de lo imposible, tan íntimo en los artistas. Dulce
y sabrosa es la mujer amada, lograda y dejada; pero que luego en poder
ajeno despierta una nueva ansia de posesión y arrastra hasta la locura por
conseguirla. Todos hemos tenido nuestra[98] Cristeta;
todos en lo hondo de nuestro pecho somos un poco Todellas. Y esa fabulación
sencilla y vestida de una realidad que admite una confrontación inmediata, deja
al gustarlo una grata sensación de descanso. Jamás un final semejante ha
establecido más bellamente la libertad del amor como cuando acaba «esta entre
verídica e imaginada historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo
pospone al deseo de ser amada». En lo que respecta al estilo, Picón es castizo
hasta la medula, pero con una cultura moderna como la suya, junta a los
donaires y elegancias de sus viejos autores la manera de describir, por
ejemplo, y de sentir ciertas cosas, que poseen los maestros contemporáneos de
las literaturas extranjeras. Lo que constituye una característica suya, su
especialidad, es el modo cómo penetra el arte y cómo agrega, con elementos
plásticos, a la arquitectura de su obra, singulares bizarrías y gracias. Tanto
más que, por haber leído seguramente mucho a los místicos españoles, hay en el
alma de su discurso, casi a cada paso, un ímpetu espiritual, un deseo de vuelo,
un querer y un aspirar a la altura, que en pocos escritores contemporáneos se
pueden hallar en España. No es un incrédulo este liberal. Cree, ¡al contrario!,
en la eterna[99] Divinidad, esto es, en la eterna
justicia, en la eterna bondad y en la eterna belleza. Por eso se deleita en la
construcción de sus ensueños de regeneración social, quiere a los infelices de
abajo, y canta los besos y celebra las «batallas de amor en campo de pluma» con
las mujeres hermosas.
FRAY CRESCENTE ERRAZURIS
Esta cabeza religiosa está llena de cordura, de
ciencia, de erudición y de sutileza. Es una de las más fuertes de Chile. Si
estáis ante él, sus miradas agudas penetrarán hasta lo mas hondo de vuestras
intenciones. Si os enseña, tendréis que aprender mucho en saberes humanos y
divinos. Si queréis ser su contrincante, tendréis que prepararos a la derrota.
No solamente se ha ejercitado en disciplinas teológicas y de religión, conforme
con su vocación y estado, sino que se ha nutrido de letras profanas, de acuerdo
con San Buenaventura o San Gregorio Nacianceno, San Juan Damasceno u Orí[102]genes. Podría, como Sedulio, ser llamado vir
scholasticissimus.
Cuenta ya largos años de vida, y ha dado a su
patria vigorosos productos de su entendimiento, y habiéndola servido en el
siglo, continúa en el claustro dándole lustre y sana gloria.
Se dedicó a los estudios históricos, y ello me hace
recordar el párrafo en que Cicerón habla de que: «uno de los principales
deberes de los Pontífices máximos de la antigua Roma, era el escribir lo que se
llamaba «grandes anales», y ponerlos de manifiesto en su casa, para que todo el
mundo tuviese la libertad de tomar lo que quisiera de aquel tesoro de la
república».
La Memoria sobre Seis años de la historia
de Chile, dió al P. Errazuris fama de concienzudo narrador y escritor
gallardo. El Sr. Huneeus Gana dice de esta obra, en su libro sobre la
producción intelectual de Chile, que es «por su extensión, y también por su
prolijidad, uno de los libros de mayor erudición histórica que conocemos, sobre
sucesos parciales y épocas determinadas. Abraza la narración fidedigna y
comprobada, escrupulosa y completa, de los días mas aciagos y sangrientos de
toda la Era colonial (23 de diciembre de 1598[103] a
9 de abril de 1605), es decir, desde la muerte del lamentado gobernador D.
Martín García Oñez de Loyola, hasta la segunda llegada del gobernador D. Alonso
García Ramón». Y agrega con justificado entusiasmo el Sr. Huneeus: «Esta
narración, que atraviesa el campo áspero y luctuoso de una de las epopeyas más
sangrientas y heroicas de la Humanidad, que refiere minuciosamente las jornadas
homéricas y casi increíbles de Curalaba y Cadeguala, y que narra con serenidad
la espantable destrucción de Villarrica, y las sublimes heroicidades que allí
desplegaron vencidos y vencedores; este libro, que resume, en fin, el período
álgido y crítico de la guerra inmortal entre españoles y araucanos, y que
parece más la obra de un valiente soldado escritor que la de un fraile
literato, debe considerarse, en justicia, como la obra histórica de más empuje
y de más vigorosa unidad que se ha escrito sobre período alguno de nuestra vida
colonial». Tales palabras se justifican con el conocimiento de la labor fuerte,
elegante y minuciosa de ese estudioso admirable, a quien la soledad y el retiro
dará mayor concentración para sus actividades mentales. Ya sus Orígenes
de la iglesia Chilena, que le dan el puesto de un Baronio hispa[104]noamericano, afianzaron su autoridad y su prestigio.
Fr. Crescente será más tarde un clásico, por su estilo lleno de pulcritud y
elegancia, y porque todo en su obra es ordenado. El ha seguido bien la palabra
de San Agustín: Illud a me accipiatis volo. Si quis temere de sine
ordine disciplinarum inrerum cognitionem audet irruere, pro studioso illum
curiosum pro docto credulum, pro cauto incredulum fieri.
En la Historia del pensamiento en Chile siempre
surge alguna figura sacerdotal. Desde el ocurrente P. López, el P. Escudero,
Fr. Manuel Oteira, cada cual con sus méritos y sus defectos de época y de
temperamento, el historiador P. Ovalle, el jesuíta P. Diego de Rosales, Fr.
Juan de Jesús María, el P. Suárez de Vidaurre, y los jesuítas Pastor, Olivares,
Bel, Ceballos, Ferrufino, Caldera, Rivadeneira, Sobriño, el P. Miguel de
Olivares, S. J. historiador, el famoso abate Molina, que escribió en italiano,
el obispo Lizarraga, los frailes Oré, también obispos, como Fr. R. Jacinto
Jorquera y Fr. G. de Villarroel, el P. P. de Torres, Fr. Alonso Briceño, y
otros cuantos notables, como el P. Lacunza, Fr. Antonio Aguilar, el P. Parra y
Fr. J. Ramírez, citados por Huneeus, hasta el gran Fr. Camilo Henriquez, Fr.
Melchor[105] Martínez, hasta los Eizaguirre,
Valdivieso, Salas, Orrego, Casanova, Fernández Concha, Donoso, Jara el
crisóstomo, Taforó y otros más, la Iglesia chilena ha tenido activa y
aquilatada representación en la intelectualidad del país. Y entre todos resalta
con aspecto singular y señalado Fr. Crescente Errazuris, con sus ancestrales
cualidades vascas y sus particularidades del carácter nacional, que hacen de él
«un hombre», incrustado en un ministro del catolicismo.
Y Chile, su patria le respeta y le admira.
EUGENIO GARZON
Caballeros, he aquí un caballero. Caballero probado
en los combates de su tierra uruguaya, caballero de la pluma, caballero de los
salones; y con todo eso: quel charmant Garzón!
Su padre fué un bravo, aquel general Garzón de las
guerras patrióticas, que en la historia del Uruguay es figura épica, y que ha
pintado tan bellamente la palabra del crisóstomo Zorrilla de San Martín. El Sr.
D. Eugenio Garzón nació para hermosas empresas, que ha llevado a término con su
carácter reflexivo y firme, y su talento de diplomático prodigioso. Este último
adjetivo no es mío, es de ese famoso director de diario—¡saludad!—que[108] se llama M. Gaston Calmette... «Notre
collaborateur mérite tous nos remerciements et tous vos applaudissements. Son
œuvre patriotique est splendide, presque feerique: il a rapproche deux
continents! Il a uni les republiques sud-americaines à la republique française,
avec une même capitale: Paris. Dont vous avez fait votre ville d'adoption, en
même temps que vous faisiez du Figaro votre journal de
predilection... Je vous dedande de feter ce diplomate prodigieux...»
Diplomático prodigioso. Él ha contado su aventura
figaresca en frases de sabroso humor, en que vemos cómo su paciencia tesonera
logra el triunfo. ¡Y qué triunfo! El ilustre ministro de la República
Argentina, Sr. Rodríguez Larreta, ha dicho de la obra de Eugenio Garzón en
el Figaro, por cierto en un francés amable que intentaré
traducir... «es una obra de arte y una obra maestra de tacto, de noble
sagacidad y de previsión. No os extrañéis si ella produce en ciertos espíritus
la ilusión engañadora de la facilidad, como tantas otras obras maestras».
Una vez lograda la toma de la fortaleza de
Villemessant, de Magnard, de Calmatte, he allí a quien yo llamara en otra
ocasión el gaucho-dandy, en la[109] prosecución de
su proficua labor. Y ella es en su apariencia, sencilla, y en sus resultados,
formidable. Son unos pequeños telegramas, llenos de cifras; unos pequeños
telegramas que dicen al mundo de los negocios y de las grandes empresas
económicas, el estado de progreso, de vitalidad, de las repúblicas
hispanoamericanas, especialmente de aquellas que han logrado grandeza y
prestigio por el desarrollo de su trabajo y de su riqueza. Y esos telegramitas
se ven en los mercados de Europa con un admirable termómetro financiero. De
cuando en cuando, un personaje de nuestros países llega a París, y Eugenio
Garzón conversa con él, y expone en el Figaro miras y
proyectos patrióticos. Y hay en el expositor una serena ecuanimidad, prudencia,
mesura, tacto, claridad y habilidad. Luego Eugenio Garzón es un solicitado
elemento en la vida social de las colonias hispanoamericanas. Sabidos son su
don de gentes, su dandismo discreto, sus facultades singulares de causeur y
la multiplicidad de sus vinculaciones amistosas, pues quien le trata una vez
queda sujeto al charme de ese gentil filósofo de «monocle» que
nos favorece con el bienhechor contagio de su optimismo.
¿Y el escritor? Probado ha sido en el Río de la[110] Plata en los entreveros de la polémica política,
en las bregas del diarismo. Mas siempre ha cultivado con esmero su jardín
literario, y un libro ruidoso, sobre el archiduque enigmático Jean Orth, le dió
no hace mucho tiempo renombre europeo, o, mejor dicho, universal. Tiene por
publicar La entraña del boulevard, libro parisiense escrito por un
psicólogo y un estilista que no ha perdido la savia criolla, a pesar de sus
asimilaciones de París. Mundial publica un capítulo de esa
obra, y allí se podrán apreciar las condiciones de nervio y brillo que
caracterizan las prosas producidas por esa «cabeza». Su figura es de aquellas
que llaman la atención al presentarse, y nada podría yo decir mejor de lo que
contiene este párrafo del Sr. Larreta: «Su persona evoca para mí todo lo que en
la vieja España servía para distinguir desde lejos la sangre noble y el honor.
Creo ver a veces en sus espaldas el negro manto de velludo, con la cruz de
Santiago o de Calatrava bordada sobre el lado izquierdo en seda roja. Cuando
anda, pienso en el rumor de las espuelas de oro de los antiguos caballeros de
Castilla; y si lleva ahora «monocle» es, sin duda, porque ese trozo de cristal
hace levantar la cabeza con el mismo gesto altivo e imponente que suscitaba[111] en el rostro la pluma caprichosa que rodeaba el
sombrero y caía hacia atrás». Ello vale por la figura de un soneto de Heredia;
y Eugenio Garzón es merecedor de tal homenaje.
Célibe—¡Garzón para su garçonniere!—es
admirador de las damas hermosas, gusta de las obras de arte, de las grandes
empresas, de los altos ideales, de la elegancia, de la cordura, de la
distinción. Es sobrio y abstemio. Y realiza este prodigio: tener sus mejores
amigos entre políticos, banqueros y poetas.
POLÍTICOS
S. M. EL REY DON ALFONSO XIII
Al entrar en el salón de recepciones—se lo
explicará el lector fácilmente—el poeta prevaleció sobre el ministro. Aquella
pompa, aquella ceremonia, aquel joven descendiente de los más gloriosos reyes,
fueron, por unos instantes, la Historia. Como es costumbre en la corte de
España—costumbre que, a pesar de todo, han infringido algunos talentosos y
verbosos hispanoamericanos—, no pronuncian discurso ante el Rey sino los
embajadores. Yo dije dos palabras para entregar mis credenciales, y luego,
pronto estuvo Don Alfonso en conversación conmigo. ¿Podría juzgarlo por esa
vez? Desde luego que no. Todos sabemos las preparaciones del Protocolo. Pero,
en otras ocasiones, sea que[116] hablase conmigo,
sea que se dirigiese a otros diplomáticos al lado mío, pude darme cuenta de la
seguridad y cordura con que trata cualquier asunto que inicia. El retrato que
en pocas palabras ha hecho de él un observador como el famoso M. Paoli, es de
una absoluta exactitud: «Sa haute et fine silhouette s'accusait avec une
élégante aisance dans un complet gris clair; un large sourire éclairait son
visage fortement hâle, son visage imberbe d'adolescent qu'ornaid un grand nez à
la barbe courbe bourbonienne, cumpé en bec d'aigle entre deux yeux très noirs,
pleins de flamme et de malice». Y luego la impresión oficial: «Quelle ne fut
pas ma surprise, ensuite, lorsque, à Orléans, où l'on avait fixé la première
étape officielle, je le vis apparaître, cette fois, en gran uniforme de
capitaine général, la physionomie empreinte d'une singulière noblesse, la
démarche altière, imposant à toux le respect, par l'impressionnante dignité qui
se dégageait de sa personne, ayant le mot juste pour chacun, souceux des
moindres nuances de l'étiquette, évoluant, causant, souriant au milieu des
uniformes chamarrés, avec une aisance souveraine, montrant du premier coup
qu'il connaissait mieux que quiconque son métier de roi». Su oficio de rey.[117] Arduo oficio en los días actuales. Porque la
mayoría de las gentes no ven sino la parte dorada y legendaria de esas vidas
principales. No saben los cuidados y las inquietudes de hombres que hay en esos
personajes simbólicos que encarnan a los pueblos. Por eso es absurda, sobre
todo, la ciega preocupación anarquista.
Generalmente se quiere ver en el Rey de España un
rey sportmant por su conocida afición a los ejercicios
físicos. Ya he dicho en otra ocasión a ese respecto lo siguiente:
La educación del Rey fué como correspondía. Se
procuró, sin fatigar su espíritu, darle una cultura apropiada, y teniendo muy
en cuenta la poca fortaleza de sus primeros años, se tendió a su mejoramiento
progresivo físico, al cultivo prudente y eficaz del corpore sano.
De ahí que desde niño se haya aficionado a toda clase de deportes, sin
menoscabo de sus condiciones intelectuales y sin descuido de una instrucción
tan metódica como variada. Los principales principios científicos y literarios,
la historia y las disciplinas militares le fueron inculcados. Inútil decir que
la religión tuvo la mejor parte, en quien debía ostentar el hispánico y
consagrado título de S. M. Católica, y en quien tuvo[118] por
padrino al Pontífice León XIII. Una vez en el caso de tomar esposa, eligió a la
bella princesa protestante que, convertida al Catolicismo, trajo sus prestigios
y encantos al Palacio de Madrid. Entre la reina Cristina, maternalmente
amorosa, austera y tradicional, y la reina Victoria, primaveral, reina de
cuento azul, se alza la figura del rey joven, mirando hacia el porvenir en los
comienzos del siglo XX. Es un rey caballero. Es un rey gentleman.
No es un rey fanático, ni un rey del pasado. Es de su instante histórico, sin
perder natural y felizmente el antiguo e invariable concepto de la jerarquía,
base de todo Gobierno monárquico. Ama el aire libre, la agilidad, el vigor.
Dichosamente libre de la oratoria, en otros soberanos tan puesta de manifiesto,
sabe hablar cuando la ocasión llega, y sabe conversar. Posee algo que atrae a
las muchedumbres: la simpatía, y algo que seduce al mundo: el valor. Es uno más
de la serie de los ilustres Alfonsos de España.
Para el soberano de España no haré nunca mejor que
repetir la enumeración de un mi pasado capítulo de mi España
contemporánea, sobre los ilustres Alfonsos españoles:
«El I, férrea flor de Covadonga, todavía con la[119] pura savia goda, fuerte como un roble de sus
bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón
primitivo un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con
manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y meditaciones,
Alfonso el Casto; el III, el Magno, bizarro y aguerrido
desde lo fresco de la juventud, terror del mogrebita, varón de tanta fe como
valor; el IV, quien como más tarde el César Carlos V buscaría en un monasterio
la tranquilidad espiritual; el V, el de los buenos fueros, legislador y
espíritu de Consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la
fe; el VI, que aparece soberanamente a su lado la figura del mío Cid el rey de
la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer
al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso el
Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa;
siendo después, al propio tiempo que caballero de combate, amante de la
Sabiduría el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las
Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun se escucha
y se escuchará en los siglos, ya comience: «Ficieron los omes...», o inicie los
balbuceos en[120]cantadores de sus toscas estrofas; el
XI, que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas
y uno de los más amantes de sus súbditos; «y a quien verá muy
cerca—agregaba—animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su
vida; será su padre. Será para él el rey modelo y honrará la memoria de el
Pacificador. A él le ha tocado un tiempo de decadencia de todo ideal, de
despertamiento de odios, de exacerbamiento de pasiones y violencias sociales,
de locuras colectivas que se traducen en furiosos ímpetus aislados; de ansia de
goces, agonía de esperanzas y luchas terribles por la consecución del dinero.
El Dinero, el Dios de la época. El bíblico Becerro del Sinaí, multiplicado en
los toros auricoronados que se apacientan en el Far West y en las Pampas, y que
se propagan por toda la redondez de la Tierra entre una creciente desbandada de
águilas y cisnes». Acontecimientos posteriores han puesto a la vista del mundo,
en muy hermosa luz, la figura de ese excelente príncipe, que ha podido
dignamente encarnar la España moderna, conservando las dos virtudes tradicionales
de su país: inteligencia y valor. Recordé al comenzar este artículo a M. Paoli,
el veterano conductor de reyes. Conclui[121]ré con una
frase suya referente a Don Alfonso XIII; C'est un charmeur. ¿Y cómo
podría ser de otro modo puesto que es hijo de aquel rey querido del pueblo que
se llamó Don Alfonso XII y de Doña María Cristina, que junta a la amabilidad
personal más exquisita, la dignidad de las más rígidas aristocracias?
EL GENERAL D. RAFAEL REYES
La política suele velar con nubes engañosas las
proporciones de las altas figuras. No sean esos vapores transitorios un
obstáculo para el buscador y ensalzador de las bellas verdades.
He conocido a un ex presidente de Colombia, que ha
demostrado, antes de ocupar el más elevado puesto de su patria, como en la
tradicional tierra de los talentos literarios la acción es también demostrativa
de la fuerza vital de tan glorioso país. Reino de sueños, pero asimismo, con
sus héroes y trabajadores, república de energías. Hubiera habido paz desde
luengos años, y ya vería allí el mundo otro emporio de labor y riqueza
hispanoamericano.
Al tratar al general D. Rafael Reyes uno encuentra,
desde luego, esa cultura colombiana, distintiva y propia, que hiciera antaño de
Bogotá la primada de las letras de América, algo como el Alma mater continental.
Se sabe que se habla con un militar, con un explorador, con un varón de hechos,
y sin embargo, surge el hombre diserto, el conversador sagaz, el estudioso y el
cultivado; y si se han leído las narraciones de ese bravo pioneer,
que supo de bregas y de penas en el corazón de ásperas selvas, hay que saludar
a un descendiente de aquellos conquistadores, hierro y fe, que asombran a la
Historia. Hablando de tales hazañas del general Reyes, ha escrito estas
palabras Santiago Pérez Triana: «...recorrió en su juventud aquellas inmensas
selvas (las marañas amazónicas) realizando en ellas, en compañía de sus
hermanos D. Néstor y D. Enrique, labores de explorador dignas de los más
heroicos esfuerzos en ese fecundo campo de la actividad humana, de cuantos
registra la historia americana desde las atrevidas y cuasi temerarias empresas
de los conquistadores hasta nuestros días. Cuando se escriba la historia,
cualesquiera que sean los veredictos que ella pronuncie sobre los hechos de su
vida, respecto de los de cualquier hombre,[125] que
en lo general poco pueden vaticinar los contemporáneos, seguramente habrá una
hermosa página en que se consignen los esfuerzos hechos para llevar la
civilización a aquellas regiones de la patria colombiana, tan remotas de los
centros habitados por el general Reyes y por sus dos hermanos, esfuerzos
consagrados, como si fuera por el martirio, ya que dos de los exploradores
pagaron con su propia vida su atrevida incursión en la selva primitiva».
Pues la obra de este colombiano eminente es de
aquellas que en países europeos se vinculan a la propia grandeza de la Patria,
y la que ha hecho el renombre y el reconocimiento debido a los Brazza, a los
Shakleton, a los Marchand. Las Sociedades geográficas del mundo han sabido
apreciar la labor del general Reyes, y el nombre de este prestigioso americano
ha sido honrado con el elogio de los sabios europeos.
Cuando, lejos de los combates de partido y las
malezas políticas—más llenas de azares y peligros que las de las florestas
vírgenes—el general Reyes ha venido al viejo continente, ha sido recibido en
todas partes con la imparcial justicia que es debida a sus merecimientos. Y ha
sido sobre todo en la Ma[126]dre patria, en la tierra de
las hidalguías y de los nobles heroísmos, donde se le han hecho mayores
manifestaciones de cordialidad y de aprecio, como si se viese en él, a quien,
como he dicho antes, es un vástago de los audaces y luchadores caballeros que
hicieron en América poemas de vida y de acción, cantos de gesta realizados.
Nada tiene que ver el consenso universal de intereses, de pasión, de
disensiones de hermanos, en las interioridades de un país, de un Gobierno o de
un partido, cuando la personalidad tiene sobre las circunstancias del momento
altura y brillo individuales, que aislan el mérito, poniéndole bien lejos de
las lluvias de dardos que casi siempre caen sobre la cabeza de los hombres públicos,
en nuestras arduas y crespas democracias.
La justicia se hace definitiva, con la sanción
inapelable del tiempo, y la Patria no ve sino los hechos meritorios que señalan
en el recuento a los hijos preclaros y beneméritos. Colombia, entre todos
nuestros países americanos, si ha sido caldeada por tantas hogueras de guerra y
agitada por tantos contrarios huracanes de odios fraternos, de violencias
luctuosas, ha sabido siempre tener el orgullo de sus élites, de la
progenie que ilustra sus[127] historias y fastos. Y
tened por cierto, que en el futuro, cuando se hable de las energías memorables
que se han dirigido en pro del verdadero progreso y del engrandecimiento de la
patria colombiana, el nombre del general D. Rafael Reyes quedará ante los ojos
de las generaciones futuras, en su definido, indestructible prestigio.
CANOVAS DEL CASTILLO
Medalla ocasional.
Preciso es no haber conocido a Cánovas del Castillo
para asombrarse del incidente de corte que hoy preocupa a Madrid.
Cánovas es la energía, muy mucho, y un poco la
violencia.
Populares son por la caricatura sus ojos, sus
espejuelos, sus bigotes y su imperante gesto.
Cuando Cánovas ocupa la presidencia del Consejo de
Ministros, el gran Palacio Real, rico y legendario, adquiere su verdadera alma;
mientras la honrada y buena reina extranjera recuerda, el pequeño rey juega, y
la infanta Isabel, distinguida[130] sportsman,
monta a caballo, inicia fiestas o caza.
Cánovas es de la raza de aquellos fuertes ministros
antiguos que eran verdaderos tutores de los reyes. Y ese andaluz de Andalucía,
ese andaluz «andalucísimo», tiene un orgullo del peso de su talento.
Si no es cierta, es bien inventada la frase que se
asegura dijo al rey Alfonso XII, en ocasión en que este monarca, a quien él
había colocado en el Trono, le manifestó deseos de agraciarle con el título de
príncipe que ostentara antaño el memorable Godoy: «No se preocupe Vuestra
Majestad de eso. ¡Príncipes los hago yo!»
No es el tiempo ya en que la pobre francesa Isabel
pasaba por las torturas de la más apretada e inflexible de las cortes, pero si
hay algún país del mundo en donde la etiqueta sea conservadora y estricta, es
en el país de Felipe II. Y Cánovas, gran cortesano y gran conservador, tiene el
don que hace la fuerza de los hombres: el carácter.
En vida de Alfonso XII, Cánovas, en sus tiempos de
gobierno, fué siempre el absoluto imperante.
Asimismo profesaba al joven rey un afecto profundo
y una lealtad inquebrantable. A la muerte de Doña María de las Mercedes, y
cuando la reina Doña María Cristina llegó a ocupar su puesto en el trono de
España como nueva esposa de Alfonso, Cánovas fué grande amigo de la Reina desde
el primer momento. Y el anecdotario de esa época es copioso. Y no es la nota
menos saliente el excelente humor del hijo de Isabel II, que gustaba de la
broma, alegre y atrayente Borbón.
Cuéntanse en la corte muchas de esas anécdotas que
no sabemos si quedarán más tarde confirmadas por algún Saint-Simon de la época.
Entre ellas, esta: Cuando la reina Doña María
Cristina llegó a Madrid, y fué esposa de Alfonso XII, no hablaba casi español,
y lo comprendía muy poco. Su real consorte era su profesor.
Un día le dice ella: «Deseo saludar a Cánovas con
una frase española que le agrade, cuando venga mañana».
—«Bien—dice Don Alfonso—dile sencillamente: ¡Qué
chispero estás, Cánovas!»
Al día siguiente, el primer ministro llega y se
dirige a besar la mano de la Reina.
Y ella, arrastrando las erres germánicamente:
—«¡Qué chispeggo estás, Cánovas!»
No se dice lo que contestó el andaluz, pero sí que
Alfonso tuvo para muchos días de buen humor.
Cánovas vive en su mansión de La Huerta, como un
potentado. Muchas veces se ha hablado de esa rica morada en donde vive el
primer estadista del mundo actual, según opinan algunos.
Su serre es famosa, la biblioteca
mucho más: todo el recinto es un encanto, y la emperatriz de todo eso y de D.
Antonio además, es la dama elegante y vivaz a quien los amigos de la casa
llaman concisamente «Joaquina»—doña Joaquina de Osma, una espléndida peruana,
exuberante de vida, hermosa y culta, que habla el español con la erre parisiense.
Cierto es que en las recepciones de Cánovas lo que más se oye hablar es
francés.
En casa de Cánovas llama la atención de quien
observa la profusión de los desnudos.
Entre tanto rico mueble y obra de arte, mármol,
bronce, bibelot, el desnudo se impone. En cada salón os llamará la
atención ese detalle.
Sobre todo, en el jardín, si os acercáis a una
magnífica gruta, adornada de enredaderas verdes y[133] frescas,
en donde el agua cae y gotea armoniosamente, veréis una ninfa de tamaño
natural, blanca, de mármol puro y línea admirable y de una gracia mastoidea y
calipigia que os hará pensar en muchas mitologías.
Entre todas esas elegancias, la dueña de casa
discurre llenando con su amable presencia y animando con su conversación los
grupos de invitados en las recepciones.
En esas fiestas el talento del viejo Cánovas
chispea.
Quien estas líneas traza, hale visto y oído entre
un sinnúmero de personajes de distintas nacionalidades, con un tacto que
revelaba la frecuencia de la vida cortesana y diplomática, hablar a cada cual
de lo que más de cerca le interesaba, sin olvidar nombres, detalles personales,
títulos de libro, cuestiones, anécdotas y toda suerte de asuntos. Y el viejo
Cánovas, con la firmeza de quien conoce su poder, vibraba, iba y venía, tan
lleno de una brava y contagiosa juventud.
En su mesa solía reunir, en la época a que se
refieren las anteriores palabras, a algunos america[134]nos.
Sus preferidos eran el mejicano Riva Palacio, el argentino Quesada, el
centroamericano de Peralta, y algún otro.
Siempre tiene extranjeros notables invitados.
Su mesa es de primer orden; aunque no iguale a la
luculeana mesa de Castelar. Allí, al amor de los mejores vinos, se oye un
alegre brotar de ideas, de ocurrencias, de alusiones, de anécdotas en que el
anfitrión muestra toda su Andalucía, y doña Joaquina su Lima, su París y su
Madrid. Y uno ve al vigoroso ministro, lleno de vida, con sus cabellos blancos,
relampagueándole los ojos, gesteando como un dominador.
Y se explica que en el Palacio Real Su Majestad la
Reina Regente se apresure a presentarle sus excusas después de un caso como ese
de la salida al balcón.
Doña María Cristina no ha leído las cartas de
Isabel de Francia.
20 mayo 1897.
JOSE PEDRO RAMIREZ
Es en la vida pública como en la privada, este gran
repúblico uruguayo, como en su credo político y en el civismo que nos muestra
en la historia contemporánea de su nación, algo suave que se desliza por
senderos cercanos a vergeles revestidos de paz y de amor.
Obediente sólo a los deberes de su conciencia,
alerta siempre a las naturales exigencias y necesidades de su patria, toda su
existencia la encamina al cumplimiento del deber; y con facilidad traspasa,
alta la frente, tranquila la mirada, todos los escollos de todas las miserias
sociales por las que pasó, como tantos otros prohombres, como son concusiones,
ignominias y hasta crímenes, que pudieron atajar su paso por la vida política.
Pero esto pasó ya, y obtuvo gallardamente sus
reivindicaciones. Así, en cierta ocasión, el presidente Batlle, que por cierto
estaba de él algo distanciado, dijo, para hacer callar a determinados
murmuradores:
«A fin de que la actitud del Dr. Ramírez no se
despoje de la majestad que le rodea, es necesario no se falte al más humilde de
los habitantes de la República, y el que tal haga, o será castigado o derribará
a dicho ministro, porque su política no es de mañas ni astucias, sino política
de actitudes francas y decididas.» Cuando estalló la guerra civil, calamidad
perniciosa que sufrieron la mayoría de las jóvenes repúblicas americanas, y
después de varias tentativas para el restablecimiento de la normalidad, que,
claro está, resultaron infecundas, se recurrió a él, como caso extremo. Enfermo
como estaba, prometió su decidido concurso, y lo cumplió con sagacidad y fe.
Salió, pues, a través de campos verdes, que bien podían simbolizar para él
esperanzas; enarbolaba la bandera de paz, y a poco de comenzadas las
negociaciones, por doquiera que pasaba, surgían los vítores y saludos; y los
labradores abandonaban las armas y tornaban a los aperos, y las mujeres y los
niños agitaban sonrientes[137] sus pañuelos en
señal de albricias. Al encontrarse con un regimiento mandado por Mesa, los
bravos soldados, estimulados por sus jefes, levantaban sus quepis y le
saludaban, como debe saludarse a un varón bienhechor, porque ya todos,
militares y revolucionarios, el pueblo entero, parecía aspirar al consuelo de
la paz.
Pero anotad esto también. Más tarde ¡acaso seis
años después! la República hierve nuevamente en otra guerra civil; y de ahí a
poco, el Sr. Ramírez es de nuevo requerido. Noble y lealmente, lleno de bondad
y bríos humanos, se lanza a calmar el estallido que amenaza.
La labor es más costosa, su gestión más ardua; pero
al fin logra vencer dificultades, y si hubo de luchar por conseguir el éxito,
mayor es la gloria que, como nimbo, corona sus esfuerzos; y mayor es la
ansiedad pública, por explotar de júbilo ante el hombre ya dos veces benemérito
de su patria.
Y es de ver en esta ocasión, como en la pasada, al
pueblo de todas las ciudades que corre a amontonarse a su encuentro,
vitoreándole, abrazándole, atropellando a éstos los otros que les siguen; y
cómo desde las terrazas y azoteas, en aceras y balcones, no se ven sino flores
que caen a su paso y[138] llenan su coche, ni se
oyen más que palabras gratas, llenas de sonoridades, que celebran al mensajero
de la concordia.
El Dr. Ramírez presidió en 1886 el ministerio de la
Conciliación. Nadie como él ofreció testimonio más alto de patriotismo e
integridad. Desde entonces, su nombre es popular, su prestigio aumentó, y su
moralidad fué saludable. Pues, ¿quién pudo añadir al ardoroso ímpetu que
señalan sus grandes entusiasmos iniciales, la serenidad equilibrada y
heterogénea que se sobrepone al espíritu, al contraste en la lucha?
Fué periodista, y en el periodismo pasó la parte
más agitada de su existencia; y las páginas más intensas de la vida nacional
uruguaya nacieron de su pluma.
Por esto pláceme mucho, en ocasión en que acaba de
ser glorificado por su patria, ofrecer al prestigioso representante del alma de
su país, a esa figura respetable y respetada, ajena en la actualidad a las
pasiones del momento, un homenaje, la confirmación del reconocimiento de tan
gran patricio, cuyos títulos cívicos y méritos intelectuales y morales
testifican su personalidad política y bienhechora en la República Oriental del
Uruguay.
CASTELAR
No hace mucho tiempo he hablado de mi entrevista
con Castelar. Debía ser la última. Ya reposa en San Isidro, junto a los huesos
de su hermana. Su caída ¡buen roble! conmovió al mundo. Cuando le vi, cuando le
hablé por la postrera vez, ya estaba señalado por la Intrusa, pálido,
enflaquecido, viejo, él que fué todo juventud y vida. Partió al imperio
silencioso de lo no sabido, después de haber clarineado su verbo de poeta de
las multitudes hacia los cuatro vientos del espíritu. Y España queda hoy sin su
representativo emersoniano, sin el hombre noble que fué en su siglo lengua y
gesto de su raza, como Italia sin Garibaldi, Inglaterra[140] sin
Gladstone, Alemania sin Bismarck y Francia sin Hugo. En su tierra ardiente y
sonora fué el crisostómico parlante y el caballero de su ideal. Ahí queda la
inmensa Mancha democrática por donde cabalgó en su pegaso-rocinante; ahí los
molinos de viento, ahí las armas de su lírica grandilocuencia, que nadie
moverá; ahí Dulcinea, sin más enamorado verdadero que el frío y analizador Pi y
Margall. Español de España, español netísimo, con toda España en el corazón y
en el cerebro, era la concreción del orbe cervantino; en el generoso combate de
su ilusión no se ocultaba Don Quijote; como Sancho mismo, no dejaba de
comparecer en su célebre buen apetito. Cuéntase que Taine en una ocasión, al
verle en la redacción del Journal des Débats, preguntó desdeñoso:
«¿Es ese el famoso canario español?» Cierto, un alma de pájaro de Floreal, como
el ruiseñor Lamartine, pero a quien no faltaba la fuerza para la realización de
obras enormes, así la libertad de los negros de las Antillas. Quedará en los
siglos el recuerdo de esta singular figura en el décimonono la más alta de
España entre las altas de la tierra; y aparecerá, a medida que el tiempo vuelque
su urna, rodeado del resplandor que tan solamente ofre[141]ce
a los preferidos suyos la divina Poesía. Fué uno de los más potentes órganos de
la Humanidad. Por su boca habló el espíritu de su patria, y, siempre en obra de
bien, si algunas veces no le prestó su apoyo la Verdad, jamás dejó de escudarle
con sus alas mágicas la Belleza. Sus mismos errores caían vestidos de púrpura.
Era el apolonida de la Democracia, el decorador de sus ambiguos y confusos
laberintos. Hermosa llama latina, de esas llamas guías de pueblos que el Sol de
Dios enciende en las naciones para que señalen los saludables rumbos, o para
que a su rededor se junten los hombres y realicen hechos grandes. Aquella alma
venía de Atenas, cuando fué a encarnarse un día en la fenicia Cádiz; venía de
Atenas, después de haberse impregnado de Oriente; de este modo explico la pompa
asiática de su discurso y el amor a las bellas líneas, la pasión pitagórica de
los celestes números y el imperio de la música bajo el cual hacía galopar sus
cuadrigas de ideas y sus tropas de palabras. En su huerto, junto a las flores
andaluzas, se alzaba un esbelto y reverdecido plátano, rama un tiempo del que
movieran las brisas de Academo, mientras fluía, como el agua de la fuente de
mármol, la doctrina platónica.
La obra, que fatiga en su masa, es como un inmenso
museo, que hay que admirar por fragmentos: ya un fresco vasto, ya una estatua
del más blanco pentélico, ya un bajo relieve, en que las frases van como
ordenadas teorías de graciosas jóvenes o danzantes efebos. Fué un gran
cultivador del entusiasmo. Y si ya en los postreros años de su existencia tuvo
alguna vez que padecer tristezas y decaimientos, para morir, viejo gladiador,
supo esculpir su última actitud en el discurso que cierra la diluvial serie comenzada
el 1854 en el Teatro de Oriente, discurso en que volvió a surgir su elocuencia
empachada y sonora, para mostrar el camino que hay que seguir, según su
entender, a los partidarios de la República. Su elocuencia cautivó a las
generaciones que escucharon el decir de sus labios de oro. Se recuerdan sus
discursos como hermosas manifestaciones de la Naturaleza, inusitados iris o
boreales auroras: «Yo le oí tal año». «Yo en tal otro». En el tiempo de su
aparición, el principio democrático era lo más avanzado, lo más atrayente para
los espíritus libres, la fórmula del progreso. Él se consagró por tal manera, y
con pasión tanta, que al saber su muerte, los españoles demócratas no han
podido menos de exclamar: «¡La[143] democracia ha
muerto!» A aquel inconmovible individualista no pudieron ganarle los mirajes
aurorales del movimiento social de estos últimos años; y discurso suyo hay en
que combatiendo al socialismo, maravilla su esfuerzo de soñador, al resonar delante
del muro de la verdad la suntuosa orquestación de sus líricos argumentos.
Porque, ante todo, fué el orador, el hombre que convence encantando, o que,
aunque no convence, canta y encanta. Parecía que, como en lo antiguo, un
flautista maestro acompañase sus oraciones, tal era la melodiosa geometría, el
hilo armónico, la sucesión de ondas verbales regidas por un compás, en la
musicalidad de los giros; y él propio se escuchaba como deben hacerlo las aves
de más fino canto y los poetas orgullosos de haber visto cuanto es crespa y
dorada la crin del Dios de arco de plata. No olvidaré una noche, en una
recepción dada por doña Emilia Pardo Bazán, a los delegados americanos a las
fiestas colombinas, el año de 1892. Castelar había concurrido, y como en todas
partes en donde Castelar estaba presente, un corrillo se formó alrededor suyo,
en uno de los salones. Nadie hablaba, fuera de Castelar, porque es sabido que
en su presencia el primer deber era la atención. El tema de sus pa[144]labras se relacionaba con la oratoria, y vino él a
recordar a este propósito a los distintos oradores que había oído en su vida. Y
como su excepcional memoria estaba siempre lista, ilustraba sus recuerdos con
citas y fragmentos de discursos. Así nos pintaba a Gambetta, de tal guisa que
le veíamos encarnado delante de nosotros, y luego decía una parte de un
discurso de Gambetta, a Víctor Hugo, y luego decía un trozo de discurso de
Víctor Hugo, y así de varios oradores extranjeros. Después llegó a los
españoles, y comenzando con Ríos Rosas, recorrió buena parte de la lista de
bravos oradores con que cuenta este país de varones verbosos, explicando sus
maneras y facultades hasta llegar a él mismo, y entonces se nos transfiguró
momentáneamente, se nos presentó con sus atavíos reales. Y a pedido de un amigo
circunstante, trajo a su memoria una parte de su célebre discurso del 12 de
abril de 1869, pronunciado en ocasión famosa, y que hizo pensar a su propio
contrincante el cardenal Manterola si no tendría ante sus ojos un nuevo Saulo.
Aun veo los ojos iluminados y la mano como guiando el período: «Grande es el
Dios de Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve,
la tierra tiembla, los montes se desgajan;[145] pero
hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del
Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto,
coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo: «Padre
mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no
saben lo que hacen». Grande es la religión del poder, pero es más grande la
religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más
grande la religión del perdón misericordioso: y yo, en nombre del Evangelio,
vengo aquí a pediros que escribáis en vuestro código fundamental la libertad
religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres».
Se recordarán sus discursos célebres, en lo futuro, como hoy las históricas
arengas de Demóstenes; desde el primero en que se presentó como aeda y paladín
de su amada Democracia, hasta el último en que ya para morir, apóstol
consecuente, dejó su disposición testamentaria de política, fiel a su credo
republicano; señalada la larga carrera por las innumerables brillantes
estaciones, entre las que más resplandecen el discurso en favor de la libertad
religiosa, que es el de la redención de los esclavos de Cuba, y al cual se
refería cuando[146] oí de su boca la frase
admirable: «Yo he libertado a doscientos mil negros con un discurso»; el del
sufragio universal, de ágil y elástica dialéctica; el de la entrada a la Real
Academia de la Lengua, lección colosal de un lirismo cósmico; el de París, en
la Sorbona, cuando los estudiantes le recibieron con el aplauso clásico, como a
un nuevo Lulio.
Lejos la oratoria amartillada de los hombres del
Norte, en la suya reventaba como una rosa de color perenne el sol Meridional;
suya era la profusión y la riqueza latinas, y nunca se escuchó, en lo inmenso
de los siglos, más rítmico y sonante torrente en cátedra o tribuna. Los
franceses, tan parcos con lo extranjero, le admiraron y celebraron, en su
francés claudicante, o en el español de bronce y plata que no comprendían al
oirle. ¿Qué importa que dijese, como en una ocasión: La France, cette
«belle sœur» de l'Espagne? Tras la sonrisa del oyente venía la tempestad de
la ovación, pues el orador soberano triunfaba contra el mal políglota. Hugo le
tenía en su alto valer, y sabida es la anécdota en que el César de los poetas
le ofreció, al sentarse a su mesa, una silla imperial: «Os he señalado esta
silla, en que se sienta siempre D. Pedro del[147] Brasil.—¡Pues
no me siento!»—respondió Castelar, fiel hasta en esto a su idealizada Aldonza
Lorenzo. Nuestro compañero Ladevese cuenta las acogidas respetuosas y afectuosas,
en casa de madame Adam, de Cernuschi, de la Rattazzi, las intimidades con
políticos como Thiers y Gambetta y Julio Simón. Francia, como el mundo, veía en
Castelar la encarnación de España; de la España caballeresca e idealista,
hidalga y pintoresca. Oxford quiso escucharle, invitó a su «doctor» honorario
para que fuese a dar conferencias, y él declinó la honra. A América pensó ir en
varias ocasiones, pero, por desgracia, se cumplió lo que yo decía en 1892:
«Castelar no irá nunca a América». Y en América quizás más que en parte alguna,
su palabra resonaba como una campana de gloria. Los yanquis le avaluaban
abiertamente: si la Libertad de Bartholdi tiene la antorcha, Castelar «tenía la
palabra». Sus discursos niagarescos fueron más de una vez por el cable;
los magazines no le quitaban la mira y los dólares venían sin
regateo. En nuestra América de lengua Castellana, no habrá pueblo o villorrio
donde no haya llegado su fama. Creo, sin equivocarme, que en la República
Argentina hay una colonia o villa que lleva su nombre. Y él ama[148]ba a la América nuestra, agradecido. Es el momento de
manifestar cómo fué para ese continente gran parte de su producción, ya en
tiempos de destierro penoso, ya en el apogeo de su existencia, tan solamente
interrumpido su trabajo cuando se excusara con la dirección de los diarios de
que era corresponsal, por verse obligado a suspender la labor «a causa de tener
que ocupar la presidencia de la República española»; y cómo tenía en el
recuerdo de su gratitud a La Nación, de Buenos Aires, y al Monitor
Republicano, de Méjico, entre todas las publicaciones que fueron honradas
con su colaboración. Y América toda fué con él siempre simpática, a pesar de
aquel resentimiento memorable, cuando el político lírico quisiera ser político
práctico y pronunciara la trascendente frase: «Antes que republicano soy
español». Pues fué siempre el levita fanático, inspirado ante el fatal
resplandor del ídolo Patria; y a la suya salvara, como se observa justamente
después de la reciente catástrofe, en ocasión en que ejerciendo la presidencia
de la República, estuvo en un cabello que no se rompieran las relaciones entre
España y los Estados Unidos por la cuestión del Virginius. Jovellar
estaba en Cuba y se resistía a la entrega[149] del
apresado barco norteamericano, después de los fusilamientos de cubanos y
yanquis que tripulaban la nave revolucionaria, y entonces fué la palabra de
Castelar, jefe del Estado, haciendo entender al general «que en España nadie
comprende que, ni en pensamiento, se resistan a cumplir un compromiso
internacional del Gobierno, y no comprende que quiera ser Cuba más española que
España. Una guerra con los Estados Unidos sería hoy una demencia verdadera, y
aunque fuera popularísima la guerra, para esto están los Gobiernos, para impedir
la locura de los pueblos. Recuerde V. E. lo que hizo Thiers cuando los
franceses gritaban: ¡A Berlín!; demostrarles que la guerra sería un desastre. Y
ahí se ha capturado un buque en alta mar, se ha fusilado españoles y
extranjeros, sin esperar a conocer el espíritu del Gobierno central, que
preveía grandes catástrofes, y ahora se quiere cometer la última demencia
desobedeciendo al Gobierno nacional. Todos los argumentos de los Estados Unidos
consisten en decir que España no manda en Cuba, y van ahora a confirmar ese
argumento. No se puede discutir un acto del Gobierno. Hay que obedecerle.
Inflúyase en la opinión; tomándose las debidas precauciones, entréguese el[150] Virginius y la tripulación
superviviente, de la manera que menos pueda herir el sentimiento público, pero
entréguese sin dilación ni excusa. El mayor servicio que puede prestarse a la
Patria, es obedecerla ciegamente. No mencione V. E. la dimisión mientras no
estén cumplidas las órdenes del Gobierno. Cúmplalas con rigorismo militar. Y no
se vuelva a hablar de Bayona: allí hubo reyes traidores que vendieron la Patria
al extranjero; aquí hay patriotas que quieren salvarla de las locuras de ahí,
avivadas por una incomprensible debilidad». Esto fué en 1873. Cuán distinto
veinticinco años después el criterio de un Gobierno de hombres útiles que
llevó al país a la derrota, al vencimiento y a la mutilación, del criterio de
aquel «poeta» que libró a España de un peligro seguro y supo ser en sus obras y
en sus sueños el primer patriota, el primer español de su tiempo, el más
español de los españoles. Porque desde su Patmos, desde su Guernesey, desde su
nube, desde su trípode, sabía ser certero en su vistazo aquilino. No era tan
iluso cuando dió su flecha tantas veces en el blanco, cuando llegó bizarramente
a la primera magistratura del Estado, y cuando ya en su vejez, al ver con
desilusión que su república cuasi plató[151]nica no
correspondía a su himno incesante, se retiró de la lucha, no sin antes declarar
su invariable fe en el ideal por toda su existencia perseguido y su ningún
contacto con la monarquía. Jamás habló a la Reina Regente. Cuando murió su
hermana, a quien él amaba tanto, la Reina le envió su pésame. En San Sebastián
un día se encontró frente a frente Su Genio con Su Majestad. Su Genio se quitó
el sombrero y saludó. Hubo demócratas que murmuraron. ¿Quienes fueron esos
hidalgos que por tan mal lado tomaban la democracia? Aquel caballero creía en
la caballerosidad. Creía en la Patria. Creía en Dios.
En el liberal, en el hombre de «la fórmula del
progreso» había un creyente. Jesucristo aparecía a sus ojos a través de
sentimentales vitraux en que estaban representados su España
portadora de la cruz y su infancia doméstica: la buena madre, quien a la
continua es nombrada por él como origen de sus creencias religiosas. Cuando
habla de asuntos de religión, su órgano se desborda en los más augustos magnificat,
o en los más profundos misereres. Sus conferencias sobre la
civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo, su Redención
del esclavo, muchos de sus discursos, son la[152] glorificación
cristiana expresada por incesantes fervientes ondas de vocablos, de frases,
saturados de un cálido misticismo, de un misticismo español. Casto como era, se
pensó alguna ocasión en que, cuando cansado de las fatigas de la vida civil quisiera
recogerse en el reposo de su espíritu, se ordenaría sacramentalmente. Y aun él
mismo, al admirar un día cierta antigua casulla de la Catedral de Avila, dió a
entender, con un decir, que no andaban muy en error los que tenían ese
pensamiento. Un poeta de América publicó una vez un futuro sermón de Castelar
en San Pedro de Roma, que al orador hizo amablemente sonreír. No hace mucho
tiempo su entrevista con el Sumo Pontífice avivó la general curiosidad; y él
propio confesó ser la conversación con el Papa de hondo interés, pero que no
estaba autorizado para publicar nada de ella hasta después de la muerte de León
XIII. Y él ha muerto antes, besando un crucifijo. El Papa blanco ha podido
todavía autorizar que se hiciesen, a pesar de la liturgia, honras fúnebres a su
interlocutor ilustre, en San Francisco el Grande, con todo y ser las honras el
día de San Fernando.
En la religiosidad de Castelar hay algo de profano
como en la religiosidad de Murillo. Sus pintu[153]ras de
las gracias divinas son como las pinturas de aquel pintor coloreadas de cierto
sensualismo, que en este caso se agrava con la castidad sabida del imaginativo
artífice de la palabra. Al pintar una virgen se nota en su verba cierta
complacencia humana, y sus ángeles imaginados en la gloria o juzgados en los
cuadros de los Museos, semejantes a esos ángeles voluptuosos que animara Goya
en sus frescos de San Antonio de la Florida, nos parecen mujeres hechiceras,
tan carnales como espirituales. La castidad de Castelar, bien sabida y
explotada por los bufones de copla y lápiz en las enemistades de la política,
fué uno de esos casos de absorción cerebral en que todas las facultades humanas
se condensan en la obra del pensamiento; casos como el de Juan el del
Apocalipsis, que Hugo ha rememorado en página que no perece. ¿Qué unión, qué
matrimonio no habría podido efectuar este dueño de la fama? Célibe y casto vivió,
célibe y casto murió. Y aquí es de recordar al paso al hombre privado. Supo
pasar buenos años hermosamente, como debe vivir antes que nadie todo artista
aristocrático. Se le tacharon alguna vez sus lujos y grandezas, sin saber que
aquel hombre vivió siempre de su trabajo apenas ayudado por la fraternal[154] simpatía de señalados amigos; y que si se
regalaba con ciertos lujos, no cabía en ello vanidad ninguna, sino la
comprensión de la estética de la existencia, la cual tiene obligación de
procurar, quien como él poseía, como adorador y sacerdote de la belleza, el don
incomparable del gusto. Los que fuimos favorecidos con la invitación a su mesa,
sabemos lo que Luculo comía en casa de Castelar. Tenía en esto, como en otras
cosas, una cualidad eclesiástica. Comía con el gusto de un monsignor y
con el apetito de un abad. Tenía la amable costumbre que Quincey nos revela de
Kant; siempre había invitados a su mesa, y, siguiendo la regla de lord
Chesterfield, el número de los que se sentaban, él comprendido, no era nunca
inferior al de las Gracias ni superior al de las Musas. Y el mejor condimento
era su charla monopolizadora del tiempo, a la cual ayudaba su memoria única con
el más copioso anecdotario que sea posible imaginar. Después en su salón, al
conversar, según fueren los asuntos, se dejaba llevar de su fuga tribunicia, y
sus palabras se convertían en párrafos de verdaderos discursos; y su vibración
era contagiosa, y él se trasladaba en un salto invisible, fuera del momento.
Cuéntase que un día aconteciole encontrarse en[155] molestos
apuros de dinero. Era en invierno y la chimenea estaba encendida, como su
conversación, sobre un asunto político, delante de varios íntimos. Llega una
carta de América, con una letra por mil duros. Grata sorpresa que interrumpe un
instante su hablar. Pero continúa, con carta y letra en la mano; el discurso, a
poco, se precipita, y con una frase rotunda y un gesto supremo, carta y letra
hechos nerviosamente una pelota, ya están ardiendo en la chimenea. Otra vez
hizo aguardar largas horas a un personaje político, cuya presencia en la
antesala se le anunciaba repetidas veces, porque le tenía asidos lengua y
pensamiento una disertación sobre Botticelli y los primitivos. Y de la casa en
que aquel obrero tenía el obrador mental puesto para servicio de tantos diarios
y revistas del globo, salía mucho bien, mucho favor personal, mucho consuelo a
los pequeños, apoyo intelectual a quien lo necesitaba, consejo o aplauso, y la
ayuda eficaz al pobre que le pedía, pues entre los humildes como entre los
grandes, entre las palmas y lauros sobre los cuales sobresalía su calva cabeza
pensadora, resplandecía la virtud moral de aquel hombre sencillo, de aquel
corazón bueno.
Por eso su muerte ha causado un doloroso estre[156]mecimiento en España entera, paralelo al
estremecimiento simpático del mundo. Había ido Castelar a buscar vigor a la
orilla del Mediterráneo—el mar tantas veces cantado en sus hímnicas proas—;
había ido después de su último esfuerzo en la arena política, cuando los
republicanos le rodeaban como al hombre fuerte de las pasadas campañas,
creyendo ver en él la salud de la patria hoy tan maltrecha y extenuada. Pero
así estaba el tribuno, el que sufrió tanto con el gran desastre, y que
sintiendo llegar su última hora, comunicó en una carta a una amiga extranjera:
«Muero con la agonía de España». Una tarde, a la orilla del mar, ve a unos
pescadores y se acerca a ellos. Los peces que se asfixiaban saltando sobre la
tierra, fueron para él triste impresión: «¡Si iré a morir como estos peces,
faltos de oxígeno!» Y así murió. Al día siguiente de la noticia, mientras el
pueblo de Madrid comentaba ya la actitud de un ministro incorrecto y falto de
seso, cerca de la Puerta del Sol tuve una sensación que jamás se borrará de mi
memoria. Un ciego, de esos que aquí andan por las calles pidiendo limosna,
improvisando coplas de actualidad al son de sus lamentables guitarras, cantaba
en tono doloroso delante de un círculo de transeúntes que aumen[157]taba a cada paso. Por curiosidad me detuve, al oir en
el canto el nombre de Castelar. El pobre coplero del arroyo, en versos muy
malos decía cosas sentidas y húmedas de llanto sincero; y aun no sé qué arte
singular hacía coincidir su pena con el decir ingenuo, el acompañar de las
cuerdas afónicas de aquel instrumento imposible. Cuando volví la vista, las
mujeres lloraban; los obreros tenían las caras serias y tristes. Y la maligna
política apareció, con el instinto popular que sabe soltar su avispa certera
para que pique en donde se debe, con estrofas como ésta que recuerdo:
Don Emilio Castelar,
Que toda Europa conoce,
Quiso Dios que se muriera
Antes que abrieran las Cortes...
En la puerta del Sol, en los cafés, en las calles
todas, el rumor se acentuaba contra el Gobierno y en especial contra el
ministro de la Guerra, general Polavieja. Se acababa de publicar un decreto
absurdo en que se leía: «Resultando: que D. Emilio Castelar ha muerto en
honrada pobreza;—Artículo 1.º, los gastos que ocasionen su enterramiento y
honras fúnebres, serán de cuenta del Estado». Así, frío como un compromiso,
duro como una li[158]mosna. ¡Y esto en el país de las
prosopopeyas y fórmulas, en la tierra de «Beso a usted la mano» y donde para
nombrar a un ministro con sus títulos, se llena un medio pliego! El pueblo
irritado no contenía sus censuras. ¡En aquellos momentos, las Cámaras italianas
y portuguesas enviaban su pésame a ese mismo Gobierno mezquino; el Senado de la
República Argentina se ponía de pie; el autocrático Gobierno ruso manifestaba
su pesar; el Instituto de Francia lamentaba a su ilustre miembro; la Prensa de
la tierra se enlutaba, el pensamiento universal estaba de duelo! Después se supo
que Castelar no tendría honores militares; que se había prohibido a los
artilleros reunirse para tributar homenajes al organizador del Cuerpo de
Artillería, al antiguo presidente que tanto hizo por el ejército; después, que
se autorizaba a los generales que quisiesen concurrir, para que lo hiciesen con
traje de diario y con banda. La Prensa cumplió con su deber. Se habló claro; se
dijeron verdades al rojo blanco. Entretanto, el cadáver de Castelar llega a
Madrid en doloroso triunfo; y se deposita en el palacio del Congreso. Allí
desfiló el pueblo, en homenaje último al gran pastor de multitudes; por allí
pasó, entre tantas gentes, el ciego que yo oí[159] cantar
y de cuya visita al cadáver habló El Liberal. Pues le preguntaron
al verle con su guitarra bajo el brazo, con sus ojos sin sol: «¿Para qué
vienes, si no has de verle?» Y él contestó: «¡Por mí le verá mi lazarillo!» ¿Y
el obrero humildísimo que llegó con su hijita de luto, la cual llevaba un
pequeño ramo de flores, y pidió permiso para ponerlo sobre el féretro, entre
tanta monumental corona?
Y llegó el entierro. Fluía en el ambiente de la
tarde la dulzura de un cielo de acuarela. Madrid se desbordaba como un
hirviente vaso. Suspendida la circulación por las calles que debía recorrer el
fúnebre cortejo, la concurrencia se aglomeraba, los balcones se tupían. La
calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor estaban inundadas por el río
humano. Desde temprano se esperó por largas horas. Por fin apareció a lo lejos
el pelotón azul de la Guardia civil de a caballo. Se abre paso entre el espeso
gentío, y comienza el desfile. Van, precediendo, las profusas coronas; se
destaca la de El Liberal, enorme y negra, sobre un fondo de seda
blanco; van los recogidos del hospicio y del asilo de San Bernardino; los
grupos de varias asociaciones; los comerciantes, numerosos; la Academia de la
Historia, el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes;[160] ahí
distingo a Núñez de Arce, pálido y como nervioso; ahí va la barbilla canosa de
Zapata, junto al músico Bretón; allí Echegaray, con su aire enfermizo y
gastado. Ahí el todo Madrid de la celebridad: periodistas, artistas, sabios,
académicos. Y el clero, de sobrepelliz, anunciado por la manga de la parroquia,
embudo negro y oro. Y ahí va Castelar muerto, en su carroza severa. Todo el
mundo se descubre, todo el mundo le da su último saludo. Sobre el féretro no se
ve más que un aislado ramito de flores... ¡es el ramito de la niña del obrero!
La guardia de honor sigue, de soldados de la Civil. De pronto se oye entre la
muchedumbre: «¡Bravo! ¡bien!» Son los militares que vienen, a pesar de la
mezquindad ministerial. ¡Bravo! ¡Bien! Es el penacho blanco de Martínez Campos,
el último gran guerrero, que asiste de toda gala; es Weyler, que viene sin
penacho, pero acorazado el pecho de condecoraciones y medallas, Weyler, de fama
terrible, pero que hoy se conquista por un momento las simpatías, pequeño,
acerado, ceñudo, apretada y reveladora la saliente mandíbula. ¡Bien! ¡Bravo!
Son los penachos, son los entorchados, son los uniformes de otros tantos
generales, de innumerables jefes y oficiales que honran a Castelar a[161] pesar de todo; es la comisión del Cuerpo de
artilleros, que lleva su ofrenda. ¡Bien! ¡Bravo! Es España la antigua que
aplaude a las espadas que no han echado en olvido la hidalguía. ¡Viva España!
Y pasan más comisiones y los diplomáticos, llenos
de oro, entre los cuales resaltan el Nuncio y el embajador de China, vestido de
seda, con su botón de cristal y su pluma de pavón. Y luego la presidencia del
Consejo de Ministros, y la Guardia civil que cierra la procesión, y detrás aún
más gente, y más gente. Y el murmullo general se acentúa contra quienes no han
sabido honrar la memoria del más grande de los españoles de su época, a quien
sus mismos enemigos tienen una palma que ofrecer cuando va camino de la
eternidad, a quien no ha habido una sola lengua española que no haya consagrado
una palabra de admiración, como al hijo que mejor supo sobre la faz del
universo, honrar a su madre patria. Y quienes han herido a esa amada patria con
rencores inauditos ante el cadáver de aquel que supo combatirles frente a
frente en su vida gloriosa y nobilísima, son los mismos que han contribuído a
la desgracia nacional por degenerados o débiles, o ciegos instrumentos de
errores y desidias; son los que han vuelto[162] de
la derrota con pasmosa frescura y a quienes una voz, harto elocuente en el
Congreso, condenó a ser ahorcados con los fajines de sus uniformes... Militaribus
curis et severitate morum... ¿No era Castelar tan gran admirador de Tácito?
Siendo la oratoria casi un arte teatral y basado de
manera principal en dotes físicas que el tiempo va aminorando poco a poco, el
Castelar de los últimos años no era sino el reflejo del de las pasadas
victorias. Decía él mismo en un discurso no hace mucho tiempo: «Por esto los
oradores se acaban, por la misma razón que se acaban, cuando no hay guerra, los
héroes. Por esto nuestra imaginación se amortigua, nuestro entendimiento se
atrofia, las en otros tiempos armoniosas cuerdas bucales marran, el estro lírico
plega sus alas, el acento conmovedor concluye; pues, implacables, la sociedad y
la naturaleza destrozan en sus inmensas y complicadas máquinas a todos aquellos
seres que ya no les sirven para cosa ninguna, y que no han de cumplir fin
alguno en el plan histórico de la Providencia». Pero desde los umbrales de la
ciudad oscura podía él volverse y contemplar la obra que queda fuera de aquella
que tenía la vida de un eco, basada de manera exclusiva en lo sonoro de su pe[163]rorar, en lo arrebatador de sus actitudes o en la
cascada de sus alientos; es una serie de edificios de maravillosas
arquitecturas construídos en su república, sobre sólidos terrenos o sobre
montones de arena movediza, o apoyados apenas en el aire en que flotaban los
colores y las líneas de su fantasía; o paisajes, frescos cíclicos de las luchas
de pueblos y Gobiernos, de ideas y de hombres en el continente europeo, en
América, en Asia, en Africa; o cinceladas alhambras, kioscos de capricho, o
preciosas loggias que improvisaba por deleite de arte; o la
novela que le resulta vasto poema en prosa; o la historia que le resulta himno
multiplicado, o la semblanza de personaje o boceto de idea que le resulta oda
fascinante; o el gran poema en estrofas de prosa, a ondas o a bloques, métrica
ciclópea; o la villa de mármol y de riquezas antiguas que labra con sus
recuerdos de Italia; o el monumento de mármol también, a Byron, y cien
estatuas, y mil bustos, y un millón de camafeos, todos al amor de un jardín
singular en donde mueve el viento armoniosos laureles griegos y robustas
encinas romanas. Y aquel idealista, aquel optimista, no ha partido contemplando
sobre el mundo nubes de color de rosa que presagien un día de dicha y[164] de tranquilidad, antes bien muy negros, muy
amenazadores nubarrones, mientras se reúnen y deliberan los congregados de la
paz en La Haya. Su último artículo que ha publicado el Temps hace
ver a Francia poco favorable a un olvido de sus rencores con Alemania; a
Alemania, más militarizada cada día, sin permitir el menor menoscabo en su
preponderancia; a Inglaterra y a los Estados Unidos en un acuerdo tácito para
imponer en el globo la hegemonía de los países de lengua inglesa. Y concluye:
«El descontento del Gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia
de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades
suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la
escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un
déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento
industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto
de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril
ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de
Krúger y la dictadura del desequilibrado Napoleón del Cabo; las amenazas contra
Portugal y sus colonias; los[165] temores y los
espantos, tan fundados como legítimos de nuestra desgraciada España; la
rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e
Inglaterra; los motines en Austria; el movimiento interior que reclama y pide
una Alemania más considerable y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes
de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones
territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la
Exposición de 1909 no tendremos ni una hora de paz, y elementos de guerra
estarán diseminados y extendidos por todas partes». Y al finalizar bendice, a
pesar de todo, el Congreso de la paz.
En la única, en la eterna, en la que todo entra, en
la infinita, ha penetrado el prodigioso príncipe de la elocuencia castellana,
el estupendo artista de la idea escrita, el predicador de la libertad. El
«canario» de Taine ha volado como un águila. ¿En qué roca celeste se detendrá,
para que su alma diamantina y pura, en la libertad de la muerte tome un rumbo
nuevo, bajo el viento de Dios? España le levantará un monumento de mármol y de
bronce; su nombre irá resonante por el tiempo como un orbe de oro. Un tiempo
quizá llegue en que su[166] espíritu se regocije,
desde la sombra de su misterio, al ver florecido en una inesperada primavera su
ideal. Figuraos una ciudad, Walhalla o Jerusalén de las almas soberanas que
giraron por la tierra, actualmente cumpliendo con su misión semidivina, ciudad
de héroes, de artistas, de santos, de sabios y de poetas, los genios de la
fuerza, los genios de la belleza, los genios del carácter y del corazón, los
genios de la voluntad. En un aire de luz cruzarán las ondas de los pensamientos
como en una electricidad suprema. La personalidad que subsiste no obstará a una
comunidad de gloria ambiente. Pues bien, yo me imagino a nuestro bueno y grande
Castelar en el coro magno de esos inmortales sintiendo en un instante del
futuro como una voz que le da al oirla un nuevo esplendor, una inesperada voz
de la tierra que llega a conmoverle a lo infinito. Será cuando España haya
vuelto a alzar la cabeza como en días antiguos, poseída del orgullo de su
fuerza nueva, de las palpitaciones de su nueva sangre. Junto a los boscajes de
ensueño de esa sublime ciudad, Jerusalén o Walhalla, los pensadores y los
soñadores siguen en progresiva ascensión, construyendo las fábricas de sus
cálculos, los palacios de sus fantasías. Me ima[167]gino
en esa hora del Señor, que el lírico tribuno sonríe al escuchar en lo eterno,
del lado de la tierra, del lado de las columnas de Hércules, algo semejante a
una salutación y a un trueno: un rugido.
Platón.—¿Qué es eso?
Castelar.—¡Es mi león!
30 mayo 1899.
ÍNDICE
|
Páginas. |
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|
Pensadores y artistas: |
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3 |
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|
9 |
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15 |
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21 |
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25 |
|
|
29 |
|
|
37 |
|
|
43 |
|
|
49 |
|
|
53 |
|
|
59 |
|
|
65 |
|
|
73 |
|
|
77 |
|
|
81 |
|
|
87 |
|
|
101 |
|
|
107 |
|
|
Políticos: |
|
|
115 |
|
|
123 |
|
|
129 |
|
|
135 |
|
|
139 |
|
[171]EDITORIAL "MUNDO LATINO"
APARTADO 502.—MADRID.
CATÁLOGO PROVISIONAL
(EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)
OBRAS COMPLETAS
DE RICARDO DE LEÓN
(De la Real Academia Española)
|
Pesetas. |
||
|
Edición del Banco de España. Ocho volúmenes
en 4.º, encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut Valera y retrato del
autor, por Vacqué |
50,00 |
|
|
A plazos (5 pesetas mensuales) |
60,00 |
|
|
DE FRANCISCO VILLAESPESA |
||
|
I. |
Intimidades.—Flores de Almendro |
3,00 |
|
II. |
Luchas.—Confidencias |
3,00 |
|
III. |
La copa del Rey de Thule.—La musa enferma |
3,00 |
|
IV. |
El alto de los Bohemios.—Rapsodias |
3,00 |
|
V. |
Las horas que pasan. (Veladas de amor) |
3,00 |
|
VI. |
Las joyas de Margarita: Breviario de
amor.—La tela de Penélope.—El milagro del vaso de agua |
3,00 |
|
VII. |
Doña María de Padilla.—La cena de los
cardenales |
3,00 |
|
VIII. |
El milagro de las
rosas.—Resurrección.—Amigas viejas |
3,00[172] |
|
IX. |
Las granadas de rubíes.—Las pupilas de
Almotadid.—Las garras de la pantera.—El último Abderramán |
3,00 |
|
X. |
Tristitiæ rerum |
3,00 |
|
XI. |
La leona de Castilla.—En el desierto |
3,00 |
|
XII. |
El rey Galaor.—El triunfo del amor |
3,00 |
|
DE RUBÉN DARÍO |
||
|
|
Tomos publicados: |
|
|
I. |
La caravana pasa |
3,50 |
|
II. |
Prosas profanas |
3,50 |
|
III. |
Tierras solares |
3,50 |
|
IV. |
Azul |
3,50 |
|
V. |
Parisiana |
3,50 |
|
VI. |
Los raros |
3,50 |
|
VII. |
Cantos de vida y esperanza |
3,50 |
|
VIII. |
Letras |
3,50 |
|
IX. |
Canto a la Argentina |
3,50 |
|
X. |
Opiniones |
3,50 |
|
XI. |
Poemas del otoño y otros poemas |
3,50 |
|
XII. |
Peregrinaciones |
3,50 |
|
XIII. |
Prosas políticas |
3,50 |
|
XIV. |
Cuentos y crónicas |
3,50 |
|
XV. |
Autobiografía |
3,50 |
|
XVI. |
El Canto Errante |
3,50 |
|
XVII. |
Viaje a Nicaragua o Historia de mis libros |
3,50 |
|
Ediciones especiales de lujo, con
decoraciones a mano de Enrique Ochoa. |
||
|
[173]HENRIK IBSEN |
||
|
I. |
Catilina. La tumba del guerrero. La
castellana de Ostrat |
3,50 |
|
II. |
La fiesta de Solhaug. Olaf Liliekrans. Los
guerreros en Helgeland |
3,50 |
|
III. |
Los pretendientes a la corona y La comedia
del amor |
3,50 |
|
IV. |
Brand |
3,50 |
|
V. |
Peer Gynt |
3,50 |
|
VI. |
La unión de la juventud. Las columnas de la
sociedad. La casa de una muñeca |
3,50 |
|
VII. |
Emperador y Galileo |
3,50 |
|
VIII. |
Espectros. Un enemigo del pueblo. El pato
Silvestre |
3,50 |
|
IX. |
La casa de Rosmer. La dama del mar. Hedda
Gabler |
3,50 |
|
X. |
El constructor Solness. El niño Eyolf. Al
despertar de nuestra muerte |
3,50 |
|
JOSÉ FRANCÉS |
||
|
El año artístico 1915 |
6,00 |
|
|
tela |
8,00 |
|
|
El año artístico 1916 (con 250 grabados) |
10,00 |
|
|
tela |
12,00 |
|
|
El año artístico 1917 (con 250 grabados) |
11,50 |
|
|
tela |
13,00 |
|
|
En preparación el de 1918 |
||
|
[174]COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES |
||
|
NOVELAS |
||
|
Edmundo González Blanco.—Jesús de Nazareht |
3,00 |
|
|
José Francés.—La estatua de carne |
3,00 |
|
|
—El alma viajera |
3,50 |
|
|
López de Saá.—Los indianos vuelven |
3,50 |
|
|
—Bruja de amor |
3,50 |
|
|
—Por un milagro de amor |
3,50 |
|
|
W. Fernández Flórez.—La procesión de los días |
3,00 |
|
|
Elías Cerdá.—Don Quijote en la guerra |
2,00 |
|
|
V. García Martí.—Don Severo Carvallo |
2,50 |
|
|
María Luisa Latil.—Según labremos |
3,00 |
|
|
—Genoveva |
2,50 |
|
|
Eugenio Noel.—El allegreto de la Sinfonía VII |
3,00 |
|
|
Rafael Cansinos Assens.—Las cuatro gracias |
3,00 |
|
|
Francisco Delicado.—La lozana andaluza |
3,00 |
|
|
J. de Lucas Acevedo.—La Caja de Pandora |
3,00 |
|
|
Martín de la Cámara.—Vidas llameantes |
3,00 |
|
|
Mañara.—Historia en camisa |
3,00 |
|
|
ESTUDIOS Y CRÓNICAS |
||
|
Emiliano Ramírez Angel.—Bombilla-Sol-Ventas |
3,00 |
|
|
J. M. Carretero.—Lo que sé por mí (dos series) |
3,00 |
|
|
J. Costa.—Alemania contra España |
3,00 |
|
|
Pedro Pellicena.—Los Cosacos |
3,50 |
|
|
Margarita de la Torre.—Jardín de damas curiosas |
3,50 |
|
|
Fola Igurbide.—El Actor |
3,50 |
|
|
Alberto Ghiraldo.—Los nuevos caminos |
3,50 |
|
|
Enciso.—El soneto en España |
3,00 |
|
|
POESÍAS |
||
|
José Montero.—Yelmo florido (con ilustraciones) |
4,00 |
|
|
Zurita.—Pícaros y donosos |
3,00 |
|
|
[175]Mauricio Bacarisse.—El esfuerzo |
3,00 |
|
|
Eliodoro Puche.—Libro de los elogios galantes y de los
crepúsculos de otoño |
2,50 |
|
|
—Corazón de la noche |
2,50 |
|
|
—Motivos líricos |
2,50 |
|
|
Emilio Carrere.—El retablo de los poetas. (Antología) |
3,50 |
|
|
TEATRO |
||
|
Muñoz Seca y López Núñez.—El Rayo |
3,00 |
|
|
H. Ibsen.—Dramas líricos |
2,00 |
|
|
—La castellana de Ostrat |
2,00 |
|
|
—Espectros |
2,00 |
|
|
LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA |
||
|
Biografías de los generales: Alberto
I de Bélgica.—Joffre.—Sir Jhon French.—Lord Kitchener. Con
preciosas fototipias, a |
3,00 |
|
|
COLECCIÓN DE AUTORES EXTRANJEROS |
||
|
Traducidas por Felipe Trigo, Rafael
Cansinos y Pedro de Répide. |
||
|
Victoriano de Saussay.—La ciencia del beso |
3,50 |
|
|
René Emery.—Santa María Magdalena |
3,50 |
|
|
Maquiavelo.—Obras festivas: La Mandrágora.—El P.
Alberico.—La Celestina.—El archidiablo Belfegor |
3,00 |
|
|
Claudia Lamaitre.—Juegos de Damas |
3,50 |
|
|
[176]CELEBRIDADES ESPAÑOLAS |
||
|
I. |
Bécquer (encuadernados en tela) |
3,50 |
|
II. |
Zorrilla (encuadernados en tela) |
3,50 |
|
II. |
Espronceda (encuadernados en tela) |
3,50 |
|
COLECCIÓN SELECTA |
||
|
Tomás de Quincey.—Los últimos días de Kant |
1,00 |
|
|
Kalidasa.—El reconocimiento de Sakuntala |
1,00 |
|
|
Rousseau.—Discurso sobre las artes y las ciencias |
1,00 |
|
|
Luciano de Samosata.—La diosa de Siria |
1,00 |
|
|
L. Sterne.—Viaje sentimental de un inglés a Francia |
1,00 |
|
|
F. Alvarado.—El filósofo rancio. (Cartas) |
1,00 |
|
|
COLECCIÓN CIENCIA Y ARTE |
||
|
Ricardo Yesares.—¿Qué quieres aprender? Electricidad.
Encuadernado en tela |
3,50 |
|
|
—¿Qué quieres ser? Automovilista.
Encuadernado en tela |
3,50 |
|
|
OBRAS VARIAS |
||
|
Sthendal.—Del amor |
6,00 |
|
|
E. M. Segovia (Oficial del Banco de España).—Los
documentos de crédito |
5,00 |
|
|
Rivero.—Legislación de clases pasivas. Volumen de
500 páginas, encuadernado en tela |
10,00 |
|
|
R. Yesares.—Ayuda memoria del mecánico electricista.
Un volumen, encuadernado en tela |
1,50 |
|
|
[177]LIBROS DE CARTAS |
||
|
El arte de escribir cartas |
1,00 |
|
|
Manual epistolar (encuadernado en tela) |
2,00 |
|
|
Cartas amorosas |
0,60 |
|
|
Epistolario de amor (encuadernado) |
2,00 |
|
|
COLECCIONES POPULARES |
||
|
COLECCIÓN «MAC-BULL» |
||
|
Obras sensacionales, originales del
conocido escritor señor Bedoya, cuya maestría en esta literatura
es universal: |
||
|
El millonario detective |
1,50 |
|
|
El secreto del Kaiser |
1,50 |
|
|
La bola de sangre |
2,00 |
|
|
El alma de las brujas |
2,00 |
|
|
COLECCIÓN PICARESCA |
||
|
Tomos de 130 páginas, de amena lectura de
índole burlesca y galante, con bonitas portadas en bicolor. Van publicados: |
||
|
Voluptuosidad y perversión |
0,50 |
|
|
En camino de la mala vida |
0,50 |
|
|
Corazón de piedra |
0,50 |
|
|
Memorias galantes de un abate del
siglo xviii |
Juventud |
0,50 |
|
Mis amores en París |
0,50 |
|
|
Amores de otoño |
0,50 |
|
|
Lágrimas de amor |
0,50 |
|
|
De flor en flor (Historia de un cínico) |
0,50 |
|
|
El maldito dinero (Historia de amor y de
maldad) |
0,50 |
|
|
[178]COLECCIÓN FOLLETÍN |
||
|
Esta colección contendrá las obras más
famosas de la Literatura Universal, en elegantes volúmenes de 150 a 200
páginas, con primorosas cubiertas en color. Van publicados: |
||
|
El último Mohicano |
0,50 |
|
|
El misterio de los Apaches |
0,50 |
|
|
Amor salvaje |
0,50 |
|
|
Margarita de Borgoña |
0,50 |
|
|
Lucrecia Borgia |
0,50 |
|
|
La Dama de las Camelias |
0,50 |
|
|
Flecha de oro |
0,50 |
|
|
El Capitán rojo |
0,50 |
|
|
Werther |
0,50 |
|
|
El Espía de las rocas |
0,50 |
|
|
Manon Lescaut |
0,50 |
|
|
Un viaje a la luna |
0,50 |
|
|
Mignon |
0,50 |
|
|
COLECCIÓN MARAVILLAS DE LA GUERRA |
||
|
Narraciones sensacionales del conocido
periodista señor López Moya, cuya fantasía corre parejas con su
amenidad. Van publicados: |
||
|
Azañas de Vedrines |
0,50 |
|
|
Proezas de un submarino inglés |
0,50 |
|
|
Tragedia en los aires |
0,50 |
|
|
El misterio de los Zeppelines |
0,50 |
|
|
El fantasma del mar del Norte |
0,50 |
|
|
Buzo heroico |
0,50 |
|
|
[179]COLECCIÓN MEFISTÓFELES |
||
|
Primorosos volúmenes de sugestiva lectura.
Van publicados: |
||
|
La magia negra |
0,50 |
|
|
El A B C del hipnotismo |
0,50 |
|
|
Los misterios del sonambulismo |
0,50 |
|
|
Ocultismo experimental |
0,50 |
|
|
Los misterios de las piedras preciosas |
0,50 |
|
|
Las plantas en las habitaciones |
0,50 |
|
|
LIBROS TAURINOS |
||
|
El Caballero Audaz.—El libro de los toreros: epílogo de José
Francés. (Bomba, Joselito, Gallo, Belmonte, Pastor, Gaona, Carpio.) Con
fotografías. Libro de éxito enorme |
2,00 |
|
|
Los amores de los toreros. Cuadernos de
gran tamaño y muy interesantes para la afición a toros. Van publicados:
Belmonte.—Pastor.—Gallo—Gallito. —Gaona.—Los crímenes del gallismo. Cada
cuaderno |
0,20 |
|
End of the Project Gutenberg EBook of Cabezas:
Pensadores y Artistas.
Políticos, by Rubén Darío
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CABEZAS ***


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